© Libro N° 6144.
Aristoteles En 90 Minutos. Strathern, Paul. Emancipación. Junio 22 de 2019.
Título
original: © Aristoteles En 90 Minutos. Paul Strathern
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ARISTOTELES EN 90 MINUTOS
Paul Strathern
Introducción
Aristóteles
ha sido, quizás, el primero y el más grande de todos los polígrafos. Escribió
sobre todo, desde la forma de las conchas marinas hasta la esterilidad, desde
especulaciones sobre la naturaleza del alma hasta la meteorología, pasando por
el arte, la poesía y hasta la interpretación de los sueños. Se dice que
transformó todos los campos del conocimiento que tocó (aparte de las
matemáticas, donde Platón y el pensamiento platónico conservaron su
preeminencia). Pero, sobre todo, a Aristóteles se le atribuye el mérito de
haber fundado la lógica.
Aristóteles hizo posible que nuestra comprensión del mundo se desarrollara de
manera sistemática, al dividir el conocimiento humano en categorías separadas.
Sin embargo, durante los siglos más recientes, el conocimiento se ha expandido
de tal manera que esta categorización se convirtió en un serio obstáculo. Tales
sistemas de ordenar el pensamiento sólo permitían que el conocimiento siguiera
caminos predeterminados, muchos de los cuales corrían el riesgo de agotarse. Se
necesitaba un punto de vista radicalmente diferente y el resultado fue el
moderno mundo de la ciencia.
El hecho de que tomara veinte siglos descubrir estas limitaciones en el
pensamiento original de Aristóteles, demuestra su originalidad sin paralelo,
pero además, incluso el abandono del pensamiento aristotélico ha originado
muchas preguntas filosóficas fascinantes: ¿Cuántas limitaciones de este tipo
nos quedan por descubrir?, ¿qué peligros suponen estas imperfecciones para
nuestra manera de pensar? Y, ¿qué es, exactamente, lo que ellas impiden que
conozcamos?
Hay
una estatua moderna de Aristóteles, pobremente inspirada, en un promontorio que
domina la ciudad de Estagira, al norte de Grecia; su rostro inexpresivo dirige
una fija mirada sobre las encrespadas colinas boscosas, hacia el Egeo azul. La
forma prístina de Aristóteles en mármol blanco, casi luminiscente a la
brillante luz solar, lleva sandalias y una toga, y soporta un pergamino
ligeramente astillado en su mano izquierda. (Se dice que esta lesión fue
producida por un profesor de filosofía argentino a la caza de souvenirs ).
Grabadas en el plinto, en griego, están las palabras «Aristóteles el
Estagirita».
Aristóteles nació en Estagira en el 384 antes de Cristo pero, a pesar de la
estatua, no vino al mundo en el moderno pueblo de Estagira; según la guía, el
acontecimiento tuvo lugar en la antigua Estagira cercana, cuyas ruinas, todavía
visibles, me propuse visitar después de mi decepcionante encuentro con la
estatua. Las ruinas estaban un poco más abajo siguiendo el camino, según me
dijo un bedel en ruta de la escuela a su casa, a la vez que me indicaba, con un
movimiento de su capa negra de plástico, la carretera hacia la costa.
Después de una sofocante caminata de una hora por la larga y sinuosa carretera,
con truenos retumbando, entre las colinas rocosas, ominosamente sobre mi
cabeza, alguien me llevó finalmente en su coche hasta Estratoni, una misteriosa
combinación de lugar marítimo de veraneo y poblado minero. La antigua Estagira
quedaba algo apartada de la vieja carretera, un poco más al norte, me dijo un
carpintero que estaba reparando un café cerrado, frente a la playa vacía.
Pocos coches pasan por esta carretera en octubre, como pronto descubrí, y las
tormentas de otoño, cuando finalmente se desatan, puede ser muy fuertes en esta
región. Me refugié durante una hora debajo de un retallo en la roca, mientras
una lluvia torrencial corría por las pendientes desnudas, sin señales de ruinas
o vehículos visibles en la oscuridad centelleante que me rodeaba; empapado
hasta los huesos, maldecía la estatua que me había dirigido hacia la Estagira
equivocada. No era sino un fraude. El moderno pueblo de Estagira no merecía de
ninguna manera ser conocido como la cuna de Aristóteles. Por la misma regla de
tres, podrían haber erigido la estatua de Juana de Arco en Nueva Orleans.
Aristóteles nació en la antigua Estagira, en la Macedonia griega, en el 384
antes de Cristo. En el siglo IV antes de Cristo, los antiguos griegos
consideraban Macedonia de manera muy similar a como los franceses de hoy
tienden a estimar Gran Bretaña y América, aunque Estagira no quedaba fuera de
los confines de la civilización, puesto que era una pequeña colonia griega
fundada por la isla de Andros en el Egeo.
El padre de Aristóteles, Nicómaco, había sido médico personal de Amintas, rey
de Macedonia y abuelo de Alejandro Magno. De resultas de esta relación, que se
había convertido en amistad, parece que el padre de Aristóteles llegó a hacerse
rico adquiriendo propiedades alrededor de Estagira y en otros puntos de Grecia.
El joven Aristóteles fue criado en una atmósfera de saberes médicos, pero su
padre murió cuando él era todavía muchacho y Aristóteles fue entonces llevado a
Atarneo, una ciudad griega en la costa de Asia Menor, donde su primo Proxeno se
hizo cargo de su educación.
Al igual que muchos herederos, Aristóteles se puso enseguida a gastar todo el
dinero recibido. Una leyenda dice que lo fundió todo en vino, mujeres y fiestas
y que se arruinó de tal modo que tuvo que alistarse por un tiempo en el
ejército, después de lo cual regreso a Estagira para dedicarse a la medicina;
más tarde, a la edad de 30 años, lo dejó todo y se fue a Atenas para estudiar
en la Academia de Platón, donde permaneció ocho años. Hagiógrafos medievales
posteriores, decididos a santificar a Aristóteles, ignoraron o vilipendiaron
estas impensables calumnias. Pero no podía faltar otra leyenda, más aburrida,
pero también más verosímil, sobre la juventud de Aristóteles, según la cual
ingresó directamente en la Academia a los 17 años, aunque algunas de las
fuentes de esta historia aluden también a un breve interludio de vino y
mujeres, como buen señorito calavera.
En todo caso, Aristóteles se asentó de temprano en la Academia para un periodo
de intenso estudio, y se hizo notar rápidamente como la mente más brillante de
su generación; empezó como estudiante, pero fue pronto invitado al círculo de
colegas de Platón. Parece ser que al comienzo Aristóteles veneraba a Platón;
ciertamente absorbía toda la doctrina platónica enseñada en la Academia y su
propia filosofía había de estar firmemente afincada en sus principios.
