© Libro N° 6148.
Breve Historia De La Vida Cotidiana Del Imperio Romano. Avial Chicharro, Lucía. Emancipación. Junio 22 de
2019.
Título
original: © Breve Historia De La Vida Cotidiana Del Imperio Romano. Lucía
Avial Chicharro
Versión Original: © Breve Historia De La Vida Cotidiana Del Imperio
Romano. Lucía Avial Chicharro
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Miranda
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BREVE
HISTORIA DE LA VIDA COTIDIANA DEL IMPERIO ROMANO
Lucía
Avial Chicharro
CONTENIDO
Introducción
Ianuarius.
La organización del Estado romano y la vida pública del ciudadano
Februarius.
El trabajo y la economía del mundo romano
Martius.
La vida cotidiana del hombre romano
Aprilis.
La vida cotidiana de la mujer romana
Maius.
La vida cotidiana de los niños romanos
Iunius.
La vida cotidiana de los esclavos y de los libertos
Quintilis/Iulius.
La ciudad romana
Sextilis/Augustus.
El ejército romano
September.
El mundo rural romano
October.
Las culturas orientales del imperio
November.
El ocio en el mundo romano
December.
El fin de la vida
Epílogo
Agradecimientos
Bibliografía
A mis padres y a Nacho, que lo son todo para mí.
Y a Marco Antonio, por llenar mi vida de romanos.
Cum
Romae fueritis, romano vivite more
(Cuando a Roma fueres, como romano vivieres)
San Ambrosio de Milán
Contenido:
§.
Eje Cronológico
El
Imperio romano tuvo su origen en la ciudad de Roma, que fue fundada el 21 de
abril del año 753 a. C. por los gemelos Rómulo y Remo, hijos del dios de la
guerra, Marte, y la vestal Rea Silvia. Esta ciudad, que en sus comienzos no era
más que una simple aldea de pastores de los montes Albanos y del pueblo de los
sabinos, asentada sobre el Palatino, se acabó convirtiendo en el poderoso
imperio que llegó a conquistar todas las tierras circundantes del Mediterráneo,
llegando hasta los lejanos territorios de Britania y de la Dacia.
Roma
dividió su historia en tres fases: la Monarquía (del año 753 a. C. al 509 a.
C.), la República (509-30 a. C.) y el Imperio (27 a. C.-476 d. C.), que se
subdividía a su vez en Alto (30 a. C.-siglo II d. C.) y Bajo Imperio (s. II d.
C.-476 d. C.). Tras la caída de Roma en el año 476 d. C. a manos de los
hérulos, el Imperio romano dejó de existir, y quedó de forma residual tan solo
en la pars orientalis, la cual poco a poco se fue transformando en
el Imperio bizantino, cuyo corazón era la ciudad de Constantinopla.
Aunque la expansión territorial romana había comenzado a finales del período
republicano con la anexión de Grecia y de diversos reinos helenísticos, fue
durante la etapa imperial cuando alcanzó su máxima hegemonía. Con el emperador
Trajano se llegó a dominar la mayor extensión territorial, abarcando un imperio
que iba desde las orillas del océano Atlántico en el oeste hasta las orillas
del mar Caspio, mar Rojo y el golfo Pérsico al este, y desde el desierto del
Sahara al sur hasta la agreste Germania (con los ríos Rin y Danubio como su
frontera natural) y Britania al norte.
Es este el marco geográfico del que partimos en estas páginas, el del poderoso
imperio que dominó el Mediterráneo. Para nuestra explicación sobre la vida
cotidiana en el Imperio romano hemos decidido tomar un año al azar del Alto
Imperio sin, por ello, olvidarnos de contar los antecedentes de toda la
cotidianeidad de los romanos. Cada mes del año nos servirá de excusa para
adentrarnos en los distintos apartados de la vida cotidiana romana,
centrándonos en aspectos concretos, intentando acercarnos, aunque sea de forma
breve, a la cotidianeidad de aquellos hombres y mujeres que hicieron posible la
existencia del poderoso Imperio romano.
El
motivo por el que hemos decidido dedicar cada capítulo de este libro a uno de
los meses del calendario no es baladí. Cada una de las actividades cotidianas
del hombre romano estaba presidida por fuerzas mágicas y divinas. En su día a
día, la línea entre la religión y la superstición no siempre estaba definida,
lo que explica la gran importancia que les concedían a los augurios y a las
fuerzas divinas. Ello fue lo que nos llevó a usar el calendario romano (del que
hablaremos brevemente a continuación) como excusa para realizar la capitulación
de este libro, confiando en que las fuerzas divinas que protegían cada mes nos
ayuden en la labor que nos espera.
Antes de comenzar con nuestro primer mes, queremos dar un breve repaso al
calendario romano. Es importante saber que los acontecimientos religiosos
romanos se insertaron en un calendario lunar de 344 días, que se consideraba
establecido por Rómulo y se dividía en diez meses (de marzo a diciembre). De
esos días, 235 eran fastos (es decir, laborables), 192 eran comitiales (se
podían celebrar actos públicos) y los otros 109 días serán nefastos, donde
debía cesar toda actividad y solo se realizaban fiestas oficiales. El siguiente
cambio vino de la mano del rey Numa Pompilio, quien reformó los meses (duraban
ahora veintinueve o treinta y un días alternativamente) y añadió dos más (enero
y febrero). De esta forma, el año lunar vino a durar 355 días, y tenía que
ajustarse cada cuatro años con el ciclo solar añadiendo dos meses intercalares.
La última reforma importante vino de la mano de Julio César en el año 46 a. C.,
quien estableció el llamado calendario juliano. El año tuvo, a partir de
entonces, 365 días divididos en doce meses, y era necesario agregar un día
bisiesto a febrero cada cuatro años. Pese a estas reformas, en el Imperio
romano no existía un solo calendario oficial. Cada ciudad y cada provincia
tenían uno propio organizado según el modelo de la capital, que podía
modificarse siempre que la situación lo exigiese. Las fechas del calendario se
encontraban distribuidas en función del ciclo ganadero y agrícola. Pese a ello,
nosotros seguiremos el calendario oficial de la ciudad de Roma para presentar
los diversos capítulos de este libro.
El
mes se encontraba dividido en un sistema bastante difícil de días, que habían
heredado de aquel primer calendario lunar. No estaban numerados del uno al
treinta y uno, sino que cada mes tenía tres fechas claves, que eran las kalendae,
las nonae y los idus. Las calendas eran el primer
día de cada mes, que antiguamente habían coincidido con la luna nueva, mientras
que las nonas eran el día cinco, excepto en marzo, mayo, julio y octubre cuando
eran el día siete. Los idus suponían el día trece del mes, excepto (de nuevo)
en marzo, mayo, julio y octubre, en los que se correspondían con el día quince.
Era una fecha móvil, y habitualmente coincidía con la luna llena. El día
anterior o posterior se indicaba añadiendo un adverbio (pridie o postridie),
que señalaba de tal forma que se estaba «en el día anterior a las nonas de
febrero» (que coincidía con el cuatro de febrero). Para las demás fechas,
sencillamente se contaban los días que faltaban hasta llegar a la más cercana
de esas tres fechas fijas, y se colocaba la expresión ante diem antes
del número.
El día romano no se dividía en veinticuatro horas exactas como el nuestro, sino
que se basaba en la luz solar. El día duraba doce horas, que variaban en
extensión según hubiese luz solar o no, de tal forma que las horas del verano
resultaban más largas que en invierno. Las horas estaban expresadas con los
números ordinales y era la hora prima la que coincidía con el
amanecer, mientras que la puesta de sol la indicaba la hora duodécima.
Las horas diurnas se dividían en dos partes, solía hablarse de «antes del
mediodía» o «después del mediodía», división que se mantuvo hasta el siglo IV
d. C. La noche se encontraba dividida en cuatro partes, denominadas vigilia,
que estaban numeradas del uno al cuatro. Para medir las horas podían usar
relojes de sol, llamados horologium, o de agua, las clepsidras.
No
queremos terminar esta presentación sin aclarar que, a continuación,
ofreceremos al lector algunas tablas y un mapa que le ayudarán, sin duda, a
seguir la vida cotidiana de los romanos.
§.
Eje cronológico
21
de abril del 753 a. C. Fundación mítica de la ciudad de Roma por Rómulo
Monarquía (753-509
a. C.)
509
a. C. Exilio del rey Tarquinio el Soberbio y fin de la monarquía romana
República (509-27
a. C.)
450
a. C. Ley de las XII Tablas
264 a. C. Comienza la primera Guerra Púnica
219 a. C. Comienza la segunda Guerra Púnica con la marcha a través de los Alpes
de Aníbal
149 a. C. Comienza la tercera Guerra Púnica
84-82 a. C. Primera guerra civil
60 a. C. Primer triunvirato entre Julio César, Pompeyo Magno y Craso
58 a. C. Julio César inicia la Guerra de las Galias
49 a. C. César cruza el Rubicón. Comienza la segunda guerra civil
15 de marzo del 44 a. C. Asesinato de Cayo Julio César
43 a. C. Segundo triunvirato entre Marco Antonio, Octavio y Lépido
31 a. C. Batalla de Accio
Imperio (27
a. C.-476 d. C.)
27
a. C. Comienzo del reinado de Octavio Augusto
14 d. C. Muerte del emperador Augusto
64 d. C. Incendio de Roma
69 d. C. Año de los cuatro emperadores y fin de la dinastía Julio-Claudia
80 d. C. Inauguración del Coliseo
312 d. C. Batalla del Puente Milvio
313 d. C. Edicto de Milán
380 d. C. El cristianismo se convierte en la religión oficial
395 d. C. El emperador Teodosio divide el imperio en dos partes: Imperio romano
de Occidente e Imperio romano de Oriente
476 d. C. Caída del Imperio romano de Occidente
Mapa del Imperio romano durante el reinado de Trajano. En el período de
gobierno de este emperador, Roma alcanzó su máxima expansión provincial.
Tabla con el calendario romano. Aparecen reflejadas las principales
festividades del mundo romano, con los días en los que se celebraban y los
dioses a quienes estaban dedicadas.
Las horas del día. Se dividían de prima a duodécima durante las horas de luz
solar, mientras que la noche se encontraba separada en cuatro vigilias.
El sistema monetario y sus equivalencias. El sistema monetario romano fue
variando a lo largo de toda su historia, modificando sus valores y, en
ocasiones, el metal con el que estaban elaboradas las monedas.
Capítulo 1
Ianuarius.
La organización del Estado romano y la vida pública del ciudadano
Contenido:
§.
Instituciones del Estado romano
§. La publicidad electoral en Roma
§. El gobierno de las provincias
§. La legislación y la justicia romanas
§. La política de protección social del Estado
Con
el mes de Ianuarius empezaba el año romano (sobre todo a
partir de la reforma del calendario en el año 153 a. C., cuando Ianuarius y Februarius pasaron
de ser los últimos meses del año a los primeros), momento que aprovecharemos
para acercarnos un poco más a la organización del aparato estatal y burocrático
del Estado romano y conocer sus engranajes e instituciones. Este será uno de
los capítulos más arduos y complejos de nuestro libro porque, sin duda, el
sistema político romano no es fácil de entender, pero creemos que es sumamente
necesario realizar este recorrido antes de comenzar con la verdadera vida
cotidiana. Además, cada vez que empezaba un año, la mayoría de los cargos,
sobre todo los cónsules, tomaban posesión de su puesto y, por ello, este (y no
otro) es el mejor mes para acercarnos al Estado. Una vez que conozcamos la
organización del Estado, comprendiendo cómo se gobernaban y cómo manejaban sus
asuntos públicos, podremos acercarnos mejor a la cotidianeidad de los romanos.
También hemos escogido este mes porque Ianuarius es el mes
dedicado al dios bifronte Jano, que protegía las puertas, las salidas y las
entradas y los inicios, por lo que confiamos en que el dios quiera ayudarnos en
el comienzo de este breve viaje a la vida diaria de los romanos.
Hasta
la reforma del calendario, los cónsules tomaban posesión de su cargo durante el
mes de marzo, momento en que también se abrían las campañas militares. Fue en
el año 153 a. C. cuando se decidió adelantar el comienzo del año a Ianuarius para
que los cónsules pudiesen tomar su cargo y consiguiesen llegar a tiempo a
combatir la revuelta de Segeda, en Hispania. A partir de este momento, el
calendario civil comenzó en Ianuarius y no en Martius.
§. Instituciones del Estado Romano
El
Estado romano debía ser entendido como la comunidad de los ciudadanos libres,
la cual era denominada populus romanus. Asimismo, podía usarse el
término de república o res publica (literalmente “la cosa
pública”) para hablar del Estado, y servía para denominar el conjunto de
intereses del populus, que quedaba (o, al menos, debía quedar)
siempre por encima de cualquier asunto o institución. Los asuntos del Estado
eran manejados por ciertos individuos concretos, los magistrados. Además de
contar con ellos, los asuntos estatales caían en manos de las instituciones del
Senado y de las asambleas de los ciudadanos. Todo este aparato se apoyaba en
una constitución no escrita, basada en la tradición o el mos maiorum.
Roma
elaboró un modelo de ciudadanía específico en el que la pertenencia a la
comunidad de derecho era independiente del origen racial de cada individuo.
Ello llevó a que la civitas se considerase como una asociación
de tipo artificial entre pueblos de orígenes diferentes. La nación romana era
vista como una construcción abierta y sin terminar, puesto que para suprimir la
identidad del vencido este debía ser integrado en la civitas. En
sus escritos, Cicerón sistematizó de forma teórica el Estado romano, presentándolo
como una comunidad de tipo moral, ya que consideraba que todo ciudadano romano
tenía dos patrias, la de nacimiento y la de derecho.
Para los romanos, lo más importante eran la virtus y la libertas,
consideradas como los valores esenciales de todo ciudadano. Se debía tener
siempre una conducta virtuosa, que permitiese la conservación de los valores
romanos y la preservación de la libertad y la dignidad no solo personales, sino
también del Estado. Estas ideas republicanas cambiaron con el Principado (a
comienzos del gobierno de Augusto), aunque siempre se trató de que estos
valores permanecieran como la auténtica esencia del ciudadano romano. El nuevo
régimen había traído consigo diversos vicios, como era el caso de la adulación,
que permitieron que surgiesen nuevas virtudes (por ejemplo, la moderación) en
contraposición a estos vicios. Esta situación llevó a que muchos autores se
lamentasen de la pérdida de los viejos valores republicanos, considerados como
los verdaderamente romanos, y denunciasen de forma constante los vicios del
imperio.
En sus orígenes, el Estado romano (que fue monárquico hasta el año 509 a. C.)
tenía un fuerte componente agrario y territorial, y se organizaba de una forma
muy simple y centralista, basando todas sus instituciones en la agricultura.
Por ello, podemos hablar de una sociedad de campesinos y pastores que, cuando
la situación lo requería, se convertían en soldados y magistrados de su ciudad.
Fue durante el siglo IV a. C. cuando se consumó la transformación de este primitivo
Estado agrario, debido al desarrollo del comercio y el artesanado, al cual se
unió el uso de la moneda. Todos estos hechos provocaron ciertos cambios
sociales que generaron una escala de clases censitarias estimadas por mínimos
de riqueza. Se vio cómo surgió un ordenamiento aristocrático, basado en la
distinción entre patricios y plebeyos, que se perpetuaría a partir de entonces.
En este momento, los patricios comenzaron a encargarse de la gestión del
Estado, y ocuparon todas las instituciones. Hasta finales de la República fue
este el sistema que se siguió, ya que en este momento Roma comenzó a exigir una
mayor concentración de poder que la llevó a asimilarse a la monarquía, todo
ello provocado por el contexto de crisis política que se estaba viviendo.
Las
principales instituciones de las que se componía el Estado romano eran varias.
La principal de ellas era el Senado, que agrupaba a la aristocracia detentadora
del poder político. En origen se encontraba compuesto por los jefes de los
clanes y, durante la República, comenzó a desarrollarse como consejo supremo
destinado a asesorar a los magistrados. Se elegía a los senadores dentro del
cuerpo de ex magistrados, y su nombramiento adquiría carácter vitalicio. Frente
a los magistrados, cuya elección era anual, el Senado era considerado como el
núcleo permanente del Estado, el que mantenía estable la política y la sociedad
romanas. Además, los senadores adquirían ciertos privilegios, como era el hecho
de tener asientos especiales en los teatros, el derecho a usar la latus
clavus (una toga orlada de una ancha franja de púrpura) y unas
sandalias doradas, y el derecho del ius imaginum, que les permitía
conservar y exhibir las máscaras de cera de sus antepasados.
A
continuación se encontraban las diferentes magistraturas, que suponían cargos
honoríficos gratuitos sin remuneración. Este hecho provocaba que solo pudiesen
acceder al cargo quienes tuviesen una posición económica desahogada, ya que
eran los únicos que podían permitirse emplear su tiempo en el bien público. Las
magistraturas eran cargos temporales, ya que solo se daba un año para que
desempeñasen su labor. Además, el requisito de acceso a las diferentes
magistraturas era que se dejase transcurrir dos años (como mínimo) entre el
ejercicio de una y de otra. Pese a esto, y solo si se consideraba
imprescindible, con la prorrogatio imperii podían ejercer otro
año más su cargo. Tenían un carácter colegiado obligado y, como instrumento de
ayuda a la colegialidad, se creó la potestad de la intercessio o
veto, el cual podía interponer un magistrado de igual o mayor rango.
Con
la Lex Villia Annalis del 180 a. C. se organizaron
correctamente todas las magistraturas que, en orden ascendente, eran las
siguientes: cuestura, edilidad curul, pretura y consulado. Los investigadores
actuales consideran que también pueden ser clasificadas en ordinarias
permanentes (consulado, pretura, edilidad, cuestura y tribunado de la plebe) y
en ordinarias no permanentes (censura y dictadura). Las ordinarias permanentes
fueron aquellas que formaban parte de la constitución republicana o bien tenían
carácter electivo a través de los comitia, mientras que las otras
se usaban para las necesidades excepcionales de la república. Otra ordenación
que se hizo fue la que dividía a las magistraturas en mayores y en menores. Las
mayores eran las que estaban investidas cum imperio, por tanto
podían mandar tropas y ejércitos y se elegían por comicios centuriados
(añadiéndoles la censura), mientras que las menores carecían de imperium y
eran elegidas por los comicios por tribus. Todas las magistraturas que vamos a
ver a continuación se encontraban colegiadas (a excepción de la dictadura, que
tenía carácter excepcional), con la idea de que se mantuviesen equilibradas y
se evitasen los abusos de poder y la corrupción. Sin embargo, a finales de la
República se vio cómo estas ideas de igualdad y reparto de poder no se pudieron
mantener, y se encuentran casos como el de Cneo Pompeyo Magno, que accedió al
consulado sin pasar por el cursus honorum establecido, ya que
amenazó al Estado con una guerra civil. Pese a estos abusos, el respeto por las
magistraturas se mantuvo durante casi toda la historia de Roma.
Una
tribu era una circunscripción territorial a la que se adscribía cada ciudadano
romano. Según la tradición romana, Rómulo dividió al pueblo en tres tribus
(ramnes, tites y luceres), que se subdividían en diez curias. El sexto rey de
Roma modificó la institución tribal y formó cuatro tribus urbanas (suburana,
esquilina, collina y palatina) y diez tribus rurales fuera de la ciudad. Con la
conquista de Italia, aumentaron las tribus rurales hasta fijarse en el número
de treinta y cinco.
La
magistratura más importante era la del consulado, a la cual pertenecían dos
cónsules con autoridad ejecutiva en un mandato que duraba un tiempo
determinado. Su origen se encontraba en la República, tras la expulsión de los
Tarquinios (finales del siglo VI y comienzos del siglo V a. C.), cuando el
poder en Roma dejó de ser unipersonal y se permitió que el pueblo eligiese a
sus gobernantes (los cónsules) en los comicios centuriados. Fue durante ese
momento cuando surgió un conjunto de magistraturas ordinarias que quedaban a
expensas de la autoridad consular. Los cónsules teníancum imperio,
puesto que podían mandar tropas, gozaban de intercessio (que
era la posibilidad de veto recíproco) y un gran poder, tanto en Roma como sobre
el ejército. Como signo de poder y estatus usaban en la ciudad la toga
praetexta (que era blanca y orlada con una franja púrpura), se
sentaban en la sella curulis (una silla portátil de marfil sin
respaldo), eran precedidos por una escolta de doce lictores (eran los oficiales
de la guardia que iban precediendo a los grandes magistrados) que llevaban
las fasces y, además, daban nombre al año. El cónsul que había
conseguido el mayor número de votos era denominado consul senior,
mientras que el otro era llamado consul iunior. Pese a esta
distinción, ambos se turnaban diariamente en el ejercicio del poder. Tras
expirar su mandato anual podían convertirse en procónsules, a los que se
adjudicaba una provincia para que la gobernaran durante otro año más, aunque la
duración de su mandato podía ser prorrogable por el Senado si lo estimaban
necesario.
Las
fasces eran la unión de unas treinta varas (de abedul u olmo, normalmente), que
simbolizaban las curias de Roma, y que estaban atadas de manera ritual con una
cinta de cuero rojo, sujetando un hacha para decapitar o labrys. Dentro del
pomerium no podían llevar el hacha, ya que en la ciudad los magistrados curules
solo podían castigar y no ejecutar. El hacha dentro de la ciudad solo estaba
permitida para los dictadores.
Durante
el Imperio, algunos emperadores perdieron todo el respeto hacia las
instituciones, y mostraron su desprecio a través de algunos gestos como el de
Calígula, que quiso nombrar cónsul a su caballo preferido, Incitatus. Antes de
ello, decidió que debía convertirse en senador, por lo que Incitatus se
convirtió en otro miembro más del Senado. Aunque siempre se ha visto como el
gesto de un emperador demente, algunos investigadores creen que lo que Calígula
quería era mostrar su desprecio hacia las magistraturas e instituciones
romanas, demostrando que hasta un animal era capaz de desempeñar su trabajo. De
cualquier forma, Incitatus tuvo el honor de ser el primer
senador no humano de la historia.
Retrato de Lucio Junio Bruto, primer cónsul de Roma. Después de la caída de
la monarquía, los cónsules como Junio Bruto gobernaban el Estado en
colegialidad, tratando de evitar posibles tiranías. Museos Capitolinos.
Fotografía de la autora.
Tras
los cónsules estaban los pretores, que también eran magistrados superiores
con imperium. Destacaban el pretor urbano y el peregrino. El urbano
podía convocar los comicios por tribus y sustituía a los cónsules cuando se
encontraban ausentes. Podía usar también la toga praetexta y
la sella curulis, y era precedido por seis lictores. El cargo de
pretor peregrino se creó en el 242 a. C. y básicamente tenía función judicial
para los extranjeros. Al acabar su mandato anual, podía ser designado como
propretor y se le designaban ciertos territorios para que los gobernase durante
un año.
Los ediles podían ser de dos tipos, curules y plebis. Los ediles
curules suponían una magistratura colegiada y patricia, y se elegían en
los comitia tributa, con jurisdicción de tipo civil y criminal.
Como privilegio tenían la posibilidad de sentarse en la silla curul. Los ediles
de la plebe eran los magistrados auxiliares de los tribunos de la plebe.
Después encontramos a los cuestores, que no tenían imperium y
eran el primer escalón del cursus honorum. Se encargaban de la
administración y el control del aerarium populi romani (el
fisco o el conjunto de todas las propiedades e ingresos del Estado, ubicado en
el templo de Saturno), ejecutando los cobros y los pagos impuestos por los
cónsules. En época imperial este cargo se vio engrosado ante el hecho de que,
en ausencia de un heredero, cualquier herencia y todo testamento que contuviera
alguna irregularidad entrañaba la confiscación de la herencia en favor del
emperador, con una gran recompensa para quien denunciase esta situación.
El tribunado de la plebe era otra magistratura con un cierto carácter especial,
ya que surgió a raíz de las luchas entre patricios y plebeyos. Incluía, como su
propio nombre indica, a los representantes de la plebe, elegidos en concilios
que tenían como misión defenderla. Se componía de diez miembros. Sus
características eran la sacrosanctitas (su persona era
inviolable), el derecho de auxilium (posibilidad de acudir en
ayuda de cualquier ciudadano que lo solicitase) y el de intercessio(veto
a cualquier magistrado que intentase aplicar alguna medida abusiva o
anticonstitucional). Podía convocar y presidir las asambleas plebeyas (concilia
plebis). Su carácter protector del pueblo se ve desarrollado por la tribunicia
potestas, es decir, la función de velar por el Estado.
La censura era otra magistratura extraordinaria, con carácter colegiado y
sin imperium. Se elegían cada cinco años y asumían el control total
sobre las costumbres (mos maiorum), lo que los convertía en la más alta
autoridad moral del Estado romano. Su misión era elaborar el censo, lo que
suponía la inclusión de los ciudadanos en las diferentes centurias y tribus.
La dictadura es la última de las magistraturas extraordinarias, cuyo cargo se
designaba en momentos de peligro y tenía carácter único. Asumía de forma
temporal la autoridad suprema del Estado, ocupando el cargo un período máximo
de seis meses, con la finalidad de preservar la república romana, su orden
constitucional y sus instituciones de gobierno ordinario frente a un grave
peligro. Por ello, el dictador reemplazaba temporalmente el mandato colegiado
de los cónsules y concentraba en su persona todos los poderes.
Para elegir a todos estos magistrados se realizaban las asambleas del pueblo,
las cuales se dividían entre comicios centuriados y comicios por tribus. Los
comicios centuriados articulaban al populus en cinco clases,
compuestas por un número determinado de centurias. Eran los censores quienes
controlaban los bienes del ciudadano y lo adscribían en la clase que le
correspondía. Los comicios por tribus se organizaban de forma ligeramente
diferente, ya que se ve cómo se encontraban ordenadas por tribus o distritos
territoriales a los que el ciudadano estaba obligatoriamente adscrito. La tribu
quedaba, por tanto, como una unidad de voto. Los comicios centuriados elegían a
los magistrados con imperium, y los comicios por tribus al resto.
Existían también los comicios por curias, que en los primeros tiempos de la
República elegían a los más altos órganos del Estado pero que, con el tiempo,
tan solo confirmaban e inauguraban las elecciones de los comicios centuriados.
Tanto los magistrados como el Senado eran quienes soportaban el peso de la
función estatal. El populus quedaba subordinado a la
aristocracia a través del sistema de clientelas, aunque tenía derecho a votar
los diferentes cargos. La clientela era el lazo social mediante el cual el
ciudadano tenía la posibilidad de participar de forma pasiva en la vida pública.
Se trataba de una relación personal de protección a la que un individuo de
mayor prestigio se comprometía con otro de inferior rango. Las personas que se
sometían recibían el nombre de clientes y el protector era denominado patronus.
Esta relación se apoyaba en el concepto de fides, que debe
entenderse como la fidelidad o la confianza. Con ello quedaba formada la
llamada clientela política, y (en ocasiones) el patrono quedaba ligado a
comunidades o ciudades enteras.
Tabla con las instituciones romanas. Al cursus honorum solamente podían
acceder los miembros de las familias patricias, que deseaban alcanzar las altas
magistraturas debido al honor que suponía para su gens.
§.
La publicidad electoral en Roma
La publicidad electoral tenía una gran presencia activa en Roma, ya que
el cursus honorum (entendido como el núcleo de la vida pública
del ciudadano) obligaba a contar con el respaldo del electorado si se quería
poder acceder a una magistratura. Ello llevó a que gran parte del esfuerzo que
realizaba el candidato se dirigiese a convencer al pueblo de su elección.
Además, estaba la amicitia, que se consideraba la asociación de
individuos o familias nobiliarias para una ocasión política determinada. En
cada una de ellas se producía la formación de factiones o
partidos nobiliarios cuyos intereses, si chocaban entre sí, creaban el efecto
contrario a la amicitia, es decir, la inamicitia.
Aquella persona que desease presentarse como candidato a alguna magistratura
debía reunir ciertos requisitos, entre ellos el hecho de que debía declarar
ante el magistrado que presidía el proceso electoral su intención de ser
elegido para un cargo. Normalmente, quienes podían acceder a las diferentes
magistraturas eran aquellos que pertenecían a lanobilitas (la cual
se dividía entre optimatesypopulares, según fuesen más
«conservadores» o no), además de los homini novi, los hombres
nuevos sin antepasados importantes que accedían al cursus honorum.
Cuando el ciudadano no cumplía los requisitos, el magistrado le denegaba la
inscripción y no podía ser elegible. A continuación, se publicaba una lista de
elegidos (aunque en cualquier momento podían renunciar a seguir en el proceso),
con una antelación mínima de veinticuatro días a la fecha de la votación,
expuesta en sitios tales como el foro (el centro de la vida política, social y
jurídica de la urbs) y las contiones (asambleas
populares). Estas asambleas no eran decisorias, pero constituían el único lugar
donde se podía hacer uso de la palabra, el principal instrumento electoral. Al
comenzar la campaña (llamada ambitus), al candidato, que vestía
la toga candida de color blanco, se le recordaba que no tenía
permitido hacerse propaganda electoral, aunque era una regla que se rompía
frecuentemente. Llegado el día, la votación se realizaba en persona, y se
tomaba como requisito la oralidad, ya que había que exponer verbalmente el
voto. Sin embargo, cuando creció la población, la votación se realizaba ya por escrito
(per tabellam) en unas tabellae ceratae donde los que
ejercían el ius sufragii (el derecho al voto) indicaban con
iniciales los candidatos de su preferencia. La honestidad se consideraba una de
las mejores cualidades para poder vencer en las votaciones, ya que, unida a la
dignidad del candidato, se interpretaba como una correcta gestión política.
Publicidad electoral en la Via dell’Abbondanza de Pompeya. Como sucede a día
de hoy, las calles de la ciudad eran el mejor escenario para que un candidato
se publicitase e intentase darse a conocer a sus posibles votantes. Fotografía
de la autora.
La
publicidad electoral en Roma era tan importante que hasta las tumbas se usaban
como soporte publicitario. Los monumentos funerarios, además, cumplían con la
intención de publicitar a la familia, dándole un reconocimiento de dignidad.
Sin embargo, estaba mal considerado el hacerse publicidad en actos
multitudinarios. Asimismo, podía encontrarse mucha publicidad electoral
plasmada en pintadas en las paredes, realizadas sobre una pared previamente
preparada con un fondo blanco de cal con colores rojo y negro.
También se recomendaba hacerse publicidad electoral hablando con el pueblo,
dándose a conocer como un candidato accesible y preocupado por sus necesidades.
Otra buena forma de hacerse publicidad consistía en la solicitud del voto
mediante la prensatio, que era básicamente un apretón de manos que servía para
crear un vínculo de afinidad. Se exigía al candidato saludar siempre a sus
posibles electores y partidarios usando su nombre. Para facilitar su tarea,
tenía un esclavo llamado nomenclator, el cual se debía aprender los datos más
importantes de las personas relevantes de la ciudad para poder recordárselo a
su amo. La presencia de un nomenclátor en una comitiva se consideraba un
símbolo de prestigio y poder, de ahí que muchos patricios romanos deseasen
tener uno y poder usarlo. Además, era acompañado por su ad sectatio o séquito,
el cual escoltaba y arropaba al candidato en su búsqueda de votos. El séquito
se encargaba de la salutatio (saludo que se realizaba cada mañana) y de
acompañarlo todo el rato en sus diferentes labores. El candidato debía atender
a su séquito dándoles regalos y permitiéndoles estar en su compañía.
§. El gobierno de las provincias
Durante su dictadura en el siglo I a. C. Lucio Cornelio Sila creó la
diferenciación entre el Gobierno de Roma como urbs, gestionado por los
magistrados, y el de las provincias, que se comenzó a asignar a los procónsules
y propretores, que recibían el encargo de gobernar y administrar las regiones
conquistadas. Los gobernadores de provincia (llamados praetor y que debían de
ser rango senatorial) se consideraban la máxima autoridad jurisdiccional de la
misma. En las provincias asociadas o clientelares se usaba la figura del
praefectus o la del legatus augusti pro praetore para ejercer el gobierno de la
provincia. Con ello se consiguió que, además de las magistraturas de la ciudad
de Roma, los municipios romanos se encontrasen dotados de instituciones, como
la Curia (el Senado local), y de una serie de magistraturas elegidas anualmente
en los comicios, que tenían carácter colegiado y que detentaban las élites
locales. La edad mínima exigida para participar en ellas eran los veinticinco
años, y los magistrados pasaban a formar parte del llamado ordo decurionum. La
Curia estaba constituida por los decuriones, que eran elegidos en la lectio
senatus cada cinco años por los duunviros quinquenales, que formaban un grupo
de cien miembros. Tanto los duunviros como los ediles y los cuestores podían
asistir a las reuniones de la Curia, aunque no les estaba permitido votar. El
duunvirato era la magistratura suprema a nivel local. Tenía como función la
gestión de todos los aspectos básicos de la vida de la comunidad. Podían
aparecer reflejados en la epigrafía como los colegas de los aediles,
constituyendo el colegio de los quattuorviri. Para aspirar a este duunvirato
era necesario haber desempeñado previamente los cargos tanto de edil como de
cuestor. Los duunviros, cada cinco años, elaboraban el censo local de todos los
ciudadanos, por lo que recibían el nombre de quinquenales. Podían convocar y
presidir las asambleas legislativas y electorales, y eran responsables de los
fondos comunales del municipio, por lo que se encargaban de la administración
de las finanzas municipales. También podemos encontrar a los ediles, los cuales
tenían el mismo poder jurídico que los duunviros pero con atribuciones
diversas. Entre ellas destacaban la cura urbis (cuyo objetivo era la vigilancia
y la seguridad pública), la cura annonae (que abarcaba el aprovisionamiento y
la vigilancia general sobre el mercado) y la cura ludorum (que suponía la
disposición y regulación de los juegos públicos de la ciudad). La edilidad era
el primer escalón en el cursus honorum local. Los quaestores solían ser dos y
tenían el derecho de veto entre ellos. Ejercían las funciones de tesoreros en
los municipios y poseían competencias en el cobro de impuestos, lo que los
ponía en relación con el cuestor provincial. Podían tener adjudicados a su
servicio algunos esclavos municipales (servi communes). Asimismo, contaban con
apparitores o subalternos municipales, entre los que destacaban los escribas,
los cuales controlaban el dinero y las cuentas municipales.
Parte de los actos evergéticos realizados en beneficio de la ciudadanía y
efectuados en los municipios eran llevados a cabo por estos magistrados, los
cuales pertenecían siempre a las élites locales. El cargo los obligaba a
realizarlos a través del pago de la summa honoraria.
§. La legislación y la justicia romanas
Además de las diversas magistraturas que controlaban el Estado, debemos
entender la enorme importancia que tenían el derecho y el ejercicio de la
justicia dentro del mundo romano, lo que veremos a continuación.
Las primeras leyes que tuvieron los romanos se basaron en el mos maiorum, es
decir, en el derecho consuetudinario que reflejaba las costumbres de sus
antepasados. Basándose en estas tradiciones legales, la justicia quedó en manos
de los patricios, especialmente en la figura del Pontifex Maximus, lo que
desarrolló el derecho pontifical. Este tipo de legislación era siempre
desfavorable a los plebeyos, quienes comenzaron a reclamar la codificación de
las leyes. Para ello, el Senado nombró a una comisión de decenviros, quienes
finalmente elaboraron la llamada Ley de las XII Tablas, expuesta en el foro en el
año 451 antes de Cristo.
A partir de la Ley de las XII Tablas los pretores asumieron la función
jurisdiccional y, cada vez que empezaban su mandato, emitían un edicto en el
que indicaban los diferentes delitos y castigos. En ocasiones, asumían como
suyos los edictos de sus predecesores, pero en otras, corregían o abolían las
leyes anteriores. Si el sistema de derecho romano ya era difícil, siguió
complicándose cada vez más ya que los tribunos de la plebe podían elaborar los
plebiscitos, en los que trataban asuntos políticos, económicos y
jurisdiccionales, mientras que el Senado, a través de los Senatus Consultum,
creaba jurisprudencia sobre diversos temas.
Tras la llegada de Augusto al poder y el comienzo del imperio, los emperadores
asumieron las funciones de los tribunos de la plebe, lo que les permitió
elaborar nuevas leyes a través de los edictos o las constituciones imperiales.
Toda esta legislación solamente afectaba a los ciudadanos romanos, ya que, como
veremos ahora, los ciudadanos latinos (los habitantes del Imperio romano se
dividían en tres categorías: ciudadanos romanos, ciudadanos latinos y los
habitantes sometidos con estatus de peregrinus) y aquellos que tenían categoría
de peregrinos (por ello no se consideraban ciudadanos) eran juzgados por otros
corpus de leyes.
La ciudadanía latina era un estatus intermedio entre la auténtica y plena
ciudadanía romana y la categoría de peregrino o no ciudadano, que se regía por
el llamado derecho latino. Las concesiones más importantes que hacían en el
derecho latino eran la del commercium (el poder poseer tierras en cualquiera de
las ciudades latinas y realizar contratos con sus ciudadanos), el connubium (la
posibilidad de contraer matrimonio legal) y el ius migrationis (adquirían el
origen de cualquier ciudad latina tan solo por residir en ella de forma
permanente). Los ciudadanos latinos compartían con los romanos algunas de sus
leyes, pero no así sus privilegios.
El derecho latino se convirtió en el paso intermedio que llevaba hacia la
obtención de la ciudadanía romana. De hecho, durante la República compartieron
con los ciudadanos romanos la mayor parte de sus libertades, a excepción del
voto, el derecho a desempeñar magistraturas y a servir en las legiones. Con el
imperio, se convirtió en el primer peldaño para aquellos que querían obtener la
ciudadanía romana hasta que en el año 212 Caracalla la concedió a todos los
habitantes del imperio.
Por último, tenemos el ius gentium, el derecho que correspondería a todos
aquellos habitantes libres del imperio que no tenían categoría ni de ciudadano
romano ni de ciudadano latino. Cuando Roma comenzó a expandirse, se creó la
magistratura del praetor peregrinus, que debía atender todos los casos
relacionados con los no ciudadanos. La mayor parte de las solicitudes que
recibía se relacionaban con asuntos comerciales, por lo que se vieron obligados
a desarrollar un derecho relacionado con estas cuestiones a partir del cual
nació el ius gentium.
Este tipo de derecho, al final, recopiló todas las leyes que se aplicaban a las
colonias y provincias romanas, divididas entre el derecho referido a las
relaciones con la propia Roma (es decir, tratados de paz o de alianza) y las
leyes que regían las vidas de estos habitantes.
Por tanto, hemos visto cómo la legislación romana se encontraba separada en
tres tipos de derechos diferentes, relacionados con el estatus de los
habitantes del imperio. A continuación, pasaremos a conocer cómo se
desarrollaban los procesos judiciales romanos.
A comienzos de la época republicana, durante los procesos penales, intervenían
el rex sacrorum y los sacerdotes llamados flamines, que se dedicaban al culto
de Júpiter. Estos procesos, más que buscar un castigo, trataban de celebrar un
acto de purificación ofreciendo a la divinidad al culpable. Para ello llevaban
a cabo el acto de la consecratio, con el que se buscaba el restablecimiento de
la pax deorum, dejando que fuese el magistrado quien llevase todo el proceso. A
la vez, se comenzó a distinguir entre derecho sacro y laico y a diferenciarlos
jurídicamente. En un segundo momento, los procesos capitales fueron confiados
al populum, reunido en los comicios, el cual tuvo la responsabilidad de conocer
las apelaciones de los ciudadanos acusados de pena capital (provocatio ad
populum). Además se instituyeron unos tribunales especiales, los cuales estaban
formados por los magistrados, el cónsul y los pretores. A principios del
Principado se comenzaron a celebrar los procesos tanto privados como públicos a
través del empleo de los tribunales. En el proceso privado se sentenciaban las
cuestiones de derecho privado que pertenecían al campo de los delicta. El
procedimiento público era así denominado porque la acción la podía ejercer
cualquier ciudadano en interés del pueblo y del Estado romano.
Las fases del proceso criminal romano eran varias, empezando por la postulatio,
que era el permiso que concedía el pretor al acusador para que pudiese llevar a
juicio a un demandado. Se seguía con la delatio nominis, mediante la cual el
acusador delataba al acusado, quien debía defenderse. Si el acusado se
declaraba culpable (confessus) se terminaba el proceso, pero si no era así el
acusador debía reunir pruebas de la culpabilidad. Tras ello llegaba la
accusatio, por la cual el pretor establecía el día de la comparecencia, los
jueces eran elegidos y daba comienzo el juicio. Una vez que el juicio se
acababa, los jueces dictaban la sentencia, absolviendo o bien condenando al
acusado. En el caso de ser considerado culpable, se aplicaba el correspondiente
castigo. Si el culpable pertenecía a una clase social alta, ya fuese un
patricio o un caballero, normalmente las penas a las que se enfrentaba eran
mucho más leves que si perteneciese a la plebe o a los grupos que no formaban
parte de la ciudadanía romana.
§. La política de protección social del estado
Asimismo, dentro de la preocupación que se tenía por los ciudadanos, el Estado
podía encargarse de la alimentación de los más pobres. Por ejemplo, existía la
institución de los alimenta, una actuación munificente de potentados
particulares y de emperadores que se dirigía a la protección y alimentación de
los niños de cada ciudad. Esta institución podía establecerse ya en vida del
benefactor, o bien hacerse mortis causa, tras el fallecimiento del mismo.
Aparte de los alimenta, existían diferentes modalidades de protección
alimentaria entre las que vamos a destacar varias. La annona o cura annonae
servía para garantizar el aprovisionamiento de grano anual de Roma y evitar con
ello posibles hambrunas. Durante la República, su gestión recayó en la
magistratura edilicia, mientras que a partir de Augusto se estableció la
oficina annonaria y un praefectus annonae, que se encargaría de controlarlo
todo. También se encontraban las frumentiones, las congiaria y las sportulae,
que todas juntas componían un conjunto de acciones gratuitas de reparto de
alimentos y dinero. Además, durante la República se estableció la costumbre de
que los magistrados lanzasen a la plebe, durante los triunfos o los juegos, los
llamados missilia, que consistían en regalos envueltos o monedas que servían
para comprar los alimentos.
Es la existencia de todas estas instituciones la que nos habla de lo
importantes que fueron para el Estado romano sus ciudadanos, a los que debía
cuidar porque suponían sobre todo su fuerza de choque militar y los apoyos
necesarios para obtener cualquier cargo en el mismo. Además, siempre se mantuvo
la idea del gobierno de Roma a través del Senado y por el pueblo, reunido en
las asambleas populares, aunque ya hubiese un emperador con todo el poder en
sus manos. Esta unión se ve reflejada en el emblema que todos conocemos de
Roma, el famoso SPQR, que literalmente significa «El Senado y el Pueblo
Romanos» (Senatus Populusque Romanus).
Capítulo 2
Februarius
El trabajo y la economía del mundo romano
Contenido:
§.
