© Libro N° 6198.
El Enigma Turing. Lagercrantz, David. Emancipación. Julio 6 de 2019.
Título
original: © El Enigma Turing. David Lagercrantz
Versión Original: © El Enigma Turing. David Lagercrantz
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL
ENIGMA TURING
David
Lagercrantz
CONTENIDO
Capítulo
1
Capítulo
2
Capítulo
3
Capítulo
4
Capítulo
5
Capítulo
6
Capítulo
7
Capítulo
8
Capítulo
9
Capítulo
10
Capítulo
11
Capítulo
12
Capítulo
13
Capítulo
14
Capítulo
15
Capítulo
16
Capítulo
17
Capítulo
18
Capítulo
19
Capítulo
20
Capítulo
21
Capítulo
22
Capítulo
23
Capítulo
24
Capítulo
25
Capítulo
26
Capítulo
27
Capítulo
28
Capítulo
29
Capítulo
30
Capítulo
31
Capítulo
32
Capítulo
33
Capítulo
34
Capítulo
35
Capítulo
36
Capítulo
37
Capítulo
38
Capítulo
39
Epílogo
Agradecimientos
Para
Anne, Signe, Nelly y Hjalmar
Opinion
is not worth a rush;
Who
grips his long spear so to push
That
dragon through the fading light.
W.
B. YEATS,
Michael
Robartes and the Dancer[1]
Capítulo
1
¿Cuándo
tomó la decisión?
Ni
él mismo lo sabía. Pero, una vez que las dudas se disiparon para sólo
percibirse como lejanas voces, el peso sordo que abrumaba su cuerpo se
convirtió en una palpitante ansiedad, a la que, ahora se daba cuenta, había
echado de menos. La vida cobró una mayor intensidad. Incluso veía que los cubos
azules del cuarto donde había instalado su pequeño laboratorio tenían un lustre
nuevo y más vívido, y en cada observación cabía un mundo entero, toda una
cadena de pensamientos y sucesos. La mera idea de intentar resumirlos sería
absurda, o incluso deshonesta.
Un
sinfín de imágenes interiores y exteriores desfiló ante sus ojos, y, aunque la
respiración se le había acelerado hasta resultar dolorosa, en su cuerpo vibraba
una presencia intensa que rayaba en lo placentero, como si la decisión de morir
le hubiese devuelto la vida. Encima de una mesa gris, que tenía delante,
salpicada de manchas y de pequeños agujeros que en parte eran quemaduras, pero
también otra cosa, algo pringoso, había un hornillo, un par de botellas de un
líquido negro y una cucharilla de té dorada que iba a desempeñar cierto papel
en la historia. Fuera se oía la lluvia. Caía sin cesar. Nunca antes se había
abierto el cielo de esa manera en Inglaterra durante las fiestas de
Pentecostés, y quizá eso también afectara a su decisión.
Probablemente
le influyesen detalles más bien insignificantes, como su alergia al polen y que
sus vecinos, los señores Webb, acababan de mudarse a Styal. Tuvo la sensación
de que la vida se alejaba o, incluso, que se desarrollaba en algún otro lugar
al que no había sido invitado. No era muy propio de él permitir que algo así le
alterara tanto; aunque, pensándolo bien, quizá tampoco fuese tan raro. Es
verdad que lo cotidiano no le afectaba como podía afectarnos a los demás
—poseía una gran capacidad para hacer caso omiso del chismorreo que lo
rodeaba—, pero también es cierto que algunos sentimientos tenebrosos lo
invadían sin motivo aparente. Pequeñas cosas podían provocar un gran efecto en
él. Sucesos aparentemente insignificantes podían hacer que tomara decisiones
drásticas o que se le ocurrieran ideas extrañas.
Ahora
quería abandonar este mundo; inspirándose en una idea sacada de una película
infantil sobre unos graciosos enanos, lo cual, naturalmente, es una ironía. Las
ironías y las paradojas abundaban en su vida. Había acortado una guerra y había
reflexionado, con más profundidad que la mayoría de la gente, sobre los pilares
fundamentales de la inteligencia, pero acabaron por dejarlo incapaz y lo
sometieron a una medicación repugnante. No hacía mucho, en Blackpool, una
adivina lo había asustado de tal manera que resultó imposible comunicarse con
él durante un día entero.
¿Qué
estaba haciendo ahora?
Tras
conectar dos cables del techo a un transformador que había sobre la mesa,
colocó encima del hornillo eléctrico un caldero con un mejunje negro. Luego se
puso un pijama azul grisáceo y, de un frutero azul que estaba junto a la
librería, cogió una manzana roja. A menudo terminaba el día con una manzana.
Era su fruta favorita, y no sólo por el sabor, la manzana también era…, bueno,
eso ahora daba igual. La partió por la mitad y acto seguido volvió al taller.
Entonces se dio cuenta. Todo su sistema lo comprendió. Con ojos que no veían
nada dirigió la mirada hacia el jardín. Qué raro, pensó, sin realmente saber
qué quería decir. Después se acordó de Ethel.
Ethel
era su madre. Ethel, un día, escribiría un libro sobre él, aunque no entendiera
nada de aquello a lo que se había dedicado su hijo, cosa que, a decir verdad,
tampoco resultaba fácil de comprender. La vida de su hijo estaba llena de
demasiados números y secretos. Él era diferente. Además, era joven, al menos a
los ojos de su madre, y, a pesar de que nunca lo habían considerado muy guapo y
de que su buena preparación física de corredor de media distancia había
empeorado a raíz de una sentencia en el juzgado de Knutsford, no estaba mal.
Desde que era pequeño, y no sabía diferenciar la derecha de la izquierda y
pensaba que las Navidades se celebraban en cualquier momento —a veces a menudo,
otras muy de vez en cuando, al igual que otros días que le parecían bonitos y
divertidos—, su forma de pensar estaba total y absolutamente al margen de su
tiempo. Se convirtió en un matemático que se dedicaba a algo tan prosaico como
la ingeniería, un pensador poco convencional al que se le metió en la cabeza
que nuestra inteligencia era mecánica o, incluso, calculable, como una larga y
sinuosa serie numérica.
Pero,
sobre todo, y eso es algo que a las madres les cuesta entender, aquel día de
junio ya no le quedaban fuerzas para seguir viviendo, por lo que continuó con
sus preparativos, que a posteriori se considerarían extrañamente enrevesados.
Sin embargo, perdió la concentración. Reparó en algo, unos pasos cerca de la
puerta que daba a la calle, creyó, el crujido de la gravilla, y una idea
absurda cruzó su mente: alguien viene con buenas noticias, quizá desde muy
lejos, de India o de otra época. Se rio o sollozó, difícil determinar cuál de
las dos cosas. Después se puso en marcha y, aunque ya no se oía nada aparte de
la lluvia sobre el tejado, se quedó con esa idea: hay alguien allí fuera, un
amigo a quien merece la pena escuchar, y al pasar por delante del escritorio
pensó quiero, no quiero, como un niño que deshoja una flor. Apreció todos los
detalles del pasillo con una exactitud tan vibrante que cualquier otro día, un
día mejor, aquello le habría fascinado. Con pasos sonámbulos entró en el
dormitorio. Se quedó mirando la mesilla de noche donde estaban el ejemplar del
The Observer y el reloj con la correa de cuero negro. Dejó la media manzana
justo al lado. Pensó en la luna, que brillaba detrás del edificio del colegio
en Sherborne, y se tumbó bocarriba en la cama. Se le veía sereno.
Capítulo
2
Al
día siguiente también llovía. Por Adlington Road iba andando el joven oficial
de la Policía Criminal Leonard Corell. Cuando llegó a la altura de Brown’s Lane
se quitó el sombrero trilby porque, pese a la lluvia, tenía calor, y pensó en
su cama; no en el miserable lecho de su apartamento, sino en la que le esperaba
en casa de su tía en Knutsford, y al hacerlo la cabeza se le ladeó hacia el
hombro, como si estuviera a punto de quedarse dormido.
No
le gustaba su profesión. No le gustaban el salario, los paseos, el papeleo ni
el condenado pueblo de Wilmslow, donde nunca pasaba nada. Tan mal estaba la
cosa que incluso en ese momento, pese a que la asistenta había mencionado en su
llamada que había una espuma blanca alrededor de la boca del muerto y un olor a
veneno en la casa, algo que, en otros tiempos, sin duda habría animado un poco
a Corell, lo único que logró sentir fue un gran vacío. Caminaba con desgana
entre charcos y abetos de jardín. A su espalda habían quedado los campos de
cultivo y el ferrocarril. Era martes, 8 de junio de 1954, e iba buscando los
letreros que indicaban el nombre de las casas.
Cuando
dio con la dirección, Hollymeade, torció a la izquierda y se encontró con un
gran sauce que parecía una vieja escoba. Entonces, sin que le hiciera falta, se
detuvo para volver a atarse los cordones de los zapatos. Un camino de baldosas
se extendía tan sólo hasta la mitad de un jardín, y pensó: « ¿qué ha pasado en
realidad?». Aunque naturalmente comprendía que fuera lo que fuese nada tenía
que ver con el sendero de baldosas. Al fondo, junto a la puerta de la
izquierda, lo esperaba una señora mayor.
—
¿Es usted la asistenta? —preguntó, y la mujer asintió con la cabeza.
Se
trataba de una vieja bajita y anodina, con ojos tristes, y si la hubiera
conocido en una época anterior, sin duda le habría mostrado una cálida sonrisa
antes de ponerle una mano en el hombro. Pero ahora se limitó a bajar la mirada,
a fruncir el ceño y a acompañarla hacia el interior de la casa, al final de una
escalera empinada. Era un paseo tedioso desprovisto del menor interés, emoción
o curiosidad policial, que apenas provocó un ligero malestar, sólo un « ¿qué
sentido tiene seguir con esto?».
Ya
en el distribuidor notó una presencia, una densidad en el aire, y cuando entró
en la habitación cerró los ojos y, por extraño que pueda parecer, algún que
otro pensamiento de naturaleza sexual —en los que no corresponde entrar en
detalle, sólo decir que a él también le parecían absurdos— cruzó su mente. Al
abrir los ojos, esas asociaciones persistían flotando en el aire como una capa
surrealista, pero se dispersaron y se transformaron en algo diferente en cuanto
descubrió la cama, una estrecha cama de soltero, y encima un hombre muerto,
tumbado bocarriba.
Era
un hombre moreno que rondaría los treinta y algo. Una espuma blanca había
salido por la comisura de los labios, había resbalado hasta la mejilla, donde
se había secado y se había convertido en un polvillo blanco. Bajo una
protuberante frente ligeramente arqueada, los ojos estaban medio abiertos y muy
hundidos. Pese a la expresión descompuesta del rostro, se intuía cierta
resignación en las facciones. Corell debería haber reaccionado con normalidad,
pues estaba acostumbrado a ver cadáveres, y éste tampoco era tan terrible, pero
se sentía mareado y seguía sin entender que se debía al olor, ese tufo a
almendra amarga que inundaba la habitación. Miró por la ventana hacia el jardín
en un intento de que los pensamientos indecentes regresaran, pero no lo consiguió,
y en su lugar reparó en una media manzana que había sobre la mesilla. Corell
pensó, cosa que le sorprendió, que odiaba la fruta.
Nunca
había tenido nada en contra de las manzanas. ¿A quién le disgustan las
manzanas? Sacó su cuaderno del bolsillo del pecho. El hombre se hallaba en una
postura que a Corell le parecía normal, escribió, preguntándose si lo había
descrito bien, sin duda no demasiado, aunque por otra parte tampoco
excesivamente mal. Si no fuera por el rostro, podría haber dado la impresión de
que el hombre estaba dormido. Tras apuntar otro par de líneas —con las que
tampoco quedó satisfecho— procedió a examinar el cuerpo. El muerto era delgado,
bastante atlético, pero con un pecho muy suave, casi femenino. Corell no halló
signo alguno de violencia —aunque su examen no fue muy concienzudo— ni arañazos
ni moratones, sólo un ligero color negro en las puntas de los dedos y la espuma
en la comisura de los labios. Se acercó para olerla y comprendió por qué estaba
tan mareado. El hedor a almendra amarga lo aturdió. Volvió al distribuidor.
Al
fondo del pasillo descubrió algo extraño. En un pequeño cuarto con un ventanuco
que daba al jardín, colgaban dos cables del techo y encima de una mesa
borboteaba un caldero. Se acercó despacio. ¿Sería peligroso? ¡Tonterías! La
habitación era una especie de laboratorio casero donde realizar experimentos.
Había un transformador, y pinzas para los cables, y botellas, y tarros de
cristal y vasijas. Seguramente nada por lo que inquietarse. Pero la pestilencia
se colaba hasta los huesos, y muy a regañadientes se inclinó sobre la cacerola:
un mejunje asqueroso burbujeaba en el fondo y, de repente, como salido de la
nada, se le vino a la mente un recuerdo de su infancia, de un tren nocturno
avanzando a gran velocidad. Se apoyó en la mesa, jadeando con esfuerzo, salió
del cuarto y se apresuró a abrir una ventana en la habitación contigua. Llovía.
Y de qué manera. Pero por una vez no maldijo la lluvia, sino que se alegró de
que el agua y el viento se llevaran el hedor y las oscuras reminiscencias. Una
vez que recuperó cierta calma, se puso a inspeccionar la casa.
Un
ambiente bohemio impregnaba el hogar. Los muebles eran elegantes, pero
colocados sin la menor planificación o esmero. Resultaba obvio que allí no
vivía ninguna familia, ni por supuesto niños. Cogió un cuaderno del alféizar de
la ventana. Contenía unas ecuaciones matemáticas, de las que quizá habría
llegado a entender algo hacía unos cuantos años. En estos momentos no se
enteraba de nada, seguramente porque la letra se leía con dificultad y, además,
las hojas estaban llenas de manchas de tinta. En cualquier caso, se irritó, o
posiblemente sintió envidia, y malhumorado empezó a examinar una vitrina que
había al lado de la ventana. Encontró copas de vino, cubiertos de plata, un
pequeño pájaro de porcelana, así como un frasco con un contenido negro. Se parecía
a los tarros del taller de experimentos, pero, a diferencia de aquéllos, éste
llevaba una etiqueta con la inscripción CIANURO DE POTASIO.
—Tendría
que haberme dado cuenta —musitó, y volvió al dormitorio para oler la manzana.
Apestaba igual que el frasco y el caldero.
—Señora
—llamó—. ¡Señora!
No
recibió respuesta. Volvió a gritar, y entonces se oyeron pasos y enseguida un
par de pantorrillas gordas entraron en el cuarto. Corell miró inquisitivo el
rostro gris de labios tan finos que parecían desaparecer.
—
¿Cómo me ha dicho que se llamaba el señor?
—El
doctor Alan Turing.
En
su cuaderno, Corell anotó que la manzana olía a almendra amarga y que el nombre
del muerto le resultaba familiar, o, al menos, como tantas otras cosas en esa
casa, le despertaba oscuras reminiscencias.
—
¿Dejó algo escrito?
—
¿Qué quiere decir?
—Una
carta o algo que podría dar alguna explicación.
—
¿Está usted diciendo que se ha…?
—No
estoy diciendo nada. Sólo le he hecho una pregunta —replicó con demasiada
severidad, y cuando la pobre mujer, asustada, negó con la cabeza, intentó
suavizar el tono.
—
¿Conocía bien al muerto?
—Sí,
o no. Siempre fue muy amable conmigo.
—
¿Había estado enfermo?
—Ahora,
durante la primavera, sufría fiebre del heno.
—
¿Usted sabía que experimentaba con sustancias venenosas?
—No,
no, Dios me libre. Pero el señor era científico. ¿No se dedican los científicos
a…?
—Eso
depende —la interrumpió Corell.
—Al
señor le interesaban muchas cosas.
—Alan
Turing —continuó Corell como si pensara en voz alta—. ¿Se le conocía por algo
en particular?
—Trabajaba
en la universidad.
— ¿Y
qué hacía allí?
—Ha
estudiado matemáticas.
—
¿Qué tipo de matemáticas?
—Pues
no le sabría decir…
—Ya
—murmuró Corell, y salió al pasillo.
Alan
Turing. Había algo en ese nombre, no sabía qué, sólo que no le sonaba nada
bien, seguro que el tipo era culpable de algo. No sería del todo improbable que
Corell se hubiera topado con el nombre en el trabajo. Cada vez más nervioso,
pasó de una estancia a otra, distraído y enojado a la vez, recogiendo cosas
que, si bien no podían considerarse pruebas, al menos tenían cierto interés: el
frasco de veneno de la vitrina, tarros de cristal del taller, un par de
cuadernos con cálculos matemáticos y tres libros que llevaban escrito a mano el
título «Sueños».
En
la planta baja toqueteó las cuerdas de un violín sin afinar y leyó las primeras
líneas de Ana Karenina, uno de los pocos libros de la casa que conocía, aparte
de algunos de Forster, Orville, Butler y Trollope, y, como en tantas otras
ocasiones, sus pensamientos volaron hacia lugares donde no deberían estar.
Llamaron
a la puerta. Era Alec Block, su compañero. Para la relación profesional tan
estrecha que mantenían, apenas lo conocía, y si le hubieran pedido que lo
describiera, no se le habría ocurrido nada más que decir que era tímido y
temeroso, y que la mayoría de los compañeros de la comisaría lo trataban mal,
pero sobre todo que tenía muchas pecas y que era pelirrojo, muy pelirrojo.
—Parece
que el hombre se ha preparado un veneno en esa cacerola de allí, luego ha
empapado una manzana con el mejunje y le ha dado unos mordiscos —explicó
Corell.
—
¿Suicidio?
—Eso
parece. Esta maldita peste me marea. ¿Puedes ver si encuentras alguna carta de
suicidio?
Cuando
Block se marchó, Corell volvió a pensar en el tren que se abría paso a través
de la noche a toda velocidad, cosa que no contribuyó a subirle los ánimos. En
la planta baja se cruzó con la asistenta.
—Me
gustaría hablar un poco más con usted dentro de un rato. Mientras tanto, quiero
que espere fuera. Vamos a acordonar la casa —dijo mientras en un ataque de
amabilidad le buscaba un paraguas en el recibidor.
Ante
las protestas de la mujer, que se negaba a usar el paraguas del doctor Turing,
Corell rebufó para sus adentros: menuda veneración más exagerada, sólo es un
paraguas. Cuando la mujer al final lo aceptó y salió al jardín, Corell volvió a
recorrer las habitaciones. En el dormitorio de arriba, donde yacía el muerto,
encontró un ejemplar del The Observer del 7 de junio, lo que indicaba que el
hombre estaba vivo el día anterior. Tomó nota de ello, junto con algún otro
detalle. Mientras hojeaba otro cuaderno con cálculos matemáticos, le invadió un
extraño deseo de añadir algunos números para completar o concluir las
ecuaciones, y, como en tantas otras ocasiones, devino en un policía demasiado
distraído. Más centrado estaba, cómo no, su compañero Block.
Éste
apareció con una expresión de satisfacción, como si acabara de dar con algo de
un interés extraordinario, pero no era así; al menos no se trataba de ninguna
carta de suicidio. Lo que había encontrado más bien apuntaba en la dirección
contraria: un par de entradas de teatro para la semana siguiente y una
invitación a la reunión de la Academia de Ciencias, el 24 de junio, que el
fallecido había aceptado, pero no había tenido tiempo de enviar la respuesta.
Aunque Block con toda probabilidad se daba cuenta de que no eran unos hallazgos
sensacionales aparentemente tenía la esperanza de haber descubierto una pista
nueva, pues los casos de asesinato no abundaban en Wilmslow. Sin embargo,
Corell rechazó enseguida esa idea.
—No
significa nada.
—
¿Por qué?
—Porque
todos somos unos pobres diablos muy complejos —dijo Corell.
—
¿Qué quieres decir?
—Incluso
el que quiere morir puede hacer planes de futuro. Estamos todos en un constante
tira y afloja entre una cosa y la otra. Además, puede que lo de quitarse la
vida se le ocurriera en el último momento.
—Parece
ser que era un hombre muy culto.
—Es
posible.
—En
mi vida he visto tantos libros.
—Yo
sí. Pero hay algo más —continuó Corell.
—
¿Qué?
—Todavía
no lo sé, sólo estoy seguro de que hay algo que no encaja. ¿Apagaste el
hornillo de arriba?
Alec
Block asintió con la cabeza e intentó añadir un par de palabras, pero sin saber
si iba a atreverse.
—
¿No hay mucho veneno en esta casa? —preguntó al final.
—Sí
—respondió Corell.
Había
veneno para matar a toda una compañía de soldados, tema del que hablaron un
rato, pero sin sacar ninguna conclusión.
—Es
un poco como si jugara a ser alquimista, o joyero al menos —dijo Block.
—
¿Por qué dices eso?
Block
contó que había dado con una cucharita dorada en el taller de experimentos.
—Es
un trabajo bastante preciso, pero aun así se nota que la ha hecho él mismo.
Está allí arriba si quieres verla.
—
¡Anda! —exclamó Corell fingiendo entusiasmo, pero apenas escuchaba ya.
De
nuevo se había sumido en sus propios pensamientos.
Capítulo
3
Desde
los años de la guerra había arraigado en Corell la idea de que la locura podía
llegar a intuirse a cierta distancia, como una densificación en el aire o
incluso como un olor. Quizá no justo el hedor a almendra amarga, pero, cuando
volvió a salir a la lluvia, estaba convencido de que lo que había percibido
allí dentro era una locura encerrada. La sensación de que algo malsano lo había
manchado no lo abandonó ni siquiera cuando los enfermeros, a las siete menos
veinte, sacaron el cuerpo. En esos instantes, un viento más cálido entró por el
este y la lluvia amainó, aunque sin cesar del todo. Miró a la asistenta que,
bajo el brillo de una farola, equipada con el paraguas prestado, daba la
impresión de ser extrañamente pequeña, como una niña muy mayor. Con cautela
empezó a tomarle declaración.
Se
llamaba Eliza Clayton y vivía en Mount Pleasant Lacey Green, no muy lejos de
allí. Trabajaba para el doctor Turing cuatro días por semana y nunca había
habido ningún problema, dijo, sólo le había resultado un poco difícil saber qué
hacer con todos esos libros y papeles. Esa misma tarde había entrado con su
propia llave. Salía luz del dormitorio. Tanto las botellas de leche como el
periódico seguían en la escalera, nadie los había recogido, y en la cocina
había restos de una ración de chuletas de cordero. Los zapatos del doctor
Turing estaban delante del cuarto de baño, cosa que le extrañó, y en el
dormitorio lo halló tumbado «en la misma posición que ha visto el señor
inspector», con el edredón subido hasta el pecho. Le tocó las manos. Estaban
frías, y seguramente pegó un grito. Fue un impacto, un shock terrible, dijo. Y
como en casa del doctor Turing no había teléfono, llamó desde la casa de la
señora Gibson, la vecina. Y luego llegó usted, explicó, eso es todo lo que sé.
—No
estoy tan seguro.
—
¿No?
—Lo
que me interesa son los días previos —aclaró Corell.
Ella
asintió con la cabeza y le contó que Alan Turing, el fin de semana anterior,
había recibido la visita de su amigo el doctor Gandy, y que «se lo habían
pasado muy bien, habían hecho cosas divertidas», y que el martes había invitado
a cenar a los señores Webb, los vecinos, que se mudaron el miércoles o el
jueves, una velada también «muy agradable».
—El
señor estaba de muy buen humor. Se le veía contento. Bromeaba conmigo.
Corell
no le llevó la contraria y no se molestó en preguntar en qué consistían esas
bromas. La dejó hablar mientras anotaba algo de manera esporádica. Se le antojó
más un alegato de defensa que un testimonio, cosa que entendía, pues el
suicidio era un crimen, y ella sin duda sentía cierta responsabilidad por lo
ocurrido. Era la asistenta. No parecía haber habido ninguna otra mujer en la
casa; pero la señora Clayton mencionó en varias ocasiones a la madre, Ethel.
—Dios
bendito, ¿qué le voy a decir a la pobre mujer?
—De
momento, nada. Nosotros nos ponemos en contacto con los más allegados. Y usted,
¿tiene alguien con quien hablar?
—Soy
viuda, pero me las apañaré, no se preocupe —dijo Eliza Clayton.
Tras
un par de preguntas más, Corell se despidió y echó a andar hacia la comisaría
en Green Lane, pasando por delante de los frondosos jardines del barrio. Poco
después escampó.
Resultaba
un alivio, pues había llovido más que nunca, un día sí y otro también, y no
había manera de evitar los charcos. Desde una ventana se oía a Doris Day
cantar: «So I told a friendly star. The way that dreamers often do». La canción
llevaba toda la primavera en los primeros puestos de las listas. Corell la
tarareó —había visto la película, Calamity Jane, de donde provenía la canción—,
pero la música se desvanecía con sus pasos. Al alzar la mirada al cielo, se
percató de la capa de nubes grises que pasaba. Hizo un repaso mental de lo que
había visto en la casa, reflexionando sobre qué detalles, aparte de la ausencia
de una carta, podían indicar que no se trataba de un suicidio. No se le
ocurrieron demasiados. Por otra parte, no logró mantener la concentración
durante mucho tiempo. Sus pensamientos tomaron otros derroteros hasta que del
caso no quedó más que una vaga sensación de malestar. A pesar de que la
investigación debería servirle de estímulo, Corell únicamente sentía el
habitual e indefinido tedio, y sólo los cálculos matemáticos permanecieron en
su cabeza como danzantes destellos de un mundo mejor.
Leonard
Corell tenía veintiocho años; era lo suficientemente joven como para haberse
librado del alistamiento, aunque ya a punto de entrar en una edad en la que
empezaba a abrigar la impresión de que la vida se le escapaba de las manos. Con
insólita prontitud dejó de llevar uniforme y le ascendieron al departamento de
la Policía Criminal en Wilmslow, lo que suponía un gran salto para un policía.
Pero no era eso lo que esperaba de la vida, y no sólo por la clase social en la
que había nacido, y que había perdido, sino por su buena cabeza para los
estudios. A él también se le habían dado bien los números.
Nació
en el exclusivo West End, en Londres. En el año 1929, la crisis de los mercados
financieros asestó el primer gran golpe a su familia. El padre, un intelectual,
vinculado en parte al grupo de Bloomsbury, mantuvo las apariencias durante
bastante tiempo, infligiendo así el doble de daño a la familia. No sólo porque
el dinero desapareció aún más rápido cuando el padre decidió actuar como si
allí no pasara nada, sino también porque con su labia y su magnífica apariencia
consiguió convencer al hijo de que la familia era distinguida y especial, y de
que Leonard podía ser lo que quisiera. Pero resultaron ser falsas promesas.
Tanto el mundo como las oportunidades se fueron encogiendo, y lo único que
quedó al final fue la sensación de que lo habían estafado. A veces, Corell veía
su infancia como un país del que le fueron despojando trozo a trozo. En aquel
entonces, la infancia se le antojó un viaje sumamente concreto hacia la
soledad: los criados se marcharon uno tras otro y, cuando al final la familia
se mudó a Southport, sólo quedaban sus padres y él. Pero éstos también
desaparecerían, cada uno a su manera. Se lo arrebataron todo. Por supuesto,
sería una simplificación culpar de su situación a las circunstancias externas;
supondría caer en una de esas ensoñaciones a las que se entregaba con demasiada
frecuencia: una contemplación muy sentimental de una vida en la que, pese a
todo, había habido oportunidades y durante la cual demasiado a menudo se había
refugiado en la autocompasión y la resignación. No obstante, era cierto que el
mundo le había deparado sus buenas dosis de golpes y tragedias y, sin duda,
pensaba, parte de su personalidad se había ahogado o encogido con los años. De
modo que, cuando a veces tomaba distancia para observar su propia vida, no
lograba conciliar lo que veía con la idea que seguía teniendo de sí mismo, y no
alcanzaba a comprender que la persona que caminaba por las calles de Wilmslow
realmente fuera él.
****
Le
sorprendieron las prisas que imprimían a la investigación. Alguien en la
dirección de la policía en Chester decidió que se realizara una autopsia
preliminar esa misma noche y que Corell estuviera presente. Después sólo le
quedaría un vago recuerdo de aquello. Le repugnaban las autopsias y pasaba la
mayor parte del tiempo con la mirada apartada del cadáver, pero de poco le
servía. El ruido del escalpelo, el anochecer y el hedor a almendra amarga que
incluso brotaba de los intestinos eran demasiado nítidos. ¡Por Dios, qué
trabajo tan horrible! Cuando el doctor Charles Bird murmuró «envenenamiento, un
caso claro de envenenamiento», Corell soñaba con colores, con un bonito color
azul con el que cubriría la blanca angustia que reinaba en la sala. Durante un buen
rato apenas escuchó las preguntas del forense, a las que contestó con un sí o
un no, aunque exigieran explicaciones más extensas. Quizá por eso el médico
insistió en visitar la casa, para escrutarla con sus propios ojos, y con Corell
de guía. Al principio pensó: «Jamás, no quiero volver a ver esa casa en mi
vida». Luego cambió de opinión. Bird le caía mal. Se trataba de un tipo altivo
que, pese a su amable conversación, entre líneas y con pequeñas miradas marcaba
que quien representaba la cultura y el estatus era él. Su aspecto le repugnaba.
Una especie de capa mugrienta le cubría las pupilas. Corell habría preferido la
compañía de cualquiera antes que la de Bird. Por otra parte, tampoco tenía
muchas ganas de irse a casa y le vendría bien volver a ver el lugar, por muchos
demonios que despertara en su interior. De modo que se encontró de nuevo
recorriendo la estrecha acera en dirección a la casa de Adlington Road, esta
vez acompañado por el forense, que hablaba todo el tiempo, como si la
posibilidad de realizar otra autopsia más en su tiempo libre lo hubiera
animado.
—
¿Le he contado que mi hijo va a empezar a estudiar Medicina?
—No.
—No
parece usted de muy buen humor hoy, ¿verdad?
—Es
posible.
—Pero
le interesan los fenómenos celestes, ¿no? Sin duda habrá oído que va a
producirse un eclipse total.
—Creo
que sí.
—Será
muy interesante, ¿no cree?
—No
lo sé. Es algo que dura muy poco, ¿cierto?
—Al
igual que el orgasmo, pero la humanidad parece tenerle mucho aprecio a pesar de
ello —comentó el médico, y soltó una risa terrible que Corell ignoró para
enseguida sumirse en sus pensamientos.
El
médico continuó desarrollando una especie de teoría acerca del eclipse y el ojo
humano, y después empezó a hablar del racionamiento de alimentos, que por lo
visto iba a llegar a su fin ese verano:
—Hora
de volver a darse unos buenos atracones…
La
mera idea de un Charles Bird engullendo comida asqueó a Corell, por lo que se
limitó a mirar en silencio la acera, aunque debió de musitar algo porque el
médico replicó con un incomprensible « ¡El tiempo lo dirá!». Más allá se
divisaba el sauce que servía de punto de referencia, pues en Adlington Road las
casas no tenían números, sólo nombres. Al cruzar la verja por delante del
letrero con la palabra HOLLYMEADE pintada descuidadamente, Corell, con
curiosidad, dirigió la vista hacia la vereda de baldosas aún sin terminar, como
si esperase que hubiera avanzado un poco más mientras él se dirigía hacia la
puerta, pero allí seguía, inconclusa, como una pista que se hubiera esfumado.
Pensativo, abrió la puerta con la llave que la asistenta le había dado. En el
recibidor olfateó con cuidado. Había algo diferente. Al principio no se dio
cuenta de lo que era, pero enseguida intuyó una ausencia sumamente tangible y
se percató de que el tufo ya no resultaba tan intenso, aunque, eso sí, seguía
siendo inconfundible.
—Cianuro,
no hay duda, cianuro —murmuró el médico, con fatuo aire de entendido, mientras
ascendía por la escalera con movimientos ansiosos y oscilantes.
Corell
permaneció en la planta baja con unas terribles ganas de marcharse de allí. La
casa seguía provocándole una sensación desagradable, por lo que intentó
refugiarse en los mismos pensamientos inapropiados de antes, pero no lo
consiguió, y advirtió cómo el sudor empezaba a brotarle por la espalda. Aun
así, subió a la planta de arriba y cuando entró en el dormitorio lo cierto es
que se relajó un poco, parecía que la habitación había cambiado y casi ofrecía
un aspecto inocente en su bohemio desorden. Las sábanas y el edredón estaban
arrugados sobre la cama, como si lo peor que hubiese sucedido allí fuera que
alguien había dejado la cama sin hacer.
— ¿Y
ésta es la manzana a la que se refería usted?
El
médico se inclinó sobre la fruta para hurgar con una cerilla en la marca que
había dejado un mordisco, y que se había vuelto de color marrón.
—La
manzana sin duda era para quitar el sabor amargo —continuó.
—No
creo que al señor Turing le preocuparan los sabores.
—El
hombre siempre aspira a limitar su sufrimiento.
— ¿Y
por qué una manzana entonces?
Corell
no tenía muy claro lo que pretendía decir, sólo sentía un irreprimible deseo de
llevar la contraria.
—
¿Qué quiere decir, oficial?
—Que
la manzana quizá tenga algún significado.
—O
sea, un significado simbólico, ¿no?
—Sí,
podría ser.
—
¿Como algo bíblico? Una especie de caída en el pecado original.
Leonard
Corell murmuró algo sin saber muy bien lo que quería decir:
—El
Paraíso perdido.
—Ah,
usted alude a Milton —exclamó con su inconfundible arrogancia el médico, y
Corell pensó: «Vete a la mierda», pero no dijo nada.
Conocer
el título de la obra maestra de Milton no era gran cosa de la que presumir, y
pensar que había intentado compensar su sentimiento de inferioridad con un
arrebato de esnobismo cultural le avergonzó. Sin pronunciar palabra alguna,
salió al pasillo y giró a la izquierda para entrar en el cuarto donde había
encontrado el frasco de cianuro. Junto a la ventana había un escritorio de
caoba cuya tabla estaba cubierta con una tela de terciopelo verde. Era un
mueble precioso. Los escritorios antiguos siempre despertaban un anhelo en él,
y pasó la mano sobre los dorados ojos de las cerraduras de los cajones. Sacó el
cuaderno que había mirado antes y, mientras dejaba que el dedo índice siguiera
una ecuación de izquierda a derecha, los números parecían susurrarle «ven y
resuélvenos». Se acordó de lo que un profesor de Marlborough College le dijo en
una ocasión:
—Entiendes
con rapidez, Leonard. ¿Calculas con facilidad?
—No,
sir, lo veo.
Antes
lo veía. Ahora no conseguía seguir más que la primera parte de la ecuación, y
eso le molestaba. Con un gesto de desconcierto recorrió la habitación con la
mirada. En realidad, no había nada muy raro o diferente, pero en ese instante
el cuarto le parecía un enigma por resolver, y, aunque era consciente de que se
trataba de un callejón sin salida, interesante para un psicólogo o un biógrafo,
pero carente de relevancia para la investigación, algo en la visión general de
la habitación lo cautivó.
Por
todas partes se habían llevado a cabo experimentos, anotaciones o cálculos.
Como si la vida hubiese quedado interrumpida en mitad de un paso. El que vivió
allí quizá se había hartado de la existencia, pero hasta hacía bien poco había
estado profundamente involucrado en ella, cosa que tampoco era tan rara, pues
todos debemos vivir hasta que morimos. Pero, si se trataba de un suicidio, ¿el
modus operandi no resultaba demasiado enrevesado? ¿Si el hombre hubiese querido
quitarse la vida, por qué no se bebió el frasco de veneno allí mismo? En
cambio, había puesto en marcha todo un ritual: un caldero burbujeante, cables
que colgaban del techo y una media manzana. ¿No querría decir algo con todo
eso? El maldito Bird podía irse a la mierda. De repente lo invadió la
curiosidad y se puso a rebuscar en los cajones del escritorio.
Es
cierto que formaba parte de su trabajo, pero no se sentía cómodo haciéndolo,
una sensación que se fue intensificando a medida que los pasos del médico se
acercaban por el pasillo y, sobre todo, cuando dio con algo que el propietario
parecía querer mantener oculto. Se trataba de una medalla, una cruz de plata
con un anillo de esmalte rojo en el centro que descansaba sobre un lecho de
terciopelo. El lema rezaba: «Por Dios y el imperio». ¿Por qué motivo se la
habían concedido a Turing? No era una medalla deportiva, nada de eso, sino algo
más distinguido, quizá una condecoración militar. Durante unos instantes,
Corell la sopesó en la mano mientras fantaseaba con que se la hubiesen otorgado
a él por algún acto extraordinario, pero, a pesar de que siempre solía ser
capaz de inventarse heroicidades, ahora no se le ocurría ningún motivo
específico, por lo que, avergonzado, la devolvió a su sitio y siguió buscando.
En los cajones había documentos y todo tipo de cosas: un par de piedras de
color arena, un medidor de ángulos, reglas de cálculo y un cortaplumas marrón.
A la derecha, al fondo, debajo de un sobre con membrete del Club Atlético de
Walton, encontró un par de hojas manuscritas, una carta dirigida a alguien que
se llamaba Robin, y sin saber muy bien por qué se la guardó en el bolsillo
interior antes de salir al distribuidor. Se topó con el doctor Bird, que tenía
un aspecto a la vez enfermo y solemne. El médico sostenía un pequeño frasco de
veneno.
—Envenenamiento
con cianuro mediante la ingestión deliberada de éste. Ésa es mi conclusión
preliminar, pero supongo que eso ya lo habrá deducido —declaró el médico.
—No
he deducido nada. Intento no precipitarme en mis conclusiones —replicó Corell.
—Eso,
evidentemente, le honra. Pero la tardanza no siempre es una virtud. Vámonos de
aquí, me muero por una copita de jerez —dijo el doctor, y a continuación
bajaron por la escalera y salieron al débil brillo de una farola.
Junto
a la verja, al lado de los helechos y las zarzas, se despidieron. Corell echó a
andar con la esperanza de cruzarse con Block, al que había mandado a
entrevistar a los vecinos de la zona. Pero ya era tarde. No había nadie en la
calle. No se oía nada más que el ruido de la lluvia y un perro solitario que
gemía, de modo que apretó el paso y al llegar a la altura del Wilmslow Park
empezó a correr, pues no veía el momento de llegar a casa.
Capítulo
4
Leonard
Corell no dormía muchas horas. Estaba acostumbrado al insomnio, pero incluso
las noches en vela tienen sus círculos infernales, y ésta era de las peores, no
tanto por no poder conciliar el sueño, sino porque sus pensamientos se tornaron
perversos. A las cinco de la madrugada se incorporó en la cama jadeando, preso
del pánico, como si el cianuro hubiese entrado en su apartamento. Pero la
ventana estaba abierta y allí no se percibía más que un débil olor a lluvia y a
lilas.
Al
levantarse y ver que había salido el sol, su estado anímico mejoró, sin que por
eso se volviera especialmente bueno. En la casa, bastante impersonal, reinaba
el desorden. De las paredes no colgaba un solo cuadro. La única excepción era
una sencilla reproducción del Te Rerioa, de Gauguin. Lo único que confería un
toque personal al piso era un sofá de cuero marrón en el centro de la
habitación, además de una silla blanca, estilo Queen Anne, recién reparada. En
la mesilla de noche había una radio nueva, una Philips Sirius Type. Solía
escuchar las noticias de la BBC a las siete o las ocho de la mañana, mientras
se preparaba un té y freía un poco de pan con tomate y pudín de sangre. Sin
embargo, ese día se marchó enseguida, sin desayunar. Tanto en las aceras como
en las calles abundaban los charcos, y los árboles y los arbustos parecían
doblarse bajo el peso de la lluvia. Anduvo un buen rato en la dirección
equivocada hacia el río Bollin, hasta Hollies Farm, donde Gregory, el bracero
retrasado de la granja, lo saludó con la mano. Llegó tarde a la comisaría.
Todavía se sentía apenado, pero, aun así, tuvo la sensación de que todo
seguramente saldría bien.
La
comisaría se hallaba en Green Lane, en un edificio de ladrillo rojo con una
explanada pequeña y muy fea delante. Aunque la ubicación era buena, justo al
lado de la calle principal, el aeropuerto de Mánchester se encontraba a pocos
kilómetros y el ruido era ensordecedor. Corell entró y pasó la recepción, con
su aglomeración de formularios y la telefonista que estaba sentada junto a la
vieja centralita Dover. Saludó brevemente al policía de servicio en la
recepción y subió la escalera hasta el pequeño departamento de la Policía
Criminal, del que Sandford era el jefe y donde Corell y otros tres oficiales
trabajaban. En las paredes se veían carteles de personas desaparecidas y otras
en busca y captura, aparte de un montón de absurdas hojas informativas sobre
enfermedades y parásitos, entre otras, una que trataba sobre un escarabajo que
propagaba la peste entre los cultivos de patata. Junto a su mesa, estaba la de
Kenny Anderson, medio tapado por el perchero donde colgaba su abrigo, y más
allá, cerca de la sala de archivo, intuía la presencia de Gladwin fumando su
pipa.
—Por
fin se ha ido esa condenada lluvia.
—Lo
creeré cuando lo vea —dijo Corell con un tono severo que pretendía zanjar la
conversación.
Kenny
Anderson tenía unos quince años más que Corell, y la vida no lo había tratado
bien. A pesar de su amabilidad, había una intransigencia en su persona que
desmoralizaba a Corell, quien, especialmente por las mañanas, sentía la
necesidad de apartarse de sus compañeros y estar solo. Desde hacía mucho tiempo
lo atormentaba una desidia, una dificultad para afrontar las tareas, por lo que
antes de ponerse a trabajar siempre pasaba un buen rato leyendo los periódicos
locales: el Manchester Guardian y el Wilmslow Express.
No
encontró ni una sola palabra sobre el fallecimiento, pero quizá no fuese tan
raro; a los periodistas no les habría dado tiempo a incluir la noticia. Sin
embargo, había muchas informaciones sobre la lluvia; entre otras cosas se
hablaba de inundaciones en Hammersmith y Stapenhill, y también de la
cancelación de un partido de cricket en Leeds al que iban a asistir 42.000
espectadores. En la página siguiente leyó sobre el final del racionamiento, tal
y como había mencionado el médico forense. El 4 de julio los ingleses iban a
poder comprar carne y mantequilla sin limitaciones, cosa que realmente no
significaba nada para él, pues tan sólo ganaba 670 libras al año y no se podía
permitir grandes caprichos. Medio enfadado pasó a las páginas deportivas. El
día anterior, en Estocolmo, un australiano llamado Landy había intentado batir
el nuevo e increíble récord de Bannister de una milla. Corell volvió a soñar
despierto. Percibió débilmente que Kenny Anderson le decía algo, por lo que
hizo un auténtico esfuerzo para no oírle.
—Anderson
llamando a Corell.
—
¿Qué?
Corell
se dio la vuelta desganado y chocó con un aliento cargado de licor, tabaco y
menta.
—He
oído que el sodomita ese ha muerto.
—
¿Quién?
—
¿No estuviste en su casa ayer?
—
¿De qué estás hablando?
—El
tipo de Adlington Road.
—Ah,
sí, bueno, estuve allí —dijo Corell mientras un aluvión de difusas asociaciones
y pensamientos se agolpaban en su cabeza.
—
¿Suicidio?
—Eso
parece.
—
¿Cómo?
—Había
preparado un caldero lleno de cianuro. Una peste insoportable.
—No
habrá podido vivir con la vergüenza. Una historia de lo más embarazosa,
¿verdad?
—Sí
—contestó Corell como si estuviera al tanto—. ¡Desde luego!
—Increíble
que el tipo lo confesara todo, ¿no?
—No
me ha dado tiempo a estudiar el tema en detalle. ¿Qué sabes tú? —respondió
Corell sin tener todavía muy claro de qué hablaba Kenny, pero comprendió por
qué el nombre le resultaba familiar.
Al
hombre lo habían condenado por homosexual, uno de tantos en los últimos
tiempos. Cuando nada más acabar la guerra Corell entró en el cuerpo, en la
división B de Mánchester, nadie se había preocupado mucho por ellos. No
empezaron a perseguir a los homosexuales de manera más sistemática hasta
después del caso de espionaje en 1951, cuando Burgess, un sarasa de tomo y
lomo, y otro tipo —Corell no recordaba su nombre— huyeron a la Unión Soviética.
De pronto, el asunto se convirtió en una prioridad, quizá por motivos puramente
patrióticos.
—No
hay mucho que estudiar —contestó Kenny.
—
¿Qué quieres decir?
—Un
pederasta que metió la pata, sin más. Nada del otro mundo. No parece haber sido
un tipo demasiado listo.
—Era
matemático.
—Lo
cual, desde luego, no tiene por qué significar una mierda.
—Al
parecer, le concedieron una especie de medalla por sus méritos en la guerra.
—Bah,
en la guerra condecoraban a cualquiera.
— ¿A
ti también?
—
¡Vete a la mierda!
—Entonces
¿conoces la historia?
—No
en detalle —continuó Kenny, ya mosqueado, con su dialecto berreante de las
Midlands.
Con
todo, Kenny Anderson, con expresión ávida, acercó su silla a la mesa de Corell.
Sus labios resquebrajados se separaron de ese modo particular como siempre que
solía hacer cuando pensaba que tenía algo entretenido que contar. Corell apartó
la cabeza discretamente para eludir el aliento.
—Todo
empezó cuando alguien entró a robar en su casa, en Adlington Road —dijo
Anderson—. Una chapuza de robo; no se llevaron más que un montón de mierda,
algún cuchillo de pesca y alguna que otra botella empezada, ese tipo de cosas.
Nada de valor. Pero el bujarrón insistía en que había que hacer justicia, así
que vino a denunciarlo.
—
¿Quién registró la denuncia?
—Brown,
creo, de Orden Público. El maricón creía saber quién era el culpable.
Sospechaba que su amante estaba implicado, un tipo pobretón que se había ligado
en Oxford Road.
—
¿Un delincuente?
—Un
buscavidas que vendía sus servicios bajo el puente. Pero el maricón… ¿Cómo se
llamaba?
—Alan
Turing —respondió Corell.
—Turing
fue lo bastante estúpido como para revelarnos sus sospechas, bueno, no nos lo
contó todo, claro. No dijo que el chaval era su amiguito, sino que se inventó
una historia tan absurda que los compañeros de Mánchester lo calaron al vuelo.
—
¿Qué pasó entonces?
—Pues
que los compañeros pasaron del robo, claro está, y se concentraron en intentar
pillar a Turing. Y el tonto va y lo confiesa todo enseguida. Menudo chasco se
llevó el muy imbécil —dijo Kenny, y esbozó una sonrisa.
—
¿Qué quieres decir?
—Imagínate
que vienes a poner una denuncia porque crees que los policías van a ayudarte a
coger a unos ladrones de pacotilla, y acabas entre rejas.
—
¿Lo metieron en la cárcel?
—Bueno,
no sé, pero en cualquier caso lo cazaron, y desde entonces no se ha sabido nada
de él, al menos hasta ahora. Supongo que ha estado escondido allí arriba en
Dean Row, muerto de vergüenza —continuó Kenny.
—Ayer
me dio la sensación de que el hombre padecía algún tipo de locura.
—No
me sorprende. Un jodido pervertido, seguramente.
—No
sé yo —dijo Corell pensativo.
—Pero
si acabas de decir que estaba loco.
—Sí,
pero…
Entendía
que sonaba contradictorio. Ya desde sus años en Marlborough College había huido
como de la peste de cualquier pensamiento relacionado con los homosexuales, y
sin duda la palabra «pervertido» podría haberla empleado él mismo para
referirse al muerto, pero tenía a Kenny Anderson en tan poca estima que le
repateaba estar de acuerdo con él en lo que fuera; además, posiblemente se
sentía ofendido también. No le parecía que su compañero tuviera derecho a
pronunciarse sobre el estado mental de Turing. Kenny no había visto el cuerpo
del matemático en su casa, tumbado bocarriba y en pijama, ni había sentido el
punzante olor a almendra amarga. Por otra parte, Anderson era pésimo juzgando a
la gente. Todo se simplificaba y se tornaba burdo, y se dijera lo que se dijese
del muerto, sus ecuaciones se hallaban a años luz de la capacidad de
comprensión de Kenny.
—Quieres
decir que un buen policía no debe sacar conclusiones precipitadas.
—Algo
así.
—Creía
que estábamos charlando sin más.
—Sí,
bueno, es verdad —admitió Corell—. ¿Así que Turing tenía contacto con
criminales?
—Eso
es una condición primordial para ser un sodomita practicante, ¿no?
—Sí,
claro. Sólo pensé que…
—
¿Qué?
—Que
podía merecer la pena echarle un vistazo.
—Hombre,
claro. Nadie se alegraría más que yo si al final resulta ser un asesinato
interesante, encargado por el crimen organizado. Pero lo que tengo muy claro es
que ese tipo tenía motivos de sobra para poner punto final a su vida. Seguro
que todo su entorno estaba al corriente de lo que hacía. La gente habrá
cuchicheado y chismorreado a sus espaldas todo el tiempo.
—Seguro.
—
¿Te he dicho que Ross quería hablar contigo?
—
¿Qué quería?
—
¿Qué suele querer? ¡Incordiar de una manera u otra!
—Menudo
imbécil —murmuró Corell.
—
¿Resaca?
Corell
no contestó, y no sólo porque estaba harto de la jerga y de la conversación. No
sabía qué decir. Se sentía tan cansado que no entendía qué le pasaba, y tardó
en darse cuenta de que no había bebido nada el día anterior. Con un aire de
determinación, apartó los periódicos y se levantó para ir a buscar información
sobre Turing. No llegó muy lejos. Alec Block apareció por la puerta. Su entrada
no podría calificarse de muy enérgica que digamos. Kenny Anderson lanzó un
profundo suspiro, no necesariamente dirigido a Block, podría haber estado
destinado a la vida en general, pero Alec se ofendió y se quedó compungido.
Corell quiso animarle con unas palabras amables, pero como no le salió nada, se
acercó y, sin siquiera desearle buenos días, preguntó:
—
¿Qué conseguiste ayer?
—Te
he dejado un informe sobre tu mesa. No sabía dónde estabas esta mañana.
—Muy
bien. No lo he visto. ¿Qué pone?
Alec
Block tomó la palabra y, a juzgar por sus movimientos y su mirada, se notaba
que tenía alguna información que le parecía interesante. Aunque Block tendía a
entusiasmarse por nada, en esta ocasión despertó la curiosidad de Corell, por
lo que le irritó que al principio sólo le contara un montón de tonterías, como
que el señor Turing no había mantenido contacto con otros vecinos que los Webb,
los de la casa pareada, y que éstos acababan de mudarse, por lo que no había
sido posible hablar con ellos, y que el señor Turing parecía no prestarle la
menor importancia a su aspecto. Los vecinos lo describían como desaseado y
desaliñado, además de ser un hombre al que no le agradaba en absoluto charlar
de cosas triviales. Alguien dijo que era capaz de marcharse en medio de una
frase si la conversación se le antojaba aburrida. Además, no hacía mucho tiempo
había cambiado su motocicleta por una bicicleta de señora. Este hecho animó a
Alec a contar un chiste sobre mariquitas, seguramente también le habían llegado
rumores acerca de la orientación sexual del señor Turing. Corell hizo caso
omiso de la broma, cosa que a Block más bien pareció resultarle un alivio.
—El
señor Turing estaba trabajando con una nueva máquina en la Universidad de
Mánchester. Pero eso supongo que ya lo sabías.
—Sí,
claro —mintió Corell—. ¿Algo más?
—Pregunté
si tenía enemigos.
— ¿Y
qué te han dicho?
—Que
no tenía, que ellos supieran. Aunque una vecina, una tal señora Rondel, señaló
que tanto hablar de las máquinas quizá hubiera molestado a alguien.
— ¿Y
qué había dicho de las máquinas?
Alec
no lo sabía con exactitud. Algo de que iban a ser capaces de pensar. Según la
señora, eso estaba en desacuerdo con la visión cristiana del mundo, igual que
sus inclinaciones sexuales.
—Es
que en el cristianismo nadie más que el hombre puede tener alma —aclaró Alec
Block.
—
¿Así que Turing afirmaba que las máquinas tendrían la capacidad de pensar?
—Eso
fue lo que la señora dijo. Pero quizá el señor Turing lo decía sólo en sentido
metafórico.
—O
porque estaba realmente loco —replicó Corell.
—Bueno,
es posible que lo haya estado, claro, pero por lo visto era profesor
universitario y se había doctorado en Estados Unidos.
—Uno
puede volverse loco de todos modos.
—Sí,
supongo —accedió Alec mientras se rebullía inquieto.
—Me
da la impresión de que hay algo más.
Así
era. Pero Alec no quería concederle demasiada importancia. O quizá sí. Había
una tal señora Hanna Goldman, que vivía enfrente de Turing. Es cierto que Hanna
Goldman parecía un espantapájaros excesivamente pintado. Además, apestaba a
perfume y a licor, y hablaba de forma inconexa, aseguraba Alec pese a que eso
iba en detrimento de sus objetivos. Los vecinos la tachaban de chalada, pero
Block no estaba tan seguro. La señora Goldman le había informado de modo
concluyente sobre una visita que hacía un par de años le había hecho «un
caballero distinguido» con acento escocés que trabajaba para el gobierno.
—
¿Para el gobierno?
—O
algo así. Y ese caballero quería que la señora Goldman le dejara usar su casa
para vigilar a Turing.
—
¿Por qué?
—Si
lo he entendido bien, para evitar que el señor Turing mantuviera más relaciones
homosexuales.
— ¿Y
por qué iba a importarle eso al gobierno?
—Creo
que el señor Turing era una persona importante.
— ¿Y
la señora Goldman le dejó usar su casa?
—No.
Ella no colabora con las autoridades, dijo.
—Pues
para alguien que no colabora con las autoridades ha sido bastante habladora.
—Sí,
supongo.
—Muchas
suposiciones veo en esta historia, Alec.
—Bueno,
me parecía que era algo de lo que debía informar.
—
¡Claro que sí! Nunca se sabe. ¿Has podido contactar con los familiares?
Alec
había hablado con un hermano, un jurista de Guildford que estaba de camino. No
había podido ponerse en contacto con la madre, Sara Éter, porque se encontraba
de viaje por Italia. El hermano había prometido que intentaría localizarla,
cosa que para Corell supuso una buena noticia; no le gustaba hablar con madres
que acababan de perder a sus hijos. Luego le pidió a Alec —pese a que,
evidentemente, podía considerarse un atrevimiento por su parte, ya que Alec
Block y él tenían el mismo grado— que fuera a buscar todo lo que hubiera en los
archivos sobre Turing, a no ser que el material se hallara en Mánchester.
—Es
que tengo que hacer unas llamadas —explicó.
No
tenía a nadie a quien llamar, o si lo tenía le daba pereza hacerlo, de modo que
volvió a sentarse y miró los montones de papeles que cubrían su mesa. Se acordó
del escritorio que tenía su padre cuando Leonard era pequeño y de todas las
cosas bonitas que solían ocuparlo: libros encuadernados en piel, postales de
lugares exóticos, diarios y las llaves de hierro para los cajones de caoba con
grabados de coronas de laurel. A menudo, el joven Leonard había martilleado
rítmica y arbitrariamente la máquina de escribir que estaba en la mesa, como si
fuese un instrumento de música y no una herramienta de trabajo, y había pasado
una mano sobre la mesa y los libros mientras percibía un aroma a futuro y a
todo lo que iba a aprender.
En
la comisaría no había nada de eso. Ahí todo era barato, aburrido y estaba mal
escrito. Nada que a uno le apeteciera leer. Sólo porquerías, atisbos de vidas
miserables. Había un caso de vertido de basuras al que el comisario Richard
Ross daba especial prioridad, y del que Corell no entendía por qué el
departamento de Policía Criminal debía ocuparse. Alguien había tirado un montón
de botellas vacías delante de la comisaría. Una soberana tontería, pero, como
había ocurrido cerca del edificio, Ross lo calificaba de «provocación a las
fuerzas del orden» y lanzaba conclusiones al estilo de Sherlock Holmes, como la
de que el autor del delito no podía ser pobre ya que entre la basura había
botellas de whisky de la marca Haig, la del eslogan: «Don’t be vague, ask for
Haig»[2], y ésa, según Ross, no era una marca que cualquier borracho podía
permitirse. A Corell se la traía floja el vertido ilegal de cascos vacíos,
independientemente de si el vándalo era rico o pobre. No tenía la menor
intención de mover un dedo en ese caso. Como mucho, y para mantener las
apariencias, le daría la vuelta a algún que otro papel. Era bueno fingiendo que
trabajaba mientras se entregaba a sus mundos secretos, que se ramificaban en un
hormiguero de reinos oníricos paralelos. Alec volvió a aparecer.
—Teníamos
bastantes cosas sobre Turing.
—Estupendo.
Gracias.
Corell
cogió el material. Al principio le irritó que lo hubiera molestado, pero pronto
se despertó su curiosidad; había algo interesante en esos contactos con
criminales en Mánchester. Sin embargo, no se puso en marcha enseguida;
necesitaba un tiempo para mentalizarse. Levantó la vista para observar a Alec
Block, quien daba la impresión de estar muy cansado y cuyas pecas parecían
haber empalidecido, aunque probablemente se trataba de una ilusión óptica, un
efecto de la iluminación intensa y malsana. En cualquier caso, para asegurarse
de no quedar mal, y también, claro, para que su compañero lo dejara en paz,
volvió a darle las gracias.
Luego
se quedó mirando un rato por la ventana hacia la fea entrada de la comisaría y
el parque de bomberos, y no fue hasta al cabo de unos minutos cuando empezó a
leer. Al principio le costó concentrarse y le distraían las ocurrencias y las
tonterías de Kenny Anderson, pero poco a poco la narración lo cautivó. No por
la historia en sí, sino porque parecía que estuviera hablando de su propia
vida. Lo que más le fascinó era un asunto del todo ajeno a la investigación:
unas líneas sobre una paradoja que habría provocado una crisis en las
matemáticas. Se sumió en una profunda concentración.
Capítulo
5
Se
asustó y pegó un respingo en su silla.
Los
descontentos ojos grises del comisario Richard Ross vagaban sobre Corell, y,
fuera lo que fuese lo que veían, no parecía estar muy contento con él. Richard
Ross estaba casi calvo y pese a no ser ni alto ni grande daba una impresión
ursina. Resultaba raro imaginarse que era un apasionado coleccionista de
mariposas y que en un par de ocasiones lo habían visto abrazando con cierta
ternura a su hija de catorce años. Por lo demás, había algo en su apariencia
que daba la inequívoca impresión de que se trataba de un hombre que había
sufrido una enorme injusticia. Se decía que en una ocasión mató un perro a
patadas por haberle mordido en la pierna, y, aunque quizá la historia no se
ajustaba del todo a la verdad, el hecho de que se contara resultaba significativo.
Además, a Ross le encantaba llevar pequeños sombreros, y tenía fama de malvado.
—
¿Dónde ha estado? —espetó.
—Trabajando.
—
¿En serio? En sus labores, supongo. Hay que ver las libertades que se toman
algunos… Alguien muy distinguido quiere verlo.
—
¿Quién?
—El
superintendente Hamersley. Como Sandford está de vacaciones, tendrá que
encargarse usted. Espero que sepa comportarse adecuadamente. Ha venido hasta
aquí sólo para verlo a usted.
—
¿Por qué?
—Es
como para preguntárselo, desde luego. Se trata del fiambre ese. Al parecer es
un asunto delicado. Espero, por Dios, que traiga la lección aprendida. Y recoja
el escritorio. No entiendo cómo puede trabajar así. Y dese prisa, maldita sea.
El superintendente estará al caer.
—Sí,
claro. Ahora mismo —respondió Corell con un tono servil que le ofendía tanto
como la reprimenda de Ross.
El
aviso de que Hamersley estaba de camino lo alteró, y se dio cuenta de hasta qué
punto deseaba seguir leyendo. Había encontrado paz y tranquilidad en los
informes de la vieja investigación, y, aunque no había entendido mucho, más
allá de que el muerto era un homosexual empedernido y un delincuente
extraordinariamente torpe, deseaba sumergirse en esos pasajes que hablaban de
las paradojas y la crisis en las matemáticas que, pese a sonar absurdos,
despertaban su imaginación y le inspiraban una sensación de algo inexplorado y
misterioso. Lo que menos le apetecía era una reunión con Hamersley.
Charles
Hamersley no sólo era un superior, sino un auténtico pez gordo, uno de los
jefazos del distrito de Cheshire, destinado en la jefatura de Foregate Street
en Chester. Corell había coincidido con él en dos o tres ocasiones, siempre con
el consecuente malestar como resultado. Charles Hamersley no era malvado como
Ross; tenía una sonrisa cálida y paternal, y si lo hubieran visto derrochando
amor con sus hijas nadie se habría sorprendido. Lo que desanimaba a Corell era
precisamente su benevolencia, que no rayaba en la compasión ni en el desprecio,
pero que empequeñecía a Corell y lo arrojaba al pasado a través de los túneles
del tiempo. Con Hamersley presente, volvía a sentirse un colegial, y todas esas
palabras agudas e inteligentes que se le ocurrían y que quería pronunciar no le
salían.
—Así
que el señorito tiene el honor de hablar con el superintendente —dijo Kenny
Anderson, y Corell suspiró como si sólo lo hallara cansino, pero de repente se
puso firme.
Se
oyó una voz familiar en el pasillo, y al cabo de un instante Charles Hamersley
entró saludando a diestro y siniestro. Había algo diferente en él, y Corell
tardó un rato en comprender de qué se trataba. Ya no llevaba barba y las gafas
resultaban tan nuevas como extravagantes, lo que significaba una ruptura de
estilo respecto a todo lo que Hamersley representaba. El superintendente tenía
más de sesenta años; delgado y alto, con los labios finos, tenía un aspecto
distinguido. Parecía datar de un siglo diferente al de sus gafas nuevas, que
seguramente eran importadas de Estados Unidos, país que admiraba. Era un hombre
anticuado que quería ser moderno, pero lo moderno en él sólo resultaba
ridículo. Los nuevos tiempos le sentaban tan mal como las gafas.
— ¿Y
cómo va todo por aquí?
—Muy
bien, sir —mintió Corell—. ¿Y usted?
—
¡Estupendo! Pero son tiempos de ajetreo. Nos ha venido encima un caso de lo más
delicado.
—Eso
tengo entendido.
Corell
pensó en la señora Goldman y en la orden sobre la apresurada autopsia de la
noche anterior.
—El
doctor Turing trabajó para el Ministerio de Asuntos Exteriores —continuó
Hamersley.
—
¿Haciendo qué?
—Para
ser sincero, no lo sé. Esos cabrones no sueltan prenda. Pero hemos recibido
órdenes de agilizar la investigación. Mandarán gente del ministerio para
registrar la casa; seguramente se pondrán en contacto con usted.
—
¿Gente de los servicios de inteligencia?
—Lo
ignoro —dijo Hamersley con una expresión de gran satisfacción, como si en
realidad lo supiera, cosa que irritó a Corell.
Buscó
algo inteligente que decir, pero no se le ocurrió nada.
—Supongo
que está familiarizado con el pasado del muerto, ¿verdad?
—Era
homosexual —afirmó Corell sin saber muy bien cómo reaccionaría su superior.
Quizá un asentimiento de cabeza, una constatación breve o un brusco rechazo por
no ser a lo que Hamersley se refería.
Sin
embargo, los labios del superintendente se abrieron en una amplia sonrisa.
Incluso se acercó una silla y se sentó con un movimiento suave que, teniendo en
cuenta su edad, parecía extrañamente grácil, casi femenino.
—Eso
es, eso es —indicó, y luego siguió hablando, o más bien sermoneando.
Por
sorprendente que pudiera parecer, como un comienzo demasiado dramático a una
historia muy banal, empezó su narración hablando de las bombas atómicas
soviéticas. La primera se había detonado cinco años antes, en 1949, y tan
reciente como el mes de agosto del año anterior los rusos habían hecho explotar
algo aún peor, su primera bomba de hidrógeno.
—Muchos
se habían preguntado cómo era posible que los rusos lograran desarrollar la
bomba tan rápido. Ahora lo sabemos —continuó Charles Hamersley.
—
¿Lo sabemos?
—
¡Por medio del espionaje! Los soviéticos tienen espías por todas partes, tanto
entre su propia gente como entre nosotros.
—Tenían
al Fuchs ese.
—No
sólo a él. No se olvide del matrimonio Rosenberg. Creen que hay centenares.
Centenares de ellos, Corell.
—
¿De verdad?
—Y,
por supuesto, en una situación así resulta de la mayor importancia averiguar
qué tipo de personas son capaces de traicionar a su patria. ¿Sabe en qué tipo
de personas se centran?
—En
los comunistas… —aventuró Corell.
—Tiene
razón, claro. Los comunistas representan el gran peligro, no sólo los
ideológicamente convencidos, sino también los que flirtean con esos credos o
los que se mueven en esos círculos. Bueno, como el propio Oppenheimer, quien se
llevó una buena bofetada no hace mucho. En Estados Unidos tienen a un senador
de lo más dinámico, sin duda ha oído hablar de él, a usted le gusta estar al
día, ¿no? Me refiero a Joseph McCarthy, naturalmente… Bueno, sí, sé que también
hay gente muy crítica con él, pero, créame, el senador es una fuerza que
resulta necesaria; y lo que mucha gente ignora, quizá usted también, Corell, es
que McCarthy y sus colaboradores no sólo vigilan a los comunistas, sino también
a los homosexuales, en especial a los que trabajan en la administración del
Estado o a los que han tenido acceso a secretos de Estado. ¿Sabe por qué?
Corell
preferiría no tener que contestar, y no sólo por miedo a hacer el ridículo. En
secreto, y en contra de su voluntad, los cumplidos de Hamersley lo habían
halagado, y quería seguir gozando de su estima. Dijo:
—Por
el riesgo al chantaje.
—Exacto,
eso es, tiene razón otra vez. Es usted muy perspicaz. Los homosexuales son las
víctimas ideales para el chantaje. Están dispuestos a hacer cualquier cosa con
tal de que sus inclinaciones no salgan a la luz, y, efectivamente, nuestros
amigos del FBI han podido constatar que los rusos se han concentrado en
intentar reclutar a maricas. Pero ésa no es toda la verdad, ni siquiera la
principal explicación. No. El motivo primordial es que los que se involucran en
actividades depravadas carecen de carácter. No poseen la suficiente calidad
moral para ocupar un cargo de responsabilidad. Y no lo digo porque sí, ni se
trata de una conjetura mía. Abundan las pruebas. Usted ya sabe, los
norteamericanos tienen una nueva organización muy profesional… Quizá haya oído
hablar de ella, se creó para evitar un nuevo Pearl Harbor, la CIA se llama, y
allí han analizado a conciencia a los pervertidos y han llegado a la conclusión
de que no son de fiar. En el servicio público constituyen un riesgo de
seguridad y, en realidad, entre nosotros, Corell, la lógica es muy simple.
Cuando el carácter se debilita, en esos momentos somos muy vulnerables,
¿verdad? Entonces, las tentaciones surgen. Si uno ha caído tan bajo como para
acostarse con otro hombre, es que es capaz de hacer todo tipo de barbaridades.
El que puede hacer el amor con otro hombre también podrá hacerlo con el
enemigo, como alguien, muy acertadamente, lo ha expresado.
—Entiendo
—dijo Corell.
—Por
supuesto que lo entiende. Usted es uno de nuestros talentos, aunque he oído que
no pasa por su mejor momento. Pero eso lo vamos a arreglar. Hay demasiados
asuntos importantes como para andar alicaído, por ejemplo limpiar el terrible
cenagal homosexual. Sabe, no nos hemos dado cuenta de la seriedad de la
situación hasta los últimos años. Los norteamericanos van a la cabeza, sí,
también en eso, sí, es triste lo que está pasando con la vieja Inglaterra.
Egipto, Irán, India, lo perdemos todo, y quizá se debe, bueno, qué sé yo, a que
hemos perdido el control no sólo del mundo, sino también de nuestra propia
moral. Pero en Estados Unidos cogen el toro por los cuernos. Hay un zoólogo
allí, Kinsey o Kensey, no me acuerdo bien del nombre. El caso es que ha investigado
en la depravación del hombre y ha concluido que la homosexualidad es algo
increíblemente común. Es ciencia pura, sus números no se pueden ignorar, y aun
así…, mucha gente en nuestro país los ha rechazado. Han despachado la
homosexualidad como una vulgaridad norteamericana. Pero usted y yo, Corell,
hemos estudiado en colegios privados, ¿verdad?
Corell
asintió a regañadientes, hacía mucho que no se ufanaba de su pasado o que ni
siquiera sacaba el tema en una conversación. Su pasado se había convertido poco
más que en un hecho embarazoso, un paisaje lejano que lucía en su memoria como
una promesa traicionada.
—De
modo que conocemos las cerdadas que se hacen por ahí —continuó Hamersley—. Pero
nuestros jefes necesitaban un buen despertador. Ya sabe a qué me refiero, el
escándalo con Burgess y Maclean. ¡Increíble que pudieran escapar! Con todo el
tiempo que llevaban bajo sospecha. Seguro que esos sinvergüenzas se están dando
un buen festín de caviar y vodka en Moscú ahora mismo, y aunque los rusos se
empeñan en considerarlos desertores ideológicos, no cabe duda de que son
traidores a la patria de la peor calaña, ¡y ya sabemos quién es el principal
culpable!
—
¿Lo sabemos?
—Hombre,
Burgess, quién si no. Un libertino terrible, borracho, sodomita incurable, que
debió de seducir y echar a perder a Maclean. Y eso hay que tenerlo en cuenta,
Corell, los homosexuales influyen en su entorno. Provocan la caída de otros.
Pero no hay mal que por bien no venga; nos ha abierto los ojos, y en el
gobierno hay al menos una fuerza del bien: el ministro del Interior, sir David
Maxwell Fyfe… Bueno, no es que se pueda decir nada malo de Churchill,
entiéndame, pero, entre nosotros, empieza a hacerse viejo. El señor ministro,
en cambio…, no he tenido el placer de conocerlo, pero es un hombre emprendedor
y resuelto. Gracias a la influencia de los norteamericanos, ha conseguido
animar a todo el cuerpo, bueno, para ser sinceros, yo también he aportado mi
granito de arena. Si mira la estadística, Corell, sobre todo aquí en Cheshire,
verá…, bueno, tengo los números aquí mismo…, veamos…, 1951, el año en el que
Burgess y Maclean desaparecieron, condenamos a trece hombres por
homosexualidad. Y en años anteriores fueron aún menos. Pero el año pasado, el
número ascendió a nada menos que cincuenta y nueve. No está mal, ¿eh?
—No,
no está nada mal, desde luego.
—Desde
los días de Oscar Wilde no hemos abordado este problema con tanta
determinación, y no crea que las clases acomodadas quedan exentas o protegidas.
Todo lo contrario, la perversión, sin duda, se da con mayor frecuencia en las
clases altas. Dicen que en Cambridge y en Oxford se ha puesto prácticamente de
moda; ¿se imagina lo que eso puede significar para el futuro de Inglaterra?
Corell
hizo un gesto de resignación con las manos.
—Significa
que tenemos que actuar antes de que sea demasiado tarde. Supongo que ha leído
sobre lord Montagu.
—Sí,
claro —mintió Corell.
—Hasta
dos veces lo detuvieron por este delito, y eso es una señal importante. También
los viejos delitos pueden sacarse a la luz. Ningún homosexual en activo debe
sentirse seguro. Y, como ya se ha dicho, también la prensa se ha despabilado.
El Sunday Pictorial… no es un periódico que yo lea habitualmente, claro…, pero
allí han seguido de cerca el asunto. «Hombres malvados», llamaron a la serie de
reportajes, quizá un poco exagerado, pero bueno…, el tema se ha puesto sobre el
tapete. Un pastor metodista escribió que peor que en Mánchester no está la
situación en ningún otro sitio. El silencio conspiratorio se ha roto.
—El
silencio consp…
—Es
que muchos lo sabían, pero han enterrado la cabeza bajo tierra, fingiendo que
la indecencia no existe. Pero ya ha llegado la hora de acabar con eso. Vivimos
tiempos peligrosos, Corell. El mundo puede estallar en pedazos. Resulta vital
poder fiarnos de los nuestros.
—
¿Se sospecha que el señor Turing también colaboraba con los rusos?
Corell
se mordió la lengua, no quería que lo tacharan de ingenuo.
—No
juzgo a nadie que no pueda defenderse —dijo Hamersley—. Pero tengo las antenas
puestas, y en el Ministerio de Exteriores están preocupados, eso me quedó muy
claro por teléfono esta mañana. Un suicidio…, porque es un suicidio, ¿no?
—Muchos
indicios apuntan en esa dirección, sí.
—Un
suicidio siempre levanta sospechas, ¿no es cierto? ¿Quería huir de algo? ¿Tenía
secretos con los que no podía vivir? En fin, todo eso.
—Entiendo.
—Y
hay otras cosas, pura psicología, además de los conocimientos sobre cómo
trabajan los rusos. Por muy comunistas que sean, tontos no son, ni un pelo de
tontos tienen. Saben que la persona que ha cedido a una tentación vuelve a las
andadas. No me cabe duda de que saben dónde centrar sus ataques. ¡Al fin y al
cabo, todo versa sobre el carácter! ¡El carácter, Corell!
Corell
no se sentía particularmente fuerte ni firme respecto a su carácter, pero no
podía evitar que las palabras del superintendente le levantaran el ánimo. Eran
como una ráfaga de aire del gran mundo, muy diferente a su día a día, y aunque
de nuevo se sentía empequeñecido y torpe en sus intervenciones, un nuevo
entusiasmo se asomaba en él y rompía su tedio.
—
¿Estaba el señor Turing en posesión de información sensible? —preguntó.
—Bueno,
no nos precipitemos —contestó Hamersley—. El hombre acaba de abandonar este
mundo, y a usted y a mí, Corell, sólo nos corresponde ocuparnos humildemente de
nuestra pequeña parte de la historia, pero claro está que si uno es una persona
reflexiva, como me precio de ser, entonces puede sumar dos y dos: determinadas
personas del Ministerio de Asuntos Exteriores, cuya incomodidad es manifiesta,
se han puesto en contacto conmigo, y ese Turing… era científico de algún tipo,
¿verdad?
—Matemático.
—
¿Ah, sí? Bueno, para ser sincero, no se me dan muy bien las matemáticas. Pero
¿no son los matemáticos y los físicos las personas clave de la industria bélica
de hoy en día? ¿Quizá Turing ayudó a desarrollar nuestra bomba? No lo sé.
Bueno, quizá no sea justo por mi parte dejarme llevar de esta manera. Pero
tiene usted razón; algo sabría, alguna información poseería. Y no resulta muy
reconfortante que digamos imaginarse que los secretos del señor Turing, fueran
cuales fuesen, se hayan paseado por Oxford Road, entre toda esa chusma. ¿Qué no
será capaz de decir un hombre preso de la peor lascivia posible?
—
¡Quién sabe!
—Por
cierto, ¿no era el señor Turing objeto de algún tipo de chantaje cuando lo
detuvieron hace un par de años?
—Sí,
podría decirse que sí. Al menos no debió de ser una casualidad que entraran en
su casa.
—
¿No?
—Los
ladrones conocían sus inclinaciones. Supongo que pensarían que no se atrevería
a denunciar el robo. Sin duda, daban por descontado que alguien como él
carecería de protección legal —continuó Corell, y por alguna razón Hamersley no
pareció acoger sus palabras con agrado.
La
cara del superintendente se torció en una mueca, y en un tono más objetivo,
moderado, preguntó por el aspecto que tenía la casa de Adlington Road. Pero
mientras Corell se lo contaba, Hamersley se le antojó distraído, por lo que
Corell no se molestó en hablarle de la carta o de la medalla que había
encontrado. En cambio, indagó con timidez en aquello que le había comentado la
señora Goldman a Alec Block acerca de que alguien «que trabajaba para el
gobierno» había vigilado a Alan Turing.
—
¿Qué…? No… —murmuró Hamersley—. No sabía nada de eso. Aunque tampoco me
sorprendería, en absoluto. Éste es un asunto muy grave, Corell.
—La
señora no parecía del todo fiable.
—
¿No? ¿Goldman, ha dicho que se llamaba? Judía, claro. Bueno, nunca se sabe.
Pero espere un momento… Me pregunto si no habrán sido nuestros compañeros de
Mánchester quienes la visitaron; y ellos también, en cierto sentido, trabajan
para el gobierno. Pasaron por ese barrio hace un par de años.
—
¿Con qué motivo?
—Si
mal no recuerdo, el doctor Turing esperaba una visita de un pederasta de algún
país nórdico. Yo diría que querían evitar ese encuentro.
—
¿No resulta raro? —preguntó Corell.
—
¿Qué quiere decir, oficial?
—Pues
que no tenemos por costumbre vigilar a gente sólo porque existe el riesgo de
que reincidan en ese tipo de delincuencia.
—Puede
que no, Corell. Puede que no. Pero deberíamos hacerlo. Considérelo un caso
ejemplarizante. Contra los peligros de la homosexualidad cualquier precaución
es poca. Además, hemos llegado a la conclusión de que nuestro matemático estaba
en posesión de informaciones secretas, ¿verdad?, así que mayor motivo para
echarle un ojo. ¿Por dónde íbamos?
—No
estoy seguro.
—Bueno,
no importa. Espero que usted lleve este asunto con elegancia y discreción, y
que me informe directamente. Es que, sabe usted, hay ciertas personas, nuestro
amigo Ross, por ejemplo, que piensan que es usted demasiado joven para
encargarse de este caso, pero yo, yo confío en usted, y, si le soy sincero,
ahora que el ministerio está involucrado, me alegra tener un hombre con su
pasado trabajando en esto. Sin duda, se pondrán en contacto con usted, y no
creo que haga falta que le insista en la importancia de que colabore con ellos
en todo lo que le pidan.
—Faltaría
más.
—Muy
bien.
Se
levantaron, y Corell probablemente debería haber dicho algo edificante y haber
hecho el saludo militar; un gesto bastante frecuente en el cuerpo, al menos
ante peces gordos como Hamersley. Con todo, Corell se limitó a quedarse de pie
y, a pesar de que rabiaba por despedirse del superintendente para quedarse a
solas con sus pensamientos, no fue capaz siquiera de mover la cabeza en señal
de despedida. Al final, fue Hamersley quien rompió el silencio:
—Lo
dicho, un placer hablar con usted —se despidió; se marchó y dejó a Corell de
pie al lado de su mesa con los ojos clavados en sus manos, unas manos largas y
esbeltas que, pensó, desentonaban en esa comisaría.
De
los calabozos surgían golpes sordos, como si alguien se abalanzara contra las
paredes, y Corell levantó la vista hacia el techo, que en su momento se había
pintado de blanco, pero que desde hacía ya bastante tiempo se veía gris, o más
bien negro por culpa del humo del tabaco. Algunos secretos sabría. Corell no
podía decir que estuviera contento con el desarrollo de la visita, pero sin
duda el caso se había vuelto más interesante. ¿No se le presentaba aquí una
oportunidad para lucirse? Creía que sí, y con cierta energía retomó la lectura
de los viejos delitos del matemático. Al igual que antes, pudo constatar que el
informe se había redactado de forma bastante convencional, pero, aun así,
contenía varias digresiones y desvíos que lo diferenciaban de la burocracia
habitual, y, aunque no mejoró su opinión de Alan Turing, algo despertó dentro
de él. Le recordó sus propios sueños de la época de colegio, no sólo aquellos
razonablemente realistas de estudiar matemáticas en la universidad, sino
también los sueños más alocados en los que inventaba algo revolucionario y
grandioso que cambiaría el mundo, y por primera vez en mucho tiempo sacó su
cuaderno y compuso una pequeña serie de números. Era como regresar a algo largo
tiempo olvidado.
Capítulo
6
Alan
Mathison Turing nació el 23 de junio de 1912 en Paddington, Londres. Era mayor
de lo que Corell había pensado; habría cumplido cuarenta y dos años dentro de
dos semanas. Estudió en King’s College, en Cambridge, y también en Princeton,
Estados Unidos, y presentó una tesis doctoral, no estaba muy claro en qué. Tras
la guerra fue a parar a Mánchester, donde participó en un gran proyecto cuyo
objetivo era la construcción de una máquina, tal y como Alec Block había dicho.
Desde un punto de vista meramente biográfico, el material dejaba muchas
incógnitas sin resolver, aunque lo cierto era que el nombre de Alan Turing no
había acabado en los archivos policiales por nada relacionado con su carrera
profesional.
Sino
que fue por Oxford Road, justo en ese punto bajo el puente del ferrocarril,
donde la calle se convierte en Oxford Street, no muy lejos del centro de
refugiados, con su torre campanario y los dos cines. Ese barrio constituía el
lugar de encuentro de los homosexuales. Corell no sabía por qué, pero en algún
sitio tenían que verse. Y con un poco de buena suerte, o de mala, Turing y él
podrían haberse cruzado, pues durante su primera época en el cuerpo, Corell,
destinado en la división B en Mánchester, había patrullado esa zona a menudo,
pasando por debajo del puente con el tufo a orina y los grafitis en los
ladrillos rojos oscuros.
Varios
de sus compañeros conseguían unos ingresos extra de los bujarrones. Quizá no
fuera del todo legal, pero durante los años de posguerra, cuando la amargura
bullía en el cuerpo, se consideró razonablemente legítimo. Pese a que él nunca
aceptó un céntimo, tanto por motivos morales como por timidez o falta de
audacia, algo que sufría desde su época escolar, no se lo reprochaba a nadie.
Oxford Road no era un sitio para personas educadas en Cambridge, ni para nadie,
la verdad. Se trataba de un lugar donde los hombres buscaban el amparo del
urinario para cometer terribles indecencias. Tan sólo imaginar lo que hacían
asqueaba a Corell, y saber que Turing había sido un asiduo de la zona no
aumentaba precisamente su simpatía hacia él. Su experiencia le decía que en las
investigaciones sobre homosexualidad casi siempre escaseaban los datos, y
obtener una sentencia condenatoria era de lo más difícil. Los implicados tenían
motivos de sobra para callar, y si existían testigos rara vez estaban
predispuestos a hablar. Sin embargo, encontró una sorprendente cantidad de
información sobre las andanzas del matemático y pudo leer que una tarde de
diciembre de 1951 había estado contemplando el cartel que anunciaba una
película, al lado de los soportales en la parte alta de la zona, o más bien
fingía hacerlo mientras miraba a su alrededor en busca de hombres. Sin duda,
los maricones acostumbraban a dedicarse a ese tipo de juegos introductorios,
pensó Corell, pero en circunstancias normales nadie se daba cuenta. En este
caso, en cambio, había una confesión de cinco páginas en la que Alan Turing
hablaba con franqueza, al parecer sin considerar su homosexualidad como un
problema. Si hubiera dificultades jurídicas o morales, estarían en otro nivel
bien distinto, afirmaba, cosa que indignó a Corell. ¿No podría el hombre por lo
menos haber mostrado la decencia de avergonzarse? Con una objetividad
desvergonzada describía cómo había descubierto entre la multitud de Oxford Road
a un joven que se llamaba Arnold Murray.
—
¿Adónde va? —le había preguntado Turing.
—A
ningún sitio.
—Yo
también.
Se
fueron a una cafetería de las que abundan cerca de las estaciones que hay al
otro lado de la calle, y como tantos otros que se conocían en esa zona formaban
una extraña pareja. Oxford Road la frecuentaban personas de todos los estratos
sociales, eso lo sabía Corell desde hacía tiempo. Más o menos como cualquier
zona de prostitución. Los que tenían dinero pagaban. Los que no, lo cogían.
Turing trabajaba en la universidad y contaba con títulos universitarios y quizá
también con una condecoración militar, mientras que Arnold Murray tenía
diecinueve años y era un pobre desgraciado. Su padre era un albañil alcohólico.
Constaba que Arnold Murray había sido el alumno más aventajado en aquel colegio
de acogida en el que había vivido durante la guerra, pero que continuara los
estudios nunca fue, desde luego, una opción para un joven de su condición. Se
volvió un joven delincuente sin trabajo, y a Corell le resultaba evidente que
el chico anhelaba el reconocimiento de alguien acomodado. Parecía estar seguro
de que la homosexualidad formaba parte del mundo culto, a no ser que su
ingenuidad fuera fingida o que su abogado lo hubiera aleccionado al respecto.
—
¿No es a eso a lo que se dedican en Cambridge y en Oxford? —preguntó durante
los interrogatorios.
Un
hombre como Alan Turing debía de haberlo embaucado sin la menor dificultad, en
especial teniendo en cuenta que Arnold Murray en su día también se había
interesado por la ciencia, y el hecho de que Turing ya al principio de sus
encuentros le había contado que estaba construyendo «un cerebro electrónico».
Un cerebro. Eso no podía ser cierto ni por asomo, ¿verdad? No, claro que no.
Cuanto más lo pensaba, más desvergonzado le resultaba todo. Pero aquellas
palabras seguro que impresionaron a un pobre diablo sin apenas estudios de los
barrios bajos, por muy falsas que fuesen. Posiblemente formaban parte del
discurso general del matemático sobre las máquinas pensantes. Podía tratarse de
un argot, o una metáfora, o incluso una manifestación de pura enajenación mental
—Corell recordaba la sensación de locura que le había invadido al recorrer la
casa—, pero lo más probable, pensó, es que no fueran más que malévolas
fanfarronerías para seducir al chico. En efecto, Alan Turing había invitado a
Arnold a su casa el fin de semana siguiente.
Sin
embargo, Arnold Murray no se presentó, aquella vez no. Se vieron el mes
siguiente, en enero de 1952, en Oxford Road, y entonces Turing sin más
preámbulos lo invitó otra vez. Fue en esa ocasión cuando se cometió el delito
por primera vez. Indecencia grave, tal y como se denominaba según el Código
Penal, sección 11, incorporada a la ley de 1885. Un artículo importante, sabía
Corell, sobre todo porque en su momento condenó a Oscar Wilde. Quizá podría
decirse que todo el asunto recordaba un poco a una historia de amor normal y
corriente. Alan Turing le hacía regalos a Arnold y lo describía en su confesión
como «un cordero perdido» y «un hombre agudo, ávido de saber, con gran sentido
del humor». No obstante, a la historia no le faltaban ingredientes sórdidos.
El
12 de enero el matemático lo invitó a cenar, lo que para Arnold Murray
evidentemente fue algo importante. Turing tenía asistenta.
—De
repente estaba entre los señores y no con los criados —dijo embriagado—. Nos
tratamos como iguales.
Después
de la cena, tomaron vino sentados en la alfombra del salón y Arnold le contó a
Turing una pesadilla. Por raro que pueda parecer, esta conversación privada se
añadió a las actas del interrogatorio. Bien es cierto que Corell había oído que
los sueños pueden revelar algo de la personalidad de un individuo y sus
pasiones —sabía algo de Freud—, pero dudaba que los compañeros de Mánchester
hubiesen intentado realizar semejante análisis. Por otra parte, la
meticulosidad era una virtud, y nadie sabe de antemano qué detalles son los que
al final tienen importancia, y este sueño al menos era bastante terrible. En
él, Arnold estaba tendido en una superficie llana, sin ninguna característica
especial, un lugar completamente vacío sin ubicación en el tiempo ni en el
espacio. A su alrededor se oía un ruido que se tornaba cada vez más alto e
insoportable, y, cuando Alan Turing le preguntó qué era ese ruido, Arnold no
fue capaz de contestar, sólo le dijo que se trataba de un ruido terrible que
estaba a punto de apoderarse de él y, quizá, también de todo lo demás.
Al
parecer, a Alan Turing le resultó interesante el sueño. Por lo que pudo
entender Corell, al matemático le cautivaban los sueños en general. Al fin y al
cabo, había anotado los suyos en tres cuadernos, y después de la conversación,
en efecto, surgió cierta confianza e intimidad, lo que dio lugar a que se
volviera a cometer el delito. Aunque Corell prefería no saber los detalles, no
podía dejar de pensar en el pecho algo femenino de Turing y en sus propios
dedos desabotonándole la camisa del pijama en Adlington Road. Borró esa imagen
de su cabeza, como si la mera idea fuera peligrosa, y se le ocurrió que eso de
que «nos tratamos como iguales» probablemente era de lo más revelador. Antes de
que Arnold estuviera dispuesto a hacer nada, necesitaba un poco de respeto y
reconocimiento. Necesitaba que lo vieran como un ser humano antes de
ensuciarse. Pero algo se torció, y Corell no pudo evitar sentir cierta
fascinación.
Arnold
no quiso aceptar el dinero que Turing le ofreció. Él no era ningún prostituto,
decía. Se había presentado en casa de Turing como un igual, y había sido
invitado a cenar. Todo como tenía que ser; a Turing también parecía gustarle la
idea de que fuera como cualquier ligue. El problema residía en el motivo
original por el que Arnold acudía a Oxford Road. Era pobre. Vivía en la
miseria. Así que ¿qué podía hacer? En vez de aceptarlo, le robó dinero de la
cartera, y eso podría haber sido el final de la historia. Cuando Alan Turing
descubrió el robo, le envió una carta en la que decía que quería poner fin a
sus encuentros.
De
todos modos, Arnold apareció un par de días más tarde y juró que era inocente,
así que Turing lo perdonó. Difícil determinar por qué. El matemático daba la
impresión de ser una persona muy ingenua. Kenny Anderson lo había tachado de
«no demasiado listo», y, aunque Corell se resistía a darle la razón a su
compañero, era indudable que Alan Turing se portaba de una manera
asombrosamente estúpida. Después del reencuentro, cuando Arnold cambió de
táctica y pidió dinero de forma directa, para un traje, su amigo se lo dio
enseguida. «Toma —dijo Turing—. Cógelo. Seguro que va a ser muy bonito». Pero,
entonces, el matemático ya iba de cabeza a una trampa. ¡Qué humillante tenía
que haber sido todo!
Ahora
bien, no resultaba fácil saber hasta qué punto Arnold Murray era ladino. Si
Kenny Anderson —cuya predisposición a los juicios personales tajantes y
descalificadores resultaba notoria— hubiera leído acerca del asunto, sin duda
habría concluido que el chico era el típico delincuente que intentaba sacarle
el dinero que podía. Corell no estaba tan seguro. En cualquier caso, Arnold
Murray no se le antojaba una persona echada a perder del todo. Sufría
remordimientos de conciencia. Quería aprender y no paraba de preguntarle cosas
a Turing. «Hablamos incluso de la nueva física». Pero, aun así… En una taberna
de Oxford Street se fue de la lengua hablando de la casa de Turing. Había ido
allí con un amigo, un tal Harry Greene. Los chicos se jactaban de sus aventuras
y, como no podía ser de otra manera, Alan Turing apareció en la conversación,
el hombre que afirmaba que estaba construyendo un cerebro electrónico.
Harry
propuso un golpe. Arnold dijo que no, o al menos eso sostuvo. Pero la idea
siguió adelante. Hasta allí la cosa estaba clara. Durante aquellos días de
enero de 1952 —que Alan Turing describió como ansiosos y agitados— le robaron
en la universidad, no se sabía qué. Se sentía «supersticioso y asustado». El 23
de enero participó en un programa de radio y no quedó muy contento con su
intervención. Esa misma noche llegó a Adlington Road y se dio cuenta de que
habían entrado en su casa. Le invadió «una sensación oscura y aciaga de estar
bajo amenaza».
El
robo en sí no era gran cosa, tal y como Kenny Anderson había dicho. Sólo
faltaban unos cuchillos de pesca, un par de pantalones, una camisa de tweed,
una brújula y una botella abierta de jerez, pero lo desagradable obviamente era
saber que alguien había husmeado en su casa, y eso fue suficiente para que
Turing cometiera su error fatal. Denunció el robo. Como es natural, hasta los
delincuentes deben tener derecho a que la ley los proteja. Pero ¿por qué
diablos cometió Turing semejante temeridad? Corell no lo entendía.
Por
una botella abierta de jerez, el matemático se metió en una lucha encarnizada
por su vida. Por unos trastos, bajó la guardia y se la jugó, y en ese sentido
se mostró muy resuelto. Pero, por otra parte, permaneció igual de evasivo y
débil que antes. A pesar de todos sus buenos propósitos, dejó que Arnold
volviera a entrar en su casa el 2 de febrero. Es cierto que se pelearon —por lo
visto montaron una escena terrible, y no cabía duda alguna de que el matemático
desconfiaba de veras de Arnold—, pero la tormenta amainó. Tomaron una copa, la
confianza se restableció en la conversación, y al final a Arnold le entraron
ganas de confesar para darle coba a Turing, como si quisiera vengarse y
reconciliarse a la vez: se chivó de Harry. Habló de la taberna, y al cabo de un
rato los dos reincidieron en su delito. Pero esa noche el matemático permaneció
despierto. Escribió en su confesión que «Arnold le caía bien», pero que «no
quería verse implicado en algo que podía ser chantaje. El señor Murray me
amenazó con denunciarme a la policía». Por eso, el matemático se levantó y,
moviéndose por su casa con el mismo sigilo que un delincuente, guardó la copa
de la que Arnold había bebido, con la esperanza de que las huellas dactilares
pudieran compararse con las del ladrón.
Al
día siguiente, se marcharon juntos, y Turing dejó a Arnold sentado en un banco
delante de la comisaría mientras él entraba a contarle las novedades al agente
Brown, un hombre bajito con ojos bizcos y entradas, amable, y cuyos informes
siempre rebosaban faltas de ortografía y rarezas de todo tipo. Esta vez no fue
una excepción: en el informe figuraba dos veces «ella» en referencia a Turing,
pero lo bueno de los deslices era que reforzaban lo curioso de la historia.
En
su denuncia Turing no decía ni una palabra acerca de Arnold. No obstante, quiso
ofrecer una explicación plausible de por qué había conseguido esta nueva
información sobre el tal Harry, por lo que inventó una historia sobre un
vendedor a domicilio que no se sabía muy bien lo que vendía, con toda
probabilidad cepillos. Este vendedor —del que Turing no dio nombre ni
descripción— había dicho, como de pasada, que sabía quién había entrado a robar
en la casa. Exactamente cómo podía saber eso tampoco quedaba claro. La mentira
resultó bastante inútil, y después todo sucedió muy rápido, aunque al principio
la balanza parecía inclinarse a favor de Turing, pues Harry Greene era, en
efecto, un canalla. Se hallaba en prisión preventiva en Mánchester por otros
delitos, y la policía lo relacionó con el robo en Adlington Road, pero lo que
Turing debería haber previsto era que Harry tenía un as en la manga: podía
negociar con la policía.
—Mi
amigo Arnold hizo cosas feas con ese hombre —dijo.
Eso
de por sí no tenía por qué significar gran cosa. ¿Cuánta mierda y cuántas
acusaciones sin fundamento no habría oído Corell en boca de criminales? La
mayoría de las veces no llevan a nada, en especial si una persona de clase
social más alta lo niega. Pero en este caso ocurrió algo. Dos compañeros de
Mánchester, los inspectores Willis y Rimmer, leyeron la denuncia de Turing y el
chivatazo del vendedor ambulante y sospecharon que se trataba de una mentira.