Pero Aristóteles era demasiado brillante para ser un simple seguidor de nadie,
ni siquiera de Platón; siempre que Aristóteles discernía lo que parecía ser una
contradicción (o un fallo) en las obras de su maestro, creía que era su deber
intelectual hacerse notar. Esta costumbre irritó pronto a Platón, y aunque no
parece que se hayan enemistado, hay datos que sugieren que las dos más grandes
cabezas de su época encontraron conveniente guardar cierta distancia. Se sabe que
Platón se refirió alguna vez a Aristóteles como «esa cabeza con patas» y que
llamó a su casa «el taller de lectura»; este último comentario se debe a la
famosa colección de pergaminos antiguos que poseía Aristóteles, que tenía el
hábito de comprar todos los pergaminos raros de obras antiguas que caían en sus
manos y fue así uno de los primeros ciudadanos en disfrutar de una biblioteca
privada.
Se sabe que el joven académico recibía considerables rentas de sus propiedades
heredadas y que pronto se dio a conocer en Atenas por sus maneras cultivadas y
por su estilo de vida refinado, si bien un tanto profesoral. La tradición dice
que era un sujeto flaco, zanquilargo, que hablaba ceceando y que, quizá como
compensación, se convirtió en un elegante a la última moda en sandalias y
togas, y que ornaba sus dedos con anillos del mejor gusto. Hasta Platón, que no
era precisamente un indigente, le envidiaba su biblioteca. Pero, no obstante su
confortable y refinado modo de vida, las primeras obras de Aristóteles —perdidas—
eran, principalmente diálogos que versaban sobre la innoble futilidad de la
existencia y sobre los gozos del más allá.
Aristóteles tenía una inclinación natural por lo práctico y lo científico, lo
que le indujo a mirar las ideas de Platón desde un punto de vista cada vez más
realista.
Platón pensaba que el mundo particular que percibimos alrededor de nosotros
consiste en meras apariencias, y que la realidad última está en un mundo
trascendente de ideas semejantes a «formas» o «ideales». Los objetos singulares
del mundo obtienen su realidad sólo por su participación en el esencial mundo
de las ideas. Así, este gato negro que veo echado en una silla es un gato
solamente porque participa de la idea fundamental (o forma) de lo gatuno, y es
negro sólo en tanto que participa de la idea (o ideal) de lo negro. La única
realidad verdadera reside más allá del mundo que percibimos, en el esencial
mundo de las ideas.
Mientras que la manera de ver el mundo propia de Platón era esencialmente
religiosa, la de Aristóteles tendía hacia lo científico, lo cual no le hacía
proclive a desechar, por irreal, el mundo que nos rodea. Sin embargo, sí
persistió en la división de las cosas en substancias primarias y secundarias,
sólo que para Aristóteles las substancias primarias eran los objetos singulares
del mundo y las secundarias las ideas o formas; al principio vaciló sobre cuál
de estas sustancias era de hecho la realidad última, en parte por respeto a
Platón (aunque sólo fuera por el hecho de que era su viejo profesor quien
había, después de todo, dado origen a esta concepción). Pero Aristóteles se fue
convenciendo cada vez más de que vivía en un mundo real y se fue apartando de
la visión de Platón.
Con los años, Aristóteles volvió virtualmente del revés la filosofía de Platón,
aunque, a pesar de ello, sus teorías metafísicas son ostensiblemente una
adaptación de las de Platón. Donde Platón veía las formas como ideas con una
existencia separada, Aristóteles consideraba las formas (o «universales», como
las llamó) más bien como esencias incorporadas a la substancia del mundo, sin
existencia independiente. Aristóteles propuso varios argumentos devastadores
contra la Teoría de las Ideas de Platón, pero no parece haberse dado cuenta de
que esas críticas eran igualmente devastadoras para su propia Teoría de los
universales. Pero tampoco nadie más parece haberse apercibido de esto, con el
resultado de que las teorías de Platón, en gran medida como la doctrina
modificada por Aristóteles, llegaron a ser la filosofía dominante en el mundo
medieval. Había, por suerte, muchos puntos oscuros y contradicciones aparentes
en las obras de Aristóteles, de modo que los eruditos medievales pudieron
encontrar alimento para interminables controversias sobre diferentes
interpretaciones. Estas disquisiciones sobre errores, herejías, impiedades
cismáticas y malas interpretaciones inspiradas por el diablo mantuvieron viva
la noción de filosofía, cuando, para todos los efectos e intenciones esta tarea
había muerto (o quizás, más precisamente, entrado en un periodo de
hibernación). Se ha sugerido, por otra parte, que muchas de estas controversias
se originaban simplemente por los errores de los clérigos, y que eran el
resultado de la inserción por los copistas medievales de sus propias conjeturas
en el lugar de las palabras, ya ilegibles de los textos carcomidos por los
gusanos.
Platón murió en el año 347 antes de Cristo, dejando así vacante el puesto de
rector de la Academia. Una media docena de los más capaces colegas de Platón
eran de la opinión de que no había sino un hombre adecuado para posición tan
prestigiosa, aunque, por desgracia, cada uno pensaba en un hombre distinto (en
él mismo, por lo general) y Aristóteles no era una excepción. Para disgusto
suyo, el cargo recayó finalmente en Espeusipo, primo de Platón. Espeusipo era
famoso por tener tan mal genio que en una ocasión arrojó a su perro a un pozo
porque ladraba cuando él daba sus clases. Se dice también que inventó un arnés
para el transporte de teas y que finalmente se administró eutanasia a sí mismo
después de haber sido objeto de ridículo público en una discusión en el ágora
con Diógenes el Cínico. Espeusipo no era, ni por asomo, un igual del
intelectual cuyas doctrinas habían de ser el fundamento de todo el pensamiento
serio durante los siguientes dos milenios, de modo que Aristóteles abandonó muy
enojado Atenas en compañía de su amigo Xenócrates (otro candidato frustrado).
Aristóteles navegó a través del Egeo hasta Atarneo, donde había pasado su
juventud y que era gobernado a la sazón por el eunuco Hermias, un mercenario
griego que había conseguido tomar el poder en este pequeño rincón del Asia
Menor. En una visita a Atenas, Hermias había quedado muy impresionado por lo
que había visto en la Academia y recibió a Aristóteles con los brazos abiertos.
Hermias estaba decidido a hacer de Atarneo un centro de la cultura griega y
Aristóteles se dispuso a aconsejarle sobre los mejores medios para conseguirlo.
La filosofía política de Aristóteles consistía, en su mayor parte, en un examen
de los diferentes tipos de Estado y de los mejores métodos de gobierno. Su
comprensión de la política era profunda, lo que le inducía a adoptar una
actitud pragmática, en abierto contraste con la concepción idealista de Platón.
En La República, Platón había descrito cómo debería regir su utopía
(como cualquier otra utopía, en realidad, poco más que una tiranía) un
filósofo-rey. Aristóteles, por su parte, describió cómo gobernar un estado
real, trazando líneas efectivas de acción que, a menudo, son casi
maquiavélicas. Aristóteles conocía cómo funcionaba la política y sabía que
debía ser eficaz si había de servir de algo. Esto no quiere decir que estuviera
desprovisto de ideales. En general, Aristóteles creía que el objetivo del
Estado era producir y sostener una clase de caballeros cultivados similares a
él mismo, aunque entendía que esto no es siempre posible. Por ejemplo, para que
una tiranía funcione con éxito, su gobernante debe comportarse como un tirano
y, en tal estado policial, no habría lugar para la élite culta de Aristóteles.
