© Libro N° 6145.
Mentiras De La Historia. Vidal, Cesar. Emancipación. Junio 22 de 2019.
Título
original: © Mentiras De La Historia. Cesar Vidal
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
MENTIRAS
DE LA HISTORIA
Cesar
Vidal
CONTENIDO
Introducción
Jesús
no es mencionado fuera de las fuentes cristianas
Arturo
fue rey
Abd
Ar-Rahmán III fue un califa ilustrado
Los
cordobeses y los sevillanos descienden de los árabes
Enrique
VIII fue protestante
Nostradamus
acertó en sus predicciones del futuro
Cataluña
es una nación
La
lengua valenciana es el catalán
Los
vascos no son españoles
Hitler
fue el primero en utilizar el gas para exterminar a civiles
Los
republicanos españoles eran demócratas
La
Segunda República fue proclamada democráticamente
El
Frente Popular ganó las elecciones de febrero de 1936
Los
intelectuales apoyaron a la izquierda durante la guerra civil española.
Carrillo
no fue responsable de las matanzas de Paracuellos
Franco
ganó la guerra gracias a la ayuda extranjera
McCarthy
cayó por su paranoia anticomunista
Allende
fue un demócrata
Ariel
Sharon provocó la segunda intifada
El
ejército israelí mató a Mohammed al-Dura
A los profesionales de la COPE, d. El Mundo y d. Libertad
Digital, que tanto trabajan cotidianamente para que, a pesar de lo que desean
serviles comisarios políticos, ciertas mentiras interesadas no pasen a la
Historia. España nunca pagará bastante la deuda que tiene contraída con ellos
por su valor, honradez y veracidad.
Basta
repasar las primeras páginas de la Biblia para encontrarse con el hecho de que
la desgracia del género humano comenzó con la original logró que Eva creyera
sus embustes, la primera pareja entró por el camino del desastre. La mentira de
la serpiente estaba cargada de astucia en su pasmosa sencillez. Tan sólo
ofrecía un imposible deseable —ser como Dios—, negaba las consecuencias de los
actos cometidos bajo su impulso y cargaba las culpas sobre otros.
Se discute si Adán creyó lo que le decía su mujer o si, como pretendía Milton,
simplemente decidió unirse a ella por temor a perderla. Fuera como fuese, los
resultados de aquel embaucamiento difícilmente pudieron ser más deplorables. De
hecho, si creemos lo que afirma el relato del Génesis, allí se encuentra el
origen de todas nuestras desdichas.
Sea cual sea la opinión que se tenga de lo relatado en el Génesis debe
reconocerse como mínimo que constituye un claro paradigma de las mentiras
históricas. Éstas nunca han sido inocentes. No derivan —como sería legítimo— de
la falibilidad humana, del escaso conocimiento que tenemos de algunos hechos o
de la especulación. No, en realidad las mentiras que se encarnan en la Historia
suelen tener una intencionalidad ideológica clara. Mediante su uso se pretende
legitimar causas no pocas veces ilegítimas, inventar justificaciones para el
presente, desviar las propias responsabilidades hacia otros, encontrar chivos
expiatorios de los pecados propios e incluso desculpabilizar las mayores
atrocidades. Como muy acertadamente señaló Orwell en 1984 al describir lo que
sería un futuro sometido a un régimen socialista, las mentiras históricas
pretenden alterar la imagen del pasado para así apoderarse del presente y
dominar el futuro.
Las mentiras recogidas en este volumen —una veintena de entre cientos que
podríamos haber señalado— son, en su aplastante mayoría, de ese jaez. Con ellas
se pretende legitimar el uso del terrorismo, el desmembramiento de España, el
sometimiento y la anexión de regiones, o el ejercicio de formas de poder cuya
carga letal ha quedado más que demostrada. Ninguna de ellas resiste el menor
análisis histórico riguroso. Sin embargo, gozan de amplio predicamento
precisamente porque se han difundido de manera asfixiante con fines
propagandísticos.
Resulta indispensable, por tanto, su desenmascaramiento, y no sólo por lo que
tienen de falsas en términos científicos, sino, sobre todo, por las terribles
consecuencias que vienen acarreando desde hace tiempo. No nos engañemos. La
mayoría de las mentiras recogidas en este volumen ha tenido como fruto directo
el derramamiento de sangre inocente, pero su potencial destructivo futuro es
aún mayor.
Comenzaba esta breve introducción citando la Biblia. Permítaseme volver a ella
para concluirla y, más concretamente, a aquellas palabras de Jesús recogidas en
el Evangelio de Juan, las que afirman que «la Verdad os hará libres». No tengo
la menor duda de que hay Verdad y Vida en esa cita, amén de un notable Camino
que todos deberíamos seguir. Sin Verdad, no hay posibilidad de vivir
libremente, por más que algún majadero solemne y vacuo haya pretendido
enmendarle la plana al rabino de Nazaret afirmando que la libertad es la que
nos hace verdaderos. No les entretengo más. La Historia —la verdadera, la que
deshace mitos— les está esperando.
Madrid-Key
Bizcayne-Madrid
primavera
y verano de 2006
Mentira
1
Jesús
no es mencionado fuera de las fuentes cristianas
No
existe personaje histórico sobre el que se hayan escrito más inexactitudes que
Jesús de Nazaret. No sólo eso. Determinadas afirmaciones incluso han terminado
adquiriendo algo parecido a la carta de naturaleza y se repiten de manera
acrítica vez tras vez. Una de ellas es la que insiste en que Jesús no aparece
mencionado en fuentes históricas distintas de las contenidas en el Nuevo
Testamento. A decir verdad, es exactamente todo lo contrario.
Las
referencias históricas sobre Jesús son relativamente abundantes. Aparte de los
cuatro Evangelios canónicos —Mateo, Marcos, Lucas y Juan—, el Nuevo Testamento
contiene otros veintitrés libros en los que se recogen datos sobre la vida y la
enseñanza de Jesús. A estas fuentes se añaden distintos escritos apócrifos de
valor desigual y referencias patrísticas que pueden situarse todavía en el
siglo I. Sin embargo, precisamente por los orígenes de esas fuentes —
cristianos y heréticos— resulta de interés preguntarse si hay otras más,
históricas, que mencionen a Jesús y, sobre todo, si éstas son distintas de las
cristianas. La respuesta es rotundamente afirmativa.
Las primeras referencias a Jesús fuera del marco cultural y espiritual del
cristianismo las encontramos en fuentes clásicas. A pesar de ser limitadas,
tienen una importancia considerable porque surgen de un contexto cultural
previo al Occidente cristiano y porque —de manera un tanto injustificada— son
ocasionalmente las únicas extra bíblicas conocidas incluso por personas que se
presentan un tanto alegremente como especialistas en la Historia del
cristianismo primitivo. La primera de esas referencias la hallamos en Tácito.
Nacido hacia el 56-57 d.C., Tácito desempeñó los cargos de pretor (88 d.C.) y cónsul
(97 d.C.), aunque su importancia radica fundamentalmente en haber sido el autor
de dos de las grandes obras históricas de la Antigüedad clásica: los Anales y
las Historias. Fallecido posiblemente durante el reinado de Adriano (117-138
d.C.), sus referencias históricas son muy cercanas cronológicamente en buen
número de casos.
Tácito menciona de manera concreta el cristianismo en Anale. XV,
44, una obra escrita hacia el 115-117. El texto señala que los cristianos eran
originarios de Judea, que su fundador había sido un tal Cristo —resulta más
dudoso saber si Tácito consideró la mencionada palabra como título o como
nombre propio— ejecutado por Pilatos y que durante el principado de Nerón sus
seguidores ya estaban afincados en Roma, donde no eran precisamente populares.
La segunda mención de Jesús en las fuentes clásicas la encontramos en Suetonio.
Aún joven durante el reinado de Domiciano (81-96 d.C.), Suetonio ejerció la
función de tribuno durante el de Trajano (98-117 d.C.) y la de secretario ab
epistulis en el de Adriano (117-138), cargo del que fue cesado por su mala
conducta. En su Vida de los doce asares (Claudio XXV),
Suetonio menciona una medida del emperador Claudio encaminada a expulsar de
Roma a unos judíos que ocasionaban tumultos a causa de un tal «Cresto». Los
datos coinciden con lo consignado en algunas fuentes cristianas que se refieren
a una temprana presencia de cristianos en Roma y al hecho de que en un
porcentaje muy elevado eran judíos en aquellos primeros años. Por añadidura, el
pasaje parece concordar con lo relatado en Hechos 18, 2 y podría referirse a
una expulsión que, según Orosio (VII, 6, 15), tuvo lugar en el noveno año del
reinado de Claudio (49 d.C.). En cualquier caso, no pudo ser posterior al año
52.
Una tercera referencia en la Historia clásica la hallamos en Plinio el Joven
(61-114 d. C.). Gobernador de Bitinia bajo Trajano, Plinio menciona a los
cristianos en el décimo libro de sus Carta. (X, 96, 97). Por él sabemos que
consideraban Dios a Cristo y que se dirigían a él con himnos y oraciones. Gente
pacífica, pese a los maltratos recibidos en ocasiones por parte de las
autoridades romanas, no dejaron de contar con abandonos en sus filas.
A mitad de camino entre el mundo clásico y el judío nos encontramos con la
figura de Flavio Josefo. Nacido en Jerusalén el año primero del reinado de
Calígula (37-38 d. C.), y perteneciente a una distinguida familia sacerdotal
cuyos antepasados —según la información que nos suministra Josefo— se
remontaban hasta el periodo de Juan Hircano, este historiador fue protagonista
destacado de la revuelta judía contra Roma que se inició en el año 66 d.C. Fue
autor, entre otras obras, de La guerra de los judíos y las Antigüedades de los
judíos. En ambas obras encontramos referencias relacionadas con Jesús. La
primera se halla en Ant. XVIII, 63, 64, y su texto en la versión griega es como
sigue:
«Vivió
por esa época Jesús, un hombre sabio, si es que se le puede llamar hombre.
Porque fue hacedor de hechos portentosos, maestro de hombres que aceptan con
gusto la verdad. Atrajo a muchos judíos y a muchos de origen griego. Era el
Mesías. Cuando Pilatos, tras escuchar la acusación que contra él formularon los
principales de entre nosotros lo condenó a ser crucificado, aquellos que lo
habían amado al principio no dejaron de hacerlo. Porque al tercer día se les
manifestó vivo de nuevo, habiendo profetizado los divinos profetas estas y
otras maravillas acerca de él. Y hasta el día de hoy no ha desaparecido la
tribu de los cristianos». (Ant. XVIII, 63-64).
El
segundo texto en Antigüedades XX, 200-203 afirma:
«El
joven Anano… pertenecía a la escuela de los saduceos que son, como ya he
explicado, ciertamente los más desprovistos de piedad de entre los judíos a la
hora de aplicar justicia. Poseído de un carácter así, Anano consideró que tenía
una oportunidad favorable porque Festo había muerto y Albino se encontraba aún
de camino. De manera que convenció a los jueces del Sanedrín y condujo ante
ellos a uno llamado Santiago, hermano de Jesús el llamado Mesías y a algunos
otros. Los acusó de haber transgredido la Ley y ordenó que fueran lapidados.
Los habitantes de la ciudad que eran considerados de mayor moderación y que
eran estrictos en la observancia de la Ley se ofendieron por aquello. Por lo
tanto enviaron un mensaje secreto al rey Agripa, dado que Anano no se había
comportado correctamente en su primera actuación, instándole a que le ordenara
desistir de similares acciones ulteriores. Algunos de ellos incluso fueron a
ver a Albino, que venía de Alejandría, y le informaron de que Anano no tenía
autoridad para convocar el Sanedrín sin su consentimiento. Convencido por estas
palabras, Albino, lleno de ira, escribió a Anano amenazándolo con vengarse de
él. El rey Agripa, a causa de la acción de Anano, lo depuso del Sumo sacerdocio
que había ostentado durante tres meses y lo reemplazó por Jesús, el hijo de
Damneo».
Ninguno
de los dos pasajes de las Antigüedades relativos al objeto de nuestro estudio
es considerado de manera absoluta como auténtico, aunque es muy común aceptar
la autenticidad del segundo texto y rechazar la del primero en todo o en parte.
El hecho de que Josefo hablara en Ant. XX de Santiago como «hermano de Jesús
llamado Mesías» —una alusión tan magra y neutral que no podría haber surgido de
un interpolador cristiano— hace pensar que había hecho referencia a Jesús
previamente. Esa referencia anterior acerca de Jesús sería la de Ant. XVIII 3,
3. La autenticidad de este pasaje no fue cuestionada prácticamente hasta el
siglo XIX ya que, sin excepción, todos los manuscritos que nos han llegado lo
contienen. Tanto la limitación de Jesús a una mera condición humana como la
ausencia de otros apelativos hacen prácticamente imposible que su origen sea el
de un interpolador cristiano. Además, la expresión tiene paralelismos en el
mismo Josefo (Ant. XVIII, 2, 7; X, 11, 2). Seguramente también es auténtico el
relato de la muerte de Jesús, en el que se menciona la responsabilidad de los
saduceos en la misma y se descarga de culpa a Piloto, algo que ningún
evangelista (no digamos cristianos posteriores) estaría dispuesto a afirmar de
forma tan tajante, pero que sería lógico en un fariseo como Josefo y más si no
simpatizaba con los cristianos y se sentía inclinado a presentarlos bajo una
luz desfavorable ante un público romano.
Otros aspectos del texto apuntan asimismo a un origen josefino: la referencia a
los saduceos como «los primeros entre nosotros»; la descripción de los
cristianos como «tribu» (algo no necesariamente peyorativo) (Comp. con Guerr.
III, 8, 3; VII, 8, 6); etc. Resulta, por lo tanto, muy creíble que Josefo
incluyera en las Antigüedades una referencia a Jesús como un «hombre sabio»,
cuya muerte, instada por los saduceos, fue ejecutada por Pilatos, y cuyos
seguidores seguían existiendo hasta la fecha en que él escribía. Más dudosas
resultan la clara afirmación de que Jesús «era el Mesías» (Cristo) y las palabras
«si es que puede llamársele hombre», así como la mención de la resurrección de
Jesús. La referencia como «maestro de gentes que aceptan la verdad con placer»
posiblemente sea también auténtica en su origen, si bien en la misma podría
haberse deslizado un error textual al confundir (intencionadamente o no) el
copista la palabra TAAEZE con TALEZE. En resumen, podemos señalar que el
retrato acerca de Jesús que Josefo reflejó originalmente pudo ser muy similar
al que señalamos a continuación:
«Jesús
era un hombre sabio, que atrajo en pos de sí a mucha gente, si bien la misma
estaba guiada más por un gusto hacia lo novedoso (o espectacular) que por una
disposición profunda hacia la verdad. Se decía que era el Mesías y,
presumiblemente por ello, los miembros de la clase sacerdotal decidieron acabar
con él entregándolo con esta finalidad a Pilatos, que lo crucificó. Pese a
todo, sus seguidores, llamados cristianos a causa de las pretensiones
mesiánicas de su maestro, DIJERON que se les había aparecido».
En
el año 62, un hermano de Jesús, llamado Santiago, fue ejecutado por Anano, si
bien, en esta ocasión, la muerte no contó con el apoyo de los ocupantes, sino
que tuvo lugar aprovechando un vacío de poder romano en la región. Tampoco esta
muerte habría conseguido acabar con el movimiento.
Aparte de los textos mencionados, tenemos que hacer referencia a la existencia
del Josefo eslavo y de la versión árabe del mismo. Esta última, recogida por un
tal Agapio en el siglo X, coincide en buena medida con la lectura que de Josefo
hemos realizado en las páginas anteriores; sin embargo, su autenticidad resulta
problemática. Su traducción al castellano dice así:
«En
este tiempo existió un hombre sabio de nombre Jesús. Su conducta era buena y
era considerado virtuoso. Muchos judíos y gente de otras naciones se
convirtieron en discípulos suyos. Los que se habían convertido en sus
discípulos no lo abandonaron. Relataron que se les había aparecido tres días
después de su crucifixión y que estaba vivo; según esto, fue quizá el Mesías
del que los profetas habían contado maravillas».
En
cuanto a la versión eslava, se trata de un conjunto dé interpolaciones no sólo
relativas a Jesús sino también a los primeros cristianos.
Con todo, posiblemente la colección más interesante de textos relacionados con
Jesús se halle en las fuentes rabínicas. Este conjunto reviste un enorme
interés porque procede de los adversarios espirituales de Jesús y del
cristianismo, porque resulta especialmente negativo en su actitud hacia el
personaje y, de manera muy sugestiva, porque viene a confirmar buen número de
los datos suministrados acerca de él por los autores cristianos.
Así, en el Talmud se afirma que Jesús realizó milagros. Ciertamente, insiste en
que eran fruto de la hechicería (Sanh. 107; Sota 47b; J. Hag. II, 2), pero no
los niega ni los relativiza. De la misma manera, se reconoce el seguimiento que
tuvo en ciertos sectores del pueblo judío —un dato proporcionado también por
Josefo — al señalar que sedujo a Israel (Sanh. 43a).
Este último dato reviste una enorme relevancia porque se relaciona con la razón
de la muerte de Jesús. En las últimas décadas, por razones históricas fáciles
de explicar, ha existido una tendencia muy acusada a distanciar a los judíos de
la ejecución de Jesús. Si con ello se pretende decir que no todos los judíos de
su época tuvieron responsabilidad en su ejecución y que los actuales no deben
cargar con la culpa, la meta de semejante corriente historiográfica es
correcta. Si, por el contrario, lo que se desea señalar es que la condena y
muerte de Jesús fue un asunto meramente romano, entonces se falta a la verdad
histórica. Los Evangelios indican que en el inicio del proceso que culminaría
con la crucifixión de Jesús hubo una acción de las autoridades judías que le
consideraban alguien que extraviaba al pueblo. El dato es efectivamente
repetido por el Talmud, que incluso atribuye toda la responsabilidad de la
ejecución en exclusiva a esas autoridades y que señala que lo colgaron —una
referencia a la cruz— la víspera de Pascua (Sanh. 43a).
Aún de mayor interés son los datos que nos proporcionan las fuentes rabínicas
sobre la enseñanza y las pretensiones de Jesús. En armonía con distintos
pasajes de los Evangelios, el Talmud nos dice que Jesús se proclamó Dios e
incluso se señala que anunció que volvería por segunda vez (Yalkut Shimeoni
725). Ambas doctrinas —la de la conciencia de divinidad de Cristo y la de su
Parusía— han sido atacadas desde el siglo XIX como creaciones de los primeros
cristianos desprovistas de conexión con la predicación original de Jesús.
Curiosamente, son los mismos adversarios rabínicos de Jesús los que confirman
en estos textos las afirmaciones de los Evangelios en contra de la denominada
Alta crítica.
De enorme interés son también las referencias a la interpretación de la Torah
que sustentaba Jesús. En las últimas décadas, en un intento por salvar la
distancia entre el judaísmo y Jesús, se ha insistido en que la reinterpretación
de la Torah no se debía a Jesús sino a Pablo y a los primeros cristianos. De
nuevo, la suposición es desmentida por los textos rabínicos. De hecho, se le
acusa específicamente de relativizar el valor de la Ley, lo que le habría
convertido en un falso maestro y en acreedor a la última pena. Este
enfrentamiento entre la interpretación de la Torah propia de Jesús y la de los
fariseos explica, por ejemplo, que algún pasaje del Talmud llegue incluso a
representarlo en el otro mundo condenado a permanecer entre excrementos en
ebullición (Guit. 56b-57a). Con todo, debe señalarse que este juicio
denigratorio no es unánime y así, por ejemplo, se cita con aprecio alguna de
las enseñanzas de Jesús (Av. Zar. 16b-17a; T. Julin II, 24).
El Toledot Ieshu, una obra judía anticristiana, cuya datación general es
medieval, pero que podría ser de origen anterior, insiste en todos estos mismos
aspectos denigratorios de la figura de Jesús, aunque no se niegan los rasgos
esenciales presentados en los Evangelios sino que se interpretan bajo una luz
distinta. Esta visión fue común al judaísmo hasta el siglo XIX y así, en las
últimas décadas, se ha ido asistiendo junto a un mantenimiento de la opinión
tradicional a una reinterpretación de Jesús como hijo legítimo del judaísmo
aunque negando su mesianidad (J. Klausner), su divinidad (H. Schonfield) o
aligerando los aspectos más difíciles de conciliar con el judaísmo clásico (D.
Flusser). De la misma manera, los últimos tiempos han sido testigos de la
aparición de multitud de movimientos que, compuestos por judíos, han optado por
reconocer a Jesús como Mesías y Dios sin renunciar por ello a las prácticas
habituales del judaísmo (Jews for Jesus, judíos mesiánicos, etc.).
Resumiendo, pues, puede señalarse que efectivamente contamos con fuentes
históricas distintas de las cristianas para conocer la vida y la enseñanza de
Jesús. Todas ellas eran hostiles —a lo sumo, indiferentes— pero, de manera muy
interesante, corroboran la mayoría de los datos que conocemos por el Nuevo
Testamento.
Su judaísmo, su pertenencia a la estirpe de David, su autoconciencia de
mesianidad y divinidad, la realización de milagros, su influencia sobre cierto
sector del pueblo judío, su afirmación de que vendría por segunda vez, su
ejecución a instancias de algunas autoridades judías, pero a manos del
gobernador romano Pilatos, la afirmación de que había resucitado y la
supervivencia de sus discípulos hasta el punto de alcanzar muy pronto la
capital del imperio, son tan sólo algunos de los datos que nos proporcionan —no
con agrado, todo hay que decirlo— las diferentes fuentes no cristianas. Es
mucho más de lo que sabemos por fuentes alternativas en el caso de la mayoría
de los personajes de la Antigüedad.
Bibliografía
La historicidad de Jesús y la investigación de las fuentes relacionadas con
ella han sido objeto de distintos estudios anteriores. Una amplia bibliografía
sobre ello se encuentra en César Vidal, Diccionario de Jesús y los
Evangelios, Estella, 1995. Un estudio en profundidad sobre la manera en que
paganos y judíos contemplaron a los primeros discípulos de Jesús en César
Vidal, El judeocristianismo palestino en el s. I, Madrid,
1995. Para analizar la prehistoria de los Evangelios, debo remitir a César
Vidal , El documento Q. El primer Evangelio, Barcelona, 2005. Un
análisis histórico sobre la figura de Jesús en comparación con los judíos del
periodo del Segundo Templo puede hallarse en César Vidal, Jesús y los
manuscritos del mar Muerto, Barcelona, 2006. Por último, resulta de
interés la cuestión de la relación entre el mensaje de Jesús y el de Pablo. He
analizado el tema en mi libro Pablo, el judío de Tars. (Madrid
2006), una obra que ha ganado el IV Premio Algaba de biografía.
Pocas
veces ha tenido un personaje literario una resonancia tan universal como el rey
Arturo. Desde Geoffrey de Monmouth a Wagner pasando por Chrétien de Troyes, los
relatos sobre Arturo y sus caballeros han alimentado la imaginación de
generaciones enteras de manera creciente y polimórfica. Mel Ferrer, Nigel Jerry
y Sean Connery le han prestado su rostro. En mayor o menor medida, la
existencia del rey Arturo es admitida actualmente por los historiadores, aunque
se preocupen de matizar las circunstancias históricas. La cuestión esencial,
sin embargo, es que afirmar que Arturo fue rey es una mentira histórica.
Las
discusiones sobre el origen de las distintas partes, personajes y episodios de
los mitos artúricos y sobre la historicidad de sus protagonistas han hecho
correr ríos de tinta y en no pocas ocasiones se han caracterizado mucho más por
la imaginación que por el rigor histórico. Sin embargo, por encima de las
especulaciones, hoy en día no puede discutirse el hecho de que Arturo fue un
personaje real. Su verdadero nombre era Artorius y, a diferencia de lo
establecido en la inmensa mayoría de los relatos, no era celta sino romano. La
familia de los Artorii ya tenía una dilatada tradición de permanencia en
Bretaña cuando nació nuestro personaje. Su llegada a la isla tuvo lugar en
torno al año 180 d.C. En esa época, un tal Lucius Artorius Castus comenzó a desempeñar
el cargo de praefectus castrorum (prefecto de campamento) de la Legión VI
Victrix, con base en Ebocarum, York. Sus descendientes continuaron ejerciendo
tareas relacionadas con la defensa del Imperio romano frente a las incursiones
bárbaras. Uno de ellos, también llamado Lucius Artorius Castus, constituye la
base histórica del mito del rey Arturo.
Artorius nació en Dumnonia, una población de Cornualles. Cuando tenía quince
años de edad, entró en el ejército romano y en 475 se convirtió en oficial de
caballería a las órdenes de Catavia, el magister militum y
jefe de la base militar romana en Cadbury. Artorius cumplió sus funciones
castrenses con notable competencia y al cabo de tres años llegó a ser
comandante de la base romana de Dunkery Beacon. Se trataba de un enclave
pequeño, pero de una notable importancia estratégica en el dispositivo de
defensa frente a los bárbaros. Nuevamente, Artorius volvió a desempeñar sus
ocupaciones correctamente y, en 481, Aurelio lo nombró procurator rei
publicae, un empleo consistente en realizar las requisas para el ejército.
Artorius no tardó en ser ascendido a magister militum. En calidad
de tal, libró con éxito una serie de campañas cuya finalidad era quebrantar el
creciente poder bárbaro en el sur de la isla. Nennio menciona una docena de
esos choques armados que, no obstante, quedaron eclipsados por una hazaña de
mayor envergadura consistente en repeler una gran invasión bárbara procedente
de Irlanda. Las fuentes célticas mencionan repetidamente la manera en que Artorius
logró expulsar a los irlandeses y es muy posible que de haber fracasado en su
empeño Bretaña se hubiera visto anegada por los bárbaros y hubieran
desaparecido conjuntamente el poder romano y la religión cristiana. A pesar de
eso, todo indica que el número de bajas sufrido por las tropas de Artorius fue
elevadísimo, en otras palabras, se trató de un choque a la desesperada cuyo
desenlace, de haber sido distinto, hubiera cambiado la Historia.
La victoria de Artorius tuvo además consecuencias de enorme importancia para el
imperio —cada vez más acosado por los bárbaros y viviendo sus días finales— y,
sobre todo, para Artorius y el desarrollo de su mito. Aurelio lo designó para
sucederle como Regissimus Britanniarum, adoptándolo además como
hijo. La única condición era que el propio Artorius a su vez nombraría sucesor
a un miembro de la familia de Aurelio. La posteridad confundiría, en parte por
ignorancia, en parte por interés, ese cargo con el de rey de Bretaña, lo que
explica la evolución ulterior de la leyenda, en la que Arturo ya no es un
militar romano sino un monarca. No fue ése el único punto de contacto entre la
historia del Arturo-Artorius histórico y la del rey Arturo. Algo similar
sucede, como veremos más adelante, con aspectos como la sede de su gobierno
situada en Camelot, la rebelión de Mordred o el exilio en Avalón.
Mientras Artorius combatía contra los invasores bárbaros procedentes de Irlanda
—sin duda, un episodio que los nacionalistas irlandeses no desearían recordar—
tuvo lugar la muerte de Aurelio, el Regissimus Britanniarum. Artorius
era el sucesor designado, pero para que la transición se llevara a cabo sin
complicaciones estaba obligado a rendirle honores funerarios y, especialmente,
a recorrer las distintas guarniciones militares a fin de asegurarse la lealtad
de las mismas. De este periodo parten precisamente dos de los elementos más
conocidos del ciclo artúrico: el establecimiento de su capital en Camelot y la
creación de una orden de caballería.
El invierno de 491 lo empleó Artorius en la visita a los distintos contingentes
de tropas y, acto seguido, estableció la sede de su gobierno en Camulodunum,
una base que estaba conectada por una red de calzadas romanas. Sería
precisamente este enclave el que pasaría a la leyenda como Camelot aunque debe
indicarse que Artorius lo cambiaría en el futuro.
Aún más interesante es el origen de la leyenda referente a una orden de
caballería. La lucha contra los bárbaros irlandeses había ocasionado, como ya
vimos, un número considerable de bajas a las fuerzas de Artorius y, al parecer,
éstas fueron especialmente elevadas en lo que a la caballería romano-britana se
refiere. Urgía, por lo tanto, renovar un cuerpo de jinetes que —resulta
comprensible— los narradores posteriores convertirían ya en caballeros. No deja
de ser significativo que incluso en algunos de los caballeros legendarios del
rey Arturo pueda rastrearse a los hombres que sirvieron a las órdenes de
Artorius. Por ejemplo, el famoso sir Kay quizá fuera Cayo, uno de los oficiales
de Artorius; Bedwyr pudo ser el romano Betavir y Gawain seguramente fue
Valvanio Vorangono, sobrino de Artorius.
Los contingentes de caballería resultaron eficaces, como lo demuestra el que,
en torno al 493, Artorius logró un triunfo resonante contra los anglos en la
batalla de la colina de Badon. Difícilmente puede infravalorarse esta victoria
porque aseguró la paz con los anglos durante medio siglo. Los restos
arqueológicos son bien reveladores al respecto, pero apenas nos pueden
transmitir el tremendo impacto emocional que causó esta batalla entre los
contemporáneos de Artorius. Para ellos, seguramente, fue un claro ejemplo de
cómo la Luz vencía a las Tinieblas, la Civilización a la Barbarie y Cristo a
los dioses paganos. Parece ser que Artorius chocó ocasionalmente con algunos
monasterios, pero su relación con la Iglesia fue muy fecunda y él mismo era
considerado —y se consideraba — un cristiano devoto.
El periodo de paz que se vivió después de la batalla de Badon encaja, por lo
tanto, con la época de esplendor y sosiego de las leyendas artúricas, logrados
ambos —no lo olvidemos— por la acción de sus caballeros. No son éstos los
únicos paralelismos bien significativos entre Artorius y Arturo. Pasemos a su
vida privada. El ciclo artúrico habla del matrimonio del monarca con Ginebra y
del adulterio ulterior de ésta. La base real de la leyenda es obvia. En la
historia, Artorius se casó dos veces. Su primera esposa fue Leonor de Gwent.
Que ese matrimonio no duró resulta indiscutible, aunque no es fácil saber si
Artorius se divorció de ella —la práctica del divorcio no planteó problemas
canónicos hasta muy avanzada la Edad Media y aún entonces sólo en el
cristianismo occidental— o si Leonor lo abandonó, lo que podría ser la base de
la leyenda del adulterio regio. La segunda esposa de Artorius sí se llamó
Ginebra. Al parecer, era de ascendencia romana y había sido criada en la casa
de Cador, el magister militumde Artorius. El matrimonio debió
celebrarse en torno al año 506.
El enlace con Ginebra fue muy cercano temporalmente —nueva coincidencia— a la
proclamación de Artorius como imperator en una nueva capital, situada ahora en
Luguvalium. El título era honorífico y, generalmente, sólo implicaba haber
logrado una gran victoria militar lo que, en realidad, había ocurrido. Sin
embargo, no puede descartarse que Artorius intentara cimentar un nuevo orden
político ahora que resultaba obvio que el Imperio romano de Occidente
—desaparecido en el año 476— no iba a volver a existir. Que Artorius no estaba
falto de razón al actuar así es obvio para nosotros que conocemos la Historia
posterior, pero, desde luego, distaba mucho de estar tan claro para sus
contemporáneos. De hecho, fueron varios nobles romanos los que se opusieron
directamente a las acciones de Artorius. Su peor adversario fue Medrautus
Lancearius —el Mordred de la leyenda—, que era hijo del rey norteño Dubnovalo
Lotico y de Ana Ambrosia, la hija de Aurelio. Dado que Artorius había sido
adoptado por Aurelio cuando era joven, Ana Ambrosia era su hermana y el hijo de
ésta, Medrautus Lancearius su sobrino… exactamente igual que en las leyendas
artúricas. Medrautus contaba además con un enorme ejército al que había
incorporado escoceses, irlandeses, anglosajones y otros enemigos de Artorius.
En el año 514 Artorius, con una parte de sus fuerzas, abandonó una campaña que
mantenía contra los bárbaros y se dirigió hacia su capital. Medrautus lo
esperaba para aniquilarlo. El primer choque tuvo lugar en Verterae y concluyó
con la victoria de Artorius. Sin embargo, Medrautus logró romper el cerco y
escapar. Perseguido por Artorius, se dirigió al norte, hacia la fortaleza
romana de Camboglanna —la Camlann de las leyendas— situada en el Muro de
Adriano. Allí —en un enclave conocido actualmente como Birdoswald— se produjo
el enfrentamiento decisivo con Artorius.
El combate se mantuvo indeciso durante bastante tiempo pero, finalmente,
Artorius lanzó una carga de caballería (los caballeros, otra vez) contra las
fuerzas enemigas que las aniquiló, resultando muerto Medrautus. La victoria fue
indudable, pero el coste no resultó pequeño. La necedad de Medrautus —que
hubiera sido designado seguramente heredero por Artorius y que, por lo tanto,
hubiera obtenido lo que deseaba evitando la guerra— ocasionó la muerte de
Artorius como consecuencia de una herida en la batalla. Aún agonizante,
Artorius fue llevado a Aballava, un fuerte romano situado en el Muro de
Adriano. La leyenda posterior convertiría este enclave en la isla de Avalón, la
actual Glastonbury.
Era el año 514 y con el fallecimiento de Artorius la lucha para defender
Britannia del paganismo y de la barbarie llegaba a su fin. Ni la civilización
romana ni el cristianismo iban a contar ya con una defensa eficaz en mucho
tiempo. Comenzaba la «Edad Oscura». Sin embargo, el esfuerzo de Artorius había
sido tan titánico y sus metas —la defensa de la paz, el orden, el imperio de la
ley y el cristianismo— habían rezumado tanta nobleza que la leyenda se
apropiaría del personaje convirtiéndolo en un símbolo nacional y, dicho sea de
paso, en rey. Según ésta, las hadas cuidan de él en la isla de las manzanas —
Avalón— y de allí regresará, valiente y victorioso, si algún día Inglaterra ve
cernirse sobre ella una amenaza similar a la de los bárbaros que antaño derrotó
el inigualable caudillo.
Bibliografía
La bibliografía artúrica es inmensa, lo que resulta lógico dada la proyección
del personaje. Excelente obra de compendio —a nuestro juicio insuperada— es
la Arthurian Enciclopedia, Nueva York, 1986, cuyo editor fue Norris
J. Lacy. Interesante desde el punto de vista del contexto sigue siendo la obra
de John Morris, The Age of Arthur. A History of the British
Isles from 350 to 650, Nueva York, 1993. Intentos —más o menos afortunados—
de trazar su trayectoria histórica en J. Markale, King of the Celts. Arthurian
Legends and Celtic Tradition, Rochester, 1994 (desde una perspectiva
céltica muy discutible), E. Jenkins,The Mystery of King Arthur, Nueva
York, 1990; P. E J. Turner, The Real King Arthur. A History
of Post-Roman Britannia, A.D. 410 A.D. 59. (2 vols), 1993; y N. Lorre
Goodrich, King Arthur, Nueva York, 1989. La geografía artúrica
ha sido estudiada por G. Ashe en The Landscape of King Arthur,
Londres, 1987.
Finalmente, he de hacer una referencia obligada a mi novela Artorius ,
Barcelona, 2006, en la que he intentado describir la historia verdadera de
Artorius desde la perspectiva personal de Merlín que, por cierto, no fue un
mago.
Mentira 3
Abd ar-Rahmán III fue un califa ilustrado
El
intento —mucho más enraizado en causas políticas que históricas— de relacionar
el pasado andaluz con la dominación islámica de España ha llevado en los
últimos tiempos a construir toda una mitología sobre Al-Ándalus penosamente
separada de la realidad. Entre los tópicos más deseados y repetidos se halla la
presentación de Abd ar-Rahmán III como un monarca ilustrado, culto y tolerante
que habría contrastado en su conducta con sus bárbaros enemigos de la España
cristiana. Esta mentira histórica choca de manera frontal con los datos que
encontramos en las fuentes históricas, donde Abd ar-Rahmán III puede aparecer
como un monarca poderoso y quizá incluso sibarita, pero, desde luego, ni
ilustrado ni tolerante. A decir verdad, el paradigma máximo del esplendor de
Al-Ándalus fue un personaje caprichoso, cruel, sanguinario y lastrado por
profundos desarreglos psicológicos.
En
los comienzos del siglo VIII, cuando tuvo lugar la invasión islámica, España
era la nación más adelantada de todo el Occidente surgido tras el colapso del
Imperio romano a finales del siglo V. España no sólo poseía un hondo
sentimiento nacional que se puede contemplar, por ejemplo, en las obras de
Isidoro de Sevilla, sino que, además, en términos científicos y culturales se
había adelantado varios siglos al denominado renacimiento carolingio que
tendría lugar en Francia bajo el emperador Carlomagno. Por desgracia para la
nación, esa pujanza cultural no discurrió en paralelo con la solidez política.
La monarquía visigoda, con capitalidad en Toledo, demostró ser una entidad
inestable y frecuentemente sacudida por recidivantes muestras de antisemitismo
y, sobre todo, por una tendencia maligna a la división partidista.
Al acceder al trono don Rodrigo, los partidarios de su antecesor Vitiza
solicitaron la ayuda de los musulmanes para regresar al poder. La obtuvieron,
pero el resultado no pudo ser más desastroso. Los aliados islámicos de los
partidarios de Vitiza ciertamente cruzaron el Estrecho y acabaron con don
Rodrigo, pero, a continuación, se quedaron en territorio español. La primera
consecuencia de ese acto fue la aniquilación de la cultura más importante de
Occidente en aquella época; la segunda, el establecimiento de una sociedad
islámica en la que no sólo los cristianos y judíos, sino también los conversos
al islam que no eran de origen árabe, se vieron sometidos a un trato
terriblemente discriminatorio.
La resistencia hispánica frente al islam se articuló, prácticamente desde el
primer momento, en un núcleo situado en las montañas de Asturias en torno a la
figura de un noble visigodo llamado Pelayo. A él debieron los resistentes
españoles la primera victoria sobre los invasores musulmanes. Lo que vino
después fue una lucha encarnizada no sólo por sobrevivir frente a la agresión
islámica, sino también por ir recuperando palmo a palmo el territorio ocupado.
Aquel combate entre los herederos de la monarquía española y los musulmanes
alcanzó una cota de especial importancia, muy poco antes de la llegada al poder
de Abd ar-Rahmán III, con Alfonso III de Asturias que se autodenominó rex
totius Hispaniae, el rey de toda España. Consciente de que, de
facto, no lo era, dada la situación de invasión islámica que sufría buena
parte de la Península, con todo, de iure o siquiera de voluntate, su
reino era sucesor de aquella España visigótica independiente y unida,
aniquilada por los musulmanes a los que abrieron la puerta los traidores
partidarios de Vitiza.
La noción patrimonial del reino llevó a los vástagos de Alfonso III a
repartírselo, permaneciendo Ordoño en Galicia, Fruela en Oviedo y García en
Castilla y demás tierras nuevas. No impidió aquella división —que no tardaría
en ser anulada por un Ordoño que establecería su capital en León— la
continuación del avance hacia el dominio total de la cuenca del Duero. De
hecho, los condes que gobernaban las tierras castellanas repoblaron en el año
912 Roa, Osma, Aza, Clunia y San Esteban. El potencial humano lo proporcionaron
fugitivos mozárabes y, de manera muy especial, vascones que dejarían su huella
en nombres y topónimos que indicarían la unión entrañable que durante siglos
mantendrían con una Castilla que estaban contribuyendo decisivamente a asentar.
En apariencia, la Reconquista había entrado en una fase de asentamiento en la
que sólo habría que esperar a que los avances militares de los núcleos de
resistencia norteños y la descomposición interna de Al-Ándalus, creada por el
odio hacia los dominadores árabes, culminaran, para que se vieran coronados sus
objetivos esenciales. Éstos no eran otros que la restauración de la unidad
nacional de España y la expulsión de los invasores islámicos. Tanta era la
convicción de los cristianos al respecto que en pleno reinado de Alfonso III se
llegó a adjudicar a éste el cumplimiento de la profecía de Ezequiel sobre Gog y
Magog, dando a entender que acabaría expulsando a los musulmanes de España. Los
acontecimientos iban a discurrir de manera muy diferente y durante un siglo los
núcleos de resistencia norteños recordarían más el Apocalipsis que los oráculos
del profeta judío. La razón sería la aparición de Abd ar-Rahmán III y la
creación del califato de Córdoba.
Un contemporáneo describiría a Abd ar-Rahmán como «el más hermoso y gentil de
los muslimes, de color rosado y ojos azules». No pudo añadir que era además
rubio por la sencilla razón de que Abd ar-Rahmán se teñía el pelo de negro.
Para Abd ar-Rahmán, sin embargo, esas características constituían un
insoportable motivo de sufrimiento ya que no eran las propias de un príncipe
árabe, de un omeya, sino que procedían de su madre, una esclava vascona. Por si
fuera poco, sus piernas eran más cortas de lo que exigiría su estatura. Para evitar
dar una imagen que lo atormentaba, Abd ar-Rahmán se empeñaba en montar caballos
de gran alzada y en permanecer sentado ante sus interlocutores, en ocultar a
fin de cuentas que era como era.
Cuando contaba veintidós años, en 912, tuvo lugar la muerte de Abd Allah, el
emir de Córdoba, y Abd ar-Rahmán lo sucedió en circunstancias especialmente
difíciles. En el norte, el reino de Asturias continuaba su labor de
reconquista, dominando y controlando ya la línea del Duero con el concurso de
los mozárabes que habían abandonado el cruel dominio de Al-Ándalus. En el sur,
los gobernadores de Ifriqiya habían proclamado un califato independiente que
podía fácilmente atraer las voluntades de las legiones de musulmanes
descontentos. En el interior, finalmente, los musulmanes de origen español, los
denominados muladíes, seguían disconformes con el dominio de sus
correligionarios árabes y continuaban siendo un peligro incesante para el emir
de Córdoba por más que alguno de los focos de rebeldía, como el de Omar ibn
Hafsún, se hubiera debilitado en los últimos tiempos. El poder efectivo del
emir Abd ar-Rahmán no iba mucho más allá de los arrabales de Córdoba. Sin
embargo, de manera despiadada, lograría imponerse a sus primeros adversarios.
La primera tarea que emprendió fue recuperar una coherencia interna, cuyo
principal enemigo era Omar ibn Hafsún. No fue empresa fácil pero, al cabo de
dos años, el emir de Córdoba había logrado ir arrebatando a aquél el apoyo de
la mayoría de sus seguidores y, prácticamente, recluirlo en las cercanías de su
inexpugnable reducto de Bobastro. En septiembre de 917 falleció Omar ibn Hafsún
y sus hijos sólo pudieron prolongar su resistencia hasta el 19 de enero de 918.
Nada más conocer la caída de Bobastro, Abd ar-Rahmán ordenó desenterrar los huesos
de Omar ibn Hafsún y de su hijo y sucesor Shafar a fin de que fueran expuestos
a la burla del populacho de Córdoba. Poco después, Abd ar Rahmán abandonó el
título de emir y se autoproclamó califa.
Para aquel entonces, los focos de resistencia hispano-muladí se habían
extinguido o estaban en camino de hacerlo. Sevilla había revertido, tras un
conflicto sucesorio, al control del emir de Córdoba y en 916 se le habían
sometido los Algarves y las comarcas de Murcia, Valencia, Tortosa y buena parte
de la de Mérida. A inicios de la década de los treinta, Badajoz, Toledo y la
marca superior también se hallaban en su poder. Se cerraba así un proceso de
dos décadas que se había iniciado realmente con la decadencia del foco de
resistencia en Bobastro y que ponía en manos de Abd ar-Rahmán todo Al-Ándalus.
El resultado inmediato de recuperar la paz interior fue un incremento
extraordinario en las rentas del Estado, que se vieron engrosadas muy poco
después con el botín de las expediciones emprendidas contra los cristianos del
norte, un botín que no pocas veces tenía entre sus partes más pingües la venta
de los prisioneros de guerra como esclavos. De esta manera, si Abd ar-Rahmán II
había percibido un millón de dinares anuales —cifra que se vería muy mermada
durante el gobierno de sus sucesores—, Abd ar-Rahmán III lograría ingresar en
el tesoro público la cifra de poco menos de cinco millones y medio de dinares,
a los que hay que sumar los tres cuartos de millón de su renta personal como
califa.
No deja de ser significativo que una proporción verdaderamente extraordinaria
de la riqueza y del comercio del califato descansara sobre el tráfico de
esclavos y sobre el saqueo de los reinos del norte. A decir verdad, durante el
siglo X, Al-Ándalus se convirtió verdaderamente en el centro del comercio de
seres humanos de Occidente. El propio Abd ar-Rahmán fue un indudable
beneficiario de tan infame institución. Así, a su muerte, su palacio de Medina
Azahara (Madinat al-Zahra) contaba con los servicios de tres mil setecientos
cincuenta esclavos varones y seis mil trescientas mujeres, de las que la
inmensa mayoría también estaban reducidas a la esclavitud. No fueron tan
astronómicas cifras monopolio del primer califa. De hecho, sus sucesores
llegaron a alcanzar la cantidad de trece mil setecientos cincuenta esclavos.
Pero si los medios para crear riqueza eran despóticos no lo eran menos los
mimbres de la pirámide social. Los cristianos o mozárabes continuaban figurando
en la base, tan sólo por encima de los esclavos. Por lo que se refiere a los
muladíes, los hispanos convertidos al islam, se hallaban en lo más bajo del
segmento musulmán de la sociedad, por detrás, por supuesto, de los árabes e
incluso de los norteafricanos. No deja de ser significativo que mozárabes y
muladíes, hispanos de distintas religiones a fin de cuentas, siguieran
manteniendo el uso del romance y que todavía durante el siglo X, es decir, dos
siglos después de la invasión islámica, esa lengua fuera la más hablada en
Al-Ándalus.
Precisamente Abd ar-Rahmán III iba a protagonizar el terrible episodio sufrido
por un niño cristiano llamado Pelayo. Sobrino del obispo de Tuy, fue entregado
al califa en calidad de rehén. Se suponía, por lo tanto, que de acuerdo con los
usos de la época, su vida tenía que haber sido considerada sagrada. Para
desgracia suya, Abd ar-Rahmán III se prendó de él. El niño Pelayo estaba dotado
de «talento y hermosura», unas cualidades que el califa deseaba poseer en todos
los sentidos del término. Las fuentes nos dicen que Abd ar-Rahmán III alternó
las promesas con las «caricias» para que el niño se le entregara y, de paso,
abrazara el islam. La respuesta de la criatura, totalmente indefensa, estuvo
cargada de valentía y dignidad. Rechazó las caricias que le prodigaba el
califa, tiró de la barba a Abd ar-Rahmán III, le arañó en la cara y, en el
colmo del desafío, profirió insultos contra Mahoma. La respuesta del califa fue
terminante. Incapaz de soportar aquel rechazo, ordenó que se sometiera al niño
Pelayo a las torturas más horribles. Finalmente, su cuerpo mutilado acabó
arrojado al río Guadalquivir.
