© Libro N° 5607.
Cánovas. Pérez
Galdós, Benito. Emancipación. Enero 26 de 2019.
Título original: © Cánovas. Benito
Pérez Galdós
Versión Original: © Cánovas. Benito Pérez Galdós
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
CÁNOVAS
Benito Pérez Galdós
[5]
- I -
Los ociosos
caballeros y damas aburridas que me han leído o me leyeren, para pasar el rato
y aligerar sus horas, verán con gusto que en esta página todavía blanca pego la
hebra de mi cuento diciéndoles que al escapar de Cuenca, la ciudad mística y
trágica, fuimos a parar a Villalgordo de Júcar, y allí, mi compañero de fatigas
Ido del Sagrario y yo, dando descanso a nuestros pobres huesos y algún lastre a
nuestros vacíos estómagos, deliberamos sobre la dirección que habíamos de
tomar. El desmayo cerebral, por efecto del terror, del hambre y de las
constantes sacudidas de nervios en aquellos días pavorosos, dilató nuestro
acuerdo. Inclinábame yo a correrme hacia Valencia, impelido por corazonadas o
misteriosos barruntos. Di en creer que hallaría en tierras de Levante a mi
maestra Mariclío y que por ella [6] tendría conocimiento de la preparación de
graves sucesos. Pero a Ido le tiraba hacía Madrid una fuerte querencia: su
mujer, sus amigos, su casa de huéspedes. La ley de adherencia en las comunes
andanzas aventureras nos apegaba con vínculo estrecho. Desconsolados ambos ante
la idea de la separación, cogimos el tren en La Roda y nos plantamos en la
Villa y Corte.
Largos días permanecí
recluido en mi aposento pupilar de la calle del Amor de Dios. La casa estaba
desierta por ausencia de los estudiantes de San Carlos que gozaban ya de la
dilatada vagancia veraniega. Prisionero me constituí en mi celda, sin osar
poner los pies en la calle, no sólo por aburrimiento, sino por tener mis
bolsillos tristemente limpios y mondos de toda clase de numerario. Olvidado me
tenía mi excelsa Madre, sin que mi conciencia ni mi razón explicarme supieran
la causa de tal abandono, pues nada hice ni pensé que pudiera desagradarla.
Cuantas veces acudí a la portería de la Academia de la Historia en busca de los
emolumentos que allí, solícita y puntual, me consignaba Doña Mariana, hube de
volverme desconsolado y con las manos vacías a mi pobre hospedaje. Por fin,
avanzado ya el mes de Agosto, ¡oh inefable dicha! la portera de la docta casa
me entregó con graciosa solemnidad un paquete que contenía suma moderada de los
sucios papiros que llamamos billetes de Banco, y una cartita cuyo interesante
contenido devoré con mis ojos en [7] el corto trayecto de la calle del León a
la del Amor de Dios.
«Perdona, mi buen
muñeco -decía la carta-, si tan largo tiempo estuve sin acudir a tus
necesidades. Con la presente recibirás ración no muy cumplida del pan de la
vida social. Gástalo con tiento, mantente en la justa ponderación de la
economía y la prodigalidad... Estoy donde estoy. No me verás tan pronto. Vivo
en obscuro escondite, acechando un hecho histórico que tú no has previsto y yo
sí. No pocos caballeros españoles y algunas damas alcurniadas quieren engendrar
un ser político, que representará la transformación capital de la familia
hispana. Es lo que el bueno de Víctor Hugo llamaba un gozne de la Historia...
Yo me entretengo mirando a los que ponen sus manos pecadoras en esta labor
mecánica. Unos se esfuerzan en engrasar la espiga y el anillo del gozne para
que el doblez se efectúe sin aspereza y con silencio decoroso; otros, en su
afán de terminar prontito, salga lo que saliere, doblarán la Historia con
maniobra violenta, y el chirrido del metal giratorio se oirá hasta en la
China... ¿No entiendes esto, historiador travieso y chiquitín?... Vístete bien,
ahora que tienes dinerito fresco, y no busques tu sastre entre los de medio
pelo. Reanuda y cultiva tus antiguas amistades, y disponte a estrecharlas
nuevas relaciones que te salgan al paso. No desdeñes a los hombres de pro... El
pro se acerca taconeando recio... La pobretería se aleja pisando con el
contrafuerte... [8] Adiós, hijo. En cuanto lleguen las brisas de otoño, que
avivan la natural frescura y alegría de los madrileños, diviértete lo que puedas.
Si sientes apetito de lecturas, pon a un lado al amigo Saavedra Fajardo, y
entretente con el Manual del perfecto caballero en sociedad, consagrando
algunos ratos a la Moda elegante».
Confuso me dejó la
epístola, que leí cuatro veces, y aunque algo pude descifrar de su sentido
recóndito, no llegué al pleno dominio de las ideas expresadas por la Madre en
aquellas líneas, escritas con genuino trazo de Iturzaeta... Septiembre se me
pasó en renovar mis amistades de Madrid, y en ponerme al habla con sastres y
zapateros. Amenguaba ya el calor; pero aún se veían en el Prado grupos de
paseantes y tertulias de gente distinguida: formábanlas familias que no habían
podido ir a baños y otras que se volvieron antes de tiempo, repatriadas por la
escasez de pecunia. En diferentes corros y tertulias mariposeaba yo en las
tardes y noches de variado temple. También gustaba de arrimarme a los puestos
de agua, frecuentados por parroquianos de distinta marca social, bastos, finos
y entrefinos.
Ved ahora la cáfila
de amigos que me salieron al encuentro en el Prado y sus aguaduchos: Luis
Blanc, Moreno Rodríguez, Serafín de San José, Telesforo del Portillo (Sebo),
Patricio Calleja, Mateo Nuevo, Fructuoso Manrique, David Montero, Dorita,
Niembro, Emigdio Santamaría, Díaz Quintero, [9] María de la Cabeza, Delfina
Gay, y el imponderable don Florestán de Calabria, que se presentó ante mí con
flamantes apariencias de limpieza y elegancia. Apartados del grueso de la
concurrencia, que paladeaba el agua fresca con azucarillos y aguardiente,
echamos un parrafito. Díjome que a femeniles influencias debía un empleíto
escribientil en el Círculo Popular Alfonsino, y que desde que se puso en
contacto con las personas decentes había empezado a echar buen pelo, como lo
demostraba su ropa.
A mis anhelos de
conocer el paradero de Leona la Brava, contestó que estaba en París. ¿Fue
quizás con el hinchado figurón de los monumentales sombreros? No; el tal no
gozaba ya la privanza de la dama de Mula; con su fatuidad chisteriforme habíase
retirado, dejando el puesto a un protector nuevo, caballero separado de su
mujer, regordete, calvoroto, afeitado el rostro y muy pulido de vestimenta,
íntimo amigo de don Francisco Cárdenas, de don Manuel Orovio, y asistente
pegajoso a la tertulia del Conde de Cheste. Noté en don Florestán cierto pudor
para revelarme el nombre de aquel sujeto; sin duda quería guardar el incógnito
de uno de los hombres de pro que le habían protegido. No insistí, seguro de
descifrar el acertijo en cuanto Leona volviera de su excursión parisiense. ¡Y
que no vendría poco ilustrada en todo género de novelerías y elegancias!
Terminó el pendolista sus referencias diciéndome con cierta vanagloria: «Fíjese
usted, don Tito; el [10] amigo de doña Leonarda es de los que tienen más metimiento
en el palacio Basilewski, donde reside la que fue nuestra Soberana, quien como
usted sabe abdicó ya en su hijo don Alfonsito».
Quedé con don Genaro
en que me avisaría puntualmente la fecha de la rentrée de La Brava, y ya no
volví a verle hasta mediados de Octubre. En tanto, los amigos cuyo trato
frecuentaba yo por aquellos días, me confirmaron en la idea de que la sociedad
española quería cambiar de postura, como los enfermos largo tiempo encarnados
sin encontrar alivio. Notaba yo la lenta pero continua inclinación de las
voluntades hacia un ideal que a primera vista deslumbraba, desviándose de los
ideales pálidos ya y marchitos. Dábame en la nariz el olor del aceite con que
los más sagaces querían engrasar la bisagra histórica, y a mi oído llegaba el
crujir de los impacientes y el retemblido del aparato con que se hacen los
dobleces de la vida de un pueblo.
En la última decena
de Octubre tuve conocimiento del regreso de Leonarda y de su domicilio, calle
del Saúco, a espaldas del Ministerio de la Guerra. Juzgando indiscreto
visitarla sin previa petición de venia, eché por delante un recadito con el de
Calabria, y por el mismo conducto recibí un pase para penetrar en la gruta de
la ninfa. Era la casa linda, coquetona, mejor apañada y dispuesta que la de la
calle de Lope para un vivir descuidado y placentero. En el carácter de Leona
[11] no advertí mudanza: era la misma mujer afable, cariñosa y sugestiva que
descubrí en el tempestuoso ambiente del Cantón Cartaginés. En su habla encontré
notorio progreso, pues no se daba reposo en la tarea de perfeccionar su léxico.
Apenas abrió la boca, me saltó al oído el decir exquisito, que revelaba un
trato frecuente con personas de cepa moderada. Con estos refinamientos se
confundía un gracioso empleo de galicismos de buen tono, y el desaprensivo
chapurrar de términos franceses, entreverados con lo más corriente de nuestro
lenguaje.
Apenas cambiamos las
primeras cláusulas de afecto y remembranzas, Leona me soltó en nervioso estilo
el relato de sus impresiones de París, juzgando con criterio justo todo lo que
había visto, sin dejarse llevar del prurito de la admiración ni columpiarse en
los espasmos de la hipérbole, como es uso y costumbre de los que llevan a la
gran Lutecia todo el bagaje de sus almas provincianas. El buen gusto apuntaba
ya en mi dulce amiga, anunciando la deliciosa ecuanimidad de la mujer de mundo.
«Vivíamos en la Rue Richepanse, muy cerquita de la Magdalena y a poca distancia
de la Plaza de la Concordia -me dijo-. Nos retirábamos tarde, porque casi todas
las noches íbamos al teatro. A media mañana nos levantábamos, y yo empleaba
largo rato en mi toilette, que allí, Tito mío, hay que mirar bien cómo sale una
a la calle. Almorzábamos, unas veces en el Café Anglais, que es lo mejor [12]
de París; otras veces en Vefour, en las arcadas de una plaza que llaman Palais
Royal. Por probar de todo, y para que yo me enterara bien de lo que es aquel
gran pueblo en lo tocante a comistrajes, íbamos algunos días a unos restauranes
baratitos, pero la mar de buenos, que llaman Bullones o Duvales».
A su caballero daba
Leona el nombre de Alejandro, que a mi parecer era denominación familiar
convenida entre ellos, pues según mis barruntos, el tal personaje figuró
después en la Historia no muy lucidamente con nombre bien distinto. «Después de
almorzar -continuó diciendo La Brava-, mi Alejandrito me dejaba en el Hotel y
se iba a sus negocios, que no eran otros que la conspiración alfonsina. Largas
horas pasaba en el Palacio de la Reina; visitaba al marqués de Molins, a
Salaverría, al Duque de Sexto, a don Martín Belda y a otros que yo no recuerdo,
todos ellos metidos en esa contradanza del alfonsismo. Cansábame yo de estar
encerrada en el Hotel, y algunas tardes cogía mi sombrero y mi sombrilla y me
marchaba a pasear por los bulevares, llegándome hasta la Puerta de San Denis o
un poquito más allá. Yo podía decir lo que dicen que dijo Cúchares cuando le
preguntaron si se había divertido en París de Francia: aqueyo es mu aburrío. To
er zanto día está uno olivarej arriba, olivarej abajo... Y no te creas, Tito,
que era Leona costal de paja para los franchutes. Olivares arriba y abajo me
seguían dos, tres y [13] a veces hasta cinco moscones haciéndome el amor, y
diciéndome cosas que yo entendía muy bien sin saber una palabrita de aquel
habla. Pero, dándome la mar de pisto y con muchísima dignidad, seguía mi camino
sin hacerles caso y me metía en la fonda».
No volví a ver a
Leona hasta una noche de Noviembre, en el teatro Real, a donde la llevaba con
frecuencia su afición a la ópera, nueva señal de adelanto en su carrera de
cultura. Después de buscar a Leonarda por las regiones paradisíacas la encontré
en delantera de palco por asientos, localidad que abonada tenía con dos amigas
guapas, elegantonas y de la propia marca social. En los entreactos picoteaban
las tres pasando revista con picante estilo a la concurrencia de damas, y
señalando indiscretamente a sus editores responsables, confundidos en la
turbamulta de gente distinguida, conservadora y alfonsina. Sobre la negrura de
los fraques se destacaban las calvas, relucientes algunas como bolas de billar.
La ópera de aquella noche era Roberto el Diablo, cantada por Rosina Penco, el
tenor Nicolini y el bajo David. Poco pude hablar con mi amiga en aquella
ocasión porque de improviso llegaron al palco unos pollastres esmirriados, en
traje de etiqueta, que entablaron voluble conversación con las tres damas, acosándolas
con bromas de mal gusto y cuchufletas impertinentes. Me retiré a mi localidad
del Paraíso un tanto mohíno y desconsolado.
Más dichoso fuí la
noche del estreno de [14] Aida, hacia el 10 o el 12 de Diciembre, porque tuve
la precaución de tomar anticipadamente la delantera de palco por asientos
inmediata a las que ocupaban las tres ninfas. Sentado junto a mi amiga pude
charlar con ella cuanto me dio la gana. «Esta noche -me dijo Leona- tenemos el
teatro au grand complet. Sabrás, Titín salado, que hace tres semanas me da
lecciones un profesor de francés, a quien conocerás el día que vuelvas por
casa. Como los temas se me salen de la boca sin pensarlo, te pregunto: ¿Tienes
el cordón azul de la sobrina del hermano de mi jardinero? Mi respuesta fue: No
tengo el cordón de la bella hermana del sacristán; pero tengo la inmensa
satisfacción de contemplar de cerca tus negros ojos y de admirar los blancos
dientes que asoman entre esos labios de coral cuando iluminas el teatro con tu
sonrisa.
-Cállate la boca,
Tito, que no estamos solos -me contestó La Brava-. Mejor será que eches tus
miradas por esta sala espléndida. En aquel palco tienes a la Campo Alange con
su hija Luisa, que esta noche se lleva en el Real la palma de la hermosura. En
la platea del proscenio, debajo del palco de los ministros, verás a la
Medinaceli. Buena mujer, verdad. ¿Te gusta? ¡Ah, pillo!... Más arriba, en los
entresuelos, está la Fernán Núñez y su hija Rosarito, très gentille, con otras
chicas muy guapas. Sigue mirando. ¿No ves a la baronesa de Hortega con su palco
lleno de señorones? [15]
-Sí. Y en el palco de
al lado la de Navalcarazo.
-Pardon, moncher Tit.
No es la de Navalcarazo, sino la de Híjar... Allí tienes a Robles, el
empresario del teatro, un caballero alto, moreno... En la platea de abajo la
Montúfar, guapa, carnosa. Tras ella el Marqués de Bedmar, Heredia Spínola y
otro alfonsino vejancón que no recuerdo cómo se llama. En aquella platea, mira,
Sardoal, Ricardo Álava y unas señoras que no conozco. En el palco de al lado la
Perijaa con la Acapulco.
-Y luego sigue la de
Ahumada...
-Pardon, mon ami. Me
sé de memoria a todo el señorío de Madrid, lo que llamamos gens du monde. Esa
que dices tú es la Folleville, con la Belvís de la Jara, la Campoalegre y
Pepito Montiel... Vuelve tus ojos al entresuelo y verás a la Villavieja con el
Marqués de Yébenes, el neo más rabioso que hay en todo el universo mundo».
Cambiando bruscamente
de cháchara, sin dejar de prodigar los pardones a cada instante, me quitó Leona
los gemelos para mirar a las butacas. «En el pasillo central, allí, al extremo,
de espaldas a la orquesta, tienes al caballero más pomposo y elegantón que hay
en el teatro -me dijo-. Es Monsieur le Marquís du Bacalaó. A él se acerca en
este momento mi Alejandrito. Reconócelo por la calva, que es de las que hacen
época en la historia del poco pelo. Sé lo que le está diciendo. Cosa muy
interesante. En el segundo entreacto te lo contaré, pues el primero pronto se
[16] acabará... ¿No ves en otro grupo a Ramón de Navarrete? ¡Oh, le grand
critique de société, por mal nombre Asmodeo! Dicen que es más viejo que la
Cuesta de la Vega, pero está muy espigadito todavía.
-Ya, ya. También
andan por ahí don Ignacio Escobar, y Jove y Hevia.
-Ahora entra Ramón
Correa con Cruzada Villamil... A callar, a callar, que empieza el segundo
acto... Esta ópera me va gustando mucho. Hoy leí el libreto y sé que pasa en el
Egipto, donde están las Pirámides. ¿Saldrán aquí esas Pirámides? Me gustaría
verlas».
Terminado el acto
segundo con el grandioso concertante que sigue a la marcha de las trompetas,
Leona se dispuso a comunicarme las interesantes novedades políticas que, según
ella, conocía mejor que nadie en Madrid. Recatando su rostro tras el abanico,
me dijo con afectada reserva: «Has de saber, querido Tito, que don Alfonso ha
dado un Manifiesto a la Nación, escrito en un Colegio no sé si de Inglaterra o
de Alemania. Hasta ahora no se ha hecho público ese documento, que dice cosas
muy bonitas.
-¿Lo has leído tú?
-Pardon. No lo he
leído. Pero mi Alejandro, que recibió un fajo de ellos para repartirlos, me ha
contado todo lo que trae. Cosa buena. Como que está escrito por Cánovas, voilà.
-Sí, sí. Dirá... ya
se sabe... todo lo que es de rigor cuando los Reyes destronados [17] quieren
que se les franqueen los caminos o los atajos de la restauración.
-Dice... que seamos
buenos... Pardon... no es eso... Dice que viene a reinar por haber abdicado su
mamá, que a todos abrirá de par en par las puertas de la legalidad, o como si
dijéramos, que todos entrarán al comedero para llenar el buche, passez moi le
mot... Y pone más, Tito; escucha: que si al igual de sus antecesores será
siempre buen católico, como hijo del siglo ha de ser verdaderamente liberal.
-Dos ideas son esas,
ma cherie, que rabian de verse juntas. ¿Liberal y católico? ¡Pero si el Papa ha
dicho que el liberalismo es pecado! Como no sea que el Príncipe Alfonso haya
descubierto el secreto para introducir el alma de Pío IX en el cuerpo de
Espartero...».
- II -
En el tercer
entreacto de Aida, Leonarda, coincidiendo con mi excelsa Madre, me aconsejó que
me pusiese a tono con la situación que se veía venir. Don Alfonso estaba en
puerta, aunque otra cosa pensasen los cándidos provisionales y los que
creyéndose listos andan a tientas por las obscuridades de la vida. Al Gobierno
de Sagasta no le llegaba la camisa al cuerpo y se defendía deportando a
Filipinas a todos los que juzgaba sospechosos. [18] Sospechoso era el país
entero, que pedía orden y paz, metiendo de una vez en cintura a los malditos
carcas y a los insurgentes de Cuba. A tan atinadas observaciones, que mi amiga
expresaba en lenguaje más llano del que yo uso, agregó luego estos familiares
consejos, inspirados en un claro sentido de la realidad: «Cuídate ahora de la
buena ropa, porque se ha concluido el reinado de los cursis y de la pobretería.