Con todo, en algún punto sugiere que hay otro método de regir una tiranía, con
el tirano asumiendo una postura religiosa y adoptando una política de
moderación.
Algunos dicen que este último es el camino que probablemente adoptó Aristóteles
cuando asesoraba al tirano Hermias. Esto no es verosímil, en mi opinión, aunque
no estoy sugiriendo que Aristóteles habría aprobado los métodos necesarios para
mantener una verdadera tiranía, con toda actividad cultural libre prohibida, la
población mantenida en el temor y la pobreza y puesta a trabajar en la
construcción de grandes monumentos públicos, con entreactos de guerra que
mantuvieran alerta a los súbditos y les demostrara la necesidad que tenían de
un gran líder.
Aristóteles desarrolló su filosofía política durante sus últimos años, de
manera que es probable que en su tiempo de consejero de Hermias se adhiriera a
las ideas expresadas en La República de Platón. Si esto es
así, puede que modificara discretamente en este caso la doctrina de Platón del
filósofo-rey. No era necesario que el eunuco-tirano se convirtiera en filósofo,
bastaba con que siguiera rigurosamente los consejos de uno.
Aristóteles se aproximaba ya a la mediana edad y, a pesar de su dandismo (que
no ha podido tener mucho campo de acción con solo togas y sandalias donde
ejercitarse) era visto como el tipo profesoral seco como un palo; pero
entonces, para sorpresa de todos los que le conocían, Aristóteles se enamoró.
El objeto de su amor era una joven llamada Pitia, de quien se sabe que era de
la casa de Hermias; algunos dicen que la hermana de Hermias, otros que una hija
adoptiva y, aún otras fuentes, por lo general confiables, pretenden que era
originariamente una concubina de Hermias (lo cual, teniendo en cuenta la
condición sexual de este, debió ser una sinecura). Estas contradicciones
sugieren que pudo muy bien haber sido una cortesana de palacio. ¿Fue este un
caso temprano de infatuado profesor enamorándose de su Ángel Azul?
En todo caso, Pitia no era virgen cuando Aristóteles se casó con ella, a juzgar
por su afirmación: «Una vez que se han casado y se llaman marido y esposa, es
del todo incorrecto que el hombre o la mujer sean infieles», lo que implica que
antes no está mal. Se encuentra esta declaración entre las observaciones de Aristóteles
sobre el adulterio y parece que, en asuntos de índole personal, tenía el hábito
de generalizar a partir de su limitada experiencia; en sus notas sobre el
matrimonio, afirma que la mejor edad para casarse es la de 37 para el hombre y
18 para la mujer, precisamente las edades a las que Pitia y él se casaron. Por
muy brillante que haya podido ser Aristóteles, la imaginación no fue siempre su
punto fuerte.
No deja de ser irónico que, en su Poética, el prosaico Aristóteles
exponga la interpretación de la literatura de mayor influencia que jamás se
haya escrito, mientras que Platón, con mucho el mejor dotado en lo poético de
todos los filósofos, decretara el destierro de los poetas (uno se pregunta qué
trata de esconder).
Aristóteles tenía en alta estima a la poesía y le concedía más valor que a la
historia, porque era más filosófica. La historia sólo trata de acontecimientos
particulares, mientras que la poesía está más cerca de lo universal; aquí
parece contradecirse a sí mismo y repetir la visión del mundo de Platón; sin
embargo, la célebre declaración de Aristóteles de que la tragedia «despierta
piedad y temor para que esas emociones resulten purificadas en la
representación» permanece como una penetrante comprensión de la experiencia, a
la vez conmovedora y problemática, del drama trágico.
Como era de carácter profundo y esencialmente serio, Aristóteles se encontraba
fuera de su ámbito al analizar la comedia. En su opinión, la comedia es la
imitación de gente inferior y la burla una forma indolora de la fealdad. La
estética sólo puede intentar ordenar el enredo creado por el arte y los
teorizantes sobre la comedia suelen terminar en terreno resbaladizo.
Aristóteles no es una excepción cuando observa «al comienzo la comedia no era
tomada en serio».
Poco después de su matrimonio, Aristóteles fundó una escuela en Assos y, tres
años más tarde, se trasladó a Mitilene, en la isla de Lesbos, donde fundó otra
escuela. Por entonces estaba Aristóteles muy interesado en la clasificación de
animales y plantas. Sus sitios favoritos para la caza de especímenes eran los
lugares frecuentados por animales en las playas del golfo de Yera, casi cerrado
al mar, cuyas aguas azules y tranquilas bajo el monte Olimpos son hoy tan
idílicas como han debido de ser en aquel tiempo. Las laderas se cubren en
primavera de una alfombra multicolor y en época de Aristóteles había
seguramente en las montañas jabalíes, linces y hasta osos. El primer paraíso
naturalista para el primer naturalista.
En sus obras sobre la naturaleza intentó descubrir una jerarquía de clases y
especies pero, por el enorme volumen de sus investigaciones, estaba convencido
de que la naturaleza tenía un propósito y de que cada característica particular
de un animal estaba en él para una función. «La naturaleza no hace nada en
vano», aseveró. Habrían de transcurrir más de dos milenios antes de que la
biología avanzara más allá de su concepción, con la noción de evolución de
Darwin.
Ya entonces había alcanzado Aristóteles la reputación de ser el principal
intelectual de toda Grecia. Filipo de Macedonia había invadido recientemente
Grecia, uniendo en un solo país las ciudades estado en continua riña, y propuso
a Aristóteles que hiciera de preceptor de su díscolo hijo Alejandro. Como el
padre de Aristóteles había sido médico personal y amigo del padre de Filipo,
Aristóteles era considerado como uno más de la familia; así que se sintió
obligado a aceptar la oferta real y emprendió de mala gana el viaje a Pella, la
capital de Macedonia.
Hoy en día, Pella es poco más que un yacimiento de piedras, algunos mosaicos y
media docena de columnas, al lado de la muy transitada carretera principal de
Salónica y es un lugar sorprendentemente anodino, si se considera que fue la
primera capital de la antigua Grecia y que, después de que Alejandro Magno se
lanzara a su megalómana campaña para conquistar el mundo, pudo incluso haber
sido la primera (y última) capital del mundo conocido.
Allí, en el 343 antes de Cristo, una de las mentes más brillantes de la
humanidad se dispuso a tratar de educar a uno de los más grandes megalómanos de
la humanidad. Aristóteles tenía 42 años y Alejandro 13, pero no es de extrañar
que fuera Alejandro el que se saliera con la suya. El voluntarioso joven no
aprendió absolutamente nada de su preceptor durante los tres años que duró su
relación. Así dice la tradición. Aristóteles estaba convencido de la
superioridad de los griegos sobre toda las otras razas. A sus ojos, el mejor
caudillo sería un héroe homérico, como Aquiles, cuya mente hubiera asumido los
últimos avances de la civilización griega. Pensaba, además, que en la mente del
hombre hay la capacidad suficiente para dominar el mundo entero. No se puede
negar que Alejandro ofrecía un extraordinario parecido con este diseño, aun
cuando no resultó del todo como Aristóteles hubiera deseado. Pero sólo podemos
especular sobre este encuentro de dos mentalidades acerca del cual poco se
conoce.