La política de Abd ar-Rahmán III hacia los reinos del norte —como no es de
extrañar— no iba a resultar de entendimiento, concordia o pacifismo. Se trataba
de presas que tenían que ser periódicamente exprimidas y humilladas. En 917, el
mismo año en que murió Omar ibn Hafsún, las tropas de Abd ar-Rahmán III, a las
órdenes de Ahmad ben Abda, atacaron la fortaleza de San Esteban de Gormaz, uno
de los enclaves recientemente repoblados por los cristianos. Aquella incursión
no fue afortunada para Abd ar-Rahmán III. Ordoño II, con la colaboración de
Sancho Garcés de Navarra, contraatacó con maestría y provocó una derrota a los
invasores que llegaron incluso a perder a Ahmad ben Abda en el combate. Al año
siguiente, los reyes de León y Navarra atacaron conjuntamente Nájera y Tudela
apoderándose de Arnedo y Calahorra. De esa manera, no sólo ganaban tierras a
los musulmanes sino que además Navarra traspasaba la línea del Ebro.
Abd ar-Rahmán III, que hasta ese momento sólo había cosechado éxitos, no podía
tolerar aquella situación. De hecho, reaccionó sustituyendo el régimen de
aceifas que tantos resultados —especialmente económicos y de terror— había
tenido hasta la fecha por la articulación de un nuevo tipo de ofensiva de gran
envergadura en la que los enemigos quedaran casi literalmente anegados por la
superioridad del ejército musulmán. Daba así inicio al periodo de las
denominadas «campañas» en las que tanto destacaría Abd ar-Rahmán III y,
posteriormente, Almanzor.
La primera de estas ofensivas fue la conocida en las fuentes árabes como
«campaña de Muez». Concebida inicialmente como una expedición de castigo que
disuadiera a los reinos del norte de su política reconquistadora, dio inicio a
principios del verano de 920, cuando la resistencia interna en Al-Ándalus ya
era cosa definitivamente del pasado. Partiendo de Córdoba, se dirigió a Toledo
y de allí a la antigua calzada romana que llevaba a las altiplanicies de Soria.
Tras llegar a Osma, siguió el camino que flanqueaba el Duero arrasando todo a
su paso. En esa situación se hallaba cuando le llegaron noticias de que el rey
navarro había lanzado un ataque, quizá de diversión, contra Tudela. Desanduvo
entonces parte de su trayecto y cayó sobre Navarra también a sangre y fuego.
Cuando se hallaba Abd ar-Rahmán III cerca de Pamplona, Sancho Garcés no tuvo
otro remedio que correr a defender su capital. Ambos ejércitos chocaron en
Valdejunquera, cerca de Muez. La superioridad islámica, verdaderamente
abrumadora, se tradujo en una victoria de Abd ar-Rahmán III. Mientras algunos
de los soldados cristianos caían cautivos de éste, otros se refugiaron en las
fortalezas de Muez y Viguera. La respuesta de Abd ar-Rahmán III fue fulminante
y — ¿puede extrañarnos a estas alturas?— rebosante de crueldad. Acudió a
asediar ambas plazas, las tomó y a continuación ordenó que se degollara a todos
los defensores. Finalmente, arrasó los campos y emprendió el camino de regreso
a Córdoba. Como comportamiento de un monarca supuestamente ilustrado no deja de
ser paradójico.
Abd ar-Rahmán III había puesto en funcionamiento una maquinaria militar sin
precedentes, cuya finalidad era la muerte o cautividad de los cristianos y la
destrucción absoluta de sus ciudades y haciendas. La total convicción de que
nada podría satisfacerle aparte de su aniquilación debió impulsar a los
monarcas cristianos a intentar recuperar el territorio perdido. Algo más de dos
años después de la derrota de Valdejunquera, Ordoño II y Sancho Garcés
volvieron a su labor de reconquista siendo su objetivo esta vez La Rioja. La
campaña discurrió bien, ya que recuperaron Nájera —que fue incorporada a
Navarra— y Viguera. La muerte poco después de Ordoño II fue aprovechada por Abd
ar-Rahmán III para lanzar una nueva ofensiva, la denominada «campaña de
Pamplona». Pretendía el musulmán conquistar el reino de Navarra e incorporarlo
a Al-Andalus, una decisión en la que no sólo pesaban motivos estratégicos sino
también personales, ya que mientras que había sentido un cierto respeto por Ordoño
II, consideraba al rey navarro personaje desdeñable. Así, las tropas musulmanas
se encaminaron a Tudela y desde allí a Pamplona arrasando todo lo que
encontraban a su paso. Al camino les salió Sancho Garcés, reforzado por
guerreros leoneses, pero Abd ar Rahmán III lo derrotó a orillas del río Irati.
Quedó así indefensa la capital navarra. Una vez más, la generosidad, la
clemencia, el comportamiento ilustrado brillaron por su ausencia. Abd ar-Rahmán
procedió a saquearla, para luego arrasarla sin respetar siquiera la catedral.
Pero no se conformó con aquel triunfo y continuó su expedición hasta la Roca de
Qays desde donde volvió a descender hasta Tudela.
A lo largo de los años siguientes, Ramiro II de León daría repetidas muestras
de ser un monarca excepcional. Hábil diplomático que consideró en su justo
valor la alianza con Navarra, aguerrido combatiente y extraordinario
gobernante, estaba convencido de que la única manera de contener a Abd
ar-Rahmán III era continuar la tarea reconquistadora. La respuesta del califa
no se hizo esperar. Al año siguiente del saqueo de Pamplona, lanzó a su
ejército contra el alto Duero con la intención de desbaratar la obra
reconquistadora de los últimos tiempos. El conde castellano Fernán González se
apercibió del avance enemigo y lo puso en conocimiento del rey leonés. Éste
reunió apresuradamente a sus fuerzas y se enfrentó con los musulmanes en Osma.
Esta vez fueron las armas cristianas las que se alzaron con el triunfo,
posiblemente porque ya disponían de un conocimiento considerable —obtenido
amargamente— de la nueva forma de guerrear de Abd ar-Rahmán III. El califa
intentó reaccionar frente a una derrota que se había zanjado con millares de
bajas entre muertos y prisioneros lanzando una nueva expedición contra Osma en
la que contó con la ayuda de los tuchibíes de Zaragoza. Sin embargo, Ramiro II
no quiso arriesgarse a un enfrentamiento en campo abierto y se hizo fuerte tras
los muros de la plaza.
La respuesta del califa constituyó un nuevo alarde de crueldad. Arrasó toda la
comarca sin exceptuar la ciudad de Burgos, que fue completamente destruida. No
sólo eso. De manera absolutamente injustificada desde cualquier criterio, Abd
ar-Rahmán III llegó hasta el monasterio de san Pedro de Cárdena y procedió a
degollar a los doscientos monjes que vivían en él. Se trató de una muestra de
barbarie que, como veremos, no resultó excepcional.
Sin embargo, sus adversarios no estaban dispuestos a amilanarse. Ramiro II
logró convencer al señor de Zaragoza, Abu Yahya, para que se declarara vasallo
suyo y abandonara la obediencia jurada al califa. Zaragoza tenía una
importancia estratégica fundamental ya que permitía a León y Navarra extenderse
de tal manera que podían casi enlazar con los condados catalanes. Por supuesto,
el califa no estaba dispuesto a tolerarlo. Tras cercar y tomar Calatayud, Abd
ar-Rahmán III fue conquistando uno tras otro todos los castillos de la zona. Al
llegar a las puertas de Zaragoza, Abu Yahya capituló, una acción que el califa
aprovechó para, tras perdonarle la vida, emplearlo en una ofensiva dirigida
contra Navarra. Concluyó ésta con enorme éxito, hasta el punto de que la reina
Toda se declaró vasalla del califa.
Creyó el califa entonces que había llegado el momento de asestar un golpe de
muerte a la monarquía astur-leonesa que, desde hacía décadas, era el corazón de
la resistencia contra los ataques del islam. En apariencia, la empresa era
sobradamente factible, especialmente si se podía reunir un ejército aún más
poderoso que los utilizados en las campañas anteriores. El que ahora levantó
Abd ar-Rahmán contaba con cien mil guerreros. A ellos se sumaron además los
efectivos islámicos acantonados en la frontera superior.
A la cabeza de tan imponente fuerza militar, el califa cruzó el Sistema Central
y se adentró en el territorio leonés en el verano del año 939. En Simancas les
esperaba Ramiro II, al que se habían sumado las mesnadas del conde castellano
Fernán González e incluso tropas navarras al mando de Toda. La batalla, librada
en pleno mes de julio, resultó indecisa durante varios días. Sin embargo,
Ramiro II no dejó de observar las maniobras enemigas y cuando advirtió que las
tropas califales mostraban cansancio cargó contra ellas con todas sus fuerzas.
No pudieron soportar el embate los musulmanes, pero tampoco tuvieron la
posibilidad de retirarse ordenadamente ya que a sus espaldas habían excavado un
foso las tropas cristianas y, al contemplar que era imposible salvarlo con sus
monturas, cundió el pánico y se desbandaron. La derrota adquirió así unas
dimensiones catastróficas, hasta el punto de que el propio Abd ar-Rahmán escapó
a duras penas y se vio obligado a dejar detrás de sí objetos tan preciados como
su Corán personal. No sólo eso. Durante varios días, las tropas cristianas
persiguieron a las islámicas sin dejar de ocasionarles bajas.
En términos reales, Al-Andalus seguía contando con unos recursos y una fuerza
militar muy superiores a los de los reinos cristianos en conjunto. Sin embargo,
la derrota de Simancas había producido una honda desmoralización entre los
musulmanes. El mismo califa era presa de la cólera más intensa al llegar a
Córdoba. Hombre que se sentía inferior, no podía tolerar parecerlo. Una vez
más, su desahogo consistió en una explosión de crueldad. Lejos de reflexionar
sobre la parte, la principal, que le correspondía en la derrota, procedió a
descargar su ira sobre sus soldados y oficiales. Así, las orillas del
Guadalquivir se vieron llenas de horcas y cruces en las que fueron ejecutados
centenares de guerreros —tan sólo de oficiales de caballería el número superó
los trescientos— por el único delito de haber sido derrotados en una empresa
nacida de las ansias del califa. Con todo, no debió sentirse lo suficientemente
calmado. Desde luego, no estaba dispuesto a sufrir una nueva humillación
militar. A partir de ese momento, Abd ar-Rahmán III, conocido como En-Nasir (El
victorioso), renunció a participar en las futuras campañas.
En 951 Ramiro II falleció y su hijo Ordoño III ascendió al trono leonés.
Difícilmente habría podido encontrarse con circunstancias peores. Tanto Toda de
Navarra —que opacaba a su hijo el rey García Sánchez— como el conde castellano
Fernán González y los aristócratas portugueses y gallegos rechazaron la
sucesión en la persona de Ordoño III y defendieron que la corona pasara a su
hermano Sancho, un personaje de carácter débil al que una obesidad exagerada
valdría el sobrenombre de Craso. Ordoño III logró imponerse e incluso llevó a
cabo una campaña victoriosa contra Lisboa que, sumada a una de Fernán González
contra San Esteban de Gormaz, convencieron a Abd ar-Rahmán III de la
conveniencia de pactar una tregua. Exigió el califa entonces la entrega o
desmantelamiento de algunas fortalezas que sustentaban la frontera del Duero,
pero la muerte de Ordoño III en Zamora, en el verano de 956, interrumpió el
proceso.
El sucesor, Sancho I el Craso, se negó a aceptar las condiciones del califa, y
era lógico que así lo hiciera porque hubiera equivalido a dejar inerme su
reino. Sin embargo, su actitud sirvió de justificación a aquél para enviar una
expedición militar contra León. Falto de preparación, Sancho I fue derrotado, y
Fernán González aprovechó la situación para provocar su alejamiento del trono y
su sustitución por Ordoño IV, un pobre giboso de carácter apocado. En cuanto a
Sancho I, marchó al lado de su abuela Toda en Navarra. Aquel episodio fue
considerado intolerable por la anciana, que situó sus intereses familiares por
delante de cualquier otra consideración. Puesta en contacto con Abd ar-Rahmán
III, le ofreció la entrega de diez plazas fuertes en la frontera del Duero a
cambio de la ayuda necesaria para que su nieto recuperara el trono de León.
Semejante acción constituía una enorme torpeza, en la medida en que no sólo
cuarteaba el frente de resistencia contra el califato sino que además creaba
para el futuro unas circunstancias de debilidad militar que sólo podrían ser
desastrosas. De manera lógica, Abd ar-Rahmán III captó perfectamente la
oportunidad que le ofrecía la iniciativa de Toda y, para dejar más de
manifiesto su poder, exigió que la mujer, su hijo y su nieto acudieran a
Córdoba a negociar personalmente el acuerdo, que se concluyó en los términos
propuestos, mientras Sancho I era atendido de su obesidad por un médico
cordobés.
En la primavera de 959 un ejército califal, en cuyas filas se hallaba Sancho I
el Craso, se dirigió hacia León. Las tropas musulmanas tomaron Zamora, y en
poco tiempo se hicieron con el control del reino. Para colmo de males, el conde
Fernán González fue hecho prisionero por los navarros en Cirueña. Los reinos
del norte se habían visto reducidos a pagar tributo al califa. Posiblemente,
las consecuencias habrían sido de mayor gravedad de no ser porque el 16 de
octubre de 961 Abd ar-Rahmán III falleció y, de manera lógica, se produjo una
pausa en el enfrentamiento. Durante los meses anteriores a la muerte, el califa
—ya de setenta y dos años— había sufrido una espantosa enfermedad que hoy
denominaríamos melancolía involutiva. A la depresión que no lo abandonaba un
instante se sumaba un llanto casi continuo. Estaba solo, no podía creer que
alguien lo amara —había hecho ejecutar a su hijo Abdallah once años antes— y,
quizá, se daba cuenta de que el edificio de su imperio era mucho menos sólido
de lo que podían indicar su lujo y su derroche. El balance de su vida,
realizado por él en aquellos últimos días, no puede ser más significativo:
«He
reinado más de cincuenta años, con victoria y con paz. Amado por mis súbditos,
temido por mis enemigos y respetado por mis aliados. Riquezas y honores, poder
y placeres, aguardaron mi llamada para acudir de inmediato. No existe bendición
terrenal que se me haya escapado. En esta situación he procedido a anotar con
diligencia los días de felicidad pura y auténtica que he disfrutado: SUMAN
CATORCE. Hombre, no cifres tus deseos en el mundo terrenal».
Seguramente,
no le faltaba razón a Abd ar-Rahmán III al afirmar que los anhelos del hombre
no se pueden saciar en este mundo y que necesitan una respuesta trascendente.
Pero no era menos cierto que su personalidad no había sido nunca la de un
monarca ilustrado y tolerante. Cruel, caprichoso, sanguinario, belicista, Abd
ar-Rahmán III es uno de los personajes más repulsivos de toda la historia
española. De hecho, nos provocaría un verdadero horror si hubiera sido uno de
los reyes cristianos. Siendo un califa musulmán, se le juzga con benevolencia.
Sin embargo, semejante aproximación no pasa de ser una sangrante mentira
histórica.
Bibliografía
He analizado la andadura histórica del califa en C. Vidal, España
frente al islam, Madrid, 2002 y sus trastornos psicológicos en ídem, El
talón de Aquiles, Madrid, 2006. Por supuesto, para el estudio de este
califa resulta esencial consultar a título de fuentes, laCrónica del califa
Abderramán III an-Nasir entre los años 912 y 942(al-Mugtabis, Zaragoza,
1981; E. Lévi-Provencal y E. García Gómez,Una crónica anónima de Abd
al-Rahmán III al-Nasir. Ch. Pellat (ed.),Le calendrier de Cordoue, Leiden,
1961; L. Molina, Una descripción anónima de Al-Ándalus, 2 vols.,
Madrid, 1983, y A. Arjona Castro, Anales de Córdoba musulmana
(711-1008), Córdoba, 1982.
Sobre Abd ar-Rahmán III son interesantes las biografías de E. Cabrera,Abd
ar-Rahmán III y su época, Córdoba, 1991; de J. Valdeón Baruque ,
Abd ar Rahmán III y el califato de Córdoba, Madrid, 2001; y las obras
de J. Vallvé, El califato de Córdoba, Madrid, 1992; y Abd
ar-Rahmán III, Barcelona, 2003.
Mentira 4
Los cordobeses y los sevillanos descienden de los árabes
Durante
la Transición, e incluso antes, se convirtió en tópico repetido del andalucismo
el apelar a una ascendencia árabe que diferenciaría a los habitantes de la
región andaluza de los del resto de España. A diferencia de catalanes,
gallegos, asturianos o castellanos, los cordobeses y sevillanos llevarían en
sus venas sangre árabe, una sangre en la que encontrarían unas señas de
identidad que ahora sería urgente recuperar. Semejante afirmación coincide con
un intento de borrar las huellas romanas y cristianas —verdaderamente
esenciales — de la historia de Andalucía, sustituyéndolas por una visión
ahistórica del pasado andaluz. Por añadidura, constituye una mentira histórica.
En
1212, los almohades, la segunda gran oleada de integristas islámicos que
invadió España después del siglo VIII, sufrieron una terrible derrota en la
batalla de las Navas de Tolosa. Es posible que el final de la Reconquista
hubiera podido adelantarse casi tres siglos de no haber muerto Alfonso VIII de
Castilla poco después y haberse declarado la peste en el campo cristiano. Por
si fuera poco, la minoría de edad del heredero castellano produjo una
paralización de la lucha contra el invasor musulmán y fue la causa directa de
un enfrentamiento por la regencia entre Álvar Núñez, de la familia de los Lara,
y Berenguela. Emergió como vencedora esta última, cuyos objetivos políticos no
se limitaban a proteger al niño Enrique y asegurarle la Corona de Castilla, sino
también a procurar que su hijo Fernando, habido de su matrimonio con el rey de
León y legítimo, aunque posteriormente se produjera la separación de los
cónyuges, conservara sus derechos a la corona de su padre. Fue, ciertamente,
Berenguela una mujer excepcional, como excepcional fue su vástago, al que la
Historia llegaría a conocer como Fernando III el Santo.
Había nacido éste en 1199 en un lugar de Zamora donde posteriormente se alzaría
el monasterio de Valparaíso. Tenía un hermano mayor, también llamado Fernando,
que fallecería en 1214, por lo que su crecimiento en Castilla fue el de un
joven con los padres separados y con mínimas posibilidades de reinar tanto en
Castilla, donde Enrique I era el sucesor de Alfonso VIII, como en León, donde
Alfonso IX no sentía ningún apego hacia él y se sentía más inclinado a dejar el
trono a una hija. Como en tantas ocasiones en que la Historia depara la
aparición de un personaje excepcional, se dio la circunstancia de que todos los
obstáculos fueron desapareciendo y Fernando no sólo se ciñó la corona paterna
sino que, además, llevó a cabo la reunificación de ambos reinos.
Berenguela firmó durante su regencia una tregua con los almohades en 1215 y en
1221 la renovaría Fernando III, que necesitaba la paz externa para terminar de
ordenar los asuntos del reino. En 1217 Enrique I murió de un golpe recibido en
la cabeza mientras jugaba con unos muchachos de su edad en el patio del palacio
episcopal de Palencia. Avisado por su madre, Fernando se reunió con ella y
juntos marcharon hacia Valladolid. Allí, Berenguela recibió el reino que le
pertenecía por herencia e inmediatamente renunció a él en favor de su hijo. Con
dieciocho años, el 1 de julio de 1217 Fernando fue coronado rey de Castilla.
A esas alturas, se había renovado la lucha contra los almohades. Tras la
derrota de las Navas de Tolosa, En-Nasir había regresado rápidamente a África,
donde moriría en diciembre de 1213, dejando un imperio almohade ya muy
debilitado. Su sucesor, Yusuf II, no duró mucho, con lo que el poder pasó al
visir Utmán ben Yamí y a los jeques.
Se produjo entonces un fenómeno que tuvo lugar de manera repetida en Al-Ándalus
y que aquejó al islam prácticamente desde el momento en que salió de Arabia a
la muerte de Mahoma. A pesar de sus promesas de igualdad, las poblaciones
correligionarias sometidas ansiaban, tras quizá un primer momento de
entusiasmo, sacudirse el yugo uncido sobre sus hombros. En el caso de los
almohades, la sublevación de mayor importancia se produjo al otro lado del
Estrecho, entre las cábilas de Banu Marín. En 1216 éstas derrotaron a las
almohades en las cercanías de Fez. A los graves problemas en el norte de África
pronto se sumarían los surgidos en la Península. En 1224 se produjo el
fallecimiento de Yusuf II y con este hecho sobrevino también el final de las
treguas acordadas con Castilla. A la sazón, Fernando III había conseguido la
pacificación de su reino y estaba más que dispuesto a pasar a la ofensiva
contra los almohades. La reaparición de unos nuevos reinos de taifas, como consecuencia
de su debilitamiento en Al-Andalus, iba a ayudar considerablemente a sus
propósitos. Uno de los sublevados contra los invasores norteafricanos era Abd
Allah al-Bayasí, que, ayudado por Fernando III, se apoderó de Jaén, Priego,
Loja, Granada y, posteriormente, de Córdoba, Valencia, Niebla y Murcia. De esa
manera, el imperio almohade recibía un terrible golpe en Al-Andalus sin que la
posición de los musulmanes se viera beneficiada como consecuencia de aquél. De
hecho, las ciudades tomadas por Abd Allah al-Bayasí no tardaron en convertirse
en nuevos reinos cuando éste murió en 1226.
Durante el verano de 1227 Alfonso IX de León logró reconquistar Cáceres. De esa
manera, Extremadura dejaba de ser inexpugnable y quedaba abierto el camino de
los ejércitos cristianos hacia el sur. El avance no podía producirse en peor
momento para los almohades. El 4 de octubre de 1227 fue asesinado en Marrakech
su caudillo Al-Adil y el imperio almohade era presa de la anarquía. Apenas dos
años después, sus últimos reductos en España desaparecían en medio de distintas
sublevaciones protagonizadas por los musulmanes de Al-Andalus. Acababa así otro
imperio islámico que sólo había podido mantenerse en pie por la fuerza de la
espada. El final del imperio almohade en 1229 fue aprovechado inmediatamente
por Sancho II, rey de Portugal, y por Alfonso IX de León. Éste hubiera
preferido que, a su muerte, su reino se hubiera unido a Portugal antes que a
Castilla. Así, en su testamento, violando el derecho sucesorio, había dejado
dispuesto que el trono leonés pasara a sus hijas Sancha y Dulce, nacidas de su
unión con Teresa de Portugal. Una vez más, la extraordinaria habilidad de
Berenguela iba a salvar la situación en beneficio de Fernando III. Reunida con
Teresa de Portugal, logró que Sancha y Dulce renunciaran a las concesiones del
testamento de su padre a cambio de cuantiosas compensaciones económicas. El
acuerdo de ambas madres, firmado en Valença, fue complementado en 1231 por el
de Sabugal suscrito por Fernando III y Sancho II de Portugal. Ambos monarcas
deseaban ciertamente vivir en paz, especialmente porque la Reconquista aún no
había concluido.
En diciembre de 1232 Fernando III, asegurado su dominio sobre León, concentró
sus tropas en Toledo. Antes de que acabara el año, estaba en sus manos
Trujillo. Los años siguientes constituyeron una secuencia ininterrumpida de
victorias. En 1233 las tropas castellanas reconquistaron Montiel y Baza; en
1235, Medellín, Alange, Magacela y Santa Cruz. La estrategia castellana no
podía ser más acertada militarmente: encerrar Sevilla en medio de dos ofensivas
paralelas que surcaban Extremadura y la cuenca del Guadalquivir. Entonces, en
enero de 1236, tuvo lugar un acontecimiento de crucial importancia. Se hallaban
reunidas las cortes de Burgos cuando llegaron inesperadas noticias de que las
fuerzas castellanas se habían apoderado por sorpresa del arrabal cordobés
conocido como La Ajarquía. El 7 de febrero el propio Fernando III se hallaba en
el campo de batalla, y el 29 de junio la ciudad que en otro tiempo había sido
capital del califato era reconquistada.
Resulta difícil describir en toda su grandeza el enorme impacto moral que causó
en el islam la pérdida de Córdoba. Su antiguo esplendor —que, como ya hemos
visto en la mentira anterior, no estuvo exento de sombras como su
circunscripción al ámbito cortesano, la práctica de la esclavitud o la opresión
de las minorías religiosas— es añorado hasta en la actualidad por los
musulmanes. También para los cristianos iba a encerrar un simbolismo obvio. De Córdoba
habían partido las expediciones que los habían esclavizado y saqueado durante
generaciones. También se habían originado allí las terribles campañas de
Almanzor, tan sólo comprensibles desde la óptica de la yiha. Ahora, Fernando
III consideró llegado el momento de realizar un acto de innegable justicia
histórica y, así, ordenó la devolución de las campanas compostelanas robadas
por Almanzor en el año 998. Igual que en el pasado, viajarían a hombros de
cautivos, pero esta vez rumbo a sus legítimos propietarios. No sólo eso.
Córdoba, ciudad de claras resonancias clásicas y cristianas, no iba a estar
poblada en el futuro por musulmanes. Aunque éstos fueron tratados con
magnanimidad, se les obligó a abandonar la ciudad y ésta fue repoblada
íntegramente con gente que venía del norte. En ese sentido, los futuros
cordobeses no sólo no iban a descender de los escasos árabes o de los mucho más
numerosos bereberes que la habían poblado a inicios del siglo XIII, sino de
gente llegada del reino castellano-leonés. Si un cordobés actual, cuya familia
contara con siete siglos de permanencia en la ciudad, deseara encontrar sus
orígenes no los hallaría nunca en el norte de África o en la península arábiga
sino en Castilla, León, Cantabria, Galicia o incluso las Vascongadas.
No fue distinto el caso de Sevilla. Sin duda, se trataba a la sazón de la
ciudad más importante de Al-Andalus —el crecimiento de Granada se produciría
más tarde— y había sido por añadidura capital de los almorávides. Como en el
caso de Córdoba, el asalto sobre la capital vino precedido por una serie de
operaciones preliminares en el curso de las cuales los leoneses, con el apoyo
de las órdenes militares, tomaron Santaella, Hornachuelos, Mirabel y Zafra,
mientras que los castellanos se apoderaban de Aguilar, Cabra, Osuna, Cazalla y
Morón. Así estaban las cosas cuando Murcia, a pesar de ser una ciudad
musulmana, solicitó ser anexionada por Castilla para verse libre de los ataques
de que era objeto por parte de Granada. El episodio tiene una considerable importancia
y pone de manifiesto una realidad innegable, la de que determinadas entidades
políticas, cuya vida independiente resultaba inviable ante las agresiones de un
poderoso vecino, preferían ser anexionadas por Castilla sabedoras de que
respetaría sus fueros. Tal fue el caso, como veremos en una mentira ulterior,
de las provincias vascongadas, amenazadas por Navarra.
Fernando III estaba dispuesto a acceder a la petición de Murcia que, por
añadidura, era ya un protectorado castellano. Entonces, en 1242, se produjo la
sublevación de Diego López de Haro y el propio monarca enfermó, debiendo
permanecer en Burgos. Recayó entonces la responsabilidad de dirigir la empresa
en el infante Alfonso. Como era de esperar, no se produjo lucha alguna salvo en
Lorca, Cartagena y Murcia, donde se ofreció alguna resistencia.
Tras anexionarse Murcia, los castellanos entraron en Moguente y Euquera.
Estaban a punto de dirigirse a Játiva cuando el rey de Aragón se adentró en las
tierras reservadas a Castilla y ocupó algunas plazas como Villena y Sax. La
acción constituía una verdadera agresión y hubiera podido derivar en una guerra
entre ambos monarcas. Si no fue así se debió a la mediación de Diego López de
Haro y de Violante de Aragón. Se firmó el 25 de mayo de 1244 el tratado de
Almizra en el que se fijaban los límites futuros de la Reconquista. La frontera
se estableció en una línea que discurría entre Altea y Villajoyosa. Aunque el
acuerdo dejaba a Castilla encomendada la tarea de la futura Reconquista, no
puede decirse que perjudicara a la Corona de Aragón, ya que la liberaba del
enfrentamiento con el islam para permitirle lanzarse en mayor medida aún a la
proyección mediterránea que había adoptado desde hacía tiempo.
Con Murcia en manos de Castilla y los portugueses en Ayamonte (1238), sólo
quedaba para concluir la Reconquista la toma de los reinos de Granada y
Sevilla. El propósito de Fernando III era continuar en dirección a Granada y,
efectivamente, tras tomar Arjona, Caztalla, Begíjar y Carchena, inició el
asedio de Jaén en 1246. Pero se produjo entonces un acontecimiento de enorme
trascendencia que, con seguridad, implicó el retraso de la Reconquista.
Viendo que el final de su reino se cernía sobre el horizonte, Abu Abd Allah
Muhammad ben Nasr al-Ahmar, antiguo señor de Arjona y a la sazón rey de
Granada, se presentó en el campamento castellano y comunicó su voluntad de
someterse como vasallo a Fernando III. El rey cristiano aceptó el ofrecimiento,
que vino acompañado de la entrega de Jaén, del compromiso de pagar un tributo y
de la obligación de asistir a las Cortes castellanas cuando las hubiera y de
prestar ayuda militar. De esta manera, gracias a la generosidad castellana, se
consagró la existencia de un Estado musulmán que iba de Tarifa a las cercanías
de Almería y desde la proximidad de Jaén a las costas del Mediterráneo.
Dado que en 1246, el rey moro de Murcia dejó de ser vasallo de Castilla y su
territorio fue anexionado habría que preguntarse por qué no sucedió lo mismo
con Granada. Las razones son, ciertamente, diversas. Por un lado, estuvo el
comportamiento, ciertamente de buen vasallo, que demostraría en los años
siguientes Muhammad y, por otro, posiblemente, el deseo de que siguiera
existiendo un núcleo islámico al que pudieran retirarse los musulmanes, si así
lo deseaban, de los reinos que iban siendo reconquistados por Castilla.
Menos habilidad desde luego que el régulo granadino tuvo su homólogo sevillano.
Convencido, como buena parte de sus antecesores islámicos, de la necesidad de
estrechar lazos con sus correligionarios del norte de África frente al empuje
cristiano, el rey de Sevilla se reconoció vasallo de Túnez. Se dibujaba así la
posibilidad de una nueva invasión norteafricana que, como todas las anteriores
desde el siglo VIII, sembrara sangre y fuego sobre la Península. La respuesta
de Fernando III ante esta amenaza fue terminante. En 1246 sus fuerzas recorrían
el Aljarafe sevillano, haciéndose con el control de Alcalá de Guadaira, Lora y
Alcalá del Río. Al mismo tiempo, una flota castellana a las órdenes de Ramón
Bonifaz atacaba y destruía las naves islámicas que acudían en socorro de la
ciudad del Guadalquivir, y, acto seguido, remontaba el río en dirección a la
capital.
En 1247 Fernando III se hallaba en Tablada, mientras el maestre de Santiago
cortaba el camino de Niebla que, a la sazón, era el único por el que podía
recibir refuerzos Sevilla. El 2 de mayo Ramón Bonifaz aniquilaba en un combate
épico el puente de barcos que unía la capital con Triana y los sitiados se
veían obligados a entablar negociaciones para la capitulación. Fernando III
estaba dispuesto a respetar sus vidas y haciendas, pero exigía a cambio que no
se llevaran a cabo destrucciones en la ciudad. El 23 de noviembre, finalmente,
la ciudad capitulaba y, el 22 de diciembre, Fernando III entraba en Sevilla.
Tres años después, con el control de las dos orillas del Guadalquivir hasta su
desembocadura, Castilla podía dar por concluido este capítulo de la
Reconquista.
Durante las décadas siguientes, Castilla procedió a la repoblación de las
tierras reconquistadas. Reviste este capítulo especial importancia por sus
repercusiones políticas, que llegan hasta el momento actual. Sabida es la
insistencia de algunos políticos andaluces por hacer remontar sus antepasados
hasta alguna familia musulmana. Semejante eventualidad es, más que altamente
improbable, verdaderamente imposible. Al igual que Córdoba, Sevilla se vio
vaciada de sus habitantes musulmanes, que prefirieron optar por no vivir bajo
el gobierno de un rey cristiano, y fueron repobladas por gentes venidas del
norte. Ciertamente, si alguien pudiera trazar con seguridad su genealogía hasta
algún antepasado cordobés o sevillano de la segunda mitad del siglo XIII se
encontraría con seguridad con un castellano, un leonés o incluso un vizcaíno pero
no con un andalusí o, menos aún, un árabe. Afirmar otra cosa sólo puede nacer
de una deplorable incultura histórica, de un lamentable papanatismo político o
de la suma de ambos. En conclusión, es una simple mentira histórica.
Mentira 5
Enrique VIII fue protestante
El
enfrentamiento entre Reforma y Contrarreforma —que se inició en el siglo XVI y
prosiguió durante buena parte del XVII— discurrió en buena medida en el terreno
de la controversia teológica y, lamentablemente, de las armas. También tuvo,
prácticamente desde el primer día, su repercusión en el ámbito de la
propaganda. Si los protestantes apelaban a la corrupción de papas como
Alejandro VI o a la inmoralidad reinante en conventos y monasterios, los
católicos señalaron el matrimonio de Lutero con una antigua monja o la
desaparición del celibato eclesiástico. En esa batalla, la figura de Enrique
VIII fue especialmente utilizada. Los apologistas católicos podían señalar al
monarca inglés como un monstruo de crueldad y lujuria que, supuestamente,
dejaba de manifiesto lo que significaba la Reforma protestante.
Propagandísticamente, esto era aprovechable. El gran problema es que se trata
de una mentira histórica, ya que Enrique VIII nunca fue protestante.
EL
enfrentamiento entre la Reforma protestante y la Contrarreforma católica fue,
muy posiblemente, el primer conflicto de la Historia en el que la propaganda
desempeñó un papel de primer orden. Buena parte de la anticatólica, por otro
lado, contaba con precedentes de décadas de antigüedad y había surgido no de
autores protestantes sino de eruditos como Erasmo de Rotterdam o los hermanos
Valdés, que no habían dudado en fustigar los vicios del clero, de la curia e
incluso del Papa de turno.El Diálogo de Mercurio y Carón o el
Diálogode las cosas acaecidas en Roma, ambos debidos a Alfonso de Valdés,
son tan sólo dos de los paradigmas de un tipo de obra que no pretendía ser
anticatólica, pero que, ciertamente, apuntaba a la necesidad de una Reforma que
acabara con la inmensa corrupción presente en el seno de la Iglesia católica.
Los temas de controversia eran obvios. Incluían la corrupción de las órdenes
religiosas —que, por ejemplo, en España había sido objeto de atención
predilecta por parte de Isabel la Católica o el cardenal Cisneros—, la
intervención descarada de papas y cardenales en asuntos meramente temporales, o
la ignorancia y mala vida del conjunto del pueblo. Todos ellos se convirtieron
en fáciles argumentos en favor del protestantismo, aunque debe indicarse que,
para los autores reformados, tan esencial como la cuestión ética era la
teológica. A decir verdad, éstos no buscaban tan sólo la mejora de las
costumbres —como Cisneros o Isabel la Católica— sino un regreso teológico al
Nuevo Testamento que supondría, como una de sus consecuencias directas, una
elevación del nivel ético individual y social.
Frente a esa panoplia de argumentos, la reacción católica fue buscar
equivalentes en el otro lado, y así se hizo referencia al matrimonio de Lutero,
un fraile agustino, con Catalina de Bora, una antigua monja. El hecho podía
escandalizar a los católicos —que, al parecer, no se sentían tan ofendidos por
la frecuencia del concubinato sacerdotal—, pero a los protestantes les parecía
simplemente un regreso a las enseñanzas del Nuevo Testamento y no una muestra
de debilidad moral. De hecho, el propio Pablo había indicado que Bernabé y él
eran los únicos apóstoles que no iban acompañados por sus esposas en el curso
de sus viajes misioneros (I Corintios 9, 5) y dejó instrucciones sobre el
matrimonio de los obispos (Tito 1, 5-9; I Timoteo 3, 1-7).
No resulta difícil entender que, con este escenario de fondo, el hecho de que
un monarca se hubiera enemistado con la Santa Sede porque ésta no había
accedido a anular su matrimonio con Catalina de Aragón, tía del emperador
Carlos V, de la misma manera que lo había hecho con los de otros monarcas en
las décadas anteriores podía ser esgrimido como una magnífica arma
propagandística, puesto que mostraba, supuestamente, el carácter sexualmente
libertino de los reformadores. El argumento no deja de provocar hoy cierta
sonrisa porque, en tiempos muy diferentes, generalmente las acusaciones contra
el protestantismo han girado más sobre su puritanismo que sobre su libertinaje,
pero la Historia tiene esas paradojas. La cuestión de fondo, sin embargo, es
que Enrique VIII jamás fue protestante.
Antes del choque con Roma, los antecedentes de Enrique VIII fueron los de un
católico intransigente. Proclamado Defensor fidei por el Papa
en agradecimiento por un libro escrito contra Lutero, Enrique VIII persiguió
con verdadera ferocidad a los protestantes. Lejos de encontrar éstos no el
respaldo, pero sí, al menos, la protección que hallaron en otros reyes, Enrique
VIII los sometió sin ningún reparo a la tortura y a la muerte. Se trató de una
conducta en la que desempeñó no escaso papel Tomás Moro, que dirigió
personalmente algunas de las sesiones de interrogatorio bajo tormento.
La lealtad inquebrantable a la sede romana iba a experimentar, sin embargo, un
resquebrajamiento algunos años después. Las razones no fueron, a diferencia de
lo sucedido con los reformadores, de carácter teológico. En 1527 Enrique VIII
solicitó del Papa la anulación de su matrimonio con Catalina de Aragón, hija de
los Reyes Católicos, movido por razones de Estado —sólo tenían una hija y sus
cinco hijos varones habían nacido muertos—, sentimentales —estaba enamorado de
Ana Bolena— y, posiblemente, de conciencia. Los ejemplos previos de matrimonios
anulados por el Papa en circunstancias semejantes no son escasos y, a decir
verdad, si las bases para pedir la anulación eran discutibles, no lo eran menos
las razones alegadas por el Papa para denegarla. Y es que, en realidad, el
primer deseo del pontífice era no airar al emperador Carlos V, sobrino de
Catalina de Aragón, al que necesitaba como espada contra el avance de la
Reforma protestante.
La negativa papal no detuvo, sin embargo, a Enrique VIII, que no estaba
dispuesto a morir sin sucesión masculina y a proseguir la cadena de guerras
civiles que habían ensangrentado Inglaterra durante el siglo anterior. En abril
de 1532 el monarca inglés comenzó a percibir las rentas de los beneficios
eclesiásticos y el 1 de junio de 1533 coronó a Ana Bolena, su nueva esposa. En
julio de 1534 el Papa excomulgó al monarca inglés y a Ana Bolena. Sin embargo,
semejante acto no arrojó a Enrique VIII en brazos de las posiciones reformadas.
Estaba dispuesto a aprovecharse de las rentas eclesiales — ambicionadas por
cierto por casi todos los monarcas europeos por muy católicos que fueran— y a
eliminar a algún disidente, pero no a convertirse en protestante. Así, mediante
tres actas votadas por el Parlamento, Enrique VIII consumó el cisma y en el
verano de 1535 decapitó a John Fisher y a Tomás Moro, que se habían negado a
plegarse a sus órdenes. Sin embargo, por muy cismático que fuera, Enrique VIII
no era protestante y además no estaba dispuesto a que nadie pudiera
considerarlo como tal. En 1536 los Diez Artículos de Fe manifestaban su
adhesión a las ceremonias católicas, el culto a las imágenes, la invocación a
los santos, las oraciones por los difuntos y la doctrina de la
transubstanciación. Todos y cada uno de esos puntos eran rechazados
explícitamente por los protestantes en la medida en que consideraban que
colisionaban frontalmente con lo enseñado en la Biblia. A su juicio, no podía
rendirse culto a las imágenes porque se había prohibido tal culto en el
Decálogo (Éxodo 20, 4 ss.); no podía invocarse a los santos porque el «único
mediador entre Dios y los hombres es Cristo Jesús, hombre» (I Timoteo 2, 5); no
tenía ningún valor rezar por los difuntos porque la situación eterna de cada
ser humano había quedado decidida en vida, según hubieran o no sido
justificados a través de la fe (Efesios 2, 8-9) y no se aceptaba la
transubstanciación porque se consideraba que era un dogma del siglo XIII
definido con una terminología aristotélica que no hacía justicia, por ejemplo,
a las palabras de Pablo al afirmar que en la Eucaristía se comía pan y se bebía
vino (I Corintios 11, 16-7; 11, 26-8) aunque estos elementos simbolizaran el
cuerpo y la sangre de Cristo. Difícilmente hubiera podido Enrique VIII
distanciarse más del protestantismo. Difícilmente, pero lo hizo.
Al año siguiente, Enrique VIII ordenó redactar una profesión de fe en que se
afirmaban de manera puntillosa los siete sacramentos católicos. Nuevamente, el
choque con el protestantismo era obvio ya que éste sólo admite como sacramentos
el bautismo y la Cena del Señor, e incluso estos dos con un contenido diferente
del que les concede la Iglesia católica. De manera bien significativa, además,
Enrique VIII se reafirmaba en la posición teológica que le había valido años
atrás ser nombrado Defensor fidei por el Papa.
Por si fuera poco, entre 1538 y 1539, Enrique VIII continuó poniendo de
manifiesto su ortodoxia católica —salvo en lo que al gobierno de la Iglesia de
Inglaterra se refería— y con esa finalidad obligó al Parlamento a aprobar
distintos documentos que castigaban con la hoguera la negación de la transubstanciación,
que prohibían a los laicos la comunión bajo las dos especies, que negaban el
matrimonio a sacerdotes y antiguos monjes y que mantenían la confesión
auricular. A esto se añadió la insistencia en mantener la devoción hacia la
Virgen y los santos y en prohibir la lectura privada de la Biblia. Los pasos
dados eran bien significativos porque, aunque sólo fuera por razones de
estrategia política, en el imperio, Carlos V aceptaba que los pastores
protestantes, de momento, pudieran contraer matrimonio o que los laicos
comulgaran bajo las dos especies.
Por si alguien podía tener dudas sobre sus ideas religiosas, Enrique VIII
desencadenó una despiadada persecución sobre los partidarios de la Reforma en
Inglaterra. Se recuerda frecuentemente la ejecución de Tomás Moro, pero se
suele olvidar, de manera bastante interesada, que los protestantes ingleses
fueron encarcelados, torturados y ejecutados por orden de Enrique VIII, y en no
escaso número huyeron al continente. En paralelo, hacia los católicos se mantuvo
una situación de tolerancia asentada sobre todo en la identidad doctrinal, pero
con ribetes de inestabilidad derivados de la situación cismática creada por
Enrique VIII.
A decir verdad, no fue Enrique VIII sino su muerte lo que proporcionó a los
protestantes la oportunidad de iniciar la Reforma en Inglaterra. A pesar de
todo, la conversión de la Iglesia anglicana de cismática y católica en
protestante constituiría un proceso histórico prolongado que sólo se consumaría
tras la excomunión de Isabel I, la hija de Enrique VIII, por el Papa. Si
Inglaterra no permaneció en el seno de Roma se debió —justo es reconocerlo a
estas alturas— quizá más a la torpeza de distintos papas que a la pujanza
inicial del protestantismo. Sin embargo, debe reconocerse que una vez que la
Reforma prendió en Inglaterra, ésta no se apartaría de ella y daría frutos
verdaderamente extraordinarios.
Debe hacerse una última referencia a la lujuria perversa de Enrique VIII. El
monarca inglés contrajo matrimonio seis veces, siendo ejecutadas dos de sus
esposas por alta traición. La cifra es ciertamente elevada, pero Felipe II se
casó cuatro veces y, con seguridad, no hubiera dudado en ejecutar a cualquiera
de sus esposas si hubiera cometido alta traición. No sólo eso. Las veleidades
amatorias de Felipe II —como las de su padre Carlos V— fueron, con seguridad,
más numerosas que las del monarca inglés. Baste decir que tan sólo en la época
breve en que estuvo en Inglaterra, casado con María Tudor, Felipe mantuvo
relaciones íntimas, como mínimo, con Catalina Laínez, con una panadera y con
Magdalena Dacre, doncella de honor de la reina María Tudor. Según se desprende
de fuentes de la época, frutos de aquellos devaneos extraconyugales fueron
algunos bastardos. Desde luego, el catolicísimo rey no era precisamente un
modelo de fidelidad conyugal… En buena medida, a la sazón, en un terreno como
la sexualidad, los católicos y los partidarios de la Reforma se manifestaban de
manera muy diferente. Mientras que los primeros consideraban escandaloso el
matrimonio eclesiástico, a los segundos les parecía verdaderamente
anticristiano un celibato que no pocas veces ocultaba relaciones de concubinato
más o menos toleradas en la práctica; mientras que los primeros pensaban que el
divorcio era intolerable, los segundos consideraban que era permisible en
algunos casos y que, desde luego, peor era el adulterio tolerado socialmente o
visto con cierta indulgencia eclesialmente. Desde luego, ni Enrique VIII ni
Felipe II ni otros monarcas fueron ejemplos de conducta cristiana en lo que al
comportamiento sexual se refiere. Señalarlo así sería una mentira histórica de
dimensiones similares a la de afirmar que Enrique VIII era protestante.
Bibliografía
La evolución religiosa de Inglaterra del catolicismo al protestantismo, pasando
por un cisma filo-católico ha sido objeto de distintos estudios de notable
calidad. Una visión general del periodo en buena medida insuperada se halla en
P. Smith, The Age of Reformation, Nueva York , 1955. Para una
introducción sencilla y, a la vez, rigurosa resulta recomendable S.
Nelly, El anglicanismo, Madrid, 1986.
El estudio de M. M. Knappen, Tudor Puritanism, Chicago y Londres,
1959, es un gran clásico y resulta indispensable para comprender lo que sucedió
espiritualmente en Inglaterra que, desde luego, no fue jamás la fundación de
una nueva religión por obra y gracia de un monarca lujurioso. También de interés
— y más relacionado con la historia social— es el libro de C. Hill, Society
and Puritanism in Pre-Revolutionary England, Londres, 1966. Su lectura
puede complementarse con la obra de C. H. y K. George, The Protestant
Mind of the English Reformation 1570-1640, Princeton, 1961.
Finalmente, un análisis excelente de los factores espirituales que determinaron
la Reforma en Inglaterra, con un conocimiento realmente extraordinario y
profundo de las fuentes, se halla en J. I. Packer, A Quest for
Godliness. The Puritan Vision of the Christian Life, Wheaton, 1990.
Mentira 6
Nostradamus acertó en sus predicciones del futuro
La
figura de Nostradamus es mencionada con cierta periodicidad como ejemplo de una
capacidad extraordinaria para predecir el futuro próximo y lejano. Maestro y
guía de videntes, a él se han dedicado libros, artículos e, incluso, una
película. También resulta común que se indique que sus Centurias contienen
profecías exactas. La verdad, sin embargo, es que Nostradamus no acertó jamás
una predicción. Afirmar lo contrario es, pura, lisa y llanamente, una mentira
histórica.