Arrímate a Cánovas, que es el hombre de mañana, y si no tienes medios para
hacerte su amigo yo te los proporcionaré. Qué, ¿te asombras? Esta pobre Lionne,
que te parecerá una doña Nadie, tiene hoy un poder que ya lo quisieran más de
cuatro».
Al final de la ópera,
entre el tumulto de los aplausos que prodigó el público a Tamberlick y a la
Fossa, me dijo Leonarda que por don Florestán me avisaría para celebrar una
entrevista y ponerme al tanto de los acontecimientos. Despedime cariñosamente
de ella y de sus dos amigas, que tengo el gusto de presentar a mis lectores,
presagiando que tal vez las encontraremos más tarde en nuestro camino. La una
era María Ruiz, menudita y graciosa; la otra Carolina Pastrana, ojinegra,
blanca y gordezuela; ambas liadas con alfonsinos de riñón bien cubierto que no
debo nombrar porque ya entrábamos en la era de la hipocresía, del mírame y no
me toques, y del buen callar, que llamamos Sancho.
Con la mayor parte de
los ministros del [19] Gabinete Sagasta tenía yo pocas relaciones. Al
Presidente no le había visto desde el tiempo de don Amadeo. A Ulloa y Romero
Ortiz les trataba superficialmente. Por cierto que este, en su despacho de
Gracia y Justicia, adonde fui con una comisión de postulantes gallegos, nos
habló del Manifiesto de Sandhurst con marcado menosprecio. El único Ministro
con quien tenía yo franca amistad era el de Fomento, Carlos Navarro Rodrigo, el
cual en Noviembre me manifestó su proyecto de fundar un gran periódico que
defendiera la pura doctrina constitucional, contando conmigo para redactor
político. ¡A buenas horas mangas verdes!
Una tarde, a fines de
Diciembre (creo que fue por Inocentes, día más día menos) fui a verle a su
despacho de la Trinidad, y me le encontré demudado y tan nervioso que su lengua
gorda no articulaba las palabras con la claridad debida. «¿Pero no sabe usted
lo que pasa, Tito? -me dijo, anonadándome con su gesto y el aire imponente de
su procerosa figura-. Esto es inaudito. Vivimos en un país de locos... Por
telegrama de hoy se ha sabido que en Sagunto, el General Martínez Campos ha
proclamado Rey de España al Príncipe Alfonso. ¿Es esto racional, es esto
patriótico?... ¿Qué personalidades del Ejército le han ayudado en su loca
empresa? Se habla de Jovellar, de Balmaseda, de los Dabanes, de Borrero; no
sé... no sé...».
Acto seguido entraron
precipitadamente en el despacho los Directores Generales y los [20]
Secretarios, con sin fin de papelotes que traían a la firma. El Ministro, con
presurosa mano, garabateaba su testamento. Al despedirme, don Carlos me dijo:
«Nuestro periódico se quedará para mejores tiempos. Ahora mismo voy a ver a
Serrano Bedoya y a Primo de Rivera, para saber qué determinan el Ministro de la
Guerra y el Capitán General de Madrid... Esto no puede quedarse así... Algo muy
gordo pasará... Quizás no pase nada... Veremos...».
Caviloso me volví a
mi casa, y al subir la escalera sentí mi espíritu lanzado a un torbellino de
ideas contradictorias. La renovación social y política que se anunciaba ¿era un
paso hacia el bienestar nacional o un peligroso brinco en las tinieblas?...
Apenas entré en mi aposento me dio la ventolera de ponerme los trapitos de
cristianar para salir al visiteo de las personas de pro, obediente a las sabias
indicaciones de Mariclío y de Leona la Brava. Yo me había hecho a la entrada de
invierno elegante ropita para andar por el mundo: pantalones de última moda,
chalecos vistosos, levita inglesa y un gabán con forros de seda y cuello y
bocamangas de piel, que quitaba el sentido. Este rico indumento completábase
con espléndido surtido de corbatas, guantes, botas de charol y sombrero de copa
dernière façon.
Disponiéndome para
vestirme busqué mi ropa en la percha y en un armario de luna que me habían
puesto mis patrones para mayor decoro de la estancia hospederil, y busca [21]
que te busca, no encontré ninguna de aquellas ricas prendas que me costaron un
dineral. Contrariado primero, furioso después, empecé a pegar gritos:
«¿Qué es esto? ¡Don
José, Nicanora! ¿Dónde está mi ropa?». No tardó en acudir a mi desesperado
llamamiento el filósofo Ido, que trémulo y confuso, me dijo: «Ilustrísimo
Señor: llega Vuecencia a su casa trastornado, falto de memoria. Las tres y
media serían cuando llamaron a la puerta dos individuos con uniforme, que me
parecieron ordenanzas de la Presidencia o ujieres del Parlamento. Venían de
parte de Vuecencia por su ropa elegante para vestirse allá, no sé donde...
-Yo no he pedido mi
ropa, ¡canastos, mil porras! -exclamé fuera de mí-. Es usted un simple, don
José. Se ha dejado usted robar.
-Señor, yo me lo creí
porque... verá... A eso de las dos y cuarto me encontré en la calle a ese amigo
de Vuecencia... don Serafín de San José... el cual me dijo que para que don
Alfonso venga con más aquel, se quería formar hoy mismo un Ministerio de
conciliación y de ancha base, pero muy ancha...
-¡Qué demonio de
conciliación ni qué ocho cuartos!
-Conciliación del
orden con el desorden, de la libertad con el palo, de Cheste con don Salustiano
de Olózaga. Ya ve usted si es ancha la base... Al saber esto y al ver que
Vuecencia me pedía su ropa... francamente, naturalmente... pensé que era su
Ilustrísima [22] uno de los llamados a componer ese Ministerio, y que tenía que
vestirse a escape por mor del juramento y de la toma de posesión...
-¡Qué juramento, que
posesión, ni qué cuerno! ¡Señor don Ido del seguro, señor don Ido de la cabeza,
basta de enredos y venga pronto mi levita, mi gabán, mi...!
-Excelentísimo señor
don Tito -exclamó Sagrario consternado y casi lloroso-. Lo que he tenido el
honor de decir a Vuecencia es el mismo Evangelio.
-Déjeme usted de
Evangelios, señor mío. Ya empiezo a creer que esto es una broma de los
estudiantones de San Carlos que tiene en su casa, los más traviesos, los más
alocados, los más pillos, hablando mal y pronto, que hay en Madrid... Esas
diabluras de niños mal educados no las tolero yo. Que los aguanten sus padres,
que no supieron darles mejor crianza... Y usted, señor don Ido, señor don
Dejado de la mano de Dios, usted es responsable de este despojo. Ya verán todos
quién es Tito. Esta misma tarde daré parte a la policía y...».
En esto presentose
Nicanora, y con tan sinceras y persuasivas palabras confirmó lo dicho por su
esposo, que yo quedé perplejo, sin saber qué pensar. El desgaste de energía me
llevó a un estado de atontamiento que pronto fue laxitud soporífera. Dije a mis
patrones que me dejaran solo, y me tumbé en el sofá, cuyos muelles cortantes
habían sufrido aquel verano esmerada reparación... [23] Rumor de misteriosas
voces atormentó mis oídos. Otra vez me sentí en poder de los entes invisibles
que en ciertas ocasiones de mi vida dirigían a su antojo mi conducta social. Y
eran precisamente los espíritus malos, bien distintos de aquellos benéficos
protectores que más de una vez endulzaron mi existencia.
De improviso, me hizo
saltar en el sofá un anhelo irresistible de echarme a la calle. Y como ya no
podía, por falta de la ropa buena, visitar a la aristocracia política, resolví
vestirme con un trajecillo raído, añadiendo la capa venerable, astrosa, digna
de pasar de mi casa al Rastro, y el hongo abollado que sufrió los rigores del
asalto de Cuenca, pues la chistera número dos habíala destinado a medir
garbanzos. Iba, pues, como uno de esos cesantes crónicos que todo lo esperan de
las algaradas demagógicas. En la calle me sentí populacho, y hube de contenerme
para no gritar ¡Abajo Alfonso (1)! ¡Viva la libertad de cultos y el desestanco
de la sal! En mis oídos resonaba la cháchara de los espíritus maléficos,
aviesos y burlones. Tal era mi aturdimiento que llegué a desconocer los sitios
por donde iba. A menudo recibía empujones de los transeúntes con quienes
tropezaba, y en todos ellos creí ver moderados o alfonsinos orondos,
insolentes, pavoneándose en celebración de su triunfo.
Sin saber cómo ni por
dónde, cual cuerpo inconsciente lanzado por el acaso a los laberintos
callejeros, llegué a la Travesía de [24] la Parada y a la taberna de Ginés
Tirado. Entre los parroquianos que allí mataban el tiempo encontré al maestro
de obras Cerrudo, Perico el de los Mostenses, el corredor de vinos Botija, el
churrero Paja Larga, el tipógrafo Vicente Morata, Antonio Merino, profesor de
esgrima, y otros desaforados patriotas cuyos nombres no recuerdo. Llevome Ginés
a una mesa situada en lo más obscuro del establecimiento. Formé ruedo con dos o
tres de aquellos puntos, y un aprendiz de medidor nos sirvió de lo añejo. Pedí
al tabernero noticias de su hermana Celestina, y me dijo que se hallaba en el
piso alto y que le mandaría un recadito para que bajase a verme.
Caía la tarde. Las
luces de gas encandilaban mis ojos. Yo bebía sin darme cuenta de las copas que
a mis labios llevaba... Sobre mi alma iba cayendo un velo de tristeza
desgarrada, por cuyos intersticios veía las caras de los hombrachos que
rodeaban la mesa, y oía jirones de una charla política tocante a la venida de
los higos chumbos, o como dijo Paja Larga, del elemento alfonsino... En medio
de aquellas sensaciones caóticas vi aparecer a Celestina, que se sentó a mi
lado. En sus facciones angulosas, huesudas y secas, nariz de tajante caballete,
barba muy saliente con cuatro pelos en guerrilla, creí ver la caricatura de un
rostro aristocrático. Por la manera de liarse el pañuelo a la cabeza, su
parecido con el Dante resultaba perfecto. Saludome con arrumacos y carantoñas,
[25] echándome su brazo por los hombros.
Pasado un lapso de
tiempo que no sé precisar, Celestina me convidó a comer; accedí; desaparecieron
los bebedores; sentáronse a la mesa dos muchachas graciosas y joviales, la una
más linda que la otra; sirvieron tortilla con jamón, tajadas de bacalao en el
condimento que llaman soldados de Pavía, conejo en salsa y bartolillos; todo
ello remojado en abundancia con peleón, cariñena, moscatel y caña... Entre un
tumulto de risotadas que repercutían dolorosamente en mi cerebro, se nublaron
mis ojos, me congestioné, perdí el conocimiento.
Mis sagaces lectores
suplirán aquí la mutación de teatro que yo no puedo describir porque no me hice
cargo de ella. Cuando empecé a recobrar el sentido me vi en la calle, ¡ay Dios
mío!, llevado en vilo por cuatro personas, dos de las cuales me parecieron
mujeres. Mis conductores no podían tenerse de risa y hacían chistes a costa
mía, burlándose de mi lastimoso estado. Quise hablar y no pude... Caballero
lector, prepárate para otra mutación. Sumergido nuevamente en profundo sopor,
no me di cuenta de nada hasta que recobré súbitamente mi lucidez, encontrándome
en una pobre estancia, tumbado en mísero camastro... En pie, junto a mí, vi dos
mujeres: la una era el Dante, la otra, la más linda muchacha de las que
comieron conmigo en la taberna.
Transcurridos los
primeros instantes de estupefacción hablé de esta manera: «Pero [26] Celestina,
¿qué es esto, qué me ha pasado?
-No es nada, señor de
Liviano -me contestó la figura dantesca-. Comió usted con gana y empinó más de
la cuenta; de aquí que se le fuera el santo al cielo... Se nos quedó usted como
difunto y nos dio la gran desazón. Para ver de resucitarle y que recobrara su
tino le trajimos a esta casa, que no es la mía, sino la de esta joven, mi
amiguita, que aquí vive con su tía Simona. La vivienda no es de lujo, como ve.
Pero sí bastante apañada para su comodidad. Aquí puede usted estar todo el
tiempo que quiera, hasta que su caletre y sus nervios entren en caja».
Mostré en cortas
palabras mi gratitud, dirigiéndome a la mocita gentil, a quien di, no sé por
qué desvarío dantesco, el nombre de Beatrice. «No me llamo Beatriz sino
Casiana, para servir a usted caballero don Tito -me dijo la graciosa muchacha-.
En mi casa está usted seguro y tranquilo. Nadie le molestará». Como yo tratase
de indagar el lugar donde me encontraba, Celestina lo describió de esta manera:
«Estamos a la vuelta de la Escalerilla, frente a los Mostenses, en el local
donde radicó (vamos al decir) la redacción de El Combate, aquel papel donde
escribió Paúl y Angulo, de quien se dijo que tuvo que ver en la muerte de Prim.
¡Ay qué gracia, don Tito: está visto que donde quiera que usted va, allí
encuentra la Historia!». Con esta frase y otras igualmente donosas se despidió
la Tirado, diciendo que era ya más de la una de la noche. Cuando la vi
retirarse, [27] después de encarecer a Casiana que me cuidara con la mayor
solicitud, creí que salía para dar su acostumbrado paseo por el Infierno y
Purgatorio de la Divina Comedia.
Solo ya con mi linda
guardiana y aposentadora, esta se apresuró a meterme en la cama. Hízome
levantar; arregló el lecho con sábanas limpias y buenas mantas; me quitó las
botas; me ayudó a desnudarme con todo recato y honestidad; me acostó,
arropándome cuidadosamente; puso la luz en lugar donde no me molestara, y
sentose a mi lado. Tras de algunas palabras mías de agradecimiento, contestadas
por ella de una manera discreta, caí en sueño profundísimo... Desperté muy
avanzado ya el día, sintiendo en mi cabeza y en todo mi ser los efectos de la
reparación orgánica. Mi cerebro recobraba su lucidez. Yo era yo; me reconocí
como el Tito despabilado y clarividente de mis mejores días. Llegose a mí
Casianita, risueña y amable, trayéndome una taza de café con leche. Bendiciendo
su solicitud, me incorporé para tomar mi desayuno. Apenas puse la taza vacía en
las manos de la mozuela, esta se sentó al borde de mi lecho, y con grácil
llaneza y sinceridad, me enjaretó este discursillo interesante:
«Ya está usted en mi
poder, caballero don Tito, y lo primero que oirá de mi boca es que ya no le
suelto. Celestina me dijo anoche: 'Ahí te lo dejo, Casiana; asegúralo bien, y
haz cuenta de que con ese hombre chiquito, te ha venido Dios a ver. El buen
apaño que [28] buscabas, ya lo tienes. No es un cualquiera el señor que te ha
caído del cielo, y aunque le ves mal trajeado y alternando con gente de
taberna, es como si dijéramos un grande hombre, con muchisma influencia y
muchismo poderío'. Yo no valgo nada; pero soy buena, aunque me esté mal el
decirlo, sé gobernar una casa y hacer la felicidad de un caballero de
circunstancias que no pique muy alto en sus pretensiones. En mí tendrá usted
una criada para todo y una mujer fiel que le proporcione paz, alegría y
cariño».
Corté el discursejo
pidiéndome antecedentes de su persona y familia. ¿Cuál era su estado, cuál su
condición presente? Premiosa, suspirando a ratos y haciendo lindos pucheritos,
me dio a conocer los rasgos culminantes de su breve historia. La señora con
quien vivía era su tía. De su madre, ausente, poco bueno tenía que decir ¡ay!
pues ella fue quien la llevó a la desgracia. Con emoción y vergüenza me suplicó
que no la obligase a dar más pormenores de su deshonor y de la maldad de su
madre. «En fin, don Tito -añadió resumiendo en precipitadas razones la
confesión de sus desventuras-; ya sabe usted quién soy. La pobre Casiana se
acoge al buen corazón de usted. Ampáreme, señor, téngame consigo para que mi
vida sea menos aperreada y menos afrentosa».
Confieso que la chica
empezó a interesarme y que en mí sentía, con la viva compasión, albores o
remusguillos de un afecto incipiente. La muchacha prosiguió: «Puede [29] usted
hacer mucho por mí, señor don Tito. Y si quiere hacerlo con reserva, mejor. Con
reserva debe ser, porque usted es persona muy alta. Me lo ha dicho Celestina y
todos los que estaban en la taberna de Ginés Tirado. Usted vino anoche a la
tasca... ¡ya lo sé, ya lo sé yo!... disfrazado de pobre con una capa vieja, un
traje de papel secante y un sombrero que parece un acordeón. Esos disfraces se
los pone usted para vigilar a los que conspiran contra el Gobierno y
descubrirles todos sus trampantojos. Pero a mí no me la da, que yo le he visto
en la calle vestido muy majo, con botitas de charol, gabán de pieles y un
chisterómetro reluciente que da la hora...
»Usted se sonríe y me
mira con ojos cariñosos -continuó tras una breve pausa- Ya veo que me amparará.
Ya no lo dudo... Y lo primero que le pido, don Tito de mi alma, no es que me dé
de comer, no es que me vista decentita; lo primero que le pido es que me enseñe
a leer y escribir o que me ponga un maestro que me dé lección... porque soy una
burra... no entiendo una letra... no sé escribir una palabra... Y el ser una
burra, créalo como Dios es mi padre, me mortifica tanto, no, me mortifica más
que el no ser mujer honrada. ¡Ay... cuando yo le cuente cómo ha sido la
infancia de esta pobrecita Casiana, se espantará usted!... De los cinco a los
diez años anduve por las calles, descalza, con un ciego que tocaba la
bandurria. Largo tiempo pasé durmiendo en un banco [30] sin más abrigo que unos
trapajos indecentes. El abandono en que me tenía mi madre no se cuenta en un
año. Me alquilaba para pedir limosna con mendigos asquerosos y borrachines».
- III -
Las ingenuas
declaraciones de Casianilla, infeliz pájara vagabunda y analfabeta, me
interesaban más a cada instante, y su afán de aprender a leer y escribir
despertó en mí los más puros sentimientos de tierna simpatía. Cuatro días
permanecí en aquella casa bien alimentado, bien servido, como fuera Lanzarote-
cuando de Bretaña vino. Suavemente, por naturales atracciones y accidentes
circunstanciales, fuimos entrando la mozuela y yo en franca intimidad. La tía
de Casiana, Simona, era una mujer tan avezada al trabajo casero que ni un
momento daba paz a sus manos bastas, así en la cocina como en el barrido y
fregoteo de las humildes habitaciones. Cuando ya me encontraba restablecido y
en disposición de salir a la calle, Casiana, infatigable y hacendosa, me
arregló la capa disimulando con hábil aguja los sietes que la deslucían, y
adecentando a fuerza de bencina y cepillo mi desdichada ropa. En medio de estas
faenas solía presentársenos de improvisto El Dante, para darnos buenos consejos
y señalarme con profética [31] autoridad la conveniencia de recobrar mi alta
posición.
