© Libro N° 6196.
La Gran Guerra. History Chanel Iberia. Emancipación. Julio 6 de
2019.
Título
original: © La Gran Guerra. History Chanel Iberia
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA GRAN
GUERRA
History
Chanel Iberia
CONTENIDO
Prólogo
Parte 1: El cenit de Europa
¿Una época de esplendor?
La Europa de la belle époque
Parte 2: La catástrofe
El abismo bajo los pies
El mundo en llamas
«Neutralidades que matan». España durante la Gran Guerra
Aurora roja
La ciencia al servicio de la muerte
Parte 3: Vivir la guerra
La guerra de los soldados
Los motivos del autómata
La guerra en casa
La guerra de las mujeres
Parte 4: ¿La guerra ha terminado?
12. La difícil construcción de la paz
Cronología
Bibliografía
Prólogo
Hace
cien años tuvo lugar el asesinato del archiduque Francisco Fernando de
Habsburgo-Lorena en junio de 1914, lo que conllevó el inicio de la Gran Guerra,
aquella que hoy conocemos como la Primera Guerra Mundial.
En
este libro, presentado por el canal de televisión HISTORIA, bajo el título La
Gran Guerra, nos proponemos ofrecer uno de los documentos más extensos sobre el
acontecer histórico de este período del siglo XX. A lo largo de sus páginas el
lector podrá repasar la transición del período de tranquilidad y la vida
idílica, reflejada en tantas muestras culturales de finales del XIX, a la
brutalidad y el terror de la guerra, con un profundo análisis de la situación
geopolítica y de los cambios en la balanza económica y comercial mundial,
cambios que han perfilado en gran medida la posición de los territorios en la
actualidad.
A
través de nuestras publicaciones, y de nuestros programas de televisión,
invitamos al lector y al espectador a formularse preguntas, y aportamos los
datos y la información de una manera en la que el rigor y el entretenimiento
conviven naturalmente, para que el lector consiga obtener un mayor
conocimiento.
Sólo
podremos explicar quiénes somos en la actualidad si conocemos quiénes éramos en
el pasado. Bajo esta premisa, en un momento de cambio como el que vivimos en el
presente, parece más relevante que nunca recordar los eventos que acontecieron
hace ya cien años.
Muchos
historiadores de todo el mundo están revisando muy especialmente el momento
histórico de principios del siglo XX y hasta el final de la Segunda Guerra
Mundial. Se están produciendo análisis y puntos de vista novedosos, con una
perspectiva de conjunto que no puede dejarnos indiferentes, y que serán
cubiertos a lo largo de los próximos meses a través del canal HISTORIA. Con
estas publicaciones editoriales pretendemos acompañar al espectador en su
proceso de profundización de la información que cubrimos en nuestro canal.
La
Gran Guerra es el quinto libro publicado por HISTORIA, y confío en que merezca
la atención y buena acogida del lector, al igual que ha ocurrido con nuestras
publicaciones anteriores. Dentro del equipo de HISTORIA, especial mención a
Esther Vivas, por su persistencia en la extensión de esta marca al ámbito
impreso. Y, por último, agradecer el trabajo de Antonio Lerma y de Raquel
Martín Polín, que ha sido fundamental para poder ofrecerles este libro.
Confío
en que disfruten de la lectura de este volumen, y aprovecho para dar las
gracias por el apoyo que siempre hemos recibido de lectores y audiencia.
Dra.
Carolina Godayol
Directora
General de
The
History Channel Iberia
Parte
1
El
cenit de Europa
En
2014 se cumplen cien años del comienzo de un conflicto bélico sin precedentes
hasta entonces en el curso de la historia de la humanidad. El hecho de que en
1939 estallase una guerra todavía más brutal y mortífera, la Segunda Guerra
Mundial, ha llevado a que el interés de los medios de comunicación y del
público en general se haya centrado mayoritariamente en esta, soslayando en
gran medida lo que aconteció entre 1914 y 1918 así como su trascendencia. Sin
embargo, ni la percepción de las personas que vivieron en la época ni la de los
historiadores de hoy en día coincide con semejante relegación. De hecho, hasta
que llegó la Segunda, la Primera Guerra Mundial era conocida simplemente como
la Gran Guerra. Este sencillo apelativo era perfectamente comprensible para
cualquier interlocutor, todo el mundo sabía a qué conflicto se refería quien lo
pronunciase… antes no se había experimentado nada igual. Sus secuelas fueron de
larga duración y profundo calado, tanto, que muchos historiadores sitúan el
comienzo real del siglo XX en 1914. Lo que aconteció entre 1901 y esa fecha no
sería entonces más que el último capítulo de la civilización del siglo XIX, que
tan radicalmente había cambiado la faz de Europa y del mundo. Quienes defienden
esta postura consideran que lo que desencadenó el asesinato del archiduque
Francisco Fernando de Habsburgo-Lorena en Sarajevo aquel 28 de junio de hace un
siglo no fue sólo una guerra, fue el pistoletazo de salida de un tiempo
caracterizado por el hiperdesarrollo tecnológico, la inestabilidad política,
económica y social; la inseguridad vital amenazante, la violencia… un tiempo
que no ha dejado del todo de ser el nuestro.
Este
carácter de punto de inflexión en el desarrollo de la historia se acentúa si se
tiene en cuenta que las décadas anteriores a la guerra han dejado en la mayoría
de los países que tomaron parte en ella la imagen de una época dorada, en la
que la vida (pese a todos los problemas y sinsabores que pudiese conllevar) era
más fácil y el mundo más amable. Es la imagen que nos transmiten exposiciones
de arte, memorias, novelas, películas de elegantes gentes de época cuya
existencia transcurre en un bello decorado apenas alterado por sus
experiencias. Pero si todo era tan agradable y fascinante, ¿por qué estalló una
guerra de semejantes dimensiones? Si el común de la población se caracterizaba
por un alto grado de desarrollo personal y sofisticación, ¿cómo pudo pasarse de
semejante estado de civilización a la consumación de atrocidades sin
precedentes? ¿Fue de verdad así la realidad vivida o se trató de un espejismo
deformado por el trauma de la experiencia bélica? Sólo acercándonos al mundo de
comienzos del siglo XX podremos encontrar respuestas a estas preguntas.
Capítulo
1
¿Una
época de esplendor?
A
comienzos del siglo XX el continente europeo disfrutaba de un grado de
desarrollo como no había conocido en toda su historia. Cien años después de que
la Revolución francesa y la Revolución industrial británica hubiesen abierto la
puerta del mundo contemporáneo, Europa había logrado abordar con relativo éxito
(pero éxito al fin y al cabo) los grandes problemas y tensiones que estos dos
grandes procesos habían planteado en las décadas posteriores a 1800. Es más, a
partir de 1870 la situación pareció mejorar considerablemente: se producía más
riqueza que nunca, la población vivía en ciudades cada vez más grandes y
bellas, se había logrado mantener la paz, los países gozaban de cierta
estabilidad interna, se conocían mejor tierras lejanas en las que era creciente
la presencia europea… En definitiva, el clima general era de optimismo y de
confianza, de seguridad en los logros que podrían alcanzarse en el nuevo siglo
que empezaba.
Pero
este panorama general escondía problemas y tensiones no resueltos que, de forma
progresiva, fueron planteando nubarrones de temor en aquel escenario luminoso:
las desigualdades sociales y económicas aumentaban, los grupos de descontentos
políticos de diferente signo proliferaban, haciendo oír su voz cada vez más,
las tensiones internacionales comenzaban a hacerse presentes… Esta es la
historia de cómo esos leves aires de insatisfacción alimentaron lo que acabó
siendo un huracán bélico de intensidad sin precedentes y que acabaría barriendo
con una facilidad inusitada lo que se consideraban logros indestructibles de la
más avanzada civilización del mundo.
Al
comenzar el siglo XX Europa continuaba siendo un continente de contrastes. A lo
largo de la centuria anterior, el viejo continente había logrado renovar su
iniciativa frente a otras partes del mundo, exhibiendo un dinamismo en la vida
social y política como no había disfrutado en épocas anteriores. Sin embargo
este desarrollo no se había producido de forma generalizada, y Europa seguía
siendo un microcosmos que internamente mostraba una gran variedad de realidades
culturales y sociales. Básicamente era un continente a dos velocidades:
mientras que las islas Británicas y las tierras continentales que se agrupaban
en torno al eje Bruselas-Milán eran las más dinámicas, ricas y prósperas, en
torno a ellas se organizaba una periferia «atrasada» (tal y como se la llamaba
en la época) en la que las novedades de la modernización habían penetrado de
forma desigual y a un ritmo más lento. Esta periferia abarcaba toda la Europa
meridional y oriental, donde la vida no había cambiado tanto en los últimos
cien años.
Pero
el viejo continente no estaba solo. Entre los países de otros continentes había
varios que transitaban por la senda del desarrollo que había abierto el corazón
dinámico de Europa, y que demostraron ser alumnos tan aventajados como para
desbancar al maestro. El caso más destacado fue el de Estados Unidos, que al
comenzar el siglo ya era el primer productor industrial del planeta, seguido
por algunos de los territorios del Imperio británico (como Canadá o Australia)
e incluso por países que sólo cincuenta años antes eran considerados como una
lejana parte del mundo «a civilizar» (como Japón). No en vano fue en esta época
cuando las expresiones «Occidente» y «occidental» comenzaron a extenderse para
denominar al ámbito europeo y a sus áreas de influencia.
Pero
pese al surgimiento de nuevos protagonistas, en el ámbito global, Europa
continuaba llevando la voz cantante, y la tendencia del conjunto del continente
hacia la modernización era general. ¿Qué significaba esto para los hombres de a
pie? ¿Por qué este proceso sucedía en Europa y sus áreas de influencia y no en
otra parte del mundo? ¿Cómo veían los europeos estos cambios? En la historia
del cambio de siglo se hallan las claves con que responder a tantos
interrogantes.
§.
La despreocupada vida de las hermanas Schlegel
Para
ilustrar la imagen idílica que en la imaginación popular han dejado los años
anteriores a la Primera Guerra Mundial se ha recurrido en numerosas ocasiones a
los relatos literarios. Particularmente las novelas del británico Edward M.
Forster han sido muchas veces entendidas como un fiel reflejo de la vida de los
europeos entre 1900 y 1914. El lector que se acerque, por ejemplo, a Howards
End (una de sus novelas más celebradas, publicada en 1910 y origen de la
adaptación cinematográfica que hizo en 1992 James Ivory, Regreso a Howards End)
podrá admirar la vida desahogada, sofisticada e intelectualmente brillante de
las protagonistas, las hermanas Margaret y Helen Schlegel. Estas dos mujeres,
sin ser ricas, llevan una vida desahogada, sin necesidad de trabajar fuera de
casa para mantener su independencia, ni tampoco dentro de ella al disponer de
servidumbre, y con libertad sobrada para gastar y poder dedicar su tiempo al
cultivo de la sensibilidad y el conocimiento.
Se
podría pensar que semejante existencia es fruto de la imaginación literaria,
pero la pareja de hermanas estaba inspirada en dos personajes reales del
círculo de su autor: las hermanas Virginia y Vanessa Stephen. La primera de
ellas alcanzaría posteriormente fama gracias a su obra literaria (pasando a ser
conocida por su nombre de casada, Virginia Woolf). Efectivamente estas cuatro
mujeres (las dos reales y las dos imaginadas) son el trasunto de un grupo
social característico de la Europa desarrollada de los primeros años del siglo
XX, la clase rentista. El crecimiento económico de las décadas precedentes
había permitido el surgimiento de una clase burguesa que había dejado a sus
descendientes valores financieros que rendían altos réditos anuales. Gracias a
la estabilidad económica (salvo algún susto en la década final del XIX) esta
clase rentista vivió los años anteriores a la Gran Guerra con una facilidad
envidiable. Las importantes alteraciones que traería consigo el conflicto
supondrían la desaparición del modo de vida de este grupo social, cuyo peso era
especialmente destacado en la producción cultural europea, y al que se debió la
creación de una imagen del cambio de siglo como época dorada, una etapa de
plenitud que acabó en aquel verano de 1914 y que no volvería nunca más.
Aunque
no se puede, ni mucho menos, hacer extensivo el nivel de vida que llevaba esta
clase social al grueso de la población europea (ni su experiencia de aquel
momento: ¿qué recuerdo guardarían de aquella misma época los criados de las
señoritas Schlegel?), sí que es cierto que entre 1870 y 1914 existió un grupo
social que pudo mantenerse prácticamente sin dificultad alguna. ¿Cómo fue
posible que toda una generación pudiese conservar semejante nivel de vida sin
verse forzados a ganarse el pan? La respuesta hay que buscarla en el momento de
gran vitalidad económica y social que vivió Europa en aquellas décadas, las de
la llamada Segunda Revolución Industrial.
§.
El hierro y el vapor ya no se llevan
Desde
que a finales del siglo XVIII comenzó a desarrollarse en Inglaterra el proceso
que conocemos como Revolución industrial, las condiciones de la existencia
humana experimentaron una serie de cambios profundos y a una velocidad
creciente. Dichos cambios fueron el fruto del terremoto económico y social que
produjo la aplicación de la fuerza mecánica basada en nuevas fuentes de energía
a la producción de bienes. Esto, junto a una serie de cambios en el mundo
rural, hizo que cada vez más gente abandonase su vida en los pueblos para
acudir a ganarse el sustento en las fábricas que comenzaban a proliferar en las
ciudades. Así, el peso de la producción industrial en la economía fue
adquiriendo un papel preponderante frente a una progresiva decadencia de la agricultura
(que hasta entonces había sido la mayor fuente de riqueza y de trabajo para el
común de los europeos). La nueva forma de fabricar bienes se caracterizaba por
la introducción de máquinas basadas en la aplicación de energías obtenidas de
nuevas fuentes (esencialmente el carbón que alimentaba la maquinaria de vapor)
y que permitieron la creación de manufacturas en mucha más cantidad, a una
velocidad mucho mayor y con una homogeneidad en la calidad como no se conocía
hasta entonces.
Semejante
incremento en la producción de bienes no habría generado riqueza si no se
hubiese originado al tiempo una gran expansión del comercio, que fue posible
gracias al desarrollo desde la década de 1830 del ferrocarril (y posteriormente
de la navegación a vapor). Fue entonces cuando comenzó a tejerse una compleja
red de vías férreas entre las ciudades europeas, sobre las que cabalgaban
locomotoras cada vez más potentes, que gracias al carbón y al vapor llegaban
cada vez más lejos y más rápido. El impacto de semejante invento fue
sensacional. Así lo describió el escritor austríaco Stefan Zweig en la década
de 1920: «Los ejércitos de Wallenstein apenas avanzaban más deprisa que las
legiones de César. Los de Napoleón no lo hacían más rápido que las hordas de
Gengis Kan. Las corbetas de Nelson cruzaban el mar sólo un poco más deprisa que
los barcos piratas de los vikingos o los comerciales de los fenicios […] Con el
ferrocarril, con el barco de vapor, los viajes que antes duraban días se hacen
ahora en uno solo, los que hasta ahora requerían interminables horas, en un
cuarto de hora o en minutos». Las personas y las mercancías se podían mover
ahora con una facilidad y a una velocidad inéditas. Todo ello supuso un
importante abaratamiento de las mercancías y un crecimiento en el beneficio y
la acumulación de capitales que se podían emplear en la búsqueda de nuevos
inventos o para invertir en nuevos sectores o mercados en auge.
Lejos
de agotarse, estos cambios cobraron nueva fuerza a partir de 1870 gracias a una
serie de innovaciones que supusieron una auténtica revolución tecnológica, que
conocemos por Segunda Revolución Industrial. El principal elemento de cambio
fue el descubrimiento de dos nuevas fuentes de energía y el desarrollo de
inventos que permitieron su aprovechamiento. La electricidad y los combustibles
fósiles (sobre todo el petróleo) abrieron un nuevo mundo. Para la primera lo
fundamental fue el desarrollo de máquinas capaces de producirla (la dinamo,
inventada por Werner von Siemens en 1867) y de adaptarla para su uso (el
alternador y el transformador). Tras dar sus primeros pasos en la década de
1870, la electricidad obtuvo un primer hito importante en 1882 cuando Thomas
Alva Edison (que había inventado la lámpara eléctrica incandescente o bombilla
en 1879) inauguró la primera fábrica de electricidad en el estado de Nueva
York. Este fue el punto de partida del surgimiento de las grandes compañías
eléctricas que, como la AEG alemana, se centraron en el abastecimiento a las
industrias para que estas pudiesen incorporar a la producción nuevas máquinas
eléctricas. Para el petróleo el hito básico fue el desarrollo del motor de
combustión interna, que fue objeto del trabajo de numerosos ingenieros e
inventores en las décadas finales del siglo, como los alemanes Nikolaus Otto,
Karl Benz y Gottlieb Daimler, que para 1900 ya habían desarrollado varios
modelos que funcionaban con gasolina. Estos, junto con el motor inventado por
Rudolf Diesel (que empleaba gasóleo y era más barato), fueron el punto de
partida de la industria automovilística, desarrollada por empresarios pioneros
como los franceses Armand Peugeot, Louis Renault y André Citroën o el
norteamericano Henry Ford, que fabricó el primer modelo en serie en 1913. Esta
carrera tecnológica permitiría los primeros pasos de la aeronáutica, cuyo punto
de partida fueron los vuelos en aeroplano de los estadounidenses hermanos
Wright en 1903.
Pero
las novedades no siempre tenían como efecto dejar obsoletos artilugios o
técnicas anteriores. Algunos se perfeccionaban y seguían gozando de una larga
vida que iba a engrosar su largo historial de servicios. Buen ejemplo de ello
fue la navegación a vapor, que tuvo sus primeros pasos en las décadas iniciales
del siglo XIX, pero que gracias a las innovaciones producidas en las décadas de
1860 y 1870 (como el motor compuesto y el casco de acero) desbancó a la
navegación a vela como principal medio de transporte transoceánico. Pero ¿qué
implicaciones tenían estos avances en la vida cotidiana de la gente común? Para
la primera década del siglo bien sabían los ciudadanos de a pie que gracias a
muchas innovaciones que sus abuelos habrían considerado producto de la magia el
mundo estaba cambiando. Y también sabían muy bien, aunque muchas veces no
comprendiesen los complejos mecanismos de funcionamiento de aquellas novedades,
que no era la magia lo que permitía explicarlas, sino la ciencia.
§.
Milagros de la ciencia
Aquellas
fueron décadas de estupefacción, en las que apenas había tiempo para asimilar
los cambios que la aplicación de nuevas invenciones iban produciendo en la vida
cotidiana. En una de sus obras Stefan Zweig dejó testimonio de la profunda
impresión que produjo una de ellas, el telégrafo: «Jamás podremos comprender el
asombro de aquella generación frente a los primeros resultados del telégrafo
eléctrico, el enorme estupor y el entusiasmo que despertó el que esa pequeña
chispa, apenas perceptible, […] alcanzara de golpe la fuerza demoníaca para
saltar kilómetros y kilómetros por encima de países, montañas y continentes
enteros […] que la palabra recién escrita pudiera recibirse, ser leída y
entendida en el mismo momento a miles y miles de millas, que la corriente
invisible que vibra entre los dos polos de una minúscula columna voltaica
pudiera extenderse por toda la Tierra, de un extremo al otro […] trayendo
noticias, moviendo trenes, iluminando calles y casas, y como Ariel flotar
invisible en el aire. Sólo por medio de este descubrimiento la relación
espacio-tiempo experimentó el cambio más decisivo desde la creación del mundo».
Y es
que las comunicaciones experimentaron una aceleración sin precedentes. El
telégrafo eléctrico había sido inventado por el estadounidense Samuel Morse en
1832, pero sólo con el tendido del primer cable submarino por debajo del
Atlántico Norte, poco antes de 1870, se pudo conectar de forma instantánea la
información desde la India hasta la costa Oeste de Estados Unidos. Los
periódicos que dedicaban hasta entonces secciones enteras a las noticias
llegadas a las redacciones desde todas partes del mundo con semanas de demora,
pasaron a informar de forma casi instantánea de lo que acontecía en todo el
planeta. Por primera vez en la historia surgió una opinión pública con
conciencia global.
El
pasmo por el desarrollo de la comunicación inmaterial continuaría en las
décadas siguientes, ya que en 1876 el norteamericano Alexander Graham Bell
patentó el teléfono (después de haber realizado con éxito el célebre
experimento por el que reclamaba la presencia de su ayudante, que estaba en el
otro extremo del edificio: «Señor Watson, haga el favor de venir, le necesito»;
tal fue la primera conversación telefónica). Casi quince años después, en 1890,
el italiano Guglielmo Marconi inventaría la telegrafía sin hilos (origen de la
radio) que tuvo también rápidas aplicaciones. En 1902 se realizó la primera
comunicación inalámbrica transatlántica y cuando en 1912 se hundió el Titanic
en las gélidas aguas del Atlántico la radio jugaba ya un papel insustituible en
la navegación.
Por
último hubo otros dos sectores en los que las novedades tecnológicas supusieron
cambios trascendentales. El primero fue el de la metalurgia. Si hasta entonces
el protagonista del desarrollo había sido el hierro, una serie de mejoras en
los hornos y convertidores de fundición (los más célebres fueron los Bessemer y
los Siemens-Martin) permitieron producir con costes mucho menores un acero de
calidad excelente. La construcción de la Torre Eiffel en 1889 para la
Exposición Universal de París que debía conmemorar el centenario de la
Revolución francesa, y en cuya construcción se emplearon más de siete mil
trescientas toneladas de hierro, fue la plasmación visual perfecta de una era
que llegaba a su fin. Desde entonces el acero se convirtió en el producto básico
de la industria. El segundo sector fue el de la química, que en estos años pasó
a ser una industria independiente con aplicaciones en todos los ramos de la
producción y el consumo. Tuvo un papel importante en el descubrimiento de
nuevos metales (como el aluminio, el níquel, el magnesio y el cromo), en el
desarrollo de fertilizantes artificiales, en la invención de tintes sintéticos
y en el refinado y destilado del petróleo (esencial para los motores de
combustión interna y la invención de los primeros plásticos). En definitiva fue
esta la época en que el mundo de la industria y el de la ciencia comenzaron a
imbricarse surgiendo una nueva categoría profesional, el inventor, representado
por personalidades como las de Edison o Bessemer.
Tales
fueron las bases materiales del progreso europeo y occidental de finales del
siglo XIX y comienzos del XX, que permitieron que en las décadas anteriores al
estallido de la Gran Guerra la economía del viejo continente siguiese creciendo
a un ritmo acelerado. Pero esta brillante historia de descubrimientos, como los
seductores relatos literarios sobre la clase rentista europea de esa época, no
debe llamar a engaño ya que aquel crecimiento no conllevó un reparto equitativo
de la riqueza ni un aumento del bienestar similar para todos. Sólo así se puede
entender que la primera edad de oro del capitalismo industrial fuese también la
de la emigración europea a gran escala hacia otros continentes.
§.
Todo el mundo tiene un tío en América
Con
el crecimiento económico intensificado de las primeras décadas del siglo XX se
redoblaron el resto de los procesos que acompañaban a la industrialización. El
más llamativo fue sin duda el del crecimiento de las ciudades, no sólo porque
cada vez más gente trabajaba y vivía en ellas, sino también porque la población
crecía de forma constante. Gracias en gran medida al ferrocarril, la vida en
las ciudades permitía a sus habitantes el acceso a una alimentación más variada
que la que podía obtenerse en los pueblos, donde los alimentos que llegaban
procedían de un circuito comercial más pequeño. El crecimiento de la producción
agraria supuso la desaparición de las hambrunas que tan letales resultaban
apenas cien años antes, y para finales del siglo XIX ya se habían sentado las
bases de los grandes avances médicos que a lo largo de la centuria siguiente
supondrían una revolución en la calidad y la duración de la vida. Aunque para
entonces los resultados de los descubrimientos médicos no eran tan llamativos, el
control epidemiológico había mejorado sustancialmente gracias al desarrollo de
la bacteriología, de las vacunas y de los tratamientos terapéuticos. Así, si en
1800 en Europa había trescientas sesenta y cuatro ciudades de más de diez mil
habitantes, en 1890 eran mil setecientas nueve. Si en 1850 sólo superaban el
millón de habitantes Londres y París, en 1900 a estas dos ciudades se habían
añadido Berlín, Viena, San Petersburgo, Birmingham, Manchester, Moscú y
Glasgow. El resultado de semejante explosión demográfica, más allá del aumento
de la esperanza de vida de los individuos, fue que una parte considerable de la
población europea se concentrase amontonada en ciudades superpobladas y con
problemas para satisfacer sus necesidades.
Este
hacinamiento y la dificultad para labrarse un futuro hicieron que millones de
personas emigrasen desde el viejo continente a otras latitudes. Durante buena
parte del siglo XIX el flujo de mano de obra que llegaba a las ciudades era tal
que estas no podían absorberlo completamente, por lo que parte de la emigración
interna optó por buscar fortuna más allá del Atlántico. Pero con el cambio de
siglo el carácter de la migración fue cambiando. Ahora esta procedía de las
tierras más pobres de Europa meridional y oriental, donde el proceso de
modernización apenas había penetrado. En cualquier caso era la desigualdad en
la distribución de la riqueza que había conllevado la industrialización (ya
fuese social o territorial) la que producía el fenómeno masivo de la
emigración. Se calcula que entre 1871 y 1911 más de treinta y dos millones de
europeos dejaron su patria, y que una cantidad similar lo había hecho con
anterioridad desde el inicio del siglo XIX. Como recuerda el historiador
Richard Vinen, este fenómeno migratorio fue posible entre otras cosas gracias a
que «los ferrocarriles y los barcos de vapor propiciaron que resultara más
fácil viajar, y la competencia entre las distintas compañías navieras, con base
en Hamburgo, Bremen o Liverpool, abarató espectacularmente el precio del viaje
a América a principios del siglo XX. La emigración transatlántica fue un gran
negocio».
El
destino principal de estos emigrantes fueron los territorios que habían sido
objeto de población europea en los siglos anteriores, preferentemente los de
clima templado. Estados Unidos fue el gran receptor de población, ya que la
extensión de su frontera hacia el oeste (proceso que no culminaría hasta
comenzado el siglo XX) y la industrialización de las zonas más pobladas del
país, demandaban una cantidad de mano de obra que no podía satisfacer con el
crecimiento interno de su población. Le seguían a mucha distancia Latinoamérica
(dentro de la que ocuparon un papel protagonista Argentina y Brasil),
Australia, Nueva Zelanda, Canadá y Sudáfrica (estos últimos territorios
autónomos del Imperio británico llamados «dominios»). En ocasiones el motivo de
la emigración era político, como en el caso de los judíos de Europa oriental,
que durante las últimas décadas del siglo XIX fueron objeto de pogromos tanto
en los territorios de la Rusia europea como en Rumanía, aunque la pobreza que
predominaba en estas áreas también debió de ser un importante acicate para
abandonarlas.
Frente
a estas zonas empobrecidas de la periferia europea, en las áreas urbanas de las
regiones industrializadas el nivel de vida mejoró en la época del cambio de
siglo. Fue en estas ciudades donde se produjeron los grandes avances de la vida
social que caracterizaron este momento. Efectivamente, el aumento acelerado de
la alfabetización en los países desarrollados (como efecto de la iniciativa
estatal en muchos de los casos), el avance de la secularización (que suponía
que quienes llegaban a la ciudad se deshacían de las vinculaciones rurales de
obediencia a un señor y a una iglesia) y la penetración de los medios de
comunicación en grandes capas de población (en la que constituye la auténtica
edad de oro de la prensa escrita) serían fenómenos que sucederían en gran
medida en las ciudades. Y el fruto de ello sería que en un grado cada vez mayor
la población comenzase a intervenir en la política de forma activa y
consciente. Si hasta entonces eran los notables (políticos y económicos) los
que acaparaban las decisiones que afectaban al conjunto de la sociedad, a
partir de ahora esta no se iba a mostrar tan sumisa como lo había sido en el
pasado.
§.
¿Todos a las urnas?
Si
se contempla con detenimiento un mapa político de Europa en 1900 inmediatamente
llamarán la atención varias características que lo diferencian de otro de hoy
en día. Si en la actualidad el continente está compuesto por cuarenta y seis
estados (incluyendo la constelación de pequeños países que surgió de la
explosión del bloque comunista a finales del siglo XX y las más orientales
Rusia, Turquía y Chipre), en 1900 eran casi la mitad, tan sólo veinticuatro. De
hecho, el mapa en Europa occidental no es tan diferente, pero si se fija la
atención en el centro y oriente del continente salta inmediatamente a la vista
la presencia de cuatro grandes extensiones políticas completamente distintas de
lo que hoy existe allí. Cuatro grandes imperios (el alemán, el austro-húngaro,
el ruso y el otomano) se repartían prácticamente toda la superficie. De hecho,
de los países hoy presentes en el sudeste de Europa, en 1900 sólo existían
Grecia, Rumanía, Bulgaria, Montenegro y Serbia, que habían logrado
trabajosamente su independencia del Imperio otomano en el siglo anterior. En el
norte de Europa otros dos países no habían conseguido todavía el estatus de
Estado: Irlanda, que continuaba perteneciendo al Reino Unido (aunque cada vez
con más problemas, ya que la isla era presa de la agitación nacionalista que
luchaba por su independencia de Londres), y Noruega, que estaba en vísperas de
su independencia de Suecia, lograda finalmente en 1905.
Por
tanto era la Europa central y oriental donde radicaban las mayores diferencias
respecto a las fronteras actuales. De esos cuatro imperios el alemán era un
Estado joven nacido de un intenso movimiento nacionalista integrador que había
madurado en Alemania desde la época napoleónica. El caso de los otros tres
imperios era el de estados anticuados, con signos claros de decadencia (incluso
de parálisis en algunos) y numerosos problemas internos. El primero de ellos
era el Imperio austro-húngaro, el conglomerado de estados regido desde Viena
por la casa de Habsburgo-Lorena, que mostraba problemas para mantenerse unido
desde hacía décadas. En su seno acogía a población alemana, húngara, serbia,
croata, checa, eslovaca, italiana, eslovena, polaca y rumana, entre otras
nacionalidades, que luchaban por su reconocimiento dentro del imperio o su
independencia. Las que se habían mostrado más activas en este sentido eran las
que en el pasado habían poseído alguna forma de autogobierno o Estado propio
(húngaros, checos y polacos). La tensión nacional interna había llegado a tal
extremo que el emperador Francisco José I (en el trono desde 1848) se vio
obligado en 1867 a reformar la Constitución del imperio, situando a Hungría en
un plano de igualdad con Austria y reconociéndole una independencia casi total
salvo en los asuntos que incumbían al conjunto del territorio (asuntos
exteriores y ejército básicamente, aunque el emperador conservó amplias
facultades para gobernar por decreto en todos sus estados). Esta fue la causa
por la que el Imperio austro-húngaro también fue conocido por el nombre de
monarquía dual o Kakania, según el irónico acrónimo (de kaiserlich und
königlich, imperial y real) ideado por Robert Musil.
Los
territorios se repartieron entre los dos nuevos estados hermanos, dentro de los
cuales Austria mostró una tendencia más acusada al aperturismo, reconociendo el
sufragio universal masculino en 1907 (no en vano era el territorio en el que se
concentraba la mayor parte del desarrollo industrial de todo el imperio). Sin
embargo la agitación nacionalista continuó siendo importante y generando cierta
confusión política dentro y fuera de sus fronteras. Muy expresiva resulta la
anécdota apuntada por el historiador Philipp Blom: «Por sus antepasados
directos, el ministro de Asuntos Exteriores de Austria en 1914, el conde
Leopold Berchtold (o, para llamarlo por sus nombre completo, Leopold Anton
Johann Sigismund Joseph Korsinus Ferdinand Berchtold von und zu Ungarschütz,
Frättling und Püllütz), era en parte alemán, en parte checo, en parte eslovaco
y en parte húngaro. Cuando un periodista le preguntó con insistencia de qué
nacionalidad se sentía, el conde se limitó a responder: “Soy vienés”».
Efectivamente, la capital imperial era el activo corazón de semejante
conglomerado político y cultural y uno de los pocos focos de dinamismo que
permitían mantener en marcha una maquinaria tan pesada. Sin embargo el caso
austro-húngaro, pese a todas las limitaciones e inconvenientes que mostraba
para equipararse al resto de las potencias europeas, no era el que presentaba
mayores niveles de decaimiento. Todavía en la escala de la fosilización
política podían descenderse muchos peldaños, y para demostrarlo ahí estaban
Rusia y Turquía.
§.
Cadáveres andantes
El
caso de Rusia tenía ciertas similitudes con el de Austria-Hungría: se trataba
de otra vieja potencia que dominaba un vastísimo territorio, que seguía
teniendo un gran prestigio internacional (además de un legado cultural
asombroso) y que también tenía que hacer frente al problema de las
nacionalidades en el interior. En su caso, las «naciones sumergidas» que
luchaban por emerger y que planteaban una contestación abierta al poder
político de San Petersburgo eran los polacos y los finlandeses, que se oponían
al poder sin límites ejercido por la monarquía zarista (la conocida como
«autocracia rusa») y a los programas de imposición de la cultura rusa (o
«rusificación») en todo el territorio, que incluía el uso exclusivo de la
lengua rusa y el alfabeto cirílico en la escuela y la administración. El
despótico sistema político ruso había llevado a la represión de cualquier tipo
de intento opositor, que en este caso había corrido a cargo de la reducida
intelectualidad liberal rusa (que recibía el nombre de intelligentsia). De ella
surgieron pronto grupos que abogaron por la revolución como solución de la
situación social rusa y la violencia como forma de acción política. Obtuvieron
su éxito más sonado con el asesinato del zar Alejandro II en 1881 por el grupo
revolucionario Naródnaya Volia («Voluntad del Pueblo»). El asesinato cortó
cualquier posible intento de apertura de las instituciones y los años
siguientes se vieron marcados por una férrea coacción desde el poder y las
iniciativas de este para modernizar económicamente el país, ya que cada vez era
más consciente de que sin industrialización Rusia no podría mantener su estatus
de potencia. Los resultados de esta iniciativa fueron importantes pero
limitados y a las tensiones políticas preexistentes se vino a sumar el
surgimiento de un incipiente proletariado industrial. En este contexto llegó al
trono de los zares, en 1894, Nicolás II. La situación requería un hombre de
talla y con talento político para poder afrontar los graves retos que se
planteaban al imperio que gobernaba. El tiempo se encargaría de demostrar que
el nuevo zar no reunía las cualidades exigidas y que le aguardaba el destino de
ser el último monarca del Imperio ruso.
El
otro gran Estado de Europa oriental era el Imperio otomano, única monarquía
musulmana del continente. Hacía ya casi siglo y medio que la Sublime Puerta
(nombre con el que se le había conocido tradicionalmente) no sólo había dejado
de ser una amenaza para sus vecinos cristianos del norte y el oeste, sino que
se hallaba en una franca decadencia ocasionada por la inacción de sus monarcas.
Dicha situación produjo la práctica independencia de algunas de las provincias
de su inmenso territorio (que se extendía por tres continentes: Europa, Asia y
África). De hecho, si hasta entonces había aguantado en pie semejante edificio
político era porque a las potencias europeas les convenía que continuase
existiendo, ya que lo consideraban como un elemento de compensación en el
complejo tablero de la política internacional entre los imperios de Europa
oriental, que ansiaban hacerse con sus territorios. Rusia deseaba anexionarse
Constantinopla y los Balcanes orientales como una forma de garantizar el acceso
de su flota al Mediterráneo. Austria-Hungría estaba interesada en expandirse
territorialmente por los Balcanes occidentales, que consideraba como una zona
de interés y protección vital para su territorio. Era más fácil permitir la
existencia del Imperio otomano que lograr un acuerdo de reparto entre quienes
pretendían sus territorios.
La
dependencia de Occidente para la supervivencia del imperio llegó a ser evidente
para los propios turcos, que desde mediados del siglo XIX comenzaron a
organizar movimientos de oposición con el objetivo de lograr una modernización
del país. Salvo algún lapso reformista, la actitud de los monarcas otomanos fue
la de rechazar toda apertura y evitar cualquier reforma. Semejante política
adquirió tintes insólitos para sus vecinos occidentales cuando tuvieron
conocimiento, por ejemplo, de que las autoridades aduaneras turcas habían
impedido la entrada de unos motores europeos por la alarma que les suscitó
saber que producían varios cientos de revoluciones por minuto o de libros de
química norteamericanos ya que sospechaban que los signos usados en formulación
podían ser en realidad un código de espionaje subversivo camuflado. Este tipo
de incidentes hizo que el Imperio otomano se ganase entre las potencias el
sobrenombre de «el hombre enfermo de Europa». Muchos eran conscientes también
de que ningún poder europeo estaba interesado en sanar al enfermo.
Junto
a las potencias otro país de reciente creación, Italia, iba ganando peso
específico en el marco europeo. El caso italiano era similar al alemán: la
península Italiana estaba dividida al comenzar el siglo XIX en varios estados.
Bajo la iniciativa de la casa de Saboya, dinastía reinante en el reino de
Cerdeña —que incluía el mucho más importante Piamonte—, se logró la unificación
del país (entre 1860 y 1870). Pese a no haber experimentado con intensidad la
modernización económica y social de sus vecinos de más allá de los Alpes (salvo
en algunas regiones del norte), por cuestiones de prestigio internacional,
quiso dotarse el nuevo reino de un régimen en apariencia liberal. Pero era tan
sólo una fachada, ya que la manipulación electoral fue constante (como también
sucedía en el caso de España). Gaetano Mosca, un célebre sociólogo italiano de
principios del siglo XX, afirmaba sin ambages en 1895 que «todos aquellos que
por riqueza, educación, inteligencia o astucia tienen aptitud para dirigir una
comunidad de hombres y la oportunidad de hacerlo (en otras palabras, todos los
clanes de la clase dirigente) tienen que inclinarse ante el sufragio universal
una vez este ha sido instituido y, también, si la ocasión lo requiere,
defraudarlo». Sin embargo el surgimiento de nuevos actores en la escena
política, tanto a nivel nacional como internacional, no iba a poner fácil a las
nuevas y viejas élites su perpetuación automática en el poder y la toma de
decisiones. Si el desarrollo económico había favorecido los intereses
financieros de estas élites, sus efectos sociales les iban a suponer un
incordio constante, puesto que su adaptación a la política de masas iba a
resultar muy complicada.
§.
Cambiar el mundo
Sin
lugar a dudas las transformaciones sociales que vivía Europa a medida que
acababa el siglo XIX y se iba adentrando en el XX no pudieron ser inocuas para
el funcionamiento de la política tradicional. La integración de cada vez
mayores porciones de población en la vida pública suponía un creciente interés
por el devenir político del país y por el reconocimiento de la participación de
todos en el gobierno. Un papel esencial en la conquista de esa posibilidad de
participar en la toma de decisiones correspondió a grupos insatisfechos o
directamente descontentos con la contradicción existente entre el mensaje
teórico del liberalismo (que defendía la libertad y la igualdad legal de todos
los ciudadanos) y la práctica de una política en la que el peso de la tradición
oligárquica se hacía más o menos presente.
Uno
de los grupos que tenía entonces mayor hábito de organización y lucha por la
participación era el movimiento obrero, que en este período de comienzos del XX
vivió un momento de maduración y auge. El progreso y la prosperidad que trajo
la Revolución industrial no se habían repartido de forma proporcional entre los
diferentes grupos sociales que habían participado en ella. Mientras que los
inversores y empresarios obtuvieron beneficios fabulosos en las primeras etapas
de la industrialización, los ejércitos de trabajadores que acudieron a trabajar
a las ciudades industriales experimentaron un endurecimiento importante de sus
condiciones de vida. Sin la protección de la comunidad campesina en la que la
familiaridad, la proximidad y la ayuda mutua eran la nota dominante, el obrero
se hallaba indefenso en un entorno nuevo y amenazante, en el que no conocía a
nadie y en el que la prioridad era garantizar la supervivencia propia y de la
familia costara lo que costase.
La
sombra de la muerte por hambruna que había amenazado al campesinado tradicional
desapareció en la ciudad, pero el precio que hubo que pagar fue muy elevado. El
trabajo en condiciones infrahumanas y con horarios interminables, el
hacinamiento en barriadas insalubres y la desprotección más absoluta ante
cualquier desgracia sobrevenida se volvieron el pan nuestro de cada día en las
ciudades fabriles, que en una primera etapa fueron auténticos focos de pobreza
y enfermedades. Pero este mísero sustrato fue el germen para el surgimiento de
movimientos de solidaridad de clase como no se habían conocido hasta entonces.
Una primera fase consistió en la definición ideológica (en la que el socialismo
y el anarquismo se perfilaron como corrientes dominantes) y en la incipiente
construcción de organizaciones. Fue entonces cuando surgieron los sindicatos
como grupos de trabajadores que colaboraban para conseguir mejoras en sus
puestos de trabajo. Más adelante, el momento del cambio de siglo se caracterizó
por el surgimiento de los grandes partidos políticos de clase obrera y la
maduración de una organización internacional que los coordinase. En el período
1900-1914, en palabras de Richard Vinen: «La clase obrera no dejó de aumentar
en número, al igual que la afiliación a los sindicatos y el voto socialista,
mientras que el movimiento socialista se mostraba más unificado que nunca […]
Se puede afirmar en general que el marxismo suministró al socialismo europeo
una ideología unificada y coherente». Durante esta época siguió existiendo la
otra gran familia de grupos políticos de clase obrera, el anarquismo, si bien
por su ideología revolucionaria (que apostaba por una rápida destrucción del
Estado como forma de lograr el objetivo de liberar a los trabajadores) se
mantuvo al margen del funcionamiento democrático, adquiriendo protagonismo
sobre todo en las zonas más subdesarrolladas de Europa meridional y oriental.
La
extensión de la participación política en los países más avanzados llevó a un
incremento importante de la militancia de los partidos socialistas, que se
inspiraron básicamente en la aportación doctrinal que había hecho Karl Marx a
mediados del siglo anterior. El ejemplo paradigmático de este tipo de
organizaciones fue el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD), fundado en
1875 y que alcanzó una relevancia extraordinaria, siendo en las elecciones de
1912 depositario de un tercio del total de votos para el Reichstag, lo que les
proporcionó ciento diez diputados. El Partido Socialista Belga, fundado en
1879, y el francés (conocido por las siglas SFIO, Sección Francesa de la
Internacional Obrera, de 1905) fueron las otras dos grandes organizaciones
socialistas del momento. En Gran Bretaña se fundó a comienzos de siglo, gracias
a los esfuerzos de miembros de los sindicatos (las trade unions) y de los
intelectuales de clase media, el Partido Laborista, de inspiración obrera pero
no estrictamente socialista.
El
avance de estas fuerzas fue espectacular, rebasando Europa para adquirir empuje
en otros continentes. Como recuerda el historiador Eric Hobsbawm: «En 1914
existían partidos socialistas de masas incluso en Estados Unidos, donde el
candidato de ese partido obtuvo casi un millón de votos, y también en
Argentina, donde el partido consiguió el diez por ciento de los votos en 1914,
en tanto que en Australia un partido laborista, ciertamente no socialista,
formó ya el gobierno federal en 1912». Parte del mérito de este auge se debe al
surgimiento del llamado «revisionismo», una corriente que proponía adoptar una
línea de actuación pragmática de integración en la política democrática, aunque
en los programas continuase figurando como objetivo último el logro de una
revolución que terminase con el sistema capitalista. Sin embargo la adopción de
esta línea, que acabó siendo generalizada (salvo la excepción del Partido
Obrero Socialdemócrata ruso), no se logró sin fuertes polémicas internas,
especialmente en Alemania (entre Eduard Bernstein y Karl Kautsky) y en Francia
(entre Jean Jaurès y Jules Guesde).
Pero
sin lugar a dudas uno de los resultados más sorprendentes de la política de
comienzos del siglo XX fue que, además del surgimiento de la política de masas
en el interior de cada país, esta se internacionalizó. Por primera vez en la
historia la esfera internacional dejaba de estar ocupada exclusivamente por los
estados (que firmaban tratados y hacían guerras) para aparecer actores surgidos
de la acción conjunta de diferentes organizaciones nacionales que se ponían de
acuerdo para lograr sus objetivos más allá de las fronteras.
§.
Ciudadanos de todos los países
En
la iniciativa de lograr una acción política internacional coordinada, los
movimientos obreros fueron también pioneros. Esto se debe a que uno de sus
principios ideológicos básicos era el internacionalismo, es decir, que el
objetivo de la revolución social traspasaba las fronteras ya que era algo
inherente a la fraternidad universal del ser humano. Por tanto se oponían a los
nacionalismos a los que consideraban, al igual que la religión, una falsa
conciencia que desviaba los desvelos humanos hacia fines ajenos a sus intereses
y que beneficiaba a los poderosos. El líder laborista norteamericano Samuel
Gompers afirmaba en 1909 que los trabajadores «creen que los grandes cambios
sociales están próximos, que las clases han bajado el telón sobre la comedia humana
del gobierno, que el día de la democracia está al alcance y que las luchas de
los trabajadores conseguirán preeminencia sobre las guerras entre las naciones
que significan batallas sin causa entre los obreros». Ello llevó a que en 1889
se fundase en París una nueva Asociación Internacional de Trabajadores,
conocida comúnmente con el nombre de Segunda Internacional (una primera había
existido con escaso éxito entre 1864 y 1876). Esta organización funcionaba
convocando a las entidades nacionales afiliadas a congresos periódicos, hasta
que en 1900 se fundó una Oficina Permanente en París, que se convertiría desde
entonces en el centro neurálgico de las iniciativas socialistas, que por fin
lograban continuidad en el trabajo para desarrollar sus acciones internacionales.
Otro
magnífico ejemplo de organización internacional fue el movimiento pacifista,
cuyos orígenes se remontan a mediados del siglo XIX. A medida que crecía la
opinión pública, en los países europeos se iban oyendo más voces que reclamaban
el desarrollo de esfuerzos para evitar la guerra como solución de conflictos y
limitar los daños que causaba su desarrollo. El gran literato francés Victor
Hugo, con ocasión de la guerra turco-serbia de 1876, publicó un artículo de
protesta por las atrocidades que se estaban cometiendo, en el que afirmaba: «…
pero nos han dicho: olvidáis que hay “asuntos”. Asesinar a un hombre es un
crimen, asesinar a un pueblo es “un asunto”. Cada gobierno tiene su asunto:
Rusia tiene Constantinopla, Inglaterra tiene la India, Francia tiene Prusia,
Prusia tiene Francia […] Sustituyamos los asuntos políticos por el asunto
humano. Todo el futuro radica ahí […] Lo que ocurre en Serbia demuestra la
necesidad de los Estados Unidos de Europa. Que a los gobiernos desunidos
sucedan los pueblos unidos». Sin duda se trató de uno de los primeros gritos
críticos contra la deshumanización de los conflictos armados y la necesidad de
coordinar las políticas nacionales en Europa para evitar el derramamiento de
sangre.
Las
iniciativas en este sentido se reforzaron en las décadas siguientes. Destacado
fue el papel de una mujer, la activista austríaca Bertha von Suttner, cuyas
obras en defensa del pacifismo adquirieron una elevada resonancia internacional
(de su obra Abajo las armas se hicieron treinta y siete ediciones entre 1889 y
1905). Suttner fue brevemente secretaria de Alfred Nobel, inventor de la
dinamita y fundador de los galardones que llevan su apellido, mantuvo con él
una gran amistad de por vida y le convenció para que dedicase uno de sus
premios a las iniciativas destinadas a promover la paz. Ella misma fue la
quinta galardonada con dicho premio en 1905 y su prestigio sigue siendo inmenso
en Europa central (en su homenaje la moneda austríaca de dos euros lleva su
efigie). En esta época se llevaron a cabo acciones como las dos conferencias de
paz o convenciones de La Haya, en 1898 y 1907, en las que todas las potencias
aprobaron unas normas para regularizar las prácticas de guerra, limitar sus
crueldades y potenciar el papel de la Cruz Roja (otra organización
internacional fundada en 1859 por el suizo Jean-Henri Dunant al contemplar con
horror el trato a los heridos en la batalla de Solferino).
El
caso de Suttner no era algo aislado, ya que la intervención de las mujeres en
el ámbito público fue algo creciente desde mediados del siglo XIX. De esa fecha
data el nacimiento del feminismo, el movimiento colectivo que luchaba por el
reconocimiento de los derechos de las mujeres en pie de igualdad con los
hombres, y que desde sus inicios contó con el apoyo de algunos importantes
intelectuales y políticos varones. A comienzos de la siguiente centuria, con el
nacimiento de la política de masas, la presencia de grupos organizados de
mujeres que luchaban por sus derechos se hizo habitual en los principales
países desarrollados, aunque la imagen más visible siga siendo hoy la del
sufragismo británico, liderado en estas décadas por Emmeline Pankhurst, activista
que adquirió una notabilísima presencia en los medios de comunicación y el
debate político.
Otro
de los movimientos políticos internacionales que surgieron en este momento y
cuya importancia futura resultó imprevisible para los contemporáneos fue el
sionismo. En 1896 vio por primera vez la luz en Viena la obra El Estado judío
de Theodor Herzl, un húngaro que había estudiado derecho en dicha ciudad y que
no había podido ejercer como abogado por el rechazo que despertaba su condición
de judío. Tras ganarse la vida escribiendo mediocres obras teatrales le surgió
la oportunidad de cubrir en París para un periódico vienés el affaire Dreyfus.
Este fue el escándalo político más importante de Francia (y posiblemente de
Europa) de todo el cambio de siglo: un capitán del Estado Mayor francés, Alfred
Dreyfus, fue injustamente acusado de espionaje a favor de Alemania y, pese a
los indicios evidentes de errores en la instrucción de la causa, la sentencia
no fue revocada por presiones del ejército y la derecha francesa (el ejército
incluso llegó a falsificar pruebas para evitar la revisión del caso). La impresión
que causó en Herzl semejante injusticia y el hecho de que el principal motivo
que animaba a los enemigos de Dreyfus fuese su condición de judío, le llevó a
redactar la obra en la que proponía por primera vez la fundación de un Estado
judío en Palestina. El impacto de la idea fue inmediato debido a la general
discriminación que en diferente grado sufría la comunidad hebrea en los
diversos países europeos, y las iniciativas y donativos no tardaron en llegar.
En agosto de 1897 se reunió en Basilea el primer Congreso Sionista (nombre
derivado de Sión, uno de los montes de Jerusalén) y antes de morir en 1904
Herzl tuvo la oportunidad de negociar con las autoridades otomanas y británicas
la cesión de tierras para asentamiento de judíos en Palestina y la península
del Sinaí, respectivamente. Fracasó en sus negociaciones, pero cuarenta y
cuatro años después, el 14 de mayo de 1948, cuando David Ben-Gurion leyó la
declaración de independencia del Estado de Israel, lo hizo bajo un inmenso
retrato de aquel periodista húngaro.
El
sionismo tuvo muchos detractores desde sus inicios y uno de los hechos más
llamativos sobre la cuestión es que una de las críticas que se le hacían era
compartida por sus enemigos tanto dentro como fuera de la comunidad judía. Y es
que muchos acusaban a los defensores de la fundación de un Estado judío en
Palestina de reproducir a pequeña escala el imperialismo de las potencias
europeas, las mismas que les discriminaban. ¿A qué se referían con
imperialismo? ¿Es que existía una concepción negativa del fenómeno en parte de
la opinión pública? ¿Era algo que afectaba a todos los países europeos por
igual? Un vistazo a la situación del mundo extra europeo de la época permitirá
responder a estas cuestiones.
§.
El ancho mundo a una llamada de teléfono
«Hay
momentos en que el desarrollo en todas las áreas de la economía capitalista —en
los campos de la tecnología, los mercados financieros, el comercio y las
colonias— ha madurado hasta el punto de que ha de producirse una expansión
extraordinaria del mercado mundial. La producción mundial en su conjunto se
eleva entonces hasta alcanzar un nivel nuevo y más global. En ese momento, el
capital inicia un período de avance extraordinario». Si leemos estas líneas en
la actualidad podríamos pensar que proceden de un medio de comunicación de la
década de 1990 o 2000 y que su autor es un economista que glosa las
características de la globalización de la economía tras la caída del bloque
comunista. Sin embargo su autor es el filósofo socialista ruso Izráil Lázarevich
Gelfand, más conocido por su seudónimo Alexander Parvus, y fueron escritas en
1901. El hecho puede resultar chocante, pero la integración económica mundial y
la interdependencia resultante entre las diferentes partes del planeta (que es
lo que se suele etiquetar como «globalización») no es algo reciente.
Durante
el siglo XIX el crecimiento económico sostenido que había producido la
industrialización conllevó el aumento del capital disponible para invertir, de
modo que comenzó a ser frecuente que las clases capitalistas colocasen su
dinero no sólo en sus propios países sino también en el extranjero. Esta
tendencia se vio reforzada por el hecho de que a medida que en un país iban
avanzando las etapas de la modernización económica, la rentabilidad de las
inversiones caía, mientras que en los países que estaban comenzando a
industrializarse, la rentabilidad era mayor. Esto llevó a que buena parte del
dinero que se colocaba en las bolsas de Londres y París (las dos capitales
financieras del mundo antes de 1914) tuviese como destino países de la
periferia europea (Rusia, España, Hungría, Turquía…) y de fuera del continente.
El grado de interdependencia económica desarrollado por los países europeos en
los primeros años del siglo XX no tuvo precedentes en toda la historia. Como
recuerdan los historiadores Asa Briggs y Patricia Clavin, «en Berlín quemaban
carbón británico cuando estalló la guerra, y se utilizaban planchas de acero
alemanas en la construcción de barcos de guerra para la marina británica. En
1914 en Francia se llevaba a cabo la construcción de altos hornos con la ayuda
de capital alemán, y los alemanes tenían industrias químicas en Rusia…». Pero
no sólo Europa se vio implicada en este juego. Además de existir una periferia
europea que dependía de los polos de dinamismo económico, existía otra periferia
más allá del continente.
En
1914 el mundo se había integrado completamente en el entramado económico que
tenía como polo dinamizador Europa y Estados Unidos, asegurando de este modo
que el crecimiento económico de Occidente continuase después de más de un siglo
de marcha sin descanso. Muchas veces se ha recordado una célebre frase de
Keynes en la que afirmaba que «el habitante de Londres podía pedir por
teléfono, mientras bebía su té matutino en la cama, los más variados productos
de toda la tierra», refiriéndose al hecho de que el comercio mundial y el
avance de la técnica habían hecho posible la eliminación de fronteras
económicas antes de la Gran Guerra. De hecho, desde finales del siglo XIX, la
política británica apostó por reforzar la vía industrializadora abandonando por
completo la agricultura. Ello era posible gracias a que los avances en la
navegación y en la conservación de alimentos (ya existían los primeros barcos
frigoríficos) permitían las importaciones de productos básicos de puntos tan
distantes del planeta como Argentina, Estados Unidos o Australia. Pero también
significaba, como iría comprobando con el paso de los años el gobierno
británico, que dejar el sustento de su población al albur de las importaciones
intercontinentales podía ser un punto débil demasiado evidente en caso de
guerra.
Este
proceso de desbordamiento de la economía europea por todo el planeta fue
también posible gracias a los grandes descubrimientos geográficos que en el
siglo anterior habían logrado por primera vez en la historia que todo el mundo
estuviese cartografiado en los mapas. Como recuerda Stefan Zweig al hilo de la
carrera por conquistar el Polo Sur entre el inglés Scott y el noruego Amundsen,
«las regiones que apenas una generación antes aún permanecían dichosas y libres
en la penumbra del anonimato, atienden ahora servilmente a las necesidades de
Europa. Hasta las fuentes del Nilo, durante tanto tiempo buscadas, se internan
los barcos de vapor. Las cataratas Victoria, contempladas hace tan sólo medio
siglo por el primer europeo, suministran energía eléctrica obedientemente. El
último rincón despoblado, las selvas del Amazonas, es víctima de la tala. El
cinturón en torno a la última tierra virgen, el Tíbet, ha saltado por los
aires. La expresión “tierra incógnita” que aparecía en los viejos mapas y
globos terráqueos, ha sido borrada por manos expertas». Manos de misioneros,
aventureros, funcionarios y militares, como las de Caillié, Livingstone,
Stanley, Carl Peters o Savorgnan de Brazza, que quedaron para siempre ligados a
las expediciones de exploración y descubrimiento de amplias regiones
desconocidas del mundo. Un mundo en el que hasta entonces existían muchas
regiones de las que apenas se conocía nada más que la línea costera, como es el
caso del África subsahariana. Esta grandiosa empresa hundía sus orígenes en los
inicios del siglo XIX y para la década de 1880 ya había adquirido la suficiente
importancia en las relaciones internacionales como para amenazar con levantar
fricciones en el delicado equilibrio de poder europeo. Para entonces ya estaba
claro que el mundo era un botín demasiado apetitoso para unos países en pleno
desarrollo económico y muy celosos de un prestigio internacional que
consideraban constantemente en riesgo, entre otras cosas, porque la ideología
nacionalista que defendían un buen número de gobiernos (y sus electores) no
permitía que la reputación patria quedase a la zaga frente a los avances de las
potencias vecinas.
§.
El continente negro y los misterios de oriente
La
voluntad de Gran Bretaña y de Francia de extender sus posesiones costeras en
África entraron en conflicto con la iniciativa privada del rey Leopoldo II de
Bélgica, que había financiado una ambiciosa empresa de exploración y
explotación en torno al río Congo, amenazando con desatar una gran crisis
internacional. La ocasión fue aprovechada por el político de más talento del
momento, el canciller (primer ministro alemán) Otto von Bismarck. Este, que
había sido el gran arquitecto de la unificación alemana y de las relaciones
internacionales en el período posterior, no dejó pasar semejante oportunidad
para incrementar el prestigio internacional de la joven Alemania como garante
de la paz, y convocó una Conferencia internacional en Berlín en 1885. De tal
reunión salieron los grandes acuerdos para proceder al reparto de África: se
acordó que los grandes ríos del continente quedarían abiertos al comercio
internacional, que los países con posesiones en la costa africana tendrían
derecho prioritario para extenderse hacia el interior, que para tomar posesión
de un territorio habría que ocuparlo efectivamente (no valdría enviar una
misión de exploración y después retirarse) y se reconocía el vastísimo
territorio explorado por Stanley como posesión personal del rey Leopoldo con el
nombre de Estado Libre del Congo (que a su muerte en 1908 legaría a Bélgica,
pasando a conocerse como Congo Belga). La Conferencia de Berlín fue el punto de
partida para el reparto de África, protagonizado fundamentalmente por Gran
Bretaña (que planteó el proyecto de unir por tierra sus posesiones coloniales
de El Cabo y Egipto) y Francia (cuyo proyecto era unir sus posesiones de
Argelia y Túnez con las que tenía a orillas del Mar Rojo). Las apetencias
coloniales de ambas potencias estuvieron a punto de desencadenar una guerra al
enfrentarse dos destacamentos de ambas nacionalidades en 1898 en Fashoda
(Sudán). Un acuerdo de última hora con la transacción de Francia permitió
conjurar la amenaza bélica una vez más y supuso el definitivo reparto de esferas
de influencia.
Pero
además de Bélgica, Reino Unido y Francia, hubo otros países presentes en el
reparto de África: Portugal conservaba sus antiguas colonias de Mozambique y
Angola; Italia centró sus aspiraciones en la zona del Cuerno de África
(protagonizando en Adua, 1896, la primera derrota de un ejército europeo ante
otro africano, lo que puso fin a su sueño de anexionarse el imperio de
Abisinia, actual Etiopía), y España obtuvo algunas migajas del reparto. Pero
entre estos relegados en conseguir un pedazo del pastel, quien se consideraba
especialmente agraviada era Alemania. Resultaba paradójico que el país que
acogió la cita internacional en la que se reguló el proceso de distribución del
continente llegase tarde al mismo, logrando sólo cuatro territorios de relativo
valor (Camerún, Togo, Tanganica y Namibia) en comparación con las posesiones
británicas y francesas.
Asia
tampoco escapó a las ambiciones occidentales, y de nuevo Gran Bretaña y Francia
fueron los alumnos aventajados. Desde el siglo XVIII la primera era la potencia
hegemónica en la península Indostánica. Primero fueron las compañías
comerciales y más tarde las autoridades coloniales las que fueron extendiendo
su control sobre el territorio o poniendo bajo su tutela (con la forma de
protectorados) a los quinientos sesenta y cinco estados principescos en que se
dividía. A lo largo del siglo XIX la India Oriental Británica se convirtió en
la joya de su imperio, al ser fuente inagotable de materias primas, de ingresos
y mercado reservado para las manufacturas británicas. Este inmenso territorio
(que incluía los actuales estados de Pakistán, India, Sri Lanka, Bangladesh y
Myanmar) era un mosaico complejísimo de estados, castas sociales, razas y
religiones (la hindú y la musulmana eran las mayoritarias) que dificultaba en
gran medida su gobernación. Además su población era cada vez más consciente de
su subordinación a un poder extranjero que les cargaba de impuestos, interfería
en sus tradiciones y les prohibía la fabricación de cualquier producto que
pudiese competir con la industria de la metrópoli. Los británicos se servían
para administrar el territorio de una parte de la población india, que enviaba
a sus hijos a educarse al Reino Unido con objeto de ingresar después en la
administración colonial. Semejante política no tardaría en mostrar resultados
contrarios a los intereses de los colonizadores. En 1907, un joven indio de
dieciocho años que estudiaba en Cambridge escribía a su padre refiriéndose a un
célebre partido nacionalista antibritánico: « ¿Has oído hablar del Sinn Féin
irlandés? Es un movimiento sumamente interesante y se parece muy estrechamente
al llamado movimiento extremista en la India. Su política consiste en no pedir
favores, sino en exigirlos». El nombre de ese joven era Jawaharlal Nehru y en
1947 se convertiría en el primer ministro del primer gobierno indio
independiente.
Los
franceses centraron su expansión en la península de Indochina, en la que habían
penetrado por primera vez durante el Segundo Imperio. Además, ambas potencias
se lanzaron, al igual que Alemania, a una carrera para conseguir beneficiosas
concesiones comerciales en el gigante asiático, China. Por aquel entonces el
Imperio chino, regido por la dinastía manchú y aquejado de profundos problemas
políticos y sociales, se encontraba en una situación de decadencia que no le
permitió frenar el avance de los misioneros y comerciantes occidentales que
penetraban en el país. Las potencias europeas se centraron en firmar tratados
con el emperador por los que se les cedían puertos en la costa y la capacidad
de comercializar productos occidentales en exclusiva en una determinada región.
La sensación de humillación de la población china aumentó todavía más cuando
otro país asiático, Japón, se sumó a los imperialistas occidentales en su afán
por hacerse con parte de las riquezas del imperio. Tras una guerra chino-japonesa
en 1894 el imperio tuvo que ceder Corea y la isla de Formosa (actual Taiwán) al
país insular, que sólo cuarenta años antes era un país asiático más,
completamente ajeno a la esfera occidental. Pero las reformas internas
comenzadas en 1868 (políticas, administrativas y económicas) a imitación de
Occidente habían transformado completamente la faz de Japón. China no fue la
única sorprendida por esta mutación. En palabras de Briggs y Clavin, «la
revolución industrial japonesa demostró también que la industrialización no era
en modo alguno monopolio de los blancos». Es más, cuando se produjo la rebelión
de los bóxers, una secta xenófoba china que tras asesinar misioneros y
cristianos chinos puso sitio a las legaciones extranjeras en Pekín, Japón se
integró en una fuerza de intervención militar occidental sin precedentes,
insólita por la colaboración bélica entre rivales como británicos y rusos,
alemanes y franceses, que aplastó a los bóxers, ocupó Pekín y expulsó a la
emperatriz gobernante.
Dadas
estas circunstancias y teniendo en cuenta las fuerzas que había puesto en
marcha la expansión colonial de Europa antes de 1914, lo que quedaba claro para
un gran número de habitantes de ese mundo globalizado era que «… cuando existen
varios imperios al mismo tiempo y cada uno pone en práctica su propia política
imperialista de expansión industrial y territorial, se convierten
inevitablemente en enemigos». El autor de esta frase fue el economista
británico J. A. Hobson y forma parte de un famoso estudio que publicó en 1902
sobre el fenómeno imperialista. Ni él mismo era consciente entonces de lo
acertado de su análisis y de las consecuencias dramáticas que podía tener.
§.
Una familia no del todo bien avenida
Pero
por el momento, a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, las potencias
europeas se esforzaban por centrarse en sus problemas internos, en asegurar que
la expansión colonial proporcionase riqueza interior y en que las rencillas
heredadas del pasado no desembocasen en un nuevo conflicto militar. El creador
de un nuevo punto de equilibrio en las relaciones internacionales europeas fue
Bismarck. Hombre sumamente hábil tanto en la política como en la guerra,
desarrolló con anterioridad a su renuncia en 1891 todo un sistema de tratados
(tanto públicos como secretos) con diferentes potencias con un doble objetivo:
mantener aislada a Francia (enemigo tradicional de Prusia) y lograr la
indiferencia de Reino Unido hacia los asuntos continentales. Bismarck estaba
convencido de que para lograr un estado de cosas favorable en Europa necesitaba
tener a los británicos centrados en la organización de su inmenso imperio
ultramarino, de ahí que no tuviese entre sus prioridades una potencial
expansión colonial que pudiese incomodar a la potencia insular. El fruto más
acabado de esta estrategia fue la Triple Alianza entre Alemania,
Austria-Hungría e Italia (el cinturón de seguridad contra Francia) firmada en
1882 y confirmada periódicamente hasta 1912, aunque desde 1902 Italia jugaba en
secreto a dos barajas con Francia. Fue su testamento político, puesto que tres
años antes había subido al trono alemán un nuevo y joven emperador, Guillermo
II, de talante más agresivo e irreflexivo que el del anciano canciller y, sobre
todo, con ideas propias que no estaba dispuesto a discutir con nadie. El nuevo
emperador exigió el mismo año que se renovó la alianza la renuncia de Bismarck
y seguidamente decidió no restablecer un tratado por el que se aseguraba la
neutralidad de Rusia en caso de guerra. Francia no dejaría pasar una
oportunidad tan clara: Rusia era en esos momentos uno de los países que se
estaba industrializando más deprisa y el capital francés tenía ya un importante
protagonismo en las inversiones en el imperio de los zares. En 1894 Francia y
Rusia firmaban un tratado de alianza que parecía contra natura (el régimen
republicano más progresista de Europa se aliaba con la monarquía más
retrógrada), pero pese al escepticismo general, el intercambio de inversión de
capital por amistad diplomática hizo que, sorprendentemente, funcionase.
Gran
Bretaña, mientras tanto, comenzaba a inquietarse. Al terminar el siglo Alemania
le había superado como primer productor industrial de Europa (el primero
mundial era Estados Unidos) y el comercio alemán también amenazaba con acabar
con la supremacía británica en los mares. Para colmo, Guillermo II estaba
obsesionado con conseguir un reajuste del reparto colonial del mundo más
favorable para Alemania, y aceptó la propuesta de su consejero, el almirante
Alfred von Tirpitz, de construir una poderosa armada de guerra que pudiese
contribuir a dicho objetivo. Reino Unido consideró los planes de Alemania como
una amenaza velada a sus intereses por lo que, pese a tener múltiples recelos
hacia Francia fruto de los roces surgidos en la carrera colonial, abandonó
disimulada y progresivamente su aislamiento respecto de los asuntos
continentales. El resultado fue la firma, en 1904, de la Entente Cordiale, en
principio un tímido acuerdo de apoyo mutuo en caso de protestas de terceros
contra uno de los firmantes, pero que demostraría con el tiempo ser una alianza
de una solidez extraordinaria.
Así,
en la primera década del siglo XX el equilibrio de poder había cambiado
profundamente en Europa. Del sistema bismarckiano, cuidadosamente calculado,
construido como un mecanismo de relojería y que consiguió sostener durante
décadas unas relaciones internacionales que parecían asegurar la paz, se pasó a
un sistema dual de alianzas que introducía inseguridades de base. Parecía haber
cierto equilibrio, pero poco a poco habían ido surgiendo elementos de rivalidad
entre las principales potencias en lo económico, en lo político y en lo
cultural. Aun así, nada hacía presagiar para entonces que pudiese estallar una
guerra destacable. Siempre podría haber conflictos aislados en alguna parte
remota de Europa o el mundo, pero un conflicto entre potencias como había sido
la última gran guerra del XIX, la guerra franco-prusiana, no parecía verosímil
a esas alturas… ¿o quizá sí?
Capítulo
2
La
Europa de la belle époque
Con
frecuencia resulta difícil para quienes no son especialistas en la materia
evocar la imagen de los primeros años del siglo XX sin mezclarla de forma
inevitable con la de las últimas décadas de la centuria precedente. Casi todo
el mundo posee sin embargo una imagen más clara (más o menos estereotipada y
más o menos imprecisa) de los llamados años veinte, con sus mujeres modernas de
pelo corto, su música bailable y animada y su drástico final marcado por el
crac de 1929. Que la Primera Guerra Mundial (1914-1918) determinó la distinción
entre ambos períodos resulta tan evidente como que el segundo de ellos no puede
entenderse sin atender a las consecuencias del inhumano conflicto que desgarró
a Europa durante cuatro largos años. Del mismo modo, tratar de acercarse a la
Primera Guerra Mundial resulta imposible sin hacerlo a los primeros catorce
años del siglo XX, y no sólo porque en ellos se encuentren sus causas más
inmediatas, sino también porque difícilmente puede valorarse el impacto que la
guerra supuso sobre la historia contemporánea europea sin detener la mirada
sobre la sociedad que, convencida de que habría de durar apenas unas semanas,
vio estallar el enfrentamiento bélico en el verano de 1914.
La
historia política, social, económica y cultural del siglo XX está
imborrablemente marcada por la dinámica de sus primeros catorce años, una época
de prodigioso frenesí creativo en todos los terrenos de la actividad
intelectual y artística en la que se establecieron las bases sobre las que en
buena medida discurriría el resto del siglo. La sociedad de masas, la economía
de consumo, el boom de las comunicaciones, la lucha por la igualdad de
derechos, la aparición de nuevos grupos sociales vinculados al imparable
crecimiento urbano, el cuestionamiento de lo establecido como actitud vital, la
tecnologización de la vida cotidiana o la liberación sexual, entre otras muchas
cuestiones, encontraron sus primeras manifestaciones en un sentido
contemporáneo en los años que precedieron a la Gran Guerra. La acumulación de
hitos esenciales para el nacimiento de la sociedad contemporánea es tal en esos
años que frecuentemente los historiadores se refieren a ellos como revolución o
crisis de comienzos del siglo XX. Adentrarse en su historia es un viaje
apasionante que deja siempre sin aliento por lo sorprendente y sin palabras por
lo familiar que cien años después aún resulta.
§.
Una frontera confusa: Fin de siècle y belle époque
Si
en un ejercicio de imaginación el lector cierra los ojos y trata de evocar a un
hombre o una mujer de comienzos del siglo XX muy probablemente acudirán a su
cabeza las figuras de una dama elegantemente ataviada con un vestido ceñido en
el talle, larga falda hasta los pies, corpiño de cuello alto, un vistoso
sombrero y una sombrilla para protegerse del sol. Si el elegido es un hombre la
imagen será asimismo de un individuo de aspecto cuidado, traje oscuro de buen
paño, chaqueta más larga que las actuales, corbata ancha, quizá bastón y por
supuesto sombrero. En ambos casos el entorno fácilmente será el de una calle
amplia de una ciudad grande heredera de los paseos luminosos propios del
urbanismo decimonónico. Sin hacer un gran esfuerzo podrá ver algún medio de
transporte, ¿a caballo?, ¿o quizá un tranvía?, incluso algún automóvil de
gasolina. Y esa calle probablemente podría estar concurrida por todo tipo de
personas, varias niñeras paseando niños, algún militar de uniforme, otras damas
parecidas a la nuestra… ¿Y si el ejercicio se propone para la última década del
siglo XIX? La imagen seguirá prácticamente idéntica salvo por alguna pequeña
modificación en los trajes para hacerlos menos sencillos y la sustitución del
automóvil y el tranvía por unos carruajes de caballos con sus respectivos
cocheros. Una imagen en definitiva consagrada mil veces por el cine e incluso
la literatura pero que sólo en parte se ajusta a la realidad de las sociedades
europeas en torno a 1900.
Si
bien es cierto que con el inicio hacia 1870 de la denominada Segunda Revolución
Industrial Europa vivió una notable aceleración del proceso de urbanización
característico del mundo industrializado, no es menos verdad que a finales del
siglo XIX la mayor parte de la población europea continuaba viviendo en el
entorno rural y sus condiciones de vida distaban bastante de las que empezaban
a ser frecuentes en las grandes ciudades. Por otra parte, el proceso de
urbanización no era homogéneo en todo el continente pudiendo distinguirse entre
un centro dinámico formado por las islas Británicas y el eje de países
articulado en torno a Bruselas-Milán, y una periferia integrada por toda la
Europa meridional y oriental en la que el proceso de industrialización se desarrollaba
más lentamente y, en consecuencia, también la modernización de sus sociedades.
¿Por
qué entonces se ha popularizado una imagen tan distinta y qué hay de cierto en
ella? Si la Europa que inconscientemente evocamos al pensar en el inicio del
siglo pasado es claramente urbana se debe a la trascendencia que para la
historia posterior tuvieron los hechos que por esos años acaecieron
precisamente en el entorno urbano: la consolidación de la sociedad de masas con
su trasunto económico (el consumo como motor de la economía), cultural (la
extensión de la alfabetización, la popularización de los medios de comunicación
y el surgimiento de la opinión pública en un sentido contemporáneo) y político
(el asentamiento de la democracia liberal y el nacimiento de los partidos
políticos de masas). La importancia de todos estos cambios para nuestra historia
es tal que explica la frecuencia con que los trabajos que se centran en estos
años fijan su atención en el mundo urbano dibujando unas dinámicas sociales en
las que las ideas y los procesos de renovación circularon fundamentalmente de
la ciudad al campo. Para hablar pues de la evolución histórica de Europa en su
conjunto en los años que precedieron a la Primera Guerra Mundial resulta
irrenunciable el estudio de los cambios acaecidos en las ciudades.
Y si
el aire urbano con que se evoca el comienzo del siglo XX responde en buena
medida a su esencia, también la confusión de límites con los años finales del
siglo anterior obedece a razones no menos ciertas. Las expresiones fin de
siècle (final de siglo) y belle époque (la época bella) que han excedido el
ámbito de la historiografía para incorporarse al imaginario popular son
conceptos algo resbaladizos que definen el clima espiritual de Europa entre,
aproximadamente, 1885 y 1914. Esta consideración conjunta de los últimos años
del siglo XIX y los primeros del XX obedece a la presencia en dicho período de
fuertes elementos de continuidad en la percepción que los europeos tenían de sí
mismos y del mundo que les rodeaba. No en vano, la historiografía inglesa ha
acuñado la expresión turn of the century para referirse a esta etapa como algo
coherente. Y es que una de las ideas esenciales que deben tenerse claras a la
hora de acercarse a la Europa anterior a la Gran Guerra es que la visión del
mundo entonces dominante era la heredada de los últimos diez o quince años del
siglo XIX. A lo largo de los catorce años que precedieron al estallido de la
guerra tal visión del mundo revelaría sus más profundas tensiones internas
dando lugar a la irrupción de nuevas y en muchos casos revolucionarias
corrientes de pensamiento e interpretación de la realidad, corrientes que
acabarían por ser determinantes para el resto del siglo pero que, no debe
olvidarse, fueron en su momento minoritarias. De ellas y de los cambios que vinieron
de su mano nos ocuparemos en las próximas páginas pero, antes de la excepción,
es preciso detenernos en la norma, y la norma en la Europa de 1900 era la de
considerar nuestro continente y los logros de su civilización como la más
acabada expresión de la capacidad y el espíritu humanos. Una Europa segura y
orgullosa de sí misma abría entonces los brazos a un cambio de siglo del que
sólo cabía esperar cosas buenas. Pocas veces percepción y realidad han
resultado tan mala pareja de baile.
§.
Europa, centro del mundo
A lo
largo de las décadas finales del siglo XIX y al compás que el proceso de
industrialización se extendía por todo el continente, Europa conoció una etapa
de crecimiento constante que no sólo tuvo su reflejo en una creciente
demografía, sino muy especialmente en la mejora de las condiciones de vida de
la mayor parte de su población que comenzó a disfrutar de las consecuencias de
una fase de expansión económica sin precedentes. La internacionalización de la
economía vinculada al colonialismo, la mejora de las comunicaciones gracias al
ferrocarril y los nuevos sistemas de navegación, la rara ausencia de grandes
conflictos bélicos, la puesta en marcha de políticas de alfabetización en
prácticamente todos los países europeos y, sobre todo, la increíble sucesión de
descubrimientos aplicables de forma directa a la vida cotidiana, convencieron a
los habitantes de Europa de que en ninguna otra parte del mundo ni en ninguna
otra época de la historia la humanidad había logrado un grado de desarrollo,
prosperidad y civilización comparables a las alcanzadas por el viejo
continente. En palabras del profesor José Luis Comellas: «El último tercio, o
si se quiere, el último cuarto del siglo XIX, tiene algo de edad dorada,
dichosa, carente de grandes problemas, y llena de alicientes y momentos gratos.
La mayor parte de Europa vive una época feliz, y no puede sino esperar mayor
felicidad todavía».
Pese
a las desigualdades inherentes al desarrollo del capitalismo industrial, las
condiciones de vida del común de la población europea mejoraron notablemente en
la etapa referida, de suerte que, como recuerda Donald Sassoon, «a pesar de que
seguían prevaleciendo las largas horas de trabajo y unas condiciones de
explotación, y a pesar de que la agricultura empleaba, prácticamente en toda
Europa, más gente que la industria, los días más oscuros del capitalismo
parecían haber llegado a su fin. Los salarios de los trabajadores no
cualificados en Alemania, Francia y Gran Bretaña subieron con regularidad
durante el período comprendido entre el año 1880 y la Primera Guerra Mundial, y
al mismo tiempo el coste de su principal comida, el pan, descendió».
Por
otra parte, la ciencia parecía avanzar de forma inexorable abriendo las puertas
de un mundo mucho más cómodo y próspero de lo que ninguno de sus contemporáneos
se hubiese atrevido a imaginar. Desde 1876 la comunicación oral entre personas
alejadas en el espacio era posible gracias al teléfono y tan sólo un año más
tarde, quien en 1879 daría al mundo la posibilidad de iluminarse con bombillas
eléctricas, Thomas Alva Edison, dejó claro para la posteridad que «María tenía
un corderito» (Mary had a little lamb) al registrar por primera vez con tales
palabras la voz humana en un aparato capaz de captarla y reproducirla, el
fonógrafo. En 1885 el norteamericano George Eastman hizo de la fotografía algo
al alcance de muchos gracias a la primera cámara portátil, mientras que la
linotipia de Ottmar Mergenthaler (1886) y la monotipia de Tolbert Lanston
(1889) hicieron posible las grandes tiradas impresas gracias a las que
cristalizó la prensa de amplia circulación. En 1890 la telegrafía sin hilos de
Heinrich Hertz (o de Marconi, Branly, Lodge o Stepanovich, según a quien se
quiera escuchar) posibilitaba la comunicación transatlántica casi inmediata, y
tres años más tarde se podía ver un coche impulsado por gasolina desplazándose
como por arte de magia. En 1895 Röntgen descubría los rayos X y los hermanos
Lumière democratizaban la posibilidad de soñar con otros mundos a la que antes
de su cinematógrafo sólo podían acceder quienes sabían leer. En 1896 Henri
Becquerel descubrió el fenómeno de la radiactividad (aunque tal nombre se
debería a los trabajos posteriores de Marie Curie) y en 1887 apareció el primer
motor diesel, de modo que, como apunta el historiador Robert Palmer, «si la
ciencia se hizo positivamente popular a partir de 1870, aproximadamente, hasta
el punto de que las personas científicamente ignorantes la miraban como un
oráculo, fue porque se manifestaba ante todos en las nuevas maravillas de la
vida cotidiana».
Nada
tiene pues de raro que una Europa próspera se sintiese segura de sí y
percibiese el progreso como un proceso irreversible fruto del esfuerzo de una
civilización durante siglos que por fin podía recoger sus más ricos frutos. El
mundo, colonizado por su bien pues así podría beneficiarse del proceso
civilizador, estaba a los pies de un continente en el que la economía crecía
imparablemente, los sistemas políticos de corte democrático se consolidaban
pese a sus limitaciones, la sociedad se ordenaba conforme a criterios de
civilidad burguesa reconocibles, la medicina y la extensión de las condiciones
higiénicas garantizaban la mejora del nivel de vida y el bienestar material
ofrecido por los avances técnicos no conocía parangón. En ese escenario la
llegada de un nuevo siglo era, sencillamente, la mejor noticia posible: cien
largos años por delante para continuar la carrera del progreso y extender los
valores que habían hecho de Europa el centro del mundo. Por si alguien podía
tener dudas de ello, la ciudad de París se encargó de recordarlo en su
increíble Exposición Universal de 1900.
§.
La esperanza del siglo XX
Como
recuerda José Luis Comellas, «el año 1900 —como de costumbre, con un error de
anticipación— fue celebrado como nunca en la historia, en los discursos y
proclamas de los jefes de Estado, en las cancillerías, en los actos oficiales,
en las fiestas de la calle, y en los hogares también. Nunca hasta entonces se
había celebrado un cambio de siglo con tantas y tan emocionantes solemnidades.
Todas o casi todas ellas, por supuesto, cuajadas de buenos augurios y mejores
deseos, como corresponde al caso». Entre todas esas celebraciones la Exposición
Universal de París expresó como pocos eventos el espíritu reinante en Europa a
comienzos de siglo.
Una
enorme escultura femenina (alegoría de la ciudad) de más de seis metros
encaramada sobre un portal pensado para permitir el tráfico de unas setenta mil
personas por hora recibía al visitante. Desde la explanada de Los Inválidos
hasta el Campo de Marte, a lo largo de una de las orillas del Sena, y en el
espacio comprendido entre los Campos Elíseos y la plaza del Trocadero, en la
otra, la exposición era un gigantesco escaparate comercial, científico y
cultural en el que los distintos países europeos se afanaron por presentar la
imagen de sí mismos que deseaban proyectar. Los impresionantes pabellones
nacionales del lado del Campo de Marte acogían las más increíbles muestras del
progreso técnico que hacía henchirse orgulloso al continente: salas dedicadas a
la metalurgia y sus aplicaciones, al funcionamiento de los rayos X, a la
creación de ilusiones ópticas, pasarelas que se movían a diversas velocidades
gracias al impulso eléctrico, un Palacio de la Electricidad alumbrado por la
abrumadora cantidad de cinco mil bombillas… En palabras de Philipp Blom, «bajo
los torreones, los putti y los pergaminos rococó de la arquitectura oficial de
la exposición, el visitante encontraba un mundo diferente: una modernidad
ambiciosa y segura de sí misma. Máquinas relucientes por todas partes y nuevos
motores e inventos abarrotaban las salas de exposición».
Al
otro lado del Sena las civilizadas y petulantes naciones europeas que habían
llegado a todas partes del mundo quisieron traer el mundo hasta París. Los
pabellones coloniales recreaban para mayor disfrute de los visitantes unas
tierras que cada vez resultaban menos lejanas. Blom lo describe del siguiente
modo: «Era un mundo colorido y fascinante y, sobre todo, inofensivo. El público
podía comprar en el zoco de El Cairo; admirar a los artesanos argelinos y comer
en restaurantes chinos; visitar la pagoda camboyana y contemplar a nativos
felices y satisfechos vestidos con trajes multicolores. En el pabellón del
Congo francés, a los nativos se les veía especialmente bien alimentados; ellos
también lucían bellos trajes típicos. Mujeres con grandes jarrones en la cabeza
paseaban junto a los espectadores curiosos entre la vegetación exuberante de la
selva tropical […] En el pabellón de la India, los visitantes podían ver un
grupo de animales embalsamados, incluido un elefante con la trompa en ristre,
gallinas, un jabalí y una serpiente lista para atacar, y, muy cerca de allí, a
una familia de jaguares y un ibis rosado». Los pabellones coloniales eran pues
tan elocuentes como los tecnológicos a la hora de reflejar la idea que Europa
tenía de sí misma y de los valores que encarnaba: progreso, civilización,
opulencia, dominio, seguridad… armas todas ellas con las que encarar
inmejorablemente un prometedor futuro.
El
mensaje era evidente y se transmitía de modo eficaz a todo aquel que se
acercaba a la capital francesa. La Exposición Universal no fue un evento para
grupos sociales acaudalados; lejos de ello, las condiciones de vida que habían
comenzado a disfrutar los habitantes del continente unos años antes permitieron
el paso por los pabellones parisinos de la increíble, incluso para nuestros
días, cantidad de casi cincuenta millones de visitantes. Cincuenta millones. El
mundo había cambiado y la sociedad de masas despuntaba en el horizonte.
Una
vez más, la ciudad era el escenario de una de las transformaciones sociales más
características de comienzos del siglo XX. El capitalismo industrial había
encontrado su perfecto aliado en el consumo. Las nuevas técnicas de producción
industrial como la cadena de montaje habían alejado el valor de lo artesanal al
ofrecer bienes producidos con menor coste para un público creciente que,
fundamentalmente en la ciudad, se acercaba a ellos como moscas a la miel. Aún
habría que esperar varias décadas para que esa realidad terminase por alumbrar
la economía de consumo de masas (que no apareció hasta después de la Segunda
Guerra Mundial), pero el consumo como valor social y el mundo de las masas ya
habían irrumpido en la escena europea.
Probablemente
dos de sus más visibles expresiones fueron la popularización de los medios de
comunicación, en particular la prensa y el cine, y la difusión de nuevos
espacios de sociabilidad y consumo como los cabarets, los cafés-cantantes, los
clubes sociales y deportivos y, sobre todo, los grandes almacenes comerciales.
La felicidad y el consumo se presentaban de la mano, pero también la toma de
conciencia política como grupo social y la opinión pública. El siglo XX estaba
servido.
§.
¡Compren, compren, compren!
Como
recuerda Donald Sassoon, «el último cuarto del siglo XIX asistió al nacimiento
de la prensa popular de gran difusión en Francia, Gran Bretaña, Alemania y
Estados Unidos […] Antes del nacimiento del cine, la prensa era el mercado
cultural de mayores dimensiones, pues superaba en tamaño al negocio editorial y
sus cifras eran bastante más elevadas que las del teatro». Los importantes
avances en la alfabetización de la sociedad logrados en torno al cambio de
siglo (incluso en España, país especialmente atrasado y en el que la Ley Moyano
de 1857 había establecido con escaso éxito la obligatoriedad de la educación
primaria para niños y niñas, el nuevo siglo se estrenó con la creación del
Ministerio de Instrucción Pública) generaron un creciente mercado lector
especialmente numeroso en las ciudades. Los avances tecnológicos permitían dar
respuesta y alimentar la nueva situación, pues las modernas rotativas podían
imprimir miles de ejemplares a velocidades sorprendentes (hasta 100.000 por
hora). Los ciudadanos del nuevo siglo empezaban a tener a su alcance algo que
hoy nos parece irrenunciable: la información accesible e inmediata a los
hechos. Cualquier suceso relevante que acaeciese en una ciudad europea de
comienzos del siglo podía ser inmediatamente comunicado salvando la distancia
física a través de un teléfono y, en unas pocas horas, la prensa diaria de las
ciudades llevaba la noticia al gran público pues, como afirma José Luis
Comellas, «en el momento del cambio de siglo tienen ya su periódico propio no
sólo las ciudades importantes, sino las medianas y pequeñas». Así, ya en 1910,
París contaba con el nada desdeñable número de setenta periódicos, vendiéndose
un ejemplar por cada seis o siete habitantes, cifra inalcanzable para urbes
menos desarrolladas como Madrid o Barcelona pero en las que las tiradas de
prensa diaria, pese a las diferencias de alfabetización, rondaban los 6000
ejemplares.
La
prensa, entonces como ahora, no era sólo un vehículo de información, sino
también de creación de opinión pública, como evidenciarían casos como el
escándalo Dreyfus en Francia o la aparición de periódicos vinculados a un
partido político en todos los países de Europa. Pero también se reveló como
eficaz transmisora de cultura y un magnífico escaparate para la incipiente
publicidad vinculada al consumo. Lociones capilares para mantener a raya la
alopecia, sales de baño dignas de Cleopatra, tónicos para los nervios
femeninos, elixires prodigiosos para todo tipo de dolencias, artilugios
ortopédicos de lo más diverso… todo encontraba un lugar entre la información
sobre los países vecinos, las acaloradas discusiones de los parlamentos
locales, los crímenes más sorprendentes y los ecos de sociedad más notables. La
silueta de una mujer elegante con un paquete de cereales en la mano recordaba a
las amas de casa inglesas que no había mejor desayuno para sus esposos que los
cereales Kellogg’s, mientras que una adorable ancianita compartía una papilla
de Maizena con su no menos adorable nieta asegurándose la alimentación más
completa en las páginas de la prensa española.
La
prensa urbana fue asimismo un importante resorte para la difusión de ciertas
formas de cultura popular como las novelas por entregas o los folletines. Entre
las primeras alcanzaron gran éxito los relatos de espías, detectives y
aventuras que convirtieron a autores como Emilio Salgari en auténticos ídolos
populares. En algunos casos la prensa llegó a publicar por entregas algunas de
las hoy consideradas obras cumbres de la literatura del siglo XX, casos de
Resurrección o Ana Karenina de Lev Tolstoi (publicadas en el periódico
socialista italiano Avanti). Por su parte, los folletines se dirigían al cada
vez más numeroso público lector femenino, cuyo incremento imparable a lo largo
de los primeros años del siglo terminaría motivando una verdadera eclosión de
títulos periódicos especialmente dirigidos a mujeres como la revista inglesa
Women’s World (1903) o la española El Hogar y la Moda (1909). Como apunta
Donald Sassoon, «el aumento de la prosperidad había creado un significativo
mercado para las mujeres de clase media, que controlaban una apreciable parte
del presupuesto familiar». Y a esa parte del presupuesto se dirigían con tono
melifluo los anuncios de los nuevos productos de la sociedad industrial.
Las
ciudades crecían, los tiempos cambiaban y el consumo se hacía un hueco entre
los europeos. Signo de los nuevos tiempos, en los que por primera vez en la
historia cristalizaba la idea de ocio como bien de consumo, fueron sin duda
alguna los cines. Desde que en 1895 los hermanos Lumière presentaron a sus
estupefactos contemporáneos el cinematógrafo, la industria del cine se extendió
imparablemente por todo el mundo. Las imágenes en movimiento fascinaban a
todos, independientemente de la edad, formación, clase social o sexo. Además,
desde sus inicios el cine fue un entretenimiento popular al que se podía
acceder haciendo un pequeño gasto asequible para casi toda la población.
Precisamente por ese carácter popular, los primeros cines fueron itinerantes de
modo que a comienzos del siglo XX era posible ver películas en cafés
concurridos, teatros de variedades o ferias ambulantes. Las primeras películas,
de metraje breve, ofrecían al espectador pequeñas historias cómicas o
variedades circenses que pronto se quedaron cortas para un público que pedía
más. Para responder eficazmente a sus demandas el cine tenía que acercarse más
al teatro: hacían falta actores profesionales, directores, guionistas,
especialistas en iluminación, tramoyistas, decorados…, es decir, había que
convertirlo en una industria profesionalizada para que pudiese ofrecer su
máxima rentabilidad. Hacia 1910 el proceso ya había comenzado. Las
posibilidades económicas de la nueva industria no pasaron inadvertidas para los
franceses León Gaumont y los hermanos Pathé, que en los años previos a la
Primera Guerra Mundial encabezaron la industria cinematográfica en toda Europa
abriendo sucursales desde Moscú hasta Barcelona y que, en 1910, se lanzaron a
la comercialización de películas más largas en salas especialmente concebidas
para su proyección. Fuera de Europa también el cine empezaba a
profesionalizarse, y así en 1911 David Horsley, sin imaginar la trascendencia
de sus actos, creó el primer estudio cinematográfico en Hollywood.
Las
nuevas salas de proyección ofrecían al público un sueño envuelto en lujo y
comodidad cuyo más destacado exponente en Europa fue el Gaumont Palace de París
inaugurado en 1911. Tenía capacidad para más de tres mil espectadores que eran
recibidos en un magnífico edificio de fachada iluminada por bombillas
eléctricas. Las filas de cómodas butacas y la orquesta situada en un foso
aseguraban a quienes se acercaban al Gaumont Palace una experiencia
inolvidable. Las nuevas salas de cine se extendieron rápidamente por toda
Europa de modo que hacia 1912 Londres pasaba de las cuatrocientas, Manchester
de las cien y Budapest de las noventa, mientras que en San Petersburgo se
habían levantado réplicas exactas de algunas de las más elegantes salas
francesas.
Las
nuevas películas de guiones cuidados y valor dramático ponían además al alcance
de la mano experiencias que hasta entonces habían estado reservadas a las
clases acomodadas y cultas, experiencias que habían dejado de ser únicas puesto
que merced a la técnica podían repetirse hasta la saciedad. Philipp Blom lo
explica con toda claridad al afirmar: «Durante el siglo XIX, si uno quería
compartir la leyenda de la gran Sarah Bernhardt (1844-1923), la divina, toda
una estrella ya antes de 1900, tenía que comprar una entrada bastante cara en
un teatro de París, de Estados Unidos, San Petersburgo o Londres durante una de
las giras de la actriz. Si se la quería ver una vez iniciado el siglo, cuando
aún interpretaba papeles jóvenes pese a tener más de sesenta años, sólo había
que esperar que se estrenara una de sus películas y ver algo que se consideraba
la cumbre del teatro, daba igual si uno vivía en la capital, en un pueblo de
los Pirineos o en un barrio pobre de Lisboa, Cracovia o San Francisco».
El
cine, la prensa y la fotografía habían cambiado por completo las posibilidades
de ocio e información de los europeos de comienzos del siglo XX creando nuevos
espacios de sociabilidad popular de carácter masivo y, en consecuencia,
generando un imaginario de masas lleno de nuevos ídolos laicos hasta entonces
desconocido. Como recuerda Philipp Blom: «Ninguna estrella antes de Bernhardt
(el apogeo de su carrera coincidió con la aparición de los periódicos de gran
tirada y de las reproducciones fotográficas, como tarjetas postales) había
estado tan presente en el ojo público con tantos detalles personales, maneras
de ser y todos los deliciosos condimentos de la mitología privada. La ocasional
costumbre de Bernhardt de dormir en su ataúd (y hacerse fotografiar en él) dio
lugar a tantos comentarios como su exótico zoo particular, que incluyó, en
diferentes épocas, a un león, un lince, una cría de cocodrilo que murió
accidentalmente después de que le dieran a beber demasiado champán, y una boa
constrictor que murió tras ingerir el cojín de un sofá». En los bolsillos de
muchos europeos de la época comenzaban a convivir en rara armonía estampas de
vírgenes y santos con postales de estrellas de cine.
Y
junto con los cines, los grandes almacenes comerciales se erigían como símbolos
de un tiempo nuevo marcado por la idea de consumo. Desde finales del siglo XIX
y como reflejo lógico de la abundancia de bienes de consumo generados por la
producción industrial, comenzaron a aparecer grandes puntos de venta no
especializados. Pocos lugares como aquellos simbolizaron la opulencia soñada
por la Europa del cambio de siglo con sus suntuosos edificios y la abrumadora
variedad de los productos ofrecidos para la venta. Las galerías Lafayette de
París, los también parisinos almacenes Dufayel (cuyo sótano albergaba una sala
de cine para más de mil espectadores), los almacenes Harrods de Londres o los
moscovitas Muir & Mirrilees se inauguraron entonces.
Los
grandes almacenes de comienzos del siglo XX, por sorprendente que pueda
resultar para el lector actual, eran, en su filosofía, prácticamente idénticos
a los que hoy llenan las calles de todas las ciudades del mundo. Gran variedad
de productos destinados al consumo doméstico, desde alimentos importados a
muebles, pasando por dispositivos tecnológicos como los gramófonos, discos,
libros y por supuesto la última moda. Como hoy, también era posible comer,
cenar o tomar un café acompañado de algún capricho a media mañana o media tarde
para descansar de una jornada de compras. Si el precio de algún producto
excedía la capacidad de compra de un cliente, los grandes almacenes ofrecían la
posibilidad de pagarlo de forma fraccionada asumiendo cierto interés a cambio.
Incluso la mezcla de gran almacén con un lugar de ocio también estaba ya a la
orden del día, pues como hemos visto algunos de ellos contaban con salas de
cine como forma de atraer potenciales compradores. Las posibilidades de consumo
abiertas por los grandes almacenes no se limitaron a su entorno más inmediato
ya que gracias a los innovadores sistemas de compra telefónica (que tampoco son
nuestros) y a sus completísimos catálogos por correo consiguieron llegar a los
puntos más insospechados de venta. Sirva como muestra elocuente la anécdota que
recuerda Philipp Blom: «En Moscú, Muir & Mirrilees despachaban sus
mercancías a todo el Imperio ruso. Desdichado en su casa de Yalta, Anton Chéjov
dependía tanto de los productos de calidad de los grandes almacenes moscovitas,
que llamó Muir y Mirrilees a sus dos perros».
§.
El sueño de la burguesía
El
consumo empezaba a perfilarse como uno de los motores esenciales de la economía
europea en un mundo en transformación que se modernizaba a pasos agigantados.
La sociedad había cambiado al compás de los nuevos tiempos. La
industrialización, la irrupción de los avances tecnológicos en la vida
cotidiana, el desarrollo de las ciudades y en ellas de nuevos grupos sociales,
comenzaban a dibujar la sociedad moderna. La mejora general de las condiciones
de vida desde el punto de vista material facilitó tal proceso, de suerte que
como afirma Donald Sassoon, «en la práctica, entre los verdaderamente ricos
(los terratenientes, los principales banqueros y los industriales) y los
auténticamente pobres (los desempleados, esto es, las llamadas “clases
peligrosas”) existían diversos grupos sociales, separados entre sí por pequeñas
diferencias de ingresos y posición (los trabajadores de cualificación media,
los trabajadores cualificados, los tenderos, los oficinistas, etcétera), de
modo que no había una acusada distancia entre las clases. Sólo de los realmente
pobres podía decirse que tuvieran un estilo de vida muy distinto al de los
grupos que lindaban socialmente con ellos». Ello no quiere decir que Europa
fuese exactamente la sociedad opulenta que deseaba ser, o que no existiesen
desigualdades sociales. De hecho, la distancia entre los más pobres y los más
ricos era mucho mayor que la que en esas mismas sociedades existe en nuestros
días. Pero, sin confundir la realidad con el deseo, lo cierto es que en los
años previos a la Primera Guerra Mundial la vida se había convertido en algo
mucho más cómodo para los europeos que lo que había sido para la generación de
sus abuelos o sus bisabuelos, y existían en el espectro social muchos más
pequeños grupos intermedios que en épocas anteriores. Nada tiene pues de raro
que la principal promotora de aquel modelo social, la burguesía, que había
triunfado con él, después de la guerra se refiriese con nostalgia a aquellos
años como belle époque.
El
modelo social imperante, es decir, el comúnmente aceptado como referencia moral
y meta deseable desde los últimos años del siglo XIX y que se extendió a los
catorce primeros del XX, fue sin lugar a dudas un modelo social de cuño
burgués. De la mano del desarrollo industrial y el consumo, la burguesía fue
adquiriendo un peso creciente en las sociedades europeas y si la aristocracia
había sido tradicionalmente la clase dominante, ahora el control del capital,
la posesión de dinero, comenzó a mostrarse tan efectiva para acceder a los
resortes de control del poder como antes lo había sido en exclusiva la cuna. El
capitalismo entronizaba al capital, y como han demostrado las políticas
matrimoniales adoptadas por la aristocracia europea en esas fechas, en no pocas
ocasiones las antiguas clases dominantes comenzaron un acercamiento a la nueva
aristocracia del dinero encarnada, a veces, por apellidos sin rastro noble
alguno como Rothschild o Vanderbilt pero llenos de dinero.
Por
otra parte, la compleja burocracia estatal vinculada a las cada vez más
consolidadas democracias liberales y la nueva realidad socioeconómica impuesta
por el desarrollo industrial en el mundo urbano ofrecían nuevas posibilidades
de ascenso social no sólo a la burguesía posesora del capital, sino también a
la que podía presumir de una buena formación. Desde los funcionarios públicos
hasta los empleados de banca, una amplia gama de grupos que pueden considerarse
burgueses y que, lo que es aún más importante, se veían a sí mismos como
burgueses, se convirtieron en una parte destacada del paisaje humano de
comienzos del siglo pasado. Eran la encarnación más evidente de la prosperidad,
el progreso, la civilización y la moral que Europa había convertido en sus
grandes señas de identidad.
Incluso
el modelo familiar habitual en esos días y, claro está, las relaciones de
género, respondían a un ideal que procedía de la burguesía: la actividad
entendida como virtud, el hogar como escenario de estatus y moralidad
encomendado a la mujer, la representación familiar fuera del ámbito doméstico
depositada sobre el hombre, el rol productor de este y reproductor de aquella,
la formación intelectual de unos y otros para ajustarse correctamente a tal
papel y, sobre todo, la importancia que con todo ello se atribuía a la forma, o
«las formas», que pasaban a entenderse como la mejor muestra del ideal social.
El escritor Stefan Zweig (1881-1942) refiriéndose a las mujeres reflexionaba
del siguiente modo acerca de ello: «Cuanto más quería una mujer parecer una
dama, menos se permitía que se notaran sus formas naturales; toda la moda
seguía esa doctrina y, con ello, la tendencia moral general de la época,
preocupada básicamente por encubrir y ocultar las cosas».
La
evocación de los años previos a la Primera Guerra Mundial como belle époque
responde precisamente a la percepción que la burguesía tuvo de aquella etapa
como época dorada, pues no en vano fue su tiempo como no lo había sido antes
ningún otro. El desmoronamiento de los modelos sociales que inevitablemente
supuso la guerra tiñó de un aire nostálgico esos años de supuesta plenitud de
Europa y de los valores burgueses. «Nos divertíamos con corazón ligero,
adorábamos cada minuto de la existencia […] Cuando evoco ahora esa época
despreocupada y encantadora, todo esto parece frívolo e insignificante, pero
era la época de nuestra juventud: las tinieblas de este siglo aún no habían
invadido nuestras vidas, la guerra de 1914, con todos sus horrores, estaba
todavía agazapada en el futuro», afirmaría en sus Memorias la mujer del
político británico conservador lord Curzon. Y aunque es cierto que la guerra
estaba «agazapada en el futuro», los síntomas de los revolucionarios cambios
sociales y culturales que vendrían de su mano habían empezado a dar sus
primeras y esenciales muestras precisamente durante la belle époque como
respuesta a las tensiones del modelo. El nuevo siglo, el cambio, la modernidad…
no significaba lo mismo para todos. Cabían otras lecturas, otras percepciones
de los nuevos tiempos en las que Europa, su plenitud, su progreso material y su
supuesta superioridad moral desaparecían del centro del universo para ocupar un
lugar ominoso. De los nuevos tiempos y de sus cambios no sólo nacían las
seguridades que sostenían el modelo imperante, sino también hijos críticos que
socavaban todo aquello que buena parte de la sociedad había adoptado como
certezas.
§.
Renovarse o morir
Novedad,
modernidad, renovación. Todos ellos fueron términos que gozaron de su más alta
valoración en los primeros años del siglo XX. La sensación de progreso
constante e imparable que se había adueñado del espíritu europeo desde finales
del XIX motivada por las causas conocidas (desarrollo económico y comercial,
avances científicos de aplicación directa a la vida cotidiana, mejora de las
condiciones de vida de la mayor parte de la población…) terminó por hacer de lo
nuevo, en tanto que patrocinador del progreso, un ideal extensible a casi
cualquier cosa. Fueron los años del art nouveau (arte nuevo), la nueva mujer,
la nueva poesía, el nuevo teatro, la nueva arquitectura… y todo lo que se
presentaba bajo ese epíteto era, por el simple hecho de ser nuevo, bueno. Es
probablemente en el terreno de la novedad y del gusto por ella donde más
claramente se evidencian las tensiones inherentes a la visión del mundo
imperante que hemos venido describiendo, de suerte que la búsqueda de «lo
nuevo» fue al tiempo en aquellos años consecuencia y reacción frente a la
dinámica de los, también nuevos, tiempos. En la propia pulsión del afán por el
progreso, se gestó el germen de la quiebra del modelo que lo deificaba. La
novedad iba a ser su verdugo.
Ya
en los años finales del siglo XIX comenzaron a producirse las primeras
manifestaciones de crisis del sistema de valores sociales que Europa había
hecho suyo y, al igual que sucedería en los años anteriores a la Primera Guerra
Mundial, esas manifestaciones fueron particularmente sonoras en el campo del
quehacer artístico e intelectual. La aparición del modernismo (en todas sus
variantes nacionales, el Jugendstil alemán, el art nouveau francés, la
Secession vienesa… e incluso en sus antecedentes como el movimiento Arts and
Crafts británico) fue uno de esos síntomas. En buena medida la estética
modernista, con sus delicadas decoraciones florales, geométricas o figurativas,
surgió como respuesta a la necesidad de hacer más bello, menos uniforme, el
mundo material producido por la nueva sociedad industrial.
Las
aplicaciones del arte a la producción industrial fueron desde luego
consecuencia de los nuevos tiempos y así comenzaron a realizarse diseños
artísticos de artículos cotidianos como muebles, telas, vajillas, cuberterías o
joyas destinados a la elaboración en serie. Ejemplos destacados de ello fueron
los objetos fabricados en el taller Wiener Werkstätte vienés por artistas como
Gustav Klimt y Egon Schiele cuyo fin era decorar las creaciones arquitectónicas
de otros destacados miembros del grupo como Otto Wagner, y que constituyeron
algunas de las más acabadas muestras de la integración entre arte e industria a
comienzos del siglo XX. No menos significativo fue el desarrollo del cartelismo
como disciplina artística independiente en estos años. Toulouse-Lautrec y
Alphonse Mucha supieron aprovechar las posibilidades técnicas que ofrecía la
litografía en color para convertir el papel impreso en serie en un nuevo
soporte de expresión artística. En España Ramón Casas inmortalizaría para
siempre productos como el Anís del Mono o el cava Codurníu a través de sus
brillantes carteles. También los empresarios vieron con rapidez los posibles
usos comerciales de la nueva técnica, de modo que las propias ciudades se
convirtieron en un enorme escaparate en el que los carteles pegados en paredes
y quioscos anunciaban artísticamente las bondades de los productos a los
consumidores.
Pero
estas expresiones artísticas también respondían al deseo de encontrar un nuevo
lenguaje que sirviese de vehículo a una sensibilidad que no hallaba su espacio
en el rígido modelo emocional y formal burgués. Frente a un mundo en el que,
como se ha visto, las formas lo eran todo, buena parte de los artistas de
comienzos del siglo XX reaccionaron con fuerza contra un modelo que
consideraban contrario a la propia naturaleza humana. Iniciaron así una
liberación formal del arte que expresaba la emancipación de las ataduras del
«viejo» modelo burgués. Empleando la estética modernista artistas como Gustav
Klimt lograron escandalizar a la mejor sociedad de su tiempo al introducir de
forma explícita el erotismo en la pintura. Obras como su Judith (1901) o su Dánae
(1908) en las que se muestra sin disimulo el deseo femenino, y que hoy son
consideradas hitos de la historia del arte, fueron recibidas como una
transgresión de mal gusto de la moralidad oficial. Lo que la mayor parte de la
sociedad percibía como algo zafio era simplemente una ventana abierta a otra
forma de entender y expresar los sentimientos humanos.
El
nuevo tipo de mujer que mostraba Klimt en sus pinturas resultaba
particularmente escandaloso en una sociedad en la que las mujeres tenían un
papel claramente asignado para garantizar el mantenimiento del orden moral. Sin
embargo, en la época del cambio de siglo, en la que la nueva realidad social
vinculada al desarrollo del mundo industrial y urbano facilitaba la aparición
de nuevos grupos sociales y nuevas identidades, el papel de la mujer comenzó a
experimentar cambios decisivos. Todos los historiadores coinciden en reconocer
las décadas anteriores a 1914 como la etapa en que se gestó el cambio
revolucionario de las relaciones de género característico del siglo XX. Fue
entonces cuando el pensamiento feminista, presente en Europa desde mediados de
la centuria anterior, empezó a extenderse por el continente en el contexto del
surgimiento de la política de masas. Ya fuese en su vertiente de parte
integrante de las ideologías de liberación obrera o en la del movimiento
sufragista, el feminismo irrumpió con fuerza en los países desarrollados de
Europa.
Varios
fueron los resortes que facilitaron el inicio de una nueva presencia de lo
femenino en la sociedad siendo los más importantes el creciente acceso de las
jóvenes a los niveles superiores de la educación, una mayor libertad para
establecer relaciones sociales (facilitada por su presencia en el ámbito
laboral así como en los nuevos espacios de ocio y sociabilidad vinculados a la
sociedad de masas), y la nueva atención pública que se prestaba a las mujeres
como grupo de consumo con unos hábitos diferenciados y unos intereses propios.
Los cambios fueron deslizándose en el rígido modelo social burgués con lentitud
para desesperación de mujeres concienciadas como la entonces joven Marie Curie
que a fines del XIX, con sólo diecinueve años, escribía a su prima Henrietta
Michalowska sobre su trabajo de institutriz: «Vivo como se tiene por costumbre
vivir en mi posición […] ¿La conversación en sociedad? Chismes y más chismes.
Los únicos temas de conversación son los vecinos, los bailes, las reuniones,
etc. Por lo que al baile se refiere habría que ir muy lejos en busca de mejores
bailarinas que estas jóvenes […] No son malas criaturas; algunas incluso son
inteligentes, pero su educación no ha desarrollado su espíritu […] En cuanto a
los muchachos, hay muy pocos que sean amables y menos aún inteligentes. Para
las unas y para los otros, palabras tales como “positivismo”, “cuestión
obrera”, etcétera, son verdaderas “bestias negras”, suponiendo que las hayan
oído pronunciar alguna vez, lo cual sería una excepción […] ¡Si vieras qué
ejemplar conducta tengo! Voy a la iglesia cada domingo y días de fiesta, sin
invocar jamás un dolor de cabeza o una “gripe” para quedarme en casa. No hablo
casi nunca de la educación superior de las mujeres. Y de una manera general,
observo en mis propósitos la discreción que mi obligada condición me impone».
No
es fácil precisar en qué medida los cambios paulatinos en la situación social
de las mujeres en los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX pudieron
suponer una liberación de sus costumbres sexuales como a la que parecían
invitar los lienzos de Gustav Klimt. Aunque cabe suponer un reflejo más o menos
limitado de las nuevas corrientes de pensamiento en la realidad de las
relaciones entre hombres y mujeres, lo que es innegable es que esas nuevas
ideas encontraron eco en una parte importante de las expresiones artísticas y
literarias de la época. Así, en el año 1900, París, entre el escándalo y la
admiración, acogió uno de los éxitos literarios franceses del nuevo siglo,
Claudine en la escuela de Colette, novela en la que se planteaban abiertamente
las relaciones homosexuales de la protagonista que, por otra parte, encarnaba
todo lo que la moral imperante de la época pretendía negar. Los parisinos, con
los ojos como platos, podían leer párrafos como el siguiente: « ¡Ah, hice bien
en venir! Arriba, en el rellano la señorita Sergent la tiene cogida por la
cintura y le habla en voz baja con aire de insistir tiernamente. Da luego un
largo beso a la pequeña Aimée, que se deja hacer, se presta a ello con
amabilidad, lo prolonga incluso, volviéndose poco después mientras baja la
escalera. Me escapo sin que me vean, pero una vez más siento mucha pena.
¡Malvada, malvada muchacha! ¡Qué pronto se ha despegado de mí para entregar su
ternura y sus doradas pupilas a la que era nuestra enemiga!». La novela cosechó
tal éxito que su autora continuó relatando las aventuras de su protagonista en
varios libros posteriores.
Más
allá del escándalo que pudo producir la publicación de la novela de Colette, el
hecho de hablar en público sobre la sexualidad avisaba de la existencia de un
clima propicio para comenzar a romper con ciertos tabúes del corsé impuesto por
la moral burguesa. Lejos de París, en Viena, el trabajo de un médico
especialista en psiquiatría pronto se haría célebre por tratar de explicar
científicamente estas cuestiones.
§.
Sexo, sueños y radiactividad
El
mismo año en que vio la luz Claudine en la escuela, se publicó en Viena La
interpretación de los sueños de Sigmund Freud. Sería sólo uno de los grandes
jalones científicos que marcaron el comienzo de siglo, ya que en ese mismo año
se formularon la teoría de los reflejos condicionados de Pavlov y la teoría
cuántica de Max Planck. Eran las tres salvas con las que la ciencia anunciaba
que algo esencial estaba cambiando en la forma en la que el hombre se percibía
a sí mismo y a la naturaleza. Mientras eso sucedía Marie y Pierre Curie
trabajaban sin descanso en su laboratorio de la Escuela de Física y Química de
París en busca de un nuevo elemento de la naturaleza, el radio, que finalmente
lograrían aislar en 1902. Una revolución intelectual estaba en ciernes en el
mismo momento en que un buen número de personas, incapaces de sospecharlo, se
divertía visitando la Exposición Universal de París.