Michel
de Notredame nació en Saint-Rémy de Provenza poco después del mediodía del 24
de diciembre (calendario nuevo) de 1503. Su padre era notario y tenía un buen
pasar, lo que le permitió costear los estudios de su hijo en la universidad de
Montpellier. A los veintidós años, Michel se graduó como médico —aunque no
podría ejercer hasta los veintiséis— y tomó el nombre de Nostradamus, que era
una forma latinizada de su apellido. Desde entonces llevaría en la cabeza el
birrete de cuatro puntas con el que suele representársele y que, lejos de
conectarle con un conocimiento oculto como se escucha frecuentemente, era tan
sólo una identificación de su profesión médica.
Hacia 1529 Nostradamus trabó amistad con el erudito paduano Escaligero, que lo
convirtió en ayudante suyo. Poco tiempo estuvieron juntos porque Nostradamus
—que por esa época se casó y tuvo hijos— se interesaba enormemente por la
astrología y al paduano le horrorizaba esta pseudociencia hasta el punto de que
había desenmascarado a algunos astrólogos como el famoso Girolamo Cardan. Este
había predicho, por ejemplo, que Eduardo VI de Inglaterra viviría cincuenta y
cinco años, tres meses y diecisiete días… aunque sólo vivió quince años.
Poco después de la ruptura con Escaligero, la peste acabó con la vida de la
esposa e hijos de Nostradamus y éste marchó a Salón de Provenza, donde conoció
a una viuda rica llamada Anna Ponce Gemelle, con la que contrajo matrimonio y
de la que tendría tres hijos y tres hijas. El nacimiento de su primer hijo,
César, en 1555 coincidió con la publicación de su primer libro, un recetario de
mermeladas y cosméticos. Fue aquel año, desde luego, especialmente fecundo,
porque en él apareció también la primera edición de sus famosas Centurias, que
incluían tan sólo las numeradas de la una a la tres y cincuenta y tres
cuartetas de la centuria cuarta.
A los cuatro meses de aparecida la obra, Catalina de Médicis, reina de Francia,
escribió a Claudio de Saboya, gobernador de Provenza y amigo de Nostradamus,
para que lo invitara a París. Sin duda, se trataba de un gran honor porque, a
la sazón, en la capital de Francia operaban no menos de treinta mil
alquimistas, astrólogos y adivinos. Nostradamus —a diferencia de los citados
charlatanes— era hombre de cultura y causó buena impresión en la reina, que
incluso llegó a darle algo de dinero. La experiencia le pareció tan sugestiva a
Nostradamus que decidió seguir escribiendo centurias. En paralelo, la cercanía
de la reina fue aprovechada por el supuesto adivino para labrarse una
reputación de eficacia en este campo que le reportaría suculentos beneficios.
Si salió bien del empeño se debió no a sus dotes adivinatorias sino al
esnobismo de los cortesanos, que, lamentablemente, cuenta con paralelos en
todas las épocas. Por añadidura, Nostradamus —que había descubierto las
delicias de vivir de la credulidad ajena— procuraba dar respuestas ambiguas en
sus consultas que, de hecho, no le comprometían en nada. Por ejemplo, en 1562
el obispo de Orange solicitó su ayuda para recuperar una serie de objetos sagrados
robados de la catedral. La respuesta de Nostradamus —un auténtico clásico—
constituye un paradigma de su manera de enfrentarse con estas situaciones:
«Señores,
no tengáis miedo de ningún tipo, porque dentro de poco todo será hallado, y en
caso de no ser así, tened la seguridad de que se acerca un desdichado destino
[para los ladrones]…».
En
otras palabras, tanto si se recuperaba lo sustraído como si no, Nostradamus
habría acertado, y en cuanto al futuro de los ladrones, ¿qué menos que esperar
que Dios los castigara siquiera en la otra vida?
Otro ejemplo de la realidad sobre las dotes adivinatorias de Nostradamus se
encuentra en la correspondencia que mantuvo con un acaudalado mercader y dueño
de minas de Augsburgo llamado Hans Rosenberger. El germánico negociante se
había rodeado de astrólogos para que le aconsejaran en sus empresas y así obtener
pingües beneficios. Asesorar le asesoraron y, además — como no podía ser
menos—, le cobraron generosamente por sus consejos. No sorprenderá a ninguna
persona sensata que en 1559 Rosenberger se hallara en bancarrota. Cualquier ser
con un mínimo de sentido común habría achacado su desdicha a la propia
credulidad y, sin dudarlo, a la desvergüenza de los astrólogos que como mucho
podían adivinar sólo la mejor forma de estafar al prójimo. Sin embargo, el
atribulado empresario mantuvo la fe en la astrología y pensó que Nostradamus le
daría mejor resultado. Un agente suyo, llamado Tubbe, se dedicó a suplicar al
vidente francés que le confeccionara un horóscopo y, finalmente, a inicios de
1560, logró ver satisfechos sus deseos. Bueno, sólo a medias. El 16 de marzo,
Tubbe comunicaba compungido a Nostradamus que el horóscopo que había redactado
era «imposible de descifrar». El francés no se dignó responder a tan
impertinente observación por lo que Tubbe le dirigió una nueva carta en la que
le rogaba que le comunicara cómo deseaba cobrar ofreciéndole la alternativa de
hacerlo en monedas o con una copa de plata sobredorada. Esta vez la misiva tuvo
efecto. Nostradamus dijo que efectivamente deseaba cobrar y cuanto antes mejor,
de tal manera que el 1 de diciembre de 1560 Tubbe le escribió a su vez
informándole de que el pago estaba en camino.
No obstante, seguían existiendo algunos problemas, el menor de los cuales no
era precisamente el que las predicciones del vidente resultaran
incomprensibles. El 11 de marzo de 1561 fue el propio Rosenberger el que se
dirigió al astrólogo para obtener una aclaración sobre el contenido de un
horóscopo que no le había resultado precisamente barato. El empresario alemán
felicitó calurosamente a Nostradamus por sus dotes de adivino aunque señalando
un inconveniente:
«Desgraciadamente,
habéis mezclado el pasado, el presente y el futuro en vuestras predicciones, y
me estoy encontrando con muchos problemas a la hora de entenderlo. En relación
con los cálculos de 1561 a 1573 que estáis preparando, ¿podríais hacer el favor
de componerlos con claridad sin mezclar los periodos de esa manera?».
El
infeliz Rosenberger —que, al parecer, mantenía intacta su fe en la adivinación
a pesar de tantos golpes— no llegaría a ver remediadas sus cuitas. Las
siguientes misivas del astrólogo son, más que incomprensibles, abstrusas y — ni
que decir tiene— en ellas no encontramos una previsión acertada ni por
casualidad. Sólo la última carta de esta colección, fechada el 13 de diciembre
de 1565, puede considerarse una excepción. En ella —de manera sorprendente—
Nostradamus anunciaba algunas cosas con claridad. Señalaba así que las guerras
de religión iban a empezar de nuevo —algo que todos los europeos se temían a la
sazón—, que se había visto un meteoro en Arlés, Lyon y Delfinado (cada año caen
decenas de miles) y que debía ser interpretado como presagio de mala suerte.
Nostradamus (¿puede extrañarnos a estas alturas?) no concretaba en qué
consistiría esa mala suerte. A lo mejor era la suya propia, porque seis meses
después el astrólogo murió.
A decir verdad, la calidad de Nostradamus como astrólogo y vidente no era
precisamente para provocar delirios de entusiasmo. La documentación que
poseemos nos presenta a un personaje dado a obtener dinero entregando a cambio
oráculos oscuros, ambiguos y, sobre todo, fallidos. Que así aumentó su caudal,
no admite duda, que lo único que consiguieron sus clientes fue, como mínimo,
perder dinero, tampoco se puede discutir. A pesar de todo, Nostradamus se ha
hecho popular no por sus poco conocidos dictámenes astrológicos sino por las
Centurias, un libro que, según sus fieles, contiene profecías evidentes y
cumplidas sobre el porvenir. Ante tan llamativa afirmación tan sólo nos queda
señalar los ejemplos y permitir que los lectores saquen sus propias
conclusiones.
El primer ejemplo que suele mencionarse se encuentra en 1-35 y se interpreta
frecuentemente como una profecía de la muerte de Enrique II. Se trata, sin
duda, de la cuarteta más célebre de Nostradamus y la que vez tras vez se aduce
para justificar su fama. El texto dice así:
El
joven león vencerá al viejo
En el campo de batalla en combate singular
En jaula de oro le quebrará los ojos,
Dos flotas una, después de morir, muerte cruel.
En
el verano de 1559 la corte francesa celebró por las calles de París el
matrimonio entre Isabel, la hija de Enrique II, con Felipe II de España, y el
de Margarita, la hermana de Enrique, con el duque de Saboya. En la calle de San
Antonio iba a celebrarse una justa en la que intervendría el 1 de julio el
propio rey francés. Iba a enfrentarse con Gabriel de Lorges, conde de
Montgomery. En una primera embestida, el monarca no logró descabalgar a su
adversario, de manera que se propuso conseguirlo al segundo intento. Sin
embargo, el resultado fue muy distinto de lo esperado. La lanza de Montgomery
se partió al enfrentarse los dos caballeros y uno de sus pedazos entró en el
yelmo del rey perforándole el cráneo por encima del ojo derecho e hiriéndole el
cerebro. Durante los diez días siguientes, Enrique II se vio sumido en un
delirio que, al fin y a la postre, desembocó en la muerte. En apariencia, la
profecía se habría cumplido. En apariencia…
De entrada hay que señalar que Nostradamus no esperaba ni de lejos un
fallecimiento tan cercano del monarca. En una carta que le dirigió el 14 de
marzo de 1558, el astrólogo presagió que el rey no sólo sería «invencible» sino
que además disfrutaría de «victoria y dicha». Antes de dos años, el rey,
burlando las lúcidas previsiones de Nostradamus, era vencido y moría. Por
desgracia para los partidarios del astrólogo, tampoco lo señalado en la
cuarteta encaja con la muerte del rey. Enrique II no murió en una batalla sino
en un torneo, sus ojos no fueron quebrados ya que la lanza le pasó por encima
del derecho, y, para colmo de males, seguimos sin saber cuáles son las flotas a
las que se refiere el texto. Como ya señaló, en 1863, E. Buget en su
Etudes sur Nostradamus et ses cornmentateurs, «no hay, hasta donde yo puedo
ver, una sola palabra de esta cuarteta que resulte aplicable al desdichado
final de este príncipe (Enrique II)».
Como es muy posible que sospeche ya el lector, si ésta es la «profecía»
cumplida de manera más clara, las demás aún resultan más desalentadoras. Por
ejemplo, en 8-1 se habla de Pau, Nay y Loron, tres ciudades aún existentes
cerca de la frontera de Francia con España. Los forofos del astrólogo insisten
en que es una referencia a Napoleón Bonaparte (a Paunayloron, en todo caso…).
Asimismo en 2-24 y 4-68 se menciona el Hister, uno de los nombres que se da en
los mapas latinos al bajo Danubio. De hecho, en el segundo caso, el río es
citado al lado del Rhin. Pues bien, los nostradamistas insisten en ver en la
cita una referencia a Adolf Hitler… famoso río centroeuropeo como sabemos
todos…
Resulta fácil comprender que, con interpretaciones tan retorcidas y
alambicadas, los distintos exégetas del fallido adivino no se pongan de acuerdo
entre sí. Los nacional-socialistas alemanes, por ejemplo, utilizaron las
Centurias durante la Segunda Guerra Mundial porque en ellas, supuestamente, se
anunciaba la victoria de Alemania en el conflicto. Se trataba de una
posibilidad que, dado el escandaloso índice de errores de Nostradamus, no
debería rechazarse de entrada, desde luego. Por otro lado, Fontbrune, quizá el
más famoso nostradamista moderno, incluso se permitió señalar en un libro —que
en los primeros dieciocho meses y sólo en Francia vendió setecientos mil
ejemplares— que el fin del mundo sería en 1999. En honor a la verdad, hay que
indicar que Fontbrune se había permitido enmendar la plana a su mentor ya que
éste, en una carta a su hijo César, le indicaba que sus vaticinios se extendían
«desde hoy al año 3797», circunstancia ésta que nos permite respirar tranquilos
¿o no?).
Por sorprendente que pueda resultar para muchos, las fuentes documentales son
tajantes. No existe la menor prueba de que Nostradamus pronunciara jamás una
sola profecía —en las Centurias o fuera de ellas— que se
cumpliera. Por no acertar, ni siquiera acertó sobre sí mismo. En un almanaque,
especialmente concebido con ese fin, el vidente y astrólogo señaló como fecha
de su muerte el mes de noviembre de 1567. Murió diecisiete meses antes… Decir
que acertó alguna vez constituye, desde luego, una mentira histórica.
Mentira 7
Cataluña es una nación
El
recientemente aprobado estatuto de Cataluña contiene una afirmación que ha sido
enarbolada durante décadas por los partidos nacionalistas, la de que Cataluña
es una nación. La inclusión ha venido además refrendada por el Gobierno que
preside José Luis Rodríguez Zapatero y por el PSOE en un comportamiento sin
precedentes. Semejante pronunciamiento —que colisiona frontalmente con el
articulado de la Constitución española— se sustenta no sobre la realidad de la
Historia, sino sobre una mentira histórica de notables dimensiones. Y es que
Cataluña jamás se consideró una nación, sino una parte más de una nación
llamada España.
En
fecha tan tardía como el año 1893, Francesc Cambó inició la tarea de predicar
el catalanismo por las tierras de Cataluña. Sería él mismo quien en sus
Memorias describiría el ambiente con que se encontró. «En su conjunto»,
escribió, «el catalanismo era una cosa mísera cuando, en la primavera de 1893,
inicié en él mi actuación… Organizamos excursiones por los pueblos del Penedés
y del Vallés donde había algún catalanista aislado (…) al llegar, generalmente,
la iglesia estaba vacía y sólo se veían algunas cabezas asomando por las
esquinas (…) no creo que hiciéramos grandes conquistas: los payeses que nos
escuchaban no llegaban a tomarnos en serio (…). Aquél era un tiempo en el que
el catalanismo tenía todo el carácter de una secta religiosa. Puede decirse que
todos los catalanistas se conocían entre sí». Las palabras de Cambó serían
confirmadas por Josep Pla, que añadiría: «Los catalanistas eran muy pocos.
Cuatro gatos. En cada comarca había aproximadamente un catalanista: era
generalmente un hombre distinguido que tenía fama de chalado». Desde luego, no
dejaba de ser una situación peculiar la descrita por los dos ilustres catalanes
si se tiene en cuenta que, de acuerdo con los postulados del nacionalismo,
Cataluña es una nación oprimida por España. Por el contrario, lo que escribían
en relación con la situación de hace más de un siglo Gambó y Pla, resulta
lógico si se tiene en cuenta que, en términos reales y no míticos, fidedignos y
no mentirosos, la Historia de Cataluña y de los catalanes siempre había sido la
Historia de España.
Desde luego, los romanos —que crearon el término Hispania— siempre incluyeron
en sus límites los territorios de la que, ya muy avanzada la Edad Media, sería
Cataluña. No en vano Tarraco, la actual Tarragona, fue capital de una de esas
Hispanias. Lo mismo sucedió cuando, deshecho el Imperio romano, se estableció
en la Península un dominio visigodo que cristalizaría en un reino de España.
Significativo resulta, por ejemplo, que la primera capital de ese reino, con
Ataúlfo, estuviera en Barcelona. Sabido es que muy pronto la capital, con
lógica irrefutable, se trasladó al centro de la Península, y más concretamente
a Toledo, pero a esas alturas los escritores visigóticos, con Isidoro de
Sevilla a la cabeza, hablan de una nación llamada España cuyas raíces son
romanas y cristianas y a la que han llegado recientemente los godos. Semejante
visión no quebró —todo lo contrario— cuando la invasión islámica de 711
pulverizó el reino visigótico. El reino, que no una España que se aprestó inmediatamente
a la resistencia frente al invasor musulmán.
En un intento de protegerse de un ataque islámico, los reyes francos se
apoderaron de territorios situados al sur de los Pirineos a los que denominaron
la Marca Hispánica (nombre ciertamente revelador) y a los que convirtieron en
zona de salvaguarda. Sin embargo, de manera bien significativa, los monarcas
francos fueron conscientes de que aquel territorio que siglos después sería
Cataluña era ya entonces España. En abril de 815, poco después de la creación del
condado de Barcelona como separación entre el reino de los francos y los
musulmanes, Ludovico Pío, rey de Aquitania y soberano de Septimania, promulgó
un precepto destinado a la protección de los habitantes del condado de
Barcelona y otros condados subalternos. En el texto se habla, literalmente, de
los «españoles» Juan, Chintila y un largo etcétera, y, sobre todo, se dice algo
enormemente interesante sobre los habitantes de lo que ahora denominamos
Cataluña. «Muchos españoles», señala el documento citado, «no pudiendo soportar
el yugo de los infieles y la crueldades que éstos ejercen sobre los cristianos,
han abandonado todos sus bienes en aquel país y han venido a buscar asilo en
nuestra Septimania o en aquella parte de España que nos obedece». En el
documento —como era de esperar— no aparece ni la palabra Cataluña ni la palabra
catalanes porque eran ideas aún inexistentes, pero sí se hace referencia a cómo
esa zona territorial formaba parte de España y sus habitantes eran españoles.
Hasta el año 1096, la familia de los condes de Barcelona —que seguían siendo
vasallos del reino franco— fue de origen extranjero y, con la excepción de
Berenguer III, que se casó con María, hija del Cid Campeador, los matrimonios
siempre se contrajeron con mujeres procedentes de algún lugar situado al norte
de los Pirineos. En el año 1137 un conde de Barcelona llamado Ramón Berenguer
IV rompió con esa tradición seguida durante siglos por sus antecesores y
contrajo matrimonio con la princesa Petronila de Aragón. De esta manera, el
condado de Barcelona —que no era ni Cataluña, ni una nación catalana, ni tenía
pretensión de serlo— volvía a reintegrarse en el proceso de reconstrucción, de
reconquista, de una España que había estado a punto de desintegrarse por
completo a causa de la invasión islámica, y lo hacía como parte no de una
confederación catalano-aragonesa como dicen los nacionalistas a pesar de que
jamás aparece tal nombre en las fuentes históricas, sino como parte de la
Corona de Aragón.
Esa conciencia de que Cataluña era tan sólo una parte de España y no una nación
independiente la encontramos también en los reyes que ejercieron sobre ella su
soberanía. Citemos algunos ejemplos. Cuando, en 1271, Jaime I salió del
Concilio de Lyon, tras haber ofrecido la cooperación de sus hombres y de su
flota para emprender una cruzada, exclamó: «Barones, ya podemos marcharnos; hoy
a lo menos hemos dejado bien puesto el honor de España». De la misma manera,
cuando socorrió a Alfonso X de Castilla en la lucha contra los moros de Murcia,
Jaime I sostuvo que lo hacía «para salvar a España». De manera semejante, el
rey Pedro III afirmó que había salvado el honor de España al acudir a Burdeos
para batirse con Carlos de Anjou, manteniendo su palabra. Y si esto pensaban
los monarcas que reinaban entre otros territorios sobre Cataluña, no otra cosa
pensaban sus historiadores. En el siglo XIV, el catalán Ribera de Perpejá
escribió la Crónica de Espanya en la que señalaba precisamente
cómo Cataluña era una parte de esa España despedazada por la invasión
musulmana, pero ansiosa de reunificación. Y el gran historiador catalán Ramón
Muntaner reclamó una política conjunta de los cuatro reyes de España, «que son
— escribió— d’una carne d’una sang». Nada de esto puede extrañar si
se tiene en cuenta que guerreros tan catalanes como los almogávares se lanzaban
al combate gritando no Cataluña, sino « ¡Aragón! ¡Aragón!». ¿Hubieran podido
gritar otra cosa cuando Cataluña no era sino una parte de la Corona de Aragón y
no una nación independiente?
Por su parte, Bernat Desclot, un autor cuya lectura sería más que sobrada para
desmontar la mayoría de las mentiras históricas del nacionalismo catalán, nos
ha dejado referencias bien significativas. Por ejemplo, al mencionar la batalla
de las Navas de Tolosa de 1212, señaló en su Crónica que en dicho combate
habían intervenido «los tres reyes de España, de los cuales uno fue el rey de
Aragón». De la misma manera, al narrar un viaje del conde de Barcelona a
Alemania para entrevistarse con el emperador, Desclot relató que aquél se había
presentado ante su majestad imperial diciendo: «Señor, yo soy un caballero de
España». Acto seguido, ese mismo conde de Barcelona había dicho a la emperatriz
alemana: «Yo soy un conde de España al que llaman el conde de Barcelona». No
resulta extraño que el emperador, según nos cuenta el mismo Bernat Desclot,
dijera a su séquito: «… han venido dos caballeros de España, de la tierra de
Cataluña». No cabe duda de que los catalanes medievales —mal que les pese a los
nacionalistas— tenían las ideas muy claras y éstas no eran formar parte de una
nación independiente.
Con esos antecedentes repetidos vez tras vez no puede sorprender que, durante
los siglos siguientes, Cataluña y los catalanes se sintieran hondamente
españoles. Como el resto de los españoles participaron en la guerra civil de
inicios del siglo VIII, que algunos pretenden presentar falsamente como un
conflicto independentista catalán cuando fue un enfrentamiento dinástico.
Defendían — con personajes como Casanova, convertido en icono nacionalista— no
la independencia de la nación catalana sino al pretendiente austriaco frente al
borbónico.
Como el resto de los españoles, los catalanes también resistieron al invasor
francés en el Bruch y en el asedio de Gerona, y no deja de ser significativo
que una de las heroínas españolas más famosas de la guerra de la independencia
fuera precisamente la catalana Agustina de Aragón.
Como el resto de los españoles, también los catalanes combatieron en Marruecos
en 1859 a las órdenes de un general catalán llamado Prim y desfilaron por las
calles al sonido de Los voluntarios, una marcha militar que se interpretó
entonces por primera vez.
Como el resto de los españoles, los catalanes sufrieron también el desastre de
1898, donde cuatro de los treinta y tres últimos soldados de Filipinas fueron
catalanes.
Como el resto de los españoles, en suma, sufrieron las alegrías y tristezas de
la Historia de España, sin excluir la guerra civil de 1936 en cuyos dos bandos
participaron porque nadie puede olvidar, por ejemplo, al Tercio de Montserrat,
que, encuadrado en el Ejército nacional, dejó su sangre, por ejemplo, en la
batalla del Ebro.
No puede extrañar que, como señalaba Gambó, no hubiera apenas catalanistas
antes de él, o como dejó escrito Pla, los pocos que existían tuvieran fama de
chalados. ¿Cómo iba nadie a creer en el nacionalismo con ese pasado histórico?
A día de hoy, una mentira histórica tan monstruosa como la del nacionalismo
pretende cerrar los ojos de los catalanes a la verdad. Para ello ha seguido la
consigna de Prat de la Riba, que descubrió la razón de ese cambio al escribir:
«Había que saber que éramos catalanes y que no éramos más que catalanes… Esta
obra no la hizo el amor… sino el odio». Tristes son las palabras de Prat de la
Riba, pero no pueden ser tachadas de falsas. Durante décadas, los nacionalistas
han inoculado en sucesivas generaciones de Cataluña ese odio a España, una
España a la que se ha pintado no como la madre común sino como una opresora, no
como la nación de todos sino como una invasora, no como el tronco que sustenta
las diferentes ramas nacionales sino como un árbol odioso y extraño. Y, además,
los que han sembrado el odio se han empeñado en usurpar el nombre de Cataluña
como si fuera de su propiedad exclusiva y se han permitido tachar de
catalanófobos a los que no comparten los delirios del nacionalismo y tan sólo
aspiran a que Cataluña sea una tierra en la que ni se asalte ni se agreda a los
que no son nacionalistas; en la que la lengua catalana no sea barrera de
separación sino instrumento de unión; en la que los padres puedan educar a sus
hijos en su lengua madre; en la que no se vea al resto de España como enemigos
sino como hermanos y en la que la ley sea la misma para todos
independientemente de que sean o no nacionalistas. Para impedir tan nobles
metas, para implantar el nacionalismo en centenares de miles de corazones, el
nacionalismo catalán ha tenido que recurrir al uso sistemático e ininterrumpido
de la mentira, una mentira que, entre otras cosas, afirma que Cataluña es una nación.
Mentira 8
La lengua valenciana es el catalán
Durante
las últimas décadas, Valencia ha sido objeto de una ofensiva cultural
asfixiante. La misma insiste en que el valenciano no es sino un dialecto del
catalán y, para inculcar semejante idea, el nacionalismo catalán no ha reparado
en gastos. A decir verdad, no pasaría nada caso de que esto fuera cierto.
Sucede simplemente que no es verdad y que, además, tras esa afirmación no se
halla una mera cuestión de discusión científica sino un verdadero programa de
absorción de Valencia —el reino de Valencia— en unos inexistentes «Paisos
catalans» capitaneados por una Cataluña que nunca fue reino. Afirmar que la
lengua valenciana es el catalán constituye, al fin y a la postre, una grave e
interesada mentira histórica.
La
mentira oficial del nacionalismo catalán sobre el valenciano afirma que el
catalán fue llevado a Valencia por las tropas de Jaime I el Conquistador. Según
esta versión, esas tropas eran catalanoparlantes y se establecieron en la
tierra reconquistada implantando su lengua. La realidad histórica es bien
diferente. De entrada, cuando las huestes aragonesas de Jaime I el Conquistador
reconquistaron Valencia de manos de los invasores islámicos —una labor en que
les había precedido efímeramente el Cid castellano— encontraron a una población
que hablaba una lengua romance que podían entender sin mucha dificultad, pero
que no era, ni mucho menos, el catalán.
En contra de lo afirmado por los nacionalistas catalanes, que insisten en que
el romance había desaparecido durante el dominio islámico, las fuentes árabes
afirman lo contrario. El célebre naturista árabe Ibu-Albathar, por ejemplo,
dice claramente y sin ningún empacho que los mozárabes, o sea los cristianos
viejos, conservaron su lengua sin interrupción alguna. Y de la misma manera se
expresan los demás escritores árabes. Por otra parte, hay aún hoy muchos
códices, escritos en romance, de los siglos IX, X, XI y XII que hablan de
contratos, ventas, etc., efectuados por cristianos entre ellos y con los moros,
pero, de manera relevante, existe constancia de la correspondencia entre los
cristianos que vivían bajo el poder musulmán, sujetos a sus leyes, y los
cristianos libres del norte de España y de la Galia gótica, «i que la
llengua parlada pels mocarabes era coneguda per lo nom de Al-Romía o llengua
romana». Como ha señalado J. Ribera: «Hay un hecho que salta a la
vista. Cuando las huestes del Rey D. Jaime llegan a Valencia, se nota un
fenómeno que sorprende algo: una gran parte de los nombres geográficos de los
poblados de la huerta de Valencia son latinos, mejor dicho, romances… Y no deja
de ser bien revelador que una de las disposiciones de Jaime I
estableciera: “Els jutges diguen en romano les sentencies que donaran,
i donen aquelles sentencies a les parts que les demanaca.”». ¿Qué
romance podía ser ése si los catalanes, según la mentira nacionalista, aún no
habían enseñado a hablar a los valencianos? Pues, obviamente, la lengua
valenciana que existía desde hacía siglos como derivación del latín.
Por si fuera poco lo anterior, un examen cuidadoso del Llibre del
Repartiment —estudiado entre otros por Huici, Cabanes y Ubieto— pone
claramente de manifiesto que la lengua valenciana no llegó con las tropas del
rey conquistador, primero, porque en su mayoría esas fuerzas procedían de
Aragón y no de Cataluña, y, segundo, porque los pocos catalanes que fueron no
se asentaron en las áreas valenciano parlantes. «Consideramos —dice A. Ubieto—
que la lengua romance hablada en el siglo XII en Valencia persistió durante el
siglo XII y XIII, desembocando en el “Valenciano medieval”. Sobre esta lengua
actuarían en muy escasa incidencia las de los conquistadores, ya que, como he
señalado en otra ocasión, el aumento de la población del reino de Valencia no
llegó a un cinco por ciento con la inmigración aragonesa y catalana. Y esta
inmigración iba aproximadamente por mitad y mitad…». (Archivo del Reino de
Valencia: Llibre del Repartiment).
Partiendo de esa base, no resulta extraño que el gallardo monarca hiciera
referencia a la «llengua valenciana de aquellos valencianos y
que nunca pretendiera identificarla con el catalán. Como dejó escrito el
profesor San Valero: «Los filólogos deberán llegar a la conclusión de que la
lengua hablada en el reino de Valencia no es un fenómeno medioeval, coetáneo o
posterior a la reconquista por Jaime I, sino anterior». Este punto de vista ha
sido claramente reafirmado por Manuel Mourelle de Lema, autor de la obra La
identidad etnolingüística de Valenci. (1996), quien afirma de manera
acertada: «No se puede sostener, como hace E de B. Moll, que la conquista
catalana del Reino de Valencia introdujo íntegramente el catalán cuando ya no
quedaban mozárabes en estos territorios». Y añade: «No fue la conquista de
Valencia una ocupación en el vacío, ya que había aquí núcleos de población de
habla romance. La lengua valenciana surgió indudablemente, en suelo
mediterráneo, de igual modo que las restantes lenguas románicas peninsulares:
sobre el caldo de cultivo del habla de los habitantes hispano godos, continuada
(durante la sumisión a los árabes) en el habla de aquellos habitantes
sometidos». Es una tesis magníficamente apoyada también en los estudios de
Leopoldo Peñarroja, que escribió en 1990 El mozárabe de Valencia. Ambas obras
demuestran la originalidad, la independencia y la importancia de una de las
lenguas más cultas del Renacimiento español. Y es que, de manera que no
sorprende, el valenciano —lengua diferente de la catalana según el propio rey
Jaime I— alcanzó una verdadera edad áurea a finales de la Edad Media,
precediendo en ese esplendor a las propias ciudades italianas donde
resplandecería el Renacimiento.
Ya en la Edad Moderna, la conciencia de que el valenciano era algo totalmente
distinto del catalán aparece en los propios historiadores.
Tan claro resultaba a la sazón que valenciano y catalán eran distintos que el
valenciano de Gandía, Joanot Martorell, señala en su obra maestra Tirant
lo Blanch que escribe en «valenciano vulgar» pero no en catalán.
Martorell —que causó la admiración del alcalaíno Cervantes hasta el punto de
que su novela es uno de los pocos libros que se salvó de ser expurgado de la
biblioteca de don Quijote— ha sido objeto de la codicia del nacionalismo
catalán desde hace tiempo y, por ello, no extraña que en alguna edición de su
libro publicada en Cataluña se haya suprimido sin el menor reparo su referencia
a la lengua valenciana. Es sólo un botón de muestra del delirio al que se puede
llegar en el empeño de convertir un reino en sucursal de Cataluña, que nunca
alcanzó esa categoría. Porque durante la Edad Media y la Edad Moderna se
multiplicaron los testimonios de cómo valenciano, mallorquín y catalán eran
consideradas —con toda razón— lenguas diferentes. Por ejemplo, el canónigo de
la catedral de Mallorca, Gregorio Genovar, se duele que bien entrado el siglo
XVI, la gran novela Blanquerna, del filósofo mallorquín Raimundo
Lulio, no haya sido traducida todavía a la más culta de las lenguas romances de
la España oriental, es decir, al valenciano. Y encarga de esta misión a un
doctor en artes y teología de nombre Juan Bonbalij, más no por ser valenciano,
sino por considerar que era el más experto conocedor de la época de la obra
liuliana. El presbítero Juan Bonbalij era catalán de origen y de segundo
apellido, natural de Queralt, hoy provincia de Tarragona. Cumple puntualmente
el encargo que se le hace y publica la traducción al valenciano de Blanquerna,
en Valencia, en 1552. Y en su prólogo, dirigido al canónigo de la catedral de
Mallorca que le encomendó la misión, le escribe estas esclarecedoras palabras:
«… el cual libro ahora se ha traducido y dado a la prensa en lengua valenciana,
según que, conociéndome apasionado de la ciencia liuliana, me rogó tomara yo de
esto el encargo aunque no sea docto ni muy limado en dicho idioma por serme
peregrino y extranjero». Difícilmente se puede dar un mentís mayor a esa
mentira histórica de la denominada «unidad de la lengua» que pretende que las
de Valencia y Baleares son un mero dialecto del catalán. Bonbalij si algo sabía
era ciertamente lo contrario, que eran lenguas diferentes que el catalán y que,
por ello, exigían traducción, tanto que denomina al valenciano «idioma…
peregrino y extranjero».
De hecho, a esta «lengua romance» la llaman valenciana —nunca catalana — los
escritores que la utilizan, ya sea Antonio Canals, Jaume Roig, Roic de Corella,
Ausias March, Vicente Ferrer o, sor Isabel de Villena. Joanot Martorell y los
literatos valencianos incluso adoptan el término: «La vulgar valenciana
lingua». Esta realidad ha sido reconocida vez tras vez por aquellos
especialistas atraídos, no por los motivos más nobles, hacia el campo de la
mentira nacionalista. Si Azorín podía afirmar que: «El valenciano tiene su
medida y su sabor. La concisión del valenciano se ve cuando se compara, texto
con texto, con otro idioma», el padre Fullana, en su discurso de ingreso en la
Real Academia Española, afirmaría acertadamente: «La existencia independiente
del valenciano como lengua, que no es como dicen algunos una variante del
catalán». Por cierto, resulta oportuno recordar que, en 1925, el citado erudito
señaló cortésmente que las siguientes lenguas romançs conocidas
hoy por lengua italiana, francesa, portuguesa, gallega, castellana, valenciana,
catalana, provençal y mallorquina tuvieron su origen en la lengua romana
vulgar, traída por los ejércitos del imperio a casi todas las partes
occidentales de Europa, sobre todo a Francia, España y África, cuando fueron
conquistadas. Fue también el padre Lluís Fullana i Mira el que recorrió todo el
reino de Valencia para recoger en su Diccionario de la Lengua
Valenciana toda la amplitud y riqueza de ese idioma.
Extraordinario personaje este clérigo valenciano. En el colegio La Concepción,
de Onteniente, enseñó francés, principalmente, y en la Universidad de Valencia,
valenciano. Valenciano, sí, no catalán. Fullana dominaba el latín, el francés,
el italiano, el inglés, el griego… En octubre de 1940, con motivo de la visita
a España del gran visir del Protectorado español en Marruecos, Fullana actuó de
intérprete requerido por el Ministerio de Asuntos Exteriores, porque dominaba
ni más ni menos que los dialectos rifeños. Pero su gran amor era su lengua
valenciana —que no catalana—, y así, cuando en la Universidad de Valencia, el
día 27 de enero de 1918, se creó una cátedra de Llengua Valenciana por
iniciativa del Centre de Cultura Valenciana, fue ocupada por el padre Lluís
Fullana. Fue de esa manera como nació el Patronat de Llengües del mencionado
centro docente y como, a propuesta del mismo, el padre Fullana se convirtió en
el primer profesor de Llengua Valenciana en la Universidad Literaria de
Valencia. Y es que la clara diferencia entre un idioma y otro la dejó de
manifiesto un catalán tan poco sospechoso como Pi i Margall cuando afirmó:
«Subsiste en España no sólo la diversidad de leyes sino también de idiomas. Se
habla todavía en gallego, en bable, en vasco, en catalán, en mallorquín y en
valenciano».
También debe decirse que el poder de los nacionalistas catalanes estaba aún
lejano y precisamente por ello la mentira histórica no era enarbolada por
nadie. Por ejemplo, en virtud de un Real Decreto del 26 de noviembre de 1926 se
daba entrada en la Real Academia Española de la Lengua a los representantes de
las diferentes lenguas peninsulares. Como era de esperar, la valenciana era
considerada autóctona y diferente de la catalana. El artículo 1° del referido
decreto dice así:
«La
Real Academia Española se compondrá de cuarenta y dos Académicos numerarios,
ocho de los cuales deberán haberse distinguido notablemente en el conocimiento
o cultivo de las lenguas españolas distintas de la castellana, distribuyéndose
de este modo: dos para el idioma catalán, uno para el valenciano, uno para el
mallorquín, dos para el gallego y dos para el vascuence».
Difícilmente
podía haberse expresado con más claridad, si bien es cierto que por aquel
entonces ningún gobierno en España estaba dispuesto a escuchar los dislates de
los nacionalistas catalanes. Quizá por ello, los que representaban a la lengua
valenciana tenían una altura extraordinaria: «Para ocupar el sitial
correspondiente al idioma valenciano en la Real Academia de la Lengua Española
se propuso el ilustre filólogo R P. Lluís Fullana i Mira por tres académicos de
grandísimo prestigio, D. Josep Martínez Ruiz (Azorín), el poeta arabista D.
Julia Ribera, y el también ilustre D. Francisco Rodríguez Marín. Esta propuesta
fue muy bien acogida en el seno de la Academia al reconocer un gran
merecimiento en los estudios filológicos del susodicho Padre franciscano». (Las
Provincias, no. 18 957, 12-12-1926).
De manera bien significativa, en la toma de posesión, que tuvo lugar el día 11
de noviembre de 1928, el padre Fullana pronunció un discurso sobre «Evolución
del verbo en llengu valenciana», y sus diferencias en relación con el
castellano y el catalán, precedido de unas apropiadas palabras sobre el origen
del valenciano y de las otras lenguas románicas, afirmando, como ya indicamos
antes, entre otras cosas:
«…
la existencia independiente del valenciano como lengua; que no es, como dicen
algunos, una variante del catalán…».
Tenía
toda la razón Miguel de Cervantes, el mayor genio de la literatura española,
cuando señaló en Persiles y Segismunda que «la valenciana, graciosa lengua, con
quien sólo la portuguesa puede competir en ser dulce y agradable». A su
testimonio, artísticamente insuperable, sumemos el erudito de Menéndez Pidal,
posiblemente el mayor conocedor de la Historia española, quien señaló: «Es la
lengua valenciana la primera lengua romance literaria de Europa, de cuyos
clásicos no sólo aprendieron catalanes sino incluso castellanos». Y es que,
afirmar lo contrario, pese a quien le pese, no pasa de ser una gigantesca —e
interesada— mentira histórica.
Bibliografía
A pesar de los esfuerzos —y de los dineros del contribuyente— empleados por el
nacionalismo catalán para imponer la tesis de que el valenciano es la misma
lengua que el catalán, ésta es insostenible desde distintas perspectivas. Para
dejar de manifiesto lo insostenible de un repoblamiento catalán del reino de
Valencia siguen siendo indispensables las referencias contenidas en Archivo
del Reino de Valencia: llibre del Repartiment.
Estudios
filológicos indispensables son los de Leopoldo Peñarroja, El mozárabe de
Valencia, 1990 —que demuestra que existía una lengua romance en Valencia antes
de la llegada de Jaime I— o Manuel Mourelle de Lema, La identidad
etnolingüística de Valencia desde la antigüedad hasta el siglo XIV, 1996,
una obra verdaderamente indispensable que desmonta el imperialismo lingüístico
catalán.
De referencia obligada también son las obras del P. Fullana, resultando notable
su discurso de ingreso en la Real Academia del 11 de noviembre de 1928.
Mentira 9
Los vascos no son españoles
Durante
las dos últimas décadas ha sido común el repetir una serie de afirmaciones
relacionadas con los vascos que no por más insistentes resultan más verdaderas.
Entre ellas estaría la de que los vascos formaron una entidad política conjunta
en el pasado, la de que su absorción en España y Francia se debió a la
violencia opresora ejercida contra los vascos pero no a su voluntad, la de que
el vascuence (denominado euskera) ha sido siempre la única lengua de Euskal
Herria o la de que las guerras carlistas fueron ya un fenómeno claro de
independentismo vasco frente a la opresión española. Todas estas afirmaciones
pretenderían demostrar que los vascos no son —no lo han sido nunca— españoles.
Semejante aserto, sin embargo, no pasa de ser una mentira histórica.
Históricamente,
la vivencia política de los vascos ha estado siempre ligada de manera profunda
a la Historia española y los intentos de romper esa ligazón entrañable y
sentida no sólo son muy recientes sino totalmente ahistóricos. Que en los
primeros tiempos de la invasión musulmana de España, los vascos carecían de
lazos políticos que los unieran y que tenían una clara «falta de conciencia
nacional» es algo que ha sido reconocido incluso por autores tan marcadamente
nacionalistas como fray Bernardino de Estella. Sin embargo, cuando el reino de
Navarra se convierte en una formación política que podría calificarse sin
ambages de vascona, la nota característica con la que se autodefinen sus
monarcas no es la de ser «reyes vascos» —algo que no se les hubiera pasado por
la cabeza— sino «reyes de las Españas». Ése, y no otro, es el título que
aparece, por ejemplo, en el acta de traslación del cuerpo del rey Sancho Garcés
III a San Millón el 14 de mayo de 1030. Al igual que Alfonso III de León —que
se autodenominó rex totius Hispaniae—, la meta de los reyes
navarros, compartida con otros reyes peninsulares, no era construir un Estado
vasco sino reconquistar España, la España sometida en esos momentos a los
invasores islámicos. Precisamente porque ésa era la voluntad de los reyes de Navarra
no extraña que emparentaran con aragoneses, asturianos, leoneses y castellanos
en un intento de hacer avanzar la empresa reconquistadora común. Fue un rey
navarro —Sancho III, al que el PNV ha decidido en una muestra de sectaria estupidez
convertir en rey de Euzkadi— el que en el Decreto de restauración de la
catedral de Pamplona se refería a «nuestra patria, España», hace poco menos de
un milenio. Tampoco extraña, por ello, que para escándalo de los historiadores
nacionalistas, utilizara más el romance navarro que el euskera y dejara que
esta lengua se perdiera en tierra de La Rioja, de Álava y de la Ribera navarra
convirtiendo aquélla en una lengua tan vasca como el vascuence hace ya siglos.
No fue Castilla —una entidad minúscula entonces, nacida del impulso navarro— la
que acababa con el euskera o vascuence sino que los reyes euskaldunes de
Navarra, como lamenta nuevamente fray Bernardino de Estella, «se dieron mucha
prisa en adoptar la lengua castellana para redactar sus documentos,
adelantándose unos sesenta años a los mismos reyes de Castilla».
Pero no fue sólo el caso de Sancho III. Lo cierto es que la historia de las
tres provincias vascongadas, mencionadas por vez primera en el relato de las
hazañas de Alfonso I el Católico escrito durante el reinado de su sucesor
Alfonso II el Magno a finales del siglo IX, estuvo ligada íntima, voluntaria y
entrañablemente a la de Castilla. Guipúzcoa se unió a ésta en el siglo XI y tal
unión se convirtió en definitiva en 1200, reinando Alfonso VIII. El deseo de
los guipuzcoanos no era formar parte de una entidad vascona como era Navarra,
sino integrarse en la Corona de Castilla y así lo solicitó voluntariamente la
Junta General de Guipúzcoa. En el curso de los siglos siguientes, la documentación
guipuzcoana denominaría a los naturales de Guipúzcoa «castellanos» y éstos lo
tuvieron como timbre de gloria. Por su parte, y de manera bien significativa,
los guipuzcoanos no dejaron de asolar las aldeas navarras, a las que veían como
enemigas. El apego de Guipúzcoa a Castilla era tan estrecho que no sólo sus
combatientes destacaron en la lucha contra el islam, sino que la Junta General
de 1468 hizo jurar a Enrique IV «que jamás enajenaría de su Corona las villas,
pueblos, etc., ni Guipúzcoa entera», comprometiéndose a no apartarla de
Castilla ni siquiera con dispensa papal.
El camino seguido por Álava fue muy similar al de Guipúzcoa. El temor a la
presión de los navarros euskaldunes la llevó a solicitar su incorporación a
Castilla en 1200, lo que se confirmó por pacto solemne el 2 de abril de 1332.
Como en el caso de Guipúzcoa, también los alaveses exigieron del rey de
Castilla que se comprometiera a no enajenar por ninguna causa a Álava.
Por lo que se refiere a Vizcaya, que se había convertido en señorío, pasó a
formar parte, también voluntariamente, de la Corona de Castilla en 1179. Juan I
(1358-1390), el rey castellano, se convirtió finalmente en señor de Vizcaya.
Como en el caso alavés y guipuzcoano, los vizcaínos conservaron sus
instituciones, pero con una supervisión regia y una instancia superior
castellana, en este caso ubicada en Valladolid. Además, las discusiones de las
Juntas se celebraban en castellano o en vascuence y los procuradores y
apoderados «no podían ser admitidos en ningún tiempo si no sabían leer y
escribir en romance». Ambas lenguas eran consideradas igualmente vascas y era
lógico que así fuera.
El final de la Edad Media no alteró, en absoluto, este panorama. Los vascos de
Álava, Vizcaya y Guipúzcoa siguieron sintiéndose más cercanos de Castilla — a
cuya Corona estaban unidos con anterioridad a Extremadura o Andalucía— que de
Navarra. Por lo que se refiere a los vascos de Francia, demostraron en todo
momento ser convencidos patriotas franceses. A lo largo del periodo de
hegemonía española, los vascos siguieron combatiendo, navegando y ejerciendo
otras funciones bajo pabellones españoles. Por lo que se refiere a marinos y
descubridores, figuraron entre los más destacados de España. Era vasco y
español Elcano, que otorgó a España el honor de ser la primera nación que dio
la vuelta al mundo y que recibió de Carlos V un escudo de armas recordando la
gesta. Era vasco y español Legazpi, que conquistó para España las Filipinas.
Era vasco y español Urdaneta, que, tras combatir en Flandes y Alemania, domó el
océano Pacífico. Vascos y españoles fueron también Juan de Garay, segundo y
definitivo fundador de Buenos Aires; Ortiz de Zárate, capitán general del Río
de la Plata; o García Oñez, vencedor de Tupac Amaru. Todo ello sin contar a los
miles de vascos que participaron en la gesta americana a las órdenes de
Almagro, Valdivia, Alvarado, Cortés o Pizarro, o los que combatieron bajo
pabellón español a los ingleses, los turcos o los holandeses.
Los vascos tuvieron igualmente una presencia extraordinaria en la
administración española. De manera bien significativa, casi monopolizaron
algunas funciones, como la de notario real o secretario. Ruiz de Alarcón
en El examen de maridosdejaba constancia de lo siguiente:
Y a
fe que es del tiempo vario
Efecto bien peregrino
Que no siendo vizcaíno
Llegase a ser secretario.
Puede
extrañar que cuando Sancho Panza se convirtió en gobernador de la ínsula
Barataria, su secretario afirmara «sé leer y escribir, y soy vizcaíno» y que el
otrora escudero le respondiera: «Con esa añadidura, bien podéis ser secretario
del mismo Emperador». No, no resulta extraño, como tampoco sorprende que,
llegada la Ilustración del siglo XVIII, los denominados «Caballeritos de
Azcoitia» —un nombre irónico dado por el padre Isla— defendieran la españolidad
y el lema Irurak bat, es decir, tres en una, las tres provincias vascas como un
todo, sin incluir, como pretenden el PNV y ETA, ni a Navarra ni a las tierras
vascofrancesas.