Decidieron pasar al ataque. El 4 de febrero de 1952 visitaron la casa del
matemático, oficialmente para hablar del robo, pero ya desde el primer momento
se portaron de forma amenazante o en cualquier caso ofensiva, y aunque Corell,
por su parte, desconfiaba de la confrontación instantánea, la estrategia habría
sido la más oportuna. El sospechoso tampoco era un gamberro cualquiera, quizá
incluso era una persona más frágil que la mayoría. Sin duda, no tenía ni idea
de que la policía andaba tras él. Había denunciado un robo y había aportado
información valiosa. Entonces ¿por qué no iba la policía a estar de su parte?
—Lo
sabemos todo —dijo el inspector Willis sin precisar lo que quería decir con
«todo».
Sin
embargo, con el comentario consiguió desequilibrar de manera notoria a Turing.
Cuando éste iba a repetir su declaración, se hizo un lío que fue empeorando
cuanto más lo presionaban. Vacilaba al hablar y seguía sin presentar detalles
convincentes. El vendedor a domicilio no dejó de ser una figura muy difusa.
«Tenemos
motivos para pensar que tu descripción del curso de los acontecimientos es
falsa», había replicado Willis. Probablemente intercambiaron unas cuantas
frases más en la misma línea, pero el momento de la verdad se acercaba sin
remedio. Corell se imaginó a Turing buscando a tientas una salida, una rama a
la que agarrarse, y cómo al final acabó capitulando, con la esperanza a buen
seguro de que una confesión supusiera un alivio, una liberación de todas esas
mentiras, pero no podía estar más equivocado. Puede que confesar ante unos
amigos suponga una liberación; los policías, en cambio, son unos depredadores.
Mientras el culpable sueña con ser comprendido, el policía olfatea la victoria
y lo único que desea es enredar al culpable. Para los compañeros ese momento
fue un triunfo, para Alan Turing sin lugar a dudas constituyó nada menos que el
principio del fin. ¡Cómo que mentira!, habría dicho, ¡Soy un hombre con una
posición! Nadie podía declararle culpable sin su confesión. ¿Y qué hizo? Pues
lo soltó todo.
—
¡Arnold Murray y yo teníamos una aventura!
Como
si eso no fuera suficiente, agarró un bolígrafo para redactar allí mismo, ante
los inspectores, su testimonio de cinco páginas, caracterizado por la más
extraña falta de comprensión hacia la gravedad y la relevancia de la situación.
No parecía entender que el robo ya no significaba nada y pretendía que los
policías se interesaran más por su lucha espiritual —su negativa a ceder ante
el chantaje— que por su delito sexual. Era como si creyera que la gran cuestión
moral se encontraba en otro nivel. « ¿Hasta qué punto debe un hombre protegerse
a sí mismo, y en qué medida debe aceptar ciertos agravios para no dañar a
otros? Eso es en muchos aspectos una cuestión ética muy interesante. ¿Hasta qué
punto es razonable sufrir para ayudar a una persona que es más débil?»,
escribió en su confesión, a todas luces ajeno a que su propio delito podía
reportarle dos años de cárcel y que todo lo demás tan sólo se veía como
retórica rimbombante que nada tenía que ver con la investigación policial.
A
Alan Turing ya no le servía de nada su posición u origen social, eso quedaba
claro en el texto legal. Una vez hecha la confesión, su pasado se volvería en
su contra y reforzaría la imagen de un tipo artero que seducía a chicos jóvenes
e ingenuos de un estrato social más bajo; pero, al parecer, el matemático
seguía sin ser consciente de nada de eso. Tras admitir su relación incluso dio
la impresión de relajarse. El inspector Rimmer, cuya objetividad profesional
fallaba muchas veces, lo describió como un auténtico converso, una persona que
estaba totalmente convencida de haber hecho lo correcto, y en una curiosa
apostilla en el margen anotó «un hombre de honor», sin que quedara muy claro
qué quería decir con eso.
Quizá
se refería a la sinceridad de Turing. O a su imprudente generosidad. El informe
de la investigación no daba pie a hacerse una imagen muy clara del matemático;
por momentos se antojaba preocupado, en otros parecía situarse por encima de lo
cotidiano, libre de preocupaciones y sufrimientos. En una ocasión invitó a los
policías a unas copas de vino como si fueran sus amigos, y en otra intentó
explicarles una teoría matemática, o al menos figuraban en el informe
—garabateadas por el inspector Rimmer— unas curiosas palabras acerca de la
llamada paradoja del mentiroso que cautivaron a Corell: « ¡Yo miento! Si esta
proposición es verdadera, es falsa puesto que la persona miente, pero entonces
dice la verdad ya que admite que miente, etc». había anotado Rimmer, y había
añadido algo acerca de que contradicciones como ésta habían causado una crisis
en la lógica matemática, y que esto, a su vez, había llevado a Alan Turing a
diseñar las bases para un nuevo tipo de máquina. En esa descripción de Rimmer
había lagunas, un montón de pensamientos se habían perdido por el camino entre
una cosa y otra, pero aun así a Corell le pareció conmovedor que el inspector
se hubiera esforzado en entender algo que sin ninguna duda se hallaba mucho más
allá de su horizonte, y que tampoco tenía nada que ver con la investigación.
También se alegró, como si se tratara de un tipo de problema que había echado
de menos. Yo miento. Saboreaba las palabras. Si es verdad que miento, entonces
digo la verdad… El enunciado era tan verdadero como falso, saltaba entre sus
dos polos opuestos como en un bucle perpetuo, y se dio cuenta de que su padre
le había comentado algo acerca de esa paradoja hacía mucho tiempo. Intentó
hacer memoria, pero no logró recordar qué era lo que le había dicho, de modo que
cuando siguió leyendo se distraía, como si las frases de la paradoja
continuaran contradiciéndose dentro de su cabeza, y volvió a acordarse de la
manzana envenenada encima de la mesilla de noche, como si la manzana formara
parte de la paradoja.
Capítulo
7
Corell
estaba especialmente predispuesto a buscar el significado que pudiera tener una
manzana abandonada. En una ocasión, cerca de las vías del tren en Southport, se
había quedado mirando con fijeza un guante negro de piel al mismo tiempo que se
imaginaba una vida entera. Ocurrió poco antes del estallido de la guerra y dos
años después de la mudanza de Londres.
En
esa época vivían no muy lejos de la orilla del mar, en una pequeña casa de
piedra donde lo más destacable eran los ventanales de la planta baja. Tal y
como Corell lo recordaba, un buen día su padre dejó de hablar, sin más, quizá
no en un momento concreto, pero casi. Y eso no era precisamente un asunto
trivial, pues James Corell había sido el bullicio personificado. Su ruidosa
risa y sus arrebatos teatrales eran la característica fundamental de la
familia. En torno a sus historias e ingeniosidades se congregaban Leonard y su
madre para alimentarse de esa energía o para ser despojados de ésta, y no sería
errado afirmar que James Corell lograba que otros padres dieran una imagen
insulsa y anodina. A su alrededor se celebraba una fiesta permanente. Se sabía
cuándo se acercaba porque hacía tintinear las llaves en el bolsillo de sus
pantalones, y sus entradas siempre resultaban magníficas de un modo u otro,
aunque sólo se limitara a exclamar: « ¡Qué reunión más encantadora! ¿Sería
mucho pedir que un hombre sencillo como yo pudiera unirse a ella?».
De
todos era sabido que el padre había sufrido algunos contratiempos y que había
perdido un montón de dinero. Pero mientras siguiera hablando, Leonard no se
preocupaba. Aunque la fortuna había ido desapareciendo del banco y de la
cartera, permanecía en los gestos y en las palabras, y el padre era un gran
hombre. Conocía a gente famosa, o al menos eso decía; en no pocas ocasiones se
despachaba a gusto contra los grandes de su época con un desprecio propio de la
realeza. Ahora bien, en aquellos tiempos Leonard no sabía gran cosa de la vida
de su padre. Sabía que había estudiado en el Trinity, en Cambridge, y que había
escrito algunas novelas y dos libros de no ficción, ninguno muy exitoso pero de
los que se decía que eran obras independientes, importantes, aunque se habían
descubierto unas cuantas embarazosas literaturizaciones e inventos en ellos.
Separar los hechos y la ficción no era su fuerte, incluso él lo admitía. Uno de
los libros era una biografía del pintor Paul Gauguin; y el segundo, de un
atleta norteamericano de decatlón, un indio de nombre Thorpe, que ganó el oro
tanto en el pentatlón como en el decatlón en las Olimpiadas de Estocolmo en
1912, pero al que le quitaron las medallas, probablemente por motivos racistas
ocultos.
El
padre sostenía que luchaba para defender a los débiles y a aquellos que eran
perseguidos por ser diferentes, por alejarse de lo normal y de la habitual
estrechez de miras, y que le encantaba desenmascarar «al poder y a la engreída
burguesía». Se decía —aunque puede que sólo formara parte del mito familiar—
que se le temía por sus artículos en el Manchester Guardian, que en cualquier
caso no podrían haber sido demasiados, y entre los amigos y «en círculos
tolerantes» sus tres novelas, que la madre no quería que Leonard leyera, se
consideraban «malentendidas y merecedoras de una suerte mejor». Era alto,
fuerte y apuesto, con ojos marrones, ligeramente achinados, y pelo rizado que
se resistía a ralear y encanecer, y hablaba con más ardor que nadie que Leonard
conociera. Sin embargo, uno de los peores insultos que el padre había tenido
que aguantar en su vida era escuchar que «debería escribir con la misma pasión
con la que hablaba». En general, era un hombre que quería que lo alabaran por
todo, menos por su forma de hablar. El habla no significaba nada, decía,
despreciando así el único arte que realmente dominaba, pero todo eso el hijo lo
comprendió mucho más tarde. En aquella época, Leonard adoraba a su padre.
La
madre era doce años más joven, más sobria y no tan llamativa, algo encorvada,
con ojos delgados, entornados, que ponían nerviosa a la gente y que a veces se
clavaban en James con una hostilidad que a Leonard le resultó incomprensible
durante mucho tiempo. A veces se preguntaba cómo era posible que hubieran
llegado a casarse. Es cierto que nunca se sintió muy cercano a su madre, ni
siquiera en los buenos tiempos, pero antes de que su padre dejara de hablar ese
verano tampoco había sido necesario. Tenía a James. La madre era más bien una
puerta cerrada, una cara sellada que manifestaba algo frustrado, no resuelto,
pero que a veces despertaba de su sopor para argumentar de forma ágil y
apasionada, y en momentos así las conversaciones en casa se convertían en una
auténtica fiesta. Entonces no se pronunciaba ni una sola palabra sobre la
compra, el tiempo o los cotilleos, sino que todo brillaba y se revestía de un
aire del mundo grande e importante, y nadie era lo bastante famoso o importante
para no ser tachado de diletante o granuja. La falta de respeto era una virtud
y, durante toda su vida, lo trivial provocaría apatía y melancolía en Corell.
No soporto la normalidad, decía mientras aún le quedaba un poco de soberbia en
el cuerpo y antes de ahogarse en la banalidad de su profesión. Posiblemente eso
le acarreó un lastre idealista. Los padres tenían una tendencia a idealizar y
embellecer. Adoraban a artistas y científicos, a todos los que se situaban al
margen de su tiempo, y eso asustaba a Leonard ya que reforzaba la sensación de
que nunca daría la talla, a la vez que le enredaba en la idea de ser un
elegido, y soñaba con tener una idea, un pensamiento grande que revolucionara
el mundo. Concretamente en qué consistiría aquella idea y dentro de qué
disciplina se desarrollaría nunca quedaba muy claro —variaba de un día a otro—,
pero fantaseaba acerca del resultado y el honor, y albergaba grandes
esperanzas. No es que pensara que sus sueños se harían realidad, pero estaba
convencido de que llegaría a ser importante, sobre todo cuando se oponía a su
padre en los debates en casa, y a menudo escuchaba: « ¡Dios mío, Leo, qué bien
explicas las cosas!». Hasta aquellos días de agosto y septiembre de 1939,
cuando tenía trece años y pronto lo iban a mandar a Marlborough College, un
internado privado famoso por su estricta disciplina, no estaba preparado para
otra cosa que no fuera un futuro brillante. Los nubarrones se cernían sobre su
cabeza, pero le pasaban desapercibidos al ver a su padre de buen humor. En
presencia del padre, incluso el hecho de que los invitados escasearan, de que
los viajes veraniegos se acabaran, de que el mundo y la habitación se
encogiesen lo vio como algo normal, parte de un nuevo orden natural de las
cosas. Incluso el traslado de Londres a Southport, decían que motivado porque
«la costa de Sefton es lo mejor que tiene Inglaterra», lo vivió como parte de
esa nueva dirección que tomaba sus vidas. Muchas veces, cuando su padre estaba
sentado a orillas del mar con un libro en el regazo y contemplaba las zancudas,
las avefrías, las garzas y los chorlitos, señalando con alborozo a las aves
mientras los halcones las atacaban, a Leonard no le cabía duda de que la vida
realmente era mejor así, y de que tener gente de servicio y mucho dinero no
suponía más que molestias. Sólo veía lo que quería ver.
Una
noche se hallaba tumbado en la cama mirando los ojos achinados de su padre.
Fuera se oía el mar y los gavilanes pescadores, y en realidad no quería
dormirse. Éstos eran los mejores momentos del día, cuando su padre estaba
sentado en el borde de la cama, y quizá acababa de leer algo de un libro
clásico, comentando el contenido, o Leonard había podido contarle cómo quería
que la historia continuara, lo que probablemente le había valido algún elogio
acompañado de una cálida caricia en la cabeza. Pero esa noche en concreto, las
facciones del padre se mudaron. Una nueva y más brillante luz se veía en sus
ojos.
—
¿Estás triste, hijo mío? —preguntó, y eso era raro.
Leonard
no estaba triste y a punto estuvo de contestar «No, padre, para nada», pero
sintió la atracción de la pregunta, que se extendía hacia él como unos brazos
abiertos, y quizá, pensó, el padre había visto algo de lo que él no era
consciente. Quizá Leonard en realidad estaba triste. La pregunta penetró su
cuerpo como un dolor muy dulce.
—Sí,
creo que quizá me siento un poco triste.
—Lo
entiendo, estás muy triste —dijo el padre mientras le acariciaba el pelo con su
mano gruesa de marcadas venas azules, y a Leonard le gustaba, lo vivía como una
muestra de inmenso cariño.
Era
como si lo vieran con una nueva nitidez. Nada de lo que había dicho o hecho
antes había emocionado tanto a su padre. Había mimado a Leo de manera generosa,
con aplausos y homenajes, con toda la escenografía teatral, pero nunca antes
había mostrado tanta emoción. Se veían lágrimas en los ojos del padre, y la
voluminosa mano sostuvo la nuca del niño, y Leonard quería acurrucarse en su
tristeza, en su fingida tristeza, y se sentía feliz, feliz en su sufrimiento.
Ni se le ocurrió que el padre quizá no llorara por él, sino por su propia vida.
Lo que Leonard interpretaba como amor no era más que el propio dolor del padre,
porque no era verdad lo que creía entonces, que en su familia se podía hablar
de todo.
Sobre
los fracasos y el dolor del padre no se podía hablar. Ésa era la norma más
importante de la casa. Pero Leonard no lo había advertido por la simple razón
de que no era capaz de imaginarse que al padre lo amenazara nada sombrío, y no
fue hasta mucho más tarde cuando se dio cuenta de que el padre debía haber
sufrido un bloqueo emocional, no muy raro en los hombres ingleses, pero extraño
en un hombre que siempre parecía mostrarse abierto y dispuesto a darlo todo, y
que, al menos en términos generales, nunca había tenido dificultades para
hablar de las sinuosidades y las tristezas del corazón.
****
Su
casa en Southport estaba decorada de forma sencilla y en las paredes no
abundaban los cuadros. Habían llevado pocas cosas de Londres: el amplio
escritorio del padre con las coronas de laurel grabadas y tres sillas Queen
Anne de madera de nogal. En la tapicería de los asientos se veían unas rosas
rojas bordadas. Dos de las sillas estaban colocadas en el salón junto a la mesa
cofre, y la tercera la ocupaba el padre durante las comidas. No se trataba de
una extravagancia explícita, ninguna gracia sobre la que se bromeaba.
Simplemente James se sentaba en la silla Queen Anne, y si Leonard hubiese
reflexionado sobre eso en alguna ocasión, sólo lo habría considerado una
muestra de la posición del padre en la familia y en la vida. Ese verano, sin
embargo, James se ausentaba a menudo de las comidas, y entonces algo pasaba con
la silla. Se cargaba con una ausencia inquietante, y en las conversaciones
surgía un nuevo retraimiento. Incluso en frases tan triviales como «Pásame la
sal» o «Fíjate qué viento arrecia sobre el mar» se advertía una tensión
soterrada. A veces, cuando el padre estaba presente, tropezaba con temas que
resultaban más sensibles que todos los horrores del continente; una palabra
imprudente sobre otro escritor que había tenido éxito; un comentario sobre
«alguien que se había refugiado en su finca con todo su dinero». Momentos en
los que el rostro del padre se congelaba y él empezaba a respirar a través de
los dientes apretados provocando un desagradable silbido.
—Padre,
¿qué pasa?
—
¡Nada, nada!
Nunca
le pasaba nada, sobre todo nada de lo que estuviera permitido hablar. Si se
permitía algo, esto era hacer ruido con los cubiertos, o colocarse bien el
flequillo mientras se pronunciaba alguna frase del estilo: «Realmente una noche
preciosa esta noche. Increíble que Richardson nunca pueda controlar sus vacas».
A menudo el padre recuperaba la compostura, por lo menos si lograban aparentar
que no había pasado nada; o no se recuperaba y entonces solía marcharse,
dejando que la silla Queen Anne se transformara en una imagen de todo lo que
permanecía oculto. Lo que advirtió ese verano y lo que eran simples
construcciones posteriores Leonard no lo sabía. Pero las señales estaban ahí.
Una cosa tan simple como la respiración del padre cuando se echaba una siesta.
Una respiración demasiado fatigosa, gimiente. «Es por el jerez —decía la
madre—. Siempre se excede con el jerez», y luego estaba lo de sus lecturas.
Leía a todas horas. Pero durante aquel verano las páginas apenas se pasaban,
como si todo el tiempo mirara la misma hoja. Andaba de forma distinta. Se
intuía una indiferencia en su manera de arrastrar los pies. Ya no quedaba nada
de ese andar rítmico, militar; y casi no se percibía ruido alguno de las llaves
en su bolsillo. Luego estaba lo del correo, que siempre había abierto con
ganas, o con preocupación, difícil saberlo; ahora lo dejaba sin tocar en la
mesa del recibidor y ya no parecía ni asustarle.
A
finales de agosto, cuando los turistas empezaron a marcharse de la zona y
aparecieron los primeros gansos y patos, algo ocurrió con sus hombros. Se
alzaron tanto que apenas dejaban ver el cuello, pero su madre y él nunca
llegaron a enterarse del motivo. Ni siquiera supieron cuándo abandonó el hogar.
El 30 de agosto fue el día en el que dos graneros se incendiaron en Southport.
Los vieron a lo lejos como dos antorchas luminosas. Había hecho buen tiempo,
con cielos claros todo el día, pero hacia la noche unas nubes oscuras
aparecieron en el cielo y en el mar se levantaron olas altas.
De
cena tomaron algo que contenía pudín de Yorkshire, y debían de haber tocado el
tema del tiempo porque recordaba que la madre dijo: «Creo que la nieve vendrá
pronto este año». Poco después se le cayó una copa al suelo que le hizo
exclamar un «merde!» en francés. Hablaron de Marlborough College. «Espero que
sepas apreciar la suerte que tienes de poder estudiar allí. Nos cuesta mucho
dinero». Pero guardaron silencio sobre la ausencia del padre o, mejor dicho,
debían de haberlo mencionado de alguna manera porque después del té de la tarde
salieron a buscarlo. Entonces el sol ya se había puesto y desde el mar les
alcanzó un ligero olor a algas y a sal. Recorrieron la playa pasando dunas de
arena y turberas hasta llegar al muelle. En una ocasión vieron una ardilla roja
y la madre buscó la mano de su hijo, pero Leonard se sentía demasiado adulto
para semejante intimidad, de modo que metió las manos en los bolsillos. Y
pronto dieron las diez y las once de la noche y empezó a hacer frío. El viento
penetraba por su jersey de cuadros.
—Seguramente
estará en algún sitio bebiendo —dijo la madre.
Poco
tiempo después descubrió el contorno de algo en la orilla, algo tendido que
podría ser el padre. Miró a la madre y al ver que ella no reaccionaba echó a
correr en dirección al agua mientras gritaba « ¡Papá, papá!». Pero sólo
encontró un par de cajones con la inscripción «Dublín 731». A medianoche
regresaron a casa.
Capítulo
8
En
los papeles del juicio imperaba un enorme desorden, no obstante, Corell pronto
logró hacerse una idea bastante clara del curso de los acontecimientos. Alan
Turing había estado en prisión preventiva. Lo habían fotografiado y habían
tomado sus huellas dactilares para después pasárselo todo a Scotland Yard, lo
que debía de significar que toda la vida de Turing, conforme a lo que Hamersley
había dicho, podía quedar expuesta a todo el mundo, cosa que no habría sido
nada fácil de afrontar. No porque Corell contara con información sobre el
entorno del matemático ni supiera nada de su psicología, pero no le cabía duda
de que en una situación así los amigos y los compañeros de trabajo se habrían
distanciado de él. A un maricón desenmascarado seguramente se lo trataba un
poco como a un leproso, suponía, y cosas así hacen mella, eso lo sabía Corell
por experiencia propia. Ahora bien, eso era asunto de Turing y saltaba a la
vista que se lo merecía.
Según
el informe, durante el juicio el matemático se comportó «con descaro y sin
arrepentimiento», algo que no debía de haber ayudado mucho en su defensa.
Arnold Murray fue retratado como alguien joven e ingenuo, pero no sin
perspectivas de futuro, y se decía que Alan Turing lo había seducido, un hombre
mayor y más culto, algo que tampoco beneficiaba demasiado a éste. Como es
natural, el defensor de Turing alegó todas las cosas buenas que conocía de su
cliente, por ejemplo —y en eso se fijó Corell en especial—, que le habían
otorgado una OBE, Order of the British Empire, por sus servicios durante la
guerra. Sin embargo, no se decía ni una sola palabra sobre dónde había servido
el matemático. En el frente seguro que no, pues su aspecto no encajaba con el
de un tipo duro, y aparte de dos testigos llamados a declarar sobre su
moralidad, que lo defendieron, entre otros un tal Hugh Alexander —un nombre que
le resultaba vagamente familiar a Corell—, parecía que no habían acudido muchas
personas a apoyarlo.
Uno
de los recepcionistas asomó la cabeza por la puerta para comunicarle que volvía
a tener visita. Entre maldiciones hizo un valiente intento de poner un poco de
orden en su escritorio. No lo consiguió a tiempo. Un hombre con el rostro
encendido irrumpió en el despacho, como propulsado por una rabia encapsulada.
Durante unos instantes, Corell se preparó para recibir una reprimenda, o, peor
aún, una bofetada, pero cuando el individuo se quitó el sombrero y le tendió la
mano se preguntó si de verdad era rabia lo que había visto. El hombre rondaba
los cuarenta y cinco o cincuenta años, tenía el pelo moreno peinado con raya al
lado y una pequeña barriga cervecera. A juzgar por los zapatos y el traje, se
trataba de una persona importante, quizá incluso alguien del Ministerio de
Asuntos Exteriores; Corell había empezado a fantasear con recibir información
exclusiva en calidad de investigador policial, y en su cabeza ya se imaginó un
par de escenarios. Pero también pasaba algo más con el visitante, algo que no conseguía
definir. Le resultaba inquietantemente familiar, como si ya se hubiesen
conocido y hubieran tenido un desagradable enfrentamiento, y durante unos
instantes Corell permaneció sentado a su escritorio, desconcertado, sin
levantarse.
—
¿Viene a verme a mí?
—Creo
que sí. Usted es el oficial Corell, ¿verdad? Mi nombre es John Turing. He
venido en cuanto me he enterado de lo ocurrido.
Aunque
Corell, evidentemente, reconoció enseguida el apellido, tardó un poco en
comprender que se trataba del hermano y que esa sensación de déjà vu que
experimentaba con toda probabilidad no se debía más que al parecido del hombre
con el muerto.
—Le
acompaño en el sentimiento —dijo una vez que logró ordenar sus pensamientos, al
mismo tiempo que se levantaba y le tendía la mano—. ¿Ha venido desde Londres?
—Desde
Guildford —respondió John Turing con sequedad, transmitiendo así que pretendía
mantener su dignidad y comportarse de manera sobria y rigurosa.
—
¿Quiere sentarse?
—Preferiría
no hacerlo.
—Entonces,
permítame que le proponga que salgamos a dar un paseo. Parece que el tiempo ha
mejorado. Supongo que quiere ver a su hermano. Podría llamar a…
—
¿Es necesario?
—Me
temo que necesitamos confirmar la identidad.
— ¿Y
la asistenta no lo ha…?
—Dicen
que es bueno despedirse.
—Supongo
que es mejor que me encargue yo y no nuestra madre.
—
¿Está su madre en camino?
—Sí,
pero tardará unos días en llegar. Se encuentra en Italia. ¿Me puede informar un
poco de lo que sabe?
—Voy
a ponerle al corriente de todo lo que sabemos. Sólo me aseguraré antes de que
puedan recibirnos en la morgue —dijo mientras cerraba los ojos como para
armarse de valor ante otra prueba de resistencia más.
****
En
la calle brillaba el sol. Casi hacía calor, y delante de la comisaría aún había
basura y trozos de cristal tirados. A lo lejos se divisaba la casa blanca de
piedra, cuya belleza contrastaba de manera dolorosa con el edificio de la
policía, y en el cielo se veía la estela de un avión. Corell le habló de la
manzana, el veneno, los cables eléctricos, el caldero que hervía, la sensación
de «calma y resignación» en el rostro de Alan Turing, y, dadas las rarezas del
caso, a Corell le sorprendieron las pocas preguntas que formuló el hermano.
—
¿Mantenían ustedes una relación estrecha? —preguntó Corell.
—Éramos
hermanos.
—No
todos los hermanos tienen contacto.
—Cierto.
— ¿Y
ustedes?
—No
nos veíamos muy a menudo. De modo que lleva razón. Pero de pequeños…
John
Turing dudaba, como si se preguntara si merecía la pena contar nada.
—
¿Qué pasó?
—En
aquella época manteníamos una relación muy estrecha. Crecimos en gran parte sin
nuestros padres. Nuestro padre estaba en la India y supongo que no querían
exponernos al clima de allí. Vivimos, entre otros sitios, en casa de un viejo
coronel y su esposa, en St. Leonard’s, junto al mar, lo que no siempre fue
fácil.
—Usted
era el mayor.
—Le
sacaba cuatro años. Así que sentía una gran responsabilidad.
—
¿Cómo era?
—
¿De niño, quiere decir?
—De
niño o de lo que sea.
John
Turing pegó un respingo como si la pregunta le resultase rara o dolorosamente
íntima. Aun así, empezó a hablar, no con mucho entusiasmo, en absoluto. A
menudo daba la impresión de estar ausente, de hacerlo sólo para cumplir con su
deber, pero en otros momentos se dejaba llevar, emocionado por sus palabras, y
parecía olvidar con quien estaba hablando.
—Ya
de muy pequeño —dijo— a Alan le gustaban más los números que las letras, y los
veía por todas partes: en lámparas, cartas, paquetes. Mucho antes de que
pudiera leer, sumaba números de dos cifras, y cuando aprendió a escribir, lo
hacía con mucha torpeza. Apenas se le entendía la letra.
Ahora
tampoco, pensó Corell, al acordarse del cuaderno de Turing. Le molestaba que el
hombre que lo había observado con su rostro rígido, y que había resultado ser
un pervertido, fuera en su momento un chaval que durante mucho tiempo siguió
equivocándose de pie al ponerse los zapatos.
Tampoco
le gustaba oír que en su infancia había sido torpe, que lo habían marginado,
que le había costado hacer amigos y que ni siquiera era demasiado popular entre
los profesores. Uno de ellos había dicho que apestaba a matemáticas. Otro
escribió un verso que decía que «del fútbol Turing es un auténtico fan / Por la
geometría que las líneas del campo le dan».
—
¿Fueron al mismo colegio?
—Al
principio. Estudiamos en Hazelhurst, pero luego yo empecé en Marlborough, y
entonces…
—En
Marlborough —le interrumpió Corell, y a punto estuvo de soltarle una larga
perorata sobre el sitio antes de darse cuenta de que eso le obligaría a
explicar por qué trabajaba como un vulgar policía en una pequeña ciudad de
provincias, cosa que su amor propio no soportaría.
—A
mí no me pareció mal sitio —continuó John Turing—. Bueno, a mí me iban más los
deportes, claro. Pero es verdad que el colegio tenía sus componentes inhumanos,
y comprendí que Alan lo pasaría fatal allí. De modo que se lo desaconsejé
vivamente.
—Así
que se libró de Marlborough.
—Acabó
en Sherborne, que supongo que tampoco era perfecto ni mucho menos, pero era
mejor.
—Seguro
—asintió Corell en un tono quedo.
Giraron
en Grove Street y pasaron delante del pub Zest, las casas bajas de ladrillo y
la hilera de tiendas y peluquerías. Había bastante gente en la calle. Aún hacía
sol, pero en el cielo habían aparecido oscuras y amenazantes nubes, y en una
reminiscencia rápida le vino a la cabeza una noche húmeda y desagradable en el
internado. Así que se libró de Marlborough. Reprimió la imagen y se obligó a
concentrarse en su acompañante.
—
¿Cuándo fue la última vez que se vieron? —preguntó.
—Estas
Navidades. En nuestra casa en Guildford.
—
¿Cómo lo encontró entonces?
—Bien,
me pareció. Mucho mejor.
—
¿Mejor que cuándo?
—Que
durante todo el proceso.
—
¿Estaba deprimido?
—Supongo
que sí. Aunque no lo sé, la verdad. Después de esa historia tuvimos nuestras
diferencias. Nunca supe con certeza lo que había pasado.
—
¿Desaprobaba la vida de su hermano?
John
Turing se detuvo en mitad de un paso y bajó la mirada a sus manos. En su rostro
se intuía una mueca, pero desapareció enseguida.
—No,
no —dijo—. Lo ayudé todo lo que pude, con consejos legales, con todo tipo de
cosas. Le facilité contactos.
—Usted
es abogado, ¿verdad?
—Sí,
pero no resultaba fácil hablar con Alan. Nunca lo fue. Le aconsejé que
confesara también durante el juicio y que no se pusiera a dar un montón de
malditos discursos. Pero no quiso escuchar ni una cosa ni la otra.
— ¿A
qué se refiere?
—En
parte quería explicar las cosas como eran, claro; odiaba las mentiras y la
hipocresía, cosa que le honra, por supuesto. Pero para Alan nada resultaba
sencillo. Le daba vueltas a todo, algo que sin duda fue un buen recurso en su
trabajo, pero en la sala de audiencias…, Dios mío…, allí sí que era un bicho
raro. Dijo que sería igual de injusto declararse culpable que negar lo que
había ocurrido.
—No
sé si lo entiendo.
—Quería
decir que si se declaraba culpable decía la verdad en el sentido de que
realmente había mantenido una relación con ese hombre, pero al mismo tiempo
supondría admitir que lo que había hecho era un delito, y eso se negaba a
aceptarlo. Sólo obedecía a su naturaleza, afirmaba.
— ¿Y
usted no estaba de acuerdo con eso?
—
¡No!
—
¿En qué sentido?
—Lo
cierto es que no tengo muchas ganas de hablar del tema.
—Entiendo.
—Pero
si es eso lo que va buscando, puedo decirle desde ya que no me gustaba nada
aquello que él llamaba su manera de ser —espetó Turing con un encono
inesperado—. Cuando me escribió para contármelo supuso para mí un auténtico
impacto. Nunca lo sospeché.
—
¿Se enemistaron?
—
¿Esto es un interrogatorio?
—En
realidad, no.
—A
Alan le habría divertido mucho esa frase.
Corell
se sobresaltó. Como era tan sensible, se lo tomó como una burla.
—O
se habría tomado muy en serio la cuestión y se habría preguntado qué estados
fronterizos existían entre el sí y el no, y si ese «en realidad, no» pertenecía
a uno de ellos o si la frase no era más que un disparate desde un punto de
vista lógico —continuó el hermano, de nuevo más amable.
—Sólo
quería…
—No
se preocupe, no me importa hablar, «en realidad, no». ¿Cuál era la pregunta?
—
¿Se enemistaron usted y su hermano?
—Sólo
en el sentido de que me reprochaba ciertas cosas. Como que no entendía la
difícil situación de los homosexuales.
—De
modo que él quería decir…
—Que
los suyos eran un grupo expuesto y perseguido. Me dio toda una conferencia
sobre el tema, pero, por Dios, yo tenía otras cosas por las que preocuparme.
Por él, por mi hermano. Pero eso no lo entendía. «Sólo piensas en tu
reputación», decía, y no era verdad. Yo no pensaba nada más que en la suya e
hice todo lo que estuvo en mi mano para que ésta sufriera el menor daño
posible, pero si usted supiera…, es que me saca de mis casillas.
—
¿El qué?
—Que
Alan, al margen de su mundo intelectual, fuera tan condenadamente ingenuo.
—Bueno,
manejó la investigación policial de forma bastante torpe, eso sí —comentó
Corell, muy consciente de que su papel no consistía en estar de acuerdo.
—Sí,
desde luego.
—La
condena en sí o el tratamiento, ¿cómo lo encajó?
—No
lo sé. Pero suena horrible, ¿no?
—
¿Por qué?
—Obligar
a un hombre a tomar estrógeno, ¿puede haber algo más humillante? —dijo John
Turing, y Corell pensó: «Estrógeno, ¿qué diablos es eso?», pero se calló para
no manifestar su ignorancia.
—
¿Tuvo algún efecto? —preguntó en su lugar.
—A
corto plazo quizá, pero a la larga creo que sólo resultó perjudicial para él.
Sospecho que hizo de conejillo de Indias. A lo mejor existían algunos estudios,
pero había muchas cosas que no estaban del todo claras. No es que yo sea médico
ni nada, pero sé que llevaban muy poco tiempo con ese tratamiento. Todo era muy
nuevo. Alan se convirtió en una maldita rata de laboratorio, y es increíble que
le asignaran ese papel en la cadena científica, a él entre todas las personas.
Después incluso he llegado a escuchar que el tratamiento con estrógenos es algo
que han sacado de los nazis. Esos cabrones hicieron experimentos parecidos en
los campos de concentración. Perdóneme, pero es que me enfurezco con este tema.
No sé si voy a tener fuerzas para verlo ahora.
Corell
no dijo nada. Ya estaban cerca de la morgue, y, por un instante, no sabía por
qué, estuvo a punto de contarle que él también había estudiado en Marlborough.
Sin embargo, preguntó:
—
¿Sabe dónde estuvo Alan durante la guerra?
—
¿Por qué lo pregunta?
—Me
ha dado la sensación de que trabajaba con información sensible.
—Puede
ser. Lo único que sé es que se encontraba en algún lugar entre Cambridge y
Oxford. Junto con otros cuantos lumbreras como él.
—
¿Qué quiere decir?
—Que
las Fuerzas Armadas colocaron a Alan y a un grupo de chicos igual de listos en
el mismo sitio.
—
¿Para hacer qué?
—Tengo
mis sospechas. Pero como Alan nunca dijo ni una palabra sobre eso, creo que es
mejor que me las guarde para mí. En cambio, sí puedo informarle de que volvió
allí hace uno o dos años.
—
¿Lo llamaron de nuevo a filas?
—No,
no, se trataba de una de esas cosas típicas de Alan. Fue a buscar unos lingotes
de plata que había escondido durante la guerra. Sabe usted, a Alan le pareció
una magnífica idea comprar plata y enterrarla en algún lugar desconocido en vez
de dejar que algún banco se la guardara.
—
¿Los encontró?
—Claro
que no, y a lo mejor le daba igual. El dinero no le interesaba gran cosa. Era
un buscador de tesoros que nunca prestaba la menor atención al tesoro en sí.
—Hemos
llegado —dijo Corell.
Se
detuvo.
—
¿Adónde?
—A
la morgue.
John
Turing se sobresaltó, y parecía igual de asustado que sorprendido, y era verdad
que el edificio no respondía a la imagen de un depósito de cadáveres. Estaba
construido en piedra caliza blanca y tenía un tejado negro de chapa y una
puerta de color azul claro difícil de asociar con la muerte y la podredumbre.
También había unos arriates bien cuidados y dos cipreses, así como un joven
acebo, pero al saber lo que se ocultaba allí dentro, Corell no vio el menor
atractivo ni siquiera en las flores. Tenso, abrió la puerta, y algo sorprendido
se topó con dos caballeros vestidos en trajes de tweed, que lo saludaron
quitándose el sombrero. Uno de los hombres era inusualmente alto y seguro que
inusualmente elegante también, al menos para su edad, con rasgos limpios y ojos
oscuros e intensos. La mirada parecía mostrar un genuino interés en John Turing
y en Corell, pero lo que resultaba más llamativo era el cuello torcido, que
confería a su cuerpo un aspecto de fragilidad. Le habría venido bien un bastón.
El otro hombre era más robusto y fornido, a pesar de que también estaba entrado
en años. Avanzaba meciendo el cuerpo, y sus mejillas eran rojizas y la nariz
muy grande y algo amorfa, pero él también irradiaba una gran autoridad. Corell
apenas tuvo tiempo de preguntarse qué hacían esos dos hombres allí cuando una
enfermera se acercó para avisarles de que el doctor Bird los aguardaba.
Charles
Bird seguía siendo el mismo de siempre. Con la piel amarillenta parecía la
muerte personificada y, como era su costumbre, pretendía alardear de sus
conocimientos. Ante John Turing, sin embargo, se mostraba más respetuoso de lo
habitual: empleaba más latín y naturalmente hacía lo posible para usar
considerados circunloquios en torno a la pérdida del abogado. No obstante, al
final se extendió en prolijas descripciones médicas, poniendo de manifiesto una
falta de tacto extraordinaria — ¿quién quiere conocer los detalles de los
intestinos de su hermano muerto?—, cosa que llevó a John Turing a interrumpirlo
con brusquedad.
—
¡Basta!
—No
quería… —murmuró Bird, y después los dos se quedaron callados, el médico
avergonzado, y el hermano profundamente impresionado, con ojos inexpresivos y
un labio inferior tembloroso.
Era
ese tipo de situación en la que la rutina profesional de uno se cruza con la
tragedia de otro, una escena de las que solían provocar melancolía en Corell,
pero que ahora lo llenaba de satisfacción ya que ardía en deseos de ver al
médico humillado. «Vámonos», dijo y durante un buen rato caminaron sin
pronunciar palabra. El depósito estaba bastante cerca de la estación de
ferrocarril, y a lo lejos se oía un tren de mercancías. En Hawthorne Lane pasó
un Rolls-Royce como un malicioso saludo de un mundo mejor, más refinado, pero
Corell se sentía bastante cómodo, a pesar de todo. Se había despedido con
frialdad del médico forense, y eso le alegraba. Ahora le tocaba volver a la
comisaría. Aun así, permaneció indeciso sin saber muy bien hacia dónde se
dirigían.
—He
pensado en una cosa —dijo John Turing con una voz que presagiaba algo
importante.
—
¿Qué?
—
¿Están seguros de que se trata de un suicidio?
Corell
dirigió la mirada hacia el viaducto de color pardo rojizo que cruzaba el río
Bollin mientras se preguntaba si tendría que escuchar una teoría de asesinato,
o al menos algo en la línea de los comentarios de Hamersley sobre los secretos
de Estado.
—
¿No podía haber sido un accidente?
—
¿Qué quiere decir?
—Nuestra
madre lleva años hablando de que a Alan le pasaría algo, la última vez fue en
Navidad en nuestra casa. Lo trató como si fuera un niño pequeño. «Lávate las
manos —le dijo—. Asegúrate de frotártelas en condiciones».
—
¿Pasarle el qué?
—Algo
provocado por los venenos y los productos químicos. Es que Alan hacía todo tipo
de cosas, y ella sabía mejor que nadie lo torpe y olvidadizo que era, y además
estaba al corriente de que manejaba cianuro. Le había advertido sobre eso miles
de veces.
—
¿Para qué le servía el veneno?
—Lo
usaba para dorar los cubiertos. Creo que hacía falta para separar el oro de
alguna manera. No, no me pregunte por qué lo hacía. Es que él era así. Se le
podía ocurrir lo que fuera. Cogió oro del viejo reloj del abuelo y lo pasó a
una cuchara. Un sinsentido, ¿verdad? ¡Estaba manoseando cianuro! Eso sacaba de
quicio a nuestra madre. «Nos vas a dar un disgusto», le decía.
—Encontramos,
efectivamente, una cuchara dorada —confirmó Corell al recordar el hallazgo de
Alec Block en la casa.
—Lo
ve, lo ve.
El
hermano se alteró, y Corell se arrepintió de haber mencionado la cuchara.
—Pero
¿y la manzana? —preguntó Corell—. Estaba impregnada en cianuro.
—Bueno,
Alan podría haberla manchado por error, ¿no?
—Me
temo que la manzana olía demasiado fuerte como para que fuera un error. Si se
hubiera tratado de una equivocación, no habría habido tanto cianuro. Tiene que
haberla bañado en veneno —respondió Corell sin estar del todo seguro de lo que
decía y sin saber si actuaba bien al contradecir al hermano.
Si
la madre y el hermano querían creer que se trataba de un accidente, allá ellos,
y en ese instante se le ocurrió una idea, una buena idea, creía. Si hubiera
rastreado el origen de ese pensamiento, le habría llevado a la complicada
relación que mantenía con su propia madre y en sus constantes y fútiles
intentos, durante las vacaciones escolares, de ser considerado al describir
sucesos horribles desde una óptica más favorable y positiva. Se trataba de una
idea de cómo podría haber razonado el muerto, pero no dijo nada.
—Le
agradezco que haya dedicado tiempo a hablar conmigo. Pero me temo que debo
regresar a la comisaría —dijo.
—Bañada
en veneno —repitió el hermano, como si no estuviera escuchando.
—
¿Perdón?
—Hay
algo en esa frase —continuó.
—
¿En qué sentido?
—Me
recuerda a algo.
— ¿A
qué?
—A
algo que Alan comentó hace mucho tiempo, antes de la guerra. ¿No hay un dicho
que tenga que ver con eso?
¿Un
dicho? Podría ser. Una manzana bañada en veneno. Sonaba arquetípico, pero a
Corell no se le ocurría nada, y eso que le entretenían bastante los dichos y
las rimas y los versos sin sentido.
—Que
yo sepa no —dijo.
Luego
anotó los datos de contacto de John Turing y la dirección y prometió enviarle
los cuadernos de sueños de Alan Turing que «definitivamente no debían caer en
manos equivocadas». Después se despidieron y, si el hermano se había mostrado
abierto en algunos momentos, ahora volvió a adoptar el papel propio de su
posición y se marchó. No fue hasta que su espalda se convirtió en una lejana
línea que Corell se dio cuenta de que se le había olvidado preguntarle por el
trabajo de Alan Turing sobre las paradojas y las máquinas, y durante unos
instantes lo invadieron los habituales remordimientos de que sólo se había
presentado como un pálido reflejo de su verdadero yo. Soy más. Soy más, quería
gritar, sólo he sido la sombra de quien soy, pero recobró la compostura e
incluso fue capaz de sonreírles con forzada dignidad a dos jóvenes mujeres con
las que se cruzó.
A
pesar de que se sentía nervioso y angustiado, no regresó a la comisaría, sino
que enfiló Satino Road en dirección a la biblioteca. La biblioteca era un
refugio. Últimamente la prefería al pub. Por las noches podía pasar horas
leyendo allí, conforme a una especie de plan de formación que carecía de un
objetivo concreto, pero no solía ir nunca, o casi nunca, durante horas de
trabajo. Es verdad que ahora tenía un asunto profesional entre manos, quizá no
del todo relacionado con la investigación, ni tampoco nada que fuera una
prioridad, pero, al fin y al cabo, no sin cierta importancia, por lo que sólo
con un ligero cargo de conciencia apretó el paso junto al jardín de Branwell
Evans para después entrar en el edificio por la escalera de caracol. Se oía un
tenue murmullo, y Corell inspiró hondo a fin de embeberse de la especial
atmósfera que, aparte del ligero olor a algo dulce, contenía una combinación
tan placentera de lo cotidiano y lo solemne, al igual que en una casa donde uno
se siente cómodo pero donde todavía se percibe la venerable presencia de una
persona culta y muy inteligente. ¡Libros, libros! Quizá le gustaban más a
distancia, como promesas, o puntos de partida para sus sueños. A paso lento se
fue acercando hacia el mostrador de información donde estaba esa joven mujer
que sabía que se llamaba Ellen. Pidió la enciclopedia médica.
—Espero
que no esté enfermo, sir.
—No,
no —respondió algo molesto, cogió el volumen y echó a andar hacia su sitio
habitual al lado de la ventana.
Capítulo
9
El
día después de la desaparición de su padre en Southport, Leonard se levantó con
la sensación de que las cosas, a pesar de todo, se iban a arreglar y de que la
noche anterior habían tocado fondo, y que a partir de ahí la vida volvería a
despegar. Albergaba tantas esperanzas que llegó a confundir al hombre que
apareció andando por la playa y los cobertizos. Pensó que se trataba de uno de
los bromistas del lugar que, vestido con un sombrero gracioso, se acercaba a
preguntar por el padre. Pero el cerebro le estaba tomando el pelo. Cuando entró
en la cocina esperando oír algo así como que «tu padre se fue de picos pardos
anoche», se percató de que su madre llevaba la misma ropa que el día anterior y
de que el hombre no era un vecino bromista, sino un agente de policía, un
representante de las autoridades barbudo y fornido, cuyo gracioso sombrero era
en realidad un casco.
—
¡Vete a tu cuarto!
Se
limitó a esconderse en un sitio donde no lo vieran los adultos e hizo todo lo
posible por escuchar la conversación. No consiguió captar más que fragmentos, y
durante un buen rato miró airado hacia el mar y el bote negro que había allí,
hasta que ya no pudo aguantar más.
—
¡¿De qué estáis hablando?! ¡¿Dónde está papá?! —gritó.
—
¡Cálmate, Leonard! —le espetó su madre con tanta tensión en la voz que
comprendió de inmediato que la desgracia que acababa de introducirse en su casa
era la peor de todas.
Aunque
los detalles tardaron bastante en aclararse, lo que resultó evidente fue que un
tren de mercancías procedente de Birmingham había arrollado a un hombre y que
ese hombre podría ser su padre. Por eso, la madre debía marcharse con el
policía para ver el cuerpo, y si por una vez en su vida debía rezar, ésta era
la ocasión, pero tal y como Corell lo recordaba, la esperanza se esfumó
enseguida. Soy huérfano, soy huérfano, murmuró, como si hubiese perdido a ambos
padres, y por esa razón la conmoción no fue mucho mayor cuando su madre regresó
tras la identificación. De pie, en el umbral de la puerta, con los labios
pintados de un rojo raro, y los ojos tan pequeños y entornados que le pareció
sorprendente que lograra ver algo, le explicó que «tu padre ha muerto, ya no
está», como si la última frase fuera un añadido necesario.
Evidentemente,
debía de haber reaccionado de alguna manera, con lágrimas o una crisis
nerviosa, pero lo único que recordaba era que rompió la silla blanca Queen Anne
y que eso le proporcionó cierta satisfacción, sobre todo porque no lo hizo
llevado por la rabia, sino de forma metódica y tranquila hasta que tres de las
patas se quebraron y el respaldo se resquebrajó. La madre, quien desde un punto
de vista estrictamente maternal no había acertado gran cosa, tuvo por lo menos
el buen gusto de limitarse a comentar la escena con un «nunca me ha gustado esa
silla». Por lo demás, empezó su petrificación, o mejor dicho, su teatro, con
una rapidez extraña —como si su luto no necesitara fases— que para alguien de
fuera podría interpretarse como serenidad o incluso armonía, en especial por
las noches, cuando hacía un solitario acompañada por la melodía de alguna
música alegre, o cuando se peinaba la melena con una suerte de esmero sensual y
placentero. Pero a él jamás lo engañaba, y pronto aprendió a intuir ya desde lejos
su estado de ánimo, como si su dolor se propagara en forma de vibraciones en el
aire.
En
los peores momentos, un olor agrio se filtraba por la ranura de la puerta del
dormitorio, y quizá lo habría podido soportar si su madre al menos hubiese
expresado algo de su desesperación o se hubiera asegurado de que existiera
alguna relación entre sus palabras y su lenguaje corporal. Podía sonreír y
comentar el tiempo mientras presentaba un aspecto de estar soportando los
sufrimientos más terribles, y a menudo él quería gritar: «¡Llora! ¡Por todos
los demonios, llora!», pero no encontró más reacción que la de un confinamiento
emocional cada vez mayor y, en lugar de intentar penetrar la coraza de su
madre, se refugió en sí mismo. Él apenas decía nada y a menudo daba largos
paseos por la playa o se acercaba a las vías del tren, donde instaló su
particular cementerio.
Le
había llevado unos días dar con el lugar. Nadie había sido muy generoso con la
información y probablemente nunca lo habría encontrado de no ser por lo que
halló un día junto a un oxidado silo y dos arbustos salvajes. En la hierba
cercana a las vías del tren estaba el guante de piel de su padre, y aunque
después no recordaba lo que se le pasó por la cabeza en ese instante, lo vivió
como algo importante. Era como si hubiera dado con una pista decisiva, como si
la muerte de su padre, en lugar de ser sólo una catástrofe, se hubiese
convertido en un misterio donde se podía alcanzar algún tipo de solución a
condición de que estudiara las pruebas y sacase las conclusiones correctas. Una
y otra vez se preguntaba si el guante se le había caído del bolsillo, o si lo
había tirado en un ataque de rabia, o si, incluso, lo había colocado al lado de
las vías a modo de mensaje secreto.
Durante
muchos años, Leonard buscaría guantes negros en la literatura con la esperanza
de dar con algún significado oculto, y su interés por los últimos pasos de su
padre devino en obsesión. Se preguntaría si era cierto que la mirada, durante
los últimos minutos, se aguza y se hace tan intensa que aprecia todos y cada
uno de los detalles del entorno, y si realmente se pasa revista a la vida de
uno, y si así fuera, si él mismo habría aparecido en la corriente de recuerdos,
y en tal caso, qué habría estado haciendo y si habría sido una imagen
favorecedora o no.
Hora
tras hora, un día sí y otro también, siguió con lo mismo, pero el guante sólo
lo conducía de vuelta hacia sí mismo, y la única certeza de aquel otoño fue que
el padre había llevado a la familia al borde de la ruina. El pobre hombre se
había quedado atrapado en un círculo vicioso de vanos embelecos y de estúpidos
intentos de salvar la situación, y estaba claro que ya no había dinero para que
el hijo estudiara en Marlborough College.
Aun
así, Leonard se marchó a Marlborough sólo con un poco de retraso gracias a la
tía Vicky y a una beca en inglés y matemáticas. Al principio estaba contento,
pues lo entendió como una manera de escapar de casa. Pero nada era sencillo.
Corría el mes de octubre de 1939. Había estallado una guerra, y él esperaba en
la estación con sus maletas marrones y la sensación de que el mundo había
saltado en mil pedazos. Se veían soldados por todas partes. Un niño pequeño
lloraba, y la madre de Corell, que llevaba una horquilla destellante en el
sombrero, le acariciaba el pelo. A distancia seguro que parecía una imagen
perfecta, si es que alguien los contemplaba tal y como él observaba a los
demás. La madre decía todo lo que se esperaba de ella:
—Todo
va a ir bien, Leonard. No olvides escribirme —pero sus palabras estaban vacías.
Era
como si jugara a ser una madre cariñosa, pero, mientras apretaba los labios
contra la mejilla de su hijo, éste se imaginaba sus ojos como ausentes o
incluso recorriendo el andén en busca de hombres. Porque tan mal estaban las
cosas que pensaba que ella sólo se iluminaba cuando se encontraba con hombres
que rezumaban mundanidad y dinero. Aunque sin duda era injusto, estaba
convencido de que él ya no le interesaba y de que ella se había refugiado en sí
misma, volviéndose hacia un lejano paisaje en su interior, donde no había sitio
para él, y quería acusarla: ¿Por qué no me ves? ¿Por qué ya no me quieres?
Pero
su crimen era demasiado sutil, demasiado discreto. No había ninguna pistola
humeante, nada tangible. Por supuesto, conservaba la esperanza de haberse
equivocado, de que nada hubiera cambiado respecto a la presencia de su madre en
su vida y al amor que sentía por él, y de que lo único que la había apartado de
su lado fuera la tristeza por la pérdida de su padre. Pero, en definitiva, algo
en ella se había petrificado y, si en ese momento, allí en el andén, su madre
le hubiera dado una bofetada o un puñetazo, no podría haber sido más doloroso
que la frialdad que mostró al dirigirle unas palabras edificantes: «Vas a hacer
que me sienta muy orgullosa de ti». «Es que eres un chico tan inteligente…».
«¡Ten cuidado con los gamberros!».
Una
vez sentado en su asiento, que olía a detergente y al alcohol de los soldados,
y mientras el tren se alejaba, su madre se le antojó tan pequeña y triste en el
andén que por un momento se arrepintió de no haber concebido pensamientos más
cariñosos hacia ella. Sin embargo, al cabo de un instante una oleada de dolor
lo atravesó, y en una anotación rápida, que bajo otras condiciones podría haber
sido el comienzo de algo mejor, al haber representado una especie de punto de
inflexión, escribió: «¡Sé fuerte, sé fuerte!».
Sólo
que Marlborough College no le ofreció ninguna posibilidad de reconstruir su
fuerza. El colegio más bien confirmó la alarmante sensación de alienación que
había surgido tras la muerte del padre y llegó a odiar el sitio con una
ferocidad extrema. Y no sólo por los motivos habituales: que la comida era
horrible, los profesores estrictos y tediosos, y que los alumnos mayores se
dedicaban a la vejación según el absurdo sistema de servilismo y castigos.
Tampoco se debía a que se alojaba en el edificio A, llamado la cárcel, ni a que
lo único que de verdad contaba eran el rugby, el cricket y el atletismo
—actividades que consideraba una lata y un fastidio y que no soportaba—, ni a
qué ser una lumbrera como él suponía todo menos una ventaja. El verdadero motivo
era otro.
Capítulo
10
Había
tenido la enciclopedia médica en sus manos antes, no sólo durante las
temporadas en las que se había creído enfermo, sino cuando había querido
aprender alguna cosa acerca de la biología humana. El volumen era marrón,
estaba manoseado y no del todo al día. Leerlo le proporcionaba la sensación de
viajar por su propio cuerpo, y a veces había experimentado los síntomas de las
enfermedades sobre las que había leído, como si las palabras lo hubiesen
contagiado, o como si entendiera cómo se sentía de verdad. Pero ahora, al
hojear el libro, no se detuvo en ninguna otra página, fue directo a lo que
buscaba: «Estrógeno, una hormona asteroidea […] existe tanto en hombres como en
mujeres, pero en mayor grado en las mujeres […] penetra la membrana de la
célula […] afecta a características sexuales secundarias como el desarrollo de
pechos y […] se cree que rige el ciclo menstrual […] por eso se la conoce como
la hormona sexual femenina».
No
entendía. «¿Se la conoce como la hormona sexual femenina?». Entonces ¿por qué
se la habían dado a Alan Turing? No debía de haberlo escuchado bien. Seguro que
no había prestado atención. Pero sí, había repetido la palabra varias veces en
su cabeza para recordarla, y el hermano se le había antojado muy convencido de
lo que decía. Por lo tanto, a Alan Turing le habían administrado estrógenos.
Pero sonaba tan absurdo, tan enfermizo… Tampoco es que Corell tuviera grandes
conocimientos médicos, pero «hormona femenina», eso era asqueroso, y, además,
¿no debería ser al revés?
Alzó
la mirada del libro e intentó reflexionar sobre aquello con mayor serenidad.
Hormona sexual femenina, femenina. Evidentemente, ignoraba lo que causaba la
homosexualidad, pero desde luego ¡no podía ser la falta de feminidad!
Mariquitas, se les llamaba. La tía le había hablado de una calle de West End,
en Londres, donde los llamados mollies, hombres disfrazados de mujeres, se
ofrecían a otros hombres. Si de algo carecían los homosexuales era, sin lugar a
dudas, de masculinidad. ¿Por qué no proporcionarles más hormonas masculinas?
Dejar que les salga un poco más de barba y de pelo en el pecho, que sean un
poco más hombres, así de sencillo. No lo entendía. ¿Por qué le dieron esa
mierda a Turing? No podía haber sido para torturarlo. Constaba que se trataba
de cuidados médicos. Tenía que haber un motivo. «No se hace algo así sin
basarse en estudios exhaustivos, ¿no? Tiene que haber una explicación
científica». Lo que pasaba es que no lo entendía porque le faltaba una visión
global de la situación. «Escéptico, hijo mío, hay que ser escéptico, los cultos
raramente son tan cultos como parecen», solía decir su padre, y eso podría ser
cierto; pero tampoco son tontos de remate, ¿no? No iban a obligar a un profesor
universitario a que tomara hormonas femeninas sin motivo, ¿o sí?
Corell
permaneció sentado durante varios minutos mirando por la ventana, muy afectado,
y llegó a recordar el momento en el que desabotonó el pijama de Turing y
descubrió ese pecho un tanto femenino y dejó que sus manos examinaran el
cuerpo. ¿No había algo amenazador en ese recuerdo? Se levantó para acercarse a
las pilas de archivadores de periódicos, donde se puso a buscar dos cosas: los
artículos sobre homosexualidad en el Sunday Pictorial que había mencionado
Hamersley y todo lo publicado sobre el juicio contra Alan Turing. No era fácil
encontrarlos. Se dirigió a los archivadores de hacía dos o tres años y los
hojeó con tanto ímpetu que acabó rompiendo algunas páginas. Estuvo a punto de
darse por vencido, miró el reloj, nervioso, ya debería haber vuelto a
comisaría, pero aquí… descubrió un texto sobre el tratamiento hormonal contra
la homosexualidad en el Sunday Pictorial. El artículo era grandilocuente y
bastante insustancial, pero entendió lo suficiente como para que le quedara
claro que existían opiniones encontradas acerca de la homosexualidad.
Muchos
la consideraban una decadencia moral que podía afectar a cualquiera que no
tuviera cuidado con su estilo de vida, una degeneración sin más, una
consecuencia de una vida lasciva. Probablemente se daba con mayor frecuencia
entre intelectuales, ponía en el artículo, en parte como resultado de la
mentalidad en los colegios privados, unas palabras que Corell suscribía, pero
también se consideraba una señal de los tiempos. Cuestionar los valores
establecidos, desde el sistema político hasta la moralidad sexual general, era
una moda en círculos artísticos, escribió el autor del artículo. Se nombraba al
espía Guy Burgess y al grupo de Bloomsbury, y a ciertos grupos en King’s y en
Trinity, en Cambridge, y se mencionaban similitudes entre homosexuales y comunistas.
Los dos colectivos se organizaban en células clandestinas, y ambos daban la
espalda a normas fundamentales. Por eso no era de extrañar que hubiera tantos
bujarrones entre los rojos y, según una serie de dignatarios, lo que se
precisaba, aparte de la reprobación unánime de toda la sociedad, eran castigos
más duros, nada más.
Otros,
con una mayor «orientación científica», definían la homosexualidad como una
enfermedad y prescribían atención médica, lo cual irritaba a los conservadores
que creían que tal postura eximía a los culpables de su responsabilidad. Ante
los malos resultados obtenidos con la lobotomía y la castración química, el
tratamiento hormonal se veía como un método más prometedor. Un tal doctor Glass
había realizado en Los Ángeles algunos estudios, y llegó a la conclusión de que
los homosexuales tenían más estrógenos en el cuerpo que otros hombres, cosa que
concordaba con la hipótesis de Corell. En 1944, el doctor Glass inyectó
hormonas sexuales masculinas en un grupo de maricones y, por lo visto, puso
grandes esperanzas en el experimento. Fue una decepción. Al menos cinco de los
individuos que participaban en la prueba se pusieron más cachondos que nunca, o
más homosexualmente dispuestos, tal y como se expresaba en el artículo.
El
fracaso dio a entender que debían actuar de manera contraria: proporcionar
estrógenos en lugar de hormonas masculinas. A Corell le pareció una solución
demasiado fácil; si no funciona con negro, se intenta con blanco. Sin embargo,
un médico inglés cuyo nombre era F. L. Golla, director del Instituto
Neurológico Burden en Bristol, se convirtió en un pionero en ese campo y, según
sus estudios, el estrógeno resultaba muy eficaz. Mientras las dosis fuesen lo
bastante altas, el deseo sexual desaparecía en el plazo de un mes. Había,
obviamente, algunos pequeños efectos secundarios, pero se consideraban
insignificantes: impotencia temporal, entre otros, además del desarrollo de
pechos.
En
el artículo no se mencionaba a Turing, y Corell se puso a hojear el Wilmslow
Express y el Manchester Guardian. Para su sorpresa, encontró muy poco sobre el
juicio, lo que debía significar que a Alan Turing no se le podía considerar una
persona especialmente notable. Ningún reportero parecía haber pensado que
merecía la pena airear sus trapos sucios. Corell sólo dio con un breve
artículo. El titular rezaba: PROFESOR UNIVERSITARIO CONDENADO A LIBERTAD
VIGILADA. SE SOMETERÁ A TRATAMIENTO TERAPÉUTICO.
Aparte
de algunos detalles sobre el propio delito, se decía que el tribunal había
tenido en consideración el hecho de que Alan Turing no tenía antecedentes
penales. Los jueces no se mostraban ahora tan duros como en la época de Oscar
Wilde, afirmaban; sólo 176 de 746 hombres que habían sido condenados por
indecencia grave en 1951 habían acabado en la cárcel, y a muchos, al igual que
a Turing, se les daba a elegir entre tratamiento o reclusión, entre la prisión
y la hormona femenina. Menuda elección, pensó Corell, y se preguntó si él no
hubiera preferido estar entre rejas. En la cárcel al menos se podía ser uno
mismo. Seguir siendo un hombre.
En
el Sunday Pictorial mencionaban que el estrógeno posiblemente —aunque no se
consideraba probable— afectaba al sistema nervioso. En los ensayos con ratas,
éstas habían mostrado síntomas de depresión, ¿y cómo se veía si estaban
deprimidas? ¿Arrastraban la cola? ¡Tonterías! Pero tomar una pastilla, ponerse
una inyección que penetraba en la sangre y que de manera invisible ejercía su
efecto, ¡y que hacía que no sólo el culo se pareciera al de una chica, sino
también los pechos! Eso era terrible. Sin ser consciente de ello, se pasó la
mano por el pecho, como si le preocupara que éste también se hubiese afeminado.
Sentía una angustia inexplicable. ¡Ser despojado de su sexo, despertarse por la
mañana y buscar signos de la transformación! Él no lo habría aguantado ni un
solo día. Él también habría atravesado aquel pasillo de la planta superior para
empapar la manzana en el brebaje maligno. Si uno pierde su masculinidad,
entonces, ¿qué queda? Aunque, en realidad…, a él qué le importaba. Alégrate de
nunca haber…, no podía soportar la idea. Intentó pensar en otra cosa. Intentó
aferrarse de nuevo a su serie de números, pero de pronto… Le vino a la cabeza
un pensamiento que sin duda podía describirse como completamente profesional.
En el artículo figuraba que el tratamiento sólo duraría un año, lo cual debía
significar que Alan Turing terminó con los estrógenos en 1953, un año antes de
su muerte, y que después había vuelto a una vida normal. Tampoco es que Corell
supiera mucho de Turing, pero cabía deducir que al menos el tratamiento no
había acabado con él. Se había encontrado mejor, según el hermano, y había
comprado entradas para el teatro, lo cual no quería decir nada, claro, pero al
menos no resultaba imposible que hubiera otras razones tras su muerte que el
proceso judicial. Había estado bajo vigilancia. Había tenido sus secretos.
Podía haber sucedido cualquier cosa. Por otra parte…, él seguramente nunca lo
descubriría. Alan Turing se llevó sus motivos a la tumba. Debía olvidarse de
toda la historia. Además, ahora sí que tenía que volver. Ross ya estaría
cabreado. Decidió darse prisa, pero aun así no fue directo a la comisaría. Giró
a la derecha, hacia Alderley Road, como si el viento y el verano lo llevaran, o
como si los pensamientos sobre el estrógeno y el suicidio hubiesen despertado
en él un deseo de probar su masculinidad, y se acercó a la tienda de ropa para
caballero Harrington & Hijos, no para comprar nada, qué más quisiera. Lo
cierto es que sin la ayuda de su tía apenas podía permitirse un pañuelo de esa
tienda. Sus intenciones tenían que ver con una chica.
Se
llamaba Julie. No sabía su apellido. Trabajaba de dependienta y, cuando Corell
acudió al establecimiento para que le tomaran medidas para un traje de tweed
que su tía le había regalado por su cumpleaños, Julie metió las agujas en las
perneras, le midió los hombros y la cintura, y eso le hizo sentirse muy bien.
Eran unos cuidados a los que no estaba acostumbrado, y llevaba la espalda muy
recta, como si de verdad fuera alguien digno de consideración. Pero tardó en
reparar en ella. No era una chica guapa ni llamativa, más bien tímida hasta el
punto de volverse casi invisible, pero un suceso iba a cambiar eso por
completo. Leonard Corell no era un mujeriego. Al igual que a menudo le
asombraba lo solitario que se había vuelto, también le sorprendía haber estado
con tan pocas mujeres —sobre todo si se descartaban sus fracasadas experiencias
con las prostitutas de Mánchester— y, aunque existían varias razones para eso,
la idea que tenía de sí mismo desempeñaba un papel decisivo. Quería aspirar a
algo más de lo que era hoy, a una talla más grande por decirlo de alguna
manera, una prolongación del oficial de policía Corell, la misma persona pero
con mayores méritos y cualidades, quizá ese hombre que había jugado a ser
cuando Julie le ponía alfileres en las perneras, y a la espera de que eso
ocurriera tomaba pocas iniciativas. Se convirtió en un especialista en aplazar
sus propósitos y acercamientos a las mujeres. No era ninguna estrategia
consciente, en absoluto; simplemente le frenaba la idea de que aún no estaba listo,
no porque estuviera convencido de que algún día llegaría a ser algo más, pero
si algún mito vivía dentro de él tendría mucho que ver con el cuento de la
Cenicienta, de modo que en lugar de actuar soñaba.
Un
día, hacía poco más de un mes, había visto una figura con curvas suaves que
vestía a uno de los maniquís, con cierto parecido a Clark Gable, que había en
el escaparate. Al acercarse vio que era Julie. Llevaba el pelo recogido en un
moño e iba vestida con un sobrio traje sastre de cuadros verdes y una blusa en
un color chillón que había aprendido que se llamaba celadón, pero ni siquiera
entonces la encontró especialmente guapa. No fue hasta que envolvió el cuello
de Clark Gable con un pañuelo rojo que algo ocurrió. Ella se iluminó y él
recordó que le parecía que irradiaba paz, y con la mirada siguió las formas
inquietantes de las caderas y el busto. Sin embargo, cuando ella se inclinó
para ajustar la pernera del maniquí, descubrió que le caían lágrimas por las
mejillas. Lo invadió un intenso deseo de liberarla de la tienda y del
escaparate, de todo lo que la atormentaba.
Después
de aquella noche empezó a pasar por allí a menudo, y en secreto le bastaba con
atisbarla para experimentar una alegría mezclada con terror. Una vez o quizá
dos —dependiendo de cómo calculara—, ella le había dedicado una mirada que lo
acompañaba durante los días de desconsuelo. No se trataba de una mirada
seductora ni que invitara a nada, sino más bien una ojeada huraña, llena de
algo reprimido, contenido. Llegó a fantasear con cogerle la mano y llevarla
fuera de la tienda hasta una vida mejor, donde nunca más tendría que llorar.
****
Ahora,
cuando se dirigía de nuevo hacia la tienda, no esperaba nada, pero como ocurría
tan a menudo se preguntaba si se atrevería a entrar y fingir interés en las
telas para un traje de verano. Quizá podría elegir entre varios tejidos y
formular unas palabras ingeniosas, quizá incluso un comentario gracioso al
límite de lo permitido, algo que Harrington y su hijo no entendieran pero que
Julie captara y apreciara con una sonrisa furtiva. Eso podía ser un principio.
No era cuestión de invitarla a salir de buenas a primeras, no, no; había que
avanzar con prudencia y dignidad, pero así se rompería el hielo, y cuando un
domingo por casualidad se cruzaran en la calle, entonces se convertiría en algo
serio. Todo eso pensaba de camino a la tienda, pero, conforme se acercaba, su
valor se fue apagando, y a pocos metros del escaparate constató con alivio que
ella no parecía estar allí.
Todo
lo que veía eran los maniquís con aspecto de Clark Gable y al propio señor
Harrington. Pero, de pronto, como surgida de la nada, apareció Julie y, como
por una desafortunada casualidad, se volvió hacia Corell. Éste, cogido de
improviso, forzó una sonrisa, que más tarde se dedicaría a analizar hasta la
desesperación, mientras alzaba la mano derecha hacia el sombrero trilby en algo
que se asemejaba a un saludo a medias, una terrible muestra de indecisión, pero
lo cierto fue que Julie le devolvió la sonrisa.
Sus
ojos se cruzaron, eso ya era algo, y Corell consiguió mantener la mirada unos
instantes antes de bajarla y empezar a notar cómo el cuerpo sufría pequeñas e
incómodas sacudidas. Al marcharse —¿qué otra cosa podría haber hecho?— se
imaginó que toda la gente en la calle se fijaba en sus torpes pasos, pero al
cabo de un minuto o dos sintió, a pesar de todo, cierta confianza y pensó:
«Algún día, algún día», sin saber muy bien a qué se refería.
Capítulo
11
Nadie
parecía haberse percatado de su ausencia, y durante un buen rato se quedó
sentado frente a su escritorio, ocioso, incapaz de acometer ningún trabajo.
Luego levantó el teléfono y pidió que le pusieran con el inspector Eddie Rimmer
en Mánchester. Eddie Rimmer respondió enseguida y dejó claro desde el principio
que no tenía el menor inconveniente en hablar con un compañero de Wilmslow, con
independencia de que la conversación fuera relevante o no. A veces parecía
medio chalado y mareaba a Corell con el repiqueteo de su ruidosa risa, y
tampoco es que le aclarara gran cosa, pero como la conversación le divertía
hablaron largo y tendido, mucho más tiempo de lo necesario. A Eddie Rimmer le
había caído bien Turing:
—Un
hombre simpático, simplemente, y eso que debería haber estado cabreadísimo con
nosotros. Lo rompimos como si nada. ¡Así! —Se oyó un chasquido de dedos a
través de la línea telefónica—. Lo soltó todo sin más. No me dio tiempo ni a
arremangarme la camisa, je, je. Un tipo de lo más curioso, la verdad. Con todos
esos títulos académicos y demás, pero en ningún momento se dio ínfulas.
—
¿No se mostró arrogante o altivo?
—Bueno,
tenía sus cosas. A veces no había quien lo entendiera, y luego era maricón,
claro. Un caso perdido, diría yo. Pero no le deseaba el mal a nadie. Había
salido así, punto.
Rimmer
también había entendido que el Ministerio de Exteriores estaba interesado en
Turing. Tenía que ver con la bomba atómica, creía.
—
¿La bomba atómica? —dijo sorprendido Corell.
—Es
que todo lo relacionado con la bomba atómica es un asunto tan delicado…
—explicó Rimmer—. Pero esa máquina en la que estaba trabajando se usó en el
desarrollo de la bomba británica. Calculaba cómo se movían los átomos, o algo
así.
Eso
era por lo menos lo que Rimmer había oído. No estaba seguro, ni mucho menos,
pero creía que quizá Turing se había ocupado de cosas parecidas durante la
guerra, un arma secreta o algo así. Es que le dieron una medalla y todo;
tampoco una medalla muy especial, cierto, según Rimmer, sólo una OBE, una OBE
de grado ordinario, pero aun así… Allí había gato encerrado; de eso a Rimmer no
le cabía duda. Andaban con cuchicheos y secretos y «madre mía la que se armó
sólo porque un novio noruego iba a visitarlo».
—
¿Cómo?
—Nadie
lo decía a las claras, pero se notaba que ese tío era un caso especial. Ponía a
nuestros peces gordos bastante nerviosos.
—A
los nuestros también —dijo Corell.
—Ahí
lo tiene. Algo raro está pasando.
—
¿Cree que puede tratarse de un asesinato?
No,
no, a tanto no llegaba Rimmer. Tampoco quería especular, decía, inconsciente,
al parecer, de que acababa de hacerlo sin el menor reparo. Corell dejó el tema
y comentó por encima lo de la manzana, el caldero y los cables antes de abordar
el verdadero motivo de su llamada.
—Ese
Arnold Murray y el tal Harry, los que cometieron el robo en casa de Turing,
¿sabe dónde se puede contactar con ellos?
Rimmer
no lo sabía. Pues ese tipo de chavales evidentemente no acostumbraban a esperar
sentados al lado del teléfono a que la policía los llamara, ni tampoco tenían
el detalle de permanecer en el mismo domicilio durante mucho tiempo. Pero, por
supuesto, dijo Rimmer, podía preguntar por ahí, enviar unos télex si es que era
importante, cosa que Corell tampoco podía confirmarle que fuera, aunque, de
todas formas, le agradecía que lo hiciera. Después se pusieron a hablar del
movimiento en Oxford Road, que por lo visto se había reducido mucho en los
últimos tiempos. «Sin duda porque los maricones se han mudado a nuevos cotos de
caza. Y es que así son las cosas. No hacemos más que trasladar los problemas a
otros sitios».
—Triste,
pero cierto.
—Wilmslow
debe de ser un lugar tranquilo y agradable para trabajar de policía criminal.
Hay muchos ricos, ¿verdad? —continuó Rimmer, a lo que Corell contestó que así
era, pero por desgracia ese grupo no incluía a los policías, y desde luego a él
tampoco.
—Ja,
ja —se rio Rimmer.
—Hay
otra cosa que quería preguntar. Quizá suena un poco tonto —indicó Corell.
Aunque en realidad era demasiado orgulloso para hablar del tema, no pudo
evitarlo.
—Me
gustan las preguntas tontas —dijo Rimmer—. Te hacen sentir inteligente por una
vez.
Corell
le recordó la curiosa anotación al margen en las actas del interrogatorio, la
que se refería a la paradoja del mentiroso.
—
¿Qué quería decir realmente con eso?
Rimmer
no lo sabía muy bien. Era una de esas cosas que al escucharla la entendió, pero
con la que luego se hizo un lío. «Tampoco es algo por lo que merezca la pena
devanarse los sesos, ¿verdad?». No obstante, Corell quería saber lo que
recordaba del asunto, y Rimmer le contó que Turing había dicho algo así como
que uno encuentra cosas extrañas en las matemáticas, o sea, no en cuanto a
números específicos o cálculos, sino en todo el sistema que hay detrás. La
frase Yo miento era un ejemplo. Esa oración podría convertirse en números de
alguna manera, y por muy sencilla que parezca la frase, no es verdadera ni
falsa. «Marea sólo pensar en ella», continuó Rimmer, y apuntó que no se trataba
únicamente de un juego de palabras, sino de algo muy serio, algo que hacía que
los eruditos se rompieran la cabeza dándole vueltas, y en un intento de poner
orden en todo aquello, Turing se inventó una máquina.
—
¿Qué tipo de máquina era?
—Creo
que la misma que desarrollaba aquí en Mánchester.
—
¿Está seguro de eso?
No,
Rimmer no estaba seguro. Aquello se escapaba a su entendimiento, pero Turing
había inventado algo muy ingenioso, eso sí.
—El
doctor Turing dijo que eran los matemáticos los que habían ganado la guerra.
—
¿Qué quería decir con eso?
—Qué
sé yo. Decía muchas cosas raras. Afirmó que un día esa máquina sería capaz de
pensar como usted y como yo.
—He
oído algo parecido —indicó Corell—. Pero es imposible que eso sea verdad, ¿no?
—Fácil
de entender no es, desde luego.
—Por
lo que yo sé, Turing no era ningún matemático de primer nivel —continuó Corell
sin tener muy claro a qué venía ese comentario.
Se
le escapó, sin más. Quizá pensara en el reducido espacio que la prensa le había
dedicado a Turing, y posiblemente quería mostrar su autoridad en el tema. No le
gustaba el coqueto despliegue de ignorancia de Rimmer respecto al pensamiento
del matemático.
—Bueno,
quizá me engañó un poco —dijo Rimmer—. Pero era un chico majo. Nos invitó a
vino y tocó Cockles and Mussels en el violín, ya sabe. —Rimmer tarareó un poco
en voz alta—. Un final muy triste, la verdad —apostilló.
Corell
murmuró algo en la línea de «tampoco era tan raro que se quitara la vida
considerando las circunstancias», a lo que el compañero podría haber contestado
cualquier cosa, para bien o para mal, pero repuso contándole que había una
mujer en Alton Road, en Wilmslow, una tal Eliza, y preguntó si Corell sabía de
quién le hablaba, porque resulta que era una mujer estupenda, aunque quizá ya
no en la flor de la vida, pero gordita y apetitosa, y «con un culo que da gusto
verlo». Rimmer se estaba planteando llamarla, estaba seguro de que ahí había
posibilidades, pero Corell dijo: «No, lo siento, no la conozco. Bueno, le
agradezco mucho que me haya atendido y la valiosa información que me ha dado».
—Suerte
con la investigación —respondió Rimmer manifiestamente ofendido por el abrupto
cierre de la conversación, justo cuando acababa de abordar temas más
interesantes, como el culo de la tal Eliza, pero Corell ya no soportaba
escuchar más, otros pensamientos controlaban ahora su cerebro.
Era
como si lo trasladaran a un secreto pero esquivo paisaje, y de manera
inconsciente se clavó las uñas en las palmas de las manos. ¿Podría ser tan
sencillo como que Alan Turing hubiese estado trabajando con la gran bomba y que
por eso se había generado esa histeria a su alrededor? Los matemáticos ganaron
la guerra, le había dicho Turing a Rimmer. Tenía que haberse referido al hecho
de que gente como él había calculado cómo esos terribles artefactos detonarían
y explotarían. «Fueron él y un montón de lumbreras que las Fuerzas Armadas
habían reunido en el mismo sitio».
Vio
la cara del hermano ante sí. «Tengo mis sospechas. Pero como Alan nunca dijo ni
una palabra sobre eso, creo que es mejor que me las guarde para mí». Corell
decidió hacer caso omiso del tema. Tampoco le quedaban muchas más opciones.
Delante
de la comisaría las palomas picoteaban, y un poco más allá vio a Block sentado,
inclinado sobre unos papeles. Era una imagen triste. Todo en Block irradiaba
tristeza y falta de confianza. Corell pensó, no del todo inconsciente de la
posible referencia a sí mismo, que con otras circunstancias el compañero habría
podido emitir otra luz bien diferente, y quiso preguntarle «¿Te preocupa
algo?», o incluso «¿Puedes entender que un hombre decida quitarse la vida?»,
pero se contuvo.
—
¿Has podido averiguar algo más? —inquirió.
Block
no había podido averiguar mucho, aunque sí encontró una cosa que indicaba que
Turing había seguido haciendo planes con normalidad, por si servía de algo.
Alan Turing había reservado hora para la máquina en la universidad, para hoy,
miércoles.
—
¿Reservado hora?
—Por
lo visto había que reservar hora para acceder a los aparatos —dijo Block—.
Había cola para usarlos.
—
¿Qué tipo de máquina es?
—Una
especie de máquina de matemáticas. Puede calcular cosas muy rápido.
—
¿La llaman cerebro electrónico?
La
pregunta desconcertó a Block.
—No
creo —indicó—. No he oído nada de eso.
— ¿Y
qué tipo de cálculos iba a hacer Turing?
Block
no lo sabía. Turing al parecer funcionaba a su aire allí arriba. Un poco como
el tipo raro de la casa, una persona con un título bonito que entra y sale a su
antojo. En los últimos años, había trabajado sobre todo en cosas propias, como
las fórmulas matemáticas que había detrás del crecimiento de la vida.
—Suena
todo muy raro, ya lo sé —dijo Block como si fuera Rimmer—. Pero aparentemente
todo crece según unos patrones especiales, existen teorías matemáticas sobre
cómo una flor desarrolla sus hojas. Alguien dijo que Turing incluso ha
estudiado el crecimiento de las manchas de un leopardo.
—Las
manchas de un leopardo —murmuró Corell al mismo tiempo que se desconcentraba.
Los
números de los cuadernos de Alan Turing comenzaron a danzar de nuevo en su
cabeza, y pensó en su viejo profesor de matemáticas y en algunos otros
recuerdos antiguos mientras, inconscientemente, cerraba los ojos.
El
sonido del teléfono lo devolvió a la realidad. Se trataba de un tal Franz
Greenbaum. Al principio, Corell no consiguió recordar quién era, pese a haber
intentado localizarlo ese mismo día. Greenbaum era psicoanalista y su nombre
estaba escrito en la parte superior de una página de los cuadernos de sueños de
Turing. Cuando Corell le informó sobre el motivo de la llamada y le explicó lo
sucedido, se quedaron en silencio; Greenbaum no dijo nada, sin duda
conmocionado, y ante las insensibles muestras de impaciencia de Corell, al
final comentó que Alan y él habían sido más que analista y paciente, amigos
íntimos incluso. Corell murmuró un «entiendo». Greenbaum replicó ya en tono más
formal —como si hubiera detectado una crítica por parte del policía— que trabajaba
según los principios de Jung, y que Jung, a diferencia de Freud, defendía la
postura de que un analista podía mantener una relación de amistad personal con
sus pacientes.
—
¿Había indicios de que sopesaba quitarse la vida?
Greenbaum
pensaba que no. Alan Turing había conseguido un buen dominio de sí mismo. Su
relación con su madre era más cercana. Pensaba con profundidad y claridad, y
aunque era de personalidad compleja, carecía, por lo general, de inclinaciones
depresivas, aunque naturalmente Greenbaum no podía hablarle de todo. El secreto
profesional se lo impedía.
—
¿Puede decirme cuánto tiempo llevaba acudiendo a su consulta?
—Dos
años.
—
¿La intención era curarlo?
—
¿De qué?
—De
su homosexualidad.
—En
absoluto. No creo en eso.
—
¿Quiere decir que no se puede curar?
—Si
es que es algo que deba curarse.
— ¿A
qué se refiere?
—A
nada.
—Acabo
de leer que están probándose diferentes métodos científicos.
—
¡Chorradas! —bufó Greenbaum.
No
parecía muy interesado en continuar con la conversación, y Corell seguramente
debería haberlo dejado ahí. El psicoanalista mostraba señales de irritación, o
incluso de desprecio, pero Corell insistía en que le contestara su pregunta.
—¿Por
qué no se debería curar? La homosexualidad hace que la gente sea desgraciada y
arruina la vida de muchos jóvenes.
—
¿Me permite que le cuente una pequeña historia?
—Sí…,
claro —respondió Corell desconcertado.
—Un
señor que lleva tiempo con una neurosis terrible y teniendo un montón de
pensamientos raros se presenta en la consulta de su analista y dice: «Gracias,
doctor, por haberme curado de mis falsas ilusiones. Pero ¿qué me puede ofrecer
a cambio?».
—
¿Qué quiere decir?
—Que
nuestros deseos y nuestras pasiones son una parte importante de nuestra
personalidad, y al quitárselos a alguien despojamos a esa persona de algo
fundamental. Alan era Alan, y no creo que quisiera que lo curaran de serlo.
—Aun
así tomaba hormonas femeninas.
—Le
obligaron a hacerlo.
—
¿Sufría?
—
¿Usted qué cree? ¿A usted le resultaría agradable?
Corell
dejó el tema y pasó a preguntar acerca de los cuadernos de sueños. No había
nada raro en eso, dijo Greenbaum. Le había pedido a Alan Turing que anotara sus
sueños, ya que pueden ayudar a comprenderse a uno mismo, afirmó. Corell, quien
a fuerza de sus pésimas e interrumpidas horas de descanso había llegado a
adquirir una mayor conciencia de los suyos, quiso saber si éstos podían
descifrarse.
—Descifrarse.
Qué curioso que haya empleado esa palabra —dijo el psicoanalista—. No, no creo
que se puedan resolver como un enigma o una ecuación matemática. Pero pueden
ayudarnos a entender cosas importantes acerca de nosotros mismos, por ejemplo,
aquello que reprimimos. ¿Puedo pedirle algo, algo que considero de suma
importancia?
—Depende.
—Le
pido que no lea lo que Turing había escrito en esos cuadernos. No iban
destinados a personas ajenas y mucho menos a las fuerzas del orden —indicó con
tono aleccionador, lo cual molestó a Corell.
Por
ese motivo —al menos en parte—, respondió con firmeza que naturalmente que
sentía respeto por la intimidad de una persona, pero que como policía a veces
se veía obligado a sopesar un interés en relación con otro, y si Greenbaum
sabía algo que podía ayudarles a aclarar si se trataba de un suicidio o no, era
su deber comunicárselo. Corell pensaba que su petición caería en saco roto,
pero la reprimenda surtió efecto en Greenbaum. De manera nerviosa, o al menos
vacilante, éste dijo al final:
—No,
no se me ocurre nada… Bueno, quizá, en fin, le puedo comentar una cosa, por si
sirve de algo.
Habló
de un acontecimiento que ocurrió en Blackpool. Greenbaum, su mujer, Hilla, y
Alan habían pasado un día allí en mayo, un día espléndido. Habían paseado por
Golden Mile, junto a las atracciones y casetas, tomándose un helado. Pasaron
por delante de un viejo carromato donde había un letrero rojo: AVERIGÜE SU
FUTURO. Al verlo, Alan les habló de una gitana que había vaticinado su talento,
o incluso su genialidad, cuando tenía diez años. Hilla le animó a repetir la
experiencia, «seguro que te enteras de más cosas buenas». Al final, Alan
accedió y entró en el carromato. Allí dentro había una señora mayor vestida con
una falda muy ancha y que tenía una especie de cicatriz en la frente. Greenbaum
pensó que Alan acabaría enseguida. Pero tardó mucho. Los minutos transcurrieron
y cuando por fin salió había cambiado. Estaba pálido. «¿Qué ha pasado?»,
inquirió Greenbaum. Turing no contestó. No quería hablar de eso. Durante el
viaje de vuelta a Mánchester apenas pronunció palabra. Estaba tan callado que
era desesperante y «para serle sincero —dijo el psicoanalista— fue la última
vez que nos vimos, aunque sabemos que Alan intentó ponerse en contacto con
nosotros el sábado pasado. Me duele pensarlo».
— ¿Y
no tiene idea de lo que pudo haberle dicho la pitonisa?
—Sólo
que debió de ser algo desagradable.
—Siempre
he creído que se dedicaban a pintar el futuro de color de rosa.
—Sí,
menuda bruja —espetó Greenbaum de forma inesperada.
Corell
se acordó de todas las videntes que iban a Southport durante los veranos,
especialmente de una vieja con labios marrones y aceitosos, y profundas arrugas
en las manos y en la frente, que le pasó sus largas uñas por la mano y lo
incomodó, a pesar de decirle que conseguiría la felicidad con una chica morena
y misteriosa, y que obtendría fama y honor en una profesión culta. Ni siquiera
en aquel momento, cuando todavía su futuro se vislumbraba prometedor, se lo
creyó ni por un instante.
Nunca
le habían gustado las adivinas, ni siquiera había leído novelas sobre ellas, y
no le agradaba la idea de que un científico se hubiera dejado influir por
semejantes personajes. En su cabeza confluyó una imagen de gitanas, máquinas
pensantes, experimentos con cianuro y oro y calderos burbujeantes. Todo le
parecía un galimatías de alquimistas. Quizá, a pesar de todo, Alan Turing
estuviera loco.
—
¿De modo que le pareció nervioso y tenso?
—Ésa
es mi apreciación, al menos en ese momento, pero si se contempla su caso desde
una perspectiva más amplia, había mejorado mucho —dijo Franz Greenbaum, y al
poco rato Corell le dio las gracias y colgó.
Esa
conversación telefónica tampoco le aclaró gran cosa, y se dijo que no era
probable que fuera capaz de avanzar mucho más en el asunto. Sentía que un muro
se interponía todo el tiempo en su camino, y, aunque a largo plazo seguro que
daría con alguna grieta, no disponía de mucho tiempo. Las órdenes de arriba
imprimían mucha prisa a la investigación; ya la noche siguiente se celebraría
una audiencia preliminar, bajo la dirección del juez de instrucción James
Ferns, para determinar la causa de la muerte. Una audiencia que llegaba
vergonzosamente pronto, pensó, teniendo en cuenta todo lo que aún no se sabía.
Debería concentrarse en lo más importante, pero en lugar de hacer algo útil
dejó que el dedo índice acariciara uno de los tres cuadernos de sueños que había
encima del escritorio.
La
libreta estaba encuadernada en cuero rojo y llevaba una pequeña inscripción,
«Harrod’s», en la esquina superior izquierda. «Le pido algo de suma
importancia, que no los lea». Las palabras de Greenbaum le irritaban y
conferían un nuevo brillo al cuaderno. Lo abrió. En la primera página se veía
el título «Sueños» escrito con letra azul que en sí mismo ya se antojaba
onírico. De la forma sinuosa de la ese salía la espalda de la u, creando así un
signo arácnido que parecía capaz de echar a andar en cualquier momento. Por lo
general, la escritura resultaba nerviosa, o casi enigmática —como si las letras
fuesen conscientes de cargar con un oscuro secreto—, pero con toda probabilidad
la historia de la pitonisa influía en su percepción del texto, y quizá la dificultad
de la lectura contribuía también a la sensación de misterio. ¿Qué podría
haberle dicho la adivina? Le importaba un carajo. Las supersticiones y
semejantes estupideces le dejaban indiferente, pero incluso así…, ¿qué palabras
pronunciadas por la boca de una desconocida tendrían el poder de desequilibrar
por completo a una persona?
Eso
depende, claro está, de toda una serie de factores, como del estado de ánimo
del individuo y de su vida en general. No es el contenido en sí, sino la fibra
sensible que toca. Una persona determinada se puede desesperar al escuchar una
palabra cualquiera, por absurdo que parezca, como bicicleta o tractor, o lo que
sea, así que resultaba absurdo especular sobre lo que dijo la vidente. A pesar
de todo, había dos palabras que aparecían en su mente: «condenado» y
«repudiado». Te han repudiado, Leonard. Te han condenado… Son cosas que se oyen
en las pesadillas, que no se entienden, pero que pueden meterte el miedo en el
cuerpo, y por eso tenía que leer esos cuadernos de sueños. ¡Era su deber,
maldita sea! Quizá encontrara algo importante en ellos, algo que explicara lo
que había pasado —¡Greenbaum podía irse a la mierda!—, de modo que empezó a
leer un poco aquí y allá en esos pasajes que parecían más recientes. No era
fácil. Las frases resultaban difíciles de interpretar y saltaban de una a otra.
Varias veces se cruzó con el nombre de Christopher, amado Christopher, querido
y bello Christopher. ¿Quién era? Corell no dio con ninguna pista. Leyó acerca
de una noche en la que Turing estaba durmiendo en una sala alargada y se
despertó de súbito escuchando «el sonido de las campanadas del monasterio». No
se sabía dónde estaba, quizá fuera en sueños cuando se despertó, en cualquier
caso, reinaban el silencio y la oscuridad, y Turing se acercó a una ventana
«dividida en cuatro partes» para mirar el cielo con unos prismáticos. «Por
encima de la Casa Ross» brillaba la luna. Podía haber «sido una noche hermosa»,
pero algo pasó. «Estrellas se fugaban». Haces de luz barrieron el firmamento y
«el mundo se volvió más pequeño y más frío», y Alan Turing se dio cuenta de que
«se quedaría solo». Había anotado la fecha del 6 de febrero de 1930. «Los
pensamientos volaron solos en la oscuridad». Una gran tristeza parecía haberse
apoderado de él. ¿Se había muerto Christopher?
Corell
siguió leyendo para saber más, pero era un cuaderno de sueños, nada más. No
existía ningún hilo conductor. Cuando las palabras se acababan de plasmar en el
papel, salían flotando. Corell ojeó el texto hasta llegar a una historia donde
un hombre joven vestido con pantalones cortos escuchaba tumbado en el suelo
«ruidos de cortes y repiqueteos, igual que en Bletchley», y donde una mano se
extendía, una mano larga y delicada que pasaba por el cuerpo… Corell apartó la
libreta. ¡Jamás se prestaría a leer semejantes cosas!
Aun
así, siguió. El texto lo atraía, pero no, se negaba, no quería saber nada de
eso, eran unas guarrerías terribles, y por un momento se vio como transportado
a las frías salas de Marlborough College, y eso fue la gota que colmó el vaso.
Se levantó de un salto, salió y buscó tres sobres acolchados, donde introdujo
los cuadernos de sueños. Luego anotó la dirección de John Turing en Guildford
tres veces, pegó las solapas, algo de lo que más tarde se arrepentiría, y al
parecer su rostro reflejaba tal tormento que Kenny Anderson le preguntó:
Capítulo
12
En
Marlborough College había dos chicos que se llamaban Ron y Greg. Tenían un año
más que Corell y los dos eran hijos de obispos, y aunque eran muy diferentes
entre sí ambos estaban dotados de un sadismo muy refinado. El hecho de que
Corell se convirtiera en su principal objetivo probablemente no fue más que la
consecuencia de un desafortunado capricho, aunque lo cierto es que Leonard
resultaba una presa fácil y gratificante. No tenía amigos ni lugares donde
refugiarse, y desde el primer momento los recompensaba con la divisa que Ron y
Greg más apreciaban: un sufrimiento visible y muy grande. Durante aquellos años
—los años de la guerra— en el colegio había mucha gente, poco espacio y
reinaban el barullo y el desorden. Más de cuatrocientos chicos del colegio City
de Londres habían sido evacuados a Marlborough para escapar del Blitz, y aunque
Leonard con su falta de arrojo tendía a buscar la invisibilidad, a la larga no
consiguió pasar desapercibido. Una mañana, cuando subía la escalera de piedra
del edificio A, lo pararon.
—Queremos
hablar contigo, chaval.
Ron
era alto, rubio y andaba encorvado y, por muy increíble que resultara para un
chico de su edad, daba la impresión de estar perdiendo pelo. Una mancha calva
adornaba su coronilla. Greg era moreno, más bajo y más fuerte. No hacía falta
ser una lumbrera para deducir que jugaba bien al rugby, pero que le costaba
estudiar. En sus ojos brillaba una exquisita mezcla de brutalidad y torpeza
mental, pero a pesar de que solía mostrarse bastante ingenioso a la hora de
inventar maldades, aquel día no se le ocurría nada reprochable en la conducta
de Corell. Algo que no por fuerza iba en beneficio de Leonard. La falta de
ideas no hacía más que aumentar la agresividad en Greg, y al final encontró
entre las normas del colegio lo que necesitaba. Según éstas, había que llevar
los libros de texto bajo el brazo izquierdo, y sólo se permitía que
sobresalieran un poco por delante. Se trataba de una regla que posiblemente se
habría implantado para que los alumnos no se hicieran daño al tropezarse con
los libros de otro, pero con toda probabilidad el objetivo principal no era
otro que el de darles a los mayores la oportunidad de fastidiarles la vida a
los alumnos más jóvenes.