La economía de las clases patricias
§. La economía de los équites
§. Los impuestos del mundo romano
§. La economía de la plebe
§. Las rutas comerciales del Imperio romano
Februarius, el
segundo mes del año, no existía en el antiguo calendario lunar romano (que solo
tenía diez meses) hasta que el rey Numa Pompilio ordenó que se agregase. Se
encontraba dedicado a Februus o Februo, dios de las purificaciones y guía de
los difuntos, y a Februa, madre de Marte, por lo que hasta el 153 a. C. se
consideraba el final del año. En este momento, se convirtió en el segundo mes
del año, dedicado a las ceremonias para alejar los malos espíritus (sobre todo
aquellos que podían perjudicar las cosechas, los ganados y la salud) y, por
supuesto, a la purificación.
§. La economía de las clases patricias
Para sustentarse y poder mantenerse en su día a día (sobre todo en el caso de
los aristócratas que debían invertir parte de sus riquezas en su carrera
política) los romanos necesitaban de una gran cantidad de recursos, entre los
que se incluían las cosechas y el ganado que había que proteger durante Februarius,
aunque no todos pudiesen acceder a ellos. Por ello, aprovecharemos el segundo
mes del año para conocer cómo sobrevivían las distintas clases sociales de
romanos, explicando de forma muy breve cómo eran el trabajo y la economía de
este momento. Posiblemente, a día de hoy, su vida nos parezca muy dura, sobre
todo en el caso de los menos afortunados, pero en muchos aspectos veremos cómo
nos recuerda a nuestro propio modo de vida.
Los patricios no podían desempeñar cualquier trabajo, manual o intelectual, que
les reportase un beneficio económico directo, puesto que perderían su dignitas,
una de las virtudes básicas de cualquier ciudadano que debía ser mantenida
siempre. Las únicas actividades que podían realizar eran todas aquellas
relacionadas con la política o la guerra, aunque en su tiempo de ocio había
quienes se dedicaban a la agricultura, una actividad manual considerada digna y
que, en los primeros momentos de la República, era lo que les reportaba un
beneficio económico. Pese a todo, aunque ejerciesen como políticos o como
militares, lo hacían sin recibir compensación alguna a cambio (aunque ya hemos
visto en Ianuarius cómo a veces aprovechaban su cargo para
saquear las provincias y enriquecerse), ya que no tenían un salario estipulado,
por lo que necesitaban otra forma de obtener sus recursos.
Durante la República la política solo era provechosa para quien participaba en
ella hasta alcanzar los más altos rangos. Seguía sin haber un sueldo asignado
para estos cargos, y los beneficios indirectos obtenidos de las magistraturas
no costeaban lo gastado en el cursus honorum. Sus beneficios provenían,
sobre todo, de las posesiones agrícolas y de las que se tenían en las
provincias cuando ejercían sus cargos. Las provincias eran auténticas minas de
oro para los magistrados corruptos, los cuales se enriquecían a través del robo
y de la extorsión. Otra buena fuente de ingresos para las clases altas era el
botín de guerra tras las conquistas. Aunque este debía pasar, teóricamente, de
forma directa al tesoro del Estado, antes era saqueado por el general en jefe,
quien recogía los beneficios que estimase oportuno. La reconstrucción de un
territorio devastado por la guerra era otra de las ocasiones que tenían para
hacer dinero, pues conseguían ser los únicos pagados por estas
actividades.
§. La economía de los équites
Los caballeros o équites pertenecían a la clase social inmediatamente inferior
a la de los patricios, aunque en ocasiones eran más ricos que ellos, ya que sí
podían ocuparse de los trabajos manuales o intelectuales, y constituían la
clase de los negocios. Durante el Imperio llegaron a ocupar algunos puestos
administrativos e incluso apareció un cursus honorum regular de los équites.
Aunque debían trabajar, la gran cantidad de dinero que manejaban los salvaba de
ser estigmatizados por ello, y eran una clase social bastante respetados. Hacia
el final de la República, comenzaron a disfrutar de una importante influencia
política, ayudando a mediar entre los optimates los populares, ya que les
interesaba obtener siempre legislaciones a su favor y gobernadores provinciales
benévolos con sus negocios (puesto que en las provincias era donde conseguían
la mayor parte de sus ingresos, sobre todo a partir de la recaudación de
impuestos por contrato). Para sus negocios en las provincias, se podía ver como
los impuestos públicos eran arrendados por parte de los entes administrativos a
sociedades (societates publicanorum), las cuales pagaban un tanto anual fijo
por este servicio. Aprovechando la presencia de los équites y su labor
recaudatoria, haremos un breve paréntesis para hablar de los tipos de impuestos
que se debían pagar en el mundo romano, y que esta clase social solía
encargarse de recoger.
§. Los impuestos del mundo romano
Los impuestos básicos reclamados por los romanos eran el tributum (impuesto
per cápita) y el vectigal (el 20% del rendimiento de las
tierras consideradas como vectigal, las arrebatadas al enemigo y
las que se encontraban bajo el dominio exclusivo del pueblo romano).
El sistema fiscal romano de época republicana era muy poco uniforme y carecía
de la suficiente supervisión. Se servía del sistema de los publicani,
los cuales se reunían en asociaciones o sociedades repartidas por las
provincias y consistían, básicamente, en compañías privadas de recaudadores de
impuestos de las que participaban los équites. Cada una de ellas tenía a su
máximo administrador en Roma y negociaba con el Estado las recaudaciones que
debía exigir a las provincias. Durante el Principado se adoptó parte del
sistema tributario republicano (aunque en las provincias orientales continuó la
estructura fiscal de los reinos helenísticos anexionados a Roma), pero se
incorporaron dos innovaciones: se eliminaron las compañías privadas de recaudadores
(publicani) para el cobro de impuestos y se elaboró un censo de
súbditos. Con los impuestos se pagaban los salarios de los funcionarios, se
sufragaban los gastos militares, los espectáculos públicos, la construcción de
los edificios y el reparto de alimentos.
Fue Augusto quien estableció dos clases de impuestos: por persona física (tributum
capitis) y por la propiedad territorial ( tributum soli). El
primero de ellos solo se aplicaba a los no ciudadanos y a la población rural.
Los pequeños comerciantes ( homines negotiantes) pagaban su tributo
(aurum negotiorum) según las ganancias que obtenían en sus negocios. Los
judíos pagaban un impuesto especial, que iba destinado al fiscus
iudaicus. El impuesto sobre la propiedad territorial era recaudado por los
procuradores imperiales y los gobernadores senatoriales. Fue Augusto, además,
el que determinó que debían existir obligatoriamente censos en las provincias
imperiales, en las cuales se establecieron officinae dedicadas
a esta labor.
Otro impuesto muy importante era la annona, de tipo directo, el
cual se establecía en forma de diezmo que se guardaba en los almacenes
públicos. Se empleaba en la annona militaris (que servía para
sufragar los gastos militares y de los funcionarios) y la annona civica (que
se usaba en el avituallamiento de Roma).
También existían los impuestos indirectos, como el vectigal (una
renta en dinero y en especie que tenían que pagar al Estado los arrendatarios y
usufructuarios de algún dominio público), laportoria (impuesto
sobre las aduanas y los peajes) o el aurum vicesimarium (impuesto
que se pagaba cada vez que se manumitía un esclavo).
Hay que señalar que eran los gobiernos locales los que cobraban y administraban
los impuestos municipales, ya que la ciudad era el núcleo de la cultura y de la
vida pública económica romana. Por ello, monopolizaba parte de los impuestos
locales, aunque en ciertos aspectos debía valerse de la munificencia privada,
sobre todo en el aspecto constructivo. Por tanto, vemos cómo el Estado romano
se financiaba a través de dos fuentes claras de ingresos: las rentas derivadas
de los bienes que dominaba tanto en Italia como en las provincias (es decir,
el ager publicus que veremos a lo largo de September)
y los tributos y tasas que se imponían a las provincias por ser súbditos de
Roma.
§. La economía de la plebe
Tras este breve acercamiento a los impuestos recaudados por el Estado romano,
podemos comprender cómo el comercio al por mayor estaba controlado por estos
caballeros, mientras que los negocios al por menor eran dirigidos por los
libertos y los extranjeros, ya que ciertos trabajos se consideraban poco dignos
para los équites. La mayor parte de los ciudadanos que pertenecían a las clases
inferiores se dedicaban al pequeño comercio o bien eran alimentados por el
Estado, beneficiándose de los repartos de grano gratuito que realizaban.
Componían la llamada plebs o plebe, y no podían desempeñar
ninguna magistratura porque su fortuna no les permitía tener acceso, aunque se
interesaban por la política y apoyaban a determinados candidatos de los que
esperaban que mejorasen sus condiciones de vida. Los comerciantes se dedicaban
a diversos negocios, entre ellos los relacionados con la alimentación, por
ejemplo. La mayor parte de ellos tenían una pequeña tienda en la parte baja de
los edificios donde no solo trabajaban sino que incluso vivían. La vida de los
pequeños artesanos y tenderos era muy precaria. Lo que ganaban en su trabajo
unas veces les reportaba un pequeño beneficio económico y otras, sin embargo,
no era suficiente para pagar el alquiler.
En la ciudad de Roma (como en la mayoría de las ciudades del imperio) no
existían barrios de oficio como tal, sino que las tiendas se hallaban
distribuidas por todo el espacio urbano. Aun así, se podían encontrar calles
que aglutinaban cierto número de tiendas con la misma especialidad, como es el
caso de la calle de los libreros o la de los plateros.
La mayor parte de los oficios se organizaban en una especie de gremios o
cofradías, llamadas collegia, que tenían el objetivo de conseguir
que sus miembros desempeñasen de la mejor manera posible su trabajo. Pero no
tenían privilegios ni concesiones especiales por pertenecer al gremio, por lo
que cada trabajador podía decidir libremente si entraba o no entraba al collegium.
Los gremios más antiguos que se conocían eran los de los peleteros, los
carpinteros, los orfebres, herreros, alfareros, tintoreros y flautistas, cuyo
origen se remontaba a los tiempos del rey Numa Pompilio. Poco a poco fueron
surgiendo más según se desarrollaban los diferentes oficios. Los gremios
estaban abiertos incluso a libertos o esclavos, y ofrecían a los menos
afortunados la posibilidad de promoción social, aunque hay que destacar que
cada miembro debía pagar una cuota que iba a parar al tesoro común. Cada uno de
ellos tenía su deidad tutelar, con ritos religiosos comunes, y, además, poseían
un lugar común para enterrar a sus miembros.
Relieve con el trabajo de un orfebre. Las clases más elevadas de la sociedad
veían con malos ojos a quienes tenían que trabajar con sus manos, como es el
caso de este orfebre. Museo della Civilità Romana. Fotografía de la autora.
El
horario comercial de las tiendas y las tabernae comenzaba
cuando amanecía y duraba aproximadamente hasta la hora de comer, por lo que se
habla de jornadas laborales de seis horas. Normalmente, las familias de
comerciantes residían en los pisos superiores de sus tiendas o en una pequeña
habitación de la misma. Estas tiendas no tenían escaparates, ya que el vidrio y
el lapis specularis eran caros y no existía una tecnología que
permitiese producir cristales tan grandes. Por ello, tenían toda la fachada abierta
a la calle con un gran mostrador que delimitaba la entrada y sobre el que se
mostraba el género.
Podemos encontrar también tabernae bajo soportales, ya que bajo sus arcadas
podían colocarse pequeñas tiendas en tenderetes que exponían sus mercancías.
Entre ellos había un ir y venir de clientes que entraban y salían de los
locales y adquirían los bienes que necesitaban. Este sistema de tiendas llevaba
a que se prolongase el espacio de comercio en las aceras, algo que provocaba
constantes protestas entre los viandantes y la necesidad de regular con leyes
el espacio comercial que se debía ocupar. Algunas de las tiendas de las
ciudades contaban con un pequeño espacio donde poder elaborar el producto, como
ocurrió con muchas de las panaderías, que disponían de una zona para la
molienda y la elaboración del pan.
En el caso de las tabernae dedicadas a la alimentación, se
encontraban saquitos y ánforas que contenían las distintas especialidades. Lo
más común era tener unas ánforas pequeñas y alargadas, las cuales contenían
el garum, la salsa elaborada con pescado que tanto gustaba a los
romanos. Además de estas ánforas de garum, había otras tantas para
almacenar los platos del día que se iban a vender y los distintos vinos que el
local podía ofertar a sus clientes.
Otro negocio importante dentro de las ciudades eran las fullonicae o tinctoriae,
es decir, las tintorerías que también funcionaban como lavanderías. Se ocupaban
de teñir y preparar la ropa, coser nuevos vestidos y el lavado, secado y
preparado de la ropa. En estas tiendas se lavaba la ropa con un curioso
tratamiento: en las pilas llenas de agua para eliminar las manchas se añadían
sustancias de tipo alcalino como la sosa, la arcilla o la orina humana, para la
cual se colocaban grandes ánforas en la puerta del establecimiento donde los
viandantes podían aliviarse. La ropa luego se aclaraba y se blanqueaba
(colocándose sobre un brasero con emanaciones de azufre) y se planchaba. Este
tipo de negocios eran bastante fructíferos y empleaban una gran cantidad de
esclavos (los fullones) en ellos, ya que se atendía diariamente a
un elevado número de clientes.
La fullonica necesitaba un cierto número de tanques para el
lavado, el tintado y el aclarado de la ropa, así como una gran cantidad de
espacio para secar y planchar. A todo esto había que añadir decenas de pequeñas
cubas, utilizadas para los diferentes tintes de uso cotidiano.
Por ello, sus edificios tenían una estructura parecida, presentaban una sala
con varias pilas recubiertas de opus signinum (el mortero
hidráulico) y un peristilo o terraza donde se secaba la ropa ya aclarada con el
agua.
Zona para la molienda de dos panaderías de Pompeya. Muchos negocios, como es
el caso de las panaderías, destinaban parte de su espacio a la elaboración de
los productos que vendían. Fotografía de la autora.
Estos
negocios eran directamente responsables del cuidado de las valiosas togas de
los ciudadanos, de tal manera que si alguna de ellas quedaba dañada tras el
lavado, debían pagar a su propietario una elevada compensación. Pese a esto,
las fullonicae eran uno de los negocios más rentables de las
ciudades romanas, por lo que en época del emperador Vespasiano se enfrentaron a
un gravoso impuesto sobre la recolección de orina, el urinae vectigal.
Las barberías o tonstrinae eran negocios también muy
solicitados, ya que eran lugares donde los ciudadanos, además de arreglarse,
hacían vida social. Como veremos más adelante, afeitarse era casi un
requerimiento obligatorio para los ciudadanos romanos, lo que provocaba visitas
casi a diario a este tipo de establecimientos de quienes no podían permitirse
un barbero particular.
Las cauponae eran establecimientos muy populares también.
Consistían en pequeños restaurantes y posadas a la vez, donde se podía
encontrar alojamiento. Las habitaciones se encontraban en la planta superior,
mientras en que en la inferior estaba el restaurante. En estos locales era muy
habitual que los romanos fuesen a comer, dejando el desayuno y la cena para el
hogar.
Los locales dedicados exclusivamente a la alimentación eran las popinae,
tiendas espaciosas con mesas y taburetes y un mostrador en forma de L con
huecos en él. El lado más corto del mostrador se asomaba a la calle, desde
donde se servían platos y vasos a los clientes. También contaban, en ocasiones,
con pilas con agua corriente que servían de fregadero. Las aberturas del
mostrador se correspondían con las embocaduras de grandes ánforas redondas, las
cuales contenían los productos que estaban a la venta.
Fullonica en Pompeya. Las fullonicae eran uno de los negocios más rentables
de las ciudades, ya que allí acudían todos sus habitantes a lavar y a teñir sus
ropas. Fotografía de la autora.
Algunas popinae tenían
frescos decorando sus paredes, en las que aparecían diversos platos, lo que se
ha interpretado como una especie de menú que ofrecía el local.
Todas las ciudades tenían, asimismo, un mercado para el ganado y otro para las
verduras y hortalizas donde podían ir a adquirir estos productos tan necesarios
(en Roma, recibían los nombres de foro boario y foro olitorio,
respectivamente). Los mercados tenían sectores especializados, que ofrecían una
gran abundancia de productos. La mayor parte de los puestos estaban ocupados
por hombres, tanto en el lugar del vendedor como el del cliente, y las mujeres
eran escasas.
Mostrador de una popina en Pompeya. Una popina era el establecimiento que
elegían los romanos para ir a comer al mediodía. Algunas de ellas tenían
frescos en las paredes mostrando los productos que ofrecían a sus clientes.
Fotografía de la autora.
Las
que participaban en ello solían ser viudas o mujeres que sustituían a su marido
enfermo. Para facilitar la comunicación, los precios se indicaban usando las
manos: según se colocasen los dedos de las manos se mostraban los distintos
precios que tenía un producto, lo que facilitaba la venta a quien fuese
extranjero. Había puestos que contaban con ábacos, que ayudaban también en las
transacciones.
En los horrea (unos edificios bajos y alargados) se
almacenaban los productos excedentes. Allí podían encontrarse ánforas de vino o
de aceite, trigo. Cualquier materia prima acababa en estos almacenes, desde
donde se redistribuía, ya fuera para abastecer a los diversos negocios o para
los repartos estatales.
Como hemos visto, los ciudadanos del proletariado podían convertirse en
trabajadores por cuenta propia. No tenían las ventajas de algunos esclavos (a
los que el amo podía convertir en trabajadores independientes, mientras
desempeñasen algún oficio) o los libertos, ya que dependían de su propio
esfuerzo y carecían de un patrón que los pudiese ayudar o respaldar, lo que
llevaba a que su situación fuese una de las más duras, y a estar siempre al
límite de la subsistencia.
Los ciudadanos más pobres eran aquellos a los que debía alimentar el propio
Estado. Solían denominarse proletariado, ya que su única fuente de riqueza y lo
único que tenían era su propia prole, es decir, sus hijos. Contaban con los
repartos gratuitos de trigo para alimentarse y, cuando estaban casados, la
mujer ayudaba a la economía familiar hilando y cosiendo en casas, lo que les
permitía contar con algunas monedas que usaban para complementar su dieta con
verdura o queso, o bien para irse a beber vino barato en los establecimientos
más arriba descritos. Posiblemente, también venderían su voto al mejor postor,
lo que supondría otra fuente de «riqueza» dentro de su maltrecha economía.
Sobre los repartos gratuitos de trigo hablaremos de forma muy breve. La primera
intervención del Estado en este aspecto se remonta al año 299 a. C., ocasión en
la que Roma tuvo que comprar trigo para venderlo a un precio moderado a sus
ciudadanos. Sin embargo, el precio de este producto siempre fue fuente de
especulaciones por parte de los patricios, por lo que en el 132 a. C. Cayo
Sempronio Graco consiguió promulgar su Lex Frumentaria, por la que
el Estado se comprometía a mantener un precio constante y moderado para el
trigo. En el año 58 a. C. fue el tribuno de la plebe, Clodio, quien consiguió
que la ley cambiase y los ciudadanos romanos pudiesen recibir, mensualmente,
una cierta cantidad gratuita de trigo. Para ello debían inscribirse en las
listas de ciudadanos que podían recibir esta ayuda, que quedaba limitada
exclusivamente a quien allí figurase, en la llamada plebs frumentaria.
§. Las rutas comerciales del imperio romano
Como hemos visto, el comercio era una de las fuentes principales de riqueza de
la clase ecuestre y, por ello, no queremos acabar este capítulo sin hacer
referencia a las principales rutas comerciales del imperio.
Ya desde los momentos finales de la monarquía existieron unas primeras rutas,
terrestres y fluviales (principalmente a través del Tíber), que conectaban Roma
con otras zonas de Italia y le permitían abastecerse de los productos que
necesitaba. Durante la República comenzaron a surgir otras nuevas rutas,
incluidas las de tipo marítimo, que fueron creciendo según lo iban haciendo sus
dominios. De esta forma, se ve cómo en el siglo I d. C. todas las provincias
del imperio negociaban con enormes cantidades de mercancías, trasportadas en su
mayoría por rutas marítimas, debido a que las calzadas no estaban diseñadas
para soportar el transporte de bienes pesados a larga distancia. Además, y
aunque sufría el problema de la piratería, se escogía el transporte marítimo
porque era mucho más barato, reducía los costes en hasta un 60%. Muchas de
estas provincias se acabaron especializando en la producción de ciertos
productos, como por ejemplo el vino y el aceite en Italia, Hispania o Grecia.
Estas redes comerciales permitieron que cualquier ciudadano del imperio pudiese
disfrutar (siempre que tuviera recursos para permitírselo) de productos
producidos en territorios muy lejanos a él.
Podemos adivinar en la actualidad las diferentes rutas comerciales de época
romana estudiando los restos arqueológicos de las infraestructuras existentes
en los enclaves portuarios. De esta forma, es posible conocer puertos,
rompeolas, almacenes y faros dentro de estas ciudades que nos evidencian la
existencia del comercio. Asimismo, el hallazgo de las ánforas es otra buena
señal referida a este comercio, ya que ha sido posible localizar, por ejemplo,
ánforas de aceite bético en la propia Roma que llegaron a través de las
diversas rutas existentes.
Además de este comercio interprovincial, Roma mercadeaba en territorios ajenos
a su jurisdicción. De entre ellos, y por su lejanía, destacó el comercio que
mantuvo con China y con la India. La ruta marítima hacia la India se abrió en
el siglo I a. C., cuando el descubrimiento de los monzones permitió navegar de
forma directa a través del océano Índico. Aunque se encuentra descrita en el
libro Periplo por el mar Eritreo, redactado un siglo después de su
apertura, tenemos referencias de embajadas indias ya en época de Augusto, tal y
como nos cuenta Suetonio: «La reputación de fuerza y moderación que esta
conducta le formó, determinó a los indios y escitas, de los que solamente se
conocía hasta entonces el nombre, a solicitar por medio de embajadores su
amistad y la del pueblo romano» (Suetonio, Vidas de los doce césares,
Octavio Augusto, 21).
Además de esta ruta marítima, estas zonas tan remotas se encontraban conectadas
por tierra. La elección de una u otra ruta dependía directamente de la
situación política en la zona de Oriente Medio, ya que los partos dificultaban
siempre el paso romano por esta zona cuando podían.
El comercio a través de las distintas rutas de la seda se practicaba también
frecuentemente, llegando hasta China, lo que permitió llevar diversos productos
orientales desde allí hasta Roma. Las rutas de la seda se realizaban por tierra
y por mar y se desarrollaban en varias direcciones que se perpetuarían incluso
tras la caída del propio Imperio romano. Los productos más deseados fueron, sin
duda, la seda y las especias, por las que en los mercados romanos se llegaron a
pagar elevados precios.
Una vez conocidos los dos aspectos más básicos (y farragosos, no vamos a decir
otra cosa) del mundo romano, podemos pasar, con Martius, a conocer
realmente cómo era el día a día de los habitantes del Imperio romano.
Capítulo 3
Martius.
La vida cotidiana del hombre romano
Contenido:
§.
Las clases sociales del mundo romano
§. El paterfamilias
§. El aseo y el vestuario del hombre romano
§. La religión romana
Martius era
el mes dedicado al dios Marte, una divinidad guerrera y de carácter claramente
masculino que protegía a los hombres, especialmente a los soldados. Asimismo,
era el momento en el que se volvían a abrir las campañas militares tras el
descanso del invierno y cuando comenzaba la renovación de la primavera. También
fue el primer mes del año cuando en el calendario solo existían los diez meses
lunares y antes de ser sustituido por Ianuarius. Pese al carácter
guerrero masculino de Martius, este mes también estaba dedicado a
las mujeres, ya que se encontraba bajo la protección de la Magna Mater (la
diosa madre) y contenía numerosas festividades femeninas, como las Matronalia (las
fiestas de las mujeres casadas). Sin embargo, por la vinculación con Marte y
con la apertura de la estación bélica, creemos que es la mejor ocasión para
acercarnos a la vida cotidiana del hombre romano, protegidos bajo la advocación
del dios de la guerra, Marte.
§. Las clases sociales del mundo romano
Comenzaremos con los propios ciudadanos romanos, considerados como hombres
libres y adscritos al derecho de ciudadanía romana. La mayor parte de estos
eran hombres nacidos libres, que tenían la categoría social de ingenui.
Se consideraban superiores a los esclavos, que eran los hombres que carecían de
derechos. Sin embargo, hay que distinguir entre los hombres libres, ya que unos
eran ciudadanos protegidos por la ley y otros se sometían a ella. Por ello, los
romanos seguían un orden social de tipo jerárquico dividido en la base en la
que están los humildes o humiliores, que eran los que componían la
plebe, y a continuación, los honestiores, considerados como los
ciudadanos de bien. Para poder acceder a esta clase social era requisito básico
el tener una fortuna mínima de cinco mil sestercios. Esta clase social se
dividía entre los que no tenían el rango de ordo y no podían
servir al Estado (y que vivían en unas condiciones bastante precarias), la
clase ecuestre (que podía mandar a las tropas auxiliares y cumplir con
determinadas funciones civiles) y el ordo senatorial, que
estaba situado en lo más alto. Este sistema tuvo algunas variaciones durante la
época del imperio, momento en el que el príncipe se consideraba como el primer
ciudadano entre todos, la personalidad que está por encima del Senado y del
pueblo. Era la encarnación de la ley, el vínculo entre los distintos pueblos
que formaban el imperio. Después del príncipe vendrían todos los demás
ciudadanos, divididos tal y como acabamos de plantear. Estos compartimentos
sociales eran movibles, lo que permitía la permeabilidad entre las diferentes
capas que la misma sociedad había elaborado.
El
sestercio era una de las monedas de plata, que equivalía a un cuarto de denario
o a dos ases y medio. La fortuna mínima que se pedía para ser honestior era
bastante elevada como se puede ver en los siguientes ejemplos: un legionario
podía ganar al mes unos cuarenta sestercios y una túnica nueva de mediana
calidad costaba unos diez o quince sestercios. Visto lo visto, para
determinadas personas sería muy difícil llegar a amasar esa riqueza.
El
ciudadano romano poseía desde su nacimiento una capacidad jurídica innata, que
se refería a la capacidad de ser titular de derechos, al contrario que la
capacidad jurídica de actuar, que era la que le permitía ejercer todos esos
derechos y que tenía que desarrollar. Se consideraba que ser persona romana era
sinónimo de ser ciudadano, y al serlo se tenía esta capacidad jurídica junto
con un determinado estatus económico, además de quedar ligado a la comunidad en
la que se nacía por medio del parentesco. Como muestra de su condición social,
portaba en la mano un anillo de oro o de hierro y podía portar una piedra
preciosa (en el caso de los más afortunados). Además de ser usado como muestra
de su rango de ciudadano, este anillo se usaba como sello, es decir, como el
emblema que el portador imprimía en cera cuando quería firmar algún documento.
Ser ciudadano romano se consideraba un signo de distinción y de prestigio, por
lo que durante la época del Imperio se comenzó a distinguir entre los
habitantes de Roma, los de Italia y los de las provincias, distinción que se
añadía a las divisiones de clases sociales. Además de ser un signo de
prestigio, ser ciudadano romano implicaba ser un hombre público, o lo que es lo
mismo, carecer de vida privada, por lo que podía ser difamado, sobre todo
cuando tenía un activo papel político. De hecho, las difamaciones eran
sumamente comunes, ya que ayudaban a las luchas constantes de poder que se
tenían en el mundo romano. Por ejemplo, en uno de los triunfos de Julio César, sus
soldados iban entonando algunos versos en los que se hablaba de su gran fama de
adúltero, un rumor que sus enemigos aprovecharon en cada lucha por el gobierno
que tuvieron: «No respetó más en las provincias de su mando el lecho conyugal,
según los versos que cantaban en coro sus soldados el día de su triunfo sobre
las Galias: Ciudadanos, esconded vuestras esposas; aquí traemos al adúltero
calvo» (Suetonio, Vidas de los doce césares, Julio César, 51).
Todo ciudadano romano, por el mero hecho de serlo, contaba con cierto número de
privilegios (como el de no ser sometido a castigos físicos o poder ser juzgado
por los tribunales de Roma), pero los miembros de los ordines (los
caballeros, patricios y senadores) tenían aún más. Poseían inmunidades fiscales
frente a algunos impuestos y no eran juzgados tan severamente como el resto de
los ciudadanos. A excepción de algunos delitos de lesa majestad, relacionados
con el emperador, en los que sí podían ser condenados a muerte, del resto
solían salir bastante indemnes con condenas tan leves como el destierro
eventual.
Los romanos más ricos y con mayor influencia política contaban con un séquito
de clientes, los cuales, a cambio de su apoyo, obtenían ayuda, concesiones,
dinero… diversos beneficios por tanto. De esta manera, se creaba un grupo de
seguidores que les darían apoyo y propaganda cuando se presentasen a cualquier
cargo o gestión. Poseer una densa red de clientes era uno de los principales
objetivos de las clases altas. Todo hombre poseía un vínculo de respeto y de
obediencia con alguien más poderoso, al que llamaba patronus.
Normalmente, cada mañana, la clientela de un hombre acudía a rendirle
pleitesía, lo que se denominaba la salutatio matutina.
Los ciudadanos que no tenían recursos podían recibir ayuda del Estado romano,
el cual los favorecía con repartos gratuitos o a precio muy bajo de los géneros
de primera necesidad, como pan, harina, carne, aceite u otros, como hemos
podido ver durante Ianuarius. Los escritores latinos muchas veces
se quejaron de esta política de subsidios gratuitos a los más desfavorecidos,
porque el pueblo romano se acomodó a esta situación y lo único que reclamaban
(como veremos en October) era que les concediesen pan y circo,
olvidándose de su interés en la política.
La mayoría de los ciudadanos romanos residían en Italia y solo las provincias
senatoriales, que eran las más romanizadas, contaban con el resto de ellos
residiendo en sus colonias y municipios. A continuación de estos, venían los
ciudadanos latinos. No formaban parte de las tribus romanas ni tenían capacidad
de decisión política o de poseer tierras que pertenecieran al Estado, pero se
les reconocía el connubium y el commercium (el
derecho de comprar y vender rigiéndose bajo las leyes romanas).
La gran masa de la población libre del imperio tenía el estatuto de peregrino,
regidos por su primitivo derecho consuetudinario en cuestiones de ámbito local
pero por el romano para las demás.
Clases sociales del imperio. Aunque la sociedad se encontraba jerarquizada,
la permeabilidad social era muy frecuente y dependía habitualmente del nivel de
riqueza que un hombre pudiese llegar a alcanzar.
Durante
los dos primeros siglos del Imperio la mayor parte de los peregrinos fueron
integrados poco a poco en las dos ciudadanías anteriores hasta que en el año
212 el Edicto de Caracalla concedió la ciudadanía romana a todos los habitantes
libres del territorio romano.
§. El paterfamilias
La mayor parte de los ciudadanos romanos de mayor edad se convertían en pater
familias, y tenían sometida a su autoridad a toda su familia, ya fueran
adultos, niños o esclavos. En un sentido más amplio, el término de familia se
aplicaba a un grupo mayor de personas emparentadas entre sí (llamado gens),
y que consistía en todas las familiae cuya descendencia
derivaba por línea masculina de un antepasado común.
Los dos rasgos esenciales de la patria potestas que el hombre
poseía sobre su familia eran, básicamente, la autoridad absoluta sobre sus
descendientes y sobre su mujer. Este poder casi absoluto desapareció durante el
siglo II d. C., ya que se empezaron a poner limitaciones legales. El paterfamilias
dejó de tener el derecho sobre la vida y la muerte de sus descendientes, pero
siguió teniendo (hasta el año 374 d. C.) el derecho de abandonar a sus recién
nacidos. En el caso de los bebés que acababan de nacer, una vez que el
paterfamilias los tomaba bajo su protección no podía desembarazarse fácilmente
de ellos, ya que no podía decidir su venta, su ejecución o su abandono sin un
claro motivo, aunque siempre tenía la opción de hacerlo renunciando a su prole.
Con referencia a la descendencia del paterfamilias, si este no la tenía podía
optar por dos vías. En caso de que su matrimonio fuera estéril o de que todos
sus hijos muriesen antes que él (o incluso por cuestiones políticas), se
contemplaban las siguientes opciones: entregarse a sí mismo en adopción y pasar
a otra familia (en la que la perpetuación del culto familiar estuviese
asegurada) o adoptar un hijo que pudiese continuar con su linaje. Este último
proceso se llamaba adoptio y consistía en la entrega que hacía
un pariente biológico de la persona que se iba a adoptar a su adoptante, de
manera que se transfería a su familia. En el caso de que se adoptase a un
paterfamilias, el proceso se volvía mucho más serio, ya que este acto
(llamado adrogatio) implicaba la extinción de una familia, lo que
era un asunto de Estado que debía ser sancionado por los pontífices. Estos
sacerdotes se aseguraban de que el adoptado contaba con los suficientes
hermanos como para atender a la familia que iba a abandonar, ya que en caso
contrario no se permitía la adopción. Cuando un hombre pasaba a otra familia
por adopción, solía tomar los tres nombres de su padre adoptivo y añadía a su
propio nomen el sufijo -anus.
Una vez que se entraba en la familia, se adquiría el nombre (eltria nomina).
Los nombres de los ciudadanos romanos se componían de praenomen, nomen
gentilicium y cognomen. El praenomen correspondería
al nombre de pila, mientras que el nomen equivalía a la gens a
que se pertenecía. El cognomen es un apelativo similar al
actual mote, con el que dos individuos de la misma gensque
compartiesen praenomen podían distinguirse. Un ejemplo detria
nominapuede ser el de Caius Iulius Caesar, por ejemplo. Caius sería
el nombre, mientras que Iulia es la gens a la que pertenece
y Caesar el apelativo que le permitía diferenciarse de los
demás Caius de su familia. Este cognomen podía
hacer alusión a los defectos o características físicas, aficiones, etc. que su
poseedor tuviera, como era el caso del cognomen Escauro, que
hacía referencia a los ojos verdes, o bien en relación con las gestas políticas
o militares que se hubiesen llevado a cabo: «En su infancia se le dio el
sobrenombre de Turino, en memoria del origen de sus mayores, o porque poco
después de su nacimiento su padre Octavio venció en territorio de Turio a los
esclavos fugitivos» (Suetonio, Vidas de los doce césares, Octavio
Augusto, 7).
El uso de los tria nomina se generalizó, sobre todo, a partir
de la dictadura de Sila, y se heredaba de padres a hijos. En ocasiones era
necesario añadir un cognomen adicional para volver a
distinguir a dos personas diferentes. Durante la República había bastado con
nombrar a la persona con el primer y el tercer nombre, mientras que durante la
dinastía Julio-Claudia se puso de moda usar a la vez los tres nombres. A
mediados del siglo I d. C. fue cuando se terminó generalizando solamente el uso
del cognomen.
§. El aseo y el vestuario del hombre romano
Los ciudadanos romanos, dado que eran personajes públicos, otorgaban a su
imagen una gran importancia. En tiempos republicanos e imperiales se
consideraba que llevar barba era un signo indicativo de barbarie (al contrario
de lo que pasaba en momentos más antiguos, donde era habitual que tuviesen el
pelo largo y la barba poblada), y ello hacía que, todas las mañanas, se
afeitasen (los más ricos usaban a un esclavo para esta labor, mientras que los
demás tenían que acudir a los puestos de los barberos). Para afeitarse solo se
usaba agua y unas navajas con forma de media luna, elaboradas con hierro o
bronce. Como es evidente, con este sistema quedaban bastantes pelos superfluos,
los cuales eran eliminados con el uso de las pinzas. Muchos hombres podían
depilarse también el cuerpo, el vello mediante el uso de estas pinzas o de
lociones depilatorias. El cuidado del cuerpo masculino fue creciendo a medida
que nos vamos acercando al Imperio, momento en el que tuvieron una cosmética
tan desarrollada como la femenina, ya que se teñían el cabello, usaban cremas,
cubrían su calvicie, etc. Los ciudadanos más pobres generalmente iban sin
afeitar y con el cabello largo, puesto que no tenían para pagar al barbero y no
podían permitirse otra opción.
En cuanto a la ropa, la mayor parte de los romanos se vestían de forma bastante
similar. Llevaban ropa interior, que consistía en una especie de taparrabos de
lino (subligar o subligaculum) atado a la cintura. A
continuación se ponían la túnica, que se puede considerar como la ropa base de
la sociedad romana. Cubría el cuerpo hasta las rodillas, las mangas llegaban
hasta los codos, y se ataba con un cinturón. La túnica se elaboraba con lino o
lana (la de lino solía usarse en verano, mientras que la de lana era la
preferida del invierno). La túnica era una prenda multiusos, que valía para
todo: se usaba como pijama, como prenda para llevar debajo de la toga o como
vestido entre las clases más humildes, quienes no llevaban más prendas que
esta. La que usaba el ciudadano medio era del color natural que tenía la lana
blanca, sin añadirle adornos de ningún tipo. Después se ponían la toga, el
símbolo por excelencia de la romanidad, que solo podía ser usado por los
ciudadanos ya que tenían prohibido ponérsela los extranjeros, los esclavos o
los libertos, de tal forma que suponía un signo de orgullo para el ciudadano:
«Los romanos, señores del mundo y gente que vestía toga» (Virgilio, Eneida,
1282).
Consistía en un trozo de tela pesado y blanco, elaborado con lana, que envolvía
todo el cuerpo y llegaba hasta los pies. Tenía forma de semicírculo y era tan
grande que habitualmente se precisaba la ayuda de un esclavo para poder
ponérsela y arreglar los pliegues, aunque en los primeros tiempos de la
República su forma era más sencilla y menos incómoda, y quedaba ajustada al cuerpo.
Según la persona que la usase podía tener diferentes nombres y colores. Por
ejemplo, los senadores y los niños (hasta los catorce o dieciséis años) usaban
la toga praetexta, blanca y orlada con una banda de color púrpura
(que se extraía del molusco llamado murex), mientras que la mayoría
de los ciudadanos la llevaba blanca, del color natural de la lana. Para algunas
ceremonias religiosas la toga se llevaba sobre la cabeza desde la parte
posterior, lo que recibía el nombre de sinus. Por último, se ponían
los zapatos, los cuales podían ser variados: cerrados, abiertos con tiras de
cuero, con tachuelas en la suela como las caligaede los
legionarios… Los zapatos abiertos, llamados soleae, consistían en
una suela de piel o esparto, atada al pie, que se usaba habitualmente en los
días más calurosos. Los cerrados o calcei eran los favoritos
por su comodidad, ya que permitían una mayor sujeción y agarre. Las clases
superiores tenían un calzado especial, entre el que destacan los zapatos de los
senadores o calceus senatorius, que eran de color rojo o negro con
una media luna de plata. Tenían una suela bastante gruesa, se abrían en la
parte interna del tobillo y se ataban con amplias tiras de cuero que iban desde
la suela hasta la zona superior dando vueltas alrededor de la pierna.
Estatua del cónsul Marco Claudio Marcelo. Solo a los ciudadanos romanos
libres les estaba permitido usar la toga, que era habitualmente de color
blanco, aunque había algunas excepciones como la que llevaban los cónsules, que
tenía una banda morada. Museos Capitolinos. Fotografía de la autora.
En
tiempos tardíos republicanos comenzó a usarse un manto, llamado lacerna.
Fue usado primero por soldados y clases inferiores, pero comenzó a ser usado
después por las clases más altas por su gran comodidad. Consistía en un manto
de lana ligero y corto, sin mangas y abierto a un lado, pero quedaba fijo a un
hombro a través de un broche. A veces podía incorporar una capucha (cucullus),
que ayudaba a tapar la cabeza. Para protegerse del frío o incluso de la lluvia
usaban la paenula, una tela bastante burda y pesada de lana (o bien
de piel o cuero). Era una prenda ancha y sin mangas, hecha de una pieza con un
agujero en el centro por donde pasar la cabeza.
§. La religión romana
Los romanos eran un pueblo bastante religioso, además de supersticioso, aunque
su religión se limitó tan solo a la práctica de ritos, ceremonias y fórmulas de
culto exteriores, controladas en su mayoría por el propio Estado. Cuando
entraban en contacto con pueblos que tenían distintas ideas religiosas o
diferentes divinidades, solían asimilar sus creencias, lo que daba lugar a un
particular sincretismo. Ello era debido a que, a pesar de que la mayor parte de
la población practicaba la religión, no tuvo (hasta llegar al siglo IV d. C.)
una que se considerase «oficial» como tal, aunque existieron unas formas de
culto de la religión cívica tradicional, que se extendió por las provincias. Su
espíritu supersticioso los llevó a dotar de alma y de divinidad a todo aquello
que los rodeaba. De hecho, en los tiempos de la monarquía y los comienzos de la
República la religión era muy simple, basada en la creencia de espíritus y
poderes (los numina) asociados a todo lo que rodeaba a los hombres
y a sus actos, y relacionada además con todos los aspectos de la agricultura.
El hombre romano podía ejercer como sacerdote, es decir, como oficiante del
culto de un determinado dios. Entre ellos destacaba el colegio de los
pontífices, que estaba dirigido por el Pontifex Maximus, y que
guardaba la memoria de la ciudad, controlaba el calendario y elegía a las vestales,
o en época imperial el colegio de los augustales, encargado de dar culto al
divinizado Augusto. Durante las festividades públicas no había sesiones en los
tribunales ni reuniones del Senado, y se dedicaban esas horas de trabajo al
ocio, sobre todo a los juegos que se celebraban en esos días.
La religión tenía como principal interés buscar la protección del fiel a través
tanto del culto como del rito. Se podía entender como un contrato establecido
entre el hombre y el dios, ya que, a cambio de los sacrificios y el culto, los
dioses protegerían a los romanos. Para conocer sus designios, solían tomar los
augurios y consultar a los adivinos para que los ayudasen a interpretar las
señales (signa), que era la forma que tenían los dioses de manifestarse.
Su marcado carácter supersticioso los llevó a establecer el colegio de los
augures (quienes practicaban la adivinación a través de la consulta de los
augurios y de los libros sagrados. Era tal su importancia que los magistrados
los consultaban para conocer el futuro del Estado) y de los arúspices (colegio
de sacerdotes de origen etrusco, quienes examinaban las entrañas de los
animales para conocer el futuro, además de interpretar las señales de los rayos
y los truenos para conocer las huellas de los dioses), encargados ambos de
tomar los designios divinos. El Estado romano contaba también con los llamados
libros sibilinos, unos oráculos que fueron entregados por la Sibila de Cumas al
rey Tarquinio el Soberbio. Estos libros se guardaban en el templo de Júpiter Capitolino
y solamente podían ser consultados en circunstancias muy especiales, con
permiso del Senado. Asimismo, daban una gran importancia a los prodigios, los
fenómenos considerados sobrenaturales y que suponían una clara muestra de la
cólera de los dioses por lo que debían ser expiados para restablecer la pax
deorum. Entre estos prodigios se encontraban los eclipses, las
malformaciones de los animales o las epidemias, como vemos en este texto:
Dignos
de particular admiración son también aquellos prodigios que acaecieron en
nuestra ciudad en medio de los inicios y turbulencias de las guerras durante el
consulado de Cayo Volumnio y Servio Sulpicio. Por ejemplo, un buey, convertido
su mugido en lenguaje humano, aterrorizó por la novedad del portento los
corazones de quienes lo oyeron. También cayeron trozos de carne, esparcidos a
la manera de un aguacero, de los cuales la mayor parte fue despedazada por aves
de buen agüero y el resto permaneció en la tierra durante algunos días sin ser
alterado por olores repugnantes o un aspecto deforme. En otra revuelta se dio
crédito a portentos del mismo tipo: un niño de seis meses había gritado
«triunfo» en el Foro Boario, otro había nacido con cabeza de elefante, en
Piceno habían llovido piedras, en la Galia un lobo le había quitado la espada
de la vaina al centinela nocturno, en Cerdeña dos escudos habían sudado sangre,
en los alrededores de Ancio espigas ensangrentadas habían caído en las cestas
de los cosechadores, las aguas de Ceres habían corrido mezcladas con sangre.