El enfrentamiento con los franceses encontró también en los vascos las muestras
más acendradas de patriotismo español. El 4 de julio de 1795, por ejemplo, la
Diputación de Vizcaya dirigió al rey un escrito ofreciendo derramar hasta «la
última gota de sangre» por la independencia española y, cuando en 1808 se
produjo la invasión napoleónica, los vascos, como el resto de los españoles, se
enfrentaron aguerridamente con las águilas imperiales. Esta identificación con
España resultó tan acentuada que los diputados vascos en Cádiz apenas opusieron
resistencia a un proyecto constitucional que significaba el final de sus
fueros. Como diría el diputado vizcaíno Yandiola, «no son los fueros, no es el
provincialismo sino la felicidad de la nación, la que dirige a los diputados de
Vizcaya». La nación no era otra —¿acaso podía serlo?— que España. La reacción,
por otro lado, era lógica. Como escribiría el catalán Balmes:
«(…)
sin ponerse de acuerdo las diferentes provincias, ni siquiera haber tenido el
tiempo de comunicarse, y separadas unas de otras por los ejércitos del
usurpador, se levantó en todas una misma bandera. Ni en Cataluña, ni en Aragón,
ni en Valencia, ni en Navarra, ni en las provincias Vascongadas se alzó el
grito a favor de los antiguos fueros. Independencia, Patria, Religión, Rey, he
aquí los nombres que se vieron escritos en todos los manifiestos, en todas las
proclamas, en todo linaje de alocuciones; he aquí los nombres que se invocaron
en todas partes con admirable uniformidad».
Lo
más significativo del asunto es que los franceses utilizaron el vascuence para
congraciarse con los vascos e incluso les prometieron la autonomía. Por
supuesto, aquellos vascos dignos y nobles rechazaron las añagazas del invasor y
defendieron la libertad de España. Jáuregui, Sarasa, Longa o Zumalacárregui son
sólo algunos de los vascos que participaron en la gigantesca lucha española
contra Napoleón.
Las mismas guerras carlistas dividieron a los vascos, pero no entre
españolistas e independentistas sino entre vasco-españoles liberales y
vasco-españoles absolutista-carlistas. Cuando don Carlos, el pretendiente
carlista, llegó a Elizondo, se reunió con el general Zumalacárregui y entre
ambos redactaron, el 12 de julio de 1834, un manifiesto que comenzaba diciendo:
«Españoles: mostraos dóciles a la voz de la razón y de la justicia.
Economicemos la sangre española». Don Carlos añadiría: «El éxito no es dudoso;
un solo esfuerzo y España es libre». ¿Cómo podía ser de otra manera?
Precisamente por aquella época, un predecesor del nacionalismo vasco, el
vasco-francés Agustín Chaho, que odiaba a España y a Francia, acudió a Navarra
para sembrar el separatismo. Zumalacárregui, español y vasco, vasco y español,
lo expulsó de su territorio con cajas destempladas. De hecho, suerte tuvo que
no lo mandara fusilar.
Los foralistas vascos, como Fidel de Sagarminaga, afirmaban mientras tanto que
defendían las libertades vascongadas «sin perjuicio de las altas y mayores
facultades del Estado, pues que de una sola nación se trataba» ya que «el
derecho de los vascos consiste en continuar nuestra historia y tradición, no en
provecho solamente propio, sino en provecho común de la nación española. Los
vascongados no han sido nunca otra cosa que españoles». Liborio de Ramery y
Zuazarregui afirmaría por su cuenta que el peligro para la autonomía vasca no
venía de «la noble Castilla ni la magnánima nación española sino del
liberalismo destructor». Esa clara realidad sería señalada por el catalán
Balmes:
«Es
falso que haya verdadero provincialismo, pues que ni los aragoneses, ni los
valencianos, ni los catalanes recuerdan sus antiguos fueros, ni el pueblo sabe
de qué se le habla cuando éstos se mencionan, si los mencionan alguna vez los
eruditos aficionados a antiguallas. Hasta en las provincias del norte no es
cierto que el temor de perder los fueros causara el levantamiento y sostuviese
la guerra; los que vieron las cosas de cerca saben muy bien que el grito
dominante en Navarra y en las provincias Vascongadas era el mismo que resonaba
en el Maestrazgo y en las montañas de Cataluña».
Con
toda seguridad, si a un vasco de los siglos XVI, XVII, XVIII o XIX se le
hubiera dicho que no era español y que pertenecía a una nación llamada
Euskalherria hubiera soltado una carcajada o hubiera quedado sumido en el
estupor más profundo. A decir verdad, hubo que esperar a finales del siglo XIX
y a la aparición de los escritos racistas, ahistóricos y religiosamente
fundamentalistas de Sabino Arana, el fundador del PNV, para que esa tradición
de identificación entre los vascos y España se cuestionara. No es de extrañar
que en su momento fuera contemplado por sus contemporáneos como un trastornado
y que él mismo, el 22 de junio de 1903, abogara por abandonar el nacionalismo
en favor de un autonomismo españolista, por utilizar sus propios términos.
Como hemos visto en las páginas anteriores, si algo ha caracterizado la
historia de los vascos durante siglos no ha sido su oposición a España, sino su
integración esencial en ella y su identificación entrañable y voluntaria con el
resto de las regiones de esa nación. La negación de esa realidad ha costado
ríos de sangre, el nacimiento de un movimiento terrorista que ha asolado España
durante cuatro décadas, la fractura social en las Vascongadas y la implantación
de una dictadura nacionalista apenas encubierta. Ésos son algunos de los frutos
de una cruenta mentira histórica, la que afirma que los vascos no son
españoles.
Bibliografía
La bibliografía sobre las falacias del nacionalismo vasco ha contado con
aportes verdaderamente importantes en los últimos años. Magnífica es la
trilogía de Ricardo de la Cierva, Hijos de la gloria y de la mentira . Historia
de los vascos entre España y la Anti España, Getafe, 2004, y como
extraordinaria debe calificarse la aportación de Jesús Laínz en «Adiós
España». Verdad y mentira de los nacionalismos, Madrid, 2004. De
notable interés resulta J. A. Vaca de Osma, Los vascos en la Historia
de España, Madrid, 1996. Más en la línea del ensayo se encuentra Jon
Juaristi, El bucle melancólico, Madrid, 1997.
Con todo, el desenmascaramiento de la mentira nacionalista no es un asunto
reciente. Lo hayamos ya en la obra de dos vascos universales —quizá los más
universales—, que fueron Pío Baroja y Miguel de Unamuno. Al respecto, resulta
interesante repasar El porvenir de España y los españoles,La
raza vasca y el vascuence.En torno a la lengua española y Andanzas y visiones
española de Miguel de Unamuno; y Divagaciones apasionadas y El
tablado de arlequín de Pío Baroja.
Mentira 10
Hitler fue el primero en utilizar el gas para exterminar a civiles
Para
millones de personas, la utilización del gas como instrumento de exterminio
quedará vinculada siempre a los múltiples horrores del nacionalsocialismo
alemán. Es lógico y justo que así sea. No en vano, de los millones de personas
que perecieron en campos de la muerte como Auschwitz, Treblinka o Sobibor , un
porcentaje no pequeño lo hizo en las cámaras de gas. Sin embargo, a pesar de su
uso monstruosamente profuso como arma de asesinato en masa, atribuir a Hitler
el inicio de ese tipo de prácticas constituye una mentira histórica fruto de la
ignorancia o del interés.
EL
uso del gas con fines letales es relativamente reciente en términos históricos.
De hecho, hunde sus raíces en esa espantosa carnicería que fue la Primera
Guerra Mundial. Se usó por primera vez durante la segunda batalla de Ypres, del
22 de abril al 25 de mayo de 1915. Lo hicieron las fuerzas alemanas y el gas
utilizado fue el clorhídrico asfixiante. No puede decirse que la nueva arma
tuviera un peso decisivo en la batalla ya que, tras cinco semanas de lucha, los
alemanes se vieron obligados a poner fin a la ofensiva tras sufrir no menos de
treinta y cinco mil bajas. A pesar de todo, los efectos del gas habían
resultado tan sobrecogedores que, a partir de ese momento, desempeñó un papel
considerable dentro del armamento de ambos ejércitos. Las consecuencias fueron
verdaderamente espantosas. Así, por ejemplo, durante la tercera batalla de
Ypres o Passchendaele, que se libró del 31 de julio al 10 de noviembre de 1917,
los alemanes recurrieron al uso del gas mostaza con terribles consecuencias
para sus enemigos británicos. Los soldados muertos por su causa seguramente
llegaron a ser decenas de miles, pero, al fin y a la postre, este recurso no
implicó un incremento cualitativo de las posibilidades de victoria. A decir
verdad, si finalmente los aliados emergieron triunfantes del conflicto se debió
a un empleo masivo de materiales convencionales entre los que el gas apenas
tuvo peso.
Con todo, como siempre, una cosa fue la realidad histórica y otra bien distinta
la memoria que guardaron de ella los participantes. Durante la Guerra Civil
española, sólo el denominado bando republicano barajó la idea de usar el gas,
pero los encargados de obtener esta arma letal —miembros de la Esquerra
Republicana de Cataluña— no lograron hacerse con ella. Por lo que se refiere a
la Segunda Guerra Mundial, el recuerdo del gas iba a pesar espantosamente en la
mente de los antiguos combatientes, hasta el punto de que se evitaría su uso
precisamente para impedir que el adversario recurriera al mismo. Sin embargo,
durante esa conflagración el gas fue utilizado de una manera que opacó el
horror de las batallas de Ypres o del Somme. Y es que dejó de tener uso militar
para emplearse contra civiles indefensos. Sin embargo, y en contra de una
opinión común, no fueron Hitler ni los nacional-socialistas alemanes los
primeros en recurrir al gas para exterminar a no combatientes.
En realidad, semejante utilización fue muy primitiva y vino de la mano de una
ideología —la bolchevique— que se consideraba totalmente legitimada para
exterminar a segmentos enteros de la población con tal de conseguir sus fines.
Como el propio Lenin reconocería vez tras vez, el socialismo sólo podría
asentarse mediante el denominado «terror de masas» y desde el golpe de octubre
de 1917 el dirigente bolchevique se aplicó en llevar a la práctica semejante
postulado. Su orden de 26 de junio de 1918, por ejemplo, convirtió los campos
de concentración —junto con los fusilamientos masivos e indiscriminados— en una
parte esencial de ese terror, adelantándose a Hitler en década y media. Algo
muy similar sucedió con el gas. En contra de lo sustentado por la propaganda de
izquierdas, la mayor resistencia contra Lenin y sus seguidores no procedió de
las clases altas ni tampoco de la burguesía sino de sectores de la población de
extracción muy humilde. Entre ellos ocuparon un papel especialmente relevante
los campesinos. Lejos de considerar que el bolchevismo fuera un adelanto
social, en su inmensa mayoría opinaban que no era sino una forma de despojo del
fruto de su trabajo, más despótica que la vivida bajo los zares y llevada a
cabo por gente que ignoraba totalmente en qué consistía la vida rural. Los
intentos de imponer el bolchevismo en el agro tuvieron, pues, como consecuencia
directa, el desencadenamiento de revueltas no pocas veces desesperadas.
Lenin intentó quebrantar en primer lugar la resistencia campesina recurriendo a
medidas represivas de carácter policial, pero no tardó en comprobar que sería
precisa la intervención del Ejército Rojo para liquidar los focos rebeldes. Sin
embargo, para sorpresa suya, ni siquiera unas tropas dotadas de armamento
moderno lograron imponerse, en parte, por el apoyo que la población prestaba a
los sublevados y, en parte, por la propia geografía rusa que propiciaba la
huida y el guarecimiento de los mismos en zonas boscosas. Al cabo de unos
meses, no eran sólo combatientes sino poblaciones enteras las que buscaban
abrigo en los bosques. ¿Cómo se podía hacer frente a esa resistencia? Lenin
llegó a la conclusión de que exterminándola en el sentido más literal y que
para ello la utilización del gas podía constituir un instrumento insuperable.
El 27 de abril de 1921 el Politburó presidido por Lenin nombró a Tujashevsky
comandante en jefe de la región de Tambov , con órdenes de acabar con la
revuelta campesina en un mes y de informar semanalmente de los progresos
conseguidos.
Tujashevsky no logró el éxito rápido que ansiaba Lenin, a pesar de contar con
más de cincuenta mil soldados a sus órdenes. Entonces, el 12 de junio de 1921,
dictó órdenes en las que establecía el uso de gas para acabar con las
poblaciones escondidas en el bosque. En la orden en cuestión se indicaba que
«debe hacerse un cálculo cuidadoso para asegurar que la nube de gas asfixiante
se extienda a través del bosque y extermine todo lo que se oculte allí». A
continuación, se estipulaba que debía entregarse «el número necesario de bombas
de gas y los especialistas necesarios en las localidades». Los fusilamientos en
masa, las deportaciones indiscriminadas y el uso del gas contra poblaciones civiles
acabaron con la rebelión de Tambov en mayo de 1922, es decir, más de un año
después de la designación de Tujashevsky. Aún faltaba un lustro para que Hitler
mencionara en Mein Kampf la posibilidad de utilizar el gas venenoso para matar
a «unos millares de judíos» y casi dos décadas para Auschwitz.
Sin embargo, ni siquiera cuando los padres de la patria socialista se asentaron
sin discusión alguna en el poder abandonaron el uso del gas para asesinar a los
considerados enemigos políticos. A partir del año 1937 el profesor Grigori
Mairanovsky, especialista en tóxicos, dirigió un servicio especial del NKVD —la
antigua Cheká y antecedente directo del KGB— denominado el Laboratorio X. La
finalidad de este organismo era ejecutar a disidentes, por orden directa del
gobierno, recurriendo a inyecciones letales. El Laboratorio X funcionó con
seguridad de 1937 a la década de los años cincuenta en la URSS, pero continuó
desempeñando sus funciones en el extranjero hasta los años setenta. Mairanovsky
cayó en desgracia en 1951 y fue detenido. Desde su celda intentó obtener la
liberación, y en una carta a Beria le recordó que «por mi mano han sido
ejecutados docenas de enemigos jurados del poder soviético, especialmente
nacionalistas de todo pelaje». La noticia era ciertamente grave, pero en 1990
saltó a la luz un dato aún más escalofriante. Las cámaras de gas ambulantes —
que tan terriblemente fueron utilizadas por los nacional-socialistas alemanes
durante la Segunda Guerra Mundial— no habían sido inventadas por los seguidores
de Hitler sino por el NKVD soviético en 1937. Precisamente, en la época en que
el NKVD experimentaba con nuevos tipos de tortura en la España del Frente
Popular, usaba en la URSS las dushegubki, cámaras de gas ambulantes. Su
inventor, por una de esas terribles ironías de la Historia, fue un judío
llamado Isai Davidovich Berg, jefe del Servicio Económico del NKVD en la región
de Moscú. De manera bien reveladora, Berg creó las cámaras de gas ambulantes
por una razón similar a la que impulsaría a las SS a recurrir al gas: los
fusilamientos no eran un método suficientemente rápido para acabar con los
detenidos. Berg —otra ironía histórica— fue ejecutado en 1939 en el curso de
una de las purgas estalinistas, pero en 1956 resultó rehabilitado con todos los
honores. No resulta sorprendente, ya que hasta el fin de sus días había sido un
socialista ejemplar.
En cualquiera de los casos, la realidad histórica es irrefutable. Todos y cada
uno de los horrores perpetrados por el nacional-socialismo alemán de Hitler —la
red de campos de concentración, la utilización del gas para asesinar a civiles,
incluso las cámaras de gas ambulantes— fueron precedidos en años, incluso en
décadas, por los bolcheviques que elevaron la Gran Patria del socialismo.
Atribuir, por lo tanto, el primer uso del gas como arma de exterminio de
civiles a Hitler es una mentira histórica.
Bibliografía
Sobre el Laboratorio X, véase P. Sudoplatov, Spetsoperatsii: Lubianka
i Krieml1930-1950gody, 1997, especialmente las pp. 440 y ss. La carta de
Mairanovsky a Beria fue publicada en Izvestia, 16 de mayo de 1992,
p. 6. La historia de Isai Davidovich Berg ha sido narrada por E. Zhirnov ,
«Protsedura kazni nosila omerziletlnyi jarakter», en Komsomolskaya
Pravda, 28 de octubre de 1990.
Mentira 11
Los republicanos españoles eran demócratas
La
leyenda rosada de la Segunda República no sólo ha insistido en el carácter
absolutamente impecable de su proclamación, sino que además ha identificado a
los republicanos con la democracia y desechado como anti demócratas a los
monárquicos. Se trata de una visión de lo sucedido durante los años treinta que
ha apoyado expresamente el actual presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez
Zapatero. Sin embargo, como tantas afirmaciones más conectadas con la
intencionalidad política que con el estudio de las fuentes documentales, ésta
no pasa de ser una colosal mentira histórica.
La
Primera República fue un episodio efímero y profundamente lamentable de la
Historia española del siglo XIX. Durante su breve duración, no sólo los escasos
republicanos de la época fueron incapaces de articular un sistema político
viable, sino que además la nación se vio amenazada por la posibilidad de verse
desintegrada por episodios como el del cantón de Cartagena e, incluso, estuvo a
punto de degenerar en una dictadura armada bajo Castelar. El fracaso
republicano —que, a su vez, había sido precedido por otro fiasco monárquico en
la persona de Amadeo de Saboya— acabó desembocando en una restauración
borbónica. El sistema creado entonces pretendía copiar el que existía en Gran
Bretaña y, en buena medida, lo consiguió. Dos partidos, liberal y conservador,
se alternaron en el poder mientras la nación intentaba modernizarse y superar
las secuelas de la invasión francesa de 1808-1813 y de las convulsiones
decimonónicas. El logro de esa meta se vio obstaculizado por un conjunto de
fuerzas antisistema dotadas de una ideología utópica. A pesar de sus enormes
diferencias, todas ellas compartían un feroz antiparlamentarismo, una clara
oposición a la monarquía, un carácter muy minoritario y una muy reciente
aparición en la Historia. No otro sería el carácter de los nacionalistas
catalanes y, después, vascos, de los socialistas y anarquistas, y, por
supuesto, de los diversos grupúsculos republicanos.
En los inicios del siglo XX, el peso social de todas estas fuerzas era
reducido, pero, a pesar de todo, tenían la resolución de aniquilar el sistema
constitucional y sustituirlo por sus respectivas utopías, que iban de la
dictadura del proletariado socialista al jacobinismo republicano pasando por la
independencia de regiones españolas en un régimen idealizado. Partiendo de esa
base, las fuerzas antisistema de carácter republicano pensaron ya desde esa
época en una toma del poder no democrática sino apoyada en el ejército, en la
subversión de la calle y en la agitación mediática, que les permitiera acabar
con la monarquía y abrir cauce hacia sus bien poco compatibles metas. Una clara
manifestación de esa visión política fue la denominada Revolución de 1917.
Su origen puede retrotraerse al acuerdo de acción conjunta que la UGT
socialista y la CNT anarquista habían concluido a mediados de 1916. El 20 de
noviembre, ambas organizaciones suscribieron una Alianza que se tradujo, el 18
de diciembre, en un pacto para ir a la huelga general. La misma tuvo lugar,
pero no logró obligar al conde de Romanones, a la sazón presidente del Consejo
de Ministros, a aceptar sus puntos de vista. La reacción de ambos sindicatos
fue celebrar una nueva reunión el 27 de marzo de 1917 en Madrid, en la que se
acordó la publicación de un manifiesto conjunto. Lo que iba a producirse
entonces iba a ser una dramática conjunción de acontecimientos que, por un
lado, manifestaron la imposibilidad del Gobierno para controlar la situación y,
por otro, derivaron en la unión de una serie de fuerzas decididas a rebasar el
sistema constitucional sin ningún género de escrúpulo legal. Así, a la alianza
socialista anarquista se sumaron las Juntas Militares de Defensa —la inevitable
conexión militar—, creadas por los militares a finales de 1916 con la finalidad
de conseguir determinadas mejoras de carácter profesional, y los catalanistas
de Cambó, que no estaban dispuestos a permitir que el Gobierno de Romanones
sacara adelante un proyecto de ley que, defendido por Santiago Alba, ministro
de Hacienda, pretendía gravar los beneficios extraordinarios de guerra.
Frente a la alianza anarquista-socialista, con apoyo militar y catalanista, la
reacción del Gobierno presidido por Romanones —que temía un estallido
revolucionario, que conocía los antecedentes violentos de ambos colectivos y
que ya tenía noticias de la manera en que el zar había sido derrocado en Rusia—
fue suspender las garantías constitucionales, cerrar algunos centros obreros y
proceder a la detención de los firmantes del manifiesto. Seguramente, el
Gobierno había actuado con sensatez, pero esta acción, unida a la imposibilidad
de imponer el proyecto de Alba, derivó en una crisis que concluyó en la
dimisión de Romanones y de su gabinete.
El propósito del catalanista Cambó consistía no sólo en defender los intereses
de la alta burguesía catalana, sino también en articular una alianza con
partidos vascos y valencianos de tal manera que todo el sistema político
constitucional saltara por los aires. En mayo, la acción de las Juntas de
Defensa contribuyó enormemente a facilitar los proyectos de Cambó. A finales
del citado mes, el Gobierno, presidido ahora por García Prieto, decidió detener
y encarcelar a la Junta Central de los militares, que no sólo buscaba mejoras
económicas sino también reformas concretas. Las Juntas de jefes y oficiales
respondieron a la acción del Gobierno con un manifiesto que significó el
regreso a una situación aparentemente liquidada por el sistema constitucional
de la Restauración: la participación del poder militar en la vida política.
El Gobierno de García Prieto no se sintió con fuerza suficiente para hacer
frente a los militares y optó por la dimisión. Un nuevo Gobierno conservador,
sostenido en Dato y Sánchez Guerra, aprobó el reglamento de las Juntas
Militares y puso en libertad a la Junta central. La consecuencia inmediata de
esa acción fue que no pocos llegaran a la conclusión de que el sistema era
incapaz de mantenerse en pie, y que había llegado a tal grado de descomposición
que aquellos mismos que debían defenderlo de la subversión no habían dudado en
utilizar el rebasamiento de la legalidad que caracterizaba a los movimientos
anarquista y socialista.
El hecho de que las Juntas de Defensa parecieran estar en condiciones de poner
en jaque el aparato del Estado llevó a Cambó a reunir una asamblea de
parlamentarios en Barcelona bajo la presidencia de su partido, la Liga
Catalanista. Su intención era valerse de las fuerzas antisistema para forzar a
una convocatoria de Cortes que se tradujera en la redacción de una nueva
Constitución. El canto de muertos del sistema constitucional parecía inevitable,
y era entonado por todos sus enemigos: catalanistas, anarquistas, republicanos
y socialistas. En el caso de estos últimos, se aceptó su participación en el
Gobierno con la finalidad expresa de acabar con la monarquía, liquidar la
influencia del catolicismo en la política nacional y eliminar a los partidos
constitucionales de la vida política. Además, para desencadenar la revolución,
los socialistas llegaron a un acuerdo con los anarquistas que se tradujo en la
división del país en tres regiones. Sin embargo, incluso dada la creciente
debilidad del sistema parlamentario, pronto iba a quedar claro que sus enemigos
—a pesar de su insistencia en que representaban la voluntad del pueblo—
carecían del respaldo popular suficiente para liquidarlo.
El 19 de julio tuvo lugar la disolución de la Asamblea de parlamentarios. Sólo
en Asturias consiguieron los revolucionarios prolongar durante algún tiempo la
resistencia, pero la suerte estaba echada. Mientras el comité de huelga
—Saborit, Besteiro, Largo Caballero y Anguiano— era detenido, algunos
dirigentes republicanos, como Lerroux, se escondían o ponían tierra por medio.
Mientras tanto, los catalanistas de Cambó habían reculado cínicamente. Estaban
dispuestos a liquidar el sistema constitucional, pero temían una revolución
obrerista, de manera que rehusaron apoyar a los socialistas y anarquistas y,
posteriormente, condenarían aquellas acciones. La reacción no resulta tan
extraña si se tiene en cuenta que los socialistas habían trasladado alijos de
armas y municiones —«yo transporté armas y municiones en Bilbao, yo
personalmente», diría Indalecio Prieto poco después en las Cortes— con la
intención de apoyar la revolución con las bocas de los fusiles. No iba a ser,
por otra parte, la última vez que lo harían para derrocar un Gobierno
legítimamente nacido de las urnas. A pesar de todo, el castigo como
consecuencia del fracaso de la revolución, no resultó riguroso e incluso se
produjo una campaña a favor de la amnistía de los revolucionarios y, en
noviembre de 1917, fueron elegidos concejales de Madrid los cuatro miembros del
comité de huelga. Se trataba de una utilización del sistema constitucional para
burlar la acción de la justicia que volvería a repetirse en febrero de 1918
cuando fueron elegidos a diputados Indalecio Prieto, por Bilbao; Besteiro, por
Madrid; Anguiano, por Valencia; Saborit, por Asturias y Largo Caballero por
Barcelona. De momento, las variopintas fuerzas republicanas habían fracasado en
su intento de aniquilar de manera nada democrática el sistema constitucional.
No iba a ser la última vez.
El resultado de la fallida revolución de 1917 fue, posiblemente, mucho más
relevante de lo que se ha pensado durante décadas. La derrota de anarquistas,
socialistas, nacionalistas, republicanos y socialistas, y, sobre todo, la
benevolencia con que fueron tratados por el sistema parlamentario no se
tradujeron en su integración en éste. Por el contrario, ambas circunstancias
crearon en ellos la convicción de que eran lo suficientemente fuertes para
acabar con el parlamentarismo y que éste, sin embargo, era débil y, por lo
tanto, fácil de aniquilar. Para ello, la batalla no debía librarse en un
Parlamento fruto de unas urnas que no iban a dar el poder a las izquierdas
porque éstas carecían del suficiente respaldo popular, sino en la calle,
erosionando un sistema que, tarde o temprano, se desplomaría. En otras
palabras, las fuerzas republicanas no creían en una conquista democrática del
poder sino en una visión golpista —calificada eufemísticamente de
revolucionaria— que colocara los resortes de la política nacional en sus manos.
No podemos detenernos a examinar meticulosamente los últimos años de la
monarquía parlamentaria. Sin embargo, debe señalarse que el análisis llevado a
cabo por los miembros de la visión antisistema republicana pareció verse
confirmado por los hechos. Hasta 1923 todos los intentos del sistema
parlamentario de llevar a cabo las reformas que necesitaba la nación se vieron
bloqueados en la calle por la acción de republicanos, socialistas, anarquistas
y nacionalistas que no llegaron a plantear en ninguno de los casos una
alternativa política realista y coherente sino que, únicamente, se dedicaron a
desacreditar la monarquía constitucional y a apuntar a un futuro que sería
luminoso simplemente porque en él se daría la república, la dictadura del
proletariado o la independencia de Cataluña.
La dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) —un intento de atajar los problemas
de la nación partiendo de una idea concebida sobre la base de una magistratura
similar a la de la antigua Roma— fue simplemente un paréntesis en el proceso
revolucionario. De hecho, durante la misma, la represión se dirigió contra los
anarquistas, mientras, el PSOE y la UGT fueron tratados con enorme benevolencia
—siguiendo la política de Bismarck con el SDP alemán—, y Largo Caballero, que
fue consejero de Estado de la dictadura, y otros veteranos socialistas llegaron
a ocupar puestos de considerable relevancia en la administración del Estado.
Con todo, el final de la década vino marcado por la concreción de un sistema
conspirativo republicano que, a pesar de su base social minoritaria, acabaría
teniendo éxito.
Desde febrero a junio de 1930 resultó obvio que conocidas figuras hasta
entonces identificadas con la monarquía parlamentaria, como Miguel Maura
Gamazo, José Sánchez Guerra, Niceto Alcalá Zamora, Ángel Ossorio y Gallardo y
Manuel Azaña, habían abandonado su defensa para pasarse al republicanismo y, de
manera apenas oculta, al golpismo. Finalmente, en el verano de 1930, se
concluyó el Pacto de San Sebastián donde se fraguó un comité conspiratorio
oficial destinado a acabar con la monarquía parlamentaria y sustituirla por una
república. La importancia de este paso puede juzgarse por el hecho de que los
que participaron en la reunión del 17 de agosto de 1930 —Lerroux, Azaña,
Domingo, Alcalá Zamora, Miguel Maura, Carrasco Formiguera, Mallol, Ayguades,
Casares Quiroga, Indalecio Prieto, Fernando de los Ríos…— se convertirían unos
meses después en el primer Gobierno provisional de la República.
La conspiración republicana comenzaría a actuar desde Madrid, a partir del mes
siguiente, en torno a un comité revolucionario presidido por Alcalá Zamora; con
un conjunto de militares golpistas y pro-republicanos (López Ochoa, Batet,
Riquelme, Fermín Galán…) y un grupo de estudiantes de la FUE capitaneados por
Graco Marsá. Por si fuera poco —y como había sucedido en las décadas
anteriores—, la masonería prestó su ayuda con enorme entusiasmo, convencida de
que tenía al alcance de la mano la posibilidad de crear un régimen a hechura
suya. Con todo, debe señalarse que el movimiento republicano quedaba reducido a
minorías, ya que incluso la suma de afiliados de los sindicatos UGT y CNT
apenas alcanzaba al veinte por ciento de los trabajadores y el PCE, nacido unos
años atrás de una escisión del PSOE, era minúsculo. En un triste precedente de
acontecimientos futuros, el comité republicano fijó la fecha del 15 de
diciembre de 1930 para dar un golpe militar que derribara la monarquía e
implantara la república. Resulta difícil creer que el golpe hubiera podido
triunfar, pero el hecho de que los oficiales Fermín Galán y Ángel García
Hernández decidieran adelantarlo al 12 de diciembre sublevando a la guarnición
militar de Jaca tuvo como consecuencia inmediata que pudiera ser abortado por
el Gobierno.
Juzgados en consejo de guerra y condenados a muerte, el Gobierno acordó no
solicitar el indulto de los golpistas y, el día 14, Galán y García Hernández
fueron fusilados. El intento de sublevación militar republicana llevado a cabo
el día 15 de diciembre en Cuatro Vientos por Queipo de Llano y Ramón Franco no
cambió en absoluto la situación. Por su parte, los miembros del comité
conspiratorio huyeron (Indalecio Prieto), fueron detenidos (Largo Caballero) o
se escondieron (Lerroux, Azaña).
En aquellos momentos, el sistema parlamentario podría haber desarticulado con
relativa facilidad el movimiento golpista formado por los republicanos,
mediante el sencillo expediente de exponer ante la opinión pública su verdadera
naturaleza a la vez que procedía a juzgar a una serie de personajes que, en
román paladino, habían intentado derrocar el orden constitucional mediante la
violencia armada de un golpe de Estado. No lo hizo. Por el contrario, la clase
política de la monarquía constitucional quiso optar precisamente por el diálogo
con los que deseaban su fin. Buen ejemplo de ello es que cuando Sánchez Guerra
recibió del rey Alfonso XIII la oferta de constituir Gobierno, lo primero que
hizo fue personarse en la cárcel Modelo para ofrecer a los miembros del comité
revolucionario encarcelados sendas carteras ministeriales. Con todo, como
confesaría en sus Memorias. Azaña, la república parecía una
posibilidad ignota. El que se convirtiera en realidad se iba a deber no a la
voluntad popular sino a una curiosa mezcla de miedo y de falta de información.
La ocasión sería la celebración de unas elecciones municipales en abril de
1931. Tras las mismas, que perdieron clamorosamente los republicanos, éstos, de
manera antidemocrática, lograron provocar un cambio de régimen. Y es que los
republicanos españoles no eran demócratas sino antisistema, utópicos y
convencidos de que gozaban de una legitimidad derivada de su superioridad moral
y política. Ese sentimiento de hiperlegitimidad les permitía, a su juicio,
derrocar un sistema parlamentario y sustituirlo por otro que abriera el camino
a sus respectivas utopías. Su carencia de convicción democrática y sus
objetivos incompatibles explican sobradamente las terribles convulsiones y el
fracaso final que experimentó la Segunda República.
Bibliografía
A pesar de toda la mitología —interesada y acrítica— sobre la Segunda República
española, lo cierto es que el carácter escasamente democrático de sus
principales protagonistas está ampliamente documentado. De hecho, basta leer
algunas de sus memorias —empezando por Azaña— para percatarse de ello. Los
personajes de la República vistos por ellos mismos, Encuentro
Ediciones, Barcelona, 2000, de Pío Moa, constituye un texto de referencia al
respecto, como también lo es laHistoria actualizada de la Segunda República
y de la Guerra de España , Fénix, Getafe, 2003, de Ricardo de la
Cierva, o el clásico indispensable de B. Bolloten , La guerra civil
española. Revolución y contrarrevolución, Alianza Editorial, Madrid,
1989. De manera más condensada he abordado el tema enChecas de Madri.
Nuevas Ediciones de Bolsillo, Barcelona, 2003;Paracuellos-Katyn, Libros
Libres, Madrid, 2005, y La guerra que ganó Franco, Planeta,
Barcelona, 2006.
Mentira 12
La segunda república fue proclamada democráticamente
En
la mitología republicana ha sido común insistir en que la llegada de la
república en abril de 1931 vino precedida de unas elecciones en las que el
pueblo se manifestó abrumadoramente en contra de la monarquía y a favor del
cambio de régimen. Se habría tratado, por lo tanto, de un tránsito democrático
de una forma de Estado a otra. La afirmación no pasa de ser una mentira
histórica que busca ocultar lo que sólo fue un golpe de Estado republicano. Lo
peor es que la mentira tendría además terribles consecuencias históricas.
La
monarquía parlamentaria de Alfonso XIII se vio sometida a una operación
incansable de acoso y derribo prácticamente desde sus inicios. Los socialistas
y los anarquistas aspiraban a su eliminación total y a su sustitución por
diferentes formas de socialismo; los republicanos deseaban la implantación de
una república, y los catalanistas —y posteriormente los nacionalistas vascos—
soñaban con un plan de liquidación del Estado que, forzosamente, tenía que
pasar por la destrucción del sistema de la monarquía liberal. Durante años,
semejantes proyectos fracasaron vez tras vez, en parte, porque el sistema iba
avanzando de una manera quizá no espectacular pero sí innegable y, en parte,
porque las distintas fuerzas eran muy minoritarias —no hubo un diputado socialista
hasta bien entrado el siglo XX y gracias a una conjunción con los republicanos—
y actuaban de manera descoordinada. Esta situación experimentó un brusco final
cuando, en 1917, republicanos, socialistas y catalanistas, con el apoyo de un
sector del Ejército, descubrieron que tenían posibilidades ciertas de aniquilar
el sistema parlamentario. El intento fracasó porque los catalanistas —un
movimiento esencialmente burgués— temieron verse desbordados por los colectivos
obreristas y porque el Ejército terminó plegándose, como era su obligación, al
poder constitucional. Cuando a inicios de los años veinte se produjo el
pronunciamiento del general Primo de Rivera, pudo dar incluso la impresión de
que las fuerzas antisistema habían perdido la batalla. Los nacionalistas
catalanes saludaron con inefable entusiasmo al general, del que esperaban que
acabaría con el pistolerismo anarquista que se había adueñado de Barcelona —
como, efectivamente, sucedió—, y también el PSOE se avino a colaborar con la
dictadura de Primo de Rivera a la espera de que acabara con esos mismos
anarquistas a los que no consideraba hermanos sino peligrosos rivales. De
manera bien significativa, cuando concluyó la dictadura, nacionalistas
catalanes y socialistas eran más fuertes y, sobre todo, estaban convencidos de
que podían aniquilar el sistema parlamentario si jugaban sus cartas
adecuadamente. Para llevar a cabo ese paso, no articularon una estrategia
legalista sino, por el contrario, un entramado golpista que incluía a sectores
concretos de las fuerzas armadas. Sin embargo, la conspiración contra el
sistema parlamentario no incluyó sólo a socialistas, nacionalistas catalanes o
republicanos.
Como ya vimos en una mentira anterior, en el verano de 1930 se concluyó el
Pacto de San Sebastián donde se fraguó un comité conspiratorio oficial
destinado a acabar con la monarquía parlamentaria y sustituirla por una
república.
La conspiración republicana comenzaría a actuar desde Madrid, a partir del mes
siguiente, en torno a un comité revolucionario presidido por Alcalá Zamora; un
conjunto de militares golpistas y pro-republicanos (López Ochoa, Batet,
Riquelme, Fermín Galán…) y un grupo de estudiantes de la FUE capitaneados por
Graco Marsá. El comité republicano fijó la fecha del 15 de diciembre de 1930
para dar un golpe militar que derribara la monarquía e implantara la república.
El golpe, como ya tuvimos ocasión de ver, fracasó.
De hecho, a inicios de 1931, la república parecía una posibilidad ignota. El
que esa posibilidad revolucionaria se convirtiera en realidad se iba a deber no
a la voluntad popular sino a una curiosa mezcla de miedo y de falta de
información. La ocasión sería la celebración de unas elecciones municipales en
abril de 1931.
Aunque la propaganda republicana presentaría posteriormente las elecciones
municipales de abril de 1931 como un plebiscito popular en pro de la república,
no existió jamás ningún tipo de razones para interpretarlas de esa manera. En
ningún caso su convocatoria tuvo carácter de referéndum, ni mucho menos se trató
de unas elecciones a Cortes Constituyentes. De hecho, la primera fase de las
elecciones municipales, celebrada el 5 de abril, se cerró con los resultados
esperados, es decir, salieron elegidos 14 018 concejales monárquicos y tan sólo
1832 republicanos. Con ese resultado electoral, en el que las candidaturas
monárquicas fueron votadas siete veces más que las republicanas, no puede
extrañar que tan sólo pasaran a control republicano un pueblo de Granada y otro
de Valencia. Como era lógico esperar, en aquel momento nadie hizo referencia a
un plebiscito popular y, menos que nadie, los republicanos, que habían sido
literalmente aplastados por el veredicto de las urnas.
El 12 de abril de 1931 se celebró la segunda fase de las elecciones. De nuevo,
los resultados fueron muy desfavorables para las candidaturas republicanas. De
hecho, frente a 5775 concejales republicanos, los monárquicos obtuvieron 22
150, es decir, el voto monárquico prácticamente fue el cuádruplo del
republicano. Desde cualquier lógica democrática, los republicanos deberían
haber reconocido su clara derrota y prepararse para las futuras elecciones a
Cortes en las que, dicho sea de paso, no podía esperarse que cambiaran
aquéllos. Sin embargo, lo que sucedió fue totalmente distinto. Los políticos
monárquicos, los miembros del Gobierno (salvo dos), los consejeros de palacio y
los dos mandos militares decisivos —Berenguer y Sanjurjo— interpretaron la
derrota en buena parte de las capitales de provincia como un apoyo
extraordinario para la república y un desastre para la monarquía. El hecho de
que la victoria republicana hubiera sido urbana —como en Madrid, donde el
concejal del PSOE Saborit hizo votar por su partido a millares de difuntos—
pudo contribuir a esa sensación de derrota, pero no influyó menos en el
resultado final la creencia de que los republicanos podían dominar la calle y
arrastrar al país a una cruenta revolución. Semejante apreciación no se
correspondía con la realidad, dada la muy limitada fuerza republicana, pero
tuvo un peso decisivo en el desarrollo de los acontecimientos sobre los que se
proyectaba, de manera muy consciente, la sombra de lo que había sucedido en
Rusia tan sólo catorce años antes.
Durante la noche del 12 al 13 de abril el general Sanjurjo, a la sazón al mando
de la Guardia Civil, dejó de manifiesto por telégrafo que no contendría un
levantamiento contra la monarquía. Aquella afirmación constituía una gravísima
dejación de los deberes encomendados. Pero quizá más grave fue el hecho de que
los dirigentes republicanos supieran inmediatamente lo que pensaba hacer el
general, gracias a los empleados de correos adictos a su causa. Batidos
incuestionablemente en el terreno electoral, los republicanos eran conscientes
de que se enfrentaban con un sistema al que se negaban defender las propias
instituciones encargadas legalmente de esa tarea. Ese conocimiento de la
debilidad de las instituciones constitucionales explica sobradamente la
reacción republicana cuando Romanones y Gabriel Maura —con el expreso
consentimiento del monarca— ofrecieron al comité revolucionario unas elecciones
a Cortes Constituyentes. A esas alturas, sus componentes habían captado el
miedo del adversario y no sólo rechazaron la propuesta sino que exigieron la
marcha del rey antes de la puesta de sol del 14 de abril, sabedores de que si
la monarquía se reponía de aquel espejismo nunca se proclamaría una república
cuyos candidatos habían sido derrotados clamorosamente en las elecciones
celebradas unas horas antes. Para caldear el ambiente, los dirigentes republicanos
convocaron manifestaciones que presentaron a los políticos monárquicos como
espontáneas e incontrolables y cuya finalidad era aterrorizar a cualquiera que
pretendiera hacerles frente.
Por añadidura, Alfonso XIII no manifestó voluntad de resistir, sumido como
estaba en la depresión más profunda a causa de la muerte de su madre unos meses
antes y viendo cómo su esposa se hallaba lógicamente aterrada ante la
posibilidad de acabar como la familia imperial rusa —parientes suyos, por otro
lado—, fusilada por un pelotón revolucionario. Al fin y a la postre, los
políticos constitucionalistas se rindieron ante los republicanos y con ellos el
monarca, que no deseaba bajo ningún pretexto el estallido de una guerra civil.
De esa manera, el sistema constitucional desaparecía de una manera más que
dudosamente legítima y se proclamaba la Segunda República.
Aunque este hecho estuvo rodeado de un considerable entusiasmo de una parte de
la población, lo cierto es que, observada la situación objetivamente y con la
distancia que proporciona el tiempo, no se podía derrochar optimismo. Los
vencedores de la revolución se iban a sentir hiperlegitimados para tomar
decisiones futuras que pasaran por encima del resultado de las urnas y no
dudarían en reclamar el apoyo de la calle cuando el sufragio les fuera hostil.
Semejante comportamiento tenía una lógica innegable porque, a fin de cuentas,
¿no había sido en contra de la aplastante mayoría de los electores como habían
alcanzado el poder? A ese punto de arranque iba a unirse que, globalmente
considerados, los vencedores de la revolución estaban constituidos por un
pequeño y fragmentado número de republicanos que procedían en su mayoría de las
filas monárquicas; dos grandes fuerzas obreristas —socialistas y anarquistas—
que contemplaban la república como una fase hacia la utopía que debía ser
surcada a la mayor velocidad; los nacionalistas —especialmente catalanes— que
ansiaban descuartizar la unidad de la nación y que se apresuraron a proclamar
el mismo 14 de abril la República catalana y el Estado catalán, y una serie de
pequeños grupos radicales de izquierdas que acabarían teniendo un protagonismo
notable, como era el caso del Partido Comunista. En su práctica totalidad, su
punto de vista era utópico, bien identificaran esa utopía con la república
implantada, con la consumación revolucionaria posterior o con la independencia;
en su práctica totalidad, carecían de preparación política y, sobre todo,
económica, para enfrentarse con los retos que tenía ante sí la nación y, por
añadidura, adolecían de un virulento sectarismo político y social que no sólo
excluía de la vida pública a considerables sectores de la población española
sino que también plantearía irreconciliables diferencias entre ellos. Así, la
república iba a nacer de una absoluta falta de legitimidad democrática y, por
añadidura, estaría inficionada desde su nacimiento con una serie de males que
acabarían determinando su fracaso y, finalmente, el estallido de una guerra
civil. No puede sorprender a nadie semejante resultado, ya que los republicanos
no habían ganado aquellas elecciones municipales de abril de 1931 sino que, por
el contrario, las habían perdido estrepitosamente, por más que la mentira de la
victoria republicana no haya dejado de repetirse.
Mentira 13
El frente popular ganó las elecciones de febrero de 1936
La
mitología frente populista ha insistido durante décadas en el hecho de que en
febrero de 1936 las izquierdas agrupadas en el Frente Popular obtuvieron una
rotunda e innegable victoria electoral, y en que, precisamente la incapacidad
de las derechas para aceptar el resultado de las urnas, acabó degenerando en
una conspiración que cristalizó en el alzamiento de julio de 1936 Sin embargo,
los hechos fueron radicalmente distintos. A decir verdad, afirmar que el Frente
Popular ganó las elecciones de febrero de 1936 no pasa de ser una mentira
histórica que ya en su día tuvo trágicas consecuencias.
Tras
el alzamiento armado de octubre de 1934, en el que el PSOE y los nacionalistas
de la Esquerra —con apoyos no escasos del PNV y los republicanos— pretendieron
derribar al Gobierno legítimo, la Segunda República entró en una deriva que
Stanley Payne ha denominado «el desplome de la Segunda República» y Pío Moa
«los orígenes de la guerra civil española». Las derechas habían salvado al
régimen republicano de su aniquilación revolucionaria, pero no quisieron —quizá
tampoco supieron— someter al peso de la ley a los que habían deseado acabar con
el sistema constitucional. Durante 1935 los nacionalistas y la izquierda se
dedicaron a propalar rumores sobre las atrocidades cometidas por las fuerzas
del orden que habían sofocado la revolución y, a la vez, se emplearon a fondo
en aniquilar a las derechas que podían servir de sostén al régimen republicano.
De manera consciente o no, las izquierdas fueron empujando a la radicalización
a unas derechas que, paradójicamente para muchos, habían sido las garantes de
la legalidad republicana. Pieza clave de esta estrategia fue, ya en septiembre
de 1935, el estallido del escándalo del straperlo. Strauss y Perl, los
personajes que le darían nombre, eran dos centroeuropeos que habían inventado
un sistema de juego de azar que permitía hacer trampas con relativa facilidad.
Su aprobación se debió a la connivencia de algunos personajes vinculados a
Lerroux, el dirigente del partido radical. Los sobornos habían alcanzado la
cifra de cinco mil pesetas y algunos relojes, pero, gracias a la manipulación
mediática, se convertirían en un escándalo que superó con mucho la gravedad del
asunto.
Strauss amenazó, en primer lugar, con el chantaje a Lerroux, y, cuando éste no
cedió a sus pretensiones, se dirigió a Alcalá Zamora, el presidente de la
república. Éste discutió el tema con Indalecio Prieto y Azaña y, finalmente,
decidió dejar que se desencadenara el escándalo para hundir a las derechas.
Como señalaría lúcidamente Josep Pla, la administración de Justicia no pudo
determinar responsabilidad legal alguna —precisamente la que habría resultado
interesante—, pero en una sesión de Cortes del 28 de octubre se produjo el
hundimiento político del partido radical, una de las fuerzas esenciales en el
colapso de la monarquía constitucional y el advenimiento de la república menos
de cuatro años antes. De esa manera, la CEDA quedaba prácticamente sola en la
derecha frente a unas izquierdas poseídas de una creciente agresividad. Porque
no se trataba únicamente de propaganda y demagogia. Durante el verano de 1935,
el PSOE y el PCE —que en julio ya había recibido de Moscú la consigna de
formación de frentes populares— desarrollaban contactos para unir sus acciones.