—Tus
libros sobresalen.
—¿Ah,
sí?
—¡Imagínate
que todos llevaran sus libros de esa manera!
—¡Imagínate
que todos pararan a todos en la escalera para decir tonterías!
Teniendo
en cuenta el comportamiento previo de Corell en el colegio, el comentario
resultaba asombrosamente osado, pero como no había nadie alrededor, nadie con
quien apuntarse un tanto por ese descaro, no le sirvió de nada.
A
Greg no le gustaban las réplicas rápidas y agudas, así que a modo de respuesta
empujó a Leonard por el pecho y le ordenó subir y bajar la escalera corriendo
veinte veces. Lo de subir y bajar a toda pastilla por la escalera del edificio
A era un castigo habitual. Cuando Leonard se puso a ello, Ron y Greg se
apostaron en uno de los rellanos para vigilarlo. Hasta ese momento, la relación
de Corell con su cuerpo había sido de lo más normal; jamás había dedicado un
solo momento a reflexionar sobre si era bonito o feo. Ahora se enteró de que
tenía un culo de niña.
—Mira
qué culo de niña tiene —dijo Greg, y luego se echaron a reír.
Si
eso significaba que el culo era grande o pequeño, Leonard no lo sabía, pero se
dio cuenta de que era un insulto bastante peor que «idiota» o «cobarde».
Fue
algo que se le pegó y que acabó manchándolo. Se sintió desnudo, a pesar de ir
perfectamente vestido bajo el uniforme escolar. Poco tiempo después empezaron a
llamarlo niña, y, como suele pasar en ese tipo de situaciones, los demás se
subieron al carro, no todos, en absoluto, pero los suficientes para que el
apodo se extendiera y se convirtiera en un segundo epíteto. «Es maricón»,
pregonaba Ron. «No lo soy», espetaba Leonard. Pero no tardó en examinar su
cuerpo con una nueva sospecha, como si la afirmación pudiera ser verdad, y cada
día encontraba nuevos signos preocupantes: el pecho se veía demasiado débil y
hundido, las piernas eran demasiado flacas para sus caderas, y las largas
pestañas demasiado femeninas, y a veces no entendía que la persona que lo
observaba en el espejo del baño realmente fuera él. ¿No había otra imagen en
otro lugar que se correspondiera mejor con la idea que tenía acerca de sí
mismo?
Era
como si su personalidad se desmoronara trozo a trozo, y como si ya no fuese
capaz de estar presente en el momento. Los pensamientos se absorbían a sí
mismos, como envenenados por su meditación, y aunque odiaba a sus torturadores
y las acusaciones le daban mucha rabia, más que nada se avergonzaba y se
despreciaba a sí mismo. Al final, no tuvo adónde huir, ni hacia dentro ni hacia
fuera.
En
el colegio seguía yéndole bien, sobre todo en lengua y matemáticas, pero ya no
era el mejor. Perdió su afán de saber, su iniciativa y su ánimo. A menudo no se
atrevía ni a levantar la mano y se tornaba cada vez más invisible. No osaba
mostrarle al mundo su valía en un solo campo, algo que creció hasta convertirse
en una obsesión, una convicción permanente de que traicionaba a la persona que
había sido y a la que iba a ser. Sucedía que le pedía a Dios recuperar su viejo
yo, bien por un acto de voluntad o bien por arte de magia.
Le
obsesionaba cada vez más la creencia de que alguien, un profesor, una chica, o
algo, una idea, le ayudaría a sacar su auténtica personalidad, y de que un día
se transformaría en algo más grande y rico que ese chico inhibido en el que el
internado lo había convertido. Pero no ocurrió nada, sólo nuevas desgracias, y
aunque con el tiempo aprendió a contemplar la vida con mayor serenidad, esa
convicción nunca lo abandonó del todo. Tras períodos de apatía, ardía de nuevo
en deseos, se obsesionaba una temporada y creía ver un claro, una salida, pero
siempre acababa decepcionándose, y ahora, más bien en contra de su voluntad,
estaba permitiendo que la investigación sobre Alan Turing despertara los viejos
sueño
—
¿Qué te pasa? ¿Te va a dar un soponcio o qué?
—No,
nada. No me pasa nada.
—
¿Estás seguro?
—Sí,
estoy bien. Sólo me preguntaba una cosa. ¿Sabes lo que es Bletchley?
—¿Qué?
—Bletchley
—repitió.
—Suena
como una marca de coches.
—Creo
que estás pensando en Bentley. Esto debe de ser un lugar.
—Pues,
entonces, no sé.
—Por
cierto, ¿has visto a Gladwin?
—Creo
que libra hoy.
Corell
murmuró algo y acto seguido se levantó y se dirigió con pasos apresurados hasta
la sala de los archivos, donde se puso a hojear las enciclopedias.
Capítulo
13
Corell
consultó la paradoja del mentiroso en la Enciclopedia Británica. No esperaba
encontrarles una explicación a las anotaciones de Rimmer en las actas del
interrogatorio ni tampoco aprender nada del trabajo del matemático muerto, pero
sí pretendía entender mejor qué era lo que tanto le atraía de esa paradoja.
Leyó
que se trataba de una frase que afirma ser falsa y que en consecuencia es
verdadera justo cuando es falsa, y que por su innata contradicción provoca el
derrumbamiento de nuestro concepto de verdad, o, al menos, su suspensión
temporal.
La
paradoja se atribuye a un filósofo cretense, Epiménides, siglos antes de
Cristo. En la versión original rezaba «Todos los cretenses son mentirosos, como
me dijo un poeta cretense», pero se podía formular de otra manera, por ejemplo,
de la forma más sencilla: Miento. Corell no sabía muy bien por qué, pero le
parecía que la oración tenía una suerte de calidad evasiva. No llegaba hasta el
extremo de creer las palabras de Rimmer cuando decía que la frase había
provocado una crisis en la ciencia matemática y que había dado lugar a una
nueva máquina, pero le gustaba reflexionar sobre ella —la frase estimulaba sus
pensamientos— e intentó inventar variantes. Entre otras murmuró No existo, pero
reconoció enseguida que se trataba de otro tipo de contradicción: una oración
que debido a las condiciones vitales no podía pronunciarse sin mentir. Le
costaba dejar de pensar en ello. La paradoja daba vueltas en su cabeza como una
canción pegadiza en un disco rayado.
Hasta
que no estuvo en el autobús camino de la casa de su tía en Knutsford, no empezó
a pensar en otras cosas. Al bajar en la parada de Bexton Road y sentir una
brisa fresca en la cara, se preguntó si debería haber llevado un regalo, una
planta o algo para el postre. Pero los comercios de la ciudad estaban a punto
de cerrar y, mientras pasaba por los chalets de piedra caliza blanca con sus
vigas cruzadas, decidió olvidarse del regalo y dejarse embriagar por la noche y
la sensación de tregua pasajera. Knutsford al anochecer significaba libertad
para Corell. Dentro de un momento iba a sentarse con una copita de jerez en la
mano y se quejaría de su día hasta que la conversación discurriera hacia un
tema más agradable. Con su tía hablaba casi con total franqueza, sin medir sus
palabras ni ocultar su pasado. Podía mostrarse inteligente y referirse a los
libros que quisiera sin molestar a nadie, y aunque había algo vergonzoso en
tener como mejor amigo a una mujer vieja, atravesó las calles de Knutsford con
paso ligero como si se encaminara a una divertida aventura.
La
tía nunca se había casado. Tenía sesenta y ocho años. En su juventud había sido
sufragista y había sufrido un arresto tras tirar una piedra contra la ventana
de un diputado. Se llamaba Victoria, pero todos la llamaban Vicky, y había
estudiado en Girton College, en Cambridge. Al igual que la madre de Leonard, no
había terminado sus estudios, sino que entró a trabajar como redactora en la
editorial Bodley Head en Londres, y también escribió crítica literaria en el
Manchester Guardian bajo el seudónimo Victor Carson. Siempre llevaba el pelo
corto y, ajena a los vaivenes de la moda, se empeñaba en vestir pantalones.
Desde su juventud, la habían tachado de arpía y de marimacho, y era verdad que
podía llegar a acalorarse mientras discutía, pero Corell nunca la había
considerado poco femenina o agresiva. Para él, era lo más cercano a una madre
cariñosa que había conocido, y siempre se aseguraba de que comiera y bebiera en
condiciones, en parte también, claro, por su propia afición al alcohol, del que
no se privaba nunca. Bebía como una esponja. Aun así, siempre se movía con
elegancia. A pesar de los años y el reumatismo, sus gestos derrochaban gracia.
No podía decirse que fuera rica, pero era el único miembro de la familia al que
todavía le quedaba algo de patrimonio, y como no tenía niños ni costumbres
caras, más allá de la bebida y los libros, gastaba bastante en Leonard. Le daba
dinero y regalos, últimamente le había comprado una radio y ese traje de tweed
a medida que tenía desde hacía unos meses pero que aún no había estrenado por
la sencilla razón de que no se había presentado la ocasión oportuna.
Por
sorprendente que pueda parecer, dadas sus dotes sociales, su tía apenas se
relacionaba con nadie aparte de su amiga Rose, quince años más joven y que a
veces iba desde Londres a pasar unos días con ella.
Cuando
Corell enfiló Legh Road, bordeada por tantas casas bonitas, y se fue acercando
al césped sin cortar y a los arriates sin escardar del jardín de Vicky, y vio
alzarse como una torre la casa de ladrillo rojo, también bonita aunque más
deteriorada que las de los vecinos, una inquietud lo invadió, pues temió no ser
recibido con la calidez a la que estaba acostumbrado. Pero al descubrir a su
tía saludándolo con la mano tuvo la sensación de llegar a casa.
****
Vicky
llevaba un jersey lila, un chaleco de piel muy ceñido y unos anchos pantalones
oscuros. Se apoyaba en un bastón negro con el puño de plata que sacaba a veces
cuando la rigidez la atacaba.
—
¿Cómo estás? —dijo Corell.
—Soy
una vieja urraca. Pero hace una noche preciosa y ahora estás aquí, así que
seguro que sobreviviré otro día más. ¿Qué ha pasado con mi niño pequeño? Qué
caballero tan elegante estás hecho.
Corell
no dijo nada. Aunque el cumplido le pareció ñoño, le agradó igual. Entró en la
casa inspirando hondo. La cena ya estaba preparada. Desde la ventana vio que
había puesto la mesa en el jardín de atrás, por lo que, sin preguntar, empezó a
sacar las cazuelas. Ahuyentó a unas palomas que habían venido atraídas por la
mantequilla y el pan que ya se habían llevado a la mesa. Cenarían shepherd’spie
con judías y patatas, y decidieron acompañarlo con mild ale antes de pasar al
jerez. Era una noche bonita pero hacía viento, de modo que se envolvieron en
unas mantas grises. Vicky se acomodó en su silla y se puso a hablar de
política, criticando sin contemplaciones a Eisenhower y sus ideas acerca de la
teoría del dominó. Entretanto, los pensamientos de Corell volaban en otras
direcciones —sobre todo hacia Julie—, pero a medida que fueron rellenando sus
vasos, el ambiente se relajó.
—
¿Te acuerdas de que mi padre solía contar alguna anécdota graciosa sobre la
paradoja del mentiroso?
— ¿Y
de qué iba la paradoja esa?
Corell
se lo contó.
—Sí…,
sí, cierto…, creo que sé a lo que te refieres. ¿Qué era? A ver… ¿No era algo
sobre la cabeza de un dragón? ¿Una estatua?
—Había
estado en algún sitio en Roma.
—Exacto.
Y allí estaba la cabeza del dragón, y, según una leyenda, el que introducía la
mano en la boca del dragón mientras decía una mentira nunca más sería capaz de
sacar la mano de allí, ¿no?
—
¡Eso es!
—Pero
tu padre metió la mano y dijo…, o, mejor dicho, afirmó que dijo… Estoy bastante
segura de que le robó la historia a alguien.
—Yo
también.
—Es
demasiado buena como para ser suya. Pero afirmó que dijo…, ayúdame aquí, Leo…,
se me ha olvidado, ¿qué pudo haber dicho?
—Supongo
que algo de este estilo: «Nunca podré sacar la mano».
—Exacto,
y eso, al parecer, era una frase muy ingeniosa.
—Mucho.
— ¿Y
por qué? Es que estas cosas me marean.
—Porque
el pobre dragón debió de quedarse de lo más desconcertado —respondió Corell—.
¿Qué iba a hacer? Si la mano permanecía en la boca, las palabras serían
verdaderas y debía dejar que mi padre retirara la mano. Pero si la estatua le
permitía sacarla, entonces las palabras resultarían falsas, o sea, que se podía
mentir y aun así conservar la mano. La frase descolocó por completo al dragón.
—Pobre
dragón. ¿Qué te hizo pensar en esa historia? —preguntó Vicky antes de echarse
otro buen trago de jerez.
—Pues,
no sé… —No sabía muy bien qué decir—. Quizá porque siempre he pensado que la
paradoja del mentiroso no era más que un misterio gracioso, una ocurrencia,
pero ahora me acabo de enterar de que contradicciones como ésa han ocasionado
problemas a las matemáticas como ciencia —continuó.
—
¿Ah, sí? —dijo la tía, y de pronto sonó muy cansada.
La
mano que sostenía la copita de jerez temblaba un poco, y las bolsas bajo los
ojos se habían tornado de repente inusualmente oscuras.
—Te
estás cuidando, ¿no? —preguntó Corell.
—Soy
la salud personificada. ¿Qué ha pasado en comisaría? Venga, cuéntame algún
cotilleo. ¡Háblame de lo idiotas que son tus jefes!
—
¡No te haces ni una idea de lo imbéciles que son!
—Ese
Ross, en particular.
—En
efecto. Ahora piensa que lo más importante del mundo es detener a un tipo que
ha tirado basura cerca de la comisaría.
—Pero
¿no estás haciendo nada interesante? Cuéntame algún secreto del mundo del
hampa, por favor.
Vicky
le animó con una sonrisa.
—Estoy
investigando la muerte de un homosexual.
—
¿Un homosexual? Qué suerte que no haya muerto ningún heterosexual —replicó ella
con un sarcasmo inesperado.
Corell
se sobresaltó.
—No
quería decirlo de esa manera —respondió ofendido Corell.
—
¿Ah, no? —dijo ella—. Normalmente, no sueles informar acerca de las
inclinaciones sexuales de tus muertos.
—Sólo
lo he dicho porque tiene importancia para el caso. El hombre fue condenado por
conducta inmoral, y creemos que la crisis que eso le produjo lo llevó a
suicidarse.
—Ya.
¿Y ese señor hacía algo más aparte de ser homosexual?
—Sí
—replicó Corell malhumorado.
—De
modo que no era maricón a jornada completa. Qué pena. Es que en estos tiempos
que vivimos ya no hay sitio para los placeres.
¿Por
qué de repente ese sarcasmo?
—Era
matemático —murmuró Corell.
—Anda,
mira tú por dónde. O sea, un pensador. ¿Dónde había estudiado?
—En
King’s, Cambridge.
—A
ti también se te daba bien pensar —continuó ella en un obvio intento de relajar
la tensión.
—Sí
que se me daba bien —contestó consciente de que sonaba como un niño ofendido.
—
¿Puedes hablarme del juicio contra ese hombre? Me interesaría, y perdóname
querido si es que he estado un poco susceptible. He andado algo pachucha hoy,
como tú bien has advertido.
—No
te preocupes, no pasa nada —la tranquilizó Corell.
No
obstante, seguía molesto. En el trabajo había aprendido a aguantar todo tipo de
comentarios, pero en casa de su tía se sentía mucho más vulnerable y tardó en
recuperar la compostura. No fue hasta que empezó a hablar del estrógeno cuando
sus palabras se cargaron con un poco de intensidad.
—
¡Qué horror! —exclamó la tía una vez terminada la historia—. Qué horror.
—Desde
luego.
—
¿Te puedo preguntar una cosa, Leo? Y no te ofendas. ¿Te parece bien que
condenaran a ese hombre?
—Sí,
creo que… —comenzó, pero se interrumpió en mitad de la frase.
Le
pareció ver que los labios de la tía se preparaban para pronunciar otro
sarcasmo.
¿Volvería
a la carga?
—Fue
terrible que le dieran esa hormona femenina —dijo—. Se transformó en algo así
como un conejillo de Indias, pero, por lo demás, sí, considero que fue justo,
sí. Violó la ley, por tanto, la sociedad debe marcar los límites. Todo eso
puede propagarse.
— ¿Y
por qué sería tan peligroso?
—Pues
para empezar porque hace profundamente desgraciadas a las personas y las
expulsa de la sociedad.
—Pero
eso difícilmente puede ser culpa de los homosexuales.
—Entonces
¿de quién es la culpa?
—Pues
nuestra. De los que expulsamos a esas personas.
—Pero,
Dios mío, Vicky… —De repente Corell se sintió indignado—. Ellos mismos han
elegido su camino, y digas lo que digas de ellos, muy natural no es lo que
están haciendo, eso está claro.
—
¿En qué sentido?
—Bueno,
cae por su propio peso, ¿no?
—
¡No me digas! ¿Y desde cuándo la naturaleza es nuestra guía moral? Ahí fuera
pasan cosas bastante raras. ¿No te has dado cuenta? ¿Debemos imitarlo todo?
¿Comernos a nuestras parejas como hacen las arañas?
—No
digas tonterías. Pero el hombre y la mujer son la propia base de nuestra
existencia, ¿no? Si todos fuesen maricones, nuestra especie se extinguiría.
—Que
yo sepa no todo el mundo es marica.
—Pero
cada vez hay más.
—
¿Tú crees?
—Todos
los estudios lo indican.
—
¡Pues menudos estudios son ésos!
— ¿Y
tú qué sabes? Acabo de hablar con nuestro superintendente, al que, dicho sea de
paso, conozco bastante bien —empezó, y se sintió como un esnob.
—Veo
que te has ofendido —interrumpió la tía—. Pero no puedo dejar de mostrar mi
sincero asombro.
—
¿Asombro de qué?
—De
que el hijo de James Corell, que durante toda su vida abogó por la tolerancia y
el respeto, hable de esa manera.
—No
vuelvas a mencionar a ese fracasado. No quiero saber nada de él —le espetó con
una rabia inesperada.
—Ahora
te estás comportando como un tonto —le reprendió ella a su vez.
—Para
nada.
—Sí,
estás siendo injusto y susceptible.
—
¿No te parece que ese idiota ya me ha hecho suficiente daño? ¿Vas a empezar tú
también a darme la murga con él?
—James
era un charlatán y un mentiroso y un desastre al gestionar la economía
familiar, pero aun así una buena persona en muchos sentidos, y tú lo sabes,
Leo, sobre todo mostró coraje político, y no vendría mal…
—Que
yo también lo mostrara, ¿es eso lo que quieres decir? ¿Que soy un cobarde y un
fracasado?
—Pero
por Dios, Leo, ¿de qué estás hablando? Creo que eres una persona maravillosa,
lo sabes. Lo que quiero decir es que…
—Eso,
¿qué coño quieres decir?
Corell
no entendía por qué estaba tan alterado.
—Que
podrías defender a ese pobre hombre. Supongo que tus compañeros también se
burlan de él.
—Yo
no me burlo de él. Está muerto. Tengo un gran respeto por…
—Vale,
vale. Entonces, te lo pregunto de otra forma: ¿por qué reaccionas así con los
homosexuales?
—No
reacciono de ninguna manera.
—
¿Te ha pasado algo? Sé que tuviste algunas experiencias desagradables en
Marlborough.
—No
me ha pasado nada. Sólo considero que los homosexuales son perjudiciales para
la sociedad y que debilitan nuestra moral.
—Vaya,
qué clerical te has puesto de repente. ¿Puedo contarte una cosa?
—Adelante
—respondió malhumorado.
—Hablas
de la naturaleza. Igual que suelen hacer los cristianos. Debemos vivir acorde
con la naturaleza, dicen, aunque no como los cerdos, claro, ni los perros ni
las moscas. Pero imagínate, Leo, que la naturaleza se ha asegurado de que
tengamos homosexuales precisamente para que podamos sobrevivir y adoptar nuevas
perspectivas. ¿Te has parado a pensar en cuántas nuevas ideas han salido de
personas con esas inclinaciones?
—No
lo sé.
—Sin
ir más lejos, hablemos del mundo que yo conozco, el de la literatura. ¿Cuántos
homosexuales hay en ella? Proust, Auden, Forster, por dar unos pocos ejemplos,
e Isherwood, Wilde, Gide, Spender, Evelyn Waugh, bueno, de él no estoy segura
del todo, y Virginia Woolf, que en paz descanse.
—Pero
si estaba casada.
—Pero
estaba enamorada de Vita Sackville-West, ¿y se te ha ocurrido que quizá no es
una casualidad que sean tantos?
— ¿A
qué te refieres?
—Los
que son diferentes muchas veces suelen pensar de un modo diferente.
—Que
sea diferente no significa que sea bueno.
—Cierto.
Ocurre que lo convencional es lo bueno. Ocurre, pero no muy a menudo. Ese
hombre que murió, ¿qué había hecho en realidad? ¿Sabes algo de eso?
—Acabo
de empezar con el caso. Pero creo que estaba trabajando con máquinas —contestó
contento de que su tía cambiara de tema.
—Máquinas
—dijo ella sorprendida—. No suena a algo propio de un matemático.
—
¿Por qué no?
—Suelen
ser demasiado finos como para hacer trabajo de ingenieros. ¿Qué es lo que suele
decirse? Las matemáticas son el arte de lo inútil, un poco como l’artpour
l’art.
—No
creo que haya sido un matemático muy bueno —indicó repitiendo así las palabras
que le había dicho a Eddie Rimmer.
—Bueno,
eso ya no tiene importancia. ¡Pobre hombre!
—Pues
sí.
—Piénsalo…,
no le hace daño a nadie, sólo sigue su naturaleza, busca el deseo y el amor
como hacemos todos, «el amor que no se atreve a pronunciar su nombre» como lo
formuló Oscar Wilde, y por eso lo deshonran y lo persiguen e incluso le
provocan la muerte. ¿Es eso justo?
—No,
no exactamente.
—Pero
casi por lo visto, ¿no?
—
¡Déjalo ya!
¿Qué
le pasaba a la tía?
—Buscaba
a delincuentes en Oxford Road —continuó Corell—, ¿y sabes cómo es ese sitio? Es
el sitio más asqueroso que he visto, lleno de…
—
¿De qué?
—De
delincuentes y viejos verdes.
—De
desgraciados, como habría dicho Dostoievski.
—
¡No me vengas con tus malditas novelas!
—Leo,
querido. ¿No es a ti a quien le encantan las referencias literarias? Pero ¿qué
iba a hacer ese hombre? No es que pudiera sacar a bailar a otros hombres
precisamente. ¿No me decías que había estudiado en King’s?
—Eso
no mejora mucho las cosas, la verdad —bufó Corell.
—Dicen
que en King’s hay muchísimos homosexuales.
—Lo
dudo.
—Que
sí —continuó ella—. Bueno, estoy diciendo muchísimos pero puede que no más que
en otros sitios, lo que ocurre es que allí no pasan desapercibidos, y uno se
podría preguntar por qué, claro. Seguro que una de las razones es los
Apóstoles.
—
¿Los qué?
—Una
pequeña y selecta sociedad en King’s y en Trinity en la que tu padre, con
muchas ganas pero sin éxito, quiso entrar. Keynes, el economista, fue uno de
los impulsores en aquella época. Me pregunto si no pertenecía también a ella
Wittgenstein. Forster sí, seguro. Los Apóstoles defendían la homosexualidad.
Lytton Strachey incluso habló de ella como la elevada sodomía, como algo que
era más excelso que la vieja unión bíblica de siempre.
—
¡Qué horror! Eso son barbaridades.
—
¿Tú crees? Mi opinión es que los homosexuales necesitan un poco de apoyo. No
suelen recibir muchos aplausos que digamos.
—Esto
no es una broma, Vicky.
—Tampoco
pretendo que lo sea; sólo intento decir que a los homosexuales se los trata
mal, incluso peor que a las mujeres, y con eso lo digo todo. Nuestro pobre
amigo habrá sido arrancado de unos brazos seguros y protectores en Cambridge
para acabar en un Mánchester frío e intolerante. No entiendo que nos viniéramos
a vivir aquí, Leo. ¡Incomprensible! ¿Alguna vez has visto una ciudad más fea?
¿Por qué no elegimos una parte más bonita del país?
Corell
no contestó. Se sentía incomprendido y pensaba que su tía se pasaba de la raya
con sus burlas, algo que en circunstancias normales no le importaba. Daba gusto
escucharla meterse con el mundo, pero en esta ocasión la ironía se dirigía a
él, y eso le dolió. Ella era su ancla en el mundo. Tenía que estar de su lado.
Y ahora lo acusaba de intolerancia, y eso era muy condenadamente injusto. ¿No
la había apoyado siempre en la causa feminista? ¿No había estado de acuerdo con
ella en que a los indios y a los paquistaníes en Londres se los trataba de
manera miserable? Pero su tolerancia tenía un límite, y, a decir verdad, la tía
debería comprender que se les haría un flaco favor si se les dejara seguir como
si nada. Por el amor de Dios, aquí se trataba de personas que de manera
consciente y por voluntad propia habían elegido lo no natural, lo perverso, y
aunque seguro que ella lo despacharía como un tedioso sermón moralizante, era
un hecho que una conducta decadente conduce con enorme facilidad a otra. Eso lo
sabía por propia experiencia. La suma de los vicios no es para nada constante.
Cada vicio lleva a otro nuevo. Pero ya no tenía fuerzas para seguir peleando.
Quería recuperar a su Vicky de siempre, de modo que le tendió una mano
conciliadora, desnudándose así un poco, algo que le costaba, pero que solía ser
un truco infalible para que la tía se ablandara:
—Ese
hombre… —empezó.
—Sí.
—Seguramente
fue una buena persona. Un poco ingenuo quizá y proclive a las exageraciones,
pero amable y nunca arrogante por lo que parece, y a veces…, no sé…, creo que
su vida, y todo lo que pudo aprender, me da un poco de envidia. Incluso es como
si el hecho de poder pensar en esa paradoja me hubiera reanimado, y a veces
deseo que…
—
¿Qué es lo que deseas, querido?
—Haberme
podido dedicar a eso.
—
¿Qué quieres decir?
Corell
no sabía muy bien qué contestar.
—Se
libró de Marlborough —fue lo único que dijo, y se dio cuenta de cuánta amargura
había en sus palabras—. Estaba previsto que entrara a estudiar allí, pero su
hermano se lo desaconsejó, y en su lugar se fue a Cambridge.
—Algo
que te habría gustado a ti también.
—No
había dinero.
—Se
podría haber arreglado, ya lo sabes. Pero tú no querías, querías huir de todo,
y creo que eso era precisamente lo que necesitabas. Quién sabe, al final quizá
resulte que fue la decisión correcta…
¿Ser
policía? Qué barbaridades decía, pero su intención era buena, lo sabía. Sólo
que algunas cosas sentaban mal por el mero hecho de pronunciarlas, y,
resignado, dirigió la mirada hacia la hiedra que cubría la pared de piedra.
Entonces, sintió la mano de su tía acariciándole la mejilla. Los dedos
resultaron ásperos por su barba de dos días. Olían a tabaco.
—Venga
—ordenó ella.
—
¡Por favor, ya!
Él
le apartó la mano.
—La
gente habla tan mal de la envidia… No sé por qué, deberían quitarla de los
pecados capitales.
—Querida
Vicky —dijo él—. Esta noche estás diciendo más tonterías que nunca.
—La
envidia —siguió ella— no es nada de lo que debamos avergonzarnos, no si se es
consciente de ella. Incluso puede llegar a ser constructiva.
—Chorradas.
—Por
desgracia, ocurre con mucha frecuencia que la gente confunde su envidia con
alguna especie de indignación hacia los errores de los demás, y es entonces
cuando puede llegar a ser desagradable o incluso peligrosa, pero si no…
—
¿Qué?
—…
si no, puede proporcionar un poco de clarividencia. Si no existiera la envidia,
no pasarían muchas cosas en este mundo. Creo que es bueno que envidies los
conocimientos de ese hombre.
Corell
no dijo nada. Apuró su copa y bajó la mirada a la blanca y desconchada mesa.
Vicky encendió un cigarrillo y, mientras lo introducía en una boquilla larga y
oscura, se puso a hablar de otras cosas, pero en Corell se había despertado una
inquietud tal que se limitó a responder «sí» y «me parece muy bien», sin saber
en realidad a qué, hasta que se percató de que su tía estaba comentando el
próximo eclipse solar.
—
¿Qué te parece si nos instalamos aquí en el jardín a disfrutar de unas copitas
mientras el mundo se eclipsa? —continuó la tía.
—Dudo
que me dejen librar en el trabajo —dijo él—. Si mal no recuerdo, sucederá a
mediodía, ¿no?
—Bueno,
si fuera por la noche no tendría ninguna gracia…
****
Más
tarde, tumbado en esa cama de la planta de arriba que tanto había anhelado,
reaparecieron los pensamientos desagradables, que movidos por su lógica cruel
crecían en intensidad si intentaba apartarlos de su cabeza. No paró de dar
vueltas en el colchón hasta que el reloj del recibidor dio las tres, entonces
se levantó y se deslizó en silencio por la escalera para detener el péndulo.
Era como sostener un huevo en la mano y, al bajar la mirada a sus pies, le dio
la sensación de haber sido transportado al pasado. Marlborough College había
dejado una latente oscuridad en él, culpa no sólo del recuerdo de los insultos
niña y mariquita, o las reminiscencias de los golpes y las burlonas caricias en
la ducha o en el dormitorio común.
Sino
sobre todo porque él había permitido que ocurriera. El padre le había dicho en
una ocasión que el hombre puede afrontar una crisis bien luchando, bien
huyendo, y en su momento le había sonado a verdad, pero al padre se le había
olvidado la tercera opción. Corell leyó sobre ésta mucho más tarde. El hombre
también puede hacerse el muerto, como el perro mapache siberiano, y cuando
Corell pensó en los años en Marlborough se dio cuenta de que ésa era la opción
que había elegido. Había deambulado por el colegio como paralizado, y aunque
constantemente se había prometido luchar y protestar y crecer como persona, no
pasó nada, nada de nada, y a veces, en rachas de especial pesimismo, pensaba
que su vida había continuado de la misma manera en Wilmslow.
Una
y otra vez había tomado la decisión de dejar el cuerpo para encontrar un
trabajo mejor y más digno. Márchate ya, se había ordenado, pero sin moverse un
milímetro de donde estaba. Carecía de la fuerza para dar el paso, pero algún
día, pensó, algún día, y con esa vaga promesa sonando en su cabeza consiguió,
hacia el amanecer, conciliar el sueño.
****
Al
mismo tiempo, un hombre alto de nombre Oscar Farley se levantó de la cama del
hotel en Mánchester, con el cuerpo dolorido, y se acercó a la ventana para
mirar sobre la niebla de carbón que cubría el cielo de la ciudad. A diferencia
de Corell, había dormido a pierna suelta, pero eso se debía únicamente a los
somníferos y a los analgésicos que se había tomado la noche anterior, y tal y
como se sentía en ese momento, debían de haber sido cantidades cercanas a la
sobredosis. Sufría de un malestar pesado, y la lumbalgia que llevaba soportando
ya cuatro días le dolía más que nunca. «Dios mío», murmuró mientras permanecía
quieto, apoyado contra el lavabo blanco, con la cara torcida en una mueca que
envejecía su atractivo rostro o incluso lo convertía en el de un moribundo. Sin
embargo, no eran los dolores lo que más atormentaba a Oscar Farley. Pensaba en
Alan Turing. Pensaba en Alan encima de la mesa de autopsias en Wilmslow y Alan
mirando en un hoyo junto a una vieja sófora en Shenley, y sintió culpa, no una
culpa vinculada a un delito o algún acto reprochable en concreto, sino más bien
una sensación indeterminada e inquietante de haber sido una mala persona. ¿Lo
hemos matado?
Era
verdad que Farley había intentado defender a Turing y que parecía que todo se
había hecho conforme a las reglas, pero en la historia quedaban todavía
elementos desagradables. Cuanto más pensaba en ello y repasaba el curso de los
acontecimientos, más le daba la impresión de que algo importante se le
escapaba, algo que en cualquier momento podía estallarle en la cara. No sólo
por todo lo que Alan sabía, ni siquiera por sus viajes al extranjero, ni por el
exaltado ambiente en Cheltenham. Era la propia sensación que había dejado tras
de sí.
¿Realmente
no había ninguna carta o nota explicativa en ningún sitio?
Farley
miró a su alrededor, como si esa carta hubiese podido acabar en su habitación
de hotel, y se preguntó si no se habían dado demasiada prisa al registrar la
casa. ¿Podía habérseles escapado lo obvio? ¿Cómo alguien que busca sus gafas
por todas partes menos en la nariz? ¿O quizá los policías que acudieron allí
los primeros se llevaron algo? ¿Unas líneas que los agentes, con sus limitados
conocimientos, no habían sabido interpretar ni entender su importancia?
Naturalmente no sería muy propio de Alan anotar sus sentimientos en una carta,
pero al menos podría haberles dejado una pista, una pista de que Inglaterra no
tenía por qué preocuparse. En medio de toda su excentricidad había sido, a
pesar de todo, una persona responsable, ¿no? Farley echó un vistazo a su reloj
de pulsera. ¿Podía ir a ver a su compañero ya? Tenían que acordar la estrategia
ante los diferentes encuentros del día. No, aún era pronto, y en realidad
tampoco tenía muchas ganas.
Robert
Somerset se encontraba entre los amigos de la firma, pero durante los últimos
días había pasado algo. Era como si la muerte los hubiese distanciado, y Farley
había empezado a ver en su amigo los mismos rastros de suspicacia enfermiza
hacia todo lo que era diferente y raro, o que pudiera relacionarse —por muy
rebuscada que fuera la asociación— con Burgess y Maclean, como lo había visto
en tantos otros compañeros. Suponía que eso era lo que pasaba con las
histerias, que primero atacaban a los ya alterados y luego se extendían a la
gente más sensata. ¿No estaba él mismo, de hecho, a punto de volverse
paranoico? Mientras Oscar Farley se vestía con mucho esfuerzo e intentaba que
su cara adquiriera un color más sano —se dio un par de bofetadas—, recordó la
primera vez que había visto a Alan llorar, pero en aquella ocasión las lágrimas
no eran de verdad. El recuerdo le hizo sonreír y sintió que eso le sentaba
bien.
Iba
a ser una jornada muy larga.
Capítulo
14
Un
sol radiante cubría la ciudad de Knutsford la mañana del 10 de junio de 1954.
Leonard Corell estaba sentado en el jardín empedrado de la parte de atrás,
vestido con un raído albornoz azul, bebiendo Earl Grey mientras en la radio
sonaba Cole Porter y de la casa salía su tía, con paso inestable, portando la
bandeja del desayuno.
—¡Un
full monty!
—¡Anda,
qué rico! —contestó con entusiasmo sincero.
En
el plato no cabía nada más; había pan frito, morcilla, tomate, judías blancas
en salsa de tomate, tortas de patata, champiñones, huevos con beicon y zumo de
naranja.
No
precisaría comer hasta la noche. Mostró una amplia sonrisa y comentó que había
parado el péndulo del reloj de la pared. Su tía le respondió que había visto
exactamente la hora a la que se había cometido el crimen y le preguntó si había
dormido algo. Él dijo que sí y que se sentía descansado, lo cual era en parte
verdad, ya que hallaba una suerte de descanso en su cansancio, una extenuación
agradable que mataba su inquietud. De modo que empezó a leer con buen ánimo el
Manchester Guardian, que aguardaba doblado con esmero junto a la bandeja. No
encontró nada que captara su atención. Habría preferido sumergirse en un libro,
como su tía, que hojeaba The Hour Glass, de Yeats. Pero como le daba pereza
levantarse a buscar uno, se tuvo que contentar con lo que salía en el
periódico, como que la BBC iba a emitir noticias también en la televisión, y
que en la casa de los lores habían debatido por qué las mujeres policía en
Escocia tenían que dejar el cuerpo al contraer matrimonio, y que un compañero
en Douglas-Dundee había robado ciento veinte libras de la caja fuerte de la
comisaría, y que el abogado defendía el robo aduciendo que el hombre se había
relacionado con personas pertenecientes a una clase social más alta que la
suya, argumento que dibujó una sonrisa en los labios de Corell, aunque en
realidad le importaba todo un pimiento. Acto seguido se quedó de piedra.
En
la columna de la izquierda de la página 11 había un artículo sobre Alan Turing.
No era muy extenso. Más bien una noticia breve que habían alargado un poco.
Pero era el caso de Corell, y cuando el material periodístico le concernía, en
especial en esas raras ocasiones en las que se le nombraba, el mundo se detenía
un instante y él se asustaba. Aun así, le gustaba salir en los periódicos. Toda
palabra en la prensa que trataba de él le hacía soñar, pero antes de leer bien
lo que habían escrito, siempre experimentaba el miedo a que lo humillaran o a
que se burlaran de él, por lo que ahora ojeó el suelto con mirada inquieta, y
tomó nota —algo decepcionado— de que su nombre no figuraba y de que algún
compañero de la comisaría, probablemente Block, les había echado una mano con
los datos y los detalles. El artículo llevaba el titular NOTA NECROLÓGICA y era
muy benévolo. Empezaba así:
Hoy
tendrá lugar una audiencia preliminar sobre el doctor Alan Mathison Turing,
profesor de matemáticas en la Universidad de Mánchester desde 1948, a quien se
halló muerto en su casa de Adlington Road, Wilmslow, el martes por la tarde.
Tras
una sucinta descripción de las circunstancias en torno a la muerte de Turing,
que era razonablemente correcta, seguía:
El
doctor Turing era uno de los pioneros de la máquina calculadora electrónica en
nuestro país. Se le considera el autor de la base teórica para la máquina
computadora digital. Durante sus años en Mánchester fue uno de los científicos
detrás del «cerebro mecánico», llamado Madam (Máquina Automática de Mánchester)
y ACE.
Una
de sus máquinas, afirmaba, resolvió en cuestión de pocas semanas un problema de
las altas matemáticas al que se habían enfrentado los matemáticos desde el
siglo XIX. En colaboración con el catedrático F. C. Williams, también de la
Universidad de Mánchester, inventó dos mecanismos que contribuyeron
notablemente a mejorar «la memoria» y el alcance de la calculadora.
En
un artículo en la revista Mind, el doctor Turing parece haber llegado a la
conclusión de que las máquinas computadoras digitales van a ser capaces de algo
que se podría comparar con el acto de «pensar». También ha hablado de las
posibilidades de entrenar a una máquina de la misma manera que se educa a un
niño.
Corell
levantó la mirada del periódico. No le gustaba el artículo. Le parecía una
mezcla de especulación y hechos adornados, y no le aclaraba gran cosa. ¿Educar
a una máquina como a un niño? ¿Qué era eso? Una frase especulativa para la
galería, desde luego —viniera del periodista o de Turing—, pero no se ofrecía
la más mínima explicación sobre lo que significaba. Seguro que se trataba de
meras tonterías, o fantasías. Lo más probable era que el autor del artículo
tampoco supiera de qué estaba hablando. Corell se acordó de la frase en las
actas del interrogatorio cuando Alan Turing le dijo a Arnold Murray que estaba
construyendo «un cerebro electrónico», cosa que Corell había considerado una
mentira, una frase de esas que la gente culta va diciendo por ahí para seducir
o para oprimir. Pero lo cierto es que aquí se hablaba no de un cerebro
electrónico, sino de uno «mecánico», y aunque también eso, claro está, era
argot, una frase que tenía como objetivo resultar espectacular, al menos se
trataba de una expresión en uso, una palabra que por fin significaba algo. Pero
¿el qué? Se empleaba una serie de expresiones, la última era máquina digital.
Digit significa «cifra», digitus es «dedos», contar con los dedos. Aún
recordaba alguna cosa de las clases de latín del colegio.
—
¿Sabes lo que es una máquina computadora digital? —le preguntó a Vicky.
—
¿Perdón?
—Olvídalo.
Engulló
el beicon y las tortas de patatas, y de un trago apuró el té, que se había
enfriado. Después, siguió leyendo que Turing había trabajado para el Ministerio
de Asuntos Exteriores durante la guerra y que pertenecía a la Real Academia de
las Ciencias. En su tiempo libre, se había dedicado a las carreras de larga
distancia, al ajedrez y a la jardinería. Las últimas palabras del artículo
eran: «Corría para el Club Atlético de Walton». Corell bufó. Igual que en
Marlborough. Si querías mostrar a alguien que eras un chico bien, la esencia de
un inglés respetable y puro, había que decir que hacías deporte. Todos los
buenos chicos practicaban deporte. Turing era un buen chico. Además, estaba
muerto, y los muertos son siempre chicos estupendos en los periódicos. ¡Sobre
los muertos sólo lo bueno! ¡De mortuis nihil nisi bene!
—
¡Hipocresía! —exclamó Corell.
—
¿Qué?
La
hipocresía era uno de los temas favoritos de la tía.
—Nada.
¿Puedo arrancar un artículo?
—Puedes
meterte el periódico entero en el bolsillo si quieres, querido, pero me harías
un favor si dejaras de ser tan misterioso. ¿Qué hay en ese artículo que te
atrae tanto?
—Trata
de la investigación en la que estoy trabajando.
—Ah,
entiendo. En tal caso, insisto en que me dejes leerlo —indicó ella, y él
instintivamente sintió ganas de decirle que no.
No
pretendía abrir las heridas de la noche anterior, y además quería quedarse con
el matemático para sí, más ahora que no iba a ser capaz de contestar a las
preguntas de su tía, pero por supuesto empujó el periódico por encima de la
mesa hasta ella, quien se puso a leer con avidez. Después se mostró muy
animada.
—
¡Suena como un relato de Edgar Allan Poe! —exclamó—. Educar una máquina, ¿o qué
era lo que decían? Una locura absolutamente fantástica.
—Más
bien aterradora.
—Al
menos resulta sugerente. Parece un librepensador y no el típico ingeniero
aburrido, como insinuaste anoche.
—No
insinué nada de eso.
—Bueno,
igual lo entendí mal.
—En
cambio, lo que sí creo es que el tipo no estaba del todo bien de la cabeza
—continuó Corell.
—Ahora
pienso que estás siendo un poco duro.
—Pero
sé que ha embaucado…
—Hablan
muy bien de él —le interrumpió ella.
—Como
de todos los muertos.
—Pone
que ha escrito la base teórica de algo y que su máquina ha resuelto un problema
muy difícil. No debe de haber sido ningún tonto.
—Creo
que el autor del artículo no sabía sobre qué estaba escribiendo.
—Entonces,
cuéntame cómo es en realidad.
—Yo
tampoco tengo mucha información.
— ¿Y
no te gustaría saber un poco más ahora que trabajas en el caso?
—
¡No forma parte de mi trabajo!
—
¿No?
—No
creo que las máquinas tuvieran nada que ver con su muerte —dijo malhumorado.
Después cogió el periódico y arrancó el artículo.
En
ese instante, sintió que había sido desagradable o incluso como si su tía le
hubiese pillado mintiendo. Enseguida tendría que coger el autobús hacia
Wilmslow y, como no quería despedirse de la tía en ese estado de ánimo, intentó
una ocurrencia graciosa. Le dijo como un soldado a su superior:
—
¡Prometo averiguarlo todo acerca de las máquinas e informarle con la mayor
brevedad!
—Eso
me encantaría.
Capítulo
15
Leonard
Corell llegó a la comisaría un poco tarde, adrede, pues sabía que le tocaría
hacer horas extra. A pesar de que se sentía relativamente bien en la escalera,
el desánimo volvió a adueñarse de él en cuanto entró en el departamento de la
Policía Criminal. El ambiente estaba muy cargado en la sala. Olía a tabaco y
mal aliento. Kenny Anderson tomó unos tragos de whisky sin molestarse siquiera
en disimular. Corell abrió la ventana. ¿Por qué Vicky había sido tan idiota? La
pelea con ella anoche, los pequeños momentos de irritación no tenían, por
supuesto, mucha importancia —en realidad ninguna—, pero no podía dejar de darle
vueltas. Formaba parte de la maldición presente en la relación con su tía; la
menor disonancia la magnificaba hasta proporciones absurdas. ¿Cómo podía ella
defender…?
—Lo
único que me apetece hoy es emborracharme —se quejó en voz alta.
Y en
eso se mostró conmovedoramente de acuerdo con Kenny Anderson, pero cuando éste
le propuso tomar unas cervezas en el pub después del trabajo —qué idea más
horrible—, Corell fingió no oírle y se puso a trabajar de verdad. Apenas
lograba avanzar nada. El cuerpo le dolía de la noche en vela. Se alegró de
verdad cuando vio a Alec Block acercarse a él.
—Tienes
que ver esto —le dijo Alec Block.
—
¿Qué es?
Eran
unos papeles metidos en una sobria carpeta negra del bufete de abogados Chester
& Gold en Mánchester. En cuanto los ojeó, se decepcionó sobremanera. No
resultaba muy fácil determinar el motivo de tamaña decepción, pero le habían
mandado escribir un informe sobre las circunstancias que rodeaban la muerte de
Alan Turing antes de la audiencia preliminar de esa misma noche, y estos
papeles no le hacían el trabajo más grato. Si la futura resolución no había
sido obvia antes, ahora sí. Alan Turing, a la edad de tan sólo cuarenta y un
años, y gozando de buena salud, había redactado un testamento el 1 de febrero
de ese año. Bien es cierto que el documento no se extendía en detalles ni
contenía expresiones poéticas o declaraciones dramáticas sobre el sufrimiento
que era la vida, sólo consistía en una serie de datos fríos —como que un
escritor de nombre Nick Furbank debía ser el albacea y que el dinero, los
libros y los objetos de valor debían repartirse de una manera determinada—,
pero resultaba difícil creer que fuera casualidad que lo hubiera escrito tan
recientemente.
¿A
qué hombre de cuarenta años, con la mitad de la vida por delante, se le ocurre
sentarse de pronto a escribir su testamento sin abrigar una segunda intención?
Aunque Corell sospechaba que podía haber una suerte de sabor agridulce en
plasmar la última voluntad de uno, más o menos como cuando se fantasea sobre el
propio entierro, no creía que pudiera tratarse de una casualidad, de un
capricho sentimental. Si se sumaban unas cosas y otras, el juicio, la
sentencia, la humillación social y la manzana envenenada, entonces había
demasiado en el platillo. La balanza se inclinaba demasiado. ¡Joder, claro que
Alan Turing se suicidó!
El
testamento disponía que la asistenta, la señora Taylor, heredaría 30 libras, y
los miembros de la familia de su hermano John, 50 libras cada uno, lo cual
debía de haber sido una decepción, y quizá también una llamada de atención por
parte de Alan Turing. El resto —sólo con la venta de la casa se estaría
hablando de miles de libras— se repartiría entre la madre y cuatro amigos: Nick
Furbank, David Champernowne, Neville Johnson y Robin Gandy… Robin. Querido
Robin… Corell recordó de repente la carta que se había llevado de Adlington
Road. ¿Cómo se le había podido olvidar? Según el testamento, Robin Gandy iba a
heredar los libros de matemáticas de Turing. Gandy parecía haber sido el
favorito. Sin duda, era a él a quien Turing escribía cartas personales. En un
movimiento rápido, Corell metió la mano en el bolsillo interior y a punto
estaba de sacar la misiva para volver a leerla cuando el comisario Richard Ross
apareció en la sala. ¿Qué querría ahora? Ross tenía el mismo rostro descontento
y enrojecido de siempre, pero también parecía desarmado, como si algo acabara
de avergonzarlo.
—Veo
que se ha vuelto muy importante, Corell —manifestó.
—
¿Por qué?
—Unas
personas muy distinguidas quieren verle.
—
¿Otra vez?
—Tampoco
es para que ponga esa jodida cara de satisfacción, maldita sea —dijo Ross, a
pesar de que Corell no daba la impresión de alegrarse en absoluto—. Les pedí
estar presente —continuó el comisario—. Pero quieren hablar con usted a solas.
Me imagino que habrá metido la pata de alguna forma.
— ¿Y
con quién voy a tener el honor de reunirme?
—No
use ese tono, zoquete. Es muy importante que colabore.
—Claro.
Pero ¿con quién?
—Mejor
que se presenten ellos mismos —concluyó Ross malhumorado.
A
Corell le invadió un deseo irrefrenable de ser irrespetuoso. Pues no tengo
ganas. Es que tengo unas revistas guarras que quiero leer, le apetecía decir,
pero se limitó a permanecer sentado con los brazos cruzados intentando expresar
con su cuerpo que no colaboraría más que en la medida que le diera la gana.
—
¡Espabílese, coño! Llegarán en cualquier momento —le espetó Ross, y Corell
asintió desganado con la cabeza.
La
actitud zalamera de Ross hacia los representantes del poder que se acercaban le
asqueaba. Al mismo tiempo, se puso nervioso y hubiera querido mirarse en el
espejo, pero se tuvo que contentar con ajustarse la corbata y pasarse la mano
por el pelo.
Dos
caballeros que rondaban los sesenta años entraron por la puerta. Los reconoció
enseguida. Estos dos son famosos, pensó. Lo que no sólo era una tontería, sino
también un delirio, pues la verdad no iba más allá del hecho trivial de que le
sonaban por haberlos visto en la puerta de la morgue. No obstante, el hombre
más alto realmente parecía alguien del celuloide; bien es cierto que la larga
espalda resultaba muy rígida, pero el rostro poseía una dignidad y una armonía
tan exquisitas que provocó en Corell una repentina admiración. Ya desde la
muerte de su padre había tenido la tendencia a seleccionar a caballeros
distinguidos y a buscar, inconscientemente, similitudes con ellos, como si
tuviera la esperanza de encontrar su propio futuro en sus caras. O, aún peor,
como si buscara figuras paternales. Al saludar al hombre —que se llamaba Oscar
Farley e irradiaba cierta melancolía— a Corell le pareció detectar curiosidad
en su mirada.
El
otro hombre era achaparrado, con pelo ralo y revuelto y una nariz fina que se
hinchaba en la parte baja. Se presentó como Robert Somerset, y a diferencia de
su compañero era bastante feo. Sin embargo, en sus ojos se vislumbraba algo de
afabilidad.
—
¿Son ustedes del Ministerio de Exteriores?
—En
cierto modo —dijo Robert Somerset—. Formamos parte de un pequeño grupo que
trabaja en Cheltenham con algún que otro asunto de modesta importancia. Nos
hemos interesado, entre otras cosas, por las circunstancias en torno a la
muerte de Alan Turing. ¿Hay algún sitio donde podamos hablar en privado?
En
la tercera planta había una sala de reuniones recién pintada y con un par de
cuadros horribles en las paredes, donde Corell solía realizar algún que otro
interrogatorio de carácter más delicado, todo lo delicado que los
interrogatorios podían llegar a ser en Wilmslow. Les propuso ir allí. Tenía
buenos recuerdos del lugar y necesitaba cualquier sensación de seguridad y
tranquilidad que estuviera a su alcance, por muy frágil que fuera. ¿Debía
ofrecerles un té? No se animó. Cuando entraron en la sala su nerviosismo
aumentó, y tampoco le ayudó a tranquilizarse la sonrisa refinada aunque algo
irónica de Robert Somerset, que en la mente de Corell se convirtió en el
preludio de un comentario envenenado. Lanzó una mirada inquieta hacia Oscar
Farley. Éste se masajeaba el cuello.
—Me
temo que no disponemos de sillas más cómodas —se excusó—. Solemos llegar
molidos a casa después de la jornada.
—Gracias,
muy amable, no se preocupe. A veces me pasa, me quedo completamente torcido.
Soy demasiado alto para mi propio bien. Debería recortarme unos cuantos
centímetros. Por cierto, conocía a su padre.
Corell
se quedó de piedra.
—
¿Cómo?
—Quizá
no mucho —continuó Farley—. Sólo coincidimos en alguna ocasión, pero teníamos
un amigo común, Anthony Blunt, ¿le resulta familiar? ¿No? Bueno, los dos eran
expertos en arte, aunque muy diferentes, cierto. James era más ortodoxo, más de
mi estilo, a decir verdad. Me gustó mucho su libro sobre Gauguin, y también ese
que escribió sobre el indio, claro, una historia sumamente diferente. Un hombre
magnífico, ¿no? ¡Qué don de la palabra tenía!
—Y
de vez en cuando incluso decía alguna que otra cosa que era verdad —intervino
Corell en un tono ligero que le hizo enorgullecerse al momento.
—¿De
modo que a veces se dejaba llevar por la imaginación? Bueno, ¿no lo hacen todos
los buenos narradores? Anteponer lo bello a lo verdadero sería, por decirlo de
alguna forma, su deber. Una virtud noble en algún sentido.
—Lamentablemente,
no del todo aplicable en nuestras profesiones —comentó Robert Somerset.
—Por
desgracia, no —completó Corell decepcionado porque la conversación ya
abandonaba el tema de su padre.
—No,
para nosotros la verdad es una disciplina problemática. No sólo debemos
averiguar su apariencia, sino también manejarla con corrección. Uno se cansa
sólo de pensarlo, ¿no? —continuó Somerset.
—Sí.
—Hay
verdades que piden a gritos que se las anuncie a los cuatro vientos.
—Mientras
otras quieren ser silenciadas a cualquier precio —intentó Corell.
—Exacto.
Veo que entiende el problema. La desgracia propia nos la callamos, mientras que
la deshonra ajena la pregonamos.
—Es
posible.
—En
fin, lo que quiero decir con todo esto es que hay determinadas informaciones en
la historia del doctor Turing con las que debemos ser cuidadosos.
—¿Qué
es exactamente lo que resulta tan delicado? —preguntó Corell.
—Bueno,
tanto como delicado, tampoco —musitó Somerset—. No hagamos el asunto más
emocionante de lo que es en realidad. De todos modos, déjeme que le diga lo
siguiente, y así doy rienda suelta a mi vena dramática: lo que le cuente ahora
quedará entre nosotros, ¿verdad?
—
¡Por supuesto!
—
¡Estupendo! Entonces puedo informarle de que Alan Turing trabajaba para el
Estado con ciertos cometidos cuya naturaleza no se me permite desvelar. Es
probable que por ese motivo viviera bajo una cierta tensión. Se le había
impuesto no revelar nada, ni siquiera a sus más íntimos, y tampoco albergamos
sospecha alguna de que lo hiciera, en absoluto. Lo teníamos en gran estima y
lamentamos muchísimo su pérdida. Se trataba de una persona muy particular,
extraordinariamente independiente. Si me hubiera oído decir todas estas
tonterías, se habría levantado enseguida para ponerse a trabajar en algo que
considerara más importante…
—Como
la estructura matemática en las manchas del leopardo —dijo Corell con la misma
ligereza de antes.
—Ja,
ja. ¡Exacto! Veo que va captando cómo era. Pero lo cierto es que cuando alguien
muere de esa manera, a uno le empiezan a surgir preguntas, ¿no?, uno empieza a
plantearse si a pesar de todo no habría hecho algo que no debería. Bueno, no es
que lo creamos, pero nuestro trabajo consiste en esperar que pase lo mejor
mientras nos preparamos para lo peor.
—
¿Puede ser un poco más claro?
—
¿Vuelvo a pecar de críptico? ¡No me sorprende en absoluto! Ve al grano, solía
decir mi padre. Yo no entendía lo que quería decir. Pues no sabía a qué grano
se refería, ni adónde ir. Ni entonces ni ahora, ja, ja. Usted es una persona
espabilada. Eso está bien. Como dedicados funcionarios que somos, le hemos
echado un vistazo, naturalmente. Debemos admitir que nos sorprendió un poco que
trabajara aquí, pero eso le honra, de verdad. El cuerpo necesita gente como
usted, ahora que nos enteramos por el periódico de algún escándalo policial
casi todos los días, ¿verdad? ¿No salía algo esta mañana también? —continuó
Robert Somerset con una suerte de estudiado y coqueto despiste—. Y luego… —su
voz se tornó más suave, más queda—. Y luego supimos lo de sus padres, qué
pérdida. Debe de haber sido un golpe terrible, primero su padre y después su
madre. Lo lamento de veras.
—De
eso hace ya mucho tiempo —dijo Corell de pronto irritado.
—Perdón,
una falta de tacto por mi parte. Lo siento. No debería haberlo mencionado. Sólo
intentaba… Pero ¿por dónde íbamos? Que hablara más claro, ¿verdad? ¡Más claro!
Imagino que está usted al tanto de las inclinaciones de Alan Turing. Sí, por
supuesto que lo sabe. Sin embargo, nosotros durante mucho tiempo permanecimos
en la más absoluta de las ignorancias. En su día, Alan estuvo prometido con una
chica muy simpática. Oscar la conocía y siempre ha hablado muy bien de ella,
pero más tarde…, cuando nos dimos cuenta, entonces vimos las cosas desde otra
perspectiva. Bueno, no crea que le doy mucha importancia al asunto en el
aspecto personal. Todos tenemos derecho a hacer lo que nos plazca en nuestro
tiempo libre, ¿verdad? Fue una vergüenza el modo en el que tratamos a Oscar
Wilde. Aunque tampoco sería muy correcto decir «tratamos»…, pues parece que el
verdadero malo de la película fue el amante, ¿cómo se llamaba…? Lord Alfred
Douglas, eso es, o Bosie para los amigos, gracias, Oscar, y luego su padre.
¡Gente terrible! ¿Usted cree, por cierto, que ese Murray fue en algún sentido
el Bosie de Turing? ¿Ah, no…? Bueno, hay muchas diferencias, claro, eso es
cierto. Un artista como Wilde se puede permitir algunas libertades. Incluso
quizá es algo que debe hacer. Pero si uno trabaja para su país, entonces entran
otras consideraciones en el asunto. Me han dicho que su superior…, ay, Dios
mío, se me ha olvidado su nombre también.
—El
superintendente Hamersley.
—Eso
es, que el superintendente Hamersley pronunció un discurso incendiario sobre
Burgess y Maclean y puede que haya estado, con todos los respetos, un poco
fuera de lugar mencionar a esos traidores a la vez que a Alan Turing. Pero su
jefe tenía razón en que la traición de esos dos ha puesto nerviosa a mucha
gente. Muchos se preguntan si hay más espías. ¿Estaban solos en realidad?
Nuestro pobre Turing era un buen chico, muy inteligente. Oscar está convencido
de que era un genio, ¿a que sí?
—Sin
duda alguna —convino Farley al mismo tiempo que daba muestras, al menos a ojos
de Corell, de descontento o irritación, pero con toda probabilidad no se
trataba más que de las molestias que le producían el cuello y la espalda.
—Un
hombre muy peculiar —continuó Somerset—. Tenía esa capacidad de pensar de forma
absolutamente diferente del resto, para bien y para mal, sobre todo para bien,
creo. Le daba la vuelta a todo. No le gustaban la autoridad ni las órdenes. En
una ocasión fui tan tonto como para decirle: «¡En este asunto, quieras o no,
soy tu superior, Alan!». ¿Sabe lo que respondió? « ¡Y eso qué coño tiene que
ver!». Tenía razón, claro. O puedes aportar algo, o no, con independencia de si
eres el superior o el emperador de China. Pero ¿por dónde iba? Alan Turing
estaba en posesión de cierta información sensible, y si hemos de hablar de
riesgos, por decirlo de algún modo, de imaginarnos el peor escenario posible,
creo que no sería irrelevante mencionar el hecho de que Turing venía del mismo
ambiente universitario que Burgess y Maclean. En ese sentido era una persona
igual de sospechosa que nuestro amigo Farley aquí presente, que conocía a todas
las personas equivocadas.
—
¡Sí, tuve el honor!
—Bueno,
lo saco a colación para que entienda la amenaza existente, y quizá también para
tener la oportunidad de jactarme un poco de mi análisis político. ¡Ja, ja!
Cambridge en los años treinta se caracterizaba por dos cosas, si me permiten
que sea un poco drástico, una pasión por el comunismo y una pasión por la
homosexualidad.
—
¡Tonterías! —bufó Farley.
—Bueno,
no me cabe duda de que también os dedicabais a otras cosas, como la bebida, la
geometría y Shakespeare. Pero fue una época especial, eso tienes que
reconocerlo, Oscar. La Depresión y la huelga general, y todo tipo de
desgracias. Todo nuestro sistema parecía irse al traste, y muchos se
indignaron, con toda la razón, si quieren saber mi opinión, por todos los
derechistas que le dieron la bienvenida a Hitler. Estalló la guerra civil
española… Bueno, bueno, Dios mío… Uno no puede por menos que ponerse nostálgico.
Por fin se presentaba la oportunidad de hacer algo para combatir el fascismo, y
una multitud de estudiantes se apuntaron en la parte republicana y se los
consideró como los grandes héroes, ¿verdad? No se trataba de los intelectuales
cobardes de siempre, de unos charlatanes miserables como tú y yo, Oscar… Bueno,
Oscar parece callado ahora, pero tendría que verlo… No mencione a Henry James
ni al maldito irlandés Joyce, porque entonces no para nunca. ¡Ni se le ocurra,
por Dios! Pero, como ya he dicho, en Cambridge se consideraba que a la clase
dirigente no le preocupaba lo más mínimo el fascismo, y la verdad es que lo
entiendo. No soy ese carcamal conservador que Oscar trata de dar a entender.
Nuestro gobierno estaba realmente débil, y no hace falta tener mucha
imaginación para comprender que una gran cantidad de intelectuales veían a los
comunistas como la única alternativa decente. Sí, el antifascismo les dio
gloria y honor a esos cabrones, y en King’s y Trinity se formaron células
comunistas por doquier, y hasta ahí tampoco había nada de especial. La
aberración política es propia de la juventud, ¿no? Y, desde luego, está claro
que hay cosas peores a las que dedicarse que a soñar con la igualdad. El único
problema era que Stalin y la Komintern no eran tan tontos como para
desaprovechar la oportunidad. Sí, por Dios, imagínese…, se les presentó una
ocasión de oro para reclutar a los líderes del futuro. Y anda que no se
espabilaron. Cambridge se inundó de scouts y agentes comunistas, ¿y sabe cómo
se los llamaba un poco en broma? No, claro, ¿cómo va usted a saberlo?
Homointern, se decía. ¿Por qué? Pues porque la Komintern se centró en los
homosexuales. Se consideraba que resultaba más fácil ganarse a los maricones
para la causa, en parte porque su inclinación sexual les hacía más receptivos a
las ideas radicales, pero también porque se difundió la idea, conscientemente,
claro, de que Stalin tenía una actitud más liberal hacia la homosexualidad que
los líderes de Occidente. Chorradas, por supuesto. Propaganda útil, nada más.
Me pregunto si en realidad Stalin no les cortó la polla al final a todos,
perdonen la expresión.
—Hay
que ver las tonterías que dices —intervino Farley.
—Bueno,
¡no creo que la libertad sexual fuera precisamente la mayor contribución de
Stalin a la humanidad! Lo que sí es cierto es que en aquella época gozaba de
buena reputación con sus planes quinquenales y todo eso, en fin, incluso se le
consideraba alguien tolerante, Dios nos libre, y muchos homosexuales se
sintieron atraídos por el comunismo. Guy Burgess es, claro está, el ejemplo más
conocido. ¡Por Dios! ¡Qué historia más terrible! Y qué final más vergonzoso.
¡Una auténtica locura! Aunque quién sabe si hoy no se arrepiente. ¿O tú qué
dices, Oscar? ¿Crees que los rusos le proporcionan suficientes chavales y
alcohol?
Oscar
Farley bajó la mirada a la mesa, con claras muestras de incomodidad.
—Bueno,
nunca se sabe —continuó Somerset—. A un espía se supone que hay que
recompensarlo. Pero ¡cuánto hablo! ¿Le he dejado las cosas un poco más claras?
¿Sí? Pues me alegro. No, no, qué demonios, Alan no podía ser más diferente de
Burgess. Tenían la misma orientación sexual, claro, pero por lo demás… A Turing
ni siquiera le gustaba el alcohol. Hombre, no ponga esa cara de asombro, de
hecho, existen personas así. Y tampoco es que Alan estuviera políticamente
interesado. Sólo firmó un llamamiento por la paz en 1933, pero por lo demás se
ocupaba de sus números y sus ideas geniales. Si le soy sincero, nunca he
entendido gran cosa de todo eso. A Oscar se le da mejor… No, por Dios, no
intentes explicármelo de nuevo.
A
Oscar Farley no se le veía la menor intención de explicar nada.
—Alan
era un hombre muy disciplinado, al menos cuando algo lo estimulaba —continuó
Somerset—. Burgess, en su última etapa, fue seguramente la persona menos
disciplinada de la tierra. Soltaba impertinencias a diestro y siniestro, y no
estaba sobrio ni por las mañanas… Pero aun así, como ya he comentado, aun así…,
existen algunas circunstancias incómodas, seguro que sin importancia y, desde
luego, nada que debamos divulgar, bajo ninguna condición.
—Claro
que no —dijo Corell servicial.
—
¿No sería más agradable que nos tuteáramos? Yo soy Robert, no Bob, eso de
ninguna manera. Nunca lo he soportado. Oscar es Oscar. Un literato empedernido.
No un funcionario aburrido como yo, algo que debo compensar con un poco de celo
exagerado, de ahí que me interesen las trivialidades como ciertos viajes al
extranjero. Bueno, trivialidades trivialidades, tampoco. Todo depende de quién
viaje y adónde, ¿no? Hablemos con total franqueza. Durante sus últimos años,
Turing viajó al extranjero para conocer a hombres, maricones sin más, y
libertinos. Estuvo en Noruega, Grecia y París, y, a decir verdad, siempre fue
algo que nos incomodó.
—Supongo
que el ministerio ya lo había despedido mucho antes de eso —intentó Corell.
—
¿Por qué cree eso? —dijo Somerset.
—He
oído algo acerca de una directiva para depurar los ministerios de funcionarios
homosexuales.
—
¿Depurar? ¡Qué palabra más terrible! —exclamó Somerset—. Pero déjeme que le
diga una cosa: por mucho que valorásemos y confiásemos en Alan Turing, él quizá
hacia el final no tuviera motivos igual de grandes para ser leal a la reina y a
la patria. Quizá incluso estuviera cabreado, bueno, ¿quién no lo estaría en su
situación? ¿Se ha enterado de esa hormona que le obligaron a tomar?… Claro que
se ha enterado y, como ya he dicho, seguramente no hay nada de qué preocuparse,
en absoluto. No obstante, los sentimientos de culpa y la rabia no son una buena
combinación, para nadie. Por eso necesitamos su ayuda, sus conocimientos de
experto, así de simple. Usted fue el primero en acudir a su casa.
—La
asistenta lo encontró.
—Pero
luego…
—Luego
llegué yo…
—Y
recorrió la casa asimilando impresiones y buscando pruebas, claro, tal y como
era su deber.
—Sí,
claro.
A
todas luces, Robert Somerset iba tras algo en concreto.
—Como
entenderá…, teniendo en cuenta todo lo que le acabo de contar…, incluso las
cosas más pequeñas pueden tener gran importancia. Aquello que parece
insignificante puede, desde una perspectiva global del asunto…
—Adquirir
mucha importancia. Sí, claro, lo entiendo perfectamente —dijo Corell mientras
empezaba a añorar con intensidad salir al sol.
—Claro
que lo entiende. Como policía criminal cuenta usted con una mayor comprensión
sobre el valor de los detalles que nosotros, sin duda.
—También
sé que se puede llegar lejos dando coba.
—Ja,
ja. Me ha calado —admitió Somerset entre sonoras risas—. Además, seguro que
resulta innecesario darle coba. Sin duda, es consciente de su propio valor.
Sólo nos preguntamos si tiene algo que quiera compartir con nosotros…
—Supongo
que también habrán registrado la casa —repuso Corell.
Se
volvió hacia Oscar Farley, quien había permanecido sorprendentemente callado
durante la conversación, pero que ahora movía las manos de una manera que
Corell interpretó de inmediato como un sí. Echan en falta algo, pensó.
—En
cualquier caso, hemos oído que ha confiscado algunos cuadernos y papeles
—continuó Somerset.
—Es
verdad. Pueden llevárselos. Mis conocimientos matemáticos ya no son lo que
eran.
—
¿De modo que no se trata más que de anotaciones matemáticas?
—Creo
que sí. Pero no los he revisado a fondo. Se lo daré todo, faltaría más —indicó
Corell, y acto seguido, sin querer, se acercó la mano al bolsillo interior.
—
¡Estupendo!
—Ah,
no. No es verdad.
—
¿No?
—Alan
Turing también tenía tres cuadernos en los que anotaba sus sueños a petición de
su psicoanalista. Me temo que ya se los he enviado a su hermano, John Turing.
—Vaya.
—Sí,
por desgracia.
—
¿Nada más? —insistió Somerset.
—No
—dijo Corell, y de repente fue consciente de que no les entregaría la carta, no
entendía muy bien por qué, aparte de que tenía muchas ganas de leerla, y no
soportaba la idea de perderla antes de poder enterarse de su contenido.
—Entonces,
tendremos que ponernos en contacto con el hermano. Pero ¿quizá podría
entregarnos lo demás ahora? —pidió Robert Somerset contento, posiblemente, o
no.
Cuando
volvieron al departamento de la Policía Criminal en la planta baja, Corell les
dio los cuadernos.
—Cuídese
el cuello —le dijo a Farley—. Gracias por su análisis político. Ha sido muy
interesante —le dijo a modo de despedida a Somerset, con una voz que, aunque no
sonaba del todo natural, esperaba que dejara entrever cierta mundanidad.
Se
había puesto visiblemente nervioso. Cuando se despidieron, había empezado a
temblarle la mano derecha. Había cometido una irregularidad, nada grave, aun
así… La osadía le preocupaba, pero despertó a la vez su espíritu bélico:
No,
no, me han malinterpretado. Nadie me dice lo que debo o no debo hacer… Mi
nombre, por cierto, es Corell, Leonard Corell, hijo de James, el escritor.
Tengo un interés especial en la parte matemática de mi trabajo. Por eso no
permito que otras personas se entrometan, así de sencillo… Dios mío, ¿quién se
ha creído que es, señor Somerset? Presentarse así de repente y ponerse a exigir
cosas… No, esa carta me la quedo para mí, faltaría más… ¿Les he dicho que
estudié en King’s College, en Cambridge…?
Se
sentó a su escritorio mientras seguía alimentando sus ensoñaciones, y le
entraron muchas ganas de leer la misiva, pero se sentía observado. Kenny
Anderson lo miraba con curiosidad:
—Bueno,
¿de qué ha ido todo eso?
—Nada
en especial. Sólo querían informarme de algunas cosas.
—
¡De algunas cosas! ¿Se le han subido los humos al señor oficial o qué?
—
¿Qué? No… ¡claro que no!
—Entonces,
venga, vamos a tomarnos una copa. ¿No querías emborracharte hoy…?
—
¿Yo?
Corell
se planteó si debería hablarle de la carta, o si debería pasar de Kenny sin más
y leerla allí mismo, pero en ese instante se le vino un nombre a la cabeza…
Hugh Alexander. No sabía de dónde procedía, creía que se trataba de una pista
falsa de algo que había leído, pero de pronto cayó en la cuenta de que Hugh
Alexander había sido el testigo que defendía la honorabilidad de Turing durante
el juicio. El nombre le había sonado familiar y, aunque no se mencionaba
expresamente en las actas del juicio, a Corell le había dado la impresión de
que Alexander y Turing habían trabajado juntos durante la guerra. ¿Quién lo
sabía? Eso podría constituir una pista importante. Corell se levantó para ir a
ver a Gladwin.
Andrew
Gladwin trabajaba en el archivo. En esa sala se guardaban todos los datos de
los sospechosos del distrito y los que habían sido condenados por algún delito.
También tenían una pequeña biblioteca con enciclopedias y otros libros de
referencia, donde Corell había leído sobre la paradoja del mentiroso el día
anterior. Gladwin estaba entre las personas más valiosas que trabajaban en la
comisaría. Era muy aficionado a los crucigramas y devoraba biografías
históricas. Se le podía preguntar sobre cualquier cosa, algo que le había
valido el apodo del Profesor, o incluso el Oráculo con pipa. Se trataba de un
hombre afable y la única persona de la casa que había conseguido engordar. Al
igual que Kenny Anderson, apestaba a alcohol, aunque de una manera más agradable,
como si consumiera marcas más caras, o como si su cuerpo metabolizara mejor el
alcohol. Rondaba los cincuenta años, pero lucía una melena espesa y negra como
la de un hombre mucho más joven, y los ojos marrones se mantenían despiertos
por lo menos hasta la tarde, cuando su mirada se empañaba. Al entrar Corell,
Gladwin estaba fumando su pipa sin dar la impresión de dedicarse a nada más.
—
¿Qué hay?
—
¡Buenos días!
—
¿Se requieren mis servicios?
—
Hugh Alexander —dijo Corell—. ¿Sabes quién es?
—
¿Te refieres al jugador de ajedrez?
—No
sé a quién me refiero. Pero no se trata de ningún delincuente local.
—Entonces,
debe de ser el jugador de ajedrez.
—Fue
el testigo que avaló la honorabilidad en el juicio contra el matemático que
falleció el otro día.
—Es
él, sin duda. Veamos…
Gladwin
se levantó y sacó un volumen de Quién es quién, que se antojaba bastante
manoseado, y enseguida halló lo que buscaba.
—Siempre
me han gustado las personas en la A —dijo—. Hugh O’Donel Alexander, irlandés,
el padre era catedrático de Ingeniería en Cork, ganó el Campeonato Juvenil de
Ajedrez de 1928, recibió una beca de matemáticas para el King’s College, en
Cambridge, estudió con el profesor Hardy, se convirtió en profesor de
matemáticas en Winchester en 1932, director de investigación en algo que se
llama Lewis Partnership en 1938, pero sobre todo parece haberse dedicado a
jugar al ajedrez.
— ¿A
alto nivel?
—Sí,
desde luego. Logró el título de gran maestro; ganó, entre otros, a Botvinnik y
Bronstein. Campeón británico de 1938. Uno de los mejores jugadores del mundo,
sin duda. Se le considera el mejor jugador irlandés de la historia. Era capitán
del equipo inglés en el Campeonato Internacional de Buenos Aires al estallar la
guerra.
—
¿Pone algo sobre lo que hizo durante la guerra?
—Sólo
que trabajaba para el Ministerio de Asuntos Exteriores. Le dieron una OBE, al
parecer, en 1946.
— ¡A
él también!
—
¿Perdón?
—A
mi muerto también le dieron una —aclaró Corell.
—Mira
tú por dónde. Hay que ver. A mí apenas me dieron las gracias, a pesar de que me
dispararon en la pierna. Por cierto, ¿cómo estás? Pareces totalmente…
—No
es nada —respondió Corell por puro reflejo.
Los
pensamientos no paraban de darle vueltas por la cabeza.
—Tengo
la pregunta del millón —continuó.
—¡Pues
adelante!
—Si
estuviéramos en guerra con Hitler y tú fueras el Ministerio de Asuntos
Exteriores, ¿dónde situarías a un gran maestro de ajedrez y a un matemático al
que le gustan los enigmas y las contradicciones lógicas?
—Lo
que está claro es que no los pondría en primera línea de combate.
—
¿Los pondrías a inventar una nueva arma?
—O
nuevas estrategias. El ajedrez es una guerra en miniatura. Les dejaría
construir una miniatura de la guerra y mover copias de diferentes soldados de
algún modo ingenioso. O les haría inventar enigmas difíciles para desconcertar
al enemigo. ¿Cómo era ese enigma de los…?
—
¿No puedes intentar tomarte esto en serio?
—
¿Tiene que ver con tu investigación?
—En
cierta forma, sí.
Gladwin
se recostó en la silla mientras se pasaba la mano, casi cariñosamente, por la
mejilla.
—Leonard,
querido amigo, todas las guerras han necesitado algo más que músculos y
cañones, y la élite intelectual no se ha mantenido al margen de esa locura
sangrienta, al menos no tan a menudo como a uno le gustaría. Bertrand Russell
fue realmente una excepción en 1916. En términos generales, yo diría que a
menudo las personas más inteligentes han sido absorbidas por el servicio de
inteligencia o han pasado a formar parte de la industria científica que se
exige en una guerra. Como ya sabes, suele decirse que la primera guerra
mundial, con sus gases tóxicos, fue la terrible guerra de los químicos,
mientras que la segunda perteneció a los físicos. Por consiguiente, mi
respuesta es que a una persona como Hugh Alexander la emplearían en algún tipo
de trabajo analítico, pero me temo que ha sido una respuesta demasiado vaga
para tu gusto.
—Bueno,
sí, quizá. De todos modos, muchas gracias.
—De
nada. Oye…, pero bueno, qué prisas…
Corell
volvió raudo a su sitio y sacó la carta de su bolsillo interior.
Capítulo
16
La
carta tenía un ligero tono amarillo y estaba sorprendentemente arrugada. Corell
se la acercó a la nariz y percibió un olor suave, casi agradable, a almendra
amarga. Miró a su alrededor. Nadie le observaba. Kenny Anderson, que hacía tan
sólo un momento se había mostrado tan curioso, parecía, por una vez, inmerso en
su trabajo, y con una solemnidad clandestina —que le hizo recordar una noche en
Southport cuando a la luz de una linterna leyó la edición ilegal de El amante
de Lady Chatterley— Corell ojeó la carta. Lo primero que llamó su atención fue
que sólo ponía una hora concreta, pero no la fecha. Quizá había estado mucho
tiempo en el cajón del escritorio, qué sabía él, y con suma lentitud leyó las
palabras iniciales, como para determinar si estaban bien redactadas, o para
calmar su impaciencia. Intentó convencerse de que era una estupidez depositar
demasiadas esperanzas en la misiva. Apenas se había acordado de ella. Había
adquirido esa aura de importancia sólo porque se la había ocultado a Farley y a
Somerset, pues seguía siendo la misma carta; su pequeña audacia no había
cambiado nada. Pero se quedó irremediablemente fascinado, y con creciente
excitación la leyó una y otra vez.
Hollymeade,
2.20 horas
¡Querido
Robin!
Estoy
tan harto de todos los secretos, de todo este maldito teatro… ¿Era así como
quería que fuera mi vida? ¡Un teatro para ocultar otro! Estoy despierto
deseando estar muy lejos de aquí. ¿Te acuerdas de las perdices que comimos y
los huevos frescos? Son las dos y media de la madrugada. La lluvia repiquetea
fuera, y pienso en todo lo que me gustaría hablar contigo, no sólo en lo que no
puedo contar, sino también en lo que nunca me he decidido a decirte. Cada día
hay nuevas puertas que se cierran. Me han apartado de un trabajo que quizá no
me divertía demasiado, pero que al menos daba un poco de sentido a mi vida. Ya
no confían en personas como yo, y eso me pesa, Robin, me duele más de lo que
puedas imaginar. Todo mi mundo se encoge. Ni siquiera consigo soñar como antes.
¿Qué gracia tienen los sueños si sabes que no pueden hacerse realidad? Me han
robado tantas cosas, y cuando una cosa desaparece, también desaparecen otras. Y
el horizonte se oscurece.
Dicen
que algo prometedor está pasando ahí fuera en el ámbito sexual, pero yo ya no
lo veré. Me vigilan. Cada vez que pongo el pie fuera del jardín se arma una
buena, no te quiero ni contar la que se armaría si tuviera la osadía de hacer
otro viaje al extranjero. (Algo que haré de todas formas, ¿cómo podría
resistirme a fastidiarles un poco?). Quieren convertirme en una vieja
solterona. Uno podía pensar que las cosas mejorarían al quitarme el implante de
la pierna, y quizá así fue durante una temporada, pero luego llegó la decepción
al ver que el alivio no era mayor. El veneno desapareció del cuerpo, pero no
del cerebro, y sospecho que esto no se va a pasar rápido. Tendré que vivir con
lo que sucedió en el juicio y todas sus consecuencias durante mucho tiempo, y
en realidad no debería haberme sorprendido de que empezaran a perseguir a mi
chico noruego. Tendría que haberme dado cuenta de que no me dejarían en paz.
Pero ¿cómo iba a entender hasta qué punto me dolería?
Cuando
hace un rato intenté dormirme, sentí sus ojos vigilantes en mi nuca, y di
vueltas y vueltas en la cama hasta que ya no lo soporté más. Entonces, me
levanté y me puse a mirar por la ventana a la calle. La luz amarillenta de la
farola iluminaba el sauce allí abajo y mi pobre sendero de ladrillo que nunca
tuve fuerzas de terminar (posiblemente porque la idea de un sendero a medio
hacer por el jardín me divertía), pero no había nadie. ¿Por qué iba a haber
alguien?, te preguntarás. Te lo explico: estoy bajo vigilancia. Tengo a un tipo
rechoncho andando detrás o delante de mí a todas horas, al pobre ni siquiera se
le da bien seguirme. Se hace tan mal el despreocupado que pone nerviosa a la
gente, y en la frente tiene un lunar que parece una sigma. ¿Te imaginas? ¡Una
sigma!
Una
mañana, cuando acababa de esconder la llave de casa en el garaje porque iba a
salir a correr, pasó por la calle como si nada. Le solté: Buenos días, qué
visita más agradable, y entonces se avergonzó, contestó mmm, mmm, un día muy
bonito, con acento escocés, y se marchó con el rabo entre las piernas. Creo que
comprendió que lo había pillado. Unos días más tarde volvió a aparecer, y
entonces me dio la impresión de que pretendía robarme el correo. Es que toda
esta crisis con mi noruego no me cuadra si no han leído mis cartas. No, no me
digas que son tonterías. No estoy paranoico, sólo sufro de esa paranoia
perfectamente saludable que es necesaria para sobrevivir. De estar al ciento
por ciento libre de manías persecutorias, no aguantaría ni un día y, en realidad,
debería reírme de ese tipo. Parece un perro triste. Pero no puedo dejar de
pensar: ¿es así como muestran su gratitud? Envenenando cada rincón de mi
existencia. He tenido días en los que he estado tan furioso que no he sabido
qué hacer. Cuando viniste a verme, ¿te fijaste en el golpe en la pared, un poco
a la derecha de la puerta? Fui yo. Lo hice el otro día de una patada, con
bastante precisión, y a buen seguro la habría tomado con toda la casa si no se
me hubiera ocurrido que era un poco absurdo castigarme a mí mismo cuando estaba
de un humor tan vengativo. Justo antes del amanecer, Robin, me ha pasado que no
he tenido fuerzas para dormir ni para estar despierto, apenas para vivir. Los
pensamientos dan vueltas y más vueltas en un razonamiento circular de
desesperación, que se amplifica y se distorsiona y se convierte en una viciosa
caricatura, y me he preguntado si no ha sido la locura la que al final ha
llegado hasta mí. Pero no he encontrado respuesta. (El viejo W. tenía razón,
claro, cuando dijo que no podemos observar nuestros pensamientos, puesto que la
observación se vuelve parte de éstos al instante).
Ay,
Robin, no hago más que lamentarme. (Tendrás que vengarte enviándome un
documento de queja de unas setenta y nueve páginas sobre la terrible abundancia
de amantes en Leicester). Y naturalmente te pido disculpas por no haber
elogiado todavía tu tesis (ya llegaré a ello), y es verdad que también he
encontrado un poco de consuelo. ¿Te he contado que he instalado un pequeño
laboratorio al fondo de la segunda planta? Lo llamo el cuarto pesadilla, en
homenaje a los delicados nervios de mi madre. Se le ha metido en la cabeza que
allí dentro me dedico a mezclar algún brebaje peligrosísimo, y no le falta algo
de razón, ya que hago todo tipo de tonterías, como intentar extraer los
componentes químicos de la sal. Deberías venir a jugar conmigo. No está nada
mal como terapia, a pesar de todo.
La
verdad es que me entretengo con todo tipo de cosas, todo menos aquello a lo que
debería dedicarme. Anoto mis sueños, a petición de Greenbaum. ¿Te lo había
dicho? Todas las mañanas lleno una página tras otra en mis cuadernos de sueños
y, sinceramente, a veces no puedo resistirme a mejorarlos un poco. ¿A quién le
interesan los sueños aburridos? Pero también he dado con algún que otro detalle
que me gustaría compartir contigo alguna vez. Por cierto, estoy pensando en
irme de excursión escabrosa al Club Mediterranée en Ipsos-Corfú este verano,
mejor allí que otra vez a París. ¿Te hablé de ese joven encantador que conocí
en París? Se quedó desconcertado con mi propuesta de ir andando al hotel en
lugar de coger el metro. Supongo que tenía la misma relación con París que
nosotros con una superficie de Riemann. Sólo conocía los círculos de
civilización en torno a las estaciones de metro, pero era incapaz de deducir
cómo ir de una estación a otra. Bueno, poseía otros talentos, un culo muy
bonito, por ejemplo, y debo reconocer que pasamos un buen rato juntos, pero
después quiso que intercambiáramos nuestros relojes como confirmación de
nuestra confianza. Seguro que el hecho de que el mío fuera mucho más bonito
desempeñó cierto papel, pero naturalmente acepté enseguida. No se pueden
rechazar las ofertas que te hacen. Así que ese reloj no lo volveré a ver. ¡Je,
je! Pero, por lo demás, Robin, por lo demás… Son casi las tres de la madrugada.
Es una de esas noches en las que la vida se acerca demasiado a uno. ¿Te he dicho
que leí sobre un lord al que habían llevado a juicio una segunda vez? Habían
desenterrado algún otro viejo pecado en su vida, y como es evidente pensé: ¿es
eso lo que van a hacer conmigo? ¿Sacar otra sombra más de mi pasado? Es una
suerte no haber estado con tantos hombres como me gustaría — ¿quién lo ha
estado?—, pero alguno que otro sí que ha habido. ¡Dios bendiga la iglesia
deKing’s!(Creo que tienes ciertas lagunas en tu cultura al respecto). Pero no
tendría fuerzas para aguantarlo. No soporto la idea de que vuelvan a hurgar en
mi vida de nuevo. El otro día me crucé con una de esas viejas señoras del
vecindario, y desvió la mirada al verme. No creas que me importa, que vuelva la
cabeza hacia donde quiera. Aun así, ¿no te parece injusto? Esa noche me enfadé
tanto que apenas fui capaz de respirar. ¿Alguna vez has sentido tanta rabia que
ni siquiera sale, sino que sólo implosiona en una masa oscura y sofocante?
Es
verdad que durante mi asalto con la justicia mantuve bien alta la cabeza y me
negué a avergonzarme, pero no creas que me libré de sentir el invisible
cascabel en el cuerpo. Incluso conseguí mucho mejor de lo esperado tener
pensamientos destructivos, quizá no tan contritos como Dios hubiera deseado en
toda su mezquindad —sigo siendo un tipo lujurioso—, pero, en todo caso,
bastante lacerantes y que sólo se dirigían hacia dentro sin objetivo ni
dirección, sin hallar allí nada más que un vacío. El punto final de los
argumentos. Imagínate que me hubiera casado con Joan y, de alguna manera,
hubiera tenido hijos. Entonces ¿cómo habría sido mi vida? (¡Tanto tú como yo
tenemos que dejar de una vez nuestra debilidad infantil por lo contrafactual!).
Debo armarme de paciencia. La luz matinal estará aquí dentro de poco. Ya añoro
poder escuchar a los pájaros. Pero a veces, Robin, a veces me pregunto si lo
que desean no es en realidad verme eliminado, fuera del escenario. ¿En qué me
he convertido a los ojos de aquellos a los que una vez ayudé tanto? Nada más
que en un estorbo, una persona que pensó claro, pero que deseó mal. ¿No
contesté bien a la pregunta del hada madrina?
La
otra noche soñé con nuestras comidas en Hanslope, y luego con mi manzana por la
noche. Esta tarde me acordé del doble arco iris que vimos, y entonces pensé:
¿cómo te va la vida a ti? A veces he tenido miedo de que vayan a por ti
también, tú con tus chifladas convicciones. ¿Qué tipo de problemas crees que
sufro? ¿Uno de esos que hace que la máquina se detenga o uno que se repite sin
remedio hasta la eternidad? Yo he… (Ilegible, tachado).
La
carta terminaba en mitad de una frase y, aunque no se entendía con facilidad,
no cabía duda de que rezumaba dolor. ¿Quizá fuera incluso la nota de suicidio
que querían? No, no era para tanto. Corell había tenido que rebuscar bastante
entre sus cosas para dar con ella y, aunque contenía algunas referencias
oscuras, como «el punto final de los argumentos», parecía redactada en términos
demasiado vagos y confusos como para tener un objetivo concreto. Más bien daba
la impresión de ser algo que uno escribe por la noche cuando la vida se
presenta sombría y amenazadora. Además, el autor se sentía culpable por
quejarse tanto, y los intentos de humor, como «la terrible abundancia de
amantes en Leicester», había que entenderlos como una manera de aligerar el
tono quejumbroso de la carta. Seguro que no había sido casualidad que no
llegara a enviarse nunca. Quizá a la mañana siguiente le pareció un disparate.
Por otra parte, no la había roto. La había dejado allí a la espera de… ¿De qué?
¡De nada, probablemente! Todos guardamos cosas sin saber por qué.
Miró
a su alrededor. Kenny estaba recostado en su silla, fumando. Alec Block entró y
se sentó en su sitio, bajo un cartel de atracadores de bancos en Mánchester en
busca y captura, y le echó una mirada melancólica a Corell como si buscara
establecer contacto. A Corell lo invadió un irrefrenable deseo de marcharse.
Era como si la lectura de la carta le exigiera aire fresco, y sin pronunciar
palabra abandonó su sitio. Al salir de la comisaría a la calle, una bandada de
golondrinas desapareció tras los bloques de apartamentos de ladrillo pardo. Se
encaminó hacia los campos a la derecha y pronto llegó a Carnival Field. El
lugar, más que ningún otro en Wilmslow, simbolizaba el verano para él. Se
detuvo a contemplar los prados, contento de ver la gran cantidad de gente que
había allí, y con un gesto no exento de cierta teatralidad inspiró aire
mientras sonreía hacia un caballo que corría en círculos a poca distancia, pero
no dejó de pensar en la carta ni un instante. Se alegraba de haber salido. Bajo
el cielo abierto tenía una mayor distancia con las palabras y no le alteraban
de la misma forma. Tampoco era para tanto, ¿no?
Le
irritaban muchas cosas de la carta y cayó en la cuenta de que se había
imaginado a Alan Turing como alguien más perdido y desorientado —en parte
debido a lo que le contó su hermano—, pero en la misiva hablaba un hombre
astuto que seducía a hombres en París y que se marchaba de viaje
clandestinamente. Un homosexual incurable, le había dicho el inspector Rimmer,
y seguro que era verdad. Al mismo tiempo, había otras cosas que Corell no
entendía y que le despertaban una enorme curiosidad. Eran las frases menos
claras, más que las inequívocas, las que le atraían. Si bien comprendía que la
mayoría de éstas no difería mucho de las bromas y alusiones internas de su tía
y él, los típicos guiños y referencias comunes propios de la amistad, y tampoco
era tan tonto como para no advertir que sus viejos sueños de siempre —que en su
vida se cruzara con algo grande y liberador— podrían jugarle una mala pasada,
su emoción no disminuyó.
¿Y
eso del hombre que había vigilado a Turing? ¿Quién era? ¿Un producto de la
imaginación en el cerebro del matemático, o alguien de la policía de
Mánchester? Alan Turing había estado bajo vigilancia debido a sus tendencias
sexuales —eso lo había confirmado Hamersley—, de modo que no resultaba del todo
imposible que se hubiera castigado a algún pobre agente ordenándole rondar la
casa de Turing. Pero, no, Corell no pensaba que ese hombre fuera policía.
Además, ¿quién diablos tiene una mancha de nacimiento como una sigma, una letra
griega? Se convenció de que tenía que ser alguien más interesante que un simple
compañero del cuerpo. «¡Estoy tan harto de todos los secretos!». En la carta,
Turing hablaba de «ellos», a «los que», de forma poco clara, a veces parecía no
referirse a otros que al tribunal o a las fuerzas del orden en general, o
incluso a los tiempos, mientras que otras veces parecía aludir a algo concreto,
quizá a una institución determinada, quizá a la misma a la que pertenecían
Somerset y Farley… «a los que una vez ayudé tanto».
Corell
permaneció quieto un instante preguntándose de qué servicios podía tratarse.
Luego se encogió de hombros y regresó a la comisaría, y se puso, con cierta
energía, a redactar su informe ante la audiencia preliminar de esa misma tarde.
Capítulo
17
Oscar
Farley y Robert Somerset descansaron unos minutos en un banco de Sackville
Park, en Mánchester. Dos hombres con poco porte pasaron por delante, y uno de
éstos iba diciendo: «Es que las tías nunca han entendido…». Más allá, bajo un
árbol frondoso, una joven leía tumbada en el césped una novela con una portada
en tonos verdes. Farley sintió una punzada de añoranza. Siempre, cuando peor se
encontraba, se topaba con personas que parecían estar en perfecta armonía, como
si buscara recordatorios de todo lo que se perdía.
—
¿Continuamos? —preguntó Somerset.
—Espera
un poco.
—
¿Tan mal estás?
—Bastante
mal.
—Tengo
un poco de oporto en el maletín.
—Ya
llevo suficientes toxinas en el cuerpo.
—
¿Qué me dices del policía?
—No
digo nada. Sólo espero que haya sobrevivido a tus tonterías.
—
¿No te pareció que estaba un poco raro al final?
—No,
no me lo pareció —negó Farley, pero no fue del todo sincero.
Pues
al joven policía indudablemente lo había invadido el nerviosismo cuando
empezaron a hablar de lo confiscado en Adlington Road. Pero Farley no quería
alterar a Somerset sin necesidad. Además, el policía le había caído bien.
Durante la verborrea de Robert, que a ratos le había puesto en el disparadero
—un comentario tan estúpido como que en los años treinta Cambridge se
caracterizaba por el comunismo y la homosexualidad no debía decirse ni en
broma—, se había acordado de su juventud y había visto rasgos en el policía que
reconocía como suyos a esa edad. Esa manera de parecer sofisticado y grandioso
un momento para al siguiente dar la impresión de estar desconcertado y perdido
le recordó a Farley la frustración que había sentido aquellos años, la incapacidad
de ser quien uno quería más que en fragmentos o escenas sueltas. Por un
instante, incluso había pensado con nostalgia en su vieja inseguridad, como si
algo importante se hubiera perdido cuando iba formando su personalidad,
convirtiéndose en ese experto conversador que era ahora, pero sobre todo había
tenido en mente al padre del joven policía.
No
le había conocido muy bien. Aun así, el padre del policía había ocupado un
lugar especial en su conciencia. Durante mucho tiempo asoció el apellido Corell
a ese ambiente de fiesta que rodeó los primeros años de Farley en Cambridge.
James Corell era un escritor que debería haber sido actor, una persona
grandiosa, de verbo rápido y agudo, que se hacía con cualquier grupo de
personas con el que entraba en contacto. Pero, tras su muerte, Farley,
inevitablemente, empezó a atribuirle rasgos de payaso triste, quizá porque
pensaba que James Corell al final comprendió que su dominio de la vida mundana
ya carecía de relevancia social, y que por eso cada triunfo en sociedad le
habría dejado un regusto amargo, como un juglar que se torna melancólico en
cuanto los aplausos cesan.