Incluso durante la Segunda Guerra Púnica quedó constancia de que un buey de
Cneo Domicio había dicho «Cuídate, Roma».
Valerio
Máximo, Hechos y dichos memorables, 1.6.5
También
fue una religión que nació sin mitos y solo cuando los dioses itálicos se
identificaron con los griegos fue cuando asumieron sus funciones y leyendas. A
finales de la República y a comienzos del Imperio, los romanos se comenzaron a
sentir muy atraídos por los cultos extranjeros, ya que satisfacían mejor sus
necesidades, sobre todo aquellas que se encontraban en relación con la
felicidad que podían esperar en el más allá y con sus creencias sobre el mundo
de ultratumba.
Los tipos de culto que existieron en Roma eran los de tipo popular, familiar y
público. El culto popular era el culto agrario primitivo de los plebeyos
romanos, mientras que el familiar era el propio de las familias patricias, las
cuales contaban con el paterfamilias como oficiante y se basaban en el culto a
los antepasados reunidos en torno al fundador de la gens. El culto
público consistía en el ejercicio de diversas plegarias y sacrificios, los
cuales se realizaban en beneficio del Estado. Se realizaban ofrendas de dulces,
flores y frutos para mantener la pax deorum, objetivo principal de
la realización de todas las ceremonias religiosas. Este tipo de ofrendas
vegetales eran muy importantes dentro del culto. De hecho, en la mentalidad
romana existían determinados frutos que se consideraban sumamente efectivos
para aplacar la ira de los espíritus. Por ejemplo, durante la ceremonia de
los Lemuria, el paterfamilias se levantaba a medianoche y, sin
dirigir la mirada hacia atrás, iba arrojando habas negras a los lémures (que
eran los espíritus de los difuntos) para aplacarlos y que no hicieran el mal en
casa. Dentro del ámbito doméstico se encontraba el culto familiar, donde se
veneraba especialmente a los dioses Manes, Lares y Penates. Los romanos sentían
una profunda veneración hacia los Lares, a los que representaban en forma de
pequeñas estatuas colocadas en los altares llamados lararia .
Los dioses Lares velaban por la protección del territorio familiar,
encargándose de que nada pudiese perturbarlos. También rendían culto a los
dioses Manes, los espíritus de los antepasados, y a los Penates, los dioses
protectores de la despensa.
Dentro de lo que podemos llamar (aunque no lo sea exactamente) la religión
oficial del Estado, se daba culto a la llamada Tríada capitolina, compuesta por
los dioses Júpiter, Juno y Minerva (en los tiempos más arcaicos en vez de
Minerva se encontraba Jano, pero fue rápidamente sustituido). A estos tres
dioses se les daba culto en templos de todas las ciudades romanas, como
representación y emblema del Estado. En Roma tenían su templo en el Capitolio y
se consideraba que eran las deidades protectoras de los patricios, ya que los
plebeyos tenían otra tríada divina que los protegía y a quien daban culto en el
monte Aventino. Esta tríada plebeya, que no tuvo culto a nivel estatal, estaba
compuesta por los dioses agrarios Ceres, Liber y Libera. Ceres fue la
protectora de la agricultura, frecuentemente confundida con Tellus, la Tierra,
mientras que Liber y Libera eran una pareja de dioses que favorecía la
fecundidad, tanto la humana como la divina.
Tríada Capitolina. Los dioses más importantes del panteón romano eran los
pertenecientes a la Tríada Capitolina, presidida por Júpiter, acompañado por
Juno y Minerva. Museos Capitolinos. Fotografía de la autora.
Ciertos
sectores de la población, como los comerciantes, los soldados y los
intelectuales, desarrollaron una gran devoción hacia las religiones orientales,
las cuales les ofrecían un carácter salvífico, el control del destino después
de la muerte y el contacto con la divinidad a través de los ritos mistéricos.
Ello llevó a un clarísimo auge de religiones como el dionisismo, el orfismo,
los cultos a Isis y Serapis, entre otros.
En las provincias del imperio, los dioses romanos fueron muy bien aceptados por
las élites indígenas promocionadas, las cuales se encontraban muy interesadas
en escalar puestos en la administración. Muchas veces, encontraremos casos de
sincretismo entre los dioses romanos y los indígenas, lo que facilitaba que se
les diese culto.
También utilizaban a los dioses, sobre todo a las divinidades de carácter
infernal, para lanzar maldiciones sobre sus enemigos. Se conocen diversas
tablillas (elaboradas principalmente con plomo, aunque se harían en otros
materiales como la cera), llamadas tabellae defixionum, que
contienen varias de estas maldiciones en las que se pedía a los dioses que se
dañase a alguien en concreto. Tras escribir la tablilla, se enrollaba o doblaba
y se colocaba bajo tierra, ya fuera enterrándola en una tumba o arrojándola a
un manantial, por ejemplo. En relación con estas prácticas mágicas, muchos
romanos consultaban a los distintos adivinos o hechiceros para conocer su
futuro, elaborar estas tablillas de maldición o realizar diversas pócimas con
los más distintos propósitos. La práctica de la adivinación había recibido un
gran impulso gracias a los cultos orientales, que se comenzaron a difundir
durante el siglo I d. C., y sus amplios conocimientos de astrología. La mayoría
de los emperadores trató de luchar activamente contra estos adivinos y llegaron
a prohibir su consulta y a expulsarlos de Roma.
La mayor parte de lo que hemos visto en Martius se
correspondería con la vida cotidiana y las costumbres de aquellos hombres que
tenían la categoría legal de ciudadano romano, sobre todo aquellos que tenían
más posibilidades económicas. La vida de los esclavos y los libertos, ya que
era tan diferente a la de los hombres libres, la veremos más adelante, en el
capítulo correspondiente, por lo que no adelantaremos nada aquí.
Capítulo 4
Aprilis.
La vida cotidiana de la mujer romana
Contenido:
§.
El matrimonio en Roma
§. El divorcio en Roma
§. La matrona romana
§. Las vestales
§. La mujer plebeya
Aprilis es
el mes dedicado a la diosa Venus (asimilada a la diosa etrusca Apu, nombre del
cual deriva el del mes) pero también se vinculaba con el florecimiento de las
flores y de las plantas, por su relación etimológica con la palabra aperire,
que significa “abrir”. Por todo ello, creemos que es el mejor mes para
acercarnos a conocer cómo era el día a día de las mujeres en la Antigua Roma.
Como más adelante nos centraremos en la infancia de los romanos, comenzaremos a
conocer a la mujer romana una vez que ya es adulta, es decir, a partir de los
doce años aproximadamente.
La sociedad romana era profundamente patriarcal y, como tal, la mujer tenía un
papel secundario en ella. Sin embargo, y comparando con otras sociedades de la
Antigüedad (sin ir más lejos, con la propia Grecia), las mujeres romanas
gozaban de una gran libertad, sobre todo durante la etapa del imperio.
El nombre de la mujer romana, que recibía a los pocos días de nacer, era mucho
más simple que el del hombre. Solo recibía el cognomen, derivado
del nomen de su padre, aunque en ocasiones podía añadir otro
más para diferenciarse de otra pariente con el mismo nombre que ella. Pasaba su
infancia en la casa, criándose junto a su madre, aunque en el caso de las
mujeres de la élite podían recibir una educación elemental que les permitiese
aprender a leer y a escribir. Cuando alcanzaban los doce años pasaban a ser
consideradas mujeres adultas y, como tales, podían contraer matrimonio.
§. El matrimonio en Roma
En Roma, el matrimonio era considerado como el momento culminante en la vida de
toda mujer, y suponía su principal (y casi único) rito de paso. Era un acto
privado, que no necesitaba ser sancionado o regulado por ningún poder público
ni tampoco de la intervención de una autoridad civil o religiosa. Pese a estas
características, era una ceremonia que sí tenía algunos efectos jurídicos
importantes, ya que los hijos engendrados dentro del matrimonio eran
considerados como legítimos, por lo que tomaban el nombre del padre y
continuaban con su línea de descendencia, heredando el patrimonio. Esto llevó a
que los romanos considerasen el matrimonio como la forma adecuada de preservar
el estatus de la familia.
El matrimonio se encontraba reservado solo para los hombres libres, ya que los
esclavos no tenían derecho a él y sus uniones se consideraban como contubernium,
por lo que carecían de reconocimiento legal. Este punto es muy interesante, ya
que podemos ver cómo los matrimonios eran clasificados de acuerdo a su
legalidad, y surgieron por tanto varios tipos: concubinato, contubernio, unión
formada por patricios y plebeyos, el vínculo fuera del matrimonio con una
persona deportada o desterrada y la relación surgida en el servicio militar.
Según la legislación romana, el matrimonio clásico debe entenderse como la
unión de dos personas de sexo distinto con capacidad mental y con la intención
de comportarse como hombre y mujer y procrear una descendencia legítima. Se
basaba en la convivencia conyugal de la pareja, cuyos elementos constitutivos
eran elhonor matrimonii (convivencia entre los contrayentes) y
la affectio maritalis (intención recíproca de los cónyuges de
tenerse como marido y mujer).
Para la celebración del matrimonio como ceremonia se escogía con sumo cuidado
una fecha propicia, evitando tanto los días como los meses de malos augurios.
El carácter de los romanos, tan proclive a creer en augurios y signos divinos,
hacía que en el día de la boda se mezclase este temor a las fuerzas mágicas
desconocidas con la propia veneración a los dioses, lo que provocaba que la mayor
parte de los gestos realizados tuviesen un gran valor apotropaico, es decir, de
protección.
La noche antes de que llegase la celebración, la novia consagraba a los dioses
sus juguetes de la infancia, como signo de que dejaba la niñez atrás y entraba
en la vida adulta. A la mañana siguiente, se vestía con el traje nupcial
(llamado tunica recta), que debía ceñirse con un cinturón ( cingulum)
anudado con el nudo de Hércules, el cual debía ser desatado en la noche de
bodas por el marido. En la cabeza se colocaba un velo rojizo (el flammeum)
y peinaba su cabello con el peinado nupcial de significado ritual llamado sex
crines (que consistía en separar en seis mechones todo el pelo con la
lanza denominada hasta caelibaris). La boda se iniciaba entonces
con la toma de los auspicios, con el fin de averiguar si la voluntad de los
dioses era positiva para la nueva pareja. Si les eran propicios se firmaban a
continuación las tabullae nuptiales o contrato nupcial. Tras
la firma, la prónuba unía las manos derechas de los cónyuges
(la dextrarum iunctio), que se consideraba la forma simbólica de
afirmar la unión matrimonial. A continuación, la novia pronunciaba la formula
ritual de asentimiento a la unión: Quando tu Gaius, ego Gaia(“Si tú
te llamas Gaius, yo me llamo Gaia”. Era una formula ritual, a la que no se le
podían cambiar los nombres, que siempre eran los mismos). Asimismo, se
entregaba a la novia un anillo de hierro bañado en oro o uno de oro como tal
que debía ponerse en el dedo anular de la mano izquierda (aunque algunos
autores como J. Carcopino consideran que se colocaba en la derecha, debido a
las connotaciones nefastas que tenía la izquierda) como símbolo del matrimonio,
ya que se pensaba que estaba unido al corazón a través de un nervio muy fino.
El primitivo matrimonio romano poseía un marcado carácter agrario, lo que
condicionaba gran parte de la ceremonia. Por ello, los dioses que protegían
este rito eran los que se encontraban asociados a la tierra, reivindicando la
fertilidad de la misma como símbolo de la fertilidad de la pareja.
Retrato de Paquio Próculo y su esposa. El matrimonio legal estaba reservado
exclusivamente a los ciudadanos libres, los demás habitantes de Roma solo
tenían derecho a la unión a través de la fórmula del connubium. Museo de
Capodimonte. Fotografía de la autora.
Al
acabar estos trámites, se celebraba en la casa de la novia una cena nupcial que
servía para festejar la nueva unión. Al finalizar este banquete, se acompañaba
a la esposa a la casa del marido, simulando ritualmente el rapto de las
Sabinas, el episodio mitológico por el que los fundadores de Roma secuestraron
a las mujeres de los sabinos para desposarse con ellas: la novia se arrojaba en
los brazos de su madre, resistiéndose a dejar su hogar paterno, mientras que el
novio la arrancaba violentamente de allí. Tras consumar este «rapto» simbólico,
se marchaban en cortejo (deductio) hacia la casa del esposo. En esta
procesión, la novia portaba el huso y la rueca como imagen de la futura
actividad doméstica que realizaría, mientras era acompañada por tres jóvenes,
los cuales debían tener aún a sus padres con vida. A lo largo de todo el
recorrido podían escucharse gritos y cantos nupciales para atraer sobre ella la
prosperidad. Estos cánticos recibían el nombre de himeneos (el mismo que
recibía el dios del matrimonio) y eran de carácter obsceno. Servían para
mostrar que la novia empezaba una nueva etapa en su vida, marcada por la
sexualidad. Al finalizarlo, delante de la puerta de la casa de su marido había
un grupo de niños esperando que este les arrojase nueces con motivo de la
llegada de su esposa. El significado de este gesto es aún dudoso, pero se cree
que se realizaba por el valor afrodisiaco o apotropaico que se le daba a las
nueces, o bien porque el ruido que hacían al caer al suelo tenía carácter de tripudium
solistimum (augurio favorable) que beneficiaría a la novia.
Una vez alcanzado el nuevo hogar conyugal, venía el momento en el que la esposa
debía traspasar su umbral. Este instante adquiría un significado especial, ya
que se intentaba propiciar la entrada del nuevo miembro de la familia usando
ritos y prácticas mágicas. Para ello, el marido debía tomar a su mujer en
brazos para alzarla y traspasar con ella el umbral. Con este gesto se evitaba
un posible traspié opedis offensio, que en caso de ocurrir traería la
desgracia a la pareja. Una vez realizado todo esto, se pasaba a la noche de
bodas, en la que se consumaba el matrimonio. Se le entregaba a la recién casada
el cocentum, una bebida sedante para facilitar la noche de bodas y
cuya ingesta acabó simbolizando el paso de la pubertad a la madurez, como otro
rito prenupcial más.
Cuando terminaba la ceremonia matrimonial la mujer abandonaba la tutela de su
padre o de sus parientes masculinos vivos, aunque seguían manteniendo sobre
ella una fuerte autoridad. Por tanto, la recién casada quedaba sometida a un
nuevo poder, llamado manus, y que correspondía al marido si este
era el paterfamilias (si el padre del marido aún vivía, la esposa quedaba
sometida a la manus de su suegro).
Relieve con la representación de un matrimonio. Aunque la mayor parte de los
matrimonios se hacían por conveniencia, en ocasiones eran por amor, que se
reflejaba en las representaciones de sus estelas funerarias. Museo Nacional de
Arte Romano. Fotografía de la autora.
Este
hecho se debía a que la forma tradicional del matrimonio romano era la
llamada conventio cum manu, que provocaba que la patria
potestas (antes a cargo del padre de la novia) pasase a ser
prerrogativa de su esposo. La justificación que realizaban los romanos para
someter a su mujer a la manus era el hecho de que consideraban
que sufría de fragilidad de ánimo (levitas animi), por lo que necesitaba
una fuerte tutela masculina. Normalmente, eran los matrimonios entre patricios
quienes usaban esta forma, mientras que los plebeyos preferían un
matrimonio sine manu.
Existían diversos tipos de uniones matrimoniales, que se vinculaban con el
hecho de que la mujer quedase sometida a su esposo. La más antigua de ellas era
el rito de la confarreatio, con el que a la vez que quedaba
constituido el vínculo matrimonial se producía una transferencia de poderes
personales, que sometían a la esposa a su marido o suegro. Era un rito
sumamente complejo y con el tiempo acabó cayendo en desuso, de tal forma que
solo ciertas familias patricias lo mantuvieron. Otro tipo de rito era la coemptio,
que suponía la aplicación de la mancipatio, es decir, la forma
jurídica que se utilizaba en las épocas arcaicas o clásicas para adquirir las
cosas de suma importancia. Así, el rito de la coemptioera al
principio un tipo de matrimonio en el que el marido «compraba» a su esposa y
esto hacía que quedase bajo su tutela. La ceremonia usada en esta fórmula era
una venta simulada de la esposa, en presencia de al menos cinco testigos. Otro
tipo de unión matrimonial era la establecida a través del usus, que
no era más que la forma de adquirir una propiedad a través del uso. Es decir,
después de un año de convivencia y sin haber realizado ninguna de las
ceremonias anteriores, el marido adquiría la manus de su esposa,
lo que legitimaba su relación.
Sin embargo, a partir del siglo II a. C. comenzó a caer en desuso la costumbre
de que la mujer pasase a formar de la familia de su marido cuando se casaba.
Poco a poco, las uniones matrimoniales se contraían sin ninguna formalidad
constitutiva de forma cada vez más frecuente. Así, durante la época imperial,
vemos como para tener un matrimonio válido solo era necesario poseer el derecho
del connubium (el privilegio que poseían los ciudadanos de
casarse) y la capacidad de los nubendi (es decir, los novios
debían alcanzar la edad mínima para casarse, que era, aproximadamente, unos
doce años para la mujer y catorce para el hombre). Incluso, durante el Bajo
Imperio tan solo sería necesaria la affectio maritalis, la libre
elección de la pareja para vivir juntos y, por tanto, para casarse sin
necesidad de realizar ninguna ceremonia, como veremos en el orden jurídico de
Ulpiano [1], en el que se
dice que es la voluntad matrimonial, y no la cópula, la que crea el matrimonio.
La affectio maritalis supuso la erradicación de la estructura
jurídica del matrimonio del influjo de personas ajenas a la unión de la pareja,
lo que facilita la disolución del vínculo matrimonial. Cuando cesaba el amor y
el afecto, cesaba el matrimonio.
§. El divorcio en Roma
Incluso antes de que el matrimonio se simplificase hasta este punto, el
divorcio en Roma era sumamente fácil de obtener ya que bastaba con que uno de
los esposos abandonase el hogar o que el marido declarase su voluntad de
separarse pronunciando las palabras: «Tuas res tibi agito» (“recoge lo
que es tuyo”). Cuando el matrimonio había sido celebrado cum manu,
era el esposo quien debía solicitarlo legalmente, mientras que si se había
celebrado sine manu y la mujer carecía de parientes varones
cercanos, ella misma podía proceder a la disolución de su vínculo matrimonial.
De todas formas, ya a finales de la República, el divorcio de mutuo acuerdo era
algo bastante común, ya que era la mejor forma de terminar con una relación
matrimonial.
En ese momento, la esposa (ya hubiese sido repudiada o divorciada) abandonaba
el domicilio conyugal llevándose consigo la dote que había aportado a la unión
pero dejando a los hijos con el padre. Rómulo había establecido, en su momento,
el matrimonio como un hecho indisoluble, con la posibilidad de divorcio solo
cuando la mujer cometiese los más graves delitos, es decir, el adulterio y el
infanticidio. Para él, ni siquiera la infertilidad podía justificar su repudio.
Sin embargo, y como acabamos de ver, poco a poco se fue abriendo para el romano
la posibilidad de deshacer su vínculo matrimonial con suma facilidad. Esta
facilidad y accesibilidad con la que se podía conseguir el divorcio hacía que
en Roma los matrimonios fueran consecutivos y disolubles, sobre todo a partir
de la época imperial. En este momento, la ley establecía que se restituyese a
la mujer divorciada los bienes que había aportado al matrimonio, con excepción
de la dote que retenía el marido para el mantenimiento de los hijos que
hubiesen quedado a su cargo.
Pese a que el divorcio se convirtió en un recurso utilizado (lo que, unido a la
alta tasa de mortalidad derivada de los peligros de la maternidad, implicaba
que hubiese una frecuente cantidad de segundos y terceros casamientos), la
mujer con un solo marido (la univira) era la que mayor y mejor
reconocimiento social tenía, en contraposición a la que se había casado varias
veces, ya que se consideraba un exemplum para las demás. La
mujer univira se tenía por un modelo de pudicitia,
obtenía ciertos privilegios religiosos y libertades, condiciones que la mujer
casada en segundas nupcias (bis nuptae) no podía conseguir. Cuando
enviudaba ya no pertenecía a las univirae, ya que el estado civil
de la viuda era un símbolo de su esposo muerto y seguir perteneciendo a esta
categoría iría en contra de los valores religiosos. Con esta condición de univira,
la mujer podía acceder a sacerdocios como el flaminado o a
ciertos cultos de tipo matronal, ya que los sacerdocios y los actos cultuales
eran parte de la estructura familiar patriarcal y se correspondían con el
modelo ideal de la familia romana, donde ella mejor encajaba.
Los dos fines principales del matrimonio eran la procreación y la creación de
alianzas políticas, aunque entre muchas parejas pudiera nacer el amor antes o
después de contraer esponsales (era muy conocido, por ejemplo, el matrimonio
entre Cneo Pompeyo Magno y Julia, la hija de Julio César, en el que ambos
estaban profundamente enamorados). De hecho, los matrimonios con hombres
relevantes fueron una estrategia importante dentro de las familias patricias, y
se sirvieron de ellos para sellar alianzas. La familia era la base indiscutible
de la sociedad patricia romana, por lo que ser madre era la principal misión de
la mujer, y se consideraba además que la maternidad reforzaba la sumisión
social de la misma. Además, al igual que a sus maridos, a los hijos se les
consideraba los protectores naturales de sus madres.
§. La matrona romana
Una vez que había dado a luz a su primer hijo podía usar el título de matrona.
Cuando ya tenía más de dos hijos se la denominaba mater familias,
aunque durante el Imperio ambos títulos se generalizaron. Engendrar a los
nuevos ciudadanos romanos era el principal propósito de la matrona, aunque el
único parentesco legítimo que se reconocía era el de la agnatio (el
que crea la descendencia masculina). Hubo que esperar hasta el siglo II d. C.
para que se legalizase la cognatio, esto es, el parentesco por rama
femenina, aunque ya a finales de la República se le había reconocido el derecho
formal sobre sus hijos, y se le había concedido la custodia de su progenitura.
Y al igual que iban creciendo los derechos sobre sus hijos, se le iban
otorgando otros, como el que permitía que la mujer con tres hijos heredase de
su difunto marido mientras este no tuviese otra descendencia o hermanos
consanguíneos. Este tipo de leyes y derechos lo que provocaron fue que se
socavase la concepción tradicional de la familia romana y se otorgase mayor
peso a la filiación por consanguineidad. A finales de la República, la familia
romana se basó en la coniuctio sanguinis, y quedó unida por los
vínculos de la sangre.
La vida de la matrona se encontraba centrada en su familia, en su domus y
en la religión. Tras cumplir con el deber de la procreación, su principal tarea
era la educación y el cuidado de los hijos, tanto niños como niñas. De hecho,
hasta el momento en que los hijos varones alcanzaban la mayoría de edad, era la
madre quien se hacía cargo de ellos y les transmitía el mos maiorum.
Se daba por supuesto el fuerte amor incondicional de la matrona hacia su marido
e hijos, lo que demostraba a través del afecto, la fidelidad y la dedicación a
su familia. Asimismo, la autoridad del paterfamilias tenía su equivalencia en
la mater familias, la cual podía ejercer su poder en nombre de su
marido dentro del ámbito familiar.
El espacio que tenía la matrona para su dominio era su domus. En
ausencia de su esposo o cuando enviudaba, podía ocuparse de todos sus asuntos
menos de la participación política. El único ámbito público donde podía
participar era el de la religión, implicándose en diversos cultos y
festividades, como el de la Fortuna Primigenia (considerada la patrona de las
madres y los nacimientos), el de la Mater Matuta, Pudicitia o Juno Lucina entre
otros. Estas fiestas religiosas femeninas figuraban en el calendario oficial
romano, y se trataban de feriae, que se consideraban fiestas
oficiales y públicas las cuales se desarrollaban en los días fasti (consagrados
a los dioses) y nefas (que no se podían trabajar). Este tipo
de cultos femeninos se dedicaban a dar protección a los ciclos vitales de las
mujeres.
Cuando la mujer enviudaba, quedaba bajo la protección de sus hijos varones. La
consideración social de la viuda también fue variando a lo largo de la historia
de Roma. En época arcaica, se consideraba su presencia como un signo de mal
augurio (al menos, mientras cumplía el luto por su esposo) y, de hecho, tenía
prohibido volver a casarse antes de que hubieran transcurrido dieciséis meses.
En caso de incumplirlo, debía realizar una serie de sacrificios expiatorios que
la purificasen. A partir del período clásico, comenzaron a sufrir infamia y
estuvieron muy mal vistas. Esta situación comenzó a cambiar a finales de la
República, cuando las nuevas costumbres relajaron la consideración de las
viudas, las cuales pudieron volverse a casar poco después de enviudar con el
hombre que estimasen oportuno.
La sociedad romana creó un modelo ideal de comportamiento femenino que plasmó
su estereotipo en el ejemplo de la matrona. De la mujer romana se esperaba que
fuese virtuosa, casta y pía. Su castidad y fecundidad daba a la familia el
mismo prestigio que los éxitos militares y cívicos de los varones. Para
garantizarlas, a la mujer de la élite no se le reconocía el derecho a la
sexualidad fuera de la procreación, de esta forma se trataba de evitar la
descendencia ilegítima. Esta preocupación por la legitimidad de los hijos
provocaba que se legislasen todo tipo de casos para protegerla. Por ejemplo,
cuando una mujer enviudaba mientras estaba embarazada, debía dejar pasar al
menos diez meses antes de volver a contraer matrimonio, para evitar la
llamada turbatio sanguinis, es decir, las posibles confusiones
sobre el origen del recién nacido. Asimismo, se esperaba que tuviese el máximo
número de hijos posible que perpetuasen la familia y sus glorias. La excepción
a este hecho eran las vestales, las sacerdotisas de Vesta, vírgenes que
colaboraban con el Pontifex Maximus y se encargaban de
salvaguardar el fuego del hogar de la diosa en su templo, entendido como un
símil que comparaba el Estado con el hogar.
Dentro de la imagen de la romana virtuosa se destacaba la gran importancia que
tenía la vestimenta. Se recomendaba a la matrona que llevase un vestido que
denotase su modestia, por lo que solía llevar la stola, la palla y
la túnica (y la ropa interior que sujetase el pecho y cubriese sus partes
íntimas), además de aconsejarse que se cubriese el rostro con un velo. La
vestimenta de la mujer romana varió también, se complicó y se llenó de lujo
durante la época imperial, momento en que comenzaron a predominar las nuevas
modas en las que abundaba el maquillaje y los complicados peinados. La mujer
nunca llevaba la toga, puesto que quienes la portaban solían ser las condenadas
por adulterio o las prostitutas. A cambio, su ropa era más colorida (aunque no
en exceso, ya que si no corrían el riesgo de ser confundidas con prostitutas) y
ligera que la de los hombres, y estaba bordada con distintas decoraciones.
Podemos decir que el modelo ideal de matrona en la etapa republicana era el de
una mujer celosa de su virtud, casta, piadosa y recluida en la domus.
Las mujeres que cumplían con los estereotipos de matrona eran muy respetadas y
alabadas, e incluso el Senado les permitía que recibiesen un elogio fúnebre en
el foro cuando morían: «A los doce [años] pronunció, delante del pueblo
reunido, el elogio fúnebre de su abuela Julia» (Suetonio, Vidas de los
doce césares, Octavio Augusto, 8).
Este modelo, a partir del año 31 d. C., comenzó a ser transgredido por las
mujeres, lo que hizo que muchos autores considerasen que había empezado para
Roma un período de decadencia moral.
Durante el siglo I d. C. tuvieron la posibilidad de instruirse y cultivarse en
el campo intelectual, y gozar en ese momento de una gran libertad, tanto de
tipo sexual como económica y política, al influir directamente sobre sus
maridos. Este tipo de mujeres, que comenzaron a transgredir las antiguas normas
morales, pertenecían en su mayoría a la aristocracia, ya que solo estas clases
podían permitirse el acceso femenino a la cultura y a la vida social. Ejemplos
de este tipo de mujeres los podemos encontrar en personajes tan importantes
como Fulvia, la mujer de Marco Antonio, que defendió los intereses de su marido
reuniendo incluso un ejército para ello (junto con Lucio Antonio, el hermano
del triunviro), Servilia, la madre de Bruto y amante de César, o la futura
emperatriz Livia, esposa de Augusto. Se comenzó a observar también una cierta
relajación de las costumbres, ya que empezaba a haber presencia de mujeres en
los banquetes y espectáculos, y se divertían como los hombres. Los divorcios
crecieron en número, lo que llevó a que aumentasen las relaciones amorosas
extramaritales como un signo de liberación femenina. Como consecuencia de esta
promiscuidad sexual, proliferaron los métodos para evitar el embarazo, como los
anticonceptivos (entre los que destacaba la aplicación de ungüentos en la
vagina o en los genitales del varón, o los métodos de oclusión vaginal), el
aborto y el infanticidio. Ninguno de los anteriores se consideraban como un delito,
sino que se veían como métodos anticonceptivos, ya que los fetos y los recién
nacidos no eran tenidos en consideración. Asimismo, hubo un considerable
aumento de mujeres que se maquillaban y vestían con gran lujo, intentando
alejarse de la caracterizada austeridad de la matrona republicana. Para ello,
contaban con esclavas especializadas en peluquería y maquillaje,
denominadas ornatrices, que ayudaban a sus amas a estar lo más
bellas y a la moda posible.
Estela de Lutatia Lupata. Los cambios en la moralidad romana trajeron
consigo una gran libertad para las mujeres, que comenzaron a instruirse y a
comportarse como los varones, para escándalo de muchos nobles romanos. Museo
Nacional de Arte Romano de Mérida. Fotografía de la autora.
Pese
a este ambiente de «libertad» el adulterio femenino seguía castigándose por la
ley. El marido podía matar impunemente a la mujer adúltera y a su amante
(aunque por regla general lo que hacía era denunciarlos) mientras que él salía
impune de la misma situación. Una mujer condenada por adulterio era incluida en
la categoría de las probosae (es decir, de las prostitutas) y
tenía prohibida la boda con su amante. Sin embargo, en época imperial se
conocen muy pocos casos relacionados con el adulterio debido a la facilidad con
la que se podía obtener el divorcio de la pareja. Pese a ello, hubo emperadores
que quisieron seguir dando importancia a los vínculos matrimoniales y a las
costumbres, como es el caso de Augusto, quien incluso condenó al destierro a su
propia hija Julia (que estaba casada con el futuro emperador Tiberio), tras ser
acusada de adulterio:
Mas
cuando desterró a su hija dio a conocer los motivos al Senado en un escrito que
el cuestor fue encargado de leer en su ausencia; y tanto le avergonzaron sus
desórdenes que estuvo mucho tiempo separado del trato de los hombres, y hasta
deliberó si le daría la muerte. Habiéndose ahorcado entonces una liberta,
llamada Febe, cómplice de los desórdenes de su hija, dijo que preferiría ser su
padre a serlo de Julia. Prohibió a esta el uso del vino en su destierro y todas
las comodidades de la vida; y mandó que ningún hombre, libre o esclavo, se
acercase a ella sin su permiso y sin que conociese edad, estatura, color y
hasta las señales o cicatrices que tuviese en el cuerpo.
Suetonio, Vidas
de los doce césares,
Octavio Augusto, 65
§.
Las vestales
Dentro de este capítulo dedicado a la mujer romana no debemos olvidarnos de
hablar brevemente de las vírgenes vestales. Una vestal era una sacerdotisa
consagrada a la diosa Vesta y cuya misión primordial era la de mantener siempre
encendido el fuego sagrado que simbolizaba la continuidad del Estado romano.
Eran el único cuerpo sacerdotal de mujeres dentro del mundo romano (hubo más
sacerdotisas, pero casi todas vinculadas con cultos orientales como el de Isis)
y su misión se consideraba básica para la seguridad de Roma, ya que del fuego
de Vesta dependían los destinos del Imperio, de ahí su gran importancia.
También eran las únicas mujeres con un estatus similar al de los ciudadanos, ya
que podían testar estando aún vivos sus padres, disponían de sus bienes y
herencia a su libre albedrío y no necesitaban contar con ningún tutor
masculino, aunque el Pontifex Maximus era el máximo
responsable de este colegio sacerdotal.
Las vestales eran escogidas dentro de las familias patricias tras una atenta
selección por parte del Pontifex Maximus, mientras eran niñas
menores de diez años. Una vez que eran elegidas para ser novicias se separaban
de su familia y acudían al templo de Vesta para afrontar la ceremonia de
admisión. Dentro de esta ceremonia se les cortaba el cabello, eran suspendidas
de un árbol sin que tocasen el suelo (símbolo de la ruptura con su familia) y
eran vestidas de vestales. Afrontaban diez años de noviciado formándose como
vestales para aprender todo lo necesario sobre el culto, diez años de ejercicio
de su función sacerdotal y otros diez enseñando a las nuevas novicias, todos
ellos manteniendo celosamente su virginidad. La exigencia de la virginidad de
las vestales se debía, en primer lugar, al hecho de estar consagrada a una de
las pocas diosas vírgenes del panteón romano, Vesta, y también por la costumbre
proveniente de tiempos antiguos, en la que a las muchachas jóvenes y solteras
se les encargaba vigilar el fuego sagrado, ya que se consideraba que no tenían
familia ni obligaciones que atender. Transcurridos estos treinta años, podían
abandonar el sacerdocio y casarse si así lo deseaban, aunque la mayor parte de
las vestales prefería permanecer en el templo continuando con sus votos de
castidad. Además de su misión de vigilar el fuego sagrado, debían custodiar los
objetos sagrados de Roma, como era el Palladium, la estatua de
madera de la diosa Palas (es decir, Minerva), que procedía de Troya y había
traído el mismo Eneas, y garantizaba la supervivencia de Roma. También
guardaban y vigilaban los testamentos de algunos personajes importantes,
quienes dejaban depositado en el templo de Vesta sus últimas voluntades, como
fue el caso de Cayo Julio César o de Marco Antonio. Otra de sus funciones era
la elaboración de la mola salsa, una especie de torta preparada con
agua pura y los primeros granos de trigo, que se bendecía con agua del
manantial de la arboleda sagrada de Carmenta, y se debía esparcir de forma
obligatoria sobre la cabeza de la víctima ( inmolatio) antes de
proceder al sacrificio.
Si el fuego de Vesta llegaba a apagarse o la vestal perdía su virginidad,
rompiendo así sus votos, era severamente castigada. Normalmente, se ejecutaba a
la infractora sin verter ni una gota de su sangre (ya que estaba prohibido
derramarla) enterrándola viva, con una hogaza de pan y un candil, en una celda
subterránea.
La vestimenta de las vestales era específica y permitía distinguirlas de entre
el resto de las mujeres. Utilizaban túnicas de lino blanco, adornadas con una
orla de color púrpura y un velo casi transparente en la cabeza. Además de este
velo, llevaban la vitta, una banda que rodeaba la cabeza hecha de
lana, de color blanco o púrpura y que servía para sujetar sus trenzas
(las crinales vittae). Esta banda era utilizada, en ocasiones, como
adorno por parte de otras mujeres, pero en el caso de las vestales servía para
identificarlas. La vitta se consideraba un signo del pudor de
la mujer romana, por lo que no podía ser usada por las libertas o por las
prostitutas. Era lo primero de lo que se despojaba la vestal cuando rompía su
voto de virginidad o cuando abandonaba el sacerdocio, al finalizar el servicio
de treinta años. Además, llevaban una ínfula, que era un largo chal que les
cubría los hombros y solía ser rojo con cintas de lana blanca. Se envolvían en
la palla, el mismo manto que usaban las matronas romanas y que se
sujetaba con un broche llamado suffibulum para permitir que
colgase de su hombro izquierdo.
Las vestales estaban cubiertas de honores y gozaban de una gran consideración
por parte de todos, precisamente debido a su misión sagrada. Debían presidir
las ceremonias, los sacrificios y los ritos más importantes de Roma. Dentro de
sus privilegios estaba el hecho de poder viajar en un carro de dos ruedas
cubierto (carpentum), siendo precedidas por un lictor que llevase las
fasces. Contaban con preferencia de paso y el lictor castigaba a todos aquellos
que no se apartasen del camino de la vestal o no le mostrasen el suficiente
respeto. También podían liberar a un condenado a muerte y absolverlo de su pena
por el mero hecho de cruzarse con él de forma casual. En los espectáculos, como
los juegos gladiatorios, tenían asientos reservados situados en los mejores
sitios del edificio. Además, su persona era sacrosanta, y se castigaba con pena
de muerte a cualquiera que la tocase o hiriese.
§. La mujer plebeya
Casi todo lo descrito anteriormente puede circunscribirse a la vida de la mujer
romana de las élites más elevadas. Para la mujer plebeya, la situación es
diferente. Desde pequeña, su acceso a la cultura y la educación era
limitadísimo, ya que carecía de medios para ello, aunque podía llegar a
aprender a leer y a escribir en las escuelas de la ciudad. Cuando alcanzaba la
edad adulta, se casaba en una ceremonia muy simple, mediante la forma del usus.
En ocasiones, ni siquiera contraían matrimonio legal, ya que a veces se
convertían en las concubinas de algún hombre, una unión considerada lícita por
las leyes pero de nivel inferior a las nupcias, por lo que no les reportaba los
mismos derechos o beneficios que los que adquiría la legítima esposa. Al
contrario que las mujeres acomodadas, que dormían en habitaciones separadas a
las de su marido como símbolo de estatus, ellas compartían el lecho con su
pareja y la habitación con el resto de la familia, sin ningún tipo de
intimidad. Si querían controlar la concepción de hijos, no tenían posibilidad
de recurrir a las mismas medidas anticonceptivas que las mujeres de elevada
posición, por lo que tan solo contaban con la abstinencia sexual, el uso de
amuletos o probar suerte con el coitus interruptus. Posiblemente
trabajaban para ayudar en la economía doméstica, ya fuese ayudando en los
negocios de sus maridos o como sirvientas, mientras que, a la vez, se cargaban
de hijos. Si la maternidad era un riesgo entre las clases más altas, para estas
mujeres lo era mucho más, pues corrían el enorme peligro de fallecer al dar a
luz por las condiciones en que vivían y las infecciones. Si superaban la
maternidad, solían alcanzar mayor longevidad que los hombres, pero continuaban
viviendo en las mismas difíciles condiciones que antes.
Capítulo 5
Maius.
La vida cotidiana de los niños romanos
Contenido:
§.
El nacimiento
§. La educación
§.El paso a la vida adulta
El
mes de Maius se encontraba dedicado a la antigua diosa itálica
Maya, que acabó asimilada a su homónima griega. Maya protegía y se relacionaba
con el crecimiento de los seres vivos, lo que la hace idónea para acercarnos a
conocer cómo era la infancia de esos romanos que ya hemos visto en su etapa
adulta.
§. El nacimiento
El parto de un hijo se desarrollaba normalmente en la misma casa, donde la
mujer era atendida por una comadrona, que estaba acompañada de una ayudante.
Este se realizaba sentada, sobre la llamada silla gestatoria, sin nada que
pudiese aliviar los dolores y con la comadrona ayudándola a dar a luz mientras
su compañera la sujetaba desde atrás. Dar a luz era uno de los momentos de
mayor peligro al que se enfrentaban la madre y el recién nacido, ya que un alto
porcentaje de los alumbramientos acababa con la muerte de uno de ellos o de
ambos. Los patricios podían contar con el servicio de médicos, además de las ya
mencionadas comadronas, pero eso no aseguraba la supervivencia, tal y como le
ocurrió a Julia, la hija de César y esposa de Pompeyo Magno, que falleció
mientras daba a luz.
Las
prácticas ginecológicas solían quedar restringidas al ámbito femenino, ya que
se consideraba poco pudoroso que otro hombre anduviese en las partes íntimas de
la mujer. Ello llevó a que este campo de la medicina quedase en manos de
comadronas y médicas.
Si
conseguía superar la prueba del parto, el bebé romano se depositaba a los pies
del padre, en lo que suponía el acto más determinante de su vida, ya que si el
padre lo levantaba lo reconocía como su hijo, mientras que si lo dejaba en el
suelo era abandonado a su suerte. Con esta práctica de levantar al niño vemos
que no se tenía un hijo sino que «se cogía» un hijo (tollere). El padre
romano no se sentía en la obligación de aceptar a todos sus hijos, ya que la
ley lo amparaba en su derecho a reconocerlo o no, lo que convertía los
abandonos en una práctica habitual y legal ( ius exponendi).
Normalmente, el abandono de niños, sobre todo los legítimos (nacer o no como
fruto de un vínculo matrimonial legítimo influía sobre el estatus social del
hijo, sus derechos, obligaciones y pertenencia a la comunidad), venía motivado
por el hecho de haber caído en la miseria o por su política patrimonial. Estos
niños abandonados podían ser recogidos y criados por otras personas, integrados
en una nueva familia o como víctimas de los negocios de la esclavitud y la
prostitución. Esta práctica debió estar regulada o, por lo menos, vigilada por
el Estado, que, en ciertos momentos, mostró preocupación por el abandono de
niños, al menos los sanos. Un reflejo de esta preocupación es la llamada Ley de
Rómulo, que nos narra Dionisio de Halicarnaso, y muestra el interés del Estado
en fomentar la crianza de nuevos ciudadanos romanos, siempre que los niños
estuvieran sanos y sin defectos:
En
primer término estableció la obligación de que sus habitantes criaran a todo
vástago varón y a las hijas primogénitas; que no mataran a ningún niño menor de
tres años, a no ser que fuera lisiado o monstruoso desde su nacimiento. Sin
embargo, no impidió que sus padres lo expusieran tras mostrarlos antes a cinco
hombres, sus vecinos más cercanos, si también ellos estaban de acuerdo. Contra
quienes incumplieran la ley fijó entre otras penas la confiscación de la mitad
de sus bienes
Dionisio
de Halicarnaso,
Historia Antigua de Roma, 2.15.2
Los
niños que nacían deformes, inútiles o débiles, o bien eran hijos de algún
esclavo y el amo no los quería, solían ser eliminados directamente por regla
general, sin que hubiese necesidad de exponerlos. Hubo que esperar a la llegada
del cristianismo para que esta situación cambiase, ya que la exposición de
niños fue muy duramente condenada por esta nueva religión. Sin embargo, hasta
ese momento fue tan común que incluso en Roma existía un sitio específico para
abandonar a los bebés, que era la columna Lactaria (situada delante del templo
de Pietas). En otras ciudades del imperio, los niños eran expuestos
sin más, probablemente delante de algún templo pero también en sitios como los
estercoleros públicos, como nos relatan ciertos textos. La mayoría no
sobrevivía a la exposición, y generalmente morían. El derecho de abandonar al
hijo aún continuaba pasado este momento de reconocimiento, ya que el padre
podía desentenderse del hijo a través de la mancipatio, que
consistía en la entrega del niño a la servidumbre, con lo que quedaba
desheredado. Este ritual descrito se realizaba habitualmente con los niños, ya
que las niñas eran directamente amamantadas sin tener que pasar ese trámite
aunque, por supuesto, también podían correr el riesgo de ser expuestas si su padre
así lo quería.