En paralelo, republicanos y socialistas discutían la formación de milicias
comunes, mientras los comunistas se pronunciaban a favor de la constitución de
un ejército rojo. El 14 de noviembre de 1935 Azaña propuso a la ejecutiva del
PSOE una coalición electoral de izquierdas. Acababa de nacer el Frente Popular.
En esos mismos días, Largo Caballero salía de la cárcel —después de negar
cínicamente su participación en la revolución de octubre de 1934— y la sindical
comunista CGTU entraba en la UGT socialista. Así, el año 1935 concluyó con el
desahucio del poder de Gil Robles; con unas izquierdas que creaban milicias y
estaban decididas mayoritariamente a ganar las siguientes elecciones para
llevar a cabo la continuación de la revolución de octubre de 1934; y con
reuniones entre Chapaprieta y Alcalá Zamora para crear un partido de centro en
torno a Portela Valladares que atrajera un voto moderado, preocupados por la
agresividad de las izquierdas y una posible reacción de las derechas. Esta
última, de momento, parecía implanteable. La Falange, el partido fascista de
mayor alcance, era un grupo minoritario; los carlistas y otras formaciones
monárquicas carecían de fuerza y, en el Ejército, Franco insistía en rechazar
cualquier eventualidad golpista a la espera de la forma en que podría
evolucionar la situación política. Así, al persistir en la idea de que no era
el momento propicio, impidió el desencadenamiento de un golpe.
Cuando, el 14 de diciembre de 1935, Portela Valladares formó Gobierno era obvio
que se trataba de un gabinete puente para convocar elecciones. Finalmente,
Alcalá Zamora, aceptando las presiones de las izquierdas, disolvió las Cortes
(la segunda vez durante su mandato, lo que implicaba una violación de la
Constitución) y convocó elecciones para el 16 de febrero de 1936.
El 15 de enero de 1936 se firmó el pacto del Frente Popular como una alianza de
fuerzas obreras y burguesas cuyas metas no sólo no eran iguales sino que, en
realidad, resultaban incompatibles. Los republicanos, como Azaña y el
socialista Prieto, perseguían fundamentalmente regresar al punto de partida de
abril de 1931 en el que la hegemonía política estaría perpetuamente en manos de
las izquierdas en un sistema muy similar al del PRI mexicano. Para el resto de
las fuerzas que formaban el Frente Popular, especialmente el PSOE y el PCE, se
trataba tan sólo de un paso intermedio en la lucha hacia la aniquilación de la
república burguesa y la realización de una revolución que concluyera en una
dictadura obrerista. Si el socialista Luis Araquistain insistía en hallar
paralelos entre España y la Rusia de 1917, donde la revolución burguesa sería
seguida por una proletaria, el también socialista Largo Caballero difícilmente
podía ser más explícito sobre las intenciones del PSOE. En el curso de una
convocatoria electoral que tuvo lugar en Alicante, el político socialista
afirmaba:
«Quiero
decirles a las derechas que si triunfamos colaboraremos con nuestros aliados;
pero si triunfan las derechas nuestra labor habrá de ser doble, colaborar con
nuestros aliados dentro de la legalidad, pero tendremos que ir a la guerra
civil declarada.
Que no digan que nosotros decimos las cosas por decirlas, que nosotros lo
realizamos». (El Liberal, de Bilbao, 20 de enero de 1936).
Tras
el anuncio de la voluntad socialista de ir a una guerra civil si perdía las
elecciones, el 20 de enero, Largo Caballero decía en un mitin celebrado en
Linares: «… la clase obrera debe adueñarse del Poder político, convencida de
que la democracia es incompatible con el socialismo, y como el que tiene el
Poder no ha de entregarlo voluntariamente, por eso hay que ir a la Revolución».
El 10 de febrero de 1936, en el Cinema Europa, Largo Caballero volvía a
insistir en sus tesis: «… la transformación total del país no se puede hacer
echando simplemente papeletas en las urnas… estamos ya hartos de ensayos de
democracia; que se implante en el país nuestra democracia».
No menos explícito sería el socialista González Peña, al indicar la manera en
que se comportaría el PSOE en el poder: «… la revolución pasada (la de
Asturias) se había malogrado, a mi juicio, porque más pronto de lo que quisimos
surgió esa palabra que los técnicos o los juristas llaman “juridicidad”. Para
la próxima revolución, es necesario que constituyéramos unos grupos que yo
denomino “de las cuestiones previas”. En la formación de esos grupos yo no
admitiría a nadie que supiese más de la regla de tres simple, y apartaría de
esos grupos a quienes nos dijesen quiénes habían sido Kant, Rousseau y toda esa
serie de sabios. Es decir, que esos grupos harían la labor de desmoche, de
labor de saneamientos, de quitar las malas hierbas, y cuando esta labor
estuviese realizada, cuando estuviesen bien desinfectados los edificios
públicos, sería llegado el momento de entregar las llaves a los juristas».
González Peña acababa de anunciar todo un programa que se cumpliría, apenas
unos meses después, con la creación de las checas, pero que ya había expresado
a mediados del siglo anterior Dostoievsky en Demonios, al dar voz uno de sus
personajes al proyecto educativo del socialismo.
Con no menos claridad se expresaban los comunistas. En febrero de 1936 José
Díaz dejó inequívocamente de manifiesto que la meta del PCE era «la dictadura
del proletariado, los soviets» y que sus miembros no iban a renunciar a ella.
De esta manera, aunque los firmantes del pacto del Frente Popular (Unión
Republicana, Izquierda Republicana, PSOE, UGT, PCE, FJS, Partido Sindicalista y
POUM) suscribían un programa cuya aspiración fundamental era la amnistía de los
detenidos y condenados por la insurrección de 1934 —reivindicada como un
episodio malogrado pero heroico—, algunos de ellos lo consideraban como un paso
previo, aunque indispensable, al desencadenamiento de una revolución que liquidara
a su vez la Segunda República, incluso al costo de iniciar una guerra civil
contra las derechas.
También sus adversarios políticos centraron buena parte de la campaña electoral
en la mención del levantamiento armado de octubre de 1934. Desde su punto de
vista, el triunfo del Frente Popular se traduciría inmediatamente en una
repetición, a escala nacional y con posibilidades de éxito, de la revolución.
En otras palabras, no sería sino el primer paso hacia la liquidación de la
república y la implantación de la dictadura del proletariado.
En medio de este clima de violencia, de agresiones, de amenazas y de desafío
consciente y contumaz a la legalidad se celebraron las elecciones de febrero de
1936. Éstas no sólo concluyeron con resultados muy parecidos para los dos
bloques sino que además estuvieron inficionadas por el fraude en el recuento de
los sufragios. Así, sobre un total de 9 716 705 de votos emitidos, 4 430 322
fueron para el Frente Popular; 4 511 031 para las derechas y 682 825 para el
centro. Otros 91 641 votos fueron en blanco o resultaron destinados a
candidatos sin significación política. Sobre estas cifras, resulta obvio que la
mayoría de la población española se alineaba en contra del Frente Popular. Si a
ello añadimos los fraudes electorales encaminados a privar de sus actas a
diputados de centro y derecha difícilmente puede decirse que las izquierdas
contaran con el respaldo de la mayoría de los votantes. A todo ello hay que
sumar la existencia de irregularidades en provincias como Cáceres, La Coruña,
Lugo, Pontevedra, Granada, Cuenca, Orense, Salamanca, Burgos, Jaén, Almería,
Valencia y Albacete, entre otras, contra las candidaturas de derechas. Todo
esto, finalmente, se traduciría en una aplastante —e injustificada— mayoría de
escaños para el Frente Popular.
En declaraciones al Journal de Genéve, publicadas ya en 1937, sería nada menos
que el presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, el que reconociera la
peligrosa suma de irregularidades electorales: «A pesar de los refuerzos
sindicalistas, el Frente Popular obtenía solamente un poco más, muy poco, de
200 actas, en un Parlamento de 473 diputados. Resultó la minoría más
importante, pero la mayoría absoluta se le escapaba. Sin embargo, logró
conquistarla consumiendo dos etapas a toda velocidad, violando todos los
escrúpulos de legalidad y de conciencia.
»Primera etapa: Desde el 17 de febrero, incluso desde la noche del 16, el
Frente Popular, sin esperar el fin del recuento del escrutinio y la
proclamación de los resultados, la que debería haber tenido lugar ante las
Juntas Provinciales del Censo en el jueves 20, desencadenó en la calle la
ofensiva del desorden, reclamó el Poder por medio de la violencia. Crisis:
algunos gobernadores civiles dimitieron. A instigación de dirigentes irresponsables,
la muchedumbre se apoderó de los documentos electorales: en muchas localidades
los resultados pudieron ser falsificados. »
»Segunda etapa: Conquistada la mayoría de este modo, fue fácil hacerla
aplastante. Reforzado con una extraña alianza con los reaccionarios vascos, el
Frente Popular eligió la Comisión de validez de las actas parlamentarias, la
que procedió de una manera arbitraria. Se anularon todas las actas de ciertas
provincias donde la oposición resultó victoriosa; se proclamaron diputados a
candidatos amigos vencidos. Se expulsaron de las Cortes a varios diputados de
las minorías. No se trataba solamente de una ciega pasión sectaria; hacer en la
Cámara una convención, aplastar a la oposición y sujetar el grupo menos
exaltado del Frente Popular. Desde el momento en que la mayoría de izquierdas
pudiera prescindir de él, este grupo no era sino el juguete de las peores
locuras. »
»Fue así que las Cortes prepararon dos golpes de Estado parlamentarios. Con el
primero, se declararon a sí mismas indisolubles durante la duración del mandato
presidencial. Con el segundo, me revocaron. El último obstáculo estaba
descartado en el camino de la anarquía y de todas las violencias de la guerra
civil».
En otras palabras, las izquierdas —que ciertamente habían obtenido un
importante pero insuficiente respaldo en las elecciones— falsearon el resultado
electoral para asegurarse una mayoría absoluta a la que no se habían siquiera
acercado. El uso de la violencia, del fraude, de la falsedad documental y del
quebrantamiento de la legalidad electoral fueron considerados aceptables para
llegar a esa meta. Se trataba de un innegable golpe de Estado. De esa manera,
las elecciones de febrero de 1936 se convirtieron ciertamente en la antesala de
un proceso revolucionario que había fracasado en 1917 y 1934, a pesar de su
éxito notable en 1931.
Partiendo de tan endeble legitimidad —si es que tenía alguna— no puede extrañar
que el Gobierno, constituido por republicanos de izquierdas, bajo la
presidencia de Azaña para dar una apariencia de moderación, no tardara en
lanzarse a una serie de actos de dudosa legalidad que formarían parte esencial
de la denominada «primavera trágica de 1936». Mientras Lluís Companys, el
golpista de octubre de 1934, regresaba en triunfo a Barcelona para hacerse con
el Gobierno de la Generalidad, los detenidos por la insurrección de Asturias
eran puestos en libertad en cuarenta y ocho horas y se obligaba a las empresas
en las que, en no pocas ocasiones, habían causado desmanes e incluso
homicidios, a readmitirlos. En paralelo, las organizaciones sindicales exigían
en el campo subidas salariales de un cien por cien, con lo que el paro se
disparó. Entre el 1 de mayo y el 18 de julio de 1936 el agro sufrió ciento
noventa y dos huelgas. Más grave aún fue que el 3 de marzo los socialistas
empujaran a los campesinos a ocupar ilegalmente varias fincas en el pueblo de
Cenicientos. Fue el pistoletazo de salida para que la Federación —socialista—
de Trabajadores de la Tierra quebrara cualquier vestigio de legalidad en el
campo. El 25 del mismo mes, sesenta mil campesinos ocuparon tres mil fincas en
Extremadura, un acto legalizado a posteriori por un Gobierno incapaz de
mantener el orden público.
El 5 de marzo el Mundo Obrero, órgano del PCE, abogaba, pese a lo suscrito en
el pacto del Frente Popular por el «reconocimiento de la necesidad del
derrocamiento revolucionario de la dominación de la burguesía y la instauración
de la dictadura del proletariado en la forma de soviets».
En paralelo, el Frente Popular desencadenaba una censura de prensa sin
precedentes, que duró varios meses, en un intento nada oculto de privar de voz
a la oposición. Así seguiría la situación hasta julio de 1936 en que, con el
estallido de la guerra, la censura sería sustituida por el expolio y el
exterminio de los medios no afectos al Frente Popular. A lo anterior se sumó la
disolución masiva de los ayuntamientos que el Gobierno del Frente Popular
consideraba hostiles o simplemente neutrales. El 2 de abril el PSOE llamaba a
los socialistas, comunistas y anarquistas a «constituir en todas partes,
conjuntamente y a cara descubierta, las milicias del pueblo». Ese mismo día,
Azaña tuvo un enfrentamiento con el presidente de la República, Alcalá Zamora,
y decidió derribarlo con el apoyo del Frente Popular. Lo consiguió el 7 de
abril, alegando que había disuelto inconstitucionalmente las Cortes dos veces y
logrando que éstas lo destituyeran con sólo cinco votos en contra. Por una
paradoja de la Historia, Alcalá Zamora se veía expulsado de la vida política
por sus compañeros de conspiración de 1930-1931 y sobre la base de un acto que,
precisamente, les había abierto el camino hacia el poder en febrero de 1936.
Las lamentaciones posteriores del presidente de la República no cambiarían en
absoluto el juicio que merece por su responsabilidad en todo lo sucedido
durante aquellos años.
El 10 de mayo de 1936 Azaña era elegido nuevo presidente de la República. A
esas alturas, el mito de la victoria electoral del Frente Popular no sólo había
quedado establecido sino que además era utilizado como coartada para acabar con
el régimen constitucional y entrar abiertamente por la senda de la revolución.
No era magro resultado para unas elecciones que, en realidad, no había ganado
el Frente Popular. Esa victoria en las urnas no pasaba de ser una burda y
violenta mentira que acabaría precipitando a la nación en una guerra civil.
Bibliografía
Resulta imposible sostener la limpieza de las elecciones que llevaron al poder
al Frente Popular y, de hecho, Niceto Alcalá Zamora, el presidente de la
Segunda República, fue muy claro al respecto. Los últimos estudios de interés
sobre el tema son los de Stanley Payne, El colapso de la República,
La Esfera de los Libros, Madrid, 2005, y de Pío Moa, 1936 El asalto
final a la República, Altera, Madrid, 2005. Desde distintos ángulos, en
ambos se refleja muy documentadamente el proceso de deterioro revolucionario
que acabó con la legalidad republicana y terminó provocando el alzamiento de
julio de 1936. He abordado el tema de manera más breve en Checas de
Madri. Nuevas Ediciones de Bolsillo, Barcelona, 2003; Paracuellos-Katyn,
Libros Libres, Madrid, 2005, y La guerra que ganó Franco, Planeta,
Barcelona, 2006.
Mentira 14
Los intelectuales apoyaron a la izquierda durante la guerra civil española
El
estallido de la guerra civil española y el influjo que tuvieron en ella las
tácticas de agit-prop habituales de la Komintern tejerían el mito de que los
intelectuales españoles, por no decir los de todo el mundo, se habían sumado al
bando del Frente Popular. Según esa versión, la cultura y el arte estaban en
uno de los dos lados y eran claramente opuestos al otro. La realidad fue, desde
luego, muy diferente a esta pieza de propaganda que se sigue repitiendo a día
de hoy; una pieza de propaganda que no pasa de ser una mentira histórica.
La
propaganda de guerra —y de posguerra— insistiría en que los intelectuales,
tanto en España como en el extranjero, estaban al lado del Frente Popular y
ferozmente en contra de los alzados en julio de 1936. La realidad fue muy otra.
De hecho, las izquierdas habían iniciado la purga de la intelectualidad no
servil incluso antes del inicio del conflicto. Así, la diputada socialista
Margarita Nelken había afirmado a unos días del estallido de la guerra: «No
basta para darnos garantías con “liquidar a los enemigos que ocupan cargos en
los ministerios”. Para tener esas garantías indispensables, para que nuestros
combatientes del frente se sientan las espaldas protegidas a retaguardia, para
que no tengan que temer que se les apuñale por detrás, es preciso ir al fondo
del asunto y encararse con la verdad; esto es, saber y decir quiénes tuvieron
la responsabilidad de que los traidores pudieran traicionar; quiénes por su
incapacidad para obrar como verdaderos republicanos —por muy republicanos que
fuesen— demostraron no tener capacidad para defender hoy a la República». [1] No
exageraba. Una semana antes de que la diputada del PSOE escribiera las frases
reproducidas arriba se había iniciado en la Administración una verdadera oleada
de purgas que afectó a todos los sectores de la vida nacional. [2] El 25 de
julio, Miguel de Unamuno, que se había manifestado repetidamente contra el
Frente Popular y ahora apoyaba a los alzados, fue cesado de su cargo de rector
vitalicio de la Universidad de Salamanca y, tres días después, la Universidad
de Madrid era objeto de un cambio extraordinario de cargos y nombramientos que
llevarían, por ejemplo, a Julián Besteiro, a convertirse en decano de la
facultad de Filosofía y Letras y a Juan Negrín a ocupar la secretaría de la
facultad de Medicina. No fueron los únicos hombres del PSOE beneficiados por la
purga. Al igual que había sucedido en Rusia durante la revolución, los
intelectuales partidarios del Frente Popular se habían arrogado el derecho de
expulsar de la vida pública —e incluso de la física— a aquellos que no
comulgaran con su especial cosmovisión. Así, el 23 de agosto, la Alianza de
Intelectuales Antifascistas celebró una asamblea cuya finalidad era depurar la
Academia Española de la Lengua, cuyos miembros eran mayoritariamente de
derechas. El comité formado para ello, auténtica checa de la cultura, estuvo
compuesto por Maroto, Luengo, Abril y, por supuesto, el poeta Rafael Alberti.
La depuración fue durísima —de nuevo, sin comparaciones con ninguna otra
sufrida en España en ninguno de los siglos precedentes— pero, con todo, pareció
tibia a las organizaciones del Frente Popular.
El 30 de julio, se publicó un manifiesto de adhesión a la República. El texto
sería utilizado por la propaganda de izquierdas para evidenciar hasta qué punto
la intelectualidad se hallaba identificada con el Gobierno del Frente Popular.
La realidad fue bien diferente. El manifiesto estaba firmado por Ramón Menéndez
Pidal, Antonio Machado, Gregorio Marañón, Teófilo Hernando, Ramón Pérez de
Ayala, Juan Ramón Jiménez, Gustavo Pittaluga, Juan de la Encina, Gonzalo
Lafora, Pío del Río Ortega, Antonio Marichalar y José Ortega y Gasset. No deja
de ser todo un símbolo que, ese mismo día, fuera detenido Ramiro de Maeztu,
otro de los grandes intelectuales de la época, en un piso de Madrid. Sería asesinado
por el Frente Popular en una de las matanzas masivas realizadas en la época en
que Santiago Carrillo era consejero de Orden Público. Para remate, la firma del
manifiesto de adhesión a la República fue obtenida en la mayoría de los casos
recurriendo a la coacción y no debe extrañar, por lo tanto, que fuera repudiado
por los que la estamparon, una vez se vieron a salvo fuera de la España
controlada por el Frente Popular.
Desde luego, la firma de manifiestos no fue ciertamente suficiente para
garantizar la seguridad de nadie. Había, además, que dar muestras de plegarse a
las directrices del Frente Popular, incluidas sus continuas peticiones de
sangre. Medios para hacerlo no escasearon. El 1 de septiembre de 1936, por
ejemplo, apareció un nuevo periódico de carácter semanal que ostentaba el
título de El Mono Azul. Dirigido por Rafael Alberti y María Teresa León, en la
cabecera aparecían además como responsables José Bergamín, un católico que
había decidido unir su suerte a la revolución, Rafael Dieste, Lorenzo Varela,
Antonio R. Luna, Arturo Souto y Vicente Salas Vin. Se trataba, sin ningún
género de dudas, de una suma perfecta de comunistas y compañeros de viaje. Sin
embargo, a pesar de tratarse de un equipo más que adicto al Frente Popular,
para evitar deslizamientos, el PCE estableció un control sobre el periódico en
el seno del Quinto Regimiento a cuya cabeza se hallaba Manuel Sánchez Arcas.
Y es que la época era dura, si tenemos en cuenta, por ejemplo, que el periódico
socialista Claridad pedía el exterminio de los humoristas, afirmando que:
«Todos los humoristas acaban al servicio de la barbarie, Camba, Fernández
Flórez, Muñoz Seca y tantos otros. Hay que desconfiar de los humoristas
profesionales. Siempre llevan dentro un contrarrevolucionario». De los citados
en el medio del PSOE, todos acabaron ante un pelotón de fusilamiento o, con
suerte, en el exilio. Alguno sería honrado con una calle en Madrid, calle cuyo
nombre desean cambiar en la actualidad los concejales del PSOE. Causa
escalofríos este paralelo, desde luego. No faltaron los intelectuales que
apoyaron de manera activa y directa la práctica del terror. Fue el caso de
Rafael Alberti y de su mujer, de Eduardo Zamacois, o del católico Bergamín.
Por otro lado, tampoco se lo ponían fácil a los que buscaban salvarse mediante
el ingreso en la Asociación de Escritores Antifascistas. Claridad no dejaría de
fustigar a todos aquellos que ya en 1934 no se habían sumado a la revolución o
que habían escrito para el Diario de Madrid, El Sol, La Voz, Ahora o la Revista
de Occidente. De manera similar, se enviaron desde Madrid a provincias listados
de obras y autores a cuya destrucción había que proceder tanto en bibliotecas
como en librerías. Entre los condenados por la inquisición frentepopulista se
hallaban los escritores Enrique Jardiel Poncela, Carlos Arniches, Ramón Gómez
de la Serna, Eduardo Marquina, Tomás Borrás, José Juan Cadenas, A. Fernández
Arias, Joaquín Calvo Sotelo, Ignacio Luca de Tena, M. Morcillo, Pilar Millán
Astray, José María Pemán, Jacinto Miquelarena, Adolfo Torrado, Ramón López
Montenegro, Jesús J. Gabaldón, Pedro Mata, Alejandro McKimlay, Antonio Quintero
y Felipe Sassone, junto con compositores como Moreno Torroba, Jacinto Guerrero
o Rosillo, cuya música debía contener, presuntamente, corcheas
antirrevolucionarias. No fueron, desde luego, los únicos músicos que tenían que
temer.
Con ese ambiente, no puede extrañar que los intelectuales que pudieron hacerlo
salieran del territorio controlado por el Frente Popular. Los que lo
consiguieron, y no fueron, desde luego, escasos, recurrieron incluso a pedir un
nombramiento oficial que les permitiera huir de la barbarie frente populista.
Ése fue el caso del poeta Juan Ramón Jiménez, al que una patrulla de milicianos
en busca de un tal Ramón Jiménez estuvo a punto de darle el paseo. Se salvó
simplemente porque uno de ellos le introdujo un dedo en la boca y, al descubrir
que no llevaba dentadura postiza, se dio cuenta del error. [3] Al fin y
a la postre, valiéndose de influencias que no estaban al alcance de la mayoría
de los españoles, el creador de Platero y yo decidió abandonar la España del
Frente Popular para no regresar nunca. Un caso similar fue el de Fernando de
los Ríos, que no tomó posesión como rector de la Universidad de Madrid y marchó
a ocupar la Embajada de la España republicana en Estados Unidos. Jiménez Asúa,
decano de la facultad de Derecho, logró igualmente que se le nombrara encargado
de negocios en Praga. José Ortega y Gasset salió con su familia hacia Alicante
el 2 de septiembre de 1936. En el tren iba a coincidir con Cipriano
Rivas-Xerif, que partía a Ginebra para hacerse cargo del consulado llevando
consigo las Memorias del presidente Azaña. Dicho sea de paso, a Ortega y Gasset
le faltó tiempo al llegar al exilio para manifestar que si había firmado el
Manifiesto de intelectuales se debía que había sido coaccionado y se encontraba
sumido en un clima de terror donde los asesinatos estaban a la orden del día. El
caso de Ortega es paradigmático porque, como los otros dos intelectuales que en
1931 habían fundado la Asociación al servicio de la República —Marañón y Pérez
de Ayala—, se había desvinculado con asco de la España republicana. Por
aquiescencia, por interés o por cobardía, nadie protestó en la zona del Frente
Popular contra las detenciones, las torturas o los fusilamientos.
La situación en el otro lado presentó variaciones interesantes, pero también
coincidencias con la zona del Frente Popular. Estuvieron los que se sumaron al
alzamiento con entusiasmo y ya tenían una trayectoria intelectual notable
(Manuel Machado, José María Pemán…), los que no fueron menores en su apoyo,
aunque su valía intelectual quedaría demostrada en el futuro (Tovar, Ridruejo,
Laín Entralgo, García Serrano…), los que se sumaron y se desilusionaron
profundamente (Unamuno), los que consideraron más prudente plegarse (Baroja) y
los que procedían de la otra zona y durante o al acabar la guerra civil no
dudaron en unirse a los nacionales (Ortega y Gasset, Marañón, Menéndez Pidal…).
Sí, es cierto, en la zona alzada fue fusilado Federico García Lorca. Sin
embargo como ha recordado recientemente su amigo José Bello [4], Lorca no era
de izquierdas sino profundamente apolítico por más que algún hispanista lanar
lleve difundiendo una versión muy distinta desde hace décadas. Esa
circunstancia explica que su muerte fuera pasada sospechosamente por alto en la
prensa de Madrid. El 31 de agosto apareció la noticia tomando como base una
información publicada en el Diario de Albacete. Una semana después El Liberal
informaría escuetamente: «Se dice que en Granada ha sido asesinado García
Lorca». En un gesto de cierta valentía —a fin de cuentas nadie sabía en el
fondo por qué habían matado al poeta— la Sociedad de Autores publicó una nota
de protesta en la que no aparecían nombres. Era lógico, porque no pocos de sus
miembros estaban ocultos a la sazón y no era cuestión de dar señales de vida en
unos momentos en que semejante actitud podía significar el primer paso hacia la
muerte. Con todo, algunos —que estaban en entredicho— pensaron que quizá era
aquél el momento para buscarse un escudo frente a los paseos, como fue el caso
de Jacinto Benavente. De manera significativa, la revista de Alberti no dedicó
ningún número de homenaje a Lorca, ni reprodujo ninguna de sus obras ni
siquiera mencionó su existencia. Actuaba así como César Falcón, que no lo
mencionaría en su relato sobre el primer año de guerra. [5] Ramón
Pérez de Ayala, uno de los republicanos desengañados con el Frente Popular,
llegaría hasta el punto de acusar de la muerte de Federico García Lorca a
Alberti, ya que éste había leído por radio unos versos injuriosos contra los
alzados atribuyéndolos falsamente al poeta granadino y provocando así su
detención. Las últimas investigaciones apuntan a que la causa del fusilamiento
de Lorca no fue política, sino fruto de disputas personales. Habría muerto así
como otros desdichados sobre cuya ejecución por mero rencor se tendió un velo
de supuesta intencionalidad ideológica. Fuera como fuese, lo cierto es que el
Madrid del Frente Popular distó mucho de sentirse afectado por el fusilamiento
de García Lorca. En el periodo que quedaba de guerra ni reestrenó sus obras
teatrales, ni reeditó su poesía, ni le dedicó una calle. De hecho, para la
recuperación de la obra dramática del malogrado autor, habría que esperar a la
posguerra. Tampoco es extraño, si se tiene en cuenta que el poeta había tenido
la osadía de negarse a hablar o recitar en un banquete que se había dado a
varios escritores franceses afines al Frente Popular [6], o que ya el
mismo 18 de julio la prensa lo habría definido como «Niño mono, orgullo de
mamá» [7], es decir,
como uno de esos personajes que carecía de lugar en la Nueva España que tanto
propugnaba Margarita Nelken.
De manera bien significativa, el número de intelectuales jóvenes resultó mayor
en la denominada zona nacional, como también fue mayor el de las figuras que
luego despuntarían. Se trata de una realidad que no puede quedar opacada por el
olvido intencionado al que se les ha sometido con posterioridad. Y es que,
posiblemente, ni siquiera la realidad del exilio hubiera sido tan diferente de
haber ganado la guerra el Frente Popular. Miguel Hernández murió de enfermedad
en prisión, al igual que sucedió con Julián Besteiro, pero no es seguro que
alguno de ellos hubiera estado a salvo en una España sometida a la URSS. Por lo
que se refiere a los republicanos, ciertamente algunos no regresaron a la
España de Franco al acabar la guerra, pero —como es el caso de Sánchez Albornoz
o Juan Ramón Jiménez— tampoco lo hubieran hecho de haber vencido el Frente
Popular.
Finalmente, debo dedicar unas líneas a los intelectuales extranjeros en la
guerra. De manera bien significativa, los que luego se convertirían en
personajes notables —Hemingway, Ehrenburg, Malraux…— a la sazón no eran nada o
eran muy poco intelectualmente hablando. Por añadidura, algunos de los más
relevantes abandonaron sus posiciones izquierdistas a consecuencia de su paso
por España. Tal fue el caso de Orwell —que se inspiró para 1984 en
las actividades de los agentes soviéticos en la España del Frente Popular—, de
Koestler —que escribiría en El cero y el infinito uno de los
alegatos más sólidos contra el comunismo— o de Dos Passos —que descubrió en
España la vileza a la que podían llegar los intelectuales de izquierdas.
Al fin y a la postre, y en contra de lo que afirma la propaganda, los
intelectuales no apoyaron a la República contra el «fascismo». Por el
contrario, quedaron divididos entre un bando y otro por razones no muy
diferentes a las que sufrieron los ciudadanos de a pie. El miedo, la convicción
ideológica, la zona geográfica influyeron tanto en su destino como en el de los
españoles sencillos. Afirmar lo contrario no pasa de ser una mentira histórica.
Mentira 15
Carrillo no fue responsable de las matanzas de Paracuellos
El
estallido de la guerra civil española y el influjo que tuvieron en ella las
tácticas de agit-prop habituales de la Komintern tejerían el mito de que los
intelectuales españoles, por no decir los de todo el mundo, se habían sumado al
bando del Frente Popular. Según esa versión, la cultura y el arte estaban en
uno de los dos lados y eran claramente opuestos al otro. La realidad fue, desde
luego, muy diferente a esta pieza de propaganda que se sigue repitiendo a día
de hoy; una pieza de propaganda que no pasa de ser una mentira histórica.
Durante
el mes de noviembre de 1936 pocas dudas podía haber de que el sentir común de
las fuerzas del Frente Popular era exterminar a los considerados enemigos de
clase. Semejante visión no sólo no había nacido con la guerra civil o incluso
en los últimos años. En realidad, se venía incubando al menos desde el siglo
anterior y había tenido diversas manifestaciones, de las que la revolución de
1934 podía haber sido la más grave en España, pero, desde luego, no la única.
De hecho, basta releer las publicaciones de la época para percatarse de que ese
exterminio no sólo no se ocultaba como objetivo fundamental, sino que incluso
se pregonaba y originaba comentarios jactanciosos. Las fuentes son, al
respecto, muy tajantes. Así, Milicia Popular, el portavoz del Quinto Regimiento
comunista, afirmaba a inicios de agosto de 1936: [8]
«En Madrid hay más de mil fascistas presos, entre curas, aristócratas,
militares, plutócratas y empleados… ¿Cuándo se les fusila?». Y, unos días
después, instaba al exterminio con las siguientes palabras: «El enemigo fusila
en masa. No respeta niños, ni viejos, ni mujeres. Mata, asesina, saquea e
incendia… en esta situación, destruir un puñado de canallas es una obra
humanitaria, sí, altamente humanitaria. No pedimos, pues, piedad, sino
dureza». [9] Mundo
Obrero, por su parte, publicaba por las mismas fechas su «Retablo de
ajusticiables», entre los que la gente de creencias religiosas disfrutaba de un
siniestro lugar de honor, pero del que no se salvaba ni siquiera «esa cucaracha
asquerosa» que no era otro que Niceto Alcalá Zamora, antiguo presidente de la
República, que, prudentemente, había optado por el exilio. El periódico
Octubre, en un número extraordinario de mediados de agosto [10], resultaba
aún más explícito si cabe al afirmar: «A esta hora no debía quedar ni un solo
preso, ni un solo detenido. No es hora de piedad. La sangre de nuestros
compañeros tiene que cobrarse con creces».
El 3 de noviembre, a unos días apenas de las matanzas, el diario La Voz lanzaba
un llamamiento significativo: «Hay que fusilar en Madrid a más de cien mil
fascistas camuflados, unos en la retaguardia, otros en las cárceles. Que ni un
“quinta columna” quede vivo, para impedir que nos ataquen por la espalda. Hay
que darles el tiro de gracia antes de que nos lo den ellos a nosotros».
Si ésta era la opinión de los periódicos, no más moderada resultaba la de los
políticos. José Díaz, secretario del PCE, podía afirmar: « ¡Democracia “para
todos”» no! Democracia para nosotros, para los trabajadores, para el pueblo,
pero no para los enemigos» [11] y, por
su parte, Andreu Nin, el personaje más relevante del POUM, resultaba aún más
explícito: « ¿Es que la clase obrera que tiene las armas en la mano, en los
momentos presentes ha de defender la república democrática? ¿Es que está
derramando su sangre para volver a la república del señor Azaña? No, la clase
trabajadora no lucha por la república democrática». [12]
De mayor gravedad aún es que los encargados de velar por el orden público
estuvieran comprometidos de manera directa en los asesinatos. Uno de esos
ejemplos lo constituyó Margarita Nelken. El citado personaje no pertenecía al
PCE, sino al PSOE, lo que no le impidió afirmar: «Pedimos una revolución… pero
la propia revolución rusa no nos serviría de modelo, porque nos harán falta
llamas gigantescas que se verán desde cualquier punto del planeta y olas de
sangre que teñirán el mar». El día 6 de noviembre de 1936 Margarita Nelken se
entrevistó con el director general de Seguridad, Manuel Muñoz Martínez, para
instarle a que le diera la orden de entrega de los presos que iban a ser
fusilados. Muñoz Martínez, de Izquierda Republicana, según consta por el
testimonio de uno de los escribientes de la Dirección General de Seguridad
llamado Jiménez Belles [13], dio a la
diputada del PSOE un escrito para el director de la cárcel Modelo en el que se
le ordenaba poner en sus manos a los presos que deseara y en la cantidad que
estimara pertinente. El camino para los asesinatos en masa quedaba abierto y,
trágicamente, no puede decirse que no fuera transitado con profusión.
Con todo, las responsabilidades por las matanzas apuntan más arriba, llegando
hasta el propio Gobierno republicano. El 4 de noviembre se había producido una
nueva remodelación gubernamental, en virtud de la cual los anarquistas —tan
reacios por pura coherencia a entrar en órganos de gobierno— habían aceptado
varias carteras ministeriales. El proceso había sido muy tenso porque la CNT
había exigido cinco ministerios [14] y en
contra de esta pretensión se habían alzado el socialista Largo Caballero y el
presidente de la República, Manuel Azaña. Al fin y a la postre, Largo Caballero
llegó a un acuerdo con la CNT sobre la base de la concesión de cuatro carteras
y Azaña acabó cediendo. Así, entraron en el gabinete, Peiró en Industria, López
Sánchez en Comercio, Montseny y García Oliver. Éste, apenas tomó posesión del
cargo, hizo llamar al secretario técnico de Prisiones, el republicano Antonio
Fernández Martínez, para hacerle saber que la población penal debía reducirse
por métodos drásticos. La conversación entre el recién nombrado ministro de
Justicia y el secretario técnico de Prisiones nos ha sido transmitida por uno
de los funcionarios del ministerio llamado Manuel Guerrero Blanco: «… llamó el
entonces Ministro de Justicia, García Oliver, de la FAI, al Secretario Técnico
de Prisiones, el republicano Antonio Fernández Martínez, preguntándole cuál era
la población penal en Madrid en aquellos momentos; éste le contestó que ascendía
a la cifra de diez mil quinientos presos, replicándole García Oliver:
»—Serán quinientos.
»Sospechando la intención de la respuesta, dijo Fernández Martínez:
»—Desde luego son diez mil quinientos presos los que hay. »Y entonces García
Oliver puso de manifiesto sus criminales propósitos, al insistir de la
siguiente manera:
»—Habrá diez mil quinientos, pero dentro de muy pocos días solamente tienen que
quedar quinientos —y añadió—. Está visto que usted o no me entiende o no quiere
entenderme». [15]
Cargos importantes en la Administración procedentes del PSOE, de la CNT y de
IR, por lo tanto, coincidían en los planes de exterminio de los presos. Por lo
que se refiere a Fernández Martínez, fue cesado de su cargo sin que tal paso
impidiera lo ya decidido. De hecho, sabemos que, en apenas unas horas, las
palabras del ministro anarquista García Oliver se convirtieron en dramática
realidad.
El clima de desmoralización en Madrid —bien lejano de la supuesta epopeya
relatada por la propaganda de izquierdas— y la cercanía del Ejército nacional
impulsaron al Gobierno del Frente Popular a tomar la decisión a inicios de
noviembre de abandonar Madrid y trasladarse a Valencia. Así, mientras se
encargaba al general Miaja de hacerse cargo de la defensa (con un notable
respaldo soviético), se tomaban también las medidas para exterminar a los
segmentos de la sociedad considerados no afectos al Frente Popular. Esta tarea
— llamada «evacuación» con un eufemismo que después utilizarían los nazis
durante el Holocausto— no se había concluido el 6 de noviembre, circunstancia
que desesperaba al periodista y agente de la Komintern en España Mijaíl
Koltsov [16] y que
había llevado a Margarita Nelken a pedir la entrega de los presos al director
general de Seguridad, quien, como ya hemos visto, accedió a ello. Sin embargo,
la ejecución final de aquellos planes no acabaría quedando en manos de la
diputada socialista, de la que pudo, empero, derivar la responsabilidad de las
primeras horas así como las sacas iniciales, sino de un joven de las Juventudes
Socialistas Unificadas que ingresó el 6 de noviembre de 1936 en el PCE y que se
llamaba Santiago Carrillo. El citado personaje entró en la Junta de Defensa que
se iba a encargar de regir Madrid a la marcha del Gobierno del Frente Popular
en calidad de consejero de orden público. Lo hizo en un momento de especial
relevancia, precisamente cuando el PCE había decidido llevar a cabo un programa
de exterminio en masa con el que estaban de acuerdo otras fuerzas del Frente
Popular. Aquel mismo día, Mijaíl Koltsov se entrevistó con el Comité Central
del PCE [17] y les
instó para que procedieran a fusilar a los presos que había en las cárceles de
Madrid. La sugerencia —¿u orden?— fue acogida sin rechistar, lo que no puede
causar sorpresa dado el grado de sumisión que el PCE, como el resto de los
partidos comunistas de la época, manifestaba hacia los dictados de Stalin.
Todavía el día 6 de noviembre, Enrique Castro Delgado se dirigió al Quinto
Regimiento, convocó al comisario «Carlos Contreras» y le dijo: «Comienza la
masacre. Sin piedad. La quinta columna de que habló Mola debe ser destruida
antes de que comience a moverse. ¡No te importe equivocarte! Hay veces en que
uno se encuentra ante veinte gentes. Sabe que entre ellas está un traidor pero
no sabe quién es. Entonces surge un problema de conciencia y un problema de
partido. ¿Me entiendes?
»Contreras, comunista duro, estaliniano, le entiende.
»—Ten en cuenta, camarada, que ese brote de la quinta columna sale hoy mucho
para ti y para todos.
»— ¿Plena libertad? »—Ésta es una de las libertades que el Partido, en momentos
como éstos, no puede negar a nadie». [18]
En la labor represora iba a tener un papel destacado el consejillo de la
Dirección General de Seguridad. [19] Aunque
las tareas estaban distribuidas entre los diferentes miembros, la decisión
final la tomaba Santiago Carrillo. [20] Esta
circunstancia —verdaderamente esencial— se traducía, por ejemplo, en que
Serrano Poncela despachaba diariamente con éste en su oficina u,
ocasionalmente, era Carrillo el que se desplazaba a la Dirección General de
Seguridad para departir con aquél. Una parte esencial de las mencionadas
reuniones giró en torno a las sacas de presos destinados a ser fusilados.
Precisamente en la Dirección General de Seguridad se llevaba «un libro registro
de expediciones de presos para asesinarlos». [21] De
acuerdo con el comunista Ramón Torrecilla, uno de los miembros del consejillo,
las expediciones de presos habrían sido entre veinte y veinticinco, de las que
«cuatro [eran] de la cárcel Modelo, cuatro o cinco de la de San Antón, seis a
ocho de la de Porlier, seis a ocho de la de Ventas… de la cárcel Modelo se
extrajeron para matar alrededor de mil quinientos presos». [22] Los
datos exactos de estas matanzas vamos a examinarlos a continuación.
El 7 de noviembre de 1936, mientras las columnas nacionales de Barrón y Tella
avanzaban por Carabanchel y las de Yagüe y Castejón penetraban por la Casa de
Campo, Santiago Carrillo se dedicaba, según señala en sus Memorias, a «la lucha
contra la quinta columna». [23] Ya
durante la noche anterior, tres agentes comunistas —entre ellos Torrecilla— se
habían presentado en la cárcel Modelo y en San Antón para organizar las grandes
sacas de presos a los que se iba a fusilar en masa. Se hallaban examinando las
fichas y habían llegado más o menos a la mitad cuando se presentó Serrano
Poncela y ordenó que los militares y burgueses saliesen de las galerías a las
naves exteriores ya que los fascistas estaban avanzando y no se podía correr el
riesgo de que fueran liberados para convertirse en su refuerzo. Ordenó, por lo
tanto, que los prepararan porque iban a llegar unos autobuses para
trasladarlos. En respaldo de este acto se hallaban las órdenes dadas por el
socialista Ángel Galarza, el ministro de la Gobernación, para que así se
hiciera. En «tono malicioso», Serrano Poncela añadiría que se trataba de una
«evacuación… definitiva». [24]
Nadie se opuso a la orden de Serrano Poncela que, dicho sea de paso, muestra
hasta qué punto las autoridades más altas del Frente Popular estuvieron
implicadas en las matanzas. Torrecilla y sus acompañantes abandonaron la
selección de fichas y entre las tres y las cuatro de la mañana se procedió a
sacar a los presos de las naves y a atarles las manos a la espalda uno a uno y
ocasionalmente por parejas. Eran varios centenares, en su mayoría, militares.
Serían sobre las nueve o las diez de la mañana, según la declaración de
Torrecilla, cuando llegaron a la cárcel Modelo siete o nueve autobuses de dos
pisos, pertenecientes al servicio público urbano, y dos autobuses grandes de
turismo. En cada uno de los vehículos fueron introducidos sesenta o más
detenidos con una custodia de entre ocho y doce milicianos. Finalmente, la
expedición partió con algunos de los que habían llevado a cabo la selección de
las fichas. Por lo que se refiere a Torrecilla, la vio partir y a continuación
abandonó la cárcel. [25]
La declaración del policía Álvaro Marasa [26] sirve,
además, para confirmar algo ya meridianamente claro, el hecho de que la
selección de los presos que iban a ser asesinados y las órdenes para su
extracción corrían a cargo de las autoridades de Orden Público con un respaldo
directo y explícito del Gobierno del Frente Popular.
La primera tarea la desempeñaba Serrano Poncela, el subordinado directo de
Carrillo, en colaboración con el consejo de la Dirección General de Seguridad y
con autorización del ministro Galarza.
Por lo que se refiere a la metodología de las sacas, las fuentes son
explícitas: «La expedición, en orden a quien la dirigía, se componía de dos
momentos: entrega de presos, so pretexto de libertad, en que el agente mandado
por Serrano Poncela se hacía cargo de ellos; fusilamiento de los mismos, en que
el jefe de las milicias Federico Manzano o su delegado organizaban la matanza,
la realizaban y cuidaban de que ningún detenido quedase con vida. El
fusilamiento realizado, la misión de todos ellos había terminado y volvían a
Madrid sin enterrar los cadáveres».
Las operaciones de exterminio comenzaron el día 7 de noviembre, hacia las
cuatro de la mañana, cuando las milicias llegaron a la cárcel de San Antón y
realizaron una saca de unos doscientos hombres. En Paracuellos, sobre las ocho
de la mañana, habían sido fusilados en masa. [27] La
metodología utilizada para realizar las matanzas fue, desde luego, minuciosa, y
denota un meditado plan de exterminio. Los detenidos habían sido despojados de
cualquier equipaje y atados con bramante de dos en dos o bien con las manos a
la espalda. Al no llevar pertenencias consigo, eran conscientes de que los iban
a asesinar. A bordo de una veintena de autobuses de dos pisos de la empresa
municipal, llegaron hasta Paracuellos. Allí les obligaron a bajar y, tras
dividirlos en grupos formados por un número de personas que iba de diez a
veinticinco, se les ordenó caminar hasta las fosas colectivas que, como captó
bien el diplomático Schlayer que las descubrió, habían sido preparadas para
darles sepultura. [28] Una vez
situados al borde de las zanjas, un grupo de treinta a cuarenta milicianos
abría fuego sobre los reclusos. A continuación, se daba el tiro de gracia a los
desdichados. Acto seguido, unos doscientos enterradores reclutados de entre los
considerados «fascistas» en las poblaciones cercanas procedían a arrojar los
cadáveres a las zanjas y a taparlos con tierra. [29] Sin
embargo, las matanzas sólo acababan de empezar.
Resulta extremadamente difícil y complicado planificar el asesinato de miles de
seres humanos. No es más sencillo ocultarlo. Precisamente por ello, a esas
alturas, las noticias sobre los fusilamientos en masa se habían extendido más
de lo que hubieran deseado los verdugos. Manuel Irujo, ministro del PNV en el
Gobierno del Frente Popular, se puso en contacto con Matallana, colaborador
militar del general Miaja, para aclarar las noticias que le habían llegado de
los fusilamientos. Matallana le comentó a Irujo que Miaja no sabía nada de lo
que le decía —lo que era una mentira absoluta puesto que, como mínimo, desde
una entrevista que había mantenido con el cónsul Schlayer, en la tarde del 7 de
noviembre, estaba al corriente de las sacas— y el peneuvista decidió ponerse en
contacto con el ministro socialista Galarza. Éste le dijo a Irujo que,
efectivamente, se habían producido fusilamientos, pero que se habían debido a
la acción de familiares de las víctimas de los bombardeos realizados en Madrid
por la aviación de Franco durante los primeros días de noviembre, víctimas que
habrían ascendido a 142 muertos y 608 heridos en el primer bombardeo, y 32
muertos y 382 heridos en el segundo. Todos los datos proporcionados por Galarza
a Irujo eran rotundamente falsos. De hecho, precisamente del 1 al 6 de
noviembre de 1936 no hubo bombardeos sobre Madrid ni, lógicamente, víctimas. El
día 7 sí se produjo un bombardeo que, de manera bien significativa, causó un
muerto. Desde luego, no podían haber sido los familiares de las víctimas de
unos inexistentes bombardeos los que habían llevado a cabo los fusilamientos de
millares de personas.