En
la comisaría de Wilmslow, Farley tampoco había podido remediar ver al joven
como una extensión del padre, una continuación del drama que el padre había
puesto en escena. El policía se encontraba muy lejos de los círculos de James
en Cambridge y Londres. Por lo visto, había pagado un precio alto por la
pérdida del padre y, aun así, el legado de éste permanecía en los gestos y en
la mirada, y de vez en cuando se entreveía una ligereza en sus respuestas, un
ingenio que recordaba a James, y luego estaba lo de sus ojos. Era como si el
policía estuviera todo el tiempo considerando planes de acción alternativos.
«Gracias por su análisis político», le había dicho a Somerset con un
inconfundible sarcasmo, y, aunque fuera una actitud irónica muy del gusto de
Farley, también evidenciaba una rebeldía, un deseo de ridiculizar a la gente
que le llevaba a pensar en el padre. Pero lo más probable era que no les
hubiera ocultado nada… ¿O sí? Pero ¿por qué iba a hacer algo así?
—Venga,
vámonos —dijo Farley—. Ya me siento mejor.
—Creo
que hay que volver a hablar con él de todas formas —indicó Somerset.
—Yo
creo que hay que marcharse a casa y leer poesía.
—
¿Perdón?
—Poesía.
Es una forma de escritura sumamente concentrada. La humanidad la ha usado
durante miles de años. Alguna vez deberías echarle un vistazo. Hay libros para
principiantes.
—
¡Anda ya!
****
Por
razones obvias, Corell no podía mencionar la carta en su informe. Pero dejó
caer que había muchas cosas aún sin esclarecer y por una vez trabajó con mano
ligera, quizá también porque en realidad carecía de importancia lo que pusiera.
Sabía que el final ya estaba escrito, y en algún sentido sólo trabajaba para sí
mismo. No permitiría que ningún ojo policial, burocrático y desprovisto de
imaginación, matara las palabras. Más bien se imaginaba otros lectores, más o
menos ficticios —como su fallecido padre o incluso un editor de rostro
borroso—, que por un golpe de azar leerían el informe y se entusiasmarían. A
veces se tomaba libertades formales, otras fingía que sus hechos eran ficción.
Todos los detalles curiosos, el pequeño laboratorio, el caldero burbujeante, la
manzana envenenada, ya no parecían observaciones sin sentido, sino piezas de un
rompecabezas que al final de la narración se transformarían en una imagen
nítida y esclarecedora, al igual que los interrogantes de una novela de
misterio. Pero poco a poco la ilusión se quebró y se dio cuenta de que todo
aquello que parecía provisional o peculiar permanecería así, y si la historia,
contra todo pronóstico, tuviera una continuación, ésta se desarrollaría en
otros pasillos y otras salas, lejos de Wilmslow y Green Lane. Su momento de
inspiración se le antojó de pronto como una mera masturbación: excitante
mientras duró, pero vergonzoso después. Al pasar a limpio el informe, se acordó
de otros textos que había redactado en un tiempo lejano, cuando su padre había
gritado «Bravo, Leo, bravo», pero tampoco eso le resultó un recuerdo agradable.
Con irritación, cogió su sombrero, que estaba tirado sobre la mesa, y lo colgó.
Acto seguido sonó el teléfono.
—Buenas
tardes —dijo una voz de mujer.
—
¿Con quién hablo? —preguntó Corell.
—Me
llamo Sara Ethel Turing. Soy la madre de…
Se
apartó el auricular de la oreja. Tuvo el impulso de colgar. Pero ¿no había algo
que tenía que preguntarle a la madre? No se le ocurrió nada y tampoco se lo
hubiera podido preguntar de haber recordado algo, pues la madre hablaba sin
parar, con la voz espesa por el llanto, como si necesitara ahogar cualquier
asomo de silencio.
—Alan
andaba metido en algo grande, algo realmente grande —dijo—. Se le notaba, en
toda su forma de ser. No pensaba más que en el trabajo. ¡Ni siquiera se lavaba
las manos! Dios mío, ¿por qué no podía lavárselas? ¿Por qué no lo hacía?
— ¿Y
qué era eso tan grande en lo que andaba metido?
—Ojalá
lo supiera. No había manera de entenderlo. Pero algo era…, son esas cosas que
una madre intuye. Alan tenía una cabeza tan privilegiada, tan tan privilegiada,
pero era como un niño, ¿entiende? Fundió el reloj de su abuelo. ¿Qué le parece?
Dijo que el abuelo habría estado contento de que su reloj se hubiera puesto al
servicio de la ciencia, y luego estaba lo de trabajar con sustancias
peligrosas, cosas de lo más nocivas para la salud, y le dije miles de veces:
«¡No te hagas desgraciado! ¡Lávate las manos!». Pero no se las lavaba. ¡Nunca,
jamás!
Corell
estaba acostumbrado a las intensas manifestaciones sentimentales en su trabajo.
A veces le hacían sentirse más vivo, como ante un drama apasionado en el cine o
en el teatro, pero con la madre de Turing resultaba insoportable. Su pena era
tan desbordante… Las palabras salían a borbotones de su boca, y Corell no podía
aguantarlo. Intentó ser amable.
—Lo
lamento de verdad, señora Turing. ¿Se ha enterado de que usted es la heredera?
La quería de verdad.
Pero
ella no escuchaba. Continuó su incesante letanía. Cuando al final logró
terminar la conversación, Corell suspiró ruidosamente y con gran alivio, sin
por eso sentirse mucho mejor.
—Para
ya —le espetó Kenny Anderson.
—
¿Que pare qué? —replicó—. Acabo de hablar con la madre de Turing.
—Pero
¡tampoco es necesario que agujerees la mesa!
—No,
no, perdón.
Dejó
el bolígrafo, con el que a todas luces había estado golpeando su escritorio. El
teléfono volvió a sonar. Estiró la mano para coger el auricular, pero en el
último momento la retiró de golpe, y, como si eso no fuera suficiente, cogió su
sombrero del perchero y abandonó la sala. ¿Qué estaba haciendo? Salía y entraba
sin cesar, y no había tenido la suficiente presencia de ánimo para hacerle unas
preguntas serias a la madre —sin duda habría podido contarle algún que otro
detalle de importancia—, pero no había sido capaz. Había pensado en su propia
madre, su encorvada y encogida madre, y el día en el que la había dejado. ¿Por
qué esto no acababa nunca? ¿Seguiría doliéndole ese recuerdo toda la vida?
En
la calle ya estaba refrescando, por lo que se arrebujó en la americana mientras
intentaba sacudirse el malestar. No lo logró. Los pensamientos se arremolinaron
en su cabeza, y de repente se acordó de una frase de la carta: «¿No contesté
bien a la pregunta del hada madrina?». Palabras dolorosas, pensó. Era como si
le atañeran de alguna manera: ¿había formulado mal sus deseos él también,
desconcertando a la única fuerza bondadosa que velaba por su bien? Se palpó el
bolsillo interior. La carta todavía estaba ahí. Pensó en volver a leerla, pero
no serviría de nada —se la sabía casi de memoria— y durante un rato anduvo
apático por las calles, sin rumbo.
Cuando
enfiló Water Lane y pasó la hilera de restaurantes y terrazas, se sintió como
una anomalía. Sólo hay mujeres en la calle, pensó. No era del todo cierto.
Había hombres por todas partes, pero la sensación de entrar en una especie de
comunidad femenina no lo abandonó. Se sintió observado y examinado. Poco a poco
se fue calmando, y puede que en eso le asistiera la música de un transistor. La
voz de un hombre cantaba we’llhave some fun when the clock strikes one
acompañada por un curioso ritmo, y la canción le provocó una sonrisa. Pero el
respiro no duró mucho; más adelante divisó la espalda de una mujer que de
inmediato lo puso realmente nervioso, y pese a disipar el malestar causado por
la conversación telefónica no le aportó gran consuelo en ese momento.
El
cuerpo femenino pertenecía a Julie y, por si eso no fuera ya bastante, la
acompañaba una niña que sostenía un globo verde. La pequeña tenía el mismo pelo
negro que Julie. Podría ser cualquiera: una sobrina, una prima, alguna de las
nietas de Harrington, aun así… No le gustó, y no lo tranquilizaba el hecho de
no haber visto un anillo en el dedo de Julie, a la que siempre había
considerado soltera y sola. Se había equivocado, sin duda, y su primer impulso
fue salir de allí. No obstante, siguió caminando.
Pronto
las alcanzó y sintió un deseo incomprensible de arrancarle el globo a la niña.
La condenada chiquilla constituía un muro entre Julie y él. Al llegar a su
altura, sin embargo, se sobresaltó: la pequeña llevaba un parche negro en un
ojo y por debajo se extendía una fea cicatriz. Afectado, desvió la mirada.
Cuando estaba a punto de adelantarlas, se detuvo. O uno hace como si nada. O…
Se dio la vuelta y saludó tanto a Julie como a la niña, y a pesar de su emoción
notó que ésta se volvía enseguida para ponerse de perfil, como si la vida ya le
hubiera enseñado a mostrar a los desconocidos sólo la parte no desfigurada de
su rostro. ¿No guardaba un sospechoso parecido con Julie?
—Buenos
días, señor Corell.
—
¿Está bien, señorita?
—Muy
bien, gracias. ¿Y usted?
—Fenomenal.
Es un día muy bonito.
—Por
una vez nada de lluvia. ¿Está contento con el traje?
—Muy
contento, gracias. Una tela maravillosa. Tiene usted una niña muy bonita —dijo
al mismo tiempo que se preguntaba si estaba bien decir bonita al tratarse de
una niña con una cicatriz tan fea.
—Gracias
—dijo Julie, y parecía avergonzada—. Chanda es…, ella tiene…
Dejó
la frase sin concluir y se llevó la mano con nerviosismo al flequillo. En otra
ocasión mejor, quizá la inseguridad que mostraba ella al intentar hablar le
hubiera dado confianza a él para seguir conversando, pero ahora sólo se sentía
incómodo. Quería huir. Siempre le pasaba lo mismo cuando estaba cerca de Julie,
y aunque se dio cuenta de que debería dejar que ella siguiera explicando o,
quizá aún mejor, comentar algo que evidenciara que él era diferente —sabe
usted, señorita, es que he encontrado una carta de lo más curiosa—, se limitó a
decir:
—
¡Me alegro mucho de volver a verla! Tiene usted un aspecto fantástico. Quizá me
pase por la tienda un día de éstos para echar un vistazo a algo nuevo. Que
tenga un buen día.
—Igualmente
—respondió ella, al parecer sorprendida por la apresurada despedida.
Acto
seguido Corell se marchó, con la enojosa sensación de haber sido privado de
algo.
Capítulo
18
El
juez de instrucción James Ferns no dudó durante la audiencia preliminar. Siguió
de principio a fin la línea del doctor Bird sin apenas prestar atención a las
pequeñas reservas de Corell, que tampoco se formularon con demasiado pathos,
aunque sí con cierta elegancia de vez en cuando. Desde la conversación con la
madre de Turing y el encuentro posterior con Julie y la niña, Corell se había
sentido sin fuerzas, cosa que no mejoró después del saludo que le dirigió el
juez: «¿Por qué no ha venido Sandford?». En general, lo trataron como si no
existiera, y varias veces durante la audiencia Corell maldijo para sí:
¡Idiotas! ¿Qué saben ellos de nada? Por otra parte —y en cierta medida lo
lamentaba—, en la sala no se decía nada que fuera una manifestación de irracionalidad
o ignorancia. La conclusión «suicida» parecía de lo más razonable. No obstante,
sintió una punzada de decepción y le ofendió lo rutinario del proceso. Al menos
podrían haber fingido que el caso era especial.
Después,
James Ferns y Charles Bird charlaron distendidos entre ellos ignorando por
completo a Corell, quien al oírlos reír pensó que era de él, por lo que cerró
los puños en un acto reflejo, imaginándose una venganza: Algún día, algún día…
James Ferns era un hombre bajo que rondaba la cincuentena, de rostro
relativamente elegante pero altanero, cuyo centro lo constituía un fino y
acicalado bigote de aire militar. Ferns ocupaba una posición destacada en el
Rotary Club en Wilmslow, y algunas veces Corell lo había visto en Carnival
Field con dos grandes rottweillers.
Cuando
salió al fresco nocturno, Corell deseó hallarse lejos de allí. Estrenaba su
traje de tweed, pero no iba cómodo, se sentía demasiado elegante. El traje se
merecía a alguien mejor que a un desorientado policía de Wilmslow. Miró a su
alrededor con desánimo. En la escalera de los juzgados esperaban cuatro o cinco
reporteros. Ninguna afluencia masiva, desde luego, aunque suficiente para que
el juez se atusara el bigote con indisimulada vanidad. A James Ferns le
encantaban los periodistas. El sentimiento, sin embargo, no era mutuo, pues el
juez se expresaba de forma extrañamente enrevesada, algo de lo que a buen
seguro no era consciente, y se estiraba con petulancia. Resultaba repulsivo.
Aun así, Corell lo entendía en algún sentido. Él también se crecía cuando los
periodistas se acercaban, pero a diferencia de Ferns tenía la cautela de no
mostrar esa sonrisa de satisfacción. Además, pronto le surgieron otras cosas en
las que pensar.
Dos
rostros atrajeron su interés, uno era el de Oscar Farley, cuyos problemas de
espalda y cuello debían de haber escalado porque esa tarde usaba un bastón, lo
que reforzaba esa mezcla de melancolía y mundanidad que lo envolvía. A ojos de
Corell, Farley hacía que todo el entorno se antojara provinciano. Pero no fue
Farley quien le causó mayor impresión, sino un hombre que posiblemente fuera
periodista. Éste recorría el lugar con la mirada como dispuesto a que no se le
escapara el más mínimo detalle, pero había otras cosas en su lenguaje corporal
que daban a entender que procedía de un mundo muy diferente. A diferencia de la
de Farley, su ropa no era cara. Llevaba pantalones de algodón y una desgastada
americana de pana marrón que podía confundirse con una cazadora, e iba sin
sombrero. No parecía mucho mayor que Corell. Sin embargo, lo llamativo del
hombre eran los ojos. Resultaban penetrantes, tanto por su forma afilada y
achinada como por la intensidad que irradiaban y que le hacía parecer
inusualmente alerta. Del bolsillo de su americana salía un libro gris, y, sin
saber muy bien por qué, Corell se llevó la mano al sombrero a modo de saludo
entre colegas. Para entonces todos se habían congregado al final de la escalera
de los juzgados, y cuando James Ferns se aclaró la voz, el pequeño grupo se
calló. A pesar de todo, cierta expectación flotaba en el ambiente.
—Hemos
podido constatar que se trata de un suicidio —declaró el juez—. Un acto de
libre voluntad, por decirlo de alguna manera —añadió, como si existieran otros
tipos de suicidio.
—
¿En qué se basa esa conclusión? —intervino un joven periodista, lo que dio pie
a que Ferns se extendiera de forma algo prolija al explicar las circunstancias
en la casa de Adlington Road.
—Un
hombre con los conocimientos de Turing no ignoraba el peligro que conlleva el
cianuro. No se descuidaría así con un veneno —alegó Charles Bird.
—Además,
tenía sus motivos —añadió el juez—. Acababa de pasar por un proceso humillante.
—
¿Por qué utilizó una manzana? —preguntó un reportero de mediana edad con gafas
redondas.
Corell
quería decir algo, esa pregunta era suya. Pero le faltó el coraje para
intervenir, de modo que se quedó en silencio y se limitó a escuchar mientras
Bird repetía su teoría de que la manzana se había utilizado para contrarrestar
la amargura del veneno. Corell no podía dejar de imaginárselo como las
instrucciones de una receta: «añada un poco de cianuro al gusto. Para quitar el
sabor amargo utilice una manzana». Poco después el juez se enredó al defender
que el suicidio no tenía por qué haber supuesto una larga planificación.
—Podría
perfectamente haber sido el resultado de un impulso —dijo—. Nunca se puede
saber lo que un hombre de ese tipo es capaz de hacer.
—
¿Por qué no? —insistió el mismo reportero que había preguntado sobre la
manzana.
—Permítame
que lo exprese de la siguiente manera. Todos somos diferentes. Una persona como
el doctor Turing, me atrevería a afirmar, es propensa a la inestabilidad
emocional. Una persona así puede perder la compostura con facilidad. La vida
sube y baja, como una montaña rusa, y sospecho, o más bien, tengo motivos para
pensar que sus procesos mentales sufrían un desequilibrio cuando decidió poner
fin a su vida, bueno, ya saben adónde quiero ir a parar. Quizá la desgraciada
idea le vino a la cabeza sin más, de repente. Quizá incluso se disponía a hacer
algo muy distinto cuando tuvo esa ocurrencia —concluyó Ferns, y se hizo el
silencio.
Los
reporteros estaban muy ocupados anotando esas palabras, y en realidad Corell
tampoco pensaba decir nada. Pero en ese instante captó una mirada del
desconocido de la americana de pana dirigida a Ferns. No se trataba de una
ojeada crítica, sino de una mirada aniquiladora, y para Corell, que ya desde el
principio había querido causarle buena impresión, supuso un motivo para
protestar.
—Debo
decir que el juez de instrucción me ha impresionado —dijo.
—
¿Ah, sí? ¿Por qué?
James
Ferns se mostró desconcertado.
—Por
la rapidez y la seguridad con la que ha determinado qué tipo de hombre era Alan
Turing. Pero supongo que se basa en un minucioso estudio de su vida y su obra
científica.
—Bueno,
pues sí… —intentó Ferns.
—Aunque
el juez no ha aclarado a qué tipo se refería —continuó Corell—. ¿Era del tipo
profesoral, del tipo científico apasionado, o incluso del tipo homosexual que
se deja llevar por sus impulsos y sus pasiones? Bueno, deben perdonarme, es que
ni siquiera estoy seguro de cuántos tipos de individuos hay en ese particular
género, el único tipo con el que estoy familiarizado de verdad es con el que
habla de lo que no comprende, y ése lo tengo delante ahora mismo.
Se
oyó una risa, pero Corell no pudo saber de dónde venía.
—Lo
que quería decir era… —empezó Ferns manifiestamente molesto.
—Es
que no sabemos nada acerca de los motivos del hombre. Tenemos grandes lagunas
sobre su vida. Esta investigación se ha conducido con un apresuramiento
vergonzoso. Hacer declaraciones en esta fase sobre los pensamientos de Turing
durante su último día de vida no es más que insensato y especulativo —continuó
Corell.
Creyó
experimentar un momento de triunfo —pensó en las risas que acababa de oír—,
pero cuando alzó la vista, advirtió que ninguno de los periodistas estaba
anotando sus palabras y que los ojos tanto del médico forense como del juez
irradiaban una intensa rabia.
Se
instaló un silencio incómodo, como el que sucede a una situación muy
embarazosa, y la embriagadora confianza que lo había invadido durante un
instante desapareció de golpe, y Corell fue arrojado de vuelta a su habitual
complejo de inferioridad. Buscó con mirada febril al hombre desconocido, pero
éste quedaba oculto tras un individuo alto con un hueco entre los dientes
delanteros, y durante unos segundos Corell no tuvo ni idea de qué hacer.
—Señores,
supongo que eso ha sido todo —dijo.
Las
palabras resonaron huecas. Carecía de autoridad para interrumpir la conferencia
de prensa, pero lo dicho, dicho estaba. Que pasara lo que tuviera que pasar.
Levantó el sombrero en un gesto de despedida y echó a andar con la sensación de
que su espalda debía proporcionar un espectáculo lamentable, o incluso que su
culo se asemejaba al de una chica, y por un instante se imaginó los malvados
comentarios que la gente vertería sobre él. Aun así, mantuvo la cabeza alta
mientras activaba todos sus mecanismos de defensa para intentar convencerse: ¿a
mí qué me importan esos petulantes?
Pero
la vergüenza no hizo más que crecer. Se preguntó si Ferns en realidad no
tendría razón. Por lo menos, pensó, no se había expresado tan mal como para
motivar su malvado ataque. ¿Acaso no se rigen los homosexuales precisamente por
los impulsos y los caprichos? Quizá es verdad que de sentirse excitados un
instante pasan de inmediato a sentir angustia y remordimientos, ¿qué sabía él?
Desde un punto de vista psicológico, Ferns sin duda se había apuntado un tanto.
Corell había sido un idiota, nada más. ¿Por qué todo lo que hacía tenía que
fracasar tan rotundamente? Además…, se sentía vacío y privado de algo, no sólo
de un problema, de un misterio que poseía un aire a gran mundo, sino también…,
¿cómo formularlo?…, de una añoranza. Ahora todo había terminado. Ahora todo se
había despachado como un triste suicidio, pero para Corell no se habían
aclarado nada las cosas; tenía la carta pero no sabía más ahora que al inicio
de la investigación. Es cierto que eso era un componente melancólico propio de
su profesión, que justo cuando empezabas a hacerte una idea de una vida tocaba
abandonar el caso, algo que en circunstancias normales no le costaba tanto
aceptar. Más bien, hacia el final de sus investigaciones, solía sentir
cansancio y tristeza. En esta ocasión, sin embargo, habían venido personas de
Cheltenham a su comisaría y le habían hablado de espías y de política
internacional.
Lo
triste era que Corell no podía hacer nada. Tenía que volver al tedio habitual,
a las investigaciones sobre el vertido de basura en la entrada de la comisaría.
Pensó en otros asuntos, en Julie y la niña, en todo tipo de cosas. Al final,
los pensamientos sombríos lo devoraron por completo, por lo que tardó un buen
rato en darse cuenta de que alguien lo llamaba a gritos.
—
¡Oiga! Perdone un momento.
Se
dio la vuelta despacio y se encontró con el individuo desconocido de los
delgados y achinados ojos, algo que no sólo le arrancó de sus cavilaciones,
sino que también le puso nervioso, como le pasaba en el colegio cuando algún
profesor se le acercaba de forma inesperada sonriéndole con amabilidad. Se
alegraba pero, sobre todo, lo que deseaba era que no ocurriera. Por suerte, el
hombre empezó con la frase adecuada.
—
¡Fantástico el comentario que le hizo al juez!
La
frase era tan perfecta que Corell se atrevió a replicar con total sinceridad.
—Me
siento como un idiota.
—La
maldición del proclamador de la verdad.
Del
proclamador de la verdad.
Eso
era ya casi demasiado, y para mantener la compostura, Corell le tendió la mano
y se presentó. El desconocido, que a pesar de sus palabras amables daba una
impresión de rigidez, se llamaba Fredric Krause y era profesor de lógica en
Cambridge y «amigo de Turing, o al menos admirador». Había venido «para honrar
a Alan».
—
¿Honrar?
—Si
hubiese conocido a Alan, se habría dado cuenta de lo gracioso que resulta
hablar de él como perteneciente a un tipo determinado de personas.
—¿En
qué sentido?
—
¡En todos! O, mejor dicho, ¡si existe otra persona de su tipo, quiero conocerla
ahora mismo!
—
¿De verdad?
—Si
le he interpretado bien, usted no está tan seguro de que se tratara de un
suicidio —continuó Fredric Krause.
—No,
yo también estoy bastante seguro.
—Pero…
—Sin
peros. Sólo que me he dado cuenta de que sé muy poco de Turing.
—Es
un sentimiento que comparto.
—
¿Sí?
El
hombre asintió con la cabeza y dio un paso hacia delante, y en un ataque de
paranoia Corell pensó que el profesor de lógica se acercaba demasiado. Pero
rechazó la idea. Se encontraban cerca de Groove Street y siguieron caminando
juntos calle abajo. La hora punta de la tarde se había convertido en un
trasiego más sosegado, y enseguida ralentizaron el paso. Krause le pidió que le
hablara de la muerte de Turing, y cuando Corell dio cuenta de las
circunstancias en la casa, le pareció que transmitía no poca locuacidad y
agilidad de pensamiento.
— ¿Y
usted qué cree? —preguntó el policía—. ¿Se trataba de un hombre capaz de
quitarse la vida?
—Eso
no lo cree uno de nadie. Pero las desgracias se habían cebado con él, además…
Fredric
Krause dudó, y entonces Corell advirtió una peculiaridad en el hombre: cuando
reflexionaba, sus párpados temblaban.
—
¿Además, qué? —quiso saber Corell.
—Además
no resulta del todo fácil envejecer como matemático, ni como físico tampoco, la
verdad. Somos como los deportistas, al menos la mayoría de nosotros. Llegamos a
la plenitud en torno a los veinte años. Einstein ya era casi viejo cuando tuvo
su annus mirabilis. Tenía veintiséis. Después queda demasiado tiempo para
dirigir la mirada hacia dentro.
— ¿Y
eso no es bueno?
—Si
se mira hacia dentro de uno mismo con la idéntica energía que se emplea para
estudiar un problema matemático, todo se va al infierno —contestó Krause con un
tono extrañamente alegre. Luego añadió que Alan había sido un idiota al mudarse
«hasta este bastión puritano»—. Bueno, no quiero hablar mal de Wilmslow
—continuó, como si Corell se hubiera ofendido—, pero ningún otro sitio podría
haber supuesto un contraste mayor con King’s que Mánchester.
—Sí,
aquí se veía obligado a acudir a Oxford Road —dijo Corell.
—
¿Adónde?
—A
la calle donde hombres ligan con otros hombres.
—Ya.
—
¿Puedo preguntarle algo que no tiene nada que ver? —inquirió Corell.
—Es
policía. Puede preguntar lo que quiera.
—Pero
ésta no es una pregunta policial.
—Mejor.
—En
su momento las matemáticas se me daban bastante bien —continuó Corell, y nada
más decirlo se avergonzó.
—Enhorabuena
—afirmó Krause, comentario que bien podría tomarse como un sarcasmo, pero
Corell eligió no interpretarlo así.
—Y
siempre me ha intrigado mucho la paradoja del mentiroso.
—
¡Ah, entiendo!
Krause
mostraba curiosidad.
—Y
durante mucho tiempo creí que no se trataba más que de un pequeño juego de
palabras de diversión, pero luego leí… —en las actas del interrogatorio, estuvo
a punto de decir, pero se dio cuenta de lo estúpido que sonaría eso.
—
¿Leyó qué?
—Que
la paradoja en realidad constituyó un problema básico e importante y que ha
dado lugar a…
Volvió
a interrumpirse.
—Significaría
mucho para mí si usted quisiera explicármelo —dijo.
—
¡Vaya, vaya! Me asombra y me alegra al mismo tiempo —respondió Krause mientras
exhibía una amplia sonrisa—. ¿La paradoja del mentiroso? ¡Madre mía! ¿De verdad
quiere que se lo explique? Igual no se libra usted de mí nunca.
Se
pararon.
—Asumo
el riesgo.
—
¿Por dónde quiere que empiece?
—Por
el principio, por ejemplo.
—Entonces,
hay que retroceder hasta los griegos. Me saltaré a los romanos, eso sí. No se
enteraron de nada. El romano que más influencia ha ejercido en las matemáticas
es probablemente el tipo que mató a Arquímedes. ¡Ja, ja! Pero la paradoja del
mentiroso en la versión original se llamaba…
—Conozco
a Epiménides.
Siguieron
andando.
—Qué
bien, entonces podemos continuar. Epiménides fue el primero. Pero después la
paradoja ha ido apareciendo en todo tipo de variantes. En el siglo XV un
filósofo francés escribió en un papel: «Todas las frases en esta página son
falsas». Encantador, ¿verdad? Sencillo, claro, pero eternamente contradictorio.
Si todas las frases en esa página eran falsas, también ésa tenía que serlo,
pero en tal caso es verdadera ya que dice de manera expresa que es falsa, pero
por otra parte está escrita en la página en la que todas las frases son falsas…
Alan dijo una vez que se debería utilizar la paradoja del mentiroso para hacer
estallar robots.
—
¿Qué quería decir?
—Una
creación construida en su totalidad por sistemas lógicos debería saltar por los
aires ante afirmaciones así. Los pensamientos no pararían de dar vueltas hasta
producirse un cortocircuito.
—Pero
¿es de una importancia tan fundamental?
—
¡Por supuesto! Es sumamente central. Ha cambiado nuestra forma de ver la
lógica, y el mundo también, la verdad. O igual debería decir: depende de a
quién se pregunte. Si hubiera hablado con Wittgenstein, él habría dicho que la
paradoja no es más que un sinsentido vacío.
—Pero
eso no lo consideraba…
—
¿Turing? No, Turing, no. Wittgenstein y él se enfrentaron en unos debates
clásicos en Cambridge respecto a ese tema.
—
¿Se conocían?
—En
realidad, no —dijo Krause—. Alan tenía amigos más simpáticos que ése.
Wittgenstein no entendía nada de matemáticas. Pero poco antes de la guerra,
Turing y yo hicimos su curso de La lógica de las matemáticas, y entonces…
Krause
se interrumpió y sonrió como si el recuerdo fuese dulce. Las arrugas
aparecieron en su rostro, que igual no era tan joven como Corell había pensado,
y la mirada, marrón, afilada, se estrechó aún más, y para Corell, que se había
detenido un instante, fue como si el gran mundo pasara por delante de aquellos
ojos. Wittgenstein era uno de esos nombres distinguidos que habían aparecido
durante las conversaciones en las comidas de su infancia, y no era, en
realidad, el hecho de que Turing se hubiera enfrentado con el filósofo en
«debates clásicos» lo que más le emocionaba, sino la falta de respeto en el
tono de Krause. «Wittgenstein no entendía nada de matemáticas». Las palabras
despertaban ecos del majestuoso rechazo a los grandes del mundo del que solía
presumir su padre. Cuando desvió la mirada hacia un lado, vio que pasaban por
delante del pub The Zest. El establecimiento se hallaba en la planta baja de
una bonita casa de piedra encalada, con una fachada pintada de azul y amarillo
a pesar de que era un pub irlandés tradicional. Aunque Corell dudó y nada más
proponerlo se arrepintió, dijo:
—
¿Puedo invitarle a una cerveza?
Era
como si Krause no le oyera.
—
¿Una cerveza? —repitió.
Durante
unos instantes, el profesor de lógica pareció perder esa capa de ironía que lo
protegía. Se quedó pensativo, pero sólo un momento. Acto seguido se le iluminó
la cara e hizo un gesto con la mano derecha.
—Claro
—dijo, y entraron en el pub.
Capítulo
19
Se
sentaron en el salón del pub, en una mesa junto a la ventana que daba a la
calle. En la pared colgaban escudos verdes y una fotografía de una montaña con
dramáticos acantilados. El pub se hallaba sorprendentemente vacío. Sólo dos
hombres vestidos con trajes claros y con semblantes aburridos conversaban en
una mesa al fondo, y frente a ellos, en el rincón, se había sentado un
caballero mayor que había visto sus mejores días y que de vez en cuando parecía
a punto de decir algo. Pero Corell se olvidó pronto de los demás; escuchaba
absorto a Krause. Se sentía reconocido además de relajado, y no sólo porque
enseguida pasaron a tutearse y a usar los nombres de pila, Leonard y Fredric,
sino también porque bebían con avidez. Corell tomaba mild ale mientras que el
profesor prefería lager, y a falta de marcas alemanas o nórdicas se contentó
con Carlington Black Label.
—Si
supieras lo tenso que estaba la primera vez que fui a una clase con
Wittgenstein… —dijo Krause—. Sabes, soy de Praga, y estudié matemáticas en
Viena durante un tiempo. Allí había un grupo que se hacía llamar el Círculo de
Viena, y que se reunía en un destartalado local en Boltzmanngasse. Estuve allí
en una ocasión y los escuché hablar de Wittgenstein como si fuera un auténtico
Dios. ¿Qué habría dicho Wittgenstein?, decían todo el rato. Era ridículo. Pero
me influyó. Temblaba ante la idea de verlo en persona. ¿Conoces su historia?
Corell
hizo un gesto indefinido con la mano.
—Wittgenstein
nació en el seno de una familia muy rica —continuó Krause— y como joven
estudiante acostumbraba a aparecer por las clases de Russell y a ser bastante
pesado. «Con ese hombre no se puede hablar. Es un idiota», dijo Russell, y no
es imposible que fuera una afirmación bastante certera. Pero después Russell
cambió de opinión y concluyó que Wittgenstein no era idiota, sino un genio,
incluso el arquetipo de un genio, intransigente y excéntrico. Acertó, al menos
en lo que se refiere a lo último. Wittgenstein era de lo que no hay. Regaló
toda su fortuna, aunque no estoy seguro de a quién. Creo que a Rilke, el poeta,
le tocó algo. Pero me pregunto si no fue su hermana, ya bastante adinerada, la
que se quedó con la mayor parte. Luego Wittgenstein se alistó de voluntario en
el ejército austríaco, y al igual que su compatriota Hitler (incluso estudiaron
durante un tiempo en el mismo colegio) consideró la guerra como algo
edificante. ¡Un auténtico chalado, vamos! Siendo prisionero de guerra en
Italia, terminó Tractatus, ya sabes, el libro que finaliza con las palabras:
«De lo que no se puede hablar, hay que callar».
—De
lo que no se puede hablar, hay que callar —repitió Corell.
—Una
afirmación pretenciosa y absurda, pero bellamente formulada y que nos seduce
por su rigurosidad. ¡Si no tienes nada inteligente que decir, cállate! Hoy en
día no la soporto. Pero entonces, en 1939, me hechizó. Leí el Tractatus unas
diez veces y me pareció encontrar todo tipo de cosas en él. Wittgenstein decía
que con ese libro había dejado con el culo al aire a la filosofía. Afirmaba que
el lenguaje y la lógica no bastaban para tratar las cuestiones importantes. La
lógica, como mucho, servía para descubrir tautologías y contradicciones. La
filosofía era una tontería y, puesto que él era como era, asumió las
consecuencias de sus palabras y se trasladó a las montañas para trabajar de
maestro de niños austríacos. Sonaba maravillosamente intransigente. Más tarde
me enteré de que no le fue muy bien; pegaba a los críos, seguro que igual que
esos monjes jesuitas de los que habla Joyce. Había reprimido tantas pasiones y
sentimientos normales que le daban violentos ataques de ira.
—Pero
¿regresó a Cambridge?
—Perdonó
a la filosofía cuando le concedieron la cátedra en el Trinity después de G. E.
Moore, y, ¿qué crees? ¿Crees que se habló mucho de eso?
—Me
imagino que sí.
—No
había nadie en Cambridge tan mítico como él. El mero hecho de verlo a distancia
ya era grande, así que poder ir a sus clases… El curso se impartía en su piso
en Wheweels Court, en el Trinity, y por el camino me flaqueaban las piernas.
Cuando entré, era como pisar tierra sagrada.
— ¿Y
Turing también estaba?
—En
aquel entonces yo no sabía quién era. Ni siquiera había leído Computable
Numbers. Tardé bastante en fijarme en alguien más que en Wittgenstein. Era
eléctrico, en fin, bello, aunque me pese reconocerlo, claro. ¿Has visto una
foto suya?
—No
creo.
—Bueno,
infundía un respeto enorme: delgado, de facciones afiladas y siempre vestido
con ropa sencilla, camisa de franela y cazadora de cuero. Nos sentábamos a su
alrededor en el suelo o en sillas de madera, medio paralizados por la
veneración. Era como estar en un monasterio. No tenía ni una lámpara para leer,
el muy asceta, ni un solo cuadro en las paredes, nada de muebles elegantes,
apenas libros, sólo una caja fuerte gris donde guardaba sus manuscritos
filosóficos, y las clases… ¿Cómo describir las clases? Wittgenstein no llevaba
notas, claro que no. Más bien las palabras le salían con un doloroso esfuerzo,
y a menudo se mostraba muy estricto consigo mismo. «Soy un idiota», podía
decir. Pero la mayoría de las veces descargaba su ira en nosotros: « ¡Podría
hablarle a un armario! Total… ¿Habéis entendido una sola palabra de lo que he
dicho?». No nos atrevíamos a abrir la boca, y menos aún a decirle que no lo
entendíamos. Wittgenstein se expresaba de una forma tan condenadamente confusa,
y nosotros nos sentíamos estúpidos. Un maldito chupasangres es lo que era. Nos
encogimos como un rebaño de corderitos atemorizados. Pero un chico le plantó
cara…
—
¿Turing?
—Sí.
Aunque no sé decirte cuándo fue la primera vez que me fijé en él. Es que Alan
no era ningún Wittgenstein, precisamente.
—
¿En qué sentido?
—También
era excéntrico, de eso me di cuenta más tarde; bueno, en algún sentido, desde
un punto de vista objetivo, supongo que se parecían mucho. Los dos eran lobos
solitarios. Los dos homosexuales. Vivían de forma espartana y se interesaban
por las cuestiones fundamentales. Pero en otro sentido eran opuestos. Alan era
tímido. En un grupo muchas veces resultaba invisible y se expresaba con un tono
de voz dubitativo. En ocasiones hasta tartamudeaba bastante. No tenía nada de
grandioso, en absoluto, y en un principio creo que a Wittgenstein sobre todo lo
irritaba. ¿Quién es este tipo? Pero cambió. Empezó a escuchar y a discutir con
él y, aunque a menudo se mostraba sarcástico, claro, se notaba que algo le
pasaba. Algo se despertó allí dentro de su extraño cerebro. Ante Alan empezó a
revivir y al final nos daba la impresión de que sólo se dirigía a él. Como si
los demás no existiéramos. Un día, cuando Turing no apareció, se le notó
alicaído. Se desanimó. «Este seminario va a ser parentético», dijo.
— ¿Y
por qué pasó eso? —intervino Corell.
—Alan
era agudo. Le opuso resistencia, y eso al viejo tirano le gustaba, a pesar de
todo. Pero, además, Alan era el único matemático del grupo. El curso se
llamaba, ¿te lo he dicho?, La lógica de las matemáticas. Por raro que pueda
parecer, Alan impartía también un curso con ese mismo nombre, pero por
desgracia yo no lo sabía, seguro que ese curso habría sido más apropiado para
mí. Es que, sabes, los números eran sus amigos, su religión. Soñaba con darles
forma física. Wittgenstein era completamente diferente. Consideraba que los
matemáticos se tomaban demasiado en serio su asignatura. Polemizaba con ellos
todo el tiempo, y Turing se convirtió en el principal representante del
enemigo. «Creo que Turing pretende introducir el bolcheviquismo en las
matemáticas», decía.
— ¿Y
sobre qué debatían en concreto?
—
¡Sobre eso que a ti te interesa tanto, la paradoja del mentiroso!
Corell
se inclinó para acercarse.
— ¿Y
cómo?
—Wittgenstein
quería demostrar que la matemática era como la lógica, un sistema cerrado,
construido a base de premisas arbitrarias que no aportaban nada sobre el mundo
exterior. Una contradicción del estilo de la paradoja del mentiroso puede
ocasionar problemas dentro de los sistemas matemáticos, pero no tiene ninguna
aplicación en la realidad, sostenía. Era un juego de palabras, nada más, una
curiosidad. A lo sumo, algo a lo que recurrir para desconcertar a los
estudiantes. En el uso normal de la lengua no tenía ninguna función. Aparte de,
claro, como broma de sobremesa. «Qué importancia tiene —dijo— si digo “Yo
miento” y por eso digo la verdad, por consiguiente, miento, o sea, que digo la
verdad hasta que reviento. No son más que tonterías».
—Pero
¿Turing no estaba de acuerdo?
—No,
y eso molestaba a Wittgenstein, así que ponía toda la carne en el asador para
convencerlo.
—Pero
no lo consiguió.
—En
absoluto. Para Alan, la paradoja del mentiroso era algo muy serio, algo cuyas
consecuencias iban mucho más allá de la lógica y las matemáticas. Llegó a
afirmar que un puente podría venirse abajo.
—
¿Debido a la paradoja?
—O a
algún otro error en el fundamento matemático. Wittgenstein y él discutían todo
el rato sobre el puente. Lo levantaban y lo derribaban, y se inventaban toda
clase de extrañas imágenes. Pero ninguno de los dos se rendía, y al final
Turing se cansó. Mandó el curso a la mierda y dejó a Wittgenstein allí plantado
con el rabo entre las piernas.
— ¿Y
quién tenía razón?
—Turing,
claro. Más razón que un santo.
—
¿En serio? —dijo Corell agitado.
—Alan
entendió que la paradoja era especial —continuó Krause—. Normalmente, cuando
nos topamos con contradicciones suele ser síntoma de que hemos cometido algún
error, ¿verdad? Pero aquí no hay error alguno. La proposición «Yo miento» es
correcta e intachable desde un punto de vista gramatical. Aun así, no se deja
probar, y eso no constituye ninguna banalidad. Es un golpe mortal contra…
—Contra
todo nuestro concepto de verdad —completó Corell.
—Sí,
y Alan había dedicado mucho tiempo a la paradoja. Incluso había utilizado una
variante de ésta en su argumentación en Computable Numbers.
—
¿En qué?
—En
su texto sobre la máquina. Bueno, ¿cómo explicarlo?
Fredric
Krause bebía cerveza con tal avidez que Corell lo habría interpretado como
alcoholismo de no ser porque quedaba claro que reflejaba su pasión por el tema
del que hablaba.
—Conoces
la diferencia entre descubrir e inventar —prosiguió—. El que descubre encuentra
lo oculto, como América, o los electrones en el núcleo del átomo. El que
inventa crea cosas nuevas, algo que no existía antes de que se nos ocurriera,
como el teléfono.
—
¡Claro!
—Los
matemáticos se consideraron durante mucho tiempo como exploradores. Se
imaginaban que los números y sus relaciones secretas venían dadas por la
naturaleza, independientemente del hombre. Lo único que necesitaban los
matemáticos era retirar el velo y mostrar el ingenioso sistema. Pero al final
algunos empezaron a cuestionar esa idea. Se descubrió que la base matemática no
era tan sólida, a pesar de todo. Más bien parecía estar llena de agujeros. La
paradoja del mentiroso no era más que uno de ellos. Ciertas verdades
consideradas absolutas, incluso algunas en la geometría de Euclides, resultaron
ser relativas. Podían haber tenido otra forma y no habría importado. Al
intentar sacar la raíz cuadrada de menos uno, se descubrieron los números
imaginarios, los que según Leibniz eran anfibios entre el ser y el no ser. Cada
vez más personas empezaron a considerar las matemáticas como un invento, casi
como el ajedrez.
Corell
se acordó de las palabras de Rimmer.
—Las
matemáticas entraron en crisis.
—Surgió
la pregunta de si eran algo lógico siquiera —dijo Krause.
— ¿Y
lo fueron?
—Bueno,
al menos se hicieron algunos intentos muy ambiciosos para curar al paciente.
Gottlob Frege quería mostrar que las matemáticas eran coherentes, a pesar de
sus carencias. Pareció lograrlo. Se consideró que su obra magna, Leyes básicas
de la aritmética, devolvió las matemáticas a una firme base lógica. Pero un día
recibió una carta de un hombre muy amable en Cambridge. La carta elogiaba su
obra. El libro era fantástico y todo eso… Puedes imaginarte la escena: Frege,
el viejo cabrón antisemita, se recuesta en su silla henchido de soberbia…,
bueno, exagero, aunque no en lo de antisemita, sus diarios de los últimos años
revelan las opiniones más atroces, pero quizá no se mostrara tan soberbio. Su
obra había sido ignorada, y él no había conseguido llegar más allá de
catedrático adjunto en Jena. Aun así…, se considera el salvador de las
matemáticas y en esa carta cree recibir su merecido homenaje. Luego sigue
leyendo. El autor de la misiva, un tal Bertrand Russell, ve, a pesar de todo,
una pequeña dificultad en el libro, una contradicción al estilo de la paradoja
del mentiroso. Seguramente tampoco era tan importante. ¿Qué podía enseñarle un
mocoso de Cambridge a alguien como Frege? El joven incluso pide disculpas por
plantearlo. Pese a todo, Frege decide reflexionar al respecto, y la verdad es
que empieza a preocuparse un poco y, al instante siguiente, ¿qué crees que
pasa? Todo su mundo se derrumba. Todo lo que ha hecho se desploma como un
castillo de naipes.
—
¿Por qué?
—Russell
había encontrado inconsecuencias en la manera de Frege de dividir objetos en
diferentes grupos. El problema residía en los casos de conjuntos que son
miembros de sí mismos.
—
¿Perdón?
—Cuando
yo asistía a las clases de Russell en Cambridge, intentó explicar lo que había
visto contando la historia de un barbero en, supongamos, Venecia. El barbero
afeita a todos los habitantes de su barrio que no se afeitan a sí mismos, y a
nadie más. Entonces ¿quién afeita al barbero?
—Vaya.
—Si
no se afeita a sí mismo, entonces es afeitado por el barbero, o sea, por sí
mismo, pero si se afeita a sí mismo, entonces pertenece a la categoría de los
que se afeitan a sí mismos y, por consiguiente, no debe ser afeitado por el
barbero. Contestemos como contestemos a la pregunta, surgen problemas.
—Eso
parece —dijo Corell desconcertado, y le dio un buen trago a su cerveza.
—Y
si convertimos la pregunta en números, tenemos una proposición que parece
correcta, pero que conduce a un callejón sin salida —continuó Krause
despreocupadamente.
—Sí,
claro…
—Y
puede que de nuevo parezcan sutilezas. Pero no es así. Comparados con otros
científicos, los matemáticos han tenido una clara ventaja: han podido calcular
si algo es correcto o falso. No han tenido ni siquiera que subir las persianas
y mirar por la ventana. Comprobaban los números y ya estaba. Pero ahora resulta
que ciertas ecuaciones se contradecían. Si éstas se correspondían con una
realidad, entonces ésa era una realidad irracional, un mundo como el de Alicia
en el país de las maravillas.
—Suena
serio.
—Estoy
exagerando de nuevo, claro. Como lógico, uno tiene que tener un pie en el
drama. Si no, nunca nos escucharían. Pero es cierto que los contornos de las
matemáticas se percibían cada vez más borrosos. Lo correcto no siempre era
correcto. Lo erróneo no siempre era erróneo. Había, por supuesto, optimistas.
Russell se encontraba entre ellos. Trabajaba para intentar corregir las
contradicciones. En la obra magna que Russell escribió junto a Whitehead,
Principia mathematica, descompusieron las matemáticas hasta los componentes más
pequeños con tal de demostrar que en cualquier caso todo era coherente acorde
con la buena lógica, y eso creó cierta confianza. Uno de los grandes
matemáticos contemporáneos, David Hilbert, estaba convencido de que la
matemática se restauraría como ciencia fidedigna. Cualquier otra cosa resultaba
imposible. « ¿Dónde encontraremos la verdad y la seguridad si las matemáticas
nos traicionan? No debemos permitir que nadie nos eche del paraíso que creó
Cantor».
—
¿Paraíso?
Corell
apuró las últimas gotas de su cerveza.
—Hilbert
se refería al paraíso de la matemática pura y clara —explicó Krause—. Se hacía
llamar formalista. Puede que la matemática no se corresponda con una realidad
exacta en el exterior, pero mientras nos pongamos de acuerdo en las reglas,
podremos derivar de ellas un sistema irrefutable, siempre y cuando se cumplan
tres condiciones: que el sistema sea consistente, completo y decidible.
— ¿Y
eso qué quiere decir?
—Con
consistente se refiere a que ninguna contradicción debe aparecer dentro del
sistema. Con completo se quiere decir que cada proposición que es verdadera
debe poder ser demostrada como verdadera mediante las reglas del sistema.
Decidibilidad significa que ha de existir una especie de método que determina
si una proposición, la que sea, puede resolverse o no. Hilbert exhortó a todos
los matemáticos del mundo a encontrar la respuesta a estas cuestiones. Pensaba
que la solución se hallaba allí fuera. No había más que encontrarla. Porque en
la matemática no existe ningún ignorabimus, dijo.
—
¿Ningún qué?
—En
matemáticas es necesario saber.
—
¿Qué pasó?
—En
lugar de una restauración lo que obtuvo fue un terremoto. El paraíso se perdió
para siempre.
—El
paraíso perdido —dijo Corell.
—Hay
un chico que se llama Kurt Gödel. Es austríaco como yo, o checo, según se mire.
Lo conocí en Princeton, donde estudié un año, o bueno, conocer, no, lo vi.
Gödel es un solitario. Un tipo raro, flaco, cerrado, paranoico por lo que me
han contado e hipocondríaco. Apenas se atreve a comer por miedo a intoxicarse.
El chico sólo tiene un amigo, y no es uno cualquiera. ¿Te imaginas quién?
—
¿Buster Keaton? —preguntó Corell en un intento de ser gracioso.
—Ja,
ja. Pues no. Es Einstein. Gödel y él son íntimos amigos. Resulta de lo más
conmovedor. En Princeton los vi pasear durante horas con las manos a la
espalda, hablando y hablando. Einstein rollizo y afable, Gödel rígido y hueco;
los llamábamos el Gordo y el Flaco de la intelectualidad. La gente se
preguntaba cómo Einstein, que a menudo se mostraba muy campechano, podía pasar
tanto tiempo con un misántropo de ese calibre. Einstein respondió algo en la
línea de que si no fuera por Gödel ese lugar no merecería la pena. Lo entiendo.
Cuando Gödel publicó su teorema de incompletitud en 1931, conmocionó a toda la
comunidad matemática, bueno, al menos una vez que la gente empezó a entenderlo.
El teorema no resulta fácil de desentrañar. Pero es asombrosamente bello, así
como extrañamente sencillo y claro en el fondo. Se basa, cómo no, en la
paradoja del mentiroso.
—Ése
también.
—La
paradoja es como Excalibur. Lo corta todo. En un razonamiento de extraordinaria
elegancia, Gödel demostró que un sistema que es completo nunca puede ser, al
mismo tiempo, consistente. O es una cosa, o la otra. Partamos, por ejemplo, de
la frase: « ¡Este enunciado no se puede probar!». Si se puede probar nos
encontramos ante una contradicción. La frase se contradice a sí misma. Si no se
puede probar, el sistema es incompleto; eso quiere decir que existen
afirmaciones que no se pueden demostrar a pesar de que se hayan formulado según
las reglas del sistema.
—Entiendo.
—Corell, de hecho, creyó que empezaba a entenderlo de verdad, pero posiblemente
sólo se debía a la cerveza.
—Gödel
arruinó los sueños de Hilbert —continuó Krause—. Nos quitó la inocencia a
todos. Mostró que la matemática o el razonamiento lógico nunca pueden librarse
de cierta medida de irracionalidad. No hay nada tan puro y perfecto como
pensamos. No podemos evitar las contradicciones. Parecen ser parte de la vida
misma.
—Un
hombre sin contradicciones no resulta creíble, solía decir mi padre —dijo
Corell.
—Tu
padre era un hombre sabio.
—No
mucho.
—
¿No? Pero tenía razón. En el arte dramático y en la literatura nuestras
incongruencias interiores son lo que da vida a las historias. Es por eso que el
cliché y la caricatura nos resultan tan terribles. Son demasiado
unidimensionales. Pero, para Hilbert, el teorema de Gödel fue un duro golpe.
Había creído que por lo menos la matemática era algo que estaba escrito en
piedra. Para Alan, en cambio, quien llegó a Cambridge más o menos por esa
época, el teorema fue un detonante, una motivación. Si la base de la matemática
flotaba, resultaba mucho más emocionante andar por ella. Fue un período
extraordinariamente interesante, y en ese sentido Alan tuvo suerte. Einstein
acababa de reventar la cosmovisión de Newton; Niels Bohr y compañía habían
descubierto la física cuántica. El movimiento de una sola partícula en el
núcleo atómico era igual de imprevisible que un borracho en una fiesta. Todo el
mundo se había vuelto menos previsible, y eso a Alan le encantaba. Se sentía
como pez en el agua dándole la vuelta a las convenciones. Cuando empezó en
King’s, no se hablaba más que de Gödel. Gödel esto, Gödel lo otro. Y, claro,
era el héroe. El chico que estaba en boca de todos. Pero no tenía soluciones
para todo. No había contestado todas las preguntas de Hilbert. Quedaba un punto
importante. El de la decibilidad. Hilbert había planteado a los genios del
futuro el desafío de encontrar un método que determinara si una proposición
matemática, la que fuera, se podía resolver o no. Muchos conservaban la
esperanza de que todavía se pudiera dar con algo así y salvar al menos en
cierta medida el honor de las matemáticas. El problema de la decisión, lo
llamaban a menudo. O en alemán: Entscheidungsproblem. Max Newman, el mismo
Newman que ahora trabaja con la máquina digital en Mánchester, dio una
conferencia sobre el problema. Supongo que pretendía inspirar a alguien a que
lo afrontara, aunque no creo que albergase excesivas esperanzas de que así
fuera. Debía de parecer irresoluble. ¿Cómo iba a hallarse un método capaz de
repasar todas las proposiciones matemáticas, de la historia y del futuro, y
determinar si podían resolverse o no? Sonaba demasiado monumental. Como el
sueño del perpetuum mobile. Pero Newman…, en fin, va y pregunta si quizá
hubiera una manera mecánica de afrontar la cuestión.
—
¿Una manera mecánica?
—Newman
se refería a la mecánica en sentido figurado. Un método mecánico
intelectualmente hablando donde ciertas reglas sencillas permitirían calcular
la respuesta. Pero entre los espectadores había un hombre joven que tenía por
costumbre tomarse las cosas de modo literal.
—Turing.
—A
Alan siempre le gustaba probar la interpretación literal. En una ocasión le
criticaron porque faltaba su firma en el documento de identidad. «Me dijeron
que no escribiera nada en él», dijo. Él era así. Lo tomó de modo literal, cosa
que en general es señal de cierta torpeza. Falta de imaginación. Pero con
Turing pasaba todo lo contrario. Al interpretar las cosas de forma literal fue
un paso más allá que todos los demás. Mecánico significaba para él como en una
máquina.
Corell
se inclinó entusiasta encima de la mesa.
—
¡Cuenta! —dijo—. ¡Cuenta!
Capítulo
20
No
resultaba fácil entenderlo, y no sólo por el nivel de abstracción, sino porque
también empezaban a acusar las cervezas. Pero por lo visto Alan Turing era
joven cuando escuchó emplearse la palabra «mecánica» fuera de contexto. Sólo
tenía veintipocos años, joven como Gödel, joven como todos los matemáticos que
han pensado algo nuevo, y grande, y diferente de la mayoría, la historia de las
matemáticas no parecía divertirle especialmente, ni siquiera mostraba interés
en aprender de los errores de los demás.
Varias
veces, también de pequeño, buscaba él solo la solución a problemas matemáticos
que otros ya habían resuelto, puede que centenares de años antes, y no daba la
impresión de gustarle comentar sus ideas con otros. Iba a su aire. Ya como
consecuencia de su forma de ser y sus peculiaridades acabó marginado. Veía el
mundo a su manera. Para otros en Cambridge, la mecánica no sólo era un término
aburrido, dijo Krause, sino también, una vez revisada la cosmovisión mecánica
de Newton, una palabra pasada de moda, una palabra del viejo orden de cosas que
existía antes de Einstein. Pero para Turing contenía poesía.
—Alan
tuvo una carrera bastante brillante en Cambridge, y eso era algo nuevo para él
—dijo Krause—. En el colegio no había destacado mucho. Pero en King’s entró
pronto como fellow y le dieron trescientas libras al año, y derecho a su propia
habitación y a cenar entre las personalidades universitarias de mayor
prestigio, cosa que, a él, claro, le daba igual, pero tenía libertad para hacer
lo que quería.
— ¿Y
qué era?
—Al
principio pretendía hacer algo dentro de la física cuántica, y luego en el
campo de la teoría de la probabilidad, pero no llegó a ninguna parte, y además
no podía quitarse de la cabeza lo que había dicho Max Newman.
—Sobre
lo de encontrar un método mecánico…
—Que
pudiera determinar si las proposiciones matemáticas podían resolverse o no.
—
¡Suena difícil!
—
¡Una locura! En la matemática no faltaban precisamente problemas que no podían
resolverse ni ignorarse, pongamos por ejemplo el tercer teorema de Fermat o la
conjetura de Goldbach de que cada número par es la suma de dos números primos.
¿Cómo podría un método mecánico hallar una solución a aquello que había
frustrado a los mejores matemáticos durante varios siglos? ¿Y cómo podría algo
tan inánime y tonto como una máquina aportar lo más mínimo a la cuestión? Otros
matemáticos se habían reído de la idea. Hardy, un auténtico Dios, escribió algo
del estilo de que nadie, aparte de los idiotas más estúpidos, cree que los
matemáticos podrán hacer sus descubrimientos encendiendo una especie de máquina
milagrosa. No, las altas matemáticas se consideraban lo opuesto a eso. Era el
reino del pensamiento libre y puro. Soñar que una máquina…
—Pero
Turing soñaba…
—Sí,
Turing soñaba. Pero en ese sentido no era un matemático de los serios. Se
quedaba un poco al margen, no le importaba pensar diferente de las personas más
respetadas, como Hardy. Mantenía intacta su ingenuidad, y ser ingenuo y genial
es una feliz combinación.
—Pero
¿una máquina?
—Dios
sabe de dónde vino eso. Pero recopilamos impresiones, ¿verdad? Nos centramos en
ciertas pistas. Una idea se nos puede ocurrir de pronto, pero a menudo hay una
larga historia detrás. He mencionado que la palabra «mecánica» tenía una
connotación buena o incluso poética para él. Yo creo que en parte se debe a que
de chaval le dieron un libro, un escrito científico para niños en el que algún
apasionado autor describía con términos sencillos cómo funcionaban el mundo y
el ser humano. Entre otras cosas, comparaba nuestro cuerpo con una máquina
avanzada. Supongo que no era más que una metáfora, un recurso pedagógico para
mostrar cómo nuestro interior trabaja de manera acompasada y mecánica para
mantenernos con vida. Pero ese pensamiento prendió en Alan. Era dado a las
interpretaciones literales y creo que le gustaba la idea: el cerebro como una
máquina. Difería de la habitual veneración por el carácter milagroso del alma
humana.
—Habló
de cerebros electrónicos.
—Más
tarde sí…, pero en los años treinta todavía no había entrado ni en lo eléctrico
ni en lo electrónico. Se mantenía en el plano puramente teórico. Es muy posible
que en aquel entonces ya supiera que el cerebro se rige por impulsos eléctricos
y que la electricidad no posee muchas más características aparte de ser capaz
de viajar de un lugar a otro. Puede estar aquí o allí. Encendida o apagada. Es
una fuerza primitiva. Simple y tonta, aun así, nuestro cerebro ha creado
Hamlet, la Appassionata, de Beethoven, y la teoría de la relatividad. Con sólo
dos posiciones, dos constantes lógicas, parece ser que pueden expresarse cosas
de lo más complejas, eso lo entendió Alan muy pronto. No se dejó desanimar ni
se inhibió sólo porque las máquinas son unos trastos tontos. Veía lo grande en
lo sencillo.
—No
sé si lo entiendo muy bien.
—En
algún sentido es muy simple. Ya Platón, en El Sofista, se dio cuenta de que no
se necesitaban más que dos palabras, sí y no, para llegar a una conclusión.
¿Has jugado al juego de las veinte preguntas?
—Sí,
claro.
—Entonces,
ya sabes cuánto podemos llegar a saber y a descartar acerca de una persona sólo
mediante preguntas generales que tienen como respuesta sí o no.
—Sí,
es verdad.
—Después
imagínate que el proceso interrogativo se agiliza o que todas tus respuestas
afirmativas o negativas se unen en largas combinaciones, ¿te das cuenta de todo
lo que puede llegar a expresarse sólo con dos palabras, dos posiciones?
—Creo
que sí.
Corell
se sentía cada vez más desconcertado, pero fingía seguir la conversación sin
dificultad.
—Y,
en realidad, la idea de Alan no era nueva. Poder descomponer el pensamiento en
unos pocos componentes es una idea antigua. En el siglo XVII, Leibniz tenía
sueños grandiosos al respecto. Pero nadie antes de Alan, no con esa desmedida
ambición, se había propuesto construir una máquina que comprendiera todas y
cada una de las ecuaciones matemáticas que habían existido y que podían llegar
a existir. Creo que enseguida entendió ciertas cosas fundamentales, por
ejemplo, que una máquina así debía ser capaz de interpretar esas posiciones
diferentes, y tener la capacidad de recordarlas, almacenarlas y sobre todo de
ser receptiva a instrucciones, pero no sé cómo se le ocurrieron las piezas de
ese puzle. Nadie lo sabe. No habló del proyecto con nadie. Pero durante esa
época corría como un loco. No era un corredor muy elegante, pero era un cabrón
de lo más tenaz, no se cansaba nunca, y a menudo corría junto al río, a veces
incluso hasta Ely. Una tarde del incipiente verano de 1935, después de una
sesión de entrenamiento, se tumbó bocarriba en un prado en Grantchester, al
menos eso fue lo que nos contó. ¿Haces deporte? ¿No? Bueno, seguro que sabes
cómo fluye la sangre cuando aminoramos el paso después de un gran esfuerzo. A
veces creo que es un poco como salvarse de un gran peligro. Después del susto,
de la emoción, llega una claridad extrañamente purificadora. Como salir de un
baño de agua helada. Piezas que han estado mezcladas y revueltas de la forma
más desesperante encajan en su sitio sin más, como por arte de magia. Alan se
había devanado los sesos con esas cuestiones. No le dejaban en paz, llevaban
tiempo royéndole por dentro sin que se hubiese acercado lo más mínimo a una
solución. Pero en esa pradera ocurrió algo…, a lo mejor se abrió una rendija
entre las nubes por donde el sol pudo penetrar, o a lo mejor simplemente al
acomodarse en la hierba, relajado, olvidó por completo dónde se hallaba y
entonces lo alcanzó un rayo de luz, o no, el rayo de luz es un terrible cliché,
pongamos que fue una clarividencia deslumbrante. Bueno, tampoco es mucho menos
tópico, todas esas palabras como deslumbrante, brillante, son horrorosas, ¿a
que sí?, como vaporosas y vacías, ¿verdad? Suena como un cristiano intentando
dar testimonio de una aparición divina. En cualquier caso, Alan dijo que
experimentó una felicidad intensa y que después no estaba seguro de qué había
llegado primero: la felicidad o la solución al problema, o si había sido
simultáneo; si quizá la respuesta se le ocurrió de pura alegría. Lo único que
sabía con certeza era que fue invadido por una fuerza viva y chispeante y que
así halló la solución a la tercera pregunta de Hilbert, la respuesta al famoso
problema de la decisión.
— ¿Y
qué era lo que se le ocurrió?
—No
es fácil explicarlo así como así —dijo Krause mientras Corell, sin prestarle
demasiada atención al comentario, sacaba su cuaderno del bolsillo interior.
—
¿Vas a tomar apuntes?
—Si
no te importa…
—No,
no, adelante. ¿Por dónde iba?
—Ibas
a explicarme la solución de Turing.
—Sí,
es verdad. Bueno… empezó a redactar su ensayo…
—«
¿Computable Numbers?».
—Sí,
y al igual que Cantor en su momento llegó a los números irracionales partiendo
de los racionales, Alan llegó a los incontables estudiando los contables —dijo
Krause de pronto algo inseguro; era como si la libreta de Corell lo incomodara
un poco.
—Así
que inventó algo capaz de determinar si las proposiciones matemáticas podían
resolverse o no —intentó Corell.
—No.
Se dio cuenta de que eso era una contradicción. Se podría decir que, al
formular la base teórica del aparato que se enfrentaría al problema, comprendió
las limitaciones innatas de la cuestión.
—
¿Nunca podemos saber de antemano si existe una solución o no?
—A
veces no. A veces no tenemos ni idea de si la máquina que nos hace los cálculos
va a poder llegar a algo.
—O
si se quedará atascada en el problema, repitiéndolo sin remedio hasta la
eternidad —completó Corell al acordarse de unas líneas del borrador de la
carta.
—
¡Exacto!
—
¿De modo que la matemática como ciencia exacta encajó otro revés?
—Alan
remató la faena, y Hilbert soltó alguna lagrimilla más. Pero el mundo obtuvo
otra cosa como premio de consolación —continuó Krause.
—
¿Qué?
—Una
máquina digital programable. Una máquina universal que podía sustituir a todas
las demás máquinas.
Corell
tomó el último trago de su vaso mientras, asombrado, recorría el pub con la
mirada, pero no logró ver nada con claridad, aparte de sus propias imágenes
interiores.
—
¿Cómo fue recibida? —preguntó.
—
¿Tú qué crees?
—
¿Como una sensación?
—Todo
lo contrario. A nadie le importó un bledo la máquina. Es que no era nada, sólo
pura teoría, nada más que un recurso para resolver un problema matemático
concreto. Nadie se planteó construirla, probablemente ni siquiera Alan,
entonces no. Además…
Corell
se acordó de las palabras de su tía.
—
¿Se consideraba las máquinas como algo ordinario?
—Al
menos nadie preguntó si la construcción podía usarse para otra cosa que no
fuera resolver la cuestión de Hilbert —continuó Krause—. A los matemáticos no
les gusta pensar en trivialidades como la utilidad de sus ecuaciones. Se
considera incluso vulgar. ¿Conoces la historia sobre el chico que estudiaba con
Euclides? ¿No? El chaval le preguntó al gran matemático de qué le servían sus
ecuaciones. Euclides dijo que le dieran unas monedas al chico para que sus
cálculos tuvieran algún tipo de utilidad. Luego lo despidió. No, en tonterías
como la posible utilidad no hay que pensar. La matemática se considera como
algo bello precisamente porque es un sistema cerrado en sí mismo. Sólo debe
estar a su propio servicio.
—Pero
también podría ser positivo que…
—Que
tuviera alguna utilidad, quieres decir. No digas eso. Las almas sensibles
pueden empezar a llorar en su cielo. Por lo demás, en aquella época había pocas
personas que creyeran, Hardy menos que nadie, que las altas matemáticas podían
emplearse para algo más allá de su propia esfera.
—Pero
¿Hardy se equivocó?
—De
plano. Tanto como Wittgenstein. Alan se daría cuenta de que las paradojas y las
contradicciones podían significar la vida y la muerte. Pero ésa es otra
historia.
—
¿Qué historia?
—En
realidad ninguna —respondió Krause. De nuevo pareció un poco incómodo y, antes
de continuar, se mordió el labio mientras miraba el cuaderno con suspicacia—.
Las máquinas se consideraban, como tú has dicho, algo poco sofisticado, algo
para simples ingenieros. Desde luego, nada para un matemático refinado. Pero
Turing no era un matemático refinado, como te comentaba.
—
¿En qué sentido?
—Pues
en que no le preocupaban esas cosas, o más bien no las entendía. ¿Crees que él
seguía los dictados de la moda? ¿O que adoptaba expresiones que estaban en
boga? No, se vestía fatal y le importaba un pepino lo que pensaran los demás.
No hasta el punto de ser insensible a las ofensas. Pero era un hombre bastante
solitario ya en esa época. No pertenecía a ninguna sociedad selecta y nunca
comprendió qué había que hacer para entrar en una de ellas. En ese sentido,
Alan no era una persona lista; nunca aprendió a sobresalir, o a establecer los
contactos apropiados. Fue siempre un solitario, un excéntrico. En fin, que no
era, definitivamente, alguien refinado.
—
¿No recibió ningún tipo de reconocimiento por su ensayo?
—Anduvo
bastante cabizbajo durante una buena temporada porque nadie lo leía, y eso hay
que entenderlo. Una experiencia tan sublime en la pradera y después nada, sólo
un silencio incómodo. Y aun así…
—
¿Qué?
—…
Es un texto tan curioso… Alan habla de sus máquinas como si fueran sus colegas.
Habla de su estado, su conciencia, su comportamiento, y luego se dio cuenta,
algo que en sí constituye una comprensión extraordinaria, de que todo lo que
puede ser calculado se puede calcular con una máquina automática, y eso abre la
puerta a nuevos campos de investigación.
—Pero
¿nadie leyó el texto?
—
¡Poca gente! La lógica matemática es un mundo ridículamente pequeño, y para más
inri recibió una noticia procedente de América que lo conmocionó. Alonzo
Church, un tipo pesadísimo de Princeton, al que tanto Alan como yo tuvimos como
profesor luego, había encontrado al mismo tiempo otra solución a la tercera
pregunta de Hilbert, sin embargo era mucho más aburrida. A Alan le tocó
redactar a toda prisa un apéndice sobre eso.
—
¿De modo que no hubo aclamación pública?
—Poco
a poco Alan se hizo un nombre. El chico que resolvió el problema de la
decisión: Entscheidungsproblem. Fue admirado por eso; yo, por mi parte, lo
consideraba casi un igual a Gödel, pero…
—
¿Sí?
—A
la hora de la verdad, a Alan no le importaba mucho el Entscheidungsproblem. A
diferencia de los demás, era el medio, y no la respuesta, lo que le interesaba.
—¿La
máquina quieres decir?
—O
sus intentos de llegar a las piedras angulares de la inteligencia.
—De
modo que empezó a construir su máquina.
—La
esbozó, al menos. Pero el mundo no estaba preparado para ella, supongo. No lo
sé. Lo que al final se materializó en Mánchester fue una cosa mucho menos
interesante de lo que se había imaginado.
—Pero
¿tú crees que de ahí saldrá algo?
—Bueno…
Fredric
Krause parecía pensativo y bajó la mirada a su posavasos blanco.
—La
primera vez que oí hablar de todo, no creí mucho en ello —continuó—. Me pareció
demasiado complicado construir las máquinas. Pero ahora me pregunto…
—¿Te
preguntas qué?
—Si
realmente no puede llegar a ser algo importante.
Capítulo
21
En
el sueño, Alan Turing se levantaba de la cama. Había solemnidad en el
movimiento, como si lo hubiese despertado una lejana proclamación y desde un
funeral muy remoto pudieran oírse campanas y tambores. Hacía bochorno y todo
estaba en calma, como si una tormenta se avecinara. Alan Turing se limpió el
espumarajo de la boca, pero las manos estaban demasiado rígidas, y ahora, ahora
quería decir algo. No se oía palabra alguna. A pesar de que se esforzaba tanto.
Los labios le temblaban, y Corell se inclinó hacia delante. Se llevó la mano a
la oreja y así consiguió percibir algún que otro susurro. Se trataba de algo
muy extraño, algo que tendría mucha importancia, y Corell rebuscó hasta
encontrar un cuaderno para anotar lo que oía, pero, por mucho que se afanara,
el texto salía ilegible, de modo que agarró el bolígrafo más fuerte. Apretaba
tanto que parecía que grabara las palabras en piedra, pero era como si las
letras se diluyeran en agua, y de pronto se vio trasladado a las vías del tren
y a una silla solitaria frente al mar, y todo se volvió difuso y blanco, pero
la sensación de haber escrito algo le llegó con tanta fuerza que, al
despertarse, Corell buscó las notas a tientas.
Durante
un instante pensó que las había encontrado. Encima de la mesilla de noche
estaba uno de los cuadernos que utilizaba en el trabajo. La primera página
estaba arrugada y garabateada con frases escritas de cualquier manera, pero
sólo se trataba de algunas líneas que había anotado deprisa y corriendo
mientras conversaba con Krause, nada de misteriosos mensajes del más allá. ¿Qué
hora era? Debía de ser temprano. Se advertía en los pájaros y en la quietud, y
lo sentía en el cuerpo, el dolor de cabeza y el grado de resaca. Se tapó la
cabeza con la sábana y la manta.
Los
recuerdos del día anterior empezaron a abrirse paso. Intentó apartarlos,
quedarse en su burbuja. Que él recordara, siempre había tenido mundos
imaginarios en los que entrar, algunos de ellos apenas cambiaban, otros eran
nuevos, creados a partir de lo que acababa de escuchar o experimentar. Algunos
consistían únicamente en lo que debería haber dicho y hecho en la vida real,
otros eran continuaciones ideales de pequeños éxitos en la vida cotidiana y en
la profesión, pero la mayoría eran absurdos e increíbles, aunque elaborados
hasta el más mínimo detalle. Eran mundos en los que refugiarse. Nidos en los
que protegerse de la tristeza. Esa mañana, sin embargo, no halló refugio en la
imaginación. La realidad imponía su presencia, aunque sin abrumarlo con su peso
habitual. El día se prometía luminoso. Lo había pasado verdaderamente bien
anoche, se dijo; Krause y él habían mantenido una conversación interesante, una
que había ansiado durante años. Si bien era cierto que no había sido una noche
exenta de nubes de preocupación, que no se había librado del todo de la
angustia. Nunca lo lograba. Pero no había ahogado su vida en alcohol; las
cervezas más bien le habían hecho recuperar algo de su viejo yo, y hacia el
final habían hablado un poco de todo. Él incluso había preguntado si…
Se
incorporó.
Cogió
su cuaderno. No resultaba fácil ver lo que ponía, y aquello que podía descifrar
no le gustaba. Lo que había vivido como algo grandioso se antojaba ahora una
nimiedad: «lo primordial no es la máquina en sí, sino las instrucciones que se
le dan», sólo sonaba aburrido, mientras que anoche había tenido otro timbre.
Pero aquí…, unas palabras y un signo de interrogación, la misma duda que le
había expresado a Gladwin en la sala del archivo: «¿Qué se puede hacer con un
genio de las matemáticas y un campeón de ajedrez en tiempos de guerra?». Y
debajo, una frase que Krause había dicho en algún momento de la conversación:
«Alan se daría cuenta de que las paradojas y las contradicciones podrían
significar la vida y la muerte».
¿Qué
quería decir Krause con eso? Corell no tenía ni idea. Sólo recordaba que
después el profesor se había mostrado evasivo o se había negado en redondo a
hacer comentarios al respecto. Era evidente que se callaba algo. Con cara de
preocupación, había echado ojeadas al cuaderno de Corell, y la vida y la
muerte… ¿Podía ser que, fuera lo que fuese lo que Alan Turing había hecho
durante la guerra, Krause se hubiera dedicado a lo mismo? Como buen idiota,
Corell no lo había presionado. No quería echar a perder la afabilidad que había
surgido entre los dos y, aunque le intrigaban los secretos de la guerra,
también quería aprender cosas sobre la lógica y las matemáticas. Además, le
costaba asimilar que un hombre educado en Cambridge hubiera querido pasar toda
una tarde en el pub con un simple policía sin motivo alguno. ¿Quería Krause en
realidad sacarle alguna información? No, Corell rechazó la idea, y ahora…,
ahora se tumbó en la cama intentando recordar más cosas. No lograba acordarse
de la cara de Krause. Sólo los delgados ojos refulgían en su memoria, así como
el intenso brillo en las pupilas. Pero había sido un buen encuentro, ¿no?
¡Dios, cuánto tiempo habían estado juntos! A las últimas horas las rodeaba una
neblina. Lo único que recordaba bien era la despedida. Se habían abrazado, y
eso le había puesto nervioso. Pues el hombre había sido amigo de Turing, y
ningún otro motivo para haber pasado tanto tiempo con él podría ser peor, pero
seguro que no había de qué preocuparse. El abrazo fue breve, y Corell recibió un
número de teléfono y una dirección en Cambridge antes de marcharse a casa bajo
la lluvia, sin ni siquiera la suficiente energía como para preocuparse por su
traje.
Recorrió
el apartamento con la mirada. ¡Joder, qué desorden! Había ropa tirada y trastos
sin recoger por todas partes. Cuando se levantó de la cama, rechinaron en el
suelo migas de pan y gravilla, y podía no haber sido tan grave si debajo de
todo eso, más allá del desorden, se hubiera ocultado un ambiente más acogedor,
pero el apartamento carecía del menor encanto. La silla Queen Anne parecía
fuera de lugar, la radio resultaba demasiado elegante para la habitación y no
había nada en la decoración que combinara bien. Apenas solía fijarse en el
aspecto de su hogar. Simplemente existía como una protección del mundo
exterior, una prolongación de la coraza de su cuerpo, y la única vez que había
caído en la cuenta de lo absurdo de la situación fue cuando soñó con seducir a
Julie. Entonces le había quedado claro que no podía suceder allí; a lo sumo,
podría señalarle la casa con el dedo y decirle que era donde vivía.
Por
fuera la casa era bonita, con su fachada de ladrillo marrón y el pequeño jardín
con peonías y manzanos. Pero eso no era mérito de Corell. La casera, la señora
Harrison, cuidaba el jardín todas las mañanas en primavera y verano. Era amable
y charlatana, pero nunca había llegado a sentirse cómodo en su presencia —tenía
miedo de que se quejara del estado de su apartamento—, y ahora que consiguió
salir antes que ella lo vivió como una pequeña victoria.
El
día prometía ser bonito, y por todas partes se encontraba con gente que
caminaba sin prisa disfrutando del ambiente. En el centro compró el Manchester
Guardian. Se consideraba un ávido lector de periódicos, pero esa mañana ni
siquiera echó un vistazo a los titulares de la primera página. En su lugar,
hojeó impaciente el diario hasta que, en la columna izquierda de la página 8,
encontró lo que buscaba. La extensión era más o menos la misma que el día
anterior. Empezaba así: «Anoche se concluyó que Alan Mathison Turing de
Hollymeade, Adlington Road, Wilmslow, se quitó la vida con veneno debido a que
sus procesos mentales sufrían un desequilibrio».
Debido
a que sus procesos mentales sufrían un desequilibrio. Palabras del juez. Ni el
menor comentario sobre los exabruptos de Corell. Claro que no. ¿Por qué iba a
haberlo? Éste no era un artículo sobre las desavenencias en la investigación.
De todos modos, fue una decepción. Se desinfló. Había esperado algo del estilo
«el oficial Corell de la Policía Criminal cuestionó las palabras del juez de
instrucción acerca de…». Se tuvo que contentar con que lo citaran en dos
sitios, con frases, cierto, que no sentía como suyas, pero hablaba de la
manzana y el caldero burbujeante y el olor a almendra amarga. Sus comentarios
representaban la objetividad; algo es algo. Ferns, en cambio, decía sus
tonterías como si nada hubiera ocurrido: «Podría perfectamente haber sido el
resultado de un impulso, puesto que nunca se puede saber lo que un hombre de
ese tipo es capaz de hacer».
Las
palabras parecían aún más raras al verlas impresas. Como si quisiera decir que
el acto era premeditado por ser impulsivo. Qué absurdo. Idiotas, pensó. No
obstante, se sentía un poco mejor. Según el oficial Corell…, el oficial Corell
dice. No era nada, incluso una ofensa, pues su intervención importante, la que
le había requerido tanto valor, no se mencionaba en absoluto, pero se alegró de
todas formas y poco a poco recuperó algo del buen estado de ánimo de esa
mañana. Sumido en ensoñaciones, enfiló Green Lane, pasó por delante del parque
infantil y del parque de bomberos. Al otro lado de la calle, una mujer leía un
libro mientras empujaba un cochecito de bebés —a Corell siempre le habían
gustado las personas que andaban leyendo por la calle—, y, al verla, se detuvo.
Las ruedas del cochecito le hicieron pensar en Krause.
Krause
había dicho que antes de la guerra la máquina de Turing sólo era un bosquejo,
una idea sobre una tira infinitamente larga, que se alimentaba en una y otra
dirección mientras registraba símbolos, nada terminado, en absoluto, sólo un
recurso en una discusión sobre la lógica, pero, aun así, ya en 1945 Alan Turing
había trazado las líneas maestras de un mastodonte eléctrico a plena escala.
Algo tenía que haber pasado durante la guerra, algo que dio el impulso al
desarrollo de la máquina. El aparato debía haber tenido un fin bélico. La
cuestión era cuál.
¿De
qué sirve una máquina de lógica en una guerra?
****
Corell
se llevó un rapapolvo en comisaría. Fue Richard Ross quien se vio en la
obligación de reprenderlo, no sólo para fastidiarlo, aunque sin duda ése había
sido el objetivo principal; el comisario tenía un asunto concreto en mente. Con
la cara enrojecida, irrumpió en el departamento de la Policía Criminal y se
puso en jarras y con las piernas separadas delante de la mesa de Corell.
Chasqueó los labios como si se preparara para hincarle los dientes a su presa.
—¿Se
puede saber qué es lo que cree que está haciendo?
—Acabo
de llegar…
—Me
refiero a ayer. ¡Después de la audiencia!
—No
sé a qué se refiere.
—Claro
que lo sabe. —Lo sabía, por supuesto—. James Ferns me ha llamado para contarme
que intentó dejarlos en ridículo, a él y al médico forense, ante un montón de
periodistas.
—Tampoco
eran tantos —le interrumpió Corell.
—¿Qué
coño tiene que ver si eran muchos o pocos? Por lo visto, se comportó usted de
forma extremadamente arrogante e insolente, y le voy a decir una cosa, eso no
lo voy a consentir. Usted representa…
—Ya
lo sé —le interrumpió Corell—. Pero ¡tenía que haber oído a ese bobo! No dijo
más que estupideces.
—Me
importa una mierda. Además, no lo creo. Estoy convencido de que las tonterías
las dijo usted y nadie más. Llevo un tiempo vigilándolo, Corell, y me he
percatado de que se va dando ínfulas, que ha venido aquí con sus modales esnobs
de Marlborough. ¡Hay que joderse! Que le quede muy clara una cosa, eso no lo
acepto. De ninguna manera. A usted no le corresponde reprender a gente de bien.
Lo que usted tiene que hacer es dar cuenta de los hechos, y punto. Y, por lo
demás, ¡mantener la boca cerrada! ¿Entendido?
—Sí.
—¿Qué
es lo que le pasa? ¡No lo entiendo! A usted le falla algo.
—¿Qué
quiere decir?
—¡No
se me ponga gallito! ¡Limítese a cerrar el pico! Por lo visto es su día de
suerte. Va a tener la oportunidad de hacer un poco de penitencia. Sí, aunque le
sorprenda, tiene usted un buen amigo. Hamersley, ese cabrón cobista, dijo que
su informe estaba bien redactado. Sí, pero nada de alardeos. Ese tipo de trucos
de colegio caro no me impresionan. Le vamos a mandar a trabajar sobre el
terreno, órdenes del superintendente.
—¿De
qué se trata?
—¡Un
encargo de lo más delicado!
****
Delicado
solía significar cutre, y esta vez no fue una excepción. El caso tenía un par
de años. El sospechoso era un hombre de cuarenta y cinco años llamado David
Rowan, que había sido bailarín y coreógrafo, pero que ahora era dueño de un par
de sastrerías en Mánchester. Rowan vivía en Pinewood Road, en Dean Row, con su
mujer, que era de Glasgow, y dos hijas, de ocho y seis años de edad. La esposa,
que ya antes de que se aclarara la historia se la describía como «la pobre
mujer», algún que otro fin de semana iba con los niños a visitar a su familia
en Escocia.
En
esas ocasiones el marido a menudo recibía la visita de un hombre joven «de
aspecto afeminado» y «maneras de sarasa», y evidentemente Rowan tenía derecho a
relacionarse con «cuantos maricas quisiera», como dijo Ross, pero una vecina,
una tal señora Joan Duffy, había acabado por despiste en el jardín de Rowan y,
como por casualidad, a través de una rendija en las cortinas había visto «unas
cerdadas terribles. Ya se imaginan ustedes qué». El único problema era que la
señora Duffy era una simple cocinera en un colegio, mientras que David Rowan
era un caballero con una buena posición, y, «a decir verdad, nos pareció un
poco vergonzoso empezar a hurgar en el asunto. Y es que ahí están la mujer y
los niños. No se les quería hacer daño sin necesidad».
—¿Y
por qué hay que retomar el caso ahora?
—Hamersley
piensa que ha llegado la hora de intentarlo de nuevo. Los tiempos son los que
son y se han emitido directivas al respecto. Además, tenemos el éxito en el
caso Turing.
—No
lo llamaría éxito.
—¡Déjese
ya de insolencias! Me refiero a la sentencia judicial, no al suicidio. Si se
pudo pillar a Turing, entonces no habrá quien se nos resista, ¿verdad? ¿Sabía
que el tipo era miembro de la Real Academia de las Ciencias? ¿Así que lo sabía?
Y sin duda le habrá impresionado, ¿no? Pues le puedo decir que a mí eso me la
trae floja cuando me entero de que el individuo en cuestión se recorre media
Europa para buscar maricones.
—No
hay que mirar más allá del delito en sí —intentó Corell.
—Exacto.
¡Y no dejarse apabullar por un montón de títulos y medallas! Pero no era de eso
de lo que estábamos hablando, ¿verdad? Todo aquello ya es historia. Y no, ya no
quiero saber nada más del asunto.
—Sólo
me pregunto por qué…
—Que
no. ¡Deje de preguntarse!
—Pero
aquí hay gato encerrado.
—Bobadas
—le cortó Ross—. No pregunte tanto. Ya tiene un cometido, y si yo fuera usted,
me pondría manos a la obra ahora mismo. Dios sabe que no le vendría mal un
éxito profesional.
Corell
pensaba que lo único que no le vendría mal era una jornada laboral tranquila
para cuidarse la resaca. Lo último que quería era meterse en una misión tan
imposible como humillante. Tenía su orgullo, a pesar de todo. ¿No había
mantenido, ayer sin ir más lejos, una conversación profunda con un hombre que
había estudiado en Cambridge? Lo siento, comisario, debería decirle, no tiene
ningún derecho a hablarme de esa manera. Aun así…, aunque Ross era un idiota —y
cualquier día se lo haría saber—, le había traído un saludo de las altas
esferas: «Hamersley dijo que su informe estaba bien redactado». ¡Vaya! No se
había imaginado un comentario así. Había creado algo fuera de lo común. Una
pequeña genialidad, incluso. Por lo que él sabía, igual el superintendente
estaba hablando en ese preciso instante con el mismísimo jefe de policía: «En
Wilmslow, sabe usted, tenemos un hombre con mucho talento en el que llevo
cierto tiempo fijándome, un redactor de informes extraordinario, sí, incluso
diría que con talento literario, sí, debería leer sus…». Ross lo interrumpió
espetándole:
— ¿Y
bien?
—Lo
haré lo mejor que pueda —consiguió pronunciar.
—Una
confesión es lo que necesitamos, nada menos. El expediente está en el despacho
de Gladwin.
****
Como
misión no le pareció gran cosa, todo lo contrario, y no entendía cómo iba a
poder avanzar más. No obstante, se puso con ello enseguida. Hizo una llamada y
pidió que le pasaran con el señor Rowan. Una mujer le informó de que el señor
llegaría a casa después de las cinco, y Corell, sin preguntar siquiera si era
un momento oportuno, avisó de que se acercaría por allí para hacerles unas
preguntas.
—
¿De qué se trata?
—
¡Se lo comunicaré al señor Rowan en persona de manera clara y diáfana!
—explicó, y se sintió ingenioso y lleno de determinación.
A la
una y media, la testigo, la señora Joan Duffy, apareció en la comisaría. Corell
se había esperado una señora mayor de cara afilada y seca, pero se encontró con
algo diferente, no es que la señora Duffy fuera una belleza precisamente, pero
apenas superaba la treintena, tenía curvas generosas y unos ojos tan
desafiantes que Corell, de modo instintivo, bajó la mirada. La señora Duffy
poseía una atracción vulgar y, quién sabe, quizá podría causar impresión en un
tribunal.
—Bienvenida
—dijo Corell.
—Un
honor poder serles de utilidad.
—
¿Puede contarme lo que vio ese día sin omitir, por favor, ni un solo detalle?
Esas
últimas palabras se las podría haber ahorrado, pues le dio muchos más detalles
de los que habría podido desear, incluida toda una clase de jardinería. Resulta
que el marido de la señora Duffy era jardinero. Un gran profesional.
—Casi
un artista en su género, y para serle sincera yo misma he aprendido alguna que
otra cosa.
—
¡Qué práctico!
—
¿Verdad que sí? Mire usted, los Rowan y nosotros compartimos el seto. Es lo que
separa nuestros jardines, y soy yo la responsable de cuidarlo, cosa que me
agradece siempre muchísimo la señora Rowan. Pobre, pobre señora Rowan.
—Quizá
podemos mantenerla al margen de momento.
—Claro
que sí, señor inspector, por supuesto.
—Oficial.
—Un
trabajo muy interesante, ¿verdad?
—Bueno,
de vez en cuando supongo que sí. ¿Me hace el favor de seguir con su testimonio?
—Claro,
claro. Verá usted, es que hace ya dos años. Entonces también vine a comisaría.
—Sí,
me consta.
—Y
no crea que la cosa ha cesado después. ¡Ni muchísimo menos!
—Bien,
cuénteme entonces.
El
seto que separaba los jardines era «el punto crucial de la historia», empezó
ella. Aquel día lo había podado y había tenido que pasar a la parcela de la
familia Rowan, porque si no el resultado no habría sido «ni ecuánime ni
bonito», cosa que posiblemente fuera verdad, pero que también podía ser una
tontería. Joan Duffy había tenido motivos para su curiosidad. «Llevaba un
tiempo ojo avizor», dijo, y además le preocupaban sus hijos. También oyó un
ruido. No quería dar detalles, pues era una persona con «buenos modales». Aun
así, «Dios me perdone», miró por la ventana, «con la mayor discreción» y, por
supuesto, apartó la mirada en cuanto se dio cuenta de qué se trataba.
—Por
supuesto —repitió Corell.
—Me
da vergüenza estar aquí contándole estas cosas.
—No
tiene por qué. Está cumpliendo con su deber.
—Usted
me cae mejor que el agente con quien hablé la última vez.
—Vamos
a intentar llegar hasta el fondo de este asunto.
—
¿Usted cree que puedo estar tranquila?
—Puede
estar tranquila.
—Pero
y si se pone agresivo, entonces ¿me pondrán protección? ¿Protección? Corell no
daba crédito a lo que acababa de escuchar.
—Vayamos
paso a paso —dijo—. ¿Puede haber más testigos?
—Preguntaré
en el vecindario.
—Con
mucha discreción, espero.
—La
discreción siempre ha sido una cuestión de honor para mí.
—
¿Sabe cómo se llama ese hombre que visitaba al señor Rowan?
Creía
que Klaus. Algo extranjero. Algo más o menos sospechoso.
—Entonces,
sólo me queda agradecerle su ayuda —concluyó Corell, y le tendió la mano.
Después
le pareció que ella se atusaba el pelo con gesto seductor, pero probablemente
lo interpretó mal.
Capítulo
22
No
conseguía quitarse de la cabeza la voracidad que había visto en la señora
Duffy, una vulgaridad que se le coló debajo de la piel y le hizo estremecerse.
Por mucho que intentara resistirse, fantaseaba sin parar sobre su cuerpo y la
gratitud que ella le expresaría después. Es usted más policía que todos los
demás juntos, o lo que sea que le diría. En cualquier caso, llevaría un vestido
ceñido y se lo comería con la mirada, y, en realidad, ¿por qué no iba a
conseguirlo? No hacía tanto que se había considerado un buen interrogador que
detectaba con facilidad las debilidades de la gente, y adivinaba la inquietud
en sus ojos. ¿Acaso no solía saber el momento exacto en el que convenía dar el
golpe de gracia? Ésa era una de las ventajas de ser un pobre diablo muy
sensible; identificaba las señales en los demás.
¿Dónde
estaba ahora? Al fondo quedaba Pinewood Road. Se encontraba cerca, y empezó a
pensar en Ron y en Greg, menudos hijos de puta, y eso nunca le alegraba, pero
ahora le sirvió para afianzar su determinación. El rostro del señor Rowan
adquirió los rasgos de Greg, y Corell irguió la espalda. Se imaginó que era un
alto funcionario de los servicios de inteligencia de camino a una misión
importante. Aun así, no le infundió mucho ánimo. Incluso sopesó darse la
vuelta. Pero ¡no! ¿Por qué no iba a ser capaz de acabar con un viejo bailarín
cuando el mentecato de Rimmer había hecho caer a Turing? Miró los letreros.
Pasó un coche, un Morris Minor, y oyó una voz infantil.
—
¡Papá, papá!
Entró
en el jardín. Una niña pequeña con una larga melena oscura y unos pequeños ojos
que se mostraban muy serios chapoteaba en un barreño lleno de agua de lluvia.
Iba calada de arriba abajo. En una estructura metálica más atrás, se veía el
asiento de un columpio recién pintado.
—Hola.
—Hola
—respondió la niña con sequedad.
—Deberías
cambiarte de ropa.
—No
pienso cambiarme.
—Bueno,
pues no lo hagas —musitó Corell, y desplazó la mirada hacia la vivienda. Una
casa blanca, bonita, con tejado negro y un porche acristalado junto a la puerta
principal.
La
manija era dorada, y a la derecha se extendía un seto que no había recibido
muchas atenciones, y, al otro lado, una casa vecina bastante más modesta: una
construcción de madera pintada de verde con un jardín cuidado, pero con un
tejado de tejas deteriorado y unas ventanas muy pequeñas. ¿Era allí donde la
señora Duffy rondaba con sus estridentes vestidos? Llamó al timbre. Un temblor
le recorrió el cuerpo, y todo tipo de pensamientos se le agolparon en la
cabeza. Pero nada más abrirse la puerta, la concentración se tornó absoluta,
como si se levantara un telón, y desplegó su sonrisa más confiada.
—Buenas
tardes.
—Buenas
tardes —contestó el hombre con la misma obtusa reserva que había mostrado su
hija, y en ese instante Corell supo que la señora Duffy no se equivocaba.
Ese
individuo era un bujarrón. Había que admitir que estaba de buen ver y era de
miembros esbeltos y porte erguido, con una mirada azul y clara, pero con algo
inconfundiblemente grácil en los movimientos. Sólo la forma de tender la mano
lo puso en evidencia. Era como si el señor Rowan invitara a Corell a bailar, o
como si quisiera trazar una señal en el aire.
—He
llamado antes. Mi nombre es Corell y trabajo en la policía de Wilmslow. ¿Puedo
pasar? —preguntó con tono amable.
—Bueno,
en realidad…
—Entiendo
que es usted un hombre ocupado. Me han contado que regenta algunas sastrerías
muy buenas en Mánchester. Qué agradable. Siempre me ha interesado la ropa,
aunque con mi sueldo no puedo permitirme comprar muchas cosas. En cualquier
caso, no creo que sea buena idea aplazarla.
—
¿Aplazar qué?
—Nuestra
pequeña conversación —contestó Corell, y le disgustó haber empleado la palabra
«pequeña» en ese contexto, pero intentaba transmitir una sensación de
autoridad, y puede que lo consiguiera.
—Claro,
por supuesto. Pase, por favor.
El
hombre daba claras muestras de agitación, cosa que podía ser un buen síntoma.
Le sudaba el labio superior y al entrar en el salón de la planta baja pareció
esforzarse por andar con pasos más firmes que los habituales. La estancia se
había decorado con muebles antiguos y elegantes. Del techo colgaba una lámpara
de araña, y una de las paredes estaba cubierta de libros. Se trataba de un
hogar muy diferente a lo que Corell había esperado. Se sentó en una silla de
color amarillo brillante, enfrente del señor Rowan. Éste encendió un
cigarrillo.
—
¡Una casa muy bonita! —dijo Corell.
—Bueno…
—Y
qué niña tan guapa tiene ahí fuera. Si lo he entendido bien, tiene otra hija,
¿verdad?
—Sí.
—Hay
que ver lo que ha llovido últimamente —continuó Corell.
—Pues
sí.
La
parquedad del hombre resultaba paródica.
—
¡Seguro que el verano será muy bonito!
—Esperemos
que sí.
— ¿O
quizá no funcione así?
—
¿Cómo?
—Que
haya dejado de llover. Que una racha de mal tiempo prepare una de buen tiempo.