Por fin, la vaciedad
de mis bolsillos que en aquella ocasión pedía inmediato remedio, me lanzó a las
calles, llevando conmigo a la que ya conceptuaba como inseparable compañera.
Réstame decir que en el período de mi corto encierro acabaron los agitados días
del año 74 y empezaron los de su sucesor. Estábamos, pues, en los infantiles
comienzos del 75, entre la Circuncisión y los Santos Reyes, cuando Casiana y
este humilde cronista atravesábamos medio Madrid alegremente y cogiditos del
brazo, para dirigirnos a la portería de la Academia de la Historia, donde
esperaba encontrar, con noticias frescas de la Madre, los dineritos que tanta
falta nos hacían... No me engañó el corazón. Puso la portera en mis manos el
paquete, diciéndome: «Feliz año, don Tito», y salimos mi amiga y yo, no diré
que brincando de alegría, pero poco menos. Propuse a Casiana que bajáramos al
Prado para descansar y leer detenidamente la carta de mi Madre. Así lo hicimos,
y sentaditos en el escaño de la verja del Botánico, me consagré a leer, con el
debido respeto y devoción, la carta de Mariclío que así decía.
«Para que te vayas
enterando, mi buen Tito, te mando estos apuntes producto de mi observación
directa en los risueños lugares de Levante. Días ha encontrábame yo en las
ruinas del teatro romano de Murviedro, rememorando la espantosa ocasión de la
caída [32] de la heroica Sagunto en poder del furioso Aníbal, cuando mi fiel
criada Efémera me trajo el aviso de que en el caserío llamado de les
Alquerietes ocurría un suceso, que no por previsto era menos interesante para
mí. Volando fuimos allá Efémera y yo, y vimos numerosas tropas del Ejército del
Centro formadas en cuadro. Frente a ellas, el General Martínez Campos, rodeado
de brillante Estado Mayor, pronunciaba con ronca elocuencia un militar
discurso, comenzado con negra pintura de los males de la Patria y concluido con
proponer la panacea de su invención, la cual era proclamar Rey de las Españas
al joven Príncipe Don Alfonso.
»Yo vi a Martínez
Campos el 27 de Diciembre por la noche, cuando llegó a Sagunto en una tartana,
acompañado del Teniente Domínguez. Estábamos él y yo en la misma posada. Ya
sabes que aprecio mucho a este General, reconociendo en él cualidades de bravo
militar y honrado caballero. Me ha dolido verle metido en este enredo. Si la
Restauración era un hecho inevitable, impuesto por fatalismo histórico, los
españoles debían traerla por los caminos políticos antes que por los atajos
militares. Cánovas opinaba como yo, y al fin ha tenido que doblar su orgullosa
cerviz ante la precipitada acción de las espadas impacientes.
»Al tanto estaba yo
de lo que tramó don Arsenio en el Ejército del Centro, antes de irse a Madrid;
de la misión que llevó a la Corte el Comandante Aznar, de las conferencias [33]
que tuvo con Martínez Campos, y de la clave convenida para que este viniese a
dirigir y encauzar el movimiento. La clave telegráfica, que pasó por mis manos,
decía: naranjas en condiciones. Las primeras tropas que se unieron al General
para dar el grito fueron las que mandaba el Teniente Coronel Aragón, Jefe de la
reserva de Madrid. Las demás no tardaron en agregarse.
»Con mis propios ojos
vi al General Martínez Campos, la noche que llegó a Sagunto, escribir tres
cartas que mandó a su destino con el Comandante Salcedo. El sobre de una de
ellas decía simplemente: Brigada Laguardia.- Villarreal. La segunda carta iba
dirigida a don Pablo Corral, Teniente Coronel de la misma Brigada. Y la tercera
al Coronel Borrero, Jefe del Regimiento de la Constitución, que se hallaba en
Castellón de la Plana. Tras el emisario mandé a Efémera, hija del Tiempo,
educada por Eolo, y yo me fui a dar una vuelta por Valencia, para ver lo que
allí pasaba. Cuando me reuní con Efémera dejé a esta al cuidado de lo que
ocurriera en Villarreal y volé a Castellón, donde observados directamente los
actos y palabras del General Jovellar que mandaba uno de los Cuerpos de
Ejército del Centro, comprendí que la Restauración era ya un hecho, y que por
la vulgaridad de aquellos sucesos, la Historia no debía precisar pormenores que
carecían de todo interés.
»Apunta, hijo, apunta
en media página el resumen de las directas observaciones de tu [34] Madre.
Ayudaron a la fácil traída de don Alfonso los hermanos don Luis y don Antonio
Dabán, Borrero y don José Bonanza, el Jefe de Estado Mayor Brigadier Azcárraga;
el Teniente Coronel Aragón, los Comandantes Aznar y Salcedo, y casi todos los
jefes y oficiales de la Brigada Laguardia y del Cuerpo de Ejército mandado por
Jovellar. Efémera y yo nos reíamos de la llaneza ramplona con que en España se
desarrollan y se redondean estas revoluciones pacíficas que llaman
pronunciamientos. El de Sagunto fue una comedia, El juego de las cuatro
esquinas, representada en un escenario de algarrobos.
»Y por último, no
olvides que entramos en una época de buenas maneras, distinción y elegancia. Ya
se llevan los chalecos de fantasía y los botines blancos.
»Adiós, muñeco mío.
Ten juicio. Si no te escribo ni me ves, sabrás de mí por la veloz Efémera».
Afirmándome en la
resolución que tomé apenas recibidos los dineros y la cartita, cogí por un
brazo a Casiana y nos fuimos a mi mansión hospederil. Grande fue la sorpresa
del matrimonio Ido al verme entrar con la bonita res que había cazado en mi
ausencia de cinco días. Acostumbrados a mis extravagancias y a la presteza
genial con que yo emprendía y realizaba las amorosas conquistas, mis patrones
suprimieron toda indiscreta pregunta. Adelanteme yo a satisfacer su curiosidad,
diciéndoles en tono que excluía todo comentario: «Esta señorita que [35] traigo
de la mano vivirá conmigo en esta misma habitación o en otra muy próxima.
Prepare usted, Nicanora, una buena cama y los muebles más decorosos que haya en
la casa». Y tirando del paquete que acababa de recibir saqué el fajo de
billetitos y puse dos en manos de mi patrona, diciéndole: «Ordeno y mando que
esta señorita y yo comeremos en nuestras habitaciones, apartados de la
turbamulta de estudiantillos alborotadores y zaragateros. Cobren mis atrasos si
los hubiere. Abriremos la mano en el dispendio, pues como ustedes saben, vienen
tiempos en que las personas han de ser estimadas según su prestancia y el tono
que se den al presentarse en el escenario social».
Cuando esto decía,
miré a la percha, abrí el armario de luna, y vi con asombro y júbilo que toda
mi ropa buena había vuelto a los colgaderos donde estuvo antes de su
inexplicable desaparición. Antes que yo pidiera explicaciones de aquel
prodigio, el filósofo don José pronunció estas solemnes palabras:
«Excelentísimo Señor: los mismos ordenanzas galonados que se llevaron la ropa,
la trajeron a los dos días, intacta y sin el menor deterioro.
-Vamos, lo que yo
pensé: un bromazo de los pícaros escolares.
-Dispénseme,
Ilustrísimo Señor; no está en lo cierto. La broma, según he podido yo entender
por mis cálculos políticos, fue de don Antonio Cánovas, que aquel día tenía
gran interés en que Vuecencia no se pusiera [36] al habla con don Práxedes
Mateo Sagasta, ni con el Capitán General de Madrid, señor Primo de Rivera.
-Bien podrá ser -dije
yo con fingida seriedad-. Me maravilla, señor Ido, su descomunal pesquis y la
justeza de sus puntos de vista, así en lo privado como en lo público. Y ahora,
querido, ordene usted que nos sirvan a la señora y a mí un suculento almuerzo».
Mientras
almorzábamos, por cierto con soberano apetito, solté el chorro de mi locuacidad
sobre el buen Ido del Sagrario, que ceremoniosamente nos servía. «Don José de
mi alma -le dije-. Voy a encomendar a usted una misión, en cierto modo sagrada,
que no dudo desempeñará cumplidamente por ser usted tan cuidadoso patrón como
ilustrado pedagogo. Esta joven, cuyo nombre es Casiana de Vargas Machuca y
procede de una de las más ilustres familias españolas, ha venido a ser mi
compañera por una serie de lamentables desdichas que no es oportuno referir. En
edad crítica para las niñas, entre los trece y catorce años, padeció una
terrible enfermedad de cerebro. ¡Ay don José! Casi milagrosamente escapó con
vida de aquella hondísima crisis. Pero perdió en absoluto la memoria de cuanto
aprendiera en la niñez. Aquí la tiene usted modosa, dulce, cortita de genio,
dotada de toda la perspicacia compatible con su inocencia. Mas le falta... le
falta... En fin, ilustre amigo: Casiana no sabe leer ni escribir». [37]
Asombrado quedó mi
patrón, y brindose como viejo maestro de escuela a reparar en corto tiempo la
deficiencia educativa de la señorita de Vargas Machuca. «Esta misma tarde -le
dije yo- proveeré a usted de fondos para que compre una Cartilla, el Catón, el
Fleury, el Juanito, papel de escribir, pizarra, y todo lo que sea menester para
la primera enseñanza. La enfermedad quitó a la niña la memoria, pero le dejó su
talento natural, y con tan buen maestro como usted recobrara en un periquete la
sabiduría que perdiera».
Muy orondo y como las
propias mieles se puso el bueno de Ido. No veía ya las santas horas de dar
comienzo a su faena educativa. Cuando nos quedamos solos, Casiana, soltando la
risa, me dijo: «¡Ay, Tito, qué graciosos embustes le has metido! ¡Vaya con
decirle que me llamo Vargas Machaca, cuando mi apellido es Conejo!
-Y mañana le diré que
por la línea materna eres Imón de la Mota, y que te corresponde el título de
Baronesa de Canillas de Aceituno, con sus miajas de grandeza de España».
-En el mismo tono de
amable socarronería seguimos departiendo largo rato, y a media tarde,
adecentándome un poco sin llegar a ponerme los atavíos señoriles, nos fuimos a
la calle. Deseaba yo ponerme al habla con algunos amigos para enterarme de todo
lo actuado políticamente en los días de mi eclipse. Estuvimos en el café de
Venecia y en el de [38] San Sebastián, donde sólo encontré a dos amigos
periodistas, Fabriciano López y Mateo Carranza, que habían hecho campañas
furibundas en la prensa avanzada durante los pasados días, y a la sazón dejaban
traslucir su movible criterio con estas o parecidas manifestaciones: «Nosotros,
a la chita callando, hemos infiltrado el alfonsismo en toda España».
Imitando la
flexibilidad de sus conciencias, les presenté a Casiana como una prima mía de
grandes conocimientos pedagógicos, que había llegado de Cuba con la noble
aspiración de ocupar una plaza en la Escuela Normal de Maestras. Subiéndose a
la parra y poniéndose muy hueco, ofreció Carranza su influencia para colmar los
deseos de la ilustrada joven, pues era muy amigo del nuevo Director de
Instrucción Pública y esperaba tener un puesto preeminente en las oficinas del
Ramo.
Por Fabriciano y
Mateo adquirí frescas noticias del raudo cambio de situación que mi Madre
llamaba gozne o doblez histórico. Apenas comprendieron Sagasta y sus Ministros
que al pronunciamiento de Sagunto se adhería con blanda unanimidad toda la
fuerza militar del Centro y del Norte, se apresuraron a retirarse por el foro
cantando bajito. Se hizo la pamema de detener en el Gobierno civil al
imponderable don Antonio Cánovas, el cual pasó algunas horas en el despacho del
Gobernador señor Moreno Benítez, obsequiado por este, y recibiendo plácemes,
[39] mimos y reverencias de innumerables hombres públicos, arrimados
temporalmente a un sol que alumbraba antes de nacer. Don Emilio, amigo de
Cánovas, le envió al Gobierno Civil una cama para que descansase cómodamente en
su breve cautiverio. Por tal fineza, el ilustre malagueño favoreció después a
su amigo con rápidos adelantos en la carrera de la Magistratura.
Al día siguiente, si
no estoy equivocado, después de un fugaz e ilusorio poder omnímodo del Capitán
General de Madrid, Primo de Rivera, se constituyó la indispensable Junta con
figuras culminantes del alfonsismo. Poco después, maese Cánovas, como quien
cambia los títeres de un retablo, compuso en esta forma el llamado Ministerio
Regencia: Presidencia: Cánovas. -Estado: don Alejandro Castro. -Gracia y
Justicia: don Francisco Cárdenas. -Hacienda: Salaverría. -Guerra: Jovellar.
-Marina: Molins. -Gobernación: Romero Robledo. -Fomento: Orovio. -Ultramar:
Ayala.
Prosigo ahora mi
cuento mezclando sabrosamente lo personal con lo histórico. Sabed, lectores
míos, que Casianita dio comienzo a sus lecciones con ardiente entusiasmo, y que
el docto profesor, contentísimo de las aptitudes y aplicación de su discípula,
aseguraba que pronto leería de corrido y que sus adelantos habrían de ser
prodigiosos. Como la señorita de Vargas Machuca deletreaba mañana y tarde, y
gustaba de emplear el resto del día ayudando a Nicanora en la cocina y [40] en
los trajines de la casa, yo salía solo a recorrer el mundo.
Una tarde, Felipe
Ducazcal me llevó al Círculo Popular Alfonsino, hervidero de pretendientes al
sin fin de plazas que brindaba la Restauración a los españoles necesitados.
Allí me encontré a Carranza, que ya se había colado en la Dirección de
Instrucción Pública; a Modesto Alberique, que andaba tras una secretaría de
Gobierno de provincias; a don Francisco Bringas, que, bien asegurado en Fomento
por la protección de Orovio, brindaba sus influencias a la gentuza advenediza;
a don Florestán de Calabria, que del empleo escribientil que tenía en el
Círculo, quería saltar a una plaza de la Calcografía Nacional.
Entre los que vendían
protección me topé con Telesforo del Portillo (Sebo), colocado ya en un buen
puesto del Gobierno Civil, a las órdenes del secretario don Federico Villalba.
Serafín de San José había sido llevado al Ayuntamiento por el nuevo Alcalde,
Conde de Toreno. Mi amigo Fabriciano López, a quien yo había conocido largos
años en la intimidad de Llano y Persi, Felipe Picatoste y el Marqués de
Montemar, progresistas de abolengo, tenía ya labrado un nido en la Secretaría
de la Presidencia, donde estaban colocados Carlos Frontaura, Lafuente,
Fernández Bremón y el joven Esteban Collantes. También encontré allí al
simpático Vicente Alconero, que no iba ciertamente al olor de los destinos,
sino por pasar el rato. [41] De la conversación que con él sostuve, saqué la
sospecha de que tenía puestos los puntos al acta de diputado por el distrito de
La Guardia.
Se me olvidaba
consignar... y no extrañéis el desorden de mi cabeza, pues ya sabe mi parroquia
que yo endilgo mis cuentos brincando locamente de idea en idea... olvidé
referir, digo, que el día 2 de Enero del 75 salieron de Madrid los individuos
designados para traer al Rey Alfonso de las lejanas tierras donde se
encontraba. Componían dicha Comisión el Marqués de Molins, los Condes de
Valmaseda y Heredia Spínola, y don Ignacio Escobar, director de La Época, todos
hombres muy serios y de encopetada representación para el caso. Una de las
primeras medidas del Ministerio Regencia fue suspender a rajatabla los
siguientes periódicos: El Imparcial, El Pueblo, El Correo de Madrid, La Bandera
Española, El Cencerro, La Prensa, El Gobierno, La Iberia, La Igualdad, El
Orden, La Civilización y La Discusión.
Habituado a la
lectura matinal de mis periódicos favoritos, el vacío de prensa me causaba
tristeza. A Casiana le tenía sin cuidado que no entraran papeles en casa,
porque le estorbaba lo negro, y además, le sabía mal que pasara yo largas horas
agarrado al Imparcial o al Pueblo. Cada día se metía más en las honduras del
Catón, y sus ocios los consagraba, con no menor celo, al trabajo físico. Una
mañana me la encontré en la parte interior de la casa, fregando los suelos,
[42] de rodillas, con los brazos al aire y las manos moradas de tanto darle a
la bayeta. Como rasgo característico de su feliz adaptación a la nueva vida,
contaré que los estudiantillos de San Carlos solían acosar con bromas de mal
gusto a mi hacendosa compañera; pero esta les contestaba en breves y agrias
razones, y si ellos insistían, refrenaba sus audacias a bofetada limpia.
A menudo era visitada
Casiana por su tía Simona, y cuando la encontraba en el trajín de sus
lecciones, permanecía la pobre mujer pasmada y muda cual si presenciase un acto
milagroso. Analfabeta era también Simona, de las empedernidas e incapaces de
enmienda, por causa de su edad. Se consolaba mentalmente admirando el fervor de
la muchacha, y la paciencia del escuálido maestro que le iba metiendo en la
cabeza tanta sabiduría. Terminada la lección, tía y sobrina salían hablar de
sus conocimientos y relaciones.
Refiriéndose a
Celestina Tirado, aseguró un día Simona haber descubierto que la hermana del
tabernero Ginés tenía trato con los demonios; vivía en sociedad con una tal
Grosella, italiana o cosa así, y ganaban la mar de dinero adivinando lo que no
se ve y curando con bebedizos a los desamorados. A lo mejor se iban por los
aires en busca del Gran Cabrío para celebrar las misas demoniacas. Desde que
Celestina andaba en estos trotes se le había puesto la cara más huesuda y le
habían salido en la barbilla, en la nariz y en las orejas unos pelos largos y
feos. [43]
Una tarde, solos
Casiana y yo en nuestra habitación, platicábamos sobre lo mismo. Mostrábase mi
amiga incrédula de las cosas sobrenaturales que su tía le contaba. Sostenía que
eso de las almas del otro mundo que vienen al nuestro no tiene realidad más que
en los cuentos de viejas. Díjele yo que existen verdades y fenómenos fuera de
la acción de nuestros sentidos; que no debemos rechazar en absoluto en contacto
de nuestro mundo con otros lejanos o próximos, aunque invisibles... y estando
en estas amenas divagaciones vi que entraba en la estancia una imagen, una
persona, una mujer, sin que precediera el tintín de la campanilla, ni anuncio
ni aviso alguno. Di algunos pasos hacia la extraña visitante, y antes que yo le
preguntara si en mi busca venía, oí su voz melodiosa que así me dijo: «¿No me
conoce, señor don Tito? Soy Efémera, la mensajera de su divina Madre».
- IV -
La recadista de mi
Madre era una figura estatuaria, vestida con luengo túnico negro algo
transparente... El estupor me cortó la palabra. Pero con instintivo movimiento
traté de reconocer si era real o quimérico el bulto de aquella singular
aparición. Al tocar con mi mano su hombro sentí la dureza y el frío del mármol,
y vino a mi memoria lo que me [44] aconteció en la fonda de Tafalla una mañana,
cuando llamó a mi puerta con dedos de piedra una figura, que si no era la misma
que delante tenía, se le asemejaba mucho. «Ya sé quién es usted -dije
balbuciente-. En Tafalla... ¿se acuerda?