Lo que sí se conoce es que, en pago de sus servicios, Aristóteles pidió a
Filipo que reconstruyera su lugar de nacimiento, Estagira, que había sido
reducida a escombros durante una de las campañas recientes de Filipo en la
península Calcídica. Hay también evidencia de que Alejandro, durante su gran
expedición, envió una selección de plantas desconocidas y un zoo de animales
exóticos para que su antiguo preceptor los clasificara. El saber popular sobre
horticultura tiene por cierto que así llegaron los primeros rododendros a
Europa. Si esto es verdad Aristóteles debe haber clasificado mal la especie,
rododendro significa «rosal» en griego antiguo.
Filipo de Macedonia fue asesinado el 336 antes de Cristo y ascendió al trono su
hijo Alejandro, a la edad de 16 años. Después de ejecutar a todos los otros
posibles pretendientes, y de emprender unas cuantas campañas preliminares
de blitzkrieg en Macedonia, Albania, hacia Bulgaria y más allá
del Danubio, por el norte, y por el sur a través de Grecia (reduciendo Tebas a
ruinas), Alejandro se lanzó a su campaña hacia la conquista del mundo conocido.
Esto incluía, en la práctica, el norte de África, Asia hasta Tashkent y el
norte de la India; por suerte las lecciones de geografía de Aristóteles no
habían mencionado China, cuya existencia era desconocida en Occidente en ese
tiempo.
Ahora que Alejandro tenía otras cosas en qué ocupar su mente, no era ya
requerida la presencia de Aristóteles. De modo que se le permitió regresar a su
casa de Estagira pero, antes de marcharse, Aristóteles recomendó a Alejandro a
su primo Calístenes para el empleo de intelectual de la corte. Este acto de
generosidad pudo resultarle fatal. Calístenes era algo bocazas y Aristóteles ya
le aconsejó que no hablara demasiado. Calístenes acompañó, como historiador
oficial, a Alejandro en su campaña de vencedor del mundo. Cuando se abrían
camino batallando a través de Persia, parece que las habladurías de Calístenes
le hicieron caer en la acusación de traición, con lo que Alejandro le encerró
en una jaula portátil. Según Calístenes se arrastraba en su jaula al lado del
ejército y su cuerpo se iba llenando de llagas e insectos hasta que,
finalmente, Alejandro sentía tanto asco al verlo que lo lanzó a un león. Como
todos los megalómanos, Alejandro tenía su lado paranoide: culpó a Aristóteles
de la traición de Calístenes y se dice que Alejandro estuvo a punto de firmar
la sentencia de muerte de Aristóteles pero, al final, se olvidó de todo y, en
su lugar, se dispuso a conquistar la India.
Después de pasar cinco años en Estagira, Aristóteles regresó a Atenas. En el
año 339 antes de Cristo murió Espeusipo y quedó de nuevo vacante el puesto de
director de la Academia. Esta vez el cargo le fue asignado a Xenócrates, un
individuo austero y digno, a pesar de que en una oportunidad se le había
concedido la corona de oro «por su proeza en la bebida en la Fiesta de los
Jarros» (Xenócrates moriría veinte años más tarde al tropezar una noche y caer
dentro de un tonel de agua).
Aristóteles se irritó tanto por haber sido de nuevo postergado que decidió
fundar una escuela rival propia, la cual estableció en un gran gimnasio fuera
de las murallas de la ciudad, al lado del monte Licabeto. El gimnasio estaba
adscrito al vecino templo de Apolo Liceo (Apolo en forma de lobo) y, por esta
razón, la escuela fue llamada Liceo. El nombre vive hasta el día de hoy, muy
apropiadamente en la palabra francesa lycée, pero no se sabe muy
bien porqué la gran escuela de Aristóteles tenga que ser conmemorada en nombres
de salas de baile o teatros. En el Liceo original de Aristóteles se enseñaba
una gran variedad de materias, mientras que el baile de salón y la actuación
teatral no alcanzaron completo rango académico hasta el siglo XX en el Medio
Oeste americano.
El Liceo se asemejaba a una moderna universidad mucho más que la Academia. Cada
diez días se elegía un nuevo principal del consejo de estudiantes, facultades
distintas competían en la captación de estudiantes, y hasta se hicieron
intentos por fijar un horario. El Liceo investigaba en las diferentes ciencias
y trasmitía sus descubrimientos a los discípulos, mientras que la Academia
estaba más interesada en proporcionar una base política y leyes para que
pudieran llegar a ser los futuros gobernantes de la ciudad. El Liceo era como
el MIT (o incluso el Instituto de Estudios Avanzados) de entonces, mientras que
la Academia se parecía más a Oxford o la Sorbona del siglo XIX.
Las diferencias entre el Liceo y la Academia ilustran con justeza las que hay
entre las filosofías de Aristóteles y Platón. Mientras que Platón
escribió La República, Aristóteles prefería recoger copias de las
constituciones de todas las ciudades-estado griegas y seleccionar los mejores
puntos de entre ellas. El Liceo era la escuela donde acudían las
ciudades-estado cuando deseaban escribir una nueva constitución, ninguna trató
de instaurar la república.
Por desgracia, el exhaustivo estudio de la política por parte de Aristóteles se
había vuelto ya prácticamente sin objeto, nada menos que por obra de su peor
discípulo. La faz del mundo estaba cambiando de manera irreversible. El nuevo
Imperio de Alejandro acabó con la época de las ciudades-estado, de forma
similar a como hoy en día, la confederación continental de Europa puede bien
estar a punto de ser el fin del Estado nación independiente europeo. Ni
Aristóteles, ni ninguno entre la galaxia de intelectuales reunidos en las
escuelas de Atenas parecen haber notado este gran cambio histórico, con una
falta de visión igual a los de los intelectuales del siglo XIX, desde Marx a
Nietzsche, incapaces de prever la supremacía de América.
Aristóteles daba sus clases mientras caminaba con sus discípulos, de ahí el que
sus seguidores se llamarán peripatéticos (los que caminan de arriba abajo).
Aunque hay quien sostiene que ese nombre es porque el maestro enseñaba en la
arcada cubierta del gimnasio (conocida como Peripatos).
A Aristóteles se debe la fundación de la lógica (dos mil años antes de que
apareciera un lógico de nivel similar). Era un metafísico casi a la par con
Platón. Aristóteles sobrepasó a su maestro en ética y epistemología. A pesar de
ello, Platón le aventajaba como pensador originario. Puede que Aristóteles haya
dado las respuestas, pero era Platón quien veía las primeras preguntas básicas
que deberíamos cuestionarnos. Como los logros más eficaces y significativos de
Aristóteles fueron en el campo de la lógica, llegó a ver en ella el fundamento
sobre el cual basar todo el saber. Platón había entendido que el conocimiento
avanzaba por medio de la dialéctica (argumentación conversacional de preguntas
y respuestas) y Aristóteles formalizó y adelantó este método con el
descubrimiento del silogismo. Según Aristóteles, el silogismo mostraba que
«establecidas ciertas cosas, se puede demostrar que otra sigue necesariamente».