Con
La interpretación de los sueños así como con el resto de su obra, Freud asentó
científicamente que el comportamiento humano, lejos de regirse por la razón,
estaba condicionado por el instinto y lo inconsciente. Los sueños eran reflejo
de ello, una válvula de escape que informaba sobre la importancia de las
pulsiones no racionales ni controladas en el equilibrio psíquico de los seres
humanos. La moral social dominante ataba con sus rígidas normas la más íntima
libertad de las personas pues la naturaleza humana era identificada por Freud
con el instinto de placer. La razón se mostraba incapaz de convivir con el
instinto sin generar conflictos, de modo que la moral comúnmente aceptada de
imperio de la racionalidad y represión de lo instintivo difícilmente podía
producir la felicidad del hombre. La línea de flotación de toda una forma de
concebir el ser humano había recibido un impacto del que no se recuperaría
nunca.
Los
hombres no eran lo que con tanta seguridad se había afirmado desde el siglo XIX
y se había repetido con convencimiento al comenzar el XX, pero la naturaleza
iba a dejar de ser lo que se creía desde el siglo XVII. En 1905 un desconocido
empleado de tercera clase de la Oficina de Patentes de Berna publicaba tres
artículos en la revista Annalen der Physik que marcarían un punto de no retorno
en la historia de la ciencia. Se llamaba Albert Einstein y acababa de formular
su teoría de la relatividad especial. En palabras del historiador y físico José
Manuel Sánchez Ron, «la relatividad especial que sustituyó a la mecánica que
Isaac Newton había establecido en 1687, condujo a resultados que socavaban
drásticamente conceptos hasta entonces firmemente afincados en la física, como
los de tiempo y espacio, conduciendo […] a la creación del concepto matemático
y físico de espacio-tiempo de cuatro dimensiones […] Nadie antes o después de
Einstein produjo en la física una teoría tan innovadora, tan radicalmente nueva
y tan diferente de las existentes anteriormente».
Todavía
antes del estallido de la Gran Guerra se produjeron avances sustanciales en el
campo de la física que ahondarían más si cabe la brecha abierta en la
concepción de la naturaleza y la capacidad del hombre para conocerla. En 1911
Rutherford determinó la naturaleza del átomo. Ese mismo año dieron comienzo en
Bruselas las Conferencias sobre Física Ernest Solvay en las que, entre otros
muchos científicos eminentes, intercambiaron impresiones y conocimientos Marie
Curie, Albert Einstein, Henri Poincaré, Ernest Rutherford y Max Planck. La
primera ya había recibido dos premios Nobel por sus trabajos sobre la
radiactividad, el de Física en 1903 y el de Química ese mismo año. Dos años más
tarde Niels Bohr establecía la estructura del átomo demostrando su naturaleza
compuesta y divisible; mientras, Einstein lanzaba al mundo su teoría general de
la relatividad.
La
nueva ciencia estaba conmoviendo los pilares de todo lo que parecía seguro y
racionalmente demostrable. Ni el espacio, ni el tiempo, ni la materia eran lo
que se había creído desde hacía siglos. La naturaleza que el hombre europeo
pensaba haber dominado se revelaba ahora incierta e incluso inalcanzable, o lo
que era aún peor, incomprensible. Donde se habían situado las certezas
determinadas por las leyes de la «vieja» ciencia, cabían ahora la incertidumbre
y lo paradójico. Las seguridades se desvanecían en un espacio y un tiempo
relativos. No existía la realidad objetiva científicamente determinable, sino
experiencias relativas. El lugar de las leyes de la naturaleza había sido
ocupado por la conjetura. La confianza en el progreso basado en la razón y la
ciencia, que se hallaba en la base de lo que Europa había identificado
orgullosamente con la civilización y sus logros, había saltado por los aires.
Pero la mayor parte de los habitantes del continente aún tardaría mucho en
saberlo.
§.
La respuesta de los niños terribles
Entre
la minoría informada de que el sólido sistema de valores y creencias de Europa
había comenzado a tambalearse fruto de sus propias dinámicas, ocuparon un lugar
destacado los grupos de artistas que dieron lugar a los movimientos que
conocemos como vanguardias históricas. Con este nombre se denomina a la serie
de corrientes que se sucedieron rápidamente desde 1905 y que tuvieron como
denominador común la ruptura con la tradición artística asentada desde el
Renacimiento, el uso de nuevos materiales y soportes, y la redefinición del
artista y su obra en la sociedad. Incómodos con las limitaciones del lenguaje
artístico de la época y, más allá de eso, con la época misma y por ello con los
valores e ideas reflejados en el arte oficial, buscaron nuevas formas de
expresar una realidad que, a su juicio, no era como la que tal arte mostraba.
Reaccionaban así frente a la rigidez formal del arte academicista propio del
modelo de sociedad burguesa dominante, como ya habían hecho antes el
impresionismo y el modernismo, pero ahora se empapaban además de las líneas de
pensamiento crítico que desde múltiples disciplinas estaban poniendo en
entredicho la visión del hombre y del mundo defendida por el discurso oficial.
Matisse,
Derain, Picasso, Bracque, Kirchner, Schmidt-Rottluff, Kandinsky, Klee, Marc,
Boccioni, Brancusi, Mondrian… desde los nuevos lenguajes artísticos del
fauvismo, el expresionismo, el cubismo, el futurismo y la abstracción
protagonizaron algunas de las más sonoras respuestas a lo establecido. Tales
respuestas fueron hijas de su tiempo en la medida en la que buscaban lo nuevo,
pero entendieron lo nuevo no sólo como lo diferente, lo que podía sorprender,
sino como lo radicalmente opuesto a lo establecido. Lo convencional, lo
aceptado y la norma encorsetaban y adormecían la capacidad sensible del hombre.
El artista debía buscar por tanto formas de acercarse a la realidad y de
representarla sin el corsé de las normas. Como recuerda el historiador del arte
Valeriano Bozal, «frente a lo que es habitual oír, la crisis del lenguaje
plástico tradicional no se debe a un intento de huir de la realidad. Bien al
contrario, es el afán de representarla mejorel que la produce».
El
progresivo abandono del elemento figurativo en aras de la expresividad fue uno
de los rasgos más característicos en las obras de estos artistas, pero también
el uso de colores planos, la descomposición geométrica del objeto, la
distorsión de la forma con fines expresivos, la representación simultánea de
varios momentos en una misma obra, el uso arbitrario del espacio, la proporción
y las convenciones clásicas de la representación artística… Todos estos
recursos fueron armas al servicio de un nuevo lenguaje al tiempo que medios
para poner a prueba la capacidad de asombro del espectador, y ese asombro, a
veces, fue mucho. Cuando en el Salón de Otoño de 1905 (exposición celebrada
anualmente en París para dar a conocer al público las creaciones más interesantes
del arte contemporáneo) se presentaron las obras de un grupo de artistas
encabezado por Henri Matisse y André Derain en las que destacaban el uso de
formas rotundas y colores planos como una clara reacción al impresionismo, el
crítico de arte Louis Vauxcelles, escandalizado por la «agresividad» de los
colores y al ver una escultura que le recordaba al Quattrocento florentino,
exclamó: «Donatello parmi les fauves!» (¡Donatello entre las fieras!). Sin
quererlo, acababa de bautizar para siempre al fauvismo.
No
menos sonadas fueron las reacciones provocadas por creaciones de otras
disciplinas. Uno de los ejemplos más célebres fue protagonizado por el propio
emperador de Austria-Hungría, Francisco José I. El ya anciano monarca, en 1911,
al contemplar desde su palacio de Viena la fachada de la nueva casa diseñada
como sede de un banco por el arquitecto racionalista Adolf Loos en la
Michaelerplatz, espantado por su absoluta carencia de elementos ornamentales y
la pureza de sus líneas, ordenó que se cerrasen todas las ventanas del palacio
que daban a la que despectivamente llamó «casa sin cejas».
También
desde la música se compartieron las premisas que en el resto de las expresiones
artísticas condujeron al planteamiento de algunas de las experiencias más
renovadoras de la historia del arte. Las premisas… y los escándalos. Cuando en
1913 el empresario teatral Serguéi Diáguilev, director de una de las más
prestigiosas compañías de danza de toda Europa, los Ballets Russes, anunció el
estreno de la nueva obra del brillante compositor ruso Igor Stravinsky la
expectación fue máxima en los círculos musicales. Pero cuando ante un repleto
auditorio la orquesta comenzó a interpretar la partitura de La consagración de
la primavera y los bailarines empezaron a poner en escena la coreografía, el
teatro pareció venirse abajo. Pataleos, pitos, voces y hasta peleas con quienes
se atrevieron a aplaudir convirtieron el estreno en un escándalo mayúsculo.
Quienes abandonaron la sala tildaron lo que habían visto de espectáculo obsceno
organizado en torno a una sucesión de cacofonías incesantes que pretendía
representar el sacrificio de una virgen en un rito pagano. Aún quedaba mucho
camino hasta llegar a la música atonal, pero la descomposición de la forma, la
armonía y la melodía empleadas por Stravinsky para subrayar la expresividad de
su partitura no dejaron indiferente a nadie.
Consumo,
sociedad de masas, radiactividad, cines, gramófonos, art nouveau, relatividad,
aviones, cubismo, periódicos, teléfonos, grandes almacenes, psicoanálisis… La
Europa de los primeros años del siglo XX latía con pulso acelerado. Bajo una
superficie de confianza en sí misma, fe en el progreso y orgullo de
civilización, bullía inquieto un conjunto de tensiones que anunciaba las
profundas transformaciones que en las siguientes décadas modificarían por
completo la sociedad europea. Fueron catorce años decisivos para la historia en
los que Europa dio muestras de agotamiento, pero en los que se abrieron caminos
que habrían de recorrerse tras la Primera Guerra Mundial por lo que ofrecían de
nuevo. En palabras de Philipp Blom, «habían pasado quince años desde la
Exposición Universal de 1900, quince años en los que el mundo cambió
radicalmente. Algunos de esos cambios (las ciudades cada vez más grandes, las
chimeneas de las fábricas, las vías de ferrocarril…) eran muy obvios. Otros lo
eran menos, pero tanto más profundos. La guerra los haría aflorar a la
superficie y sacudiría lo poco que quedaba del viejo orden. Sin embargo, la
modernidad existía incluso antes de que el primer soldado alemán cruzara la
frontera belga».
Parte
2
La
catástrofe
El
28 de junio de 1914 el archiduque Francisco Fernando de Habsburgo-Lorena,
heredero del trono del Imperio austro-húngaro, visitaba Sarajevo acompañado de
su esposa. La ciudad era la capital de Bosnia-Herzegovina, la última
adquisición territorial del Estado que tendría que regir en el futuro. Fue el
último día de sus vidas. En el transcurso de la visita ambos cayeron abatidos
por las balas disparadas por un joven nacionalista favorable a la incorporación
de Bosnia al vecino reino de Serbia. El hecho pilló por sorpresa a toda Europa
y cuando se tuvo noticia de él, nadie dio por supuesto que su consecuencia
necesaria fuese el inicio de una guerra. Incluso cuando esta estalló, las
dimensiones y duración que llegaría a adquirir se escaparon por completo a los
dirigentes políticos y militares del momento. Se esperaba que para Navidad
hubiese acabado todo, cuando en realidad la primera Navidad en paz que se vivió
desde entonces fue la de 1918. Se pensaba que sería una guerra que se
desarrollaría en Europa, puesto que fue allí donde empezó y allí estaban las
potencias que intervinieron en ella y, sin embargo, los escenarios del
conflicto alcanzaron a todos los continentes del planeta. Se esperaba una
guerra dentro de los esquemas clásicos del arte militar, y el armamento, las
tácticas y la estrategia se vieron profundamente transformados por lo que se
vivió entonces. Además tuvo resultados absolutamente inesperados para quienes
llevaban el timón de las campañas: en cuatro años cayeron imperios, se puso en
peligro el progreso económico que había costado décadas construir, se desataron
conflictos sociales de tal magnitud dentro de los países contendientes que se
hizo necesario replantear muchos aspectos de la política, la economía y la
sociedad. Fueron cuatro años y medio de guerra que cambiaron la faz de Europa y
el mundo hasta tal punto, que para las generaciones que vivieron las décadas
centrales del siglo XX la palabra paz pasó a ser sinónimo de los años
anteriores a 1914. Lo que vino después fue una era dominada por la inseguridad,
el miedo y la violencia tanto en las diferentes esferas nacionales como en la
internacional.
Si
la civilización europea había logrado un desarrollo tan notable a principios
del siglo XX y en 1914 nadie esperaba una guerra, ¿por qué estalló esta? ¿Cómo
se planteó un conflicto entre potencias con un desarrollo social, económico y
militar como no se había conocido hasta entonces? ¿Qué acontecimientos hicieron
que ese planteamiento se viese alterado y el conflicto se prolongase tanto?
¿Qué factores determinaron el resultado final? Estas son preguntas de difícil
respuesta que han generado discusiones entre los historiadores y el público
general desde el mismo verano de 1914, produciendo controversias y debates que
llegan hasta nuestros días. No podía ser de otra forma, ya que la Primera
Guerra Mundial abrió heridas que tardarían muchas décadas en cerrar y sus
consecuencias se dejan sentir hasta hoy.
Capítulo
3
El
abismo bajo los pies
A
comienzos del siglo XX Europa disfrutaba de un grado de bienestar como no había
conocido en toda su historia, muy por delante del resto del planeta. La riqueza
que había producido la industrialización, la apertura de la esfera política a
la participación de grupos de población cada vez mayores y el progreso material
y espiritual que habían traído los avances científicos y culturales le
presagiaban un futuro brillante. La influencia europea se había intensificado
en todo el mundo gracias a la expansión de los imperios coloniales de los
principales países europeos que, liderados por el Reino Unido, extendían su
soberanía desde Ciudad del Cabo hasta Vladivostok, de Tahití a Argel. A las
cinco grandes potencias europeas (Gran Bretaña, Francia, Alemania, Austria-Hungría
y Rusia) se habían unido dos países que ya no podían ser ignorados a la hora de
trazar políticas mundiales: Estados Unidos (que ya era el primer productor
industrial del mundo) y Japón (que sorprendentemente había salido de su
aislamiento feudal gracias a un fulgurante programa de reformas europeizantes
en menos de cincuenta años).
Sin
embargo no era oro todo lo que relucía. Los progresos realizados no ocultaban
la existencia de desequilibrios (viejos y nuevos) en la sociedad y la política
europeas, de problemas a los que no se había dado respuesta y que eran origen
de insatisfacciones profundas en gobiernos y poblaciones, y que planteaban
fricciones constantes que podían ser controladas con facilidad. O eso se
pensaba. Esa fue la sensación en los primeros años del siglo cuando,
inesperadamente, una chispa en un rincón alejado del continente europeo
ocasionó una llama que arrasaría el mundo por completo. Pero para que esto
fuese evidente tendrían que pasar todavía muchos meses desde junio de 1914.
En
1924 vio la luz La montaña mágica, una de las novelas más celebradas del
escritor alemán Thomas Mann, que sería galardonado con el premio Nobel de
Literatura cinco años más tarde. La narración se sitúa en los primeros años del
siglo XX y en el prólogo, el autor expresaba la necesidad que sentía de hacer
la siguiente puntualización sobre el relato que se disponía a comenzar: «…
debemos manifestar que la extrema antigüedadde nuestra historia proviene de que
se desarrolla antesde cierto cambio y cierto límite que han trastornado
profundamente la vida y la conciencia… se desarrolló en otro tiempo, en el
pasado, en esos días consumados del mundo anterior a la Gran Guerra, con cuyo
principio comenzaron tantas cosas que luego no han dejado apenas de comenzar».
La
montaña mágica está considerada hoy como uno de los logros más importantes de
la literatura del siglo XX y la aseveración de su autor es la expresión
explícita de una de las convicciones que con mayor fuerza se instaló en las
mentes de los habitantes de Europa (y del mundo) durante el período de
entreguerras: lo acontecido entre 1914 y 1918 era una frontera temporal que
dotaba a todo lo anterior de esa «extrema antigüedad». El mundo de los
comienzos del siglo XX era un mundo que se había perdido definitivamente y que
no se podría recobrar jamás debido a la radicalidad de la experiencia vivida en
los cuatro años de conflicto global. Lo peor de todo era que la intuición de
que aquella guerra no se había cerrado del todo rondaba en la cabeza de muchos.
El mismo nombre con el que fue conocida entonces, la «Gran Guerra», es otra
muestra del carácter de quiebra decisiva que los hombres y mujeres que la
vivieron le otorgaban. ¿Cómo se pasó entonces de la cumbre del desarrollo
humano a la fosa de esa guerra? ¿Cuáles fueron sus causas? ¿Hubo un punto
exacto en que se perdió el rumbo por el que iban Europa y el mundo? ¿Cuándo fue
imposible volver atrás? Los que habían vivido la guerra y padecido sus estragos
tampoco tenían una respuesta clara a estas preguntas.
§.
El concierto europeo
Posiblemente
uno de los hechos que más llaman la atención del observador que se pregunte por
los primeros años del siglo XX es la acusada rivalidad en la que se habían
embarcado las naciones europeas. Vistos en su conjunto los logros de la
civilización europea eran impresionantes, pero internamente sus países pugnaban
entre sí para desbancarse en poder económico, político y cultural. Posiblemente
uno de los principales acicates a esta competencia fuese la lucha por hacerse
cada vez con una porción mayor de la riqueza económica que los avances técnicos
y el crecimiento de los imperios en ultramar estaban produciendo. Para mantener
un crecimiento económico a tasas tan altas después de tantas décadas de
prosperidad, las potencias europeas habían tenido que embarcarse en una
exportación de bienes e inversiones hacia el resto del mundo que tuvo su
culminación política en la extensión de imperios coloniales. El proceso se
aceleró especialmente desde que la Conferencia de Berlín de 1885 puso las
reglas para proceder al reparto de África, el único continente que permanecía
casi virgen de presencia política europea hasta entonces. En 1914 se habían
agotado prácticamente las tierras para colonizar en el planeta. Gran Bretaña y
Francia principalmente, seguidas de lejos por Alemania, Italia, Países Bajos,
Bélgica y Portugal se habían hecho con vastos territorios en Asia, África y
Oceanía. El pastel se había repartido, pero había varios de los comensales que
no habían quedado conformes con la porción que les había tocado.
Este
era el caso fundamentalmente de Alemania, una nación joven (pues había surgido
de la unificación de los estados alemanes en 1871) pero que al comenzar el
siglo era ya el primer productor industrial europeo y luchaba por hacerse con
el primer puesto en el comercio exterior. La principal perjudicada por este
asombroso despegue modernizador era Gran Bretaña, que había sido desde finales
del siglo XVIII la principal potencia económica del mundo, pero que se había
adaptado relativamente mal al surgimiento de nuevos competidores. Ya antes se
había visto desbancada en producción industrial por Estados Unidos, aunque los
vínculos económicos y culturales que mantenía con su antigua colonia en cierta
medida tranquilizaban los ánimos en Whitehall (el barrio londinense donde
residían las instituciones del gobierno británico). Pero que la recién
unificada Alemania la hubiese desbancado también y pretendiese hacerle sombra
en el comercio marítimo ya era otra cuestión. Uno de los principales frutos de
la integración de la economía mundial a comienzos del siglo XX había sido un
crecimiento espectacular del comercio exterior europeo, ámbito en el que los
británicos continuaban ejerciendo la primacía gracias a su dominio de los
mares. Esta superioridad era el pilar sobre el que descansaba su poderío
económico, político y militar, amén de la integración del imperio que habían
construido desde las Malvinas hasta Nueva Zelanda. En el nivel de
exportaciones, en 1913 los alemanes casi habían alcanzado a los británicos
aunque la marina mercante alemana, pese a que se había duplicado su tonelaje en
un período muy corto de tiempo, estaba lejos de alcanzar a la británica. Junto
con el comercio, el ámbito en el que Londres conservaba su primacía era el
financiero. La City seguía siendo el corazón del dinero dentro del sistema
capitalista mundial, seguido a cierta distancia de la Bolsa de París. Era en
estos dos centros donde se realizaba el mayor volumen de transacciones
financieras del planeta, comprando y vendiéndose valores de empresas y
gobiernos de los cinco continentes. De todas formas, el poderío económico de
Alemania había crecido formidablemente en los últimos cincuenta años y los
dirigentes del Segundo Imperio Alemán tenían unas expectativas que amenazaban
con romper el equilibrio que había adquirido la política mundial a finales del
siglo XIX.
Ese
equilibrio se basaba en la compleja red de tratados (públicos y secretos) que
había trazado el más importante político y militar de la segunda mitad de ese
siglo, el canciller alemán Otto von Bismarck. Como apuntan los historiadores
Asa Briggs y Patricia Clavin sobre el talento diplomático del que había sido el
arquitecto de la unificación alemana, «su habilidad era inconfundible, tanto
como el poderío militar que subyacía en esas habilidades, y al que, como había
demostrado antes de 1870, estaba dispuesto a recurrir. Además de saber
exactamente lo que quería, Bismarck tenía una idea muy precisa de hasta dónde
debía aventurarse para lograrlo». Y lo que quería era garantizar del mejor modo
posible la supervivencia del Imperio alemán que había construido en buena
medida él mismo. Era consciente de que su mayor debilidad era la de ser una
potencia rodeada de grandes potencias (Francia, Austria-Hungría y Rusia), por
lo que le sería muy difícil sobrevivir a un ataque coordinado entre dos o tres
de ellas. La más peligrosa de todas era Francia, a la que había vencido en 1870
infligiéndole una derrota humillante cuyas plasmaciones gráficas fueron la
proclamación del Segundo Imperio alemán elevando a la figura de káiser
(emperador) al rey Guillermo I de Prusia en el Salón de los Espejos del Palacio
de Versalles (uno de los símbolos del orgullo nacional francés) el 18 de enero
de 1871; y la imposición en el tratado de paz de la entrega de dos valiosos
territorios franceses (las regiones fronterizas de Alsacia y Lorena, en las que
vivía una porción importante de población germano parlante). En Francia la
derrota supuso la caída del régimen establecido (el Segundo Imperio) y la
proclamación de la Tercera República, siendo uno de los eslóganes políticos más
coreados por sus diversos partidos el de conseguir una guerra de revancha
contra Alemania para recuperar los territorios perdidos. De ahí el nombre de
«revanchismo» que se dio a esta corriente política.
Bismarck
sabía que jamás podría conseguir la amistad o, por lo menos, la neutralidad
francesa en caso de guerra. Por ello su objetivo principal fue aislarla
políticamente, pues era más fácil conciliar los intereses de Alemania con el
resto de sus vecinos. Para conseguirlo concertó una sólida alianza defensiva
con el Imperio austro-húngaro en 1879, gracias a los lazos de afinidad cultural
de su casa reinante, los Habsburgo-Lorena. A ellos se unió en 1882 el reino de
Italia, que al igual que Alemania era una nación joven surgida de la
unificación de diferentes estados. Desde entonces se conoció este pacto como la
Triple Alianza, con la que Bismarck trazaba un cinturón de seguridad contra
Francia. Para asegurarse la tranquilidad de Alemania firmó con Rusia el llamado
Tratado de Reaseguro en 1887, que le garantizaba que en caso de conflicto el
imperio de los zares se mantendría neutral. Tuvo que ejercer una gran habilidad
y asegurarse de que permanecería en secreto ya que las relaciones de Rusia eran
muy tensas con su aliada Austria-Hungría. Para que el sistema funcionase a la
perfección era necesario además que Gran Bretaña no se inmiscuyese en la
política continental. La tradición británica era la de no intervenir en los
asuntos del resto de Europa a no ser que alguna de las potencias amenazase con
hacerse con un poder hegemónico que pudiese poner en peligro la seguridad de
las islas Británicas (como había sucedido con Napoleón un siglo antes). Por
tanto siempre habían sido favorables al mantenimiento de un equilibrio de poder
entre las potencias europeas y la política de Alemania no suponía en ningún
caso una amenaza desde esta óptica. Garantizar la paz, aunque supusiese el
aislamiento de Francia (que a lo largo de las últimas décadas había sido más
una fuente de quebraderos de cabeza para el Reino Unido que otra cosa),
permitía a los británicos seguir centrados en sus asuntos imperiales, que era
justo lo que deseaba Bismarck. De ahí que Alemania no presionase para hacerse
con un vasto imperio colonial que compitiese con el británico o el francés,
limitándose a la obtención de las posesiones de Togo, Camerún, África oriental
y África sudoccidental en África; parte de Nueva Guinea y varios archipiélagos
en Oceanía, además de la concesión comercial en el puerto chino de Qingdao.
Pero
esta situación comenzó a cambiar a partir de 1888. Ese año es conocido en
Alemania como el de los tres emperadores, puesto que durante su transcurso
falleció Guillermo I y su hijo Federico III lo hizo poco después (accedió al
trono enfermo de cáncer), pasando la corona entonces a su hijo, Guillermo II.
El nuevo káiser era un hombre descontento con el papel que venía jugando
Alemania en la política internacional y deseaba cambiarlo radicalmente.
Consideraba que el empuje económico y cultural que estaba adquiriendo su
imperio le hacía merecedor de lo que él mismo llamaba «un lugar en el sol»,
esto es, una supremacía en la esfera internacional que por lo menos le pusiese
a la altura del Reino Unido. Y es que el nuevo emperador mostró desde el inicio
de su reinado una relación ambivalente con Gran Bretaña que ya en su época fue
fuente de controversia. Su madre era la primogénita de la reina Victoria, lo
que le convertía en miembro de la familia real británica (visitó el país
insular a menudo y su correspondencia con varios monarcas europeos se efectuaba
en lengua inglesa) y le emparentaba con la mayoría de las familias reales
europeas: por línea materna estaba emparentado con seis monarcas, tanto
titulares como consortes. El káiser admiraba el poder mundial del Reino Unido,
pero al tiempo lo consideraba un país culturalmente débil y decadente del que
Alemania tenía que tomar el testigo. Posiblemente ese fue el germen de un
desprecio por la nación de su madre que no hizo sino crecer a lo largo de sus
años de reinado.
§.
Del equilibrio a la anarquía
Los
designios de grandeza del nuevo káiser tenían que aplicarse mediante políticas
enérgicas que vertiesen hacia el exterior la fuerza del crecimiento alemán. Sin
embargo los instrumentos que eligió para llevar a la práctica esta política y
sus funestos resultados le han valido las críticas de muchos, que incluso le
han culpado en exclusiva de ser el responsable del estallido de la guerra de
1914. En palabras del historiador británico Michael Howard: «Guillermo II [era]
un individuo que personificaba las tres cualidades que, podríamos decir,
caracterizaban a la élite alemana gobernante: militarismo arcaico, ambición
desmesurada e inseguridad neurótica». Quizá estas acusaciones hayan sido
excesivas, pero desde el principio lo que quedó claro es que el nuevo emperador
deseaba tomar las riendas de la política alemana y no estaba dispuesto a
dejarse aconsejar por un anciano canciller que había mantenido un sistema de
relaciones internacionales que consideraba anticuado. Tras una serie de roces
crecientes entre Bismarck y Guillermo II por cuestiones de política interior,
este le exigió su dimisión en 1890. Poco después, aunque procedió a renovar la
Triple Alianza, tomó la decisión de no hacer lo propio con el Tratado de
Reaseguro con Rusia, ya que en su opinión un acercamiento de la republicana
Francia (considerada el régimen más avanzado de Europa) a la autocrática Rusia
(el más reaccionario) era prácticamente imposible. La decisión demostró pronto
ser un error de bulto.
El
gobierno del zar Alejandro III había puesto en marcha un programa de
modernización de su imperio en la convicción de que sólo el desarrollo interior
de Rusia le permitiría continuar con el estatus de gran potencia del que venía
disfrutando en la esfera internacional. Rusia era consciente de la carrera por
el progreso en la que estaban inmersas el resto de las potencias y no podía
quedarse rezagada. Como afirmó en 1892 el ministro de Hacienda ruso Serguéi
Witte, luego primer jefe de Gobierno constitucional zarista, «la competición
internacional nos espera». Pero para que Rusia pudiese correr esa carrera tenía
que superar una seria dificultad de base: conseguir financiación, ya que el
capital ruso era escaso y reacio a salir de la tierra, fuente tradicional de la
riqueza. Rusia necesitaba urgentemente atraer inversiones extranjeras, y el
cambio en la diplomacia alemana iba a proporcionarle la oportunidad perfecta
para conseguirlo. Por otra parte, la no renovación del Tratado de Reaseguro era
una brecha clara en la red que había tejido Bismarck y Francia no estaba
dispuesta a dejar pasar la oportunidad. Para acercarse a un sistema político
tan distante como el ruso tenía precisamente lo que San Petersburgo quería:
capital privado en abundancia dispuesto a invertir en nuevas oportunidades de
negocio. Así, en 1894 se llegó por fin al acuerdo y los dos países firmaron un
tratado de alianza que satisfacía las aspiraciones de ambas partes. El capital
francés fue empleado en el proyecto estrella de la industrialización zarista:
la construcción del ferrocarril transiberiano, que debía prolongar la línea San
Petersburgo-Moscú hasta Vladivostok, el gran puerto ruso en el Mar de Japón. El
proyecto, empezado en 1891 y culminado en 1904, simbolizó el viraje de la
política de expansión territorial rusa hacia Asia oriental, aunque en la corte
del zar no podían imaginar todavía los graves problemas que traería esta
política.
A
pesar de su clamoroso error, el káiser seguía dispuesto a avanzar en su
proyecto, que necesariamente debía tener una dimensión mundial. En el resto de
los gobiernos europeos estas ambiciones comenzaban a levantar recelos, aunque
algunos líderes o no se enteraban o no querían dar a Alemania el estatus que
reclamaba. En palabras de Briggs y Clavin, «Guillermo II estaba fascinado por
la Weltpolitik[política mundial] apoyada en el poderío naval que le
recomendaban alguno de sus consejeros, sobre todo el almirante Alfred von
Tirpitz, mientras que Delcassé [ministro francés de Asuntos Exteriores]
simplemente creía que Alemania era el “enemigo hereditario” de Francia».
Efectivamente el nuevo medio que ideó el káiser fue el de dotar a Alemania de
un poderío naval equiparable al de Gran Bretaña. En 1898 Tirpitz presentó al
emperador un proyecto para que se construyese una flota de combate en el Mar
del Norte que si no pudiese llegar al tamaño de la británica por lo menos
tuviese las dimensiones suficientes para que el enemigo se lo pensase dos y más
veces antes de lanzar un ataque. Ese mismo año se aprobó el proyecto mediante
una ley naval y Alemania comenzó a construir buques de guerra con una
tecnología superior a la de los buques británicos, unos buques que presentaba
como necesarios para proteger sus colonias y su comercio. Eran del tipo llamado
Grosser Kreuzer o Schlachtkreuzer (crucero de batalla), tan potente como un
acorazado clásico pero más rápido, y durante la contienda se mostrarían en
muchas ocasiones superiores a los navíos británicos en el uno contra uno.
La
preocupación de Gran Bretaña no dejaba de crecer, agravada además porque había
abandonado hacía tiempo el fomento de su agricultura para centrarse en los
sectores clave de la modernización económica, lo que había llevado a que el
abastecimiento de los alimentos necesarios para la nutrida población del
archipiélago se hiciese por mar. Ahora Alemania se estaba dotando de un arma
poderosa con la que no sólo podía amenazar su posición dominante en los
océanos, sino que empezaba a no ser tan descabellado que en caso de guerra
pudiese estrangular o incluso interrumpir el abastecimiento de alimentos a las
islas. La inquietud llegó hasta tal punto que poco a poco se fueron venciendo
los temores a un progresivo acercamiento a Francia, con la que se habían producidos
roces coloniales en los años anteriores. Pese a unos intentos torpes e
infructuosos de la diplomacia alemana para atraerse a Gran Bretaña, esta firmó
con Francia en 1904 un tímido acuerdo diplomático, la llamada Entente Cordiale,
que en principio se limitaba a que los firmantes se comprometían a prestarse
apoyo mutuo contra protestas de terceras partes. Inmediatamente los franceses
intentaron profundizar el acuerdo aviniendo a su nuevo amigo con su aliado de
Europa oriental. Sin embargo Rusia estaba recelosa, ya que en 1902 Gran Bretaña
había firmado un acuerdo de alianza con Japón, su directo rival en Extremo
Oriente. Las cosas no tardarían mucho en cambiar: la tensión en esta zona acabó
degenerando en una guerra ruso-japonesa en 1904 que, sorprendentemente para las
potencias europeas, ganaron los nipones (que destruyeron la flota rusa en
Tsushima y obligaron a los rusos a acudir a la mediación norteamericana para
firmar la paz en 1905). En el interior la derrota sirvió de catalizador del
descontento y se produjo el primer movimiento revolucionario que vivió Rusia en
el siglo XX. Lo delicado de la situación no dejaba más remedio al zar Nicolás
II (en el trono desde 1894) que buscar un mayor refuerzo exterior que por lo
menos le quitase parte de la presión política a la que se veía sometido. En
1907 Londres y San Petersburgo se avinieron a resolver sus diferencias y
firmaron un convenio que les ligaba diplomáticamente. A partir de este momento,
a la Triple Alianza que había forjado Bismarck se oponía una Triple Entente,
más informal en sus términos que la que respaldaba a Alemania, pero que suponía
la sepultura definitiva del sistema bismarckiano. ¿Sería capaz el nuevo sistema
de alianzas rivales de mantener el equilibrio en las relaciones internacionales?
Sólo la evolución de los próximos años podría aportar respuestas a la pregunta
que bullía en todas las cancillerías europeas del momento.
§.
Un continente víctima de la ansiedad
Estos
últimos movimientos no cayeron nada bien en Berlín, donde se comenzaba a
elaborar un discurso crítico con Gran Bretaña, a la que se acusaba de estar
tejiendo una red para dejar a Alemania diplomáticamente aislada. Con la
intención de debilitar a la Triple Entente se tomó la decisión de poner a
prueba su solidez. En marzo de 1905 el káiser se descolgó con una de las que
acabaron siendo sus características salidas de tono: se trasladó en un buque de
guerra alemán hasta Tánger, donde desembarcó y pronunció un encendido discurso
a favor de la soberanía e independencia del sultán de Marruecos. El incidente
diplomático hizo saltar chispas en Europa, ya que Francia tenía una importante
presencia en el reino marroquí y numerosos intereses económicos. Entonces el
káiser exigió una conferencia internacional (a la usanza de Bismarck) para
solventar el problema que él mismo había creado. Se celebró finalmente en
Algeciras en 1906 y reunió a las grandes potencias. En ella Alemania pudo
comprobar lo contraproducente que había resultado su iniciativa: mientras que
se quedaba sola al obtener sólo el apoyo de Austria-Hungría, Francia vio
reconocida su situación privilegiada en Marruecos. Al final el intento de
debilitar a la Entente había acabado haciéndola más sólida. Todavía en 1911
insistiría en la misma estrategia al provocar otra crisis en Marruecos,
enviando el cañonero Panther hasta Agadir en un momento en el que el sultán se
veía acorralado por una revuelta interna y tuvo que pedir ayuda a Francia. La
presencia del buque alemán, en teoría para defender los intereses alemanes en
la plaza, estuvo a punto de ocasionar otro choque con Francia que finalmente se
pudo salvar gracias a que esta estuvo dispuesta a ceder a Alemania parte de sus
posesiones en el Congo. Pero la tensión que ocasionó este nuevo roce en África,
que fue entendido como un chantaje alemán para obtener compensaciones
territoriales coloniales, saturó la paciencia en las cancillerías de la
Entente.
Para
entonces a Extremo Oriente y el norte de África se había sumado un nuevo
escenario en la creciente escalada de tensión internacional. La península
Balcánica era un mosaico de pueblos, lenguas y religiones que llevaba décadas
siendo foco de intermitentes crisis. La profunda decadencia del Imperio otomano
había alimentado las ansias de independencia de los pueblos de la península que
a lo largo del siglo XIX habían alimentado sucesivas guerras. Al comenzar el
siglo XX Grecia, Montenegro, Serbia y Rumanía eran ya independientes, Bulgaria
era un principado autónomo bajo soberanía turca y Bosnia-Herzegovina había sido
ocupada por Austria-Hungría, que la administraba también bajo la supuesta
soberanía de Constantinopla. Los otomanos conservaban una franja de tierra
desde Albania y el norte de la actual Grecia hasta el área de los Estrechos que
separaba Europa de Asia. Aunque a finales del siglo XIX se había llegado a
cierta tranquilidad, aquel cóctel político altamente inestable comenzó a
agitarse por diversos motivos. El primero de ellos era que Rusia, tras su
derrota frente a Japón, había tenido que abandonar su política expansionista en
Extremo Oriente. Si quería seguir creciendo territorialmente sólo podía hacerlo
a costa del Imperio turco en el Cáucaso y, sobre todo, los Balcanes. Esta era
una zona en la que siempre había tenido interés puesto que su flota (con base
en el Mar Negro) sólo podía acceder al Mediterráneo a través de los estrechos
del Bósforo y los Dardanelos y porque desde hacía décadas apoyaba a los pueblos
eslavos de religión ortodoxa en su lucha contra Turquía por la independencia.
Eran pueblos a los que consideraba étnicamente cercanos, una especie de ramas
menores del gran árbol eslavo cuyo tronco era Rusia y que, en una fase de
nacionalismo militante, tenía en el paneslavismo uno de sus temas recurrentes.
Como culminación de esta línea política, los zares llevaban un siglo
proclamando su deseo de incorporar Constantinopla a su imperio en una
afirmación que mezclaba intereses geoestratégicos, económicos y nacionalistas,
además de cierto espíritu romántico de cruzada.
Pero
la expansión de la influencia rusa en los Balcanes chocaba directamente con la
otra gran potencia de la zona, el Imperio austro-húngaro, que llevaba tres
siglos extendiéndose a base del territorio que ganaba a los sultanes otomanos.
Además, la causa paneslavista que proclamaba San Petersburgo era lesiva para su
estabilidad interna, ya que en su seno incluía a eslovenos, croatas y, desde
1878, bosnios. Los vínculos lingüísticos, culturales y étnicos de estos pueblos
eran muy fuertes con los serbios, que desde 1903 habían adoptado una política
nacionalista más radical, desarrollando el proyecto de fundar un reino de los
eslavos del sur (o yugoslavos) que reuniese a todos estos pueblos. Un último
elemento de inestabilidad vendría de la propia Turquía, donde una serie de
protestas internas protagonizadas por la población urbana y el ejército llevó
al poder en 1908 al grupo reformista conocido como Jóvenes Turcos. Tras obligar
al sultán Abdul Hamid II a reabrir el Parlamento promulgaron una Constitución y
emprendieron un enérgico programa de reformas que revitalizase el imperio. El
gobierno de Viena temía perder a raíz de este cambio la administración de
Bosnia, por lo que declaró precipitada y unilateralmente su anexión,
ocasionando una profunda indignación en Serbia y la protesta formal de San
Petersburgo. Esta iniciativa fue la chispa que desencadenó una serie de
acontecimientos que aceleraron la descomposición de la autoridad turca en
Europa: el príncipe Fernando de Sajonia-Coburgo-Gotha de la también eslava
Bulgaria proclamó su independencia adoptando el título de zar Fernando I y
Grecia se anexionó la isla de Creta. Los Jóvenes Turcos, impotentes, se
limitaron a deponer al sultán y a reemplazarlo por su hermano, Mehmed V.
Pero
las cosas no quedaron ahí; la caja de Pandora se había abierto y no iba a
resultar fácil cerrarla. El problema se reactivó en 1911, cuando Italia declaró
la guerra a Turquía con objeto de hacerse con el territorio de Tripolitania
(actual Libia), el último reducto de soberanía otomana en el norte de África, y
con las islas del Dodecaneso, a un tiro de piedra de la misma costa turca. Los
turcos fueron derrotados con rapidez, y Grecia, Serbia y Bulgaria unieron sus
fuerzas para aprovechar la ocasión de repartirse lo que quedaba de territorio
otomano en Europa (salvo Tracia oriental, la región circundante a
Constantinopla). Tras la victoria no se llegó a un acuerdo de reparto: Bulgaria
reclamaba para sí Macedonia, que había conquistado Serbia, y esta reclamaba
Albania para conseguir una salida al mar. En 1913 Serbia, Grecia, Rumanía y la
propia Turquía se unieron contra Bulgaria en la llamada Segunda Guerra de los
Balcanes, derrotándola y procediendo a un nuevo reparto territorial (Bulgaria
no obtuvo Macedonia y Albania fue proclamada reino independiente). El fruto de
cambios tan rápidos no podía ser menos prometedor: turcos y búlgaros quedaron
insatisfechos con el resultado de unas guerras por las que se consideraban
directamente perjudicados, mientras que los serbios seguían promoviendo la
agitación a favor de la formación de un Estado de los eslavos del sur que
amenazaba directamente el imperio de los Habsburgo. Necesariamente la
correlación de fuerzas resultante tenía que ser provisional. No habría que esperar
mucho tiempo para comprobarlo.
§.
La cara oscura de la modernidad
Aunque
la competencia entre las potencias europeas en los terrenos económico y
político fue en buena medida el motivo de roces sucesivos que llevaron a un
deterioro del clima internacional, esto sólo no explica de por sí el estallido
de la guerra en 1914 ni el clima de entusiasmo con que fue acogido en la
mayoría de las ciudades europeas. Existieron toda una serie de
condicionamientos culturales y psicológicos que fueron responsables de un
estado de ánimo proclive a la guerra en la Europa de comienzos del siglo XX.
Dentro de estos uno de los más importantes fue el desarrollo de un nacionalismo
agresivo en las diferentes potencias europeas. El revanchismo francés, el
paneslavismo ruso o el nacionalismo yugoslavo propugnado por Serbia eran sólo
algunas de sus manifestaciones. Pero no era algo exclusivo de estos países. A
las versiones agresivas del nacionalismo tradicional de las grandes potencias
había que sumar el nacionalismo disgregador propugnado por las minorías étnicas
de los grandes imperios multiculturales europeos (el austro-húngaro y el ruso
sobre todo). En muchas ocasiones ambas ideas se mezclaban. Un buen ejemplo de
ello fue el pangermanismo defendido por Alemania que por un lado propugnaba la
protección de las poblaciones de habla y cultura alemana dispersas por Europa
oriental (básicamente en los Balcanes y en territorio del Imperio ruso) así
como el destino imperial de Alemania que se tenía que plasmar en su misión
mundial sólo alcanzable mediante la revisión del reparto colonial. Otro de los ejemplos
más significativos fue el del nacionalismo polaco, ideológica y
organizativamente muy activo desde principios del siglo XIX y que aspiraba a
refundar el antiguo reino de Polonia a partir de sus territorios entonces
repartidos entre el Imperio alemán, el ruso y el austro-húngaro.
Además
fueron estas unas décadas en las que la ideología nacionalista tendió a
identificar rasgos culturales (como la lengua y la religión) con otros
biológicos (color de piel y rasgos fisiológicos) en buena medida como resultado
de la vulgarización de algunas de las más importantes teorías científicas de
las décadas anteriores. En este proceso de desvirtuación de la ciencia tuvo un
papel destacado la teoría de la evolución, que dio origen al denominado
«darwinismo social» que proponía aplicar automáticamente las leyes de la
evolución a los grupos sociales, étnicos y nacionales. El resultado fue uno de
los cuerpos doctrinales más nocivos del siglo. En palabras del historiador
alemán Hagen Schulze, esta teoría aseguraba que «de acuerdo con su concepción
básica, la ley de la naturaleza es la lucha de todos contra todos, la paz es la
ilusión del débil, en el mejor de los casos una pausa para tomar aliento en la
eterna lucha por la existencia, y sólo sobrevivirá el superior en fuerza y
moral». Era por tanto un germen de racismo y odio potencialmente muy
destructivo. A comienzos del siglo XX su concepción era básicamente aplicada a
los estados (se hablaba de la competencia entre las razas alemana, italiana,
británica, francesa…) pero sólo unas décadas más tarde las variantes étnicas de
estos presupuestos fueron la excusa para cometer horribles matanzas.
Otro
indicador de la predisposición de la sociedad europea de entonces al conflicto
bélico era la amplia corriente de inconformismo que afectaba a amplios sectores
sociales y culturales. En buena medida los movimientos de profunda renovación
cultural surgidos entonces respondían a este malestar. Así, los futuristas, con
el escritor Filippo Marinetti a la cabeza, habían acuñado el eslogan «la
guerra, único remedio para el mundo» (y él mismo afirmaría sobre el estallido
de la contienda mundial que fue «el más bello poema futurista jamás escrito»).
Asimismo entre los jóvenes el deseo de escapar a los cauces establecidos en una
sociedad anquilosada y frustrante se hacía claramente patente. En una encuesta
sobre la juventud efectuada en Francia en 1913 en la que se consultaba sobre la
posibilidad del estallido de un conflicto, se registró la respuesta «es
preferible la guerra a esta eterna espera». De una forma similar se expresaría
en su diario el escritor alemán Ernst Jünger (que sirvió en el ejército imperial
durante la guerra y que en 1914 tenía diecinueve años): «Por haber crecido en
una época de seguridad, todos anhelábamos lo inusual, el correr grandes
riesgos… la guerra iba a proporcionarnos esa poderosa, potente y sobrecogedora
experiencia». Se trataba de expresiones de quienes intentaban avanzar en una
sociedad bloqueada que si bien había obtenido destacadísimos logros, mostraba
una impotencia clara para aportar soluciones vitales a muchos de sus ciudadanos
que se veían atrapados en las contradicciones que planteaba. Este conjunto de
tensiones internas alimentaban un clima social en el que se veía la guerra como
una posibilidad factible e incluso para algunos, deseable. Como el tiempo se
encargaría de demostrar, lo que finalmente plantearía a toda la sociedad
europea esa guerra que era sólo una conjetura en 1913 iría mucho más allá de
las experiencias excitantes que anhelaba la juventud de entonces.
§.
Sarajevo: un pretexto para la guerra
El
28 de junio de 1914 el heredero de la corona de Austria-Hungría visitaba
oficialmente la capital de Bosnia-Herzegovina, Sarajevo. El archiduque
Francisco Fernando acudía acompañado de su mujer, la condesa Sofía von Chotek,
que no había recibido el título de archiduquesa cuando, tras un largo noviazgo,
el emperador autorizó la boda con el heredero, sino que era objeto de notorias
vejaciones en la corte imperial: su matrimonio se consideraba morganático, sus
hijos fueron excluidos de la línea sucesoria y no podían llevar el apellido
paterno —usaban el apellido Hohenberg, por un título ducal que el emperador
otorgó a la condesa— y en las exequias que siguieron al magnicidio pusieron
sobre su féretro un abanico, para denotar que su rango era el de simple dama y
no el de archiduquesa. Precisamente la visita a Sarajevo fue la primera
ocasión, tras quince años de matrimonio, en que el archiduque logró
autorización del emperador para que su esposa figurase en un acto oficial. Se
trataba de un acto que pretendía elevar el prestigio de la Corona y plasmar su
atención preferente al último territorio que había incorporado a su imperio. El
heredero era conocido por tener una actitud receptiva hacia los problemas
nacionalistas que amenazaban su unidad, y en varias ocasiones había expresado
su deseo de encontrar una solución que permitiese un encaje satisfactorio de
las nacionalidades no reconocidas en la Constitución del imperio. Sin embargo
la fecha elegida no fue especialmente considerada. Se trataba del día de San Vito,
que en el calendario nacionalista serbio tenía una especial significación, al
rememorarse la batalla de Kosovo de 1389, en la que los serbios se habían
enfrentado al avance otomano. El anuncio de la visita fue mal acogido entre los
grupos ultranacionalistas de Serbia y, pocos días antes de que esta se
efectuase, tres jóvenes (Nedeljko Cabrinovic, Trifko Grabez y Gavrilo Princip)
cruzaron la frontera serbia pertrechados con varias bombas y pistolas, y
cápsulas de cianuro para suicidarse si los capturaban. Pertenecían al
movimiento de la Joven Bosnia, pero para el atentado se habían puesto a las
órdenes del grupo Ujedinjenje ili Smrt («Unificación o Muerte») mejor conocido
como Crna Ruka («Mano Negra»), una de las más radicales organizaciones
terroristas clandestinas que habían surgido tras la crisis de 1908 con el
propósito de lograr la unidad yugoslava mediante la violencia y cuyo cabecilla
era el jefe de los servicios secretos serbios, el coronel Dimitrievic, alias
Apis.
Su
misión no era otra que la de asesinar al archiduque, objetivo que no les
resultó nada fácil. El primer intento que realizaron aquella mañana consistía
en arrojar bombas sobre el automóvil abierto del archiduque, para lo que seis
terroristas se apostaron a lo largo del recorrido, con la idea de ir arrojando
sus artefactos sucesivamente, hasta que se lograra el objetivo homicida. Pero
cuando vieron que una mujer acompañaba a Francisco Fernando los cinco primeros
conspiradores tuvieron escrúpulos morales y no lanzaron sus bombas. El sexto,
Cabrinovic, sí la tiró, pero sin convicción. Falló. El artefacto rebotó en la
capota plegada y estalló a continuación hiriendo a dos personas que viajaban en
el coche que les seguía en la comitiva y a veinte espectadores del público
congregado. En un momento posterior de la visita el archiduque insistió en
interesarse personalmente por el estado de los heridos, por lo que abandonó la
recepción oficial que le esperaba en el ayuntamiento y volvió a la calle,
prácticamente sin protección policial. Su automóvil se extravió y fue a parar
casualmente delante de Gavrilo Princip, que aprovechó para dispararles cuando
ya pensaba que la tentativa había fracasado. Sus disparos alcanzaron al
heredero en el cuello y a su mujer (que estaba embarazada) en el abdomen.
Ninguno de los dos sobrevivió (Princip aseguró que el segundo disparo no estaba
destinado a la condesa, que seguramente intentó cubrir con su cuerpo a su
esposo, sino al gobernador militar de la plaza). Ninguno de los dos magnicidas
logró suicidarse pese a ingerir sendas cápsulas de cianuro, ya que este se
encontraba en mal estado y había perdido su poder letal.
La
noticia voló por Europa, llegando de forma inesperada a todas las capitales. A
esas alturas buena parte de la alta sociedad europea se había retirado ya a
pasar el verano a la Riviera, Biarritz o a los afamados balnearios de
Marienbad, Karlsbad o Baden Baden, cuando se conoció el magnicidio. La
situación que se generó era grave, pero en ningún caso se pensó que fuese a
degenerar en un incidente que obligase a interrumpir el descanso estival. De
hecho los magnicidios eran algo a lo que Occidente estaba acostumbrado: en 1898
había muerto asesinada la emperatriz Isabel de Austria-Hungría (la célebre
Sissi, mujer del emperador Francisco José), el rey Humberto I de Italia en
1900, el presidente estadounidense William McKinley en 1901, en 1903 el rey
Alejandro I de Serbia, en 1912 el presidente español José Canalejas… la lista
era larga, y todos ellos habían caído víctimas de terroristas de signo
anarquista o nacionalista. Ninguna de estas crisis había desembocado en una
guerra y, pese al auge de la tensión internacional, se confiaba en las buenas
labores de la diplomacia para solucionar el problema. Como señalan Briggs y
Clavin, «se resolvieron mediante arbitraje más contenciosos en los últimos
veinte años del siglo XIX que en los ochenta anteriores, y hubo más de cien
arbitrajes entre 1904 y 1914».
Pero
esta ocasión no iba a ser una más. La paciencia de Viena se había agotado. En
la capital de la monarquía dual (nombre por el que también se conocía al
imperio de los Habsburgo) se venía asistiendo cada vez con más alarma a las
soflamas nacionalistas yugoslavas de la vecina Serbia. Como señala el
historiador Steven Beller, «Serbia llegó a ser considerada como un centro de
poder alternativo para los eslavos del sur, como Piamonte había sido para
Italia […] La combinación de aspectos exteriores y nacionales hizo aparecer a
Serbia, por lo menos a los encargados de formular la política de los Habsburgo,
como una amenaza a la misma existencia de la monarquía». Ahora esa amenaza se
concretaba y atacaba el mismo corazón del imperio, su sucesor. Pese a que las
relaciones del emperador con este eran malas (era su sobrino y había excluido a
sus hijos de la sucesión por haber contraído matrimonio morganático) y ni
siquiera acudió a su entierro en Viena, el gobierno austríaco no estaba
dispuesto a adoptar por eso una actitud conciliadora. Además se habían recibido
informaciones de que el gabinete serbio presidido por Nikola Pasic había tenido
noticia de lo que iba a suceder y el 2 de julio se conoció que los terroristas
habían mantenido contactos con los servicios secretos serbios. Ahora Austria
estaba dispuesta a eliminar de una vez por todas la amenaza serbia pero para
poder hacerlo necesitaba asegurarse el apoyo alemán. Se envió una delegación
diplomática a Berlín, donde el día 5 el canciller Theobald von Bethmann Hollweg
le transmitió la resolución del káiser de apoyar a Austria en su castigo a
Serbia incluso si esto conllevaba una guerra con Rusia, que previsiblemente se
alinearía con su protegido balcánico. A este respaldo alemán se le ha llamado
tradicionalmente el «cheque en blanco» a Austria-Hungría que,
sorprendentemente, tardó mucho en decidir si lo empleaba o no. Esta tardanza
fue esencial para que la percepción de la situación cambiase radicalmente: a
medida que pasaban los días la indignación por un acto terrorista
injustificable se fue enfriando y la posibilidad de una represalia austríaca se
iba percibiendo cada vez más como un abuso de poder de una gran potencia hacia
un país pequeño. Por fin, el 23 de julio Viena envió al gabinete de Belgrado un
ultimátum de cuarenta y ocho horas en el que se exigían unas duras concesiones
para no ir a la guerra y que incluían permitir que agentes austríacos
investigasen en suelo serbio las conexiones de los terroristas con los
servicios secretos. El pánico cundió en el gobierno serbio, que se vio
inclinado a aceptar el ultimátum, pero entonces Rusia hizo explícito su apoyo.
Después de la derrota contra Japón y de haber tenido que aguantar la anexión
austríaca de Bosnia como un revés en su política balcánica, San Petersburgo
percibía que su posición de potencia internacional peligraba si se cedía más
terreno ante Viena. Finalmente el gobierno de Pasic envió una respuesta el 25
aceptando con matices todos los puntos del ultimátum salvo el relativo al que
exigía la intervención de oficiales austríacos en la investigación en suelo
serbio. Al día siguiente Austria-Hungría declaró insatisfactoria la respuesta
serbia, movilizó parcialmente al ejército y dos días después, declaraba la
guerra.
Fue
en ese momento, en esos últimos días de julio y primeros de agosto, cuando el
clima general de Europa empezó a cambiar. La historiadora Barbara W. Tuchman
describió así el estado de ánimo que se generó entonces: «El espectro de la
guerra se erguía en todas las fronteras. Asustados repentinamente, los
gobiernos luchaban por aniquilarlo. Pero en vano. Los estados mayores,
dominados completamente por sus esquemas, esperaban la señal para ganarle una
hora de partida a su oponente. Atemorizados ante las perspectivas que se
ofrecían ante ellos, los jefes de Estado, que en última instancia eran los
responsables del destino que se cernía sobre sus respectivos países, trataron
de dar marcha atrás, pero la fuerza de los hechos los empujaba hacia delante».
En esos días Nicolás II y Guillermo II llegaron a intercambiar diez telegramas,
algunos de tono desesperado como este que envió el zar el día 29: «En este
momento tan grave, apelo a ti para que me ayudes. Se ha declarado una guerra
innoble a un país débil. La indignación de Rusia, que comparto por completo, es
inmensa. Preveo que muy pronto la presión a la que me veo sometido acabará
abrumándome y me veré obligado a tomar medidas extremas queconducirán a la
guerra. Con la única intención de evitar una calamidad de tal magnitud como
sería una guerra europea, te suplico que, en nombre de nuestra mutua amistad,
hagas cuanto esté en tu mano para impedir que tus aliados vayan más lejos».
Aunque la actitud del káiser parece que en estos días estuvo también dominada
por el temor a las consecuencias de una guerra, la situación se había vuelto
incontrolable. En cada país los intereses creados y una parte importante de las
opiniones públicas presionaban para que se llegase a las armas. Los mandos
militares, por su parte, apremiaban para tomar la iniciativa, puesto que los
cálculos de todas las potencias señalaban que las alianzas rivales tenían una
capacidad militar muy similar. En aquella situación mover ficha el primero
podía equivaler a tomar una ventaja decisiva para romper el empate.
Ante
la falta de frutos de los intentos de mediación, el 30 de julio Rusia movía
ficha y decretaba un desplazamiento general del ejército hacia la frontera con
Alemania y Austria-Hungría. El motivo de esta decisión era el convencimiento de
que si definitivamente estallaba la guerra tardaría mucho más en movilizar sus
fuerzas que Alemania, ya que su red ferroviaria no estaba tan desarrollada como
la alemana. Aunque fue una táctica defensiva Alemania lo interpretó como una
agresión y al día siguiente presentó un ultimátum para que en doce horas los
rusos diesen marcha atrás. Ante la falta de respuesta Alemania declaró la
movilización general el 1 de agosto y Francia (que había mantenido ya
conversaciones con San Petersburgo y le había declarado su apoyo incondicional)
hizo lo propio, lo que los alemanes tomaron como una declaración formal de
guerra. La maquinaria bélica se había puesto en marcha. Alemania exigió el día
2 a Bélgica que le dejase paso franco a sus tropas camino de Francia. Ante la
negativa belga el día 3 Alemania declaraba la guerra a Francia y lanzaba una
campaña de invasión sobre Bélgica.
Pero
Bélgica estaba protegida por un tratado de neutralidad de 1839 y que habían
suscrito las potencias europeas, por lo que Alemania estaba violando
flagrantemente la legalidad internacional. Esto ocasionó la intervención
definitiva del Reino Unido. A lo largo del mes de julio había intentado mediar
entre los países implicados en la crisis de Sarajevo, pero con sus dos aliados
ya en guerra y con Alemania rompiendo sus compromisos internacionales más
elementales, el gobierno del primer ministro Herbert H. Asquith lanzó un
ultimátum a Alemania para que retirase a sus tropas de Bélgica. Ante la falta
de respuesta, el día 4 Gran Bretaña declaraba la guerra a Alemania y así, de
forma precipitada y con la sensación de no saber muy bien cómo, las grandes
potencias del momento se veían inmersas en una guerra europea a gran escala. A
partir de entonces los dos países beligerantes de la Triple Alianza —Italia se
mantuvo al margen del conflicto, para entrar luego en el otro bando— pasaron a
ser conocidos con el nombre de «potencias centrales», mientras que los de la
Entente fueron denominados sencillamente «aliados». Lo que vendría a
continuación no podía ser nada bueno. Así lo adivinó el ministro de Asuntos
Exteriores británico Edward Grey, cuando la noche de aquel 4 de agosto dijo,
mientras contemplaba las luces de los despachos de Whitehall: «Las lámparas se
apagan en toda Europa. No volveremos a verlas encendidas antes de morir».
§.
Un plan para la victoria
Sin
embargo la guerra despertó el entusiasmo de las masas en las ciudades europeas.
Según Briggs y Clavin, «los furgones de reparto del periódico berlinésTägliche
Rundschaueran asaltados por muchedumbres ansiosas de noticias de la respuesta
serbia al ultimátum austro-húngaro, y el rechazo de Serbia a las exigencias
austríacas fue recibido con alborozados gritos en dialecto berlinés: “Et jeht
los!” (¡Ya está!)». Se desató un furor patriótico que produjo alegres
manifestaciones en las grandes ciudades y avalanchas de voluntarios dispuestos
a alistarse. El único llamamiento coordinado para la paz fue el protagonizado
por la Segunda Internacional, que solicitó a los partidos socialistas de Europa
que movilizasen a los obreros con el fin de que se resistiesen a participar en
una guerra imperialista que sólo beneficiaría a los grandes capitalistas. Fue
un rotundo fracaso. Tan sólo el Partido Socialista de Serbia secundó el
llamamiento entre los de los países que entraron en guerra aquel verano.
Mientras, los periódicos socialistas franceses proclamaban a los cuatro vientos
que «la patria, seno de todas las grandes revoluciones, la tierra de los
derechos y la libertad, está en peligro». Respondían así a la llamada del
presidente de la República, Raymond Poincaré, a forjar una union sacrée («unión
sagrada») de todos los partidos en un gobierno de concentración en la hora de
mayor necesidad de la nación desde 1870. Tampoco el numeroso Partido
Socialdemócrata de Alemania (SPD) se resistió a la entrada del Imperio en la guerra
y apoyó las iniciativas de concentración nacional impulsadas desde el gobierno.
La marea del nacionalismo agresivo que desde finales del siglo anterior venía
anegando la cultura europea alcanzaba así su mayor logro político, el de toda
una generación dispuesta a inmolarse por la patria y la consecución de su
pretendido destino.
Pero
no fue sólo el entusiasmo popular el que empujó a los gobiernos a la guerra. La
precipitación (de Austria-Hungría y de Rusia) propició un acelerón en la
escalada de la crisis y se fue extendiendo entre los ejecutivos de todos los
países la sensación de quedar atrapados en su propia red, que les empujaba a la
guerra. Especialmente en Alemania, donde el káiser y el ejército eran muy
conscientes de que tendrían que soportar en buena medida el peso de las
operaciones militares (Austria-Hungría era militarmente débil e Italia se había
negado a entrar en la espiral de amenazas alegando que la Triple Alianza era un
acuerdo sólo defensivo). En estas circunstancias tomar la delantera era vital
para no sucumbir al primer golpe. Esa fue la razón de que una vez que Rusia
movilizase sus tropas Berlín se aprestase a presentar este movimiento como una
agresión, lo que le justificaba para poner en marcha su plan de guerra. Este
había sido elaborado por el que hasta 1906 fue su jefe del Estado Mayor, Alfred
von Schlieffen, y se basaba en las consideraciones clásicas de la estrategia
alemana. La base era que en caso de guerra el Imperio alemán se vería atacado
por dos frentes (Francia y Rusia), por lo que era indispensable acometer
rápidamente contra el enemigo que presentase menos dificultades para, una vez
derrotado, volver el ataque contra el otro frente. A la hora de decidir contra
cuál de los dos enemigos marchar primero la preocupación básica resultó ser el
tamaño de los ejércitos. El clima de tensión internacional creciente de los
años de preguerra había llevado a todas las potencias a lanzarse a una carrera
de armamentos para estar preparadas en caso de que llegase el conflicto. Pero
la disponibilidad de tropas no podía ser igual para todos. Por el propio peso
de la demografía, la gran preocupación de Alemania era Rusia, que podía
movilizar grandes cantidades de población masculina que había pasado por el
servicio militar obligatorio, mientras que Francia tenía un crecimiento de
población mucho menor y por tanto menos capacidad de movilización. Por ello se
decidió que el primer objetivo debía ser Francia.
Después
de la derrota de 1871 y debido a que se consideraba que la inviolabilidad belga
sería respetada, los estrategas franceses habían levantado las defensas en la
frontera con Alemania. Schlieffen basaba la efectividad del golpe en dos
puntos: atraer a las fuerzas francesas al interior alemán retirándose de
Alsacia y Lorena como señuelo y atacar por el norte atravesando Bélgica para,
continuando por el oeste, hacer un movimiento envolvente que permitiese marchar
sobre París desde el interior cuando el grueso de las tropas francesas
estuviesen penetrando en Alemania. Por ello se denominó a esta estrategia la
«puerta giratoria»: todos los ejércitos se moverían en sentido contrario a las
manillas del reloj, lo que permitiría a los alemanes dar el golpe de gracia
primero. El plan de operaciones se basaba en la clásica pinza de Aníbal en la
batalla de Cannas, pero con dimensiones continentales, y durante décadas había
sido ensayado cientos de veces en los Kriegsspiele (juegos de la guerra) del
muy científico Estado Mayor alemán, hasta alcanzar una precisión que, en sus
movimientos iniciales, se mostraría extraordinaria.
Fue
la ansiedad por poner en práctica este plan lo que precipitó el ultimátum
alemán a Bélgica: los alemanes entendían que la guerra era ya inevitable y
necesitaban pasar por su territorio para atacar rápidamente. La solicitud de
permiso sólo obedeció a un último intento desesperado de evitar la intervención
británica y la negativa belga no dejó otro camino que proceder a una invasión
que, por supuesto, había sido planeada. Fue entonces cuando comenzaron las
operaciones y fue el ejército alemán el que tomó la iniciativa invadiendo
Bélgica. En principio el proyecto del jefe del Estado Mayor alemán, Helmuth von
Moltke (sucesor de Schlieffen), era llevar a cabo el plan de su antecesor de
forma fulminante, lo que él mismo denominó una «batalla sin mañana». Para ello
contaba con que el ejército belga, de tamaño reducido, no sería capaz de
detener el choque y que Gran Bretaña no podría enviar pronto un ejército al
continente. Esta tenía la armada más importante del mundo pero el grueso de su
ejército residía en la India, ya que la política tradicional británica impedía
tener un ejército permanente acantonado en las islas. En los años anteriores
tan sólo se había previsto la formación de un pequeño cuerpo expedicionario por
si estallaba la guerra en Europa. Moltke, confiado, varió el plan previsto
reforzando la frontera germano-francesa con una fuerza superior a la prevista
inicialmente. Sin embargo eso no modificaba sus expectativas; si todos los
beligerantes esperaban que la guerra acabase rápidamente, él estaba dispuesto a
ser quien diese el primer y definitivo golpe.
§.
Se alza el telón
La
entrada en escena del ejército alemán dejó atónita a Europa. El principal
escollo en la penetración en Bélgica era la fortaleza de Lieja, una de las
defensas más sólidas del mundo. Fue tomada con una combinación espectacular de
asedio clásico, bombardeo aéreo (el primero de la historia) desde un dirigible
y el uso de formidables cañones de calibres nunca vistos movilizados sobre la
vía ferroviaria. La batalla de Lieja fue el primer acto de la arrolladora
capacidad destructiva de la guerra industrial, que en los años siguientes
demostraría su potencia aniquiladora sin precedentes. El 20 de agosto Bruselas
se declaraba ciudad abierta para evitar su destrucción. Cinco días más tarde
Lovaina no tendría tanta suerte, siendo pasto de las llamas el maravilloso
patrimonio histórico-artístico que la ciudad había atesorado gracias a la
riqueza de su universidad medieval. Con ello se demostraba que la campaña no se
centraría sólo en objetivos militares. La destrucción de la memoria y los
signos de identidad del enemigo también eran una forma de golpearle más allá
del daño físico, la sevicia moral pasaba a ser así un arma más del arsenal de
la guerra moderna. El paso hacia la frontera francesa quedó expedito pese a que
el dominio del pequeño país llevó al ejército alemán unas semanas valiosísimas.
Los belgas desarrollaron estrategias de sabotaje y resistencia pasiva ante el
avance enemigo que fueron respondidas con una contundencia despiadada por los
invasores. El recuerdo del alto coste en vidas militares que tuvo la resistencia
civil durante la guerra franco-prusiana y la impaciencia por imponer
rápidamente el dominio sobre el territorio dieron pie a toda una serie de
abusos (incluyendo las matanzas de civiles) que ocasionaron la primera gran
oleada de refugiados de la guerra. En el Reino Unido la campaña de prensa y
propaganda sobre los excesos del militarismo alemán en Bélgica fue una de las
bases para el apoyo popular a la guerra y el alistamiento masivo (más de un
millón de voluntarios lo hicieron en agosto de 1914). En palabras del
historiador Álvaro Lozano, «lo que los belgas ofrecieron con su valor a los
aliados no fueron ni dos semanas ni dos días, sino una causa y un ejemplo».
Para
entonces ni británicos ni franceses se habían quedado quietos. El comandante en
jefe francés, Joseph Joffre, reaccionó intentando poner en práctica el plan de
ataque (llamado «Plan 17») que preveía un asalto en Alsacia-Lorena. Pero los
alemanes (en contra de lo planificado por Schlieffen) habían asentado varios
ejércitos para hacer frente a una ofensiva francesa en la frontera. Los ataques
de Francia fueron rechazados. Al tiempo el gobierno británico había comenzado a
trasladar a la Fuerza Expedicionaria Británica (conocida por sus siglas
inglesas, BEF, bajo las órdenes del mariscal sir John French) al continente.
Los alemanes pensaron que el trayecto que se habían fijado había quedado
desprotegido: los franceses estaban concentrados en su frontera oriental, por
lo que el norte estaba abandonado a lo que quedaba del ejército belga y a las
reducidas fuerzas británicas. El 23 de agosto, en Mons, se produjo el primer
encuentro entre las fuerzas británicas y el muy superior en número primer
ejército alemán, mandado por el general Alexander von Kluck. Este descubrió lo
grave que había sido minusvalorar la fuerza británica, que fue capaz de
contener su avance aquel día. Sin embargo el resultado fue provisional, ya que
las fuerzas aliadas tuvieron que reagruparse para organizar una defensa
coordinada y el avance alemán no fue detenido.
Entonces
Moltke, que había instalado su cuartel general en Luxemburgo, ordenó a Kluck
proceder a la maniobra envolvente sobre París. Pero este temía quedar aislado
del grueso de tropas alemanas en territorio enemigo, por lo que desvió su curso
hacia el sudeste. Pretendía así mantener el contacto con el segundo ejército,
comandado por el general Karl von Bülow, que había quedado rezagado. Como había
sucedido en 1870, el gobierno francés tuvo que hacer las maletas para retirarse
a Burdeos el 29 de agosto, París estaba en peligro. Pero el resultado de la
estrategia alemana fue confuso. Cuando el nerviosismo cundía por la proximidad
del enemigo los franceses tuvieron conocimiento gracias a un reconocimiento
aéreo (tal fue la primera modalidad en que se emplearon los aviones durante la
guerra) de que Kluck había dejado al descubierto su flanco, pudiendo penetrar
por allí las fuerzas aliadas y separarle definitivamente del segundo ejército.
La distracción fue aprovechada por Joffre para reagrupar fuerzas usando las
conexiones ferroviarias de la capital. La ofensiva aliada comenzó el 6 de
septiembre y tres días más tarde los alemanes tenían que emprender la retirada.
Es la que se conoció como batalla del Marne, que los aliados llamaron «milagro»
puesto que lograron desbaratar la ejecución del Plan Schlieffen pese a su
inferioridad. Este resultado fue posible debido a los puntos débiles alemanes:
a medida que avanzaban en terreno enemigo la logística era cada vez más
complicada (mientras que los aliados usaron hábilmente el nudo ferroviario de
París) y las comunicaciones inalámbricas entre los dos ejércitos y con el
cuartel general sufrieron fallos. Los aliados mostraron una mayor capacidad de
reacción, incluso llegaron a movilizar en seiscientos taxis parisinos a tres
mil soldados de infantería, que partían de la explanada de Los Inválidos hacia
el frente de batalla en el río Marne.
La
bronca en Berlín fue monumental, y el alto mando alemán reaccionó sustituyendo
a Moltke por el ministro de Guerra, Erich von Falkenhayn, que intentó relanzar
la ofensiva. Ordenó a sus ejércitos desplegar una maniobra envolvente por el
norte para rodear a los aliados. Pero Joffre demostró de nuevo sus reflejos
ordenando a su subordinado, el general Ferdinand Foch, que efectuase una
contraofensiva similar a la de los alemanes. Aquella dinámica degeneró en lo
que se ha llamado «la carrera hacia el mar», en la que las tropas comenzaron a
marchar hacia el canal de la Mancha en un intento de no quedar bloqueadas en el
frente y poder avanzar. Falkenhayn intentó desesperadamente cortar dicha
carrera atacando el extremo norte de los destacamentos aliados en la plaza
flamenca de Ypres, defendida por la BEF. La ofensiva duró entre el 30 de
octubre y el 11 de noviembre, finalmente los alemanes tuvieron que retirarse de
nuevo. La operación había fallado y en diciembre el gobierno francés pudo
volver a París. El resultado militar fue que ambos ejércitos tomaron posiciones
a lo largo de una línea que comenzaba en el canal de la Mancha y terminaba en
los Alpes, en la que procedieron a excavar un intrincado sistema de trincheras
que permitiese la defensa a largo plazo frente a los ataques del enemigo, ya
fuesen de artillería o de infantería. Ninguno de ellos pensaba por aquel
entonces que se pasarían cuatro años metidos en aquellas ratoneras conectadas
por un laberinto de corredores semi subterráneos y que los movimientos en el
recién nacido frente occidental iban a ser mínimos.
§.
¡Qué vienen los rusos!
Si
la guerra en el oeste se activó desde inicios del mes de agosto, en la frontera
de las potencias centrales con Rusia no tardó mucho más en comenzar. Los rusos
debían solidarizarse con sus aliados para desviar parte de la presión alemana,
concentrada en Bélgica y Francia. Por la misma razón Austria-Hungría debía
solidarizarse con Alemania y correr en buena medida con la defensa frente a
Rusia mientras que el esfuerzo alemán siguiese concentrado en el frente
occidental. De hecho sólo había quedado el VIII Ejército alemán para hacer
frente a la previsible ofensiva rusa. El Estado Mayor germano había calculado,
con su característica precisión, que los rusos tardarían seis semanas en
movilizar sus fuerzas, pero sorprendieron a los alemanes haciéndolo en dos semanas.
Los generales del zar decidieron aprovechar esa ventaja y atacar. Pero por
presiones internas que reclamaban ayudar a Serbia además de a Francia, el zar
se vio obligado a dividir su ejército en dos: uno de ellos combatiría a
Alemania en el norte (en la región de Prusia oriental) y el otro a los
austríacos en Centroeuropa (en la región de Galitzia). Los primeros resultados
fueron prometedores para los rusos: el primer ejército (dirigido por el general
Pavel Rennenkampf) obtuvo una sonada victoria en Gumbinnen el 15 de agosto,
mientras que el segundo (mandado por el general Alexander Samsonov) atacó el
flanco sur de los alemanes, ocasionando el repliegue de todo su ejército. Lo
alarmante de la situación hizo reaccionar al Estado Mayor alemán que puso a la
cabeza de las tropas del frente oriental al mariscal de campo Paul von
Beneckendorff von Hindenburg, que diecisiete días después de empezar la guerra
fue llamado de su retiro para salvar la apurada situación. Se le adscribió como
jefe de Estado Mayor al general Erich Ludendorff, que había destacado por su
brillantez en el cerco de Lieja. Ludendorff estaba considerado el mejor
estratega de Alemania, y era en él en quien confiaba el alto mando para que
solucionase la situación en el este, pero era un simple Generalmajor (general
de brigada), y el mando del frente debía desempeñarlo un Generaloberst (general
de ejército o capitán general). No se le podía ascender tres grados de golpe
porque eso repugnaba al sentido jerárquico del ejército alemán, y encima tenía
una carencia, la partícula «von» delante del apellido que caracterizaba al
junker, el miembro de la nobleza militar prusiana, la clase que dominaba la
estructura castrense.
La
conjunción de los dos militares no pudo obtener mejores resultados. En opinión
de Lozano, «Hindenburg proporcionó estabilidad, autoridad y nervios templados.
Ludendorff aportó energía, ambición e imaginación. […] Ambos compartían un
descomunal ego y una gran ambición. Hindenburg admitió que “eran un matrimonio
feliz”». La contraofensiva que lanzaron contra los rusos fue de un éxito
arrasador, logrando una victoria brillante cerca de Grünfliess del 26 al 30 de
agosto. Para darle mayor significación, la acción fue rebautizada como batalla
de Tannenberg, rememorando otra acontecida en 1410 en la que los caballeros
teutónicos habían sido derrotados por polacos y lituanos. Así, la victoria
tomaba resonancias de venganza contra los eslavos, que fue redondeada con otra
una semana más tarde en las cercanías de los Lagos Masurianos. Hindenburg se
vio elevado a la categoría de héroe nacional, al tiempo que comenzaba con
Ludendorff la que sería una de las colaboraciones militares más brillantes de
toda la historia. Irónicamente, entre los profesionales de la estrategia, a
Hindenburg le apodaban «mariscal Was sagast Du?» (¿Tú qué dices?), porque era
lo que decía, volviéndose hacia Ludendorff, cada vez que le consultaban una
cuestión militar.
Mientras,
los austríacos no lograban elaborar un plan de ataque coherente. Por un lado no
podían desatender el castigo a Serbia (la opción favorita del jefe de su Estado
Mayor, Franz Conrad von Hötzendorf), pero debían prestar apoyo a los alemanes
durante la ofensiva occidental para aliviar la presión de los rusos. Con un
ejército mal preparado, anticuado y mermado por las diferencias nacionales
Conrad decidió atender varios frentes a la vez: lanzó una infructuosa campaña
sobre Serbia y atacó por dos flancos a los rusos, por el norte en la Polonia
rusa y por el este en la región de Galitzia. Los resultados fueron desastrosos,
las bajas resultaron enormes y pronto se vio en la tesitura de tener que pedir
ayuda militar a Alemania. Esta pudo responder finalmente con un ataque sobre
Varsovia, mientras los austríacos continuaban luchando con los rusos en Lodz y
lanzaban una campaña de invierno a través de los Cárpatos para recuperar la
fortaleza de Przemysl, que también fracasó. Para entonces el balance no podía ser
peor para la potencia que había embarcado a Europa en la contienda.
Al
acabar 1914 las cifras de la guerra ya eran espeluznantes. Sólo en agosto se
habían movilizado a seis millones de hombres para acudir al combate y en el mes
de diciembre las bajas (de civiles y de militares) se contabilizaban por
cientos de miles, sin que se adivinase una ventaja clara de ninguno de los
contendientes. Las mentes más aventajadas de Europa ya barruntaban lo que
estaba pasando en realidad y la futilidad del conflicto. Un excelente
periodista ruso de nombre Lev Trotski escribía por entonces: «Ahora viene una
guerra y nos muestra que todavía andamos a cuatro patas sin salir del estadio
bárbaro de nuestra historia. Hemos aprendido a llevar tirantes, a escribir
inteligentes editoriales y a fabricar chocolate con leche, pero cuando tenemos
que decidir seriamente una cuestión relativa a la coexistencia de unas cuantas
tribus en una rica península de Europa, nos sentimos impotentes para encontrar
otra vía que no sea una mutua matanza masiva».
§.
Weltkrieg (Guerra Mundial)
Aunque
en Europa los planes de victoria iniciales de Alemania se vieron empañados, no
todo estaba fiado a lo que pasase en el viejo continente. Uno de los objetivos
de las potencias centrales para lograr un golpe efectivo contra los aliados
consistía en intentar desestabilizar sus imperios coloniales. Para ello iba a
resultar básica una herramienta que los alemanes llevaban preparando largo
tiempo. Desde la década de 1880 Alemania había ido acercándose diplomáticamente
al Imperio otomano, en una maniobra disimulada y discontinua que no logró
evitar las suspicacias de Gran Bretaña y Rusia. El káiser había visitado
Constantinopla en 1889 y 1898, los alemanes se habían hecho con la concesión
del proyecto para extender la línea de ferrocarril Berlín-Constantinopla hasta
Bagdad (lo que había despertado recelos británicos) y en la década de 1880 los
turcos ya habían solicitado asesoría militar a Alemania para modernizar su
ejército. Esta petición se repitió después de la llegada de los Jóvenes Turcos
al poder, que en 1913 pidieron el envío de una nueva misión militar alemana
—Enver Pachá, el principal dirigente del movimiento, había estudiado en
Alemania—. Aunque el gobierno del sultán permaneció cauto ante los
acontecimientos que se precipitaron en el verano de 1914 (ya bastante habían
perdido en los años anteriores), el káiser tenía clara la intención de
desestabilizar el equilibrio mundial involucrando al Imperio otomano en la
guerra. Como él mismo afirmó entonces: «Nuestros cónsules y agentes en Turquía
y en la India […] deben encender en todo el mundo musulmán una implacable
rebelión contra esta odiosa, falsa, mentirosa y sin escrúpulos nación de
tenderos, pues aunque tengamos que desangrarnos hasta morir, Inglaterra ha de
perder por lo menos la India».
Las
negociaciones diplomáticas avanzaron en el verano y Turquía entró en el juego
rápidamente, persuadida de que el alineamiento con los beligerantes era
inevitable y de que si apoyaba a Gran Bretaña o si esta vencía, apostaría por
la desmembración del Imperio otomano para proceder a su reparto. La puesta en
escena del acuerdo fue, siguiendo el estilo alemán, por lo menos llamativa. Dos
buques de guerra alemanes, el poderoso Schlachtkreuzer (crucero de batalla) SMS
Goeben, al que se unió el crucero ligero SMS Breslau, lograron burlar el
bloqueo británico en el Mediterráneo y llegar hasta Constantinopla el 12 de
agosto. Los británicos eran los proveedores oficiales de la marina turca pero,
al estallar la guerra, se habían negado a entregar dos barcos que había
encargado el gobierno del sultán (por miedo a ponerlos en manos de un enemigo
en potencia). El 29 de octubre los dos barcos alemanes, ahora con bandera
turca, bombardearon el puerto ruso de Odesa, en el Mar Negro. En los días
siguientes se sucedieron las declaraciones de guerra de Rusia, Francia y Gran
Bretaña, al tiempo que los turcos emprendían una campaña en el Cáucaso contra
Rusia. Esta era la más perjudicada por la entrada de Turquía en el conflicto,
ya que se cerró la zona de los Estrechos al comercio internacional, por lo que
se veía privada de una de sus principales vías de aprovisionamiento marítimo.
Al tiempo Gran Bretaña veía amenazada su principal vía de comunicación marítima
con la India, el canal de Suez. Los designios del káiser se habían puesto en
marcha y había comenzado su Weltkrieg (guerra mundial).
Pero
los británicos reaccionaron rápidamente e intentaron sacar provecho de la
adversidad. En noviembre de 1914 declararon oficialmente la anexión de la isla
de Chipre a su imperio y en diciembre decidieron regularizar su ocupación de
Egipto convirtiéndolo en un protectorado. Prometieron a los rusos la entrega de
Constantinopla en caso de victoria y dieron un paso decisivo para acercarse a
los campos petrolíferos de Mesopotamia comenzando una invasión del país desde
el golfo Pérsico con una fuerza del ejército de la India, que tomó Basora el
mes de noviembre. La guerra acababa de comenzar en el que iba a ser otro de sus
escenarios predilectos, Oriente Próximo.
Aunque
en el territorio otomano Alemania tenía cancha en la que desarrollar su juego,
en sus colonias el partido acabó pronto. Los aliados se coordinaron para
apoderarse con celeridad de las colonias alemanas, para lo que se encontraron
con la inesperada colaboración de Japón. La naciente potencia oriental declaró
la guerra a Alemania el 23 de agosto con la intención descarada de hacerse con
sus posesiones asiáticas y del Pacífico: entre septiembre y noviembre cayeron
en sus manos sucesivamente las islas Marianas, Carolinas y Palau y la concesión
china de Qingdao. Por su parte fuerzas australianas y neozelandesas se hicieron
con Nueva Guinea Alemana. Las colonias alemanas en África fueron objeto de
ataques por parte de los aliados desde el primer momento. Como recuerda el
historiador británico Niall Ferguson, «los primeros tiros disparados en tierra
por tropas británicas el 12 de agosto de 1914, apuntaron a la estación
inalámbrica alemana en Kamina, en Togolandia». Efectivamente, Togo fue la
primera en caer (ese mismo mes), a la que seguirían África sudoccidental
(actual Namibia) en 1915 y Camerún en 1916. Al acabar la guerra la única
colonia alemana que seguía bajo soberanía de la metrópoli era África oriental
(actual Tanzania), donde la brillante defensa planteada por el coronel Paul von
Lettow-Vorbeck logró mantener en jaque a los contingentes británicos enviados
para rendirle. Pero todavía quedaban escenarios nuevos para que se
desarrollasen las campañas y contendientes nuevos que se podían sumar a la orgía
de sangre que se había desatado, y el año 1915 iba a ser pródigo en ambas
cosas.
Capítulo
4
El
mundo en llamas
Afinales
del año 1914 se planteaba a nivel mundial una situación por completo inesperada
para los hombres y mujeres a quienes les tocó vivirla. Un conflicto regional
entre una gran potencia (Austria-Hungría) y un pequeño país (Serbia) había
provocado un conflicto general entre las grandes potencias europeas, una
situación que no se planteaba en el viejo continente desde que hacía cien años
habían terminado las guerras napoleónicas en las planicies cercanas a la
localidad belga de Waterloo. Pero la diferencia era que ahora Europa se había
abierto al mundo y el mundo a Europa, así que cuando el conflicto estalló, sus
consecuencias comenzaron a experimentarse en todo el planeta. La situación era
paradójica: la rivalidad política, la competencia económica y el malestar
cultural a nivel internacional habían hecho que en los meses de ese verano se
plantease un conflicto entre las dos potencias más atrasadas de Europa
(Austria-Hungría y Rusia, protectora de Serbia) que por una mezcla de
precipitación diplomática, inercia política y deseos reprimidos de luchar
arrastraron a las más avanzadas (Alemania, Gran Bretaña y Francia). En los
primeros meses de contienda los planes para su rápida resolución fracasaron,
generándose una situación de empate entre los contendientes que dio al traste
con la ilusión de todos de que la guerra sería una experiencia pasajera,
excitante y victoriosa.
La
guerra había encontrado ya algunos de los escenarios que no abandonaría con
posterioridad: Francia y la región belga de Flandes (del canal de la Mancha a
los Alpes), la frontera occidental del Imperio ruso (desde el Báltico a los
Cárpatos) y Oriente Próximo. También habían hecho presencia algunas de las
experiencias más deshumanizadoras que se repetirían y agravarían
posteriormente, como la guerra altamente tecnificada y la violencia
indiscriminada contra los civiles. Sólo serían los primeros pasos de un horror
que ganaría en extensión y profundidad durante cuatro años y medio, y que
marcaría un bautismo de sangre para el sigloXX, una centuria que la humanidad
estrenaba con una espiral de muerte que resultaría tristemente premonitoria de
lo que habría de venir después.
El
atasco en el frente occidental y el resultado incierto en el oriental
convencieron a las fuerzas aliadas de que tenían que buscar un punto débil del
enemigo, una puerta trasera por la que tomarle por sorpresa y forzar un
desbloqueo de la situación. A principios de 1915 el sector del gobierno
británico agrupado en torno al Primer Lord de Almirantazgo (ministro de
Marina), Winston Churchill, propuso un plan original en el que se combinarían
fuerzas de marina e infantería para dar un golpe letal al enemigo.
§.
Enero de 1915: ¿y qué hacemos ahora?
La
actividad en el mar hasta entonces no había sido muy intensa. Declarada la
guerra y pese a que la flota alemana no tenía una dimensión suficiente como
para plantear un ataque a gran escala, la actitud británica fue de prudencia.
En septiembre tres cruceros británicos fueron hundidos en el Mar del Norte en
la que constituyó la primera acción militar de los submarinos alemanes (un
ámbito tecnológico en el que Alemania siempre llevó una ventaja abrumadora a
los aliados). Reino Unido respondió a aquella acción declarando zona de guerra
el Mar del Norte, a lo que los alemanes respondieron haciendo lo propio con las
aguas que rodeaban las islas Británicas. Sin embargo, primó la contención y por
el momento tanto alemanes como británicos decidieron dejar la flota de guerra
amarrada a la espera de preparar un encuentro naval a gran escala. Las únicas
escaramuzas fueron las efectuadas por el escuadrón alemán al mando del
almirante Maximilian von Spee, que destruyó un destacamento británico en
noviembre de 1914 frente a Coronel, en la costa de Chile, pero que fue abatido
al mes siguiente en una batalla en aguas de las islas Malvinas. Lo que ahora
proponía el ministro Churchill era emplear las fuerzas navales de otra forma.
Con los turcos concentrados en su campaña del Cáucaso y en atender a la amenaza
británica en Mesopotamia, la península de los Balcanes había quedado
desatendida. Por ello era posible plantear un ataque en el corazón del imperio,
en la zona de los Estrechos, que amenazase directamente la capital, Constantinopla.
Además, la acción serviría para trasladar tropas que se podrían emplear en un
auxilio posterior a Serbia y para abrir los Estrechos al estrangulado comercio
ruso.
El
objetivo previsto fue la península de Galípoli, en el estrecho de los
Dardanelos. El plan original consistía en la penetración de una fuerza naval
británica en el estrecho, pero las expectativas británicas pecaron de un
optimismo desmedido. En palabras del historiador británico Niall Ferguson,
«“Ninguna potencia humana podría resistir tal despliegue de fuerza y poder”,
pensaba el comandante de la flotilla británica al aproximarse a los estrechos
del Mar Negro; se equivocaba: los cañones y minas turcos lo hicieron con
facilidad». Los turcos habían sembrado el angosto brazo de mar que discurre
entre el mar Egeo y el de Mármara de minas, lo que produjo un rápido rechazo de
los buques británicos cuando intentaron llevar adelante el plan en el mes de
marzo de 1915. Entonces se optó por una operación anfibia en la que se
desembarcasen tropas en la península para que creasen un frente desde el que
avanzar hacia la capital. Se seleccionó para ello a un cuerpo de las nutridas
tropas que habían llegado a Europa de los dominios (territorios autónomos) del
Imperio británico, en este caso de australianos y neozelandeses (comúnmente
conocidos como anzac, acrónimo de Australian and New Zealand Army Corps). Para
desesperación de los atacantes, los turcos se habían apostado en las partes
altas de las rocosas crestas que salpicaban la zona, haciendo gala de gran
arrojo y de talento para acorralar a los invasores en unas estrechas posiciones
donde morían fácilmente víctimas del fuego enemigo. Galípoli fue un trauma
colectivo para las fuerzas que quedaron allí apostadas, hasta el punto de que
es considerado actualmente como un momento fundacional de la nación para
Australia y Nueva Zelanda. Las fuerzas turcas demostraron una organización y
habilidad superiores a la operación aliada, que exigía de una coordinación y
madurez para la que los británicos no estaban preparados. Entre los primeros
destacó el coronel Mustafá Kemal, jefe de la 19ª División que guarnecía los
Estrechos, que estaría llamado más tarde a jugar el papel de principal
estadista de Turquía. Los anzac permanecieron allí hasta el mes de diciembre,
cuando se dio finalmente por fracasada la operación y se ordenó la evacuación.
Con 50.000 muertos que no habían servido para nada, Churchill tuvo que dimitir,
lo que no le libraría de ser apodado «el carnicero de Galípoli».
Mientras
que los aliados empezaban a sospechar que sus altaneras expectativas de una
pronta ocupación de Constantinopla no se iban a materializar con facilidad,
culminó una operación diplomática en la que llevaban tiempo embarcados. El 26
de abril los gobiernos de la Entente firmaban con el italiano en Londres el
tratado por el que Italia intervenía definitivamente en la guerra en contra de
las potencias centrales, que habían sido sus aliados tradicionales en el seno
de la Triple Alianza. Después de su negativa a decantarse durante la crisis de
Sarajevo, el gobierno italiano había adoptado la postura de una neutralidad
interesada, declarando públicamente que actuaría guiado por un «sacro egoísmo»,
o lo que es lo mismo, por una resolución definitiva después de sopesar qué
postura se ajustaba más a los intereses de Italia. La negociación y el tratado
fueron secretos y su publicación generó un agrio debate interno puesto que la
mayoría de la población era favorable a la neutralidad, pese al ruidoso
activismo de pequeños grupos ultranacionalistas que reclamaban la entrada en la
guerra. Parece que en la elección final del ejecutivo de Roma pesó la garantía
ofrecida por los aliados de entregar a Italia los territorios de habla italiana
que permanecían bajo soberanía austríaca (el Bajo Tirol, la península de Istria
y la costa dálmata). Eran los territorios que los italianos llamaban
«irredentos» y su reclamación (el irredentismo) había sido uno de los temas
recurrentes de la derecha nacionalista italiana desde los tiempos de la
unificación. El 23 de mayo Italia declaraba la guerra, para la que contaba con
un ejército mal equipado y mal preparado, con una oficialidad incompetente que
se destacó durante la campaña por el trato inhumano que dispensaba a la tropa,
lo que incidía negativamente en su ya de por sí baja motivación. Los aliados
aprovecharon este nuevo apoyo para abrir otro frente en la frontera
sudoccidental del Imperio austro-húngaro, con objeto de obligarle a desviar
recursos y liberar así a Serbia de parte de la presión a la que se veía
sometida. En junio comenzaron las operaciones militares (al mando del general
Luigi Cadorna) en el Véneto, intentando los italianos penetrar en territorio
austríaco. Pero los ataques fueron rechazados y surgió un nuevo frente
estancado a lo largo del recorrido del río Isonzo, en cuyas riveras se pasarían
los dos años siguientes luchando infructuosamente con los austríacos.
Sin
embargo no sería este el único éxito de las potencias centrales durante ese
año. La victoria de Hindenburg y Ludendorff en el frente oriental les permitió
imponer a comienzos de 1915 el plan de continuar con la ofensiva contra Rusia,
frente a la opinión del jefe del Estado Mayor General (Grosser Generalstab),
Von Falkenhayn, que insistía en renovar la presión en el frente occidental para
desbloquear la situación. La debilidad de Austria y la aparición del nuevo
frente italiano fueron razones adicionales para optar por fortalecer la
victoria en Europa oriental como paso previo a reintentar un ataque sobre
Francia. Se comenzó por una nueva ofensiva en Galitzia, en la región de
Gorlice-Tarnow, en la que los alemanes ensayaron tácticas y armamentos nuevos antes
de aplicarlos ante los mejor equipados ejércitos aliados del frente occidental.
Si durante el invierno ya se había probado contra los rusos el uso de gas
venenoso, ahora se experimentó el avance de infantería combinado con un
bombardeo masivo previo (las célebres «cortinas de fuego», que se revelarían de
un éxito arrasador y serían perfeccionadas a lo largo de la guerra). La
retirada del maltrecho ejército ruso, en el que muchos soldados ni siquiera
contaban con un fusil para entrar en combate, degeneró en desbandada y durante
el mes de agosto Falkenhayn autorizó una campaña sobre la Polonia rusa dirigida
por Ludendorff. El éxito fue tal que las fuerzas alemanas ocuparon un amplio
territorio ruso, sobre el que fueron desarrollando una administración permanente
conocida como Oberost, llegando en septiembre hasta Brest-Litovsk e incluso a
Vilna, actual capital de Lituania. El desastre ruso fue de tal magnitud que el
zar Nicolás II decidió dar un golpe de timón, depuso al jefe del Estado Mayor
ruso, su tío el gran duque Nicolás, para asumir personalmente el mando del
ejército en el frente.
Para
entonces la península Balcánica iba a reclamar de nuevo la atención de los
aliados. La principal perjudicada de la Segunda Guerra de los Balcanes y
principal enemiga de Serbia, Bulgaria, firmó un tratado de amistad con Alemania
y declaró en octubre la guerra a los aliados (incluida su tradicional enemiga).
La situación de Serbia era tan desesperada que pidió ayuda militar a los
aliados que, desgraciadamente, no tenían por donde hacérsela llegar. Para
solventarlo recurrieron entonces al presidente griego, Elefterios Venizelos,
que era partidario de la intervención de su país a favor de la Entente en
contra de la mayoría de la opinión pública, favorable a la neutralidad. El rey
Constantino I de Grecia por su parte había hecho gala de que su simpatía se decantaba
por las potencias centrales. Venizelos prometió ayuda militar y autorizó por su
cuenta el desembarco de una fuerza aliada en Salónica, pero cuando el rey se
enteró exigió la dimisión de Venizelos, que acorralado no tuvo más remedio que
concedérsela. Para entonces el ejército aliado estaba ya desembarcando y el
presidente, en una reacción inesperada, se trasladó a Salónica y formó su
propio ejecutivo, que fue inmediatamente reconocido por las potencias aliadas.
La situación desembocó en que la fuerza aliada quedó aislada en Salónica sin
que pudiesen atravesar territorio griego para auxiliar a Serbia. Para entonces
una campaña combinada entre las potencias centrales y Bulgaria había invadido
aquel país, expulsando a lo que quedaba de su ejército hacia el sur. Bulgaria
fue premiada y por fin vio reconocida su soberanía sobre Macedonia. El
resultado a finales de 1915 era que toda la península de los Balcanes a
excepción de Grecia y Rumanía, que seguían neutrales, estaba en poder de las
potencias centrales y sus aliados. Mientras, las tropas de Salónica se
quedarían todavía muchos meses atrapadas en su reducto griego sin poder
participar en la guerra. La táctica de abrir un nuevo e inesperado «frente
trasero» por parte de los aliados para forzar un desempate bélico general a su
favor había fracasado definitivamente.
§.
Una punzante sangría
En
el frente occidental la actividad continuó a lo largo de 1915, pero no fue a
base de ofensivas y contraofensivas como había sucedido en los primeros meses
de contienda. Mientras los aliados se esforzaban por atacar en los Balcanes y
las potencias centrales por doblegar a Rusia, ambos bandos blindaron la larga
línea que discurría entre el canal de la Mancha y los Alpes improvisando y
perfeccionando una serie de defensas como no se habían visto hasta entonces. A
esas alturas todos eran conscientes de que la guerra que estaban librando no
era una guerra tradicional. Se mejoraron los complejos y kilométricos sistemas
de trincheras que se habían levantado improvisadamente, se excavaron refugios,
se instalaron campos de alambradas y nidos de ametralladoras fijas. En un nuevo
ataque alemán en abril en Ypres emplearon por primera vez el gas tóxico que ya
habían ensayado con fortuna en el frente oriental. El efecto propagandístico
fue inmenso, el pánico cundió entre los soldados y la opinión pública se
estremeció ante ese nuevo tipo de guerra inmaterial pero enormemente dañina.
Militarmente los ejércitos aliados lograron ir improvisando soluciones que
fueron neutralizando en buena medida sus efectos y rápidamente incorporaron el
nuevo tipo de arma a sus propios arsenales. En la campaña que lanzaron contra
los alemanes en otoño se habían provisto ya de gas con el que contraatacar,
aunque los pobres resultados obligaron al comandante en jefe francés Joffre a
convocar una reunión del mando interaliado en Chantilly. El objetivo no era
otro que el de preparar una nueva campaña coordinada para 1916, reemplazando
entonces el gobierno británico al comandante de sus fuerzas, French, por el
mariscal Douglas Haig.
Pero
al año siguiente los alemanes se adelantaron. Los vencedores en el frente
oriental, los generales Hindenburg y Ludendorff —a quienes los ingleses se
referían con la cifra HL—, cada vez con más poder dentro del ejército, habían
exigido con el apoyo del canciller la cabeza del jefe del Estado Mayor, pero se
encontraron con la resistencia del káiser, que todavía confiaba en él. Entonces
Von Falkenhayn, consciente de que su puesto pendía de un hilo, proyectó una
nueva estrategia ofensiva. Un despliegue envolvente como el que se había
intentado en 1914 ya no era posible, por lo que ideó una serie de ataques
combinados que golpeasen de forma concentrada en puntos estratégicos del
frente. El objetivo final de esta campaña no era tanto obtener una victoria definitiva
sobre el ejército enemigo, sino erosionar su capacidad de tal manera que se
viese obligado a pedir negociaciones para la paz. Era la formulación de la
«guerra de desgaste» que concebía la victoria no ya como el resultado de la
eliminación de la fuerza enemiga sino como fruto de su agotamiento interno.
«Alemania desangrará a Francia hasta la muerte, escogiendo un punto de ataque
en el que los franceses se verán obligados a meter cada hombre que tengan»,
explicaba con frialdad el general Von Falkenhayn. Sólo hacía falta un punto en
el que aplicar la teoría, y Von Falkenhayn pronto se fijó en uno que le
serviría a la perfección: la fortaleza de Verdún.
Verdún
era una importante plaza sobre el río Mosa, una de las más fuertes de toda la
frontera oriental francesa aunque, por estar alejada del escenario principal de
operaciones y por haberse demostrado en Lieja que este tipo de fortificaciones
no eran operativas ante la nueva capacidad ofensiva alemana, había sido
desatendida por el alto mando francés desde el comienzo de la guerra. Por esto,
por hallarse cerca de una de las principales líneas de ferrocarril alemanas
próximas al frente y por el especial significado simbólico que tenía para los
franceses (era la única fortaleza que había resistido la embestida enemiga
durante la guerra franco-prusiana) fue la elegida como objetivo: «el yunque
sobre el que la población de Francia va a ser martilleada a muerte», en
palabras de Winston Churchill. Tras unos preparativos llevados en el más
estricto secreto, el ataque comenzó el 21 de febrero de 1916 y el despliegue
ofensivo fue aniquilador. Tras un bombardeo masivo con dos millones de obuses
en el primer día, la infantería comenzó la lucha en la que hizo su aparición
otra de las mortíferas innovaciones que caracterizaron a esta guerra: el
lanzallamas. Varios de los fuertes de la plaza fueron cayendo en poder de las
fuerzas alemanas pero Joffre, pese a lo descabellado de intentar reconquistar
lo que estaba prácticamente perdido, encomendó la misión a uno de sus mejores
hombres, el general Philippe Pétain, jefe del II Ejército. Su labor al frente
de la maltrecha fuerza francesa fue extraordinaria, mediante un sistema de
rotación de tropas que hizo pasar por Verdún a la mayor parte del ejército
francés, pero que garantizaba a los soldados salir a plazo fijo de aquel
infierno, logró levantar la moral y que sus tropas llevasen a la práctica la
consigna de no ceder ni un solo metro de terreno. Consiguió compensar el
sensacional despliegue logístico alemán en unas condiciones más que precarias.
Para el abastecimiento de material y tropas los franceses sólo contaban con una
carretera amenazada por el enemigo (que recibió el nombre de La Voie Sacrée,
«la vía sacra») y de un ferrocarril de vía única (que a diario retiraba
cadáveres y heridos tras traer provisiones o refuerzos), por lo que fue
necesario defender la comunicación y organizar el tráfico al milímetro para no
abocar a los defensores de Verdún al desastre. El mando alemán no daba crédito
a lo que estaba sucediendo, los franceses estaban volviendo en su contra el
golpe que tenía que haberlos desangrado. En julio Von Falkenhayn daba el ataque
por perdido (aunque los franceses tardarían todavía unos meses en reconquistar
del todo la plaza) y con ello firmaba su propia sentencia: en agosto fue
relevado como jefe del Estado Mayor, siendo sustituido por Hindenburg que
acudía a la llamada asistido por quien era ya su álter ego, Ludendorff.
Con
los franceses concentrados en la defensa de Verdún, el ataque que se había
acordado en la reunión de Chantilly tuvo que ser asumido por los británicos. Se
había proyectado en un área del curso del río Somme cerca de Amiens y lo
prepararon detalladamente con la intención de aumentar su efectividad aplicando
algunas de las novedades aparecidas durante la guerra. Tras un bombardeo de una
semana sobre las posiciones que los alemanes llevaban ocupando desde 1914, el
mando británico ordenó el avance el 1 de julio de 1916. Lo hizo confiado en que
la destrucción sembrada por la artillería habría diezmado a los alemanes y
permitiría a sus hombres avanzar y fortificar posiciones con facilidad. Pero
los alemanes no sólo habían resistido el bombardeo, sino que conservaban su
capacidad defensiva intacta. De las trincheras emergieron las ametralladoras
que sembraron de muerte el campo durante días y los proyectos de victoria
británicos basados en una sofisticada coordinación de infantería y artillería
se desvanecieron. Solamente en el asalto del primer día los ingleses sufrieron
20.000 muertos y 35.000 heridos. La imagen de legiones de zombis avanzando por
el paisaje lunar que había creado la artillería plagado de cadáveres se
alargaría durante cuatro meses. En las últimas semanas hicieron su aparición
los primeros carros blindados británicos, ideados como un medio para romper el
empate mortal en que había degenerado la ofensiva, aunque todavía no
desempeñaron un papel destacable. La carnicería sólo consiguió aliviar un poco
la presión sobre Verdún al verse obligados los alemanes a enviar parte de sus
fuerzas al Somme. Estas dos batallas quedarían así ligadas para siempre a las
memorias colectivas de Francia y Gran Bretaña respectivamente. Tuvieron un
papel similar al que adquirió Galípoli para Australia y Nueva Zelanda, el de
ara sacrificial de una generación que dio su vida por su país en una guerra
completamente deshumanizada. En Francia la conmoción en la opinión pública por
la heroica inmolación de Verdún decidió al gobierno a cambiar a Joffre (a quien
se achacaba en parte la desgracia) por el general Robert Nivelle. Sólo sería
una más de las cabezas de militares que rodarían por las desastrosas pérdidas
humanas de la guerra —770.000 bajas entre los dos bandos en Verdún, el doble en
el Somme—, difícilmente digeribles por la opinión pública que sostenía en la
retaguardia el esfuerzo de guerra.
Mientras
los alemanes lanzaban su órdago sobre Verdún, el ejército ruso se aprestó a
cumplir su parte de lo acordado en Chantilly lanzando una ofensiva en el frente
oriental que sirviese por un lado para responder a la agresión de Hindenburg el
año anterior y por otra para aliviar la presión insoportable que estaban
padeciendo sus aliados. Los alemanes calculaban que los rusos todavía podían
perder cientos de kilómetros de terreno antes de ponerles en una situación
apurada y precisamente por ello Von Falkenhayn había preferido volver su
atención sobre Francia. Ahora los rusos golpeaban en el norte contra el avance
alemán, donde cosecharon un escaso éxito, pero en verano protagonizarían su
gran contribución a la causa de los aliados durante toda la guerra. Pese a que
la escasez de material y la mala preparación eran endémicas en las tropas
rusas, el brillante general Alexéi Brusílov preparó una ofensiva contra
Austria-Hungría basada en engañar al enemigo en cuanto a posiciones y velocidad
de sus tropas. Los austríacos, confiados en la fortaleza de las defensas que
habían levantado, se habían relajado, por lo que cuando el 4 de junio comenzó
el ataque el resultado fue fulminante. Los rusos no sólo rompieron las líneas
defensivas del enemigo, sino que penetraron profundamente en su territorio. El
jefe del Estado Mayor austríaco había estado centrado desde la primavera en una
campaña que había lanzado contra Italia a través de los Alpes como forma de
desbloquear la situación en el Isonzo, pero la penetración rusa le obligó a
desistir de su empresa y enviar todas las tropas disponibles a la frontera
oriental. Ante el fracaso de sus esfuerzos, no tuvo más remedio que pedir
auxilio otra vez a Berlín. Allí, según Lozano, «Falkenhayn le dio tal
reprimenda que Conrad le diría a sus oficiales que prefería “diez bofetadas”
antes que volver a solicitar ayuda a los alemanes».
§.
Algunas inercias que se imponen…
No
sería la última vez que los austríacos recurrirían a sus vecinos del norte. La
situación era evidente para todos por mucho que le pesase a algunos de sus
protagonistas: Alemania dependía de Austria-Hungría porque necesitaba un
aliado, pero esta necesitaba a aquella cada vez más por su debilidad militar. A
medida que la duración y complejidad de la guerra avanzaban, el lastre que
tenía que soportar Alemania era mayor. El envío de divisiones alemanas y la
cortedad de miras del alto mando ruso, que no proporcionó refuerzos a Brusílov
para que continuase con su ofensiva, hizo que en octubre esta comenzase a
perder fuelle y terreno. Aunque sin duda logró su objetivo de aliviar la
presión alemana en el frente occidental, podría haber sido uno de los golpes que
hubiese marcado un viraje en el desarrollo de la contienda. En esta ocasión el
imperio de los Habsburgo había salvado el tipo, pero en noviembre recibió otro
golpe. Este no lo había asestado ningún enemigo y sin embargo muchos dudaban de
que aquel vetusto imperio fuese capaz de superarlo. El día 21 moría en Viena el
anciano emperador Francisco José I. Más allá de la pérdida de quien había sido
durante sesenta y ocho años la cabeza del Estado políticamente más complejo de
Europa, se fue con él el elemento de estabilidad política más fuerte de ese
volátil conglomerado. Más que un hombre, era una institución viviente la que se
extinguía. Su sucesor fue su joven sobrino nieto, el emperador Carlos I,
inexperto y prácticamente desconocido para la población. Sus primeras medidas
fueron destituir a Conrad y ordenar que se comenzasen negociaciones secretas
con Francia en busca de una paz por separado. Pronto descubrió que si su
imperio era un lastre militar para Alemania, esta constituía un lastre
diplomático demasiado pesado como para buscar por cuenta propia la paz con los
aliados. El futuro de los dos imperios centroeuropeos estaba mucho más ligado
de lo que habían pensado sus dirigentes al firmar y renovar la Triple Alianza
hacía ya tantos años.
Los
planes de defección del imperio de los Habsburgo no constituyeron el único
cambio que vivió la situación en Europa oriental a lo largo de 1916. El ímpetu
que había adquirido la ofensiva rusa animó a un nuevo país a dar un paso al
frente en favor de la Entente. Rumanía abandonó su neutralidad en el mes de
agosto al firmar un tratado con los aliados por el que estos le prometían la
entrega de Transilvania, de mayoría rumana pero bajo soberanía austro-húngara,
a cambio de su apoyo. Poco después declaró la guerra a las potencias centrales.
Así los aliados lograron romper la tradicional alianza de Bucarest con Viena y
acariciaban una vez más la posibilidad de abrir un frente en los Balcanes que
obligase a los alemanes a dispersar un poco más sus formidables efectivos
militares. Pero como en las ocasiones anteriores el espejismo duró poco. Con un
ejército anticuado y poco preparado para el tipo de guerra que se estaba
librando, los rumanos cometieron la imprudencia de atacar Transilvania. Las
potencias centrales lo habían previsto y habían preparado dos ejércitos para
repelerles bajo las órdenes de Falkenhayn, que tras su descalabro de Verdún no
volvió a fallar. Los agresores fueron pronto rechazados y las tropas
austro-germanas continuaron su marcha penetrando en territorio rumano. Su
ejército se vino abajo y en diciembre las potencias centrales tomaban Bucarest,
culminando la conquista del país poco después. Los alemanes procederían desde
ese momento a aprovechar las reservas de grano y petróleo de Rumanía para
paliar las carencias en el frente y la retaguardia. Al acabar 1916 Grecia era
el único país de la península Balcánica que escapaba al control de Berlín y
Viena. Junto con el desinfle de la ofensiva Brusílov, todo parecía indicar que
en Europa oriental las potencias centrales estaban ganando la guerra de forma
abrumadora.
Sin
embargo en otros frentes las cosas no estaban tan claras. Para empezar,
Alemania no había logrado anular la superioridad británica en el mar. El lema
de la armada había seguido siendo la cautela, mantenida a ultranza por su
almirante John Jellicoe, lo que dejaba a Alemania en la situación de tener que
buscar un enfrentamiento si deseaba romper la superioridad británica. Salvo el
bombardeo de algunas localidades costeras británicas desde barcos alemanes en
diciembre de 1914 y la escaramuza naval del Dogger Bank (en el Mar del Norte)
en enero de 1915, la situación no cambió. O por lo menos en la superficie. Para
estrechar el cerco sobre Alemania, el Reino Unido había decretado en mayo el
bloqueo comercial marítimo, por lo que procedió a detener barcos mercantes y
requisar todas las mercancías destinadas al Imperio alemán. Esto provocó la
airada reacción de Estados Unidos, que vio muy perjudicados sus intereses
económicos. Pero poco después, el 6 de mayo, un submarino alemán hundió el
lujoso transatlántico Lusitania, que había partido de Nueva York unos días
antes. El barco llevaba entre su cargamento municiones, causa oficial del
ataque, pero también ciento veintiocho civiles norteamericanos que perecieron
en el ataque. Pese a que los servicios diplomáticos alemanes en Estados Unidos
habían advertido del riesgo que podrían correr los pasajeros que embarcasen, el
clamor de la prensa estadounidense fue estruendoso, hasta el punto de
convertirse en el inicio de una gran campaña contra Alemania. El resultado de la
estrategia fue, en palabras del historiador Michael Howard, que «en la batalla
por la opinión pública norteamericana, Alemania estaba en franca desventaja:
mientras que el bloqueo británico sólo le costaba dinero a los norteamericanos,
el alemán les costaba vidas». Un incidente similar con el barco de pasajeros
Arabic en agosto hizo que la protesta diplomática de Estados Unidos llegase a
niveles insoportables. Alemania ordenó a los comandantes de la flota submarina
que en adelante se atuviesen a la legalidad sobre «guerra de cruceros», que
imponía al buque atacante presentarse ante el sospechoso, identificarse,
detenerlo, registrarlo en busca del material prohibido y poner a salvo a la
tripulación y pasaje antes de hundirlo. Esta normativa era a todas luces
inaplicable en el caso de los submarinos, por lo que su actividad disminuyó
drásticamente en los siguientes meses.
Los
militares de Alemania se impacientaban, puesto que deseaban que la Flota de
Alta Mar alemana entrase en combate para minar a los enemigos en un nuevo
terreno, y la población se preguntaba para qué servían los barcos que con tanto
orgullo se habían construido los años anteriores y que habían sido uno de los
motivos de la entrada en el conflicto. Por fin, en enero de 1916, el nuevo
comandante de la Flota de Alta Mar, el almirante Reinhard Scheer, convenció a
todo el alto mando de que había llegado la hora de una gran batalla naval. La
estrategia que elaboró consistía en lanzar un señuelo a una escuadra británica
para que se acercase a aguas alemanas y que allí una flota combinada de
superficie y submarinos la destruyese e impidiese su rescate por refuerzos.