-Sí; me acuerdo
-respondió ella con voz dulce y queda, sonriendo-. Yo fuí la que llevó a usted
un recado de mi santa Señora, en Tafalla, sí... cuando hicieron honras fúnebres
al General Concha antes de traer acá su cadáver... y ahora vengo otra vez de
parte de Mariclío.
-¿Me trae usted
carta?
-No, don Tito. El
mensaje de hoy es verbal y se lo comunicaré a usted en pocas palabras. La que
todo lo ve y lo sabe, ha dispuesto que su fiel muñeco... perdone si le doy este
nombre cariñoso... se prepare para ir a visitar a don Antonio Cánovas.
-Pero yo no soy amigo
de ese señor. No le he tratado nunca.
-¿Y qué importa? Yo
tampoco le trataba, y hace días hablé con él como hablo ahora con usted... Ya
sabe lo que dice don Antonio: que ha venido a continuar la Historia de España.
-Pues iré, iré. Pero
no sé qué pretexto buscar para introducirme, para pedir audiencia...
-No se inquiete por
eso. Es fácil, casi seguro, que el propio Presidente le abra a usted camino
llamándole a su despacho».
Diciendo esto
saludome con ligero movimiento [45] de cabeza y dio media vuelta para
retirarse. Salí yo tras ella pasillo adelante. En el recibimiento la despedí
con expresiones inefables de gratitud y ternura: «Adiós, Efémera. Gracias,
Efémera... ¡Bendita sea mi Madre que te ha mandado a mí, bendita tú que me
traes un destello de su mente divina!...». No conservo memoria de haber abierto
la puerta. La visión salió no sé cómo ni por dónde... Tampoco sentí el sonido
de sus pies de mármol bajando la escalera...
Al volver a mi
estancia, vi que Casiana, reclinando su cabeza en el respaldo del sofá, estaba
como adormecida. Al llegar yo a su lado se despabiló y me dijo: «Tito, tú
hablabas aquí con alguien. ¿Quién era?
-No te asustes. Era
una señora, una tal Efémera, que vino a traerme un recado.
-¿Cómo dices que se
llama? ¿Efe...?
-Efémera, nombre que
quiere decir la historia de cada día, el suceso diario, algo así como el
periódico que nos cuenta el hecho de actualidad.
-¡Ah... ya! ¿De modo
que esa doña Femera viene a ser un periódico vivo que no dice las cosas
escritas sino habladas?
-Justo, así es. ¡Oh,
Casianilla, tú tienes mucho talento y todo lo comprendes!».
Desde aquella tarde
no se apartó de mi mente la idea de que don Antonio me llamaría para echar un
parrafito conmigo. ¿Era verdad el anuncio que me trajo la vagarosa Efémera, o
era un artilugio de los espíritus [46] familiares que a ratos venían a
divertirse con el pobre Tito?
Mientras llegaba la
ocasión de salir de dudas, Casiana y yo matábamos el tiempo acudiendo a
presenciar todo suceso pintoresco que el flamante reinado nos ofrecía. Un
luminoso día de Enero se puso Casiana el más decente de sus vestiditos, yo la
pañosa con embozos de terciopelo carmesí que adquirí con los dineros de la
Madre, y nos fuimos al Prado a presenciar la entrada del nuevo Monarca.
Había yo visto el
solemne paso procesional de adalides revolucionarios victoriosos, o de Reyes y
Príncipes que venían a traernos la felicidad, y calculaba que todas estas
entradas aparatosas eran lo mismo mutatis mutandis: gran gentío, apreturas,
aplausos, un punto más o un punto menos en el diapasón de los vítores, la
chiquillería subida a los árboles, y los balcones atestados de señoras que
sacudían sus pañuelos como espantando moscas. En algunos casos hubo también
soltadura de palomitas que volaban despavoridas, huyendo del popular
entusiasmo.
Una procesión de
carácter bien distinto, tétrica y desesperante, y que marchaba en sentido
inverso, dejó en mi alma impresión hondísima: la salida del cortejo fúnebre de
Prim para el santuario de Atocha. Señaló una coincidencia que me resultó
irónica: en el mismo sitio donde vi la entrada de don Alfonso de Borbón había
visto pasar el entierro del grande hombre de la Revolución de [47] Septiembre,
que dijo aquello de jamás, jamás, jamás.
Entró el Rey a
caballo. Vestía traje militar de campaña, y ros en mano saludaba a la multitud.
Su semblante juvenil, su sonrisa graciosa y su aire modesto le captaron la
simpatía del público. En general, a los hombres les pareció bien; a las mujeres
agradó mucho. Al subir don Alfonso por la calle de Alcalá, el palmoteo y los
vivas arreciaron, y en los balcones aleteaban los pañuelos de un modo
formidable. Tras el Rey marchaba un Estado Mayor brillantísimo. Lo que más
gustó a Casiana, según me dijo, fue el juego de colorines de las bandas con que
se adornaban los señores cabalgantes a la zaga del Soberano barbilampiño.
Igualmente me preguntó si aquellos caballeros tan majos y revejidos eran
Generales, y si el Rey jovencito les mandaba a todos. Después contempló
embelesada el paso de los coches en que iban los Ministros y el alto personal
palatino, cargados de plumachos, galones y cruces, y quiso saber si aquellos
pajarracos eran también marimandones; a lo que yo contesté: «Todos los que ves
vestidos de máscara mandan; pero más que ellos mandan sus mujeres y otras
tales, esas que están encaramadas en los balcones, y algunas que andan por
aquí».
En esto sentí que una
mano enguantada me tiraba de la oreja. Volvime y me encontré frente a Leona la
Brava, que iba con una de sus amigas del Teatro Real, Carolina Pastrana. [48]
Tras un rápido saludo, Leonarda me dijo atropelladamente: «Que tienes que ir a
ver a don Antonio Cánovas; pero pronto, pronto. Hoy te mandé una cartita con el
de Calabria. Si no la has recibido, en tu casa la encontrarás. En ella te digo
que si don Antonio no te llama, no faltará un amigo que te lleve a su
presencia».
Antes que yo pudiera
contestar, Leona se fijó en Casiana, requiriendo trato con expresiones francas,
afectuosas: «¡Ah! esta es la muchachita que has pescado en el río revuelto de
tu vida. Es linda de veras. Parece buena chica y tú estás muy contento con
ella... Todo lo sabemos Tito, y no tienes que guardar misterio con nosotras».
Intervino entonces la
Pastrana, diciendo con bondadoso acento: «¡Oh! Nos han dicho que es una gran
profesora, que es punto fuerte en el arte de enseñar.
-¿Sabe francés?
-interrogó La Brava interesándose por mi amiga.
Con monosílabos
balbucientes intentó Casiana formular una contestación, y yo acudí en su
auxilio, respondiendo por ella: «Todo lo sabe. Pero es tan tímida que no se
explicará bien hasta que tome confianza.
-Quedamos en que
visitarás al Jefe -saltó Leona, presurosa por seguir su camino-. Si el grande
hombre te ofrece una posición, tú harás un poquito de coqueteo y melindre, y
acabarás por aceptar, quedando muy satisfecho, ça va sans dire».
Con poco más de una
parte y otra terminó [49] el coloquio, siguiendo las dos mujeres hacia la
Cibeles. Ya los soldados que cubrían la carrera formaban en columna de honor
para el desfile. Las voces de mando, los toques de clarín y corneta, daban al
nuevo cuadro la brillante animación ruidosa que tanto agradaba al pueblo de
Madrid. Las masas de curiosos se arremolinaban, buscando salida por una parte y
otra. Nos corríamos hacia la fuente de Neptuno queriendo ganar la Carrera de
San Jerónimo, cuando Casiana, atormentada por una idea, me habló de este modo:
«Dime, Tito, ¿aquellas mujeres son damas o qué?
-Damas son, querida;
pero de esas que llaman de las Camelias.
-Pues, según me han
dicho, la dama de las Camelias era tísica, y estas no están enfermas del pecho:
chillaban como demonios.
-Los tísicos son
ellos.
-Y dime otra cosa,
Tito: los hombres de esas mujeres ¿son los que iban antes en coche, con
plumachos y requilorios dorados?
-Sí, hija mía. Uno de
ellos llevaba casacón bordado con muchos ojos; el otro, casaquín, llave de oro,
calzón corto y media de seda.
-Y los que visten de
esa manera ¿son Duques o Marqueses?
-En algunos casos,
sí. En otros son Jefes Superiores de Administración, Gentiles-hombres, o se les
designa con diferentes motes muy bonitos.
-Pues, según dice
Ido, tú lucirás pronto [50] si quieres todas esas garambainas, y estarás muy
guapo.
-No te digo que no.
Cuando se pone el pie en el pórtico de este mundo que hoy has visto, nadie sabe
a dónde podrá llegar.
-Otra cosa, Tito
-dijo Casiana rasgando su linda boca en franca risa-. ¿Llegará un día, no digo
que mañana ni pasado, un día del tiempo venidero, en que tú y yo seamos también
Marqueses, Jefes de la Sagrada Administración o personas gentiles de las llaves
doradas?
-¡Ya lo creo que
podrá ser! Muchos han pasado por aquí que subieron del lodo a las cimas.
-Ahora vuelvo a mi
tema: aquellas mujeres guapas que nos hablaron antes ¿también mandan?
-¡Que si mandan! Más
que el Rey. Más que nadie. En muchas ocasiones son ángeles tutelares que
reparten la felicidad entre los ciudadanos».
Mirome Casiana con
espanto, abierta la boca, y yo me apresuré a cerrársela con estas maduras
reflexiones: «En la procesión que ha pasado frente a nuestros ojos, multitud
engalanada rebosando satisfacción y alegría, has visto el mundo de los
pudientes, de los administradores, mayordomos y capataces de la cosa pública,
mecanismo cuyas piezas mueven las cosas privadas y todo el tejemaneje del vivir
de cada uno. ¿No lo has entendido, verdad? Pues te lo diré más a la pata la
llana. Lo que hemos visto es el familión [51] político triunfante, en el cual
todo es nuevo, desde el Rey, cabeza del Estado, hasta las extremidades o
tentáculos en que figuran los últimos ministriles; es un hermoso y lucido
animal, que devora cuanto puede y da de comer a lo que llamamos pueblo, nación
o materia gobernable.
»Sabrás ahora,
mujercita inexperta, que los españoles no se afanan por crear riqueza, sino que
se pasan la vida consumiendo la poca que tienen, quitándosela unos a otros con
trazas o ardides que no son siempre de buena ley. Cuando sobreviene un
terremoto político dando de sí una situación nueva, totalmente nueva, arrancada
de cuajo de las entrañas de la patria, el pueblo mísero acude en tropel, con
desaforado apetito, a reclamar la nutrición a que tiene derecho. Y al oírme
decir pueblo ¡oh Casiana mía! no entiendas que hablo de la muchedumbre
jornalera de chaqueta y alpargata, que esos, mal o bien, viven del trabajo de
sus manos. Me refiero a la clase que constituye el contingente más numeroso y
desdichado de la grey española; me refiero a los míseros de levita y chistera,
legión incontable que se extiende desde los bajos confines del pueblo hasta los
altos linderos de la aristocracia, caterva sin fin, inquieta, menesterosa, que
vive del meneo de plumas en oficinas y covachuelas, o de modestas granjerías
que apenas dan para un cocido. Esta es la plaga, esta es la carcoma del país,
necesitada y pedigüeña, a la cual ¡oh ilustre compañera [52] mía! tenemos el
honor de pertenecer».
Cerró Casiana su
linda boca en el curso de mi perorata y luego, con grandes suspiros, expresó
que iba entendiendo y lamentando la pintura que yo le hacía de nuestra
sociedad. Tomado un breve respiro, proseguí: «En todo tiempo, y más aún cuando
ocurren cambios de situación tan radicales como el que estamos viendo, la
caterva de menesterosos bien vestidos, agobiada de necesidades por el decoro
social de los señoritos y los pujos de elegancia de las señoras y niñas, cae
como voraz langosta sobre el prepotente señorío engalanado con plumas,
cintajos, espadines, cruces y calvarios, porque esa casta privilegiada es la
que tiene en sus manos la grande olla donde todos han de comer. Aquí la
industria es raquítica, la agricultura pobre, y los negocios pingües sólo
fructifican en las alturas. La turba postulante se agarra a todas las aldabas,
llama a todas las puertas, tira de los faldones de los personajes
empingorotados, pide auxilio con discretos tirones a las mujeres legítimas de
los tales... y a las que no son legítimas. Ya irás comprendiendo, Casianilla,
el manejo que se trae la inmensa tribu de desheredados, y la misión benéfica
que desempeñan, en algunos casos y a hurtadillas, las dos mujeres guapas con
quienes hemos hablado hace un ratito».
Terminé diciéndole,
en forma que ella pudiera entenderlo, que España era un país algo comunista.
Por los canales contributivos [53] venía todo el caudal a la olla grande, de
donde salía para repartirse en mezquinas raciones entre el señorío paupérrimo
de la flaca España. «He dado el nombre de olla grande -añadí- a lo que en
lenguaje político llamamos Presupuesto.
-¡Virgen de la
Paloma! -exclamó Casiana con risueña espontaneidad-. Pues yo te digo ahora,
Tito de mi alma, que seremos los bobos de Coria si no metemos nuestra cuchara
en ese bendito porsupuesto».
Subíamos por
Medinaceli y San Antonio del Prado, camino de nuestra casa, cuando pasó ante mí
la fantástica Efémera, cual visión rápida que fue a perderse entre los altos
abetos que rodean la estatua de Cervantes. Con ella iba otra mujer, vestida
también de flotante y negro túnico. ¿Era Graziella? No puedo asegurarlo. Sólo
diré, que en su rauda fulguración de relámpago, las dos mágicas figuras
lanzaron hacia mí una mirada insinuante, cariñosa... Y no hubo más.
El rigor cronológico,
al cual inútilmente quiero acomodar la serie de mis históricos relatos, me
ordena referir que en la tercera semana de Enero del 75 se me presentó
Fabriciano López, quien como sabéis ya tenía un puesto en las oficinas de la
Presidencia. Según me indicó, estaba yo en la lista de las personas que don
Antonio Cánovas citaría para ser recibidas en el despacho presidencial.
Ignoraba la fecha en que me tocaría la vez; y como al propio tiempo me dijera
que en las covachuelas de la calle de Alcalá tenían [54] su abrigado albergue
algunos funcionarios de la clase de literatos y periodistas, todos amigos míos,
allá me fui con Fabriciano, movido del deseo de tantear el terreno en previsión
de lo que pudiera suceder.
En la hospedería
burocrática de la Presidencia me encontré a don Carlos Frontaura, ameno y
regocijado escritor satírico, creador de El Cascabel, el periódico más
divertido y chusco que hizo las delicias de la burguesía matritense en aquellos
lustros; a Campo Arana y Puente y Brañas, autores de comedias y zarzuelas que
tuvieron sus días de aura popular; al excelente y hábil periodista Pepe
Fernández Bremón, que durante un cuarto de siglo mantuvo después su acreditada
firma en La Ilustración Española y Americana.
Por mi primera visita
entendí que en el asilo presidencial no eran grandes los quehaceres de los
buenos muchachos que allí tenían cómodo acogimiento: unos leían periódicos,
otros tertuliaban entre el humo de los cigarrillos; iban y venían de una parte
a otra, pasándose de mano en mano papeles con trabajos vagamente iniciados.
Todo indicaba la plantación de un árbol burocrático que pronto daría flores y
quizá algún fruto.
Largo rato permanecí
en aquella feliz Arcadia, oyendo el tañido de la ociosa zampoña pastoril.
Fabriciano y Fernández Bremón lleváronme al despacho del Subsecretario,
Saturnino Esteban Collantes, y a él me presentaron. Era un joven discreto y
afable, [55] hijo del famoso político del antiguo régimen don Agustín, nombrado
a la sazón Ministro plenipotenciario en Portugal. En la breve conversación que
tuve con el Subsecretario, adquirí la certidumbre de que mi nombre figuraba en
la lista de los presuntos visitantes de Cánovas. Pero el Presidente estaba muy
atareado en aquellos días... Ya se me avisaría la fecha de la entrevista.
Una larga semana
tardó en llegar el aviso. En cuanto lo recibí me puse la levita y las demás
prendas de vestir, me encasqueté la bimba y ¡hala! a la Presidencia. Mediano
rato me tuvo Esteban Collantes en su despacho, esperando que salieran varios
señores que estaban dándole la jaqueca a don Antonio. Eran unos comisionados de
Málaga, un cacicón murciano, y el caballero de reluciente calva y maneras
elegantes a quien vi en las butacas del teatro Real la noche del estreno de
Aida, hallándome en delantera de palco por asientos junto a Leona la Brava.
Despejado el terreno
pasé yo, y atravesando el salón donde se reunía el Consejo de Ministros, llegué
al despacho del Presidente. A muchos personajes de primera magnitud política
había yo visitado en mi vida; pero ninguno me causó tanta cortedad y sobresalto
como don Antonio Cánovas del Castillo, por la idea que yo tenía de la
excelsitud de su talento, por la leyenda de su desmedido orgullo y de las
frases irónicas y mortificantes que usar solía. Apenas cambiamos las primeras
frases de saludo, empezó a disiparse [56] la leyenda del empaque altivo, pues
me encontraba frente a un señor muy atento y fino, y de una llaneza que al
punto ganó mi voluntad. Hízome sentar a su lado, en un sofá casi frontero a la
mesa de despacho, y hablamos... quiero decir, él habló y yo escuché, atento a
su palabra enérgica, vibrante y un poquito ceceosa.
«Deseaba verle, señor
Liviano -me dijo-, porque he tenido ocasión de leer páginas sueltas referentes
al Cantón de Cartagena, escritas por usted en el propio cráter de aquella
revolución empezada sin tino y concluida sin grandeza. Más que páginas, son
notas trazadas al vuelo frente a los acontecimientos, ya en los bastiones de
Galeras o San Julián, ya en la cubierta de los barcos sublevados. Esas notas
borrajeadas con el desgaire que imponen la premura del tiempo y la nerviosidad
del observador, me encantan a mí lo indecible, porque en ellas veo como el
primer aliento de la Historia, libre aún de artificios y llevando en sí el
aroma de la veracidad».
Quedose el buen Tito
de una pieza oyendo estos elogios, y por un momento llegó a creer que el
Presidente le tomaba el pelo. Mi estupor fue tal que ni acerté a darle las
gracias por tan increíbles piropos. Don Antonio, ajustándose los lentes y
alzando luego la cabeza, movimientos en él muy comunes, prosiguió así: «Ya sé
lo que va usted a decirme, y es que esas páginas, esas notas, esos que mejor
será llamar apuntes o bosquejos, han [57] sido escritos efectivamente por
usted; pero no se han publicado. Y usted pensará: ¿cómo puede este señor haber
leído mis escritos si aún no han tenido la sanción de la letra de molde? Pues
si no lo sabe le diré que tengo una loca afición a los estudios históricos. A
mí llegan diversos papeles interesantes, trozos de la Historia viva que aún
destilan sangre al ser arrancados del cuerpo de la Humanidad. Yo los leo con
avidez; los ordeno, los colecciono... ¿Cómo llegaron a mí los escritos de
usted? No lo sé ni me importa saberlo...».