El 11 de noviembre de 1936 Santiago Carrillo dictó y firmó una orden de la
consejería sobre la organización de los servicios de investigación y
vigilancia. En ella se daba carta de naturaleza legal a lo que era una realidad
desde hacía varias jornadas, el que Serrano Poncela, delegado de Orden Público,
era un simple delegado de la consejería cuya titularidad ostentaba Carrillo. No
contaba éste a la sazón con menos de cinco mil hombres para llevar a cabo sus
funciones de represión. Sin lugar a dudas, este dato numérico es de la mayor
importancia si tenemos en cuenta que, a la sazón, en torno a Madrid se libraba
una encarnizada batalla en la que todos los efectivos que pudieran movilizar
ambos bandos se podían considerar pocos. Incluso, en tan difíciles
circunstancias, las autoridades republicanas consideraron que podían destinarse
cinco mil hombres a tareas represivas. Semejante visión de la guerra —guerra de
clases, no lo olvidemos— tendría claros ejemplos a lo largo de todo el siglo
XX. Había comenzado ya en 1917 con los bolcheviques, continuado ahora con los
frente-populistas españoles, y durante la Segunda Guerra Mundial se perpetuaría
con los agentes de Stalin y de Hitler, para los que el denominado frente
interno tenía tanto valor como el bélico.
Ese mismo día 11 tuvo lugar una reunión de la Junta de Defensa. En el curso de
la misma, Carrillo recabó —y le fue confirmada— la autoridad sobre los
traslados de presos. Además, reconoció que la «evacuación» de los presos había
tenido que ser suspendida por «la actitud adoptada últimamente por el cuerpo
diplomático». Ahora iba a reanudarse bajo su directa supervisión.
El 12 de noviembre, Carrillo pronunció un discurso incendiario en Unión
Radio [30], donde
afirmó, entre otras cosas, que «la quinta columna» estaba en camino de ser
aplastada y que los restos que de ella quedaban en los entresijos de la vida
madrileña estaban «siendo perseguidos y acorralados con arreglo a la ley, con
arreglo a todas las disposiciones de justicia precisas; pero sobre todo con la
energía necesaria». [31] Sin
embargo, por mucho que Carrillo hiciera referencia a la ley, lo cierto es que
lo único que se estaba aplicando era la «justicia revolucionaria» de la que tan
devotos eran los frente-populistas. No resulta por ello extraño que el cuerpo
diplomático distara mucho de creerse la versión oficial de las autoridades del
Frente Popular.
La verdad resultaba tan difícil de ocultar que la Junta de Defensa acabó
publicando en la prensa del 14 de noviembre una nota en la que calificaba de
«infamia» los rumores sobre los fusilamientos y, a continuación, afirmaba que
«ni los presos son víctimas de malos tratos, ni menos se debe temer por su
vida». [32]
Difícilmente se podría concebir una mentira más cínica destinada además a
cubrir la práctica continuada de asesinatos en masa. Aunque semejante
comportamiento encajaba a la perfección con los métodos soviéticos.
Sin embargo, la falsedad de la Junta no iba a engañar al cuerpo diplomático. De
hecho, los lugares de extracción de las víctimas de los nuevos fusilamientos en
masa fueron diversos y ponen de manifiesto un deseo de no dejar ningún recinto
penitenciario libre de su tributo de asesinados. De Porlier se realizaron siete
sacas desde el 18 de noviembre al 3 de diciembre. Fueron sacados 37 presos el
18 de noviembre, 253 el día 24, 24 el 25, 44 el 26, 24 el 30, 19 el 1 de
diciembre y 73 el 3 de diciembre. Las órdenes de excarcelación fueron firmadas
por Serrano Poncela, el subordinado directo de Santiago Carrillo, y los presos
fueron entregados a Andrés Urresola y a Álvaro Marasa. Todavía el 4 de
diciembre se llevarían a cabo otras dos sacas, de las que una llegó sin
víctimas a Alcalá de Henares y otra terminó en una nueva matanza en
Paracuellos.
En el caso de la cárcel de Ventas, el inicio de la segunda oleada de asesinatos
emanó de una orden de 18 de noviembre firmada por el subdirector general
Vicente Giraute. Como en ocasiones anteriores, no fueron pocos los presos —
superaron los trescientos— a los que se dio orden de libertad tan sólo para
encubrir que se les llevaba, como a varios miles antes que a ellos, al matadero
de Paracuellos. No obstante, una cosa era la realidad y otra —bien diferente—
la propaganda. Mientras que la técnica del exterminio en masa continuaba siendo
la misma que la seguida a inicios de noviembre, ahora la Junta de Defensa
pretendió dar a los actos un aspecto de legalidad e instituyó unos tribunales
populares que, antes de la ejecución, condenaban a los destinados a la muerte.
Hasta qué punto semejantes actos no pasaron de ser una farsa puede desprenderse
del hecho de que tan sólo en la cárcel de San Antón, donde comenzaron el 21 de
noviembre, en tres días llegaron a celebrarse mil ochocientos juicios. [33] La
justicia denominada revolucionaria no pasaba de ser, como en tantas ocasiones
antes y después en la Historia, un cruento simulacro del que sólo brotaban
sentencias condenatorias para personas a las que se había decidido arrancar la
vida.
El 27 de noviembre llegaron a San Antón nuevas órdenes de Serrano Poncela de
puesta en libertad de más reclusos. Según el método habitual, el día siguiente,
esos detenidos, incluidos en dos sacas, terminaron también siendo asesinados en
Paracuellos. [34]
El día 29 de noviembre tuvo lugar una nueva saca en el curso de la cual fue
asesinado, entre otros muchos, Arturo Soria Hernández, hijo del urbanista
creador de la Ciudad Linea1. [35] El 30
se efectuaría la última saca de San Antón. Cuando concluyeron, finalmente, las
matanzas de aquellos días, millares de madrileños habían sido asesinados por
las fuerzas de la Junta de Defensa cuya Consejería de Orden Público se hallaba
dirigida por el comunista Santiago Carrillo. [36]
El mes de noviembre de 1936 acabó con el final de las sacas que desembocaban en
matanzas en masa. Si así fue no se debió en absoluto ni a que la política de
exterminio de los organismos del Frente Popular hubiera concluido ni tampoco al
hecho de que el Gobierno hubiera decidido, siquiera por razones políticas,
poner fin a unos crímenes que privaban de cualquier legitimidad, real o
supuesta, a su causa. El final de los asesinatos vino vinculado a la acción
individual de un hombre en el que primaron la nobleza de sentimientos y la
humanidad por encima de cualquier planteamiento ideológico. Se trataba del
anarquista Melchor Rodríguez. [37] La
última saca realizada por Serrano Poncela había tenido lugar el 3 de diciembre.
Con la llegada de Melchor Rodríguez este tipo de matanzas concluyó y sólo
volvió a producirse una masiva cuando, tras un bombardeo de la aviación de
Franco sobre Guadalajara, los frente-populistas asaltaron la prisión y
asesinaron a la práctica totalidad de los 320 recluidos.
La carrera represiva de Carrillo y sus colaboradores sufrió, desde luego, un
golpe de muerte con la llegada de Melchor Rodríguez. La reorganización de la
Junta de Defensa de Madrid, llevada a cabo el 1 de diciembre de 1936, le había
mantenido en su puesto, al igual que al general Miaja, pero escasa efectividad
tuvo esa circunstancia a partir de la toma de posesión de la delegación de
prisiones por parte de Rodríguez. Serrano Poncela dejó de firmar órdenes de
sacas [38] ante
las disposiciones del delegado anarquista, y Carrillo, limitado en el ejercicio
de sus funciones represoras, a finales de diciembre abandonó la Junta de
Defensa. Le sustituyó José Cazorla, un antiguo chofer que no dejaría de
colisionar en su ánimo exterminador con Rodríguez.
Sobre la responsabilidad ejecutora de Carrillo no tenía entonces duda ninguno
de los que supieron lo que estaba sucediendo —como no la han tenido después los
familiares de los asesinados ni los estudiosos del tema—, ya formara parte del
cuerpo diplomático, como Félix Schlayer, o de las autoridades republicanas. Al
respecto, no deja de ser significativo que el nacionalista vasco Galíndez, en
sus memorias del asedio de Madrid, dejara de manifiesto sobre quién residían
las responsabilidades. En 1945 escribiría: «El mismo día 6 de noviembre se
decide la limpieza de esta quinta columna por las nuevas autoridades que
controlaban el Orden Público. La trágica limpieza de noviembre fue
desgraciadamente histórica; no caben paliativos a la verdad. En la noche del 6
de noviembre fueron minuciosamente revisadas las fichas de unos seiscientos
presos de la cárcel Modelo y, comprobada su condición de fascistas, fueron
ejecutados en el pueblecito de Paracuellos del Jarama. Dos noches después otros
cuatrocientos. Total 1020. En días sucesivos la limpieza siguió hasta el 4 de
diciembre. Para mí, la limpieza de noviembre es el borrón más grave de la
defensa de Madrid, por ser dirigido por las autoridades encargadas del orden
público». [39]
El testimonio de Galíndez no está desprovisto de inexactitudes, como la de
calificar de «fascistas» a los asesinados cuando lo cierto es que un número
bien considerable de ellos nada tenía que ver con el fascismo y eran simples
militares, sacerdotes ordinarios e incluso republicanos históricos sin contar
al millar de niños y menores de edad. También es un tanto sospechosa la manera
en que
minimiza el número de muertos al hacer referencia únicamente a las matanzas del
6 y 8 de noviembre y, como hemos tenido ocasión de ver, al situar la decisión
de llevar a cabo los fusilamientos en el primer día citado. Sin embargo,
difícilmente puede ser más claro a la hora de designar las responsabilidades.
De hecho, el PNV, que contaba con dos checas en Madrid [40] estaba
más que al corriente de la represión llevada a cabo en la zona controlada por
el Frente Popular. No sólo eso. Hay que decir que incluso Irujo, el peneuvista
que formaba parte del Gobierno frentepopulista, protestó por las matanzas que
se estaban llevando a cabo aunque, también esto es cierto, ni las denunció ni
tampoco dimitió en señal de protesta por los crímenes.
Estos datos —junto con la responsabilidad directa y esencial de Carrillo en
millares de crímenes— han sido confirmados de manera irrefutable tras la
apertura de los archivos de la antigua URSS. Al respecto, existe un
documento [41] de
enorme interés emanado del puño y letra de Gueorgui Dimitrov, factótum a la
sazón de la Komintern o Internacional Comunista. El texto, de 30 de julio de
1937 [42], está
dirigido a Voroshílov y en él le informa de la manera en que prosigue el
proyecto de conquista del poder por el PCE en el seno del Gobierno del Frente
Popular. Todo el documento reviste una enorme importancia, pero nos vamos a
detener en la cuestión de las matanzas realizadas en Madrid que Dimitrov
menciona en relación con el peneuvista Irujo: «Pasemos ahora a Irujo. Es un
nacionalista vasco, católico. Es un buen jesuita, digno discípulo de Ignacio de
Loyola. Estuvo implicado en el escándalo bancario Salamanca-Francia. Actúa como
un verdadero fascista. Se dedica especialmente a acosar y perseguir a gente
humilde y a los antifascistas que el año pasado trataron con brutalidad a los
presos fascistas en agosto, septiembre, octubre y noviembre. Quería detener a
Carrillo, secretario general de la Juventud Socialista Unificada [43], porque
cuando los fascistas se estaban acercando a Madrid, Carrillo, que era entonces
gobernador, dio la orden de fusilar a los funcionarios fascistas detenidos. En
nombre de la ley, el fascista Irujo, ministro de Justicia del Gobierno
republicano, ha iniciado una investigación contra los comunistas, socialistas y
anarquistas que trataron con brutalidad a los presos fascistas. En nombre de la
ley, ese ministro de Justicia puso en libertad a cientos y cientos de agentes
fascistas detenidos o de fascistas disfrazados. En colaboración con
Zugazagoitia, Irujo está haciendo todo lo posible e imposible para salvar a los
trotskistas y sabotear los juicios que se celebran contra ellos. Y hará todo lo
que pueda para que se les absuelva. Este mismo Irujo estuvo en Cataluña en los
últimos días con su jefe Aguirre, el famoso presidente de la famosa república
vasca. Mantuvieron reuniones secretas con Companys para preparar la separación
de Cataluña de España. Están intrigando en Cataluña donde afirman: os espera el
mismo destino que a la nación vasca; el Gobierno republicano sacrificó a la
nación vasca y también sacrificará a Cataluña».
El retrato de Irujo que Dimitrov realizó en este informe no resulta ciertamente
amable. De él se nos dice que era hipócrita, corrupto y desleal al colaborar
con los nacionalistas catalanes en la preparación de la secesión de Cataluña.
Sin embargo, lo que más parece irritar a Dimitrov es que era «un auténtico
fascista», una calificación extensible, al fin y a la postre, a todo aquel que
no estuviera dispuesto a someterse a los dictados de Moscú. En el caso de
Irujo, esa conducta se expresaba en dos cuestiones esenciales para los
soviéticos. Una, que estaba intentando detener la purga de aquellos elementos
de izquierda que no podían ser controlados por Stalin, y que se estaba llevando
ya a cabo. Otra, especialmente importante para nuestro estudio, que intentaba
que el peso de la ley cayera sobre el comunista Carrillo que era el que había
dado la orden de las matanzas sucedidas en Madrid. Ni que decir tiene que Irujo
no consiguió ninguno de sus objetivos, en el seno de un Gobierno que,
crecientemente, se hallaba controlado por las decisiones de Moscú y que se
encaminaba hacia un modelo de dictadura similar al que se impuso en los
distintos países del Este de Europa después de la Segunda Guerra Mundial. No es
menos cierto que tampoco denunció lo sucedido ni adoptó medidas de protesta o
de repulsa pública. [44]
Mantuvo, por el contrario, su puesto en el Gobierno y, a la vez, celebró
reuniones con los nacionalistas catalanes para descuartizar España.
Ciertamente, el PNV tenía un conjunto de prioridades obvio.
No menos claro —y también aparecido tras el desplome de la antigua URSS —
resulta el testimonio de Stepanov, otro de los agentes de Stalin en España, que
se refiere a las tareas de represión de Carrillo de la siguiente manera:
«Durante
la operación de Brunete, tras ella y durante la operación de Belchite, los
anarcosindicalistas llevan a cabo una verdadera campaña de provocación contra
el Gobierno y contra el Partido Comunista; además, tienen en calidad de
consejeros militares a Guarner y Asensio. Entre los caballeristas y los
anarcosindicalistas se ha concluido evidentemente un acuerdo de actuaciones
conjuntas. Defienden a los poumistas, llevan a cabo una campaña a favor suyo en
la prensa y envían un memorándum especial a favor de los poumistas a los
miembros del Gobierno y a las direcciones de todos los partidos y, también a
todas las redacciones de los periódicos. Se multiplican los escándalos del
poder judicial. Bajo la dirección inmediata del Ministro de Justicia, Irujo, el
poder judicial pone en libertad a miles de fascistas que estaban en las
cárceles. Y, por el contrario, arrestan a una serie de comunistas (vg. en
Murcia), provocan la persecución judicial contra muchos comunistas (incluso
también contra Carrillo, Secretario General de las Juventudes Socialistas
Unificadas) por la represión arbitraria de fascistas en otoño de 1936. Estos
escándalos fueron presentados como “normalización del orden público”».
Los
testimonios no pueden ser más claros e irrefutables. El cuerpo diplomático
(Schlayer, etc.); los agentes soviéticos (Stepanov); la Komintern (Dimitrov);
las autoridades republicanas y la clase política (Irujo) supieron siempre que
Carrillo había tenido una parte determinante en el asesinato de millares de
personas indefensas, recluidas en las prisiones de Madrid y llevadas a
Paracuellos para su holocausto. Intentaron justificar semejantes acciones e
incluso las elogiaron dentro de una cosmovisión exterminacionista como la del
comunismo. Sin embargo, no negaron que Carrillo fuera culpable. Haberlo hecho
habría constituido —sigue constituyendo— una mentira histórica.
Bibliografía
A la espera de que se publiquen los trabajos de José Manuel Ezpeleta sobre la
represión en Madrid y las matanzas de Paracuellos, en lo que, con seguridad,
será una aportación definitiva, la obra más completa sobre el tema es César
Vidal, Paracuellos-Katyn, Libros Libres, Madrid, 2005. En este
texto se aportan, por ejemplo, los datos emanados de los archivos de la antigua
URSS, los procedentes de fuentes no utilizadas hasta la fecha e incluso un
listado de los asesinados en Paracuellos, que es mínimo ya que no aparecen
consignados, lógicamente, los cadáveres sin identificar.
La obra de Gibson, Paracuellos, cómo fue, Plaza y Janés, Barcelona,
1983 — que no pasa de ser un mediocre reportaje periodístico—, está muy
superada y buena parte de sus conclusiones ya han aparecido como erróneas a la
luz de la documentación exhumada desde que se publicó por primera vez hasta la
fecha. Gibson no es un historiador y cultiva una peculiar metodología
consistente en sumar entrevistas, a los datos exhumados de las hemerotecas,
como fuentes esenciales de sus obras. No extraña, por lo tanto, que los resultados
expuestos en sus libros acaben siendo tan deficientes. En el caso de
Paracuellos, por ejemplo, la documentación soviética —que Gibson ignoraba y que
tampoco ha incorporado en la reciente reedición de su libro— no deja lugar a
duda sobre la responsabilidad directa y principal de Carrillo en los
fusilamientos. También sabemos ahora que los agentes soviéticos —conocemos
hasta el nombre de los pilotos— intentaron derribar el avión con el
representante de la Cruz Roja que llevaba pruebas de las matanzas a Suiza, en
un momento muy delicado internacionalmente para el Gobierno del Frente Popular.
Incluso hasta la identificación de la mayoría de los asesinados es segura y,
por cierto, el número de víctimas dobla al calculado por Gibson hace más de
veinte años. Ni uno de estos datos —por citar tan sólo algunos botones de
muestra— han sido incluidos por Gibson en la reciente reedición de su obra. Las
razones pueden ser meramente de incompetencia científica —ya hemos mencionado
antes su pobre metodología— pero no pueden descartarse los prejuicios
ideológicos. Gibson no sólo ha desempeñado cargos públicos en las listas
electorales del PSOE sino que, además, hace unos meses afirmó en una entrevista
en la prensa escrita que comprendía los fusilamientos de Paracuellos. Cuando
alguien se manifiesta comprensivo con el genocidio, no vamos, desde luego, por
el buen camino.
Mentira 16
Franco ganó la guerra gracias a la ayuda extranjera
A
mediados de la década de los setenta del siglo XX, el estudio de la guerra
civil española produjo algunos de sus frutos más logrados y rigurosos. Sin
embargo, tras la victoria electoral del PSOE a inicios de la década siguiente
buena parte de la historiografía dedicada al tema se desplazó hacia lo que
Stanley Payne ha denominado la custodia de la llama de lo políticamente
correcto, en lugar de al estudio en profundidad del tema. La llegada al poder
de Rodríguez Zapatero implicó una profundización en tan deplorable trayectoria,
dando paso a una utilización propagandística de la guerra civil desprovista del
menor atisbo de análisis crítico. Semejante comportamiento ha venido ligado a
la difusión de mitos que, de manera bien reveladora, no fueron propalados ni
siquiera por los vencidos de la guerra civil. Uno de ellos es la afirmación de
que Franco ganó la guerra gracias a la ayuda extranjera, lo que no pasa de ser
una flagrante mentira histórica.
En
abril de 2006 algunos medios de comunicación españoles publicaron un manifiesto
titulado «Con orgullo, con modestia y con gratitud» en el que llevaban a cabo
una reivindicación de la Segunda República. El texto era una repetición de una
mitología republicana que no hubieran respaldado —de hecho, no lo hicieron— los
principales protagonistas del drama español acaecido entre 1931 y 1939. Que
este manifiesto fuera suscrito por gente del mundo del espectáculo o de las
artes tenía una cierta coherencia, teniendo en cuenta cómo, históricamente,
nunca han faltado miembros de tan honrosísimas ocupaciones que apoyaran
públicamente las peores atrocidades que el mundo ha conocido, desde Lenin a Mao
pasando por Mussolini, Hitler o Stalin. Más notable es que entre los firmantes
se encontraran autores de libros de Historia de los que, si bien muy escorados
ideológicamente, se espera un mínimo rigor científico. [45]
El citado panfleto afirmaba, entre otros dislates, que la victoria de Franco
«sólo fue posible gracias a la ayuda de los regímenes fascista y nazi que
preparaban una invasión de Europa que acabaría provocando una guerra mundial y,
aún más decisivamente, gracias a la culpable indiferencia de las democracias,
que, antes de convertirse en víctimas de las mismas potencias en cuyas manos
habían abandonado a España, eligieron parapetarse tras el hipócrita simulacro
de neutralidad que representó el comité de No Intervención de Londres».
Semejante lectura del conflicto no pasa de ser una patética reproducción de la
interpretación propagandística de la Komintern, tras la invasión de la URSS en
el verano de 1941. Subrayémoslo bien: de la propagandística, porque las
interpretaciones de uso interno fueron muy diferentes, por ejemplo, en el
informe Stepanov; y después de la invasión de la URSS, porque, nada más acabar
la guerra civil española, Stalin suscribió un acuerdo con Hitler que permitió a
ambos dictadores repartirse Europa, prepararse para el siguiente asalto y
considerar como el peor enemigo no al otro Estado totalitario sino a las
democracias occidentales. Recordemos, por ejemplo, que cuando Hitler atacó
Francia y Gran Bretaña, las órdenes de la Komintern —la misma Komintern que
organizó las Brigadas Internacionales para combatir en España— fueron no
combatir contra la invasión alemana porque se trataba de una guerra entre
potencias imperialistas, e incluso sabotear el esfuerzo de guerra de las
democracias contra los nazis. [46]
Esa visión de la Komintern —y no es de extrañar— no fue la de los vencidos,
siquiera porque muchos habían acabado concibiendo una profunda aversión a
Stalin y al PCE. El anarquista Diego Abad de Santillán, por ejemplo, no
atribuyó la victoria de Franco a la ayuda internacional. De hecho, escribió al
año siguiente de concluido el conflicto [47] que la
pérdida de éste se debió a: «a) la política franco-británica de la no
intervención… unilateral; b) la intervención rusa en nuestras cosas; c) la
patología centralista del Gobierno ambulante de
Madrid-Valencia-Barcelona-Figueras». En resumen, la guerra se había perdido por
el abstencionismo de las democracias occidentales, pero también por lo que Abad
de Santillán consideraba, como anarquista, auténticas bestias negras: la acción
comunista y el intento de organización del Gobierno central (bien limitado en
sus resultados) que sólo podía interpretar como «patología centralista». Algo
similar encontramos en otra obra, publicada en 1941, debida a Julián
Gorkín [48], un
importante dirigente del POUM. Tampoco Gorkín pensaba que Franco hubiera ganado
la guerra gracias a la ayuda internacional. Más bien afirmaba que se había
perdido por la acción directa de Stalin (que había enviado el material militar
«tarde y con pobreza») y de los comunistas («que lo administraban
conscientemente mal») sumada a la disposición del dictador soviético a pactar
con Hitler. No dejaba de ser un punto de vista curioso el de atribuir la
derrota a la potencia que más había ayudado al Frente Popular, pero lo cierto
es que la versión de Gorkín coincidía, en cuanto a la atribución de
responsabilidades, con la de los comunistas arrepentidos Jesús Hernández,
ministro republicano y factor esencial en la caída de Prieto [49]; Enrique
Castro [50] y
Valentín González El Campesino [51]. Para todos
ellos, la derrota debía atribuirse no a Hitler y a Mussolini o a la pasividad
supuesta de Gran Bretaña y Francia, sino, de manera principal, a Stalin. Esa
misma opinión fue la de importantes socialistas —tan enfrentados por tantas
otras cosas— como Largo Caballero [52] y
Besteiro [53]. Este
último, llegó incluso a la conclusión de que Stalin era mucho peor que Franco.
Para la misma Pasionaria, la derrota había arrancado, no de la intervención de
Alemania e Italia a favor de los alzados, sino de la falta de unión del Frente
Popular, especialmente «tanto más que los nacionalistas vascos y los
anarquistas… no participaban en el Frente Popular». Aunque, en teoría, la
Pasionaria no pretendía minimizar el papel de los partidos republicanos en la
guerra civil, sin embargo, su conclusión no podía resultar más tajante:
«Y
sobre todo, lo que la guerra mostró de manera exhaustiva, es que sin la unidad
de la clase obrera, la dirección de la revolución democrática cae
inevitablemente en manos de la burguesía, que frena esta revolución, que no la
lleva hasta el fin, que incluso la transforma en instrumento contra el
proletariado». [54]
Ciertamente,
en algunos análisis de los vencidos, sí se concedió un cierto papel a la
intervención extranjera en favor de los alzados pero, de manera bien
significativa, en ningún caso tal y como aparece citada en el Manifiesto
pro-republicano que hemos citado al principio de esta mentira. Por ejemplo,
José Antonio de Aguirre, el presidente del Gobierno vasco [55], atribuyó la
derrota al «frío egoísmo de las cancillerías [que] condenó a muerte a quienes
entonces eran los únicos que estaban defendiendo con las armas en la mano los
ideales democráticos», a la ayuda germano-italiana y, de manera muy especial,
al «compromiso de Münich» que acabó con cualquier posibilidad de resistencia de
la República. De manera bien significativa, Aguirre no dice ni una palabra de
la política desleal de los nacionalistas vascos hacia el Frente Popular. Por su
parte, Francisco Ayala [56] señaló
cuatro razones fundamentales para la derrota: la intervención ítalo-germana, la
negativa de Francia e Inglaterra a entregar a la República «aquellas armas que
por un tratado previo estaban obligadas a venderle», la intervención soviética
dotada del «mismo frío cinismo que el Eje Roma-Berlín» y la «desprevenida
inocencia» de España.
Finalmente, entre los vencidos, hay que señalar a un tercer grupo de personajes
que intentó realmente profundizar en la totalidad de causas de la derrota de la
República sin caer, al menos no de manera tan explícita y parcial, en discursos
de tipo apologético. El primero de ellos fue un político: Manuel Azaña. En su
obra La revolución abortada. [57], el
presidente de la República señaló como causas de la derrota el hundimiento del
Gobierno republicano en septiembre de 1936; la intervención internacional en
favor de los alzados; el sectarismo de los gobiernos vasco y catalán que
impidieron un mando único, rivalizando con el Estado en el funcionamiento de
los servicios públicos relacionados con la guerra y la industria; y el «efecto
paralizante» provocado por el «derrame sindical». Esto, según Azaña, fue lo que
más ayudó a los alzados, después de los alemanes e italianos, en la medida en
que destrozó el orden anterior sin crear a cambio uno nuevo. De esa manera, se
aceptaba que los derrotados eran, en no escasa medida, responsables de su
derrota y que las dificultades que habían impedido la victoria del Frente
Popular habían sido de orden internacional, pero también técnico, es decir,
militar e industrial.
Con todo, y tiene lógica que así sea, entre los personajes que captaron con
mayor profundidad las causas de la derrota del Frente Popular se encuentran un
ministro de Defensa (Indalecio Prieto) y un militar (Vicente Rojo). Es cierto
que ambos fueron vencidos, pero no es menos cierto que Prieto desempeñó su
papel de manera comparativamente competente y que Rojo fue el mejor militar del
Ejército popular de la República. El primero, al caer el frente del Norte —un
hecho que implicaba que el Frente Popular ya no podría ganar la guerra
militarmente—, hizo públicas las causas de aquel desastre. [58] Las
mismas, que con escasos matices podían extrapolarse a las razones de la derrota
final, eran las siguientes:
1. Antagonismos
políticos terriblemente perjudiciales en estas circunstancias y a cuyo conjunto
corrosivo ha dado en denominarse con gran justeza “la sexta columna”.
2. Intromisiones
de la política en el Mando militar, privándole de libertad, quebrantando su
prestigio y, a veces, destruyendo sus planes. A una decisión política, a la
cual se ha aludido antes, fueron debidas las consecuencias más graves del
desordenado repliegue de Santander.
3. Insuficiente
solidaridad entre las regiones afectadas por la lucha, dejando que deleznables
resentimientos pueblerinos llegaran a tomar carta de naturaleza en el propio
Ejército.
4. Desconocimiento
de la verdadera naturaleza de sus funciones por parte de los comisarios que,
mediante injerencias intolerables, incluso anularon órdenes del Mando.
5. Apartamiento
del ejército combatiente de personal excesivo de entre el movilizado para
dedicarlo a funciones pseudoindustriales, auxiliares o burocráticas, y el cual,
al ser incorporado a filas a última hora y en momentos críticos, constituyó una
rémora en vez de un refuerzo.
6. Conducta
errónea de la retaguardia, consintiendo que cobrara influencia en ella el
enemigo.
7. Cultivo
de recelos injustificados en torno a los Mandos, bajo sospecha de que reveses
inevitables son fruto de la traición, y el afán de sustituir aquéllos, sin
darse cuenta de que la enorme complejidad de una guerra moderna no permite
eliminar su dirección técnica, que forzosamente han de asumir los militares
profesionales, debiendo quedar reservada la política a la misión de trazar las
líneas generales de la campaña, pero sin inmiscuirse en la ejecución de los
planes».
La
síntesis de estas causas, como se ve, es la falta de mando único cuya
conveniencia reclaman todos, pero que casi nadie acepta. [59]
La descripción de Prieto es enormemente interesante. Señala como causas de la
derrota la división partidista inexistente en el bando nacional (1), el peso
excesivo de la política en las operaciones, también desconocida en el caso del
enemigo (2, 4 y 7), la desgracia que significó tener a los nacionalistas vascos
como aliados (3), la corrupción, que suele mencionarse poco, pero que causó un
enorme daño al Frente Popular (5) y el número de españoles que, estando en la
zona controlada por el Frente Popular, simpatizaban, sin embargo, con los
nacionales, una circunstancia curiosa si se tiene en cuenta que Prieto desplegó
una extraordinaria labor represiva en la retaguardia con la colaboración de los
agentes de Stalin. De manera bien significativa, porque Prieto contaba con
datos abundantes al respecto, no menciona ni la intervención de Alemania e
Italia — sabía que la de la URSS era muy superior— ni una supuesta inferioridad
material, porque hasta finales de 1937 la diferencia en este sentido era
favorable a la España dominada por el Frente Popular. Prieto sabía, y no se
equivocaba, que la responsabilidad esencial de la derrota se hallaba en los
propios derrotados.
No debería extrañar que Vicente Rojo llegara a conclusiones muy similares. Así,
en la minuta de una entrevista sostenida entre éste y Matallana en Valencia del
16 al 19 de noviembre de 1938 [60], justo en la
época en que Negrín llegaba a un acuerdo con la URSS para implantar una
dictadura sometida a Stalin al final de la guerra, el militar afirmaba:
«… Es preciso llegar a la unidad política o pedir la paz, porque de lo
contrario sobrevendrá el caos.
—La guerra es posible sostenerla y ganarla con las siguientes condiciones:
1. Unidad
absoluta en lo político y en la dirección de la guerra.
2. Disciplina
absoluta en el frente y en la retaguardia.
3. Organización
de los abastecimientos y garantía de los mismos.
4. Importación
urgente de armamentos.
5. Reorganización
militar y social.
—Si
esto no es posible por falta de personas, por falta de medios, por
desavenencias políticas o por lo que sea, liquidar el conflicto evitando el
caos, con una de las fórmulas siguientes:
1. Conversaciones
previas para entrega de las personas responsables.
2. Preparación
de la entrega de poderes.
3. Evacuación
de la masa responsable para evitación de represalias.
4. Secreto
en las decisiones que conduzcan a la liquidación»
Rojo
había llegado a las mismas conclusiones que Prieto aunque mantuviera más tiempo
que él la fe en la victoria del Frente Popular. La derrota no cabía atribuirla
a la intervención germano-italiana sino, sustancialmente, a los mismos
vencidos, que habían sido incapaces de alcanzar unos objetivos conseguidos por
Franco antes de que acabara 1936. En realidad, si los alzados de 1936 vencieron
se debió a un conjunto de causas, mucho más prosaicas, pero también más reales
y efectivas que la ayuda extranjera. Éstas podrían sintetizarse de la siguiente
manera:
1. La superación de la inferioridad material inicial
Como señaló muy lúcidamente el socialista Indalecio Prieto al comenzar la
guerra, la superioridad con que contaba el Frente Popular determinaba de manera
casi matemática su victoria sobre los alzados. Éstos, quizá con la excepción de
Franco, nunca pensaron en el desencadenamiento de una guerra civil. Las
directrices emanadas del general Mola, y las esperanzas de los otros generales
alzados, apuntaban al triunfo de un golpe de Estado, que debería decidirse
apenas en unas horas, si se alcanzaba la victoria en Madrid o, en unos días, si
había que marchar sobre la capital para que ésta cayera. El golpe hubiera
podido ser abortado con relativa facilidad en esos momentos, dada la abultada
superioridad en hombres y material del Frente Popular. Si no fue así, se debió,
fundamentalmente, a dos razones: el afán de la revolución —o revoluciones— que,
desde el PSOE a la CNT, pasando por el POUM o el PCE, eran el objetivo político
esencial desde hacía décadas; y la firmeza de los alzados en seguir combatiendo
y no desmoralizarse dando ejemplo de una tenaz gallardía que se manifestó de
manera especial en episodios como Oviedo, Huesca o el Alcázar de Toledo.
Mientras que un bando pensó que no sólo la superioridad material se hallaba de
su parte, sino también la moral, y que además contaba con el respaldo del
«pueblo» al que pretendía representar de manera exclusiva, el otro, que, como
veremos, daba enorme importancia a los factores morales, sabía que la victoria
derivaría de aspectos esencialmente militares. Mientras que un bando creía en
la victoria de sus respectivas utopías, el otro estaba convencido de que debía
contener la marea revolucionaria si deseaba no sólo salvaguardar su libertad
religiosa y la unidad de España, sino incluso sobrevivir físicamente.
Hasta finales de 1937 el Frente Popular contó con una superioridad técnica y
material indiscutible derivada de sus propios medios y de los proporcionados
por la URSS, principalmente, y por otras naciones, de manera secundaria. Sin
embargo, dividido en partidos empeñados en llevar a cabo utopías incompatibles,
sin capacidad ni voluntad de controlar a los nacionalistas vascos y catalanes,
y desprestigiado ante Gran Bretaña por la represión llevada a cabo, sobre todo
en Madrid, no supo aprovecharla. Tras la pérdida del Norte, la posibilidad de
una victoria sobre los nacionales se fue alejando más hasta hacerse imposible
después de la terrible derrota en el Ebro.
2. El mejor empleo de la ayuda extranjera<
Constituye un tópico muy extendido el de afirmar que mientras que el Frente
Popular careció del material militar, especialmente de ayuda extranjera, para
ganar la guerra, los nacionales sí contaron con el suficiente. La afirmación no
deja de ser una tautología ya que no cabe duda de que si un bando ganó y otro
fue vencido, es que al vencedor le bastó y al derrotado le resultó
insuficiente. Esta línea de razonamiento es la seguida, por ejemplo, por Gerald
Howson en su libro Armas para España [61], una obra
elogiosamente comentada por Santos Julia [62], pero a cuyo
carácter verdaderamente deplorable desde todos los puntos de vista ya hemos
dedicado sobradas páginas. [63] Baste
recordar las repetidas sandeces de Howson al señalar, por ejemplo, que en
España cada duque o marqués poseía «un castillo, un palacio, tres casas
solariegas, una casa en Madrid, un piso en Montecarlo, dos aeroplanos privados
y seis Rolls-Royce»; [64]que el pueblo
de las aldeas vivía en chamizos que en 1931 estaban en condiciones peores que
«en el 431 de la era cristiana»; [65] que esa
población española rural había sido pagana ¡hasta su conversión al cristianismo
ya en el siglo XX! [66] y creía
«que los animales, aves e insectos del campo nacían espontáneamente de los
elementos ambientales de la tierra, el aire y el agua»; [67] que el
Ejército español tenía en 1931 ochocientos generales; [68] que la
Legión estaba formada por «ex presidiarios españoles cuyas penas se habían
conmutado por el servicio militar»; [69] que era
la «tercera parte extranjera del ejército»; [70] que
antes de 1936 no había habido socialistas en gobiernos españoles [71] o que
la revolución de 1934 —que justifica— costó «cuatro mil vidas». [72] No
extraña que los datos de Howson resulten, una y otra vez, erróneos. Por
ejemplo, reduce el número de aparatos enviados por la URSS al Frente Popular a
657, cuando no fueron menos de 923, o afirma que los I-152 no participaron en
la guerra [73], cuando lo
cierto es que sí efectuaron misiones de guerra.
Por lo que se refiere a fusiles, ciertamente el Ejército popular de la
República recibió modelos que habían sido proyectados en su casi totalidad en
la última década del siglo XIX o la primera del siglo XX, es decir, algo
similar al Ejército nacional, que recibió de Italia un modelo de 1891 y de
Alemania uno de 1898. Pero, además, el Ejército popular de la República contaba
con los Mosin-Nagant soviéticos que eran excelentes —aunque Howson no sepa que
la diferencia entre el antiguo y el moderno era sólo que las medidas ya no se
calculaban en arshin sino en sistema métrico decimal— y con otras armas
ambicionadas por el Ejército nacional. Entre éstas se hallaban las
ametralladoras Maxim Mod. 1910, los fusiles ametralladores Maxim-Tokarev, los
fusiles ametralladores Bergmann MG 15nA, alemanes, y Browning Wz 28, polacos.
La ametralladora francesa Saint-Étienne Mod. 1907 de la que dice que fue
retirada del frente occidental en 1914 —probablemente confundiéndola con la
Puteaux Mod. 1905 ya que la Saint-Etienne continuó usándose hasta los primeros
tiempos de la Segunda Guerra Mundial— fue aún más usada por los nacionales que
por el Ejército popular. Finalmente, hay que señalar que el fusil ametrallador
Chauchat Mod. 1915 no era bueno, como señala Howson al indicar que, según Jasón
Gurney, los interbrigadistas británicos los «tiraron a la basura la primera
mañana de la batalla del Jarama». [74] Muy
sobrados de material debían estar los interbrigadistas, porque el Ejército
nacional lo siguió usando hasta el final de la guerra.
No más acertados son los juicios de Howson en lo que al material de artillería
se refiere. [75] Se
escandaliza así de que el Ejército popular estuviera armado con «sesenta tipos
distintos de piezas de artillería» [76], pasando por
alto que la artillería nacional empleó 74 modelos diferentes más otros 25 de
costa. No más atinado está cuando califica de «prehistóricos cañones de campaña
franceses» [77] a los
Saint Chamond, que en 1939 se consideraban armamento suficiente para intentar
una recuperación de Gibraltar. Pasa por alto, además, que del material
artillero enviado por Alemania e Italia al Ejército nacional tan sólo las tres
baterías del Grupo experimental —septiembre de 1938— eran modernas, ya que las
restantes eran anteriores o contemporáneas a la Primera Guerra Mundial.
Finalmente, por lo que se refiere a la escasez de proyectiles —otro de los
tópicos utilizados por Howson— nunca hubiera debido ser un problema grave, ya
que el Frente Popular tenía organizada la fabricación en su territorio.
Cuestión diferente es si la gestión de esa necesidad se llevó a cabo con
competencia o con torpeza.
Dejando a un lado el libro deplorable de Howson, debemos señalar, por ejemplo,
que en términos de carros de combate el Frente Popular contó con una
«abrumadora superioridad cualitativa». [78] La
diferencia fue tan extraordinaria a favor del Ejército popular de la República
que sólo se fue nivelando cuando, a medida que avanzaba la guerra, el Ejército
nacional se fue apoderando de los carros enemigos. Baste decir al respecto que,
en septiembre de 1938, la Agrupación de Carros de Combate nacional disponía de
64 carros Panzer I y 32 T-26 capturados, es decir, el 33 por ciento era
material soviético cogido al enemigo. En noviembre, la proporción de material
soviético capturado era aún mayor, casi un 39 por ciento. Por no referirse a la
Agrupación de Carros del Sur del Ejército nacional, que estaba armada en un
cien por cien con efectivos capturados al Ejército popular de la República.
Por lo que se refiere al material aeronáutico, también la República contó con
una clara superioridad durante buena parte de la guerra. No sólo los aparatos
proporcionados por la URSS eran superiores técnicamente a los alemanes o
italianos, sino, además, más numerosos.
Esa superioridad del enemigo la fue equilibrando el Ejército nacional gracias a
diversos expedientes. Uno fue, como ya hemos mencionado, la captura de material
enemigo y es que, en medida no escasa, el Ejército nacional pudo abastecerse
gracias a ello. La interceptación de envíos como los del Sylvia,
el Eugenia Cambanis, el Virginia S y el Ellinico
Vouono permitió a los nacionales surtirse de material indispensable
que iba destinado al Frente Popular. Súmese, además, el perdido en los
diferentes enfrentamientos por el Ejército popular de la República. De hecho,
no deja de ser significativo que, hacia el final del conflicto, entre un 25 y
un 30 por ciento del Ejército nacional estuviera equipado con material
capturado al enemigo, hasta el punto de que, por una cruel ironía de la
Historia, el Ejército popular era uno de sus grandes proveedores.
Pero a esa circunstancia se unió otra que dice mucho de lo sucedido en ambos
bandos. Los nacionales apresaron veintidós [79] Aero
A.101 que transportaba el Hordena y que Howson califica de
«vetustos y prácticamente inservibles». [80] A
juzgar por las palabras del inefable Howson, los aviones carecían de valor y,
de hecho, los aparatos de ese tipo que llegaron a las manos de los republicanos
sólo fueron utilizados de manera fugaz en Belchite para, acto seguido, verse
relegados a misiones de reconocimiento marítimo en el seno del Grupo 71. Pues
bien, a diferencia de lo hecho por sus adversarios, la Aviación nacional los
utilizó en la campaña de Vizcaya, en la detención de la ofensiva del Ejército
popular sobre la Granja-Segovia, en la batalla de Brunete, en las campañas de
Santander y Asturias, en la del cierre de la bolsa de Mérida y en la contención
de la ofensiva contra Peñarroya. Todavía el 28 de marzo de 1939, dos días antes
de acabar la guerra, se usaron en una misión en el sector de Aranjuez. Como ha
señalado muy acertadamente A. Mortera Pérez, «la moraleja de todo esto es que,
cuando llegaba a manos nacionales —bien por captura, bien por adquisición— un
tipo de material anticuado o desgastado, éstos, en vez de postergarlo entre lacrimógenas
quejas o acerbas críticas, se limitaban a repararlo, ponerlo en servicio y
tratar de sacarle así el mayor rendimiento posible». [81] Y es
que, al final, la conclusión a la que se llega al examinar las cifras escuetas
y exactas del material empleado por ambos bandos es que, con el que dispuso, el
Frente Popular pudo ganar la guerra, y que la derrota no puede achacarse a un
desnivel de suministros.
3. La baza diplomática
De no menor importancia en la derrota y victoria finales fue la baza
diplomática. Sin embargo, una vez más, hay que atribuirla en no escasa medida a
las acciones llevadas a cabo por los respectivos gobiernos. El Gobierno del
Frente Popular no fue abandonado por las democracias como suele repetirse de
manera tópica e inexacta. De hecho, el Gobierno francés del Frente Popular
simpatizaba abiertamente con el del Frente Popular español e, incluso en las
épocas en que la
frontera con Francia estaba formalmente cerrada, siguieron llegando a la España
frentepopulista entregas de armas. [82] Por su
parte, Gran Bretaña había llegado a la conclusión, antes del estallido de la
guerra, de que el Frente Popular avanzaba en la dirección de un sistema similar
al soviético y no estaba dispuesta a apoyar semejante eventualidad. La
propaganda posterior hablaría de la lucha entre la democracia y el fascismo,
pero, de manera bien significativa, la guerra civil española no fue vista así
por las potencias de la época. Para Alemania, se trataba de una lucha entre los
blancos —el nombre que dieron desde el principio del conflicto al bando
nacional— y los rojos, similar a la vivida con anterioridad por naciones como
Rusia o Finlandia. Sus enemigos intentarían homologar a Franco con Hitler o
Mussolini, pero el Führer sufrió especialmente el carácter blanco del régimen
de Franco y el que el sector azul de la Falange —el único con similitudes con
los fascismos— pesara tan poco. Durante la Segunda Guerra Mundial, Hitler se
plantearía incluso la posibilidad de dar un golpe de Estado en España que
derribara a Franco e implantara una verdadera dictadura fascista. Para la URSS,
se trataba de una oportunidad de extender la revolución mediante la creación de
una dictadura similar a la que, después de la Segunda Guerra Mundial, conocería
el Este de Europa. Sin embargo, no fue tan ingenua como para pensar que se
enfrentaran en los campos de España los partidarios de la democracia y los del
fascismo. Sin duda, desde la perspectiva de la Komintern, el bando nacional era
fascista, pero también lo habían sido los socialdemócratas alemanes o las
democracias occidentales si se terciaba. Cuando concluyó la guerra en España,
Stalin no tuvo ningún problema en pactar con Hitler el reparto de Europa
oriental y en ordenar que los partidos comunistas en Occidente sabotearan el
esfuerzo de guerra de las democracias contra el nacionalsocialismo alemán.
Las democracias como Estados Unidos o Gran Bretaña no simpatizaban con ninguno
de los dos bandos, pero no pudieron dejar de percibir el peligro comunista como
algo mucho peor que la implantación de una dictadura autoritaria. Las noticias
sobre matanzas como las de la cárcel Modelo de Madrid o las de Paracuellos no
pudieron ser neutralizadas mediante inventos propagandísticos como el de la
supuesta matanza en masa en Badajoz. Era obvio que los alzados fusilaban y que
se veían episodios de horror en la zona de España que controlaban. Sin embargo,
no estaban desencadenando una revolución como la soviética, precisamente la
revolución que las legaciones diplomáticas podían observar con verdadero espanto
en ciudades como Madrid y Barcelona, donde la represión frentepopulista se
cobró más de veinte mil vidas durante la guerra. Entre la revolución al estilo
soviético y la contrarrevolución optaron por la neutralidad benevolente hacia
la segunda. Dicho sea de paso, sería el mismo comportamiento que seguirían
después de la Segunda Guerra Mundial y durante la Guerra Fría.
Al fin y a la postre, los intercambios comerciales con el «área de la libra y
el dólar» fueron para Franco tanto o más importantes que los llevados a cabo
con Alemania e Italia. La suma del factor revolucionario y del económico
explica sobradamente la política británica durante la guerra civil española. Ya
a finales de 1936, el Almirantazgo británico —que conocía las matanzas de
oficiales de marina perpetradas por los simpatizantes del Frente Popular— se
pronunció repetidamente en favor de reconocer el derecho de beligerancia de los
alzados, lo que equivalía a considerar a ambos bandos como similares ante el
derecho internacional. [83] De
hecho, hacia finales de noviembre de 1936, se reconoció de manera tácita el
derecho de Franco a imponer un bloqueo. Se decidió, incluso, que si los buques
de Franco hundían barcos británicos y tales acciones se debían «a la buena fe»,
semejantes actos no serían considerados «piratería». [84]
Si la baza diplomática de las democracias —con la excepción de Francia— acabó
basculando en contra del Frente Popular por su política revolucionaria, no
mejores fueron las consecuencias de su alianza con la URSS. La Academia de
Ciencias de la URSS dio unas cifras de ayuda al Frente Popular —sin incluir las
Brigadas Internacionales— que aparecen recogidas en el texto ruso de Solidarnost
narodov s Ispanikoy respublikoy. [85]
«806
aviones de combate (mayormente cazas), 362 tanques, 120 autos blindados, 1555
piezas de artillería, cerca de 500.000 fusiles, 340 lanzagranadas, 15.113
ametralladoras, más de 110.000 bombas de aviación, cerca de 3 400 000
proyectiles de artillería, 500.000 bombas de mano, 826 millones de cartuchos,
1500 Tm de pólvora, lanchas torpederas, estaciones de reflectores para la
defensa antiaérea, camiones, emisoras de radio, torpedos y combustibles. No
todos estos pertrechos de guerra llegaron a su destino, porque, como ya hemos
indicado, algunos buques soviéticos y de otras naciones, fletados con esta
finalidad, fueron hundidos por los piratas italianos o conducidos a puertos que
estaban en poder de los sublevados».