Pero los británicos ya habían descifrado los códigos de las comunicaciones
alemanas y descubrieron que se preparaba una acción, por lo que desbarataron el
plan y plantearon un encuentro naval convencional, que tuvo lugar los días 31
de mayo y 1 de junio frente a la costa occidental danesa. La batalla de
Jutlandia (como fue bautizada) tuvo un resultado incierto. Las pérdidas
británicas fueron mayores, pero los alemanes se vieron obligados a regresar a
puerto y no lograron romper el control británico del Mar del Norte. El
resultado de este fracaso estratégico fue inmediatamente que Alemania se
replantease su política sobre la guerra submarina y que prestase atención a
otro de los frentes donde la actividad crecía rápidamente, el Imperio otomano.
§. Y
otras que comienzan a cambiar
Pese
a su cercanía a Europa, Galípoli fue sólo uno más de los episodios de la guerra
que ya se estaba librando en el Imperio otomano. El plan de guerra ideado por
el líder turco Enver Pachá pasaba, como los de todos los contendientes, por una
guerra corta en la que los objetivos hiciesen el mayor daño posible a los
aliados de modo que, de forma coordinada con el resto de los frentes, se les
obligase a negociar una paz ventajosa. De cara a su población logró un apoyo
inmediato al decretar la abolición de los privilegios económicos que tenían los
países occidentales en el imperio (concesiones comerciales y privilegios
jurídicos), para disgusto de Alemania. Trató de compensar a Berlín accediendo a
que el sultán (que tenía la consideración de califa en el mundo islámico)
proclamase una yihad (guerra santa) contra los aliados, lo que suponía Alemania
que tendría un efecto devastador en las zonas de amplia presencia musulmana
tanto británicas (Egipto, India) como rusas (territorios de Asia central). Se
equivocaron. El llamamiento fue ampliamente ignorado pese a los esfuerzos de
turcos y alemanes por difundirlo por todo el mundo musulmán. El plan alemán de
desestabilizar el norte de la India Británica y el sur del Imperio ruso
enviando una embajada informal al emir de Afganistán para entregarle el edicto
de guerra santa y conseguir su apoyo militar no tuvo éxito. La embajada que
partió de Constantinopla, parece que bajo la apariencia de circo ambulante,
logró atravesar la zona bélica del este de Anatolia así como el Imperio persa
llegando a la corte afgana. Pero para perplejidad de los embajadores del
káiser, el emir se divirtió fabricando un dardo de papel con el documento que
le entregaban para a continuación lanzarlo al vuelo.
En
la primavera de 1915, mientras los británicos desplegaban su operación anfibia
en Galípoli, los rusos contraatacaban en el Cáucaso emprendiendo además una
política de desestabilización interna para dañar la resistencia turca. La
cristiana Armenia se encontraba dividida entre el Imperio ruso y el otomano, y
los rusos jugaron la baza de la solidaridad religiosa para levantar a los
armenios súbditos del sultán. Había cuatro brigadas armenias alistadas en el
ejército ruso y el patriarca ortodoxo de la Armenia rusa hizo una llamada al
levantamiento. Todavía se discute si esta iniciativa tuvo o no éxito, pero lo
que siguió fue uno de los episodios más negros de la guerra. En palabras de
Niall Ferguson, «la criminal campaña lanzada contra los armenios entre 1915 y
1918 fue, sin embargo, cualitativamente distinta [a las anteriores], hasta el
punto de que actualmente existe la opinión generalizada de que se trató del
primer genocidio merecedor de tal nombre» (de hecho, la palabra «genocidio»
sería inventada para el caso armenio por el jurista judío polaco Rafael
Lemkin). El gobierno turco identificó a partir de entonces a los armenios con
una «quinta columna» rusa en el interior, por lo que comenzó campañas
sistemáticas de saqueos, asesinatos, violaciones y deportaciones en un río de
sangre que tardaría mucho en secarse, pese a las protestas e informes
detallados de parte del cuerpo diplomático (especialmente del embajador de
Estados Unidos, Henry Morgenthau) y de varios misioneros occidentales.
Al
tiempo que esto sucedía, se habían ido haciendo preparativos en levante para
realizar un ataque contra el canal de Suez con la constante ayuda y supervisión
de Alemania. Los trabajos corrieron a cargo del nuevo comandante en jefe del
ejército turco en Oriente Próximo, Jamal Bajá, y del jefe del Estado Mayor
otomano, el coronel alemán Friedrich von Schellendorf. La campaña se lanzó
finalmente en julio de 1916 y no logró romper las defensas de Reino Unido, que
para entonces estaba ya orquestando otra estrategia para desestabilizar a los
turcos. Ahora el interés se había posado en el Hiyaz, la región occidental de
la península Arábiga articulada en torno a las ciudades santas de La Meca y
Medina. El líder de los clanes árabes que allí habitaban, el jerife (descendiente
de Mahoma) Husein de La Meca, había guardado buenas relaciones con el sultán
Abdul Hamid, pero el advenimiento de los Jóvenes Turcos y su intención
declarada de controlar directamente los lugares sagrados del islam le
soliviantaron. Envió entonces a su primogénito Abdalá a pedir ayuda a los
británicos en Egipto para organizar un levantamiento árabe, negándose estos.
Poco después, ya durante la guerra, fueron los británicos los que le
propusieron una alianza. El alto comisionado británico de Egipto, Henry
McMahon, le prometió a finales de 1915 y comienzos de 1916 una independencia de
Oriente Próximo bajo el gobierno de su familia, los hachemíes.
Con
esta expectativa y el apoyo organizativo de los británicos, que enviaron al
capitán Thomas E. Lawrence (el célebre «Lawrence de Arabia»), los árabes
comenzaron una guerra de guerrillas contra los turcos que les ocuparía durante
dos años con el anhelo de obtener su independencia. Según el historiador
israelí Ilan Pappé, «en sus cartas [a McMahon], Husein hacía constar que quería
un gran reino que debía extenderse sobre todas las provincias árabes del
Imperio otomano para sí y para sus cuatro hijos, y posiblemente para los
representantes del movimiento nacional árabe embrionario. En principio, los
británicos aceptaron, aunque advirtieron a Husein de que en determinadas áreas,
que definían vagamente, deberían tener en cuenta otros intereses, como los de los
franceses y los de las minorías no árabes. Estas consideraciones se
convirtieron en los principales criterios del Acuerdo Sykes-Picot». Este
acuerdo fue el adoptado en una reunión por los ministros de Asuntos Exteriores
de Reino Unido (Mark Sykes) y Francia (Georges Picot), en mayo de 1916. En él
se establecía el reparto de los territorios turcos de Oriente Próximo sin tener
en cuenta los compromisos a los que había llegado Gran Bretaña con los
hachemíes. Las potencias aliadas ya habían puesto sus ojos en el Imperio
otomano como botín de guerra y, si llegaba la victoria, querían tenerlo todo
repartido. Los británicos se reservaban el control de Mesopotamia (con sus
grandes reservas petroleras) y la desértica zona entre esta y Palestina. Los
franceses se decantaron por las fértiles y culturalmente ricas Líbano y Siria.
Las dos potencias ambicionaban Palestina, por lo que se acordó que quedase como
zona internacional bajo su control conjunto. Para los británicos se trataba de
un acuerdo esencial, ya que la campaña que habían lanzado sobre Mesopotamia
había fracasado al haber sido su ejército derrotado en Kut-el-Amara por los
turcos el mes anterior.
Las
iniciativas que se sucedían en el territorio del Imperio otomano indicaban que
los intereses e implicaciones de la guerra iban aún mucho más allá de Europa y
que los aliados seguían convencidos de que allí podrían lograr un
debilitamiento de las potencias centrales que desequilibrase sustancialmente la
balanza inmóvil en que se había transformado la guerra. Pero desde otro lugar
del planeta iban llegando noticias de cambios que cobrarían también una
importancia decisiva. En noviembre de 1916 fue reelegido para su segundo
mandato como presidente de Estados Unidos el demócrata Woodrow Wilson, que
desde el estallido de la guerra había mantenido la neutralidad de su país y que
se había presentado a la reelección como campeón de la paz con el eslogan
«mantengámonos fuera», frente al republicano C. E. Hughes, partidario de la
intervención. Pero a medida que pasaban los años era cada vez más difícil
mantenerse al margen de un conflicto que afectaba demasiado a Estados Unidos.
Pese a que los germano-americanos han constituido siempre la primera minoría
europea de Estados Unidos (actualmente son el 17 por ciento de la población),
las potencias centrales no despertaban la simpatía de los estadounidenses a
causa de sus desmanes en Bélgica y de la guerra submarina, y Gran Bretaña, a
pesar de los lazos culturales comunes, tampoco era muy popular por su condición
de antigua metrópoli y el gran peso de la inmigración irlandesa (sobre todo
después de que un nuevo levantamiento nacionalista en Dublín durante la Pascua
de 1916 hubiese sido brutalmente reprimido por las autoridades de Londres). En
cuanto a la Rusia zarista era el demonio para las comunidades polaca y judía, y
en general detestada por todos los norteamericanos progresistas. A todo ello
había que sumar que Estados Unidos había sido la fuente de los créditos que
desde el inicio de la contienda habían necesitado los aliados para adaptarse a
las exigencias de una guerra larga, por lo que cada vez era más evidente que
una derrota aliada sería muy perjudicial para aquel país. En cuanto ocupó de
nuevo el Despacho Oval, Wilson intentó encontrar una salida negociada al
conflicto (ya en 1915 había enviado a Europa al coronel House para que tantease
las posibilidades de un acuerdo). Esta vez la iniciativa fue una invitación a
los beligerantes para que le expusiesen sus condiciones para aceptar una salida
pacífica. Aunque tanto los aliados como las potencias centrales respondieron al
llamamiento (porque en sus respectivas poblaciones comenzaban a hacerse
patentes el cansancio y las presiones para buscar la paz), las exigencias
expuestas fueron absolutamente incompatibles. A Wilson apenas le darían tiempo
para digerir este nuevo fracaso como heraldo de una solución negociada. En el
tablero de la guerra las fichas seguían moviéndose por varios sitios al tiempo
y como las siguientes semanas le demostraron, todavía quedaba partida por
jugar.
§.
1917, un año para el estupor
El
16 de enero de 1917 los británicos interceptaron una comunicación alemana que
pudieron descifrar sin dificultad. Cuando leyeron la información del telegrama
no daban crédito a lo que veían sus ojos. Arthur Zimmermann, ministro de
Asuntos Exteriores del Imperio alemán, ordenaba al embajador en México,
Heinrich von Eckart, que comenzase un acercamiento al gobierno mexicano con el
fin de atraerle a una alianza militar. El objetivo: si Estados Unidos entraba
finalmente en guerra con las potencias centrales, México debía declarar la
guerra a su vecino del norte. Alemania prestaría la ayuda militar necesaria y
en caso de victoria se devolverían a México los amplísimos territorios que se
había visto obligado a ceder en el siglo anterior a Washington. Por el momento
los británicos no comunicaron su contenido. Sabían que el alto mando alemán
preparaba cambios en su estrategia global y se lo reservaron mientras quedaban
a la expectativa. Efectivamente, el daño que estaba ocasionando el bloqueo
británico a la población alemana era ya insoportable. Las presiones para lograr
un cambio a corto plazo de la situación eran cada vez mayores. En un giro
dramático, las autoridades militares alemanas decidieron apostarlo todo a
devolver el golpe a Gran Bretaña por el mar. Pero no volviendo a plantar cara
con la Flota de Alta Mar, sino hundiendo sus barcos de abastecimiento con una
guerra submarina sin restricciones a todos los buques que se aproximasen a las
islas Británicas. La decisión se tomó el 9 de enero, pero el embajador alemán
en Washington no la comunicó hasta el 31, veinticuatro horas antes de que
entrase en vigor. El presidente Wilson interrumpió de forma inmediata las
relaciones con Alemania, pero no declaró todavía la guerra. Cuando los
británicos informaron del Telegrama Zimmermann el día 24 de febrero la
indignación pública en Estados Unidos fue unánime. En un gesto tan sorprendente
como incomprensible, el propio ministro alemán afirmó públicamente la
autenticidad del documento; Alemania daba ya por seguro que Estados Unidos
entraría en la guerra como su enemigo. Para entonces ya había comenzado la
campaña submarina de hundimientos, y Wilson sólo tuvo que esperar algunos más
para dar el paso adelante: la guerra fue declarada el 5 de abril.
Pero
una cosa era declarar la guerra y otra hacerse presente en los escenarios de
combate con un ejército formado y preparado. Todos eran conscientes de que
Estados Unidos tardaría meses en poder enviar efectivos a Europa, por lo que se
entendió que lo que quedaba de año sería decisivo. Por el momento Alemania
estaba viendo satisfechas sus expectativas con la campaña de guerra submarina.
Cada mes que pasaba se hundían más buques y los abastos para la manutención de
la población y la producción de guerra británicas disminuían a un ritmo
alarmante. Pero el Almirantazgo pudo encontrar una solución a los ataques
submarinos, y cuando la puso en práctica dio buenos y rápidos resultados: el
sistema de convoyes. La idea era sencilla, aunque presentaba dificultades
técnicas. Consistía en organizar la navegación en grupos organizados de barcos
mercantes que serían protegidos por buques de guerra frente a los ataques
alemanes. Introducido en primavera, durante el verano comenzó a hacerse notar
la disminución en el tonelaje total de barcos hundidos, pese a que la
efectividad de los ataques submarinos permaneció alta durante todo el año. A
comienzos de 1918 ya estaba claro que la estrategia de sofocar económicamente a
Gran Bretaña había fracasado y que los aliados disponían de un sistema eficaz
para trasladar las tropas estadounidenses a Europa.
Sin
embargo, otra de las consecuencias de la guerra submarina sin cuartel fue la
decisión alemana de replegarse en el frente occidental a la espera de que sus
resultados permitiesen una ofensiva definitiva. La orden del Estado Mayor fue
clara: abandonar las posiciones hasta la línea defensiva interior que se había
construido entre Arras y Soissons, que llamaron «Línea Sigfrido» (pero que los
aliados denominaron «Línea Hindenburg»). En la retirada se aplicó una
implacable política de tierra quemada, que incluyó el envenenamiento de pozos y
la colocación de bombas trampa para que el enemigo no pudiese aprovechar
ninguna de las infraestructuras que se abandonaban. El Estado Mayor francés
decidió aprovechar la nueva situación para atacar. Por un lado, Nivelle quería
poner en práctica las innovaciones tácticas que habían ideado (a partir de las
realizadas por los alemanes) y por otro, se sentía en peligro después de que
fuese destituido el primer ministro Aristide Briand, uno de sus principales
valedores. El 16 de abril lanzó la ofensiva del Aisne, en la región de
Champaña, que consideraba peor defendida por los alemanes. Pese al heroísmo
demostrado por los soldados la iniciativa fue un desastre, el número de bajas
fue elevadísimo (afectando especialmente a unidades de élite) y tan sólo se
logró tomar la primera línea de las trincheras enemigas. Para la tropa francesa
fue demasiado. A partir de ese momento y en pocas semanas se extendió un motín
por los cuerpos del ejército francés en todo el frente como protesta por la
insensibilidad de las autoridades y mandos hacia el desmesurado número de bajas
y las condiciones inhumanas de la campaña. La oleada de motines fue más bien
una huelga en la que los soldados no abandonaron sus puestos, pero se negaron a
obedecer y presentaron sus reclamaciones. El movimiento fue sistemáticamente
ocultado a la opinión pública, pues se quería evitar problemas en la moral
interior y proporcionar pistas a los alemanes, que no mostraron signos de darse
cuenta de lo que sucedía. En el mes de junio la mitad del ejército francés se
negaba a obedecer y la cadena de mando, que lo interpretaba erróneamente como
un acto de insubordinación revolucionaria, era incapaz de atajar la situación.
La solución tuvo que llegar de más arriba: el gobierno destituyó a Nivelle y
nombró a Pétain, el héroe de Verdún, comandante en jefe del ejército francés.
Su popularidad y su talante dialogante y humanitario hicieron en pocos días lo
que no se había conseguido en semanas. El nuevo general en jefe no se quedó sólo
en palabras: mejoró la paga, los permisos, la dieta y las condiciones en
general, calculando detenidamente y con prudencia hasta dónde hacer llegar las
medidas disciplinarias. Pétain demostró ser el hombre adecuado en el momento
oportuno, pero aunque logró mantener a flote el ejército francés, este quedó
fuera de funcionamiento durante meses para el combate, y las tropas
norteamericanas tardarían todavía mucho en llegar.
El
peso de la iniciativa quedaba por tanto en manos del comandante británico Haig,
que no gozaba de la simpatía del nuevo primer ministro, David Lloyd George (que
había accedido al cargo en diciembre de 1916). Se trazó un plan con un doble
propósito: quitar presión del frente oriental, del que llegaban malas noticias
desde el mes de marzo, e intentar asestar un golpe a la flota submarina
alemana. El objetivo era atacar por el extremo norte (por Ypres) y hacerse con
los puertos belgas de Zeebrugge y Ostende, utilizados por la flota alemana como
bases avanzadas para sus submarinos. Un primer ataque en la sierra de Messines
a comienzos de junio tuvo éxito, pero cuando el ataque general comenzó a
finales de julio los problemas, similares a los que habían aparecido en el
Somme, no tardaron en llegar. Los ataques se perpetuaron de forma intermitente
hasta el mes de noviembre, en que los canadienses tomaron la cima de
Passchendaele, nombre con el que pasó a conocerse la ofensiva. Como le había
sucedido a Nivelle, las novedades tácticas puestas en marcha por Haig no
lograron romper el estancamiento que había impuesto la guerra de trincheras.
Una vez más, se puso en marcha la dinámica infernal del avance lento hacia las
defensas enemigas que escupían fuego en el paisaje arrasado por semanas de
bombardeo, que se vio empeorada por el nefasto efecto de las lluvias
torrenciales que azotaron Flandes aquel otoño. La experiencia del lento avance
por el fango fue tan desesperante y hasta increíble que los soldados afirmaban
con sarcasmo que habían visto submarinos alemanes desde las trincheras. Lloyd
George no podía reprimir la ira cuando llegaban los partes de la batalla a
Londres: « ¡Lodo y sangre, lodo y sangre, no pueden pensar nada mejor!»,
bramaba criticando a los mandos militares británicos destinados en el
continente. Cuando la catastrófica operación se dio por concluida no le tembló
la mano: cesó a Haig y tomó bajo su responsabilidad la dirección de las
operaciones militares.
§.
La cadena se rompió por el eslabón más débil
Las
malas noticias que llegaban desde el frente oriental y que empujaron a Haig a
proyectar y poner en marcha su desafortunada operación en Flandes provenían de
Rusia. Allí el 12 de marzo (27 de febrero en el calendario juliano que todavía
se usaba en Rusia) había estallado una revolución popular contra la guerra, la
miseria, y la incompetencia del zar, su gobierno y su Estado Mayor. Nicolás II
era perfectamente consciente desde el conato revolucionario que había sacudido
el país en 1905 de lo que se jugaba, pero su postura intransigente y la
obsesión por no perder el papel de potencia internacional le habían empujado a
una guerra que su pueblo no podía soportar más. Si en la primavera los soldados
franceses se habían limitado a negarse a obedecer en las trincheras, en la
capital del Imperio ruso (que había cambiado su «germanizante» nombre de San
Petersburgo por el más patrio de Petrogrado) parte del ejército se unió a los
revolucionarios en su golpe para forzar un cambio en el poder. El estado de las
instituciones era tan débil y la repugnancia a una guerra inhumana se había
extendido tanto que todo el sistema político cayó como un castillo de naipes:
se formó un nuevo gobierno provisional (partidario de no romper los compromisos
con los aliados y continuar la guerra) mientras que los trabajadores
movilizados formaban consejos de obreros (soviets), se obligó al zar a abdicar
y el 17 de marzo Rusia pasaba a ser una república. El régimen de los zares se
convertía así en el primer imperio que caía víctima de la guerra. No sería el
último, aunque muchos ni lo sospechaban. Los alemanes vieron inmediatamente las
posibilidades inmensas que se abrían con el colapso del gigante eslavo: si
Rusia salía de la guerra se podrían concentrar más tropas en otros frentes e intentar
dar un golpe de gracia al enemigo. Con objeto de desestabilizar todavía más la
situación interna rusa trazaron un astuto plan: trasladar al escenario de los
acontecimientos al líder radical del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia,
Vladímir Ilich Uliánov (mejor conocido por el sobrenombre de Lenin) desde su
exilio en Zúrich. No fue difícil llegar a un acuerdo con él y finalmente la
operación se ejecutó con el máximo sigilo. Lenin fue llevado en un vagón de
tren sellado desde la frontera suiza hasta la finlandesa, donde fue recogido
por sus seguidores para hacer una entrada triunfal por la estación de Finlandia
de Petrogrado, donde comenzó a ejercer actividades revolucionarias
prácticamente desde que puso pie en tierra. Sin lugar a dudas el devenir de los
acontecimientos demostraría que esta fue la operación más brillante, mejor
ejecutada y más exitosa de toda la guerra. Como escribió poco después el
escritor austríaco Stefan Zweig: «Durante la guerra mundial millones de balas
alcanzaron su objetivo. Los ingenieros idearon los proyectiles más violentos,
más potentes y de más largo alcance. Pero ninguno lo tuvo mayor ni fue más
decisivo para la historia reciente que ese tren…».
Pero
por el momento el gobierno provisional se mantenía todavía en el poder a pesar
del crecimiento de las protestas y, en el mes de julio, ordenó una nueva
ofensiva en Galitzia a las órdenes de Brusílov (fue conocida como Ofensiva
Kerenski por el nombre de quien ocupaba en ese momento la jefatura del gobierno
provisional). Si el año anterior el afamado general pudo hacer un gran trabajo,
ahora el ejército ruso se desplomó. El ambiente de rebelión y la
insubordinación de las tropas hicieron imposible no ya cualquier ataque, sino
mantener las posiciones defensivas en el momento en que los alemanes
contraatacaron el primer avance ruso. Los soldados preferían desertar y
engrosar las filas de los revolucionarios que habían prometido poner fin a la
guerra. Mientras la situación interna de Rusia caminaba inexorablemente a una
nueva revolución el ejército alemán continuó su ofensiva, llegando en el
extremo septentrional del frente a ocupar Riga (capital de la actual Estonia),
a algo más de quinientos kilómetros de Petrogrado. El desenlace no tardó en
llegar. En noviembre los bolcheviques con Lenin a la cabeza se hicieron con el
poder y una de sus primeras medidas fue declarar el cese de las hostilidades.
Era el 8 de noviembre (26 de octubre en Rusia) e inmediatamente comenzaron los
tanteos a los alemanes para empezar a negociar la paz. Las reuniones oficiales
se abrieron en diciembre en la Polonia rusa ocupada por los alemanes y las
nuevas autoridades rusas enviaron como representante a quien había sido uno de
los principales líderes de la revolución de octubre, Lev Trotski.
Sin
embargo no fue Rusia el único aprieto en que se vieron los aliados aquel otoño.
En Italia el ejército continuaba con sus ofensivas en el Isonzo contra
Austria-Hungría, pero sin resultados aparentes y en un estado alarmante de
deterioro físico y moral. Unas tropas compuestas en su mayoría por campesinos
del sur subdesarrollado (para los que la intervención para conseguir los
territorios irredentos no tenía significación alguna), las malas condiciones en
campaña y la disciplina brutal de los mandos que pretendían compensar las
carencias con una severidad ejemplarizante, eran una mezcla sumamente inestable
que podía inflamarse en cualquier momento. Con la caída del frente oriental las
potencias centrales decidieron reforzar en primer lugar el frente italiano,
llevando allí fuerzas alemanas. El 25 de noviembre el ejército italiano era
virtualmente aplastado en Caporetto (actual Kobarid, Eslovenia) por el mejorado
ejército austro germano. Las líneas saltaron hechas pedazos, los soldados
salieron huyendo, abandonando sus puestos en masa y protagonizaron motines,
saqueos y alborotos. Las tropas enemigas se lanzaron tras de ellos e invadieron
con facilidad el Véneto. La penetración en suelo italiano había comenzado y
tenía visos de poder avanzar sin mucha resistencia. La situación de anarquía
interna y el riesgo de invasión inminente activaron todas las alarmas en Roma,
que tuvo que pedir ayuda de urgencia a Francia y Gran Bretaña. Después de haber
perdido a Rusia, los aliados no podían permitirse ahora perder otro aliado, por
muchos problemas que plantease una operación de rescate. El envío de diez
divisiones franco británicas, la destitución de Cadorna como jefe del Estado
Mayor (fue sustituido por el general Armando Díaz) y los esfuerzos italianos
para recomponer la situación permitieron estabilizar el frente en el río Piave.
Pese a que Italia se había salvado, Caporetto quedó como una mancha indeleble
en la reputación militar italiana.
Además,
la momentánea descomposición del frente italiano planteó una situación de
emergencia general entre los aliados, que decidieron mantener una reunión al
más alto nivel en Rapallo. El propósito era avanzar en la coordinación del
esfuerzo bélico, condición que aparecía cada vez con más nitidez como una
necesidad apremiante si se quería aproximarse a la consecución de la victoria.
A la cita acudieron el propio Lloyd George y el nuevo primer ministro francés,
un hombre experimentado, enérgico y decidido con el que pronto comenzó a
congeniar, Georges Clemenceau. En la reunión dieron un golpe de efecto
inmediato: crearon un Consejo Supremo de Guerra interaliado que asumía la
dirección de las operaciones militares, lo que equivalía a poner la guerra bajo
control de los civiles, aunque siempre con asesoría militar. Fue un gesto
incomprendido por los orgullosos generales que se sintieron reprochados por
cómo habían dirigido la guerra, pero que en poco tiempo demostraría sus efectos
beneficiosos. Pese a este avance, quedaba flotando en el ambiente la sensación
de que tras el desplome de Rusia otros podían venirse abajo con igual
facilidad, las piezas de dominó no estaban seguras después de más de tres años
de guerra, y tras la primera podían caer las demás.
Pero
no todo lo que aconteció desde la primavera de 1917 y a lo largo de aquel año
fue malo para los aliados. Mientras esperaban la ayuda norteamericana como agua
de mayo, en algunos escenarios las cosas daban tímidas señas de ir a mejor,
fundamentalmente en el laberinto otomano. En los primeros meses del año las
fuerzas británicas de Mesopotamia habían podido reorganizarse y emprender de
nuevo la marcha Tigris arriba, logrando tomar Bagdad el 11 de marzo. Por
entonces las fuerzas angloegipcia ya habían fallado varias veces al intentar
romper las defensas turcas en Palestina, razón por la que se envió al general
Edmund Allenby a hacerse cargo de la situación. Preparó una nueva ofensiva que
puso en marcha en octubre, enfrentándose nada menos que a Von Falkenhayn, que
tras su victoria en Rumanía había sido alejado del poder por sus enemigos. El
veterano general alemán no pudo hacer frente al nuevo avance británico ya que
contaba con fuerzas muy inferiores en número y equipamiento. En diciembre los
británicos tomaban Jerusalén, a lo que Lloyd George llamó el «regalo de
Navidad» que consolaría a los británicos tras el horror de Passchendaele. Sin
embargo, si Gran Bretaña quería retener Palestina necesitaba aliados sobre el
terreno. En el Acuerdo Sykes-Picot se había pactado que dicho territorio
quedaría bajo administración conjunta franco británica, pero ahora que
comenzaba a estar en su poder, el Reino Unido no parecía muy dispuesto a ceder
el control de un territorio al que otorgaba un inmenso valor estratégico por su
cercanía al canal de Suez.
Desde
comienzos de la guerra los grupos sionistas británicos habían presionado al
gobierno para convencerle de que la instalación de una gran comunidad judía en
Palestina beneficiaba a Gran Bretaña, por lo que debía adoptar una política que
les favoreciese. Aunque ya a principios de siglo se habían trasladado pequeños
grupos de judíos europeos allí, su peso todavía era escaso dentro del conjunto
de la población palestina. El principal objetivo de esta campaña fue la
articulación de un grupo de presión aglutinado en torno a la poderosa familia
Rothschild, una de las más reputadas dinastías de la aristocracia financiera
internacional de religión judía y origen alemán. En 1916 el gobierno británico
accedió a conversar y el 2 de noviembre de 1917 el ministro de Exteriores
británico, David Balfour, envió una carta a lord Rothschild —la Declaración
Balfour— asegurándole el compromiso del gobierno con la instalación de «un
hogar nacional judío en Palestina» sin perjuicio de la población indígena. En
los cálculos del gobierno británico para dar este paso, aparte de su interés
por retener Palestina, parece que influyó la suposición de que en el nuevo
gobierno ruso ocuparían un papel destacado importantes representantes de la
comunidad judía, por lo que se pensaba que un gesto como este podría contribuir
a mantener a Rusia en la guerra. Cuatro días después estallaba la Revolución de
octubre en Petrogrado y comenzaba a vislumbrarse lo equivocado de esta
conjetura. Pese a todo, las consecuencias de la Declaración Balfour fueron
posteriormente de una importancia descomunal en el equilibrio político de la
zona. A corto plazo, como señala el profesor Pappé, «el acuerdo Sykes-Picot no
se aplicó en Palestina, los británicos se quedaron allí hasta 1948». Pero
además supuso el primer paso de un viraje de la política exterior británica a
favor de la creación de un Estado judío en Palestina y el comienzo de la
rotación del centro de gravedad del sionismo desde Europa al levante
mediterráneo, otorgando a las comunidades sionistas allí instaladas un
protagonismo político del que carecían por completo durante el dominio otomano.
Las bases para un conflicto internacional que se enquistaría durante décadas
quedaban así asentadas.
§.
El momento de la incertidumbre
Al
comenzar 1918 el resultado de la guerra era todavía incierto. Estados Unidos se
apresuraba para organizar su ejército con objeto de enviarlo a Europa. Bajo las
órdenes de su comandante en jefe, el general John Pershing, se tuvo que ampliar
el contingente regular norteamericano, que a todas luces era insuficiente para
las necesidades de la guerra europea, implantando el servicio militar
obligatorio al tiempo que se aceleraba la transformación de la industria
estadounidense para adecuarla a fines militares. Entretanto, el presidente
trabajaba pensando en el mundo que habría que construir el día después de que
se disparase el último tiro. El 8 de enero presentó al Congreso un documento en
el que exponía las que consideraba las bases sobre las que se tenía que
construir la paz, documento que ha pasado a la historia como los «Catorce
Puntos de Wilson». En ellos el presidente abogaba por unas relaciones
internacionales basadas en principios estables y públicos, el restablecimiento
del libre comercio internacional, el reconocimiento de los derechos de las
nacionalidades de los grandes imperios y la constitución de un gran organismo
internacional en el que los estados pudiesen trabajar conjuntamente por la paz.
La principal preocupación de Wilson era que tras la guerra no se reprodujese la
marea belicista de los años iniciales del siglo, que había llevado sin duda a
la guerra en la que se veían embarcados. Para los aliados quedaba claro que su
nuevo y poderoso compañero de armas estaba planteando nuevas reglas del juego
(por incómodo que les pudiese resultar) y esto permitía vislumbrar que en las
relaciones internacionales después del conflicto Estados Unidos tendría un
papel mucho mayor que hasta entonces. Muestra del escepticismo con que fue
acogido el documento por el resto de los aliados es el comentario que hizo
Clemenceau después de tener noticia de él: «Dios se conformó con diez». Pero
todavía no se había ganado la guerra, y el principal temor provenía de la
desaparición del frente oriental, que dejaba las manos libres a los alemanes
para trasladar tropas de Rusia a Francia y a los turcos del Cáucaso a Palestina
o Mesopotamia.
Alemania
también tenía sus temores, y el comienzo del nuevo año se presentaba con un
balance desigual. La victoria en el este y los Balcanes parecía segura, pese a
que en Grecia un golpe a mediados de 1917 había expulsado al rey Constantino I
del país y había devuelto el poder a Venizelos, lo que se tradujo en la
declaración de guerra a los imperios centrales en el mes de junio. Pero en la
práctica no supuso un cambio en el statu quo de la región. En el frente
occidental y en África oriental (la única colonia alemana que no se había
perdido, pero que subsistía acosada por los aliados y aislada de la metrópoli)
el empate seguía firmemente instalado. La situación del resto de sus aliados
parecía militarmente estabilizada e incluso reforzada gracias a la mayor
disponibilidad de fuerzas por la disolución del frente oriental; menos en el
caso del Imperio otomano, donde los británicos avanzaban en dos frentes y el
tercero, el del Cáucaso, se había esfumado con el cese de hostilidades con los
rusos. Sin embargo lo que preocupaba principalmente a los alemanes era la
situación interna del país. A medida que el bloqueo británico iba ahogando cada
vez más la subsistencia de la población, poner fin a la guerra se fue
convirtiendo en una necesidad más apremiante. Si en Austria-Hungría una
urgencia similar había llevado a entablar negociaciones secretas con las que
intentar salir de la guerra, en Alemania produjo un creciente poder de los
militares. Los éxitos imparables de Hindenburg y Ludendorff en el frente
oriental durante cuatro años de campaña parecían prometer una victoria cierta,
pero para ello era necesaria una conjunción de todos los esfuerzos en una
ofensiva final. La evolución de los hechos iba dando cada vez más peso al
ejército. Si en el momento de estallar la guerra el gobierno y el Reichstag
(Parlamento) jugaban un papel subsidiario frente a los militares y el káiser,
ahora ni siquiera este había conservado su autoridad frente al poder hegemónico
del ejército —«El Estado Mayor no me cuenta nada y nunca pide mi opinión. Si el
pueblo alemán piensa que soy el comandante supremo está muy equivocado», le
confiaría a su último canciller, el príncipe Maximiliano de Baden—, que
administraba la vida política y económica no sólo en Alemania, sino en los
amplios territorios ocupados en Europa oriental (el Oberost). Pero el
agotamiento no estaba lejos. Los primeros signos de descontento llegaron de los
políticos, ya que el Reichstag aprobó una resolución a favor de la paz y las
reformas democráticas internas en julio de 1917. Un mes más tarde la guarnición
de la base naval de Wilhelmshaven se amotinó, hecho que fue imitado en varios
puntos con alborotos y huelgas. La crisis llevó a la sustitución de
Bethmann-Hollweg en la cancillería por Georg Michaelis, que en principio parecía
una figura más adecuada para negociar con el Parlamento y amainar las aguas.
Pero el descontento popular continuaba creciendo y en enero de 1918 fue preciso
establecer la ley marcial en Hamburgo y Brandeburgo.
La
firma por Alemania y el nuevo gobierno ruso del tratado de paz de Brest-Litovsk
en marzo de 1918 supuso el espaldarazo definitivo para comenzar una nueva
campaña en el frente occidental. Si bien los alemanes tuvieron que dejar una
nutrida presencia militar en el Oberost, que se había visto muy incrementado
por las cesiones territoriales hechas por Rusia en el tratado, la
disponibilidad de tropas para su traslado era lo suficientemente importante
para dar la impresión de que ahora sí, se podía forzar una victoria final. En
marzo de 1918 los alemanes contaban con ciento noventa y nueve divisiones en el
frente occidental mientras que ingleses y británicos sólo disponían de ciento
cincuenta y ocho, y el contingente norteamericano no terminaba de llegar. El alto
mando alemán encargó a Ludendorff que preparase la ofensiva, que comenzó el 21
de marzo. El objetivo era aprovechar la debilidad de los británicos en las
cercanías de Amiens para abrir una brecha y penetrar hacia los puertos del
canal de la Mancha por los que establecían comunicación con su país. Los
alemanes pusieron en marcha durante el ataque la versión más acabada hasta el
momento de las innovaciones tácticas que se habían introducido en las campañas
anteriores: en primer lugar se lanzaban las cortinas de artillería que
penetraban en el frente enemigo para destruir las comunicaciones, se inundaba
el frente con gas y explosivos de gran potencia y después se lanzaba a las
tropas de asalto, unas novedosas unidades móviles con armamento ligero que penetraban
en avalancha por las grietas abiertas por el ataque masivo, deslizándose entre
las defensas en lo que los británicos llamaron un «torrente en expansión». En
tan sólo cuatro días los alemanes avanzaron más de lo que habían hecho en los
tres años anteriores y amenazaron con partir en dos el frente, separando a los
aliados. Para conjurar el peligro estos celebraron una conferencia conjunta en
Doullens el 25 de marzo, en la que se tomó la decisión de establecer un mando
único interaliado al que estuviesen sujetas todas las tropas del frente, a cuya
cabeza se puso al general francés Ferdinand Foch. La iniciativa y la energía de
este despejaron inmediatamente cualquier duda sobre la idoneidad del candidato
elegido. Las mejoras que trajo el mando único y los problemas alemanes para
solventar dificultades de logística a medida que sus tropas penetraban en
territorio francés hicieron que la ofensiva perdiese fuelle. Ludendorff todavía
atacaría dos veces más: a finales de abril más al norte (en esta ocasión las
fuerzas al mando de Haig sí esperaban el ataque y pudieron resistir) y a
finales de mayo en el Aisne, contra las tropas francesas. El éxito de este
ataque fue rotundo y los alemanes penetraron cincuenta kilómetros hasta tomar
Soissons. Con el territorio conquistado seguro, hicieron avanzar a su poderosa
artillería de largo alcance y comenzaron a bombardear París. Como ya había
hecho en 1914, el gobierno se volvió a preparar para abandonar la capital, pero
esta vez y justo a tiempo, los aliados dispusieron de un arma que los alemanes
no podían igualar. El ejército norteamericano ya estaba entrando en combate al
lado de sus aliados.
Inicialmente
la integración de las tropas de Pershing fue difícil. El general norteamericano
tenía órdenes de no incorporar a sus hombres a las grandes unidades de los
aliados, sino organizarlas en sus propios cuerpos de ejército, y se negó en
todo momento a renunciar a este principio. Sin embargo el instinto del general
estadounidense y el savoir faire de Foch permitieron que ambos llegasen a un
compromiso: el mando interaliado aceptaba la demanda norteamericana pero
mientras persistiese la situación de emergencia las tropas recién llegadas
tendrían que integrarse en las que llevaban en el frente desde hacía casi
cuatro años. La solución funcionó a la perfección. Los soldados recién llegados
—casi un millón de hombres cruzaron el Atlántico entre mayo y septiembre—
sorprendieron tanto a amigos como a enemigos por su determinación y entrega, al
tiempo que aprendieron con rapidez de la experiencia de quienes conocían mejor
el nuevo tipo de guerra que se desarrollaba en Europa.
Ludendorff
preparó la que consideró su ofensiva final, a la que llamó Friedenssturm
(«golpe para la paz»), que lanzó contra los franceses en las cercanías de Reims
el 16 de julio. Esta vez la suerte le fue adversa por completo. Los aliados
habían tenido noticia de la ofensiva por la delación de unos desertores
alemanes (que también les informaron del colapso del estado de ánimo de las
filas enemigas) y lograron neutralizar el ataque, lanzando una respuesta dos
días después. La fuerza del contraataque obligó a Ludendorff a suspender otra
ofensiva que tenía prevista en el norte y concentrarse en lo que pasaba en la
zona central. Motivos tenía para ello, ya que Foch había ordenado el día 26 un
avance general en todo el frente. La táctica aliada consistió en presionar por
el norte y el sur mientras la zona centro resistía el empuje alemán. En esta
ocasión fueron los aliados los que demostraron que habían aprendido la lección
de la superioridad táctica. En los meses anteriores la práctica de la guerra
por parte de ambos bandos había cambiado sobremanera, ahora jugaban un papel
destacado los tanques y los aviones (que ya no se limitaban a labores de
reconocimiento sino que dotados de capacidad ofensiva participaban en la
batalla), y el nuevo armamento ligero dio una movilidad a las operaciones como
no habían tenido en toda la guerra. Los británicos fueron los primeros en
obtener una victoria clara el 8 de agosto cerca de Amiens, y en las semanas
siguientes los alemanes comenzaron a retirarse hacia la Línea Sigfrido. El 3 de
septiembre Foch ordenó asaltarla. Los combates a lo largo del mes fueron
encarnizados y el 29 Ludendorff telegrafiaba al káiser informando de que no
había posibilidad de ganar. Inmediatamente se culpó al general de haber
malgastado el último cartucho alemán en una campaña que carecía de objetivos
concretos pero, como antes Von Falkenhayn, Ludendorff era consciente de que en
Francia no se podía ganar la guerra con una gran victoria sobre el ejército
enemigo. Su plan había sido forzar una ruptura tal del frente que dejase a las
fuerzas aliadas quebradas material y moralmente, de modo que se aviniesen a
negociar la paz en una postura de inferioridad. Su planteamiento no funcionó y
entonces el clima general dentro de Alemania se derrumbó. En el frente occidental
los alemanes habían perdido la guerra definitivamente.
§.
Los acontecimientos se precipitan
¿Qué
sucedía mientras en el resto de los escenarios de la conflagración? Con la
intención de presionar sobre los aliados, el ejército austro-húngaro lanzó una
campaña ofensiva en el frente italiano el 15 de junio. La iniciativa
rápidamente se vino abajo debido a que la situación de las tropas austríacas
era todavía peor que la de las alemanas. En el imperio de los Habsburgo la
sensación de deterioro interno era galopante, agravada ahora con la agitación
nacionalista y la infiltración de la propaganda revolucionaria procedente de
Rusia. Las negociaciones secretas para llegar a una paz por separado con
Francia y Gran Bretaña continuaban, pero finalmente se truncaron. Pese a que
Carlos I se obstinaba en seguir con ellas, el primer ministro Ottakar Czernin
decidió declarar públicamente la adhesión total del imperio a Alemania.
Clemenceau no desperdició la oportunidad que se le presentaba e hizo pública la
petición austríaca de paz de marzo de 1917. Al emperador Carlos no le quedó más
remedio que acudir en persona a dar explicaciones a Guillermo II en Spa el 12
de mayo, escenificando la vuelta al redil de su país y la dependencia absoluta
que seguía teniendo respecto de los alemanes. Mientras, las huelgas y revueltas
no perdían intensidad, animadas ante la crisis de autoridad de la institución
imperial. La situación en septiembre era desesperada y ahora el emperador
intentó recurrir directamente a Wilson para lograr una paz que mantuviese la
integridad de su imperio, pero para entonces los aliados ya habían decidido su
desmembración y la petición fue rechazada. En un intento a la desesperada
proclamó el Estado federal el 17 de octubre. Pero fue inútil, el golpe de
gracia llegó siete días más tarde, cuando los italianos aprovecharon el
hundimiento imperial para apuntarse una victoria que pudiese borrar la
humillación de Caporetto. Tras haber lanzado una ofensiva general derrotaron
absolutamente a los austro-húngaros en Vittorio Veneto. Los acontecimientos se
sucedían a una velocidad de vértigo: el 21 de octubre los diputados alemanes de
la Asamblea Imperial habían formado una Asamblea Nacional provisional de la
Austria alemana, el 28 Checoslovaquia proclamaba su independencia, al día
siguiente era Croacia la que declaraba su unión a Serbia y el 1 de noviembre
los húngaros declaraban la ruptura del Compromiso (reforma constitucional) de
1867, con lo que la monarquía dual dejaba de existir oficialmente. El gobierno
de Viena no tuvo más remedio que solicitar el armisticio con los aliados, que
fue firmado el 3 de noviembre. Nueve días más tarde la Asamblea austríaca
proclamó la República.
Pero
el Imperio austro-húngaro no fue el primero en rendirse. A comienzos del otoño
se había reactivado el frente balcánico. Las tropas estacionadas en Salónica,
al mando del general Louis Franchet d’Espèrey, lanzaron una campaña hacia el
norte para liberar Serbia. El objetivo inmediato fue la región de Macedonia,
donde los búlgaros no aguantaron la embestida y, ante la imposibilidad de
recibir ayuda de sus aliados, capitularon el 30 de septiembre. En el Imperio
otomano las cosas no marchaban mejor. Los británicos continuaban en
Mesopotamia, pero la mayor amenaza era la que planteaba Allenby desde
Palestina, cuya conquista completó con la batalla de Megiddo en septiembre.
Vencidas las defensas que los turcos habían levantado para contener la fuerza
militar británica procedente de Egipto, el avance hacia el norte penetrando por
Líbano y Siria fue fácil. Alarmadas, las autoridades otomanas se dirigieron al
comandante naval británico en el Egeo para solicitar un armisticio, que fue
firmado el 30 de octubre en Mudros, en la isla de Lemnos. Para que la operación
llegase a buen puerto los turcos pidieron su intermediación al general
británico capturado en Kut-el-Amara, Charles Vere Townshend, que había
disfrutado de una reclusión principesca en la isla de Büyükada, frente a
Constantinopla. La que había sido capital de imperios durante quince siglos fue
ocupada por las fuerzas aliadas a la espera de que se entablasen las
negociaciones de paz para dirimir su destino.
Alemania,
por tanto, era la única potencia beligerante que quedaba en pie. Pero su
situación desde la caída del frente occidental no hacía sino empeorar. El 3 de
octubre el káiser nombraba a un nuevo canciller, el príncipe Maximiliano de
Baden, con la orden de que pusiese en marcha un acercamiento a Wilson que
permitiese una paz honrosa. La solicitud fue respondida por nota diplomática
con una serie de exigencias del presidente norteamericano para avenirse a
negociar el fin de las hostilidades: fin de la guerra submarina (recientemente
habían hundido el buque de pasajeros Leinster con gran pérdida de vidas de
civiles británicos y norteamericanos), evacuación de los territorios ocupados
durante la guerra y nombramiento de unos representantes verdaderamente democráticos
para negociar, lo que en la práctica significaba que Alemania tenía que
convertirse en un Estado constitucional y democrático. Las autoridades
militares temían una inminente penetración del enemigo en territorio alemán y
el gobierno que estallase una revolución, así que el margen para resistirse a
las exigencias era nulo. En el tiempo récord de veinte días se aprobaron las
reformas institucionales que convertían al Reichstag en una cámara soberana
representativa elegida por sufragio universal y ante la que eran responsables
los ministros. Como culminación de todo el proceso el canciller solicitó (y
obtuvo del káiser) la destitución de Ludendorff, que fue sustituido por el
general Wilhelm Groener, a cuyo lado permaneció Hindenburg, rodeado del mismo
halo casi mítico de héroe nacional. Pero su tiempo había pasado ya. Comenzaron
a producirse levantamientos generalizados en las principales ciudades alemanas,
en las que se formaron consejos revolucionarios de trabajadores (a imitación de
los soviets rusos). El 29 de octubre, en la base naval de Kiel, los marinos se
rebelaron contra sus superiores, que pretendían utilizarles para sacrificar la
Flota de Alta Mar alemana en un acto suicida de salvación del honor de la
armada. Los marinos sublevados confraternizaron con los trabajadores
revolucionarios y su ejemplo comenzó a ser seguido por otras unidades
militares. Los consejos de trabajadores empezaron a propugnar la realización de
una estrategia revolucionaria a imitación de la rusa. El 7 de noviembre, en
Múnich, se proclamó la república bávara independiente y en los pasos del Rin
los soldados se amotinaron y tomaron el control.
Pese
a que las discusiones en el cuartel general del ejército eran airadas, Groener,
el hombre fuerte del momento, fue capaz de ver que la única forma de evitar la
revolución pasaba por la abdicación del káiser, el apoyo del ejército al
principal partido del Reichstag (los socialdemócratas) y la solicitud inmediata
de la paz. Se hicieron los preparativos sin dilación. El mismo día 7 una
delegación alemana nombrada por Hindenburg y conformada por el general
Winterfeldt y el político Erzberger, llegaba a Francia para negociar. La
reunión con Foch se produjo en un claro del bosque de Compiègne, en una vía de
tren en la que se había estacionado un vagón de ferrocarril de la época del
Segundo Imperio francés (sería sólo la primera de varias alusiones que en los
meses siguientes los franceses harían a la derrota en la guerra franco-prusiana
de 1870). Foch les expuso sus condiciones y les dio un plazo de setenta y dos
horas para que su gobierno las aceptase. En un golpe de timón, el día 9 Groener
comunicó al káiser que ya no contaba con el apoyo del ejército y le invitó a
abandonar el país. El mismo día Guillermo II cruzaba la frontera de los Países
Bajos, donde pasaría el resto de su vida exiliado, y dejaba de ser emperador.
Los líderes socialdemócratas Philipp Scheidemann y Friedrich Ebert proclamaron
la República en Berlín y Ebert asumió la jefatura del gobierno. La madrugada
del 11 de noviembre de 1918, a las 5.12 horas, en el mismo vagón en Compiègne,
se firmaba el armisticio alemán. El alto el fuego se estableció para las 11
horas de ese mismo día (la undécima hora del undécimo día del undécimo mes).
Las hostilidades habían terminado oficialmente, aunque aquello no era sinónimo
de la paz (la colonia de África oriental alemana todavía tardó tres días en
deponer la lucha). Mil quinientos noventa y siete días después de que fuese
asesinado el archiduque Francisco Fernando en una visita oficial a Sarajevo el
mundo no era el mismo: habían caído cuatro imperios (Alemania, Austria-Hungría,
Rusia y el Imperio otomano), las casas reinantes de los tres primeros habían
caído (y la otomana lo haría en 1923) y, lo que era más importante, el caos y
la anarquía todavía estaban lejos de haberse sofocado en muchos lugares del
mundo. Se convocó una conferencia de paz en París para enero de 1919; de lo que
allí se hiciese dependería que se construyese un mundo en paz o que las heridas
se cerrasen en falso.
Capítulo
5
«Neutralidades
que matan».
España
durante la Gran Guerra
Cuando
en la tarde del 28 de junio de 1914 la llegada de un telegrama cifrado al
Palacio de Oriente de Madrid anunció el asesinato en Sarajevo del archiduque
Francisco Fernando de Austria-Hungría y su esposa a manos de un terrorista
nadie en España, como en el resto de Europa, podía imaginar que el continente
acababa de abrir la puerta al más cruel y devastador conflicto bélico hasta
entonces conocido. Alfonso XIII se encontraba descansando en Santander y tanto
él como el ejecutivo presidido por Eduardo Dato interpretaron la terrible
noticia como uno más de los interminables altercados balcánicos, nada por tanto
que pudiese alterar sustancialmente la vida política del país. Sin embargo la
declaración formal de guerra de Austria-Hungría a Serbia un mes más tarde, y la
cascada de posicionamientos bélicos de las potencias europeas que siguieron a
la misma situaron rápidamente a España ante un nuevo escenario internacional
que exigía su toma de partido.
España
fue uno de los escasos países de Europa que permaneció neutral durante la
Primera Guerra Mundial y si bien gracias a ello pudo evitar el desastre
humanitario que asoló a las potencias contendientes, la neutralidad no supuso
ni mucho menos la ausencia de consecuencias del conflicto sobre la vida
política, económica, social y cultural del país. El mantenimiento de la
posición neutral trajo consigo la polarización de la sociedad en torno al
debate entre aquellos que defendían la postura de los aliados (Francia, Gran
Bretaña y Rusia) y la de quienes se identificaban con la de las potencias
centrales (Alemania y Austria-Hungría), debate que también recorrió el arco
político llegando incluso a situar a España al borde de la entrada en el
conflicto en la primavera de 1917. Por otra parte, la Gran Guerra supuso una
oportunidad irrepetible para el crecimiento económico del país, pero un
crecimiento tan importante como desigual que terminaría por acarrear un notable
incremento de la conflictividad social. Al igual que el resto de los países
europeos, España no fue la misma después de la guerra. Los años de conflicto
bélico dejaron por herencia la cristalización de un nuevo modelo de sociedad,
el nacido de la mano de la política de masas. Durante esos años, los procesos
de modernización y urbanización conocieron un enorme impulso, al tiempo que la
cristalización de la opinión pública, en un sentido contemporáneo, empezó a
revelarse como nueva piedra de toque de la vida política del país. Tras la
guerra, por toda Europa los regímenes liberales dieron paso a las nuevas
democracias y en España el viejo sistema político de la Restauración quedó
asimismo herido de muerte.
Con
demasiada frecuencia la historia de España en la primera mitad del siglo pasado
queda eclipsada por la importancia de la proclamación de la Segunda República
en 1931 y el estallido de la Guerra Civil en 1936. Sin embargo, difícilmente
puede entenderse la evolución histórica de nuestro país a lo largo del siglo XX
sin atender a los hechos cruciales acaecidos entre 1914 y 1918. La imagen de un
país protegido del conflicto internacional por su neutralidad, que vivió al
margen del mismo y que poco o nada tuvo que ver con los cambios cruciales que
se gestaron durante la Gran Guerra no puede estar más lejos de la realidad.
§.
Soñar con Europa: España a comienzos del siglo XX
El
17 de mayo de 1902 Madrid lucía sus mejores galas para celebrar la mayoría de
edad de Alfonso XIII tras jurar la Constitución de 1876. Los balcones
engalanados con banderas, reposteros y mantones de Manila a la espera del paso
del cortejo real, las guirnaldas de flores, las iluminaciones de bombillas
eléctricas, las pastillas de jabón Gal de recuerdo o las competiciones
deportivas ofrecían una imagen de abundancia y modernidad que poco tenía que
ver con la realidad del país a cuyo frente se situaba el monarca que acababa de
acceder a la plenitud de sus facultades constitucionales. Y es que a comienzos
del siglo XX España era en términos generales un país atrasado, rural y
analfabeto.
La
modernización económica y social vinculada por entonces en todos los países
europeos al desarrollo industrial y urbano era en España profundamente
desigual. La actividad industrial básicamente se ceñía a ciertas zonas de
Cataluña y el País Vasco donde las actividades textil, siderúrgica y minera
servían de locomotora a la industria nacional. Frente a ello, el peso de la
agricultura en la economía española seguía siendo determinante y, no en vano,
la mayor parte de la población (en torno a un 70 por ciento) continuaba
viviendo en el campo. La situación de subdesarrollo de España respecto a su
entorno europeo también se dejaba notar en el grado de alfabetización de su
sociedad pues a comienzos del siglo el 46 por ciento de la población masculina
no sabía ni leer ni escribir, dato que para el caso de las mujeres se disparaba
hasta un desolador 66 por ciento.
Desde
el punto de vista político, España vivía una situación de cierta estabilidad
propiciada desde 1876 por el régimen de la Restauración, que aún habría de
extenderse hasta 1923. Tras varias décadas de constantes convulsiones políticas
culminadas con la expulsión del país de Isabel II tras la llamada Revolución
Gloriosa de 1868, el reinado de Amadeo I de Saboya y el fugaz episodio de la
Primera República de 1873, cristalizó en España al compás de la extensión por
el resto de Europa de los regímenes liberales el sistema político de la
Restauración. Se configuró así una monarquía constitucional de corte liberal y
apariencia democrática bajo la que se ocultaba la realidad de un régimen
oligárquico, pues pese a la existencia de sufragio (primero censitario y desde
1890 universal) los resultados electorales eran decididos y organizados desde
la Corona y el gobierno antes de la celebración de las elecciones. El gran
arquitecto del nuevo régimen fue el político conservador Antonio Cánovas del
Castillo que diseñó un sistema orientado a garantizar la estabilidad política
del país. Dicho sistema descansaba sobre tres pilares básicos: la alternancia
pacífica en el poder de los dos grandes partidos políticos de la época, el
Liberal presidido por Práxedes Mateo Sagasta y el Conservador del propio
Cánovas; el papel decisivo de la Corona (y no del sufragio) a la hora de
encomendar a un partido u otro la formación de gobierno, y la colaboración con
las élites de poder del país, los llamados caciques, como forma de garantizar
que los resultados electorales se ajustasen a las decisiones de la Corona. La
Constitución de 1876 y el Pacto de El Pardo entre Cánovas y Sagasta en 1885
sentarían las bases del funcionamiento del nuevo sistema político.
El
«turno pacífico», es decir, la alternancia programada en el gobierno de los
partidos Conservador y Liberal, se convirtió desde entonces en la dinámica
habitual de la vida política española. El sistema funcionaba con total
precisión: el rey (la reina regente hasta la mayoría de edad de Alfonso XIII),
en función de lo que consideraba más adecuado para el país, encargaba la
formación de gobierno a uno de los dos partidos que, tras constituir un nuevo
Consejo de Ministros, convocaba unas elecciones en las que, curiosamente,
siempre se ratificaba por mayoría absoluta al nuevo gobierno. Contrariamente a
los sistemas democráticos actuales, las elecciones no se convocaban con
anterioridad a la formación de un gobierno para elegirlo, sino que eran
convocadas después de establecerlo como un medio de refrendarlo. Para que los
resultados electorales se ajustasen a los designios de la Corona y el
Ministerio de Gobernación, no sólo era necesario contar con la aquiescencia de
los dos grandes partidos (que se beneficiaban de un sistema que dejaba fuera a
otras alternativas políticas), sino también con agentes sociales que
garantizasen la manipulación del voto en el sentido deseado. Era ahí donde los
caciques entraban en juego. En un país marcadamente agrícola y con una población
que en las zonas rurales apenas poseía conciencia política, el poder detentado
por los grandes terratenientes era casi omnímodo y, en consecuencia, la
capacidad de estos para comprar, arreglar o manipular votos era muy elevada.
Como recuerda el historiador Francisco Romero Salvadó, «los caciques hicieron
que el sufragio universal, establecido en 1890, fuera inoperante […] Eran ellos
los que entregaban las esperadas mayorías a los gobiernos de Madrid». A medida
que la economía española fue evolucionando a un mayor grado de modernización
industrial, el cacicazgo se fue nutriendo de miembros de la élite social
vinculados a la banca y la industria, si bien la capacidad de actuación de los
caciques fue siempre muy superior en el campo que en las ciudades.
El
sistema político así definido permitió el mayor período de estabilidad de todo
el siglo XIXespañol, de forma que desde ese punto de vista pudo considerarse un
verdadero éxito, aunque como apunta el historiador Ramón Villares, «el precio a
pagar por el turno, apodado ya entonces como “pacífico”, fue el fomento de un
doble pacto (de las élites entre sí y de estas con los notables locales) y el
falseamiento sistemático de los resultados electorales como único medio de
hacer compatible una alternancia que no podía depender de forma expresa de la
voluntad ciudadana». Pero ni el turnismo ni el caciquismo fueron fenómenos
exclusivamente españoles pues, en mayor o menor medida, buena parte de las
monarquías liberales europeas de finales del siglo XIX y principios del XX
(como Portugal o Italia) participaron de ese mismo carácter de regímenes de
cuño oligárquico. Habría que esperar al fin de la Primera Guerra Mundial para
que las democracias modernas tomasen el escenario europeo.
Pese
a su innegable éxito, ya en el inicio del reinado de Alfonso XIII habían
comenzado a proliferar las críticas al sistema político de la Restauración y,
más concretamente, al caciquismo. Tales críticas estuvieron vinculadas en buena
medida a la reacción producida ante un hecho que marcó profundamente el
pensamiento político, social y cultural en España durante las primeras décadas
del siglo XX. La llamada Crisis o Desastre del 98, es decir, la pérdida de los
últimos restos del imperio colonial español (Cuba, Filipinas, Guam y Puerto
Rico), supuso no sólo la constatación del aislamiento internacional de España,
que no recibió ningún apoyo en su guerra contra Estados Unidos, sino también la
desaparición del país del ámbito de las naciones con capacidad de decisión en
la política global europea. España, tras un desastroso y convulso siglo XIX,
pasaba a la segunda fila de la política internacional y lo hacía prácticamente
reducida a su realidad peninsular. En palabras del historiador Juan Pablo Fusi,
«España se convertía en una modesta nación, sin apenas influencia en la esfera
internacional (Cánovas había practicado una política exterior de recogimiento,
causa del aislamiento diplomático en que se encontró España en 1898), a la que
sólo restaban de su formidable pasado colonial unas pocas posesiones en
África».
La
pérdida de las últimas colonias en 1898 representó un impacto tal en la
conciencia colectiva de los españoles que terminaría dando pie a una profunda
reflexión entre los intelectuales de la época sobre las causas del atraso
español y el papel histórico que debía corresponder al país. Fruto de dicha
reflexión surgiría una corriente de pensamiento denominada «regeneracionismo»
que aspiraba a la completa renovación de la vida política y social de España.
Para ello, los regeneracionistas se esforzaron en identificar los orígenes de
los males que aquejaban al país para de ese modo poder atajarlos. El
caciquismo, el atraso cultural de la población, la política de aislamiento
internacional practicada hasta entonces, el escaso nivel de modernización de
las estructuras económicas y sociales y, en definitiva, la falta de sintonía
con la evolución del resto de Europa, se identificaron como fuentes esenciales
de los problemas de España y, por ende, los focos sobre los que se debía actuar
con rapidez y determinación para lograr la regeneración deseada. Los
planteamientos regeneracionistas impregnaron todos los ámbitos de la vida
pública española a comienzos del siglo XX, de modo que hubo regeneracionistas
conservadores, liberales, republicanos, monárquicos, católicos, laicos… si
bien, como no podía ser de otra forma, no coincidían en los medios de poner fin
al caciquismo y, en definitiva, de modernizar y europeizar España. Como afirma
el profesor Javier Moreno Luzón, «en el cuadro farmacológicohabía pócimas para
todos los gustos. Los más audaces anhelaban una revolución más o menos
inmediata […] sin embargo abundaban también los testigos que preferían reformas
graduales: cambios en la legislación electoral, mejoras en la enseñanza,
autonomía para los municipios y obras públicas».
Los
planteamientos regeneracionistas también inspiraron la actuación del propio
Alfonso XIII y de sus gobiernos en los primeros años de su reinado de modo que
pese a la situación de atraso en relación a Europa, España conoció desde
comienzos del siglo XX un progresivo proceso de modernización que se apoyó en
la consolidación de la base industrial del país, una creciente urbanización del
mismo y una apuesta decidida por las políticas educativas. El resultado, una
vez más, sería desigual, pero al menos en al ámbito de la cultura legó uno de
los períodos más brillantes y prolíficos de nuestra historia.
§.
Sintonizar con la modernidad
El
reinado de Alfonso XIII fue en su conjunto una etapa de crecimiento y
modernización para España, aunque las importantes desigualdades desde los
puntos de vista social y regional que caracterizaron tal crecimiento
determinaron la aparición de fuertes tensiones en el modelo político, social y
económico que a la larga terminarían por quebrarlo. Uno de los exponentes más
claros de este desarrollo fue el progresivo aumento demográfico ligado a la
mejora general de las condiciones de vida e higiene, fenómeno por otra parte
común al resto de Europa por las mismas fechas. Si bien los años previos al
estallido de la Primera Guerra Mundial fueron de un fuerte flujo migratorio
hacia el exterior, también se produjo un importante aumento de los
desplazamientos de población del campo a la ciudad en busca de las nuevas
oportunidades de trabajo que ofrecían las fábricas y el mundo industrial.
Fueron por tanto años de crecimiento de las grandes ciudades, que incorporaron
nuevos barrios obreros y fueron objeto de ambiciosas intervenciones de
planificación urbanística que las dotaron de amplias avenidas y edificios
representativos que hablaban de los nuevos tiempos. Buenos ejemplos de ello
fueron el trazado de grandes y modernas avenidas como la Gran Vía de Madrid
(cuyas obras comenzaron en 1910) o la de la Via Laietana de Barcelona
(1908-1913); la construcción de lujosos hoteles que daban la bienvenida a los
visitantes como el Ritz (1910) y el Palace (1912) de Madrid; de grandes
complejos industriales como la fábrica de Cervezas El Águila (actual sede del
Archivo Regional de Madrid), la transformación de la ría y puerto de Bilbao o
la fundación de la Hispano-Suiza de Barcelona dedicada a la fabricación de
automóviles (1905); la inauguración de la primera línea del metro madrileño
(1919), la construcción de palacetes y hoteles en ciudades como San Sebastián y
Santander convertidas en destino de las clases acomodadas en sus períodos de
descanso estival, la progresiva electrificación del alumbrado público o la
creación de las primeras grandes salas de cine como el Salón Doré de la capital
(1912) con capacidad para más de mil espectadores.
Por
otra parte, la pérdida de las colonias en 1898, si bien resultó moralmente
demoledora, económicamente supuso el retorno de importantes capitales a la
Península que se reinvirtieron en las zonas más industrializadas del país dando
lugar a la creación de destacadas compañías como los Altos Hornos de Vizcaya
(1902), la Papelera Española (1901) o la Hidroeléctrica Ibérica (1901).
Asimismo, las fortunas procedentes de las colonias enriquecieron el mercado
financiero español auspiciando el nacimiento de entidades como el Banco Hispano
Americano (1900), el Banco de Vizcaya (1901) o el Banco Español de Crédito
(1902). Todo ello unido, entre otras cuestiones, al replanteamiento de la
legislación social y laboral (con hitos como la ley de accidentes de trabajo de
1900, la creación del Instituto de Reformas Sociales en 1903, el
establecimiento del descanso dominical en 1904, la creación del Instituto
Nacional de Previsión en 1908 o la regulación del derecho de huelga en 1909) y
la reforma hacendística articulada por el ministro Raimundo Fernández
Villaverde (que puso por fin las bases para atajar el problema endémico de la
economía española, el déficit), logró fijar las bases del desarrollo económico
de España en los primeros años del siglo XX.
Pero
si hubo un campo en el que el desarrollo brilló como nunca ese fue sin duda el
de la cultura y la educación. El nuevo siglo trajo de la mano la creación del
Ministerio de Instrucción Pública (1900), expresión de la voluntad
regeneracionista de atajar el atraso cultural de la población española. Por
primera vez la educación se incluyó en el presupuesto del Estado, se abordó la
reforma de la formación de los docentes y los programas de estudio. El objetivo
del ministerio era mejorar la dotación humana y material de la educación
pública de forma que los salarios de los maestros pasaron a depender del
Estado, se garantizó la gratuidad de la educación primaria (establecida sin
todo el éxito deseable tanto para niños como para niñas por la Ley Moyano de
1857), se extendió la educación obligatoria de los nueve a los doce años y se
inició la eliminación de barreras discriminatorias estableciendo el mismo
programa formativo para niños y niñas desde 1901, la coeducación en 1909 y el
libre acceso a la universidad de las mujeres en 1910.
Las
políticas desarrolladas por el Ministerio de Instrucción Pública se inspiraron
claramente en el modelo establecido por la Institución Libre de Enseñanza
(ILE), la iniciativa educativa y cultural más importante del siglo XIX, cuya
influencia llega hasta nuestros días. La Institución fue fundada en 1876 por un
grupo de profesores y catedráticos procedentes de la Universidad Central de
Madrid y a cuya cabeza se situó Francisco Giner de los Ríos. Este grupo de
intelectuales, conscientes de los problemas de formación de la sociedad
española, decidió poner en marcha una experiencia innovadora dentro del campo
de la educación privada. El modelo educativo institucionista, centrado en
educación primaria y secundaria, se definía como apolítico, laico y europeísta.
Proponía la formación integral de los alumnos mediante el fomento de todas sus
facultades (intelectuales, físicas y espirituales) de modo que se lograse su
autonomía personal. La creación de grupos reducidos de individuos así formados
(élites) terminaría siendo el instrumento de transformación que tanto
necesitaba el país.
La
filosofía que impulsaba a la Institución era de claro espíritu reformista, es
decir, buscaba la transformación del modelo social español, no una ruptura
radical con él. Frente a este espíritu reformista, otras iniciativas dentro del
campo de la educación de comienzos del siglo pasado plantearon un modelo
revolucionario y rupturista, como la Escuela Moderna (de inspiración
anarquista) fundada por Francisco Ferrer y Guardia en Barcelona en 1901. Los
centros escolares de Ferrer se dirigieron a la educación de niños y niñas de
clase obrera a los que se ofrecía una educación laica, no coercitiva, integral
pero orientada a la creación de una conciencia de clase que en el futuro
convirtiese a los alumnos en miembros del movimiento obrero y por tanto en
agentes de la sustitución del modelo social imperante por otro igualitario. La
repercusión de la Escuela Moderna fue especialmente notable en Cataluña, si
bien el reconocimiento de Francisco Ferrer como pensador y pedagogo fue general
en toda España y Europa.
Fruto
de la colaboración entre la ILE y el Ministerio de Instrucción Pública
surgieron algunas de las instituciones educativas y científicas más importantes
de la España de comienzos del siglo XX y que revolucionaron el panorama
cultural del país. Así, en 1907 se creó la Junta para Ampliación de Estudios e
Investigaciones Científicas (JAE) presidida por el premio Nobel de Medicina,
Santiago Ramón y Cajal. La JAE desarrolló una importantísima actividad
científica patrocinando mediante un potente sistema de becas públicas la
estancia de estudiantes, profesores, investigadores y otros profesionales en
otros países europeos con el fin de poner a España en contacto con los avances
científicos del continente. Paralelamente, la JAE creó la primera estructura
científica pública de España con la fundación en 1910 del Centro de Estudios
Históricos (dirigido por Ramón Menéndez Pidal y especializado en disciplinas de
la rama de humanidades) y del Instituto Nacional de Ciencias Físico-Naturales
(bajo dirección del propio Cajal y centrado en disciplinas científicas). Como
apunta el profesor Moreno Luzón, «la Junta albergó un impresionante conjunto de
centros de investigación que, en contacto con otras entidades académicas
europeas y americanas, produjo un salto gigantesco en la ciencia española».
La
actividad de la Junta también abarcó la creación de centros educativos
experimentales como el Instituto Escuela, fundado en 1918 por encargo del
ministerio como centro piloto en el que aplicar las reformas que se
considerasen convenientes para la mejora de la educación secundaria para
después extenderlas al resto de los centros del sistema público. Pero quizá,
las instituciones señeras de la JAE en este campo fueron la Residencia de
Estudiantes fundada en 1910 y la Residencia de Señoritas de 1915. Gracias a
ellas se facilitó la estancia en Madrid de alumnos de toda España que deseaban
cursar estudios universitarios en la capital y a los que la Residencia proponía
además su propia oferta educativa. Bibliotecas, laboratorios, aulas,
instalaciones deportivas, teatrales, salas de conferencias… invitaban a los
estudiantes a participar del espíritu de la Institución Libre de Enseñanza.
Desde Antonio Machado a Federico García Lorca o Salvador Dalí, por sus sedes
pasaron como invitados, residentes y participantes en sus actos los más
destacados representantes de la cultura española de comienzos de siglo, que
hallaron en la Residencia un lugar excepcional para el encuentro e intercambio
intelectuales.
El
impulso regeneracionista alcanzó así su máxima expresión en el terreno de la
educación y la cultura, logrando también en ella sus más destacados logros
modernizadores. La renovación en este campo coincidió con la abrumadora calidad
y abundancia de la labor intelectual protagonizada por los miembros de las
llamadas generaciones del 98, del 14 y, más tarde, del 27, con figuras de la
talla de Miguel de Unamuno, Azorín, José Ortega y Gasset, Antonio Machado, Pío
Baroja, Ramón María del Valle-Inclán, los hermanos Ramiro y María de Maeztu,
Ramón Menéndez Pidal, Santiago Ramón y Cajal, Juan Ramón Jiménez, María
Zambrano, Ramón Pérez de Ayala, Maruja Mallo, Gregorio Marañón, Federico García
Lorca, Pedro Salinas, Manuel de Falla… El esplendor de la cultura española de
esos años fue tal que se ha acuñado el término Edad de Plata para referirse a
ella, pues desde el Siglo de Oro no había vuelto a producirse un fenómeno
comparable.
Sin
embargo la revolución intelectual y la tímida modernización que en los años
previos a la Primera Guerra Mundial vivió el mundo urbano en España, contrastó
de forma brutal con la realidad de las zonas rurales, empobrecidas, atrasadas y
controladas por los grandes terratenientes, de modo que en su titánico esfuerzo
por sintonizar con la modernidad, España empezó a mostrar las líneas por las
que en las siguientes décadas terminaría por fracturarse.
§.
Los costes de la modernidad
España
empezaba a hacer suyos los cambios propios de la construcción de las modernas
sociedades industriales: la población aumentaba, las ciudades crecían, la
actividad industrial del nordeste peninsular se consolidaba, el sector
servicios comenzaba a ganar protagonismo, se combatía el analfabetismo… y con
todo ello, en las ciudades, la clase social formada por los obreros
industriales aumentaba y la opinión pública entendida como fenómeno de masas
hacía su irrupción en escena, mientras que en el campo la cada vez más patente
desigualdad con las zonas más desarrolladas creaba el caldo de cultivo propicio
para las respuestas sociales en forma de protesta. El país se modernizaba, pero
lo hacía con fuertes desequilibrios sociales y regionales, de suerte que la
desigual penetración de aquella primera modernización trajo de la mano un
sustancial incremento de la conflictividad social.
Las
organizaciones obreras políticas y sindicales comenzaron a hacerse más fuertes,
especialmente en las zonas urbanas, de forma que como recuerda Juan Pablo Fusi:
«Desde principios de siglo, la clase obrera industrial constituyó una realidad
social de creciente importancia y peso en la vida laboral y política». En
términos generales puede decirse que mientras que el sindicalismo y las
organizaciones políticas vinculadas a las ideologías socialista y marxista
proliferaron en las zonas industriales y urbanas del norte y centro peninsular
(cuyos cauces de expresión fueron el Partido Socialista Obrero Español —PSOE—
fundado en 1879 y la Unión General de Trabajadores —UGT— creada por este
partido en 1888), el anarquismo arraigó con fuerza en el este y el sur (especialmente
entre el proletariado de Cataluña y los trabajadores del campo de Andalucía,
siendo su principal organización la Confederación Nacional del Trabajo —CNT—
nacida en 1910). Las duras condiciones de vida que componían la realidad de la
mayoría de los trabajadores españoles produjeron un repunte de la
conflictividad social en los primeros años del siglo, como indican la huelga
general revolucionaria de 1902, las protestas en el campo andaluz y castellano
de 1905 o la tristemente famosa Semana Trágica de Barcelona de 1909.
Entre
el 26 y el 31 de julio de 1909 la violencia y el caos se apoderaron
inesperadamente de Barcelona. Lo que en origen había surgido como una huelga
pacífica contra el envío de tropas a Marruecos (el Tratado de Algeciras firmado
en 1906 con Francia y Gran Bretaña atribuía a España el control militar de una
zona al norte del país) terminó por convertirse en una violentísima revuelta en
la que se mezclaron elementos de protesta obrera con otros de signo
anticlerical. Ante la incapacidad de las autoridades para controlar la
protesta, los disturbios se generalizaron por toda la ciudad de modo que el
paisaje de Barcelona se llenó de barricadas, quemas de conventos y
enfrentamientos callejeros. El gobierno, presidido por el conservador Antonio
Maura, finalmente reaccionó enviando tropas a la ciudad que literalmente
aplastaron la protesta. La brutal represión de los hechos culminó con la
acusación indiscriminada contra los responsables de la protesta a los que se
quiso dar un castigo ejemplar. Entre los detenidos se encontraba Francisco
Ferrer y Guardia, el conocido pedagogo anarquista creador de la Escuela
Moderna, que fue acusado sin pruebas y finalmente ejecutado el 13 de octubre.
La
reacción internacional a la ejecución de Ferrer resultó extraordinaria, pues ya
desde su detención proliferaron por toda Europa los movimientos de protesta y
las peticiones de indulto. El gobierno de Maura, más preocupado por lograr la
paz social mediante la ejemplaridad del castigo, no supo calcular las
consecuencias del proceso a Ferrer que finalmente terminó por costarle la
presidencia. Ante el aluvión de protestas el líder del Partido Liberal,
Segismundo Moret, retiró todo respaldo parlamentario a Maura dando lugar así a
una situación inédita en la dinámica del turno pacífico, que implicaba, entre
otras cosas, la no oposición a las decisiones del partido en el gobierno. El
equilibrio del gobierno se volvió insostenible y Alfonso XIII, asimismo alarmado
por las protestas internacionales, retiró su confianza al presidente del mismo
encargando la formación de un nuevo ejecutivo a Moret. Sin apoyo ninguno, Maura
dimitió el 29 de octubre. La Semana Trágica se había llevado por delante las
vidas de más de un centenar de personas pero también había abierto la primera
fisura esencial en el sistema político de la Restauración. En palabras del
profesor Moreno Luzón, «la Semana Trágica, o más exactamente la desafortunada
gestión que realizaron los gobernantes españoles de la crisis, desde el
reclutamiento de veteranos catalanes hasta la negativa a conceder el indulto a
Ferrer, desembocó en una quiebra de la solidaridad básica que ligaba a los
protagonistas del turno bajo la Constitución de 1876».
Algo
estaba cambiando en la España de comienzos de siglo y particularmente en las
ciudades. El progresivo aumento de la clase obrera determinó una transformación
profunda de las dinámicas sociales y políticas. Las fábricas, las casas del
pueblo, los casinos y centros de reunión de sus miembros se convirtieron en
focos de transmisión de ideas políticas así como de creación y circulación de
opinión. Por primera vez en la historia del país surgía la opinión pública como
fenómeno de masas, es decir, la existencia de una serie de ideas acerca de la
realidad vivida que se expresaban públicamente en medios de comunicación de
amplia difusión. La lectura, tanto individual como colectiva, de publicaciones
periódicas de contenido social y político se convirtió entonces en un fenómeno
habitual entre la clase obrera y en la medida en que se generaba una nueva
conciencia política en los grupos menos favorecidos de la población, el rígido
sistema político de la Restauración comenzó a mostrar su incapacidad para dar
respuesta a las nuevas dinámicas sociales.
La
facilidad con que los caciques podían garantizar el control del voto en el
ámbito rural se disolvía en las ciudades. En ellas la población era mucho más
numerosa, no siempre dependía de un gran propietario para subsistir y, sobre
todo, estaba mucho más politizada. En consecuencia, a comienzos del siglo XX
las opciones políticas que se habían mantenido en los márgenes del sistema
desde 1876 (republicanos, nacionalistas y socialistas) empezaron a tener
representación parlamentaria. Así, la Lliga Regionalista de Francesc Cambó, el
Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux o el PSOE de Pablo Iglesias
hicieron su aparición en las Cortes entre 1901 y 1910.
Junto
con la diversificación del arco parlamentario, el otro gran síntoma de
agotamiento del sistema político fue la aparición de facciones dentro de los
llamados «partidos dinásticos», es decir, el Partido Conservador y el Partido
Liberal. Desde el establecimiento del turnismo, estos dos grandes partidos que
se repartían la tarea de gobierno habían funcionado como grandes bloques
aglutinados en torno a sus líderes, Cánovas y Sagasta. La muerte de ambos, en
1897 y 1903 respectivamente, abrió una etapa de inestabilidad interna en los
dos partidos vinculada al surgimiento de facciones. La dificultad para
conformar gobiernos estables por este motivo hizo que entre 1903 y 1907 se
sucediesen casi una docena distinta de ejecutivos, razón por la que ya entonces
se acuñó el término «crisis orientales» para referirse a las constantes
reuniones habidas en el Palacio de Oriente para la formación de los mismos. La
llegada al gobierno de Antonio Maura en 1907 pareció conjurar el problema (pues
se mantuvo en él durante más de dos años), si bien su accidentada salida tras
la Semana Trágica demostró que no era así. El ejecutivo presidido por Moret
apenas resistió cuatro meses pues su aproximación a los republicanos generó
rechazo dentro de su propio partido y temor en Alfonso XIII que, finalmente,
decidió encargar al también liberal José Canalejas la formación de un nuevo
gobierno. Como recuerda el historiador Javier Moreno, las constantes entradas y
salidas de ejecutivos hicieron que por esas fechas se popularizase con la música
de la recién estrenada revista musical La corte del Faraón la siguiente sátira:
En
Babilonia los ministerios
entran
y salen tan de repente
que
quien preside por la mañana
ya
por la tarde no es presidente.
Aunque
en los años sucesivos el sistema del turno pacífico pareció recuperar su
normalidad, lo cierto es que la realidad política española era ya muy distinta
de la de finales del siglo XIX. El régimen de la Restauración tenía serias
dificultades para adaptarse a las dinámicas sociales vinculadas a la
modernización del país como evidenciaban los cíclicos repuntes de
conflictividad social, el creciente protagonismo de fuerzas políticas ajenas a
los partidos dinásticos y la división interna de estos. Las disputas entre los
partidarios del conde de Romanones y de Canalejas, en el Partido Liberal, así
como las de los seguidores de Antonio Maura o Eduardo Dato en el Conservador
eran constantes. Esto unido al enfrentamiento entre ambos partidos que desde
1909 habían abandonado la «fidelidad» de la oposición turnista, impidieron que
las iniciativas de unos y otros en el intento por adaptar la monarquía
constitucional española a los nuevos tiempos alcanzasen el éxito deseado. La
separación entre la realidad social española y su sistema político, o entre la
«España vital» y la «España oficial», como prefería decir el filósofo José
Ortega y Gasset, aumentaba sin remedio. Y en medio de ese marasmo interno los
acontecimientos europeos del verano de 1914 vinieron a complicar todo aún más.
§.
La neutralidad de España
El
asesinato en Serbia del archiduque Francisco Fernando de Austria-Hungría y su
esposa el 28 de junio de 1914 parecía anunciar una crisis más dentro de los
recurrentes conflictos balcánicos. La prensa española, como la mayor parte de
la europea, interpretó el episodio en esa clave, y así, por ejemplo, en la
primera página de El Imparcial (uno de los más importantes periódicos de tirada
nacional de la época), el día 29 de junio junto a un artículo que reflexionaba
acerca de la subida del precio del pan podía leerse el siguiente titular: «Un
crimen político. Los herederos de Austria asesinados en Sarajevo». Sin embargo,
cuando casi un mes más tarde Austria declaró la guerra a Serbia, el temor al
estallido de un conflicto europeo era evidente. Un artículo del 26 de julio del
mismo periódico titulado «Entre Austria y Serbia. Ruptura de las relaciones
diplomáticas» explicaba con toda claridad, e incluso con escalofriante
capacidad de predicción, la situación a sus lectores:
La
respuesta de Serbia a las imperiosas intimaciones de Austria ha producido en
toda Europa efecto semejante al que hubiera causado el primer cañonazo en la
frontera. Desde hace mucho tiempo una angustiosa e irreprimible nerviosidad
hace creer en la inminencia de la guerra. De año en año vuelven a estar las
cosas como en aquella época, no muy lejana, en que Francia y Alemania podían
compararse a dos locomotoras, con las calderas encendidas, dispuestas a
lanzarse una sobre otra. ¿Habrá conflicto? ¿Fracasará el artificioso equilibrio
europeo a consecuencia del asesinato del príncipe heredero de Austria?
El
equilibrio ha consistido en complicar todos los factores imaginables. Estuvo a
punto de quebrantarse gravemente con la lucha de los pequeños Estados
balcánicos. Ahora, tras de Austria, está Alemania; es decir, la Triple Alianza,
sin contar con los búlgaros y los turcos, enemigos naturales de los serbios.
Con Serbia está Rusia; es decir, la «Entente», sin contar con los rumanos, los
griegos y los montenegrinos, enemigos naturales de Austria. ¿Tantas naciones
van a chocar en la guerra más espantosa de los tiempos modernos? ¿Será posible
que no haya medio de evitar la catástrofe inminente cuando son tantas las
partes interesadas? […] Aun estando situada España lejos del foco del incendio,
nadie supondrá que pueda sernos indiferente.
El
complicado juego de alianzas sobre el que avisaba el periódico no tardó en
ponerse en marcha y así, tras la declaración de guerra de Austria a Serbia el
26 de julio, se produjo la movilización del ejército ruso en apoyo de la
segunda el día 30. La respuesta alemana no se hizo esperar y tras movilizar sus
tropas el 1 de agosto lanzó un ultimátum a Bélgica exigiendo que permitiese el
paso franco de éstas rumbo a Francia el mismo día 2. Ante la negativa belga,
Alemania comenzó la invasión del país el día 3, fecha en la que Gran Bretaña,
en defensa de Bélgica, conminó a Alemania a retirarse so pena de iniciar las
hostilidades entre ambos países. El ultimátum inglés se convirtió, el día 4 de
agosto tras el rechazo alemán, en una declaración de guerra. La Gran Guerra
había comenzado y España tenía que decidir cuál iba a ser su papel en el
conflicto.
La
reacción del gobierno conservador presidido por Eduardo Dato no se hizo esperar
y el mismo día 5 de agosto se produjo la declaración oficial de la neutralidad
de España:
Declarada,
por desgracia, la guerra entre Alemania, de un lado, y Rusia, Francia y el
Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda, sucesivamente de otro; existiendo el
estado de guerra entre Austria, Hungría y Bélgica, el Gobierno de S. M. se cree
en el deber de ordenar la más estricta neutralidad a los súbditos españoles,
con arreglo a las leyes vigentes y a los principios del Derecho Público
Internacional.
La
postura neutral fue acogida en los primeros momentos de la guerra con el
respaldo de la mayor parte de la clase política y la sociedad españolas. La
perspectiva de entrar en un enfrentamiento armado de semejantes dimensiones no
era precisamente lo que los españoles, cansados de los costes económicos y
humanos del conflicto en Marruecos, con unas condiciones de vida
manifiestamente mejorables, una situación política interna a duras penas
estable y el recuerdo amargo de la derrota de 1898 aún fresco en las
conciencias, podían desear. Varias eran las razones que se encontraban detrás
de la decisión. Por una parte, la debilidad económica del país (desde la escasa
infraestructura ferroviaria a los problemas de carestía) en relación al resto
de las potencias europeas no permitiría la movilización de los recursos
necesarios para hacer frente a la entrada en la guerra. Desde el punto de vista
militar, el escenario no resultaba precisamente mejor: la guerra de 1898 había
evidenciado la incapacidad del ejército español para equipararse a las tropas
de las grandes potencias con su moderna organización y tecnología. El problema
de Marruecos era la muestra más visible de las limitaciones militares españolas
pues no sólo había contribuido a agravar uno de los principales males del
ejército, la hipertrofia de altos mandos, sino que parecía evidente que si ni
siquiera se tenía la capacidad para controlar de modo efectivo aquella pequeña
franja territorial en la que no operaban ejércitos profesionales sino
guerrillas, difícilmente podría intervenirse con éxito en un conflicto como el
que se desataba en Europa.
Finalmente,
el aislamiento diplomático español al que se había visto reducido el país tras
la pérdida de los últimos restos de su imperio colonial resultó determinante en
la decisión de mantenerse neutral. En 1914 España se encontraba al margen de
los grandes sistemas de alianzas europeos que vinculaban política y
militarmente a unos países con otros y, en consecuencia, carecía de
obligaciones diplomáticas en tal sentido. Tras el Desastre del 98, la España de
Alfonso XIII había tratado por todos los medios de recuperar presencia en la
escena internacional y la única vía que había encontrado para hacerlo había
sido la de servir de mediador en las tensiones coloniales entre Francia y el
Reino Unido en el norte de África. Así, con el fin de evitar que ninguna de las
dos potencias pudiese llegar a bloquear en caso de guerra el paso hacia el
Mediterráneo si poseía el control del norte de Marruecos, se concedieron a
España ciertos derechos en algunos enclaves de la costa africana frente a
Canarias, en el golfo de Guinea y una pequeña franja al norte de Marruecos más
allá de los puertos españoles de Ceuta y Melilla (aproximadamente una quinta
parte del sultanato).
El
primer acuerdo se firmó en 1904 dejando ya entonces clara la posición
subordinada de España en relación a Francia y Gran Bretaña y la exclusión de su
control de la estratégica ciudad de Tánger que adquirió estatuto de ciudad
internacional. Como recuerda el historiador Antonio Niño, «la compañía de los
poderosos, aunque fuera en situación de dependencia, era preferible al
aislamiento diplomático en el que se encontró el país cuando tuvo que afrontar
la crisis de Cuba y la guerra con Estados Unidos». El reparto de Marruecos y el
papel que en él debía desempeñar España fue perfilándose en acuerdos
posteriores como el Tratado de Algeciras y las Declaraciones de Cartagena de
1906 y 1907 que nominalmente respetaban la soberanía del sultán de Marruecos
pero preveían la intervención española en el control del orden público, tarea
que pronto se demostró inviable por medios pacíficos. La solución más acabada
se dio en 1912 al establecerse el Protectorado español de Marruecos, por el que
se cedió a España la administración de la zona sobre la que había venido
ejerciendo su influencia si bien en calidad de «subarrendataria» de Francia. El
acuerdo permitía salvar la honra de España como antigua potencia colonial
dándole de paso un papel de cierta relevancia en el concierto internacional y
acercándola a la órbita de la Entente (la alianza entre Francia y Gran
Bretaña), pero en ningún caso suponía obligaciones de colaboración militar o
defensiva si alguno de los firmantes entrase en un conflicto bélico. La vía
diplomática para la neutralidad española en 1914 estaba por tanto despejada.
Por
otra parte, tampoco parecía convenir a los intereses españoles decantarse tan
rápidamente por alguno de los dos bandos. Desde el punto de vista comercial y
geoestratégico España se encontraba ligada a los países de la Entente, aunque
en el hipotético caso de una victoria alemana podía verse más beneficiada en un
futuro reparto territorial hecho en detrimento de Francia y Reino Unido. Sin
embargo si, como se creía entonces en toda Europa, el conflicto duraba poco,
España podría beneficiarse de su neutralidad al quedar acreditada para
desempeñar un papel relevante como mediadora en una hipotética conferencia de
paz. Así las cosas, en el verano de 1914 todo parecía recomendar la actitud
neutral dispuesta por el gabinete de Dato. Pero en la Primera Guerra Mundial
nada iba a discurrir como se había pensado.
§.
Aliadófilos y germanófilos
La
decisión inicial de mantener el país al margen del conflicto fue por tanto
acogida por la clase política y la sociedad como la postura más sensata posible
dadas las circunstancias. La propia situación personal de Alfonso XIII parecía
invitar a ello. El rey era hijo de María Cristina de Habsburgo-Lorena,
archiduquesa de Austria, pero estaba casado con Victoria Eugenia de Battenberg,
nieta de la reina Victoria de Gran Bretaña, de modo que las lealtades
familiares de la Corona no podían estar más enfrentadas. Aun así, el rey, como
el resto de los españoles, terminaría teniendo sus simpatías personales puestas
en uno de los dos bandos. Y es que tras los primeros meses de conflicto en los
que la neutralidad pareció aceptarse sin objeciones, la opinión pública en
España, incluyendo la de sus políticos, se dividió entre aquellos que apoyaban
a los aliados (Francia, Gran Bretaña y Rusia) y quienes lo hacían a las
potencias centrales (Austria-Hungría y Alemania). A lo largo de los cuatro años
de guerra, el debate sacudió con una violencia inusitada la sociedad española
que, pese a no participar en la lucha, vivió una absoluta polarización en torno
a los bandos contendientes.
En
los primeros momentos del enfrentamiento armado sólo hubo una voz dentro de los
partidos dinásticos que disintió públicamente de la neutralidad adoptada por el
país, la del líder político liberal Álvaro de Figueroa y Torres, conde de
Romanones. El 19 de agosto de 1914 apareció publicado en El Diario Universal un
artículo sin firma titulado «Neutralidades que matan». El periódico era el
portavoz habitual de la facción liderada por Romanones por lo que a nadie le
cupo duda de que era él quien hablaba bajo aquel titular. En el artículo se
hacía un llamamiento a la entrada del país en la guerra a favor de los aliados
apuntando los lazos económicos, geográficos y estratégicos que le unían con las
potencias de la Entente y el perjuicio que los intereses nacionales podían
recibir si no se mostraba un apoyo decidido a franceses e ingleses. La
vehemencia del conde no dejaba lugar para las actitudes templadas:
La
hora es decisiva, hay que tener el valor de las responsabilidades ante los
pueblos y ante la Historia; la neutralidad es únicamente un convencionalismo
que sólo puede convencer a aquellos que se contentan con palabras y no con
realidades; es necesario que hagamos saber a Inglaterra y Francia que con ellas
estamos, que consideramos su triunfo como el nuestro y su vencimiento como
propio; entonces España, si el resultado de la contienda es favorable para la
Triple Inteligencia —es decir Francia, Inglaterra y Rusia—, podrá afianzar su
posición en Europa… Si no hace esto, cualquiera que sea el resultado de la
guerra europea, fatalmente habrá de sufrir muy graves daños.
El
revuelo causado por la publicación del artículo fue considerable y animó a las
voces más exaltadas del arco político a llamar a la movilización (el Partido
Republicano Radical de Lerroux que defendía la entrada en la guerra a favor de
los aliados y el carlismo de ultraderecha que hacía lo propio con los
alemanes). Finalmente el respaldo del rey a la postura del presidente Dato
zanjó el asunto. En palabras de Javier Moreno Luzón, «Alfonso XIII, que había
interrumpido su entrega estival a las regatas cantábricas para sentarse a la
cabecera del Consejo de Ministros, respaldó al presidente, por lo que Romanones
tuvo que plegar velas y sumarse al neutralismo». No tardaría mucho en verse que
el cambio de opinión del conde no iba a durar demasiado.
A
medida que transcurrieron los primeros meses de la contienda la idea de una
guerra rápida fue esfumándose en el horizonte y con ella el espejismo unitario
de la opinión pública española. Así, a comienzos de 1915 la división entre
germanófilos y aliadófilos copaba el debate público. Los primeros veían en
Alemania la defensa de los valores más tradicionales de la sociedad europea, el
ideal monárquico, el respeto por la sociedad jerárquica y el orden, el
militarismo y la disciplina como valores patrióticos, la religión como parte de
la identidad nacional, la veneración de la autoridad… mientras que los segundos
identificaban, especialmente a Francia, con la lucha por el avance de la
igualdad social, la libertad y la justicia propias de los regímenes verdaderamente
democráticos y modernos. En consecuencia los grupos sociales germanófilos por
excelencia fueron el ejército, el clero, la aristocracia, los terratenientes,
la alta burguesía, las opciones políticas más conservadoras (carlistas y
mauristas) y la propia Corona, y en las líneas aliadófilas militaron liberales
de Romanones, socialistas, republicanos, regionalistas, obreros, profesionales
liberales y la mayor parte de los intelectuales humanistas de la época. Por
regla general ambos bandos estaban de acuerdo con la no participación de España
en la guerra, pero su entendimiento de la neutralidad distaba enormemente. Para
los partidarios de Francia y Gran Bretaña, esta debía ser especialmente
benevolente con los aliados facilitándoles toda la ayuda material y diplomática
posible, si bien en los momentos más intensos del debate llegaron a defender la
ruptura de relaciones diplomáticas con Alemania e incluso la entrada en el
conflicto. Por contra, los llamados germanófilos, conscientes de que entrar en
la guerra del lado alemán equivaldría a un suicidio militar (España estaba
rodeada por las potencias de la Entente y la armada británica controlaba el
mar), pensaban que el mejor modo de apoyar a las potencias centrales era no
servir de ayuda alguna a los aliados y, en esa medida, su discurso fue el de
defensa de la neutralidad más estricta y pasiva.
El
papel de los intelectuales en el debate fue especialmente activo y salvo
excepciones como Jacinto Benavente (maurista) o Pío Baroja (convencido de que
sólo Alemania podría acabar con el clericalismo de la sociedad española), casi
todos ellos se mostraron a favor de los aliados. Como señala Francisco Romero
Salvadó, «en cierto sentido, al apoyar a Gran Bretaña y a Francia, enemigas
históricas de España, expresaban su preferencia por Europa en detrimento de
España. Optaban por una futura España europeizada, moderna, secular y
democrática». Las encendidas defensas de las posturas germanófila y aliadófila
comenzaron a proliferar en panfletos y publicaciones de fines proselitistas
aunque pronto encontraron su mejor cauce de expresión en la prensa (financiada
en no pocas ocasiones por los respectivos aparatos de propaganda de ambos
bandos). Los primeros en proclamar públicamente sus ideas serían los
partidarios de los aliados, y así el 10 de julio de 1915 vio la luz el primero
de los «manifiestos» que proliferaron en los años de la contienda. Se trató del
Manifiesto de los intelectuales españoles publicado en la revista Iberia y en
el que los firmantes (Pérez Galdós, Unamuno, Valle-Inclán, Azaña, Ortega y
Gasset, Azorín, Machado, Menéndez Pidal, Américo Castro, Gregorio Marañón,
Fernando de los Ríos, Manuel de Falla, Ramón Casas, Santiago Rusiñol, Ramiro de
Maeztu, Ramón Pérez de Ayala…) declaraban:
[…]
estamos seguros de cumplir con nuestro deber de españoles y de hombres
declarando que participamos, con la plenitud de nuestro corazón y de nuestro
juicio, en el conflicto que conmueve al mundo. Nosotros nos hacemos solidarios
de la causa de los aliados en lo que ella representa, los ideales de justicia,
lo único que puede coincidir con los más profundos e imperiosos intereses
políticos de la nación […]
Deseamos
de una manera ardiente y ferviente que la paz futura sirva a todas las naciones
de honrosa y provechosa enseñanza, y esperamos que el triunfo de la causa que
estimamos justa afirmará los valores esenciales mediante los cuales cada
pueblo, grande o pequeño, débil o fuerte, hará nacer la cultura humana,
destruirá los fermentos del egoísmo de dominación y de impúdica violencia
generadores de la catástrofe, y afirmará los cimientos de una nueva fraternidad
internacional […]
En
contestación a tal declaración de principios, Jacinto Benavente respondió con
un Manifiesto germanófilo en forma de artículo titulado «Amistad germano
española» en La Tribuna, en el que defendía la neutralidad de España como lo
más conveniente a sus intereses, alababa la cultura y la ciencia alemanas y
recordaba los males que el país debía históricamente a los aliados:
Nuestra
neutralidad no es traición ni deslealtad para nadie […] Muchos somos los que
impuestos de todos los males que España debe a Inglaterra y Francia, desde la
batalla de Trafalgar hasta los obstáculos opuestos por Inglaterra a la posesión
por nuestra parte de territorios africanos después de la gloriosa toma de
Tetuán, nos preguntamos extrañados cómo nuestros «intelectuales» han logrado
sobreponerse a la realidad histórica para elevarse a las sublimes idealidades
del amor a Francia y a Inglaterra, con la grata ilusión de que ellas son y
serán siempre nuestras mejores amigas y aliadas. Que la amistad de esas dos
poderosas naciones nos sería muy conveniente, ¿quién lo duda? Todas las
amistades son convenientes si son verdaderas. Pero ¿cuándo han sido amigas
nuestras leales esas dos señoras naciones? ¿Qué pruebas de amistad hemos
recibido nunca de ninguna de ellas?
Una
de las publicaciones que más activas se mostraron en el debate desde posturas
pro aliadas fue la reputada revista España fundada por José Ortega y Gasset y
que a lo largo de la guerra recibió ayuda británica para su publicación. En su
portada el humorista Luis Bagaría ofreció algunas de las viñetas más ácidas y
conmovedoras sobre el terrible enfrentamiento que desgarraba a Europa. Los
líderes de las potencias contendientes encaramados en un globo terráqueo
rodeado de buitres y sobre un lacónico «Los únicos supervivientes. ¡Al fin
solos!», o el Hambre con una boca igual a la de un cañón y dirigiéndose a él
para decir «Cuando acabes tú empezaré yo» recordaban a los lectores de España
la tragedia humana vinculada al conflicto. También en ella vio la luz el
Manifiesto de la Liga Antigermanófila, grupo creado en enero de 1917 bajo la
presidencia de Benito Pérez Galdós y que aglutinaba a numerosos intelectuales
simpatizantes de los aliados. En él los miembros de la Liga mostraban la
profunda ideologización que desde el punto de vista político supuso el debate
entre aliadófilos y germanófilos:
La
Liga Antigermanófila no es germanófoba. Admira en Alemania lo que en ella hay
de grande y permanente y repudia en ella lo que pugna con el espíritu
libertador de la Historia. No simpatiza con el Estado alemán porque representa
la negación de las pequeñas nacionalidades en su política exterior, y de la
democracia, y en general del espíritu civil, en la interior.
Como
recuerda Francisco Romero Salvadó, «la guerra se percibió casi inmediatamente
como un choque ideológico en el que cada una de las facciones contendientes
llegó a simbolizar ciertas ideas y ciertos valores trascendentes». El
Manifiesto se publicó el 18 de enero de 1917, en un momento tan tenso del
debate que la política neutral española estuvo a punto de quebrarse a favor de
las potencias de la Entente. Y es que mantener la neutralidad en una España
profundamente dividida fue cualquier cosa menos una tarea fácil.
§.
Escenarios sorprendentes, reacciones inesperadas
En
el debate sobre la neutralidad de España, los partidarios de uno y otro bando
no dejaron de insistir en las ventajas e inconvenientes que la postura política
del país podía suponer para el presente y el futuro de los españoles. España no
participaba en la guerra, pero la guerra no iba a dejar indiferente a España. A
largo plazo ni su modelo político ni su sociedad saldrían indemnes, pero en el
plazo inmediato la primera en acusar los efectos del conflicto fue su economía.
Tras el disloque del comercio internacional y el desplome de las bolsas de
valores de toda Europa que lógicamente se produjo en las semanas siguientes al
estallido de la guerra, la maltrecha economía española descubrió ante sí un
escenario de oportunidades que jamás habría creído posible.
La
situación neutral de España abrió la puerta a la posibilidad de enriquecerse
abasteciendo a ambos bandos. La ingente movilización de recursos que supuso la
Primera Guerra Mundial, tanto por sus dimensiones geográficas como humanas y
cronológicas, convirtió a las potencias en conflicto en consumidoras de la
totalidad de cualquier bien que pudiesen producir. En consecuencia su demanda
de productos industriales e incluso agrícolas al exterior se multiplicó
exponencialmente situando a los países neutrales como España en el centro de la
misma. Sectores como la industria textil en Cataluña, el siderúrgico y de las
industrias navieras en el País Vasco o el de la minería del carbón en Asturias
vivieron durante los años de la guerra un crecimiento imparable de sus
beneficios debido al aumento sin precedentes de las exportaciones y también del
consumo interno, pues se hizo necesario suplir con producción propia lo que
antes de la guerra se importaba. La balanza comercial española comenzó a
arrojar unos beneficios inéditos y los nuevos negocios y sociedades anónimas
empezaron a surgir como setas. En palabras del profesor Moreno Luzón, «quienes
supieron aprovechar la ocasión llenaron sus bolsillos con facilidad».
La
increíble entrada de dinero en el país también benefició a la banca de forma
que se multiplicó el número de entidades y de sus sucursales. Las reservas de
oro del Banco de España pasaron de 674 millones de pesetas en 1913 a 2500
millones en 1917 y el problema endémico de la deuda exterior comenzó a atajarse
con efectividad. Pero aunque el crecimiento de la economía española fue
abrumador, también lo fue el desequilibrio que lo caracterizó. El dinero
entraba en grandes cantidades, pero era acaparado en unas pocas manos que con
frecuencia lo emplearon para especular. La riqueza no se repartió y pocos
fueron los empresarios que reinvirtieron sus beneficios de forma justa. En no
pocas ocasiones, las exportaciones se realizaron ignorando las necesidades de la
demanda interna, pues los precios pagados en el extranjero eran superiores a
los del mercado nacional. Fruto de ello se produjeron importantes situaciones
de carestía de alimentos y productos manufacturados y un aumento de la
inflación desmesurado (productos como el pan, la leche, los huevos, las patatas
o el azúcar incrementaron su precio en torno a un 70 por ciento). La falta de
recursos fue más grave en las zonas rurales, lo que unido al aumento de la mano
de obra en las zonas industriales incrementó el flujo migratorio del campo a la
ciudad, y con él los desequilibrios sociales inherentes a la urbanización y
modernización de la sociedad. Como apunta Francisco Romero, «los años de guerra
fueron años de beneficios extraordinarios, pero también de asombrosas subidas
de precios […] La guerra favoreció la expansión de ciertas empresas
industriales y financieras, pero también exacerbó las diferencias regionales,
sociales y económicas dentro del país».
Pero
la mejor cara de la neutralidad española no llegó por vía del dinero, ni
tampoco de la política, sino por algo digno de ser recordado: la acción
humanitaria. Desde el inicio de la guerra Alfonso XIII había deseado para
España algún papel de relevancia en la situación internacional que pudiese
depararle posibles beneficios en un futuro reparto territorial. Las simpatías
personales del monarca se encontraban por razones ideológicas mucho más cerca
de la órbita alemana que de la aliada, y aunque en ocasiones sus intervenciones
diplomáticas las dejaron traslucir más de lo conveniente, supo mantenerse
dentro de los límites que imponía la situación neutral del país. Esa misma
neutralidad alejaba la posibilidad ansiada por el rey de recolocar a España
entre las grandes potencias europeas, razón por la que en los primeros momentos
del conflicto trató de convertir la debilidad en virtud tomando la iniciativa
de formar una coalición con Rumanía e Italia que, por entonces, aún eran
neutrales. Su idea de fundar una liga neutral que asumiese la mediación entre
los países beligerantes pronto se vio superada por la dinámica del conflicto,
pese a lo cual el rey no renunció a tener un papel activo en el mismo.
Finalmente fue en el campo de la acción humanitaria donde Alfonso XIII terminó
por desempeñar una labor de relevancia internacional.
Desde
las primeras batallas de la contienda el enorme número de muertos, heridos,
desaparecidos y prisioneros anunció al mundo el drama humano que le haría ganar
el sobrenombre de Gran Guerra. La quiebra de cualquier comunicación entre los
países beligerantes unida al caos propio de la situación dejó a miles de
familias completamente desarmadas a la hora de obtener noticias de padres,
hijos, amigos, hermanos, maridos… cuyo rastro se perdía en los campos de
batalla. Sólo cabía esperar ayuda de organizaciones como la Cruz Roja
Internacional o, quizá, de países neutrales como Suiza o España. Eso mismo
debió de pensar una joven lavandera de la Gironde cuando se decidió a escribir
directamente a Alfonso XIII solicitando ayuda para encontrar a su marido
desaparecido en la batalla de Charleroi los días 21 y 22 de agosto de 1914. El
rey consiguió a través de las embajadas españolas de París y Berlín lo que para
la joven resultaba imposible, y así pudo contestarle de su puño y letra que su
marido estaba vivo aunque preso e incomunicado (como era habitual) en Alemania
y que se encontraba haciendo todo lo posible para lograr liberarlo. El caso no
habría pasado de anécdota de no ser porque un pequeño diario francés, La Petite
Gironde, publicó la historia dando las gracias al rey el 18 de junio de 1915.
La prensa francesa se hizo eco del asunto y con ello dio motivo a la creación
de la Oficina Pro Cautivos de Alfonso XIII.
Así
se llamó el despacho que el rey organizó en el Palacio de Oriente para dar
respuesta a los miles de cartas que tras la publicación del caso de la
lavandera francesa comenzaron a llegar a palacio. Personas de todas partes de
Europa se dirigieron al monarca con desesperadas peticiones de ayuda. En un
primer momento Alfonso XIII y su secretario particular, Emilio María Torres,
comenzaron a organizar la respuesta a las solicitudes de auxilio en la propia
secretaría del rey, pero el volumen de la correspondencia y de la labor
emprendida pronto evidenciaron la necesidad de encontrar una nueva ubicación
para la oficina. El rey decidió emplear algunas habitaciones del palacio para
tal fin ya que era allí a donde llegaba la increíblemente numerosa
correspondencia. El proyecto se financió enteramente con dinero del propio
monarca —procedente de las rentas del patrimonio real y por un monto de un
millón de pesetas de la época, equivalente a unos 600 000 euros actuales— con
el que además de adquirir el material necesario para abordar la tarea, se
pagaron los gastos derivados de todas las gestiones vinculadas a la actividad
de la oficina y se contrató a las cuatro personas que, junto con el rey y su
secretario, más una treintena de voluntarios, se encargaron de la tramitación
de las solicitudes. Armados con lápiz y papel (las pocas máquinas de escribir
de que dispuso la oficina fueron adquiriéndose de forma gradual), un fichero y
una gran voluntad, iniciaron la tarea.
El
sistema de trabajo de la Oficina Pro Cautivos era sencillo y eficaz. Ante la
necesidad de organizar ágilmente todas las solicitudes, las gestiones y las
respuestas procedentes de tantos lugares distintos y en diferentes idiomas, se
articuló un sistema de clasificación de expedientes y ficheros. Cada solicitud
generaba un expediente en el que siempre había una ficha de registro con los
datos del desaparecido que se clasificaba por nacionalidades conforme a un
sistema de colores (amarillo para los franceses, anaranjado para los rusos,
azul para los ingleses, blanco para los alemanes, rojo para austro-húngaros…)
en la que se ponían unas lengüetas también de colores que indicaban la
situación de la búsqueda (negras para indicar la confirmación de la muerte,
blancas si el prisionero se había encontrado con vida o rojas, verdes y
amarillas para otras situaciones). En las fichas se anotaba el resultado de las
pesquisas que se notificaba a las familias conforme a distintos modelos de
cartas hechos al efecto.
La
labor de la oficina se apoyó en el trabajo de los miembros del cuerpo
diplomático español, oficiales del ejército, agregados militares en las
embajadas y numerosos colaboradores gracias a los cuales se pudieron llevar
adelante sus tres principales tareas: la localización de desaparecidos, el
envío de ayuda material a prisioneros y la intercesión por los mismos. Como
apunta el historiador Juan Pando, especialista en la institución, «a finales de
1915, la Oficina Pro Cautivos tenía organizadas sus tres estructuras básicas:
el auxilio informativo a las personas de los países en lucha, la vigilancia
sobre campos de prisioneros, fortalezas y lazaretos (sanatorios) en los
Imperios Centrales, más el Servicio de Canje de Prisioneros y Repatriación de
Heridos Graves, extendido a civiles de edad avanzada, esposas e hijos separados
del padre o movilizados que fuesen padres de cuatro o más hijos». Poco a poco
las tareas de la oficina se ampliaron con servicios de correspondencia con
prisioneros de guerra o de gestión de indultos de pena capital y un sinfín de
labores asistenciales (atención a enfermos y heridos en los campos de
concentración visitados para las diligencias de búsqueda, envío de alimentos y
medicinas, asistencia jurídica de prisioneros en juicios sumarísimos…). Al
final de la guerra, la oficina había tramitado más de doscientos mil
expedientes de todo tipo, los agregados militares españoles habían hecho 4000
visitas de inspección a campos de concentración para comprobar el trato que se
daba a los prisioneros de guerra, y se había logrado la repatriación de 21.000
prisioneros enfermos y de 70.000 civiles que habían quedado en territorio
enemigo. Entre los primeros estaba Maurice Chevalier, y entre los segundos el
genio de la danza Nijinsky, por quien intercedió el rey de España a petición de
Diáguilev, el creador de los ballets rusos. Otro de los casos célebres fue el
de la condesa de Belleville, una dama belga que como tantos de sus compatriotas
había sido condenada al fusilamiento por participar en la resistencia civil
frente a la ocupación alemana; se salvó gracias a una gestión personal y
directa de Alfonso XIII con el káiser. Sus buenos oficios obtuvieron también un
acuerdo entre los beligerantes para no torpedear los barcos hospitales, como se
venía haciendo. Alfonso XIII sería propuesto en dos ocasiones para el premio
Nobel de la Paz por su labor humanitaria en la Gran Guerra, aunque no se lo
concedieron. Él mismo se tomaba a broma su papel y llegó a decir: «Se non
termina presto questa guerra, finisco Papa» (si no acaba pronto esta guerra,
termino siendo Papa), según se reseña en el Archivo Secreto del Vaticano.
Pero
mientras la Oficina Pro Cautivos continuaba con una labor humanitaria que se
había hecho posible gracias a la neutralidad española, el debate público sobre
la misma se volvía cada vez más enconado y la postura diplomática de España
llegó a pender de un hilo.
§.
Caminar por el filo de la navaja
En
la primavera de 1915 las primeras consecuencias de la guerra se hacían
evidentes en España. La acentuación de los problemas sociales y de desigualdad
económica que se produjo a raíz del conflicto literalmente desbordaba al
ejecutivo de Eduardo Dato. El Partido Liberal de Romanones supo aprovechar la
situación y, habida cuenta de que las «solidaridades» gobierno-oposición
propias del turnismo hacía ya tiempo que estaban rotas, el 6 de diciembre de
ese año el líder liberal apoyado en las minorías republicana, radical y
carlista dio el golpe de gracia al gobierno. La maniobra consistió en solicitar
a las Cortes que recordasen al presidente la necesidad de presentar un conjunto
de medidas económicas que respondiesen a la difícil situación nacional,
urgiendo a la cámara a presentar y discutir un proyecto de ley presupuestaria
con ese objetivo. El mensaje era evidente: el Partido Liberal no estaba
dispuesto a «colaborar» con el gobierno lo que, teniendo en cuenta la
situación, dejaba a este en una postura insostenible. Consciente del
aislamiento político en que había quedado, Dato dimitió dejando vía libre a
Romanones.
Pero
a pesar de que Romanones había logrado hacerse con el gobierno enarbolando la
bandera de los problemas internos del país puso la guerra europea, como ningún
otro presidente antes ni después, en el centro de su preocupación política.
Tras el «desliz» inicial de su «Neutralidades que matan», el líder liberal se
apresuró a recuperar las formas exigidas por la postura oficial española ante
la contienda. Así, mantuvo un discurso público de defensa de la neutralidad de
acuerdo con lo que se esperaba de un político de los grandes partidos
dinásticos, si bien continuaba convencido de la conveniencia de la entrada de
España en la guerra del lado de los aliados o al menos de la estrecha
colaboración con ellos. Creía con firmeza que la única posibilidad del país
para recuperar presencia en el ámbito internacional pasaba por el apoyo a la
Entente, de la que, finalizado el conflicto, se podría obtener un reparto más
beneficioso en el norte de Marruecos que incluyese Tánger, así como la
devolución de Gibraltar y libertad de movimientos para intervenir en Portugal
(cuya monarquía había sido derrocada en 1910). Claro que tampoco estorbaba a
sus intereses personales el apoyo a los aliados pues, como la prensa
germanófila se encargó de recordar, poseía importantes intereses accionariales
en las minas de Marruecos y Asturias, cuya producción compraban ávidamente los
aliados.