Al oír esto sentí un
tenue desvarío en mi cabeza, miré a un lado y a otro... ¡Jesús me valga!...
Creí que en la cabeza del sofá erguíase grandiosa y colosal la figura de mi
Madre, la divina Clío.
- V -
Segundos no más tardé
en sustraerme al mundo quimérico para volver a la esfera real. El sagaz
estadista, adoptando el tono familiar apropiado al asunto que quería tratar
conmigo, me dijo así: «Sé que es usted amigo de Cárceles y de otros que
tuvieron parte muy visible en las locuras del Cantón; seguramente lo es usted
también de Tonete Gálvez, que, según mis noticias, fue la cabeza más firme y el
brazo más fuerte en las jornadas de Cartagena. Estará usted enterado de que los
cantonales que escaparon en [58] la Numancia permanecieron largo tiempo en
Orán, encerrados en un castillo. El Gobierno francés dispuso, a fines del año
anterior, internarlos en la provincia de Constantina. Contreras y su ayudante
Rivero accedieron a ser internados; Manuel Cárceles, Germes, Gálvez y Gutiérrez
obtuvieron un salvoconducto para fijar su residencia en Suiza. Allá se fueron,
creo que en Diciembre último. Y ahora pregunto yo a don Proteo Liviano: ¿Están
aún en Suiza? ¿Algunos de ellos ha vuelto a España? Dígame lo que sepa. Habla
con usted el amigo, no el gobernante, y debo advertirle que estoy decidido a no
perseguir a nadie, ni aun a esos cuatro que, como usted sabe, están condenados
a muerte. Las realidades del Gobierno y la fuerza indudable de la Situación que
presido me imponen la clemencia. Oportunamente pienso dar una amnistía general,
que ha de comprender a esos ilusos, más románticos que criminales. Espero que
me diga usted, si lo sabe, el paradero de Cárceles, Germes, Gutiérrez y Gálvez,
y no vacilo en indicar que me intereso singularmente por este último. Antonio
Gálvez es un hombre de bien; un político de ideas extraviadas, pero muy puro y
muy sincero; caudillo valiente hasta la temeridad. Sus sentimientos generosos
le impulsan hacia el bien, y si alguna vez hizo el mal fue por obedecer
ciegamente a la pasión revolucionaria».
Asentí con fuertes
cabezadas y algún monosílabo a lo que don Antonio me decía en [59] elogio a
Gálvez. Como yo declarase con toda ingenuidad que ignoraba el paradero de los
emigrados del Cantón, el Presidente me sorprendió con este rasgo de franqueza:
«Tenemos una policía detestable. No veo en ella más que la proyección más
inútil y desmayada de nuestro matalotaje burocrático. Si yo tuviera tiempo y no
me agobiaran atenciones de superior importancia, intentaría organizar un Cuerpo
de Seguridad muy a la moderna. Pero es más difícil crear aquí una buena policía
que poner en pie de guerra un gran Ejército. Por esa caterva de vagos, mendigos
y soplones, que no otra cosa son nuestros actuales corchetes, ha sabido el
Gobierno que andan por Madrid algunos presidiarios de los escapados de
Cartagena. Me han hablado de un armero, muy hábil por cierto, que trabaja en la
calle de los Reyes, y de un vejete que se dice aristócrata napolitano y al
parecer es gran pendolista y pintor de ejecutorias. De seguro habrá en Madrid
muchos más y usted quizá los conozca. Ya comprenderá que no trato de
perseguirlos. Si esos infieles viven de su trabajo y no hacen daño a nadie,
arréglense como puedan. Lo que yo deseo de usted, señor Liviano, es que por esa
gente o por otra indague si está Gálvez en Madrid. En caso afirmativo, trate de
verle y dígale de mi parte que no se dé a conocer y se le proporcionará buen
recaudo para retirarse a Beniaján o Torre Agüera, sin peligro alguno... Y
ahora, dispénseme, don Proteo, que yo dé a usted esta comisión, puramente [60]
confidencial y amistosa. Esto queda entre nosotros, y si dan resultado sus
investigaciones y tiene la bondad de venir a manifestármelo, ya sabe que con
sólo presentarse a Esteban Collantes será usted recibido por mí cuando guste».
Prometí al caudillo
alfonsino ocuparme desde aquel mismo día en dar los pasos necesarios para
satisfacer lo más pronto posible sus deseos, y me despedí con todo el
rendimiento y veneración que persona tan ilustre merecía. Al atravesar el Salón
de Consejos para retirarme, flaqueaban mis piernas y mi cabeza no estaba muy
firme. Cuando salí al vestíbulo me alzó la cortina una mujer... ¡Por Júpiter,
era Efémera!... Mi retirada fue más bien escapatoria. No vi a don Saturnino
Esteban Collantes ni a ninguno de los amigos de la Secretaría... Bajé a
trompicones la escalera. En cada rellano, en el zaguán y en la puerta se me
apareció una, dos y veinte veces la figura de Efémera, con su túnico negro y su
mirada dulce y un poquito guasona... En la calle tiré hacia el Prado, sin rumbo
ni dirección razonable. Me sentía sin aplomo, enloquecido. La mensajera de Clío
no me abandonaba. Volví a verla en la esquina de la calle del Turco; después
junto al palacio de Alcañices. A lo largo del Prado se repitió la visión, desvaneciéndose
gradualmente.
Al llegar a mi casa
iba totalmente persuadido de que la entrevista con Cánovas era un nuevo
fenómeno de la vida quimérica. Ni [61] don Antonio me había dicho nada, ni yo
le vi, ni puse los pies en la Presidencia. Todo había sido un bromazo
impertinente de los espíritus picarescos que en aquella temporada pasaban el
rato divirtiéndose conmigo. El resto del día permanecí en mi casa sumido en
tristes cavilaciones, sin que los halagos de Casiana pusieran término a mis
melancolías. ¿Cómo era posible que el Jefe del Gobierno, atento a los problemas
políticos que debían consolidar la Restauración, descendiese a la nimiedad de
inquirir el paradero de los desgraciados cantonales? La amistad protectora con
que distinguía Cánovas a Tonete Gálvez ¿era un hecho real o un desvarío de mi
cerebro debilitado? Estas dudas me atormentaron hasta la siguiente mañana en
que mí espíritu empezó a serenarse, y di en pensar que tal vez no era un sueño
mi entrevista con el árbitro de los destinos de España.
Fuese o no verdad el
fenómeno, una fuerza misteriosa me impulsó a inquirir y olfatear la pista de
Gálvez. Vi a David Montero, y ni este ni Dorita me dieron luz alguna. Busqué a
Fructuoso Manrique, que vivía con Graziella, no ya en la calle de San Leonardo
sino en la del Limón. En el taller de amenas hechicerías permanecí un rato
entretenido con las donosas diabluras de la italiana, y tuve el gusto de
acariciar al cuervo y al búho que gravemente colaboraban en las operaciones de
la casa. Ni Fructuoso, ni Graziella, ni Celestina Tirado, que entró de la
compra con cesta repleta y un conejo de campo para [62] ponerlo con arroz en la
comida de aquel día, sabían una palabra de lo que afanosamente trataba yo de
averiguar.
Cuando ya me despedía
desalentado, saltó Graziella con la idea de apelar a la Cartomancia, arte muy
eficaz para descubrir tesoros ocultos y personas escondidas. Agarró la diablesa
los naipes, y después de barajarlos y hacer sobre ellos la mar de garatusas,
pronunció sobre el humo de un braserillo palabras hebraicas, llamó al cuervo
que saltando a su hombro le picó en el oído, y tras un nuevo sobar y manoseo de
las cartas trazando sobre una de ellas crucecitas con saliva, me dijo en tono
pausado y altísono: «Angélico Tito; encamina tus pasos vacilantes hacia Perico
Niembro, que te dará la luz que deseas».
Ni corto ni perezoso
corrí a ver a Niembro, el cual, después de un largo palique en que se mantuvo
escamón y misterioso, me mostró una carta de Gálvez, fechada diez días antes en
Lausanne. Ya me consideré satisfecho; ya podía dar al gran estadista la precisa
información que anhelaba. De regreso a mi casa, revivió en mí la idea de que la
famosa entrevista fue soñación quimérica o mofa de los socarrones espíritus. A
pesar de esto, y temeroso de que no me dejaran llegar a la presencia de
Cánovas, endilgué mi levita y chistera, y me fui con maquinal impulso al
caserón de la calle de Alcalá. Contra lo que esperaba y temía, el Subsecretario
me recibió amablemente y me introdujo en [63] el Salón donde vi como unas
veinte personas, entre las cuales reconocí al Marqués de Molins, a don Fernando
Cos Gayón, a Pepe Cárdenas, a Elduayen, a Valero de Tornos, y a otros que por
su empaque provinciano parecían embajadores del caciquismo rural.
Iba Cánovas de grupo
en grupo, repartiendo formulillas afectuosas y equívocas, dulces ofertas que a
nada comprometen. Yo me mantuve apartado, esperando a que el Presidente me
viese y me concediera el honor de un breve coloquio. De improviso vino a mí el
grande hombre, y llevándome junto a una ventana, en una sola cláusula condensó
el saludo y la interrogación referente al encargo que me había hecho.
Comprendiendo que el laconismo se me imponía, saludé y contesté con estas
breves razones: «Señor don Antonio, he visto una carta, datada en Lausanne con
fecha 18 de este mes, en la cual dice Gálvez a su amigo Perico Niembro que aún
no sabe cuándo podrá volver a España».
Pareciome que quedaba
satisfecho el jefe de la Situación, y fuí despedido con esta fórmula cortés:
«Dispénseme, señor Liviano. Ya ve usted cómo estoy de gente».
Salí, y en la
antesala me sorprendió la voz de Fernández Bremón, que desde la puerta de la
Subsecretaría me dijo: «No te vayas, Tito. Precisamente estaba en acecho de ti
para que no te me escaparas».
Cogiome del brazo
para llevarme a su oficina y allí, sentados vis a vis a un lado y otro de la
mesa de trabajo, el sutil periodista me [64] dejó estupefacto con esta
inesperada manifestación: «Por encargo de mi Jefe te pregunto si aceptarías una
posición decorosa, correspondiente a tus méritos literarios y a tu conocimiento
de la sociedad española. Por el pronto tendrías una plaza en provincias, y más
adelante vendrías a Madrid».
La sorpresa no me
permitió formular una contestación inmediata y terminante. Con medias palabras
me mostré muy agradecido a la bondad del Presidente... Mas no podía, no debía
dar... ¿cómo decirlo?... dar a mis ideas de toda la vida un brutal esquinazo...
Saltar tan de súbito al campo alfonsino, parecíame un acto de cínica
desvergüenza. Sólo el pensarlo me amargaba y me dolía como un remordimiento.
Apuró Bremón los
argumentos más ingeniosos para combatir una susceptibilidad que a su juicio era
producto de romanticismos mandados recoger. Dignidad tan fieramente escrupulosa
y arisca entraba ya en los términos del mal gusto... Disputamos, primero con
serenidad, después con cierto agridulce. Por fin, deseando yo cortar por el
momento la cuestión, le dije: «Pepe, lo pensaré. Déjame reflexionar y mañana
hablaremos».
Abandoné la
Presidencia con el recelo de encontrarme a Efémera, cuya vaga presencia
precedía siempre a las burlas de los ociosos geniecillos maleantes. Al llegar a
mi casa habíase afirmado en mi ánimo la resolución de no admitir del alfonsismo
una merced indecorosa. Respetaba yo a Cánovas y le admiraba [65] por su elevado
entendimiento, por su saber de Historia y de política, así como por su palabra
enérgica y sugestiva, esmaltada con los donaires de un ingenio sutil. Pero no
quería en modo alguno entregarme a la Restauración, induciéndome a ello no sólo
el vocerío de mi conciencia, sino el hecho de tener asegurado un vivir modesto
por el estipendio que de mi divina Madre recibía.
Decidido a rechazar
con toda entereza el soborno, me personé al día siguiente en las oficinas de la
Presidencia, y reiteré a mi amigo Fernández Bremón mi negativa exponiéndole
exclusivamente las razones de conciencia y dignidad, pues del subsidio materno
que aliviaba mi pobreza no tenía yo que dar conocimiento a ningún nacido. En
esto llegaron al despacho Frontaura y Campo Arana, y con ellos me dejó Bremón,
llamado en aquel instante a la Subsecretaría. Los ociosos funcionarios y yo
charloteamos más de media hora de cosas de teatros, comentando la fulgurante
aparición del genio de Echegaray en la escena española. Fue como un huracán
tonante y luminoso que trocó las emociones discretas en violentos accesos de
furia pasional; deshizo los gastados moldes, infundió nueva fuerza y recursos
nuevos al arte histriónico, electrizó al público, y lanzó al campo de la
crítica, en espantable remolino, los ardientes entusiasmos revolcándose con las
tibiezas rutinarias.
Cuando nuestras voces
bajaban de tono hablando de Calatañazor, Arderíus, Escríu y [66] otros
graciosos comediantes, volvió Fernández Bremón, y llevándome aparte me dijo lo
que a la letra copio para que el lector se percate bien de la sorpresa que
recibí al oírlo: «Se estima y se respeta tu delicadeza al rechazar lo que se te
propuso. Pero hay otra cosa, Tito. Consta en la Subsecretaría que tienes a tu
lado a una parienta próxima recién venida de Cuba, una joven ilustradísima que
posee todos los conocimientos y títulos para ejercer el magisterio en
condiciones insuperables. Como supongo que en esa señorita no existirán los
motivos de delicadeza que a ti te obligan a renegar de la protección oficial,
dime el nombre de tu prima, sobrina o lo que sea, y se le dará una de las
plazas de Inspectoras de Escuelas que se crearán en estos días».
Mediano rato estuve
pensando la contestación que debía dar. Mi conciencia me acusó de prestarme a
una superchería si aceptaba, pues Casiana no había pasado del be o ene, bon, be
u ene, bun. Luego, mi voluntad un tanto picaresca quiso ahogar a la conciencia,
dictaminándome la conformidad con lo que se me proponía. Vacilé. Mi boca
trémula hizo una emisión de monosílabos que expresaban el pro y el contra.
Sentí en mi cabeza un leve desvanecimiento. Miré en derredor. Frontaura y Campo
Arana habían desaparecido.
En la mesa de
despacho una mujer escribía silenciosa, haciendo con sus lindos morros muecas
infantiles... ¿Era la vaporosa [67] Efémera? No puedo asegurarlo. Sólo afirmo
que en mi ánimo se extinguieron las dudas, y sin miedo a la superchería dije a
Bremón: «Si quieres, ahora mismo te daré el nombre». Acordeme entonces de que
el apellido de Casiana era Conejo, palabreja innoble y bajuna que a mi parecer
envilecía la persona de una Maestra Superior, y resolví traducirlo al
portugués, diciendo a mi amigo: «Apunta, Pepe, apunta el nombre: Señorita doña
Casiana Coelho... y por más señas Coelho de Portugal».
Seguro estoy de que
al leer esto, mis fieles parroquianos preguntarán: «¿Y Efémera?». Honradamente
les contesto que no la vi al salir de las covachuelas presidenciales, ni
acierto a discernir si una figura de flotante ropaje blanco, que iba delante de
mí por las calles de Alcalá y Cedaceros, reproducía la vagorosa estampa de la
recadista de mi Madre. Creo haber notado que se detuvo a comprar El Cencerro en
la esquina de la calle de Gitanos, y que por esta vía húmeda y tabernaria
desapareció.
Me fui a mi casa, y
entretuve la tarde repasándole las lecciones a Casiana y oyendo el voluble
disertar de mi buen patrón sobre materias políticas y militares. «Sabrá usted,
ilustre don Tito... ¿y cómo no ha de saberlo si un día sí y otro también
hociquea usted con don Antonio Cánovas?
-Párese un poco, don
José -dije cortándole el discurso-. Yo no he hablado con Cánovas. Por mis ideas
y por mi insignificancia [68] no sé, ni puedo, ni quiero tratar a personas tan
altas.
-Respeto,
Excelentísimo Señor, las razones que Vuecencia tiene para hacerse el chiquito
-prosiguió Sagrario-. ¡Sabe Dios lo que se traerá Su Ilustrísima entre ceja y
ceja! No me meto, no quiero meterme en escudriñar su interior, las ideas, los
propósitos, los planes que algún día han de salir a la luz pública. Yo, que no
veo más que lo que tengo pegado a mis narices, pregunto: ¿Qué va a pasar
aquí?... No alterno con sabios ni con gentes de grandes lecturas. Lo que sé lo
aprendí oyendo la voz del pueblo, vox caeli que dijo el Latino. Todas las
mañanas voy a la compra, como Vuecencia sabe, y un ratito en la tienda, otros
en los cajones y puestos de los Tres Peces, me voy enterando de los dichos que
corren de boca en boca. Cuando vuelvo a mi casa y me recojo en mi
discernimiento natural, de lo que me entró por el oído y de lo que yo discurro
saco la verdadera enjundia y el meollo de eso que llaman la Cosa Pública.
-Muy bien, don José.
Los ruidos de la calle, traídos al crisol del entendimiento, nos dan la
verdadera clave de la opinión de un pueblo.
-Y francamente,
naturalmente, un hombre que ha vivido mucho, que ha tratado innúmeras personas
de arriba, de abajo y de en medio, que ha sufrido adversidades personales y
públicas viendo pasar ante sus ojos tantas mudanzas, revoluciones y
cataclismos, [69] tiene derecho a decir: yo veo lo que no se ve, yo presiento
el suceso que aún está escondido en los pechos de los que engendran la
actualidad de hoy y la actualidad de mañana. Y como pienso muy al derecho, al
derecho le digo a Vuecencia, señor don Tito, que su amigo don Antonio
Cánovas... amigo, ¿eh? aunque Su Ilustrísima lo niegue por razones de sigilo
diplomático... está tragando mucha quina, una barbaridad de quina, apretado
entre dos muelas cordales, pues de una parte pesan sobre él los malditos
moderados, los Chestes, Moyanos y Orovios que le piden neísmo, intolerancia y
tente tieso, y de otra parte le acosan los alfonsinos que vienen de lo de
Alcolea y quieren franquicias, unas miajas de Soberanía Nacional y vista gorda
para el libre pensamiento.
-Así es, amigo
Sagrario. Lo que usted cuenta no es nuevo para mí.
-Pero hay algo más
que usted no sabe, o si lo sabe no quiere decirlo, y es que la Reina doña
Isabel está dando las grandes tabarras a don Antonio: solicita que la dejen
venir acá, creo que para mangonear y meterse en lo que ya no debe importarle.
Con Pezuela y Roca de Togores se entiende por cartitas dulces que menudean lo
que usted no puede figurarse... Los moderados escupen ya por el colmillo;
quieren ser los amos y que Cánovas gobierne a gusto de ellos. Por esto yo digo
a todo el que quiera oírme: aquí va a pasar algo... Ya se habrá usted enterado
de que el rey don Alfonso, [70] que se fue a Zaragoza y Tudela a los cuatro
días de llegar a Madrid, marchó después a Peralta, donde acudieron los
Generales Moriones, Laserna y Ruiz Dana, y con estos y Jovellar, Primo de
Rivera, Despujols, Terreros, Portilla, Morales de los Ríos y otros, celebró
Consejo para acordar el plan de operaciones.
