© Libro N° 6178.
Lorenz. Nisbett, Alec. Emancipación. Julio 6 de 2019.
Título
original: © Lorenz. Alec Nisbett
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LORENZ
Alec Nisbett
CONTENIDO
Biografía
Agradecimientos
Nota
del autor
Esbozos
de una vida
Padre
e hijo
La
primavera de la grajilla
Los
años de los gansos
Aceptación
y reconocimiento
Una
guerra privada
El
frente oriental
La
segunda primavera
El
exilio científico
El
mensaje en el animal
Agresión
Los
pecados del hombre social
La
verdad en el ruedo
Regreso
a su país
Profeta
en su tierra
Cronología
Konrad
Lorenz (1903-1990)
Konrad
Zacharias Lorenz nació en Altenberg, un pueblo cercano a Viena, el año 1903.
Después de estudiar en la Universidad de Columbia en Nueva York y de doctorarse
en medicina y zoología, trabajó como ayudante en el Instituto de Zoología de la
Universidad de Viena hasta 1940, fecha en que se hizo cargo de la cátedra de
psicología de la Universidad Albertus, de Königsberg. Movilizado en 1941, fue
capturado por el ejército soviético y trasladado a un campo de prisioneros,
donde permaneció hasta 1948, año en que regresó a la residencia familiar en
Altenberg y reanudó sus estudios sobre el comportamiento animal, comenzados en
1930. En 1950, el Instituto Max Planck le confió la instalación de un
departamento dedicado a investigaciones sobre el comportamiento animal, en
Buldern, y allí trabajó en estrecha colaboración con Von Holst y G. Kramer.
Konrad Lorenz, premio Nobel de Medicina, 1973
Durante
esta época fue nombrado profesor honorario por la Universidad de Münster. En
1955, las instalaciones de Buldern comenzaron a ser trasladadas a la sede del
nuevo Instituto en Seewinsen, y en ellas permaneció Lorenz hasta 1973, fecha en
que se retiró para continuar sus investigaciones en Grünau y más tarde en
Altenberg. Este mismo año le fue concedido el premio Nobel de medicina, junto
con Karl von Frisch y Niko Tinbergen, científicos con los que compartió también
la creación de la etología o ciencia del comportamiento animal. Una de las
investigaciones más importantes de Lorenz dentro de esta ciencia es la
realizada sobre la agresividad, plasmada en su libro Sobre la Agresión:
el pretendido mal. En esta obra, Lorenz formula sus teorías sobre las
consecuencias positivas de la agresividad humana y su función en el
establecimiento de lazos sociales y en la constitución de formaciones sociales.
Murió en Altenberg en 1990.
Deseo
dar las gracias a cuantas personas me han ayudado:
En primer lugar, a la Bayerischer Rundfunk y a la BBC, que fueron las que
primero me dieron la oportunidad de entrevistar y observar a Lorenz, y asimismo
a todos cuantos, al otorgarme el premio de la Glaxo Travelling Fellowship, me
incitaron y permitieron proseguir mis investigaciones. Pero la obra no hubiera
llegado a término sin la ayuda de mi esposa, Jean, quien no me hizo muchas más
objeciones que las razonables cuando yo realizaba dos o tres trabajos a la vez.
Ella misma contribuyó en gran parte a la tarea de ensamblar este libro.
Deseo agradecer, en general, a todos cuantos me han ofrecido buenamente su
tiempo, aun cuando todos ellos se divirtieron claramente al hablar acerca de
Lorenz. Muy particularmente, estoy agradecido a Alfred Seitz, quien contribuyó
con toda una serie de relatos sobre el Altenberg de antes de la guerra.
Deseo dar las gracias asimismo al propio Konrad Lorenz, por haber aguantado
pacientemente mis largas series de preguntas durante los dieciocho meses largos
que duró la elaboración de esta obra, aunque tampoco aquí tuve dificultad, por
cuanto son pocas las personas a quienes les gusta conversar más que a Lorenz.
Por otra parte, muy pocos son más agradables de oír. Cuando las preguntas—por
pura necesidad eran espinosas, mi interlocutor no dejaba de contestar, de un
modo libre y generoso.
Quiero agradecer muy especialmente a cuantas personas han leído la totalidad o
parte de mi manuscrito, formulando valiosas sugerencias en aras de su
mejoramiento. Este agradecimiento incluye a mi amigo y colega Nigel Calder,
quien revisó este libro en base a sus conocimientos sobre las ciencias ligadas
a la etología. Agradezco asimismo la ayuda de Wolfgang Schleidt, que trabajó en
Altenberg, Buldern y Seewiesen como discípulo y amigo de Lorenz, y que
contribuyó a ordenar el relato sobre Lorenz en la posguerra.
Sin embargo, pese a todas esas ayudas y a mis mejores tentativas con miras a
comprobar y volver a revisar los hechos, es indudable que han de subsistir
algunos errores y malentendidos. Contrariamente a la mayoría de las ciencias,
la historia no puede repetirse ni revisarse con miras a su comprobación o
refutación. No deja de ser oscura e intangible, apareciendo diferente para cada
observador. La selección que aquí se presenta es mía, y si hubiere algún error,
también es mío.
Para
escribir este libro he bebido en muchas fuentes, ya que Konrad Lorenz ha sido
analizado por numerosas personas además de por mí.
¿Hasta qué punto son fiables tales análisis? Cabe reconocer que ni los
observadores ni sus observaciones son siempre tan independientes como las
reglas de la investigación científica parecen exigirlo. Inevitablemente, surgen
problemas de subjetivismo y de prejuicios.
Si a dos personas se les pregunta sobre un acontecimiento particular que ambas
conocen, es probable que lo relaten de un modo diferente; en tal caso, ¿cabe
una verdad común a ambas opiniones? Desde luego, no si ambos relatos forman
parte de una misma cadena de rumores. En ese caso, ¿no es más probable que el
testimonio del que se encuentra más cerca del comienzo de la cadena sea el más
verdadero? No siempre, y menos cuando el segundo dispone de más abundantes y
mejores elementos de juicio para valorar todo cuanto afirma. Pero, en cualquier
caso, ¿no resultaría mejor retornar a la fuente original (en este caso, al propio
Lorenz) y preguntarle sobre cuál es la verdad? La respuesta es, nuevamente, que
no siempre, puesto que la persona situada en el centro de los acontecimientos
descritos tiene un punto de vista peculiar sobre los mismos y un interés
específico en su interpretación. A veces, es posible que sea el único
interlocutor disponible, por ejemplo cuando se trata de acontecimientos remotos
o de sentimientos subjetivos. Pero también puede ser totalmente ignorante de
las cosas que ocurrieron detrás de él o mientras dormía; también puede
subestimar o despreciar aquellas cosas con las que, conscientemente, no desea
enfrentarse. Lorenz posee una gran agudeza para observar e interpretar ciertos
tipos de acontecimientos. Pero respecto a los hombres, y muy especialmente
respecto a él mismo, posiblemente no sea el observador ideal. En este libro
pasaremos revista al mundo de Konrad Lorenz contemplado desde fuera y desde su
propio punto de vista: los enfoques se realizan desde diferentes ángulos,
gracias a lo cual seremos capaces de comprender a Lorenz con mayor claridad.
Me he basado principalmente en los testimonios de los colegas y amigos de
Lorenz, cotejando los relatos en la medida de lo posible. Las pruebas
documentales han sido buscadas cuando era factible, pero no siempre resultaban
disponibles (salvo al tratarse de temas tales como los documentos científicos).
La prensa y otros relatos similares los he considerado como fuentes secundarias
y son tratados con prudencia; a todo el mundo le gusta inventarse una buena
historia, y los relatos periodísticos sobre Lorenz son, a mi juicio, falibles.
Las anotaciones existentes en este texto proceden a menudo de la transcripción
de conversaciones o de cartas dirigidas al autor; cuando provienen de libros o
de documentos, el dato queda especificado.
Adolf Lorenz —el padre de Konrad— constituye en ello una excepción, por cuanto
en su autobiografía (escrita en inglés) registra el vigoroso y directo lenguaje
de unas conversaciones de hace mucho tiempo. En este relato le he citado directamente,
pero hay que tener en cuenta la acusada capacidad de Adolf para la licencia
literaria.
Al igual que Konrad Lorenz, observa a los animales.
Mi papel, en parte, ha consistido en observar a Lorenz tal como él observa a
los animales. Cómo veremos, el ambiente que rodea a Lorenz y los intereses que
él tiene influyen en su manera de trabajar, en su modo de interpretar los
resultados de su labor y en el desarrollo de sus ideas. Por otra parte, es
interesante que el lector conozca mis propios puntos de vista, puesto que esto
también afecta al retrato de Lorenz que aquí presento. Mis actitudes y
opiniones a menudo difieren mucho de las de Lorenz. Mi defensa contra cualquier
imputación de subjetivismo estriba en manifestar aquí mismo cuáles son mis
ideas, y de ese modo, el lector podrá optar por tenerlas en cuenta o hacer caso
omiso de ellas.
En primer lugar, yo soy británico, mientras que Lorenz es austríaco. En
realidad, esto puede que tenga ciertas ventajas, por cuanto hay aspectos de
Lorenz que difícilmente pueden ser notados por un austríaco, pero que un
extranjero observa inmediatamente, y así es capaz de analizarlos y explicarlos
como una parte del ambiente que ha influido fuertemente sobre su persona.
Además de esto, cabe notar las diferencias entre vencedores y vencidos que aún
subsisten desde la II Guerra Mundial. Los del bando de los vencedores (los que
son lo bastante mayores como para haberlo vivido) no pueden olvidar fácilmente
el nazismo, y los europeos que fueron perseguidos por los nazis tienen sobradas
razones para no olvidar nunca. En cambio, los vencidos tienen un mayor interés
en olvidar el traumático periodo del hitlerismo, pues en general les resulta
demasiado peligroso encararse con el pasado. Todo ello ha provocado una
discontinuidad en el modo de pensar germano que no se refleja en el de sus
recientes adversarios. En la vida de Lorenz, se observa mucho este punto de
discontinuidad.
Otra diferencia radica en el lenguaje y, asimismo, en ciertos modos de pensar.
En su introducción a una selección de documentos científicos de Konrad Lorenz,
Robert Martin advierte las dificultades con las que tropezó al traducir ciertos
términos al inglés. Esto se debía en parte al hecho de que, con el progreso de
la ciencia, ciertos términos se habían quedado anticuados; pero otra razón era
que el lenguaje alemán persigue una definición absoluta y muy precisa de los
significados. El multisilábico compuesto de sustantivos que tanto divierte e
irrita al alumno inglés, constituye un ejemplo de tendencia a la denominación
precisa que no está muy enraizado en la lengua inglesa, un idioma cuya virtud
radica en los términos cortos que pueden disponerse con gran flexibilidad para
expresar una extensa gama de matices y de sentidos. La filosofía alemana, al
igual que el propio idioma alemán, tiende a lo absoluto y a lo ideal; y ello
empapa las discusiones intelectuales alemanas: la filosofía es algo muy
respetable, y el lenguaje ayuda a que lo sea. La filosofía «casera» británica
es flexible, empírica y práctica, al igual que el lenguaje. Lorenz muestra una
curiosa mezcla de tradición filosófica continental (a la cual el alemán
responde con entusiasmo) y de empirismo que él mismo ha desarrollado para sí, y
que todo inglés considera interesante, mientras que desconcierta un tanto al
alemán.
Otro factor que podía haber distanciado a Lorenz de los estudiosos del
comportamiento británicos, y que sigue distanciándolo de muchos estudiosos
estadounidenses, estriba en una diferencia de escuelas en cuanto al modo de
estudiar el comportamiento. El lector no debe sorprenderse si descubre que mis
simpatías van hacia el práctico enfoque británico actual, en contra de los
extremismos que recientemente aún existían en uno y otro bando. También existen
diferencias en la tradición académica: la formalidad y seriedad que los
alemanes —y con ellos los austríacos— confieren a sus actos públicos no dejan
de impregnar su vida académica. El profesor Lorenz ha vivido mucho tiempo en un
mundo en el que las personas distinguidas suelen ser denominadas con la
totalidad de sus títulos. Esto puede acentuar cualquier sentimiento de
exclusión que un profano de habla inglesa pudiera sentir en un ambiente
académico alemán.
Finalmente, otra diferencia personal entre Lorenz y yo reside en nuestra
formación científica. La de Lorenz fue médica y biológica. En cambio, mi
formación científica inicial fue la física matemática, disciplina muy alejada
del campo científico de Lorenz, especialmente respecto a su personal enfoque
intelectual, que no deja de ser resueltamente cualitativo. Pero después tuve la
oportunidad de introducirme en el conocimiento de muchas otras materias, lo
cual me llevó al estudio de los propios científicos: al interpretar sus
trabajos pude descubrir en cierta medida su personalidad. Quizá esto constituyó
mi mejor cualificación al abordar la elaboración de este libro.
La biografía de Konrad Lorenz es cuando menos, una interesante historia. Por
otra parte, este libro es un estudio aplicado a un caso particular de la
interacción entre el hombre y las ideas, entre el hombre y los acontecimientos,
entre el hombre y los demás hombres. Todo aquel que ha establecido con Lorenz
cualquier tipo de relación duradera se ha visto influido por él, tanto a nivel
personal como en sus ideas, pero su influencia científica se ha extendido mucho
más allá del ámbito de los contactos personales. Desde que empecé a escribir
este libro he tenido la oportunidad de viajar a diferentes partes del mundo
para entrevistar a los principales científicos de distintas disciplinas vinculadas,
de un modo u otro, con el comportamiento humano. Sus estudios han alcanzado una
fase apasionante, pues todo parece indicar que por primera vez podremos
comenzar a vislumbrar la posibilidad de una ciencia unificada del
comportamiento humano. Y mis indagaciones al escribir este libro me han
permitido comprender el importante papel que Lorenz ha desempeñado en el flujo
de acontecimientos científicos que han conducido a dicho punto.
Este libro no trata de ser un compendio de las investigaciones de Lorenz sobre
el comportamiento animal, aunque a menudo trataremos de los hitos principales
de su desarrollo. Tampoco se trata de «un libro sobre animales» en el sentido
popular, sino más bien de una obra acerca de un hombre y sus trabajos, aun
cuando a través de ellos trataremos con frecuencia de animales. Mucho ha
escrito ya Lorenz y mucho se ha escrito también sobre él. La finalidad de este
libro estriba en mostrar una vía a través del tupido bosque de las ideas que
Lorenz ha expuesto a lo largo de su laboriosa vida, a veces de modo enmarañado
y a veces sólo en esbozo. Para encajar este gran rompecabezas hay que conocer
la personalidad de Lorenz y su historia: mi objetivo es el de ofrecer todo ello
mediante una biografía escrita con simpatía, pero también con espíritu crítico.
Capítulo 1
Esbozos de una vida
Mucha
gente conoce a Konrad Lorenz y sus ideas a través de sus populares libros y de
la semblanza que de él han presentado los medios de comunicación. ¿Hasta qué
punto es válida esta impresión?
Konrad Lorenz, seguido en su paseo por una bandada de gansos, animales sobre
los que el etólogo austríaco ha realizado importantes investigaciones.
En
una vieja y famosa película en blanco y negro se ve a Lorenz andando a lo largo
de una polvorienta calle en una aldea de la Baja Austria, robusto y erguido con
su casi metro ochenta de alto y su rubia cabellera peinada hacia atrás. En
repetidas ocasiones anduvo por este mismo lugar. Lorenz forma parte de este
país, y su vestimenta —lleva unos pantalones de golf sujetos por debajo de las
rodillas— lo atestigua. A veces, sus hombros se encogen un poco al volverse y
contemplar a los ansarones que le siguen en fila india. Las jóvenes aves jamás
conocieron a su verdadera madre, y Lorenz ha ocupado su lugar. Cuando acelera
el paso, los animalitos corren para alcanzarle; si se detiene, se atropellan a
sus pies esperando saber hacia dónde habrán de seguir; cuando llegan a un prado
se dedican a vagabundear un poquitín, pero sin ir muy lejos, picoteando la
fresca hierba.
En otra película muy difundida, Lorenz se halla en una canoa observando
pacientemente a los ansarones sobre el agua. No se trata del Danubio, cuyas
aguas pasan demasiado lejos del pueblo de Altenberg, sino de un tranquilo
estanque. Tan pronto como Lorenz introduce los remos en el agua, los animalitos
se vuelven corriendo y le siguen apresuradamente junto a la canoa. En ambas
escenas la acción es tan sencilla, tan aparentemente fácil, que uno podría
preguntarse dónde está la ciencia. En sus investigaciones, Lorenz hace algo más
que observar a los animales con toda paciencia y comprensión.
Otra película nos le muestra veinticinco años después. La espesa cabellera de
Lorenz ahora se ha vuelto enteramente plateada, lo que, junto con su encanecida
barba, imprime a su rostro más carácter que antes, mientras que su silueta se
ha vuelto más pesada. Su cintura refleja el placer de las comidas copiosas,
aunque sigue siendo lo bastante alto y recio como para aparecer más bien
corpulento que rechoncho. Está sentado, hablando frente a la cámara a orillas
del pequeño lago de Seewiesen, pequeño pueblo del sur de la República Federal
Alemana, donde se halla el Instituto Max Planck de fisiología de la conducta,
cuyo principal impulsor es Lorenz. Algo molesto por todo el ajetreo, el ganso
que tiene en sus rodillas vacía sus intestinos sobre los pantalones del
científico, quien, sin interrumpir su conversación, saca un pañuelo blanco,
limpia la suciedad y vuelve a guardarlo en el bolsillo. Al cabo de un rato,
saca de nuevo el pañuelo para limpiarse la frente con él, pues no parece haber
nada tan especial en la defecación de una pequeña oca como para desviar por
ello su atención del punto en el que se encontraba. Lo que Lorenz está
describiendo es un detalle del comportamiento que sus ojos han descubierto allí
donde otras personas no habrían visto nada que les llamara la atención.
Unos años más tarde, sus pálidos ojos grises aún pueden fijarse agudos y
penetrantes sobre el objeto que le interesa, pero ahora los párpados se han
vuelto más pesados y unas profundas arrugas enmarcan sus ojos: se acerca a los
setenta años. Ha dibujado parte del motor de un coche en una pizarra, ante un
grupo de estudiantes que se ríen al verle mover el brazo derecho hacia delante
y hacia atrás como si fuera la biela de un émbolo mientras imita su sonido:
«... ursssch-shooo-Pup-pffft... ursssch-shooo-Pup-pffft». Este es un momento
divertido durante un curso sobre sistemas de observación y de comprensión en la
investigación científica. Resulta fácil seguirlo y su auditorio está muy
interesado. Lorenz es un excelente profesor, habilísimo en hacer fácilmente
comprensible lo que explica, exagerando y simplificando deliberadamente. Dentro
de cualquier grupo siempre suele ser el que más habla, saltando
indiscriminadamente de un tema a otro, interrumpiéndose él mismo de cuando en
cuando para comentar algo que advirtió o que acaba de ocurrírsele. Cuando se halla
entre un grupo de asistentes, de estudiantes o de admiradores, éstos tienden a
hablar menos y a escuchar más.
En otra escena aún más cercana en el tiempo, Lorenz está hablando con un
periodista escocés en la terraza soleada del hotel Goshelseben, situado sobre
Grünau y el valle del rápido río alpino Alm; estamos en Austria, al este de
Salzburgo. Lorenz está refiriéndose a los peligros de la degeneración en las
sociedades supercivilizadas. Su voz es clara y fuerte, y su acento austríaco es
bastante notable, aunque sin el retorcimiento en las vocales de sus paisanos
vieneses; sólo a veces su inglés resulta difícil de seguir. Está hablando de un
tema que siente apasionadamente, y el periodista escocés anota: «Cuando Konrad
Lorenz desea subrayar un punto con énfasis, baja la cabeza y golpea la mesa con
un rudo índice. “¡Mire! —dice—, soy un anciano y es posible que me equivoque,
pero...”» Estas palabras son lo suficientemente características como para que
el periodista decida colocarlas como título del artículo sobre Lorenz y sus
opiniones acerca de los pecados del hombre civilizado.
Incluso antes de obtener el premio Nobel, Lorenz fue entrevistado muy a menudo
por la televisión y los periodistas, y es muy sincero acerca de su reacción
ante las cámaras al afirmar: «Me convierto en un bufón. En la vida real suelo
andar encogido de esta manera... —y su cabeza y sus hombros se agachan,
imitando a un anciano tristón y taciturno—; pero cuando veo una cámara, mi
espalda se endereza automáticamente, una chispa reluce en mis ojos y actúo como
un payaso.» En la actualidad se ha vuelto más reticente —o «ambivalente»— a ser
filmado y trata de justificarse a sí mismo. El dinero le ayudaría a construir
un nuevo acuario en Altenberg; además, cree que tiene cosas importantes que
decir y que tiene la obligación de decirlas; y le ayudarán a vender sus libros,
con lo que contribuirá a ambos objetivos. Pero cuando por fin acepta ser
filmado, admite que eso le agrada. También le agrada su fama y se siente
especialmente feliz al recibir la admiración de las personas que él respeta.
Esa fama le ha llegado por sus populares libros y no por sus méritos
académicos. Entre ellos, el más atractivo es El anillo del rey Salomón, un
libro sobre los animales, para todas las edades. Deliciosamente discursivo y
lleno de anécdotas, describe sobre todo su experiencia con los animales que él
criaba en casa. Para sorpresa de quienes saben que en gran parte su reputación
científica se debe a sus investigaciones sobre los gansos, en dicha obra se
habla poco de los gansos salvajes o de cualquier otro miembro de la familia de
los gansos y los patos. Los personajes animales que más sobresalen en el libro
son la grajilla Choc —cuyo nombre recuerda el grito de estas
aves— y los demás miembros de la colonia de esta especie que Lorenz crió y a la
que prestó especial atención durante un tiempo.
La vida social de estas aves se perfila en el libro, tanto con palabras como
con ilustraciones, con trazos rápidos y seguros. Cuando Lorenz escribe sobre
las grajillas, olvida el estilo semicaricaturesco que suele utilizar para
describir a los animales e incluso a los seres humanos —y sobre todo a él
mismo—. A través de ese contraste en el estilo nos lleva a compartir su
profundo afecto por los miembros de una especie que muchos de nosotros,
incluidos los que nos proclamamos amantes de los animales, nos imaginábamos
ruidosos y molestos. Pero al encontrarnos después de leer el libro con una
bandada de esas negras criaturas tan chillonas, las consideramos con un interés
mucho mayor, aunque confesando quizá que no resultan tan simpáticas como Lorenz
nos las muestra. Lorenz descubre la personalidad de cada grajilla no por
diferencias en su apariencia, sino por diferencias en la forma en que estas
aves se comportan.
Con los seres humanos ocurre algo parecido, pues reconocemos a los demás tanto
por su manera de andar y de hablar como por sus diferencias en la apariencia
física. «Todos los chinos parecen iguales», suelen afirmar quienes conocen sólo
a unos cuantos chinos; y por su parte, los chinos deben de opinar lo mismo con
respecto a los occidentales. Al hacer tales afirmaciones, confesamos nuestro
desconocimiento de las señales que se utilizan en el seno de otro grupo, los
pequeños pero significativos movimientos o entonaciones que facilitan un
sentido adicional a unas meras palabras. Lorenz sabe ver estas señales en el
mundo de las grajillas y nos las cuenta en su libro.
Quizá una de las cosas que diferencian al hombre de los demás animales sea que
puede sentir afecto por ellos sin tener que imaginarse él mismo como uno de
ellos. Los animales relacionados afectivamente con nosotros son los que
establecen el puente, pues en sus cerebros se implantan algunas de nuestras
pautas de comportamiento, con lo que ellos mismos llegan a considerarse de
alguna manera como miembros de nuestra especie; pueden producir para nosotros
las señales con las que expresan su amor, su respeto o su temor. Ellos son
capaces de pedimos las cosas que desean, o de decimos las cosas que creen que
nosotros hemos de conocer. Los perros son los mejores amigos del hombre porque
son capaces de creer que forman parte de la especie humana.
Lo que distingue a Lorenz de la mayoría de sus colegas es que invierte los
papeles, pues puede vivir entre grajillas o entre gansos grises sintiéndose él
mismo uno de ellos.
En El anillo del rey Salomón, Lorenz utiliza sin vacilación ni
reparo términos antropomórficos — es decir, que normalmente se aplican a las
emociones y motivaciones humanas— para describir los aspectos del
comportamiento animal. Como veremos, tiene buenos argumentos para hacerlo así.
Pero algunos lectores no lo interpretan correctamente. Algunos,-que practican
un antropomorfismo viciado, creen que Lorenz les secunda, confirmando su
actitud. Para otros ese antropomorfismo es considerado como parte de un
argumento circular al considerar equivalente el comportamiento de los animales
y el del ser humano; el siguiente paso —desarrollado en libros ulteriores—
sería la extrapolación del animal al hombre.
Ambas reacciones con respecto al libro son extremadas y constituyen el punto de
vista de una minoría. El anillo del rey Salomón se granjea
rápidamente el interés de la mayoría de sus lectores porque resulta muy fácil
de leer. Pero esta obra merece una cuidadosa lectura, por cuanto en ella se
encierra muchísimo más de lo que puede colegirse en la rápida ojeada que su
estilo tan fluido permite. Tras esa ojeada, la impresión que Lorenz nos dejará
será limitada en el mejor de los casos, y en el peor será la de una genial
encamación del doctor Doolittle, el que habla con los animales..., por cuanto
eso es lo que cuenta en el libro. El título del original alemán es
exactamente: Er redete mitdem Vieh, den Vögeln und den Fischen (Hablaba
con los animales, las aves y los peces). Entre los que no han leído el libro,
el título contribuye a ofrecer esa imagen de Lorenz.
Cuando da conferencias o aparece ante el público, la espontaneidad es para
Lorenz mucho más importante que todos los preparativos del mundo. Y sin
embargo, suele prepararse con sumo cuidado para cualquier ocasión importante,
pues le preocupa no solamente el mensaje que desea transmitir, sino también su
imagen pública. A pesar de ello, puede producir una impresión que dista mucho
de la que se proponía. Comoquiera que son muchas las gentes que querrían
utilizarle para sus propios fines, Lorenz necesita la protección y el consejo
de sus amigos. Pero como veremos más adelante, en estos últimos años ha
escapado a su solícito cuidado.
Dejaremos de lado su siguiente libro, también muy popular, titulado Cuando
el hombre encontró al perro, para ocuparnos de su obra Sobre
la agresión,publicada una década más tarde. Este libro tenía el propósito
de analizar las raíces animales del instinto agresivo del ser humano, aunque
Lorenz afirma sinceramente en él que sus ideas sobre la agresión humana son
bastante más que una consecuencia directa de su experiencia con los animales.
Sus adversarios han criticado sus afirmaciones en dos puntos fundamentales,
cada uno de los cuales ha merecido un capítulo en este libro. Tan importante ha
sido la polémica al respecto.
Sobre la agresión ha creado una segunda imagen pública de su autor,
que es el reverso de la primera, la del Lorenz positivo y perentorio. Son mucho
más numerosas las personas que han oído hablar de ese libro y de las ideas que
contiene que las que lo han leído. A través de otros escritores populares como
Robert Ardrey y Desmond Morris, esas ideas, a veces modificadas de una manera
inaceptable para Lorenz, han alcanzado una gran celebridad. Estas y otras ideas
procedentes del estudio del comportamiento animal impregnan nuestra cultura.
Como ejemplo, veamos el concepto de territorio, es decir, el
espacio ocupado por un animal y que éste defiende contra sus congéneres. Este
concepto fue utilizado por primera vez por los ornitólogos hacia 1920, pero
actualmente el término se ha extendido y adaptado para describir uno de los
aspectos del propio comportamiento del ser humano. Hasta hace poco, palabras
como territorio o ecología constituían términos técnicos que
hubiesen requerido una definición; en la actualidad, ambas palabras son
ampliamente utilizadas. Tras esos cambios en nuestra manera de pensar acerca de
nosotros mismos, Lorenz ya no es visto como un doctor Doolittle, sino más bien
como un padre Victoriano, afable con un niño obediente y dulce, pero severo y
hasta brusco tan pronto como el niño se pasa de la raya.
Los diferentes caracteres que pueden entreverse en sus escritos y la manera en
que la presencia de la cámara cinematográfica o el periodista que le entrevista
puede cambiar su comportamiento (para mejor o para peor) nos lleva a
preguntarnos cuán justa es la imagen que la gente puede hacerse de él. En el
mejor de los casos es incompleta, si hemos de juzgar por la queja de un
programador de espacios de la televisión londinense mientras buscaba con
limitado entusiasmo una hora más para un espacio dedicado a Lorenz: «¿No
tenemos bastante ya de ese “bendito” naturalista?»
Existen palabras mejores para describir a Lorenz. Sería más adecuado y menos
reverencial describirle como un hombre lleno de matices, casi deslumbrante,
rotundo en su manera de hablar y controvertible en muchas de sus afirmaciones,
pero profundamente interesante como persona y como científico. Su concepto de
lo que ha de ser un científico les parece a muchos anticuado, propio del siglo
XIX. Para muchos jóvenes, la investigación científica parece haberse convertido
en un fin en sí formal y rutinario, en la elección de una carrera normal
después de la universidad; en cambio, hay otros que consideran esta amoralidad
en la prosecución del conocimiento como una nueva forma de inmoralidad o de
irresponsabilidad social, y para ellos toda la ciencia resulta sospechosa.
Lorenz busca el conocimiento puro, pero aliado a una vigorosa moralidad.
Entre las distinciones que han premiado su influencia en el mundo científico
figuran los títulos de profesor honorario en Münster en 1953 y en Münich en
1957. En 1950 fue nombrado miembro «por el mérito por la Ciencia y las Artes»
(Alemania); en 1964 lo fue de la Royal Society inglesa, y en 1966 de la American
National Academy of Sciences, de Estados Unidos. Es miembro honorario de
muchas sociedades científicas, que resultaría largo mencionar. Este circuito de
honores comenzó en Leeds en 1962, pasó por Basilea en 1966, le condujo hasta
Estados Unidos (Yale y Chicago) y le llevó de nuevo a Inglaterra para ser
galardonado en Oxford y Birmingham. Además, ha obtenido el Prix Mondial Cino
del Duca. En su patria ha sido galardonado con el premio de la Ciudad de Viena
en 1959, con la distinción austríaca en Ciencia y Artes en 1964, y de un modo
más parroquial, con el anillo de Paracelso (que se lleva en el dedo), concedido
por la ciudad de Villach en 1973.
En este mismo año compartió con otros dos científicos el premio Nobel. No se
trata de un premio de biología, sino de medicina. Según reza en la citación,
dicho premio fue concedido a Konrad Lorenz, Nikolaas Tinbergen y Karl von
Frisch por sus descubrimientos sobre «la organización y causas de las pautas de
comportamiento individual y social». En realidad, y dejando aparte la necesaria
brevedad de los términos del premio, éste le fue concedido por razones de más
amplio alcance.
Prácticamente, fue considerado como el iniciador de una nueva disciplina dentro
de las ciencias biológicas, lo que en sentido estricto es una exageración,
puesto que Lorenz tiene sus predecesores en cuanto a conceptos y a métodos.
Pero existen hombres geniales que al asumir ciertas ideas y métodos existentes
— aunque en este caso eran pocos— y rechazar otros, son capaces de ampliarlos y
realzar su valor hasta convertirlos en una nueva disciplina científica con
todos sus derechos.
En cierto modo, la observación de los animales tal y como Lorenz la hacía ya
había sido analizada por otros antes que él como un verdadero método
científico. Se habían realizado estudios aislados sobre el comportamiento
animal desde hacía siglos, pero — según el propio Lorenz— fue Charles Otis
Whitman, de la Universidad de Chicago, quien, en los últimos años del siglo
XIX, contribuyó decisivamente al desarrollo de 1$ nueva disciplina. Su
discípulo Wallace Craig prosiguió los trabajos de Whitman, pero en Estados
Unidos sus enfoques pasaron de moda, por lo que resulta difícil afirmar que
establecieron una ciencia. Más cerca de la patria de Lorenz, en Berlín, Oscar
Heinroth también realizó estudios objetivos sobre el comportamiento animal.
Cuando Lorenz iba al colegio, el británico sir Julián Huxley introdujo con
todos los requisitos una nueva disciplina en la ciencia de la ornitología con
su famoso y clásico estudio sobre las costumbres del somormujo durante la época
de su cortejo nupcial. Ampliando sus investigaciones, Huxley pasó del estudio
del comportamiento a otros campos, pero Lorenz no supo nada acerca del estudio
sobre el somormujo —ni sobre los trabajos de Whitman y Craig— hasta que ya
había madurado su propio método. Huxley también se enteró tarde de la creciente
contribución de Lorenz en el campo del comportamiento, pero son pocos los que
hoy no están de acuerdo con el título que Huxley le dio al conocer su obra, el
de padre de la etología.
Para los profanos, para los que no han estudiado ni biología ni griego, el
honor de dicho título será mucho más claro si conocen lo que es la etología y
hasta qué punto su forma moderna difiere de sus antiguas variantes. La palabra
proviene del griego ethos, costumbre, y lógos, tratado.
Con W. H. Thorpe podemos denominarla como «la interpretación del comportamiento
mediante sus expresiones corporales», o bien como «la anatomía comparativa de
las expresiones corporales».
Lorenz nos ofrece su propia definición: la etología es para él el estudio
comparativo del comportamiento.
Mientras que para muchos etólogos la palabra «comparativo» ya ha dejado de ser
importante, para Lorenz define su método esencial, pues al igual que en la
anatomía o la fisiología comparativas, las similitudes y las diferencias entre
las distintas especies son investigadas con la intención de descubrir de qué
manera el proceso de la evolución ha formado cada una de ellas tal como es. La
etología arrancó con Darwin, que se refirió explícitamente a la evolución del
comportamiento, y fue promocionada y ampliada por Lorenz hasta convertirse en
una disciplina reconocida de la ciencia. Y fue para distinguir a Lorenz de sus
precursores por lo que Huxley le calificó como el padre de la moderna etología.
En la actualidad, a Lorenz podemos considerarle con más propiedad como el
abuelo de esta ciencia, pues aquellos en los que él ha influido directamente se
diseminaron por el mundo y formaron una tercera generación de etólogos que ya
se está granjeando éxitos. Inevitablemente, esta tercera generación contempla
la contribución de Lorenz con menos claridad. Sus divergencias con relación al
método original de Lorenz suelen levantar en él vigorosas protestas; sin
embargo, ante los trabajos que él considera buenos, sus protestas se acallan, y
entonces simplemente recalca que el desarrollo de la etología no es ni mucho
menos el que él imaginaba cuando comenzó hace más de medio siglo. En 1951,
Nikolaas Tinbergen ofreció una definición más sencilla y amplia de la etología:
«el estudio objetivo del comportamiento».
¿Qué es lo que había de especialmente nuevo en el enfoque de Lorenz? Unos meses
antes de que se demostrara que la etología podía obtener el premio Nobel,
Tinbergen me describía algunas de las cualidades específicas que distinguían el
trabajo de su amigo con estas palabras:
«Lorenz
ha estudiado a los animales mucho más por ellos mismos que como simples sujetos
adecuados para realizar experiencias en medio de las condiciones severamente
controladas de un laboratorio. Restableció la observación de los complejos
detalles como una parte válida, respetable y altamente refinada del
procedimiento científico. En dicho proceso descubrió muchos principios hasta
entonces ignorados, y abrió muchas líneas de investigación totalmente nuevas o
muy desatendidas. Pero sobre todo, ha enseñado a muchos científicos a
contemplar el comportamiento desde el punto de vista de un biólogo, haciéndoles
notar que el comportamiento de cada especie forma parte de su dotación para la
supervivencia y la reproducción. El comportamiento es producto de la evolución
por selección natural, como lo son la estructura del ojo o el funcionamiento
del aparato digestivo.»
Lorenz
nos ha mostrado las comunidades de gansos y de grajillas con su rica y sutil
vida social, llena de incidentes dramáticos y de actos rituales. Pero su amor y
su respeto por los animales no tienen nada que ver con un sentimentalismo
llorón, pues trata a sus animales sin reparos, casi con rudeza. Por ejemplo, yo
le he visto zurrando a un ganso —cuyo instinto por defender el nido se impuso
sobre la tolerancia hacia la «madre» Lorenz—. Le pegaba en la cabeza con un
periódico enrollado para apartarlo; pero como no podía llegar hasta el nido a
pesar de los golpes, agarró enfurecido el ganso y lo apartó, aunque no con
excesiva rudeza, puesto que el animal no emprendió el vuelo. Lorenz se acercó
al nido porque tenía que realizar una investigación, y desde luego no se le
ocurrió modificar su modo de actuar con los animales porque le estaba
observando. De la misma manera, cuando su ave preferida, excitada por la
intromisión de una cámara en el estudio de Lorenz, empezó a chillar
insistentemente, Lorenz se detuvo en su monólogo para tirarle unos papeles.
Como cabía esperar, el animal se apartó ágilmente de la trayectoria de los
proyectiles y, volando, se subió a la hoja de una puerta abierta, desde donde
miró hacia abajo grotescamente. «Esto lo hará callar durante un momento», dijo
Lorenz, y reanudó su frase interrumpida. No se comporta como un padre
blandengue con sus criaturas animales, y no soporta a los amantes melindrosos
de los animales que le critican tales modales.
Lorenz tampoco es enemigo de la vivisección —aunque condena con firmeza todo
sufrimiento inútil de los animales— y rechaza con indignación la idea de que la
experimentación pueda ser mala en sí: «Si uno mata a veinte monos, o a
cuarenta, o a cien, y salva a un niño, creo que está justificado.» Pocas
personas estarán en contra, y él desprecia a quienes tratan de hacer de ello
una cuestión de principio.
Lorenz tuvo infinidad de oportunidades para estudiar al hombre, y cabe
preguntar entonces cómo justifica su dedicación al estudio de otros animales. A
esto contesta que todo cuanto pueda describirse como una justificación no es
una auténtica motivación. «La explicación más simple —dice— es que me gusta,
amo a los animales y los contemplo con gran placer. Además, si ellos no
procuraran ese placer, no cabe duda que ni un yogui asiático tendría la
paciencia suficiente para observar a unos animales el tiempo necesario para su
estudio.» También hay una parte de placer estético en esa contemplación. Un
buen observador de la vida animal es un amateur en el verdadero
sentido de la palabra, un amante de la belleza de los seres vivos. Para Lorenz,
una bandada de gansos silvestres, por ejemplo, es una fuente de continuo
asombro y delectación. Respecto a esta actitud frente al trabajo cotidiano,
Lorenz recuerda las palabras de despedida de su profesor de anatomía en Viena,
al retirarse a la edad de setenta y un años: «Si me preguntan lo que hice a lo
largo de mi vida en el campo de la investigación y la enseñanza, les contestare
sinceramente que siempre hice lo que en cada momento yo consideré más
divertido.»
La motivación básica de Lorenz ha sido siempre la pura alegría de trabajar con
los animales. Sin embargo, cabe preguntar si ello constituye una justificación
suficiente para la labor de toda una vida. Si insistimos en nuestro
interrogatorio, Lorenz añadirá la palabra deber. Contemplando
a un rape del Caribe, cuyo cuerpo parece cubierto de algas, y que posee una
espina dorsal de cuyo extremo cuelga un apéndice vermicular a modo de tentadora
trampa sobre su enorme boca, afirma: «Me he impuesto la obligación de
investigar cualquier criatura original que se ponga a mi alcance.» Dichos
animales suelen ofrecer una clara respuesta a la pregunta: ¿por qué son así? En
ellos se puede observar más claramente el efecto de las influencias selectivas
que crearon a la vez las estructuras orgánicas de los animales y los
comportamientos asociados a ellas. Si se le interroga aún más a fondo sobre sus
motivaciones, ofrecerá también una justificación de tipo práctico, dedicada a
quienes se interesan por las aplicaciones sociales de la ciencia. De un modo
breve pero enfático, nos dirá que toda la ciencia tiene importancia para la
sociedad: «La ciencia fundamental es socialmente importante, porque es la que
conduce al conocimiento auténtico y aplicable. Cuando Benjamín Franklin
consiguió recoger la electricidad de una nube con su cometa, estaba jugando.
Pero el pararrayos, que fue la aplicación que obtuvo de su descubrimiento,
tiene una gran importancia social.» Esta parábola tiene por objeto defender
otras ciencias diferentes a la suya. La importancia del estudio de la
sociología animal es totalmente obvia para él.
La aplicación más directa de su trabajo consiste en que nos indica cómo hemos
de tratar a los animales individualmente y en cuanto sociedades, y cómo hemos
de cuidarlos para sacar mejor provecho de ellos. Por otra parte, el estudio del
comportamiento animal aporta valiosos datos a la compleja ciencia denominada
ecología, que consiste en el estudio de las relaciones de los seres vivos entre
sí y con su medio ambiente. El ser humano también forma parte de ese sistema
seres vivos-ambiente, aunque muchos ecólogos tradicionales omiten el componente
humano de sus investigaciones, que ya son lo bastante complicadas sin
considerar ese factor. En los últimos años, la palabra ecología ha llegado a
ser de uso común, aunque frecuentemente con un sentido modificado, como «el
impacto del hombre sobre su entorno natural»; en este sentido incluye toda una
serie de valores, de opiniones y de métodos de acción. ¿Quizá sería adecuado
diferenciar esta «ecología» política de la disciplina científica original? De
todos modos, cualquiera que sea la ecología a la que nos refiramos, las
investigaciones de Lorenz brindan un valioso método para analizar algunas de
sus ramas; en realidad nos ofrece más un método que unas conclusiones.
Lorenz no vacila en extender la validez de sus métodos al estudio del ser
humano, y quizá sea ésta su mayor contribución. También es cierto que cuando
extrapola ciertas conclusiones de sus trabajos sobre los animales al hombre,
suscita ásperas controversias. Pero, como él subraya, no hay razones para
suponer que el sistema nervioso central del hombre está construido de un modo
fundamentalmente diferente al de los animales superiores, pues tenemos los
mismos rasgos anatómicos en nuestro cerebro, aunque sus distintas partes
realicen tareas diferentes. Tenemos una complejidad nerviosa mucho mayor y el
comportamiento humano depende en gran medida de nuestra herencia cultural, pero
Lorenz insiste en que el programa dispuesto en el código genético sigue
determinando numerosos elementos de nuestro comportamiento, al igual que ocurre
en los animales. La agresión del ser humano — nos dice Lorenz— es un ejemplo al
respecto.
Con estos puntos de vista, Lorenz se ha granjeado numerosos adversarios en
diferentes niveles científicos y sus formas de actuar se han vuelto
provocativas y obstinadas a medida que arreciaban los ataques contra él. Según
los intelectuales europeos de izquierdas, los argumentos de Lorenz tratan de
justificar las instituciones políticas imperfectas — es decir, no socialistas—
de Europa occidental. A su juicio, Lorenz proporciona un apoyo pretendidamente
científico a la derecha. Pero tras el rechazo de sus teorías científicas sobre
las raíces del comportamiento humano, tienen razones más profundas, de tipo
personal, para sospechar de Lorenz. Los cazadores de nazis han criticado a
Lorenz por su complaciente adaptación al régimen de Hitler; dichos ataques
arreciaron en los años que precedieron a la obtención del premio Nobel, aunque
el jurado del mismo hizo caso omiso, y se redoblaron cuando consiguió el
premio. Algún tiempo después, Lorenz trató de identificarse con una causa más
atractiva para la juventud, cuando subiéndose a una mesa de la cervecería
Hofbräuhaus de Münich, se adhirió al movimiento ecologista alemán, ofreciéndose
incluso como líder. De hecho, en su libro Los ocho pecados mortales de
la humanidad civilizada,Lorenz expone ideas que difieren muy poco de las
manifestadas por otros intelectuales. Y los temas tratados muestran una
especial percepción de los importantes problemas que tiene planteados la
humanidad.
¿Cuál es, en resumidas cuentas, el retrato de la personalidad de Lorenz? Es un
hombre justamente elogiado por su influencia crucial en el desarrollo de una
rama de la ciencia, la etología, aunque si él no lo hubiese hecho, otros
hubieran desempeñado indudablemente ese papel más tarde, y quizá de otra
manera. Es un amante de los animales, pero también un crítico de quienes
quieren a los animales más que al hombre. Es un brillante innovador en su campo
científico, pero desaprueba algunas modificaciones (o genuinas innovaciones) de
las nuevas generaciones de etólogos. Tiene un auténtico talento para observar
detalladamente el mundo natural que le rodea, pero en cambio es bastante menos
perspicaz observando las motivaciones políticas de las personas que le rodean.
Hábil divulgador, Lorenz ha dado a conocer sus ideas a un amplio círculo de
lectores, induciendo a muchos de ellos a seguir sus pasos; para otros, en
cambio, sus explicaciones son demasiado antropomórficas. Tiene vocación de
reformador social, pero a veces se muestra demasiado autoritario y
paternalista. En él vemos también al administrador científico que ha puesto en
pie los mejores institutos, aunque al fin y al cabo no sea ningún
administrador. Hemos encontrado también en él al filósofo de la ciencia cuyas
teorías contribuyen a racionalizar sus propios enfoques metodológicos.
Podemos
considerar tantas facetas de Lorenz como pecados ve él en el hombre civilizado,
y cada enfoque producirá sus sombras. A menudo Lorenz se confiesa optimista,
pero también suele haber fuertes sombras de pesimismo en muchas de sus
afirmaciones. No puede definírsele con una simple etiqueta al igual que aún no
está claro de qué forma las distintas partes que componen su personalidad
constituyen el conjunto. Pero ahora, ya tenemos definido su perfil en el
rompecabezas, de modo que podremos ir colocando algunas de las piezas que
faltan.
Existen ciertas ciudades europeas donde el pasado sigue vivo: la trepidante
actividad del presente, ramificado y propulsado vigorosamente en nuevas
direcciones, hunde sus raíces en el pasado, nutriéndose en él de renovados
objetivos. Pero Viena no es así; en la actualidad, el pasado del antiguo
cuartel general del Imperio austro-húngaro duerme profundamente. Austria es
sólo una potencia de tercer orden en la actualidad y está haciendo cuanto puede
para aprovecharlo razonablemente. Estas adaptaciones, que forman parte del
trasfondo de la propia existencia de Lorenz, fueron un doble trauma para la
estructura del país donde él se crió y que ama.
En la Austria de su infancia, durante e incluso antes de la I Guerra Mundial,
se vislumbraba ya ese oscuro porvenir. Viena era todavía una de las mayores
capitales del mundo, aunque ya estaba afectada por su decadencia militar y
diplomática.
Pero en el terreno científico y cultural continuaba siendo una metrópoli
bulliciosa de ideas y de influencias, cuya atmósfera arrastraba al joven
Konrad. De todos modos, la capital no fue más que su segundo hogar, pues toda
su infancia y los años más productivos de su primera madurez los pasó en el
cercano pueblo ribereño de Altenberg, contemplando los cambios anuales del
Danubio desde los ocres primaverales y estivales al azul invernal. Ahora,
llegado el ocaso de su vida, ha retornado allí para recrear su feliz infancia.
Viena está rodeada por el cauce del Danubio, que se dirige del noroeste al
sudeste, y por un arco de colinas al oeste. Desde estas colinas, hacia el
oeste, se encuentra el famoso Wienerwald, el bosque de Viena, una auténtica
floresta aún poco explotada, salvo las cicatrices inferidas por el trazado de
una autopista. Una parte del bosque describe un amplio círculo detrás de las
colinas situadas al norte de Viena, penetrando hacia la hermosa y dulce curva
del Danubio, de modo que sus aguas lamen las boscosas estribaciones. En este
lugar, entre el Wienerwald y las orillas del río, se levantan los dos
pueblecitos contiguos de Altenberg y Greifenstein. Greifenstein contaba antaño
con un castillo que se alzaba sobre las colinas que vigilan el rio.
Actualmente, sólo quedan de él unas ruinas, desde las que podemos contemplar el
Danubio y la fértil llanura de tierras de cultivo en la orilla opuesta, donde
se alza otro castillo, el Burg Kreuzenstein. Altenberg y Greifenstein no
disponen de ningún puente sobre el río, y solamente una estrecha franja de
tierra une Altenberg con el siguiente pueblo, S. Andrá. La carretera que desde
Viena bordea el Danubio y atraviesa Altenberg sigue siendo estrecha e incómoda
en la actualidad, y el ferrocarril que corre entre la carretera y el río ofrece
una tímida forma de progreso para ir y venir de Viena, aunque también tiende a
apartar del río al bosque y a los pueblos ribereños.
Si buscamos Altenberg en una guía geográfica de Austria, es fácil que nos
equivoquemos, pues es muy probable que la localidad no figure en la guía, que,
en cambio, sí mencionará la ciudad de Altenberg, conocida por su abadía.
En nuestros días, la población de Altenberg no posee nada que la distinga
especialmente a no ser la presencia en ella del premio Nobel, Konrad Lorenz.
Pero el año en que Konrad nació, Altenberg tenía dos motivos de fama, aunque de
poca importancia: uno era su falso «castillo» moro, el Schloss Altenberg, y el
otro era la casa de un cirujano ortopédico que había descubierto un nuevo
método para operar la articulación de la cadera y que, según se decía, había
pedido unos honorarios de un millón de dólares a un rico magnate de Chicago por
atravesar el Atlántico para arreglar los huesos congénitamente deformados de su
hija. Ese médico, un hombre muy distinguido, de cuarenta y nueve años de edad,
era el profesor Adolf Lorenz, padre de Konrad.
Atravesando el centro de Altenberg —si puede considerarse que existe un centro
en ese desparramado pueblo—, un arroyo desciende el bosque. Junto a él discurre
la avenida que ahora lleva el nombre de «Adolf Lorenz Gasse», por cuanto fue en
este lugar donde el padre de Konrad decidió edificar el grande y nuevo Lorenz
Hale, como culminante realización de sus sueños infantiles de convertirse
en ein grosser Herr, un gran señor. La influencia del padre
sobre su hijo Konrad (o la interacción entre ambos) fue muy fuerte, y esa
influencia se debe en parte a la propia historia de Adolf Lorenz. Adolf nació
en una localidad rural de Silesia, que por entonces pertenecía a Austria. Hijo
de un guarnicionero, pobre, no estaba muy bien alimentado —en parte debido a su
aversión por la carne—, pero estaba sano. El pequeño Adolf, de cabellos de oro,
corría con los pies desnudos durante los meses de verano, y sus endurecidas
plantas no se lastimaban con los rastrojos otoñales; en invierno podía llevar
un par de zapatos, pero sin calcetines que le guarecieran del agudo frío de
aquellas tierras. Ya de mayor, seguía aborreciendo el invierno, y cuando le era
posible elegía esa estación del año para viajar por países de clima más cálido.
A la edad de siete años, un día en que estaba husmeando en el desván, Adolf se
encontró una bola de tejido blando que no era sino un guante negro para la mano
izquierda, quizá un resto de algún entierro antiguo. Se lo probó y fue a
enseñarle la mano enguantada a su madre, afirmando con orgullo que «era un
verdadero gran señor». Su madre sonrió y le dijo: «Para ser un gran señor,
tienes que llevar los dos guantes. Anda y busca el otro.»
Adolf recordó esta anécdota a menudo en los años que siguieron, y esta
metafórica búsqueda del segundo guante ocupó gran parte de su existencia. A la
edad de ochenta y un años puso el siguiente subtítulo a su autobiografía: La
búsqueda del guante perdido.
En sus años de formación, y gracias a una mezcla de aplicación, buen sentido y
pura suerte, consiguió la instrucción que había de llevarle a convertirse,
primero, en anatomista y, luego, en un cirujano. A los treinta años le llegó la
primera desgracia importante de su vida, cuando comenzaba a tener éxito en su
profesión: el fenol, que empezó a utilizarse como antiséptico en aquella época,
le dejó en carne viva sus sensibles manos. Con la promesa de una brillante
carrera arruinada de ese modo, tuvo que abrirse camino buscando nuevas técnicas
médicas, en parte para compensar su parcial incapacitación, reanudando así la
búsqueda del segundo guante, que se le había escapado de las manos en el
momento en que lo tenía a su alcance.
Adolf se casó con su joven y capaz asistente, Emma Lecher, una muchacha de
«buena familia», pero tan pobre como él. Su primera estancia en Altenberg tuvo
lugar durante la luna de miel, que pasaron en la casa de campo de los padres de
Emma. Durante aquel breve respiro en medio de los esfuerzos de Adolf por
emprender una nueva carrera, Emma llamó su atención sobre el jardín que se
extendía desde una destartalada casa campesina al otro lado del camino. Cuando
Adolf llegó hasta allí, se dio cuenta de que tenía una magnífica panorámica
sobre el Danubio hasta el monte Oetscher, última avanzada de los Alpes, y sobre
las fértiles tierras de cultivo de Tullnerfeld, al oeste. El campesino tenía
deudas y deseaba vender la hacienda, con lo que Emma tentó a su marido. Pero
Adolf, menos entusiasmado que ella, le contestó que vivían al día y no podían
aventurarse a comprar. Tras una semana de luna de miel, regresaron al trabajo
en el nuevo gabinete ortopédico de Adolf, el cual seguía realizando operaciones
quirúrgicas, para la preparación de las cuales utilizaba alcohol en lugar de
fenol. Uno de los casos más difíciles y menos compensatorios para un cirujano ortopédico
de aquella época era la dislocación congénita de la cadera; se trataba de la
deformación más común en los niños, y por una razón desconocida se daba sobre
todo en las muchachas. La terapéutica quirúrgica de esa época brindaba pobres
resultados, pues comportaba la ablación de gran parte de la cavidad articular.
El gran descubrimiento de Adolf era un método incruento, consistente en encajar
la cabeza del fémur en la cavidad articular inmadura; luego se mantenía
totalmente inmovilizada la articulación durante un período de varios meses, en
el transcurso de los cuales la cavidad articular crecía hasta rodear la cabeza
del fémur, sin que la articulación se volviera rígida. Cuando el tratamiento
terminaba, el niño podía andar con facilidad y completamente erguido por vez
primera en su vida.
Gracias a su creciente éxito como cirujano, Adolf pudo reunir el suficiente
dinero para comprarle al campesino la codiciada hacienda de Altenberg por el
precio de sus deudas. Ahora, era Adolf en lugar de Emma quien se desvivía por
poseerla, y desde ese momento era su mujer la que repetidamente le pedía
cautela al darse cuenta de su irreflexivo entusiasmo. Pronto fue comprando
nuevas parcelas de tierra para extender los límites de su finca. Restauró la
antigua casa campesina y le añadió un segundo piso, gastándose todo el dinero
que tan difícilmente había ganado, e incluso más; luego, al caer enfermo,
interrumpió las obras. Pero la casa resultó ser un confortable hogar para Emma
y su primer hijo, Albert. La estructura de la casa estaba centrada en una
amplia cocina; el comedor se encontraba arriba. A medida que su consultorio
comenzó a producirle dinero de nuevo, Adolf canceló sus deudas y empezó a
coleccionar objetos artísticos que le llamaban la atención: ostentosas pero
decorativas pinturas, estatuas romanas y balaustradas de mármol de los puentes
de Viena desmantelados. Emma andaba exasperada ante los caprichos de su esposo,
pues ya se acercaba a los cincuenta años de edad — su barba se había vuelto
completamente blanca— y había que ir pensando en ahorrar para la vejez.
Su reputación iba creciendo, hasta que un día le llamaron para tratar un caso
en Estados Unidos: una niña nacida en 1896 con una dislocación congénita de la
cadera. La primera reacción de Adolf fue la de rechazar la oferta; ¿cómo podía
abandonar a sus pacientes de Viena durante tan largo tiempo? Pero Emma, más
sagaz, le dijo que pidiera unos honorarios enormes y dejara que el americano
decidiera. La paciente era la hija del «rey» de las conservas cárnicas de
Chicago, J. Ogden Armour, hombre inmensamente rico, que aceptó esos honorarios
—parecidos al rescate de una princesa—. Al seguir el consejo de su esposa,
Adolf hizo fortuna.
En una época en que aún no existían estrellas de cine para ocupar los titulares
de los periódicos y las revistas, Adolf Lorenz se convirtió en una celebridad,
inmediatamente reconocido dondequiera que apareciese. Con una fortuna en sus
manos, podía mostrarse generoso con la demostración de su método, y a menudo
trabajaba sin tener en cuenta los honorarios. Se quejaba alegremente de que
nunca podía escapar a la prensa. Cierta vez, viajando en un coche-cama, un
reportero le tiró de la pierna para despertarle y preguntarle si era cierto que
le habían dado un millón de dólares por su operación. Lorenz consideró que el
sobresalto bien valía un chasco y contestó solemnemente: dos millones. En su
autobiografía sugiere la verdadera magnitud de los honorarios que cobró, aunque
no lo dice explícitamente; no pudo resistir la tentación de adornar una buena
historia. Según Konrad, aquella visita americana le reportó en total cerca de
un millón de dólares.
En su autobiografía, Adolf revela claramente que fue siempre algo esnob. Muy
pronto alternó con los miembros de la aristocracia europea y de la oligarquía
financiera americana. Impresionado por las soberbias mansiones de estos
últimos, decidió que podía competir con ellos en este aspecto. Su palacete de
Altenberg sería la envidia de sus compañeros de Viena, quienes—presentía él— le
apreciaban menos de lo que valía. Pese a haber sido durante varios años un
«profesor extraordinario», la característica más sobresaliente del cargo era la
falta absoluta de salario. Pero ahora que el dinero ya no era problema podía
construir un palacete capaz de asombrar incluso a sus nuevos amigos
norteamericanos. De manera que se embarcó en un proyecto en el que se
entremezclaban el barroco, el art nouveau y la megalomanía
americana. El arquitecto que eligió, y que ya estaba algo desequilibrado cuando
emprendió la realización del infantil proyecto de su cliente, acabó su
existencia en un manicomio.
Llamado de nuevo a Chicago para una nueva consulta, Adolf acudió con mucha más
prontitud que la primera vez. Mientras se encontraba allí recibió un telegrama
anunciándole que su esposa estaba nuevamente embarazada. Adolf reflexionó: Emma
tenía ya cuarenta y dos años, una edad en la que, según su opinión médica, ella
ya no estaba para traer niños al mundo. Era posible un parto prematuro e
incluso un aborto. Quizá eso último fuese lo preferible, pues ya había visto a
bastantes niños enfermizos alumbrados por madres de edad como para desear ser
el padre de uno de ellos. Finalmente, decidió que lo mejor sería dejar que las
cosas siguieran su curso natural y que ocurriese lo que ocurriese, cuidaría
adecuadamente de la criatura, pero si el niño era prematuro, no le pondrían en
una incubadora. Escribió al respecto: «El recién nacido ha de ser capaz de
aguantar la vida extrauterina, de lo contrario es preferible que muera.»
¿Hubiera tomado esa resolución con su hijo llegado el caso?
En julio de 1903 tomó el barco hacia Europa para regresar junto a su esposa
embarazada, su primer hijo y su palacete en construcción. Emma estaba más
tranquila, porque Adolf había decidido invertir parte de su fortuna en seguros
bonos del Estado austríaco; no toda había sido gastada en construir la
extraordinaria mansión. Al quedar terminada ésta, Adolf eligió las palabras que
habían de inscribirse en el frontispicio: «Considera como una ventaja cualquier
posibilidad que se te ofrezca.» Cuando la casa estuvo lista para recibir
huéspedes, el primero en llegar fue Konrad, que nació el 7 de noviembre de
1903.
El niño era delicado y menudo, como lo había sido su hermano Albert casi veinte
años antes. Fue un parto difícil, pero al final todo resultó bien.
Como premio, Adolf «concedió» a su mujer cinco años de vacaciones en su trabajo
de asistente, para así poder atender al pequeño en su verde paraíso.
La casa que había de albergar en adelante a la familia Lorenz está construida
en torno a una gran habitación central, un imponente vestíbulo. Según las
satisfechas palabras de su proyectista era «algo digno de ser visto». Aunque
tiene solamente unos diez metros de altura, parecen más cuando la vista se
dirige hacia el medallón del techo, de unos siete metros de largo, con su
alegoría de estilo barroco, «la victoria de la paz sobre la guerra», encargada
especialmente para ese lugar por Adolf. A lo largo de una pared, sube una
maciza escalera de madera que gira en un ancho descansillo, el cual lleva hasta
un alto muro con ventanas salidizas. En la parte superior, y a lo largo del
tercer y cuarto muro, se encuentra un balcón arqueado, con pilares, y que da a
las habitaciones, muy pequeñas en comparación con el vestíbulo, pero bastante
confortables en cuanto dormitorios; y en ese mismo piso se encuentra también el
comedor familiar. Konrad duerme ahora en la misma habitación señalada por sus
padres en el plano original para alojarle cuando era niño.
En la esquina más alejada del ascendente y circular pasillo, una puerta
disimulada se abre para revelar una escalera que conduce al desván. Al final
del último pasillo se encuentra una pequeña habitación angular anteriormente
ocupada por el joven Konrad y algunos de sus animales. En este lugar, cuando
tenía diez años, guardó su primer pájaro domesticado —en un nicho que hay en la
pared junto a un alto ventanal—, y la puerta siguiente es el verdadero desván,
donde más tarde estableció a su colonia de grajillas, cuyo dominio se extendió
mucho más allá del propio tejado. Al cabo de muchos años, los excrementos
acumulados eran suficientes como para pudrir los macizos maderos y echar casi
literalmente la casa abajo.
Abajo, detrás del vestíbulo hay una gran chimenea, a la izquierda de la cual
pende el oscurecido Juicio de Diana, que Adolf encontró en
Viena. Alrededor de la habitación colocó una mezcla de recias figuras
mitológicas de estilo rococó labradas sin gran talento artístico. Encima de las
escaleras se encuentra Las cuatro edades del hombre, cuya
Infancia está centrada sobre un grupo querúbico alrededor de la bonita
muchachita que se encuentra en un carrito arrastrado por pequeños ángeles. El
rostro de la niña es el de la «princesa» americana curada por Adolf, la pequeña
Lolita Armour, cuyo padre contribuyó a la construcción de la mansión con su
dinero. Un poco más allá, y a espaldas de la niña, olvidado por el grupo
indiferente, un niño yace con el vientre en la hierba, el rostro deformado por
el llanto: «El testimonio de un niño malo», escribe Adolf. Este retrato poco
halagador es el de su hijo Konrad. Y un poco más adelante, a la derecha, vemos
al propio Adolf, pero no como era entonces, sino como esperaba ser en su vejez.
Hoy día el aspecto de la mansión se halla dulcificado, tanto en su interior
como en su exterior, por ochenta años de madurez y de uso. La yedra trepa por
los muros del jardín y por el ala más baja y antigua de la mansión hasta la
veleta, en la cual figura la fecha de 1903. Todo ello encaja bien con el estilo
y madurez de Konrad, aunque hasta él mismo puede quedar empequeñecido por el
gran vestíbulo central. La comunicación dentro de la casa sigue siendo un
problema, de manera que para Konrad lo más sencillo para localizar a su esposa
no es buscar, sino gritar: ¡Maidy!, en un rugido que resuena
por el vestíbulo y por toda la casa hasta los cimientos. Maidy, que
es una abreviación cariñosa de Mädchen(en alemán, nena), es su
mujer; esbelta y ordenada, con su cabellera gris y su rostro inteligente, es
tres años mayor que Lorenz, en muchas ocasiones ha actuado como represora de la
impetuosidad de su marido, v tristemente no goza de buena salud en su vejez.
Desde el nacimiento de Konrad, y durante más de treinta y cinco años, la casa
estuvo animada por los niños que iban creciendo y por los animales. En ciertos
aspectos sobrevivía en la casa un estilo familiar de tipo Victoriano, con el
padre dominante y respetado; pero esto se hallaba compensado por una
extraordinaria tolerancia de los padres respecto al original hobby de su hijo
más joven. Al principio, le estaba prohibido tener perros; en aquella época
hacía poco que los microbios habían sido descubiertos, y Viena fue uno de los
lugares donde se centró la investigación sobre esos microscópicos organismos.
La madre de Konrad, como muchas otras, fue víctima de un exagerado temor hacia
ellos y protegía a los niños de aquella nueva amenaza no solamente hirviendo la
leche y otros alimentos, sino alejándoles de los perros, a los que consideraba
sucios y peligrosos portadores de gérmenes. De modo que Konrad se puso a
coleccionar peces y crustáceos de agua dulce, animales fáciles de controlar.
Sin embargo, año tras año, y casi mes tras mes, la población animal de
Altenberg iba aumentando. La vieja nana de Konrad, Resi Führinger, tenía unas
manos de oro para los animales, y le enseñó cómo cuidarlos. Le regalaron un
cocodrilo, pero el terrario era demasiado frío para él; fue intercambiado por
el primer perro que tuvo Konrad. Llamado Kroki en honor de su
predecesor, también tenía una forma algo reptiliana, pues se trataba de un
perro zarcero muy pesado. Luego llegaron los pájaros, que, en general, causaban
pocas molestias —menos el día en que sus excrementos sobre un mullido sofá dejaron
un tinte rojo indeleble, producto de un festín de grosellas—. En los años
siguientes, y para proteger la casa de la invasión de los cuervos y las
cacatúas, había que tener siempre las ventanas cerradas. Los indomables gansos
silvestres podían ser echados fuera —aunque con dificultades— si vagabundeaban
por un lugar inadecuado; pero la capacidad de amaestrar a sus animales parece
haber sido una cuestión de poca importancia para el joven coleccionista. Su
ejemplo favorito para ilustrar la tolerancia de sus padres con sus animales es
la historia del lémur que compró cuando aún estaba en la Escuela Superior.
El lémur de Madagascar de Konrad no era un animal pequeño, pues solamente su
rabo medía unos treinta centímetros de largo. Lo compró en Viena, lo llevó a
Altenberg en un cajón y lo dejó suelto en el salón de té, donde demostraba su
falta de adiestramiento doméstico rompiendo objetos de vez en cuando. Lo siguió
haciendo durante unos dieciséis años, pero lo que más incomodaba a la familia
era la manera en que importunaba a los huéspedes que fumaban. Al oler el humo
del cigarrillo saltaba sobre los hombros del visitante, se excitaba de un modo
frenético y agarrando el cigarrillo, escapaba; se llevaba su presa como si
fuese un insecto, doblando una pata y sujetando el cigarrillo, aún humeante,
contra el cuerpo, galopando sobre sus tres patas. Todos los Lorenz se lanzaban
a perseguirlo, ansiosos por salvar al animal de la quemadura, y el visitante se
quedaba asombrado y confuso ante las extraordinarias bufonadas del animal y la
familia.
A medida que iban llegando nuevos y más destructivos animales a la casa, los
padres de Konrad simplemente movían la cabeza y suspiraban con resignación. Su
primer animal, un patito, lo tuvo a la edad de seis años. Su amiga Gretl tenía
otro; ambos les fueron regalados, recién nacidos, por un vecino. En aquellos
tiempos las márgenes del Danubio se extendían hasta un centenar de metros más
allá de sus orillas, y los densos matorrales, de cañas, mimbres, juncos y
arbustos, alternaban con estrechos senderos y con aguas estancadas, todo lo
cual constituía un perfecto terreno de juego por donde Konrad y Gretl corrían y
chapoteaban pretendiendo ser unos patos, y los patitos les seguían prestamente
como si realmente lo fueran. Los dos niños, con toda naturalidad, y sin
pensarlo, hacían lo que los investigadores de los gansos seguirían haciendo
sesenta años más tarde en el Instituto Lorenz: utilizando el término científico
adecuado en este caso, los patitos estaban «troquelados» por ellos.
«Lo que no advertí —dice Lorenz a los setenta años— es que yo había sido
también troquelado por los patos y aún lo sigo estando. Estoy convencido de
que, en muchos casos, todo el comportamiento de una vida está fijado por una
experiencia decisiva en la infancia. Y eso, al fin y al cabo, es la esencia del
troquelado.»
El troquelado o impronta, que se convirtió más tarde en piedra angular de sus
teorías científicas, era, para aquel niño de seis años, un simple e
incuestionable aspecto de la vida animal; tardaría aún bastante tiempo en darse
cuenta de que había algo especial en ello. Unos años más tarde, cuando ya se
acercaba a los diez, se sintió fuertemente impresionado por una teoría que,
después, ha dominado toda su vida científica.
Konrad leyó un libro que había caído en sus manos, titulado Die
Schöpfungstage(literalmente, Los días de la creación), de
Wilhelm Bolsche, un popular escritor que ya había introducido a toda una
generación de habla alemana en la teoría evolucionista de Charles Darwin. Para
Konrad aquel descubrimiento iluminaba toda la naturaleza viviente,
sistematizando y ordenando su asombrosa diversidad. Devoró el libro, y para
satisfacer su sed de conocimientos en este campo buscó todas las nuevas
informaciones que pudo hallar.
Recuerda vivamente cierto día en el que estuvo paseando con su padre por el
bosque y comenzó a explicarle con gran entusiasmo la evolución. «Yo era muy
parlanchín de niño —me dice Konrad— y mi padre no me impuso silencio, cosa que
me desconcertó un poquito; entonces me di cuenta de que él sabía todo aquello.»
En ese momento, Konrad tuvo la desagradable sensación de que algo muy
importante se le había ocultado. Fue uno de esos momentos que quedan grabados
con sumo cuidado en la memoria; a sus setenta años, podía recrear en su mente
el sendero que atravesaba el bosque y el punto en el que aquella conversación
tuvo lugar. El niño decidió estudiar la evolución y convertirse en un
paleontólogo. Los dinosaurios entraron a formar parte de los juegos de Konrad y
Gretl en el jardín.
La pequeña Gretl (diminutivo de Margarethe) es la misma Maidy que
ya hemos mencionado. A lo largo de una existencia entregada al trabajo y a la
ciencia, con diversos reveses de fortuna, Konrad Lorenz tuvo la suerte de
contar con un matrimonio estable. Tuvo suerte al elegir a la compañera de su
vida, o mejor dicho —como ellos comentaban divertidos al contarme la historia—,
al ser elegido por la compañera de su vida. Una amiga de Gretl, una mujer
romántica, le estuvo describiendo una vez de qué manera conoció a su marido. Se
hallaba en una clase de disección anatómica y se presentó un joven profesor,
alto, rubio y muy apuesto. Ella le miró y pensó instantáneamente: «¡Es él!»
Tras contar su historia, la amiga preguntó a Gretl cómo había conocido a
Konrad. Gretl reflexionó un instante y le dijo: «Yo estaba sentada en mi
cochecito, y de pronto llegó otro cochecito en el que se encontraba un gordo y
feo bebé; inmediatamente supe que era él.» Konrad soltó una gran carcajada al
recordar esa conversación, mientras Gretl sonreía mirándole con regocijo.
Margarethe Gebhardt era casi como la hija del vecino. Su padre era un
horticultor de San Andrá, el primer pueblo que se encuentra hacia el oeste en
la misma curva del Danubio; Konrad y ella pasaban, durante su niñez, mucho
tiempo juntos. El estaba tan seguro de su amiga y de las cualidades que la
asemejaban a un muchacho, que no dejaba de elogiarla ante los otros niños,
afirmando que Gretl era capaz de correr por el brocal de la cisterna que servía
a su padre para regar las plantas del vivero. Esa cisterna aún existe en la
actualidad: está instalada en una torre bastante alta con el fin de que
suministre un buen caudal de agua; el brocal que la rodea es más bien estrecho.
Para justificar la lisonjera admiración de su amigo, la pequeña Gretl no
vacilaba en trepar por el soporte metálico de la cisterna y encaramarse al
brocal, corriendo por él. La hazaña no sólo reforzaba el prestigio de Gretl,
sino también el de Konrad por tener una amiguita así.
El hecho de tener como amiga a la hija de un hortelano le proporcionaba a
Konrad otra pequeña ventaja: podía obtener un topo con sólo pedírselo a su
padre. Este animalito demostró inmediatamente al joven Lorenz su increíble
apetito por las lombrices, las cuales consumía en una cantidad diaria mucho
mayor que el propio peso de su cuerpo. Era fascinante contemplar la rapidez con
que el pequeño animal de pelo lustroso desaparecía bajo tierra para localizar
mediante el olfato el disperso tesoro de gusanos que Konrad esparcía por su
terrario. Sin embargo, por esta vez, el animal le desilusionó, pues nunca
consiguió domesticar al topo y se cansó pronto de tener que cavar para
alimentarlo; de manera que lo soltó en el jardín. Los topos y sus aficiones
insectívoras no son recomendables como animales domésticos.
Pese a que sus particulares aficiones le ocupaban gran parte de su tiempo,
Konrad tenía un buen número de amigos de su edad. Recuerda aún vivamente el
período que pasó como miembro de una «banda salvaje», que comprendía muchachos
de diez a dieciséis años, y su admiración por su indiscutible cabecilla, justo
pero severo. Su admiración hacia ese muchacho, cuatro años mayor que él, era
del mismo tipo que el respeto que durante toda su vida ha sentido por sus
profesores y por los amigos mayores que él. Este aspecto de su vida afectiva lo
recordó muchos años después al reflexionar sobre las razones biológicas que
sustentaban la separación entre las generaciones.
En la casa de sus padres no había más que un número modesto de libros. «Los
cirujanos no acostumbraban ser muy letrados», afirma Konrad. En este sentido,
su padre era superado con creces por su futuro suegro, que tenía una biblioteca
mucho más abundante y una variada gama de intereses que, como los productos de
su huerto, habían crecido sólo gracias a él. Lorenz sentía una sincera
admiración por este hombre autodidacto. También a él le ocurrió lo mismo más
adelante: la mayoría de sus propios conocimientos filosóficos, e incluso sus
conocimientos sobre la literatura científica acerca del comportamiento animal,
los adquirió por su propia cuenta.
Las fotografías de muchacho nos le muestran a los nueve años como un simpático,
malicioso y sonriente diablillo; a los once años vemos a un joven bien vestido,
dueño de su entorno. Ambos retratos dicen la verdad y siguen diciéndola.
Konrad fue durante mucho tiempo un aficionado a la pesca con red y botes de
confitura. A guisa de red utilizaba un alambre retorcido unido a un trozo de
tela. Un año antes de poseer los primeros patos, ya tenía en su acuario unos
peces atrapados en el Danubio. Los aficionados a los peces de acuario,
acostumbrados a los relucientes y hermosos peces miniatura comprados en las
tiendas de animales domésticos, sin duda encontrarían estos peces de río poco
atractivos y nada interesantes, ni siquiera por su tamaño —de cinco a diez
centímetros de longitud—. Únicamente un observador paciente podrá ser
recompensado de cuando en cuando por la contemplación de un bonito destello
iridiscente producido por el reflejo de la luz en las escamas. Konrad fue y
sigue siendo un aficionado encariñado con esos pequeños y aparentemente
insignificantes pececillos, y aún cuenta con un acuario donde los conserva.
En los estanques que se encuentran en los alrededores de Altenberg, el pequeño
Konrad descubrió a los nueve años de edad las pulgas de agua (Daphnia), unos
minúsculos crustáceos que primeramente observaba con una lupa y luego con un
microscopio barato. Y tras las pulgas descubrió muchos otros organismos
maravillosos de los estanques. En El anillo del rey Salomón, Lorenz
cuenta que ésa fue una experiencia crucial en su vida: «Desde ese momento mi
destino estaba trazado, pues quien ha contemplado una vez la íntima belleza de
la naturaleza ya no puede sustraerse a ella. Tiene que convertirse en poeta o
en naturalista, y si tiene una capacidad de observación suficientemente
aguzada, puede muy bien convertirse en ambos.»
Existe una ley en biología que afirma que, en líneas generales, la ontogenia
recapitula la filogenia; eso significa, por ejemplo, que el desarrollo de un
feto en el útero se asemeja a grandes rasgos al camino evolutivo que recorrió
la especie a través de los tiempos geológicos. En el caso del feto humano, sus
estadios iniciales recuerdan a un renacuajo, lo cual indica que nuestros
antepasados procedían de los anfibios. Lorenz extrapola esta ley a la vida
cultural, sugiriendo que el desarrollo científico de una persona tiende a
recapitular el progreso histórico en el campo científico elegido. Lorenz hace
notar que numerosas ciencias pasan por una fase inicial «coleccionista», igual
que la que él tuvo. La búsqueda del orden sistemático y las leyes científicas
viene después.
Al talante científico que heredó de sus padres y que desarrolló intensamente
por su cuenta, se agregaron los valores éticos que adquirió de sus familiares y
amigos. Afirma que tuvo «la tremenda suerte de haber sido criado entre familias
completamente irreligiosas», añadiendo inmediatamente que, sin embargo, eran
«altamente morales y muy espirituales».
Adolf estuvo a la edad de once años en una escuela situada en un monasterio
católico; pero mucho más que el catolicismo, conservó en su memoria el recuerdo
de la persecución que sufrió por parte de un joven monje (piensa él que debido
a su pobreza). La familia que más tarde encabezó él mismo siguió siendo
nominalmente católica. En cambio, los padres de Gretl eran teóricamente
protestantes. A comienzos del siglo XX, en Austria, la religión era mucho más
liberal, hasta el punto de que fue un sacerdote católico quien prosiguió las
enseñanzas de la evolución darvinista del joven Konrad. Para él el darvinismo
era de una belleza y una exactitud tales que le provocó un impacto mucho mayor
que cualquiera de las enseñanzas teológicas. En la época era costumbre enseñar
en casa a los chicos hasta la edad de 10 años, cuando necesitaban una educación
especial para el examen de ingreso en una escuela superior. Por eso su
educación formal comenzó en una escuela elemental privada, financiada por un
rico maestro panadero de Viena llamado Mendel y dirigida por una tía de Konrad,
que era profesora. A la edad de once años entró en el Schottengymnasium, una de
las mejores escuelas superiores de Viena, donde inicialmente sólo estudiaba química,
física e historia natural. Al cabo de cuatro años pasaba allí toda la jornada,
leyendo a autores como Shakespeare y Homero y apasionándose por las
humanidades, además de por las ciencias y muy especialmente por la biología, en
la que ya se destacaba. Eso le gustaba a Adolf, por cuanto deseaba orientarle
hacia la carrera médica. Su hijo más joven debía seguir ese camino al igual que
el mayor, Albert, y no cabía pensar en que ello no se cumpliera. Albert siguió
paso a paso las huellas de su padre, convirtiéndose en un cirujano ortopédico
con un gran porvenir. Sobrevivió a dos guerras y se casó cuatro veces, para
morir a los ochenta años; fue lo que pudiéramos llamar «la oveja blanca» de la
familia. Tal como su padre le describe: «Un niño bueno y lleno de salud...»