Si el recién nacido había tenido suerte y era acogido en la familia, recibía su
nombre a partir del octavo o noveno día de su nacimiento ( dies
lustricus), dependiendo de si era niño o niña. Aunque el sistema de los
nombres ya se ha explicado anteriormente, no por ello queremos dejar de
mencionar los tria nomina romanos. El nombre de los varones se
componía del praenomen, del nomen y del cognomen,
mientras que las mujeres solo tenían dos nombres, que eran el praenomen (que
era el nombre de su padre, pero en versión femenina) y el nombre de la familia.
En ocasiones, se les podía añadir los adjetivos de maxima, minor,
secunda o tertia para indicar el lugar que ocupaba
entre sus hermanas.
Bulla de oro. A los recién nacidos se les colocaba en el cuello un amuleto,
hecho de diversos materiales, con el que se protegían contra el mal de ojo. Al
cumplir la mayoría de edad, lo depositaban en su larario familiar como ofrenda.
Recibía
también el niño (o bien el día de su nacimiento o bien el dies
lustricus) la bulla, un amuleto contra el mal de ojo que se
colgaban del cuello, según relata Plutarco en sus escritos. La bulla podía
elaborarse con diversos materiales, que iban desde el cuero hasta el oro,
aunque los más pobres sustituían este colgante por un nudo en el cinturón que
realizaba las mismas funciones protectoras. Inicialmente, la bulla había
sido privilegio solo de los jóvenes patricios cuyos padres se habían
distinguido con alguna magistratura curul, pero después de la segunda Guerra
Púnica se permitió su uso a todos los recién nacidos de origen libre. Las niñas
recibían otro amuleto, denominado lunula, que debía protegerlas
hasta el día antes de contraer matrimonio.
Los primeros juguetes que tenía un niño romano eran los sonajeros ( crepitacula),
muy similares a los actuales, aunque según crecían iban teniendo otros, como
las muñecas o las canicas. En el caso de las familias más adineradas, la
lactancia y los primeros cuidados del bebé eran confiados a una nodriza, quien
criaba al niño hasta que cumplía los siete años. En el caso de que la familia
no se lo pudiera permitir, el niño pasaba sus primeros años siendo educado por
su madre. Cuando alcanzaban esta edad, pasaban a manos del pedagogo o de su
padre, si este no se lo podía permitir, quien se encargaba ahora de él. Los
niños patricios se relacionaban más con los esclavos domésticos, la nodriza y
el pedagogo que con su propio padre al que, de hecho, llamaban domine (“señor”).
§. La educación
A los siete años se empezaba también a ir a la escuela. La educación quedaba
circunscrita de forma exclusiva a la población ciudadana y libre del imperio,
por lo que quedaban excluidos los esclavos (aunque algunos de ellos podían
recibir cierto tipo de instrucción, si esta les era necesaria para desempeñar
sus funciones). A la escuela podían acudir tanto niños como niñas, quienes eran
separados en las aulas a los doce años, ya que se consideraba que no era
necesario que las niñas acudiesen a una educación superior porque les bastaba
con saber leer, escribir y contar y, además, se las consideraba adultas a
partir de los doce o catorce años. Quienes se encargaban de educar a los niños
eran, habitualmente, gentes de baja condición social, esclavos o libertos. Si
el alumno pertenecía a una familia con recursos o tenía una posición social
superior, trataba a su maestro como correspondía a una persona de rango
inferior, lo que dificultaba la labor del educador. En el caso de que fuesen de
origen modesto, tampoco tenían consideración alguna hacia él, lo que nos
evidencia la poca autoridad que podían tener los maestros.
Los educadores (llamados ludimagistri o litteratores)
tenían bastante mala reputación debido a la indiferencia que el Estado mostraba
hacia su trabajo, las adversas condiciones en las que realizaban su tarea (por
ejemplo, en un mismo local debían reunir a niños y niñas de entre siete y
catorce años) y a la brutalidad con la que debían mantener la disciplina entre
su alumnado, ya que eran bastante frecuentes los azotes para castigar los
fallos y las distracciones, además de las casi constantes faltas de respeto
hacia su persona. La retribución de estos maestros corría directamente a cargo
de los padres de los alumnos, pero ganaban tan poco (unos ocho ases) que se
veían obligados a buscarse otros empleos, como el de escriba.
Las escuelas se encontraban abiertas desde el amanecer hasta el mediodía. Su
ubicación era bastante variada, aunque generalmente se localizaban bajo el
porche de una tienda, donde les estorbaba el ruido de la calle ya que solo se
aislaban con unas cuantas lonas. Estaban muy poco amuebladas, ya que contaban
solamente con una silla para el maestro y unos cuantos bancos o taburetes para
los alumnos. Funcionaban durante todo el año, con excepción de las nundinae,
es decir, los días de descanso (cada ocho días había uno de estos, dedicado al
ocio y al mercado), las grandes festividades como los Quinquatrus (Festividad
dedicada a Minerva que se celebraba los cinco días posteriores a los idus de
marzo) y las vacaciones de verano. Lo máximo que se esperaba de esta educación
era que los niños aprendiesen a leer, escribir y a contar, sin que el maestro
aspirase a enseñarles nada más. La mayor parte de las escuelas romanas tenían
carácter urbano, aunque gracias a las fuentes podemos conocer que algunas de
ellas se establecían en las aldeas, siempre en una proporción menor que en la
ciudad.
Entre los catorce y los quince años, los niños pudientes continuaban su
educación y pasaban a manos del grammaticus y el rhetor,
con quienes estudiaban a los autores clásicos y aprendían retórica, es decir,
todo lo necesario para realizar una futura carrera en la vida pública. Estas
enseñanzas ya no tenían lugar en la calle o en los maltrechos locales
anteriormente descritos, sino que se daban en las casas de los estudiantes o en
ciertas aulas especiales. Asimismo, también realizaban estancias en las
principales ciudades helenísticas (Atenas, Alejandría o Antioquía), con el
objetivo de empaparse de su cultura y poder reproducirla en Roma cuando
volvieran. Los menos afortunados comenzaban a trabajar, generalmente
acompañando a su padre en su oficio para poder aprenderlo. Como en la gran
mayoría de las sociedades antiguas, el trabajo infantil no estaba mal visto,
por lo que no estaba penado.
Antes de seguir este sistema de enseñanza, la antigua educación romana se
basaba en el respeto a las costumbres ancestrales (conocidas como mos
maiorum), que se transmitía a los más jóvenes, los cuales se encargaban de
mantenerlas. Eran los padres (o en caso de no tenerlo, los parientes varones
del niño) quienes debían enseñar a sus hijos todo lo necesario para el
desempeño de sus futuras tareas y educarlos en los tradicionales valores
romanos, que debían mantener en todo momento. Hubo que esperar al siglo II a.
C. y a la presencia en Roma de numerosos preceptores y filósofos griegos para
que la educación cambiase y surgiera el sistema explicado anteriormente.
Los emperadores del siglo II d. C. comenzaron a preocuparse por las escuelas
primarias e intentaron que se expandieran por las provincias más lejanas del
imperio alentando (prometiéndoles la inmunidad fiscal) a los pedagogos a
instalarse en recónditos lugares. Asimismo, los senadores comenzaron a
favorecer la creación en Roma de escuelas de influencia helenística, que se
encontraban preparadas para enseñar siguiendo el método griego, puesto que el
dominio de este idioma se consideraba como un símbolo de alto estatus.
§. El paso a la vida adulta
No existía una mayoría de edad legal como tal, los niños se convertían en
adultos cuando su padre decidía vestirlos en una ceremonia formal con la toga
virilis. Aun así, era un hecho muy frecuente que hasta el matrimonio los
jóvenes se asociaran en su collegium iuvenum y practicasen
actividades grupales, pero lo abandonaban en el momento en el que contraían
finalmente nupcias. Por tanto, se iniciaba la edad adulta con el acto formal
del abandono de la toga praetextainfantil (orlada en púrpura, como
la de los senadores) para tomar la mencionada toga virilis, que era
de color blanco para los ciudadanos libres. La noche antes de celebrar esta
ceremonia, el joven dormía con una túnica especial (llamada tunica
recta) y, a la mañana siguiente, abandonaba los signos de la infancia
(dejándolos ante el altar de los Lares), que eran la bulla (el
amuleto que llevaban al cuello contra el mal de ojo) y la mencionada toga
praetexta, objetos que recibían el nombre de insigniae pueritiae.
Tras vestirse con la toga virilis, se acompañaba al joven hasta el
foro, en un cortejo conformado por amigos y parientes, y era en este lugar en
donde mostraba su nueva condición de adulto y se inscribía su nombre en la
lista de ciudadanos. La ceremonia terminaba con un banquete en la casa paterna
y entonces comenzaba el llamado tirocinio, que básicamente consistía en una
especie de «aprendizaje» de la vida de los adultos y que duraba un año, al cabo
del cual se enrolaba en el ejército. Era costumbre (aunque no obligatorio)
elegir para la ceremonia el día en que se celebraba el banquete en honor al
dios Liber (la fiesta llamada Liberalia, celebrada cada 17 de
marzo) más cercano al momento en el que se cumplían años.
Sarcófago infantil con retrato de niño. Aunque muchas veces a los niños no
les amparaba el mismo derecho funerario que los adultos, los hijos de los
patricios eran enterrados en lujosos monumentos que permitieran su recuerdo.
Museo Arqueológico Nacional. Fotografía de la autora.
Legalmente,
los límites entre la niñez y la edad adulta no estaban tan definidos en Roma
como en la actualidad. De hecho, Varrón consideraba que se era puerhasta
los quince años, mientras que la adolescencia duraría desde los quince hasta
los treinta años, y la juventud iría desde los treinta hasta los cuarenta y
cinco, por lo que se era plenamente maduro a partir de esta edad. Esta visión
no fue compartida por otros autores, por ejemplo, san Isidoro de Sevilla, en el
siglo VII d. C., nos muestra una visión más cercana a la que tenemos
actualmente, ya que consideraba que se podía hablar de infancia hasta los siete
años, de pueritiadesde los siete hasta los catorce, de adolescencia
desde los catorce hasta los veintiocho, y de juventud desde los veintiocho
hasta los cuarenta y cinco. Esta excesiva prolongación de la adolescencia y de
la juventud se debía a la patria potestas, la cual otorgaba el
derecho sobre la vida y la muerte de los hijos al padre. Esto provocaba que,
hasta que no fallecía el padre, el hijo no podía considerarse un paterfamilias.
Al quedar bajo su potestad, los padres podían organizar todas las fases de la
vida de sus hijos hasta que morían. Pese a este tipo de consideraciones y
aunque podían recibir distintos nombres según la edad que tuviesen, a los
quince años (de forma aproximada) era cuando tomaban la toga virilis y,
por tanto, pasaban a encargarse de los asuntos del mundo adulto.
Las mujeres, en cambio, seguían una clasificación muy diferente. Se las
consideraba físicamente virgines antes del matrimonio,
socialmente uxores tras contraer nupcias, y matronae si
tenían hijos. Cuando alcanzaban la vejez, eran llamadas anus. El
único rito de tránsito que tenían era el matrimonio, tras el cual se
consideraba que habían alcanzado la madurez.
Capítulo 6
Iunius.
La vida cotidiana de los esclavos y de los libertos
Contenido:
§.
Los esclavos
§. Los libertos
El
origen del mes de Iunius no está excesivamente claro. Hay
quienes consideran que se llamaba así por estar dedicado a los más jóvenes
( iunior) y otros que lo vinculan con la diosa Juno, la cual
protegía todo el mes. Sin embargo, otra interpretación considera que fue
llamado así en honor a Junio Bruto, quien expulsó al último rey de Roma y fue
proclamado primer cónsul. Nosotros nos vamos a quedar con esta idea, que
vinculaba Iunius con la libertad adquirida por el pueblo
romano gracias a la acción de Junio Bruto, de tal forma que en este mes veremos
a los esclavos, quienes deseaban la libertad que habían obtenido los libertos,
el otro grupo que conoceremos aquí.
§. Los esclavos
Los esclavos romanos eran un grupo social muy heterogéneo que se dividía entre
los esclavos domésticos y los rurales, los comprados en los mercados
greco-orientales o los vernae, los que trabajaban en un taller o en
una mina. La ley no los clasificaba como personas, sino que tenían la categoría
jurídica de cosas. Su amo podía hacer lo que quisiera con ellos, incluso
matarlos, sin que la ley interviniese (sobre todo en los primeros momentos del
mundo romano, pues a partir del siglo I a. C. se empezaron a elaborar leyes a
su favor).
Se agrupaban en las llamadas familiae, es decir, conjuntos de
esclavos que eran propiedad de un mismo amo. Existían dos tipos de familiae,
la urbana (que componían los esclavos de la ciudad) y la rustica (los
esclavos del campo).
La relación entre el amo y su esclavo era muy compleja y delicada. El amo podía
azotar a su esclavo cuando quisiese (o incluso matarlo, como hemos dicho) pero,
a la vez, lo cuidaba, lo amaba y lloraba ante sus desgracias y su muerte. Por
ello, los esclavos mostraban gran deferencia hacia los buenos amos, mientras
que en las casas donde eran tratados con gran dureza intentaban pagar con la
misma moneda mostrándose más rebeldes que de costumbre.
La ley permitía a un propietario dejar en alquiler a un esclavo, y embolsarse
el salario que pudiese ganar por el desempeño de la actividad para la que el
esclavo era alquilado. Algunos amos dotaban a un esclavo habilidoso con una
cierta cantidad de dinero para que se estableciese como artesano o como
comerciante. Acababa siendo una situación muy beneficiosa ya que, si el negocio
funcionaba, ambos ganaban con ello. Incluso era posible que el esclavo llegase
a ahorrar el suficiente dinero como para comprar su libertad.
En las ciudades existía el mercado de esclavos, lugar donde se los podía
comprar y vender de forma pública, aunque también se podía hacer en otros
lugares como el foro o ciertas tiendas. Sobre unos entarimados de madera se
exponía a los diferentes esclavos, quienes portaban al cuello un cartel en el
que se detallaban todas sus características y habilidades. La mercancía había
que valorarla y regatearla como si se comprase cualquier otra cosa y no una
persona. A menudo, los tratantes de esclavos los vendían por distintas
categorías según los días, separando los oficios y las características de su
mercancía. El mercado de esclavos estaba bien reglamentado, de hecho el
comerciante tenía que pagar un derecho de importación y exportación, además de
un impuesto sobre las ventas. En general, eran mercaderes de origen oriental y
eran bastante despreciados por la sociedad.
Los precios de los esclavos podían variar mucho; desde los quinientos
sestercios (moneda romana de plata, que en época imperial se acuñó en bronce)
los más baratos hasta los dos mil quinientos denarios (moneda romana de plata).
Si tenemos en cuenta que, de promedio, el salario medio de un obrero
especializado estaba entre los setecientos y los dos mil sestercios, vemos que
podían llegar a ser bastante asequibles. De cualquier forma, los precios
dependían de la oferta, la demanda y las características o aptitudes de los
esclavos. Los que habían sido prisioneros de guerra previamente eran los más
baratos, ya que tenían tendencia a rebelarse, a huir o a suicidarse. Los
precios más elevados podían alcanzarlos los esclavos con una buena formación
(como un buen grammaticus) o las chicas jóvenes y expertas.
Sin embargo, durante la República, la mayor parte de los esclavos habían sido,
en origen, prisioneros de guerra. Su venta estaba dirigida por un cuestor y los
compradores eran tratantes de esclavos al por mayor, quienes acompañaban al
ejército para poder comprar esta mercancía en cuanto fuese capturada. Los
tratantes reunían a los esclavos comprados en unos almacenes y cuando tenían el
número que querían, marchaban a Roma o a ciudades grandes para negociar allí la
venta. Durante el Imperio, un gran número de esclavos llegó a través del
comercio de artículos habitual, siguiendo las mismas rutas que otros productos.
Algunos de ellos seguían siendo cautivos capturados en las guerras que Roma
mantenía en sus fronteras, pero eran ya una cantidad insignificante; otros
habían sido esclavos ya en su propio lugar de origen y sencillamente cambiaban
de dueño. Algunos también eran víctimas de los cazadores de esclavos o bien
nacían con esta condición, porque eran hijos de una pareja de esclavos (o de
una mujer esclava). Asimismo, podían llegar a esta situación los criminales
condenados y los niños no deseados, que eran abandonados en la calle y luego
criados por gentes que los destinaban a la esclavitud. Luego había personas
normales, que contraían determinadas deudas y eran «vendidas» por sus
acreedores a un tratante de esclavos, aunque legalmente tenían una
consideración superior a estos y cuando saldaban su deuda recuperaban su
libertad. Y, por último, estaban las personas nacidas libres que eran tan
pobres que se auto vendían a los demás.
Se consideraba que acabar en las minas o en las fincas agrícolas de un rico
patricio era uno de los peores destinos que podía tener un esclavo. Los
esclavos del campo eran los que vivían en peores condiciones, con poca comida y
con una precariedad laboral que llegaba a rozar a rozar la extenuación. Su vida
era la peor con diferencia, se encontraban a las órdenes de un ex esclavo,
quien gestionaba por cuenta del amo la propiedad o factoría agrícola y solía
ser más cruel incluso que el propietario. Dedicaba todo el día al trabajo, sin
tiempo para descansar. En esas condiciones, no tenían ni la capacidad de
emparejarse: el capataz decidía incluso si el esclavo podía tener relaciones y
con quién.
Los esclavos procedían de las regiones más remotas del imperio e, incluso, de
más allá de sus fronteras, por lo que pertenecían a etnias muy diversas. En el
imperio no se discriminaba a nadie por raza u origen, lo que marcaba las
diferencias era el estatus: si se era ciudadano romano, extranjero ( peregrinus)
o esclavo.
La esclavitud fue siempre conocida en Roma, al igual que en todo el mundo
antiguo. En los primeros tiempos de la República se usaban esclavos básicamente
en las granjas o en las explotaciones rurales para trabajar en el campo.
También estaban bastante mal tratados y considerados, y se daba poco valor a su
vida. Sus condiciones de vida eran muy extremas, lo que justificó las diversas
rebeliones de esclavos que se dieron, como la del famoso Espartaco. Sin
embargo, durante el último siglo de la República (debido al desarrollo cultural
y a la influencia de las diversas filosofías) comenzaron a ser tratados como
seres dotados de alma y raciocinio, y dejaron de ser vistos como meros objetos.
Su presencia comenzó a ser admitida entre la de los ciudadanos libres, y se
permitió incluso que participasen en determinados cultos. En ese momento, el
trabajo manual, las actividades comerciales y las profesiones liberales
quedaban en manos de los esclavos (y de los libertos), quienes, a veces, podían
tener más formación que los ciudadanos libres y pobres. A comienzos del Imperio
se desarrollaron leyes, como la Lex Petronia (la cual prohibía
que se enviase a un esclavo a las fieras sin someterle antes a un juicio) o el
Edicto de Nerón (que ordenaba al prefecto de la ciudad a atender e instruir las
causas en las que los esclavos se quejasen de las injusticias de sus amos), que
ayudaron a facilitar la vida de los esclavos. Fueron adquiriendo otros tantos
derechos como el quedarse con el dinero que ganasen o «casarse» con quien
quisieran (aunque sus hijos seguían manteniendo la condición servil). Los malos
tratos se fueron reduciendo y se acabó prohibiendo su ejecución por parte del
amo.
Durante el siglo II d. C. la casa romana mantenía, generalmente, varios
esclavos. Por lo que reflejan las fuentes, ocho era el número adecuado de
esclavos para un ciudadano medio, aunque los más ricos podían llegar a tener
hasta decenas de ellos, divididos en esclavos de ciudad y de campo. Los de la
ciudad se subdividían, a su vez, en servidores domésticos y servidores para las
tareas situadas fuera del hogar. Ambos grupos se repartían en decurias (grupos
de diez esclavos) para facilitar su funcionamiento. Estos no tenían cuartos
individuales en sus casas, dormían en los pasillos, o bien apiñados todos
juntos en algún pequeño cuarto. El esclavo de confianza del amo podía dormir
delante de su dormitorio, a modo de perro guardián.
Sus condiciones de vida volvieron a empeorar durante la tardo antigüedad debido
a la situación de inestabilidad social, económica y política que atravesaba el
imperio. De hecho, existían grandes masas de esclavos, junto a algunos colonos
e, incluso, algunos magistrados municipales como los decuriones, que decidieron
huir de sus hogares, todo ello provocado por las diversas crisis.
Los esclavos no tenían derecho al nombre y recibían el que su amo quisiera
ponerles, fuese cual fuese. Generalmente eran nombres extranjeros, y podían
señalar la nacionalidad del esclavo, alguna característica física o una palabra
que agradase a su propietario. Los niños esclavos, sobre todo los nacidos en la
casa del amo, tenían el mismo esquema nominativo que seguían los individuos de
origen servil (tal y como veremos a continuación con los libertos).
Tener muchos esclavos era considerado un sinónimo claro de riqueza, puesto que
habían podido pagarlos y mantenerlos. En las casas privadas era fácil encontrar
un número aproximado de entre cinco y doce esclavos, aunque hubo patricios que
poseían más de mil solo en sus factorías agrícolas. Existían esclavos públicos,
que eran propiedad de una ciudad o del Estado, y los que poseía el emperador.
Trabajaban en todo lo que era público, desde las termas hasta la construcción,
aunque gran parte de estos esclavos se empleaban en asuntos relacionados con la
administración y las finanzas, ya que se trataba de personas que sabían leer y
escribir, hecho que los convertía en esclavos muy bien valorados.
En relación a la fuga de esclavos, se intentaba evitar colgándoles un cartelito
o poniéndoles un collar en el cuello con el nombre de su amo escrito, de tal
forma que, si se escapaban, quienes los encontrasen sabían a quién se los
tenían que devolver. A un esclavo capturado después de una fuga se le grababa
en la frente la inscripción FVG (fugitivo). También se les marcaba cuando se
les pillaba robando, en esta ocasión con la inscripción FVR.
Cualquier señor romano se acostaba con sus esclavas, por lo que su casa a veces
se veía llena de niños concebidos con ellas, pero sobre los que no podía
expresar que eran hijos suyos ni sentirlos como tal. Pese a que era algo muy
frecuente, los amores con la servidumbre esclava estaban muy mal vistos, ya que
se creía que conducían a la degeneración moral de la aristocracia. Cuando a un
amo le gustaba especialmente una de sus esclavas, podía liberarla. Aunque a
partir de ese momento era una liberta, el amo era consciente de que le seguiría
debiendo respeto y sumisión, por lo que se mostraría dócil y fiel. Además,
sabía que si tenía hijos con ella era posible adoptarlos, borrar de esta forma
cualquier signo de ilegitimidad que tuvieran y convertirlos en sus hijos
reconocidos, a los que podía transmitir su nombre y su herencia. Normalmente
llegaban a esta situación cuando la presencia de las esclavas creaba graves
problemas entre los matrimonios legítimos, puesto que provocaba que hubiese
adulterios dentro del mismo domicilio conyugal. Pero no solo eran los hombres
quienes abusaban sexualmente de sus esclavos; se conocieron casos en Roma de amas
que obligaban a sus sirvientes a mantener relaciones con ellas, como nos cuenta
Marcial: «Su mujer le llama corruptor de criadas, cuando ella va detrás de los
mozos de literas» (Marcial, Epigramas, VIII, 71,6).
Estela de la esclava Iucunda. Segóbriga. Algunos esclavos, sobre todo
aquellos que eran hijos de su amo como Iucunda, conseguían ganarse su amor y su
afecto, y entablar una relación muy cercana. Fotografía de la autora.
Aunque
ambos casos estaban mal vistos por la sociedad y se consideraban como un signo
de decadencia moral, en esta sociedad patriarcal las mujeres que mantenían
relaciones con sus esclavos siempre fueron juzgadas más severamente.
Paradójicamente, y pese a esta consideración que se tenía sobre los esclavos, a
los que se trataba como meros objetos, existían otros a los que se admiraba.
Eran los famosos gladiadores o los aurigas, esclavos que participaban en los
espectáculos públicos (que veremos en el capítulo relativo a November)
y que recibían el amor y el respeto de los asistentes a los juegos. Su
categoría jurídica seguía siendo la de un esclavo, pero si eran muy hábiles en
su oficio podían alcanzar pronto la libertad o amasar grandes fortunas, y
convertirse en verdaderas estrellas a la manera en que un futbolista de élite
lo es hoy en día. De ellos hablaremos más adelante, pero era importante no
olvidarnos de su existencia en este capítulo dedicado a los esclavos.
§. Los libertos
Un liberto era un esclavo liberado que se encontraba ligado a su antiguo amo,
al que llamaba patronus, por un respeto casi filial (el obsequium).
Alcanzaban la libertad a través de la manumissio, es decir, la
emancipación legal. El amo podía oficializarlo con una carta, mediante su
testamento o acudiendo a las oficinas para inscribirlo como ciudadano romano en
las listas de los censores. Por este acto, el esclavo se convertía en liberto,
uno de los tantos hombres libres del imperio. Su estatus dependía del de su
amo, y se podía convertir en peregrino, ciudadano latino o ciudadano romano y
adquirir los derechos de la clase social de la que pasaba a formar parte. Pero
le seguía debiendo ciertas obligaciones a su amo, quien se convertía ahora en
su patrono. Aunque la ley favorecía las manumisiones, evitaba que se produjeran
en exceso para no crear disturbios sociales estableciendo un número máximo de
esclavos que podían ser liberados por el mismo amo.
A partir del hecho de que su liberación o manumissio hubiese
sido legalmente establecida (bien ante el pretor durante un proceso de
reivindicación, bien por llevar un lustro inscrito en los registros de los
censores o bien en virtud de una cláusula testamentaria) el antiguo esclavo
obtenía el nombre y la dignidad de ciudadano romano. Sus descendientes de
tercera generación ya podían ejercer los derechos políticos de cualquier hombre
libre. Los antiguos dueños de estos libertos tenían sobre ellos una enorme
influencia y poder, lo que se manifestaba claramente en toda la estructura
social. Los libertos constituían un grupo muy dinámico, ya que, pese a su
origen, sus miembros se promocionaban en el mundo romano mediante la
prosperidad económica.
El emperador Augusto estableció un sistema para las liberaciones de esclavos;
situó la edad mínima en dieciocho años y la máxima en treinta, además de
regular las manumisiones testamentarias. Creó también una categoría de semi
ciudadanos (a los que denominó latini juniani), protegidos por los
derechos del ius latii. Con el tiempo, y para luchar contra el
descenso de la natalidad, debió conceder la ciudadanía de pleno derecho a
los latini juniani que fuesen cabeza de familia.
Los libertos conservaban regularmente el nombre individual que habían tenido
como esclavos y, además, recibían el nomen de su dueño con
cualquier praenomen que este les asignara. Después se colocaba
el nombre individual, que se consideraba como una especie de cognomen.
El liberto de una mujer tomaba el praenomen de su padre. Por
supuesto, el dueño podía no seguir esta costumbre e imponerle el nombre que él
quisiera, aunque no era lo más habitual. Estos nombres individuales fueron
abandonados por los descendientes de los libertos, los cuales estaban ansiosos
por ocultar cualquier huella que mostrase el origen inferior del que provenían.
Los esclavos y los libertos carecían del derecho del connubium (matrimonio
legítimo), que tenían prohibido, por lo que sus uniones solo se reflejaban en
el contubernium. Pese a ello, podían mantener un núcleo familiar, y
existían familias de esclavos que dependían de su dueño pero mantenían sus
vínculos afectivos.
Los libertos copaban muchas de las profesiones y oficios, sobre todo aquellos
que eran despreciados por los hombres libres, quienes no querían desempeñarlos.
Algunos libertos estaban bien educados y eran cultos, y podían ser expertos en
algún oficio que hubieran aprendido durante sus tiempos de esclavo. Muchos de
ellos consiguieron enriquecerse desempeñando estos trabajos, y esta situación
los convirtió en objeto de burlas y críticas que reflejaron muchos escritores.
Aunque llegaron a ser muy ricos y poderosos (de hecho, alcanzaron importantes
cargos administrativos que les permitieron ser parte del orden ecuestre), nunca
tuvieron la misma consideración que los ciudadanos genuinamente libres.
Capítulo 7
Quintilis/Iulius
La ciudad romana
Contenido:
§.
La distribución de las ciudades
§. Las viviendas romanas
§. Los edificios públicos
El
mes de Quintilis había recibido este nombre sencillamente por
ser el quinto dentro del antiguo calendario lunar romano. Fue denominado así
hasta que el cónsul Marco Antonio le dio el nombre de Iulius en
honor al dictador perpetuo Cayo Julio César, quien había nacido el undécimo día
de este mes y, además, había sido el reformador del calendario y había
establecido el llamado calendario juliano. Escogemos el mes de Julio César para
hablar sobre la ciudad romana, acercándonos un poco más a su organización y
urbanística.
Muchas de las ciudades romanas de las diversas provincias tenían como origen el
establecimiento de un campamento romano, lo que influía notablemente en su
planificación, que seguía, en muchos casos, el mismo patrón urbanístico.
Normalmente las ciudades de nueva planta seguían el mismo esquema, el cual
trataremos de ver a continuación, mientras que las que ya existían previamente
intentaban adaptarse a la planimetría romana.
§. La distribución de las ciudades
Las ciudades se encontraban organizadas en diversas calles a partir de las dos
principales, que eran el Decumanus Maximus y el Cardus
Maximus.
Calle de Pompeya. Las principales calles de una ciudad romana se llamaban
Decumanus Maximus y Cardus Maximus A partir de ambas, se establecía la
planimetría de la ciudad. Fotografía de la autora.
Dentro
de los distintos tipos de calles se podían encontrar las viae, que
eran las más anchas y medían entre 4,8 y 6,5 metros (lo que permitía que dos
carros se cruzasen o adelantasen sin tocarse), el actus (camino
por donde solo podía pasar un carro), los vici (las
callejuelas estrechas), los angiporti (pequeños callejones),
los semitae (auténticos senderos urbanos) y los itinera (caminos
para peatones). Las calles en cuesta podían recibir, asimismo, el nombre
de clivi. Algunas de estas calles podían desembocar en pequeñas
plazas con fuentes, bancos y templos, que se convertían en un auténtico lugar
de esparcimiento para el viandante.
Las calles también podían encontrarse empedradas o incluso tener aceras. Para
cruzar de una acera a otra existían unos rudimentarios pasos de cebra,
consistentes en grandes bloques de piedra colocados uno junto a otro. Su uso
era clave en los días de lluvia (ya que las calles se convertían en verdaderos
ríos) porque permitían cruzar sin mojarse. Además, estos pasos y aceras tan
elevadas eran muy útiles cuando las ciudades estaban construidas en pendiente,
puesto que para limpiarlas se soltaba el agua sucia (de las letrinas o de las
termas, por ejemplo), que corría por las calles llevándose la inmundicia, cuyo
hedor nos sería muy difícil de soportar en la actualidad. En las encrucijadas
de todas estas calles se situaban pequeños altares dedicados a los Lares
Compitales, los dioses que protegían los cruces de caminos y el barrio
donde habitaban. Se les representaba siempre jóvenes, yendo emparejados, y se
les rendía culto durante la festividad de los Compitalia.
Paso de cebra de una calle en Pompeya. La existencia de los «pasos de cebra»
romanos tenía como finalidad evitar pisar el suelo sucio o mojado. Fotografía
de la autora.
En
su mayor parte, las calles no tenían luz, por lo que se quedaban a oscuras por
las noches. Cuando salían, los ciudadanos ricos llevaban esclavos con antorchas
que iluminaban y, además, protegían a su amo. En la ciudad había cuadrillas de
vigilantes nocturnos que portaban antorchas, que recibían el nombre de sebaciaria,
y trataban de mantener la tranquilidad y la seguridad. En cambio, durante el
día las calles estaban sumamente atestadas, con un gran tránsito y constantes
ruidos, mientras que por la noche desfilaban las bestias de carga, los
carreteros y los carruajes de las provisiones, a los que les estaba prohibido
circular mientras hubiese luz solar. La situación de las calles romanas durante
el día se encuentra bastante bien descrita en la obra de Marcial, quien se
quejaba constantemente de los ruidos:
Te
impiden vivir los maestros de escuela por la mañana, por la noche los
panaderos, los martillejos de los caldereros todo el día; por aquí, un aburrido
cambista sacude su vulgar mesa con un montón de monedas neronianas, por allí,
la batihoja de polvo de oro hispano machaca la piedra desmenuzada con su
brillante mazo; y no para la caterva posesa de Belona, ni el parlanchín
náufrago con su torso vendado, ni el judío enseñado a mendigar por su madre, ni
el legañoso vendedor de material de combustible. ¿Quién es capaz de contar las
agresiones a un sueño relajado? […] A mí me despierta el ajetreo de la gente
que pasa, y Roma está pegada a mi cama. Exhausto por el cansancio, cada vez que
me apetece dormir me voy a mi quinta.
Marcial,
Epigramas, 12.57
Además
de estas calles, es importante saber que, para la administración y
comercialización del Imperio romano, se necesitó de una amplia red de
conexiones viarias. Esto llevó a que se articulase el territorio de la mejor
forma posible, usando redes viarias que, en ocasiones, se basaban en un modelo
establecido en época prerromana. Esta red anterior fue ampliada con el viario
romano y se estableció un trazado jerárquico de las comunicaciones. A través de
ello se conformaron las grandes calzadas, que comunicaban las principales
ciudades, las calzadas secundarias y los caminos vecinales (privata
itinerata), los cuales se relacionaban con la explotación de un territorio
y formaban un entramado reticular que unía los distintos establecimientos.
Calle de Pompeya. La mayor parte de las calles de una ciudad quedaban a
oscuras por las noches, lo que creaba una situación de gran inseguridad que
hacía que la mayor parte de los ciudadanos evitase salir cuando caía el sol.
Fotografía de la autora.
§.
Las viviendas romanas
En estas calles se ubicaban los diversos edificios que componían la ciudad. Los
edificios de viviendas, por ejemplo, se dividían entre domus e insulae.
Domus era un término que evocaba para el romano la idea de una
propiedad de tipo hereditaria, lo que le llevaba a pensar en ella como una casa
particular en la que solo podía vivir la familia del dueño. Se encontraba
formada por una serie de habitaciones, normalmente de proporciones fijas y
previstas para un uso determinado, que solían alinearse siguiendo un orden
establecido, que explicaremos más adelante. Se construían normalmente usando
ladrillos, que se estucaban para imitar el mármol cuando se quería dar una
imagen de opulencia. La entrada principal estaba formada por un alto portón de
madera a dos batientes, generalmente decorado con grandes tachuelas de bronce y
una aldaba metálica en el centro, decorada con figuras. Detrás de la entrada
estaban las salas llamadas fauces, que consistían básicamente en
una especie de garita donde se establecía el esclavo que ejercía de portero.
Tras pasar estas salitas, se abría el acceso al atrium, una sala
rectangular con una gran abertura en el techo por la que entraba la luz y el
agua. Esta última caía sobre un impluvium en el suelo, que la
recogía para transferirla a un depósito subterráneo que era la reserva hídrica
de la casa. A ambos lados del atrio se abrían algunas habitaciones, que se
llamaban cubicula y eran los dormitorios de los dueños de la
casa. Eran muy pequeños y oscuros, porque solo quedaban iluminados por candiles
y lucernas. El mueble principal era la cama, que se encontraba cerrada por tres
lados y cuyo colchón se apoyaba directamente sobre unas tiras de cuero que
conformaban el somier. El colchón estaba cubierto por dos mantas, la primera
para proteger el colchón y la segunda para tapar a quien allí durmiese. Luego
se decoraba con una colcha o cubrecama, que estaba elaborada con los más finos
tejidos siempre que pudieran permitírselo. Para protegerse del frío y la
suciedad del suelo se colocaba en la habitación una alfombrilla, normalmente de
la misma calidad que la colcha de su cama.
Entrada a los cubicula de una domus en Pompeya. Los dormitorios de las domus
eran muy pequeños y oscuros, y servían exclusivamente para dormir, por lo que
se hacía vida en el resto de estancias del hogar. Fotografía de la autora.
En
caso de que la domus tuviera un segundo piso, allí vivían la
servidumbre y parte de las mujeres de la familia. También cerca del atrio se
abría una sala delimitada con paneles de madera y con una gran mesa y silla y
algunos asientos. Esta sala tenía el nombre de tablinum, y se
usaba, básicamente, como el despacho del paterfamilias, en el que recibía a sus
clientes. La domus podía contar también con un peristilo, que
consistía en un amplio jardín interior decorado. La cocina era un espacio
totalmente secundario dentro de la casa, ya que nunca ocupaba un espacio
preciso y podía situarse debajo de una escalera o en cualquier rincón. Estas
casas contaban con corrientes de aire y eran bastantes frías, por lo que para
calentarlas se necesitaban braseros portátiles en todos los ambientes. Los
muros solían tener grandes vanos, los cuales, o bien no dejaban pasar la luz y
el aire, o bien cegaban y ventilaban en exceso las habitaciones. Las ventanas
se protegían con telas o pieles en general, mientras que los más ricos usaban
el caro lapis specularis o incluso el vidrio.
Algunas de las domus más ricas podían contar con unas thermae o
un balneumpropio, lo que les permitía bañarse de forma privada en
su hogar. La diferencia entre ambos espacios está clara, ya que las thermae contaban
con un hipocausto que les servía como sistema de calefacción, mientras que
el balneum carecía de él. Además, las termas tenían
habitualmente un tamaño superior a los balnea, lo que suponía otro
elemento claro de diferenciación. A menor escala, los baños domésticos
reproducían los mecanismos técnicos habituales de las instalaciones públicas,
aunque se concibiesen como espacios privados. Otras casas más afortunadas
podían tener letrinas privadas, ubicadas en ocasiones junto a la cocina (si esta
contaba con espacio físico considerado como tal) para aprovechar el agua sucia
que allí se generaba, creando canales de drenaje y desagües, aunque podían
tener también pozos negros, los cuales se vaciaban periódicamente. Las domus que
contaban con este tipo de estancias tenían conexiones de agua corriente
privadas que les permitían traer el agua de los acueductos y usarlas para su
consumo personal, para lo que instalaban unas tuberías de plomo o de cerámica
que facilitaban la conducción desde el lugar donde se almacenaba. Por supuesto,
siempre había quien hacía conexiones ilegales de agua para abastecer su hogar,
pero estaba severamente penado por la ley.
El mobiliario romano se componía, sobre todo, de un lecho para dormir (los más
pobres usaban camastros) y otro para comer, ambos elaborados en madera tallada.
También contaban con mesas de diversos materiales, como la madera o el mármol
(donde se exponían objetos de gran valor), veladores de madera o de bronce,
bancos, taburetes y sillas plegables para sentarse y demás posibles objetos. El
resto del mobiliario se componía de fundas para los asientos y las camas,
alfombras, cojines y demás utensilios para la vida.
Atrio de una domus en Pompeya. El atrio presentaba una abertura en el techo,
lo que permitía que cayera la lluvia al impluvium y se transfiriese el agua al
depósito del hogar. Fotografía de la autora.
Frente
a esta pobreza de mobiliario, las domus se encontraban
abundantemente decoradas tanto en paredes como en suelos, tanto por pinturas
como por mosaicos o diversas esculturas. En los armarios (que se pueden
considerar como un invento romano) se guardaban los objetos más frágiles y
valiosos. El vestuario y la ropa de cama se metían en arcas de madera, que
recibían el nombre de arcae vestiariae. También era muy habitual
ver un gran uso de los cortinajes, que servían para proteger del sol o del
viento. Muchos de los objetos decorativos de las domus tenían
un cierto valor de estatus, como ocurría con las vajillas, las cajas fuertes o
los abaci, para realizar las cuentas.
Aunque aquí hemos presentado la planimetría de una domus clásica,
los problemas de espacio y de hacinamiento, sobre todo en Roma, provocaron que
se pudiesen encontrar casas «mutiladas», a las que les faltaba algún espacio,
como el atrio.
Además de las domus se encuentra la insula, la
cual se define como el edificio de alquiler que se encontraba dividido en un
determinado número de pisos o cenacula. Tenía ventanas a la calle
y, a veces, se edificaba alrededor de un patio cuadrado, al que se abrían tanto
puertas como ventanas. Cada piso podía estar ocupado por un solo inquilino o
una familia completa. Una insula debía incluir unos cinco o
seis cenacula, consistentes en viviendas independientes con
habitaciones para distintos usos, y en cada uno de ellos podían vivir como
mínimo cinco o seis personas. Cada insula pertenecía a un
propietario, el cual encargaba a un administrador profesional el cobro de los
diversos alquileres, y con el que se repartía las ganancias. Para mantener el
orden en el edificio había una especie de cuerpo de vigilancia, formado por
esclavos y porteros, que se encontraba a las órdenes de un esclavo que hacía
las veces de jefe y que seguía las directrices del propietario o del
administrador.
Este modelo de vivienda nació en el siglo IV a. C. debido a la imperiosa
necesidad de alojar a una población en continuo crecimiento. Poco a poco, estos
edificios fueron adquiriendo cada vez más altura, lo que conllevaba una serie
de riesgos, entre ellos el de la frecuencia de los derrumbamientos. Esto
provocó que, ya en época imperial, se desarrollase un reglamento, el cual
prohibía la edificación de insulae que superasen los setenta
pies de altura (unos veinte metros aproximadamente).
Las insulae se encontraban divididas en una suntuosa planta
baja concebida como toda una vivienda, puesta a disposición de un único
propietario, que gozaba del prestigio y de las ventajas que otorgaba una casa
aislada (que también podía llegar a denominarse domus, aunque no
fuese una como tal), o bien una serie de tiendas y almacenes (tabernae),
a los que se sumaban las distintas viviendas. Las tabernae contaban
con el espacio justo para alojar el almacén de un comerciante, el taller de un
artesano o el mostrador o puesto de cualquier vendedor. En uno de sus ángulos
había una escalera con cuatro o cinco peldaños de ladrillo [2] o de
madera, que se prolongaba con otro tramo de madera y subía a una habitación,
empleada como vivienda o almacén. Los inquilinos de una de estas tabernae nunca
ocupaban más de una habitación para ellos, y dedicaban el resto del espacio a
su negocio. Solían tener habitualmente ciertas dificultades para pagar el
alquiler, lo que llevaba a los propietarios a usar determinadas técnicas (como
la que de quitar la escalera de madera que comunicaba con la vivienda para
dejarlos aislados) hasta que conseguía sus rentas.