-Sí, ya lo sé. Y el
22 de Enero largó sendas alocuciones a los habitantes de las Provincias
Vascongadas y Navarra y a los soldados del Ejército del Norte.
-¡Consejo de
Generales, alocuciones! Y yo pregunto: ¿Se trata de dar el golpe definitivo a
la negra facción, organizando descomunal batalla con todos esos ilustres
caudillos y el total contingente de nuestras valientísimas tropas? ¿Estará
próximo ese día de júbilo, ese día grande, principio de la redención de España?
Para mí, no hay duda, reunidos todos esos elementos que han de constituir una
hueste tan poderosa como las de Alejando y César, la victoria es indudable.
Venceremos, señor don Tito, barreremos de nuestro suelo y de una vez para
siempre esa escoria del retroceso, esa inmundicia del absolutismo, esa
paparrucha indecente de la legitimidad. ¡Oh alegría, oh inmensa dicha de las
almas liberales!... Un abrazo, don Tito. Y tú, Casiana, ven aquí... ¡Un abrazo
al amigo, al patrón, al maestro!». [71]
- VI -
En los primeros días
de Febrerillo loco, mi amigo Prieto y Villarreal me llevó a una reunión de
zorrillistas en casa de Cristino Martos. Concurrieron a ella todos los que
seguían a don Manuel y muchos militares de los que quedaron defraudados y
vencidos el 3 de Enero de 1874. Asistí yo al conciliábulo como simple testigo,
y no despegué los labios por no sentir mi ánimo dispuesto para ninguna clase de
campañas políticas. Había levantado don Manuel Ruiz Zorrilla la bandera de la
República frente a la Restauración, y tales fuerzas militares y civiles agrupó
a su lado, que el Gobierno alfonsino creyó preciso disponer el extrañamiento de
aquel gran ciudadano, rebelde y tenaz.
Decretado el
ostracismo de don Manuel el 4 de Febrero, con la coletilla de que no podría
volver a España sin permiso previo del Gobierno, aquella misma noche fue puesto
en ejecución. Los zorrillistas y otras personas unidas al temible
revolucionario por vínculos de amistad, hicieron acto de presencia en la
estación del Norte.
Representando el
ideal vencido que la Restauración quería lanzar del suelo patrio, estaban en el
andén Castelar, Salmerón, Carvajal, Rivero, Echegaray, Martos, Pablo Nougués,
Aguilera, Pedregal, García Ruiz y [72] otros muchos. Del estamento militar vi a
los Generales Izquierdo y Lagunero y al Brigadier Carmona, que salieron pitando
para el destierro al día siguiente.
Entre los amigos
distinguíanse por su significación alfonsina don Pedro Salaverría, Ministro de
Hacienda, y el simpático Subsecretario de la Presidencia, Esteban Collantes. De
dónde provino la amistad de Salaverría con don Manuel, no lo sé; la de Esteban
Collantes y García Ruiz tuvo su raigambre en la tierra palentina, donde Ruiz
Zorrilla o su señora poseían extensa propiedad rústica. La despedida fue triste
y afectuosa; los abrazos, efusivos; discreto el entusiasmo.
A este acto que
considero público, y si queréis histórico, sigue en mis crónicas otro que
también me parece digno de perpetuarse en letras de molde, y los escribo
engarzados en una sola página para que resalte mejor la desacorde calidad de
ambos sucesos. Una tarde de aquel mismo Febrerillo, que ahora llamo loco de
atar o loco furioso, hallábame yo solo en mi aposento, trasladando al papel con
nerviosa escritura mis impresiones de los pasados meses, cuando... ¡ay Dios
mío!... vi entrar a una mujer sin que la precediera rumor de pasos ni sonsonete
de campanilla. Llegose a mi mesa la fantasma, y yo, sin sorpresa ni espanto,
con la mayor naturalidad del mundo, le dije: «Hola, Efémera; bien venida seas.
¿Me traes carta de mi adorada Madre?».
Ella, dejando caer su
izquierda mano marmórea [73] sobre la mesa, alargó hacia mí la derecha con un
pliego, mientras sus labios helénicos articulaban estas palabras que me sonaron
cual si las transmitiera pos ráfagas del aire una voz muy lejana: «No te traigo
carta de tu Madre, sino este pliego que me han dado para ti».
Y yo, rasgando
ávidamente el sobre y enterándome de su contenido, exclamé: «¡Ah! La credencial
nombrando a Casiana Inspectora de Escuelas. Gracias. Mi buena Madre no se cansa
de favorecerme... Tú no ignoras, Efémera, que Casiana Coelho es mujer
meritísima, muy versada en la teoría y práctica del arte pedagógico... ¿Por qué
no descansas a mi lado?... ¿Qué dices? ¿Que no te sientas? ¡Oh! divina
mensajera; tu destino es correr, volar, llevando por el mundo la verdad del
momento. Del conjunto de estos átomos, aglomerados por el Tiempo, se forma la
verdad histórica en lustros, en siglos... Espera un poquito, que quiero hacerte
algunas preguntas. ¿Qué me dices de mi Madre? Ya sé que por su condición
inmortal está exenta de toda enfermedad. Su salud es inalterable. Varían tan
sólo su apariencia personal y las vestiduras que cubren su noble cuerpo.
Cuéntame: ¿qué calzado gasta en estos benditos días para andar por el mundo?
¿Lleva por ventura el alto y ceremonioso coturno, señal de la grandeza
histórica?».
La recadista de Clío,
con solemnidad un tantico risueña, contestó: «No lleva el coturno, sino unos
holgados borceguíes de [74] burdo paño, decorados con papeles de rojo y gualda,
talco y purpurina, imitando el esplendor áureo del calzado de los Dioses,
falsedad que sólo engaña a ciertos académicos. Usa la Madre estos borceguíes
blandos y de figurón, porque se los impone la suciedad y dureza del suelo que
recorre, todo fango y guijarros puntiagudos.
-Muy bien, Efémera. Y
ahora dime otra cosa... Esto se refiere a mi persona... Escucha. Con toda
sinceridad y franqueza me responderás a lo que voy a preguntarte. ¿Es verdad o
es mentira que yo he visitado a don Antonio Cánovas, hablando a solas con él de
asuntos políticos y particulares?
-La verdad y la
mentira de los hechos no caen debajo de mi jurisdicción. Lo que a mí me
concierne es el contacto de las inteligencias en las anchas regiones del
espíritu. Del uno al otro cerebro saltan las ideas como chispas de un fuego que
es el generador de la concomitancia y simpatía. Recojo yo estas chispas y las
comunico entre los seres, hállense próximos o distantes... Es lo único que
puedo contestar al señor don Tito. Tengo prisa. Adiós».
No me dio tiempo a
formular nueva pregunta ni a darle mis tiernos adioses. Desapareció en forma
semejante a las magias de teatro. En vez de volverse para tomar la puerta se
desvaneció en la cavidad del aposento, dejándome absorto, atontado y sin
respiro. Apenas me repuse de la emoción de tal escena, recorrí con rápida vista
la credencial. [75] Nombraban a Casiana Inspectora de Escuelas con sueldo de
diez mil reales. En nota aparte me decía Bremón que si la señorita Coelho de
Portugal ocupaba sus horas en dar lecciones particulares a domicilio, quedaría
relevada de todas las obligaciones de la Inspección, salvo la de cobrar su
sueldo a primeros de cada mes...
Guardé el
nombramiento, en el que vi un signo de los tiempos. Todo era ficciones,
favoritismos y un saqueo desvergonzado del presupuesto... Después de un largo
titubeo, decidí no dar conocimiento a Casiana de aquel momio inverosímil y
esperar, esperar a que se pusieran de acuerdo los ángeles que me favorecían y
los demonios que me burlaban.
Una noche, avanzado
ya Febrero, cuando Casiana y yo volvíamos de ver una funcioncita en el próximo
teatro de Variedades, donde trabajaban actores tan graciosos como Luján y
Riquelme, nos encontramos a don José Ido en estado de gran consternación y
abatimiento. Creímos que Nicanora estaba con el histérico o que habían llegado
noticias desagradables de Rosita, de quien se dijo días antes que se hallaba ya
fuera de cuenta. No era nada de esto. Dejo al propio Sagrario la explicación
del enigma, reproduciendo el texto fiel de sus acongojadas manifestaciones:
«¡Ay don Tito de mi
alma, qué pena, qué horrible desengaño! Ya sabe Vuecencia que hace dos días
venían corriendo unos rumores sumamente halagüeños para la Patria y para [76]
la Libertad. Las voces públicas decían en tiendas, porterías, plazuelas, cafés,
estancos y boticas que en el Norte estábamos dando una gran batalla, mejor
dicho, que ganamos una y luego dimos otra más reñida y sangrienta, ganándola
también; que en la tercera batalla, el suelo quedó totalmente cubierto de
cadáveres carlistas en una extensión de cuatro leguas a la redonda. Saturio, el
amolador de las Niñas de Loreto, me dijo ayer que de resultas de esa terrible
matazón de carcundas, los pocos que de estos quedaron salieron por pies,
desapareciendo al otro lado del Pirineo.
»Pero ¡ay!... esta
mañana, cuando más contento iba yo entre los puestos de los Tres Peces,
empezaron unos runrunes que dejaban patidifusos aun a los que no les dábamos
crédito. Hice mi compra, y donde quiera que yo iba la voz pública seguía
cantando el miserere. Al entrar en la Plaza de Matute, para comprar vino en el
almacén de Roque, me encontré al amolador y al sacristán de las Niñas que
discutían en medio de la calle. El sacristán, que es más neo que Judas y más
borracho que Noé, se dejó decir que a los liberales nos habían dado un palizón
horroroso... Qué tal sería la somanta, que los carlistas cogieron prisionero al
Rey don Alfonso y se lo llevaron a Estella».
Siguió diciendo el
manso filósofo que del sofoco que tomó al oír tales desatinos le flaquearon las
piernas, y tuvo que arrimarse a la pared para no dar con su pobre cuerpo en
[77] el suelo. Luego se equivocó de tienda y le armaron el gran escándalo por
pedir tinto de mesa en una cerería. Al referirnos esto, se acentuaba tanto la
flaccidez del rostro del buen hombre que los huesos se le transparentaban
debajo de la piel, y la nuez le crecía desaforadamente.
«Esta tarde
-prosiguió mi atribulado patrón, sentándose para tomar aliento-, me fui a
Buenavista con la esperanza de que mi primo Macario, sargento de la brigada
obrera de Estado Mayor, me sacara de mis horribles dudas y me dijese la verdad
de lo acontecido en Navarra. ¡Ay Dios mío, cuánto sufre un corazón patriota
cuando el demonio enreda las cosas de la guerra!... Lo que ha sucedido es cosa
desdichada y lastimosa; pero no tanto como las asquerosas mentiras que contaba
esta mañana el rapavelas de las Niñas de Loreto. Parece, según reza el
telégrafo, que entre dos pueblos llamados si no recuerdo mal Lácar y Lorca,
hubo un momento en que por milagro de Dios Nuestro Señor no cayó Alfonso XII en
poder del faccioso.
-Estas cosas de la
guerra -dije yo, dándole ejemplo de serenidad-, son para miradas despacio.
Esperemos los despachos oficiales que nos darán relación detallada de los
hechos. Tranquilícese, don José; tomémoslo con calma, que ni por una victoria
debemos perder el sentido, ni por un descalabro hacer malas digestiones. La
grandeza de un pueblo no está en la guerra sino en la [78] paz; la desdicha de
los españoles consiste hoy en que para llegar a la paz tenemos que pelearnos
fieramente unos con otros. A los labradores hemos convertido en soldados, y
ahora falta que los mansos obreros del terruño se cansen de andar a tiros y
vuelvan a coger el arado».
A la noche siguiente
no falté a la tertulia que algunos amigos teníamos en el Café de Zaragoza.
Casiana iba conmigo. Asiduo concurrente a nuestras mesas era el Capitán
Palazuelos, a quien yo conocí de Teniente el año anterior: a la sazón prestaba
servicio en la Subsecretaría de Guerra. En cuanto llegué se puso a mi lado y me
refirió lo que sabía del suceso de Navarra, acaecido no lejos del siniestro
lugar en que murió trágicamente el General Concha. He aquí su relato sucinto:
«El 2 de Febrero, si
no estoy equivocado, el jefe carlista Mendiri atacaba con preferencia al
segundo Cuerpo del Ejército, por suponer que con el General en Jefe, Primo de
Rivera, hallábase el Rey Alfonso. En la tarde del 3, cuando menos lo esperaba
la división Fajardo, compuesta de dos brigadas (una de las cuales estaba en
Lácar bajo el mando de Bargés y la otra en Lorca), embistieron los de Mendiri
el pueblo de Lácar con extraordinaria bravura, llevando consigo a Cavero,
Pérula y no sé quién más, con aguerridos batallones y bastantes piezas de
artillería. Ante lo formidable del ataque flaquearon los nuestros; oyéronse
gritos de: ¡Estamos vendidos! ¡Sálvese el que pueda!, y el Regimiento de [79]
Valencia se dispersó, siguiéndole al poco rato los soldados de Asturias. Ni
Fajardo ni Bargés cuidaron de poner centinelas en los altos de Alloz y de
Murillo, y a ello se debió principalmente el descalabro.
»Cuando Fajardo, que
estaba en Lorca, oyó los primeros disparos, se puso al frente del Regimiento de
Gerona y se dirigió a la montaña que separa aquel pueblo del de Lácar. Mas nada
pudo hacer para dominar la confusión en aquella hora fatídica. El desaliento
era unánime, lo mismo en los jefes que en los soldados. También se dispersó el
Regimiento de Gerona, y el brigadier Viérgol se vio forzado a retirarse del
sitio de peligro. Primo de Rivera, ocupado entonces en el emplazamiento de
piezas de Artillería sobre Monte Esquinza y en hacer pruebas de puntería sobre
los pueblos enemigos, acudió en auxilio de los de Lácar y Lorca, logrando
remediar un tanto el desastre.
»En la madrugada del
4, el General Fajardo, al frente de la tropa, con las cajas de caudales,
botiquines y material de guerra, salió de Lorca, retirándose hacia Esquinza.
También los de Mendiri se desmandaron, y viendo este que sus tropas se lanzaban
al saqueo y al inútil derramamiento de sangre, retirose a Estella. En el
Ministerio aseguran que el Rey no estuvo en peligro más que breves instantes.
Alguien ha dicho que se hallaba en la torre de una iglesia situada entre los
pueblos de Lácar y Lorca. Según las [80] versiones oficiales, Su Majestad
permanecía en su alojamiento de Villatuerta, donde oyó muy de cerca los
disparos de fusilería. Cuentan que dijo a los que le rogaban que no se
aventurase a salir: Un Rey no debe ocultarse cuando silban las balas a su
alrededor. Cómo y en qué forma salió de su alojamiento, no he logrado saberlo.
En Guerra me han dicho, sin precisar la hora, que el Rey emprendió la marcha a
galope tendido hacia Puente la Reina».
A mis observaciones
sobre la obscuridad del relato de Palazuelos, contestó este: «Ha de pasar algún
tiempo antes que sean conocidas en todos sus pormenores las jornadas dudosas y
equívocas que hoy designamos con los nombres de Lácar y Lorca. Entiendo yo que
la Historia, cuando se ve precisada a referir con verdad acontecimientos de
esta índole, pasa grandes apuros y se ve ahogada en perplejidades enojosas. Los
que intervinieron en estas acciones, procediendo con negligencia o
aturdimiento, no ponen en sus despachos la debida fidelidad. Si es sospechoso
el testimonio de los nuestros, también lo es el de los enemigos, que siempre
exageran y sacan las cosas de quicio cuando han tenido algún momento
afortunado... Los carlistas cantaron victoria al recogerse a Estella. Ya
veremos quién cantará el último».
Cuando terminó el
Capitán su bosquejo de Historia equívoca, nos enredamos en otras pláticas más
amenas y en bromas y diálogos picantes que no nos corrompían las oraciones.
[81] Amenizaba las tertulias cafeteras un pianista navarro llamado Cárcar, que
solía venir a nuestra peña brindándonos las piezas de su repertorio que más nos
agradasen. Aquella noche, para quitarnos el amargor de las desagradables peleas
de Lácar y Lorca, le pedimos que tocara jotas y rondallas, pues era consumado
maestro en la música popular de su tierra. Hízolo prodigiosamente y los
aplausos creo que se oyeron en Getafe. Hartos de conversación y de música nos
retiramos, no sin que Casiana hiciera la indispensable requisa y acopio de
terrones de azúcar para endulzar nuestro café matutino. Con este típico detalle
queda bien demostrado que en aquella dichosa era de distinción y elegancia
habíamos escogido lugar preeminente en la esfera de la cursilería.
Pocas noches pasaron
hasta una que en cierto modo debo llamar memorable, porque en el diálogo
familiar que tuve con Ido del Sagrario no faltaron unas briznas de Historia.
«Venga usted acá, excelso patrón -le dije, viéndole entrar en casa cabiztivo y
pensibajo-. Acérquese y le contaré un suceso que disipará sus murrias,
colmándole de satisfacción y alegría... Aquí tiene usted a Casiana, su ilustre
discípula, que pronto va a saber más que el maestro.
-Así lo creo y lo
deseo, Excelentísimo Señor -dijo el filófoso, tomando asiento a respetuosa
distancia.
-Ya sabe Casiana el
suceso de autos que voy a contarle a usted, y se ha puesto muy [82] contenta...
Ea, no quiero dilatar el plato de gusto que le tengo a usted preparado. Oiga,
don José, y vaya sacudiendo las tristezas que le agobian desde que supimos la
terrible trapatiesta de aquellos malditos pueblos navarros. ¡Ánimo, valiente,
que no hay mal que cien años dure, ni desdichas que no terminen con algo
lisonjero!... Pues, señor: don Alfonso XII celebró en Puente la Reina Consejo
de Generales, donde se acordó lo que no sabemos ni nos importa. De allí fue a
Pamplona y luego se dirigió a Logroño, con objeto de visitar al Duque de la
Victoria. ¿Qué tal? Su ídolo de usted, el invencible Espartero, recibió al
joven Monarca con las demostraciones de afecto más efusivas, y pidiendo a sus
ayudantes la cruz laureada de San Fernando, que él ganó en las gloriosas
campañas de la primera guerra civil, la puso en el pecho del simpático
reyecito. Debo añadir amigo don José, para que usted se esponje, que al realizar
don Baldomero este acto de acendrado monarquismo, elogió calurosamente la
conducta de Alfonso XII en la breve campaña que a usted le tiene tan
compungido.
-Algo es algo. ¡Viva
el Duque! -exclamó Ido-. Me complace el suceso; pero siempre me queda un dejo
de aquellos amargores.
-Sursum corda.
Recobre usted su fe en la libertad; hínchese de patriotismo; nos hincharemos
todos... Y ahora, don José, cuídese de que nos sirvan la cena. ¿Verdad,
Casiana, que el patriotismo nos desarrolla furiosamente [83] las ganas de
comer?... Oiga, señor Sagrario: para celebrar el suceso con la debida
solemnidad, dígale a Nicanora que nos ponga una tortilla de seis huevos, para
los dos, y esas chuletas a la papillote por las cuales merece su esposa de usted
el título de Cocinera de los Dioses».