Ciertamente,
Franco necesitaba tan imperiosamente la ayuda de Alemania e Italia como el
Frente Popular la de la URSS, pero negoció de manera incomparablemente mejor
las condiciones. En el caso de la Italia fascista y de la Alemania
nacional-socialista, Franco logró evitar la entrega de bases en territorio
nacional —algo en lo que seguiría insistiendo Hitler durante la Segunda Guerra
Mundial—, pactó condiciones razonables de pago (en contra de las imposiciones
pretendidas por Alemania) y mantuvo la independencia de su régimen.
Difícilmente hubiera podido ser más distinta la forma de actuar del Frente
Popular. Se ha insistido repetidamente en que Stalin estafó a España y que no
puso interés en que el Frente Popular ganara la guerra. Como ha resumido
magníficamente A. Mortera Pérez [86], Stalin
cobró el material de guerra al Frente Popular considerablemente más barato de
lo que Franco lo recibía de sus suministradores, y siguió enviando material en
cantidades importantes cuando la guerra estaba ya perdida —después del Ebro—
pues sus agentes habían pactado con Negrín la transformación de la República en
una dictadura comunista. Lejos de tratarse de un paso obligado, el envío del
oro del Banco de España a la URSS vino motivado por la cercanía ideológica
entre el Frente Popular y un régimen totalitario que, a la sazón, había
exterminado a millones de seres humanos y mantenía recluidos a varios millones
más en una red inmensa de campos de concentración. Hacia la URSS marcharon unas
reservas que no debieron salir de España o que podían haber sido enviadas a una
nación más fiable, y no puede resultar extraño que un personaje tan carente de
escrúpulos como Stalin aprovechara la situación. Franco no estaba dispuesto a
convertir España en una nación sometida a Alemania e Italia y así lo dejaría de
manifiesto durante la Segunda Guerra Mundial. Por el contrario, un sector
importante del Frente Popular —como después lamentarían amargamente algunos de
sus componentes — sí deseaba ansiosamente la colaboración con Stalin e incluso
la conversión de España en una nación de características similares a la suya,
fiscalizada por agentes de Moscú. Aunque no se conocieran todos los detalles,
esas circunstancias pesaron de manera considerable en contra del Frente Popular
y, siquiera de manera indirecta, a favor de Franco. Algo similar sucedería con
un factor esencial para entender la guerra y para comprender su desenlace.
4. El factor religioso y moral
Otro factor que tuvo una considerable relevancia en la victoria final de Franco
fue el que podríamos denominar religioso y moral. De manera cruenta, el aspecto
religioso estuvo íntimamente ligado con la persecución emprendida por uno de
los bandos, una persecución que tiene claros paralelos en la guerra civil rusa
y en la guerra de los Cristeros en México. Si los diversos segmentos en que
estaba fragmentado el Frente Popular creían en la justicia de sus respectivas
causas no siempre coincidentes y no pocas veces incompatibles, los distintos
sectores del rebelde estaban unidos por uno muy concreto: la necesidad de
evitar una revolución que no sólo pretendía despedazar España sino también
aniquilar la religión mediante una persecución terrible. Así, los muertos eran
«caídos por Dios y por España». Combatían para salvar a la nación de su
despedazamiento por parte de los nacionalistas catalanes y vascos y de la
implantación de una dictadura de izquierdas, así como del exterminio de la
Iglesia católica. Sin embargo, el evitar la quema de iglesias, el saqueo de
conventos y el asesinato de sacerdotes y religiosas fue, más que ninguna otra,
la circunstancia que dio coherencia a las masas de un bando ideológicamente muy
variado, y la repetición de este aspecto en los estudios del general Casas de
la Vega constituye una muestra de atinado acierto. Por ello, no resulta
chocante que en muchas de las unidades combatientes la formación ideológica
real estuviera más conectada con el páter que con elementos cercanos a la Falange
o al Requeté. Una vez más, el Frente Popular sólo recogió las consecuencias de
sus actos. Su persecución contra los católicos —la más terrible del siglo XX
contra los fieles de esta Iglesia— colocó a la aplastante mayoría de los fieles
de esta religión de todo el mundo a favor del bando de Franco ya que no podían
permanecer indiferentes. La victoria del Frente Popular sería el final de un
proceso de exterminio. Aunque sólo fuera por eso, la guerra debía ganarla
Franco. El efecto que estas circunstancias tuvo en las opiniones públicas de
países como Irlanda, Francia y, especialmente, Estados Unidos distó mucho de
ser insignificante y, desde luego, pesó, junto con otros factores, sobre los
gobiernos, para que no ayudaran a la República. Al respecto, no deja de ser
significativo que México, el único país que junto con la URSS ayudó
oficialmente a la República, hubiera protagonizado una terrible persecución
religiosa tan sólo unos años antes.
5. La conservación de la mentalidad militar y la unidad de mando
A lo anterior hay que añadir que, lejos de subordinar lo militar a lo político
— como recomendaba, por ejemplo, Clausewitz—, Franco hizo todo lo contrario.
Así supo mantener la cadena del mando, se ocupó desde el inicio de la
formación, de acuerdo con principios específicamente castrenses, de sus
hombres, atendió a aspectos logísticos de enorme importancia y fue articulando
un ejército que en 1939 superaba el millón de hombres. Se puede objetar que
todo lo hizo guiado por un espíritu escasamente creativo (tardó más que la
República en modificar la unidad básica) y demasiado convencional. Pese a todo,
los resultados fueron muy positivos. Lejos de distraerse, como sus adversarios,
con luchas internas referentes al modelo político o a la prioridad de la
revolución sobre la victoria o viceversa, captó desde el principio que lo único
que importaba era obtener el triunfo militar. Esa unidad de mando, ese
principio elemental del enfoque militar, no se dio en el bando del Frente
Popular. Tampoco existió —y resultó fatal— la unión política y administrativa.
El Frente Popular contó con una superioridad material y numérica muy abultada
hasta finales de 1937. Contó igualmente con militares brillantes, como Vicente
Rojo, pero nunca logró ni la unidad de mando ni una articulación central. Al
fin y a la postre, la derrota final del Frente Popular —una derrota vinculada a
factores militares— fue responsabilidad obvia del propio Frente Popular. Sin
embargo, no sería justo atribuir sólo a sus torpezas y errores la derrota. En
ella tuvo una importancia esencial el propio Franco como supieron ver desde el
principio los generales que decidieron otorgarle el mando único.
Aunque Franco tardó en sumarse al Alzamiento, no pasó mucho tiempo antes de que
la guerra civil se convirtiera en «su» guerra. En julio de 1936 vio con enorme
claridad que sería larga y dura y decidió pedir ayuda a Inglaterra, Italia y
Alemania. En agosto y septiembre, con una acusadísima carencia de medios y una
notable inferioridad de condiciones, fueron sus columnas las que llevaron a
cabo las acciones más espectaculares de los sublevados y lograron unificar a
los distintos focos rebeldes salvo alguna excepción. Antes de finalizar el mes,
se había convertido en el Generalísimo de los ejércitos alzados, pero también en
su suprema autoridad política. La unidad de mando quedaba así conseguida.
Durante los meses siguientes —tras liberar el Alcázar en Toledo— llegó a las
puertas de Madrid. El Ejército popular de la República podría haberlo
aplastado, dada su enorme superioridad numérica y material. No lo consiguió y
aunque aprovecharía propagandísticamente el haberlo contenido a las afueras de
la ciudad, no pudo privarlo de la iniciativa militar. De hecho, durante los
meses sucesivos, el Ejército popular no pudo ir más allá de concluir las
sucesivas batallas en tablas, con la excepción de la derrota italiana de
Guadalajara, muy aireada por la propaganda, pero de escasa relevancia militar.
Con la elección de desplazar el centro de gravedad militar al norte
republicano, Franco dio un vuelco a la guerra que resultaría verdaderamente
decisivo. A pesar de su inferioridad numérica y material, Franco no sólo logró
tomar Vizcaya, Santander y Asturias, sino que además aniquiló las ofensivas de
diversión republicanas.
Franco decidió entonces efectuar una nueva ofensiva sobre Madrid que le
permitiera concluir la guerra. Para evitar tal posibilidad, la República lanzó
la ofensiva de Teruel. Se produjo entonces un proceso que se repetiría vez tras
vez durante la guerra civil. Franco detuvo, primero, la ofensiva republicana y
después la transformó en una contraofensiva de consecuencias terribles para el
adversario. En esta ocasión, el quebranto sufrido por las fuerzas republicanas
pudo aprovecharlo Franco rompiendo el frente de Aragón y partiendo en dos la
España del Frente Popular, en la que fue, quizá, la ofensiva más brillante de
la guerra.
Al término de aquella ofensiva, Franco, en contra del parecer de sus generales,
en lugar de dirigirse contra Cataluña, cargó sus esfuerzos ofensivos sobre
Valencia. La decisión se ha discutido, pero, posiblemente, fue acertada. Tanto
que para evitarla, el Ejército popular de la República llevó a cabo el paso del
Ebro. Después de las primeras jornadas, y a pesar de la incomprensión de sus
generales o del propio Mussolini, Franco demostró controlar la situación. Como
señalaría al abandonar una reunión, «no me comprenden. En treinta y cinco
kilómetros tengo encerrado al ejército rojo». Tenía razón y, de hecho, supo
mantener una notable serenidad durante la batalla. Mientras discurría la misma,
y a pesar de los juicios agoreros, Franco se empleó en tareas de gobierno, como
el inicio del programa de obras de transformación del puerto de Pasajes; la
puesta en marcha del plan de subsidios familiares para los trabajadores; la
reorganización del Instituto Nacional de Previsión; la aparición del Instituto
Social de la Marina, la promulgación de la ley de reforma del bachillerato o la
constitución del Tribunal Supremo… De manera bien significativa, de los veinte
magistrados que lo integraban en 1936, trece se habían reincorporado a su
puesto en la España nacional. [87] El
paralelo con la España del Frente Popular —donde Negrín pactaba la conversión
de la República en una dictadura de partido único controlada por Stalin— salta
a la vista. El Ebro concluyó con una nueva victoria de Franco que, pocos meses
después, se convirtió en definitiva.
Se puede objetar —con razón— que Franco no era Napoleón. Sin embargo, fue muy
superior a sus adversarios al menos en cuatro aspectos. En primer lugar,
porque, desde una situación de enorme inferioridad —que en algunos asuntos como
el de los carros de combate casi duró toda la guerra— supo equilibrar
materialmente el conflicto y acabar consiguiendo la superioridad; en segundo
lugar, porque supo hacer un mejor uso de sus recursos; en tercer lugar, porque
supo plantear mucho mejor la baza diplomática y, en cuarto lugar, porque, en
paralelo, mantuvo la unidad política y militar de sus fuerzas y supo construir
un Estado. Es cierto que las deficiencias manifestadas por el Frente Popular
facilitaron en parte la labor de Franco, pero si el Ejército nacional hubiera
adolecido de las mismas, hubiera perdido la guerra. Ésas fueron las verdaderas
razones de la victoria de Franco en la guerra civil española. Señalar que ésta
última se debió sustancialmente a la ayuda extranjera no pasa de ser una mentira
histórica.
Bibliografía
Por paradójico que parezca, no son muchos los estudios monográficos sobre la
guerra civil dedicados a sus aspectos militares. He intentado ofrecer una
síntesis del tema en César Vidal, La guerra que ganó Franco,
Planeta, Barcelona, 2006. También deben tenerse en cuenta obras como la Historia
del Ejército Popular de la República, La Esfera de los Libros, Madrid,
2006, de Ramón Salas Larrazábal, la Historia general de la guerra de
España, Rialp, Madrid, 1986, de los dos hermanos Salas Larrazábal, o
la Historia actualizada de la Segunda República y de la Guerra de
España, Fénix, Getafe, 2003, de Ricardo de la Cierva. De especial
relevancia son también los artículos que aparecen en la Revista
Española de Historia Militar y que, debidos a historiadores como Lucas
Molina o A. Mortera Pérez, por citar sólo a dos, están zanjando de manera
documentada y definitiva no pocos aspectos historiográficos relacionados con
asuntos militares de la guerra civil. A Mortera Pérez, por ejemplo, le debemos
un extraordinario artículo sobre G. Howson que deja de manifiesto no sólo los
deplorables prejuicios y palpable desconocimiento del británico sino también el
papanatismo ignorante de los que, como Santos Juliá, aplaudieron en España su
obra Armas para España, Ediciones Península, Barcelona, 2000.
Mentira 17
McCarthy cayó por su paranoia anticomunista
La
figura del senador Joseph McCarthy aparece asociada en la mentalidad popular
con el episodio conocido como «caza de brujas». De manera repetida, se le ha
relacionado con la persecución sufrida por algunos cineastas de Hollywood y con
una paranoia anticomunista carente de fundamento. La realidad, sin embargo, es
que esto no pasa de ser una mentira histórica.
Aunque
suele ser habitual identificar en los medios de comunicación el Comité de
Actividades Antiamericanas con el senador McCarthy y con la búsqueda de
comunistas en Hollywood, la realidad histórica es que los tres elementos
tuvieron una vida independiente que sólo se cruzó de manera ocasional.
El Comité de Actividades Antiamericanas fue creado por la Cámara de
Representantes de Estados Unidos, en 1938, para investigar las actividades de
agentes extranjeros en ese país.
Durante sus primeros arios, su principal preocupación fue, lógicamente, la
lucha contra el fascismo y el nacionalsocialismo alemán.
A la sazón, su presidencia recayó en el senador demócrata Martin Dies, que no
dudó en acusar de deslealtad a sectores nada reducidos del funcionariado
gubernamental.
La actividad de Dies recibió un considerable respaldo, en parte, porque
pertenecía al partido del presidente Roosevelt y, en parte, porque no
interfería con los dictados políticamente correctos.
Sin embargo, a pocos se les escapaba que el fascismo y el nacionalsocialismo no
eran las únicas amenazas totalitarias que se cernían peligrosamente sobre las
democracias.
A decir verdad, el socialismo soviético era anterior a los regímenes ya citados
y, antes que Hitler, ya había establecido una red de campos de concentración o
había utilizado el gas como medio para eliminar a poblaciones civiles.
No resulta por ello extraño que el peligro comunista ya hubiera sido percibido
a la sazón.
En el caso de Hollywood, semejante circunstancia se había producido ya durante
la Segunda Guerra Mundial por personajes de la talla de John Wayne, Clark
Gable, Gary Cooper o Cecil B.
de Mille.
Sin embargo, y en contra de lo que se afirma repetidamente, la vigilancia de
tan inquietante fenómeno no pasó por el Comité de Actividades Antiamericanas
sino por una organización creada en 1944 por los profesionales más competentes
del cine llamada Alianza para la Preservación de los Valores Americanos.
Si deseamos ser objetivos hay que señalar que razones para actuar así no les
faltaban.
De hecho, películas como Mission to Mosco.
(1944) habían defendido los procesos de Moscú de 1937-1938 dentro de la más
pura ortodoxia estalinista.
Ni con la lucha en Hollywood contra la infiltración comunista ni con la
creación de la citada asociación tuvo nada que ver McCarthy.
El mismo Comité de Actividades Antiamericanas también tardó un tiempo en
ocuparse de la influencia comunista en la industria cinematográfica.
Hubo que esperar hasta 1947, bajo la presidencia del senador demócrata J.
Parnell Thomas, para que iniciara una investigación sobre el tema.
De todos es sabido que la misma terminó con la detención de un grupo de actores
y escritores conocidos como los «Diez de Hollywood».
Suele ser menos conocido que éstos se encontraron sin apoyo por la sencilla
razón de que eran sobrada y sabidamente culpables de las imputaciones que se
formulaban contra ellos.
Por ejemplo, el actor Sterling Hayden efectivamente militaba en el PCUSA en
1946.
Películas como La ley del silencio (On the waterfront, 1954) de Elia Kazan, de
hecho, venían a mostrar lo que opinaba la mayoría de los artistas
cinematográficos: que testificar ante el comité era un deber cívico.
Si se tienen en cuenta las purgas que los regímenes comunistas estaban
realizando en esa época en media Europa, no cuesta comprender hasta qué punto
las acusaciones de que Estados Unidos era un país fascista —que aparecen por
ejemplo en la película Tal como éramos (The way we were)— donde no existía
libertad resultan un verdadero disparate histórico y un claro ejercicio de
hipocresía.
McCarthy, dicho sea de paso, seguía sin aparecer.
De hecho, en 1948 y 1949, la gran estrella del comité fue Richard Nixon, el
futuro presidente, que demostró una extraordinaria habilidad en la
investigación sobre Alger Hiss, un siniestro personaje al servicio del
espionaje soviético.
La entrada de McCarthy en este torbellino iba a ser posterior y demuestra hasta
qué punto el hecho de atribuirle a él la denominada caza de brujas es no sólo
inexacto históricamente sino injusto.
Joseph Raymond McCarthy había nacido en 1908 en Grand Chute, Wisconsin.
Tras estudiar en la Marquette University, ejerció la abogacía en su Estado
natal hasta que fue nombrado juez de un tribunal, en el que prestó servicio
hasta 1939.
Durante la Segunda Guerra Mundial combatió en la Marina y sólo durante la
posguerra se dedicó a la política con un discurso no sólo conservador sino
también católico.
En 1946 fue elegido por primera vez senador por el partido republicano, pero
hasta febrero de 1950 no adquiriría un verdadero relieve al pronunciar firmes
denuncias sobre la infiltración comunista en la Administración norteamericana.
Aunque la propaganda posterior ha insistido en que McCarthy era un paranoico
que veía comunistas donde había sólo gente de carácter liberal o incluso
indiferente, la desclasificación de documentos en los archivos soviéticos —como
el archivo Venona— ha puesto de manifiesto que, si acaso, el senador se quedó
muy corto en sus apreciaciones.
De hecho, el 14 de abril de 1996, Nicholas von Hoffmann, uno de los autores más
políticamente correctos del espectro americano, reconocía en el Washington Post
que McCarthy «estaba más cerca de la verdad que sus furiosos adversarios» y
confesaba con pesar que «los rojos estaban debajo de la cama mientras los liberales
mirábamos hacia otro lado».
A fin de cuentas, concluía Von Hoffmann, «el triunfo más importante del Kremlin
ha sido la influencia del grupo procomunista que hemos padecido en el interior
mismo de nuestro Departamento de Estado».
Eso fue exactamente lo que McCarthy señaló —aunque de manera burda y mal
perfilada— en febrero de 1950.
Se trató únicamente del inicio.
Durante algo más de dos años, McCarthy se convirtió en un verdadero flagelo de
infiltrados comunistas y, por lo que sabemos actualmente, no se equivocó una
sola vez por más que sus adversarios demostraran ocasionalmente notables dotes
interpretativas y una mayor pericia utilizando los medios de comunicación.
Tampoco debe sorprendernos porque si en algo han destacado los comunistas a lo
largo del siglo XX ha sido en la utilización de la propaganda, la agitación y
la subversión.
Lamentablemente para las naciones sometidas al socialismo real, el comunismo no
mostró esa misma competencia en la gestión de la economía o en la resolución de
problemas materiales básicos.
En 1953, siendo presidente del subcomité de investigaciones del Senado,
McCarthy entró en un terreno especialmente sensible, que se convirtió en
sumamente resbaladizo al afirmar en abril de 1954 que el secretario de Defensa
encubría actividades llevadas a cabo por agentes extranjeros.
McCarthy pensaba ir aún más lejos.
Había llegado a su conocimiento la Operación Keelhul, un vergonzoso acuerdo en
virtud del cual Eisenhower, antiguo jefe supremo de las fuerzas aliadas en
Europa durante la Segunda Guerra Mundial, había dejado en manos de los
ejércitos soviéticos a millares de anticomunistas rusos y húngaros aun a
sabiendas de que serían deportados e incluso fusilados.
No sólo lo conocía sino que además estaba dispuesto a sacarlo a la luz pública
pidiendo explicaciones por tan miserable comportamiento, mantenido éste por un
personaje que, por aquel entonces, era presidente.
McCarthy, ciertamente, podía ser tosco y poco sutil, pero dejaba de manifiesto
una honradez verdaderamente extraordinaria.
En su labor pública estaba dispuesto a enfrentarse con gente de su propio
partido, sin excluir al presidente de la nación.
Quizá no se trató de una forma de actuar prudente, pero debe reconocerse en él
una gallardía al alcance de muy pocos políticos.
La respuesta del republicano Eisenhower fue inmediata.
Presionó al senador Everett Dirksen para que abandonara la colaboración con
McCarthy, preparó dossiers contra ayudantes del senador, como Cohn y Schine,
movilizó a medios afines para denigrarlo y, finalmente, llegó a un acuerdo con
un ambicioso político del partido demócrata llamado Lyndon B.
Johnson para iniciar la confrontación contra su compañero de filas.
De la noche a la mañana, McCarthy no sólo se convirtió en la encarnación del
mal sino que, además, se vio sometido a una investigación llevada a cabo por el
Senado.
Su finalidad no era otra que destruirlo en términos políticos y evitar que
salieran a la luz datos comprometedores para el presidente y la Administración.
Como tantos otros procesos de linchamiento público, la operación estaba dotada
de una enorme cobertura mediática.
McCarthy —que ya era un alcohólico en aquella época— fue exculpado de los
cargos en su contra y, a decir verdad, no podía ser de otra manera.
Sin embargo, el Senado le censuró por los métodos que había empleado en sus
investigaciones.
Su calvario estaba sólo empezando.
Mientras los periódicos recogían sangrantes caricaturas suyas, comenzaron a
difundirse rumores sobre su supuesta —y falsa— homosexualidad.
Ni siquiera el hecho de que adoptara a una niña —cuyo padrino fue el cardenal
Spellman— logró limpiar una imagen definitivamente dañada.
Sus últimos años fueron los de una sombra política cada vez más alterada
psicológicamente.
Su caída, sin embargo, se había debido al hecho de que sus investigaciones
mostraban el punto que había alcanzado la influencia comunista en la
Administración de Estados Unidos, sin hacer reparos en nadie.
Atribuir su desgracia al hecho de que sus tesis fueran erróneas o a su paranoia
anticomunista no pasa de ser una mentira histórica.
Mentira 18
Allende fue un demócrata
La
figura de Salvador Allende es uno de los iconos de la izquierda del siglo XX.
De creer su propaganda, Allende fue un demócrata progresista que se enfrentó
con las oligarquías nacionales y el imperialismo yanqui; y su proyecto,
reformista y democrático, habría sido finalmente abortado por la alianza letal
de la reacción y el Gobierno de Estados Unidos. No puede negarse que esta
imagen propagandística ha sido efectiva y que sobrevive hasta el día de hoy.
Como descripción histórica, sin embargo, no pasa de ser una gigantesca mentira.
EN
1933, el mismo año en que Hitler llegaba al poder y las derechas derrotaban
electoralmente a las izquierdas en España, un doctor en Medicina, nacido en
Valparaíso en 1908, fundó con un pequeño número de amigos el Partido Socialista
de Chile.
Se llamaba Salvador Allende, y cuatro años después fue elegido para la Cámara
Baja del Congreso.
Dos años más tarde se convirtió en ministro de Sanidad de un Gobierno presidido
por Aguirre Cerda.
A la sazón, Allende era un verdadero entusiasta de las tesis eugénicas que el
nacionalsocialismo alemán pretendía implantar en Alemania.
En armonía con esa circunstancia, desarrolló planes para la esterilización
forzosa de enfermos, a la vez que dejaba por escrito declaraciones de marcado
carácter racista y antisemita que hubieran hecho las delicias de Hitler.
Como tantas realidades históricas sobre Allende, ésta fue ocultada durante años
por los encargados de crear una imagen efectiva desde un punto de vista
propagandístico, pero falaz históricamente.
En 1945 Allende fue elegido senador, una ocupación que desempeñaría durante un
cuarto de siglo, convirtiéndose en 1968 en presidente del Senado.
Sin embargo, si la carrera legislativa de Allende había resultado un éxito, no
podía decirse lo mismo de sus intentos por acceder a la cumbre del poder
ejecutivo.
Desde 1952 no dejó de cosechar fracaso tras fracaso, hasta que, frente a las
elecciones de 1970, sus posibilidades de victoria parecieron mayores que nunca
al enarbolar la bandera de la denominada «vía chilena al socialismo».
En otras palabras, la llegada a un sistema socialista derivaría de la puesta en
práctica de una serie de medidas legislativas impecablemente legales y
democráticas.
Por añadidura, las opciones de centro y derecha que podían oponerse a Allende
en las elecciones de ese año no se encontraban en su mejor momento.
El Gobierno de Eduardo Frei, partidario de la denominada «revolución en
libertad», había llevado a cabo un programa claramente reformista que incluyó
la legalización de los sindicatos campesinos y un aumento del presupuesto
educativo.
Sin embargo, la inflación había crecido hasta un 35 por ciento y, sobre todo,
resultaban escasas las posibilidades de presentar un frente unido contra
Allende.
Frei, que habría sido un rival de peso, no podía presentarse a un segundo
mandato por imperativo de la Constitución.
Los demócrata-cristianos veían como candidato ideal a Radomiro Tomic, antiguo
embajador en Washington.
Éste era partidario de una política aún más escorada a la izquierda que la de
Frei —Allende llegó a decir que en algunos puntos su programa era más avanzado
que el propio— y las derechas no deseaban apoyarlo.
A diez meses de las elecciones, el candidato de éstas era Jorge Alessandri, un
antiguo presidente que ya había vencido a Allende años atrás.
Frente a esa derecha dividida se hallaba dispuesta una múltiple opción de
izquierdas que iba del partido socialista de Allende a otros cinco partidos,
entre los que se encontraba el comunista.
Para éstos, el programa de Allende —reforma agraria, nacionalización de la
industria del cobre y mejora de la sanidad— no iba mucho más allá que el
presentado por Tomic.
Allende era consciente de que las posibilidades de victoria eran ahora mayores
que nunca y puso todo su empeño en forjar una coalición de izquierdas que
pudiera derrotar a las divididas derechas.
Así, a inicios del verano de 1970, nació la Unidad Popular (UP) con Allende
como cabeza de lista.
La posibilidad de que Allende obtuviera una victoria electoral inquietó — como
veremos, no sin razón— al Gobierno de Estados Unidos.
El 25 de marzo el Comité de los Cuarenta, una rama del CNS presidido por
Kissinger, aprobó un plan para «evitar la victoria electoral de Allende».
El 18 de junio, el mismo comité procedió a discutir el denominado Plan Korry,
cuyo nombre derivaba del apellido del embajador norteamericano en Chile.
Éste preveía la entrega de fondos a las fuerzas contrarias a Allende y, en el
caso de que eso no evitara su triunfo electoral y resultara vencedor por
mayoría relativa, la concesión de medio millón de dólares que permitiera
cambiar la orientación del voto en el Congreso chileno.
El dinero de la CIA y de las multinacionales fue empleado a conciencia en
actividades que iban desde la utilización de periodistas de más de una
treintena de países para escribir artículos y reportajes contrarios a Allende a
la difusión de rumores sobre el colapso económico que se produciría de vencer
la UP o las pintadas alusivas a las matanzas que se desencadenarían en el caso
de una derrota de las derechas.
El 4 de septiembre de 1970 tuvieron lugar las elecciones.
Tomic quedó el tercero con un 28 por ciento de los sufragios.
Por lo que se refiere a Alessandri y Allende, sus resultados fueron muy
igualados.
Mientras que el primero obtuvo el triunfo en Santiago, el segundo consiguió una
ventaja mayor en el campo.
Finalmente, Allende ganó las elecciones por unos treinta y nueve mil votos de
diferencia.
El 7 de septiembre la CIA redactó un documento donde se valoraba la victoria de
Allende.
El texto remachaba que Estados Unidos no tenía «intereses vitales en Chile» y
que el equilibrio militar no quedaba «alterado significativamente».
Sin embargo, insistía también en el impacto psicológico.
Éste significaba un retroceso de Estados Unidos y un avance «de las ideas
marxistas».
Al día siguiente, el Comité de los Cuarenta se reunió para decidir la línea que
debía adoptar la política de Estados Unidos en Chile.
Kissinger dio instrucciones directas a la embajada en Santiago para que
estudiara las posibilidades de éxito de un golpe militar en Chile que, «apoyado
u organizado con la ayuda de Estados Unidos», impidiera la llegada de Allende a
la presidencia.
Cuatro días más tarde, sendos informes procedentes de la embajada en Santiago y
de la CIA señalaban que la perspectiva de un golpe era impensable en la medida
en que los militares ni deseaban ni podían tomar el poder y, además, Estados
Unidos carecía de recursos suficientes para presionarlos.
El 14 de septiembre el Comité de los Cuarenta volvió a reunirse para buscar una
alternativa al golpe.
Así nació el proyecto conocido inicialmente como Gambito de Frei y,
posteriormente, como Track I.
De acuerdo con el mismo, se intentaría bloquear la llegada de Allende a la
presidencia mediante la reinstauración —ilegal— en ella de Eduardo Frei.
Éste debía disolver el Congreso, dimitir de la presidencia e invitar a las
fuerzas armadas a controlar el poder.
Con posterioridad, se convocarían nuevas elecciones a las que ya sí podría
presentarse Frei y de las que debería emerger como vencedor.
El Gambito de Frei contaba con demasiados puntos débiles.
De entrada, Frei podía disentir profundamente de Allende, pero era, en
cualquier caso, un hombre respetuoso de la Constitución, que difícilmente se
plegaría a quebrantarla.
Por lo que se refiere a los militares, era también dudoso que estuvieran
dispuestos a tomar el poder y, una vez en él, a abandonarlo para convocar
nuevas elecciones.
Pero aun en el supuesto de que esto sucediera, nada hacía pensar que Allende
perdería los nuevos comicios.
Finalmente, se optó por una variación que, en apariencia al menos, respetaba la
letra de la Constitución chilena aunque, en la práctica, viciara el resultado
electoral.
Dado que Allende no había obtenido una mayoría absoluta, la elección del
presidente chileno quedaba en manos del Senado y de la Cámara de Diputados que,
lógicamente, votaban al que había obtenido mayor número de sufragios, pero que,
en teoría, podía optar por otro de los candidatos.
Ambas cámaras contaban en conjunto con doscientos escaños, por lo que Allende
necesitaba un mínimo de ciento uno para asegurarse la elección, pero la UP
tenía 83 escaños, mientras que la Democracia Cristiana contaba con 78 y el
Partido Nacional con 39.
Partiendo de esa base, el proyecto norteamericano pretendía que los diputados
de la Democracia Cristiana y del Partido Nacional no votaran a Allende, el
candidato más votado, como era costumbre sino que otorgaran su apoyo al
segundo, Alessandri.
Éste dimitiría a continuación y se convocarían nuevas elecciones, a las que
podría concurrir Frei como rival de Allende.
El plan no era imposible y hubiera triunfado de no ser por la oposición del
propio Frei, su pieza clave.
El 9 de octubre la Democracia Cristiana anunciaba que sus votos serían para
Allende con lo que éste contaría con el apoyo suficiente para llegar a la
presidencia.
El 19 de octubre el derechista Alessandri adoptó la misma postura y pidió a los
miembros de su partido que votaran a Allende.
El 15 de septiembre, once días después de la victoria electoral de Allende y
apenas veinticuatro horas después de la negativa de Frei a apoyar una
alteración fundamental del comportamiento de las cámaras para impedir el acceso
de aquél a la presidencia, se celebró una reunión de enorme trascendencia en el
Despacho Oval de la Casa Blanca.
Se trató de una reunión de acceso muy restringido —el presidente Richard Nixon,
Henry Kissinger y Richard Helms, el director de la CIA— de la que se informó
también a John Mitchell, el fiscal general de la presidencia.
Su finalidad era analizar la política que había que seguir en relación con el
futuro de Chile, y, a la vez, buscar una alternativa que permitiera mantener al
margen a la embajada norteamericana en este país, al Comité de los Cuarenta y a
los departamentos de Estado y Defensa.
Las instrucciones que Nixon le dio a Helms no pudieron ser más claras.
Consistían en organizar «un golpe de Estado militar en Chile que impidiera la
llegada de Allende a la presidencia».
Este plan —denominado Track II— contaría con Kissinger y Thomas Karamessines
como enlaces entre Helms y la Casa Blanca.
El 16 de septiembre Helms convocó una reunión de su equipo más directo para dar
cumplimiento a las instrucciones presidenciales.
El 18 se entrevistó con Kissinger y Karamessines y, tras recibir su visto
bueno, puso en marcha un programa conspirativo de enorme coherencia quizá por
su misma sencillez.
Kissinger y Karamessines mantuvieron un absoluto secreto.
El 22 de septiembre, en el curso de una reunión del Comité de los Cuarenta en
la que se analizó el fracaso de Track I, no se hizo la más mínima referencia al
nuevo plan.
De hecho, de no ser porque el Informe Church dejaría años después al
descubierto los entresijos de la conspiración, es más que posible que Kissinger
hubiera silenciado la misma también en sus Memorias.
En las semanas siguientes se produjeron no menos de veintiún encuentros entre
funcionarios de Estados Unidos e instancias militares y policiales chilenas.
Sin embargo, Track II contaba con enormes posibilidades de fracasar también y
la causa era muy similar a la que había provocado el abortamiento del Gambito
de Frei.
Para que la conspiración pudiera concluir con éxito antes de que se llevara a
cabo la votación presidencial en las cámaras legislativas de Chile, la CIA
necesitaba la aquiescencia del general René Schneider, el comandante en jefe
del ejército chileno y éste era un convencido constitucionalista.
El 3 de noviembre Allende fue instaurado en su cargo.
Con un Gobierno de quince miembros, de los que cuatro pertenecían a su partido
socialista y tres al comunista, Allende inició lo que denominó la «vía chilena
hacia el socialismo».
En el área agraria aceleró el proceso reformador iniciado por Frei y procedió a
expropiar un millón cuatrocientas mil hectáreas en los seis primeros meses de
mandato.
En la laboral, el salario mínimo aumentó en un 35 por ciento, una medida
demagógica que tuvo funestas consecuencias precisamente para los más
desfavorecidos de la sociedad.
Al mismo tiempo, el 12 de noviembre el Gobierno anunció que desistía de las
acciones legales emprendidas por delitos contra la seguridad del Estado, lo que
benefició especialmente a los terroristas de extrema izquierda del MIR.
Con ese trasfondo de demagogia, benevolencia hacia el terrorismo de izquierdas
y falta de respeto hacia la propiedad privada, el 21 de diciembre de 1970
Allende propuso una enmienda constitucional que autorizaba la nacionalización
de la industria chilena del cobre.
La medida podía ser acusada —y así fue— de intento de marxistizar al país, pero
la verdad es que la idea de la nacionalización había sido acariciada por otras
fuerzas políticas chilenas.
De hecho, Frei había logrado, en 1969, mediante pactos con las multinacionales,
la devolución de una parte de la riqueza minera, y el demócrata cristiano
Radomiro Tomic también había anunciado en su programa la nacionalización total.
Partiendo de esta base no resulta extraño que la enmienda para la
nacionalización del cobre fuera aprobada por unanimidad por el Congreso chileno
—un congreso en el que Allende estaba en minoría— el 11 de julio de 1971.
La expropiación fue acompañada de compensaciones, de las que se excluyó a la
Kennecott y a la Anaconda por los beneficios obtenidos en el pasado.
El siguiente paso de Allende fue asaltar la banca e intentar controlar la
administración de justicia, ya que una justicia independiente podía ser un
obstáculo formidable para su proyecto de desmontar el sistema constitucional.
El 31 de diciembre Allende anunció su proyecto de nacionalización de la banca
y, en enero de 1972, creó los tribunales populares siguiendo el modelo cubano.
Por si fuera poco, en una nueva señal de benevolencia hacia los terroristas de
izquierdas, ese mismo mes anunció que éstos quedaban indultados.
No puede sorprender que cuando, el 5 de febrero, anunció que no era el
presidente de todos los chilenos no fueran pocos los que le dieran la razón
temerosos —o jubilosos— de que Allende fuera un Castro chileno.
Las medidas de Allende eran dudosamente legales y, desde luego, su gestión no
incluía contener a los que desbordaran el marco constitucional si su impulso
era de izquierdas.
Cuando el 2 de marzo de 1971 el MCR, rama del MIR, tachó la reforma agraria de
burguesa y realizó un llamamiento para ocupar las fincas sin reserva ni
indemnización, Allende no se opuso e incluso el 17 del mismo mes comentó en una
entrevista a Regis Debray que para llevar a cabo sus planes estaba dispuesto a
reformar la administración de justicia, algo, dicho sea de paso, que ya había
comenzado a hacer.
En cualquier caso, el anuncio no pudo ser más oportuno porque sólo dos días
después la Cámara de Diputados dictaminó que la manera en que Allende estaba
llevando a cabo la nacionalización de la banca era contraria a la ley.
Al control de la banca y de la justicia, Allende quiso además sumar el de los
medios de comunicación.
Durante ese mismo mes de marzo, la asamblea de periodistas de izquierda
solicitó la nacionalización de la prensa y, en septiembre de 1971, el Gobierno
vetó la extensión de los canales de TV a provincias.
Si la libertad de expresión y la independencia de la justicia estaban
claramente amenazadas no podía suceder menos con la propiedad privada.
En mayo, el Gobierno de Allende dio un nuevo salto revolucionario —e ilegal— al
promulgar el «decreto de requisición de empresas textiles» y sancionar la
ocupación de fábricas por parte de los trabajadores sin ningún tipo de trámite
legal.
A mediados del mes siguiente, Eduardo Frei instó a Allende a que disolviera las
bandas armadas mientras la justicia invalidaba una tras otra las medidas
tomadas por el Gobierno.
Por supuesto, el presidente no escuchó ninguna de las voces, embarcado en un
proceso abiertamente revolucionario que en septiembre se caracterizó sobre todo
por la ocupación violenta de fincas agrícolas.
Aparte del descoyuntamiento del orden constitucional y de un verdadero caos
social, las medidas de Allende tuvieron entre otras consecuencias que la ayuda
del Banco Interamericano de Desarrollo se redujera en un 95 por ciento y el
Banco Export-Import, que previamente había autorizado créditos, los suprimiera
por completo.
Además se bloqueó la venta de repuestos y herramientas destinadas a los medios
de producción, con lo que en pocos meses los vehículos que no podían circular
por esta razón ascendían a varios millares.
Por si fuera poco, el precio del cobre en el mercado internacional se redujo a
la mitad.
La inflación ascendió a un 160 por ciento (la más alta del mundo
industrializado) y corrió en paralelo con una espantosa escasez de bienes
alimenticios y de consumo que, cuando se intentó controlar desde una mayor
intervención estatal, provocó el florecimiento del mercado negro.
La reacción popular ante un sueño utópico convertido en espacio de tan pocos
meses en pesadilla no se hizo esperar.
En diciembre de 1971 se produjo en Santiago la denominada «marcha de las ollas
vacías», en el curso de la cual cinco mil amas de casa de clases altas y medias
recorrieron la ciudad protestando por la carestía y haciendo ruido con cucharas
y perolas después ante el despacho del presidente.
Era sólo un anticipo de lo que le esperaba al Gobierno de la UP al año
siguiente.
En 1972 las huelgas y las manifestaciones anti-allendistas se multiplicaron,
erosionando poderosamente al Gobierno.
Sus protagonistas eran decenas de miles de ciudadanos de a pie a los que la
crisis económica estaba empujando a una situación desesperada.
Ése fue el caso de los mineros de la mina de cobre de Chuquicamata, o del
carbón, de los envasadores de refrescos, de los fabricantes de
electrodomésticos, o de los cincuenta mil propietarios de pequeños comercios de
Santiago, cuya manifestación en agosto concluyó de manera violenta.
En paralelo, proseguían las ocupaciones ilegales de fábricas y el MIR se
consideraba tan fuerte como para enfrentarse a tiros a las unidades de policía.
La respuesta de Allende no fue obligar a los delincuentes a enfrentarse con la
ley.
Por el contrario, legitimó el uso de la violencia cuando, por ejemplo, el 30 de
agosto, afirmó en un discurso que «la juventud debe poner atajo a los
fascistas» y que «si hubiera una guerra civil la ganaríamos».
La escalada de las huelgas llegó a su punto álgido cuando, unos días después de
la requisa ilegal de seis fábricas (cuatro de aceite y dos de textiles), los
miembros de la Confederación Chilena de Propietarios de Camiones, temiendo una
nacionalización del transporte, fueron a la huelga el 10 de octubre.
Los comercios cerraron al no recibir los bienes de consumo y las fábricas por
falta de materias primas.
Al mismo tiempo, el transporte se colapsó.
En la práctica, la huelga significó la paralización del país.
Allende no estaba dispuesto a recurrir a la ley para evitar el uso de la
violencia por parte de la izquierda, pero ahora respondió a la huelga
decretando la ley marcial en un área de quinientos kilómetros en torno a
Santiago y estableciendo una precaria red de transporte sostenida por camiones
militares.
No sólo eso.
La huelga fue declarada sediciosa y se procedió a la detención de los
dirigentes sindicales.
El Gobierno había recuperado el control y Allende se sintió lo suficientemente
fuerte como para realizar en diciembre de 1972 un viaje oficial por México, la
URSS, Argelia y Cuba, donde afirmó su identificación con las dictaduras
comunistas.
Ésta llegó a ser tan considerable que la misma URSS temió las consecuencias.
En documentos recientemente desclasificados aparece la reticencia del embajador
soviético en Chile a secundar los planes de Allende para crear una Cuba en los
Andes, fundamentalmente por los costes que la dictadura de Castro ya
significaban para la URSS.
Con todo, los créditos y ayuda militar recibidos de la dictadura comunista por
Allende fueron muy considerables.
La política de Allende y la oposición cada vez mayor contra la misma tuvieron
como consecuencia una rápida polarización de la opinión pública.
Mientras amplios sectores de izquierdas la apoyaban —considerando que había que
mantener la lucha contra el imperialismo y las clases altas—, otros fueron
adoptando una actitud acentuadamente contraria.
Incluso muchos reformistas se preguntaban si había sido sensato en tan breve
plazo aumentar el salario mínimo en un 35 por ciento, si era posible esperar
inversiones cuando se acosaba a terratenientes y empresarios, si podría
esperarse ayuda internacional cuando se expropiaban las compañías
norteamericanas y, sobre todo, si era tolerable que la democracia chilena
estuviera siendo sustituida a ojos vista por una dictadura como la cubana.
En marzo de 1973 tenían que celebrarse los comicios que permitirían renovar la
mitad del Senado y toda la Cámara de los Diputados.
Dado que todos los sondeos electorales preveían un fuerte retroceso para
Allende, las fuerzas de la derecha llegaron a acariciar la idea de obtener una
mayoría de dos tercios que permitiera desplazar de la presidencia a un
presidente socialista que no había dejado de quebrantar el ordenamiento
jurídico desde su toma del poder y que, además, no ocultaba su benevolencia
hacia el terrorismo de extrema izquierda.
No faltaban razones para mantener un cierto optimismo al respecto.
Pese a todo, los resultados electorales fueron interpretados por muchos como un
refrendo de la política de Allende, que alcanzó un 43,4 por ciento de los
sufragios, es decir, una cifra superior a la que lo llevó a la presidencia de
Chile, y un aumento neto de ocho escaños que le situaba muy cerca de la
mayoría.
A pesar de todo, durante los meses siguientes menudearon los conflictos
sociales y en ellos se vieron involucrados crecientemente las fuerzas armadas.
A la muerte del general Schneider, Eduardo Frei —aún presidente en funciones—
había nombrado como nuevo comandante en jefe de las fuerzas armadas al general
Carlos Prats, un militar convencido como su antecesor de la supremacía del
poder civil sobre el militar, y Allende había confirmado el nombramiento al
acceder a la presidencia e incluso lo envió a la URSS para negociar los
términos de un acuerdo con Aleksei Kosyguin.
No resulta extraño que, en aquellos momentos, Prats fuera el blanco de las iras
del sector del ejército que se iba desplazando cada vez más en favor de una
solución armada.
El 22 de agosto las esposas de trescientos oficiales se manifestaron ante la
vivienda de Prats para mostrar su repulsa por el apoyo que había estado
proporcionando a Allende hasta la fecha.
Prats tardó apenas veinticuatro horas en dimitir, convencido de que un
importante segmento del ejército ya no obedecería sus órdenes.
Le sustituiría el general Augusto Pinochet.
La situación que atravesaba el país era extraordinariamente tensa y cuando, a
finales de junio de 1973, el diputado socialista Mario Palestro afirmó que la
UP estaba formando milicias para practicar «la violencia revolucionaria» y que,
en su momento, irían «al barrio alto y los que serían fusilados no serían
obreros ni campesinos» la tensión, de manera lógica, se agudizó.
El 23 de agosto, de manera comprensible y harto justificada, la Cámara de
Diputados aprobó un proyecto de acuerdo que invitaba a Allende y al Gobierno a
«restituir la normalidad democrática del país» y a poner «término a todas las
situaciones de hecho que infringen la Constitución y las leyes».
Una vez más, Allende desoyó la voz de la legalidad.
Cuando el último día de agosto, el Colegio de Abogados emitió un informe
señalando que, de acuerdo con el artículo 43.4 de la Constitución, Allende
estaba incapacitado para el ejercicio de su mandato, la respuesta fue
fulminante.
Allende pensó en convocar un referéndum para el 11 de septiembre con el
propósito de que si la mayoría de los sufragios se inclinaba por él, disolvería
el Congreso y convocaría unas nuevas elecciones.
La solución propuesta por el socialista volvía a mostrar el desprecio por la
legalidad que había caracterizado a Allende y a sus partidarios y resultaba
totalmente inaceptable en la medida en que desbordaba totalmente lo contenido
en la Constitución.
Se trataba de un mero plebiscito para ocultar lo evidente.
De hecho, el referéndum ilegal hubiera podido servir para que Allende
disfrutara siquiera de una apariencia de legitimidad para continuar manteniendo
las riendas del Gobierno en sus manos.
Durante los últimos tiempos, la resistencia social frente al proceso
revolucionario desencadenado por Allende había ido creciendo, ahora a ella iba
a sumarse el ejército.
Una serie de circunstancias especiales iba a favorecer la puesta en
funcionamiento de un mecanismo que abortara la revolución de Allende.