Taberna adosada a una domus en Pompeya. Las tiendas romanas no solo servían
como establecimientos comerciales, sino que por las noches se transformaban en
la casa de su propietario. Fotografía de la autora.
A
continuación de estas tiendas venían los cenacula como tal,
los cuales se encontraban superpuestos y comunicados por escalones. Las paredes
de las zonas comunes podían verse pintadas con los más diversos grafiti, que
anunciaban desde el precio de una prostituta hasta los dibujos de combates
gladiatorios. El precio de los alquileres se consideraba elevado, al menos en
la Urbs, lo que llevaba a que los inquilinos subarrendasen
habitaciones de sus casas, hecho que traía consigo graves problemas de
hacinamiento. Todo esto, unido a la pobreza constructiva de los materiales,
provocaba que hubiese una total falta de intimidad entre los habitantes de
una insula. La división en cenacula de lasinsulae impedía
que las casas tuvieran atrium en el que se pudiese encender un
fuego que calentase los hogares. Las insulae, de forma habitual,
carecían de lo que podemos llamar «calefacción central», ya que no tenían
chimeneas ni estufas. Las casas, por tanto, se debían de calentar con
infiernillos, en su mayoría de tipo portátil, realizados en bronce o en cobre,
lo que incrementaba los riesgos de sufrir incendios.
Todas estas insulae se parecían bastante entre sí, puesto que
mostraban una fachada uniforme. Las que se construyeron durante el período
imperial eran más elegantes que las del período anterior, y mostraban cierto
tipo de detalles de buen gusto (sobre todo, en la domus de la
planta baja). Tenían numerosas puertas y ventanas, que estaban decoradas con un
revoco de ladrillos que dibujaban un pequeño arco y donde se podían colocar
macetas, y había amplias tabernae protegidas y disimuladas por
un pórtico. Los edificios de las calles más anchas exhibían en sus fachadas o
bien pergulae, sobre las que reposaban los pórticos, o bien unos
balcones (maeniana), por donde trepaban las plantas. También en la
planta baja podían encontrarse suelos revestidos con baldosas o mosaicos, muros
cubiertos con pinturas o habitaciones separadas por paneles de madera. Al
contrario de lo que sucedía en las domus, las principales
habitaciones de las casas más lujosas de las insulae buscaban
la luz colocando en la fachada unos amplios ventanales o incluso un pequeño
balcón.
En el resto de viviendas del edificio se podía observar cómo la construcción
mostraba muy poca solidez, había escasez de mobiliario y deficiencias de
iluminación, calefacción e higiene lo que lo convertían en un edificio muy
endeble. Además, no tenía equilibrio entre la base y su altura, hecho que
provocaba constantes peligros de derrumbamiento. Los constructores economizaban
en la construcción, reducían la resistencia de la obra y rebajaban la calidad
de los materiales. Otro grave problema que sufrían estas edificaciones eran los
incendios, provocados por la mala consistencia de la construcción y la
existencia de infiernillos portátiles para caldear la casa, velas, lámparas de aceite
o antorchas, como hemos comentado. Estos problemas de las insulae los
denunciaron escritores tan importantes como el propio Juvenal, quien se quejaba
de la fragilidad de las construcciones: «Nosotros vivimos en una ciudad
sostenida en gran parte por puntales esmirriados, pues es así como el casero
previene un hundimiento. Cuando ha tapado la rima de una grieta antigua, dice:
“podéis dormir tranquilos”. ¡Y el derrumbe está encima!» (Juvenal, Sátiras,
3193-196).
Estas insulae tampoco se encontraban dotadas de agua
corriente, ya que la conducción de esta se encontraba limitada a los servicios
públicos. Existían canalizaciones desde los depósitos de agua de las ciudades
hasta algunas viviendas particulares, pero solo podían realizarse con permiso
expreso del Estado y previo pago de un canon. Estos casos específicos se
encontraban limitados a las casas de las plantas bajas, las cuales eran
alquiladas por personas acomodadas. Para las demás viviendas existía la
posibilidad de ir a buscar el agua a las fuentes públicas o que se la llevase
el aguador (el cual tenía una pésima consideración, ya que se le consideraba
como uno de los desechos de la esclavitud). Los aguadores eran necesarios para
el desarrollo de la vida colectiva de cada edificio, porque formaban parte de
él y pasaban como parte de la propiedad en una transacción de alquiler o de
venta. Los aguadores, al igual que los encargados de la limpieza y los
esclavos-porteros, estaban tan vinculados al funcionamiento de las insulae que,
incluso, se vendían en bloque con el edificio. La ley obligaba a que hubiese
una reserva de agua en cada casa para evitar los posibles incendios, que era
usada también para las necesidades básicas.
Lucerna. Los hogares romanos podían iluminarse mediante el uso de antorchas
o de pequeños candiles de aceite, llamados lucernas. Museo Nacional de Arte
Romano. Fotografía de la autora.
Para
combatir los incendios el emperador Augusto creó en el año 6 d. C. el cuerpo de
los llamados vigiles, cuya función era sofocarlos, además de encargarse de la
vigilancia nocturna. Estaba formado por diversos esclavos que, tras seis años
de servicio, obtenían su libertad. Antes de su existencia, se distribuían
esclavos en puntos estratégicos de la ciudad y cercanos al agua para poder
apagar los posibles incendios.
§.
Los edificios públicos
Además de los edificios de habitación, podemos encontrar otros diferentes en
las ciudades romanas. Debe saberse que no eran zonas habitables aquellas en las
que estaban ubicados los edificios públicos, los santuarios, las basílicas,
almacenes, termas, circos o teatros, al igual que ocurría con los parques y
jardines públicos. Tanto las termas como los circos, teatros y anfiteatros los
veremos en otro capítulo, cuando hablemos del mundo del ocio de los romanos.
Por ejemplo, estaban los horrea o los macella.
Los horrea eran, básicamente, los almacenes destinados a
guardar las cosechas de las zonas agrícolas circundantes a la ciudad, y estaban
gestionados por las administraciones principales. Se trataba de edificios de
planta rectangular, que contaban con un patio interno en torno al cual se
disponían diversas salas de almacenaje. Los macella eran los
mercados de la ciudad, desde los que se vendían las mercancías que se
distribuían en los horrea. Tenían la misma disposición que los almacenes,
con planta rectangular y distintas estancias.
También contaban las ciudades con letrinas públicas, lugares donde la gente se
citaba, charlaba o se encontraba, además de poder aliviar sus necesidades
mientras el agua corría en regueros delante de una veintena de asientos. Usar
estas letrinas costaba aproximadamente un as (unidad monetaria de bronce, la
moneda más usada por el pueblo romano), que recaudaban los conductores
foricarum, es decir, concesionarios del fisco que además llevaban la
contabilidad pública. Quienes no querían pagar para aliviarse podían hacerlo en
las tinajas de las fullonicae (las tintorerías), las cuales
pagaban un impuesto por la orina y por ello ponían estas vasijas a disposición
del público. Otra opción que tenían era vaciar sus vasijas o retretes en las
tinas o dolia, que se situaban en las escaleras de los edificios.
Dos imágenes de la mensa ponderaria (con las medidas y
pesos oficiales) del mercado de Pompeya. Para evitar problemas y posibles
acusaciones de estafa, las autoridades de la ciudad establecían cerca de los
mercados el sistema de pesos y medidas oficial. Fotografía de la autora.
Si
no había, tenían que ir a tirar el contenido de sus orinales a los vertederos,
pero para evitarse el desplazamiento la mayoría tiraba por la ventana sus
excrementos.
Letrinas en Ostia. Al igual que las termas, las letrinas eran un lugar de
encuentro social, donde se charlaba con los amigos o conocidos. Fotografía de
la autora.
La
letrina consistía en una gran sala con un banco de mármol o de madera, el cual
tenía aberturas en forma de cerradura. Bajo el banco había un profundo canal
con agua corriente que se llevaba todos los excrementos. El banco tenía otra
abertura situada entre las piernas del usuario, que servía para introducir la
varilla con esponja con la que se limpiaban las partes íntimas. Las letrinas
carecían de toda privacidad o intimidad, lo que las convertía en otro lugar más
de encuentro social. Algunas letrinas podían tener hasta calefacción en
invierno, mediante un sistema de hipocausto o de circulación de aire caliente.
Las aguas fecales de las letrinas iban a parar a un complejo sistema de
canalizaciones subterráneas, que formaban una red de alcantarillado bajo las
calles y edificios de la ciudad.
Parte de la red de alcantarillado de Ostia. Los romanos aprendieron de los
etruscos cómo realizar las redes de alcantarillado de una ciudad y tomaron la
cloaca Máxima como ejemplo. Fotografía de la autora.
Las
cloacas de la ciudad, que seguían el trazado de las calles mediante el empleo
de bóvedas subterráneas, suponían un sistema eficaz para evacuar la inmundicia
de las domus, las casas bajas de las insulae y las
letrinas públicas (a través de las tuberías que conectaban estos edificios con
los colectores). También estaba la curia, que era donde se reunía el Senado (ya
fuera el Senado de la Urbs o el Senado local de una ciudad de
provincias), los templos más importantes y el tabularium o
archivo de la ciudad, además de elementos decorativos como columnas o arcos de
triunfo.
Basílica de Pompeya. La basílica era el lugar donde se administraba la
justicia y su planta sirvió de inspiración para muchos cristianos, que se
basaron en ella para realizar posteriormente sus templos. Fotografía de la
autora.
Esta
red de alcantarillado era el sistema de limpieza de las ciudades de nueva
planta, que se basaban en el modelo de la metrópoli. No todas las ciudades
contaban con un alcantarillado como el de la cloaca Máxima de Roma, por lo que
gran parte de las aguas negras acababan en fosas o pozos sépticos, que debían
ser vaciados periódicamente.
Templo de Saturno. Los templos podían tener más funciones aparte de las
religiosas, como es el caso del templo de Saturno, que además sirvió como
depósito del erario del Estado. Foro romano. Fotografía de la autora.
El
centro de la ciudad romana se consideraba que estaba en el foro, lugar donde se
ubicaban los principales edificios y templos. Se situaban allí las basílicas,
edificios dedicados a la administración de la justicia. Su interior se dividía
en tres o cinco naves, y la central era más ancha y alta que las otras, lo que
permitía que se celebrasen varios juicios a la vez.
Dos fuentes públicas en Pompeya (arriba) y Herculano (abajo). En casos de
sequía, el agua de las fuentes era la única que no se cortaba y servía como
punto de abastecimiento para los ciudadanos. Fotografía de la autora.
La
ciudad constituía el marco de pensamiento político de la gente y en ella
apareció el fenómeno del evergetismo, que se trataba de un mecenazgo dedicado,
no a la cultura, sino a lo político y a lo social.
Consistía en hacer regalos a los conciudadanos (en forma de monumentos o de
espectáculos, por ejemplo) sin la intención de ganarse su favor, agasajándolos
colectivamente. Servía para poner también de manifiesto la excelencia y riqueza
del evergeta. Fue el foro parte importante de esta magnificencia de quienes
deseaban enriquecer de esta forma a sus conciudadanos y a su ciudad.
Toda buena ciudad romana tenía conexiones directas con las zonas de agua a
través del empleo de los acueductos. La conducción del agua, que se almacenaba
en su lugar de origen en la construcción llamadacaput aquae, discurría
por un canal (specus) realizado en opus signinum y
tapado con tejas (que evitaban que el agua se ensuciase), desde su origen hasta
la ciudad. En ocasiones, este specus podía cerrarse
facilitando la conducción del agua bajo tierra. También podían realizarse arcos
individuales para llevar el agua y salvar de esta forma los desniveles y los
cambios de altitud. Estos arcos son la imagen arquetípica que se tiene en la
actualidad de un acueducto romano, pero a lo que en realidad hace referencia
este término es a la propia conducción del agua desde su origen hasta el castellum
aquae. Por tanto, podemos encontrarnos acueductos con estas arcadas pero
también acueductos subterráneos o tallados incluso en la propia roca. Era bastante
común en los acueductos romanos la existencia de varios canales de aporte que
desembocaban en un depósito colector cubierto y revestido de hormigón
hidráulico (llamado castellum aquae), desde donde el agua sería
llevada hasta la ciudad para quedar almacenada en otro castellum aquae,
no sin antes pasar por la piscina limaria, lugar en el que el agua
se decantaba para eliminar las impurezas. A través de este depósito se
distribuía en la ciudad mediante tres salidas principales: una para el
abastecimiento de agua de los ciudadanos (en pozos o fuentes), otra para los
edificios públicos como las termas, y la última para el consumo particular o
las fuentes decorativas. En caso de sequía, se cortaban las tuberías que
abastecían las casas particulares o las fuentes ornamentales y, si este
problema persistía, se cortaban también las de los edificios públicos, de tal
forma que los ciudadanos siempre tuvieran agua en las fuentes públicas.
Evidentemente, una ciudad romana también contaba con numerosas tiendas, por
ejemplo las famosas tabernae que hemos visto durante el
capítulo de Februarius, por lo que creemos que no es necesario
repetirlo, tan solo dejar un breve recuerdo de que esos negocios formaban,
asimismo, parte de la planimetría de la ciudad.
Capítulo 8
Sextilis/Augustus.
El ejército romano
Contenido:
§.
Los orígenes
§. Las legiones
§. Los cuerpos auxiliares
§. La función del ejército
§. La religión de los soldados
Los
ciudadanos romanos libres que no se consideraban patricios o caballeros se
dividían en dos clases, podían ser proletarios o soldados. Durante el mes
de Sextilis (renombrado Augustus por un
decreto del Senado para homenajear al emperador Augusto, ya que antes recibía
su nombre por ser el sexto mes del año) nos acercaremos a conocer un poco más
cómo era la vida de esta parte tan importante del pueblo romano, los
soldados.
§. Los orígenes
A comienzos de la República, el ejército estaba conformado por campesinos-soldados,
los cuales durante la campaña militar (que se desarrollaba durante los meses de
primavera y verano) acudían a luchar, para luego volver el resto del año a
cultivar sus granjas. Este modelo de ejército, tan eficaz en los primeros
tiempos, se volvió inoperante según crecieron los dominios de Roma, por lo que
fue necesario reorganizarlo, tarea que recayó sobre Cayo Mario a comienzos del
siglo I a. C. Con esta nueva organización, los soldados se alistaban por un
plazo de veinte años, recibían un sueldo estipulado y ciertos privilegios
cuando eran licenciados con honores. Pese a esta profesionalización del
ejército, sus filas estaban vetadas para los esclavos y los criminales, y se
admitían tan solo ciudadanos romanos que pudiesen demostrar sus buenos
orígenes. Los extranjeros podían servir en el ejército, pero no eran
considerados legionarios sino que formaban parte de las filas de tropas
auxiliares. Cuando había problemas en el territorio romano que requerían la
presencia de todos los hombres válidos o activos dentro del servicio militar,
se podía alistar a todos estos varones para que ejerciesen como soldados.
Asimismo, también era obligatorio el cumplimiento del servicio militar si se
pensaba desarrollar una carrera dentro de las magistraturas. Sin embargo, no
todo el mundo estaba dispuesto a ser parte de la leva obligatoria de tiempos de
guerra o a cumplir con su parte del servicio militar, por lo que usaban
distintos métodos para evitarlo, como pagar a otro por cumplir con lo que ellos
debían hacer por la patria o amputarse un miembro (ya que no se permitía el
reclutamiento de aquellos que estuviesen mutilados, cojos o con defectos
físicos): «A un caballero romano, por haber amputado el dedo pulgar a sus dos
hijos para librarlos del servicio militar, hízolo vender en subasta con todos
sus bienes» (Suetonio, Vidas de los doce césares, Octavio Augusto,
24).
Escultura del dios de la guerra, Marte. El dios Marte fue uno de los más
reverenciados por el pueblo romano, ya que era el padre de los gemelos Rómulo y
Remo. Museos Capitolinos. Fotografía de la autora.
§.
Las legiones
Así pues, los requisitos que se debían cumplir para ser soldado romano eran los
siguientes: tener la ciudadanía romana, ser soltero (no se podían alistar los
hombres casados; al hacerlo, se consideraba que era una declaración unilateral
de divorcio), tener buena salud y todos los miembros del cuerpo, medir un
mínimo de 1,70 metros y contar con la recomendación de alguien vinculado al
ejército. Aunque no era requisito imprescindible para alistarse, saber leer y
escribir también se consideraba importante, sobre todo para aquellos que
querían subir en los puestos del ejército.
Tras alistarse y pasar unas pruebas, el recluta realizaba el juramento militar,
por el cual se convertía en soldado dispuesto a obedecer todas las órdenes
recibidas por un período de veinte años. Romper un juramento militar o desertar
estaba castigado con las más graves penas que se podían recibir. A
continuación, eran identificados, se registraba en los archivos su aspecto y
sus características físicas, y recibían el signaculum, una pequeña
tablilla de plomo, similar a las actuales chapas de identificación de los
soldados, donde aparecían sus datos. Por último, se incorporaban a su unidad,
donde posiblemente pasarían la mayor parte de su vida en activo.
El ejército romano, por tanto, se componía de las legiones y de las tropas
auxiliares (entre las que estaban la caballería, la marina y los cuerpos
auxiliares que veremos más adelante), y era clave para el correcto
funcionamiento del imperio. Los cuerpos legionarios de Roma se usaban para
establecer y mantener la pax romana sobre todos los pueblos,
además de colaborar en el ejercicio de la justicia. También proporcionaban una
mano de obra especializada, abundante y a bajo precio, lo que ayudaba a los
diversos gobernantes a mostrar su carácter de bienhechores del pueblo.
Una legión era un cuerpo permanente de seis mil cuatrocientos hombres, todos
ciudadanos romanos, bajo el mando de un legatus. Cada legión tenía
su propio número y nombre —como por ejemplo la I Minerva o la XIII Gemina—, que
llevaban escrito en el estandarte que portaban cuando marchaban. A la legión
hay que añadirle la existencia de las unidades auxiliares, que componían la
infantería y la caballería (en la que destacaban los catafractarii,
que formaban la caballería acorazada) e iban acompañándola. La legión estaba
formada por unidades tácticas inferiores, ya que tenía diez cohortes, numeradas
del I al X. A continuación, cada cohorte constaba de tres manípulos, y cada uno
de ellos estaba formado por dos centurias. La centuria era la unidad básica, a
la que pertenecían ochenta hombres, divididos por contubernios de ocho hombres
cada uno.
El legionario puede definirse como un infante pesado bien protegido, cuya
función era la de enfrentarse cuerpo a cuerpo contra la infantería enemiga. El
soldado romano vestía una amplia túnica de lino o de lana con las mangas largas
que le llegaba hasta la parte más alta de la pierna y se sujetaba con un
cinturón, donde quedaría colgada la espada, sujeta con unas anillas o pasador. Se
cubría con una capa, que le ayudaba a abrigarse en invierno y podía usarse como
manto para dormir, y calzaba unas caligae (el emperador
Calígula recibió su sobrenombre debido a las pequeñas caligae que
llevaba cuando era niño junto a su vestuario militar infantil, de tal forma que
podemos traducirlo como «botitas»), las botas legionarias con clavos en la
suela que le permitía marchar durante kilómetros. Se protegía la cabeza con un
yelmo con visera y el cuerpo con una armadura formada por láminas yuxtapuestas
de hierro (generalmente la lorica segmentata, aunque los
legionarios podían usar otros dos tipos de coraza: la lorica hamata,
“cota de malla”, y la lorica squamata, “coraza de escamas”) y un
escudo o scutum. El escudo, en principio, fue rectangular, con
forma de teja, pero se acabó transformando en uno rectangular semicilíndrico
que pesaba cinco kilos y medio. Se colocaba un refuerzo de cuero en los bordes
y, además, estaba provisto de un umbo circular de metal en el centro. Las armas
ofensivas eran el gladius (espada corta, dividida en hoja y
empuñadura), el puñal, llamado pugio, y una espada o spatha,
la cual sustituyó al gladius. La espada legionaria tenía un gran
valor simbólico, ya que los soldados la consideraban como el genio protector
del juramento militar. Los legionarios se ponían el gladius a
la derecha, pero los centuriones a la izquierda. Y las armas defensivas
consistían en el pilum (una jabalina con larga punta de metal,
que medía entre sesenta y noventa centímetros aproximadamente) y una lancea
(jabalina más ligera, con una punta menor y con un propulsor de tiras de
cuero). El escudo de las tropas auxiliares de infantería era oval y plano y
vestían un uniforme similar al del legionario. Aunque esta era la apariencia
estandarizada de todo legionario, se debe decir que, durante todo el Imperio,
el Estado no contó con grandes fabricae que suministrasen a
los soldados todo el equipo necesario para el combate. Ello provocó que muchos
soldados tuviesen que adquirirlo por sí mismos en los diversos talleres. De
hecho, hasta finales de la República (e incluso durante el Imperio) el
legionario (según sus posibilidades económicas) debía equiparse a sí mismo y,
en caso de un grave conflicto armado, cada ciudadano tenía la obligación de
conseguir por sus propios medios una panoplia militar, aunque fuera en su más
mínima forma.
La
versión más antigua del gladius está relacionada con una variante ibérica de la
espada de doble antena de La Tène, usada por los mercenarios celtibéricos
durante la guerra contra Aníbal. En ella se inspiró el gladius romano, por lo
que su modelo más antiguo recibió el nombre de gladius hispaniensis.
Los
legionarios debían cargar con todo su equipo a la espalda cada vez que
marchaban, por lo que a su indumentaria y armas debían añadir otros tantos
objetos necesarios, de tal forma que acababan llevando encima unos veinticinco
kilos. Sus objetos los transportaban usando la furca, una pértiga
rematada en un travesaño de donde cuelga una bolsa de cuero enrollada. Junto a
ella llevaban la dolabra, una herramienta para cavar que usaban con
gran frecuencia. Dentro de su bolsa de cuero llevaban los objetos que no
querían perder y que necesitaban día a día, como la patera donde
cocinaban y comían, su cuchara, o las raciones de comida. Además, también
cargaban con su cantimplora, llena de varios litros de agua, que les permitiría
hidratarse durante la caminata. Con todo este equipo debían marchar durante
horas, transportándolo todo encima, costumbre que viene desde la reorganización
de Cayo Mario, quien prohibió que al ejército lo acompañasen largas caravanas
de bestias de carga y dictó que en su lugar fuesen los legionarios quienes llevasen
su equipaje. Esta situación provocó que a los legionarios se les conociese como
las «mulas de Mario», idea que perduró a lo largo de todo el Imperio: «Así, la
infantería va tan cargada como los mulos» (Flavio Josefo, La guerra de
los judíos, 3.95).
Dentro del ejército existían diversas categorías de soldados. El munifex era
el soldado sin graduación ni privilegio alguno, normalmente el rango que
adquirían los reclutas. A continuación, estaban los immunes,
soldados rasos con responsabilidades especiales. Dentro de estos encontramos
por ejemplo al cornicularis (el responsable de la corneta) o
el signifer (encargado de portar el estandarte de la legión).
Por encima de ellos estaban los principales, primer paso para
llegar a ser centurión y a donde solo llegaban los mejores soldados. Ejemplos
de principales eran el tesserarius (encargado
de repartir las guardias) o el optio (que desempeñaba las
funciones de centurión cuando este no podía hacerlo). A continuación venían los
rangos superiores. El primero era el de centurión, que dirigía la centuria.
Existían unos sesenta centuriones en cada legión y el principal centurión era
el primus pilus, cargo que había obtenido por su arrojo y valor.
Luego se encontraban los tribunos militares, de los que había cinco por legión.
En principio eran hombres que se alistaban solo para impulsar sus carreras
políticas, pero finalmente fueron soldados formados que dirigían una o dos
cohortes. Tras ellos se podía encontrar al praefectus castrorum, el
centurión más antiguo de la legión y encargado de organizar el campamento. Por
último estaban los dos más altos cargos, que eran el tribunus
laticlavius y el legado legionario. El legado tenía el mando de la
legión, mientras que el tribunus era quien debía sustituirle
si algo le pasaba. Obviamente, los cónsules (sobre todo en época republicana) y
el emperador eran quienes tenían el mando supremo de todo el ejército y quienes
decidían sobre él, y recibían el nombre de imperatorcuando
comandaban tropas.
§. Los cuerpos auxiliares
Además de la infantería pesada que componían los legionarios, podemos encontrar
otros cuerpos dentro del ejército. Entre ellos estaba el de la caballería,
sobre todo el de la caballería legionaria, estrechamente vinculada (como su
propio nombre indica) a las legiones. Eran muy útiles, sobre todo como exploratores,
es decir, como jinetes que se adelantaban al ejército tratando de averiguar lo
máximo posible sobre el terreno y sobre los soldados enemigos, además de como
mensajeros. La mayor parte de la caballería de combate formaba las alae,
los flancos de la infantería a la que debían proteger. Otra de sus funciones
era la de hostigar y perseguir al ejército enemigo una vez que era derrotado en
el campo de batalla.
Otro de los cuerpos auxiliares del ejército era la marina, donde se encontraban
las diversas flotas romanas, compuestas sobre todo por trirremes y
quinquerremes.
Los
barcos recibían su nombre en función del número de filas de remos que tenían en
cada borda. Así pues un trirreme contaba con tres filas y un quinquerreme con
cinco, pero existían barcos más grandes que incluso llegaron a tener diez
filas.
Para
entrar en la marina tan solo se exigía tener buena forma física y permanecer
alistado unos veinticinco años, y al licenciarse se recibía la ciudadanía
romana. Las diversas flotas recibían el nombre del lugar donde estaban
estacionadas, de tal forma que nos encontramos con que existían laClassis
Misenensis (establecida en Miseno), la Classis
Ravennantis (Rávena), la Classis Pannonica (en
Panonia), la Classis Moesica (situada en el curso inferior del
Danubio, cerca del mar Negro), la Classis Germanica (en el
Rin) y la Classis Alexandria (en Alejandría):
A
Italia la guarnecían dos flotas, situadas en uno y otro mar, en Miseno y en
Rávena, y la costa más cercana de la Galia la cubrían las naves de guerra
capturadas en la victoria de Accio, que Augusto había enviado a Frejús con una
fuerte dotación de remeros. Ahora bien, el grueso de la fuerza estaba junto al
Rin, como guarnición común frente a germanos y galos.
Tácito,
Anales, 4.5
Otra
parte importante del ejército eran los cuerpos auxiliares o auxilia,
consistentes sobre todo en la infantería ligera no ciudadana, aunque dentro de
ellos se podían englobar los cuerpos especializados, como los arqueros. El
servicio duraba unos veinticinco años y, al licenciarse, obtenían la ciudadanía
romana. Dentro de esta categoría siempre se englobó a los mercenarios
reclutados para dar ayuda a las tropas y a los ejércitos de los Estados aliados
que luchaban con Roma. Las tropas auxiliares servían en cohortes de
cuatrocientos ochenta hombres cada una, aproximadamente, y carecían de todo el
aparato burocrático de la legión. Recibían por regla general el nombre del
lugar donde estaban estacionadas, aunque también podían tenerlo por su
afiliación tribal o por el emperador reinante, por ejemplo.
A continuación, gracias a las palabras de Tácito, podemos ver cómo se
organizaban los distintos cuerpos del ejército antes de una batalla,
comprobando cómo colaboraban entre ellos y cómo las legiones eran el grueso de
las tropas de choque: «Los auxiliares galos y germanos al frente, tras ellos
los arqueros de a pie; luego cuatro legiones y las tropas ligeras con los
arqueros de a caballo y las demás cohortes de aliados» (Tácito, Anales,
2.16).
Y, por último, mencionaremos brevemente otro cuerpo especial dentro del
ejército: los pretorianos o la guardia pretoriana, dirigidos por un prefecto
pretoriano. Constituían la mayor fuerza militar de la ciudad de Roma, donde
estaban acantonados, y solo la dejaban cuando el emperador salía de marcha
militar. Su paga era mucho más alta y su servicio militar más corto (duraba tan
solo dieciséis años), por lo que el suyo era el destino envidiado por los demás
legionarios: «¿Acaso las cohortes pretorianas, que ganaban dos denarios por
día, que a los dieciséis años eran devueltas a sus hogares, corrían más
peligro? No pretendía —alegaba— denigrar a las guarniciones urbanas; pero él,
entre pueblos salvajes, veía desde las tiendas al enemigo» (Tácito, Anales,
1.17).
Los emperadores procuraron siempre asegurarse su lealtad, de tal forma que los
trataban con mayor mimo que al resto de sus tropas. La mayor parte de los
pretorianos se alistaban en su juventud, y se prefería a los ciudadanos
italianos frente a los provinciales para componer sus filas.
§. La función del ejército
El principal objetivo de las legiones era combatir por Roma, contribuyendo a
engrandecerla y a defender sus fronteras. En tiempos de guerra, marchaban hasta
donde se situaba la refriega para combatir contra los enemigos de Roma. Si
sufrían una derrota, suponía una ignominia para ellos (por ejemplo, el caso de
las tres legiones comandadas por Quintilio Varo, que fueron exterminadas en el
bosque de Teotoburgo y su número quedó vacío en la lista de las legiones
durante todo el Imperio), pero si salían victoriosos eran compensados y
premiados. Tras eso, hacían recuento de todos los enemigos muertos y esperaban
que el número obtenido les permitiese celebrar un triunfo en Roma. En resumen,
las condiciones para realizarlo eran las siguientes: haber matado al menos a
cinco mil enemigos, la batalla debía haber servido para culminar una campaña
militar, además de haber resaltado la grandeza de Roma, y, por supuesto, no
haber combatido contra enemigos propiamente romanos. Durante la República,
cualquier general victorioso podía recibir un triunfo (siempre que cumpliera
con los requisitos y se lo concediera el Senado), pero durante el Imperio, el
único que podía celebrarlo era el emperador.
Para celebrar un triunfo, el general y las tropas debían marchar a Roma, ciudad
que se engalanaba con flores para recibir a los héroes victoriosos. Cuando
llegaban, se reunían delante del templo de Belona y se dirigían en marcha hacia
la Porta Triumphalis, mientras el general victorioso (llamadotriumphator)
iba con ellos, montado en un carruaje, vestido con la toga picta,
toda púrpura y cubierta con bordados de oro, y con la cara pintada de rojo,
mientras un esclavo sujetaba encima de su cabeza una corona de laurel y le
repetía: «Recuerda que solo eres mortal». Era muy habitual que los soldados
desfilasen entonando canciones no demasiado respetuosas sobre su general, algo
que en estos momentos les estaba más que permitido debido a su hazaña. Por
ejemplo, en uno de los triunfos de César, sus soldados marchaban cantando
ciertos versos en su honor:
En
fin, el día de su triunfo sobre las Galias, los soldados, entre los versos con
que acostumbran a celebrar la marcha del triunfador, cantaron los
conocidísimos:
César sometió las Galias y Nicomedes a César.
He aquí a César que triunfa porque sometió las Galias
y Nicomedes, que sometió a César, no triunfa.
Suetonio,
Vidas de los doce césares,
Julio César, 49
Al
llegar el desfile al templo de Júpiter, se ofrecían los pertinentes sacrificios
y se celebraban las ejecuciones de los líderes enemigos. Por último, se daba
comienzo a las fiestas, que podían durar hasta seis o siete días e incluían
juegos y espectáculos. Como hemos visto, el triunfo era la máxima condecoración
que podía obtener un general en batalla, pero existían otras formas de
recompensar la buena labor de los demás soldados. Las condecoraciones de época
republicana consistían, básicamente, en coronas que se subdividían en varios
tipos. Podemos encontrar, por ejemplo, la corona cívica, que se elaboraba con
hojas de roble y se entregaba cuando el soldado había salvado la vida de un
compañero, o la corona vallar, que premiaba al primero que asaltara la posición
enemiga. En época imperial se añadieron otras, que eran las phalerae (discos
ornamentales de metal que se dividían en nueve discos dispuestos en filas de
tres y enganchados, y se superponían en la lorica del
legionario), las armillae (brazalete de metal que podía tener
decoración incisa) y la torques (collar rígido y redondo, abierto en la parte
anterior). Los altos cargos podían obtener otro tipo de condecoraciones, como
lanzas de plata o coronas y estandartes pequeños de oro, que ganaban siempre
que mostrasen su valía dentro del campo de batalla.
Si acabamos de ver cómo las legiones eran premiadas por su buena labor en el
campo de batalla, en caso de una ignominiosa derrota, de desobediencia o de
amotinamiento podían ser castigados de muy diversas formas. El castigo más
terrible al que se enfrentaban era la llamada decimatio, que se
aplicaba en situaciones excepcionales o casos de amotinamiento militar.
Consistía en reunir a las cohortes seleccionadas para el castigo y dividirlas
en grupos de diez soldados, en los cuales uno de los soldados, elegido por
sorteo, sería ejecutado por los nueve restantes, con independencia de su rango.
Relieve con el saqueo del templo de Jerusalén en el arco de Tito. Cuando una
legión resultaba vencedora, le estaba permitido participar durante un día o dos
en el saqueo de la población derrotada. Roma. Fotografía de la autora.
El
resto de los castigos al lado de la decimatio eran mucho más
leves e iban desde suprimir de s dieta la carne y el trigo para tener que comer
obligatoriamente cebada (cereal usado como forraje para el ganado) hasta el
licenciamiento de forma deshonrosa del ejército, entre otros:
Licenció
ignominiosamente a toda la décima legión, que solamente obedecía murmurando
[…]. Si alguna legión retrocedía, la diezmaba y solamente le daba cebada.
Castigó con la muerte como a simples soldados a centuriones que abandonaron su
puesto. En cuanto a los otros delitos, los castigaba con diferentes penas
infamantes, como permanecer en pie todo el día delante de la tienda del
general, o bien salir con túnica y sin cinturón llevando en la mano una medida
agraria o un puñado de césped.
Suetonio, Vidas
de los doce césares, Octavio Augusto, 24
En
cambio, en tiempos de paz, uno de sus principales objetivos era el establecer
asentamientos fortificados y el levantamiento de las defensas en las fronteras.
Los soldados combinaban sus tareas bélicas con diversos proyectos
arquitectónicos y relacionados con la ingeniería (tanto civil como militar). La
obra de ingeniería más importante en la que empleaban sus principales esfuerzos
era la construcción de la red viaria, que comunicaba todas las ciudades y
ciertos asentamientos. La estructura viaria quedaba dispuesta tras el
sometimiento del territorio o bien después de su incorporación a una provincia,
ayudando así a establecer la comunicación con la Urbs. Estas vías
se catalogaban como viae publicae, en oposición a las
llamadas viae militaris, que deben ser consideradas como
itinerarios de interés estratégico. Existían diversas causas para la creación y
la mejora de la red viaria, entre las que destacaban las estratégicas o
militares (para favorecer el desplazamiento de las tropas), las económicas
(pues ayudaban a contribuir al desarrollo económico de todas las áreas que
cubrían; el ejército era una herramienta de la política comercial imperial ya
que daba organización, seguridad y canalización al tráfico) y las
propagandísticas. Existían varios métodos de financiación para la realización
de las vías por parte de los soldados, pero la principal era la que venía de
los erarios públicos. Los proyectos de arquitectura y de ingeniería que
realizaba el ejército estaban supervisados por los arquitectos militares, a
quienes asistían los miembros del personal técnico con categoría de soldados
(aunque exentos de trabajos pesados).
Otro de los papeles importantes del ejército romano era el de servir como
estímulo del comercio a larga distancia, con el fin de favorecer los
intercambios entre las provincias cuyas economías se complementaban entre sí.
Además, el ejército podía consumir un amplio repertorio de productos
procedentes de otras provincias, ya que requerían de una serie de suministros
básicos para su subsistencia. Las unidades militares se aprovisionaban de
aquellos productos que proporcionaba su entorno inmediato, basándose en la
explotación de sus propios recursos, los impuestos, las confiscaciones y el
comercio con civiles. Evidentemente, no eran suficientes y se necesitaba de un
comercio con otras provincias para asegurarse un suministro regular. Quienes se
encargaban del aprovisionamiento de grano eran los denominados frumentarii.
El aprovisionamiento a larga distancia necesitaba de una adecuada red de
comunicaciones, que estaba bajo control civil y militar. El control
administrativo de los suministros se realizaba con especial cuidado para evitar
los fraudes, trabajo realizado por los beneficiarii, considerados
como figuras clave del aprovisionamiento militar. La figura de los beneficiarii era
sumamente importante dentro de las rutas fluviales, terrestres y marítimas, ya
que las controlaban todas para asegurar los suministros de los legionarios.
Actuaban como enlace entre la administración financiera de la provincia (la
cual estaba en manos de los procuratores, quienes pueden ser
considerados como la autoridad central que mantenía y coordinaba el fisco y el
erario militar) y los mandos y el personal administrativo de las tropas
destacadas en cada provincia, facilitando un control y un flujo regular de los
productos obtenidos fuera de la jurisdicción militar. Pese a esto, el
intercambio a larga distancia se encontraba limitado por los costes excesivos
del transporte. El Estado romano intervenía directamente en el comercio
interprovincial usando, sobre todo, el mecanismo redistributivo de la annona.
Dentro de cada provincia, la máxima autoridad financiera era el llamado procurator
augusti, el cual tenía toda la responsabilidad del abastecimiento militar,
además de encargarse de recaudar los impuestos, tanto de tipo directo como
indirecto, que formaban parte del fiscus imperial. El procurator podía
asignar unas cantidades proporcionales a los mandos de las unidades para que se
pudieran proveer de todo lo necesario en los mercados locales. Además, cada
destacamento tenía su propio administrador de finanzas, que llevaba un registro
de todas las transacciones realizadas por la unidad.
El ejército también se ocupaba de la seguridad política, reprimía las posibles
revueltas que se pudiesen provocar y evitaba los disturbios.
§. La religión de los soldados
Los soldados (como la mayor parte de los habitantes del imperio) eran muy
supersticiosos y rendían culto a abstracciones y divinidades menores, como las
ninfas o la propia victoria. También rindieron culto a las divinidades
orientales con carácter salvífico, entre las que destacaban Mitra, Esculapio y
Salus (estos últimos dioses sanadores griegos, al haber sido asimilados de
Asclepio y su hija Hygieia) e Isis y Serapis (quienes prometían a sus fieles la
salud, la felicidad y la vida en el más allá). Tanta importancia daban a sus
dioses y entidades protectoras que el valetudinarium (una de
las edificaciones del campamento que cumplía las funciones de hospital militar)
era el único lugar donde se erigían inscripciones a las divinidades que eran
distintas a las oficiales.
De hecho, el ejército tenía la obligación de seguir la religión cívica y el
culto imperial, ya que se consideraban como las mejores formas de cohesión
entre los distintos individuos. Así, los actos de culto oficial del ejército
formaban parte de la vida cotidiana de los soldados, los cuales tenían la
obligación de rendir culto a los divi, que eran los emperadores
divinizados. También era sumamente importante el acto del sacramentum,
el juramento de lealtad que hacían al emperador y a los dioses del imperio y
que daba comienzo a su vida militar. Si incumplían su juramento eran juzgados
por un delito de traición y por un acto de impiedad. El dios más importante del
ejército era Iuppiter Optimus Maximus, protector supremo de Roma y
con quien se relacionaban las diversas insignias militares: las aquilae eran
símbolo de Roma y del legionario. Se realizaban de oro o de plata y cada legión
tenía la suya, portada por el aquilifer. Perder las águilas era el
mayor deshonor que se podía sufrir en el campo de batalla. Los signa eran
los estandartes de cada centuria, decorados con guirnaldas o discos. Cada signumera
llevado por un signifer. El vexillum era la
bandera que marcaba la posición del general en el campo de batalla. Por último,
el draco, que era una cabeza de animal, generalmente de un dragón, realizada en
bronce y con las fauces abiertas.
Los soldados romanos rendían culto a las insignias militares por ser un objeto
directamente relacionado con Júpiter. Los signa eran sagrados
por sí mismos, tanto cuando eran usados en marcha como cuando estaban en el
campamento, ya que santificaban el lugar en el que se encontraban. Dentro del
campamento se depositaban en el aedes, una especie de capilla
cuadrangular donde también se guardaban las imagines imperiales
y las estatuas de los dioses.
Sin duda, lo que hizo grande a Roma y le permitió dominar un territorio tan
vasto que abarcaba todo el Mediterráneo fueron sus legiones, compuestas por los
ciudadanos romanos capaces de mantener la férrea disciplina militar en (casi)
todo momento, y a las que hemos intentado acercarnos brevemente en estas
páginas.
Capítulo 9
September
El mundo rural romano
Contenido:
§.
La consideración social de la agricultura y sus orígenes
§. La organización del territorio agrícola
§. Las villae
El
mes de September (o Septembris) era el séptimo mes
de aquel antiguo calendario establecido por Rómulo, posición a la que debe su
nombre. Germánico, hijo del emperador Claudio, le dio su nombre a este mes,
pero este cambio solo duró hasta el reinado de Domiciano, momento en el que se volvió
a renombrar como September. Hemos escogido este mes para tratar el
campo y el mundo rural romano, debido a que en esta fecha se celebraba la
vendimia, ocasión propicia para conocer cómo era la agricultura.
§. La consideración social de la agricultura y sus orígenes
Dentro del mundo romano, la agricultura se consideraba la principal fuente de
riqueza y de diferenciación económica y social. La sociedad romana se
encontraba muy vinculada a las labores del campo, y la agricultura y el oficio
de agricultor eran muy apreciados y valorados. El agricultor se tenía por un
miembro imprescindible dentro de la comunidad política. El trabajo de la tierra
se sometía a la valoración social y jurídica y, de hecho, la cultura agrícola requería
de la actividad de los pontífices, puesto que seguía unas normas religiosas y
se amparaba bajo las leges regiae. Dentro de las Leyes de las XII
Tablas (tabla 1, 4) vemos la gran importancia que tenía el campo para el hombre
romano, ya que imponía penas graves para todo aquel que destruyese los cultivos
de un terreno. Su enorme influencia se veía reflejada en la gran cantidad de
festividades rurales que se encontraban dentro del calendario romano, e incluso
este se había elaborado siguiendo los ciclos agrícolas. Además de la
agricultura, la explotación económica del territorio se basaba en la ganadería,
dentro de la cual existían sistemas de trashumancia y pastos públicos.
En los tiempos arcaicos de Roma la carne había sido la principal fuente de
alimentación, como ocurre habitualmente con los pueblos pastoriles. Sin
embargo, la agricultura comenzó a crecer en importancia, y productos como los
cereales o las aceitunas acabaron sustituyendo a la carne como alimentos
básicos de la sociedad. También eran muy importantes las diversas frutas, como
la manzana o la pera, debido a su abundancia y a su precio barato, por lo que
parte del campo se dedicó a la explotación de los huertos frutícolas.