Romanones
no estaba dispuesto a permitir que el mantenimiento o no de la neutralidad
copase el debate político y pudiese convertirse en un arma en su contra en
tanto que la situación internacional no obligase a la toma de una decisión. En
consecuencia continuó proclamando su defensa de la neutralidad públicamente
mientras que empleaba las más discretas vías de la diplomacia para transmitir
el apoyo del nuevo ejecutivo a los aliados. En esta política el papel de los
embajadores españoles en los países beligerantes resultó clave y así dejó al
germanófilo Polo de Bernabé como embajador en Berlín, situando al neutral Merry
del Val en Londres y, sobre todo, al aliadófilo Fernando León y Castillo en
París. Debidamente aleccionados por el presidente del Gobierno, Del Val y León
y Castillo iniciaron maniobras de acercamiento a los gobiernos británico y
francés dejando ver la disposición española a apoyar activamente a las
potencias de la Entente a cambio de Tánger y Gibraltar. Sin embargo, como
recuerda Francisco Romero, «un abandono práctico e inmediato de la estricta
neutralidad oficial era algo que Romanones, en un país dividido por las filias,
no podía ofrecer» y los aliados, cuyo interés por la entrada de España en la
guerra había descendido notablemente desde la adhesión de Italia a sus fuerzas
(mayo de 1915), no parecían muy dispuestos a plantearse las exigencias
españolas a cambio de una postura tan poco definida.
Los
manejos diplomáticos de Romanones no pasaron inadvertidos para las potencias
centrales. Obviamente, Alemania no deseaba la entrada española en el conflicto
de parte de los aliados, pero tampoco de la suya, pues el país, entre otras
cosas, estaba geográficamente rodeado por potencias aliadas y militarmente muy
atrasado, lo que podía suponer un lastre más que una ayuda. En consecuencia su
principal interés era el mantenimiento de una política de neutralidad estricta
que no supusiese ningún tipo de benevolencia con los aliados. La postura de
Romanones no podía estar más lejos de los deseos de los alemanes, que no
dudaron en emplear los eficaces servicios de inteligencia de las potencias
centrales para conjurar el peligro. Se trataba de perjudicar los intereses de
los aliados y lograr la caída de Romanones, y los medios empleados para ello
serían la agitación del debate público interno, la financiación de actividades
social y económicamente desestabilizadoras y el perjuicio de los intereses
españoles en Marruecos.
La
crispación de la opinión pública en torno al debate entre aliadófilos y
germanófilos fue una batalla que se dio en la prensa. Desde el comienzo de la
contienda los respectivos aparatos de propaganda de ambos bandos habían
desplegado su labor en España, pero fue a raíz del acceso de Romanones al
gobierno cuando la actividad por parte de los alemanes se incrementó
exponencialmente. La prensa española, como la sociedad, estaba dividida entre
partidarios de las potencias centrales y de los aliados. Cabeceras tan
destacadas como las de ABC, La Tribuna, La Nación, El Correo Español o La
Acción eran abiertamente germanófilas, mientras que El Imparcial, La Época, El
Diario Universal, El Liberal de Madrid o la revista España apoyaban a los
aliados. Pero tras la división no sólo estaban las cuestiones de conciencia,
sino también el dinero aportado por los distintos bandos para garantizar la
presencia de altavoces de sus ideas. Y fue precisamente ese dinero lo que
Alemania aumentó sustancialmente para financiar una campaña de desprestigio del
presidente del Gobierno. En los periódicos germanófilos el conde se presentaba
como un político corrupto que buscaba su propio beneficio económico a costa de
la entrada del país en la guerra y, por tanto, del sufrimiento de miles de
españoles, o como un megalómano que sin prestar atención a las tensiones
internas del país prefería pensar en embarcarlo en una guerra.
La
acción de la prensa pro alemana era reforzada por las actividades organizadas
con la ayuda de espías infiltrados en los grupos anarquistas y revolucionarios
del país. Su presencia en ellos era empleada para la planificación y
financiación de actividades subversivas (atentados, actos de sabotaje en
fábricas…) que contribuían a incrementar la conflictividad social y el clima de
desestabilización logrando, por una parte, desprestigiar las políticas
gubernamentales y, por otra, obstaculizar la producción industrial destinada al
apoyo de los aliados. Junto con ello, la financiación y entrega de armamento a
los grupos de rebeldes autóctonos en Marruecos completaba el juego alemán. Allí
su actividad resultaba especialmente rentable ya que la política de apoyo económico
y logístico a los más importantes líderes rebeldes (Abd-el Malek y Railusi)
servía para hostigar también a Francia y contribuir a las tensiones de esta con
España pues los militares españoles destacados en África, fuertemente
germanófilos, brindaban su apoyo cuando les resultaba posible a las tropas
alemanas. En definitiva, como indica Romero Salvadó, «a finales de 1916,
Alemania había implantado redes de espionaje en Bilbao, Barcelona, Valencia,
Málaga, Huelva y las islas Canarias, además del poderoso grupo de presión
dentro de la prensa y de sus actividades en las colonias de Marruecos, Guinea
y, en menor medida, en el Sáhara Occidental».
Mientras
la campaña anti-Romanones seguía con paso firme la ruta trazada por los
servicios de inteligencia alemanes, el presidente del Gobierno se sentía cada
vez más compelido a tomar partido de una forma u otra por los aliados. Una de
las razones que más contribuyeron a exaltar los ánimos del conde y del bando
aliadófilo fue la evolución de la política de guerra submarina alemana a lo
largo de 1916 y comienzos de 1917. Asfixiada por el bloqueo marítimo británico,
Alemania desarrollaría como respuesta a lo largo del conflicto una política de
hundimiento indiscriminado de cualquier barco dirigido a las costas aliadas o
sospechoso de portar ayuda para la Entente. La actuación de los submarinos
alemanes generó sonadas protestas internacionales de países como Estados Unidos
puesto que la campaña de hundimientos no respetaba las normas internacionales
que regulaban este tipo de actos de guerra. Asimismo los gobiernos francés y
británico se quejaron recurrentemente a España por la tolerancia de algunas
autoridades con la presencia de submarinos alemanes en sus costas.
Especialmente escandaloso resultó el abastecimiento realizado a algunos de
estos submarinos en las costas de Valencia mediante el uso de barcos
pertenecientes al contrabandista de tabaco Juan March. Estas quejas unidas a la
campaña de hostigamiento alemana contra Romanones llevó al líder liberal a
comunicar al gobierno alemán en agosto de 1916 la prohibición del uso por parte
de sus submarinos de las aguas territoriales españolas. La medida suponía una
clara muestra de apoyo del ejecutivo español a los aliados, muestra que se
reforzaría a principios de septiembre con el envío de una nota a Alfonso XIII
en la que el conde insistía en la conveniencia de adoptar una política de
neutralidad benevolente con estos. La respuesta alemana no se hizo esperar y
desde septiembre de 1916 se registró un fortísimo aumento de sus actividades de
espionaje, sabotaje y, especialmente, ataques a barcos españoles mediante
submarinos. Así, en sólo una semana fueron hundidos el Olazábal, el Luis Vivesy
el Mayo. Si España estaba pensando en entrar en la guerra, Alemania le iba a
recordar el precio que podría pagar por ello.
La
campaña alemana contra barcos españoles llevó el debate público entre
aliadófilos y germanófilos a su punto más alto. Los primeros consideraban
intolerable además de inhumana e incivilizada la guerra submarina practicada
por Alemania y entendían que la ruptura de relaciones diplomáticas con el país
era lo mínimo que exigía el honor nacional. Por su parte, los segundos
justificaban los ataques alemanes como actos de guerra e incluso argumentaban
que estos estaban finalmente motivados por el no mantenimiento de la
neutralidad estricta y el trato favorable dispensado por el gobierno a los
aliados. El país estaba más dividido que nunca y el enfrentamiento entre
Romanones y los germanófilos era, en palabras del propio conde, «verdaderamente
a muerte».
A
principios de 1917 la situación se volvió por completo insostenible. El 9 de
enero Alemania decidió eliminar toda restricción a su política de guerra
submarina. Las quejas de Estados Unidos habían logrado durante un tiempo
contener la agresividad de estas acciones, pero Alemania decidió retomar su
línea de ataques indiscriminados. El gobierno español presentó una queja
oficial ante aquella y Romanones supo que a la neutralidad española le quedaban
los días contados. No sólo la crispación del debate entre germanófilos y
aliadófilos o la campaña de hostigamiento alemana contra el presidente
empujaban a este a tomar la decisión de la entrada de España en la guerra.
También los cambios en la situación internacional favorecían el clima pro
aliado. A finales del mes de enero, y ante el anuncio alemán, Estados Unidos
rompió sus relaciones diplomáticas con Alemania a la que acabó declarando la
guerra a comienzos de abril. Entretanto había estallado la Revolución rusa y si
bien la prensa germanófila la interpretaba como la respuesta de un pueblo
agotado por la guerra, los periódicos aliadófilos la presentaban como el
estallido en busca de libertad de un pueblo harto de soportar las consecuencias
de un gobierno autoritario.
La
gota que colmó el vaso se produjo el 6 de abril cuando un submarino alemán
hundió otro barco español, el San Fulgencio. La prensa aliadófila clamaba por
una respuesta contundente del gobierno y Romanones, que ya había ordenado a sus
embajadores en París y Londres tantear el terreno de cara a la posible entrada
de España en el conflicto, comunicó a los gobiernos aliados su decisión de
entrar en la guerra si se garantizaban ciertas contrapartidas (Tánger y
Gibraltar). Sin embargo Romanones se encontraba mucho más solo de lo que
pensaba. La campaña alemana para desestabilizar su gobierno había sido
enormemente efectiva, de modo que para entonces el crédito político del
presidente se hallaba muy desgastado. Incluso en su propio partido la deriva
política del conde había generado una fuerte división interna, y a esas alturas
eran muy pocos quienes le apoyaban en su apuesta internacional. Tampoco contaba
con el apoyo del ejército, tradicionalmente germanófilo, y para terminar de
rematar la situación, tanto Francia como Gran Bretaña, tras valorar la oferta
española, llegaron a la conclusión de que convenía más a sus intereses la
neutralidad de España por las mismas razones que desde el comienzo del
conflicto habían barajado para ello. El golpe final llegaría de manos de
Alfonso XIII, quien temeroso de que la entrada de España en la guerra pudiese
desencadenar un proceso similar al que se estaba viviendo en Rusia, decidió
retirar su confianza a Romanones y encargar la formación de un nuevo gobierno
al también liberal Manuel García Prieto, marqués de Alhucemas. El conde había
perdido la apuesta, pero las consecuencias de aquellos meses cruciales irían
mucho más allá de su simple caída. Como recuerda Francisco Romero, «bajo su
gobierno, España llegó a estar muy cerca de unirse a la Entente. Esto le había
de costar la presidencia. Cuando salió de ella, Romanones dejó un país más
polarizado que nunca por el debate sobre la neutralidad; su propio partido
estaba dividido y roto, y el proletariado, la burguesía y el ejército esperaban
ansiosamente el momento de asestar un golpe al turno dinástico». Y ese momento
se produjo en el verano de 1917.
§.
Saltar por los aires
La
salida del gobierno de Romanones pareció conjurar el peligro de que España
abandonase su neutralidad oficial. El debate sobre la política internacional
había sido durante muchos meses el principal objeto de la prensa y la opinión
pública por lo que el nuevo presidente, el marqués de Alhucemas, deseaba por
encima de todo rebajar la tensión en relación al asunto. Se hacía necesario
subrayar la voluntad española de mantenimiento de la neutralidad y aunque a
juzgar por los multitudinarios mítines germanófilos y aliadófilos que tuvieron
lugar a finales de mayo en la plaza de toros de Madrid parecía difícil, sería
la propia situación interna del país quien barrería de golpe el protagonismo de
la cuestión internacional.
El
primer sobresalto llegó de manos del ejército. Desde la segunda mitad de 1916
el asociacionismo militar se había convertido en un problema incómodo para el
poder civil. Las llamadas Juntas Militares de Defensa (que representaban a la
oficialidad) habían surgido como respuesta a los importantes problemas que
arrastraba el ejército español y que los sucesivos ejecutivos desde principios
de siglo no habían sido capaces de abordar. El ejército carecía de medios para
modernizarse, los salarios de sus miembros eran en muchos casos miserables, su
macrocefalia era cada vez mayor y el ascenso en el escalafón frecuentemente
obviaba la veteranía (sobre todo entre los miembros de la camarilla palaciega
de Alfonso XIII y los africanistas). Imbuidas del espíritu regeneracionista de
la época, las Juntas Militares trataron de dar respuesta a las demandas de los
miembros del ejército y se convirtieron en un importante foco de crítica al
sistema político en cuya falta de transparencia encontraban el origen de sus
propios males. El gobierno de Romanones había intentado sin éxito abordar la
reforma militar y, con el paso del tiempo, la existencia de las juntas empezó a
percibirse como un potencial peligro para la estabilidad del gobierno civil.
Ello unido al temor del rey a que pudiesen convertirse en un instrumento que
quebrase el apoyo del ejército a la Corona en un caso similar al ruso, llevó a
Romanones pocos días antes de que se produjese su caída del gobierno a ordenar
su disolución. Sin embargo las juntas prosiguieron clandestinamente con su
actividad y, en consecuencia, el ejecutivo de Alhucemas heredó el problema.
El
25 de mayo el nuevo gobierno decidió acabar con las juntas y ordenó su
disolución en un plazo de veinticuatro horas. La insubordinación de los
junteros fue la respuesta inmediata negándose a disolverlas y conminando
mediante un escrito al gobierno a reconocer la existencia de las juntas
aprobando sus estatutos, liberar a los oficiales detenidos y garantizar la
ausencia de represalias. El manifiesto de las juntas daba para ello un plazo de
doce horas so pena de insurrección militar. El poder civil había sido desafiado
pero el temor a la insurrección y a la pérdida del apoyo del ejército por parte
de la Corona precipitaron el fin del gobierno de Alhucemas. Sólo había durado
cincuenta y tres días.
La
división interna del Partido Liberal era para entonces de tal calibre que el
rey no encontró otra salida que encargar la formación de un nuevo ejecutivo al
conservador Dato quien se apresuró a acatar los dictámenes de las juntas. El
regreso de Dato al poder parecía una broma de mal gusto. El líder conservador
que había abandonado el gobierno a finales de 1915 ante la constatación de su
soledad y de la incapacidad de su ejecutivo para resolver los terribles
problemas de carestía, inflación y conflictividad social del país, regresaba a
la presidencia por puro azar y lo primero que hacía era afirmar la
subordinación del poder civil al militar. Lo único que parecía claro en aquel
momento era que la subsistencia del sistema político de la Restauración había pasado
a depender del ejército. El turno pacífico no podía dar más síntomas de
agotamiento y sus cada vez más numerosos detractores (incluyendo muchos de los
miembros de los partidos Conservador y Liberal) elevaron su voz para hacerlo
público. El liderazgo en aquella aventura correspondió a Francesc Cambó, el
diputado que encabezaba la Lliga Regionalista catalana.
A
mediados de junio los diputados y senadores de la Lliga publicaron un
manifiesto en el que instaban al país a abandonar el inmovilismo y emprender la
reforma del sistema político para convertirlo en verdaderamente representativo.
El 5 de julio Cambó convocó a todos los parlamentarios catalanes a una reunión
en el Ayuntamiento de Barcelona en la que se acordó pedir al gobierno la
autonomía de Cataluña dentro de un proyecto de reestructuración del sistema
político y la Constitución. Ante la negativa del ejecutivo de Dato, el líder de
la Lliga decidió implicar al resto de los parlamentarios españoles en su
iniciativa. Así, convocó a todos a una reunión en Barcelona el 19 de julio en
la que abordasen las cuestiones que no podían discutir en las Cortes (cerradas
desde febrero). Ante el temor por el posible y esperable éxito de la
convocatoria, el gobierno implantó la censura y suspendió las garantías
constitucionales, de forma que en una ciudad tomada por la policía y el
ejército, la Asamblea de Parlamentarios fue disuelta al poco de haberse
iniciado. La asamblea congregó a sesenta y ocho parlamentarios y aunque el
gobierno se esforzó por dejar claro que la iniciativa había quedado en nada, lo
cierto es que el sistema político de la Restauración quedó herido de muerte. En
palabras de Javier Moreno, «la Asamblea de Parlamentarios […] no consiguió que
se afrontara la reforma constitucional con el fin de parlamentarizar el
régimen, exigencia irrenunciable de los reformistas, pero sí dejó un hijo
póstumo: el entierro del vilipendiado turno». La Asamblea de Parlamentarios
había puesto de manifiesto la crisis de legitimidad del turno pacífico y del
gobierno, y los hechos que acaecieron desde entonces no harían sino
confirmarlo.
Los
problemas de carestía e inflación que se habían visto agravados por la guerra
habían generado el caldo de cultivo adecuado para la movilización social.
Conscientes de ello, las organizaciones obreras trataban de organizar protestas
generales con las que lograr poner al gobierno contra las cuerdas y fue también
en el verano de 1917 cuando encontraron la ocasión propicia para hacerlo. La
excusa vino de la mano de una protesta del sector ferroviario iniciada en
Valencia el 19 de julio, es decir, en plena crisis por la Asamblea de
Parlamentarios. Las medidas de represión adoptadas contra los ferroviarios
sirvieron de detonante para que UGT y PSOE convocaran a todos los obreros del
país a secundar una huelga general a partir del 13 de agosto. El paro fue un
éxito en todas las zonas industriales pero el gobierno, al que el orden social
cada vez se le escapaba más de las manos, declaró el estado de guerra y
encomendó al ejército la represión de las protestas. La brutalidad de esta
llegó al extremo de la utilización de ametralladoras contra los manifestantes.
En pocos días la huelga, cuyos focos más resistentes se ubicaron en Cataluña y
Asturias, fue aplastada por un ejército que, una vez más, se convertía en
garante del sistema político.
El
clamor social por el cambio de gobierno y la sustitución del turno pacífico se
volvió ensordecedor y Cambó aprovechándose de ello convocó una nueva Asamblea
de Parlamentarios para mediados de octubre en Madrid. La situación del gobierno
hacía aguas por todas partes y el ejército, que a esas alturas era ya un agente
político, decidió intervenir. El 23 de octubre las juntas dieron un ultimátum
al rey para que pusiese fin al gobierno de Dato y llamase a la formación de un
nuevo gobierno de concentración nacional que tomase las riendas de la
situación. Pero la carrera hacia el fin de una época era ya incontrolable.
§.
Neutralidad de alto coste
Tras
varios intentos frustrados de encontrar un gobierno que, sin quebrar la
monarquía constitucional establecida, pudiese atraer el apoyo de las juntas y
del sector más moderado de la asamblea, Alfonso XIII logró que a principios de
noviembre de 1917 cristalizase un gobierno de coalición bajo la presidencia,
nuevamente, del marqués de Alhucemas. El experimento duraría poco. Las
revueltas por los problemas de carestía eran cada vez más frecuentes y las
tensiones vinculadas al modelo de desarrollo del país hacían necesaria la toma
de decisiones. Pero el nuevo ejecutivo sólo respondía a la necesidad de salvar
la situación de vacío de poder, y pronto se vio que sus miembros no eran
capaces de ponerse de acuerdo en un programa de actuación común. La situación llegó
a su punto crítico cuando, de acuerdo con el proceder habitual en el régimen de
la Restauración, el gobierno entrante convocó elecciones generales en febrero
de 1918. Por primera vez desde 1875 el gobierno convocante no obtuvo el
refrendo de una mayoría absoluta; la estabilidad que pretendía garantizar el
sistema diseñado a finales del siglo XIX por Cánovas había desaparecido y el
gabinete de Alhucemas sólo resistió otro mes en aquella situación. Una vez más
se trató de evitar el hundimiento del régimen político con un gobierno de
concentración nacional que, en esta ocasión, se formó en torno a Antonio Maura,
rescatado del ostracismo político al que había sido condenado en 1909 como
salvador de la nación.
La
vida política del país saltaba por los aires mientras en Europa el final de la
contienda empezaba a perfilarse en el horizonte. El gabinete presidido por
Maura reunía a las figuras más destacadas de las diversas opciones políticas
representadas en el Parlamento (Dato, Alhucemas, Cambó, Romanones…) por lo que
todas las esperanzas se depositaron en su gestión. En la agenda del gobierno la
situación internacional había pasado claramente a un segundo plano. Desde la
crisis del verano de 1917 los problemas internos del país exigían toda la
atención política, de modo que el mantenimiento de la neutralidad parecía más
recomendable que nunca. Además, tras la huelga general la prensa germanófila
había desarrollado una intensa campaña de culpabilización de los aliados al
difundir noticias falsas de que eran estos los que habían financiado la
movilización para amenazar al gobierno con la provocación de un revolución
interna si continuaba en su postura neutral y, de ese modo, lograr la entrada
de España de su lado en el conflicto. La estrategia tuvo éxito y la postura
germanófila pro neutral se vio reforzada además por el miedo a que los
desórdenes públicos pudiesen degenerar en una situación similar a la rusa. En
consecuencia, la política exterior del gobierno de concentración nacional
presidido por Maura tuvo por único objetivo el mantenimiento de la neutralidad
a cualquier precio.
España
no podía permitirse añadir un frente más a los abiertos en su interior, por lo
que si quería mantenerse neutral no le quedaba más remedio a su gobierno que
ignorar las acciones hostiles de Alemania que tan irritantes habían resultado
hasta entonces. La ayuda logística a los rebeldes del norte de Marruecos, las
actividades de la red de espionaje germana en el país y los ataques a los
barcos españoles por submarinos fueron asumidos con resignación por el
gobierno. Incluso la denuncia pública a través de la prensa de sonados casos de
espionaje fue ignorada o deliberadamente encubierta por el ejecutivo de Maura.
Periódicos tan destacados como El Sol denunciaron desde sus páginas casos de
espionaje en que quedaba claramente al descubierto la relación de algunos
agentes alemanes con actividades subversivas de grupos anarquistas, o la
colaboración de autoridades locales con los servicios de inteligencia alemanes
que ofrecían información para facilitar el hundimiento de barcos a cambio de
dinero. La única respuesta del gobierno consistió en una Ley de Espionaje
presentada a comienzos de julio de 1918 y que en el fondo respondía más a la
necesidad de censurar las críticas publicadas que a la intención de frenar las
actividades de los agentes secretos. Como apunta Romero Salvadó, «ante la
agresiva diplomacia alemana, los sucesivos gobiernos españoles de 1918
ofrecieron una triste imagen de complacencia, temor y sumisión, mirando
constantemente hacia el otro lado y sin intención de hacer nada».
Sólo
a finales del mes de agosto la postura del gobierno pareció tambalearse. El
hundimiento de un mercante español, el Ramón de Larriñaga, el 13 de julio
desafió el ejercicio de paciencia del ejecutivo de Maura. Desde la crisis del
San Fulgencio hasta entonces los submarinos alemanes habían hundido casi
cuarenta barcos españoles, por lo que el gobierno decidió enviar una protesta
formal a Berlín. En ella se advertía de que si Alemania continuaba con su
política indiscriminada de ataques submarinos, España capturaría parte de los
barcos pertenecientes a las potencias centrales que se encontraban atracados en
puertos españoles a consecuencia del bloqueo aliado. Alemania no sólo ignoró la
queja española y continuó hundiendo barcos sino que además amenazó con declarar
la guerra al país si este tomaba represalias contra sus intereses. El 30 de
agosto la situación parecía a punto de desbordarse pues la mayoría de los
ministros de Maura consideraban preciso proceder a la captura de barcos
alemanes. Esta vez sería Alfonso XIII quien conjurase el peligro recordando al
ejecutivo la voluntad de la Corona de mantener la estricta neutralidad dadas
las consecuencias que en una situación como la que vivía el país podía suponer
su entrada en el conflicto. Como es sabido, la paciencia del gobierno español
no tuvo que resistir mucho más pues el 11 de noviembre de 1918 Alemania firmó
el armisticio por el que se ponía fin a la Gran Guerra.
La
presión por la situación exterior que había encendido el debate público y
dividido a la sociedad española se desvanecía. Sin embargo los problemas
estructurales del modelo social y político español que el conflicto había
contribuido a agravar no iban a desaparecer en absoluto. El gobierno de
concentración nacional presidido por Maura con el que se había intentado salvar
un régimen político a todas luces superado por la realidad del país había
comenzado a desintegrarse en los meses previos al armisticio pues, como
recuerda Moreno Luzón, «sus miembros querían tomar posiciones de cara al nuevo
universo que se avecinaba con el final de la guerra mundial». La discusión de
una nueva ley de presupuestos abrió la puerta a las disputas internas que
terminarían conduciendo a la dimisión en cascada de todos los ministros, y así
dos días antes de la firma del armisticio se ponía punto y final a la aventura
del gobierno de coalición. Maura, harto y consciente de la difícil situación,
exclamó entonces: « ¡A ver quién es ahora el guapo que se encarga del poder!».
La
Primera Guerra Mundial agravó los problemas internos de España al acentuar la
desigualdad de su proceso modernizador. Al igual que en el resto de Europa y
pese a su neutralidad, la contienda contribuyó a abrir las puertas de una nueva
época, la de la política de masas, y lo hizo de la mano de la creciente
importancia de la opinión pública vinculada al debate en torno a la
neutralidad, y de la politización de sectores cada vez mayores de población
ante el endurecimiento de las condiciones de vida. Las tensiones introducidas
en el sistema político de la Restauración como consecuencia de todo ello
terminaron por dinamitar las bases del mismo, liquidando el turno pacífico y
arrogando al ejército un papel en la estabilidad política del país que iba a
tener graves consecuencias para el futuro. Es cierto que España no participó en
la Gran Guerra y que gracias a ello su población evitó el horror y la barbarie
que durante cuatro largos años asolaron al resto del continente, pero su
neutralidad no pudo protegerla del proceso de cambio arrollador que en lo
social y lo político desencadenó el conflicto. El mundo dejó de ser el mismo
después de aquella guerra que, también para la historia de España, marcó el
verdadero inicio del siglo XX.
Capítulo
6
Aurora
roja
Si
la Primera Guerra Mundial ha merecido la calificación de punto de partida del
siglo XX ha sido en gran medida porque lo que aconteció durante aquellos cuatro
largos años de contienda modeló el mundo de las siguientes décadas. Sin lugar a
dudas uno de los factores que más contribuyó a ello fue la Revolución rusa.
Este inmenso terremoto político que se inició en 1917 fue el origen de uno de
los protagonistas indiscutibles del siglo, la Unión de Repúblicas Socialistas
Soviéticas, así como de una ideología y un sistema políticos que fueron el
rival directo del capitalismo y la democracia liberal de Occidente. Aunque
ninguna de estas consecuencias fue evidente durante el conflicto, los
contemporáneos supieron percibir el profundo impacto que podría llegar a adquirir
lo que estaba sucediendo en el imperio de los zares. En primer lugar porque a
nadie se le escapó que aquellos acontecimientos eran el resultado directo de la
guerra, del efecto que estaba produciendo en una sociedad agotada hasta la
extenuación por el esfuerzo bélico, algo que no era exclusivo de aquel imperio
y que se podía reproducir en el resto de las potencias beligerantes. Pero
además estaba claro que aquello iba a repercutir directamente en el resultado
final de la contienda. La Revolución rusa fue una consecuencia de la Gran
Guerra y el desenlace de esta derivó en buena medida de aquella, razón por la
que la una no se puede entender sin la otra y viceversa.
Pero
además esta revolución acentuó de forma muy marcada el carácter global del
conflicto. Por una parte porque fue un amplificador de sus efectos en
territorios no europeos y sobre todo porque desde el principio su lenguaje y
sus objetivos fueron declaradamente internacionales. Los líderes bolcheviques
eran conscientes de que lo delicado de la situación de las potencias
beligerantes (especialmente de Alemania y Austria-Hungría) podía traducirse en
una rápida exportación del fenómeno revolucionario a la Europa desarrollada, y
de que su mensaje de crítica al capitalismo y al imperialismo podía tener un
efecto inmediato en los países sometidos al dominio colonial europeo. Y así
fue, efectivamente. En la partida de billar mundial que fue la guerra, el
fuerte impacto que recibió Rusia hizo carambola sobre los territorios asiáticos
a corto plazo, alimentando los embrionarios movimientos de liberación nacional
que entonces estaban comenzando a gestarse. La Primera Guerra Mundial fue
mundial entre otras cosas gracias a la Revolución rusa, de ahí que en este
acontecimiento se encierren muchas de las claves para comprender la
significación real de la contienda y sus consecuencias. Esta singular historia,
trágica y terrible, pero que fue recibida por muchos como una esperanza de un
futuro en paz resultó sin duda uno de los episodios cruciales del siglo XX y,
pese a la caída del comunismo hace más de veinte años, puede desvelarnos
todavía hoy algunas de las respuestas a los interrogantes de nuestro tiempo.
A
comienzos del siglo XX Rusia era un gigantesco enigma. Los europeos se habían
acostumbrado desde hacía dos siglos a que los monarcas del Estado más apartado
de Europa oriental interviniesen en la política internacional en pie de
igualdad con las grandes potencias. Tenían razones para ello. Su imperio
ocupaba entonces una sexta parte de la superficie del planeta y era el segundo
país más extenso del mundo, adelantado solamente por el Imperio británico.
Poseía una población de ciento treinta y dos millones de habitantes y su ritmo
de crecimiento era el más alto del continente. Estaba encabezado por una clase
dirigente occidentalizada (refinada, culta y políglota) que residía en la
elegante y monumental capital de San Petersburgo, a orillas del Báltico, y desde
la derrota de Napoleón hacía un siglo era una de las potencias militares más
temidas del mundo.
Pero
el viajero que mirase por la ventanilla del vagón del tren en su trayecto hacia
alguna de las ciudades rusas podía ver con facilidad que la realidad de aquel
país era muy distinta de la de sus rivales occidentales. Rusia tenía uno de los
niveles de desarrollo más bajos de toda Europa. El 90 por ciento de la
población vivía en el campo, subsistía a base de una agricultura atrasada y
permanecía prácticamente ajena a lo que pasaba más allá de su aldea. De cada
diez campesinos apenas tres sabían leer y escribir, las escuelas eran de hecho
inexistentes y en muchas ocasiones la única persona que había visto el mundo
que se extendía más allá de los campos de labor era el sacerdote local,
encargado de mantener la obediencia religiosa y política de los feligreses de
su parroquia. Ese mismo viajero probablemente se preguntaría cómo era posible
que se mantuviese en pie el inmenso poder del que había hecho gala en numerosas
ocasiones aquel imperio sobre una base tan pobre. Esa pregunta, que bullía en
la cabeza de muchos políticos e intelectuales europeos de la época, era igual
de misteriosa para los propios rusos.
§.
Un gigante con los pies de barro
Rusia
era por tanto un imperio dual. Frente a una aplastante realidad rural y
atrasada se alzaba una élite que se había marcado como objetivo (siguiendo el
designio de los zares desde el reinado de Pedro I el Grande a comienzos del
siglo XVIII) europeizar el país y aprovechar sus ricos recursos para hacer de
él una gran potencia capaz de competir con sus vecinos del oeste. La puesta en
práctica de este proyecto había cosechado grandes éxitos sobre todo en los
ámbitos político y cultural, pero la realidad del atraso social y económico
comenzaba a pesar como una losa y hacia 1900 era una auténtica amenaza para la
supervivencia del país si quería mantener su estatus internacional. Los zares
eran conscientes de ello y desde mediados del siglo anterior habían ido
implantando reformas con el deseo de facilitar el progreso del imperio y
asegurar su poderío. El revulsivo que impuso en la agenda de Alejandro II la
necesidad de hacer cambios internos fue la aplastante derrota que sufrió Rusia
ante la coalición de Gran Bretaña, Francia, Turquía y el reino de Cerdeña —en
realidad, el Piamonte— en la guerra de Crimea en 1854-1856. Desde hacía décadas
los grupos cultos del país, conocidos con el nombre de intelligentsia y
surgidos del intenso renacer cultural que supuso la Ilustración, habían llamado
la atención sobre lo inviable de la situación y la necesidad de una
modernización. El gobierno iba a atender ahora a algunas de sus
reivindicaciones, pero lo iba a hacer de forma que no se cuestionase la
autoridad imperial e intentando controlar todo el proceso. El principal motivo
de este dirigismo radicaba en que Rusia era el único Estado europeo en el que
la marea revolucionaria que había agitado Europa desde la Revolución francesa
de 1789 no había hecho mella en el poder absoluto del monarca. El zar seguía
definiéndose como «autócrata de todas las Rusias», era a la vez la fuente y la
instancia suprema de todas las decisiones políticas y su deseo era preservar
esta situación a toda costa.
Para
lograr ese desarrollo sin contestación política, Alejandro II se decidió a
acabar con la más atávica de las instituciones sociales que sobrevivían en
Rusia: la servidumbre feudal. Esta, que suponía la obligación del campesino a
prestar obligatoriamente un servicio en trabajo a su señor o en los casos más
benévolos pagarle un tributo anual equivalente, fue suprimida en 1861 mediante
el llamado Edicto de Emancipación. Se trató sólo de la primera piedra del
programa. Otro cambio fundamental fue la concesión de una autonomía
administrativa limitada a los diferentes «distritos» y «gobiernos» en que se
organizaba el imperio con la creación para cada uno de ellos de un órgano
electivo llamado zemstvo, que se encargaría de ejercer la función de policía
rural y de prestar una atención social mínima a la población. A estos cambios
se unieron una reforma judicial que pretendía acercar el sistema ruso al
europeo, la instauración del servicio militar obligatorio que suprimía el
sistema de levas para suministrar hombres al ejército y una tímida
liberalización cultural y educativa.
Estos
cambios iban a demostrar pronto que sus logros serían limitados. Posiblemente
la causa más importante de ello fue que estas innovaciones dejaban intacta la
institución rusa por antonomasia, el mir o comunidad rural aldeana, que el
gobierno consideraba como la mejor garantía para conservar el carácter
tradicional de la sociedad rural rusa y evitar levantamientos. Todavía
permanecía fresca en la memoria la gran rebelión campesina que hacía un siglo,
durante el reinado de Catalina II la Grande, había liderado el cosaco Pugachov,
que haciéndose pasar por el asesinado esposo de Catalina II, el zar Pedro III,
para legitimarse ante el pueblo, había sembrado el terror entre los nobles y
los propietarios. Por ello cuando se acometió la emancipación se hizo reforzando
el papel del mir, dejando a los veintiún millones de siervos liberados
vinculados a su comunidad de origen. Esta era la responsable de distribuir las
tierras para su cultivo, impartir justicia en primera instancia y recaudar
impuestos. Cualquier individuo que quisiese abandonarla para buscarse un futuro
mejor en otra parte tenía que obtener primero su permiso. Por todas estas
razones la población rusa continuó estando muy apegada a sus aldeas y a su
cultura tradicional. Aunque este tipo de comunidad ofrecía ventajas a sus
empobrecidos miembros, la imposibilidad de aumentar las cosechas por el atraso
tecnológico y la disponibilidad limitada de campos para cultivar produjeron una
auténtica «hambre de tierras» que los campesinos sentían como la única vía de
mejorar sus precarias existencias. Pese a todo, a finales del siglo XIX
surgieron unos pocos campesinos ricos o kulaks (literalmente «puños» en ruso),
que habían podido comprar algunas fincas a propietarios absentistas,
introdujeron algunas innovaciones y consiguieron mejorar su situación. Junto
con los antiguos terratenientes, la aristocracia urbana, se volvieron
especialmente odiosos para sus vecinos, que los veían como la principal causa
de su pobreza y un elemento disolvente de la solidaridad comunal. La
emancipación no pudo evitar que el resentimiento de clase se fuese extendiendo
de forma larvada por el medio rural.
La
necesidad de modernizar el país perduró, por lo que el heredero de Alejandro
II, Alejandro III (en el trono desde 1881), intentó una nueva vía para
lograrlo. El ideólogo de esta reforma económica fue su ministro de Finanzas y
luego primer ministro con Nicolás II Serguéi Witte, que planteó un ambicioso
programa de industrialización para el imperio. Para ello propuso el desarrollo
de la industria pesada y la de bienes de consumo como sectores estratégicos que
permitirían el despegue de la economía rusa. La primera facilitaría la mejora
de la raquítica red ferroviaria y la segunda ampliaría las dimensiones del
mercado interior, al producir bienes que animasen a comprar tanto a los
habitantes de las ciudades como a las comunidades rurales. El buque insignia
del programa fue el ferrocarril transiberiano, una línea que debía unir Moscú
con Vladivostok, a orillas del Mar de Japón. Este proyecto aunaba los deseos
del gobierno de desarrollo económico con el expansionismo territorial hacia
Asia oriental que venía practicando desde hacía décadas. Comenzado en 1891, sus
casi nueve mil trescientos kilómetros no fueron acabados hasta 1904. Pero el
plan de Witte no se limitaba a los sectores más tradicionales de la
industrialización. Los recursos naturales de Rusia eran de un potencial inmenso
y San Petersburgo estaba dispuesto a exprimirlos para sacarles el mayor
beneficio. El descubrimiento de yacimientos petroleros en el Cáucaso fue
seguido de la tramitación de una lucrativa concesión para que la compañía de
Alfred Nobel explotase los de la región de Bakú, que pocos años más tarde se
habían convertido en los más rentables del mundo tras los de Texas.
El
programa de transformaciones fue un éxito y Rusia comenzó a cambiar
rápidamente. Con el surgimiento de la industria (la siderúrgica, la minera y la
textil fundamentalmente) en centros muy localizados de la geografía rusa, se
fueron creando focos atractivos para los campesinos más desfavorecidos. Estos
fueron abandonando de forma creciente sus mir para acudir a las ciudades (San
Petersburgo, Moscú y las urbes mineras de los Urales) engrosando una naciente
clase obrera. Los resultados fueron asombrosos: durante los quince primeros
años del siglo XX Rusia poseía una de las tasas de crecimiento industrial más
altas y sus exportaciones a Europa occidental (básicamente de cereales y
materias primas) crecían a igual ritmo. Pese a todo fue necesario atraer más inversión
extranjera. La estrategia desarrollada entonces por el gobierno fue sencilla.
En palabras del historiador Robert Service, «Witte transmitió a los financieros
de todo el mundo el mensaje de que en Rusia los márgenes de beneficio eran
enormes y los obreros obedientes». Aunque este mensaje no era del todo cierto,
como muy bien sabía el propio ministro.
§.
Rebeldes con causa
La
realidad rusa acusó la intensidad de los cambios. Una sociedad empobrecida a la
que se sometía a tal transformación no podía permanecer indiferente y pronto
daría muestras públicas de ello. A las tradicionales explosiones de rebeldía
campesina, que no se producían desde hacía tiempo, se había sumado una nueva
forma de disidencia propiamente urbana. La intelligentsia ya había dado
muestras de disconformidad con la autocracia zarista y su actitud abierta a
Occidente y a sus novedades fue inmediatamente sospechosa para el gobierno y
los sectores más tradicionales de la sociedad. Dentro de este grupo abundaban
los partidarios de realizar reformas políticas graduales que transformasen el
régimen desde dentro, como la instalación de algún tipo de asamblea representativa
(o Duma) y de limitaciones al poder ilimitado del zar. Eran los liberales,
grupos numerosos en las ciudades y que en general respetaban la monarquía y
creían en la posibilidad de un cambio pacífico. Pero la intolerancia de los
sucesivos gobiernos y la larga represión de cualquier muestra de disidencia
favorecieron el surgimiento de grupos radicales y violentos. En el siglo XIX
los más notables agitadores políticos fueron los llamados narodniki o
populistas, una especie de socialistas utópicos que tenían una fe
inquebrantable en el pueblo ruso y en el terrorismo como método para liberarlo
del yugo zarista. Su mayor éxito llegó en 1881, cuando el grupo revolucionario
Naródnaya Volia («Voluntad del Pueblo») capitaneado por Andréi Zhelyabov, el
revolucionario que Lenin compararía con Robespierre, cometió un atentado que le
costó la vida a Alejandro II. Le sucedió su hijo Alejandro III, que inició su
reinado dando un giro a la política reformista de su padre e imponiendo una
férrea represión de cualquier mínima muestra de disconformidad política. Una de
sus medidas más importantes fue la creación de la Ojrana, la temida policía
política dirigida desde el Ministerio del Interior, que fue la piedra sobre la
que construyó un Estado policial.
Pero
si no eran pocos los flancos abiertos para el zar, la acelerada
industrialización de las décadas siguientes trajo más problemas. El crecimiento
de la población urbana llevó a la extensión de la cultura y algunas de las
costumbres occidentales. Cada vez grupos más amplios disfrutaban de unos
avances que resultaban inimaginables en el campo, con el que las diferencias
eran cada vez mayores. Los empresarios, los altos funcionarios del Estado y los
profesionales de todo tipo cada vez tenían un conocimiento mayor de las ideas
europeas, y su propio ritmo de vida era más propicio para el surgimiento de
espacios de libertad y de actuación pública. En estas condiciones, las
reivindicaciones de los liberales de conseguir mayores cotas de participación
política se extendieron rápidamente. Y a todo esto se sumó el surgimiento del
movimiento obrero en la década de 1890. Pese a no estar reconocidas las
libertades civiles y prohibidos los sindicatos, se organizaron las primeras
huelgas industriales de grupos de obreros concienciados que protestaban por sus
pésimas condiciones de trabajo y de vida. El nerviosismo oficial aumentaba sin
cesar.
Muy
pronto estos movimientos sociales comenzaron a tener una lectura política. En
1898 se fundó el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, de ideología
marxista, que defendía que para que Rusia avanzase hacia el socialismo tenía
que pasar primero por la industrialización y la extensión del proletariado, y
que denunciaba el mir como un atavismo a liquidar. La Ojrana desmanteló pronto
la organización y la mayoría de sus miembros huyeron a Europa, donde atrajeron
rápidamente la atención de muchos de los revolucionarios que se habían visto
obligados a salir del país. En el exilio la mayoría de ellos más que trabajar
para derribar el zarismo se enfrascaron en interminables discusiones académicas
sobre las condiciones necesarias para el triunfo de la revolución en Rusia. Las
disputas internas acabaron en ruptura en 1903. En aquel año el partido celebró
su tercer congreso en Bruselas y Londres, en el que se definieron dos
corrientes internas profundamente distanciadas: los menshevik («minoritarios»)
y los bolshevik («mayoritarios»). Mientras los primeros eran un grupo de
pragmáticos que estaban abiertos a la colaboración con otros grupos políticos y
sociales para la consecución de los fines revolucionarios, los segundos se
concebían como un núcleo duro, la vanguardia intelectual que tenía que
mantenerse pura para trazar el plan revolucionario que ejecutarían las masas
obreras y lograr así la implantación de un socialismo no contaminado. Estos
estaban encabezados por uno de los más activos revolucionarios rusos en el exilio,
Vladímir Ilich Uliánov, conocido entre sus compañeros por el sobrenombre de
Lenin. Pese a su nombre, tras el congreso de 1903 siempre fue mayoritaria
dentro de la socialdemocracia rusa la tendencia menchevique, aunque en los años
siguientes ambas corrientes estarían llamadas a desempeñar un papel crucial en
la política de su país.
Mientras
los socialistas exiliados proseguían con sus discusiones bizantinas, en el
interior también se producían movimientos. Recogiendo la herencia de los
populistas del siglo anterior, en 1901 se fundó el Partido
Social-Revolucionario (cuyos miembros eran conocidos como «eseristas», nombre
derivado de las iniciales del partido en ruso, SR). Compartían una fe casi
mística en el pueblo, por lo que consideraban que la verdadera fuerza
revolucionaria era el campesinado y no el proletariado industrial. Admiraban el
mir y se definían como socialistas sin tener muy en cuenta el marxismo, ya que
para ellos se podía llegar a un sistema socialista sin necesidad de desarrollar
antes una economía capitalista. Por tanto, lo único que compartían con los
socialdemócratas era su carácter revolucionario y su objetivo de derribar la
monarquía como forma de lograr el cambio social necesario en Rusia
Un
último grupo de opositores al zarismo eran los nacionalistas. Rusia no era un
Estado nacional al estilo de los países de Europa occidental, sino que al igual
que Austria-Hungría e incluso Alemania, era un imperio multiétnico que se había
expandido en el último siglo absorbiendo territorios y poblaciones con
personalidades étnicas y culturales muy acusadas y distintas. Cuando estos
territorios pasaban a soberanía rusa, el gobierno de San Petersburgo exigía
fidelidad al zar y la adopción de rasgos culturales rusos, sobre todo la lengua
y el uso del alfabeto cirílico. Eran los programas de «rusificación», que
también afectaban a los contenidos que se enseñaban en las escuelas. Semejante
política irritaba profundamente a los pueblos que habían desarrollado una mayor
conciencia nacional propia. Polonia y Finlandia encabezaban a estos
descontentos y a lo largo del siglo XIX incluso lograron mínimas cotas de
autonomía. Otros territorios como los países bálticos, Georgia, Armenia y
Ucrania comenzaban también por entonces a formular sus reivindicaciones basadas
en rasgos culturales diferenciados. El problema entró en ebullición cuando
Alejandro III decidió aplicar una política de rusificación aún más severa que
sus predecesores. Además el imperio incluía minorías como alemanes y judíos
que, sin constituir grupos nacionales vinculados a un territorio concreto,
poseían una conciencia colectiva arraigada y un desarrollo cultural superior al
de la media de los súbditos del zar. Quizá esta fuese la razón de que el nacionalismo
ruso fuese sólo compartido por grupos limitados de población. Como apunta
Robert Service, «el nacionalismo no era un sentimiento predominante entre los
rusos: en los albores del siglo XX la mayoría estaba más motivada por las
creencias cristianas, las costumbres campesinas, las lealtades aldeanas y la
glorificación del zar que por los sentimientos patrióticos rusos». Sin embargo
ese vínculo común de obediencia a un soberano benefactor de rasgos casi míticos
se estaba fracturando a medida que el desarrollo socioeconómico se extendía por
el país.
§.
Destino Vladivostok
La
situación no mejoró cuando en 1894 falleció inesperadamente Alejandro III,
dejando el trono a su hijo Nicolás II, de tan sólo veintiséis años. El nuevo
zar era un hombre reservado, austero y trabajador, pero que no gozaba ni de
talento ni de experiencia política. «No estoy preparado para ser zar, nunca
quise serlo —reconocería con patética sinceridad—. No sé nada del arte de
gobernar, ni siquiera sé la forma en que debo hablar a los ministros». Su
formación había sido tutelada por el ministro Konstantín Pobedonóstsev, uno de
los inspiradores del régimen reaccionario de su padre. Tras su acceso al trono
elaboró una línea política declaradamente continuista. Sin embargo el ciclo del
descontento popular parecía no tocar fondo y los problemas continuaron creciendo.
Las críticas llegaban de todas partes. Incluso un anciano y enfermo Lev
Tolstoi, de ochenta y cuatro años en 1902 y sintiendo próximo su fin, escribió
una carta al zar desde Gaspra, en Crimea, en la que abogaba por un cambio en la
política del país:
No
querría morir sin haberos dicho lo que pienso de vuestra actividad actual, de
lo que podría ser, de la gran felicidad que podría proporcionar a miles de
seres y a vos mismo, así como de la gran infelicidad que puede reportar a estos
seres y a vos si continúa en la misma dirección que hoy día […]
Un
tercio de Rusia se encuentra bajo un régimen de vigilancia reforzada, es decir,
fuera de la ley. El ejército de policías, regulares y secretos, no deja de
aumentar. Las prisiones y los lugares de deportación están llenos de condenados
políticos, sin contar las centenas de millares de prisioneros comunes; hay que
añadir ahora a los obreros. La censura ha llegado a un grado de prohibiciones
que no había alcanzado en la odiosa época de los años cuarenta. Las
persecuciones religiosas nunca han sido tan frecuentes ni tan crueles, y cada
día lo son más.
En
todos los sitios se han enviado a las ciudades tropas con armas cargadas contra
el pueblo […] Ha habido ya efusiones fratricidas de sangre, y se preparan otras
que serán todavía más crueles. Y el pueblo campesino, esos cien millones de
campesinos, a pesar del crecimiento del presupuesto del Estado, o a causa de
ello, es cada día más miserable; el hambre ha llegado a ser un fenómeno
corriente. Corriente es también el descontento de todas las clases sociales
frente al gobierno.
La
causa de todo esto es evidentísima y hela aquí: vuestros consejeros os afirman
que frenando todo movimiento vital en el pueblo, garantizan su prosperidad y
vuestra propia seguridad.
Pero
se podría detener antes el curso de un río que el eterno movimiento hacia
delante de la humanidad, establecido por Dios.
El
autor de Guerra y paz, Anna Karenina o Resurrección, que había sido uno de los
estandartes del florecimiento de la cultura rusa en las décadas anteriores y
que había dejado claro en todo el mundo que esta no tenía nada que envidiar a
la occidental, se equivocó. No murió, todavía viviría ocho años más, y su
desesperado llamamiento al zar no tuvo éxito. El resto de su vida transcurriría
ante la contemplación de la descomposición progresiva del país. Pero ahora la
espiral descendente se vio alimentada no sólo por problemas internos, sino por
una serie de reveses en la esfera internacional que tensó todavía más la
situación. La política exterior fue la prueba definitiva que Nicolás II tendría
que superar si quería garantizar la continuidad del vasto imperio que había
heredado.
El
primer envite vino de un frente inesperado. En la década de 1890 Rusia había
dado un giro a su política exterior en el contexto de la rápida transformación
del panorama diplomático que se estaba produciendo en aquellos años. Sobre el
trasfondo de la competencia entre las principales potencias europeas por
hacerse con territorios coloniales en África y Asia, la llegada al trono alemán
de Guillermo II supuso un desajuste en el delicado equilibrio del sistema de
relaciones internacionales. El nuevo káiser se sentía seguro con la alianza que
había sellado con el Imperio austro-húngaro y el reino de Italia (conocida como
Triple Alianza), por lo que decidió suspender sus relaciones con Rusia, con la
que sus antecesores habían firmado un tratado secreto para asegurarse su
neutralidad en caso de guerra con su perpetua enemiga, Francia (conocido como
Tratado de Reaseguro). Los intereses de Guillermo II iban por otros derroteros,
deseaba darle a su imperio un protagonismo en la política colonial que
rivalizase con Gran Bretaña (que por entonces era la primera potencia mundial),
por lo que Rusia no era un objetivo atractivo al que cortejar.
En
lugar de eso puso en marcha un acercamiento al Imperio otomano, con la
intención de acrecentar la presencia política y económica alemana. Por aquel
entonces el Imperio turco era un Estado decadente que había sobrevivido gracias
a los intereses de las potencias europeas. El problema fundamental era que
Rusia (al igual que su rival, Austria-Hungría) deseaba obtener parte de los
territorios turcos en caso de un reparto del imperio moribundo, por lo que el
acercamiento alemán se veía como una injerencia en un área de interés de San
Petersburgo. Como respuesta a este enfriamiento de las relaciones con Alemania,
se optó por un acercamiento a su enemiga, Francia. La República francesa por
entonces era el régimen más liberal y avanzado de Europa, y por tanto despertaba
la animadversión de los sectores más conservadores de la sociedad y la política
rusas. Para que el zar se decidiese por un acercamiento definitivo hacía falta
alguna razón de peso que decantase la balanza, y esa razón no tardó en
aparecer. Una alianza con París suponía para la República la ruptura del
aislamiento internacional a que le había sometido Alemania desde 1871 y a
cambio podía ofrecer algo de lo que estaba muy necesitado el gobierno ruso: una
clase capitalista próspera dispuesta a invertir en nuevos mercados. Los
impuestos crecientes y los ingresos de las exportaciones rusas no estaban
siendo suficientes para asegurar el avance del programa industrializador, por
lo que la inversión francesa resultaba más que tentadora. En 1894 los dos países
firmaron la alianza franco-rusa y las visitas de Guillermo II a Constantinopla
en 1889 y 1898 fueron respondidas por Rusia con las de Nicolás II a París en
1896 y 1901.
Dispuesta
a imitar a su aliada occidental, Rusia se aprestó a continuar su política
expansionista. El escenario elegido fue Asia oriental, un área tradicional de
expansión rusa donde surgieron nuevas oportunidades debido a la decadencia del
Imperio chino. Este había sido derrotado en una guerra por Japón (1895) y había
sufrido un colapso interno por un levantamiento popular conocido como «rebelión
de los bóxer» (1900), circunstancia que aprovechó el gobierno de Nicolás II
para afianzar sus intereses. Con objeto de reforzar la seguridad de la zona en
la que se estaba finalizando la construcción del transiberiano ocupó Manchuria,
zona limítrofe con las provincias rusas de Siberia oriental. Pero esto entraba
en directa confrontación con las ambiciones expansionistas de Japón, que tras
un rápido proceso modernizador de treinta años había pasado de ser un reino
feudal a un país desarrollado con un potencial económico, político y militar
considerable. Al igual que las potencias europeas, Japón quería hacerse con territorios
coloniales que garantizasen el crecimiento de su industria, y su mirada se
había posado sobre las regiones que ahora estaba obteniendo Rusia.
El
conflicto no podía tardar en estallar. El gobierno ruso dio por sentado que los
japoneses no eran rivales a su altura a pesar de las advertencias de su
ministro de Guerra, Alekséi Kuropatkin, que tras visitar Japón en 1903 informó
al zar: «Me ha sorprendido el elevado nivel de desarrollo […] no cabe duda de
que la población está tan culturalmente avanzada como los rusos […] en
conjunto, el ejército japonés me ha sorprendido como una eficaz fuerza de
combate». Las observaciones de Kuropatkin eran acertadas, pero no fueron
atendidas. La guerra estalló en 1904 y un año más tarde la humillante derrota
terrestre de Mukden y la de Tsushima (en la que fue aniquilada la flota del
Báltico, enviada a combatir al otro lado del mundo) obligaron al gobierno ruso
a solicitar la mediación estadounidense para llegar a un acuerdo de paz. El
tratado firmado en la base naval de Portsmouth en el mes de septiembre de 1905
supuso la retirada de Rusia de la carrera por hacerse con beneficios
territoriales y económicos en el Imperio chino y la cesión de los que había
obtenido hasta entonces a Japón. Fue un duro golpe para el prestigio
internacional de Rusia y en el interior se puso en entredicho al zar y su
política. El periodista y político socialdemócrata Lev Davídovich Bronstein,
conocido como Trotski, escribió a raíz de la derrota de Tsushima: «La flota
rusa ya no existe. No es la japonesa la que la ha destruido. Antes bien, ha
sido el gobierno zarista… No es el pueblo el que necesitaba esta guerra, ha
sido la camarilla gobernante, que sueña en conquistar nuevas tierras y quiere
ahogar en sangre la llama de la ira del pueblo». Porque la guerra había tenido
el efecto en el interior de desatar una oleada de protesta popular como no
había conocido Rusia en su historia. Por primera vez en el siglo XX la
revolución llamaba a la puerta del gigante eslavo.
tra
consecuencia de la guerra ruso-japonesa es que Guillermo II, en una prueba de
su carácter impulsivo y megalómano, tuvo la ocurrencia de volver del revés el
mapa de las alianzas con una gestión personal en 1905, aprovechándose de la
situación de debilidad en la que se encontraba Nicolás II a causa del desastre
en Extremo Oriente. Concertó con el zar una cita al parecer de placer, «sin
ministros», a la que cada uno acudiría con su fabuloso yate, el Hohenzollern
del emperador alemán y el Standart —con su bauprés chapado en oro— del ruso. El
encuentro fue en las recónditas islas Björkö, en el golfo de Finlandia, a
finales de julio de 1905, cuando ya todo se había perdido en la guerra
asiática, y constituyó una encerrona en la que Guillermo se aprovechó sin
piedad de las pocas luces de Nicolás, de quien el káiser pensaba que estaba
hecho para vivir en una granja en la que pudiera dedicarse al cultivo de
nabos». El soberano alemán engatusó al ruso tocándole la fibra ideológica para
afearle la alianza con Francia. «Una República atea, manchada por la sangre de
los nobles, no es buena compañía para mí —le argumentaba con pasión—. Te juro,
Nicky, que la maldición de Dios ha caído para siempre sobre ese pueblo». El
káiser también la tomó con Inglaterra, que era aliada del Japón que acababa de
humillar a Rusia, y Nicolás, entre cuyos fallos de carácter estaba el de que
siempre se dejaba convencer por el último que le hablaba, cayó en la trampa.
Firmó el Tratado de Björkö, escueto documento que decía: «Si cualquier Estado
europeo ataca a uno de los dos imperios, la parte aliada se compromete a ayudar
a la otra parte contratante con todas sus fuerzas militares». El tratado sólo
tuvo un día de vida. En cuanto Nicolás regresó a San Petersburgo y sus
ministros lo leyeron, hicieron ver al zar que era una barbaridad, contraria a
todos los intereses estratégicos de Rusia, y fue anulado, volviendo el sistema
de alianzas a la situación anterior.
§.
Un trono que comienza a vacilar
Un
frío domingo del mes de enero de 1905 doscientas mil personas avanzaban por
cinco de las avenidas de San Petersburgo que llevan al Palacio de Invierno. En
actitud pacífica, portando iconos y entonando Dios salve al zar, querían
entregar una solicitud a Nicolás II. La marcha estaba encabezada por el
sacerdote Gueorgui Gapón, que había sido autorizado por la policía tiempo atrás
para atender las necesidades de los obreros de las barriadas marginales de la
capital. Dicha autorización se enmarcaba en la política del gobierno de
responder a la movilización de los trabajadores creando sindicatos locales bajo
su supervisión, una medida que pretendía controlar y encauzar desde el poder la
insatisfacción de la creciente clase obrera. El programa había sido diseñado
por un famoso jefe de la Ojrana, Serguéi Zubatov, antiguo revolucionario, muy
inteligente y eficaz, por lo que se conoce como Zubatovschina o «socialismo
policial», del que Gapón era en realidad un instrumento.
Gapón
había planteado la actuación como un recurso desesperado al monarca, que en la
cultura rusa gozaba de una imagen casi religiosa de padre protector y
desconocedor inocente de las injusticias que cometían sus ministros. Los
manifestantes no pudieron conseguir su objetivo. La Ojrana había obtenido
previamente noticias de lo que iba a suceder. La familia real había abandonado
la víspera la capital hacia la residencia de Tsárskoye-Seló y el Ministerio del
Interior estaba decidido a reprimir con contundencia la marcha. Antes de la
llegada al palacio intervinieron las fuerzas del orden: tras una carga de
caballería la infantería abrió fuego de forma indiscriminada. Pese a que
todavía hoy se discute sobre el número definitivo de víctimas y heridos, fue
una masacre en toda regla que añadió gasolina a la hoguera de protestas que se
había encendido en Rusia en los meses anteriores.
Desde
hacía semanas la inquietud se había vuelto a apoderar del campo, sucediéndose
en varias regiones las ocupaciones de tierras, la tala ilegal de bosques o el
pastoreo de ganados en las fincas de los grandes propietarios. En las ciudades
el descontento había llevado a una oleada de huelgas en las fábricas. El
gobierno se daba cuenta demasiado tarde de que plantear el desarrollo
industrial de forma concentrada en unas pocas ciudades facilitaba sobremanera
el contagio de las protestas, y lo que sucedió en aquel «domingo sangriento»
(como fue rápidamente bautizado) radicalizó todavía más las posturas. Fue el
punto de partida de la que se conoce como Revolución rusa de 1905. Los
disturbios se extendieron con rapidez. Hubo regiones enteras, como Polonia y Georgia,
que escaparon al control del gobierno durante semanas y en poco tiempo muchos
de los distritos rurales de la Rusia europea se rebelaron. El zar, alarmado,
realizó vagas promesas de formar un nuevo gobierno compuesto por personalidades
que gozasen de la confianza del pueblo. Pero no fue suficiente. Se había roto
el lazo moral que hasta esos días había vinculado a los súbditos con el monarca
y justo entonces las derrotas en la guerra contra Japón vinieron a agravar
todavía más la crisis. La terrible noticia de la derrota de Mukden en febrero
hizo estragos en la imagen del gobierno entre las clases medias urbanas de
opinión liberal. Pero el hundimiento de la flota en Tsushima en mayo tuvo
efectos todavía más devastadores, pues fueron entonces algunos sectores de las
fuerzas armadas los que comenzaron a alborotarse.
La
mecha prendió en junio en un acorazado de la flota del Mar Negro, el Potemkin,
en el que los marinos se negaron a comer la carne del rancho de a bordo porque
habían descubierto gusanos en ella. El capitán respondió a sus quejas fusilando
a su portavoz, lo que produjo un motín en el que murieron siete oficiales, se
enarboló una bandera roja y se puso rumbo a Odesa. Cuando llegaron al puerto se
encontraron con que la ciudad llevaba dos semanas sumida en un conflicto entre
trabajadores y autoridades. Los amotinados instalaron el cuerpo de su compañero
fusilado al pie de la escalinata de mármol que comunica el puerto con la
ciudad, donde fue homenajeado por miles de personas que además ofrecieron
alimento a los marineros. Pero las autoridades respondieron con mano dura.
Enviaron tropas que cargaron escaleras abajo disparando contra la multitud
congregada. El resultado fue otra masacre y la huida del Potemkin, que no logró
que el resto de la flota se sumase a su rebelión. Los marineros optaron por
refugiarse en Rumanía, atracando el 25 de junio en Constanza. Pese a que la
propaganda soviética posterior (incluyendo la célebre película de Serguéi
Eisenstein) ensalzó el episodio, en realidad no supuso una seria amenaza para
la cúpula militar o el gobierno, pero fue un síntoma claro de que la fiebre
revolucionaria afectaba ya a parte de las fuerzas militares.
A
medida que los acontecimientos se sucedían, los diferentes grupos opositores
fueron emergiendo de la clandestinidad para solicitar reformas urgentes (los
liberales) o para atacar directamente a la monarquía y al orden social (tanto
socialdemócratas como eseristas). En agosto el zar se sentía cada vez más
acorralado, por lo que prometió la convocatoria de una Duma y ordenó que se
comenzase a negociar la paz con Japón. Pero se trataba de movimientos
defensivos, a la zaga de una iniciativa política que ya no estaba en sus manos.
En las semanas anteriores se habían ido formando en los núcleos industriales
soviets o consejos de obreros que se organizaban no sólo para protestar, sino
para llevar a la práctica un programa político. El más importante de ellos fue
el surgido en San Petersburgo liderado por Trotski, que por propia iniciativa
aprobó las libertades de prensa y asociación, la jornada de ocho horas y
comenzó a publicar su propio periódico, Izvestia («Noticias»). La tendencia
dominante en estos organismos era la socialdemócrata, que pese a su división
interna convocó en septiembre una huelga general que fue un éxito y se extendió
por las principales ciudades. Pero la movilización no fue protagonizada sólo
por los grupos revolucionarios. Los liberales también vivieron la efervescencia
política del momento organizándose y dando un paso al frente. Fue entonces
cuando formaron un partido para defender la consecución de reformas
modernizadoras que solucionasen los problemas del país sin romper con el marco
político y económico tradicional. El partido recibió el nombre de Partido
Democrático Constitucional, cuyas siglas en ruso (KD) dieron origen al nombre
con el que eran conocidos sus partidarios, los kadetes. Desde ese día sería el
portavoz de las clases medias urbanas que vivieron aquel momento como la
oportunidad para conseguir la tan ansiada regeneración política rusa.
Acorralado,
Nicolás II decidió pasar a la ofensiva. Nombró primer ministro a Serguéi Witte,
quien le convenció de adoptar la estrategia de hacer concesiones parciales para
desactivar el movimiento revolucionario. Persuadido, el zar publicó el
Manifiesto de octubre, por el que se comprometía a reconocer los derechos
civiles de sus súbditos y a convocar una Duma. La estratagema tuvo éxito.
Combinado con una moderación en la aplicación de las medidas represivas, el
Manifiesto consiguió desactivar parcialmente la movilización política. La
opinión liberal se dividió. Los kadetes quedaron a la expectativa de que las
reformas anunciadas se concretasen mientras los más conservadores, los más
temerosos de una revolución social, se agruparon para formar un nuevo partido
favorable a la monarquía y a las instituciones tradicionales, que tomó el
nombre de Partido Octubrista. Socialdemócratas y eseristas recibieron el
anuncio imperial con escepticismo y no cejaron en sus actividades
revolucionarias. Trotski escribió en Izvestia: «Se nos da a Witte, pero
permanece Trepov [el gobernador de San Petersburgo, principal responsable de la
represión oficial]; se nos da Constitución, pero permanece el absolutismo. Se
nos da todo, pero en realidad no se nos da nada».
A
comienzos de noviembre el soviet de San Petersburgo convocó una nueva huelga
general, que coincidió con un motín de los marinos de la base naval de
Kronstadt, cerca de la capital, pero ambos movimientos pudieron ser sofocados
con facilidad. El clímax del movimiento revolucionario había pasado y el
gobierno era consciente de ello. Otro intento huelguista por parte del soviet
un mes más tarde fue el pretexto para detener a sus principales dirigentes y
poner en fuga a muchos de sus simpatizantes. Fue el golpe policial que puso
punto final a la Revolución de 1905. En opinión del historiador Orlando Figes
la clave de la crisis estribó en que «se evidenció que era imposible […]
dirigir una guerra en el extranjero en medio de una revolución social en el
interior». Pero aunque la crisis parecía haber pasado, algo había quedado claro
para los rusos, como apunta Robert Service: «Sólo el hecho de que Nicolás II
pudiera seguir contando con gran número de regimientos que no se habían enviado
a combatir a Extremo Oriente le permitió seguir en el trono. El zar estuvo a un
tris de ser derrocado». ¿Habrían aprendido la lección los Romanov?
§.
Dormirse en los laureles
Una
vez superada la crisis revolucionaria se planteó una complicada situación.
Witte presionaba al zar para que llevase a la práctica las promesas de octubre,
pero este le dejó claro desde el principio que su intención era limitar todo lo
posible el alcance de las reformas prometidas. El mecanismo para reunir la Duma
se puso en marcha. En teoría podrían votar todos los varones mayores de edad,
pero el complejo sistema de sufragio indirecto que se elaboró permitía el
control de las votaciones por los funcionarios del gobierno. La campaña se
desarrolló bajo mínimos, con la libertad de reunión suspendida, y el zar
recortó por anticipado las funciones de la cámara aprobando una ley por la que
se reservaba el veto sobre sus decisiones. Los socialdemócratas y los eseristas
optaron por no participar y llamaron al boicot de la campaña. El experimento
parlamentario siguió adelante, pero no del modo que le hubiese gustado a
Nicolás II. Nada más inaugurarse la Duma a finales de abril los diputados
enviaron al zar una solicitud pidiendo la amnistía política, la reforma agraria
y la responsabilidad de los ministros ante la cámara entre otras demandas. El
zar respondió con un doble golpe. Publicó unas Leyes fundamentales por las que
revocaba buena parte de las concesiones hechas en octubre y destituyó a Witte,
al que sustituyó por Piotr Stolypin. No cerró la Duma mientras no supuso un
estorbo para el gobierno, pero en cuanto los diputados de los distritos rurales
comenzaron a clamar por la reforma agraria ordenó su disolución. Corría el mes
de julio y desde entonces sólo se reuniría la asamblea (se eligieron otras tres
más hasta 1917) de forma esporádica y mediante reformas electorales que
adecuasen su composición a los deseos del gobierno.
La
política del zar desde ese momento se encaminó en dos direcciones. Por un lado,
Stolypin puso en marcha unas leves reformas con el objeto de atraerse la
simpatía popular. Amplió el poder de los zemstvos para intentar acallar las
críticas por falta de participación política e intentó favorecer a los kulaks
para modernizar el campo, pero no suprimió el mir. Esta iniciativa resultó un
fracaso ya que no logró mitigar el hambre de tierra de los campesinos. De
hecho, los focos de rebelión rural se perpetuaron durante meses, por lo que el
ministro procedió a su represión ajusticiando a los cabecillas tras someterlos
a consejo de guerra. La voluntad de dar un castigo ejemplarizante que acallase
la disidencia campesina llevó a la multiplicación de las ejecuciones. Pronto se
comenzó a llamar a la soga con la que se ahorcaba a los condenados «la corbata
de Stolypin». Los campesinos no fueron los únicos que sintieron su mano dura.
Las autonomías de Polonia y Finlandia fueron seriamente recortadas y se puso en
marcha de nuevo el estado policial, si bien intentando mostrar una cara más
amable, acorde con la fachada pseudo constitucional que quería proyectar ahora
el régimen. Ejemplo de ello fue que se permitió subsistir a la prensa bajo una
libertad limitada. En 1912 incluso llegó a ver la luz el periódico Pravda
(«Verdad»), órgano de los bolcheviques, que ese mismo año se habían separado
formalmente de los mencheviques en un partido aparte.
Por
otro lado y para cimentar su maltrecha aceptación, la monarquía desarrolló
espectaculares operaciones propagandísticas, que llegaron a su punto culminante
en 1913. Aquel año Rusia vivió con pompa asiática el tricentenario de la
llegada de la dinastía Romanov al trono. Los festejos en San Petersburgo fueron
fastuosos, incluyendo desfiles, ceremonias religiosas, iluminaciones eléctricas
nocturnas, comida para los habitantes de los barrios obreros… Cuando
finalizaron la familia real al completo se trasladó al interior, a Kostromá,
para seguir la ruta que había hecho el fundador de la dinastía, Miguel I, antes
de su coronación. Su destino era la antigua capital, Moscú, donde se repitieron
los fastos. Era todo un regreso a la antigua Moscovia, el corazón histórico del
imperio de los zares. En opinión de Orlando Figes, «no era un simple ejercicio
de propaganda […] su finalidad era también reinventar el pasado, volver a
contar la épica del “zar popular” para investir a la monarquía de una mítica
legitimidad histórica y proporcionarle una imagen de perdurable permanencia en
un tiempo de ansiedad en que su derecho a gobernar se veía desafiado por la
democracia emergente en Rusia […] Era la fantasía de un gobierno paternal, de
una edad dorada de la autocracia popular, libre de las complicaciones de un
Estado moderno».
La
operación tuvo un éxito limitado. La impopularidad de la monarquía siguió
creciendo, alimentada además por problemas cortesanos que dilapidaban lo que
quedaba de credibilidad a la dinastía. El nuevo objeto de las críticas fue la
zarina Alejandra Fiódorovna. Su origen alemán, que al zar le había sido de gran
ayuda para emparentar con otras casas reales europeas puesto que Alejandra era
nieta de la reina Victoria de Gran Bretaña, y sus opiniones reaccionarias le
granjearon pronto la fama de tener dominado a su marido. Lo cierto es que sin
llegar a tanto, la zarina animaba a su esposo a no dejarse influir por
tendencias liberales o reformistas y a trabajar por mantener intacto su poder.
En una carta le escribía sobre el trato que dispensaba a sus ministros: « ¡Ay,
amor mío! ¿Cuándo darás por fin un buen puñetazo en la mesa y les gritarás
cuando actúen mal? No te temen, hay que hacer, ¡mi niño!, que tiemblen en tu
presencia; no basta con amarte… Sé Pedro el Grande, Iván el Terrible, el
emperador Pablo; aplástalos a todos; no te rías, niño travieso».
Además
se rodeaba de una camarilla de dudosa reputación que hacía gala de su
influencia sobre la imperial pareja. Dentro de esta el caso más escandaloso era
el de Grigori Rasputín, un clérigo semianalfabeto de origen siberiano, oscuros
antecedentes y conducta pública lamentable que fue presentado a los zares en
1905. Aparte de ser mujer muy religiosa, la zarina estaba obsesionada porque
había transmitido a su hijo varón, el zarévich Alexis, la maldición de la casa
real británica, el gen de la hemofilia. El niño había heredado la enfermedad y
sufría numerosas crisis hemorrágicas de difícil tratamiento, lo que hizo a los
médicos albergar pocas esperanzas de que pudiese algún día llegar a heredar el
trono. Rasputín tenía fama de taumaturgo y sanador, y desde su llegada a San
Petersburgo había empleado su indudable carisma y algunos contactos en la
Iglesia para hacerse un hueco en los salones de la aristocracia. Desde allí el
salto a la corte fue fácil. Pese a que fue recibido con diversidad de opiniones
por los altos cargos palaciegos, su intervención en varias curaciones del
heredero, algunas de ellas consideradas como auténticos milagros, hicieron de
su ascendiente sobre la zarina algo indestructible. El problema era que a
Rasputín le gustaba el poder, y no dudaba en utilizar su influencia para
conseguir favores y prebendas no sólo de los soberanos, sino de multitud de
personas que acudían a él en busca de protección y mediación. El propio monje
presumía de esta posición privilegiada, sobre todo en las frecuentes
borracheras y escándalos que solía protagonizar en locales públicos. De la mano
del clérigo, lo que quedaba de reputación de los Romanov ante su pueblo se vio
arrastrada por el fango. Sin proponérselo el comportamiento de los zares estaba
dando numerosa munición a sus enemigos, que seguían trabajando para conseguir
el derrocamiento de la monarquía.
En
los años posteriores a 1905 el gobierno también relanzó el programa de
modernización industrial, dando especial protagonismo a la industria militar y
a las infraestructuras estratégicas. Como apunta el historiador Niall Ferguson,
«sin amilanarse ante el peligro de una renovada revolución, el gobierno se
embarcó en un masivo programa de rearme. Esta vez, no obstante, los
ferrocarriles que se construyeron no discurrían hacia el este, hacia Asia, sino
hacia el oeste, en dirección a Alemania y su aliada Austria-Hungría. Nadie
tenía ninguna duda de que una de las principales funciones de aquellos
ferrocarriles sería transportar no mercancías, sino tropas». Esto se debía a
que el clima internacional había ido experimentando un progresivo deterioro.
Tras la derrota ante Japón, que impedía cualquier actividad expansionista en
Asia oriental, el gobierno ruso se centró en afianzar sus intereses en Europa.
Para ello procedió a limar asperezas con el Reino Unido, con el que había
tenido problemas por el choque de sus respectivos intereses en Asia central
—una histórica rivalidad desde la década de 1830, que se plasmaba en lo que
Rudyard Kipling popularizó como «el Gran Juego», mientras que los rusos lo
llamaban «el Torneo de las Sombras»—. Se recurrió a la mediación de Francia,
que había firmado con Gran Bretaña una alianza en 1904, y las dos potencias
llegaron a un compromiso de entendimiento en 1907.
Un
año más tarde un golpe de Estado en Constantinopla llevó al poder a un grupo de
reformistas conocido como Jóvenes Turcos, que desencadenó una crisis
internacional en los Balcanes, el área que estaba ahora en el campo de mira de
Rusia. El Imperio austro-húngaro, temeroso de que el nuevo gobierno turco
revocase la tutela que ejercía sobre la provincia otomana de
Bosnia-Herzegovina, decidió anexionársela unilateralmente. Esto lesionaba los
intereses del vecino reino de Serbia, protegido por la política de San
Petersburgo de apoyar al resto de los pueblos eslavos, ya que Bosnia era una de
las reclamaciones territoriales tradicionales de los serbios para construir su
proyecto de un gran Estado de los eslavos del sur o «yugoslavos». El gobierno
del zar protestó airadamente, pero la intervención del resto de las potencias,
que entonces no deseaban una guerra, evitó que el altercado llegase a más. De
cara a la opinión pública rusa, el zar demostraba que no era capaz de proteger
a los «hermanos menores» de los rusos en Europa oriental, sensación que se
acentuó en 1912 y 1913 cuando Rusia se abstuvo de intervenir en las dos guerras
que se desataron en la península Balcánica para repartir los últimos
territorios otomanos de Europa. Ahora parecía que el ejecutivo ruso estaba
perdiendo también la batalla del prestigio internacional. En palabras de Robert
Service, «el zarismo, que se había presentado a sí mismo como el protector de
los serbios y otros eslavos, se mostró débil e ineficiente. La monarquía estaba
decepcionando al país». Cuando se volviese a plantear una nueva oportunidad
para intervenir, el gobierno ruso ya no se lo pensaría tanto.
§.
La tormenta perfecta
Una
nueva crisis balcánica no tardaría en llegar. El 28 de junio de 1914 un
nacionalista serbio asesinó al heredero al trono de Austria-Hungría, el
archiduque Francisco Fernando, durante una visita oficial a Sarajevo.
Inicialmente parecía uno más de los escollos que provocaba a las potencias la
enrevesada política balcánica, pero Rusia observó con detenimiento lo que
acontecía porque ese tipo de escollos le habían venido costando muy caro en los
años anteriores. La tónica inicial fue de compás de espera, pero el
descubrimiento de que los servicios secretos serbios estaban enterados del
atentado por anticipado llevó a Viena a plantear un duro ultimátum a Serbia
para evitar la guerra. En aquel momento ya se había puesto en marcha la
solidaridad del sistema de alianzas fraguado en las décadas anteriores. El
Imperio alemán respondió las consultas austro-húngaras mostrándole su apoyo
incondicional incluso en caso de guerra; Rusia consultó con París, que también
le mostró su respaldo y, por último, el asustado ejecutivo de Belgrado pidió
consejo al gobierno del zar. Ahora no se iban a producir vacilaciones, era una
cuestión de mantener el estatus de potencia internacional de Rusia y el
prestigio interno de la Corona, por lo que se respondió con un claro respaldo. La
respuesta serbia al ultimátum, que aceptaba todas sus cláusulas menos la que
exigía que agentes austro-húngaros pudiesen investigar el asesinato en Serbia,
fue rechazada por Viena, que declaró la guerra el día 30.
Mientras
se realizaban estas gestiones, Nicolás II intentó desactivar la terrible
espiral que empujaba a las potencias a la guerra recurriendo a las relaciones
dinásticas. Intercambió diez telegramas con el káiser Guillermo II, primo de la
zarina Alejandra, en los que intentaba que ejerciese su influencia sobre el
ejecutivo de Viena para evitar lo que podía degenerar en un conflicto
generalizado. No tuvo éxito, en parte porque él mismo no podía permanecer
quieto con la declaración de guerra de Austria-Hungría a Serbia ya sobre la
mesa. Rusia continuó avanzando en los preparativos bélicos. La posibilidad de
una guerra con su rival histórico en los Balcanes era ahora más que probable, y
si quería ser el vencedor necesitaba contar cuanto antes con el ejército
operativo a todos los efectos. El problema que se le presentaba era que el
sistema de transportes ruso, pese a las mejoras efectuadas en los años
anteriores, era todavía deficiente, por lo que no podía esperar más para
movilizar a las tropas. El 30 de julio decretó la movilización general, que fue
respondida por el Imperio alemán con un ultimátum. Estaba claro que el káiser
no iba a abandonar a Austria-Hungría, su único aliado. El zar y su gobierno
decidieron no responder, a lo que Berlín contestó con la movilización y la
declaración de guerra. Cuatro días más tarde Francia y Gran Bretaña se habían
implicado declarando la guerra y Alemania había puesto en marcha su plan de
ataque invadiendo Bélgica. Había comenzado la Primera Guerra Mundial y Rusia
era una pieza esencial en el bando aliado, que conformaba junto a Gran Bretaña
y Francia.
En
las ciudades rusas la respuesta a la declaración de guerra fue igual de
jubilosa que en el resto de Europa. La opinión pública siguió los
acontecimientos con ansiedad y se celebró la postura adoptada por el gobierno
del zar. A diferencia de lo que había sucedido en 1905, el plan del gobierno de
entrar en una guerra que se presumía rápida y victoriosa para consolidar sus
maltrechas bases sociales parecía estar funcionando. En la Duma el respaldo a
la entrada en la guerra fue mayoritario. Tan sólo fue contestado por un
reducido número de diputados de los partidos socialistas, que fueron detenidos
en otoño, poco antes de que la asamblea se pronunciase a favor de la petición
de créditos de guerra por el gobierno. Hasta se cambió el nombre de la capital:
«Sankt-Peterburg» sonaba demasiado a alemán, por lo que la ciudad que había
fundado Pedro el Grande en 1703 pasó a llamarse Petrogrado (literalmente
«ciudad de Pedro») y no recuperaría su nombre original hasta 1991.
Mientras,
la acción había comenzado en el frente. El llamado «Plan Schlieffen» de los
alemanes pretendía derrotar fulminantemente a Francia para dirigir después el
grueso de su potencial ofensivo contra Rusia, pero la jugada salió mal. La
mayor parte de la terrible maquinaria de guerra alemana se lanzó contra
Francia, donde las fuerzas combinadas franco-británicas pudieron detenerla
agónicamente en septiembre. En los meses posteriores la guerra se estancó,
conformándose un frente de trincheras entre el canal de la Mancha y los Alpes.
Este empate en el que pasó a conocerse como frente occidental dio un especial
protagonismo a las campañas desarrolladas en la frontera rusa con Alemania y
Austria-Hungría, que pasó a denominarse frente oriental. Aquí el Estado Mayor
ruso, a cuya cabeza puso el zar a su tío, el gran duque Nicolás, optó por
dividir las fuerzas para atacar a los dos enemigos a la vez. La ayuda a Serbia
(motivo inicial de la guerra) no permitía dejar sin atacar Austria-Hungría, por
lo que se inició una ofensiva en la región de Galitzia. Pero el compromiso de
apoyar a sus aliados atacando Alemania para rebajar la presión sobre Francia
obligó a comenzar otra campaña en Prusia oriental. Los éxitos iniciales, que
culminaron en la victoria de Gumbinnen a mediados de agosto, fueron seguidos de
un contraataque alemán que aplastó a los rusos en las batallas de Tannenberg y
los Lagos Masurianos. Por lo menos en la frontera con Austria-Hungría se pudo
salvar el tipo al rechazar una campaña lanzada por el enemigo en los Cárpatos.
Los
problemas de Rusia para afrontar una guerra de tal envergadura se hicieron
evidentes desde el principio. En el frente se encontraban con el problema de
tener que defender una extensa frontera con un ejército que contaba con hombres
de sobra (a finales de 1916 se habían movilizado catorce millones de efectivos,
en su mayoría campesinos) pero con un pésimo equipamiento y una logística muy
precaria. El sistema de comunicaciones ruso mostró pronto sus debilidades y el
gobierno tuvo que escoger entre abastecer el frente o las ciudades. La
situación bélica mandaba, así que los ciudadanos comenzaron pronto a sufrir las
inclemencias del vendaval bélico. Por si fuese poco, antes de fin de año había
surgido otro frente. En octubre dos navíos turcos bombardearon Odesa en lo que
indudablemente constituía un acto de guerra. Una de las primeras consecuencias
de la entrada de Turquía en el conflicto a favor de Alemania y Austria-Hungría
fue el cierre de los estrechos del Bósforo y los Dardanelos a la navegación
rusa, por lo que en adelante Rusia no podría contar con la llegada de ningún
tipo de ayuda material de sus aliados: los alemanes bloqueaban el Báltico y los
turcos el Mar Negro. Además estos comenzaron inmediatamente una campaña de
hostigamiento en el Cáucaso abriendo un nuevo frente de batalla. A medida que
1914 llegaba a su fin iba quedando claro que aquella no iba a ser una guerra
corta.
El
año 1915 llevó al gobierno ruso del optimismo a la alarma. A comienzos de año
la diplomacia zarista consiguió arrancar a sus aliados el compromiso de que en
caso de victoria Constantinopla y la zona de los Estrechos pasarían a soberanía
rusa. Era la culminación de más de un siglo de reivindicaciones de los zares,
que deseaban incorporar a sus territorios la antigua capital del Imperio
bizantino y uno de los centros históricos del cristianismo ortodoxo, amén de
hacerse con la región clave para garantizar el acceso de su flota desde el Mar
Negro al Mediterráneo. A partir de entonces la guerra quedó planteada como una
acción expansionista con el objetivo de añadir nuevos territorios a Rusia. Pero
el optimismo duró poco. En el verano las tropas alemanas lanzaron una campaña a
gran escala en Polonia, rompiendo con facilidad las defensas y comenzando la
conquista de vastos territorios occidentales del imperio. Lejos de retirarse,
los alemanes comenzaron a administrar el territorio conquistado con vistas a instalarse
en él y los intentos rusos de contraatacar fracasaron. El zar intentó paliar el
desastre tomando medidas drásticas, destituyó a su tío como jefe del Estado
Mayor y tomó él mismo el mando de las tropas, trasladándose al cuartel general
de Mogilev y dejando a la zarina encargada del despacho de los asuntos de
Estado con el gobierno. Fue un error de cálculo fatal ya que con el tiempo se
demostró que la lejanía del centro de poder del imperio le impedía tomar
decisiones rápidas. Además, dejar a su impopular esposa al cargo de los asuntos
del gobierno empeoró sustancialmente la imagen de la gestión que la monarquía
estaba haciendo de la guerra. Desde 1914 se acusó a la zarina de pro alemana y
ahora se dejaba el gobierno en sus manos. Mientras ella se jactaba de ser la
primera mujer que despachaba con los ministros desde Catalina II la Grande, el
pueblo se sentía en manos de alguien a quien consideraba como el títere de una
siniestra camarilla reaccionaria encabezada por Rasputín y a quien llamaba
despectivamente «la alemana».
§.
La mecha encendida
El
deterioro de la situación no sólo era político. Con la guerra llegó un ciclo de
crisis económica que complicó mucho las cosas en la retaguardia. La industria
abandonó los bienes de consumo para centrarse en el material de guerra, los
problemas de suministro hicieron que el gobierno tasase a la baja el precio del
grano, los campesinos, descontentos por todo ello, ocultaban sus cosechas o se
resistían a venderlas, los precios comenzaron a subir aceleradamente y la
saturación de la red ferroviaria por el abastecimiento bélico impedía proveer
en condiciones a las ciudades, donde las oleadas de refugiados que huían del
avance alemán dificultaba todavía más las cosas. Como en el resto de los países
beligerantes, surgieron iniciativas ciudadanas que haciéndose eco del
patriotismo oficial ofrecieron su colaboración a las autoridades para organizar
el esfuerzo de guerra e intentar paliar la situación. El gobierno ruso, que
vivía en permanente psicosis desde la revolución de 1905, no aprobaba ninguna
iniciativa que no controlase y, en un acto de ceguera incomprensible, se negó a
aceptar la mano que le tendían sobre todo los sectores de la clase media
urbana. Tan sólo se autorizó que los zemstvos provinciales creasen un órgano
central (el Zemgor) para mejorar la coordinación administrativa, al frente del
cual se puso al príncipe Gueorgui Lvov. A finales de 1915 comenzaban ya a
sentirse con fuerza los primeros signos de descontento. La falta de hombres por
la movilización al frente afectaba a la producción tanto en la agricultura como
en la industria, y la concesión de encargos de material de guerra al sector
privado se hizo mediante corruptelas que indignaron a la opinión pública.
Todavía
se pudo mantener la guerra a lo largo de 1916. Incluso la ofensiva lanzada por
el general Alexéi Brusílov contra Austria-Hungría, una de las más brillantes de
toda la contienda y que infligió un daño considerable al enemigo, consiguió
levantar el ánimo colectivo e hizo vislumbrar la esperanza de que era posible
repeler el dominio militar alemán, que hasta entonces parecía invencible. Pero
muchos consideraban ya que ese objetivo se podía conseguir mejor sin el zar. El
descrédito de la institución monárquica, de sus gobiernos, de su gestión de la
guerra y el veto que había puesto a la sociedad civil para tomar bajo su
responsabilidad parte del esfuerzo bélico convenció a buena parte de la clase
política de que Nicolás II era más un estorbo para el futuro de Rusia que otra
cosa. Cuatro de los hombres fuertes del momento: el príncipe Lvov, Pável
Miliukov (líder y fundador del partido kadete), Alexander Guchkov (octubrista)
y Alexander Kerenski (eserista) comenzaron a entablar conversaciones y a trazar
planes para dar un golpe que derribase al zar. Guchkov llegó incluso a finales
de 1916 a tantear a la cúpula militar del cuartel general de Mogilev, que
rechazó participar en ninguna conspiración pero le aseguró que no salvaría al
zar. Los militares ni siquiera denunciaron a los conjurados a la Ojrana. Entre
los sectores que todavía apoyaban a la monarquía el nerviosismo era evidente.
La
influencia de Rasputín había sobrepasado los límites del farsante que se
aprovecha de su ascendiente sobre los soberanos en busca de lucro. El asesinato
en 1911 del primer ministro Stolypin, que se enfrentaba con firmeza a las
extravagancias del curandero, supuso la caída del dique de contención. No fue
llorado Stolypin por la pareja reinante, la zarina le hacía una guerra
implacable por oponerse a su gurú, y para el propio Nicolás supuso un alivio
librarse de un primer ministro tan necesario para el gobierno de Rusia como
fastidioso por su campaña contra Rasputín. Este monje pudo entrar así en el
área de gobierno del imperio, influyendo caprichosamente en el nombramiento y
cese de miembros del gabinete, de los que hubo un auténtico baile. En los dos
primeros años de guerra «cuatro presidentes del Consejo de Ministros pasaron
por la arena política, así como seis ministros del Interior, tres ministros de
la Guerra y tres ministros de Asuntos Exteriores», señala el historiador de la
época soviética Albert Paulovich Nenarokov.
Con
Nicolás en el frente y la zarina dirigiendo el gobierno en la capital, la
situación fue a peor; Rasputín ya no sólo reinaba en el Consejo de Ministros,
también pretendía hacerlo en la Iglesia y en el Estado Mayor. «Escúchale [a
Rasputín] porque sólo desea tu bien, y Dios le ha dado más intuición, sabiduría
e ilustración que a todos los militares juntos», le escribía Alejandra a
Nicolás en una de las muchas cartas que le mandó al frente. En diciembre de
1916 el príncipe Félix Yusupov, auxiliado por otros conjurados entre los que
había un miembro de la familia imperial, el gran duque Dimitri, primo del zar,
acabó con la vida de Rasputín en un intento de cortar su influencia sobre los
monarcas y extirpar de raíz la fuente de su descrédito público.
La
reacción llegaba demasiado tarde. La mecha del descontento había vuelto a
prender y en pocas semanas comenzaron a producirse los primeros motines por la
carestía de alimentos y las primeras huelgas. La inquietud fue en aumento hasta
que en febrero la gran fábrica de armamento Putilov inició una huelga que a los
pocos días se extendió hasta paralizar Petrogrado. La zarina Alejandra trató de
calmar la ansiedad del zar escribiéndole: «Es un movimiento de gamberros,
chicos y chicas jóvenes que van por ahí corriendo y gritando que no tienen pan,
sólo para incordiar… si hiciera frío probablemente se quedarían en casa». Lo
equivocada que estaba quedó en evidencia cuando los soldados que fueron
enviados a reprimir a los huelguistas se unieron a ellos negándose a obedecer
las órdenes. Aquello tuvo una lectura evidente: las fuerzas militares ya no
apoyaban en bloque al régimen, ahora más que nunca era posible forzar un
cambio. La revolución se ponía otra vez en marcha.
Inicialmente
Nicolás II pretendió recobrar la iniciativa y calmar la situación prorrogando
el período de sesiones de la Duma, pero en cuanto tuvo noticia de la
insubordinación de las tropas ordenó su disolución. Fue tan sólo el primero de
una serie de actos erráticos y desesperados para retener el poder. En palabras
de Robert Service, en aquellos días «nada de lo realizado por Nicolás II tuvo
un propósito claro o una puesta en práctica consistente». En la capital la
situación se había desbordado por completo. La Duma no sólo no se disolvió,
sino que nombró un comité para hacerse cargo de la autoridad del Estado
mientras los obreros y soldados sublevados resucitaron el soviet de 1905, que
retomó su actividad política. Su «Orden número 1» abolió el código de
disciplina militar y ordenó la formación de soviets de soldados en los
cuarteles. Fue el golpe de gracia para la escala de mando militar, ya que el
discurso revolucionario prendió entre los soldados y la disciplina saltó por
los aires. La policía no se atrevía a intervenir contra las tropas que
confraternizaban con los huelguistas, el nerviosismo cundía entre las
autoridades e incluso varios ministros optaron por huir de la capital. El zar,
alarmado, intentó volver a Petrogrado, pero su tren fue bloqueado a medio
camino. Una comisión del alto mando militar y los pocos consejeros que le
quedaban le expusieron la situación y le recomendaron abdicar. Consciente de
que su hijo no podía asumir la corona cedió sus derechos dinásticos a su
hermano, el gran duque Miguel, de conocidas tendencias liberales. Al día
siguiente este declinó el ofrecimiento. Rusia estaba formalmente sin monarca.
Ese
mismo día el comité de la Duma anunció la formación de un gobierno provisional
en el que los kadetes ocuparon la mayoría de las carteras y a cuyo frente se
puso el príncipe Lvov. Inmediatamente este anunció una serie de reformas:
reconocimiento de los derechos civiles, abolición de todos los privilegios
sociales y convocatoria de una Asamblea Constituyente para la que votarían
todos los adultos mayores de veintiún años (incluidas las mujeres). Dos días
después se solventó la cuestión sucesoria declarando Rusia una República,
aunque los diferentes partidos no se ponían de acuerdo sobre qué tipo de
república deseaban. En el ínterin se decidió recluir a la familia imperial como
medida preventiva, siendo enviada a Tobolsk (Siberia occidental).
La
situación que surgió de la Revolución de Febrero fue una dualidad de poderes.
Por un lado, el gobierno provisional pretendía recoger la legitimidad de las
instituciones tradicionales, pero la realidad era que había sido nombrado por
una Duma elegida antes de la guerra y mediante un sufragio muy restringido, por
lo que dicha legitimidad era cuestionable. Al tiempo el soviet de Petrogrado se
arrogaba la capacidad de dirigir la política de la nueva etapa y su ejemplo fue
seguido en las principales ciudades, donde también se formaron soviets de
soldados y obreros. La cuestión más urgente en ese momento fue qué hacer con la
guerra. Los kadetes impusieron en el gobierno provisional su visión de
continuar con la contienda respetando los compromisos internacionales que había
adquirido el gobierno del zar, mientras que mencheviques y eseristas eran sólo
partidarios de una guerra defensiva para rechazar la ocupación alemana. Los
bolcheviques fueron los únicos que denunciaron la continuidad del conflicto,
aunque estaban en franca minoría. La postura mayoritaria en los soviets era la
de mencheviques y eseristas, que presionaban desde ellos al gobierno para que
acometiese reformas que beneficiasen a obreros y campesinos. Pero la
continuidad de la guerra cayó como un jarro de agua fría sobre la población,
cuya resistencia se estaba llevando al límite para el mantenimiento de un
conflicto que sentían como algo ajeno.
La
situación interna del país continuó por la pendiente de la desestabilización.
En el campo se reinició la dinámica de ocupaciones y disturbios, mientras en
las ciudades los desórdenes en muchas ocasiones llevaron a la paralización de
la producción en las fábricas. La tensión nacionalista resurgió en Ucrania,
Finlandia y las zonas cercanas a los frentes (el Báltico y el Cáucaso) donde
diferentes grupos políticos comenzaron a demandar del gobierno el
reconocimiento de una mayor autonomía. El ejército estaba prácticamente
inoperativo, ya que mientras los altos mandos recelaban del gobierno
provisional y de la nueva República, los soldados habían formado rápidamente
soviets que ponían en cuestión las órdenes de sus superiores. Mientras el
gobierno provisional trataba de poner orden en la situación, en la capital
acontecía un hecho sin aparente relevancia, pero que cambiaría el rumbo de
Rusia y del mundo. Una noche de abril llegaba a la estación de Finlandia de
Petrogrado un tren en el que viajaba un grupo de emigrados bolcheviques que
regresaban desde Suiza.
§.
Octubre
La
noticia fue recibida con admiración. Aquel grupo de emigrados habían atravesado
Alemania, Suecia y Finlandia en plena guerra. ¿Cómo había sido posible? Las
autoridades alemanas tuvieron algo que ver con ello. Alemania percibió
inmediatamente las enormes posibilidades que se le presentaban si lograba hacer
caer el frente oriental, por lo que el alto mando alemán pactó rápidamente
trasladar a los exiliados por su territorio en un vagón de tren sellado con
garantía de extraterritorialidad hasta el Báltico. Desde allí prosiguieron
hacia Suecia, que era neutral, para continuar un viaje que no les causó ninguna
complicación. El plan fue un éxito y los acontecimientos posteriores
demostraron que había sido un golpe maestro de los alemanes. La llegada de
Lenin supuso un fuerte espaldarazo para su partido. Como recuerda Robert
Service, «pese a no haber estado en Rusia en los últimos diez años y haber
mantenido un contacto muy débil con otros bolcheviques a partir de 1914, Lenin
articuló una estrategia que expresaba de manera certera las ansias de quienes
detestaban al gobierno provisional». Al día siguiente a su llegada publicó un
manifiesto conocido como las Tesis de abril, en el que proponía un programa de
actuación. El camino a seguir debía ser el de hacerse con amplias mayorías en
los soviets para después asaltar el poder y una vez en él implantar la
transición al socialismo. Pese a la sorpresa (incluso pasmo) que generó la
propuesta en algunos de sus compañeros, Lenin consiguió imponer su proyecto
rápidamente. Los bolcheviques ya tenían un objetivo: acometer una revolución
dentro de la revolución.
A
finales de la primavera y durante el verano los bolcheviques fueron ganando
peso en los soviets. Para ello desarrollaron una hábil labor propagandística,
basada en difundir su programa enfatizando que incluía todas las demandas
reales del pueblo ruso. Se hizo popular el eslogan «paz, pan y todo el poder
para los soviets» y se insistió en la prioridad de sacar a Rusia de la guerra,
imponer el control obrero en las fábricas, repartir la tierra entre los
campesinos y reconocer políticamente las nacionalidades. La difusión de las
ideas revolucionarias quedó patente cuando en el mes de julio grupos
incontrolados de soldados y obreros realizaron una manifestación armada en
Petrogrado pese a las órdenes en contra del Partido Bolchevique, que la
consideraba un error estratégico. El gobierno ordenó responder con la fuerza,
acusó a los bolcheviques de haber intentado un golpe de Estado e ilegalizó el
partido. Lenin logró huir a Finlandia gracias al encargado de su seguridad, un
bolchevique de segunda fila llamado Stalin, pero otros importantes dirigentes
como Trotski fueron detenidos.
El
gobierno estaba también acosado por problemas exteriores. Para cumplir con sus
compromisos bélicos con los aliados había ordenado una nueva ofensiva durante
el verano, conocida como Ofensiva Kerenski. Pero esta vez las excepcionales
dotes de Brusílov no surtieron efecto. La disciplina y la moral del ejército se
hallaban muy mermadas, y los rumores de que se iba a proceder al reparto de
tierras hicieron que multitud de soldados desertasen para no perder la
oportunidad de participar en él. Las líneas sólo aguantaron unas semanas, tras
las cuales los alemanes continuaron su avance por el noroeste de Rusia. En un
intento de ganar apoyos para el ejecutivo, Lvov dimitió como primer ministro
provisional cediendo el testigo al eserista Kerenski, que hasta entonces había
ejercido la cartera de Guerra. El nuevo jefe del Gobierno intentó reflotar el
ejército nombrando comandante en jefe a un general muy popular y prestigioso,
aunque considerado conservador, Lavr Kornílov. Pero este aprovechó la situación
para obtener apoyos dentro de la oficialidad e intentar unos días más tarde un
golpe de Estado marchando sobre Petrogrado. Aunque el intento fue abortado por
sus propios subordinados, que bloquearon su tren antes de que llegase a la
capital y le detuvieron, el gobierno no tuvo más remedio que pedir ayuda al
soviet para organizar la defensa. Era una muestra de debilidad en toda regla.
En
las semanas siguientes Kerenski no logró enderezar ninguno de los frentes
abiertos. La intentona de Kornílov tuvo el efecto de derrumbar lo que quedaba
de ejército y los alemanes siguieron avanzando, llegando en septiembre hasta
Riga. Con el enemigo a escasos quinientos kilómetros de Petrogrado y sin
defensas operativas que estorbasen su avance, la capital parecía vulnerable.
Todo indicaba que la oportunidad de asaltar el poder había llegado, y los
bolcheviques no la dejaron pasar. La situación de emergencia les facilitó
hacerse con la mayoría en el soviet de Petrogrado, del que fue nombrado
presidente Trotski. Lenin regresó clandestinamente disfrazado de maquinista,
convenció a los que todavía no lo veían claro y comenzó a trazar el plan. El
momento tenía que ser antes de que se reuniese el segundo Congreso Panruso de
Soviets, para que este ratificase la operación y la consagrase como un trasvase
del poder desde el gobierno provisional a los soviets. Trotski comenzó a
preparar un grupo armado desde el Comité Militar Revolucionario del Soviet de
Petrogrado. Fue el origen de la llamada Guardia Roja, la fuerza de choque de la
revolución.
Pese
a la defensa preparada por el gobierno, las medidas para intentar detener el
plan (como la clausura de las rotativas de Izvestia y Pravda) y los fallos de
organización de los golpistas, el resultado fue el que los bolcheviques
deseaban. La noche del 7 al 8 de noviembre de 1917 (25 al 26 de octubre en el
calendario juliano todavía imperante en Rusia) los bolcheviques ocuparon
puestos estratégicos (oficinas de correos y telégrafos, estaciones de tren,
guarniciones…), asaltaron el escasamente defendido Palacio de Invierno y
detuvieron a un gobierno que había quedado prácticamente abandonado a su
suerte, sin más fuerza armada que un batallón femenino, que no llegó a disparar
un solo tiro. Pese a la mitificación del asalto al Palacio de Invierno como el
gran momento revolucionario, a lo que contribuiría el genio cinematográfico de
Eisenstein con su película Octubre, la gesta histórica tuvo más de comedia que
de tragedia. El previsto bombardeo desde la Fortaleza de Pedro y Pablo no pudo
realizarse por falta de material adecuado, y solamente se llegaron a disparar
dos cañonazos que no hicieron prácticamente daños; tampoco fue necesario mucho
más, el crucero Aurora lanzó una salva, los coches blindados hicieron tabletear
las ametralladoras y el asalto se lanzó con toda facilidad, pues ni siquiera
estaban cerradas las puertas del palacio. Antónov-Ovséyenko, que dirigía la
operación, encontró al Consejo de Ministros reunido, discutiendo si nombraba un
dictador al estilo de la República romana, y lo detuvo sin resistencias.
Después, según relata el propio Antónov-Ovséyenko en sus memorias, hubo varios
días de gran borrachera en Petrogrado, por el saqueo de las inmensas bodegas
del zar.
Kerenski
logró huir disfrazado de enfermera en un coche oficial que consiguió pasar
entre los sitiadores. Al día siguiente, el segundo Congreso de Soviets ratificó
la toma del poder, que ahora detentaban los bolcheviques. Lenin era consciente
de que el resto de las fuerzas políticas intentarían desalojarle de su nueva
posición, por lo que actuó con rapidez. Formó un nuevo gobierno con el nombre
de Consejo de Comisarios del Pueblo (conocido por su acrónimo ruso Sovnarkom)
en el que Trotski fue nombrado comisario para Asuntos Exteriores y una mujer
(Alexandra Kolontái) ocupó por primera vez en la historia una cartera
ministerial (fue nombrada comisaria de Asistencia Pública). A continuación
dictó tres decretos esenciales por los que llamaba a la paz con las potencias
extranjeras, anunciaba la tan esperada reforma agraria y establecía el control
obrero de la industria.
Pero
el objetivo prioritario fue negociar la paz con Alemania y Austria-Hungría.
Envió a Trotski a la población de Brest-Litovsk, donde mantuvo una dura
negociación con los enemigos, incluyendo algún amago de abandonar las
conversaciones. Por fin el 3 de marzo de 1918 se firmaba el tratado por el que
Rusia abandonaba la Primera Guerra Mundial. El precio que tuvo que pagar fue
elevadísimo, ya que perdió los territorios conquistados por Alemania y
reconocía la independencia de Finlandia y Ucrania, lo que en la práctica
suponía la pérdida de unos vastísimos contingentes de población y recursos.
Pero la paz era un paso indispensable si los bolcheviques querían cimentar su
permanencia en el poder. La firma del tratado consagraba la victoria de
Alemania en el frente oriental pero, lamentablemente, no supuso el fin de los
conflictos ni de las desgracias del pueblo ruso. En aquel momento ya había
estallado una guerra civil en la que los partidarios de derribar a los
bolcheviques se habían organizado para atacarles desde varias regiones. En el
caso de Rusia el fin de la Gran Guerra no supuso la llegada de la paz. Esta
tardaría todavía muchos años en llegar.
Capítulo
7
La
ciencia al servicio de la muerte
La
guerra ha sido una de las más vergonzosas compañeras de trayecto de la
humanidad a lo largo de su historia. Desde los carros asirios hasta los
bombardeos controlados por ordenador, la táctica bélica ha evolucionado al
compás del desarrollo tecnológico de las sociedades que, incapaces de encontrar
otra vía, han resuelto mediante la violencia sus conflictos. Hoy, cuando los
ataques aéreos como el que inició la Segunda Guerra del Golfo se retransmiten
en tiempo real por televisión, resulta difícil imaginar la guerra como una
empresa no tecnologizada, sin grandes carros blindados, armas de repetición
casi infinita, aviones velocísimos capaces de arrasar poblaciones enteras
mediante bombardeos, potentes acorazados o submarinos cargados de torpedos,
ingenios de artillería de capacidad destructiva inverosímil o misiles y armas
nucleares que pueden lanzarse desde una punta del planeta a la opuesta. Sin
embargo, esta forma de guerra es, en términos históricos, reciente, pues su
origen data de comienzos del siglo XX y los primeros hombres que tuvieron la
desgracia de vivirla fueron quienes protagonizaron el espantoso conflicto que
bautizaron como Gran Guerra.
La
Primera Guerra Mundial marcó un punto de inflexión en la historia contemporánea
al propiciar una serie arrolladora de cambios en todas las facetas de la vida
humana. Fruto de aquellos cuatro interminables años desaparecieron grandes
imperios como el ruso, el austro-húngaro o el alemán, los derechos políticos se
extendieron a la práctica totalidad de la población, se redefinieron fronteras
en todo el mundo, se sembró la semilla de las ideologías políticas que habrían
de marcar de forma indeleble las siguientes décadas, el fascismo y el
comunismo, las mujeres conquistaron el espacio público, las artes abrieron
caminos expresivos revolucionarios, Estados Unidos surgió en la escena
internacional como nuevo protagonista indiscutible… Pero la guerra también supuso
un cambio profundo en la propia naturaleza de los conflictos bélicos. Aunque
algunas contiendas previas como la guerra de Secesión norteamericana o la
guerra franco-prusiana sirvieron como laboratorio de pruebas para el uso de
nuevas armas nacidas de la moderna sociedad industrial, fue entre 1914 y 1918
cuando por primera vez en la historia los métodos de producción industrial y
tecnológica se aplicaron a pleno rendimiento a la guerra. El resultado fue una
situación también inédita, el empate técnico entre los contendientes, lo que
convirtió el conflicto en una «guerra de desgaste», es decir, un enfrentamiento
en el que la victoria no dependía de la superioridad de recursos en el frente
sino de la capacidad de agotar los del contrario.
Desde
el punto de vista tecnológico, la Gran Guerra supuso la aparición de algunas de
las innovaciones militares más importantes del siglo como los carros de combate
blindados, la aviación de combate, las armas químicas o los submarinos
torpederos. En un conflicto de dimensiones sin precedentes, la ciencia se puso
como nunca antes al servicio de la guerra y contó para ello con todos los
recursos que le ofrecía la producción industrial en masa. Las novedades
técnicas marcaron una nueva forma de desarrollo de los conflictos armados
multiplicando su capacidad destructiva y deshumanizando hasta el extremo el
concepto de combate. Pero al mismo tiempo, el impulso tecnológico propiciado
por la guerra abrió la puerta a la aplicación de aquellas nuevas tecnologías fuera
del ámbito bélico, mejorando las posibilidades de comunicación gracias a los
aviones, el perfeccionamiento de los motores de combustión interna o de los
métodos de navegación. Pese a ello, las grandes novedades de la tecnología
militar surgidas en aquellos años servirían fundamentalmente para que tan sólo
dos décadas más tarde el mundo volviese a enfrentare en un conflicto todavía
más cruel y destructivo, la Segunda Guerra Mundial. El hermanamiento de
tecnología industrial y guerra iniciado en 1914 abrió sendas por las que,
desgraciadamente, aún se transita en nuestros días.
§.
Pertrechados para la guerra
Cuando
en agosto de 1914 millones de hombres fueron movilizados en toda Europa
arrastrados por una corriente de entusiasmo generalizada no podían imaginar el
infierno que les aguardaba en el frente. Hasta entonces la guerra había
discurrido por unos cauces que nada tenían que ver con lo que iba a suceder en
los siguientes cuatro años. La importancia táctica de los combates cuerpo a
cuerpo de la infantería o la capacidad ofensiva y defensiva de la caballería
que habían resultado determinantes en las grandes contiendas europeas
precedentes (las guerras napoleónicas y la franco-prusiana), iba a ser
literalmente arrollada por las nuevas dinámicas impuestas por la moderna
tecnología bélica. Sin embargo, en el momento del estallido de la contienda ni
siquiera en el ámbito del ejército profesional se había interiorizado el cambio
de modelo que había empezado a anunciarse en enfrentamientos coloniales como la
guerra de los bóers (1899-1902) siendo quizá la muestra más evidente de ello
los propios equipamientos de los soldados.
Como
apuntan los investigadores Francesc X. Hernández y Xavier Rubio, «al comenzar
la Primera Guerra Mundial, en 1914, el equipo de los soldados no se había
modificado demasiado con respecto a los usados en la guerra franco-prusiana, a
excepción de los fusiles». Especialmente llamativo fue el caso francés ya que
al comenzar la guerra los soldados galos aún empleaban el mismo uniforme de
1830 compuesto por capote azul, y pantalones y quepis (un tipo de gorro con
visera) rojos. Por difícil que resulte de creer, pesaba más la consideración
del pantalón rojo como símbolo nacional que las ventajas defensivas de las
ropas pardas como medio de camuflaje. Sería necesaria la muerte de miles de
soldados para que las autoridades francesas sustituyesen a finales de 1914 los
vistosos uniformes clásicos por otros de un color más neutro, cuestión
problemática debido al control que Alemania tenía sobre los materiales de
tinte, hasta llegar tras diversos experimentos al llamado bleu horizon (azul
horizonte). Aunque la experiencia había llevado a británicos y alemanes a
reemplazar las tradicionales guerreras rojas y azules de sus soldados por unos
más prácticos uniformes caqui y gris feldgrau, ningún ejército disponía en 1914
de un casco adecuado para hacer frente a las nuevas armas que protagonizaron la
guerra. Las explosiones provocadas por las granadas y la metralla que
acompañaba a estas y a la artillería revelaron rápidamente la necesidad de
modificar tales protecciones. Así, la gorra con visera británica o el Pickelhaube
de cuero alemán (peculiar casco de parada con un pico decorativo en la parte
superior) fueron respectivamente sustituidos en 1916 por el Brodie (con forma
de plato) y el Stahlhelm (literalmente «casco de acero», que cubría la parte
posterior del cuello y era liso), ambos de acero. Por su parte, los franceses
abandonaron en 1915 el quepis por el casco Adrian, asimismo de acero,
redondeado y con una pequeña cresta en sentido longitudinal.
En
el equipo habitual de cualquier soldado durante el conflicto figuraban diversas
armas ligeras entre las que nunca faltaba un fusil. Desde finales del siglo XIX
los fusiles habían alcanzado un alto grado de perfeccionamiento y, aunque con
pequeñas diferencias, los empleados por los distintos contendientes fueron
bastante similares entre sí. Todos ellos eran de cerrojo, es decir, no
automáticos, variando la cantidad de balas que podía albergar su cargador. Los
soldados británicos empleaban los Lee-Enfield Short Magazine (SMLE), calibre
303 (7,7 mm), que eran los más rápidos de su época ya que su cerrojo era
especialmente ágil y su cargador tenía diez proyectiles; un tirador experto
podía efectuar hasta treinta disparos por minuto. Los alemanes empleaban el
modelo en que se basaba la mayor parte de fusiles de comienzos del siglo, el
Mauser G98 de 7,5 mm y cargador de cinco balas, menos rápido que el inglés pero
mejor que el Lebel francés de 8 mm, también de repetición de diez cartuchos. A
los cañones de estos fusiles se acoplaba un arma de gran utilidad para el
combate cuerpo a cuerpo pero que, como los uniformes, parecía hablar de otra
época, la bayoneta. Se trataba de un arma blanca compuesta por una hoja muy
afilada que se encajaba en el extremo del cañón del fusil y que algunos
soldados dentaban para aumentar su capacidad letal. Las bayonetas habían
demostrado durante siglos su efectividad pero esta se vinculaba a tácticas de
ataque a pecho descubierto que en 1914 las verdaderas protagonistas del conflicto,
las ametralladoras, convirtieron en parte de la historia.