- VII -
Menudas jaquecas
daban a don Antonio los señores del lastre reaccionario, que pesaba brutalmente
en la nave de la Situación. Por el sistema efemerídeo que me había revelado la
Madre, introducía yo mi pensamiento en el cerebro del grande hombre. Allí se me
comunicaba su iracundia por las enormidades que imponerle querían los bárbaros
del vetusto Moderantismo. Ponían estos el grito en el cielo al ver que los
primeros puestos de la Política, de la Administración y del Ejército eran
arramblados por la taifa de Septiembre, y se aprestaron a las represalias
metiendo a don Francisco Cárdenas, Ministro de Gracia y Justicia, en el jaleo
de derogar la Ley de Matrimonio Civil de 18 de Junio de 1870. Con tal atropello
resultaron concubinatos los matrimonios legalmente contraídos, y naturales los
hijos habidos en ellos. Horrísona tempestad levantó en la Prensa y en la
opinión este atroz desafuero, y mientras el Papa se frotaba las manos de [84]
gusto, el jefe de los alfonsinos rabiaba en silencio, viendo frustrado su sano
propósito de cimentar su política en el Manifiesto de Sandhurst.
Nadie me contaba el
estado mental del Presidente del Consejo. Sentíalo yo en mí mismo por el
contacto misterioso del pensar canovístico con el pensar de este humilde vocero
de la vida hispana. Por el mismo artilugio milagroso pude apreciar que no
hicieron maldita gracia al insigne malagueño los airados decretos con que
Orovio puso en la calle y desterró a los Catedráticos de la Universidad
Salmerón, Giner de los Ríos, Azcárate y otros, lumbreras de la Filosofía y del
Derecho, y apóstoles de la libertad de conciencia. Por este acto de brutal
intolerancia y por sus pintorescos chalecos, transmitió su nombre hasta los
alrededores de la posteridad el Marqués de Orovio que, aparte su ciego
fanatismo, era una persona decente y honrada.
Con un bello desorden
que a mi parecer da colorido y sabor picante a las minucias históricas, os
contaré que el Rey don Alfonso, muy contento con la cruz laureada que Espartero
puso en su pecho, partió de Logroño a Burgos, y después de visitar Valladolid y
Ávila regresó a Madrid, donde las masas oficiales le recibieron con palmas. En
tanto, su madre doña Isabel no cesaba de mover el ánimo irritable de los
borbónicos netos para que le abrieran brecha o caminito por donde colarse en el
suelo patrio. Suspiraba por la [85] espesura florida de Aranjuez; necesitaba
una estación balnearia para la primavera, y en verano no podrían pasarse, ni
ella ni las Infantitas, sin los baños de mar.
Cánovas, que
profesaba el principio filosófico-político de mantener a las Reinas Madres
alejadas del foco de la gobernación, indicó a doña Isabel, con muchísimo
respeto, la residencia de Mallorca para sus esparcimientos y regocijos
primaverales y veraniegos. En esto, sabedor Carlos VII de los anhelos de su
augusta prima, le escribió brindándole para su descanso y recreo las Provincias
Vascongadas donde él reinaba... Ridícula es la carta en que el Pretendiente ofrecía
las playas vizcaínas y guipuzcoanas a doña Isabel para su temporada estival.
Entre otras simplezas se dejó decir lo siguiente: «Si quieres ir a Lequeitio o
Zarauz, donde estuviste en otras épocas, puedes ocupar los mismos palacios que
entonces habitaste, pues no creo posible que en tal caso los marinos de tu hijo
continuaran bombardeando aquellos puertos, y si lo intentasen, tengo cañones de
suficiente alcance para que te dejen tranquila». Doña Isabel fue lo bastante
discreta para no aceptar la farandulesca protección de su primito. ¡Estaría
bueno que las dos ramas que habían desgarrado el cuerpo de la pobre España
disputándose un trono durante más de medio siglo, hicieran paces vergonzosas
por los baños de ola de Lequeitio!
Si buenas dosis de
acíbar tragó Cánovas por las imposiciones del elemento retrógrado [86] y
obscurantista, como diría Ido, no fue mala compensación la dulzura de ver
entrar en la legalidad al truculento guerrillero don Ramón Cabrera, culminante
figura del carlismo. Conviene consignar algunos antecedentes familiares de este
gran suceso. Cuando el llamado Tigre del Maestrazgo pasó el Pirineo en 1840,
perdida ya la causa de don Carlos, fue a parar a Inglaterra, donde la fama de
su temerario arrojo rodeó su nombre de una aureola de trágica leyenda. En
Londres se destacó vigorosamente su atezado rostro, su mirada fulgurante, el
aspecto de fiereza medioeval, y se contaban las cicatrices que hacían de su
cuerpo un heroico jeroglífico. No necesitaron los ingleses forzar su
imaginación para ver en Cabrera una figura genuinamente shakespiriana.
Pasado algún tiempo,
la leyenda del guerrillero y su presencia personal interesaron el corazón de
una dama inglesa, protestante, rica y noble. La dama y el héroe contrajeron
matrimonio con todas las de la ley. Entró, pues, Cabrera en una vida pacífica y
burguesa, a la cual se atemperó fácilmente el adalid más terrible, sagaz,
activo y sanguinario que ha existido en nuestras discordias civiles. Determinó
esta evolución del carácter de Cabrera el genio de su esposa, que supo subyugar
la fiereza del cabecilla insigne.
El tigre cedió a la
blanda ferocidad de la tigresa, convirtiéndose en apacible cordero. Un amigo de
Cabrera, que le había conocido [87] en España, me contó que una noche fue a
visitarle a su casa de Londres, situada en el West, junto a un Square o
plazoleta jardinada. Al entrar en esta encontró a don Ramón, de frac, fumándose
tranquilamente un puro. Al abrazar a su amigo, el tigre domesticado le dijo:
«Me encuentra usted aquí porque mi mujer no me deja fumar en casa».
En rigor de verdad
debe decirse que más que la señora contribuyó a la domesticación de la fiera el
plácido ambiente de un país liberal y protestante, de un país en que imperaba
la justicia y el orden, en que los ciudadanos vivían dichosos ejercitando sus
derechos y sometidos al suave rigor de las leyes. A nadie pudo sorprender que
un hombre tan inteligente y agudo como Cabrera evolucionase radicalmente,
acabando por abominar de la salvaje guerra dinástica de su país, y se asqueara
de las vesanias y horrores en que él desplegó todo su coraje. Últimas palabras
de esta conversión fueron los intentos de transigir con don Amadeo y aun con la
República, y, por último el acto decisivo de reconocer a don Alfonso como el
único Rey posible en España. A este feliz resultado se llegó mediante
negociaciones en que intervinieron de una parte el Duque de Santoña, Merry del
Val y Pareja de Alarcón, y de la otra el señor Homedes, sobrino del famoso
guerrillero, y otros amigos de este.
En un Manifiesto
publicado en París, dijo Cabrera a los carlistas con buenas formas que el
absolutismo teocrático era una estupidez [88] en nuestros tiempos, y que del
lema de la bandera facciosa dejaba a los fanáticos el Rey, llevándose consigo
el Dios y Patria. Don Carlos espetó contra su antiguo General un enfático
documento, privándole de todos sus títulos, empleos y honores, castigo que al
flamante alfonsino le tenía sin cuidado. En cambio don Alfonso incluyó el
nombre de Cabrera en el escalafón de Capitanes Generales, reconociéndole el
título de Conde de Morella y todas las condecoraciones que ganara en los campos
de batalla, peleando contra la causa liberal.
Figurando ya en la
Grandeza militar y social del nuevo reinado, el de Morella se instaló en
Biarritz para trabajar más de cerca en pro de Alfonso XII. Muchos carlistas
prestigiosos se fueron con él, y la estrella del Pretendiente empezó a perder
su brillo, anunciando un próximo eclipse. Aquel amigo que había encontrado a
Cabrera en la plazoleta del West londinense fumándose un habano, me contó que
en Biarritz la transformación de la figura del tigre superaba en radicalismo a
la mudanza de sus ideas y de su carácter. Se había dejado la barba; su rostro
no carecía de serenidad placentera; el empaque y la ropa delataban la rigidez
protestante y el característico tono británico. Hablando, salpicaba de sus
labios un ligerísimo acento inglés. ¡Oh tempora, oh mores!
Mezclando sabiamente
lo útil con lo dulce, conforme al precepto del Latino, os contaré que Casiana
Coelho adelantaba maravillosamente [89] en sus estudios. Había pasado el Catón,
y ya leía sin grandes tropiezos las primeras páginas de la infantil
enciclopedia llamada Juanito. En la escritura, vencido el agobio de los palotes
y el duro aprendizaje de letras sueltas, escribía palabritas enteras con
limpieza caligráfica y puro estilo de letra española. Gozaba yo lo indecible
viéndola trabajar, y el paciente Sagrario me profetizó que el año próximo la
señorita de Vargas Machuca sería un portento de ilustración.
Continuaba yo
manteniendo en reserva la famosa credencial de Casiana, y como mi conciencia
repugnaba la villanía burocrática de cobrar el sueldo de la Señora Inspectora
sin que esta prestase al Estado servicio alguno, inclinábame a permanecer a la
expectativa, sospechando que el tiempo o los espíritus amables me traerían una
solución decorosa. En tanto, deslizábase mi vida sosegada y sin quebraderos de
cabeza, viendo pasar los días grises y melancólicos: si alguno traía un suceso
digno de atención, el siguiente se lo llevaba para diluirlo en las penumbras
del olvido.
Redondeaba mi
tranquilidad la paz amorosa de mi unión con Casianilla, cuya modestia,
docilidad y aptitudes caseras, encantábanme lo indecible. La compenetración de
nuestros caracteres y de nuestros gustos llegó a ser tal, que mi pensamiento
rechazaba con horror la idea de separarnos. Ya he dicho, y ahora repito, que
nos habíamos declarado muy a gusto figuras culminantes en [90] la flor y nata,
o dígase crema, de la cursilería.
Para que mis
simpáticos lectores se rían un rato, les contaré lo que hacíamos mi compañera y
yo, ganosos de afianzarnos y sobresalir dignamente en aquella interesante clase
social. Sigo creyendo que la llamada gente cursi es el verdadero estado llano
de los tiempos modernos, por la extensión que ocupa en el Censo y la
mansedumbre pecuaria con que contribuye a las cargas del Estado. Atención,
caballeros. Mi Casiana era su propia modista. Juntos íbamos los dos a comprar
las telas; luego, entregábase la pobre chica al corte y confección en la mesa
del comedor, guiándose con patrones hechos de papel de periódico y figurines
sebosos, que le traía no sé de dónde su tía Simona. Largas horas de la tarde y
la noche dedicadas a la costura, sin sustraer tiempo al estudio, completaban la
obra, y cuando llegaba la ocasión de las probaturas, estas se hacían en mi
presencia para requerir mi opinión de hombre de mundo y corregir los defectos
que yo advirtiera.
Sepan también las
edades futuras que mi compañerita se arreglaba los corsés, echando piezas
nuevas allí donde hacían falta, renovando ballenas, ojetes y cordelillos. En
cuanto a los polisones ¡ay!, yo, Prometeo Liviano, era el fabricante de
aquellos absurdos aditamentos. Tras cortos ensayos llegué a dominar el armadijo
de alambres y crinolina, que hubiera causado vergüenza y horror [91] a la Venus
Calípige. Agradecía Casiana esta colaboración convirtiendo en lindas corbatas
para mí los retazos sobrantes de sus vestidos. Sus hábiles manos confeccionaron
igualmente un chaleco que resultó tan bien cortado y fashionable como los de
Orovio.
Cuando teníamos
aderezado nuestro equipo nos echábamos a la calle pistonudos y fachendosos, y
exhibíamos nuestras personas en Recoletos, la Castellana y el Retiro,
saboreando el efecto que causábamos en la plebe ignara. A los teatros íbamos
comúnmente con el noble carácter de tifus, acudiendo a la fina amistad de
Ducazcal, Arderíus y otros rumbosos empresarios. Rara era la noche en que
faltábamos al café, prefiriendo los que tenían piano y violín, complemento artístico
de la frescura de la leche merengada y del rico chocolate con picatostes.
Deliciosos ratos pasábamos en las soirées cafeteriles, entre la escogida
sociedad de señoras equívocas y señoritas del pan pringado, sin olvidar a
última hora la rapiña picaresca de terrones de azúcar.
Procedía yo de esta
manera extremando las formas de ordinariez presumida, no por el corto gasto que
tal vida supone, pues bien podía dármela mejor, sino porque se me habían hecho
odiosas las elegancias faranduleras y la hinchada presunción traídas a la
sociedad española por el cambiazo de Sagunto.
Me cargaban los
hombres jactanciosos y vacíos que se habían elevado de la pobreza cesantil a
las harturas del presupuesto, gentes [92] por lo común holgazanas,
marimandonas, atentas no más que a encarnar en sí mismas la pesadumbre del
armatoste burocrático. Me reventaban los Condes y Marqueses, mayormente los de
nuevo cuño, sacados por don Amadeo y don Alfonso del montón de indianos
negreros, de mercachifles enriquecidos o de agiotistas sin conciencia. Me encocoraban
los señores pudientes, que rebajando su jerarquía ancestral entregábanse al
servilismo palaciego y monárquico. Detestaba, en fin, todas las vanidades que
se habían mancomunado para contener los progresos de nuestra Patria, y
encerrarla dentro de unos moldes que no podría romper sin nuevas y más
iracundas revoluciones.
Como yo me tenía por
superior a toda esta turbamulta, materializaba mi desprecio adoptando la
modalidad que a mi parecer era contrafigura del señorío infatuado, rémora
contumaz de la vida española. Y cuando ante él ostentábamos Casiana y yo
nuestros atavíos fachosos, mentalmente les decíamos: «Miradnos bien. Somos
cursis por patriotismo».
Mis odios más vivos
recaían sobre una casta de señoritos en su mayor parte salidos de las
Universidades, ricos por su casa, y algunos participantes de las delicias de la
nómina. Trastornadas estas criaturas por las parambombas que introdujo la
Restauración, elevaron a fórmulas dogmáticas el arte y reglas de la elegancia.
A todos los que no tuviéramos exquisita hechura personal, en modales y ropa,
nos miraban como a raza inferior, [93] no más digna de aprecio que las turbas
gregarias despectivamente llamadas masa obrera. Entre ellos y los de abajo
ponían una barrera de lenguaje, neologismos extraños, chistes y camelos,
mezclados de una galiparda insubstancial.
Citaré el caso de uno
de estos mancebos de cultura somera y ademanes finústicos, que, tras una
temporadilla de dos semanas en París, volvió acá reventando de exquisitismo
europeo. Su refinamiento no excluía el gusto extravagante de algunos manjares
españoles tan ordinarios como sabrosos. En suma, que le gustaba con delirio el
plato llamado callos. Entró a cenar con varios amigos en uno de los mejores
restaurantes de Madrid; mas no se atrevió a pedir el comistraje de su gusto con
el nombre español, que a su parecer era lo más contrario al buen tono. Después
que sus amigos pidieron lo que les vino en gana, él dijo al mozo: «Para mí
traiga usted... A ver, a ver... ¿Cómo se llama eso?... Ya, ya... tripe à la
mode de Caen».
- VIII -
Confundidos Casiana y
yo entre el gentío fastuoso y el de medio pelo que paseaba en la Castellana o
el Retiro solíamos encontrarnos con Leona la Brava, acompañada de su amiga
María Ruiz. Una tarde, bajando de la Casa de Fieras al Parterre, nos sorprendió
la [94] voz de Leonarda, a quien vimos bebiendo un vaso de agua en la Fuente
Egipcia. No iba con María Ruiz sino con una doncella de servir llamada Pilar,
que a Casiana conocía por haber dado juntas no pocos pasos en las correrías
mundanas. Reunidas las tres mujeres y yo, seguimos deambulando.
Leona, que en otras
ocasiones había mostrado simpatía por Casiana, estuvo aquella tarde más
expresiva, diciéndole entre otras cosas amables: «Mujer, no te des tanto tono.
¿Por qué no has ido a mi casa como me prometiste aquella noche que nos vimos a
la salida de la Zarzuela? Tendré mucho gusto en que comas conmigo. Después de
comer iremos al teatro, donde se nos agregará tu gallardo caballero, que no
vive separado de ti».
Contestaba Casiana
modosita y con infantil cortedad... Balbuciente, ya se excusaba con finura
encogida, ya contemporizaba prometiendo acceder a la invitación. La Pilar,
aunque se hallaba en servidumbre, miraba con cierta protección compasiva a la
pobre Casiana, considerándose como término medio entre el esplendor de su ama y
la obscuridad de la que en otros tiempos fue su igual en la vida galante.
Desmedido era el
contraste entre la vestimenta magnífica y un poquito estrepitosa de Leona y los
trapos caseros de mi humilde amiguita. Esta me había dicho mil veces que no
sentía envidia de la dama de Mula, a pesar del rumbo que gastaba, y andando el
tiempo me dio pruebas mil de su encantadora [95] modestia. Cuando salíamos del
Paseo de las Estatuas a la calle de Alfonso XII, me dijo La Brava con su
poquito de misterio:
«Este año tardaré un
poco en salir a mi veraneo, porque Alejandrito tiene un asunto... un negocio...
un proyecto de ferrocarril que ha de ir por Miraflores a Segovia y La Granja...
ya te contaré... y hasta que no se lo despachen no saldremos... No sé si sabes
que los moderadotes están que echan bombas: todo lo quieren para sí, les belles
places, les gros affaires, la lune et le soleil... Y a propósito: Alejandrito
les ha vuelto la espalda, arrimándose a Romero Robledo y a López de Ayala, que
le han prometido echar los bofes para sacar adelante su asuntillo. Cuando esto
sea, nous partirons pour la France. Pasaremos una temporadita en Arcachón y
luego nos vendremos a Biarritz».
Terminó Leona sus
confidencias diciéndome que Carlota Pastrana se iría pronto a San Juan de Luz,
y que María Ruiz estaba aux abois, porque el suyo, que era empresario de casas
de juego, dio el trueno gordo y tuvo que salir escapando de Madrid para que no
le matasen.
En la Cibeles nos
separamos. Cuando íbamos hacia nuestra casa, la discreta Casiana consagró a la
dama de Mula estos juicios sinceros: «Leonarda es linda, simpática y cariñosa.
Viste muy bien y tira el dinero que es un gusto... Pues con todo eso, yo no
quiero parecerme a ella. Según tú, La Brava y yo nos asemejamos en que las dos
hemos querido [96] instruirnos para pasar de burras a personas. Pero no es lo
mismo, Tito. La de Mula hipa por la grandeza, aprendió el habla fina, luego el
francés, y todo su aquel es tratarse con hombres ricos. Busca el boato, la
bambolla, y así como otras se pintan la cara para ser más bonitas, Leona se
pinta el alma con la ilustración para que se enamoren de ella los Duques, los
Príncipes y hasta los mismos Reyes.