Igual es al revés. Que el mal tiempo genera más males. Así nos pasa a menudo en
la vida —dijo Corell.
—A
veces, sí.
—El
otro día estuve por esta zona. Una historia muy trágica. Bueno, igual ha leído
sobre el caso en la prensa. Encontré al matemático Alan Turing muerto en su
cama. Se había comido una manzana envenenada. Terrible, la verdad. ¿Quizá lo
conocía? ¿O se ha cruzado con él en el vecindario?
Rowan
negó con la cabeza con demasiada energía.
—Era
una persona extraordinariamente inteligente —añadió Corell.
—Lo
escuché hablar en la radio —afirmó Rowan.
Era
la primera vez que tomaba la iniciativa en la conversación.
—
¿De qué hablaba?
—Creo
que tenía que ver con Norbert Wiener.
—
¿Quién es?, ahora no caigo.
—Un
matemático que ha escrito sobre robots y máquinas pensantes.
—
¿De modo que Alan Turing hablaba de máquinas inteligentes?
—Sí.
—
¿Le resultó extraño?
—Muy
extraño.
—
¿Sabía usted que todo empezó como una pequeña batalla entre matemáticos sobre
ciertos problemas de lógica? —preguntó Corell.
—No
—Rowan parecía desconcertado.
—Pero
sin duda se preguntará cómo una aparente nimiedad, que sólo preocupaba a unos
pocos y que seguramente para muchos representaba el arquetipo de un problema
académico absurdo, ha podido conducir a la construcción de una nueva máquina.
¿Aunque quizá no le interesa mucho la lógica?
—No,
en absoluto.
—Usted
es más un esteta.
—No
lo sé.
—Suele
recibir visita los fines de semana.
—Claro
que sí, ¿usted no?
—No
—respondió Corell con total sinceridad, pero sin que sonara nada personal.
—
¿Quién suele venir? —continuó Corell.
—Amigos.
—
¿Alguien en particular?
—Eso
no es asunto suyo.
Las
palabras en realidad no las había pronunciado de forma agresiva, y el sudoroso
labio superior de Rowan temblaba de manera imperceptible.
—Supongo
que sabe que estamos al tanto de todo —dijo Corell muy consciente de que era
una frase que le había robado al inspector Rimmer.
—
¿Qué quiere decir?
—Usted
mantiene relaciones sexuales ilegales.
—Yo
no he…
—Tenemos
testigos.
—Si
se refiere a la señora Duffy, debería saber que ella, con toda su amabilidad,
va por ahí contando mentiras sobre sus vecinos. Es, por decirlo de alguna
manera, lo que da sentido a su vida.
—Tenemos
más testimonios aparte del de la señora Duffy —dijo Corell con tal seguridad
que llegó a creérselo de verdad.
En
la puerta, cuando se saludaron, había visto tan claro que David Rowan era
sarasa que por un momento se le ocurrió que aquello constituía ya de por sí una
especie de prueba, y de repente sonó como una persona que ya cantaba victoria.
—
¿Qué? —balbuceó Rowan.
—Tenemos
mucho.
—
¿Puede ser más preciso?
—
¿Quiere que lo repasemos todo? ¿Qué me detenga en cada detalle? ¿Es eso lo que
quiere? Si es así, no tiene más que decírmelo, dispongo de todo el tiempo del
mundo. Por Dios, no pensará que me presentaría aquí si no contáramos con más
información —continuó Corell consciente de que estaba llevando su farol
demasiado lejos.
—No,
claro que no, lo entiendo. Pero no creo que…
—
¿Qué?
—Que
usted haya entendido…, es que esto no es nada…, nada en ese sentido…
—Hable
sin rodeos.
Pero
David Rowan no consiguió continuar. Era como si su boca intentase formar una
frase imposible. Se rebulló en la silla, con la cara brillante por el sudor. No
parecía estar muy lejos de sufrir un ataque de nervios, y Corell sintió el
incipiente sabor del triunfo, y por eso —acorde con su estrategia global— su
voz se volvió más suave, más zalamera.
—No
quiero que se ponga nervioso.
—No
es lo que usted cree.
—Entonces
¿qué es? ¡Cuéntemelo! Seguro que nos hemos equivocado en muchos puntos.
—Es…
De
repente David Rowan ocultó la cara entre las manos.
—Bueno…,
tampoco es para tanto. Sólo debemos aclarar los malentendidos más graves. Si
usted me cuenta lo ocurrido, prometo mirar con buenos ojos la información.
Quizá incluso podemos olvidarlo todo. Eso depende de lo abierto y sincero que
quiera ser.
—
¿Podrían olvidarlo…?
—En
caso de que esté dispuesto a colaborar, es una posibilidad —continuó Corell
mientras se preguntaba qué coño estaba prometiendo.
Pero
sólo seguía su instinto y su convicción de que una mano tendida en ese momento
sería más eficaz que una amenaza, y por eso mostró una sonrisa, no de triunfo,
al menos no era su intención, sino cálida y empática, cosa que surtió efecto.
El
hombre se hundió. «Lo tengo», pensó Corell, y le dio tiempo a imaginarse las
felicitaciones de Hamersley: Un trabajo ejemplar, amigo mío, brillante. Pero
justo en ese momento ocurrió algo. Unos pasos menudos y ligeros se acercaban
por el pasillo y una voz chillona llamó a su padre:
—
¡Papá, papá! Mary se ha mojado entera. Se va a resfriar, seguro.
Luego
entró una niña de unos ocho o nueve años por la puerta, vestida de blanco, como
una elfina. Al principio, no advirtió que el padre tenía visita, sino que se
antojaba del todo absorta en el drama del barreño del jardín. Pero de pronto
cambió. Miró a su padre y sus hombros se elevaron enseguida, y los grandes y
serios ojos bajaron al suelo. Parecía asustada.
—Perdón,
no sabía… —se disculpó antes de marcharse.
****
Las
ideas bullían en la cabeza de David Rowan. Llevaba más de dos años convencido
de que esa terrible historia estaba olvidada y enterrada. En los últimos
tiempos no le había dedicado ni un segundo. Incluso había llegado a pensar en
sus inclinaciones sexuales sin avergonzarse en exceso. Pero esa mañana —qué
extraño resultaba—, horas antes de enterarse de la llamada telefónica del
policía, le había invadido una brusca y creciente angustia. Había leído sobre
la muerte del matemático. Odiaba a la prensa. Siempre había algo en los
periódicos que le hacía daño. Ese artículo le afectaba por partida doble, no
sólo porque le recordaba las palabras que pronunció en su día su padre: «Yo
creía que hombres así se quitaban la vida», sino también porque realmente había
conocido a Alan Turing.
Sus
miradas se habían cruzado una vez en Oxford Road, en Mánchester, y después se
habían enterado de que compartían un secreto, una cruz. Cuando luego se
encontraron en Brown’s Lane, en Wilmslow, se detuvieron para saludarse e
iniciar una conversación titubeante. David, que iba con sus hijas, dijo algo
sobre el tiempo y el barrio, algo banal y sencillo para ayudar a la
conversación, pero el matemático respondió de forma incomprensible que había
visto dos arco iris juntos, «como la muestra de una excesiva claridad por parte
de la naturaleza».
¿Qué
había querido manifestar con eso? Toda la conversación parecía un rodeo
nervioso en torno a la pregunta informulable de si podían verse a solas, pero
los dos se hallaban demasiado incómodos, y antes de que diera tiempo a que
pasara algo o se dijera una palabra sensata, el matemático se marchó en mitad
de una frase. Aunque podía interpretarse como una falta de respeto mayúscula,
David no se ofendió. Lo vio más bien como si Turing estuviera harto de todo el
estúpido teatro social. ¿Acaso no le habían entrado ganas a él también muchas
veces de mandar la maldita farsa a la mierda?
Pero,
sobre todo, esos ojos… habían mostrado un brillo tan diferente…, apagado e
intenso al mismo tiempo. Poseían un rasgo de algo inalcanzable, pero también se
le antojaban atrayentes. A buen seguro podían poner nerviosos a la gente, pero
en David despertaron la curiosidad de lo que se ocultaba detrás, y ese día al
llegar a casa buscó a Turing en la guía telefónica. En realidad, no tenía
intención de llamar, sólo quería jugar con la idea, pero no encontró el nombre,
y luego, un día, le oyó hablar por la radio sobre unas extrañas máquinas. ¿No
había dicho incluso que deseaba que en el futuro pudieran pensar como nosotros?
Sonaba tan raro, tan diferente a todo… Al principio, David creyó que el
matemático empleaba las máquinas como metáfora de los homosexuales. Turing
había mencionado una especie de juego entre un hombre, una mujer y una máquina.
La idea era que fingieran un intercambio de papeles —¡ay, Dios mío! ¿Y qué era
la vida de David si no un juego de fingimiento?—, pero la discusión en la radio
pronto se volvió demasiado científica para haber tenido algún valor simbólico,
y David perdió el hilo. Lo que permaneció en su recuerdo después fue la voz
tartamudeante de Turing, y su tono intenso y entusiasta. Durante varias semanas
David no pudo dejar de pensar en él. Pero luego, un día, Alan Turing
desapareció de sus sueños. En su lugar, Dios le envió a Klaus.
Ya
la primera vez que se acostó con Klaus lo vivió como una gracia inmerecida.
Klaus no sólo era más joven y más guapo, sino que además carecía de vergüenza.
Consideraba que tenía todo el derecho del mundo a buscar el placer. Disfrutaba
al máximo de la vida, y a David le resultaba magnífico y salvaje, aunque la
cosa no llegaba tan lejos como para contagiarlo. David no lograba escapar de la
habitual carga de vergüenza y angustia, y cuando el infierno con la señora
Duffy le cayó encima, lo vivió casi como algo justo. ¡Claro que merecía ser
castigado! Tal lío tenía en la cabeza que sintió culpa cuando el proceso
policial no avanzó. Pero luego el tiempo fue pasando y empezó a creer que
quizá, a pesar de todo, quizá incluso gente como yo podemos ser felices, porque
lo extraño fue que, con Klaus en su vida, David se volvió más cariñoso incluso
con su mujer y sus hijas. Todo resultó más liviano y más luminoso. Era como si
el amor en general creciera.
Pero
hoy —un día negro en el calendario— habían vuelto a llamar, y se había
encontrado con ese terrible policía en la puerta, a quien por un momento había
sido tan estúpido como para tomar por una buena persona, seguramente porque
creía haber percibido una especie de luz en sus ojos, un indeterminado reflejo
de tristeza. Pero no resultó ser otra cosa que la ambigüedad de la falsedad, el
engaño del policía astuto que brillaba en su traidor mosaico, y no entendía por
qué estaba tan mal preparado para afrontar eso. Pronto le invadió un deseo
irrefrenable de capitular, de acabar con el sufrimiento. Las ganas de luchar se
esfumaron, no podía explicarlo de otro modo. Quería asumir su culpa. Cualquier
cosa con tal de librarse de escuchar cómo otra hiena más había estado
fisgoneando arrimada a su ventana, viendo lo que nadie debería ver. La mera
idea le resultó insoportable, y sólo de forma vaga, como en un sueño, advirtió
la presencia de su hija en el salón, y poco tiempo después desapareció. ¿Qué
era lo que quería?
—Yo
le aconsejaría… —dijo el policía.
—Sí…,
bueno… —murmuró Rowan sintiéndose irremediablemente perdido.
Pero
de pronto reparó en algo, otro matiz en los ojos del policía, y eso lo
desconcertó aún más. De repente el hombre parecía suplicante, como si fuera él
y no David quien necesitaba ayuda.
****
Los
pasos de la niña se oían lejanos, y Corell se miró las manos. Las venas se
tensaron, como pequeños ríos encerrados, y sin ser consciente de lo que hacía
pasó los dedos por encima al mismo tiempo que se recordaba a sí mismo hacía
mucho tiempo en la cocina de Southport. Había bajado los ojos a los zapatos
marrones de su madre. ¿Qué pasa con papá?, había preguntado. ¡Nada, Leonard,
nada! Nunca pasaba nada.
—
¿Por dónde íbamos? —preguntó.
—Me
iba a aconsejar algo.
—Le
aconsejo…
Por
algún motivo, la tía de Corell apareció ante sus ojos, y no podía dejar de
pensar en la niña.
—Le
aconsejo que no confiese nada —dijo asombrado por sus propias palabras.
—
¿Perdón? —repuso David Rowan.
Corell
sintió el impulso de levantarse. Aun así, permaneció sentado.
—Como
le acabo de comentar —continuó Corell enfadado consigo mismo—, tenemos
bastantes cosas, bastantes.
—
¿Nuevos testimonios quizá?
¿Qué
coño podía decirle?
—Bastantes
cosas, como le he comentado —respondió—. Pero mientras usted lo niegue, no hay
tribunal que pueda condenarlo.
No
se lo podía creer. Estaba a punto de mandar a la mierda su oportunidad, pero no
soportaba la idea de hacerle daño a la niña. Era superior a sus fuerzas.
—La
señora Duffy tampoco es que sea una testigo demasiado fiable —siguió—. Para
empezar, se hallaba ilegalmente en su propiedad. Además, parece ser que le
tiene envidia. Usted tiene una casa mejor. Tal y como yo lo veo, aquí no ha
ocurrido nada.
—
¡No entiendo…!
La
voz de Rowan sonó discordante, quebrada.
—Me
aseguraré de que no tenga de qué preocuparse —prosiguió Corell—. Voy a
recomendar que se archive el caso.
Igual
que hacía unos instantes le había robado las palabras a Rimmer, ahora se las
robó a Vicky:
—Mientras
no le hagamos daño a nadie, debemos tener derecho a hacer lo que nos dé la gana
—dijo, y se sintió como un actor malo hablando con solemnidad afectada, pero
las palabras surtieron efecto.
David
Rowan se levantó con una sonrisa insegura.
—
¿Lo dice en serio?
—Sí,
lo digo en serio.
—Y
yo que creía…, no sé qué decir…, no se puede imaginar…
Rowan
parecía desear abrazarlo, por lo que Corell dio un paso atrás. Por ahí sí que
no pasaba, eso no, nunca jamás. Aun así, se sentía pletórico, no pensaba que
fuera alegría, pero su interior burbujeaba. Era un maldito hipócrita. Pero
había hecho feliz a un hombre y notaba mayor ligereza en el cuerpo.
—¿Puedo
invitarle a algo? ¿Una copa? Estoy sudando. No me vendría mal… —empezó Rowan.
—No,
no —le interrumpió Corell—. No bebo…
No
podía haber dicho una mentira más grande. Había bebido como un cosaco la noche
anterior, y todo su cuerpo ansiaba una copa que restituyera el equilibrio, pero
quería marcharse, salir de allí, de modo que se levantó y se acercó a la
puerta. Sólo de forma vaga pudo recordar que se había despedido de la niña más
pequeña, pero luego una idea cruzó por su mente, tan extraña como sus
anteriores ocurrencias.
—Hay
una cosa con la que me puede ayudar —dijo.
—
¡Lo que sea! ¡Dígamelo, sin más! —Rowan sonrió de nuevo nervioso. Se notaba que
acababa de estar al borde de la desesperación.
—Usted
pertenece al gremio de la sastrería —indicó.
—Sí,
en efecto.
—
¿No conocerá por casualidad la tienda Harrington & Hijos, en Alderley Road?
—Sí,
claro. Richard Harrington y yo mantenemos una buena relación.
—Tienen
una dependienta que trabaja allí, una tal Julie.
—Julie
Mash, una chica encantadora, sólo que cuesta un poco conocerla bien. Lo ha
tenido muy difícil.
—
¿En qué sentido?
—Su
madre es inglesa. El padre, indio musulmán. Julie se crio no muy lejos de aquí,
en Middlewich, pero la casaron con un primo en Karachi del que decían que era
muy devoto pero que no resultó ser más que un santurrón intolerante y malvado.
Por alguna supuesta desobediencia suya que ni siquiera recuerdo, le tiró agua
hirviendo, pero el muy idiota falló y le dio a la hija. ¡Pobre niña! Tendría
que ver…
—La
he visto.
—Julie
y su hija consiguieron huir. Creo que las ayudó la embajada y una enfermera
inglesa. Desde hace un año y pico viven aquí en Wilmslow, pero Julie sigue
teniendo miedo. Por lo visto, el hombre la ha amenazado.
—
¿De modo que ya no está casada?
El
rostro de David Rowan, tan asustado y serio hacía unos instantes, se abrió en
una amplia sonrisa, que no sólo expresaba el alivio de un hombre que acababa de
darse cuenta de que no iban a llevarlo a juicio, sino también algo que se
asemejaba a la ternura.
—Formalmente,
supongo que sí, pero no en el sentido al que usted se refiere. Creo que más
bien está con necesidad de un auténtico amigo.
—Bueno,
pues me voy, gracias —respondió Corell, muy torpe de pronto. Se golpeó la nariz
con el marco de la puerta y tardó unos instantes en encontrar la manija de la
puerta.
—Puedo
interceder a su favor, si quiere —dijo David Rowan, pero entonces Corell ya
había salido al jardín y no lo oyó.
Capítulo
23
Oscar
Farley dejó el bolígrafo en la mesa de caoba de la habitación del hotel. Lo que
había escrito no era nada de lo que vanagloriarse, sólo otro intento estéril de
entender lo sucedido, pero, como de costumbre, la redacción en sí no podía
resolver nada si los hechos faltaban. Volvió a leer los papeles que había
encontrado en Adlington Road. Como el resto del material, no aportaban pista
alguna sobre lo que les interesaba de verdad, ¿había obrado Turing con descuido
en lo tocante a los secretos de Estado?
Era
verdad que Alan no se caracterizaba por su gran patriotismo. Odiaba las
sospechas constantes tan propias de los nuevos tiempos y que se hurgara en la
vida privada de la gente. La primera vez que Oscar intentó reclutarlo, Turing
se había enfurecido por las protestas que había levantado el matrimonio de
Eduardo VIII con la señora Simpson: «Pero si eso es un asunto privado —espetó—.
¡Nada que incumba a los obispos ni a nadie!». Si ni siquiera entendía el
matrimonio de un rey como un asunto de Estado, seguro que se había indignado
cuando sus propias aventuras amorosas se convirtieron en una cuestión de
seguridad del Estado. La maldita política, con la que Alan no quería tener nada
que ver, se coló por la puerta de atrás y lo siguió hasta su dormitorio. ¡Joder,
no era de extrañar que se sintiera ultrajado! Pero aun así…,¿habría hecho algo
imperdonable?
A
Farley le constaba lo escrupuloso que Alan había sido con el secreto
profesional y la indignación que mostraba cuando otros se descuidaban. Era sólo
que… Tras todos esos viles ataques contra Turing que hubo después de la
sentencia en Knutsford, Oscar había adoptado una postura radicalmente diferente
de todos los demás: no había tenido más que elogios para Alan, poniéndolo por
las nubes. Sin embargo, algo le molestaba en eso, en su propia imagen de la
situación. El caso es que había cosas en Turing que nunca había podido
explicarse; si alguien era un código imposible de descifrar, ese alguien era
Alan Turing. Sentado con el bolígrafo en la mano, Oscar pensaba en las visitas
de Turing a un psicoanalista, y en que había anotado sus sueños en tres
cuadernos (que el hermano juraba haber destruido ya), realizando, posiblemente
por primera vez en su vida, un intento literario. En la casa, Oscar había
encontrado un relato sobre un investigador espacial que ligaba con un hombre
homosexual en la calle, pero antes de que sucediera nada serio o delicado la
historia terminaba en mitad de una frase… Puede que se tratara de una tentativa
de escribir algo autobiográfico. ¿Por qué ese deseo de confesión? Turing, a
todas luces, había atravesado una crisis personal y había sentido la necesidad
de comprenderse, pero al mismo tiempo se comentaba que se había recuperado
durante el último año; que había tenido ideas extremadamente interesantes y que
estaba lleno de ganas de vivir. Y luego de repente… el veneno, los cables, la manzana.
Farley no lo entendía.
Además,
todo el tiempo afloraban detalles que le molestaban. Por ejemplo, el suceso
delante del juzgado en Wilmslow. Entre el grupo de periodistas había advertido
la presencia de Krause, ese experto en lógica tan bueno que había conocido
durante la guerra y al que llevaba mucho tiempo sin ver, y con quien le hubiera
gustado hablar, pero no pasaron del apretón de manos y de un breve intercambio
de frases de cortesía, porque de pronto ese joven policía —tan curiosamente
bien vestido— hizo aquellas declaraciones actuando con tal autoridad burlona
que Farley por un momento pensó que Corell en realidad había conocido a Turing,
o que al menos sabía más que el resto. Sin embargo, todo terminó de manera
abrupta con el policía marchándose calle abajo con pasos desafiantes. Una
escena muy extraña. No sólo porque pilló por sorpresa a todos —nadie parecía
haberse esperado semejante ataque de mofa y arrogancia por parte del sombrío
policía—, sino también porque cuando Farley se volvió hacia Krause para decirle
algo del estilo de «cuatro verdades bien dichas, ¿a que sí?», el lógico ya no
estaba allí.
Se
había esfumado como por arte de magia, y a Farley no le gustó nada que uno de
los principales colaboradores del barracón de Alan durante la guerra apareciera
de repente para luego desaparecer con la misma celeridad. Por otra parte, en su
profesión siempre existía el riesgo de prestar atención a detalles que después
carecían de importancia, de modo que, a la espera de salir con Robert Somerset
a cenar, Farley volvió a «Balada de la cárcel de Reading», de Oscar Wilde. Se
sintió mejor, como si el dolor de otro hombre que había sido castigado por el
mismo delito que Turing de alguna manera lo tranquilizara.
****
No
está casada. No está casada. Era como si sintiera un hormigueo en todo el
cuerpo, y durante un buen rato deambuló sin rumbo, de un lado a otro, sólo para
sacudirse de encima toda esa energía que se había apoderado de su cuerpo, y por
un instante creyó dirigirse a Harrington & Hijos para hablar con ella, pero
poco a poco le abandonó el coraje. Era patético, la verdad, uno de esos
individuos que estaban llenos de buenos propósitos pero que en el momento
decisivo fallaban, de modo que ¿por qué iba a ser él diferente ahora con Julie?
No, no quería ir a la tienda, pero tampoco a la comisaría.
La
solución fue pasarse por la biblioteca. Desde esa misma mañana deseaba leer más
sobre el tema. Pero no resultó fácil encontrar algo. Un hombre joven que
llevaba gafas redondas y al que Corell no conocía de nada le devolvió una
mirada entre sorprendida y desconcertada sin dar muestras de haber entendido
siquiera la pregunta. «¿Qué quiere decir?», inquirió como si de algún modo se
tratara de una petición ofensiva, o como si Corell se refiriera a alguna otra
cosa completamente distinta, incluso indecente.
—También
se los denomina aparatos digitales —continuó el policía—. O computadoras. No
sé. Están trabajando en un proyecto importante en la Universidad de Mánchester.
¿No lo llaman MUC?
—Ah,
sí, ya…, ahora sí me suena —dijo el hombre con un entusiasmo repentino—. Espere
un momento.
Tras
consultarle a un compañero, regresó con una publicación de portadas negras y
blandas, posiblemente un folleto informativo, o algo destinado a uso escolar.
La prosa era sencilla, rayando en lo infantil. Corell se sentó en su lugar
habitual, junto a la ventana, para hojearlo. En el centro había una sección con
aburridas fotografías de una máquina grande e incomprensible. Aun así, al ver
una de las fotos se sobresaltó y durante un instante, antes de darse cuenta de
la banalidad del descubrimiento, creyó haber hallado algo muy importante. La
foto representaba a dos señores mayores sentados delante de algo que recordaba
a un televisor. Pero lo interesante era la tercera persona: un hombre joven y
moreno situado a la derecha de la foto e inclinado sobre la máquina. No cabía
duda de que ese hombre era Alan Turing. La foto se había hecho a bastante
distancia, pero Corell reconoció el perfil del matemático.
Pese
a que no se nombraba a Turing ni en el texto del pie de foto ni en toda la
publicación, Corell leyó sobre algunas otras cosas que al menos en parte
atrajeron su interés. Como confirmación de que el escrito iba destinado a
escolares, ponía que la máquina se llamaba el Cerdo Azul, sin que se explicara
la razón de tal nombre. No parecía azul. Ni tampoco se parecía a un cerdo. A lo
mejor sonaba como uno. Por lo visto, en un programa de radio la máquina había
cantado la canción infantil Baa Baa, Black Sheep y el tema de jazz In the Mood.
Podía silbar melodías y producir sensibleros poemas de amor:
Querida
amor mío:
Eres
mi amiga sentimientos. Mi calor se acerca curioso hacia tu deseo apasionado. Mi
amor añora tu corazón. Eres mi simpatía deseada; mi tierno amor.
Tu
bello MUC
Ésa
era la parte graciosa. La otra era que la máquina podía realizar sofisticados
cálculos matemáticos, y se utilizaba para importantes cuestiones de Estado o
industriales. El aparato representaba el futuro. Con ella, Gran Bretaña
recuperaría su legítimo lugar en el mundo. Era un texto muy propagandístico. A
Corell no le gustó el tono, parecía que hablara el Gran Hermano, y más que las
promesas de un futuro brillante, le interesaban los hilos que remontaban al
pasado: Corell leyó sobre un tal Charles Babbage, también un matemático de
Cambridge. Su trabajo databa de hacía cien años, en la infancia del
industrialismo, una época que Corell conocía bastante bien, quizá gracias a que
tanto su padre como Vicky le habían hablado mucho de Marx y Engels. Sabía que había
sido una época infernal. Y ahora descubría más cosas. Ponía que el número de
personas que morían en las fábricas superaba a los nacimientos en las ciudades,
y que una causa importante eran los fallos matemáticos. Resultaba necesario
recopilar una enorme cantidad de datos del tráfico ferroviario, del índice de
crecimiento de la población, del número de empleados, de la navegación
marítima, de todo tipo de cosas imaginables, y se cometían errores todo el
tiempo. Errores en las tablas y errores en los cálculos. Los trenes
colisionaban. Los barcos se hundían. Las personas morían en las fábricas, y eso
era un problema contra el que luchaba «el honorable Charles Babbage». «Era un
hombre renacentista», decían, una persona que se dedicaba a todo tipo de actividades,
entre otras, resolvió el «cifrado de Vigenère», algo que se consideró uno de
los avances más importantes dentro del criptoanálisis, y, además, le
interesaban las máquinas de vapor. Ojalá las máquinas de vapor pudieran
ayudarme con los cálculos, bromeó en una ocasión. Poco tiempo después tuvo
claro que no debía de ser imposible. Abandonó, ciertamente, la idea del vapor,
pero el sueño de una máquina capaz de realizar tareas incluso intelectuales lo
cautivó cada vez más y al final se puso manos a la obra. Hubo sobre todo una
idea fundamental que le hizo avanzar: la comprensión de que la mecánica puede
asimilar información con la condición de que el conocimiento se transformara en
ajustes y posiciones mecánicas. Pero intentó abarcar demasiado. Sus máquinas
nunca se terminaron. Se quedaron en meros sueños.
Corell
siguió leyendo acerca de otra persona que ganó un concurso que habían convocado
las autoridades norteamericanas a finales del siglo XIX con el objetivo de
elegir a quien pudiera llevar a cabo el mejor censo del enorme aluvión de
inmigrantes. Ese hombre se llamaba Herman Hollerith.
Hollerith
había inventado una máquina con tarjetas perforadas que registraban datos con
la ayuda de un sistema binario de números. La forma binaria era otra manera de
contar, o hablar. En lugar de muchos números y letras, se empleaban dos, el uno
y el cero, y, aunque sonaba primitivo y difícil de manejar, era un lenguaje que
se adecuaba a las máquinas. Con lo sencillo se puede decir lo complejo, como
había dicho Krause: en lo limitado se encuentra lo infinito. Los aparatos de
Hollerith se vendían a instituciones oficiales y a la industria, y constituyó
la base de esa empresa que se fundó en 1923 y que llegó a denominarse IBM. Sin
embargo, las construcciones de Hollerith eran bastante sencillas. No se trataba
de aparatos universales que sabían hacer de todo, por ejemplo, cantar canciones
infantiles o buscar nuevos números primos como la máquina de Mánchester. Cuanto
más avanzaba en la lectura, más seguro estaba Corell de que en los años treinta
y cuarenta debió de haberse dado un salto importante en el desarrollo, pero el
escrito no lo explicaba bien.
Eso,
por supuesto, podía deberse a diferentes factores, pero Corell —que no era
partidario de aceptar explicaciones banales— se convenció de que lo que había
sucedido durante la guerra era demasiado delicado y secreto como para recogerlo
en simples folletos informativos. De modo que su duda seguía sin resolverse:
¿qué habían hecho las condenadas máquinas? Quizá algo más estrictamente
matemático que lo que podía sospecharse en un principio. Hardy «se había
equivocado de plano, tanto como Wittgenstein» al decir que la verdadera
matemática no ejerció influencia alguna en la guerra. ¿Qué había querido decir
Krause con eso? ¡Difícilmente se ganan las batallas resolviendo el enigma de
Fermat o la conjetura de Goldbach! Pero a algo se había referido sin duda… ¿A qué?
Corell no tenía ni idea. Los pensamientos se agolparon en su cabeza. Intentó
razonar, pero ni siquiera estaba seguro de que la razón sirviera de nada en
este caso. Quizá debería, como en la nueva física, aventurarse hacia lo
inverosímil… ¡Tonterías! ¿Por qué se molestaba siquiera en intentarlo? Estaba
muy por encima de sus posibilidades. Era inútil, pero de todas formas la
respuesta parecía estar oculta delante de sus ojos, y durante un instante fue
lo bastante ingenuo como para pensar que iba a ser capaz de encontrarla. En
menos que canta un gallo pasó de un pensamiento relativamente sobrio acerca de
los posibles objetivos bélicos de las paradojas a las fantasías sobre la
recompensa que le darían por resolver el misterio, y el efecto que eso tendría en
Julie. Luego se desinfló. ¡Menudo mamarracho era! Nadie le había pedido que
encontrara la respuesta. Además, podría ser cualquier cosa, pues las máquinas
eran máquinas universales. Hacían lo que se les ordenaba que hicieran. Podía
tratarse de algún arma, de órbitas, lo que fuera. Lo mandó todo a la mierda,
¿por qué preocuparse por eso? La investigación se había cerrado. Se acabó.
Debería olvidarlo, pero aun así…, esas máquinas y las contradicciones y
problemas de donde habían surgido despertaron sus viejos sueños de los años en
Southport. De alguna manera, incluso le devolvieron una lejana y olvidada
esperanza. Sentía que le gustaba pensar en eso; se imaginaba incluso que se le
daba bien, y no le habría importado pasarse más horas en la biblioteca
razonando consigo mismo, pero tenía que volver a comisaría y estaba agotado.
Ocultó
el rostro entre las manos durante un segundo y le pareció que los dedos y la
cara se fundían, posiblemente hasta dio una cabezada. Una sensación onírica de
hallarse en una suerte de sopor despierto aún le embargaba cuando le devolvió
el folleto a una joven mujer en el mostrador. La mujer hizo un comentario que
Corell malinterpretó, pues entendió algo como «máquina compañera y dije tal»,
palabras raras que más bien parecían una continuación de sus imágenes oníricas,
y se quedó parado, dudando si debía pedirle que lo repitiera o no. Luego bajó
por la escalera curva hasta la calle soleada.
El
camino de grava crujía bajo sus pies como algo frágil que en cualquier momento
podía romperse, y su inquietud recrudeció. ¿Qué le pasaba? Pensaba una cosa y
luego hacía otra. No sólo había permitido que David Rowan se librara, sino que
también le había prometido que la investigación se cerraría, a pesar de que no
tenía la menor autoridad para hacerlo. Sandford podría encargarse personalmente
del caso cuando regresara de sus vacaciones. Corell no quería pensar en eso, ni
siquiera un segundo. ¿Debería meterse en un pub y tomarse una cerveza para
recuperar el equilibrio? No, ya había perdido un montón de tiempo y ahora tenía
que… Le vino a la memoria algo de lo que acababa de leer y, de pronto, una idea
clara y nítida se formó en su cabeza y alejó los últimos restos de la
ensoñación. La idea parecía brotar de la nada, pero tenía sus sinuosas raíces
en la infancia de Corell, cuando se entretenía con lenguajes secretos y a veces
cambiaba de orden las letras de su nombre —por ejemplo a ellorc eolarnd, que sonaba
como un mago árabe—, y en lo que había leído sobre Charles Babbage, el padre de
la máquina mecánica de múltiples usos, en parte por su nombre, que sonaba
divertido al pronunciarlo, pero también por el cifrado que empezaba con V y que
Charles Babbage había conseguido desenredar.
Sí,
Charles Babbage había descifrado un código. Había hecho todo tipo de cosas,
pero sobre todo había intentado construir una máquina universal y luego había
logrado resolver un cifrado especial. Eso no tenía por qué significar que
Turing también lo hubiera hecho, pero los códigos son necesarios cuando se
quiere mantener comunicaciones secretas, ¿y cuándo existe más necesidad de una
comunicación secreta que en una guerra? Habrán dedicado una energía
considerable a encriptar y aún más a procurar romper los códigos del enemigo.
¿Qué utilidad podían haber tenido un genio de las matemáticas y un maestro del
ajedrez para Inglaterra?
Pues
para el encriptado y el descifrado, para qué si no, y la máquina, esa
materialización de la lógica, también, y seguro que todavía se usaba para el
mismo fin. Incluso puede que fuera más importante ahora que nunca. Una nueva
guerra está en curso, pensó, una guerra fría que podía incendiarse en cualquier
momento y convertirse en la guerra más ardiente nunca vista. Se urdían planes
todo el tiempo, sin duda, y no se podía permitir la menor filtración, ya habían
sufrido suficiente daño: habían sido descubiertos espías, traidores
homosexuales se habían escapado en barco y en coche hasta la Unión Soviética.
Claro que había que actuar con secretismo, joder, y claro que resultaría
catastrófico, o fantástico, depende de la perspectiva desde la que se
contemplase el asunto, si algún secreto se difundiera.
Cayó
por tanto en la cuenta de que cualquier experto en criptografía debía ser una
persona muy valiosa, no sólo por sus conocimientos en la materia, sino también
por lo que había escuchado o leído durante su trabajo. ¿Quizá Alan Turing había
estado en posesión de secretos de Estado? Quizá sabía los nombres de espías
soviéticos y de filtraciones. En cualquier caso, había acudido a Oxford Road.
La máxima confidencialidad se había mezclado con la delincuencia más sórdida y
la ligereza de lengua. Podían haberlo extorsionado para que hablase. O podía
habérsele escapado algo al jactarse. ¿No había hablado de su cerebro
electrónico con Arnold Murray?
Corell
se preguntaba si él mismo no habría sido capaz de revelar secretos —si es que
los hubiera tenido— para seducir a una chica guapa como Julie, o sólo para
impresionar a alguien. Pero no, quería creer que no. No porque se considerara
una persona excesivamente fiable, pero llevaba tanto tiempo callado sobre todo
lo que tenía alguna importancia en su vida que lo más probable era que siguiera
así por pura inercia. ¿O no? Se estaba poniendo nervioso y apretó el paso.
No
lo aminoró hasta acercarse a la comisaría. Ya era tarde. La mayoría de sus
compañeros habrían vuelto a sus casas, y al fondo en el horizonte se veía que
empezaba a anochecer. Al lado de la entrada del edificio había dos chicos
jóvenes vestidos con monos grises barriendo trozos de cristal y restos de
basura. Se les notaba la humillación. Uno de ellos tenía las mejillas al rojo
vivo, como si acabara de recibir una bofetada.
—Vaya.
Vaya.
Corell
entendía por qué los chavales sufrían. Arriba, en el rellano de la escalera,
estaba Richard Ross en jarras, con un aspecto inusualmente alto y autoritario,
en parte porque la escalera lo alargaba, pero también porque la expresión de
sumisión en el rostro de los chicos reforzaba lo imperioso de su carácter. Ross
simplemente se crecía a costa de los chavales, y habría dado verdadero miedo si
no fuera porque la boca se le había torcido en una especie de sonrisa irónica,
un gesto burlón al revés, como si de una caricatura de periódico se tratara.
Parecía estar en una cruzada contra algo que no merecía ni cruzadas ni ese tipo
de gravedad.
— ¿Y
bien? —preguntó Ross.
—
¿Qué ha pasado?
—El
maldito cabrón ha vuelto a hacer de las suyas.
—Botellas
no le faltan, desde luego.
—No
intente hacerse el gracioso. ¿Qué tal le ha ido con el maricón? ¿Lo tiene?
Corell
negó con la cabeza.
—
¿Era un tipo duro?
—No
mucho.
—Pero
¿no ha querido confesar?
—Tenía
otra versión de la historia.
—
¿Que usted se ha creído?
—No
he podido rebatirla.
Richard
Ross lo miró airado.
— ¿Y
qué versión es ésa?
De
niño, Corell había tenido una extraña facilidad para la mentira, era capaz de
inventarse largas historias sin la menor dificultad, pero durante los últimos
años había perdido ese descaro. Por eso, la rapidez con la que fabricó una
mentira en ese momento le sorprendió.
—Había
practicado unos movimientos de baile con un joven colega.
—
¿Y? —bufó Ross.
—Creía
que la señora Duffy había confundido lo que era el propio baile con…
—
¿Con que se la metía por el culo? Venga, Corell, por favor…
—Por
desgracia, el testimonio de la mujer no es nada del otro jueves. Puro cotilleo,
me parece.
—Tampoco
hace falta ser Einstein para darse cuenta de que ese hombre es mariquita. ¡Sólo
hay que ver cómo se mueve, joder!
—Hay
muchos hombres que son un poco afeminados sin que por eso…
Como
envalentonado por su mentira, su osadía fue a más:
—Fíjese
en Hamersley, sin ir más lejos —continuó—. Es un poco amanerado en sus
movimientos. Pero no por eso tiene que ser…
Ross
se quedó perplejo unos instantes. Luego algo sucedió con su cara. Se le relajó
el gesto y apareció una gran sonrisa.
—Joder,
tiene razón. Es como para preguntarse… —exclamó, y pareció de pronto
verdaderamente animado. Miró casi con amabilidad a Corell, quien se apresuró a
aprovechar el momento.
—Pero
por supuesto podemos enviar a alguien más para que lo intente. El problema es
que ahora, tras la condena de Turing, creo que no hay maricón que no haya
aprendido a mantener la boca cerrada.
—No,
a mí me importa una mierda. Es cosa de Hamersley. Está hablando de hacer
limpieza. Suena como un auténtico predicador. Pero en realidad no tiene ni idea
del trabajo policial, ¿verdad? El muy sarasa. Ja, ja. ¡No me esperaba yo
semejante descaro por su parte, Corell! Y yo que pensaba que usted era el ojito
derecho del super jefe. No, a mí la verdad me preocupa más esta basura. Eh,
vosotros, eh, chicos, aquí al lado de la escalera también…
—Entonces…
—dijo Corell.
No
concluyó la frase. Se limitó a mover la cabeza en señal de saludo a Ross y echó
una ojeada compasiva hacia los limpiadores, quienes le devolvieron una tímida
mirada de complicidad. Una vez que se hubo sentado en su sitio en el
departamento de la Policía Criminal, tamborileó nervioso la mesa con el
bolígrafo. El bueno de Gladwin, que estaba fumando su pipa en la sala de
archivos, le saludó con la mano. Le devolvió el saludo. Luego sacó la carta
para leerla una vez más, línea por línea, como si buscara significados ocultos,
o como si incluso la considerara un código, un encriptado. Aunque no le aportó
información nueva, le dio la sensación de que la carta había cambiado, como si
después de la conversación con Krause se hubiese vuelto más dramática. Pero a
veces, Robin, a veces me pregunto si lo que desean no es en realidad verme
eliminado, fuera del escenario. Robin…, Robin Gandy se llamaba, ¿no? Se
mencionaba Leicester en la carta, sí, Leicester… Corell cogió el teléfono y
pidió a la operadora que le pusiera con la universidad de esa ciudad, y una vez
establecida la llamada preguntó si tenían algún empleado con el nombre de Robin
Gandy.
—
¿Quiere que le pase con él?
—No,
no —contestó—. Sólo quería saber si hay alguien con ese nombre.
Luego
pensó en la paradoja del mentiroso y en la nueva máquina. Se sumió en sus
pensamientos, pero no como un detective ni como un investigador que intentaba
desenmarañar los problemas, sino más bien como un hombre que quería comprender
algo acerca de sí mismo — ¿por qué me fascina tanto?—, y, de repente, le
entraron ganas de marcharse de viaje, de dejarse llevar por el misterio que
intuía. Se dio cuenta de que la carta en cierta manera constituía un billete
para irse lejos de Wilmslow y de Richard Ross.
Decidió
hacer uso de él.
Capítulo
24
Un
par de semanas más tarde, Leonard Corell caminaba por King’s Parade en
Cambridge, vestido con su nuevo traje de tweed gris y rojo, y, pese a sus
esfuerzos por aparentar ser un hombre de mundo, la ciudad le quitó el aliento,
como si fuera un chaval que salía del pueblo por primera vez. La belleza de la
ciudad lo hipnotizaba. Era como estar dentro de un cuadro. Todo estaba bien
ordenado y bonito. Esperaba que la gente lo viera como alguien culto, quizá un
joven catedrático de alguna asignatura humanista, teoría literaria, por
ejemplo. Intentó hacer que sus ojos brillasen, como los de una persona que
había leído mucho, y pensaba, probablemente sin el menor fundamento, que daba
la impresión de ser un tipo muy viajado, como alguien de un país del sur de
Europa que estaba de visita. Cuando un caballero bastante elegante le devolvió
la mirada desde un espejo en un escaparate, se le ocurrió que había traicionado
esa apariencia, y que esa apariencia no le había dado lo que prometía. No era
más que una fachada, pensó, alguien que pretendía ser más de lo que era.
Aunque
se esforzaba por mantener la cabeza erguida, al descubrir King’s College
irremediablemente se sintió pequeño, y no sólo por el encuentro que allí lo
esperaba. La entrada era magnífica. Ni siquiera de niño, cuando había ido allí
con su padre, lo había vivido como una cosa tan imponente. El césped junto a la
portalada brillaba en diferentes matices de verde y estaba tan bien cortado y
suave que se asemejaba al terciopelo. Al lado había un castaño grande, y detrás
se alzaba la enorme capilla con sus torres y almenas. Junto a la puerta se
apilaban las bicicletas en completo desorden y encima se veían el campanario y
los ornamentos de la fachada de piedra. Corell entró contento cuando un chico
rubio que debía de haberlo confundido con alguien lo saludó, pero también preso
de un miedo indeterminado a que lo arrestaran por intrusión ilícita. Un temor
absurdo, claro, no sólo porque era policía, sino porque King’s College era una
atracción turística. No se prohibía la entrada a nadie, pero de todos modos la
capilla y la fuente y el mundo protegido de allí dentro le causaban la
desagradable sensación de no pertenecer a ese lugar, y pensó si hubiera
podido…, si hubiera podido…, sin saber muy bien a lo que se refería. ¿Y ahora
adónde tenía que ir?
La
descripción que le habían dado por teléfono no le ayudó en nada, y se dio
cuenta de que echaba de menos a su tía, cosa que, por supuesto, resultaba
patética, pero no podía dejar de desear que lo hubiera acompañado para guiarlo.
Fue gracias a Vicky que había conseguido el día libre. Fue el descaro de su tía
lo que le había facilitado las cosas. Diles que me estoy muriendo, propuso.
«Pero no puedo decir una cosa así», le respondió él. «Sí puedes. Después
decimos que me he recuperado milagrosamente», y luego redactó una carta con
letra más temblorosa de lo habitual, en la que mencionaba la causa de su
inminente muerte: cáncer en los ganglios linfáticos. «Cuando mientes, hay que
dar siempre detalles exactos y un poco inesperados», y la cosa fue tan lejos que
incluso Richard Ross se mostró compasivo con él:
—Sé
lo que su tía significa para usted.
Miró
a su alrededor preguntándose si debía pedirle ayuda a alguien. No le dio
tiempo. Dos chicos salieron del edificio que se hallaba justo a la derecha:
«¿Qué busca?», preguntaron al mismo tiempo que lo miraban con un respeto que no
creía merecer, y estaba tan pendiente de la imagen que proyectaba que apenas
escuchó las indicaciones. Aun así, captó lo suficiente como para encontrar el
camino. Bodley’s Court era una vieja casa de piedra de color marrón rojizo,
situada bastante cerca, donde la hiedra rodeaba las ventanas y que tenía tres
chimeneas en el tejado de teja. Delante de la casa había unos bancos de madera
sobre un césped bien cuidado. En uno de ellos se había sentado un hombre de
pelo moreno y rizado que vestía una cazadora de cuero negra y pantalones
negros. Claramente, un motero, un tipo duro —llevaba pequeñas chapas metálicas
en los hombros—, sólo que este tipo duro escribía en un cuaderno y fumaba pipa
con una tranquilidad que desentonaba con la primera impresión. Tenía que ser
Robin Gandy. El cuerpo de Corell se tensó. Era cierto que el viaje lo había
entusiasmado, pero a la hora de la verdad su osadía le aterrorizaba. Era como
si lo empujaran a salir a un escenario donde no quería estar, y fue consciente
de que tenía que acabar con esa más o menos involuntaria charada que había
empezado por teléfono, cuando dijo que era policía y habían interpretado que
llamaba también en calidad de agente de la ley.
—Doctor
Gandy, supongo.
—
¿Oficial Corell?
—Sí,
pero…
No
continuó. Se sentía demasiado nervioso como para dar explicaciones —al menos
ésa era su excusa—, por lo que en su lugar se puso a hablar del tiempo y de su
viaje. Era raro que se vieran en Cambridge. El año anterior Robin Gandy había
presentado su tesis doctoral sobre algo relacionado con el fundamento lógico de
la física, y había empezado a trabajar en la Universidad de Leicester, con su
terrible abundancia de amantes, pero cuando hablaron de un posible lugar de
encuentro por teléfono, y Gandy dijo que iba a ir a Cambridge, Corell había
aceptado la propuesta enseguida. Sin el marco de Cambridge, el encuentro habría
sido muy diferente; aun así, en ese momento, cuando caminaban hacia el canal
que discurría delante de King’s College, Corell deseaba que el entorno hubiera
sido menos imponente. Todo se le antojaba revestido de una solemnidad
inquietante. Robin Gandy se mostraba callado y tímido, y encima de ellos
brillaba un cielo con motas grises. Un poco más allá iba un grupo de
monaguillos, como un detalle de otra época. Debería decirle ahora mismo que no
estoy aquí en calidad de policía, sino por interés personal… De nuevo no se
decidió; quizá quería realmente sacarle partido a la autoridad que su profesión
le confería.
—Tenía
algo para mí.
El
puente colgante sobre el canal chirrió bajo el peso de los dos hombres, y el
rostro de Robin Gandy se contrajo y de pronto guardó cierto parecido con un
pájaro.
—Sí
—dijo Corell, y acercó la mano a su bolsillo interior.
Durante
más de una semana había pensado en cómo interrogarlo acerca de la misiva. Pero
ahora se sentía poco preparado y sus movimientos se ralentizaron. Ya no sabía
qué era lo que esperaba conseguir. Metió despacio la mano en el bolsillo
interior. Se quedó petrificado. La carta no estaba. Buscó febrilmente, pero
allí no había nada. Tan sólo un sobre con botones de repuesto para el traje,
unos recibos y una moneda. Nervioso, lo sacó todo de golpe y faltó muy poco
para que se le cayera al agua, pero allí…, gracias a Dios. La tenía en la mano,
aunque estaba más arrugada que nunca. Se la tendió a Robin Gandy.
Éste
le dio las gracias, cruzó el puente, pasó unos rododendros, se acercó a un
sucio banco manchado con cagadas de pájaro y pintadas y se sentó para leerla.
Tardó una eternidad. A Corell le dio tiempo a repasar la carta dos veces en su
mente, a pensar en su padre, en los pájaros y en todo tipo de cosas antes de
que Robin Gandy alzara la vista de nuevo. Le temblaba la mano, su mirada era
distante, o pensativa, pero no dijo nada. Sus labios temblaban.
— ¿Y
bien? —dijo Corell.
—Y
bien, ¿qué? —replicó Gandy.
Había
irritación en su voz.
****
Desde
que el policía lo había llamado, la carta había adoptado formas diferentes en
su cabeza, apareciendo incluso en sus sueños. Mientras andaba por el sendero
acompañado del oficial Corell, que llevaba ese traje a todas luces demasiado
caro para alguien de su posición — ¿no les pagaban mal en el cuerpo de
policía?—, sintió unas ansias tremendas de leer la carta; sólo lo apaciguó el
creciente malestar que le provocaba la situación. Se dio cuenta de que los
encargados del caso debían de haberles dado la vuelta a todas y cada una de las
palabras de la carta. Seguro que contenía información sensible de algún tipo.
Si no, ¿por qué tomarse la molestia de venir a verlo? Lo peor, evidentemente,
sería que Alan, en un ataque de amargura o por descuido, hubiera violado el
secreto de guerra. Pero no, Robin se negaba a creer eso. Sólo se había
presentado un agente local, o alguien que se hacía pasar por tal. No parecía
una operación de mucha envergadura. Alan era precavido. Robin lo sabía mejor
que nadie. Pese a que habían sido íntimos amigos, nunca le había revelado nada
acerca de su trabajo secreto, pero Robin era lo suficientemente inteligente
como para deducir más o menos a qué se habían dedicado encima de la estación de
tren en Bletchley Park, en Buckinghamshire. Sin embargo, para no incomodar a su
amigo siempre había fingido no tener ni idea. Era un tema tabú en sus
conversaciones.
En
general, había facetas de Alan que Robin no había alcanzado a conocer, y
durante las últimas semanas eso le había causado una honda amargura. ¡Cuántas
cosas le habría gustado hacer de manera diferente! Debería haberle preguntado
en serio y no haberse contentado hasta recibir una respuesta: ¿cómo estás?
¿Cómo duermes? ¿Qué piensas de tu vida? Pero, al final, todo era lógica y
ciencia, claro, y demasiada broma. Con Alan resultaba difícil no adaptarse;
veías su intransigencia y enseguida querías ser igual. A ningún otro de sus
amigos había admirado tanto como a Alan. Tampoco ninguno había sido tan difícil
de comprender.
Ante
el encuentro con el policía, una multitud de recuerdos habían acudido a su
mente. Alan y él frente al tablero de ajedrez en Hanslope, una discusión
política en casa de Patrik Wilkinson en Cambridge, trasteando con los cubos en
Wilmslow, y los largos paseos por diferentes paisajes. Eran recuerdos de todo
lo imaginable que no encajaban. ¿Había conocido a Alan en realidad? ¿Había
alguien que hubiera llegado a conocerlo de verdad?
Cuando
Robin se enteró de que Alan al parecer se había suicidado, sólo quería gritar:
¡No, no! ¡Acabo de estar en su casa! ¡Se sentía muy bien! Es imposible. Le
invadió una rabia tan desaforada que se le metió en la cabeza que los servicios
de inteligencia británicos, o los norteamericanos, ¿por qué no?, lo habían
asesinado. ¿Acaso no había leído sobre Lavender Square, ese terrible proyecto
que pretendía eliminar a todos los homosexuales de los puestos importantes? ¿Y
en los últimos tiempos no había subido de tono el odio que se vertía contra los
que pensaban diferente y los que se salían de la norma? Pero cuando se calmó
comprendió que eso no sucedía aquí, no en Inglaterra. Alan era un recurso. Por
mucho que fuera detrás de chicos jóvenes, no era un hombre al que se quisiera
eliminar. A las autoridades no les quedaba más remedio que aguantar a tipos
como a Alan si querían resultados. Luego —por muy doloroso que resultara pensar
en ello— había otras cosas; sobre todo esa oscuridad que iba y venía de los ojos
azules de Alan. No, lo doloroso era más bien que Robin no había sospechado nada
hasta que fue demasiado tarde, y que nunca jamás se enteraría del motivo, a no
ser que…
—Tenía
algo para mí —dijo, y entonces el policía también se puso tenso.
Era
un hombre muy joven, con ojos oscuros e intensos que ora desviaban la mirada,
ora lo escrutaban, pero que en ese momento se mostraba extrañamente nervioso y
torpe. ¿Qué estaba haciendo? Le tendió los papeles y, Dios mío, ¡qué arrugados
estaban! Robin casi no quería ni mirarlos. Reconoció los trazos redondos en las
mayúsculas, que tanto contrastaban con el estilo comprimido en todo lo demás, y
durante un segundo le pareció ver el movimiento de la mano de Alan mientras
escribía. La carta ardía en sus manos, y con gran esfuerzo dirigió sus pasos a
un banco al otro lado del canal y empezó a leer.
El
tono melancólico del inicio le sorprendió. No sonaba a Alan. Los comentarios
personales, o incluso privados, solía dejarlos para el final. Pero quizá ésta
no era una misiva normal. Robin la ojeó rápido para ver si terminaba con alguna
decisión dramática… No, nada de eso, en absoluto. Más bien daba la impresión de
que Alan había dejado de escribir de golpe, cansado de sus palabras. Sin duda,
era una carta dirigida a Robin, sólo que más personal y más desnuda de lo
habitual.
Al
mismo tiempo había algo… Volvió a leerla, esta vez con mayor detenimiento, y
entonces cayó en la cuenta. Se había esperado algo redactado hacía poco, o
incluso el mismo día de su muerte, pero éste no era un documento reciente.
Hablaba de celebrar su tesis y de viajar a Grecia. La carta debía de ser de
hacía un año por lo menos, a todas luces anterior a las postales que había
recibido de Alan en el mes de marzo, las que llevaban el encabezamiento
«Mensaje del mundo no visto», y que no había entendido muy bien, más allá de
que hablaban de forma misteriosa y bella del Big Bang y los iconos de luz, y
que terminaban con las humorísticas palabras referidas a la observación de
Pauli sobre las partículas elementales: «El principio de exclusión se ha creado
únicamente por el bien de los electrones para que no se corrompan (y se
conviertan en dragones y demonios) y se asocien con demasiada libertad».
Ese
pasaje le había provocado una sonrisa. Lo había tomado como una broma, pero
quizá no fuera ésa la intención. Quizá los electrones fuesen una metáfora del
propio Alan. Estaba claro que había muchas cosas que Robin no había entendido.
Mirando hacia atrás, toda la vida de Turing se le antojaba llena de signos
ambiguos, y comprendió mejor que nunca que no los había interpretado bien. No
había tenido ni idea de hasta dónde llegaba el dolor de Alan, y ahora ya era
demasiado tarde, y, para colmo, había necesitado leer una carta que le
entregaron las fuerzas del orden, lo cual era una auténtica locura. ¿Qué
documento era éste realmente?
Algunas
cosas de la carta las conocía. Otras eran nuevas. La historia del amante
francés ya la había oído antes. En cambio, que Alan había tenido alguna misión
secreta también después de la guerra, con toda probabilidad al servicio del
Ministerio de Asuntos Exteriores, que había perdido por su orientación sexual,
eso era una novedad. ¿Qué podría haber sido? ¿Algo en la línea de lo que Alan
hacía en Bletchley? El principio de exclusión se ha creado únicamente por el
bien de los electrones. «Menudos imbéciles», pensó Robin. La carta temblaba en
sus manos. Las moscas zumbaban a su alrededor. Su enfado crecía, pero también
su preocupación. ¿Era una imprudencia por parte de Alan haber siquiera
mencionado esa misión? ¿Y de verdad lo había vigilado un hombre con un lunar
que se parecía a la letra sigma?¡Querido, querido Alan! Durante unos minutos
Robin no fue capaz de hacer nada y sólo de forma muy vaga se percató de que el
policía le decía algo:
— ¿Y
bien?
****
Una
suerte de atormentada reticencia había invadido a Robin Gandy, y Corell se
sintió indeciso. A pesar de haberse preparado a conciencia para este momento,
ahora no tenía ni idea de cómo empezar. Dijera lo que dijese sonaría mal.
—
¿Qué opina? —dijo.
—Lo
cierto es que no lo sé.
—Entiendo
que es difícil.
—Tampoco
es que me entusiasme la idea de interpretar la carta para la policía. Me
imagino que se redactó con un estado de ánimo especial que no tiene por qué ser
muy característico de él.
—La
vida como «un teatro para ocultar otro». ¿Qué podría querer decir con eso?
—intentó Corell.
—
¿Usted qué cree?
Menuda
respuesta. ¿Cómo coño iba a saberlo Corell?
—Ni
idea —contestó—. Puede que la vida sea un teatro, pero no necesariamente uno
que oculta otro.
—No
necesariamente, no.
—Quizá
tenía muchas cosas que ocultar.
—Eso
no lo sé —respondió Gandy con sequedad.
—No
quiero decir que tuviera ningún cadáver en el armario. Más bien que le imponían
que ocultara ciertas cosas, que interpretara un teatro, por decirlo de alguna
manera.
—Alan
era un actor pésimo.
—¿Por
qué dice eso?
—Porque
es verdad —continuó Gandy malhumorado.
—
¿Cómo?
—
¿Qué quiere que le diga? A Alan le costaba adaptarse a su entorno. Era incapaz
de actuar para quedar bien. Se quedaba al margen.
—Atraía
la atención de otra manera.
Robin
Gandy sonrió y suspiró. Con un movimiento fatigado que por un momento le hizo
parecer viejo, se levantó y echó a andar.
—Creo
más bien que Alan nunca consiguió que realmente lo vieran —declaró.
—Pero
le fue bastante bien de todas maneras.
—
¿Sí? ¿Usted cree?
—Intelectualmente
hablando —precisó Corell.
—Sí,
la falta de arrojo la compensaba con otras cosas.
—¿Con
qué?
—Con
independencia. Pero eso no hace la vida más fácil precisamente.
—
¿Qué quiere decir?
—Pues
quizá que un poco más de teatro y de adaptación al juego social le habrían ido
bien, yo qué sé… Alan era demasiado sincero.
—Eso
le honra.
—No
a los ojos de la sociedad.
—
¿No?
—Para
un hombre homosexual no hay nada más imperdonable que la sinceridad, ¿no?
Mientras siga disimulando está fuera de peligro. Pero, como ya he dicho, Alan
no era buen actor. Por desgracia.
Robin
Gandy dobló la carta con la intención de metérsela en el bolsillo.
Corell
lo detuvo.
—Me
temo que es propiedad de la policía —dijo.
Se
preguntaba qué diablos estaba haciendo. En lugar de dejar las cosas bien
claras, se hundía más y más en su charada, y eso era lo último que quería, pero
la idea de perder esa carta le molestaba sobremanera.
—¿Ah,
sí?… Bueno… Es que creía que… —Gandy parecía decepcionado.
—Muchas
gracias. Apreciamos que lo entienda. Turing habla de asuntos secretos —continuó
Corell, ahora más formal como si la nueva situación lo exigiera.
— ¡Y
los secretos poseen esa curiosa característica de que no se sabe qué esconden!
—respondió Gandy igual de formal.
Era
un comentario que se merecía, pensó Corell. Ya no albergaba esperanzas de poder
sacar nada valioso del encuentro. Más bien tendría que contentarse con ser
capaz de marcharse de allí sin hacer más el ridículo, por lo que, en un tibio
intento de salvar la situación y para no parecer indeciso, hizo unas preguntas
sobre detalles de la carta. Pero no sacó nada en claro, aparte de la
información de que Hanslope era un lugar, aunque eso ya lo sabía, lo había
buscado en una enciclopedia. Si bien pensó en despedirse ya y regresar a casa,
intentó charlar un poco para aligerar la tensión que había en el ambiente.
Robin Gandy respondía, a pesar de todo, con razonable simpatía a sus intentos,
y escuchaba con atención la descripción de Corell de las circunstancias en
Adlington Road, y al final llegó un punto en el que la conversación dio un
giro, o al menos entró en un ritmo más distendido y de mayor confianza.
Entonces ya iban de regreso al centro de la ciudad, y a lo lejos se oía una
trompeta.
—Usted
estuvo allí, poco tiempo antes, ¿verdad?
—Sí…,
cierto.
Robin
Gandy empezó a hablar como si no tuviera a su lado a un agente de policía.
Alan
se había mostrado igual que siempre, dijo, bromeando, riéndose con su risa
entrecortada, hablando de lógica y de matemáticas. Habían intentado fabricar un
herbicida no tóxico, que habían metido en cubos en ese cuarto que había
convertido en laboratorio en la planta de arriba, seguramente los mismos cubos
que había visto Corell. Robin Gandy no había notado nada que pudiera sugerir
una crisis o un inminente suicidio, explicó, en ese momento no, pero después
sí, claro, cuando ató cabos: miradas, algunas líneas en una postal, y luego la
manzana.
¿La
manzana? Corell se sobresaltó.
—
¿Qué pasaba con la manzana? —preguntó.
—Durante
la guerra, cuando trabajábamos juntos, Alan se comía una manzana todas las
noches. Escribe sobre eso en la carta —contestó Robin. No era la respuesta
reveladora que Corell había deseado y tampoco, al parecer, todo lo que Robin
quería decir. Sólo era el preludio, una apertura distraída—. Y luego pensé en
Blancanieves —continuó.
—
¿Blancanieves?
—Sí.
—
¿Como un símbolo de la inocencia?
—No,
en el mismo personaje de Blancanieves, la de los enanos. O más específicamente
la de la película de Disney, la que se estrenó justo antes de la guerra.
Corell
no la había visto. Antes del estallido de la guerra no era una época en la que
podían permitirse ir al cine en Southport, y además tampoco se acordaba muy
bien del cuento, quizá lo confundía con la Bella Durmiente. Espejito, espejito
mágico en la pared…,¿quién dice eso?
—
¿Qué le ha hecho pensar en esa película?
—A
Alan le encantaba. La veía una y otra vez.
—
¿Una película infantil?
—Alan
era bastante infantil. Pero es una película infantil muy divertida —dijo Robin
Gandy—. Y además tiene partes más oscuras, y una de ellas, no sé… No quiero
darle demasiada importancia, sólo me ha venido a la cabeza. Seguro que no es
nada, pero en una escena de la película, la bruja saca una manzana y luego la
sumerge en un caldero lleno de veneno mientras murmura un conjuro.
—Un
conjuro —repitió Corell, y se acordó de algo.
—Sí,
y dice algo así…, a ver: «Sumerge la manzana en ese mejunje, deja que la muerte
durmiente comience».
Corell
miró asombrado a Robin Gandy.
—Y
luego, en el caldero, la manzana se convierte en una calavera —continuó—, y la
bruja le espeta a su pequeño y lisonjero cuervo: «Mira la piel. Un símbolo que
lo encierra. Manzana, enrojece. ¡Tienta a Blancanieves! Haz que no pueda
resistirse a morderte».
—
¡Se lo sabe de memoria!
—Alan
lo recitó en varias ocasiones. Le gustaba la música de las palabras. Lo
susurraba como una fórmula mágica.
—Y
está diciendo que…
—No,
no estoy diciendo nada. No tengo ni idea de lo que habrá pasado ni en qué puede
haber pensado. Sólo digo que me he acordado de esa escena, eso es todo, y
luego…
Un
atisbo de inquietud o de tristeza apareció en la cara de Gandy.
—Y
luego recibí una carta —continuó.
—
¿De quién?
—De
un viejo conocido de Alan, y me contó que Alan había hablado de un método para
quitarse la vida con una manzana y unos cables eléctricos, no sé exactamente
cómo. Es cierto que fue hace bastante tiempo, pero aun así…
Corell
se acordó de los cables que colgaban del techo en la casa de Adlington Road, y
luego del caldero con veneno y de la sensación que le invadió como de haber
entrado en algo enfermizo y perverso.
—
¿Había algo en concreto, aparte de todos sus demás problemas, que podría
haberle hecho traspasar esa frontera?
—Que
yo sepa no.
—A
juzgar por la carta, da la impresión de haberse sentido cercado, como limitado.
—Tal
vez.
Robin
Gandy pareció volver a su anterior parquedad de palabras. Era como si de pronto
se arrepintiera de haber hablado.
—Turing
escribió que tenía miedo de que ellos fueran también a por usted —dijo Corell,
aunque nada más decirlo se le antojó que sonaba entrometido y le pareció un
error.
Pero,
para su asombro, el lógico sonrió, no fue una sonrisa demasiado cálida, cierto,
pero tampoco sarcástica en exceso. Más bien se trataba de una sonrisa que
delataba orgullo a la par que rebeldía.
—
¿No resulta obvio?
—
¿El qué?
—Que
soy simpatizante. Que he sido miembro del partido comunista.
Corell
no entendía en absoluto por qué eso debía resultarle obvio.
—De
modo que… —empezó.
—Me
he tomado algún que otro gin-tonic con Guy Burgess. Sí. En resumen, que soy un
enorme peligro para la seguridad nacional. Esa gente de bien debería sin duda
venir a por mí también, en eso Alan llevaba razón —continuó Robin Gandy con tal
sarcasmo que Corell de manera instintiva intentó hacerse el mundano—. No ponga
esa cara de sorpresa. No he hecho nada —añadió sonriendo Gandy.
—
¿Sigue siendo comunista? —preguntó Corell sin que le gustara cómo sonaba su
tono de voz esta vez tampoco, demasiado ingenuo.
—Sí
—reconoció Robin Gandy—, supongo que sí, o no, eso depende, pero debe entender
que cuando llegué a Cambridge en 1936 empezaron a formarse células comunistas
por todas partes. Profesores, estudiantes, catedráticos, todo el mundo se
apuntaba. ¿Dónde estaba usted a finales de los años treinta?
Corell
se sobresaltó. A finales de los años treinta era todavía muy joven, y si la
pregunta de Gandy tenía que ver con el compromiso político, no había gran cosa
de la que enorgullecerse, y por eso se limitó a responder con vaguedades.
Afortunadamente, Robin Gandy no parecía prestarle ya mucha atención.
—Si
querías lograr algo en los años treinta, el comunismo era la única alternativa.
Al menos así lo veía yo —continuó—. Los rojos eran los únicos que estaban
dispuestos a jugársela por algo, y ya sabe, no queríamos sólo hablar. Queríamos
hacer algo. Yo tenía un amigo, John Cornford, que se fue a España y murió en
Córdoba un par de días antes de cumplir los veintiuno. ¿Se puede hacer una idea
de cómo hablábamos de él?
Corell
dijo que sí que se lo podía imaginar.
—En
aquel entonces yo estudiaba física —siguió Robin Gandy—. Y la física nos enseñó
que ya no se podía ver el mundo como antes. El tiempo no era un valor absoluto,
ni el espacio tampoco. Tantas cosas que se habían considerado incuestionables
resultaron ser falsas o sólo parcialmente verdaderas, y nos pareció lógico que
eso también se aplicara a la política.
—
¿Querían que estuviéramos como en la Unión Soviética?
—Algunos
quizá sí —dijo Gandy—. Pero la mayoría de nosotros consideraba el comunismo
como algo independiente de Moscú, como una fuerza que barría el mundo y que lo
haría más libre y más igualitario. Algunos sin duda veían una dimensión
religiosa en todo aquello.
Corell
se acordó de lo que Somerset le había dicho.
—Y
eso lo aprovecharon los rusos.
—Supongo
que sí.
Pasaron
por delante de una pequeña y angulosa iglesia, y luego al lado de un letrero:
HACIA MADINGLEY. Parecían dirigirse fuera de la ciudad. Delante de ellos se
extendían unos campos amarillos. Caminaron en silencio durante un rato.
—
¿Conoció a algún agente soviético? —preguntó Corell.
—Que
yo sepa no —contestó Gandy.
Dio
la impresión de no querer seguir hablando del tema, pero de pronto volvió a
cambiar de actitud y dijo que naturalmente se cuchicheaba que éste y aquél eran
miembros del partido o agentes de los rusos, y a veces ocurría que algún
marxista convencido de repente se hacía reaccionario, y entonces los rumores se
intensificaban aún más.
—
¿Por qué?
—Porque
decían que ése era el procedimiento habitual. Si te reclutaban, debías
renunciar al comunismo, acercarte a la línea política gubernamental para poder
hacer carrera y llegar a tener acceso a material sensible. Un espía exitoso no
puede ir por ahí con la palabra comunista estampada en la frente. Por eso lo de
Burgess es aún más raro.
—
¿Qué quiere decir? —preguntó Corell.
—Es
que siempre fue un tipo tan obvio… Rojo, borracho y escandaloso. De todos
nosotros era el menos apropiado para ser un espía. No entiendo que los rusos
quisieran tener nada que ver con él.
—Tenía
su programa en la BBC, «Westminster…» algo… ¿No llegó a entrevistar a Winston
Churchill en alguna ocasión?
—Tonto
no era, eso desde luego. Pero es que llamaba tantísimo la atención…
—Y
homosexual —intentó Corell.
—
¡Ya lo creo, hasta la médula!
—
¿Fueron muchos?
—
¿Cómo?
—Si
fueron muchos los homosexuales que se hicieron comunistas —precisó Corell.
—No
lo sé —dijo Gandy con amargura.
—He
oído que a muchos de ellos los atrajo la ideología.
—¡Bobadas!
—Bueno,
puede, pero…
—No
son más que prejuicios y tonterías. Pero quizá tenga usted razón en el sentido
de que —continuó Robin Gandy, de nuevo más amable— muchos homosexuales se
sentían rechazados, marginados por la sociedad. Christopher Isherwood escribió
en algún sitio que estaba tan rabioso por toda la mierda que la sociedad y los
padres le exigían que quería vengarse y darle la vuelta a todo. A la política,
al amor, a la literatura. Quizá había más gente que se sentía como él.
— ¿Y
Turing?
—Él
era homosexual, sin duda alguna.
— ¿Y
comunista?
—Para
nada. En absoluto. Dios mío, ¿de dónde ha sacado eso?
—Hay
gente que ha insinuado que…
—¿Quién?
Chorradas. Alan era tan apolítico que resultaba incómodo. Se mantenía
totalmente al margen de la política. Era todo menos una persona propensa a
dejarse llevar por una idea política. Era muy suyo.
—Ya
me voy dando cuenta.
—
¿Seguro? Porque eso es lo que más me cuesta comprender a mí. ¿Cómo podía pensar
de forma tan radicalmente diferente a todos los demás? ¿Cómo podía, por
ejemplo, ocurrírsele algo tan peculiar como que el cerebro es calculable y que
debía ser posible imitarlo? ¿Qué me dice?, ¿damos la vuelta?
—
¿Perdón?
—
¿Que si quiere que volvamos al centro?
—Sí,
claro —dijo Corell pensativo—. Pero ¿qué es lo que ha dicho? ¿Pensaba Turing
que el cerebro era calculable y que se podía…?
****
Lo
que menos le apetecía a Robin Gandy era meterse en el papel de profesor. Otras
preocupaciones ocupaban su cabeza, de modo que no dijo nada. Intentó ignorar la
pregunta, pero cuando el policía insistió, empezó a hablar con desgana y de la
forma más sencilla posible. Pero se sorprendió. El joven agente —que un momento
le irritaba para en el próximo despertar sus sentimientos paternales— ya estaba
al tanto de Computable Numbers y de bastantes más cosas dentro de la lógica.
Asimilaba con sorprendente facilidad todo lo que Gandy decía, y al final Robin
dijo algunas cosas que incluso le asombraron a él mismo.
—En
cierta manera, Alan estaba predestinado a tener ese pensamiento. A veces he
llegado a preguntarme si no nació de su viejo amor frustrado. Cuando Alan tenía
diecisiete años se enamoró de un chico que se llamaba Christopher. Decía que lo
adoraba, que besaba la tierra que pisaba.
—Christopher
—murmuró pensativo el policía.
—Eso
es, Christopher Morcom. Era un estudiante brillante e hizo que Alan se aplicara
más y que dejara de ser un desastre en el colegio. Hicieron la solicitud para
ir a Cambridge juntos. Poco tiempo después Christopher murió a causa de una
especie de tuberculosis transmitida por la leche. Fue un golpe terrible. Alan
se desesperó. No soportaba la idea de que Christopher hubiera muerto. Quería
que el amigo siguiese vivo, a toda costa, pero como no le gustaba la cháchara
cristiana sobre el alma eterna, lo resolvió a su manera. Escribió un trabajo
científico. Quizá usted haya oído hablar del conflicto entre el determinismo y
la libre voluntad: ¿cómo es posible que el ser humano que vive en un universo
regido por leyes físicas sea aun así independiente y libre? Cuando se hicieron
los descubrimientos de mecánica cuántica a principios del siglo XX, algunos
pensaron que habían encontrado la respuesta a la pregunta. Las partículas en el
núcleo atómico parecían, al menos contempladas individualmente, no tener un patrón
de movimientos predeterminado. Una a una se antojaban igual de caprichosas que
el ser humano. Por eso a Einstein, el empedernido determinista, no le gustaba
mucho la mecánica cuántica. No soportaba el caos. Quería que el microcosmos
estuviera igual de bellamente ordenado que el universo en su teoría de la
relatividad. Sin embargo, para el joven Alan supuso una fuente de inspiración.
El alma, escribió, no es más que un cierto conjunto de átomos en nuestro
cerebro que gracias a su independencia rige las demás partículas del cuerpo.
Después de nuestra muerte, nos abandonan y buscan otro hogar. Era un poco
místico. De adulto ese texto le daba vergüenza, claro. Pero lo singular del
escrito es que se interesaba por cómo los átomos de nuestro cerebro se
relacionan entre ellos, y eso le ayudó a avanzar.
—
¿Cómo?
—Le
dio una visión materialista de la biología. O quizá debería decir mecánica, o
incluso matemática. Cuando escribió Computable Numbers decidió primero qué
números eran computables, cuáles podían ser calculados con un simple algoritmo,
y aunque veía las limitaciones de un método así, le interesaba sobre todo…
—Por
el potencial que tenía.
—
¡Exacto! Entendió que lo calculable, lo que podemos introducir en una máquina,
podría ser capaz de hacer tantas cosas más… Es cierto que no llegó de inmediato
a esa peculiar idea de que el cerebro es mecánico. Durante sus estudios en
Princeton más bien creía en la hipótesis de que existían detalles intuitivos en
nuestra manera de pensar que eran de un tipo completamente diferente. Pero
después su planteamiento cambió y creo que tuvo que ver con que aprendió más en
el campo de la electrónica. Se dio cuenta de todo lo que se ganaría si el
proceso pudiera ir a la velocidad de la luz.
—Entonces
la simple conexión entre los polos alcanzaría con gran rapidez lo complejo y lo
ingenioso —intervino el policía.
—Sí,
el tictac inánime de un aparato quizá incluso podría llegar a expresar lo
emocional. Cuando Alan, poco tiempo después de la guerra, empezó a pensar las
bases de lo que hoy llamamos la computadora digital, no mostraba especial
interés por las consecuencias prácticas, como las posibilidades de calcular
cómo crear nuevas y disparatadas bombas. Desde el primer momento buscaba algo
del todo diferente.
—
¿Como qué?
—Como
tratar de imitar el pensamiento.
—Suena
absurdo.
—Y
lo era. Pero debe entender que, cuando Alan aprendió más acerca de nuestro
cerebro, cómo millones y millones de neuronas están conectadas entre sí, vio
similitudes con su máquina; tampoco es que diera demasiada importancia a esa
comparación, en absoluto, pero pensó que todas esas conexiones difícilmente
podían funcionar si no se apoyaban en una base lógica. Y lo lógico se
caracteriza por poder dividirse e imitarse, y por eso es calculable. A buen
seguro ahí había ciertos aspectos de física cuántica que podían complicar la
cosa, y creo que hacia el final de su vida ese tipo de pensamientos eran cada
vez más recurrentes, pero entonces también aumentaba su convencimiento de que
todo en nuestro pensar es de alguna manera mecánico, incluso nuestra intuición y
nuestros momentos de inspiración artística.
—
¿Cómo diablos…? —interrumpió Corell.
—Creo
que se imaginaba que los momentos creativos eran mecánica oculta. Hablaba de
máquinas discretas. Pensemos, por ejemplo, en un interruptor. Pulsas el botón y
tienes la sensación de que la luz se enciende de inmediato, como por arte de
magia, ¿no? Pero en realidad ha tenido lugar un proceso. Los electrones se han
desplazado por un conducto. Han pasado bastantes cosas de las que no nos hemos
percatado. Alan se imaginaba que el cerebro funcionaba de una manera parecida.
De repente se nos ocurre una idea y creemos que viene de la nada. Pero ahí
detrás hay un proceso, un patrón, que sería posible describir. El hecho de que
todo vaya rápido no quiere decir que no sea mecánico.
—No
puede haberlo dicho en serio.
—Absolutamente
en serio. Dijo que dentro de cincuenta o cien años, mencionó dos momentos en el
tiempo, deberíamos ser capaces de crear una máquina que fuera inteligente en el
mismo sentido que usted y yo lo somos, o que al menos se comportase como si lo fuera,
y eso, desde luego, supuso una provocación para mucha gente. Algunos decían que
sí, claro, que es posible que el cerebro tenga ciertas estructuras lógicas que
puedan imitarse, pero su verdadera y más profunda esencia es algo diferente y
más grande. Alan les respondía hablando de cebollas. Decía que el cerebro quizá
es como una cebolla. Imagínese un hombre que nunca ha visto una cebolla. Va
quitándole capa tras capa y piensa: «Pronto llegaré al núcleo, a lo importante
de esta verdura», pero al final el hombre lo ha quitado todo y ya no queda
nada. La cebolla no consistía en ninguna otra cosa aparte de sus capas, y de la
misma manera Alan pensaba que el cerebro no tenía ningún núcleo, ningún secreto
interior, sino que sólo lo conformaban sus partes y las conexiones entre ellas.
Alan se negaba a creer que la inteligencia fuera algo exclusivamente humano,
algo que sólo puede surgir en aquello que se asemeja a una gran ración de
gachas.
—
¿Gachas?
—Según
él, nuestro cerebro tenía ese aspecto, gris y poco apetecible. Pensaba que la
inteligencia también podía surgir de otras estructuras, de otra materia, por
ejemplo, de la lógica binaria de una máquina electrónica, y se negaba a definir
la inteligencia en términos demasiado limitados. Si alguien sabía que la
normalidad humana no podía constituir el único criterio, era Alan.
—
¿En qué sentido?
—Estaba
acostumbrado a sentirse diferente. Aunque sorprenda, le resultaba fácil ponerse
del lado de la máquina.
El
policía parecía desconcertado, y Robin se esforzó en encontrar la manera
adecuada de formularlo.
—Quería
decir que no debíamos discriminar a las máquinas a la hora de hablar de
inteligencia. A veces me he llegado a preguntar, aunque quizá sea injusto con
él, si no soñaba con máquinas pensantes porque sabía que nunca iba a formar una
familia. El sueño de un aparato inteligente era su sueño de tener un niño, no
en el sentido de que sus teorías fueran oníricas, para nada. Era extremadamente
objetivo y factual, pero su delicada posición, esa sensación de estar siempre
al margen, le capacitó de un modo especial para ver las cosas también desde el
punto de vista de una máquina. Después de la publicación del libro de Norbert
Wiener Cybernetics, surgió un debate, bastante sensacionalista, por cierto,
centrado en la cuestión de si podemos siquiera hablar de máquinas pensantes. Un
investigador del cerebro, el neurólogo llamado Geoffrey Jefferson, adoptó
enseguida una postura a favor de lo humano. «Hasta que una máquina no pueda
sonrojarse o escribir un soneto o una sinfonía y disfrutar de la caricia de una
mujer y sentir arrepentimiento y alegría, no podemos considerar que sea
inteligente como un ser humano», dijo. Alan lo encontró profundamente injusto.
—
¿En qué sentido?
—Para
empezar, tampoco Alan podía disfrutar de la caricia de una mujer. ¿Y escribir
una sinfonía? ¿Quién es capaz de una cosa así? ¿Usted puede hacerlo? No se
puede definir la inteligencia de un modo tan limitado, decía. Incluso pensó que
Jefferson era injusto en su gusto por los sonetos, ya que un soneto escrito por
una máquina lo entendería mejor otra máquina.
—
¡Perdón!
—Sí,
si las máquinas pueden aprender a pensar, resulta razonable creer que tendrán
preferencias distintas a las nuestras. Alan quería demostrar que no debemos
convertirnos en la norma. Una máquina puede ser pensante sin que sea como usted
o como yo. Ni siquiera tienen por qué gustarle las fresas con nata. Por lo
demás, no pretendía que la máquina fuera superdotada. Era suficiente con una
que fuese igual de lista que el típico hombre de negocios norteamericano,
decía. En todo caso, elaboró un test.
—
¿Un test?
—Un
test para decidir cuándo la máquina debía considerarse inteligente. Alan
escribió sobre eso en la revista Mind. Si le interesa, puedo hacerle llegar el
artículo, la verdad es que es bastante divertido —dijo Robin con una buena
voluntad que no acababa de entender del todo, pero había algo en el policía que
despertaba su confianza.
Dejó
incluso de preocuparse por la posibilidad de que surgiera alguna sorpresa
desagradable. Más bien le parecía que el policía sólo sentía una curiosidad
general por el personaje de Alan Turing, y que más que un policía se trataba de
un estudiante ávido de aprender, y por eso Robin se asombró tanto cuando la
conversación de repente tomó otros derroteros.
«No
es posible», pensó durante unos vertiginosos segundos.
Capítulo
25
El
trasiego de gente a su alrededor era cada vez mayor. Caminaron por calles
empedradas, pasando por torres y edificios bonitos. De vez en cuando se
cruzaban con personas que saludaban a Robin Gandy, y Corell volvió a
embriagarse de la situación y se preguntaba hasta qué punto su traje y su
compañía lograban engañar al entorno. ¿No lo miraban las mujeres de otra
manera? Creía que sí, pero también se sentía como un actor que sólo se
encuentra seguro mientras representa su papel. El doctor Gandy hablaba de un
test que determinaría si una máquina podía pensar o no.
—No
me importaría leerlo —indicó Corell.
—Muy
bien. Entonces me aseguraré de hacérselo llegar.
—Me
interesa especialmente lo que Alan hizo durante la guerra.
—
¿Ah, sí? —dijo Gandy.
—Sé
que descifró los códigos de los nazis gracias a sus máquinas —continuó como si
todo el mundo estuviera al corriente de eso, y tardó un poco en darse cuenta de
la osadía de su comentario.
Al
fin y al cabo no sabía nada, nada de nada. Que Turing hubiera trabajado con
análisis criptográfico no era más que una conjetura, una suposición sin
fundamento. No, simplemente no podía ser verdad. Era una especulación demasiado
arriesgada. Corell no esperaba más que incredulidad por parte de Gandy, o
incluso arrogancia y, en efecto, le pareció ver una sonrisa paternalista. Se
mordió el labio al mismo tiempo que se sonrojaba un poco. Pero luego reparó en
otra cosa: una sospecha, una sombra que cruzó el rostro del lógico. Quizá Gandy
no estuviera tan seguro de sí mismo a pesar de todo.
—
¿Quién? —dijo, sólo eso, nada más, pero Corell comprendió que la frase completa
sería: «¿Quién ha dicho eso?». Le invadió una sensación de triunfo, y respondió
teniendo mucho cuidado en no mostrarse victorioso ni complacido:
—Eso
no se lo puedo decir.
Pero,
aun así, sonó como si sus contactos fueran muy importantes.
****
Robin
Gandy no sabía si Alan Turing había logrado descifrar códigos nazis o no. Sólo
tenía entendido que su amigo había trabajado con análisis criptográfico en
Bletchley Park, o en la Estación X, como también se la denominaba. Aparte de
eso, Robin no estaba en posesión de más detalles; o sí, sabía que Alan había
tenido éxito. Cuando se vieron en Hanslope en 1944, Turing había alcanzado un
nuevo estatus. Resultaba evidente en las miradas de los colegas, en los
cuchicheos y los apodos. Turing era el Maestro, y se decía de él que había ido
a Estados Unidos, haciéndoles a los norteamericanos así un «regalo
valiosísimo», y de alguna manera eso se había reflejado en su mirada. No porque
se hubiera mostrado petulante o engreído, pero se le veía con más autoestima.
Era como si de una vez por todas hubiese decidido dejar de avergonzarse de ser
quien era.
Hanslope
Park era una vieja mansión que desde 1941 pertenecía a los servicios de
inteligencia y que se utilizaba como laboratorio de experimentos con todo tipo
de máquinas y construcciones electrónicas. En una etapa anterior de la guerra,
Robin había investigado sobre la comunicación radiofónica y el radar. En
Hanslope se convirtió en ayudante dentro del proyecto de Alan Turing para
desarrollar un aparato de encriptado de voces, destinado a las deliberaciones
telefónicas de Churchill y Roosevelt. A Robin le gustaba el trabajo. La guerra
estaba entrando en su fase final y todo parecía indicar que iba a sobrevivir
—cuando en su momento lo llamaron a filas, lo consideró como una sentencia de
muerte—, pero sobre todo era un trabajo estimulante. Alan lo captaba todo muy
rápido. Trabajaban mucho, pero también había tiempo para bromas y a menudo su
cometido parecía un juego, un juego extremadamente serio, cierto, cuyo fin era
desarrollar algo extraordinario, y a veces por las noches Alan les daba
conferencias sobre matemáticas. De vez en cuando tomaban copas en las fiestas
en la sala de oficiales. Era una vida estupenda. Pero un día todo estuvo a
punto de irse al garete.
Fue
a principios de verano, en la primera época de su colaboración. La noche
anterior habían salido a recoger setas. Alan había estado buscando, en vano,
oronja roja, Amanita phalloides, y por la mañana habían trabajado como siempre
con Dalila, nombre que Robin le había puesto al aparato de encriptado de voces,
por la mujer en la Biblia que traiciona a Sansón. Donald Bayley también estaba.
Donald, el otro ayudante del proyecto, había ido a un colegio público normal y
después había estudiado ingeniería electrónica en la Universidad de Birmingham.
Era un hombre que había llevado una vida muy alejada de los ambientes de King’s
College y que sólo conocía a los homosexuales como objeto de malvados chistes
en el colegio y torpes eufemismos en la prensa, pero ahora iba a tener la
oportunidad de llegar a conocer bien a uno de ellos. Alan Turing dijo de
repente:
—Por
cierto, soy homosexual.
A
Robin nunca le quedó clara la intención de esa confesión. Quizá Alan esperaba
que así crearía un ambiente de mayor confianza o simplemente quería poner todas
las cartas sobre la mesa. Donald Bayley reaccionó con una aversión inmediata:
—
¿Qué coño estás diciendo? ¿Estás loco?
Más
tarde Bayley explicó que no sabía qué fue peor, la información en sí o la
manera en que lo dijo: «No se avergonzó lo más mínimo». A Donald Bayley le
afectó tanto que quiso abandonar el proyecto. También Alan se lo tomó mal; ésa
era la última reacción que había deseado. «¿Tienes idea de lo difícil que nos
lo ponen? —dijo—. Si revelamos nuestra condición, podemos, con un poco de
suerte, pasar un buen rato, pero lo más probable es que nos echen a patadas».
Robin dijo que sí, porque aunque él a los quince años había tenido una mala
experiencia con un hombre mayor —a los quinceañeros hay que dejarlos en paz,
convino Turing—, al fin y al cabo había estudiado en King’s e incluso había
sido admitido en los Apóstoles.
Tuvo
que dedicar una considerable energía a fin de conseguir mantener a Donald en el
proyecto. El hecho de que Alan fuera tan claramente diferente, y tan brillante,
ayudó. Al final se veía su homosexualidad como otra parte más de su
excentricidad, y Donald Bayley tuvo que reconocer que se lo pasaban bien
juntos.
Alan
Turing se mudó de Crown’s Inn, en Shenley Brook, a Hanslope Park, donde
compartió con Robin y un gato gordo llamado Timothy una pequeña casa junto a la
sala de oficiales. En dicha sala de oficiales estaba Bernard Walch. Éste era
propietario de The Wheelers, un restaurante de ostras en Soho, en Londres, y en
Hanslope se le consideraba algo así como un mago. Mientras el resto del país se
alimentaba con comida escasa y pésima, Hanslope se aseguraba de que Robin y
Alan siempre tuvieran huevos frescos, a veces incluso perdices, y les entregaba
fruta fresca con regularidad.
Alan
trabajaba sin descanso, y no sólo con el encriptado de voces. También pensaba
mucho en los componentes clave de la vida y la inteligencia, preguntándose:
¿cómo se forma el cerebro? ¿Cómo se convierte en sí mismo? Creía que era un
proceso que se regía por modelos matemáticos, que seguía algún tipo de sistema
de organización. Ahora bien, abordar el cerebro en sí era demasiado complicado,
evidentemente, mejor empezar con una hoja o un pétalo. Pronto pasaron a buscar
piñas en el bosque, pues las escamas crecían según la sucesión numérica de
Fibonacci, y Alan quería mostrar cómo se producía eso. La genética, dijo, no
servía de guía ya que cada célula tiene los mismos genes y enzimas. La genética
no explicaba cómo las células, cada una por su lado, saben formar su estructura
y cómo se relacionan entre ellas. Alan quería explicar eso. Quería descubrir la
matemática de la vida, y durante horas interminables conversaron sobre las
posibilidades de hacerlo mientras garabateaban cálculos en sus cuadernos.
También
hablaban del sueño de construir una máquina pensante, y, aunque a Robin no se
le permitía preguntar sobre eso, o en cualquier caso no recibiría ninguna
respuesta, sospechaba que Alan ya había reflexionado en una fase más inicial de
la guerra sobre el posible aspecto de una máquina así. Sus teorías eran
detalladas y avanzadas, por lo que Robin Gandy también había pensado que Alan
debía de haber utilizado alguna forma de construcción lógica para forzar la
comunicación nazi, ¡de ahí que se sobresaltara tanto cuando el policía del
traje excesivamente elegante afirmó sin rodeos que Alan había descifrado los
códigos nazis con ayuda de su máquina! Sin embargo, no se enfadó. No era cosa
suya garantizar los secretos de la guerra, pero su curiosidad se vio acompañada
de una incipiente preocupación. ¿Se metería en problemas?
—Parece
saber más que yo —dijo tratando de quitarle importancia.
Corell
no contestó. Advirtió que Robin se sumía en pensamientos. ¿Cómo seguir? No se
le ocurría nada y sintió una punzada de malestar.
—No
creo —consiguió pronunciar.
— ¿O
resulta que usted no es quien ha dicho ser?
—Si
le soy sincero, no son más que conjeturas.
Robin
Gandy pareció desconcertado.
—
¿Qué quiere decir? —preguntó.
—Fui
atando cabos mientras leía la antigua investigación —continuó Corell contento
de poder mantenerse fiel a la verdad—. Entendí que Turing había estado
trabajando en algo secreto durante la guerra, y luego vi que había recibido una
medalla OBE. Entonces intenté deducir lo que podría haber hecho para merecer
semejante condecoración.
—Muchas
cosas, me imagino.
—Quizá.
Pero se me ocurrió que seguramente había estado trabajando con la lógica
también durante la guerra. Luego oí y leí otras cosas al respecto, y de pronto
me vino esa idea y de alguna forma me resultó creíble. ¿Qué sabe de eso?
—Nada,
como le acabo de decir.
—
¿No trabajó con Turing durante la guerra?
—Sólo
durante la última fase, y entonces con algo muy diferente, que no terminamos
siquiera. Alan nunca me dijo ni una palabra sobre lo que había hecho en la
guerra antes de conocernos.
—Tampoco
se lo dijo después de terminar la guerra.
—No.
—
¿Tan sensible era la información?
Robin
Gandy asintió con la cabeza.
—Es
probable.
—De
todos modos, ganamos la guerra. Ya ha acabado.
—
¿Cómo que ha acabado? —dijo Gandy de nuevo con tono irritado, casi enfadado,
para al instante siguiente volver a sumirse en sus pensamientos.
Robin
Gandy se sentía cansado. Miró hacia la ciudad. Pasaron por delante de Trinity
College y de entre todos los que salieron en tropel por la puerta advirtió la
presencia de Julius Pippard, el lingüista. Luego, echando la vista atrás, se
preguntaría sobre esa casualidad. Julius Pippard era un hombre pequeño, pero
como mantenía la espalda tan modélicamente erguida a todas horas, daba la
impresión de ser una persona relativamente alta. Robin no sabía gran cosa sobre
él aparte de que había trabajado con Alan en Bletchley Park.
Lo
sabía porque Pippard, un día, había aparecido en Hanslope Park para tratar
algunos asuntos con Turing. Como es natural, Robin no se enteró de nada de lo
que decían, pero resultó obvio que a Alan no le caía demasiado bien Pippard, y
quizá ése fue el motivo por el que de repente le entraron ganas de remover un
poco las cosas.
—
¿Ve a ese hombre de allí? —dijo señalando a Pippard.
El
policía asintió con la cabeza.
—Es
Julius Pippard. Si quiere saber más del pasado de Alan, puede hablar con él
—afirmó, pero nada más decirlo se dio cuenta de que el consejo era una locura.
Corell podría meterse en problemas, de modo que enseguida se corrigió—: No,
pensándolo bien, mejor que no. —Pero entonces el policía parecía haber dejado
de escuchar.
Se
quedó absorto y, al cabo de un rato callado, dijo algo muy extraño.
—No
creo que siga siendo policía mucho más tiempo.
A la
pregunta de Robin sobre qué quería hacer en su lugar, el policía respondió:
—Estoy
pensando en retomar los estudios, tengo ciertos proyectos de investigación en
mente.
A
Robin le dio la sensación de que éstos no existían, pero no podía estar seguro
del todo. A pesar de que la inquietud más honda había desaparecido, seguía
sintiéndose nervioso. ¿Qué era lo que habían tenido? ¿Un interrogatorio, una
conversación u otra cosa? Cuando poco después se despidieron y el joven agente
se alejó bajando por Trumpington Street, era como si el policía dejara tras de
sí un interrogante.
Capítulo
26
Corell
fue a Cambridge por primera vez a mediados de los años treinta, acompañado de
su padre, y, aunque no recordaba gran cosa de esa visita, era la misma época
del año que ahora, finales de junio, y la gente daba la impresión de andar
tranquila y despreocupada. La expectación se palpaba en el aire, y el padre se
mostraba alegre y ruidoso como siempre en aquellos tiempos.
—Buenos
días. ¿Cómo está? Un placer —saludaba a diestro y siniestro—. Tan elegante como
siempre. Un libro brillante, Peter. Gracias por tu carta. ¡Ah, qué honor más
inesperado! Tiene usted mi eterna gratitud.
Relucía,
era el centro de la vida, y naturalmente hacía sonar las llaves, y de vez en
cuando se volvía hacia Leonard, a quien llevaba de la mano.
—Estoy
seguro de que tú, con tu buena cabeza, estudiarás aquí un día.
Esas
palabras hicieron que las empedradas calles de la ciudad se extendieran delante
de Corell como largas promesas. Compraron chocolate y libros, y miraron a los
remeros en el canal, y hablaron de lo que el chico debería estudiar en
Cambridge. «Papá, ¿las matemáticas son interesantes?». Pues sí, eran
interesantes, pero el padre preferiría que estudiara eso y lo otro. El
matemático no tiene nadie con quien hablar, nadie fuera de su círculo. En
cambio, el humanista siempre puede entretener a los demás con sus
conocimientos. « ¿Como tú, papá?». «Como yo», respondió el padre, y Corell se
imaginó andando un día por esas calles, llenas de historias, y que cuando la
gente comentase algo, lo que fuera, quizá algo de lo más banal, él diría: «Eso
recuerda un poco a cuando Ulises se acercaba a Ítaca…». Pero no sucedió así. Su
padre lo traicionó. Él se traicionó a sí mismo.