En
palabras de Francesc X. Hernández y Xavier Rubio, «los primeros meses de la
Primera Guerra Mundial resultaron traumáticos por la gigantesca carnicería que
provocaron las armas automáticas, y por el colapso de las tácticas de ataque de
tradición napoleónica». El empleo de las ametralladoras convirtió en verdaderas
masacres las cargas de infantería en las que los hombres caían acribillados por
miles bajo la incesante lluvia de disparos. Los primeros en incorporar las
ametralladoras a su arsenal fueron los alemanes, que disponían de 40 000 al
inicio del conflicto, diezmando con ellas a las tropas aliadas del frente
occidental que, aunque tardaron en reaccionar más de lo razonable (pues pese a
haberlas empleado en conflictos coloniales consideraban que rompían con los
usos de guerra propios de Europa), las incorporaron a sus equipos a partir de
1915. El modelo de ametralladora por excelencia fue el Maxim alemán cuyo nombre
obedece al de su inventor, el estadounidense Hiram Maxim, que en 1884
desarrolló un sistema de recarga automática empleando la fuerza del retroceso
del disparo. La recarga automática permitía combinar velocidad con una
increíble cadencia de fuego de modo que, como indica el especialista en
historia militar Jesús Hernández, «la ametralladora alemana Maxim efectuaba
quinientos disparos por minuto, por lo que algunas unidades podían llegar a
disparar un millón de balas por día». Algunos modelos incorporaron además
depósitos de agua con los que se evitaba el calentamiento del cañón que podía entonces
disparar sin cesar.
Las
Maxim se colocaban sobre un soporte metálico de modo que la ametralladora en
conjunto pesaba en torno a los cuarenta y cinco kilos. Pese a las dificultades
de transporte que ello comportaba, su increíble efectividad (una sola de ellas
podía cubrir unos quinientos metros de frente) la convirtió en el arma estrella
del momento. Junto a las Maxim alemanas y las Vickers inglesas hechas a partir
de las primeras, también se emplearon otros modelos menos pesados (de unos
trece kilos más o menos) como la Lewis de los norteamericanos y belgas o la
Chaucat francesa. Mucho más ligeras eran las granadas que también figuraban en
el equipo habitual de los soldados y resultaban especialmente útiles en
operaciones de asalto. Al comienzo de la guerra los modelos disponibles no eran
demasiado seguros y estallaban con facilidad en el momento de ser lanzadas. Sin
embargo rápidamente se solucionaría este problema gracias a la llamada Granada
Nº 5 o Mills que comenzó a usarse en 1915. Creada por el británico William
Mills, su mayor ventaja residía en su diseño en forma de piña que la convertía
en un explosivo seguro y de gran capacidad destructiva. Junto con ella fue
también muy popular en las filas alemanas la Stielhandgranate Modelo 24 que
incorporaba un vástago cilíndrico de madera para facilitar su lanzamiento.
Una
de las novedades armamentísticas de la Primera Guerra Mundial fue el
lanzallamas, que permitía dirigir un chorro de fuego de forma controlada sobre
un objetivo situado a más de veinte metros de distancia. Su diseño era
relativamente sencillo pues consistía en un depósito de combustible que se
llevaba como una mochila a la espalda y que estaba conectado a un conducto por
el que salía el fuego. Sin embargo su uso podía ser extremadamente peligroso,
razón por la que los cuerpos de lanzallamas estuvieron integrados por soldados
que habían sido bomberos en la vida civil. Fue empleado por primera vez en el
frente occidental por los alemanes, que consiguieron aterrorizar a las tropas
francesas con aquellos cañones de fuego de los que era imposible defenderse.
Como recuerda Álvaro Lozano, «los lanzallamas eran tan odiados que cualquier
soldado enemigo que fuese atrapado con uno de ellos era susceptible de ser
fusilado en el acto». Pese a su espectacularidad los lanzallamas tuvieron un
mayor efecto psicológico que táctico ya que portar un depósito de combustible
en un campo de batalla podía ser una idea poco recomendable.
Conforme
fue avanzando la campaña los uniformes y equipo de los contendientes se fueron
adaptando a las necesidades defensivas impuestas por las nuevas armas, de modo
que a las pesadas mochilas y el armamento ligero habitual, se incorporaron
elementos como las caretas antigás o ropas de cuero para evitar la acción del
terrible gas mostaza, e incluso auténticas armaduras y escudos. Todo ello, si
bien mejoraba la capacidad defensiva de los soldados, contribuía a dificultar
enormemente la agilidad de sus movimientos que, en las estrechas trincheras, ya
resultaban lo bastante complicados. Y es que quizá la seña de identidad por
excelencia de la Primera Guerra Mundial fue la llamada guerra de trincheras.
§.
Enterrados para vivir
Las
trincheras se emplearon como sistema defensivo con el que protegerse de la
acción de la artillería y las armas de repetición. Su uso había tenido
precedentes en la guerra de Secesión norteamericana (1861-1865) y la
ruso-japonesa (1904-1905), pero fue durante la contienda iniciada en 1914
cuando alcanzó su expresión culminante. Desde los primeros meses de la misma y
frente a la movilidad propia del frente oriental, la guerra en el frente
occidental se volvió estática. La igualdad técnica de los contendientes
convirtió la que se había concebido como breve campaña bélica en una
interminable foto fija. Tras los iniciales movimientos de tropas y la llamada
«carrera hacia el mar» para fijar posiciones, el frente se distribuyó en torno
a una línea que iba desde el canal de la Mancha hasta los Alpes. Fue entonces
cuando se procedió a excavar a ambos lados de este eje un intrincado sistema de
trincheras separadas por una «tierra de nadie» que permitiese resistir la
ofensiva enemiga. Se trataba de un verdadero laberinto de zanjas de profundidad
variable pero suficiente para ocultar a un hombre, reforzadas con madera y
cemento, comunicadas entre sí por túneles subterráneos y protegidas por alambre
de espino. Se construían en zigzag para evitar la propagación de la acción
destructora de las bombas y obstaculizar el avance de los enemigos en caso de
que lograsen penetrar en ellas. Como recuerda Jesús Hernández, «la táctica para
tomar las trincheras enemigas permaneció inalterable durante casi toda la
guerra. Se lanzaba sobre ellas una lluvia de bombas para que el enemigo
retrocediese, abandonando las posiciones más adelantadas. Por su parte, los
atacantes iban avanzando amparados por la cortina de fuego que les precedía, y
tomaban las trincheras vacías. Pero esta amable teoría se venía abajo una y
otra vez ante la dura realidad; los defensores cavaban profundos refugios que
les protegían de las bombas y aparecían con sus ametralladoras en cuanto cesaba
el fuego».
La
combinación defensiva de trincheras y ametralladoras demostró ser
verdaderamente eficaz, de forma que durante meses las posiciones de los
contendientes en el frente occidental apenas llegaron a variar unos pocos
metros. La desesperación de mandos y tropas no podía ser mayor pues la sangría
humana era imparable y el problema de tomar las trincheras irresoluble.
Finalmente serían los británicos quienes lograsen cortar el nudo gordiano. El
15 de septiembre de 1916, en plena batalla del Somme, los soldados alemanes
comenzaron a escuchar una serie de ruidos desconocidos que lentamente se iban
acercando al tiempo que el suelo vibraba. Espantados, vieron surgir en el
horizonte la silueta de varias moles metálicas que avanzaban directamente hacia
ellos escupiendo proyectiles y aplastando todo lo que encontraban a su paso. Se
trataba de los Mark I, los primeros carros de combate blindados de la historia.
Un
año antes de aquellos hechos, un periodista de guerra inglés, Ernest Swinton,
reflexionando sobre el problema de superar las trincheras había logrado
desarrollar un proyecto de vehículo blindado en el que las ruedas se
reemplazaban por grandes orugas que permitían avanzar en terrenos blandos o
fangosos y remontar repechos. Su idea fue recibida con frialdad por los mandos
del ejército británico, pero no por el Primer Lord del Almirantazgo (título
equivalente al de ministro de Marina), Winston Churchill, que haciendo gala de
su intuición supo ver las posibilidades de desbloqueo que la idea de Swinton
abría. Así, decidió desviar secretamente 75.000 libras esterlinas de los fondos
del Almirantazgo para iniciar la construcción del primer prototipo. El proyecto
se mantuvo completamente en secreto hasta el punto de que cuando las primeras
unidades fueron embarcadas hacia Francia se embalaron como «tanques» de agua
para Mesopotamia, nombre con el que aún hoy se denomina popularmente a los
carros blindados.
Pese
a su aspecto imponente los Mark I presentaban varios problemas que limitaban su
efectividad. Eran extremadamente lentos (se movían a unos 3,2 km/h), poco
manejables para maniobrar, su visibilidad a través de ranuras era deficiente y
la combustión del motor recalentaba el habitáculo a más de cuarenta grados
además de generar gases que hacían su interior aún más irrespirable. Por otra
parte, para manejar aquellas moles de casi treinta toneladas de peso eran
necesarias ocho personas, unas para dirigirlo y otras para hacerse cargo de las
armas montadas en ellos (dos fusiles y cuatro ametralladoras o seis
ametralladoras según el modelo). Como apunta el historiador militar Michael S.
Neiberg, «de los 49 carros de combate que se llevaron al frente el 15 de septiembre,
únicamente 18 entraron en acción. El resto fueron víctimas o de los problemas
mecánicos o de la precisión del fuego artillero de los cañones alemanes.
Aquellos que participaron en la refriega y sobrevivieron causaron un
granimpacto en la moral de los hombres que los vieron. Los soldados alemanes
salían corriendo aterrorizados, y los británicos corrían detrás riendo y
gritando». A pesar de la mejora de diseño de los carros blindados y los
progresos en su utilización, combinada con infantería e incluso aviación, esta
nueva arma, como todas las demás aparecidas en la Gran Guerra, no lograría
desatascar a los contendientes de sus posiciones estáticas —cuando Alemania
pidió el armisticio a finales de 1918 fue por agotamiento, pero las respectivas
líneas habían variado poco—. Sin embargo la aparición de los tanques iba a
marcar en el futuro una nueva forma de hacer la guerra, y desde luego el final
de la guerra de trincheras, como se vería en la Segunda Guerra Mundial.
La
posibilidad de superar las trincheras gracias a los carros blindados motivó que
se comenzase a trabajar rápidamente en la producción de modelos propios tanto
en Alemania como en Francia. Los alemanes dispusieron de tanques en otoño de
1917, los Sturmpanzerwagen A7V inspirados en los británicos y muy similares a
ellos. Mientras en Francia el ejército trabajó con la Renault para crear el
primer carro de combate con torreta giratoria, el FT-17, que estuvo disponible
para las mismas fechas. El tanque francés era mucho más ligero que el británico
(pesaba menos de la mitad que los Mark I) y también más rápido ya que alcanzaba
cerca de los 7 km/h. Sobre su casco podía montarse un cañón de 37 mm o una
ametralladora que podían girar 360 grados junto con la torreta, si bien esta se
movía de forma manual. Tanto los AV7 como los FT-17, al igual que los carros de
combate británicos, sólo tuvieron un papel relevante en la contienda a lo largo
de su último año (el primer y espectacular uso masivo de tanques en combate se
produjo en la batalla de Cambrai en noviembre de 1917). Sin embargo, los
tanques no fueron la única novedad que causó el estupor de los contendientes.
Otras formas de muerte atronadoramente ruidosas o peligrosamente silenciosas
también entraron en la escena militar durante la Gran Guerra.
§.
Todo es posible, todo vale: artillería y muerte química
Al
comienzo de la contienda, en agosto de 1914, la primera acción de guerra del
ejército alemán anunció que el enfrentamiento que se avecinaba poco o nada iba
a tener que ver con los del pasado. La puesta en práctica del llamado «Plan
Schlieffen», que pretendía hacer caer a Francia sorprendiéndola con un ataque
rápido, suponía el paso de las tropas alemanas por la neutral Bélgica. Para
ello el primer gran obstáculo era la ciudad fortificada de Lieja considerada
hasta entonces inexpugnable. El ataque alemán se inició con el primer bombardeo
aéreo de la historia europea para el que se empleó un dirigible y al que siguió
una lluvia de obuses lanzados por gigantescos cañones que pulverizaron el
sistema de fortalezas belga. En palabras de Michael S. Neiberg, «los alemanes
no pretendían asediar las fortificaciones belgas; lo que planeaban era
arrasarlas con artillería moderna fabricada con ese propósito». Y para ello
contaban con la última creación de los ingenieros de las industrias Krupp, los
Gran Berta (Grosse Bertha), unos cañones de enorme tamaño bautizados así en
honor de la heredera de la firma que tampoco era precisamente pequeña y a la
que, según parece, no debió hacerle mucha ilusión que se lo recordaran.
Los
Gran Berta eran unos potentísimos morteros de 420 mm de calibre capaces de
lanzar proyectiles de casi una tonelada de peso con un ángulo tan amplio que
caían en vertical, lo que equiparaba su capacidad destructora a la de las
bombas lanzadas desde el aire. Su acción combinada con la de varios obuses de
280 mm, que podían lanzar su carga explosiva a distancias de 10 km, y la de
baterías de morteros de gran ángulo de tiro de 305 mm convirtió la toma de
Lieja en un paseo triunfal para las tropas del káiser. Pero la mayor innovación
en cañones de asedio haría su aparición en el conflicto mucho después y, una
vez más, de mano de los alemanes.
En
marzo de 1918 el general Erich von Ludendorff, persuadido de la necesidad de
dar un golpe de gracia a los aliados en el frente occidental antes de que la
presencia de tropas norteamericanas decantase a su favor la balanza, encabezó
la última gran ofensiva alemana en Francia. El impulso germano logró el mayor
avance en el frente occidental de toda la guerra acercándose peligrosamente a
París, uno de los objetivos de Von Ludendorff. El día 23 las tropas alemanas se
encontraban a poco más de cien kilómetros de la capital francesa y ese mismo
día a las ocho y veinte de la mañana comenzó un bombardeo que los parisinos,
incapaces de concebir una acción de artillería desde tal distancia, creyeron
ataque aéreo. Se trataba en realidad de los efectos de los cañones Káiser
Guillermo que desde entonces también se conocerían como «cañones París», aunque
algunas fuentes los confunden con el Gran Berta. Eran unas inmensas piezas de
artillería, obra de la Krupp, de 210 mm de calibre dotadas de un cañón de casi
40 m de longitud y capaces de lanzar proyectiles a 120 km de distancia, cuya
trayectoria alcanzaba la estratosfera antes de caer. Su increíble tamaño y peso
(150 toneladas) obligaba a montarlos sobre vagones de tren desde donde eran
empleados con intención básicamente disuasoria, ya que no permitían precisar el
objetivo de los bombardeos, lo que unido a la necesidad de reemplazar con
frecuencia el cañón por el calentamiento alcanzado y a su altísimo coste hizo
que los alemanes prefiriesen emplear el resto de los recursos que les ofrecía
su fabulosa artillería. Aun así, durante la ofensiva Ludendorff los Káiser
Guillermo llegaron a bombardear más de cuarenta veces París provocando la
muerte de doscientos cincuenta y seis civiles (setenta de ellos con un solo
proyectil que cayó en una iglesia) y causando seiscientos veinte heridos.
Sin
embargo, la página más siniestra de las novedades armamentísticas de la guerra
sería escrita por la colaboración entre esta y la industria química. El empleo
de gases tóxicos en el ataque bélico estaba expresamente prohibido por las
convenciones de La Haya de 1899 y 1907 pese a lo cual, primero los alemanes y
más tarde los aliados, no dudaron en usarlos. El gas lacrimógeno fue el primer
elemento químico empleado por los alemanes en la Gran Guerra. No se trataba de
un gas letal, pero producía una fuerte irritación de los ojos y mucosas que
dejaba inoperantes a los soldados. Fue probado en el frente occidental contra
las tropas francesas y en el oriental, con menos éxito, contra las rusas pues
las bajas temperaturas provocaron su congelación inutilizándolo. Pero los
alemanes buscaban un gas de efectos devastadores con el que lograr desbloquear
la estancada guerra de trincheras del frente occidental y en ese sentido su
primer logro sería el asfixiante gas de cloro. El 22 de abril de 1915 se
produjo en Ypres el primer ataque alemán con esta sustancia. El objetivo de la
acción era exclusivamente probar su eficacia y así cuando el aire comenzó a
soplar en dirección a las trincheras francesas liberaron el contenido de cuatro
mil cilindros de gas. Una nube verdosa comenzó a acercarse a las líneas aliadas
en las que los soldados aterrorizados empezaron a huir y tratar de protegerse
las vías respiratorias con pañuelos mojados en su propia orina, por indicación
de los médicos que habían identificado el cloro. El ataque fue un éxito para
los alemanes aunque el uso de gas de cloro presentaba importantes
inconvenientes. El más notable de todos ellos era la imposibilidad de
controlarlo pues un simple golpe de viento podía volver el gas contra quienes
lo empleaban. Por otra parte, para que los ataques con gas resultasen
verdaderamente efectivos era necesario alcanzar un alto nivel de saturación del
aire que permitiese la formación de una nube tóxica letal, lo que obligaba a
disponer de un gran número de proyectiles con contenido gaseoso para lograrlo.
Estos
y otros problemas eran los que el químico alemán Fritz Haber, padre del uso
militar del gas de cloro, trataba de solventar cuando consiguió aplicar a uso
militar un gas aún más venenoso que el cloro, el fosgeno. El fosgeno era
también un gas asfixiante pero de efectos letales mucho mayores que el cloro en
concentraciones más pequeñas. Además se trataba de un gas incoloro y de
agradable olor a heno, lo que evitaba la alerta del enemigo antes de que
comenzasen a notarse sus efectos, de forma que el fosgeno fue el agente químico
que más muertes produjo durante la Primera Guerra Mundial. Aunque para 1916 ya
se disponía de un primer equipo para contrarrestar los ataques con gas (unas
rudimentarias mascarillas de caucho que contenían un paño mojado en agentes
químicos y que había que situar sobre la nariz), estos continuaron
aterrorizando a quienes los padecían. Como recuerda Jesús Hernández, «en cada
trinchera había una campana o un objeto metálico —normalmente un proyectil
vacío— para que, al ser golpeados por un vigía, diesen la alarma de que se
estaba produciendo un ataque con gas. En pocos segundos los soldados debían
colocarse la máscara, de la que nunca podían separarse. El estrés psíquico que
suponía poder ser atacado en el momento más inesperado era casi insoportable,
pero lo peor de esta nueva arma era la angustiosa muerte que esperaba a los
soldados que resultaban gaseados».
Aún
más temido que el cloro y el fosgeno fue el gas mostaza. Descubierto en 1917
por Haber, fue empleado por primera vez en julio de ese mismo año. A diferencia
de los anteriores el gas mostaza no producía asfixia pero su simple contacto
originaba terribles quemaduras en la piel y, especialmente, en los ojos y
tejidos blandos. Los soldados quedaban ciegos y con la práctica totalidad de la
superficie corporal afectada, razón por la que empezaron a popularizarse las
ropas de cuero que cubrían todo el cuerpo como forma de protegerse de las
quemaduras. Al tiempo, las máscaras antigás se fueron perfeccionando y así
empezaron a incluir cristales para proteger los ojos y un tubo para respirar
conectado a un cilindro con un filtro para el aire. El uso de gases químicos
fue una de las facetas más crueles de la Gran Guerra y que más contribuyó a
alimentar la propaganda aliada sobre la brutalidad alemana. Aunque el número de
bajas causadas por este tipo de ataques fue proporcionalmente mucho menor que
el causado por los bombardeos o las ametralladoras, el impacto que produjeron
sobre la moral colectiva fue enorme. La deshumanización de la guerra alcanzaba
con ellos su expresión más acabada, aunque en aquellos años cada novedad
aumentaba la escalada del horror de modo extraordinario. Una de ellas fue la
inauguración de una de las más terribles e indiscriminadas prácticas bélicas
contemporáneas, los bombardeos aéreos.
§.
Ya ni el cielo nos protege
En
el momento de estallido de la guerra el uso de medios aéreos para fines
militares era ya conocido, pues ya durante el asedio de París en la guerra
franco-prusiana (1870-71), en la guerra de los bóers (1899-1902) o en la de
Cuba (1898) se habían empleado globos de reconocimiento, mientras que en la
ítalo-turca de 1911-1912, las balcánicas de 1912-1913 y en las campañas
españolas en el norte de África en 1913-1914, se habían probado tímidamente los
aviones. Sin embargo, en agosto de 1914 la tecnología aérea no permitía
considerar propiamente los aviones como un arma eficaz para la guerra, razón
por la que durante la mayor parte del conflicto sus funciones se vincularon más
a acciones de reconocimiento que de ataque. La posibilidad de espiar las
posiciones enemigas desde el aire abría una fuente de importantísima
información táctica hasta entonces desconocida y que resultaba especialmente
útil en el frente occidental, donde la guerra de trincheras había dejado
obsoletos los tradicionales reconocimientos realizados por la caballería. Pero
a medida que fue avanzando la contienda fueron haciéndose evidentes las grandes
posibilidades militares de los medios aéreos, sobre todo de los aviones, de
suerte que la fuerza aérea se convertiría tras la guerra en un recurso bélico
de primer orden.
Los
medios aéreos empleados durante la Primera Guerra Mundial fueron los globos
cautivos, los dirigibles y los aviones y se emplearon en tres funciones
básicas, la observación, la persecución y el bombardeo. Los primeros se usaban
únicamente con fines de observación. Se trataba de un tipo de globos
aerostáticos que podían llegar a medir hasta sesenta metros de largo y estaban
hechos de tejido de algodón recauchutado que se rellenaba de gas y aire para
ascender. Permanecían siempre anclados a tierra, de ahí el nombre de cautivos,
por lo que la observación del frente enemigo se realizaba desde el propio y no
adentrándose en él. Los observadores, habitualmente dos, se situaban en una
cesta de mimbre colgada en la zona central del globo. Este podía elevarse lo
bastante como para permitir divisar la disposición táctica de un frente enemigo
situado a unos veinte kilómetros. Pese a su utilidad, presentaba varias
limitaciones ya que al elevarse sobre el propio frente no posibilitaba la
visión de la retaguardia enemiga, su uso dependía de las condiciones
climatológicas y era muy vulnerable a cualquier ataque aéreo o terrestre.
Frente
a ellos, los dirigibles (también conocidos como zepelines) resultaban mucho más
versátiles. Nacidos al comenzar el siglo, combinaban la aerostática con la
tecnología de propulsión a motor. Sus enormes cuerpos (entre cuarenta metros,
las clases SS y SSZ británicas, y 226 metros, el LZ alemán) estaban formados
por una serie de compartimentos rellenos de hidrógeno unidos por un esqueleto
de aluminio y un motor, lo que les dotaba de gran autonomía, velocidad (en
torno a los 100 km/h) y capacidad para maniobrar. Además podían transportar
desde suministros a bombas y realizar tareas de reconocimiento adentrándose en
la zona enemiga. Por todo ello, fue especialmente querido para los alemanes,
quienes al comenzar la guerra disponían de una nada desdeñable flota de treinta
aparatos. Al igual que los globos, el clima se encontraba entre sus peores
enemigos, pese a lo cual eran mucho más seguros dada la gran altura que podían
alcanzar.
Los
alemanes fueron los primeros en emplear los bombardeos aéreos contra población
civil como estrategia de guerra y para ello usaron precisamente los zepelines.
Así, en agosto de 1914 un zepelín LZ convirtió a Lieja en la primera ciudad
europea en ser bombardeada. En enero de 1915 la audacia alemana llegó más lejos
pues dos dirigibles germanos lanzaron varias bombas sobre la costa británica de
Norfolk. Se trató de una acción muy imprecisa ya que aún se desconocía la
influencia de la aerodinámica sobre la trayectoria de los proyectiles lanzados,
pero sirvió de experiencia práctica para realizar poco después el primer
bombardeo sobre Londres. En la noche del 31 de mayo de ese mismo año, un
dirigible alemán comenzó a arrojar bombas sobre la capital inglesa ante la
incredulidad y el terror de la población, que por primera vez descubría que la
guerra ya no sólo se libraba en el frente.
Por
su parte, los aviones apenas tenían una década de existencia cuando estalló la
guerra y en consecuencia su tecnología se encontraba aún en una fase
embrionaria. Sin embargo, cuando esta finalizó la aviación había evolucionado
de forma extraordinaria fruto de la conciencia de su utilidad estratégica. En
palabras de Michael S. Neiberg, «la importancia de la aviación condujo a un
incremento enorme del gasto que buscaba aumentar tanto la cantidad como la
calidad de los aparatos. En 1914 los beligerantes apenas tenían más de 800
aviones entre todos. Sin embargo, a lo largo de la guerra se construyeron casi
150 000 aparatos. Los motores aumentaron su potencia y el fuselaje se hizo más
largo y resistente. Para ocuparse de estos aviones, las grandes potencias adiestraron
a miles de pilotos, mecánicos, observadores y demás personal de apoyo, y se
produjo un incremento descomunal de la aviación en todos los países».
Desde
los primeros momentos de la contienda los aviones se emplearon para realizar
tareas de reconocimiento y así en agosto de 1914, en Mons, la Fuerza
Expedicionaria Británica pudo ser avisada de los movimientos del ejército
alemán y el alcance de su artillería gracias al reconocimiento llevado a cabo
por varios aviones británicos. Las acciones de este tipo se multiplicaron
exponencialmente a lo largo de los cuatro años del conflicto siendo esenciales
en enfrentamientos tan destacados como los del Marne, Neuve Chapelle, Verdún…
La tarea de los pilotos no sólo se limitaba a proporcionar información sobre
las posiciones de las tropas enemigas (para lo que resultó indispensable la
fotografía aérea), sino que también permitía dirigir la acción de la artillería
al indicar los puntos a los que esta debía orientarse. De forma progresiva y
natural la aviación se fue integrando con el resto de los recursos militares y
para 1918 la coordinación de aviones, artillería y fuerzas de tierra comenzó a
ser un instrumento habitual en los combates.
El
mayor peligro para los aviones de reconocimiento eran los aviones de
reconocimiento enemigos. En origen los aviones no disponían de un sistema
ofensivo propio, por lo que los pilotos solían pertrecharse con un fusil o una
pistola con los que podían abatir un aparato enemigo o tratar de defenderse si
eran atacados. El intento de abatir aviones de reconocimiento dio origen a la
aparición de los llamados «cazas», es decir, aviones armados que se dedicaban a
perseguir y derribar otros aviones. En los primeros meses de la guerra la única
posibilidad de disparar desde un avión pasaba por el uso de las armas ligeras
que llevaba consigo el piloto o, en el mejor de los casos, el copiloto. Pronto
se pensó en la utilidad de acoplar ametralladoras al aparato pero con ello se
planteaba un problema técnico, ya que no era posible para el piloto dirigir el
avión y disparar al mismo tiempo. Para hacerlo la ametralladora debía estar
situada en el morro del avión y por tanto las balas podían alcanzar la hélice y
provocar su caída. En consecuencia las primeras ametralladoras fueron empleadas
en aparatos en los que se contaba con un copiloto que, obviamente, podía
disparar en todos los ángulos menos hacia el frente. Sin embargo, a comienzos
de 1915 los aviones alemanes empezaron a ser derribados por un aparato francés
cuyo piloto parecía haber resuelto el problema. Se trataba de Roland Garros y
su «mecanismo deflector».
§.
Mitos con alas
El
francés Roland Garros había alcanzado la fama como piloto en el año 1913 al
lograr cruzar por primera vez el Mediterráneo a bordo de un avión. Incorporado
al ejército durante la guerra, intentó dar solución al controvertido problema
de disparar a través de las hélices para lo que se le ocurrió forrar estas con
planchas de hierro. El invento era bastante pedestre pero razonablemente
efectivo pues permitía al piloto controlar el avión y disparar al mismo tiempo,
si bien buena parte de las balas rebotaban en las hélices desperdiciándose o
pudiendo herir al propio piloto. El 19 de abril de 1915 Garros se vio obligado
a realizar un aterrizaje forzoso en territorio enemigo y aunque tras varios
días consiguió escapar, el accidente dio la oportunidad a los alemanes de
estudiar el misterioso mecanismo que tanto les había sorprendido. Pero el
blindaje empleado por el francés presentaba demasiados inconvenientes de modo
que continuaron buscando una solución más eficaz al problema. Poco después, el
diseñador aeronáutico holandés Anthony Fokker, que llevaba tiempo trabajando
para los alemanes, dio con la clave del asunto al crear un sistema de
interrupción del disparo en el momento en que las hélices pasaban por la línea
de fuego de la ametralladora. El hallazgo conseguía sincronizar el motor del
avión y el arma gracias a unas palancas que al girar con la hélice activaban y
desactivaban el mecanismo de disparo. Esa misma primavera los primeros aviones
alemanes en incorporar el sistema, los Fokker Eindecker, empezaron a surcar el
cielo y a finales de 1915 todos los aviones alemanes contaban con él.
Durante
un tiempo el interruptor Fokker dio a los alemanes una enorme ventaja en el
aire sobre los aliados aunque estos consiguieron desarrollar un sistema
parecido que en 1916 estaba incorporado a sus aviones. La evolución técnica de
la aviación se producía a un ritmo vertiginoso. De hecho, en la misma primavera
de 1915 los aviones estaban ya capacitados para transportar cargas explosivas y
realizar bombardeos, como demostraron en el mes de mayo un grupo de aviones
británicos al lanzar ochenta y siete bombas sobre una fábrica de gas tóxico
alemana. Para marzo del año siguiente los franceses habían logrado desplazar a
los alemanes en la batalla por el control del cielo gracias a los Nieuport II,
unos aviones extremadamente ágiles y capaces de alcanzar los 160 km/h que
resultaron decisivos en Verdún.
La
respuesta alemana no se haría esperar y aunque disponían de los magníficos
Halberstadt D II, en otoño de 1916 comenzaron a emplear los primeros aviones
Albatros, los D I y D II, creados por el propio Anthony Fokker. Los Albatros
fueron los primeros aviones de guerra diseñados a partir de la experiencia real
de combate y resultaron tan eficaces que lograron volver a inclinar la balanza
del lado alemán. A principios de 1917 el Albatros D III se convirtió en la peor
pesadilla de los pilotos aliados, hasta el punto de que el número de derribos
ocasionados por el modelo alemán en el mes de abril hizo que para los primeros
este pasase a la historia como «abril sangriento». Para entonces la importancia
de la guerra en el aire era ya indudable para todos los contendientes siendo
buena muestra de ello el comentario que el general francés Philippe Pétain hizo
al ministro de la Guerra galo y que recuerda Michael S. Neiberg: «A principios
de aquel año [1917], Pétain le había dicho al nuevo ministro de la Guerra, Paul
Painlevé: “La aviación ha adquirido una importancia trascendental; se ha
convertido en uno de los factores indispensables del éxito… Se hace necesario
dominar el aire”».
A la
actividad de los Albatros se sumó poco antes del verano de 1917 la de los
bombarderos pesados Gotha G. V, capaces de transportar hasta cuatrocientos
cincuenta kilos de bombas y que el 13 de junio, junto con varios zepelines,
llevaron a cabo el primer bombardeo diurno de Londres. La campaña de bombardeos
se repitió al mes siguiente y los periódicos de todo el país comenzaron a
clamar por una respuesta contundente. El gobierno británico solicitó entonces
al general Jan Christian Smuts que realizase un informe sobre la situación de
las fuerzas de aviación (cuyo control se repartían dos cuerpos diferentes, el
Royal Flying Corps y el Royal Naval Air Service, dependientes respectivamente
del Ejército y de la Marina Real). Fruto de este se creó la primera fuerza
aérea militar independiente de la historia, la Royal Air Force, el 1 de abril
de 1918. A lo largo del año siguiente su papel sería crucial en los bombardeos
aliados de Alemania.
Por
otra parte, los avances de la aviación alemana en 1917 tuvieron su
contrapartida en el bando aliado y así vieron la luz aviones tan reseñables
como los SE 5 británicos, los Spad S XIII franceses (modelos ambos que
destacaron por su velocidad), los Bristol 14 a 17 o los famosos Sopwith Camel.
Estos últimos eran asombrosamente maniobrables gracias a la disposición
circular de su motor que, situado en la parte delantera del avión, giraba sobre
el eje de la hélice. Aunque la fuerza giroscópica asociada a ello contribuía a
desestabilizar el aparato, su particular diseño lo convirtió en uno de los
aviones que permitían las maniobras y giros más arriesgados del momento. Todos
estos modelos, así como la mayor parte de los construidos desde 1916, eran
biplanos, es decir, poseían dos líneas paralelas de alas frente a los primeros
cazas Fokker que eran monoplanos. Ya en 1918 los alemanes construirían uno de
los aviones de mayor potencia empleados en la guerra, los Fokker D VII, armados
con dos ametralladoras y dotados primero de un motor Mercedes de más de ciento
cincuenta caballos y después de uno BMW aún más potente.
A
las mejoras técnicas se sumaron además a lo largo de la guerra las de las
tácticas de ataque y si bien los cazas habían iniciado su andadura de forma
individual, pronto se empezaron a ver las ventajas de su uso conjunto. Los
primeros en utilizar los escuadrones de cazas fueron los franceses cuyas
formaciones de seis aviones (Cigognes) permitían una mayor seguridad y
efectividad de las tareas de reconocimiento dado que los aviones podían
protegerse entre sí, multiplicándose además su capacidad ofensiva tanto para
combatir en el aire como para atacar objetivos en tierra. El sistema fue
asimismo empleado por los británicos y los alemanes cuyas formaciones aéreas se
denominaron Flights y Jagdstaffel respectivamente. La táctica de vuelo en
escuadrón de estos últimos destacó por la gran habilidad exigida a sus pilotos
para hacer todo tipo de maniobras, quiebros y piruetas, razón por la que sería
bautizada como táctica de «circo». Al frente de los escuadrones solía volar un
piloto de gran reputación por los éxitos obtenidos en combate, es decir, con un
abultado número de acciones de guerra y aviones derribados a su espalda, lo que
en la época empezó a designarse como un «as». El término fue empleado por
primera vez en la prensa de París en el verano de 1915 para referirse a un
relevante piloto francés, Adolphe Pégoud, y desde entonces no dejaría de
usarse. Como tales fueron conocidos los pilotos más destacados de la guerra
como los alemanes Oswald Boelcke (responsable de cuarenta derribos) y Max
Immelmann (con quince derribos), el británico Edward Mannock (con setenta y
tres), los franceses René Fonck (setenta y cinco) y Georges Guynemer (cincuenta
y cuatro), el canadiense William Bishop (setenta y dos), el australiano Robert
Little (cuarenta y siete)… Pero sin duda alguna el más famoso de todos ellos
sería Manfred Albrecht von Richthofen, más conocido como «el Barón Rojo».
De
origen aristocrático, Von Richthofen tenía veintidós años cuando estalló la
guerra. Por entonces pertenecía al arma de caballería del ejército imperial
alemán, pero el nuevo panorama militar marcado por la contienda en el que la
caballería quedaba obsoleta le obligó a buscar un nuevo destino. Tras una breve
etapa en infantería decidió alistarse en el naciente cuerpo de aviación donde
finalmente terminaría por formar parte del Jagdstaffel 2 de Oswald Boelcke.
Desde sus primeras salidas con el escuadrón de ataque de Boelcke en otoño de
1916, comenzó a destacar por su extraordinaria habilidad y audacia. Al mando de
su Albatros II biplano era ya al año siguiente el piloto más reputado del
ejército alemán por lo que en enero se le encomendó la dirección del Jagdstaffel
11. Su imparable lista de derribos le convirtió en el piloto más temido por los
aliados pero también en uno de los más admirados por su habilidad y valentía.
En junio de ese mismo año recibió el mando de un nuevo tipo de unidad militar,
un ala de caza, la Jagdgeschwader 1, que sería la primera de la historia. En
ella se integraban tres escuadrones más junto con el Jagdstaffel 11 y tanto por
las increíbles maniobras de sus aviones como por los llamativos colores de
estos se la conoció como «circo volante o circo Richthofen». Su apodo de Barón
Rojo surgió entonces pues comenzó a pilotar un avión que pasaría de su mano a
la historia, el Fokker DR I, un increíble triplano de color rojo brillante
decorado con la cruz de barras emblemática del cuerpo de aviación alemán. A
bordo de uno de ellos sería abatido el 21 de abril de 1918. Tenía veinticinco
años y había logrado derribar ochenta aviones durante la guerra. Aunque la
autoría de su muerte aún es objeto de discusión entre quienes la atribuyen al
piloto canadiense Roy Brown o a varios soldados australianos que le habrían
disparado desde tierra, lo cierto es que con ella Von Richthofen pasó a formar
parte para siempre del terreno de los mitos. En palabras de Álvaro Lozano, «Von
Richthofen sigue siendo una de las figuras más recordadas de la Primera Guerra
Mundial. En el Barón Rojo se concentran varios elementos del mito: la
contraposición entre la modernidad (el avión) y el pasado (la aristocracia), el
inconfundible perfil de su triplano rojo (para subrayar su bravura y arrojo) y
el hecho de ser un “héroe enemigo” con un acusado sentido del honor. El Barón
Rojo mantuvo viva la ilusión de que la guerra era un gran juego en el que se
moría joven y querido por los dioses y, una vez muerto, se convertía en leyenda.
Cuando falleció, un caza inglés dejó caer un mensaje sobre las líneas alemanas:
“El caballero barón Manfred von Richthofen ha muerto en combate el 21 de abril
de 1918 y ha sido enterrado con todos los honores militares”».
Aunque
el aura de héroe de relato épico fue común a todos los pilotos durante la
Primera Guerra Mundial, su realidad distaba mucho de los cuentos. Si bien es
cierto que los miembros de la aviación no vivieron la durísima experiencia de
las trincheras, también lo es que la aviación requería un coraje fuera de lo
común. El precario desarrollo tecnológico de los aviones en aquellas fechas
exponía a los pilotos a la muerte tanto o más que una primera línea de fuego.
Sólo durante los entrenamientos para el combate murieron miles de ellos (unos
dos mil franceses según Neiberg y hasta ocho mil británicos según Lozano) y su
expectativa de vida durante el combate era increíblemente corta (de diecisiete
horas y media de vuelo para los británicos según Jesús Hernández). La belleza
de los aviones de la Primera Guerra Mundial ocultaba, como todo en ella, una
tragedia humana. Como en el aire, también en el mar la guerra mostró uno de sus
rostros más crueles y novedosos.
§.
Dreadnoughts y U-boote
A
finales del siglo XIX Gran Bretaña era la dueña indiscutible de los océanos. La
Armada Real británica había ejercido durante décadas este dominio y había sido
el instrumento fundamental en la construcción del vasto imperio colonial
británico. Los ingleses eran conscientes de su inmenso poderío naval pero
también lo eran el resto de las potencias europeas. Por esta razón cuando el
káiser Guillermo II quiso hacer de Alemania la mayor potencia de Europa no dudó
en que el camino pasaba por dotarse de una flota que pudiese competir e incluso
superar a la inglesa. Así, cuando en 1898 el almirante Alfred von Tirpitz le
presentó un plan para construir una moderna flota de combate en el Mar del
Norte el emperador apoyó el proyecto con entusiasmo. Este se puso en marcha
inmediatamente de forma que en vísperas de la Primera Guerra Mundial Alemania
se había hecho con una amenazadora marina de guerra. Gran Bretaña por su parte
no había permanecido indiferente a la escalada armamentística. Que la que era
ya una poderosa potencia económica se estuviese dotando de una peligrosa
capacidad ofensiva en los mares era algo que le inquietaba sobremanera. Los
buenos resultados que comenzó a dar pronto el plan alemán fueron un acicate
para que los británicos, que no estaban dispuestos a perder su hegemonía,
invirtiesen aún más esfuerzos y recursos para mejorar su flota. Resultado de
ello fue la aparición en diciembre de 1906 del primer gran acorazado propulsado
por turbinas de vapor y armado con artillería pesada de calibre único, el
Dreadnought.
La
aparición de este potentísimo acorazado marcaría un antes y un después en la
historia de la marina de guerra hasta el punto de que, desde entonces, todos
los acorazados pasaron a designarse genéricamente dreadnoughts y todos los
anteriores a él pre dreadnoughts. La gran novedad del modelo británico de 1906
era la desaparición de la artillería de diverso calibre que hasta entonces
había sido la seña de identidad de los acorazados. Los cañones de calibre
intermedio sólo resultaban útiles cuando el barco se encontraba en el campo de
alcance del buque enemigo y no parecía demasiado razonable exponerse a ese
peligro si el oponente podía ser eliminado desde una distancia segura gracias a
la artillería de mayor calibre. En consecuencia el Dreadnought fue dotado de
cañones más potentes, todos del mismo calibre (305 mm), lo que no sólo lo hacía
más seguro sino que también facilitaba todas las tareas relacionadas con el
suministro de munición y los cálculos de ajuste de disparo. Además el
Dreadnought incluía otra gran novedad, su propulsión mediante turbinas de
vapor, mucho más pequeñas y potentes que los mecanismos de propulsión
tradicionales y que por tanto dotaban al navío de mucha más velocidad. La
artillería pesada se disponía en cinco torres dobles no escalonadas de las que
sólo tres estaban sobre la crujía (espacio de popa a proa en medio de la
cubierta) y dos sobre las bandas de babor y estribor, y se completaba con otras
armas ligeras y tubos lanzatorpedos. Por último, su grueso blindaje,
especialmente reforzado en la línea de flotación, hacía de este acorazado el
barco más seguro y potente conocido hasta entonces.
Los
Dreadnought fueron rápidamente copiados por Alemania cuyos primeros modelos,
los Nassau, aparecieron en 1907. En los años siguientes la tecnología de estos
acorazados fue introduciendo diversas mejoras como el escalonamiento de las
torretas o el progresivo aumento del calibre de los cañones. En otoño de 1909
los británicos comenzaron a construir los acorazados modelo Orión que
incorporaban cañones de 343 mm y seis torres sobre la crujía de las que dos
estaban escalonadas. La potencia de estos navíos era de tal magnitud que desde
su aparición todos los acorazados armados con cañones de 340 mm o más calibre
recibieron el nombre de Superdreadnoughts. En vísperas de la guerra Gran
Bretaña disponía ya de los Queen Elizabeth con cañones de 381 mm, mientras que
Alemania contaba con los Bayern y los Baden con cañones de 380 mm. Ambas
potencias competían encarnizadamente por hacerse con la mejor armada y, pese a
que los resultados habían sido brillantes para ambas partes, en el momento de
ruptura de las hostilidades la flota británica, aunque algo menos moderna, era
aún superior en número a la alemana, en línea con la aspiración del
Almirantazgo que pretendía que la Royal Navy tuviese la misma potencia que la
suma de otras dos marinas extranjeras, más un diez por ciento. Como señala
Michael S. Neiberg, «en 1914 los británicos sobrepasaban en potencia de fuego a
los alemanes en 11 Dreadnought, 18 acorazados de clases superiores a esta, 61
cruceros, 157 destructores y 48 submarinos».
Las
diferencias entre la marina de guerra británica y la alemana no eran
suficientes como para garantizar un éxito aplastante de ninguna de ellas sobre
la contraria, razón por la que desde el comienzo de la guerra ambas potencias
procuraron evitar un enfrentamiento directo de sus fuerzas en mar abierto. La
estrategia de Gran Bretaña se centró en ahogar los recursos de Alemania, por lo
que estableció un férreo bloqueo naval que impedía la llegada de suministros a
sus costas. Para ello dividió su flota en dos partes, la Flota de Aguas
Jurisdiccionales, dedicada a proteger la propia costa del archipiélago
británico, y la Gran Flota encargada del bloqueo en alta mar. Desde los
primeros momentos el bloqueo fue un éxito tanto por los medios de que disponían
los británicos como por el hecho fortuito de que cuando estalló el conflicto la
flota británica se encontraba ya movilizada (pues estaba realizando un
ejercicio de simulación), lo que le permitió ganar un tiempo precioso frente a
los alemanes. En 1915 los aliados habían interceptado ya más de tres mil barcos
de todo tipo dirigidos a las costas alemanas.
El
bloqueo no estaba exento de problemas pues provocó las quejas de los países
neutrales, especialmente Estados Unidos, que consideraban que la medida
perjudicaba sus intereses comerciales ya que cuando sus barcos eran sospechosos
de transportar material de apoyo para la movilización bélica eran asimismo
detenidos y sus cargamentos confiscados o hundidos. La consideración del
cargamento como «material de apoyo» admitía más de una interpretación y en
consecuencia no sólo se detenían barcos en los que se transportaba munición o
materiales para la construcción de instrumental bélico, sino también tejidos e
incluso alimentos. Pese a todo, el comportamiento de la flota británica se
ajustaba estrictamente a la legalidad internacional pues cuando se interceptaba
un barco se procedía a avisarle asegurándose de ser visibles, se comprobaba el
cargamento sospechoso y si se encontraba, se evacuaba a su tripulación y
finalmente se hundía la nave. En estas circunstancias poco era lo que podía
hacer en aguas europeas la flota alemana ya que, eliminada la posibilidad de un
enfrentamiento directo en superficie, sólo parecía quedar libre la vía
submarina, pero dada su naturaleza resultaba imposible cumplir las normas
internacionales de guerra naval. Con semejante perspectiva Alemania optó por el
pragmatismo más crudo y el 4 de febrero de 1915 declaró la guerra submarina
ilimitada contra todo tipo de objetivos.
La
flota alemana contaba con los mejores y más modernos submarinos, los llamados
U-Boote. Aunque estos ingenios ya habían sido ampliamente utilizados durante el
siglo XIX, fue a comienzos del siglo XX cuando su evolución tecnológica les
permitió convertirse en verdaderas armas de combate. En 1914 los submarinos
estaban ya dotados de dos motores, uno diesel para navegar en inmersión y otro
eléctrico para la navegación en superficie, periscopio para la observación,
compás giroscópico (que indica el norte geográfico y no el magnético sin verse
afectado por el metal de los cascos de los barcos), cañones en la cubierta y
lanzatorpedos. La guerra submarina era por tanto una buena opción para hacer
frente al poderío naval británico pues los U-Boote podían escapar al control
ejercido en superficie y atacar a Gran Bretaña en su punto más débil, el
suministro. Cerca de dos terceras partes de los alimentos consumidos por los
británicos procedía de ultramar, así que atacar los barcos que transportaban
esos suministros podía debilitar tanto a Gran Bretaña como para forzarla a
negociar la paz. La campaña de hundimientos indiscriminados iniciada en febrero
de 1915 pronto comenzó a dar resultados, pero también generó un fuerte rechazo
internacional tanto por la quiebra de las reglas de apresamiento naval, como
por el gran número de pérdidas económicas y humanas (frecuentemente civiles)
que implicaba.
La
tensión diplomática con los países neutrales alcanzó uno de sus puntos más
altos en mayo de ese año cuando un submarino alemán hundió el buque de
pasajeros Lusitania que cubría la ruta entre Nueva York y Liverpool ocasionando
la muerte de mil ciento noventa y ocho personas. Entre las víctimas había más
de un centenar de norteamericanos, lo que provocó una airada protesta de
Estados Unidos pese a que el barco transportaba artículos de contrabando
(probablemente munición) y que el cónsul alemán de Nueva York había advertido
antes de su salida de que podía ser objeto de un ataque. A pesar de la
protesta, los hundimientos continuaron y con ellos el aumento de la tensión
internacional por lo que, finalmente, el 1 de septiembre el temor a la posible
entrada de la potencia norteamericana en la guerra hizo que Alemania se
comprometiese a respetar las normas bélicas navales poniendo fin a la guerra
submarina ilimitada. Con ese escenario de fondo, Alemania no tuvo más remedio
que reconsiderar su política naval y fruto de ello se produciría el único
choque abierto en superficie con la Armada Real británica de toda la guerra.
La
batalla de Jutlandia iniciada en mayo de 1916 sólo dejó una cosa clara, que la
estrategia seguida hasta entonces por ambas potencias había sido la correcta o,
al menos, la más prudente. Aunque el enfrentamiento debería haberse saldado con
una gran victoria británica (puesto que gracias a la interceptación de las
comunicaciones alemanas conocían de antemano la trampa que había preparado la
flota del káiser), lo cierto es que ni Gran Bretaña ni Alemania vencieron en el
choque. Las pérdidas de los británicos fueron superiores, pero la evidencia de
que por esa vía difícilmente podría obtenerse un triunfo militar decisivo
convenció a los alemanes de la conveniencia de no volver a intentar un
encuentro semejante. En esa situación la vuelta a la guerra submarina ilimitada
empezó a parecer la mejor opción posible. Convencido de ello, a finales de
1916, el almirante Henning von Holtzendorff bajo cuyo mando se encontraba la
marina alemana, preparó un informe para el káiser abogando por las virtudes del
regreso a la guerra submarina. Holtzendorff pensaba que gracias a ella Alemania
podría ganar la partida a Gran Bretaña en unos pocos meses al asfixiarla de tal
forma que no le quedase más remedio que pedir la paz. La estrategia podría
resultar tan efectiva que ni siquiera daría tiempo a que las tropas
norteamericanas pudiesen llegar a Europa en caso de que Estados Unidos
declarase la guerra. En enero de 1917 su convencimiento era tal que, como
recuerda Michael S. Neiberg, «en uno de los errores de cálculo más clamorosos
de la guerra le dijo al káiser: “Le doy a Su Majestad mi palabra de oficial de
que ni un solo norteamericano desembarcará en el continente”». Pocas veces la
palabra empeñada ha dejado a alguien tan en evidencia como en aquella ocasión.
El 1
de febrero de 1917 Alemania anunció la reanudación de la guerra submarina
ilimitada y en el mes de abril Estados Unidos le declaró la guerra. Las
pérdidas aliadas de barcos alcanzaron entonces los niveles más altos de todo el
conflicto llegando a superar los dos millones de toneladas. Aun así, los
aliados habían aprendido la lección desde 1915 y disponían de varios métodos
efectivos con los que combatir los ataques submarinos de los alemanes. Además
del uso frecuente de los llamados «barcos Q» (mercantes armados con cañones
ocultos, personal vestido de paisano y que navegaban bajo bandera neutral para
despistar y sorprender al enemigo), contaban desde 1916 con las eficaces cargas
de profundidad. Se trataba de potentes bombas cuya explosión podía ser programada
para que tuviese lugar a diferentes profundidades gracias a sus detonadores por
presión hidráulica, de modo que los submarinos podían ser atacados sin
necesidad de que emergiesen. Gracias a los hidrófonos (el sonar aún no se había
perfeccionado) podía detectarse el sonido producido por los submarinos y por
tanto localizarlos para lanzar las cargas. Pero sin duda el mejor método de
defensa antisubmarina fue el sistema de convoyes.
El
abrumador aumento de hundimientos producidos por submarinos alemanes en 1917
llegó a poner a Gran Bretaña en una situación difícilmente sostenible. Tal y
como había planeado Holtzendorff, los británicos comenzaron a tener importantes
problemas para lograr abastecerse de artículos de primera necesidad, de modo
que la posibilidad de ser incapaces de resistir por mucho tiempo empezó a
perfilarse en el horizonte. Sin embargo la solución vendría de manos de los
norteamericanos, que lograron convencer al Consejo Naval aliado de las bondades
del sistema de convoyes para poner freno a la amenaza submarina alemana. Se
trataba de que los barcos de mercancías navegasen escoltados por buques de
guerra que pudiesen protegerlos de los submarinos, para lo que era necesario
acomodar los distintos tipos de barcos dadas sus diversas velocidades y
características. El número de barcos de guerra de cada convoy variaba en
función del de mercantes escoltados así como de sus características, de suerte
que en los convoyes más grandes (de unos cincuenta barcos mercantes) se
incluían cruceros, destructores, lanchas torpederas, barcos rastreadores e
incluso globos de reconocimiento para detectar las estelas producidas por los
submarinos. El sistema de convoyes comenzó a principios de 1918 y su éxito fue
enorme desde el primer momento, de modo que, como recuerda Álvaro Lozano, «en
la primavera de 1918, por primera vez desde 1915, la construcción naval
superaba ampliamente las pérdidas. Desde que se puso en marcha el primer convoy
y el final de la guerra, los buques aliados escoltaron a 88 000 buques a través
del Atlántico. Tan sólo perdieron 436 navíos y lo que resultaba más importante,
de 1.100.000 soldados norteamericanos enviados a Europa, tan sólo fallecieron
400 a causa de los submarinos». La última gran apuesta alemana para ganar la
guerra en el mar había fracasado y el desembarco de las tropas estadounidenses
en el continente sería su golpe de gracia.
El
11 de noviembre de 1918 los fusiles y las ametralladoras callaron, la
artillería permaneció en silencio, los carros de combate se convirtieron en
simples vehículos, las trincheras quedaron vacías, los aviones y los zepelines
dejaron de lanzar bombas, y en el mar los barcos y submarinos comenzaron a
navegar tranquilos. La guerra había finalizado pero dejaba tras de sí una
estela de muerte y sufrimiento inédita. Durante cuatro años interminables la
humanidad había volcado todos sus esfuerzos al servicio de los intereses
bélicos. Ingenieros, mecánicos, químicos, físicos, matemáticos… habían
invertido su energía creativa en las demandas de desarrollo tecnológico
impuestas por la guerra. El resultado había sido científicamente brillante pero
humanamente desolador. Al terminar la guerra el mundo había cambiado por
completo. Los viejos imperios caían como castillos de naipes, surgían nuevas
naciones, la sociedad se sacudía viejos corsés para abrazar la vida moderna, la
economía se redefinía, la literatura, el pensamiento o el cine se
transformaban… Pero también la propia guerra había cambiado. El mundo de las
masas patrocinado por el desarrollo industrial había llegado también a ella y
la muerte había encontrado vías para volverse asimismo masiva. La Primera Guerra
Mundial marcaba un triste hito en la historia de la humanidad al inaugurar el
capítulo de las guerras de nuestro tiempo.
Parte
3
Vivir
la guerra
El
principal condicionante de la evolución de la humanidad en el siglo XXha sido
la violencia. Esos cien años tienen el dudoso honor de haber resultado el
período más violento de toda la historia, habiendo acogido el mayor número de
conflictos, el mayor número de víctimas y sobre todo el nacimiento de nuevas y
sobrecogedoras formas de infligir daño y matar. La aplicación directa del
desarrollo industrial y sus avances a la guerra ha dado como fruto la mancha
más terrible que alberga la conciencia humana, una mancha indeleble que nos
afecta a todos y cuya memoria es imprescindible preservar si no queremos
repetir los errores del pasado. La Primera Guerra Mundial fue el primer
capítulo, inmenso y terrible, de ese proceso, constituyéndose así en el
pistoletazo de salida de un mundo tan fascinante como amenazador, el nuestro.
Su significación real sólo puede entenderse pasando de la esfera de las
decisiones políticas y los hechos militares a la de la cotidianidad de los
hombres y mujeres cuyas vidas se vieron afectadas (y en muchos casos truncadas)
entre 1914 y 1918. Los historiadores se han esforzado en los últimos años en
poner rostro humano a la historia tradicional, en desenterrar la vivencia
angustiada y dolorosa de las gentes de aquella época. La primera sorpresa ha
sido lo variado de dicha experiencia, que divergía en función de la edad, el
sexo, los países… pero al tiempo ha llamado poderosamente la atención que
muchas personas muy diferentes y de lugares muy alejados del planeta expresasen
sentimientos similares, los mismos temores, sufrimientos y anhelos para un
futuro en paz que en cualquier caso intuían muy lejano.
Algunas
de estas personas fueron las que cargaron sobre sus espaldas el peso de la
guerra, las que pusieron en práctica los grandes planes militares, las que
mataron y murieron por orden de hombres a los que no habían visto en su vida y
conforme a decisiones cuyo sentido y utilidad se les escapaba en muchas
ocasiones. Otras no acudieron a luchar al frente, pero no por ello la guerra
les fue ajena. En muchos lugares del mundo la movilidad de las tropas y los
efectos de batallas que se libraban a muchos kilómetros de distancia
repercutían en la vida diaria de aquellos que se quedaron en casa. Aunque no
fueron a la guerra esta les persiguió dondequiera que estuviesen. Para algunos
colectivos concretos como las mujeres, los niños o algunas minorías étnicas, la
guerra supuso una experiencia especial que cambió el rumbo de su existencia
como grupos diferenciados dentro de la sociedad europea. ¿Cómo vivieron todos
ellos la contienda? ¿Cómo evolucionaron durante esos largos cuatro años de
conflicto? ¿Cómo condicionaron estos su futuro y el de las sociedades de las
que formaban parte? Todas estas son preguntas de difícil respuesta, pero no por
ello debemos dejar de intentar asomarnos al rostro humano de la guerra pues,
más allá de los hechos políticos y bélicos, la experiencia de quienes la
vivieron es el legado moral más valioso de aquellos años terribles.
Capítulo
8
La
guerra de los soldados
Cuando
en el verano de 1914 estalló la Primera Guerra Mundial toda una generación de
jóvenes de Europa y de las colonias europeas de otras partes del mundo se
lanzaron alegremente a la calle para celebrar la llegada del acontecimiento que
cambiaría sus vidas para siempre. Muy pocos de ellos sospechaban hasta qué
punto las transformaría. Sólo algunos lograron volver a casa, cargados de todo
tipo de heridas físicas, mentales y espirituales; y muchos de los que
regresaron fueron incapaces de adaptarse a una sociedad civil de la que habían
dejado de formar parte cuatro años atrás. ¿Qué vivieron estos hombres? ¿Por qué
tantos se entregaron entusiasmados a una hecatombe sin precedentes? ¿Cómo
reaccionaron ante lo que se encontraron en el frente de batalla?
Estas
son preguntas a las que la historia tradicional, la Gran Historia, no ha dado
respuesta durante décadas al fijar su atención en los grandes procesos
políticos y económicos y en los personajes públicos que marcaron su deriva.
Pero desde hace unos años historiadores de los cinco continentes se afanan en
desvelar cómo fue la experiencia de quienes realmente hicieron la guerra, los
hombres que lucharon, resistieron y murieron en los campos de batalla. Para
ello han rescatado las fuentes que nos hablan de ellos, recuperando para la
posteridad un auténtico torrente de cartas, diarios y memorias de los
combatientes. Este rico material ha demostrado ser la piedra de toque para
comprender la dimensión humana del drama que fue la Gran Guerra. Gracias a los
trabajos de historiadores como Paul Fussell, Marc Ferro o Peter Englund es como
si se hubiese logrado poner un micrófono ante aquellos soldados dándoles la
oportunidad de contar a la posteridad lo que para ellos supuso la experiencia
del frente. La tarea de rescatar la memoria no oficial de la guerra no ha hecho
más que comenzar, y aunque no conocemos por igual la situación de las tropas en
todos los frentes que tuvo el conflicto, lo que se ha recobrado hasta ahora nos
permite dar voz a aquellos que lo padecieron y escuchar estremecidos su relato.
En
los últimos días de julio y primeros de agosto de 1914 las potencias europeas
se embarcaron en una guerra general que afectaría no sólo a Europa, sino a
buena parte de la población mundial debido a que dichas potencias tenían
grandes imperios coloniales en todo el mundo. Todavía hoy es difícil comprender
por qué los estados más ricos y civilizados que hasta el momento había conocido
la historia se aventuraron a un conflicto que les enfrentó divididos en dos
bloques, sin que hubiese una causa suficientemente grave que justificase dicha
reacción. La chispa que provocó el incendio fue el asesinato del heredero del
trono austro-húngaro en Sarajevo el 28 de junio de 1914. Pero para la lógica
del momento, si este hecho tenía que desencadenar una guerra debería haber sido
un conflicto regional entre el vetusto Imperio austro-húngaro y el joven reino
de Serbia. Sin embargo una serie de corrientes internas en los diferentes
países, activas desde hacía décadas, hicieron que aquel verano se desatasen
fuerzas incontrolables. Alemania y Austria-Hungría se enzarzaron en una guerra
con Rusia, Francia y el Reino Unido (desde el comienzo secundados por Serbia y
Bélgica), a la que se iría sumando la mayoría de los estados europeos generando
un cataclismo sin precedentes.
¿Se
podía haber evitado esta guerra? Esta pregunta ha resonado en las conciencias
desde el mismo comienzo del conflicto. Pero los gobiernos y las poblaciones de
los diferentes países llevaban varias décadas preparándose para una lucha que
pusiese fin al largo período de paz que había vivido el continente desde 1871,
pues desde aquel año sólo se habían producido pequeños conflictos periféricos
que nunca habían enfrentado entre sí a varias de las grandes potencias. Estas,
pese a proclamar la paz como un objetivo de su acción política, llevaban
haciendo acopio de recursos militares desde finales del siglo XIX debido a las
rivalidades políticas y económicas que iban erosionando lenta y casi
imperceptiblemente las relaciones internacionales. No sólo las armas fueron las
protagonistas de aquella «carrera de armamentos» que iba a hacer posible la
confrontación final. Los hombres, y más concretamente la cantidad de ellos que
los diferentes países fuesen capaces de movilizar en los primeros días de
lucha, eran la pieza clave en las estrategias bélicas globales de las distintas
potencias. Pero estos peones en la partida de los grandes estrategas eran seres
humanos que ni de lejos estaban preparados para lo que se avecinaba.
§.
Una alegre despedida
En
los cálculos de los militares el número de hombres que se podía movilizar en el
primer momento era considerado como el factor esencial para lograr una ventaja
en un conflicto que se presumía muy igualado. Los estados europeos habían ido
implantando en las décadas anteriores los medios políticos, económicos y
administrativos que hacían posible poner en marcha semejante potencial humano
si llegaba el momento de necesidad. La universalización del servicio militar
obligatorio en tiempo de paz se había impuesto en el siglo XIX a los ciudadanos
de los estados liberales que habían surgido de las revoluciones que arrasaron
el continente a principios de la centuria. De hecho, el Reino Unido era la
única potencia en la que no se había implantado este medio básico para
concienciar a los individuos de su deber de defender la nación. Ante el aumento
de la competencia internacional y la acumulación de armas por las grandes
potencias, en los años anteriores a 1914 estas pusieron en marcha planes
especiales de reclutamiento. Alemania, aterrada ante la gran disponibilidad de
efectivos del ejército ruso, que superaba el millón de soldados, emprendió un
programa de expansión del tamaño de su ejército, que fue respondido por Francia
con el aumento de la duración del servicio militar de dos a tres años, duración
que ya tenía en Alemania.
A
ello había que sumar un factor radicalmente nuevo en esta guerra. Como afirma
el historiador británico Michael Howard al analizar la respuesta popular a las
declaraciones de guerra del verano de 1914, «en todas partes el pueblo
respaldaba a sus respectivos gobiernos. No era una “guerra limitada” entre
estados soberanos. Ahora la guerra era una cuestión nacional». Esto fue posible
gracias a que durante el siglo XIX los países europeos habían desarrollado
amplios programas de expansión de la educación obligatoria, haciendo que los
niños acudiesen a la escuela donde recibían una formación basada en el
reconocimiento de la respectiva identidad nacional. El caso paradigmático a
este respecto fue el de la Tercera República en Francia, que desde 1871 puso en
marcha la educación nacional pública, gratuita, obligatoria y laica que forjó
la identidad nacional francesa haciendo desaparecer prácticamente las antiguas
identidades regionales de bretones, occitanos, provenzales, borgoñones… Por
tanto, las proclamas oficiales que al inicio de la campaña llamarían a los
hombres corrientes a asumir la defensa armada de la nación en peligro contaron
con un público predispuesto a acudir a la llamada. El escritor austríaco Stefan
Zweig recordaba en sus memorias el ambiente posterior a la declaración de
guerra: «En Viena encontré toda la ciudad inmersa en un delirio. El primer
espectro de esa guerra que nadie quería, ni la gente ni el gobierno, aquella
con la que los diplomáticos habían jugado y faroleado y que después, por chapuceros,
se les había escurrido entre los dedos en contra de sus propósitos, había
desembocado en un repentino entusiasmo. Se formaban manifestaciones en las
calles, de pronto flameaban banderas y por doquier se oían bandas de música,
los reclutas desfilaban triunfantes, con los rostros iluminados, porque la
gente los vitoreaba, a ellos, los hombrecitos de cada día, en quienes nadie se
había fijado nunca y a quienes nadie había agasajado jamás».
Los
historiadores han destacado además que existían una serie de factores
culturales que favorecieron la implicación de los hombres comunes en el
conflicto. La monotonía y las frustraciones que el trabajo industrial y la vida
moderna en las ciudades imponía a la mayoría de los individuos hicieron que una
insatisfacción cultural, soterrada pero en crecimiento constante, llevase a
muchos a desear el advenimiento de cambios drásticos que aportasen novedades a
una vida alienante. Fue esta insatisfacción la que llevó a que las diferentes
propagandas nacionales tuviesen una efectividad espectacular en los primeros
momentos del conflicto y a que las reacciones de alegría y apoyo a la guerra se
viviesen en las ciudades de todo el continente. Aunque en los días iniciales la
movilización afectó básicamente a soldados y reservistas, desde las primeras
semanas se llamó insistentemente al alistamiento de voluntarios, algo que
resultó de una importancia vital para alguno de los contendientes, como Gran
Bretaña, que sólo contaba con un pequeño cuerpo militar expedicionario para
enviar a Europa continental, ya que el resto de sus tropas estaban acantonadas
en las colonias.
Aunque
los especialistas no se han puesto de acuerdo sobre el número de efectivos
movilizados entre julio y septiembre de 1914, parece que en ningún caso
descendió de los diez millones de soldados. En algunos países las coincidencias
en las movilizaciones fueron sorprendentes. Tanto Alemania como Francia
convocaron aproximadamente a tres millones de hombres cada una, que en momentos
de arrebato decoraron los vagones de los trenes que los transportaban con las
inscripciones Nach Paris o À Berlin («A París» y «A Berlín» respectivamente en
alemán y francés). Otros casos fueron muy diferentes. El Imperio austro-húngaro
movilizó todavía a más hombres, que pertenecían a once nacionalidades distintas
y que hablaban lenguas muy diversas. A lo largo de la guerra la heterogeneidad
interna de esta fuerza junto a las fuertes limitaciones de los mandos del
imperio de los Habsburgo harían de ella un conglomerado humano prácticamente
ingobernable. En el caso del Imperio ruso, la nota distintiva la daría el
origen rural de la mayoría de sus efectivos. La industrialización económica y
la modernización social habían sido procesos que habían penetrado con desigual
intensidad en los países europeos, y Rusia, pese a los avances que había
realizado en los años inmediatamente anteriores a 1914, seguía siendo un país
predominantemente rural. Si la nacionalización de las masas fue esencial en las
potencias más avanzadas para que los argumentos que los gobiernos presentaban a
sus pueblos funcionasen, en Rusia fue la lealtad tradicional al zar, apoyada
por las bendiciones de la Iglesia ortodoxa, la que jugó un papel determinante
en la movilización. Con el paso de los años la continuidad de las hostilidades
demostraría que la solidez de esos resortes era mucho menor de lo que pensaban
las autoridades del imperio de los Romanov.
En
muchas ocasiones los propios soldados dejaron constancia de sus impresiones al
partir a la guerra. El joven alemán Herbert Sulzbach, de sólo veinte años y
origen judío, sirvió durante la contienda en el ejército de su país y llevó
durante todo su servicio un diario. A comienzos de septiembre de 1914 daba
cuenta de sus impresiones: «… somos los primeros de entre el puñado de
voluntarios que llegarán al frente. Embarcamos en la estación de mercancías y
una extraña sensación me sobrevino, era una mezcla de felicidad, exaltación,
orgullo, la emoción de las despedidas y la conciencia de la importancia del
momento. Éramos tres baterías y desfilamos en formación cerrada por la ciudad
entre los vítores de sus habitantes». Los militares que marchaban al frente no
eran los únicos conscientes de que la guerra que comenzaba era un momento de
una importancia histórica. Muchos civiles tuvieron también la idea de llevar un
diario de guerra, como la niña alemana Elfriede Kuhr, de doce años, que nos ha
legado su propio testimonio de cómo partían los soldados: «Luego apareció el
[regimiento de infantería] 149 en cerrada formación, avanzando por el andén
como una oleada gris. Todos los soldados llevaban colgando del cuello largas
guirnaldas de flores estivales. Ramos de ásteres, como si fueran a disparar al
enemigo con flores. Los soldados iban muy serios. Esperaba que riesen y
exultaran […] Ahora la banda estaba tocandoVuestros serán los laureles de la
victoria. La gente que quedaba en la plaza agitó sus sombreros y pañuelos. En
el vagón de cola, los reservistas imitaban a los músicos con las manos y las
bocas, y provocaron grandes risas […] Luego el tren de los reservistas se puso
en marcha; los reservistas cantaban y vitoreaban, y nosotros agitamos las manos
hasta que los perdimos de vista».
Las
imágenes de la partida de los hombres al frente no fueron muy distintas en el
resto de las ciudades fuera de Europa. En los territorios de mayoría blanca del
Imperio británico la llamada al alistamiento contra la amenaza alemana se
sintió también como algo apremiante. La cercanía con la metrópoli por los
vínculos familiares y culturales (casi todos los que se alistaron eran hijos de
emigrantes procedentes de las islas Británicas) hizo que muy pronto zarpasen
barcos cargados de voluntarios desde Canadá, Nueva Zelanda, Australia y
Sudáfrica. Se movilizaron incluso tropas del más poderoso ejército británico,
el de la India (se calcula que a lo largo de toda la guerra un millón de indios
salieron del virreinato a prestar servicio militar), e incluso de destinos tan
exóticos como las Indias Occidentales Británicas. En palabras del historiador
británico Niall Ferguson: «… la Fuerza Expedicionaria Británica [fue] una
empresa completamente multinacional, que, a diferencia de sus homólogas
austríaca y rusa, en cierta medida pudo resistir profundas divisiones étnicas y
con frecuencia un deplorable liderazgo». Aun así, los cálculos se quedaron
cortos ante la prolongación inesperada de la guerra. En el primer año y medio
de conflicto 2 631 000 hombres acudieron a la llamada de Kitchener y se
alistaron voluntarios para respaldar al pequeño ejército profesional británico
de 250.000 efectivos, pero ni siquiera esta extraordinaria afluencia bastaba
para alimentar los frentes.
En
enero de 1916 el gobierno de concentración británico dejó a un lado sus
reticencias e impuso el servicio militar obligatorio para los varones entre
dieciocho y cuarenta y un años. Francia también puso en marcha sus resortes
imperiales para reforzar el dispositivo humano, pero con resultados más
modestos. En su caso se procedió al alistamiento de franceses o descendientes
directos de territorios con una vinculación muy estrecha con la metrópoli (caso
de Argelia), así como a emplear algunas tropas de población indígena de las
colonias del África subsahariana en territorio europeo. A diferencia de Gran
Bretaña, en el caso francés la aportación de los contingentes coloniales al
esfuerzo bélico fue muy inferior. Europeos, africanos, antillanos, asiáticos…
independientemente de su nacionalidad o de su origen, muy pronto todos estos
soldados perderían los motivos para anhelar una experiencia extraordinaria y
liberadora, y descubrirían que la guerra era otra cosa.
§.
¿Ilusiones o espejismos?
Desde
los primeros meses de la Primera Guerra Mundial comenzaron a ponerse en marcha
varias de las dinámicas que marcarían la experiencia de los soldados de ambos
bandos, y todas ellas demostrarían pronto que el ardor guerrero de los primeros
momentos se sustentaba sobre unas bases muy endebles. Antes de 1914 la guerra
había sido un asunto de militares profesionales, pero en la nueva sociedad de
masas y con el objetivo de lograr una victoria rápida los gobiernos
emprendieron los planes de movilización de masas, cuyo resultado fue un nuevo
tipo de conflicto bélico en el que el grueso de las tropas del frente no eran
militares profesionales sino civiles movilizados. Ya en las primeras acciones
la guerra les mostró su cara más dura. El escritor y periodista Jean
Galtier-Boissière, que luchó durante la guerra en el ejército francés, lo dejó
claro en una descripción de la retirada general de las tropas antes de la
batalla del Marne, el 22 de agosto de 1914: «De repente unos silbidos
estridentes nos precipitan cara a tierra, aterrados. La ráfaga acababa de
estallar encima de nosotros […] Esta espera de la muerte es terrible. El cabo,
que ha perdido su quepis, me dice: “Si hubiese sabido que esto era la guerra,
chico, si va a ser así todos los días, prefiero que me maten enseguida”. No
somos soldados de cartón, pero este primer contacto con la guerra ha sido una
sorpresa bastante dura. En su alegre inconsciencia, la mayor parte de mis
camaradas no había reflexionado jamás en los horrores de la guerra y no veían
la batalla más que a través de los cromos patrióticos; desde nuestra salida de
París, el Boletín de los Ejércitos nos conservaba en la inocente ilusión de la
guerra para andar por casa…».
Lo
que se había puesto en marcha no era una guerra como la que se conocía hasta
entonces, sino una guerra industrial a gran escala. La aplicación directa del
desarrollo industrial y sus avances a la guerra tuvo como resultado el
despliegue del armamento, la logística y la producción bélica más formidables
que se habían conocido hasta entonces. En palabras del profesor Niall Ferguson,
«la guerra se convirtió, como expresaron muchos contemporáneos, en una máquina
colosal, que devoraba hombres y municiones como materia prima». Esta matanza
mecanizada tuvo como resultado que el número de bajas (tanto de militares como
de civiles, aunque el sufrimiento y número de víctimas de la población civil no
tendría comparación con el de la Segunda Guerra Mundial) se contaran por
cientos de miles desde los primeros meses. En Francia y en una fecha tan
temprana como finales de septiembre de 1914 la cifra oficial de heridos civiles
y militares ascendía ya a 385 000. La alegría de los voluntarios de los
primeros momentos fue rápidamente sustituida por la pesadumbre de ir a una
muerte más que probable. Robert Nichols, soldado británico alistado en 1914,
fue uno de los miembros de la nutrida generación de poetas bélicos que la
Primera Guerra Mundial dio a la lengua inglesa. En sus escritos posteriores
sobre aquellos años recordaba su examen médico al alistarse: «Recuerdo muy bien
el rostro de un comandante amable y aplicado […] en medio de la sala abarrotada
[…] Nos sonrió de uno en uno, pero había tristeza en sus ojos. “¿Qué edad tienes?”,
le preguntó a un aspirante que hinchaba el pecho desnudo para llenar la
dimensión de la cinta métrica. “Diecinueve años, señor”. “Muchacho, pareces
tener mucha prisa en que te maten”. El aspirante, desconcertado y balbuceando,
dijo: “Señor, sólo quiero aportar mi granito de arena”. “Muy bien, así lo
harás; y que tengas buena suerte”. Pero […] mientras el comandante posaba su
cabeza sobre mi pecho desnudo (yo era el siguiente) experimenté una curiosa
sensación: sus pestañas estaban húmedas».
De
hecho, los que se alistaban ya a finales de septiembre para ir a luchar no
mostraban el mismo entusiasmo que sus predecesores. Kresten Andresen era un
joven de veintitrés años de origen danés que sirvió en el ejército alemán
durante la guerra. A la hora de partir dos meses después del comienzo de las
hostilidades anotaba en su diario: «Es tal nuestro aturdimiento que partimos a
la guerra tan tranquilos, sin lágrimas ni espanto, y eso que todos sabemos que
nos envían al puro infierno. Pero ceñido por un rígido uniforme el corazón no
late con libertad. Uno deja de ser uno mismo, apenas es un ser humano, a lo
sumo un autómata que funciona convenientemente y que hace lo que le dicen sin
recapacitar demasiado. Ay, Dios mío, ¡ojalá pudiéramos volver a ser personas!».
Las negras premoniciones de este joven al partir para el frente se
materializarían de una forma que no sospechaba ni él ni el resto de sus
compañeros que se habían incorporado a la lucha en las semanas anteriores. La
Primera Guerra Mundial les tenía reservada lo que entonces fue una desagradable
sorpresa para todos, un nuevo tipo de guerra que no se había visto antes y que
tomaría forma durante aquel otoño.
§.
La guerra de sitio más grande jamás contada
La
dinámica bélica de la Gran Guerra no adquirió uno de sus rasgos más distintivos
hasta avanzado el otoño de 1914. Hasta entonces, en el frente occidental, los
alemanes habían luchado para llevar a la práctica su audaz plan de poner en
marcha un gigantesco movimiento envolvente sobre París a través de Francia
occidental (lo que exigió la sangrienta ocupación de Bélgica, país neutral
desde su fundación hacía casi un siglo) mientras atraía a los ejércitos galos a
una trampa en los territorios de Alsacia y Lorena. Era el conocido como «Plan
Schlieffen», que pudo ser abortado en septiembre por las tropas
franco-británicas en la ofensiva del Marne y que desembocó en los dos meses
posteriores en una angustiosa carrera de ambos bandos por cortar el acceso al
enemigo al mar por la costa del canal de la Mancha. El resultado en tablas de
dicha operación desembocó en la formalización de un frente estable en Bélgica y
Francia oriental. Se pasó de una clásica guerra de movimientos a una de
posiciones en la que cada uno de los contendientes se aprestó a preparar
improvisadas infraestructuras que sirviesen al tiempo para resistir los ataques
del enemigo y afianzar su posición sobre el territorio. Las infraestructuras
elegidas fueron las trincheras, que de ser algo característico de episodios
puntuales en operaciones defensivas o de asedio se convirtieron en el rasgo
omnipresente y característico de la Primera Guerra Mundial.
El
uso de las trincheras en una guerra con armamento industrial no era una novedad
absoluta, ya que durante la guerra ruso-japonesa de 1904-1905 se habían
empleado combinadas con algunos de los avances tecnológicos modernos, pero en
ningún caso llegó a alcanzar el protagonismo que adquirió desde el otoño de
1914 en el frente occidental. El proceso de fijación del sistema de zanjas
militarizadas fue rápido y su efecto inmediato fue el de desconcertar
absolutamente a los mandos militares. Ya a finales de 1914 quien había sido
nombrado ministro de la Guerra en el nuevo gobierno de concentración nacional
que se formó en Gran Bretaña tras el estallido de la guerra, lord Horatio
Herbert Kitchener, el laureado mariscal de las campañas coloniales que por
medio siglo había obtenido victorias desde la India hasta Sudán y Sudáfrica,
afirmó ante esta nueva variedad bélica: «No sé qué hacer, esto no es una
guerra».
Y es
que desde aquel invierno y hasta la primavera de 1918 el sistema de trincheras
fue fijo. Las ofensivas no se movían más que unos cientos de metros, algunos
kilómetros a lo sumo. En conjunto se trataba de un complejo de excavaciones de
seiscientos cincuenta kilómetros que comenzaba en el canal de la Mancha, en
Bélgica, y que a través de Francia seguía una línea imaginaria que unía los
territorios de las poblaciones de Ypres, Béthune, Arrás, Albert, Compiègne,
Soissons, Reims, Verdún, Saint-Michel, Nancy y llegaba a la frontera suiza en
las cercanías de Beurnevésin. Se trataba de dos sistemas paralelos de
trincheras, uno en la parte oriental controlado por los alemanes, mientras que
el occidental estaba en manos de los aliados. Aproximadamente los primeros
sesenta kilómetros de este último estaban controlados por los belgas, mientras
que desde Ypres y a lo largo de ciento cincuenta kilómetros el mando militar lo
ejercían los británicos, y el resto hacia el sur quedaba en poder de los
franceses. El sistema de excavaciones hechas durante toda la guerra por ambos
bandos sumaba en total cuarenta mil kilómetros de zanjas.
Podría
caerse en la tentación de creer que se trataba de dos líneas paralelas que
llevaban de un extremo a otro del frente. De hecho los propios soldados
tuvieron ocasionalmente esa impresión, sobre todo en sus primeros días en el
frente. El soldado británico Stanley Casson, conocido posteriormente por su
trabajo como arqueólogo y que moriría en servicio durante la Segunda Guerra
Mundial, dejó escrito lo siguiente sobre su posición en el frente occidental:
«Nuestras trincheras estaban situadas en una ligera pendiente, desde la que se
dominaba el terreno alemán, con la nebulosa visión de una meseta más abajo. A
derecha e izquierda se extendían las grandes líneas de defensa tanto como las
miradas y las imaginaciones podían abarcar. A veces me preguntaba cuánto tiempo
tardaría en caminar desde las playas del Mar del Norte hasta aquel curioso
final de toda lucha en la frontera suiza; intentar adivinar cómo era cada
extremo; imaginar lo que podría pasar si enviara un mensaje verbal, como si
fuera un juego de salón, al hombre que estuviera a mi derecha, que debía pasar
hasta el último hombre allá arriba, en los Alpes. ¿Al final sería
comprensible?». Pero la realidad era más compleja, casi laberíntica. Se trataba
de intrincados sistemas de tres líneas de trincheras por cada bando, que no
siempre formaban un continuo a lo largo del frente. La primera era la trinchera
de fuego, que era escenario de la lucha y distaba entre cincuenta metros y
kilómetro y medio del enemigo. Por detrás de ella, a unos cuantos cientos de metros,
existía una segunda línea de trincheras, la de apoyo, cuya actividad se
centraba en la realización de labores de auxilio a la de fuego. Por último
existía una tercera línea, la de reserva, que era la más cercana a la
retaguardia y que estaba en contacto directo con las poblaciones cercanas de
esta, desde las que se organizaban las tareas de apoyo e intendencia a las
tropas. Estas localidades conectaban con las trincheras mediante el sistema de
carreteras, en muchas ocasiones deficiente. En la zona de Ypres fue
especialmente importante la población de Poperinghe (llamada familiarmente por
los soldados británicos sencillamente «Pop») y en el Somme jugó un papel
similar la ciudad de Amiens.
Además
de las trincheras propiamente dichas existían otros dos tipos de zanjas que
formaban parte del sistema: las trincheras de comunicación y los túneles. Las
primeras corrían de forma perpendicular a las tres líneas del frente y
permitían comunicarlas sin exponerse al fuego enemigo. Mientras, las segundas
constituían el tipo más temido por los combatientes. Entre las dos líneas
enemigas se extendía una franja de tierra de dimensiones variables (en algunos
casos apenas de cincuenta metros) llamada por todos la «tierra de nadie». Este
espacio, que era el que había que cruzar durante las ofensivas, no era un
territorio vacío. En él se adentraban los llamados túneles, zanjas más pequeñas
que conectaban con los elementos defensivos instalados en la tierra de nadie,
normalmente puestos avanzados de observación, de escucha, de lanzamiento de
granadas o nidos de ametralladoras. En este territorio en litigio además se
instalaban elementos defensivos para dificultar el avance del enemigo. Los más
utilizados eran las alambradas, que se plantaban a suficiente distancia como
para impedir que el adversario avanzase lo bastante para lanzar granadas al
interior de la trinchera. La confección de las alambradas se fue haciendo cada
vez más sofisticada, pasando de líneas sencillas de alambre a complejos
obstáculos que constituían auténticas trampas en las que se lograba dejar
expuesto al enemigo frente al fuego de los defensores.
La
trinchera de fuego tenía habitualmente entre 1,80 y 2,45 metros de profundidad
y de 1,20 a 1,50 de anchura. Por el lado que daba al enemigo se elevaba un
parapeto de construcción, tierra o sacos terreros de unos 60 a 90 centímetros
desde el nivel del suelo. Por el lado trasero otro parapeto de menor altitud,
normalmente de 30 centímetros, ofrecía asimismo protección. En los laterales de
la trinchera se solían excavar agujeros de acceso a los refugios subterráneos
más profundos a los que se llegaba mediante unas escaleras de tierra apisonada,
y que solían emplearse como puestos de mando, dependencias de oficiales o
sencillamente para resguardar a los soldados durante los bombardeos. En el
interior de la trinchera, por el lado del enemigo, era habitual realizar un
escalón corrido de 60 centímetros de alto (el «paso de fuego») que permitía a
los soldados que se subían en él disparar o lanzar granadas por encima del
parapeto de protección. En ocasiones este contaba con troneras a través de las
que se podía disparar sin quedar expuesto al fuego enemigo y que, a veces, se
protegían con planchas de acero para blindarlas.
El
trazado de las trincheras nunca avanzaba en línea recta, sino en zigzag y en
ocasiones su discurrir estaba interrumpido por salientes que penetraban en la
trinchera desde las paredes a modo de parapetos interiores. La razón de este
diseño era evitar los efectos letales de la metralla si un proyectil de
artillería explotaba en el interior de la misma. Se trataba de limitar el daño
a un espacio lo más reducido posible, de calcular todo para evitar un alto
número de bajas. Esto hacía que el avance por las trincheras no fuese rápido,
sino que el soldado que se trasladaba por ellas tenía que realizar frecuentes
giros y rodeos, pero presentaba también la ventaja de que en caso de invasión
de la trinchera por el enemigo su defensa era más viable, pues facilitaba a los
defensores la toma de posiciones desde las que hostigar al atacante. El
resultado era un intrincado sistema de pasadizos semisubterráneos en los que
era muy fácil perderse. Así, un mayor británico escribía a su mujer en
diciembre de 1914: «Las trincheras son un laberinto, ya me he perdido varias
veces […] no puedes salir de ellas y pasearte por el campo, y lo único que ves
son dos muros de barro a cada lado». Las autoridades militares intentaron
paliar el caos poniendo señales indicadoras y de control del tráfico a lo largo
del trazado, pero con éxito limitado. Lo normal era que los soldados sólo
conociesen bien el tramo del sistema de trincheras en el que se desarrollaba su
actividad cotidiana.
El
suelo se cubría con listones de madera, debajo de los cuales había desagües
para evacuar el agua de las frecuentes lluvias, y las paredes tenían que ser a
menudo reforzadas para evitar los deslizamientos de tierra utilizando sacos
terreros, puntales de hierro y madera e incluso haces de ramas. La observación
del enemigo desde el interior de la trinchera se hacía usando periscopios que
permitían contemplar la tierra de nadie y la línea enemiga. Cualquiera que se
expusiese por encima de la línea del parapeto protector era normalmente
alcanzado por el fuego de los francotiradores, una especialidad que adquirió
gran relevancia en este tipo de guerra. Fue el incremento de las muertes por
las heridas de bala en la cabeza (por efecto de los francotiradores o de las
ametralladoras) lo que llevó al cambio en ambos bandos de las protecciones
craneales. Los franceses y británicos sustituyeron el quepis y la gorra (sus
prendas marciales respectivas) por el casco metálico semiesférico de ala corta,
modelo Adrian en el caso francés, modelo Brodie en el británico, que a muchos
de los soldados se les antojaba como algo cómico. Los alemanes sustituyeron su
clásico Pickelhaube (el casco prusiano de cuero decorado con un pincho a modo
de cimera) por el Stahlhelm(un yelmo de acero con visera y una práctica
protección de la nuca y las orejas). Los tres modelos, aunque el alemán de
dimensiones menores, permanecían en uso todavía durante la Segunda Guerra
Mundial.
Las
líneas de los aliados se numeraban por secciones, cada una de las cuales
correspondía a una compañía, que normalmente ocupaba un tramo de trescientos
metros. Sin embargo los soldados inventaron sistemas más convencionales de
llamar las secciones de trinchera. Los británicos, en vez del código
alfanumérico ideado por los mandos, usaban nombres de la geografía londinense
como Regent Street, Piccadilly o Hyde Park. También los soldados británicos
tomaron la costumbre de dar nombres familiares a las secciones de las
trincheras alemanas, a las que cáusticamente bautizaban con nombres
relacionados con el mundo de la cerveza: Pint, Ale, Bitter, Pilsen… Aunque a
través de estos nombres los soldados trataron de humanizar aquellos
interminables e incómodos laberintos, semejantes infraestructuras condicionaron
inevitablemente la vida de quienes se vieron obligados a permanecer en ellas.
Más allá de la temida cercanía del enemigo, las trincheras mismas serían
también fuente de problemas para quienes las habían construido.
§.
En el laberinto de la muerte
Como
si de hormigas se tratase, los soldados desarrollaron su vida cotidiana en
aquel inverosímil mundo de pasillos subterráneos. Para optimizar los recursos y
no quemar su moral, los mandos prohibieron la permanencia constante en la línea
de fuego, estableciendo un sistema de rotación entre las trincheras de primera
línea, de apoyo y de reserva, por períodos de entre tres días y una semana.
Tras haber pasado por las tres líneas se permanecía una semana completa en la
retaguardia, donde se realizaban labores de entrenamiento y organización. Era
prácticamente la única posibilidad de descansar, ya que sólo ocasionalmente se
concedían permisos. La organización del tiempo en las trincheras de primera
línea seguía un patrón bastante definido. La jornada comenzaba una hora antes
del amanecer, momento en el que se imponía el estado de alerta, ya que el alba
era el momento preferido para atacar. Si la suerte sonreía ese día el sol se
alzaba sin novedad en el horizonte, lo que significaba que no habría ataque.
Sólo entonces los soldados se organizaban en pequeños grupos para preparar el
desayuno. En el caso de los británicos este consistía en té, pan y tocino, que
a veces se acompañaba con dos cucharadas soperas de ron, que las autoridades
militares estimaban como un medio apropiado para mantener el tono de la tropa.
Era muy apreciado por los soldados y antes de lanzar una ofensiva los mandos
acostumbraban a aumentar la ración diaria.
El
resto del día debía ocuparse en las tareas cotidianas: inspeccionar si se
habían ocasionado daños en la trinchera durante la noche y repararla, realizar
partes de municiones y provisiones disponibles para los superiores, informar de
las bajas producidas, hacer guardia, despiojarse, leer, escribir cartas o
dormir. El repertorio de acciones que se podían hacer en la eterna espera de un
ataque era limitado. Por las tardes solía dictarse otro estado de alerta. Tras
una nueva observación del enemigo y si no se producía un ataque, se realizaban
por lo común las reparaciones necesarias de los elementos avanzados
(básicamente alambradas), muchas veces interrumpidas por el fuego de
ametralladora o de la artillería enemigas. Ya por la noche se enviaban
patrullas nocturnas y grupos de avanzadilla a la tierra de nadie, que tenían la
misión de detectar cualquier posible cambio en la trinchera del enemigo que
diese pistas sobre su verdadero estado. Era uno de los momentos más misteriosos
y peligrosos para los soldados, que en ocasiones podían encontrarse con una
patrulla enemiga y protagonizar una escaramuza. Para cuando llegaba el estado
de alerta del amanecer ya no quedaba nadie sobre el terreno.
El
hostigamiento de las trincheras por parte de la artillería era muy frecuente.
El enemigo bombardeaba la primera línea desde sus posiciones artilleras en la
retaguardia, obligando a los soldados a esconderse en los refugios (si
disponían de ellos) o en el espacio más resguardado que tuviesen cerca si no
tenían ocasión de alcanzar las entradas subterráneas. Allí permanecían
inmóviles con la esperanza de no ser alcanzados. Siempre se dejaban dos o tres
centinelas en trinchera abierta con la misión de que vigilasen la tierra de
nadie bien usando un periscopio o desde una tronera, ya que el bombardeo podía
ser el preludio de un ataque de la infantería enemiga.
Por
lo general (sobre todo en el bando aliado) las trincheras se construyeron de
forma improvisada, estaban mal acondicionadas y eran muy insalubres. La
suciedad, la humedad, el frío y los malos olores eran omnipresentes. La razón
de que no se trabajase en mejorar estas instalaciones fue que durante toda la
guerra el alto mando nunca perdió la esperanza de lanzar una ofensiva que
rompiese el empate del frente y permitiese un regreso a la guerra de
movimientos. De ahí que los recursos y esfuerzos se destinasen a otros
objetivos. Uno de los principales problemas, sobre todo en la parte
septentrional del frente, era la humedad. Las regiones de Flandes, el paso de
Calais y Picardía, de clima atlántico, recibían lluvias frecuentes procedentes
del océano, lo que unido a la baja altura respecto al nivel del mar hacía que
las trincheras estuviesen siempre húmedas y en muchas ocasiones anegadas con
varias decenas de centímetros de agua, incluso hasta la cintura. Cuando sucedía
esto, como la lluvia era igual para todos, se establecía una tregua tácita
entre alemanes e ingleses, que salían a terrenos más altos.
Entre
el equipo de los soldados se incluían las botas de agua y en estas zonas una de
las actividades cotidianas era la de bombear agua fuera de las trincheras. Las
autoridades militares llegaron a instalar bombas automáticas en amplios tramos
de su recorrido, pero aunque eliminaban agua las veinticuatro horas del día el
resultado nunca fue efectivo. La incomodidad y las enfermedades producidas por
este ambiente, especialmente el llamado pie de trinchera, llevaron a los
soldados a elucubrar todo tipo de ideas jocosas para intentar sobrellevar mejor
la situación, desde que los alemanes habían cavado conducciones de agua
subterráneas para inundar las trincheras británicas, hasta bromear con que
pronto iban a recibir el auxilio de la Royal Navy.
Otro
de los elementos con los que resultaba más difícil convivir era la presencia
constante de restos de hombres y animales muertos, incluso de cadáveres
completos. La evacuación y entierro de los caídos y de los despojos de animales
nunca funcionó con eficacia. Un soldado francés dejó anotado en su diario nada
más llegar a la primera línea del frente en la región de Champaña: «Un olor
infecto se nos agarra a la garganta al llegar a nuestra nueva trinchera, a la
derecha de Les Éparges. Llueve a torrentes y nos encontramos con que hay lonas
de tiendas de campaña clavadas en los muros de la trinchera. Al alba del día
siguiente constatamos con estupor que nuestras trincheras están hechas sobre un
montón de cadáveres y que las lonas que han colocado nuestros predecesores
están para ocultar a la vista los cuerpos y restos humanos que allí hay». Los
efluvios fétidos se intentaban combatir en los lugares más afectados con
cloruro de cal, pero la presencia durante meses de la carne putrefacta hacía
que el olor de la primera línea se detectase a kilómetros de distancia. Con los
restos podridos llegaban las ratas, un mal endémico del frente. Un oficial
británico escribió desde el saliente de Ypres: «Sufrimos una plaga de ratas. Se
han comido casi todos los víveres, ¡incluso los manteles y las órdenes de
operaciones! Pedimos prestado un gato grande y lo encerramos por la noche para
que las exterminara, y a la mañana siguiente nos encontramos el lugar vacío.
Las ratas se lo habían comido entero, huesos, piel y demás, y arrastraron el
resto hasta sus madrigueras».
La
suciedad también se extendía a los propios cuerpos de los soldados. La
imposibilidad de un aseo frecuente hizo que los piojos y otros parásitos
afectasen a todos los contendientes por igual. Espulgar la ropa y a sí mismos
formaba parte de la labor cotidiana de los soldados, había incluso
despiojadores profesionales en las trincheras de apoyo que se encargaban de
eliminar los parásitos de las prendas, pero la rotación de los soldados por el
circuito del frente no les libraba de la presencia de estos incómodos
huéspedes. La suciedad de los soldados impresionaba a los que se incorporaban
por primera vez al servicio militar. El teniente francés Gaudy describía así a
los soldados relevados del frente por una tropa de refresco de la que formaba
parte: «El color de los rostros no se diferenciaba apenas del de los capotes,
hasta tal punto estaba todo recubierto de barro que se había secado para que
otro nuevo viniese a mancillar todo una vez más; los vestidos, como la piel,
estaban totalmente incrustados de ese barro». El aspecto sucio, barbudo y
harapiento de los soldados franceses fue probablemente el origen del nombre con
el que fueron apodados por sus compatriotas: poilus (literalmente «peludos»),
aunque no todos los historiadores están de acuerdo con la razón de este nombre.
Parece que el mismo motivo inspiró el que usaron los soldados alemanes para
referirse a sí mismos: Frontschweine («cerdos del frente»). Los británicos ya
disponían desde antes de la guerra de un mote para los soldados rasos del
ejército, quienes desde el siglo XIX recibían el nombre de tommies, plural del
diminutivo del nombre Thomas. Parece que el origen de este apelativo procede de
una figura de la cultura popular británica, Tommy Atkins, prototipo de soldado
de clase humilde, sencillo, honrado y sufridor real de los padecimientos de
todas las guerras.
Sin
embargo no todas las trincheras eran iguales. Algunas reunían mejores
condiciones que las de los aliados. Los alemanes fueron famosos por la solidez
y las comodidades que brindaban las suyas en comparación con las de sus
enemigos y, aunque a los soldados del ejército imperial alemán tampoco les
faltaban sinsabores y motivos para quejarse, lo cierto es que sus trincheras no
admitían comparación con las aliadas. El escritor y militar alemán Ernst Jünger
recordaba así cómo era su estancia en la trinchera: «En Monch […] yo tenía una
habitación subterránea a la que se llegaba bajando por cuarenta escalones
excavados en sólida greda, de manera que las granadas más pesadas, en aquella
profundidad, no producían más que un agradable rumor sordo, cuando nos inclinábamos
ante un interminable juego de cartas. En una pared tenía un lecho tallado […]
Sobre su cabecera colgaba una luz eléctrica de manera que podía leer
cómodamente hasta que me dormía […] El conjunto estaba aislado del mundo
exterior por una cortina de tela roja oscura con barras y anillos». Para sus
enemigos la sola idea de disponer de un lugar fijo donde dormir resguardados
era sencillamente inimaginable.
§. A
dos metros bajo tierra
Los
hombres comían en medio de aquella suciedad. Había tres refrigerios diarios y
la ración oficial del ejército británico constaba de 570 gramos de carne fresca
o 450 en conserva, 570 gramos de pan, 115 gramos de tocino, 85 gramos de queso
y 225 gramos de hortalizas frescas o 60 secas al día. A ello se sumaban
ocasionalmente té, azúcar y mermelada. Pese a que las autoridades militares
presumían de la buena alimentación de la tropa, pocas veces el soldado recibía
todos estos alimentos. La carne más corriente fue la envasada, que pese a ser
muy impopular entre los tommies era muy apreciada por la población francesa de
la retaguardia, así como objeto preferido de las razias ocasionales que los
alemanes dirigían a las trincheras enemigas para hacerse con parte de sus
provisiones. El pan tampoco estuvo presente salvo en momentos puntuales. En su
lugar se distribuían las galletas Pearl como sucedáneo, que los soldados
comparaban con las galletas para perros, pero que gustaban mucho a los niños de
la inmediata retaguardia, quienes se entretenían frecuentemente pidiendo comida
o distrayendo a las unidades que iban y venían del frente. Era precisamente en
la retaguardia donde estaban mejor alimentados los soldados británicos, ya que
aunque siguiesen efectuando labores de administración y entrenamiento, las
raciones de comida se acercaban mucho más a lo que en teoría les correspondía.
El objeto principal de la envidia de estos soldados era que tanto los franceses
como los alemanes habían logrado instalar cocinas de campaña en algunos tramos
del frente. La soupe (el rancho) que guisaban los soldados franceses a nivel de
pelotón había sido envidiada por los británicos en la guerra de Crimea. En esta
lo que despertaba más codicia entre los tommies era la capacidad de franceses y
alemanes para montar hornos de campaña en los que se cocía el pan, considerado
alimento cotidiano imprescindible para los continentales. Por no hablar de que
los franceses tenían incluido en su ración de campaña diaria medio litro de
vino, o en su defecto un litro de sidra o cerveza.
La
vida cotidiana en las trincheras estaba marcada por la monotonía, ya que
consistía en una larga espera con limitadas posibilidades para llenar el tiempo
y con la amenaza de la muerte acechando en cualquier momento tanto por un
descuido como por un ataque. Las implicaciones emocionales y psicológicas de
semejante dinámica eran muy perniciosas. Según el historiador y estudioso de la
literatura Paul Fussell, «estar en las trincheras significaba experimentar un
enclaustramiento y limitaciones irreales e inolvidables, a la vez que un
sentido de desorientación y de estar perdido. Se veían únicamente dos cosas:
las paredes de una tierra ilocalizable e indiferenciada y el cielo por encima».
Sólo había dos momentos en el día en que los soldados podían ver otra cosa, los
dos estados de alerta del amanecer y por la tarde, cuando podían otear la
tierra de nadie. Sin embargo la secuencia de los días que pasaban entre dos
paredes generaban habitualmente desorientación y trastornos a los soldados,
como la ansiedad. René Arnaud, un soldado del ejército francés, describió así
sus sentimientos al mirar desde la trinchera: «Cuando me detenía frente al
parapeto de la trinchera y oteaba la tierra de nadie ocurría que me imaginaba
que las estacas de nuestra fina red de alambrada eran las siluetas de una
patrulla alemana que estaba allí en cuclillas, lista para lanzarse hacia
delante. Yo miraba fijamente esas estacas, las veía moverse, oía el sonido de
las guerreras rozando el suelo y el tintineo de las vainas de las bayonetas… y entonces
me volvía hacia el soldado que estaba de guardia, y su serenidad me
tranquilizaba. Mientras él no viera ni oyera nada, allí no habría nada, sólo
mis propias y angustiosas alucinaciones».
En
ocasiones aquel fantasma se hacía realidad y la amenaza se materializaba
mediante un ataque enemigo. Otro soldado francés describió así el pasmo que
produjo en la tropa la ruptura de la rutina a la que se habían acostumbrado en
el subsuelo: «A las 16 horas cesan los tiros de los alemanes. Es el ataque. A
doscientos metros vemos salir de la tierra a un oficial alemán con el sable
desenvainado, seguido de la tropa en columnas de a cuatro, arma al hombro. Se
diría un desfile del 14 de julio. Nos quedamos estupefactos y, sin duda, el
enemigo contaba con este efecto de sorpresa, pero al cabo de unos segundos
recobramos el ánimo y nos ponemos a tirar como endiablados; nuestras
ametralladoras constantemente despiertas nos sostienen. El oficial alemán acaba
de morir a cincuenta metros de nuestras líneas con el brazo derecho extendido
en dirección a nosotros, y sus hombres caen y se amontonan detrás de él. Es
inimaginable». A veces las novedades sobre un ataque llegaban del alto mando, y
la sorpresa era entonces sustituida por una angustia insoportable, como dejó
escrito el soldado francés Raymond Naegelen: «Nos ha llegado la orden de la
brigada: “Tenéis que resistir cueste lo que cueste, no retroceder bajo ningún
pretexto y dejaros matar hasta el último antes que ceder una pulgada de
terreno”. De ese modo —dicen los hombres— la cosa está clara. Es la segunda
noche que vamos a pasar sin dormir […] Las horas se deslizan lentas, pero
inexorables. Nadie puede tragar nada porque tenemos un nudo en la garganta.
Siempre, siempre la idea angustiosa de si dentro de unas horas estaré aún en
este mundo o no seré ya más que un cadáver horrible despedazado por los
obuses».
A
los pocos meses de comenzar la guerra, la tierra de nadie estaba ya colmada de
cadáveres que no podían ser recogidos por ninguno de los bandos. Su sola
contemplación era espeluznante, como si de una premonición sobre el propio
futuro se tratase. También Naegelen dejó testimonio de ello: «A lo largo de
todo el frente […] yacen […] los soldados barridos por las ametralladoras,
extendidos cara a tierra y alineados como si estuviesen en plena maniobra. La
lluvia cae sobre ellos inexorable, y las balas siguen rompiendo sus huesos
blanqueados. Una noche, Jacques, que iba de patrulla, ha visto huir a las ratas
saliendo por debajo de sus capotes desteñidos, enormes ratas engordadas con
carne humana». Los británicos incluso se entretenían con macabros pasatiempos
sobre el asunto. Así, el mayor P. H. Pilditch recordaba tras la guerra que «en
lo que fue tierra de nadie durante cuatro años […] era una ocupación morbosa
pero muy interesante rastrear las diversas batallas entre los cientos de
calaveras, huesos y restos dispersos por todas partes. Se podía seguir el
avance de nuestros sucesivos ataques a la vista de los diversos equipamientos
de los esqueletos, las gorras de tela blanda que tenían la impronta de los
combates de 1914 y principios de 1915, luego las máscaras de oxígeno, después
los cascos de acero que revelaban los ataques de 1916».
Tan
sólo estos episodios de confrontación militar, unidos a la rotación en las
diferentes líneas del frente, introducían cierto ritmo a la monotonía de las
trincheras, que se vio acentuada por el alargamiento de la guerra. Los
gobiernos y los altos mandos militares habían prometido una guerra rápida y una
victoria fulminante a sus respectivas poblaciones, pero desde el mismo año 1914
la contienda había derivado en una situación de estancamiento global que acabó
convirtiéndola en una guerra de desgaste. Sólo el que fuese capaz de movilizar
y administrar mejor sus recursos tanto en el frente como sobre todo en la
retaguardia sería capaz de resistir una guerra que no iba a tener un final como
el de las anteriores. Muy pronto los planes de los contendientes dejaron de
buscar la victoria militar, sustituyendo este objetivo por el de causar una
crisis al enemigo de tal magnitud que se aviniese a negociar. Para los
soldados, tan sólo peones en las grandes estrategias, el alargamiento de la
guerra la convirtió en algo insoportable. De hecho, llegó un momento en que
muchos de ellos pensaron que la guerra no acabaría nunca, o por lo menos que
ellos no verían su final. Como afirma el profesor Fussell, no pocos soldados
llegaron a pensar que «la situación de punto muerto y de desgaste continuaría
indefinidamente, llegando a ser, como el teléfono y el motor de combustión
interna, una parte aceptada de la realidad de la experiencia moderna». Los
testimonios de soldados sobre la angustia que les producía la posibilidad, para
ellos muy verosímil, de una guerra sin fin son abundantísimos. Así, el mayor
británico Pilditch afirmaba: «Dios sabe cuánto durará esta situación. Ninguno
de nosotros llegará jamás a ver su conclusión y los muchachos que aún van al
colegio tendrán que tomar el testigo». Por su parte, otro militar británico
describía la curiosa operación que realizó un compañero suyo en el frente en el
verano de 1917: «Bosquejó la zona existente entre la línea de fuego de aquel
día y el Rin […] y la dividió entre la media del terreno ganado en el Somme,
Vimy y Messines. El resultado lo multiplicó por el tiempo invertido en preparar
y combatir en esas ofensivas, sacando nuevamente la media. El resultado
obtenido demostraba que sin contar con las pérdidas de terreno, y dando por
sentado que se mantendría el ritmo, llegaríamos al Rin en unos ciento ochenta
años». Si la máquina de vapor, la electricidad, el ferrocarril y el motor de
combustión interna eran cosas que apenas unos años antes parecían cuentos
increíbles y ahora formaban parte de la vida cotidiana, ¿por qué no iba a pasar
lo mismo con una guerra que había surgido de las naciones más modernas de la
tierra? El armisticio de 1918 puso fin a estos temores, pero el daño físico y
espiritual provocado por la guerra en quienes la padecieron no se limitaría a
los años del conflicto.
§.
Heridas del cuerpo…
Una
de las consecuencias más terribles de la experiencia de cuatro años y medio de
guerra fue el daño que se llevaron consigo los soldados supervivientes. El
empleo de nuevas armas y tácticas conllevó todo tipo de heridas y mutilaciones.
Tal fue el caso de las secuelas dejadas por los diversos gases tóxicos
empleados contra los soldados. Su primer uso por los alemanes en las cercanías
de Ypres en abril de 1915 produjo un efecto devastador en la moral de las
tropas aliadas, que se vieron abatidas por un arma inmaterial que podía ser
dirigida desde kilómetros de distancia. El gas de cloro empleado en aquella
ocasión no sólo produjo síntomas de asfixia en quienes lo inhalaron sino, ante
todo, terror por la imposibilidad de detectar el ataque para defenderse. El
efecto se fue repitiendo cuando a lo largo de la guerra se introdujeron
paulatinamente nuevos tipos de gas, para los que había que inventar formas de
protección novedosas que salvaguardasen a los soldados todo lo posible. Aunque
el número total de bajas producidas en el conflicto por los distintos gases
tóxicos fue reducido en comparación con las causadas por las ametralladoras o
la artillería, los ataques con gas se convirtieron en el símbolo de la barbarie
más descarnada vinculada a la Gran Guerra.
La
muerte por intoxicación con estos gases era especialmente terrible pues se
producía tras largas horas de agonía en las que el afectado apenas podía
respirar. En el caso de ataques con gas fosgeno, altamente letal, el número de
muertos fue superior al de los ataques con cloro. El gas tóxico no siempre
producía el fallecimiento, pero no por ello sus efectos eran leves. Uno de sus
resultados más frecuentes era la ceguera, temporal o definitiva, ya que
irritaban e inflamaban las mucosas de tal modo que los soldados no podían abrir
los ojos. Especialmente crueles fueron los efectos del temido gas mostaza que
no sólo era nocivo por inhalación, sino por el simple contacto con la piel. El
gas mostaza es en realidad una sustancia líquida (iperita) que en contacto con
la piel produce quemaduras al cabo de varias horas, razón por la que los
soldados no eran conscientes de haber sido atacados hasta pasado un tiempo de
ello, con el consiguiente efecto devastador desde el punto de vista
psicológico. Las quemaduras eran especialmente graves en los tejidos blandos
como los ojos o el tracto respiratorio, así como en aquellas zonas en que se
acumulaba el sudor como las axilas o los genitales. El alto grado de
incapacitación que provocaba fue el motivo de que en múltiples ocasiones se
realizasen con él ataques masivos. Como recuerda René Pita, «la estrategia
alemana consistía en utilizar iperita sobre las posiciones que no les
interesaba ocupar, buscando que la alta persistencia de esta sustancia hiciese
que los aliados tuviesen que abandonarlas, convirtiéndolas en “tierra de
nadie”. Por ejemplo, en el ataque de Armentières en el mes de abril de 1918,
los alemanes utilizaron tal cantidad de iperita que, según el general Hartley,
“corría gas mostaza por los desagües”». El número de sustancias químicas
tóxicas empleadas a lo largo de la guerra fue muy alto, y así junto a las más
conocidas, los soldados también tuvieron que padecer los efectos de toda suerte
de gases irritantes, inductores al vómito o al estornudo pensados para poder
atravesar sus máscaras y obligarlos a desprenderse de ellas para ser nuevamente
atacados con los otros gases como el fosgeno o la iperita.
Pese
a que los aliados introdujeron rápidamente en su arsenal las armas químicas con
las que les habían atacado los alemanes, el uso del gas quedó indeleblemente
grabado en la memoria de las naciones aliadas como una de las peores
atrocidades cometidas por los alemanes durante la guerra. La australiana Olive
King, que pasó toda la contienda conduciendo ambulancias primero en el frente
occidental y más tarde en los Balcanes, le escribía a su hermana en 1915 desde
Francia: «El fracaso, gracias a Dios, de ese maldito gas venenoso acabará
convirtiéndose en un gran revés para Alemania. ¿No es estupendo que las nuevas
máscaras antigás den tan buenos resultados? ¡Gracias, Dios bendito! Dios
debería hacer que esas horribles granadas de gas explotasen por sí solas y
matasen a 500.000 alemanes. Sería una maravillosa manera de vengar la
carnicería de nuestros pobres soldados, y ojalá que Él enviara incendios o
inundaciones que destruyeran o hiciesen saltar por los aires todas las fábricas
de munición alemanas».
Los
daños físicos producidos en el campo de batalla eran terribles y en muchas
ocasiones los medios para atenderlos resultaban escasos. A las numerosísimas
heridas de bala, se unían las provocadas por los restos de metralla procedentes
de los estallidos de artefactos explosivos de toda índole. Ceguera,
mutilaciones en piernas y brazos, deformaciones… eran el panorama cotidiano en
los hospitales de campaña. En el frente occidental el problema básico era poder
sacar a los heridos del frente en los momentos de combate, puesto que era en la
retaguardia donde se disponía de mejores medios para socorrerlos. En ocasiones,
durante las grandes ofensivas se improvisaban hospitales y sitios donde
intentar atender a los heridos, muchas veces en unas condiciones pésimas. El
lugarteniente francés Benech pasó parte de la batalla de Verdún en el túnel de
Tavannes, que los franceses habían habilitado como enfermería. El relato sobre
su experiencia allí resulta helador: «Llegamos al túnel […] Prefiero la lucha
al aire libre, el abrazo de la muerte en terreno descubierto. Fuera se tiene el
riesgo de una bala, pero aquí el peligro de la locura. […] Las caras de todos
están húmedas y el aire es tibio y nauseabundo. Acostados en la arena cenagosa,
sobre el carril, mirando a la bóveda o faz contra tierra, hechos un ovillo,
estos hombres embrutecidos esperan, duermen, roncan, sueñan y ni siquiera se
mueven cuando un camarada les aplasta un pie. En algunos sitios corre un
chorro. ¿Es agua u orina? Se nos agarra a la garganta y nos revuelve el
estómago un olor fuerte, animal, en el que surgen relentes de pólvora, de éter,
de azufre y de cloro, un olor de deyecciones y de cadáveres, de sudor y de
suciedad humana. Es imposible tomar aliento. Solamente el agua de café de la
cantimplora tibia y espumosa calma un poco la fiebre que nos anima. Los demás
puestos de socorro no gozan ni siquiera de unos instantes de seguridad… Me
llega un cabo muy joven, solo, con las dos manos arrancadas de raíz por los
puños, que mira sus dos muñones rojos y horribles con los ojos desorbitados».
Las
carencias no sólo se vivían en el frente occidental. En el frente oriental,
donde la guerra fue móvil y los ejércitos se desplazaban por grandes
superficies de terreno, el problema fundamental fue el traslado de los enfermos
a los centros de curación situados a enormes distancias. En muchos casos ni
siquiera se contaba con personal médico cualificado para atender a los heridos.