Desde los 10 años, Konrad pasaba necesariamente cada vez más días de la semana
en la ciudad, volviendo frecuentemente con sus amigos vieneses a Altenberg para
disfrutar de los fines de semana libres. Pero pronto, después de entrar Konrad
en la escuela superior, comenzó la I Guerra Mundial. Entonces el transporte se
hacía más difícil, los 19 km. desde Altenberg a Viena se alargaban
interminablemente. Se suprimieron los trenes y la línea que pasaba por
Altenberg se reservó únicamente para las necesidades militares. Tal como lo
describe insistente y gráficamente Adolf en su autobiografía, no había
carburante para los coches, ni luz por las noches, ni tampoco agua, pues su
extracción dependía de una bomba que funcionaba con gasolina. Tampoco había carbón,
ni transportes, ni productos alimenticios en el mercado; de manera que la
familia Lorenz se mudó a un piso que tenían en la capital, en la
Rathausstrasse, cerca de la universidad, durante todo el tiempo que duró la
guerra. Allí las condiciones eran incluso peores, por cuanto no tenían siquiera
el consuelo de la belleza natural y el sosiego del campo. Mientras la familia
estuvo fuera, la casa de Altenberg fue saqueada tres veces. La tercera vez
atraparon a los ladrones, uno de los cuales era un inválido de guerra al que le
faltaba un brazo. En la capital, el quejumbroso lamento de «¿Cuánto durará
esto?» dio paso al de «¿Cómo vamos a seguir subsistiendo?»; recorrer las calles
para encontrar una tienda con algo de alimento suponía desgastar un par de zapatos
irreemplazable. Adolf intentó cultivar tabaco, pero pronto abandonó la tarea,
disgustado ante los exiguos resultados obtenidos; afortunadamente, las cosas le
salieron mejor con las patatas. Dentro del compañerismo creado por la nueva
pobreza, los antiguos pacientes de su barrio ofrecían lo que poseían para
repartirlo entre los más necesitados. Pero Konrad recuerda muy poco aquella
miseria de sus padres durante la I Guerra Mundial, salvo —quizá ya en tiempo de
paz— un episodio en el que estaba cortando un gran trozo de carne de buey en
conserva. Este es su único recuerdo claro de los tiempos de escasez.
La paz dejó a Austria desmembrada por los tratados que, entre otras afrentas,
entregaban la Silesia nativa de Adolf a Checoslovaquia. Este se sentía consternado
por la dureza con que los aliados trataron a su patria; pensaba que aunque el
ejército austríaco había sido vencido, había detenido la oleada del bolchevismo
ruso. La paz que siguió a la derrota trajo una hiperinflación que Konrad
recuerda más como una curiosidad que como un desastre familiar. Un millón de
coronas era algo corriente en la vida diaria de aquellos tiempos. Luego
—recuerda Konrad— vino la introducción del chelín austríaco, una moneda de
plata que era exactamente del mismo tamaño y peso que la moneda de diez mil
coronas a la que reemplazó. La fortuna cuidadosamente invertida de Adolf se
redujo catorce mil veces con respecto a su valor original. Esta fue una pérdida
que impresionó a Adolf muchísimo más que a su hijo, por cuanto el palacete en
que Konrad pasaba los veranos, lo que en otro tiempo se consideró una
extravagancia del padre, seguía siendo suyo.
Una vez más, e inesperadamente, Adolf recibió una invitación para acudir a
Estados Unidos por parte de un Comité de asistencia a los niños austríacos y
alemanes. Eso—pensó— sería bueno no solamente para los niños de Viena, sino
también para restaurar su fortuna —cosa que finalmente consiguió, y en una
proporción que se acercaba a la anterior—, Pero, en la América de la posguerra,
Adolf era un personaje polémico. Admirado por algunos, otros le llamaban «el
huno». Restablecerse profesionalmente fue una tarea muy difícil, y al cumplir
los setenta años aún seguía visitando a sus pacientes.
En 1922 Adolf consideró con atención el futuro de su hijo más joven. Había
llegado para Konrad el momento de dejar de lado sus aficiones infantiles, de
abandonar a sus animales y de convertirse en médico al igual que su padre y su
hermano mayor. Y a ser posible debía casarse con una de sus amigas de la infancia,
la rica hija de los dueños del castillo de Altenberg. Las relaciones entre
padre e hijo eran íntimas, pues los tradicionales lazos entre las generaciones
no se habían aflojado hasta el grado en que Konrad Lorenz piensa que hoy lo
están. Cuando reflexiona sobre la distancia existente entre las generaciones,
que actualmente se ha ensanchado hasta convertirse en un abismo, evoca las
relaciones entre Abraham e Isaac, y las relaciones que él mantuvo con su padre.
En ambos casos, el hecho de que el hijo pudiera enfrentarse con su padre era
casi impensable, y si hubiera tratado de seguir su propio camino habría
provocado un intenso conflicto en su fuero interno.
Konrad nunca había mostrado mucho respeto por la autoridad remota, pero en este
caso la autoridad era cercana y personal, y su padre no le daba otro camino que
elegir: el médico desprecia las otras ciencias y, naturalmente, era difícil
tomar en serio la zoología.
Pero la necesidad más urgente del momento era la de separar a su hijo de Gretl.
Obviamente, Konrad se sentía infeliz. Cuando él terminó el colegio a los
dieciocho años, ella tenía veintiuno. En aquella época la diferencia de edad
parecía mucho mayor. Ella era una muchacha atractiva y capaz que había dejado
la escuela antes de completar sus estudios para cuidar a su madre y a sus
hermanos más jóvenes, debido a que la madre había sufrido un duro golpe cuando
dos de los hermanos de Gretl murieron en la guerra. Para romper las relaciones
de una vez y para siempre, Adolf mandó a su hijo al otro lado del océano, a
Nueva York, para ingresar en la Universidad Columbia.
Konrad olvidaba sus desgracias pescando en el estuario de Long Island. Esperaba
que los profesores del Instituto Zoológico serían capaces de decirle los
nombres de las especies que capturaba, pero, con gran disgusto por su parte, no
lo hicieron. Tanto si se trataba de protozoos como de crustáceos, moluscos o
aves, siempre le enviaban a la misma persona, un señor alto y delgado, de unos
sesenta años, con una barbita parecida a la de Abraham Lincoln. Era un hombre
muy simpático y siempre dispuesto a ayudar al estudiante, y tenía una curiosa
afición: parecía estar fascinado por las pequeñas moscas del vinagre. No se
conformaba con tener sólo una colonia de estos insectos, sino que tenía una estantería
tras otra repletas de pequeños frascos con zumbantes moscas en su interior,
cuidadas por una señora de cabello blanco que se ocupaba de sus vidas y su
linaje.
Finalmente, aguijoneado por la curiosidad, Konrad preguntó para qué servían
aquellas moscas tan curiosas. «Una de las cosas de las que me siento más
orgulloso—recuerda— es que el primer cromosoma que vi en mi vida lo observé en
el microscopio de Thomas Hunt Morgan, el padre de la genética moderna.»
Pero había muchos momentos en que Konrad sentía que estaba perdiendo el tiempo
en Nueva York. Cuando volviera a casa tendría mucho que hacer, puesto que los
tres primeros años de medicina en Nueva York no serían convalidados en la
Universidad de Viena. Y en lo que respecta a Gretl, seguía pensando en ella,
tan atractiva y libre a sus veintiún años. Era peligroso para sus esperanzas
amorosas permanecer en Nueva York más de la cuenta.
Su padre le asignó cinco dólares diarios para su manutención; pero a él le
bastaba un dólar y medio. Al final del curso añadió el dinero que le
reembolsaron en la universidad por una parte de las matrículas y se compró un
pasaje en un barco para Europa. Aunque la naturaleza poco satisfactoria de los
cursos le daban una buena justificación para abandonar la Universidad Columbia,
su padre se puso furioso. Konrad abandonó América inmediatamente antes de las
Navidades de 1922 con la maldición de su padre, que probablemente fue la que le
causó un interminable mareo durante la travesía.
Las someras referencias que Konrad hace de su padre en sus libros nos muestran
a éste como un simpático anciano jubilado, pero esto sucedía muy al final de su
vida, y vivió muchos años. Lo que Konrad y Gretl recuerdan más de Adolf no son
tanto las disputas que tuvieron con él—pues al fin y al cabo Konrad se salió
con la suya—, sino su entusiasmo vital: siempre estaba contento, incluso cuando
se quejaba de alguna cosa. Un retrato al óleo de Adolf Lorenz ha permanecido
durante largo tiempo a la vista de su hijo Konrad, que se lo llevó a Seewiesen,
colgándolo en el salón de su piso, situado encima del laboratorio; cuando se
retiró, regresó con él a Altenberg, y actualmente sigue colgado en su despacho.
A su manera, Konrad se sometió al deseo de su padre de que se hiciera médico.
Ingresó en el Instituto de Anatomía de la Universidad de Viena, y Adolf se
sintió contento. Pero se volvió a sentir infeliz cuando mucho más tarde Konrad
abandonó finalmente el Instituto de Anatomía. Solamente se tranquilizó cuando
su hijo, al acercarse a los cuarenta años, se hizo profesor de psicología, que
al fin y al cabo es una respetable rama de la medicina.
Capítulo 3
La primavera de la grajilla
Fue
una grajilla la que lanzó a Lorenz a su carrera como estudioso de!
comportamiento animal. Como él dice, tuvo la gran suerte de encontrarse muy
pronto con una especie tan interesante. Durante una visita casual a una tienda
de animales cuando estaba estudiando en Viena, su mirada se fijó en un pájaro
negro que había en una jaula oscura; no cabe decir que el flechazo fuera
inmediato, sino más bien que, en lugar de cariño, lo que movió a Lorenz fue la
piedad. «De pronto sentí el deseo de atiborrar aquella gran garganta amarilla
con buena comida.» Tenía la intención de soltarlo tan pronto como pudiese volar
por su cuenta, y así lo hizo. Pero la grajilla permanecía junto a él, como lo
hicieron más tarde también sus sucesores cuando incrementó la colonia, y con
ella, su reputación científica.
Pero en primer lugar tenía que satisfacer las esperanzas académicas de su
padre, cuando menos la de que obtuviera un diploma de graduado en medicina. Y
también en este aspecto tuvo suerte, puesto que su profesor en el Instituto de
Anatomía era un hombre cuyos consejos contribuyeron a colocarle firmemente en
la senda del método científico, que él aplicó a las especies animales a lo
largo de su carrera. Este método fue adoptado de sus estudios de Anatomía
comparada. El profesor Ferdinand Hochstetter era muy querido y respetado por el
joven estudiante como persona, además de considerarle como su «padre»
científico. Contrastando con el inconstante entusiasmo y la pasión por las
experiencias nuevas de Adolf Lorenz, su padre, Konrad recibía con Hochstetter
una demostración del placer que puede brindar el paciente descubrimiento fruto
de una simple e invariable rutina. Al recordar su tormentosa existencia. Konrad
Lorenz nos habla del gentil anatomista con una profunda y sincera devoción.
El departamento elegido por Konrad Lorenz era el que estaba más relacionado con
la evolución darviniana de toda la facultad de medicina. Estudió la anatomía
comparada con entusiasmo, y el profesor Hochstetter, por entonces director del
instituto, también le enseñó filogenia comparada —que trata de la
reconstrucción de los árboles genealógicos de las especies a partir de las
similitudes y las diferencias de los caracteres anatómicos—. Más tarde, cuando
Konrad comenzó a aplicar los mismos métodos de comparación para el estudio de
las características del comportamiento animal, Hochstetter siguió aconsejándole
y empezó a considerar a su discípulo como un pionero en la aplicación de sus
propios métodos en un nuevo campo. Hochstetter era para Konrad un santo, un
hombre feliz totalmente dedicado a la ciencia.
Mientras Konrad estaba en el Instituto de Anatomía, Gretl entró en su vida por
segunda vez. Después de cuidar a su madre, tuvo la suficiente capacidad como
para concluir sus estudios superiores e ingresar en la universidad, y ahora
estaba estudiando medicina. La muchacha cursó anatomía el mismo año en que el
profesor Hochstetter nombró a su capaz discípulo profesor ayudante, de manera
que Konrad fue el profesor de anatomía de Gretl, y ella por su parte le dio a
su vez algún consejo. En sus últimos años en el Schottengymnasium, Konrad se
había convertido en un apasionado motorista, y siguió con su afición cuando
regresó de Estados Unidos en 1922. No había nada extraordinario en ello: la
mayoría de los chicos que conocía habían cogido una moto a los 18 años para
exhibirse delante de las chicas. La fogosa Gretl también tenía una. Pero Konrad
lo describe ahora cariñosamente como «uno de los más negros episodios de mi
vida». Participó en varias carreras por la marca British Triumph Company hasta
que se estrelló durante una carrera en Semmering. Salió ileso, pero cuando
Gretl advirtió con firmeza que aquélla era una manera demasiado estúpida de
matarse, abandonó la motocicleta.
También sacó enseñanzas de algunos de sus amigos. Desde la edad de 10 años, su
principal compañero en la mayoría de sus entusiastas aficiones fue Bernhard
Hellmann. Bernhard era literalmente coetáneo de Konrad, pues había nacido
exactamente el mismo año, el mismo día, a la misma hora y en el mismo distrito
de Viena. También estuvieron en el colegio juntos, y su amistad siguió
creciendo al convertirse ambos en naturalistas. Bernhard era delicado de
constitución, con una cara larga y delgada, ojos claros y boca risueña y siguió
compartiendo la pasión de Konrad por los animales, mientras que Gretl no pasó
de aquellos primeros patitos que tuviera con Konrad a los seis años. Al igual
que su amigo, Bernhard era un gran aficionado a criar animales, llevándoselos a
su propia casa de la ciudad en jaulas. La mayoría del trabajo sucio de cuidar
los animales era realizado por un tercer chico, medio irlandés, Willie Reiff, a
quien también le convencían para realizar la mayoría del trabajo doméstico,
dejando así a los demás más tiempo para observar y estudiar las curiosas
actividades de los animales a su cargo. Bernhard estableció una analogía entre
estos comportamientos extraños y el mundo del motociclismo. Habían comprobado
cómo al motor de una moto le salta la chispa al crearse un alto voltaje si la
electricidad no encuentra una salida adecuada, descargándose en un lugar
inadecuado. Del mismo modo, un animal puede realizar una cosa totalmente
diferente de la que «el diseñador» pretendía. Esta idea, que más tarde Lorenz
desarrollaría, era demasiado adelantada para su tiempo, puesto que incluso si
los muchachos hubiesen conocido algo de las teorías de aquel tiempo sobre el
comportamiento animal, difícilmente hubiesen hallado un sitio adecuado para la
idea de Bernhard.
A nadie se le olvidan los acontecimientos peculiares. Cuando estaba estudiando
en Viena después de la guerra, Konrad tenía su estudio en el piso de sus
padres, y en él, naturalmente, también tenía algunos animales: además del
inevitable acuario, Lorenz contaba con una magnífica mona capuchina llamada Gloria.Cuando
él estaba en el piso, el animal podía correr libremente entre las cuatro
paredes, pero cuando se marchaba, la mona tenía que volver dentro de su jaula,
lo cual hacía con mucho desagrado. Cierta vez que el muchacho pasaba la tarde
en la capital, Gloria consiguió escapar de su jaula y comenzó
a husmear por todos los rincones, causando numerosos destrozos. Abrió la
biblioteca utilizando la diminuta llave de ésta (una hazaña que aún continúa
suscitando la admiración de Lorenz) y sacó de allí varios libros. El animal
consiguió abrir asimismo el acuario, rompiendo su tapa con una lámpara de
bronce, con lo que provocó un corto circuito que dejó sin luz a todo el piso.
Las páginas de varios libros fueron arrancadas y echadas al acuario como parte
de las anémonas que en él habitaban. Al regresar Lorenz al piso oscuro, fue
recibido por una risotada de Gloria, que estaba encaramada en
la barra de la cortina. El primer pensamiento de Lorenz fue considerar el gran
esfuerzo físico que todo aquello habría entrañado para un animal tan pequeño, e
inmediatamente después pensó en el gasto que supondría arreglar los
desperfectos.
Otro acontecimiento ocurrido también durante la época en que vivía en el piso
de sus padres hubiese podido pasar inadvertido como un hecho sin importancia
por otra persona cualquiera, pero no para Konrad, que quedó profundamente
intrigado. Un día, un estornino criado por él desde que era un polluelo —por lo
que no conocía el comportamiento de sus congéneres— y que siempre había comido
en un plato, estaba posado sobre una estatua de bronce, con la cabeza inclinada
como si examinase la amplia superficie del techo encima de él. De pronto,
levantó el vuelo, atrapó algo invisible para Konrad, regresó a la estatua,
machacó el objeto inexistente, se lo tragó, se sacudió las plumas y se quedó
tranquilo. Sin embargo, allí no había ningún insecto. Konrad, dudando de la
evidencia que le habían mostrado sus ojos, se subió primero sobre una silla y
luego sobre una escalera para examinar detalladamente todo el techo, por si
acaso se encontraban en él algunos insectos que no hubiera podido ver desde
abajo. Finalmente, tuvo que aceptar que allí no había nada y que muy
probablemente tampoco había habido nada antes.
Las aves se convirtieron gradualmente en el principal objeto de sus estudios,
debido probablemente al hecho de que son mucho más fáciles de comprender para
el hombre que la mayoría de los mamíferos. Las aves trabajan mucho con sus
ojos, órganos de los que también nosotros dependemos mucho; los ojos y también
los oídos son los principales sentidos que utilizan para el contacto social.
Aparte del ser humano y otros, la mayoría de los mamíferos piensan mediante sus
narices. A Lorenz le agrada mucho un comentario de Julián Huxley, según el cual
si nosotros también fuésemos animales olfativos, no existirían observadores de
aves, sino husmeadores de mamíferos.
Gradualmente, Konrad centró su interés por las aves en Jock, su
grajilla. En la pared de su dormitorio en Altenberg había un agujero por el que
los pájaros podían pasar para llegar al amplio desván que estaba detrás, y
desde allí al techo. En la parte exterior de la ventana había un ancho pasaje
entre el tejado y la cornisa que Konrad podía escalar. Las observaciones sobre
los acontecimientos de la vida de Jock comenzaron a llenar su
diario; sus estudios se volvieron sistemáticos, y a medida que el tiempo iba
pasando, se incrementaban las notas. Mientras tanto, Bernhard Hellmann tropezó
con un libro titulado Las aves de Europa central (Die Vögel
Mitteleuropas), del distinguido zoólogo alemán profesor Oskar
Heinroth. Heinroth había observado a las aves de la misma manera que los dos
jóvenes, describiendo detalladamente el comportamiento característico de cada
especie. Según la opinión de Bernhard, el magnífico diario de Konrad sobre su
grajilla era tan bueno como las observaciones del eminente ornitólogo, pero
Konrad siguió tranquilamente con su labor..., hasta que un día el diario
desapareció.
La culpable del hurto era su novia, Gretl, que había conspirado con Bernhard
para tomar el asunto en sus manos. Mecanografiaron las notas, redactaron una
carta, al pie de la cual pusieron la firma que, mediante un subterfugio, habían
conseguido de Lorenz, y todo eso lo mandaron a Heinroth, en Berlín. «Así
comenzó su carrera científica», explica la señora Lorenz. Esto ocurría en 1926;
el artículo llevaba por título «Observaciones sobre las grajillas» («Beobachtungen
an Dohlen»), y se publicó a comienzos de 1927 en el Journal
für Ornithologie, de Leipzig. El artículo termina con esta simple
declaración; «Traté de fundar una colonia de grajillas domesticadas.» En
comparación con sus artículos posteriores, éste era breve, pues sólo ocupaba
ocho páginas y media de la citada publicación.
El año en que el diario sobre la grajilla se publicó, Konrad se casó con Gretl,
la muchacha que quería desde hacía ya tantos años. Sus 16 años de estrecha
camaradería con Bernhard (mantenida por correspondencia mientras uno estaba en
Nueva York y el otro en Manchester) terminaron cuando su amigo se fue a vivir a
Holanda después de haber adoptado la nacionalidad holandesa.
A su debido tiempo y sin un gran esfuerzo, también obtuvo el título de doctor
en medicina, en el año 1928, aunque Konrad no hizo nada para seguir una carrera
en dicha disciplina. Permaneció en el Instituto de Anatomía, donde el profesor
Hochstetter hizo de él su asistente, y centró su principal esfuerzo en el
estudio de los animales. Se trazó el objetivo de labrarse una reputación
científica en ese campo en tres años. En caso de no lograrlo, abandonaría sus
estudios para convertirse en un médico tal como su padre lo deseaba.
Tal como Bernhard y Gretl lo habían anticipado, Oskar Heinroth se sintió
impresionado por la capacidad de observación de Konrad; de este modo ganó un
segundo mentor académico. Lorenz comprobó que los métodos comparativos
habitualmente utilizados en el estudio anatómico de los animales ya habían sido
extendidos al comportamiento por el propio Heinroth; es más, éste escribió su
primer artículo, exponiendo este innovador método en 1910. Heinroth le confirmó
lo que Konrad ya sabía, que el estudio del comportamiento animal podía ser una
ciencia.
Lorenz ha estudiado con detenimiento el neo y diferenciado comportamiento
social de las grajillas. Los dibujos representan algunas de las pautas más
llamativas de dicho comportamiento. Cuando el observador de las grajillas
troqueladas para su estudio en semicautividad toma una en la mano, la grajilla
más próxima se abalanzará sobre la mano para picotearla (1); tal actitud pone
de manifiesto la existencia de un fuerte impulso de defensa comunitaria. En el
comportamiento nupcial, las grajillas actúan también con suma rigidez. El macho
(2) muestra una actitud gallarda», en tanto que la hembra (3) se agacha con
humildad, adoptando una postura receptiva.
El
muchacho ya había decidido dedicarse a aplicar los métodos comparativos al
estudio de la pautas de comportamiento de los animales, que se hallaban
predeterminados por sus instintos. Tenía un método, un objetivo, capacidad de
observación y el estímulo de uno de los mejores cerebros del mundo en el campo
que había elegido. En estas circunstancias importaba poco que no hubiera tenido
una preparación formal en esta nueva ciencia de la etología antes de empezar a
practicarla. En el verano de 1928, la colonia de grajillas ya estaba formada, y
los estudios acerca de la vida social de estas aves le ocupaban enteramente.
Gradualmente fue aumentando el número de cajones para anidar que ocupaban el
desván, y continuó aumentándolos, colocándolos en la cornisa que rodeaba la
casa.
Para hacerse una idea de cómo trabajaba Lorenz con sus grajillas, y hasta qué
punto conocía a esas aves, se puede leer su publicación científica sobre ellas,
o bien el importante capítulo que les dedica en El anillo del rey Salomón. En
estos escritos Lorenz relata la habilidad de las grajillas al juguetear con el
viento, y el placer que sienten al hacerlo, y también la tolerancia mostrada
por las aves cuando él manipulaba a sus polluelos implumes; sin embargo, el
hecho de agarrar aunque sólo fuera un trozo de tela negra hacía creer a toda la
colonia que estaba atacando a uno de sus miembros. La visión de cualquier cosa
negra que se cuelga desencadena automáticamente un ataque en masa de toda la
colonia y la hostilidad eterna para con el presunto atacante. Lorenz tenía que
ser cuidadoso para que no le ocurriera esa fatalidad; para evitarlo, no dudaba
en correr el riesgo de granjearse una reputación de excéntrico entre sus
vecinos al subirse al tejado de su casa de Altenberg con un completo y ridículo
disfraz de demonio —cuernos y cola incluidos—. Ataviado de esa manera con el
primer disfraz que encontró a su alcance, podía permitirse el lujo de ser
atacado por los vivarachos pájaros negros cuando manipulaba a sus polluelos ya
volantones para colocarles los anillos de identificación, al no ser reconocido
por ellos como su sempiterno amigo. En sus escritos, Lorenz hace hincapié en la
naturaleza instintiva de tales ataques, pero también subraya el papel del
aprendizaje, pues las grajillas más viejas enseñan a las jóvenes a conocer a
los enemigos potenciales.
Las grajillas criadas por Lorenz se mostraban afectuosas con él cuando iba
vestido normalmente, y le ofrecían pedacitos de gusanos, su comida favorita.
Entre estas aves, tal comportamiento se considera como un cortejo nupcial,
preludio del acoplamiento. Si Lorenz—no sin razón— se negaba a tomar un gusano
en su boca, la grajilla trataba de colocárselo en cualquier otro orificio
adecuado: el oído, por ejemplo.
Durante el periodo nupcial los machos de las grajillas alimentan a sus
compañeras, que adoptan una actitud infantil, tanto en lo que se refiere a su
postura como a sus gritos (1). Por su parte, la hembra suele despulgar al
macho, sobre todo en la región occipital, a donde él no puede llegar con su
propio pico (2). Esta desparasitación ritual puede ser mutua, aunque
generalmente el dominante es más desparasitado por el dominado, y el macho por
la hembra.
Al
vivir en tanta intimidad con estas aves, Lorenz pudo asistir a dramas tan
íntimos como el de una joven y vivaracha hembra que se inmiscuyó en el
matrimonio del líder de la colonia colocándose insistentemente a su vera, hasta
que finalmente echó fuera a la esposa para ocupar su puesto como amante.
Un día en que su primera colonia se había perdido enteramente, observó que sólo
se quedó una hembra, la cual, posada sobre la veleta, entonaba un conmovedor
reclamo que en su lenguaje significaba «ven a casa»; este grito persuadió a
Lorenz de que debía formar una nueva colonia en el tejado y los aleros de la
casa. Lorenz aún no ha salido completamente de su asombro por la resignación de
sus padres ante la suciedad y los perjuicios que las aves ocasionaron a lo largo
de los años en el tejado. Pero gracias a esta aceptación, el hijo se encariñó
intensamente con aquellos «pájaros de ojos plateados».
El artículo que publicó en 1931, «Contribución a la etología de los córvidos
sociales» («Contribution to the Etholoqy of Social Corvidae»), fue
comenzado cuando aún era estudiante, y lo continuó mientras trabajaba como
asistente del Instituto de Anatomía. Muchos años más tarde, en su recopilación
de artículos, escogió éste para encabezarlos, «porque — afirma modestamente—
ilustra bastante bien cómo se obtienen los conocimientos en etología, aunque
hay que leer un poco entre líneas para darse cuenta de la gran cantidad de
tiempo que me pasé observando a esas grajillas». Su placer por vivir cerca de
las aves se manifiesta claramente. El artículo es todo descripción, sin las
teorías que enunció después. Sin embargo, su reputación científica ya estaba
establecida. Lorenz estaba en el buen camino.
En contraste con todo lo que Lorenz escribió sobre las grajillas, resulta
difícil encontrar en sus libros de divulgación referencias al hecho de que
también crió garzas —y tampoco habla mucho de ello en sus trabajos
científicos—. En el índice de su obra Sobre la agresión se
promete todo un capítulo sobre «La sociedad carente de amor de los martinetes»
(una especie de garzas), pero la referencia a estas aves resulta breve y no
muestra ninguna especial particularidad. Las notas que Lorenz conserva sobre
las garzas nunca se escribieron con miras a ser publicadas, salvo para un
simple y breve artículo en que comparaba las sociedades de las grajillas y de
las nictícorax o garzas nocturnas, preparado para un congreso ornitológico
celebrado en Oxford en 1934. El cortejo nupcial de las garzas es breve, y el
enlace resultante entre el macho y la hembra es débil en comparación con el que
existe entre las grajillas. Y la razón es muy sencilla: las parejas de garzas
permanecen juntas para criar una sola vez y, por consiguiente, no necesitan de
un amor que perviva durante toda una existencia. La totalidad de sus
observaciones sobre las garzas, escritas durante tres o cuatro años, a
principios de la década de los treinta, se perdieron por culpa de la caótica
situación en que se encontraban los transportes ferroviarios en Alemania en
1941. Lorenz lo considera como una verdadera tragedia, y realmente lo fue, por
cuanto un gran número de sus trabajos y documentos científicos más valiosos
desaparecieron en aquella ocasión. Pero también está claro que nunca pudo amar
a las garzas como había amado a las grajillas o como más tarde amaría a los
gansos, pues de otra forma hubiese preparado alguna publicación mientras aún
tenía las notas. Lorenz tuvo dos colonias de garzas; una era de garcetas, pero
nunca crió. La colonia más importante fue la de martinetes, que permaneció en
el jardín de Altenberg hasta que Lorenz se marchó durante la guerra y nadie se
cuidó de alimentarlos.
Mientras Konrad estaba ocupado con la garzas, Adolf Lorenz hizo un nuevo viaje
a Nueva York, y a la edad de ochenta años escribió su autobiografía. En el
prólogo, fechado el día 1 de marzo de 1936, escribe que se trata de «una
historia sencilla y humana llena de altibajos», y, realmente, así es. Escrita
con el estilo fácil y anecdótico que también caracteriza a los libros
divulgativos de su hijo, dicha biografía es muy agradable, a menudo divertida y
a veces emocionante. El libro proyecta mucha luz sobre su pasado y su carrera
profesional, y también sobre el escenario en que se desarrolló su hijo como
persona y como científico. A los setenta años, Adolf se jubiló de su cátedra en
Viena, y comprobó con desagrado que un puesto no retribuido no reporta ninguna
pensión —extraño reconocimiento a tantos años de servicio—. Pero como dice su
hijo, la fortuna de su padre había sido rehecha gracias a su consulta privada
en la posguerra, y muy especialmente a su clientela de Estados Unidos, aunque
todo lo volvió a perder una vez más con la bancarrota de Wall Street en 1929.
Volviendo al relato de Adolf Lorenz, éste nos cuenta cómo estuvo a punto de
serle otorgada la recompensa más elevada que pueda soñar un científico.
Un día, Adolf Lorenz recibió una petición para que enviara todos sus papeles
sobre la intervención «incruenta» de la articulación de la cadera al comité
encargado de conceder el premio Nobel de medicina. Se supone que las
deliberaciones de este comité son secretas, pero un amigo le tenía informado de
los progresos de su nominación. Su nombre salió adelante hasta la elección
final, y Adolf estuvo esperando con gran impaciencia..., hasta que supo que se
le había escapado el premio Nobel de medicina por un simple voto.
«¡Qué loco fui —escribe— al haber alimentado artificialmente tales esperanzas
hasta creer que tendría el premio!» Sus sentimientos al respecto no son dejados
por Adolf a la imaginación del lector. Primero se desata en un aria de rabia
vindicativa, profiriendo toda una sarta de calumnias contra el miserable
votante que faltaba; pero a la mitad de su perorata hace un alto, como si se
hubiera dado cuenta de su vehemente furia, y la vuelve contra sí mismo por
haber abrigado tan indignos pensamientos. Finalmente, escribe: «No prometas el
cielo ni amenaces con el infierno a un hombre si no estás completamente seguro
de que hay un sitio para él.» Adolf fue nominado varia veces más para el Nobel,
pero finalmente se desvanecieron sus esperanzas. Su hijo comenta respecto a
este asunto que el Nobel puede escapar muy fácilmente a cualquiera aunque lo
merezca, por cuanto entre los médicos también existe el pecado de envidia.
En toda su autobiografía, Adolf Lorenz habla poco de su disidente y rebelde
segundo hijo, salvo una pequeña referencia a las circunstancias que rodearon su
nacimiento y unas breves notas sobre cuestiones que tuvieron alguna influencia
en la vida del padre, o sobre acciones suyas dignas de mencionar. Al parecer,
tales hechos fueron raros y de poca importancia.
En la biografía se menciona algo más a su obediente hijo mayor, Albert; una
simple frase recuerda el segundo matrimonio de Albert y el nacimiento de su
hijo Georg, «un niño encantador y muy parecido a su padre». Adolf se muestra
orgulloso de que con Konrad, Gretl y Emma —su esposa y asistente— formen un
total de cinco médicos en la casa: ¡qué familia más ilustrada!
En su autobiografía, Adolf escribe:
«El
doctor Konrad Lorenz hizo un estudio sobre las costumbres y la psicología de
una garza que tenía en el jardín en completa libertad. En lugar de ser doctor
en medicina, Konrad prefirió la ornitología. Yo no estaba muy entusiasmado por
su elección y le irrité mucho cuando le dije que no tenía una gran importancia
saber si las garzas eran más o menos estúpidas de lo que parecía.»
Es
evidente que los aficionados a las aves pertenecientes a la Sociedad Alemana de
Ornitología opinaban de modo muy diferente y visitaban con frecuencia el jardín
del aficionado a las garzas de Altenberg. Adolf nos dice que ello le permitía
hacerle los honores al patrocinador de la Sociedad, Su Majestad Fernando, ex
rey de Bulgaria. Lo que Konrad podía opinar sobre el interés de Adolf en
agasajar al huésped en cuestión —pues para su padre la mejor ave era la que se
cazaba, asaba y servía en la mesa— no está escrito ni por Adolf ni por su hijo.
De todos modos, Konrad se sentía tan indudablemente orgulloso de que su trabajo
fuese admirado por un visitante como ése, como su padre se regocijaba por
acoger a un monarca en su casa.
Hay una frase respecto a Konrad en el relato de su padre que es significativa
teniendo en cuenta la fecha en que fue escrita: «Konrad sostiene que la
psicología humana tiene mucho que aprender de la psicología animal, y que no
existe ninguna diferencia esencial entre ambas ramas de la ciencia.» Cabe
preguntar si esta argumentación de Konrad fue originalmente concebida como una
justificación de su trabajo frente a su padre.
La época más productiva de Konrad Lorenz como científico fue la comprendida
entre los veintitrés y los treinta años, y aunque en años posteriores expuso
también importantes deducciones, la mayoría de sus observaciones y
descubrimientos fundamentales ya habían sido redactados y publicados cuando
cumplió los treinta y cinco años. «No descubrí muchas cosas ulteriormente», me
dijo un día.
Esta desarmante confesión puede ser discutida si se consultan sus trabajos de
la posguerra, los cuales acreditarían por sí solos a cualquier científico. Pero
también es cierto que tales trabajos consisten principalmente en la ampliación
de sus trabajos anteriores a otros animales, y en una más extensa aplicación de
los principios y los métodos ya establecidos: algo así como poner puntos a las
íes y tildes a las tes. En otros campos aún estaban por conocerse sus mayores
contribuciones, pero en lo que concierne a la etología, ciencia sobre la que se
basa la reputación de Lorenz, hay que fijarse en los doce años que siguieron a
1926.
Su labor como asistente del profesor Hochstetter terminó cuando el anciano se
retiró de la dirección del Instituto de Anatomía. Lorenz no se sintió a gusto
con el nuevo director y se pasó a la facultad de zoología. Con miras a un
segundo doctorado, presentó un trabajo que ya había publicado sobre los
mecanismos de vuelo de las aves y las diferentes adaptaciones de las formas de
las alas. Dicho trabajo, que era muy largo —solamente el título tenía tres
líneas— se volvió a publicar más tarde en alemán en forma de libro. Con ocasión
de su examen oral, se encontró ante un profesor al que se le notaba claramente
que no había leído el trabajo de Lorenz y que estaba muy aferrado a las ideas
hasta entonces predominantes. Konrad se dio cuenta de que nada iba a ganar
nadando contracorriente, así que, cambiando rápidamente de dirección, dio al
examinador las respuestas que éste esperaba. De este modo consiguió su diploma
de doctor en zoología en el año 1933. Lorenz no dudó en contarme esta historia
desde su punto de vista.
El joven Konrad se interesaba también por la psicología, y a los treinta años
su profesor Karl Bühler le persuadió para que estudiara las obras de los que
habían escrito antes que Heinroth sobre el tema del instinto. Autores como
Spencer, Lloyd Morgan, Mac Dougall, Yerkes y Watson entraron a formar parte de
sus lecturas. Eran nombres muy respetados en su tiempo —y algunos lo siguen
siendo—, pero Lorenz se mostró profundamente decepcionado por sus ideas; para
él su autoridad sonaba a hueco. Basándose en las observaciones que había
realizado, llegó a la conclusión de que, sencillamente, dichos autores no
sabían de lo que hablaban. Estaba claro que no habían estudiado a los animales
con la penetración y la sagacidad con que Lorenz lo había hecho, incluso antes
de convertirse en el discípulo de Heinroth. Ninguno de ellos parecía darse
cuenta de que el comportamiento debe estudiarse del mismo modo que las
estructuras anatómicas, y ofrecían toda una serie de ideas que Lorenz tenía que
rechazar totalmente, partiendo de su propia experiencia directa. Unos años más
tarde, reflexionando sobre la juventud, Lorenz escribió que ésta no es capaz de
apreciar que aunque las afirmaciones extremadas y opuestas pueden parecer
erróneas, tomadas separadamente, y contrastadas entre sí, pueden desprender
alguna verdad valiosa: algo parecido opinaba el filósofo Hegel. Sin embargo,
aún hoy, pese a citar a Hegel con agrado, Lorenz sigue sin inclinarse hacia el
compromiso. La manera en que suele rechazar las conclusiones autorizadas que no
cuadran con su propia experiencia ha sido siempre un rasgo importante de Konrad
Lorenz.
Por aquella época añadió un nombre americano, el de H. S. Jennings, a la corta
lista de científicos que merecían su aprobación. Jennings había observado que
cada especie posee un «sistema de acciones» característico que también había
observado Lorenz. De todos modos, en sus primeros escritos científicos, Konrad
realizó grandes esfuerzos para encajar sus observaciones dentro de las teorías
existentes sobre el comportamiento animal. Pero con los años, fue barriendo de
su mente los restos de las ideas, entonces predominantes, que explicaban las
pautas de comportamiento como reflejos automáticos. Uno de los reflejos, más
simples y más conocidos, es el de la sacudida de la pierna que sigue
inmediatamente al golpe asestado en un punto especial bajo la rodilla. Desde el
comienzo, era evidente que la mayoría de pautas de comportamiento eran más
complicadas que todo eso: así se ideó la llamada «cadena de reflejos». En ella,
un estímulo del ambiente desencadena la primera parte de la respuesta del
comportamiento; ésta desencadena a su vez la segunda parte y así sucesivamente
hasta completar toda la pauta. Diversas acciones, tales como la de andar o
tragar, pueden explicarse muy bien a través de dichas secuencias reflexivas,
pero muchos fisiólogos de aquella época creían que todo el comportamiento debía
operar a ese nivel superficial, al igual que una máquina tragaperras que
siempre produce la misma e invariable respuesta. Lorenz iba avanzando
lentamente hacia la comprensión de que muchos comportamientos provienen de
fuentes más profundas. Había observado casos (como el del estornino que tenía
en el piso de sus padres) que parecían surgir espontáneamente, sin que se diera
ningún estímulo. Si el estímulo que normalmente desencadenaba la acción no se
producía en el tiempo adecuado, la acción podía aplazarse, pero podía llegar a
producirse sin ninguna estimulación externa. En otras palabras, Lorenz concluyó
que existía un instinto para la acción, el cual tenía que manifestarse de un
modo u otro.
El viejo Lorenz todavía se increpa a sí mismo por no haber comprendido más
pronto lo que muchos en su puesto seguramente nunca hubiesen captado en
absoluto. Si bien tardó en formular los nuevos conceptos — y quizá solamente
Lorenz podía ser tan impaciente consigo mismo como para sugerir esa lentitud—,
fue en cambio, aceptando las ideas que le llegaban —cuando no directamente— a
través de dos estudiosos del comportamiento que sigue respetando en la
actualidad: Oskar Heinroth y otro americano, Charles Otis Whitman. Hubieron de
pasar diez años desde que Lorenz se encontrara con Heinroth, para que ambos
oyeran hablar de los trabajos de Whitman, el cual había declarado en Chicago,
en 1898, que la comparación entre especies era el camino concreto para el
estudio del comportamiento animal.
En 1919, Whitman empleó una característica del comportamiento como criterio
clasificatorio para identificar la pertenencia de un ave al orden de las
palomas: sin ninguna excepción, estas aves utilizan el peristaltismo —o sea, la
progresión a lo largo del esófago de las contracciones musculares— para ingerir
el agua cuando beben. Lorenz afirma que aprendió mucho de la correspondencia
que mantuvo durante varios años con un discípulo de Whitman, Wallace Craig,
quien describió en 1918 la forma en que los instintos se expresan en cuanto
apetitos y aversiones.
Muchos años más tarde, cuando Konrad Lorenz seleccionó algunos de sus primeros
trabajos para publicarlos de nuevo (y para traducirlos al inglés), llamó la
atención de sus lectores sobre el hecho de que en todos ellos las conclusiones
que extraía eran más débiles de lo que podían haber sido, pero que la
conclusión a la que tenía que haber llegado quedaba implícita en sus trabajos
posteriores; y de no encontrarse allí, estaría en los principales documentos
teóricos sobre la naturaleza del instinto, que escribiría más tarde.
El trabajo que estaba haciendo al principio en su tiempo libre era,
aparentemente, un trabajo de aficionado. En realidad. Lorenz hubiese aceptado
con gusto la etiqueta de amateur por cuanto él es un verdadero
aficionado, un amante de su tema, que son los que más probabilidades tienen de
convertirse en verdaderos expertos. También es cierto que con su falta de
preparación formal al principio, era un aficionado en un segundo sentido de la
palabra, aunque ahora trataba resueltamente de llenar el vacío existente en sus
conocimientos.
Pero su vida distaba mucho de ser una vida dedicada exclusivamente al trabajo.
Tanto para el trabajo como para la diversión utilizó plenamente su entorno
ribereño, y profundizó especialmente en el conocimiento de un elemento
particular de su entorno: el Danubio. Lorenz solía nadar regularmente a través
de sus rápidas pero constantes corrientes, cosa que no le ofrecía ninguna
dificultad especial al ser un excelente nadador conocedor de todos los estilos.
Durante el verano, eran numerosos los excursionistas que cogían el tren los
domingos desde Viena hacia Altenberg con la idea de zambullirse en las
amarillas aguas del río. El ir y volver de una orilla a otra del Danubio era
ciertamente un excelente ejercicio — cuanto más lentamente se nadaba, más se
tenía que andar a lo largo de la orilla para alcanzar otra vez el punto de
partida.
Otros datos de su conocimiento del Danubio los consiguió Lorenz de un modo que
sus amigos consideran como típico de su vigorosa y hasta agresiva postura ante
las dificultades de la vida: se trataba de una licencia para pilotar barcos
fluviales por el Danubio. Lorenz nos cuenta que fue el examen más difícil que
jamás tuvo que pasar — lo cual significa en realidad que ningún otro examen le
costó mucho esfuerzo—. La explicación de esta sorprendente actividad de aquella
época es simplemente que era necesaria. Esto ocurría antes de que existiera
ninguna disposición sobre la navegación de placer por el Danubio. Lo que sucedió
fue que una embarcación de doce metros de eslora, que antaño había servido en
la I Guerra Mundial, se vendía por casi nada. Konrad y Gretl compraron el
barco, y con la ayuda de un constructor local lo convirtieron en un yate con
cabina; un motor de segunda mano perteneciente a un tractor Mercedes
proporcionó la fuerza de locomoción. Konrad estudió con ahínco y obtuvo el
título que le permitía pilotar barcos de hasta veinte metros de eslora y dos
mil caballos de potencia. De esta manera, los días de fiesta podía navegar
hasta la ciudad de Budapest y volver.
En los años treinta el «laboratorio» de Lorenz era la casa de su familia en
Altenberg. Cuando nos habla de aquella época, Konrad se muestra muy agradecido
a la tolerancia de su esposa, que siguió a la de sus padres, aunque la de Gretl
tenía una justificación más práctica. En efecto, la reputación profesional de
su marido ya estaba asegurada en su propia mente, ya que no en la de su padre.
Ante los elogios de su marido, replica que durante el tiempo en que los
animales estuvieron presentes en mayor número, ella estaba realizando su
carrera médica como ginecóloga. Sus dos hijos mayores, Thomas y Agnes, nacieron
en los dos primeros años de su matrimonio; luego, consiguió el título de
doctora en medicina (cuatro años después que Konrad) e inmediatamente empezó a
ganar dinero, cuando su marido aún no contaba con ingresos seguros. En cuanto a
lo demás, ella y la madre de Konrad se ocupaban de remendar las sábanas
agujereadas por los ratones al recoger material para sus nidos, y encerraban a
los niños en una jaula cuando había que protegerles de la curiosidad de los
monos.
El método que idearon para cuidar de los niños, el principio de «la jaula al
revés», tenía por objeto dejar a los animales más activos y enérgicos en la
mayor libertad posible; los dos niños, en cambio, podían apañárselas bastante
bien con cierto grado de confinamiento. De los perros que había en la casa
necesitaban protegerse menos por cuanto éstos tienen una capacidad innata para
reconocer a los niños y una fuerte inhibición para no dañarles. Tal como Lorenz
relata en Cuando el hombre encontró al perro, incluso un
diminuto chihuahua adulto es capaz de reconocer a un pequeño San Bernardo de
poca edad, mucho más grande que él, y cualquier gran perro doméstico es capaz
de distinguir a un niño y reaccionar frente a él de la misma manera en que lo
haría con un cachorro. En una ocasión, cuando la pequeña Agnes tenía seis años,
intervino audazmente en una pelea de perros para intentar separarlos, siendo derribada
varias veces durante la acción. Sin embargo, la niña salió ilesa y sin miedo de
la refriega, aunque un poco confusa al ver que su autoridad había sido bastante
menos fácil de imponer que de costumbre.
Thomas y Agnes, al igual que sus padres, encontraron en Altenberg un lugar
ideal para criarse. Pero contrariamente a su padre, Thomas no fue «troquelado»
por los animales; los encontraba divertidos y objeto de interesantes
conversaciones, pero a la hora de elegir prefería jugar con el tren que su
padre le había comprado. Konrad también jugaba con los trenes de su hijo, y
cuando éste abandonó la casa después de la guerra y se los llevó, su padre
compró un tren aún mayor (naturalmente para los nietos). La estructura
tridimensional, con sus verdes colinas y sus túneles, aún sigue en su estudio.
Los recuerdos de Thomas sobre su infancia en una casa feliz incluyen el
respetuoso temor con que todos trataban al Herr Hofrat, o sea,
al anciano Adolf, cuyo título de Hofrat (consejero del
emperador), que le había sido otorgado en el siglo anterior, estaba — es obvio
decirlo— minuciosamente relatado en su autobiografía.
Aunque por su carácter era muy asequible a los niños, éstos no dejaban de
observar la rapidez con la que cualquiera de sus caprichos debía cumplirse,
como conviene a una persona anciana, pero que aún sigue teniendo su grandeza.
Thomas también oyó hablar de la falta de dinero; y más tarde oyó también hablar
de la confianza en que la autobiografía del abuelo escrita en inglés para
América se vendiera mucho y así recomponer la fortuna familiar. Pero esto no
ocurrió.
Entre los primeros recuerdos de Thomas figura uno que en su tiempo provocaba
grandes risas: las bufonadas de un grupo de jóvenes que iluminaban las laderas
de las colonias que rodean a Viena con sus antorchas de abeto... y su líder, un
tipo ridículo con unos bigotes extravagantes que todos increpaban como un
bufón.
Entre los intereses que Thomas compartía con su padre no figuraban el
troquelado y los instintos animales, sino las rotaciones y revoluciones; de
modo que acabó siendo físico—aunque luego se orientó hacia la biofísica—. A
pesar de su énfasis en el instinto, Konrad Lorenz admite, e incluso destaca, el
papel de la experiencia en el moldeamiento de los jóvenes de cualquier especie.
La temprana influencia de su padre y también de su suegro fue poderosa, y más
tarde sintió un gran afecto por sus profesores Hochstetter y Heinroth. Pero la
influencia que ejerció su mujer ocupa también un lugar destacado en su vida, y
no arranca solamente de los años de matrimonio, sino también, y de un modo muy
profundo, de su infancia. Konrad suele decir: «Mi mujer y yo éramos casi como
hermanos.» (Un etólogo podría advertir que es muy raro que un animal se una a
otro cuando pertenecen a la misma camada. Pero la gama del comportamiento
humano posible y aceptable es mucho más amplia que la de cualquier animal.)
La palabra «matrimonio» puede que tenga mucha más importancia en el mundo de
las grajillas o de los gansos que en la sociedad humana. En las especies de aves
favoritas de Lorenz, el apareamiento suele hacerse para toda la vida; al
comparar este rasgo con la institución humana del matrimonio se concluye que
las aves tienen mayor capacidad para la monogamia que la que demuestran muchas
culturas humanas. En su trabajo sobre los gansos, Lorenz ha demostrado que cada
macho se aparea solamente con una hembra determinada, y a su vez cada hembra
aceptará solamente un determinado macho dominante. Todo esto sugiere una
analogía con el hombre «que los partidarios de la liberación de la mujer no
aceptarían con agrado», como apuntó sarcásticamente un entrevistador americano.
Pero Gretl afirma que son muchos los papeles que la mujer puede desempeñar y
entre ellos incluye «... la defensa de ciertas cosas frente al marido». Aunque
también puede incluir el «defender al marido contra un ataque encubierto», lo
cual requiere la comprensión del trabajo que está realizando el marido. También
es tarea de Gretl criticar su trabajo. «¡Sí, sí!, incluso eso», comenta Konrad
regocijado.
¿Es suficiente esta exposición para dar una idea de la influencia que
Gretl ha ejercido sobre su vida? Algunos de sus amigos nos dirán que no. Ellos
opinan que Konrad ha tenido mucha suerte con la estabilidad que ella le ha
aportado: Gretl tizne un efecto atemperador sobre sus salvajes oscilaciones. Al
igual que su padre, Lorenz suele tener «ideas locas» — ése es uno de sus rasgos
característicos— y Gretl le vuelve a poner los pies en la tierra. Konrad se
deje arrastrar con demasiada frecuencia por su entusiasmo y entonces e?
necesario que alguien le contenga. Pero para aquellos que han conseguido
meterle en la cabeza alguna «idea loca» ha resultado descorazonador encontrarse
con que el propio Lorenz la rechaza de la noche a la mañana. Esto ocurre a
menudo tras una discusión racional de un asunto con su esposa, que es más
conservadora que él. De todos modos, por lo general la combinación de Konrad y
Gretl es más poderosa que Konrad en solitario. El consulta con ella el estilo
de sus escritos y de lo que ha de decir en público, y las ideas que subsisten
tras estas consultas se vuelven más razonables y comunicables. Aunque Lorenz
trata a menudo a su esposa con un cariño desenfadado, encuentra en ella,
ciertamente, la voz del sentido común. Además de eso, ha sido también su Glücksbringer, su
buena estrella.
Un importante elemento en las primeras experiencias de un niño es el lugar en
el que se ha criado. Si —como ha ocurrido con Lorenz— la infancia es feliz y el
niño posee además unas características físicas y mentales adecuadas para una
plena interacción con su entorno, podemos esperar que de mayor sienta cierta
nostalgia por su época infantil, como la que Lorenz siente de su infancia en
Altenberg. Lorenz afirma que los niños son irreversible y aunadamente «troquelados»
por su ambiente, lo que se manifiesta en la edad adulta por su preferencia por
cierto tipo de «paisajes»: uno desea vivir para siempre donde vivió durante su
infancia. «Y eso —insiste Lorenz— es troquelado.»
Capítulo 4
Los años de los gansos
Los
gansos grises son los animales que más se relacionan con Konrad Lorenz. Esta
reputación se basa sobre todo en las fotografías de él entre los gansos de
Seewiesen, ampliamente difundidas con la publicación de las numerosas
entrevistas que se le hicieron en la posguerra, las cuales se debieron
principalmente al interés despertado en el público por su libro Sobre
la agresión.Las asombrosas coincidencias entre los gansos grises y las
sociedades humanas tuvieron mucha resonancia. Pero todo ello llegó más tarde.
Lorenz nos dice que los años comprendidos entre 1935 y 1938 fueron sus años de
gansos, los verdaderos años de los gansos de Altenberg, donde él trabajó con
las crías de los gansos antes de que éstos fueran dispersados durante la
guerra. Estos fueron también los años de sus trabajos científicos más
importantes, basados en todas las observaciones que hasta entonces había
realizado, pero confirmadas por sus observaciones sobre dichos animales. Lorenz
denomina todo este período «el verano de los gansos»; fue un verano pasado
entre los bosques, el pueblo, los prados y el río. Los rayos del sol desempeñan
un importante papel en sus recuerdos de aquella época, y se siente soplar un
viento fresco y puro de campo en las descripciones que hace de aquellos años.
Se sentía relajado y seguro, y la naturaleza de su trabajo se armonizaba con la
hermosa paz de la vida que le rodeaba. Cuando podía, anotaba sus ideas en el
papel, pero también empleaba muchísimo tiempo en cuidar y observar a sus
polluelos, tiempo que empleaba a la vez para reflexionar. El mismo Lorenz se
describe entonces como un «científico campesino».
Todo campesino debe comprender y controlar aquellos detalles significativos de
su entorno biológico. Para el verdadero campesino, las partes más
significativas del entorno son aquellas que afectan a la producción de
alimentos y a otras materias susceptibles de ser vendidas; para Lorenz, son
aquellas que afectan a la producción de conocimientos sobre los sistemas de
comportamiento de los animales. La actitud y el enfoque son similares en ambos:
cada uno de ellos se mueve en su diminuto reino, manejándolo delicadamente pero
con firmeza, y orientándolo hacia sus propios fines. Las cosas son diferentes
en la agricultura desde la posguerra: se consiguen rendimientos superiores —al
menos a corto plazo— aplicando controles más severos y manteniendo mediante
productos químicos el sistema inestable que de ellos resulta. El estudio de los
animales en el laboratorio es algo parecido: se consigue rápidamente una
estrecha gama de resultados y en unas condiciones experimentales repetibles en
cualquier parte. Sin embargo, existen ciertas desventajas. Una de ellas
consiste en que la prueba de los sistemas en un entorno forzado puede producir
en su observación unos resultados diferentes de los que se obtendrían en
condiciones próximas a las normales. Para descubrir el modo en que se comporta
un animal o los detalles de una pauta de comportamiento, es preferible empezar
con lo que ocurre cuando se encuentra en su medio natural, aunque sólo sea para
tener un punto de referencia.
Sin embargo, Lorenz no era tan ingenuo como para suponer que él, un ente
extraño, no había de influir en la actuación de sus animales. Es más, su método
de estudio más común, el troquelado, tenía por fin el que los animales le
aceptaran como uno de ellos.
Pero también en este aspecto había limitaciones. Por ejemplo, podía ocurrir que
los animales no aceptaran sencillamente al hombre como uno de ellos, sino que
trataran de «ser» hombres. Lorenz fue afortunado en este aspecto, pues su línea
de estudios no quedaba demasiado afectada por esta alternativa: sus estudios se
centraban principalmente en los aspectos innatos del comportamiento animal, y
si en una situación artificial como ésta dichos aspectos seguían manifestándose,
aumentaba la posibilidad de que fueran innatos.
Cuando durante su jornada diaria paseaba, se sentaba, nadaba o remaba en su
canoa, podía vérsele seguido o rodeado de una rara y aparentemente casual
selección de los diversos animales que él había elegido para estudiar; y cuando
regresaba a casa, solía marchar entre otros, aquellos cuyo vínculo con él era
menor o incluso nulo. A pesar de que su interés por ciertas especies había sido
totalmente espontáneo —una mezcla de casualidad y de curiosidad—, el conjunto
de especies que estudiaba resultaba coherente y racional. Este conjunto puede
dividirse en varios grupos. En primer lugar estaban los que por derecho propio
constituían el objeto central de sus estudios; inicialmente fueron las
grajillas, luego las garzas y ahora los gansos. En segundo lugar, venían las
especies estrechamente emparentadas con éstas: los cuervos —parientes de las
grajillas— o los ánades reales —a los que espiaba con el rabillo del ojo
mientras observaba a los gansos—. Este procedimiento permitía conocer no
solamente lo que los patos tienen en común con sus primos los gansos, o las
grajillas con los cuervos, sino también los aspectos que habían cambiado a lo
largo de su diferenciación evolutiva. Y, por último, existían especies no
emparentadas con las grajillas o los gansos, pero que poseían pautas de
comportamiento similares; estas pautas de comportamiento que siguiendo caminos
evolutivos diferentes han llegado a ser parecidas se denominan convergentes.
Sus estudios sobre los gansos comenzaron realmente en 1934, año en que Alfred
Seitz llegó a Altenberg entre sus primeros alumnos. Seitz era el mayor y quizá
tenía más motivaciones que los demás estudiantes: tras terminar sus estudios
superiores se había pasado ocho años realizando trabajos que no le satisfacían,
aunque en cuanto había tenido un rato disponible se había ido a observar la
vida de las aves en las márgenes del Danubio. Buen aficionado a la fotografía,
decidió ganarse la vida con ella, y provisto de una antigua y voluminosa cámara
se puso a recorrer las rojizas y someras aguas del Neusiedlersee, al sureste de
Viena, observando y fotografiando las garzas, las espátulas, las cigüeñuelas y
las avocetas mientras buscaban su comida con sus zancudas patas metidas en el
agua. Pero cuando ya llevaba un tiempo reuniendo material para publicar
artículos de historia natural en las revistas se dio cuenta de que necesitaba
mayor conocimiento del comportamiento de estas aves. A fin de que un experto
valorara sus observaciones sobre las garzas, un ornitólogo vienés le sugirió
que visitara a Lorenz en Altenberg. Seitz recuerda que «ya ese primer encuentro
fue decisivo para mi vida profesional», lo que ha sido repetido después por
otras personas.
Seitz participó en el curso que Lorenz daba sobre «Introducción a la etología»,
en el acuario en que había estudiado el comportamiento de los cíclidos del
género Cichlasoma (peces africanos que llevan sus huevas y
alevines en la boca y que más tarde Lorenz destacó en sus estudios sobre la
agresión). Y cuando Lorenz comenzó sus estudios sobre los gansos, fue Seitz
quien le consiguió los huevos fecundados.
El método de Lorenz requería aves pertenecientes a una especie realmente
silvestre, que él criaría desde antes de salir del cascarón, amaestrándolas.
Los gansos domésticos están degenerados genéticamente con respecto a sus
antepasados salvajes, y si compraba huevos de gansos «silvestres» en una
tienda, no había manera de saber si estaban libres de los genes del
comportamiento de cualquier ganso de corral que se hubiera mezclado con ellos.
Seitz sabía dónde encontrar exactamente lo que Lorenz deseaba, por cuanto había
observado los lugares de cría de los esquivos gansos silvestres que en aquella
época habitaban en lo más recóndito de los pantanos de Neusiedlersee, muy
alejados de cualquier intromisión humana; también conocía la época en que
incubaban. Seitz recogió los huevos de una nidada, y se los llevó aún calientes
a Altenberg. Para satisfacción de ambos, los polluelos nacieron de los huevos
incubados y fueron troquelados por Lorenz, de modo que le consideraron como su
padre: ésos fueron los gansos filmados por Seitz en 1935. Uno de los ansarones,
llamado Martina, recibió un tratamiento especial. Lorenz cuidó
de esta hembra mucho más tiempo que de los demás gansos con objeto de estudiar
el troquelado con más detalle, aceptando las duras restricciones que causaron
en su vida aquellos continuos cuidados. En cierta ocasión en que Lorenz estaba
escribiendo a máquina, Seitz vio que emitía un aullido y buscaba
apresuradamente dentro de su camisa. La explicación de todo ello era que Martina se
había despabilado con el calorcillo del cuerpo y se había puesto a picotear la
«hierba» que «crecía» en su pecho; ésa resultó una observación directa del
poder del instinto.
El éxito inicial de la colonia exigía su ampliación, de modo que durante la
primavera siguiente Seitz volvió a poner manos a la obra. Esta vez decidió
buscar en la zona de nidificación existente en la orilla húngara del lago de
Neusiedl. La primera parte de su plan consistía en «persuadir» a Lorenz para
que diera una conferencia a los ornitólogos de Odenburg, en la orilla húngara
del lago. A la mañana siguiente, sus colegas les condujeron hacia los
cañaverales del lago Fertó, donde sin ningún recelo los llevaron en bote a
través de un largo y estrecho canal entre los cañaverales, directamente hacia
un nido de gansos grises. Con el mayor cuidado, cada miembro del grupo fue a
mirar el nido. Seitz se las arregló para ser el último, y cuando llegó al nido,
se llevó los huevos —que ya estaban bastante incubados— en «aras de la
ciencia». Nadie sospechó del ladrón, salvo Lorenz, que se dio cuenta del
solícito cuidado con el que Seitz trataba ahora su mochila.
La reserva de gansos de Altenberg contó a partir de ese momento con un ganso
gris silvestre, unos diez ansarones que fueron criados por un ganso doméstico
en el jardín y otra decena que criaba el propio Lorenz. Las crías de «su»
nidada le seguían por toda la casa y el jardín, y a lo largo de sus paseos por
la carretera hasta las orillas del Danubio. Lorenz esperaba que los ansarones
que quedaban en el jardín con su no voladora madre adoptiva demostrarían ser
los mejores animales domésticos, mientras que su bandada probablemente vagabundearía
hasta perderse. Sin embargo, a medida que crecían, se dio cuenta de que lo más
probable es que ocurriera lo contrario. Si se lleva a un ganso hasta una gran
distancia de su casa — por ejemplo, un centenar de kilómetros o más—, es capaz
de encontrar el camino de regreso solamente hasta el área general de su casa, y
a partir de ahí debe fiarse de los accidentes del terreno que le sean
familiares; estos accidentes no fueron aprendidos por los gansos que
permanecieron en la casa.
Lorenz distinguía a los gansos que no estaban troquelados por él, y que por
consiguiente no le seguían, adjudicándoles diversos números. Sin embargo, a los
que le seguían les dio nombres propios. Durante más de treinta años, con
aquellos gansos y los de la posguerra (incluso cuando sus estudios y
observaciones pasaron a otros animales), tuvo el placer de comprobar cómo
volaban hacia él cuando los llamaba en su propio «lenguaje». Los gansos se
mostraban confiados en los lugares extraños simplemente porque Lorenz estaba
allí, pero fuera de esta relación especial, una gran parte de su comportamiento
seguía siendo el de los gansos silvestres sin relación con el hombre.
La elección de los gansos por Lorenz para sus nuevos estudios era en parte
consecuencia de la accesibilidad de la especie. Estos animales son fácilmente
troquelados por el hombre sin convertirse por ello en unos pervertidos
sexuales. En este aspecto eran mucho más satisfactorios que las grajillas,
puesto que si se criara a éstas como Lorenz crió a sus gansos, de adultas
cortejarían exclusivamente a los seres humanos. A partir de cierto punto, la
reorientación de su conducta sexual vuelve inútiles las investigaciones sobre
su comportamiento social. Una tercera razón para estudiar a los gansos estriba
en que lo que podemos aprender de su comportamiento puede ser más importante
para el hombre que el comportamiento de muchas de las especies más próximas a
nosotros en el proceso evolutivo. En efecto, los primates, de los cuales cabría
esperar que tuvieran unas similitudes mayores con el ser humano, forman
sociedades que en general son bastante distintas de las nuestras. Si suponemos
que el ser humano no es exclusivamente el producto de sus respuestas
condicionadas — y Lorenz es uno de los máximos defensores de la opinión de que
el hombre no lo es—, podemos aprender un gran número de cosas de las analogías
que pueden existir entre el comportamiento del hombre y el de los animales.
Los gansos son relativamente simples de estudiar—lo cual siempre constituye una
ventaja en la investigación— y singularmente parecidos al ser humano —como
subraya— en cuanto a la amistad personal, la lealtad hacia los amigos y la
hostilidad hacia los extraños, las relaciones entre padres e hijos y hasta el
amor conyugal. A este respecto, Lorenz nos refiere el comportamiento de su
hembra Ada después de perder a su pareja. La vio volar
buscando por una zona cada vez más extensa, al tiempo que emitía su grito de
llamada, hasta que finalmente perdió toda esperanza. A partir de ese
momento, Ada se comportó como si hubiese perdido el gusto por
la vida. Perdió su alegría y se mostraba muy temerosa con los demás gansos. La
expresión de su cara estaba alterada, con los ojos hundidos en las órbitas y
los músculos fláccidos a su alrededor; era la imagen de un ave dolorida.
Finalmente, tras enviudar varias veces, Ada se volvió
promiscua. Un ornitólogo que la vio durante una visita a Altenberg manifestó,
sin saber nada de su vida, que «aquel ganso tenía que haber sufrido mucho».
Cabría preguntar si este modo de hablar de las aves no es exageradamente
antropomórfico. Lorenz contesta con un antiguo proverbio chino que dice: «Todo
animal está en el hombre, pero no todo hombre está en el animal.» Los términos
antropomórficos deben utilizarse con cuidado, pero a menudo son, según Lorenz,
la mejor descripción que cabe encontrar. En todo caso, su utilización aclara
cuando menos las analogías que se están estudiando. Es muy probable que
nuestros «sentimientos humanos» sean nuestra propia experiencia de un sistema
común al animal y al hombre que actúa como impulsor del comportamiento.
Lorenz hace constar que, siguiendo a Darwin, su respetado profesor Oskar
Heinroth atribuye instintos al hombre —instintos que derivarían de sus
antepasados animales—. En 1910, cuando Heinroth estaba estudiando a los
anátidos —la familia de los gansos y los patos—, le llamaron especialmente la
atención las asombrosas similitudes entre las aves y el hombre en su
comportamiento social. La analogía ya era por sí misma un argumento a favor de
la existencia de instinto en el ser humano. Y se puede argumentar en sentido
inverso que Ada, la hembra promiscua, se había vuelto lo que
en términos humanos pudiéramos llamar neurótica. Sus pautas instintivas de
comportamiento le habían servido perfectamente mientras su vida se desarrollaba
de acuerdo con el plan al que sus instintos estaban adaptados. En esos momentos
encajaban perfectamente con los comportamientos correspondientes de los gansos
que se encontraban en su entorno común. Pero su compleja cadena de pautas de
conducta se rompió y Ada se convirtió en una inadaptada dentro
de su propia sociedad. La etología está llena de ejemplos parecidos, al igual
que la medicina psicológica humana. Este es un segundo argumento en favor de
que el hombre y el animal tienen unos mecanismos similares en la base de su
comportamiento.
Los gansos grises se parecen al ser humano en otro aspecto: la duración de su
vida. Lorenz no es una autoridad directa en este aspecto, por cuanto los gansos
que crió en Altenberg estuvieron con él sólo unos pocos años; sin embargo, en
1950, calculó en veinticinco años la edad de un ganso, al que mató un perro, y
notó con sorpresa cuando se lo comía asado que el ave era asombrosamente
tierna. Lorenz afirma que no puede establecerse ningún límite superior concreto
para determinar la longevidad de los gansos grises. Un ganso es adulto a los
dos años y no parece viejo veinte años después; hay gansos que han alcanzado la
edad récord de sesenta y más años, según se ha publicado en la Unión Soviética
y en Canadá.
El animal más común para los estudios biológicos es el ratón, pues su ciclo
vital puede seguirse en dos años; de este modo se pueden realizar en un período
razonable experimentos genéticos que abarcan múltiples generaciones. Un ave de
un tamaño comparable —como, por ejemplo, el canario— suele vivir diez veces más
que el ratón. Para sus trabajos, Lorenz tuvo que aceptar las desventajas que le
ofrecía la mayor longevidad de las aves que había elegido.
Para criar sus propios gansos en Altenberg, Lorenz tuvo que adaptar su propia
vida y sus estudios al ciclo cotidiano de actividades de las aves. Los gansos,
al igual que los patos, no suelen tener unos largos períodos de sueño.
Descansan en las horas nocturnas y nuevamente durante un par de horas después de
su baño regular del mediodía. Incluso entonces, y a diferencia de muchas otras
aves, no están profundamente dormidos, sino que se despiertan con el mínimo
ruido. Durante unos cuantos años antes y después de la guerra, la tarea
cotidiana de Lorenz solía empezar con la primera luz del alba, cuando llamaba a
las aves para trabajar con ellas y compartir su baño matutino. Su labor
proseguía con altibajos, hasta que las aves se retiraban para descansar durante
la noche. Cuando durante los años de la preguerra reanudó sus conferencias en
la universidad, compaginaba ambas actividades con muchas dificultades. Seitz ha
comentado que Lorenz conocía tan bien la rutina de su tarea diaria que a sus
visitantes no sólo les explicaba lo que las aves estaban haciendo en ese
momento, sino también lo que iban a hacer durante los minutos siguientes. De
ese modo asombraba a sus huéspedes tan pronto como los gansos efectuaban el
vaticinado comportamiento.
Lorenz observaba un ciclo de comportamiento que incluía el cortejo nupcial (y
el «matrimonio»), la cópula, la nidificación, el nacimiento de los ansarones y
la cría de la familia. Lorenz observó el desarrollo de los pequeños, y pudo ver
que antes incluso de alcanzar la madurez sexual ya empezaban a buscar a la
pareja con la que habrían de repetir el ciclo. En la primavera, los visitantes
de Altenberg —o de uno de los institutos ulteriores de Lorenz— podían tener la
suerte de contemplar a algún joven macho nadando y persiguiendo a una hembra
aún libre. El macho a veces lograba alcanzarla, y le parloteaba apaciblemente.
Diferentes fases del ceremonial de triunfo en los gansos, descrito por
Lorenz: el macho amenaza (1) y lucha (2) con su enemigo real o imaginario.
Enseguida regresa alborozado, chillando su victoria (3) y la celebra con su
compañera (4). De esta forma, ambos consolidan, mucho más que con la unión
sexual, los lazos que los unen.
Cuando
esto ocurre, y si tiene suerte, la hembra le replica de vez en cuando. Durante
las varias semanas que dura este precoz cortejo, el macho también aprovecha
cualquier oportunidad para lanzarse al ataque contra otros jóvenes ánsares, por
cuanto una buena riña con la victoria como resultado demuestra su audacia y su
fuerza. Tras haber peleado con honor, el joven macho vuelve hacia la hembra
parloteando triunfalmente; su presunta novia, entonces, se une a él en su
excitado parloteo y en la altamente significativa «ceremonia de triunfo». Ambos
bajan sus cuellos y estiran la cabeza como si tuvieran intención de atacar,
pero sin dirigir este gesto de amenaza hacia la pareja, y añadiendo ambos el
mismo graznido de «saludo». Con el fin de crear el fuerte lazo del apareamiento
entre los gansos, el cortejo nupcial de los jóvenes es largo y su cariño tiene
que reafirmarse con este ritual del saludo, el cual tiene, por tanto, un valor
mucho mayor que el de una simple señal.
Lorenz nos habla del «amor», del «noviazgo» y del «matrimonio» entre gansos
silvestres en términos casi humanos —y de un modo totalmente deliberado, como
ya hemos visto—. Las ocasiones en que se da el amor a primera vista (con las
señales apropiadas de «noviazgo») nos recuerdan esta semejanza con el hombre,
pero también es característica de esas aves — tanto las grajillas como los
gansos— la manera en que un amor previamente inconfesado entre dos amigos del
sexo opuesto puede manifestarse al reencontrarse éstos tras un período de
separación. La analogía con la experiencia humana —y con la de Lorenz en
concreto, en este caso— es asombrosa.
Cuando finalmente la corte nupcial de los gansos desemboca en el apareamiento,
la pareja sumerge la cabeza y el cuello en el agua, una señal claramente
entendible que también sirve para acentuar y sincronizar su inclinación al
acoplamiento. Cuando sus cuellos se hallan casi juntos, la hembra se aplasta,
de pronto, sobre el agua y el macho la cubre
La hembra pone un huevo al día —a veces durante toda una semana—, y la tarea de
Lorenz —o en los años más recientes, de sus asistentes— consistía en sacar los
huevos no fecundados del nido de la hembra, pues así se evitaba que los gansos
hembra siguieran incubándolos cuando ya hubieran eclosionado todos los huevos
fértiles, y también se evitaba que al romperse —pues son más frágiles que los
demás— atrajeran a los depredadores. Lorenz examinaba cada huevo mediante un
tubo formado por una revista enrollada, a través del cual trataba de ver a
contraluz el embrión. La hembra permanece sola sobre los grandes huevos blancos
con poco tiempo para salir a comer, mientras que el macho ronda cerca del nido
para defenderlo contra cualquier ataque o intrusión. Tras un mes
aproximadamente de incubación, los huevos comienzan a «hablar» con su madre, y
un ser humano que emita un «ui-uii-uiii, ui-uii-uiii» hacia el huevo también
puede captar un tembloroso gorjeo como contestación. Todos los ansarones salen
del huevo casi al mismo tiempo, emergiendo como una oscura, húmeda y pegajosa
bola de plumón, piando en una reiterada y frecuente conversación con sus
padres. La supervivencia de los pequeños depende de la rapidez con que aprendan
a reconocer a sus progenitores y a permanecer cerca de ellos, pues éstos los
protegerán, mientras que los demás gansos los rechazarán.
Al cabo de un día, los ansarones ya pueden andar. Tan pronto como ven a su
madre moverse la siguen dando tumbos y tropezones. Cuando los padres se
detienen, los polluelos se ponen a picotear la hierba o cualquier cosa que
pueda comerse. La madre los conduce hacia la comida, por cuanto ella también
está hambrienta. Si dos familias que andan en busca de comida permanecen
demasiado cerca, los padres amenazarán y rechazarán a los otros padres hasta
que exista una separación suficiente como para evitar que los ansarones se
mezclen. Luego, la madre conduce a sus polluelos al lago, mientras el macho
anda detrás observándolos. Cuando la madre se baña, los polluelos la siguen
sumergiéndose en el agua, ensayando así una maniobra que les será muy útil en
caso de ser atacados en la superficie.
Entre los gansos salvajes existen señales claramente establecidas para avisar
del peligro, para amenazar, para saludar, para preparar el apareamiento, etc.
Cada una de estas señales implica la utilización de la cabeza y el cuello según
unas formas características: por ejemplo, el cuello erecto, atento y firme,
indica peligro. Una bandada de gansos que se reúne estrechamente para
protegerse contra un peligro común (que puede ser un zorro o un perro en el que
no confían) es un espectáculo impresionante. Yo he podido observar la reacción
de un bandada de gansos contra un coatí (un pequeño mamífero carnicero parecido
al mapache). Los gansos se reunieron a la primera señal de peligro y se
mantuvieron a una decena de pasos del coatí, un depredador potencial de sus
huevos o sus polluelos. Sus cuellos se mantenían erguidos indicando el peligro,
y cuando el coatí pasó delante de ellos, toda la bandada se lanzó contra él. El
animal estaba aterrado. No se trataba de un verdadero ataque, pues una bandada
de gansos es capaz de intimidar sin recurrir a la violencia.
En Altenberg había muchos animales que convivían en una estrecha proximidad, y
los gansos descubrieron muy pronto quiénes eran sus enemigos potenciales y
quiénes eran inofensivos. Al observar la reacción de un ganso frente a
determinado perro, Lorenz descubría si ese perro era considerado digno de
confianza o no. En una ocasión, cuando una gran nevada caída sobre Altenberg
limitaba la elección de los senderos a través del jardín, observó a tres perros
ladrando y brincando hacia una hilera de gansos que estiraban sus cuellos y
graznaban, pero que consideraban que no valía la pena ponerse en pie por ellos.
Los gansos suelen manifestar su aversión a todo aquel que vulnera las normas de
su sociedad, y cualquier comportamiento anormal sufre una fuerte presión social
hacia la normalidad. Por ejemplo, una madre sin un macho que la acompañe es una
paria social. Todos los gansos extraños son sospechosos, y la reacción contra
uno de ellos es muy evidente cuando penetra en un área en la que ya reside una
bandada. Las aves extrañas son rechazadas mediante unas señales claramente
comprensibles, principalmente de tipo visual. Cuando un ganso amenaza o ataca a
un enemigo, estira su cuello paralelamente al suelo. Un grupo de intrusos puede
rechazar a los vagabundos que se han separado del grupo residente, pero éste
apretará sus filas para enfrentarse con el enemigo. Teniendo más que perder,
los defensores serán probablemente los vencedores, aunque sus adversarios
tengan superioridad numérica. Es muy raro que en tales circunstancias se lleve
a cabo un combate serio, sino que más bien se produce una especie de ballet de
avances y retrocesos en el que las aves dejan bien sentado cuáles son sus
fuerzas y sus intenciones de combatir con sus adversarios. Cuando las
escaramuzas son individuales, el presunto vencedor vuelve con su pareja
proclamando su victoria — real o pretendida—, mediante una ceremonia
consistente también en alargar su cuello paralelamente al suelo en tono
amenazador al pasar corriendo ante su pareja. Esta contestará de la misma
manera, incitando al macho a realizar mayores hazañas.
Típicas actitudes agresivas (1), y temerosa con tendencia a la huida (2) en
los gansos, de acuerdo con las descripciones de Lorenz.
Estas
escaramuzas de ataque pueden darse entre especies diferentes de gansos y
cisnes, puesto que dichas especies están lo suficientemente emparentadas
evolutivamente como para entender las amenazas mutuas. De la misma forma, los
lazos de amistad pueden formarse, por encima de los límites de la especie,
entre especies estrechamente emparentadas. Sin embargo, mientras que los cisnes
que invadan un territorio ocupado por gansos serán rechazados, ningún cisne o
ganso reparará en los patos a no ser que éstos se inmiscuyan en sus cosas
activamente. Ambos grupos pueden ocupar el mismo espacio vital. Para los gansos
o los cisnes, los patos no son «personas», sino simplemente «animales».