Era
como si la ciudad le hiciera entender. Cosas a las que no había dedicado ni un
solo pensamiento durante muchos años volvieron a su mente, y le vino a la
memoria cómo lo obligaron a abandonar Marlborough, ¿o debería decir cómo se
obligó a sí mismo a dejarlo? Qué idiota había sido… Sí, Dios mío, ni siquiera
había contestado a las cartas de Vicky en Marlborough. Lo había intentado.
Cierto. Pero no había sido capaz.
Había
estado demasiado inmerso en su parálisis. Incluso los profesores que en más
estima lo habían tenido lo vieron cada vez más ausente y distraído, lo cual,
sin duda, contribuyó a que no perseveraran demasiado en sus intentos para que
se quedase. Que la madre había dejado de pagar las cuotas de la escuela lo
sabía desde hacía un tiempo, y si sólo hubiera dicho que el tema económico era
el problema, quizá él habría luchado más para conseguir financiar sus estudios.
Pero la madre apeló a su conciencia. Ni siquiera le exigía que volviera a casa;
en su lugar le decía: «Claro que sí, Leonard, claro que debes quedarte».
Sólo
que ella no se las arreglaba sola, la casa se deterioraba, nadie se ocupaba del
jardín, y nadie iba a visitarla. Cuando no era una cosa, era otra: la guerra,
los vecinos y el largo paseo que había hasta la tienda, y sobre todo la
soledad. «Es difícil. Muy difícil», escribía.
Leyendo
entre líneas, las cartas eran una súplica de ayuda que rayaba en el chantaje, y
él cedió, aunque no sólo por el sentimiento de culpa. Marlborough estaba a
punto de asfixiarlo. Cuando Vicky escribió: «No voy a permitir que lo dejes. En
absoluto. Yo te pago la matrícula», él nunca respondió. Se limitó a vaciar sus
armarios y despedirse de Marlborough. Desde entonces se había alejado mucho del
mundo del colegio, y hasta que no recorrió las calles de Cambridge de nuevo no
fue consciente del daño que aquello le había hecho. ¡Cuánto había deseado
pertenecer a esa ciudad! Incluso era posible que todo este viaje no fuera más
que un intento de compensar todo lo que había perdido.
Gracias
a la intervención de Robin Gandy pudo estudiar los escritos de Alan Turing en
la sala de archivos en King’s College, y, aunque eso le produjo una gran
satisfacción, fue tristemente consciente de que sólo estaba imitando a los
estudiosos de verdad. A ratos el aspecto teatral le divertía —seguro que
piensan que me paso el día sumergido en ensayos del máximo nivel de
abstracción—, pero según pasaban los minutos se fue sintiendo como un ladrón
que se había colado en el archivo y a quien en cualquier momento podían echar
de allí. No obstante, encontró cierto consuelo en los escritos del matemático.
No
era sólo en su carta donde Alan Turing había escrito sobre el teatro y el arte
dramático. En general, parecía fascinado por la imitación, por copiar lo
humano. Cuando Corell abordó el artículo que Robin había mencionado, «Computing
Machinery and Intelligence», acababa de hacer un laborioso recorrido por
Computable Numbers, por lo que esperaba encontrarse con nuevos cálculos y
símbolos, pero el artículo se dejaba leer con mucha facilidad, aunque también
le resultó extraño. Por lo visto, Alan Turing no sólo creía que las máquinas
serían capaces de pensar, sino que deseaba que fueran tan inteligentes como
nosotros, una idea que se le antojó de lo más rara a Corell. Si las máquinas
fuesen iguales al hombre, entonces también podría ocurrir que nos superaran, y
eso debía resultar igual de aterrador que un ataque de otro planeta. Pero, como
Gandy había dado a entender, Turing se posicionaba del lado de las máquinas; no
había que discriminarlas por ser diferentes, escribía. A la hora de determinar
si alguien era inteligente o no, no se debía tener en cuenta el aspecto ni el
sexo, o, en el caso de una máquina, el material, sino únicamente la capacidad
para actuar. El arte de representar un papel teatral. Alan Turing se imaginó un
juego de imitación donde una máquina pretendería ser un hombre. Un
entrevistador le preguntaría lo que quisiera, y leería las respuestas en un
papel impreso, y si el entrevistador, basándose en las respuestas escritas, no
podía determinar si se comunicaba con una persona o una máquina, entonces
habría que considerar inteligente a la máquina, escribió Alan Turing,
argumentando que lo que sea capaz de imitarnos también será capaz de pensar.
Dios
sabe lo que Corell pensaba de todo eso, pero Alan Turing rebatía las diferentes
objeciones con elegancia, por ejemplo, las de aquellos que decían que lo que en
realidad nos caracteriza como seres pensantes es el hecho de ser conscientes,
de que disfrutamos y sufrimos y estamos vivos. Los argumentos eran malos,
escribió Alan, porque todo eso son cosas que únicamente sabemos de nosotros
mismos, no de nuestros prójimos. A los otros los juzgamos sólo por cómo parecen
pensar y sentir, y sería injusto exigir más de una máquina.
Sólo
si fuéramos una máquina podríamos demostrar que ésta tiene conciencia. Si la
máquina experimenta algo, un sentimiento, nunca lo sabremos, y por eso el juego
de imitación es el único camino, sostenía, y por consiguiente la pregunta de si
una máquina puede pensar o no debe sustituirse por: ¿puede una máquina
arreglárselas bien en el juego de la imitación? Alan Turing afirmaba que sí, no
ahora, sino en el próximo siglo, y naturalmente se daba cuenta de que sonaba
raro, o incluso a locura, que alguien, tras una larga conversación —en la que
se podía preguntar de todo—, confundiera a una persona con una máquina. Pero
siempre estamos mal preparados para aquello que se diferencia de lo demás,
escribió, y es un mal argumento alegar los defectos de las máquinas hoy como un
argumento en contra de lo que podrían o no hacer el día de mañana. Las cosas
cambian. Lo que un niño pequeño es capaz de hacer hoy no nos dice nada acerca
de lo que podrá hacer dentro de veinte años.
Corell
leía con avidez, y no fue hasta pasado un buen rato cuando se dio cuenta de que
alguien lo observaba con fijeza. Durante la mañana, la gente había ido y
venido, habían anotado pedidos de libros y documentos en papeles blancos y
luego se habían sentado a leer durante una o dos horas para al final marcharse
—suponía que muchos asistían a cursos de verano en King’s—, y bien era cierto
que Corell había prestado más atención que la mayoría a las personas que habían
entrado en la biblioteca, pero no se había percatado del chico que estaba
sentado en la mesa de enfrente. Era un chaval, no llegaba a los veinte
siquiera, con aspecto indio y ojos resplandecientes, como los de alguien que
está divirtiéndose, y ese chico señaló los papeles de Corell y dijo:
—Bueno,
¿eh? —susurró.
—
¿Qué?
—Alan
Turing. Por mi parte he estado trabajando con el teorema de Gödel-Church.
—
¿Ah, sí? —dijo Corell incómodo.
Quería
evitar a cualquier precio una conversación. No vio otra salida que fingir que
el comentario le interrumpía y señalar el letrero que anunciaba la norma de
silencio que estaba en la pared de la biblioteca. Al ver que el chico asentía
ofendido con la cabeza, Corell se arrepintió. Quería causar buena impresión y,
aunque tenía tiempo para seguir leyendo, tomó lo ocurrido como un motivo para
poner punto final a la lectura. Devolvió los documentos y bajó por la escalera
de piedra al antepatio con una expresión huraña en los ojos. ¡Qué diferente era
a su padre! En los viejos tiempos, James había considerado como un privilegio
para otras personas —incluso para los desconocidos— que conocieran a alguien
como él. Pero a su hijo sólo le había legado inseguridad y una baja autoestima.
Corell,
cuyo aspecto a cierta distancia difería mucho de su estado de ánimo —más bien
irradiaba una inmensa determinación—, empezó a soñar con pasear por el campus
levantando la mirada hacia King’s Chapel después de haber inventado algo
revolucionario, como una nueva máquina. ¡Qué alta llevaría la cabeza!
Repartiría discretas sonrisas a diestro y siniestro al mismo tiempo que su
rostro adquiriría un gesto pensativo y severo. ¿No parecían un poco severos
todos los grandes pensadores?
Empezó
a llover. Al principio sólo chispeaba. Luego el cielo se abrió y tuvo que
buscar refugio bajo el arco del portón. Después apretó el paso. A lo lejos
sonaba una trompeta, la misma trompeta, creía, que había oído cuando conoció a
Robin Gandy, los mismos tonos melancólicos que ahora se mezclaban con el ruido
del agua en la alcantarilla y que coloreaban la ciudad como la música de una
película, y pensó en la lluvia que había caído sobre Adlington Road aquel día y
en muchas cosas más mientras veía pasar un autobús de dos plantas con el número
109 y un anuncio con la marca Dulux escrita entre las ventanillas. El ruido del
motor ahogaba los tonos de la trompeta, pero después se volvieron a escuchar
con nitidez. Corell iba andando hacia la música, pasando edificios de piedra de
color marrón amarillento y árboles frondosos, y poco a poco se fue poniendo
nervioso. No se dirigía a un encuentro agradable. Iba a ver a Julius Pippard,
el hombre que Robin Gandy había señalado, y apenas podía creer que se hubiera atrevido
a contactar con él. ¡No encajaba con la imagen de chico temeroso que no se
atrevía a cruzar la mirada con nadie! Aunque de todos modos…, la noche
anterior, bajo los efectos del jerez y de un deseo de avanzar en la
investigación, había hojeado la guía telefónica y había dado con el número. No
porque pensara que fuera a marcarlo, pero acabó por hacerlo, y no fue hasta que
se enredó en mentiras que se dio cuenta del error que había cometido. Iba al
encuentro de Pippard cuando en realidad lo que debería hacer era regresar al
hotel y olvidarse de todo. Aun así, algo lo empujaba a seguir avanzando.
Más
allá de la parada del autobús descubrió la trompeta. Aunque no había llegado a
formular del todo la idea, había percibido los tonos como masculinos, pensando
que procedían de un hombre, imaginándose a algún pobre diablo abandonado que
expresaba su soledad. Pero apoyada en una pared de ladrillo había una mujer
joven vestida con un traje azul claro y con el pelo muy corto. A pesar de que
no debía de ser fácil tocar a cambio de unas monedas en plena lluvia, se la
veía contenta, casi socarrona, lo que le otorgaba un aura de orgullo. Corell
echó una moneda en la boina que estaba encima de la acera, pero la moneda
rebotó y cuando volvió a dejarla sus miradas se cruzaron. Fue un momento muy
fugaz. Aun así, sintió una punzada de fuerte emoción y se acordó de Julie. Un
día se atrevería a invitarla a salir. Mientras se alejaba del lugar, la música
seguía sonando como una promesa en sus oídos. Incluso la lluvia le pareció
diferente. Cuando el sonido de la trompeta se fue desvaneciendo, se sintió
afligido, como si se hubiera cerrado una puerta que por un momento se había
abierto para ofrecer la diversión bulliciosa de una fiesta.
Enfiló
Emmanuel Street y pasó Emmanuel College. Eran las cuatro y cinco. Faltaban
veinticinco minutos para su encuentro con Julius Pippard, y ya era consciente
de que la reunión no podía depararle más que problemas. Si la mentira ante
Robin Gandy en cierta manera había sido involuntaria, la consecuencia de un
malentendido, en este caso, enredado por su confusión o su sentido de la
vergüenza, había dicho que como investigador policial de la muerte de Alan
Turing quería hacerle unas preguntas. Qué locura… Durante todo el día Corell
había estado convencido de que debía hacerle caso a su instinto y olvidarse de
la visita, pero ahora era como si una fuerza imperiosa lo impidiera parar. Casi
enfadado se detuvo a mirar el plano. No podía quedar mucho. Entró en Burleigh
Street.
Burleigh
Street era en gran parte una calle comercial, y Corell podría haber aprovechado
para comprarse un paraguas, o para tomarse una taza de té. O, aún mejor, para
arrepentirse y dar la vuelta, pero se sentía impaciente, como si el encuentro
fuese un diente dolorido que hubiera que sacar rápido, por lo que apresuró el
paso. La dirección indicada era un edificio de ladrillo rojo muy bonito, si se
hacía caso omiso del pórtico romano pintado en blanco, que le pareció
artificioso, y de la oscura escalera interior, que le dio una sensación
ominosa. Escuchó sus pasos con tal nitidez que tiritó. En la segunda planta
había una puerta justo donde le habían explicado, y encima del buzón ponía
JULIUS PIPPARD. El nombre se le antojó evasivo y duro, y de nuevo sopesó la
idea de darse la vuelta y salir de allí para volver quizá unos quince minutos
después, justo a la hora acordada, pero no, ahora lo veía como algo inevitable.
Pulsó el timbre y esperó. No pasó nada, aparte de que se abrió una puerta en la
planta de arriba, como si el timbre en realidad estuviera conectado con un
despacho allí, y posiblemente Corell se quedó traspuesto un instante, por culpa
de algún tipo de nerviosismo soñoliento, porque cuando escuchó unos pasos
rápidos al otro lado de la puerta se asustó. La débil luz de la ranura del
buzón brillaba de manera fantasmal, y se oyó un chirrido en la cerradura y de
pronto tuvo delante a Julius Pippard. Llevaba una camisa roja de cuadros, y no
cabía duda de que estaba irritado.
—Ha
llegado antes de tiempo —dijo, y a Corell no se le ocurrió nada mejor que
contestar:
—Está
lloviendo. —Como si la lluvia tuviera algo que ver.
Capítulo
27
Julius
Pippard se miró en el espejo del baño y sonrió. ¡No había perdido ni un ápice
de su atractivo con los años! ¡No había más que mirar esos ojos! ¿Acaso no
reflejaban a la perfección su inteligencia y su carácter? También tenía
defectos, cierto. Se irritaba con facilidad, se ponía nervioso a menudo, pero
sabía controlar sus emociones. Y ésa era una de las claves de su éxito, sin
duda. A pesar de que todavía mantenía su apartamento en Cambridge y los lazos
con el Trinity, lo esencial en su vida era su puesto en el GCHQ (Cuartel
General de Comunicaciones del Gobierno), y a menudo se regocijaba con la
sensación de que su trabajo era importante, no sólo como la importancia que se
le daba a una tesis, o a una empresa o a una universidad, sino importante en el
sentido de proteger a Inglaterra.
Ya
antes de la guerra, Pippard empezó a trabajar en el Government Code and Cypher
School, lo que antes era la Sala 40, con destino en Bletchley Park en
Buckinghamshire. Puede que no fuera precisamente un Alan Turing, pero sus
traducciones y sus análisis del material encriptado en el barracón número 4
fueron bastante significativos, y pronto alcanzó un puesto en el control de
seguridad, donde encajaba a la perfección. Con su capacidad para detectar
debilidades humanas descubría peligros y riesgos que a otros les pasaban
desapercibidos, y en una época en la que nadie se preocupaba por los trastornos
de carácter, tales como las inclinaciones a perversiones sexuales, Pippard
entendió su trascendencia. Se convirtió en el rey, sin corona, de la
disciplina.
Después
de 1945 continuó evaluando la fiabilidad de los colaboradores —labor que en el
contexto de la guerra fría adquirió un relieve todavía mayor— y pronto se
incorporó a las tareas relacionadas con los mensajes soviéticos de doble
encriptación, donde ocupó un cargo de gran responsabilidad. El proyecto, de
máxima confidencialidad, se llamaba Venona, y se había puesto en marcha en 1943
porque Carter W. Clarke, el jefe de los servicios de inteligencia militares de
Estados Unidos, con toda la razón, no se fiaba de Stalin, por mucho que éste en
aquella época fuera un aliado. El sistema codificado se forzó por primera vez
en diciembre de 1946, y poco tiempo después los norteamericanos advirtieron que
los rusos espiaban el desarrollo de la bomba atómica que se llevaba a cabo en
Los Álamos. Por aquel entonces, el proyecto en el que participó Pippard aún no
se había puesto en marcha, de ahí que la primera vez que leyó unos vagos
comentarios acerca de Venona fuera en The Times, no precisamente el foro donde
solía recibir nueva información de inteligencia. En esa ocasión, aunque se
sorprendió, ni él ni nadie de la institución se lo tomaron muy en serio. Sin
embargo, era un asunto de extraordinaria envergadura, quizá lo más importante
que habían vivido nunca, eso le quedó claro cuando se involucró al GCHQ en el
trabajo. Pippard llegó a pertenecer a ese círculo exclusivo de especialistas y
personas con facultad para tomar decisiones que determinaban quién debía ser
iniciado en el secreto y quién no, y Dios sabe que la presión que sufrió fue
enorme. Nadie que pudiera suponer un riesgo para la seguridad podía tener
acceso, nadie.
En
los mensajes soviéticos existían una serie de nombres en clave que parecían
tapaderas de espías norteamericanos e ingleses, que filtraban informaciones
sobre, entre otras cosas, la bomba atómica. Por ejemplo, se hablaba de Antena y
Liberal, que se creía que denominaban a la misma persona y cuya identidad se
consiguió revelar cuando se descubrió que un oficial del KGB en un momento de
descuido había mencionado que la esposa de dicho individuo se llamaba Ethel,
como en Ethel Rosenberg, lo que llevó al arresto tanto de ella como de su
marido Julius. Luego estaban Charlez y Rest —que resultó ser el espía Klas
Fuchs— y muchos otros, como Pers, al que seguían sin identificar, pero sobre
todo Homer, o Gomer, dependiendo de cómo se tradujera el alfabeto cirílico.
Durante la guerra, esa firma había enviado seis telegramas desde la embajada
británica en Washington hasta el KGB. Pippard se implicó de lleno en la caza.
Junto con sus compañeros fue componiendo el puzle, pieza por pieza. Se reunían
con sus listas para deliberar: ¿Podía ser ése? ¿O ese otro? Y así, poco a poco
—no lo olvidaría nunca—, empezaron a cercar al culpable, quien resultó ser nada
menos que Donald Maclean, el diplomático e hijo del famoso político del partido
liberal del mismo nombre.
Por
desgracia transfirieron la información a los colegas del MI6, y no es que les
quedara otra opción, pero los muy idiotas… Pippard no quería ni pensar en ello.
El MI6 metió la pata hasta el fondo. Maclean y Guy Burgess lograron huir en
coche y en ferry hasta la Unión Soviética, y desde entonces Pippard estaba
convencido de que los únicos con verdadera competencia para labores de
inteligencia eran ellos en Cheltenham. ¿Quién había desenmarañado el asunto y
quién lo había echado todo a perder después?
No
le cabía duda de que entre la maldita chusma aristocrática del MI6 había espías
para parar un tren, quizá lo de parar un tren era un poco exagerado, pero lo
que estaba claro era que Burgess y Maclean no eran los únicos. Otra cosa
resultaba imposible teniendo en cuenta todas las filtraciones, y tampoco es que
le pusieran remedio. Eran una panda de gandules que pensaban que se podía
confiar en alguien sólo porque había estudiado en Eton y en Oxford. Pippard
estaba orgulloso, ésa era la palabra correcta, de haber obviado a menudo su
obligación de informar al MI6. De acuerdo, ellos mismos en el GCHQ también
habían cometido errores. Pero ¡eso no era culpa suya! Por ejemplo, habían
querido emplear la máquina en Mánchester en su trabajo criptográfico, y por eso
habían contactado con Alan Turing. Pippard se había opuesto a la idea.
Enseguida descubrió que Alan no sólo era homosexual, sino también promiscuo.
Una fulana en versión masculina, hablando claro.
—No
podemos contar con él otra vez. ¡Ya sabemos cómo trabajan los rusos!
—argumentó.
Pero
perdió la votación. A Turing se le seguía considerando un auténtico oráculo,
pero aunque había sido una fuerza fundamental durante la guerra, sus
conocimientos ya no eran imprescindibles. Además, faltaba al respeto a sus
superiores, hacía caso omiso de las rutinas establecidas y hería a la gente con
su sinceridad; y brillante lo era sólo si el trabajo lo estimulaba. Todo eso lo
señaló Pippard, pero nadie le prestó atención, entonces no. Al final resultó
que tenía razón. Solía ser el caso. Alan Turing fue detenido, lo que por
supuesto causó un gran revuelo en la oficina. No obstante, ni siquiera entonces
hubo unanimidad respecto a la conveniencia de echarlo de allí. El viejo Oscar
Farley —ese maldito blandengue— lo defendió a capa y espada.
—
¿Vamos a echar a Alan después de todo lo que ha hecho por nosotros?
Como
si Turing no hubiese mostrado la suficiente falta de juicio, y como si no
existieran directrices muy claras acerca de la expulsión de los homosexuales de
la organización. La mayoría estaba de acuerdo con Pippard en los principios.
Pero se consideraba que Alan era un caso especial. Se comentaba una anécdota
tras otra, y se contaban unas cuantas historias adornadas y nostálgicas de
Bletchley Park, y no fue hasta que Pippard gritó «¡¿Queréis que nos lleve a
todos a la ruina?!» que aceptaron a regañadientes cortar todo contacto con
Turing. Pippard, a quien nunca le echaban para atrás las misiones
desagradables, se ofreció para comunicárselo, pero decidieron por consenso que
sería mejor que se encargara Oscar Farley. Al parecer, había que tratarlo con
guantes de seda hasta el final, y Dios sabrá lo que Farley le dijo a Turing,
pero está claro que no bastó. Alan siguió haciendo sus escabrosos viajes por
Europa. ¿Por qué diablos no le prohibieron salir del país y por qué no se
investigaban sus viejas aventuras amorosas? No, nada se hizo bien, por lo que
no debería haberle sorprendido a nadie que los nubarrones aparecieran incluso
tras la muerte del matemático. Ese policía, sin ir más lejos, ¿quién coño era?
No
tenía ningún derecho a presentarse aquí a husmear. Con una simple llamada a la
comisaría de Wilmslow, Pippard se había enterado de que el hombre tenía el día
libre puesto que su tía estaba agonizando en Knutsford. Pero ahora se dirigía
hacia su casa. ¿Se había repuesto la tía de pronto? A pesar de todo, un oficial
de policía de un pueblo de mala muerte como Wilmslow tampoco podría causar
muchos problemas. Aunque, claro, nunca se sabía. Pippard había comentado el
tema con Robert Somerset en Cheltenham. Somerset ya había conocido al agente y
dijo que le parecía un tipo un poco peculiar, «tenía un toque taimado, como si
ocultara algo».
—Yo
me ocuparé de asustarlo un poco, no te preocupes —le había dicho Pippard—. ¡A
ver si se entera de que se ha metido en camisa de once varas!
Estaba
decidido a dejarle claro a ese tonto que esto no era un juego. Mostrarle quién
tenía el poder y averiguar qué tramaba. Hasta podría resultar interesante. Sólo
que… ¿cómo diablos había averiguado el nombre de Pippard? ¿Y cómo podía saber
que había colaborado con Turing? Eso le preocupaba un poco. ¿Qué hora era?
Llegaría dentro de veinte minutos, y, mientras esperaba, Pippard comenzó a
redactar una carta con tímidas proposiciones a una joven dotada de un pecho
prominente a la que había conocido en un congreso en Arlington, pero apenas le
dio tiempo a empezar. Llamaron a la puerta.
****
A
Leonard Corell no le gustó nada la mirada que le dirigió Pippard. Tampoco le
gustó el apartamento. No sólo porque era impersonal y frío, sino también porque
se percibían detalles de un perfeccionismo que le ponían nervioso. Los lápices
aguardaban ordenados en líneas rectas sobre el escritorio de caoba, y los
muebles, que carecían tanto de brillo como de personalidad, le parecían
colocados de modo demasiado simétrico. Sí, incluso las colillas que llenaban el
cenicero que había encima del alféizar daban la impresión de obedecer a algún
orden premeditado. Justo enfrente de Corell colgaba un cuadro de lo más
corriente con una escena de caza del zorro que quizá no habría estado mal en
una escala menor, pero que, por su tamaño —¿superaba los dos metros de largo?—,
resultaba grotesco.
—
¡Qué agradable recibir una visita desde el lejano Wilmslow! —dijo Pippard con
repentina amabilidad.
—Wilmslow
tampoco es el fin del mundo.
—Es
un pueblo bonito, ¿verdad?
—Se
nos conoce por tener muchos salones de peluquería y muchos pubs.
—¡Qué
práctico! ¡Así uno puede emborracharse con el pelo bien peinado!
Aparte
de la rapidez con la que Julius Pippard quitó una hoja de la mesa del sofá, sus
movimientos eran sosegados. Esa irritación, tan patente al abrir la puerta,
parecía haberse esfumado por completo, pero eso no sirvió para que Corell se
tranquilizara. Todo lo contrario. Le daba la sensación de estar al lado de un
hombre que sabía exactamente lo que hacía hasta el más mínimo parpadeo, y sólo
con mucho cuidado, como si quisiera asegurarse de que tenía permiso, Corell se
sentó en una silla de madera marrón grisácea mientras Pippard iba a preparar el
té.
—
¿De modo que sus superiores lo han enviado a verme? —dijo Pippard cuando volvía
con una bandeja.
Corell
asintió con la cabeza.
—
¿Le puedo preguntar por qué?
—Queremos
recabar toda la información posible.
—
¿No está archivado el caso?
—Bueno…,
sí…, pero es que aún quedan algunas cosas sin aclarar. No queremos dejar nada
al azar.
—
¿Por qué no me habla un poco del caso para que lo entienda mejor? No estoy muy
versado en materias policiales. ¿Cómo trabajan en realidad?
Con
pequeños detalles —como si se hubiese colocado en una silla ligeramente más
alta o como si dejara asomar un desprecio casi imperceptible en los ojos y en
el tono de voz—, Pippard se hizo con una superioridad demoledora. Empleaba una
especie de arte invisible. Sin que Corell entendiera muy bien cómo, Pippard
asumió el control de la conversación, y cuanto más educado, más zalamero se
mostraba, más clara dejaba su superioridad. Muy pronto Corell se vio incapaz de
mirarlo a los ojos, y, cuando hablaba, sus palabras le resultaban vacías.
—Para
entender por qué una persona ha muerto hay que conocer su vida —dijo.
—Y,
entonces, ¿por qué acude a mí?
—Estamos
hablando con muchas personas que han tenido algo que ver con el doctor Turing.
—
¿De modo que yo soy uno de ellos?
—
¿No trabajaron juntos durante la guerra?
—
¿Qué le hace suponer eso?
Corell
quería marcharse de allí, bien lejos de allí.
—Trabajo
policial normal y corriente —dijo.
—
¿Perdón?
Repitió
lo que acababa de decir y sintió en una oleada de mareo y malestar cómo crecía
la arrogancia de Pippard.
—
¡Vaya, vaya! Parece saber usted más que yo. Pues como está tan informado,
¿quizá pueda decirme en qué estábamos trabajando?
—En
misiones delicadas, y por eso…
— ¿Y
qué misiones eran ésas?
—Trabajo
criptográfico. Ustedes descifraron el sistema de códigos nazi con la ayuda de
las máquinas que Alan Turing creó —dijo Corell con la mirada gacha y fija en
sus manos. Al alzar de nuevo la vista, esperaba encontrarse con la misma
expresión de superioridad que antes, pero vio algo muy distinto. Los ojos de
Pippard brillaban con la concentración de alguien que intuye un gran peligro.
****
¿Qué
coño estaba pasando? Enfrente tenía a alguien a quien Pippard había considerado
un simple e inculto agente de policía hablando abiertamente de los secretos
mejor guardados de la guerra, y lo más raro de todo, esta persona —a la que
había pensado que podría machacar con toda la facilidad del mundo— irradiaba si
no seguridad al menos descaro. Además, no sólo se expresaba bien, sino que
parecía alarmantemente bien informado, como si conociera todo acerca del
trabajo en Bletchley, y con toda probabilidad también el de Venona. A Julius
Pippard ni siquiera lo tranquilizaba el hecho de que el hombre actuara de forma
tan estúpida y temeraria. Más bien empezaba a sospechar que el policía tenía un
objetivo oculto, una segunda intención, que pretendía hacerle caer en su
trampa. Ni siquiera se decidió a sacar su as de la manga, eso de la tía que
supuestamente estaba agonizando.
****
Leonard
Corell no sabía ni una mínima parte de lo que pensaba su interlocutor, pero su
concentración se intensificó, como si la inseguridad de Pippard le devolviera
la fuerza y el lenguaje, y, aunque al principio sólo conseguía expresarse con
una verborrea nerviosa para mantener la cabeza a flote, poco a poco recuperó la
confianza. También se sintió aliviado por no haberse dejado pisotear, como le
pasaba con Ross en la comisaría. Se defendía bien y, a pesar de su enfado, no
había dejado que la cosa se descontrolara.
—Parece
usted un poco preocupado —dijo—. No hay motivo para ello. Soy plenamente
consciente de la importancia de la discreción. Nunca hablaría de este asunto
con nadie que no estuviera ya al tanto. Pero ¿sabe usted?… No, claro que no,
cómo iba a poder saberlo…, faltaría a mi deber si no hiciera la pregunta de si
el trabajo de Alan Turing durante la guerra podría tener algo que ver con su
muerte. He entendido que su aportación fue significativa, que pensaba de forma
muy diferente a todos los demás.
—Le
puedo asegurar que está entrando en un terreno que le viene muy grande.
—Puede.
Es curioso, pero me he pasado el día en King’s College leyendo sus escritos y
me he percatado de que él mismo escribió…
—
¿Qué? —le interrumpió Pippard.
—…
que es un hecho sabido que a las personas más fiables muy pocas veces se les
ocurren nuevas formas de hacer las cosas.
—¿Qué
quiere decir con eso?
—Alan
Turing lo escribió en el contexto de un razonamiento general sobre la posible
inteligencia de las máquinas —continuó Corell—. Cayó en la cuenta de que una
condición para que se nos ocurra algo nuevo es la capacidad de equivocarnos, de
salir del marco normativo. El que siempre piensa correctamente no crea nada. El
que sólo sigue los valores al uso, o las programaciones, para hablar con el
lenguaje de las máquinas, no inventará nunca nada novedoso, ni podría
considerársele inteligente en un sentido auténtico. Por eso, Turing quería
añadir un componente fortuito a sus máquinas, no debían siempre seguir la
lógica más estricta, a veces un generador aleatorio determinaría lo que había
que hacer. Buscaba así imitar el libre albedrío, no porque creyera que un
componente casual fuera suficiente, pero la mera posibilidad de algo irracional
e inesperado al menos constituiría un principio.
—No
entiendo adónde quiere ir a parar.
—Sólo
quería decir que Alan Turing pensaba que nuestro cerebro también estaba
provisto de un factor fortuito parecido. Una ruleta rusa. A veces hacemos
tonterías. Metemos la pata. Pero parte de eso es una condición para poder
avanzar.
—
¡Vaya al grano!
—No
estoy insinuando en absoluto que su sentido del orden o su excesivo temor a
cometer algún error en este momento ejerzan algún efecto sobre su pensamiento
libre. Sólo intento decir que Alan parece haber sido una persona de otra
especie, ¿verdad? Alguien fuera de lo normal. Era creativo. Sus pensamientos se
diferenciaban por completo de lo convencional, y asumió riesgos. Por
consiguiente, cometió errores. Quizá incluso puede que al final de sus días
hubiera una especie de ruleta rusa girando dentro de él, qué sé yo…
—Pero
por todos los demonios, ¿qué es lo que quiere decir?
—Nada,
únicamente que parece importante esclarecer si durante el período previo a su
muerte, efectivamente, hizo algo inesperado, o incluso arriesgado, o si otra
persona lo hizo, algo que lo alteró y que lo llevó a tomar la decisión. Turing
describió en una carta…
—
¿En una carta?
—O
más bien en el borrador de una carta —respondió Corell, y perdió de golpe toda
su seguridad. ¿Por qué coño había tenido que mencionar la carta?
— ¿Y
esa carta la tiene usted?
—No
aquí conmigo, claro.
— ¿Y
dónde está?
—En
comisaría.
—Si
lo he entendido bien, usted ha visto a los señores Farley y Somerset —replicó
Pippard de nuevo al ataque.
—Bueno…,
sí… ¿Cómo lo sabe?
—Estoy
bastante bien informado, por si le interesa —continuó Pippard.
—No
lo he dudado en ningún momento.
—Sé
incluso que Somerset le pidió que le entregara todos los papeles que había
encontrado en la casa.
—Y
así lo hice.
—
¡Al parecer no!
—En
realidad, ese borrador no es nada…
—
¿Nada qué?
—Nada
especialmente interesante.
—
¿Ah, no? A propósito de estar bien informado, ¿cómo se encuentra su tía?
Un
intenso malestar invadió a Corell.
—
¿Mi tía?
—
¿Se ha recuperado?
—No
ha estado… —enferma siquiera, estuvo a punto de decir, pero se detuvo en el
último momento al darse cuenta de que había sido un absoluto insensato.
Quedar
con este hombre para preguntarle sobre secretos de Estado superaba sin duda
todas sus estupideces anteriores. Posiblemente intentó añadir algo, pero no
logró articular palabra. Se sintió paralizado y por eso tampoco se percató de
que también Pippard se comportaba de modo muy extraño.
****
Una
sensación de urgencia se apoderó de Pippard y en su excitada mente aquel
borrador se convirtió en un documento peligrosísimo que había acabado en manos
de un buscavidas y timador, y se devanaba los sesos para decidir qué se podía
hacer.
—Muchas
gracias por haberme recibido. Pero esta visita ha sido un error, y ahora debo
marcharme —dijo el policía sacando a Pippard de su ensimismamiento.
¿Debía
obligarlo a quedarse?
—Pero
¿no se da cuenta de que tiene que decirme quién más conoce el contenido de esa
carta?
—Hemos
intentado limitar al máximo el número de personas que la han visto,
naturalmente. Pero ahora debo irme.
****
Corell
se sintió perdido, así que sonrió. La sonrisa espasmódica siempre había sido
uno de sus mecanismos de defensa, y como estrategia en un momento crítico de
una lucha por el poder no era un mal truco, todo lo contrario. Pippard pareció
interpretarlo como una manifestación de poder.
—Parece
usted contento.
¿Qué
debía contestar? Se refugió en la osadía.
—
¿No tendrá usted, por casualidad, un paraguas para prestarme? —dijo, y en otra
situación las palabras le habrían enorgullecido. ¡Una osadía extraordinaria!
Una broma del humor más negro que surtió su efecto. Pippard se limitó a
murmurar algo y Corell aprovechó la oportunidad y se dirigió a la puerta—.
Entonces le deseo una buena tarde —dijo con una extraña sensación de
alienación, y Pippard le contestó algo.
No
escuchó lo que dijo. Abrió la puerta y huyó al rellano de la escalera, donde la
oscuridad parecía atacarlo. Pero una vez en la calle la lluvia ejerció un
efecto refrescante, y echó a andar en dirección a la trompetista callejera.
Creyó oír sus melodías a lo lejos, pero los tonos no debían de haber sonado más
que en su imaginación porque cuando pasó por el lugar no había nadie tocando,
sólo una acera vacía y mojada, acompañada por la ruidosa lluvia que la azotaba.
Capítulo
28
Leonard
Corell pasó la mañana después de la visita a Pippard tumbado en la cama del
hotel de Drummer Street, siguiendo con la mirada las rayas del empapelado
amarillo de la habitación como si los ojos se hubieran perdido en el laberinto
de las paredes, y no fue hasta casi la hora de comer cuando reunió las fuerzas
suficientes para levantarse. Sin embargo, no pagó la cuenta del hotel y se
marchó, como tenía pensado, sino que dejó la maleta en la habitación y salió a
mezclarse con el gentío de la ciudad. Hacía un tiempo espléndido. Era el día
anterior al gran eclipse solar. Vio cometas en el cielo y parejas de enamorados
en la calle, pero no lograba animarse. Se sentía excluido de la vida y pensó en
Alan Turing. Seguramente había llegado al final del camino. No podría avanzar
mucho más allá en sus pesquisas, y sin duda lo más sensato sería regresar a
casa, aun así…
Como
gobernado por fuerzas ajenas a él se dirigió a King’s College, al archivo de la
biblioteca, donde se puso a leer de nuevo Computable Numbers y un ensayo
titulado Systems of Logic Based on Ordinals, del que no entendió gran cosa.
Disfrutaba con el chirrido de los bolígrafos, el discreto ruido del pasar de
las hojas y los avergonzados ataques de tos, pero el malestar no lo abandonaba.
Ni siquiera las ensoñaciones, por muy atractivas que las tejiese, lograban
alejar los temores que lo perseguían desde el encuentro con Pippard. Se
imaginaba conversaciones entre Pippard y Ross o Hamersley, deliberaciones sobre
su despido y consecuente castigo, pero también se veía a sí mismo como un
desorientado vagabundo alcohólico recorriendo las calles de Wilmslow, tirando
basura y botellas vacías delante de la comisaría, y pensó en la muerte, en la
muerte como una manzana envenenada, un caldero burbujeante y un tren que se
abría paso a toda velocidad a través de la noche. En el camino de regreso al
hotel se compró ocho botellas de Mackeon’s Milk Stout y se las bebió en la
habitación, cosa que produjo el buen efecto de convertir sus temores en
autocompasión. ¡Qué triste se había vuelto todo!
No
sólo había elegido no hacer caso al amor, sino que también le había dado la
espalda a la amistad. Los pocos amigos que había tenido habían desaparecido, no
todos a la vez, ni siquiera uno tras otro, sino de forma tan lenta que apenas
lo había comprendido. El deterioro se había producido de modo tan gradual y
sigiloso que no se había dado cuenta y, en realidad, pensó, apenas había
vivido, sólo había ido tirando tristemente. Y ahora que por fin se lanzaba a
hacer algo, todo se torcía.
Encendió
la radio. Una voz hablaba de un golpe de estado en Guatemala. La apagó y se
quedó quieto un instante en medio de la habitación, tambaleándose un poco, algo
ebrio, para acto seguido ponerse a andar de un lado a otro, de la cama al
lavabo y al perchero. Su exaltación alcanzó tal punto que empezó a imaginarse
que la gente lo veía desde la calle y que esas personas pensaban que se
enfrentaba a una decisión fundamental, o a un gran descubrimiento… ¿De modo que
usted conoce a Alan Turing? La verdad es que fui yo quien investigó su muerte.
Incluso podría decirse que fue el pistoletazo de salida de mi carrera
profesional. Sí, es cierto, una historia muy triste, es que era homosexual,
sabe usted, pero muy inteligente, creó las bases para la máquina computadora
programable, una máquina que…, ah, ¿así que sabe a qué me refiero? Bueno,
claro, se ha hablado mucho de ese invento. Entonces, quizá también esté al
tanto de que contribuí a mejorarla con algunas ideas. Se me ocurrieron mientras
estudiaba sus textos en King’s College. Fue en junio de 1954, ese verano tan
terriblemente lluvioso. ¿Se acuerda? Roger Bannister bajó de los cuatro minutos
en la carrera de una milla. Hubo un eclipse solar a finales de mes… ¿así que lo
vio?, qué interesante. Por mi parte, yo acababa de reunirme con Julius Pippard,
no creo que el nombre le diga nada, se trataba de una persona más bien
insignificante, sus esfuerzos científicos fracasaron por completo y, además,
era un tipo bastante desagradable, un maleducado…, quizá suene un poco duro, no
es mi intención machacar a alguien que ya está por los suelos. Pero,
entiéndame, el señor Pippard me complicó bastante la vida. Llamó a mis
superiores. Se armó una buena, aunque en realidad tal vez debería estar
agradecido, pues tuve que dejar el cuerpo… Totalmente de acuerdo con usted,
claro que es un trabajo bueno y honrado, pero no me estimulaba lo suficiente
desde el punto de vista intelectual. Sí, desde luego, eso ha cambiado por
completo, ahora apenas doy abasto. Gracias, gracias…, me alegra que valore mis
aportaciones. Suerte a usted también…, y recuerde, no hay nada gratis en esta
vida. Una vez, ¿sabe?, estuve al borde de la desesperación, dando vueltas en
una habitación de hotel, soñando que…
Interrumpió
sus pensamientos y volvió a salir sin saber adónde ir. De la máquina de discos
del pub de enfrente con sus persianas azules salía la voz de David Whitfield
cantando «Cara mia, why must we say goodbye», y Corell alzó los ojos al cielo.
Estaba nublado y hacía bastante frío. Ya era por la tarde, pero se sentía de
mejor ánimo y por un momento se olvidó incluso de su propia paranoia, lo que
era una ironía del destino porque, si se hubiese fijado, habría visto en el pub
a un hombre corpulento con un lunar en la frente y cómo este caballero, Arthur
Mulland, funcionario de bajo rango en el GCHQ, se levantó y se puso a seguirlo
por St. Andrews Street, donde al fondo se alzaba la iglesia católica.
No
hubiera hecho falta ni siquiera que Corell prestara una gran atención porque,
como Alan Turing escribió en su carta, a Mulland no se le daba bien mezclarse
con la gente; con su físico tosco y su andar de pato resultaba demasiado
llamativo, y muchas veces se olvidaba de la discreción. Los años le habían
restado energía y precaución. Además, las instrucciones recibidas no eran muy
claras: «Mira a ver lo que está tramando». Él no creía que estuviera tramando
nada, pero los tiempos eran así, había que controlarlo todo y a todos. Arthur
Mulland sólo hacía su trabajo, aunque a regañadientes, porque en cierta medida
se parecía a Corell: los dos deambulaban por ahí sin haber dormido bien ni ir
demasiado sobrios, y llenos de pensamientos rebeldes. A pesar de que Mulland
estaba casado y tenía tres hijos, se sentía igual de solo que Corell, y no
entendía por qué últimamente siempre andaba de mal genio y se sentía tan
frágil. Se daba cuenta de que su dependencia del alcohol tenía bastante que
ver. El síndrome de abstinencia iba y venía. Se curaba y volvía a aparecer,
bien provocando su sistema nervioso, bien envolviéndolo en algodones. Era un
experto en el tema. Hablaba con aires de hombre culto del tipo de alcohol que
cada dolencia espiritual requería. Pero sobre otros aspectos de los sinuosos
caminos de su cerebro lo ignoraba todo, y estos trabajos de vigilancia y
seguimiento tampoco lo beneficiaban. Las largas esperas delante de portales y
ventanas le pasaban factura, cosa que a menudo le desataba una ira que lanzaba
contra las mismas personas a las que debía vigilar. Nunca se olvidaría de esas
altivas miradas que le había dirigido aquel marica de Wilmslow, y no le gustaba
que la policía indagase en ese asunto, o lo que fuese que hiciera Corell.
Arthur Mulland echó un vistazo a su reloj de pulsera. Marcaba las seis y media,
e independientemente de que la persona a la que seguía fuese trigo limpio o no,
lo que estaba más claro que el agua era que llevaba un traje demasiado caro. Y
ahora ese hombre entraba en un pub que se llamaba Regal. Mulland se quedó
fuera, dándole de vez en cuando unos sorbos a su petaca plateada.
****
Corell
pidió una lager de la misma marca extranjera que Krause había pedido en
Wilmslow, y mientras bebía le vinieron a la memoria las imágenes de Adlington
Road, y no sólo las exteriores, sino sus pensamientos indecentes en la
escalera, y los recuerdos de su padre, y las fantasías del siniestro tren
nocturno, y vio al matemático delante de sí, muerto en su estrecha cama con
espumarajos rodeando la boca, y de repente le pareció todo muy extraño. Alan
Turing había pensado, luego había dejado de pensar. Un mundo había
desaparecido, una pregunta… En su artículo en Mind, Alan Turing habló de que la
conciencia se hallaba en algún sitio de nuestro cerebro, pero ¿cómo vamos a
encontrarla? ¿Cómo puede algo localizarse a sí mismo? ¿Cómo podrá un enigma
resolverse a sí mismo? ¿Cómo podrá la paradoja del mentiroso librarse de su
propia contradicción?
Corell
cerró los ojos e intentó sentir en qué lugar de su cerebro se desarrollaba el
pensamiento —le pareció que en un lugar muy atrás en su cabeza—, pero apartó
esa idea, no eran más que tonterías, y, sin terminarse la pinta, pagó y se
marchó. Había vuelto a llover. ¿Adónde debía ir? Decidió seguir paseando sin
rumbo fijo, pero tras unos metros se detuvo. ¿Había alguien detrás de él? No,
tenía que haberse confundido. No había nadie y tampoco ningún sitio donde
esconderse, ningún callejón ni portal donde refugiarse. «Me lo estoy
imaginando», pensó, y, efectivamente, así era. Pues Arthur Mulland se hallaba a
unos veinte metros, protegido por un grupo de turistas delante de la iglesia de
St. Andrews, pero también, claro está, Corell tenía razón, y ahora apretó el
paso. Al llegar a King’s Parade saludó a unos estudiantes, sólo para hacer la
prueba, y éstos le devolvieron el saludo con un movimiento de cabeza, e intentó
pensar algún que otro pensamiento positivo —como aquí voy yo, Leonard Corell,
mientras medito sobre la paradoja de la conciencia—, pero no le salió muy bien.
Acto seguido, preso de una nueva sensación de inquietud, volvió a darse la
vuelta. Esa ocasión fue la primera en la que vio a Arthur Mulland. El hombre
estaba cerca, y Corell pensó algo así como menudo tipo más grande, ¿no lleva
los pantalones muy cortos? Pero el pensamiento desapareció y, aunque se percató
del lunar en la frente, no lo relacionó con la descripción de la carta, ¿y por
qué iba a hacerlo? Llevaba mucho tiempo sin pensar en el hombre del que Turing
habló en la carta. Además, el lunar no se parecía para nada a la letra sigma.
Era una mancha de nacimiento roja normal y corriente de la que Arthur se había
avergonzado de niño.
No
había sido hasta bien entrado en la treintena cuando Mulland había dejado de
llevar un flequillo largo y llamativo, y no porque quisiera: una incipiente
calvicie imposibilitaba el peinado. Con los años había desarrollado cierta
aversión hacia la gente de abundante cabellera y ése era el caso del policía.
Joven y bien vestido, además. Las mujeres le lanzaban miradas de curiosidad, y
Mulland, a quien nadie miraba con amabilidad, decidió echar otro trago, pero la
petaca estaba vacía y, para colmo, llovía. Siempre llovía cuando le mandaban a
trabajar a la calle. Malhumorado observó al policía, que estaba junto a la
entrada de King’s Chapel. Tenía un aire pensativo.
****
Se
oía música de órgano y a un coro cantando. A Corell le atrajo el calor, el
brillo y el aroma a incienso que había allí dentro, pero igual que un ateo de
firmes convicciones que luchaba contra un impulso religioso se volvió sobre sus
talones y se dirigió al canal, cruzó un puente colgante y, más o menos
entonces, empezó a temblar. Podía ser por culpa de la lluvia, o el alcohol, o
incluso una premonición. Buscó unos senderos más solitarios, habría necesitado
rodearse de gente porque de ninguna manera estaba predestinado que tuviera que
recibir una somanta de palos. Ni siquiera los espías, cuya culpabilidad había
quedado demostrada, eran maltratados en Inglaterra, así que ¿por qué propinarle
una paliza a un simple agente de policía culpable sólo de haber atado cabos?
Pues no, no había ningún motivo, aparte de que a Arthur Mulland lo exasperaba
el policía, al igual que la vida en general, y porque se sentía ultrajado: otra
vez más se dedicaba a vigilar a uno de esos individuos poco fiables que no
mostraban respeto por los secretos de la nación. Se acordó de todo el
desasosiego que se levantaba en Cheltenham por el temor a las filtraciones, y
esa inquietud de alguna manera dotó de legitimidad a su enfado.
Un
gato anaranjado de pelaje largo y espeso pasó corriendo, lo que provocó
pensamientos muy dispares en Corell y en Mulland. Este último quería darle una
patada, mientras que el policía no sólo deseaba acariciarlo, sino también
achucharlo contra su cara, como un osito de peluche, para buscar consuelo.
Corell pasó por delante de un banco y un árbol grande y en ese momento se
rompió una ramita a sus espaldas. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Se
asustó. Aun así, no se dio la vuelta, entonces no. Continuó andando. ¿Qué se
oía? La lluvia, claro, el viento que hacía sonar el follaje y luego unos pasos.
Estaban justo detrás y, teniendo en cuenta la parsimonia con la que caminaba
Corell, ya deberían haberle adelantado. Seguramente no había nada de qué
preocuparse. Pero aun así…, por el peso de los pasos y la respiración demasiado
vehemente para un ritmo de paseo tan lento, el miedo lo acució. ¿Debería darse
la vuelta? No le dio tiempo. Los pies que le seguían aumentaron el ritmo.
Corell se volvió y vio por segunda vez a Arthur Mulland, aunque todavía sin
reparar en el hecho de que el lunar constituía una pista, un enlace a otro
contexto; lo único que comprendió con claridad era que se encontraba en un
aprieto.
Arthur
Mulland, pese a todo, no albergaba ninguna intención de hacerle daño a nadie.
Se había asegurado de que estuvieran solos y se había preguntado si debía
iniciar una conversación, lo cual ya de por sí habría contravenido sus
instrucciones, pero ¿violencia? ¡Nunca! Eso le ocasionaría muchos problemas,
pero algo en el rostro de Corell, el terror reflejado en sus ojos, los finos
rasgos, su juventud intensificada por el miedo, y luego las palabras «¡No tengo
dinero!», todo eso provocó a Arthur Mulland. ¿Pensaba el muy idiota que le iba
a robar?
—Soy
policía —dijo el hombre.
—Menudo
policía.
—
¿Cómo?
—Que
va por ahí sin saber estar calladito.
—
¿De qué está hablando?
Corell
no entendía nada. Le vino a la cabeza el encuentro con Pippard, pero se negaba
a relacionarlo con el loco que tenía delante; el tipo parecía demasiado bruto
para las matemáticas y los enigmas. Su pinta era la de un matón en toda regla,
cosa que evidentemente aumentaba el peligro. Mulland se sintió menospreciado.
Percibió el miedo en los ojos de Corell, y cuando se acercó un poco más y le
echó su apestoso aliento, la cara del policía se torció en una mueca de asco y
terror. Entonces sucedió: Arthur Mulland perdió la cabeza. Le dio un empujón al
policía y, al ver que éste se tambaleaba, lo repitió, sólo que más fuerte esta
vez.
Pese
a que Corell apenas podía mantenerse en pie, en medio de su tambaleo consiguió
reparar en una serie de detalles: uno de los ojos del hombre parecía más grande
que el otro, los dientes eran amarillos, tenía papada, pero sobre todo se
percató del lunar. Le asaltó una sensación de déjà vu, no hasta el punto de
llegar a relacionarlo enseguida con la carta, pero le puso en alerta.
Como
un futbolista que amaga al defensor, se movió de un lado a otro, y en cuanto
descubrió una abertura echó a correr, pero, junto a una piedra que se mancharía
con su sangre, Arthur Mulland lo alcanzó, consciente de alguna forma de lo
demencial e incluso ridículo de su comportamiento. No obstante, ya no quedaba
esperanza de que dejara escapar a Corell. En su exaltación, Mulland había
empezado a ver al policía como una auténtica amenaza, incluso como un verdadero
peligro para la seguridad del Estado. Durante un momento fue como si Alan
Turing y el policía confluyeran en su mente, y su rabia no hizo más que
aumentar. Cada vez más humillado por su ira y su torpeza, agarró a Corell y lo
derribó sobre el césped.
Ya
entonces resultaba obvio que la propia absurdidad de la situación era parte de
su peligro. No muy lejos de la misa de la honorable capilla de King’s College,
Arthur Mulland, padre de familia, se arrastraba entre los arbustos como un
chaval en una pelea de patio de colegio, y cuando en medio de un esfuerzo
descomunal para tumbar a Corell bocarriba descubrió que se había manchado las
rodillas de los pantalones, se encolerizó aún más; no porque le importaran los
pantalones, sino porque las manchas de hierba le recordaban la desprotección
que sufrió de niño. Bien es cierto que con los años se había vuelto más
temperamental, pero justo por eso le obsesionaba mantener su dignidad, y si no
lo lograba, perdía los estribos por completo. Una furia demencial se apoderaba
de él.
Todas
sus decepciones, todas sus carencias, todos sus instintos y deberes en
conflicto se unieron en una energía de pura destrucción. Golpeó una y otra vez.
Primero con la mano abierta mientras todavía le quedaba algo de sensatez, luego
con los puños, y al final, después de que Corell le escupiera en la cara, le
golpeó la cabeza contra la piedra, plenamente consciente en algún recóndito
lugar de su cerebro de que no sólo estaba destrozando al policía, sino también
su propia vida. En realidad, era raro que la paliza durara tanto. No estaban
muy lejos del canal y el sendero, pero con toda probabilidad a Mulland lo ayudó
la lluvia. Apenas había trasiego de gente. Reinaba el silencio en la ciudad.
Las copas de los árboles se inclinaban sobre el canal y a distancia se oyó un
trueno. Lo único sorprendente en el ambiente eran dos chicas que a lo lejos
cantaban el Ave María de Schubert. A Corell le sonaron como voces celestiales
de un mundo en agonía, mientras que para Mulland no supusieron más que un
distante elemento de irritación, y era verdad que las voces de las chicas ni
estaban educadas ni eran serias siquiera. Había un componente irónico en el
canto, pero cuando Arthur Mulland despertó de su ataque de ira y contempló con
asombro creciente sus bastas manos y la sangre que goteaba del pelo rizado y
moreno del policía, las voces se convirtieron en un despertador, un canto de
sirenas de un mundo bueno.
¿Qué
había hecho?
La
sangre parecía abandonar también su cuerpo, y se resistió al impulso de
tumbarse en el suelo al lado del policía. Deseó rezar o flagelarse a sí mismo,
pero no hizo nada, nada más que jadear pesadamente. Lanzar esos golpes fuertes
y rápidos le había dejado sin fuerzas, y sin ser consciente aguzó el oído en
busca del canto. Ya no estaba. A pesar de que hacía un momento le había
molestado, ahora lo echaba de menos. Temía que alguien los descubriera, pero al
mismo tiempo anhelaba con intensidad tener compañía y pensó —no sabía por qué—
en una pequeña y bonita caja de ébano que una vez encontró en un callejón en
Ankara, y que a veces solía acariciar con las puntas de los dedos, pero no
halló consuelo en ningún sitio. Se levantó y se perdió en la oscuridad.
Capítulo
29
Al
día siguiente reinaba una desbordante expectación no sólo en Gran Bretaña, sino
también en buena parte del resto del mundo. Un eclipse solar total alcanzaría
su punto álgido a las 13.29, hora local en Inglaterra. Millones de personas
cubrían los cristales con hollín y desplegaban negativos. Se decía que nada
menos que el mismísimo Galileo se había arruinado la vista por observar un
eclipse solar sin protección. Las gafas de sol no eran suficientes, indicaban
los periódicos, y muchos se preguntaban —como si las advertencias hubiesen dado
lugar a ideas obsesivas— si de verdad iban a poder resistir la tentación de
fijar una mirada desprotegida en ese sol que se oscurecía.
Muchos
experimentaron una creciente sensación de vitalidad. Un ambiente solemne
rodeaba Cambridge, y no pocos estudiantes tenían dificultades para concentrarse
en sus estudios. Otros no se dejaron arrastrar en absoluto por el revuelo.
Algunos afortunados estaban tan ocupados con sus trabajos intelectuales que las
curiosidades que sucedían en el firmamento les daban absolutamente igual. Unos
cuantos no se habían enterado del evento, algo ya de por sí bastante meritorio,
pues la televisión y las emisoras radiofónicas no paraban de informar sobre el
asunto y en la calle no se hablaba de otra cosa. Pero la capacidad del ser
humano para seleccionar y discriminar la información no debe subestimarse. La
gente a menudo no se entera de aquello que pasa delante de sus narices,
limitándose a ver lo que está acostumbrada a ver. En general, estamos mal
capacitados para anticipar grandes cambios, de modo que la oscuridad cogió
desprevenido a más de uno también en Cambridge.
Otros
más esnobs o con propensión a llevar la contraria, individuos que las ciudades
universitarias tienden a producir en abundancia, entendían como un deber
ignorar aquello que interesaba a todos los demás. Según éstos —aunque con
variantes en el razonamiento—, una persona independiente ha de liberarse de las
histerias generales. Pese a todo, un eclipse no era nada más que una sombra que
tan sólo debería interesar a astrónomos y poetas. Si todos los demás levantan
la vista, uno debe más bien bajarla o desviarla a un lado. Se trataba de
diferenciarse, y no sólo para darse importancia, aunque como es evidente
también era una parte relevante de la postura, sino porque esas personas
opinaban que únicamente quien se mantiene al margen descubre lo que sus contemporáneos
no perciben. Los cerebros privilegiados no tienen tiempo para psicosis de
masas.
Algunos
se hallaban en un estado demasiado sombrío o enfermo para preocuparse, y otros
estaban tan irritados que el espectáculo les traía sin cuidado. Oscar Farley
pertenecía a esta última categoría. Estaba sentado en su silla ergonómica,
recién instalada delante de su mesa en Cheltenham, y con gesto teatral acababa
de colgar el auricular del teléfono, como si quisiera mostrarle a un público
invisible hasta qué punto había llegado su descontento. Oscar Farley, desde el
primer momento, se había opuesto a la vigilancia del joven policía. Pensaba que
era una tontería. Pero perdió la votación, por lo que no le quedó otra que
acatar la decisión, aunque a regañadientes. Si había que prevenir y descubrir
nuevas filtraciones, debían concentrarse en lo esencial. Claro que el policía
podía ser en realidad un entrometido y un embustero, pero ponerle a Arthur
Mulland encima…, eso no. Mulland no era una persona estable… Farley no entendía
por qué contaba con tanto apoyo en la firma. La indignación que había mostrado
por la inclinación sexual de Alan Turing le había resultado poco sana;
opiniones sobre moralidad era lo último que Farley quería ver en un informe de
vigilancia, pero sobre todo estaba la llamada telefónica. Y no sólo por el
error en sí —equivocarse formaba parte del trabajo—, sino por el tono y los
detalles, o más bien la ausencia de ellos. Farley se levantó con semblante
adusto y salió al pasillo. Era temprano, así que no estaba seguro de que Robert
Somerset hubiera llegado ya. Desde el divorcio, Somerset tenía la costumbre de
entrar tarde y salir tarde, pero sí, Robert estaba en su despacho con una taza
de café delante. Al entrar Farley, la cara de Somerset se iluminó.
—Hola,
Oscar. ¿Has visto estas cosas?
Robert
Somerset se puso unas graciosas gafas que le hicieron parecer una especie de
parodia de agente secreto.
—Hechas
a medida para el eclipse.
—Mulland
ha llamado desde Cambridge.
—
¿No me puedes dar un respiro? Me estoy tomando un café.
—Ha
perdido al policía —continuó Farley.
—Qué
torpe. ¿Estaba borracho?
—No
lo sé. Pero dice que Pippard tiene razón, que el policía no es trigo limpio.
—Hay
que ver lo amigos que se han hecho de repente esos dos.
—Sí.
De lo más práctico, ¿no?
—Parece
que estás mejor de la espalda. ¿Has probado con el ejercicio que te enseñé?
—Mulland
dice que el policía lo despistó adrede, que sabía muy bien que lo seguían.
— ¿Y
tú no le crees?
—También
ha comentado otras cosas. Ha dicho que alguien más seguía al policía, un tipo
joven de aspecto eslavo y con un aire de brutalidad en el rostro. Mulland ha
dado una descripción del hombre.
—Suena
raro.
—Bastante.
—
¿Se lo ha inventado?
—O
ha exagerado mucho unas observaciones sin importancia.
—
¿Qué vas a hacer?
—Voy
para allá. Al parecer Corell aún no ha dejado el hotel, de modo que tarde o
temprano tendrá que aparecer por allí.
—Te
llevarás algo interesante para leer, supongo.
—Me
llevaré tus gafas. Me quedarán mucho mejor a mí —dijo Farley bromeando mientras
se las ponía.
A
Somerset no pareció divertirle lo más mínimo.
—
¿Así que no crees que pueda ser alguien que intente contactar con el policía?
—Puede
ser cualquier cosa. Pero no me tranquiliza mucho la idea de dejarlo todo en
manos de Mulland y Pippard.
—Pippard
ha sido de lo más celoso en el cumplimiento de su deber.
—Celoso
—bufó Farley, y se quitó las gafas.
—Y
muy comprometido con la causa.
—Todos
nos hemos mostrado tan condenadamente celosos y comprometidos que hemos perdido
el juicio por el camino —espetó antes de salir del despacho y volver a su
sitio.
Celosos
y locos… Desde que desaparecieron Burgess y Maclean, el ambiente se había
tornado cada vez más histérico, algo entendible, claro. Podía haber un tercer,
cuarto y quinto espía ahí fuera, posiblemente el maldito Philby, que conocía la
existencia de Bletchley y que había tenido a Burgess como invitado en
Washington. Por supuesto, era de suma importancia detener a esas personas, así
como que nadie que no fuera de máxima confianza tuviese acceso a lo más
sagrado; pero también resultaba evidente que las sospechas contaminaban al
personal y les hacía perseguir a todos los que fueran diferentes o poco
convencionales. ¿No había realmente un ambiente de linchamiento latente, a
punto de estallar, en medio de todo ese nerviosismo generalizado? Farley había
visto una rabia en la firma que le asustaba, que más que nunca le despertaba el
deseo de escapar de todo. Aun así, decidió hacer una pequeña maleta en la que
metió un volumen de la poesía de Yeats y una camisa blanca, limpia y planchada,
que llevaba un par de días colgada en una percha en su despacho.
Luego
le pidió a Claire que le reservara un billete de tren para Cambridge.
—No
estaré fuera mucho tiempo —dijo.
****
Arthur
Mulland estaba sentado en su habitación del hotel bebiendo de su petaca. No
sería una exageración afirmar que era una suerte para él que Farley no pudiera
verlo. Ni siquiera esos tragos lograron que las manos dejaran de temblarle.
Apestaba a alcohol y a sudor. Estaba pálido y hundido. Pero no se había
rendido. «Corren tiempos peligrosos», murmuró, como si la paliza hubiese sido
una batalla necesaria, parte de una cruzada, intentando sin descanso
justificarse y dar con una salida al aprieto en el que se hallaba. Las mentiras
a Farley las había ideado durante la noche. Sabía que tenían sus fallos y que
la descripción del perseguidor ficticio —de aspecto eslavo y con aire de
brutalidad— resultaba demasiado obvia, no sólo porque se asociaba al peligro ruso,
sino también porque invitaba a otras acusaciones, pero, con todo, creía que
servía, incluso que estaba bastante lograda. Pensó en Pippard. Éste era la
cuerda a la que podía agarrarse, su esperanza de salvación. Julius resolverá
todo esto. En general, Mulland no veía nada muy claro y, cuando las imágenes de
la noche anterior se le agolpaban en la cabeza, las contemplaba como a
distancia, como si no le concernieran.
Tras
la paliza había experimentado un breve instante de liberación, como si toda la
rabia encapsulada con la que había cargado hubiera encontrado por fin una
salida, pero se trataba de una sensación traidora, un falso alivio. Pues pronto
el pánico lo había dominado, y tal y como lo recordaba apenas había mirado al
policía. Apartó los ojos nada más darse cuenta de que Corell estaba mal, por lo
que su recuerdo más nítido no era de éste, sino de sus propias manos manchadas
y de la lluvia que caía sobre ellas, y luego la repentina aprehensión de que
tenía que irse de allí. Tambaleante, se había marchado del lugar y había vagado
por la ciudad hasta serenarse lo suficiente como para regresar al hotel, donde
se lavó todo el cuerpo y se entregó a un sueño profundo pero breve.
Dios
mío, ¿qué había hecho? Se levantó. Se volvió a sentar. Bebió un trago tras
otro, bien agua, bien whisky, pensando que debía telefonear a Irene, su mujer,
para decirle que todo iba bien, pero eso sería una estupidez. Pues nada iba
bien y la relación entre los cónyuges llevaba años siendo pésima. Sin duda,
hacía falta un suceso de estas características para que lo invadiera semejante
sentimentalismo. Dejó que sus pensamientos viajaran hasta sus hijos
—especialmente hasta Bill, que había empezado a estudiar Medicina— en un
intento de evocar sus rostros, pero no pudo. En su lugar apareció la imagen del
policía con sus ojos sesgados. ¿Estará todavía donde lo dejé? ¿Estará…?Mulland
cogió el teléfono y pidió que le pasaran con el hotel Hamlet en Drummer Street.
Cuando contestó una voz masculina, colgó, aprensivo. No, no, no puede seguir
allí tirado. Tiene que haber… Se levantó de un salto y se miró al espejo, al
principio se horrorizó —¡Joder, tengo un aspecto horrible!— para luego calmarse
no del todo descontento. Se limpió el sudor del labio superior, atusó el pelo
ralo y mostró una cándida sonrisa como para engañarse a sí mismo. Luego se
precipitó a la calle y se dirigió a King’s College. Pero enseguida aminoró el
paso. ¡No corre tanta prisa! Y cuando en Market Street descubrió un letrero,
REGENCY CAFÉ, y se dio cuenta de que se trataba de un lugar sencillo, un café
de obreros, el tipo de sitio que no había esperado encontrar en esta ciudad tan
esnob, entró y pidió un té y un sándwich de huevo. ¡Primero tengo que calmarme!
****
Oscar
Farley estaba sentado en el tren y, aunque intentaba leer a su Yeats —la poesía
de Yeats era el paisaje reconfortante al que siempre volvía—, los pensamientos
revoloteaban en su cabeza, y cuanto más avanzaba el tren, más pensaba en Alan
Turing. No hacía tanto tiempo que el matemático se había sentado enfrente de
Farley en Cheltenham diciendo con su voz tartamudeante y resignada:
—O
sea, que ya no os fiais de mí.
—Claro
que nos fiamos. Es sólo que…
Era
sólo que… ¿qué? Farley no consiguió acordarse de lo que había contestado
—probablemente se había enredado en alguna retahíla de disculpas—, pero recordó
que le había dolido. Alan y él compartían una larga historia. Farley había
participado en el reclutamiento de Turing para Bletchley. Ya entonces buscaban
a matemáticos y científicos más que a lingüistas y clasicistas, y de la red de
contactos que tenían en Cambridge habían recibido numerosas recomendaciones
independientes sobre Alan, el joven que había resuelto el problema de decisión,
que había estudiado en Princeton y que además se interesaba por la
criptografía. Sabían que sería un reclutamiento estrella. Pero no podían
sospechar… Farley se acordó de la primera vez que había reparado en Alan en
Bletchley. Fue en la mansión, en ese salón de bailes que ya entonces servía
tanto de centro de mando como de punto de encuentro. Estaba bebiendo con un
grupo de compañeros repartidos en varios sofás. Debía de ser el otoño de 1939,
pero, a pesar del desarrollo de la guerra, el ambiente era animado y alegre.
Por su parte, Farley se sentía casi feliz. Bridget también estaba. Acababan de
iniciar su relación, pero como los dos estaban casados representaban su
charada, jugando a no conocerse, cosa que no hacía más que aumentar la pasión
que había entre ellos. Desde muy joven, Oscar Farley se había acostumbrado a
ser el alma de toda reunión social. Siempre se aseguraba de que no se diera de
lado ni se ignorara a nadie. Asumía una especie de responsabilidad paternal en
cada conversación en la que participaba, y por eso no tardó en descubrir que,
cuando la charla se volvía más desenfadada, Alan Turing se callaba y daba
claras muestras de incomodidad. La gente se reía, Alan también, pero con un
poco de retraso, como un niño que no pillaba el chiste pero que fingía hacerlo.
Parecía perdido y avergonzado, y Bridget —que también debía de haber reparado
en ello— le preguntó educadamente:
—Perdone,
doctor Turing, ¿a qué se dedicaba en Cambridge?
—Yo…
—empezó—. Yo me dedicaba a ciertas cuestiones bastante sencillas concernientes…
Luego
se bloqueó. Ni una palabra más salió de sus labios. Se limitó a levantarse
apresurado y a marcharse, y en esa época nadie entendió por qué. Sin embargo,
pronto se darían cuenta de que si Alan no confiaba en que la gente fuera a
comprender su trabajo, era incapaz de hablar del tema, cosa que podía tomarse
como esnobismo, como arrogancia, pero lo más probable es que no hubiera otra
razón que su incapacidad para tratar con gente demasiado alejada de su mundo. A
las mujeres directamente no las entendía. Bajaba la mirada cuando una mujer
pasaba delante de él. Ataba su taza de té a un radiador para no perderla, no
hacía más que perder cosas, y se vestía de forma excéntrica. Pero en aquella
época todo lo que había de diferente en él no se consideraba más que como parte
de sus dotes de genio. Eso fue antes de… Farley miró por la ventana y al ver
que se acercaba a Cambridge sintió una punzada de nostalgia. Cambridge era su
verdadera casa. ¡Cuánto le habría gustado no tener que trabajar hoy! Al
levantarse de su asiento le dolió la espalda. Lanzó una maldición y bajó al
andén. Era casi la una del mediodía. No quedaba mucho tiempo para el eclipse y
ya se advertía cierto parón en las actividades de la ciudad.
****
Arthur
Mulland se hallaba todavía muy alterado. Iba en la misma dirección que Farley.
Toda su persona irradiaba tensión, pero ahora la mirada lucía más clara. Le
habían pasado muchas cosas. Después del desayuno en Market Street había
irrumpido en King’s College —ajeno a lo mucho que desentonaba en un sitio así—
para continuar hacia el lugar donde le había dado la paliza a Corell. Al
acercarse, aminoró el paso y respiró hondo. Aunque se esperaba que resultara
doloroso, y era consciente de que era un criminal que regresaba a la escena del
crimen, le cogió desprevenido el malestar físico que le fue invadiendo, y si la
idea no se hubiera convertido en una obsesión durante las primeras horas del
día, ya habría vuelto sobre sus pasos. Pero siguió avanzando. Le pareció raro
acordarse tan bien de los alrededores. Todos los arbustos y los árboles le
resultaban extrañamente familiares, como si la rabia y la locura en realidad
hubieran aguzado sus sentidos. Recordó la trompeta que había oído, y el coro de
las niñas que cantaban el Ave María, y lo que había pensado en aquel momento.
Ya empezaba a comprender que no iba a encontrar nada. El lugar le resultó
escandalosamente inocente. Allí no había ningún cuerpo tirado. Tampoco rastro
alguno de que hubiera pasado algo. Sólo al examinar el suelo con detenimiento
descubrió un poco de sangre en la piedra y en la tierra removida. Se oyó un
gato — ¿el mismo que anoche?—, pero allí… En la hierba, al lado del sendero,
yacía un pequeño cuaderno sin tapas. Lo cogió, aunque por instinto sintió un
rechazo cuando en la primera página descubrió una mancha que parecía sangre.
Mirando avergonzado a su alrededor, lo introdujo en el bolsillo interior para
luego dar la vuelta y echar a andar en dirección a la fuente y la capilla. Al
final la curiosidad lo venció.
Se
sentó en un banco frente a la entrada a King’s College y se puso a hojear el
cuaderno. El nombre Fredric Krause, subrayado dos veces, fue de las primeras
cosas que captaron su atención. Krause. Había algo con ese nombre que le
alteraba. Lo importante no son las máquinas de por sí, sino las instrucciones
que les damos. ¿Qué significaba eso? ¿Cómo puede la contradicción ser un arma
de vida y muerte? ¿Cómo puede la paradoja del mentiroso ser una espada en la
guerra? Un poco más adelante descubrió las palabras «descifrar códigos» y
«Bletchley», y luego un razonamiento sobre cómo el arte de cometer errores era
una condición indispensable para la inteligencia. ¿Es por eso por lo que Turing
deja que la máquina calcule mal en su test?
No
sería correcto decir que Arthur Mulland entendía lo que había encontrado, pero
en su exaltación se convenció de que se trataba de un documento decisivo, algo
que incluso podía motivar la paliza, y durante un buen rato caminó de un lado a
otro hasta que encontró una cabina de teléfono. Sacó nervioso un par de
chelines del bolsillo y le dio el número de Pippard a la operadora.
—Soy
Mulland.
—
¿Qué ha pasado? —respondió Pippard.
—Tenía
usted razón respecto al policía. Tengo pruebas. Tengo su cuaderno secreto.
Era
consciente de que su voz sonaba muy forzada y de que la palabra «secreto»
resultaba un poco exagerada.
—¿De
qué estás hablando? —replicó Pippard—. Somerset dijo que lo habías perdido.
Farley está de camino a Cambridge.
—
¿Ah, sí? ¿Adónde va?
—
¿Cómo que adónde va? Y yo qué sé. Supongo que irá al hotel donde se aloja el
señor Corell. ¿No debería el policía aparecer por allí tarde o temprano?
Mulland
dijo que era posible. No le gustaba la idea de que Farley estuviera de camino,
e intentó, aunque sin ser capaz de concentrarse demasiado, decir algo
convincente sobre el hombre con aspecto eslavo que según él había seguido al
policía. No le salió demasiado bien, así que como cebo, en un intento de
cambiar de tema, soltó el nombre de Fredric Krause.
—
¿Le dice algo? —preguntó.
—Huy,
sí. Desde luego que sí.
—
¿Quién es?
—Un
conocido de la guerra —dijo Pippard.
—Krause
parece haber sido el contacto del policía. Ha subrayado el nombre en su
cuaderno.
—
¿Qué dices?
—Luego
se lo cuento en detalle. Ahora tengo que marcharme.
—No,
no…, tienes que explicármelo ahora. ¿No lo entiendes?
—No
me da tiempo.
—Pero
¡por todos los demonios, hombre! ¿A qué vienen esas prisas?
—Tengo
que encontrar al policía.
—Pero
¿no decías que había desaparecido?
—Sí…,
bueno… Es que creo que sé dónde encontrarlo —mintió Mulland.
—Vale,
vale. ¡Bueno, búscalo y asegúrate de que se quede en Cambridge! ¡Es
imprescindible que hablemos con él! Aunque no entiendo nada de tus desvaríos.
Pero Fredric Krause, madre mía…, si es como dices, eso me preocupa de verdad.
—Krause
no suena inglés.
—Exacto.
Lo
sabía, pasó por la cabeza de Mulland.
—Estaré
en contacto —dijo, y, aunque oyó otro comentario más de Pippard, colgó y se
apresuró a salir de la cabina.
Al
cabo de diez metros se detuvo y se quedó parado un segundo o dos balanceando el
cuerpo de un lado a otro. Acto seguido volvió a la cabina telefónica. Sacó otra
moneda y le pidió a la operadora que le pusiera con el hotel Hamlet.
Transcurrió un buen rato. Maldita sea… Sólo se trataba de una llamada local.
¿Tan difícil era? Tuvo que introducir otros cuatro peniques. Cuando al final le
pasaron con el hotel preguntó por el señor Corell, y, aunque los temores
cruzaron su mente, no creía que la policía estuviera allí. La llamada era más
bien parte de una especie de terapia para sí mismo. Pero la voz masculina al
otro lado de la línea dudaba y tenía una voz extraña. ¿Sabía…?
—No
sé.
—
¿Qué?
—Nos
ha pedido que nadie le moleste.
—No
se preocupe. Pase la llamada. Es muy importante.
—
¿Ha ocurrido algo?
—Déjeme
hablar con él —dijo Mulland, y acto seguido empezó a oír los tonos, uno tras
otro, y al final no aguantó más.
Nervioso,
abandonó la cabina telefónica y caminó con celeridad, un ritmo que contrastaba
con el de la ciudad —las personas a su alrededor parecían estar asombrosamente
quietas—, pero no tuvo tiempo para reflexionar sobre ello. Las palabras de
Pippard silbaban en sus oídos, si es como dices, eso me preocupa de verdad,
mientras Mulland murmuraba para sí mismo: «Tenía razón, ¿a que sí?».
Capítulo
30
Sonó
el teléfono. Corell quería contestar, pero las fuerzas lo habían abandonado. Se
limitó a abrir la mano penosamente, como si esperara que alguien le pasara el
auricular. Después volvió a sumirse en un estado de sopor. Había sangre y
tierra en la almohada. Llevaba la cabeza envuelta en una camisa de cuadros.
Tenía las mejillas y los ojos desfigurados y llenos de moratones. Si alguien en
ese momento le hubiera preguntado por lo ocurrido, le habría dicho que no lo
sabía, que quizá se hubiera caído de la cama, y quizá habría añadido que le
parecía bien que estuviera oscureciendo porque quería dormir. Necesitaba
acurrucarse para aliviar el dolor que sentía en el tórax y en la frente, y a lo
mejor hubiera podido lograr su propósito de no ser porque percibió algo fuera;
una quietud, un silencio que atravesaba la ciudad y que por algún motivo lo
llevó a pensar en su madre. En la casa de Southport se sentaba delante de la
chimenea a fundir estaño que luego vertía en agua para leer el futuro en las
figuras que se formaban. Un recuerdo extrañamente bonito no sólo por lo que
había sucedido, sino también por cómo solía pensar en ella, pero la
reminiscencia se desvaneció.
La
sombra allí fuera barrió el cielo con demasiada premura, y Corell fue preso del
temor y la confusión. Incluso llegó a olfatear como para asegurarse de que el
olor a almendra amarga no se hubiera colado en la habitación y, de hecho,
percibió una densidad en el aire, pero no entendía qué podía ser. Después se
dio cuenta de que los coches, los pájaros y las personas se habían callado, no
de manera paulatina como suele ocurrir por las tardes, sino como si obedecieran
a una señal, y entonces lo comprendió: se trataba del eclipse solar, y poco a
poco todo empezó a volver a su memoria. Recordó la lluvia.
Se
acordó de la paliza, de permanecer tirado en la hierba convencido de que la
vida se le escapaba. Más tarde por la noche se había levantado y había vomitado
encima de un arbusto. Respiraba con estertores y escupía sangre, y sentía que
era de vital importancia no mover la cabeza. Con todo, echó a andar, empujado
por un instinto de llegar a casa, a su habitación de hotel. De camino, se cruzó
con unos trasnochadores que insistieron en ayudarlo, pero rechazó el
ofrecimiento con firmeza. Al igual que un animal herido, quería estar solo, y
cuando llegó al hotel —¿cómo fue capaz de encontrar siquiera el camino?— no
había nadie en recepción. Con la llave que aún guardaba en el bolsillo
consiguió abrir la puerta de su habitación, y se desplomó en la cama o, mejor
dicho, primero bebió un poco de agua y se envolvió la cabeza en la camisa, pero
luego… Todo fue una nebulosa. Se encontraba terriblemente mal, y a ratos debía
de haber alucinado. Cuando la señora de la limpieza llamó a la puerta le espetó
que no quería que nadie lo molestara —¿por qué hacía eso?—, a lo que la mujer
respondió con un murmullo y se fue. Tenía la sensación de que iba a volver.
Quería que regresara. Necesitaba ayuda. A medida que los pensamientos se iban
aclarando sintió una enorme pena de sí mismo. Pasó la mano por la camisa que
llevaba alrededor de la cabeza y debajo notó la costra de la herida. «Estoy muy
mal, sin duda estoy muy mal», pensó. Le dolía. Estaba rígido, y con ojos
entornados miró por la ventana… Todo el mundo se ha unido para presenciar un
gran acontecimiento, y aquí estoy yo. Qué triste, yo que he leído… Se vio
sentado en King’s College y se imaginó que un admirador se le acercaba… No tan
alto, amigo mío. Bueno, bueno, agradezco sus elogios, es que las matemáticas
son para mí como la música, ¿sabe usted?… Quizá todavía no regía bien del todo,
pero poco a poco recordó los acontecimientos, a Pippard y la carta… Dios mío,
la carta. Acercó la mano al bolsillo interior, hurgó nervioso, pero sí, ahí
estaba, con todas las páginas intactas. Sintió la tentación de leerla de nuevo.
¿Y el cuaderno? ¿Dónde estaba su cuaderno? Se recorrió el cuerpo con las manos,
pero no, no dieron con ningún cuaderno. Dirigió la mirada hacia la mesilla y la
maleta. Al no verlo allí tampoco, se mortificó. Se acordaba del hombre que le
había pegado. ¿Quién era? ¿Por qué lo había atacado? Tenía un lunar en la
frente y llevaba pantalones demasiado cortos…, tenía que ser el hombre de la
carta de Turing…, de repente cayó en la cuenta. Sus pensamientos se vieron interrumpidos.
Escuchó pasos en el pasillo. Sería la señora de la limpieza. Quizá ha vuelto
con un médico, pensó. Eso estaría bien. Llamaron a la puerta. Unos golpes mucho
más fuertes de lo que Corell se había esperado.
****
Oscar
Farley estaba de un humor de perros y le dolía la espalda. Punzadas de dolor le
atravesaban el cuerpo desde la zona lumbar hasta la nuca, y en la calle la
gente se sorprendía no sólo por su estatura, sino por la posición de la cabeza
que, debido a la rigidez de su cuerpo, se inclinaba hacia la izquierda, como si
observara un punto muy alejado en lo alto del cielo. En realidad, apenas veía
el cielo. Se hallaba encerrado en su dolor y sólo en algún momento de
impaciencia levantaba la mirada hacia el eclipse solar como si no fuera más que
un molesto cambio de tiempo. Cuando entró en Drummer Street vio las entrañas de
un animal muerto y, aunque apartó la vista rápido, eso le afectó. El cadáver
agravó su malestar, y ni siquiera el regreso de la luz y el despertar del mundo
de nuevo contribuyeron a levantarle el ánimo. Pensó en Pippard. ¡Era imposible
que Pippard llevara razón! Pippard era un idiota. ¿De verdad el policía podría
haber averiguado tanto? ¿Y era concebible siquiera que les hubiera pasado la información
a ciertas personas misteriosas? Y luego estaba Mulland: ¡un hombre de aspecto
eslavo le seguía! ¡No, no!
Bien
era cierto que Corell desde el primer momento había desconcertado un poco a
Farley con su incongruencia y por el asombroso descaro y la autoridad que había
mostrado delante de los juzgados de Wilmslow. También daba la sensación de ser
imprevisible y de tener cuentas que ajustar. Existía algo de carga hereditaria,
comentario que se había hecho en el despacho el día anterior. Se dijo que tanto
el padre como la tía eran elementos subversivos. Bueno, bueno, «elementos
subversivos», había pensado Farley, personas agradables, en otras palabras; si
tuvierais una mínima idea de lo que pienso de las chorradas que soltáis… Pero
debía admitir que, si juntaban todas las piezas, era para preocuparse un poco.
Esa carta, por ejemplo, ¿qué era? ¿Y por qué el policía se la había quedado sin
decir nada? Aceleró el paso y le pareció ver a Mulland a lo lejos, pero
probablemente se confundió y, en todo caso, iba absorto en sus pensamientos.
Se
acordó de una historia que circulaba sobre Mulland. Decían que perdió la
chaveta una vez durante las carreras de caballos en York. Al parecer se echó a
llorar cuando el caballo por el que había apostado se cayó en la última curva,
para luego propinarle un buen sopapo a algún pobre hombre que se interesó por
cómo estaba. Nadie se molestó en indagar demasiado en el incidente —se decía
que todo había sido una exageración—, lo cual sin duda fue un error. El
sentimentalismo y la violencia no eran la mejor combinación. Además, Mulland
bebía en exceso. ¿Por qué de entre todo el personal se libró justo él de las
investigaciones internas? ¿Era porque contaba con el beneplácito de Pippard? ¿Y
porque repetía como un loro todas las opiniones al uso?
Oscar
Farley miró el número de la calle y descubrió el hotel, un lugar sencillo del
que nunca había oído hablar y que ni siquiera tenía una marquesina. Por fuera
daba la impresión de ser un edificio de apartamentos, y dentro la decoración se
veía destartalada. No era un sitio que invitara a entrar. Las paredes las
adornaban fotografías de actores que habían interpretado a Hamlet, como
Laurence Olivier, quien, de forma más bien cariñosa, apretaba una calavera gris
contra la mejilla, y justo a la derecha de la puerta había una planta muy
grande que parecía necesitar agua, pero en el vestíbulo no se veía a nadie.
Farley tocó un timbre plateado que había en el mostrador.
—¡Por
todos los demonios!
No
acudió nadie. Cuando volvió a hacer sonar el timbre tuvo la absurda sensación
de que el sitio llevaba mucho tiempo abandonado. No fue hasta pasados un par de
minutos que un chico joven, con camisa blanca y chaleco negro, y con un buen
hueco entre los dientes, entró corriendo desde la calle. Había algo conmovedor
en él, algo torpe y desgarbado.
—Discúlpeme.
Discúlpeme. Es que estaba viendo el eclipse solar. Fantástico, ¿verdad?
—Sí,
bueno…
—
¿En qué puedo ayudarlo?
—Me
gustaría ver al señor Corell.
—
¿Usted también?
—
¿Qué quiere decir?
—Acabo
de cruzarme con un caballero en la calle que también quería verlo.
—
¿De modo que el señor Corell se encuentra en su habitación?
—Creo
que sí. No ha contestado al teléfono, pero ha hablado con la señora de la
limpieza. Ha pedido que…
—¿En
qué habitación está?
Era
la 26. A pesar de que había un viejo ascensor y del dolor de espalda, Farley
subió por la escalera. Pensó que sería más rápido. Enterarse de que otra
persona quería ver al policía lo desasosegó. No sabría decir lo que le ponía
más nervioso, pero empezaba a tener miedo de que el policía hubiera hecho de
verdad algo imperdonable. Sería sin duda un revés de lo más molesto. Odiaba que
gente como Pippard tuviera razón por motivos equivocados, o mejor dicho que las
actitudes poco sanas condujeran a buenos resultados, y por algún motivo pensó
en Alan, Alan acariciando su lingote de plata en el bosque.
Arriba,
en la segunda planta, reinaba una sorprendente oscuridad. ¿Se había fundido
alguna bombilla? La moqueta era marrón y estaba deshilachada. Se le antojó que
andaba por el pasillo de una cárcel. De pronto, se detuvo. Su cuerpo se tensó,
o hizo algún movimiento imprudente, porque un terrible dolor le recorrió el
omóplato y le hizo quejarse — ¡Ay, Dios!—, pero su atención se centró en algo
diferente. Se percató de un ruido que sonó como un suspiro, y pese a que no fue
alto ni demasiado dramático lo alarmó, no sabía por qué, quizá sólo se debiera
a su nerviosismo. Pero al suspiro le siguió otro ruido, un susurro agitado, y
un golpe sordo, y cuando apretó el paso, Farley se fue convenciendo de que
pasaba algo muy serio y empezó a hacer sonar, ruidosa y nerviosamente, las
llaves en su bolsillo.
Capítulo
31
Corell
había cerrado la puerta con llave tras entrar tambaleándose en su habitación
esa noche. Por eso no le sirvió de nada gritar: « ¡Pase!». Tenía que abrir él
mismo. Pero apenas le quedaban fuerzas para levantarse. Estaba mareado, y era
como si el cuerpo le gritara: ¡no te muevas! Con todo, necesitaba ponerse de
pie, tenía que beber e ir al baño. Había que intentarlo, total… Pero, Dios mío,
cuánto costaba. La vista se le nublaba y sentía una gran presión en la cabeza.
—Ya
va. ¡Ya va!
Con
un esfuerzo descomunal se puso de pie y consiguió mantener el equilibrio. Lo
vivió como un pequeño triunfo y empezó a moverse con el tronco doblado hacia
delante. En la calle la vida estaba regresando. Los pájaros y las personas
resucitaban. Trató de alegrarse de que así fuera, pero la luz lo atormentaba.
—
¿Quién es? —preguntó.
No
captó ninguna respuesta. El esfuerzo de andar requería toda su concentración, y
si en algún momento se preguntó quién llamaba a su puerta, pensó que era la
señora de la limpieza o el conserje, o un médico al que habían llamado. No cayó
en que la señora de la limpieza no lo había visto. Si algo le preocupaba era si
iba a ser capaz de llegar hasta la puerta sin caerse. Recorrer esa distancia le
parecía una empresa de lo más arriesgada. El mareo se aguzó y pensó: «No voy a
poder», pero siguió avanzando. Descubrió aliviado que la llave estaba puesta.
Pero la cerradura se le resistía y la fuerza en las manos le fallaba. « ¡Venga,
venga!». Y al final lo consiguió. Abrió la puerta preparándose para desplomarse
con dramatismo —quería inspirar toda la pena posible—, pero en el pasillo no
vio a ninguna señora de la limpieza ni a nadie del hotel. Enfrente de él había
alguien completamente diferente, una persona que apestaba a sudor y a alcohol.
****
Arthur
Mulland había recibido una orden: asegurarse de que el policía se quedaba en
Cambridge. Además, quería adelantarse a Oscar Farley y dar su versión de los
hechos. Se había obsesionado con la idea de darle la vuelta a la situación de
modo que saliera bien parado. Una y otra vez miraba el cuaderno que llevaba en
la mano, como si fuera una baza fantástica. Pero mientras el cielo oscurecía y
la gente a su alrededor se sumía en un silencio reverente, su ánimo decaía y
veía al policía en todo tipo de figuras, incluso en algo que se asemejaba a una
apariencia fantasmal, y empezó a sentirse acosado. El tiempo parecía
escapársele de las manos, y apretó el paso como si ya no hubiera vuelta atrás.
Durante un buen rato estuvo ajeno a lo que sucedía a su alrededor. En la
entrada del hotel Hamlet, un hombre joven sostenía un trozo de cristal oscuro
delante de los ojos. El hombre dijo algo incomprensible acerca de la locura.
—
¿Perdón?
No
se habrá referido a él, ¿verdad?
—
¡Señor! ¡Tenga cuidado! ¿No tiene nada para protegerse los ojos al mirar?
—Yo
no miro. Pero ¿qué ha dicho? ¿He oído algo acerca de la locura?
—
¿Qué?… Bueno, sí…, sólo he dicho que entiendo que la gente se volviera
religiosa y loca al presenciar este tipo de cosas.
—Es
posible. ¿Trabaja usted en el hotel?
En
efecto, el hombre trabajaba en el hotel, y sí, allí se alojaba un señor Corell.
Le dio el número de la habitación, aunque algo reacio, y poco después Mulland
atravesaba el oscuro pasillo. Al llamar a la puerta murmuraba para sí
«tranquilo, tranquilo», pero como no ocurría nada —no se oían pasos dentro—
volvió a golpearla con el puño. La espera le resultó casi insoportable hasta
que de pronto advirtió una voz y un movimiento. Sintió que su cuerpo se tensaba
y en un acto reflejo empezó a contar hacia atrás: seis, cinco, cuatro…, como si
esperara una explosión. La puerta se abrió.
El
aspecto del policía era de lo más deplorable que había visto en su vida. Corell
temblaba, iba encorvado y estaba hecho trizas.
—No,
no, por favor —farfulló mientras se llevaba las manos a la cabeza, donde un
trapo o más bien una camisa empapada de sangre le colgaba hasta los hombros
como un absurdo peinado.
Arthur
Mulland cerró la puerta y dio unos pasos, con la única intención de decir algo
o para tenderle una mano, pero sus movimientos resultaron demasiado rápidos y
agresivos, y el policía se tambaleó del susto. Se apoyó en la pared y despacio,
como una persona que ha decidido tumbarse, cayó al suelo. Un espectáculo
desgarrador. Se acercó las piernas al pecho mientras las manos agarraban la
cabeza envuelta en la sanguinolenta camisa. Mulland sintió que debía hacer algo
de inmediato, pero no se movió de su sitio y con una voz que le sonó afectada
dijo:
—No
voy a hacerle daño. Quiero ayudarlo. Pero debe entender que…
Estaba
a punto de decir algo acerca de la gravedad de conspirar con la ayuda de
personas como Fredric Krause, pero se le antojó un sinsentido, así que en su
lugar echó una ojeada a la habitación. Había una Biblia con cubiertas rojas
encima de la mesa, y en el suelo una maleta abierta. Mulland intentó ordenar
sus pensamientos y serenarse. Decidió que debía ayudar al policía a tumbarse en
la cama y después sentarse en la silla del rincón y echar un nuevo vistazo al
cuaderno, pues quería estar bien preparado antes de interrogarlo, pero entonces
se oyeron unas pisadas en el pasillo. ¿O se lo estaba imaginando? Sí, los pasos
se acercaban. Había algo familiar en ellos. ¿No resulta curioso todo lo que uno
puede interpretar de unos ruidos en el suelo? Enseguida supo que se trataba de
Farley, quizá porque siempre había rondado por sus pensamientos y porque éste
siempre había ocupado un lugar especial en su vida. Durante mucho tiempo
Mulland lo había admirado por su dignidad y su independencia. Pero últimamente
esos mismos rasgos de su carácter habían empezado a irritarlo. Farley hacía que
se sintiera inculto y limitado. Ahora prefería buscar el apoyo de superiores
como Pippard, cuya forma de pensar y actuar se acercaba más a la suya. Puede
que incluso cargara una rabia latente contra Farley. Cuando llamaron a la
puerta, dirigió una mirada desesperada hacia la ventana.
****
—
¡Buenas tardes, doctor Farley!
Era
un saludo desprovisto de toda calidez. No sólo el tono había sido frío, sino
que las palabras se pronunciaron antes de que la puerta se abriera del todo y
se hubiesen visto. No obstante, Farley se tranquilizó; reconoció la voz y se le
antojó una buena señal que Mulland estuviera allí, a pesar de todo. Pero la
sensación de confianza sólo duró un segundo; al ver el rostro de Arthur en la
puerta se asustó. La mirada reflejaba alguna alteración, pero también…, ¿cómo
explicarlo?, parecía triste y desorientada, imposible de interpretar. El
aliento era horrible y el hombre apestaba a alcohol. Mulland agitaba un
cuaderno en el aire como si se tratara de un hallazgo importantísimo.
—Mire
esto. Son pruebas. Pruebas claras. Filtra información, y eso es algo que
debemos tomarnos muy en serio…, es nuestro mayor secreto, el secreto de los
secretos, ¿verdad? Ni yo mismo sé mucho sobre eso, para nada, pero él… ha
contactado con personas extranjeras —siguió hablando Arthur Mulland,
completamente fuera de sí.
Al
principio, Farley lo escuchó con atención —pensó que el cuaderno era la causa
de la exaltación de Mulland—, pero de pronto se quedó paralizado. En el suelo
yacía un hombre con la cara destrozada y la cabeza envuelta en una camisa llena
de sangre.
****
Cuando
Corell se dio cuenta de quién era la persona que acababa de entrar en su
habitación, experimentó un terror tan intenso que apenas pudo respirar, y, a
pesar de que era lo último que quería, se desplomó en el suelo como un muñeco
de trapo. Estaba convencido de que lo molerían a palos de nuevo, por lo que se
cubrió la cabeza con las manos y se limitó a esperar los golpes. Ahora…, ¿ahora
me dará una patada? Pero cuando no pasó nada empezó a albergar una esperanza, o
incluso a soñar, y poco a poco se sumergió en la inconsciencia, o más bien en
una zona limítrofe entre el mundo despierto y el del sueño profundo. Al
principio no percibió más que su mareo y el malestar. Pero luego fue consciente
de algo, como muy lejano, una presencia y un sonido, a los que en un principio
no dio importancia, pero que muy despacio le fueron transportando a su infancia
en Southport. Incluso le pareció oír los crujidos del suelo de su casa, pero
no, no podía ser verdad. Intentó centrarse en el peligro en el que se hallaba y
el hombre del lunar. Pero fue en vano. Perdió el sentido de la orientación y se
dejó llevar. Las alucinaciones vencieron y ahora, estaba muy claro, unas llaves
sonaban, su padre había venido, y pensó que ya era hora. Luego intentó decir
algo.