El escritor austríaco Stefan Zweig se llevó tal impresión al viajar en los
trenes-hospital habilitados para trasladarlos que se sintió compelido a hablar
de ellos en sus memorias: « ¡Ah, qué poco se parecían a aquellos trenes
sanitarios bien iluminados, blancos y perfectamente lavados en que al comienzo
de la guerra se dejaban retratar las archiduquesas y las damas distinguidas de
la sociedad vienesa vestidas de enfermeras! Lo que me tocó ver a mí,
horripilado, eran vulgares vagones de carga sin ventanas, con tan sólo una
estrecha claraboya, e iluminados por dentro con una lámpara de aceite cubierta
de hollín. Literas primitivas, una al lado de otra, ocupadas todas por hombres
de mortal lividez, que gemían y sudaban y jadeaban en busca de aire en el
espeso hedor a excrementos y yodoformo. […] Hablé con el médico, el cual, como
él mismo me confesó, en realidad sólo era dentista de una pequeña ciudad
húngara y no ejercía la cirugía desde hacía años. Estaba desesperado. Me dijo
que había telegrafiado a siete estaciones pidiendo morfina, pero que ya no
quedaba en ninguna parte, y que tampoco disponía de algodón ni vendas limpias
para las veinte horas de viaje que faltaban para llegar al hospital de
Budapest».
Además
de las heridas de guerra, con el hacinamiento y la falta de higiene de los
soldados en las trincheras del frente comenzaron a aflorar las enfermedades
infecciosas. El tifus exantemático se extendió rápidamente transmitido por los
piojos e incluso algunas enfermedades infantiles como el sarampión y las
paperas se cebaron ante la falta de salubridad y el debilitamiento de los
soldados. Las enfermedades de transmisión sexual hicieron verdaderos estragos
en ambos frentes desde el comienzo de la guerra. La presencia de prostitutas en
las poblaciones de la inmediata retaguardia a las que los soldados acudían para
satisfacer su deseo y encontrar algo de calor humano en medio del horror,
favoreció la extensión de enfermedades venéreas como la sífilis o la gonorrea.
En medio de aquella realidad delirante, la desesperación de algunos soldados
por lograr evadirse del frente llevó a situaciones tan disparatadas como a la
comercialización clandestina de pus gonorreico con el que infectarse. La
puntilla de todas estas enfermedades infecciosas fue la mal llamada «gripe
española», ya que el primer brote documentado se localizó en Kansas en el mes
de marzo de 1918. La dolencia viajó con los soldados estadounidenses que se
incorporaron entonces al frente occidental y rápidamente se propagó por Europa.
Para el verano había aparecido ya en los cinco continentes y en pocos meses
causó la muerte de cuarenta millones de personas, la mayoría asfixiados por la
acumulación de sangre y otros humores en los pulmones. La enfermedad afectó por
igual a militares y civiles en Europa, aunque en una mueca cruel del destino
alcanzó su pico de gravedad en los meses de noviembre y diciembre de 1918,
justo en las semanas posteriores al armisticio. En aquella ocasión la paz no
garantizó la vida de los supervivientes.
En
el panorama médico de los años de conflicto surgieron incluso dolencias
causadas directamente por el nuevo tipo de guerra que se estaba desarrollando.
Se llamó precisamente «pie de trinchera» a la enfermedad infecciosa que
aparecía en las extremidades inferiores de los soldados ocasionada por la
exposición prolongada al frío, la humedad y la imposibilidad de cambiar el
calzado durante largos intervalos de tiempo. Lo que comenzaba como un trastorno
de la circulación empeoraba afectando a las terminaciones nerviosas, y con la
presencia de infecciones por hongos y otros microorganismos. En los casos en
los que no se detectaba a tiempo el cuadro empeoraba rápidamente, llegando a
ser necesaria la amputación del miembro afectado. Muchos soldados tuvieron que ver
cómo además de padecer el suplicio de pasar sus días en las trincheras se les
pudrían literalmente los pies. Pero el fenómeno que más llamó la atención tanto
a militares como a médicos fue la aparición de nuevos e importantes trastornos
psiquiátricos relacionados con la experiencia bélica. Las vivencias terribles
que tuvieron que pasar quienes hacía tan sólo unos meses eran ciudadanos
civiles hizo que pronto aflorasen diferentes síntomas de perturbación mental.
La guerra iba a mostrar así su cara más cruel a quienes sin ser militares de
profesión se habían visto envueltos en el conflicto más destructivo hasta
entonces conocido.
§. Y
de la mente
En
los primeros meses de la contienda comenzaron a manifestarse entre algunos
soldados síntomas de lo que hoy se conoce como trastorno de estrés
postraumático, y que entonces recibió la denominación de «fatiga de combate»
para los casos leves y «neurosis de guerra» en los más graves y llamativos. Al
principio la confusión de los médicos británicos al enfrentarse a los primeros
casos les llevó a llamarlo Shell shock («conmoción de proyectil») por
considerar que eran daños producidos en el sistema nervioso por el impacto de
artefactos de la artillería del enemigo cerca del paciente o porque este había
pasado por experiencias traumáticas. Los síntomas eran diversos pero muy
definidos, incluyendo miedo y llanto incontrolados, temblores, tics, espasmos,
jaquecas, confusión, vértigos, pérdidas del equilibrio e incluso pérdidas
temporales de conocimiento. De forma menos frecuente se dieron casos de
parálisis, afasia, sordera y ceguera. La incapacidad de definir lo que les
estaba pasando a aquellos hombres llevó a los médicos a adoptar poco después la
etiqueta Not yet diagnosed (Nervous) «No diagnosticado todavía (Nervioso)».
Igual desconcierto mostraron sus colegas franceses (que vacilaron entre las
definiciones de commotion cerebrale, accident nerveux y el neologismo obusite
—derivado de «obús»—). Fueron finalmente los alemanes los que dieron con el
término definitivo al acuñar el apelativo neurose okriegneurose («neurosis de
guerra»).
Las
reacciones ante los primeros casos fueron similares en todos los contendientes.
Quienes comenzaron a mostrar los síntomas tuvieron que enfrentarse a la
incomprensión de sus compañeros y a las acusaciones de cobardía que procedían
de todas partes. Los mandos militares se mostraban muy reacios a considerar una
enfermedad lo que les sucedía y sólo la necesidad de contar con el máximo de
hombres operativo les llevó a aceptar un tratamiento médico para intentar
devolver cuanto antes a estos hombres a la lucha activa. El auge de los casos
hizo necesario reclutar personal adecuado para abordar el problema. Así fue
como durante la Primera Guerra Mundial los psiquiatras ingresaron en los
cuerpos médicos militares, experimentándose una auténtica explosión de los
estudios de la salud mental de los combatientes. La primera estrategia que se
adoptó para su tratamiento fue la de proporcionar atención médica cerca del
frente, ya que se temía que si se les alejaba de la causa del trauma antes de
su curación no lo superarían nunca y los síntomas quedarían fijados. Sólo ante
el fracaso de este procedimiento comenzaron a surgir unidades de salud mental
para militares en los hospitales de la retaguardia y centros especializados.
Entre los soldados que necesitaron tratamiento en ellos se encontraron dos de
los memorialistas británicos más importantes de la guerra, Siegfried Sassoon y
Edmund Blunden, así como un joven cabo del ejército alemán aquejado de ceguera
temporal ocasionada por gas tóxico y empeorada por una crisis de ansiedad que
años más tarde se haría tristemente famoso, Adolf Hitler.
En
estos centros se atendieron mejor los problemas psíquicos y emocionales
subyacentes a la enfermedad. En opinión de la historiadora Joanna Bourke, «en
los años iniciales de la Primera Guerra Mundial, cuando se creía que la
neurosis de guerra era consecuencia de heridas concretas en los nervios, se
pensaba que traumas físicos como quedar sepultado vivo y la exposición al
bombardeo pesado eran explicaciones verosímiles de las crisis “nerviosas”,
mientras que el miedo y la culpa tenían escasa relevancia en el desarrollo del
trastorno […] Una vez que estos factores fueron reconocidos, el miedo y el acto
de matar en sí mismos adquirieron súbitamente mayor importancia». Se
propiciaron así nuevas terapias centradas en la aceptación por parte del
paciente de lo que había vivido en vez de su represión, incluyendo el empleo de
técnicas novedosas como el psicoanálisis y la hipnosis. Pese a todo en algunos
pacientes los síntomas persistieron y en muchos casos los desórdenes psíquicos
se prolongaron más allá de la guerra. Un informe oficial británico de 1920
cifraba en sesenta y cinco mil los excombatientes que recibían pensión por
neurastenia y en nueve mil los que continuaban hospitalizados. Sería la primera
vez que una guerra produjese invalidez permanente por enfermedad psiquiátrica a
elevados porcentajes de antiguos soldados, circunstancia que se repetiría con
frecuencia a lo largo del siglo XX, siendo los ejemplos más evidentes de ello
la Segunda Guerra Mundial y la guerra de Vietnam.
Durante
la Gran Guerra los mandos militares desconfiaron constantemente de los
psiquiatras y de los enfermos mentales, ya que siempre temieron que los hombres
fingiesen locura para intentar zafarse del servicio de las armas. Aunque por
los informes médicos parece que estos casos fueron muy pocos, lo que sí se ha
documentado es que la presión psíquica insoportable llevó a algunos soldados a
buscar que se les infligiesen heridas incapacitantes para lograr la evacuación
hacia un hospital en la retaguardia. En el frente occidental se ha documentado
cómo en determinados momentos algunos soldados levantaban sus manos e incluso
sus pies por encima del parapeto de protección buscando una herida de bala que
exigiese curación hospitalaria. Incluso algunos llegaron a dispararse a sí
mismos. El soldado australiano Joseph Murray, durante su permanencia en la
campaña de los Dardanelos, escribió un diario en el que describió un episodio
de estas características. Su compañero Tubby, incapaz de resistir más tiempo en
aquel infierno, se disparó tapando la abertura del cañón de su fusil con el
dedo pulgar, con tan mala fortuna que no llegó a arrancarse la falange en su
totalidad: «Tubby había perdido mucha sangre. Había que hacer algo rápido y la
única alternativa era intentar cortárselo. Puse su pulgar sobre la culata de su
fusil, apoyé mi navaja sobre él y con un golpe seco de mi puño la operación
quedó completada». Lo que llevaba a un hombre que había permanecido en su casa
desarrollando una vida normal a cometer actos contra sí mismo no sólo era el
estado de privación y sacrificio que se le exigía en una situación que ni los
propios mandos que les dirigían habían pasado en guerras anteriores. El nuevo
tipo de guerra al que había que hacer frente alcanzaba su expresión más terrible
cuando ellos, hombres de carne y hueso, se enfrentaban al poder destructivo de
las nuevas armas. Lo que vivían cuando salían de la trinchera en dirección a
las posiciones enemigas era en muchas ocasiones más espeluznante que lo que
habían tenido que pasar enterrados en ellas.
§.
Bautizados en fuego
Debido
a la situación de empate en el frente occidental y al altísimo número de bajas
que conllevaban los ataques, las trincheras sólo se abandonaban por el lado del
frente cuando el alto mando ordenaba el avance en ofensivas detenidamente
calculadas. El enemigo más temido eran las ametralladoras. Aunque ya habían
sido empleadas ocasionalmente en conflictos anteriores, su uso sistemático por
todos los contendientes ocasionó un reguero de sangre y muerte inédito. Las
alambradas que se anteponían a los parapetos de las trincheras se convirtieron
en complejas trampas que inmovilizaban a quienes intentaban traspasarlas, para
ser a continuación acribillados por el fuego de las ametralladoras. Los
cadáveres de los hombres que habían encontrado la muerte en las alambradas
podían quedar colgados de ellas durante meses. A lo largo de la guerra se
intentaron encontrar fórmulas que desbloqueasen el avance de la infantería,
siendo una de las más ensayadas el ataque combinado de esta con la artillería.
En muchas ocasiones era la artillería enemiga la que arrasaba la tierra de
nadie mientras los soldados intentaban abrirse paso hacia las posiciones
enemigas. Este tipo de situaciones dio lugar a uno de los espantos de la guerra
que más fuertemente grabados quedaron en las mentes de los soldados. Y es que
la muerte por el impacto de bala, proyectiles o quedar herido o mutilado no era
lo peor que les podía pasar durante su tránsito por la tierra de nadie…
Con
frecuencia la potencia de los explosivos lanzados hacía que los soldados
saltasen por los aires o quedasen atrapados por los inmensos volúmenes de
tierra que removían las bombas. Eran los llamados «enterrados vivos». El
soldado francés Gustave Heger, del 28º Regimiento de Infantería, reflejó así su
experiencia en uno de estos avances: «Desentierro a un poilude la 270ª, más
fácil de sacar. Hay todavía varios enterrados que gritan; los alemanes deben
oírles porque nos abrasan desde cubierto con sus ametralladoras. No es posible
trabajar de pie y por un momento tengo casi ganas de marcharme, pero la verdad
es que no puedo dejar así a los camaradas… Intento desprender al viejo Mazé,
que sigue gritando; pero cuánta más tierra quito, más se hunde; lo desentierro
por fin hasta el pecho y puede respirar un poco mejor; me voy entonces a
socorrer a un hombre de la 270ª que grita también, pero más débilmente, y
consigo liberarle la cabeza hasta el cuello, mientras llora y me suplica que no
le deje allí. Deben quedar otros dos, pero no se oye nada y vuelvo a cavar para
despejarles la cabeza. Me doy cuenta entonces de que los dos están muertos. Me
tumbo un poco porque estoy agotado; el bombardeo continúa». Entre los
monumentos que se pueden ver en el antiguo campo de batalla de Verdún está «la
trinchera de las bayonetas», donde cincuenta y siete hombres del 137º
Regimiento de Infantería que estaban alineados en su trinchera, con las espadas
bayonetas caladas en los fusiles, listos para un ataque, fueron sepultados vivos
el 12 de junio de 1916, quedando la punta de sus bayonetas que asoma de la
tierra como testigo de su tragedia. Algunos historiadores de la Gran Guerra
niegan sin embargo la posibilidad de que una avalancha de tierra provocada por
una explosión pudiese enterrar una trinchera entera.
Pese
a lo terrible de tales situaciones, estos hombres encontraban las fuerzas, la
capacidad o el tiempo para llevar a cabo una de las tareas que más satisfacción
les proporcionaba en medio de aquel infierno, recoger trofeos. Desde comienzos
de la guerra los soldados desarrollaron un gusto exacerbado por coleccionar
todo tipo de objetos sustraídos a los que habían caído en el campo de batalla,
e incluso floreció una suerte de comercio con ellos. Los soldados de todas las
nacionalidades atesoraban botones, charreteras, flautines, medallas, cascos,
borlas de las bayonetas, las bayonetas mismas, fusiles… incluso partes del
cuerpo como orejas y dientes que se arrancaban a los cadáveres. El objetivo de
acumular estos objetos era tener un testimonio que enviar por correo o que
llevar de vuelta a casa para demostrar a familiares y amigos que se había
combatido en el frente. Y ello a sabiendas de que entretenerse a obtenerlos
durante la ofensiva o aventurarse en la tierra de nadie por la noche con el
mismo fin entrañaba un riesgo de muerte. Refiriéndose al trofeo favorito de los
británicos a comienzos de la guerra, el Pickelhaube alemán, el cabo británico
George Coppard escribió en sus memorias: «La mera exhibición de uno de ellos
cuando estabas de permiso sugería que tú mismo habías matado a su propietario
original». Otros soldados llevaban consigo algunos de estos objetos, los más
pequeños, al considerarlos como un amuleto protector contra el fuego enemigo.
Durante
los ataques los soldados también podían verse en la difícil tesitura de
rendirse. Las convenciones de La Haya de 1899 y 1907 establecían claramente que
matar a los prisioneros era un delito. De hecho, tratarlos bien podía tener
efectos propagandísticos entre las líneas enemigas. Lo sabían bien tanto los
turcos como los aliados, que en la batalla de Galípoli y en la ofensiva final
de 1918 respectivamente se dedicaron a lanzar octavillas sobre el enemigo
ensalzando lo bien que serían tratados aquellos que se rindiesen. Pese a todo,
en numerosas ocasiones la práctica fue no hacer prisioneros. La matanza
indiferenciada de estos podía estar motivada por causas más o menos lejanas
(los aliados esgrimían el comportamiento brutal de los alemanes durante la
invasión de Bélgica, sus bombardeos sobre la población civil o su guerra
submarina indiscriminada), pero lo más frecuente era que detrás de esta
práctica estuviese el ánimo de venganza como represalia contra alguna acción
anterior. Han llegado hasta nosotros múltiples testimonios sobre actitudes de
este tipo. El soldado británico Ashurst Morris hizo la siguiente anotación en
su diario de guerra el 16 de junio de 1915: «En ese momento vi a un alemán,
bastante joven, corriendo por la trinchera, con los brazos levantados y aspecto
aterrorizado, pidiendo clemencia. Le disparé de inmediato. Fue una visión
divina verle caer hacia delante. Un oficial de los Lincoln [apócope para los
miembros del Lincolnshire Regiment] se puso furioso conmigo, pero todas las que
les debíamos primaban sobre todo lo demás». De una forma similar un soldado
canadiense escribió sobre las operaciones desarrolladas en septiembre de 1916:
«Un joven alemán desaliñado, sin casco, con pelo corto y gafas de montura
metálica, corrió gritando de miedo, esquivándonos para evitar que le
disparásemos, gritando: “Nein! Nein!”. Sacó del bolsillo un puñado de
fotografías y trató de mostrárnoslas (supongo que eran de su esposa e hijos) en
un esfuerzo por ganar nuestra simpatía. Todo fue en vano. En cuanto las balas
le alcanzaron cayó al suelo inmóvil, con las pequeñas y patéticas fotografías
revoloteando hacia la tierra a su alrededor».
Además
de los actos espontáneos de la tropa, desde principios de la guerra algunos
oficiales de todos los ejércitos dieron órdenes expresas de no hacer
prisioneros en la creencia de que así aumentaban la agresividad y eficacia de
los soldados bajo sus órdenes. Con ello también evitaban los inconvenientes de
mantener grupos de prisioneros en sus trincheras o tener que prescindir de
parte de sus soldados para escoltarles hasta su lugar de cautiverio. Varios
soldados británicos recordaban en sus escritos haber oído de sus mandos frases
como «Se pueden hacer prisioneros, pero yo no quiero verlos» o «No deis cuartel
al enemigo ni hagáis prisioneros». Incluso un soldado del ejército británico,
Jimmy O’Brien, recordaba cómo les arengó en una ocasión su capellán: «Bien,
muchachos, mañana por la mañana vamos a entrar en acción, y si hacéis algún
prisionero vuestras raciones se reducirán a la mitad. Por lo tanto, no hagáis
prisioneros. ¡Matadlos! Si hacéis prisioneros habrá que alimentarles con
vuestras propias raciones, de modo que os encontraréis con la mitad de ellas.
La respuesta es no hacer prisioneros».
Estas
consignas fueron uno más de los factores que hicieron cambiar a los soldados a
lo largo de los cuatro años que duró la guerra. Quienes se alistaron aquel
verano de 1914 vieron transformada su vida de civiles por un nuevo tipo de
guerra que distaba mucho de los relatos heroicos y triunfales que se les habían
presentado como una verdad indudable y que les impulsaron a inscribirse en la
causa de sus respectivas naciones. Una vez movilizados tuvieron que vérselas
con una existencia miserable y enajenante en el frente, que paulatinamente fue
poniendo a prueba la resistencia de todos los que lograron ir sobreviviendo a
la formidable carnicería masiva que desangró Europa desde el mismo comienzo de
las hostilidades. La inmensa dureza de la guerra de trincheras, sólo
interrumpida por la enfermedad, la batalla o la muerte, retorció el alma de
estos hombres hasta límites más allá de lo humano. Ninguno de los espectáculos
atroces que proporcionó aquella guerra puede plasmar tan claramente los efectos
de la profunda inhumanidad a la que se veían sometidos como la contemplación
del estado de los que salían de las trincheras camino de la retaguardia,
cargados con la certeza de que poco tiempo después deberían regresar a aquella
sima espantosa. El teniente francés Gaudy la describió así: «No he visto nada
más desgarrado que el desfile de los dos regimientos de la brigada, el 57º y el
144º de Infantería, que se desplegaron ante mí, en este camino, durante todo el
día. Aparecieron primero unos esqueletos de compañía que conducía a veces un
oficial superviviente que se apoyaba sobre un bastón; todos andaban, o más bien
avanzaban, a pasitos, con las rodillas dobladas, inclinados sobre sí mismos y
tambaleándose como si estuviesen borrachos […] iban con la cabeza baja, la mirada
sombría, abrumados por el peso de la mochila y con el fusil rojo y terroso
colgando del correaje. […] Ellos no decían nada, no gemían siquiera porque
habían perdido la fuerza hasta de quejarse. Cuando estos forzados de la guerra
levantaban la cabeza hasta los tejados del pueblo se advertía en sus miradas un
abismo increíble de dolor, y en ese gesto sus rasgos aparecían fijados por el
polvo y tensos por el sufrimiento; parecía que esos rostros mudos gritaban
alguna cosa aterradora: el horror increíble de su martirio. Algunos soldados de
la segunda reserva que estaban mirándoles a mi lado permanecían pensativos y
dos de ellos lloraron en silencio…».
Capítulo
9
Los
motivos del autómata
Cuando
multitudes de civiles corrieron a alistarse en el verano de 1914 para acudir al
frente a luchar por la causa de su país en la guerra que acababa de estallar
entre las grandes potencias europeas, nadie era capaz de imaginar el tipo de
confrontación que se iba a desarrollar. La guerra es tan antigua como la
humanidad, pero la experiencia que los diferentes países habían acumulado
durante siglos al respecto no sirvió de nada ante las novedades que
introduciría la Primera Guerra Mundial. La aparición de nuevas armas
mecanizadas, la industria aplicada a la producción en serie de proyectiles,
municiones y todo tipo de ingenios destinados a causar la muerte del enemigo,
la falta de respeto hacia la población civil, el surgimiento de la guerra de
trincheras y el desarrollo de estrategias de desgaste interno del enemigo para
desbloquear la situación militar fueron sólo algunos de los motivos para que
este tipo de conflicto recibiese el nombre de «guerra total». Una parte
importante de sus consecuencias fue asumida por los hombres que llevaban a la
práctica en el frente los planes de las autoridades que diseñaban la guerra por
encima de ellos. Fueron ellos quienes tuvieron que padecer el frío y el hambre
de las trincheras, la monotonía de una existencia inhumana que sólo se alteraba
con la orden de atacar (que en buena medida era sinónimo de la muerte), las
enfermedades o los trastornos psicológicos.
Sin
embargo, a lo largo de los cuatro años largos que duró el conflicto no hubo
sublevaciones en el seno de los ejércitos que combatían, si se exceptúa la
desintegración del ejército ruso durante los meses de revolución que acabaron
con el imperio de los zares. El motín del ejército francés que tuvo lugar en la
primavera de 1917 fue más bien una huelga, y los actos de desobediencia del
ejército italiano tras la batalla de Caporetto en noviembre de aquel mismo año
fueron efecto del colapso ante la derrota completa que habían sufrido. Los
soldados, por muy mal que lo pasasen, permanecieron en sus puestos de combate,
aguantando la larga espera de la muerte o algo peor. El nivel de desengaño,
frustración y desgaste les llevó a límites difícilmente imaginables y sin
embargo resistieron y lucharon hasta que la guerra que veían ya como inacabable
llegó a su fin. Sólo se puede explicar esta entereza si se tiene en cuenta que
también hubo factores que animaron a los hombres a continuar con su deber, o
que contaron por lo menos con algunos recursos capaces de insuflar algo de
oxígeno en sus casi ahogados espíritus. Tal fue el papel de la camaradería, la
correspondencia, la lectura… pero también el de la creación de una identidad
diferenciada respecto a los oficiales o el de los mitos de guerra. Estos
resortes, independientemente de su diversa naturaleza, tuvieron como
denominador común la capacidad de ayudar a no perder la fe a quienes casi se
habían convertido en autómatas. Fueron en buena medida esos recursos los que lograron
mantener vivo el rescoldo de las motivaciones esenciales que mucho tiempo atrás
les habían compelido a presentarse voluntarios a lo que resultó ser no un paseo
militar, sino una larga e inédita masacre.
En
apenas unas semanas, un margen de tiempo prácticamente inimaginable unas
décadas antes, las potencias europeas movilizaron a millones de hombres para
una guerra que enseguida se extendió por todo el mundo para abarcar regiones
tan lejanas como las colonias alemanas de Oceanía y África o los territorios
del Imperio otomano. Escenarios tan distintos tuvieron como resultados
modalidades de contienda diferentes, pero si hubo alguna que marcó de forma
indeleble el período 1914-1918, fue sin duda la guerra de trincheras que se
produjo en el frente occidental. La aparición de una guerra de posiciones en la
que los soldados de infantería tenían que resistir en trincheras cualquier
posible ataque del enemigo al tiempo que se lanzaba contra ellos toda la
potencia destructiva de los nuevos tipos de armas, hizo de esta experiencia la
más terrible plasmación de la sinrazón bélica. Pese a que los mandos militares
tanto de los aliados como de los alemanes eran conscientes del fortísimo
desgaste físico y mental que padecían sus tropas, el alargamiento de una guerra
que se había presumido corta, la monotonía debida al bloqueo de fuerzas que se
produjo en el frente y el altísimo coste en vidas humanas que ocasionaron las
ofensivas que intentaron desbloquear esta situación tuvieron como resultado la
continuidad y profundización del sufrimiento de los soldados. Lo que nunca
pensaron aquellos mandos es que los soldados se darían cuenta de que ese
sufrimiento era compartido por los combatientes que poblaban las trincheras enemigas,
y que esto podría traer efectos indeseables.
§.
Un enemigo demasiado familiar
Varios
episodios de la Primera Guerra Mundial han quedado fijados en la memoria
colectiva de diferentes países como el símbolo del sacrificio de toda una
generación de jóvenes en aquella tragedia inconmensurable. Así, los franceses
recuerdan con tan profundo respeto y veneración la batalla de Verdún como los
británicos lo hacen con la del Somme o los australianos y neozelandeses con la
de Galípoli. Si algo hacía todavía más insoportable la sangría de pérdidas
humanas a quienes lucharon en esas batallas era la sensación de que el sentido
último del conflicto se les escapaba. En las trincheras las discusiones sobre
las causas de la guerra fueron frecuentes. Dos excombatientes, el australiano
Frederic Manning y el alemán Erich Maria Remarque, plasmaron su experiencia en
el frente occidental en sendas novelas, en las que se encuentran momentos en
los que los soldados de infantería conversaban sobre el tema. En The Middle
Parts of Fortune de Manning la charla se origina por queja de un soldado porque
los mandos les hablan «de libertad, y de luchar por tu país, y de la
posteridad, y de todo eso; pero lo que yo quiero saber es por qué estamos
luchando todos nosotros…». En Sin novedad en el frente de Remarque uno de los
soldados afirma: «Resulta divertido si lo piensas […] Nosotros estamos
defendiendo nuestra patria. Y resulta que los franceses también están
defendiendo la suya. ¿Quién tiene razón?»; mientras, otro contesta a un
compañero que asegura que las guerras se originan por el insulto que un país
lanza a otro: «No lo entiendo. Una montaña alemana no puede insultar a una
montaña francesa, ni un río, un bosque o un maizal».
La
similitud de las condiciones en que vivieron los soldados de ambos bandos y los
sufrimientos a que se vieron sometidos acabó dotándoles de una conciencia clara
de que además de las cosas que les separaban había otras que, si no les unían,
por lo menos les dejaban en una situación muy similar. Quizá la razón de esta
identificación procedía del convencimiento expresado por el soldado británico
Max Plowman: «Bajo este resplandeciente sol resulta imposible pensar que en
cualquier momento, nosotros en esta trinchera y ellos en otra, podemos reventar
en mil pedazos como consecuencia de las granadas disparadas desde cañones a
distancias invisibles, por tipos cordiales que estarían perfectamente
dispuestos a convidarte a una copa si te los encontrases cara a cara». Fue la
generalización de esta impresión la que produjo algunos momentos de
confraternización entre las líneas durante la contienda. El más conocido de
ellos se produjo durante la Navidad de 1914 en el frente de Flandes. Durante la
Nochebuena los soldados aliados se sorprendieron al ver aparecer en algunos
sectores de las trincheras alemanas árboles de Navidad seguidos de voces que
cantaban villancicos, especialmente Stille Nacht, heilige Nacht (la versión
original alemana de Noche de paz). Los soldados británicos respondieron
cantando «The First Nowell the angel did say…», un villancico tradicional de
Cornualles, del siglo XVIII. Fueron cantando unos y otros, como en un certamen
que cerraron los alemanes con el Adeste fideles.
Al
día siguiente, y tras un breve período de cautela, alemanes, ingleses y en
menor medida franceses treparon por las paredes de las trincheras, se
estrecharon las manos felicitándose las Pascuas e intercambiaron pequeños
regalos como cigarrillos, tabaco o periódicos. En algunas partes los soldados
de ambos bandos compartieron la cena del día de Navidad e incluso se celebró al
menos un partido de fútbol entre los contendientes, con los equipos del 133º
Regimiento de Infantería de Sajonia y los Seaforth Highlanders, ganado por los
alemanes por 3 a 2. La fotografía de este publicada en la portada del Daily
Mirror pese a los esfuerzos de los mandos para destruir los testimonios de la
tregua, demostraba cómo el odio al enemigo preconizado por el discurso oficial
no era más que una impostura bélica que podía sucumbir ante el deseo de vivir
de unos hombres que, en el fondo, eran actores en una guerra que no era suya.
La tregua espontánea sirvió para enterrar a los cadáveres abandonados en la
tierra de nadie, y en algunos sectores se celebraron ceremonias fúnebres
conjuntas. En una de ellas alemanes e ingleses recitaron juntos el Salmo 23 de
la Biblia, «El Señor es mi pastor…».
El
hecho, que se produjo en sectores puntuales, pilló completamente por sorpresa a
los mandos de ambos ejércitos. Absolutamente atónitos por lo que estaba
sucediendo, fueron recabando información a lo largo del día de Navidad y
enviando inmediatamente órdenes para que se abortasen las iniciativas de
confraternización, de modo que el día 26 se reiniciaron las hostilidades,
aunque con menor intensidad. Conscientes de los graves inconvenientes que
podían surgir si la noticia de la tregua se difundía, los mandos se afanaron en
destruir las fotografías de la jornada, así como en censurar las cartas de los
soldados en que se contaba lo sucedido. La inhumana maquinaria de la guerra no
estaba dispuesta a ceder un solo milímetro de su aplastante conquista sobre el espíritu
de los soldados. Sin embargo, en algunas partes los soldados prolongaron la
tregua de hecho, no disparando al enemigo durante todo el mes de enero, lo que
provocó casi el pánico del alto mando. Una secuela de aquella primera tregua de
Navidad demostró que su preocupación estaba justificada. En el frente oriental
se produjo una espontánea tregua de Navidad en 1916, y ya no fue posible lograr
que los soldados rusos luchasen. A primeros de año comenzaron a romper la
disciplina, a amotinarse, y la revuelta se extendió por todo el ejército,
convirtiéndose al mes siguiente, febrero de 1917, en la revolución que derribó
al zar.
En
los años siguientes de guerra las treguas escasearon, ya que el odio al enemigo
fue debidamente alimentado por los mandos y la propia dinámica bélica. Sin
embargo sí se produjeron situaciones en las que la intensidad del conflicto se
reducía o en las que se llegaba a acuerdos tácitos de no agresión. Uno de los
fenómenos que más ha llamado la atención a los historiadores fue el desarrollo
del sistema basado en la norma «vive y deja vivir». Este tuvo lugar en sectores
aislados del frente en momentos de poca actividad bélica. En opinión de la
historiadora neozelandesa Joanna Bourke, este sistema «dependía de la
percepción aproximada de la fortaleza relativa de cada unidad militar y, por
tanto, era más firme cuando los dos bandos estaban más o menos igualados. Fue
común que los hombres se negaran a salir de las trincheras y hacer más de lo
estrictamente necesario, a menos que se los obligara a punta de pistola, y
también que fingieran estar enfermos». Esto significaba en la práctica que se
podía llegar a treguas tácitas y oficiosas, que solían consistir en limitar el
fuego a determinadas horas del día, prohibir el disparo de francotiradores
durante las comidas, acordar que si se encontraban las patrullas nocturnas por
la tierra de nadie no se atacase o acceder a que el enemigo pudiese retirar a
sus muertos del campo para enterrarlos. Este sistema sólo estuvo vigente en las
partes más tranquilas del frente (sobre todo en la zona más meridional del
frente occidental) y durante períodos puntuales.
Además
se podían producir situaciones en las que el encuentro con el enemigo no se
traducía en el inicio de un combate. Según el historiador canadiense Tim
Travers, «el conflicto a veces se podía evitar, como en el caso de una patrulla
alemana que en junio de 1916, con los fusiles al hombro, se encontró
inesperadamente con un puesto avanzado francés en medio de la niebla. Un
suboficial alemán simplemente dijo en francés: “Triste guerre, monsieurs!
Triste guerre!” [“¡Triste guerra, señores! ¡Triste guerra!”] y los franceses
sencillamente permitieron a la patrulla alejarse mientras se desvanecían en la
niebla». En otros casos los soldados se sentían reacios a responder con las
armas. El poeta británico Edmund Blunden recordaba en sus memorias cómo en una
ocasión su unidad se vio sorprendida cuando unos veinte alemanes salieron de su
trinchera preguntando a los británicos «Good morning, Tommy, have you any
biscuits?» («Buenos días, Tommy, ¿tenéis galletas?») y, después de intercambiar
alborozadamente algunas palabras a gritos, volvieron tranquilamente a sus
puestos. Asimismo el oficial francés Paul Maze señaló cómo una vez tuvo a tiro
a un alemán que estaba en su trinchera sentado, pero decidió no dispararle en
cuanto reconoció lo que estaba haciendo, una tarea a la que los propios
franceses tenían que dedicar varios ratos al día, la de despiojarse. Otros
momentos como la recogida de los muertos o heridos y las reparaciones de
envergadura de las trincheras después de temporadas de fuertes lluvias eran
ocasionalmente respetados como situaciones en las que no se debía hostigar al
enemigo.
Sin
embargo este reconocimiento del sufrimiento del adversario como similar al
propio no fue obstáculo para que a medida que avanzaba la guerra el odio fuese
abriéndose camino por encima de la solidaridad y el humanitarismo. Aparte de la
violencia y el derramamiento de sangre que supusieron las ofensivas
planificadas por los altos mandos, desde 1915 las patrullas nocturnas por la
tierra de nadie fueron adquiriendo ocasionalmente la forma de incursiones
contra el enemigo, para las que se desarrolló una panoplia de armas cuerpo a
cuerpo, dagas, machetes, puños de hierro, mazas y flagelos, o simplemente palas
afiladas como hachas, que retrotraían a tiempos más primitivos, cuando los
guerreros tenían que matar a mano, viendo la sangre del enemigo. En muchos casos
fueron los propios oficiales de las unidades del frente los que organizaban
estas razias como una forma de mantener alto el ánimo bélico de la tropa e
impedir que se oxidase por la inactividad cotidiana en las trincheras. Su
objetivo principal era obtener información sobre la situación del enemigo en un
sector concreto del frente y a medida que fue avanzando la guerra algunas de
estas iniciativas fueron tomando cada vez más envergadura, incluyendo una
planificación más cuidadosa, órdenes precisas e incluso apoyo de la artillería.
Se acabaron convirtiendo en una especie de pequeñas ofensivas. El escritor
alemán Ernst Jünger describió cómo sus superiores le ordenaron que tomase bajo
su mando a dos hombres el 20 de junio de 1916 y que cruzase la tierra de nadie
para averiguar si los británicos estaban excavando. La patrulla de Jünger fue
descubierta y se vio envuelta en una escaramuza antes de poder intentar la
retirada, quedando viva en su mente la sensación que tuvo en aquel momento: «La
liza será corta y asesina. Tiritas sacudido por dos sensaciones violentas: la
excitación tensa del cazador y el terror de la presa». Por tanto el enemigo se
fue convirtiendo cada vez más en el objetivo a abatir, pese a su cercanía
física en las trincheras y a la similitud de su sufrimiento cotidiano. Los
sentimientos de camaradería y hermanamiento se desarrollarían a partir de
entonces con los compañeros de la unidad, adquiriendo a veces expresiones que
sorprenderían a los propios soldados.
§.
Hermanos de armas
La
estancia de los soldados en el frente fue una experiencia que puso a prueba su
capacidad de resistencia en todos los sentidos. La convivencia con la muerte,
con las heridas, la mutilación y la enfermedad supusieron una enorme conmoción
para muchos de ellos. En otros casos el trauma más importante fue el de tener
que matar, ya que la educación que habían recibido en su vida de civiles iba
precisamente encaminada a evitar la violencia. Todos estos fueron elementos que
determinaron que, entre otros, el resultado de su dilatada experiencia bélica
fuese una profunda deshumanización. Algo realmente sorprendente es que para
poder sobrevivir esos mismos soldados aplicasen el mismo proceso de
deshumanización al enemigo, al que pronto dejaron de percibir como otra persona
para convertirlo en otra clase de ser cuya muerte era más tolerable. Los
franceses aplicaron a los alemanes el apelativo denigratorio tradicional en
lengua francesa, boche, mientras que los ingleses escogieron un término pensado
para acentuar su caracterización como los representantes de un militarismo
brutal y bárbaro que debía ser derribado, el de huns (hunos).
Los
testimonios de los propios soldados hablan sobre este proceso de enajenación,
de insensibilización hacia el prójimo, que se convirtió en una exigencia para
sobrevivir en aquel contexto. El joven soldado de infantería René Arnaud, al
salir en 1916 de la primera línea de combate de Verdún, dejó anotado en su
diario: «Tal vez esta indiferencia sea el mejor estado en que pueda sentirse
una persona que se halla en combate: actuar por hábito y por instinto, sin
esperanzas y sin miedo. El prolongado período de sentimientos exacerbados acabó
aniquilando la capacidad de sentir». Casi un año más tarde, el soldado
británico Alfred Pollard reflexionaba a raíz de su hallazgo de una trinchera
plagada de cadáveres cerca de Grandcourt: «… yo no era más que un niño que
contemplaba la vida con esperanzado optimismo y veía la guerra como una
aventura interesante. Cuando ese día descubrí los cuerpos de los hunos muertos
por el fuego de nuestras granadas me invadió la compasión por esos hombres
cuyas vidas habían sido segadas en el momento de su máximo vigor. En cambio,
ahora yo era un hombre y sabía que pasarían años antes de que terminara la
guerra. Y miraba una trinchera llena de cuerpos sin sentir nada en absoluto. Ni
lástima ni temor a que yo también pudiera estar muerto pronto; ni siquiera
rabia contra los hombres que los habían matado. Realmente no sentía nada. Yo
tan sólo era una máquina que intentaba cumplir con su deber lo mejor posible».
Uno
de los puntales para soportar aquel sinsentido fue, como señalan los propios
soldados, el compañerismo, el estrechamiento de lazos afectivos entre los
miembros de cada pequeña unidad de combate. Estas relaciones eran muy
vulnerables, ya que la vida en el frente estaba sujeta a numerosas
contingencias, desde una baja en la batalla hasta un traslado o un ascenso.
Pese a ello, los lazos afectivos entre compañeros fueron uno de los resortes
más importantes para afrontar el sufrimiento de los años de guerra sin perder
la razón. Gracias a ellos, los soldados, que habían sido arrancados de sus
entornos familiares y afectivos al ser trasladados al frente, lograron
preservar en cierta medida su equilibrio emocional. A través de ellos pudieron
proyectar toda una serie de sentimientos que la realidad de la guerra les había
obligado a dejar en la retaguardia junto a todo aquello que les hacía sentirse
seres humanos. En la novela Sin novedad en el frente, del excombatiente alemán
Erich Maria Remarque, uno de los protagonistas reflexiona al escuchar las voces
de sus compañeros en la trinchera: «Esas voces […] me alejan de golpe del
terrible sentimiento de aislamiento que acompaña al miedo a la muerte, al que
he estado a punto de sucumbir. […] Esas voces significan más que mi vida, más
que sofocar el temor; son lo más fuerte y protector que hay: son las voces de
mis amigos». Aunque en este caso se trata de una recreación literaria, otros
soldados dejaron un testimonio similar en escritos autobiográficos, como el
británico Guy Chapman, quien escribió: «Al recordar a aquellos fieles soldados
desfilando hacia sus barracones, […] descubrí que ese grupo de hombres formaba
una parte tan importante de mí que su disolución rompería aquello a lo que he
profesado el mayor afecto que jamás hubiera soñado. Éramos todo en uno».
Las
expresiones a veces arrebatadas sobre estos vínculos afectivos que nos han
llegado por escrito han llevado a algunos especialistas a plantear la
existencia de un trasfondo homosexual en estas relaciones. Sin embargo, muchos
de los que aceptan dicha connotación suelen considerar que la mayor parte de
ellas respondían a una forma casi platónica de homosexualidad, un enamoramiento
idílico en el que lo físico no estaría presente. Se trataría así de la
manifestación de la afectividad de unos hombres en una situación crítica muy
prolongada y en la que prácticamente todas sus relaciones se desarrollaban con
otros hombres. Con toda probabilidad se dieron también relaciones homosexuales
entre soldados, pero las expresiones de intensa afectividad hacia los compañeros
no se vincularon a ellas necesariamente. Por otra parte, la homosexualidad era
objeto de fuerte rechazo social a comienzos del siglo XX, por lo que no era
habitual dejar testimonio escrito de tales sentimientos. Algunos historiadores,
como el británico Richard Vinen, han destacado que, ya fuesen reales o
platónicas, estas expresiones afectivas lo que en realidad denotaron fue una
auténtica crisis de la masculinidad tradicional, ya que la Gran Guerra «se vio
como algo particularmente “masculino”, lleno de acción, heroísmo y conquista.
[…] Las cosas, sin embargo, no salieron como se había creído. Los hombres, que
habían esperado poder disfrutar a los pocos meses de un recibimiento triunfal
por parte de sus admiradoras mujeres, se encontraron embarrancados en las
trincheras del frente occidental, y los únicos contactos que tuvieron con
personas del otro sexo tuvieron lugar por lo general en los deprimentes
burdeles del ejército. La vida cotidiana de las trincheras también cuestionó
las ideas al uso sobre la naturaleza de la masculinidad. Allí no se daba el
ostentoso heroísmo que en otro tiempo se había presentado como la suma
expresión de la virilidad; lo que más se hacía era arrastrarse, agacharse y
esconderse». En cualquier caso algunos testimonios escritos por los
protagonistas justifican completamente la intensidad y fuerza del debate, como
uno del propio Guy Chapman: «Mi amor por los hombres con los que viví de 1914 a
1918 es de un tercer tipo, asexuado en el sentido corriente del término,
completamente desprovisto de ese elemento de miedo y tensión que se da en el
amor sexual, ya sea hacia un hombre o hacia una mujer, de miedo al fracaso
físico o a la humillación. Llamémoslo, tal vez, amor esencial, o la esencia».
Independientemente
de que los vínculos entre los camaradas de armas en el frente tuviesen una
connotación sexual, la solidez de estas relaciones muchas veces se veía
reforzada por la voluntad de ennoblecer la deprimente vida cotidiana de los
soldados. Una de las formas de hacerlo era la de intentar revivir modos de
combate más nobles que los deparados por la guerra industrial de la que
formaban parte. Generalmente los soldados criticaban la crueldad de un
conflicto en el que muchas veces no tenían ni siquiera ocasión de defenderse.
Unidades completas podían morir como resultado de proyectiles de artillería
lanzados a kilómetros de distancia o de las ametralladoras durante los avances
ordenados por los mandos. Sin lugar a dudas se trataba de finales muy crueles
para quienes se jugaban todos los días la vida por principios que creían
nobles. De ahí que otorgasen un alto valor al combate cuerpo a cuerpo y a armas
como la bayoneta.
Las
posibilidades de entablar una lucha cara a cara eran muy escasas (básicamente
se limitaban a las reyertas en los encuentros de patrullas nocturnas), y la
bayoneta, aunque continuaba formando parte del armamento, quedó convertida
rápidamente en un anacronismo. Sin embargo era considerada como un símbolo de
tiempos pretéritos, cuando los enfrentamientos entre combatientes se hacían
portando armas cuya eficacia dependía estrictamente de la habilidad de quien
las empuñaba, por lo que el mejor dotado para el combate tenía mayores
posibilidades de sobrevivir. En este tipo de lucha, la vida y la muerte eran
cuestión del mérito individual y no de ataques ejecutados de forma
indiscriminada y a distancia. La bayoneta fue por tanto la expresión evidente
de que sobrevivía cierto romanticismo e idealismo en la mente de unos hombres
casi anulados por la experiencia bélica. Aunque el fusil y la ametralladora le
habían quitado todo el sentido, su presencia era la plasmación del deseo de que
un ideal noble subsistiese en una guerra completamente deshumanizada. En medio
de la sinrazón, pequeños objetos se convertían en símbolos que dotaban de
sentido a las vidas de los que podían morir en cualquier momento, un sentido
que, por el contrario, estructuras tan básicas en el ejército como la
disciplina o la jerarquía frecuentemente erosionaban.
§.
Agravios comparativos
Uno
de los principales problemas a la hora de incorporar masas de voluntarios
civiles en los ejércitos tradicionales europeos fueron las dificultades que
estos encontraban para sintonizar con los altos cargos del escalafón, sobre
todo con los mandos más elevados. En general los ejércitos europeos eran
instituciones conservadoras y con un fuerte sesgo de clase, en las que las más
altas jerarquías eran copadas por individuos pertenecientes a familias de alta
extracción social y larga tradición en el ejercicio de las armas. Los
voluntarios que pasaron a engrosar las filas eran civiles de muy distintas
procedencias sociales, desde obreros y campesinos a profesionales liberales
educados en la universidad o miembros de la baja burguesía urbana como pequeños
comerciantes o tenderos. En la mayoría de los casos la necesidad de tener
fuerzas listas para luchar en el frente hizo que su instrucción militar fuese
mínima e improvisada, de modo que su incorporación al rígido mundo militar
contaba con todos los ingredientes para no resultar fácil.
La
excepción a esto era el ejército alemán donde, pese a existir la casta militar
nobiliaria más pétrea de Europa, se habían aprovechado los sentimientos
patrióticos de las clases medias integrándolas en la institución castrense
mediante el sistema de los Einjährig-Freiwillige(voluntarios de un año). Los
hijos de burgueses, profesionales y propietarios con cierto nivel de educación,
cumplían su servicio militar obligatorio como voluntarios, siendo durante un
año soldados rasos pero con notables privilegios de trato. Entre otras cosas
llevaban magníficos uniformes hechos a medida en buenos sastres militares, lo
que les permitía sentirse literalmente «orgullosos de vestir el uniforme».
Transcurrido el año de soldados eran promovidos a suboficiales de complemento,
y posteriormente, según volvían temporalmente al servicio activo como
reservistas, ascendían hasta el grado de oficial, lo que permitía al ejército
alemán contar con un numeroso y bien instruido cuerpo de cuadros de reserva.
Circunstancia imprescindible para el buen funcionamiento de este sistema era la
movilización cada cierto tiempo de los reservistas, que se incorporaban a las
maniobras anuales del ejército regular. De esta manera el militarismo que en
otras sociedades era un rasgo de la casta militar profesional, a menudo una
pequeña nobleza, estaba implantado en el conjunto de la sociedad del Reich.
Incluso la burguesía judía había sido asimilada al sistema, y los hijos de las
familias hebreas acomodadas solían servir como voluntarios de un año en los
dragones.
El
medio fundamental para mantener la cohesión y la unidad de acción del ejército
era la disciplina, cuya aplicación se sustentaba en apelaciones a los valores
patrióticos (y en el caso de Francia y Bélgica además en el apremio de liberar
el territorio invadido por los alemanes) y en las necesidades prácticas de
gobernar semejantes masas humanas. Sin embargo la capacidad de arraigo de este
sistema de normas y sanciones en los nuevos reclutas demostró ser muy limitada,
pues pronto estos lo criticaron por considerarlo como algo anticuado, que no se
adaptaba a la nueva realidad bélica. Quizá porque los propios mandos del
ejército fueron conscientes de ello y porque por lo general se mantuvo la
lealtad de las fuerzas armadas, las sanciones no siempre fueron aplicadas de
forma implacable. Por ejemplo, el número de penas de muerte dictadas por la
justicia militar a soldados bajo su jurisdicción fue, durante la guerra, baja
para los estándares de la época: 346 británicos, 700 franceses (pese a la
insubordinación generalizada de la primavera de 1917), 48 alemanes y 35
estadounidenses fueron ejecutados. El número más elevado correspondió al
ejército de Italia, en el que la mano dura ejemplarizante fue un recurso fácil
para meter en cintura a un ejército compuesto en buena medida por campesinos
escasamente alfabetizados gobernados por unos mandos muy ineficientes. El
resultado fue el de 750 soldados italianos ejecutados a lo largo de la guerra.
La
concentración de los soldados en las trincheras facilitó sumamente su control,
pero esta sedentarización también favoreció enormemente el alejamiento de los
altos mandos militares de la primera línea del frente. Que el distanciamiento
no era sólo algo físico se expresaba de muy diferentes formas. Mientras que los
soldados de todos los ejércitos habían abandonado sus llamativos uniformes
decimonónicos, los altos mandos seguían distinguiéndose por su apariencia. En
el ejército británico los oficiales de baja graduación aceptaron los cambios de
sus uniformes para adaptarlos a la nueva realidad bélica, mientras que los
altos oficiales mantenían el color rojo en las sardinetas del cuello y las
bandas de sus gorras. En palabras del historiador Paul Fussell, «las insignias
rojas eran signos de un trabajo intelectual que se llevaba a cabo en oficinas y
despachos; los galones de color caqui, fuera cual fuese su graduación,
revelaban el trabajo de mando, el halago y la negociación propios de los
capataces». Incluso entre los propios oficiales, aquellos que ejercían el mando
en el campo de batalla eran vistos como inferiores por quienes ocupaban la
parte más alta del escalafón militar. El general de división británico Herbert
Essame describió sorprendido lo que contempló a este respecto en la estación
Victoria de Londres, cuando se disponía a tomar el tren de vuelta a Francia
tras un permiso: «Había seis trenes en los andenes desde donde se partía. En
cinco de ellos se subieron grupos de hombres con mochilas a la espalda, en
departamentos mal iluminados, cinco en cada fila, eran los oficiales
regimentales y los hombres que volvían a las trincheras […] Había un agudo
contraste con el sexto tren, que estaba muy iluminado: contaba con dos coches
con comedor y todos los vagones eran de primera clase. Obsequiosos esbirros […]
conducían a los oficiales de gorra y galones rojos hasta los asientos
reservados. Casi eran las seis y media y los camareros de los coches comedor ya
estaban tomando nota para servir copas […] La ironía de esa demostración
nocturna en la estación Victoria de la gran brecha existente entre los jefes y
los subordinados era que ese escandaloso despliegue de privilegios iba a
enconarse en las mentes de los soldados de primera línea y sobreviviría en la
memoria de la nación».
Si
las diferencias y los privilegios según se ascendía en el escalafón de los
ejércitos de las potencias más desarrolladas eran apabullantes, en los de los
países más atrasados se convertían en algo insultante para los soldados. El
oficial húngaro Pál Kelemen escribió en 1916 mientras prestaba servicio en el
ejército austro-húngaro en Montenegro: «Están trasladando el cuartel general.
[…] Pese a que no hay suficientes vehículos de transporte para cargar las
provisiones de comida necesarias durante la semana, […] columnas de camiones
serpentean por las montañas, cargados hasta los topes de cajas de champán,
camas con colchones de muelles, lámparas de pie, utensilios de cocina
especiales y cajas llenas de delicatessen. Las tropas están recibiendo una
tercera parte de su ración diaria normal. Hace cuatro días que la infantería
del frente se sustenta a base de mendrugos de pan; en cambio, en el comedor de
los oficiales del Estado Mayor se siguen sirviendo los cuatro platos de
costumbre».
El
resentimiento de muchos soldados contra unos altos mandos que en su opinión
dirigían una guerra de la que desconocían demasiadas cosas y que enviaban a
decenas de miles de hombres a la muerte con una ligereza pasmosa, acabó siendo
universal entre los que pasaron la guerra en las trincheras. Se hizo célebre la
frase que un combatiente escribió en su diario sobre la terrible batalla del
Somme: «Librada por leones y dirigida por borricos». Otra variante de la
sarcástica observación, «jamás vi tales leones mandados por tales corderos», se
atribuye al general alemán Von Gallwitz, que habría hecho una reinterpretación
de una famosa cita de Alejandro Magno, mientras que Evelyn Princess Blücher se
la atribuye a Undendorf en su obra autobiográfica An English Wife in Berlin. El
alférez Alec Waugh, que pasó ocho meses de servicio en el frente en Francia,
afirmó que durante aquel tiempo no llegó a ver a ningún oficial por encima del
rango de teniente coronel; mientras, el soldado Oliver Lyttelton sólo vio a un
comandante. El historiador Paul Fussell recoge una esclarecedora anécdota sobre
la primera visita que hizo el teniente general Launcelot Kiggell, del Estado
Mayor británico, al campo de batalla en Passchendaele en noviembre de 1917: «A
medida que daba tumbos el coche del alto mando por el terreno empantanado y se
acercaba al campo de batalla, mayor era su conmoción. Finalmente rompió a
llorar y susurró: “¡Dios del cielo! ¿Realmente hemos enviado a los hombres a
luchar aquí?”. El hombre que se encontraba a su lado, que había participado en
la campaña, respondió sin expresar emoción alguna: “Ahí arriba es peor aún”».
En
la convivencia cotidiana en las trincheras los oficiales de baja graduación
gozaban también de algunos privilegios como el disfrute de comedores propios e
incluso de cantinas y burdeles diferenciados en las zonas de la inmediata
retaguardia, donde acudían a su descanso periódico (los burdeles de oficiales
se distinguían por una luz de color azul mientras que los de los soldados se
conocían por la clásica de color rojo). En las trincheras británicas los pocos
puestos para dormir en los refugios estaban reservados para los oficiales,
mientras que en muchas ocasiones los soldados se pasaban un buen rato buscando
el rincón más resguardado disponible antes de poder tenderse e intentar dormir.
Sin embargo, es preciso tener en cuenta que la diferencia de clases en aquella
época era enorme y se veía como algo normal en la vida. Para la inmensa mayoría
de los soldados era natural que los oficiales viviesen mejor que ellos, para
eso eran oficiales. Por tanto estos mandos intermedios tuvieron una importancia
crucial en el desarrollo de la guerra al jugar el papel de enlace entre las
órdenes del Estado Mayor y la tropa. En muchos casos se trataba de hombres que
arriesgaban su vida tanto o más que los soldados, por lo que solían contar con
su aprecio. El hecho de que el resentimiento de los reclutas hacia los
militares de carrera fuese generalizado, no era óbice para que en determinados
momentos, sobre todo si estos eran críticos, se generase una empatía entre un
mando militar y las tropas a su mando. Uno de los casos más conocidos es el del
mariscal Henri Philippe Pétain, que estuvo al frente de la defensa de Verdún
durante la ofensiva alemana iniciada en febrero de 1916. La energía, brillantez
y carisma desplegados por este hombre consiguieron lo que se consideraba imposible,
revertir la situación de minoría aplastante de las tropas francesas y lograr
que finalmente el ataque alemán fuese repelido tras meses de lucha.
Posiblemente la plasmación de estas cualidades fue el eslogan que acuñó para
enardecer la moral de sus hombres y animarles a desarrollar una resistencia a
muerte; un eslogan que tendría gran fortuna en guerras posteriores (entre ellas
la Guerra Civil española): «Ils ne passeront pas!» (« ¡No pasarán!»). En los
casos en que la comunicación y la empatía fluían entre los soldados y los
mandos, la moral de la tropa subía de una forma extraordinaria. Eran los
momentos en que el combustible del compañerismo se veía inflamado por el
refrendo de los superiores pudiendo alcanzar resultados excepcionales. Sin
embargo, a pie de trinchera seguían siendo necesarios otros recursos para
aguantar el día a día, y muchos de ellos guardaron relación tanto con la propia
forma de organizar el frente como con lo que los soldados podían encontrar
cuando lo abandonaban para pasar su período de rotación en la retaguardia.
§.
Tan lejos pero tan cerca
Uno
de los recursos fundamentales para que los soldados no se viniesen abajo fue el
de organizar su tiempo de modo que no pasasen largos intervalos en la primera
línea del frente. Los hombres rotaban en períodos globales de dos semanas entre
las tres líneas de trincheras que lo constituían (trincheras de fuego, de apoyo
y de reserva) y la inmediata retaguardia, donde realizaban tareas de apoyo,
administración, entrenamiento, organización… pero sobre todo descansaban un
poco de la durísima rutina de estar cara a cara con el enemigo. En realidad
pasaban en primera línea pequeños lapsos de tiempo de forma cíclica y se les
exigía atacar al enemigo sólo ocasionalmente. Además, los mandos se mostraban
tolerantes con ciertas costumbres más o menos censurables de los soldados por
considerar que les ayudaba a aguantar la tensión. En todo momento estos
manifestaron un aprecio e incluso adicción desmesurados por el tabaco,
omnipresente tanto en las trincheras como en los períodos de descanso. Cuando
se retiraban de estas hacia la retaguardia la disponibilidad de «placeres»
aumentaba. El alcohol tenía mayor presencia, se podía acceder al sexo y los
soldados aprovechaban el poco tiempo del que disponían antes de volver a la
primera línea del frente para abusar de ellos todo cuanto podían. Cantinas y
burdeles para militares formaron parte del paisaje de las poblaciones de apoyo
en la retaguardia durante los cuatro años que duró la guerra. Eran lugares
donde los soldados intentaban soltar el lastre de la angustia y la ansiedad que
producía la vida monótona, peligrosa y estresante de las trincheras. Según el
soldado sudafricano Stuart Cloete, las prioridades para un soldado recién
acabado su turno en el frente eran «primero dormir […] luego comer. Y sólo
entonces, una mujer, una vez descansados y alimentados». Incluso parece que
hubo gustos «nacionales» a la hora de realizar estas actividades. Los
británicos mostraban una pasión desmesurada por el whisky, el gran protagonista
de sus borracheras, mientras que los franceses preferían el vino, al que parece
que apreciaban más por su sabor que por su poder etílico. Estos preferían
además el tabaco en pipa, la famosa picadura Scaferlati que se les distribuía
gratuitamente como «tabaco de cantina», mientras que los anglosajones no se
separaban de sus cigarrillos. Fuera como fuese, el papel de todos estos
elementos era el mismo: dar un poco de consuelo en la deprimente vida cotidiana
de la tropa.
Otro
de los recursos elementales para garantizar el mantenimiento de la disciplina
era la separación estricta de los soldados de la sociedad civil, sobre todo
teniendo en cuenta que se trataba de una guerra en la que la distancia entre el
frente de batalla y los hogares de los movilizados era muy escasa. Pese a lo
que pudiera parecer, esto no era sólo aplicable a los casos de Francia y
Alemania. En las comarcas meridionales de Inglaterra como Surrey, Sussex o Kent
se podía escuchar frecuentemente las detonaciones de la artillería en el frente
occidental, incluso con una nitidez sorprendente cuando el viento soplaba a
favor. En Kent a veces se apreciaba el resplandor de los estallidos y parece
que el estruendo de los proyectiles lanzados por los cañones Káiser Guillermo
sobre París en la primavera de 1918 se sintieron en Londres. En palabras del
historiador británico Paul Fussell, «Edmund Blunden recuerda que a finales de
junio de 1916, mientras la artillería hacía todo lo posible por romper las
alambradas alemanas para el ataque del Somme, “en las aldeas de Southdown los
niños que estaban en el colegio se preguntaban por el constante tableteo y el
matraqueo de las ventanas”».
A
pesar de la separación constante de los civiles, aquella cercanía posibilitó
que nunca dejase de haber elementos familiares en el día a día de los soldados.
Durante toda la guerra los ciudadanos pudieron enviar a sus familiares o amigos
movilizados algún objeto que les hiciese falta, les recordase el hogar o
sencillamente les hiciese la vida militar más llevadera. Algunas de estas
iniciativas fueron institucionales. Durante la Navidad de 1914 la familia real
británica envió tarjetas de felicitación que fueron distribuidas entre los
soldados, y el periódico Daily Mirror organizó una campaña para evitar que
ningún hombre del frente pasase las Pascuas sin su Christmas Pudding (el postre
tradicional británico para las fiestas navideñas). Hasta en los peores momentos
de las ofensivas, cuando los ataques del enemigo hacían insoportable la
estancia en el frente, los soldados se sorprendían de encontrar en las entradas
de las trincheras de comunicación a repartidores de prensa ofreciéndoles
periódicos de su país. Los comercios más reputados de Londres como Fortnum
& Mason o Harrods organizaron secciones especiales para vender objetos
destinados al frente e incluían en el precio el envío y reparto, que solía
tardar cuatro días. Su oferta abarcaba productos tan perecederos como flores o
alimentos (incluidos pasteles, mantequilla, huevos y fruta fresca). Incluso
llegó a organizarse cierta picaresca en torno al envío de estos bienes. Como
recuerda Paul Fussell, el militar británico F. E. Smith llegó a preocuparse
seriamente por los hurtos de las cajas de cigarros que le enviaba su esposa
desde las islas, por lo que le escribió: «… di a los de los estancos que no
pongan señal alguna de que van puros dentro de las cajas. Estampa tú misma
algunas indicaciones pegándolas con goma, como la de la muestra que adjunto»:
SOCIEDAD
DE ABSTEMIOS DEL EJÉRCITO
SERIES
DE PUBLICACIONES 9
«Y
déjalo a la vista, tal cual está, sin añadir nada». Se han documentado envíos
al frente de objetos tan exóticos en una guerra como guantes de boxeo,
gramófonos, matamoscas o gemelos y otros más adecuados como botas, chalecos e
incluso pomadas contra los piojos. Los soldados respondían a estos envíos
mandando a los remitentes pequeños recuerdos de su estancia en las trincheras
como botones, medallas o cualquier objeto que se hubiesen podido sustraer al
enemigo.
A lo
largo de la guerra esta cercanía con el frente hizo que buena parte de la
información que llegaba a los soldados de lo que se vivía en sus países les
desagradase, generándose un progresivo distanciamiento entre este y la
retaguardia. Entre los soldados británicos produjo especial indignación el
conocimiento de que se habían levantado unas trincheras de exhibición en los
jardines Kensington de Londres para ilustrar a la población civil sobre el
frente, con unas condiciones de orden, limpieza y bienestar en las
instalaciones que no tenían nada que ver con las reales. Uno de los objetivos
más frecuentes de las críticas de los soldados era la prensa, a la que acusaban
de frivolizar con lo que sucedía en el campo de batalla. Los soldados podían
leer con algunos días de retraso los periódicos de sus respectivos países y el
hecho de que para vender unos cuantos ejemplares más se antepusiesen otros
temas a las ofensivas y las bajas (ya que la insistencia en temas bélicos hacía
que las ventas bajasen), les dejaba al tiempo estupefactos y defraudados. Así
lo expresaba en 1922 un excombatiente del ejército británico: «La derrota más
sangrienta de la historia de Gran Bretaña […] pudo ocurrir […] el 1 de julio de
1916, y nuestra prensa apareció ligera, copiosa y gráfica, sin una palabra
acerca de que nosotros habíamos pasado un mal día; una victoria realmente. Los
hombres que sobrevivieron a la matanza leyeron aquello con la boca abierta».
El
distanciamiento podía incluso llegar a afectar a las relaciones de los soldados
con sus familiares, ya que las quejas de estos sobre las dificultades de la
vida civil les producían una creciente irritación. «Corremos el riesgo
[escribía un soldado francés a su esposa] de no comprendernos si tú hablas como
se habla en la retaguardia y yo como se habla en el frente. Los sacrificios de
todo orden, de toda naturaleza, son la suerte que el soldado quisiera ver
compartida más allá de las líneas, a la manera del frente […] ¿Cartillas de
azúcar? “Quiere decir que hay azúcar”, dice el soldado. ¿Impuestos sobre las
entradas del cine? “Quiere decir que esos tipos van al cine”. ¿Carbón difícil?
¿Leña a precios astronómicos? “Esos tipos tienen los pies calientes”». Muy
pronto la discordia en el seno de la nación en armas comenzó a preocupar a las
autoridades, que decidieron tomar medidas extraordinarias para cortar de raíz
semejantes expresiones de descontento. El camino hacia la censura de la
correspondencia estaba expedito.
Sin
embargo los motivos de crítica y el enfado de los soldados no se originaban en
las supuestas comodidades de que disfrutaban sus compatriotas civiles, sino en
las circunstancias extraordinariamente duras en que se desarrollaba su servicio
en el ejército. Pronto sus dardos se dirigieron también a los políticos y a los
altos mandos que diseñaban la guerra y, a su juicio, ponían palos en las ruedas
para conseguir la paz. «“Hasta el fin”, croa el cuervo, limpiando los huesos
humanos en el campo de batalla. ¿Qué le importa la pobre madre anciana que
espera el regreso de su hijo o el octogenario que, con manos temblorosas,
conduce el arado? […] ¿Puede gritar “hasta el fin” el soldado sentado en las
trincheras? No. La voz que deja oír es muy distinta. Compañeros, el que grite
“la guerra hasta el fin” debe ser enviado rápidamente a primera línea. Veremos
entonces lo que dice». Así rezaba un artículo aparecido en la publicación que
elaboraban algunos de los soldados rusos enviados al frente occidental en la
primavera de 1916 (el Cuerpo Expedicionario Ruso en Francia), escrito contra
los defensores de una guerra a ultranza. Pero más allá de las críticas, lo que
subyacía en este distanciamiento de los soldados era el sufrimiento y el dolor
que les estaba produciendo la guerra. Un dolor que no hacía distinciones,
afectando a todos los que estaban en las trincheras que cada vez sentían más
alejados a los que habían dejado en casa. La separación percibida entre frente
y retaguardia apenaba a unos soldados que, de hecho, hicieron todo lo posible
por mantener los vínculos que les unían a ella. Allí estaban sus afectos, sus
ocupaciones, sus rutinas e identidad, y el medio que emplearon para no
separarse de todo ello fue la correspondencia.
§.
Escribir para sobrevivir
La
escritura epistolar se convirtió durante la Primera Guerra Mundial en uno de
los asideros emocionales más importantes para los soldados. La frecuencia con
que escribían variaba entre un par de veces por semana y a diario, ya que era
una actividad que constituía una válvula de escape esencial para intentar
sustraerse del horror en que vivían. Como apunta el historiador Martyn Lyons,
«escribían en las camas de los hospitales, después de despiojarse, en el
bosque, en graneros, durante las guardias, acurrucados bajo una manta, a la luz
de un faro de bicicleta o de una vela clavada en el extremo de una bayoneta,
aprovechando cualquier oportunidad». Para hacerlo utilizaban cualquier soporte
que tuviesen a mano; si no disponían de papel blanco se podía aprovechar un
periódico viejo, un envoltorio, cualquier cosa sobre la que se pudiese dejar
una impronta escrita. La escritura solía ser rápida y de caligrafía descuidada,
y en muchas ocasiones utilizaban lápices o minas porque la tinta escaseaba.
Muchos de ellos tenían la costumbre de respetar partes del papel en blanco para
dejar espacio donde el destinatario pudiese escribir una respuesta. Era una
forma de asegurarse de que la escasez de papel no impidiese que su carta fuese
respondida.
Tal
fue la fiebre epistolar de los hombres movilizados al frente que el tráfico
postal con el interior de cada país experimentó un incremento explosivo,
obligando a las naciones en conflicto a reforzar sus servicios de correos. El
total de cartas enviadas durante los cuatro años de guerra ascendió a cuatro
mil millones en Italia, diez mil millones en Francia y treinta mil millones en
Alemania. El dato sorprende todavía más si se tiene en cuenta que en casos como
el de Italia el censo de población de 1911 contabilizaba un 35 por ciento de
analfabetos. Se ha llegado a encontrar en las colecciones epistolares
conservadas en diferentes museos y archivos italianos material escrito por
hombres que en el momento de alistarse fueron clasificados como analfabetos. El
poder de la escritura residía en su capacidad para mantener vivo el vínculo con
la familia y la comunidad de origen, motivo más que suficiente para que miles
de hombres aprendiesen a escribir y tomasen la pluma o el lápiz pese a la
dificultad que entraña la escritura para quien no está familiarizado en
absoluto con ella.
En
muchos casos los resultados del esfuerzo de los gobiernos por adaptar la
capacidad de sus cuerpos de correos a la situación de guerra fueron brillantes.
En plena ofensiva del Somme, en julio de 1916, un oficial británico observaba:
«Es extraordinario cómo se las ingenia el correo para llegar hasta aquí. El
otro día estuvimos desplazándonos constantemente hacia las trincheras y vuelta
atrás, y cuando aún no llevábamos sentados ni una hora, llegó el correo». Esto
favoreció lo que algunos especialistas han denominado como «hambre» o «bulimia
epistolar» que experimentaron los soldados. La recepción y lectura de las
cartas era para ellos algo fundamental, razón por la que vivían completamente
pendientes de la llegada del correo, y si por cualquier causa este se retrasaba
pedían explicaciones a los oficiales presentes en la trinchera. La importancia
de la correspondencia en el mantenimiento del ánimo de los soldados fue tal que
incluso para aquellos que no tenían a quien escribir o que sentían la necesidad
de cartearse con alguien desconocido se ideó un voluntariado femenino para
hacerlo. Fueron las llamadas «madrinas de guerra», reclutadas entre las civiles
con la misión de levantar la moral y el espíritu combativo de sus compatriotas
en el frente así como de consolarles. Aunque a corto plazo los efectos de la
iniciativa fueron beneficiosos, con el paso del tiempo las autoridades fueron
restringiendo su alcance por los abusos de los que fue objeto. Por ejemplo, se
interceptaron cartas de un soldado británico que habría recibido más de cuatro
mil cartas, cuarenta y cinco revistas, cinco mil cigarrillos y diez chelines de
plata de su madrina de guerra. Además fue un medio muy utilizado por algunas
prostitutas para intentar captar clientes entre los soldados antes de
trasladarse al frente. Cuando las autoridades francesas comenzaron a sospechar
que algunas de estas madrinas podían actuar como espías aprovechando la
información transmitida por los soldados en sus cartas, reaccionaron
prohibiendo en su territorio cualquier correspondencia de estas mujeres que
procediese del extranjero.
El
miedo a que los soldados revelasen en sus cartas datos que vulnerasen la
seguridad militar fue el principal motivo que llevó a las autoridades a imponer
la censura de la correspondencia. Inicialmente se recurrió a otras iniciativas
como la de imprimir y repartir entre los soldados postales oficiales que
limitasen el espacio disponible para escribir y que evitasen las tentaciones de
enviar dibujos o croquis de la posición que ocupaban. Pero el deseo
incontrolable de permanecer en contacto con sus allegados condenó estos
intentos al fracaso. Fue entonces cuando se recurrió a la censura. Mientras que
británicos y norteamericanos confiaban la misión de inspeccionar las cartas a
los mandos inferiores sitos en el frente, en Francia se optó por poner en
marcha un organismo centralizado que desempeñase esta función, la Comisión de
Control Postal, establecida en 1916. Otro objetivo de la censura de cartas era
el de mantener la moral tanto en el frente como en los hogares de la
retaguardia, algo vital en una guerra que se luchaba tanto en las trincheras
como en las fábricas y las oficinas de cada país. Por ello el control postal
intervenía no sólo las cartas que se enviaban desde el frente sino también las
que se enviaban a los soldados y las que se gestionaban en estafetas civiles de
la zona cercana a la línea de trincheras.
Aunque
se aleccionó a los soldados sobre lo que podían comunicar y lo que no, las
informaciones consideradas delicadas continuaron apareciendo en las cartas. Los
censores destruían los dibujos del frente o los mapas sobre la posición desde
la que se escribía, y los pasajes que contenían información sensible se
tachaban con tinta azul o negra. En el caso del ejército francés no se permitía
hablar sobre el número de bajas, mencionar los motines de 1917 ni criticar a
los mandos. Las cartas de familiares hablando de carestía, descontento o
malestar en el interior eran también censuradas. Tampoco se permitió informar a
los soldados de los bombardeos aéreos de 1918 sobre Francia. En definitiva, se
trataba de evitar que en el frente o en el interior se conociesen noticias que
pudiesen afectar a la moral de los destinatarios. El celo de los censores era
tal que incluso se introdujeron métodos químicos para detectar tinta invisible.
Los
soldados pronto introdujeron en su correspondencia críticas indisimuladas a la
censura. Criticaban a los censores llamándolos embusqués (emboscados, soldados
que habían conseguido que les destinasen a un puesto alejado del frente) y
hablaban de la censura caracterizándola como la omnipresente dame Censure
(«doña censura») que les impedía abordar los temas interesantes. Con el tiempo
la presencia constante de los censores, unida al deseo de que las cartas no
perdiesen su objetivo de tranquilizar y mitigar las preocupaciones de los
destinatarios, acabó teniendo una gran efectividad, ya que hicieron que fuesen
los mismos remitentes los que se censurasen. Entonces las cartas se llenaron de
lugares comunes y frases hechas sobre el estado de salud del soldado o
preguntas sobre las novedades que se habían producido en su localidad de
origen. Un militar francés anotó durante la batalla de Verdún: «12 de julio.
Barranco de la Muerte. Multitud de moscas verdes sobre los cadáveres y la
tierra impregnada de olores cadavéricos […] el avituallamiento limitado a pan y
aguardiente […] Nos distribuyeron algunas tarjetas ya preparadas. Yo no envié
más que una a mis padres, en la que les decía que no estábamos mal, que el
sitio me gustaba y que me gustaría quedarme allí mucho tiempo». Al final la
importancia de la carta no estaba tanto en lo que decía sino en el hecho mismo
de ser recibida, ya que era la prueba de que el remitente continuaba con vida.
Las demoras de la correspondencia de los soldados eran interpretadas por sus
familiares como un mal presagio al que podía seguir, bien la recepción de la
tan temida carta oficial con ribetes negros en la que se comunicaba el
fallecimiento, o la devolución de la carta enviada con el mensaje «El
destinatario no pudo ser encontrado dentro de plazo». La importancia de esta
prueba de vida y su significado de mantenimiento del vínculo con la comunidad
de origen son las razones por las que el envío de correspondencia de los
soldados movilizados al frente no disminuyó con posterioridad a la introducción
de la censura. Aunque sólo se pudiesen decir pocas cosas, vaciadas muchas veces
de sentido por su uso reiterado, escribir era un acto de supervivencia en medio
de la deshumanización y la barbarie. Tanto fue así, que algunos de los soldados
no sólo se dedicaron a la correspondencia, sino también a la escritura
literaria.
§.
Las armas y las letras
Si
la escritura de cartas a familiares y allegados era un acto muy apreciado por
los hombres de las trincheras en su rutina cotidiana, también lo fue la de
escribir textos para sí mismos. Muchos de ellos, conscientes de la importancia
de los acontecimientos que se avecinaban, incluyeron en su equipaje después de
alistarse un cuaderno o una libreta en blanco donde consignar sus impresiones
durante su servicio en el ejército. Estas libretas eran muy populares y se
usaban de muy distinto modo: algunos (sobre todo los oficiales de baja
graduación, que cargaban con las responsabilidades en las trincheras) le daban
utilidad de agenda, otros llevaban un diario y otros sencillamente apuntaban
sus impresiones o recuerdos con la intención de aprovecharlos como material
para escribir un posterior relato sobre la experiencia bélica o unas memorias.
En cualquier caso, quienes así obraban lo hacían mediante un ejercicio de
introspección al que muchas veces daban un valor casi terapéutico en medio del
infierno de las trincheras. Para muchos de ellos la escritura era también un
acto de afirmación de su propia identidad ante un entorno agresivo y amenazador
y una forma de dotar de sentido a su interminable sufrimiento. La sola idea de
que lo que estaban viviendo podía ser conocido por un público amplio a través
de lo que escribían les consolaba y les hacía albergar la esperanza de que sus
padecimientos no eran en balde. En opinión del historiador italiano Antonio
Gibelli, el motivo de los soldados para proceder así era «la necesidad íntima y
compleja de dejar huella propia, necesidad que, en cierto modo, sólo la
escritura tiene el mágico poder de satisfacer».
Pero
la actividad escritora en algunos casos iba más allá. Es célebre el de los
poetas de guerra británicos, toda una generación de jóvenes que estaban
cursando estudios universitarios o acababan de terminarlos en el momento de
estallar la guerra y que volcaron las convulsiones de su mundo emocional
durante el conflicto en series de poemas que comenzarían a publicar ya antes de
1918. Para algunos de ellos la guerra y sus efectos en el ser humano se
convirtieron en los temas que no abandonarían nunca en su obra posterior,
publicando poemas sobre el frente, las trincheras y los compañeros muertos,
muchos años después del fin de la contienda. Un caso insigne fue el de Herbert
Read, que vio publicado su primer volumen de poemas mientras estaba de servicio
en Francia, habiendo corregido él mismo las pruebas de imprenta en las
trincheras. Casos como los de Siegfried Sassoon o Edmund Blunden no fueron muy
distintos.
El
poeta francés Apollinaire, que fue voluntario al frente como suboficial de
artillería, escribió allí sus originales Calligrammes, poèmes de la paix et de
la guerre, y en 1916 Henri Barbusse ganó el premio Goncourt con Le feu, journal
d’une escouade (El fuego: Diario de una escuadra) escrita en las trincheras, de
la que se vendieron enseguida 200 000 ejemplares. El alemán Ernst Jünger
transformó el diario que había escrito siendo teniente de tropas de asalto en
un relato de la guerra, In Stahlgewittern (Tempestades de acero), y ya se ha
citado el caso de Erich Maria Remarque y su Sin novedad en el frente, la novela
más famosa de la Gran Guerra. El poeta italiano Giuseppe Ungaretti también
utilizó los ratos libres en las trincheras para escribir su libro de poemas Il
porto sepolto (El puerto sepultado). El caso más asombroso, no obstante, es el
de Ludwig Wittgenstein, que concibió su complejo Tractatus, la obra que
revolucionó la filosofía del siglo XX, mientras hacía la guerra con el ejército
austro-húngaro, donde alcanzó el grado de teniente y fue profusamente
condecorado por su valor.
La
actividad literaria se alimentaba además de la presencia de los libros en las
trincheras. La disponibilidad de tiempo a causa de la rutina de la vida en
ellas y la facilidad del correo patrocinado por la eficacia del servicio postal
hicieron de los libros uno de los objetos favoritos en los envíos que
realizaban los familiares a sus parientes movilizados. Pero más allá de estas
iniciativas individuales para fomentar la presencia de publicaciones en las
trincheras estuvo la acción de los gobiernos, que pronto se dieron cuenta de
los beneficiosos efectos que la lectura podía tener en el mantenimiento de una
moral alta y la difusión de las posturas oficiales sobre la guerra.
Lo
realmente llamativo fue que los diferentes equipos gubernamentales tuvieron
iniciativas muy similares. Se estima que durante la guerra se movilizaron más
de treinta millones de ejemplares de libros, revistas, folletos y otros
materiales impresos. Gran Bretaña fue de las primeras en organizar actividades
en este campo, aunque siempre dejó la iniciativa a la sociedad civil y no
dirigió sus esfuerzos hacia los soldados en el frente. Se organizaron campañas
de recogida de ejemplares cuyo primer destino fueron las bibliotecas creadas en
los cinco campamentos de la región de Salisbury Plain, en el sudeste de
Inglaterra, levantados por las autoridades militares para la instrucción de los
voluntarios. Eran las conocidas como Camp Libraries. A ellas se unieron las War
Libraries, bibliotecas abiertas en los hospitales de guerra situados en Francia
y Gran Bretaña, en las que la distribución de los volúmenes corría a cargo de
la Cruz Roja. En ambos casos las autoridades militares iniciaron una labor de
supervisión de los títulos que se enviaban con el objetivo de que en ningún
caso la lectura pudiese afectar negativamente a los soldados. Por eso dieron
prioridad a los libros que podían contribuir a su formación y a los relatos de
ficción bélica, que consideraron como los más apropiados para ellos. Lo
limitado de la acción británica en cuanto a bibliotecas hizo que la iniciativa
en el frente quedase principalmente en manos de los familiares de la tropa, que
no siempre tenían en cuenta las recomendaciones de los militares a la hora de
seleccionar los libros que enviaban.
La
iniciativa de Alemania fue más activa en este campo. Desde el principio se dio
un papel protagonista en la coordinación de las actividades organizadas a las
grandes instituciones bibliotecarias del país (como la Biblioteca Real de
Berlín), aunque estas estuvieron siempre bajo supervisión militar. Se crearon
las Kriegsbücherein («bibliotecas de guerra») destinadas a satisfacer las
necesidades lectoras de los soldados del frente, cuidando asimismo la presencia
de bibliotecas en los hospitales, de cuyo abastecimiento se encargaba la Cruz
Roja. Para proveer de libros a estas instituciones se organizaron las «Semanas
del Libro del Imperio» (Reichsbuchwoche) en diversas ciudades alemanas. Entre
las donaciones favoritas estaban los clásicos de la literatura germánica y los
militares señalaron como prohibidos los relatos eróticos y de misterio, los
textos considerados pesimistas y los que podían generar discusiones entre los
lectores como los de temática política. Se potenció todo lo posible la difusión
de publicaciones ilustradas de carácter técnico, científico y humanístico en el
deseo de que los soldados pudiesen aprovechar los tiempos muertos para formarse
ya que se consideraba que en el nuevo tipo de guerra que se estaba
desarrollando la ciencia y la tecnología jugaban un papel crucial.
Sin
embargo el país que realizó el esfuerzo más notable para poner la lectura al
alcance de la tropa fue Estados Unidos. Aunque su entrada en la contienda fue
muy tardía (abril de 1917), desde ese mismo instante el gobierno norteamericano
desplegó una formidable actividad para integrar los recursos bibliotecarios en
la ingente tarea que tenía por delante. El tamaño del ejército estadounidense
era demasiado pequeño para asumir la tarea de emprender una expedición militar
a Europa, por lo que se diseñaron inmediatamente planes para reclutar más
hombres, adiestrarles y prepararles para la guerra que se libraba en el frente
occidental. La medida más visible que tomó el gobierno del presidente Wilson
fue la de introducir el servicio militar obligatorio, una institución ajena a
la tradición anglosajona pero indispensable en los recios tiempos que se
comenzaban a vivir. Ya en 1916 el Reino Unido, que contaba con una tradición
legal que ponía por encima de cualquier valor la defensa del individuo frente
al Estado, había tenido que tragarse su orgullo e introducirlo también ante la
caída en el número de reclutamientos voluntarios. Para asegurar que la
formación que recibiesen los futuros soldados fuese la adecuada, el gobierno
recurrió a la American Library Association (Asociación Bibliotecaria
Norteamericana), la muy competente asociación profesional del gremio. Esta
diseñó y puso en marcha un completo sistema de bibliotecas para las diferentes
necesidades que pudiesen surgir.
Para
comenzar las bibliotecas del país no sólo fueron escenario de campañas de
donación de libros, sino también de recolección de fondos y alimentos
destinados al frente, convirtiéndose en auténticos centros sociales desde los
que se organizaba el esfuerzo bélico. En septiembre de 1917 se llevó a cabo la
primera campaña de recogida de libros, que fue acogida con entusiasmo por los
reclutas en los campos de entrenamiento. Cuando tres meses más tarde comenzaron
a cruzar el océano Atlántico, en las bodegas de los barcos de transporte
viajaban también miles de libros camino del frente. En los sectores del frente
con mayor presencia estadounidense se construyeron cuarenta y una bibliotecas,
algunas de las cuales gestionaban dieciocho mil préstamos cada mes y recibían
más de ciento cincuenta mil visitas, muchas de ellas realizadas por soldados
que jamás habían puesto un pie en un local de este tipo con anterioridad. De
nuevo los temas a los que se dio una presencia prioritaria fueron la ficción
bélica e histórica, destinada a elevar el ánimo de los combatientes, los textos
técnicos sobre táctica militar y armamento moderno, los libros divulgativos
sobre Francia y métodos de aprendizaje de su lengua. La voluntad de que la
guerra sirviese para mejorar la formación de los soldados se hacía otra vez
presente en la acción bibliotecaria de uno de los contendientes.
Sin
lugar a dudas se puede afirmar que jamás se vio hasta entonces una guerra en la
que la literatura y los libros estuviesen más presentes. Parecía como si los
soldados quisiesen compensar la irracionalidad de la sangría de la que eran
víctimas acudiendo a la lectura como fuente de evasión, de aumento y mejora de
sus conocimientos, en un intento de sacar algo bueno en medio de tanta
adversidad. Sin embargo este deseo de mejorar, de sobreponerse al abatimiento
para no perder la esperanza de un futuro, no transformó el entorno bélico en el
que se desarrollaba la vida cotidiana de los soldados. Aquel contexto era el
ideal para la aparición de actitudes o creencias irracionales y casi
esotéricas, en las que el miedo permitía que se creyesen hasta las historias
más disparatadas. Los mitos y las leyendas que recorrieron las trincheras han
quedado como testigo de que el cultivo de la lectura no siempre permite
erradicar las supersticiones.
§.
Rumores, murmuraciones, presencias
El
23 de agosto de agosto de 1914, cerca de la localidad belga de Mons, las tropas
de la Fuerza Expedicionaria Británica (que mandaba el mariscal John French) se
encontraron inesperadamente con el formidable primer ejército alemán, a las
órdenes de Alexander von Kluck. La superioridad de las fuerzas alemanas era
abrumadora e hicieron temer un desenlace fatal a los mandos de la fuerza
británica. Aunque esta no pudo mantener su posición y finalmente tuvo que
replegarse, la operación se realizó con tal fortuna que se evitó el desastre
esperado y se infligió un daño importante al ejército enemigo. Pocas semanas
después se había generalizado el rumor de que la salvación del ejército
británico había sido milagrosa, ya que durante la jornada había aparecido una legión
de ángeles en el cielo para proteger la retirada.
Hoy
en día se sabe que el origen de esta habladuría fantasiosa fue algo más
prosaico. El 29 de septiembre el escritor galés Arthur Machen, conocido por sus
relatos de terror y fantásticos, publicó en el periódico Evening News un
artículo titulado «Los arqueros», en el que usando una prosa romántica y
evocadora dejaba volar su imaginación. La idea principal que desarrollaba en él
era que la milagrosa salvación de la fuerza británica se había debido a que los
espíritus de los arqueros ingleses que habían combatido en la batalla de
Azincourt (una de las victorias más brillantes de los ingleses durante la
guerra de los Cien Años, en 1415) habían protegido a los soldados lanzando
flechas letales que habían ocasionado heridas invisibles a los alemanes. Parece
que su definición de estos espectros como «figuras resplandecientes» fue
interpretado espontáneamente como si de ángeles de la guarda se tratase, y
desde ese punto lo que era un alambicado ejercicio de ficción acabó
interpretándose como una realidad. Varias publicaciones reprodujeron la
anécdota aprovechándola para enardecer el valor patriótico de la población, e
incluso en el frente la historia se hizo muy popular no faltando quienes creían
en su veracidad. Hacer creer que las tropas enviadas al frente contaban con
algún tipo de protección divina era un rentable ejercicio de propaganda que fue
inmediatamente explotado, como se había hecho en otras guerras desde los
tiempos más antiguos.
Este
no es sino uno de los más conocidos ejemplos de los numerosos mitos y leyendas
que surgieron durante la Gran Guerra y que tuvieron una extraordinaria difusión
entre los propios combatientes. La censura de los medios de comunicación y la
desconfianza que los soldados fueron desarrollando hacia ellos contribuyeron a
crear en el frente un clima propicio para el escepticismo y el desarrollo de
una cultura oral en la que los rumores adquirían un valor informativo mucho
mayor que el que pudiesen tener en circunstancias normales. El francés Marc
Bloch, que combatió durante la guerra y después de ella llegó a convertirse en
uno de los historiadores más importantes del siglo XX, consideraba que «la
opinión reinante en las trincheras era que podías creerlo todo salvo lo que se
publicaba […] Los gobiernos limitaron el acceso de los medios de comunicación a
los soldados en el frente y prefirieron un modo de pensar primitivo…».
Cualquier insinuación o impresión podía adquirir la forma de rumores que se
difundían boca a boca a una velocidad pasmosa a lo largo de todo el frente. En
aquellos años podían encontrarse diversas versiones de una misma historia desde
Flandes hasta la frontera suiza, sin importar su verosimilitud o la
credibilidad de quienes la difundían. En opinión de Paul Fussell, este tipo de
actitud generalizada «generó un acercamiento al entorno psicológico popular de
la Edad Media».
Normalmente
eran historias que desarrollaban un pequeño repertorio de temas. Los ángeles de
Mons tan sólo fue una más de las que circularon sobre la protección
sobrenatural que recibían los aliados. Otra de las más populares fue la de la
Virgen Dorada, vinculada a uno de los edificios que se convirtieron en símbolo
de la resistencia contra la barbarie alemana entre las tropas británicas, la
iglesia de Notre-Dame de Brebières, en la ciudad de Albert. También en el
frente occidental el magnífico edificio gótico de la Lonja de los Paños de
Ypres, destrozado tras el ataque germano, se convirtió en símbolo de
resistencia, pero sin las connotaciones sobrenaturales que se atribuyeron a
Notre-Dame de Brebières. La pervivencia de esta iglesia bajo las bombas fue dotada
de un especial significado. Se trataba de un templo decimonónico sobre cuya
fachada se elevaba un sólido campanario central coronado por una escultura de
metal dorado de la Virgen María con los brazos levantados en señal de presentar
a su Hijo recién nacido al mundo. La iglesia resultó muy dañada a comienzos de
1915, pero el campanario se mantuvo en pie de forma muy precaria y la estatua
quedó colgando de su cima en posición casi horizontal.
El
aspecto dramático que adquirió desde entonces y la fragilidad de su posición
hicieron que inmediatamente surgiesen apuestas, rumores y comentarios sobre la
posible caída de la estatua al vacío. Pronto los soldados británicos comenzaron
a afirmar que mientras la estatua permaneciese sobre el campanario la ciudad no
caería en poder de los alemanes y que si estos la derribaban, perderían la
guerra. El autor británico Stephen Southwold nos da la clave para entender la
leyenda que se formó en torno a la imagen: «Había docenas de rumores asociados
a milagrosos crucifijos y vírgenes que se tenían en pie en medio del caos. En
algunos casos la imagen vertía sangre o pronosticaba la duración de la guerra.
La Virgen colgante de Albert era objeto de multitud de rumores bajo la forma de
profecías, milagros y prodigios, la más extendida de las cuales era la que
presagiaba que el bando que la derribase perdería la guerra». Resultó
paradójico que habiendo sido los británicos los que otorgaron un significado
premonitorio a la permanencia de la estatua en la torre fuesen ellos mismos los
que acabasen derribándola. En abril de 1918 se vieron obligados a abandonar la
localidad en un repliegue táctico, por lo que decidieron derribar el campanario
para que los alemanes no lo utilizasen como puesto de observación. Pese a que
se llevaban ya casi cuatro años de guerra, las necesidades militares seguían
pesando más que las habladurías y las leyendas.
Otro
mito de resonancias religiosas fue el del soldado crucificado, que en sus
distintas versiones fue uno de los más utilizados para denunciar la supuesta
brutalidad de los alemanes. Tanto en el frente como en varios periódicos de
Reino Unido, Estados Unidos y Canadá se recogieron los rumores de que los
alemanes habían capturado a un soldado canadiense y lo habían martirizado a la
vista de sus compañeros crucificándole usando bayonetas para fijar su cuerpo a
la cruz. Existían numerosas variantes de la historia que cambiaban el origen de
la víctima o el número de prisioneros torturados de esta forma. Parece que la
base de esta historia está por una parte en la impresión que a los soldados
protestantes les causaba la imaginería católica situada al aire libre en
cementerios y vía crucis de las localidades francesas y belgas. En Ypres, por
ejemplo, se corrió el rumor de que una imagen de Cristo tenía carácter
milagroso porque una granada alojada entre la cruz y el cuerpo del Redentor no
había estallado, aunque no era la única historia sobre representaciones
católicas que habían sobrevivido milagrosamente a bombardeos. Parece que la
otra fuente de la leyenda fue un tipo de castigo que se imponía a los soldados
británicos como sanción por infracciones menores. Se trataba del «castigo de
campaña Nº 1» consistente en dejar atado al infractor con los brazos extendidos
a un objeto inmóvil, como una gran rueda. La identificación de un crucificado
como la personificación del sufrimiento (muy popular en los poemas redactados
por muchos de los soldados) y su relación con cualidades milagrosas o
sobrenaturales se ha visto como el origen de esta historia fabulosa, en la que
aquellos que personificaban una maldad infrahumana, el enemigo, llevaban al
martirio a un inocente.
Otra
de las historias que circulaban sobre la maldad de los alemanes fue el rumor de
que usaban los restos humanos de sus propios caídos para fabricar sebo y otros
productos. Esta actividad se llevaría a efecto en los que se denominaron
«talleres de disolución de cadáveres», donde los diabólicos científicos al
servicio del káiser obtendrían las sustancias precisas para sustituir las
materias primas que comenzaban a escasear a causa del bloqueo comercial
británico. Así el enemigo conseguiría la grasa necesaria para la fabricación de
velas, nitroglicerina, lubricantes… La historia, una vez más, era falsa. En
realidad los alemanes habían hecho circular una orden administrativa por la que
ordenaban la recogida de todos los despojos animales para aprovecharlos en la
fabricación de sebo. Fue una mala comprensión de la lengua alemana la que llevó
a los británicos a realizar aquella lectura tan fantasiosa como útil a la
propaganda gubernamental. Además de estas retorcidas historias, los alemanes
también eran objeto de muchas acusaciones infundadas que completaban su
caracterización de bárbaros semihumanos. Ejemplos de ello eran las de que
empleaban habitualmente bayonetas con filo de sierra para destripar con más
facilidad a seres humanos (en realidad su uso era exclusivo del cuerpo de
zapadores y se usaban para cortar objetos vegetales) o que habían inventado
balas explosivas para producir mayor daño al enemigo.
Otro
grupo diferente de rumores legendarios fue el relativo a la aparición de
soldados fantasma que desaparecían misteriosamente. Uno de los más frecuentes y
que más formas diferentes adoptaba era el del «oficial-espía» alemán, del que
nunca se sabía de dónde había salido ni cómo se esfumaba, pero que se
presentaba siempre de modo sorpresivo en una trinchera aliada. En ocasiones
aparecía disfrazado para intentar ocultar infructuosamente su identidad, en
otras ocasiones llevaba su uniforme reglamentario y otras trataba de sonsacar a
los soldados información valiosa. Otra de las historias más difundidas era la
que afirmaba que en algunas regiones del frente, vivían entre las líneas grupos
de desertores de todos los ejércitos. Estos se refugiarían en trincheras
abandonadas o en refugios subterráneos y por las noches merodearían para
desvalijar los cuerpos de los caídos de la jornada e intentar robar agua o
comida a los incautos que se pusiesen a su alcance. Nos han llegado testimonios
de soldados amedrentados que aseguraron haber sido avisados por compañeros para
que en las patrullas nocturnas por la tierra de nadie nunca se quedasen a
solas, puesto que estos grupos armados podían aprovechar cualquier descuido
para atacarles. Lo que hoy podrían ser historias de miedo para adolescentes
hacían auténtico furor en el enloquecido mundo de las trincheras.
Durante
la guerra hubo también rumores más prosaicos que, más que de otra cosa, fueron
motivo de la hilaridad de los soldados durante las conversaciones con sus
compañeros. Se han localizado testimonios de la recomendación para guarecerse
en los cráteres ocasionados por los proyectiles explosivos, ya que se afirmaba
que nunca caían dos en el mismo sitio. Otras habladurías más jocosas aseguraban
que el gobierno británico pagaba un arrendamiento al francés por el uso de las
trincheras o que los alemanes tenían a mujeres en las suyas para hacerles más
llevadera la guerra. A diferencia de las historias sobre ángeles, apariciones o
milagros, estos comentarios más que mitos surgidos de la experiencia bélica
eran lugares comunes que permitían a los soldados entablar conversaciones con
sus compañeros con las que intentar mitigar su soledad. Sin embargo, cada una
de estas leyendas, mitos, rumores o murmuraciones, quedan como testimonio del
miedo y del deseo de protección que experimentaron unos hombres llevados al límite.
Eran un recurso más para aferrarse con uñas y dientes a lo poco que les quedaba
de humanidad en medio de la muerte, las heridas, la enfermedad y la pesadilla
tecnológica de la guerra moderna. El compañerismo, el intercambio epistolar, la
lectura y la escritura habían sido recursos encaminados hacia el mismo objetivo
y gracias a ellos la vida en el frente se hizo ligeramente más soportable. Pese
a ello, la Gran Guerra cobró una tremenda factura espiritual a varias
generaciones de hombres. Los que murieron ni siquiera pudieron comprobar si
todo su esfuerzo había servido para algo, y los que sobrevivieron,
independientemente del bando en el que hubiesen luchado, tuvieron que
enfrentarse desde el día después del armisticio a un futuro pacífico pero no
menos amenazador que el que dejaban atrás. Ellos no eran los mismos que en el
momento del alistamiento y el mundo tampoco lo era. La vuelta a casa iba a ser
una tarea que tendrían que acometer con una carga que en muchos casos fue
excesiva.
Capítulo
10
La
guerra en casa
Uno
de los rasgos más crueles de las guerras a lo largo de la historia ha sido la
facilidad con que la población civil ha padecido sus efectos. Aunque durante
siglos se intentó limitar la lucha a los campos de batalla, la gente común
siempre tuvo que soportar los profundos trastornos que los conflictos bélicos
ocasionaban en sus vidas. La Primera Guerra Mundial no fue una excepción a este
respecto, sino más bien todo lo contrario. Fue entonces cuando la guerra dejó
de ser algo de ejércitos profesionales para engullir a cientos de civiles que
tenían que marchar al combate y enfrentarse a vivencias para las que no estaban
en absoluto preparados. Además la guerra comenzó a llegar deliberadamente a los
que permanecían en los pueblos y ciudades alejados de los frentes. En aquellos
cuatro años surgieron modalidades nuevas de hacer daño al enemigo en la
retaguardia. Algunas estaban encaminadas a castigarlo físicamente (como los
bombardeos aéreos o la guerra submarina contra la marina comercial) y otras se
perfeccionaron hasta alcanzar grados de sofisticación maquiavélica para ir
minando su capacidad (como la guerra económica o la promoción de la sedición
interna). Esas son las razones por las que los que no combatieron también
sufrieron los efectos de aquella contienda, tanto en los escenarios en los que
la separación entre frente y retaguardia era muy clara como en aquellos en los
que esta distinción fue mucho más difusa.
Pero
además de las nuevas formas que adquirió el sufrimiento de los civiles, sus
consecuencias en el desarrollo y el resultado de la guerra cobraron una
importancia que ni siquiera se sospechó al estallar las hostilidades. El
desarrollo de las naciones europeas del siglo XIX había hecho que las élites
que tomaban las decisiones políticas dependiesen cada vez más del conjunto de
la población. El auge de la democracia liberal, la economía capitalista y la
cultura de masas hacía que el mantenimiento de una contienda de semejante
duración y dimensiones no pudiese llevarse a cabo sin el consenso y el apoyo de
la mayoría de las ciudadanías de los respectivos contendientes. Todas estas
cuestiones plantearon numerosos interrogantes y dificultades tanto a los ciudadanos
de a pie como a los gobiernos, que se vieron obligados a improvisar soluciones
para atender a las urgencias de cada momento concreto.
Muy
pronto se desvaneció el sueño de una guerra corta y una rápida victoria, como
se había pregonado en el verano de 1914, y la vida diaria de la gente común
comenzó a experimentar cambios radicales. Adentrarse en sus vivencias a lo
largo de aquellos cuatro años quizá no sea algo tan desgarrador y espeluznante
como hacerlo en la de quienes acudieron al frente, pero es iniciar un viaje
hacia otras formas de sufrimiento no menos intenso que las guerras posteriores
no han hecho sino imitar y desarrollar hasta nuestros días. Y es que con la
Gran Guerra comenzó una de las modalidades bélicas características del siglo
XX: el castigo inmisericorde y sistemático de la población civil como
estrategia complementaria al campo de batalla; el dolor y la muerte de inocentes
como un arma más con la que luchar por la victoria final.
A
pesar de lo que puede parecer por las dimensiones y relevancia que adquirió la
Primera Guerra Mundial, su estallido pilló por sorpresa a todo el mundo. El
precario equilibrio en el que convivían las grandes potencias imperialistas de
la Europa de inicios del siglo XX solía tener como resultado crisis
recurrentes. Se trataba normalmente de conflictos aislados, en escenarios
periféricos y que nunca afectaban a más de una de las grandes potencias (Gran
Bretaña, Francia, Alemania, Austria-Hungría, Rusia e Italia). Los habitantes de
la Europa culta y urbana estaban acostumbrados a desayunar con una prensa que
informaba con una rapidez y puntualidad inusitadas (merced a las novedades
revolucionarias que habían acelerado el tiempo de las comunicaciones de forma
sorprendente) de guerras como la de los bóers, la ruso-japonesa, la ítalo-turca
o las guerras balcánicas. Todos estos eran episodios que podían tensar las
relaciones de los gobiernos de los que dependía la estabilidad mundial, pero
todo el mundo sabía que sólo había que darles la importancia justa. Siempre se
llegaba a alguna componenda que permitía superar el escollo y tirar hasta el
siguiente episodio.
Por
tanto, cuando en los diarios europeos informaron en los últimos días de junio
de 1914 del asesinato del heredero del trono austro-húngaro en Sarajevo la
sensación de los lectores no debió de ser en absoluto nueva. Los conflictos en
la península de los Balcanes no dejaban de sucederse desde hacía unos años y
esta era otra crisis, que tenía lugar en una ciudad prácticamente desconocida,
capital de un territorio del que se sabía poco más que había producido ya antes
problemas en política internacional. Nadie debió de tener la sensación de que
estuviese pasando un acontecimiento que cambiaría el rumbo de la historia
mundial para siempre. De hecho, en esos días los rotativos confiaban más en
otros asuntos para aumentar su tirada. En Francia, por ejemplo, la opinión
pública prestaba toda su atención al truculento «caso Caillaux», el
procesamiento de la mujer del ex ministro de Finanzas Joseph Caillaux, que
había atentado contra el editor del periódico Le Figaro disparándole en su
propio despacho. El objeto de semejante acción fue intentar evitar que
publicase las cartas de amor de la agresora con Caillaux cuando este estaba
casado todavía con su primera esposa, pero lo que consiguió fue destapar un
sabroso affaire que mezclaba amor, violencia y política; una golosina para
periodistas sin escrúpulos y directores de diarios deseosos de aumentar las
ventas. Pero a medida que las semanas avanzaron los franceses, como el resto de
los europeos en general, fueron perdiendo interés en otros asuntos que no fuese
la creciente tensión entre las dos alianzas diplomáticas rivales, la Triple
Alianza y la Entente Cordiale. La tranquilidad de los primeros días del verano
se fue para no volver, y los despreocupados lectores empezaron a sospechar que
lo que se estaba fraguando iba a tener un calado mucho mayor del que habían
supuesto. No tardarían mucho en comprobar en carne propia hasta qué punto
habían cometido un error.
§.
Vientos de guerra
La
crisis de julio de 1914 despertó fuerzas dormidas no sólo en la política
internacional europea. La gestión política de la crisis de Sarajevo se fue
complicando en una inusitada conjunción de precipitación diplomática e inercia
política. Los originalmente afectados por el atentado, el Imperio
austro-húngaro y el reino de Serbia, fueron implicando progresivamente a sus
aliados reales o potenciales, que a su vez arrastraron en la deriva bélica a
terceras naciones con las que habían firmado pactos o alianzas. Lo más
llamativo de la crisis es que entre los factores que no permitieron desbloquear
la situación, que empujaron a los respectivos gobiernos a no estar dispuestos a
ceder un milímetro en sus exigencias, fue el de la presión de la opinión
pública. De forma creciente se fueron concentrando multitudes en las calles de
las grandes ciudades europeas, en muchos casos azuzadas por los periódicos que
daban rienda suelta a mensajes ultranacionalistas que, alegando diferentes
pretextos, impelían a poblaciones y gobiernos a lanzarse a la lucha armada.
Todos estaban convencidos de que en unos meses la guerra habría acabado y que
la justicia de las motivaciones que les empujaban a la lucha asegurarían una
victoria inevitable.
Esta
fiebre chovinista, imprudente y cada vez más demencial acabó por enloquecer a
las poblaciones de las naciones más civilizadas. A modo de ejemplo, los
historiadores británicos suelen recordar la anécdota de que un niño,
atemorizado ante el inminente comienzo de los combates, preguntó preocupado a
su madre por la institutriz alemana que se encargaba de su educación: «Oh
Mummy, must we kill poor Fräulein?» («Oh, Mami, ¿tendremos que matar a la pobre
Fräulein?»). Ni siquiera se salvaron aquellos de quienes se podía haber
esperado que hiciesen una llamada a la sensatez y a buscar una solución
pacífica a los problemas políticos. En todos los países contendientes
literatos, científicos y pensadores se lanzaron en tromba a ensalzar los
motivos que llevaban a la patria a las armas y a animar a sus compatriotas a
que se aprestasen a combatir. En el Reino Unido, escritores de la talla y
popularidad de Arthur Conan Doyle o Herbert G. Wells publicaron multitud de
artículos a favor de la intervención británica en la contienda, haciendo gala
de argumentos y posturas que podrían parecer impropios de personas letradas.
Wells acuñó un lema que escogería como título del volumen recopilatorio de
estos artículos: «La guerra que acabará con las guerras». No pudo errar más el
pronóstico. Refiriéndose a una de las novelas que más celebridad le dio, La
guerra de los mundos (publicada en 1898 y en la que Londres se ve arrasada por
una terrorífica razia extraterrestre), el historiador británico Niall Ferguson
ha señalado con ironía que «es sabido (y ahí reside su genialidad) que él
[Wells] atribuyó todo aquello a los marcianos. Sin embargo, cuando más tarde
aquellas escenas se hicieron realidad, los responsables no serían los
marcianos, sino otros seres humanos, aunque a menudo justificaran sus matanzas
calificando a sus víctimas de “ajenas” o “infrahumanas”». Porque una de las
características que desde el comienzo iban a distinguir los discursos oficiales
y periodísticos sobre la guerra en todos los países fue no ya la difamación del
enemigo, sino su deshumanización como un medio para justificar las atrocidades
que se iban a cometer.
Pocos
fueron los que levantaron su voz para romper una lanza por la paz y la búsqueda
de una solución diplomática. Uno de ellos fue uno de los más prestigiosos
escritores austro-húngaros en lengua alemana, Stefan Zweig, que en los primeros
meses de guerra se mostraba atónito ante el comportamiento público de sus
colegas: «Con poca formación europea, viviendo en un horizonte plenamente
alemán, la mayoría de nuestros escritores creía que su mejor contribución
consistía en alimentar el entusiasmo de las masas y en cimentar la presunta
belleza de la guerra con llamadas poéticas o ideologías científicas. […] A
veces era como oír a una horda de poseídos, pero en realidad eran los mismos a
los que, una semana o un mes antes, admirábamos por su sentido común, su fuerte
personalidad y su actitud humana». Una lucidez y un estupor semejantes fueron
los que afectaron a uno de los científicos más eminentes del mundo.
El
Imperio alemán lucía con orgullo desde hacía décadas la excelencia de sus
universidades y la calidad de los científicos y pensadores que estas producían.
El medio intelectual alemán no fue una excepción en 1914 y también se entregó
con pasión a la defensa de la causa nacional en la guerra. Una de sus primeras
muestras colectivas fue un escrito, el Manifiesto al mundo civilizado, en el
que noventa y tres intelectuales defendían a su país frente a las fuertes
críticas internacionales que la invasión de Bélgica por Alemania en los
primeros días de agosto de 1914 había levantado en la prensa internacional. En
dicho documento, los intelectuales alemanes abogaban por la legitimidad de la
causa de las potencias centrales, rechazaban las acusaciones sobre atrocidades
cometidas en la invasión de Bélgica y ensalzaban el militarismo prusiano como
una de las expresiones más elevadas de la civilización, la política y el genio
cultural alemán.
Por
aquel entonces Albert Einstein ocupaba una cátedra en la Universidad de Berlín,
era miembro de la Real Academia Científica de Prusia y desde que en 1905
comenzó a dar a conocer públicamente su teoría de la relatividad era
considerado uno de los más grandes científicos vivos. Su carácter pacifista y
antimilitarista ya le había llevado cuando tenía dieciséis años a renunciar a
la nacionalidad alemana, que tuvo que reasumir más tarde para acceder a su
puesto en Berlín. Ahora no sólo no firmó el manifiesto de los intelectuales,
sino que cuando el médico y pacifista alemán Georg Nicolai puso en circulación
una réplica con el título de Manifiesto a los europeos, no dudó en estampar en
él su rúbrica. En el escrito se criticaba sin ambages el apoyo del medio científico
y académico a la invasión de Bélgica, la tolerancia que mostraba con el recurso
a las armas como medio de solventar conflictos y abogaba por el europeísmo como
solución a los problemas que dividían a las grandes potencias. En él se podía
leer: «La guerra que ruge difícilmente puede dar un vencedor; todas las
naciones que participan en ella pagarán, con toda probabilidad, un precio
extremadamente alto. Por consiguiente, parece no sólo sabio sino obligado para
los hombres instruidos de todas las naciones el que ejerzan su influencia para
que se firme un tratado de paz que no lleve en sí los gérmenes de guerras
futuras […] Nuestro único propósito es afirmar nuestra profunda convicción de
que ha llegado el momento de que Europa se una para defender su territorio, su
gente y su cultura. Estamos manifestando públicamente nuestra fe en la unidad
europea, una fe que creemos es compartida por muchos; esperamos que esta
manifestación pública de nuestra fe pueda contribuir al crecimiento de un
movimiento poderoso hacia tal unidad». El manifiesto sólo logró el apoyo de dos
personas más.
Similar
sentimiento de soledad experimentó Bertrand Russell, que antes de que empezaran
las hostilidades logró la adhesión de numerosos profesores de Cambridge a un
manifiesto contra la guerra que publicó el Manchester Guardian, pero como
cuenta en su Autobiografía: «El día en que se declaró la guerra casi todos
ellos cambiaron de opinión […] Durante ese día y los subsiguientes descubrí
para mi gran sorpresa que el común de los hombres y mujeres estaban encantados
con la perspectiva de una guerra». Russell llegó a pasar seis meses en la
cárcel y perdió su puesto en el Trinity College por su activismo antibelicista.
Pero
además hubo otros ámbitos en los que el estallido de la guerra no fue saludado
con tanto alborozo. A menudo se soslaya que aunque el desarrollo económico,
político y social de Europa había sido deslumbrante, no había penetrado por
igual en todos los territorios del continente. El historiador británico Richard
Vinen es contundente al respecto: «Se suele olvidar con facilidad el hecho de
que la mayor parte de la población europea pasó el verano de 1914 ocupada en la
durísima faena de recoger la cosecha». En las regiones periféricas de Europa la
mayoría de la población seguía viviendo en y del campo, y se mostró muy
recelosa con lo que podría reportarles una contienda generalizada. Incluso en
algunas de las naciones más industrializadas (como Francia y Alemania) el peso
de la población que vivía de la agricultura seguía siendo importante, y
compartía la misma inquietud que sus vecinos de las regiones más apartadas y
atrasadas del continente. Muy pronto sus compatriotas de las ciudades
comenzarían a experimentar la misma sensación, puesto que después de acabado el
verano, a medida que avanzaba el otoño, iba quedando cada vez más claro que la
tan ansiada victoria no llegaba… y nadie se había preparado para una guerra
larga.
§.
Uniones sagradas
La
nueva coyuntura bélica, unida al entusiasmo de la opinión pública y de la
población urbana, planteó a los diferentes gobiernos la necesidad de aunar la
mayor cantidad de recursos para garantizar el éxito de la empresa. Y el primer
paso para conseguirlo era concentrar todos los apoyos posibles en torno a la
acción política gubernamental. Los diferentes sistemas políticos europeos se
habían visto a lo largo de las décadas anteriores contestados por diferentes
sectores sociales que reivindicaban un mayor reconocimiento de su capacidad
para participar en la política y que habían recurrido a la acción colectiva
como forma de presionar para lograr sus objetivos. Los dos ejemplos más
importantes eran el movimiento obrero y el feminista, el primero declaradamente
internacionalista y ambos muy vinculados con el movimiento pacifista que desde
finales del siglo XIX se había ido extendiendo por Europa. Sin embargo ninguno
de los dos movimientos se resistió a la vorágine belicista del verano de 1914.
Las feministas de todos los países no dudaron en posponer su lucha por los
derechos de la mujer para después de la victoria y los socialistas, pese a que
la Segunda Internacional (la organización que agrupaba a todos los partidos
socialistas) hizo un llamamiento a trabajar para evitar una guerra que sólo
beneficiaría a los capitalistas y al imperialismo, no fueron tampoco una
excepción. La única personalidad política de relevancia que en aquellas semanas
levantó su voz contra la guerra que se avecinaba fue el socialista Jean Jaurès,
uno de los principales políticos de la Francia de preguerra, que cayó asesinado
a tiros por un exaltado en un café de París cuando apenas habían pasado setenta
y dos horas desde el comienzo de la Gran Guerra. Con este asesinato quedó
prácticamente disuelto el movimiento de resistencia a la guerra en Francia,
hasta entonces poderoso, y que dirigido por Jaurès amenazaba con una huelga
general para detener la entrada en hostilidades que quizá hubiera cambiado la
historia.