En el seno de una bandada de gansos existen individuos fuertes y débiles,
atrevidos y tímidos. Se trata de una sociedad estable en la que cada individuo
conoce su posición, para lo cual debe reconocer y desarrollar una relación
personal con cada uno de los demás individuos, incluso dentro de una bandada de
varios centenares de aves. A su vez, estas relaciones producen un orden
jerárquico determinado. Un ganso demostrará su personalidad sobre otro mediante
su comportamiento amenazador; y a su vez los ansarones aprenderán de sus padres
cuándo pueden atacar y cuándo no. Un padre de una familia superior no instigará
el ataque sobre los polluelos de un grupo inferior, pero defenderá ritualmente
a cualquier miembro de su familia que sea atacado. Este ataque ritual es una
simple demostración, pues el ganso superior se limitará sencillamente a
inclinarse hacia delante y a arrancar benévolamente alguna pluma al atacante de
la otra familia.
En el seno de una colonia de gansos existen tres sistemas jerárquicos
independientes. El primero depende de la fuerza individual relativa de cada
ganso; y sobre esta base, cuando dos gansos que se conocen se encuentran solos,
frente a frente, uno de ellos le cederá el paso al otro sin la menor disputa.
Pero si se produce un altercado familiar y el ganso nominalmente inferior ha
conseguido sacar adelante, por ejemplo, seis recios hijos frente a un par de
enclenques hijas en la otra familia, la situación puede quedar invertida.
Dentro de la familia existe también un orden jerárquico establecido según el
resultado de las disputas entre los polluelos durante los primeros días de su
existencia. Y también en este caso es raro que se haya de recurrir a una acción
tan fuerte como el picotazo para reforzar el orden, el cual aparece siempre,
sin embargo, en las ceremonias de salutación familiar. El elemento amenazador en
la salutación superior es más acusado y está dirigido más directamente hacia el
ave de rango inferior. Pero este orden no pasa al mundo exterior, donde un
individuo de rango inferior en la familia puede mostrarse muy valiente. En esto
puede verse ayudado por su postura defensiva inicial que le sirve más en un
combate real; y también hay que tener en cuenta que los individuos
jerárquicamente superiores están acostumbrados a recibir muestras de sumisión y
por consiguiente tienen poca experiencia a la hora de realizar correctamente
sus posturas de amenaza. El individuo jerárquicamente inferior no sabe nada de
esta fácil superioridad y puede luchar más tenazmente y con mayor eficacia...
Todo esto es un simple esbozo del mundo de los gansos que Lorenz estudió en
esos años. Ciertos aspectos del comportamiento social solamente los pudo
estudiar más tarde en Seewiesen, donde trabajó con mayor número de gansos y de
patos; pero en esos años que pasó en Altenberg, Lorenz consiguió descubrir
muchos de los secretos y maravillas del comportamiento animal en las vidas de
su veintena de gansos y en su próspera colonia de grajillas.
El objetivo de Lorenz al estudiar el comportamiento animal no era meramente
descriptivo, sino que se interesaba por su estructura para tratar de encontrar
las leyes científicas que determinan su desarrollo en el animal y gobiernan su
forma en las sociedades animales. Las leyes descubiertas por Lorenz no eran
exactamente del mismo tipo que los que rigen la física, pero su diferencia
estribaba más en los detalles que en si i naturaleza, debido a que el
comportamiento animal ha demostrado ser más complejo y variable que el mundo de
las magnitudes físicas. De esto se desprende que muchas afirmaciones sobre el
comportamiento han de modificarse más tarde para tener en cuenta las
excepciones, y una de las primeras consecuencias es que muchos términos
empleados para describir el comportamiento han cambiado de significado,
llevando a la confusión. Por tanto, antes de examinar los conceptos sobre el
comportamiento, analicemos brevemente los términos que han de utilizarse para
expresarlos.
Ciertos términos han sido tan alterados por su asociación con expresiones
arcaicas que se han vuelto totalmente inadecuados. De un modo parecido a la
sucesión de palabras como «inodoro», «excusado», «W. C.», «aseo», que han
sustituido al término «retrete», el término instinto también se ha visto
sustituido por otros. Pero en este caso la sucesión de términos también se ha
visto acompañada por unos matices de significación gradualmente alterados. Se
ha creado un complejo lenguaje técnico para resolver el problema, pero lo ha
hecho incomprensible para el no experto, y hasta hace pocos años ha separado a
los seguidores de las diferentes escuelas que estudian el comportamiento (especialmente
a los etólogos y a los psicólogos de distintas escuelas), cuando realmente lo
que necesitan es un lenguaje común. Incluso cuando fueron aceptados términos
comunes seguía siendo difícil para cada grupo volver a examinar objetivamente
un pasado repleto de terminología desechada. Términos tales como «impulso»,
«tendencia», «instinto», y otros como «innato» —o, como prefiere Tinbergen,
«resistentes al ambiente»—, tienen significados ampliamente superpuestos, de
modo que el lego se asombra con razón de la confusión organizada por la
utilización de un término u otro a lo largo de los años. Por ejemplo, el
término «tendencia» es aceptable para algunos que se estremecen al oír hablar
de los «impulsos» de un animal —ese término lo heredó Lorenz de Heinroth.
Las discusiones sobre el «instinto» reflejan en parte la polémica acerca de si
este término describe algo sencillo, coherente y concreto, del mismo modo que
el término «órgano» se refiere a ciertas partes del cuerpo que constituyen una
unidad por sí mismas (como los ojos o los pulmones), o si se trata meramente de
un término parecido pero conveniente, que momentáneamente sirve para manejar un
concepto algo oscuro (como el «id» o el «ego»), algo que deberá volver a
definirse cuando se descubra su base física. Pese a las reservas de los jóvenes
etólogos —y quizá de las mías propias—, en este libro lo más sencillo será
utilizar la palabra instinto tal como Lorenz lo hizo desde un principio —y como
todavía lo sigue prefiriendo—, significando una cosa real, con base física, una
parte determinada y concreta del animal.
El aprendizaje de los animales es la experiencia que adquieren en cada
interacción con el mundo exterior, y también contribuye a crear todo el
complejo comportamiento del animal adulto. Lorenz pensaba que en los
comportamientos de los gansos y las grajillas podían observarse elementos
instintivos y aprendidos, aunque él se dedicó especialmente a los primeros.
Así, observó que muchas de las acciones de los animales podían explicarse
suponiendo la existencia de tendencias innatas a realizar aquellas acciones.
Estos instintos, escondidos en alguna parte dentro del individuo recién nacido,
tenían que ser genéticamente determinados, del mismo modo que lo es, por
ejemplo, la anatomía del animal.
Al referirse a este tema, Lorenz suele afirmar que está particularmente
interesado en aquellas pautas de comportamiento animal que son innatas —
programadas filogenéticamente, según la terminología moderna— y, especialmente,
en aquellas que constituyen la base de la estructura social. El programa
filogenético (el conjunto de información genética que ha sido moldeado por la
evolución de cada especie) varía muy poco de un individuo a otro dentro de cada
especie. En la práctica, por tanto, podemos igualar el término «innato» con el
de «genéticamente determinado». Todo esto permite pensar en la realización de
refinados experimentos que relacionen el comportamiento con la genética. Y,
efectivamente, la genética del comportamiento (que también suele llamarse
psicogenética) es una floreciente y joven ciencia, cuyas raíces se encuentran
en los trabajos de Mendel y Thomas Hunt Morgan, al igual que la etología
lorenziana está enraizada en las ideas de Charles Darwin. Hoy día conocemos con
bastante claridad de qué manera los determinantes del comportamiento pueden
inscribirse en el código genético; las moléculas helicoidales de ADN (ácido
desoxirribonucleico) convierten un mensaje genético en algo que, si se cumplen
las condiciones externas adecuadas, se manifiesta como una pauta de
comportamiento. Esta «traducción» del mensaje genético es un proceso muy
complejo, que incluye la disponibilidad de mensajeros químicos — como las
hormonas— en la formación de las estructuras adecuadas del cerebro y el sistema
nervioso central, así como el reforzamiento de determinadas capacidades de
respuesta. La interacción de los genes con el ambiente programa el cerebro del
animal preparándolo para realizar determinadas pautas de comportamiento e
incluso determinadas secuencias de tales pautas
Las ideas de Lorenz al respecto, a los treinta años, eran necesariamente muy
sencillas, pero se desarrollaron rápidamente. Para ver de qué manera entendía
él las relaciones entre la genética y el comportamiento, hemos de retroceder en
el tiempo. Por entonces aún no se conocían las estrechas relaciones existentes
entre cada uno de los aminoácidos que componen las proteínas y cada punto de
las largas moléculas de ADN para contribuir a su visualización y convertirlas
en algo concreto. Así pues, de acuerdo con los conocimientos sobre genética de
aquella época, Lorenz creía que la base genética que determinaba el
comportamiento estaba compuesta por numerosas unidades individuales —como las
cuentas de un collar—, cada una de las cuales controlaría una unidad coherente de
comportamiento. Tales unidades genéticas, como todas las demás, estarían
sometidas a las leyes de la mutación y la selección natural. De este modo, las
unidades podrían modificarse —y por tanto los comportamientos que controlan—
sin afectar demasiado al conjunto: el comportamiento podía evolucionar.
Si pudiéramos seguir la información que proporciona una de esas «cuentas» del
collar genético, nos encontraríamos al final con una pauta de acción más o
menos fija. Cada animal suele nacer con un determinado número específico de
unidades de comportamiento, las cuales lo determinan como miembro de su especie
tan clara y firmemente como lo hace la estructura anatómica de su cuerpo. Un
ejemplo sencillo: si el animal no muestra el comportamiento de acoplamiento
propio de su especie, no podrá copular con los demás miembros de la misma.
Tales unidades coherentes, que a modo de ladrillos componen el edificio del
comportamiento, se denominan coordinaciones heredadas — Erbkoordinationen, en
alemán—, pautas fijas de acción o pautas motoras fijas (fixed action
pattems o fixed motor pattems), y actividades impulsivas, o
actividades instintivas o pautas innatas de comportamiento, en los primeros
escritos de Lorenz.
Comoquiera que se las nombre, Lorenz observó en aquella época que los elementos
del comportamiento estaban como encerrados en cajas aseguradas mediante
cerraduras de combinación.
Lorenz afirmaba que la combinación correcta para desencadenar cada
comportamiento era proporcionada por un acontecimiento o una serie de acontecimientos
que (partiendo de la experiencia previa de las especies) cabía esperar que
ocurriesen en el entorno del individuo. Con el chasquido final de la cerradura,
el comportamiento emerge en la acción, que generalmente promoverá la
supervivencia del individuo y, por tanto, la supervivencia de la especie.
Incluso antes de que esto ocurra, ciertas fases iniciales de la combinación
pueden contribuir a que el animal busque el estímulo que precipitará la acción
si éste no aparece a su debido tiempo.
Esta búsqueda (a veces llamada «comportamiento apetitivo») aparece con plena
intención; el animal se comporta como si supiera lo que busca. La forma de la
búsqueda depende del ambiente en el que se encuentra, pero el objetivo sigue
siendo el mismo. Por el contrario, la acción que finalmente se desencadena
tiene una rigidez mecánica, reacia al más mínimo cambio; el animal la realiza
como si fuera un autómata.
El estímulo desencadenante puede provenir del entorno físico del animal, y
puede ser tan sencillo (o complejo) como la llegada de la primavera. O bien (y
éste es un nuevo concepto importante) puede ser una señal de otro animal de la
misma especie, de un mecanismo desencadenador, específicamente adecuado para
realizar esta función y, por consiguiente, para promover la supervivencia.
La hipótesis de Lorenz sobre la existencia de un mecanismo liberador innato
tiene algo en común con la teoría del reflejo que le precedió. El estímulo
provocaría el comportamiento del mismo modo que el golpe en la rodilla provoca
la extensión de la pierna. La teoría de la cadena de reflejos explicaba
perfectamente lo que se conocía hasta entonces; la nueva teoría incluía la
antigua como un caso especial si se daban ciertas simplificaciones, pero
también aclaraba situaciones más complejas. En primer lugar, esta teoría
enuncia la existencia de un mecanismo encargado de asegurar que la acción
liberada aparezca en el momento adecuado, de tal modo, que el animal no
responderá si el estímulo llega demasiado pronto. En segundo lugar la intensidad
que debe alcanzar el estímulo para que se dé la respuesta puede ir descendiendo
si el tiempo va pasando sin que se presente el estímulo. Además, puesto que la
tendencia se mantiene latente, puede llegar a manifestarse incluso si
finalmente no aparece el estímulo, o como respuesta a un estímulo erróneo. Si
no aparece el estímulo desencadenador apropiado, el comportamiento podría
reorientarse por otros canales. Lorenz fue concibiendo estas nuevas y fecundas
ideas de un modo gradual, aunque ya en su primera publicación importante se
hallan indicios de su interés por la disminución de los umbrales, en respuesta
a los estímulos que desencadenan determinadas actividades cuando éstas llevan
mucho tiempo sin realizarse.
Para ser justos con los predecesores de Lorenz, diremos que muchos de los
elementos de la teoría que él ofreció no eran totalmente nuevos. Incluso antes
de Mendel se había estudiado ya la transmisión de padres a hijos de ciertos
caracteres del comportamiento, como el canto de los pájaros; y existen
descripciones de comportamientos innatos anteriores a Darwin. En el año 1871
este genial biólogo escribió un libro sobre el comportamiento titulado La
expresión de las emociones en el hombre y los animales, en
el que describía varias pautas de conducta que aparecen al nacer sin necesidad
de aprendizaje. Un año más tarde, otro inglés demostró la existencia de pautas
de comportamiento genéticamente determinadas en las golondrinas: algunas aves
de esta especie fueron criadas en jaulas demasiado estrechas para que pudieran
estirar sus alas como normalmente lo hacían cuando se encontraban en libertad;
una vez liberadas de su encierro, a la edad en que solían emprender el vuelo,
las golondrinas volaron perfectamente, a pesar de no haber realizado ningún
tipo de ejercicio preliminar con sus alas. El norteamericano H. S. Jennings
hizo notar que el comportamiento puede ser espontáneo y que existe una
continuidad evolutiva entre el comportamiento de los animales superiores y el
de los animales inferiores semejante a la continuidad que existe en sus
estructuras anatómicas.
En el año 1909, Jacob von Uexküll afirmaba que el mundo significativo para el
animal es aquel al que dicho animal responde —dicho con otras palabras, el
conjunto de estímulos que desencadenan respuestas de comportamiento—, quedando
virtualmente inadvertidos todos los demás. Como ya hemos visto, Whitman había
comenzado a concebir los instintos como algo comparable a los órganos del
cuerpo, por lo que su evolución podía estudiarse de la misma manera. Lorenz
afirma que uno de sus mayores logros estriba en haber aplicado lo que había
sido expuesto por Whitman treinta y cinco años antes.
De todos modos, toda esta lista de trabajos anteriores ha de considerarse con
mucha precaución, pues iba acompañada por un cúmulo de material que confundía o
desviaba del tema que nos ocupa. Aun a pesar de las importantes aportaciones
posteriores de Huxley y de Heinroth, fue necesaria la aparición de Lorenz para
que se iniciara un enfoque más comprensible del tema, y, a pesar de ello, su
influencia se extendió al principio únicamente a las zonas de habla alemana.
Por ejemplo, su artículo titulado «El compañero como factor del ambiente en las
aves», que se publicó en alemán en 1935 y que es uno de sus más importantes
trabajos de observación, llegó a los lectores de habla inglesa mucho más tarde
y ampliamente recortado, lo que quizá pudo deberse a la extensión del artículo,
que ocupaba inicialmente doscientas tres páginas de la Revista de
Ornitología de Leipzig. De todos modos, algunas de las ideas de Lorenz
aparecieron traducidas al inglés, como por ejemplo, un artículo publicado en la
revista Auk en julio de 1937, en el que se decía: «Los
estímulos desencadenadores son la llave que libera las pautas innatas de
percepción características de cada especie, y de ellos dimanan las reacciones
instintivas.» Julián Huxley ha escrito, refiriéndose a Lorenz, que «a él más
que a nadie debemos nuestro conocimiento del extraño fenómeno biológico de los
estímulos desencadenadores, de los mecanismos liberadores innatos y de los
mecanismos de “troquelado”».
Las ideas de Lorenz sobre los desencadenadores eran más importantes que sus
trabajos sobre el troquelado, pero éste se convirtió en el aspecto más
espectacular y citado de sus investigaciones, tal vez porque resulta muy fácil
comprobar el cariño que un animal troquelado por el hombre siente hacia éste.
Sin embargo, fue el troquelado el causante de una parte de las controversias
que más tarde rodearon a Lorenz.
Lorenz comprobó por primera vez los efectos del troquelado cuando tenía seis
años, descubriendo de un modo muy directo que en muchas especies el
comportamiento sexual del animal troquelado se alteraba profundamente.
«Recuerdo — nos cuenta Konrad— las innumerables aves criadas por mí, que, en
lugar de piar al ponerlas juntas en una jaula, como yo ingenuamente pensaba, no
hacían otra cosa que cortejarme a mí.»
El troquelado se menciona directamente al principio de su primera publicación
importante; Lorenz comprobó que también Heinroth había hecho observaciones
similares. En el año 1935, en el artículo «El compañero...», describía el
troquelado como una fijación casi irreversible de un impulso sobre su objeto,
como una pauta de comportamiento que se fija sobre dicho objeto. Este habría de
ser normalmente un miembro de la misma especie, pero anormalmente o
patológicamente puede ser cualquier objeto sustitutivo, lo que puede
conseguirse sencillamente facilitando al animal una información errónea en el
momento crucial.
Entre los objetos que le rodean en las primeras horas que siguen a su
nacimiento, el ansarón ha de encontrar una fuente de protección y de guía. En
ausencia de la hembra madre, un ser humano puede ser una alternativa adecuada,
o bien, a falta de éste, el animalito se encariñará con el objeto móvil más
cercano. Los sonidos procedentes del animal o del objeto sustitutivo le aportan
seguridad y facilitan el contacto social, las mismas cualidades de la madre
real. En la situación experimental desarrollada por Lorenz, en la que él mismo
o uno de sus asistentes asumen el papel de madre adoptiva, los ansarones se
hallan tan bien atendidos como lo estarían con una madre auténtica. Los
ansarones viven, duermen, salen de paseo, picotean la hierba y aprenden a nadar
en compañía de su padre adoptivo. Al cabo de tres meses, comienzan a separarse
de su madre auténtica o adoptiva, pero la familia continúa formando un grupo
estable; los ansarones siguen siendo leales a la persona que los ha criado,
sintiéndose alentados por su presencia y contestándole si los llama en el
lenguaje de estas aves.
Lorenz encontró que el lenguaje de las aves — o para decirlo menos
pomposamente, la serie limitada de llamadas o de cantos de cada especie— es uno
de los estímulos clave que pueden desencadenar una respuesta innata. Observó
que mientras las crías de los gansos silvestres se encariñan sencillamente con
el primer objeto que ven moverse, las crías de ánade silvestre huyen y se
esconden en una situación similar. Las cosas no resultaron mejor cuando a los
patitos de esta especie les ofreció una hembra de pato almizclado como madre
adoptiva, y, sin embargo, un grueso y blanco pato doméstico fue aceptado
inmediatamente. ¿Por qué? ¿Acaso la voz del pato doméstico, similar a la de los
ánades silvestres, suple el factor ausente?
Lorenz acogió a su siguiente nidada adoptiva de ánades silvestres con un locuaz
diluvio de graznidos semejantes a los de esta especie, y se vio inmediatamente
reconocido con gran alegría como si fuera su madre. Por tanto, las crías del
ánade silvestre deben de reconocer instintivamente los graznidos matemos, pero
no deben de tener ninguna idea clara sobre su forma -a excepción, al parecer,
de que no podía ser tan alta como Lorenz, de modo que éste debía agacharse si
quería que le aceptaran como madre—. Para los vecinos de Altenberg esto era una
prueba más de su excentricidad.
Para los discípulos de Lorenz, aparte del extravagante comportamiento de su
profesor, había una multitud de lecciones que aprender a diario. Ya fuera
cuidando personalmente de los numerosos detalles para el bienestar de sus
animales (pues el éxito de su labor dependía del buen estado de salud de
éstos), construyendo un canal con tablas de madera para llevar el agua al
estanque de los patos en el jardín, fabricando una incubadora de petróleo de su
propia concepción, realizando expediciones que se convertían en seminarios
itinerantes a lo largo del Danubio o dictando conferencias más formales en
Viena, Lorenz tenía una multitud de actividades y era una verdadera fuente de
sabiduría que no dejaba de ser asombrosa para una persona que apenas había
cumplido los treinta años de edad. Según Seitz, Lorenz nunca se jactó de sus
amplios conocimientos, aunque tampoco los guardaba para sí. Efectivamente, los
compartía con cualquiera que respondiera a su propio entusiasmo, y esto podía
incluir tanto a sus discípulos como a los aficionados serios o a los de edad
escolar. Durante la comida que en verano solía tener lugar en el comedor que
daba al jardín, la parada diaria de los pollos, los pavos, las palomas y los
pavos reales ofrecía una asombrosa gama de exhibiciones nupciales; y Lorenz, a
veces, aprovechaba esta oportunidad para ilustrar a sus invitados sobre temas
tales como las diferencias de comportamiento entre los animales silvestres y
los domésticos.
Sus cursos en la universidad eran mucho más que unas simples conferencias. Un
estudiante que hubiese estado ausente no podía volver atrás con la lectura de
los apuntes de clase, por cuanto éstos no existían; tampoco existía ningún
libro de texto. Lorenz hablaba de hacer ese libro, pero el tema progresaba con
tanta rapidez que nunca tenía tiempo. Según Seitz, los escritos que van desde
1931 a 1941 son ese libro de texto, pues contienen la esencia
de lo que exponía en sus cursos.
Próxima la II Guerra Mundial, en 1938, el aprendizaje de Seitz llegaba a su
fin, aunque durante los primeros años de la guerra (antes de la invasión de la
Unión Soviética) volvió junto a Lorenz para un nuevo periodo de
investigaciones. En 1940, Seitz obtuvo su doctorado con una tesis sobre los
peces cíclidos y más tarde —después de la guerra— fue nombrado director del zoo
de Nüremberg; allí aplicó las ideas de Lorenz sobre el cuidado de los animales
lo mejor que pudo, prosiguiendo en esta tarea durante un cuarto de siglo. Sin
embargo, lo que más fama le dio, ante el amplio público de los no
especialistas, fue el hecho de ser el primero que filmó a Lorenz y a sus
gansos.
Lorenz deseaba que filmara a sus animales, pero no sólo para ilustrar sus
conferencias, pues para esto le bastaba con dibujar unos cuantos esquemas en la
pizarra y ampliarlos con su animada mímica para caracterizar las actitudes, los
movimientos y los gritos de una extensa gama de especies animales. Tales
películas eran esenciales desde un punto de vista científico para estudiar las
secuencias de movimientos que constituyen las rápidas pautas fijas de acción,
pues la película puede estudiarse fotograma a fotograma. Además, los filmes
también resultaban fundamentales para constatar si dos observadores separados geográficamente,
o por el tiempo, describen los mismos o diferentes comportamientos, y para
juzgar las diferencias con mayor precisión. Pero las razones originales por las
que Seitz hizo sus películas no son las que han conseguido que se exhibieran
tantísimas veces: tales películas constituyen unos documentos históricos
fascinantes, llenos de humor y encanto.
En el preámbulo de El anillo del rey Salomón, Lorenz nos
cuenta la deliciosa historia de una de las jornadas de ocio en las orillas del
río, cuando Seitz y Lorenz tenían ya en la cabeza que éste debía elaborar un
libro de divulgación. Manejando su cámara, Seitz trataba de componer sus
escenas con los gansos grises, pero los ánades reales, que también andaban por
allí, no hacían más que molestar. Lorenz escribe: «Yo me estaba quedando
dormido cuando, de repente, oí a Alfred gritando irritado: “Raganggangan,
rangangangang..., oh, perdón, quiero decir: cuahg, gigigigig cuahg,
gigigigig...” Y me desperté riendo a mandíbula batiente: Seitz deseaba alejar a
los ánades reales, y por error se dirigió a ellos con el lenguaje de los gansos
grises.» En ese momento, Seitz estaba demasiado ocupado para apreciar la broma
y Lorenz deseaba contarla a todo el mundo. Así que en sus artículos y en su
libro, la incluyó.
En El anillo del rey Salomón, que finalmente publicó diez años
más tarde, se habla muy poco de los gansos; en cambio, se habla mucho de otros
animales y especialmente del primer amor animal de Lorenz, las grajillas. En
este libro promete un par de veces escribir un libro parecido dedicado a los
gansos, que incluiría por ejemplo el trágico amor de la oca Maidy, pero
ha tenido que pasar un cuarto de siglo antes de que, ante la demanda popular
(la mía entre otras), se haya decidido finalmente a escribir la historia de sus
gansos.
Además de las tristes historias de Ada y Maidy, Lorenz relata
en este nuevo libro la historia de Martina, la «oca
supersticiosa». Como lo demuestra el hecho de designarla con un nombre en lugar
de con un número, Martina estaba troquelada por Lorenz.
Incluso cuando ya era una oca adolescente y no le seguía a todas partes, Martina continuaba
subiendo cada anochecer la gran escalinata de Altenberg para pasar la noche en
el dormitorio de Lorenz, y cada mañana salía volando por la ventana. Todos los
días, al caer la tarde, Martina esperaba pacientemente en el
umbral y, tan pronto como la puerta se abría dejando el paso libre hacia el
oscuro interior, el ave entraba, pero no iba directamente hacia la escalera,
sino que se dirigía hacia la luz del alto ventanal situado en el extremo del
gran vestíbulo, sobrepasando el pie de la escalera. Al darse cuenta de ello,
volvía atrás para luego subir por ella. Esta operación cotidianamente repetida
se convirtió en un hábito y a medida que el tiempo pasaba este acostumbrado
camino iba acortándose cada vez más hasta que finalmente la oca se giraba
bruscamente al llegar al pie de las escaleras para subir por ellas
directamente.
Una noche, Lorenz se olvidó de la pobre Martina; ya era noche
cerrada y ella seguía fuera. Cuando finalmente recordó al animal y abrió la
puerta, Martina pegó un salto ante él y subió directamente las
escaleras. Pero en el cuarto peldaño se detuvo, dio un grito de alarma, se
volvió y descendió las escaleras para dar tres pasos hacia la ventana. Sólo
entonces se sintió libre para volver a subir las escaleras. Al volver al cuarto
peldaño, Martina se sacudió las plumas en un gesto de
relajamiento y apresuradamente reanudó su subida..., un perfecto ejemplo de
pensamiento mágico.
Después de un año de dormir en la habitación de Lorenz, Martina se
hizo novia de un ganso (que hasta entonces sólo tenía un número y que fue
rebautizado con el nombre de Martin). Este tenía problemas con
las costumbres de su novia, pues aunque los gansos machos suelen ser más
audaces que las hembras, nunca se decidirán de buena gana a penetrar en una
casa. Desde luego, no era de esperar que Martina se diese
cuenta de ello; de manera que fue el valiente Martin quien
siguió temerosamente a la oca y cruzó el umbral, subió las escaleras y se
enfrentó a la aterradora oscuridad del dormitorio amenazando con fieros
silbidos. Cada músculo y cada pluma de su cuerpo registraba la tensión de una
criatura atormentada entre su orgullo de macho y su miedo. La puerta se cerró
bruscamente detrás de él, y Martin se sintió perdido; voló
directamente hacia la lámpara del techo, desprendiendo varios colgantes de
cristal y perdiendo una pluma remera de una de sus alas.
En El anillo del Rey Salomón se cuenta la última parte de esta
historia con la nostálgica visión de una bandada de gansos volando por encima
de Altenberg. Lorenz sabía que aquellos gansos eran los suyos, no solamente
porque eran los únicos gansos silvestres que pasaban por allí —incluso en la
época de la migración—, sino también porque podía ver que a las alas extendidas
del segundo ganso de la izquierda le faltaba la misma pluma remera que a Martin.
Una película definitiva sobre los gansos ha sido otra de las ambiciones de
Lorenz, y desde las filmaciones de Seitz se han realizado varias tentativas al
respecto. Tales tentativas han ido desde unas cortas secuencias hasta un
documental de cuarenta y cinco minutos para la televisión en 1973; sin embargo,
Lorenz nunca ha quedado totalmente satisfecho por el resultado. La labor de los
demás jamás podrá expresar sus peculiares sentimientos hacia los gansos. La
cámara nos revelará probablemente muy pocas cosas fuera del comportamiento
previsible y comúnmente observado, y desde luego nunca revivirá los momentos
mágicos de sus recuerdos sobre los gansos.
Se cuenta una anécdota —no sé si es auténtica o se ha embellecido para
contarla— sobre un psicólogo vienés que un día visitó a los Lorenz. Gretl llamó
al huésped aparte y le preguntó: «Dígame, profesor, ¿podría explicarme esa
pasión de Konrad por los gansos?» A lo cual el psicólogo encogió los hombros y
replicó: «Se trata de una perversión como otra cualquiera...»
Capítulo 5
Aceptación y reconocimiento
Durante
el periodo de 1937 a 1940, Konrad Lorenz consiguió finalmente el pleno
reconocimiento de su talento al ser aceptado por el establishment científico
germano. En la plenitud de su vida, se le abría un mundo de éxitos y
recompensas.
En frase de su padre, Konrad Lorenz se había ganado su segundo guante.
Pero la época y el lugar no podían ser peores para tales acontecimientos, por
cuanto lo que tan sólo hacía unos años se consideraba como una broma, era ahora
una realidad política. De entre los que rodeaban a Konrad, su padre era la
persona peor dotada para percibir la creciente amenaza del nazismo, ya que el
espíritu conservador y el resentimiento del anciano contra el Tratado de
Versalles le predisponían a favor de cualquier causa que él creyera capaz de
enderezar los viejos errores. El nazismo estaba progresando, justo cuando la
corriente del talento de Konrad empezaba a desbordarse. Y fue en aquellos años
que precedieron inmediatamente a la conflagración mundial, cuando Lorenz
publicó sus mejores escritos teóricos sobre el comportamiento de los animales.
El primero de estos escritos, titulado El desarrollo del concepto del
instinto y publicado en alemán en 1937, era esencialmente
aclaratorio.. En él examinaba las ideas de sus distinguidos antecesores en el
estudio del instinto (los teóricos Spencer, Lloyd Morgan y William McDougall),
subrayando sus errores. Morgan y McDougall, líderes en Estados Unidos de la
llamada psicología internacional, enseñaban que la acción instintiva era un
comportamiento encaminado a la vez a la obtención de un fin. No cabe
sorprenderse de que la publicación de Lorenz rechazando aquellas teorías no
tuviese eco en Estados Unidos. De hecho, más de una generación de psicólogos
americanos se formó a la sombra de una consecuencia lógica del
«internacionalismo»: la idea de que la frustración de no alcanzar los objetivos
propuestos engendra violencia, de manera que a los niños nunca hay que
marcarles unos objetivos inalcanzables ni frustrarles impidiéndoles conseguir
lo que desean.
Lorenz se dedicó también en esta publicación a mencionar los errores de Watson
y el conductismo (en inglés behauiorism, de behauior, conducta),
descalificándolo al afirmar simplemente que no sabía casi nada de animales;
pero menospreció la creciente influencia de su escuela. El conductismo, con su
énfasis en el aprendizaje y en la influencia del medio ambiente, conoció un
gran éxito en América en los años siguientes. En 1937, Lorenz aún no había
conseguido una teoría completa y satisfactoria para sustituir la que había
derrumbado (con el apoyo moral y el estímulo intelectual del americano Wallace
Craig), aunque estaba claro en su mente que muchas pautas de comportamiento de
los animales eran totalmente innatas, y hasta podía asegurar que aparecían
según un programa establecido de antemano. ¿Cómo era el mecanismo interior del
animal que realizaba todo ese trabajo? Estaba claro que Lorenz necesitaba
conocer mucho más acerca de la estructura de esas acciones instintivas y
descubrir de qué manera dichas acciones estaban controladas y coordinadas desde
el interior del animal. La observación de los comportamientos de este tipo fue
emprendida por Lorenz y sus discípulos en Altenberg, pero la comprensión del
mecanismo profundo requería un conocimiento de la psicología que Lorenz aún rio
tenía.
Lorenz tenía un amigo llamado Gustav Kramer que compartía su interés por el
vuelo de las aves. Kramer se interesaba por saber de qué manera se orientan las
aves durante sus migraciones a través de largas distancias, y uno de sus descubrimientos
fue que las palomas se valen de la posición del sol en el cielo para
orientarse. Kramer estaba lo suficientemente impresionado por el trabajo de
Lorenz como para persuadir a las instituciones académicas alemanas de que éste
podía proporcionar una valiosa fuente de nuevas ideas. Una consecuencia de ese
interés fue que la publicación sobre El desarrollo del concepto de instinto
se ofreció en primera lectura durante una sesión de la Kaiser Wilhelm
Gesellschaft para el progreso de la ciencia, en el edificio Harnack, de Berlín.
Entre los asistentes figuraba Eric von Holst, un fisiólogo cuyos trabajos eran
considerados por Kramer como el complemento de los de Lorenz. La idea de Kramer
fue que ambos no se conocieran, a fin de que siguieran desarrollando
paralelamente su ciencia, y tan pronto como las ideas de cada uno de ellos
madurasen lo suficiente, los reuniría; su objetivo a largo plazo consistía en
persuadir a la Kaiser Wilhelm Gesellschaft (que contaba con institutos de
investigación para las distintas ciencias en toda Alemania) para que creara un
nuevo instituto donde los tres pudiesen trabajar juntos, a fin de descubrir los
misterios del comportamiento animal. Hubo que esperar muchos años para que ese
sueño se realizara, pero la primera fase fue un éxito inmediato: al conocerse
Von Holst y Lorenz y saber que sus investigaciones se dirigían al mismo
objetivo desde diferentes ángulos, se sintieron emocionados.
Von Holst demostró de un modo convincente que la fisiología del comportamiento
no quedaba reducida sólo a los reflejos, que habían dominado durante muchos
años la fisiología experimental. Pavlov había demostrado que si a un perro se
le anuncia la comida haciendo sonar una campana, el animal llegará a producir
saliva sólo con escuchar su sonido: se dice entonces que la respuesta del perro
ha sido condicionada. El reflejo condicionado ha sido un poderoso instrumento
para la investigación de la percepción sensorial de los animales, debido a que
la producción de saliva era algo que podía medirse objetivamente. Si a un perro
se le da la comida después de enseñarle un círculo, pero no se le alimenta si
la señal es una elipse, los fisiólogos pueden saber si el perro distingue entre
ambas figuras, y redondeando gradualmente la elipse pueden deducir que el perro
vuelve a contemplar un círculo cuando vuelve a segregar saliva. Ampliamente
utilizado y con éxitos espectaculares en campos como el mencionado, este método
dejó de ser un mero instrumento para convertirse en una explicación del
comportamiento. Se suponía que el principal cometido del sistema nervioso era
comparable al de una compleja central telefónica. Ello condujo a una situación
circular en la que casi todos los experimentos se realizaban con dicha
preconcepción; se provocaban ciertos cambios en el entorno que estimulaban el
sistema nervioso central y se registraba la respuesta de éste. «Y el pobrecito
sistema nervioso central —dice Lorenz— no tenía ninguna oportunidad de
demostrar que podía hacer algo más que responder a los estímulos.»
Según la explicación tradicional, el movimiento reptante de deslizamiento de la
lombriz, por ejemplo, dependería de una cadena de reflejos. En un experimento,
ya clásico, Von Holst cortó la totalidad de los nervios sensitivos, a través de
los cuales habían de transmitirse las señales que provocarían los reflejos
correspondientes; sin embargo, tuvo lugar el movimiento de reptación. En otra
experiencia aisló un simple ganglio del sistema nervioso central junto con una
sección de tejido muscular dentro de un líquido fisiológico que los mantuvo
vivos; pudo observar cómo sin recibir ninguna información del exterior el
sistema nervioso central continuaba enviando señales: «Ping, ping, ping», según
un ritmo propio. Pronto quedó claro que la actividad rítmica internamente generada
puede ser una propiedad básica de los sistemas nerviosos. La idea de que el
sistema nervioso central produce sus propias señales espontáneas está hoy tan
sumamente aceptada, que parece mentira que su demostración haya tenido lugar
tan recientemente; aunque Lorenz nos recuerda la fuerte resistencia emocional
de los fisiólogos ante la idea de que los reflejos, producidos por los
estímulos externos, no lo eran todo.
Los trabajos de Lorenz se desarrollaron paralelamente a los de Von Holst; y
manifiesta que él volvió a descubrir lo que ya sabía Wallace Craig: cuando a un
animal se le priva de la oportunidad de descargar una pauta motora instintiva,
no solamente desciende el umbral de desencadenamiento de dicha acción, sino que
el animal puede empezar a comportarse de un modo inquieto, buscando activamente
los estímulos que desencadenaron su pauta instintiva de comportamiento. Von
Holst se dio cuenta de que Lorenz y él estaban trabajando sobre diferentes
aspectos de un mismo fenómeno, pues ambos estaban investigando la espontaneidad
del comportamiento. En el caso de Lorenz, esta investigación le llevó a
concebir lo que se ha dado en llamar el «modelo hidráulico» del comportamiento
instintivo. Según su punto de vista, las «unidades de energía» producidas por
el sistema nervioso central y canalizadas hacia las distintas pautas motoras
instintivas, se irían acumulando al igual que la presión del vapor en una
caldera hasta que, más pronto o más tarde, se liberarían o la caldera
explotaría. En su descarga normal la energía acumulada se gasta, y el animal se
siente bien; pero incluso con una descarga anormal el animal se siente
aliviado. Entre otras muchas observaciones, la del estornino que cazó a un
insecto inexistente en el piso de los padres de Lorenz en Viena cobra ahora su
pleno sentido.
Durante la época en que trabajó en Altenberg, Lorenz se interesó especialmente
por todo aquello que proyectara una nueva luz sobre la manera en que
funcionaban las pautas fijas de acción. Una aproximación al problema corrió a
cargo de su discípulo Alfred Seitz, cuyo trabajo consistía en investigar los
mecanismos de la formación de las parejas, primeramente en sus peces cíclidos
(su tesis doctoral, publicada en 1940) y más tarde sobre el pez joya africano y
otras especies; en todas ellas la atracción que acercaba y unía al macho y a la
hembra tenía que superar la agresividad innata desarrollada por los peces con
miras a su defensa territorial. En efecto, Seitz tuvo que desentrañar todos los
componentes del comportamiento con el fin de descubrir qué estímulos del medio
ponían en marcha los «mecanismos de liberación» que hacen actuar a todo el
complejo sistema.
Al investigar el comportamiento de los peces machos de sus agresivas especies
empleando modelos que simulaban peces, Seitz observó que un modelo realista de
pez provocaba una respuesta más débil que un modelo más rudimentario, pero con
algún rasgo peculiar fuertemente acentuado; éste podía ser una pauta especial
de distribución del color que imitara la de los cíclidos o espinosos adultos, o
bien una pauta de movimientos, como la presentación de costado del pez joya,
que precede a un coletazo de intimidación. Todas ellas son señales inequívocas
para los otros machos de la misma especie de que han de luchar o huir.
Durante estos estudios, Seitz tropezó con una complicación que trastornó sus
resultados: una extensa variación en la respuesta de cada pez a una misma señal
de amenaza. Finalmente, Seitz relacionó dicha variación con el hecho de cuánto
había combatido el pez previamente. Por ejemplo, un macho que hasta entonces
hubiera vivido tranquilamente solía responder a casi cualquier cosa que
sugiriera el estímulo apropiado, mientras que el pez que había participado
recientemente en muchas refriegas necesitaba un mayor estímulo para despertar
su interés por la lucha. Para Lorenz, éste era un caso clásico de instinto que
crecía como una presión hidráulica en el interior de la criatura para
descargarse mediante la actividad para la cual estaba designado.
Pero hubo que esperar hasta la visita de un nuevo amigo a Altenberg para que se
produjera el estudio más famoso sobre la estructura detallada de una pauta fija
de acción. Nikolaas Tinbergen era un encargado de curso que hasta entonces
había estado trabajando mucho por su cuenta, estudiando una colonia de gaviotas
argénteas que no se encontraba muy lejos de la universidad holandesa de Leiden.
Debido a la similitud del idioma, Holanda siempre estuvo cerca de las
tradiciones científicas germanas y su desarrollo; era natural que Lorenz fuese
invitado al simposio celebrado en Leiden en 1936. El y Tinbergen se entendieron
perfectamente, y Lorenz le devolvió la invitación.
Al igual que Lorenz, Tinbergen era ya de niño un entusiasta naturalista y tenía
un acuario que siempre contenía peces como el espinoso de tres espinas, muy
común en Holanda. Pero en general prefería observar los animales al aire libre
en lugar de criarlos en casa. Su padre, el maestro de escuela Dirk Tinbergen,
tenía sus dudas acerca de que la observación de las aves pudiera ser una buena
carrera para su hijo, y le educó con los valores propios de una sociedad que
premia el deber, dejando al muchacho con un considerable sentimiento de
culpabilidad cuando, después de haber probado toda una gama de oficios, desde
el de fotógrafo y agricultor a la educación física (era un jugador de hockey de
talla internacional), eligió por último una carrera que, con independencia de
su valor social, era extraordinariamente agradable para él. Los pocos meses que
su padre le permitió pasar en el Vogelwarte Rossiten, un centro pionero de
anillado de aves, situado en Prusia oriental, decidieron al joven Tinbergen
para estudiar biología en la universidad. Tinbergen, al igual que Lorenz, se
casó joven y se llevó a su esposa, Lies, a una expedición al este de
Groenlandia, donde ambos pasaron un año entre los esquimales. Nikolaas estudió
la vida de los animales salvajes de aquella región, como los escribanos nivales
o los falaropos. Contrariamente a Konrad, las publicaciones de Nikolaas tendían
a ser muy breves —su tesis doctoral, singularmente concisa, tenía sólo treinta
y dos páginas.
Desde marzo a junio de 1937, los dos jóvenes compartieron la primavera
danubiana trabajando conjuntamente en problemas tales como el de la manera en
que los gansos grises mueven sus huevos si éstos se encuentran en mala posición
o se desplazan del nido. Si los experimentadores colocaban un huevo cerca de
una hembra que estaba empollando, ésta inmediatamente lo hacía rodar hacia el
nido estirando el cuello y empujando el huevo hacia ella con la parte inferior
del pico; en cuanto el huevo se desviaba de su trayectoria, el ave lo volvía a
ella con movimientos laterales de la cabeza. Para investigar el fenómeno más a
fondo, los dos hombres procedieron a hacer un pequeño cambio que Lorenz por su
cuenta nunca hubiese pensado, aunque parezca sencillísimo. Cuando el ganso
comenzaba a rescatar el huevo, se lo quitaban; y entonces ocurría una cosa
asombrosa, pues con el espacio ahora vacío ante ella, el ave continuaba
haciendo rodar el huevo imaginario hasta su nido, aunque sin hacer ya ningún
movimiento lateral con su cabeza para controlar la dirección del huevo.
La conclusión era fácil: existen dos partes separadas pero imbricadas en la
acción, dependiendo cada una de ellas de su propio estímulo ambiental. Así, los
movimientos de cabeza en el plano vertical, para llevar el huevo al nido, son
una unidad innata de comportamiento y una vez iniciados tienen que seguir hasta
completarse, mientras que los movimientos laterales de cabeza sólo se producen
cuando la oca siente que el huevo se aparta de su curso. Para mucha gente todo
esto puede parecer interesante de observar, incluso intrigante, pero
difícilmente pensarán que pueda ser objeto de un trabajo científico de
importancia. Podemos imaginar a Adolf Lorenz, casi ganador de un premio Nobel,
presenciando con cierta tolerancia la labor de ambos jóvenes, pero deseando que
su segundo hijo emprendiera una verdadera profesión: no existe ningún premio
Nobel para la ornitología.
Hecho poco característico en Lorenz, su publicación conjunta con Tinbergen
sobre el rodamiento del huevo tenía menos de cuarenta páginas, y más teniendo
en cuenta que en ella se describía la diferencia existente en las pautas fijas
de acción entre los movimientos de orientación del animal, que son semejantes a
los reflejos, y los movimientos que implican la liberación de una acción
involuntaria que está coordinada desde el interior del sistema nervioso
central.
Los dos etólogos estudiaron también la reacción de los gansos ante las aves
rapaces mediante un original método de experimentación.
Un pequeño modelo que simulaba la silueta de un ave se deslizaba por un cable
colgado entre los árboles por encima de los gansos. Cuando el simulacro de ave
se movía lentamente hacia atrás o hacia delante, los gansos se alarmaban
inmediatamente, pero si el movimiento era rápido, no se fijaban en absoluto. La
respuesta de alarma más intensa se obtenía cuando se movía hacia delante con la
misma velocidad que la de un águila planeando por el aire a gran altura. Los
gansos solían mirar con recelo las plumas que flotaban en el aire cerca de
ellos, pero ignoraban totalmente a los pequeños pájaros que pasaban por allí.
Una paloma planeando contra un fuerte viento contrario provocaba la huida de los
gansos en busca de un refugio, a menos que interrumpiese la pavorosa semejanza
con una rapaz al batir sus alas. El experimento del modelo de ave suspendida
terminó prematuramente, pues los gansos pronto asociaron la visión de los dos
científicos encaramándose a los árboles con la subsiguiente apariencia del
simulacro depredador, con lo que la investigación sobre el instinto se
transformó en una demostración de condicionamiento.
Al referirse a las relaciones que ambos desarrollaron durante aquella
productiva época, Lorenz afirma: «Yo soy un buen productor de ideas, y
Tinbergen es un excelente experimentador que nunca cree en mis ideas, por lo
que su verificación es más valiosa.» Y prosigue: «Yo soy un buen observador y
un mediocre experimentador, mientras que Tinbergen no es tan buen observador
pero es un genio para concebir lo que podríamos llamar experimentos no
perturbadores. Sin Tinbergen, no hubiese llegado a ningún sitio.» Según este
punto de vista, los dos merecen conjuntamente el título de padres de la etología
moderna.
A su vez, Tinbergen recuerda esa época como una relación simbiótica entre dos
almas afines. Recuerda en particular la tremenda perspicacia y la genial
intuición de ese estupendo observador e intérprete del comportamiento, y
destaca otro aspecto de sus naturalezas complementarias al afirmar: «El es el
granjero y yo el cazador.» Aunque Tinbergen prefiere observar a sus sujetos en
su hábitat natural, tiene una gran capacidad para experimentar introduciendo
cambios en el entorno de los animales de un modo que a éstos les parece
natural.
Se ha dicho que los métodos de los dos hombres reflejan sus personalidades
opuestas, la una dominante y paternalista, la otra modesta. Pero ésta es una
simplificación exagerada, por cuanto la modestia de Tinbergen es sólo una parte
de la compleja gama de características personales, entre las que puede oscilar
con rapidez desconcertante.
En realidad, toda la intuición no procedió exclusivamente de Lorenz. A veces,
cuando uno se entera de una idea que además de extraordinaria parece obvia, se
pregunta: ¿por qué no pensé antes en ella? Esa fue la reacción de Lorenz cuando
Tinbergen describió su teoría de las actividades de desplazamiento que tiene
lugar, por ejemplo, cuando un ganso, frustrado por la restricción impuesta a
sus movimientos por la lentitud de sus ansarones, se detiene en el lugar; o
cuando el etólogo, al observar esa curiosa conducta, mueve la cabeza con
perplejidad. Ante el relato y las explicaciones de Tinbergen sobre el proceso
de la «chispa intempestiva», Lorenz exclamó: «¿Cómo no he pensado en eso?»
Contemplada la cuestión en términos de una metáfora hidráulica, Tinbergen
sugería que cuando un desagüe normal está bloqueado por alguna presión, tiene
que producirse un desbordamiento de la actividad por otro conducto inadecuado
—lo cual encajaba muy bien en la idea de Lorenz sobre cómo actuaban los
impulsos instintivos. (En realidad, se ha comprobado que la explicación
fisiológica de ambos era errónea en sus detalles, aunque la idea fundamental
sigue siendo válida.)
Las relaciones entre ambos etólogos eran a un tiempo perfectas e imposibles.
Los dos juntos eran una mezcla explosiva llena de tensiones y recelos
disimulados y de recíproca admiración. Desde aquel verano realizaron pocos
trabajos conjuntamente y durante períodos muy cortos. A pesar de ello, pocas
personas hablan de Lorenz como lo hace Tinbergen y hay muy poca gente a la que
respete tanto como a él. Sus relaciones sobrevivieron a su separación por causa
de la guerra e incluso pensaba Konrad (igual que su padre) aprobar
sencillamente al nuevo líder alemán, que les daría voluntad y unidad de
propósito. Los dos amigos ya se habían separado en parte durante aquel año,
puesto que los sentimientos de Tinbergen acerca de la Alemania de Adolfo Hitler
fueron la causa de que no visitara Austria después del Anschluss.
La imagen más bucólica de su libro más popular es la de Gretl defendiendo a
gritos y paraguazos sus parterres de flores contra los gansos, y al anciano
pero vigoroso Adolf tomando el té junto a un grupo de gansos en el ambiente
poco familiar de su estudio. Tal honor provocó en los gansos una excitación
nerviosa que incrementó su poder ensuciador y la frecuencia de sus excreciones.
Mucho tiempo después de la guerra, las marcas permanecían como recuerdo de
aquel día.
Pero en 1938, los grandes asuntos del destino nacional progresaban con urgencia
y decisión militar. El 13 de marzo Hitler anexionó Austria. El primer día de
mayo Konrad fue incluido como miembro del partido nazi. Su inclusión fue aprobada
el 28 de junio de 1938. Su número del partido era el 6170554.
Aunque su incorporación a los nazis no ha sido ningún secreto, fue ocultada
durante 40 años en el centro de documentación de Berlín. Los detalles fueron
publicados en 1982 por un historiador científico americano, Theo Kalilow (ahora
decano del colegio de artes y ciencias en la universidad de Colorado del
Norte).
Cabe sugerir que cuando Austria escogió el liderazgo nazi, su nefasta
naturaleza estaba más clara que cuando Hitler tomó el poder en Alemania cinco
años antes; sin embargo, la mayoría de los austríacos aceptaron el nuevo líder
inmediatamente y hasta con entusiasmo y los estudiantes austríacos llevaban
calcetines blancos como señal de pertenencia al partido. Hitler desarrolló en
Austria su antisemitismo y los medios con los que iba a aplicar su teoría. Se
cuenta una historia — quizá apócrifa— que tuvo lugar durante el rodaje de la
película El sonido de la música, llevado a cabo en el interior
y los alrededores de Salzburgo. Cuando los figurantes locales que habían sido
contratados preguntaron de qué manera debían saludar en las escenas donde los
habitantes acogían a los heraldos del nuevo orden, les contestaron: «Tal como
lo hicieron antes.»
Antes de la guerra, ningún austríaco podía ignorar que, cualesquiera que
hubieran sido las razones, la nación que antaño fuera el centro del vasto Sacro
Imperio Romano Germánico había sufrido una primera erosión tras su separación
de Prusia (efecto que se acentuó con el desarrollo de Alemania a finales del
siglo XIX, bajo el nuevo Imperio prusiano) y se vio finalmente desmembrada en
1918. Sólo subsistía el recuerdo de un pasado de grandeza. A muchos viejos
austríacos les parecía que aquellos cambios tan drásticos habían sido impuestos
por las arbitrarias calamidades de un conflicto al que se habían opuesto desde
el principio — Adolf Lorenz entre ellos—. Austria había sufrido reformas
internas, pero contrariamente a Alemania y Japón en los años que siguieron a la
II Guerra Mundial, no encontraron nuevas salidas, con lo que no fue posible
reorientar sus mermadas energías y su orgullo nacional. El clima era tal, que
hasta los profesores y los intelectuales contribuyeron al gran resurgimiento
del espíritu germano.
Al escribir en 1936 a un catedrático americano, Adolf Lorenz elogiaba la
intención del presidente Wilson al enunciar sus famosos «catorce puntos», pero
expresaba asimismo su disgusto por los acontecimientos que siguieron. Escribía
sobre «los hombres que desencadenaron la guerra mundial y luego tramaron una
paz mundial odiosa». Al comprobar de qué manera algunos americanos reaccionaban
hacia ellos en el periodo de entreguerras, Albert (citado por su padre, Adolf)
manifestó: «¿Se ha fijado, padre, cuán poco cabe confiar en la estima de sus
colegas? Si uno es alemán, se perdió su estima.»
En la actualidad, etólogos como Tinbergen y Lorenz están de acuerdo en señalar
la utilización por parte de Hitler de los dos llamamientos emocionales a las
respuestas instintivas del ser humano. Uno de ellos recurría al mito del Herrenuolk, por
el que los miembros de la raza aria se contemplaban como seres superiores. El
otro apelaba a la profunda necesidad de unidad al enfrentarse con un enemigo;
en este caso el supuesto enemigo, la «conspiración internacional judía», era
extraordinariamente insidioso, pues podía haberse infiltrado entre los pueblos
germanos a todos los niveles. Sin embargo, a pesar de las presiones ejercidas
en el seno de la sociedad a la que pertenecía la familia de Lorenz, los judíos
se movían libremente en su seno y no había ninguna barrera contra la amistad;
los Lorenz podían haber denunciado judíos amigos suyos, entre ellos a un
compañero de la juventud de Konrad, Bernhard Hellman, que, aunque cristiano,
era de descendencia judía, otro factor que puede haber influido en la actuación
de Lorenz.
En 1937, Konrad alegró a su padre al retornar una vez más a la Universidad de
Viena, para enseñar anatomía comparativa y psicología animal en calidad
de Priuatdozent. Ésta es una curiosa institución en Alemania y
Austria que confiere a una persona el prestigio asociado a la universidad y le
permite enseñar sin remuneración.
Sin embargo, los frustrados intentos de Adolf Lorenz por recomponer la fortuna
familiar con los derechos de traducción de su libro en Estados Unidos, hicieron
que la familia empezara a reconsiderar por primera vez al propio Konrad como su
posible proveedor de dinero. Efectivamente, durante una época, concretamente en
1938, parecía que había grandes posibilidades de que la próspera Kaiser Wilhelm
Gesellschaft creara un instituto para él. Otro momento maravilloso en esa época
para Konrad fue cuando se atrevió a escribir la Teoría del Conocimiento. Mandó
una copia de su trabajo al gran físico teórico Max Planck, que había ganado el
premio Nobel en 1918 y fue el primer presidente de la Kaiser Wilhelm
Gesellschaft en 1930. Planck le contestó afirmando que le había producido una
gran satisfacción el hecho de que, basándose en datos completamente diferentes,
ambos hubieran llegado a un punto de vista absolutamente similar sobre las
relaciones entre el mundo de los fenómenos y el mundo real. Konrad se sintió en
la gloria al recibir aquellos elogios del gran sabio de la ciencia alemana. A
principios de septiembre de 1937, el Anschlusssignificaba que el
instituto soñado por Konrad pertenecía a la nueva Gran Alemania, en la que
ahora quedaba incluida Austria. Esta idea debió de seducir a Lorenz, que amaba
a su país natal, pero la guerra vino a trastornar todos sus planes al respecto.
Una serie de acontecimientos, tan largos como complicados, le llevaron a ocupar
una cátedra de filosofía en una universidad de Prusia oriental.
Lorenz ya era consciente en esa época de que su manera de entender el mundo que
le rodeaba difería de los métodos científicos aplicados por muchos otros
hombres de ciencia. Se interesaba por la epistemología, es decir, por la teoría
sobre la naturaleza del conocimiento y su relación con la capacidad de
percepción del hombre y sus limitaciones ideológicas. Este interés le condujo a
su vez a las ideas del filósofo del siglo XVIII Immanuel Kant, el cual había
sugerido la existencia de los «imperativos categóricos», es decir, de las
convicciones éticas absolutamente necesarias para el hombre. A Lorenz, el
imperativo categórico le parecía otra manera de decir «innato». Las ideas
kantianas continuaban vivas en el puerto báltico de Königsberg, y Lorenz fue
allí para comprobar si el filósofo se había anticipado a su descubrimiento
sobre los mecanismos liberadores innatos.
La respuesta que obtuvo fue solamente un «no». Pero Gretl decidió que ya era
hora de que su marido leyera a Kant más extensamente, debido a que había toda
una serie de conexiones con su nueva manera de pensar; de modo que le compró
una valiosa edición de las obras de Kant. Y «con la suerte de los
principiantes» pronto halló unas ideas epistemológicas que le apasionaron, por
lo que escribió a Von Holst para discutirlas.
Von Holst tocaba la viola en el cuarteto de cuerdas en el que Eduard
Baumgarten, profesor kantiano de filosofía en Königsberg, tocaba el violín. Esa
afortunada asociación fue la que le brindó a Lorenz la clave del futuro.
Baumgarten consideraba su etiqueta de kantiano tan incómoda como inadecuada,
pues era un pragmático convencido, y durante una de sus reuniones musicales le
confió su problema a Von Holst. En Königsberg necesitaban a una nueva persona,
cuyas características ideales serían que se interesase por la epistemología
kantiana y tuviera ciertos conocimientos prácticos de biología. Las ideas de un
estudioso semejante podían encajar perfectamente con las de Otto Koehler,
director en esa época del departamento de zoología y una de las principales
lumbreras de la universidad. (Koehler poseía una combinación de intereses poco
habitual, pues era un brillante especialista en el comportamiento de los
animales y había estudiado la adquisición del lenguaje en su nieto.)
Gracias a Von Holst, y con la ayuda de Baumgarten y Koehler, se le ofreció a
Lorenz el prestigioso puesto de profesor de psicología en la Universidad Albertus
de Königsberg, un lugar sumamente lejano de su casa, pero aún perteneciente a
territorio germano. Con la guerra en pleno auge en Europa, Lorenz viajó hasta
Prusia oriental para ocupar su nuevo puesto el 2 de septiembre de 1940,
compartiendo con Baumgarten la antigua cátedra de Kant. Gretl y los niños se
reunieron con él, y entre sus animales se llevó a los gansos, los peces y un
perro. Seguía estudiando a los peces, especialmente a los cíclidos, cuyos
dilatados combates le hacían reflexionar sobre las raíces de la agresión. Pero
comoquiera que en la universidad no había sitio para los gansos, no tuvo más
remedio que llevarlos al zoo de Königsberg. Allí no se sintieron a gusto,
comenzaron a recelar de su viejo amigo y más tarde se dispersaron y se perdieron.
Lorenz prefiere pensar que volaron hacia un lugar seguro, pero parece poco
probable que así fuera.
Los mejores años de Konrad Lorenz, aquellos veranos de los gansos, habían
terminado irremisiblemente. A partir de 1940 había madurado enormemente en
cuanto a su trabajo y sus investigaciones, y se había asentado su reputación de
científico. Con Tinbergen y otros, había revisado y desarrollado la teoría del
comportamiento animal, que había dado un paso de gigante. Dejaron demostrado
que, como producto de su evolución, el comportamiento de cada especie se
enmarca en unas estructuras que no pueden cambiar más que gradualmente. Esta
estructura en evolución se parece más bien a una casa móvil y complicada
ocupada por una sucesión de individuos que de tiempo en tiempo la amplían o la
adaptan a su gusto en respuesta a las necesidades particulares del momento.
Este edificio nunca puede cambiarse demoliendo toda la estructura y volviéndolo
a reconstruir, como lo haría un arquitecto, por cuanto sus ocupantes (los individuos
de la especie considerada) no pueden mudarse a otro lugar. El cambio suele
llegar al utilizar las habitaciones existentes para nuevos fines o mediante la
adición al azar de nuevas habitaciones en cualquier punto que se preste a ello.
Mientras este edificio del comportamiento sea adecuado —o sea, mientras se
permita que la especie sobreviva dentro del mismo—, la forma en que dicho
edificio haya sido montado al principio o haya cambiado después no tiene la
menor importancia. Sin embargo, cada individuo que lo ocupa tiene una infinidad
de posibilidades de perderse en un laberinto semejante y de seleccionar una
habitación que contenga un comportamiento inadecuado. Un etólogo diría que en
este caso se realiza un compartimiento «no adaptativo», mientras que para los
seres humanos utilizamos el término «neurótico».
A través del estudio de los animales y del reconocimiento que se granjeó con
ello, Konrad Lorenz, al igual que antes le había ocurrido a su padre, halló su
segundo guante. Y lo mismo que su padre, casi llegó a perderlo, pero de un modo
más complejo, pues además del trauma de la guerra perdida, tuvo que superar los
ataques científicos y personales de los que fue objeto en repetidas ocasiones y
por diferentes partes antes de compartir con Tinbergen su espaldarazo
científico treinta y cinco años después. Además, es necesario agregar que,
debido a sus maneras tan rudas y perentorias, Lorenz atrajo gran parte del
fuego hacia sí.
Incluso antes de que la evidencia documentada fuera revelada, la adhesión a la
causa nazi de Lorenz suscitó gran número de críticas, especialmente en los años
que procedieron a su distinción con el premio Nobel. Se sugirió que las
preferencias nazis le habían valido la cátedra de Königsberg, pero esto no
concuerda con la complicada historia ligada con Von Holst, Baumgarten y
Koehler, todos ellos respetables académicos. En cualquier caso, la ayuda nazi
apenas fue necesaria para un hombre cuyo talento científico ya era reconocido,
y para quien, desde luego, hubiese sido mucho mejor que la guerra no hubiera
estallado. Según su propio relato del asunto (como veremos en el siguiente
capítulo), el principal hecho en el que obtuvo el apoyo nazi ocurrió antes de
ocupar su puesto en Königsberg. La influencia nazi hubiera podido serle útil en
su primitivo objetivo de conseguir un instituto donde poder desarrollar sus
trabajos sobre los animales, aunque todo esto es algo dudoso por cuanto la
Kaiser Wilhelm Gesellschaft estaba financiada por la industria alemana, y los
nazis, pese a su poder, no tenían la última palabra en el asunto. Aunque la
hostilidad activa de los nazis hubiese podido tener un efecto opuesto. Una de
las posibilidades que se han barajado es la de que fuera el propio Kramer quien
constituyera el principal obstáculo en 1938.
Lorenz está orgulloso por el hecho de que su primera designación como profesor
estuviese vinculada con el nombre de Kant, y, después de la guerra, sus
discípulos escucharon muchas anécdotas sobre aquel periodo. La obra de Lorenz
sobre el conocimiento, La otra cara del espejo (publicada tras
muchos años de reflexión en 1973, y en inglés en 1977), está dedicada a sus
recuerdos de Königsberg y a sus amigos de aquella ciudad, Baumgarten y Koehler.
Cuando Lorenz cumplió los sesenta años (y antes de los más recientes ataques),
su trabajo en
Königsberg se describía detalladamente en la laudatoria del Lorenz
Festschrift y se publicó más tarde en el Journal of Animal
Psychology alemán.
Toda la carrera inicial de Lorenz sigue una progresión lógica y coherente, con
el profesorado como culminación temporal. A partir de ahí se abre una nueva
etapa en su desarrollo, reforzando y canalizando extraordinariamente su
capacidad de razonamiento filosófico de un modo que aparece claramente en
algunos de sus éxitos posteriores. Y ese periodo de su vida acentuó
indudablemente su interés por el idealismo filosófico germano — una forma de
idealismo que tiende hacia el absolutismo—, al que ya había estado expuesto
culturalmente.
La seductora seudofilosofía del nazismo dominaba el ambiente intelectual alemán
y austríaco en el periodo de tiempo que Lorenz pasó en Königsberg. Muchos
intelectos débiles pero ambiciosos (y entre ellos algunos fuertes y
despiadados) la aceptaron sin la menor crítica mientras estuvo rodeada de una
aureola de éxitos. La reacción más poderosa contra el nazismo solamente
provenía de los otros «ismos», cuyos defensores tendían a desaparecer de la
vida pública. Lorenz parece haber nadado a favor de la corriente y de sus
propios objetivos en medio de este territorio intelectual peligroso. Así opina
él de esa época, y en cualquier caso es congruente con su personalidad que
actuara así. También es característico en él que aceptase solamente aquellos
aspectos del nazismo que no eran incompatibles con sus ideas, aunque mantenía
fuertemente sus propias convicciones en la nueva situación.
La consecuencia más grave de todo ello es que Lorenz permitió que las
influencias nazis guiaran su mente y su acción hasta el punto de escribir un
trabajo científico «nazificado», el cual se publicó aproximadamente en la época
en que obtuvo un mejor trabajo en Viena, seis meses antes de llegar a
Königsberg. Cuando él se dio cuenta de su error, éste podía haber estado
olvidado, cosa nada infrecuente, pero desgraciadamente para Lorenz, no ocurrió
así. Al enfrentarse con la acusación, replicó con una contestación
característica de sus propias fuerzas y debilidades.
Pero antes de volver a ello, hay otro asunto que relatar. Bernhard Hellmann, el
amigo más íntimo que Lorenz tuvo en su infancia, era cristiano, pero de origen
judío. Había emigrado en 1926 y después del «Anschluss» volvió para llevarse a
su madre. Ella marchó a disgusto, deseando hasta el final que Austria pudiera
permanecer independiente. Otro hijo, Ernest, vive ahora en Australia, y su hija
Use en Londres. Pero la madre de Bernhard decidió quedarse en Holanda con él.
Después de que Holanda fuera invadida en 1940, Bernhard se ocultó y en 1943 fue
capturado por los nazis. Su madre estaba escondida, pero después de saber que
había perdido a Bernhard fue menos cauta. En 1944 volvió a Austria para recoger
sus joyas y fue reconocida por la portera, quien la denunció por dinero, siendo
detenida por los nazis. Hellmann tenía un hermano que permaneció oculto:
después de la guerra, a la edad de 11 años fue encontrado por la Cruz Roja.
Lorenz
había observado que al encontrarse encerrada con un individuo de su misma
especie, una paloma podía desmentir su tradicional imagen pacífica y matar a su
compañera sin el menor escrúpulo, lo cual constituye un modelo poco deseable
para la sociedad humana. El lobo, en cambio, parece ser un animal admirable,
pues en sus conflictos con sus compañeros respetará al oponente que se somete
y, en general, es un ciudadano modelo en su propio mundo. Y no sin cierta
socarrona complacencia, Lorenz enunció esa idea a sus lectores en un trabajo
titulado «La ética y las armas de los animales», publicado en noviembre de
1935; lo esencial de este artículo reapareció más tarde como capítulo final
en El anillo del rey Salomón.
«Llegará el día en que dos facciones enemigas se enfrentarán con la posibilidad
de que una de ellas aniquile totalmente a la otra. Puede llegar el día en que
la humanidad se vea dividida en dos campos opuestos. ¿Cómo nos comportaremos
entonces, como palomas o como lobos?»
En los trece años que siguieron, Lorenz tuvo tiempo sobrado para reflexionar
sobre aquellas palabras, aunque no fue hasta la publicación de Sobre la
agresión,en 1963, cuando esa orientación de sus intereses, el énfasis en la
herencia animal del hombre, apareció claramente ante una amplia audiencia,
proporcionando municiones frescas a los psicólogos y a todos cuantos estaban
dispuestos a atacarle. En esa confrontación científica, la cuestión estratégica
fue siempre la importancia relativa del instinto y el aprendizaje, primero en
los animales y luego en el hombre. La mayor lucha se libró sobre la naturaleza
de la agresión en tanto que impulso instintivo, y muy especialmente, en tanto
que instinto humano. Una escaramuza relativamente menor fue la que se libró en
torno a su trabajo sobre el troquelado (v. capítulo 9).
En 1940 todos esos conflictos aún estaban por llegar, aunque la semilla ya
había sido sembrada. Otra escaramuza relativamente pequeña, pero mucho más
sangrienta, tuvo lugar en tomo al problema de la «degeneración genética» en los
animales domésticos y en el hombre civilizado. En este caso, el asalto fue más
directo y personal y gran parte de las municiones fueron facilitadas por el
propio Lorenz, no tanto por lo que dijo y sigue afirmando, sino por la manera
en que eligió escribir sobre el tema en los comienzos de la II Guerra Mundial.
La desigualdad genética en el hombre es una cuestión tan emotiva, que merece la
pena considerarla conjuntamente con las acusaciones y recriminaciones que han
rodeado a Lorenz a lo largo de su vida, antes de volver a otras controversias
de tipo más general. Además, esta historia se complicó de tal manera que es
necesario analizar por separado sus distintos puntos. Entre ellos se incluyen
lo que Lorenz trataba de decir y la manera en que lo dijo. Las cosas empeoraron
por culpa de una mala traducción: Lorenz fue acusado, al menos en parte, sobre
la base de una traducción incorrecta en un detalle que él considera importante.
Así que también hemos de preguntamos si las acusaciones siguen siendo válidas
después de haber aclarado este punto.
El trabajo en cuestión se titulaba «Los desórdenes causados por la
domesticación del comportamiento específico de las especies») («Durch
Domestikation verursachte Störungen arteigenen Verhaltens»), y se publicó
en marzo de 1940 en el Zeiteschrift für angewandte Psichologie und
charakterkunde. La existencia de este trabajo no se ha guardado en
secreto, pues figuraba en la bibliografía del segundo volumen del compendio de
sus publicaciones. La tesis general es sencilla. Se basa en la idea de que la
cría de los animales domésticos no solamente cambia su forma física, sino
también su comportamiento, por cuanto éste está basado sobre el mismo sistema
genético. La domesticación, cualquier crianza efectuada por el hombre, conduce
habitualmente a la acentuación de las características de forma y de
comportamiento que hacen a los animales menos viables en estado salvaje; todo
el trabajo experimental de Lorenz con animales apoya esta idea. Afirmó luego
que la civilización humana conlleva unos procesos comparables a la
domesticación de los animales, procesos que denomina «autodomesticación». Por
consiguiente, en tanto que especie, podemos ser sometidos a unos cambios que
afectan a nuestro propio comportamiento, y como en el caso de los animales,
pueden ser para peor.
Lorenz no puede presentar ninguna prueba; en efecto, no posee ninguna evidencia
científicamente convincente que vaya más allá de la presentación de algunos
detalles y unas poderosas analogías. Pero si existiese alguna posibilidad de
que tuviera razón, sería absolutamente vital para toda la raza humana saber
cuánto fuera posible acerca de este proceso.
Hay una advertencia que Lorenz ha expresado tanto en términos intelectuales
como emocionales. Su respuesta, a la vista de animales domesticados que se han
desarrollado o, más bien, degenerado en una forma particular, es directa,
personal y de tipo estético. Lo apunta nuevamente en un trabajo publicado en
1950 bajo el título «Parte y parcela en las sociedades animales y humanas», en
versión inglesa en el segundo volumen del compendio de sus trabajos con
ilustraciones gráficas. En este libro nos muestra gansos y polluelos
domesticados gordos y rechonchos, unas criaturas feas comparadas con sus
gallardos antepasados, muy especialmente el ganso gris que Lorenz
comprensiblemente ha mirado con particular afecto. Compara al lobo
ventajosamente con el perro doméstico y reprocha a los criadores que hayan
permitido el acortamiento del esqueleto en las razas puras, de tal manera que muchas
de esas pobres criaturas ya no pueden respirar adecuadamente. El jadeante y
tambaleante perro faldero, subproducto de este proceso, constituye para él un
verdadero objeto de escarnio.
Recuerdo una visita a Seewiesen, cuando Lorenz me mostró los sujetos de sus
estudios más recientes, y recuerdo especialmente su expresión de profundo
disgusto ante un pato almizclado. Unos años antes, su reacción al observar que
un macho almizclado troquelado por un ser humano le hacía ciertas insinuaciones
sexuales fue filmada. Después de cortejar a Lorenz con el característico
movimiento de balanceo en el que la cabeza y el cuello se agachan hacia el
suelo de un lado y de otro, el macho intentó copular con su bota: era una
exacta analogía de la función de un objeto sustitutivo que los psicólogos
llaman fetichismo. A Lorenz no le repugnaba esta reorientación patológica del
patrón de comportamiento, pues se trataba de su habitual método científico, que
ofrece una vía al estudio de la unidad o la integridad de la respuesta y observa
este aspecto del comportamiento del macho con un desapasionamiento objetivo;
con su conocimiento de los procesos involucrados, tampoco le repugnaba el hecho
de ser elegido como pareja sexual por cualquier otro animal macho. Sin embargo,
lo que sí suele demostrar en tales ocasiones es una profunda aversión estética
ante la verdadera falta de atractivo de su seguidor: «¡Qué animal más feo!»,
fue su respuesta.
Esta reacción expresa con toda agudeza una cualidad que a juicio suyo existe en
todo ser humano en cierto grado; una respuesta estética instintivamente
determinada hacia la belleza o la fealdad de la forma y el comportamiento en
los compañeros de su propia especie y las cualidades similares correspondientes
(reales o imaginarias) en las demás especies. Vale la pena dedicar un poco de
atención a esa idea, ya que es importante tanto para la argumentación de Lorenz
como para su falsa interpretación.
El pato almizclado es, a su juicio, el típico animal domesticado, cuya avidez
por la comida y el sexo ha sido subrayada por cuantos lo criaron a través de
los años. La avidez por la comida es bien recibida por el hombre, quien desea
engordar a los animales; un animal con actividad sexual exagerada es fácil de
criar en cautividad, con lo que el animal doméstico se convierte en lo que
generalmente se suele describir como bestial. Y esta «bestialidad» es
completamente ajena a la de los animales salvajes originales con su fina
gracia, su inteligencia superior y su bien ordenada sociedad. El pato
almizclado es, evidentemente, un ejemplo extremo, y mostrar cómo ciertos
animales domésticos han sido convertidos en estúpidos y obesos mediante una
selección deliberada sólo demuestra que la selección funciona. Naturalmente, se
dan casos en los que se consiguen las características estéticamente deseables
de un modo deliberado; por ejemplo, el caballo de raza árabe es más veloz y más
inteligente que su antecesor salvaje, y muchas razas de perros domésticos son
bastante más altas que el lobo. Sin embargo, se observa más frecuentemente lo
contrario: al ser domesticado, el pato salvaje se vuelve gordo, sus patas se
acortan, los músculos y los tejidos conectivos se debilitan y el vientre
pandea, mientras que en los patos salvajes esos caracteres estéticamente
desagradables son seleccionados negativamente de un modo completamente natural.
Los animales domésticos pierden a menudo su presteza y su vivacidad, pero
cuando se trata de criar esas cualidades suelen acentuarse de un modo grotesco,
como en un animal de carrera que no es sino tensión nerviosa sobre patas.
¿Cómo se relaciona todo esto con el hombre? Aquí es donde Lorenz aplica sus
ideas. No ve ninguna razón para suponer que aparte de su mayor complejidad, el
sistema nervioso del hombre sea fundamentalmente diferente del de otros
animales. Nosotros tenemos otros instintos, tales como la responsabilidad
moral. ¿Por qué resulta fácil matar a una mosca, más difícil matar a una rana y
casi imposible matar a un perrito?—pregunta Lorenz—. En su libro Los
ocho pecados capitales del hombre civilizado afirma que tenemos un
sentido innato de la justicia, cuyo deseo común se manifiesta en una variedad
de formas que encajan con las distintas maneras en que se han desarrollado las
culturas locales; pero los elementos comunes, puestos de manifiesto por un
estudio comparativo, sugieren que están basados en el instinto. También somos
curiosos y tenemos un interés infantil por el mundo que nos rodea que es
también instintivo y que influye poderosamente en el progreso de la humanidad.
En cambio, Lorenz observa actualmente (quizá más claramente que durante la
guerra) cambios en el comportamiento humano similares a los síntomas de cierta
degeneración genética, lo cual constituye un verdadero peligro para el sistema
social humano que puede conducir al peligro del colapso de la propia
civilización occidental. Todas las culturas anteriores a la nuestra —señala
fríamente— se hundieron después de haber alcanzado un alto grado de
civilización, e insiste en que su punto de vista coincide con el de otros científicos
serios que han diagnosticado la decadencia de nuestra cultura. Lorenz atribuye
esta decadencia a la cualidad de nuestra vida actual, que se parece
peligrosamente a la domesticación. La vida humana se ha vuelto, por un lado,
demasiado fácil, mientras que por otro está sujeta a unas tensiones sociales
que en una sociedad animal resultarían desastrosas. En Los ocho pecados
capitales del hombre civilizado (publicado en inglés en 1974, pero
escrito unos años antes) Lorenz da una lista de las cualidades que considera
más serias; la mayoría resulta familiar a quienes conocen las terribles
advertencias de los estudiosos del entorno de la población, ecólogos políticos
y otros críticos sociales a través de los años.
Sin embargo, un síntoma de la decadencia genética que le preocupa especialmente
es el infantilismo. Si la curiosidad infantil del hombre continúa acentuándose
(y en el comportamiento recientemente adquirido más que en el antiguo los
profundos instintos son los que se modifican en primer lugar), ¿acaso no puede
convertir el interés constructivo en un eterno juego infantil?
Podemos suponer que la responsabilidad y el altruismo son rasgos del hombre
adulto, pero si una persona decide que no necesita trabajar y que los demás han
de cuidar de ella sin importarles la forma en que aquella persona los trate,
esto es infantilismo. «Roguemos a Dios que no se trate en este caso de un rasgo
genético, sino únicamente cultural. Si fuera genético representaría un peligro
muy grande.» Tales hipótesis son, sin duda, difíciles de probar
científicamente, pero si la extrapolación que hace Lorenz desde el animal al
hombre se demostrase válida, sin duda nos preguntaríamos cuál es exactamente la
acción que habríamos de emprender.
Todo eso fue discutido primeramente con todo detalle por Lorenz en un trabajo
científico aceptado por los jerarcas nazis de Alemania durante la guerra. No
había, sin embargo, ninguna necesidad de plantear las cosas tan claramente.