****
Farley
apenas podía asimilarlo. Sobre todo no comprendía por qué Mulland no le había
avisado al momento sobre la persona del suelo en lugar de desvariar sobre el
maldito cuaderno. Será idiota…Farley se inclinó y puso una mano en la espalda
del individuo y entonces lo comprendió: era el policía. Parecía estar bastante
mal. Farley le echó una mirada furibunda a Mulland, quien se limitó a hacer un
gesto exculpatorio con las manos, y luego le habló directamente a Corell:
—
¿Cómo está? ¿Puede hablar?
—
¡Encontré el guante!
—
¿De qué me está hablando?
—Estaba
junto a la vía del tren. Todavía lo tengo. Creo que todavía lo tengo —dijo el
policía.
Resultaba
obvio que desvariaba. Aparte de la falta de coherencia, su voz sonaba ronca y
distante. Farley pensó que tenía que meter a Corell en la cama y llamar a un
médico cuanto antes. Pero su espalda… ¡Joder, la espalda! Le espetó a Mulland:
« ¡Acérquese y écheme una mano!». Cuando Mulland no obedeció enseguida, se
quedó rígido, de nuevo atemorizado, pero apartó la idea de su cabeza. Al final,
Mulland acudió en su ayuda y levantaron, o más bien arrastraron, al policía a
la cama. Farley le dio un vaso de agua y le quitó la camisa de la cabeza para
examinar la herida, pero no vio más que un revoltijo de rizos, sangre seca y
tierra.
—Tranquilo,
tranquilo. No se preocupe. Cuidaremos de usted.
—Yo
he… —empezó Corell.
—Llame
a recepción y que manden un médico —continuó Farley, dirigiéndose ahora a
Mulland.
Mulland
permaneció inmóvil.
—
¡Venga! ¡Dese prisa!
Mulland
se acercó al teléfono, pero se quedó parado y durante unos segundos permaneció
inclinado, aparentemente perdido en medio de la habitación mirando con esos
agitados ojos hacia la calle. Farley sólo quería gritar ¿Qué coño has hecho?
Pero se dio cuenta de que tenía que conseguir que Mulland reaccionara, así que
probó un tono más suave.
—Entiendo
que ha pasado algo terrible. Luego lo hablamos con calma, y prometo estudiar el
cuaderno que ha encontrado. Seguro que hay muchas cosas interesantes en él.
Pero primero tenemos que asegurarnos de que la situación esté bajo control,
¿verdad?
Arthur
Mulland asintió reacio, pero siguió sin hacer ademán alguno de levantar el
auricular del teléfono. Farley se volvió hacia Corell, que mostraba una palidez
preocupante. Los ojos se le antojaban muy pequeños junto a las mejillas
hinchadas.
—
¿Quiere más agua?
—
¿Quién es usted?
—Me
llamo Oscar Farley. Nos conocimos en la comisaría de Wilmslow.
El
rostro del policía se iluminó. Sonrió como si volviera a ver a un viejo amigo,
cosa que, sin duda, podía considerarse como otro signo más de desvarío —pues no
habían coincidido más que un rato—, pero la reacción produjo en Farley un
ligero alivio. Quizá no está tan mal, pensó. Ahora sí, ahora voy a arreglar
esto. Pero no hubo tiempo para cantar victoria; al darse la vuelta descubrió
que Mulland parecía estar fuera de sí. ¿Qué le pasaba a ese hombre?
****
Farley
había tachado de indigna la vigilancia a la que Mulland y los demás sometieron
a Alan Turing —¿tenéis alguna idea de lo que Alan ha hecho por nosotros?—, y
ahora esas palabras de reproche regresaron a la alterada mente de Arthur
Mulland. Era como si toda su vieja admiración por Farley se tornara en
decepción y rabia, y cuando Farley no sólo lo miró a él con desprecio, sino que
también sonrió con afecto al policía, algo más se rompió dentro de Mulland. Se
sentía excluido y rechazado, y quería decir algo, algo serio e inteligente que
haría que Farley se diera cuenta de que estaba tratando con un hombre
peligroso, incluso con un traidor, pero lo único que consiguió pronunciar fue:
—Debe
entender que…
—
¿De qué está hablando? ¿Qué diablos ha hecho?
—Era…,
se trataba de ciertas circunstancias…
—Sí,
seguro que sí. No lo dudo —interrumpió Farley—. Pero para serle sincero no
quiero saber nada de eso ahora mismo. En cambio, soy tan estúpido, tan
jodidamente idiota, que haré lo que pueda para salvarle el pellejo.
—
¿Ah, sí?
—Sí,
porque estamos en el mismo barco. Los dos estamos metidos hasta las cejas en
este maldito lío. En esta maldita paranoia que nos está devorando a todos. Pero
la condición es que se largue de aquí ya. ¿Me oye? ¡Ya! Va a marcharse de aquí
con total tranquilidad ahora mismo.
—Pero
y el cuaderno… ¿No quiere saber lo que contiene el cuaderno?
—Démelo
y lo leeré.
—Pero…
—Sin
peros… ¡Démelo!
****
Puede
que hubiera sido buena idea escuchar a ese loco. Para hacerse una idea de lo
sucedido. Pero le resultaba imposible pensar con claridad con Arthur Mulland
presente. La nerviosa apariencia del tipo le daba escalofríos. Repitió sus
palabras, « ¡Démelo!», y al final, tras unos largos momentos de titubeo, el
perturbado borrachín acabó asintiendo con la cabeza, malhumorado, y le tendió
el cuaderno.
—Bien.
Muy bien. ¡Ahora, váyase!
—Me
lo ha prometido.
—Haré
lo que pueda. Pero entonces tiene que…
—Pippard
quiere que me quede. Dijo que había que interrogar al policía.
—Entonces,
llame a Pippard y dígale que lo tengo todo controlado. Yo me encargo del
interrogatorio con el policía. Pero ahora…
—
¿Debo marcharme?
—
¡Sí!
Mulland
se quedó inmóvil para luego empezar a balancearse de un lado a otro como si
tiraran de él en ambas direcciones, y parecía a punto de decir algo más, pero
al final cogió su sombrero y, con desgana, se marchó. Al verlo salir por la
puerta arrastrando los pies, Farley suspiró aliviado. Todo su cuerpo se relajó
y notó que quería una copa. Más bien, que quería tres o cuatro copas, y unas
largas vacaciones, y un buen médico para su espalda, pero no le quedó más
remedio que hacer de tripas corazón y armarse de paciencia. Miró a Corell. El
policía tenía un aspecto terrible. Sin embargo, los ojos estaban más claros
ahora. Farley acercó una silla y se puso a hojear el cuaderno. Por lo que podía
entender —aunque no prestaba demasiada atención— se trataba de apuntes
dispersos acerca de Alan Turing, nada secreto, sólo anotaciones sobre los
escritos del matemático.
—No
se debe prometer nada a los lunáticos —murmuró.
—
¡No!
—
¿Fue ese hombre quien lo atacó?
—Sí,
fue él.
—Lo
siento. Lo siento mucho. ¿Tiene fuerzas para contármelo?
El
policía hizo un intento. Bebió más agua y rindió cuentas de sus encuentros con
Gandy y Pippard, y luego habló de la paliza —ya entonces se intuía la tendencia
a buscar tensión dramática en su descripción—, pero a todas luces se le notaba
atormentado, y Farley le pidió que descansara un poco. ¿Debía llamar a un
médico? «No, no», Corell únicamente quería reposar un rato. Cuando el policía
cerró los ojos, Farley se preguntó si debía contactar con Robert Somerset, pero
decidió que antes tenía que averiguar algo más; cómo Corell se había enterado
del descifrado de los códigos, sin ir más lejos, resultaba demasiado
desconcertante. Sacó su libro con la poesía de Yeats, pero no logró
concentrarse, y poco a poco el tiempo fue pasando. Observaba al policía a menudo.
¿No resultaba extraño el aspecto de los rostros durmiendo? Incluso una cara tan
atormentada y golpeada adquiría unos rasgos algo envidiables, y casi
avergonzado de sí mismo reprimió el impulso de acariciar la frente del joven
policía. En la calle, una mujer gritó algo; la voz le resultó seductora, como
si fuese una exhortación dirigida a él personalmente, y sólo con esfuerzo
consiguió serenarse. Cuando el policía al final se despertó, Farley sonrió con
sincera alegría y le ofreció un poco más de agua.
—
¿Se siente mejor?
—Sí,
creo que sí.
—
¿Quiere que le pida algo para comer?
—Preferiría
seguir. Quiero contar lo que pasó.
—
¿Seguro?
—Seguro.
—Entonces,
permítame que vaya al grano. Tiene que decirme, y esto es de suma importancia,
quién le dijo que el doctor Turing trabajaba con la criptografía.
—¡Nadie!
Nadie ni siquiera ha insinuado algo así.
—Entonces
¿cómo es posible…? —Farley se interrumpió para modificar la formulación de la
pregunta—. ¿Y de dónde ha sacado la idea entonces?
—Se
puede decir que empezó con una pregunta.
—
¿Una pregunta?
—Sí
—continuó Corell, y explicó que había estado en la biblioteca de Wilmslow
preguntándose para qué le servirían al gobierno un maestro de ajedrez y un
genio de las matemáticas.
Al
principio sonaba débil y vacilante, pero se fue transformando. Resultaba
asombroso. Las palabras se gestaban en él con extraña facilidad, y pronto una
sensación de irrealidad se apoderó de Farley. Las palabras manaban del policía.
Sus frases chisporroteaban, y por mucho que Farley intentara mantener una
actitud escéptica, la historia empezaba no sólo a interesarle, sino incluso a
emocionarlo. Se dijo a sí mismo: No, no, esto suena demasiado bien, demasiado
simple e inteligente al mismo tiempo. Aun así, se dejó llevar y no aportó gran
cosa, se limitó a escuchar fascinado mientras el policía hablaba de cómo se
había vuelto cada vez más atrevido, como impulsado hacia delante por sus
propias preguntas.
—Me
di cuenta de que Turing tenía que haber desarrollado su máquina lógica durante
la guerra. En Computable Numbers el aparato es sólo una construcción teórica,
nada más, ¿verdad?, una herramienta en la alta lógica, pero después… Es que leí
un poco sobre su ACE en King’s College. ¿Lo conoce? Sí, claro que lo conoce,
creó un esbozo del ACE para el National Physical Laboratory en 1945 o 1946, y
lo que comprendí enseguida fue que esta máquina era mucho más compleja que la
de Computable Numbers. Me di cuenta de que el hombre debía haber aprendido más
cosas durante la guerra, y empecé a reflexionar sobre el porqué. ¿Podía haber
tenido su máquina un objetivo bélico? No cabía duda de que Turing se había
encargado de alguna misión extremadamente secreta, eso era algo que me
transmitieron todos ustedes de forma muy clara, y la verdad es que saber eso me
ayudó. Me pregunté: ¿qué es lo más secreto en una guerra? La planificación,
pensé, las estrategias, las intrigas y los pactos turbios. Dio la curiosa
casualidad de que en esos días mi tía me regaló una radio, y empecé a
imaginarme cómo los altos mandos militares enviaban mensajes importantes en
antena: «Reúnan a las tropas en tal sitio. Bombardeen tal ciudad». Ahora bien,
no soy ingeniero. Ni siquiera soy capaz de manejar la centralita de teléfonos
en la comisaría. Pero entendí, hasta ahí llegué, que lo que se dice por la
radio se dice de alguna manera a todo el mundo, y que debía de haberse dedicado
una energía inmensa para que la comunicación se produjera de forma segura, y
recursos igual de enormes debían de haberse empleado en descifrar los mensajes
del enemigo. No tenía ni idea de cómo se trabajaba. Pero al leer los artículos
de Turing, unas frases llamaron mi atención. Alan escribe que un soneto creado
por una máquina es entendido mejor por otra máquina. Al principio me sonaba muy
raro; las máquinas no tienen la capacidad de entender ni apreciar nada. Pensé
que Turing sólo hablaba de un futuro lejano en el que sus máquinas podrían
pensar. Pero luego se me ocurrió que las máquinas en muchos sentidos, ya hoy en
día, se entienden entre ellas mejor que lo que las entendemos nosotros. No
somos nosotros quienes encontramos a la persona a la que llamamos por teléfono.
Son las señales eléctricas, y cuando escuchamos la radio son las ondas
radiofónicas las que rastrean las antenas. Y empecé a pensar que los poemas o
la música para una máquina podrían ser cualquier cosa, algo que a nosotros nos
parece incomprensible, como un lenguaje codificado, y una máquina basada en la
lógica, como una de esas en las que Turing trabajaba, tendría, si lo he
entendido bien, la capacidad de distorsionar el lenguaje. El propio Turing
escribe en su artículo en Mind que la criptografía debería ser un campo de uso
especialmente oportuno para las máquinas, y poco a poco me fui convenciendo de
que Turing construía máquinas que inventaban o descifraban códigos. Máquinas
que podían entender música incomprensible.
Farley
se llevó las manos a la frente. Máquinas que entendían música incomprensible.
Qué locura. Era como si estuviera escuchando a Alan. Comprendía que tampoco era
tan raro que el policía sonara como Turing, pues Corell había dedicado los
últimos días a estudiar los textos del matemático, pero aun así le resultaba
espeluznante, como si tuviera un fantasma delante. Ese día Farley recuperó algo
que había echado de menos y con asombrosa nitidez recordó la mansión, los feos
barracones y el repiqueteo de las máquinas.
Capítulo
32
BLETCHLEY
PARK
La
tarde del 23 de febrero de 1941, Oscar Farley caminaba junto al muro de
ladrillo gris en dirección al barracón número 8. Hacía frío y había bruma. La
construcción se veía triste e insignificante con su feo tejado de alquitrán, y
como tantas otras veces maldijo las bicicletas de la entrada. Tuvo que
sortearlas para poder acceder al largo pasillo.
Era
uno de esos días en los que la pura desesperación de la guerra hacía que le
dolieran la cabeza y las articulaciones. Desde la caída de París a principios
de verano del año anterior, le acosaban las pesadillas y los malos
presentimientos. A menudo se imaginaba a los alemanes extendiéndose sobre el
paisaje como una plaga de langostas, y naturalmente bebía en exceso y dormía
mal, no sólo porque la cama era demasiado corta para sus 196 centímetros, sino
porque el desasosiego no lo abandonaba nunca. El barracón número 8 olía a cal y
creosota. Se oían ruidos de teléfonos, teletipos y el crujido del suelo de
madera bajo las pisadas. El jefe del barracón tenía despacho propio, o más bien
un trastero, y por alguna razón Farley inspiró hondo antes de llamar a la
puerta. En esa época Alan le ponía nervioso. Era ridículo, claro. Alan
tartamudeaba y le costaba mirar a la gente a los ojos, y Farley no sólo era
mayor y su superior, sino también un hombre mucho más mundano y seguro de sí
mismo. Sólo que… ¿cómo explicarlo? Los ojos de Alan parecían dirigirse hacia
dentro de sí mismo, hacia un mundo paralelo, y en su compañía Farley se sentía
insignificante, incluso desenmascarado, y a menudo se preguntaba ¿en qué está
pensando?, ¿qué pasa detrás de esos ojos azules?
Alan
no estaba. Pero Farley se cruzó con Joan Clarke, que le contó que Alan se había
ido al lago a echar una partida de ajedrez con Jack Good.
—
¿Una partida de ajedrez? —repitió Farley casi indignado, aun a sabiendas de que
era injusto.
Alan
no era de los que intentaban eludir el trabajo, pero jugar al ajedrez indicaba
tal despreocupación que Farley sintió envidia. Aunque hubiera tenido tiempo no
habría sido capaz de encontrar la paz y la tranquilidad necesarias para
entregarse a una partida, y Joan, que debía de haber advertido su descontento,
respondió que en realidad Alan no estaba jugando al ajedrez, sino reflexionando
sobre la posibilidad de inventar algún método definitivo para hacerlo.
—Quiere
mecanizar el proceso. Creo que sueña con enseñarle a jugar a una máquina.
—Has
encontrado un chico muy listo —respondió Farley.
—Sí,
supongo que sí.
—Sólo
te queda mejorar un poco su aspecto.
—Estoy
en ello.
Oscar
Farley no dio con Alan junto al lago, cosa que tampoco era de extrañar pues no
hacía un tiempo muy propicio para dedicarse a actividades al aire libre. El
hielo cubría aún el agua, y Farley paseó la mirada a su alrededor, sorprendido
por todo lo que había ocurrido durante los últimos dos años. Cuando llegaron
allí, en la primavera de 1939, Bletchley Park era un lugar tranquilo con sus
olmos y abetos, aunque tampoco es que le gustara el sitio ni siquiera entonces.
La ausencia de estilo de la mansión previctoriana le molestaba, y a menudo se
apoderaba de él la sensación de que la vida se esfumaba, de que la casa había
vivido su esplendor en otra época mejor. Pero en 1939 no había tenido que
esforzarse para oír el canto de los pájaros o los saltos de los peces en el
lago. Ahora, además de haberse talado los árboles, el lugar se había convertido
en una instalación industrial. Nuevas casas y barracones se alzaban por todas
partes, y en vez de naturaleza se oían máquinas. ¡Cuánto deseaba marcharse de
allí! Había tenido una suerte extraordinaria, lo sabía; no necesitaba disparar
ni temer que lo dispararan, ni siquiera hacer el saludo militar, y a veces le
daba la sensación de que la vida que había llevado en Cambridge simplemente se
había trasladado a Bletchley. Reinaba un espíritu de creatividad y curiosidad
intelectual. Jugaban al cricket en el césped, y luego estaban las mujeres, una
abundancia de mujeres jóvenes y guapas, entre las que se encontraba su Bridget,
su maravillosa y alta Bridget, que sólo él con su estatura y corpulencia podía
hacer que pareciera pequeña, por no hablar de todas esas mentes brillantes
venidas de las universidades. De lo que menos había que preocuparse era del
nivel de las conversaciones.
Aun
así, la vida en Bletchley se había convertido en una pesada carga, y sin duda
se habría sorprendido si le hubieran dicho que años más tarde la echaría de
menos. Nunca jamás se había encontrado tan agotado, tan exhausto. El cansancio
le palpitaba en las sienes y llevaba una temporada notando que le costaba
seguir los razonamientos abstractos. Había perdido su agudeza, y sólo ese
detalle era razón suficiente para ponerse nervioso en presencia de Alan, y por
primera vez en su vida Farley había empezado a buscar la soledad. Se le
antojaba la peor época de su vida, y desde un punto de vista político así era,
ya que Hitler controlaba el continente y tenía un pacto con Stalin. Los yanquis
no parecían interesados en intervenir en la guerra, e Inglaterra estaba a punto
de perder la batalla del Atlántico. Karl Dönitz —que en aquel entonces no
pasaba de vicealmirante— lideraba la guerra submarina alemana con un éxito
creciente, y cada semana que pasaba se hundían más barcos ingleses. Llegaron a
perderse hasta sesenta, setenta embarcaciones al mes. Poco importaba poseer la
Armada más grande del mundo cuando no se sabía por dónde se movía el enemigo.
La vieja Inglaterra estaba a punto de quedar totalmente aislada del continente,
y Farley comprendía mejor que nadie lo que significaría que el grupo del
barracón 8 fuera capaz de descifrar los códigos Enigma de la Marina alemana.
Entonces los barcos ingleses ya no navegarían a ciegas. Entonces tendrían la
posibilidad de defenderse y contraatacar, y debería sentir una cierta, aunque
prudente, esperanza, o al menos vislumbrar algún tipo de luz en la oscuridad de
su desesperación. Ese día portaba uno de los mensajes más prometedores en mucho
tiempo, pero no se atrevía a creérselo. Desde el principio había estado
convencido de que el sistema de codificación de la Marina alemana era imposible
de desentrañar, de que nunca disfrutarían del privilegio de leer lo que los
nazis planificaban ni de saber su ubicación exacta en el mar. Durante mucho
tiempo ni siquiera habían sido capaces de diferenciar qué mensajes procedían de
los submarinos y cuáles se enviaban desde tierra. Todo les resultaba
incomprensible y, aunque más tarde lograrían descifrar los códigos de la
Luftwaffe, el sistema de la Marina resultaba mucho más complejo. No había
resquicios. El pesimismo no era una virtud en una guerra, pero podía estar
perfectamente justificado, y Farley sabía que la mayoría de sus compañeros
compartía su análisis. El propio jefe de Bletchley, el comandante Alastair
Denniston, lo había afirmado sin ambages:
—Es
imposible. Debemos buscar otros caminos.
Pero
no todo el mundo lo escuchó. Alan Turing no lo había hecho. Daba la impresión
de no escuchar nunca. Formaba parte de su curiosa manera de ser. Se
diferenciaba de todos los demás. Entre los rasgos de su personalidad había algo
que no se dejaba determinar, una independencia que a veces iba tan lejos que
parecía un bloqueo. Incluso cuando acataba una orden era como si sólo
obedeciera a su propia motivación interior, y esa característica, esa serena
autonomía, que también se manifestaba en una incapacidad para dar nada por
sentado, incomodaba a mucha gente. Algunos, como Julius Pippard, sostuvieron ya
desde el principio que Turing «no era de fiar» y que sólo se movía si el
trabajo le estimulaba. Era injusto, pero también en parte verdad. La tarea
tenía que ser compleja para que Alan se involucrara, y en ese sentido calificar
los códigos alemanes como irresolubles resultaba, desde un punto de vista
pedagógico, una jugada magistral. Ése era el tipo de desafío que Turing
necesitaba. Sólo cuando el cometido le permitía acceder a nuevos territorios de
pensamiento, cuestionar lo obvio, se ponía manos a la obra con verdadero
empeño, pero a Farley le llevaría su tiempo darse cuenta de eso. Al principio
nadie entendía a Alan, y menos que nadie las mujeres. Su Bridget solía decir
que no le quedaba claro si Alan le tenía miedo o si simplemente ella no le
interesaba en absoluto.
—Cuando
me cruzo con él, empieza a murmurar para sí mismo.
Por
eso, toda la historia con Joan Clarke resultaba muy extraña. Alan era la última
persona del planeta que Oscar Farley hubiera pensado que se prometería, pero de
buena gana había añadido ese dato al expediente de Turing con la esperanza de
que la información apagara el cotilleo que ya circulaba por aquel entonces.
Turing ignoraba que Farley también se encargaba del control de seguridad de los
colaboradores de Bletchley; para él, Farley no era más que un oficial de enlace
que mantenía el contacto con los servicios de inteligencia de la Marina, OIC y
NID, circunstancia que sin duda contribuyó a un acercamiento entre los dos.
Ambos se alojaban en Crown’s Inn, en Shenley Brook, unos kilómetros al norte de
Bletchley, un sitio relativamente modesto de ladrillo rojo, con una carnicería
y un pub en la planta baja. La casera, la señora Ramshaw, tenía el tamaño de
una casa y una risa que podía ser tan cordial como despiadada. En ocasiones se
quejaba de todos esos jóvenes caballeros que habían aparecido por el vecindario
y que no parecían cumplir con su deber para con la patria. A Farley el
comentario le molestaba. A Alan Turing no podía importarle menos; vivía en su
propio universo y, a diferencia de Farley, no se esforzaba por caerle bien a
todo el mundo.
El
arma de Farley en la vida era el encanto, pero ni encanto ni autoridad ni
carisma hacían mella en el matemático, al menos no cuando se trataba de temas
serios. En el mundo de Alan, nada importante podía decidirse por votación o
imponerse desde arriba. Sólo aquel que sabía de lo que hablaba podía ejercer
influencia sobre Alan, lo cual a menudo le convertía en una persona poco
flexible. Pero poco a poco Farley dio con el código de Turing; si evitaba la
charla social, iba al grano y hablaba con concentración y entusiasmo, había
muchas posibilidades de que con la ayuda de esa seriedad apareciera un Alan
desenfadado, jovial, y que resonara esa risa que con tanta rapidez despejaba el
ambiente de cualquier tensión. Alan, sin embargo, no cuidaba nada su apariencia.
Siempre iba increíblemente desaliñado, vistiéndose de cualquier manera, y usaba
una cuerda en los pantalones a modo de cinturón, y con las camisas sin abotonar
y por fuera de los pantalones. Algunos días no se vestía, sino que se limitaba
a ponerse el abrigo encima del pijama y se marchaba en su bicicleta a toda
velocidad, encerrado en su mundo. La vida cotidiana no le interesaba lo más
mínimo. Por encima de las cutículas le habían salido unas protuberancias muy
feas; aquejado de un nerviosismo constante se mordía las manos, que estaban
rojas e inflamadas y manchadas de tinta, así que si se le juzgaba sólo por el
aspecto de los dedos, se diría que sufría de una neurosis sin remedio. Con
todo, Alan parecía contento, contento como lo estaría un joven matemático
absorto en lo que más quería en el mundo, sus números y sus estructuras
lógicas. En cualquier caso, Turing era un regalo divino para Bletchley e
Inglaterra.
Las
máquinas criptográficas de los nazis, denominadas Enigma y construidas por el
inventor Arthur Scherbius, estaban formadas por codificadores, reflectores,
rotores, teclado y un panel de luces. No sólo resultaban extraordinariamente
complejas, sino también flexibles. La complejidad podía reforzarse con
facilidad. Desde que los polacos descifraron el sistema —cosa que ya de por sí
se consideró un milagro—, los alemanes habían aumentado el número de posibles
conexiones en el panel de clavijas de seis a diez y las posibles combinaciones
pasaron de pronto a 159 millones de trillones, o lo que fuera. Farley sólo se
acordaba del número 159 seguido de veintiún ceros. Le había dicho a Bridget que
sonaba como un susurro del infierno de la infinitud.
—
¿Cómo diablos vamos a poder lograrlo?
Alan
tenía una idea. «Sólo una máquina puede vencer a otra», dijo un día mientras
atravesaban el césped camino del cobertizo rojo que el antiguo propietario
había usado para almacenar manzanas y ciruelas, pero que ahora servía como
cuartel general para estrategias generales.
—
¿Cómo? —dijo Farley.
—O
permíteme que lo formule de otro modo. Si una máquina crea música, ¿quién posee
mayor capacidad para apreciar los tonos?
—Ni
idea —dijo Farley—. Algún pobre diablo con muy poco oído para la música.
—Otra
máquina, Oscar. Una máquina con preferencias similares —continuó Turing, y
consiguió que sonara como si hablase de preferencias muy distintas de las que
solían asociarse con una máquina, y mostró su curiosa sonrisa, contemplativa y
desafiante a la vez.
Luego
desapareció en dirección hacia ese laberinto de tejos que pronto echarían
abajo. Más tarde Farley comprendió que ésa fue la primera señal de avance.
Farley ya sabía entonces que los polacos, bajo la dirección de Marian Rejewski,
habían construido unas máquinas electromecánicas que de forma metódica
analizaban las configuraciones de Enigma. Las llamaban bombas, probablemente
por el tictac que emitían, o, según otra versión, porque a Marian Rejewski se
le había ocurrido la idea en un café de Varsovia mientras se comía un pastel
llamado bomba de helado. Esos aparatos habían constituido el principal motivo
de los éxitos de Polonia. Pero ya no servían de nada, ya que los nazis habían
aumentado el número de conexiones en los paneles de clavijas. En Bletchley se
necesitaba una construcción mucho más avanzada, una máquina capaz de entender
toda la cacofonía vanguardista de Enigma, y resultaba evidente que una máquina
así era la que ocupaba los pensamientos de Alan. Y, por Dios, cómo necesitaban
su ayuda.
Durante
el otoño y el invierno de 1939 todo lo que interceptaron de la comunicación
nazi fueron auténticas sandeces, una serie de combinaciones de letras sin
estructura ni sentido alguno. El ambiente de entusiasmo y excitación que había
reinado en Bletchley se convirtió en una insidiosa desesperación, y a menudo
era como si un ruido de fondo de planes malévolos, indescifrables, contaminara
la atmósfera. Farley se entregó al pesimismo y de vez en cuando se emborrachaba
hasta perder el sentido. Durante el día trabajaba sin descanso, pero no era
capaz de mantener a raya los pensamientos angustiosos. De alguna manera sabía
que el romance con Bridget no sólo lo favorecía, sino que también lo
perjudicaba, y cada vez más a menudo pensaba en su esposa en Londres y le
producía tanto padecimiento que no había nada en Bletchley que lograra
alegrarlo.
Alan,
en cambio, parecía total y absolutamente embrujado. En circunstancias normales,
difícilmente una estrella de Cambridge, que había llegado a fellow a la edad de
veintiún años, se habría entusiasmado con la idea de construir una máquina,
pero a Farley le quedó patente muy pronto que Alan estaba hecho para ese
cometido. Su gran sueño era la mecanización del pensamiento, materializar la
lógica, por decirlo de alguna forma. Farley había estudiado matemáticas un par
de años antes de pasarse a la economía política y de ahí a la literatura
inglesa y sus estudios sobre Yeats y Henry James, y, aunque se le había
olvidado la mayoría de lo que aprendió en su momento, le alcanzaba para
percatarse de la especial relación que Turing mantenía con la matemática. Era como
si los números en su cabeza le pidieran a gritos hacerse de carne y hueso.
Farley sabía que unos años antes de la guerra Alan había escrito un artículo
sobre una máquina imaginaria que sería capaz de recibir instrucciones de un
rollo de papel, más o menos como una pianola, y así resolver todo tipo de
problemas matemáticos. El aparato no era más que una representación mental
teórica para responder una pregunta específica relacionada con la lógica, y
nadie se había preocupado demasiado por la construcción en sí. Pero Alan, desde
muy pronto, había soñado con crear algo parecido, y ahora tenía la oportunidad.
Bueno, quizá no de componer una máquina tan avanzada y polifacética, para nada,
pero al menos una parecida a ésta, más simple aunque capaz de descubrir las
intenciones de otra máquina o, por decirlo de otra manera, de comprender la
música de ésta.
Ajeno
al tiempo y al espacio, Alan se pasaba horas y horas inclinado sobre máquinas
Enigma confiscadas garabateando en un cuaderno. Su aspecto físico, cada vez más
sucio y salvaje, se deterioraba día a día, y había personas que por supuesto se
escandalizaban. ¿No debería al menos lavarse? Por otra parte, también había
bastante gente, como Farley, que se había acostumbrado en Cambridge a ese tipo
de vida bohemia, de modo que por lo general se le dejaba en paz. Se convirtió
en el artista libre de Bletchley. Lo llamaban el Maestro y de alguna manera
podría decirse que alcanzó la categoría de mito casi de inmediato.
Aun
así, lo más probable es que Alan no fuera tan raro como muchos pretendieron
después. En Bletchley todo el mundo sucumbió a la tendencia de romantizar y
caricaturizar a sus compañeros, en parte, claro está, para otorgarle un aire
más interesante y atractivo a la vida en la mansión. No obstante, las anécdotas
sobre Alan sin duda también tenían otro objetivo: hacerlo más manejable. Era
más fácil aceptar su extraordinaria inteligencia si se le reducía a un bicho
raro, un excéntrico con costumbres absurdas, porque todo resultaba realmente
extraordinario. ¡Con qué enorme rapidez entendía, por ejemplo, la complejidad
laberíntica del sistema de códigos!
Ya
en enero de 1940 presentó sus planos. A Farley no se le olvidaría nunca.
¡Tantas esperanzas y todos esos rumores que corrían! Alan había diseñado una
máquina Enigma al revés, «una antítesis», se decía, «una que puede entender su
música», añadió Farley, cosa que propició alguna que otra mirada de sorpresa.
Otros
permanecieron escépticos. «Yo sinceramente no me espero nada», declaró Julius
Pippard, y la cosa no mejoró mucho que digamos cuando poco después Alan se
presentó en ese cobertizo que aún olía a fruta. Parecía un loco. Llevaba una
larga camisa de franela que más bien daba la impresión de ser un vestido, y
apenas se podía distinguir la barba de las manchas de suciedad en su rostro.
Dejó un voluminoso cuaderno sobre la mesa y señaló unas páginas como si así se
aclarara algo. No había ni orden ni concierto en todo aquello. En el texto,
unas cien páginas ilegibles y escritas a mano, abundaban los cambios,
tachaduras y manchas de tinta. Como diseño debía de ser imposible de manejar, y
por el cobertizo empezaron a oírse unas voces que susurraban: «¿Esto qué es?».
Antes de que a Alan le diera tiempo a articular palabra, Frank Birch, jefe de
los servicios de inteligencia de la Marina en el barracón 4, se acercó al
cuaderno y lo tocó con el dedo, como si quisiera saber cuánto polvo había
acumulado. Antes de la guerra, Frank Birch había abandonado los estudios en
King’s College, de Cambridge, para probar suerte en el teatro, por lo que
estaba bien familiarizado con el arte de causar impresión en un grupo de
espectadores.
—¿De
modo que esto es la solución a nuestros problemas? —exclamó, y quizá no sería
correcto decir que empleó un tono burlón, pero sin duda se trataba de un
sarcasmo, cosa que no contribuyó a que la confianza aumentara entre los allí
reunidos.
—Probablemente
—dijo Turing.
—
¿Probablemente? —repitió Birch de forma teatral.
Aunque
seguro que pretendía entretener a su público más que criticar a Turing, por el
recinto se propagó una impaciencia que parecía poder tomar cualquier derrotero,
y Farley se acordó de que no era capaz de apartar la mirada de las manos
infectadas de Turing, con esos dedos que hojeaban con premura el cuaderno como
si hubiese descubierto, en el último instante, que se le había olvidado algo
vital.
El
encuentro en el viejo almacén de fruta constituía la culminación de un largo y
duro período de trabajo para todos, de modo que no era tan raro que se
respirara cierta tensión en el ambiente. Un par de los presentes habían
declarado públicamente que era una vergüenza que a Turing se le hubiera
permitido trabajar a solas en el proyecto teniendo en cuenta lo que estaba en
juego, y no se podía descartar que incluso Alan percibiera cierta animadversión
en el aire, pese a lo poco que acostumbraba a reparar en esas cosas. Para
empezar, hablaba sin su entusiasmo juvenil. Tartamudeaba, y seguro que sólo
unos pocos entendían de qué estaba hablando. Los ingenieros le pedían
aclaraciones constantemente.
—Como
iba diciendo —contestaba Alan una y otra vez mientras se mordía el dorso de la
mano con gesto ausente.
Pero
de pronto sucedió algo. Uno de los ingenieros exclamó: «¡Sí, joder, claro!», y
con eso Alan empezó a recuperar la seguridad en sí mismo, hasta el punto de
reírse y decir: «Exacto, exacto, ¿a que tiene gracia?». Una cierta confianza se
extendió por la sala, pues, aunque la construcción de Alan era compleja, poseía
una seductora sencillez que los asistentes asimilaron poco a poco. Tres
máquinas Enigma se conectarían de tal forma que serían capaces de ir
descartando las diferentes configuraciones en los codificadores y en los
paneles de clavijas por medio de la detección de contradicciones lógicas en el
sistema de códigos. Precisamente esa capacidad de revelarse a sí mismo que
tenía era algo de lo que Alan hablaba con especial entusiasmo, y durante unos instantes
divagó —Farley recordaba que mencionó al filósofo Wittgenstein sin que quedara
claro por qué—, pero recuperó enseguida el hilo. Una vez hallada la
configuración correcta en todas las máquinas, el circuito eléctrico se cerraría
y una lámpara se encendería. El problema era que el aparato no podía usarse si
no se conseguía un crib, un fragmento de un mensaje cifrado cuyo contenido
habían podido deducir: palabras o frases que quedaban claras por el contexto.
Es decir, necesitaban descifrar un pequeño fragmento para, con la ayuda de la
máquina, poder descifrar uno mayor, cosa que podía considerarse una paradoja:
tener que romper el código para poder romperlo. Pero Alan, mejor que nadie,
había entendido el valor de los viejos textos encriptados que los polacos
habían dejado tras de sí. No porque esos mensajes le hubieran enseñado nada
acerca del sistema de codificación o de las máquinas Enigma, sino porque
hablaban de las rutinas de los alemanes, por ejemplo, la palabra wetter,
«tiempo», aparecía en el mismo sitio en los informes meteorológicos de las seis
de la mañana, y determinados mensajes procedentes de puertos o de bastiones
donde acontecían pocas cosas se iniciaban a menudo con las palabras: «No tengo
nada de lo que informar».
Todos
esos patrones y frases repetidas les proporcionaron los cribs necesarios, y
Farley a veces pensaba que no estaba mal que una persona tan caótica como Alan
hubiese encontrado una abertura en lo demasiado ordenado y cuadriculado. En la
tendencia alemana a formalizar —a expresarse siempre de la misma manera— dio
con su talón de Aquiles. Con un aparato de lógica, y el conocimiento de que
todos tendemos a actuar como una máquina al desarrollar costumbres y patrones
repetitivos, Turing se lanzó al ataque, y en eso Farley debía darles crédito a
los ingenieros: todo sucedió muy rápido. Ya en marzo de 1940 se terminó de
construir la máquina; los planos de Alan se habían convertido en un auténtico
monstruo de color bronce de dos metros de largo y dos de alto que sonaba como
doscientas señoras haciendo punto a marchas forzadas, y que aparentemente
requería de cierta prudencia. Ruth, la pobre, una de las operadoras femeninas a
las que les tocó aprender el funcionamiento de la máquina, recibió constantes
descargas eléctricas y dos de sus blusas, si no más, se echaron a perder por
culpa de las manchas de aceite.
Ahora
bien, es cierto que la máquina tenía sus fallos, aunque a Farley no pareció
preocuparle demasiado.
—Pero
¿qué os creíais? ¿Que todo iba a ser coser y cantar? —espetó una noche en medio
de una acalorada discusión que versaba acerca del aparato y también de la
confianza que tenía Alan en sus propias facultades.
Sin
embargo, Gordon Welchman, el matemático de Cambridge, logró resolver el
problema aumentando de manera considerable la capacidad con unas medidas
relativamente sencillas, entre otras, añadiendo un sistema de circuitos
eléctricos, lo que llegó a denominarse el panel de conexiones diagonales, y,
muy pronto, esa misma primavera, los criptógrafos del barracón 6 consiguieron
descifrar el sistema de códigos de las fuerzas aéreas y la artillería alemanas.
Durante una temporada, la comunicación secreta se leyó como un libro abierto, y
aquello resultó increíble. Fue salvaje y hermoso, y le proporcionó al
Ministerio de Defensa Aérea y de Guerra conocimientos vitales tanto de la
invasión alemana de Noruega y Dinamarca como de las incursiones aéreas de los
alemanes sobre Inglaterra. A menudo la dirección militar se enteraba tanto de
la hora como del lugar de los ataques, y en no pocas ocasiones de cuántos
aviones habían perdido los nazis y a qué ritmo los sustituían por otros. Las
máquinas de Alan Turing eran monstruos enviados por el cielo hasta Gran
Bretaña, y todo el tiempo se construían nuevos aparatos que recibían nombres al
estilo de Agnes, Eureka y Otto, y Farley pronto llegó a adorar ese ruido de
latigazos —los latidos de la lógica, en palabras de Welchman—, y desde luego no
fue el único. A las construcciones se las denominó los oráculos, y desde
Londres llegaron numerosas felicitaciones. A veces, Farley se preguntaba cómo
asimilaba todo eso Alan, pues no es que éste fuera un libro abierto
precisamente. El motivo por el que unos días no tenía fuerzas para cruzar la
mirada con nadie y otros lucía una permanente sonrisa de Gioconda era un
misterio. No irradiaba un sentido de triunfo, pero también era verdad que no
paraba un solo momento de trabajar. Los códigos Enigma cambiaban todos los
días, a medianoche. Alan y sus compañeros debían intentar cartografiar los
hábitos de los operadores nazis y adivinar el grado de pereza o su nivel de
inspiración, por ejemplo que no siempre parecían tener energía para ser muy creativos
a la hora de determinar las claves del cifrado diario y, en lugar de elegir
algo al azar, recurrían a las letras que estaban en línea o en diagonal en el
panel. Los cálculos de probabilidad de la desidia humana siempre formaban parte
del trabajo.
Al
cabo de algún tiempo, Alan se trasladó al barracón número 8 para intentar
romper el sistema Enigma de la Marina, considerablemente más difícil, y a veces
desde la dirección se preocupaban de que Alan estuviese al borde del
agotamiento. A Farley le decían:
—
¡Tú que vives con Alan, no lo pierdas de vista!
Pero
Farley nunca consiguió comprender las costumbres de Alan; a diferencia de los
operadores alemanes, Alan desconocía lo que significaba la regularidad. A veces
dormía hasta bien entrado el día, a veces iba a la mansión de madrugada. Una
mañana —uno de los últimos días de Farley en el Crown’s Inn— Alan estaba en la
mesa del desayuno leyendo el New Statesman. Ya desde lejos se veía que algo le
había pasado. Tenía los ojos inyectados en sangre e hinchados. Como si se
hubiera pasado la noche llorando. Farley decidió no entrometerse. A lo mejor
una decisión de lo más idiota —si Alan estaba pasándolo mal, Farley debía
tenderle una mano—, pero había algo en esas lágrimas que le infundía respeto.
Era como cuando de pequeño Farley había visto llorar a su padre. Lo sentía como
una intromisión prohibida. Además, una crisis de Alan era la última información
que la dirección de Bletchley quería escuchar. Alan era el becerro de oro. Si
se desequilibraba, todo Bletchley se tambalearía. Sin embargo, algo en el
lenguaje corporal del matemático no cuadraba con los ojos llorosos; por
ejemplo, parecía estar haciendo un crucigrama en el periódico, y Farley
preguntó con la mayor suavidad posible:
—Hola,
Alan, ¿hay algo que pueda hacer por ti?
—Hola,
Oscar. No te había visto. ¿Has dicho algo?
—
¿Te puedo ayudar con alguna cosa?
—Gracias,
muy amable de tu parte. Pero me temo que mi lista es demasiado larga: quiero
una bici nueva y mejor comida y luego paz, claro, y unos crucigramas más
difíciles. ¿Tenías algo concreto en mente?
Farley
dijo que no y, desconcertado, se retiró. Quince minutos más tarde andaba por el
camino de grava hacia Bletchley, y tal y como lo recordaba iba pensando en su
esposa —a la que le era infiel, y en la gran tristeza de ésta por no haber
podido tener hijos— cuando oyó un ruido por detrás, un tictac que confluía con
el crujido de la grava del camino. Era un sonido que había aprendido a
identificar —Alan y su vieja bicicleta con la cadena en mal estado—, pero al
darse la vuelta descubrió algo de lo más peculiar: un artilugio con forma de
trompa tapaba la cara del matemático, una especie de máscara de gas, y Farley
sólo tuvo tiempo de hacer unas rápidas y nerviosas respiraciones, experimentó
un momento de pánico y vio cómo Alan lo saludaba alegremente con la mano.
Farley tardó un buen rato en comprender que la máscara de gas era una
protección contra la alergia y que las lágrimas del desayuno no se debían más
que a un caso grave de fiebre de heno.
****
Con
el paso de los días aumentaba la importancia de descifrar también las señales
de la Marina alemana y las presiones desde Londres rayaban en la desesperación.
—Romped
el maldito código.
Pero
los alemanes se habían volcado mucho más en el sistema de la Marina. Ellos
mejor que nadie sabían la importancia de llevar ventaja en la batalla del
Atlántico, y a todo el mundo le daba la sensación de que el sistema resultaba
indescifrable. Alan consiguió mejorar la capacidad de las máquinas bomba y
profundizó en sus teorías de la probabilidad en el complejo sopesar de pruebas
y casualidades, y además siguió desarrollando las posibilidades de sacar
conclusiones basadas en las contradicciones según el principio reductio ad
absurdum. «Uso la paradoja del mentiroso como una ganzúa», explicó, y en efecto
supuso un paso importante en el camino, pero no fue suficiente. Todo apuntaba a
que también necesitaban hacerse con los libros de códigos de los submarinos
alemanes para tener éxito. Pero ¿cómo iban a conseguir eso?
Farley
trataba el tema todos los días con el MI6 y el OIC pero sin llegar a ninguna
parte, y el ambiente no hacía más que empeorar. Frank Birch abroncaba a todo y
a todos en arrebatos teatrales cada vez más frecuentes, y posiblemente no eran
más que las quejas habituales que todo el mundo necesitaba para seguir tirando,
y que en Frank Birch se habían convertido en su arte particular: «¡Tenemos que
dar con ese maldito código porque sí!», rugió en una ocasión. Pero un día hubo
un desagradable incidente. Estaba Julius Pippard, del control de seguridad.
Pippard tenía una capacidad infalible para no apartarse del camino establecido,
ponerse en fila y creer a pies juntillas en la política oficial. No es que le
faltara inteligencia ni tampoco sentido de humor o independencia, pero era un
hombre asombrosamente receptivo a cualquier cosa que quisieran sus superiores,
y no sólo en cuanto a las órdenes y decisiones, sino también a los deseos
implícitos del poder. Las opiniones que expresaba eran, en general, las que estaban
a punto de ser adoptadas por la organización. Ese día mientras Frank Birch se
entregaba a su discurso de lo poco práctico y descuidado que era Alan, de que
siempre andaba perdiendo cosas, y pasaba de las órdenes olímpicamente, y no
hacía más que sumirse en sus jodidas teorías sobre las relaciones geométricas y
quién sabía qué cojones más, Julius Pippard soltó:
—Y,
para colmo, es maricón.
—Pero
¿qué tonterías estás diciendo? —le espetó Farley.
Como
es lógico, también conocía el rumor y al igual que Pippard sabía que en el
expediente de Turing había figurado «probablemente homosexual», pero él mismo
había tachado ese dato tras el anuncio del compromiso con Joan Clarke. En
cualquier caso, a Farley aquello le traía sin cuidado; venía también de King’s
College, y la homosexualidad no le molestaba más que alguien bebiendo una
cerveza a morro, por lo que intentó cambiar de tema, pero Pippard insistió
diciendo que había hablado con un chico que había oído que Alan había intentado
seducir a Jack Grover junto al lago, y que Alan quizá se había dejado llevar en
exceso por el deseo y de ahí su pérdida de concentración. «Por el amor de Dios
—pensó Farley—, ¿quién no se deja llevar en exceso por el deseo?».
—Vete
a la mierda —dijo, comentario que no mejoró en absoluto su relación con
Pippard.
Pero
la mera idea de que Pippard y otros detractores pudieran hacer que Alan fuese
declarado un peligro para la seguridad llegó a preocupar sobremanera a Farley,
y lo cierto es que se trataba de algo que debía de ser una fuente de
preocupación para todos. La homosexualidad aún no se consideraba un asunto de
importancia, pero corrían unas semanas de desesperación y la histeria crecía
día a día. En el continente y en el mar, Hitler reforzaba su poder, y el
sistema Enigma de la Marina alemana permanecía indescifrable. No albergaban más
que una sola esperanza, en realidad algo de lo más idiota: un plan salvaje
elaborado en el NID, los servicios de inteligencia de la Marina en Londres, por
Ian Fleming, el joven asistente del jefe John Godfrey. Farley conocía muy poco
a Fleming. Había sido amigo de su hermano Peter, quien escribió el brillante
libro de viajes Noticias de Tartaria. Ian Fleming no causaba una impresión
igual de convincente, pero las conversaciones entre ellos habían transcurrido
con mucha facilidad. Los dos eran bibliófilos y sufrían neurosis parecidas, un
toque de hipocondría y un constante deseo de interpretar el papel de hombre
mundano. Ian Fleming padecía terribles dolores de cabeza de los que siempre
culpaba a un trozo de cobre que se le había incrustado en la nariz de manera
accidental cuando hacía deporte en Eton, pero el tipo rebosaba imaginación e
iniciativa, eso había que concedérselo, aunque tendía a jactarse y a contar
unas historias de bastante mal gusto. Según el plan de Fleming —bautizado como
Operación Implacable— se harían con los libros de códigos de un buque nazi
empleando un bombardero alemán de los que tenía el ministerio inglés aún en
condiciones de alzar el vuelo. Luego seleccionarían a una tripulación de cinco
tipos duros, incluidos un piloto y alguien que hablara alemán con fluidez. Los
vestirían con los uniformes de las fuerzas aéreas alemanas, y con maquillaje
les simularían heridas y sangre, y luego se marcharían con el objetivo de
estrellar el avión en el canal de la Mancha. La idea era que enviaran un SOS en
alemán para después esperar el buque de rescate nazi. Farley mostró su
escepticismo sobre el plan desde el principio; había demasiadas cosas que
podían torcerse, sobre todo cuando la tripulación tuviera que interpretar el
papel de alemanes al subir a bordo del buque y esperar el momento más oportuno
para matar a los nazis a tiros antes de hacerse con el equipamiento
criptográfico.
Pero
tanto Farley como Turing y el compañero Peter Twinn en el barracón 8 se dejaron
convencer, quizá en parte porque no tenían nada más en lo que depositar sus
esperanzas y porque aún no habían relacionado la debilidad personal de Fleming
por las exageraciones —el chaval debería empezar a escribir novelas o algo— con
su capacidad para hacer planes. En septiembre del año 1940 se marchó a Dover
para iniciar los preparativos. Ya se había conseguido un bombardero Heinkel y
la tripulación estaba reclutada; un buen equipo, según Fleming, «un grupo
extraordinario; aún no he decidido si voy a acompañarlos», y hubo momentos en
los que Farley se lo creyó, aunque se preguntaba cuántos soldados de élite
británicos había en realidad que hablaran alemán sin acento.
Durante
esa época, el control de seguridad de Bletchley se fue reforzando. Nadie debía
saber una palabra más de lo estrictamente necesario; lo mejor era que la gente
no tuviera ni idea de a qué se dedicaban sus compañeros del barracón de al
lado. La sola idea de que alguien como Alan Turing poseyera todo el
conocimiento esencial se convertía en una fuente de preocupación cada vez
mayor, y entre bastidores Julius Pippard urdía su plan de difamación. ¿Qué le
motivaba? Farley no lo entendía, pero se daba cuenta de que Pippard conseguía
convencer cada vez a más gente para que se posicionara de su lado y advirtió
cómo el ambiente se iba envenenando. ¡Sufría con Turing! Hasta tal punto llegó
el absurdo que Alan debía lograr algo que todos consideraban imposible para
poder acallar a sus críticos. Pero el Enigma de la Marina alemana permanecía
indescifrable, y tampoco se recibían informaciones positivas de Fleming.
«Mañana. O pasado mañana. Tranquilo. Yo me ocupo de esto», escribió. Y una
mierda. Los días pasaban. Querían esperar al cambio de mes, momento en el que
los buques alemanes recibirían nuevos libros de códigos. Pero al llegar el
cambio de mes no ocurrió nada, y los telegramas de Ian Fleming adquirían un
tono cada vez más evasivo y vago, y pronto Farley y Turing no necesitaron ni
hablar. Les bastaba un cruce de miradas para entenderse: «Nada. Hoy tampoco».
La
noche del 16 de octubre de 1940, Farley estaba en su despacho junto a la
biblioteca de la mansión mirando el lago y los barracones, cuando un joven
apareció con un telegrama de John Godfrey de Londres: «Operación Implacable
aplazada a un futuro sin determinar», decía, pero igual podría haber puesto
cancelada y enterrada. Se trataba del golpe de gracia, eso lo entendió Farley
de inmediato. Le propinó una patada a la papelera de hojalata al mismo tiempo
que experimentaba una punzada de decepción y vergüenza. Debería haberse dado
cuenta desde el primer momento. El plan no era más que habladurías y
gilipolleces, y cuando poco tiempo después informó a Alan empezó a preocuparse
de verdad.
—No
será posible nunca —dijo Alan con un pesimismo muy poco característico de él.
Capítulo
33
Una
tensión encapsulada se había disuelto en el pecho de Corell y, aunque todavía
le dolía, el dolor le resultaba ahora más llevadero, como las secuelas de una
exitosa carrera de larga distancia, o una honorable pelea a puñetazos. De vez
en cuando incluso disfrutaba, hacía una eternidad que no había conocido a una
persona capaz de estimularlo tanto, y ahora las palabras volvían a brotar como
antes, las viejas frases ingeniosas, las abstracciones, los saltos de
pensamiento, los puntos dramáticos y el afán por mantenerlos regresaban con
energía renovada. Cuanto más dramático es el relato, más detalles quiere el
público.
Todas
las máximas de su infancia lo guiaban al avanzar con su relato, y del mismo
modo que en la comisaría Ross o Kenny ahogaban sus palabras, Oscar Farley las
resucitaba, y Corell siguió explicándose con sinceridad, o mejor dicho, él se
creía sincero. Pero enseguida experimentó la misma sensación que había tenido
de niño, cuando la historia adquiría vida propia, y creaba un marco que no
había estado allí desde el principio, y al final acabó inventándose algunos
detalles y observaciones, no los calificaría de mentiras, más bien adornos y
transiciones que la historia demandaba, y poco a poco fue descubriendo lo que
en realidad siempre había sabido: la vida cambia cuando se la contamos a otro,
cuando la reformulamos y le damos nuevos puntos de referencia y de inflexión.
La conversación con Krause, por ejemplo, no la mencionó, y dio una nueva
trascendencia a acontecimientos que hasta hacía muy poco había considerado
irrelevantes, y a menudo la situación le resultaba extrañamente familiar, como
si hubiese viajado hacia atrás en el tiempo hasta las noches de Southport, o
incluso como si estuviese transformándose en otra persona, una persona mejor.
Pero, claro, eran tonterías. No había ningún motivo para alegrarse. Esto era un
interrogatorio sobre secretos de Estado, y él mejor que nadie sabía que una de
las técnicas más clásicas en la conducción de un interrogatorio era la de
ofrecer la ilusión de comodidad, y prendió en él la sospecha de que todo ese
calor que se le antojaba ver en los ojos de Farley no era más que un truco, una
manera de hacer que se fuera de la lengua. Pero aun así… se dejó embriagar por
la conversación. Falsa o no, lo curaba y poco a poco la soberbia se filtró por
sus venas. No paraba de parlotear realizando nuevas asociaciones y piruetas
mentales. Algunas se las robaba a Krause y a Gandy, otros eran citas literales
de los escritos de Turing, y a veces, claro, se daba cuenta de que se estaba
pasando de la raya, pero aun así se asombró de que a Farley de repente se le
helara el semblante.
****
Máquinas
que podían comprender música incomprensible.
Las
palabras de Corell no sólo causaron que Oscar Farley se acordara de Alan y de
Bletchley, también lo pusieron en alerta. Podía decirse que paso a paso iba
recuperando la sobriedad y recordaba todos los antecedentes y todo lo que le
había dicho Pippard. El policía le seguía inspirando interés y ternura, pero,
según pasaban los minutos, su suspicacia iba en aumento, y temía haberse dejado
influir por el desamparo que había en los ojos de Corell y por sus propios
sentimientos de culpa, pero quizá sobre todo por la inteligencia del policía.
Se había animado, como cuando uno de sus estudiantes le sorprendía gratamente,
e incluso había pensado que el policía era un talento que debían reclutar. Pero
poco a poco se concentró en la historia en sí, en el entusiasmo por narrar y la
sensación de que se ajustaba a modelos literarios, y, sin pretenderlo —no le
gustaba culpar a los hijos de los pecados de los padres—, volvió a pensar en el
padre del policía. James Corell, el juglar que embelesaba al público con historias
que eran estrambóticas y fantásticas, aunque no necesariamente fieles a la
verdad. ¿Se trataba del mismo fenómeno en una segunda generación? No lo sabía.
Sólo sentía que le invadía una vaga sensación de que había algo que no
cuadraba, aunque lo cierto es que siguió defendiendo al policía en sus
pensamientos. No creía, por ejemplo, que Corell supiera ni una mínima parte de
todo lo que Pippard se imaginaba, y se negaba a creer que el policía hubiese
vendido información a un tercero; ni siquiera podía entender cómo podría haber
llevado a cabo semejante operación. El condenado traje con el que Pippard había
dado tanto la lata, y que ahora estaba lleno de horribles manchas, lo había
pagado su tía Vicky, y lo que Mulland había dicho acerca de una persona con aspecto
eslavo que persiguió al policía, a eso Farley no le otorgaba el menor crédito.
Seguía convencido de que la mayoría de las cosas que Corell había contado eran
verdad. Con todo…, crecía en su interior la sensación de que algo no cuadraba,
de que la historia era demasiado buena, y de repente se le cruzó un
pensamiento: la carta. ¿Cómo podía haberla olvidado? Era la carta lo que más
había alterado a Pippard.
—Pippard
me dijo que usted había leído una de las cartas de Turing.
—Sí…,
es verdad.
—
¿Qué tipo de carta es?
—Está
aquí —dijo Corell señalándose el bolsillo interior.
—Pero
en Wilmslow nos dijo que no tenía nada más.
—
¿No le parece que toda mi historia no hace más que demostrar lo idiota que he
sido? Debería haberles entregado la carta, y no debería haber venido aquí, y en
definitiva no debería haber ido a ver a Pippard.
—Pero
lo hizo.
—Toda
esta historia me ha llevado a hacer cosas que no debería haber hecho.
—Sospechó
que había cosas importantes que no sabía.
—No
fue sólo eso, por desgracia. Más bien se trataba de mí. De viejos sueños
estúpidos. Yo quería…
—
¿Puedo ver la carta?
Farley
pudo verla. El policía le tendió un papel arrugado, y antes de empezar a leerla
Farley se puso nervioso. Incluso le temblaban las manos, no entendía muy bien
por qué, pero sintió miedo de todo, miedo a ser señalado como el cabrón que
echó a Alan del GCHQ, pero sobre todo nervioso porque Alan hubiese revelado
secretos de Estado, reforzando así los argumentos de pontífices como Pippard.
Por eso leyó la misiva con premura. ¡Qué lectura más triste! Le causaba dolor.
Aunque al mismo tiempo contribuyó a que se tranquilizara. Sin duda, un
funcionario más ortodoxo, alguien como Pippard, habría tenido muchas cosas
sobre las que opinar; seguramente podría afirmarse que era imprudente por parte
de Alan la mera mención de la existencia de secretos y, sobre todo, el hecho de
que le habían apartado de un trabajo, pero por lo demás no había nada en la
carta que pudiera considerarse una violación flagrante de las normas de
seguridad, y si alguien debía avergonzarse era Mulland y quienes lo habían
enviado. Se hace tan mal el despreocupado que pone nerviosa a la gente. ¿De
dónde lo han sacado?
Eso,
¿de dónde?
Farley
no tendría que haberle prometido nada. No, no, deberían despedir a Mulland del
GCHQ de inmediato; y, pensándolo bien, quizá a él también.
Con
mirada fatigada recorrió la habitación. Había un par de botellas de cerveza en
el alféizar de la ventana y una maleta con algo de ropa y unos libros en el
suelo, y luego un par de vasos, y el cuaderno sobre la mesilla, ese cuaderno
que tanto había alarmado a Mulland.
—
¿Qué le ha parecido? —preguntó el policía.
—
¿La carta? Me entristece. Era buena persona Turing. Lo hemos tratado mal.
—
¿Era un gran pensador?
—Sí.
Sin duda alguna —dijo Farley algo ausente.
Había
cogido el cuaderno y se había puesto a hojearlo de nuevo, y sólo vagamente, con
el rabillo del ojo, advirtió que el rostro de Corell se iluminaba, como si
Farley hubiese dicho algo que lo alegrara mucho.
—
¿Qué es lo que le convierte en un gran pensador?
—
¿En un qué?
—En
un gran pensador.
—Él…
Farley
descubrió el mismo nombre que Mulland había visto en el cuaderno: Fredric
Krause.
—Fue
muy insensato por su parte quedarse con esta carta —dijo, en lugar de enredarse
explicando la grandeza de Turing.
—
¿Va a informar a mis superiores?
—No.
¿Y usted? —replicó con una ligereza de la que se arrepintió al instante.
Tenía
que dejar de ser tan blando y débil. No podía permitir que la simpatía que le
infundía el policía lo cegara, sobre todo ahora que acababa de descubrir el
nombre de Fredric Krause en el cuaderno de Corell. Fredric Krause. Farley
experimentó una sensación de inquietud en el estómago, y no porque hubiera
creído nunca que Krause fuese una persona poco fiable. Pero la manera en la que
apareció en los juzgados para luego esfumarse sin más… ¿Podría haber…? Farley
se negó a creerlo. No, no. Pero, aun así, no podía quitarse a Krause de la
cabeza. Se acordó del lógico sentado una tarde, a última hora, bajo la bombilla
desnuda del barracón 8, pero, sobre todo —y con extraña nitidez— se acordó de
Krause de pie en el césped delante de la mansión en Bletchley enfrascado en una
discusión sobre las hojas de afeitar y los calcetines de caballero con Alan
Turing. El tono había sido muy campechano e irónico, como si realmente hubiesen
sido amigos muy íntimos. Eso debía de haber pasado poco antes de la llegada de
los lingotes de plata a Bletchley.
Capítulo
34
BLETCHLEY
PARK, II
En
un sentido, los contratiempos de la guerra no parecían afectar a Alan Turing.
Poseía una extraordinaria capacidad para caer en un estado de profunda
concentración, y se preocupaba muy poco de lo que ocurría a su alrededor. Pero
más tarde, cuando sus envidiosos enemigos consiguieron su venganza rencorosa,
Farley se preguntó si acaso no habría penetrado también en Alan la
desesperación que allí se respiraba. Lo ocultaba tras sus bromas y sus
ocurrencias. No era una persona dada a quejarse abiertamente de nada. En
cambio, soltaba bastantes comentarios raros.
—Si
vienen los alemanes, me pondré a vender hojas de afeitar en la calle. ¡Voy a
coger provisiones ya!
—
¡Mala idea! Te arrestarán por vender armas asesinas. Deberías apostar por las
medias —dijo Fredric Krause, que estaba a su lado.
—
¡Mejor calcetines de caballero!
— ¿Y
por qué no medias para caballeros? Podría ser una nueva moda. Seguro que
Göering se llevaría un par.
El
rostro de Turing se iluminó, y él y Krause empezaron a urdir planes absurdos
sobre qué hacer en una Inglaterra nazi. No resultaba nada fácil determinar qué
decían en serio y qué eran meras bromas. Farley no lograba entender a ninguno
de los dos.
En
esa época, Turing acababa de adquirir dos lingotes de plata por 250 libras. La
plata llegó a Bletchley en tren y la recibieron con solemnidad, y en un
principio todo resultó de lo más incomprensible, pero pronto quedó claro que
Alan pretendía vivir de ellos.
—
¿Para qué los quieres? —le preguntó Farley.
—Para
lo mismo que los querría cualquier capitalista. Para ser rico.
Normalmente,
el dinero era lo último por lo que se interesaba Alan. Pero le gustaba
desarrollar teorías acerca de cualquier tema, y por lo visto se había enterado
de que la plata y el oro eran lo que más había incrementado su valor tras la
guerra anterior, de modo que pensaba enterrar los dos lingotes en el bosque
para que permanecieran allí durante la guerra y con el tiempo aumentara su
valor, como semillas creciendo en la tierra. En un banco no los quería meter,
pues los nazis vaciarían todos los depósitos.
—
¿Quieres acompañarme? —preguntó.
Farley
no quería. No tenía tiempo. Aun así, dijo que sí. Tenía órdenes de vigilar el
estado de ánimo de la estrella, de modo que un día se marcharon a los bosques
de Shenley con la plata cargada en un viejo carrito de lechero. Pasaron Shenley
Park, una casa de té muy bonita y dos huertos antes de llegar a un claro junto
a una vieja sófora. Como lugar no resultaba gran cosa; el suelo era irregular y
pedregoso y llegaba muy poca luz. Con todo, el árbol confería al sitio cierta
solemnidad sombría, y como no tenían fuerzas para seguir tirando del carrito,
Alan Turing decidió que los enterraría allí. Farley objetó que le costaría
encontrar el lugar de nuevo, pues había pocas señales que lo identificaran,
aparte de la sófora, que, dicho sea de paso, no estaría allí siempre; el tronco
ya presentaba signos de enfermedad. Pero Alan insistió en que el sitio le
gustaba. No quería ponérselo fácil, decía, y además, el árbol seguramente los
sobreviviría a todos ellos. Era alrededor de la una del mediodía, un día bonito
pero frío, y en el suelo se movía un escarabajo negro y muy grande. «Míralo»,
dijo Alan fascinado por el insecto, sin mostrar la menor prisa por empezar a
cavar. Se sentó en el carrito lechero.
—No
quieres ponértelo fácil —dijo Farley.
—
¿Que no quiero qué?
—Has
dicho…
—Ah,
sí…, sólo quería decir que un tesoro sin una caza del tesoro no tiene mucha
gracia. No me apetece enterrar la plata en mi propio jardín, necesito un
desafío. Eso deberías entenderlo, Oscar, tú que siempre hablas de la
narración…, del valor de la narración. ¿Qué sería el tesoro de Monte Cristo sin
la historia de Dante? Una banal vulgaridad, ¿no?
—Yo
creo que disfrutaría del tesoro de todos modos.
—
¡Ja, ja! Pero tienes que reconocer que el verdadero disfrute está en el mapa
del tesoro. El misterio siempre es más grande que la solución.
—Mientras
no hablemos de códigos marinos…
—
¡No, no! No tergiverses mis palabras, granuja.
—
¡Menos mal!
—Lo
que intento decir es que el misterio posee una calidad que la solución, por muy
refinada que sea, le quita; un poco como si la respuesta robara el anhelo de la
pregunta.
—Estoy
de acuerdo contigo, Alan, cómo no. Yeats se interesa por el mismo tipo de
ideas. Si existe algo divino, entonces se encuentra en la pregunta y no en la
respuesta. Por cierto, ha sido una manera muy elegante de formularlo: el
misterio siempre es más grande que la solución. ¿Será por eso que las novelas
de detectives siempre me parecen divertidas al principio, pero tan aburridas y
previsibles al final?
—
¿Verdad? Terminan siempre con un anticlímax terrible. No entiendo por qué a
Wittgenstein le vuelven loco.
—
¿Las novelas de detectives?
—Las
devora. Incluso está suscrito a la revista Street & Smiths Detective Story
Magazine. Tiene la casa llena de las revistas esas. Una auténtica locura. No
soporta a Gödel, pero las novelas esas… su novela favorita, por cierto, es
Rendezvous with Fear, de un tal Norbert Davis. La compré para ver lo que era, y
la verdad no te puedo decir que me gustara, pero enseguida me di cuenta de que
el héroe es justo como Wittgenstein.
—
¿En qué sentido?
—Ninguno
de los dos cree mucho en la lógica. Prefieren más bien esperar el momento
oportuno y llegar a la solución disparando. Por decirlo de alguna manera, los
dos se dejan guiar por la intuición y apuntan al sitio más débil.
—Pero
tú no eres así.
—Yo
creo más en la lógica —dijo Turing riéndose.
Farley
no entendía qué le resultaba tan gracioso.
—Para
mí la lógica es pura magia, como decía Welchman. ¡Pura magia! ¡Ja, ja! Al menos
no creo que sea una herramienta tan rígida y difícil de manejar como pretende
Wittgenstein. Más bien estoy convencido de que con la lógica podemos llegar
lejos, quizá tan lejos como hasta aquí, a este claro en el bosque.
—
¿De modo que es sobre todo el razonamiento en sí, la propia búsqueda, lo que te
fascina?
—Quiero
respuestas igual que todo el mundo, y odio que la gente, como los religiosos,
capitulen ante lo que es difícil de entender, pero sí, pienso que el esfuerzo
en la búsqueda eleva el valor de lo que encontramos. Sí, en realidad, resulta
obvio. Ni siquiera Wittgenstein quería la solución al misterio de su novela de
detectives ya en la página diecinueve. Quería esperar y sudar. El grado de
dificultad de la caza siempre influye en el valor del tesoro. Puede que en el
mercado no me den más por mis lingotes por haberlos enterrado en el bosque, o
ni siquiera porque dibuje un mapa encriptado del tesoro. Pero algo sucede con
la plata cuando la escondo, ¿a que sí, Oscar? Se le añade un valor inmaterial.
—Se
le da una historia.
—Exacto,
y tanto tú como yo nos convertimos en parte de esa historia. Además…
—
¿Qué?
—Existe
una introducción a la historia que también está presente y decide el valor.
Quiero decir, quien haya vivido cierto tipo de experiencia a una edad temprana
quizá tenga más posibilidades que otros de apreciar determinados tesoros.
Supongamos, por ejemplo, que un hombre hubiese perdido algo verdaderamente
valioso una vez… —dijo embrollándose.
Volvió
su tartamudeo, pero después de un rato resultaba evidente que hablaba de sí
mismo, al menos en parte. Era él quien en una ocasión había perdido algo. Había
perdido a un amigo que se llamaba Christopher Morcom, un compañero del colegio
privado de Sherborne. Alan dijo que sentía adoración por Christopher.
—En
su compañía, todo se enriquecía y mejoraba. Antes de conocer a Christopher yo
era un desastre en el colegio. El tutor a cargo de mi residencia en Sherborne
dijo que mis deberes eran los más descuidados y malos que había visto nunca.
—Eras
el chico de los números.
—Pero
ni siquiera me iba bien en matemáticas. El rector informó a mis padres de que
yo era asocial, de que albergaban dudas de que pudiera pasar al curso
siguiente. Estaba solo. No me llevaba bien con nadie. ¿Has notado que me cuesta
mirar a la gente a los ojos? En esa época lo pasé aún peor. Pero un día
descubrí a Christopher, y no pude dejar de mirarlo. Tenía un año más que yo, y
era tan guapo y tan esbelto que me dolía todo el cuerpo. Sólo ver sus manos… Es
que, sabes, Oscar, mientras que yo era torpe y tímido, Christopher era el
alumno más brillante del colegio. Le concedían becas y premios, y nunca me
habría atrevido a acercarme a él si no fuera porque también él era un niño de
números. Le encantaban las matemáticas y la ciencia, y luego tenía unos ojos
tan extraordinarios, y no sólo me refiero a que eran hermosos. Veía
extraordinariamente bien con ellos. A pleno día y sin telescopio podía señalar
Venus. Yo quería ser como él. Christopher tenía un telescopio, y yo también
quería uno. En mi decimoséptimo cumpleaños me lo regalaron, junto con el libro
de Eddington sobre las constelaciones. El firmamento nos hechizó. Visitamos un
observatorio y nos hicimos con un globo celeste. Por aquel entonces se iba a
poder ver un cometa, así que nos pasábamos las noches oteándolo, y yo
experimentaba tal emoción que debía de tratarse de algo más que del cometa.
Sabíamos con exactitud dónde aparecería, en algún sitio entre Equuleus y
Delphinus. Albergábamos unas expectativas enormes y permanecimos quietos
vigilando el cielo durante horas. Pero nunca pudimos verlo juntos. Lo vimos por
separado, pero no el uno al lado del otro. Un día de invierno, un coro de
chicos visitó nuestro colegio. No me impresionó demasiado la música, no me
pareció nada especial, en absoluto, pero cuando estaba allí escuchando y
contemplando a Christopher sentí una punzada en mi interior y pensé, tú y yo,
Christopher, vamos a ser amigos, pero en realidad…, no puedo explicarlo…, temí
lo contrario. Me asusté. Esa noche me costó dormirme. Me quedé dando vueltas en
la cama mirando hacia el cielo. Había luna llena. Me dio la sensación de que
pasaría la noche en vela. Aun así, debí de quedarme dormido. Me desperté a las
tres de la madrugada con el tañido del campanario del monasterio. Al cabo de un
rato me levanté y me acerqué a la ventana. Había estado allí muchas noches
esperando el cometa. Pero en esa ocasión me quedé observando fijamente el
edificio donde vivía Christopher, y de pronto me invadió una sensación de
absoluto terror. Nunca seré capaz de explicarlo. Al día siguiente, Christopher
no fue a clase, el siguiente tampoco, y le pregunté al tutor de mi residencia.
Recibí sólo respuestas evasivas. Unos días más tarde un profesor se me acercó
por la mañana, y enseguida me di cuenta de que algo había sucedido. «Prepárate
para lo peor —dijo—. Christopher ha muerto».
—
¿Qué había pasado? —preguntó Farley.
—En
una ocasión, de pequeño, había bebido leche en mal estado y eso le causó
lesiones internas. Christopher nunca habló de su enfermedad. De hecho, nunca
hablaba de nada que pudiera preocuparme o avergonzarme. Pero esa noche mientras
yo no le quitaba ojo a la luna en el dormitorio, él volvió a enfermar, y esa
vez no se recuperó. Murió en un hospital en Londres. Un momento estaba, pero al
siguiente… Sentí un dolor tan terrible… Empecé a creer que Christopher seguía
vivo en algún sentido. La religión no era para mí; no podía ofrecerme ningún
consuelo. A mí sólo me quedaba la ciencia, y como el chico desconcertado que
era empecé a elaborar mi propia teoría. Me serví simplemente de algunas ideas
de la física cuántica y de éstas creé la ilusión de que Christopher continuaba
viviendo en algún otro sitio. No sólo eran tonterías, sino unas ideas muy
extendidas en aquella época. Como ya sabrás, Oscar, desde que se dieron a
conocer los hallazgos de la física cuántica sobre la imprevisibilidad de las
partículas, todo tipo de zánganos los han usado para explicar la vida y el
libre albedrío. Ahora no soporto ese tipo de modas científicas, en las que la
gente se abalanza sobre las últimas ideas e intenta aplicarlas a su día a día.
Pero una cosa permaneció conmigo: la noción de que aquello que llamamos alma no
podía ser algo diferente en esencia al cuerpo, ni al universo tampoco, claro.
Todos somos partes de la misma estrella que explotó, y, al igual que lo
inanimado se rige por leyes, lo animado debe de estar sujeto a lo mismo. Tiene
que haber alguna estructura, alguna lógica.
— ¿Y
es ésa la que buscas?
—Ja,
ja. Bueno, al menos he empezado un poco.
— ¿Y
todo comenzó con la muerte de Christopher Morcom?
—
¿Quién sabe cuándo empiezan las cosas en realidad?
—Yo
al menos sé que el tiempo empieza a empeorar. Deberíamos irnos.
Alan
cogió una pala negra del carrito y se puso a cavar un hoyo en el suelo
pedregoso. Con una especie de seriedad burlona metió los lingotes de plata en
el agujero y acto seguido levantó la mirada hacia las copas de los árboles y el
cielo. Llenó el hoyo con la tierra y colocó bien la hierba encima, como si
cuidara de una tumba.
—Que
descanses en paz —dijo Farley.
—Hasta
que te resucite —añadió Alan.
****
Después
de que los planes de Ian Fleming se vinieran abajo, las buenas noticias
brillaban por su ausencia, y a menudo parecía que se había perdido la guerra.
Europa estaba en manos de los nazis, y todavía nadie sospechaba que Hitler
pronto iba a redirigir sus fuerzas hacia el este, contra la Unión Soviética, su
aliado, y a embarcarse en una guerra con dos frentes. Ni tampoco que, en lugar
de buscar ayuda de los japoneses en el frente, éste los dejaría obrar a su
antojo en medio de su locura e involucrar a Estados Unidos en la guerra. Sólo
se sabía que los nazis controlaban el continente y el mar, y que, sin nuevos
libros de códigos, sería imposible descifrar el sistema Enigma de la Marina y,
por consiguiente, ganar la batalla del Atlántico.
El
invierno fue frío y no ocurrió nada. Pero más tarde llegó el aviso de que la
Operación Claymore al parecer se había llevado a cabo con éxito. La operación
consistía en cinco destructores británicos enviados a la costa septentrional de
Noruega con la misión secreta de apoderarse de algún equipamiento de
encriptado. A las seis de la mañana del 4 de marzo, en medio de un tiempo
brumoso, no muy lejos de Svolvær, uno de los barcos, el HMS Somali, había
avistado un pesquero alemán armado, de nombre Krebs, y había abierto fuego. El
informe no recogía con exactitud qué pasó después, pero los ingleses derrotaron
rápidamente al pesquero, lo cual en una circunstancia bélica normal habría sido
un desenlace más que suficiente, pero aquí no se había hecho más que empezar.
Farley sabía demasiado bien que la mayoría de los comandantes en una situación
semejante elegirían hundir el barco enemigo en lugar de abordarlo, algo que
también constituía uno de los motivos por los que tan poco material de
codificación había llegado a Bletchley. Según lo que Farley pudo entender,
tampoco ese capitán quería abordar el pesquero. Pero un señalero, un teniente
llamado Warmington, insistió en que lo hicieran, y al final el capitán accedió
y la tripulación subió a bordo del pesquero con las armas en ristre. No quedaba
muy claro lo que ocurrió a continuación, aparte de que el teniente Warmington,
en la cabina del capitán alemán, se apoderó de un documento con títulos como
Innere Einstellung, Äussere Einstellung, y Steckerverbindung, algo que sin duda
quedaba muy bien, pues sonaba como las claves de configuración, aunque el
informe, a ese respecto, también contenía reservas. Por lo visto, el capitán
alemán había conseguido destruir parte del material.
Estaba
previsto que los papeles llegaran a Bletchley al cabo de pocos días. Podría
significar un avance importante. U otra decepción más. Farley recordó que subía
del lago a la mansión y preguntó por Turing. «Prueba en el comedor», dijo Peter
Twinn. A Oscar Farley no le apetecía nada; evitaba acercarse si no iba a comer.
Pero ahora se dirigió hacia allí y enseguida lo envolvió un terrible olor a col
y a pescado hervido, y a algo que recordaba a crema de vainilla. En efecto,
Alan se encontraba en una mesa toqueteando una pálida patata incrustada en unos
coágulos de grasa amarillenta. A distancia daba la impresión de estar durmiendo
con los ojos abiertos. Sus ojos estaban vidriosos. Las mejillas se veían
grises. Parecía extenuado, y con gestos de enorme fatiga apartaba el humo de
los cigarrillos que le llegaba desde dos direcciones. Farley, aunque reacio a
la idea, sospechó que había algo de verdad en el rumor de que Turing estaba al
borde del agotamiento.
Sin
embargo, cuando Farley le explicó que quizá habían encontrado las claves de
configuración, algo extraño le sucedió a ese rostro. No sólo adquirió color,
también rejuveneció. Empezó a brillar, al igual que en el bosque en Shenley, y
Farley consideró su deber dejar que una pesimista sobriedad oscureciera sus
palabras.
—Pero
sospecho que, por desgracia, la mayoría del documento se ha perdido.
No
quería que Alan albergara demasiadas esperanzas. Le pareció que el matemático
se hallaba en uno de esos estados de excitación nerviosa que ante cualquier
decepción desembocaría en apatía o en una crisis nerviosa en un abrir y cerrar
de ojos. Pero más tarde, al recordarlo, Farley comprendió que ése era el
momento en el que Alan se encaminó definitivamente hacia su gran triunfo, el
que los ayudaría a ganar aquella miserable guerra.
Capítulo
35
Oscar
Farley odiaba la paranoia de los nuevos tiempos. Aun así, sabía que su trabajo
no podía hacerse sin cierta cantidad de ese mal, y con la misma frecuencia con
la que se quejaba de lo que entendía como una exagerada suspicacia en sus
compañeros, temía no ser capaz de llevar su escepticismo lo suficientemente
lejos. Era un hombre analítico y empático. Rastreaba sin dificultad lagunas e
inconsistencias en lo que le contaban. Poseía, como viejo experto en
literatura, gran facilidad para identificar cualquiera de esas pequeñas
características que desprendía la falsedad y enseguida advertía si la gente
carecía de conocimientos sobre un asunto. Pero quizá, pese a todo, a Oscar
Farley no se le daba muy bien desenmascarar a los más duchos, esos que mentían
con la misma facilidad con la que decían la verdad. Era como cuando de niño
leía buenas novelas y no quería creer que eran historias inventadas. ¿Cómo
podía algo que creaba unas imágenes tan nítidas en su cabeza ser de mentira?
Oscar
Farley necesitaba una nube para temer la lluvia, y, además, la gente tendía a
caerle demasiado bien, sobre todo si eran jóvenes, inteligentes y acababan de
recibir una buena paliza. Era verdad que durante unos instantes se le había
pasado por la cabeza que el GCHQ debía reclutar a Corell, y no sólo porque
sería una sencilla manera de garantizar que lo que el policía supiera de
Bletchley Park se quedaría en casa, sino también porque estaba convencido de
que Corell podría ser de gran ayuda. Le había fallado su juicio, cierto, había
algo quijotesco en su aventura en Cambridge, y corría demasiados riesgos, pero
su capacidad deductiva resultaba impresionante. Desde la salida de Burgess y
Maclean, los criterios de reclutamiento dentro de los servicios de inteligencia
se habían replanteado. Ya no valía dar por sentado, como había sido costumbre
en el MI6, que una sólida pertenencia a las clases altas y un pasado en Eton y
Oxford eran requisitos suficientes. Haber nacido en el estrato social más alto
ya no se consideraba una garantía de lealtad, más bien todo lo contrario. Las
clases altas parecían engendrar a unos arrogantes libertinos. Ellos, por su
parte, habían empezado a admitir a personas de otras clases sociales
centrándose en el talento y la fiabilidad. De modo que, ¿por qué no probar con
Corell?
Ante
todo, porque su fiabilidad, al fin y al cabo, no parecía nada del otro mundo, y
porque Pippard y los demás habrían estallado en protestas exacerbadas. No, a
Farley se le ocurrió que de la misma manera que se podía ver la capacidad
deductiva del policía como impresionante, se la podía considerar como demasiado
buena, como una señal de que algo no cuadraba. Puede que la historia de Corell
sonara creíble al presentarla por partes, pero en conjunto, ¿no creaba entonces
una sensación diferente? El policía aseguraba haber llegado a Bletchley Park y
a las bombas de Turing partiendo sólo de su razonamiento lógico, y las
deducciones, ciertamente, no eran descabelladas, en absoluto. Tenían toda la
lógica del mundo. Pero quizá Farley, al aceptarlas, había reaccionado más o
menos como quien lee sobre viejos descubrimientos e inventos: las soluciones no
resultan tan extraordinarias, ya que uno conoce la respuesta. Cuesta entender
las dificultades porque ya se tienen los resultados. ¿Habría sido Fredric
Krause quien lo había filtrado todo? ¿Era en realidad Krause quien estaba
detrás de las deducciones del policía?
Aunque
Farley no lograba entender cuál podría haber sido el motivo. En Bletchley,
Krause había gozado de buena reputación, y Farley sabía que se había realizado
un amplio control de seguridad antes de concederle la ciudadanía inglesa en la
fase inicial de la guerra. Ciudadanía lograda en gran parte gracias a las vivas
recomendaciones de Alan Turing, y a que se consideraba que podría convertirse
en un recurso importante en el trabajo criptográfico. Posiblemente en alguna
ocasión Pippard, con su enfermiza suspicacia, llegó a aducir la vieja
ciudadanía de Krause como un factor de riesgo — ¿no mencionó incluso que
Austria era la patria de Hitler?—, pero, por lo demás, Farley no recordaba que
la lealtad de Krause hubiese sido cuestionada jamás. ¿Se ocultaba algo ahí de
todas maneras?
Farley
recordaba que Krause había dicho algo sobre el patriotismo excesivo y cómo éste
ciega el pensamiento, y que lo que de verdad necesita un país es gente que lo
contemple sin las ideas preconcebidas del amor, pero en aquella época todos
soltaban ese tipo de comentarios. Fue antes de que la guerra fría envenenara el
pensamiento. No, si algo se ocultaba allí, Farley se decantaba más bien por la
admiración que Krause profesaba por Turing y por la rabia que sentía cuando los
murmuradores se dedicaban a calumniarlo a sus espaldas.
¿Había
filtrado información el lógico para vengarse de las injusticias cometidas
contra Turing? ¿Ya no estaba dispuesto a mostrarse leal a un país que trataba
tan mal a sus héroes de guerra? Y, en tal caso, ¿a quién más le habría
proporcionado información aparte de a Corell? Farley observó al policía, esos
ojos que se le antojaban tan pequeños bajo los moratones. Le dio más agua.
«Así, así —dijo—. Beba un poco más». Se levantó y buscó una toalla, que mojó
para limpiar las heridas del policía. Le resultó un alivio entretenerse con
algo. Calmó su inquietud y le ayudó a sentirse menos maltrecho.
—Gracias
—dijo Corell.
—
¿No deberíamos tutearnos? Soy Oscar.
—Soy
Leonard.
—Hola,
Leonard. Es tan extraño… Veo a tu padre en ti. Eres muy joven, pero me haces
recordar los viejos tiempos.
—
¿Te caía bien?
—Sí,
me caía bien. Nunca he oído a nadie contar una historia como él, no hasta
conocerte a ti, claro…
—Ahora
estás exagerando.
—Sólo
un poco.
—Mi
padre siempre decía que yo sabía contar bien una historia. Pero desde entonces
nadie más me lo había dicho.
—Te
lo volverán a decir. Tenlo por seguro. A veces incluso lo haces un poco
demasiado bien.
—
¿Qué quieres decir?
—Omites
alguna que otra cosa.
—No,
no lo hago.
—
¿Es éste tu cuaderno?
—Sí.
—En
el cuaderno has subrayado el nombre Fredric Krause, y, para serte sincero, me
preocupa.
—Krause
estuvo durante la guerra, ¿verdad?
—Creo
que me toca a mí hacer las preguntas.
—Sí,
claro…
****
A
Corell le alegró que empezaran a tutearse y le encantó que le dijera que era un
buen narrador. Lo interpretó como si el peligro hubiese pasado, como si ahora
Farley y él pudieran dedicarse de forma exclusiva a conocerse. Quería
preguntarle sobre su carrera universitaria y sobre la investigación literaria
en Cambridge, sobre sus lecturas favoritas. Pero luego, cuando menos lo
esperaba, llegó el contraataque y le devolvió a una realidad bien distinta, la
amabilidad sólo tenía como objetivo ablandarlo, y durante unos instantes había
bajado la guardia. Se sintió aniquilado. Qué estupidez tan grande había sido no
hablarle de la noche en el pub en Wilmslow.
—
¿Qué te ha contado Krause?
—Nada.
—
¿Nada?
—Bueno,
mejor dicho, un montón de cosas. Me habló de la crisis en las matemáticas y de
la paradoja del mentiroso, y de Gödel y Hilbert. Me explicó todo lo que había
detrás de Computable Numbers.
—Pero
nada de la guerra.
—Ni
una palabra. Incluso noté que se puso nervioso y cambió de tema en cuanto salió
en la conversación.
—
¿Dónde os visteis?
Corell
se lo contó todo. Relató el encuentro con tanto detalle como le fue posible, y
dijo —convencido de que era la verdad— que había evitado mencionar a Krause
para parecer más perspicaz. Había querido apropiarse del razonamiento de Krause
sobre la paradoja del mentiroso. Era ruin y estúpido, lo reconocía, pero el
lógico no había desvelado nada, ni pizca, así que no había la menor mancha en
él, en absoluto: «No lo impliques en esto».
—Tú
mismo lo has implicado al intentar mantenerlo al margen.
—He
sido un idiota.
—Pues
compénsalo. Dame una explicación razonable de por qué de pronto pasáis toda una
tarde juntos.
Corell
contestó algo como «lo pasamos bien sin más», pero se sentía tan desanimado que
empezó a preguntarse por qué alguien, quien fuera, decidía perder una tarde
entera con un tipo como él.
****
Farley
vio descomponerse el rostro del policía. Vio los párpados temblar y pasarse la
mano por la frente, y se acordó de Alan Turing aquel último día en Cheltenham.
Era tan doloroso minar la autoestima de la gente…, y bajó la mirada a sus
propias manos, esas manos extrañamente viejas, que sin darse cuenta se habían
convertido en algo tan desgastado y frágil. ¿Cuándo había ocurrido? Dirigió la
vista al otro lado de la ventana y trató de enderezar la espalda.
—A
Krause parecía gustarle ser pedagogo —dijo Corell—. Creo que no pretendía más
que compartir sus conocimientos.
Farley
asimiló las palabras del policía. ¿Era una posible explicación? ¿Un discípulo
ávido de saber que se toma unas cervezas con alguien a quien le gusta hacer de
profesor? Era cierto que a Fredric Krause le encantaba hablar y hacer
entendible la ciencia. Se le consideraba un buen conferenciante. Farley se
acordaba de una vez en el barracón 4 cuando Krause, de un modo brillante, echó
pestes del viejo Hegel. Y era verdad que Krause siempre mostraba curiosidad si
el tema era Alan Turing. La explicación de Corell podía ser correcta. También
podía ser mentira. Dios, qué cansado estaba de todo. Únicamente con un gran
esfuerzo interior logró que su voz sonara severa cuando dijo:
—Como
comprenderás, vamos a interrogar a conciencia a Fredric Krause. El asunto
pintaría muy mal para ti si intentaras ocultarnos algo.
—No
oculto nada.
—Entonces,
confírmame una vez más que Krause no dijo nada sobre lo que hizo durante la
guerra.
—No
dijo nada…, o, bueno…, dijo una cosa.
¿Me
lo contará ahora?
—Hablábamos
de que Wittgenstein no creía que la paradoja del mentiroso tuviera importancia
fuera de la lógica estricta, y entonces Krause dijo: «Wittgenstein no podía
estar más equivocado. Alan Turing sí lo sabía…».
—
¿El qué? —intervino Farley con impaciencia.
—…
que las paradojas podían significar la vida y la muerte.
—
¿No dijo nada más?
—No.
Luego cambió de tema. No mencionó siquiera la guerra. Pero me hizo pensar.
¿Cómo pueden las paradojas significar la vida y la muerte?
—Sí,
eso le hace a uno pensar, desde luego —indicó Farley mientras se daba cuenta de
que, sin querer, volvía a sonreír.
Capítulo
36
BLETCHLEY
PARK, III
Después,
cuando Oscar Farley tuvo motivos para volver la vista atrás y preguntarse cómo
todo había podido salir tan mal, intentó recordar si existió un momento, un
punto, en el que se produjo el avance decisivo en Bletchley. No encontró nada.
El triunfo no llegó como un gol en un partido de fútbol, sino de forma gradual.
Además, cada paso adelante quedaba tan marcado por nuevas complicaciones que la
alegría se desvanecía enseguida, o al menos no se manifestaba con bullicio, y
en cualquier caso muy pocas veces disponían de tiempo para celebrar nada.
Trabajaban mucho, y Farley recordaba sobre todo la preocupación y la espera,
primero por los documentos del pesquero alemán, luego la espera mientras se
concluían los análisis y el trabajo con las máquinas bomba. Se acordaba muy
bien de las quejas y la irritación: « ¿Por qué coño no ocurre nada? ¿Se puede
saber qué diablos está haciendo ese Alan?». Pero no era fácil. Más bien podía
considerarse un pequeño milagro que hubieran avanzado tanto.
Cuando
el material llegó, el 12 de marzo de 1941, Alan Turing se dio cuenta enseguida
de que no les bastaba. El capitán alemán del pesquero había destrozado el libro
de códigos casi en su totalidad y, sin duda, el almirante Jack Tovey no se
equivocó al echarles un buen rapapolvo a los comandantes de la Operación
Claymore por no haber corrido mayores riesgos y optar por no registrar también
otros barcos. Pero ser expertos a toro pasado no servía de nada en el barracón
8, y a Farley sólo le quedaba rezar a un dios en el que no creía mientras
procuraba tranquilizar al almirantazgo sobre los ingentes esfuerzos de Alan y
sus compañeros.
—Dicen
que es descuidado.
—En
su día a día puede, pero no con asuntos importantes. Si hay alguien capaz de
lograrlo es Alan.
—Pero
hemos oído que…
—Se
lo prometo. Lo conseguirá —interrumpió, y sus palabras le dejaron un sabor
amargo en la lengua.
Pero
quería infundirles esperanza. Unos informes desalentadores sólo conducirían a
cambios idiotas, y lo que necesitaban en el barracón 8 era tranquilidad para
trabajar. Eran tiempos desesperados. Durante las conversaciones con Londres, en
cada respiración y en cada palabra se percibía el ansia con la que se esperaba
un avance, y no resultaba muy difícil entender por qué. Esa primavera la flota
submarina nazi crecía más rápido que nunca, y el hecho de que los alemanes
ahora pudieran utilizar también los puertos de la costa norte francesa empeoró
la situación aún más. Farley se acordaba de una breve conversación con un
capitán de fragata que se llamaba Glyver en Bletchley.
—
¿Cómo están las cosas allí fuera?
—Es
como nadar entre tiburones.
Existía
la convicción generalizada de que los violentos bombardeos sobre las grandes
ciudades en Inglaterra y los constantes ataques contra los buques británicos en
el mar sólo eran un preludio a la invasión nazi, y más de una vez la gente
perdió los nervios y le gritó a Farley:
—
¡Joder! ¿Cómo es posible que no hayáis descifrado ese maldito código ya?
Pero
no era posible descifrar el sistema de códigos definitivamente, puesto que
todas las noches las configuraciones de las máquinas Enigma se modificaban,
cada mañana tocaba empezar de cero, y los progresos tardaron en aparecer.
Tardaron una eternidad. Aunque de vez en cuando lograban descifrar alguna que
otra comunicación, siempre era demasiado tarde, y la preocupación y la
irritación aumentaban: nuestra gente se está muriendo allí fuera mientras ellos
enredan con sus malditas matemáticas. ¿Por qué no pasa nada? Sin embargo, sí
que pasaban cosas: los métodos de Alan Turing para mecanizar las conjeturas y
valorar las probabilidades ganaban eficacia día a día. Desde que construyó sus
máquinas bomba había comprendido que existía una relación geométrica entre el
crib y el texto encriptado, y poco a poco iba explorando esa relación,
mejorando a marchas forzadas su habilidad para alimentar sus aparatos con
contradicciones y paradojas. Además, sus compañeros y él lograron reconstruir
las llamadas tablas Bigram de las máquinas Enigma. Asimismo, cada vez
descodificaban más telegramas de forma más rápida. Pronto lograron hacerlo sólo
con tres días de demora, incluyendo uno del mismísimo almirante Dönitz, el
arquitecto que estaba detrás de la ofensiva submarina alemana:
Orden
de almirante a submarinos:
Escoltas
de U69 y U107 deben hallarse en el lugar 2 el 1 de marzo a las 8.00 horas de la
mañana.
Lo
triste fue que lo descifraron demasiado tarde y que nadie sabía dónde se
encontraba el «lugar 2». Todavía quedaban incontables problemas. Pero era un
comienzo. Inspiraba confianza. Ampliaba el conocimiento del sistema. Con todo,
si existió un momento en el que Farley sintió que «vamos a conseguirlo», fue
una tarde, justo antes de que anocheciera. Estaba sentado en la sala de rastreo
del barracón 4 en una de las pésimas sillas plegables de madera y debatía con
Julius Pippard los perfiles de seguridad de los matemáticos recién llegados. En
esa época, la incorporación de nuevos colaboradores a Bletchley Park no cesaba.
Todos debían firmar las solemnes normas de confidencialidad donde se amenazaba
con pena de cárcel en caso de que filtraran una sola palabra. No obstante, en
comparación con lo que pasaría después de la guerra, el control de seguridad se
hizo bastante a la ligera, sobre todo porque no les quedó más remedio.