Por ejemplo, al hacer los dos enunciados siguientes: «Todos los hombres son
mortales» y «Todo los griegos son hombres», se puede inferir que «Todos los
griegos son mortales». Esto es lógicamente necesario e innegable.
Aristóteles llamó a su lógica «analytika», que quiere decir «desatar». Toda
ciencia o campo de conocimiento debía comenzar por una serie de principios o
axiomas de modo que las verdades podrían deducirse (o ser desatadas) a partir
de estos por la lógica. Los axiomas definían el campo de actividad del objeto,
separándolo de elementos irrelevantes o incompatibles. La biología y la poesía,
por ejemplo, partían de premisas mutuamente excluyentes. Así, las bestias
mitológicas no formaban parte de la biología y ésta no tenía que escribirse en
forma de poema. Tal visión lógica liberó campos enteros de conocimiento,
proporcionándoles el potencial para descubrir nuevas verdades. Habrían de pasar
dos mil años antes de que estas definiciones se convirtieran en una camisa de
fuerza que restringía el desarrollo de conocimiento humano.
El pensamiento de Aristóteles fue la filosofía durante muchos siglos. Se la
consideró en la Edad Media como el Evangelio, impidiendo así posteriores
desarrollos. El pensamiento de Aristóteles construyó el edificio intelectual
del mundo medieval, aunque no fue culpa suya que finalmente se convirtiera en
una prisión.
El propio Aristóteles no habría permitido esto. Sus obras están sembradas de
las inconsistencias propias de la mente en desarrollo, continuamente en
cuestión. Prefería investigar cómo funciona el mundo realmente antes que
especular sobre su naturaleza. Hasta sus errores ofrecen a menudo una visión
poética: «la rabia es el hervor de la sangre alrededor del corazón», «el sol
hace los ojos azules»… A la manera verdaderamente griega, la educación era para
él el camino hacia delante de la humanidad. En la creencia de que un hombre
educado se distinguía del que no lo era «tanto como un vivo de un muerto». Pero
su comprensión de la importancia de la educación no era la de un activista
superficial: «Es un adorno en la prosperidad y un refugio en la adversidad». Es
posible que terminara pareciendo un poco pedante, pero da muestras de haber
conocido su lote de sufrimiento. Fue profesor toda su vida y nunca buscó un
empleo oficial y, sin embargo, ningún hombre en toda la historia de la
humanidad, ha producido un aspecto tan duradero sobre el mundo y probablemente
seguirá siendo esto así hasta la llegada del maligno personaje que presione el
botón nuclear.
Aristóteles parece haber sido un hombre bueno. Creyó que la finalidad de la
humanidad era la búsqueda de la felicidad, que definió como la realización de
lo mejor de lo que somos capaces. Pero, ¿qué es eso mejor? Según Aristóteles,
la razón es la más alta facultad del hombre, por lo tanto, «el mejor (y el más
feliz) de los hombres emplea el mayor tiempo posible en la actividad más pura
de la razón, que es el pensar teorético». Es ésta una visión profesoral
bastante inocente de la felicidad: el hedonismo como una búsqueda puramente
teorética. Pocos en el mundo real suscribirían esta opinión. Se le podría
replicar que el discípulo de Aristóteles, Alejandro, buscó la realización de lo
mejor de que era capaz, infringiendo en el proceso sufrimientos y muerte a
innumerables miles de hombres, pero también se podría argumentar que
Aristóteles intentó poner un límite a tales excesos con su famosa doctrina de
la Media Áurea.
Según esta doctrina, toda virtud es la media entre dos extremos; por desgracia,
esto sólo conduce a la mediocridad o al juego de palabras. Aseverar que decir
la verdad está a medio camino entre decir la mentira y corregir una falsedad es
ingenioso, pero éticamente vacío (Aristóteles no sostuvo esto, pero habría
necesitado algo parecido para llenar el vacío de su argumento sobre la media).
Durante los años últimos de Aristóteles murió su hija y su mujer, Pitia.
Evidentemente le iba el matrimonio puesto que se casó entonces con su criada
Herpilis, que habría de ser la madre de su primer hijo Nicómaco. En el 323
antes de Cristo llegaron noticias a Atenas de que Alejandro había muerto en
Babilonia, al final de un prolongado asalto a la bebida con sus generales. Los atenienses
habían siempre resentido la dominación de los primitivos macedonios y dieron
rienda suelta a sus sentimientos a la muerte de Alejandro. Aristóteles, que
había nacido en Macedonia y que era famoso por haber sido preceptor de su hijo
más capaz, fue víctima de una ola de pasiones anti-macedonias. Fue procesado
con cargos falsos de impiedad; su acusador, Eurimedonte el Hierofante citó el
elogio que había escrito veinte años atrás a la muerte de su benefactor, el
eunuco Hermias de Atarneo. El populacho reclamaba víctimas y Aristóteles habría
sido con seguridad condenado a muerte; pero no estaba hecho de la misma pasta
que Sócrates y no sentía inclinación por el martirio, así que, prudentemente se
escapó de la ciudad para evitar que Atenas «pecara dos veces contra la
filosofía».
No fue esta, sin embargo, una decisión fácil. Implicaba abandonar su amado
Liceo para siempre. Privado de su biblioteca y del acceso a sus archivos
personales, el profesor se retiró a una propiedad en Calcis, que había heredado
de su padre. Esta ciudad está situada a unos 45 kilómetros al norte de Atenas,
en la larga isla de Eubea, en el punto en el que un estrecho canal la separa de
tierra firme. Las aguas de este canal presentan un fenómeno inexplicado; a
pesar de que el Egeo es un mar prácticamente sin mareas, una corriente rápida
corre a lo largo del canal y cambia de dirección, por ninguna razón conocida,
hasta una docena de veces al día. Un persistente mito local dice que
Aristóteles pasó muchos días torturando su mente en busca de una explicación
del fenómeno y que, al verse por primera vez en su vida, derrotado, saltó al
agua y se ahogó.
Otras fuentes más confiables registran que Aristóteles murió el 322 antes de
Cristo a la edad de 63 años, un año después de su llegada a Calcis; se dice que
murió de una enfermedad del estómago, aunque hay quien pretende que se suicidó
con un extracto venenoso sacado del acónito; el acónito se usaba a veces como
medicina, lo cual me sugiere, más que suicidio, una sobredosis accidental o
bien eutanasia auto administrada; aunque es muy posible que su amarga
frustración por la pérdida del Liceo le perturbara hasta el punto de considerar
que la vida no merecía la pena.
El testamento de Aristóteles comienza con las inmortales palabras: «Todo irá
bien, pero en caso de que algo sucediera…». Prosigue dando instrucciones para
el cuidado de sus hijos y concediendo la libertad a sus esclavos; informa
entonces a su albacea de que si Herpilis desea casarse otra vez «debería ser
dada a alguien no indigno». El autor de este documento se revela como un hombre
prosaico, decente, en ningún modo pervertido por ser el vehículo de un genio
supremo; termina su testamento con la petición de que se destine parte del
dinero que lega para erigir estatuas de Zeus y Atenea de tamaño natural en
Estagira.