Todos
los partidos políticos acudieron unánimemente a prestar su solidaridad a los
gobiernos en lo que consideraban un momento amenazador para el futuro de sus
naciones, aunque la respuesta en cada país fue distinta. Francia fue
probablemente el ejemplo más claro de una sociedad fuertemente dividida
políticamente que durante la guerra logró forjar una unidad duradera. El
protagonista de los primeros momentos fue el presidente de la república,
Raymond Poincaré, que ante las vacilaciones del primer ministro René Viviani
decidió hacer un encendido llamamiento de todos los grupos políticos, desde la
derecha monárquica hasta la izquierda socialista, para defender la nación. Era
necesario construir una union sacrée («unión sagrada») de todos por encima de
las diferencias que les separaban para garantizar la subsistencia colectiva
ante el desafío más importante en décadas. Todos respondieron afirmativamente a
la llamada aunque por razones muy distintas. En opinión del historiador
británico Roger Price, la guerra «para la izquierda se trataba de una batalla
defensiva contra el militarizado y depredador Imperio alemán, y su derrota
llevaría al establecimiento de una república democrática. Por el contrario, la
derecha tendió a interpretar la guerra como la lucha de dos pueblos que
luchaban por su supervivencia…». Esta división de percepciones no fue obstáculo
para que se uniesen en apoyo del gobierno. El hecho de que parte del territorio
francés fuese ocupado por los alemanes en los primeros meses de lucha,
convirtiendo la contienda en una guerra de defensa de la patria invadida, fue
un acicate para que la unión pudiese sortear las numerosas dificultades
internas que se le plantearon en los cuatro años siguientes.
El
caso británico fue distinto, ya que en agosto de 1914 el Parlamento aprobó la
Defence of the Realm Act («Ley de Defensa del Reino», conocida por sus siglas
DORA), una ley que otorgaba al gobierno plenos poderes e independencia para
actuar al margen de las cámaras legislativas, algo que nunca pasó en Francia.
Allí el Parlamento se negó durante toda la contienda a entregar poderes
excepcionales al ejecutivo, que tuvo que soportar la constante supervisión de
su acción por la Cámara de Diputados y el Senado. Sin embargo, el caso en el
que se llegó a una mayor concentración de poder fue Alemania, donde el
Reichstag (cámara baja del Parlamento) dio carta blanca al gobierno al comienzo
de la guerra, hecho que este aprovechó para ir concentrando cotas de poder mayor
durante la contienda, acabando por imponer casi una dictadura que fue
progresivamente monopolizada por los militares para hacerse con el control del
país.
Pese
a las diferentes circunstancias en cada Estado beligerante, todos los gobiernos
se vieron sometidos a lo largo de la guerra a problemas parecidos, para los que
se vieron obligados a implantar soluciones improvisadas que en la mayoría de
los casos dieron como resultado una evolución similar. Desde el surgimiento de
un consenso político general en los primeros meses de la contienda (casi una
especie de luna de miel entre los diferentes partidos, que en Alemania recibió
el nombre de espíritu de 1914»), se pasó a una sucesión de problemas
sobrevenidos por el alargamiento del conflicto, que en sus horas finales
llevaron a los gobiernos a intentar reformas o hacer promesas sobre la
reconstrucción de posguerra para evitar la división interna en el mejor de los
casos o la revolución en el peor.
Por
el momento, en los meses del verano y otoño de 1914, lo prioritario era
conseguir hombres para la guerra. En los estados continentales esto fue fácil,
puesto que la imposición del servicio militar obligatorio durante el siglo XIX
permitió tener preparado un ejército con el que comenzar la lucha, que fue
pronto reforzado con el llamamiento a filas de reservistas. En algunos casos se
llegó a reclutar a población procedente de las colonias, como en el de Francia,
donde los soldados africanos recibían el nombre de tirailleurs, «tiradores». El
caso del Reino Unido era más complicado, ya que el grueso de sus fuerzas
militares estaba acantonado en el virreinato de la India Británica. La razón de
esta práctica carencia de un ejército profesional en la metrópoli era que la
tradición política británica consideraba que la presencia de una fuerza militar
estable era un elemento coercitivo que podía ser utilizado para intentar dar un
golpe que quebrase la legalidad y la separación de poderes. Por ello el
Parlamento había prohibido desde hacía siglos el mantenimiento de ejércitos
estables en las islas, y en 1914 tan sólo se disponía de una pequeña fuerza de
combate (la «Fuerza Expedicionaria Británica»), que había sido improvisada en
los años anteriores ante la carrera de armamentos en la que se habían embarcado
las potencias del continente y que fue enviada en agosto de aquel año a
territorio francés.
Por
esto fue básico para el gobierno británico desde el principio fomentar el
alistamiento de voluntarios como medio de aumentar la disponibilidad de hombres
para el ejército. En los primeros meses del conflicto la respuesta de la
población civil fue masiva. El historiador estadounidense John H. Morrow Jr.
señala que «la idea de reclutar un ejército de voluntarios gozó de una gran
prosperidad en un principio, cuando los banderines de enganche se vieron a
rebosar de varones a los que movía el desempleo, la sed de aventuras o el deseo
patriótico de proteger a su nación del peligro que la acechaba. Más de uno
debió de inscribirse para evitar a las mujeres que, siempre alerta, se
dedicaban a agitar plumas blancas —símbolo de cobardía— a la cara de los
civiles masculinos». Pero este entusiasmo inicial fue perdiendo fuelle a medida
que la guerra, que todo el mundo había previsto corta y rápida, se fue
alargando. Hasta mediados de 1915 el flujo de voluntarios fue suficiente para
cubrir las necesidades militares, pero a partir de entonces comenzó a descender
alarmantemente. El incremento de las necesidades bélicas y la disminución de
efectivos disponibles acabó inclinando la balanza por la lógica más que por la
tradición, y en enero de 1916 el gobierno se vio obligado a promulgar una Ley
de Servicio Militar, por la que se imponía el servicio obligatorio a todos los
varones entre dieciocho y cuarenta y un años. La inmolación de la sacrosanta
tradición política (que en el Reino Unido tenía casi el carácter de ley no escrita)
era tan sólo uno más de los sacrificios que a esas alturas los británicos se
estaban viendo obligados a hacer en aras de una victoria que parecía lejana, y
eso que no eran ellos los que se estaban llevando la peor parte.
§.
Vidas planificadas
La
necesidad de asegurar una cantidad suficiente de soldados para mantener la
guerra sólo fue la primera eventualidad a la que se enfrentaron los gobiernos
europeos en guerra. El efecto de detraer cantidades ingentes de hombres de su
actividad diaria para enviarlos al frente no se hizo esperar mucho. Los
primeros días de guerra se caracterizaron por una crisis financiera
internacional ante la incertidumbre que se avecinaba para la economía
capitalista mundializada que habían construido las potencias europeas en la
segunda mitad del siglo XIX. De esta crisis se derivó en las semanas siguientes
una disminución de la actividad productiva y un repunte del desempleo que fue
un acicate más para que los que acababan de perder su trabajo buscasen una
salida en el reclutamiento voluntario. Pero esta afluencia produjo pronto una
carencia de mano de obra en los países beligerantes que nadie había previsto.
Como la guerra tendría que durar sólo unos meses se presumió de forma
generalizada que las turbulencias económicas durarían poco. Pero las semanas
pasaron y la guerra continuaba, y los gabinetes no habían previsto cómo
financiar una guerra larga, mucho menos cuando el crecimiento económico se
estancaba inquietantemente por la falta de trabajadores.
Lo
que iba a ser de necesidad corto y fulminante, de repente se tornaba largo y
complicado. Inmediatamente los gobernantes se dieron cuenta de que, además de
la actividad en el frente de batalla, era preciso librar la guerra en casa.
Había que organizar la sociedad y la economía internas de tal modo que la
situación bélica no produjese el desmoronamiento del país en la retaguardia.
Fue así como surgió un frente interno además de los propiamente militares, cuya
importancia se iba a demostrar decisiva a medida que la guerra avanzaba. Esta
necesidad fue mucho más acuciante cuando se hizo patente que con el nuevo tipo
de guerra industrializada que se estaba poniendo en marcha era imperativo
aumentar la producción de municiones y material de guerra en la retaguardia
para sostener la actividad bélica.
En
este punto la pionera fue Alemania. Fue un industrial de origen judío, Walther
Rathenau, máximo dirigente de la poderosa Sociedad General de Electricidad
(AEG), quien se dirigió a las autoridades de su país alertando de la necesidad
de movilizar todos los recursos económicos disponibles para ganar la guerra.
Ante la receptividad de las autoridades, Rathenau presentó un plan de
concentración de las iniciativas industriales para asegurar la supervivencia de
Alemania en caso de que la guerra se alargase. El plan proponía la
concertación, bajo dirección gubernamental, de los intereses de industriales,
sindicatos y productores para administrar de manera óptima las materias primas
y dirigirlas a aquellos sectores de la industria que eran básicos para el esfuerzo
bélico. Tal fue el éxito de la propuesta que el Ministerio de la Guerra alemán
creó ya en agosto de 1914 una Sección de Materias Primas para la Guerra, a cuyo
frente puso al propio Rathenau. Este fue el comienzo de la economía de guerra
alemana, que llevó a una intervención del Estado en todos los sectores de la
economía para garantizar que las necesidades bélicas quedaban cubiertas.
En
los países de la Entente se llegó al mismo resultado que en Alemania, aunque no
se comenzó tan rápido. En los primeros meses de 1915 en Francia y Gran Bretaña
se produjo una importante crisis política porque se había hecho patente que la
actividad en las trincheras del frente occidental se estaba ralentizando debido
a la escasez de municiones y los medios de comunicación lo criticaron
públicamente. Aunque se habían tomado medidas para garantizar el suministro en
el frente y una mayor eficiencia en la industria, como la nacionalización del
ferrocarril, era evidente que el Estado debía intervenir enérgicamente, ya que
el mercado no era capaz de garantizar las necesidades del momento. En Gran
Bretaña la solución que se ideó fue crear una Comisión de Municiones
dependiente del Ministerio de Hacienda, a cuya cabeza se puso el propio
ministro, el liberal David Lloyd George; mientras que en Francia se creó una
Subsecretaría de Artillería, dependiente del gobierno, con el mismo propósito y
que fue encomendada al socialista moderado Albert Thomas. El surgimiento de
estos políticos que, como Rathenau en Alemania, se convirtieron en las
auténticas eminencias grises de la organización de la guerra, supuso en opinión
del profesor Richard Vinen que «determinados funcionarios y dirigentes
sindicales e industriales dieron a veces la impresión de amalgamarse en una
nueva clase industrial dirigente y de defender unas políticas que no encajaban
con las metas normales de gobiernos, trabajadores y patronal respectivamente. Hubo
hombres […] que soñaron con un nuevo orden industrial basado en la coordinación
y la cooperación».
De
formas y a ritmos distintos ambos gobiernos fueron imponiendo soluciones
similares: dictaron normas específicas y la administración pública intervino
para organizar la mano de obra, distribuir las materias primas, encauzar la
producción y el transporte. Se favoreció la concentración de las industrias
para aumentar su eficacia y se fomentaron las innovaciones técnicas que
pudiesen reportar ventajas en la batalla, como las mejoras en la fabricación de
armas y municiones. En el caso de Francia se partía con la desventaja adicional
de que una de sus principales regiones industriales, el nordeste del país,
había sido ocupado por Alemania, que rápidamente aplicó los recursos de las
zonas invadidas a su economía de guerra. El tipo de mano de obra que más se echaba
en falta era la especializada en aquellos sectores vitales para la fabricación
de material de guerra, como la industria metalúrgica y la química. Se fomentó
la entrada en el mercado laboral de trabajadores no cualificados, como mujeres
y jóvenes (y nativos de las colonias en el caso de Francia) para intentar
concentrar a los más formados en los sectores claves, pero el éxito de la
medida fue relativo. Ya para finales de 1915 ambos países se habían visto
obligados a licenciar del frente a los obreros que hacían más falta (cincuenta
mil en el caso de Francia), que eran reinsertados en la industria continuando
bajo jurisdicción militar.
Para
garantizar la producción en todos los países se aceptó negociar con los
sindicatos (o arbitrar entre estos y los empresarios) en un intento de evitar
que las huelgas u otros conflictos laborales comprometiesen las necesidades del
ejército. Aunque en un principio los sindicatos proclamaron una tregua
industrial llevados por la exaltación patria de los primeros momentos,
diferentes cuestiones fueron agriando el ambiente laboral. El más importante
fue el de la introducción de mujeres y adolescentes en las fábricas para
sustituir a los obreros, puesto que se temía que los nuevos trabajadores
arrebatasen su puesto a los que estaban en el frente (aunque se aseguraba que
abandonarían el mercado laboral una vez acabada la guerra) o que al regreso de
los obreros-soldados los empresarios les bajasen el sueldo, puesto que quienes
les estaban sustituyendo cobraban mucho menos. Pese a todo, los resultados
fueron positivos y permitieron a cada contendiente prolongar el esfuerzo de
guerra. El continente que había extendido por el mundo las ideas del
liberalismo económico basadas en el libre cambio y en dejar actuar al mercado
sin restricciones comenzó a aplicar con fuerza la intervención estatal
amparándose en el principio de necesidad. Definitivamente, la economía de
mercado había sido movilizada en el gigantesco intento de ganar la guerra.
Otro
de los problemas básicos que surgieron con la prolongación de la contienda fue
el de financiarla. En el año 1914 todos recurrieron a créditos extraordinarios
de guerra que fueron unánimemente aprobados por los distintos parlamentos, pero
este recurso pronto se agotó. En algunos casos pudieron aprobarse más recursos
de este tipo o se lanzaron empréstitos de guerra para que fuesen suscritos por
los ciudadanos; pero además de hombres, la guerra industrial consumía ingentes
cantidades de dinero. Las necesidades comenzaron a ser tan grandes que todos
recurrieron a todo: se subieron los impuestos, se imprimió papel moneda en
cantidades desproporcionadas (lo que produjo una inflación galopante desde el
comienzo de la guerra) y se pidió dinero a países amigos o neutrales.
Respecto
a este último expediente los países más aventajados eran Alemania y, sobre
todo, Gran Bretaña, que entonces era la capital financiera mundial. Los
contendientes de las dos alianzas rivales acababan acudiendo siempre a ellos:
Rusia pedía dinero prestado a Francia, quien a su vez lo hacía a Gran Bretaña;
Bulgaria y el Imperio otomano se lo solicitaban a Austria-Hungría, que a su vez
lo hacía a Alemania. En este punto la supremacía británica fue clara desde el
principio, no sólo por la superioridad de los recursos propios, sino porque
tuvo acceso ilimitado al mercado financiero norteamericano, y ya entonces Wall
Street eran palabras mayores. Estados Unidos era desde comienzos del siglo la
primera potencia industrial del mundo y la guerra parecía que podía ser un
negocio rentable ya que disponía de medios financieros abundantes para prestar
o invertir. El gobierno británico recurrió a uno de los principales bancos de
Estados Unidos, el J. P. Morgan, que hábilmente organizó los préstamos masivos
para las potencias aliadas. Entre 1914 y 1918 Estados Unidos pasó de ser un
país deudor al puesto de principal acreedor mundial de deuda exterior. De
hecho, el nivel de recursos comprometidos con los aliados fue una de las
razones esenciales para que entrase definitivamente en la contienda en 1917 ya
que si los aliados eran derrotados, las pérdidas para la economía
norteamericana serían ruinosas. Pero el dinero era sólo uno de los factores que
contaban en el mantenimiento de los frentes internos, había otros en los que
los aliados quizá no fuesen tan afortunados.
§.
Desgastar al enemigo
El
dinero no era la única arma disponible para la guerra económica. En la economía
mundial integrada de comienzos del siglo XX, en la que los diferentes países
dependían del comercio con otras zonas del planeta para mantener su economía,
la interrupción del tráfico comercial parecía un medio ideal para intentar
dañar al enemigo. Existía un serio precedente histórico, pues más de un siglo
antes Napoleón había querido acabar con la potencia británica decretando el
bloqueo continental, un sistema de embargo comercial que durante algunos años
logró imponer en toda Europa —menos Portugal— la prohibición de comerciar con
Inglaterra. Ya antes de la guerra, en los primeros años del siglo, la alarma
del gobierno británico ante la construcción por parte de Alemania de una marina
de guerra que pudiese interrumpir el comercio naval fue uno de los motivos
básicos para que saliese de su tradicional aislamiento y se acercase
progresivamente a los aliados Francia y Rusia. Gran Bretaña disponía de la
mayor flota militar del mundo y su marina mercante superaba asimismo a la de
los demás países, pero la ambición del proyecto alemán y la modernidad de los
equipamientos de sus flamantes acorazados sembraban de inquietud el espíritu de
los dirigentes británicos. El abastecimiento de alimentos para la población del
archipiélago dependía de las importaciones por mar y la amenaza alemana podía
llegar a estrangular a la potencia insular en caso de guerra.
Fue
posiblemente este sentimiento de inseguridad el que llevó rápidamente a los
británicos a poner en marcha un bloqueo naval sobre Alemania y sus aliados, que
adquirió forma oficial mediante un decreto de marzo de 1915. La situación había
sido prevista por las autoridades germanas, que por el momento optaron por no
recurrir a una acción naval de incierto resultado. Prefirieron intentar obtener
las importaciones que les eran indispensables mediante el comercio con las
naciones neutrales y desarrollar sucedáneos (los célebres ersatz) de los
materiales que necesitaban por parte de su potente industria química. Alemania
estaba rodeada de países que se habían declarado neutrales: los Países Bajos,
Suiza, Dinamarca, Suecia y Noruega. Para su tranquilidad, el mar Báltico se
convirtió en el único cerrado al control británico durante la contienda. En
1909, en la llamada Declaración de Londres, se había regulado el tráfico de
artículos considerados de contrabando destinados a territorio enemigo en
tiempos de guerra. Pero el Reino Unido no había suscrito el acuerdo y en
consecuencia aplicó una política de presumir el fraude generalizado en las
mercancías transportadas por barcos de países neutrales si no podían demostrar
que su cargamento no iba destinado a las potencias centrales. En la práctica
esto supuso que miles de toneladas de carga fueron requisadas y cientos de
barcos de bandera neutral inmovilizados. En un principio Alemania y sus aliados
lograron seguir recibiendo los materiales que necesitaban desde Escandinavia,
pero con la declaración por parte de los británicos del Mar del Norte como área
de guerra el bloqueo quedó extendido a las costas noruegas y danesas. Desde ese
momento los países que rodeaban a Alemania no podrían comerciar con ella con
ningún género que no hubiesen producido en su propio suelo.
El
perjuicio para las potencias centrales era evidente, y la respuesta alemana fue
la primera declaración de guerra submarina. El resultado de una acción de la
flota de guerra alemana para romper el bloqueo parecía incierto, pero su flota
submarina era la más importante del mundo, muy por delante de la británica.
Pero la tentativa acabó fallando. El hundimiento de los navíos de pasajeros
Lusitania y Arabic (en mayo y agosto de 1915, respectivamente) ocasionó una
protesta diplomática estadounidense de tal virulencia que las autoridades
alemanas temieron la entrada en la guerra de aquel país y prefirieron dejar en
suspenso la medida. Un año más tarde, cuando por fin las flotas de superficie
británica y alemana se vieron las caras en la batalla de Jutlandia, el
resultado del lance fue incierto y en ningún caso supuso la ruptura del bloqueo
que mantenían los británicos. Todo ello hizo que las importaciones alemanas
disminuyesen drásticamente y que la población civil comenzase a experimentar en
carne propia el golpe de la guerra económica.
En
los primeros meses de la contienda se había podido mantener en buena medida la
sensación de que la vida continuaba en la retaguardia como antes del estallido
de la guerra. En aquellos momentos iniciales, los visitantes que llegaban a las
grandes ciudades procedentes del frente experimentaban una fuerte impresión por
el contraste del infierno que se estaba desarrollando cerca de los campos de
batalla y las trincheras mientras que en casa todo parecía «permanecer igual».
El escritor Stefan Zweig, tras volver a Viena desde una visita que había
realizado en el frente oriental, escribía: «Con el hedor de yodoformo del
transporte de heridos todavía en la ropa, la boca y la nariz, observé cómo [los
viandantes] compraban violetas para obsequiar con ellas galantemente a las
damas, cómo coches impecables recorrían las calles, llevando a caballeros bien
afeitados y con trajes igual de impecables. ¡Y todo a ocho o nueve horas en
tren del frente! Pero ¿tenía derecho alguien a acusar a aquellas gentes? ¿Acaso
no era la cosa más natural del mundo que vivieran y trataran de disfrutar de la
vida? […] Una profunda grieta recorría el pueblo de arriba abajo; el país se
había desintegrado, por decirlo así, en dos mundos diferentes; en el frente,
los soldados que combatían y sufrían las más terribles privaciones; en la
retaguardia, los que se habían quedado en casa, los que seguían llevando una
vida despreocupada, llenaban los teatros…». Algunos soldados del frente
occidental describieron la misma impresión al llegar de permiso a Londres o
París procedentes del frente, con la diferencia de que en esta parte del
continente la distancia entre las líneas de trincheras y las grandes ciudades
de la retaguardia apenas llegaba a doscientos kilómetros.
Pero
el espejismo de que la vida «seguía igual» pronto iba a desvanecerse. En
realidad no era cierto que los habitantes de las ciudades viviesen ajenos a los
cambios que estaba produciendo la guerra e insensibles a los horrores que se
sucedían en el frente. La partida de la mayoría de los varones jóvenes (y
después de reservistas de mayor edad) afectó prácticamente a todas las
familias, que se veían separadas de algún familiar y muchas de su principal
sostenedor económico. Además su desaparición no sólo afectó a la industria, ya
que del campo también desaparecieron los encargados de trabajar en las
explotaciones agrarias. Inmediatamente la producción de alimentos comenzó a
disminuir en todo el continente, sin que este hecho gozase de la atención
urgente de los gobiernos. A estos les parecían prioritarias las industrias
productoras de material militar y sólo interesaba la producción agrícola para
que el frente estuviese bien abastecido de alimentos para los soldados; las
ciudades y pueblos se tendrían que sacrificar para conseguir la victoria.
A
comienzos de 1915 se había impuesto ya en todos los países contendientes el
racionamiento de alimentos y combustible (tanto de calefacción como para
transporte). Además se comenzaron a dejar sentir algunos perjuicios de las
medidas adoptadas hasta entonces. La inflación era ya una pesadilla para la
gente corriente. Las clases acomodadas de toda Europa, que habían disfrutado
desde finales del siglo anterior de una vida desahogada y placentera gracias a
las rentas que les proporcionaban sus propiedades, vieron cómo su modo de vida
se desmoronaba en cuestión de meses, ya que sus ingresos permanecían estancados
mientras que el valor del dinero no dejaba de disminuir. Las mujeres que vivían
del escaso salario que les proporcionaba su trabajo fabril o las que tenían que
sobrevivir con la asignación que les había otorgado el Estado por ser esposas o
viudas de combatientes, vieron asimismo cómo cada mes que pasaba era más
difícil dar de comer a sus familias. La subida generalizada de los impuestos no
hizo sino recortar todavía más sus escasos recursos.
Los
habitantes de todo el continente se familiarizaron con el acto cotidiano de
hacer cola ante el despacho de alimentos para obtener la ración que les
correspondía. Para intentar cortar esta espiral que amenazaba con envenenar la
organización que se había improvisado para los frentes internos, los gobiernos
recurrieron a la solución de fijar unos precios máximos si no de todos los
productos, por lo menos de los agrarios, así se intentaría estabilizar la
inflación. Pero como ha sucedido en otras circunstancias históricas, ante la
imposibilidad de rentabilizar su cada día más difícil trabajo, los granjeros y
agricultores optaron por no poner en el mercado la cosecha o directamente no
cultivar, puesto que muchos no cubrían ni siquiera lo que les costaba producir.
La otra consecuencia fue el surgimiento y crecimiento incontrolado del mercado
negro, en el que se podía conseguir casi de todo a precios astronómicos. Pronto
fue evidente que había acaparadores que aprovechaban los momentos de mayor
escasez de un producto para obtener el mayor beneficio por su venta en el
mercado negro. En medio de la guerra y la miseria colectiva no faltaron quienes
se enriquecieron. El propio Zweig escribió en sus memorias que «todo el mundo
empezó a cuidar de sí mismo lo mejor que podía, sin escrúpulos. Los artículos
de primera necesidad eran cada día más caros debido a un vergonzoso comercio de
intermediarios, los víveres escaseaban y, por encima de la sombría ciénaga de
la miseria colectiva, brillaba como un fuego fatuo el provocador lujo de los
que se aprovechaban de la guerra. Una irritada desconfianza fue apoderándose
poco a poco de la población; desconfianza hacia el dinero, que perdía valor
cada vez más, desconfianza hacia los generales, los oficiales y los
diplomáticos, desconfianza hacia los comunicados oficiales y del Estado Mayor,
desconfianza hacia los periódicos y sus noticias, desconfianza hacia la guerra
misma y su necesidad». La estrategia de dañar al enemigo ahogando a su
población civil comenzaba a dar resultados, sobre todo en Alemania y
Austria-Hungría.
§.
Asfixia
En
el caso de las potencias centrales el bloqueo británico empezó a producir un
hondo efecto entre la población civil desde mediados de 1916. Las privaciones
comenzaban a llegar a niveles preocupantes y la inquietud amenazaba con hacer
mella en la moral de la población. En Alemania se habían depositado grandes
esperanzas en la industria química desde que el bloqueo naval británico había
privado al país de muchos de los productos que importaba por mar. Aunque a
principios de la contienda se había centrado en la obtención de hidrógeno y
glicerina, necesarios para la fabricación de explosivos, pronto tuvo que
dedicar parte de sus esfuerzos a buscar sustitutos para los fertilizantes
agrícolas que se importaban desde Sudamérica y que ya no llegaban. La búsqueda
de abonos sintéticos se fue volviendo más apremiante cuanto más disminuían las
cosechas. Además otras materias primas habían desaparecido prácticamente por el
mismo motivo, sobre todo las del sector textil y especialmente el algodón. Para
sustituirlo se experimentó con papel y vegetales, que dieron como resultado
fibras sintéticas que entraron a formar parte de los tejidos cada vez en mayor
proporción, por lo que la calidad de estos disminuía.
También
se había tenido que introducir sucedáneos en los alimentos racionados. Ya en
enero de 1915 se distribuyó el conocido como pan de guerra». Se llamaba
oficialmente K-Brot («pan K»), nombre que hacía referencia a Kartoffeln,
«patatas», ya que estas se mezclaban en su composición con harina de varios
cereales. Pero la población entendió que dicha letra correspondía a Krieg,
«guerra», de donde surgió su nombre común. En principio no fue mal aceptado,
pero su calidad, como la del resto de los alimentos, comenzó a disminuir en los
años posteriores. La cosecha de 1916 fue desastrosa y a principios del año
siguiente la ingesta diaria de alimentos de los alemanes estaba por debajo de
las mil calorías, cuando al empezar la guerra las autoridades habían establecido
el consumo normal en dos mil doscientas cuarenta. De hecho, antes de la guerra
la dieta media alemana era de las más abundantes y variadas de Europa, por lo
que la dureza del golpe para la población era psicológicamente aún mayor.
El
invierno de 1916 a 1917 fue climatológicamente terrible en Europa continental,
y los habitantes de Alemania y Austria-Hungría pasaron auténticas penalidades.
A la drástica bajada de la presencia de cereales en el mercado se sumó la
desaparición de las patatas, que se habían convertido en la base de la
alimentación. Las autoridades las sustituyeron en el racionamiento, cada vez
más menguante, por nabos, que los alemanes consideraban alimento para el
ganado. De ahí que ese fuese conocido popularmente como el «invierno de los
nabos». La calidad de los alimentos racionados empeoró sensiblemente. El café,
que se distribuía más por su efecto psicológico que por el físico, ya ni
siquiera estaba hecho de achicoria o remolacha, como había sido hasta entonces.
Los sucedáneos químicos comenzaron a ocupar la mayor parte de la composición de
muchos alimentos, como las salchichas, que en su mayor parte eran agua y apenas
contenían carne ni grasa. Al finalizar la guerra había más de diez mil
alimentos elaborados a partir de sucedáneos en circulación en el país, y la
aversión de la población por ellos llegó a ser visceral. El profesor Morrow
recuerda que «cierta mujer aseveró que, si bien no le importaba comer ratas, le
resultaba desagradable tener que consumir sucedáneo de rata». El panorama
cotidiano de las ciudades alemanas era aterrador. Como recuerda el propio
Morrow, «quienes percibían ayudas gubernamentales, ya fueran esposas e hijos de
soldados, ya ancianos, no podían permitirse los precios a que habían llegado las
necesidades más básicas de la vida. La gente se moría de hambre de manera
paulatina: se desplomaba en las colas en las calles, ante las listas de
fallecidos en el frente… En cierta ocasión en Berlín cayó al suelo un caballo
aquejado de inanición, y al instante surgió de los apartamentos una horda de
mujeres con cuchillos de cocina que, a gritos y empellones, dejaron al animal
en el esqueleto y aún recogieron con tazas la sangre que derramaba».
Una
testigo de excepción de las penurias que pasó la población civil fue Caroline
Ethel Cooper. Se trataba de una ciudadana australiana nacida en 1871 en el seno
de una familia acomodada de Adelaida. Había viajado ya a Alemania durante la
primera década del siglo para completar su formación musical, fascinada por la
cultura alemana y por la importancia que en aquel país se daba a las
expresiones artísticas. Su destino favorito era la ciudad de Leipzig (una de
las capitales culturales del país, en la que había ejercido la mayor parte de
su carrera Johann Sebastian Bach), donde hizo un círculo de buenos amigos y
consiguió trabajo en su orquesta como fagotista. El estallido de la guerra la
sorprendió allí, donde pudo permanecer gracias a un salvoconducto militar
obtenido por un conocido (al estallar la guerra los extranjeros residentes en
Alemania fueron obligados a desplazarse a plazas militares). Desde el 31 de
julio de 1914 hasta el 1 de diciembre de 1918 fue escribiendo una carta a la
semana a su hermana Emily, completando un número total de doscientas
veintitrés. Pasó grandes apuros para poder enviarlas, ya que el correo estaba
sometido a una férrea censura, viéndose obligada a mandarlas de contrabando a
Suiza, desde donde eran remitidas hasta Australia. En ellas, sus comentarios
sobre la degradación paulatina de la situación en Leipzig son demoledores. En
octubre de 1916 le contaba a su hermana cómo, al advertir que unas amigas
habían perdido mucho peso, cayó en la cuenta de que ella misma se había quedado
en treinta y nueve kilos, informando además de que «es tan poco nutritiva la
comida en estos días que una tiene siempre una sensación de vacío una hora
después de haber comido». Ya en 1917 informaba: «El carbón se ha agotado. La
luz eléctrica está cortada en la mayoría de las casas (tengo gas, ¡gracias al
cielo!), los tranvías no circulan o tan sólo lo hacen de madrugada, todos los
teatros, las escuelas, la ópera, la Gewandhaus [el gran auditorio], los
conciertos y cinematógrafos, están cerrados. Ya no cabe esperar más patatas ni
nabos, que eran nuestro último recurso, se ha acabado el pescado; y Alemania ha
cesado de proclamar el hecho de que no es posible matarla de hambre. Añádele
que el termómetro que tengo fuera de la ventana de la cocina señala 24 grados
Fahrenheit bajo cero [equivalente a -31,1° C.]. Nunca había visto esto antes».
Poco después comentaba que la desesperación por obtener alimento se había
extendido entre todos los habitantes de la ciudad: «Todo el que puede
permitírselo soborna a su tendero. A aquellos que no quieren, o no pueden
sobornar, se les dice que no queda carne, y los otros se llevan una ración
cuatro veces mayor de la que les corresponde».
No
habían pasado todavía tres años desde que había comenzado la conflagración y
Alemania comenzaba a padecer los efectos de la guerra de desgaste. A esas
alturas estaba claro que la derrota del enemigo podía llegar no de una victoria
militar que decidiese la balanza hacia alguno de los dos bandos, sino del
desgaste interno. La respuesta alemana a los terribles efectos del bloqueo
británico fue el planteamiento de una nueva estrategia, la declaración a
finales de enero de 1917 de la guerra submarina sin restricciones. La decisión
provocó a corto plazo la entrada de Estados Unidos en la guerra, pero el alto
mando alemán había pensado que sería una forma de devolver el golpe a Gran
Bretaña y de evitar que las tropas norteamericanas llegasen a territorio europeo
para incorporarse a la lucha en el frente occidental. Desde ese momento
cualquier barco que se acercase a las islas Británicas sería atacado y hundido
sin contemplaciones. El objetivo era dejar al enemigo desabastecido y que su
población comenzase a sufrir lo mismo que la población alemana. Su puesta en
marcha fue un éxito a corto plazo, ya que el tonelaje de barcos hundidos por
los alemanes alcanzó cifras astronómicas durante la primera mitad del año. Sin
embargo no logró su objetivo último. El gobierno británico había desviado con
anterioridad parte de sus recursos a la agricultura para intentar asegurar por
lo menos un abastecimiento mínimo y la introducción durante el verano de un
sistema de convoyes hizo que la ofensiva submarina germana comenzase el reflujo.
A principios de 1918 aunque esta seguía activa estaba claro que el plan no
había resultado y que habría que seguir librando la guerra en tierra para ver
quién ganaba finalmente. Todavía quedaba terreno en el que jugar la partida,
entre otras cosas porque el aguante de las poblaciones y por tanto el
sostenimiento del esfuerzo bélico dependía además de factores distintos a la
guerra económica. Las estrategias que se desarrollaron en el campo de la
información y la propaganda fueron buen ejemplo de ello.
§.
Lavado de cerebro
En
muchos campos la Primera Guerra Mundial fue la primera guerra contemporánea,
algo que se debe fundamentalmente a que se trató del primer conflicto en el que
se enfrentaron estados desarrollados basados en una economía industrial, una
sociedad urbana y una cultura de masas. En este último campo las posibilidades
que se abrían a la acción de los beligerantes eran espectaculares. Ya durante
el verano de 1914 las campañas patrióticas protagonizadas por los principales
rotativos europeos llamaron la atención de los gobiernos sobre las ventajas que
podía reportar el uso de los medios de comunicación en el contexto bélico. Gran
Bretaña fue uno de los primeros países en exprimir este recurso, y lo hizo
desde el primer momento. La decisión del gobierno del liberal Herbert Henry
Asquith de entrar en la guerra se vio rodeada de un inmenso debate público. La
tradición del país era la de mantenerse al margen de la política continental a
no ser que surgiese una potencia con aspiraciones hegemónicas que pusiese en peligro
la seguridad de las islas.
A lo
largo de la crisis de julio el gobierno británico se había convencido de que
Alemania era la encarnación de la tan temida amenaza continental, pero parte de
los sectores conservadores del país se negaban a romper con la política
aislacionista tradicional. La invasión de Bélgica por los germanos el día 3 de
agosto de 1914 fue la línea que decidió a Asquith a dar el paso. Pero debía
cimentar su posición interna frente a los que se habían mostrado reacios y, de
paso, alimentar el ardor patriótico de los jóvenes cuyo alistamiento iba a ser
vital para poder formar un ejército. Se organizó entonces la primera gran
campaña de propaganda sistemática de la contienda en la que se explotaron en
profundidad los recursos de la prensa y el cartelismo para presentar la
invasión del pequeño reino belga como la demostración del carácter tiránico,
sanguinario y expansionista del Imperio alemán. En opinión del profesor Morrow,
«la representación, con todo tipo de detalles escabrosos, de la crueldad
alemana (esposas violadas, mutiladas y asesinadas, niños con las manos
cercenadas, lactantes muertos a bayoneta…) abundaba en diarios, en carteles y
aun en grabados. Las sugestivas imágenes y relatos de la “violación” de Bélgica
y de sus mujeres, así como la necesidad de proteger a una Bélgica “femenina”
del desenfreno de una Alemania “masculina”, llevaron a muchos a alistarse».
El
resto de los países se aprestaron a imitar a los británicos y comenzaron a
organizar de forma centralizada una política de propaganda destinada en última
instancia a mantener inflada la moral de la población, tanto en el frente como
en la retaguardia. La alemana Kriegspresseamt (Servicio de Prensa de Guerra) o
la francesa Maison de la Presse (Casa de la Prensa) fueron las instituciones
desde las que se difundieron los mensajes, que siempre incidían en que el país
había sido atacado, por lo que la guerra era defensiva y estaba justificada.
Stefan Zweig, que vio con espanto los frutos de esta política, comentó «que es
propio de la naturaleza humana que los sentimientos arrojados no se prolonguen
hasta el infinito, ni en el individuo ni en el pueblo, cosa que sabe
perfectamente la organización militar. Por eso le hace falta un estímulo
artificial, un doping constante de excitación, y esta labor de incitación les
correspondía a los intelectuales, los poetas, los escritores y los periodistas
[…] Casi todos servían obedientemente a la “propaganda de guerra” en Alemania,
Francia, Italia, Rusia y Bélgica y, por lo tanto, al delirio y el odio
colectivos de la guerra, en vez de combatirla. Las consecuencias fueron
catastróficas. En aquella época, cuando la propaganda nunca se había utilizado
en tiempos de paz, los pueblos creían a pies juntillas —a pesar de los mil
desengaños— todo cuanto salía impreso. […] Los letreros franceses e ingleses
desaparecieron de los comercios […] Comerciantes probos y honrados sellaban sus
cartas con la frase “Dios castigue a Inglaterra” […] Shakespeare fue proscrito
en los escenarios alemanes; Mozart y Wagner, de las salas de conciertos
francesas e inglesas; los profesores alemanes explicaban que Dante era
germánico; los franceses, que Beethoven era belga…».
Desmanes
de este calibre no eran acciones espontáneas realizadas por una población
enardecida. Obedecían a un programa premeditado y ejecutado por las autoridades
de cada país que, en su aplicación, no dudaban en implicar a las más altas
instituciones del Estado. En el Reino Unido la misma casa real decidió cambiar
el apellido de la dinastía, ya que casa de Sajonia-Coburgo-Gotha era demasiado
germánico, adoptando el mucho más inglés nombre de Windsor. Parece ser que el
emperador alemán Guillermo II, al tener noticia de que su primo Jorge V había
arrumbado su apellido alemán, comentó con guasa que, casualmente, él estaba
deseando ver una representación de «Las alegres comadres de
Sajonia-Coburgo-Gotha» (en alusión a la comedia de Shakespeare Las alegres comadres
de Windsor). El ejemplo real fue imitado por numerosas familias aristocráticas,
que obraron del mismo modo. Así los Battenberg pasaron a ser los Mountbatten
(berg y mount significan «monte» en alemán e inglés respectivamente, por lo que
se cambiaba la raíz alemana del apellido por su equivalente en lengua inglesa).
Además el príncipe Louis de Battenberg fue cesado de su puesto de Primer Lord
del Mar (comandante en jefe de la Flota) por su apellido, y comentaba con
amargo humor la necesidad de cambiar su nombre a lord Mountbatten: «Llega el
príncipe Hyde, sale lord Jekill».
A
Jorge V, que además de ser de estirpe germánica estaba casado con una alemana,
la princesa María de Teck, de la casa de Würtenberg, le preocupaba que también
pudieran «cesarle» a él de su puesto de soberano, sobre todo cuando leía en los
periódicos ataques a la falta de genuino patriotismo inglés de la familia real,
como el que expresaba el periódico socialista Daily Worker, criticando a una
«alien and uninspiring Court» (una corte poco animosa y extranjera). Este tipo
de erradicación de cualquier mínimo vestigio que sonase a alemán se cebó hasta
en los perros, ya que los británicos rebautizaron a los pastores alemanes como
pastores alsacianos. Y en Rusia alcanzó al reino vegetal, pues la Iglesia
ortodoxa prohibió los árboles de Navidad por considerarlos una tradición
alemana. La zarina Alejandra, que también era una princesa germana llamada
Alicia de Hesse-Darmstadt, pero que se había convertido a la religión ortodoxa,
se había cambiado el nombre desde que llegó a Rusia y pretendía ser una
patriota rusa, criticó la ridícula prohibición, lo que contribuyó a la leyenda
de que «la alemana» era un agente del enemigo, uno de los factores que
contribuyeron a la caída del zarismo.
Aunque
pueda parecer trivial, la batalla de la propaganda resultó vital durante la
guerra, y algunos de sus virajes importantes se debieron en buena medida al
trabajo desarrollado en los medios de comunicación. Los alemanes, aunque
jugaron bien sus cartas a este respecto en el interior, fueron claramente
inferiores a los aliados en lo que a propaganda exterior se refiere. Como
señala el profesor Niall Ferguson, «los alemanes no supieron ver que, cuando
bombardeaban los puertos británicos u ordenaban a sus submarinos que hundieran
barcos mercantes sin advertencia previa, estaban haciéndose tanto daño a sí
mismos como a sus enemigos». El ex ministro alemán de Colonias, Bernhard
Dernburg, llegó a afirmar poco después del hundimiento del Lusitania que «el
pueblo estadounidense no es capaz de visualizar el espectáculo de cien mil […]
niños alemanes muriendo de hambre poco a poco como resultado del bloqueo
británico, pero sí puede visualizar el lastimoso rostro de un niñito ahogándose
en el naufragio causado por un torpedo alemán». Si esto fue así se debió a que
mientras los alemanes no tomaban en consideración la interpretación que de sus
acciones se podían hacer en Estados Unidos, los británicos desarrollaron allí
desde 1914 campañas de propaganda favorables a su causa. De hecho una vez que
Estados Unidos entró en la guerra experimentó el mismo proceso de uso intensivo
de la propaganda y exaltación de la opinión contra el enemigo. En palabras del
profesor Morrow: «La cultura alemana se convirtió en sinónimo de barbarie,
militarismo, autoritarismo y ansias de dominación mundial. Los propagandistas
convirtieron en demoníaco todo lo germano, y espolearon la violencia de las
masas contra ello…».
Uno
de los medios principales usados en estas campañas de propaganda fue la
censura, que fue elegida como el método más eficaz para evitar que determinados
contenidos llegasen a la población. Lo que se pretendía es que no se difundiese
ninguna noticia que pudiese ser interpretada como un revés y que por tanto
pudiese minar la moral en la retaguardia. Un funcionario francés que pasó toda
la guerra en París, Michel Corday, llevó un diario de sus vivencias durante la
misma, y en 1915 anotaba sorprendido cómo «o bien la vanidad o bien la
vergüenza impiden que ciertos aspectos de la vida diaria sean reflejados en
nuestras gacetas ilustradas. Así que la posteridad encontrará grandes huecos en
la documentación fotográfica de la guerra. Por ejemplo: no nos muestran el
interior de las casas, que están prácticamente a oscuras debido a las
restricciones de luz, ni las calles lóbregamente oscurecidas donde las
verdulerías se iluminan con bujías, ni los cubos de basura tirados por las
aceras hasta las tres de la tarde a causa de la falta de mano de obra, ni las
colas de más de tres mil personas que esperan frente a las mayores tiendas de
ultramarinos para obtener sus raciones de azúcar. Y, viceversa, tampoco enseñan
las grandes multitudes que abarrotan los restaurantes, los salones de té, los
teatros, las revistas de variedades y los cinematógrafos».
Los
gobiernos comenzaron por controlar el flujo de información que llegaba a las
redacciones y siguieron por supervisar lo que se iba a publicar antes de que
arribase a los puestos de venta. El resultado más pernicioso de esta estrategia
fue que los pocos periodistas que no estaban de acuerdo con este sistema
acabaron por autocensurarse para evitar problemas con las autoridades. La
población se dio cuenta de que la información que les proporcionaba estaba
manipulada o era incompleta, y pronto comenzó a cansarse de que se les
engañase. Corday apuntó en su diario en septiembre de 1916: «La prensa francesa
nunca ha revelado la verdad, ni siquiera la verdad que es posible desvelar pese
a la censura. Por el contrario, se nos ha sometido al bombardeo pesado de la
palabrería elocuente, del optimismo desenfrenado, de la sistemática difamación
del enemigo, de una férrea determinación de ocultar los horrores y desgracias
de la guerra, ¡y después lo han tapado todo bajo una máscara de idealismo
moralizante!». La sensación comenzaba a ser general en Francia, donde se
popularizó una expresión para dar a entender la insistencia agotadora de la
prensa en sus mentiras y medias verdades como forma de controlar a la
población: bourrage de crâne (que se suele traducir por «lavado de cerebro»).
Pero
esto no era algo exclusivo de Francia. Las potencias centrales practicaban una
censura tan férrea como la de sus enemigos. La opinión de Stefan Zweig es buena
muestra de ello: «… por desgracia el servicial camarero me trajo un periódico
vienés. Intenté leerlo, pero entonces me asaltó una sensación de asco en forma
de auténtica ira. Estaban ahí todas las frases sobre la irreductible voluntad
de victoria, sobre las pocas bajas de nuestras tropas y las muchas del enemigo.
¡Desde aquellas páginas me acometió, desnuda, enorme y desvergonzada, la
mentira de la guerra! No, los culpables no eran los paseantes, los indolentes y
los despreocupados, sino única y exclusivamente aquellos que con sus palabras
instigaban a la guerra. Pero también lo éramos nosotros, si no dirigíamos
contra ellos las nuestras». Este hartazgo no se tradujo en una contestación
popular contra los gobiernos. Probablemente la razón de ello es que la prensa
no fue el único medio que explotaron los gobiernos para intentar influir en el
ánimo de sus ciudadanos, al contrario, el desarrollo tecnológico e industrial
ponía a su alcance otros resortes más inmediatos y directos.
§.
Imágenes para convencer
Los
gobiernos de los países en guerra demostraron una sorprendente facilidad para
improvisar nuevos canales mediante los que hacer llegar la propaganda de forma
más efectiva. Se fueron aplicando nuevas técnicas y lenguajes, de modo que el
mensaje pro-bélico podía aparecer en el arte comercial, el cine, objetos de
consumo (como ceniceros con la efigie del mariscal francés Foch o jarras de
cerveza con la del ministro británico Kitchener) e incluso cuentos infantiles.
Francia llevaba en esto ventaja, pues desde la pérdida de Alsacia y Lorena en
1870 se había desarrollado un revanchismo que tenía una expresión en la
literatura infantil, con grandes dibujantes como Job o Hansi cuyos libros
ilustrados para niños eran violentamente germanófobos.
Sin
embargo, uno de los géneros más explotados desde el comienzo de la guerra fue
el cartelismo, que se convirtió en el medio estrella para promover el
alistamiento de voluntarios. Los ejemplos de carteles que salieron de la
industria gráfica fueron innumerables y tocaban todo tipo de temas, siendo
especialmente preferida la plasmación de acontecimientos que debían motivar la
implicación del espectador, como la invasión de Bélgica o casos célebres de
«crueldad alemana». El éxito de la fórmula fue tal, que algunos de ellos fueron
imitados y copiados durante todo el conflicto. Uno de los ejemplos más notorios
fue el diseñado por el británico Alfred Leete para el ejército de su país, en
el que aparecía un contundente dibujo del ministro de Guerra (el general lord
Kitchener) sobre un fondo blanco, con su cabeza de inconfundibles mostachos
flotando en el vacío y su mano derecha apuntando al espectador sobre la frase
«Tu país te necesita». En otra versión se formaba un jeroglífico con las
palabras Britons y wants you y la imagen de Kitchener, que se leía como
«Británicos, Kitchener os necesita». Su impacto fue inmenso por lo novedoso de
la imagen y el lenguaje plástico empleado, que estaba encaminado a resaltar la
vinculación entre lo público (el ministro) y lo individual (el espectador).
Al
entrar en la contienda en el año 1917 el ejército de Estados Unidos hizo su
propia versión de la exitosa fórmula. El encargado de realizarla fue el
ilustrador James Montgomery Flagg y el personaje seleccionado para representar
al país que llama al reclutamiento fue en este caso la encarnación de Estados
Unidos en su cultura popular, el Tío Sam Era al tiempo la personificación de la
unidad del Estado y del norteamericano prototípico (varón, blanco y de edad
madura). La figura, un busto en esta ocasión, se alza ataviada con sus ropajes
distintivos de forma autoritaria para señalar al espectador sobre la frase «Te
quiero a ti para el ejército de Estados Unidos». El éxito de la obra fue de
nuevo formidable, usándose otra vez el cartel durante la Segunda Guerra
Mundial. También se hicieron del original versiones italiana y alemana y en una
fecha más tardía, en 1920, el artista ruso Dimitri Moor repetía el acierto con
su propia versión para el Ejército Rojo, en la que el soldado de la nueva Rusia
se erguía señalando sobre el lema «¿Te has hecho voluntario?». Este es sólo un
ejemplo de cómo las posibilidades de un nuevo medio de comunicación eran usadas
durante la coyuntura bélica por diferentes gobiernos, que podían incluso copiar
fórmulas e iniciativas para emplearlas en su propio provecho.
Pero
si había un medio de información realmente moderno que había aumentado de forma
exponencial su público en los años de preguerra, ese era el cine. La proyección
de imágenes en movimiento mediante el cinematógrafo era un medio de
comunicación ya asentado desde finales del siglo XIX en los ambientes urbanos y
desde que estalló la guerra se demostró como el vehículo idóneo para satisfacer
la curiosidad de los ciudadanos sobre lo que estaba pasando lejos de sus
hogares. En 1914 ya existía una sólida industria de noticiarios que estaba
dominada por el francés Charles Pathé que, como gran parte de la industria
cinematográfica de su país (por entonces una de las más importantes a nivel
mundial), vio cómo su negocio entraba en crisis nada más empezar las hostilidades.
Pese a ello su modelo de producción fue muy imitado por los gobiernos para
realizar sus propios noticiarios con destino a las salas de proyección, que por
supuesto estaban censurados y sólo mostraban lo que las autoridades querían con
el tono patriotero que buscaban. Junto con estas cintas informativas se rodaron
otras de ficción que situaban la acción durante la contienda y que lograron una
mayor aceptación entre el público. Sin embargo, el ejemplo más ilustrativo de
cómo la cinematografía podía influir en la propaganda bélica fue protagonizado,
al otro lado del Atlántico, por un actor británico que se había desplazado a
Estados Unidos unos años antes para intentar hacer fortuna en la prometedora
industria norteamericana.
Charles
Spencer Chaplin había nacido en Londres el 16 de abril de 1889, hijo de dos
actores y cantantes de music hall y opereta. La muerte de su padre a los diez
años y la enfermedad de su madre le obligó a ganarse la vida por sus propios
medios. Debutó muy pronto sobre las tablas, destacando como bailarín, y su
primer papel como actor no le llegó hasta los doce años. Comenzó entonces una
carrera de comediante de vodevil, que le llevó por primera vez a Estados Unidos
en 1910, encandilando a su audiencia. Cuando volvió en el otoño de 1912 le fue
ofrecido por primera vez un papel en una película, aunque su debut
cinematográfico se pospuso hasta noviembre del año siguiente. En 1914 debutó en
las pantallas como Charlot, el personaje que le reportaría mayor fama, y unos
años después intentó hacer carrera como productor independiente en busca de una
mayor libertad y tiempo para sus películas. A principios de 1918 llegó a un
acuerdo con el National Exhibitors Circuit, una organización para la
explotación comercial de películas, que aprovechó para dar la máxima difusión
posible al proyecto en el que estaba embarcado: apoyar la causa de los aliados
en la guerra que se estaba librando en Europa.
Realizó
una película a favor del esfuerzo de guerra estadounidense: The Bond («El
bono»), cuyo propósito era popularizar el empréstito de guerra que el gobierno
había lanzado para recabar fondos entre los ciudadanos del país (era el
conocido como Liberty Loan, «el préstamo de la libertad»). La película tuvo un
gran éxito y su protagonista fue requerido para emprender una gira por todo el
país con el mismo objetivo. En abril de 1918 reunió en Nueva York a treinta mil
personas y dio un encendido discurso contra los alemanes, que por entonces
estaban en plena ofensiva sobre Francia: «En este momento los alemanes tienen
una posición de ventaja, y nosotros tenemos que conseguir esos dólares.
Deberían servir para echar a ese viejo diablo, el káiser, fuera de Francia».
Unos días más tarde, en Washington, añadía: « ¡Los alemanes están en tu puerta!
¡Debemos detenerles! ¡Y les detendremos si compráis “bonos de la libertad”!
Recordad, cada bono que compréis salvará la vida de un soldado, el hijo de una
madre, y convertirá esta guerra en una pronta victoria». El resultado de la
iniciativa fue mucho más que positivo, y Chaplin fue recibido por el presidente
Wilson, que le agradeció en persona su labor.
Sin
embargo por encima de todas estas acciones, la que tuvo más éxito y le dio
reconocimiento internacional fue la realización de una segunda película en
torno a las circunstancias de la guerra. Se trataba de Armas al hombro, que fue
estrenada unos meses más tarde y que obtuvo un clamoroso recibimiento desde el
primer momento en Estados Unidos y Europa. En ella el actor volvía a enfundarse
en su personaje de Charlot, que esta vez era un recluta norteamericano que
había de pasar innumerables sinsabores en un campo de entrenamiento. Cuando cae
dormido por agotamiento sueña con que es trasladado milagrosamente al frente
occidental, donde se enfrenta a todo tipo de situaciones, entre ellas capturar
a toda una unidad alemana armado sólo de una cuerda y apañárselas para hacer
prisionero al káiser. La comedia satirizaba de forma brillante sobre las
miserias de la guerra y era capaz de dar un registro cómico, humano y
esperanzador a la vez, sobre lo que había sido el escenario de uno de los
mayores horrores que había vivido la humanidad hasta entonces. La
interpretación de Chaplin estaba dirigida a conseguir el apoyo del espectador a
una determinada causa política, sí, pero no era la retórica vacía que desde los
gobiernos se difundía y que había saturado las fatigadas mentes de los que a
diario tenían que bregar con la amargura de las consecuencias de la guerra. A
esas alturas, la situación interna de los países ya no estaba tan consolidada.
§.
Extenuación
Privaciones,
racionamientos, pérdida de poder adquisitivo por la inflación, escasez de
alimentos y materiales… La vida cotidiana cada vez se hacía más difícil en las
naciones en conflicto. En Francia el clima de unidad se estaba resintiendo
debido a que todas las iniciativas para desbloquear el frente occidental
fracasaban. La población se sentía especialmente harta con la insensibilidad de
los políticos hacia ellos y sobre todo hacia quienes se encontraban en las
trincheras. Los historiadores británicos Asa Briggs y Patricia Clavin opinan al
respecto que «la tendencia de los gobiernos a comportarse como ludópatas con
una mentalidad de “doble o nada” fue dañina para las esperanzas de acabar con
la conflagración. Una vez comenzada la guerra, […] tenían que decidir si lanzar
otra ofensiva con la esperanza de lograr un éxito decisivo y hacerse así con la
victoria, o bien poner punto final a sus pérdidas y negociar la paz. La guerra
anestesió la sensibilidad de los gobiernos, de modo que resultaba más fácil sacrificar
cincuenta mil vidas más después de haber perdido las primeras». Y el sacrificio
se alargaba sin que hubiese resultados.
A lo
largo del año 1917 comenzaron a experimentarse los primeros síntomas de
agotamiento en los dos bandos. En Francia la primavera de aquel año supuso el
inicio de una serie de huelgas y protestas que pondrían en jaque al gobierno,
mientras que en Alemania y Austria-Hungría la información del desmoronamiento
del Imperio ruso con el estallido de la revolución hizo que el descontento
hacia la gestión de los políticos y los militares creciese. El invierno de 1917
a 1918 apenas fue mejor que el anterior. El funcionario Corday apunta en su
diario a comienzos de 1918: «El 31 de enero los trabajadores de los astilleros
de Clyde emprenderán una huelga “si antes de esa fecha no se han iniciado
negociaciones de paz”. Vemos aquí, sin duda, un nuevo desafío en la lucha
entablada entre los pueblos y sus dirigentes: los pueblos exigen saber por qué
los dirigentes les obligan a combatir. Se han necesitado cuatro años para que
este legítimo deseo pudiese emerger a la superficie. En Rusia ya ha alcanzado
su objetivo. En Inglaterra está haciéndose oír. Irrumpe ahora en Austria. No
sabemos nada de lo fuerte que pueda ser en Alemania o Francia. Pero la guerra
ha entrado en una nueva fase: la lucha entre los rebaños y sus pastores».
Finalmente el desgaste interno jugaría en contra de las potencias centrales,
que se desfondaron rápidamente a partir del verano de aquel año, haciéndose de
repente más cercana la posibilidad de una paz que todos esperaban para más
tarde.
Precisamente
en ese ambiente de descomposición interna, sobre todo en Europa oriental, los
últimos momentos de la guerra fueron especialmente duros para los civiles, y
muy particularmente para un colectivo que surgió con fuerza durante esta
contienda y que pasó a ser característico de los conflictos del siglo XX: los
refugiados. Desde el comienzo de la guerra la invasión de Bélgica en el frente
occidental y la movilidad de las líneas en el oriental, junto a la composición
multiétnica de las comunidades de esa parte de Europa, hizo que los movimientos
de personas desplazadas a la fuerza fuesen muy importantes. Y en los meses
finales, con la caída sucesiva de los imperios ruso, austro-húngaro y alemán,
ni la violencia ni la huida de población disminuyeron. Durante toda la guerra
fue especialmente castigada la minoría judía, que en Rusia tradicionalmente
había sido víctima de abusos y pogromos. Florence Farmborough, una enfermera
británica que servía con el ejército ruso, observó en 1916 cuando se hallaba en
la zona austríaca de Galitzia (en la actual Ucrania, una zona de mayoría
judía): «La situación de los que viven en Chortkov es muy lamentable. [Los
rusos] los tratan con una animosidad vengativa. Como ciudadanos austríacos
disfrutaban de una casi total libertad y no tenían que padecer la cruel
represión a que se ve sometido el judío ruso constantemente. Sin embargo ahora,
con este nuevo régimen, sus derechos y libertades han desaparecido, y resulta
evidente que aborrecen el cambio con toda su alma […] parece que la mera
palabra “judío” es un insulto para los soldados rusos». El desplazamiento de
masas de población muchas veces ocasionaba separaciones de familias y abandono
de niños, que andaban vagando por los caminos y carreteras hasta caer exhaustos
si nadie se hacía cargo de ellos. Una aristócrata rusa, la baronesa Tolstoi,
creó un servicio de patrullas para recoger niños abandonados, acogiendo sólo a
comienzos de 1916 a cinco mil de ellos.
Sin
embargo la mayor ayuda para civiles en situación de necesidad vino de entidades
internacionales, como la Cruz Roja, que durante la Primera Guerra Mundial pasó
de ser una pequeña entidad a una gran organización. Aunque su propósito
original era velar por el respeto y cuidado de los heridos en el campo de
batalla, la magnitud de la tragedia bélica y la multitud de casos de desamparo
que estaba produciendo llevó a la organización a plantearse aumentar su
espectro de actividades. Su carácter neutral y la nacionalidad suiza de sus
delegados ayudaría mucho a disipar posibles recelos de las autoridades de las
potencias beligerantes cuando les dirigiesen una petición. Además, a partir de
este momento la organización también asumió la asistencia de prisioneros de
guerra, al crear en Ginebra una Agencia Internacional de Prisioneros de Guerra.
Sus cometidos fueron visitar las instalaciones en las que estaban retenidos,
gestionar su correspondencia y atender a las demandas de información de los
familiares que ignoraban si su pariente estaba vivo ni en qué estado. Además,
esta agencia asumió el cuidado de aquellos civiles que se hubiesen quedado
atrapados en territorio enemigo, para los que se realizaban tareas similares a
las de los prisioneros de guerra. Pero la Cruz Roja no fue la única
organización que desplegó una importante labor asistencial. El movimiento
religioso cuáquero había intervenido ya en conflictos anteriores desempeñando
actividades humanitarias. En 1917 se fundó en Estados Unidos la American Friends
Service Committee, conocida generalmente como Socorro Cuáquero Internacional,
que con la ayuda de su organización hermana británica (el Friends Service
Council) se desplazó a algunas de las zonas devastadas por la guerra para
desarrollar su labor asistencial. Se trataba en cualquier caso de buenos
samaritanos en tiempos difíciles, hombres y mujeres que antepusieron la
humanidad y la solidaridad a los valores que desencadenó la guerra en 1914.
Quizá ellos fuesen la promesa para sus contemporáneos de que un mundo mejor era
posible… si algún día acababa aquella guerra interminable.
Capítulo
11
La
guerra de las mujeres
Al
evocar la Primera Guerra Mundial inevitablemente acuden a la mente imágenes de
hombres jóvenes vestidos de uniforme luchando contra la muerte y la
desesperación en el interior de angostas trincheras llenas de barro. Sólo si
uno se interroga sobre qué sucedió con las mujeres durante aquellos espantosos
años, a la imagen de los soldados se sumará la de las desoladas esposas y
madres despidiéndolos o, a lo sumo, la de alguna enfermera atendiendo heridos.
Y es que hasta hace unos pocos años, los protagonistas indiscutibles de los
relatos sobre la guerra tanto literarios como cinematográficos e
historiográficos han sido de forma casi exclusiva los hombres. Sin embargo
entonces como ahora, la guerra no hizo distinciones. El horror y el sufrimiento
fue un triste patrimonio común para hombres, mujeres, niños y ancianos y no
sólo porque la experiencia bélica excedió los límites del frente sino porque
también en él hubo algo más que hombres jóvenes.
La
movilización masiva de hombres para servir como soldados en el frente
determinada por la duración y magnitud del conflicto convulsionó la vida de la
retaguardia. Las mujeres se hicieron presentes en el espacio público de un modo
desconocido hasta entonces. Conductoras de tranvías, carteras, oficinistas,
obreras, vendedoras, transportistas… en la guerra de desgaste el esfuerzo de la
retaguardia resultaba indispensable para alcanzar la victoria y en ese esfuerzo
las mujeres desempeñaron un papel de primer orden. Pero además, muchas de ellas
conocieron los espantos de la guerra de la forma más directa posible, en el
mismo campo de batalla, y dejaron a la posteridad numerosos relatos de su
terrible y variada experiencia. Su voz ha comenzado a ser rescatada hace pocos
años gracias a los trabajos de especialistas como Peter Englund, Margaret R.
Higonnet, Susan R. Grayzel o Teresa Gómez Reus, revelando una de las facetas
menos conocidas pero más ricas de la llamada Gran Guerra. Las preocupaciones,
alegrías, penas y reflexiones de estas mujeres que compartieron con los hombres
las miserias de los años de guerra conduciendo autobuses en la retaguardia o
ambulancias en el frente, haciendo de espías, curando sus heridas, ayudándolos
a morir y muriendo también como ellos, nos acerca desde otra perspectiva al
lado más humano de aquella tragedia.
Aunque
hablar de forma general sobre la situación de las mujeres en Europa en los años
previos al estallido de la guerra resulta siempre complicado en la medida en
que esta varió en función del país que habitaban, la clase social a la que
pertenecían e incluso su estado civil, es posible trazar algunas líneas
generales sobre la misma. La consolidación del feminismo como movimiento
organizado que reivindicaba la igualdad de derechos para hombres y mujeres en
las últimas décadas del siglo XIX, unida al desarrollo de la moderna sociedad
industrial característica del cambio de siglo marcó las primeras fracturas
importantes del modelo social imperante a favor de las mujeres. La mejora
general de las condiciones de vida, en particular en el ámbito urbano, favoreció
asimismo a las mujeres, siendo el mejor reflejo de ello el progresivo descenso
de las tasas de analfabetismo femenino registrado entonces. Frente al discurso
tradicional de género que recluía a la mujer en el ámbito de lo privado y
doméstico al atribuirle las tareas reproductivas y de cuidado de terceros como
propias de su naturaleza, la presencia y participación de las mujeres en el
espacio público fue convirtiéndose en una realidad creciente en las décadas
anteriores a la guerra. En las ciudades tales cambios resultaron especialmente
evidentes ya que desde fines del XIX la presencia de ciertas mujeres en el
mundo del trabajo comenzó a ser socialmente aceptada. Además de los oficios de
modista, niñera o empleada doméstica comúnmente admitidos para ellas, las
mujeres se incorporaron al mundo del trabajo remunerado industrial como
obreras. Mientras, aquellas que pertenecían a las clases media y acomodada
empezaron a ver cómo en algunos países europeos caían las primeras barreras
para su incorporación al mundo académico y de las profesiones liberales. Por su
parte, las llamadas sufragistas, es decir, las mujeres que reclamaban el
reconocimiento del derecho de voto, se convirtieron en verdaderas protagonistas
de la escena pública en países como Gran Bretaña, de modo que en un mundo en el
que los medios de comunicación vivían una popularización creciente y la opinión
pública despuntaba como fenómeno de masas, el debate sobre la capacidad de las
mujeres para participar en la vida pública como ciudadanas de pleno derecho
empezó a convertirse en algo común en buena parte de Europa y América. Sin
embargo, pese a los cambios innegables acaecidos en aquellas décadas, la
realidad de la mayor parte de la población femenina europea seguía estando
definida por los límites del modelo social patriarcal tradicional. Y sobre ese
modelo que consagraba a las mujeres como esposas, madres y cuidadoras, seres
débiles por su naturaleza e incapacitados, como los menores, para las grandes
responsabilidades públicas, cayó como una bomba el estallido de la Gran Guerra.
§.
¡Mujeres, vuestro país os necesita!
Con
el inicio de la guerra en el verano de 1914 todos los países participantes en
la contienda movilizaron un inmenso número de hombres para servir en el frente.
La suposición de que el conflicto se resolvería de forma rápida y eficaz pronto
se vio desmentida por la realidad del estancamiento del frente occidental tras
el fracaso del Plan Schlieffen y, en consecuencia, la guerra se convirtió en
una inmensa máquina que exigía un constante alimento de efectivos. Dadas las
enormes dimensiones del conflicto y la multitud de frentes de batalla que las
potencias beligerantes se vieron obligadas a cubrir, desde los primeros
momentos del mismo la retaguardia vivió un proceso de verdadera desaparición de
los hombres de la sociedad civil. La reputada premio Nobel de Física y Química,
Marie Curie, que por entonces trabajaba como profesora en la Sorbona narró en
sus escritos biográficos el modo en que la movilización afectó a su propio
laboratorio: «El 1 de agosto se anunció la movilización, seguida de inmediato
por la declaración de guerra de Alemania a Francia. De entre el personal del
laboratorio, los pocos hombres y los estudiantes fueron movilizados; sólo
permaneció conmigo mi asistente, que no pudo unirse al ejército porque sufría
una grave enfermedad de corazón».
La
falta de mano de obra masculina en todos los sectores surgió entonces como un
nuevo problema al que las distintas sociedades y gobiernos de los países en
conflicto se vieron obligados a dar respuesta. Durante los primeros meses de la
guerra las mujeres fueron ocupando muchos de los puestos vacantes que habían
dejado sus esposos, padres e hijos, especialmente en los casos de pequeños
negocios familiares y explotaciones rurales, pues cuando estos trabajaban por
cuenta ajena las trabas a la contratación femenina fueron superiores. Como
recuerda la historiadora Gail Braybon: «Los patronos recurrieron primero a los
jóvenes, los ancianos, los trabajadores extranjeros o de las colonias e incluso
a los prisioneros de guerra, pero finalmente tuvieron que aceptar que las
mujeres serían necesarias para mantener operativas tanto las fábricas de guerra
como las civiles». La presencia femenina en el mundo laboral obligatoriamente
abandonado por los hombres fue creciendo paulatinamente, si bien el
reclutamiento masivo de mujeres para la industria no empezaría hasta 1915. Pero
si la presencia de mujeres en el mundo del trabajo, e incluso en el del trabajo
fabril, no era extraña desde fines del siglo anterior, ¿qué tuvo de novedosa
aquella situación como para ser considerada un punto de inflexión en la
historia de las mujeres del siglo XX? Probablemente para dar respuesta a este
interrogante es necesario preguntarse primero por quiénes fueron esas mujeres y
qué razones las impulsaron a dar ese paso.
Aunque
de forma general suele afirmarse que las mujeres se incorporaron al mercado
laboral a lo largo del siglo pasado, lo cierto es que las fuentes históricas
demuestran que las mujeres han trabajado desde siempre tanto en el ámbito
doméstico como fuera de él. Desde los relieves romanos de mujeres atendiendo
despachos de pan hasta las imágenes fotográficas de obreras decimonónicas, la
abundancia de fuentes sobre el trabajo femenino ha permitido a los
historiadores acabar con la idea comúnmente aceptada de que las mujeres no
participaban activamente en el mundo del trabajo remunerado. Sin embargo, la
moral tradicional del Occidente cristiano consideraba rechazable el trabajo
femenino, razón por la que este solía ocultarse y por la que muy frecuentemente
formaba parte de la llamada economía sumergida. Cuando en las últimas décadas
del siglo XIX y los primeros años del XX el trabajo extra doméstico de las
mujeres empezó a ser socialmente aceptado, los límites de tal aceptación
quedaron claramente establecidos. Sólo las mujeres pertenecientes a las clases
sociales más bajas, preferentemente solteras, estaban llamadas al trabajo
remunerado y no a cualquier trabajo, sino sólo a aquellos que se consideraban
adecuados a su condición. En palabras de la ensayista Virginia Nicholson, «la
gama de trabajos decentes que una mujer podía desempeñar iban desde el servicio
doméstico, la fábrica, la costura, la educación, el cuidado de niños o el
trabajo de oficina. Pocas mujeres se preparaban para acceder a un empleo y la mayoría
conseguían trabajos que habían visto desde que estaban en las rodillas de su
madre, tales como coser o lavar la ropa. Las mujeres de clase media y alta ni
siquiera trabajaban; aprendían cosas con las que nunca se ganarían la vida,
como italiano, bordar juegos de manteles y tocar el arpa».
La
incorporación de las mujeres al mercado laboral no era pues algo nuevo, pero lo
que sí constituyó una novedad fue que buena parte de las que ocuparon los
puestos vacantes dejados por los hombres movilizados pertenecían a la clase
media, y que tanto las mujeres de clase obrera como las de clase media
accedieron por primera vez a trabajos hasta entonces considerados estrictamente
masculinos. La caída del poder adquisitivo de las familias de clase media,
propiciada por la altísima inflación que acompañó al estallido de la guerra,
fue el resorte fundamental que dispuso a las mujeres pertenecientes a ella para
la búsqueda de un empleo. La falta de mano de obra y los altos salarios que se
ofrecían por ello no harían sino contribuir al aumento del número de contrataciones
femeninas en puestos tales como oficinas bancarias, funcionariado, comercio…
que requerían cierta formación del trabajador que las mujeres de clase media
podían tener. Frente a ellas, las mujeres de las clases sociales menos
favorecidas encontraron en la guerra una oportunidad para abandonar las
ocupaciones tradicionales de empleada doméstica o costurera y acceder a
trabajos mejor remunerados como obreras, conductoras, repartidoras, cobradoras…
De
forma paralela, los gobiernos de los países beligerantes, conscientes de la
necesidad de encontrar mano de obra suficiente para garantizar que la
retaguardia pudiese dar soporte al esfuerzo bélico, idearon campañas de
propaganda oficial en las que se exhortaba a las mujeres a poner su granito de
arena en la difícil situación por la que atravesaban los distintos países.
Estas llamadas a la colaboración de las mujeres, presentes en la vida cotidiana
a través de oficinas de reclutamiento femenino, circulares ministeriales o
carteles pegados en las calles y reproducidos en los medios de comunicación,
apelaban al patriotismo para convencer a sus destinatarias de la importancia de
su incorporación a los puestos de trabajo vacantes. Así, en Francia el Ministerio
de Armamento llamaba a las mujeres a ingresar en las fábricas de municiones
como forma de salvar soldados, mientras el gobierno británico se dirigía a
ellas diciendo: «Pon tu granito de arena. Sustituye a un hombre para el
frente». Con el mismo fin también en Gran Bretaña el Ministerio de Guerra
promovió la publicación y circulación de fotografías de mujeres trabajando en
fábricas con objeto de convencer de ese modo tanto a ellas como a sus posibles
empleadores de la necesidad y eficiencia de su trabajo. Conforme se alargó el
conflicto, la mano de obra femenina en la industria de guerra llegaría a ser
indispensable y así proliferaron carteles y panfletos dirigidos a las mujeres
para reclutar su capacidad de trabajo. «Se necesitan más aviones. ¡Mujeres, venid
y ayudad!», rezaba un cartel inglés en el que una mujer ataviada como obrera
señalaba un avión de guerra levantando el vuelo. El mismo lenguaje patriótico
empleaba el jefe del Gobierno francés René Viviani en 1914 para instar a las
mujeres a mantener la producción de las explotaciones rurales: « ¡De pie,
mujeres francesas, niñas, hijas e hijos de la patria! Sustituid en el campo de
trabajo a quienes están en el campo de batalla. ¡Preparaos para mostrarles,
mañana, la tierra cultivada, las cosechas recogidas, los campos sembrados! En
estas horas graves no hay tarea pequeña. Todo lo que sirve al país es grande.
¡En pie!». Sin embargo, no todas las apelaciones al patriotismo femenino
persiguieron la movilización de las mujeres, ni todos los mensajes pensados
para conseguir su colaboración presentaron imágenes precisamente nuevas…
§.
Vino viejo en odres nuevos
Si
la propaganda oficial de guerra hizo de las mujeres objeto de la movilización,
también las convirtió en un eficaz agente de la misma. Buena parte de los
carteles en los que se apelaba al patriotismo femenino pretendían en realidad
lograr el alistamiento de los hombres que no habían sido llamados a filas ni se
habían presentado como voluntarios. El recurso a las mujeres y su imagen
resultó en ese contexto de lo más eficaz. Algunos carteles se dirigían
directamente a ellas apelando a que demostrasen su patriotismo convenciendo a
los hombres para que se alistasen: « ¿Por qué no demuestras tu amor por tu país
persuadiéndoles para que vayan?», decía uno de ellos dirigido «A las mujeres de
Gran Bretaña». Otros, sencillamente, recurrían al recuerdo de los roles
tradicionales de género para conmover a los posibles voluntarios. Una niña
sentada sobre las rodillas de su padre le preguntaba: « ¿Papá, qué hiciste en
la Gran Guerra?». En algunos casos el papel de las mujeres en la movilización
masculina fue más agresivo de forma que se convirtieron en encargadas de
recordar su «cobardía» a quienes aún no prestaban sus servicios en el frente.
De este modo la imagen de grupos de mujeres que abordaban a hombres de paisano
para entregarles una pluma blanca como símbolo de cobardía se popularizó en la
retaguardia inglesa. El hecho de que fuesen mujeres, es decir, seres
supuestamente más débiles y que, según la moral tradicional, debían ser
protegidas por los hombres, dotaba a estos gestos de una enorme fuerza
simbólica.
El
discurso tradicional sobre los papeles masculino y femenino fue ampliamente
explotado por la propaganda oficial de guerra. En ambos bandos proliferaron las
representaciones alegóricas de la patria como una mujer o una madre a la que
había que defender. En el caso de los aliados el uso de los roles de género fue
especialmente acusado en la campaña de propaganda sobre las atrocidades
cometidas por los alemanes en las zonas ocupadas. El mejor exponente de ello
fue sin duda la propaganda relativa a la ocupación de Bélgica, que consiguió
crear un clima de condena internacional ante la actuación de los invasores. El
fusilamiento en suelo belga de la enfermera británica Edith Cavell, acusada
erróneamente de espionaje y cuyo indulto fue solicitado por los gobiernos de
innumerables países, dio pie a una campaña de propaganda sin precedentes sobre
la barbarie alemana.
La
muerte de la enfermera inglesa había estado a punto de ser evitada por la
gestión del embajador de España, el marqués de Villalobar, que llegó a sacar
del teatro donde pasaba la velada a la mayor autoridad política alemana en
Bélgica, el barón Von der Lancken-Wakenitz, y lo convenció de suspender la
ejecución, pero desgraciadamente la autoridad militar, el general Von Bissing,
no cedió en su jurisdicción y fusiló a la Cavell.
Como
recordaba en sus memorias el escritor austríaco Stefan Zweig, «el fusilamiento
de la enfermera Cavell y el torpedeamiento del Lusitania fueron más nefastos
para Alemania —debido a un estallido de indignación universal— que una batalla
perdida». La propaganda aliada sobre los abusos cometidos contra civiles en las
zonas ocupadas por las potencias centrales comenzó en 1914 y cobró especial
relevancia a lo largo de 1915, cuando Francia e Inglaterra crearon comisiones
para la investigación de los mismos. La publicación de sus resultados sería la
causa directa de la creación del tópico del «rapto de Bélgica», así como de la
identificación de los alemanes como «hunos». Una vez más, la imagen femenina en
su rol más tradicional resultó decisiva para el éxito de la campaña. Por toda
Europa proliferaron los carteles en los que la figura de una mujer frágil
(Bélgica) era ultrajada por soldados alemanes. La apelación a la moral
tradicional resultaba un recurso altamente efectivo para desprestigiar a los
enemigos y espolear el valor de los propios soldados.
Pero
el discurso tradicional no sólo encontraba aplicaciones en este sentido.
También la propaganda dirigida a la movilización de las mujeres respondía a él.
Si bien es cierto que las necesidades de sustitución de la mano de obra
masculina motivaron las campañas de llamamiento de las mujeres a la ocupación
de puestos de trabajo habitualmente reservados a varones, también lo es que la
mayoría de los mensajes públicos dirigidos a ellas buscaban su movilización
dentro de los papeles que se consideraban propiamente femeninos. El cuidado de
terceros, los sentimientos de compasión y bondad y la protección maternal
encontraron su equivalente en los carteles y panfletos que invitaban a las
mujeres a servir a su patria como enfermeras voluntarias, damas de caridad y
madrinas de guerra. En uno de ellos, sobre el fondo de una gran cruz roja, la
imagen de una enfermera sosteniendo a un soldado herido y a una mujer con dos
niños se alzaba sobre la frase «¿Qué puedes hacer tú? Únete a nuestra Cruz
Roja». Difícilmente podía encontrarse un mejor compendio de las virtudes
femeninas tradicionales.
La
propaganda oficial derivada de las necesidades de la guerra de desgaste fue un
importantísimo agente para la movilización de las mujeres, pero más allá de
ella otro factor resultó determinante para que se hiciese efectiva: el deseo
personal y colectivo de las propias mujeres de ser útiles en un momento que
entendían decisivo para sus respectivos países. Si una idea se repite en la
multitud de testimonios escritos por mujeres sobre su experiencia durante los
años de guerra es precisamente esa, la necesidad de colaborar al esfuerzo
común, de no ser sujetos pasivos de los hechos. Sólo dos días antes de la
declaración de guerra de Alemania a Francia, Marie Curie escribía a sus hijas
que se encontraban veraneando en Arcouest: «Querida Irène, querida Ève. Las
cosas parecen ir mal, esperamos la movilización de un momento a otro […] No os
asustéis. Tened calma y ánimo. Si la guerra no estalla inmediatamente, iré a
encontrarme con vosotras el lunes. Si no, si mi partida se hace imposible, me
quedaré aquí y os haré volver tan pronto como sea posible […] En este caso
iréis a Brunoy. Tú y yo, Irène, buscaremos la forma de ser útiles». Ya durante
el conflicto su intención de ser útil continuó siendo igualmente firme, como
atestiguan sus escritos autobiográficos: «En aquella época de profunda crisis,
todos los ciudadanos tenían la obligación de contribuir al bien del país como
buenamente pudieran […] Así pues, intenté pensar qué podía aportar yo, con la
intención de que mi trabajo científico resultara útil». El deseo de esta
incansable científica se vería sobradamente cumplido gracias a su trabajo de
aplicación de los rayos X a la medicina en el frente, como también sucedería en
el caso de la enfermera británica Vera Brittain que en 1916 escribía a sus
padres diciendo: «No estoy de acuerdo con que mi lugar esté en casa sin hacer
nada o prácticamente nada». Su experiencia como enfermera en el frente daría
lugar a la publicación en 1933 de unas memorias de guerra, Testament of
Youth(Testamento de juventud), que llegarían a convertirse en un auténtico
éxito de ventas.
También
los colectivos feministas se mostraron especialmente activos a la hora de
movilizar a las mujeres. Como el resto de las mujeres, las feministas deseaban
ser útiles a sus respectivos países pero además para quienes reivindicaban la
igualdad de derechos entre hombres y mujeres; la guerra era una oportunidad
para demostrar que estas eran dignas de merecer los derechos que reclamaban.
Durante los años de conflicto los discursos feministas se transformaron dejando
en un segundo plano la lucha por la conquista de la igualdad frente a los
mensajes del deber moral de colaborar con el esfuerzo bélico. «Mujeres, vuestro
país os necesita… Mostrémonos dignas de la ciudadanía, se atienda o no a
nuestras reclamaciones», escribían las conocidas líderes feministas Marguerite
Durand y Millicent Fawcet. En Gran Bretaña, donde el feminismo encabezado por
las hermanas Pankhurst era especialmente activo, se organizó una impresionante
marcha de mujeres en julio de 1915 bajo el lema «Right to serve» (derecho a ser
útiles), y en la que podían leerse pancartas en las que se afirmaba: «La
situación es grave. Las mujeres deben contribuir a resolverla».
Ya
fuese por patriotismo, sentido del deber o solidaridad, la movilización
femenina fue por su naturaleza y dimensiones una de las muchas novedades que
trajo consigo la Gran Guerra. Las reticencias iniciales a la incorporación de
las mujeres a los trabajos «masculinos» serían finalmente vencidas por la
necesidad y las dinámicas impuestas por el conflicto. Como recordaba Marie
Curie al referir su búsqueda de personal para la práctica médica de la
radiología: «Tenía que buscar entre la gente que, al menos durante un tiempo,
estaba exenta del servicio militar o que se había establecido en la localidad
en que era necesaria, pero incluso una vez reclutados los asistentes, a menudo
eran trasladados por órdenes militares y tenía que buscar a otros que los
reemplazaran. Por esa razón decidí formar a mujeres para llevar a cabo aquella
labor». Aunque la moral tradicional asignaba a los hombres el papel de
trabajadores y prefería dejar a las mujeres en el ámbito de la vida doméstica y
familiar, las necesidades bélicas impusieron un cambio en la misma al menos
durante los cuatro años del conflicto. Tras el armisticio se haría todo lo
posible para que las aguas volviesen a su cauce, pero la variedad de las
experiencias de miles de mujeres dejaría un testimonio de valor incalculable
para las generaciones posteriores.
§.
Mujeres por todas partes
Uno
de los lugares comunes en toda la literatura bélica producida por quienes
vivieron la terrible experiencia del frente es el recelo hacia la retaguardia,
la sensación de que mientras millones de hombres sacrificaban su vida y se
exponían diariamente a situaciones inhumanas, lejos del frente otros vivían con
comodidad. Sin embargo, en la retaguardia las cosas no eran precisamente
fáciles y aunque quienes se quedaron en ella no vivieron directamente el horror
del campo de batalla, la guerra afectó a sus vidas marcándola para siempre.
Pocos meses después de declarada la guerra la vida cotidiana de ciudades y
pueblos cambió por completo y una de las señales más llamativas de ese cambio
fue la aparición de mujeres por todas partes.
La
proliferación de mujeres en el espacio público fue un fenómeno generalizado en
todos los países beligerantes. Muchas de ellas colaboraron al esfuerzo bélico
desempeñando ocupaciones tradicionalmente femeninas en las guerras pero otras,
ocupando el lugar habitual de los hombres, contribuyeron a dibujar un paisaje
humano inédito. Entre las primeras, de las que buena parte pertenecían a las
clases sociales más altas, las ocupaciones más frecuentes fueron las de
enfermera voluntaria, dama de caridad y madrina de guerra. El número de mujeres
que ante la masacre vivida en el frente decidió ofrecer sus servicios a
instituciones humanitarias como la Cruz Roja alcanzó cotas sin precedentes (el
número de enfermeras voluntarias sólo en Francia superó las setenta mil). La
gran necesidad de personal de los hospitales, que literalmente se vieron
desbordados para atender la cantidad de heridos que diariamente llegaban desde
las trincheras, motivó que por lo general no se exigiese ningún tipo de
formación previa a los voluntarios, lo que facilitó que muchas mujeres que
carecían de ella pudiesen incorporarse como enfermeras. Lavar a los heridos,
cambiarles los vendajes, limpiar las instalaciones, administrar medicación…
eran tareas que debían aprenderse sobre la marcha. El trabajo en estas
instituciones era agotador, con jornadas laborales que normalmente dependían de
las exigencias de cada momento. Las mujeres que trabajaban como enfermeras,
dado el componente humanitario de su ocupación, gozaban de cierta consideración
social pero entre los soldados despertaban todo tipo de sentimientos, desde el
agradecimiento al rechazo por considerar que con sus cuidados se les devolvía a
la categoría de niños.
Las
actividades caritativas obedecían frecuentemente a la iniciativa de mujeres de
las clases más altas o aristocráticas. De larga tradición, este tipo de
trabajos procuraban combinar el beneficio bélico con el de algún grupo
desfavorecido. Buen ejemplo de ello fue el británico Queen’s Work for Women
Fund, un taller de realización de ropa blanca para el frente (sábanas,
toallas…) creado por iniciativa de la reina María, y en el que gracias a la
colaboración de la dirigente sindical Mary Macarthur se empleaba como
costureras a mujeres necesitadas. Como recuerda la historiadora Françoise
Thébaud, «el taller de ropa blanca es el símbolo de esta actividad caritativa
que propone a las mujeres necesitadas un trabajo de costura, actividad
indudablemente femenina, a cambio de una comida y, a veces, de una módica suma
de dinero».
Pero
si a los soldados del frente se les hubiese preguntado qué actividad de las
muchas que desempeñaron las mujeres durante la guerra era para ellos más
importante, sin duda un buen número habría respondido que la de madrinas de
guerra. Uno de los elementos indispensables para el mantenimiento de la moral
de los soldados fue la correspondencia con la retaguardia. El trabajo de los
servicios postales de los países en guerra se disparó durante el conflicto pues
los soldados escribían de forma incesante como parte de su rutina. A lo largo
de los cuatro años de contienda sólo en Francia se enviaron diez mil millones
de cartas, cifra que para el caso de Alemania llegó a triplicarse. Las madrinas
de guerra eran mujeres que voluntariamente se carteaban con soldados con el fin
de ayudarles a mantener el ánimo en las durísimas condiciones del frente. Los
correspondientes con frecuencia no se conocían pues la relación epistolar se
comenzaba por recomendación de terceros o incluso por respuesta a anuncios en
los periódicos. La famosa escritora y coleccionista de arte Gertrude Stein, que
describió su experiencia durante la guerra en la ficticia Autobiografía de
Alice B. Toklas, recordaba así cómo llegó a ser madrina de uno de sus ahijados:
«El más delicioso ahijado que tuvimos fue uno que amadrinamos en Nimes. Un día
perdí el bolso en esta ciudad. Y no me di cuenta hasta que llegué al hotel, y
entonces me llevé un disgusto porque en el bolso llevaba bastante dinero.
Mientras cenábamos, vino el camarero y nos dijo que en el vestíbulo esperaba
una persona que quería vernos. Salimos, y allí vimos a un hombre que llevaba mi
bolso en la mano […] Como es natural, ofrecí a aquel hombre una recompensa
bastante elevada, pero no la aceptó. Sin embargo, dijo que nos quería pedir un
favor. Él y sus familiares eran refugiados procedentes del Marne, y tenía un
hijo de diecisiete años, que se había alistado voluntario, y que se encontraba
en la guarnición de Nimes, y me pidió que fuese su madrina. Le contesté que con
mucho gusto, y le pedí que dijera a su hijo que me visitara en la primera tarde
que le diesen permiso».
Era
habitual que las madrinas se escribiesen con varios soldados lo que no sólo
suponía una importante inversión de tiempo sino que también podía dar pie a más
de una confusión. La misma Gertrude Stein dio fe de ello: «Nos encontrábamos
cerca de Salieu cuando recogimos a nuestro primer ahijado militar, que resultó
ser carnicero en un pueblecito cercano […] este fue nuestro primer ahijado de
guerra. Luego, tuvimos muchos, y esto nos dio mucho trabajo. Las madrinas de
guerra tienen el deber de contestar todas las cartas que les mandan sus
ahijados, y de remitirles, cada diez días, más o menos, un paquete con
golosinas o cosas útiles. A los ahijados les gustaba mucho recibir paquetes,
pero más aún les gustaba recibir cartas. Las contestaban inmediatamente. Siempre
tuve la impresión de recibir la contestación de mis cartas inmediatamente
después de firmarlas. Además una tenía que recordar el historial familiar de
todos y cada uno de sus ahijados, y en cierta ocasión hice algo horrible, me
confundí y a un soldado que me había explicado al por menor la vida de su
mujer, y cuya madre había muerto, le mandé recuerdos para su madre, y a otro
que tenía madre, recuerdos a su esposa. Sus contestaciones fueron lúgubres. Los
dos me decían que había cometido un error, y pude advertir que mi error les
había dolido profundamente».
Además
de las ocupaciones más acordes con el rol femenino tradicional de enfermera,
dama de caridad o madrina de guerra, muchas mujeres contribuyeron al
mantenimiento del esfuerzo bélico en sus respectivos países desempeñando lo que
entonces se consideraban «trabajos masculinos» y ante la mirada atónita de sus
contemporáneos se pusieron los monos de obrero y los uniformes de tranviarios
como si los hubiesen llevado toda la vida.
§.
Conducir tranvías y fabricar bombas
La
incorporación de las mujeres tanto a las industrias de guerra como a las
civiles fue uno de los factores indispensables para garantizar el
abastecimiento del frente y la retaguardia y lograr, en consecuencia, resistir
al alargamiento del conflicto. Las mujeres que ya pertenecían a la clase
trabajadora antes del estallido de la guerra sustituyeron a los hombres en
puestos de trabajo que por lo general estaban mejor pagados que los suyos y que
suponían para ellas una oportunidad clara de mejora. Sin embargo, el ritmo de
esta incorporación y sus condiciones variaron considerablemente de un país a
otro. Fue en Francia donde la presencia femenina en los trabajos desempeñados
habitualmente por hombres se generalizó con más rapidez. Ello se debió en buena
medida a la pronta reacción del gobierno galo que ya en 1915 trataba de derivar
la fuerza de trabajo femenina a todos los sectores, incluido el industrial y de
los transportes, mediante sus oficinas de reclutamiento dispersas tanto por
París como por provincias. Resultado de ello sería la aparición de trabajadoras
en entidades financiaras, revisoras en el metro, ferroviarias, conductoras de
tranvías… En el caso británico la contratación de mujeres estuvo estrechamente
vinculada a la actividad de los sindicatos, que marcaron la pauta en las
llamadas políticas de dilution (es decir, la sustitución de algunos
trabajadores cualificados por otros de inferior o ninguna cualificación) y
substitution (o reemplazo de trabajadores). La contratación femenina que fue
también general en los sectores de los transportes, la industria
armamentística, el servicio civil y la banca, solía establecer con precisión
las actividades que se permitía realizar a las trabajadoras y exigía el
compromiso por parte de estas de abandonar su puesto de trabajo una vez hubiese
finalizado la guerra. También en Alemania la futura renuncia al puesto de
trabajo se convirtió con frecuencia en una exigencia, aunque la penetración
generalizada de mujeres en los ámbitos laborales masculinos tuvo que esperar a
la segunda mitad de la contienda. En países como Rusia o Italia donde las
condiciones generales de vida de la población eran peores y el grado de
industrialización era menor, la incorporación de las mujeres al trabajo fabril
no se vio acompañada de mejoras salariales de modo que, al igual que los
hombres, la mayor parte de las trabajadoras vivían en condiciones muy cercanas
a la pobreza.
Aunque
el incremento de la presencia femenina en el mundo del trabajo dependió de
muchas variables (grado de industrialización, de intervención estatal en las
relaciones laborales, peso del sector agrícola en las economías nacionales,
mayor o menor riqueza de las mismas…), los años de guerra registraron un
crecimiento de la misma en toda Europa. Así, en Francia al finalizar el
conflicto las mujeres suponían un 40 por ciento del total de la población
trabajadora mientras que en otros países como Gran Bretaña la cifra rondaba el
36 por ciento. Sin embargo, si lo que se tiene en cuenta es el aumento del
número de mujeres trabajadoras respecto a antes de la guerra, los datos
demuestran que fue en Gran Bretaña donde se produjo mayor crecimiento de las
nuevas contrataciones femeninas, pues estas rondaron el 10 por ciento frente al
8 por ciento francés, mientras que en Alemania el total de trabajadoras se
incrementó en poco más de medio millón de mujeres.
Especial
mención por la importancia que tuvo para la evolución del conflicto merece la
presencia femenina en la industria bélica, particularmente en las fábricas de
municiones, la industria química y la metalúrgica. La creciente exigencia de
material de guerra impuesta por la dinámica de desgaste del conflicto, así como
por la naturaleza de las nuevas armas y tácticas, pronto desbordó la capacidad
de abastecimiento de las respectivas retaguardias. La reconversión de las
fábricas existentes con anterioridad al estallido de la guerra para la
producción de municiones, además de ser complicada, no conseguía alcanzar el
ritmo demandado por el frente, de forma que hacia la primavera de 1915 la
escasez de proyectiles pasó a ser un problema común en todos los países
beligerantes. Tanto en Gran Bretaña como en Francia la situación desembocó en
un conflicto abierto entre los poderes civil y militar que se culparon
mutuamente de las dificultades de abastecimiento. En Alemania, al contratiempo
de falta de mano de obra especializada que compartía con sus enemigos, se
sumaban además las dificultades para abastecerse de algunas materias primas
indispensables para la producción de armamento y material de guerra en general
debido al bloqueo aliado. Aunque la situación trató de paliarse ordenando el
regreso a las fábricas de los obreros especializados que habían sido
movilizados, la situación sólo pudo solventarse cuando se admitió la presencia
de obreros no cualificados, lo que en la práctica supuso un auténtico aluvión
de mujeres en las fábricas de producción de armamento. No en vano, el ministro
de Municiones británico Edwin Montagu afirmó en agosto de 1916: «Nuestros
ejércitos están a salvo, y la victoria, garantizada gracias a las mujeres de
las fábricas de munición». Quienes antes habían trabajado como costureras,
niñeras, empleadas domésticas o sombrereras comenzaron a producir bombas,
aviones, tiendas de campaña, botas, uniformes, sacos, cañones…
Así
en Alemania, sólo en la industria química el número de mujeres empleadas
superaba en 1918 las doscientas mil, mientras que fábricas como la Krupp, de la
que dependía la producción de piezas de artillería, llegaron a contar con unas
veintiocho mil obreras. Las cifras en Gran Bretaña o Francia fueron igualmente
impresionantes, de suerte que en la industria química británica llegaron a
trabajar más de novecientas mil mujeres, y más de cuatrocientas mil en la
metalúrgica francesa. Sin embargo, como recuerda el historiador Hew Strachan,
las condiciones de trabajo eran especialmente duras: «Gran parte del trabajo
comportaba el uso de sustancias tóxicas, y el TNT comportaba cólicos biliosos,
visión borrosa, depresión y, sobre todo, ictericia. Así Lilian Miles vio que su
pelo negro se volvía verde, y recordaba que “ya podías lavarlo y lavarlo que
daba lo mismo… todo tu cuerpo estaba amarillo”».
Las
condiciones de trabajo en los llamados empleos masculinos dejaban bastante que
desear. Si bien es cierto que para muchas mujeres que procedían de puestos de
empleada doméstica o modista supusieron un aumento de sus ingresos, también lo
es que los salarios femeninos fueron más bajos que los de sus compañeros
varones (entre la mitad o un tercio menos). Incluso en Gran Bretaña, donde la
incorporación se pactó con los sindicatos en 1915 estableciéndose entre otros
acuerdos la percepción de igual salario para igual trabajo, la norma no fue
respetada. En Francia, donde la tradición de intervención estatal en las
relaciones laborales era superior, las leyes de protección del trabajo de
mujeres y niños que establecían jornadas algo más cortas para ellos se suspendieron
en 1914 abriendo la puerta a una mayor explotación de las obreras. Las jornadas
de trabajo solían ser de unas once o doce horas y por lo general las
asociaciones sindicales se mostraron reacias a la defensa de las obreras, a
quienes se veía como un peligro potencial para el futuro laboral de los
hombres. Si las mujeres trabajaban haciendo las mismas funciones que ellos y
tantas horas como ellos, ¿por qué los patronos iban a querer pagar un sueldo
mayor que el que ellas percibían a los obreros cuando regresasen?
Por
otra parte, las mujeres tenían que ocuparse de unas cargas familiares
(especialmente del cuidado de los hijos) que si normalmente se consideraban su
responsabilidad, la movilización masculina dejaba obligatoriamente en sus
manos. Aunque en algunas fábricas se crearon comités específicos integrados por
funcionarios, industriales, sindicalistas, médicos y feministas para tratar de
atender estos problemas, la respuesta fue parcial y escasa. Prácticamente sólo
en las fábricas de municiones, dada la importancia estratégica de las mismas
para la política bélica, se crearon algunos comedores, guarderías infantiles y
dispensarios, pero se trató de un fenómeno poco frecuente y propio del tramo
final de la guerra. Los problemas de aceptación del trabajo de las mujeres por
parte de una sociedad que pese a necesitarlo seguía viéndolo con desconfianza
también tuvieron su reflejo en la aparición de las supervisoras o
superintendentes, mujeres normalmente pertenecientes a la clase media a las que
se encargaba velar por el correcto comportamiento laboral y moral de las
trabajadoras. Y es que pese a la novedad que podía suponer que una mujer
fabricase bombas o condujese tranvías, el modelo moral tradicional continuaba
tan vivo como siempre…
§.
El estado cabeza de familia
La
inmensa movilización masculina producida entre 1914 y 1918 generó una situación
social sin precedentes: la soledad de las mujeres o más exactamente la
desaparición en su vida cotidiana de los varones que habitualmente ejercían su
tutela sobre ellas, los padres, los hermanos y los esposos. La idea de una
mujer sola desarrollando una vida de forma independiente, trabajando, entrando
y saliendo sola, consiguiendo su sustento y el de sus hijos sola y sin nadie
que vigilase su comportamiento moral y sexual, no podía resultar más contraria
a la concepción tradicional de las relaciones familiares y de género. En una
sociedad tan mayoritariamente conservadora como la de principios del siglo XX,
el Estado rápidamente se apresuró a ocupar el lugar de los hombres cuyo
servicio había solicitado.
Una
de las primeras iniciativas en tal sentido fue la de crear asignaciones de
guerra para las esposas de los combatientes (práctica que se extendió en
Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos y Alemania, pero no en Italia o Rusia).
El objetivo de las mismas no era tanto la contribución al bienestar social
general como la sustitución de la protección que los maridos estaban obligados
a procurar a sus mujeres. Pero si las esposas tenían que ser protegidas también
debían ser vigiladas. El comportamiento moral de las mujeres se convirtió en
objeto de especial atención en las medidas legislativas adoptadas durante la
guerra en los países contendientes. Una de las mayores preocupaciones era el
adulterio que, con los hombres desplazados al frente, adquirió dimensiones de
traición al espíritu patriótico. Las mujeres británicas podían ser castigadas
con la suspensión de su asignación si eran sospechosas de comportamiento moral
disoluto, mientras que en Francia las leyes admitían el asesinato de la mujer
infiel como respuesta natural del marido traicionado. Las mujeres alemanas no
lo tenían más fácil pues las viudas de guerra que recibían una ayuda estatal si
tenían hijos al cargo debían aceptar un estrecho control de su vida privada si
no querían perderla.
La
preocupación por la moral femenina no sólo abarcaba a las casadas y viudas.
También las jóvenes solteras eran objeto del control público y particular.
Aunque los datos al respecto son difíciles de valorar, parece que durante los
años de guerra se produjo cierta relajación de las costumbres sexuales entre
las mujeres más jóvenes. El número de hijos ilegítimos nacidos durante y
después de la guerra experimentó un repunte, especialmente en las zonas más
cercanas al frente, aunque no siempre resulta fácil distinguir entre relaciones
consentidas, prostitución o violación. La enfermera norteamericana Ellen
LaMotte, que colaboró como voluntaria en el frente francés, reflexionó sobre
ello en un tono tan sarcástico que sus memorias de guerra fueron prohibidas en
su propio país: «[…] las esposas están prohibidas porque bajan la moral, pero
con las mujeres se hace la vista gorda, puesto que alegran y reviven a la
tropa. Después de la guerra, se espera que todos los soldados que no están
casados contraigan matrimonio, pero sin duda no van a hacerlo con estas mujeres
que han tenido a su servicio y les han alegrado en la zona bélica. Eso,
asimismo, bajaría la moral del país […] Ah sí, por supuesto que estas jóvenes
eran decentes al comienzo, al principio de la guerra. Pero ya sabéis cómo son
las mujeres, cómo corren tras los hombres, sobre todo cuando los hombres visten
uniformes, con sus botones dorados y sus entorchados. No es culpa de los
hombres que la mayoría de las mujeres de la zona militar se hayan arruinado la
vida».
Y es
que mientras el Estado velaba por la moralidad de las mujeres, de forma
paralela se organizaba la prostitución como un recurso de guerra más. Frente a
las políticas desarrolladas en los años previos al conflicto que, por
influencia del feminismo, tendieron a la prohibición y combate de la
prostitución, la tolerancia hacia ella caracterizó al período bélico. Se
consideraba que la prostitución ofrecía a los soldados un «descanso necesario»,
una vía de escape para ayudarlos a soportar la durísima vida del frente. La
doble moral respecto a la sexualidad femenina alcanzó en este terreno su máxima
expresión y así mientras que el Estado consentía la presencia de burdeles e
incluso obligaba a las mujeres que trabajaban en ellos a estar registradas y
someterse a revisiones médicas periódicas para evitar la extensión de
enfermedades venéreas entre los soldados, la vigilancia sobre el comportamiento
sexual del resto de las mujeres llegó a ser obsesiva. Como recuerda Françoise
Thébaud para el caso inglés, el celo en la preservación de la moral sexual
femenina fue tal que dio pie a más de una situación absurda: «Celosas
auxiliares de las autoridades, las Women’s Police Patrols [Patrullas de Policía
de Mujeres] tienen la misión de proteger de la prostitución a la juventud, y
particularmente a las niñas, y detentan el derecho a entrar en las casas para
comprobar si están acostadas».
La
vigencia del modelo tradicional de género no sólo encontró reflejo en las
políticas tocantes a la familia. Aunque las mujeres trabajaban en muchos casos
como hombres, las cargas domésticas seguían siendo enteramente suyas, lo que en
el contexto de la guerra suponía no pocas dificultades añadidas. Tareas tales
como conseguir los alimentos y bienes de primera necesidad podían convertirse
en un verdadero calvario. La situación en los países aliados fue en general
menos dura que en las potencias centrales, cuya población tuvo que soportar
tremendas carestías motivadas por el bloqueo aliado. En Alemania los muertos
por desnutrición superaron los setecientos mil y ya desde 1915 se impuso el
racionamiento. En esas circunstancias las mujeres alemanas o austríacas se
vieron obligadas a recorrer grandes distancias para conseguir algo con lo que
alimentar a sus hijos y a sí mismas. Viajes interminables en trenes atestados
de gente o, cuando estos no estaban disponibles (lo que sucedía con
frecuencia), caminatas de montones de kilómetros, eran sólo el preludio de
largas horas de cola para recibir nabos, cebollas o castañas. Y todo ello antes
o después de más de diez horas de trabajo en las fábricas.
En
los países aliados las cosas tampoco fueron fáciles. Aunque en las zonas
urbanas los problemas para lograr suministros fueron menores, e incluso el
poder adquisitivo de algunas mujeres aumentó gracias a sus nuevos trabajos, en
el mundo rural (sobre todo en Francia) la miseria se hizo presente. En
cualquier caso, las colas para recibir alimentos estuvieron tan a la orden del
día como en las potencias centrales, como también lo estuvieron las llamadas
públicas a las mujeres para restringir el consumo de bienes especialmente
demandados en el frente como tabaco, alcohol y carne. En las zonas ocupadas por
el bando alemán, todos estos problemas se vieron agravados por los abusos
cometidos contra la población civil y la destrucción de los núcleos de
población ocupados. Si tratar de llevar una rutina más o menos normalizada era
difícil en las zonas no ocupadas, en estas sólo intentarlo era una proeza. La
desaparición de instituciones tan básicas como las escuelas convertía el
cuidado de los hijos en algo aún más complicado para las mujeres, que muchas
veces tenían que verlos enfermar y morir al no poder alimentarlos y cuidarlos
adecuadamente. La alemana Elfriede Kuhr, que trabajó como voluntaria en el
hospital infantil de Schneidemühl en 1918, escribió impresionada: «¡Oh, estos
niños de pecho! Son sólo pellejo y huesos. Cuerpecitos que se consumen de
inanición. ¡Y qué ojos tan grandes! Cuando lloran sólo se oye un débil gemido.
Hay un niñito que con toda seguridad morirá pronto […] Cuando me inclino sobre
su cuna el pequeñín me mira con unos ojos grandes que parecen los de un hombre
viejo y sabio, y sin embargo sólo tiene seis meses de edad. No cabe duda de que
hay una pregunta en sus ojos, más bien un reproche».
Pero
a pesar de la dureza de la vida de las mujeres, muchas de ellas vivieron el
conflicto como una época única y llena de oportunidades para su realización
personal. El acceso a puestos de trabajo que antes se les negaban, la
posibilidad de obtener mejores sueldos y la independencia más o menos limitada
que de pronto comenzaron a disfrutar, abrió ante ellas un mundo desconocido.
Fue un tiempo lleno de cambios (aunque interinos) en el que ser mujer no
significaba renunciar al espacio público ni resignarse a un papel pasivo. El
comportamiento de las mujeres se modificó hacia formas mucho más desenvueltas,
como también lo hizo su aspecto para adaptarse a los nuevos tiempos. Como
recuerda la historiadora Bonnie S. Anderson, quizá la novedad más elocuente
respecto a lo que estaba sucediendo fue el acortamiento de las faldas: «Hasta
1914, las faldas de las mujeres llegaban a los tobillos, como había sido
siempre desde el siglo XIII. Esta tradición terminó durante la guerra: las
faldas comenzaron a acortarse ya en diciembre de 1914, y en el invierno de
1915-1916 ya estaban a veinticinco centímetros del suelo». Las mujeres de la
retaguardia sin duda estaban cambiando y eso podía ser altamente satisfactorio.
Sin embargo, otras muchas sintieron que las vías de colaboración al esfuerzo
bélico que se les abrían oficialmente no bastaban para cubrir sus expectativas
y, ni cortas ni perezosas, decidieron encaminar sus pasos allí a donde su
presencia había sido proscrita, el frente.
§.
Mujeres en el frente
Desde
los primeros momentos del conflicto muchas mujeres, conscientes de la tragedia
humanitaria que se estaba produciendo en los campos de batalla, decidieron
acudir como voluntarias al frente. Pero su deseo de ser útiles allí tuvo que
enfrentarse a una realidad que, sobre todo al comienzo de la guerra, fue la del
rechazo. Los testimonios que algunas escribieron sobre su experiencia coinciden
siempre en señalar el rechazo inicial al que tuvieron que hacer frente, un
rechazo que procedió tanto de las instituciones como de algunos de sus
compañeros. Sólo el paso del tiempo convencería a los respectivos gobiernos de
los países beligerantes de que su colaboración era tan deseable como necesaria.
La
sola idea de que una mujer propusiera seriamente acercarse al campo de batalla
producía en sus contemporáneos tanto estupor como hilaridad. Las mujeres
carecían de los atributos necesarios para ello puesto que la fuerza y la
capacidad de soportar el sufrimiento se consideraban virtudes masculinas.
Cuando en 1914 la británica Elsie Knocker (más conocida como baronesa de
T’Serclaes) trataba de recabar apoyos ante el director médico de la Fuerza
Expedicionaria Británica para la creación de un puesto de primeros auxilios en
el frente belga, tuvo que soportar la burla de uno de los presentes: «El
almirante Ronarc’h, que se encontraba por casualidad presente cuando yo le
suplicaba a sir Bertrand, se mofó descaradamente y se enfadó mucho cuando seguí
insistiendo. Jamás había oído algo tan absurdo. ¿Sin duda yo estaba enterada de
que no se permitía que las mujeres entrasen en las trincheras? Debían estar al
menos a tres millas de la línea de fuego. Si yo optaba por desobedecer las
órdenes no podía esperar ayuda alguna, y eso suponía no recibir víveres ni
suministros médicos. El almirante dijo firmemente, casi con placer, que puesto
que yo era una mujer (y, ¡ay, cuán desdeñosas pueden llegar a sonar esas dos
palabras: une femme!), de ningún modo podría soportar la tensión de la vida en
el frente, y tan sólo me convertiría en una responsabilidad y en un problema
añadidos».
La
«absurda» idea de la baronesa T’Serclaes no era otra que la de crear un puesto
de atención médica en el mismo frente. Como enfermera voluntaria, tras la
batalla del Yser había observado cómo muchos heridos no resistían el traslado a
los hospitales de la inmediata retaguardia, razón por la que consideró los
beneficios de instalar un puesto de primeros auxilios en una zona tan
peligrosa. «Yo quería montar un puesto de primeros auxilios, o un puesto de
cuidados de avanzada, como lo llamaban entonces, donde los heridos pudiesen
descansar y recuperarse antes de ser llevados dando tumbos por las carreteras
en dirección a la mesa de operaciones. Me había dado cuenta de que muchos de
ellos morían a causa de heridas superficiales, quizá por un brazo roto o un corte.
Morían camino del hospital, o bien en las aceras o en el suelo, y yo sabía por
qué sucedía así. Eran víctimas del shock, el mayor de los asesinos […] Hay que
ser mujer para saber estas cosas». Si la presencia de mujeres en las
inmediaciones del frente no era bien recibida, la posibilidad de que
deambulasen por el campo de batalla y la tierra de nadie al rescate de heridos
parecía sencillamente una locura. Pese a la oposición inicial a su proyecto, la
baronesa junto con la también enfermera voluntaria Mairi Chisholm, organizó el
puesto en la localidad belga de Pervyse. Destrozada por los bombardeos, ambas
se instalaron en el sótano de una casa a sólo cuatro kilómetros y medio de la
línea de trincheras. Como recordaba en sus memorias de guerra, «las noticias
sobre nuestras labores se extendieron como un incendio fuera de control y por
las tardes aparecían oficiales de distintas partes del frente a ver a “esas
mujeres” y tomarse una taza de té». Su perseverancia y el rotundo éxito de su
iniciativa terminarían propiciando el reconocimiento oficial de la misma, lo
que supuso la recepción regular de suministros y la integración del puesto en
la Cruz Roja. Ambas mujeres pasarían desde entonces a ser conocidas con el
término que popularizó la prensa británica: «las mujeres de Pervyse» y
permanecieron en el frente hasta 1918, cuando fueron heridas en un ataque con
gas mostaza.
El
mismo rechazo inicial tuvo que afrontar la doctora escocesa Elsie Inglis cuando
ofreció al Ministerio de Guerra británico el servicio de una red de hospitales
(los futuros Scottish Women’s Hospitals for Foreign Service) vinculados a
organizaciones sufragistas y cuyas plantillas estaban formadas por mujeres. Su
propuesta fue rechazada con un condescendiente «Mi buena señora, váyase a casa
y permanezca tranquila». Sin embargo, en el frente el número de heridos
desbordaba todos los recursos, por lo que cuando Elsie reiteró el ofrecimiento
a otros países aliados rápidamente lo aceptaron. Su primer destino fue Serbia,
donde los recursos humanos al tratarse de un país pequeño, eran especialmente
limitados. La llegada de Elsie fue entonces muy bien recibida pues no sólo
aportaba brazos para el trabajo, sino que además eran brazos de mujeres
preparadas para las ocupaciones que debían desempeñar. Con posterioridad
también prestaría sus servicios en Rusia y los hospitales de su red terminarían
por estar presentes en los frentes belga, francés, ruso y serbio. Elsie Inglis
murió en noviembre de 1917 pero para entonces ya había logrado organizar y
coordinar catorce unidades médicas para diversos ejércitos aliados.
Que
la iniciativa de colaborar en el frente partiese de alguien de reconocido
prestigio tampoco era garantía para el éxito. Marie Curie, que ya entonces
había recibido dos premios Nobel (uno de Química y otro de Física) y que había
sido la primera mujer admitida como profesora en la universidad parisina de la
Sorbona, tuvo que recurrir a las donaciones privadas para poner en marcha un
proyecto en el que se mezclaba innovación científica, médica y solidaridad a
partes iguales. Por sus trabajos con sustancias radiactivas, Marie Curie
conocía las posibilidades que podía abrir la aplicación de los rayos X a la
medicina, unas posibilidades que en el contexto de la guerra suponían poder ver
mediante radiografías el estado de los heridos antes de someterlos a cirugía y
determinar la ubicación de los posibles restos de metralla en distintas partes
del cuerpo. Sin embargo, al estallar la guerra la radiología apenas se había
implantado en los hospitales civiles y el Comité de Sanidad Militar de Francia
no contaba con un servicio de radiología. Como ella misma describió en sus
escritos autobiográficos: «Con el propósito de remediar aquella carencia, reuní
todos los aparatos que pude encontrar en los laboratorios y las tiendas y,
entre agosto y septiembre de 1914, establecí varias estaciones de radiología
con la colaboración de unos voluntarios a quienes formé». Los puestos de
radiología organizados por Marie Curie prestaban servicio a todos los
hospitales de la región de París y su actividad resultó esencial para atender a
los miles de heridos de la batalla del Marne. Aun así, el número de puestos no
era suficiente para cubrir las crecientes necesidades de todos los hospitales
parisinos, por lo que la inquieta científica ideó una forma para crear unidades
de radiología móviles: «Monté un coche radiológico con la ayuda de la Cruz
Roja. Se trataba de un sencillo coche acondicionado para el transporte de un
aparato radiológico completo, que disponía de una dinamo puesta en movimiento
por el motor del coche, que proporcionaba la corriente eléctrica necesaria para
producir rayos. Aquel coche respondía a la llamada de cualquier hospital —por
grande o pequeño que fuese— de los alrededores de París».