La principal, sin lugar a dudas, era que septiembre era un mes en el que las
fuerzas navales chilenas y norteamericanas llevaban a cabo unas maniobras
conjuntas denominadas Operación Unitas.
Con ese telón de fondo, los militares partidarios del golpe no sólo podrían
movilizar a sus fuerzas sin provocar sospechas sino que además contarían con la
ayuda directa de Estados Unidos.
El domingo, 9 de septiembre, anclaron en la región más septentrional del país
diversos navíos de guerra norteamericanos.
Aquella noche, el general Augusto Pinochet, comandante en jefe del ejército; el
general Gustavo Leigh, de aviación y el vicealmirante José Toribio Merino al
mando de la zona naval de Valparaíso, se intercambiaron una nota en la que se
señalaba como día D el martes 11 a las seis de la mañana.
El lunes 10 de septiembre, a las cuatro de la tarde, un conjunto de barcos de
guerra chilenos abandonaron Valparaíso para encontrarse con cuatro navíos
norteamericanos anclados frente a la costa del país.
Apenas unas horas más tarde, el convoy aprovechó la oscuridad de la noche para
regresar al puerto.
El desembarco de las tropas golpistas fue seguido por el control de las
comunicaciones, la detención —en arresto domiciliario— del almirante Moreno y
el confinamiento de sospechosos en los barcos.
Hacia las tres de la madrugada Valparaíso estaba firmemente en manos de los
rebeldes.
La acción de Valparaíso tuvo paralelos en todo el territorio nacional.
Una tras otra, las regiones militares se sumaron a la ejecución del golpe,
deteniendo o ejecutando desde las primeras horas a las personas que se
consideraban sospechosas de allendismo.
La resistencia fue muy débil en todo el país si exceptuamos Santiago.
Se trataba de una circunstancia que debería llevar a reflexión sobre el apoyo
real con el que contaba Allende, pero que, de manera comprensible, ha sido
orillada.
En este caso, la oposición al golpe provino directamente del propio Allende.
Despertado poco más tarde de las seis de la mañana por las noticias de que las
fuerzas militares se dirigían hacia el palacio de la Moneda, inmediatamente se
aprestó a defenderlo.
A las siete, llegó al enclave con su guardia personal — veinte hombres— y
telefoneó a su esposa para indicarle que seguramente no volverían a verse.
A las nueve, aprovechando que dos de las veintinueve emisoras de radio de
Santiago no habían caído en manos de los golpistas, se dirigió al pueblo de
Chile por última vez.
En este mensaje final insistió en su respeto continuo a la Constitución y las
leyes —lo que no dejaba de ser una falsedad descarada— y deploró la traición de
los militares a su juramento de lealtad.
En el mismo se dejaba traslucir también que no esperaba detener el golpe, pero
que confiaba en la tendencia de la Historia hacia el progreso y en la
imposibilidad de parar los procesos sociales.
Allende estaba obviamente decidido a convertirse en un mártir, pero los
golpistas no deseaban otorgarle esa baza final.
Apenas unos minutos después de que concluyera su proclama, Allende recibió la
llamada del vicealmirante Patricio Carvajal ofreciéndole la salida del país
para él y su familia si se rendía de manera inmediata.
Allende se negó con una firmeza absoluta y los golpistas emitieron un
comunicado señalando que el palacio de la Moneda sería atacado por la aviación
a las once del mediodía.
En realidad, la incursión aérea tuvo lugar apenas unos minutos antes de la doce
y fue realizada por dos Hunter Hawk.
A continuación, el regimiento de blindados número 2, el mismo que el 29 de
junio había intentado derribar a Allende, atacó el palacio.
Lo que se produjo entonces fue una defensa suicida del presidente socialista y
cuarenta y dos leales frente a varios centenares de soldados que contaban con
apoyo de blindados y de aviación.
Allende no sobrevivió a la lucha y no tardaron en circular las versiones más
atrabiliarias sobre su muerte.
La cuestión, en términos históricos, quedó zanjada hace mucho tiempo.
Como señalarían después su amante, la comunista conocida popularmente como la
Payita, y su médico personal, Allende se suicidó.
Así acababa el experimento de creación de una Cuba andina.
Las razones de su fracaso y, especialmente, del golpe que lo abortó son
diversas, como hemos podido ver.
Por un lado, se hallaba la carencia de naturaleza democrática de Allende
manifestada en su voluntad clara de aniquilar el sistema constitucional chileno
en su vía hacia el socialismo.
Con un centro y una derecha que fiaban aún en la vía de la legalidad y que no
contaban con milicias armadas —como la UP— Allende hubiera podido consumar sus
proyectos de mediar dos condiciones de carácter internacional como eran la
abstención de Estados Unidos y el apoyo decidido de la URSS.
Sin embargo, en 1973, Estados Unidos no estaba dispuesto a tener un nuevo
Castro en el continente y la URSS tenía ya demasiados problemas internos como
para aceptar una nueva hemorragia económica padecida a causa de la dictadura
cubana.
Así, a diferencia del dictador cubano, Allende se vio solo frente al ejército
sin haber podido articular una fuerza armada suficiente (como la que había
estado al servicio de Castro).
El resultado fue el triunfo del golpe, la terrible represión subsiguiente y el
advenimiento de una dictadura que, al fin y a la postre, y también por razones
internacionales, se auto-concluiría dejando paso a una transición democrática.
Sin embargo, todo ese drama hubiera podido evitarse si Allende hubiera
respetado la ley, si no hubiera quebrantado las más elementales reglas
democráticas, si no hubiera mostrado una clara benevolencia hacia el terrorismo
de extrema izquierda, si no hubiera buscado vez tras vez el alineamiento con
las dictaduras socialistas y si no hubiera ido erosionando todos y cada uno de
los mecanismos de una sociedad libre, todo ello con la finalidad de implantar
su modelo socialista y utópico.
Al final, esa conducta fue la que acabó provocando una reacción de defensa
anti-revolucionaria.
Y es que afirmar que Allende fue un demócrata no pasa de ser una gran mentira
histórica.
Mentira 19
Ariel Sharon provocó la segunda intifada
El
28 de septiembre de 2000 Ariel Sharon visitaba la explanada del Templo en
Jerusalén. De manera inmediata, los palestinos se lanzaron a una campaña de
violencia armada en Jerusalén, Gaza y Cisjordania. Acababa de comenzar la
segunda intifada y, en apenas unas horas, no pocas voces culpaban de su
estallido a Sharon. El propio presidente francés, Jacques Chirac, calificó la
visita de Sharon como «provocación irresponsable». La frase se repetiría
durante los días siguientes en los medios de comunicación hasta adquirir la
característica de un dogma. Sin embargo, la afirmación de que Sharon provocó la
segunda intifada es una mentira histórica.
Durante
el verano de 2000 las expectativas sobre una conclusión del proceso de paz en
Oriente Medio llegaron a su punto máximo en las denominadas conversaciones de
Camp David.
Con una generosidad sin precedentes, el dirigente israelí Ehud Barak no sólo
estaba dispuesto a la devolución del 97 por ciento de los territorios ocupados
sino que, además, había aceptado la partición de Jerusalén, a la que denominaba
Al Quds siguiendo la terminología árabe.
Es dudoso que Barak dispusiera de suficiente respaldo político —no digamos
social— para aquel ofrecimiento, pero seguramente pensaba que la firma del
acuerdo de paz allanaría cualquier obstáculo.
No contaba, desde luego, con que Arafat no siguiera el camino de la paz.
Sin embargo, eso fue lo que hizo.
Como le señalaría a uno de sus colaboradores más cercanos, Arafat contemplaba
la situación desde la perspectiva de lo que había acontecido siglos atrás con
los enclaves cruzados en Tierra Santa.
Durante doscientos años los cruzados se habían mantenido mal que bien en aquellos
territorios, pero, al fin y a la postre, habían tenido que abandonarlos.
Israel tan sólo llevaba cincuenta.
Quizá habría que esperar otro siglo y medio para expulsar a los judíos, pero,
en cualquier caso, ¿por qué llegar a un acuerdo cuando, en último término, los
árabes volverían a apoderarse de todo? Puede decirse que el razonamiento de
Arafat era discutible, pero, desde luego, no fue de escasa importancia.
De hecho, constituyó toda la base dialéctica de su rechazo a la oferta de Camp
David.
Por otro lado, hay que reconocer que Arafat era consecuente consigo mismo.
En un discurso pronunciado en 1994 en una mezquita de Johannesburgo, Arafat
había dejado de manifiesto que no pensaba respetar los acuerdos de Oslo
relativos al proceso de paz en Oriente Medio.
Se trataba —había afirmado apelando al Corán— de un paso que se había visto
obligado a dar a causa de la situación de debilidad en que se encontraban los
palestinos.
Sin embargo, los acuerdos eran reversibles, y no tenía la menor intención de
respetarlos en el futuro, cuando cambiara la situación.
Es muy posible que ya en Camp David Arafat estuviera convencido de que si los
israelíes habían cedido tanto en tan poco tiempo, un empujón más podía terminar
de doblegarlos, sobre todo si la opinión pública internacional se alineaba con
la causa palestina.
De hecho, mientras tenían lugar las conversaciones de Camp David, se mantenían
en Gaza y Cisjordania campamentos para niños en los que los palestinos los
entrenaban para la guerra siguiendo las técnicas propias de grupos terroristas.
No se trató de un fenómeno aislado, sino de unas veinte mil criaturas —algunas
de edad muy temprana— a las que se adiestró en estancias de tres semanas de
duración.
No son pocos los ejércitos de todo el mundo que no proporcionan a sus soldados
de reemplazo un entrenamiento de esa calidad.
También es verdad que, en esos casos, las naciones en cuestión no esperan
entrar en guerra a corto plazo.
Sin embargo, Arafat sí estaba decidido a desencadenar esa guerra.
Ya en agosto de 2000, un mes antes del estallido de la segunda intifada, Al
Fatah estaba trasladando armamento a Gaza y Cisjordania, valiéndose entre otras
vías del túnel de Rafah.
La cuestión ahora se reducía a encontrar el mejor momento para provocar el
conflicto de manera tal que la responsabilidad recayera sobre Israel,
precisamente la parte que más había cedido en el proceso de paz y que seguía
abierta a la posibilidad de concluirlo en breve plazo.
El 27 de septiembre —el mismo día que el soldado israelí David Birri, miembro
de una patrulla mixta de vigilancia, era asesinado por su compañero palestino—
Ehud Barak comunicó de manera personal a Arafat que, al día siguiente, Ariel
Sharon iba a visitar la explanada del Templo.
Barak esperaba que Arafat pudiera plantear alguna objeción, pero el dirigente
palestino no dijo absolutamente nada.
Cualquiera hubiera pensado que no tenía ningún inconveniente y, efectivamente,
en armonía con su actitud, el día 28 Ariel Sharon se dirigió hacia la explanada
del Templo.
Alentados por proclamas que afirmaban que Sharon iba al enclave sagrado con la
intención de profanar las mezquitas o incluso a derribarlas, millares de
palestinos se lanzaron sobre el lugar y, acto seguido, iniciaron una oleada de
violencia en la que hicieron uso no sólo de piedras sino también de cócteles
Molotov y armas automáticas.
La violencia desencadenada por los palestinos incluía a agentes de las fuerzas
de seguridad de Arafat, y pronto dejó al descubierto una organización que nada
tenía que ver con los estallidos espontáneos.
El propio Arafat puso de manifiesto lo que había en su corazón al instar a los
niños palestinos a enfrentarse con los soldados israelíes.
En declaraciones emitidas por la cadena Palestinian Media Watch, el dirigente
palestino afirmó en relación con «el niño que coge la piedra frente al tanque»
que «¿acaso no es un gran mensaje cuando este niño se convierte en mártir?…
estamos orgullosos de ellos».
Por supuesto, cuando se le preguntó en alguna rueda de prensa sobre el tema lo
negó acaloradamente… al tiempo que se colocaba a los niños en la vanguardia de
los destacamentos que atacaban a los israelíes, cuya retaguardia estaba formada
por palestinos armados que disparaban a matar.
Este aspecto verdaderamente esencial del conflicto quedó pronto sepultado por
las imágenes tomadas por un cámara palestino que trabajaba para France 2 y que
mostraban la muerte de un niño también palestino llamado Mohammed alDura (véase
próximo capítulo).
A partir de ese momento —tan sólo dos días después— todo el conflicto giró en
torno a la supuesta brutalidad israelí volcada en el asesinato de criaturas.
En algunas naciones, como Francia, llegó a presentarse la segunda intifada como
un conflicto colonial en que los israelíes representaban el papel de los
franceses y los palestinos el de los insurgentes argelinos.
En otros casos, se estableció un paralelo entre el Holocausto y la situación
vivida en Gaza y Cisjordania, identificando a los israelíes con los
nacional-socialistas y a los palestinos con los judíos.
Se trataba, desde cualquier punto de vista, de verdaderos disparates, pero no
por eso fueron menos propalados por las izquierdas (incluidos los miembros del
movimiento antiglobalización como José Boyé), los filo árabes y los neonazis,
ni menos creídos por sectores importantes de la opinión pública internacional.
De manera bien significativa, mientras en las dos primeras semanas de la
intifada morían doscientas personas, en el mismo periodo de tiempo, en el
Ramadán, doscientos ochenta argelinos hallaron la muerte en enfrentamientos
civiles.
Pues bien, los sucesos de Argelia —musulmanes matando a musulmanes — recibieron
en Francia, antigua potencia colonial, una cobertura mediática diez veces
inferior.
En otras naciones ni siquiera se llegó a ese ridículo porcentaje.
Poco puede extrañar que, aprovechando la coyuntura, Arafat pusiera en libertad
el 12 de octubre a los terroristas de Hamás.
Los consideraba aliados e iba a utilizar su colaboración sin ningún escrúpulo
moral.
Como indicaría Georges Mariou, un antiguo corresponsal de Le Monde en Israel,
los palestinos estaban manifestando un «odio absoluto».
Ni siquiera los actos más repugnantes de barbarie debilitaron esa versión falsa
de los hechos.
Por ejemplo, cuando dos soldados israelíes se perdieron en su camino a Ramallah
y cayeron en manos palestinas, cuando uno de sus captores telefoneó por el
móvil a la esposa de uno de los cautivos anunciándole que iban a matar a su
marido y cuando una multitud enfurecida los linchó, pocos medios de
comunicación se hicieron eco del episodio, a pesar de la abundancia de imágenes
disponibles.
Algo aún peor sucedió cuando dos niños israelíes de doce y trece años, Ilera
Rosenberg y Naftali Lanskarot, fueron conducidos a una cueva de Tekoa por los
palestinos, que procedieron a su mutilación y posterior lapidación hasta
causarles la muerte.
Como en el caso del linchamiento de Ramallah, la repercusión fue escasa y quedó
sepultada por las imágenes de Mohammed al-Dura o las reproducidas por
Libération de un policía israelí que supuestamente acababa de golpear
salvajemente a un palestino.
La realidad era que el sujeto maltratado era un estudiante judío-americano
llamado Tuvia Grossman al que el policía —que era druso— defendía de sus
atacantes palestinos, pero ¿qué más daba? Fuera como fuese, a quien no se podía
culpar de lo que sucedía era a Arafat.
A fin de cuentas —argumentaban muchos—, ¿no se debía toda aquella violencia a
la provocación intolerable de Ariel Sharon? Fue la Comisión Mitchell —aceptada
tanto por palestinos como por israelíes— la primera que cuestionó semejante
versión de los hechos.
Tras examinar los datos exhaustivamente, la Comisión Mitchell llegó a la
conclusión de que la segunda intifada estaba preparada con antelación y que la
visita de Sharon a la explanada del Templo tan sólo había constituido el
pretexto para darle inicio.
Las conclusiones a las que había llegado la Comisión Mitchell iban a verse
corroboradas de manera bien significativa por las propias autoridades
palestinas.
Imad al Faludji, uno de los ministros del gobierno palestino de Arafat, sería
el encargado de descubrir la verdad sobre los orígenes de aquel estallido de
violencia.
El 5 de diciembre de 2000, en Beirut, Al Faludji señaló ante una enfervorizada
audiencia que «la intifada fue preparada desde el regreso de Arafat de las
conversaciones de Camp David».
No sólo eso.
Al Faludji se jactó de la manera en que la Autoridad Palestina había colocado
en una pésima situación al Estado de Israel.
Como sucedería con los combates de Yenín, los dirigentes palestinos habían
fabricado dos mensajes dirigidos a públicos diferentes.
Ante los occidentales, se presentaban como las víctimas inocentes e inermes de
una agresión imperialista —un tópico falso que encontró un eco innegable—,
pero, ante su gente, reconocían con orgullo la verdad, es decir, que todo
obedecía a planes bien ideados cuya única finalidad era aniquilar a Israel.
Por supuesto, semejante política vino unida a una represión interna para acabar
con los disidentes.
Por ejemplo, el palestino Sari Nuseiba, que se declaró en contra de lo que
estaba sucediendo, recibió enseguida las amenazas del grupo terrorista Hamás.
Por pereza, por prejuicios o por ignorancia, no fueron pocos los medios de
comunicación que hicieron el juego a Arafat y a los terroristas.
Por ejemplo, el periodista Bernard Langlois de la cadena francesa Antenne 2
comparó lo que estaba sucediendo con la Solución Final llevada a cabo por
Hitler, naturalmente identificando con éste al Estado de Israel.
De manera bien reveladora, Langlois perdió su empleo tiempo después, pero no
por este dislate impropio de un profesional serio sino por haber hablado con
ligereza de la muerte de la princesa Grace de Mónaco.
El episodio difícilmente puede ser más elocuente.
Cuesta trabajo no llegar a la conclusión de que la cadena estaba más preocupada
por ciertas noticias propias de la prensa del corazón que por transmitir una
información veraz y objetiva sobre Oriente Medio.
La verdad era que un Arafat nada decidido a concluir el proceso de paz — más
bien todo lo contrario— había desencadenado de manera premeditada una ofensiva
violenta contra Israel.
Pero, para millones de personas, el culpable de todo era Sharon y su supuesta
provocación; provocación que no pasaba de ser una hábil mentira histórica.
Bibliografía
Las memorias del presidente Clinton han dejado establecido para la
posterioridad cómo la actitud de Arafat fue la causa fundamental —en realidad,
única— del fracaso del proceso de paz. Al parecer, el presidente Clinton se
sorprendió de lo sucedido, pero esa circunstancia tan sólo indica que su
conocimiento sobre Oriente Medio era, como mínimo, ingenuo y, muy posiblemente,
deplorablemente deficitario. El documental Décryptage ha
recogido las declaraciones de Arafat y Al Faludji a las que hago referencia en
este capítulo. Pero no se limita a ellas. En él aparecen igualmente imágenes
del entrenamiento para actividades terroristas que reciben los niños palestinos
en campamentos de verano (7 de julio de 1998); programas infantiles en que
criaturas de escasa edad gritan consignas violentas o entonan canciones de
destrucción de Israel; e incluso las fiestas infantiles en las que los niños
aparecen disfrazados de terroristas suicidas con cartuchos de dinamita fijados
al cuerpo. Se trata de una educación para el odio cuyas amargas consecuencias
se perciben en toda su crudeza actualmente.
Mentira 20
El ejército israelí mató a Mohammed al-Dura
El 1
de octubre de 2000 los aparatos de televisión y las primeras páginas de los
diarios de todo el mundo mostraron a un niño palestino de doce años, llamado
Mohammed que era protegido por su padre Yamal, pero resultaba muerto pocos
instantes después. De manera inmediata, las imágenes fueron consideradas como
prueba irrefutable de la maldad israelí, se afirmó que las tropas israelíes
habían matado a Mohammed al-Dura y el niño fue elevado a la categoría de mártir
en todo el mundo árabe. En distintos países árabes se emitieron tiradas de
sellos con la imagen de Mohammed al-Dura, mientras que en Irak una de las
calles principales de Bagdad era renombrada con el nombre del niño y en
Marruecos se le dedicaba un parque. En uno de sus mensajes posteriores a los atentados
del 11-S y a la intervención en Afganistán, Bin Laden afirmó, incluso, que Bush
no debía «olvidar la imagen de Mohammed al-Dura y sus compañeros musulmanes de
Palestina e Irak». El mito había sido creado. Sin embargo, la realidad fue muy
diferente y es que afirmar que los soldados israelíes mataron a Mohammed al
Dura es una terrible —e interesada— mentira histórica.
Durante
el verano de 2000 Arafat había llevado a un punto muerto las conversaciones de
paz en Oriente Medio e inmediatamente dio orden de que se procediera a
trasladar armas a Gaza y Cisjordania para dar inicio a una revuelta armada que
obligara a Israel a realizar más concesiones.
El pretexto para el desencadenamiento de la violencia por parte de la Autoridad
palestina fue la visita de Ariel Sharon a la explanada del Templo el 28 de
septiembre de 2000 (véase capítulo anterior).
El 30, entre los lugares donde se produjeron incidentes violentos se hallaba
una encrucijada cerca de la población de Netzarim en Gaza, donde vivían sesenta
familias israelíes.
Tres días antes, una bomba puesta en una acera había matado a un soldado
israelí.
En aquella época la encrucijada era un simple cruce de dos carreteras, en una
de cuyas esquinas había un taller abandonado, dos edificios de oficinas de seis
pisos conocidos como las «torres gemelas» y otro más de dos plantas.
En este último había establecida una patrulla del ejército israelí con la
misión de garantizar la seguridad de los israelíes hasta sus domicilios.
En diagonal con la intersección se encontraba un edificio pequeño y un paseo
lateral bordeado por una pared de cemento.
Fue precisamente aquí donde Mohammed al-Dura y su padre fueron objeto de los
disparos fatales.
Las otras dos esquinas de la encrucijada no tenían edificios y en una de ellas
había un vertedero que recibía el nombre popular de la Pita, por su forma
parecida a este tipo de pan.
Durante buena parte del día, la Pita estuvo ocupada por policías palestinos de
uniforme que llevaban rifles automáticos.
Al inicio de la mañana del viernes, 30 de septiembre, una multitud de
palestinos se reunió en la encrucijada de Netzarim acompañados por un número
notable de reporteros de Reuters, AP France 2 y otras agencias.
El hecho de que estuvieran allí casi todo el día y de que no dejaran de filmar
se tradujeron en la existencia de no escaso material gráfico.
Las tomas no tienen, desde luego, desperdicio.
Junto a jóvenes palestinos que bromean, se ríen y aparentan estar divirtiéndose
en aquel escenario, abundan las escenas de manifestantes que gritan y arrojan
piedras y cócteles Molotov.
Se percibe además que algunos de los civiles palestinos portan pistolas y
rifles y que los usan, una acción que también llevan a cabo los policías
palestinos de la zona denominada la Pita.
Sin duda, este tipo de acciones fueron las que provocaron que algunos soldados
israelíes dispararan también, dado que sus órdenes eran utilizar las armas de
fuego sólo en caso de ser objeto de ataque.
El examen del metraje filmado permite llegar a la conclusión de que algunas de
las escenas son montajes llevados a cabo por los palestinos con propósitos
propagandísticos.
Por ejemplo, en una de las películas se contempla a un palestino que parece
haber sido herido en una pierna.
Dos segundos después, de manera sorprendentemente eficaz, llega una ambulancia
y recoge al herido… que, en la toma llevada a cabo por otra televisión, salta
tranquilamente del vehículo tan sólo unos minutos más tarde.
La aparición de Mohammed al-Dura y su padre se produce en las tomas en torno a
las tres de la tarde.
El dato, que se desprende de las sombras, aparece confirmado por comentarios
posteriores del padre y de algunos de los presentes.
Como ya hemos indicado, el número de periodistas en la zona no era escaso, pero
Mohammed al-Dura y su padre sólo aparecen en las tomas de un cámara de France
2, el palestino Talal Abu Rahma.
Los Al-Dura están agazapados tras un cilindro —que es denominado como barril en
algunos informes— y con la espalda contra la pared.
Ocultos tras el cilindro, los Al-Dura dan la impresión de protegerse de un
fuego que procedería de una perspectiva diagonal, es decir, del lugar donde se
hallaban los soldados israelíes.
Aunque algunos relatos insisten en que los dos palestinos fueron objeto de
fuego durante cuarenta y cinco minutos, lo cierto es que la escena que ha
llegado a nosotros apenas dura unos instantes.
Yamal mira en torno suyo, mientras Mohammed se esconde detrás de él.
Se oye un tiroteo y aparecen en el muro cuatro impactos de proyectiles justo a
la izquierda de la pareja.
El padre comienza a gritar y se produce nuevamente el ruido de los disparos.
Mohammed es alcanzado y cae sobre su padre con la camisa ensangrentada.
Yamal también recibe un impacto y su cabeza se mueve temblorosa.
En ese momento concluye la filmación.
Si el cámara palestino de France 2 tiene más imágenes sobre lo sucedido, lo
cierto es que nunca las ha entregado.
Así, se da la circunstancia de que mientras tenemos constancia de otros
palestinos que son evacuados —alguno en claro montaje como ya hemos indicado—,
no tenemos ninguna de si Mohammed y su padre fueron recogidos y trasladados.
A partir de ese momento, los datos no encajan.
Es más, proporcionan una desagradable sensación de irrealidad.
El informe de un hospital cercano señala que un muchacho ya muerto fue
ingresado el 30 de septiembre con dos heridas de bala en el torso, pero indica
como hora de entrada la una del mediodía, es decir, al menos dos horas antes de
que se filmara la escena.
También contamos con un reportaje del entierro —en el que intervienen millares
de palestinos— de un muchacho envuelto en la bandera palestina y con el rostro
descubierto.
Se parece mucho a Mohammed al-Dura, y quizá lo sea, pero las sombras indican
que son las doce del mediodía.
Es decir, el entierro habría tenido lugar una hora antes del supuesto ingreso
en el hospital y al menos tres horas antes de la muerte.
Se mire como se mire, no parece verosímil.
Sin embargo, la inverosimilitud ya había cobrado carta de naturaleza.
Mientras el New York Times publicaba la declaración de Yamal en el sentido de
que su hijo había sido asesinado por soldados israelíes, el cámara palestino de
France 2, Talal Abu Rahma afirmaba lo mismo en Weekend All Things Considered de
la NPR.
Sin embargo, una vez más, las versiones presentaban incongruencias.
Mientras Rahma insistía en que los disparos venían de «enfrente de ellos» y
afirmaba que «cualquiera que estuviera disparando, tenía que verlos», el padre
indicaba que los disparos habían venido de detrás y, cuando se le señaló que en
esa situación no se hallaba ningún israelí, respondió molesto que no cabía duda
de quién había matado a su hijo.
El martes, 3 de octubre, el ejército israelí decidió zanjar la cuestión, que
estaba causando un enorme daño a su imagen en el plano internacional.
El general Yom-Tov Samia indicó que el muchacho había muerto en el fuego
cruzado mantenido entre palestinos e israelíes, y que estos últimos podían
haber sido los autores del disparo aunque, en tal caso, la muerte no había sido
buscada sino accidental.
En una línea semejante se manifestó Ariel Sharon que, tras calificar los hechos
de «tragedia real», señaló que la culpa la tenía el que había instigado a los
palestinos a llevar a cabo acciones violentas, es decir, Yasir Arafat.
Los palestinos, sin embargo, habían encontrado un mártir que podían enarbolar
ante la opinión pública y no fueron pocos los medios que inmediatamente lo
colocaron a la altura de los judíos exterminados en el gueto de Varsovia y que
acusaron a los israelíes de nazis.
No se trataba, desde luego, de disparates inhabituales.
La investigación sobre la muerte de Mohammed al-Dura se iba a reabrir de manera
inesperada.
En una de las clases que imparte en la academia militar israelí, Gabriel
Weimann mostró diversas imágenes que se habían convertido en símbolo de la
guerra, y entre ellas se encontraba la del niño palestino.
Al concluir, uno de sus alumnos se le acercó para decirle que él había estado
en el lugar de los hechos y que no le cabía duda alguna de que los soldados
israelíes no eran los causantes de la muerte.
La respuesta de Weimann fue que debía probarlo y asignó a una parte de su clase
una investigación sobre el tema.
La primera anomalía que percibieron los estudiantes es que, aunque Mohammed y
Yamal parecían preocupados por los disparos que venían de enfrente de ellos, el
denominado barril estaba intacto.
¿Qué podía significar esta circunstancia? El resultado fue una segunda
investigación sobre el tema realizada por el ejército israelí.
De manera bien significativa, no se habían conservado las balas que habían
herido al muchacho y a su padre, en su momento no se había practicado autopsia
alguna y la familia no estaba dispuesta a permitir su exhumación.
A pesar de todo, se podía llevar a cabo una reconstrucción de los hechos que
reprodujera el muro de cemento, el barril y las posiciones que ocupaban los
soldados israelíes.
Dos maniquíes colocados en la posición adecuada sustituían a los palestinos.
Los estudios se refirieron al ángulo de tiro, el barril, los impactos y el
polvo.
Los resultados de la investigación fueron tajantes.
Los soldados israelíes no podían haber llevado a cabo los disparos que se veían
en la película filmada por el cámara palestino de France 2.
De entrada, la línea visual entre los soldados israelíes y la pareja estaba
cegada por el cemento.
No eran visibles y difícilmente hubieran podido ser un objetivo.
En segundo lugar, el barril proporcionaba una cobertura que no podía ser
traspasada.
Contaba con un espesor de dos pulgadas y las pruebas de balística dejaron de
manifiesto que las balas de M-16 utilizadas por el ejército israelí como mucho
lograban penetrar de dos quintas a cuatro quintas partes de pulgada.
No más.
De hecho, las fotografías tomadas tras el tiroteo indican que el barril no
recibió ningún impacto de bala.
Los impactos de bala no fueron menos reveladores al indicar el ángulo de tiro.
En la película aparecían en la pared de cemento, justo antes de la ráfaga
fatal.
Pues bien, su forma redondeada y pequeña indicaba que el disparo tenía que
haber sido de frente.
De haberse tratado de impactos causados por proyectiles israelíes, su forma
hubiera sido alargada dado el ángulo de tiro.
La persona que había disparado sobre Mohammed y su padre tenía que estar
situada en algún lugar a la espalda del cámara palestino de France 2,
precisamente en la zona de la Pita ocupada por los policías palestinos.
Al llegar a ese punto, la investigación —que había determinado irrefutablemente
que no habían sido soldados israelíes los que habían disparado contra los
Al-Dura— se acercaba a un terreno político en el que el ejército decidió no
entrar.
Su misión era determinar si los soldados israelíes podían haber causado la
muerte aunque fuera de manera accidental —lo que resultaba obvio a esas
alturas—, pero no averiguar quiénes habían sido los responsables.
Las hipótesis sobre lo sucedido aquel día son diversas y las preguntas se
acumulan.
¿Se trató todo de un montaje como el del palestino supuestamente herido que
saltaba de la ambulancia sano y salvo? De ser así, ¿los disparos fueron reales
o ficticios? En caso de que fueran ficticios —lo que encajaría, por ejemplo,
con los datos relativos al entierro—, ¿son ciertos los testimonios que apuntan
a que Mohammed al-Dura sigue vivo, ya que después del disparo que,
supuestamente, le causó la muerte, se mueve llevándose una mano a los ojos? En
caso de que hubieran sido reales, ¿se trató de un acto, como tantos otros,
llevado a cabo por los palestinos con fines propagandísticos y con la expresa
intención de engañar a los medios de comunicación occidentales? De ser así,
¿aceptaron los palestinos asesinar a Mohammed al-Dura con la misma falta de
escrúpulos con la que educan a los niños para cometer atentados suicidas o
combatir contra los israelíes? En una obra reciente, el escritor francés Gérard
Huber ha dejado de manifiesto que todo fue un montaje, e incluso cuestiona que
Mohammed al-Dura muriera.
Desde luego, es innegable que existen muchas preguntas sin respuesta.
Quizá podrán ser resueltas en el futuro, o quizá no.
En cualquier caso, lo que resulta innegable es que la afirmación de que
Mohammed al-Dura fue muerto por soldados israelíes es una sórdida e interesada
mentira histórica.
Bibliografía
El libro de Gérard Huber Contre expertise d’une mise en scene resulta
absolutamente indispensable para analizar el episodio de Mohammed al-Dura.
Entre otras cosas, Huber ha señalado: «Es increíble la cantidad de gente que
estaba filmando la batalla de Netzarim el 30 de septiembre de 2000. No se
trataba únicamente de profesionales —algunos de los cuales no estaban a menos
de diez metros del incidente de Al-Dura— sino también de los aficionados… los
vídeos improvisados aparecen llenos de incongruencias. Se ve a niños sonriendo
mientras las ambulancias van y vienen. Un “herido” palestino se desploma y dos
segundos después una ambulancia se lo lleva al hospital. Da la sensación de que
el conductor había sido citado, de que sabia con antelación dónde se iba a
desmayar el palestino, o de que esperaba en la esquina fuera del enfoque
preparado para aparecer en escena a una señal». Desde luego, no deja de ser
significativo que en uno de los vídeos se pueda escuchar a un palestino que
grita: «¡Se ha equivocado! ¡Tenemos que repetirlo todo otra vez!». El tema ha
sido tratado más brevemente, pero de manera no menos sólida, en el
reportaje Décryptag., donde se analizan también otros ejemplos de
manipulación mediática en contra del Estado de Israel y los mecanismos
psicológicos de la izquierda para sumarse a ellos. Aunque el documental incide
especialmente en el caso de Francia, sus conclusiones son aplicables a España y
otras naciones.
Notas:
[1]Claridad .,
11 de agosto de 1936
[2] Efectivamente
el 7 de agosto se cesó a todos los consejeros del Banco Hipotecario; el 8
quedaron en suspenso todos los funcionarios del Tribunal de Cuentas; el 9 le
tocó el turno a los empleados de Correos; el 16 a la Junta de Ampliación de
Estudios; el 24 era cesado todo el personal subalterno y auxiliar de la
Facultad de Medicina, etc. Ni siquiera el Comité de la Cruz Roja se salvó de la
política de depuración del Frente Popular. Más detalles con referencias a
personajes concretos en M. Vázquez y J. Valero, La guerra civil en Madrid.,
Madrid, 1978, pp. 108 y ss.
[3] La
historia la cuenta María Teresa León, Memoria de la melancolía., Buenos Aires,
1970, p. 161, que apostilla: «¡Ah, qué Madrid éste!». De sobra lo sabía ella.
[4] Entrevista
en La Razó., 27 de junio de 2006.
[5] Poco
menos cauto sería Zamacois, que sólo le dedicaría dos líneas en su novela sobre
la contienda.
[6] Testimonio
ocular de este episodio en Guillermo de Torre, Tríptico del sacrificio.,
Buenos Aires, 1948.
[7] Heraldo
de Madrid, 18 de julio de 1936.
[8]Milicia
Popular , 5 de agosto de 1936.
[9] Milicia
Popular , 21 de agosto de 1936.
[10]Octubre, 17
de agosto de 1936.
[11] J.
Díaz, Tres años de lucha, Barcelona, 1939
[12] Nin, Los
problemas de la revolución española, citado en D. Jato, Madrid,
capital republicana, Barcelona, 1976, p. 325.
[13] AHN-CG
1530, Pieza 3, Ramo 4, folio 108. Declaración de Jiménez Belles.
[14]Juventud de
24 de octubre de 1936 señalaba esa exigencia y, dando un giro copernicano en la
visión anarquista mantenida hasta entonces, afirmaba que «los traidores y
fascistas encubiertos son quienes se oponen a la entrada de la CNT en el
Gobierno».
[15] Testimonio
de Manuel Guerrero Blanco, AHN-CG 1526 (2), Ramo 3, folio 34.
[16] M.
Koltsov, Diario de la guerra de España, Madrid, 1978, pp. 191-193 y
208.
[17] Ibíd.,
pp. 191 y ss. I. Gibson, Paracuellos, pp. 54 y ss., ha puesto de
manifiesto con notable claridad el desdoblamiento de personalidad que Koltsov
realiza en su Diario entre él mismo y un tal Miguel Martínez —también el mismo
Koltsov— cuando señala su papel en las matanzas de Paracuellos, sus contactos
continuados con el socialista Álvarez del Vayo o sus relaciones privilegiadas
con el Comité Central del PCE.
[18] E.
Castro Delgado, Hombres…, p. 438 y ss.
[19] Estos
serían Manuel Rascón Ramírez de la CNT, Antonio Molina Martínez del PCE, Manuel
Ramos Martínez de la FAI, Félix Vega Sanz de la UGT y Arturo García de la Rosa
de las Juventudes Socialistas Unificadas.
[20] I.
Gibson, ob. cit., p. 49.
[21] Declaración
de Ramón Torrecilla Guijarro reproducida en I. Gibson, ob. cit., p. 260.
[22] Ibíd.,
p. 260.
[23] S.
Carrillo, Memorias, p. 20.
[24] Declaración
de R. Torrecilla transcrita en I. Gibson, ob. cit., p. 262.
[25] Ibíd.,
p. 262.
[26] Declaración
de Álvaro Marasa de 7 de noviembre de 1939 ante la Causa General.
[27] I.
Gibson, Paracuellos: cómo fue, Barcelona, 1983, pp. 11 y ss.
[28] El
alcalde de Paracuellos insistiría varias décadas después en el hecho de que las
fosas no estaban abiertas con antelación cf.: I. Gibson, Paracuellos, pp. 13 y
ss., sino que los cadáveres se habían acumulado y, posteriormente, se procedió
a darles sepultura. La declaración del alcalde es obviamente un intento de
asegurar que nadie en Paracuellos, incluido su padre, sabía nada de lo que
estaba sucediendo (p. 13). Gibson afirmó (p. 14) que la mirada del alcalde le
convenció de la veracidad de sus afirmaciones, pero lo cierto es que la
realización de asesinatos masivos sin previamente proceder a cavar las fosas
donde irían a parar los cadáveres no es verosímil y choca con la práctica
habitual en este tipo de casos.
[29] Algunos
de los sepultureros obligados llegarían a sobrevivir a la guerra y podrían
prestar su testimonio de lo ocurrido. Tal fue el caso de Gregorio Muñoz Juan y
de Valentín Sanz que serían alcalde y secretario del municipio de Paracuellos.
[30] Reproducido
en ABC, 13 de noviembre de 1936, p. 13
[31] De
manera nada extraña Carrillo omite en sus Memorias los tres
hechos que acabamos de mencionar. R. de la Cierva, Carrillo, pp.
213 y ss.
[32] Reproducida
en CG, p. 239.
[33] ]
R. de la Cierva, ob. cit., p. 220.
[34] Entre
los ciento trece muertos de la primera se hallaban, como ya hemos indicado,
Pedro Muñoz Seca, Angel Cos-Gayón, Diego Mac Crohon, Gerardo, Javier y Ramón
Osorio de Moscoso, Álvaro y Guillermo Sainz de Baranda y Carlos Súnico. En la
segunda se hallaba un joven falangista de quince años llamado Ricardo Rambla
Madueño, que llegó incluso a recibir el tiro de gracia junto a la zanja de
Paracuellos pero al que la bala se le quedó alojada en la boca sin causarle la
muerte. Huiría finalmente del lugar y, tras permanecer oculto tres días,
llegaría a casa de su madre, que se ocupó de él. Al respecto, véase I. Gibson,
ob. cit., pp. 145 y ss.; C. Fernández, ob. cit., p. 198; R. de la Cierva, ob.
cit., pp. 221-222.
[35] El
ayuntamiento de Madrid, siendo alcalde el socialista Enrique Tierno Galván
intentaría años después ocultar el crimen refiriéndose a la muerte de Arturo
Soria hijo «en extrañas circunstancias», una afirmación que provocaría en Luisa
Soria Clavería, hija del asesinado, una solicitud de rectificación que nunca se
produjo. Véase una descripción del incidente en R. de la Cierva, ob. cit., pp.
222 y ss.
[36] La
responsabilidad de Carrillo en las matanzas ha sido afirmada por todos los que
las han estudiado con rigor. Al respecto, puede verse: C. Vidal, Paracuellos-Katyn,
Madrid, 2004; C. Fernández, Paracuellos: ¿Carrillo culpable?, Barcelona,
1983, p. 104; I. Gibson, ob. cit. (especialmente en lo relativo a la segunda
oleada de sacas, aunque, recientemente, Gibson se ha distanciado de sus propias
afirmaciones y ha declarado que «comprendía» los asesinatos en masa); R. Casas
de la Vega, El terror rojo, y R. De la Cierva. Dada la
contundencia de las pruebas y testimonios, resulta chocante la voluntad
exculpatoria que se aprecia en J. Cervera, Madrid en guerra. La ciudad
clandestina 1936-1939, p. 92, así como la manera en que pasa por alto
algunos de los aspectos esenciales en este episodio.
[37] La
figura de Melchor Rodríguez no ha sido objeto, a pesar de su interés histórico,
de ninguna biografía hasta la fecha. Un resumen biográfico de su trayectoria
puede encontrarse en Juan Antonio Pérez Mateos, Entre el azar y la muerte,
Barcelona, pp. 55-72
[38] Años
después, Carrillo afirmaría que se había procedido a destituir a Serrano
Poncela por los excesos cometidos en el ejercicio de su cargo. Semejante aserto
no es más que un intento de Carrillo de arrojar su responsabilidad sobre
hombros ajenos. De hecho, no existe ninguna orden de destitución de Serrano
Poncela.
[39] Jesús
de Galíndez, Los vascos en el Madrid sitiado, Buenos Aires, 1945,
pp. 66 y ss.
[40] Véase
«Pistado de Checas», en el Apéndice I de C. Vidal, Checas de Madrid, Barcelona,
2003.
[41] RGVA,
c.33987, i. 3, d. 1015, pp. 92-113.
[42] Se
ha publicado en castellano una traducción del texto que, incomprensiblemente,
se encuentra mutilada a pesar de proceder del texto de R. Radosh, M. R. Habeck
y G. Sevostianov (eds.), España traicionada, Barcelona, 2002. Hemos optado, por
lo tanto, por realizar nuestra traducción a partir del original.
[43] Así
en el original ruso.
[44] En
ese sentido su silencio sobre hechos tan graves recuerda al de Julián
Zugazagoitia en sus memorias tituladas Guerra y vicisitudes de los
españoles. Zugazagoitia reconoce la existencia de algunos excesos e incluso
la ejecución de algunos presos pero deforma los hechos, insiste en acusar al
enemigo de actos más terribles y, sobre todo, guarda un sospechoso silencio
sobre el episodio de las sacas.
[45] Entre
ellos se puede mencionar a Ian Gibson, que últimamente ha declarado que
«comprende» los asesinatos en masa realizados por el Frente Popular en
Paracuellos; a Santos Julia, que fue cargo público en los últimos —y peores
tiempos— de la administración socialista de Felipe González; a Paul Preston,
cuya biografía de Franco constituye un cúmulo de inexactitudes; o a Julián
Casanova, autor de alguna obra de sesgo acentuadamente anticlerical.
[46] Véase
C. Vidal, Las Brigadas Internacionales, Madrid, 2006.
[47] D.
Abad de Santillán, Por qué perdimos la guerra, 1940, pp. 295-300.
[48] J.
Gorkín, Caníbales políticos. Hitler y Stalin en España, México,
1941, pp. 48-56.
[49] ]
J. Hernández, La grande trahison, París, 1953, pp. 149-153.
Existen versiones en castellano de los testimonios de J. Hernández: Yo
fui ministro de Stalin, México, 1953, y En el país de la gran
mentira, Madrid, 1974.
[50] E.
Castro Delgado, Hombres made in Moscú, Barcelona, 1963.
[51]Comunista
en España y antistalinista en la URSS, México, 1952, pp.
32-37. No resulta casual que este libro fuera en realidad redactado por Julián
Gorkín partiendo de diversas conversaciones con El Campesino.
[52] Véase
especialmente Mis recuerdos, México, 1954, pp. 239-241.
[53] Especialmente
revelador resulta, al respecto, el discurso redactado por él para anunciar la
capitulación llevada a cabo por la Junta de Casado. El mismo aparece
reproducido en S. Casado , Así cayó Madri.; Madrid, 1968, pp.
304-306.
[54] D.
Ibarruri La Pasionaria, El único camino, París, 1965, pp.
482-484.
[55] J.
A. de Aguirre, De Guernica a Nueva York pasando por Berlín, Buenos
Aires, 1943, pp. 79-83.
[56] F
. Ayala, España, a la fecha, Buenos Aires, 1965, pp. 30-33.
[57] Incluida
en el volumen Causas de la guerra de España, Barcelona, 1986, pp.
93-104.
[58] Fueron
publicadas en El Socialista, 30 de octubre de 1937.
[59] De
especial interés también por hacer referencia a los entresijos del bando
republicano resulta I. Prieto, Convulsiones de España, México,
1968, II, pp. 27 y ss.
[60] Reproducida
en J. Aspizún, J. Cachinerp, J. Molina y J. Tusell, «Vicente Rojo: el final de
la guerra civil», pp. 12-22 en Historia 16, 156, abril 1989.
[61] G.
Howson, Armas para España. La historia no contada de La
guerra civil española, Barcelona, 2000.
[62] S.
Juliá, «Abandono y estafa de la República», El País, 20 de enero de
2001.
[63] Véase
C. Vidal, La guerra que ganó Franco, Barcelona, 2006.
[64] G.
Howson, ob. cit. p. 16.
[65] Ibíd.,
p. 16.
[66] Ibíd.,
p. 17.
[67] Ibíd.,
p. 119
[68] Ibíd.,
p. 18.
[69] Ibíd.,
p. 25.
[70] Ibíd.,
p. 37.
[71] Ibíd.,
p. 145.
[72] Ibíd.,
p. 19.
[73] Ibíd.,
p. 205, n. 18.
[74] Ibíd.,
p. 199.
[75] Howson
además tiene la peculiaridad de excluir de ese epígrafe los cañones antiaéreos
o antitanques.
[76] Howson,
ob. cit., p. 350.
[77] Ibíd.,
p. 203.
[78] La
expresión, totalmente ajustada a la realidad, es de A. Mortera Pérez, «Armas
para España… pese a Howson», en REM, vol. II, marzo 2001, pp. 83 y ss. También
J. Salas Larrazabal, «A vueltas con Howson… Aviones soviéticos para la
República», REM, vol. II, mayo 2001, pp. 248 y ss.
[79] Veintitrés
dice Howson en ob. cit., p. 299.
[80] Ibíd.,
p. 298.
[81] A.
Mortera Pérez, ob. cit., p. 92.
[82] Ibíd.,
p. 86 menciona alguno de esos casos.
[83] FO
371/20586 W16561/9549/41.
[84] CAB
23/96, 30 de noviembre de 1938.
[85] Akademia
nauk CCCP, Solidarnost narodov s Ispanikoy respublikoy, Moscú, 1974. Apartado
«CCCP». Las cifras dadas por la Academia de Ciencias de la URSS se basaban
además en diversos estudios, entre ellos uno publicado en 1971 en la
Istorichesko-militarskaya gazeta, 7, p. 75.
[86] A.
Mortera Pérez, «España… ¿traicionada?», en REM, vol. IX, julio-agosto, 2004.
pp. 83 y ss. Ibid., vol. IX, septiembre, 2004, pp. 148 y ss.
[87] L.
Suárez, Francisco Franco y su tiempo, t. II, p. 312.

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