No descubrí ningún rastro de estas estatuas cuando, por fin, llegué durante la
cola de una tormenta, aquella tarde de mi visita a Grecia hace algunos años, a
las piedras dispersas, lavadas por la lluvia, de la antigua Estagira. Cuando
vagaba sin rumbo por aquellas colinas dejadas de la mano de Dios, me sorprendí
recordando las ideas de Aristóteles acerca de la naturaleza de la comedia,
según las cuales, lo ridículo no es más que una forma indolora de fealdad.
Entumecido de frío, no era yo una bella visión; me di cuenta de cuánto hay
todavía aprovechable en el pensamiento de Aristóteles, al menos en lo que a lo
ridículo se refiere.
Al
verse obligado a huir de Atenas en el 323 a. C., Aristóteles dejó el Liceo a
cargo de Teofrasto. Según algún escrito de la época, Teofrasto se había
enamorado del hijo de Aristóteles, que había sido discípulo suyo, pero
Aristóteles no pensó, al parecer, que este antiguo riesgo ocupacional
descalificara a su sucesor. Teofrasto preservó la continuidad del Liceo después
de la partida de su fundador y la Escuela Peripatética hizo pronto honor a su
nombre, desperdigándose por todo el mundo clásico y expandiendo la filosofía de
Aristóteles por doquier.
Sin embargo, hubieron de transcurrir tres siglos antes de que sus obras fueran
recopiladas en la forma en que hoy las conocemos. El opus de
Aristóteles puede dividirse en dos grupos: lo que escribió para su publicación
y las notas de clase en el Liceo (cuya publicación no estaba prevista). El
primer grupo se ha perdido sin remedio, de modo que las únicas obras de
Aristóteles que han llegado hasta nosotros son las del segundo grupo, que
originalmente estaba en forma fragmentada en cientos de rollos. Fueron
organizadas en libros distintos por Andrónico de Rodas, el último director del
Liceo. A Andrónico debemos que la palabra «metafísica» sirviera de título a un
grupo de las obras de Aristóteles; estas no tenían título originalmente y
simplemente estaban situadas después de los trabajos sobre física, así que
Andrónico las llamó simplemente «después de la física», que en griego antiguo
se dice «metafísica». Las obras de esta sección consistían en los tratados de
Aristóteles sobre ontología y la naturaleza última de las cosas, y estos temas
fueron pronto identificados con la etiqueta que había puesto al conjunto
(metafísica); de manera que esta palabra, que a lo largo de los siglos ha
llegado a ser sinónimo de la propia filosofía, no tenía originalmente nada que
ver con la filosofía de que se ocupaba. Al igual que la propia filosofía,
comenzó con un error y así ha continuado floreciendo siempre desde entonces.
Durante la época clásica, Aristóteles no ha sido tenido por uno de los grandes
filósofos griegos (a la par de Sócrates o Platón); en tiempo de Roma, se le
consideraba un gran lógico, pero el resto de su filosofía resultó eclipsado (o
absorbido) en el neoplatonismo en evolución, que, a su vez, fue absorbido en su
mayor parte, con el transcurso de los siglos, por el cristianismo.
Los pensadores cristianos se apercibieron de la utilidad de la lógica
aristotélica y así fue como Aristóteles pasó a ser la autoridad suprema para el
método filosófico.
La lógica aristotélica fue la base de todo debate teológico coherente a lo
largo de la Edad Media. Jóvenes y prometedores intelectuales monásticos se
dedicaban a hacer filigranas con razonamientos lógicos y las mentes más
brillantes usaban esta pericia en la caza de herejías. La intachable
teológicamente lógica de Aristóteles se hizo parte del canon cristiano.
En paralelo con el desarrollo, en la Europa cristiana, del pensamiento de
Aristóteles, ocurrió otro, igualmente importante, en Oriente, que había de
ejercer honda influencia en la Europa medieval.
El corpus de la obra de Aristóteles permaneció perdido para el mundo occidental
durante los tempranos siglos del primer milenio después de Cristo; sólo los
sabios del Oriente Medio continuaban estudiando toda su filosofía. El siglo VII
vio el surgimiento del Islam y la consiguiente expansión árabe con la conquista
del Medio Oriente. Los intelectuales musulmanes reconocieron rápidamente los
méritos de las obras de Aristóteles, no viendo en ellas conflicto con su fe
religiosa, y se pusieron a interpretarlas para sus propios fines. Las
enseñanzas de Aristóteles fueron absorbidas hasta el punto de que casi toda la
filosofía musulmana se derivaba de interpretaciones de su pensamiento. Los
árabes fueron los primeros en entender que Aristóteles era uno de los grandes
filósofos. Mientras que el mundo occidental se hundía en la Alta Edad Media, el
mundo islámico continuaba desarrollándose intelectualmente. Un índice de esta
rica herencia son las palabras que hemos tomado de los árabes tales como
álgebra, alcohol y alquimia, así como todo nuestro sistema de numeración.
Dos grandes sabios musulmanes se dedicaron a desarrollar la filosofía de
Aristóteles. Abu Aki Al-Husayn Ibn Abd Allah Ibn Sana (más conocido, por
suerte, como Avicena) nació en Persia a finales del siglo X. Avicena fue uno de
los más grandes filósofos y científicos del mundo musulmán; sus voluminosas
obras de medicina se cuentan entre las mejores jamás escritas y representaron
nobles intentos de librar a la medicina de la charlatanería de la que no había
podido del todo sacudirse. Intentó una tarea similar con las obras de
Aristóteles; observó varios problemas que Aristóteles había pasado por alto e
incluso les dio la soluciones que el mismo Aristóteles habría dado de haberlos
notado. Sus intentos por hacer más sistemático el pensamiento de Aristóteles
son magistrales y atan muchos cabos sueltos, si bien, por desgracia, cerraba
opciones que Aristóteles había deseado dejar abiertas. Aristóteles sabía que no
podía saberlo todo; Avicena pensaba de otro modo.
El otro gran comentarista musulmán de Aristóteles fue Averroes, que vivió en la
España mora en el siglo XII y que fue el médico y filósofo personal del califa
de Córdoba. Averroes estaba convencido de que la filosofía y, en particular la
de Aristóteles, era el camino real hacia la verdad; las revelaciones de la fe
eran una forma inferior de llegar a Dios; la razón era muy superior a la fe.
Un día, el califa preguntó a Averroes cómo habían comenzado a existir los
cielos; el filósofo se vio obligado a confesar que no tenía una respuesta a esa
pregunta (conducta no siempre aconsejable con un califa que paga para tener
respuestas). Por suerte, el califa respetó la honestidad de Averroes y lo envió
a que encontrara la respuesta en Aristóteles.
Durante los treinta años siguientes, Averroes escribió una corriente incesante
de comentarios e interpretaciones a la obra de Aristóteles (aunque,
prudentemente, nunca volvió con una respuesta a la pregunta original del
califa: el califa mismo se había pronunciado ya sobre la materia). No obstante,
Averroes sí dio algunas respuestas a Aristóteles, aduciendo incluso argumentos
de Aristóteles en apoyo de su punto de vista (a menudo en contradicción con el
de Aristóteles).