La implantación rural más antigua se componía de pequeños asentamientos (que
medían unos dos iugera, es decir, una media hectárea
aproximadamente) situados cerca de poblaciones mayores. Este tipo de granja era
trabajada fácilmente por el propio dueño con su familia y unos dos o tres
esclavos, lo que nos da una idea del pequeño tamaño que tuvieron.
Trabajaban a mano, usando a lo sumo herramientas muy sencillas, y se dedicaban
sobre todo al cultivo intensivo de verdura o cereal.
Mosaico del dios de la vegetación y los frutos, Vertumno. La agricultura
dentro del mundo romano se consideraba como la fuente principal de riqueza, y
prueba de ello es que la mayor parte de las festividades del calendario se
relacionaban con el ciclo agrícola. Museo Arqueológico Nacional. Fotografía
cortesía de Ignacio Carracedo Justo.
Eran
estos campesinos los mismos que, cuando daba comienzo la campaña militar y se
necesitaban soldados para los combates, se enrolaban en el ejército y volvían a
sus tierras cuando el conflicto terminaba. Hasta finales del siglo IV a. C. los
cultivos se orientaban hacia el consumo y el sostenimiento de la propia
familia, produciendo lo suficiente como para abastecer al país, pero con el uso
de la moneda se comenzaron a producir excedentes. La producción de estos
excedentes (junto a otros interesantes factores, como la destrucción de Italia
por Aníbal durante la segunda Guerra Púnica) llevó a un cambio dentro de la
agricultura, la cual se dirigió ahora hacia la producción y el mercado, y llevó
a la aparición de los grandes propietarios. Todos estos nuevos cambios
provocaron que el tipo de propietario rural medio comenzase a sucumbir. Además,
se vio un gran auge del sistema de producción esclavista que colaboró con este
aumento de la agricultura extensiva. Muchos agricultores se vieron obligados a
vender sus propiedades, lo que contribuyó a la aparición de latifundios,
controlados por las clases patricias. Estos antiguos campesinos tuvieron que
trabajar en las mismas fincas que habían vendido como colonos a cambio de un
exiguo salario, lo que trajo consigo un grave problema social. La situación fue
tan preocupante que los hermanos Graco (Cayo y Tiberio Sempronio Graco)
intentaron realizar una reforma social que permitiese el resurgimiento de esa
clase de campesinos-guerreros que había engrandecido Roma, pero se encontraron
con la fuerte oposición del Senado. Fue en este momento de crisis cuando se
comenzó a generalizar el uso del arado ( aratra), pequeño y ligero,
que podía hacerse en madera o en metal y que mejoró el sistema de labranza.
Los problemas de las tierras de cultivo perduraron durante la etapa de las
guerras civiles, hasta que la llegada de la paz a manos de Augusto apaciguó la
situación y permitió los repartos en todas las provincias del imperio. Además,
justo antes del Principado de Augusto, en la época del último triunvirato, la
sociedad romana ya había sufrido el influjo de la cultura griega, lo que volvió
a cambiar la forma de ver la agricultura y contribuyó a que la situación se
pudiese apaciguar. Surgieron textos, como las Geórgicas de
Virgilio, que trataron de promocionar la idea de restituir la plebe urbana a la
tierra para intentar recuperar al primitivo pequeño campesinado que cultivaba
la tierra y guerreaba cuando el Estado le necesitaba. Pese a ello, entre los
siglos I y II d. C. la agricultura se encontró dedicada a la producción de
excedentes, a través de la ampliación de las áreas puestas en explotación y la
diversificación de los asentamientos. Se siguió la estrategia de explotación
rural, que se basaba en la especialización agrícola del paisaje. Finalmente, y
para tratar de paliar estos problemas de crisis, se decidió asentar a los
veteranos en colonias de las provincias para que cultivasen las tierras, aunque
el crecimiento de las grandes propiedades fue ya imparable.
La gran importancia que llegó a tener la agricultura dentro del mundo romano se
vio también reflejada en las numerosas monedas acuñadas con decoraciones de
espigas, que hacían alusión a uno de los recursos más importantes de la ciudad.
Este tipo monetario tuvo su época de mayor arraigo durante la República, aunque
nunca dejó de usarse.
§. La organización del territorio agrícola
La organización del territorio agrícola se basaba en el sistema de la
parcelación, aunque, salvo que se asumiese una conquista o una confiscación de
tierras con su posterior repartimiento, es bastante difícil de explicar la
formación de una parcelación romana en terrenos ya roturados y en uso de
antiguo. Por ello, preferimos no entrar en excesivos detalles acerca de cómo se
organizaba la parcelación, y solo la dejaremos mencionada. Los cultivos
cambiaban según el tipo de los suelos que se trabajasen, por ejemplo en las
vegas de los ríos se solía cultivar habitualmente el cereal, ya que para este
se preferían unas tierras poco elevadas y bien drenadas. Otros agricultores, en
cambio, preferían usar la rotación de cultivos. Primero se plantaba el trigo, y
después el centeno, la cebada y la avena. El segundo o el cuarto año se podían
plantar judías o guisantes, o bien alfalfa. El tercer año (o el año anterior a
la siembra de trigo) se solía dejar en barbecho. Con el tiempo, se ampliaron el
número de campos roturados, y los primeros quedaron dedicados a la producción
de los cereales.
Se seguía un modelo jerárquico de ocupación rural, ya que existía una distribución
organizada de villae y de establecimientos secundarios. Por
ello, podemos clasificar las explotaciones rurales según una cierta tipología,
basada en el tamaño:
·
Aglomeraciones: consistían en un gran establecimiento o núcleo
que agrupaba a varios asentamientos más pequeños, conformando grandes
extensiones de hasta cinco hectáreas.
·
Villae :
establecimientos que medían entre una y cinco hectáreas.
·
Asentamientos: pequeños establecimientos menores que tenían
menos de una hectárea.
·
Edificios agropecuarios: pequeños edificios aislados o
vinculados a una extensión mayor que tenían una localización modesta. De ellos,
arqueológicamente, solo es posible detectar material constructivo.
·
Otros: como alfares, canteras… La mayor parte de estos edificios
se podían localizar en las villae, donde se reflejaban como un
conjunto de infraestructuras masivas, destinadas tanto al prensado como a los
depósitos o al envasado de los dolia.
Además
de esta organización, existía el llamado ager publicus, que era la
tierra comunal propiedad del Estado, trabajada por los esclavos públicos, que
servía para abastecer los mercados. En el ager publicus se
podían incluir también todas aquellas tierras conquistadas por los ejércitos
romanos.
Esta organización en villae y asentamientos menores llevó a
que se ampliasen las redes de comunicación y a tener una gran expansión
agrícola, distribuyendo el poblamiento de forma adecuada. Asimismo, y poco a
poco, las villae suburbanaecomenzaron a rodear las ciudades,
acercándose cada vez más a las zonas urbanas. < br>
§. Las villae
Las granjas más pequeñas solían componerse de la casa de campo (que recibía el
nombre de villa rustica) y de algunos edificios con todo lo
necesario para la explotación agrícola dentro de un mismo recinto,
denominado cohors. Este esquema compositivo lo seguirían las villae más
grandes, que añadieron otras construcciones que veremos a continuación.
Dentro del hábitat rural, los establecimientos más importantes eran estasvillae.
Una villa se encontraba dividida entre la pars
urbana (correspondiente a la vivienda del propietario, la cual
contenía decoración musiva, parietal y escultórica, y que constituía la zona
más grande y lujosa de la villa), la pars rustica (zona donde
vivían y ejercían diversas tareas los trabajadores vinculados a la explotación)
y la pars fructuriae (dedicada a la obtención y transformación
de los productos agropecuarios). Podía tener también las viviendas para los
esclavos (cellae familiae) y un pequeño calabozo, llamado ergastulum,
que, en parte, era subterráneo y tenía puertas con barrotes, y era el lugar
donde se encerraba a los esclavos más díscolos. Su ubicación era extraurbana
siempre, y quedaba en estrecha asociación con el pagus (la
organización territorial base del sistema y donde se encontraban los diferentes
asentamientos que conformaban el paisaje rural de época romana) que la rodeaba.
Podían ser concebidas como una simple granja, como un centro de explotación
rural o como un lugar placentero de ocio o una residencia en el campo. La villa se
ha considerado tradicionalmente como la unidad básica de explotación agrícola
del territorio. Podía definirse por la aparición de uno o varios edificios,
tanto de tipo residencial como agrícola, pero desde la perspectiva fiscal
constituía una circunscripción inferior a la del vicus. El espacio
de la villa respondía a una lógica de apropiación privada de una parte del
suelo para la producción y la residencia, mientras que el vicus estaba
constituido por un hábitat agrupado o aglomeración que ofrecía servicios
administrativos, con sus propios cargos municipales y servicios económicos o
religiosos.
Por tanto, vemos como las villas romanas tenían espacios de almacenaje,
conocidos como horreum o apotheca, espacio social
y espacio destinado a la vida privada del dueño. Las casas de campo de las
élites romanas tenían una influencia helenística directa. El carácter de las
casas de campo de los grandes propietarios de época clásica griega preparó la
concepción de las villae como una vivienda lujosa en ámbito
rural con tres grandes elementos distintivos: una torre cuadrada o redonda como
símbolo de prestigio (sobre todo a partir de la generalización de la pax
romana), tumbas familiares y salas con un tamaño y una decoración especial
dedicadas a los simposia.
Las villae tardo republicanas fueron comparadas con los castra militares
por su arquitectura fortificada y las torres que las protegían (Séneca, Ep. 51,
12; 86, 4). Estos elementos tenían unas funciones básicas de protección y de
prestigio, a las que se añadía una diversidad de funciones que dependían de las
variables de cada edificio, como era el caso de la situación geográfica, su
destino como ámbito residencial o productivo, los contextos de inseguridad… De
hecho, en época republicana, lo habitual era ver una granja fortificada, debido
a los problemas de inseguridad sobre todo en las zonas en las que predominaban
los maleantes.
Sin embargo, vemos como durante el Alto Imperio surgió un nuevo tipo de villa,
que recibió la denominación de villa panorámica, que se abría
con galerías al exterior y daba mayor importancia a la pars urbana que
a la rustica. Otro tipo de villa que vamos a
encontrar a partir de este momento era la llamada villa de
plan diseminado. Las diferentes instalaciones, ya sean las residenciales o las
productivas, se edificaban de manera aislada, de tal forma que los graneros,
los almacenes, los establos o las termas se construían al margen de la
edificación principal. Este modelo se encontraba muy presente en sitios como
Galia, Germania, Britannia y parte de Hispania, pero no tanto en Italia como en
las provincias orientales. Durante el reinado de los Antoninos se promulgó una
ley que permitió que todo aquel que hubiese trabajado sus campos tuviera
derecho a disfrutarlos en usufructo hereditario, lo que sin duda facilitó
ligeramente las condiciones de los campesinos.
Además de las villae, existían otras formas de ocupación rural que
trataremos de ir explicando a continuación. Este sistema de implantación
territorial que vamos a ver comenzó a transformarse durante el siglo III d. C.,
momento en el que la ciudad perdió gran parte de su autonomía y comenzaron a
crecer los asentamientos rurales. Podemos encontrar la villula (un
dominio agrícola de pequeña extensión, dotado de un edificio modesto), el vicus (hábitat
rural agrupado que dependía de una ciudad, pero que tenía cierta autonomía y
responsabilidades políticas, religiosas, administrativas y fiscales, y que
presentaba una cierta planificación urbana), el forum (centro
cívico situado en un espacio rural disperso, dotado de funciones
administrativas, políticas y comerciales, que permitía a las autoridades
organizar grandes territorios sin necesidad de establecer una colonia),
el conciliabulum (lugar de reunión donde se celebraba una
asamblea de ciudadanos con una finalidad administrativa o política, constituyendo
centros cívicos referentes de una población rural dispersa), el oppidum (hábitat
agrupado o lugar central de un territorio o principal asentamiento de una civitas o
un pagus, en el que se encuentran rasgos propios de una ciudad) o
el castellum (entidad de poblamiento que articulaba el espacio
rural en el marco de una civitas fortificada, que poseía
magistrados y administración). Durante el Bajo Imperio, con la crisis y los
problemas militares, vemos cómo la autarquía económica favoreció a las villae que
poseían una economía diversificada, que fueron las que resistieron bastante
bien todos los embates de esta época difícil.
También dentro de los establecimientos vinculados al hábitat rural se podían
encontrar las diferentes edificaciones aisladas, pero vinculadas a la red
viaria, que recibían el nombre de mansiones o mutationes.
Eran establecimientos, dotados de establos, dedicados al hospedaje, alojamiento
y posada de los viajeros durante una noche o un breve espacio de tiempo.
Arqueológicamente, es posible detectar la función agropecuaria de un edificio
por la planta que este tiene y por los materiales localizados. El registro
material habitual que aparece son las cerámicas de almacenaje, cocina y de
mesa. Dentro de las cerámicas de almacenaje las más comunes son los dolia,
los cuales se encuentran enterrados de forma parcial (lo que proporcionaba una
cierta estabilidad a los recipientes y evitaba que se cayeran). Entre las
alineaciones de los dolia se documentan una serie de estrechos
pasillos excavados en el terreno, que se interpretan como las zonas de paso y
de limpieza de los lugares donde se elaboraban los distintos productos.
Los dolia pueden encontrarse vinculados a la producción del
vino (ya que son los recipientes donde se produce la fermentación), pero
también al aceite. La producción de aceite se relaciona con el hallazgo de
diversos contrapesos y pies de prensas usados para producirlo. Si además
asociamos la existencia de diversas piletas con zonas de almacenaje, se puede
hablar, sin dudar, de un complejo dedicado a la elaboración del aceite. La
extracción del aceite requería de un par de fases productivas que no
necesitaban otros productos (como el vino) para su elaboración: la molturación
y la decantación. Además, la dureza de la aceituna exigía una molienda previa,
que se realizaba con diversos molinos rotatorios cilíndricos. También era muy
importante la decantación olearia, para la que se necesitaban las piletas
mencionadas anteriormente, que tenían forma rectangular y estaban conectadas
entre sí con opus signinum para trasvasar el líquido por la
zona baja.
La viticultura experimentó un importante desarrollo entre los siglos I a. C. y
III d. C., aunque pervivió durante la Antigüedad tardía, hecho que se reflejaba
en la fabricación de los recipientes vinarios. Vemos cómo un vino selecto podía
alcanzar un precio sumamente elevado que solo era asequible a la élite,
mientras que un vino de poca calidad y de bajo precio se destinaba al consumo
masivo.
Existía una gran pluralidad de modos de organización y de integración del
artesanado dentro del medio rural. La forma que se encontraba más extendida era
la de un taller vinculado a las necesidades de una explotación. Los talleres
que se asociaban a una villa permitían la existencia de trabajos coordinados y
a mayor escala dedicados al comercio. Los alfares vinculados a las villae fabricaban
repertorios diversificados, que incluían la producción de ánforas y dolia destinados
al vino y al aceite.
Como hemos visto, la vida del pequeño campesino romano no debía ser fácil,
aunque los escritores trataron de componer un retrato idílico de ellos en sus
textos. Trabajaban todos los días de la semana, a excepción de las nundinae,
los días en los que estaba establecido el mercado. Sufrían todo tipo de
vicisitudes, desde sequías hasta inundaciones, en ocasiones eran absorbidos por
los latifundios al no poder mantener sus propiedades, y su subsistencia siempre
estaba al límite. Aunque siempre fueron considerados como la columna vertebral
del Estado romano, su situación nunca fue sencilla y tuvieron que batallar
constantemente para continuar sobreviviendo en estas condiciones.
Capítulo 10
October.
Las culturas orientales del imperio
Contenido:
§.
Antecedentes de la situación del Oriente romano
§. La vida cotidiana de las provincias orientales
§. Egipto
§. La provincia de Judea
§. La situación del Oriente romano
El
mes de October u Octobris recibió este nombre
por ser el octavo mes de aquel primer calendario lunar. Su nombre llegó a ser
cambiado por el del emperador Domiciano, pero a su muerte (y tras la damnatio
memoriae—práctica política consistente en condenar y borrar el recuerdo de
alguien, considerado un enemigo, tras su muerte— que sufrió) volvió a recobrar
su antigua denominación. Durante October haremos un breve
viaje por las provincias orientales del Imperio romano, tratando de comprender
cómo, pese a que sufrieron el influjo de la romanización, siguieron manteniendo
parte de su cultura anterior.
§. Antecedentes de la situación del Oriente romano
Ni geográfica ni culturalmente el Oriente romano formaba una entidad única,
sino que se componía de una serie de territorios totalmente diferentes entre
sí. Las fronteras orientales del imperio se trazaron siguiendo ciertas
circunstancias políticas, las cuales primaron por encima de las condiciones
geográficas o culturales. Dentro de esta área podemos encontrarnos dos grandes
sectores: el septentrional (que se corresponde con Asia Menor) y el meridional
(que iba desde el Éufrates hasta el mar Rojo, pasando por la parte costera del
Levante mediterráneo), a los que podemos añadir Egipto. La zona norte mantuvo
su origen hitita, mezclado con distintas aportaciones culturales que se fueron
añadiendo a lo largo de la Antigüedad. Esta fue la base étnica de los
capadocios, los comagenios y los armenios. Mientras, en la zona sur vemos como
continuó existiendo un sustrato cultural y étnico de tipo semita. Al norte de
dicha área se encontraban los arameos, los cananeos y los amoritas, mientras
que al sur se localizaban los fenicios y los judíos. Por último, en las zonas
interiores de Siria y en los desiertos del sur habitaban tanto los árabes
nabateos como los safaitas. Pese a la diversidad cultural y étnica de toda esta
área se fue imponiendo, de manera progresiva, una unidad de tipo lingüística,
cuya base fue el arameo. A esto hay que añadir la fuerte influencia griega que
recibieron los mencionados territorios durante el período helenístico. Pese a
ello, hay que aclarar que la helenización fue siempre menor en las zonas
rurales y agrícolas que en las ciudades, las cuales, por su abierto carácter
cosmopolita, recibieron con más fuerza el influjo cultural griego, como se ve
en el hecho de que algunas de ellas adoptaron el griego como idioma principal.
El mundo helénico actuó como catalizador y transmisor de las influencias
sirio-palestina, egipcia y fenicia, que acabaron pasando al Imperio romano.
Todo esto provocó que encontremos en Oriente, en lo que luego fueron las
provincias orientales del Imperio romano, una mezcla diversa de gentes, ya que
al sustrato autóctono hay que añadirle la huella helena, persa, árabe y, por
supuesto, occidental. En Asia Menor, por tanto, existía un gran mosaico de
etnias y culturas sobre las que Roma actuó como cohesionador.
Oriente era para la economía romana un lugar de privilegio debido a sus
actividades industriales y comerciales, ya que era muy fácil encontrar en estas
provincias tintorerías, talleres de vidrio, metalurgia o talleres cerámicos. La
posición estratégica de Oriente y el gran número de ciudades con buenas
comunicaciones hizo que esta zona fuese un enorme emporio comercial, que controlaba
las rutas mediterráneas y las del extremo oriental.
La presencia romana en Oriente empezó con la guerra de Mitrídates. Su presencia
creó tensiones con el Imperio parto, en especial tras la conquista de Armenia.
La derrota de Craso en Carrae, en el año 53 a. C., supuso una enorme
humillación para Roma, que acabó marcando para siempre toda la política
oriental durante el Imperio.
Existían relaciones de hospitium o de hospitalidad entre
familias romanas y extranjeras, pero con carácter privado. Su origen era
bastante antiguo, se remontaba a los primeros tiempos de la República. Cuando
Roma comenzó a extenderse por el Mediterráneo, este tipo de relaciones cambió y
se desarrolló una forma de clientela basada en un beneficium que
concedía el ciudadano romano, o bien, en un tipo de tratado formal entre las
dos partes. La obligación que tenía el patrono era, básicamente, la de
facilitar las relaciones diplomáticas entre Roma y el Estado-cliente.
El último rey de Pérgamo, Atalo III, dejó su reino en herencia al pueblo
romano, lo que provocó que Roma actuase como factor permanente dentro del mundo
helenístico, interviniendo en su política exterior. Hasta la intervención de
Roma, el mundo helenístico vivió en un precario equilibrio, dirigido por los
tres grandes Estados que surgieron a raíz de la herencia de Alejandro Magno
(Egipto, Macedonia y el reino Seléucida), sobre los que basculaba el resto de
Estados y ciudades libres de Oriente. Por ello, se puede decir que Roma
sustituyó el antiguo orden internacional por un nuevo equilibrio pluriestatal.
Cneo Pompeyo Magno declaró a Siria como provincia romana y mantuvo cordiales
relaciones con el reino de Judea, considerado como un territorio importante
para los romanos, ya que era la puerta a la provincia de Egipto y se usaba como
base de operaciones contra el peligro parto. Entre Pompeyo Magno y Augusto se
conquistaron la mayor parte de las provincias orientales que se conocieron
durante la época imperial.
Augusto reorganizó las provincias orientales y, para ello, usó la combinación
de provincias y de reinos vasallos que habían existido ya de forma previa.
Mantuvo un gran respeto hacia los judíos, a los que reconoció libertad de culto
y además les concedió el derecho a no prestar servicio militar y a acuñar
monedas que no tuviesen la efigie del emperador. Pese a esta cuidada política
de Augusto, la realidad quedó plasmada en una nefasta gestión administrativa
sobre Judea que trajo consigo una serie de conflictos entre los judíos, los
griegos y los samaritanos, y entre la población judía y el grupo aristocrático
de los sumos sacerdotes, grupo que colaboró con Roma de forma activa. Todo ello
llevó a la rebelión de Judea en el año 66 d. C.
Con la llegada de los Flavios al trono del imperio, el control romano de
Oriente quedó plenamente consolidado. Roma fijó un sistema de defensa
fronteriza, con destacamentos militares, y, para asegurar la movilidad del
ejército, construyó una red de calzadas que se apoyaba en las viejas rutas
comerciales. La situación se mantuvo más o menos estable, pese a que el Imperio
romano tenía siempre el objetivo de proseguir su expansión territorial hacia
Mesopotamia y, además, se conquistó Arabia. Con el emperador Caracalla creció
el peso de Oriente en la política romana y aumentó su importancia.
Se produjo una reorganización de las provincias, que ahora se dividieron en
senatoriales (solían ser las más pacificadas y tenían un procónsul y propretor)
y en imperiales (en las cuales el gobernador tenía rango de praefectus o
de legatus augusti pro praetore y contaba con la presencia de
tropas).
Desde el año 244 d. C., con la crisis general del imperio, encontraremos la
descomposición del Oriente romano. Ello conllevó un vacío de poder con una
serie de usurpaciones y las segregaciones del antiguo territorio.
Al contrario de lo que ocurrió en Occidente, toda esta zona tuvo ya una
tradición urbana ancestral. La llegada de la monarquía helenística de los
Seleúcidas trajo consigo una serie de fundaciones urbanas, que acabaron
adquiriendo el carácter griego de las polis. Por tanto, con la llegada de Roma
se vio que eran comunidades de ciudadanos con una determinada organización y
ciertos privilegios que se asentaban siguiendo una urbanística occidental. Esta
tradición de nuevas fundaciones urbanas fue mantenida por los emperadores
romanos, quienes canalizaron todo su esfuerzo urbanístico en la zona
meridional, donde aprovechaban los licenciamientos de los soldados para
asentarlos. Hubo, por tanto, en Oriente una serie de colonias de veteranos,
cuya lengua oficial era el latín, que se situaban en zonas donde el resto de la
población era mayoritariamente de habla griega.
§. La vida cotidiana de las provincias orientales
Como hemos podido ver, las características de Oriente hicieron que esta zona
fuese sumamente especial y tuviese ciertas diferencias con Occidente,
diferencias que se plasmaron sobre todo en su vida cotidiana. Pese a ello, en
muchas de las ciudades orientales ya preexistentes, Roma intentó dejar su
impronta. Esto provocó que comenzasen a surgir teatros, termas, templos,
columnatas, acueductos, anfiteatros o circos, los cuales eran una forma de
adecuar estas ciudades al plano urbanístico romano, además de acercarlas a la
cultura de los conquistadores.
Entre las diferencias que hay en las dos zonas del imperio, podemos ver como,
por ejemplo, la escuela pertenecía al sector de la vida pública, al contrario
que en la zona occidental, donde recaía en ámbito privado. Además, la educación
se desarrollaba casi siempre en el marco de la palestra o del gymnasium.
Sobre todo, se enseñaba griego, los autores clásicos, la retórica y la
filosofía, a la vez que se incentivaba la práctica deportiva. Dado que era una
institución sufragada directamente por los ciudadanos, no todos los niños
podían tener el acceso a la educación, que quedaba tan solo al alcance de unos
pocos.
Se podían encontrar otras diferencias en la forma de desarrollar los
espectáculos. Por ejemplo, en los países semitas nunca se consiguió implantar
los combates de gladiadores debido al gran rechazo que mostraban ante este tipo
de espectáculos. Tampoco tuvieron apenas éxito en Egipto o Siria, ya que estos
países se mostraban bastante indiferentes a todos los espectáculos extranjeros,
lo que incluía cosas como el teatro o los juegos atléticos. En cambio, en Grecia
algunas de las diversiones romanas tuvieron gran éxito, como las luchas
gladiatorias. Sin embargo, con excepción del teatro y del atletismo, los
espectáculos romanos no tuvieron nunca el mismo éxito en Oriente que en las
provincias occidentales.
Asimismo, algunas de las leyes preexistentes se respetaron. Los magistrados
romanos actuaron igual en todas partes; podían respetar el derecho nativo que
tuviesen, pero en su presencia obligaban a que se sometiesen al procedimiento
romano.
Dentro del mundo rural podemos encontrar cómo la granja griega, por ejemplo,
era diferente a la villa romana que hemos visto anteriormente.
En el caso del mundo griego, estos establecimientos se componían de una casa (oikia),
un patio (aule), un jardín ( kepos) y una torre (pyrgos).
Además, en el mundo griego, al contrario de lo que ocurría en las provincias
occidentales romanas, se podían encontrar numerosas torres en las zonas
rurales. Se han interpretado como posibles prisiones para los esclavos que
trabajaban las propiedades en ausencia del dueño, que se encontrarían
enmarcadas dentro de una explotación agrícola a escala industrial.
También se encontraban propiedades imperiales muy extensas, mientras que en
algunas zonas la propiedad pública se proyectaba sobre otros bienes. La mayoría
de los investigadores creen que las tierras imperiales derivaron de la herencia
de las posesiones seleúcidas. Parte de estas tierras acabó distribuida entre
los veteranos, y de esta forma se creó la pequeña y la mediana propiedad,
vinculada a los valores genuinamente romanos que tendrían los soldados
asentados. Pese a ello, en las zonas rurales orientales predominaban los
grandes propietarios, los cuales tenían campesinos (tanto arrendatarios como
jornaleros) que cultivaban sus tierras. De hecho, podemos decir que Judea,
Galilea y Samaria componían un pequeño país de campesinos, donde predominaba el
rico propietario de tierras o de grandes rebaños, con sus campesinos, pequeños
propietarios o artesanos.
§. Egipto
Egipto fue una de las provincias orientales que presentó más particularidades
locales. De hecho, no fue anexionada como provincia, sino que quedó solo como
una agregación a Roma con categoría de dominio heredado y considerando, de
hecho, al emperador como el sucesor del faraón. No tenía como gobernador a un
senador, sino a un eques al que se denominaba praefectus
Alexandriae et Aegypti, mientras que el mando del ejército recaía también
en prefectos ecuestres, ya que se consideraba como patrimonium
principis, es decir, dominio particular del príncipe. No se concedió a
ninguna de las ciudades la autonomía administrativa, sino que sus autoridades
eran nombradas por el gobernador, y pudieron mantener el sistema administrativo
ptolemaico.
Fue un país fundamentalmente campesino, ya que se consideraba como un centro
privilegiado de producción agrícola. El trigo egipcio era fundamental para
poder alimentar a toda Roma e Italia, lo que provocó que se preocupasen por la
agricultura y por el sistema impositivo, ya que hubo una gran variedad de impuestos
en metálico y en especie sobre la tierra, con la capitación y los impuestos
sobre el transporte y los oficios.
Dentro de las aldeas de los nomos (las subdivisiones territoriales egipcias) se
podían encontrar muy pocos rasgos sociales del mundo grecorromano. Sus
habitantes eran los típicos campesinos surgidos en época de los faraones,
aunque existían clases privilegiadas con cargos superiores e, incluso dentro de
este grupo, había una clase aún más favorecida que ocupaba el funcionariado.
Mosaico de tema nilótico. Egipto fue la provincia romana que presentó más
particularidades; de hecho, se consideraba como propiedad privada del
emperador, a quien se le debía pedir permiso para visitarlo. Museo Arqueológico
Nacional. Fotografía cortesía de Ignacio Carracedo Justo.
Los
grupos sociales egipcios tenían un claro carácter estanco, y dentro de ellos
era muy difícil la movilidad social. Se distinguía entre los egipcios, los
ciudadanos de origen griego, los alejandrinos y los romanos, y estaba prohibido
el matrimonio entre los distintos grupos. Los egipcios tenían estatus de
población sometida, y se consideraban dediticios, por lo que no
podían recibir la concesión de la ciudadanía.
La población de Alejandría era sumamente turbulenta, lo cual creaba disturbios
constantes. En la ciudad se enfrentaban, sobre todo, dos comunidades, que eran
la griega y la judía, la cual contaba con su propia organización, con una gerusía y
un jefe o etnarca. Pese a estos problemas, que creaban disturbios casi de forma
constante, Alejandría contaba con un papel intelectual preponderante en el
Mediterráneo, ya que sus instituciones culturales y científicas se consideraban
las más prestigiosas. Todo esto llevó a que Egipto se considerase un destino
turístico preponderante para los senadores y los intelectuales romanos.
§. La provincia de Judea
Judea era otra de las provincias orientales que más particularidades presentó.
Se convirtió en una provincia romana procuratoria, controlada por un procurator
Caesaris, que residía en la ciudad de Caesarea marítima.
Controlaba el territorio y tutelaba los demás reinos circundantes de la zona.
Para poder desarrollar bien su tarea, contaba con una guarnición de infantería
y de caballería, además de con la ayuda del legatus augusti de
Siria, a cuyo poder se encontraba subordinado.
En la zona de Jerusalén, a principios del siglo I d. C., se desarrolló el
fariseísmo, un fenómeno social y religioso que se consideraba más urbano que
rural. Básicamente consistía en una fuerza social menor que representaba los
intereses del templo y cuyos integrantes servían como funcionarios y escribas.
La aristocracia de Jerusalén estaba compuesta por una minoría de ciudadanos
ricos e importantes, muchos de ellos sacerdotes. Los sumos sacerdotes tenían el
poder del gobierno en Jerusalén y en Judea, con plena autonomía en los asuntos
del templo. Atacar al templo era atacar el corazón del pueblo judío y el centro
de su vida religiosa, social y política. Quien ponía en peligro el poder del
sumo sacerdote, uno de los más fieles servidores de Roma en la provincia, ponía
en peligro la paz, por lo que desafiar el sistema del templo era desafiar, a la
vez, el orden público y la propia pax romana. Por ello, la
aparición del movimiento de los fariseos fue muy importante para mantener el
orden dentro de Judea, ya que se contraponía a la de aquellos grupos que
intentaban deshacerse del dominio de Roma.
Con textos como los propios Evangelios o los Hechos de los Apóstoles se puede
conocer y ver cómo era la vida de los habitantes judíos en las aldeas y en las
pequeñas ciudades de Judea y de Galilea, sobre todo bajo la tetrarquía de
Herodes Antipas (hijo del rey Herodes el Grande), por lo que no nos pararemos a
analizar en profundidad la vida de estas poblaciones.
En toda esta zona, los matrimonios solamente podían celebrarse siguiendo el
rito de los contrayentes. Las parejas de religión mixta o los ciudadanos laicos
necesitaban salir de esta zona para poder contraer matrimonio civil laico, e
iban a lugares como Rodas o Chipre. Las reglas comunes del derecho
internacional privado establecían el reconocimiento de los matrimonios
contraídos conforme a un derecho ajeno y fuera del país con la indispensable
condición de que dicho reconocimiento fuese conforme al orden público interno.
Oriente presentaba una gran riqueza cultural, pero también religiosa. La
conquista romana respetó las religiones ya preexistentes pero, a partir de
Augusto, se incluyó y estructuró el culto imperial. Se organizaron los
santuarios, los sacerdotes y los juegos en honor al emperador. De hecho, el
culto al emperador se tomó en las provincias orientales como un acto de
reconocimiento de la autoridad romana y todos debían participar de él, con
excepción de los judíos, quienes estaban exentos. Se puede comprobar cómo la
administración romana permitió el culto religioso particular de cada territorio
siempre y cuando practicasen el culto imperial como forma de integración.
§. La situación del oriente romano
Por tanto, en Oriente subsistían culturas y religiones a las que hay que añadir
las diversas lenguas que estos pueblos hablaban. Al este del imperio se hablaba
sobre todo griego, considerado como la lengua internacional de las élites
cultas. Se conocía el copto en Egipto, y en Oriente Próximo la gente del campo
hablaba primordialmente arameo. Por ello, se puede decir que en las provincias
los campesinos seguían inmersos en su cultura preexistente, aunque ya no
existiese políticamente. Al contrario que el pueblo común, las élites se
encontraban plenamente romanizadas, que en Oriente es lo mismo que decir
helenizadas. Podemos poner como ejemplo de lo que suponía la vida cotidiana en
el Oriente romano a la aristocracia egipcia, que empleaba a la vez las lenguas
griegas y coptas, vivía al estilo griego e incluso iba al gimnasio, pero, por
ejemplo, sus entierros seguían empleando los antiguos ritos egipcios. Su pronta
aculturación se puede ver en la rápida difusión que tuvo el uso de nombres
latinos y la gran extensión de la ciudadanía, la cual requería de la adopción
del conocido tria nomina. Comenzaron a verse formas híbridas, y se
mezclaban nombres latinos con indígenas en la composición del triple nombre.
Aun sin recibir la ciudadanía, muchos individuos que querían adaptarse a la
cultura romana adoptaron algunos nombres latinos sencillos. Estas clases más
elevadas conocían y hablaban el latín, pero poco a poco el pueblo llano comenzó
a incorporarlo en su día a día hasta que el emperador Claudio se propuso
hacerlo obligatorio para todos los habitantes del imperio.
Se puede decir que la cultura grecorromana acabó penetrando en todas partes,
con mayor o menor facilidad, aunque su introducción y su aceptación fueron más
rápidas en las ciudades que en el campo, como ya hemos señalado. Los propios
romanos se encargaron de promocionar la cultura helenística, ya que
consideraban que lo griego se había convertido en un modelo a seguir por su
nivel cultural, lo que facilitaba la existencia de un sustrato propio. En
Oriente se mezclaba la cultura preexistente con este nuevo acervo cultural, y
coexistían de forma pacífica, por lo que se mezclaban lenguas, costumbres y
religiones. Si exceptuamos a los judíos, no hubo ninguna revuelta notable
contra la romanización; el hecho de que existiese un «nacionalismo cultural» no
provocó que se crease otro de tipo político o étnico. Dentro del marco político
romano, sobrevivieron la mayor parte de las culturas indígenas, algunas con más
fuerza que otras. Ya hemos dicho que no cambiaron ni sus costumbres ni sus
lenguas, mientras que Roma no se preocupó excesivamente por imponer sus propios
valores culturales y, por lo general, se limitó a dirigir el imperio. Roma
absorbió, por tanto, todo el pasado y la riqueza cultural de los diferentes
pueblos orientales sin que ello supusiese un problema o generase ningún
conflicto de interés, aunque los hubiese conquistado a la fuerza.
Capítulo 11
November.
El ocio en el mundo romano
Contenido:
§.
Los juegos de azar
§. La literatura
§. Las termas
§. La prostitución
§. Los espectáculos de masas: el teatro, los juegos circenses y
gladiatorios
§. Los banquetes
El
ocio siempre ha sido muy importante a lo largo de la historia; el hombre
siempre ha intentado buscar actividades lúdicas que le divirtiesen en su tiempo
libre. Los romanos no iban a ser menos, y llenaron su ocio con distintos
pasatiempos, como podían ser los juegos de azar, los espectáculos públicos, el
acudir a las termas o, incluso, la prostitución. En el mes de November o Novembris (cuyo
nombre tan solo indicaba que estaban en el noveno mes del año) daremos un breve
repaso a todo aquello que entretenía al romano a lo largo de su vida.
Cuando eran niños, preferían jugar con canicas (unas bolitas hechas de
diferentes materiales como la piedra, el hueso o el vidrio) y con muñecas
(las puppae). Además, muchos de sus juegos incluían la imitación de
los adultos, por lo que jugar a ser soldado, por ejemplo, era uno de los
entretenimientos más habituales de los niños.
§. Los juegos de azar
Los romanos fueron un pueblo muy aficionado a los juegos de azar, especialmente
a los dados y a las apuestas con estos. Los dados se fabricaban en distintos
materiales, como el hueso, el metal o el marfil, y muchas veces se trucaban, lo
que obligó al uso de los cubiletes para lanzarlos y evitar las trampas. Tal fue
la afición de los romanos por los dados que las leyes perseguían a los
jugadores, castigaban su juego y solo lo permitían en festividades como las
Saturnales (dedicada a Saturno que se celebraba del 17 al 23 de diciembre, días
en los que se celebraban diversos banquetes, alguno de ellos público, se hacían
intercambios de regalos y se le daba mayor libertad a los esclavos). Pese a
ello, la afición no decreció, y se conocen emperadores como el propio Augusto o
Claudio que jugaban y apostaban a los dados con frecuencia:
He
cenado, mi querido Tiberio, con las mismas personas. Vinicio y Silio, el padre,
han venido a aumentar el número de los convidados. Hemos jugado a los dados
como viejos, durante la cena, ayer y hoy. Se tiraban los dados y cada vez que
uno hacía el tiro del perro o el seis, pagaba un denario por dado; y el que
hacía el tiro de Venus, ganaba todo.
Suetonio,
Vidas de los doce césares Octavio Augusto, 71
Además
de los dados, era frecuente ver dibujadas en las calles romanas tableros de
juegos. Fueron realizados por las propias personas que jugarían con ellos.
Buscaban distintos objetivos, que iban desde tratar de sacar provecho económico
de los incautos que jugasen hasta poder disputar una partida con un amigo. Los
tableros de juego (que recibían los nombres de tabulae lussoriae,
alveoli o abaci) podían elaborarse con distintos
materiales, como la madera, la cerámica, el mármol o la piedra, además de los
que aparecían dibujados en las aceras de las calles. Junto a ellos se
encontraban fichas, las cuales solían recortarse sobre cerámicas, aunque
también se realizaban de piedra o de mármol.
§. La literatura
La literatura era una forma de ocio reservada a los grupos más elitistas de la
sociedad, por cuanto presuponía el acceso a la educación, y debido al precio
que alcanzaban los libros, al ser copias realizadas a mano. Pese a esta
situación, algunos emperadores trataron de fomentar la literatura abriendo grandes
bibliotecas públicas a las que podían acceder todos los interesados. Los
romanos preferían la comedia y el mimo, ya que no les gustaba la narración
desnuda de la experiencia como tal, aunque entre sus escritores figurasen
poetas como Virgilio. El interés por la lectura decreció durante el Bajo
Imperio, momento en el que las élites mostraron muy poco interés por la cultura
en general.
§. Las termas
A través del contacto con la cultura griega, el romano se aficionó al uso de
los baños, cuyos establecimientos recibieron el nombre de thermae o balnea,
aunque estrictamente estas últimas solo servían para acudir a bañarse y no como
lugar de esparcimiento. Se impusieron también en las provincias conquistadas, y
se convirtieron en una medida higiénica y social. El uso que se hacía de los
baños provocó que se diversificasen los servicios que ofrecían, a la vez que se
iban convirtiendo en un lugar de esparcimiento, ocio y contactos sociales y
políticos.
Detalle de la decoración de las termas de Pompeya. La mayor parte de los
edificios termales presentaba una cuidada decoración, con mosaicos, pinturas o
esculturas de exquisito gusto. Fotografía de la autora.
Ello
llevó a que se engrandeciese cada vez más el espacio termal, puesto que empezó
a cubrir otras necesidades como el ejercicio gimnástico en la palestra, las
tertulias o la lectura en la biblioteca.
La mayor parte de las termas tenían carácter municipal, por lo que su
funcionamiento era vigilado por los ediles locales. Las termas más simples
(conocidas como de tipo pompeyano) solo tenían la sala del caldarium (con
el agua caliente), el tepidarium (con el agua templada) y
el frigidarium (de agua fría), con un pequeño apodyterium (vestuario
con una serie de nichos para dejar las pertenencias) y una palestra donde poder
practicar deporte. Las termas de época imperial tenían como principal
característica su concepción monumental, que ordenaba los espacios alrededor de
un eje horizontal simétrico. Las estancias eran de mayor tamaño, y surgieron
nuevas salas especializadas como el laconicum (similar a la
sauna), las bibliotecas o las salas de reposo, entre otras.
El caldeo del agua y del aire en las termas se obtenía mediante unos espacios
subterráneos, llamados hypocausta, sostenidos por pequeñas torres
de ladrillo, donde se mantenía permanentemente encendido un fuego de leña. Las
tuberías de cerámica o de plomo llevaban el aire caliente por el suelo y por
las cámaras huecas de las paredes hasta llegar a las piscinas o paredes.
Las termas consumían mucha del agua que traían los acueductos, además de una
ingente cantidad de leña. El abastecimiento de agua era fundamental en la
planificación de una ciudad romana debido a la importancia de su uso público en
fuentes, ninfeo, industrias y el saneamiento de las cloacas. El agua que
llegaba a estos edificios se consideraba de primera necesidad y, en caso de
sequía, era la última que se cortaba.
Termas de Complutum . Estos edificios se mantenían
calientes gracias al sistema de los hypocausta , pequeñas
torres de ladrillo que sostenían el suelo y permitían el paso del calor.
Fotografía cortesía de Ignacio Carracedo Justo.
El
arrendatario de las termas tenía una serie de obligaciones que cumplir. Debía
mantenerlas abiertas todo el año y, a diario, debía servir agua caliente, lo
que provocaba que el hypocaustum estuviese en permanente
funcionamiento. El horario de apertura era el siguiente: se podía acudir desde
el amanecer hasta las ocho de la tarde. Las mujeres iban a bañarse hasta las
dos, y desde ese momento hasta el cierre iban los hombres. El precio era de
medio as para los hombres y, para las mujeres, un as. Los libertos, esclavos,
soldados y niños entraban gratuitamente. Pese a que existía la separación de
sexos en distintos tramos horarios, en ocasiones no se cumplía, por lo que se
podían encontrar mujeres compartiendo espacio con los hombres, sobre todo en
época imperial.