Necesitaban toda la gente preparada que pudieran encontrar. Además, en aquel
entonces todavía se acostumbraba a confiar en la gente.
No
obstante, se había producido un cambio en la forma de plantearse la seguridad.
Ahora no se centraban sólo en los simpatizantes de izquierdas como antes, sino
que también se investigaba a personas afines a los movimientos de extrema
derecha: ¿había alguien entre los recién reclutados que podría plantearse
colaborar con los nazis durante una invasión? Al igual que a muchos
representantes del ala más derechista, a Pippard le costaba encajar ese cambio
de rumbo. Le seguía interesando más mantener bajo vigilancia a los sujetos
sexualmente pervertidos y a «otros elementos pocos fiables», aquellos que
podrían ser víctimas de chantaje o vender su patria en beneficio propio.
—Los
cínicos me preocupan más que aquellos con convicción ideológica —dijo Pippard.
Farley
declaró con total tranquilidad que eso eran chorradas, pero sin demasiada
contundencia, y se alegró de que Frank Birch entrara en la habitación y los
interrumpiera.
Frank
Birch había vociferado contra Turing y Peter Twinn, los había reprendido por
sus extravagantes matemáticas y había soltado todo tipo de sandeces por culpa
de la impaciencia, pero siempre sabía retractarse y reconocer sus errores, de
modo que, se diga lo que se diga de él, y por muy malhumorado y borde que
fuera, Birch era más entretenido que la mayoría. Nunca pasaba desapercibido, y
cuando entró en el cuarto esa tarde, vestido con una gabardina y un sombrero de
fieltro abollado, atrajo enseguida toda la atención.
—Mirad
esto —exclamó mientras con gran entusiasmo agitaba en el aire un mensaje
descifrado y traducido por el barracón 8.
Farley
se lo arrancó de inmediato de las manos y lo ojeó para asegurarse de que no
contenía nada desagradable. Acto seguido, sonrió. Todo su ser estalló en una
amplia sonrisa, como si acabara de oír un chiste buenísimo. El telegrama
rezaba:
De:
Comandante en jefe de la Marina.
La
campaña submarina hace necesario restringir estrictamente las personas
autorizadas a leer las señales marinas. Prohíbo de nuevo a todos los que no
posean órdenes expresas del almirantazgo a conectarse a las frecuencias Enigma
de los submarinos. Cualquier intento de infringir esta norma se considerará
como un acto criminal destinado a poner en riesgo la seguridad nacional
alemana.
—
¿Qué opinas? —preguntó Birch con tono triunfal—. ¿Se nos puede considerar
culpables de infringir la norma?
—Eso
parece.
—
¿Así que puede que los alemanes se vayan a cabrear con nosotros?
—Algún
riesgo que otro debe haber sin duda.
Farley
se echó a reír. Le dio la impresión de que llevaba mucho tiempo sin hacerlo.
Pocos días después recibió el aviso de que un mensaje del mismísimo Führer, que
concluía « ¡Venced a Inglaterra!», se había interceptado y descifrado. No
precisamente unas palabras reconfortantes, pero el mero hecho de leerlas hacía
menos probable su futura veracidad. La información interceptada se
descodificaba cada vez con mayor celeridad, y pronto aquello empezó a cambiarlo
todo. Un acontecimiento decisivo fue el descubrimiento por parte de Turing y
sus compañeros de que unos viejos informes de lo más tediosos sobre los barcos
meteorológicos alemanes en la costa norte de Islandia no se habían encriptado
con los códigos marinos, sino con un sistema más sencillo. Este hallazgo les
abrió otra puerta criptográfica y también los condujo a planes concretos de una
operación naval en la guerra real. La Marina británica entendió el valor que
tendría el hacerse con los libros de códigos, y durante esta nueva operación se
asaltaron las embarcaciones meteorológicas München y Lauenburg, lo que
proporcionó nuevo material a Bletchley. Por el mes de mayo, los oficiales de la
inteligencia de la Marina podían leer la comunicación naval nazi como un libro
abierto.
Difícilmente
se podría sobrevalorar la importancia que tuvo aquello. Ahora la Armada
británica tenía posibilidades de contraatacar. Los convoyes con provisiones
para Inglaterra podían eludir los submarinos alemanes. Durante el mes de julio,
las pérdidas de las naves británicas se redujeron a menos de cien mil toneladas
por primera vez desde 1940. Ya no se veía todo tan negro. Como es natural,
también contribuyó que los alemanes mandaran a gran parte de su Armada al
Mediterráneo, por no hablar de la inesperada noticia de que Hitler había roto
el pacto Ribbentrop-Molotov al lanzar un ataque contra la Unión Soviética.
Parecía que la invasión de Inglaterra no iba a llevarse a cabo. Farley pensó
que hasta todos aquellos en Bletchley que no sabían nada de los logros que
habían alcanzado en el barracón 8 tenían que entender que algo había ocurrido.
El ambiente se tornó más animado, y los periódicos publicaban cada vez menos
noticias sobre ingleses ahogados o muertos por congelación.
Ahora
bien, no todos los problemas desaparecieron de la noche a la mañana. Descifrar
el sistema Enigma de la Marina era como empezar todas las mañanas una nueva
partida de póquer. Se requerían nuevas conjeturas y faroles todo el tiempo, y
había que plantear nuevas preguntas como, por ejemplo, qué debían hacer con la
información. Era evidente que había que aprovechar al máximo el nuevo material
descifrado. Se podían salvar vidas a diario. Pero si lo usaban con demasiada
frecuencia, los alemanes llegarían a sospechar que sus códigos habían sido
descifrados y reforzarían el sistema, lo que devolvería a los criptógrafos a la
casilla de salida y todo resultaría de nuevo ininteligible. Los responsables de
Bletchley no ignoraban el problema. Existía el riesgo de que cada éxito
criptográfico preparara el terreno para una nueva derrota, y ya en muchas
ocasiones anteriores se había tomado la decisión de sacrificar tanto vidas como
material para no revelar que la comunicación podía leerse. Tampoco sería la
primera vez que se pusieran en marcha maniobras engañosas para dar a entender
que la información se había conseguido mediante un espionaje más tradicional.
Pero nunca antes la situación había sido tan delicada, y nunca antes la cautela
había sido tan grande, cosa que provocaba una enorme frustración en mucha
gente. Una tarde, Farley recorría el largo y chirriante pasillo del barracón 8
envuelto por el ruido que penetraba los finos tabiques.
—
¡Hola, Oscar!
Detrás
de Farley, en una de las puertas laterales, apenas iluminado por el tenue
brillo de las bombillas desnudas del techo, se asomó Fredric Krause, el que
trece años más tarde le causaría tanta preocupación. Fredric Krause poseía una
extraña combinación de sociabilidad y timidez. En general, se mostraba más
abierto y accesible que su amigo Alan, pero también Krause tenía algunos rasgos
evasivos. Se decía que sufría de sinestesia, que veía colores al pensar en
números y que los números formaban cuadros caleidoscópicos en su mente.
—Hola,
Fredric —contestó—. ¿Qué tal?
—Aquí
andamos.
—
¿Agotado?
—No,
no es para tanto. ¿Puedo preguntarte una cosa?
—Claro.
—
¿Atacamos al final a esos submarinos de Bishop Rock?
Farley
sabía la respuesta. Pero ¿debía decirla? La verdad no siempre resultaba
edificante, especialmente para los que día y noche luchaban sin descanso y
todavía eran jóvenes y entusiastas, y por eso pensó murmurar algo del estilo:
«Sí, por supuesto». Pero le pareció que Krause había adivinado su intención.
—No
—reconoció.
—
¿Qué pasó con nuestro convoy?
—Tuvimos
que sacrificarlo. Lo siento, Fredric.
—Y
para qué coño… —empezó el austríaco, pero no concluyó la frase, algo que
tampoco era necesario.
Su
decepción resultaba evidente. Farley sopesó ponerle una mano en el hombro. Pero
se limitó a decir: «Es una guerra muy jodida», y lo dijo en serio. Naturalmente
habían advertido al comandante del buque mercante en la zona, pero no sirvió de
nada, ya que el almirantazgo se había negado a enviar unos destructores para
atacar a los submarinos alemanes. Temían haber abusado de la información
descifrada. Existían sólidos indicios de que los alemanes empezaban a
sospechar, y de ahí la decisión de sacrificar el convoy. Un mal menor para
prevenir uno mayor. Era el constante cinismo de la guerra.
Con
todo, la cuestión era si bastaría con eso. Aquel verano en Bletchley muchos
estaban convencidos de que tarde o temprano el enemigo se enteraría de sus
logros, y, en efecto, les llegaron indicaciones de que las sospechas habían
anidado en el alto mando alemán. ¿Cómo no iba a ocurrir? Tenía que haber un
motivo para que los ingleses, de buenas a primeras, mostraran tanta pericia
evadiendo submarinos nazis. Sin embargo, la paranoia de los nazis se dirigió,
por fortuna, en otra dirección. Todo apuntaba a que creían que su sistema
Enigma naval era imposible de descodificar, una conclusión perfectamente
razonable. ¿Cómo iban a saber que Inglaterra contaba con gente como Alan
Turing? En lugar de modificar sus máquinas Enigma, empezaron a ejecutar a sus
propios oficiales, y tanto el OIC como el MI6 contribuyeron a reforzar al
máximo ese planteamiento erróneo difundiendo falsos rumores sobre espías en las
filas nazis, y durante un tiempo fue una buena estrategia. Bletchley mantuvo un
control asombroso sobre las actuaciones alemanas en el mar. El almirantazgo
sabía casi igual de bien que los alemanes la localización de los submarinos, y
el estatus de estrella de Alan Turing crecía a diario, al menos entre los pocos
que estaban al tanto de sus actividades.
Siguiendo
los principios de Turing, el trabajo sistematizado se desarrollaba con tal
fluidez que no se requería su presencia en la misma medida que antes. Aquello
le permitió dedicar más tiempo a sus intereses personales: la mecanización del
ajedrez y sus teorías de la matemática en el reino vegetal. Vivía en su propio
mundo. Siempre y cuando pudiera dedicarse a sus temas, no parecía importarle
donde estuviera, fuera una isla desierta o un palacio, le daba igual, y por lo
que Farley recordaba, Alan era de los poquísimos que nunca se quejaba de la
comida o de la falta de permisos. Incluso daba la impresión de ser feliz, pero
a toro pasado no es difícil ver que los nubarrones empezaron a acumularse ya
por aquella época. Además, nadie tan diferente como Alan puede gozar
impunemente de la confianza de Churchill.
Esa
historia fue un drama en sí. Sólo unos pocos iniciados sabían que el primer
ministro tenía previsto acudir a Bletchley Park para animar a los colaboradores
y felicitarlos por los éxitos con el Enigma naval. En condiciones normales, un
acontecimiento así solamente generaría entusiasmo, pero la visita coincidió con
una bronca por la falta de asignación de recursos al barracón 8. A Farley le
parecía incomprensible. ¿Por qué no les dieron enseguida lo que pedían? Los
responsables sabían que el trabajo que se realizaba en el barracón 8 era de
vital importancia. Aun así, no se atendió a las peticiones. Alan y sus
compañeros demandaban más personal y más máquinas, pero todo se desarrollaba
con una extraña lentitud, sin que fuera posible señalar a un culpable. Sin
duda, la inercia estaba incrustada en el propio sistema, y Alan era todo menos
un gran negociador. No entendía a los burócratas ni las jerarquías, ni tampoco
que ciertas personas siempre tendieran a complicar las cosas y fuesen incapaces
de llevar nada a buen puerto, por lo que entregó más bien con alivio la
dirección del barracón a Hugh Alexander.
Ahora
bien, por mucho que cediera la dirección, Alan no se libraría de sus
obligaciones. Era la gran estrella de Bletchley, y se decía que pocas cosas
había en la vida política que fascinaran tanto a Winston Churchill como las
labores de inteligencia y el criptoanálisis. El primer ministro vigilaba muy de
cerca el trabajo en Bletchley. En la fase inicial de la guerra quería leer
todas y cada una de las palabras descifradas que de allí salían, pero cuando el
material comenzó a llegar en cajas se rindió y se contentó con resúmenes
diarios.
Farley
recordaba la espera de ese día, el 6 de septiembre de 1941; los pocos que
estaban al tanto aguardaban impacientes junto a la garita del centinela y las
barreras de control, y luego entraron los coches uno tras otro y una puerta se
abrió. Es curioso el fenómeno de la fama y el poder. Farley sintió una punzada
de humillación, le pareció indigno que le afectara tanto. Era como si el suelo
lo atrajera, como si la fuerza de la gravedad pretendiera obligarlo a hacer una
reverencia, y durante un instante se imaginó que escuchaba la banda sonora de
una película documental: Con pasos firmes, el primer ministro inspecciona… Algo
irreal barrió Bletchley cuando Churchill bajó del coche, con su barriga y su
chaleco ceñido. Parecía una caricatura de sí mismo. No faltaba ni el puro.
Paseó la mirada a su alrededor con expresión a la vez adusta y entretenida
mientras comentaba algo que Farley no escuchó bien, pero que provocó risas
generalizadas. Farley también se reía, y lo hacía sin haber entendido una sola
palabra. A su alrededor, a la gente le costaba estarse quieta. Se movían
apiñados en torno al primer ministro saludando nerviosamente. Luego echaron a
andar, todos juntos, y cruzaron el césped y pasaron por delante del incesante
flujo de las mujeres de la Marina, secretarias, chicas del cuerpo auxiliar de
defensa, soldados del cuerpo de ingenieros y universitarios. Por todas partes,
la gente se sobresaltaba: ¿No es el…? Una solemnidad se extendió en el aire
rompiendo la apacible vida diaria como el repentino estallido de un incendio.
La gente se detenía a mitad de un paso consciente de repente de sus cuerpos.
Farley, en cambio, se fue relajando, lo que le permitió observar la situación
con mayor serenidad. Estaban al principio del otoño y acababan de aparecer
matices amarillos en el follaje y se veían grajos revoloteando en el cielo.
Unos petirrojos picoteaban migas de pan junto al establo, y tanto a la derecha
como a la izquierda de Farley se desarrollaba un juego curioso. En parte todos
querían ser quien contestara a las preguntas del primer ministro y así gozar
del privilegio de mirarle a los ojos —para no dar una impresión tan bufonesca
como los demás, Farley se mantuvo en un segundo plano—, en parte reinaba una
incómoda sensación de vergüenza que iba cobrando cada vez más fuerza. Era como
si una visita distinguida los hubiese sorprendido con la casa sin limpiar.
Como
muy poca gente había sido informada de la visita con antelación, debido al
protocolo de seguridad, nadie se había vestido para la ocasión, aunque Farley
no creía que a Churchill le importara lo más mínimo. Él tan sólo daba caladas a
su puro, apestaba a alcohol e irradiaba una determinación temeraria. No
obstante, el caos del barracón 8 martirizaba al comandante Edmund Travis, el
jefe en funciones de Bletchley. El primer ministro ni siquiera consiguió abrir
la puerta. La empujó con todo el peso de su voluminoso cuerpo, pero había
alguien apoyado al otro lado. Cuando lograron acceder por otra entrada,
Churchill se tropezó con Hugh Alexander. Hugh estaba sentado en el suelo —no se
sabía muy bien por qué lo prefería a las sillas— clasificando transcripciones.
Al percatarse de quién había entrado, Hugh se levantó de un salto, pero no tuvo
tiempo de ocultar el caos de papeles ni las papeleras atiborradas que llevaban
impresas las solemnes palabras «Residuos confidenciales». Sin embargo,
Churchill se hizo rápidamente con la situación y mostró una sonrisa de
reconocimiento al darse cuenta de con quién se había topado.
—
¿Le da tiempo a jugar al ajedrez?
—Por
desgracia no, señor.
—Bueno,
supongo que no son tiempos para juegos. Maldito Hitler. ¿Dónde puedo encontrar
al joven con las máquinas?
—
¿Se refiere al doctor Turing, señor primer ministro?
Sin
duda, había quienes albergaban la esperanza de que Churchill no hiciera esa
pregunta o incluso de que Alan no estuviera en su sitio. Pero, por supuesto,
todo el séquito se dirigió hacia el despacho de Turing, y más de uno
seguramente rezó para que lo encontraran en un estado presentable. En sus
ansias por complacer al primer ministro, Edmund Travis olvidó llamar a la
puerta, de lo que enseguida se arrepintió. Alan estaba recostado en su silla
haciendo punto. El curioso individuo, que llevaba una semana sin afeitarse y, a
juzgar por su apariencia, otra más sin ver un peine, se dedicaba a tejer algo
que podría ser una bufanda, larga y azul, y ni siquiera Churchill se hizo a la
situación en un primer momento.
—Ah,
qué agradable parece —dijo, y Alan, medio aterrado, se levantó como un resorte
de la silla.
—
¿Qué? No…, en absoluto…, en realidad no…, le… le pido disculpas, señor primer
ministro. Me… me ayuda a… a pensar —tartamudeó Turing.
—
¿Ah, sí? Por desgracia, el punto no está entre las artes que domino. Pero lo
entiendo, claro. Las buenas ideas pueden aparecer cuando nos ocupamos con algo
completamente diferente, ¿verdad? Y sus ideas, señor Turing, las necesitamos
todos. Eso me ha quedado muy claro. De modo que, siga con su punto…, la
bufanda, además, sin duda viene muy bien en esta época.
Todo
el mundo se echó a reír, pero algunos apenas podían ocultar la vergüenza ajena
que sentían. Hacer punto… ¿puede haber algo más ridículo? Una labor propia de
amas de casa, como alguien susurró, y para más inri Alan era incapaz de mirar a
los ojos a Churchill. Se limitó a desvariar con algo ininteligible sobre las
teorías de la probabilidad mientras sus ojos erraban por las paredes, y quizá
no fuera al fin y al cabo un encuentro tan especial como Julius Pippard
afirmaría con tanta insistencia después. En cualquier caso, Farley diría que
allí había un afecto, o al menos otro nivel de atención en el primer ministro
que indicaba un verdadero interés. Sí, probablemente, a Churchill el incidente
del punto sólo le resultó gracioso. Mientras los genios tengan éxito, su
excentricidad no es más que un detalle divertido. Fuera como fuese, Farley al
menos estaba seguro de que Churchill no pretendía más que bromear cuando
después le comentó a Edmund Travis: «Es cierto que te dije que removieras cielo
y tierra para encontrar gente competente, pero no esperaba que te lo tomaras de
forma tan literal».
No
obstante, la preocupación prendió en algunos de los colaboradores menos
imaginativos de Bletchley, y la distinguida visita tuvo consecuencias
inesperadas.
Sin
que se supiera la verdadera razón, no se puso remedio a la necesidad imperiosa
del barracón 8 de contar con más personal y más recursos materiales. Todo
apuntaba, no obstante, a una clara aversión contra ese equipo y quizá incluso a
la envidia. Si no, la ausencia de iniciativa resultaba incomprensible. El
problema llegó a tal extremo que el descifrado del Enigma naval se vio
seriamente amenazado, y a mediados de octubre Turing y Hugh Alexander y unos
pocos más se dirigieron, a espaldas de sus jefes, al hombre que los había
visitado. Por carta le explicaron a Churchill que les urgía disponer de
refuerzos y de más máquinas, y la reacción no se hizo esperar. Churchill
escribió al general Ismay con el encabezamiento de asunto urgente: ¡Llévelo a
cabo hoy! ¡Asegúrese de que tienen todo lo que necesitan con máxima prioridad e
infórmeme cuando se haya hecho!
Después
de esas cartas, el trabajo fue mejor, pero los conflictos no desaparecieron y
surgieron nuevos problemas.
El 2
de febrero de 1942, los alemanes introdujeron un cuarto rotor en las máquinas
Enigma de la Marina. Los códigos se hicieron veintiséis veces más complicados y
el barracón 8 se convirtió en una industria con centenares de empleados que en
realidad dependían más de máquinas nuevas y más potentes que de su propia
inteligencia. Alan Turing se trasladó a la mansión y se convirtió en un
estratega general al que sólo convocaban si tropezaban con algo verdaderamente
difícil. Pero sus enemigos no se esfumaron, sobre todo Pippard, que no podía
olvidar que Alan había actuado a sus espaldas.
Un
día Farley descubrió al coronel Fillingham abroncando a Turing junto a la valla
de alambre espinoso, no muy lejos de la entrada al recinto. Debía de ser la
primavera de 1942, y Farley se inquietó de inmediato, pues consideraba como un
asunto de máximo interés nacional mantener a Alan alejado de cualquier
problema. Poco después se tranquilizó. Fillingham era un conocido bocazas, y
Alan no parecía demasiado molesto. Quizá el conflicto tan sólo versaba en torno
al pésimo aspecto de Alan, y seguramente tenía que ver con la Guardia Nacional;
el coronel Fillingham era responsable de su actividad en la zona, y Alan, para
sorpresa de todos, se había convertido en uno de sus reclutas puesto que, como
decía él, quería ser capaz de defenderse en caso de que los nazis fueran a por
él.
—
¿Qué ocurre? —preguntó Farley.
El
coronel Fillingham, un hombre corpulento, de rostro rubicundo, a duras penas
logró serenarse lo suficiente como para contestar. Con voz alterada dijo: «El
joven doctor Turing cree que puede hacer lo que le venga en gana», y cuando
Farley preguntó a qué se refería exactamente, el coronel respondió que Turing
no se había presentado en ninguno de los desfiles de la Guardia Nacional,
ignorando «su obligación de hacerlo según la ley militar».
—He
procurado explicarle al coronel que no estoy sujeto a ninguna ley militar
—explicó Turing.
—Alan,
perdona, pero si te has alistado en la Guardia Nacional, me temo que sí lo
estás. El coronel está en su pleno derecho de darte órdenes. Eso de los
desfiles no debe de ser una carga muy pesada, ¿verdad, mi coronel? —continuó
Farley en un intento de mediar.
—No
soy quién para decirlo —soltó el coronel malhumorado.
—Pero
lo digo en serio, Oscar —añadió Alan—. Me he protegido de situaciones así.
¡Basta con echar un vistazo a mi formulario de reclutamiento!
— ¿A
tu qué?
Fueron
a ver el documento, y el coronel Fillingham tuvo que darle la razón a Alan. Una
de las preguntas del formulario rezaba: ¿Entiende usted que se encuentra sujeto
a la ley militar?, y Alan, quien había reflexionado sobre la pregunta con sumo
detenimiento, había concluido que la manera óptima de contestar a esa pregunta
era con un no. No había motivo alguno para decir que sí a algo que,
razonablemente, no reportaría ninguna ventaja, explicó Alan; y aunque el
coronel Fillingham no parecía del todo conforme, dejó en paz a Turing a partir
de entonces. Gracias a su entendimiento de la teoría de juegos, Alan se libró
de los desfiles, y la historia pasó a engrosar la mitología que rodeaba a
Turing, pero, como no podía ser de otra manera, llegó también a oídos de
Pippard y los suyos. A pesar de que también éstos se reían con la anécdota,
pronto quedó claro que la soga alrededor del cuello de Alan se tensaba cada vez
más.
En
realidad, la situación resultaba molesta para todos. Bletchley representaba
indudablemente la fuente de información más importante para la jefatura
militar. Era el lugar en el que se basaba gran parte de la estrategia de
guerra. Aunque no sólo era secreto lo que ocurría en Bletchley, sino que era
secreto incluso que algo ocurría allí. Bletchley Park no existía oficialmente.
Ni siquiera los generales, ni los colaboradores más cercanos a Churchill
conocían su existencia, y para ocultarlo se creó todo un mundo de mentiras y
cortinas de humo, lo que conllevó que el resto del servicio de inteligencia
británica recibiera mucho más reconocimiento del que merecía. El secretismo
constituía una pesada carga sobre los hombros de todos. Pero en nadie pesaba
más que en los de Turing. Su huella estaba por todas partes, y cuando Estados
Unidos se vio implicado en la guerra y empezó a construir su propia industria
criptográfica, Alan cruzó el Atlántico y pronto sus máquinas bomba se
construyeron a centenares también allí. Con eso adquirió unos conocimientos
únicos de lo más secreto de Norteamérica también, y la presión que sufría
crecía día a día. Era el eje en torno al que giraba todo, y no le quitaban los
ojos de encima en ningún momento.
Cuando
descifraron un mensaje de Heinrich Himmler en el que el Reichsführer se burlaba
de los ingleses porque permitían que los maricones trabajaran en los servicios
de inteligencia, muchos, ciertamente, sonrieron contentos —« ¡si ese canalla
supiera!»—, pero esa actitud empezaba a calar también en ellos, y no ayudó que
Alan Turing rompiera su noviazgo con Joan Clarke.
A
Farley no se le olvidaría el día en el que vio a Turing sentado delante de la
mansión con uno de sus cuadernos negros, ajeno a las grúas y a los obreros que
se movían a su alrededor. Su gesto era hostil, pero Farley sabía que no tenía
por qué significar nada. Cuando Alan escribía o hacía cálculos, irradiaba
siempre rabia; igual que un depredador, parecía preparado para saltar encima de
cualquier elemento que pudiera perturbarlo. Aun así, no dejaba de sorprender
que no le molestara que lo interrumpiesen, y por eso Farley se atrevió a
acercarse a saludarlo. Por una vez no hablaron de la criptografía, sino de
Joan. Al preguntarle Farley por qué la relación se había acabado, Alan citó las
palabras de Oscar Wilde de «Balada de la cárcel de Reading»:
—«Yet
each man kills the thing he loves».
Un
hombre mata lo que ama. Para un hombre como Farley eran palabras bien conocidas
y bastante trilladas. En ellas veía la afectación característica de Wilde que
ni siquiera la estancia en prisión había podido eliminar, y aunque la frase
contenía su buena dosis de verdad más allá de la poesía, en este caso se le
antojó una excusa. ¿Un hombre mata lo que ama? ¡Claro! Pero sobre todo mata lo
que se ve obligado a matar. Farley sospechaba el verdadero motivo de la
ruptura, pero dijo con su voz más compasiva:
—Entiendo.
¡Lo siento!
Tampoco
había motivo para fisgonear. Ya había muchos que lo hacían. Julius Pippard
añadió de nuevo la vieja anotación al archivo personal de Alan, subrayando,
incluso, la palabra «homosexual» con dos líneas negras. Cada vez más se veía a
la gran estrella de Bletchley como un problema. El gobierno, pensó Farley, ni
siquiera se atrevió a premiarlo acorde con lo que merecía. Recibió una
miserable OBE, nada más.
Capítulo
37
El
teléfono sonó con inusitada vehemencia. Corell se sobresaltó como si hubiera
recibido un golpe. La señal parecía ser portadora de una nueva amenaza, y como
ninguno de los dos se movía, a Corell le dio el tiempo justo a concebir la
esperanza de que Farley la ignoraría, pero entonces éste se levantó.
—
¡Yo lo cojo!
Había
algo solemne en su forma de sujetar el auricular.
—Sí,
sí, que sí. Está aquí. He estado hablando con él.
A
Corell se le antojó una conversación entre carceleros. Percibía una voz severa
y desagradable al otro lado del aparato y sintió un nudo en el estómago. Pero
la conversación no continuó en la línea preocupante que había temido. Los síes
de Farley se transformaron en una serie de noes.
—No,
no, te has hecho una idea muy exagerada. No pasa nada. De verdad. Ha sido un
insensato, nada más. No, no parece que se haya difundido ninguna información
sensible. Para serte sincero, no sabe gran cosa. Tranquilízate, Julius…,
escúchame. Tengo la situación bajo control.
Por
lo visto, los carceleros no estaban de acuerdo. Daba la impresión de que Oscar
Farley incluso lo defendía, y Corell al final contempló la conversación como
una batalla entre un amigo y un enemigo.
—Sí,
claro que seguiremos investigando este asunto, pero ahora te estás
extralimitando, la verdad… No, por todos los demonios, no le hagas caso a
Mulland. Lo ha malentendido todo. Además, se ha portado como un loco…, ha
asaltado y apaleado… No está en sus cabales… Por Dios, Julius, no me estás
escuchando. Que no, que te digo que no. ¡No! Ahora tengo que colgar. Adiós.
Oscar
Farley colgó, y Corell reprimió el impulso de preguntarle sobre la discusión.
Clavó la mirada en un arrugado punto del edredón, justo debajo del pecho, que
se asemejaba a una cara, y luego cerró los ojos fingiendo que dormía. En su
mente apareció la imagen de Julie; Julie vistiendo al maniquí del escaparate
con mucho cariño.
—
¿Soy libre de marcharme? —preguntó.
Oscar
Farley se mostró titubeante, y parecía no haberse serenado después de la charla
telefónica con Pippard.
—Sí.
Pero no creo que sea lo más conveniente para tu salud. Creo que debemos llamar
a un médico.
—No,
no. Sólo quiero marcharme de aquí.
Corell
se impacientó.
—
¿Adónde?
—No
sé. Lejos. A casa de mi tía en Knutsford.
—De
acuerdo. Me aseguraré de que llegues hasta allí.
****
Farley
no sabía qué le pasaba. Para nada estaba tan convencido de la inocencia del
policía como había aparentado con Pippard. Pero era de la opinión de que Corell
se merecía que lo acompañaran después de lo sucedido, y, además, tenía
curiosidad por conocer a la tía, que según la ficha del departamento era una
vieja sufragista lesbiana con un vívido interés por la literatura. Robert
Somerset pensaba que la tía podría constituir la clave del comportamiento del
policía, y, aunque Farley no estaba del todo de acuerdo —las claves rara vez
eran tan simples—, sospechaba que algo interesante se escondía en esa relación.
Además, quería marcharse del hotel antes de que Pippard o cualquier otro se
inmiscuyera aún más, por lo que sacó su libreta de teléfonos.
Había
muchas personas a las que podía llamar. Más adelante, al recordar ese momento,
el hecho de haber elegido a Jamie Ingram lo sorprendería. Era como si más que
un amigo o compañero buscase un compinche, un cómplice. Jamie Ingram era la
oveja negra de la familia del banquero Ingram. No es que fuera un delincuente
ni exageradamente inmoral siquiera, pero era un escándalo andante que bebía
demasiado y al que le encantaba provocar. Se había presentado borracho a las
clases de Farley, y decían que había tirado la bicicleta del decano al canal
después de una estúpida pelea por una partida de bridge. En cambio, no se
apresuraba a juzgar a los demás cuando la vida les jugaba malas pasadas, sin
duda porque sabía con cuánta facilidad sucedía eso. También le debía algún que
otro favor a Farley, y pareció más bien contento de que se le presentara la
oportunidad de echar una mano.
—
¿Se ha metido en un aprieto, mi querido profesor? ¡Espero que sea por culpa de
una mujer!
—No,
y por desgracia ni siquiera estoy borracho. ¿Vienes?
****
Jamie
apareció en un flamante Aston Martin blanco que había tomado prestado de su
padre. Un coche algo vulgar a juicio de Farley, sobre todo si se tenía en
cuenta que la misión era llevar a un policía apaleado hasta la casa de su tía
en Knutsford, pero, aun así, a Oscar le conmovió el detalle. «Las cosas se
hacen con estilo», explicó Jamie, quien, al igual que el coche, parecía un poco
extravagante.
Llevaba
una americana de lino, un fular rojo, y el alboroto del pelo rubio resultaba
demasiado estudiado, pero desde el primer momento actuó con determinación y
profesionalidad. Mostró, por ejemplo, el buen gusto de no inquirir sobre lo
ocurrido. Con sumo cuidado ayudó a Corell a levantarse y lo invitó a tomar un
trago de su petaca, bourbon, como dijo, y luego tuvo el detalle de alabarlo por
su traje, que tenía un aspecto lamentable.
—Un
poco de limpieza en seco y un buen baño, y ya estará listo para volver a los
salones más elegantes.
Puesto
que la espalda de Oscar se hallaba en un estado tan deplorable, le tocó a Jamie
ayudar al policía a bajar la escalera. Mientras Farley se ocupaba de la cuenta
del hotel, Jamie Ingram se mostró tan encantador y ameno que por un momento a
Corell la vida se le antojó un poco menos complicada. Tras darle a Oscar unas
breves instrucciones sobre el coche, entregarle las llaves y soltarle que «a mi
padre no le importa lo más mínimo que se lo abolléis un poco», Ingram
desapareció con todo su elegante desenfado sin ni siquiera haber mencionado la
hora o el lugar para devolver el automóvil. Oscar pensó que eso es lo bueno de
los jóvenes ricos y golfos. Exigen tan poco de los demás como se exigen a sí
mismos.
—Muchas
gracias. Hablamos —gritó, pero el joven ya estaba lejos, y Farley se volvió
hacia Corell.
El
policía estaba sentado en el asiento del copiloto, pálido y hundido como si ya
nada pudiera sorprenderlo, ni el coche ni nada. Farley le pidió que esperara un
momento. Cruzó la calle y compró chocolate, zumo de naranja, pan fresco y
jamón. Comieron un poco antes de partir, y las mejillas de Corell recuperaron
algo de color. Dijo que el dolor del cuello y la cabeza había remitido un poco.
Por lo demás, no habló casi nada. Su verborrea anterior se había esfumado y de
ninguna manera quería que un médico lo viera. Quería ir a casa de Vicky. «Tengo
algo que decirle», explicó. Durante un buen rato condujeron hacia el norte en
silencio.
Caía
la noche. El tráfico iba disminuyendo y las carreteras se extendían como largos
brazos inquietos. Farley agarraba fuerte el volante deseando tener, en su
lugar, un libro entre las manos, o algo en lo que anclar sus pensamientos.
Intentó recitar Michael Robartes and the Dancer, pero no le salía. Le costaba
concentrarse, y pese a que le apetecía conversar no se atrevía a molestar al
policía. Corell dormía o al menos dormitaba a ratos, pero incluso despierto iba
sumido en sus pensamientos, y hasta que no dejaron atrás Corby no se espabiló
un poco, pero sólo porque Farley consiguió sacarle de su mutismo a fuerza de
preguntas sobre su vida y su familia.
—Mi
madre está muerta —dijo Corell.
—Me
lo dijo mi compañero. ¿Cómo murió?
—Marchita
y demente en una residencia en Blackpool. Pero durante los últimos años no
tuvimos mucho contacto. En la etapa final la visitaba a menudo, pero me hablaba
como si yo fuera otra persona.
—Lo
lamento. Sé lo que le pasó a tu padre.
—Se
puso delante de un tren.
—Debe
de haber sido difícil para ti.
—Supongo
que sí.
Farley
intentó cambiar de tema, pero el policía insistía en hablar del suicidio.
—He
pensado en los últimos pasos de Alan Turing en la vida —dijo.
¿Quién
no lo ha hecho?, cruzó la mente de Farley.
—
¿Hay algo en particular en lo que te hayas fijado? —preguntó.
—Parecía
haber tantas cosas en marcha en la casa: experimentos, cálculos, un plato con
chuletas de cordero. ¿Cena uno a lo grande cuando sabe que va a morir?
—Ni
idea. Los condenados a la pena capital lo hacen.
—O
igual tomó la decisión más tarde, después de cenar.
—Sí,
quizá.
—A
veces me he preguntado lo que habría hecho falta para que se hubiera
arrepentido. ¿Habría bastado con que un amigo llamase a la puerta y le dijera
unas palabras amables, o incluso que un perro ladrara en la calle para que sus
pensamientos hubiesen discurrido por otros derroteros? ¿O fue una decisión
irrevocable?
—Sí,
es como para preguntárselo, desde luego —dijo Farley, no del todo seguro de si
el policía hablaba del suicidio de Turing o de su padre.
—Y
luego mordió una manzana envenenada —continuó el policía.
—El
fruto del pecado. El fruto del conocimiento.
—Extraño
en algún sentido, ¿no?
—
¿Por qué?
—A
veces he pensado si no nos habría dejado acertijos a propósito.
—Al
menos sabía que el misterio es más grande que la solución.
—
¿De verdad creía que seríamos capaces de construir una máquina inteligente?
Farley
estaba a punto de contestar: «Ni idea. ¿Tú qué opinas?», cuando se le ocurrió
que igual podría tomarse la pregunta en serio. Al fin y al cabo, había hablado
del tema con Alan.
—Creo
que sí —contestó—. ¿Sabes?, en una ocasión lo sorprendí leyendo The Mind of the
Maker, de Dorothy Sayers.
—
¿Qué es?
—Es
un libro más o menos teológico en el que Sayers intenta interpretar la creación
divina del mundo a través de sus propias experiencias como constructora de
novelas. El escritor como Dios, ya sabes. A menudo se dice que el creador
literario posee un poder absoluto sobre sus personajes, pero no es cierto, no
si eres un escritor bueno como Dorothy Sayers. Para que los personajes cobren
vida deben liberarse de su creador y adquirir rasgos de imprevisibilidad. Un
escritor que se toma su profesión en serio es consciente de que es la exigencia
de vida y presencia más que el plan original lo que debe regir el libro.
— ¡Y
para conseguir vida se necesitan contradicciones!
—Se
necesitan la impredecibilidad y la irracionalidad. Sé que a Alan le interesaba
en especial lo que Dorothy Sayers pensaba sobre Laplace. ¿Lo conoces? Laplace
era un matemático y astrónomo francés que trabajó en el espíritu de Newton. El
universo que él veía estaba estrictamente regido por las leyes de la gravedad,
y, según su planteamiento más famoso, un ser inteligente que conociera la
posición y los movimientos de todas las partículas en el mundo sería capaz de
prever con exactitud todo lo que iba a suceder. Todo estaba predestinado según
unas pautas de causalidad que Dios había puesto en marcha antes de retirarse.
Se trataba de un determinismo llevado al extremo en el que Alan no creía en
absoluto. Pero la idea de un creador que, según las palabras de Dorothy Sayers,
hubiera dejado su bolígrafo a un lado y hubiera puesto los pies sobre la mesa
para permitir que los personajes de su obra obraran a su antojo, le fascinaba.
Sé que Alan reflexionó mucho sobre eso y empezó, por decirlo de alguna manera, a
contemplar el mundo a la luz de esa idea. Esto fue en 1941 o quizá en 1942, y
como comprenderás no puedo hablar de nuestro trabajo, pero puedo decir que
nuestras actividades se asemejaban un poco al universo de Laplace; bueno, en
realidad, supongo que no debería contarte eso tampoco. El caso es que llegamos
a tener una organización que funcionaba más o menos sola y no existía la misma
necesidad de genios como Alan. Éramos miles de personas trabajando. La mayoría
de nosotros nos dedicábamos a tareas muy sencillas, pura rutina, pero juntos
formábamos un organismo de enorme sofisticación. Visto en conjunto, seguro que
parecíamos un auténtico oráculo, y a alguien como a Alan no le resultaba
difícil ver las correspondencias con el cerebro humano. Cada célula por separado
no es por fuerza nada extraordinario, ¿verdad?, pero la totalidad sí que lo es.
Parece que lo fundamental no son las partes, sino la propia composición de los
elementos, y eso le llevó a preguntarse: ¿habrá alguna otra manera en la que lo
inteligente puede surgir de lo que no es inteligente de por sí? ¿Puede un
proceso meramente mecánico y rutinario dar lugar a lo inteligente y original?
—Y
la respuesta de Turing fue sí —completó Corell.
—Exacto.
Al igual que Newton y Laplace no vieron ninguna contradicción entre una visión
mecánica del mundo y la fe en Dios, no había en Alan ninguna oposición entre lo
mecánico y lo inteligente, o incluso, bien mirado, entre la mediocridad y la
genialidad.
—No
entiendo.
—
¿Has oído hablar de la sabiduría de las masas?
—Sólo
de la estupidez de las masas.
Farley
se rio.
—Ésa
es la parte conocida, la parte triste —dijo—. Nadie es tan estúpido como
alguien que sigue a un líder perturbado y se deja provocar por un ambiente de
linchamiento. O como dijo Nietzsche: «La locura es la excepción en los
individuos, pero la norma en los grupos».
—
¡Cierto!
—Sí,
pero en otro sentido, parece ser que un nutrido grupo de personas puede ser más
inteligente que cualquier otra cosa.
—
¿Cómo?
—Como
en nuestro caso durante la guerra, por ejemplo. Pero también de otra forma.
¿Sabes?, hace un tiempo leí un extracto de una novela del científico Francis
Galton. Kantsay where se titula. Describe una utopía en la que se está creando
una mejor especie de persona. Un auténtico bodrio, sinceramente, pero el libro
me interesaba por varias razones, y me llevó a estudiar con más detenimiento la
vida de Galton. El hombre era un terrible elitista que pensaba que existían muy
pocas personas con las características genéticas necesarias para gobernar una
sociedad. Consideraba a las personas comunes irremediablemente torpes. Pero lo
interesante es que el hombre, hacia el final de su vida, se topa con otra
verdad bien distinta. Un día un Galton ya anciano va a una feria de ganado en
Plymouth. Por pura casualidad, pasa por delante de un concurso que consiste en
adivinar el peso de un buey, o, mejor dicho, cuánto pesará una vez sacrificado
y despellejado. Galton espera que la gente suelte unas conjeturas pésimas; como
el populacho no es más que una panda de zoquetes, claro… Pero ¿sabes con lo que
se encuentra? Cuando recopila todas las conjeturas y calcula la media,
considerando a todos los participantes como una sola persona, advierte que
éstos han acertado el peso casi hasta el último gramo.
— ¿Y
a qué se debió?
—Porque
un grupo funciona así. Puede ser increíblemente inteligente y responder con
mayor sabiduría que todos los expertos, con la condición de que los integrantes
del grupo piensen de forma independiente, y eso es lo bonito de la historia.
Los colectivos tienen una sabiduría oculta. Cuando Galton calculó la media, las
carencias de los participantes se eliminaban entre sí y el conocimiento se
multiplicaba. Todas las pequeñas piezas del puzle formaban algo muy
sofisticado. A Alan le encantaban ese tipo de anécdotas. Le fascinaban los
hormigueros. Los forman unos bichos muy bobos, pero son enormemente complejos,
e ingeniosos, y de alguna manera creo que el núcleo de su razonamiento está
ahí. No se trata de la pieza por separado…
—Sino
de la relación entre todas.
—O
de cómo constituyen un todo, y debo admitir que lo encuentro muy interesante.
En cualquier caso, sé que Donald Michie, uno de los inteligentes amigos de
Alan, cree que esto puede llegar a ser un nuevo campo de investigación.
—
¿El qué?
—El
intentar crear una máquina inteligente compuesta por componentes electrónicos
simples. Una disciplina de lo más hereje desde un punto de vista cristiano, por
supuesto; y eso Alan lo sabía mejor que nadie.
—Pero
¿soñó con eso?
—Soñó.
—
¿Por qué?
—
¿Por qué no? Quizá añoraba un amigo mecánico, qué sé yo… Por lo demás, no me
sorprendería que de allí saliera algo realmente valioso. Donald Michie hablaba
de las teorías de Alan como un tesoro enterrado que alguien algún día
desenterraría.
—Como
sus lingotes de plata.
Oscar
Farley se sobresaltó.
—
¿Cómo lo sabes?
—Su
hermano, John Turing, me lo contó.
—Es
verdad. Nos vimos delante de la morgue —murmuró Farley—. Por cierto, ¿cómo te
encuentras?
—Mejor.
¿Queda mucho?
—Un
poco. Mantienes una estrecha relación con tu tía, ¿verdad?
—Supongo
que sí —contestó el policía.
—
¿Siempre habéis estado tan… —Farley buscaba la palabra correcta— tan unidos?
—No,
no siempre —dijo Corell—. Hubo una época en la que no quise saber nada de ella
—empezó, pero luego se calló de súbito.
—
¿Quieres hablar de ello? —intentó Farley.
—No,
creo que no.
El
policía volvió a ensimismarse. Incluso durante un instante dio la impresión de
que sonreía.
Capítulo
38
¿Qué
hay de malo en que te ayuden un poco?
Cuando
Corell, hacía muchos años, regresó a Southport tras su salida de Marlborough
College, tuvo que encajar otro golpe, para el que en realidad debería haber
estado mejor preparado. Lo había visto venir. Pero la frialdad de su madre lo
afectó en lo más hondo. ¿En algún momento dijo una sola palabra que le
concerniera? Estaba totalmente centrada en sí misma y su mudo sufrimiento. En
el período más difícil de su vida, su madre se vio incapaz de mantener una
conversación seria y, lo que era peor, le exigía que le siguiera el juego.
Podía
quejarse todo lo que quisiera de los precios en las tiendas, de la falta de
víveres y de las duras labores y quehaceres del hogar, e incluso de la falta de
dinero, pero sobre todo lo que era importante y doloroso tenía que guardar
silencio. Cada insinuación de que él también sufría provocaba una intensa
actividad mental en el cerebro de su madre para cambiar de tema: « ¡Menudo
viento entra desde el mar!»; « ¿Puedes lavar tú los platos hoy?»; «A la tía
Vicky le gustaría venir a hacernos una visita otra vez. Pero no nos apetece,
¿verdad?».
Él
muy pocas veces protestaba. Soñaba más que nunca con una persona que pudiera
liberarlo y hacer su vida más llevadera, y sin duda no había ningún candidato
mejor que la tía Vicky. Pero la tía también irradiaba una capacidad de acción y
una energía que le provocaban remordimientos de conciencia y le hacían sentirse
débil y fracasado, de modo que en lugar de intentar atraer a la única persona
que podía haberle dado un hogar, alimentaba planes de huida. El sueño de liar
el petate y marcharse se convirtió en su droga, su esperanza. Me voy, me largo
de aquí, pensaba una y otra vez, y al final no aguantó más. Fue una mañana de
otoño. La guerra había terminado. Los laboristas habían llegado al poder. Se
habían tirado bombas atómicas sobre Japón, y su madre estaba encerrada en el
dormitorio. Si hubiera tenido un poco más de perspicacia, habría comprendido
que se encontraba enferma. Sufría un bloqueo tan profundo que más bien había
abandonado el mundo para entrar en una realidad alternativa donde parecía
esperar algo grande y revolucionario. «Tenemos que ponernos guapos para cuando
llegue la hora», podía decir, y creaba tal ambiente de locura a su alrededor
que él estaba convencido de que se contagiaría, y a menudo una gran rabia
brotaba en su interior. ¿Y yo? ¿Y yo qué?
No
se enorgullecía de eso —se enorgullecía de muy pocas cosas—, pero cuando la oyó
gemir en el dormitorio, como si fuera un momento de pasión, ya no pudo más. Fue
algo puramente físico. Al menos eso afirmaría después, que se ahogaba, que el
crudo olor de la locura lo envenenaba. Esa noche hizo la maleta, la vieja
maleta marrón de su padre, con algo de ropa, libros y una botella de jerez. En
aquella época no probaba el alcohol, pero quería manifestar su independencia y
convencerse de que su partida no se debía sólo a un acto de desesperación, sino
que suponía también un primer paso hacia la vida adulta.
En
cuanto vio el campanario rojo de la estación de tren de Lord Street, una
especie de descarga eléctrica le recorrió el cuerpo y sintió una creciente
ebriedad no sólo causada por el jerez. Tenía el mundo a sus pies. Era una
persona libre e independiente, y esa sensación le duró varias horas, hasta que
vomitó en una esquina de Portland Street en Mánchester, y los sentimientos de
culpabilidad y el mareo se mezclaron con todo lo demás. La ciudad, además de
destrozada por las bombas y llena de ruinas, estaba envuelta en una niebla de
grava y carbón, y si no hubiera sabido que Inglaterra había ganado la guerra,
no lo habría creído. Por culpa del racionamiento de electricidad apenas quedaba
nadie en la calle después de las diez, y por todas partes imperaba un ambiente
de apatía. Era como ver su propia desesperanza en cada rincón.
Una
sensación de derrota se apoderó de su vida. Se alojaba en albergues y en
centros de gente sin hogar, y a menudo pasaba hambre. Sufría. Se avergonzaba —
¿cómo podía haber abandonado a su madre?— y es posible que el cartel marrón de
Newton Street se convirtiera en su salvación, o si salvación quizá sonaba
exagerado, al menos fue el principio de algún tipo de orden en su vida. GRANDES
POSIBILIDADES PROFESIONALES DENTRO DEL CUERPO DE POLICÍA PARA HOMBRES Y MUJERES
CON CORAJE Y CARÁCTER, ponía y, aunque las palabras no lo convencieron del
todo, algo había allí que lo atraía; pero aquello también le pasaba a menudo,
una sola palabra acerca de una profesión o un tipo de vida, casi cualquiera,
podía hacerle soñar, y en este caso en absoluto lo vivió como algo de gran
trascendencia.
Simplemente
se apuntó, sin más. No pedían más que algunas formalidades, una breve
entrevista y rellenar un par de formularios, y antes de que le diera tiempo a
asimilarlo, un par de días más tarde, se encontró sentado en un autobús camino
de Warrington para empezar una formación de trece semanas. Durante mucho tiempo
lo vio todo como un juego, una aventura, pero el tiempo fue pasando y lo que en
principio iba a ser un paréntesis se transformó en una vida, una estructura. Se
hizo con un cuchitril en Cedar Street, no muy lejos de las dependencias del
Ejército de Salvación, que olía a gas y a moho, y que apenas tenía muebles.
Fue
en ese pequeño apartamento donde volvió a ver a Vicky. Ocurrió un día de
primavera de 1947, si bien desde los negros cristales de sus ventanas podía
haber sido cualquier estación. Tenía veintiún años. En una fotografía de esos
días, vestido por primera vez de uniforme y con el ridículo casco puesto,
presentaba un aspecto desesperado y desnutrido. Podría haber sido un hombre de
treinta y cinco años que acababa de regresar del frente, pero en las pocas
ocasiones que se miraba al espejo veía al mismo chico de siempre. No tenía ni
idea de la impresión que podría causarle a una persona que lo recordara de
antes. Cuando llamaron a la puerta estaba tumbado en la cama, vestido.
—Leonard,
Leonard. ¿Estás ahí? ¡Por Dios, abre! —gritó una mujer, y pese a que reconocía
la voz no lograba identificarla, ni siquiera cuando su tía dijo «Soy yo, Vicky.
Soy yo. Te he buscado por todas partes» comprendió del todo de quién se
trataba.
Desconcertado
y a regañadientes, se dirigió a la puerta arrastrando los pies. Cuando la
abrió, se sobresaltó como si hubiese visto un fantasma, pero no se debió a su
tía. En aquella época, apenas había envejecido. Se trataba de la misma Vicky de
siempre, enérgica y de pelo corto, y teniendo en cuenta todas las personas
pobres y rotas que había conocido, ella era un milagro de clase y dignidad. Lo
que le asustó más bien fue la reacción que había provocado en ella y que se vio
reflejada en su cara.
—Leo,
Leo. ¿Eres tú? ¿Qué te has hecho? ¿Por qué no me has llamado? Si supieras…
—murmuró ella tan conmovida que él no alcanzó a entender qué tenía que ver con
él.
Pero
era verdad que lo había buscado por todas partes. Se había pasado horas
llamando por teléfono con su insistencia febril, al final también a la policía
en Mánchester, y gracias a su perseverancia o a su desesperación, como decía
ella, se había enterado de que no había nadie herido o muerto con ese nombre,
pero que sí existía un cadete de policía que se llamaba así. «Cadete de policía
—había exclamado—. No puede ser mi Leo, imposible». Aun así, había acudido a la
comisaría en Newton Street, donde consiguió información acerca de su domicilio.
Por eso estaba allí. A él no le hizo ninguna gracia. ¿Por qué debía preocuparse
por él?
—Me
las arreglo muy bien solo —dijo, y entonces la tía perdió la compostura.
—
¡Calla! —gritó—. ¡Cállate ya! Pero por todos los demonios, ¿por qué te empeñas
en arreglártelas solo? Tienes una familia, Leo. Me tienes a mí, y te he buscado
por todas partes en este santo país. He removido cielo y tierra. Me moría de la
preocupación y he llegado a pensar… No me mires así. ¿Qué te imaginas? ¿Que he
venido para echarte la bronca? Sólo quiero ver que estás vivo. Que estás bien.
¿No entiendes eso?
—Déjame
en paz. Márchate.
—
¡Ni hablar! Pero, Dios mío, ¿qué te pasa? —Corell debía de parecer aterrado—.
Tu madre se las apaña. Está enferma, pero la hemos trasladado a una residencia
en Blackpool. Así que, por el amor de Dios, Leo, no te enfades conmigo, y deja
ya de castigarte.
—No
me castigo.
—Pero
¡mira el aspecto que tienes!
—
¡Vale ya!
—
¿Qué hay de malo en que te ayuden un poco? —gritó—. ¿No entiendes que he estado
metida en mi maldito apartamento en Londres sin desear otra cosa en este mundo
que poder ayudarte? Yo también estoy triste, Leo. Estoy tan terriblemente
triste por lo que le pasó a James y a todos vosotros que apenas pego ojo por
las noches. ¿Tienes idea de cuántas veces intenté ir a veros? Y en cada ocasión
me lo impidieron, y se me cae la cara de vergüenza por no haber ido de todas
maneras, y no soporto, no, no podré soportar, que acabes como tu padre.
—No
pienso quitarme la vida, si eso es lo que crees.
—No,
no lo vas a hacer. No lo vas a hacer —dijo ella fuera de sí, y él no recordaba
si fue en ese momento o más tarde cuando cruzaron una mirada de entendimiento
mutuo.
****
A
Vicky le costó lo suyo penetrar la coraza de orgullo de Corell, pero después
del encuentro en su apartamento empezaron a verse de vez en cuando, y Corell
acabó aceptando su ayuda en alguna ocasión. La tía le dio dinero, le invitó a
cenar y le compró ropa. Pero la ayuda importante de verdad que le ofreció, la
posibilidad de volver a estudiar, de tener otra oportunidad, la declinó. Se
empeñó en seguir en su profesión, quizá para castigarse, o porque ya no se
atrevía a asumir más riesgos. Era un idiota, y punto. Parecía caer en la cuenta
poco a poco. Pero cambiaría, eso fue lo que se dijo allí sentado en el coche.
****
Una
ligera niebla envolvía las carreteras y los campos de cultivo, y ya no se
cruzaban con ningún coche. En una ocasión, un pájaro apareció batiendo las alas
justo delante del parabrisas y Oscar Farley tuvo que pegar un violento frenazo.
Sintió el dolor recorrerle la espalda, pero se le pasó enseguida. Llevaban de
nuevo un buen rato en silencio. Farley quería retomar la conversación, no
solamente porque le agradaba conversar con el policía, sino porque no lograba
quitarse de la cabeza la idea de que se le había escapado algo, de que existía
una circunstancia, un detalle, que arrojaría una nueva luz sobre los
acontecimientos.
—Todo
eso de Alan Turing parece que se ha convertido en algo muy personal para ti
—dijo.
—Bueno,
sí…, quizá.
—
¿Has hablado del caso con tu tía?
—
¿Por qué me preguntas eso?
—Tengo
entendido que es una mujer muy inteligente y enérgica.
—Puede.
—Y
me preguntaba…, pero quizá es algo demasiado personal…
—
¡Adelante, pregunta!
—
¿Tu interés por el caso Turing…?
—
¿Sí?
— ¿…
tiene algo que ver con el hecho de que tu tía sea homosexual?
—
¿Ella es…? —empezó Corell.
Luego
se hundió en su asiento y ni con una palabra ni un movimiento dejó entrever lo
que sentía. Su cara más bien se petrificó en una sonrisa que podía significar
cualquier cosa.
—Yo
siempre he… —declaró al final.
—
¿Qué?
—Yo
siempre he… —repitió pero sin conseguir acabar la frase.
****
La
continuación de sus palabras «Yo siempre he…» iba a ser «detestado a los
homosexuales», pero no fue capaz de pronunciarlas, ni tampoco ninguna otra. Lo
invadió un aluvión de pensamientos e imágenes: el flaco y rígido cuerpo de
Vicky apoyándose en el bastón con la empuñadura de plata; los ojos marrones,
despiertos, que lo observaban, y la boca con una sonrisa burlona; Vicky
tapándole por las noches en la cama y sirviéndole el desayuno por las mañanas.
¡Cómo la había echado de menos! Había mirado por la ventanilla del coche,
contento por cada metro que avanzaban, porque sabía que lo acercaba a ella, y
una y otra vez había pensado en cómo iba a contarle todo lo ocurrido en
Cambridge, pero ahora… no. Tenía que ser un error, una acusación infundada.
Estaba seguro de ello.
¿Sí?
¿Lo estaba? Ella siempre había medido mucho sus palabras y siempre había
mostrado consideración hacia la frágil autoestima de Corell, esforzándose por
no herir sus sentimientos, aparte de la otra semana, cuando habían hablado de
Turing… Sintió un pinchazo de dolor en el estómago al mismo tiempo que
intentaba protegerse de la idea como de una terrible amenaza, buscando
argumentos en contra, lo que fuera —su feminidad, su amor por los niños—, pero
no, no sirvió de nada. Debería haber caído en la cuenta hacía mucho tiempo. Lo
que Farley decía era la verdad, y mientras la niebla se hacía cada vez más
espesa fuera, las piezas encajaban una a una: las visitas de Rose, la ausencia
de hombres, su brusco bufido: « ¡Pues búscate tú un hombre si te parece tan importante!»,
y luego la apasionada defensa de los homosexuales: «Los que son diferentes
muchas veces suelen pensar de un modo diferente».
Intentó
apartarlo todo de su cabeza y en su lugar fantasear con maravillosas máquinas
que nacían de estructuras lógicas, pero los pensamientos no pasaron de
grotescos y absurdos. Aparecieron de nuevo Ron y Greg en Marlborough, y se
imaginó a su tía con Rose en posiciones horribles, y pensó en Alan Turing
muerto con el espumarajo alrededor de la boca, tumbado en una estrecha cama de
adolescente, y se le vino a la mente una frase de la carta: ¿Era así como
quería que fuera mi vida? ¿Un teatro para ocultar otro?
¡Todo
era mentira!
—
¡Mierda!
—
¿Perdón?
—Nada.
No
era nada, nunca era nada. Pero se sentía traicionado y furioso. ¿Cómo había
podido…? Las paredes del coche lo aprisionaban, y pensó en que no sólo había
perdido lo que más había deseado todo el día. Había perdido a la única persona
que tenía sobre la tierra, y quería romper la ventanilla de un puñetazo, pero
se limitó a permanecer quieto y a concentrarse en calmar su respiración.
****
Por
culpa de la niebla avanzaban despacio, y ya era de noche cuando se acercaban a
Knutsford. Durante un buen rato no habían intercambiado ni una palabra. Oscar
Farley, que enseguida se había percatado del motivo del silencio de Corell,
había intentado todo lo imaginable: expresar comprensión, lamentar su torpeza,
pero el policía no quería abordar el tema, de modo que Farley se había puesto a
charlar sin más y a contar anécdotas. Incluso se había dejado llevar hasta tal
extremo que había estado a punto de infringir el secreto de guerra sin querer,
algo nada propio en él. Más bien estaba tan acostumbrado a ocultar información
y a callar cosas que sabía que a veces mentía sin necesidad. Podía decirle a su
mujer que había visitado Escocia cuando en realidad había ido a Estocolmo.
Otros se jactaban todo lo que podían de sus actividades en la guerra, pero a
los de Bletchley no les estaba permitido decir ni una palabra, algo que los
corroía por dentro. El secretismo había despojado a Farley de su generosidad natural,
y sólo en contadas ocasiones, como ahora al estar sentado al lado del joven
policía que de nuevo parecía encontrarse bastante mal de ánimo, le entraba el
deseo de hablar. Por una vez, quería ser sincero y tranquilizar a su
acompañante explicándole que su instinto de hurgar en el pasado de Alan era
algo completamente sano. Que había una historia enterrada bajo las cortinas de
humo; Alan había contribuido a acortar la guerra, quizá tanto como el propio
Churchill, y los responsables lo habían vigilado como halcones. Pero, por
supuesto, no dijo nada.
—
¿Crees que estará despierta?
—Sí,
es muy noctámbula.
****
Había
luz en la planta de arriba, donde Vicky solía sentarse a leer. Aparte de eso,
la casa resultaba extrañamente oscura y amenazadora. Corell tardó en darse
cuenta de que la farola del jardín estaba rota y que la niebla, que había
creado un ambiente tan fantasmagórico en las carreteras comarcales, también
envolvía los terrenos de Vicky. Por primera vez, la casa le dio una sensación
de abandono. Se le antojó que era un lugar que ya había vivido su apogeo y que
ahora estaba en plena decadencia. Se imaginó a su tía allí arriba como una
solitaria soberana de una vieja mansión olvidada e insalubre. En una agridulce
ensoñación, se vio a sí mismo alejarse hacia el amanecer después de que ella lo
echara de casa. Con mucho esfuerzo se levantó del asiento y, al ponerse de pie,
la tierra se tambaleó bajo sus pies.
Trastabilló,
pero mantuvo el equilibrio, y Farley y él se dirigieron a la puerta. Una cierta
indiferencia se iba apoderando de él, pero a medida que se acercaba, el
silencio empezó a atormentarlo. Era el tipo de silencio que precede a algo
doloroso, que contiene algo explosivo, y aguzó el oído, ansioso por detectar
otros sonidos que el chirrido de sus pies. A lo lejos se oía el débil ruido de
un coche. Un pequeño animal se movía por los arbustos. La idea de llamar a la
puerta le resultó dura, y se volvió hacia el coche. ¿Debería pedirle a Farley
que lo llevara a su propia casa? Al final tocó el timbre, con fuerza, y pronto
se percibieron pasos dentro y los golpecitos de un bastón. Muchos años después,
a menudo se acordaría del chirrido de la cerradura y la espera, muy breve pero
que se le hizo muy larga y desagradable, antes de que Vicky apareciera en la
puerta. Había algo raro en su cara, estaba asustada. Los vivaces ojos se veían
pequeños y temerosos, como los de un pájaro.
—Madre
mía. ¿Qué ha pasado?
—Le
han dado una buena paliza —contestó Farley.
—Dios
mío. ¿Por qué?
—Es
una larga historia, pero debo admitir que parte de la responsabilidad es mía.
—Pero
¿qué me está diciendo? ¿Una paliza? Pero ¡qué locura! Pero no se queden allí.
Entren los dos, entren. ¡Querido mío! Yo te cuidaré —dijo Vicky antes de mirar,
inquieta, a Farley—. Puede que esté un poco confusa, pero ¿no es usted?
—
¿Qué quiere decir?
—El
señor Farley, el historiador de literatura. Me encantó su conferencia sobre
Yeats el otoño pasado. Tengo su libro…, pero ¿qué me decía? ¿Que usted es
responsable en parte…? Por el amor de Dios… No entiendo nada. La verdad es que
no entiendo nada.
—Se
lo voy a explicar.
—
¡Desde luego que sí! Dios mío, Leo, vamos a meterte en la cama ahora mismo.
Pero, doctor Farley, si usted tiene algo de culpa en esto, haga el favor de
echarme una mano. ¡No se quede ahí de brazos cruzados! Pero, por el amor de
Dios, ¿qué le pasa en la espalda?, y Leo, Leo, ¿por qué no dices nada?
—Creo
que está en estado de shock —respondió Farley, y entonces Corell sintió por
primera vez que quería decir algo, pero desistió enseguida.
Se
limitó a fijar una airada mirada en su tía, como un niño ofendido, y en lo
único que estuvo de acuerdo con ella era en que quería subir inmediatamente a
la cama de la planta de arriba. Despacio y sin dignarse a mirar a Vicky, echó a
andar con pasos vacilantes y pesados escaleras arriba, hasta llegar a la cama,
donde se tumbó con su doliente cabeza, y cerró los ojos. Quería irse lejos de
allí, muy lejos, hasta sus mundos interiores, hasta el dulzor que había hallado
tantas veces en su autocompasión, pero advirtió, irritado, que Vicky le
desataba los cordones de los zapatos y le acariciaba el pelo.
—
¿Quieres algo?
—Nada.
—Tenemos
que llamar a un médico.
—No
—espetó Corell.
—
¿Estás loco, Leo? Por el amor de Dios, ¿qué está pasando? —exclamó la tía
mientras se volvía hacia Farley, quien había subido la escalera detrás de ella,
y entonces Corell abrió de nuevo los ojos.
Miró
a Vicky. Se la veía muy alterada. Corell quería gritarle. Quería que sufriera
como él, que sintiera lo que era que te traicionaran y saber que nunca nadie
decía la verdad, que todo eran mentiras y falsedades, pero tampoco en esta
ocasión se decidió a decir nada. La rabia brotó en su pecho tensando cada
músculo de su cuerpo, pero aun así no lograba aclarar lo que sentía.
Sentimientos
opuestos se bloqueaban unos a otros, y se preguntó, de forma bastante lúcida a
pesar de todo, si no era injusto enfadarse con Vicky ahora que ella lo trataba
con tanto cariño. Era como devolver una caricia con una bofetada. Ella no tenía
mala intención. Sólo que era… Cerró los ojos pensando en máquinas que fingían
en extrañas pruebas, y en todas las veces que la tía lo había apoyado, y en
algún sitio de su ser entendió que por mucho que desaprobara a los homosexuales
no podía disgustarle Vicky. Quizá fuera una pervertida, pero seguía siendo lo
más valioso que tenía, y a falta de otra idea mejor le pidió una cerveza, una
mild ale si podía ser, y luego una buena copa de jerez.
Capítulo
39
Al
cabo de cinco días volvió al trabajo, y al principio no sintió preocupación
alguna, como si lo sucedido en Cambridge lo hubiera inmunizado, y pensó: «Me da
igual. Me importa un bledo que me despidan». Aunque, en realidad, sólo era
cuestión de tiempo que la conocida rutina diaria lo devolviera a su
personalidad de siempre y que la coraza que lo amparaba del mundo se hiciera
añicos. Enseguida empezó a echarse a temblar en cuanto el teléfono sonaba o la
puerta se abría. Se imaginaba que entraba el superintendente Hamersley
proclamando a los cuatro vientos: «Un tal Julius Pippard ha llamado». Pero no
ocurrió nada, no en mucho tiempo. Incluso los compañeros se mostraban
inusualmente amables preguntándole por los moratones y también por su tía.
—Es
una mujer de hierro. Nos sobrevivirá a todos.
Pero
muchas veces se ausentaba mentalmente. Las soporíferas jornadas avanzaban a
paso de tortuga, y lo único sensacional de esos días fue la detención —así como
suspensión de empleo y sueldo— de un compañero del cuerpo, Charlie Cummings,
por el famoso vertido de basuras delante de la comisaría. Nadie podía explicar
muy bien por qué lo había hecho. Pero se rumoreaba que estaba harto de las
quejas y la hipocresía, y aparte de Alec Block, que en un prudente comentario a
Corell dijo «Pues yo entiendo a Cummings, maldita sea», el sentir general era
que el tipo se había vuelto majareta. Corell dijo que no tenía ninguna opinión
al respecto. En general, intentaba pasar desapercibido. Se ocupaba de su
trabajo con mano izquierda y se tomaba algunas libertades. Salía a dar largos
paseos sin rumbo fijo incluso en horario laboral, y en una de esas ocasiones se
encaminó sin pretenderlo hacia Harrington & Hijos. Hacía un sol abrasador.
Había mucha gente en la calle, era uno de esos días en los que nadie parecía
trabajar en Wilmslow. No deseaba otra cosa que dar la vuelta, o escaparse a
Spring Street. Aun así, siguió avanzando. No continuar sería ridículo,
concluyó. Pero su determinación flaqueó y se detuvo a atarse los cordones de
los zapatos, igual que había hecho una vez delante de la casa de Alan Turing.
Después echó a andar de nuevo, inseguro, y al ver los maniquís en el escaparate
se puso a silbar una canción, pero no sonaba nada relajado —no se le daba
demasiado bien silbar—, de modo que lo dejó de golpe. En la tienda había un par
de clientes. Eso era bueno. Le ayudaría a pasar más desapercibido, pero
entonces descubrió a Julie, y como de costumbre no sólo sintió alegría, sino
también aprensión.
En
cambio, Julie… estaba junto al señor Harrington presa de una pasividad
absoluta. Su rostro era inexpresivo, vacío, una muda espera de órdenes, como el
de un soldado en una garita de centinela, pero de buenas a primeras se abrió en
una amplia sonrisa con un entusiasmo tal que a punto estuvo de conmover a
Corell. Lucía radiante. Qué bella era. Sin embargo, él… él tuvo la absurda idea
de que le sonreía a alguien detrás de él, y debía de estar totalmente envarado,
pues los ojos de Julie se inquietaron. Corell intentó compensar su torpeza y se
quitó el sombrero esforzándose en ofrecer una imagen de hombre animado y
mundano, pero no le salió muy bien. La sonrisa le tiraba de las mejillas y se
sentía observado e incómodo. Aun consciente de lo mal que quedaría, no deseaba
más que marcharse de allí y al final no vio otra salida. Se limitó a saludar
con unos movimientos secos de cabeza y se fue. Desapareció con sus ridículos
pasos, mientras la rabia y la humillación crecían en su interior. Tan alterado
iba que empezó a dar patadas a una lata roja cuyo tintineo lo acompañó un buen
trecho del camino.
****
Al
regresar a la comisaría, el inspector Sandford le comunicó que el
superintendente Charles Hamersley quería verlo, a lo que Corell respondió con
sorprendente desabrimiento:
—
¡Lo que faltaba!
Llevaba
mucho tiempo esperando una reunión así, y los malos presentimientos lo
asaltaron, pero como el superintendente tardaba, tuvo tiempo de pasar por
distintas fases y empezó a creer que quizá no era para tanto. Incluso fantaseó
con una escena en la que Hamersley les decía a sus compañeros jefes en Chester:
«Un tipo muy inteligente ese Corell. ¿Habéis leído su informe sobre el caso
Turing?». Pero poco después sus peores temores volvieron a aflorar y pensó:
«Tiene que ser Pippard el que ha llamado, o aún peor, Farley, que me ha
traicionado al llegar a la conclusión de que soy un insensato y estoy
corrompido, incluso de que soy un traidor a la patria que filtra secretos de
guerra».
Poco
a poco se apoderó de él la rabia, la rebeldía, y cuando Hamersley entró, Corell
lo miró sin entender. El superintendente había cambiado de apariencia. Las
gafas modernas ya no las llevaba, unas más tradicionales las habían sustituido.
¿Le habría comentado alguien que las otras resultaban ridículas? Se estrecharon
la mano. Con una rápida ojeada, Corell procuró determinar de qué iba todo
aquello, y no le dio tan mala espina a pesar de todo, pues aunque Hamersley no
mostraba una sonrisa paternal, tampoco se le antojó demasiado severo.
— ¿Y
cómo está el joven señor Corell?
—Bien…,
muy bien, sir.
—
¿Ah, sí?… Me alegro. ¿Se ha hecho daño?
—Sólo
una caída, sir.
—Pues
menuda caída. ¡Dios mío! Casi se podría creer que… Anda, mire quién está aquí…
Señor comisario, ¡qué bien!
Richard
Ross entró en la sala, lo que no contribuyó a mejorar el ambiente. Aunque
Corell sabía que Hamersley no era santo de la devoción de Ross, en ese momento
le pareció que los dos se habían confabulado en su contra.
—Permítanme
que vaya al grano —empezó Hamersley—. La otra semana estuve hablando con dos
altos dignatarios eclesiásticos, dos obispos para ser exactos, y puedo decirles
que están preocupados.
—
¡Bah, curas! —bufó Ross con inesperada insolencia.
—Sí,
claro, por supuesto, entiendo que no se deben mezclar las cosas. El trabajo
policial es una cosa y las cuestiones religiosas otra. Pero en ocasiones,
señores, coinciden las dos. ¿No están de acuerdo?
—Bueno,
a veces, quizá —admitió Ross.
—Así
es. Corell, usted se acuerda de nuestra conversación de la otra semana.
Entonces comentamos unos temas bastante serios, y ahora por desgracia hemos de
dar un paso más por lo que respecta a eso. Poner orden también en nuestra
propia casa. Por cierto, ¿anda usted muy ocupado? —dijo Hamersley a Corell.
—No
especialmente —contestó Corell mientras intentaba deducir adónde quería ir a
parar Hamersley.
—Bien.
Muy bien. Aquí hay mucha tela que cortar, y no le faltará apoyo desde arriba,
porque, como se ha dicho, nos encontramos en la feliz circunstancia de tener de
nuestro lado tanto a la Iglesia como a los políticos de ideas innovadoras.
¿Puedo sentarme? Gracias. ¡Muy amable! ¿Qué me dice Richard, no es Corell el
candidato apropiado para la misión?
—Es
posible —dijo Ross escéptico.
—
¿Posible? Estoy convencido de que es la persona perfecta. Una pena que no
lograra hacer hablar al bailarín, pero no se puede ganar siempre. Y tampoco es
fácil que la gente confiese así como así. Yo diría incluso que se requieren
otros métodos. Debemos avanzar. Meter un pie en el futuro. La palabra es
vigilancia, señores. Un método convencional, cierto, pero poco utilizado, sobre
todo en estos casos. ¿No están de acuerdo?
Ni
Ross ni Corell dijeron nada.
—Los
homosexuales están destruyendo nuestra sociedad y debilitando nuestra nación,
en eso coincidimos todos. Tendrían que haber escuchado a los obispos. ¿Saben lo
que me dijeron? Que la cosa no se queda en la perversión masculina. Incluso las
mujeres…, bueno, mejor ni pensarlo.
—La
homosexualidad femenina no es ilegal —intentó Corell.
—Correcto,
correcto. Pero ¿saben por qué, caballeros? Se decidió no penalizarla para no
dar ideas a las mujeres. Al fin y al cabo, el corazón femenino es tan
influenciable… No, sólo lo he mencionado para darles una idea sobre el alcance
de la situación y para recordarnos que ha llegado la hora de contraatacar. Y de
ser más duros. Por eso yo personalmente, sí, en efecto, ésta es una iniciativa
personal, he comenzado una colaboración con Mánchester, y entonces ustedes
quizá me pregunten: ¿qué tenemos nosotros que ver con esa ciudad tan
degenerada? Pero puedo contarles que parte del tráfico de Oxford Road se ha
trasladado hasta aquí, a Wilmslow. No pongan esas caras de sorpresa. —Ni Ross
ni Corell se habían inmutado—. Ése es el reverso de la moneda del esfuerzo;
cuando se aborda un problema con determinación, éste se desplaza a otro lugar,
y quizá los pervertidos creen que estarán más seguros aquí. Probablemente se
imaginan que la vida va a ser mucho más sencilla en Wilmslow. Bueno, no lo vean
como una crítica contra su departamento, o, si quieren, sí, véanlo así. Pues en
las poblaciones más pequeñas la gente tiende a mostrarse más ingenua. Eso es
así, seamos sinceros. Bueno, pues aquí estamos para remediarlo. ¿Han oído
hablar de un salón de peluquería en Chapel Lane llamado Man and Beauty? Sí, ya
lo sé, sólo el nombre… Bueno, tanto como salón de peluquería, no sé yo. El
hombre que lo lleva… —Hamersley sacó un cuaderno y lo consultó— es un tal
Jonathan Kragh. Por lo visto, su salón se ha convertido en un lugar de encuentro
para maricones. Incluso se dice que se abordan unos a otros con total descaro
en el local. Son varias las fuentes que nos han informado, entre otras una tal
señora Duffy, que nos ha ayudado con anterioridad. Debo reconocer que es una
señora muy persistente.
—Una
cotilla —se le escapó a Corell.
—
¿Perdón? —exclamó Hamersley.
—No
sé cuáles son sus problemas, pero si debemos fiarnos de fuentes así, no quiero
tener nada que ver con la misión.
—Pero
¿qué está diciendo, chaval?
Era
como si Hamersley no fuera capaz de creerse lo que acababa de oír.
—Que
no vuelvo a seguirle el juego a esa mujer nunca más.
—
¡No sea insolente!
—Sólo
intento decir la verdad. Es una charlatana.
—No
hable mal de una mujer que con gran compromiso y dedicación pretende ayudarnos
a todos. Además, le voy a decir…
Hamersley
le lanzó una mirada airada a Ross a fin de que confirmara su indignación, y
cuando el comisario soltó «Corell es así, ya se lo he dicho», Hamersley se
alteró aún más, y con voz más alta empezó a hablar del «deber y la
responsabilidad, la ley y el orden», y posiblemente podría haber llegado a
hacer callar a Corell con su emotivo discurso si no fuera porque cometió un
error. Advirtió que el peligro estaba cerca de todos.
—Me
repugna verme obligado a mencionarlo, Corell, pero dispongo de información
comprometedora sobre una persona cercana a usted.
—
¿Tal vez se refiere usted a mi tía Vicky? —replicó Corell con una calma gélida
que no sabía de dónde venía.
Cuando
Hamersley espetó «Sí, ya que lo dice, es a ella a quien me refiero», Corell se
levantó con toda tranquilidad. En ese momento se le antojó que estaba encima de
un escenario, por lo que se alegró al percatarse de que tenía público, pues
tanto Sandford y Kenny Anderson como Alec Block se habían acercado y
presenciaban el espectáculo asombrados, y antes de volver a abrir la boca
Corell sonrió, con una sonrisa extraordinariamente orgullosa, como si la
discusión no fuera otra cosa que un gran triunfo.
—Entonces
puedo comunicarle, mi querido superintendente —dijo enfatizando la palabra
«querido», puesto que sabía lo insultante que sonaba—, que existen ciertas
diferencias entre mi tía y usted. Para empezar, ella es inteligente y merece
todo el respeto. Segundo, odia la hipocresía, y usted, señor Hamersley, es
probablemente el mayor hipócrita que he conocido en mi vida. Pero sobre todo…
—
¡Cómo se atreve! —interrumpió Hamersley con gran indignación.
Ser
consciente de que le había hecho perder los nervios al superintendente no
solamente reforzó de una manera sorprendente la calma de Corell, sino que
también aumentó la seguridad con la que articulaba sus palabras.
—No,
no me interrumpa y escúcheme, aunque ahora que lo pienso, quizá su interrupción
me haya venido bien, estaba a punto de decir algo de lo más mezquino sobre cómo
usted mismo parece bastante mariquita. Pero, sinceramente, he empezado a
preguntarme si en realidad tiene algún sentido burlarse de los maricones. De
cualquier forma, marica sería un epíteto demasiado generoso en su caso. Usted
no es nada más que un veleta, un oportunista ridículo. No sirve más que para
perseguir a personas que no encajan en sus cuadriculados principios, y por eso
lo desprecio. Lo desprecio casi tanto como respeto y estimo a mi tía. Y ahora
tengo que irme. Supongo que debo buscarme otro empleo —declaró Corell con la
misma aparente tranquilidad, e hizo ademán de marcharse.
Sin
embargo, siguió en su sitio mientras, perplejo, paseaba la mirada a su
alrededor. Era como si esperara encontrarse con las secuelas de un ataque de
granadas o algo por el estilo, pero Ross y Hamersley parecían más sorprendidos
que cabreados, y no fue hasta pasado un segundo o dos que el superintendente
recuperó la compostura y dio un par de pasos amenazadores en dirección a
Corell.
—Le
voy a decir…
—
¿Qué?
—Que
ha infringido la ley, y eso es muy grave. ¿Me escucha? ¡Esto le traerá
consecuencias! —gritó, y Corell se preguntó durante un instante si debería
contestar a ese comentario, pero cogió su sombrero trilby de la percha y con un
gesto de cabeza se despidió de Alec Block, que le correspondió con una
cautelosa sonrisa.
Luego
se dirigió a la escalera. Una vez en la calle su agitación se mezcló con otra
cosa que le hizo sonreír de nuevo, pero esta vez no con una sonrisa calculada,
teatral, como hacía un momento, sino con una sincera y profunda que le subía
desde el pecho hasta los ojos, y cuanto más se alejaba de la comisaría con
mayor ferocidad y rebeldía sonaban los pensamientos en su cabeza: Aquí va un
hombre que puede hacer lo que le da la gana. Quizá hasta pasarse por la tienda
de confección de caballeros en Alderley Road. ¡El caso es que tiene previsto
echarle el guante a una chica muy guapa! ¡Sí, así de descarado es él!
Pero
al final sus fuerzas se esfumaron. La tensión le pasó factura y pensó en Oscar
Farley. Se preguntó si pese a todo no debía contactar con él ahora. Se estaba
nublando. Un viento frío entraba desde el norte, y empezó a soñar con su cama,
no con el miserable lecho de su apartamento, sino con la que le esperaba en
casa de su tía en Knutsford, y al hacerlo la cabeza se le ladeó hacia el
hombro, como si estuviera a punto de quedarse dormido.
Epílogo
El
comienzo de la conferencia sobre Alan Turing en la Universidad de Edimburgo, el
7 de junio de 1986.
El
catedrático de informática Richard Douglas, de la Universidad de Stanford,
responsable de las jornadas, toma la palabra:
—Queridos
colegas. Queridos amigos. Voy a ser muy breve. Ante todo, me gustaría expresar
mi enorme satisfacción por ver aquí reunidos a tantos y tan distinguidos
representantes de muy diferentes disciplinas e instituciones en estas primeras
jornadas sobre Alan Turing. Al verlos a todos aquí no sólo mi corazón se llena
de orgullo, sino que también entiendo la enorme influencia que Alan Turing ha
ejercido en tantas áreas de investigación. ¡Qué persona más extraordinaria era!
¡Y cuánto se adelantó a sus tiempos! ¡Y qué pensador tan excepcional!
»Tenemos
un amplio programa por delante con un nutrido número de destacados
conferenciantes y con seminarios de enorme interés. Tras la conferencia
inaugural, Hugh Whitemore nos hablará de su obra dramática Breaking the Code,
basada en la biografía Enigma, de Andrew Hodges, que se estrenará este otoño en
Haymarket Theatre en Londres con Derek Jacobi en el papel protagonista. Jacobi,
a quien todos conocemos de la serie de televisión “Yo, Claudio”. Antes del
almuerzo estoy convencido de que vamos a poder presenciar un emocionante
debate, aquí en el escenario, sobre el test de Turing. Todos los diferentes
puntos de vista estarán representados. Contamos incluso con el catedrático John
Searle, que ha prometido desvelar algunas nuevas ideas acerca de su famosa teoría
de la habitación china. Por la tarde, Donald Michie hablará del sueño de Turing
sobre la computadora capaz de auto aprender, y la comparará con los últimos
descubrimientos dentro de la investigación en inteligencia artificial. Eso y
otras muchas cosas nos esperan.
»También
me gustaría llamar su atención sobre la fecha de hoy. Hace justo treinta y dos
años que Alan Turing falleció en su casa de Wilmslow en una época muy triste de
nuestra historia. Eran los días de Pentecostés en Inglaterra, y hacía un tiempo
malísimo. Uno de los que estuvieron allí y vio a Alan Turing muerto en su cama
nos acompaña hoy. Señoras y señores, es un honor presentarles a Leonard Corell,
anteriormente oficial de la Policía Criminal y, entre otras cosas, doctor
honoris causa por la Universidad de Edimburgo. Pero supongo que no necesita
mayor presentación entre nosotros. Todos valoramos mucho su obra. ¡Bienvenido,
Leo!
Acompañado
de fuertes aplausos, Corell entra en el escenario, vestido con un traje marrón
de pana y un jersey negro de cuello alto. Tiene el pelo rizado y negro con
algunas canas y una calva en la coronilla. Es delgado y elegante, y, aunque el
cuerpo se antoja algo rígido e inmóvil, hay una gran fuerza en su voz. Habla
sin notas delante, y parece encontrarse cómodo en el escenario.
—Si
es cierto que valoran mi obra —empieza—, díganselo, por favor, a mis críticos.
Porque la verdad es que he tenido que aguantar lo mío durante los últimos años,
no sin cierta razón, debo añadir. Soy culpable, por ejemplo, del estúpido error
que, sin ir más lejos, apareció el otro día en The Times, sobre que el logo de
Apple es una referencia a la manzana de Turing. Quiero dejar claro de una vez
por todas que son tonterías que, sin duda, se deben a mi fijación con esa
manzana. Ay, debería haber escuchado a mi viejo profesor Farley, quien solía
decir que no había que hacer caso a los símbolos. Pues los símbolos son
herramientas traicioneras. Un escritor debe dejárselos al lector. Pero sobre
todo debería haberme dado cuenta de que cuando Wozniak y Jobs lanzaron su Apple
II, apenas se conocía la vida de Alan Turing, al menos no con profundidad. El
motivo por el que se me ocurrió una cosa así supongo que tiene que ver con que
en mi calidad de funcionario especial del Estado sabía más de lo que debía, y
también, claro, porque quería que ese condenado logo luciendo como luce los
colores del arco iris, que se están convirtiendo en las tonalidades del
movimiento gay, fuera la manzana de Alan. Ahora dicen que no es así. Ahora se
afirma que el logo alude a la vieja manzana de Newton, esa que al parecer nunca
le cayó al físico en la cabeza. Aun así, me pregunto, sí, me niego a rendirme
con tanta facilidad, ¿por qué está mordida la manzana? De alguna manera me
pregunto si Alan Turing no habrá tenido algo que ver de todos modos.
»Estoy
profundamente emocionado por el honor de dar la conferencia inaugural aquí hoy,
sobre todo porque mi mujer Julie y mi hija Chanda, a las que llevo tanto tiempo
sin ver, han venido desde Cambridge, y porque están aquí todos ustedes, todos a
los que he leído con tanta pasión a lo largo de los años. Yo tampoco voy a
alargarme demasiado, ni a entrar en sutilezas sobre The Chemical Basis of
Morphogenesis como acostumbro. Ni siquiera tengo previsto irritar a los
informáticos con mis ideas críticas acerca de la inteligencia artificial. En
lugar de eso, voy a confesar un viejo vicio. Soy un soñador. Quizá uno de los
peores que hayan conocido. El único problema es que cuando se tienen sesenta
años no resulta tan fácil imaginarse el futuro y pensar “a los setenta me
llegarán la fama y los contratos de Hollywood”. Bueno, cosas más raras se han
visto. Por eso sueño hacia atrás. Fantaseo que construyo una máquina del tiempo
y que voy a Adlington Road. Pero en lugar de aparecer el 8 de junio de 1954,
que fue lo que pasó, aparezco el 7, y ¿saben qué llevo conmigo? Pues aparte de
algunos de los bonitos libros que hemos escrito todos, un nuevo ordenador
personal. ¡Imagínense! Llueve a cántaros. Es lunes de Pentecostés, y en el
barrio reina el silencio. Quizá ya está anocheciendo, y llamo a la puerta. Se
oyen unos pasos nerviosos que bajan la escalera y luego se abre la puerta y
allí lo veo con sus profundos ojos azules, y a buen seguro con los nervios
destrozados. Quizá ya lleva puesto el pijama y ha sumergido la manzana en su
caldero. Dice: “¿Usted quién es?”. Supongo que me dejará entrar a
regañadientes, y probablemente es mejor que vaya al grano: “Querido Alan:
Conozco tu vida mucho mejor de lo que puedas imaginarte y créeme, lo sé. Ahora
te sientes fatal. Te han envenenado con paranoias y prejuicios, pero algún día…
vamos a celebrar un congreso en Edimburgo sobre ti y tus ideas, con centenares
de investigadores eminentes, y esto, Alan, míralo, esto es una máquina
universal, un ordenador, como decimos ahora. En 1986 todo el mundo tiene uno,
bueno, casi todo el mundo. Y mira estos libros. Hablan de ti. ¿No es curioso?
Eres uno de los grandes héroes de la guerra y se te considera el padre de una
disciplina académica nueva. Vas camino de convertirte en un icono para todo el
movimiento homosexual, y se te considera uno de los pensadores más influyentes
del siglo XX”. Y entonces, amigos míos, cuando le digo eso, entonces Alan
Turing sonríe. Entonces, por fin puedo verlo sonreír.
Agradecimientos
Como
todos los que escriben sobre Alan Turing, estoy en deuda con Andrew Hodges cuya
amplia biografía, Alan Turing: The Enigma, me ha servido como referencia y
fuente de inspiración durante todo mi trabajo. También sus artículos en la
página ‹www.turing.org.uk› y su bonito libro Alan Turing: El hombre que sabía
demasiado han significado mucho en la gestación de esta novela.
La
biografía de David Leavitt, The Man Who Knew Too Much: Alan Turing and the
Invention of the Computer, junto con Turing and the Universal Machine: The
Making of the Modern Computer, de Jon Agar, y la colección de ensayos Alan
Turing: Life and Legacy of a Great Thinker, editada por Christof Teuscher, han
sido documentos muy valiosos. En la obra The Essential Turing: The Ideas That
Gave Birth to the Computer Age, recopilada por Jack Copeland, he podido leer
los textos originales más importantes de Alan Turing.
Muchas
de las cartas de Turing las he podido encontrar y estudiar en
‹www.turingarchive.org›. En mis intentos por hacerme una idea general de la
historia del ordenador y su origen en la lógica y las matemáticas, me ha
resultado especialmente útil Engines of Logic: Mathematicians and the Origin of
the Computer, de Martin Davis. Para mis descripciones de Bletchley Park me he
apoyado en Enigma: The Battle for the Code, de Hugh Sebag-Montefiore, enStation
X: Decoding Nazi Secrets, de Michael T. Smith, en la antología Codebreakers:
The Inside Story of Bletchley Park, editada por F. H. Hinsley y Alan Stripp,
así como en The Code Book, escrito por Simon Singh y del que existe traducción
en sueco. Asimismo, la novela policíaca Enigma, de Robert Harris, muy bien documentada,
me ha sido de gran ayuda. Entre los artículos periodísticos, destacaría como el
mejor el de Jim Holt, con el título «Code-Breaker» y publicado en The New
Yorker en febrero de 2006, en el que Holt reseña la biografía de David Leavitt
sobre Turing.
Además,
me he inspirado en otras obras de ficción en las que Alan Turing aparece, sobre
todo en la pieza teatral de Hugh Whitemore, Breaking the Code, y Cryptonomicon,
de Neal Stephenson, pero también, en cierta medida, en Alan Turing: Erzählung,
de Rolf Hochhuth.
Para
aquellos que quieran saber más sobre Wittgenstein recomiendo la biografía de
Ray Monk Ludwig Wittgenstein. Sobre Gödel existe un libro maravilloso que se
titula Gödel: paradoja y vida, de Rebecca Goldstein. Para entender el espíritu
de la era McCarthy, la obra de Kai Bird y Martin J. Sherwin, American
Prometheus: The Triumph and Tragedy of J. Robert Oppenheimer, me resultó una
lectura tanto informativa como entretenida. Respecto a la literatura sobre los
espías de Cambridge, requiere una mención especial la bonita biografía de
Miranda Carter, Anthony Blunt: El espía de Cambridge, en la que no sólo aprendí
mucho sobre la persecución a los homosexuales tras la deserción de Burgess y
Maclean a la Unión Soviética, sino también sobre Marlborough College. Asimismo,
la magna obra Gay Life and Culture: A World History, editada por Robert
Aldrich, me aportó cuantiosa información sobre la situación de los homosexuales
en los años cincuenta, al igual que, naturalmente, Enigma, de Andrew Hodges.
Sobre
Venona existe mucha información en internet que puede dar una visión general
del tema. También recomiendo el título Venona: Spåren från ett
underrättelsekrig [Venona: Rastros de una guerra de servicios de inteligencia],
de Wilhelm Agrell, que, si bien es cierto, contempla el proyecto desde un punto
de vista sueco, supone una emocionante descripción del drama desde dentro. La
obra de Tony Fletcher, Cobbled Beat, ofrece una buena idea de la sombría rutina
diaria de un agente de policía en la zona de Mánchester durante la posguerra.
Para la conversación entre Corell y Farley en el coche al final de la novela,
robé algunas ideas de la publicación The Wisdom of Crowds, de James Surowiecki.
También debería mencionar el libro de Tor Nørretranders, The User Illusion:
Cutting Consciousness Down to Size, que hace muchos años me llamó la atención
sobre la relación existente entre la paradoja del mentiroso y la creación de la
computadora.
Probablemente,
también debería señalar —por si alguien se lo pregunta— que todo lo que se dice
sobre Alan Turing en la novela es, esencialmente, verdad. Tan verdadero como
puede ser teniendo en cuenta lo que sabemos sobre su vida. Yo escribí su carta
a Robin Gandy y me inventé algunos diálogos y me tomé otras libertades —incluso
me permití entrar en su cabeza de forma apresurada en el primer capítulo, y,
aunque Turing hacía punto de verdad en Bletchley, puede que no lo estuviera
haciendo durante la visita de Churchill—, pero, a pesar de todo, me he
esforzado por intentar describir su vida de forma correcta, tanto en los
aspectos más sobresalientes como en los detalles más triviales.
****
En
cuanto a la documentación, he recibido una extraordinaria ayuda de mi amigo
Anders Jansson, quien, entre muchas otras cosas, me proporcionó los pequeños
aunque importantes detalles sobre la Inglaterra de los años cincuenta. Anders
me informó, por ejemplo, del eclipse solar durante el verano de 1954, que ha
desempeñado un papel tan importante en el libro. También le estoy muy
agradecido a Erik Sandewall, investigador en inteligencia artificial y
catedrático en Ciencias de la Computación en la Universidad de Linköping, por
revisar la información factual de la novela y aportar una serie de comentarios
y correcciones.
Quiero
darle las gracias a Sara Coates, que en la actualidad vive con su familia en la
antigua residencia de Turing en Adlington Road, por enseñarme la casa. Mi
agradecimiento también para los colaboradores de los museos policiales de
Mánchester y Cheshire, y para el archivo de King’s College en Cambridge.
Sofia
Brattselius Thunfors, mi anterior editora, me apoyó durante este proyecto y
escribió cartas de recomendación para mis viajes de investigación. Unni Druogge
leyó la novela en una fase temprana y me hizo volver a creer en ella. Ulf
Bergman, mi suegro, me alertó con gran acierto sobre algunas repeticiones y
rarezas. Allan Brown, que vivió en la Inglaterra de aquella época, evitó que
cometiera un par de vergonzosos errores. Jonas Axelsson y Kristoffer Leandoer,
mi querido amigo, me brindaron una calurosa bienvenida en la editorial Albert
Bonniers Förlag.
Jenny
Thor y Susanne Widén, de Bonnier Group Agency, mostraron enseguida su
entusiasmo por presentar el libro al mundo, y desde el primer momento ha sido
un placer colaborar con la agencia.
Abbe
Bonnier se convirtió al instante en el magnífico editor que siempre ha sido, y
también tuvo el buen criterio de asignarme como editora del libro a Tina Rabén.
Tina vio enseguida los cambios que la obra precisaba. Me ha hecho
reorganizarlo, mejorar la dramaturgia, aumentar su credibilidad y mejorar la
calidad tanto en los aspectos grandes como en los detalles más pequeños, y le
estoy profundamente agradecido por ello. Ha sido enormemente perspicaz.
Y,
por último, mi agradecimiento de corazón a Anne, mi mujer, que pese a su enorme
carga de trabajo, día tras día, ha leído, debatido, objetado, aclamado,
protestado, aguantado, consolado y ennoblecido.
Más
información en ‹www.davidlagercrantz.se›.
Notas:
[1]
Las opiniones no valen un comino; / en este retablo el caballero / que empuña
su larga lanza de tal modo / que expulsa de la luz que muere a ese dragón. W.
B. Yeats, Robartes y la bailarina. (Traducción de Antonio Rivero Taradillo, en
Poesía reunida, de W. B. Yeats, editorial Pre-Textos, 2010).
[2]
«Las cosas claras, pida Haig». (N. de los t.)

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