Este fue justamente el tipo de aproximación que sedujo a los sabios cristianos
medievales, que enseguida se apercibieron de su utilidad para la persecución de
herejes. Traducciones de los comentarios de Averroes sobre Aristóteles
circularon por París, el gran centro de saber de la época; pero no pasó mucho
tiempo sin que los «averroístas», como se les llamaba, se encontraran con
problemas. Si bien Aristóteles había sido aceptado por la Iglesia cristiana,
estas nuevas enseñanzas basadas en él parecían sospechosamente heterodoxas. En
el conflicto entre razón y fe no se podía dudar de la supremacía de la fe. Los
averroístas se enfrentaron a la perspectiva de acusación de herejía y la única
manera cómo pudieron defenderse fue usando razonamientos de la misma fuente que
la de la herejía, esto es, los escritos de Averroes.
Por suerte, la situación pudo ser remediada por Tomás de Aquino, el sabio
medieval más grande de todos, que supo agenciar una componenda. La razón debe
en verdad ser libre de seguir sus propias leyes inexorables, pero sólo dentro
de los límites de la fe. La razón sin la fe no es nada.
Tomás de Aquino sentía una honda atracción por Aristóteles y supo reconocer su
inmenso valor; dedicó gran parte de su vida a reconciliar la filosofía de
Aristóteles con la de la Iglesia y, al final, tuvo éxito en establecer el
aristotelismo como la base de la teología cristiana. Este fue el comienzo y, a
la vez, el final del aristotelismo. La Iglesia Católica declaró que las
enseñanzas de Aristóteles —tal como eran interpretadas por Tomás de Aquino—
eran la Verdad, y sólo podían ser negadas bajo acusación de herejía (situación
que permanece vigente hasta el día de hoy). Gran parte de la filosofía de
Aristóteles se refería al mundo natural y era, por tanto, científica. La
ciencia, como la filosofía, hace afirmaciones que parecen ser verdaderas, pero
que con el tiempo resultan erróneas; tienen que ser modificadas a medida que
aumenta nuestra comprensión del mundo. Al declarar que las obras de Aristóteles
eran libros sagrados, la Iglesia se metió a sí misma en un rincón (un rincón de
la tierra plana, por cierto). El conflicto que se avecinaba entre la Iglesia y
los descubrimientos científicos era, por tanto, inevitable.
Aristóteles no era responsable del conflicto entre razón y fe, conflicto que no
fue resuelto satisfactoriamente en el pensamiento occidental sino en este
siglo.
No obstante, aunque el pensamiento aristotélico haya fenecido, el propio
Aristóteles ha seguido desempeñando un cierto papel en la filosofía moderna.
Thomas Kuhn, filósofo de la ciencia contemporáneo y profundo admirador de
Aristóteles, se asombró de que un genio tan inmenso pudiera cometer errores tan
de bulto. Por ejemplo, a pesar de que algunos filósofos anteriores a él se
habían apercibido que la tierra orbitaba alrededor del sol, Aristóteles estuvo
siempre seguro de que la tierra era el centro del universo (un error que
obstaculizó gravemente el conocimiento astronómico durante más de un milenio y
medio). El pensamiento científico sufrió igualmente por la creencia de
Aristóteles en que el mundo consta de cuatro elementos primarios: tierra, aire,
fuego y agua. El estudio que hizo Kuhn de los errores de Aristóteles le
llevaron a formular su noción de paradigmas, que revolucionó la filosofía de la
ciencia (y que ha tenido aplicación también en campos muy distantes).
Según Kuhn, Aristóteles fue conducido a error por la manera como
él y sus contemporáneos veían el mundo: el paradigma de su pensamiento. Los
antiguos griegos veían el mundo como consistiendo esencialmente en cualidades:
forma, fin, etc. Al ver el mundo de esta manera, los antiguos griegos tenían
que llegar a muchas conclusiones erróneas, como las que menoscaban
incluso el pensamiento de Aristóteles.
La consecuencia que inevitablemente hay que sacar de la noción de paradigma de
Kuhn es que no hay una manera «verdadera» de ver el mundo (ni científica ni
filosóficamente). Las conclusiones a las que llegamos dependen simplemente del
paradigma que adoptamos: la manera como decidimos pensar sobre el mundo. En
otras palabras, no existe una verdad última.
Hacemos
la guerra para poder vivir en paz.
Ética
Nicomáquea , 10, 1177b, 5-6
El bien humano resulta ser el ejercicio activo del alma en conformidad con la
excelencia o la virtud, y si hay más de una excelencia o virtud, en conformidad
con la mejor y más completa. Pero esta actividad debe tener lugar durante el
curso completo de la vida, pues una golondrina no hace verano, como tampoco un
hermoso día. De igual manera, un día o un breve lapso de felicidad no hacen a
un hombre bienaventurado o feliz.
Ética
Nicomáquea , 10, 1098a, 5-6
La tragedia es la manifestación de una acción merecedora de una atención grave,
implica grandeza y tiene lugar durante largo tiempo, aunque es completa en sí
misma… describe incidentes que despiertan piedad y temor, de tal manera que
estas emociones son purificadas por la representación.
Poética ,
1449b, 24-8
El que estudia cómo se originaron y llegaron a ser las cosas, sea el estado o
cualquier otra cosa, alcanzará la visión más clara de ellas.
Poética ,
1252a, 24-5
Es, por tanto, evidente que el Estado es una creación de la naturaleza. Y es
una de las características del hombre que sólo él posee el sentido del bien y
el mal, de la justicia y la injusticia, y el juntarse seres vivos que tienen
este sentido es lo que da origen a la familia y al Estado.
Política ,
1253a, 2-18
La noción de Estado precede naturalmente a la de familia, o la de individuo,
pues el todo debe necesariamente ser previo a las partes. Si se prescinde del
hombre entero, no se puede decir que permanezca un pie, una mano, a no ser que
ésta se vea igual que una mano de piedra. Las cosas se definen en general por
los actos que realizan y pueden realizar, y tan pronto como cesan esta
actividad o poder no es ya lo mismo, sólo tienen el mismo nombre. Es, por
tanto, obvio que la ciudad precede al individuo, pues dado que un individuo es
insuficiente para formar un estado perfecto, es él respecto de la ciudad lo que
la parte es respecto del todo; y aquel que no pueda vivir en sociedad, o no
necesite porque es autosuficiente, es una bestia o un dios. Todo hombre tiene,
pues, un impulso natural de asociarse con otros, y el primero que instituyó la
primera sociedad civil hizo un servicio inmenso a la humanidad, porque el
hombre, que es el primero de los animales, sería el último sin leyes y sin
justicia. Nada es tan difícil de erradicar como la injusticia perpetrada por la
fuerza, pero el hombre nace con esta fuerza, que es a la vez prudencia y valor,
y que puede ser usada tanto para fines justos como injustos. Quienes abusan de
esta fuerza son los seres más inicuos, lascivos e insaciables que se pueda
imaginar. De otro lado, la justicia es lo que liga los hombres al Estado, pues
la administración de la justicia, que consiste en determinar qué es justo, es
el principio ordenador de la sociedad política.