Un temprano y relativamente suave ataque contra ese trabajo se cita efectivamente
en otro ulterior de Lorenz titulado «Las formas innatas de una posible
experiencia», de espíritu similar especialmente en lo que respecta a la
domesticación, pero exento, de forma más clara que el primero, de cualquier
jerga política manifiesta. Fue publicado en el Zeitschrift für
Tierpsychologie en 1943. J. B. S. Haldane, en su presentación de la
conferencia conmemorativa sobre Huxley en la Royal Anthropological Society en
1956, afirmaba que, partiendo de la premisa de que el hombre civilizado es un
animal doméstico, «Lorenz argumentaba que los pueblos civilizados perecerán
inevitablemente a no ser que una política racial y consciente y fundamentada
científicamente lo evite». Dicha política se basa en «el valor de la pureza
racial», en la «función de un juicio intolerable», y en otros principios
del National Sozialistische Albeiter Partei.Después de esta
afirmación, (en realidad Haldane y Lorenz eran amigos), Haldane expresaba su
convicción de que Lorenz se equivocaba en su hipótesis básica, y exponía los
argumentos en pro y en contra en el terreno científico. Pese a atacar
nuevamente a Lorenz, Haldane pensaba, obviamente, que valía la pena plantear la
cuestión. Sin embargo, fuera de dicho problema, el trabajo de 1943 encierra la
más cumplida discusión de las ideas de Lorenz acerca de la manera en que el
comportamiento instintivo se halla controlado por estímulos externos y coloca
al mismo nivel el estudio «Compañero», de 1935, y la teoría sobre el instinto,
de 1937.
Sin embargo, el trabajo de 1940 se refería a otro tema, y la controversia sobre
la manera y la sustancia de este documento anterior alcanzó una difusión
científica mucho más amplia hasta el 14 de abril de 1972, cuando un discurso
pronunciado en Canadá unos seis meses antes, fue publicado en esa fecha en la
revista americana Science. Su autor era el profesor León
Eisenberg, de la Harward Medical School y más tarde director del servicio de
psiquiatría en el hospital general de Boston. El antropólogo y humanista Ashley
Montagu, contrario a las teorías de Lorenz sobre el instinto humano, ha editado
una colección de ensayos, artículos y comentarios sobre Lorenz que contiene la
conferencia de Eisenberg titulada «La naturaleza humana de la naturaleza
humana», en la que éste manifiesta que las teorías que suponen que el
comportamiento humano está basado en los instintos vulnera los descubrimientos
de la psicología del desarrollo. Escribe lo siguiente acerca del trabajo de
Lorenz de 1940:
«En los animales domésticos — argumenta Lorenz—, las mutaciones degeneradoras
resultan de la pérdida de los mecanismos liberadores específicos de especie que
responden al esquema innato que rige los patrones de acoplamiento y que en la
naturaleza sirven para mantener la pureza de la raza. Los fenómenos similares se
suponen un subproducto inevitable de la civilización a menos que el Estado se
muestre vigilante.» Eisenberg cita también varios fragmentos del trabajo de
1940:
«La
única resistencia que la humanidad de raza sana puede ofrecer contra el hecho
de ser penetrada por los síntomas de degeneración está basada en la existencia
de un determinado esquema innato... Nuestra sensibilidad hacia la belleza y la
fealdad de los miembros de nuestra especie está íntimamente relacionada con los
síntomas de degeneración provocados por la domesticación que amenaza a nuestra
raza...
»Habitualmente, al individuo de gran valor le repugnan de un modo especialmente
intenso los ligeros síntomas de degeneración en los hombres de otra raza... En
ciertos casos, no obstante, encontramos no solamente la falta de dicha
selectividad..., sino incluso lo contrario al sentirnos atraídos por los
síntomas de degeneración... Las artes decadentes nos ofrecen muchos ejemplos de
ese cambio de signos... El índice inmensamente elevado de reproducción de la
imbecilidad moral quedó establecido hace ya mucho tiempo... Este fenómeno
conduce a cualquier parte..., al hecho de que al material socialmente inferior se
le permite penetrar y finalmente aniquilar a la nación sana. La selección con
miras a la tenacidad, el heroísmo, la utilidad social... debe ser realizada por
alguna institución humana si queremos que la humanidad, ante la falta de
factores selectivos, no quede arruinada por la domesticación inductora de la
degeneración. La idea racial como base de nuestro estado ya ha
hecho mucho en este aspecto en Eisenberg. La medida más eficaz para
preservar la raza es... el mayor apoyo a las defensas naturales... Debemos
contar con los sentimientos sanos de nuestros mejores individuos encargándoles
de la selección que ha de determinar la prosperidad o la decadencia de nuestro
pueblo..»
Seguidamente,
Eisenberg agrega su propio comentario como sigue: «Así que todo parece indicar
que la ciencia garantiza las prohibiciones sociales erigidas para reemplazar el
esquema innato degenerado por la pureza racial. La lógica «científica» de
Lorenz justificaba las restricciones legales de los nazis contra el matrimonio
con los no arios. Las salvajes extrapolaciones desde la domesticación a la
civilización, desde el patrón ritualizado de cortejo de los animales al
comportamiento humano, desde las especies a las razas, son tan groseras y
contrarias a la ciencia, las conclusiones huelen tanto a campos de
concentración, que cualquier otro comentario resulta superfluo. Quizá resulte
descortés recordar en 1972 algo que se escribió en 1940, pero yo, por lo menos,
tengo dificultades en olvidar 1940; efectivamente, creo que no debe ser
olvidado, para que no nos encontremos nosotros mismos en el 1984 de Orwell por
muchas razones «científicas» que haya.»
Durante más de un año, Lorenz no hizo caso a ese ataque, aunque varios amigos
suyos le instaron a que lo leyera. Cuando finalmente lo hizo, me escribió que
el gran mal que él combatía entonces y que continuaba combatiendo es la
autodomesticación progresista de la humanidad, y en su próximo libro sobre el
bien y el mal quería ocuparse de ese mismo problema. En una lucha como ésa es
admisible recurrir a cualquier mal menor (una ideología capaz de ayudar). El
punto esencial del trabajo de 1940 consistía en que el supuesto ideal «nórdico»
de hombre alto, esbelto y de cráneo alargado se debía a la proyección de una
respuesta estética general para el hombre, pero no racial. No era antisemita,
sino antidomesticación; y aun antirracista, por cuanto presenta la
domesticación como un peligro muchísimo mayor que cualquier mezcla posible de
razas humanas.
Pero no cuestiona ni desaprueba la manera en que ello se dijo en 1940. El
trabajo estaba envuelto en terminología nazi y Lorenz no lo niega;
efectivamente, él ha manifestado explícitamente que era así. La razón que
ofrece es que él pensaba ingenuamente realizar cierta propaganda en contra de
la domesticación progresiva; sin embargo, sigue insistiendo en que no hizo
ninguna observación despectiva acerca de ninguna otra raza humana; el hecho de
conjuntar varias frases fuera del contexto es lo que da esa impresión.
Lorenz se refiere seguidamente a una mala interpretación. En su trabajo, él
decía que nuestra sensibilidad estética y ética basada en los mecanismos
liberadores innatos representa solamente una protección de la humanidad contra
la progresiva domesticación y que nuestras respuestas sexuales son
especialmente sensibles a los síntomas de decadencia a través de la
domesticación. En su trabajo, Lorenz escribe: «Für gewöhnlich wird der
Vowertige auch schon van sehr gering Verfallserscheinungen an einen Menschen
des anderen Geschlechtes besonders stark abgestossen», que significa:
«Generalmente una persona sana y normal siente una profunda repugnancia contra
síntomas incluso leves de degeneración en una persona del otro sexo», y no —
como se traduce en el escrito de Eisenberg— «al individuo de gran valor le
repugnan habitualmente con especial intensidad los ligeros síntomas de
degeneración en hombres de otra raza», lo que en cualquier
caso, a partir del contexto, es obvio que significa otra cosa, incluso al lado
de cualquier mala traducción de los términos mismos.
Planteando explícitamente el problema, cabe preguntar: ¿Acaso Lorenz atacó a
los judíos? El mejor dato nos lo da un pasaje en la página 71 del original, que
reza como sigue:
«Una
persona sumamente superior (Vollwertige) reacciona contra sus contemporáneos
que manifiestan rasgos inferiores apartándose de ellos. Pero esta reacción por
parte de una persona superior es sentida por una persona con rasgos inferiores
(Ausfallstypus) como extremadamente vejatoria y responderá con un odio inmenso.
Si existe un grupo importante de personas con rasgos inferiores, la persona
sumamente valiosa que las rechaza se vuelve muy impopular. Las demandas
biológicas y morales surgidas de un esquema innato no corrompido se interpretan
como una arrogancia, y el rechazo de las personas con rasgos inferiores, como
una falta de sentido social. Si esa persona por casualidad es vieja y aún
cercana de sus antepasados campesinos, sus descendientes rápidamente
domesticados le reprocharán más tarde su senilidad esclerótica. Ellos se unirán
contra él en una perfecta armonía — lo cual no es su rasgo distintivo—, y
comoquiera que no limitan sus reacciones a un rechazo pasivo, son muy capaces
de tenderle una celada. Podría citar un buen número de procesos de difamación
si relacionara con sus nombres los ejemplos concretos de ese procedimiento que
prevalece en todas las capas de la sociedad. La impopularidad de la gente que
insiste sobre la selección de lo más decente se vuelve incomprensible si
consideramos que ellos mismos han asumido una función biológica que en los
tiempos prehistóricos fue desempeñada por la naturaleza hostil.»
En
este caso, está claro que Lorenz no se refiere a los judíos — que en cualquier
caso no emprendían ningún proceso de difamación contra sus verdugos en la
Alemania de 1940— ni a ninguna otra raza a menos que los «domesticados
descendientes» de sus «antepasados campesinos» puedan considerarse como una
raza aparte.
Así, pues, ¿es que Lorenz es un racista? No, no lo es por ninguna norma
razonable y no hay ninguna prueba de ello en sus otros escritos, y además sus
propios nietos cuentan con unos genes que se han mezclado con los de Prusia
(eslavos), Italia y hasta Polinesia. Aunque, naturalmente, Lorenz es un racista
«en su manera de hablar». El ganso doméstico es una «raza» comparada con el
ganso gris, y un pato Aylesbury es una raza de pato, y ya conocemos sobradamente
los sentimientos de Konrad con respecto a estas razas.
La explicación de Lorenz, juntamente con una tentativa de comprensión de las
bases políticas y sociales de Austria en 1939, reduce las proporciones de todo
el asunto a un episodio muy pequeño en comparación con la magnitud de su labor.
Además, en lo que concierne al problema de la terminología nazi, yo
personalmente siento una gran simpatía emocional por el punto de vista de
Eisenberg, pues fuera de la mala traducción, la terminología nazi subsiste.
Eisenberg no domina mucho el alemán, y por consiguiente dependía de los demás
para su traducción. De hecho había mucha más terminología nazi en el original
de la que Eisenberg observó cuando escribió su discurso, y su tesis general,
como él señala, no estuvo afectada por la mala traducción.
La cuestión real, pues, es la siguiente: independientemente de la intención por
parte del escritor, ¿cuándo nos encontramos ante una manifestación científica y
cuándo dicha manifestación tiene un carácter político? Y Eisenberg cita al
respecto a Noam Chomsky: imaginemos a un psicólogo germano en 1936 planteándose
el problema «científico» de si los judíos tienen un instinto adquisitivo.
Suponiendo que realmente podamos encontrar un método para analizar objetivamente
el problema, dicho estudio en el contexto de la época e independientemente de
la intención del investigador tendría una profunda significación política. Pero
en el caso de Lorenz las cosas no eran tan sencillas como eso. Los nazis
adoptaron una perversión del «darwinismo social» que abarcaba el reforzamiento
de la raza aria mediante el desarrollo humano según unas reglas que ellos
mismos determinaban. Lorenz se encontró efectivamente ante el problema de un
nuevo examen científico de las ideas que ya se habían fijado en la filosofía
ortodoxa nazi. El pensaba evidentemente en una pequeña y hábil manipulación con
tal de que sus propias ideas fueran aceptadas por el nazismo. Pero esto hubiese
implicado mucha más flexibilidad de la que los nazis eran capaces, como
nosotros sabemos y como Lorenz descubrió rápidamente.
En la correspondencia sobre su trabajo publicado en Science, Eisenberg
se halla atacado a su vez bajo la acusación de adoptar una posición
anticientífica, cada vez más de moda, según la cual la investigación científica
está al servicio del hombre. ¿Quién determina la importancia social de la
investigación?, se pregunta el autor; presumiblemente, alguna autoridad
controlada por el gobierno. Eisenberg también ha sido criticado por dar a
entender que Lorenz facilitó una justificación seudocientífica para las
atrocidades antijudías, como si los nazis hubiesen podido desistir de las
mismas por falta de justificación científica. A lo cual Eisenberg replicó
acerbamente que no fue el simple acto de un individuo lo que hizo posible el
nazismo, sino la falta colectiva de oposición, la voluntad de aceptación y los
actos de apoyo; todo ello contribuyó al holocausto.
Estas importantes y justas cuestiones contribuyeron a que la discusión se
apartase del problema esencialmente científico, a saber, la posibilidad de la
decadencia genética de los seres humanos. Lorenz planteó dicha cuestión en una
época inconveniente y en un contexto inadecuado, aunque en 1940 no podía verlo
por cuanto el nazismo dominaba en la mayor parte de Europa occidental y todo
parecía indicar que continuaría así. Las preguntas acerca del futuro de la
humanidad no eligen su momento para ser buenas preguntas, pero en este caso el
resultado fue que Lorenz tuvo que dedicar muchos más esfuerzos en contestar
sobre la manera y el tiempo de esa primera afirmación que en reiterar su
esencia. En el momento en que el premio Nobel fue anunciado, el cazador de
nazis vienés Simón Wiesenthal pidió que Lorenz se retractase de sus puntos de
vista expresados durante el periodo de la guerra, y seguidamente la prensa y la
televisión alemanas también tomaron cartas en el asunto. Der Spiegel empezó
a referirse al «pasado oscuro» de Lorenz — un delicado eufemismo— y el Newsweek relató
una entrevista en la televisión holandesa con estos términos:
«Palideciendo y sonrojándose alternativamente bajo el fuego de las
preguntas..., solamente tras una insistente presión, Lorenz se enfrentó con el
pasado. Se afirma (New York Times, 15 de diciembre de 1973,
repetido por Newsweek) que Lorenz confesó finalmente: “Lo
lamento... ahora tengo un concepto diferente de los nazis.” Y, una vez más, las
palabras que eligió fueron desafortunadas, pues ello implicaba que precisamente
hubiese podido darse cuenta de la malevolencia del nazismo unos veinte años
antes, cuando era el caso.»
Otro periódico americano, The Sciences (publicado por la
Academia de Ciencias de Nueva York), metió baza en el asunto con un artículo
que tenía mucho que decir contra Lorenz. Su autor, Wallace Cloud, incluía una
supuesta cita del trabajo de 1940 en el que Lorenz —según Cloud— propugnaba el
exterminio de los elementos tarados de la población. En realidad, la palabra
«exterminio» es una pésima traducción del original alemán «ausmerzung», mientras
que todo el resto es un libre resumen de un pasaje más largo. El resultado no
deja de ser una distorsión grotesca. El artículo de Cloud importunó a mucha
gente nombrada por él, hasta el extremo de que el periódico ofreció a todos los
entrevistados una oportunidad de réplica. Ashley Montagu (considerado
generalmente como un gran adversario de Lorenz) fue uno de los que trataron de
quitarle importancia a la acomodación de Lorenz con los nazis, pero fue citado
de una manera que acentuaba dicha impresión, con lo que pidió y obtuvo excusas
por presentación errónea de los hechos. El propio periódico manifiesta que el
debate fue una verdadera discusión por cuanto dos meses después de su
publicación original aún existía la opinión de que el premio Nobel se había
otorgado a un hombre que antaño había escrito un trabajo con un tono claramente
genocida.
El crítico más persistente ha sido Theo Kalikow. En largas series de trabajos
ha analizado el contenido académico y las implicaciones políticas de sus
escritos entre los años 1938 y 1943. Finalmente reveló la evidencia de su
pertenencia al partido. Incluso la hermana de Bernhard Hellmann, Use
(psiquiatra), expone más brevemente «él sabía lo que estaba haciendo».
Utilizando la terminología nazi, les decía simbólicamente: Soy digno de
confianza; confiad en mí.
Cabe también recordar el punto de vista de Tinbergen sobre todo el asunto, pues
Lorenz se expone a sí mismo en su trabajo aun cuando luego cambiase de opinión;
y tanto política como socialmente no dejó de ser ingenuo. Más tarde, los dos
científicos se volvieron a encontrar después de la guerra, discutieron el
asunto y acordaron enterrarlo para siempre.
En lo que respecta a los peligros inherentes a la autodomesticación, Lorenz no
tiene la intención de abandonar sus ataques contra quienes, por muy originales
que sean sus conceptos, han de ser criticados. La esperanza que él ofrece
reside en la educación. «Todo el mundo tiene un sentido de los valores — dice
Lorenz— y nos hemos de educar y educar a nuestros hijos para seleccionar a la
compañera no tanto por el volumen de sus pechos como por su inteligencia y su
valor moral, pues la “cover girl” es un vicio de la humanidad. La
educación puede y debe mejorar nuestro gusto estético por lo que hay de mejor
en cada uno de nosotros, y por consiguiente efectuar una forma deseable de
selección sexual.»
Esta solución no sería perjudicial aun cuando los temores de Lorenz fuesen
exagerados e incluso totalmente injustificados. De un modo u otro, no hemos
llegado al final de nuestra línea, pues el hombre está desarrollándose muy
rápidamente en el presente. Sin embargo, hemos buscado sin gran éxito «el
eslabón perdido» entre la criatura prehumana y la criatura verdaderamente
humana; quizá, y a lo mejor, Lorenz sugiera que nosotros somos precisamente ese
eslabón que falta.
El equilibrio genético dentro de una población, tanto humana como animal o
vegetal, puede cambiar fundamentalmente de dos maneras. En la primera, las
nuevas mutaciones pueden verse selectivamente favorecidas por el entorno, de
forma que se incrementen sus posibilidades de supervivencia. En la época
actual, las presiones podrían favorecer la adaptación a una sociedad
tecnológica compleja más que al entorno natural de nuestros antepasados. El
perjuicio potencial radica únicamente en si hemos de retornar eventualmente a
las condiciones anteriores; pero entre tanto, e independientemente de lo que
pueda ocurrirle al individuo saturado de televisión y a sus hijos, la sociedad
humana continúa valorando las habilidades físicas y mentales; y hasta es posible
que lentamente estemos mejorando. En segundo lugar, hemos borrado las presiones
selectivas de ciertos genes desfavorables que aún pudieran existir en nuestra
población o que pudieran surgir espontáneamente. Tenemos un ejemplo en la
fenilcetonuria, un trastorno metabólico genéticamente determinado que de no
tratarse ocasiona daños en el cerebro y deficiencia mental. Ahora, un simple
test puede detectarlo en el recién nacido, y unas medidas altamente eficaces
permiten al paciente vivir una existencia normal y libre. Sin embargo, la
consecuencia inevitable estriba en el incremento de la frecuencia de! gen PKU
en las poblaciones humanas, aunque los genéticos han calculado que incluso
después de mil generaciones el efecto seguirá siendo pequeño.
Con una mezcla incrementada de poblaciones, ese proceso puede' acelerarse. He
aquí la página final de Sociobiologie-the New Synthesis (1975),
de E. O. Wilson:
«El desarrollo de la humanidad nunca se ha detenido, pero en cierto sentido sus
poblaciones se están amontonando. Los efectos, al cabo de pocas generaciones,
pueden modificar óptimamente la identidad de los factores socioeconómicos.
Especialmente, el flujo genético se ha incrementado dramáticamente en todo el
mundo y se está acelerando, con lo que el promedio de los coeficientes de
relaciones en el seno de las comunidades locales disminuye. El resultado puede
constituir la eventual disminución del comportamiento altruista a través de una
inadecuada adaptación y la pérdida de los genes seleccionados de los grupos...
Los rasgos del comportamiento... pueden desaparecer ampliamente de las
poblaciones en una decena de generaciones, y solamente en dos o tres siglos en
el caso de los seres humanos. Con nuestra actual e inadecuada comprensión del
cerebro humano no sabemos cuántas son las cualidades más valiosas que están
ligadas genéticamente a los más obsoletos y destructivos rasgos. La cooperación
con individuos próximos podría estar acoplada con la agresividad hacia los
extraños, la creatividad con el individualismo y el deseo de dominio, el
entusiasmo atlético con la tendencia a las respuestas violentas, y así
sucesivamente... Si la sociedad planificada —cuya creación parece inevitable en
el próximo siglo llevara deliberadamente a sus miembros a prescindir de las
tensiones y los conflictos que antaño confirieron a los fenotipos destructivos
de su faceta darviniana, los demás fenotipos degenerarían con ellos. En este
caso, el sentido genético final, el control social, despojaría al hombre de su
humanismo.»
Wilson y sus colegas no se consideran como la generación de científicos que ha
sucedido a Lorenz en la comprensión de los fundamentos biológicos del
comportamiento. Lo cual no impide que, a su vez, Wilson sea objeto de críticas
en el mismo punto de su argumentación: la extrapolación al hombre de lo que se
considera como un determinismo biológico políticamente sospechoso. Y Wilson es
medido con el mismo rasero que se aplica a Lorenz: uno de los ataques contra
Wilson cita incluso el «exterminio» de Cloud como comparación. No obstante, el
trabajo de Wilson se ha granjeado muchos admiradores.
A pesar de sus reservas con relación a Lorenz (quien escribió sobre la agresión
más que sobre el altruismo recíproco, que es lo que interesa a los
sociobiólogos), la conclusión de Wilson parece muy similar a la de su
predecesor. Quizá estemos realmente en puertas de un cambio genético en las
poblaciones humanas tal como Lorenz advirtió, tanto si aceptamos como si no sus
ideas sobre la «autodomesticación». Wilson basa parcialmente sus afirmaciones
en el trabajo publicado por Haldane en 1932, y que también debió de conocer
Lorenz. Veamos ahora el trabajo en el que Haldane consideró las proposiciones
de Lorenz.
En 1956, Haldane aceptó el hecho de que las presiones selectivas sobre el
hombre civilizado habían disminuido marcadamente. Contrariamente al ser humano,
los animales domésticos se seleccionan deliberadamente, volviéndose altamente
especializados en las características que deseamos; pero a través de dicho
proceso, suelen perder generalmente muchas de las características importantes
de sus antepasados. Por contraste, el ser humano, en tanto que especie animal,
se caracteriza por su destacada falta de especialización, y puede hacer casi de
todo. Ningún otro animal es capaz de nadar un kilómetro, andar veinte y trepar
luego diez metros por un árbol. Muchos hombres civilizados pueden hacer todo
eso sin grandes dificultades, y si esto es así, es una tontería considerarlos
como físicamente degenerados. En ese caso, ¿en qué queda la degeneración del
comportamiento en los animales domésticos que Lorenz enunciaba en su
publicación de 1940? Haldane subraya un aspecto particular de ese problema: el
de la reducida intercomunicación dentro de las especies domésticas.
Contrastando con ella, la comunicación humana es hipertrófica: hablamos,
escribimos, gesticulamos, dibujamos y realizamos rituales. Y Haldane agrega que
un etólogo podría describir la religión como una actividad de comunicación en
el vacío en la que los seres humanos se comunican con unos oyentes
inexistentes.
Por mucho que hayan sido criticadas, las proposiciones de Lorenz sobre el ser
humano han estimulado las nuevas investigaciones sobre la naturaleza y los
resultados en la domesticación de los animales. En la Universidad de Kiel, por
ejemplo, el profesor Wolf Herre ha estudiado de qué manera la selección
consciente o inconsciente del hombre a través de muchas generaciones produce
unos cambios en el sistema nervioso que han tenido lugar al mismo tiempo que
los cambios de comportamiento. Herre ha observado que existe una acusada
reducción del volumen del cerebro en los animales domésticos en comparación con
el de sus antepasados. Por ejemplo, en las vacas, los caballos y los cerdos, la
reducción puede alcanzar un 30 por ciento. Un examen anatómico comparativo pone
de manifiesto que esta reducción afecta especialmente a las zonas del cerebro
relacionadas con la percepción sensorial y el control del movimiento, lo cual
es más fácil de encontrar y estudiar que la posible existencia de una relación
directa entre el comportamiento y una parte determinada del cerebro. La
reducción del volumen del cerebro es el resultado de un cambio genético, tal
como ha sido demostrado por los experimentos en los que las formas domesticadas
y las salvajes son criadas conjuntamente y las formas híbridas analizadas tanto
en su anatomía como en su comportamiento. Lorenz no ha presentado ninguna
prueba de una tendencia comparable en el ser humano.
Aun cuando pudiéramos comparar al hombre civilizado con los animales
inferiores, domésticos o salvajes, existe una gran diferencia entre nuestra
civilización actual y las que existieron anteriormente y desaparecieron.
Lorenz, mostrándose optimista, argumenta que en nuestra civilización contamos
con las ciencias y que, por consiguiente, hemos creado por lo menos un
instrumento para el examen objetivo del hombre por parte del hombre y, por
tanto, podemos estudiar nuestra propia naturaleza; también somos la primera y
única especie en tener esa capacidad. Al facilitarnos la capacidad de reflejar
nuestra propia condición, la ciencia nos permite descubrir los signos del
colapso antes de que se produzcan. Lorenz concluye: «Estamos aún a tiempo de
detener el apocalipsis; pero hay que actuar rápidamente.» Sin embargo, la
mayoría de la opinión científica en la actualidad comparte el criterio de
Haldane, según el cual si llega el apocalipsis es improbable que sea debido a
la decadencia genética.
En 1974 le pregunté a Lorenz si pensaba que los efectos de la autodomesticación
del hombre podían estudiarse satisfactoriamente. Él lo creía así, pero agregaba
que si había modificado un tanto su opinión era debido al hecho de que la
decadencia cultural es mucho más rápida que la decadencia genética, y por ende
más inminente. Y solo algún tiempo después se dio cuenta de cuán parecido a la
cultura es un sistema vivo. Las únicas cosas que aún tienden a mantener a la
humanidad en el camino adecuado son los sentimientos emocionales de los
valores, cosa que se pierde rápidamente en el caso de la tecnología.
«El trabajo de 1940 intentaba decir a los nazis que la domesticación era mucho
más peligrosa que cualquier supuesta mezcla de razas. Y sigo pensando —dice
Lorenz— que la domesticación amenaza a la humanidad; constituye un peligro muy
grande. Y la única forma de expiar (retrospectivamente) mi increíble estupidez
al tratar de informar a los nazis al respecto, es diciendo esa misma y obvia
verdad a cualquier otro tipo de sociedad, aunque ello le guste menos aún; pero
es la pura verdad.»
Sin embargo, y a parte de otras consideraciones, los nazis no eran idiotas;
difícilmente hubiesen seguido la vía indicada por un excéntrico austríaco
aficionado a los gansos. Lorenz afirma que ellos no le molestaron, sino que
sencillamente le ignoraron a partir de entonces. Si tuvo cualquier posibilidad
política, la perdió completamente con aquel trabajo suyo. De manera que llegó a
Königsberg en pleno vado político. Aún podía publicar sus trabajos científicos,
entre los cuales figuran el de 1943 y su principal artículo (1942) refutando el
«vitalismo» como una explicación del comportamiento. En 1941, se publicó el
trabajo titulado «Estudios comparativos de los patrones motores en los
anátidos», que se refería a la familia de aves que incluye a los patos y los
gansos y que cataloga detalladamente ciertas acciones perfectamente
reconocibles realizadas durante el cortejo en cada una de las diferentes
especies que estudió con tanto cariño en Altenberg. Era tan largo que tuvo que
ser publicado en una edición especial del erudito Journal für
Ornithologie. Al comienzo de este trabajo, da la sensación de que
Lorenz trata únicamente de recordar la lista de elementos de comportamiento que
distinguen a un ave de otra como muchos naturalistas lo hicieron antes que él.
Sin embargo, luego aplica el análisis comparativo que consideraba como el
correcto desarrollo de sus estudios científicos y construye el árbol filogénico
a partir de los patrones del comportamiento, utilizando todas las similitudes
importantes al igual que las diferencias en el comportamiento. Todo ello sigue
siendo un excelente ejemplo de la naturaleza de gran parte de su ciencia hasta
entonces.
La familia de Lorenz pasó todo el año académico en Königsberg. Adolf se reunió
con ellos en el invierno cuando Gretl tuvo a su segunda hija, Dagmar, y regresó
a Altenberg en la primavera. Mientras, Konrad animaba las sesiones de la
Sociedad kantiana, que duraban hasta muy entrada la noche, y en su instituto de
psicología comparada trabajó sobre los peces (fue también en aquel periodo
cuando arregló las cosas para que Seitz dejara el ejército y continuara sus
estudios sobre la agresión).
Habiendo instalado el escenario de su ulterior guerra personal, Lorenz pudo
seguir trabajando, aunque en un retiro académico, lejos de los principales
teatros germanos de los ataques reales, que ahora se dirigían hacia el sur,
pues pronto comenzaría la guerra en la Unión Soviética.
La
guerra en el este y sus consecuencias interrumpen la carrera de Lorenz por un
periodo de seis años, primeramente como médico del ejército y luego como
prisionero de guerra. Estos episodios parecen interrumpir el curso de sus
éxitos, y podrían fácilmente ser olvidados en su biografía. Sin embargo, gran
parte de las cosas que le ocurrieron son típicas de su carácter y aprendió
mucho de ellas en su continuo desarrollo.
Después del avance victorioso hacia el Mediterráneo a través de los Balcanes,
el 22 de junio de 1941 los alemanes cruzaron la frontera de la Polonia dividida
e invadieron la Unión Soviética. Comenzaron los bombardeos aéreos de
Königsberg, y bruscamente la vida en la ciudad empezó a ser peligrosa. Fuera de
toda tendencia política, Konrad fue llamado a filas. Aunque ya había trabajado
en calidad de cirujano traumatólogo en Viena a modo de preparación, sus
conocimientos médicos se le antojaban demasiado débiles para trabajar como
médico del ejército, de manera que al llegar al capítulo de las «especialidades»
en su formulario se limitó a anotar meramente el motociclismo y el profesorado,
y en realidad llegó a convertirse en instructor de un escuadrón motociclista,
hasta que le destinaron a un hospital militar en la ciudad polaca de Poznan.
Allí, Konrad estuvo trabajando como neurólogo en una unidad psiquiátrica, lo
que le supuso una experiencia tan terrible como fascinante. Se encontró
cuidando de un muchacho que sufría su primer ataque de esquizofrenia y tuvo la
desgarradora oportunidad de convertirse en su confidente, con el riesgo
consiguiente de que, en cualquier momento, su paciente se revolviese contra él.
Sus recuerdos de aquel centro especial de tratamiento de la histeria son de un
horror indecible, con escenas fantasmagóricamente infernales. «La cosa más
espantosa que podáis imaginar —dice Lorenz— es un ser humano que ha perdido
toda su humanidad.» Lorenz acentúa esas palabras con una mueca. Y se considera
muy satisfecho de haber pasado su primer año de guerra con la filosofía
kantiana y luego aquellos dos años en una clínica psiquiátrica. El jamás
hubiese elegido voluntariamente una experiencia tan tremenda, y le parece una
gran suerte haber sido encaminado hacia ella. Ese periodo incidió directamente
sobre sus conocimientos del comportamiento humano. En muchos casos, la
contestación a la pregunta de su amigo Bernhard Hellmann «¿Es esto lo que
intentaba el constructor?», era un no categórico. Todo esto le brindó la
oportunidad de volver sobre dichos conocimientos a la luz de las cuestiones sugeridas
por un psiquiatra de Leeds, Ronald Hargreaves. En primer lugar: «¿Cuál es la
función normal de supervivencia del proceso perturbado?» Y seguidamente: «¿Cuál
es la perturbación? y, en particular, ¿existe un exceso o una deficiencia de la
función en cuestión?»
El movimiento de los civiles sin razón justificada era ahora muy difícil, pero
cuando la Universidad de Königsberg le pidió a Gretl que cediera su apartamento
para otra persona, ella aprovechó la oportunidad y junto con sus hijos y sus
cosas regresó a Austria donde llegó sin novedad, con la excepción de la maleta
que contenía una gran parte de los documentos más valiosos de Konrad.
Mientras tanto, por haberse solidarizado con una protesta contra la renovación
de profesores judíos en Holanda, Tinbergen fue detenido y recluido en un campo
de concentración nazi. No le gusta hablar de ello y manifiesta simplemente que,
teniendo en cuenta las normas de los nazis, el tratamiento no fue tan malo,
aunque en dos ocasiones cierto número de prisioneros fueron fusilados como
represalia por actos de sabotaje en Holanda, y que escapar de! campo era
imposible por cuanto les habían advertido que por cada uno que se fugara serían
fusilados diez judíos. Koehler y Lorenz se enteraron de su detención y
escribieron a la mujer de Tinbergen ofreciéndose a intervenir. Lies no pudo
consultar a su marido, pero se negó a aceptar aquella ayuda en su favor porque
estaba allí como consecuencia de su oposición política e ideológica a los
nazis. Más tarde, Tinbergen aprobó la decisión de su esposa, pues a pesar de
que el riesgo que corría siguiendo en la cárcel era muy grande, un holandés que
se preciara no tenía realmente ninguna otra salida. Koehler y Konrad respetaron
la voluntad de su esposa de no inmiscuirse en el asunto, pero Tinbergen no se
enteró de que en realidad la mediación fue llevada a cabo por Eduard Baumgarten
a petición de sus amigos. Estuvo preso algo más de dos años, y después de que
le liberaran regresó a través de Holanda para reunirse con su esposa e ingresó
en la resistencia.
Baumgarten también intentó que liberaran a Hellmann, pero en esta ocasión no
tuvo éxito. Jamás se volvió a hablar de Bernhard ni de su madre. Lorenz piensa
que murieron en la cámara de gas.
Por penoso que esto le pueda ser, Lorenz sigue hablando o escribiendo sobre su
amigo Bernhard cuando la ocasión se presenta. En El anillo del rey
Salomón hay una breve referencia que no significa nada para la mayoría
de sus lectores, y que reza como sigue: «A mi amigo Bernhard Hellmann, que
murió trágicamente y era capaz, si quería, de duplicar cualquier tipo de
estanque o de lago, de arroyo o de río.»
Le pregunté a Lorenz cuándo se había dado cuenta por primera vez de lo maligno
del nazismo, y me contestó que muy tarde. Fue en 1943 ó 1944, cuando cerca de
Poznan pudo ver transportes de internados en campos de concentración {se
trataba de gitanos y no de judíos): con aquella prueba se dio cuenta finalmente
de la total inhumanidad de los nazis.
Con ocasión de su noventa aniversario, Adolf Lorenz habló por la radio germana,
aunque Konrad no llegó a escucharle. Por entonces se hallaba cerca de Vitebsk,
en Bielorrusia. Allí trabajaba en calidad de cirujano militar dentro de un
bunker de hormigón cerca de la línea del frente; y allí pudo contemplar con
todo detalle el horror de las cosas que el hombre es capaz de hacer al hombre
en nombre de la guerra, donde el «vertebrado más superior de todos perpetraba
la mutilación en masa de los miembros de su propia especie». Cuando los
soviéticos progresaron hacia el oeste, rodearon a los alemanes en Vitebsk, y el
24 de junio Lorenz fue capturado. Tal como él lo cuenta, el relato es realmente
una pequeña novela.
En medio de la confusión del campo de batalla, Lorenz se había separado de su
grupo y se encontró en medio de la retirada presa del pánico. Para evitar ser
barrido por aquella masa, se volvió y anduvo en dirección opuesta. «Lo más
espantoso que cabe imaginar —dice Lorenz— son grandes masas de hombres presa
del pánico, con los ojos desencajados y llenos de espanto, completamente ciegos
y que no hacen sino correr, correr y correr... Me sentí orgulloso de haber
escogido la dirección opuesta. Cualquiera que fuese mi reacción, solamente
tenía una idea, y era la de no dejarme arrastrar por aquel pánico.» Miró a su
alrededor y vio que un hombre le seguía y le esperó; poco a poco se juntaron
hasta unos cincuenta hombres, en su mayoría sargentos. Arrollados por el avance
de los soviéticos, trataban de escapar. Con Lorenz a la cabeza, corriendo y
gritando, llegaron a una trinchera soviética, pero allí se detuvieron. Las
fuerzas de aquellos hombres flaquearon y se negaron a seguir adelante;
entonces, Lorenz les dejó, intentando pasar las líneas por sí mismo.
En cierto momento, los soviéticos que estaban apostados para impedir la huida
de los soldados alemanes dispararon sobre él. «Tuve el honor de que dispararan
sobre mí con fusil, mientras subía en zigzag por la vertiente opuesta del
valle.»
Durante la noche tuvo que atravesar una carretera por la que marchaban los
soldados soviéticos; se quitó el gorro, se arrancó las insignias y se puso a
andar junto a ellos. «Me uní al ejército soviético.» Después de un momento, se
apartó a un lado de la carretera y se escondió entre unos matorrales sin que
nadie se diera cuenta. Para saber el camino que debía seguir, anduvo buscando
una batería soviética para observar la dirección en que estaba disparando y
seguir aquella línea, hasta que por fin se encontró ante dos trincheras que se
estaban disparando una a otra. Dejando la primera, corrió hacia la segunda
gritando: «¡Nicht schiessen, deutscher Soldat!», y los hombres
que estaban en esta trinchera cesaron el fuego. Respiró hondamente y corrió
hacia ella, para descubrir que las cabezas que allí se levantaban para
saludarle llevaban cascos soviéticos... Los soviéticos estaban disparando
contra ellos mismos.
Una intensa decepción embargó a Lorenz y volvió a correr. Una bala le alcanzó
en el brazo izquierdo, pero siguió corriendo. Dio un rodeo para alejarse de
aquella trinchera y se encontró en medio de un campo de trigo en el que se
escondió; luego, totalmente exhausto, se quedó dormido.
Mientras dormía, llegaron los soviéticos y le despertaron diciendo: «Komm
heraus, Kamerad.» «Se portaron muy bien conmigo»,
manifiesta Lorenz. Uno de los soldados, que había estado en la última
trinchera, le reconoció y le explicó lo que había ocurrido: un movimiento de
los soviéticos para acabar con los alemanes sitiados hizo que finalmente las
dos partes de la pinza se dispararan entre sí. Lorenz, que se encontró en
medio, tuvo una gran suerte de salir de allí con vida.
Hasta entonces, siempre había sentido una ligera inferioridad frente a los
militares y su valentía; pero desde los primeros días de su propia
participación en la guerra, tuvo conciencia de algo nuevo: cualquier individuo
era capaz de ser valiente, lo que era muy fácil y no requería ninguna cualidad
especial.
Como prisionero, le enviaron detrás de las líneas a un campo de concentración
donde era el único médico entre los prisioneros alemanes. Pese a la herida que
tenía en el brazo y a cierta inflamación, era capaz de operar a los heridos. Un
cirujano soviético se negaba a efectuar amputaciones y Lorenz pensó que trataba
de dejar morir a los alemanes, hasta que se enteró de que en la Unión Soviética
aquellas heridas podían curar perfectamente, pues, por lo visto, los soviéticos
eran mucho más resistentes a la infección que los alemanes.
Lorenz continuó trabajando, operando uno tras otro a los heridos; estaba
tremendamente cansado cuando se enteró de que habían llegado otros doscientos
heridos. Al asomarse a la puerta se encontró ante los médicos con los que había
trabajado antes de su captura y que estaban en mejores condiciones que él.
Finalmente, estaba tan exhausto, que perdió el conocimiento. Cuando volvió en
sí se encontró encima de la mesa de operaciones, y el cirujano mientras le
curaba su brazo herido le pidió que contara en voz alta. No lo hizo. Sin
embargo, charló, aunque en realidad estaba dando una conferencia. Más tarde, no
recordaba nada en absoluto de cuanto había dicho, pero sus oyentes le
felicitaron, puesto que, según ellos, había sido muy interesante...
La guerra ya estaba lejos para Lorenz y ahora comenzaba un largo intervalo, con
su envío a un campo de prisioneros cerca de Erivan, al pie del monte Ararat, en
la Armenia soviética.
En Austria, al enterarse de que su marido se consideraba como desaparecido,
Gretl se retiró aún más del escenario de la guerra. Se fue con sus hijos al
valle del Vorarlberg, una provincia que linda con Liechtenstein y Suiza. Pero
Adolf, ya muy anciano, no podía abandonar Altenberg y ya no sabían si le
volverían a ver. A partir de 1944, Thomas, Agnes y Dagmar permanecieron con su
madre durante tres inviernos en la pequeña ciudad de Schruns, donde apenas si
llegaba el eco de la guerra. La especialidad de Gretl como ginecóloga bastaba
para que nada les faltara, y el alejamiento del teatro de operaciones militares
salvó finalmente a Thomas de ser llamado a filas junto con los desorientados
muchachos que Hitler utilizó en su desesperada defensa contra el avance
victorioso de los aliados. Dagmar pasó los primeros años de su infancia con su
padre ausente en la guerra o en la Unión Soviética, aunque nunca le faltó el
cuidado de un varón, por cuanto este papel lo asumió perfectamente Thomas. De
este modo el hijo mayor y la pequeña intimaron incluso más que el padre y su
tercera hija.
En febrero de 1946, a los noventa y dos años, Adolf murió. Su familia atribuyó
su muerte no tanto a su muy avanzada edad como a su larga dolencia de estómago
y a las dificultades ocasionadas por los alimentos inadecuados durante la
guerra y la ocupación que siguió. Durante los últimos doce años de su larga
existencia, Adolf había podido asistir al renacimiento del espíritu germano y a
su dominación de la mayor parte de Europa, hasta hundirse luego bajo el ataque
inexorable de los aliados. Había sido testigo de los últimos y encarnizados
combates de la guerra, que en su fase final había llegado muy cerca de los
bosques de Altenberg. Pero tuvo un consuelo en medio de su arruinado universo,
y fue el de enterarse antes de morir que su hijo menor había sobrevivido a la
guerra y que estaba prisionero y sano y salvo en la Unión Soviética.
La finca de Adolf fue repartida entre sus hijos. A la tercera mujer de Albert,
Marigen, no le gustaba Altenberg, así que Albert y ella recibieron las demás
propiedades y todo el dinero, mientras que la esposa de Konrad pudo regresar y
encargarse de la casa que su marido tanto quería hasta su regreso. El edificio
había padecido poco debido a la guerra, aunque el tejado estaba lleno de
goteras — debido a las grajillas, como más tarde se descubrió— y cuando llovía
caía agua por una de las paredes del gran vestíbulo, donde las manchas
continúan allí 30 años después.
En Altenberg, Gretl cambió su vida de médico por la de administradora de la
finca y se ocupó de algunas de las tierras de sus padres, junto con las de otra
familia. Una parte de estas tierras, que había sido una plantación de árboles,
fue destinada a cosechas, con lo que toda la familia podía ser bien alimentada.
Su papel como cultivadores les supuso un cierto prestigio frente a las
autoridades soviéticas. Konrad siente una profunda admiración por el valor de
Gretl durante la ocupación. Al principio, los soviéticos la acusaron de
sabotear su propio suministro de agua —por cuanto el pozo del jardín estaba
fuera de uso—, pero como dice su marido, no podía aceptar aquello de ninguna
manera, y sin saberlo les trató como debía. Vestida con su mono de trabajo,
Gretl les gritó, y ésa era precisamente la manera en que había que tratar a los
soviéticos. «Fueron luego muy amables con ella», agrega Lorenz, a lo cual Gretl
asiente. Incluso llegó a trabar amistad con algunos de ellos. Cerca de allí
vivía un general soviético, cuya esposa era neurótica, que se quejaba de que
nunca podía comer ni dormir y temía dejarla sola en casa. «Gretl —comenta
Konrad— no tardó en someter a la esposa del general.»
Un par de pacientes de medianoche de Gretl fueron dos soldados, que después de
haber bebido se enzarzaron en una pelea a navajazos. Tímidamente confesaron
preferir no tener que explicar su comportamiento ante su propio doctor. Un buen
día, unos soldados se presentaron y pidieron, en nombre del general, permiso
para colocar un gran y pesado barril en el sótano. Gretl tuvo alguna sospecha,
pero con los soviéticos era preferible no argumentar. Después de algunos días,
cierta noche escuchó un ruido que provenía del sótano, y cuando bajó las
escaleras se encontró con que aquellos soldados habían entrado para llevarse su
botín. Con la ayuda de su sobrino Georg, Gretl detuvo imperiosamente a los
intrusos y les mantuvo prisioneros hasta la mañana siguiente; para entonces
estaban ya arrepentidos y ansiosos de reparar los desperfectos, pidiéndole, por
favor, que no se lo contara al general.
En el campo de prisioneros, los soviéticos no se mostraron hostiles con Konrad.
«Nunca estuve en un campo realmente malo —dice—. Si uno tenía la mala suerte de
caer en un campo donde el kapo era un criminal —cosa que solía
ocurrir, pues los canallas tienen por costumbre formar un estado dentro de otro
y encumbrarse en él— y eso se combinaba con un oficial soviético deshonesto,
entonces uno se moría de hambre. En cambio, si el kapo era una
persona honrada al igual que el oficial, se podía vivir en perfecto estado de
salud.» Cuanto más alejados de Moscú eran los campos, peores eran sus
condiciones. En Armenia, Lorenz se hallaba a más de mil millas de Moscú, pero
las cosas no eran peores por ello. En su opinión, los soviéticos nunca fueron
crueles con sus prisioneros. Más tarde pudo escuchar relatos espantosos sobre
algunos campos americanos y especialmente franceses, mientras que en la Unión
Soviética no había ningún sadismo. Lorenz jamás se sintió perseguido y no existía
ninguna hostilidad por parte de los guardias.
Aunque de segunda mano, llegó un relato de un ex prisionero alemán que había
estado en el mismo campo. Gracias a su edad y a su popularidad, Lorenz se había
granjeado una cierta autoridad entre sus compañeros de cautiverio, y sus
guardianes le respetaban.
Una determinada hazaña le valió gran parte de su reputación. Al ver que acababa
de atrapar a una gran araña tarántula, un guardia soviético le advirtió
amablemente del peligro que constituía aquel animal extraordinariamente
venenoso. Pero Lorenz, tras agarrar a la tarántula por la cabeza y el tórax, la
apretó y de un mordisco se comió su grueso abdomen. «Había que ver al pobre
guardia corriendo y gritando a través de las estepas del Kazakhastan», cuenta
Lorenz.
Antes de la guerra, Seitz había anotado sus observaciones sobre que ciertos
insectos que suelen comer los pájaros cantores son suculentos. Se puede incluso
observar su alegría y satisfacción cuando la calidad, la consistencia y el
aroma de la comida son correctos para los pequeños consumidores. Y el propio
Thomas recuerda cómo su padre se comía con satisfacción ciertas partes de los
grandes escarabajos. A Lorenz le gustaba asombrar a la gente, pero también
pretendía demostrar una sencilla afirmación que había mantenido siempre: la de
que miembros de muchas expediciones murieron de hambre cuando a su alrededor
había gran cantidad de comida. Especialmente los huevos y las huevas de la
mayor parte de los animales, incluso los más venenosos, pueden comerse sin
riesgo. Lorenz manifiesta que la tarántula no era solamente una demostración
desagradable y que en Erivan necesitaba realmente el alimento suplementario que
le era suministrado por aquellas proteínas.
Sin embargo, a pesar de su dieta reducida, el estado de salud de sus compañeros
prisioneros era bastante bueno, con lo que sus obligaciones médicas solían ser
leves. No había muchas oportunidades para la observación sistemática de los
animales, pero pudo criar algunas aves y las pulgas llamaban constantemente su
atención. Efectivamente, era posible estudiar las pulgas con sólo tocarlas
sobre la piel por debajo de la camisa. Algunas corrían describiendo un círculo,
y Lorenz pudo comprobar que eran machos, y que las hembras se encontraban en el
centro de su atención, al igual que ocurre en la corte nupcial de ciertas
moscas.
Gracias a las pocas ocupaciones en el campo, Lorenz tenía mucho tiempo para
pensar y escribir. Volvió a la filosofía y especialmente a la epistemología, o
sea, la teoría del conocimiento. Comoquiera que no tenía papel a su
disposición, utilizaba para reemplazarlo las envolturas de cemento, y al no
tener tinta, escribía con una solución de permanganato potásico. De este modo
fue elaborando gradualmente su manuscrito secreto.
Más tarde, al ser trasladado desde Erivan a Krasnogorsk, un arrabal de Moscú,
descubrieron la existencia de sus escritos, y no parecía muy claro que pudiera
llevarse aquellos documentos consigo. Le dijeron que el censor deseaba leerlos,
de manera que los mecanografiaron totalmente con la ayuda de los soviéticos y
pudo mandar una copia. Luego, tuvo que limitarse a esperar. Su repatriación
debía tener lugar hacia las navidades de 1947, pero el permiso no llegó y su
familia estuvo esperando en vano durante aquellas fiestas. A medida que las
semanas iban transcurriendo, Lorenz se iba impacientando y ocupaba el tiempo
escribiendo. Finalmente, llegó su liberación.
«¿Puede usted darme su palabra de honor, profesor, de que este manuscrito no
incluye nada que no esté contenido en el que se mandó al censor?», le preguntó
el comandante. Lorenz no entendió la pregunta y empezó a explicar que había
modificado un capítulo, acortado considerablemente otro y agregado un tercero.
El comandante le detuvo, sonriendo: «Profesor, no me ha entendido; lo que
quería preguntarle es si su manuscrito no contiene nada más que su texto
científico.» Con la respuesta afirmativa, los dos hombres se dieron la mano.
El comandante soviético ordenó al oficial del convoy que no registraran a
Lorenz, y la orden fue pasando de boca en boca a través de los oficiales
sucesivos. En febrero de 1948, Konrad Lorenz llegó finalmente a su casa de
Altenberg con un exceso de peso debido a algún problema glandular con un hambre
canina, pero con una salud adecuada y un espíritu vigoroso, llevando en su
mochila todo el manuscrito, una jaula de alambre con dos pájaros y una gran
cantidad de chinches. La infección de chinches fue reciamente combatida con
éxito por Annie Eisenmenger, una amiga de la familia que más tarde ayudó a Konrad
en la elaboración de los dibujos marginales para sus obras de divulgación.
Tenía una extremada habilidad para cazar directamente aquellos insectos,
escrutando las sábanas y los colchones y las costuras donde aquella peste se
acumulaba. Era raro que las chinches escaparan a la penetrante atención de
Annie Eisenmenger, que a su talento de ilustradora unía el de exterminadora.
Muchas cosas habían cambiado durante la ausencia de Konrad. Encontró fácil
hablar a los perros como a sus hijos: Dagmar en particular, que se mostraba
extraña. Pero de sus aves de antes de la guerra, sólo las grajillas seguían
volando fielmente por la casa de Altenberg. Su continuada presencia en tanto
que amigas y objeto de la curiosidad científica de Konrad se debía
principalmente a un acontecimiento ligado con el famoso dramaturgo y novelista
inglés J. B. Priestley.
Después de la guerra, el escritor y su mujer Jane fueron invitados a visitar la
Unión Soviética y a su regreso permanecieron en Viena, donde Priestley tenía
que cobrar unos derechos que se le adeudaban pero que se encontraban
bloqueados, de forma que no podía utilizarlos fuera de Austria. Después de la
alegre Unión Soviética, esta ciudad, triste y dividida, era muy decepcionante,
y comoquiera que el escritor no podía gastarse el dinero ni llevárselo, su
esposa tuvo una idea para utilizarlo. Jane Priestley era muy aficionada a las
aves — había estado anteriormente casada con el ornitólogo David Bannerman—, y
cuando a través de unos amigos se enteró de las dificultades que tenían en
Altenberg, arregló la transferencia de aquellos derechos a los Lorenz. Gretl
los administraba y cada dos meses mandaba las cuentas a la Academia Austríaca
de Ciencias, a la cual habían sido entregados los fondos.
Según cuenta Gretl, en aquella época tenía en su escritorio tres cajones de
dinero: el primero, facilitado por los Priestley, estaba destinado al trabajo
de Konrad; el segundo, para el trabajo de la granja organizada por ella, y el
tercero para sufragar su propia existencia —cajón que estaba siempre vacío...—.
Sin embargo, el tejado dañado por las grajillas pudo restaurarse y Konrad
expresó su gratitud —que sigue sintiendo aún profundamente— a los Priestley,
sin los cuales—reza en su libro El anillo del rey Salomón— es
probable que las grajillas no hubieran volado más alrededor de Altenberg.
Capítulo 8
La segunda primavera
Lorenz
regresó de su forzado reposo dispuesto totalmente a reemprender una nueva vida
y a disfrutar de una «segunda primavera». Su primer problema consistió en
encontrar un trabajo adecuado, ya que no fue sino bastante tiempo después de la
guerra cuando se emprendió la reconstrucción de las instituciones. Sus amigos
intentaron encontrarle un hueco en aquel rompecabezas, pero no era fácil
tratándose de una persona tan importante e influyente como él en el pasado
régimen. No había nada, ninguna cátedra susceptible de dignificar su nombre, y
tras la anexión de Königsberg, ahora llamada Kaliningrado, por la Unión
Soviética, su antiguo trabajo había desaparecido para siempre.
Había muchas cosas nuevas, pero ningún énfasis en el pensamiento científico,
como existe en la actualidad. La física, que había sido la ciencia dominante en
el siglo XX, había irrumpido en la guerra, y su creación más espantosa, la
bomba atómica, extendía su sombra amenazadora sobre la paz, incluso la de los
vencedores. En Alemania y en otros países, los físicos que habían confirmado su
poder durante la guerra seguían investigando las bases de las soluciones
tecnológicas de los futuros problemas humanos. Por entonces, los físicos
seguían marcando la pauta en las altas esferas de la investigación germana.
Después del suicidio del anterior presidente de la Kaiser Wilhelm Gesellschaft
en 1945, Max Planck, que ya contaba ochenta y siete años de edad, se apresuró a
aceptar un trabajo no muy bien retribuido en Berlín. Planck, cuyo genio
pacífico había contribuido a reunir los conocimientos sobre el átomo, pensaba
reanudar lo antes posible el contacto con Otto Hahn, el pionero alemán de la
fisión nuclear que había separado el átomo de uranio en su laboratorio
inmediatamente antes de las navidades de 1938, brindando a los alemanes una
supremacía que por accidente, o acaso conscientemente, no fue seguida por Hahn
y sus compañeros. Por dicho descubrimiento, Hahn recibió el premio Nobel de
química al final de la guerra, lo que confirmó su reivindicación de la
presidencia de la Kaiser Wilhelm Gesellschaft cuando Planck cayó mortalmente
enfermo en el año 1946.
Cuando poco después la Comisión Aliada de Control disolvió la Sociedad, Hahn
defendió su caso ante los británicos, que aceptaron en principio que continuase
dentro de su zona, pero sin el nombre anterior. De manera que Hahn se dirigió a
Planck pidiendo al gran hombre utilizar su nombre en aquel asunto, y cuando
obtuvo el permiso, el camino quedó abierto para reencarnar la antigua sociedad
bajo el nombre de Max Planck, De esta forma, Otto Hahn pudo ser el primer
presidente de la Sociedad Max Planck sin ninguna oposición. Planck murió en
octubre de 1947, y en el mes de febrero del año siguiente, coincidiendo con el
regreso de Lorenz, los americanos reconocieron a su vez a la Sociedad de
Investigación, con lo que la nueva entidad fue inaugurada oficialmente en
Gotinga.
Con estos acontecimientos, el final de una era señalaba el nacimiento de la
siguiente, durante la cual la preeminencia de las ciencias físicas estaba
destinada a rivalizar con la biología, la propia ciencia de Lorenz. Sin
embargo, todo lo que Lorenz pudo contemplar en aquel periodo fue que sus
primeros y presuntos benefactores confinados en una parte de la nueva y
reducida Alemania carecían ahora del poder necesario para crear cualquier nuevo
instituto en un lugar cualquiera, incluida su querida Austria.
Un grupo de austríacos le saludó a su regreso con los brazos abiertos. Su líder
era un destacado idealista diez años más joven que Lorenz llamado Otto Kenig.
Siendo niño, Kenig había escapado de la escuela y consiguió hacerse un nombre
como fotógrafo de la naturaleza y como investigador autodidacto del
comportamiento de los animales y las aves de Neusiedlersee. Al igual que Alfred
Seitz, había entablado contacto con Lorenz, por el cual sentía una profunda
admiración. Con cierto número de jóvenes amigos aficionados a la biología,
Kenig había acondicionado el antiguo centro del mando antiaéreo de Viena en
Wilhelminenberg, una colina situada al oeste de la capital junto a Wienerwald.
Reconstruyeron los barracones, los hangares y un pequeño dique para el
estanque, y compraron o cazaron pájaros y otros pequeños animales para criarlos
y estudiarlos, alternando con las visitas a la biblioteca pública para leer los
artículos de Lorenz y escribir en su pequeña publicación Die Umwelt (literalmente, El
Entorno). Mucho tiempo después, Kenig siguió vistiendo un uniforme
verde de campaña y viviendo en unas condiciones rústicas.
Al comienzo toda la empresa fue financiada por la venta de un libro sobre el
Mediterráneo y sus costas elaborado a partir de las cartas que Otto había
enviado a su casa durante la guerra en los frentes del sur, las fotografías que
había conseguido conservar y las ilustraciones ejecutadas por su novia Lili.
Sus esfuerzos se vieron prontamente recompensados por el reconocimiento oficial
y un premio académico: Kenig obtuvo el título de profesor y los estudiantes de
doctorado eran ya unos treinta y cinco cuando Lorenz regresó. El grupo de estudiantes
que se había formado en torno a Kenig en el Instituto Wilhelminenberg incluía a
Irenäus Eibl-Eibesfeldt, Wolfgang Schleidt, Heinz Prechtl e Ilse Gilles (más
tarde Prechtl), impacientes todos con el regreso de Lorenz, su desconocido
maestro. Schleidt, que había empezado por criar familias de ratones en
Wilhelminenberg, prosiguió su carrera de etólogo, pero varios compañeros suyos,
compartiendo el interés de Lorenz por las diferentes ramas del comportamiento
humano, prefirieron emprender estudios paralelos.
Kenig es conocido actualmente no sólo por sus trabajos sobre las garzas, que
prosiguió después de Lorenz, sino por sus estudios sobre los uniformes
militares que se habían llevado durante la guerra. Eibl-Eibesfeldt dedicó su
propio departamento al estudio de la etología humana, donde trató de
identificar los expresivos rasgos innatos comunes a las culturas humanas que
también aparecen espontáneamente en los niños sordos y ciegos de nacimiento.
Prechtl encabeza el grupo: después de sus estudios de medicina se interesó por
el comportamiento infantil y, más tarde, por la correlación entre el cerebro y
el comportamiento. Con el objeto de realizar estudios psicológicos al respecto,
estudió zoología, eligiendo a los lagartos como principal sujeto experimental.
Uno de sus primeros trabajos se refiere a una experiencia sobre animales y
humanos, en la que demuestra que los niños de dos a cuatro años suelen agarrar
una serpiente que se retuerce si está colgando ante ellos, pero si el mismo
animal se retuerce por el suelo huyen de él. Concluyó que esta respuesta humana
al movimiento normal de un reptil es innata. Al cabo de unos años, Prechtl
franqueó la distancia existente entre el análisis de los animales y el hombre
para granjearse una sólida reputación en la investigación del desarrollo
infantil del cerebro humano.
Después de su regreso, algunas de las primeras conferencias de Lorenz tuvieron
lugar al aire libre, paseando por los alrededores de Wilhelminenberg. «Todo
esto —dice Kenig contemplando los edificios de su instituto— fue creado
originalmente para Lorenz.» Pero el hecho de que el propio Lorenz se hubiese
reunido con él después de la guerra no era sino un sueño romántico. No había
ningún dinero para el tipo de investigaciones que Lorenz había emprendido en
ese momento, y el hecho de unirse al grupo de boy scouts significaba
la reanudación de su propia y juvenil lucha.
Durante un tiempo se habló de una cátedra en la Universidad de la ciudad
austríaca de Graz, pero ello dependía del Proporz, una curiosa
institución política promovida después de la guerra en Austria y que constituía
una especie de acuerdo entre los partidos católico y socialista, según el cual
cada uno tenía derecho al apadrinamiento proporcional de los puestos académicos
disponibles que destinaban a sus propios miembros. Lorenz no pertenecía a
ningún grupo y quedó excluido del puesto en Graz, que quedó desierto. La
posibilidad de ejercer el profesorado en Austria parecía imposible mientras
continuase la tutela política.
Uno de sus primeros visitantes ingleses después de la guerra fue el zoólogo de
Cambridge W. H. Thorpe, que fue a consultarle quiénes debían ser invitados a la
conferencia de la Sociedad de Biología Experimental que en 1949 se centraba en
los mecanismos fisiológicos del comportamiento animal. Al llegar a Cambridge
para dicha conferencia, en su primera visita a Inglaterra después de la guerra,
el matrimonio Lorenz permaneció en casa de Thorpe, donde Konrad volvió a
encontrarse con Tinbergen. Discutieron y superaron sus diferencias políticas
sobre reanudar su amistad. Niko se enteró de las dificultades de Konrad para
restablecerse y le sugirió marchar a América o bien a Inglaterra como él mismo
había hecho. Quedaron en volverse a encontrar en Leiden después de que
Tinbergen visitara a Alister (más tarde sir Alister) Hardy, en Oxford, acerca
del trabajo que debía iniciar en septiembre. Thorpe acompañó al matrimonio
Lorenz a la nueva estación de cría de gansos en Slimbridge, en el Gloucester, y
permanecieron luego con los Priestley en su casa de la isla de Wight.
En Slimbridge, donde Peter Scott acababa de conseguir unos terrenos junto al
río Severn para su sociedad protectora de aves salvajes, nuevas posibilidades
se abrían para el futuro de Lorenz. Suponiendo que lograse conseguir un puesto
de profesor adjunto en Bristol, aquellos terrenos a orillas del Severn podían
constituir una base ideal para los estudios renovados sobre el ganso gris. Su
reputación había precedido a Lorenz, y ahora Scott podía considerar su
presencia humana en aquel centro. Scott recuerda con gran satisfacción la
capacidad de Lorenz para la imitación del comportamiento animal. Al describir
cómo el patito se encarama dentro y fuera del nido situado en el agujero de un
árbol, Konrad solía saltar de un modo muy similar al propio animal dando
pequeños saltitos al pie del muro y subiendo por él con sus manos.
Más tarde, cuando finalmente el ofrecimiento del puesto en Slimbridge fue
aceptado, Lorenz recibió una oferta muy interesante por parte de la Sociedad
Max Planck en la que con miras a no perderle completamente le ofrecía pagarle
un sueldo, sin necesidad de quedar atado, para que trabajase y permaneciese en
Altenberg. Konrad se lo hizo saber a Peter Scott, quien le deseó suerte en sus
nuevos planes.
A su regreso a Altenberg, Lorenz comenzó a reunir a sus propios discípulos, ya
que el idilio con el grupo de boy scouts de Wilhelminenberg
empezaba a resquebrajarse. De cuando en cuando solía surgir algún conflicto
entre Kenig y alguno de sus estudiantes, que era despedido en el acto. El honor
de ser el primero en marchar le correspondió a Wolfgang Schleidt.
Nacido en 1927, Schleidt tenía la edad suficiente como para haber participado
en la guerra contra los soviéticos, pero fue herido precisamente antes de que
comenzara lo peor de la guerra.
El muchacho tuvo que encontrar una ocupación adecuada a su invalidez temporal y
en Wilhelminenberg confirmó su interés por la zoología y la fisiología. La riña
entre Schleidt y Kenig surgió por el alojamiento y seguridad de las aves de
Wilhelminenberg contra los predadores. Al ver rechazada su petición de una
mayor protección para las aves, Schleidt colocó en la puerta de Kenig la
primera e inevitable víctima. La escena que siguió hubiera sido familiar a
cualquier etólogo interesado en el comportamiento de primates: la oposición de
Schleidt al líder del grupo comportó su inmediata exclusión. Y fue sólo gracias
a los buenos oficios de Use Gilíes por lo que pudo volver a asistir a las
conferencias al aire libre de Lorenz y visitarle luego en su casa.
Lorenz escuchó con simpatía la petición de Schleidt para trabajar en Altenberg
y su explicación de la ruptura con Kenig. Pero también deseaba escuchar a la
otra parte, y le dijo al muchacho que volviese al cabo de una semana. Cuando
Schleidt reapareció se encontró ante un Lorenz totalmente cambiado, que le
despidió, negándose a escuchar cualquier excusa.
Al poco tiempo, Prechtl fue despedido a su vez de Wilhelminenberg, y después de
casarse con Use, los dos siguieron a Schleidt en solicitar trabajo en
Altenberg, pero esta vez con más éxito. Aquel año, Use intercedió nuevamente
por Schleidt, que fue aceptado al aclararse el motivo de su marcha de
Wilhelminenberg. Schleidt fue el pionero de una de las ramas de la etología de
campo, el estudio de la comunicación ultrasónica. Para un hombre que debía
colaborar estrechamente con Lorenz, era una buena elección: sus intereses no se
entremezclaban hasta el punto de que Schleidt pudiera inhibirse ante la
necesidad de no inmiscuirse en el terreno de su maestro. Además, su interés
etológico se veía camuflado en cierta manera por su labor sobre la fisiología
animal. Todo ello acreditaba las cualidades de Schleidt no sólo como
investigador, sino también su capacidad para aprender de su experiencia junto a
un brillante, dominante, pero temperamental y muy susceptible líder.
Finalmente, la sociedad de los etólogos demuestra, como cualquier otra, que las
asociaciones humanas pueden ser mucho más complejas que las sociedades animales
que estudian.
Fueron días felices en Altenberg. Hacían excursiones a los bosques del Danubio
con Lorenz, participaban en alegres charlas, y había cantidad de trabajo para
los Prechtl y Schleidt mientras Lorenz proseguía sus escritos. El manuscrito
que Konrad había empezado en la Unión Soviética fue citado en un artículo que
escribió para el New Statesman británico, y a partir de
entonces el editor inglés Peter Wait de Mathuen escribió preguntando por él. Le
contestó que podía ser parte de una obra de etología programada en cuatro
volúmenes de trescientas páginas cada uno. Konrad ya tenía un editor para la
versión original alemana, pero aún no tenía ningún editor inglés. Este gran
trabajo nunca llegó a materializarse, aunque la obra escrita durante el
cautiverio contribuyó finalmente a un libro que se publicó en Alemania un
cuarto de siglo más tarde, al igual que en inglés (bajo el título La
otra cara del espejo), en 1977. Unos trabajos aparentemente más triviales
fueron publicados antes.
Al poco tiempo de su regreso al país, cuando aún no se vislumbraba ningún
trabajo, Lorenz estuvo en Viena para una conferencia, después de la cual aceptó
una invitación para cenar de una antigua alumna suya y ahora profesora, Sylvia
Klimpfinger. En casa de ésta se encontraba igualmente su antigua amiga de colegio,
la doctora Gerda Borotha, que por aquel entonces dirigía una editorial y una
imprenta. La conversación giró en torno a los libros infantiles, y
particularmente sobre un libro dedicado a las abejas que a Lorenz le pareció
tan estúpido como erróneo. «En este caso —dijo alguien—, si los demás son tan
malos, ¿por qué no escribe usted mismo un libro para los niños?» Y Gerda
Borotha manifestó inmediatamente que ella lo publicaría. Así que Lorenz aceptó
y escribió El anillo del rey Salomón.
La entrega de cada fascículo del libro se convirtió en el entretenimiento
regular de cada noche de los jóvenes investigadores que compartían la casa de
Lorenz. Se publicó en alemán bajo el título de Ër redete mit dem Vieh,
den Vögeln und den Fischen (Hablaba con las bestias, los peces y los
pájaros), y en versión inglesa de Marjorie Kerr Wilson (más tarde
Marjorie Latzke), una amiga y vecina de los Lorenz.
De esta manera, en lugar de un extenso tratado, este simpático libro infantil
llegó a Inglaterra, y Peter Wait se puso al trabajo para pulir su estilo inglés
y reflejar lo mejor posible a su autor. Un ornitólogo inglés recomendó
firmemente la supresión de las referencias a las grajillas y otras aves que
pudieran adquirirse en las tiendas de animales, pero este problema quedó eliminado
finalmente con una nota a pie de página. La elección del título inglés también
fue un problema, y la peor sugerencia era la de «En casa con los animales». El
título que finalmente se eligió también era motivo de confusión para los
lectores de las historias de Kipling como The Butterfly that Stamped, que
podían considerar que hablar con los animales era una cuestión trivial para el
legendario Salomón, cuyo poderoso anillo solamente se precisaba para unas
magias mucho mayores.
La mayoría de las experiencias sobre los animales descritas por Lorenz
pertenecen a la época anterior a la guerra en Altenberg, pero el libro quedó
embellecido con los ejemplos de la posguerra. Cierto distanciamiento poético se
combina con el carácter inmediato de la observación original y el frescor
juvenil junto a la nostalgia de un hombre que anda buscando nuevamente sus
raíces. En lugar de los gansos desaparecidos, las grajillas y el profundo
confort de su regreso le recuerdan sus años más felices con los animales. Así
que Tchock y sus descendientes ocupan el centro de su
atención; en su libro, que compensa las irregularidades de la guerra, Lorenz
vuelve a pagar su deuda por la lealtad territorial de esas aves.
El libro dio a conocer su nombre a embelesados lectores del mundo entero, y su
autor se presenta en su papel de entusiasta diletante más que de grave
científico. Su esposa veía en ello un peligro mucho mayor que el bien que la
obra pudiera hacer. Pero al cabo del tiempo admitió: «Estaba equivocada...,
pues pensaba realmente que podía perjudicar su reputación científica
escribiendo esas historias.» Pero fue al revés. Algunas personalidades famosas
decían: «Ahora sé lo que hace usted; ahora sé lo que quiere.»
Entre dichas personalidades estaba el profesor Karl von Frisch, director del
Instituto Zoológico de Münich desde 1935, un fuera de serie en el estudio de la
capacidad sensorial de los animales y uno de los zoólogos más influyentes de
Alemania. Según Lorenz, hasta entonces Von Frisch apenas había dedicado la más
mínima atención a un trabajo etológico, pero después de leer El anillo
del rey Salomón empezó a atiborrarse de etología y desde ese momento
se esforzó por conocer toda la ciencia que Lorenz y Tinbergen habían elaborado.
«Y solamente eso —dice— justifica el haber escrito un librito tan tonto.»
Quizá fuese una anécdota acerca de su persona la que llamó la atención del
venerable profesor hacia el relato de Lorenz. Von Frisch tenía un loro al que
el precavido y metódico científico permitía volar libremente tan sólo después
de haber comprobado que había vaciado sus intestinos para que de esa manera
durante los diez minutos siguientes sus muebles no se vieran ensuciados... Como
resultado, el loro se condicionó rápidamente a producir lo que fuera en forma
de un excremento cuantas veces Von Frisch se acercaba a él.
Pero sea cual fuere lo que le llevó a interesarse por el libro, se convirtió
inmediatamente en líder de la misma disciplina que Lorenz y Tinbergen, con
quienes más tarde había de compartir el premio Nobel. Ya había terminado con el
código de las abejas y su «lenguaje danzante» y estaba entregado por aquella
época a los experimentos que demostraban que los insectos utilizan la luz
polarizada del cielo azul para calcular la dirección del sol. Al igual que sus
dos compañeros, la mayor parte de las cualificaciones para el premio Nobel ya
estaban realizadas en sus trabajos, tanto si eran etológicos como sencillamente
zoológicos.
Fue sobre todo a través de la influencia de Tinbergen por lo que Inglaterra se
convirtió en los años de la posguerra en el segundo centro principal para el
estudio general de la etología. En tanto que moderno y vivo desarrollo de la
biología, la etología se convirtió rápidamente en un tema de apasionada
discusión y de ulteriores investigaciones por parte de los científicos, que de
otra manera hubieran seguido los caminos rutinarios de la zoología tradicional.
Por lo que a Inglaterra se refiere, Lorenz y Tinbergen han sido los
cofundadores de esta ciencia; de los dos, fue Tinbergen el primero que, en el
año 1951, publicó un libro sobre el Estudio del instinto. Después
de 1952 pasó un largo tiempo sin que ninguna obra fuera publicada, ya que a
mediados del año 1950 las ideas de Lorenz y Tinbergen eran muy controvertidas.
Otros centros británicos habían conseguido rivalizar con Oxford — especialmente
Cambridge, con el ya bien establecido Thorpe—, y después los poderosos y
opuestos análisis de Robert Hinde a los trabajos de Lorenz y sus penetrantes
estudios sobre el desarrollo individual. Todo ello ha promovido una escuela
inglesa de etología que compite con la escuela original alemana juntamente con
Tinbergen, quien, trasplantado desde Holanda, sirve de punto de unión entre
ambas.
Poco tiempo después de ultimar su primera obra popular, Lorenz emprendió un
segundo libro, titulado Cuando el hombre encontró al perro. Esta
obra, repleta de buen sentido y sabiduría, desarrolla igualmente una teoría ya
familiar en sus grandes líneas para los lectores de El anillo del rey
Salomón. Partiendo del comportamiento del perro doméstico, Lorenz
manifiesta que su principal antepasado pudo ser el chacal dorado. La teoría
tiene la virtud de que el comportamiento del chacal se modificó poco en
comparación con el de otros candidatos al título de antepasado como lo es el
lobo. Lorenz admite francamente que «no estamos seguros de que el chacal dorado
se encariñase exclusivamente con el hombre... Sin embargo, es completamente
seguro que el lobo nórdico no es el antepasado de nuestros perros domésticos
tal como se creía anteriormente». Las excepciones, que debido a su verdadero
contraste en el comportamiento —al igual que en el tipo físico— le reafirman en
su conclusión, son ciertas -razas del norte, tales como los perros esquimales y
los chow-chows. Lorenz opina que el hombre ya iba acompañado por los
perros-chacales cuando llegó al círculo polar Ártico y se encontró con el lobo
del Ártico, que cruzó con sus animales ya domesticados. Lorenz habla luego de
los perros-lobos y perros-chacales— y de las mezclas de ambos en nuestros animales
domésticos, manifestando preferir personalmente al perro, que se desvía lo
bastante hacia el lobo, que puede comportarse como miembro de una manada y es
susceptible de ser troquelado para aceptar a su amo como líder del grupo. En
todo ello, las descripciones de Lorenz sobre el comportamiento no faltan y su
deseo de criar a los perros por su mayor inteligencia (que implica orientarse
hacia el lobo) es totalmente razonable. Sin embargo, su «intuición» acerca de
los orígenes del perro ha estado desde entonces fuertemente controvertida.
Lamentablemente, se ha convertido en uno de los campos de controversia
científica en el que los líderes tienen poco que decir en pro de la labor de
los demás en este campo, situación incómoda para todos ellos y que no acredita
a ninguno. Hay que incluir entre ellos al profesor Wolfgang Herre, de Kiel, y a
Erik Zimen, que trabajó con Herre y también con Lorenz en Baviera. El terreno
común entre ellos estriba en que los perros, en unas circunstancias adecuadas,
pueden criarse tanto con los chacales como con los lobos; el problema reside en
su domesticación. Lorenz considera que muchos perros que se han vuelto salvajes
se han acoplado con chacales. Zimen ha cruzado un lobo con un perro de aguas, y
el resultado ha sido un animal híbrido, tanto en su apariencia como en su
comportamiento.
La principal contribución de Herre se refiere a la anatomía comparada del
cerebro de los perros y sus antepasados salvajes. Al igual que en otros
animales domésticos, el cerebro de un gran perro pesa un 30 por ciento menos
que el de un lobo de talla similar; pero cuando se compara al perro de aguas
con el chacal de peso parecido, el cerebro del perro es mayor que el del
chacal. No se conoce ningún otro animal cuya domesticación incremente realmente
el volumen cerebral, mientras que la pérdida de un 30 por ciento en muchas
generaciones es común. En algunas áreas básicas del cerebro del perro la
pérdida es de hasta un 70 por ciento, correspondiendo a drásticas pérdidas en
la visión, el olfato y el oído; pero pese a ello, el cerebro continúa siendo
más grande que el de un chacal de peso parecido. En base a esta evidencia, es
razonable sugerir que el antepasado del perro tuvo que ser el lobo y que el
chacal desempeñó un pequeño papel.
Zimen lo verificó más tarde. Junto con su esposa Dagmar criaron unos lobos en
cautiverio y los estudiaron aplicando el método de Lorenz, primero en Kiel y
más tarde en los espacios salvajes que rodean los Alpes bávaros.
Dibujo, según original de Lorenz, sobre las reacciones de agresividad y
miedo en los cánidos. No es frecuente que se produzca un miedo o una
agresividad absoluta, sino diversos grados de combinación entre ambos, si bien
las modificaciones a que una y otro dan lugar se manifiestan de diferente
forma.
Zimen
subraya que tanto los lobos como los perros de aguas son animales de manada,
mientras que los chacales son solitarios o viven en parejas. En su
comportamiento agresivo, tanto los perros como los lobos retuercen sus hocicos
y gruñen entre dientes; el chacal agacha la cabeza con la espalda levantada y
la boca abierta.