Sin embargo, hay que señalar que, aunque supusiesen para los romanos uno de los
métodos de higiene personal más difundidos, las termas no eran tan limpias como
parecían. La mayor parte de los focos de suciedad acababan en la misma agua
donde se bañaban sus usuarios, quienes contribuían a ello entrando en las
piscinas con toda la suciedad, el maquillaje o los ungüentos que durante el día
les acompañaban: « ¿Qué os han parecido los baños? Aceite, residuos asquerosos,
agua cenagosa, todo repugnante» (Marco Aurelio, Meditaciones,
8.24).
El agua de las piscinas tampoco se cambiaba con frecuencia debido a los
limitados sistemas hidráulicos con los que contaban, aunque durante el Imperio
se produjeron distintos intentos de introducir en las termas flujos ininterrumpidos
de agua nueva y limpia que aliviaran la situación de suciedad.
Sin embargo, pese a estas circunstancias, la mayor parte de los romanos iban a
las termas con total tranquilidad, ya que para ellos era una de las pocas
ocasiones en las que podían asearse y, además, era una forma de relajarse y
hacer vida social muy barata, por lo que la asistencia a las termas fue
constante a lo largo de todo el Imperio.
§. La prostitución
El mundo del ocio en Roma incluía también la prostitución. Los romanos despojaron
a la prostitución de cualquier tipo de componente religioso que hubiese tenido
en otras culturas y mantuvieron el comercio sexual, ejercido sobre todo por las
mujeres (aunque también había hombres desempeñando este oficio, sobre todo si
eran esclavos). Asimismo, también situaron a las personas que ofrecían su
cuerpo por dinero en los espacios más despreciables de la sociedad.
La prostitución en Roma fue un potente negocio en amplio desarrollo, sobre todo
durante el Imperio. Era tan importante que se llegaron a registrar, solo en la
ciudad de Roma, unas 32.000 prostitutas oficiales. El concepto de prostitución
se ligó al beneficio económico, de modo que se despreciaba a la prostituta no
tanto por mantener relaciones sexuales como por el hecho de comerciar con ellas
y obtener ciertos ingresos. El control de la riqueza que podía generar la
prostitución hizo surgir diversas reglamentaciones para imponer tasas a los
burdeles. La recogida de una parte de los ingresos por la prostitución
implicaba la elaboración de un censo, llevado a cabo por los aediles,
con lo que se creó, de esta forma, un registro de burdeles.
En la sociedad romana, la infamia era el principal rasgo que caracterizaba a
este oficio, ya que se consideraba que las prostitutas carecían de dignidad
moral precisamente por el hecho de ejercer la prostitución. La infamia que
cometían estas mujeres radicaba en el hecho de que ponían a la venta su cuerpo
sin dedicarlo exclusivamente a la procreación, como hacían las demás mujeres.
Ello llevaba a que las prostitutas no se pudiesen vestir como las matronas,
sino que debían llevar telas transparentes o de colores muy llamativos y las
togas de los varones. Tampoco podían ir a los templos, y se les podían aplicar
castigos corporales cuando la ley así lo exigiese.
Existían varias palabras para referirse a las prostitutas. Estaban, sobre todo,
la meretrix, que era la que se ganaba la vida ella misma y no
necesitaba de un proxeneta, y la prostituta, que vendía y alquilaba por horas
su cuerpo, respondiendo a una necesidad apremiante por parte del que lo
solicitaba (la del sexo libre). Las prostitutas solían ser mujeres sin medios
para ganarse la vida o, en la mayoría de los casos, esclavas obligadas a
ejercer como tales en los distintos burdeles. También lo ejercían algunas
mujeres libres, e incluso ciudadanas, además de pordioseras o personas con
origen penal (estaban condenadas por delitos). Asimismo, podían caer también en
la prostitución jóvenes violadas que se veían marginadas (sufrían un estigma
social que las culpaba a ellas de la violación en vez de a su agresor) o
mujeres emancipadas que querían ser independientes y no tenían otra profesión
que ejercer. Su oficio era aceptado, pero, en cambio, a quien trabajaba de
prostituta se le tenía en baja estima. La aceptación de la prostitución se
debía a que se consideraba algo necesario para el buen funcionamiento del orden
establecido, ya que preservaba a las mujeres decentes de los peligros del
adulterio o de la violación. Los rasgos que definen a este oficio como tal eran
la promiscuidad, el pago y la indiferencia emocional. La prostituta disponía
libremente de su cuerpo, por lo que no cometía adulterio y no podía ser
castigada por ello.
Además, se consideraba que existían diferentes categorías de prostitutas. La
primera era la cortesana (una profesional de lujo que podía mantener una
relación larga e íntima con el cliente), otras eran las mesoneras (que no eran
prostitutas como tales, ya que este oficio no era su único modo de vida, sino
solamente una forma de satisfacer a los clientes que buscaban alojamiento en su
establecimiento, por lo que formaban parte de los servicios del mismo), las
mujeres que, sin ser prostitutas como tales, ejercían la prostitución de forma
esporádica porque su posición era muy precaria, y las esclavas obligadas a
vivir en un burdel y a trabajar como rameras.
El precio de una prostituta podía variar; cobraban (por adelantado) dos ases
como mínimo y dieciséis (el equivalente a un denario de plata) como máximo. Las
cortesanas de lujo cobraban mucho más, pero se vinculaban de una forma muy
estrecha con su cliente, y mantenían con él una relación prácticamente
exclusiva. Asimismo, determinadas especialidades (como la fellatio)
tenían una tarifa más elevada que debía ser abonada aparte.
Los lupanares (fornices) eran muy fáciles de identificar. Se encontraban
decorados en su exterior con falos de piedra (pintados de rojo bermellón y
colocados sobre la aldaba de la puerta), ya que, además de como reclamo para
los burdeles, el pene erecto se consideraba un símbolo de buena suerte,
llamado fascinum, por lo que era muy habitual encontrarlo como
amuleto también y con carteles que indicaban los servicios que allí se
ofrecían. Era muy frecuente encontrar también grafiti en las paredes del local,
con representaciones obscenas, realizados por clientes. Además, las prostitutas
se encontraban habitualmente en la calle tratando de atraer a los hombres. Para
llamar más la atención y distinguirse de las mujeres decentes, vestían túnicas
de colores y llevaban el pelo teñido (generalmente de colores como el azul, el
naranja o el rojo) con una espesa capa de maquillaje. La elección de su
vestuario no es casual, ya que la ley reflejaba que debían diferenciarse de las
otras mujeres a través de su ropa y aspecto, como hemos visto anteriormente.
Escena erótica de un burdel pompeyano. Era muy habitual ver decorados estos
edificios con las especialidades de las prostitutas que allí trabajaban.
Fotografía de la autora.
El
prostíbulo tenía distintas estancias, entre las que destacaban las
pequeñas cellae donde daban sus servicios, y estaba decorado
con todo tipo de pinturas de escenas eróticas. Estaba regentado por el leno,
que era quien llevaba el negocio y solía quedarse con la mayor parte de los
ingresos de las rameras.
En Roma se habían vulgarizado unas pequeñas fichas, llamadas tesserae,
que se utilizaban como entradas para el circo o para otros actos. Estas fichas
llegaron al ámbito sexual y, durante el reinado de Tiberio, surgieron las spintriae,
elaboradas con metal (generalmente, de bronce o de latón) con una forma
parecida a las monedas, aunque el Estado no se encargase de su acuñación. En
ellas se representaban una gran variedad de escenas sexuales, acompañadas por
un número que iba del I al XVI. Aunque existen varias teorías sobre la utilidad
de estas fichas, la más sostenida es que se trataba de los precios que cada
servicio tenía. Por tanto, las imágenes de las spintriae facilitaban
las relaciones entre los romanos y las prostitutas extranjeras, indicando los
servicios que se querían y las tarifas. Sin embargo, el hecho de que solo se
acuñasen durante el reinado de Tiberio y la escasa circulación que tuvieron ha
llevado a algunos investigadores a considerar que, en vez de una ficha-moneda
de los burdeles, se tratase de una medalla conmemorativa que el emperador
ordenó.
El uso y consumo de la prostitución era muy frecuente en el Imperio romano,
pese a la consideración de infame que tenían quienes la ejercían. Asimismo, las
prácticas homosexuales (vinculadas o no con la prostitución) se encontraban
bastante extendidas. En la Roma de Catulo era muy frecuente tener un favorito o
un grupo de jóvenes esclavos con los que el hombre disfrutaba de diversas
relaciones sexuales. Lo que estaba mal visto era el posible acto amoroso
realizado con los hombres o muchachos libres. La peor acusación que se le podía
hacer a un ciudadano era la de ser poco viril, es decir, actuar como pasivo en
el amor, ya que se creía que su papel debía ser siempre activo. Este tipo de
consideraciones llevaron al hecho de que se considerase como indigno al hombre
que practicaba la fellatio o el cunnilingus, ya
que adoptaba un rol inferior que no era el suyo. Pese a estas consideraciones,
prácticas como las mencionadas se reflejaron muy frecuentemente en el arte, por
lo que debían realizarse con cierta frecuencia.
§ . Los espectáculos de masas: el teatro, los juegos circenses y
gladiatorios
Otra forma (y una de las favoritas para los romanos) de llenar sus ratos de
ocio era acudir a los ludi. Estos eran los espectáculos de masas
destinados al entretenimiento de la sociedad. Podían dividirse en ludi
scaenici o teatrales y gladiatorum o circenses.
También se incluían las competiciones atléticas, entre las que destacaban
los ludi pugilum. El origen de estos espectáculos se vinculaba con
las ceremonias fúnebres celebradas para los difuntos o con los rituales en
honor a los dioses, con un importante carácter ritual que fue perdiéndose poco
a poco en el tiempo. Fue en el año 105 a. C. cuando el Estado instituyó como
espectáculos los juegos gladiatorios, dándoles primero el nombre de munus,
palabra que expresó su primitiva y funesta función de aplacar con sangre a los
muertos. Finalmente se convirtieron en meros juegos o deportes (y se llamaron
también ludi, además de munus), que acabaron usándose
como instrumentos políticos o, con motivo de las festividades religiosas, para
honrar a los dioses.
La importancia que tenían los espectáculos en Roma era tal que, durante los
días destinados a su celebración, se suspendía todo tipo de actividad
profesional, comercial y pública, lo que facilitaba la asistencia de la
población a los actos. Esta situación llevó a que los espectáculos se
convirtieran en el Imperio en un fenómeno político y social de primera
magnitud, y el hecho de que el Estado y los magistrados los organizaran
gratuitamente (o cobrando una entrada a precio irrisorio) para los más
desfavorecidos hizo que los ciudadanos pronto los consideraran como un derecho
más, que las autoridades procuraron satisfacer, evitando de esta forma las
posibles revueltas. Junto con los repartos gratuitos de trigo, los espectáculos
ayudaron a que la plebe perdiese casi todo el interés por la política y se
preocupara tan solo del famoso «pan y circo» que denunciaba Juvenal: «Desde
hace tiempo —exactamente desde que no tenemos a quien vender el voto—, este
pueblo ha perdido su interés por la política, y si antes concedía mandos,
haces, legiones, en fin todo, ahora deja hacer y solo desea con avidez dos
cosas: pan y juegos de circo» (Juvenal, Sátiras, 10.77-81).
Es interesante señalar que, pese a la idea que siempre se nos ha transmitido
que todos los romanos disfrutaban con los espectáculos sangrientos como las
luchas de gladiadores, hubo algunas voces (relacionadas con las élites
intelectuales) que condenaban los juegos. Sin embargo, siempre fueron un sector
minoritario frente a la gran mayoría de la población que disfrutaba acudiendo a
los ludi: « ¿Qué placer puede representar para una persona culta
ver cómo un hombre débil es despedazado por una fiera fuerte y gigantesca o
cómo un hermosísimo animal es atravesado por una jabalina?» (Cicerón, Epístolas
Familiares, 1).
En los teatros se organizaban los ludi scaenici, que podían incluir
las obras de los poetas, las pantomimas, los mimos y las atelanas que
explicaremos a continuación. A finales de la República se representaban sobre
todo traducciones de obras griegas, pero ya a comienzos del Imperio vemos cómo
surgieron las primeras comedias y tragedias genuinamente romanas. Los autores
romanos se valían de la técnica conocida como contaminatio (la
superposición de una obra griega a otra, bien sea mezclando las dos o bien
tomando una como base para añadirle diversas variantes) para elaborar sus
propias obras, aunque debemos reconocer que surgieron algunas completamente
originales, sobre todo aquellas relacionadas con la comedia. La comedia y la
tragedia se conocían con el nombre de fabulae y eran las
preferidas por el público más culto. La tragedia, en concreto, recibía los
nombres de fabula cothurnata yfabula praetexta, y la
comedia los de fabula palliata y fabula togata.
Teatro de Pompeya. Dentro de los teatros se realizaban los ludi scaenici,
donde se veían representadas las cultas obras de los poetas, pero también otras
de menor valor literario como los mimos. Fotografía de la autora.
Además
de la comedia y la tragedia se interpretaban también atelanas (dramas
improvisados), los mimos (representación grosera en la que podía haber crítica
política e individual) y las pantomimas (una especie de mimo más completo), que
eran las representaciones favoritas de las clases populares. En el período
imperial se pusieron de moda los espectáculos coreográficos acuáticos
(denominados actualmente tetimimos), en los cuales se celebraban
mimos con licenciosas exhibiciones de desnudos femeninos.
En la ciudad de Roma se representaban las obras de los poetas más importantes y
conocidos, mientras que en las ciudades del Occidente latino lo que se
representó fueron las obras de los poetas menores, que vendían sus trabajos a
las compañías teatrales. Este tipo de obras contaban con la existencia de un
coro y de unos músicos, además de la de los propios actores que interpretaban a
los personajes. En cambio, las pantomimas y los mimos eran más simples, ya que
las primeras apenas llevaban texto (salvo los cánticos en el coro) y en los
segundos la mayoría de los personajes y de las acciones eran fijos, y los
diálogos se improvisaban.
Acompañando a los ludi scaenicise encontraban las missilia,
las obras menores que sirvieron de entretenimiento en los intermedios del
espectáculo. También se incluyeron los acroamata o citarodia,
espectáculos escénicos menores para ser escuchados, una especie de recitales de
música o de canto.
Al ser un espectáculo de masas, las obras se adaptaban generalmente al público,
y tenían en su trasfondo motivos políticos que los espectadores entenderían sin
mayores problemas. La gente se entretenía con el teatro, ya que se consideraba
el único género literario que reflejaba de forma más o menos acertada la vida
diaria. Ello hacía que los magistrados, quienes debían organizar estos
espectáculos, usasen las obras teatrales para obtener el apoyo de la plebe y
favorecer así su carrera política.
Los actores profesionales (histriones) estaban organizados en compañías
(caterva) poco numerosas —por lo general cuatro o cinco actores se
repartían todos los papeles de una obra— bajo la dirección de un patrono (dominus).
La mayoría tenían la condición jurídica de esclavos o libertos, y procedían
sobre todo del Mediterráneo oriental, si bien también hay atestiguados actores
occidentales, en particular de Italia. Recibían dinero por sus actuaciones,
pero los salarios variaban sustancialmente en función de la fama de cada uno de
ellos, y muchos vivían de manera muy frugal, ya que casi siempre el patrono se
embolsaba la mayor parte de sus ganancias. Al cabo del año, solo se celebraban
unas pocas representaciones teatrales en cada ciudad, de modo que los actores
debían complementar sus ingresos con otras actividades artísticas y mediante
«giras teatrales» por diversas ciudades.
En general, los actores eran vistos como personajes vulgares y moralmente
repudiables, hasta el punto de que fueron tratados por la ley romana como
infames y su profesión se consideraba ignominiosa. Sin embargo, existieron
notables excepciones. Se conocen en época tardo republicana actores como Roscio
Galo y Clodio Esopo que llegaron a ser famosos en su época, convertidos en
estrellas capaces de reunir grandes fortunas y bien vistos incluso entre los
círculos aristocráticos. Los actores eran siempre hombres, ya que no estaba
bien visto que las mujeres participasen en el teatro y solo podían actuar en
los mimos o tetimimos, y algunos tenían que representar varios papeles en la
misma obra. Por ello, tanto los papeles masculinos como los femeninos eran
interpretados por hombres, vestidos con pelucas o máscaras adecuadas para cada
papel representado. Se sabe que los actores romanos llevaban en ocasiones
máscaras, pero no está claro si lo hacían siempre o solo en algunas
representaciones. En todo caso, se considera que el uso de la máscara era menos
frecuente que en el teatro griego. En la comedia, generalmente, no usaban
máscaras, sino que se maquillaban y se caracterizaban sin recurrir a ellas.
Cuando no utilizaban máscara, el atavío y las pelucas, que eran blancas para
los ancianos y pelirrojas para los esclavos, servían para caracterizar a los
diversos personajes. Las máscaras eran de tamaño superior a la cabeza del actor
y se las colocaban sobre la testa como si fuesen cascos.
Máscara teatral que representaba al dios Pan. Muchos actores empleaban
máscaras para ayudar a mostrar los sentimientos del personaje al público, por
lo que estos objetos se convirtieron en un elemento decorativo más de los
teatros. Museo Arqueológico de Córdoba. Fotografía de la autora.
El
tamaño permitía que el actor fuese más visible para el público, lo que ayudaba
a seguir mejor la obra. Las bocas abiertas de las máscaras contenían un
megáfono de latón para proyectar la voz y que se oyese desde cualquier punto
del teatro. No solo eran más visibles los actores sino que los agujeros para
ver hacían que el que las llevase pudiese ver a grandes distancias. Sin
embargo, la inmovilidad de la expresión facial suponía un esfuerzo por parte
del público para imaginar el cambio del estado de ánimo del personaje mediante
el diálogo.
Por ello, en Roma comenzaron a utilizar la máscara doble, compuesta por un lado
sonriente y otro airado que servía para enseñar al público la que conviniese en
cada momento. Generalmente este tipo de máscaras se utilizaba en comedias y
pantomimas.
En los anfiteatros se celebraban, principalmente, los espectáculos
gladiatorios, donde se enfrentaban varias clases de combatientes. Los primeros
gladiadores que surgieron se encontraban vinculados a los combates funerarios,
por lo que su nombre era bustuarii. Habitualmente eran esclavos y
combatían a muerte en honor del fallecido, portando tan solo un gladius y
un pequeño escudo. Cuando los combates se convirtieron en espectáculo,
los bustuarii desaparecieron. Estos guerreros podían ser tanto
profesionales (los más valorados por el público) como esclavos o condenados a
muerte (cuando estos últimos luchaban se consideraba que eran munera
sine missione, donde no habría supervivientes). Se conocían bastantes tipos
de armaturae dentro de los gladiadores, es decir, se
diferenciaban por las armas, tanto ofensivas como defensivas, y por armamento
pesado o ligero. Eran el murmillo, el retiarius,
el traex, el secutor, el provocator,
el essedarius, el contrarete, el hoplomachus,
el samnis (que desapareció ya en época julio-claudia),
el eques, elpaegnarius, el gallus, el cataphractarius,
ellaquerarius, el scissor, el andabata, elcrupellarius,
el iaculator, el sagittarius, el tunicatus y
el dymachaerus. Los seis primeros eran los gladiadores
mayoritarios, mientras que era más difícil encontrar al resto en los combates.
El murmillo, el contrarete y elsecutor presentaban
las mismas armas y solían enfrentarse al retiarius (quien
usaba las armas propias de un pescador, el tridente y la red), y este era el
combate preferido por el público. Los paegnarii se
consideraban más combatientes bufonescos para divertir al público en los
intermedios que un tipo de gladiador serio en sí mismo. A continuación traemos
al lector un breve resumen con las características de los diferentes
gladiadores para que pueda distinguirlos en las representaciones:
·
Murmillo o
mirmillón: llevaba un casco de grandes bordes con una cresta alta, túnica
corta, cinturón ancho, armadura en su pierna izquierda y en su brazo derecho, y
escudo rectangular curvado. Su arma era la espada corta y recta, que colgaba de
su cinturón.
·
Retiarius o
reciario: vestía una túnica corta o faldilla con cinturón, con el brazo
izquierdo tapado por una manga. Sus armas eran una red, un tridente y un puñal.
No llevaba casco, por lo que combatía con la cabeza descubierta.
·
Traex o tracio:
llevaba un pequeño escudo rectangular y una espada muy corta con la hoja
ligeramente curva, armadura en ambas piernas, un protector para el hombro y el
brazo que portaba la espada y una túnica corta con cinturón ancho. Su casco
contaba con pluma lateral, visera y cresta alta.
·
Secutor :
su armamento consistía en una espada corta o larga, un escudo rectangular, un
casco esférico con agujeros para los ojos y una armadura pesada casi completa.
·
Provocator :
portaba un escudo rectangular alargado, una espada corta, un protector en el
brazo que sujetaba esta y un casco con visera sin alas. Vestían amplio cinturón
metálico, fasciae en las piernas, y en la espalda unas cintas
de cuero cruzadas en un punto central y sujetadas con un anillo de hierro.
·
Essedarius :
se encontraba armado con una espada corta y una lanza, llevaba un casco, escudo
ovalado mediano-grande, un protector de brazo, una especie de calzones y vendas
para las piernas. Entraban en la arena montados sobre un carro (essedus),
del cual derivaría su nombre.
·
Contrarete :
Gladiador similar al sector, con el que compartía armamento.
·
Hoplomachus u
hoplomaco: llevaba un casco cerrado, grebas, un cinturón ancho, lanza, escudo y
un pequeño puñal.
·
Samnis o samnita:
tenía un escudo grande y de forma oblonga, casco con cresta, pechera,
guantelete en la mano derecha, protección en la pierna izquierda y un gladius.
·
Eques : gladiador que
combatía a caballo. Llevaba lanza de caballería, lanza corta, un gladius,
casco decorado con plumas, protecciones para el brazo, escudo redondo y
mediano, o bien grande y ovalado.
·
Paegnarius :
gladiador que luchaba contra otros de su mismo tipo sin matarse, usando armas
de madera, lazos de rodeo y redes, ya que su objetivo era parodiar y hacer reír
a la multitud en los intermedios del espectáculo.
·
Gallus : llevaba
un gladius, un casco con penacho, una greba en la pierna izquierda,
una protección de lino o cuero para el brazo derecho y un escudo rectangular y
curvado de cuerpo entero.
·
Cataphractarius :
vestía al estilo sármata, con una armadura que cubría completamente su cuerpo.
Llevaba una lanza larga, un casco de origen sármata, una armadura de escamas
metálica (la lorica squamata) e iba sin escudo.
·
Laquerarius :
tenía como arma el gladius, un lazo y una pieza de armadura sujeta
al hombro que le protegía el cuello y la cabeza.
·
Scissor :
gladiador de equipo pesado muy similar al secutor, que llevaba una
cuchilla también en la mano.
·
Andabata: llevaba
una armadura metálica casi completa y un yelmo sin visibilidad, por lo que
luchaba a ciegas. Desaparecieron en época de Augusto.
·
Crupellarius :
tenía una armadura de cuerpo entero y un casco con pequeños orificios.
·
Iaculator :
poseía una defensa metálica casi completa y luchaba lanzando jabalinas.
·
Sagittarius :
utilizaba en la lucha arco y carcaj repleto de flechas, y contaba con una
protección de cuerpo completo elaborada con láminas de metal.
·
Tunicatus :
se consideraba un gladiador poco serio y afeminado, y combatía vestido con
túnica.
·
Dymachaerus :
llevaba una espada curva en cada mano, un casco ligero, protección para los
brazos y grebas de cuero. No utilizaba escudo para protegerse.
Con
independencia del tipo de gladiador, todos compartían ciertas piezas del
equipamiento. Llevaban un subligaculum, es decir, el taparrabos que
sujetaban con el cinturón, las protecciones hechas con tiras de cuero en las
piernas y brazos, y la mayoría usaba la manica (protector para
el brazo hecho con láminas de metal y acolchado en su interior) y se cubrían
con un casco o un yelmo. La finalidad del yelmo no era la de proteger el rostro
del gladiador, sino la de ocultarlo para que los espectadores, al no verle la
cara, no sintiesen piedad durante la lucha. Asimismo, combatían descalzos,
evitando así posibles resbalones.
No vamos a terminar de describir los diferentes tipos de gladiadores sin antes
referirnos a uno de los temas más polémicos, la presencia de mujeres luchando
en la arena. Siempre se ha visto las luchas entre mujeres en el anfiteatro como
una licencia histórica, pero es cierto que (aunque escasas) existe un cierto
número de fuentes literarias donde se nos relata la existencia de estos
combates.
Anfiteatro de Pompeya. Como en los estadios de fútbol modernos, el público
se peleaba dentro de los anfiteatros, lo que provocaba que a veces Roma cerrase
una temporada el edificio como forma de castigo, algo que ocurrió en el de
Pompeya. Fotografía de la autora.
Tal
y como ocurría con los hombres, el origen de la gladiatura femenina se
encontraba en los combates rituales funerarios, lo que podemos ver en el
siguiente texto de Nicolás de Damasco:
Los
romanos presentaban los juegos de gladiadores, una práctica que les fue dada
por los etruscos, no solo en los festivales y en los teatros, sino también en
sus banquetes. Es decir, algunas personas a menudo invitaban a sus amigos a
comer y a otros pasatiempos agradables, pero además podía haber dos o tres
parejas de gladiadores. Cuando todos habían bebido lo suficiente, llamaban a
los gladiadores. En el instante en que la garganta de alguno era cortada,
aplaudían con placer. Y a veces resultaba que alguno había especificado en su
testamento que las más bellas mujeres que había comprado debían enfrentarse
entre sí, e incluso otro podía haber decretado que dos chicos, sus favoritos,
debían hacer eso.
Nicolás
de Damasco, Atlética, 4153
A
los romanos no les escandalizaba el hecho de que una mujer pudiera combatir
como un hombre, sino el hecho de que fuera una mujer libre quien decidiera
hacerlo. En el caso de las esclavas o de las prisioneras de guerra, esta
situación no tenía la menor importancia, ya que se veía como un
entretenimiento, pero si era una ciudadana libre pensaban que estaba
pervirtiendo los valores y la moral de la sociedad.
Los romanos no tenían un término concreto para referirse a estas mujeres (de
hecho, la palabra gladiatrix es un invento moderno), por lo
que solían denominarlas mulier o femina. Por el
uso de ambas palabras, parece que las mujeres de cualquier clase social se
entrenaban para los combates gladiatorios. Las mujeres de clase alta, las feminae,
probablemente no entrenarían para luchar como tal en el anfiteatro, y tampoco
lo harían por dinero, sino que sería para ellas una manera de pasar el tiempo
libre y mantenerse en forma dentro de ese ambiente de libertad del siglo I d.
C. que vimos en Aprilis. Las de clase baja, llamadas mulieres,
si decidían entrenarse como gladiadoras lo hacían para conseguir dinero, y
buscaban posibles combates en los que lucirse. Normalmente, se vinculaban a un
empresario especializado en los entrenamientos de gladiadores, quien les
proporcionaba comida y un lugar donde practicar, aunque recibían menos dinero
por combate que los hombres.
Anfiteatro Flavio. El anfiteatro más grande de todo el imperio fue el
Anfiteatro Flavio de Roma, construido por la dinastía Flavia en los antiguos
terrenos de la Domus Aurea de Nerón, y que podía cobijar unos cincuenta mil
espectadores. Recibió más tarde el nombre de Coliseo por la cercana estatua del
coloso de Nerón, y con este nombre ha perdurado hasta la fecha. Roma.
Fotografía de la autora.
Se
entrenaban con los mismos medios y armas que los hombres, pero si combatían en
las monomachia (enfrentamientos en los que luchaba una pareja
de gladiadores) solo podían hacerlo contra otra mujer. Esto era debido a que se
buscaban siempre luchas igualadas, y si se enfrentaban a un hombre, este
presentaría una mayor ventaja física. Cuando se realizaban enfrentamientos
grupales, sí luchaban junto y contra hombres, aunque usaban un carro y un arco
como arma, ya que se creía que así la contienda sería más igualada. También
está bastante discutido si combatían con el pecho desnudo, como sus compañeros,
o si por el contrario sujetaban sus senos con una banda de tela. Lo más
probable, sobre todo si usaban coraza, es que se sujetasen el pecho, lo que las
ayudaría a combatir de una manera cómoda para ellas.
Las fuentes relacionaban las luchas de gladiadoras con el lujo y el exotismo,
debido a que los romanos pensaban que los pueblos exóticos eran los únicos que
adiestraban a sus mujeres en la guerra. Esta relación con el lujo hizo que los
combates femeninos fuesen muy caros, de tal forma que la mayor parte de
los munera en los que aparecían gladiadoras solo podía
costearlos el emperador. Además, sus combates siempre presentaban ciertas
condiciones excepcionales, ya que la mayor parte se realizaban por la noche y
se iluminaban con antorchas, lo que ha hecho dudar a los historiadores de que
se tratase de luchas regladas, pues las consideran exhibiciones espectaculares
realizadas de manera puntual.
Parece ser que fue el emperador Septimio Severo quien, en el año 200 d. C.,
prohibió a cualquier mujer, ya fuese libre o esclava, luchar como gladiadora,
acabando por tanto con los combates femeninos.
Los festejos gladiatorios eran pagados por los magistrados de cada ciudad, ya
que las leyes los obligaban a ello, y así se permitía que el acceso a los
mismos fuese gratuito y para acceder a los espectáculos era necesario tener
una tessera, una especie de ficha de hueso que llevaba grabados los
datos del asiento. Los juegos de las ciudades provinciales solían ser más
baratos que los de Roma, ya que no intervendrían gladiadores itálicos (mucho
más caros), sino locales. Asimismo, era posible abaratar el precio de los ludi si
los combates no eran a muerte, lo que permitía recuperar la inversión sobre los
gladiadores. Costaba mucho dinero entrenar y mantener a un gladiador, por lo
que no era habitual que muriesen en la arena, como habitualmente se cree. Era
una inversión muy cara para perderla en un combate, aunque es evidente que
muchos de estos guerreros perdían la vida en la arena, ya que el público así lo
reclamaba. Sin embargo, es importante insistir en que estas muertes no eran lo
más frecuente. Pese a estas maneras de abaratar costes, los precios de los
combates se elevaron tanto que en el siglo I d. C. los emperadores tuvieron que
tomar medidas para moderar los espectáculos. Sin embargo, continuaron subiendo
tanto de precio que algunos magistrados se arruinaron organizando este tipo de
espectáculos. Dos eran los mayores gastos de estos combates: la contratación de
los profesionales y la compra del material necesario para llevar a cabo
los ludi. En función de la calidad de lo adquirido, podía variar
ligeramente el precio de los espectáculos.
A primera hora de la tarde daban comienzo los juegos gladiatorios:
Por
casualidad, a mediodía asistí a una exhibición, esperando un poco de diversión,
unos chistes, relajarme… Pero salió todo lo contrario… Estos peleadores de
mediodía salen sin ningún tipo de armadura, se exponen sin defensa a los
golpes, y ninguno golpea en vano… Por la mañana echan los hombres a los leones;
al mediodía se los echan a los espectadores. La multitud exige que el
victorioso que ha matado a sus contrincantes se encare al hombre que, a su vez,
lo matará, y el último victorioso lo reservan para otra masacre. Esta clase de
evento toma lugar estando casi vacías las gradas… Al hombre, sagrado para el
hombre, lo matan por diversión y risas.
Lucio
Anneo Séneca, Cartas a Lucilio, 7.3
El
combate empezaba con un simulacro de lucha con armas de madera ( arma
lussoria), que suponía una especie de preparación para los gladiadores. Se
tocaba el cuerno para dar comienzo al enfrentamiento entre dos tipos diferentes
de gladiadores, y se seguía hasta el momento del triunfo final por parte de uno
de ellos. El combate estaba vigilado en ocasiones por árbitros y mientras el
público animaba enfervorecido a su favorito. En ese momento, se preguntaba al
magistrado organizador de los espectáculos y al público si se debía matar o no
al vencido, el cual ya había pedido clemencia levantando la mano y extendiendo
el dedo índice.
Mosaico de la Casa de los Gladiadores. Las luchas de gladiadores fue uno de
los temas preferidos dentro del arte romano, las cuales podemos encontrar tanto
en lucernas como en pinturas o mosaicos. Kourion (Chipre). Fotografía de la
autora.
Debido
al alto coste de estos espectáculos, no morían tantos gladiadores como se
pensaba, pero los que lo hacían eran adiestrados para morir con dignidad y sin
oponer resistencia, ofreciendo el cuello de forma voluntaria para ser
degollados por su oponente:
¿Qué
gladiador mediocre ha dejado escapar un lamento, cuál ha mudado alguna vez su
rostro? ¿Cuál se ha comportado ignominiosamente, no ya cuando resistía en pie,
sino una vez caído a tierra? ¿Cuál, una vez caído a tierra, ha retirado su
cuello ante la orden de recibir el golpe? Tal es la fuerza del entrenamiento,
la preparación y la costumbre.
Cicerón, Tusculanas,
2.17
Los
vencedores recibían en premio palmas, coronas adornadas y una cierta cantidad
de dinero. Cuando se les otorgaba como premio una espada de madera (rudus),
se consideraba que podían abandonar la profesión de gladiador, y se convertían
en rudiarii. Los que morían en la arena eran sacados por esclavos,
que arrastraban sus cuerpos con unos ganchos por la Porta Libitinaria (momento
en el que se aseguraban que hubiesen muerto realmente al quemarlos con un
hierro candente) y los enterraban en uno de los cementerios destinados a su
profesión.
La gladiatura se consideraba en Roma una ocupación infamis, y por
ello el gladiador tenía sus derechos limitados. Por esta razón, a muchos
gladiadores, sobre todo los esclavos, los prisioneros de guerra o los
fugitivos, se les marcaba. Esta marca podía ir desde un simple tatuaje hasta
una marca hecha a fuego en la piel, que se hacía con un hierro al rojo en algún
lugar visible, como la cara. La marca consistía habitualmente en las iniciales
de la escuela a la que pertenecían, ya que si se escapaban se sabía a dónde
devolverlos.
Pese a estos estigmas, gozaban del apoyo y de la admiración del público, lo que
vemos en las numerosas representaciones que protagonizaban, por lo que, en
muchos casos, se trataba de un oficio vocacional (a no ser que se tratase de un
criminal condenado a ser gladiador).
Cuando un hombre libre decidía ser gladiador acudía al lanista (empresario
especializado), quien lo formaba y luego lo alquilaba para la celebración de
los espectáculos.
Mosaicos con luchas de gladiadores donde se pueden ver los signos que
acompañaban a sus nombres, como el de obiit . Con este tipo de signos
se indicaba quién había ganado la batalla o, incluso, qué gladiador había
perdido la vida en ella. Museo Arqueológico Nacional. Fotografía cortesía de
Ignacio Carracedo Justo.
Luchar
era su obligación desde ese momento y, en caso de cobardía, podía ser azotado o
marcado con hierros candentes por faltar a su palabra. En el arte (tanto en los
mosaicos, como en la pintura parietal o la decoración de objetos como las
lucernas) se ve a los gladiadores, generalmente combatiendo, y junto a ellos
podían aparecer sus nombres. Al lado del caído en el combate se observaba
también un signo, que era habitualmente la O cruzada de obiit (murió).
Cuando era perdonado, en ocasiones se colocaba la M de missus, y a
los vencedores los acompañaba normalmente la abreviatura VIC, de victor.
Los juegos gladiatorios, como todos los espectáculos, se convirtieron en un
gran negocio. Aparecieron comerciantes de esclavos, los lanistas, que fundaron
escuelas de gladiadores (llamadas ludus), donde formaban a estos y
los alquilaban para los diferentes juegos. A dichas escuelas podían acceder
también personas libres que deseasen formarse como gladiadores para buscar en
la arena fama y gloria. Los ex gladiadores, que habían conseguido sobrevivir,
se convertían frecuentemente en entrenadores de nuevos gladiadores, y quedaban
a las órdenes de algún lanista, aunque si habían conseguido ahorrar el
suficiente dinero compraban esclavos para formarlos, y se convertían ellos
mismos en lanistas.
Dentro de los anfiteatros se celebraban también acosos de fieras o se simulaban
cacerías de animales salvajes (las venationes o munus
venatorum), espectáculos que se realizaban por la mañana como «aperitivo»
previo a las luchas gladiatorias. Estos acosos podían ser variados: a veces se
exhibían solo fieras, otras luchaban entre sí (nunca se enfrentaban dos mismas
especies sino diferentes animales como el toro o el elefante) o contra hombres,
los cuales recibían el nombre de bestiarius y podían ser
criminales, prisioneros de guerra que eran ejecutados y servían como alimento a
las fieras (la llamada damnatio ad bestias) o guerreros
contratados:
Ahí
está entrando en la arena un oso de la Caledonia. Se acerca. Mirad cómo ataca
con sus garras aquel vientre desnudo. Descubre sus vísceras. Los miembros
lacerados aún vivos manan sangre, el cuerpo destrozado no parece siquiera un
cuerpo humano.
Marcial,
De Spectaculis, 7
Como costaban muy caros los animales para el mantenimiento de las fieras
destinadas a los espectáculos, las alimentaba con la carne de los criminales,
echándoselos vivos para que los devorasen; cierto día en que visitaba las
prisiones, ordenó, permaneciendo en el rastrillo y sin consultar siquiera el
registro en que constaba cada pena, que en presencia suya echasen
indistintamente a todos los prisioneros a las fieras.
Suetonio,
Vida de Calígula, XXVII
Los
condenados eran conducidos al anfiteatro desnudos o semidesnudos, y llevaban
las manos atadas a la espalda. A veces, podían convertirse en las víctimas
sustitutorias de los sacrificios que debían hacerse en honor a los dioses, por
lo que entonces salían a la arena vestidos como sacerdotes. Existieron grupos o
familias de bestiarios que se adiestraban en escuelas especiales, como la
creada por Domiciano a finales del siglo I d. C. Las primeras fieras que se
vieron en Roma procedían de África, lo que evidencia que, además de animales
autóctonos, se importaban otros, como se comprueba en el hecho de que en el 58
a. C., durante las fiestas organizadas por Escauro, se exhibieran cocodrilos e
hipopótamos. Aun así, los espectáculos animalísticos son anteriores en Roma, ya
que el primero que se conoce fue el celebrado por Fulvio Nobilior para celebrar
la victoria romana sobre los etolios en el año 186 a. C.
Los acosos de fieras fueron creciendo en importancia, ya que con el munus
venatorum se enfrentaban la audacia inteligente del cazador y la
violencia y fuerza bruta del animal. Abundaban los animales de una sola especie
poco común que se presentaban al público, lo que nos habla de un comercio de
fieras a gran escala perfectamente organizado y muy rentable. El cazador de los
animales era, además, el propietario de los mismos, y el que podía comerciar
con ellos. Los elefantes eran una excepción, ya que sus cacerías solo podían
realizarse con previo permiso del emperador debido a que su posesión se
consideraba un privilegio exclusivo. Los emperadores también se reservaban el
privilegio de cazar leones o autorizar su captura; estos eran, junto a los
elefantes ya mencionados, los únicos animales que no se podían cazar de forma
libre. Roma llevó a las provincias el gusto por los espectáculos de fieras
invirtiendo grandes sumas de dinero en ellos y organizando diversas redes de
transporte de animales que los llevasen de sus lugares de origen hasta los
anfiteatros. La muerte de las fieras se consideraba que tenía un significado
mágico, ya que con ella se glorificaba al dominus que
organizaba los juegos, y se le otorgaba una protección sobrenatural contra las
fuerzas del mal. Por ello, se consideraba que las escenas decorativas donde se
veía la caza de estas bestias tendrían el mismo efecto mágico y profiláctico,
reflejándose el sentido virtuoso de la caza y el influjo de las fuerzas
misteriosas y victoriosas que se localizaban en el anfiteatro.
También podían representarse en los anfiteatros otros espectáculos, como las
pantomimas o las naumaquias. En las pantomimas de los anfiteatros los actores
eran criminales condenados a muerte que se entrenaban durante un tiempo para
poder desarrollar el espectáculo. Una de las modalidades favoritas de la
pantomima consistía en que llevasen puestos vestidos que se incendiaban, por lo
que morían abrasados. Otra consistía en la representación de mitos más alegres
u obscenos que servían para distraer al público, aunque acabasen igualmente con
la muerte de los actores. También se representaban las lusiones,
espectáculo anfiteatral vinculado a combates incruentos de tipo preparatorio o
clasificatorio.
La arena podía inundarse de agua para celebrar los combates navales o naumachiae.
Quienes se enfrentaban en este tipo de combates recibían el nombre de naumachiarii y
habitualmente eran condenados a muerte. Solían ser espectáculos sumamente
costosos, por lo que su representación era bastante infrecuente: «Igualmente
organizó batallas navales, en las que se enfrentaron casi verdaderas flotas, en
una gran extensión de agua que había hecho formar a orillas del Tíber y luego
rodear de gradas, y siguió el espectáculo hasta el fin, bajo un chaparrón
torrencial» (Suetonio, Vidas de los doce césares, Domiciano, 4).
Escena de venatio. Para las luchas de fieras, Roma organizó toda una red
comercial a gran escala que permitiese importar cualquier tipo de animal a las
ciudades donde se celebrasen estos espectáculos. Museo Arqueológico Nacional
Romano. Fotografía de la autora.
El
atletismo no gozó de gran fama en la parte occidental del imperio, zona en la
que se conocen pocos estadios permanentes, lo que provocó que estos juegos se
celebrasen en circos, anfiteatros o palestras de las termas. Roma recibió de
los etruscos la concepción de las pruebas atléticas, en las que sobresalía el
pugilato y predominaba la idea de diversión sobre la competición (los ludi
pugilum), mientras que solo puntualmente adoptó el espíritu competitivo
griego. De ahí que en el occidente del imperio las pruebas atléticas se
celebrasen dentro de los espectáculos del circo, durante los intermedios de las
carreras de carros. En cambio, en Oriente, se concebía el atletismo en forma
de agon o certamen gymnicum, donde predominaban
los elementos competitivos frente al espectáculo, y sus protagonistas (athletae)
eran hombres libres cuyo orgullo ciudadano era el de ser laureados en estas
competiciones. Por tanto, la concepción lúdica de los romanos hacía que el
objetivo de las pruebas fuese la diversión del público, lo que acabó
traduciéndose en el predominio del pugilismo frente al atletismo.