Política ,
1253a, 25-40
Los demócratas sostienen que la democracia se basa en lo que decide la mayoría,
mientras que los que prefieren la oligarquía piensan que deben decidir los que
poseen mayores riquezas. Pero ambos son injustos. Si seguimos lo que proponen
unos pocos, encontramos enseguida la tiranía, pues si una persona posee más que
ninguna otra, de acuerdo con la justicia oligárquica este único hombre tiene
derecho a detentar el poder supremo. De otro lado, si la superioridad en número
es el criterio que prevalece, se perpetrará la injusticia con la confiscación
de las propiedades de los ricos, que estarán en minoría y no podrán oponerse.
El concepto de igualdad, que subscribirán ambas partes, deberá, por tanto,
partir de la definición de derecho común a ambos.
Política ,
1318a, 19-28
Los objetos de las matemáticas no son sustancias de mayor rango que las cosas;
preceden a las cosas sensibles sólo lógicamente, no en el ser. Los entes
matemáticos no son por sí mismo en ningún modo, pero como tampoco son en los
objetos perceptibles, no pueden ser en absoluto, o bien ser de un modo especial
que no implique el ser independiente, pues «ser» puede significar muchas cosas
diferentes.
Metafísica ,
1077b, 12-17
En lo que se refiere a los cuerpos naturales, unos tienen vida y otros no, es
decir, algunos son capaces de nutrirse, crecer y decaer. Así, todo cuerpo
natural viviente, que debe ser substancia, debe ser además substancia compleja;
pero, puesto que es cuerpo de una clase particular —esto es, tiene vida— el
cuerpo no puede ser alma. Un cuerpo es sujeto, no algo predicado de un sujeto,
y es, así, materia. El alma es, por tanto, substancia en el sentido de que es
la forma de un cuerpo natural que tiene vida en potencia. La substancia en este
sentido es acto, de modo que el alma es el acto del cuerpo viviente. Pero el
acto tiene dos sentidos, similares a posesión del conocimiento y uso del
conocimiento. El acto del que estamos hablando es similar a la posesión de
conocimiento, pues tanto dormido como despierto es necesaria la presencia de un
alma; estar despierto es como usar el conocimiento, mientras que estar dormido
es similar a la posesión del conocimiento, sin hacer uso de él.
De
Anima , 412a, 17-26
Es obvio que hay causas, y muchas, en verdad. Se descubren cuando se pregunta:
« ¿Por qué sucedió esto?». Esto nos retrotrae a ciertas cuestiones básicas. Al
enfrentarnos con cosas inmutables, nos preguntamos: « ¿Qué es esto?». Por
ejemplo, en matemáticas se comienza por la definición de línea recta, o número,
o algo así. En otros casos podemos preguntar: « ¿Qué produjo este cambio?».
Como, por ejemplo, en: «¿Por qué este pueblo emprende una guerra?». La
respuesta podría ser: «Por ataques en sus fronteras». O podría ser por la
finalidad que se persigue: en otras palabras, luchaban para sojuzgar. En aun
otra categoría, cuando las cosas se producen, su causa es la materia. Estas son
evidentemente las causas. Hay varios tipos diferentes de causa, y todo el que
pretenda comprender la naturaleza debería saber cómo descubrirlas. En realidad,
hay cuatro tipos diferentes: materia, forma, lo que produce el cambio y la
finalidad.
Física ,
198a, 14-24
Así, al ser el movimiento eterno, si hay un primer motor, él también debe ser
eterno… y aquí es suficiente suponer que hay un solo motor, el primero en poner
en movimiento las cosas estáticas, y este ser eterno es el principio del
movimiento de todas las demás cosas.
Física ,
259a, 7-14
Las gentes que tienen gruesos los bordes de las ventanillas de la nariz son
perezosas, como el ganado. Los de nariz ancha en su extremo son insensibles,
como los jabalíes. Por otro lado, los que tienen la nariz aguda en su extremo
se enfurecen fácilmente, como los perros. Mientras que si su extremo es plano y
redondo, son magnánimos, como los leones. Las gentes de nariz fina son como los
pájaros, pero si la nariz es ganchuda y sobresale desde la frente, tienden a
ser desvergonzados como los cuervos.
Fisionomía ,
VI, 28-36.
Cronología de fechas filosóficas importantes
Siglo
VI a. C.
Comienzos de la filosofía occidental con Tales de Mileto.
Final del siglo VI a. C.
Muerte de Pitágoras.
399 a. C.
Sócrates es condenado a muerte en Atenas.
387 a. C.
Platón funda en Atenas la Academia, la primera Universidad.
335 a. C.
Aristóteles funda en Atenas el Liceo, escuela rival de la Academia.
324 d. C .
El emperador Constantino traslada a Bizancio la capital del Imperio Romano.
400 d. C.
San Agustín escribe sus Confesiones. La teología cristiana
incorpora la filosofía.
410 d. C.
Los visigodos saquean Roma.
529 d. C.
El cierre de la Academia de Atenas por el emperador Justiniano marca el final
de la era Greco-Romana y el comienzo de la Edad Media.
Mitad del siglo XIII
Tomás de Aquino escribe sus comentarios a Aristóteles.Época de la Escolástica.
1453
Caída de Bizancio ante los turcos. Fin del Imperio Bizantino.
1492
Colón descubre América. Renacimiento en Florencia. Revive el interés por la
sabiduría griega.
1543
Copérnico publica De revolutionibus orbium coelestium ( Sobre
las Revoluciones de los Cuerpos Celestes) donde prueba matemáticamente que
la tierra gira alrededor del sol.
1633
Galileo es obligado por la Iglesia a retractarse de la teoría heliocéntrica del
universo.
1641
Descartes publica sus Meditaciones, inicio de la filosofía moderna.
1677
La muerte de Spinoza hace posible la publicación de su Ética.
1687
Newton publica Principia e introduce el concepto de gravedad.
1689
Locke publica su Ensayo sobre el Entendimiento Humano. Comienzo del
empirismo.
1710
Berkeley publica Tratado sobre los Principios del Conocimiento Humano,
conquistando nuevos campos para el empirismo.
1716
Muerte de Leibniz.
1739-40
Hume publica el Tratado de la Naturaleza Humana, y lleva el
empirismo a sus límites lógicos.
1781
Kant, despertado de su «sueño dogmático» por Hume, publica la Critica
de la Razón Pura. Empieza la gran época de la metafísica alemana.
1807
Hegel publica la Fenomenología del Espíritu: punto culminante de la
metafísica alemana.
1818
Schopenhauer publica El Mundo como Voluntad y Representación,
introduciendo la filosofía hindú en la metafísica alemana.
1889
Nietzsche, que había declarado «Dios ha muerto», sucumbe a la locura en Turín.
1921
Wittgenstein publica el Tractatus Logico-Philosophicus, proclamando
la «solución final» a los problemas de la filosofía.
1920s
El Círculo de Viena propugna el positivismo lógico.
1927
Heidegger publica Sein und Zeit (Ser y Tiempo),
anunciando la brecha entre las filosofías analítica y continental.
1943
Sartre publica L’être et le néant (El Ser y la Nada),
adelantando el pensamiento de Heidegger e impulsando el existencialismo.
1953
Publicación póstuma de las Investigaciones Filosóficas de
Wittgenstein. Esplendor del análisis lingüístico.

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