El examen fisiológico del cerebro muestra que las zonas específicas (tales como
la corteza visual) son similares en el lobo y el perro de aguas, pero
diferentes en el chacal. Un lobezno muestra un comportamiento agresivo
indirecto, pero fuerte hacia sus compañeros de camada, y más tarde, entre los
cuatro y los seis meses de edad, su agresividad disminuye casi totalmente, pero
vuelve a incrementarse cuando tiene entre uno y dos años de edad. El perro se
comporta como un verdadero lobezno mantenido en la fase de la sencilla e
indirecta agresión. Este retraso consiste en el hecho de que el perro carece de
la compleja estructura social del lobo, especialmente su comportamiento en el
acoplamiento cuando en el invierno los dos principales miembros de la manada
son seleccionados para acoplarse mientras que los demás esperan, y toda la
manada acepta la camada resultante. Los perros también perdieron la excelente
capacidad visual y parte de la poderosa audición del lobo. En un lugar cercano
los lobos se comunican entre ellos mediante señales visuales, utilizando sus
cuerpos; en largas distancias, y especialmente en el invierno, suelen
comunicarse mediante el aullido. Los perros dependen mucho más de su olfato;
las señales visuales siguen utilizándose, pero en un grado que corresponde a la
diferencia de cerebro.
Zimen afirma que los lobos pueden domesticarse si se les separa de sus padres
cuando aún tienen los ojos cerrados —con menos de dos semanas— y se troquelan
de un modo normal; es posible entonces incluso persuadirles de arrastrar un
trineo. Sin embargo, piensa que el proceso de domesticación duraría varios
miles de años de cría por el hombre.
Las evidencias parecen demostrar que Herre y Zimen tienen razón y que las ideas
de Lorenz eran erróneas esta vez. Los amigos de Lorenz reaccionaron de
diferente manera ante estas evidencias. Kenig admite la opinión de que Lorenz
aún puede tener razón, suponiendo que los antepasados chacales del perro no
sean los mismos que hay en nuestros días. Otros decían que era otorgarle poca
confianza a Lorenz al dar mucha importancia a su teoría sobre los perros, y que
de todas formas siguen siendo los métodos descubiertos por él los que se
aplicaron para apoyar los argumentos contrarios a su tesis. Si en este caso no
tiene razón, su primer argumento sobre los efectos generales de la
domesticación salen realmente reforzados, con lo que el más fiel amigo del
hombre constituye una excepción embarazosa. Pero con razón o sin ella, Lorenz,
mediante las ideas que expone en su obra Cuando el hombre encontró al
perro, desempeña su papel habitual de estímulo para los demás.
Capítulo 9
El exilio científico
Todo
el tiempo que estuvo trabajando en sus obras de divulgación, Lorenz no
consiguió ni el trabajo ni el status académico que a su juicio
merecía. Seguía buscando algo más estable y con mejores condiciones que las que
le facilitaban su casa y su jardín en Altenberg, pero finalmente se dio cuenta
de que no había nada para él en su propio país.
Los años de la posguerra fueron un periodo en el que las distintas
administraciones militares impusieron unas extraordinarias e irracionales
restricciones sobre los científicos alemanes y austríacos. Algunas de ellas se
referían al equipamiento, y en particular a aparatos que podían tener alguna
aplicación militar. Por ejemplo, los osciloscopios estaban totalmente
prohibidos —por cuanto podían aplicarse para el desarrollo de los misiles y el
radar— y se necesitaba un permiso especial para utilizarlos en las
investigaciones fisiológicas. Otra de las restricciones que afectaban
directamente a Lorenz era la de los viajes: en el verano de 1950 precisó de
documentos especiales para viajar a Wilhelmshaven, para asistir a una pequeña
conferencia organizada por Von Holst. Debido a su enfermedad, Von Holst no pudo
asistir a la reunión de Cambridge el año anterior, aunque había mandado un
trabajo. Ahora había convocado a cierto número de estudiosos del comportamiento
junto con los que estaban investigando sus estructuras básicas. Thorpe llegó
por Holanda, junto con Tinbergen, para quien ésta era su primera visita a
Alemania después de la guerra. En este país se encontraban Kramer y Koehler, y
el propio Von Holst presentó a los fisiólogos B. F. Hassenstein y Horst
Mittelstaedt. Hassenstein estaba estudiando la manera en que los elementos de
los ojos compuestos de los insectos interactúan para registrar el movimiento,
mientras que Mittelstaedt estaba trabajando con Von Holst para demostrar que
los movimientos en respuesta a la luz eran esencialmente independientes de la
locomoción «espontánea» y además investigaban de un modo más general los
efectos de retroacción sensorial en aquellos casos en que, por ejemplo, un
animal puede oír su propia vocalización.
Von Holst sentó las normas de la conferencia, en la que no se publicarían las
actas, limitándose a discutir ideas aún no sedimentadas. La reunión tuvo tanto
éxito que se programó otra similar para dos años después y ésta a su vez fue
seguida por otras conferencias con el mismo intervalo. Debido al incremento del
número de investigadores, estas conferencias etológicas internacionales habían
de convertirse necesariamente en un acontecimiento de una naturaleza mucho más
formal que aquella primera reunión de Wilhelmshaven.
De vuelta a casa, Lorenz visitó Gotinga y gestionó un puesto adecuado para
Schleidt sin saber que la situación para ambos iba a cambiar muy pronto y de un
modo dramático a través de una nueva oferta. Kramer y Von Holst, ambos
dirigentes de departamentos del Instituto Max Planck en Wilhelmshaven,
manifestaron tener la fuerza suficiente como para impulsar un proyecto
intermedio susceptible de facilitar a Lorenz una estación de campo en Alemania.
La primera fase de su plan dependía de la amistad que Von Holst había trabado
con un extraordinario barón alemán llamado Gisbert Friedrich Christian von
Romberg, que vivía en un castillo de Westfalia al norte del Ruhr industrial.
Los Romberg tenían una reputación de excéntricos; en el siglo XIX, un miembro
de la familia se dio a conocer como un verdadero humorista cuyos chistes fueron
recopilados en un libro titulado Der Toll Bomberg —un juego de
palabras alemán que más o menos podríamos traducir como «un tío loco»—. Al
comienzo de la revolución industrial, la familia empezó por explotar los
yacimientos de carbón de sus tierras en el Ruhr, y entre los pioneros de la
minería figura un Romberg, cuyas grandiosas invenciones incluyen la jaula
elevadora y las instalaciones de extracción, cuyas torres y caballetes aún
pueden contemplarse encima de los pozos de las minas en muchas partes del
mundo. La riqueza resultante fue empleada por su descendiente más en favor de
la ciencia que de la tecnología, por cuanto que Gisbert von Romberg era un gran
aficionado a la fisiología que investigaba el temblor de los ojos en los
mineros. A partir de ello, canalizó sus investigaciones hacia el estudio
general del movimiento ocular, coincidiendo con el interés de Von Holst.
La finca de Romberg, en Buldern bei Dülmen, a unas doce millas al suroeste de
Münster, constaba de un núcleo central formado por una mansión del siglo XVII
que había sido ampliado en la época napoleónica hasta convertirse en un
castillo rodeado por unos jardines ingleses. Los edificios ya estaban ocupados
parcialmente por los departamentos de la Universidad de Münster, que había
perdido su antigua sede durante los bombardeos. En diciembre de 1950, Lorenz y
su asistente Schleidt se instalaron provisionalmente en la parte antes
reservada a la servidumbre en espera de que les facilitaran unas habitaciones
más cómodas. De Viena llegaron los matrimonios Eibl-Eibesfeldt y Frechtl y el
espacio anteriormente dedicado al juego de bolos fue acondicionado para los
cuatro y sus animales. (Otto y Lili Kenig, por entonces firmemente establecidos
en su estación biológica de Wilhelminenberg, siguieron en Viena, y en efecto
pasaron varios años hasta que volvieron a saludar a Lorenz a su regreso a
Austria, donde desempeñaron entonces un papel similar al de Gretl Lorenz al
conservar la finca de Altenberg hasta su regreso de la Unión Soviética.)
Lorenz no pudo conseguir por entonces el pleno status del
Instituto Max Planck en Buldem, por cuanto se necesitaba la autorización tanto
de las autoridades civiles como militares. Su establecimiento en calidad de
nuevo subdepartamento en el seno del Instituto Max Planck ya existente —que
sería la fase siguiente del plan— era un problema meramente interno, pero a
pesar de ello fue necesaria toda la capacidad de persuasión de los amigos de
Lorenz para convencer a las autoridades, que no veían su trabajo como verdadera
ciencia. Hasta Buldern iban llegando las noticias sobre la lucha y las escaramuzas
que entorpecían el proyecto, hasta que finalmente se consiguió el triunfo;
Lorenz obtuvo vía libre y la promesa de un presupuesto, bastante reducido, por
cierto, el día 1 de abril de 1951.
Después de las pésimas condiciones de los años anteriores, cualquier
presupuesto era suficiente para facilitar la expansión que había de seguir. El
viejo amigo de Lorenz, Otto Koehler, hizo llegar a Buldern algunos de los
primeros postgraduados, entre ellos a Margret Zimmer, que fue la primera esposa
de Schleidt, y una mujer hermosa de negra cabellera, de ascendencia polinesia,
Beatrice Oehlert, que se casó con el hijo de Lorenz, Thomas. Durante varios
años, Thomas trató de abrirse camino con la pintura, pero volvió a la física al
cabo de unos años al percatarse de que el arte no era capaz de darle de comer
ni a él ni a su familia.
Lorenz disponía de un apartamento con dormitorio, estudio y sala de estar,
donde podía albergar unos setenta peces, cierto número de patos y gansos y
treinta o cuarenta pájaros cantores de Use Prechtl. Cuando su hija Dagmar llegó
allí, ya no había ningún otro espacio disponible, de modo que se instaló en la
propia sala de estar que servía además de comedor para la pequeña comunidad y
las conferencias informales de Lorenz. Un día el principal acuario se rompió,
inundando todo el lugar con dos o tres dedos de agua, ofreciendo a los
asistentes el tipo de acontecimiento que siempre es divertido recordar.
Afortunadamente, aquella habitación no era más que un acomodamiento
provisional, y tan pronto como pudo, Lorenz y su familia se mudaron a un
antiguo molino que pertenecía a la finca. Los demás miembros de la comunidad se
trasladaron a uña antigua ala del castillo, mientras que el invernadero fue
habilitado como acuario y la bolera se transformó en criadero de animales.
Más tarde, la cercana Universidad de Münster, ya asociada con Buldern a través
de los departamentos que poseía en este lugar, colocó a Lorenz bajo su
protección académica y creó para él una cátedra de profesor honorario, con lo que
el importante problema del status se resolvió
satisfactoriamente. Llegó el día de la visita del presidente del Instituto Max
Planck, el famoso físico nuclear Otto Hahn en persona. Para celebrar esta
ocasión especial, Lorenz se puso un traje y una corbata. Al mostrar el
establecimiento a su distinguido visitante le habló con su acostumbrado
entusiasmo, hasta que Hahn le detuvo, preguntándole; «Dígame, ¿es
verdaderamente un ingenuo o acaso lo simula?»
Lorenz solía llevar habitualmente una vestimenta de campesino y tocarse con un
gorro de lana, y según el ángulo con que se lo ponía, sus asistentes sabían en
el acto cuál era su humor. El hecho de llevar el gorro echado para atrás
indicaba su buen humor, pero tan pronto como lo llevaba encima de las cejas, había
que tener gran cuidado al acercarse a él. Cuando llevaba el
gorro encima de los ojos, significaba que estaba muy irritado. Todo esto solía
ser una información muy útil por cuanto su humor cambiaba rápidamente.
Prechtl recuerda la mañana en que Schleidt vino a anunciarle que la bomba de
aireación del acuario se había estropeado y que los peces ya empezaban a flotar
con el vientre al aire. Lorenz se puso su gorro hasta las cejas, lanzó un
gruñido y se marchó. Schleidt desapareció hacia Münster para reparar la bomba,
y cuando volvió a funcionar y anunció que los peces se habían reanimado, Lorenz
exclamó: «¡Espléndido, espléndido!», y volviendo a colocarse el gorro hacia
atrás, emprendió nuevamente su tarea diaria.
Su huésped Romberg se había reservado las grandes estancias del castillo, donde
mantenía su propio entusiasmo científico en forma. El barón, a sus sesenta y
tres años, era un excéntrico misógino y alcohólico que se emborrachaba
regularmente a diario. Los asistentes de Lorenz se turnaban para cuidarle hasta
que se recuperaba de aquellas borracheras.
Mientras que Schleidt estaba ocupándose de la colonia de pavos de Buldern,
Eibl-Eibesfeldt cuidaba de los pequeños mamíferos tales como los armiños, los
hámsteres y las ardillas, y muy pronto obtuvo los resultados apetecidos. En lo
que concierne a las ardillas, Eibl describió la técnica de apertura de las
nueces. Ante una nuez, estos animalitos saben sin ninguna demostración previa
que deben roerla, pero a veces lo hacen inicialmente en una mala dirección,
transversalmente. Al cabo de varias nueces, aprenden que si roen la cáscara a
lo largo abrirán la nuez más rápidamente. Los demás trabajos de Eibl incluían
una revisión de la construcción del nido de los ratones. Había leído un trabajo
en el que se decía que el comportamiento de estos animales debía ser totalmente
enseñado, y que los ratones criados sin unos materiales adecuados a su
disposición no lograban construir el nido; sin embargo, Eibl-Eibesfeldt
consiguió demostrar que el problema no era la obtención de los materiales, sino
la secuencia de actos que tenían que aprender, consiguiendo un mejoramiento
gradual en dicha operación. El primer resultado negativo podía explicarse por
una reacción general de inhibición al ser trasladados los ratones a una jaula
especial para la observación.
En cuanto a los peces, los cíclidos seguían ofreciendo nuevos resultados.
Beatrice Oehlert había elegido unas especies en las que el macho y la hembra
eran aparentemente idénticos para observar su comportamiento según se
introducía en el acuario un nuevo macho o una nueva hembra. Descubrió que lo
importante no era tanto lo que hacían, sino lo que no hacían; una distinción
sutil, pero que requiere por parte del investigador una mayor capacidad de
observación que la mera contemplación y catalogación. Notó que el macho y la
hembra de los cíclidos combinan sus patrones innatos de comportamiento de un
modo distinto, pues el macho es capaz de entrelazar su comportamiento agresivo
hacia su compañera junto con el despliegue de una sexualidad tentadora,
mientras que la hembra puede entremezclar la huida y la sexualidad; las
combinaciones inversas no ocurren en uno y otro sexo.
En otro experimento, Beatrice Oehlert colocó parejas ya apareadas de cíclidos
en el mismo acuario, pero separadas por un panel de vidrio. Los agresivos
machos se esforzaron por rechazar a los demás, pero sus mutuas amenazas fueron
disminuyendo gradualmente a medida que una verde capa de algas fue cubriendo el
panel separador. Seguidamente, los machos fueron mirando hacia dentro, cada uno
con su pareja; la cantidad de agresión reorientada estaba en correlación con el
espesor de la capa de algas en el panel de cristal.
Tinbergen mandó a unos estudiantes desde Oxford, entre los que figuraba Rita
White, que trabajaba con las palomas y para la cual consideraba que sería una
buena experiencia no solamente reunirse con Lorenz, sino también practicar un
lenguaje que en aquella época era muy valioso para cualquier etólogo, pues gran
parte de los primeros documentos estaban en Alemania. Otro estudiante que
estuvo trabajando con Tinbergen en Leiden era Uli Weidmann, un suizo de habla
alemana. Buldern parece haber sido un lugar favorable para la formación de
parejas entre etólogos así como entre los animales: al volver, Rita y Uli ya
estaban casados, lo que significaba que su alemán le sirvió de mucho, y él se
fue a trabajar a Inglaterra.
Mientras se hallaba en Leiden, antes del primer encuentro de la posguerra entre
Lorenz y Tinbergen, Weidmann había oído hablar no solamente de los trabajos de
Lorenz, sino también de sus antiguas simpatías políticas, y fue con cierta
aprensión que se enteró de que Lorenz quería detenerse en Leiden a su regreso
de Inglaterra en 1949. Después comprobó que no tenía por qué haberse
preocupado, ya que su visitante no era la persona autoritaria que pensaba, sino
un hombre desenfadado, con gran encanto personal y magnetismo, que le habló
durante horas enteras de la filosofía de la autopercepción en lugar de hablarle
de los animales. Weidmann se dio cuenta asimismo (entonces y en otras
ocasiones) de que Lorenz y Tinbergen, reconciliados tras su separación, hacían
gala de su apasionamiento intelectual, con un Lorenz asumiendo el papel de
visionario mientras que Tinbergen siempre estaba comprobando, controlando y
preguntando si el asunto estaba claro a lo largo del desarrollo de sus ideas
sobre la naturaleza del instinto.
Cuando Weidmann llegó a Buldern, al poco tiempo de haber comenzado las
investigaciones en el centro, no tenía dinero para mantenerse, pero pudo ganar
algo como cuidador de los patos del Instituto, viviendo en una pequeña cabaña
de madera a orillas del lago artificial. Estaba, pues, en inmejorables
condiciones para desarrollar su tesis doctoral basada en la observación de los
patrones fijos de comportamiento de los patos, y consiguió rebatir la teoría de
Lorenz, según la cual tres de los movimientos de parada de aquellos patos
tenían un mismo significado y la elección de uno u otro tenía lugar al azar.
Por entonces se disponía de un buen número de descripciones, pero ninguna era
cuantitativa. Aplicando métodos estadísticos, Weidmann demostró que el azar
hubiese producido resultados distintos de los que había observado.
En la cercana Universidad de Münster, un estudiante de biología llamado Wolfgang
Wickler había estado trabajando para su tesis sobre los orgánulos de las
plantas, pero después de asistir a una conferencia de Lorenz abandonó
bruscamente la botánica por la zoología y buscó un animal para estudiar. Con la
mixomatosis haciendo estragos por toda Europa, trabajar con conejos, su primera
idea, parecía totalmente inadecuado. Pero más tarde Lorenz trajo de un viaje
por los lagos italianos una botella de chianti que contenía blenias, unos peces
curiosos que carecen de vejiga natatoria, lo que les dificulta la natación por
el fondo. Sin embargo, no se trata de criaturas torpes, por cuanto pese a su
incapacidad (o quizá por ella) se las arreglan estupendamente bien. Había,
pues, un problema que Wickler podía estudiar: el de comparar las blenias con
los otros peces que habían desarrollado independientemente el aparato que les
permitía vivir en el fondo de las aguas. Mucho más interesante que cualquier
especie en sí, era para Wickler el propio método científico y la técnica
utilizada. Lo que le había atraído no era el ciego deseo de imitar a Lorenz,
sino la amplia oportunidad que se le ofrecía de seguir el camino trazado por él
y organizado con la aportación de un método científico mucho más preciso.
Wickler estaba resuelto a darse a conocer por ello y a convertirse
eventualmente en el sucesor de su maestro.
Los nuevos estudios de Lorenz sobre los gansos acababan de empezar. La
Organización Mundial de la Salud organizó en enero de 1953 una conferencia en
Ginebra a la que asistió el entonces director de la Fundación Josiah Macy Jr.,
de Nueva York, Frank Fremont-Smith. A raíz de dicha conferencia, los estudios
de los gansos fueron financiados después de la guerra por fondos americanos.
Durante una visita a Buldern, Fremont-Smith habló de una investigación
paralela: colocar a la creciente población de gansos de Lorenz junto a un grupo
de niños americanos en un estudio comparativo sobre el desarrollo temprano.
Efectivamente, en el año 1950, en América se emprendieron unos estudios
«longitudinales» sobre 40.000 niños, pero algunas de las 160 variables medidas
en aquella investigación incomparablemente extensa se referían a atributos
humanos tan peculiares como los factores socioeconómicos y el CI que indica más
bien los resultados escolares y no la inteligencia, como implican sus
iniciales. Los herederos de este Estudio Nacional Americano sugieren que en la
actualidad se hubieran podido escoger unos factores comparativos mucho más
interesantes y adecuados. De todas formas, hubiese sido peor emprender este tipo
de programa sin un gran número de variables. El estudio de los gansos de
Buldern, que según los métodos de Lorenz se hacía con pocas mediciones, por no
decir ninguna, siguió adelante, pero se efectuarían observaciones sobre ciertos
paramentos sociales, tales como el tiempo que los jóvenes pasan con sus
familias, el orden del «picotazo» entre los polluelos de una misma pollada,
etc. Se pensaba que diez años de labor paralela bastarían. Otra estudiante,
Helga Fischer, llegó de la Universidad de Münster para especializarse en el
cuidado de los gansos y estudiarlos. Su trabajo se reveló mucho más largo de lo
que nadie había imaginado, ya que todavía estaba trabajando con los gansos de
los dos institutos veinte años después. Pero no se estableció ninguna comparación
científica con el desarrollo humano.
Bajo la relajada dirección de Lorenz, la organización formal era mínima y la
pequeña comunidad disfrutó de un breve periodo de tranquila labor y
crecimiento, hasta que sus pacientes observaciones de los animales se
interrumpieron bruscamente con la muerte del barón Von Romberg en el verano de
1952. Pronto se vio que a sus herederos no les interesaba el estudio científico
de los perros, de los gansos o de los seres humanos, ocupándose solamente de
cómo conseguir el valor de la finca. Los abogados intervinieron, y Lorenz y su
compañía recibieron la orden de buscarse otro lugar. Sin embargo, los herederos
de Romberg se mostraron más pacientes de lo que cabía esperar, quizá debido al
prestigio del Instituto Max Planck, y los científicos y sus gansos
permanecieron en la finca varios años antes de marcharse, con lo que el trabajo
de los más jóvenes pudo continuar.
Finalmente llegó la hora del establecimiento de los tres departamentos de
Kramer. Lorenz y Von Holst, contando con el fuerte apoyo del Instituto Max
Planck, emprendieron la búsqueda metódica de un lugar donde instalar el nuevo y
mayor instituto que pudiese albergarles a todos juntos. Preferían marchar al
sur de Alemania y exploraron sistemáticamente todo el sur desde la frontera
suiza hasta Salzburgo. Buscaban un terreno adecuado para los gansos, algún
centro rural que no estuviera muy alejado de una buena universidad y con los
necesarios aditamentos desde el punto de vista legislativo.
A unas veinte millas al suroeste de Münich (que podía facilitar la necesaria
cátedra) encontraron el lugar ideal en la zona agrícola del distrito de los
lagos de Baviera, entre el Ammersee y el Starnbergersee. Allí se encontraron el
pequeño lago Ess See en forma de pera, rodeado por praderas y bosques, aislado
de los pueblos vecinos y lo bastante alejado de los grandes lagos para que los
gansos no tuviesen la tentación de escapar. Los campos de la orilla oriental
que llevaban el nombre de seewisen (prados lacustres) en el
mapa local, estaban disponibles, ya que pertenecían a la administración local
desde 1938, cuando fueron requisados a los monjes del vecino monasterio de
Andechs por impago de los impuestos al gobierno de Hitler. La evasión fiscal
está prohibida por todos los gobiernos, y aquella propiedad jamás fue devuelta
al monasterio.
Cualquier encuentro entre Von Holst y Lorenz solía terminar siempre con una
discusión sobre algún punto de su ciencia o de su ética. Von Holst tenía una
personalidad muy recia y era tan arrogante como sólo un barón báltico puede
serlo, mientras Lorenz hacía cuanto podía. Entre ellos, Kramer era el mejor
moderador. La controversia nunca parecía preocupar a ambos protagonistas,
aunque Gretl se molestaba, lo cual afectaba indirectamente a los dos hombres.
El resultado fue inesperado: Gustav Kramer, el iniciador de la idea veinte años
antes, desbarató el proyecto de Seewiesen, al quitarle uno de los tres pilares
que lo mantenían. Hubiese deseado formar parte del instituto, pero su labor,
orientada hacia las aves, le condujo mucho más lejos, hacia Tubinga, al
suroeste de Alemania.
En 1955, a las orillas del Seewiesen, comenzó a cobrar forma el principal
centro de investigación. Primeramente se levantó una cerca alrededor de una
parte de la finca con el fin de impedir la entrada de los zorros, y luego en la
orilla oriental se construyó una espaciosa jaula junto a un pequeño edificio,
el Gänsehaus, para albergar urgentemente a los preciosos gansos, amenazados de
una muerte inminente bajo el plomo de la escopeta del nuevo barón de Buldern,
cuyos huéspedes heredados habían agotado su paciencia. El nuevo establecimiento
recibió el nombre de Max-Planck-Institut für Verhaltensphysiologie (fisiología
del comportamiento); este nombre reflejaba la imagen de la ciencia dura que
parecía necesaria para albergar la anticuada «suavidad» del método de Lorenz. Y
contrariamente a las aves silvestres de Peter Scott, los gansos de Lorenz
estaban protegidos de la curiosidad de los forasteros.
El matrimonio Schleidt fue el primero en trasladarse a este lugar, donde
trabajaron en calidad de cuidadores, guardianes y representantes del incipiente
Instituto, discutiendo y medrando entre los arquitectos, los distintos
contratistas y los lejanos directores; Von Holst seguía en Wilhelmshaven,
mientras que Lorenz continuaba en la retaguardia de Buldern, donde la situación
se había vuelto tensa. Se trasladó al nuevo centro a fines de 1956. En el
propio lago, Lorenz podía ampliar sus estudios sobre los gansos hasta abarcar
ocho especies separadas bajo el cuidado de la madre adoptiva Helga Fischer y
sus asistentes. Al igual que en Altenberg antes de la guerra, la idea era la de
extender su método comparativo a toda una gama de animales con la esperanza de
que las similitudes y las diferencias fuesen productivas.
Cuando el Instituto fue acabado y todo el personal hubo llegado, era mucho más
grande que el grupo de Buldern y un tanto aplastante en su composición, pues
tenía algo de torre de marfil en cuanto a la atmósfera, con toda una serie de
científicos ya graduados y procedentes de Inglaterra, América y Holanda. Cada
miércoles por la tarde, tenía lugar un coloquio que conjuntaba los diferentes
temas e intereses, y en aquellos puntos en los que Konrad Lorenz y Erich von
Holst no insistían se discutía libremente. La viveza de los argumentos
contribuyó a forjar el espíritu del nuevo Instituto. A juicio de Lorenz, su
labor de antes de la guerra era la mejor; para Schleidt y Prechtl, los años de
oro fueron los de Altenberg después del regreso de la Unión Soviética; para los
que se habían reunido con Lorenz en Buldern, los tiempos heroicos eran
aquellos; para cada uno de ellos, los periodos siguientes nunca podían
compararse con los anteriores. Y ahora, la nueva generación que acababa de
llegar consideraba los primeros años en Seewiesen como los más importantes. Los
recién llegados se componían de algunos individuos cuya introducción a la
etología había partido de la lectura de El anillo del rey Salomón.
Sverre Sjölander, de Estocolmo, era uno de los muchos discípulos de todas las
universidades del mundo que se consideraban a sí mismos como los hijos
etológicos de Lorenz. Cuando aún estaba en el colegio, Sjölander obtuvo la
dirección de Lorenz y le escribió para preguntarle si podía visitarle y ayudar
de alguna manera.
Por aquella época no había habitaciones para estudiantes, ni cantina, de manera
que este ayudante no retribuido fue invitado en casa de Lorenz en Seewiesen
durante sus vacaciones escolares y Gretl se encargaba de la comida, situación
bastante normal, ya que Lorenz llevaba todas las relaciones en el seno de su
departamento al nivel personal, contando siempre para ello con Gretl. Buldern y
más tarde Seewiesen se parecían a Altenberg, pero con mucho más espacio y
mejores facilidades para el trabajo científico. En su apogeo, este sistema —muy
natural para el matrimonio Lorenz— funcionaba soberbiamente. Pero también
existía el reverso de la moneda. Si Lorenz o cualquier miembro de su
departamento se ausentaba, los asuntos que dependían de un frecuente contacto
podían olvidarse, lo que no dejaba de ser perjudicial, especialmente para los
jóvenes que buscaban su protección.
Cuando Lorenz tenía que ausentarse, los asistentes y el personal solían
reunirse para la despedida de un modo semifamiliar y semifeudal. En cierta
ocasión en que se desarrollaba este pequeño ritual, alguien acudió corriendo
con un objeto olvidado — un orinal perteneciente a uno de los niños de Agnes—.
Konrad lo agarró, se lo colocó solemnemente en la cabeza a modo de corona y se
marchó de Seewiesen domo un burlesco señor feudal.
Anualmente, Konrad y Gretl organizaban unas tremendas fiestas navideñas. En
otras ocasiones, Konrad solía nadar bajo la luz de la luna con los miembros de
su equipo. La mayoría de sus jóvenes ayudantes gustaban de esa informalidad y
de sus ocasionales payasadas; sin embargo, otros hubiesen preferido que su
maestro hiciese gala de un poco más de ese protocolo tradicional que cabe
esperar de un gran catedrático.
La calma relativa de Seewiesen fue breve, y muy pronto el nuevo Instituto fue
trágicamente privado de los dos hombres que habían contribuido, junto con
Lorenz, a su realización. La pérdida de estos dos hombres fue seguida por
ciertos cambios que reorientaron gran parte de las ciencias por una vía
diferente a la de Lorenz. El primero en desaparecer fue Gustav Kramer, a la
edad de cuarenta y nueve años. Ya había sido adquirido un lugar en Tubinga y
los cimientos de su laboratorio erigidos cuando llegó la noticia de que se
había matado durante una escalada en abril de 1959. Luego, en 1961, Von Holst
cayó enfermo y tuvo que abandonar la dirección del Instituto, muriendo en mayo
del año siguiente en un hospital cerca de Herrsching. Los dos nuevos directores
de Departamento, los profesores Schneider (olfato de los insectos) y
Mittelstaedt (cibernética), sucedieron al desaparecido compañero de Lorenz,
mientras que éste era confirmado como director.
Retrospectivamente, esto representaba el final de los grandes años —grandes por
la generación de etólogos que habían formado—, por la unidad surgida de las
fuertes controversias que ahora empezaba a debilitarse tras la desaparición de
Holst. Sin embargo, Seewiesen continuaba creciendo; se construían más
edificios, había más asistentes y más estudiantes, pero a medida que iba
ampliándose el Instituto se volvía más impersonal. Aún seguía existiendo un
estímulo intelectual para los nuevos estudiantes, pero sobre todo viniendo de
Wickler o Schleidt. En cuanto al director Lorenz, ya no era posible el mismo
contacto con el personal, por cuanto ya formaba parte de la máquina
administrativa; para verle había que solicitarlo previamente y gran parte de su
tiempo lo dedicaba a sus responsabilidades de gran figura internacional. Para
sus primeros discípulos esto significaba que podían verle raramente, por no
decir nunca, y algunos de ellos, quizá justamente, se sintieron olvidados.
Durante cierto tiempo, Gretl siguió ayudando a su marido como antes, pero esto
no era del agrado del Instituto Max Planck, que resolvía con ella algunos
problemas relativos al Instituto: querían tratar con el profesor y no con su
mujer. Esto hirió a Gretl, que al retirarse hizo que a su vez decreciera el
entusiasmo de su marido por su cometido de director. Acababa de perderse con
ello gran parte de la antigua atmósfera, aunque la labor científica del
Instituto proseguía, y en su mayoría con un notable éxito.
Antes de morir, Kramer había reclutado a Jürgen Aschoff, que deseaba pasar de
la investigación cardiovascular en el Instituto Médico de Heidelberg al
entonces casi desconocido estudio de los ritmos biológicos. Aschoff se
estableció en Erling-Andechs, a pocos kilómetros de Seewiesen, en una casa de
la Sociedad Max Planck. Desde entonces el grupo de Erling le granjeó un notable
éxito al Instituto y el propio Aschoff se convirtió en el líder mundial en el
estudio de los «relojes» biológicos, esos procesos aún misteriosos que
funcionan en los sistemas animales y vegetales para crear los ritmos diarios,
mensuales (y otros), que tan profundamente afectan nuestras vidas. Wolfgang
Schleidt fue uno de los primeros sujetos de uno de los experimentos de
aislamiento. El procedimiento recogía siempre los datos facilitados por el
sujeto experimental dejándole comer, dormir y elegir la luz o la sombra según
sus necesidades. Por entonces, nadie sabía de qué manera los individuos podían
reaccionar ante tales experimentos, con lo que se adoptaron grandes
precauciones con los voluntarios. Schleidt no sufrió ciertamente ninguna lesión
y en realidad tuvo la oportunidad de adelantar ciertos trabajos. Los
experimentos similares han demostrado que el hombre parece tener un ciclo
cotidiano que si le permite seguir fuera de toda compulsión dura un poco más de
veinticinco horas, pero que está regulado en los días sucesivos de vida normal
en veinticuatro horas en respuesta a la posición del sol y a los
acontecimientos normales de toda sociedad humana. La «cronobiología» se ha
convertido en una miniciencia con pleno derecho, y Lorenz se vanagloria de su
contribución y la de sus amigos en lanzarla. Se trata del resultado lógico y
directo de la síntesis de unos intereses acumulados, o sea, la investigación de
la espontaneidad biológica, y del modo en que los centros que gobiernan los
modelos instintivos deben estimularse a través de unos impulsos internamente
provocados, cuando menos en parte, bajo la dirección de algún reloj interno.
Durante muchos años, el Centro de Schloss Möggingen, cerca de Radolfzell, en el
lago de Constancia, estuvo bajo la dirección de Lorenz. Con sus investigaciones
sobre el misterio de las migraciones de las aves se cerró el círculo de los
trabajos comunes de Kramer, Von Holst y Lorenz. Más tarde, la administración de
dicho centro se transfirió a Aschoff, cuyas relaciones con Lorenz nunca se
confundieron, afortunadamente, con la invasión del territorio común.
Una de las líneas de investigación en Seewiesen nació de los interrogantes que
los científicos del comportamiento en otros países plantearon respecto del
primer trabajo de Lorenz sobre el troquelado de los animales. De acuerdo con lo
que Lorenz escribía en su trabajo «El compañero», de 1935, se trataba más bien
del método que él había utilizado que de un gran estudio con todas las reglas,
pues en realidad jamás lo había estudiado ni experimentado detalladamente. De
manera que al encontrarse con que sus tesis sobre el troquelado eran atacadas
en los años de la posguerra, fue incapaz de adelantar cualquier base científica
sólida o aceptable para lo que innegablemente constituía una importante piedra
angular de la mayoría de sus trabajos y sus conclusiones; tal investigación era
vital y al mismo tiempo largamente esperada. Quizá consideró el desafío de un
modo más directo y personal de lo realmente necesario, pero quizá también se
dio cuenta de que sin un nuevo apoyo corría el riesgo de que la credibilidad de
toda la estructura de las teorías científicas que había elaborado se socavara.
En cualquier caso, se trataba ahora para Friedrich Schutz de analizar
urgentemente y más en profundidad algunas de las hipótesis adelantadas por
Lorenz muchos años antes.
Schutz había sido discípulo de Von Frisch, quien, después de estudiar las
«sustancias de alarma» en los peces, se orientó hacia los gansos de Lorenz. Las
investigaciones etológicas realizadas en Gran Bretaña también estaban en curso
en aquella época, y había un estudio que presentaba serios problemas para los
investigadores de los gansos en Seewiesen. Un joven estudioso de los pollos
domésticos en Cambridge, Pat Bateson, volvió a analizar algunos de los trabajos
de Lorenz sobre el troquelado, y manifestó que las conclusiones extraídas en
Altenberg no parecían cuadrar con las de sus propias aves en las condiciones
más rigurosas de los estudios de laboratorio. ¿Acaso era errónea la clásica
descripción de Lorenz?
Con cierta justicia —tal como Bateson admitió más tarde—, Lorenz objetó
vigorosamente que la evidencia de la falta de troquelado en una especie se
aplicaba para refutar lo que él había observado y descrito en otra especie.
Bateson acababa de descubrir lo que Lorenz ya sabía, y es que los animales
suelen variar considerablemente en sus respuestas. Los gansos son menos
afectados que las grajillas en su subsiguiente comportamiento sexual, mientras
que ciertos animales (incluidas algunas aves) son capaces de producir una reacción
consecutiva, pero algo diferente; los pollos de laboratorio de Bateson parecían
ser un caso al respecto. Si la esencia de la ciencia estriba en su carácter
repetitivo, ello no significa necesariamente que un tipo peculiar de estímulo
deba producir el mismo resultado en todas las especies, aunque la ausencia de
tal extensión conduce a limitar las conclusiones más generales que pudieran
extraerse.
Otro objetivo muy razonable del método científico es el de reducir el número de
variables en una situación determinada para precisar mejor cada influencia
individual. En el último caso, donde pareció que ciertos resultados de Lorenz
eran irrepetibles, la respuesta radicaba en que en una situación de laboratorio
los polluelos carecían sencillamente de las pruebas de amor y de afecto
maternales, que los polluelos de Lorenz recibían automáticamente en unas
condiciones mucho más naturales de crecimiento y troquelado. Los discípulos de
Lorenz han demostrado que si a un polluelo se le abandona, aun satisfaciendo
meramente sus necesidades materiales, su comportamiento adulto es anormal; un
experimento similar desarrollado en América con niños (que retrospectivamente
nos parece totalmente inhumano) puso de manifiesto que lo mismo ocurre con los
seres humanos. El cariño maternal durante la infancia es indispensable para el
desarrollo de un comportamiento social realmente maduro. En este aspecto, es
válida la analogía entre los gansos y el hombre.
En el Seewiesen de los años sesenta este tipo de investigaciones era muy frecuente.
Lo más impresionante para cualquier visitante, y sobre todo para quienes se
identificaron mucho con Lorenz en aquella época, eran los estudios sobre las
relaciones entre el troquelado y el futuro comportamiento sexual de algunas
especies de aves estudiadas por Lorenz antes de la guerra y a las que sus
discípulos y asistentes continuaron estudiando con los mismos métodos.
En uno de ellos se colocaron huevos de pato común debajo de una hembra de
mergo, de tal manera que al nacer los polluelos de pato salvaje siguiesen a su
madre mergo. Cuando crecieron, algunos patitos machos trataron de acoplarse con
los mergos asumiendo incorrectamente que se trataba de unas hembras adecuadas
(ignorando completamente su propia especie). Las hembras de los patos, sin embargo,
no cometieron el mismo error, pues evidentemente el pato silvestre posee un
instinto suficientemente fuerte para comprender que su pareja debe tener la
cabeza verde. Junto con Bateson en Cambridge y algunos otros, a Friedrich
Schutz le tocó desentrañar pacientemente, durante más de quince años, algunos
de los misterios relacionados con este problema. En Seewiesen, las
investigaciones debían de ser más analíticas de lo que lo eran habitualmente
para Lorenz, mientras que para ampliar sus propios conocimientos, varios
experimentadores de otros lugares orientaron sus estudios desde el laboratorio
hacia un entorno más natural.
Superficialmente, la escena de Seewiesen podía interpretarse como de perversión
animal desenfrenada, pues el visitante podía contemplar a un macho de pato
almizclado domesticado cortejando a Schutz e intentando copular con su bota. En
otro ejemplo, una hembra de ganso gris se había acoplado con un macho de pato
común troquelado antes de aceptar también a un ánsar. Los tres vivían conjuntamente
en una moderadamente confusa armonía, y querellándose a veces cuando criaban
colectivamente su compartida familia. En ciertos casos, el cruce, que no se
observa en el estado salvaje, era factible, y cuando ocurría, el comportamiento
de los polluelos híbridos combinaba, al igual que su aspecto físico, las
características de la especie de sus padres.
Una vez troqueladas, las perversiones del comportamiento pueden permanecer
durante largo tiempo sin ningún cambio; el troquelado no es aprendizaje, sino
la reorientación de un instinto ya existente. Un par de patos Carolina
homosexuales (criados únicamente en compañía de machos) persistieron en
cortejarse el uno al otro durante una década, comportándose recíprocamente como
un macho y una hembra. En numerosos casos de troquelado en especies cruzadas,
las diferencias entre los sexos no son reconocidas por los individuos durante
mucho tiempo, pero Lorenz tuvo un pato que podía distinguir correctamente los
sexos de la especie de la que estaba troquelado, hecho realmente sorprendente.
Schutz se dio cuenta de ciertos equívocos que había suscitado la clasificación
del troquelado del aprendizaje. El hecho de aprender a reconocer a una madre es
totalmente diferente del proceso de ensayo y error, ambos procesos de aprendizaje,
cuando, por ejemplo, un polluelo picotea distintas cosas alrededor suyo para
descubrir lo que es bueno para comer y lo que no lo es. En otro tipo de
aprendizaje, el polluelo de la grajilla aprende a reconocer al enemigo gracias
a la reacción hostil de los adultos que le rodean. Si Lorenz ha utilizado
igualmente el término de aprendizaje en el contexto del troquelado, no cabe
sorprenderse de que sus lectores u oyentes no siempre hayan comprendido
claramente que en este caso se trataba de algo diferente.
En el caso de troquelado sexual, las consecuencias de lo que le ocurriera a un
polluelo de uno o dos meses no pueden reconocerse sino al cabo de muchos meses,
y hasta incluso un año más tarde, pues los efectos son latentes. En los casos
extremos, el comportamiento sexual puede aparecer normal durante un año o más,
pero cuando se quita la pareja normal y se introduce un miembro de la especie
troquelada, el comportamiento cambia: la experiencia de las primeras semanas
suele tener un efecto mucho más fuerte que el de unos meses o unos años
después. Ello puede explicarse suponiendo que la acción esté basada en un
instinto combinado con la mala información previa.
Schutz consiguió establecer una clara diferenciación entre el troquelado como
reacción consecutiva y el troquelado del ulterior comportamiento sexual,
mientras que en los trabajos de Lorenz no existe ninguna separación. En uno de
los experimentos de Schutz, un patito fue empollado y criado por una madre de
otra especie durante un periodo de cinco a diez días; se desarrolló una fuerte
reacción consecutiva. Después del periodo inicial, el patito fue sustraído a su
madre adoptiva y aislado, y durante el año siguiente se le ofreció escoger
entre su propia especie y la de su madre adoptiva. El patito eligió la compañía
y se acopló con su propia especie y no con la de su madre adoptiva. Por tanto,
en este caso la experiencia de los primeros días de vida —es decir, la reacción
de seguimiento perfectamente normal— no tuvo efecto en el subsiguiente comportamiento
sexual. En otra parte del mismo experimento se crió otro patito con una madre
adoptiva durante más de treinta días, después de lo cual se le aisló hasta que
a la primavera siguiente también se le ofreció la elección de compañeros y de
pareja. Este segundo patito mostró un comportamiento sexual alterado, con lo
cual Schutz pudo poner de manifiesto que las dos formas de troquelado no eran
idénticas.
Los hallazgos de Shutz y otros investigadores justifican la tesis de Lorenz en
cuestiones como la estabilidad de la preferencia sexual adquirida, aunque
Bateson continúa polemizando con las conclusiones posteriores de Lorenz. Pero
todo esto es una excelente polémica científica y un debate que favorece el
progreso. Lorenz ha estimulado la investigación, tanto si los detalles de las
conclusiones finales eran las que él prefería como si no. En todo caso, su
propio trabajo no ha de ser desmantelado y, en definitiva, se ha reforzado
durante el proceso.
Durante sus primeros años en Seewiesen, Lorenz escribió lo que había de
convertirse en su libro más influyente titulado Sobre la
agresión. Sin embargo, ésta no fue sino la segunda fase de una amplia
controversia internacional sobre la importancia relativa del instinto y el
aprendizaje —la naturaleza y la educación— en el comportamiento animal.
Mientras se hallaba en Königsberg, Lorenz ya había sentido la necesidad de
defender su concepto del instinto contra quienes intentaban afirmar que
rechazaba la libertad y el misterio de la chispa vital de la existencia dada
por Dios. Pero en los años de la posguerra, a medida que sus ideas y su
influencia fueron atravesando el Atlántico, tropezó con la oposición (mucho más
fuerte y de un tipo directamente opuesto) de quienes consideraban todo
comportamiento como derivado de una experiencia posconcepcional. Estos dos
desafíos ocuparon gran parte del pensamiento de Lorenz durante la mitad de su
vida de trabajo. Se trata de los conceptos opuestos del vitalismo y del
conductismo. Un mundo sin «ismos» sería mucho más sencillo.
Capítulo 10
El mensaje en el animal
El
comportamiento de los seres vivos depende de la interacción entre el
equipamiento con el que nacieron y los acontecimientos que se desarrollan a su
alrededor. Mucho se ha discutido en tomo a esta aparentemente sencilla idea,
llegándose a una controversia apasionada entre «nativistas» y «ambientalistas»,
mientras que otros investigadores trataron de retirarse de la batalla para
dedicarse a la experimentación pensando posiblemente que el problema radicaba
más en el significado de las palabras que en las ideas. (Si tal es el caso, el
argumento no deja de ser vano, por cuanto al final cabe realizar el mismo
trabajo.)
El debate se complica por el hecho de que «todas las criaturas vivientes»
incluyen al hombre. Son mucho los que proclaman que el hombre es tan diferente
de los otros animales que nada de lo que se pueda decir acerca de los animales
es relevante para el comportamiento del hombre. El propio Lorenz lo reconoce
hasta cierto punto, como lo atestigua su aprobación de la idea según la cual
«todo el animal está en el hombre, pero no todo el hombre es animal», pero el
grado de imbricación no es sino el inicio del problema. Suele afirmarse merced
a un accidente de la historia científica que el análisis del comportamiento
humano comenzó antes que el estudio intensivo del comportamiento de los
animales. De modo que resulta difícil sorprenderse de que el estudio objetivo
del hombre aún esté recubierto por matices subjetivos o filosóficos, por cuanto
dichos estudios se llevaron a cabo mucho tiempo antes de la aceptación general
del método científico, y en sus diversas formas la psicología se ha
desarrollado a partir de la filosofía que le precedió. Las consideraciones de
tipo religioso, político, ético y estético figuran entre los factores que
tergiversan la observación humana de su propio comportamiento. Efectivamente,
el argumento de Lorenz es que una parte importante de la naturaleza humana hace
que las cosas sean así, que es una parte de nuestro pertrecho para la
supervivencia.
La aplicación de la etología al hombre será objeto de los siguientes capítulos.
Ahora nos ocuparemos principalmente de los animales, pero al hacerlo hemos de
tener en cuenta que para muchos, hablar de otras criaturas es pensar en la
aplicación al ser humano, lo cual puede influir en lo que se dice y en cómo se
dice. No es extraño que existan fuertes tentativas por amoldar los hallazgos
del comportamiento animal a los modelos existentes que deben establecerse para
el hombre o rechazarlos si no son conformes. El propio Darwin sintió personalmente
la fuerza explosiva de esta reacción. En su Origen de las especies se
centra principalmente sobre las formas animales y humanas, pero a sus críticos
no se les escapa que junto a la evolución de la forma debe existir la del
comportamiento. Sus ideas fueron rechazadas por muchos, pues a juicio de estos
críticos, no puede haber ninguna implicación de este tipo entre el animal y el
hombre.
Durante largo tiempo, después de Darwin, fue mucho más práctico para los
científicos que trabajaban en ambos lados de la barrera que el hombre y el
animal tuviesen lo menos posible en común, con lo que, mientras que el
principio podía aceptarse, la posibilidad de una ciencia conflictiva (dejando
aparte la filosofía, la política y la religión) era descartada. Darwin afirma
muy explícitamente que ciertamente intentaba incluir el comportamiento en una
estructura que había sido formada por la evolución y escribe un libro para
apoyar su punto de vista. Pero tanto el concepto como el libro pasaron
inadvertidos y los pocos científicos que lo recordaban y cuyos trabajos
reflejaban las ideas de Darwin sobre el comportamiento —hombres como Charles
Otis Whitman, de Chicago— no representan ninguna corriente principal en la
ciencia.
La belleza y la sencillez de la postura de Lorenz reside en que fue capaz de
desarrollar sus primeras ideas en medio de una ignorancia casi absoluta de la
rígida estructura a la cual unos científicos más disciplinados y formales se
hubiesen atenido. Lorenz se asentó en otra tradición también aceptada, la de los
amantes de los animales y los ornitólogos que observan sencillamente por el
gusto de observar sin que dicha observación se vea alterada por argumentos
ideológicos en los que no están implicados y en los que no pueden influir. El
primer desarrollo de Lorenz se produjo casi directamente bajo la influencia de
Darwin y su camino no cambió sustancialmente tras su contacto con Heinroth. Sus
trabajos alcanzaron un nivel en el que contaba con un cuerpo científico propio
y virtualmente independiente de las principales corrientes filosóficas y
psicológicas que coexistían con él. Cuando a lo largo de sus estudios tropezó
con ideas conflictivas, Lorenz podía rechazarlas sencillamente como contrarias
a la experiencia. Pero cuando se encontró con un científico cono Craig (el
discípulo de Whitman), con quien se mantuvo en contacto, profundizó en Von
Holst, pues se trataba de un contemporáneo que había estudiado el
comportamiento en tanto que función neurofisiológica y seguía la línea
convergente con la de Lorenz; esto también era aceptable y contribuyó a
elaborar la postura de Lorenz. El tercer tipo de interacción que actuó fue el
de Tinbergen, por cuanto los objetivos eran muy adecuados aunque analizados con
unos métodos distintos.
La figura de Lorenz, que comenzaba a revelarse, no era la de un científico
convencional que llena un vacío existente de antemano en el conocimiento
humano, sino la de un hombre que alegremente seguía ensanchando su alcance
mucho tiempo después de que cualquier vacío reconocido hubiese cesado de
existir. Para dar una imagen de la propia ciencia de Lorenz, la etología
invadió profundamente el terreno de las ciencias rivales mucho antes de que
existiera un contacto real entre las fuerzas opuestas. En uno de los casos ya
se dio la razón, pues ello se debió a que los territorios en el sentido físico
del lugar donde las distintas ideas surgieron estaban muy alejados
geográficamente. El conductismo que enfatiza el papel del aprendizaje como
factor determinante del comportamiento nacía en América, mientras que la
etología, más vinculada al instinto, iba desarrollándose en Europa. Cuando
surgió el conflicto fue tanto más fuerte en cuanto el territorio científico
común en disputa era mayor. Para Lorenz, al igual que para ciertos conductistas
americanos como B. F. Skinner, la controversia naturaleza-educación, como se la
bautizó, continúa siendo muy viva, aunque para muchos biólogos esté
retrocediendo en la historia. El apasionamiento del debate arreció con la
formación de un tercer grupo, llamado por Lorenz el de los etólogos de habla
inglesa, y su enfrentamiento con los psicólogos de varias escuelas. En
Inglaterra, y sobre todo en América, esta postura intermedia consiguió una
síntesis fructífera, pero para Lorenz se trataba de un compromiso político. Lorenz
no solamente proclama que el instinto y la educación (tal como él los entiende)
son dos cosas distintas, sino que llega a repudiar a quienes él consideraba
como sus amigos y que se habían «vendido».
La base filosófica que hizo aceptable el conductismo en América fue la idea de
la igualdad humana que dimanaba de la Revolución francesa. Pese a todos los
cambios que tuvieron lugar en la política americana, los ideales que llegaron a
través del Atlántico hace casi dos siglos se mantienen con toda su frescura
como si no hubiesen sido discutidos por el 90 por ciento de la sociedad. Para
mucha gente es una cuestión de fe que los hombres nacen iguales y que
únicamente la desigualdad de las oportunidades junto con los esfuerzos de cada
individuo por crear su propio bienestar facilita a cada persona su posición
distinta en la sociedad. Esta creencia no es enteramente compatible con el
conductismo que es altamente mecanicista. Pero para el verdadero amante de la
igualdad, la etología lorenziana es bastante menos aceptable, pues propone los
instintos y unas capacidades individuales programadas de antemano,
circunstancias demasiado fatalistas.
En tanto que escuela de psicología, el conductismo data de 1914 y de las tesis
de J. B. Watson, quien muestra su buen sentido en su intento de apartar el
estudio del comportamiento de la introspección y la contemplación de unos
estados mentales intangibles e imposibles de medir, sustituyéndolo por unos
métodos objetivos basados en los de Pavlov. Watson ha sido el primer etólogo cuyo
trabajo fundamental sobre la golondrina de mar (en la costa oriental de los EE.
UU.) es un clásico en dicho campo. Watson sabía perfectamente que el comporta
miento de muchos animales es innato, pero consideraba que el componente innato
en el hombre resulta casi insignificante, salvo en unas circunstancias
extremadas y anormales. Gran parte de sus ideas pueden describirse ahora
únicamente como unas ideas absurdas (por ejemplo: «el pensamiento sólo existe
en tanto que discurso subvocalizado») y simplifica groseramente los factores
condicionantes de la infancia (la única influencia que considera importante es
la de los fuertes ruidos, el miedo a la caída, la restricción del movimiento y
las caricias) hasta tal punto que es embarazoso para sus discípulos. Pero aun
con todas sus insuficiencias creó una escuela de filosofía que sobrevivió
durante más de medio siglo y que aún sigue teniendo una fuerte influencia en la
actualidad.
Según Lorenz, la vía hacia el conductismo se abrió en tanto que reacción contra
el primitivo enfoque filosófico para el estudio del comportamiento que se
denominó vitalismo. El vitalismo defiende la idea de que además de los procesos
físicos del cerebro existe una cierta chispa vital, una fuerza natural externa,
que en última instancia rige el comportamiento. En tanto que concepto, el
vitalismo tiene la ventaja de ser admitido dentro de una amplia gama de
esquemas ideológicos existentes. El vitalismo abre un espacio, una laguna, en
el que el hombre religioso puede meter un alma, o un filósofo, la conciencia;
permite el libre albedrío y, por consiguiente, el bien y el mal. Ofrece incluso
al científico un campo de maniobra, puesto que al dejarle el espacio vital
puede descubrir en él lo que más le gusta o es susceptible de gustarle acerca de
los procesos cerebrales sin ninguna preocupación. Sin embargo, es completamente
distinta una laguna producida por preguntas, de las cuales los científicos no
conocen la respuesta, de una laguna que constituye realmente una respuesta. En
términos científicos, el vitalismo no conduce a ningún sitio por cuanto lo que
no puede explicarse con nada, no explica nada.
Lorenz fue progresando con lo que él describe como una sana aversión hacia las
ideas nebulosas, especialmente cuando se insinúan dentro de unas presuntas
explicaciones científicas del comportamiento. En sus primeros trabajos (basados
casi enteramente en la observación) no aparece aún ninguna señal de rebelión en
contra de las teorías de las cadenas de reflejos convencionales del
comportamiento. El alejamiento de estas ideas hubiese parecido en aquella poca
una concesión al vitalismo. Más tarde, el rechazo del vitalismo se hallaba
implícito en su búsqueda de un mecanismo para el instinto. El vitalista niega
la existencia del instinto por cuanto es conflictivo con su idea de libre
albedrío, o bien lo dignifica con una mayúscula y no requiere ninguna
explicación ulterior fuera de la manifestación de su existencia. Más
recientemente, Lorenz prefiere no dar demasiada importancia al vitalismo: «Se
puede explicar cualquier cosa alegando una fuerza natural externa, pero si esto
es justificable científicamente; la próxima vez que mi nieto me pregunte qué es
lo que hace andar a una locomotora, le contestaré: “Hijo mío, eso es debido a
la llamada fuerza locomotora...” Y si mi nieto se conforma con esa respuesta,
le desheredo...» Y Lorenz soltó una gran carcajada.
Sin embargo, por aquella época, Lorenz contemplaba el vitalismo con la
suficiente seriedad como para escribir un trabajo filosófico sobre el tema. «La
psicología inductiva y teleológica» se publicó en 1942 en el primer volumen del
compendio de sus obras. (La teleología es la interpretación de las estructuras
biológicas según los términos de su proposición o utilización, y comporta el
riesgo de conducir a unos argumentos de tipo circular.) Este trabajo constituye
en realidad su defensa en contra del ataque a la etología por parte de un
estudioso vitalista del comportamiento, contrastando la tesis del
comportamiento animal o humano dimanante de otras causas que no sean naturales.
Un concepto que aparece como la reencarnación del vitalismo ha recuperado
cierto terreno en los últimos años. Se trata de una idea según la cual el
sistema como un todo es mayor que la suma de sus partes, y que culmina en una
doctrina llamada «holismo». Lorenz atacó el holismo en 1942 y nuevamente en
1950, en su trabajo «Parte y parcela en la sociedad animal y humana», una
versión nueva y abreviada de un artículo de 1943. En este trabajo ponía de
manifiesto que el holista cree en el milagroso factor «integralmente
productor», no asequible y que no necesita ninguna explicación causal. Según
esta tesis, no es necesario ni científico intentar desenfrenar las acciones
recíprocas entre los subcomponentes. En su trabajo de 1950, Lorenz escribió acerca
de las entidades orgánicas tales como los animales o el hombre, pero más
recientemente, el holismo se invocó nuevamente en el contexto del entorno.
Ciertamente, los sistemas complejos difieren de los sistemas sencillos, por
cuanto poseen un grado de interacción desproporcionadamente elevado y que por
tanto crean unas posibilidades anteriormente inexistentes. Pero esto no libra
al científico de la aplicación del método tradicional de fragmentar el sistema
para analizarlo o en caso contrario encontrar algún método de estudio objetivo
alternativo.
Lorenz objeta al holismo el basarse en la falsa comprensión de otra idea en la
que tuvo gran interés: la de cómo percibimos un orden dentro de unos
acontecimientos aparentemente casuales, cómo vemos un modelo emergiendo del
caos y de qué manera un animal recibe, reconoce y actúa según una señal
compleja, pero despreciando toda información inadecuada. En este aspecto, la
señal o el patrón cobra una significación de la que carecen cada uno de sus
componentes individuales. Lorenz subraya que no es correcto generalizar
partiendo de los principios sobre la percepción del todo y aplicar éstos a la
naturaleza de la propia totalidad.
La base cultural europea de Lorenz le condujo de un modo bastante natural a
chocar con el vitalismo y a discutirlo. Pero el conductismo era más lejano y
más difícil de aceptar de entrada. Mientras que se hallaba en Inglaterra en
1949, en una alocución en la Sociedad de Biología Experimental, Lorenz habló
acerca de los rivales de la etología, rechazando el behaviorismo y sus
defensores de un modo casi despectivo. Reconoció más tarde que el escrito tenía
el tono desagradable del sabihondo que no era equitativo ni con sus adversarios
ni con él mismo. Dos años más tarde, durante una conferencia dictada en Nueva
York (incluida en el segundo volumen de sus obras), trató a los behavioristas
con más respeto en una forma de oposición mucho más razonable, pero que, no
obstante, apareció como un acto de provocación que anunciaba la guerra. La obra
de Tinbergen Estudio del instinto, en la que aparece el
detalle de sus teorías comunes, se publicó ese mismo año.
Los dos líderes de los estudios americanos sobre el comportamiento animal eran
en aquella época T. C. Schneirla y Daniel Lehrman, cuyos trabajos y
observaciones sobre las hormigas y las palomas torcaces, respectivamente,
estaban en la misma línea que el trabajo de Lorenz con los gansos y el de
Tinbergen con las gaviotas. Ambos criticaban a los etólogos europeos, y cuando
Lehrman publicó su Crítica a la teoría del comportamiento instintivo de
Konrad Lorenz, en 1953, la batalla empezó. Dicho trabajo comenzaba con
un detenido análisis del comportamiento de los gansos al hacer rodar los huevos
hasta abarcar una extensa gama de modos de actuación que Lorenz y Tinbergen
habían calificado como innatos, pero en los cuales —según Lehrman— el
desarrollo o la maduración podían jugar un papel importante. Este mismo autor
presentaba ciertos comentarios desagradables sobre el trabajo de 1940 y
terminaba con una lista de serias insuficiencias en la teoría de Lorenz. El
duro ataque contra Lorenz y Tinbergen exponía claramente los puntos flacos de
la postura instintiva en aquella época, y Tinbergen, precavida y quizá
sabiamente, cedió terreno, aunque distanciándose de su amigo, que estaba muy
poco dispuesto a retroceder tan lejos exponiéndose al principal ataque, molesto
por la disposición de su compañero al compromiso. Mientras el terreno quedaba
bien definido, Tinbergen no pudo presentar una edición revisada de su libro que
se publicó nuevamente dieciocho años más tarde. Pero tiempo después de la
muerte de Schneirla, Lorenz y Lehrman habían desarrollado tal respeto el uno
por el otro que era posible que finalmente reconociesen los muchos puntos en
que podían estar de acuerdo si el propio Lehrman no hubiese muerto también. En
cualquier caso, Lorenz lamentó la pérdida de un valeroso adversario.
El conductismo, en su forma más extremada, rechaza casi totalmente el instinto;
en su forma más moderna continúa prestándole muy poca atención. Es como si cada
criatura viviente hubiese nacido con una mente abierta y en blanco esperando la
experiencia del mundo que la rodea para moldear el carácter de su respuesta:
aprendizaje y nada más. En contraste con el vitalismo (pero en común con la
etología), el conductismo ofrece una explicación mecanicista para el
comportamiento. Según el punto de vista de Lorenz, el conductismo sólo puede
entenderse en su origen como una alternativa deliberada al vitalismo: «Cuando
los vitalistas proclamaron que el Instinto (con una I mayúscula) era un factor
natural externo, hubo un estira y afloja en el que los mecanicistas maniobraron
a su vez en el lado opuesto del ring.» Los mecanicistas necesitaban un concepto
tan tangible y con tanto futuro como lo fue el átomo en la física. Imitando
estrictamente el atomismo de los físicos, los mecanicistas buscaban al «átomo»
del comportamiento; y el «átomo» que ellos ofrecían por entonces era el reflejo
y con él el proceso condicionante que había sido demostrado por Pavlov. Durante
cierto tiempo se consideró vitalista, y por consiguiente, no científico, el
admitir cualquier otro elemento del comportamiento que no fuese ése, y,
efectivamente, el propio Lorenz lo aceptó primeramente como una explicación.
A partir de este punto, los conductistas y Lorenz siguieron caminos divergentes
trazados por la elección de métodos científicos totalmente diferentes, de tal
manera que Lorenz llegó a rechazar el reflejo como un componente esencial del
comportamiento animal, mientras que los conductistas, al utilizar como única
guía su tipo de experimentos, fortalecían su propia confianza en él. El
refuerzo funciona (funcionó bien sobre los propios experimentadores), pero si
es cuanto los científicos buscan, puede ser todo lo que vean. Lorenz comenta
que al investigar el reflejo condicionado, el conductismo se granjeó un gran
éxito y un gran mérito. El error no radica en que toda la escuela investigase
las contingencias del refuerzo, sino en el hecho de que no creyese ninguna otra
cosa. Esto confirma el estilo perentorio de Lorenz, algo exagerado, por cuanto
los más extremados conductistas admiten ahora la existencia de algo semejante
al instinto, aunque no lo consideran como el mayor componente del
comportamiento, y en el hombre mucho menos aún que en los animales inferiores.
Por otra parte, Lorenz considera el instinto como la mayor parte de la
disposición de los animales al nacer y no deja de incluir al ser humano en
dicho concepto. La diferencia radica básicamente en la importancia otorgada a
los distintos procesos, ya que los dos puntos de vista no se excluyen
recíprocamente. Sin embargo, debido a la fuerza de su énfasis, se sitúan a la
mayor distancia y, en una palabra, no dejan de contradecirse realmente unos a
otros.
El tipo de experiencia que se desarrollaba en un laboratorio conductista en los
años que siguieron a la II Guerra Mundial era el típico de los experimentos de
caja de Skinner, en los que una paloma a la que se mostraba la palabra
«picotear» inmediatamente picoteaba, y cuando dicha palabra se sustituía con el
término «gira», la paloma daba vueltas. Esta paloma había sido condicionada a
responder adecuadamente a las diferentes formas de ambas palabras, y cuando su
respuesta era correcta recibía cierta comida como recompensa. En este tipo de
experiencias la situación es deliberadamente artificial. Lorenz cita una
afirmación de Daniel Lehrman, según la cual numerosos partidarios americanos
del conductismo opinan que en sus tipos de experiencias sobre el comportamiento
los problemas relativos a los procesos internos del sujeto que suscitan el
comportamiento analizado no son necesarios, erróneos, no científicos y/o
inadecuados.
En otras palabras, en dichos experimentos se excluye lo más posible el
instinto, por cuanto pudiera confundir el resultado en cuanto a si el propio
experimento (el proceso condicionante) actuó o no.
En unos trucos de circo, los discípulos de Skinner consiguieron persuadir a
unos guacamayos de que pedalearan sobre unas bicicletas y a ir en patinete, y a
unos loros de que hiciesen una demostración de patines con ruedas para
premiarles con un cacahuete.
Siluetas utilizadas en una experiencia para comprobar la reacción de alarma
de algunos polluelos frente a las rapaces. Las reacciones frente a la silueta
inferior se investigaron para demostrar que la reacción depende a la vez de la
forma y del movimiento: si se movía hacia la izquierda (semejando una rapaz),
provocaba reacción de alarma; pero no provocaba ninguna reacción si se movía
hacia la derecha (semejando un anátido).
En
esencia, ello viene a ser lo mismo que el espectáculo de los delfines en el que
estos deliciosos mamíferos demuestran una extensa gama de habilidades naturales
y adquiridas a cambio de un par de pescados que les regala su simpático
domador. En una muy destacada demostración a base de esta técnica, al delfín se
le premió únicamente por concebir y realizar un truco que previamente no se
había determinado, y el resultado fue en este caso una exhibición de
virtuosismo inventivo. Si el condicionamiento puede aplicarse incluso para
enseñar a un animal inteligente a innovar, ello dice mucho tanto de la
inteligencia del animal como de la potencia del método que lo ha puesto de
manifiesto.
En este mismo periodo, a cuatro mil millas de distancia, en Seewiesen, una
serie de experimentos completamente distintos fueron llevados a cabo por los
discípulos de Lorenz. Por ejemplo, aquí tenemos uno que también está ligado con
un proceso de educación. Lo concibió y aplicó el matrimonio Schleidt, y en este
caso los animales experimentales eran pavos.
Se había observado que los pavos se alarman cuando ven a un busardo, un
depredador tan raro como peligroso, volando encima de ellos. En el cielo suele
haber diferentes objetos, de manera que cabe preguntar cómo hacen los pavos
para distinguir a un busardo de un ganso o de un reactor, que jamás los
alarman. Wolfgang y Margret Schleidt se plantearon dos cuestiones: ¿Hasta dónde
llega el instinto? y ¿cómo se combina con el aprendizaje? De acuerdo con el
método que Lorenz y Tinbergen utilizaron en Altenberg, confeccionaron unos
recortes de papel semejando unas aves en varias dimensiones y los colgaron a lo
largo de un hilo encima del corral de los pavos. Observaron que para provocar
la reacción de miedo, la forma del recorte no tenía ninguna importancia, pero
tenía que moverse a la velocidad correcta. El pavo interpreta una mancha negra
que se mueve por encima de él a una velocidad diez veces superior a su propia
longitud por segundo como la de un busardo en el cielo. Sin embargo, también
descubrieron que si el ataque no se producía, el efecto del estímulo disminuía
gradualmente. Por lo visto, en el momento del nacimiento, todos los objetos que
vuelan por encima de ellos asustan a los pavitos, pero las aves comunes, o
mejor dicho, la mutua combinación de la velocidad y la talla, pronto pierden su
capacidad de provocar una reacción de miedo. Finalmente, sólo unas
combinaciones poco familiares son sospechosas y éstas incluyen el busardo.
Estos resultados fueron verificados criando a unos pavos en un cobertizo donde
no había ningún ave volando por encima y probando los mismos estímulos sobre
ellos.
En este ejemplo el ave tiene ciertas reacciones innatas de miedo, pero aprende
con la experiencia cuándo no se necesitan. Está equipada, por consiguiente,
para reaccionar no solamente ante los busardos, sino ante toda clase de
situaciones peligrosas, que pueden incluir los ataques de las aves de presa
jamás encontradas por un miembro de la especie. A Lorenz este trabajo le
recordó que las grajillas tienen una distinta combinación de instinto y de
aprendizaje por cuanto sus polluelos se introducían positivamente en el
conocimiento de sus enemigos. En este caso el elemento instintivo es el grito
«ronco» de la bandada de grajillas, mientras que el conocimiento del peligro
que aquí se utiliza se transmite culturalmente de una generación a otra.
Los experimentadores y observadores de ambas escuelas reaccionan recíprocamente
de un modo conocido de antemano. Skinner, un líder reciente del
condicionamiento operante, considera claramente a Lorenz como un anticuado
naturalista, y piensa que la etología lorenziana ha dejado de interesar y que
muchos de sus hallazgos necesitan una explicación que estaba bastante vinculada
con la teoría del conductismo. Un ejemplo es el del troquelado. Sencillamente,
se suele recompensar a un patito que permanece al lado o se mueve cerca de su
madre o del sustituto materno. Esta recompensa refuerza su comportamiento
posterior. Un experimento behaviorista demuestra que no está implicado el
seguimiento instintivo. Si en el laboratorio se muestra a un polluelo de pato
que para llegar hasta su madre tiene que andar en el sentido opuesto, se le
puede educar de ese modo y lo hará. Skinner afirma que hereda la capacidad de
aprender a moverse en el sentido que reduce la distancia entre él y su madre.
De la misma manera, Lorenz puede explicar el condicionamiento en términos
instintivos. Afirma que la capacidad de condicionamiento se desarrolla en
muchos seres por cuanto contribuye a la supervivencia. Su objetivo general
estriba en distribuir una recompensa bajo la forma de un placer —o un
bienestar— para el comportamiento que promueve la supervivencia, y dispensar un
castigo en forma de molestia o de malestar por unos actos que amenazan dicha supervivencia.
Un animal que posea una cierta capacidad de pensar adquirirá la de prever y con
ello tiene la posibilidad de pagar el precio—en términos de malestar o de un
esfuerzo inoportuno— por algún valor potencial futuro. Pero esta capacidad
innata de condicionamiento solamente puede actuar en el mundo artificial del
laboratorio si el mecanismo innato funciona adecuadamente.
En otro ejemplo, Lorenz pone de manifiesto la notable capacidad de las ratas
para descubrir lo que es bueno o malo para comer mediante un experimento en el
que los elementos esenciales constitutivos de la dieta de las ratas eran
separados en sus componentes aminoácidos y ofrecidos luego a las ratas como una
serie de alimentos separados. Las ratas aprendieron rápidamente a comer las cantidades
adecuadas de cada uno de ellos para conseguir una dieta equilibrada. Un segundo
experimento demostró que estaban satisfechas con la combinación de elementos
nutritivos que realizaban: se les permitía beber una solución de sacarina antes
de ser inyectadas con un fármaco que les provocaba náuseas, con lo cual dichos
animales desarrollaron una aversión a lo último que penetraba en su estómago, o
sea, la sacarina. De este modo podían ser condicionadas mediante la náusea a
evitar la comida, pero —y en esto radica el concepto de Lorenz— ninguna otra
molestia que pudiera infligirse a las ratas las inclinaba a establecer la más
mínima diferencia en la elección de la comida, pues ya tenían un mecanismo
innato que les indicaba si era bueno o malo para comer.
Lorenz explica la capacidad de condicionamiento de los animales como «una
maestra de escuela». Esta maestra educa a su pupilo mediante una combinación de
castigos y de recompensas: el miedo al castigo le aparta (en cualquier
dirección) de las acciones indeseables, mientras que la promesa de una
recompensa le inclina desde cualquier lado hacia la respuesta deseada. De esta
manera halla un equilibrio económico entre ambas cosas, lo cual representa la
mejor manera de guiar al alumno por el camino más estrecho entre ambas
nociones; y cuando esa capacidad se requiere para la supervivencia, es
susceptible de aparecer a través de la evolución. El animal puede desarrollar
una serie de modelos especiales predeterminados de comportamiento que siempre
deben seguir un estímulo particular (el comportamiento instintivo sigue al
funcionamiento de los estímulos desencadenantes) o bien un mecanismo igualmente
predeterminado capaz de producir el tipo de respuesta que se asocia con la
subsiguiente recompensa (capacidad de condicionamiento). Cuando actúa el método
conductista, lo cual suele ocurrir la mayoría de las veces, puede actuar muy
bien, pero tiene algunas claras limitaciones. Dado que los conductistas
cortaron ciegamente las diferencias entre las especies, las únicas leyes que
encontraron son aquellas en las que las reacciones del comportamiento son
comunes a las distintas especies con las que decidieron trabajar. «La técnica y
la filosofía que expresa el conductismo evita cuidadosamente gran parte de lo
que hace de una cobaya una cobaya y de una una paloma una paloma, es decir, lo
que hace de una persona una persona.» Y aquí Daniel Lehrman es citado con
agrado por Lorenz.
En Alemania, un discípulo de Lorenz, Paul Leyhausen, se ocupó de las tesis de
los conductistas y consiguió unos experimentos susceptibles de demostrar que
los animales poseen realmente un mecanismo interno de relojería que hasta
cierto punto es independiente de la situación externa, demostrando que en
realidad un animal no es una máquina tragaperras. Y el conductismo americano no
solamente fue criticado desde el exterior, sino socavado igualmente desde el
interior. El matrimonio Breland comenzó a socavar el edificio. Eran dos
antiguos discípulos de Skinner que sacaron sus métodos del laboratorio al mundo
real, donde el éxito o el fracaso se mide en las columnas de un libro de
cuentas en lugar de en las páginas de una revista culta, y el conductismo se
vio muy pronto en dificultades. Al comienzo, el matrimonio Breland elaboró un
proyecto de defensa, entrenando a unas palomas a detectar a los individuos
susceptibles de ser unos cazadores al acecho. El éxito de este proyecto resultó
perjudicado por el hecho de que en la vida real las palomas, aun estando
condicionadas para realizar la tarea asignada, insisten en marcharse para
posarse en los árboles. Los Breland decidieron luego entrenar a los animales —
siempre con los métodos de Skinner del condicionamiento operante— para realizar
ciertos trucos circenses, pero se hallaron ante toda una serie de acciones en las
que resultaba difícil entrenar a los animales, cuando su condicionamiento no
fracasaba tras un inicio prometedor. La razón radicaba en que los animales
siempre insisten en hacer sus propias cosas. Por ejemplo, su cerdito, en lugar
de sentarse y tocar el piano como lo haría cualquier criatura bien
condicionada, prefería hurgar con el hocico por los alrededores y mordisquear
las patas del piano en forma de pies de cerdo, y eso lo hacía con la ausencia
absoluta de toda recompensa. Finalmente, al ver que el refuerzo del cerdito
había fracasado, el matrimonio Breland cedió y reforzaron el piano. «Tuvimos
grandes dificultades para conseguir un cerdito profesor de piano», afirmaba
Marian Breland. Con los conejos se encontraron ante el hecho de que mordisqueaban
las monedas en lugar de transferirlas rápida y adecuadamente desde una bolsa a
una caja para conseguir su recompensa, con lo que el tiempo pasado en roer las
monedas retrasaba su llegada. Sin embargo, llegaron a renunciar totalmente con
la invención del llamado «show de Sammy, el pollo bailarín». A los pollos les
gusta mucho escarbar, con lo que son capaces de bailar en cualquier parte, y el
hecho de que lo hicieran sobre un piso pulido mientras la música tocaba no era
más que una reorientación de un modelo de comportamiento innato a través de
unos métodos condicionantes.
Hacia la época en que recibió el premio Nobel —y quizá desde entonces— el
nombre de Lorenz era conocido entre los biólogos americanos y en general estaba
ligado con su acción por el reconocimiento de los rasgos del comportamiento
innatos y resistentes al entorno; era considerado como un defensor del concepto
del instinto y como autor de numerosos estudios naturalistas sobre el
comportamiento. Pero hasta la aparición de una selección de escritos suyos
traducidos en los últimos años, la comprensión de sus manifestaciones reales
sobre aquellos temas quedaba limitada por falta de conocimiento de sus escritos
originales, salvo sus libros de divulgación.
Cabe preguntar lo que nos queda al final del argumento sobre la
naturaleza-educación, pues de todo ello se desprende que Lorenz ha sustituido
el átomo del comportamiento de los conductistas (el reflejo condicionado) por
dos (el comportamiento instintivo y el aprendido). La palabra aprendizaje en sí
ha sido a menudo ampliamente utilizada para distintos procesos en los que la
información fluye del entorno y produce un cambio en el comportamiento del
individuo. A menudo, el propio Lorenz utiliza la palabra en un sentido muy
amplio que incluye casi todo lo que afecta al comportamiento que no sea parte
de la dotación
genética del individuo. Sin embargo, al analizar más profundamente la cuestión,
parece que cualquier patrón de comportamiento, incluso el más sencillo, está
formado por cierto número de componentes, algunos de los cuales están
determinados genéticamente, mientras otros han sido influenciados bien desde el
exterior o bien por el cambio del estado fisiológico del propio animal. El
comportamiento puede ir desde el totalmente instintivo (preprogramado y
resistente al entorno) hasta aquel en que el aprendizaje ha jugado un papel
importante. Lorenz lo simplifica clasificando el comportamiento en programas
cerrados y abiertos. En el programa cerrado, el modelo genéticamente
determinado surge virtualmente intacto, aunque habitualmente suele partir de
una señal exterior. (También será afectado por los factores físicos tales como
el calor o el frío, o si los constituyentes químicos del entorno del animal se
encuentran dentro de ciertos límites; pero ello no afecta el argumento
general.) Los programas abiertos son los que dependen para su desarrollo de la
futura información adicional.
Para una mente inglesa —y para algunos colegas y discípulos del propio Lorenz—
esto parece ser más bien una forma rígida de contemplar las cosas. Los etólogos
de habla inglesa tendían a considerar el comportamiento como un continuum en
el que los patrones de comportamiento resistente al entorno se encuentran a un
extremo y los que dependen fuertemente del aprendizaje al otro extremo.