Dentro de las pruebas pugilísticas existían tres tipos de combate cuerpo a
cuerpo: lucta, pugilatus y pancratium. La lucta tenía
como objetivo derribar e inmovilizar al contrario en el suelo tres veces. En
el pancratium se permitían todo tipo de golpes con puños y
piernas. El pugilatus supone un precedente del boxeo moderno,
pero era muchísimo más violento. Los combatientes se enfrentaban por sorteo y
no por categorías de peso, lo que hacía que el combate fuese desigual en
ocasiones. Los golpes se concentraban en la cara y tenían unas posiciones fijas
en el ring. Se combatía con los guantes (caestus), que
consistían sobre todo en tiras de cuero enrolladas con refuerzos de metal, y
que en ocasiones terminaban en pinchos. No había delimitación de tiempo ni
división en asaltos, sino que la lucha duraba hasta que el árbitro declarase
el knock out o hasta que uno de los púgiles se retirase. La
violencia de estos combates hizo que casi todos los púgiles fuesen esclavos,
pertenecientes a pequeñas compañías, ya que solían terminar con la cara
desfigurada. El coste de estos espectáculos no debía ser excesivo y el premio
que obtenía el púgil pasaba a ser de su propietario.
Mosaico con escena pugilística. Para hacer los combates de boxeo más
violentos aún, los púgiles llevaban en sus guantes pinchos, que servían para
herir y tratar de desfigurar al oponente. Ostia. Fotografía de la autora.
En
el circo se celebraban los ludi circenses, que consistían en
carreras de carros o de caballos. Empezaban con una procesión religiosa,
acompañada por diversos músicos, danzantes o carros con estatuas de dioses, y
que terminaba en la propia arena del anfiteatro. El inicio del espectáculo se
marcaba con la aparición del patrocinador del mismo, que recibía los
agradecimientos por su organización. Los juegos circenses eran bastante caros,
y se gastaba la mayor parte del dinero en la contratación de caballos, ya que
su coste era elevado. Un buen caballo podía costar lo mismo que la organización
de unos juegos, y si se accidentaba había que pagar al propietario su valor.
Además hay que tener en cuenta que en un solo día de carreras participaban casi
un centenar de caballos, lo que nos hace tener una idea del enorme desembolso
que hacía el editor de los juegos. Sin embargo, como en el
caso de las luchas gladiatorias, existían ciertos «trucos» para abaratar
precios, como era el alquilar los caballos a diferentes cuadras. Pese a esto,
la suma pagada debía ser enorme.
Se daba la señal de comienzo arrojando una tela blanca (mappa) a la
arena. A continuación, salían los diversos carros, representados por los
colores de su facción, y daban siete giros alrededor de la spina (el
eje central) del circo, lo que equivaldría a unos ocho mil doscientos metros.
Aunque parece una prueba fácil, no solía serlo, los accidentes eran muy
frecuentes y la violencia también marcaba este espectáculo: los conductores se
agredían entre ellos, había empujones para desestabilizar los carros, las
ruedas de algunos carros llevaban pinchos con los que herir a los caballos del
contrario… Como en casi todos los espectáculos del mundo romano, había bastante
violencia y sangre, que era lo que atraía de ellos al público. Los carros
podían estar tirados por dos, tres, cuatro o incluso seis, ocho o diez
caballos, pero cuatro era lo más habitual. El mejor caballo se enganchaba en la
parte izquierda del carro, ya que facilitaba el giro de la spina,
el momento más arriesgado de la carrera. Los caballos laterales (funales)
eran más veteranos y veloces que los que iban sujetos al timón (iugales).
Los carros se dividían en facciones, apoyadas por un cierto número de
seguidores. Durante la República solo existieron la blanca y la roja, a las que
se añadieron durante el Imperio la verde y la azul. Domiciano añadió las
facciones púrpura y áurea, pero desaparecieron a su muerte. A finales del siglo
III d. C. los rojos fueron absorbidos por los verdes, y los blancos por los
azules, lo que aumentó su poder e influencia y provocó una rivalidad aún más
encarnizada. La aristocracia y la clase pudiente eran generalmente partidarios
de los azules, mientras que la plebe (y los emperadores calificados como
populistas) lo fueron de los verdes. Los partidarios de cada facción eran
verdaderos hooligans, se enfrentaban a los contrarios y apoyaban
sus colores con auténtica pasión:
Al
principio solo había dos colores, el blanco y el rojo: el blanco estaba
dedicado al invierno, por el recuerdo del candor de la nieve; el rojo al
verano, porque recordaba el fulgor del sol; la cosa con el tiempo tomó otro
desarrollo, la superstición llevó a que algunos dijeran que el rojo era el
color de Marte, el blanco lo consagraron a los Céfiros; a la Madre Tierra
dedicaron un color entre verde y amarillo y por tanto a la primavera; al cielo,
al mar y al otoño dieron el azul.
Tertuliano,
De Spectaculis, 9
El
auriga ganador de la carrera recibía una bolsa de dinero junto con una corona
de laurel y una palma que mostraban con orgullo al enfervorecido público que le
había apoyado. Para animar las carreras, durante los intermedios podían verse
competiciones de atletismo o exhibiciones de jinetes acróbatas (los desultores)
que mostraban sus habilidades con los caballos, saltando de uno a otro mientras
los animales corrían a gran velocidad.
Escena de cuadriga victoriosa. Tanto los aurigas como los caballos
victoriosos eran muy apreciados por el público, al que le gustaba incluso
representarlos en mosaicos u otros objetos. Museo Arqueológico Nacional Romano.
Fotografía de la autora.
La
mayor parte de los aurigas eran esclavos y solían proceder de la provincia
donde competían, además de ser (en ocasiones) propiedad del editor que
organizase los juegos. Pese a su condición esclava, adquirían gran fama, y eran
conocidos por el público al igual que los mejores caballos. Conocemos muchos
nombres de aurigas y de caballos, que eran considerados verdaderos héroes que
hacían ganar grandes de sumas de dinero y honores a las cuadras y los colores
por los que competían: «Yo, el famoso Marcial, conocido por las gentes por mis
versos de once pies y de once sílabas y por mi mucho salero […] no soy más
conocido que el caballo Andremón» (Marcial, Epigramas, 10.9).
Como se ha mencionado, también podían incluir en los intermedios competiciones
de atletismo, sobre todo si la ciudad no contaba con un estadio, y exhibiciones
de jinetes acróbatas, llamados desultores, que mostraban sus
habilidades con los caballos.
§. Los banquetes
La última forma de ocupar el ocio que tenían los romanos (por lo menos los de
las clases pudientes) eran los banquetes, celebrados con ocasión de la cena. La
mayor parte de ellos se celebraban en privado, pero también en público, sobre
todo en relación con determinadas festividades. Para su organización se
derrochaban auténticas fortunas y se servían los más extravagantes alimentos y
bebidas. En época imperial, podían durar entre ocho y diez horas, y prolongarse
hasta casi el amanecer. El banquete se entendía como el acto social donde se
reunía un grupo de personas con la intención de agasajar a los invitados a
través de la comida y el lujo, reafirmar los contactos sociales y el poder y la
abundancia del anfitrión, y rendir culto a los dioses.
El banquete daba comienzo con el recibimiento en el hogar del anfitrión de los
invitados, que iban acompañados de algún esclavo de confianza para que los
ayudase durante el mismo. Eran recibidos por los esclavos, que los ungían de
perfumes y aceites y coronaban con flores y hojas. A continuación, pasaban a la
sala de banquetes acompañados por el esclavo nomenclator (que
indicaba a los invitados su lugar en el banquete); allí se habían colocado los
triclinios (lechos que permitían comer reclinados a los invitados) y las mesas
en las que se ponían los diversos platos, los cubiertos, los recipientes con el
vino y el agua caliente y la crátera para mezclarlos, ya que el vino debía
beberse con agua porque tomarlo puro era un signo de barbarie. Hubo que esperar
hasta casi el año 100 d. C. para que las mesas se cubriesen con manteles. Las
servilletas eran suministradas por el anfitrión, pero había quien prefería
llevar la suya propia. Las mujeres, en época republicana, no podían acompañar a
sus esposos en el triclinio y se sentaban en escabeles o taburetes. Sin
embargo, ya durante el Imperio pudieron ocupar uno de estos lechos.
Se comía con los dedos o bien usando las cucharas (ligulae) y los
cuchillos. Los buenos modales indicaban que había que comer usando la punta de
los dedos, intentando no mancharse ni manos ni cara. Mientras, eran servidos
por distintos esclavos, que escanciaban el vino o bien recogían los
desperdicios, arrojados por los comensales debajo de la mesa.
Los banquetes podían componerse de hasta siete platos diferentes. Para
comenzar, se servía la gustatio, compuesta de entremeses ligeros
que estimulaban el apetito, y en la que se bebía el mulsum (vino
mezclado con miel). A continuación, se servían tres entradas y dos asados, que
componían los platos fuertes del festín. Los productos que podían formar parte
del banquete de una persona adinerada eran bastante exóticos. Se traían
alimentos desde los confines más remotos del imperio, y se elaboraban siguiendo
recetas como las de Apicio:
Avestruz
estofado a la mostaza.
Tritura 6 granos de pimienta, la misma cantidad de aligustre, 2 cucharaditas de
tomillo o ajedrea y 1 cucharadita de mostaza en grano. Mézclalo con 2
cucharaditas de miel, 1 cucharada de vinagre, 2 cucharadas de salsa de soja, 2
cucharaditas de liquamen y 4 cucharaditas de aceite. Traspasa todo a una
cazuela.
Rompe 50 gramos de semillas de alica y añádelas a la salsa. Coloca 500 gramos
de carne de avestruz en un solo trozo, cruda o escaldada, en una cacerola y
cúbrela de agua hasta el borde. Cuécelo en una cacerola tapada a fuego bajo.
Cuando la cocción haya finalizado, filtra la salsa y dispón la parte sólida en
forma de corona sobre un plato de servicio. Coloca en el centro la carne de
avestruz escurrida y riega con la parte líquida de la salsa.
Marco
Gavio Apicio, De Re Coquinaria Libri Decem, 6.1.2
Los
postres o secundae mesae se componían de varios dulces para
terminar la comida, y podían ser tan extravagantes como el resto de platos del
menú:
Dulces
a la pimienta.
Pon a remojar 12 granos de pimienta con 1 cucharada de salsa de soja y 1
cucharadita de liquamen.
Después de dejarlo en remojo una noche, pulveriza la pimienta, mézclala bien
con el líquido de remojo y añade 20 gramos de dulce de membrillo o 2 higos
secos pero blandos. Mezcla todo bañándolo con un poco de Marsala dulce o un
vino añejo. Habrás preparado así un piperato.
Añade al piperato 4 cucharaditas colmadas de miel, 4 cucharadas de vino tinto
fuerte, 4 cucharadas de vino añejo y 4 hojas de ruda bien desmenuzada. Mézclalo
con 100 gramos de piñones y 100 gramos de nueces trituradas. Añade 100 gramos
de alica hervida durante media hora con poca agua. Dale forma de pastas.
Tuesta ligeramente en una sartén 50 gramos de avellanas. Tritúralas ligeramente
y decora con ellas los confites.
Marco
Gavio Apicio, De Re Coquinaria, 7.13.4
Tras
acabar los dulces se daba comienzo a la degustación del vino, la llamada commisattio,
donde se bebían diversas copas siguiendo las instrucciones de la persona que
presidía la mesa tras realizar una libación a los dioses. Existían distintos
tipos de vinos dentro del mundo romano, que variaban de precio según su
calidad. El líquido que salía tras el prensado y pisado de la uva se
llamaba mustum vinum (vino nuevo), y se consumía sin
fermentar. Podía mantenerse dulce sellando su recipiente tras untarlo con pez y
depositándolo en agua fría o cubriéndolo con arena húmeda. El vino fermentado (vinum)
se elaboraba tras recoger el mustum en unas grandes tinajas,
que se depositaban en las bodegas. El vino más barato se servía directamente
desde los dolia, pero los más selectos se depositaban en pequeñas
ánforas otro año más. Se tomaba el vino mezclado con agua o especias. Su
consumo en estado puro o sin diluir se consideraba como algo propio de bárbaros
o de locos, de ahí la gran importancia de reducirlo con agua durante los
banquetes. Quien podía permitírselo tomaba el vino frío, conservado en trozos
de hielo depositados en sótanos aislados. Una variedad del vino muy apreciada y
bebida con frecuencia era el mulsum, que se elaboraba mezclando
cuatro partes de vino y una de miel. En los banquetes la mayor parte de los
vinos que se tomaban eran de muy buena calidad, y normalmente iban acompañados
de especias que les daban sabor.
En el transcurso de estos banquetes, la comida solía amenizarse con música o
exhibiciones de bailarines. Después del postre y durante la commisattio,
se jugaba a las adivinanzas o a los dados apostándose grandes sumas de dinero.
Una vez terminada la velada, los invitados retornaban a sus casas acompañados
por los regalos que se sorteaban durante el transcurso del banquete.
Como hemos visto a lo largo de November, el ocio de los romanos era
bastante similar al nuestro, aunque ellos, si podían elegir, preferían sin duda
los espectáculos violentos donde cuanta más sangre corriese ¡más diversión
había!
Capítulo 12
December
El fin de la vida
Contenido:
§.
La concepción de la muerte
§. El funus romano
§. Los monumentos funerarios
§. El luto
§. El suicidio
Con December o Decembris tenemos
el fin del año y, para nosotros, será el fin de la vida, por lo que en este mes
explicaremos cómo vivían la muerte los romanos. Además, supondrá el fin de este
pequeño (pero intenso) recorrido que hemos realizado, tratando de entender
mejor cómo era el día a día de todos aquellos habitantes del Imperio romano.
Antes de dar comienzo al mundo de la muerte debemos decir que December debe
su nombre al hecho de ser el décimo mes del año según el primer calendario
romano, aunque con las posteriores reformas pasaría a ser el decimosegundo. En
este mes se celebraban diversas fiestas como las Saturnales o aquellas que se
relacionaban con la regeneración de los dioses solares (que volvían a nacer en
el solsticio de invierno). Es la misma regeneración y esperanza de vida que se
tenía tras el fallecimiento de un ser querido, por lo que es un buen mes para
conocer cómo vivieron la muerte los romanos.
§. La concepción de la muerte
Para los romanos de la Edad Arcaica, los muertos seguían viviendo en sus
tumbas, lugar en el que el alma adquiría forma de sombra, manteniéndose en
relación directa con el cuerpo y habitando la morada que era su sepulcro.
Durante los primeros años de la República, los difuntos pasaron a ser
considerados una colectividad de seres divinos que, si se les convocaba
correctamente, podían acudir en ayuda de sus descendientes. Si no se les daba
culto correctamente se transformaban en seres nocivos (llamados
instintivamente Lemures o Larvae) a los que solo
les preocupaba atormentar a los vivos. En el siglo I a. C. se observan ya las
primeras referencias a los dioses Manes, considerados más apropiadamente como
almas individuales que mantenían su identidad corporal propia. Comenzaron a ser
asociados con los difuntos, lo que supone la divinización de estos.
Además, durante el siglo I d. C. se desarrollaron diferentes concepciones
acerca de la ultratumba que se fueron vinculando a las distintas corrientes
filosóficas. Estas ideas no consiguieron arraigar en la base de la sociedad
romana, la cual continuaba imaginando a sus muertos a la manera arcaica,
viviendo en la tumba, donde su «vitalidad» debía ser renovada frecuentemente
mediante ofrendas de comida, bebida, aceites e incluso sangre (que se
consideraba el alimento preferido de los muertos).
Los romanos creían que era más importante morir bien, manteniendo intacta
su dignitas y su virtus, que el hecho de cómo o
cuándo morir. Era más relevante haber vivido bien y tener una muerte digna que
morir joven o enfermo: «Morir más pronto o más tarde no tiene importancia:
morir bien o mal sí la tiene. Y morir bien es evitar el peligro de vivir mal»
(Lucio Anneo Séneca, Epístolas, 6-8).
La Ley de las XII Tablas (elaborada durante el siglo V a. C.) reflejaba la
prohibición de realizar los funerales dentro de la ciudad, y trataba de evitar
con esta medida los incendios y las posibles infecciones que traían los
muertos. Antes de esta ley, los romanos enterraban a los difuntos en el
interior de sus casas, ya que creían que su alma permanecía viva entre sus
descendientes y se convertía en un espíritu familiar. Esta antigua costumbre
quedó reflejada, tras la Ley de las XII Tablas, en la posibilidad de seguir
enterrando intramuros a aquellos adultos que hubieran conseguido este
privilegio (solo el Senado declaraba quiénes podían ser enterrados dentro de
las ciudades, y lo hacía en función de lo virtuoso que hubiese sido el difunto
en vida. Por ejemplo, el emperador Augusto pudo ser enterrado dentro de los
muros de Roma por todo el bien que había hecho al pueblo y al Estado) y, en el
interior de las casas, a los niños que hubiesen fallecido con menos de cuarenta
días de vida. Los niños menores de cuarenta días no eran considerados
individuos por el Ius Pontificium, por lo que no tenían derecho al
funeral como tal. Ello llevaba a que se les colocase en las subgrundaria,
las cavidades situadas en los aleros de los tejados o en las puertas exteriores
de las casas, para mantenerlos cerca de su familia y evitar que la tierra donde
iban a descansar se convirtiese en un locus religiosus.
Una ley posterior a las XII Tablas declaraba que, para el enterramiento del
resto de la población, se habilitasen áreas cementeriales fuera del pomerium de
la ciudad, ya que este límite se consideraba un espacio profiláctico de
separación entre los vivos y el reino de la muerte. En esa misma ley también se
penalizaba la violatio sepulchris, que era la profanación de la
sepultura, la cual había adquirido la categoría de locus religiosus (se
convertía en un lugar sagrado por contener los restos del difunto).
§. El funus romano
El funeral romano o funus se define como todo el conjunto de
ritos funerarios (que se deben considerar como una de las más solemnes
obligaciones religiosas), los cuales culminaban con el sepelio, bien por
cremación (como símbolo de purificación por el fuego), o bien por inhumación
(el retorno a la tierra). El funeral era de máxima importancia y debía
realizarse obligatoriamente, ya que con ello quedaba asegurado el tránsito al
más allá, aunque no todos recibían el mismo tipo de ceremonia. Por ejemplo, los
ciudadanos de clase inferior no recibían ninguna ceremonia pública a la hora de
su funeral (el llamado funus plebeium), mientras que los de rango
más elevado tenían el funus que describiremos a continuación.
Una persona que no era enterrada siguiendo los ritos provocaba que los Manes se
negasen a acoger su alma entre ellos, lo que la condenaba a vagar sobre la
Tierra tras tomar la forma de un fantasma maligno. El deber máximo de una
familia era el de dotar a sus difuntos de un funeral adecuado y de una
sepultura. Era tanta la importancia que esta última tenía que la negación de la
sepultura era uno de los mayores castigos que se podía aplicar a los
criminales, ya que los muertos nunca debían quedar a la luz del día, sino que
debían retornar obligatoriamente a la tierra.
Cuando una persona estaba a punto de expirar, se la depositaba desnuda sobre la
propia tierra como una forma de cerrar el ciclo de la vida, que comenzaba con
su nacimiento, cuando tras ver la luz era sometida a un rito parecido, antes de
ser reconocida y alzada por su padre. No se sabe realmente si este proceso se
realizaba antes o después de morir, ya que hay autores como Ovidio que explican
que lo que se depositaba realmente en el suelo era el cadáver y no la persona
agonizante. El cadáver se consideraba como algo impuro, y su familia se
convertía en una familia funesta, por lo que debían purificarse tras el
funeral.
Otro de los ritos que se realizaban en el mismo momento de la muerte era cuando
un familiar acogía con un beso el último suspiro del moribundo. Se creía que
cuando se producía el fallecimiento, el alma del difunto escapaba por la boca,
de ahí la costumbre de que fuera un familiar el que captara con un beso el
último aliento. A continuación, se iniciaba la lamentación fúnebre
(llamada conclamatio), en la que se le llamaba por su nombre, al
menos tres veces, y, al no responder, se le daba por muerto y se le cerraban
los ojos. El cadáver se lavaba y se perfumaba añadiéndole ungüentos (que se
elaboraban con sal, miel y mirra), que ayudaban a facilitar su conservación
durante los ritos. Si había desempeñado alguna magistratura curul, se realizaba
una máscara de cera imprimiendo en ella sus rasgos faciales, y esta era
guardada y expuesta en el atrio de la casa familiar (y podía ser exhibida en
los funerales de otro miembro de su gens). Tras el aseo ritual, era
adornado con una corona o guirnaldas entrelazadas y se le introducía una moneda
en la boca (o bien se colocaba sobre los ojos), para que pudiese pagar el viaje
a Caronte. También se le vestía, generalmente de blanco, ya que era el color
que se asociaba con la pureza (solamente el cuerpo de los indigentes, esclavos
o delincuentes era cubierto con un sencillo tejido negro). A continuación, era
expuesto tumbado sobre un lecho, con los pies mirando hacia la puerta, y sobre
el lecho se colocaban adornos florales, antorchas y velas encendidas. Todos
estos preparativos podían realizarlos los miembros de su familia (incluyendo a
sus esclavos), pero también existían profesionales de las pompas fúnebres
(los libitinarii), que se encargaban de la preparación del cuerpo y
todas las ceremonias posteriores.
Tras la exposición del cadáver, se organizaba el cortejo fúnebre que debía
llevar al difunto a su última morada. Hasta los tiempos tardo republicanos,
este cortejo se hacía de noche para evitar, de esta forma, que los magistrados
y sacerdotes pudiesen verlo y quedasen contaminados con la impureza que traía
el cuerpo. La modalidad del entierro nocturno se mantuvo, pero solo fue usada
en los entierros infantiles o con los muertos prematuros y los más pobres. Los
demás pasaron a celebrarse de día, aunque siempre se mantuvieron algunos
aspectos del cortejo nocturno, entre los que se contaba el uso de antorchas o
la efusión de sangre (destinada a satisfacer a los difuntos) a través de los
sacrificios o de heridas en las mejillas. El féretro era llevado por los
familiares y los amigos más cercanos del fallecido, todos ellos hombres
vestidos generalmente de negro. En ocasiones, y dependiendo de la importancia
del fallecido, se sumaba a la pompa fúnebre un desfile de personajes, los
cuales portaban las máscaras de cera de los antepasados mientras eran
acompañados por música y cánticos. Además, si el difunto había sido un
personaje relevante dentro de la sociedad romana, podía recibir una laudatio
funebris, que consistía en un elogio público realizado en la tribuna del
foro. Asimismo, si su capacidad adquisitiva lo permitía, la familia podía
contratar a unas plañideras profesionales (llamadas praeficae), que
a lo largo de todo el cortejo estarían lamentándose y llorando el
fallecimiento.
Una vez que el cortejo llegaba a la tumba se procedía a la cremación o a la
inhumación del difunto, aunque antes de ello se consagraba ritualmente el lugar
donde iba a reposar a partir de entonces. Durante parte de la República y los
siglos alto imperiales, la cremación predominó de forma casi absoluta y fue el
ritual preferido para los difuntos, mientras que, a partir del siglo II d. C.,
se vio un cambio en las costumbres hasta el dominio absoluto de la inhumación,
ritual que había sido predominante en los primeros tiempos de Roma. Sin
embargo, los más pobres, las víctimas de los juegos y los esclavos fueron, casi
siempre, inhumados en grandes enterramientos colectivos o bien arrojados a
fosas comunes, llamadas puticuli, consistentes en agujeros en el
suelo sin ningún tipo de señalización o de adorno. Algunos de estos puticuli se
realizaban incluso dentro de vertederos (como el que existió en el Esquilino,
en Roma), sobre los que se mezclaban los cuerpos de animales muertos y todos
los desechos de la propia ciudad. Los condenados a muerte no eran jamás
enterrados, y sus cuerpos se abandonaban en el mismo lugar de su ejecución (o
cerca de él) para que fuesen pasto de los animales carroñeros.
Para realizar la cremación, se colocaba una pira elaborada con una mezcla de
leña y papiro. Cuando se colocaba sobre ella al difunto, se le debían abrir los
ojos para que pudiese contemplar por última vez el cielo, y se le rodeaba de
sus objetos personales y de ciertas ofrendas. Antes de encender la pira, los
familiares y amigos pronunciaban su nombre para, a continuación, aplicarle
fuego con las antorchas. En ocasiones, los animales domésticos que tenía eran
sacrificados sobre la pira para que pudiesen acompañarlo en su ultratumba. Como
vemos, la ceremonia del funus se acompañaba de todo tipo de
ofrendas que, o bien se arrojaban al fuego con el cuerpo, o bien se depositaban
en la tumba para componer con ello el ajuar funerario. Entre las ofrendas, lo
más habitual era encontrar vajillas (que podían contener los alimentos para el
difunto que le nutrirían en el más allá), ungüentarios o lacrimatorios de
vidrio, clavos de hierro (con sentido de protección contra el mal de ojo),
lucernas (que servían para alumbrar el camino hacia la ultratumba) o monedas
(usadas, o bien como amuletos, o bien como pago para el infernal barquero
Caronte).
Urna cineraria. Algunas de las urnas cinerarias eran dobles, lo que permitía
el enterramiento conjunto de un par de personas, como un matrimonio o un padre
y un hijo. Museos Capitolinos. Fotografía de la autora.
Cuando
el cadáver se consumía en cenizas, la pira y estas se regaban con vino y se
cubrían con tierra para apagar el fuego. Se recogían los huesos cremados y las
cenizas, que se colocaban sobre una tela blanca para depositarlos dentro de la
urna. Habitualmente, para satisfacer la primitiva costumbre inhumatoria, la
cual había vinculado a los difuntos con la tierra, se enterraba un dedo cortado
previamente al cadáver ( os resectum).
En el caso de que no se pudiese enterrar el cuerpo, por el motivo que fuese,
bastaba con derramar sobre el mismo tres puñados de tierra, lo que era
suficiente para cumplir con la ceremonia funeraria que permitía el descanso del
espíritu del muerto.
Necrópolis vaticana. Las necrópolis se encontraban a lo largo de las
principales vías de acceso a la ciudad, y se componían de diversos monumentos
funerarios. Fotografía de la autora.
Era
recomendable, asimismo, en caso de que no fuese posible recuperar el cuerpo,
construir en su memoria un cenotafio (una tumba vacía), donde se pudiesen
ejercer los ritos en su honor y donde su recuerdo perviviese.
Para dar por concluido el funeral o funus, la familia del fallecido
debía someterse a una suffitio, que era, básicamente, un rito de
purificación mediante el uso del agua y del fuego. Tras este ritual se daba
inicio a un período de ceremonias (las feriae denicales) de
carácter purificador. En la tumba se celebraba un banquete fúnebre, elsilicernium,
que se repetía nueve días después ( cena novendialis) para dar por
finalizado el duelo. Durante este banquete se vertía sobre la tumba una
libación de vino a los Manes con la que se los alimentaba y se trataba de
conseguir su protección. El uso del vino dentro de los funerales romanos era
casi constante, ya que se asociaba a la regeneración y representaba, de esta
forma, la vida contra la muerte.
En ocasiones, los funerales podían ir acompañados de combates rituales, los
cuales tenían sus raíces en las ceremonias religiosas que honraban y
alimentaban al difunto con el derramamiento de sangre de las víctimas. De estos
combates rituales derivaron los juegos gladiatorios, los cuales olvidaban su
primitivo significado, consistente en satisfacer al muerto con la sangre de las
heridas, para proporcionar espectáculo a las masas.
§. Los monumentos funerarios
Tras los funerales, se debía cuidar la tumba del fallecido. Estos monumentos,
sobre todo los que contenían algún texto que rememorase a quien allí
descansaba, presuponían un desembolso económico que no se encontraba al alcance
de todos los ciudadanos. Además de servir como memoria del difunto, se usaban
para recordar a quién se transmitía la herencia y las obligaciones que tenían
sus herederos, aunque en ocasiones no les estaba permitido enterrarse en la
tumba, como vemos a continuación:
Deseo
que en torno a mis cenizas crezcan toda clase de árboles frutales y viñas en
abundancia. De hecho, nada es más absurdo que tener, cuando se está vivo, una
casa bien abastecida y nada de esto allí donde debemos habitar por un período
de tiempo mucho más largo. Y es por esta razón por la que, antes que ninguna
otra cosa, deseo que añadas esta cláusula: este monumento jamás podrá tornar a
mis herederos.
Petronio, El
Satiricón, 71
Las
tumbas se adornaban habitualmente con flores, como imagen de la renovación y de
la felicidad que se podía obtener en la ultratumba, y muchas de ellas contaban
con sus propios jardines, ya que las almas de los difuntos encontraban en estos
lugares un sitio donde poder descansar felices: «[…] los huertos de frutales en
torno a las tumbas sirven para que, después de la muerte, las almas encuentren
reposo en un lugar agradable» (Deutero-Servius o Servius Danielinus, Comentario
a la Eneida, 6764).
Era frecuente que también en días o festividades concretas (como las Parentalia,
del 13 al 21 de febrero) se acudiese a la tumba para realizar los banquetes
fúnebres que perpetuaban el recuerdo del difunto, además de para alimentarlo.
Para ello, tanto las urnas como los sarcófagos tenían pequeños orificios (a
veces con un tubo de cerámica que conectase el interior con el exterior) a
través de los cuales se vertían las libaciones (de leche, miel, agua o vino
generalmente) y las ofrendas de alimentos.
Las tumbas se erigían a la salida de las ciudades, normalmente junto a las vías
más transitadas, de tal forma que los viajeros que salían de la ciudad lo
hacían entre dos hileras de sepulcros. Estas vías formaban auténticas
necrópolis, con sus calles y divisiones, que componían un reflejo de la vida
que estaba dentro de la ciudad.
Sepulcros de la vía de Herculano en Pompeya. La mayor parte de los
monumentos funerarios contenían inscripciones con el nombre de su propietario y
una llamada al transeúnte para que recordase al fallecido. Fotografía de la
autora.
De
esta manera, podían leer todos los epitafios y recordar a quienes allí yacían.
La idea de escribir epitafios en las tumbas traía consigo la implicación de que
iban a ser leídos, por lo que se concedía gran valor al texto que debía
escribirse, ya que ayudaría a perpetuar el recuerdo del difunto durante la
posteridad: «Riega mis cenizas de vino y de perfumado aceite de nardo, oh
huésped, y añade bálsamo a las rosas rojas. Mi urna no llorada goza de una
perpetua primavera. No he muerto: solo he cambiado mi mundo» (Ausonio, Epitaphia,
31).
Quienes no podían permitirse costearse un monumento propio solían enterrarse en
enterramientos colectivos, que pagaban en vida. Cuando la incineración fue el
rito mayoritario, se levantaron los columbarios, unas enormes estructuras que
sirvieron para albergar gran número de urnas y que fueron llamadas así por su
gran parecido con los palomares.
Reproducción de la pared de un columbario. Las personas más pobres se
asociaban en los collegia funeraticia, lo que les permitía contar con los ritos
funerarios y un monumento donde descansar cuando falleciesen. Museo Nacional de
Arte Romano. Fotografía de la autora.
Habitualmente,
estaban parcialmente enterrados y tenían forma rectangular, con una gran
cantidad de nichos alineados. Alrededor de la pared, en la zona de la base, se
colocaba un pódium que servía para depositar los sarcófagos de
aquellos que no habían deseado ser incinerados. Por encima o por debajo de los
nichos se colocaba, normalmente, un trozo de mármol que servía para inscribir
el nombre de quien allí reposaba (titulus).
A comienzos del Imperio, se formaron asociaciones cuya finalidad era la de
afrontar los gastos de los funerales de todos sus miembros y construir
columbarios donde poder reposar. Estas asociaciones, que recibieron el nombre
de collegia funeraticia, se comenzaron a formar entre personas del
mismo gremio o entre aquellos que desempeñaban el mismo oficio, como es el caso
de los gladiadores. Sus miembros pagaban una misma cuota cada cierto tiempo,
que era asequible incluso para los menos afortunados, de tal forma que cuando
morían se sacaba del tesoro común una cantidad de dinero con la que cubrir los
gastos de su funeral.
§. El luto
Las mujeres y los hombres romanos tenían la costumbre de llevar luto tras la
muerte de una persona querida, de hecho, en el derecho clásico se reflejaba la
obligación que tenían las mujeres de llevarlo, no solo por su marido, sino por
cualquier otro miembro de su familia. Para ello, solían vestir la llamada toga
pulla, que era de color oscuro y solo se llevaba en esos momentos o cuando
se sufría alguna calamidad. Los hombres, además, para demostrar que estaban de
luto, se dejaban crecer el pelo y la barba como signo de tristeza. Según
Plutarco, el luto fue establecido por el rey Numa Pompilio, quien consideró que
había que darle una duración máxima de diez meses. En esos momentos, la viuda
que no lo respetase debía expiar su culpa sacrificando una vaca preñada. Séneca
afirmaba que el período de un año de luto fue introducido por los maiores,
es decir, por la costumbre, para limitar su duración, lo que nos encaja con los
datos dados por Plutarco, puesto que en período arcaico un año duraba diez
meses lunares: «Nuestros antepasados establecieron un año de luto a las
mujeres, no para que estuvieran de luto todo ese tiempo sino para que no
estuvieran nada más. Para los hombres no hay tiempo alguno legal porque ninguno
es decoroso» (Séneca, Epístolas, 63.13).
Tras la derrota romana en la batalla de Cannas (año 216 a. C.), el Senado
estableció la duración del luto en tan solo treinta días. Ello se debía a que
necesitaban celebrar el sacro aniversario de la diosa Ceres y, para ello, no
debía haber personas de luto en la ciudad, puesto que su presencia se
consideraba algo nefasto. Abandonar el luto y sus manifestaciones era una de
las condiciones necesarias para poder participar en el culto de los dioses; por
ello, se permitía que se acortase cuando era preciso festejar algún evento
importante para la sociedad. La persona que llevaba luto quedaba necesariamente
excluida de los actos de la vida social, debido a motivos religiosos y a
ciertas convenciones que se tenían, puesto que se creía que la participación en
cualquier acto alegre suponía una ofensa para el difunto.
§. El suicidio
También debemos hablar, aunque solo sea brevemente, de la consideración que se
tenía en el mundo romano hacia los suicidas. Tanto los romanos como los griegos
tenían el recuerdo de que, en sus épocas más antiguas, los suicidas producían
espanto y eran enterrados de los modos más deshonrosos que se conocían. Este
sentimiento estaba provocado por el miedo, ya que el suicida era culpable de
poner, de forma deliberada, la muerte delante de los ojos de todos, lo que
traía consigo una fuerte condena moral hacia su acto. Su gesto se percibía, por
tanto, como una agresión a los otros, que los obligaba a considerarse funestos sin
necesidad. Un dicho latino decía que un suicida era un peligro público, ya que
un individuo capaz de dar muerte al ser que más ama en el mundo (uno mismo)
podía ser capaz de asesinar a cualquiera. Esta situación fue cambiando con el
paso del tiempo, ya que cada romano adquirió la libertad para vivir y para
morir bajo su única y exclusiva responsabilidad. Los juristas, llegado el caso,
podían hablar del suicidio sobre todo cuando se relacionaba el derecho de
sucesión y, entonces, se enumeraban todas las causas posibles: enfermedad dolorosa,
demencia, pérdida de un ser querido, una derrota militar o una bancarrota eran
las más habituales y las que podían llegar a tener justificación, ya que traían
la deshonra. La expresión taedium vitae (hastío de vivir)
resumía para un romano el acto del suicidio, sobre todo a partir de los
momentos finales de la República. El hombre libre tenía el derecho al suicidio
meditado y a una muerte decidida de forma personal. Estas muertes meditadas se
hicieron muy frecuentes entre los aristócratas, sobre todo durante el Imperio,
y entre ellos merecían aprobación y admiración. Se empleaba el suicidio como
una forma de eutanasia meditada, para evitar que el hombre perdiese su dignitas y
su honra. Sin embargo, el suicidio también se empleaba de otra forma, ya que,
para librarse de la vieja aristocracia sin caer en la impopularidad, los
emperadores mandaban acusar a los nobles de algún delito y estos, para evitar
la infamia, se suicidaban.
En la Roma arcaica, pese a la gran repulsa que se tenía hacia el suicidio, se
conocía y admiraba el momento en el que un guerrero ponía fin a su vida como
una forma de inmolarse por la patria. Esta idea fue la que se perpetuó en el
tiempo, y vemos cómo las guerras civiles de finales de la República provocaron
numerosos suicidios entre los jefes derrotados, algo admirable a ojos de los
demás.
Como hemos visto, los romanos, ese pueblo supersticioso y con gran respeto por
las costumbres (aunque estas pudiesen ir cambiando con el transcurrir del
tiempo), mostraban la misma actitud hacia la muerte. Para ellos, era un
tránsito desconocido, peligroso, del que debían protegerse y al que debían
respetar si no querían que su espíritu nunca alcanzase la paz y el reposo que
les esperaba en el más allá.
Para un romano, la vida era un ciclo que empezaba cuando era depositado en el
suelo para ser alzado por su padre y comenzar su recorrido como ciudadano, y
que acababa cuando era también depositado en el suelo, antes de ser consumido
por las llamas o encerrado en su sarcófago. Para ellos, suponía un paso efímero
por el mundo que se reflejaba muy bien en algunos textos como este de Marco
Aurelio en el que se lamenta por el destino de los grandes hombres del pasado.
Y con su lamento terminamos nuestra aventura, esperando que entre nuestras
páginas estas personas hayan podido encontrar su recuerdo.
Recuerdo
a los hombres famosos del pasado: Alejandro, Pompeyo, Julio César, Sócrates y
tantos otros; y me pregunto: Ahora, ¿dónde están? ¡Cuánto han luchado, para
luego morir y volverse tierra!
Marco
Aurelio, Meditaciones, 3.3
Con
la caída del Imperio romano en el año 476 d. C. y la deposición de su último
emperador, Rómulo Augústulo, asistimos también al cambio paulatino de la vida
cotidiana de toda esa gente que habitaba el antiguo mundo romano. La llegada de
los pueblos bárbaros de origen germano, junto con la crisis económica y la
implantación del cristianismo como religión oficial del imperio, modificaron
gran parte de todas estas costumbres romanas que hemos estado viendo durante
nuestra breve aventura. Aunque la llegada de los pueblos bárbaros siempre se ha
visto como un momento de ruptura radical, debemos aclarar que no fue así, ya
que asistimos a un proceso de transformación cultural complejo en el que los
invasores traen su propia cultura pero a la vez intentan adaptarse a la de la
civilización que acaban de conquistar. Esta asimilación de culturas, en la que
incide el afianzamiento de la religión cristiana (que a la vez que mantuvo
algunas costumbres romanas acabó con otras, como los juegos gladiatorios, y se
convirtió en la única referencia moral y religiosa de los hombres) fue lo que
permitió que algunos gestos cotidianos de los romanos hayan perdurado a lo
largo del tiempo. Asimismo, no se debe responsabilizar únicamente a los nuevos
invasores de estos problemas del imperio, dado que desde el período de la
anarquía militar se asistió a un punto de no retorno dentro de la cultura
grecorromana, ya que cambiaron tanto los valores éticos como los ideales
políticos, los gustos estéticos y los modelos intelectuales propios del mundo
romano anterior. Ello se debió a que los sectores sociales relacionados con el
poder tuvieron que alejarse de sus intereses culturales y políticos, provocados
por este entorno de crisis e inseguridad. Sus nuevas inquietudes se centraron
en la supervivencia y en el mantenimiento de la estructura imperial, y se
despreocuparon de los valores del pasado. Si a esta situación le añadimos los
nuevos cambios sociales que trajeron consigo el cristianismo y la cultura de
los pueblos germanos invasores, tendremos la situación propicia para
encontrarnos con la decadencia del Imperio romano.
El Imperio romano no debe considerarse tan solo como un ente político, unido
por el gobierno del emperador y los funcionarios romanos. También suponía una
cultura y una civilización común, nacida de la propia Roma y de todos los
pueblos que fue asimilando. Los bárbaros que se asentaron en el occidente
romano, como acabamos de comentar, intentaron asimilar estas prácticas
culturales, mucho más avanzadas que las suyas, pero no pudieron conseguirlo y
poco a poco surgió la nueva cultura de la Edad Media, en la que los logros
romanos sirvieron de base. Por ello, en vez de una caída totalmente radical,
debemos hablar de una transformación cultural compleja en la que participaron
los nuevos elementos invasores con los antiguos pobladores romanos.
Agradecemos al curioso lector que ha iniciado con nosotros este viaje a lo
largo de las costumbres de todos los romanos. Confiamos en que sea el comienzo
de una nueva inquietud, que lleve a todo aquel interesado a conocer más sobre
nuestros antepasados romanos. Esperamos que haya disfrutado acercándose a su
cotidianeidad, llena de hazañas que hicieron grande a Roma y que la
convirtieron en el imperio que fue, pero también llena de pequeños gestos,
mundanos y tan cercanos a nosotros que, a veces, nos da la sensación de que
nada ha cambiado.
Un
libro no se escribe solo, sino que necesita de la ayuda y paciencia de muchas
personas que merecen tener su huequecito en él.
Mi primer agradecimiento tiene que ser para Jorge García, mi director de tesis,
el cual no solo me orienta en este largo camino del doctorado, sino al que
además debo agradecer todas las oportunidades que me brinda, entre ellas, el
poder haber escrito este libro.
Agradezco a todos mis amigos el apoyo y cariño que me proporcionan. Raquel (y
ahora el pequeño Diego) y Macarena, gracias por estar ahí desde tiempos
inmemoriales, sois las mejores. Laura, Israel, Gonzalo, José Luis y Víctor,
gracias por ser los mejores amigos-arqueólogos que me podía haber encontrado. A
Bea, por ser mi chica Duet favorita. A mi amigo Nacho, gracias por seguir ahí
pese a la distancia. A todos mis amigos de Hala Sultán Tekke (Sigourney,
Nicolás, Elena, Saskia y Marcus), ¡recordad que tenemos una cita anual con
nuestra isla!
Mi familia es mi todo, la parte más importante de mi vida, y por ello es justo
que les rinda tributo en este pequeño rincón tan personal. Os quiero muchísimo
a todos, lo sois todo para mí. Gracias a mi hermano, a Carla (mi luz desde que
nació), mis abuelos y mis tíos por vuestro amor y vuestro apoyo.
Y gracias especiales a tres personas. Gracias papá y mamá por todo, es vuestro
esfuerzo el que hace posible que todos mis sueños se cumplan. No tengo palabras
para agradeceros todo lo que hacéis ni para deciros todo lo que os amo. Y por
último, gracias a mi Nacho. Gracias por estar en mi vida, eres lo más bonito
que tengo en ella. Te quiero. Os quiero a todos.
·
ALFARO, C. El tejido en época romana. Cuadernos de
Historia, Nº 29. Madrid: Editorial Arco Libros, 1997.
·
ALFÖLDY, G. Nueva historia social de Roma. Sevilla:
Universidad de Sevilla, 2012.
·
ANGELA, A. Un día en la antigua Roma: vida cotidiana,
secretos y curiosidades. Madrid: La esfera de los libros, 2007.
—, Amor y sexo en la antigua Roma. Madrid: La esfera de los libros,
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Notas:
[1]Ulpiano, Digesto,
24.1.32.13.
[2]Cuando
los primeros tramos de la escalera son de ladrillo y e resto de madera se
considera que se debe a una medida económica n(ahorrando en los materiales) y
también que servía como medida anti incendios.

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