El
éxito de las iniciativas de Marie Curie hizo que pronto contase con la
colaboración económica de numerosos particulares, lo que unido a la
autorización oficial de sus proyectos por parte del Comité de Sanidad le
permitió llegar a crear unas doscientas estaciones radiológicas en el frente
francés y belga. Además la eficacia de su unidad móvil de radiología la
llevaría a equipar una veintena de coches (también donados por particulares)
para el ejército. Enormemente populares, terminaron siendo llamados lospetite
Curie (pequeños Curie). Para la realización de su trabajo Marie Curie tuvo que
desplazarse al frente en múltiples ocasiones: «Solía viajar al frente a raíz de
la petición de un cirujano. Me desplazaba en un coche radiológico destinado a
mi propio uso y, al examinar los heridos en el hospital, descubría las
necesidades particulares de cada región. De regreso a París, reunía el equipo
necesario y volvía al frente para instalarlo yo misma, ya que en general nadie
sabía […] En muchos viajes me acompañó mi hija mayor, Irène, que en aquella
época tenía diecisiete años y acababa de ingresar en la Sorbona […] Trabajó en
una ambulancia en el frente, entre Furnes e Ypres, así como en Amiens». Como
Marie e Irène Curie, otras muchas mujeres se armaron de valor y, dispuestas a
compartir con los hombres la amarga experiencia de la guerra, realizarían una
labor encomiable en el frente.
§.
Vivir el horror
Como
voluntarias en el frente, las mujeres realizaron trabajos de lo más diverso,
desde conductoras de ambulancias a periodistas. Algunas de ellas incluso
acudieron al frente como soldados. Gran Bretaña, aunque a regañadientes,
finalmente aprobó la integración de las mujeres en el ejército llegando a crear
cuerpos femeninos de marina y aire. Aunque sus integrantes no entraron en
combate sí se hallaban bajo la disciplina militar, se organizaban por grados y
vestían uniforme. Así, en la primavera de 1917 nacía el Women’s Army Auxiliary
Corps (Cuerpo Auxiliar Femenino del Ejército, más conocido por sus siglas WAAC)
que llegó a contar con unas cuarenta mil mujeres. Su trabajo en el frente
consistía en dar soporte logístico a las unidades de soldados, por lo que se
encargaban del transporte de material y efectivos, el servicio de comidas,
arreglos mecánicos, el trabajo burocrático en las oficinas y en general de todo
aquello que podía servir de descargo para la rutina de los combatientes. Frente
a la realidad británica, en Francia las reticencias al reclutamiento de mujeres
fueron aún mayores y sólo desde fines de 1916 se autorizó la presencia femenina
en algunos cuarteles así como en las oficinas del Ministerio de Guerra.
Curiosamente, esto contrastaba con la tradición militar de las cantineras que
acompañaban a la tropa hasta el mismo campo de batalla, que estaba muy
institucionalizada en el ejército francés, donde incluso tenían uniformes
correspondientes al regimiento donde sirvieran. En el extremo opuesto se encontró
Serbia en cuyo ejército las mujeres podían prestar servicio de la misma forma
que los hombres, e incluso vestían sus mismos uniformes. Fue precisamente el
formar parte de él como sargento lo que dio fama a la británica Flora Sandes
que había llegado al país para trabajar como enfermera y que finalmente se sumó
a los combatientes.
Uno
de los casos de mujeres soldado más conocidos fue el del llamado Batallón de la
Muerte ruso cuya formación bajo el mando de Maria Bochkareva fue obra del
gobierno provisional de 1917. Aunque Rusia había permitido la incorporación de
un centenar escaso de mujeres a su ejército y estas lucharon al igual que los
hombres, el episodio más sonado al respecto fue el del citado batallón. Más
anecdótico que otra cosa, su creación respondió en realidad al intento de
estimular la moral de combate del desmoralizado ejército ruso al creer que la
presencia de mujeres en el campo de batalla avergonzaría a los soldados
haciéndolos reaccionar. También anecdótico fue el hecho de que la última
resistencia armada a la Revolución comunista de Octubre de 1917 le correspondió
a una unidad femenina, el Primer Batallón de Mujeres de Petrogrado, que formaba
parte del dispositivo de defensa del Palacio de Invierno, donde tenía su sede
el gobierno de Kerenski. El resto de las unidades —ciclistas, cosacos y
kadetes— desertó, y solamente las mujeres seguían en su puesto cuando llegó la
acción decisiva de la toma del poder, el asalto bolchevique al Palacio de
Invierno, aunque lo cierto es que no llegaron a disparar ni un tiro.
Probablemente
la ocupación más frecuente de las voluntarias en el frente fue la de enfermera.
Aunque todas ellas sabían lo que podían esperar en los hospitales, los primeros
contactos con la brutalidad de la nueva guerra resultaron para muchas
demoledores. Los paisajes de cuerpos espantosamente mutilados o de heridos
hacinados en el suelo esperando a ser atendidos ponían ante sus ojos el
terrorífico coste humano del conflicto. La enfermera norteamericana Laura Frost
recordaba con tristeza su primera experiencia en el frente francés: «Es posible
que si no me hubieran asignado a la sección de amputaciones, la primera
impresión no habría sido tan devastadora. Pero ayudar a vendar esos muñones
temblorosos y oír las bromas de los heridos en medio de sus desgracias superó
todas mis fuerzas y lloré durante toda mi primera jornada». Las extensas
jornadas en los hospitales llevaban al personal médico y sanitario al borde de
la extenuación ya que normalmente ni las camas, ni los quirófanos ni los brazos
disponibles para trabajar eran suficientes para atender la marea humana que
llegaba a ellos tras los días de batalla. Ellen LaMotte, en la obra que publicó
a partir de sus experiencias de guerra, describió la rutina delirante de
aquellos hospitales: «Los días malos son aquellos en los que el constante
rugido de los cañones hace que las pequeñas baracques[barracones] de madera
retumben y se estremezcan, y cuando las procesiones interminables de
ambulancias se acercan para traer hombres maltrechos, destrozados, y después se
marchan de nuevo, para regresar cargadas de más despojos humanos. Las camas de
la salle d’attente (sala de espera), en la que las ambulancias descargan, se
llenan de bultos cubiertos por mantas […] a veces dichos bultos, que no son
otra cosa que hombres, gimen o guardan silencio. En el suelo yacen montones de
ropa, sucia, llena de lodo, empapada de sangre, arrancada o cortada de los
cuerpos silenciosos que ocupan las camas […] Hay camillas tiradas por el suelo
del pasillo, y apoyadas en las paredes de la sala de operaciones, y no cesan de
llegar ambulancias todo el tiempo».
Muchas
veces las enfermeras se veían obligadas a asumir el papel de médicos pues
estos, dado el increíble número de soldados heridos, debían ocuparse primero de
los más graves. La experiencia se convertía entonces en maestra y las
voluntarias se veían realizando tareas en las que no se habrían imaginado
jamás. La baronesa de T’Serclaes aprendió en su sótano de Pervyse a extraer
muelas como el más resuelto de los dentistas ya que la Cruz Roja le envió
instrumental para ello y ocasiones como esa no podían desperdiciarse en el
frente.
La
atención de los heridos no sólo implicaba trabajo en los hospitales, sino
también en el transporte de los primeros desde el frente o a otros centros
médicos. El papel de las conductoras de ambulancia fue por tanto otro de los
más frecuentes entre las voluntarias. Lejos de ser una actividad más relajada
que la desarrollada en los hospitales, la conducción de ambulancias comportaba
numerosos peligros. Por lo general el transporte de los heridos se realizaba
por la noche y con las luces del vehículo apagadas para evitar ser descubiertos
por el enemigo. Ni que decir tiene que el estado de las carreteras o los
caminos dejaba mucho que desear. Llenos de baches producidos por efecto de las
explosiones, escasa o nulamente asfaltados y atestados de barro podían convertirse
en trampas mortales, sobre todo cuando el traslado se hacía durante los
combates. A ello se sumaba la desagradabilísima tarea cotidiana de limpiar las
ambulancias, algo que la periodista y escritora australiana Helen Zenna Smith
dejó claro en la obra que escribió a partir del diario de una conductora de
ambulancias (Hay novedad en el frente) para dar la réplica femenina a la novela
de Erich Maria Remarque Sin novedad en el frente: «Limpiar una ambulancia es el
trabajo más desagradable y asqueroso que se pueda imaginar. Todas somos
unánimes en eso. Ni siquiera nosotras, las veteranas ya curtidas, podemos
soportarlo […] El hedor que sale cuando abrimos las puertas cada mañana casi
nos tira al suelo. Los charcos de vómito rancio de los pobres infelices que
llevamos la noche anterior, los rincones que los pasajeros han transformado en
improvisados inodoros para todo tipo de usos, la sangre, el barro, los bichos y
el inmundo olor a pies apestosos de trinchera y a heridas gangrenadas». Además
de la dureza de las tareas, las voluntarias tenían que enfrentarse con unas
condiciones de vida marcadas por la disciplina, el agotamiento y la escasez de
bienes de primera necesidad como el agua o la comida. Muy gráficamente la
baronesa de T’Serclaes recordaba cómo dormía con la ropa puesta para no perder
tiempo si llegaban heridos y cómo «había momentos en los que teníamos que
rascar los piojos con el filo romo de un cuchillo, y la ropa interior se nos
pegaba al cuerpo».
Algunas
de las mujeres que trabajaban como voluntarias habían llegado al frente en
calidad de periodistas o escritoras que deseaban conocer de primera mano lo que
allí sucedía para poder dar cuenta de ello en la retaguardia. Tales fueron los
casos de las norteamericanas Mildred Aldrich, Mary Roberts Rinehart o Edith
Wharton que incluso llegó a organizar una red de centros de ayuda para
refugiados belgas en Francia. En otros casos, las labores de las voluntarias
podían adquirir tintes de lo más particulares, como sucedió con T’Serclaes
quien por la inusual ubicación de su puesto de socorro en Pervyse fue reclutada
por la Real Fuerza Aérea británica para labores estratégicas: «Me pidieron que
hiciese de “vigía” para ellos, ya que me encontraba justo en primera línea. Me
dieron un teléfono de campaña y unos maravillosos prismáticos Zeiss y
dispusieron todo lo necesario para alertarme cada vez que un avión fuese a
sobrevolar nuestras líneas rumbo a Alemania. Yo debía controlar la hora, en qué
momento regresaba el avión… y comunicar su rumbo y altitud aproximada». Y es
que las tareas de «vigilancia» en más de un sentido fueron una de las
especialidades femeninas por excelencia durante la Gran Guerra.
§.
No sólo Mata Hari
Si
algo caracterizó a las redes de inteligencia de los países beligerantes durante
la Primera Guerra Mundial, fue el altísimo número de mujeres que se contaron en
sus filas. La presencia de mujeres en el mundo del espionaje no era nueva ni
mucho menos, pero la importancia que estas cobraron a lo largo del conflicto no
tenía precedentes. Cuando tras los primeros meses de lucha los contendientes
vieron cómo se esfumaban sus planes de enfrentamiento breve, los servicios de
inteligencia pasaron al primer plano de la escena de la política bélica. En una
contienda en la que la victoria iba a depender de la capacidad de resistencia,
conocer los movimientos y recursos del enemigo se convirtió en una necesidad
vital. El reclutamiento de agentes para las labores de espionaje y
contraespionaje fue frenético y las mujeres fueron objeto de aquella fiebre.
Todos
los países se apresuraron para organizar sus servicios de inteligencia y
establecer mecanismos de colaboración con los contendientes de su mismo bando.
Caso paradigmático fue el del servicio de inteligencia británico, el Secret
Service Bureau (Oficina del Servicio Secreto) que englobaba todos los
departamentos de la inteligencia militar entre los que los más conocidos serían
el MI5 (encargado del contraespionaje en suelo británico) y el MI6 (encargado
del espionaje británico en el extranjero). Gracias al trabajo del MI6, los
aliados pudieron disponer de una Oficina Central de Información situada en
Folkestone (Inglaterra) que coordinó el espionaje británico, belga y francés.
Todos los servicios de inteligencia contaban con personal destinado a la expedición
de documentación falsa, especialistas en interpretación de códigos cifrados,
traductores, científicos, servicios de propaganda… y en todas estas actividades
las mujeres tomaron parte. Como apunta Laura Manzanera, «un caso ejemplar en la
captación de personal femenino fue el del MI5, que contrató a más de
seiscientas mujeres como supervisoras, transcriptoras o traductoras».
El
servicio secreto alemán bajo la dirección del coronel Walter Nicolai se
convirtió en los años de guerra en una inmensa maquinaria del secreto. La red
de espionaje alemana se extendió tanto por suelo aliado como neutral, teniendo
una especial presencia en España donde las acciones de sabotaje organizadas por
agentes alemanes resultaron determinantes para garantizar los intereses
germanos. Muchos de estos agentes pertenecían al mundo de la banca, la
industria, la prensa o el comercio, de forma que la influencia de la
inteligencia alemana podía alcanzar todas las esferas sociales convenientes
para el correcto desarrollo de sus políticas de espionaje. No todos ellos eran
espías profesionales, es decir, muchas veces se limitaban a ofrecer la
información a la que tenían acceso por sus actividades habituales, mientras que
otros agentes hicieron de ello una forma de vida. Sin duda la espía más famosa
de la inteligencia alemana y también de toda la guerra fue Mata Hari, aunque su
fama no obedece ni a la importancia de su trabajo ni a la eficiencia del mismo.
Serían el cine, la prensa y la literatura los encargados de convertir en
símbolo intemporal del espionaje a una mujer que como espía dejó mucho que
desear.
Margaretha-Geertruida
Zelle, que era en realidad su nombre, era originaria de los Países Bajos, pero
tras contraer matrimonio vivió varios años en Java donde aprendió danza
asiática. A su regreso a Europa y después de divorciarse de su marido, decidió
aprovechar sus conocimientos de danza y el hecho de que su piel fuese más
oscura que la de sus compatriotas para inventarse una falsa biografía con la
que irrumpir en el mundo de la escena y la alta sociedad francesas. Había
nacido Mata Hari. Sus bailes insinuantes la catapultaron a la fama pero esta
empezó a decaer justo antes del estallido de la guerra. Así, cuando uno de sus
antiguos amantes, el cónsul alemán en Ámsterdam, Kraemer, que pertenecía al
servicio de inteligencia germano, le propuso convertirse en espía, Mata Hari no
tuvo dudas. Su misión consistía en conseguir información militar y diplomática
en suelo francés para lo que debía aprovecharse de sus muchas relaciones
sociales y amantes. La nómina de estos era impresionante, e incluía al ministro
de la Guerra francés Messimy, banqueros, abogados e incluso doctos académicos
como el historiador Henry Houssaye. En el otro bando se decía que había sido
amante incluso del Kronprinz, el heredero del káiser. Pero su ambición la hizo
pensar que podía obtener mayores beneficios si también se ofrecía como espía a
Francia, de modo que pasó a ser una agente doble. Finalmente y después de todo
tipo de maquinaciones, sucesos estrambóticos y enredos tanto con sus contactos
alemanes como con el jefe del servicio secreto francés, sería detenida por las
autoridades francesas, juzgada y ejecutada en Vincennes en octubre de 1917.
No
menos mítica pero increíblemente efectiva fue la llamada «Fräulein Doktor», una
mujer cuya identidad aún hoy ofrece dudas pero que todos sus contemporáneos
identificaron como la espía más hábil y peligrosa del servicio secreto alemán.
Como en el caso de Mata Hari, Fräulein Doktor estuvo rodeada de una aureola de
mito sexual en la que encajaban todos los elementos del arquetipo femenino
malvado. Su habilidad para ocultar su nombre, obtener sus objetivos y no dejar
rastro se popularizó desde el principio de la guerra. Como recuerda Laura
Manzanera, «desde el verano de 1914, muchos de los refugiados belgas y de los
soldados franceses que lograron cruzar la frontera dijeron haber visto a una
misteriosa alemana rubia que interrogaba, seducía y torturaba a los
prisioneros. Sus relatos calaron hondo y los ingleses no tardarían en señalar
que “una peligrosa espía de entre veintiséis y veintiocho años, de la que se
ignora la identidad, trabaja en estrecha relación con el coronel Nicolai”».
Parece que su verdadero nombre pudo ser Anne Marie Lesser o Elsbeth
Schragmüller, pero fuera cual fuese su identidad lo cierto es que simbolizó
como nadie el éxito de la inteligencia alemana.
También
los aliados contaron en sus filas con el servicio de mujeres espías cuya labor
resultó de vital importancia durante la guerra. En Bélgica la principal red de
resistencia a la invasión alemana, conocida como La Dame Blanche (la Dama
Blanca), contó con un abultadísimo número de mujeres entre las que destacaron
las hermanas Laure y Louise Tandel, Marie Birckel, Anna Kesseler, Thérèse
Radiguès… Gracias a su actividad, el Ministerio de Guerra británico, al que
estaba asociada la red que se organizaba conforme a una estructura militar,
pudo recibir durante todo el conflicto informes puntuales de los movimientos
alemanes en la Bélgica ocupada. No menos importante fue la actividad de mujeres
como Louise de Bettignies o Marthe Richer para los servicios secretos de
Francia. La primera, apodada como «la reina de las espías», organizó una red de
espionaje (la red Dubois) en la zona de Lille ocupada por los alemanes. Sus
informes permitieron constantes éxitos en los ataques aliados a las posiciones
alemanas en la zona, y su muerte en prisión tras haber sido detenida por estos
la convirtió en un símbolo de los ideales del patriotismo francés durante la
guerra.
Especial
mención merece la británica Gertrude Bell, reputada arqueóloga y especialista
en Oriente Próximo que fue reclutada por el servicio de espionaje inglés para
formar parte del Arab Intelligence Bureau en El Cairo junto con el famosísimo
Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia. Para la defensa
de los intereses aliados en la península Arábiga resultaba indispensable lograr
el apoyo de las tribus árabes en contra de los turcos. El profundo conocimiento
del territorio, la lengua, las costumbres y las tribus de Gertrude Bell fueron
en el complemento perfecto de la capacidad para reunir bajo un mismo interés
común a todas las tribus de Lawrence de Arabia. Sus servicios la harían
merecedora en 1917 del puesto de secretaria para Oriente del Alto Comisionado
británico en Irak, pero más allá de eso, lograría tras la guerra, fruto de su
colaboración con Lawrence, la creación del Estado de Irak bajo mando del rey
Faisal.
§.
Las mismas experiencias, las mismas huellas
Ya
fuese como espías, enfermeras, conductoras de ambulancias, soldados o
periodistas, las mujeres que vivieron más de cerca la experiencia de la guerra
compartieron con los hombres una serie de sucesos que habrían de marcarlas para
siempre. La comparación de los testimonios femeninos con las memorias o diarios
de soldados evidencia cómo los sentimientos e impresiones que generó aquella
tragedia inconmensurable fueron muy similares en todos ellos. Por encima de las
diferencias marcadas por los papeles tradicionales atribuidos a hombres y
mujeres, unos y otros se enfrentaron a la realidad descarnada de la guerra de
un modo muy parecido.
Aunque
el discurso moral dominante en la sociedad de comienzos del siglo pasado
definía a las mujeres como seres determinados por su especial sensibilidad y,
precisamente por ello, poco o nada capacitadas para afrontar por sí solas
situaciones de tensión o sufrimiento, las mujeres que vivieron la guerra en el
frente experimentaron una sensación igualmente común entre los combatientes y
que sus contemporáneos difícilmente podían creer en ellas: la resignación ante
el sufrimiento y dolor constantes. Mary Roberts Rinehart lo describía de la
siguiente manera: «He visto muchos hospitales y muchas enfermeras. Si hay un
cambio en las enfermeras después de un tiempo, es que, al igual que los
soldados en el campo, desarrollan una filosofía en la que se apoyan durante sus
días terribles. “Lo que tenga que ser, será”, dicen los hombres en las
trincheras. “Lo que tenga que ser, será”, dicen las enfermeras en el hospital.
Y tanto los unos como las otras conservan así la cordura». La aceptación del
sufrimiento y la muerte como parte de la vida cotidiana era finalmente una
forma de adaptación necesaria para resistir el largo período que fue la guerra.
La descripción espantada de los horrores del frente llena las páginas de los
escritos de las mujeres que vivieron en él la guerra, pero precisamente porque
percibían con total claridad las dimensiones de la barbarie a la que se había
lanzado el mundo, buscaron vías para poder convivir con ella mientras la
combatían.
La
alusión a algunas pequeñas vías de escape salpica los testimonios femeninos de
la guerra. Como los hombres, las mujeres encontraron en la escritura, y
particularmente en la correspondencia, una de las actividades más liberadoras
de su rutina diaria. Las cartas, que no siempre se enviaban a sus
destinatarios, permitían poner nombre a la experiencia, racionalizarla e
incorporarla para poder seguir adelante pero, sobre todo, recuperaban el
vínculo con la vida previa, la de la normalidad en la retaguardia. A veces las
formas de evadir la realidad eran mucho más impulsivas y alegres, tal y como
demuestra el testimonio de Helen Zenna Smith: «Las evacuaciones son la tarea
más jovial de todas, cuando de trata de pacientes que están lo bastante bien
para soportar el largo viaje hasta Blighty [Inglaterra]. Es una alegría oírlos
cantar. A veces nos unimos a ellos y así nos olvidamos de las camas de hospital
vacías que enseguida volverán a llenarse con los hombres retorcidos de dolor
del siguiente convoy». En otras ocasiones, como también atestiguó la misma
Helen Zenna Smith, la evasión llegaba por vías mucho más prosaicas: «No lamento
estar ocupada en la cantina preparando tazas y platillos y cortando pan. Por lo
menos hay calefacción».
Pese
a lo terrible de sus experiencias, o precisamente por ello, también las mujeres
sintieron el consuelo de compartir sus angustias con otros compañeros. La
camaradería ayudaba a unos y otros a sentirse menos solos en medio de un mundo
que nada tenía de humano y dotaba a su esfuerzo, por el hecho de ser
compartido, nuevo sentido. En su sótano de Pervyse, la baronesa de T’Serclaes
trataba de entender su curioso estado de ánimo: «Aquellos extraños días y mi
extraño estado de ánimo, aquel sentimiento de compartir las cosas, de
camaradería y de unión; aquel odio al caos y al derroche de la guerra, y, justo
inmediatamente después, aquel agradecimiento profundo por estar allí, en medio
de todo aquello, y poder aportar un gramo de cordura». Más serena pero sintiendo
lo mismo, Marie Curie hablaba en sus escritos biográficos de su relación con
los médicos y enfermeras del frente afirmando: «Nos sentíamos hermanados por
las circunstancias y el afán de cooperar».
La
naturaleza de los afectos establecidos en el frente era con frecuencia de una
gran profundidad. Vivir cada día siendo conscientes de que nada tendría de raro
no terminarlo o que tampoco lo hiciesen aquellos con los que se convivía,
confería a las relaciones afectivas un valor difícilmente comprensible en
ningún otro contexto. Así, junto a las expresiones de amistad y compañerismo
frecuentes en los escritos de guerra, también los sentimientos de dolor por la
pérdida de los seres queridos encuentran su espacio. La sensación de pérdida de
la juventud que todo aquel sufrimiento comportaba y que tan habitual resulta en
los escritos de soldados, tampoco resultó ajena a las mujeres, hasta el punto
de dar título a las memorias de guerra de una de ellas, el Testamento de
juventud de Vera Brittain.
A lo
largo de los cuatro años de guerra hombres y mujeres vivieron todo tipo de
inhumanas y humanas experiencias. Cuando las mujeres decidieron saltar las
barreras que les impedían dirigirse al frente compartieron con los soldados una
vida que más que eso era muerte. El valor de sus testimonios no sólo reside en
lo excepcional de su experiencia, poco conocida e injustamente olvidada, sino
sobre todo en su conmovedor contenido, que con toda la fuerza de la voz de sus
protagonistas nos alerta para que no olvidemos. Ya lo decía Marie Curie: «Para
erradicar la guerra, bastaría con que la gente viera una sola vez lo que tuve
que ver en tantas ocasiones a lo largo de aquellos años atroces». Sus memorias
como las de muchas de sus compañeras nos permiten verlo.
Parte
4
¿La
guerra ha terminado?
Capítulo
12
La
difícil construcción de la paz
Un
suspiro de alivio recorrió el mundo cuando el 11 de noviembre de 1918 la
delegación alemana se avino a firmar el armisticio con el mando aliado en un
bosque cercano a la localidad francesa de Compiègne. Miles de soldados se
entregaron a la alegría de ver cómo la muerte, con la que habían convivido
durante tantos meses, se apartaba definitivamente de su futuro próximo,
mientras sus familias dejaban de sufrir por su suerte en el frente. Otros
muchos millones de personas soñaron con regresar pronto a la normalidad que tan
abruptamente había roto el estallido de la guerra hacía más de cuatro años.
Pero la paz no era algo espontáneo, había que construirla y eso podía llevar
tiempo. La mayor urgencia en aquel momento era fijar las condiciones para
hacerla efectiva, una vez que las hostilidades habían cesado. La tarea no tenía
visos de resultar fácil. La guerra había afectado a todo el planeta y no se
podían establecer esas condiciones sin tener en cuenta a las numerosas partes
interesadas. Inmediatamente se impuso la necesidad de una gran cita diplomática
para echar los cimientos del nuevo mundo de posguerra. Un acontecimiento
político de semejantes dimensiones no tenía lugar desde que más de un siglo
antes las grandes potencias vencedoras de Napoleón se habían reunido en el
Congreso de Viena para sentar las bases de una nueva Europa con la intención de
regresar al pasado. Ahora las potencias vencedoras querían construir el futuro
y para hacerlo escogieron la capital europea que más cerca había estado del
frente occidental durante la contienda, París. Allí, en la metrópoli del Sena,
se habrían de reunir los representantes de las naciones vencedoras en enero de
1919.
Sin
embargo la desazón y la incertidumbre subsistieron bajo la alegría y la
esperanza apenas contenidas. Pronto aquellos sentimientos optimistas corrieron
el riesgo de desvanecerse como un espejismo. Los combates habían cesado en
Europa occidental, donde Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos, seguidos de
una pléyade de aliados, habían logrado doblegar por asfixia la fabulosa
maquinaria bélica alemana. Pese a ello, la situación era evidentemente interina
y buena parte de Europa, y del mundo, siguió luchando durante los meses
siguientes para intentar conseguir posiciones aventajadas desde las que
negociar en la próxima conferencia de paz. Por si no fuese poco, la amenaza
revolucionaria acechaba a varios países sumidos en el caos y la división
interna como resultado de los sufrimientos padecidos por la población durante
la contienda. La guerra había terminado, pero lograr que de ella saliese el
germen de un futuro en paz y armonía era algo que dependía de los dirigentes
aliados. De sus actitudes y decisiones en París, fuesen cuales fuesen, saldrían
las condiciones que determinarían la evolución de la humanidad en las
siguientes décadas. Tenían el mundo en sus manos.
El
lunes 14 de julio de 1919 amaneció soleado y cálido. París era un hervidero
desde primera hora de la mañana.
Fue
un día inolvidable, el del desfile. Nos levantamos al amanecer, ya que si lo
hubiéramos hecho más tarde no hubiésemos podido cruzar París con el automóvil
[…] Todo París se había lanzado a la calle: hombres, mujeres, niños, soldados,
curas y monjas. Vimos cómo ayudaban a dos monjas a encaramarse a un árbol,
desde el que pudieran ver el desfile. Y nosotras pudimos contemplarlo
perfectamente, desde un sitio magnífico.
Lo
vimos todo. Primeramente, vimos a unos cuantos, pocos, heridos de guerra,
inválidos con sus sillas de ruedas que ellos mismos hacían rodar. Es costumbre
francesa que al frente de todo desfile militar vayan los inválidos de guerra. Y
todos desfilaron bajo el Arco de Triunfo. Gertrude Stein recordó que, en su
niñez, cuando solía columpiarse en las cadenas que rodean al Arco de Triunfo,
su institutriz le había dicho que estaba prohibido pasar bajo el arco desde que
el ejército alemán lo había cruzado, después de 1870. Pero ahora todos pasaban,
menos los alemanes.
Las
unidades de las distintas naciones desfilaban con aire distinto, algunas
despacio y otras deprisa […] Y al fin terminó el desfile. Recorrimos una y otra
vez los Campos Elíseos, la guerra había terminado, se quitaron de en medio las
dos pirámides hechas con cañones tomados al enemigo, y la paz se nos vino
encima.
Así
describió la escritora norteamericana Gertrude Stein (en la autobiografía
ficticia de su secretaria y amante Alice B. Toklas) la gran celebración
triunfal del desfile de la victoria con el que los aliados glorificaron su
triunfo en la Gran Guerra. Era la primera fiesta nacional francesa (el
aniversario de la toma de la Bastilla en 1789) que se celebraba sin contienda,
y por primera vez en la historia desfilaron tropas distintas de las francesas,
puesto que los aliados aportaron algunos de sus contingentes para que
participasen en la gran celebración. Los batallones comenzaban a desfilar bajo
el Arco del Triunfo, en la plaza de la Estrella, y descendían los Campos
Elíseos hasta llegar a la plaza de la Concordia, lugares todos que se habían
decorado suntuosamente con los colores de la bandera francesa (que también lo
eran de la británica y la norteamericana) y con trofeos militares (despojos de
morteros, cañones, fusiles y todo tipo de arsenal capturado al enemigo)
amontonados para su contemplación por el público.
La
apoteosis fue completa. Sólo quince días antes la Conferencia de Paz de París
había dado su fruto más importante, el tratado de paz con Alemania. Todavía
quedaban por firmar otros cuatro con el resto de las potencias centrales
vencidas (Austria, Hungría, Bulgaria y Turquía), pero parecía que lo más
difícil se había dejado atrás. El camino recorrido para llegar a este momento
había sido muy largo, aunque sólo hubiese comenzado nueve meses antes, y ya
entonces algunos de los testigos sospechaban que el que seguiría sería tan
difícil o más que el que habían dejado atrás. Razones tenían para ello. La
situación del continente apenas había cambiado desde el armisticio y lo que se
podía contemplar más allá de las engalanadas calles parisinas y de las
fronteras de los países vencedores no era precisamente alentador.
§.
Paisaje desde las ruinas
La
firma del armisticio con Alemania dejó Europa en una situación desoladora.
Desde el momento posterior al cese de las hostilidades se pudo comenzar la dura
tarea de hacer el recuento definitivo de bajas. Durante cuatro años y tres
meses de guerra los contendientes habían movilizado en total más de sesenta y
cinco millones de hombres y aunque las cifras se han discutido mucho, el número
total de muertos en los campos de batalla superó los nueve millones. De entre
los países más afectados por las bajas Rusia, Francia y Austria-Hungría habían
rebasado el millón de muertos; y las bajas fatales de Alemania se sitúan en
torno a los dos millones. A ellos hay que sumar seis millones y medio de
inválidos de guerra en toda Europa, más de cuatro millones de viudas y el doble
de huérfanos. Las cifras de muertos civiles fueron prácticamente imposibles de
cuantificar, puesto que muchos de ellos sucumbieron no por la fuerza de las
armas que los contendientes dirigieron contra ellos, sino por el hambre y la
miseria que el bloqueo de los aliados había provocado en Europa central y
oriental (los británicos cuantificaron las muertes causadas por el bloqueo sólo
en Alemania en más de setecientas cincuenta mil personas). La destrucción se
había cebado con núcleos de población e infraestructuras. Mientras que en el
frente occidental esta se había centrado en las regiones del norte de Francia y
Bélgica, en el oriental la devastación fue mucho más generalizada y afectó a
una ancha franja que abarcaba desde el mar Báltico hasta el Negro. Todos los
países tendrían que afrontar una recuperación basada en la reconstrucción
organizada por los gobiernos pero, por ahora, emprenderla era algo
sencillamente implanteable.
Alemania
había sido la última de las potencias centrales en solicitar el fin de las
hostilidades a los aliados, obligada por la caída en picado de la moral de sus
tropas, por el completo agotamiento de su población civil y sus recursos
económicos para continuar la guerra y por los peligros de una invasión de su
territorio por los aliados o del estallido de una revolución social. El país
había caído por agotamiento y no porque su ejército hubiese sido derrotado por
el enemigo en una acción armada definitiva, a pesar de la retirada contínua a
que se había visto obligado en el frente occidental en los meses anteriores. La
cúpula militar germana, que se había hecho con todos los resortes del poder
durante la guerra, había tenido que comenzar a ceder terreno a las fuerzas
políticas democráticas del país (representadas en el Reichstag) por una doble
presión: la imposibilidad de ganar la guerra tras el fracaso de la gran
ofensiva de la primavera de 1918 (la conocida como ofensiva Ludendorff) y la
negativa del presidente norteamericano Woodrow Wilson de negociar el cese de
las hostilidades hasta que no se hubiesen realizado las elementales reformas
políticas para democratizar el país.
A
esto se sumó pronto el riesgo de revolución interna. La descomposición social
provocada por el terrible sufrimiento que el bloqueo económico de los aliados
había ocasionado en la población alemana, como en la del Imperio
austro-húngaro, había hecho que el cansancio de la guerra y de las decisiones
del ejército hubiesen fraguado un ambiente muy receptivo hacia las consignas
que llegaban de la Rusia soviética. Y no sólo la población civil comenzaba a
dar muestras de hartazgo. El 29 de octubre de 1918 los marinos de la base naval
de Kiel se sublevaron ante el temor de que los mandos de la marina de guerra
quisiesen utilizarles en una operación suicida cuando era de dominio público
que la guerra ya no se podía ganar. Hicieron causa común con un grupo de obreros
que se habían organizado en un consejo al estilo de los soviets rusos, y la
noticia de lo que estaba pasando en aquel punto de la costa báltica se extendió
por Alemania como un reguero de pólvora insurreccional. Se produjeron grandes
manifestaciones públicas de descontento que apenas fueron contestadas por unas
autoridades militares dubitativas. La llegada de la revolución a Berlín hizo
reaccionar al alto mando militar, que logró un pacto con la fuerza política
mayoritaria, el Partido Socialdemócrata (SPD), y comenzaron a aplicar algunas
de las medidas solicitadas por los manifestantes. La proclamación de la
República Federal, la formación de un nuevo gobierno bajo la presidencia del
socialdemócrata Friedrich Ebert, la marcha al exilio del káiser en los Países
Bajos y la firma del armisticio fueron suficientes para desactivar la marea
revolucionaria, por el momento. Era el 9 de noviembre, dos días más tarde se
firmó el armisticio, la solicitud más coreada por las masas hastiadas de una
guerra que había durado ya demasiado y que les había llevado al límite.
Uno
de los efectos inmediatos del armisticio fue la entrega sin dilación a los
aliados de más de cinco mil piezas de artillería, veinticinco mil
ametralladoras, tres mil morteros de trinchera y mil setecientos aviones,
además de seis cruceros de batalla (Grosser Kreuzer), diez acorazados, ocho
cruceros ligeros y cincuenta destructores; todos los submarinos alemanes
también tuvieron que rendirse. Además, los aliados impusieron a los alemanes el
abandono de los territorios conquistados durante la guerra. En el oeste esto
supuso la liberación de la Francia septentrional ocupada, Bélgica y Luxemburgo,
que tras cuatro años de férrea dominación alemana explotaron en expresiones de
júbilo, regresando sus gobiernos legítimos a ocupar la autoridad sin problemas.
También tuvieron que evacuar de inmediato Alsacia y Lorena, que volvieron
provisionalmente a estar bajo mando francés. Lo que ocurrió en Europa oriental
fue muy distinto y mucho menos festivo.
Allí
el Tratado de Brest-Litovsk, por el que Rusia había abandonado la guerra y que
había convertido a Alemania en la vencedora indiscutible en Europa oriental,
dejaba en su poder los territorios de las actuales repúblicas bálticas,
Bielorrusia, Ucrania y Moldavia, a las que se sumaba Rumanía, que había caído
en poder de las potencias centrales dos años atrás. La retirada alemana fue
seguida en muchos casos del caos. Allí sencillamente no había antiguas
autoridades que volviesen a hacerse cargo del poder, porque a esas alturas
tanto el Imperio ruso como el austro-húngaro habían desaparecido. El primero
había sido sustituido por una república soviética inmersa en una terrible
guerra civil contra los partidarios del zarismo y del viejo orden (aunque sin
el zar, puesto que Nicolás II y su familia habían sido ejecutados el mes de
julio anterior). El segundo había sucumbido bajo el peso aplastante de la
guerra y el bloqueo, que desencadenaron en la segunda quincena de octubre la
emancipación de todos sus territorios, que uno tras otro fueron declarando su
independencia de Viena. En cada uno de los pequeños embriones estatales que
sustituyeron al imperio de los Habsburgo (todos repúblicas salvo Hungría, que
se declaró monarquía con corona vacante), las autoridades de reciente creación
se vieron abocadas a hacer valer su autoridad por la fuerza frente a los
disconformes en el interior y a la rapacidad de los poderes vecinos en el
exterior.
Pero
la situación no dejaba de ser chocante para muchos ciudadanos de a pie, sobre
todo en Alemania. Aunque sus civiles habían deseado el fin de la guerra durante
mucho tiempo la derrota no dejaba de resultarles chocante. En opinión del
historiador británico Hew Strachan, el ejército alemán, «cuando depuso las
armas todavía ocupaba profundas posiciones en territorio enemigo en todos los
frentes, no se había penetrado en su frente ni habían podido cercarlo, así
pues, no se produjo ninguna de las características que conlleva una derrota
operativa en el campo de batalla». La propaganda de guerra y la victoria en el
frente oriental reforzaban el halo invencible de aquellas tropas, que fueron
recibidas triunfalmente. El 11 de diciembre, las primeras desfilaban por la
avenida berlinesa Unter den Linden. Según la princesa Blücher, de origen inglés
pero casada con un aristócrata prusiano: «Los hombres lucían coronas de laurel
verde sobre los cascos de acero, todos los fusiles llevaban su pequeño
ramillete de flores, las ametralladoras estaban adornadas con ramas verdes, y
junto a ellos había niños sentados agitando banderas de alegres colores».
Fueron recibidos por el nuevo canciller que les arengó: «Os saludo a vosotros
que regresáis invictos del campo de batalla». La idea de que la victoria había
sido escamoteada a Alemania, una idea que pusieron en circulación los militares
para eludir sus responsabilidades como directores del país durante la
contienda, estaba comenzando a infectar ya muchas de las mentes. Además, al
aceptar los grupos mayoritarios del Reichstag la salida que les ofrecían los
militares a la amenaza revolucionaria estaban recibiendo una manzana
envenenada. Serían ellos los encargados de negociar la paz con las potencias
aliadas y los militares no dudarían en culparles a ellos de los perjuicios que
de ello se derivase, adornado con el argumento de que además habían sido ellos,
los políticos de la retaguardia, y no los militares, quienes habían hecho
inevitable la derrota. En opinión del historiador alemán Hagen Schulze, «la
primera democracia alemana no nació de la propia fuerza de los partidos y del
Parlamento, sino como última salida de un Estado Mayor desesperado […] El mito
de la puñalada a traición, que debía envenenar posteriormente la vida pública
de la República de Weimar, tuvo aquí su origen».
Sin
embargo pocas alegrías tendrían los alemanes en los meses siguientes, ya que
los aliados decidieron prolongar el bloqueo al que tenían sometidas a las
potencias centrales hasta que no se firmase el tratado de paz. Sería el tercer
invierno al que se tendría que enfrentar la población de Centroeuropa bajo el
signo de la espiral de la carestía, la inflación y el hambre; después de que
los dos anteriores hubiesen supuesto un golpe terrible en su salud y su moral.
Este sería todavía más duro, ya que ahora los aliados tenían libre acceso al
mar Báltico, al que hicieron extensiva la prohibición de comerciar con
Alemania. Pese a todo quedaba un resquicio para la esperanza para el nuevo año.
Aunque habían sido la parte perdedora, las bases propuestas por el presidente
de Estados Unidos para fundar un acuerdo de paz (los conocidos como «Catorce
Puntos de Wilson») presagiaban la posibilidad de un acuerdo con los vencedores
que permitiese una derrota honrosa para Alemania, y tales eran las expectativas
que albergaba también el nuevo gobierno alemán. Aunque parece que en el seno de
los aliados los ánimos tenían un cariz bastante distinto.
§.
El mundo contiene el aliento
En
Europa occidental los ánimos estaban centrados en organizar la victoria después
del júbilo inicial. Francia era la que se encontraba más atareada en los
preparativos de la conferencia, mientras que Reino Unido estaba inmerso en una
campaña electoral para elegir al primer ministro que habría de representarlo en
la cita internacional. El vencedor fue el artífice del esfuerzo interior de
guerra británico, el liberal David Lloyd George, que veía así refrendados sus
desvelos políticos desde que había accedido al cargo hacía poco más de dos
años. En Estados Unidos la atención la acaparó la decisión del presidente
Woodrow Wilson de acudir en persona a la cita diplomática de París. Sería la
primera vez que un presidente de Estados Unidos abandonase el país durante el
ejercicio de su cargo, y la noticia causó sensación mundial.
La
razón de esta expectación era que el presidente demócrata había demostrado
durante la guerra un talante muy distinto al de los demás combatientes. Para
empezar, como un medio de garantizar su independencia de acción durante la
campaña y para aplacar al sector más escéptico de la opinión pública
norteamericana con la entrada en el conflicto, se negó a firmar ningún pacto o
alianza con sus camaradas de lucha, a los que oficialmente denominó siempre
«socios». En segundo lugar, dio forma y dimensión pública a su preocupación
fundamental para decidir la entrada de su país en la guerra. A diferencia de
los estados europeos, que se habían embarcado en aquella conflagración suicida
en una descarnada lucha por el poder mundial, Wilson deseaba que la
intervención estadounidense sirviese para evitar que en el futuro se
reprodujesen las situaciones que habían llevado al mundo a la guerra y para
poner las bases de unas relaciones internacionales que pudiesen servir para
solucionar los conflictos sin llegar a las armas. Aquellos principios los había
expuesto en un célebre discurso ante el Congreso en enero de aquel mismo año,
en el que había expuesto catorce principios que deberían regir la vida
internacional tras el conflicto. En dicho documento se proclamaba la necesidad
de acabar con los acuerdos diplomáticos secretos y bilaterales, que debían ser
sustituidos por lo que el presidente llamaba una «diplomacia abierta», había
que garantizar la libertad de navegación por los mares, la eliminación de
barreras en el comercio internacional, la reducción de armamentos por todas las
potencias, la evacuación de los territorios ocupados por las potencias
centrales, el reconocimiento a las minorías nacionales de los grandes imperios
de Europa oriental a tener su propio Estado y el más importante de todos ellos,
la creación de una gran institución internacional que pudiese mediar en casos
de conflicto y evitar futuras guerras (institución que denominaba genéricamente
«liga de naciones»). La popularidad que este gesto había dado al presidente
Wilson fue enorme, se convirtió en el garante de la victoria para los aliados,
en la esperanza de una derrota moderada para los vencidos, y todos esperaban
que su intervención garantizase un futuro mejor.
El
buque George Washington, que había zarpado de Nueva York nueve días antes con
el presidente norteamericano y su esposa como principales pasajeros, llegó al
puerto francés de Brest el 13 de diciembre de 1918. Nada más bajar del barco
Wilson fue testigo del gran recibimiento que se le había preparado. Había
acudido a recibirle el ministro de Asuntos Exteriores galo, Stéphen Pichon, que
le saludó diciendo: «Le estamos muy agradecidos por venir a darnos la paz que
necesitamos». Un público numeroso abarrotaba el trayecto entre el puerto y la
estación de ferrocarril donde esperaba el tren especial preparado para
trasladar a la pareja presidencial hasta la capital francesa. Los gritos de
«Vive l’Amérique! Vive Wilson!», se elevaban en un estruendo constante. A
última hora de la tarde el tren comenzó su trayecto y el médico de Wilson se
sorprendió mucho cuando a las tres de la mañana se le ocurrió mirar por la
ventanilla de su compartimento: «Vi no sólo hombres y mujeres, sino también
niños de corta edad que esperaban con la cabeza descubierta y prorrumpían en
vítores al pasar el tren». A su llegada a París le estaban esperando, en la
estación engalanada para la ocasión, el presidente de la república Raymond
Poincaré y el presidente del Consejo de Ministros (jefe del Gobierno), Georges
Clemenceau, que tras el armisticio era conocido popularmente como
Père-la-Victoire («Padre Victoria»). El recibimiento de la población al paso
del coche fue todavía más multitudinario, con miles de personas en la calle y
salvas de cañones celebrando la ocasión. Ya entonces pudo oír el presidente un
grito que el público repetiría a lo largo de los meses siguientes en varias
ocasiones al paso de su cortejo: « ¡Colgad al káiser!». Posiblemente aquella
jornada constituyó el preparativo más celebrado de la gran cita que se
avecinaba.
Cuando
ya habían llegado a París buena parte de las delegaciones que participarían en
la conferencia, todos se vieron sorprendidos por las preocupantes noticias
procedentes de Alemania. Un pequeño grupo extremista de izquierda, que hacía
poco había fundado el Partido Comunista Alemán (KPD, también conocido como Liga
Spartakus, de donde deriva el nombre de «espartaquistas» con el que fueron
denominados), intentó tomar el poder en Berlín entre el 5 y el 14 de enero de
1919. Aunque pusieron en fuertes aprietos al gobierno de Ebert, este consiguió
finalmente con la colaboración del ejército (que recurrió a los grupos
paramilitares de excombatientes conocidos como Freikorps) restablecer el orden.
El día 15 sus principales dirigentes, Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg, fueron
asesinados y arrojados a un canal de la capital. Sólo tres días después se
abrió la Conferencia de Paz de París.
A la
capital del Sena acudieron delegados de veintisiete países, todos
pertenecientes al bando aliado. Este se había visto muy aumentado en el último
año ya que la entrada en la contienda de Estados Unidos provocó la declaración
de guerra contra las potencias centrales de numerosos países que no tuvieron
intervención real en el conflicto, como varias repúblicas latinoamericanas,
China o Siam. Los dominios británicos que habían enviado soldados a combatir a
Europa (Australia, Nueva Zelanda, Canadá y Sudáfrica) también mandaron sus
propias delegaciones, separadas de la británica pero coordinadas con ella.
También se aceptó la presencia de grupos que habían intervenido en la guerra a
favor de los aliados, como los clanes árabes que habían ayudado a los británicos
en su lucha contra los turcos, representados por una delegación encabezada por
Faysal bin Husein y en cuyo séquito se hallaba el coronel británico T. E.
Lawrence. No se aceptó la presencia de los neutrales (en Europa sólo habían
permanecido al margen los Países Bajos, Suiza, España, Dinamarca, Noruega y
Suecia) ni de los vencidos, a los que sólo se convocaría una vez que los
tratados de paz estuviesen preparados para su firma.
La
confluencia en París de diplomáticos y políticos de todo el mundo fue
cuantiosa, sólo la delegación británica contaba con más de cuatrocientas
personas, lo que hacía que el protocolo y el funcionamiento de las
deliberaciones tuviesen que estar organizados al milímetro. Pese al exquisito
cuidado puesto por los anfitriones galos, las sesiones plenarias pronto se
volvieron inoperantes y tediosamente protocolarias. Por esta razón, después de
que el 25 de enero todos los delegados aprobasen la resolución por la que se
creaba la organización diplomática internacional preconizada por Wilson con el
nombre de Sociedad de Naciones, se decidió que las decisiones importantes
fuesen discutidas y solventadas por un órgano delegado, el Consejo de los Diez.
Este contaría con dos representantes de Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña,
Italia y Japón. Desafortunadamente la solución no demostró ser lo
suficientemente ágil, por lo que las decisiones fundamentales fueron encargadas
a otro órgano, el Consejo de los Cuatro, compuesto por los «cuatro grandes»:
Wilson, Clemenceau, el primer ministro británico Lloyd George y el primer
ministro italiano Vittorio Orlando. Sus decisiones se producirían al tiempo que
una nutrida serie de comisiones estudiaban al detalle las cuestiones que se
debían decidir en la cumbre.
Las
sesiones de los cuatro grandes pronto se vieron lastradas por todo tipo de
contratiempos. Casi desde el comienzo se produjo un claro distanciamiento entre
Wilson y Clemenceau. El primero era un hombre idealista y empeñado en intentar
poner en práctica sus principios sobre todas las cosas, pero estos resultaron
realmente difíciles de aplicar a la complicada realidad europea. Clemenceau era
mucho más práctico y en sus posturas pesaban mucho más las demandas populares y
sobre todo la búsqueda de garantías para proteger a Francia frente a una
posible agresión alemana en el futuro. Parece que Wilson llegó a considerar al
presidente del Gobierno francés un cínico y este llegó a decir que su colega
norteamericano se creía un segundo Jesucristo —«Estoy sentado entre el futuro
Napoleón y el próximo Jesucristo», fue la célebre boutade de Clemenceau en el
momento de la firma del tratado; por Napoleón se refería al primer ministro
inglés Lloyd George—. Entre estos dos polos enfrentados Lloyd George intentó
mediar en algunas ocasiones, aunque dejó siempre claro que el deseo del Reino
Unido era utilizar la paz para consolidar su imperio colonial. Orlando apenas
intervino en cuestiones que no eran del directo interés de su país, que no era
otro que anexionarse territorios austríacos alpinos y de la costa dálmata.
Estas desavenencias no fueron ni mucho menos secretas. John Maynard Keynes, uno
de los mayores economistas del siglo XX, formó parte de la delegación británica
en la conferencia y les acusó poco después de su finalización de no ocuparse de
los problemas reales de Europa: «El Consejo de los Cuatro no prestó atención a
estos problemas, por estar preocupado con otros: Clemenceau, con ahogar la vida
económica de su enemigo; Lloyd George, con hacer algo y llevar a casa alguna
cosa que durara una semana; el presidente [Wilson], con no hacer nada que no
fuera justo y recto. Es un hecho sorprendente que, teniendo el problema
económico fundamental de una Europa hambrienta y deshecha ante sus ojos, fuera
esta la única cuestión sobre la cual fue imposible despertar el interés de los
Cuatro». Pese a estas diferencias se pudo ir avanzando en las decisiones
fundamentales, aunque en opinión de muchos el resultado no fuese menos digno de
críticas que el procedimiento que se había adoptado para tomar las decisiones.
§.
El tratado de la discordia
En
la mañana del 7 de mayo de 1919, tercer aniversario del hundimiento del
Lusitania, en una sala abarrotada del Palacio de Trianon, en el parque de
Versalles, los delegados de los aliados recibieron en audiencia al enviado
plenipotenciario alemán, el conde Ulrich Brockdorff-Rantzau, para entregarle
una copia del tratado que proponían a Alemania para concertar la paz. El
diplomático alemán había llegado a Versalles hacía unos días con una delegación
de ciento ochenta consejeros para recibir el tratado. Habían sido trasladados
hasta allí en unos trenes que recorrieron partes de las regiones francesas
devastadas por la guerra a una velocidad lo suficientemente lenta como para que
no perdiesen un solo detalle del espeluznante espectáculo. Al llegar a la ciudad
palaciega fueron albergados en el mismo hotel en que los líderes franceses
habían estado mientras negociaban con Bismarck en 1871, que ahora había sido
rodeado por una empalizada, según los franceses para garantizar su seguridad
(aunque la población se mostró cordial con los pocos que decidieron aventurarse
por las calles abarrotadas de curiosos).
Según
los testigos que acudieron a aquel acto, después de escuchar el resumen del
tratado y el discurso de Clemenceau, parece que Brockdorff dio signos de un
estupor palpable. Se le concedió la palabra y pronunció un discurso que pese a
combinar términos cordiales con otros de firmeza, fue mal recibido por los
presentes debido a su evidente azoramiento. Según el propio Wilson, fue «el
discurso menos diplomático que he escuchado en mi vida». El texto de la
propuesta fue inmediatamente enviado a Berlín y recibido como un jarro de agua
fría tanto por la población como por el gobierno. Hasta entonces ambos se
habían aferrado a los Catorce Puntos de Wilson como la tabla de salvación que
les permitiría mantener la integridad del Imperio alemán transformado en república.
Sus ilusiones se vieron aplastadas por el texto de los aliados, que fue
ampliamente rechazado por la opinión pública. En aquellos días se sucedieron
las manifestaciones en las grandes ciudades alemanas bajo el lema que repetían
casi todas las pancartas: «Sólo los Catorce Puntos». La reticencia de amplios
sectores políticos a aceptar la propuesta era evidente y el gobierno amagó con
rechazarla para intentar abrir fisuras entre los aliados. Lejos de inmutarse,
estos contestaron con un ultimátum el 16 de junio: o se firmaba el tratado como
se había propuesto o se reanudarían inmediatamente las hostilidades. La
respuesta alemana, afirmativa, se produjo el 23 y cinco días después se celebró
la solemne firma del documento.
El
día elegido era el quinto aniversario del atentado de Sarajevo, que había sido
el pretexto que había dado origen a la guerra, y el lugar fue la Galería de los
Espejos del Palacio de Versalles, donde los franceses habían tenido que padecer
la humillación de ver la proclamación del Imperio alemán en 1871, tras su
derrota en la guerra franco-prusiana. No se había dejado nada al azar. El
inmenso salón estaba abarrotado y muchos miembros de las comitivas diplomáticas
que no habían sido afortunados con un sitio en él se amontonaron detrás de las
puertas acristaladas, algunos sobre sillas y escaleras, para intentar no
perderse ese momento histórico. Tras la firma la Conferencia de Paz no se
disolvió, puesto que se había decidido que se habría de firmar un tratado con
cada una de las potencias centrales, pero el grueso de las decisiones se habían
tomado ya y muchos de los principales dirigentes internacionales volvieron a
sus países dejando los detalles a sus respectivas delegaciones diplomáticas.
Cada uno de los tratados posteriores fue firmado en uno de los palacios o
localidades de los alrededores de París de donde tomó su nombre: el Tratado de
Saint Germain-en-Laye con Austria (10 de septiembre de 1919), de Neuilly con
Bulgaria (27 de noviembre de 1919), de Trianon con Hungría (4 de junio de 1920)
y de Sèvres con Turquía (10 de agosto de 1920). Sólo entonces se tuvo por
terminada la ingente labor diplomática que ponía fin a la contienda.
Aunque
fue el conjunto de estos tratados el que definió la nueva Europa, ya en los
cuatrocientos cuarenta artículos que componían el de Versalles estaban trazadas
las líneas maestras de la obra proyectada por los aliados. En primer lugar, se
rehizo el mapa de Europa. Alemania perdía un 13 por ciento de su territorio y
un 10 por ciento de su población: Alsacia y Lorena eran devueltas
definitivamente a Francia, Schleswig septentrional pasaba a Dinamarca y
Eupen-Malmedy a Bélgica. Junto a Alsacia y Lorena, las pérdidas más dolorosas
fueron las que se produjeron en la parte oriental del país. Los aliados habían
reconocido durante la conferencia al gobierno interino polaco, con lo que
Polonia, que había desaparecido a finales del siglo XVIII, era restablecida y
dentro de ella se integrarían la rica región minera de Alta Silesia y Prusia
occidental (para darle así una salida al mar al nuevo país). Las ciudades de
Danzig (el rico puerto del Báltico de población mayoritariamente alemana) y
Memel fueron declaradas territorios libres. Prusia oriental, que continuaba
bajo soberanía de Berlín, quedó entonces como un enclave aislado del resto de
Alemania entre Polonia y Lituania. La región de Sarre pasaba a estar
administrada durante quince años por la Sociedad de Naciones (cuyo estatuto
formó parte integrante del tratado) y sus minas serían arrendadas a Francia. El
tratado incluía cláusulas por las que los aliados se aseguraban de que aquellos
territorios de mayoría alemana que habían pertenecido al Imperio austro-húngaro
no pasarían a formar parte de Alemania. Así, se establecía que la frontera
entre la recién nacida Checoslovaquia y Alemania sería la austro-húngara, por
lo que la región de los Sudetes quedaba adscrita a la primera; y se obligaba a
Alemania a renunciar a la posible anexión de Austria, posibilidad que ya se
había contemplado tanto por Viena como por Berlín.
La
distribución de territorios fue más allá de Europa. Alemania fue obligada a
renunciar a sus colonias. En teoría estas pasarían a estar administradas por la
Sociedad de Naciones, pero se decidió que esta organización cediese sus
funciones a alguna de las potencias vencedoras bajo la forma legal de
«mandatos». El África Oriental Alemana fue mayoritariamente absorbida por Gran
Bretaña (salvo el territorio noroccidental, vecino al Congo Belga, que pasaba a
Bélgica con el nombre de Ruanda-Burundi), África del Sudoeste fue entregada al
dominio británico de Sudáfrica y las colonias occidentales de Togolandia y
Camerún se dividieron entre Gran Bretaña y Francia. En Oceanía, la Nueva Guinea
Alemana pasó al dominio británico de Australia y sus islas adyacentes se
repartieron entre Australia y Japón. El principal beneficiario de este reparto
fue el Reino Unido, no sólo por ser el más favorecido territorialmente, sino
porque con la incorporaciones africanas asentaba su dominio del continente
mediante un eje continuo norte-sur. Así quedaba liquidado uno de los puntales
del proyecto imperialista en que Alemania se había embarcado desde finales del
siglo anterior y que había sido una de las fuentes más importantes de roces con
las potencias de la Entente antes de la guerra. Sin embargo acabó por
convertirse en uno más de los sacrificios que imponía el tratado, y ni siquiera
el peor.
§.
Un horizonte sombrío
El
Tratado de Versalles impuso también fuertes recortes a la capacidad militar
alemana. Se decretó la desmilitarización de la orilla derecha del Rin como
garantía de seguridad para Francia, se suprimió el servicio militar obligatorio
en Alemania, el ejército quedó reducido a un máximo de cien mil hombres y se
suprimieron el alto mando, núcleo del poder fáctico militar, la flota de
guerra, cuya amenaza a la supremacía naval inglesa tanto había preocupado a
Londres desde años antes de la contienda, y la fuerza aérea, nueva arma que
políticos como Churchill pensaban que decidiría las guerras del futuro. Con
estas medidas se pretendía poner fin al militarismo alemán, al que la
propaganda aliada había atribuido el estallido de la guerra y sus peores
episodios de violencia. Pero sin lugar a dudas el punto que resultó más
polémico fue el artículo 231. En él Alemania asumía expresamente la
responsabilidad del estallido de la guerra, así como la obligación de reparar
económicamente a los aliados por los daños materiales y humanos producidos
durante la misma. Se trató de la cuestión que más dividió a los aliados durante
la conferencia. Wilson era contrario a las reparaciones de guerra por
considerarlas excesivamente punitivas, pero Lloyd George y Clemenceau las
consideraban imprescindibles para que sus países pudiesen hacer frente a los
pagos que tenían que hacer a Estados Unidos por los inmensos préstamos que les
había facilitado durante la contienda. La inflexibilidad de Wilson, que se negó
a contemplar la posibilidad de la condonación siquiera parcial de estos
préstamos, fue la que acabó por inclinar la balanza. De hecho Clemenceau
hubiese deseado llegar más lejos en el castigo a Alemania, pero sus dos colegas
le disuadieron a cambio del compromiso firme de que en caso de un ataque alemán
sus países acudirían en auxilio de Francia. La determinación de la cuantía de
las reparaciones fue un problema desde el principio, puesto que los aliados
incluyeron en su monto todo tipo de conceptos, desde el valor de las destrucciones
ocasionadas por la guerra hasta lo que habrían de pagar en los años siguientes
como pensiones de guerra a mutilados, huérfanos y viudas. Debido a la
complejidad de la cuestión, se decidió crear una comisión especial que
determinaría la cuantía exacta después de la firma del tratado. De todos modos
ya había quedado claro que la cantidad sería exorbitante.
Los
tratados posteriores terminaron de configurar el nuevo mapa de Europa y
extender algunas de las medidas que se habían aplicado a Alemania a otros de
los vencidos. Del solar que había ocupado el desaparecido Imperio
austro-húngaro surgieron tres países: Austria (el pequeño territorio de habla
alemana del imperio), Hungría (también muy reducida territorialmente) y
Checoslovaquia (en la que se incluyeron los territorios de mayoría checa,
eslovaca y rutena). El resto se repartió entre los estados vecinos según su
composición étnica: Galitzia pasó a la renacida Polonia; Bucovina y
Transilvania a Rumanía (que también recibió la Besarabia rusa, convirtiéndose
así en el país europeo que vio más aumentado su territorio tras la guerra);
Eslovenia, Croacia, Bosnia y el Banato se unieron a Serbia y Montenegro para
formar lo que se denominó entonces Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos (y
que poco después pasó a llamarse Yugoslavia) y los territorios de Istria y
Tirol meridional fueron cedidos a Italia. Sin embargo este país se sintió
menoscabado en sus intereses. En el Tratado de Londres, por el que se había
incorporado a la guerra, se le había prometido también la costa dálmata, que
ahora quedaba en poder de Yugoslavia, por lo que el primer ministro italiano abandonó
airadamente la Conferencia de Paz en abril de 1919. Austria y Hungría fueron
obligadas en sus respectivos tratados a declararse culpables de la guerra y se
les puso también un máximo de efectivos a sus ejércitos, al igual que se había
hecho con Alemania.
El
problema principal con el que toparon desde el principio todas estas medidas
fue que los vencidos se sintieron maltratados y ofendidos por los vencedores,
sobre todo Alemania, donde las condiciones de Versalles se veían como un diktat
(«imposición») o un Schandvertrag («tratado de la vergüenza»). Muchos de los
observadores contemporáneos criticaron este trato por ver en él el germen de
futuros conflictos, al igual que lo había sido el resultado de la guerra
franco-prusiana a finales del siglo XIX. El propio Keynes llamó la atención
sobre este punto afirmando que «la política de reducir a Alemania a la
servidumbre durante una generación, de envilecer la vida de millones de seres
humanos y de privar a toda una nación de felicidad, sería odiosa y detestable,
aunque fuera posible, aunque nos enriqueciera a nosotros, aunque no sembrara la
decadencia de toda la vida civilizada de Europa». En las potencias vencidas los
políticos responsables de la firma de los tratados fueron objeto del odio
popular durante años. El político alemán Matthias Erzberger fue secuestrado y
asesinado por un grupo de extrema derecha en 1921 por haber defendido la firma
del Tratado de Versalles como único medio para evitar una nueva guerra; y en
Bulgaria un grupo de similares características capturó al dirigente Alexander
Stamboliski en 1923; le cortaron la mano con la que había firmado el Tratado de
Neuilly antes de asesinarle.
Muchas
de las condiciones que se habían recogido en los tratados eran rechazadas por
toda la población. Durante más de una década los países de Europa central y
oriental solicitaron la revisión de las fronteras por lo menos en trece
sectores que afectaban a once países distintos. Ni siquiera en los momentos
posteriores a la firma del Tratado de Versalles se vio disminuir la violencia
en Europa oriental: Rusia continuó sumida en su guerra civil hasta 1921, pero
entonces se embarcó en una guerra con Polonia que no finalizaría hasta el año
siguiente. Más al sur Turquía estaba también sumida en otra guerra, a la vez
civil y de expulsión de fuerzas extranjeras, que no terminaría hasta 1923 con
la supresión del sultanato otomano y la proclamación de la nueva República
Turca, construida y presidida por un veterano de la Gran Guerra, el general
Mustafá Kemal. Para entonces su territorio se había visto reducido
prácticamente a la península de Anatolia, puesto que los aliados habían caído
sobre el resto de los territorios otomanos para hacer de ellos su botín
colonial. Por el Tratado de Sèvres, y de nuevo bajo la forma de mandatos de la
Sociedad de Naciones, Francia recibió Siria y Líbano, mientras Gran Bretaña se
hacía cargo directamente de Palestina como potencia mandataria, en tanto que en
Irak y Transjordania creaba dos coronas protegidas para los hijos de su aliado
el jerife Hussein de La Meca; Faysal fue investido rey de Irak y Abdalá emir de
Transjordania (posteriormente reino de Jordania). A la tensión por las fronteras
en Europa se sumó la producida por el problema de las minorías nacionales. La
decisión de fundar las nuevas naciones de Europa central y oriental había
venido determinada por el principio de autodeterminación incluido en los
Catorce Puntos de Wilson. Pero el presidente norteamericano tenía una visión
demasiado simplista de la realidad europea, ya que los imperios austro-húngaro
y ruso eran en realidad sociedades multiétnicas en las que no era fácil
discernir la pertenencia de un individuo a una nación concreta. Los ciudadanos
de estos imperios podían presentar rasgos de diferentes nacionalidades, ya que
los vínculos entre lengua, cultura y religión no eran rígidos ni unívocos. Esto
produjo que en los nuevos estados existiesen importantes minorías que no
pertenecían al grupo que teóricamente debía ser el mayoritario. De hecho en
algunos de ellos la nacionalidad dominante ni siquiera llegaba a la mitad de la
población: en Yugoslavia los serbios sólo eran el 48 por ciento y en
Checoslovaquia pasaba algo similar con los checos, que sólo alcanzaban el 48
por ciento. En todas las nuevas naciones del este de Europa habían quedado
importantes minorías alemanas y Austria contaba con la anomalía de su capital,
Viena, en la que permanecieron viviendo importantes colonias de habitantes de
todos los territorios del antiguo imperio. Estas situaciones fueron fruto de
todo tipo de conflictos y tensiones que crecieron a lo largo de los años. Como
señaló Winston Churchill, que vivió la Gran Guerra como ministro de varias
carteras y como oficial durante siete meses en el frente occidental, «no hay
una sola etnia o provincia del imperio de los Habsburgo, a la que la obtención
de la independencia no haya traído aquellos tormentos previstos por los viejos
poetas y teólogos para los condenados al infierno». El propio Wilson reconoció
quejumbroso a su regreso de París ante el Senado que «cuando pronuncié esas
palabras [que todas las naciones tienen derecho a la autodeterminación], las
dije sin saber que existían nacionalidades como las que acuden a nosotros cada
día… No saben ni pueden darse cuenta de la angustia que he sufrido como
resultado de las esperanzas que despertaron en mucha gente mis palabras».
Posiblemente,
la última esperanza del presidente habría sido que su tan amado proyecto de una
gran institución diplomática internacional compensase los inconvenientes que
comenzaron a mostrar el resto de las resoluciones adoptadas en la Conferencia
de París. La carta fundacional de la Sociedad de Naciones fue aprobada en una
sesión plenaria de la conferencia en abril de 1919, y entró en vigor en enero
de 1920. La sede de la institución estaría en Ginebra y buena parte de los
mecanismos de deliberación y de decisión que se habían puesto en marcha durante
la conferencia serían heredados por la nueva organización, que aspiraba a dotar
a las relaciones internacionales de elasticidad y seguridad. Por desgracia,
como en el resto de las piezas puestas en marcha en los tratados, la recién
nacida institución encontró problemas inesperados para alcanzar los objetivos
para los que fue creada. Cuando Wilson regresó a Estados Unidos se encontró con
que había perdido la mayoría en el Senado a favor de los republicanos en las
elecciones celebradas a finales del año anterior. Su decepción fue inmensa
cuando no pudo obtener de la cámara la ratificación del Tratado de Versalles ni
la incorporación de su país a la Sociedad de Naciones. Sin la presencia de su
principal inspirador y defensor parecía muy difícil que lograsen efectividad
sus objetivos, y más si se tiene en cuenta que los vencidos no fueron aceptados
entonces en su seno. Wilson sólo pudo consolarse con la concesión del premio
Nobel de la Paz ese mismo año por haber puesto en marcha su altruista
iniciativa.
Para
cuando se hubieron firmado todos los tratados, el lastre de la Gran Guerra se
había vuelto demasiado pesado, tanto para los vencidos como para los propios
vencedores. Los primeros se vieron cargados con unas duras condiciones de paz
que lastrarían su existencia por lo menos en el futuro próximo. Los segundos,
nada más acabadas las hostilidades, fueron presa de sus temores y sus anhelos
de pasar página. Francia estuvo obsesionada con su seguridad frente a la
vencida Alemania, Gran Bretaña dio muestras de querer volver pronto a sus
asuntos imperiales si la estabilidad europea se lo permitía y Estados Unidos
volcó importantes energías durante la Conferencia de Paz, pero la pérdida de la
mayoría de Wilson en el Senado le llevó a aceptar el regreso al aislacionismo
que propugnaban sus rivales republicanos. Semejante dispersión de energías tuvo
por efecto el crecimiento de la inestabilidad en una Europa que veía cómo los
problemas que habían originado la guerra no eran solucionados, sino
sencillamente sustituidos por otros.
Lo
peor de todo parecía ser que esa Europa ni siquiera se daba cuenta de que ya no
era el continente poderoso que abrió el siglo bajo la bandera de un liderazgo
mundial, que comenzaba a ser discutido ampliamente. En opinión de la
historiadora canadiense Margaret MacMillan, «después de lo ocurrido en el
frente occidental, los europeos ya no podían decir al resto del mundo que
tenían una misión civilizadora que cumplir». Sus enemigos en los continentes
colonizados tomaron buena nota de ello. En África, «la guerra de las tribus
blancas», como algunas poblaciones indígenas llamaron a la guerra entre las
potencias coloniales, desacreditó por completo a todos los colonizadores; en la
India Británica Mahatma Gandhi, que había regresado de Sudáfrica en 1915, lanzó
su primera campaña de resistencia pasiva contra las autoridades coloniales
británicas a principios de 1919 y en Extremo Oriente los japoneses contemplaban
cómo por primera vez una potencia europea, Alemania, era arrojada fuera de
Asia. Aquella guerra había socavado los cimientos de la posición europea en el
mundo y el viejo continente parecía no percatarse. Quizá una de las razones de
ello fue la oleada de problemas internos que comenzaron a florecer a medida que
los soldados volvían a casa desde el frente.
§.
Vivir después de la gran guerra
Acercarse
a la posguerra de la Primera Guerra Mundial resulta especialmente complicado
por muchas razones: la trascendencia de las dinámicas políticas internacionales
desatadas en aquellos años, la multiplicidad de actores que intervinieron en la
configuración del nuevo equilibrio mundial, el peso de las diversas evoluciones
políticas nacionales en el desarrollo de las décadas posteriores… pero quizá
una de las mayores dificultades reside en la propio hecho de considerar la
posguerra como un único fenómeno, una realidad común para los participantes en
la contienda. Las realidades surgidas después de aquel tiempo delirante fueron
enormemente variadas, hasta el punto de que sería más adecuado hablar de
«posguerras» que de posguerra. Aunque cada país vivió su propia peripecia y
sólo un análisis detallado de las distintas realidades nacionales puede ofrecer
una imagen verdaderamente ajustada de la situación mundial en los años
inmediatamente posteriores a la guerra, de forma general podrían distinguirse,
al menos, tres grandes niveles de diferencia.
Poco
tuvo que ver la situación de Estados Unidos con la de Europa al finalizar la
guerra. Las fuerzas norteamericanas se habían incorporado al conflicto en la
parte final del mismo, de modo que el esfuerzo nacional para el mantenimiento
de la movilización fue mucho más limitado en el tiempo (poco más de año y
medio). Por otra parte, el volumen de los recursos disponibles para llevar a
cabo dicha movilización era muy superior en Estados Unidos, tanto desde el
punto de vista material como humano, lo que unido a la menor duración de su
intervención bélica supuso un desgaste infinitamente menor que el vivido por
las potencias europeas. Paralelamente, el hecho de que la guerra no se librase
en suelo estadounidense marcó una de las diferencias esenciales a la hora de
abordar la reconstrucción de la posguerra. Si bien es cierto que en el viejo
continente la retaguardia había conocido los efectos directos de los ataques
bélicos sólo de forma limitada (habría que esperar a la Guerra Civil española y
la Segunda Guerra Mundial para que los bombardeos aéreos terminasen
definitivamente con la distinción entre frente y retaguardia), muchas zonas
dedicadas a la explotación agrícola habían quedado destrozadas y muchas de las
fábricas que conformaban el tejido industrial de los distintos países habían
sido reconvertidas en industrias de guerra que era necesario volver a adaptar a
la producción civil. Al margen de todo ello, Estados Unidos deseaba
desvincularse de la política europea, lo que encontraría su expresión más evidente
en la negativa del Congreso a ratificar el Tratado de Versalles y el no ingreso
del país en la Sociedad de Naciones, algo que en las potencias europeas dadas
las consecuencias de la guerra habría sido implanteable. Si alguien necesitaba
los «arreglos de la paz» era Europa y no Norteamérica.
Tampoco
en Europa el final de la guerra marcó una nueva y única realidad. De hecho, la
contienda no finalizó para todo el continente en noviembre de 1918 pues en
buena parte de Europa oriental prosiguieron los conflictos bélicos. En la Rusia
soviética se vivía una terrible guerra civil que habría de prolongarse hasta
1921, mientras que en Polonia se luchaba por definir las fronteras frente a las
pretensiones alemanas, rusas y checoslovacas y en Hungría en 1919 triunfaba,
aunque por breve tiempo, una revolución comunista. La desaparición del Imperio
austro-húngaro tras el triunfo aliado dejó una situación altamente inestable en
sus antiguos territorios, mientras que la del Imperio otomano abrió las puertas
a nuevos procesos de definición de identidades nacionales en Oriente Próximo
con sus correspondientes crisis políticas.
A la
diferencia entre la zona oriental y occidental de Europa habría que añadir,
dentro de esta última, las importantes diferencias que caracterizaron a la
posguerra de las antiguas potencias centrales respecto a las aliadas. La
derrota de las primeras se traduciría de forma inmediata en el endurecimiento
de la situación en que tuvieron que abordar sus respectivas labores de
reconstrucción nacional. La prolongación durante varios meses del bloqueo
aliado, que había hecho que las condiciones de vida de la población de Alemania
y Austria-Hungría durante la guerra fuesen especialmente duras, motivaría que
la miseria, el hambre y la escasez de recursos materiales para abordar la
reconstrucción de casas e infraestructuras dibujase la realidad de Alemania y
sus aliados en los años posteriores al conflicto. El escritor austríaco Stefan
Zweig recordó en sus memorias la dureza de la vida en su país natal durante
aquel tiempo: «A la escasez general de alimentos y calefacción se añadió en
aquel año catastrófico [1919] la falta de viviendas. Durante cuatro años en
Austria no se había construido nada, muchas casas se caían y ahora, de golpe y
porrazo, volvía como un torrente la infinita multitud de soldados licenciados y
de prisioneros de guerra, todos sin casa, de modo que, forzosamente, en cada
habitación disponible se debía alojar a una familia […] Por primera vez vi los
amarillentos y peligrosos ojos del hambre. El pan negro se desmigajaba y sabía
a resina y cola, el café era un extracto de cebada tostada; la cerveza, agua
amarilla; el chocolate, arena teñida y las patatas estaban heladas; la mayoría
de la gente criaba conejos para no olvidar el sabor de la carne […] y los
perros y gatos bien alimentados pocas veces regresaban de sus paseos. Los
tejidos que se ponían a la venta eran en realidad papel preparado, sucedáneo de
otro sucedáneo; los hombres iban vestidos casi exclusivamente con uniformes
viejos, incluso rusos, sacados de un almacén o un hospital y dentro de los
cuales ya habían muerto unas cuantas personas».
La
situación de los aliados tampoco fue fácil pues no fueron pocos los problemas
asociados a la finalización del conflicto. Aun así tampoco la realidad de
países como Italia, mucho más pobre y menos desarrollada que Francia, Bélgica o
Reino Unido, pudo compararse material o políticamente con la de sus antiguos
compañeros de lucha. Pese a todo, y especialmente por lo que al ámbito
occidental europeo se refiere, es posible identificar una serie de problemas
comunes a los que fue necesario hacer frente durante la posguerra y que
resultarían determinantes en la definición del escenario social, político,
económico y cultural de aquellos años. El primero y más inmediato de ellos fue
sin duda la desmovilización del enorme volumen de soldados que habían sido
desplazados al frente.
El
ansiado regreso de millones de hombres a la vida civil fue cualquier cosa menos
un proceso sencillo. Para empezar, ni la sociedad a la que se incorporaban era
la misma que habían dejado, ni tampoco ellos eran los mismos. La guerra había
marcado tanto a individuos como a sociedades y en consecuencia la integración
de aquellos en estas generó no pocas tensiones. Muchos de los hombres que
volvían del frente lo hacían cargados de graves secuelas físicas y
psicológicas. Los inválidos, aunque gozaban del respeto general por ser
considerados mártires de guerra, pronto se dieron cuenta de que con frecuencia
eran empleados como adorno político por los respectivos gobiernos, que no
siempre se ocupaban de atender sus necesidades. Además, desaparecido el
contexto de la guerra, a su papel de héroes se superponía la realidad de verse
incapacitados para retomar su normalidad, lo que en muchos casos se convirtió
en fuente de frustración y caldo de cultivo para la reacción política
radicalizada. Los excombatientes afectados por problemas como la neurosis de
guerra tuvieron que afrontar la incomprensión del mundo civil ante sus
problemas y en no pocos casos fueron incapaces de adaptarse nuevamente a él.
Los sentimientos de incomprensión y abandono de una sociedad por la que habían
sacrificado su vida terminaron bien por aislarlos completamente, bien por
acercarlos a movimientos políticos más o menos radicalizados en busca de
respuestas a su realidad. Un proceso similar fue el vivido por miles de
veteranos que al regresar a sus hogares vieron desaparecer las posibilidades de
promoción social de las que habían disfrutado como militares. Como apunta el
historiador británico Richard Vinen: «Muchos de los que habían dirigido
batallones y habían recibido un trato respetuoso, tuvieron que amoldarse a la
vida cotidiana como empleados civiles no cualificados o incluso como
estudiantes universitarios». Quienes habían disfrutado del prestigio de ser
oficiales y de la capacidad de tener bajo su responsabilidad a cientos de
hombres, de repente pasaron a formar parte de un mundo en el que ni por
posición social, económica o profesional eran merecedores de reconocimiento
alguno. También en estos casos, las dificultades para adaptarse a la realidad
social de la paz tendrían consecuencias políticas, de suerte que muchos de
aquellos veteranos pasaron a engrosar las filas de todo tipo de grupos
políticos, desde el fascismo al comunismo.
Uno
de los problemas más importantes vinculados a la desmovilización fue el de las
pensiones de guerra. El número de excombatientes, viudas y huérfanos receptores
de las mismas era en todos los países abultadísimo y aunque, según los acuerdos
de paz, los aliados estimaron una cantidad para el pago de las mismas a cargo
de las indemnizaciones que debía pagar Alemania, lo cierto es que las pensiones
de guerra se convirtieron en un verdadero problema para las economías de los
distintos países contendientes. En Alemania sólo para gestionar las solicitudes
de pensiones en 1920 fue necesaria la contratación de más de cuarenta mil
personas, y a finales de la década el gobierno germano había aprobado más de
dos millones de pensiones. En el Reino Unido, el presupuesto anual del gobierno
debía hacer frente al pago de unos tres millones de libras esterlinas en
pensiones, mientras que en Francia, donde el valor político atribuido a las
pensiones llevó a la aprobación de su universalización, el presupuesto en
pensiones era casi la mitad del general del gobierno. Las pensiones de guerra
se convirtieron así en un verdadero lastre económico, pero este no fue el único
ni el más importante de los problemas. Las altas tasas de paro tampoco ayudaban
a la recuperación económica ni a facilitar la integración en la sociedad de los
hombres desmovilizados. A ellas se asoció además otro problema característico
de aquellos años, la desmovilización de las mujeres.
§.
Viejos y nuevos modelos
Como
recuerda la historiadora Françoise Thébaud, «la desmovilización de las mujeres
se ve acompañada de una crítica muy virulenta de la mujer emancipada y del
feminismo». Ya durante la guerra la presencia de las mujeres en el ámbito
laboral ocupando puestos tradicionalmente masculinos conllevó no pocas
críticas. Aunque los discursos de la propaganda oficial movidos por las
necesidades bélicas exhortaban a las mujeres a sustituir en sus puestos de
trabajo a los hombres que habían sido enviados al frente, el cambio despertó
los recelos de la moral tradicional. En el contexto de la guerra, muchos
hombres sintieron temor ante aquellas mujeres independientes que parecían no
necesitarlos, «masculinizadas» en ese sentido y que además podían ser futuras
usurpadoras de sus puestos de trabajo. La crisis de la masculinidad vinculada
al conflicto ha sido estudiada por muchos autores, que consideran que a los
problemas derivados de las características de un nuevo tipo de guerra que
dejaba obsoletos los atributos tradicionales masculinos del valor y la fuerza,
se unieron los recelos ante el nuevo rol femenino.
Sin
embargo dichos cambios habían obedecido a razones puramente coyunturales de
forma que una vez finalizada la guerra, las mismas voces que desde los
distintos estados se habían alzado para movilizar a las mujeres se elevaron
para pedirles que regresasen a sus hogares. Con idénticos tintes patrióticos a
los usados durante la contienda con el fin contrario, se recordaba a las
mujeres que debían hacerse a un lado para dejar a los excombatientes ocupar el
lugar que les correspondía en el mundo del trabajo y que como tales además
merecían. Las mujeres, por el contrario, debían centrarse en el papel que les
era propio si es que de verdad querían contribuir a la reconstrucción nacional.
La crisis demográfica originada por la muerte de millones de hombres jóvenes
debía ser combatida mediante la recuperación de la vida familiar tradicional y
la dedicación de las mujeres a la crianza de nuevos hijos. Las que se resistían
a abandonar los puestos de trabajo a los que habían accedido durante la guerra
eran consideradas oportunistas que construían su propio bienestar a costa de
los derechos de los excombatientes.
Los
discursos oficiales de retorno de la mujer al ámbito doméstico se vieron
reforzados por toda suerte de medidas legislativas. En algunos países como en
Alemania las mujeres que habían ocupado puestos de trabajo masculinos sólo por
razón de la guerra (en el transporte, la producción de municiones, la industria
química…) no tuvieron derecho a percibir subsidio de desempleo, mientras que en
el Reino Unido aquellas que se negaban a volver a trabajos de empleada
doméstica perdían el derecho a percibir el subsidio. En Francia se ofrecía una
gratificación económica a las mujeres dispuestas a dejar sus empleos en las
fábricas y también en Alemania se aprobó el recurso al despido femenino antes
que al masculino en caso de ser necesario. La legislación laboral protectora
para mujeres se recuperó como un instrumento con el que «facilitar» la salida
de estas del mundo del trabajo y en todas partes la imagen de la mujer-madre se
glorificó como ideal femenino. Buena muestra de ello sería la
institucionalización en Francia como fiesta nacional del día de la Madre en
1918, o la creación de las «medallas de la familia francesa» en 1920 para
premiar a las madres de familias numerosas. Paralelamente, y de forma muy
acusada en el país galo, comenzaron a proliferar medidas natalistas (que
alcanzarían su momento de mayor gloria en toda Europa en la década de los
treinta) como las leyes de 1920 y 1923 por las que se prohibía todo tipo de
publicidad de medios anticonceptivos y se criminalizaba el aborto. La obsesión
por el incremento de la natalidad en ocasiones tuvo consecuencias inesperadas y
así los hijos ilegítimos si bien no eran celebrados, tampoco eran mal acogidos
por el Estado; en casos como el alemán, se llegaron a aprobar leyes que
establecían la igualdad de trato tanto a las mujeres casadas como a las madres
de hijos ilegítimos fruto de relaciones con soldados destinados al frente
durante la guerra.
La
única excepción al modelo de desmovilización femenino imperante tras la guerra
fue la de la Rusia soviética, ya que el trato igualitario a hombres y mujeres
fue una de las premisas derivadas de la idea de igualdad social que movió a la
revolución. Sin embargo, la política soviética que fue claramente feminista
durante los años veinte giró bruscamente en la década siguiente para adoptar
también el modelo tradicional de género, y así en 1930 se abolió la Zhenotdel
(sección femenina del Comité Central del Partido Comunista) y la legislación
favorable a la anticoncepción y el aborto fue modificada en sentido contrario.
A
pesar de la fuerza de los discursos que abogaban por la vuelta de las mujeres
al hogar y que demostraron hasta qué punto los cambios vividos durante los años
de conflicto habían sido superficiales, la guerra consolidó algunas tendencias
dentro del ámbito del trabajo de las mujeres, como el progresivo retroceso del
porcentaje de empleadas domésticas respecto al total de las mujeres
trabajadoras. Las mujeres se habían hecho presentes en otros sectores que pese
a todo no estaban dispuestas a abandonar. Aunque su desaparición de los empleos
masculinos más «visibles» como la conducción de tranvías o autobuses fue muy
rápida, su capacidad para la realización de trabajos mecánicos no cualificados
(algo que durante la guerra se había demostrado que podían hacer muy bien) fue
muy apreciada en las fábricas en las que se empezaban a aplicar nuevas
estrategias de producción a gran escala, como en las cadenas de montaje de la
Citroën francesa. Por otra parte, la tendencia a ocupar un creciente número de
puestos de trabajo en el sector terciario (banca, comercio, administración,
profesiones liberales…), que hundía sus raíces en los años anteriores a la
guerra, aumentó notablemente tras ella. En ocasiones, como sucedió en Reino
Unido, la presencia de mujeres de clase media en este tipo de trabajos guardó
relación con otro problema, la existencia de lo que entonces se denominó
«mujeres del excedente».
Entre
1914 y 1918 murió el 9 por ciento de los hombres británicos menores de cuarenta
y cinco años (unos setecientos mil hombres en total), de modo que poco después
de terminar la guerra el número de mujeres en edad de contraer matrimonio
superaba ampliamente el de varones disponibles. La imposibilidad de acceder al
matrimonio se convirtió en una dura realidad tanto para muchas mujeres que se
habían educado para él como para sus familias, pues con ello se abría el
problema de garantizar el futuro de las hijas. La posibilidad de que las
jóvenes de clase media se formasen para ocupar trabajos del sector terciario
cobró entonces un interés inédito y su presencia en los mismos se aceptó como
algo necesario. Como recuerda a través de una anécdota de la época la ensayista
Virginia Nicholson, el trabajo de las mujeres de clase media se asumió al
tiempo que la posibilidad de su soltería: «En 1917, la directora del instituto
femenino Bournemouth se dirigió a una asamblea de sexto curso (la mayoría
guardaba luto por algún miembro de su familia) de la siguiente manera: “Voy a
deciros algo terrible. Sólo una de cada diez de vosotras se casará. Y no es una
predicción mía. Es un dato estadístico. Casi todos los hombres que se podían
haber casado con vosotras están muertos. Debéis abriros paso en este mundo lo
mejor que podáis. La guerra ha dejado más huecos para las mujeres que antes,
pero tendréis que luchar, tendréis que esforzaros”».
La
conquista del mundo del trabajo para las mujeres de clase media fue una de las
grandes herencias de la guerra (las de clase obrera trabajaban antes del
conflicto y continuaron haciéndolo, por lo general en peores puestos, después
de él), pero probablemente la más importante de todas ellas en la construcción
de un modelo social más igualitario entre hombres y mujeres fue el
reconocimiento de su derecho al voto. Aunque las sufragistas renunciaron
durante la guerra a reclamar los derechos políticos de la mujer y abandonaron
su discurso por el de la colaboración necesaria de las mujeres con el esfuerzo
bélico, una vez terminada la guerra sus peticiones se vieron reforzadas por el
papel determinante que habían desempeñado en el mismo. Si las mujeres habían trabajado
como los hombres y, también como ellos, habían colaborado al sostenimiento de
sus respectivos países, ¿cómo se les podía negar el derecho a participar
activamente en la vida política de los mismos? Ya algunos de ellos habían
reconocido el derecho al voto femenino durante el conflicto, como Rusia (1917)
o el Reino Unido (1918), si bien buena parte de los países europeos lo harían
después, como Alemania, Austria, Luxemburgo y Holanda que lo hicieron en 1919,
Polonia y Suecia, en 1921, o Grecia, en 1929. En algunos casos, como el belga,
el portugués y el húngaro, el derecho de voto de las mujeres se asoció a
importantes restricciones en función de la edad o el estado civil, y tampoco
faltaron los casos en que el voto femenino tendría que esperar a después de la
Segunda Guerra Mundial, como en Francia, Suiza o Italia. La vinculación directa
del voto con la Primera Guerra Mundial es objeto de discusión entre los
historiadores, que tratan de discernir hasta qué punto los cambios ocurridos en
aquellos años resultaron determinantes y hasta qué punto lo fueron otras
dinámicas propias de las sociedades europeas de la época. Desde luego, la
popularización de una imagen nueva de la mujer que había demostrado más
capacidad de independencia que nunca, que podía trabajar y conducirse de un
modo «masculino», desempeñó su papel en todo ello. La idea de la «nueva mujer»
característica de los años veinte empezaba a abrirse paso. Y es que «lo nuevo»
iba a ser en un sentido amplio una de las obsesiones de la sociedad posterior a
la Gran Guerra.
§.
Dejar atrás un mundo viejo
Durante
los años de la guerra las mujeres, quizá como forma de adaptarse y expresar los
nuevos tiempos, abandonaron los corsés, acortaron sus vestidos y comenzaron a
cortarse el pelo. En ausencia de los hombres que estaban en el frente, muchas
de ellas empezaron a salir solas, a trabajar y a conducirse de un modo
independiente. Se había iniciado una liberación de costumbres que en los años
inmediatamente posteriores a la finalización del conflicto encumbrarían una
imagen femenina diferente de la tradicional, la de la «nueva mujer». La
publicación en 1922 de la novela La Garçonne de Victor Margueritte consagró el
nuevo arquetipo. Su protagonista, una joven de clase media, Monique Lerbier,
encarnaba en todas sus facetas el ideal de la «nueva mujer»: pelo y falda
cortos, tipo delgado, maquillaje, gusto por el deporte, el baile y la vida
social, estudiante de la Sorbona, con un trabajo garantía de su independencia
económica y un sinfín de amantes (hombres y mujeres) en desafío de la moral
tradicional burguesa hasta que finalmente decide casarse con un hombre de ideas
modernas. La obra causó un inmenso revuelo en la sociedad europea de la época,
hasta el punto de provocar la expulsión de su autor de la Legión de Honor
francesa. Sin embargo, como recuerda la historiadora Bonnie S. Anderson,
«aunque causó conmoción en su tiempo, el libro fue inmensamente popular. De él
se vendieron trescientos mil ejemplares en el primer año tras su publicación;
en 1929 ya se habían vendido un millón de ejemplares solamente en Francia y el
libro se había traducido a doce idiomas». La Garçonne expresaba el deseo de
cambio de la sociedad posterior a la guerra y lo hacía rompiendo con la
herencia burguesa del ideal europeo anterior a la contienda.
Obviamente,
entre imagen y realidad existían importantísimas diferencias, pues el nuevo
modelo femenino difícilmente podía estar al alcance de las mujeres de clase
trabajadora que luchaban por superar la miseria de la posguerra en Centroeuropa
o por conservar el puesto de trabajo en una fábrica en Francia o el Reino
Unido. En palabras de Richard Vinen: «La vida que llevaban unas cuantas jóvenes
burguesas en Londres, París o Berlín habría parecido algo remoto a las
habitantes de la Irlanda rural, donde los curas hacían campaña para asegurar
que los hombres y las mujeres se sentaran en el cine en secciones separadas y
donde, en 1920, se fundó la Liga de Santa Brígida para hacer frente a las
“indecentes modas del extranjero”». Sin embargo, el nuevo modelo femenino se
haría muy popular a ambos lados del Atlántico, especialmente en el mundo
urbano, donde los modernos medios de comunicación de masas como la prensa o el
cine contribuyeron a popularizarlo. En un mundo urgido por crear una nueva
imagen de sí mismo tras la cesura marcada por la guerra, la importancia de las
nuevas ideas parecía superior a la de la misma realidad. Se trataba de
construir un tiempo nuevo y para ello lo más importante era tener una idea del
punto al que se quería llegar. En el caso de la imagen femenina, pronto se
vería que los cambios habían sido demasiado endebles.
La
ruptura con la sociedad burguesa de comienzos del siglo XX, su arrogante
seguridad en sí misma como fuente de civilización, sus rígidos principios
morales y sus expresiones culturales desde luego no era una novedad de la
posguerra. Ya en los catorce primeros años del siglo, los sectores más
avanzados del mundo intelectual y artístico habían iniciado una radical
separación de los modelos sociales imperantes dando pie, entre otras cosas, a
la aparición de las llamadas vanguardias artísticas. También entonces la
ruptura se había hecho invocando el valor de lo nuevo y lo diferente aunque
desde planteamientos muy minoritarios. El profundo impacto de la guerra en la
mentalidad europea no haría sino ahondar las tensiones de la sociedad del
cambio de siglo llevándolas hasta el extremo.
Una
de las facetas más visibles y universales de la quiebra de las mentalidades
causada por la guerra fue el enfrentamiento generacional existente entre los
jóvenes que habían crecido durante los años del conflicto y aquellos que lo
habían protagonizado. La magnitud del horror asociado a la Gran Guerra hizo que
rápidamente esta fuese percibida como un límite temporal, una línea divisoria
entre todo lo anterior y lo que estaba por venir. Para los jóvenes que no
habían combatido durante los cuatro años de conflicto, las generaciones
anteriores pasaron a representar el mundo absurdo e insensato que había
conducido a aquel desastre sin precedentes y, en consecuencia, aunque podían
compadecerse de los sufrimientos vividos, sentían un indecible desprecio por
él. Por añadidura, los inciertos resultados de las negociaciones de paz en las
que terminaría evidenciándose el fracaso de la política internacional,
reforzarían la diferencia. El escritor Stefan Zweig reflexionó en sus memorias
sobre la conflictiva relación entre la generación joven de la posguerra y la
suya propia y sus consecuencias: « ¿Era de extrañar que toda una generación
joven mirara con rencor y desprecio a sus padres, los cuales se habían dejado
arrebatar primero la guerra y luego la paz, que lo habían hecho todo mal, que
no habían previsto nada y se habían equivocado en todo? Toda una generación de
jóvenes había dejado de creer en los padres, en los políticos y los maestros
[…] La generación de la posguerra se emancipó de golpe, brutalmente, de todo cuanto
había estado en vigor hasta entonces y volvió la espalda a cualquier tradición,
decidida a tomar en sus manos su propio destino, a alejarse de todos los
pasados y marchar con ímpetu hacia el futuro».
Los
deseos de ruptura con el mundo previo a la guerra sentidos por la generación
más joven de la posguerra, no fueron exclusivos de ella. También entre quienes
habían vivido el conflicto la voluntad de construir una realidad distinta,
claramente diferenciada del pasado, adquirió una dimensión extraordinaria que
encontraría una de sus vías de expresión más importantes en el mundo de la
cultura y el arte. Ya durante la belle époque las vanguardias habían iniciado
su rebelión frente al mundo burgués del cambio de siglo empleando nuevos
lenguajes artísticos que trataban de reflejar una realidad radicalmente
distinta de la imperante. El abandono de las convenciones aceptadas durante
siglos en la pintura marcado por el expresionismo, el fauvismo, el cubismo, el futurismo
o la abstracción, el funcionalismo carente de ornamentación de la arquitectura
racionalista, o el sacrificio de la melodía y la armonía en la música en aras
de la expresividad, jalonaron el camino de la modernidad, y también tras la
guerra, la ruptura con el mundo que había llevado al enfrentamiento bélico.
Desde
el punto de vista formal, las innovaciones vinculadas a la guerra y la
posguerra llegaron de la mano del dadaísmo, el constructivismo y el
surrealismo. El primero surgió en 1916, en plena contienda, como protesta
contra la misma y desafío de la sociedad que la había generado. La carencia de
normas y la búsqueda de la provocación fueron sus armas aunque el movimiento
murió con el conflicto. Trascendencia mucho mayor tendría tanto en el tiempo
como en la historia del arte el surrealismo. Hijo de la angustia y el delirio
de la guerra, el surrealismo era un formidable ejercicio de imaginación en el
que lo onírico y lo irracional adquirían carta de naturaleza para expresar los
más profundos sentimientos humanos. Por su parte, el constructivismo, que hundía
sus raíces en la abstracción geométrica, se incorporó a la innovadora escuela
arquitectónica surgida en la Alemania de Weimar, la Bauhaus, que pasaría a ser
uno de los más importantes exponentes de la arquitectura moderna.
Pero
si bien los caminos por los que discurrió la renovación artística y cultural de
la posguerra ya habían sido apuntados en los años previos al conflicto, la
trascendencia y popularidad de sus formas de expresión en la sociedad posterior
a 1918 fue muy distinta a la vivida con anterioridad a 1914. Aunque como
entonces el gusto mayoritario distaba del arte de las vanguardias, estas
alcanzaron en los años posteriores a la guerra un grado de incorporación a la
vida cotidiana desconocido hasta la época. Fruto del deseo de renovación
vinculado a la superación del conflicto, la modernidad comenzó a ser
identificada de forma creciente con el mundo y la cultura propios de quienes
habían dejado atrás la Gran Guerra. Así, el empresario teatral Serguéi
Diáguilev que antes de esta había sido agriamente criticado y abucheado por el
estreno de La consagración de la primavera de Igor Stravinsky, se convirtió en
referente de la calidad y la modernidad teatrales. Como recuerda el historiador
Eric Hobsbawm, «desde que hiciera su producción de Parade, presentada en 1917
en París (con diseños de Picasso, música de Satie, libreto de Jean Cocteau y
notas del programa a cargo de Guillaume Apollinaire), se hizo obligado contar
con decorados de cubistas como Georges Bracque y Juan Gris, y música escrita, o
reescrita, por Stravinsky, Falla, Milhaud y Poulenc». Tras la guerra todas las
que antes habían sido consideradas como provocaciones de gusto más que dudoso y
ataques a la sociedad de la época y sus principios, pasaron a recibirse como
demostraciones de modernidad frente a un mundo con el que deseaba romperse.
Quizá una de las muestras más elocuentes en este sentido, así como del grado de
incorporación de la modernidad artística al imaginario colectivo, sería la
incursión de las expresiones artísticas vanguardistas a medios de
entretenimiento de masas como la música (a través del jazz) o el cine.
Frecuentemente
se afirma que la Primera Guerra Mundial marcó el auténtico inicio del siglo XX.
Y es que, lejos de ser una exageración, la Gran Guerra prefiguró en buena
medida las líneas maestras del mundo actual. Los años del conflicto abrieron
las puertas a un modelo de sociedad de masas en el que la importancia de la
opinión pública y los medios de comunicación comenzaba a ser determinante, el
consumo se configuraba como uno de los ejes fundamentales de la economía, y los
conceptos de renovación y modernidad se popularizaban en un sentido siempre
positivo. Los hechos acaecidos durante aquellos cuatro años marcaron también
pasos esenciales en la plena incorporación de la mujer en el ámbito público,
tanto por la trascendencia del trabajo femenino en el sostenimiento del
esfuerzo bélico, como por el reconocimiento de los derechos políticos de las
mujeres que tuvo lugar como consecuencia de ello.
Pero
no sólo algunas de las actuales dinámicas sociales son herederas de aquel
conflicto. También la escena política de nuestros días guarda un estrecho
vínculo con las consecuencias de lo sucedido en aquellos años terribles. Las
corrientes ideológicas que dieron pie a algunos de los regímenes políticos más
importantes del siglo XX, el fascismo y el comunismo, tuvieron su origen bien
durante la guerra bien como consecuencia directa de ella. Y en la articulación
de una respuesta política a los mismos, Estados Unidos volvería a asumir con
fuerza redoblada el papel de gran potencia mundial que estrenó durante la
Primera Guerra Mundial y que aún hoy conserva. Por otra parte, la construcción
de una Europa fuerte que trata de contrarrestar el peso político y económico de
Estados Unidos mediante la Unión Europea sólo ha sido posible gracias al deseo
de superar el eterno enfrentamiento franco-alemán que parecía imposible de
erradicar tras la Primera Guerra Mundial, pero que en cambio se puso en marcha
sorprendentemente pronto tras la Segunda, pues la iniciativa del ministro de
Exteriores francés Schuman de crear una Comunidad Europea del Carbón y del
Acero, en mayo de 1950, tuvo inmediatamente la adhesión del gobierno de Bonn y
fue la primera piedra de la Unión Europea.
Fuera
de Europa, el contexto de la guerra fue fundamental para que algunos de los
actores más importantes de la actual escena internacional comenzasen a tomar
conciencia de sus posibilidades, ya que el nacionalismo anticolonial que
germinó entre 1914 y 1918 en diferentes territorios sometidos al poder europeo
se hallaría en el origen del empuje de las llamadas potencias emergentes.
Incluso el precario equilibrio político de zonas tan explosivas como Oriente
Próximo, donde el conflicto árabe-israelí ha pasado a ser un factor
determinante a la hora de definir la política internacional de los países
occidentales, hunde sus raíces en lo acontecido durante la contienda.
Son
muchas las cuestiones que unen nuestra realidad con la Gran Guerra. Sin embargo
al hacer un balance de ellas, la herencia más descorazonadora es sin duda la de
un modelo de guerra que entonces se estrenó y que no ha dejado de estar vigente
hasta nuestros días. La guerra industrializada y altamente tecnificada, en que
la violencia contra la población civil forma parte de los recursos bélicos es
hoy tan habitual como vergonzante. Por el contrario, la existencia de
instituciones internacionales que tratan de resolver los conflictos mediante el
diálogo, pese al mayor o menor éxito de sus logros, constituye el legado más
digno de aquella guerra. La Sociedad de Naciones creada en 1919 fue el germen
de la actual Organización de las Naciones Unidas, cuyo espíritu aún hoy nos
habla de lo mejor de aquel agitado tiempo.
Cronología
1879
Alianza
militar entre el Imperio alemán y el austro-húngaro.
1882
Italia
se suma a la alianza germano-austríaca, formando así la Triple Alianza.
1894
Tratado
de alianza entre los gobiernos de la República francesa y el Imperio ruso.
1898
El
almirante Von Tirpitz presenta al emperador alemán Guillermo II un ambicioso
proyecto para construir una armada de guerra alemana.
1904
Entente
Cordiale, acuerdo diplomático entre Reino Unido y Francia.
1904-1905
Guerra
ruso-japonesa, ante la sorpresa internacional ganada por Japón.
1905
III:
El desembarco de Guillermo II en Tánger causa la Primera Crisis Marroquí,
solventada al año siguiente en la Conferencia de Algeciras.
VI-X:
Revolución en Rusia.
1907
Acuerdo
de amistad entre Reino Unido y Rusia. Queda formalizada la Triple Entente.
1908
El
grupo reformista Jóvenes Turcos se hace con el poder en el Imperio otomano.
Reacciones en cadena: Austria-Hungría se anexiona unilateralmente
Bosnia-Herzegovina, Bulgaria se declara independiente y Grecia se anexiona
Creta. Crisis diplomática internacional.
1911
VII:
El envío del acorazado alemán Panther a Agadir ocasiona la Segunda Crisis
Marroquí.
IX:
Italia invade Tripolitania (Libia), último territorio africano que quedaba bajo
soberanía de Constantinopla, dando origen a una guerra con el Imperio otomano
que se prolongaría hasta el año siguiente.
1912
X:
Primera guerra balcánica; Grecia, Serbia y Bulgaria declaran la guerra al
Imperio otomano para apoderarse de sus territorios europeos. Derrota otomana.
1913
VI:
Segunda guerra balcánica: Serbia, Grecia, Rumanía y el Imperio otomano declaran
la guerra a Bulgaria, que es derrotada. Independencia de Albania.
1914
28/VI:
Asesinato en Sarajevo del heredero austro-húngaro, el archiduque Francisco
Fernando, y de su esposa la condesa Sofía.
23/VII:
Ultimátum austro-húngaro a Serbia.
25/VII:
Respuesta serbia aceptando parcialmente las condiciones planteadas por Viena.
28/VII:
Austria-Hungría declara la guerra a Serbia.
30/VII:
Rusia decreta la movilización general de sus tropas.
31/VII:
Ultimátum de Alemania a Rusia exigiendo la suspensión de la movilización.
1/VIII:
Alemania y Francia decretan la movilización general.
3/VIII:
Alemania declara la guerra a Francia y comienza la invasión de Bélgica.
Ultimátum británico a Alemania exigiendo la retirada de sus tropas de Bélgica.
4/VIII:
Gran Bretaña declara la guerra a Alemania.
12/VIII:
Los acorazados alemanes Breslau y Goeben atracan en Constantinopla.
15/VIII:
Batalla de Gumbinnen, victoria de las tropas rusas sobre las alemanas.
23/VIII:
Batalla de Mons, primer choque de fuerzas británicas con las alemanas. Japón
declara la guerra a Alemania.
26/VIII:
Togo es la primera colonia alemana en rendirse.
26-30/VIII:
Batalla de Tannenberg: victoria de las tropas alemanas sobre las rusas.
6-9/IX:
Batalla del Marne, se contiene el avance alemán sobre París.
6-15/IX:
Batalla de los Lagos Masurianos, los rusos evacuan Prusia Oriental.
X:
Comienza la «carrera hacia el mar», los ejércitos aliado y alemán emprenden una
marcha acelerada hacia el canal de la Mancha.
29/X:
Los acorazados Breslau y Goeben, ahora bajo bandera otomana, bombardean el
puerto ruso de Odesa. Entrada del Imperio otomano en la guerra del lado de las
Potencias Centrales.
30/X-11/XI:
Primera batalla de Ypres.
1/XI:
Batalla de Coronel, un escuadrón de marina alemán destruye un destacamento
británico.
2-5/XI:
Francia, Reino Unido y el Imperio ruso declaran la guerra al Imperio otomano.
Gran Bretaña se anexiona Chipre.
18/XI:
Inicio de la ofensiva otomana en el Cáucaso.
21/XI:
Tropas británicas toman Basora, en lo que constituía el primer paso para
apoderarse de Mesopotamia.
XII:
Egipto es declarado formalmente protectorado del Reino Unido.
8/XII:
Batalla de las Malvinas, los británicos destruyen el escuadrón de marina alemán
del Atlántico sur.
1915
I:
Escaramuza naval en el Dogger Bank entre navíos británicos y alemanes.
III:
Fuerzas navales británicas intentan penetrar en el estrecho de los Dardanelos,
son rechazados por los turcos.
22/IV:
Comienza la segunda batalla de Ypres.
25/IV:
Fuerzas británicas desembarcan en la península de Galípoli.
26/IV:
Tratado de Londres, por el que Italia se alía con la Triple Entente.
6/V:
Un submarino alemán hunde el transatlántico Lusitania.
23/V:
Italia declara la guerra a las Potencias Centrales.
23/VI:
Italia lanza su primer ataque en el Isonzo contra Austria-Hungría.
VIII:
Fuerzas alemanas invaden la Polonia rusa.
19/IX:
Alemania y Austria-Hungría lanzan la invasión de Serbia.
3/X:
Desembarco de un cuerpo expedicionario aliado en Salónica.
14/X:
Bulgaria entra en la guerra a favor de las Potencias Centrales.
5/XII:
El cuerpo militar británico que ascendía por el Tigris es sitiado en
Kut-el-Amara.
10/XII:
Los aliados comienzan la evacuación de la península de Galípoli.
1916
21/II:
Comienza la batalla de Verdún, aunque las acciones principales se extendieron
hasta mayo hubo actividad bélica durante todo el año.
9/III:
Alemania declara la guerra a Portugal.
20/IV:
Estalla en Irlanda la «Rebelión de Pascua», el mayor conflicto interno al que
se enfrentó Gran Bretaña durante la guerra.
29/IV:
Los británicos se rinden ante las fuerzas turcas sitiadoras en Kut-el-Amara.
16/V:
Acuerdo Sykes-Picot entre los gobiernos francés y británico por el que pactan
el reparto de los territorios del Imperio otomano en caso de victoria.
31/V-1/VI:
Batalla de Jutlandia entre las flotas de guerra británica y alemana.
4/VI:
El ejército ruso lanza la Ofensiva Brusílov.
1/VII:
Comienza la batalla del Somme, que se extenderá hasta noviembre.
27/VIII:
Rumanía declara la guerra a Austria-Hungría y entra en la guerra del lado de
los aliados.
21/XI:
Muere en Viena Francisco José I de Austria-Hungría, le sucede su sobrino nieto,
Carlos I.
5/XII:
Con la toma de Bucarest se completa la invasión de Rumanía por las Potencias
Centrales.
1917
9/I:
El alto mando alemán decide emprender la guerra submarina sin restricciones.
21/II:
Los alemanes comienzan su retirada estratégica en el frente occidental hacia la
Línea Sigfrido.
11/III:
Los británicos toman Bagdad.
12/III:
Revolución de Febrero en Rusia.
5/IV:
Estados Unidos declara la guerra a Alemania.
16/IV:
Batalla del Aisne.
29/IV:
Primeros motines entre las tropas francesas del frente occidental, que se
extienden imparablemente hasta junio.
27/VI:
Grecia entra en la guerra de lado de los aliados.
1/VII:
Los rusos lanzan la Ofensiva Kerenski.
31/VII:
Ofensiva británica en Flandes, que se extenderá hasta noviembre (batalla de
Passchendaele).
25/X:
Aplastante derrota italiana en la batalla de Caporetto.
31/X:
Los británicos logran abrir brecha en Suez por la que penetrar en Palestina.
2/XI:
Declaración Balfour.
8/XI:
Revolución de Octubre en Rusia, los bolcheviques toman el poder.
9/XII:
Los británicos toman Jerusalén.
1918
8/I:
El presidente Wilson presenta ante el Congreso su programa para la construcción
de la paz, conocido como «Catorce puntos de Wilson».
3/III:
Tratado de Brest-Litovsk, Rusia firma la paz por separado con las Potencias
Centrales.
21/III:
Inicio de la Ofensiva Ludendorff en el frente occidental.
1/V:
Entran en acción las primeras tropas estadounidenses en el frente occidental.
15/VI:
Gran ofensiva austro-húngara en el frente italiano.
16/VII:
Ludendorff lanza la gran ofensiva Friedenssturm.
26/VII:
Foch ordena el avance general de las fuerzas aliadas en todo el frente.
3/IX:
Foch ordena asaltar la Línea Sigfrido.
29/IX:
Ludendorff informa al káiser de que no hay posibilidad de ganar la guerra.
30/IX:
Capitulación de Bulgaria ante los aliados.
24/X:
Derrota austro-húngara en la batalla de Vittorio Veneto.
28/X-1/XI:
Disolución del Imperio austro-húngaro con la declaración de independencia de
sus diferentes nacionalidades.
29/X:
Rebelión de los marinos de la base naval alemana de Kiel, inicio de un
movimiento revolucionario en las principales ciudades alemanas.
30/X:
Capitulación del Imperio otomano ante los aliados.
3/XI:
Armisticio entre los aliados y Austria-Hungría.
9/XI:
Guillermo II es expulsado de Alemania, donde se proclama la República.
11/XI:
Armisticio entre Alemania y los aliados. Fin de la guerra.
1919
5-14/I:
Revolución espartaquista en Berlín.
18/I:
Apertura de la Conferencia de Paz de París.
25/I:
El pleno de la conferencia aprueba la creación de la Sociedad de Naciones.
28/VI:
Firma del Tratado de Versalles el 28 de junio entre los aliados y Alemania.
10/IX:
Firma del Tratado de Saint Germain-en-Laye con Austria.
27/XI:
Firma del Tratado de Neuilly con Bulgaria.
1920
4/VI:
Firma del Tratado de Trianon entre los aliados y Hungría.
10/VIII:
Firma del Tratado de Sèvres con Turquía.
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Página dedicada a la Primera Guerra Mundial que incluye artículos de
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http://www.bbc.co.uk/history/worldwars/wwone/
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Página dedicada al frente interno en Gran Bretaña durante la Gran Guerra.
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Musée Canadien de la Guerre-Canadian War Museum
http://www.museedelaguerre.ca/accueil/
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Incluye la exposición virtual Le Canada et la Première Guerre Mondiale.
http://www.museedelaguerre.ca/cwm/exhibitions /guerre/home-f.aspx
La
participation du Canada à la Première Guerre mondiale
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Página mantenida por el Ministerio de Asuntos de Veteranos y de la Francofonía
de Canadá. http://www.veterans.gc.ca/fra/histoire/ premiereguerre/canada
Mission
Centenaire 14-18
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Portal oficial del gobierno de la República Francesa para la conmemoración del
centenario de la Gran Guerra. http://centenaire.org/fr
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Recursos sobre la Primera Guerra Mundial de la principal institución británica
dedicada a la preservación y difusión del patrimonio histórico militar.
http://www.iwm.org.uk/history-terms/first-world-war
The
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Mémorial
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Página del museo dedicado a preservar la memoria de la batalla de Verdún.
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Deutsches
Marinemuseum Wilhelmshaven
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Página del museo de la marina alemana, emplazado en la base histórica de la
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Péronne-Somme-Picardie
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civiles durante la contienda. http://www.oucs.ox.ac.uk/ww1lit/gwa

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