Se reconoce que la supervivencia de las especies a menudo selecciona y depende
de los programas genéticos altamente estructurados, de manera que un animal
tenga pocas dudas sobre lo que tiene que hacer en una gama de situaciones en
las que su supervivencia se halla, aunque sea marginalmente, en cuestión. En
otros casos esta información tan precisa puede no ser suficiente para conseguir
el resultado apetecido (como en el caso de los pavos de Schleidt y sus aves
predadoras), y se selecciona una mezcla de instinto y de aprendizaje. Otro tipo
de programa parece exigir por parte del individuo métodos de ensayo y error
frente a la situación del entorno en la que la recompensa estriba en la
consecución del objetivo programado. Generalmente, ello crea una situación
mucho más parecida al llamado parlamento de los instintos sugerido por Lorenz,
donde un gran número de instrucciones entrarán en conflicto y la acción
dependerá de cómo se incline la balanza en favor de una o de otra o de si
cierto compromiso es posible. Es fácil imaginar un estrecho equilibrio entre
unas instrucciones opuestas promoviendo un alto grado de indecisión o hasta
cerrándose en una circunstancia extrema, como suele ocurrir realmente en los
animales y el ser humano. Para la mayoría de los etólogos de habla inglesa,
esta gama encaja con las observaciones de Lorenz — e incluso con las de los
conductistas— casi como cualquier rígida división de unas categorías claramente
determinadas. En la práctica, un gran número de colegas y discípulos del propio
Lorenz parecen aceptarlo. Al no requerir respuestas rotundas a preguntas
innecesarias, lo consideran un buen punto de partida para el estudio del
comportamiento. La pregunta de cuáles son las partes innatas y cuáles las
aprendidas puede evitarse o estudiarse por sí misma.
Jürgen Nikolai, que se reunió con Lorenz en Buldem y estuvo todo el tiempo con
él en Seewiesen, estudió las contribuciones de las características innatas y
aprendidas en el canto de los pájaros. Analizar las relaciones entre las aves
que, como el cuco, depositan sus huevos en los nidos de otras especies
huéspedes, supone un estudio tan fascinante como complicado, además de
revelador. Nikolai estudió a las viudas africanas, cuyos polluelos son capaces
de imitar la nidada huésped —en este caso de pinzones— a la perfección: sus
gritos y movimientos son similares y el engaño es total hasta en las marcas que
tienen los polluelos en el interior de la boca. Pero existen en realidad unas
diecisiete especies de viudas y cada una de ellas deja sus huevos en el nido de
verdaderas especies de pinzones; esto está asegurado por el comportamiento del
macho de las viudas que aprende el canto de los huéspedes cuando es pequeño,
incluyendo este lenguaje extranjero como parte de su propio repertorio.
Una parte del experimento de Nikolai consistía en trasladar a unas especies
huéspedes artificiales (unos pinzones de Bengala domesticados) a África, donde
normalmente no los hay. Recogió los huevos de las viudas en los propios nidos
de los huéspedes africanos que habían escogido y los crió junto a su huésped
artificial. Tan pronto como las viudas se desarrollaron, empezaron un canto que
contenía los elementos normales innatos del canto de la viuda que jamás habían
escuchado, junto con los elementos del canto de la especie huésped, que su
propia especie jamás había oído anteriormente. En este caso lo innato y lo
aprendido existían conjuntamente como una parte del único complejo y repetido
patrón de comportamiento, donde el canto compuesto ocupa una posición central
en la continuación de la conducta.
Lorenz acepta esta cuestión como una excelente pieza de trabajo, en parte
porque sabe que Nikolai ha estudiado todo el animal y no exclusivamente un
aspecto de su comportamiento. ¿Qué quiere decir cuando manifiesta que en este
caso no existe una tercera vía? Está claro que Lorenz no sienta una distinción
entre el comportamiento innato y aprendido, que resultan difíciles de definir,
sino sencillamente entre las fuentes de información externas e internas, o sea,
los mensajes que se hallan codificados dentro del sistema genético de una
criatura y los que proceden de su entorno. Lorenz suele afirmarlo él mismo,
pero hay que admitir que no siempre es claro en sus escritos. Parece como si el
método de un investigador para clasificar el comportamiento dependiese
especialmente de su propio interés. Lorenz está interesado en primer lugar en
conocer de qué manera se adapta a su entorno un organismo, al igual que una
cerradura y la llave; está interesado en saber de qué forma se consigue esa
adaptación, cuáles son las partes que están programadas dentro de las especies
y cuáles se deben a la adaptación por parte del individuo. Se interesa también
en averiguar de qué manera se realiza todo eso, además de en el propio proceso
evolutivo.
Para algunos etólogos ingleses, y para Robert Hinde especialmente (director de
la MRC Unit on the Development and Integration of Behaviour, de
Cambridge), este método de observación de las cosas resulta poco útil. La
unidad de Hinde fue creada para investigar cómo se desarrolla el comportamiento
en el individuo. Y pregunta: «¿Qué es lo que diferencia a un individuo de otro?
¿Podemos acaso descubrir la fuente de esas diferencias? Estas preguntas deben
investigarse escogiendo unas parejas genéticamente idénticas —o si ello es
difícil de lograr, unos grupos genéticamente similares— y colocarlas en unos
entornos diferentes unos de otros, o bien, alternativamente, tomando unas
parejas genéticamente diferentes y sometiéndolas a unas condiciones idénticas
de desarrollo. Hinde describe su método como dependiente de la «dicotomía de la
fuente de las diferencias» distinta de la dicotomía de las fuentes de
información de Lorenz, o de la dicotomía del comportamiento en sí que, como ya
sabemos, solamente existe en un sentido superficial. También identifica un
cuarto tipo de dicotomía, pues a veces es conveniente distinguir entre las
consecuencias de la «maduración» (el desarrollo del tejido y la diferenciación
que lleva al desarrollo de un órgano para cumplir su función) de una parte, y
de otra, las consecuencias de la experiencia, o sea, las señales que le
alcanzan desde el mundo exterior. Hinde insiste sobre el hecho de que los
estudiosos del comportamiento deben saber claramente qué tipo de dicotomía debe
aplicarse en cada caso, para no aplicar una dicotomía adecuada a una situación
determinada a otra situación inadecuada, y no mezclar las distintas categorías
en una simple comparación. (¡Si el lector tiene alguna dificultad para
seguirnos le pedimos que se apiade del pobre biólogo que ha de vivir en medio
de ese campo de minas!)
Esas diferencias en el enfoque no tienen gran importancia si finalmente se
llevan a cabo las investigaciones (y ésta parece ser la postura de Tinbergen).
Pero existen más puntos conflictivos específicos; por ejemplo, con respecto a
cómo debe definirse la palabra innato. Además, Lorenz se halla afectado por lo
que él considera como un intento mal concebido de los etólogos de habla inglesa
para reconciliar la etología con el conductismo, en el que su concepto de la
espontaneidad parece haberse olvidado. Su «modelo hidráulico», en el que un
elemento insatisfecho busca su salida, permanece poderosamente en su
pensamiento. Hay toda una serie de aspectos sobre los que Lorenz y Tinbergen
mantienen ahora puntos de vista diferentes, y la influencia de Hinde también es
muy fuerte en Inglaterra.
Sin embargo, dejando aparte las conclusiones específicas, la principal
diferencia entre Lorenz y el grupo inglés es interesante. Los alemanes tienen
un término muy sonoro para calificarlo: weltanschauung, la
filosofía de la vida que uno desprende de la visión del mundo tal como lo
contempla. Si, como muchas personas hacen, aplicamos una filosofía al mundo en
el que actuamos, completaremos el círculo del autorrefuerzo, creando con ello
un «ismo». Ciertamente Hinde y Lorenz tienen distinta visión del mundo.
Wolfgang Schleidt lo ilustra objetivamente al comparar las referencias en los
manuales de Hinde y Eibl-Eibesfeldt (seguidor fiel de Lorenz). Hay ciertas
coincidencias, pero las diferencias son significativas. Hinde lee y por
consiguiente cita muchos artículos de las revistas de psicología, mientras que
Eibl domina mejor la literatura alemana; pero existen otras diferencias, como
la de los periódicos que leen y que por tanto pueden citar incluso cuando se
refieren a unos tópicos similares.
Dejemos que Lorenz tenga la última palabra en el debate acerca de la disciplina
por la que él tanto luchó. Se trata de un pasaje donde vuelve al punto de
partida de la discusión:
«Soy más bien hostil a la filosofía. La filosofía ha ocasionado muchos
perjuicios al influir a la gente, suscitando querellas acerca de problemas que
no podían comprobarse. Si vemos a hombres geniales cegados por ciertas
cuestiones, sería demasiada arrogancia por nuestra parte asumir que nosotros
mismos no estamos cegados en cuestiones que mañana serán obvias para todo el
mundo.»
Volviendo ahora al comportamiento humano, observaremos que Lorenz y numerosos
etólogos de habla inglesa — al igual que Skinner en este caso— pueden agruparse
por su tendencia común a poner el acento sobre el legado animal del ser humano,
que dimana del hecho de haber basado sus primeras investigaciones en los
animales. Además, cuando comenzaron a estudiar a los seres humanos,
primeramente pensaron en los métodos que habían elaborado con sus animales. Sin
embargo, a diferencia de Lorenz y de Skinner, hubo unos científicos que basaron
sus investigaciones sobre las cualidades peculiares del hombre. Al echar una
ojeada retrospectiva, observamos que también podemos dividirlos en dos grupos
opuestos. Junto con los conductistas skinnerianos, tenemos a los marxistas. los
sociólogos y humanistas, como Ashley Montagu, que pensaban que el hombre ha
nacido con un comportamiento muy poco preestructurado y que el entorno y la
educación constituyen con mucho la parte más importante, por no decir toda, en
el hombre. Paralelamente a Lorenz estaban los que observan las cualidades
humanas especialmente innatas. El estructuralismo francés de Claude
Lévi-Strauss en los años cincuenta ha sido una de sus expresiones, y otra
surgió en Estados Unidos diez años más tarde con Noam Chomsky, quien propuso
unas estructuras preexistentes para la gramática del lenguaje humano.
En Inglaterra, la semilla del compromiso se sembró mucho tiempo antes gracias a
J. B. S. Haldane, que, en tanto que genetista, consideraba que no era posible
separar la naturaleza y la educación como lo deseaban las facciones opuestas.
De acuerdo con dicha tradición, numerosos psicólogos y fisiólogos que
investigaban el desarrollo infantil se centraron en la acción recíproca entre
la herencia y el entorno. Y gracias a ello, se realizaron progresos
espectaculares en la investigación de la fisiología cerebral y su papel en el
comportamiento humano. En América, estas ciencias se desarrollaron
separadamente del conductismo ortodoxo y evitaron sus formas más rígidas hasta
ocupar la escena en los años setenta, cuando los estudiosos del comportamiento
humano aceptaron enfocarlo desde unos ángulos muy diferentes y con nuevos
métodos —que incluían el condicionamiento operante y la etología—, facilitando
así su propia contribución.
Pero antes de conseguirlo tuvo que librarse una gran batalla que tiene mucho
que ver con la propia agresión.
A
través de su obra, Lorenz pone de relieve el papel del instinto, y el instinto
más popular entre la gente es el de agresión, especialmente en su expresión
humana. Este instinto suele concebirse con un impulso que todos poseemos y que
busca salida de una forma o de otra; puede orientarse por unos canales
inofensivos, pero si se reprime tarde o temprano estallará con gran fuerza.
Esta opinión generalizada sobre las ideas de Lorenz es una interpretación
errónea de lo que él trata de decir, y de la cual el propio Lorenz debe asumir
cierta responsabilidad. Parte de esa interpretación se desprende ya del propio
subtítulo de su libro Sobre la agresión. El original alemán se
titula Das sogenannte Böse,algo así como «el pretendido mal».
Como ya hemos visto, Lorenz valora la utilización y el significado comunes de
las palabras como un indicador de la unidad estructural que describen. Por
ejemplo, si en el ser humano observamos algo que podemos denominar como celos,
estamos describiendo los celos como una unidad de comportamiento que es tan
real como la mano o el ojo, es decir, una unidad estructural. Si Lorenz observa
una forma de comportamiento similar en un animal, encuentra perfectamente
justificado el atribuirle ese mismo nombre, «celos». Esto no significa que ese
animal y el hombre tengan unos antepasados comunes de los cuales heredaran el
comportamiento celoso, sino que se trata de una definición puramente funcional.
Es fácil aceptar que, respecto a los órganos del cuerpo, analogía de forma
significa identidad de función. Lorenz lo plantea así: si diseca un pulpo y
descubre un órgano que posee una lente, un diafragma y una retina, puede llamar
ojo a este órgano sin haberlo observado nunca en acción en un pulpo vivo. No
necesita explicitar que los cefalópodos desarrollaron sus ojos
independientemente de los vertebrados. Sena francamente ridículo calificar a
uno como «la analogía» del otro, por cuanto se trata en ambos casos de
auténticos ojos. Similarmente, los celos que Lorenz observa en el ganso no son
una analogía de los celos en el comportamiento humano, sino la expresión de una
estructura subyacente común a ambos. El ganso y el hombre han desarrollado de
un modo totalmente independiente la misma estructura, el mismo «órgano»; ambos
constituyen verdaderos ejemplos de una misma cosa. Para Lorenz se trata de un
argumento tremendamente importante. En su conferencia con motivo del premio
Nobel, hizo hincapié en el hecho de que no existen falsas analogías;
simplemente pueden ser más o menos detalladas y, por consiguiente, más o menos
informativas. Así pues, Lorenz se siente justificado al utilizar un término
común para los actos agresivos que realizan los animales y el ser humano. En
este caso tampoco puede haber ninguna falsa analogía entre ambos si
funcionalmente son idénticos.
El problema estriba en que a muchos investigadores les resulta más difícil
admitir que una determinada pauta de comportamiento justifique los «celos» o la
«agresión» que aceptar que una determinada estructura anatómica pueda llamarse
«ojo». Según el punto de vista de ciertos etólogos, y especialmente de Robert
Hinde en Cambridge, los razonamientos de Lorenz consisten en solucionar la
problemática de un fenómeno dándole un nombre. Pero Lorenz está seguro de haber
identificado un instinto real, y considera que uno de los objetivos más
urgentes de investigación en nuestra época es el control individual y social de
la agresión humana mal orientada.
Sin embargo, tal como implica el título alemán, el pretendidamente dañino
instinto de agresión no es necesariamente malo, sino que, a no ser que se
oriente erróneamente, sirve a un objetivo positivo. Lorenz subraya que la
agresión es uno de los muchos instintos que compiten en el animal sano cuando
vive una existencia normal. Este «parlamento de los instintos» es una
estructura orgánica, cuyo equilibrio puede inclinarse a un lado u otro según el
estado del animal y su interrelación con el entorno. En el hombre también
existe ese mismo parlamento de los instintos, en un grado más profundo que en
el animal, y en él la agresividad puede desempeñar un papel tan sano como
normal. «El problema —nos dice Lorenz— radica en que dentro de las condiciones
restrictivas y multitudinarias de la vida moderna las salidas naturales se ven
reprimidas y el impulso de agresión de acumula peligrosamente.»
El título de la traducción inglesa, simplemente On agression (Sobre la
agresión), es un mal título para el libro, y no precisamente porque no
anuncie las implicaciones positivas del tema. La agresión, tal como muchas
personas entienden la palabra, no es el tema del libro. En el sentido
corriente, agresión significa violencia, la cual no es el instinto en sí, sino
que puede ser el producto final de la represión de la agresión. Al cabo de los
años, este título inglés sigue molestando a Lorenz lo mismo que un dolor de
muelas: «Hubiera tenido que titularse Sobre la agresividad, me
explicó con énfasis. Pero desde luego éste es un título con menos fuerza, pues
promete un tratado lleno de erudición y alejado del interés que el libro tiene ciertamente
para un público muy amplio. La palabra «agresividad» hubiera llamado menos la
atención; el título definitivo, categórico pero impreciso, permitió a Lorenz
vender más ejemplares que el intemporal y simpático El anillo del rey
Salomón. De hecho, la obra tuvo tal éxito que abrió el camino a un
torrente de libros de divulgación sobre el comportamiento animal del hombre.
Robert Ardrey publicó la Génesis del hombre en África y
seguidamente El imperativo territorial. Desmond Morris,
antiguo cuidador de mamíferos en el zoo de
Londres, tuvo tanto éxito con El mono desnudo que se exilió
voluntariamente al paraíso fiscal de Malta. Otros dos zoólogos, con los nombres
increíbles —pero genuinos— de Robín Fox y Lionel Tiger, también se unieron al
grupo de portavoces del territorialismo, con el que reivindicaron conjuntamente
sus derechos de autor en el libro sobre el hombre titulado El animal
imperial. Si Lorenz se sintió alarmado por algo de eso, ¿acaso fue
motivado por una reacción instintiva de defensa territorial? Al fin y al cabo,
se trataba desde el comienzo de su propio terreno privado y ahora había una
multitud de invasores que ofrecían al público sus propias interpretaciones de
lo que la etología dice acerca del hombre.
Como bien se vio, el interés del público era lo bastante grande como para
absorber todo aquello y mucho más; pero Lorenz aún se sentía preocupado por la
forma en que se trataban las ideas etológicas. En la introducción al compendio
de sus documentos, escribe: «Algunos de mis aliados me atormentan.» Desmond
Morris, que según Lorenz «es un excelente etólogo y posee grandes
conocimientos», le disgusta porque destaca la bestialidad del hombre en
detrimento de su capacidad en el pensamiento conceptual. Robert Ardrey
despierta su admiración con sus divulgaciones científicas, hasta que trata las
propias ideas de Lorenz, y entonces comienza a sudar lo mismo que el pasajero
de un coche que va demasiado rápido. Posteriormente, Lorenz hizo las paces con
Ardrey, y considera sus libros ulteriores más equilibrados, mientras que
Tinbergen reconoció las virtudes de los trabajos científicos de Morris al
llamarle para ocupar un lugar en su departamento de Oxford. Y en América, el
imperial Tiger ha sido llamado en calidad de consejero de la Harry Frank Guggenheim
Foundation para la distribución de los fondos destinados a las investigaciones
sobre las raíces de la violencia y otras materias relacionadas con ella.
(Lorenz aprobó a Fox y Tiger desde el principio; cuando su editor americano le
mandó un ejemplar de El animal imperial, dio las gracias a los
autores con una carta que comenzaba con estas palabras: «Mis queridos
carnívoros», y también les redactó una introducción.)
Sobre la agresión, el libro que comenzó la polémica, se concibió
inicialmente como una obra más sustancial e instructiva, cuyo título adecuado
hubiera sido «Sobre la agresividad», pero a medida que avanzaba el proyecto fue
presionado por los editores para reducir sus argumentaciones. Llegó lo más
lejos que pudo en ese aspecto, de modo que en su versión definitiva aún quedan
once capítulos sobre los animales antes de que el lector se vea invitado a
seguir su extrapolación al hombre en los tres últimos capítulos, de los cuales
el primero lleva por título «Sobre la virtud de la humanidad». Lorenz ha
manifestado que incluso este título no enuncia con el énfasis que él hubiese
querido, que hasta ese punto del libro todo era ciencia experimental y que a
partir de ahí comenzaban sus especulaciones. En realidad, afirma algo muy
parecido al comienzo del capítulo doce, pero el modo tajante y perentorio con
el que plantea sus especulaciones sobre el ser humano da a entender que aunque
el autor carezca de pruebas científicas, no duda realmente de que tiene razón.
Cuando el libro se publicó, su extrapolación al ser humano despertó un alud de
controversias, tal como lo esperaban sus editores. Lorenz fue criticado por sus
tesis reales o supuestas sobre la agresión humana, y aumentó el antagonismo
entre antropólogos y psiquiatras (especialmente en América) por cuanto Lorenz
«hacía unas salvajes incursiones especulativas en el terreno de la cultura y el
comportamiento humanos» —según palabras de Daniel Ehrenfeld, del Barnard
College de Nueva York—. Las tesis publicadas por Lorenz no hicieron sino añadir
aceite al fuego de la controversia, que ya estaba incrementándose en el campo
estrictamente científico.
¿Por qué se le atacó? Lorenz piensa que fue debido al orgullo espiritual del
ser humano, que está dispuesto a .aceptar que su aparato digestivo es producto
de la evolución, pero que, sin embargo, rechaza la sugerencia de que sus normas
de comportamiento social también son de alguna manera el producto de una
evolución que puede estudiarse a través de los métodos biológicos. En cuanto a
la agresividad, Lorenz manifiesta que se ha ganado una mala reputación por su
identificación con la agresión militar autoritaria. El hombre prefiere
considerarse a sí mismo como un ser racional, con pocos y débiles instintos, y
entre todos los que pueden atribuírsele, el más impopular es el de la
agresividad. Lorenz considera que su punto de vista no se acepta debido a
prejuicios ideológicos del ser humano. Sin embargo, el éxito de Sobre
la agresión y otros libros de divulgación, de los que ya hemos
hablado, sugiere precisamente lo contrario, o sea, que el hombre asume su
legado animal o que lo acepta como una explicación de ciertos comportamientos
que no pueden explicarse de otra manera. Las críticas a esos libros no
procedieron de la masa general de lectores, sino de algunos intelectuales
directamente interesados en el tema. Lorenz adopta una posición defensiva para
enfrentarse con ellos, pues afirma que lo que sus críticos le objetan realmente
es que la biología haya rebasado los límites académicamente establecidos para
ella. Dicho con otras palabras, no se trata de una discusión intelectual, sino
de una contienda por un territorio ideológico.
En la parte que trata de los animales, Lorenz se halla en su terreno; en su
libro cuenta muchas historias sobre aspectos de la vida animal en las que la
agresión desempeña un papel importante y en las que está relacionada con otras
formas instintivas de comportamiento. Pero le falta una sencilla y concisa
explicación de lo que es la agresión y de lo que no es. En lugar de hacer una
exposición generalizada acerca de la agresión, Lorenz procede a dar ejemplos
detallando numerosas observaciones que él y otros etólogos han realizado.
Lorenz afirma que en ese libro no nos ofrece ningún aspecto preconcebido —dice
que él mismo suele investigar de esa manera— y espera que el lector saque su
propia conclusión, tal como lo hace el propio Lorenz al final del libro. Por
consiguiente, se trata en apariencia de una interesante presentación de su
material, pero que difiere de lo que ocurre en realidad. En primer lugar, nadie
comienza realmente sin un prejuicio. Todos aquilatamos cada observación que
hacemos según una experiencia previa; de lo contrario, seríamos totalmente
incapaces de discernir, en una escena que se desarrolla ante nosotros, lo que
es significativo de lo que es casual o insignificante. En su libro, Lorenz nos
ofrece su propia selección de observaciones conjuntamente con sus análisis
parciales, por lo que sería difícil que el lector efectuarse una síntesis
diferente. Todo aquel que carezca de conocimientos etológicos no tendrá más
remedio que aceptar las conclusiones que se le ofrecen.
Desde luego, el modo ortodoxo de escribir es aún más artificial que el elegido
por Lorenz. En primer lugar se enuncia la idea o la hipótesis básica —que
generalmente es la conclusión a la que el escritor ha llegado—, y luego se
presentan las pruebas que apoyan tal conclusión, y las que concuerdan con ella.
El lector debe ser capaz de juzgar por sí mismo cuán válidas —y cuán
selectivas— son dichas pruebas. Lorenz rechaza este enfoque por cuanto quiere
que el lector experimente la excitante sensación de aprender a través del
descubrimiento. En ese aspecto, como El anillo del rey Salomón, el
libro está muy logrado.
En el poético capítulo que abre el libro, Lorenz se describe flotando ingrávido
sobre unos arrecifes de coral al sur de Florida, imaginándose a sí mismo como
un ingenuo observador de varias especies de peces. Algunos de ellos desfilan
ante él en anónimas nubes; otros, generalmente con colores más brillantes,
nadan individualmente o por parejas. Sobre el confuso desorden del mundo del
coral, su mente extrae una conclusión de aquel ballet de formas fugaces: las
coloraciones llamativas existen como señal de advertencia a los demás peces que
ostentan la misma coloración para que se alejen: el propietario del territorio
lo defenderá con una fiereza y una voluntad de lucha tales que con toda
seguridad rechazará a cualquier intruso. Luego, Lorenz descubre que no es en
realidad un ingenuo observador, sino que llegó a esta parte de Estados Unidos
para comprobar la hipótesis que tenía desde hacía varios años al haber
trabajado con los peces tropicales en los acuarios —y que se remontaba en
realidad al trabajo de Seitz con los cíclidos y a sus propias y dilatadas
observaciones en otros animales—. Los peces en estado salvaje debían
comportarse tal como Lorenz lo había esperado en su primera experiencia.
Dicho capítulo nos muestra asimismo un cambio en las especies de animales
objeto de su interés. Al haber instalado después de la querrá sus colonias de
ánsares y de patos, Lorenz fue permitiendo gradualmente que estas aves fueran
cuidadas por sus discípulos, mientras que él se vio atraído nuevamente por la
belleza apacible de los peces tropicales de acuario con su extravagante
diversidad de formas y de colores, que ahora cobraban una nueva dimensión. A
partir de las observaciones efectuadas muchos años antes acerca de los combates
largamente ritualizados de los cíclidos, se sintió atraído por el estudio de su
instinto agresivo y, partiendo de aquí, por la agresividad en general,
preguntándose a sí mismo, como siempre: «¿Para qué sirve?» Ahora estaba
pertrechado para sentar una comparación entre el comportamiento agresivo en
muchas especies que él o sus amigos habían estudiado. La gama de animales era
lo suficientemente amplia como para sugerir que cuanto menos en algunos de
ellos el comportamiento agresivo tenía que haberse desarrollado a través de
caminos evolutivos independientes. Cuando la evolución modela un órgano o un
elemento del comportamiento en especies no emparentadas evolutivamente, esta
convergencia significa que ello representa una ayuda potencialmente importante
para la supervivencia de las especies, aun cuando no todas ellas lo posean. Los
órganos de visión o de prensión son convergentes en este sentido, como lo son
los órganos para volar, aunque en un pequeño número de especies, y como lo es
también ese órgano del comportamiento que es la agresión.
Lorenz dedica el capítulo siguiente a presentar ejemplos de agresión que sirven
a un objetivo positivo, siguiendo con la discusión de su papel en la
preservación de las especies. Nos ofrece determinados ejemplos para demostrar
que la agresión es innata y se acumula espontáneamente hasta que se libera.
(Este punto no deja de ser controvertido, como ya hemos observado. Otros
etólogos nos ofrecen unos mecanismos alternativos que producirían el mismo
resultado.) Lorenz continúa discutiendo los factores que controlan la agresión,
su expresión bajo unas formas ritualizadas y su canalización por unas vías
inofensivas. En este punto de su libro, Lorenz amplía su análisis al escribir
más generalmente acerca de la manera en que toda una serie de instintos están
dentro del individuo y cómo su equilibrio se inclina en un sentido o en otro dependiendo
de la acción del momento. Nos muestra también de qué manera conducen a unas
formas de comportamiento social en los animales que aparecen muy similares a
unos sistemas éticos o morales.
A partir de aquí se desarrolla una parte muy importante del libro, la
descripción de los diversos tipos de sociedades que pueden formar las especies
animales. Una de ellas es la multitud anónima: en ella ningún individuo
reconoce a otro y no existe ni la amistad ni la enemistad individual. En esta
sociedad, la agresión entre los individuos de la misma especie no tiene ninguna
función y por tanto no se halla promovida por la evolución. Otro tipo de
sociedad es la colonia: sus miembros defienden el territorio común del grupo;
un ejemplo de la misma son las garzas. Un tercer tipo de sociedad es la tribal:
en ella no existe el reconocimiento individual de los demás, sino únicamente el
conocimiento del amigo o del ’ enemigo, identificado por las marcas tribales
familiares o no familiares. El ejemplo que Lorenz nos ofrece en este caso es el
de las grandes familias de ratas, que tienen un comportamiento social ejemplar
hacia las otras ratas con un olor familiar, pero que se unen en un acérrimo
antagonismo hacia las ratas de otras tribus. En un cuarto tipo de sociedad
existen lazos de amistad o de amor entre los individuos. Su principal ejemplo
en este caso son los ánsares grises, y este capítulo es largo, por cuanto
Lorenz posee mucha experiencia que contar al respecto. Parece un libro sobre
los ánsares destinado a una audiencia popular: aquí estos animales juegan el
papel que jugaron las grajillas en El anillo del rey Salomón.
La regla general que se desprende de todo ello es que la agresión puede existir
sin amor o amistad, pero los lazos afectivos entre los individuos no pueden
existir en las sociedades sin agresión. Aquí hay un punto que cabe hacer notar:
los cuatro tipos de sociedades que se describen son extremos, ya que en
realidad, pueden tener más de una de las características anotadas. Lorenz
encuentra una combinación inhabitual en los peces de los corales en forma de
media luna denominados «ídolos morunos». Estos peces defienden su propio
territorio de forma individual en una esquina del acuario, pero si se hallan en
aguas libres tienden a formar bancos, exhibiendo una cierta jerarquía. La
sociedad de los gansos es asimismo una mezcla; está basada en los lazos de las
parejas —el amor y el casamiento—, combinados con la defensa territorial del
grupo. Y según Lorenz, en el hombre ocurre lo mismo, aunque no necesariamente
en el mismo grado o forma.
El malentendido en torno a Sobre la agresión fue debido en
parte a la falta de lenguaje común entre los diversos grupos científicos que
estudian el comportamiento, a su propio título y a su forma, y quizá a aquello
que no puede explicar concisa y explícitamente. Uno de los planteamientos más importantes
acerca de la agresión, tal como Lorenz la entiende, es que el ataque de una
especie contra otra raramente es susceptible de ejemplificar la agresión. El
predador no siente ninguna animosidad contra su presa, sencillamente quiere
comer. Y el gatito que juega con el ratón medio muerto está explorando sus
propios movimientos de prensión de la presa. Tampoco hay agresión en la víctima
de un ataque que lucha fieramente en defensa propia — la respuesta de la rata
acorralada, por ejemplo.
Una exhibición de coraje a beneficio de la pareja contiene presumiblemente una
dosis de agresión. Lorenz se entusiasmó con un film en el que Niko Tinbergen
era atacado por un ganso andino. La hembra lo incitó mediante un ataque fingido
y el macho se lanzó en ayuda de su pareja cargando furiosamente contra el
intruso, golpeándole fuertemente con las alas y a picotazos hasta que el
vencido Tinbergen abandonó el lugar cubierto de magulladuras. El combate fue
seguido por una vigorosa ceremonia triunfal entre la hembra y el macho, en el
cual se expresaban su mutua admiración y su orgullo, con lo que se reforzaba el
lazo entre la pareja.
¿Acaso había también algún matiz de agresión en la risa de Lorenz ante la
derrota de su amigo? En tal caso, también pudo existir dicho factor en mi propio
comportamiento al filmar al mismo Lorenz cuando fue atacado por uno de sus
ánsares grises que unos años antes había recibido precisamente su «impronta».
Lorenz deseaba examinar el nido para asegurarse de que los huevos estaban
fecundados y, en este caso, también el ave se lanzó contra él a picotazos. El
comportamiento del animal al defender su nido contra el predador de otra
especie no era una verdadera agresión, sino otro instinto que se había
superpuesto en este caso a los efectos de la impronta que hubieran debido
permitir a la «madre» Lorenz acercarse al nido sin ser molestado. Los
antepasados de los gansos nivales no habían conocido a predadores más grandes
que el zorro ártico, al que podían alejar con éxito, de modo que era el coraje
que les habían legado dichos antepasados el que se manifestaba contra Lorenz.
Pero si hubieran sido gansos silvestres los que se hubieran encontrado en esa
situación, la herencia de sus antepasados, que hubieron de vérselas con zorros
rojos y otros predadores de mayor talla y fuerza, les hubiera llevado a
recurrir a una escandalosa maniobra de diversión, tratando de alejar del nido
al atacante.
Si bien los límites de la agresión suelen ser confusos, algunas de sus
funciones positivas son claras. Se aplican principalmente a las acciones
recíprocas entre los animales de una misma especie; es decir, que son
intraespecíficas. Su función de supervivencia radica en que espacia a los
individuos (o las parejas o los grupos) por todo el hábitat disponible,
asegurando la explotación más ventajosa de la zona y de los recursos
alimentarios que contiene. Los individuos de diferentes especies tienen
distintas necesidades, lo cual significa que toda une serie de animales y de
plantas pueden ocupar el mismo territorio sin interferirse. No suelen darse
ataques entre individuos de especies diferentes, a no ser entre un predador y
su presa, o quizá durante una disputa por la presa que ya ha sido capturada; o
bien en casos en que exista un lugar para la melificación igualmente valorado por
dos especies, aunque dicha competencia raramente conduce a un verdadero
combate. El equilibrio entre las especies de una región puede alterarse
dramáticamente cuando un nuevo animal irrumpe en ella, pero asimismo sin lucha.
Por ejemplo, un predador muy eficiente puede deshacerse de sus rivales al
competir con éxito por el mismo alimento: Lorenz cita el ejemplo de la
multiplicación del dingo o perro salvaje de Australia.
Pero incluso en el seno de las especies agresivas hay pocos combates reales,
por cuanto los mecanismos de la agresión están adaptados para la resolución del
conflicto y no para el mantenimiento de los feudos existentes. Tan pronto como
un animal ha conseguido establecerse en un territorio, su propiedad es
reconocida. Lorenz describe la actividad de los peces de los arrecifes de
coral: su éxito en una contienda territorial depende muy estrechamente de la
distancia al centro de su territorio. Generalmente, el intruso se somete muy
rápidamente, pero si el vencedor prosigue la caza hasta los límites del
territorio de su vecino, el perdedor recobra todo su coraje y el antiguo
triunfador llega a huir. El límite territorial se define rápida y claramente y
queda establecido de manera invisible en la misma posición hasta que uno de los
peces sea lo bastante débil o perezoso para ceder una parte de su territorio.
Ahora bien: ¿Qué sucede si el perdedor no puede escapar? He podido contemplar
en Seewiesen la fascinante escena de un tordo asiático del género Copsychus que
trasladaron metido dentro de una jaula a la ventana del estudio de Lorenz,
donde una pareja de la misma especie que gozaba de libertad volaba libremente
hasta los límites de su territorio, en el bosque circundante. El «dueño» del
territorio se lanzó desde lo alto de los árboles hacia la ventana del estudio
tratando de atacar al tordo enjaulado, mientras que su pareja lo estimulaba con
su canto territorial de intimidación. El macho volaba repetidamente contra los
barrotes que le cerraban el camino, aleteando y forcejeando para intentar agredir
a su adversario. Para el intruso, la jaula no significaba una seguridad, sino
una angustia de confinamiento, y la incapacidad de huir en una batalla perdida
de antemano. La contienda continuó hasta que finalmente, por compasión, se
retiró la jaula de la ventana; su ocupante mostraba un aspecto lamentable en
comparación con el orgulloso triunfador, que había gastado mucha energía, pero
que ahora cantaba su superioridad sin el menor signo de cansancio; la presencia
de una barrera separando a los combatientes sólo había prolongado el
enfrentamiento. Y en este aspecto tenemos una analogía con el hombre moderno:
con sus armas actuales, los soldados ya no combaten cuerpo a cuerpo, sino que
matan a distancia a su adversario, que no tiene la posibilidad de mostrar su
deseo de sustraerse al conflicto.
Lorenz expone el caso de las ratas, que pueden realizar grandes matanzas entre
ellas, semejantes a las de una guerra. También las hormigas son capaces de
guerrear entre sí, y lo mismo ocurre con las hienas. Los leones y ciertas
especies de simios pueden asesinar a las crías de su propia especie: por
ejemplo, cuando un nuevo y dominante macho se impone sobre un grupo, suele
matar a los pequeños del líder anterior. Muchas observaciones de este tipo se
han relatado desde que se escribió Sobre la agresión. El hecho
de que su descubrimiento se haya postergado de ese modo apoya la opinión de
Lorenz de que cuando un animal agresivo se enfrenta con sus adversarios,
normalmente no hay lucha o ésta es mínima, pues la mera manifestación de la
disposición a la lucha basta generalmente. Entre los peces de los corales, los
brillantes colores forman parte de su amenaza. Muchas aves territoriales
también amenazan con sus coloraciones y la acentúan con su canto. Muchos poetas
—incluido Oscar Wilde— han escrito hermosos versos sobre el canto del ruiseñor,
suponiéndole una femenina gracilidad. Lorenz menosprecia esa desbocada
imaginación poética, puesto que su canto es en realidad el grito de batalla de
un macho recio y agresivo.
Otra función de la agresión consiste en determinar el orden social. Cuando
lancé un puñado de gusanos de harina a una colonia de garcillas bueyeras en
libertad, su líder se dio a conocer tan pronto como la comida empezó a
escasear. Erizando las plumas de la parte trasera de la coronilla persuadió
rápidamente a sus compañeras para que retrocedieran a una distancia razonable
de los gusanos que allí quedaban.
En muchas especies, las complejas jerarquías sociales suelen establecerse en la
juventud. La dominancia de un individuo no suele demostrarse con una exuberante
agresividad, sino que, en general, basta un mínimo para mantenerla. Los
animales situados en el centro de la escala jerárquica suelen ser los más
agresivos, pues tienen más que ganar que los que les son superiores y más que
perder que sus inferiores. Los individuos dominantes suelen escoger la mejor
comida, adquiriendo así fuerzas para la defensa y para la reproducción, lo que
favorece la preservación del grupo. Antes de acoplarse, los jóvenes adultos
suelen exhibir su agresividad. Por ejemplo, los ánades grises jóvenes tratan
deliberadamente de luchar. La «ceremonia triunfal» de los gansos de Lorenz
consiste en unos gestos agresivos realizados junto a la pareja; entre los
gansos del Canadá estos gestos contienen unos elementos explícitos de agresión
que se manifiestan cuando se picotean levemente uno a otro. Salvo para unas
pocas especies que pueden llegar a matarse cuando la agresión alcanza la fase
del combate, los comportamientos agonísticos se llevan a cabo casi
invariablemente de acuerdo con unas reglas muy estrictas que tienen por objeto
proclamar claramente a un vencedor con el mínimo daño para el vencido. Los
peces cíclidos que contribuyeron a despertar en Lorenz su interés por la
agresión, constituyen una excelente demostración al respecto.
Si los cíclidos se crían en grupo conjuntamente, adquieren una librea rayada.
Los peces dominantes se caracterizan porque esas rayas se convierten en una
hilera de manchas, al mismo tiempo que se le marca una barra roja diagonal que
cruza el ojo. Dentro de un pequeño acuario, solamente un macho puede proclamar
su autoridad sin conflictos, pero si este macho es retirado, en seguida otro
macho tomará su lugar cambiando sus rayas por manchas. Si dos peces adultos se
disputan un territorio, rondarán uno frente a otro exhibiendo sus manchas. Si
ninguno de ellos ha cedido al final de la exhibición, entonces se agarran entre
sí por la boca y tiran el uno del otro. Su intención no es la de dañarse al
morderse —aunque una larga contienda puede contribuir a que sus bocas queden
maltrechas durante un tiempo—, sino que tratan sencillamente de cansarse el uno
al otro. Al cabo de un rato, ambos machos descansarán y luego volverán a
rondarse y a exhibir sus manchas; si ninguno cede todavía, volverán a
enzarzarse en otra prueba de fuerza. Esta vigorosa actividad puede proseguir
durante más de una hora si ambos peces son fuertes, hasta que finalmente,
durante un episodio de exhibición, uno de ellos admita su derrota cambiando sus
manchas por las rayas. El dibujo de la piel depende de unas células situadas
debajo de las escamas, cuya coloración cambia con una velocidad tremenda,
literalmente en unos segundos. El vencido cobra la apariencia de un pez no
adulto, y el vencedor se ve incapaz de atacarle. Esta coloración es, pues, una
señal de apaciguamiento, que tiene por resultado la inhibición inmediata de la
agresión del adversario. Entre los cíclidos la lucha no es un combate mortal,
sino que se ha convertido más bien en un ritual.
Cuatro fases diferentes en el ritualizado combate del pez joya. Lorenz
realizó importantes investigaciones sobre este tipo de comportamiento.
Estas
señales de agresión-inhibición son instintos profundamente enraizados y tiene
que ser así. El pato almizclado domesticado tiene un comportamiento social
envilecido en muchos aspectos, pero no en éste. En cierta ocasión filmé a dos
machos luchando por los favores de una hembra, y la señal de sometimiento
apareció claramente al final del combate. Durante unas decimas de segundo, el
vencido extendió su cuello hacia el suelo y luego echó a correr. El vencedor
dedicó unos segundos a perseguirlo, pero inmediatamente volvió para obtener su
recompensa, la excitada hembra, que lo aceptó en el acto. Este episodio siguió
a otro, en el cual el mismo animal cortejó la bota de Schutz; fue su exhibición
durante dicho cortejo la que había excitado a la hembra, y el combate comenzó
cuando el macho volvió a contemplar esa atracción alternativa y se tropezó con
otro macho disputando su objetivo. En todos estos lances no apareció ninguna
anomalía en los impulsos fundamentales de la especie.
La inhibición de la agresión puede discurrir de un modo curioso. Cuando
trabajaban en Seewiesen, Wolfgang y Margret Schleidt descubrieron que dicha
inhibición jugaba un importante papel en la cría de los pavos por sus padres.
Los Schleidt deseaban descubrir de qué manera una pava es capaz de reconocer a
su polluelo recién nacido y distinguirlo de las otras criaturas o de los
objetos inanimados que rodean su nido. En un primer experimento privaron del
oído a varios pavitos después de nacer mediante una intervención quirúrgica.
Cuando estos animales crecieron, el matrimonio Schleidt observó que las hembras
se acoplaban y ponían sus huevos de una forma completamente normal: de modo que
el oído no era crucial para dicho comportamiento. La hembra empolló sus huevos
hasta el nacimiento de los polluelos, pero fue entonces cuando ocurrió algo
inesperado: todas las pavas sordas picaban a muerte a sus polluelos recién
nacidos.
Los pavos suelen atacar a cualquier extraño —pues puede ser un predador— y
también atacan a sus polluelos si éstos no emiten el grito característico. Este
grito constituye un mecanismo inhibidor de la agresión, como se comprobó
mediante un experimento realizado con un disecado armiño que las pavas solían
atacar con sólo verlo. Dentro del armiño, el matrimonio Schleidt insertó un
pequeño altavoz que reproducía el grito del pavito. Esta vez les correspondió a
las hembras con oído normal comportarse de un modo anormal, pues fueron
incapaces de atacar al predador potencial.
Los mecanismos inhibidores de la agresión más importantes son los
desencadenados por el vínculo entre individuos territoriales. El amor y el
matrimonio superan los instintos agresivos del macho y su pareja. El lazo de
lealtad o de amistad entre compañeros también suele ser fuerte, pero entre sus
gansos grises, Lorenz ha podido observar que cuando los amigos se pelean, el
conflicto es mucho más duro y prolongado que un combate entre extraños: puede
terminar con un daño importante, como por ejemplo la pérdida de las plumas
primarias — las plumas principales del ala que se utilizan en el vuelo—. Esto
se corresponde con lo que sabemos de la especie humana, en la "que los
crímenes suelen ser cometidos a menudo por los amigos o los cónyuges.
Según Lorenz, la agresión surge espontáneamente y busca descargarse —así lo
demuestran la experiencia y la observación—, y por consiguiente la agresión es
puramente instintiva. Robert Hinde rechaza esta tesis resueltamente, puesto
que, a juicio suyo, la afirmación de Lorenz no resiste el análisis. Existen
muchos acontecimientos que ocurren durante el desarrollo del individuo y que
influyen en su posible comportamiento. «Lorenz —dice Hinde— no ofrece ninguna
prueba adecuada para su extremada tesis, según la cual la agresión va
aumentando y finalmente se libera explosivamente si no se presentan los
estímulos externos que normalmente la desencadenan. Y si para la hipótesis de
Lorenz no existe ninguna prueba adecuada, ello significa que no es buena.»
Tratando de arbitrar entre estos dos puntos de vista aparentemente
incompatibles, Tinbergen manifiesta que sus dos compañeros etólogos han
expuesto sus tesis de modo impreciso, y por consiguiente existe entre ambos un
malentendido cuando en realidad sus puntos de vista no son tan distintos. Ambos
saben que la peleas tienen por causa una mezcla de variables internas y
externas, que no constituyen una mera respuesta refleja, como la de una máquina
tragaperras. Hinde dice que Lorenz imagina las actividades agresivas como una
respuesta a corto plazo en el animal desarrollado; pero está claro que tiene que
intervenir un proceso que transforme al individuo no desarrollado con su
información genética en un animal capaz de una agresión activa. Hinde se
interesa mucho más por el proceso de desarrollo en sí, y por consiguiente
destaca aquellos factores que son «internos» en el momento de la agresión, pero
que eran «externos» en la fase anterior de desarrollo. El problema se reduce,
pues, a que Lorenz y Hinde tienen sencillamente distintos puntos de vista y,
desgraciadamente, partiendo de sus distintas posturas, ninguno de los dos
acepta el juicio de Niko Tinbergen, pues cada cual sigue satisfecho con su
propia posición y pretende que es la correcta.
Fueron los tres últimos capítulos de Lorenz, los dedicados a la agresión en el
hombre, los que desencadenaron contra él la mayor tormenta de críticas, aunque
retrospectivamente parezcan bastante suaves. Lorenz comienza con un sermón
sobre la humildad, y combate el punto de vista de que el hombre está por encima
de las leyes de la naturaleza que aplica a los demás animales. Nosotros
hablamos de nuestros «descendientes», lo cual implica un movimiento
descendente, como si nosotros hubiésemos descendido de los dioses en lugar de
ascender del reino animal. El que nos sintamos capaces de libre albedrío no
impide que también influyan sobre nosotros los instintos. Seguidamente, Lorenz
trata de ofrecernos una imagen objetiva y desapasionada de nuestra especie, tal
como pudiera parecerle a un etólogo extraterrestre, pero que utilizase los
métodos de Lorenz y que tuviese más experiencia en animales sencillos que en
animales complejos como el hombre. Y finalmente, nos ofrece algunas recetas
para controlar la enfermedad de la agresión en el hombre, pero que nuevamente
no deja de ser una prescripción personal y limitada. Lorenz cree tener razón,
pero aun si no la tuviese —afirma Tinbergen— ha puesto en duda las ideas
aceptadas de antemano, de modo que la verdad podrá surgir más fácilmente. Los
hechos expuestos en esos capítulos no son incontrovertibles. Por ejemplo, el
material antropológico citado por Lorenz sobre la agresividad de los indios
utes de las praderas americanas es totalmente opuesto al publicado por otro
antropólogo que ha vivido con los utes.
De modo que el ejemplo de los utes como un caso evidente de agresividad
instintiva del hombre pierde valor. Michael Cullen, un etólogo de la Oxford
school, opina que Sobre la agresión es un libro de intuiciones
más que de conocimientos, aunque reconoce que contiene ideas muy interesantes
para los estudiosos del ser humano.
Si la agresividad de los animales no los lleva generalmente a matarse entre
ellos, y a veces ni siquiera a dañarse seriamente, ¿cómo es que conduce a la
guerra mortal entre los seres humanos? Por una vez, Lorenz prefiere no
extrapolar el ejemplo de una especie animal que se presta al caso, cual es el
de las ratas, y aporta otras posibles respuestas.
En cierta ocasión en la que ambos compartían la tribuna en un simposio
celebrado en Londres, Lorenz escuchó una sugerencia de Erick Erikson, que desde
entonces ha citado muchas veces, según la cual el hombre es capaz de una
«seudoespeciación»: solamente los miembros de su propio grupo cultural se
consideran como auténticos seres humanos, mientras que los demás hombres se
consideran como pertenecientes a especies inferiores que pueden matarse
impunemente. Recordemos la cantidad de demagogos que se han aprovechado de este
fenómeno. Todos los animales —incluido el ser humano— en los que existe una
fuerte cohesión dentro de cada grupo muestran una elevada capacidad de agresividad
entre los grupos. Lorenz lo ha comprobado en sus gansos: cuando se aproxima un
grupo de gansos extraños, los miembros de la bandada casera ejecutan sus
ceremonias acogedoras de amor y amistad más intensamente que cuando están
solos, y esta demostración de coraje pone de manifiesto su disposición a la
lucha. Hasta aquí, las sociedades humana y ansarina son semejantes. Pero el
hombre va más allá, pues con mayor facilidad que cualquier otro animal
contraviene la regla de que los miembros de una misma especie no se matan entre
sí. En la guerra, un aviador puede lanzar sus bombas para matar a las mujeres y
los niños indefensos sin el menor sentimiento de que perjudica a su propia
humanidad infligiéndole la muerte y la mutilación. Según el argumento de Lorenz,
ese aviador puede creer sinceramente que sus adversarios han perdido el derecho
de ser llamados seres humanos y pueden matarse en tanto que una seudoespecie
inferior, con odio si siguen insistiendo en su reivindicación de que son seres
humanos, o con indiferencia si no lo reivindican o no les oye.
Pero también pueden existir otras explicaciones, y mejores. Tinbergen, por
ejemplo, sugiere que la sociedad humana procede de una mezcla de dos formas de
sociedad que Lorenz expone en su libro. Junto a la capacidad de amor y de
amistad al nivel individual, hay la lealtad de grupo, producto de la evolución
del hombre en la fase de cazador social. Como resultado de ello, el ser humano
ha desarrollado características comunes con los lobos y otros animales que
cazan en grupo, y ello le sitúa aparte de los demás primates, que no cazan,
sino que simplemente recolectan su alimento. (Esto ayuda también a explicar el
hecho un tanto confuso de que las sociedades de los simios son generalmente muy
diferentes de la nuestra.)
Los individuos, las parejas y los pequeños grupos tienen un papel en la
sociedad humana. Si su agresividad se orienta por canales antisociales, la
sociedad les aplica unas sanciones, formalizadas quizá bajo el reglamento de la
ley, según el punto de vista de Tinbergen (en 1968), y todo ello no ofrece
ningún gran problema social. En este periodo pudo centrar su atención sobre los
efectos de las agresiones de grupo a gran escala mediante la guerra, o sea, los
casos en que las lealtades de grupo se inflaman y orientan perversamente a
nivel nacional.
Desde 1968 hemos contemplado muchas tentativas de introducir un tercer tipo de
estructura social: la gran familia o comuna. Esta tentativa no ha tenido gran
éxito, puesto que suelen plantearse conflictos debidos a la formación de
parejas. Sin embargo, su equivalente violento, la guerrilla urbana o el grupo
terrorista, han conseguido una significación social considerable. Estos grupos
tienen una elevada lealtad interna y un gran potencial de agresión hacia otros
grupos, cualidades que a niveles bajos son perfectamente normales en la
sociedad humana, pero que se consideran patológicas si la intensidad de su
oposición contra los grupos enemigos va más allá de los límites establecidos
por la sociedad. En realidad parece más apropiado clasificar estos pequeños
grupos agresivos junto con los grupos nacionales, cuyos conflictos llevan el
nombre de guerras. Es de resaltar que los miembros de tales grupos asesinos
hablen de sus «campañas», vistan uniformes cuando las circunstancias lo
permiten, esperen ser admirados con el mismo y se asombren genuinamente cuando
la sociedad no respeta sus métodos o sus objetivos. Parece, pues, que hay una
diferencia significativa entre la agresión en la que un individuo actúa por sí
mismo o en nombre de otro individuo cualquiera con el que se halla ligado
directamente, y el tipo de agresión que se halla ligado a la lealtad hacia un
grupo.
En su trabajo de 1968, Tinbergen planteaba la evolución cultural acelerada del
ser humano, el traspaso de la experiencia de una generación a la siguiente, que
produce unos cambios incomparablemente más rápidos que los conseguidos por la
evolución genética. Nuestro incrementado dominio sobre los controles naturales
que limitan la reproducción de los animales ha producido un crecimiento
explosivo de la población. Vivimos demasiado juntos, dice Tinbergen, y muchos
de nosotros muy por encima de una densidad de población razonable para nuestra
especie. Esta elevada densidad conduce continuamente a la provocación de la agresión
por factores externos.
Lorenz está de acuerdo con gran parte de esa tesis. Asumiendo evidentemente su
«modelo hidráulico», según el cual la agresión produce una presión instintiva
que si es refrenada acaba por estallar, propone la canalización de la agresión
por cauces inofensivos, tales como el deporte. Pero a Tinbergen, entre muchos
otros, no le satisface totalmente esta solución, puesto que en el deporte la
agresión a menudo es más bien reforzada que liberada, tanto para los
espectadores como para los jugadores. Tinbergen prefiere ofrecer otras vías de
sublimación mediante la actividad creadora, y recomienda especialmente la
búsqueda de la ciencia por la ciencia. Sugiere que todo el mundo debería
participar —aunque sólo fuera en calidad de espectador— en la solución de los
grandes problemas con que se enfrenta la humanidad, entre los que figura el de
la agresión.
Peter Marler, un etólogo inglés de la Universidad Rockefeller, de Nueva York,
ofrece unas soluciones muy generales, como, por ejemplo, cultivar la
insensibilidad a los estímulos susceptibles de provocar la agresión y cuidar
mucho de no provocar en los demás actos agresivos. Esto puede aplicarse tanto a
la agresión individual como de grupo. Se trata de una solución completamente
diferente de la ofrecida por Lorenz, puesto que la propia teoría subyacente
está modificada: el modelo hidráulico se abandona en favor de un modelo con un
sistema de respuestas gradualmente más agresivas en la acción recíproca entre
los individuos o los grupos. Se trata de un enfoque muy popular en la
actualidad, hasta el punto de que se han propuesto fórmulas matemáticas para
predecir el resultado de las contiendas agresivas en términos de costo y de
beneficio, y se han definido los límites territoriales como la solución de
ciertas ecuaciones matemáticas, cuando el término agresión se iguala en ambos
contendientes.
Al discutir sobre el territorialismo humano, tanto Lorenz como Tinbergen
parecen seguir estrictamente la analogía animal. El territorio de un animal es
el espacio físico que domina y defiende contra su incautación por parte de
otros miembros de la misma especie. Pero para el hombre, el territorio quizá
pueda definirse más ampliamente como «territorio intelectual». El «territorio»
que cada persona reivindica dependerá de su capacidad y sus habilidades
individuales, y puesto que el hombre es un ser altamente especializado, cada
individuo podrá disponer de un territorio particular. Por ejemplo, los
especialistas científicos —tales como los propios etólogos— forman un grupo
seudotribal internacional con un extenso «espacio intelectual» para cada
individuo; por consiguiente, no cabe asombrarse de que su trabajo resulte
profundamente satisfactorio. Es obvio que existen personas menos afortunadas,
cuya profesión es mucho más común, hasta el extremo de que se aglomeran como
los habitantes de una gran ciudad. Parecería que esto tendría que ser un mal
social; sin embargo, aún existen amplias oportunidades para la expresión
individual dentro de la vida privada, y ésta es la vía seguida por muchos
individuos que la consideran muy satisfactoria. En esa gran unidad social que
es la ciudad, la aglomeración es muy grande, pero también hay mayores
oportunidades para la diversidad y, por consiguiente, para la existencia de
pequeños grupos con singulares intereses comunes. La aglomeración física puede
crear ciertas tensiones, pero también contribuye a generar una serie de
oportunidades para su sublimación compartida.
A juicio de Hinde, la creencia en la inevitabilidad de la agresión es
inaceptable. En cambio, debemos prestar atención a las situaciones que provocan
la violencia y a los factores que en el desarrollo del individuo predisponen a
la agresión; podemos examinar el papel de los primeros éxitos y fracasos
agresivos, el de la experiencia en las contiendas agresivas y el de la
frustración. Todo ello podía estar bajo control.
Según Lorenz, la sociedad puede sufrir menos por las consecuencias de la
agresión individual mal orientada que por el amor mal dirigido, que puede
provocar una ruptura social y un daño permanente a los individuos. Y considera
la supercompetitividad humana como otro vicio incluso mayor; la compara con las
exhibiciones de aquellas aves que tienen la cola profusa y pesadamente adornada
con espléndidas plumas y que a duras penas pueden volar. En cambio, considera
que, en general, la agresión, dentro de sus límites normales, es positiva.
Cuando hablamos de «atacar» nuestros problemas, aludimos a un uso positivo de
la agresividad que el hombre necesita, tanto para su satisfacción personal como
para su supervivencia como especie.
Como era de prever, los críticos más acerbos de Lorenz figuran en las filas de
los behavioristas, juntamente con varios antropólogos como Ashley Montagu.
Lorenz considera los ataques contra él como fruto de un fervor religioso
suscitado en hombres que presienten el colapso de un dogma largamente
establecido. A su juicio, Ashley Montagu ha formulado dicho dogma con una
claridad extrema: el hombre carece de instintos, y toda actividad humana es
aprendida. En realidad, Montagu no llega a ese extremo, pero ciertamente
considera que los instintos — que él define como la predisposición innata a
comportarse de un modo determinado— tienen muy poca relevancia en el hombre.
Montagu comenta que incluso hemos de aprender nuestro comportamiento sexual:
las hormonas actúan sobre el cerebro y el cuerpo influyendo en nuestros
pensamientos y en nuestro comportamiento hacia el objeto sexual preferido, pero
hemos de aprender cómo poner en práctica nuestras inclinaciones. Respecto a la
agresión en concreto, Montagu afirma que Lorenz está completamente equivocado
al sugerir que las hordas prehistóricas se libraban automáticamente a la
violencia. Según él los primeros encuentros entre los grupos fueron
generalmente amistosos. Montagu admite que el hombre tiene un mecanismo innato
apaciguador de la agresividad —pues la sonrisa humana sé entiende allí donde no
se entiende el lenguaje— y que otras pautas de expresión, tales como el furor o
la risa, son innatas. Pero también cree que cualquier actividad más allá de ese
nivel debe aprenderse de otros seres humanos. Montagu no deja de ser suave y
cortés, pero hasta cierto punto bastante rígido en sus puntos de vista. Ha
recopilado toda una serie de artículos y documentos que contradicen las tesis
de Lorenz y de Ardrey, publicándolos bajo el título de Hombre y agresión. El
volumen contiene dos trabajos opuestos a la tesis de Lorenz sobre los
amerindios de la tribu de los utes, y un estudio de Geoffrey Gorer demostrando
que la aparente aceptación por parte de Lorenz de la tesis de que el Australopitecos era
un asesino instintivo es poco sensata, pues los hechos son demasiado
inconsistentes para defender tal interpretación. {En realidad, Lorenz no afirma
que el hombre tenga un instinto asesino, sino más bien que en las contiendas
agresivas, tanto en el hombre como en el animal, hay una fuerte presión
selectiva en favor de los mecanismos tendentes a perdonar la vida al vencido.)
La prueba de Lorenz acerca de «las masivas y sangrientas batallas» entre los
grupos de ratas se discute en otro capítulo. En el libro se acusa sobre todo a
Lorenz por despreciar ampliamente las investigaciones ya realizadas sobre la
agresión humana llevado de su entusiasmo ingenuo por sentar analogías entre los
animales y el ser humano.
Sin embargo, a modo de compensación, también cabe hacer notar que entre los más
firmes defensores de Lorenz figura la importante antropóloga americana Margaret
Mead. Ella le apoya en sus teorías sobre la domesticación del hombre civilizado
y en la cuestión de la agresividad humana.
En Europa, los ataques proceden de los críticos de izquierdas. Helmut Nolte,
por ejemplo, escribe que Sobre la agresión «ha sido una obra
acogida por el público como una justificación, por cuanto satisface al hombre
con la idea de que su comportamiento en el contexto de la sociedad actual
refleja sus condiciones puramente naturales». En este aspecto, la izquierda
está de acuerdo con las críticas recogidas en Hombre y agresión: los
lectores de Lorenz y Ardrey pueden llegar fácilmente a la conclusión de que los
crímenes y las guerras mortíferas no son culpa nuestra, sino que forman parte
legítima de nuestra dotación para la supervivencia y, por tanto, si nuestro
vecino puede mostrarse agresivo, vale más pegar el primero...
No puede haber nada más lejos de la mente de Lorenz, pues insiste
frecuentemente en que el ser humano, con su capacidad de razonar y hablar, es
mucho más que la suma de sus instintos; pero debido a que se deja guiar por
ellos, son la auténtica base de su moralidad y de su ética. En este aspecto,
Lorenz no ha sido comprendido. Su opinión es que el comportamiento agresivo es
innato, y que debido a las condiciones de la sociedad moderna, puede volverse
patológicamente inadecuado con suma facilidad, pero ello no significa que
tengamos que dejar las cosas como están.
Los psicólogos freudianos ortodoxos también se oponen a Lorenz. Para ellos las
verdaderas raíces del comportamiento humano se sitúan en la temprana
experiencia infantil: la agresión —o el comportamiento agresivo tal como la
mayoría de la gente lo entiende— no es innata, sino que es el resultado de
tempranas frustraciones. Como ya hemos observado, Robert Hinde acepta la
cuestión como una hipótesis viable, pero ¿y Lorenz? Inicialmente rechazó la
psicología freudiana totalmente, por cuanto Freud ligaba todo su sistema a la
sexualidad, y el hecho de que la agresión proceda de una frustración sexual
temprana carece totalmente de sentido para Lorenz. Sin embargo, durante su
visita a América después de la guerra, se dio cuenta de que allí los psicólogos
freudianos se alejaban mucho de la rígida ortodoxia aplicada en Europa. Los
americanos eran más liberales y utilizaban la teoría de Freud como una
hipótesis de trabajo, aceptando aquellos puntos que les parecían aprovechables
y desechando los demás. Lorenz siguió sus pasos con entusiasmo, aceptando la
teoría freudiana de la represión y rechazando su aspecto sexual. Uno de los
discípulos de Lorenz, Eibl-Eibesfeldt, afirma que en lo tocante a la sexualidad
infantil Freud interpreta las señales del comportamiento incorrectamente; la
interpretación correcta es que el comportamiento de cortejo en el adulto, tanto
animal como humano, incluye comportamientos infantiles. Por ejemplo, muchas
aves incluyen una especie de alimentación ritual en el cortejo, y el beso
humano es esencialmente la misma acción.
Irenäus Eibl-Eibesfeld encabezó el centro de etología humana del Instituto Max
Planck de Fisiología del Comportamiento, situado en las afueras de Stamberg, al
sur de Münich. Se inspira muy directamente en Lorenz, cuyas fotografías ocupan
un puesto de honor en su mesa, y considera la sugerencia de Lorenz, según la
cual cabe aplicar la etología a los asuntos humanos como una de sus mayores
contribuciones. Lorenz ha contribuido a la formación de ese grupo de trabajo,
estimulando así la labor etológica sobre el ser humano, tan necesaria para
valorar científicamente sus ideas. Además de un manual sobre etología y de una
gran cantidad de artículos, Eibl-Eibesfeldt también ha escrito un popular best-seller.
Amor y odio, cuyo estilo encaja perfectamente con el de Sobre
la agresión, de Lorenz. En este libro, Eibl-Eibesfeldt destaca el
contrapeso existente entre la agresividad humana y sus fuertes impulsos de
vinculación. Entre sus relatos favoritos figura el de los soldados que en la
guerra se encuentran en unas trincheras muy cerca del enemigo. Cuando los
adversarios pueden mirarse unos a otros acaban por suspender el fuego e
intercambiar cigarrillos: los agresores humanos deben distanciarse si se desea
que sean guerreros voluntariosos.
Eibl describe en el libro sus profundos estudios sobre unos niños de un
Instituto de Hannover, ciegos y sordos de nacimiento. Tales estudios demuestran
que estos niños manifestaban mediante expresiones del rostro la ira, el miedo,
el llanto, la risa, la ternura y muchas otras cosas, pues se trata, según Eibl,
de un programa complicado; estas expresiones no dependían, evidentemente, de la
educación mediante la visión o el oído. Dichas expresiones eran algo deformes,
pues está claro que los estímulos procedentes de los demás individuos resultan
necesarios para darles su forma final, pero era incuestionable que se daban. De
todos modos, la discusión sobre la posible preprogramación de estas expresiones
humanas no es muy intensa.
Al contemplar a esos niños sordos y ciegos, un conductista podría objetar que
sus sentidos restantes trabajan de un modo suplementario para absorber toda la
información del mundo que les rodea. Pero Eibl llama la atención sobre la
timidez se esos niños ante los extraños, timidez que no está justificada por la
experiencia, por cuando todo el mundo se muestra siempre amable con esos niños
deficientes.
Eibl-Eibesfeldt ha realizado también estudios filmando las expresiones
corporales de individuos de diferentes culturas. Su cámara disponía de un
espejo frente al objetivo, con lo cual podía fingir enfocar su cámara en una
dirección distinta a la del verdadero objeto. Gracias a esta técnica, evitaba
cualquier perturbación en el comportamiento del sujeto debida a la reacción
frente a la cámara. Así, estudió individuos de las grandes culturas del mundo,
y para una comparación ulterior investigó también tribus que hubieran tenido
pocos contactos con el hombre occidental. Contrariamente a la mayoría de los
antropólogos, Eibl no busca las diferencias culturales, sino aquellas pautas de
comportamiento que son comunes a todos los seres humanos. Las expresiones
corporales de amenaza y las de sumisión, tales como desviar la mirada, son, a
su juicio, innatas, por cuanto existen en todas las culturas que él ha
estudiado hasta ahora. Eibl ha descubierto un detalle sorprendente e
inadvertido de nuestro repertorio de expresiones corporales gracias al estudio
de sus filmes secuencia tras secuencia: se trata de una rápida y fugaz
elevación de las cejas en el momento del reconocimiento y del saludo. Es una
señal de la que no somos conscientes y que, sin embargo, transmitimos o
recibimos varias veces al día; también parece ser innata. En cambio, una pauta
que seguramente está determinada culturalmente es la de mover la cabeza para
decir no, puesto que ciertas culturas utilizan señales diferentes, con lo que
quedan frustrados los intentos para conversar con ellos mediante el lenguaje de
los signos.
Una parte de los estudios de Eibl tiende a determinar hasta qué punto y en qué
forma la agresividad es innata en el ser humano. Este es un primer paso
esencial hacia el control o la reorientación de aquellas facetas de la
agresividad humana que puedan ser innatas, ajenas a nuestra sociedad o nuestra
cultura. (O bien puede ser alternativamente un primer paso hacia el cambio de
nuestra cultura a fin de hacer menos peligrosa la agresividad.)
En su Instituto de Viena, Otto Kenig ha investigado ciertos tipos de
comportamiento que son instintivos en los animales, pero que han sido adoptados
por ciertas culturas humanas. Hace poco tiempo aún que el hombre iba a la
guerra con los uniformes más espléndidos que podía crear. Este comportamiento
es equivalente al de las aves que yerguen sus plumas en sus exhibiciones
territoriales; en el hombre esto sería una expresión de la territorialidad de
grupo propuesta por Tinbergen. Los jefes suelen lucir anchas charreteras y
flamantes tocados, a veces con auténticas plumas para producir el imponente e
incrementado perfil que las aves consiguen al erizar sus plumas o los mamíferos
su pelo, intimidando al enemigo.
Sin embargo, los discípulos de Lorenz apenas si han revoloteado sobre el tema
del comportamiento humano. La corriente principal de los psicólogos ortodoxos
sigue llevando la voz cantante al respecto; León Eisenberg es un representante
de dicha corriente. Sus críticas a Lorenz estaban dirigidas sólo en parte
contra sus trabajos de la época nazi; lo que más le disgustaba era la
disposición de Lorenz a extrapolar desde el animal al ser humano. Eisenberg
manifiesta, por ejemplo: «Por lo que yo sé, hay un salto cualitativo entre los
primates superiores y el hombre. Ello no quiere decir que no existan
continuidades y que sus sistemas fisiológicos sean muy similares, pero
—prosigue Eisenberg— hay que tener cuidado al efectuar la extrapolación desde
el animal al ser humano.» El hombre se caracteriza por el lenguaje. La simple
palabra «fuego» voceada en un teatro lleno de gente puede crear una enorme
respuesta fisiológica, y, sin embargo, es un mero símbolo. Esta comunicación
simbólica resulta imposible en otras especies. Utilizando su capacidad de
pensamiento y de comunicación conceptual, el ser humano interacciona con la
naturaleza y con los otros seres humanos, creando su propia y única naturaleza
humana. Esta naturaleza no se halla presente ya al nacer, sino que la adquiere
por aprendizaje.
Hasta aquí no vemos que Eisenberg tenga mucho que reprocharle a Lorenz, pues
éste acepta que el hombre ha ido más allá que los otros animales, hasta el
extremo de haberse convertido casi en un reino separado. Desde el virus hasta
nuestro más cercano antepasado australopiteco, el único modo de transferir una
cantidad importante de información estuvo en el genotipo, y había que
codificarla en el núcleo de la célula. Pero de repente el animal adquiere el
pensamiento conceptual y el habla y puede transmitir grandes cantidades de
conocimientos adaptativos de un individuo o una generación a la siguiente. Se
trata ni más ni menos que de la herencia de caracteres adquiridos. Gracias a
los conocimientos conseguidos durante su propia existencia, el ser humano puede
modificar su propia respuesta a la naturaleza y transferir este cambio a la
generación siguiente. Como quiera que Lorenz no deja de afirmarlo, en este
punto no existe ninguna polémica sustancial, pues ése es el salto cualitativo
de que habla Eisenberg. Pero Lorenz repite que la separación del individuo del
reino animal no puede ser total, pues efectivamente sería curioso que, entre
todas las estructuras de la vida, precisamente una, el complejo cerebro humano,
careciera de una estructura desarrollada a través de la evolución de nuestra
especie.
Resulta bastante fácil criticar Sobre la agresión en ciertos
detalles y en cuanto a los malentendidos que suscita. También se puede rechazar
la interpretación de la agresividad humana de Lorenz o sus sugerencias para
controlarla. Sin embargo, no cabe duda de que él consiguió despertar la
atención sobre el tema, como lo ha subrayado Tinbergen. ¿Acaso eso es malo?
Otro amigo de Lorenz que formuló ciertas reservas ha manifestado lo siguiente
al respecto: «Un hombre que ha contribuido tanto al estudio del comportamiento
tiene derecho a equivocarse. E incluso en este supuesto ha impulsado la ciencia
hacia adelante.»
Efectivamente, a juicio nuestro, eso es lo que ha ocurrido por cuanto los
etólogos —y no necesariamente los que más coinciden con Lorenz— se encuentran
en la vanguardia de las investigaciones sobre la agresión, junto con los
psicólogos y los científicos de otras disciplinas biológicas. Son pocos los que
aún defenderían el modelo hidráulico de agresión de Lorenz como algo más que
una analogía que sirve para explicar parcialmente ciertos casos o que prescribirían
el deporte como una válvula de seguridad para la agresión, aunque los juegos de
equipo puedan representar un entrenamiento para ritualizar la agresión. Pero
ésos son problemas periféricos. Lo esencial es que las actuales ideas básicas
sobre la agresión no suponen un rechazo de las teorías de Lorenz, sino que al
estar basadas sobre el doble fundamento de una buena observación y una
interpretación según la evolución darwiniana, se sitúan en el camino de las
ideas propuestas por él.
Capítulo 12
Los pecados del hombre social
A
los sesenta años, Lorenz aún podía mirar por encima del pequeño lago de
Seewiesen para llamar a sus aves: gansos silvestres, gansos indios, gansos
nivales y hasta un par de ánades reales; en total unas ocho especies, elegidas
con miras a un estudio comparativo. También seguía nadando con sus gansos. A
propósito de esto, se puso furioso cuando la revista Life publicó
la original fotografía de Nina Leen, que más tarde fue utilizada a menudo para
simbolizar su persona y su trabajo. En la foto se observan en el agua dos
jóvenes gansos nivales situados simétricamente a un lado y otro de la
encanecida cabeza de Lorenz haciendo muecas hacia la cámara. A juicio de Lorenz
la foto antropomorfizaba un acontecimiento natural, casual e insignificante; la
etología quedaba así desvalorizada.
Años más tarde, cuando ya iba por los sesenta y cinco de edad, aún podía
reconocer individualmente a los gansos adultos. Sin embargo, ya no podía
identificar inmediatamente a la mayoría de los más jóvenes, porque para
entonces se había alejado considerablemente de sus investigaciones con los
gansos que tanta fama le habían valido, aunque seguía interesado en el estudio
de las fuerzas sociales que vinculan a los grupos entre sí. En uno de sus
últimos experimentos con los gansos, Lorenz se asignó el papel principal, el de
una de las tres «madres ocas», que de común acuerdo habían establecido una
jerarquía entre ellas mediante la emisión de señales adecuadas de dominio y de
sumisión, que los ansarones podían reconocer. Cada nidada aprendía rápidamente
si podía o no intimidar legítimamente a las demás, de modo que a veces un
pequeño y débil ansarón perteneciente a una nidada de rango superior podía
imponerse sobre un compañero más grande de una familia de rango inferior.
Pero aparte de estos aspectos, Lorenz se interesaba igualmente por sus peces y
sobre todo por los mecanismos de cohesión social. Los peces tropicales tienen
ciertas ventajas con respecto a los gansos, pues son fáciles de criar y pueden
hacerlo durante todo el año; ciertas especies, como los cíclidos, muestran
incluso algunos elementos de comportamiento similares a los de los gansos.
Ciertamente, Lorenz siempre se interesó por el comportamiento individual, pero
superponiéndose a este interés fue creciendo en él cada vez más el deseo de
comprender lo más posible la naturaleza de la sociedad, las fuerzas que la
cohesionan y aquellas que la disgregan.
Konrad Lorenz cuidando los peces de su acuario.
Ciertos
científicos que han revisado su labor de investigación en los animales durante
este periodo de su vida han comentado la reducida cantidad de documentos
etológicos originales relacionados con su interés en las relaciones sociales.
Parecía como si prosiguiera su observación de los animales más bien como
costumbre que con un espíritu de investigación positivo. En realidad, su mente
estaba ocupada en el comportamiento social del hombre, algo demasiado
complicado para ser observado en el laboratorio. Lorenz utilizaba las
actividades de la vida animal que se desarrollaba ante sus ojos para extraer
analogías en el comportamiento humano.
También estuvo recapitulando la vía a través de la cual se había interesado en
un aspecto particular del comportamiento, la agresión, con exclusión de muchos
otros que le habían interesado más en el pasado, y las amplias conclusiones
sociales que podían extraerse de este tema. En la introducción a la nueva
publicación de su compendio de antiguos trabajos, Studies in Animal and
Human Behaviour (Comportamiento animal y humano), Lorenz
recuerda que fue la tormentosa reacción a Sobre la agresión la
que mostró la necesidad de dejar constancia en algún lugar de la vía científica
que él había seguido. Es claro que una obra de este tipo no alcanzaría el
extenso número de lectores de Sobre la agresión, pero al menos
estaría a disposición de los estudiosos de la etología y de sus divulgadores.
De estos dos gruesos volúmenes resulta difícil extraer una argumentación en
forma concisa, pero ésta fue la tarea reemprendida por George Stade, de la
Universidad de Columbia, en Nueva York, quien también tuvo en cuenta los demás
libros de Lorenz en inglés.
A partir de los datos extraídos de esta obra de Lorenz, y en ausencia de un
resumen explícito, Stade trató de definir la posición política del autor de los
documentos que él estaba analizando. Recordó las críticas procedentes de la
izquierda — según las cuales los comentarios de Lorenz sobre el mundo moderno
del hombre no son más que el «refunfuñeo de un conservador por no decir la
bilis de un reaccionario o el furor de un fascista»—, concluyendo que no hay
ninguna prueba para afirmar que Lorenz, desde el punto de vista político, sea
un conservador, sino que se trata más bien de un radical, por cuanto las
elecciones de etología son en sí revolucionarias. En el aspecto político, el
pensamiento conservador tiende, según Stade, a creer en el pecado original:
somos naturalmente viciosos y necesitamos unas buenas instituciones para
alejarnos del mal. Contrastando con ello, la izquierda puede adoptar uno de
estos dos puntos de vista: o bien hemos nacido sin bondad o maldad y somos lo
que la sociedad hizo de nosotros, o bien somos naturalmente buenos. Para
Lorenz, como ya hemos visto, el hecho de considerar que cuando nacemos somos
como «una hoja en blanco» es una blasfemia conductista; él defiende
ardientemente el punto de vista de que hemos nacido con una disposición
determinada para el juicio moral y estético, lo cual es necesario para la
preservación de nuestra especie.
A juicio de Stade, las opiniones de Lorenz sobre los problemas sociales y
políticos que él ha encontrado en sus escritos son las de un liberal
pragmático. Lorenz se situaría, según él, en esa zona cambiante y
no circunscrita en la que el liberalismo de izquierda y la socialdemocracia se
codean. Lorenz se pronuncia por los derechos de la mujer (dentro de la razón
etológica); está en contra del nacionalismo, del imperialismo y del racismo; es
pacífico y pacifista y se pronuncia en favor de muchas de las causas asumidas
por la juventud militante (aun cuando, como perteneciente a una generación
distinta, Lorenz se oponga a su militancia). Un elemento significativo que
falta en las lecturas de Stade son las publicaciones no traducidas al inglés de
los años 1940 y 1943. Desconociendo la jerga explícitamente política del
primero y las conclusiones que sugiere el segundo de dichos escritos, Stade
afirma que comoquiera que el conjunto de los planteamientos individuales de
Lorenz no definen ninguna postura política especial, no es un fascista. Se
trata, pues, de un veredicto con el que hubiesen estado de acuerdo los nazis.
Cuando su hijo Thomas me manifestó con enfática certidumbre que su padre «no
era un conservador, sino un revolucionario», yo contesté que si ello era cierto
parecía que buscaba la más tranquila de las revoluciones. Aunque no sea un
conservador, Lorenz es un conservacionista; está dispuesto a conservar la
partes aprovechables de cualquier sistema existente, adaptándolo con el mínimo
de cambios necesarios a aquella estructura que, a su juicio, será la mejor para
conseguir la supervivencia del hombre y de su sociedad. Thomas me tradujo ese
concepto biológico al lenguaje de la física-química: «entropía mínima».
Seguidamente, Thomas reflexionó unos momentos y agregó: esta idea puede
encontrarse ya en su escrito de 1940. Pueden rastrearse indicios de ella
incluso antes, pero si hemos de elegir una fecha en la que quepa decir que el
revolucionario se convirtió en evolucionista, elegiríamos la época en que fue
nombrado director del centro de Seewiesen.
En sus planteamientos sociales, los aspectos condenados por Konrad Lorenz
también se insertan en una estructura. Al parecer, decidió que el estilo del
aprendizaje mediante el descubrimiento empleado en su obra Sobre la
agresión,era demasiado indefinido, y que la voluminosa obra Comportamiento
animal y humano requería una pequeña continuación
para resumir sus conclusiones respecto al ser humano. De modo que
escribió Los ocho pecados mortales de la humanidad civilizada, aparecida
en inglés en 1974 —tras la edición alemana de 1973—, y ya por entonces en esta
publicación había modificado su punto de vista pesimista. Dado que la Europa
continental se hallaba generalmente más retrasada que Estados Unidos y que Gran
Bretaña para reflejar las demandas de acción relativas al entorno, Lorenz se
hallaba a la cabeza de la opinión local cuando escribió el libro; sin embargo,
él mismo distaba mucho de estar a la cabeza cuando sus observaciones críticas
emprendían la vía opuesta — la del oeste—, seguida por el activismo ligado con
el entorno.
En sus comentarios sobre el hombre puede acusársele a Lorenz de atreverse
demasiado en sus comparaciones con los animales y de perder parte de su
capacidad de autocrítica a medida que ha ido entrando en años, mientras sigue
conservando su cortante y perentoria fraseología. Para un lector crítico, es
preferible leer el libro Los ocho pecados mortales... como una
serie de argumentos cuyos fundamentos están incluidos en los primeros trabajos
y lecturas de Lorenz, lo cual no significa que tenga razón, sino que muestran
meramente que es capaz de apoyar muchas de sus afirmaciones con ejemplos del
reino animal, demostrando que estas analogías son susceptibles de brindar un
modelo razonable para la interpretación del comportamiento humano.
De otro lado, más aceptable y quizá más convincente, Lorenz parece haber
abandonado los argumentos rotundos, volviendo a descifrar directamente en su
lugar la condición humana y su patología social. El aspecto confuso y
paradójico de la irracional historia humana se vuelve comprensible a través de
la visión del ser humano, en la que su comportamiento sigue siendo gobernado
parcialmente por la regla del instinto. Nos dice que necesitamos el sistema
motivador que ello nos faculta, pero dicho sistema está finamente equilibrado,
y el hombre civilizado también puede salirse muy fácilmente del estrecho
sendero en el que dicho equilibrio debe mantenerse.
Quizá el debate más interesante sea el que gira alrededor del sexto pecado
relativo al «vacío generacional». La tesis básica consiste en lo que Tinbergen
y otros han manifestado, según la cual el creciente índice del progreso
tecnológico crea unas sociedades cada vez más distintas desde una generación a
la siguiente. Así, inevitablemente las dificultades de adaptación no dejan de
incrementarse con ello. En defensa de este argumento, Lorenz adelanta ciertas
ideas que ya hemos contemplado en su obra Sobre la agresión, y
que ha desarrollado repetidas veces desde entonces. Con ello esclarece no
solamente la analogía que utiliza, sino también, una vez más, que conoce
perfectamente las grandes diferencias entre las sociedades humanas y animales.
La analogía fundamental que Lorenz utiliza en este caso es la que existe entre
la evolución de las especies animales y la evolución de la cultura humana. Para
cualquier animal, la evolución de su forma o de su modelo determinado de acción
instintiva debe cambiar fundamentalmente el depósito de sus informaciones de
preservación de las futuras generaciones, o sea, los genes del animal de dicha
especie. Los animales pueden y tienen unas capacidades estrictamente
circunscritas para la tradición cultural, pero en su gran mayoría la mutación y
la selección natural constituyen lo esencial, y una especie suele adaptarse de
un modo extremadamente lento a las nuevas condiciones. Si el entorno del ser
humano cambia, entonces se da cuenta de lo que tiene que realizar, y la
generación siguiente lo sabe inmediatamente. Como ya hemos visto, en las culturas
humanas no tenemos que esperar para la mutación, pues transmitimos directamente
la característica adquirida. Cada nuevo método de respuesta consigue en su
momento el status de la tradición, la cual puede asumir la
forma de una superstición, un mito, una doctrina o un rito, o bien puede
codificarse en una ley o una enseñanza en tanto que conocimiento académicamente
reconocido. En el abanico de las culturas humanas, estos cuerpos externos de
información formalizada constituyen una segunda capa que recubre el mensaje de
nuestros genes. Esta capacidad de la tradición para atrincherarse representa
una propiedad
vital del dispositivo que el hombre desarrolló para la preservación de la
cultura. Sin embrago, hemos de saber que en dicho sistema es arriesgado
desplazar arbitrariamente los elementos, incluso aquellos que son aparentemente
malos, por cuanto forman parte de un sistema coherente de una complejidad
comparable a la de nuestros modelos de comportamiento instintivo. Están tan
intrincadamente interrelacionados que el hecho de quitar un sólo ladrillo
podría desmoronar toda la estructura. Los antropólogos nos advierten con razón
contra el sometimiento de las tribus primitivas al llamado choque cultural. No
es fácil volver a orientar una cultura a partir de la nada, pero es muy fácil
destruirla, y la humanidad privada de su base cultural se destruye con ella.
Las tradiciones o las doctrinas culturales suelen definir a una sociedad del
mismo modo que su constitución genética define a las especies animales: cada
cultura constituye lo que pudiéramos calificar como una seudoespecie,
contemplando sus propias tradiciones y doctrinas como una parte de la plena
definición de lo que puede considerarse como auténticamente humano. Lorenz nos
advierte que sería arrogante por parte de los científicos suponer que cuando la
ciencia nos facilita una solución sencilla y aparentemente sana para los
problemas humanos, podemos introducirla en las sociedades del mundo sin una
extremada precaución. Los individuos que sufren la superpoblación y la
desnutrición en el mundo, saben ahora perfectamente que aun cuando los
problemas técnicos y económicos se superen, siguen subsistiendo los obstáculos
culturales. Abolir la resistencia cultural es tan pretencioso como interferir
en los genes humanos.
Una ampliación al argumento de Lorenz consiste en el hecho de que todas las
revoluciones han de fracasar por su propia naturaleza. El trauma del fracaso
suele estar en proporción directa a la fuerza y la calidad de la tradición
cultural que hay que derrocar con miras a construir una nueva. La adaptabilidad
humana es lo suficientemente grande como para que lo nuevo crezca fuerte y
rápidamente: los revolucionarios cuentan con ello, pero unos cambios tan
violentos como los de las revoluciones francesa o rusa provocan un choque de
larga duración y unos sistemas de gobierno transitorios —o de cultura— en los
que gran parte de lo realmente humano se adultera, hasta que la nueva cultura,
que no es más que parcialmente la creación de los revolucionarios, se
desarrolle. En la medida en que Lorenz se opone a cualquier forma de cambio
revolucionario por considerarlo etológicamente nocivo, no es más que un
conservador al fin y al cabo, y a cualquier biólogo le será difícil no
seguirlo. En la medida en que él propone un cambio a través de la adaptación
cultural, poco a poco, pero en la medida necesaria en relación con los
problemas que hemos creado, puede calificarse a Lorenz de radical moderado.
También es bastante fácil seguir ese camino, aun cuando no sea necesariamente
el mismo, por cuanto cada uno de nosotros puede estar en desacuerdo acerca de
lo que es más urgente a corto plazo. La tarea de los políticos más
experimentados estriba en planear una acción positiva que resuelva
efectivamente los problemas crecientes que enfrentan de la manera menos
perjudicial.
En su capítulo sobre el vacío generacional titulado «La ruptura con la
tradición», Lorenz introduce otro elemento en el mecanismo de la evolución de
la cultura humana, pues sugiere que ésta adaptó una forma de comportamiento que
en sus gansos —y otros muchos animales— se utiliza para otra finalidad. Tan
pronto como un ganso se desarrolla hasta alcanzar el punto en que debe buscar a
sus compañeros, rechaza hasta cierto punto la compañía de sus padres, lo cual
es necesario para impedir el envilecimiento de la especie. En los seres humanos
esta inhibición persiste, aunque la capacidad humana para dominar una simple
inhibición instintiva requirió el aditivo de unas sanciones culturales, en este
caso religiosas y legales, en una extensa gama de distintas culturas. La
capacidad humana para la adaptación cultural surge ampliamente en tanto que
subproducto de la afirmación de independencia que se manifiesta ya claramente
en cada joven. Esto ocurre a la edad en que el legado cultural ofrecido al niño
debe contemplarse en relación con las futuras necesidades de la sociedad que
debe heredar. El joven tratará de adaptarse a dicha sociedad para servir lo
mejor posible a su propia generación, así como a las venideras.
Si existe dicho mecanismo, el comportamiento humano puede ser un elemento
genéticamente determinante. De lo cual se desprende que el mecanismo de control
no puede adaptarse por sí mismo tan rápidamente como lo permite la mutación en
la cultura humana, pero puede continuar funcionando en unas circunstancias
inadecuadas. El peligro puede surgir cuando el grado tecnológico o cualquier
otro tipo de cambio entre una generación y la siguiente es tal que el individuo
perfectamente adaptado ha de construir una cultura suficientemente distinta de
la de sus padres como para considerar a la otra como una especie diferente. Un
abismo tal — afirma Lorenz— puede incrementar la rebelión natural del joven al
nivel de una hostilidad entre seudoespecies.
¿Acaso esto ya ha sucedido? Ciertamente —dice Lorenz—, por cuanto podemos
ilustrarlo con ciertos casos en los que la inestabilidad cultural ha originado
el nacimiento de unas subculturas adolescentes, a menudo con una forma distinta
de vestir para la identificación cultural; también ha ocurrido cuando el joven
prefiere orientarse hacia cualquier cultura antes que no pertenecer a ninguna,
incluso cuando se trata del culto a una droga que puede conducirle hasta la
muerte, y también ocurre en el caso de numerosas protestas estudiantiles, en
las que los jóvenes manifiestan su independencia a través de unos prejuicios
culturales indiscriminados y atacan deliberadamente las normas habituales y
establecidas. Sin embargo, ello no ocurre cuando la solución finalmente elegida
consiste en un verdadero y profundo cambio dentro del periodo de una generación
y representa la única vía de salvaguardia de la humanidad de los desastres que
pueden acumularse hasta convertirse en un genocidio cultural autoinfligido.
Y también Lorenz nos da motivos de esperanza. En primer lugar, en la auténtica
ubicuidad de la protesta juvenil, bien sea en contra de la ortodoxia stalinista
en la Europa del Este, de la anticuada tiranía profesoral en las universidades
de habla alemana o de las complacencias
con el modo de vida americano en Estados Unidos, y en segundo lugar, en el
hecho de que la juventud no exige nunca un cambio en la «mala dirección».
Lorenz nos dice: «Jamás los jóvenes han pedido un sistema comercial más eficaz,
mejores armamentos o una postura más nacionalista de su gobierno.»
Sin embargo, estas manifestaciones de su optimismo han sido menos pronunciadas
— o menos citadas— que sus críticas, acerca de las cuales pudiera sugerirse que
a veces han ido demasiado lejos, como en el hecho de que Lorenz haya optado por
la postura defensiva del contraataque que la protesta tiende a provocar en
relación con un conflicto. Lorenz sabe ciertamente el peligro que ello encierra
y nos dice que ha visto a sus compañeros profesores ridiculizados al luchar o
bien tratados de cobardes cuando han asentido a cualquier demanda, con el
tremendo abuso reservado para aquellos cuyas opiniones políticas están muy
próximas a las de sus jóvenes adversarios. Se trata de una perspectiva que él
no contempla sin emoción, y al analizarla, difícilmente puede evitar algunas de
las trampas que se le tienden. La perversión del mecanismo necesario puede
perfilarse de un modo tan alarmante ante los ojos de un académico y un profesor
que puede sobrevalorar su incidencia en la población en general. Si en el
vértice de la agitación estudiantil los contestatarios activos abarcan incluso
el diez o el veinte por ciento de la población estudiantil (lo cual constituye
una estimación generosa), solamente se trata a lo sumo del dos por ciento de
toda la juventud, mientras que solamente una ínfima minoría se unirá a las
bandas o a los grupos que realmente poseen unas subculturas patológicas. Pero
valorando incluso los casos más extremados, nos enfrentamos con unos verdaderos
problemas de juicio, por cuanto en aquellos grupos que mucha gente considera
como los cánceres de la sociedad también suelen expresarse entre sus miembros
unos sentimientos humanos muy hermosos. Para Lorenz, esto se ha demostrado de
un modo poético y emocionante y con una seguridad etológica impecable en el
filme musical West Side Story, en el que dos bandas rivales de
subculturas adolescentes encarnan en sus miembros las buenas características
del hombre— la lealtad, la amistad, el altruismo y muchas otras— para servir a
la causa vana de una mortal enemistad.
En el año 1970, en el simposio «Juego y Desarrollo», en el que intervinieron
Jean Piaget, René Spitz y Erik Erikson, la contribución de Lorenz fue titulada
vigorosamente: «La enemistad entre las generaciones y sus probables motivos etológicos».
Fuera del título, este trabajo aborda su tema mucho mejor que lo hace su
popular obra, en la que la biología es casi una intrusión entre los asertos.
Cuando, al conversar con sus compañeros científicos, Lorenz no es tan
perentorio, sino que atempera sus argumentos con una mayor base biológica y sus
ideas se expresan con justa razón, lo que dice encierra los resultados de su
pensamiento primitivo y permite que el lector pueda juzgar mucho mejor su dura
crítica de la juventud a la luz de su propia ciencia.
Resulta bastante fácil afirmar que Lorenz sobrevalora groseramente la magnitud
y la importancia de cualquier rechazo reciente de las altas normas culturales
existentes, que en cualquier caso murieron entre los estudiantes en los últimos
años, pero sería difícil oponerse a sus puntos de vista según los cuales la
alienación se ha incrementado realmente en los últimos cincuenta años de su
propia existencia. Teniendo en cuenta el creciente índice de los cambios
tecnológicos, sería sorprendente que el mecanismo de adaptación no se hubiese
situado en el engranaje superior. Tal cambio tiende a promover un mayor
reforzamiento de las formas patológicas que inevitablemente se expresarán del
modo más claro. Tanto en el libro como en el trabajo, Lorenz parece tener
finalmente dos ideas. Afirma que los jóvenes que reflexionan verdaderamente son
los menos violentos, y los ha encontrado incluso entre la juventud que expresa
unas opiniones muy fuertes. Lo mismo que él, que en su juventud también luchó
con fuerza en contra de su propio padre en relación con su educación, y si
perdió fue de acuerdo con sus propios términos; pero sobre la cuestión de su
noviazgo el vencedor fue él. El temprano desarrollo de su ciencia dependió
fuertemente de su sana falta de respeto por una autoridad establecida, aunque
errónea. Lorenz sabía muy bien que el progreso no se consigue mediante el
conformismo eventual de la juventud ante una tradición totalmente inmutable,
sino a través de un proceso de recíproca adaptación en el que los valores
finalmente adoptados no son necesariamente los de un grupo. Insiste en que el
peligro continúa, por cuanto es virtualmente imposible convencer a la juventud
de cuán importante es conservar una proporción sustancial de las tradiciones
culturales, pues una cultura también puede aniquilarse con suma facilidad. Sin
embargo, Lorenz acepta que el reproche por los excesos de los años sesenta y
comienzos de los setenta ha de ser compartido por las viejas generaciones, que
fracasaron al no permitir a los jóvenes participar suficientemente en los
ideales por los cuales todos habíamos de luchar. Y añade que entre los
estudiantes de biología es destacable que las perturbaciones resultaron
mínimas, mientras que en sociología, en psicología y en política fueron tremendas.
Hemos dejado de extraer nuestras propias conclusiones acerca del hecho de que
la ciencia ofrecía las mejores oportunidades para la identificación de los
problemas y abría el camino hacia su solución.
En verdad se produjo un cambio asombroso entre el momento en que escribió su
manuscrito de Los ocho pecados mortales de la humanidad civilizada y
su publicación tres años más tarde. En aquel momento le parecía que, al igual
que un profeta, clamaba en el desierto; pero cuando la obra apareció ya
impresa, se convirtió en el acto en el autor de habla alemana más vendido.
Recordaba el «martirio» de Rachel Carson, que murió más o menos desacreditada y
acosada por la industria, pero que efectivamente se había convertido ahora en
la santa patrona de los millones. El público —concluía— es, al fin y al cabo,
más receptivo e inteligente que lo que los medios de comunicación de masas
parecen a veces acreditar. Pero ¿acaso, y al igual que Rachel Carson antes que
él, debía caer también en el pesimismo? «Mirad — afirma—, si queréis que la
gente se interese por el peligro, hay que asustarla; si pinto el peligro de una
forma tan negra, es con la idea de que la gente se aparte de él.»
Cuando escribió el libro en cuestión, Lorenz tenía razón al mostrarse
pesimista, pues, por ejemplo, la ecología era una ciencia virtualmente
desconocida y eran muy pocos los que prestaban alguna atención a los hechos
ecológicos importantes. Sin duda, esto ya no es verdad. También se observa a
simple vista lo que puede considerarse como un cambio de opinión. El miedo a la
agresión nuclear no es solamente el último, sino también el mínimo en la lista
de peligros de Lorenz. En cambio, detalla toda una serie de problemas que los
especialistas del entorno y los críticos sociales vienen destacando hace años:
estamos afectados por la superpoblación..., destruimos nuestro entorno...,
somos supercompetitivos..., buscamos la gratificación instantánea..., nos
colocamos nosotros mismos ante el peligro de la degeneración genética..., y
caemos cada vez más en el riesgo de la manipulación y el adoctrinamiento a
través de las técnicas conductistas. Las dos últimas cuestiones se sitúan en el
nuevo contexto de los temas que el propio Lorenz ha argumentado desde hace
mucho tiempo. Todo lo demás no dejan de ser tópicos en los que otros autores
han inducido a la opinión pública, y la contribución de Lorenz ha consistido en
no contemplarlos separadamente, sino como unos problemas que están vinculados e
interrelacionados con el legado genético del hombre y su capacidad de evolución
y adaptación.
Al observar el comportamiento de cualquier individuo dentro de una especie, el
etólogo suele formular en primer lugar la pregunta ¿por qué?, que significa:
¿Acaso se trata del valor de supervivencia de esa acción para el individuo o su
grupo?
Entre los animales se dan bastantes casos de unas pautas individuales de
comportamiento que anduvieron al revés, por cuanto la complejidad de la
estructura genética y de la dependencia de los animales de un entorno adecuado
intervienen en la expresión apropiada de las pautas innatas. Pero cuando Lorenz
formula la misma pregunta sobre las acciones humanas, la respuesta se complica
debido a la capa de adaptabilidad cultural que promueve una gran diversidad de
comportamientos biológicamente «permitidos». El control humano sobre su entorno
le permite entregarse a las formas «lujosas» de comportamiento que no tienen
ninguna clara relación con la supervivencia, y también en este punto existe una
patología del comportamiento muy compleja que dimana de la libertad del ser
humano de aplicar erróneamente unas formas previamente valiosas de
comportamiento de una manera que, en nuestra civilización actual, las vuelve
socialmente perjudiciales. Afortunadamente, en este último caso hay cierto
intercambio, por cuanto la patología de un sistema suele hacer el propio
sistema más comprensible y el observador a menudo puede relacionar el resultado
con el funcionamiento por encima o por debajo de las determinantes de una forma
de comportamiento que no es mala en sí.
Cuando está equilibrada, la naturaleza cuenta con muchos sistemas que actúan
recíprocamente, de tal manera que los efectos que se extienden hacia el
exterior desde cada sistema individual se exponen a ser alimentados por los
otros. Lorenz no insiste en ello, por cuanto no existe ninguna ley natural que
diga que un sistema complejo pueda ser estable en ausencia del ser humano;
efectivamente, la biología de las zonas polares es relativamente sencilla y
sujeta al máximo de tensiones climáticas anuales, con lo que parece más estable
que la biología de los trópicos, donde el tiempo es mucho más parecido a lo
largo de todo el año y donde la vida cobra unas formas lujuriantes. En la
naturaleza pueden producirse unas fuertes erupciones — tales como unas
explosiones de población inesperadas— en una variedad de escalas cronológicas,
y la invención natural de la evolución cultural que ha puesto al ser humano en
la escena se ha visto acompañada por las más rápidas y más extensas erupciones
naturales de ese tipo desde que la vida apareció sobre la Tierra. La propia
vida es un sistema para crear el orden a partir del desorden; los sistemas
vitales espontáneos acumulan vorazmente la energía y crecen de forma
exponencial. En la práctica, también aquí existen las compulsiones. La vida
humana ha pasado a través de un periodo en el que dichas compulsiones solían
ser débiles, pero en los años que median desde que Lorenz escribió su libro se
ha puesto de manifiesto que estamos acercándonos a un periodo en el que dichas
compulsiones son severas y que nos aproximamos a las mismas a una velocidad que
comprobará nuestra adaptación cultural de una forma sin precedentes.
Nuestras civilizaciones se establecieron a lo largo de unos diez mil años y en
un momento de tiempo cálido en la historia de la era glacial de la Tierra, y en
el momento más crítico del crecimiento de la población nos enfrentamos con la
perspectiva de un descenso climatológico. Si somos capaces de superar los
efectos de las condiciones fluctuantes de enfriamiento en nuestras tentativas
por alimentarnos y evitar el cataclismo consiguiente de las guerras de
desesperación, entonces se vislumbra más allá la amenaza de una vuelta a la
nueva era glacial, una amenaza que aún hace poco desconocía la ciencia. Está
claro que el cambio casual de un sistema natural tan vasto puede arrastrar al
ser humano a unas tensiones que son incomparablemente más grandes que los
pequeños y desgraciados efectos que él mismo ha tenido hasta la fecha en su
entorno natural. En el pasado, las eras glaciales hicieron incluso que el
hombre aventajara a las demás criaturas vivientes, por cuanto los últimos dos
millones de años de una era de drásticos cambios climáticos en la Tierra
contribuyeron muchísimo a favorecer la evolución de una criatura tan rápidamente
adaptable como lo es el ser humano. Pero ahora la nueva humanidad tiene que
enfrentarse con una nueva combinación de tensiones; bajo el punto de vista de
un estudioso de la evolución, nos hallamos ante una perspectiva fascinante.
Pero en este punto tengo que disculparme ante Lorenz por cuanto al intentar
simplificar y ampliar su argumentación he ido demasiado lejos en un camino
aceptable para mí, pero que puede serlo menos para él. Pues su tesis acerca de
la superpoblación está relacionada con el concepto etológico de la
territorialidad: al igual que los animales predadores, el hombre necesita un
espacio físico. Lorenz ve entre los animales un buen ejemplo al respecto en la
comparación de las dos colonias de garcillas bueyeras de Otto Kenig de
Wilhelminenberg en Viena. Ambos grupos cuentan con fuentes inmediatas de comida
y de material para construir el nido; la principal diferencia radica en que la
colonia de aves cautivas está superpoblada dentro de un espacio confinado de
tal manera que cada territorio individual se reduce por debajo del límite
natural. El resultado es un fracaso casi completo del comportamiento social
normal, y especialmente el sexual, de estas aves. La pérdida del tabú del
incesto y la disminución de la distinción heterosexual natural conduce a la
copulación indiscriminada y a las actividades sexuales de grupo que no se
observan en la colonia de aves libres. Cabe observar en este caso que la manera
en que los elementos innatos del comportamiento se combinan puede verse
influida por el único factor del entorno en el espacio vital asignado a cada
animal, para extraer una conclusión general que, según Lorenz, también puede
aplicarse a nuestro propio comportamiento. Los niveles de la agresión aumentan
con la aglomeración, pero si los elementos agresivos se canalizan
cuidadosamente, podemos evitar su violento estallido y guiarlos hacia un
comportamiento positivo.
«El hombre —dice Lorenz— tiene una limitada capacidad para el contacto social.»
En el campo solemos encontrar una hospitalidad auténtica porque no está
sobrecargado, mientras que dentro del aplastamiento urbano solamente podemos
ofrecérsela a un pequeño número escogido de nuestros vecinos, pues no estamos
en condiciones de poder amar a toda la humanidad. Sin embargo, la necesidad de
evitar vernos implicados en los sufrimientos de todos los individuos ya entra
en conflicto con algunas de las principales cualidades que desde el punto de
vista cultural consideramos humanas.
De hecho, Lorenz dedica muy poco espacio en su obra a la superpoblación, y
quizá por ello mismo no tenga suficientemente en cuenta el efecto de las
diferencias existentes entre el animal y el ser humano. La adaptabilidad
individual del hombre le permite, en tanto que animal supremamente no
especializado, especializarse en casi todos los niveles y en cualquier
dirección. Y el resultado viene a ser un nuevo tipo de «territorio». Una ciudad
suele prosperar gracias a la creación de las condiciones necesarias para
grandes números de grupos con dimensiones pueblerinas y con unos intereses
similares dentro de los cuales los más altamente especializados pueden hallar
su satisfacción. Kenig compara con razón sus garcetas cautivas a un grupo de
individuos que ejecutan una tarea tan repetida como aburrida en una población
urbana. Sin embargo, por envilecedora que dicha tarea pueda ser, viven en una
sociedad libre con un ocio sustancial que ofrece oportunidades para el
individuo en otras fases de la vida del trabajador de una fábrica. La
diversidad crea el territorio, por cuanto cada esfera de la actividad humana
cuenta con sus propios sistemas de fronteras tan distintas como separadas. Un
sastre no compite territorialmente con un doctor ni un obrero del automóvil con
un aficionado al baile; cada cual tiene su propio mundo competitivo mientras
que los territorios ajenos a sus propios intereses pueden imbricarse sin
limitación. Efectivamente, debido a una especialización suficiente cualquier
grupo de individuos puede reclamar el mundo entero casi incontrovertiblemente.
No hay ninguna dificultad especial en lograrlo, pues depende únicamente del
talento aparentemente inagotable del hombre por la diversidad, junto con su
capacidad para distinguir las mínimas diferencias a la hora de definir los
campos separados de interés. Ya hemos visto que incluso la formulación de una
opinión es análoga a la reivindicación de un territorio: un científico, por
ejemplo, es capaz de defender su teoría hasta el fin, y si finalmente pierde,
solemos decir que eso «le ha partido» e incluso que «le ha matado», y con cierta
realidad. Naturalmente, podría utilizarse este argumento de tal manera que
pareciera que trata de refutar la postura de Lorenz mediante la extrapolación
de su propia argumentación. Pero no es ésta mi intención, sino que desearía más
bien mostrar que la enfermedad — que existe— encierra los elementos de su
propia curación.
En sus negras pinturas, Lorenz contempla la devastación humana de su entorno,
por lo menos parcialmente, en los términos de los efectos que tiene para el
propio individuo: su alienación de la naturaleza le conduce a la atrofia de sus
sentimientos éticos y estéticos. Cuando todo lo que le rodea es artificial y de
mal gusto, el propio individuo se siente rebajado. La periferia urbana —al
igual que el caso antiguo de las ciudades— se extiende lo mismo que un cáncer,
y como las células cancerosas que han perdido una parte de la información
genética que servía para regular su crecimiento y las vinculaba con su entorno
viviente, los bloques de casas asfixian y reducen la personalidad de sus
ocupantes a una intercambiabilidad semejante a la de las hormigas. En sí esto
representa la pérdida de la información cultural esencial, y todo ello —afirma
Lorenz— es porque el hombre moderno prefiere la acción a la reflexión y porque
sus actos inconsecuentes destruyen el entorno natural y cultural que hicieron
de él lo que es.
Además —y también podría argumentarse contra la postura de Lorenz—, la
naturaleza ha demostrado hasta ahora una destacada elasticidad para hacer
rebotar los peores daños que el hombre le ha inferido, pues teniendo en cuenta
nuestra cifra actual, no podríamos sobrevivir a los grandes fenómenos cíclicos
de la naturaleza. A largo alcance, el ser humano no tendrá más alternativa que
la de intentar conseguir el control de su entorno para prevenir los cambios
naturales susceptibles de aplastar a nuestra civilización entre el hielo y el
desierto. Paradójicamente, los experimentos involuntarios del hombre con la
naturaleza pueden facilitarle la mayoría de las informaciones que necesita acerca
de cómo preservar su forma actual, con lo que se abre una amplia perspectiva
mediante la cual podemos contemplar nuestros problemas a corto plazo.
Lorenz podría alegar que tal como se encuentra actualmente la civilización,
jamás conseguiría enfrentarse con la próxima era glacial o no llegaría a
tiempo, ya que los falsos valores de la competitividad motivada por el dinero y
los efectos del lujo destruirían al hombre occidental antes de lograrlo. Bajo
el punto de vista de los etólogos, la competición basada en los valores
capitalistas es sencillamente irrelevante; la lucha por la supervivencia
financiera contra otros miembros de la misma especie no contribuye a promover
la evolución de dicha especie en alguna dirección que valga la pena. En este
caso no hay ninguna bondad y ninguna benevolencia que promover a no ser nuestro
propio sentimiento innato sobre las mismas. Si el comercio está en contra de
dichas cualidades, es una suerte que la fortuna comercial no esté relacionada
con el éxito de la reproducción de nuestra especie...
En todas las sociedades económicamente desarrolladas estamos armados contra el
éxito o el fracaso que previamente estimularon nuestro desarrollo. El hombre
primitivo se apartaba de todos los peligros evitables sin tener ninguna idea
del estigma de la cobardía, pero en la actualidad el instinto de evitar el
peligro puede funcionar erróneamente y manifestarse como un deseo de evitar
incluso la más pequeña molestia. Y al evitar un disgusto, por consiguiente,
también se pierde el placer que resulta del efecto contrario; el nivel de
nuestros sentimientos se sitúa en el plano artificial de un aburrimiento
emocional. Para sustraerse a ello buscamos incluso los estímulos más fuertes,
pero arruinándonos nosotros mismos con la gratificación instantánea de nuestros
deseos. En materia sexual, esto no deja de ser desastroso por cuanto la
consecución gradual de un objetivo dilatado mediante una lenta corte es
necesaria para fortalecer los lazos de la pareja. La copulación instantánea es
rara en los animales superiores y actualmente sólo tiene lugar en los animales
domésticos que el hombre ha criado al margen de los modelos de acoplamiento
altamente diferenciados de sus antepasados con miras a la fácil cría del
ganado... Y esto lleva nuevamente a Lorenz hacia su tema central, el de nuestra
potencial degeneración genética —de la que es un síntoma la creciente
delincuencia juvenil—, y que conduce igualmente al problema ya discutido del
abismo existente entre las generaciones.
No es preciso admitir con Lorenz esos negros peligros, pero ciertamente sería
preferible ostentar un argumento sano contra su punto de vista en lugar de
contar con la esperanza de que él se haya equivocado; y el mejor argumento
parece ser la exigencia de una comprensión biológica más profunda del ser
humano que la que actualmente tenemos.
El séptimo tema de Lorenz sobre la «indoctrinabilidad» del hombre nos lo
muestra en su muy discursiva, y por otra parte concisa, obra. Aparecen ciertos
argumentos que rebasan algunos de los métodos de investigación disponibles para
el biólogo y que ponen en tela de juicio su validez. No es extraño contemplar
el método conductista condenado una vez más y no solamente por sus
limitaciones, sino también por la creencia en la validez de sus análisis, que condujeron
a incrementar las tentativas de manipulación del ser humano a través de las
técnicas conductistas. En la medida en que el método es perfecto, y no cabe
duda que puede ser muy efectivo, su utilización en relación con el ser humano
es un pecado.
Para Lorenz, las implicaciones políticas del conductismo son «espantosamente
claras». La idea de que el hombre no es más que la criatura de sus respuestas
condicionadas, de que es maleable en la medida en que si uno lo coge lo
bastante joven puede hacer de él cualquier cosa, «todo ello —dice Lorenz— es
aceptado por todo el que pretende manipular al ser humano». La creencia en la
plena eficacia del condicionamiento ha hecho que una hipótesis científica se
convierta en una doctrina, y más aún, según el punto de vista crítico de
Lorenz, en una religión mundial. Skinner propuso que el método es una fuerza
para el bien, y que la modificación del comportamiento en el hombre constituye
la extensión adecuada del trabajo de laboratorio con las palomas, y afirma: «Si
uno descubre de qué modo está relacionado el comportamiento con el entorno, se
puede utilizar dicho entorno para vaticinar el comportamiento o controlarlo.
Esto lo hemos realizado con los psicóticos, los retrasados mentales, los
delincuentes juveniles, con los estudiantes, etc. Sencillamente, se trata de
crear un mejor entorno para conseguir un mejor comportamiento.»
En este caso, parece no haber serias objeciones, aunque el condicionamiento
operativo aplicado positivamente puede ir mucho más allá del sencillo arreglo
de un mejor entorno. Un sistema de recompensas y de castigos se aplica para el
comportamiento deseado e indeseado y la decisión al respecto se halla en manos
de la persona encargada de la recompensa o el castigo. Y Lorenz responde con
irritación a esa usurpación de poder con estas palabras: «La hipótesis de que
cualquier ser humano sabe lo bastante para asumir la responsabilidad de formar
y manipular a la humanidad es en mi opinión una blasfemia.» En una palabra, no
es más que una tentativa de adaptar el comportamiento humano —y en este punto
Lorenz utiliza el término «adaptar»— en el sentido científico de provocar una
evolución bajo la presión de una tensión del entorno. El no considera que los
conductistas puedan esperar adaptar con éxito algo de lo que no conocen ni la
estructura ni la función de supervivencia.
A modo de réplica, podríamos preguntar si una mejor comprensión del
comportamiento humano a través de los métodos de la etología no puede ofrecer
un arma incluso más poderosa a los manipuladores. Los especialistas de la
publicidad son conocidos por el análisis motivador y asimismo por el empleo de
los más sencillos métodos condicionantes. Lorenz lo contempla tanto en el Este
como en el Oeste: en el Este, el martilleo de la publicidad comercial que trata
de condicionarnos se halla sustituido por un monótono e insistente mensaje
político; los carteles rojos del «Gran Hermano» oriental y el tintineo de la
televisión comercial son las dos caras de una misma medalla. Con el deseo de
influir en el individuo, parecen dudar muy poco de que la mayor comprensión de
las motivaciones humanas encontraría a la gente dispuesta a utilizarla para sus
propios fines. Lorenz replica al respecto que los etólogos no pretenden
conocerlo todo ni tratan de utilizar sus conocimientos para manipular al ser
humano, mientras que los conductistas se sirven de ambas cosas. Skinner admite
que el condicionamiento, al igual que Otto Hahn la fisión nuclear, puede
utilizarse para unos fines inadecuados y que ello es bueno para motivar la
alarma acerca de su uso indebido. Sin embargo, hay un simple hecho, y es que
ambos actúan poderosamente. Skinner concluye que la posibilidad de una mala
utilización no descalifica a ninguno de ellos de ser aprovechados para el bien.
Es verdad que muchos etólogos querrían ver sus conocimientos utilizados
positivamente, por ejemplo, para ayudar a los niños retrasados. No cabe duda
tampoco de que cualquier técnica está llena de dificultades, pero en principio
la etología puede tener la primacía, por cuanto trata de conducir el
comportamiento humano hacia los canales que ya existen hasta cierto punto —por
cuanto actúan en mucha gente—, mientras que el método del condicionamiento
asume la elaboración de cada detalle del comportamiento desde algún fondo externo.
Lorenz y Skinner contemplan diferentes aspectos de un mismo mundo real. Skinner
desea modificarlo, mientras que Lorenz quiere investigar los límites de su
modificación. Pero esta diferencia de intereses basta para situarles
subjetivamente en unos mundos distintos, con diferentes implicaciones
políticas. Lorenz considera cada individuo como alguien que posee sus propias
capacidades y su potencial innatos; a juicio suyo, la igualdad no es innata,
aunque es razonable y posible pedir, como objetivo político, que cualquier niño
tenga una igualdad de oportunidades y la oportunidad de expresar dicho
potencial y no de ser sujeto a un nivelamiento para encajarse en un modelo
común.
La hipótesis behaviorista estriba en que todos los individuos que nacen con
unas capacidades humanas normales emprendan la vida con plena igualdad para
todos los objetivos prácticos. Ni Skinner ni Ashley Montagu afirman que el
hombre no tenga un comportamiento innato, sino que ello es relativamente poco
importante en comparación con lo que se le inculca bajo el punto de vista
cultural. Skinner tampoco niega los antepasados animales del ser humano, pero
afirma que el hombre tomó un giro distinto en su evolución hacia la
inteligencia y la modificación del comportamiento en su propia vida, en lugar
de bloquear los comportamientos que tiene a su disposición al nacer. Lo que en
términos científicos no es más que una diferencia de acentuación entre Skinner
y Lorenz se convierte en algo más importante cuando los problemas prácticos del
método educacional se ponen en discusión. Para Lorenz, la fórmula según la cual
todos los hombres han nacido iguales no deja de ser un claro sofisma, y una
política social sana no puede basarse en una mentira.
Una de las características lorenzianas que emergen de cualquier comparación
parecida es que debe intentar contemplar al ser humano en su conjunto y
relacionar los problemas que la humanidad enfrenta con las capacidades del
hombre en sí. Las tesis individuales que surgen pueden ser controvertidas y una
grave deficiencia en su enfoque consiste en que son difíciles de probar o
refutar en unos términos rigurosamente científicos. ¿Acaso tenemos razón al
calificar de científica tal discusión? Para tratar de contestar a esta pregunta
hemos de volvernos hacia el Lorenz menos conocido del público en general, al
Lorenz filósofo de la ciencia que trata de valorar el método científico a la
luz de la comprensión de nuestra capacidad humana de perfección.
Capítulo 13
La verdad en el ruedo
Tal
como muchos de nosotros aprendimos en la escuela, el principal instrumento de
la ciencia es la medida; entreguemos al científico algo que calcular y será
feliz. Las leyes más familiares de la ciencia pueden expresarse
matemáticamente. El artista o el poeta son literatos, mientras que el
científico es un aficionado a los números.
Sin embargo, la ciencia de Lorenz es resueltamente descriptiva, y, más aún, en
su mundo numéricamente ambientado, a menudo describe sólo cualidades. Muchos
científicos modernos podrían preguntar de qué manera Lorenz, o cualquier otro,
pueden estudiar realmente un patrón de comportamiento animal o una emoción
humana, si es incapaz o no desea medir la distancia, la duración, la energía,
el ángulo o el decibelio y no solamente una vez, sino muchas veces, hasta
descubrir un cierto promedio para aplicarlo estadísticamente a cualquier parte
de lo que se intenta significar. Dos observadores enfrentados a un mismo
problema complejo pueden describirlo de manera muy distinta y probablemente lo
hagan, mientras que estos dos mismos observadores, al realizar una serie de
medidas, utilizan un lenguaje común; su labor convence porque es respetable.
Entonces, ¿acaso podemos ser unos auténticos científicos sin tratar de
cuantificar las cualidades?
A modo de réplica, Lorenz nos cuenta una historia en contra de sí mismo:
«¿Cuánto me quieres?», le preguntó en cierta ocasión a su mujer esperando una
adecuada y romántica respuesta. Ella reflexionó un instante y luego le dijo:
«Ocho.» Muy satisfecho de una respuesta que tan claramente exponía el problema
de la fatuidad, Lorenz la dio a conocer a sus amigos: «Le pregunté a mi mujer
cuánto me quería, y ella me contestó que “nueve”.» Gretl le interrumpió,
corrigiéndole: «No, he dicho “ocho”.» ¡Su marido no debía promocionarse a sí
mismo!
Para Lorenz este caso implica mucho más que un simple juego con una palabra y
un número. Yo mismo le pregunté cuántas gráficas había realizado en toda su
vida. Se me quedó mirando un momento medio satisfecho y medio avergonzado como
un colegial que ha decidido conmover al mundo con una fórmula capaz de desafiar
toda creencia convencional: «¿Conoce mi historia? —dijo lentamente, para gritar
bruscamente—: i Jamás concedí un autógrafo en mi vida y me siento muy orgulloso
de ello! —y, más tranquilo, agregó—: He realizado algunos experimentos muy
inteligentes, pero en todos ellos yo fui el que los describió y mi amigo Niko
Tinbergen fue el experimentador.»
Tinbergen intervino sonriendo: «Yo puedo dibujar un “histograma”.» (La ocasión
para este comentario fue la discusión que siguió al premio Nobel con los
compañeros ganadores del premio de química y física ante la televisión sueca.)
Lorenz consideraba la aceptación marginal de los «histogramas» manifestando:
«He llegado hasta allí, pero no mucho más lejos. Ya saben, somos la gente del
animal como un todo.»
Su estudio sobre los organismos enteros sitúa a estos científicos en la cima de
la jerarquía de las complejidades en todas las ciencias. En el nivel
inmediatamente inferior figura la fisiología de los mecanismos del
comportamiento, uno de cuyos ejemplos citados por Lorenz, el de cómo una
cigarra «comprende» y reacciona distintamente al canto de sus rivales y al leve
cliqueteo de la hembra, fue estudiado por el fisiólogo Schwartzkopf. Este
estudió el potencial de las membranas siguiendo la información de un modo
electroquímico de una célula a otra en la cadena de ganglios y demostrando de
qué manera el sonido registrado por el tímpano es procesado a lo largo del
camino seguido, excluyéndolo hasta el centro motor, todo salvo la reacción de
lucha contra un sonido y la respuesta de cortejo de otra. En este caso el
fenómeno descrito por Lorenz y Tinbergen de un modo general en tanto que
«mecanismo innato de desencadenamiento» fue analizado en términos de actividad
celular, de la química y del desplazamiento de los electrones. Schwartzkopf
pensaba que era preciso reducir el problema estrechando su campo de
investigación para ir progresando.
He aquí el método de reducción científica: el animal puede analizarse
íntegramente en términos de fisiología de sus órganos; seguidamente se analizan
las bases bioquímicas de la fisiología; a su vez, la bioquímica se separa para
examinar la naturaleza física de los enlaces y las reacciones químicas, que a su
vez dependen de la física de las partículas elementales de las que toda materia
está compuesta. A medida que profundiza dentro de la complejidad, el científico
se mueve sobre un terreno más firme, las leyes parecen volverse más sencillas,
más generales y matemáticas. Pero esto, cuando menos en parte, tiene que ver
con el progreso de cada ciencia, y bajo el punto de vista de Lorenz fue desde
donde él avanzó para darle un nuevo impulso a la etología.
Las fases del progreso científico son la observación y la descripción, la
clasificación, la proposición de las relaciones entre los componentes del
sistema analizado, la comprobación de las hipótesis tratando de probar si son
erróneas y luego si fracasan las tentativas de refutación, la aceptación
provisional de dichas relaciones en tanto que ley científica. Por su
naturaleza, con la simplicidad y la aplicación general de muchas de las
relaciones investigadas, los físicos —y muchos químicos— inicialmente avanzaron
mucho más allá de la bioquímica; pero en los últimos años hemos asistido a unos
progresos espectaculares también en dicho campo. Un ejemplo lo tenemos en el
caso de un físico que comenzó a investigar el código genético contenido en el
ADN y contribuyó a su resolución tratándolo como un problema físico, químico y
geométrico.
Muchos problemas biológicos son mucho más complejos y aparecen más tarde como
la expresión de las leyes generales reconocibles por los físicos matemáticos.
La biología es la más compleja y primitiva de las ciencias, la que más depende
de la observación y la descripción de una gran cantidad de detalles, y su
dificultad reside en traducirla a cifras y por consiguiente a leyes de tipo
físico.
Lorenz opina que la biología —el estudio de la vida en sí y por consiguiente la
más importante de nuestras ciencias— es asimismo la más desvalorizada, pero
habría que responder que en la segunda mitad del siglo XX quizá no sea
totalmente cierto para la biología en general, que se ha desplazado de su punto
central en cuanto a la importancia que tenía y al interés y el esfuerzo de
atracción (aunque en realidad muchos problemas físicos corrientes son más caros
de investigar). También pudiera ser verdad que, comparándola con otros ángulos
del amplio campo de Lorenz, aún se considere inferior debido a la dificultad de
la cuantificación. Lorenz considera que sus colegas se someten demasiado
fácilmente a la presión de la corriente científica ortodoxa, pues están
demasiado dispuestos a imitar el estilo de los físicos actuales cuando sería
preferible que mirasen a los pioneros. Lorenz subraya que Isaac Newton fue un
físico matemático cuyas ideas sobre la gravitación fueron mucho más allá que
los rigurosos testes de los que entonces podía disponer. No es cierto, sin
duda, que su ley de la gravitación tenga poco o ningún valor por no haber sido
probada en el laboratorio.
Actualmente, los físicos dependen cada vez más de los instrumentos, pues sus
propios sentidos no pueden decirles nada acerca del movimiento de un electrón o
de la rotación de una estrella pulsátil de neutrones, y es cierto que tales
detectores han de ser calibrados, lo que añade una dimensión a nuestros
conocimientos. Los métodos indirectos también pueden aplicarse en biología,
aunque se necesitan menos para empezar, por cuanto lo que observamos son seres
vivientes que emiten señales, muchas de las cuales son directamente asequibles
a nuestros sentidos humanos. Y parece que hayamos alcanzado ya un punto en el
que a un científico le resulte respetable excluir de la consideración práctica
la evidencia directa de sus propios ojos y oídos. Al combatir lo que se le
antojaba como una acción de retaguardia por el método científico que él mismo
había aplicado con un éxito tan notable, Lorenz a veces parecía condenar toda
cuantificación en biología, aunque ello, como de costumbre, constituyera una
exagerada simplificación de su verdadera postura, derivada una vez más del
carácter perentorio de su estilo. Sin embargo, con fuerza efectiva y con humor,
Lorenz critica cierto aspecto, «la tan en boga falacia de olvidar la
descripción».
Contrastando con el biólogo, el físico puede ignorar de un modo más razonable
las diferencias entre un reloj de pulsera y el antiguo reloj de nuestros
abuelos, y establecer directamente una relación entre el movimiento de las
agujas. Puede observar que una va doce veces más rápida que la otra, definiendo
el hecho como «ley del reloj», y luego no tener en cuenta las diferencias de
forma ni de formato, como si hubiese escapado a su atención. Pero el biólogo
dista mucho de poder dispensarse de la descripción, ya que las variaciones en
la estructura son tan importantes para él como lo puedan ser los rasgos
comunes. En última instancia, son las diferencias de estructura las que hacen
de un hombre un hombre y de un ganso un ganso, aun cuando ciertas funciones de
los elementos estructurales sean las mismas. Para el biólogo es fundamental no
seguir al físico cuando ello implique una exagerada simplificación. Algunos
biólogos solamente investigan los rasgos comunes en la paloma, la rata y el
hombre; un ejemplo que hemos visto es el interés del conductista por los
mecanismos de refuerzo o de condicionamiento, donde todo lo característico de
la especie — bien sea de la paloma, de la rata o del hombre— es deliberadamente
descartado.
Aparte de todo esto, Lorenz considera que aún queda por realizar una cantidad
tremenda de trabajo descriptivo; un gran número de seres vivientes ha de ser
aún estudiado detalladamente, y se trata de un trabajo que no puede sustituirse
por un experimento. Lorenz teme que la necesaria descripción pueda ser detenida
por la locura de la cuantificación. «En la actualidad —afirma— es difícil
conseguir una tesis doctoral que no contenga una plétora de gráficos, de
estadísticas y de matemáticas complejas; es casi imposible obtener un título de
doctor por un trabajo puramente descriptivo, lo que denota hasta dónde hemos
llegado siguiendo la moda, porque se trata de una moda —insiste—. Ello impide
que muchos jóvenes investigadores se conviertan en unos verdaderos expertos en
su campo.» El punto de vista de Tinbergen es igualmente explícito: «El
desprecio de la simple observación es un rasgo mortal en cualquier ciencia y
sobre todo en una ciencia tan joven como la nuestra.» Y agrega que es necesario
un desarrollo equilibrado de la etología.
Los estudiosos titulados que se unieron a los etólogos lorenzianos a menudo se
han enfrentado con un molesto proceso de falta de preparación. La antigua
alumna de Tinbergen, Anne Rasa, al trabajar con Lorenz en Seewiesen en 1973,
observó que los estudiantes que llegaron para colaborar con ella generalmente
creaban un ambiente de tensión, pues querían saber lo que debían hacer. Ella
les decía que con un nuevo animal no se debe hacer nada, sino limitarse a
observarlo durante unas semanas. No hay que leer ningún trabajo sobre el
animal, para evitar ser influidos por ideas ya establecidas que pueden ser
reforzadas dejando de lado importantes rasgos que aún no han sido descritos.
Los estudiantes se extrañaron al comienzo, pero finalmente aceptaron la
necesidad de tener una impresión sobre el animal antes de empezar a contar
cosas; una larga e inteligente observación contribuye al verdadero
conocimiento. No obstante, y de acuerdo con Tinbergen, Anne Rasa considera que
ya está cerca el final del etólogo puramente descriptivo, la fase de historia
natural de la ciencia. En muchas situaciones solamente a través del experimento
es posible establecer lo que ocurre dentro de un animal. Lorenz lo acepta en
principio, pero en la práctica, ¿cómo reacciona ante los estudios de los
etólogos que trabajan junto a él y que cada vez se basan más en las
matemáticas?
Norbert Bischof trabajó con los patos y los gansos en Seewiesen hasta que
Lorenz y él se marcharon en 1973. Sus estudios con los gansos de Lorenz y sus
polluelos contenían gran número de mediciones para ser analizadas por
computadora. En sus estudios, Bischof adoptó
—y adaptó— el método de los sistemas analíticos utilizado en el control de
ingeniería, trazando una red de causas y efectos entre los distintos
individuos. Se trataba de una última tentativa por restaurar el equilibrio
original entre la observación de Lorenz sobre lo que ocurre en el
comportamiento animal y el detallado análisis causal según el estilo de Von
Holst, con el tipo de tensiones más o menos disimuladas que inevitablemente
iban a crearse. En el experimento de Bischof con los gansos de Lorenz se ensayó
con éxito un modelo hecho en la computadora sobre el cariño y el miedo, bajo la
forma de una oscilación en el equilibrio de las fuerzas que empujaban y
apartaban a los polluelos hacia la familia o los extraños. Bischof se interesó
por la dinámica del establecimiento de la barrera del incesto, ese mecanismo
que en la mayoría de los vertebrados evita el acoplamiento entre hermanos o
entre padres e hijos. Al alcanzar la pubertad, los polluelos comienzan a
apartarse de su propia familia y se interesan más por los extraños. Bischof
empezó, naturalmente, con la observación general de la cría de los polluelos
dentro de sus grupos familiares. Al igual que Lorenz, observó que los polluelos
establecían distinción entre los miembros ajenos de su propia especie y los
individuos familiares de los que estaban troquelados. Inicialmente, los
extranjeros suscitan temor, mientras que los animales familiares inspiran amistad
o cariño, pero al llegar la pubertad este comportamiento cambia totalmente y
los polluelos empiezan a comportarse como si ya estuvieran hartos de su
familia, mientras que los extranjeros son unos objetos de fascinación y de
posible compañerismo.
Estas observaciones plantean una cuestión, así como el primer argumento en su
respuesta. Pero no facilitan ninguna comprobación de la respuesta, y es en este
punto donde interviene la medición: el cambio de actitud en la pubertad se
refleja en el correspondiente cambio en las distancias y los ángulos en los que
los polluelos se sientan en relación con la posición de los padres y de los
forasteros. Esto se observó y señaló en las copias del plano del corral ocupado
durante largo tiempo por dos familias hasta acumular gran cantidad de esquemas.
Las posiciones y los ángulos de los gansos y sus polluelos en cada uno de los
planos se introdujeron en la computadora que analizó la situación desarrollada,
descartando las variables insignificantes y extrayendo la información deseada
acerca de la velocidad de erección de la barrera contra el incesto y el abanico
de las edades a las cuales esto ocurría.
Es significativo que Lorenz no haga ninguna objeción a este trabajo: lo respeta
porque le satisface que Bischof sea también un buen observador que conoce
totalmente a sus gansos. Las mediciones permiten el estudio exacto de los
detalles; en un punto determinado de un estudio, la precisión y la comprensión
pueden ser dos opciones, pero ambas son necesarias si se desea que un estudio sea
completo. En el estudio de Bischof el diálogo entre el hombre y la máquina
constituye un elemento valioso de su método experimental; la máquina asimila lo
fastidioso del trabajo científico y deja su parte interesante. Bischof y
Lorenz, sin embargo, admiten que en realidad demasiadas investigaciones
arrancan con la pregunta de qué es lo que se podrá introducir en la
computadora, una pregunta no científica que impone límites intangibles sobre la
labor que hay que realizar, y puede conducir a un punto de partida erróneo.
Un contemporáneo de Lorenz y conciudadano de Viena es el filósofo Karl Popper;
los dos, según Lorenz, son amigos de infancia. Al trabajar en Inglaterra,
Popper ejerció un fuerte impacto en la ciencia británica a través de su
influencia sobre un gran número de destacados científicos. Una importante
proposición en la filosofía de la ciencia de Popper es que cada científico
tiene la responsabilidad inicial de probarse a sí mismo que está equivocado. Un
centenar de experimentos distintos encaminados a apoyar una teoría no prueban
que ésta sea cierta. Cien experiencias distintas tratando por todos los medios
de refutar esa verdad sin conseguirlo no hacen sino fortalecer la teoría.
Aparte de cualquier justificación filosófica, es cuestión de sentido común. Es
una pérdida de tiempo y de reputación lanzar al aire unas ideas que han de
refutarse inmediatamente; y para los demás, es siempre muy aburrido tener que
probar o refutar una cosa; además, no todas las personas ni los científicos son
como Lorenz, capaces de atraer a unos discípulos preparados a perder el tiempo
en unas ideas que no son las suyas propias. Por otra parte, aún son muchos los
científicos—incluido el propio Lorenz— que en los momentos de auténtica
autocrítica admiten que es muy laborioso seguir las sugerencias de Popper. No
estamos hechos para desear probar la falsedad de las propias teorías;
preferimos refutar a nuestro adversario. Lorenz afirma que a pesar de ello —y
sabiéndolo perfectamente— trata de comprobar sus ideas. Ninguna idea suele
contener más que una verdad provisional y únicamente probándola es cuando puede
descubrirse su debilidad, pavimentando con ello el camino hacia una mejor
aproximación a la verdad o bien, en el peor de los casos, desbrozando el
terreno para las nuevas ideas. Según el esquema de Popper, la fuente de una
hipótesis no es especialmente importante. Efectivamente, cuanto más
extraordinaria es una idea, tanto mayor es la posibilidad de que sobreviva a la
refutación. Ello puede parecer tanto como rebajar el premio a la habilidad:
pinchar a un caballo con una aguja no requiere ningún conocimiento del método
de las carreras y es un medio bastante vulgar de profetizar al ganador. Pero si
el caballo gana, las apuestas pueden ser mejores que si se ha utilizado el arte
o la habilidad. Sin embargo, en la vida real, los científicos no seleccionan
las teorías al azar, pues incluso las hipótesis más exageradas dependen de
cierto grado de perspicacia.
Lorenz diverge claramente de Popper en lo que se refiere a la fuente de las
ideas científicas, y casi termina con el carrusel. La finalidad de Lorenz viene
de lo que él considera como el auténtico origen del progreso científico; la
finalidad de Popper consiste en resumir o eliminar. El método de Lorenz estriba
en observar y luego esperar; el cerebro humano tiene una gran capacidad para
almacenar los datos, aunque solamente tras un proceso inicial de filtrado. Con
el tiempo, nuestro proceso de percepción extrae el modelo de un aparente
desorden, nuestra mente establece las relaciones, y con su preparación la mente
del
científico elimina un gran número de modelos potenciales sin esfuerzo. En la
introducción al segundo volumen del compendio de sus trabajos, Lorenz nota que
Popper — autoridad en otras materias— jamás menciona ese importante proceso
vital en sus obras. Y Lorenz afirma que tampoco comprende por qué Popper
rechaza los procesos inductivos como fuente de conocimiento.
Los artículos de Lorenz son largos y discursivos; en realidad, apenas se
reconocen como trabajos científicos cuando se comparan con el contenido
habitual de una revista especializada. Esto obedece en parte al hecho de que
muchas publicaciones exigen la reducción de la descripción al mínimo requerido
para comprender los experimentos relatados —lo cual no solamente va en contra
de Lorenz, sino que impide relatar unas observaciones potencialmente valiosas
cuya significación aún no se entiende—. Pero quizá se nota aún más por la
brevedad y la claridad — al igual que el conformarse al estilo intelectual
corrientemente aceptado de muchos trabajos que hoy se escriben como si el autor
hubiera deducido sus resultados mediante un proceso lógico que empieza en la
base de los detalles y el conocimiento existente sobre los cuales ha elaborado
sus cuidadosas observaciones y sus experimentos, edificando piso tras piso su
obra hasta coronarla con el resultado final. Pero en la vida real suele suceder
a menudo lo contrario, pues se ha utilizado un método inductivo, el resultado
se ha pensado de antemano y se ha lanzado precariamente al espacio en espera de
que sea construida una estructura de apoyo para alcanzar dicho resultado. Si
ello se logra y el autor de un trabajo satisface al director de la publicación
que ha tomado las medidas razonables para adjudicarlo, su artículo está listo
para la publicación.
Según las ideas que le enseñó su profesor Karl Bühler en los comienzos de los
años treinta, Lorenz califica su método de Gestalt perception. Traducido
literalmente, Gestalt significa forma, aspecto o modo, pero al
añadir la palabra perception no existe una simple expresión
inglesa para el concepto. Quizá el término más preciso sería el de «intuición»,
pero carecería de la dignidad filosófica del término original, con lo que la
palabra alemana también ha sido aceptada en inglés y otros idiomas.
Los psicólogos de la Gestalt sugieren que el cerebro percibe
una unidad de forma, un modelo extraído del desorden: la Gestalt. En
el momento en que parecía imposible probar la fisiología de los procesos
mentales y el estudio de su desarrollo aún no había empezado, los psicólogos de
la Gestalt desplegaron una gran ingenuidad al formular las
reglas de establecimiento de ésta: hubo más de un centenar en su apogeo. Entre
las que han sobrevivido para ser aplicadas en el desarrollo de los niños, una
es la regla del destino común, la cual estipula que los contornos móviles se
contemplan como los ángulos externos de un objeto que se mueve. Otra regla, la
de la buena continuación, establece que cualquier cosa que pueda describirse
con la misma ecuación dentro de un sistema de coordenadas aparecerá como el
contorno de un simple objeto. Los estudios sobre los recién nacidos indican
actualmente que estas dos capacidades pueden ser innatas, pero una tercera
regla, según
la cual cuando ciertos contornos están presentes, los que se encuentran más
cerca son vistos como los contornos de un solo objeto, parece que se manifiesta
a la edad de un año. La psicología de la Gestalt nació en
Europa y se exportó a Estados Unidos, donde por un tiempo sus complejidades atrajeron
a muchos psicólogos americanos. Lorenz se interesó poco por toda la complicada
teoría, concentrándose en ella como un simple fenómeno y describiendo lo que
realizaba.
Tan pronto como aparece, la Gestalt mantiene su integridad en
las condiciones cambiantes tan claramente como lo hace un objeto sólido tomado
bajo diferentes ángulos o visto bajo luces de colores. Los cambios aparentes
son descontados sin pensar; refuerzan la Gestalt por cuanto su
comprobación se realiza ampliando la serie de condiciones en las que el objeto
percibido permanece constante. Incluso es posible seguir reconociéndolo si
cambia su forma dentro de unos límites aceptables. La criatura percibida como
ganso seguirá siendo ganso a través de una amplia variedad de comportamientos
distintos. Si desaparece bruscamente, el cerebro buscará la prueba de que ha
buceado debajo del agua o volado detrás de un árbol; pero si se vuelve verde
con manchas amarillas, dice adiós y luego estalla, el observador dudará de sus
sentidos o sospechará que se trata de alguna broma: seguramente, se sentirá
desorientado.
La regularidad —tal como la entiende Lorenz— puede cobrar la forma del miembro
de un grupo o una clase: un niño que ha visto a un San Bernardo y a un sabueso
reconocerá a un chihuahua como a un perro, y el chihuahua reconocerá a un joven
San Bernardo como un cachorro a pesar de la gran diferencia de talla, por
cuanto ambas criaturas que contempla son conformes en su forma y su
comportamiento a un cachorro: el perro percibe la Gestalt del
cachorro, que en este caso desencadena la adecuada respuesta protectora en el
perro. En ejemplos como éste el comportamiento es parte integrante de la Gestalt como
lo es en otras formas de comprensión humana, y aunque puede considerarse como
más aceptable en los artistas que en los científicos, es igualmente vital para
ambos. Lorenz afirma con seriedad y énfasis que en nuestro primer intento por
comprender los complicados sistemas biológicos, el enfoque «visionario» del
poeta, que consiste sencillamente en considerar la percepción de la Gestalt como
regla suprema, nos dice mucho más que cualquier medición seudocientífica de
unos parámetros elegidos arbitrariamente.
Al explicar dicho proceso, Lorenz toma como ejemplo el motor de un coche para
mostrar de qué manera entendemos el funcionamiento de un sistema. El pistón
aspira la mezcla del carburador... y con ello ya tenemos dos nuevas ideas que
únicamente pueden ser descritas en términos de otras desconocidas. En tanto que
una parte del sistema, el pistón solamente puede entenderse cuando sabemos que
está unido por el vástago al cigüeñal y que éste gira bajando el pistón para
crear la aspiración. Y sólo se puede entender que ello hace penetrar el gas y
lo mantiene allí si se sabe cómo funcionan las válvulas, y que la entrada de
las mismas permanece abierta cuando el pistón realiza la expulsión; y sólo se
puede comprender la acción de las válvulas sabiendo que funcionan mediante la
rotación del árbol de levas a media velocidad del cigüeñal para levantar la
entrada de la válvula en el momento preciso, etc. En realidad, podemos entender
adecuadamente el funcionamiento de cada una de las partes tan pronto como se
entiende todo el sistema. El cerebro humano puede aceptar y retener la
información de los elementos, reservando la plena comprensión del papel de cada
parte hasta que finalmente, dando un paso gigantesco hacia adelante, contempla
la totalidad. Sin embargo, ello no significa que los subsistemas, tales como el
carburador o el dispositivo de encendido de la mezcla, no puedan comprenderse,
cuando menos en parte, antes de que toda la estructura se conciba en relación
con sus funciones: en los sistemas muy complejos éste es el único modo de
analizarlos como una visión general.
Como de costumbre, Lorenz adorna sus explicaciones con sus propias
ilustraciones gráficas. Pude observarle en cierta ocasión explicando sus ideas
a un grupo de estudiantes, que se divirtieron mucho al verle esbozar
rápidamente su caricatura en la pizarra, no muy parecida, pero reconocible.
Luego borró el generoso y convexo apéndice nasal sustituyéndolo por un trazo
cóncavo. Inmediatamente el parecido anterior, tan claro con las espesas cejas y
la barba, desapareció; no era ya solamente la nariz, sino todo el retrato, que
no era reconocible, por cuanto lo característico no es la serie de elementos,
sino su interacción. Análogamente, la ausencia de una sola parte de un sistema
puede destruir totalmente su función.
El punto al que Lorenz pretendía llegar en este caso era el de que la
percepción de la Gestalt es una valiosa capacidad que puede
educarse para su uso positivo en vez de rechazarla totalmente como se
acostumbra en la ciencia. Incluso quienes lo rechazan suelen aplicar
frecuentemente ese método, independientemente de que lo acepten, ya que ésa es
la manera como trabaja el cerebro. Siguiendo el punto de vista del físico
teórico Max Planck, Lorenz afirma que esto se parece mucho a la forma en que el
niño aprende a conocer lo que le rodea, y nuestra comprensión del mundo físico
está basada igualmente en nuestra percepción humana. Así como la biología se
basa en la química y ésta, a su vez, se basa en la física, la física en sí es
revelada a través de nuestro propio proceso de percepción para convertirse en
lo que denominamos conocimiento, el cual, a su vez, se basa en la biología del
cerebro, con lo cual completamos el círculo. El único punto práctico es que la
percepción de la Gestalt funcione y sea un instrumento
reconocido en el proceso de ensamblaje del conocimiento científico.
Al observarse a sí mismo, Lorenz piensa que su interés por una serie de
fenómenos aumenta como resultado del funcionamiento inadvertido de su poder de
percepción de la Gestalt y lo que comienza a contemplar se
vuelve fascinante tan pronto como el modelo comienza a surgir. Como resultado,
y quizá sin un esfuerzo consciente, concentra cada vez más su atención sobre
los distintos factores relacionados entre sí hasta que finalmente la
información que flotaba en sus sentidos ha fortalecido el modelo que surge
bruscamente con un grito de «¡Ajá!» (Konrad le está muy agradecido a Kari
Bühler por su descripción del experimento del «¡Ajál»)
Lorenz trata raramente de refutar sus propias ideas mediante experimentos del
tipo que aceptaría el propio Fopper. Aun faltándole esa prueba formal a través
del fallo o la refutación, se suele conformar con que la hagan sus discípulos o
sus colaboradores. En su trabajo, Lorenz demuestra gran capacidad de
observación tipo Gestalt (gestaltsehen en alemán) que le
envidian sus colegas. Ello le lleva mucho más allá del nivel de la mera
intuición y parece incorporar las primeras tentativas en la refutación esencial
para el método científico. A medida que el modelo cobra forma, cualquier
irregularidad se cultiva activamente en lugar de ser despreciada; junto a la
belleza regular de la Gestalt, un elemento carente de armonía
suele relampaguear y saltar insistentemente hasta encontrar un lugar dentro de
una forma nueva o modificada. Y ello puede aceptarse como el límite severo de
la legitimidad que Lorenz cree haber observado.
Lorenz se siente él mismo bajo la presión de científicos tales como los
conductistas y hasta de ciertos etólogos que le consideran como un simple
naturalista. Pero el término naturalista no tiene por qué ser despectivo. En
cada ciencia hay grandes naturalistas, hombres cuyos experimentos funcionan con
más seguridad que los de sus colegas, hombres cuyos cálculos les conducen con
suma facilidad a conclusiones aparentemente inesperadas y que parecen tener el
don de contestar a la pregunta justa en el tiempo justo o que se encuentran en
el lugar adecuado cuando algo ocurre. Estos hombres suelen conseguir sus
resultados con una facilidad engañosa aunque no siempre con rapidez. Los
grandes naturalistas disfrutan realmente con su labor y en muchos casos son
unos auténticos autodidactos. Estas personas tienen mucho que ofrecer por
cuanto su ciencia y su cualidad común son una especie de intuición científica y
de hecho semejante a la percepción de la Gestalt de Lorenz.
Teniendo en cuenta el hecho de que una observación del tipo realmente positivo
parece ser un talento bastante raro en la ciencia, ¿acaso tiene razón Lorenz al
asignarle un lugar tan destacado? Ciertamente, su argumentación en su favor es
razonable y puede persuadir a muchos científicos para que la utilicen con miras
a una aplicación más productiva; entre los médicos se trata de una cualidad
altamente deseable. Pero solamente un extremado marxista o un conductista
podría afirmar que todo el mundo tiene el mismo potencial para ello, y Lorenz
no puede razonablemente esperar que mucha gente sea tan buena en la percepción
de la Gestalt como él mismo. Efectivamente, él sabe muy bien
lo que suponen los problemas de comunicación entre quienes se basan fuertemente
en ellos y quienes no lo hacen, pues se trata de una de sus mayores cualidades
bien desarrollada y ejercitada, basada siempre en la individualidad de Lorenz.
Es posible que una mayor aceptación formal por parte de los científicos del
valor de este tipo de idea atrajera hacia la ciencia a una proporción de gente
más imaginativa y que normalmente se considera a sí misma capacitada únicamente
para las artes o las humanidades, allí donde una mayor amplitud hacia las ideas
inhabituales es, en principio, más apreciada.
Lorenz pierde pocas oportunidades de plantear su punto de vista ante los
científicos. Una anécdota contada por sir Peter Scott recuerda la vez en que,
como rector de la Universidad de Birmingham, invitó a Lorenz en 1974 para
otorgarle un título honorífico. Para estas ceremonias suele elaborarse
previamente un cuidadoso horario, pero, a pesar de las mejores intenciones, los
programas no suelen ser respetados. El hecho es que cuando sir Peter acabó su
propia alocución ya se habían perdido unos diez minutos. Lorenz, soberbio con
su manto rojo y su sombrero ancho, se levantó para pronunciar su discurso. Sacó
unas notas del bolsillo y dejó el legajo en la mesa ante él. Luego sacó sus
gafas, pero no se las puso; en lugar de ello, comenzó a hablar del magnífico
nuevo rector, que al igual que él mismo tenía el don de la percepción del
tipo Gestalt, de tal modo que muy pronto se había adentrado ya
en su tema favorito. Sujetando las gafas con la mano, no hacía más que
agitarlas ante sí de una manera que iba ilustrando lo que significaba: «De
cualquier manera que las pusiese — decía Lorenz—, el auditorio no podía dejar
de ver cómo eran.» El vicerrector, dándose cuenta de cómo iba pasando el
tiempo, efectivamente veía de lo que se trataba: un par de gafas en la mano de
Lorenz en lugar de estar ante sus ojos, con una pila de notas sin abrir y
esperando ser leídas, y un programa que hacía quince minutos ya se había
rebasado. ¿Acaso Peter Scott no podía hacer algo al respecto?
En este caso, no fue necesario hacer nada. Lorenz se detuvo a la mitad de su
perorata y manifestó: «Bien, esto es lo que deseaba decir», y metiendo
nuevamente sus notas en el bolsillo, se sentó.
La percepción de la forma (Gestalt) tiene tantos defectos como
virtudes. Incluso la combinación del conocimiento previo y de la observación
pueden conducir a una conclusión errónea. Sin embargo, la mirada del ingenuo
puede ser peligrosamente embaucada, ya que el proceso es tan poderoso que puede
persuadir al observador de creer que hay orden donde no existe. Si miramos al
cielo durante un buen rato, contemplamos ciertos modelos en la disposición de
las estrellas que denominamos constelaciones. Estas pudieron ser identificadas
al comienzo para ayudar a los antiguos navegantes. Ahora sabemos que —fuera de
la Vía Láctea— dichas formas y modelos son las proyecciones subjetivas de una
distribución casual, pero tan pronto como las hemos contemplado ya no podemos
olvidarlas. Con el tiempo, la necesidad práctica del navegante se transformó
para facilitar la correlaciones llenas de esperanza del astrólogo; y a su vez,
el astrólogo puede fácilmente extraer un orden de ciertos acontecimientos para
pronunciar una profecía o un oráculo.
Lorenz recuerda una experiencia psicológica emprendida por Alex Bavelas en la
que a los sujetos se les preguntaba si podían descubrir la causa y el efecto
entre unos botones que debían apretar y unas señales desconocidas por ellos,
que se presentaban realmente de un modo totalmente casual. Había una luz que se
encendía o no para decirles ostensiblemente que acertaban o se equivocaban;
todo el mecanismo funcionaba al azar. De diez sujetos sometidos a la prueba,
nueve creían que habían observado alguna correlación significativa y uno de los
participantes aún seguía manifestándolo mucho tiempo después de que la
naturaleza del experimento se le hubiese revelado, sosteniendo que el
experimentador había introducido, a pesar suyo, un modelo regular. El poder del
proceso de ordenación puede aparentemente amontonar los datos en un lugar donde
no sirvan para mucho. Si dos hipótesis alternativas son posibles, la
información que surge de las mismas puede ser impulsada en una dirección u otra
para facilitar una solución u otra según la que se observó primero. Como
resultado, la primera idea que cristaliza en la mente del observador puede conseguir
un falso poder comparado con la que le sigue — quizá demasiado tarde-, por
cuanto la segunda posibilidad ya se halla desprovista del dato en la que podía
apoyarse.
No puede haber duda en este caso acerca de nuestro deseo de creer en cualquier
forma o Gestalt que podamos extraer del mundo que nos rodea.
Percibimos y creemos en la existencia objetiva no solamente de los objetos
sólidos, sino también de las extrañas filosofías que dependen de la fuerza de
un modelo subyacente, y estamos dispuestos a rechazar todo cuanto contradice
dicho orden tan pronto como se ha establecido. Así, incluso en la actualidad,
pueden desarrollarse todo tipo de nuevos sistemas míticos y religiosos que
cuentan con una rigurosa consistencia interna, pero que pueden ser contradictorios
entre sí. Y tal como lo ha subrayado Tinbergen, la intuición del poeta o del
novelista puede arrastrarle a elegir una interpretación inadecuada, al igual
que el científico, que tiene que proceder como comprobador refutador.
Suelen irritar especialmente a los científicos las teorías seudocientíficas en
las que una evidencia tan exhaustiva como excitante puede dar lugar a un best-sellerque
impresione a gran número de personas que en ausencia de pruebas contrarias
pueden ser fácilmente persuadidas de encontrar el mismo orden en los
acontecimientos cósmicos que la persona a quien ese modelo le fue revelado
—posiblemente debido al poder de su propia percepción de la forma—. La
diferencia entre la ciencia real y la seudociencia estriba en la base mucho más
extensa de la primera. El mayor conocimiento y la experiencia de un
experimentado científico le suministra una gran cantidad de datos que no pueden
conciliarse con la groseramente falsa Gestalt del
seudocientífico. Naturalmente, el gran público no posee los medios necesarios
para distinguir entre lo falso y lo auténtico y, por consiguiente, se inclina a
aceptarlos como alternativas igualmente válidas hasta que es llevado a la razón
por científicos preparados para explicar lo que están haciendo o a progresar a
partir de ahí mediante el ordenamiento sistemático ofrecido por alguna
alternativa. En muchas librerías que se consideran respetables, los libros de
ciencia y ocultismo ocupan el mismo espacio y hasta pueden ser alineados
conjuntamente en las estanterías. En estas circunstancias no cabe sorprenderse
de que muchos científicos se muestren extremadamente cautelosos en cuanto a la
capacidad humana de reconocimiento de los modelos, como quiera que se llamen o
puedan manifestarse, ni de que suelan colocar deliberadamente unas orejeras
ante sus propios sentidos.
Lorenz contesta que puesto que la percepción de la Gestalt es
un componente vital del conocimiento, lo mejor sería que cada investigador le
dedicara la mayor atención para conocer sus propias capacidades al respecto y
utiliza su reconocida fuerza, evitando sus conocidas debilidades. Cuanto más
compleja sea la Gestaltmás vulnerable resulta su distorsión, pero
ello puede compensarse mediante la adquisición de una mayor información y
preferiblemente desde diferentes puntos de vista. Las ilusiones ópticas,
especialmente aquellas donde las geometrías alternantes hacen dudar al propio
cerebro, son defectos de la percepción de la Gestalt en la consecución de la
única respuesta interiormente consistente. También es razonable exigir que
estos resultados se comprueben mediante los métodos tradicionales. Esta afinada
capacidad puede desencadenarse mediante estímulos muy débiles y posiblemente
falsos, con lo que es importante dejar que una percibida Gestalt pueda ser
rechazada por un argumento racional (aunque Lorenz reconoce que ello puede
resultar difícil para el propio investigador). Es deseable que los científicos
con diferentes capacidades analicen una misma verdad a través de distintos
caminos. Es muy legítima la simplificación donde existe una gran cantidad de
datos complejos. Lorenz suele afirmar que el primer destello de la Gestalt puede
aparecer en un gráfico, que constituye el modo común de pretratamiento de los
datos. A lo sumo puede aparecer como el outputde una computadora.
A otro nivel, el propio Lorenz puede ser criticado, pues fuera de sus
discípulos y otras personas que pueden investigar más rigurosamente sus tesis,
hay quien afirma que su percepción de la condición humana es genuinamente una
primera aproximación a la verdad, o que es totalmente falsa. Lorenz resulta de
un entusiasmo desarmante en la conversación: «Los problemas — dice— son
complicados y aún no existen pruebas, pero se espera que pronto serán
comprobados.» La suma de las percepciones de Lorenz sobre el mundo animal y
humano produce una imagen del mundo distinta a la de sus adversarios y hasta a
la de algunos de sus compañeros etólogos. En el proceso generador de los
elementos de esa imagen —en la que cada nuevo elemento puede verse influido por
los que están junto a él—, seguido por la nueva selección a partir de cuyo
resultado escribió los libros de sus últimos años, cabe preguntar si es posible
que Lorenz haya creado una estructura distinta de la realidad. Sus adversarios
le acusan precisamente de ello, y debido a la naturaleza de su método, se trata
de un argumento filosófico y más bien de una reafirmación, que él mismo puede
ofrecer para contrarrestar las críticas.
Pero sus amigos pueden defenderle y elogiarle a la vez. Tinbergen me ha escrito
lo siguiente:
«Se
suele decir que al teorizar, Lorenz rebasa los hechos y que no los registra
objetivamente, ni los cuantifica, ni los mide ni experimenta. Naturalmente,
todo eso es necesario, pero ¿dónde estarían las ciencias del comportamiento si
Lorenz, por decirlo así, hubiese malgastado su talento especial como un
practicante y un visionario de la comprobación o la refutación de cada idea
sencilla? La inspiración de muchas investigaciones dificultosas que incluso hoy
se están llevando a cabo en muchas partes del mundo, a menudo pueden volver a
analizarse para, con el tiempo e incluso ahora, controvertir las tesis de
Lorenz. Es cierto que Lorenz no realiza explícitamente las mediciones y los
experimentos, y hasta siente un respeto exagerado por mi propio tipo de trabajo
experimental; pero no cabe duda de que sus generalizaciones deben depender de
un cálculo inconsciente (“cuando un ánsar elige a su pareja, se vuelve agresivo
hacia los demás ánsares”) y utiliza los cambios naturalmente determinados en
ciertas condiciones como unos experimentos naturales, extrayendo las reglas
generales subyacentes al comportamiento variable de los animales.»
Y
con respecto a la necesidad que tenemos en etología de buenos observadores como
Lorenz, Tinbergen escribe: «Tenemos que atraer a estos hombres, pues
son escasos.»
El
año 1973 fue un nuevo punto crucial para Lorenz. Efectivamente, fue el año de
su premio Nobel y asimismo el de la ruptura de ciertos lazos y la renovación de
sus objetivos. Comoquiera que aún tenía mucho que hacer, no deseaba abandonar
Seewiesen, pero lo que habría de dejar aquel año ya estaba decidido.
El primer golpe fue suavizado por el regreso a su querido país como hijo por
fin honrado y aventajado, y las dificultades fueron definitivamente alejadas
cuando se le presentó la oportunidad de un nuevo trabajo en unas condiciones
adecuadas, en parte en su finca de Altenberg y el resto en un hermoso valle
alpino casi a mitad de camino entre Münich y Viena. Hubo sus tira y afloja para
que Lorenz aceptara esta labor transitoria. Actuó como impulsor su antiguo
discípulo Otto Kenig, quien durante un cuarto de siglo había mantenido
fielmente la casa científica de Viena esperando el regreso de su dueño y que
ahora estaba realizando los preparativos para su regreso, mientras que en
Alemania el Max Planck Gesellschaft lo celebraba durante lo que había decidido
que fuese su último año en el Instituto de Baviera.
A comienzos de 1973, y cuando Lorenz ya había alcanzado sus setenta años, el
resultado de dichos cambios era objeto de polémicas, aunque la etología en sí
ya era una ciencia sólida, aceptada y en desarrollo. Las ondas de la influencia
de Lorenz se habían extendido, y aunque el estudio del comportamiento animal
según otros preceptos continuaba existiendo, ya estaba cambiando bajo la
influencia de las ideas etológicas. Salvo el mundo muy precavido de la ciencia
y sus especialistas, la naturaleza general de esos mismos conceptos se había
extendido y había sido prestamente absorbida por un vasto público de profanos.
Esto había creado a su vez un ambiente de simpatía para los amantes de los
animales cuya labor se atenía al modelo lorenziano, aunque su descripción
genérica quizá no fuese tan destacada para unos hombres y unas mujeres que, al
igual que Lorenz, tienen a menudo una fuerte personalidad.
Un ejemplo de ello lo tenemos en el enorme número de individuos que se han
consagrado a la preservación de las especies silvestres con miras a reducir el
impacto del hombre en su entorno. La propia naturaleza parece ser lo bastante
pródiga en la generación y la extinción de las especies; antes de que el ser
humano apareciera, los cambios naturales ya eran rápidos y hay quien piensa que
el efecto de nuestra contribución en la desaparición de especies en general ha
sido marginal. No obstante, la conservación de unas especies poco domesticadas,
y especialmente de los mamíferos que no se reemplazan fácilmente, es deseable
no solamente por la razón puramente egoísta del mantenimiento de una gran
diversidad en el propio entorno humano, sino también para mantener la
posibilidad de restaurar los genes perdidos para las razas que han degenerado
mientras estuvieron supuestamente bajo nuestro cuidado.
Los intentos de conservación implican a menudo ciertas dificultades debido a
toda una serie de razones etológicas, especialmente la cría en cautividad de
especies amenazadas para su ulterior reinserción en la naturaleza. El éxito de
esta tarea depende tanto de la comprensión del comportamiento animal como de la
naturaleza de los cambios evolucionistas. En el centro Peter Scott, en Slimbridge,
se organizó una acción de salvamento de los gansos hawaianos llamados «nene» en
un momento en que su población mundial se había reducido a la cifra de cuarenta
y dos. Dos hembras y un macho comenzaron la nueva fase de desarrollo de esta
población, llevada a cabo con grandes atenciones, introduciendo genes de otros
machos un par de veces a través de los años. Había gran preocupación cuando
aparecía alguna pequeña deficiencia, pero a pesar de todo las determinantes
genéticas del comportamiento parecían finalmente estar firmemente enraizadas.
Finalmente, unos doscientos especímenes de la importante población de
Gloucestershire fueron devueltos al volcán de Kilauca (que tiene un gigantesco
cráter de un diámetro de 1,5 kilómetros), en la isla de Maui, en el Pacífico,
donde se cruzaron con pleno éxito con las aves que trajeron de la gran isla de
Hawai.
En East Anglia, otro naturalista, Philip Wayre, tuvo también un éxito similar
con la cría de las nutrias, pero tropezó con ciertas dificultades con sus
grandes duques debido a la acción recíproca entre los genes y el entorno que
Lorenz ya había descrito como el troquelado. El gran duque es troquelado tan
fácilmente por su benefactor humano que luego se plantea el gran problema de
cómo desentrañar la relación para preparar su regreso a la vida silvestre.
Estas actividades altruistas serían imposibles sin tener por lo menos una
intuición de las bases del comportamiento animal. Pero incluso con los mejores
conocimientos científicos, el etólogo práctico se encuentra atado por ciertas
limitaciones relativas a los animales criados en cautividad tanto por las
restricciones físicas como de comportamiento. Los animales que suelen criarse
mejor bajo tales condiciones, incluso las más suaves, no siempre son unos
progenitores ideales de su raza para sobrevivir en la naturaleza. Las
compensaciones relativamente raras conseguidas mediante la aplicación práctica
de la etología ponen de manifiesto la necesidad de una investigación pura. Los
etólogos pueden analizar el comportamiento de cuatro maneras distintas. Pueden
estudiar el valor de supervivencia de los elementos específicos del
comportamiento (para Tinbergen, que ha compilado la lista de los mismos, ésta
sería la primera cuestión). O bien pueden desear conocer de qué forma funciona
el comportamiento y cuáles son sus mecanismos (cuyo aspecto puramente
fisiológico ha sido investigado por Von Holst). También pueden tratar de
descubrir el tipo de comportamiento desarrollado en el individuo al crecer, el
tema especial de Hinde; o bien investigar la evolución del comportamiento, y en
este caso volvemos a Lorenz y a sus estudios comparativos. Estas cuatro
aproximaciones no son excluyentes, pues, efectivamente, los buenos etólogos
suelen plantearse las cuatro, pero difieren en el énfasis puesto a cada una, lo
cual, a su vez, depende de su primera área de interés. Sin embargo, dejando de
lado estos debates, hay que reconocer que todas ellas constituyen unos
elementos valiosos del método del etólogo, y que todas pueden ser aplicadas con
éxito al estudio de los animales. Si hemos de arrancar de ahí, la nueva
pregunta que se plantea y constituye otra de las ondas propagadas por el
impulso original de Lorenz es la siguiente: ¿Podemos aplicar estos cuatro
conceptos para crear una etología del ser humano que no sea más que la simple
extrapolación de las observaciones que se han hecho sobre el animal?
Uno de los primeros psicólogos británicos en creerlo fue John Bowlby, del
Tavistock Institute de Londres. Al analizar el nexo existente entre la madre y
el niño, se planteó el convencional tópico psicoanalista según el cual el
hambre es el primer impulso, y el vínculo entre el niño y la madre no es más
que una consecuencia de la dependencia que el hijo tiene de su madre para su
alimentación. Partiendo de sus propias observaciones, Bowlby se convenció
pronto de que dicho vínculo era mucho más complejo, por cuanto también había
observado cómo el desarrollo psicopático de la personalidad puede depender de
la ruptura de la relación entre la madre y el niño en una edad temprana.
Hacia el comienzo de los años cincuenta, Bowlby ya se inclinaba por la ideas
expresadas en El anillo del rey Salomón y luego por el trabajo
de Lorenz de 1950 sobre el método comparativo para estudiar los patrones
innatos de comportamiento, así como por la obra de Tinbergen El estudio
del instinto. En la descripción de los animales realizada por Lorenz y
Tinbergen encontró precisamente aquello que le interesaba especialmente: las
características del comportamiento que contribuyen a crear el vínculo entre los
padres y los pequeños. Bowlby llegó a aceptar la etología lorenziana, pero con
ciertas modificaciones: el vínculo entre la madre y el niño no se explica
totalmente ni mediante el sistema de los impulsos ni con el modelo hidráulico
de Lorenz. Al igual que Lorenz y Bischof, Bowlby investigó la separación entre
padres e hijos. Cuando ésta se mantiene dentro de ciertos límites, el niño —o
el polluelo— está contento: efectivamente, en presencia de la madre puede
explorar felizmente hasta cierta distancia de ella, pero en su ausencia se
mueve menos, quizá porque parece no conocer la longitud de su atadura a menos
que posea un punto de referencia. ¿Acaso ello resulta de unas presiones
opuestas? Bowlby piensa que no; lo más probable, según él, es que en este caso
el niño o el animalito se encuentre dirigido por un simple sistema de
equilibrio semejante más bien al que mantiene una temperatura estable en los
animales de sangre caliente —dentro de ciertos límites ambientales—. Este
concepto del comportamiento, controlado para permanecer dentro de un cierto
orden de expresión, le permitió evitar la controvertida palabra «instinto»,
aunque este sistema de control, al igual que el de la temperatura corporal,
habría de ser innato. Bischof llegó a esa misma conclusión con sus polluelos de
Seewiesen.
Las ideas de Bowlby —tal como se comprobó más tarde— no eran sino un paso en el
camino de la comprensión de lo que aparecía como una relación más compleja
entre el niño y la madre o la madre sustituía, y también con otros adultos. La
conclusión, demasiado sencilla, que algunos extrajeron de su trabajo de veinte
años antes (todos los niños de corta edad requieren la plena dedicación de sus
madres), puede ser actualmente modificada, y afirmarse que una madre también
tiene necesidades por sí misma y que su satisfacción puede ser también buena
para el niño. Bowlby no vacila, además, en comparar el comportamiento cariñoso
en el animal y en el hombre, especialmente cuando está rodeado por algunas de
nuestras más fuertes respuestas emocionales tales como el amor, la alegría, el
dolor, la angustia, etc. Cabe pensar en estas emociones como exclusivamente
humanas, pero Bowlby, al igual que Lorenz, no lo hace, pues para ellos son la
prueba de nuestra historia animal adaptada para surgir y mantener nuestro
propio comportamiento dentro de unos límites adecuados.
Si admitimos eso también, podemos aceptar la sugerencia de Robert Hinde de que
la investigación de los animales puede utilizarse, siguiendo varias vías, por
quienes desean comprender al ser humano. En primer lugar, nos proporciona
métodos que cabe aplicar directamente al estudio de los seres humanos, o cuando
éstos no son éticos, nos permite estudiar problemas similares en otras especies
— en este caso los resultados no pueden aplicarse directamente al hombre, pero
pueden sugerir lo que sería observado en caso de estudiar al ser humano—.
Seguidamente, las teorías y las ideas desarrolladas en los estudios de los
animales pueden ser consideradas en relación con el hombre. Finalmente, si un
aspecto del comportamiento humano también se observa en las especies animales,
entonces podemos plantear razonablemente la cuestión de la explicación
exclusivamente humana de dicho comportamiento.
Lorenz agregaría a todo esto que el valor de supervivencia de un elemento del
comportamiento humano es fácil de evaluar si encontramos a un animal que lo
presente y con el que el científico pueda realizar un experimento. Más adelante
Lorenz afirma que la propia cultura humana puede contemplarse y estudiarse como
un sistema vivo y evolutivo, y que ello se halla justificado por la búsqueda de
los mecanismos basados en la biología que dentro de su armonioso antagonismo de
preservación y de desmoronamiento de las estructuras consiguen mantener la cultura
humana adaptada al cambio continuo del entorno. Sin embargo, la etología
práctica aún no ha llegado tan lejos. A lo sumo parece constituir un gran paso
hacia adelante el hecho de comenzar a contemplar al animal humano como un
individuo o bien en pequeños grupos.
Las propias ideas desarrolladas por Tinbergen incluyen un aspecto especial de
la etología del niño; el método parecía singularmente adecuado para el estudio
de la forma de comportamiento «autístico» denominado síndrome de Kanner. En
dichas condiciones, el niño parece extraer del mundo que le rodea un número
limitado de objetos, se retrasa en el habla y otras habilidades y muestra unos
patrones insignificantes y estereotipados de movimiento; y los niños que no se
recuperan, a menudo han de ser confiados a los hospitales mentales. En sus
estudios conjuntos, Tinbergen y su mujer, Lies, hicieron más flexible la teoría
del comportamiento con el fin de interpretar las observaciones realizadas por
ella al comparar los niños afectados por el síndrome de Kanner con los niños
normales en los que elementos similares de comportamiento suelen aparecer de
cuando en cuando. Decidieron que no se trataba de un defecto genético como
algunos afirmaban, sino que por el contrario ese conflicto motivacional suele
tener sus propias raíces en un conflicto entre un miedo exagerado y el deseo
normal de explorar y de tener amigos. La falta de sensación de seguridad y el
temor de esos niños puede incrementarse más aún, llegando a un callejón sin
salida, negándose frecuentemente incluso a hablar, aunque tan pronto como se
curan suelen demostrar un rico vocabulario. Impelidos por el contacto social,
estos niños suelen tener accesos de malhumor que Tinbergen y su esposa
interpretan como la respuesta del animal acorralado; y tan pronto como el niño
consigue lo que desea, su buen comportamiento se refuerza y su mal
comportamiento se termina. En una palabra, los niños padecen de una
socialización defectuosa y la terapéutica debe prescribirse adecuadamente. Los
Tinbergen aconsejan una mezcla de firme disciplina —aunque no exagerada para no
suscitar el temor en el niño— y encontrar el medio de que se sienta a gusto.
Incluso con ello, el proceso de retorno de estos niños a un mundo social es
dificultoso y lento. Es notable que los etólogos que se interesan por el
comportamiento humano elijan a menudo el estudio de los recién nacidos y los
niños, no tanto como adultos en potencia, sino cono seres altamente capacitados
susceptibles de administrar y organizar su propio universo con una habilidad
consumada. El estudio del ser humano adulto a través de métodos similares sigue
permaneciendo obstinadamente en la fase de la historia natural de la ciencia,
pues el comportamiento humano totalmente desarrollado aparece fantásticamente
rico y diverso en comparación con el comportamiento animal, pero también en
este caso se precisa un comienzo.
En 1973, los distintos planteamientos básicos de la etología fueron ampliamente
aplicados a los animales y, en menos extensión, al ser humano en muchos países
y por toda una serie de científicos, algunos de los cuales le han agradecido su
inspiración original a los conceptos y métodos de Lorenz, mientras que otros,
aun debiéndole mucho, apenas si son conscientes de su deuda o incluso parecen
haberla olvidado. Como dice Tinbergen: «Muchos de nuestros jóvenes etólogos no
se dan cuenta de ello, pero aún están trabajando sobre unos problemas que
fueron ideados en primer lugar por Konrad. Estos jóvenes han olvidado eso y
ahora se vuelven contra el viejo maestro.» Pero es bastante natural que muchos
de ellos elijan poner en cuestión las tempranas «grandes generalizaciones» de
Lorenz y Tinbergen, y que al progresar en sus estudios hayan explorado las
ideas que tuvieron que debatir los viejos etólogos. Este nuevo examen quizá
conduzca al reforzamiento de las ideas puestas en tela de juicio. La discusión
académica suele ser saludable para la ciencia y es razonable esperar una fuerte
reacción de Lorenz.
La crítica a distancia raramente puede inhibir la investigación competente
llevada a cabo; pero en 1973, en Seewiesen, la situación era distinta. La
propia presencia de personalidades tan poderosas y prestigiosas podía inhibir a
todos aquellos que voluntariamente y de forma rígida aplicaban el propio estilo
de Lorenz o los que se sentían capaces de elaborar su propia línea y su método
de investigación. Pero no era eso lo que deliberadamente ejercía una presión,
aunque el simple aliento de Lorenz se sentía como un gran viento entre quienes
le rodeaban y como un vendaval por los que aún no se sentían tan seguros de su
ciencia. Inevitablemente resultó más fácil retrasar las nuevas ideas polémicas
que airearlas mientras aún estaban semielaboradas, fragmentándolas en el seno
de los grupos departamentales en vez de atravesar las fronteras de los
diferentes estudios específicos.
Desde la muerte de Kramer y de Von Holst, sus antiguos departamentos se habían
desarrollado siguiendo líneas que ensanchaban la gama de la fisiología del
comportamiento estudiada en el instituto. La Abteilung Schneider
reflejaba el interés de Dietrich Schneider por la olfacción de los insectos y
distaba claramente del tipo de estudios sobre el comportamiento que Lorenz
conocía y amaba, pues le faltaba el tibio ambiente existente entre el hombre y
el animal. (Sin embargo, no deja de ser curioso que en Estados Unidos unos
trabajos recientes llamaran la atención sobre ciertas destacadas y fructíferas
analogías en los modelos del altruismo y la agresión observadas al comparar las
sociedades de hormigas y la humana.) La Abteilung Mittelstädt se
dedicó a la biocibernética y casi por definición se apartó de Lorenz. Esta
separación era asimismo física, al albergarse el departamento en una pequeña
colina encima de una punta del lago, tras una muralla de árboles, como para
acentuar que lo que allí se observaba terminaba en la computadora en lugar de
contemplarse al aire libre como en los demás departamentos. Lorenz había
aceptado en principio a los recién llegados, aunque debía tener una segunda
idea acerca del cambio en el énfasis general resultante.
En cuanto a la propia división o Abteilung de Lorenz, la
fuerza impulsora de su labor parecía haber disminuido con el tiempo, y se
ocupaba menos del trabajo cotidiano con los animales para dedicar más tiempo a
la elaboración de sus ideas en los artículos, las conferencias y los libros.
Los días de los debates acalorados entre Lorenz y Von Holst habían terminado
desde hacía mucho tiempo y la cálida atmósfera de los primeros entusiasmos
intelectuales había sido sustituida por una especie de retraimiento. Mientras
el hielo del pequeño lago se iba fundiendo y la nieve tardía de los prados se
iba derritiendo a finales del largo invierno de 1973, algo estaba cambiando en
Seewiesen. Las investigaciones individuales continuaban en los diferentes y
distantes laboratorios con el ritmo vigoroso o acompasado de cada científico,
pero el instituto en sí parecía contener el aliento.
Fue por entonces cuando visité Seewiesen (en realidad varias veces entre el
final del invierno y el comienzo del verano), contemplando la campiña y los
bosques de los alrededores que mudaban su manto nevado y brumoso por las
sombras matizadas de verde pastel de la primavera hasta convertirse en los
ricos y maduros colores verdosos bajo el sol veraniego. Los gansos y los patos
que habían naneado inconfortablemente sobre el hielo, ahora nadaban
descuidadamente con sus parejas, compitiendo por ocupar los cajones reparados o
renovados donde anidaban, o bien poniendo sus huevos entre los juncos y los
cañizales de las orillas pantanosas. Los polluelos muy pronto fueron siguiendo
a sus madres — o bien a Jane, Brigitta o Charley, en tanto que madres
adoptivas— a través de los prados que se recortaban entre los edificios,
picoteando el joven césped. Luego, navegaban por el lago, dejándose llevar a
veces o bien volviéndose repentinamente para explorar curiosamente algún nuevo
elemento interesante, y huyendo de pronto hacia la seguridad cercana del regazo
maternal.
A través de los años, toda una serie de estudiantes o de «muchachas de los
gansos» habían llegado hasta aquí para vivir y cuidar de las familias de
gansos, acompañando a los polluelos desde la primera «conversación» con el
huevo — ese diálogo de tenues crujidos y de caricias que se percibe a través
del cascarón aún sin romper— hasta el momento en que los pequeños abandonaban a
sus respectivas madres para volverse independientes. El paciente cumplimiento
de las veinticuatro horas de labor cotidiana que requería el infinito cuidado
de los animales les había granjeado el respeto y el afecto de Lorenz mientras
él mismo, merced a su actitud desenfadada, se había vuelto muy popular entre
sus discípulos. Uno de los grupos había realizado un filme en ocho milímetros
en el que, a modo de contraste, Lorenz interpretaba el papel de un insensato
académico alemán caminando muy estirado a través de los pantanos mientras leía
solemnemente un documento, vestido sólo con unos calzones de baño hasta que,
siguiendo la interpretación de la escena, tropezó y se desplomó en medio del
lodo. El pequeño filme concluía con unas cuantas burbujas subiendo del cenagal,
una de las cuales contenía presuntamente el alma de ahogado profesor hasta que
de repente la cámara mostraba la explosión de una invisible chispa vital
subiendo hacia el cielo. Al contemplar este último e inesperado detalle en el
filme, Lorenz soltó una gran carcajada.
Su costumbre de tomar el sol de cuando en cuando junto con sus discípulos y los
patitos en el pequeño lago supuestamente privado detrás de Seewiesen, originó
un problema con la juventud local, que por lo visto no dejaba de espiar desde
detrás de los matorrales, cosa que irritaba a los padres de aquella grave
comunidad rural, pues, tal vez hubiesen aceptado que el baño de sol en posición
recostada o sentada no atentaba contra la moral de sus vástagos; pero ¡cómo
iban a consentir que el señor profesor y las muchachas de los gansos tomaran el
sol enteramente de pie!
En lo que al estudio de los gansos se refiere, ha sido criticado desde los
puntos de vista más ortodoxos con unos resultados científicos demasiado
insignificantes para perder el tiempo con ellos. Salvo en la obra de Schutz,
los críticos manifestaban que veían muy poco progreso en lo que no tenía ningún
punto de comparación con los primeros trabajos de Lorenz, aunque el propio
Lorenz se sentía satisfecho de los estudios realizados por la joven americana
Jane Packard, que se había unido a las cuidadoras de los gansos tratando de
descubrir a través de su propio análisis cuantitativo (medición de las
distancias, etc.), y las notas puramente basadas en la observación de Brigitta
Kirchmayr, si ambas llegaban a conclusiones similares o distintas sobre el
comportamiento de un grupo particular de familias. Pero entre los científicos
de Seewiesen que no se ocupaban directamente de los gansos, no pude detectar
ningún sentido general de orgullo por los resultados científicos recientes con
los que el instituto en su conjunto pudiese vanagloriarse. Por el contrario,
parecía reinar la impresión de que ya era hora de que los gansos se marcharan,
por lo menos en parte, puesto que ya habían destruido considerablemente su
propio entorno.
Al principio, Seewiesen había parecido un lugar ideal para los gansos. Era muy
natural que su colonia atrajera la atención de los zorros, que se llevaron un
buen número de crías. Con el tiempo, la disponibilidad inmediata de la presas
incrementó las actividades de los predadores hasta que en una sola noche Schutz
perdió por culpa de una sola zorra cuarenta y ocho aves, lo que equivalía a la
total destrucción de casi todo un año de labor. Una doble cerca de alambre
electrificado a prueba de los zorros salvó a las siguientes generaciones, pero
también aceleró los cambios en el propio lago. El exceso de gansos fue
desbrozando gradualmente las orillas del lago y ensuciando las calmosas aguas
con sus excrementos, que a su vez fertilizaron y destruyeron su antiguo
equilibrio. Como resultado de la eutrofia, fueron creciendo una multitud de
algas microscópicas verdiazules que luego se fueron pudriendo, con lo que se
encareció el oxígeno vital hasta que el gran lucio, que hasta entonces se había
escondido en las profundidades del lago, ahora flotaba inmóvil en la
superficie. Se calculó que el costo de restauración del lago sería elevado y
que no valía la pena gastar tanto tiempo y dinero si los gansos permanecían
allí, pero si se marchaban, y con ellos su famoso líder, el lago ya no serviría
a su objetivo original. Pero por entonces el propio instituto también estaba a
punto de cambiar.
Del primer equipo de Lorenz solamente permanecían unos cuantos en Seewiesen. De
ellos incluidos Jürgen Nicolai con sus estudios sobre la cría de parásitos y
también Friedrich Schutz, pero Eibl-Eibesfeldt se había marchado para instalar
su subdepartamento de etología humana un poco más lejos de allí. Helga Fischer,
que junto con Heidi Buhrow había administrado el estudio de los gansos de
Lorenz durante muchos años, abandonaría Seewiesen para seguir a los gansos
hasta su nueva finca. Wolfgang Schleidt hacía tiempo que se había marchado a
América y se había vuelto a casar, mientras que Margret Schleidt permanecía en
Seewiesen como asistente de Lorenz. Heinz Prechtl, del grupo original de Viena,
se hallaba en Groningen, Holanda, y había abandonado temporalmente sus estudios
etológicos sobre los lagartos por el estudio de los recién nacidos humanos,
siendo uno de los primeros en investigar la pronta detección de los daños
cerebrales mediante la observación de las perturbaciones del comportamiento.
También había demostrado que los niños que nacen en postura invertida inician
su primera etapa extrauterina con reflejos distintos a los niños que nacen
normalmente.
Entre los que se habían reunido con Lorenz en Buldem y que aún seguían con él
en 1973, la persona que más interés e ideas tenía era Wolfgang Wickler. Mucho
más tranquilo y disciplinado que Lorenz, Wickler se hubiese quedado muy
fácilmente olvidado en la sombra junto al casi resplandeciente anciano y sus
periódicos fuegos artificiales. A partir de los progresos de Buldem, Wickler
había seguido muchos de los propios temas de Lorenz; particularmente en lo que
se refiere a sus estudios sobre los animales, se había interesado por el papel
que en las sociedades animales desempeña la agresión, y por las fuerzas —
especialmente el acoplamiento de las parejas— que la equilibran. Como perspicaz
observador de los detalles del comportamiento, Wickler aplicó sus hábiles
métodos a un amplio espectro de animales, desde las gambas monógamas a las aves
en lugar de centrar casi toda su atención, como suelen hacerlo muchos etólogos,
en una sola especie o grupo. Por consiguiente, estaba perfectamente preparado
para acompañar a Lorenz en los estudios comparativos de los «órganos»
particulares del comportamiento. Sin embargo, Wickler distaba muchísimo de ser
el discípulo esclavo de su maestro, pues se basaba en sus propias ideas para
aplicar sus interpretaciones sobre lo que observaba, pero evitando cualquier
conflicto al no especializarse en materias como la estructura de la monogamia,
muy íntimamente vinculada a la principal orientación de los estudios de Lorenz,
y sin usurpar el terreno con tal de no provocar la reacción defensiva del
maestro. En realidad, el cuidado meticuloso de sus métodos y el rigor
intelectual de sus conclusiones le granjearon el respeto de Lorenz.
La monogamia es característica de un gran número de sociedades animales.
Algunas la heredaron de sus orígenes comunes. La monogamia es sencillamente uno
de los numerosos elementos del comportamiento social que puede colocarse junto
a los demás para conformar una estructura social estable y viable. Una variedad
de sistemas diferentes es igualmente posible y, por consiguiente, se contemplan
al lado unos de otros en gran número de especies naturales. La evolución ha
promovido con el tiempo una interrelación fascinante de diversos sistemas, y al
tratar de desentrañar algunos de los rasgos de esta rica complejidad, Wickler
estaba muy bien preparado para el análisis del valor que cabe asignarle a unos
argumentos que dependen de la analogía —allí donde las líneas evolutivas
convergieron en una finalidad similar— en comparación con la homología —donde
un comportamiento similar se deriva de una fuente ancestral común desde la cual
divergieron un poco.
Entre las especies más espectaculares que fueron estudiadas en Seewiesen en los
últimos años, figuran las gambas pintadas de Wickler, cuya carne es visible a
través del translúcido caparazón salpicado de puntos rosados sobre el color
blanco. Esos animalitos plantean la pregunta de Lorenz del «por qué» no tienen
ojos y «ven» a su pareja o su alimento mediante los sutiles matices del olor
que imparten por el agua a su alrededor. Tan pronto como se separan de su
aceptada pareja, su actividad se incrementa como si esas criaturas agitasen sus
antenas tratando de aumentar los ingredientes químicos susceptibles de
restaurar el gusto de la pareja, que es lo único capaz de aliviar su tensión
nerviosa. Amontonadas con compañeras detestadas, pueden llegar a morir debido a
su excesiva tensión.
Para determinar las raíces y la naturaleza de la unión entre las parejas,
Wickler preparó primeramente el terreno, estableciendo que las parejas eran
genuinamente un macho y una hembra (en el 92 por ciento de los casos lo eran
efectivamente). Se planteó el problema de si el acoplamiento era el subproducto
accidental de dos animales que mostraban una preferencia por una misma mancha o
bien si la preferencia obedecía a una pareja específica. Una computadora
ofreció la respuesta de que existían preferencias tanto por la pareja como por
el lugar, pero cuando se trató de que decidiera entre ambos, la gamba solía
elegir quedarse con su pareja. En ciertos experimentos en los que se
entremezclaban las parejas, las gambas muy rápidamente solían escoger de nuevo.
Wickler eliminó cuidadosamente la posibilidad de que el vínculo dependiera
necesariamente de los impulsos primarios tales como la lucha o la comida, de la
crianza o la preferencia sexual; según se observó, el macho copulaba
inmediatamente fuera del «matrimonio». La respuesta hallada por Wickler tenía
unas similitudes muy sorprendentes con la teoría del encariñamiento que Bowlby
extrajo acerca del vínculo entre la madre y el niño.
Las gambas pintadas de Wicker se adaptaban difícilmente a vivir en acuario,
razón por la cual tan pronto como en 1973 los estudios sobre estas criaturas
tan decorativas finalizaron no se volvieron a ver por Seewiesen. Pero fueron
reemplazadas por otra hermosa y curiosa escena (vista con cierto
antropomorfismo): el dúo amoroso de la asistente de Wickler, Gaby Tyroller, y
unos megalaimas troquelados por ella. Bajo las caricias y el murmullo de
«komm-komm-komm-komm-komm», el ave en cuestión solía responder volando
inmediatamente hacia su índice, cerca de su rostro, inclinando su cabeza y
llamándola rítmicamente al cortejo, tentando a la muchacha con la oferta
amorosa de unos jugosos gusanos de harina y olvidándose totalmente del hecho de
que su presunta pareja no solamente pertenecía a una especie diferente, sino
también que era del mismo sexo.
Tanto las aves como los crustáceos formaban parte de los estudios comparativos
de Wickler sobre la monogamia y fueron deliberadamente seleccionadas al estar
claramente separadas por la evolución, con lo que las causas comunes esenciales
de unos entornos diferentes podían ser observadas en sus grandes líneas. En
ambos casos, el comportamiento similar no era efectivamente la homología, sino
la analogía, de modo que era preciso determinar cuán estrecha era dicha
analogía, pues se trataba de saber si las dos formas de comportamiento eran
conformes en sus grandes líneas o bien existían ciertos puntos diferenciales.
Cuando existen diferencias en el detalle, el objetivo también puede ser
distinto. En el caso de las aves y los crustáceos, la analogía parece ser muy
fuerte, pero para cada nueva analogía es preciso buscar una nueva respuesta,
especialmente si comparamos la monogamia del hombre y de la mujer en nuestra
propia sociedad con la monogamia, pongamos por caso, del ganso. Conjuntamente
con Eibl-Eibesfeldt, Wickler consideró algunas de las diferencias entre la
monogamia humana y la de varias sociedades animales y puso de manifiesto que la
analogía es incompleta y, por consiguiente, puede ser engañosa. Lejos de ser
una cualidad humana compartida por ciertos animales, la monogamia, según dichos
investigadores, es una conclusión relativamente sencilla y claramente
evolucionista en toda una serie de animales inferiores que tiene un valor de
supervivencia en aquellas sociedades de las que formaba parte integrante,
mientras que en el ser humano no observaron nada con un valor tan definido.
El hombre tiene una capacidad para la evolución cultural divergente, y ello ha
dado lugar a unas sociedades tan distintas que se adaptaron perfectamente a su
entorno. Cada sociedad conserva los elementos del comportamiento que
contribuyen a su supervivencia como la religión, el folclor u otros elementos
determinantes del comportamiento habitual firmemente establecido. En el caso
del comportamiento sexual humano y de las costumbres del matrimonio se han
desarrollado unos sistemas claramente distintos y se han mantenido bajo lo que
podríamos calificar como un flojo control genético, por encima de los detalles
de los sistemas elegidos por las diferentes sociedades. El único ingrediente
esencial es el que difiere de los sistemas de los animales inferiores, pues en
el hombre el vínculo entre la pareja es capaz de facultar el cuidado de los
hijos durante el periodo de la cría, el desarrollo y la educación, que
constituye una proporción extraordinariamente larga de la existencia individual.
Wickler y Eibl-Eibesfeldt concluyeron que la monogamia en el ser humano y en
aquellas sociedades que prefieren practicarla es un medio arbitrario, pero
perfecto, para la consecución de dicho resultado, y necesario —a través de una
ley natural que pudieron observar— solamente durante el periodo en el que el
joven necesita protección. Seguidamente, ambos investigadores adelantaron que
la continuación del comportamiento sexual en el matrimonio no solamente tiene
como finalidad proseguir la procreación año tras año a través del periodo
fértil, sino más bien de contribuir al mantenimiento, la renovación y el
fortalecimiento del lazo entre la pareja durante un periodo bastante largo para
que los hijos puedan criarse y desarrollarse.
La aplicación del término de «ley natural» en este contexto no es accidental.
La Iglesia católica basa su prohibición de la contracepción en la «ley
natural», que suele ser la misma ley del comportamiento observada por los
científicos. Los dos discípulos de Lorenz sugirieron que la aplicación directa
de la etología al ser humano puede conducir a la Iglesia a revisar la
comprensión de las raíces naturales y del objetivo del comportamiento humano de
un modo más acorde con las necesidades de un mundo ya superpoblado.
Al igual que Lorenz, Wickler sabía perfectamente la importancia humana de sus
estudios etológicos, pero era mucho más cauteloso al expresarla salvo cuando,
cooperando con Eibl-Eibesfeldt, ambos realizaron el estudio comparativo del
vínculo entre las parejas en varias culturas humanas. Conjuntamente pudieron
poner de manifiesto las diferencias existentes entre la monogamia esencial de
las especies animales de Wickler y su expresión cultural en los seres humanos,
como una parte de la extensa gama de modelos de comportamiento aceptados por
distintas sociedades.
El lazo que une a la pareja, el cuidado de la cría y la agresión se hallan
recíprocamente relacionados. Si las leyes generales que parecían servir para
los animales monógamos de Wickler no podían aplicarse directamente al ser
humano, ¿acaso no cabía decir lo mismo de la agresión? Sobre esta cuestión,
mientras Wickler perteneció al departamento de Lorenz, solamente podía no
comprometerse, aunque estaba claro que sospechaba que, al utilizar el método
comparativo aplicado al estudio de la monogamia al análisis de la agresión,
también se demostraría la diferencia existente en el ser humano. Efectivamente,
incluso entre los animales que luchan, aún había que trabajar mucho para
establecer más claramente la auténtica naturaleza de su agresividad. ¿Acaso la
inclinación a la lucha crece verdadera y espontáneamente a medida que el tiempo
transcurre desde el último encuentro? ¿Y acaso ocurre lo mismo cuando los
animales se crían en un entorno absolutamente tranquilo? Lorenz sugiere que los
animales, finalmente, combaten por instinto, aunque otras observaciones no
sugieren un hecho tan claro, puesto que algunos animales lo hacen y otros no.
Hay un instinto universal innato de este tipo: el deseo de alimento suele
aumentar a medida que el tiempo pasa desde la última comida; sin embargo, el
ser humano puede obligarse a sí mismo al ayuno...
Los resultados de los estudios aún necesarios sobre la agresión en los animales
y el ser humano podían resultar embarazosos al ser llevados a cabo en un
departamento aún dirigido por Lorenz. Mientras que él afirmó en repetidas
ocasiones que para un científico era un sano ejercicio descartar cada día una
falsa hipótesis antes del desayuno, solamente cabía esperar que al envejecer el
científico defendiera sus propias hipótesis con la mayor tenacidad. ¿Qué
pensaba Lorenz ante tales conclusiones?
Manifestaba firmemente que conocía muy bien la diferencia existente entre la
analogía y la homología y especialmente en cuanto al cuidado con el que han de
manejarse las analogías; pero la analogía sigue siendo un poderoso instrumento.
Además, Lorenz sabe perfectamente que, por ejemplo, ciertas formas de
estructura familiar, el matrimonio o el tabú del incesto, pueden ser
instintivas en los animales, pero culturalmente determinadas en el ser humano.
Los etólogos no se equivocan a menudo al diagnosticar si un modelo es
instintivo o cultural, pero donde —según él— se equivocó frecuentemente en el
pasado fue al asumir erróneamente que algo había sido aprendido cuando luego se
vio que era innato. Es cierto que Lorenz ha dejado a los demás toda una serie
de trabajos, pero en lo que se refiere a las hipótesis que siguen sin
comprobar, a las ideas generales y a las audaces aserciones, algunas de las
cuales incluso sus discípulos se niegan a admitir, Lorenz confía en que cuando
se alaboren realmente, estos mismos discípulos se darán cuenta de que al fin y
al cabo él tenía razón al respecto. «Y eso—dice Lorenz— es en cierto modo una
convicción muy ambiciosa.» Se trata de su sencilla esperanza de que, al igual
que Darwin, sus propios puntos de vista resistirán la prueba del tiempo al ser
aceptados no solamente por los científicos, sino por toda una serie de personas
más inteligentes como verdades simples y obvias.
En su setenta aniversario, el último en Seewiesen, Lorenz, aunque siempre
activo, inevitablemente había cambiado en comparación con sus anteriores modos
de actuar. Ya no solía nadar con sus gansos a las seis de la mañana, aunque
continuaba siguiendo su ejemplo al hacer la siesta a mediodía, con lo que podía
mantener el ritmo de su actividad durante la jornada. Ahora dedicaba muy poco
tiempo a la observación sistemática de los animales, aunque solía contemplar
sus especies familiares con una mirada lo suficientemente fresca como para
captar los incidentes nuevos y significativos. Un hecho que le sorprendió fue
la manera en que el más viejo de sus dos perros enseñó al más joven a no atacar
a los gansos, sencillamente no haciéndolo. Esta educación a través de un
ejemplo negativo es muy conocida en las ratas, que pueden seguir la tradición
de no comer un determinado tipo de alimento, pero Lorenz no tenía razones para
esperar que los perros tuviesen el mismo truco en su repertorio. La perra más
vieja, Claudia, un animal de caza capaz de matar a un gato con
un solo golpe en la cabeza, se mostraba claramente tentada por los gansos. Pero
al haber sido disciplinada para no cazarlos, el animal lograba vencer el fuerte
estímulo de su presencia con sólo apartar su mirada cuando se hallaba cerca de
ellos. La perra más joven, Babette, había sido enseñada por la
otra a evitar a los gansos. Lorenz manifestó que había tratado de conservar un
mayor número de perros después de retirarse de Seewiesen. En realidad, tuvo
seis perros en un año, aunque no totalmente elegidos, ya que cuatro de los
cachorros eran cruzados.
A medida que el tiempo transcurría, sin embargo, las observaciones no solían
ser más que una forma agradable de relajamiemto mental después de sus escritos,
que constituían su principal ocupación. Su estudio de Seewiesen contenía un
gran acuario de peces tropicales empotrado en la pared de un rincón de la
estancia y una pareja de pájaros shama, que tenía el nido en una alta
estantería llena de libros. Con sus gafas engastadas en una montura de cuerno
para su trabajo más minucioso, Lorenz escribía a máquina en una mesa llena de
papeles y libros, ayudado por unas tijeras y cola para las frecuentes
revisiones del orden y la interpolación de las nuevas ideas dentro de su
dactilograma. El tema de sus escritos era una nueva obra sobre los animales que
le rodeaban; los libros, los papeles o las conferencias que escribía eran casi
siempre relativos al conocimiento, la naturaleza del conocimiento humano. su
filosofía de la ciencia o las especulaciones acerca de la condición humana,
cosas todas ellas para las que no necesitaba verdaderamente una mesa en
Seewiesen por cuanto muy bien podía tenerla en su vieja mansión de Altenberg.
Durante una de mis visitas, Lorenz estaba atareado con un discurso que tenía
que pronunciar con ocasión de un premio inhabitual, El anillo de Paracelso, que
debía serle impuesto en la pequeña ciudad de Villach, junto a la principal
cordillera oriental de los Alpes, en la Carintia Meridional. Para Lorenz, este
honor representaba una doble alegría: primeramente porque suponía otra
bienvenida por parte de su patria, y en segundo lugar por el nombre asociado a
la recompensa. Las hazañas y logros de Paracelso, uno de los más
extraordinarios, tormentosos y controvertidos personajes de comienzos del siglo
XVI, pudo haber sido tomado como modelo heroico por el propio Lorenz. Teofrasto
Bombasí von Hohenheim, llamado el Gran Paracelso por sus discípulos, había
intentado barrer el mortal bosque medieval de la medicina de su época al quemar
simbólicamente algunos de los tratados clásicos sobrestimados, y fundando, casi
incidentalmente, la actual práctica de la medicina basada en las píldoras.
Paracelso escribe que solamente la falta de imaginación humana impide que el
hombre contemple las certidumbres de las artes y las ciencias. Para las normas
de su época y también, por muchas razones, de la nuestra, Paracelso fue un
creyente en la magia y asimismo, gracias a sus extravagantes asertos, abrió el
camino para que la grandilocuencia entrase en nuestro lenguaje. Además, si
Paracelso pudiera contemplar nuestro mundo actual, observaría cómo su aparente
magia según la cual «una imaginación resuelta puede realizar todas las cosas»
no era más que la floreciente exageración a la que el progreso científico
habría de dar lugar en los siglos venideros.
Era para Lorenz una gran alegría el verse honrado por una asociación con ese
primer abanderado de la ciencia médica que había combinado la historia natural
con la filosofía, y por eso estaba ocupado en escribir a máquina el discurso
para dicha ocasión. Unos días antes había manifestado que tenía la intención de
empezar su alocución con algunas ideas sobre el libre albedrío. Si Lorenz
analizaba su propio comportamiento con objetividad científica no podía dudar de
que todas las funciones neurosensoriales implicadas procedían del más estricto
sistema de causa y efecto; y si además consideraba subjetivamente su propio
comportamiento no quedaba ninguna duda de su propia libertad de elección, sin
negar todo lo que compone la experiencia subjetiva:«... V ello no deja de ser
una contradicción con la que hemos de aprender a vivir.» Seguía a un antiguo
filósofo al pensar que no tenemos ni hemos de tener en absoluto una libertad
arbitraria e ilimitada, sino que hemos de intentar la consecución de la doble
expresión de nuestra voluntad: la libertad de la coacción externa y la libertad
de seguir la norma ética y moral en sí mismo, la cual, evidentemente, ha de
estar limitada fuertemente, aunque con cierta holgura por las limitaciones
genéticas y culturales.
El día del premio, la alocución en su honor estuvo amenizada ceremoniosamente
por unas salutaciones parecidas al inacabable torrente de un cuarteto de
cuerdas, la introducción y la descripción de su labor hasta aquel momento,
hasta que al final Lorenz se volvió hacia su esposa con disgusto y le susurró
que al elogiarle los organizadores habían elaborado la mitad de su propio
discurso... Cuando por fin Lorenz se puso en pie para tomar la palabra, ya
había apartado toda una serie de páginas de su alocución: «He aquí —manifestó
vivamente— un ejemplo del libre albedrío en acción.»
Su libertad estuvo similarmente limitada en cuanto a la elección del nuevo
director de Seewiesen. Por su propia cuenta y temiendo que la manía de la
cuantificación pudiera disminuir el trabajo descriptivo, aún tan necesario en
tanto que base para la ciencia, luchó con uñas y dientes con tal de hallar a
una persona cuyo enfoque fuese principalmente descriptivo. Otros veían la
necesidad de una regeneración trazando nuevos objetivos en lugar de seguir el
estilo de Lorenz de un modo que podía semejarse a realizar Hamlet sin
el príncipe. Las apariencias no dejaban de tener su importancia, por cuanto la
gran popularidad de Lorenz era tal que su partida semejaba el final de una era;
tenía que quedar claro que la etología y Seewiesen permanecían auténticamente
vivos. La nueva dirección debía situarse en la nueva pero más experimental
corriente principal entre Tinbergen e Hinde; otra línea podía continuar junto
al enfoque socioecológico más descriptivo de Wickler. Por un momento se
especuló con la idea de un triunvirato, eligiendo a Wickler como un hombre
descriptivo, y con el equilibrio de un etólogo y neurofisiólogo experimental
del tipo de Von Holst. De todas maneras, el proceso no dejaba de ser muy lento
y la incertidumbre que rodeaba a Seewiesen crecía mientras el futuro de Lorenz
no se aclarase.
Mientras tanto, Otto Kenig había estado muy atareado buscando un lugar
adecuado; lo encontró en un valle al sur de Gmunden, en el corazón de los
Alpes, en Totes Gebirge. Este lugar estaba situado en el extremo del valle, y
protegido de los rigores del clima existía un pequeño lago alimentado por unos
manantiales lo bastante templados como para facilitar el agua clara a los
torrentes durante todo el año. Un hermoso pueblecito situado a medio camino del
valle, Grünau, se había convertido en un centro turístico donde solían pasar
sus fines de semana los turistas austríacos y alemanes; el terreno de la parte
superior del valle era una reserva privada de ciervos. Un parque zoológico de
especies animales europeas —que propiciaba un atractivo turístico— no dejaba de
ser un valioso vecindario. En una palabra, se trataba de un lugar ideal,
incluso más perfecto aún por la existencia de una antigua villa lo bastante
espaciosa como para servir de mini-instituto para los gansos, situada detrás de
un altozano y que daba a un arroyo, o sea, lo que Lorenz quería.
La finca llevaba el nombre de Cumberland Deer Park, un título derivado de su
relación hannoveriana. Lorenz visitó al dueño de la finca, el duque Ernst
August von Cumberland, un hombre alto y de atractivo; en este trance, Lorenz
estuvo mirando el diccionario en busca del adecuado adjetivo inglés que
terminara en «air». Finalmente encontró el de Debonair, que
significa un gran señor benevolente, pues eso era en realidad. Lorenz no era
mucho más opuesto que su padre a la compañía de una alteza real y salió
encantado de la inteligente conversación mantenida con su huésped, hasta el
punto de que los dos interlocutores se alegraban de proseguir los tratos, que
ya iban por buen camino. La casa elegida ya había sido modernizada para recibir
a los emigrantes de Baviera en el momento en que los gansos adultos mudaban la
pluma, mientras que los polluelos del año aún no eran capaces de volar.
El 13 de junio de 1973, Otto Kenig se presentó en la televisión austríaca junto
con la ministra de Ciencias y Konrad Lorenz en su acostumbrado programa acerca
de los animales y el entorno. La escena tenía lugar con el decorado inspirado
en el estudio de Wilhelminenberg y los planos fueron anunciando que por fin
Austria acogía a uno de sus más distinguidos hijos. Para disgusto de algunos
telespectadores, la señora ministra lucía un bolso muy hermoso de piel de
cocodrilo; no obstante, pronunció la bendición oficial cuando Kenig saludó al
famoso naturalista y conservador.
Desde el punto de vista administrativo, Lorenz había de ser el director del
Departamento número 4 (de Sociología Animal) del Instituto Kenig para la
investigación del comportamiento comparativo de la Academia de Ciencias
Austríaca. Sin embargo, Kenig veía las cosas de distinta forma, pues para él,
Lorenz siempre había sido el profeta, y todo aquello había sido creado para él.
Era lo mismo que una religión cuyo dios se rebaja hasta vivir dentro de su
estructura terrenal sin desplazar al sacerdote de su antiguo papel ni
considerarle como un subordinado.
El transporte de los gansos a su nueva morada duró varias jornadas, y a finales
de junio me reuní con Lorenz para el traslado de un lote de gansos junto con
los pequeños nacidos ese mismo año. Nos reunimos a las seis de la mañana de un
día luminoso y radiante. Lorenz, poco dispuesto a marchar, se ocupaba vivamente
de los asuntos del viaje. Pero se descubrió inesperadamente que toda una bandada
de gansos inscrita la víspera y dispuesta al traslado había sido liberada y en
ese momento se había dispersado por el lago. Al día siguiente tenía que
celebrarse una gran rueda de prensa en Austria y todo estaría dispuesto menos
los gansos... Tras un rápido cambio de programa, la emoción suscitada por el
primer anuncio dejó rápidamente paso a la fuerte hilaridad de la caza literal
de los gansos. Después de una serie de carreras, de asedios y de
precipitaciones sobre los gansos, varias parejas, menos fáciles de espantar que
las demás por la necesidad de permanecer junto a sus polluelos, fueron
atrapadas y metidas dentro de las cajas junto con los polluelos troquelados que
a bordo de dos furgonetas habían de viajar con sus «madres» adoptivas.
En medio de aquella atmósfera de alivio, Lorenz se despidió de los hombres, las
mujeres y los niños que habían de permanecer en Seewiesen; habló con algunos,
besó a una niña, le dio un apretón de manos a Wickler y casi al estilo feudal
todos le saludaron a su paso. Los dos microbuses con los gansos y sus
acompañantes salieron en medio de los asistentes y emprendieron el camino a
través de los nítidos, alegres y pintorescos pueblecitos bávaros hacia la
frontera de Salzburgo. Allí pudo haber algunos problemas, por cuanto las aves,
que tan fácilmente pueden franquear cualquier frontera volando, pueden verse
metidas en cuarentena si tienen la temeridad de atravesarla o ser transportadas
por ella. Pero los famosos gansos de Lorenz no fueron afectados por el
reglamento, ya que Kenig había mandado a un veterinario con los documentos que
conferían a los gansos una especie de inmunidad diplomática contra las
enfermedades. Los oficiales de aduanas inspeccionaron, miraron en el interior
de las cajas, se retiraron y saludaron, y los gansos fueron aceptados
oficialmente como residentes en Austria.
En el valle del Alm, los microbuses tomaron la carretera pavimentada hasta
llegar a un camino a través de los campos que conducía a un aserradero que
había de servir de obra defensiva contra los visitantes indeseables, pasaron
por encima de un puente rústico y llegaron a la puerta del futuro edificio del
instituto, donde las obras seguían progresando. Los polluelos fueron
descargados en medio de un coro de palabras tranquilizadoras de sus «madres», y
éstas se los llevaron para inspeccionar la pradera y el estanque, mientras
Lorenz ayudaba al trasiego de los gansos dentro de un gran parque construido en
medio de la corriente del arroyo, donde las aves se irían acostumbrando a su
nuevo entorno. Mientras forcejeaba para extraer al último ganso de la caja,
Lorenz cayó de pronto torpemente y se lastimó. Pero inmediatamente se
reincorporó y barriendo el dolor de su rostro se dispuso a su primera
inspección. Luego, cuando el ganso se halló a buen cuidado y Lorenz observó que
todo estaba bien, se marchó por la pendiente rugosa del prado hacia la sombra
de los árboles para echar su siesta.
Konrad Lorenz había regresado a casa.
Capítulo 15
Profeta en su tierra
De
vuelta a Austria, Lorenz recordó un poema de Kipling acerca de los profetas
honrados en el mundo entero, salvo en su lugar de nacimiento: «But
O’tis won’erful good for the Prophet!» Ahora era una gran alegría para
él ser verdaderamente reconocido en su propio país a la edad de setenta años y
finalmente regresar a él para trabajar.
En el diminuto instituto de los gansos no faltaba trabajo para sus discípulos y
asistentes. A finales de los dos primeros veranos, el registro científico
contaba con 248 gansos traídos de Seewiesen o nacidos en el año siguiente, de
los cuales 40 habían muerto, 62 habían volado a otro lugar y hasta entonces no
se habían vuelto a ver y 23 habían desaparecido del instituto, aunque se
conocía su paradero. Algunos de los gansos que habían intentado en varias
ocasiones regresar a Seewiesen parecían haber decidido en última instancia que
sus aguas no eran tan buenas y se habían establecido en otro lago situado a
unas millas de allí. La duración del vuelo podía ser de dos días o mucho más;
uno de los gansos tardó hasta tres meses; ciertas aves abandonaron el valle de
Alm exactamente a la misma fecha durante dos años seguidos, llegando a
Seeewiesen en la misma época. Los gansos de las nieves probaron varios lagos de
los alrededores de Seewiesen y durante tres semanas del verano se hartaron
diariamente de grano en un campo de maíz. Brigitta Kirchmayr reconoció a
algunos de sus «hijos» que habían desaparecido durante un buen periodo de
tiempo, en el Englisher Garten, uno de los parques públicos de Münich.
Los gansos solían irse por toda una serie de motivos, tales como un simple
error, ser perturbados y asustarse durante la noche o no gustarles el aspecto
de la nieve. En Seewiesen, un ganso que se marchaba volando no era ningún
problema, por cuanto todos sabían que habría de regresar. Pero en el nuevo
centro, el entorno ya era extraño a las aves, pues no solamente estaban muy
lejos de su acostumbrado lugar, sino que el tipo de terreno bordeado de
montañas no era el que los gansos normalmente escogen. Observar que un ave se
marchaba volando era muy desalentador, pues difícilmente se la volvía a ver. Y
la alegría no podía ser mayor cuando, tras una prolongada ausencia, alguno de
los gansos desaparecidos volvía a reunirse con la bandada solo o con su pareja.
Aunque el viejo problema de los zorros parecía repetirse, el nuevo entorno era
en muchos otros aspectos más sano para las aves, y los manantiales que
alimentaban el lago de Almsee cumplían con su cometido al mantener una
corriente de agua clara tan abundante como el viejo Ess See durante todo el
invierno. Los gansos que habían aprendido a volar por el valle se sentían
felices en aquel lugar, pero de los más antiguos solamente quedaban unos
cuantos ejemplares de la época de Buldern, como Moritz (nacido
en 1953), Adonis (1954) y Sinus (1955). El
cambiante instituto había sobrevivido y abandonado al resto de sus más antiguos
habitantes mucho antes de su verdadero tiempo. Sin embargo, aún podían
efectuarse ciertas observaciones muy provechosas; por ejemplo, era posible
observar cómo ciertos patrones de comportamiento cambiaban con suma rapidez.
Ciertos gansos que no hubieran comido en la mano en Seewiesen, se volvían ahora
muy dependientes, y en Grünau ya había que alimentarlos; y los observadores pudieron
notar cuán rápidamente se establecían las nuevas costumbres de vuelo para
evitar las zonas donde merodeaban los depredadores; y las «madres» ocas podían
proseguir sus estudios separados con sus crías, cada vez mayores.
En la rueda de prensa celebrada al comienzo, Lorenz reveló su plan de incluir a
los jabalíes y a los castores junto con los gansos en los nuevos estudios
comparativos de las sociedades animales, pero en aquel momento el dinero era
escaso y el proyecto en cuestión tardaba en realizarse. Al cabo de poco más de
un año, solamente permanecía en aquel centro un núcleo de cuidadores de gansos
aguantando lo más duro del invierno junto con un muchacho que observaba las
actividades de dos pares de castores. Comoquiera que el valle del Alm estaba estrictamente
limitado a las especies europeas, solamente pudieron acomodarse allí una parte
de los animales de investigación de Lorenz. El resto, entre ellos sus peces
tropicales e incluso una pareja de pájaros shama de la India, procedentes de
sus estudios en Seewiesen, tuvieron que marchar para Altenberg a reunirse con
sus perras Claudia y Babette y los peces del
Danubio en tanto que núcleo animal de la casa donde Lorenz habría de permanecer
la mayor parte de su tiempo. Allí, una importante realización sería el nuevo
acuario construido en un extremo del jardín. Así acabaría con los pequeños
acuarios que en Seewiesen se habían demostrado demasiado pequeños para los
peces territoriales y su adecuado estudio; en cambio, el gran acuario tendría
él solo la dimensión de una habitación, con un territorio lo suficientemente
grande para varias parejas de peces mariposa. El objetivo era finalmente ése,
pero en la práctica tardó mucho en realizarse, pues el contratista tuvo que
marchar a otro lugar para construir una iglesia. Por último, sin embargo, quedó
acabado y Lorenz pudo pasar largos días de extasiada observación, mientras una
chica china cuidaba de las ocasionales necesidades de los peces. También las
jaulas de las aves encontraron un lugar provisional alrededor de las paredes de
su habitación.
Una imagen de Konrad Lorenz en el salón de su casa.
Este
nuevo instituto fraccionado llegó a un Altenberg modificado y que había seguido
cambiando desde treinta o cuarenta años antes. La tortuosa y angosta carretera
existente entre las dos aldeas seguía desalentando a los viajeros que preferían
las anchas, aunque poco interesantes, vías, pero incluso en ese lugar el plan
de la futura autopista amenazaba la curva del río. El punto más cercano de los
prados a orillas del agua, donde en su niñez Konrad y Gretl solían jugar
imitando a los patos, se había convertido ahora en un vertedero de tierra y de
detritus, mientras que el antiguo terreno cubierto de maleza y arbustos ahora
estaba lleno de casas de vacaciones construidas sobre pilotes; en una palabra:
la prosperidad de la posguerra parecía haber pasado por Altenberg.
La señora Lorenz, mientras tanto, había vuelto a decorar y renovar la casa para
la segunda vuelta de su dueño. A través de los meses, las descoloridas
habitaciones volvieron a relucir bajo la nueva pintura y Gretl andaba buscando
entre los botes de pintura escogiendo la que más le conviniera. ¿No podía
suponerse que las paredes se despoblarían o los antiguos objetos serían
sustituidos por ciertas piezas de un mayor mérito individual? Pero de ello no
podía estar seguro. Finalmente, aquellos cuadros antiguos ofrecían una unidad
de estilo con la casa y eran agradables precisamente por esto, y, además, el
propio Konrad evidentemente nada tenía que objetarles. Mientras que yo filmaba
lo que allí había permanecido, un rayo de sol iluminó una pintura inmensamente
larga que había de tapar el extravagante vestíbulo de Adolf. Además de la Diana de
origen prometedor que seguía reinando oscuramente a la izquierda de la
chimenea, una pintura que difícilmente podría suprimirse era la que adornaba el
techo, La Victoria de la Paz sobre la Guerra —ese clímax de la
locura arquitectónica de Adolf—, También continuaba allí Las cuatro
edades del hombre, colgado de la pared encima de la escalera, con su
feo y lloroso niño Konrad. Finalmente, los reajustes de Gretl hicieron lo suyo:
el vestíbulo se mejoró, aunque permanecieron las suficientes y alegres
vulgaridades de Adolf como para conservar intacta su atmósfera.
La esterilización temporal de la casa durante su renovación estaba acentuaba
por el silencio reinante bajo los aleros del tejado. Lorenz y yo subimos las
escaleras del piso y andamos por el pasillo, repleto de recodos y recovecos
necesarios por la masa central del vestíbulo, hasta llegar al pequeño cuarto
donde el joven Konrad había guardado sus primeros pájaros. Desde aquella
habitación llegamos a un espacio situado debajo de las vigas que hasta hacía
poco había resonado con los cantos roncos de las grajillas. Un pequeño agujero
debajo del entarimado del tejado marcaba el lugar del primer nido. Dos cajones
abandonados colgaban aún de una ventana abierta y un trozo de enrejado de
alambre que hacía mucho tiempo había estado clavado para reservar una zona del
ático a su papel tradicional de depósito de las antiguallas, ahora separaba a
unos muebles abandonados del vacío. Lorenz contemplaba con tristeza el sector
desacostumbradamente libre del piso y sus ojos reconstituían los montones de
ramitas y de excrementos que se habían acumulado durante los años de 1928 a
1968, pero que ahora habían desaparecido, debido, en su opinión, a la
utilización de los insecticidas agrícolas.
Aquella mañana, en busca de una colonia de aves que había permanecido en el
distrito, fuimos hacia el Danubio en el Mercedes de Lorenz hasta la vieja
barcaza de Klosterneuburg, que cruza el río unida a un cable tendido sobre el
agua entre las dos orillas; la embarcación se deslizó rápidamente entre la
corriente cortada por su angulosa proa. Desde la otra orilla subimos a un
castillo presuntamente medieval reconstruido encima de un altozano aislado. En
las almenas y los torreones de Burg Kreuzenstein, el recuerdo de la
desaparecida colonia seguía vivo en Lorenz, con los remolinos y los torbellinos
de las grajillas, a veces visibles únicamente como unas formas siempre
cambiantes de negras partículas en el cielo, cruzándose a veces y rozando las
aristas del tejado para lanzarse seguidamente al unísono y sin ninguna razón
hacia arriba. El aire vivía con el coro entremezclado de los «ja» y los «jaw»,
los gritos de despedida y de regreso que se elevaban en una conflictiva
antifonía. «Eso es lo que se llama democracia», comentó Lorenz.
Entre la hierba del patio del castillo yacía una grajilla muerta, en la que
Lorenz descubrió la evidencia de un envenenamiento quizá por plaguicida. Luego
fuimos distraídos por un apacible y tremolante sonido y Lorenz mostró con el
índice la fina rendija de una ventana ojival, en la alta torre por encima del
patio: «¡Mire!» Un ave estaba saliendo por la ventana; allí debía haber un
nido. Subimos por la escalera en espiral de la torre hasta llegar al pequeño
agujero del nido que parecía pegado en medio de una amplia pila de ramitas que
yacían en el interior de la rendija. Apenas si Lorenz imitó hábilmente la
llamada de los padres: «Tchock-tchock», y aquello bastó para renovar el coro de
piopíos y abrir las gargantas de los pajarillos. Cogió uno de ellos y le dejó
picarle el dedo pequeño; más de cuarenta años habían pasado ya desde aquella
otra escena... «Siento una gran nostalgia por las cornejas —manifestó Lorenz—,
y estableceré una nueva colonia en Altenberg.» Cuando se lo repitió más tarde a
su mujer, Gretl no se apresuró en alentar lo que probablemente se perdería en
el ajetreo de las otras actividades que acompañaban su regreso a casa. Además,
las vigas podridas apenas si acababan de ser reemplazadas.
Con una nueva colonia de grajillas o no, Lorenz se había vuelto a sumir en su
labor original, ligada al estudio de los animales o por lo menos en sus
preparativos. Su experiencia en tanto que creador de grupos de estudio y de
institutos le ayudaría mucho, aunque ello también significaba que habría de
alternar entre los dos centros, por cuanto Altenberg y Grünau estaban separados
por una buena media jornada de camino en coche, y éste era el único medio de
locomoción verdaderamente práctico y rápido entre ambos lugares. Durante el año
siguiente, a sus setenta y un años, pudo trazarse un programa muy cargado antes
de lo que calificaba como su jubilación. A ello se añadía la presión, que
también reforzó y centró el fuego de sus detractores y críticos políticos, de
las noticias según las cuales el 10 de diciembre el nuevo rey de Suecia, Carlos
Gustavo XVI, le había de honrar con el compartido premio Nobel de medicina. Una
de las normas no escritas del premio Nobel tiene que ser la de «larga vida»;
esta calificación fue ciertamente obedecida por su compañero laureado Karl von
Frisch, que contaba diecisiete años más que Lorenz, y ya era incapaz de
realizar el viaje a Estocolmo. Las pacientes y concienzudas deliberaciones de
los jueces de Karolinska les llevaron a la conclusión de que su vida de
estudios sobre las comunicaciones de las abejas hacían de Von Frisch el
fundador de una disciplina de la moderna etología complementaria a la de Lorenz
y Tinbergen.
El estricto reglamento del premio, derivado de la estrecha visión de Alfred
Nobel sobre los valores científicos, limita el galardón a una estrecha gama de
ciencias y a unos descubrimientos o invenciones específicos en el marco de unos
límites prescritos. Mientras que incluso los suaves críticos de Lorenz
aplaudían que se le hubiera otorgado dicho espaldarazo, muchos se sorprendieron
de que pudiese haber sido considerado como suficientemente cualificado en
virtud de los reglamentos. En honor suyo, los jueces interpretaron liberalmente
las antiguas restricciones. El argumento en favor de Lorenz debió de ser el
siguiente: en primer lugar, el premio es tanto para la fisiología como para la
medicina; en segundo lugar, el comportamiento animal (según Lorenz) constituye
una función fisiológica con sus propios órganos invisibles, aunque reales, y en
tercer lugar, lo que se aprende de la fisiología del comportamiento de los
animales puede tener unas importantes aplicaciones para el hombre y por
consiguiente potencialmente para la medicina humana. La recompensa fue tanto
una triunfal reivindicación por parte de los jueces del Nobel de la propia
definición de Lorenz sobre la naturaleza y la importancia de su ciencia, como
una recompensa por toda una serie de descubrimientos cualitativos que
constituían con ello unas nuevas materias de la historia científica.
Por dos veces anteriormente, el supuesto secreto de que su nombre estaba ante
los jueces del Nobel se había filtrado hasta él y en la segunda ocasión, un par
de años antes, los periodistas incluso se habían presentado prematuramente para
felicitarle y entrevistarle. Pero en 1973 fue favorecido por tercera vez por la
suerte y aquello le llegó como una sorpresa. Estaba enfermo en la cama con una
sinusitis, que se prolongaría durante todo el año siguiente, y Gretl también se
había ido a dormir cuando sonó el teléfono. Era un periodista pidiendo una
entrevista. Gretl le contestó con firmeza que su esposo estaba enfermo y en
cama. Probablemente, el periodista sugirió que existían circunstancias en las
que Lorenz habría de estar dispuesto a acudir al teléfono. Gretl repitió que
no, que estaba segura de que no podría hacerlo. El periodista insistió
manifestando si una invitación de Estocolmo no le sugería nada. Entonces se
hizo la luz y Gretl concedió que Konrad podría facilitar su entrevista
telefónicamente. Al poco rato, un vecino que había oído el anuncio por la
radio, telefoneó para informarles de que se había hecho pública la noticia. Los
periódicos alemanes manifestaron que Lorenz se reanimó lo suficiente como para
observar con humor que su padre se hubiera alegrado mucho al oír la noticia de
que, después de presentarse al examen tres veces, había conseguido pasarlo.
Adolf, que muchos años antes contemplaba con tolerancia a Konrad y a su amigo
Niko, entusiasmados con sus gansos y sus espinosillos, jamás hubiera pensado
que aquellos descubrimientos llevarían a los dos jóvenes hacia alturas mayores
que las que él mismo había conseguido, aun cuando su hijo ya le había informado
de la importancia de aquellos estudios para la comprensión eventual del hombre
en sí.
El rey Carlos Gustavo de Suecia entrega a Konrad Lorenz el premio Nobel de
medicina de 1973.
El
cuentista Adolf hubiese podido sacar muy bien una lección de alguna de sus
propias historias. En cierta ocasión, al unirse a la mesa del capitán durante
una travesía del Atlántico, había observado la tarjeta que señalaba el puesto
de cierto Dr. Schaudinn. Cuando el rubio y gigante joven estoniano se presentó
y Adolf le preguntó: «¿Es usted un simple Schaudinn o el Schaudinn?», el
extranjero concedió que efectivamente era el Schaudinn que finalmente había
descubierto las espiroquetas de la sífilis, un microbio que habían eludido
millares de ojos experimentados durante décadas dentro de los potentes
microscopios; era él quien había percibido la brillante y tirabuzonada criatura
la primera vez que el material infectado había estado ante él. Adolf preguntó por
qué todos los demás no lo habían visto. Y Schaudinn contestó que era porque
todos ellos eran médicos, mientras que él era un zoólogo. En tanto que zoólogo
había estudiado los especímenes vivos de esa misma familia de microbios, pero
los médicos siempre tiñen sus especímenes y la tintura mata y destruye lo que
buscan. A menudo, los progresos en una disciplina científica llegaron como
ampliación de otros, como muy bien sabía Adolf Lorenz.
Otto von Frisch, en nombre de su padre Karl von Frisch, Konrad Lorenz y
Nikolaas Tinbergen, celebran la concesión del premio Nobel de Fisiología y
Medicina que recibieron, conjuntamente, en 1973, estos tres científicos.
A
veces, cuando falta un familiar es cuando a uno le gustaría hablar con él, y en
su imaginación Konrad dedicó su éxito a la memoria de su padre. Y rememoró la
vigorosa y enfática réplica: «Es ist unglaublich!» —«es increíble
que ese bribón haya ganado el premio Nobel y todo eso por unas grajillas...»—
Al contarme esta historia, Konrad soltó una gran carcajada y Gretl y él se
rieron juntos en memoria de su padre. Adolf Lorenz se habría enorgullecido de
su hijo.
Además del prestigio que iba aumentando año tras año con la gloria del
creciente grupo de los laureados con el premio Nobel, el valor real del premio
en 1973 ascendía a 510.000 coronas suecas. Bajo la mirada de sus críticos,
Lorenz, por fin, habló públicamente para reprobar el sambenito nazi que había
agriado el final de su primer período, tan prolífico y productivo. Y ello era
necesario por cuanto la tormenta de las críticas alcanzaba ahora su apogeo.
Poco antes de la llegada de Lorenz a Estocolmo, Simón Wiesenthal, el veterano
judío cazador de nazis, había protestado contra el hecho de que se hubiera
otorgado el premio Nobel al autor del trabajo ofensivo de 1940, afirmando que
Lorenz no podía dejar de ver lo que ocurría a su alrededor en aquella época, y
la prensa sueca se unió vigorosamente al debate. En Estocolmo se esperaba hasta
manifestaciones y se puso un guardaespaldas a disposición de Lorenz. Un
destacado periodista sueco que al entrevistarle esperaba encontrarse con un
neonazi, finalmente fue conquistado por la sinceridad y el encanto de Lorenz y
redactó un artículo muy favorable. Desde Rotterdam, en Holanda, un crítico de
teatro llamado Hellman fue enviado para entrevistar a Lorenz, y los
supervivientes de la familia de Bernhard se preguntaban si éste podría
regresar. La entrevista tuvo lugar y en palabras de Use, la hermana de
Bernhard, resultó una pieza interesante.
Lorenz aceptó el honor que se le hacía y puso la tercera parte del dinero que
le correspondía en el cajón destinado a la labor científica, pues serviría para
la realización del nuevo acuario de Altenberg. Como administradora de la
hacienda doméstica, Gretl declaró que solamente se había comprado un nuevo
vestido para asistir a la entrega del premio.
Lorenz planeó un discurso basado en el tercer capítulo del libro que estaba
escribiendo: quería hablar de la teoría filosófica de los valores. Pero el
profesor Bengt Gustavsen, uno de los jueces del premio Nobel, se lo
desaconsejó, sugiriendo que el primer material sobre el valor de la analogía en
tanto que fuente del conocimiento era mucho más apropiado, y Gretl asintió con
firmeza. Lorenz aceptó la idea y al año siguiente reconoció ante mí que el
consejo había sido justo, por cuanto en aquellos doce meses sus ideas sobre la
filosofía de los valores se habían desarrollado y madurado; ya estaba
lamentando que el discurso del premio Nobel hubiese pasado tan pronto de moda.
Otra pequeña tentativa honorífica volvió a abrir la vieja herida nazi. Un viejo
y reaccionario miembro de la Academia de Ciencias de Baviera que Lorenz apenas
había conocido en las sesiones de la Academia, se le acercó para preguntarle si
quería aceptar el llamado premio Schiller. Sin la menor sospecha, Lorenz aceptó
y se anunció que recibiría el «Premio Schiller del Pueblo Alemán», otorgado por
«la cultura germana de espíritu europeo». Para nosotros, todo eso suena
bastante inocuo, pero la Deutsches Kulturwerk Europäischen Geistes suena recia
y agriamente a los oídos alemanes; un poco más tarde y ese mismo día, Lorenz se
enteró de que el premio provenía de un grupo neonazi. «No tenía ninguna razón
para sospecharlo—me afirmó— por cuanto que, al fin y al cabo, Schiller no era
nazi, pero cuando por fin miré las cosas más de cerca me di cuenta de que el
espíritu del nazismo aún continuaba vivo.» Lorenz podía sentir alguna simpatía
por los idealistas que en los primeros años habían compartido el nazismo, pero
no sentía ninguna en absoluto por las gentes que, conociendo las cosas
horribles y satánicas que los nazis habían cometido, podían ser neonazis en
esos momentos. Estaba horrorizado y profundamente disgustado.
Encontró conveniente reivindicar el beneficio de su enfermedad, mientras su
hijo Thomas y su amigo Eibl-Eibesfeldt asistían a la ceremonia para anunciar
que los diez mil marcos alemanes del premio irían a parar a Amnistía
Internacional, una elección que demuestra la confianza de Lorenz en una
organización que se pronuncia contra los excesos de todos los regímenes. Este
incidente fue también, por fin, la última demostración de su ingenuidad
política y de la necesidad de protegerla contra sus propias respuestas
incalculadas. Pero precisamente ahora, después de su mayor triunfo, tenía cerca
de él a muy pocos de sus viejos amigos, y precisamente en el momento en que las
cosas cambiaban, aunque Amnistía Internacional no llegó a cobrar el dinero, ya
que los organizadores del famoso premio Schiller no pagaron.
Para sus amigos y quienes le consideran como un gran hombre (como muchos
jóvenes científicos que pueden discutir sus conclusiones o sus tesis
personales, pero encuentran una inspiración en su liderazgo), Lorenz es a un
tiempo objeto de un profundo afecto y de una viva exasperación. Uno de sus
discípulos ha manifestado que nadie allegado a Lorenz puede considerarle
objetivamente. Resulta difícil seguirle con sus cambios, que son menos unos
cambios de opinión que el reflejo de su humor sobre dicha opinión. Suele ser
perfecto si se le informa selectivamente; puede buscar y escuchar los puntos de
vista de quienes respeta y de ese modo adecuar las nuevas ideas en el cuerpo de
las suyas. Pero a menudo su conversación se convierte, debido a su verdadero
entusiasmo, en un semimonólogo que puede resultar brillante, pero
desconcertante para responderle.
Aparentemente arrogante y decididamente perentorio, Lorenz exige la humildad y
proclama que el sentido del humor es uno de los más grandes rasgos del hombre,
por cuanto sin un verdadero sentido del humor se puede caer en la megalomanía o
dejar de ser humilde. Si existe algo como un moderno sentido del humor, más
sutil que en el pasado, representa un elemento muy prometedor para la evolución
cultural del hombre. Por esa razón, la embarazosa capacidad humana de humor
tiene evidentemente una afinidad con la responsabilidad moral: se trata de la
búsqueda de un sentido de lo que es conveniente, de un mecanismo para extirpar
la falta de honradez.
Cuando Lorenz se acercaba a los setenta años de edad, le pregunté si aún le
quedaba mucho trabajo por hacer. Sus ojos relucieron con la perspectiva de todo
lo que aún deseaba realizar y entre otras cosas unos estudios sociales sobre
los vínculos en peces, gansos y otras criaturas, los libros por escribir,
incluido el segundo tomo sobre la teoría del conocimiento y, finalmente, el
popular libro sobre los gansos, y me contestó: «Si como científico uno es honrado,
con el tiempo va constatando que cada vez sabe menos cosas... y yo,
ciertamente, tengo mucho más trabajo por delante que los años que me será dado
vivir. —Hizo una pausa y agregó—: Aunque estoy firmemente decidido a vivir
tanto como mi padre, que vivió noventa y dos años.»
|
1903 |
7 de noviembre: nace Konrad Lorenz en Altenberg, cerca de
Viena. |
|
1914 |
Ingresa en la escuela superior de Viena Schottengymnasium. |
|
1921 |
Viaja a Nueva York e ingresa en la Universidad Columbia de
esta ciudad. |
|
1922 |
Abandona la universidad americana y regresa a su país. |
|
1927 |
Se publica su primer artículo científico, «Observaciones sobre
las grajillas», en el Journal für Ornithologie, de Leipzig.
Contrae matrimonio con Gretl Gebhardt. |
|
1928 |
Consigue su título de doctor en medicina. Nace su primer hijo,
Thomas. |
|
1929 |
Nace su hija Agnes. |
|
1933 |
Se doctora en zoología. |
|
1934 |
Comienza en Altenberg sus estudios sobre los gansos, junto con
Alfred Seitz. |
|
1935 |
Inicia su trabajo como ayudante en la facultad de Zoología de
la Universidad de Viena. |
|
1937 |
Comienza a impartir clases de anatomía comparativa y
psicología animal en la Universidad de Viena. 1940 2 de septiembre: toma
posesión de la cátedra de psicología humana en la Universidad Albertus, de
Königsberg. Nace su hija Dagmar. 1941 Es llamado a filas y destinado como
neurólogo al hospital militar de la ciudad polaca de Poznan. |
|
1944 |
Es enviado a Vitebsk (Bielorrusia), en calidad de cirujano
militar. 24 de junio: Lorenz es capturado por el ejército soviético y
trasladado a un campo de prisioneros cerca de Erivan, en la Armenia
soviética. |
|
1946 |
Febrero: muere Adolf Lorenz, padre de Konrad, a los noventa y
dos años de edad. |
|
1948 |
Febrero: Lorenz regresa a la residencia familiar de Altenberg,
reanudando sus estudios sobre el comportamiento animal. |
|
1949 |
Se publica El anillo del rey Salomón. |
|
1950 |
El Instituto Max Planck le confía la instalación de un
departamento dedicado a investigaciones sobre el comportamiento animal en
Buldern (República Federal Alemana). |
|
1953 |
Es nombrado profesor honorario de la Universidad de Münster,
cercana a Buldern. Se publica Cuando el hombre encontró al perro. |
|
1955 |
Las instalaciones de Buldern se trasladan a Seewiesen, en la
orilla oriental del lago Ess See, no muy lejos de Münich. 1957 Es nombrado
profesor honorario de la Universidad de Münich. |
|
1959 |
Se le concede el premio Ciudad de Viena. 1963 Se publica Sobre
la agresión: el pretendido mal. |
|
1964 |
Se le concede la distinción austríaca de Ciencias y Artes. |
|
1973 |
Lorenz deja las instalaciones de Seewiesen y regresa a
Austria. Es nombrado director del Departamento Animal del Instituto de
Etología Comparada de la Academia Austríaca de Ciencias. Se le concede el
premio Nobel de medicina y fisiología, junto con Karl von Frisch y Niko
Tinbergen. Es galardonado con «El anillo de Paracelso», distinción concedida
por la ciudad de Villach. Se publican La otra cara del espejo y Los ocho
pecados mortales de la humanidad civilizada. |
|
1990 |
Fallece en Altenberg (Austria). Entre los papeles de su legado
se localiza el libro La ciencia natural del hombre («El manuscrito de
Rusia»), que se creía perdido. |
|
1992 |
Se publica La ciencia natural del hombre. |

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