»Yo soy de otra
manera; no pretendo más que saber leer y escribir, y unas miajas de Aritmética
para llevar las cuentas de mi casa. Muy corto es mi genio, pero más cortos son
mis deseos. Con un poquitín de lo que Dios reparte a sus criaturas tengo
asegurada la felicidad: un hombre bueno que me quiera, una casa modesta y
limpia, un pasar mediano y sin ahogos, un vivir tranquilo, cuidar a mi hombre y
tenerle todo a punto y muy arregladito, y para colmo de contento mi plancha, mi
aguja y mi estropajo».
Entre San Juan y San
Pedro, entrada de verano, cambiamos Casiana y yo el escenario en que exhibíamos
nuestras bien aderezadas personas. Abandonamos la Castellana y el Retiro, y
vestidos cómodamente y sin pretensiones nos íbamos por las tardes a la Fuente
de la Teja o a la Pradera del Corregidor. La libertad del vivir plebeyo al aire
libre nos encantaba, mayormente cuando llevábamos merienda o cena y nos la
comíamos tumbaditos sobre la hierba.
Era nuestra delicia
la sociedad de los ventorrillos, [97] donde escuchábamos las conversaciones más
graciosas; los musiquejos mendicantes nos divertían, y el vocerío alegre
regocijaba nuestros corazones. Por cierto que una tarde encontramos a María
Ruiz, una de las amigas de Leona, paseando del brazo de un gallardo sargento de
Caballería. Al poco rato bailaban una mazurca, bien agarrados, al son de los
atronadores organillos. Otra tarde se nos apareció el masón llamado
burlescamente Epaminondas, a quien conocí en la tertulia de Candelarita
Penélope. Le convidamos a merendar en un ventorro; aceptó, y apenas nos
sentamos los tres, empezó a discursear de esta manera:
«Ya tenemos a
Periquito hecho fraile, ya tenemos a Sagasta metido en la legalidad. ¿No leíste
la semana pasada el artículo de La Iberia? Pues bien claro lo dice. Los
elementos procedentes del amadeísmo y del unionismo, juntamente con los restos
del antiguo progresismo que no están con Zorrilla, quieren ahora formar un
partidito que a un tiempo se llame liberal y borbónico. ¿Entiendes esto; lo
entiende usted, señora?
-Sí que lo entiendo,
querido Epaminondas -respondí yo- Ni el elemento liberal ni el elemento
borbónico quieren perecer. Para vivir y pescar lo que se pueda, se alían, se
juntan, y buscan un dogma que encuentran en seguida... Aquí hay dogmas para
todo, hasta para las combinaciones y mezcolanzas más extravagantes...
Encontrada la fórmula, se aprestan todos a comulgar en la iglesia [98]
alfonsina que hoy abre de par en par sus puertas al culto del Funcionarismo. No
te asustes de nada, Epaminondas. Sagasta formará un partido liberal dinástico
que alterne con el de Cánovas en la gobernación de estos Reinos venturosos.
-A eso iba -prosiguió
el masón, mostrando en su rostro el júbilo y la vanagloria de contar un suceso
que él solo sabía-. Óyeme. Puedo asegurarte, como si lo hubiera visto, que ayer
y hoy se han reunido Sagasta y Cánovas en casa de este último, Fuencarral, 2.
Encerrados estuvieron más de dos horas cada día, tratando de... La conversación
entre ambos prohombres no he de referírtela, porque no la oí... Pero te diré,
si te interesa saberlo, la hora exacta con minutos en que entró Sagasta y la
hora en que salió. Lo sé por Ramón, el ayuda de cámara de don Antonio, que es
paisano y amigo mío, y todo me lo cuenta... Total, es claro como el agua que
los empingorotados corifeos conferenciaron acerca de la forma y modo de fundar
el nuevo partidito, bajo la base del equilibrio de los elementos dinásticos,
conforme al credo borbónico.
-En mi sentir
-respondí yo- todo lo que me has dicho es la pura realidad. Por mi parte, debo
declarar que no patrocino el nuevo partido ni me opongo a su creación, y así lo
hago por dos razones: la primera es que sucederá lo que debe suceder, y la
segunda, que todo ello me tiene sin cuidado».
Disertamos un poco
más sobre el asunto, [99] cada cual según su temperamento y estilo, hasta que
el amigo Epaminondas se fue con unas mozas barbianas que salieron del merendero
próximo.
Transcurrieron días
calurosos, tardes de holganza placentera en las soledades campesinas, noches
serenas que empezaban tibias y concluían con dulce frescura matinal. Más de una
vez, la aurora risueña nos acompañó a Casiana y a mí al tornar a nuestra
vivienda.
El primer suceso
público que relatan mis crónicas en la declinación del verano fue la
recrudescencia de las sofoquinas que a don Antonio daban los moderados. Los
antagonismos en el seno del Ministerio parecían ya irreductibles. Se tiraban
los trastos a la cabeza por si las primeras elecciones de la Restauración
habían de hacerse con el sufragio universal o con el restringido. Cánovas del
Castillo, que a sus grandes talentos unía un arte sutil para deshacerse de los
revoltosos y amansar a los díscolos con el sencillo gesto de abandonar el
Poder, dejando tras sí como emblema de castigo el vacío de su persona, inventó
un Ministerio Jovellar que fue plasmado rápidamente en esta forma: Romero
Robledo, Ayala y Salaverría conservaron sus carteras de Gobernación, Ultramar y
Hacienda. En Guerra, con la Presidencia, quedó Jovellar. Y entraron: en Estado,
don Emilio Alcalá Galiano, Vizconde del Pontón; en Fomento, don Cristóbal
Martín Herrera; en Gracia y Justicia, don [100] Fernando Calderón Collantes, y
en Marina, Durán y Lira.
Heroico remedio fue
para la turbada política el mutismo de don Antonio, mejor dicho, medio mutis
como los que en las acotaciones de las comedias se designan con la siguiente
fórmula: hace que se va y se queda. Para estos pasos escénicos tenía el maestro
Cánovas una singular destreza, casi estoy por decir travesura, y de ello dio
nuevos ejemplos en posteriores épocas de su mando. El flamante Ministerio
correspondió dócilmente a los fines que motivaron su presencia en el retablo
político, y el 1.º de Octubre, tras una gestación que no debió ser muy
laboriosa, la señora Gaceta dio a luz un decreto estableciendo que el nuevo
Parlamento se formaría con arreglo a la ley electoral de 1870. El sufragio
universal había vuelto a levantar la cabeza, y los moderados, con excepción del
inflexible don Claudio Moyano, bajaron la cresta convencidos de que se
quedarían fuera de la circulación política si continuaban encerrados en las
covachas del tiempo viejo.
Desembarazado de los
engorrosos obstáculos que le ocasionó la cuestión electoral, Cánovas volvió a
ser cabeza visible de la Situación en la Presidencia del Consejo. A Jovellar
dio el mando supremo de Cuba, prebenda que fue muy del agrado del General. En
Guerra entró Ceballos; en Fomento el Conde de Toreno. Martín Herrera pasó a
Gracia y Justicia, y don Fernando Calderón Collantes a Estado. Los demás
Ministros, [101] excepto Alcalá Galiano, siguieron en sus puestos.
Ante un público de
amigos inquietos y ambiciosos, congregado en el Circo del Príncipe Alfonso el 7
de Noviembre, celebró Sagasta con endechas tribunicias el advenimiento del
partido liberal monárquico y la felicidad que había de resultar del turno
pacífico, del equilibrio, del balanceo metódico entre los dos elementos que
diferenciaban e integraban la política general, sirviendo a la Nación y al Rey
cada cual con su credo, cada cual con su dogma, sin perjuicio de comulgar ambos
en el ideal común, en el ideal dinástico, etc... No expresó don Práxedes su
pensamiento con los vocablos y frasecillas que aquí empleo. Yo no asistí a la
reunión; pero creo interpretar fielmente la substancia del discurso utilizando
las notas tomadas al oído que me trajo el diligente informador Epaminondas.
Que Sagasta puso en
las nubes la Constitución del 69 y pisoteó la del 45, no hay para qué decirlo.
Hizo un discreto elogio de los derechos individuales y de la libertad de
conciencia, armonizando estas conquistas con el estricto mantenimiento del
orden, y concertó las notas chillonas del Himno de Riego con la grave salmodia
de la Marcha Real. El Partido Constitucional combatiría con el mismo ardimiento
los excesos de la demagogia y las atrocidades de la reacción... Todo iba bien,
muy bien. Los liberales dinásticos, provistos ya de las necesarias recetas para
entrar con [102] salud en la política activa, andaban por Madrid a fines del 75
como chiquillos con zapatos nuevos. Faltaba que el Gobierno convocase al pueblo
a los comicios, que se efectuaran las elecciones, y que se supiera quiénes
salían triunfantes del seno hermético de las urnas.
Perdonadme, lectores
de mi alma, que pase como gato fugitivo por este período de una normalidad
desaborida y tediosa, días de sensatez flatulenta, de palabras anodinas y
retumbantes con que se disimulaba el largo bostezar de la Historia. Todo este
fárrago de convencionalismos resobados pasó de las manos caducas del año 75 a
las tiernas manecitas del 76. Funcionó el artefacto electoral, y para haceros
comprender su eficacia me bastará decir que Romero Robledo estrenó entonces su
extraordinaria maestría en la fabricación de Parlamentos. Con tiempo y saliva
designó y encasilló a los padres de la Patria, formando a su gusto el montón
grande de la mayoría conservadora y el montón chico de la minoría liberal
dinástica, sin olvidar unas cuantas figuras sueltas, sacadas de las urnas o de
los cubiletes con un fin ornamental y pintoresco. Fue al Congreso Emilio
Castelar por el cariño que Cánovas le tenía, y para que no estuviera solo
pusieron a su lado al señor Anglada. Una vez más, y aquella vez más que otras,
lució sobre Madrid y España la espléndida mentira de la Soberanía Nacional.
Ya sé, ya sé que mis
lectores me agradecen [103] mucho que no les cuente la teatral apertura de las
Cortes el 15 de Febrero de 1876, con la fastuosa mascarada palatina, ni el
discurso del Rey, ni los subsiguientes trámites rutinarios de elección de Mesa,
examen de actas y constitución definitiva en las dos Cámaras. Todo esto, visto
a cierta distancia, es aburridísimo, letal, y el que lo contase de buena fe o
lo leyere con paciencia moriría de un ataque agudo de fastidio. Las Cortes
alfonsinas habían de empezar sus tareas pergeñando una nueva Constitución, pues
la del 12, la del 37, la del 45, la del 54 y la del 69, todas incumplidas, o
barrenadas como suele decirse, estaban ya inservibles.
Aunque el pío lector
no me lo agradezca, doy de lado la discusión del Mensaje, juego de pirotecnia
verbosa en el cual cada orador respiraba por sus heridas, conforme a la postura
política en que le habían dejado los sucesos de los últimos años. Pidal se
revolvía contra don Antonio por no haber traído este a la Restauración las
furias ultramontanas; Moyano execraba la Revolución de Septiembre, pintándola
como un criminal esparcimiento demagógico; Sagasta, cantando por todo lo alto,
izaba el gallardete de la Soberanía Nacional; Castelar y Pavía disertaron
extensamente sobre el pro y el contra del 3 de Enero del 74; Cánovas, con
derroches de lógica elocuente, contestaba a unos y otros requiriéndoles a la
paz y concordia en los altares de la legalidad alfonsina; todos, en fin, se
encastillaban en las ficciones o decorosas [104] pamplinas que les servían de
plataforma en aquella encrucijada de los destinos de España.
Sospecho que estas
páginas tendrán más amenidad hablando en ellas de mí mismo, de la honda
depresión de mi ánimo en aquellos días de amodorrante sensatez. Sin que pudiera
decir que estaba enfermo, yo me sentía desganado y triste; apenas salía de mi
casa; ni una sola vez traspasé la puerta del Congreso; huía de la rarificada
atmósfera de los que llaman Círculos, y para colmo de mi desdicha, en los meses
transcurridos del año 76 no me visitó la vaga Efémera, ni tuve más relaciones
con mi adorada Madre que la cobranza de mi asignación en la portería de la
Academia de la Historia, sin que a la entrega de fondos acompañara carta ni
referencia directa de la divina Clío. Llegué a creer que mi Madre yacía en
grave postración espiritual o que se hallaba en estado de catalepsia, única
enfermedad que acomete a los Dioses cuando no tienen nada que hacer, o se creen
dispensados de intervenir en las acciones humanas.
También la vida de
este pobre Tito había llegado a ser vida de durmiente o cataléptico. Sus horas
se deslizaban una tras otra lentas, pardas y sin ruido. El ayer, el hoy y el
mañana eran un solo día: esfumábanse los recuerdos, extinguíase la esperanza...
De improviso, una noche me sacudió y me puso en pie restituyéndome bruscamente
a mi ser normal un suceso inopinado, un relámpago [105] de vida, la visita de
un amigo queridísimo a quien yo no había visto en algunos años. Este amigo era
Segismundo García Fajardo, el rebelde más tenaz y el revolucionario más
gracioso que ha existido bajo el limpio cielo de los Madriles.
En los días trágicos
de la muerte de Prim y en todo el año 70, fecundo en emociones y disturbios,
derrochó Segismundo su agudeza satírica y los donaires de su feliz ingenio en
soliviantar las masas populares de Lavapiés y las Peñuelas. Grande amigo de
Romualdo Cantera, recibió de este albergue y sustento en los azares de la vida
más desordenada y tormentosa que cabe imaginar. Aquel trueno de la política,
bala perdida en la sociedad, era como sabéis sobrino carnal del Marqués de
Beramendi, caballero talentudo y de alta posición, que se cansó de proteger al
mozo cuando las extravagancias de este llegaron a ser escandalosas. Abandonado
del tío y de sus padres, Segismundo se dejó arrastrar por la desesperación
revolucionaria, y aunque no tuvo arte ni parte en el conato de regicidio contra
don Amadeo, fue perseguido con tanta saña que salió por pies y no paró hasta
París. En aquella capital permaneció largo tiempo entre los innúmeros españoles
que conspiraban para cambiar radicalmente las cosas de España.
Cansado, al fin, de
soportar humillaciones, hambre y desnudeces, se valió de sutiles arbitrios para
repatriarse. Atravesó toda Francia empleando los más inverosímiles medios [106]
de locomoción gratuita, y protegido por un fogonero vino de Irún a Madrid...
Cuando ante mí se presentó, su rostro estaba tan desfigurado por la miseria y
su vestimenta era tan haraposa que hubo de decirme su nombre más de una vez
para que yo pudiera reconocerle... Le abracé conmovido, hícele sentar a mi
lado, y él, con voz doliente y asmática, eco de un cuerpo vacío, me dijo: «No
vengo a pedirte albergue, querido Proteo, que ese, aunque no mejor que la
guarida de una bestia, ya lo tengo. Vengo a pedirte un pedazo de pan...».
- IX -
Mi respuesta fue dar
voces llamando a Ido para que nos sirviera al instante la cena. «Cenarás
conmigo -dije a Segismundo-, y con esta señorita, Casiana Coelho, que si no es
ya una profesora de instrucción primaria, lo será muy pronto. Ya sabes que
diariamente, desde esta noche, habrá siempre en mi mesa humilde un plato para
ti». Por causa de la turbación de su ánimo, o quizás por la vacuidad de su
estómago, el pobre Segismundo no pudo expresar su gratitud más que con
truncadas frases expresivas.
Apenas tragó García
Fajardo las primeras cucharadas de sopa y media copa de vino, pudo advertirse
que recobraba su perdido vigor. Ya era otro hombre, y a medida que [107]
avanzaba en la ingestión de alimento, su gesto hacíase menos desmayado y su voz
más segura y vibrante. «Gracias a mi antigua camarera y aposentadora, la
benéfica Señángela -nos dijo-, no duermo a la intemperie. Aquella fiera, tan
deslenguada como caritativa, me ha dado cobijo en un cuchitril inmundo de la
calle de Cabestreros. Allí tengo unos palmos de terreno donde estirarme, sobre
un montón de trastos y rollos de esteras. El amigo Balbona ya no está en la
taberna de la calle de Toledo, y Romualdo Cantera se ha ido a vivir lejos de
Madrid... Todo mi guardarropa se reduce hoy a estos venerables guiñapos que ves
colgados sobre mi cuerpo.
-No te apures, noble
hijo de España -le contesté yo-. Nosotros te proveeremos de ropa con algunas
prendas mías y otras del amigo Ido, que próximamente mide tu estatura. Todo es
cuestión de tijera y aguja. Aquí tenemos a Casianita, que es una gran sastra y
arregladora de vestimentas para todos los gustos. Te adecentaremos... no te
rías... y podrás salir a la calle con elegancia de figurín barato. Ya sabes que
la elegancia es el signo de los tiempos. Bien apañadito, como un estirado
señorete que viene de París, podrás presentarte a tu ilustre tío el Marqués de
Beramendi, y a tu amigo Vicente Halconero».
Poniendo breves
pausas en el buen comer, mi huésped replicó así: «En el fondo y aun en la
superficie de su espíritu, mi tío Beramendi es un rebelde a macha martillo;
pero su mujer, sus hijos y la sociedad en que vive [108] no le permiten
sustraerse a esta atmósfera de artificios convencionales y de mentiras
aparatosas. Los hombres de ideas más avanzadas se vuelven suspicaces y
medrosicos, y se acomodan a vegetar dentro de esta cárcel fastidiosa de la
sensatez monárquica, mayormente si poseen buenas rentas para tratarse a cuerpo
de rey mientras dure su cautiverio. En cuanto los jesuitas establezcan aquí
esos Colegios elegantes de que ya se habla, los primeros niños que entren en
ellos serán los de mi tío Pepe. Así lo quiere María Ignacia y así será.
»Lo mismo te digo de
Vicentito Halconero. Es un chico excelente, talento claro de los que miran al
porvenir y a la regeneración de este pobre pueblo. Pues hostigado por su madre,
Lucila, y por sus suegros los Calpenas, solicitó el acta de La Guardia; le
encasilló Romero Robledo, y ahí le tienes, entre los borregos de Cánovas... no,
me equivoco... entre los de Sagasta, que viene a ser lo mismo. Te diré ahora
que la hermosa Lucila, al cabo de los años, se siente un poco ultramontana y
papista. No hace mucho tiempo hizo un viaje a Roma con su esposo don Ángel
Cordero, el sutil economista, sin otro objeto que besar la sandalia de Pío IX,
y recibir la bendición pontificia... Con que ya sabes, a esta sociedad que me
execra y me maldice, no puedo yo acercarme sin recibir desaires y sofiones».
Avanzada ya la cena,
añadió Segismundo a las manifestaciones anteriores confidencias [109] de un
orden más delicado. Poniendo en su acento el respeto que a su madre debía,
díjome que esta, Segismunda Rodríguez, esposa del primogénito de los García
Fajardo, se había dedicado en los últimos años al negocio de préstamos
usurarios, y laboraba sigilosamente tras la pantalla de testaferros sin
conciencia. Amasado un grueso capital desplumando lindamente al prójimo, la
buena señora hipaba por la grandeza y era rabiosa alfonsina. Se desvivía por
pescar un título nobiliario, y no siéndole fácil conseguirlo de los de Castilla
resignábase a tenerlo pontificio, que como es sabido resultan muy económicos.
De sobremesa volvimos
a tratar la cuestión de indumentaria. Casiana, movida de repentina inspiración,
sacó de su cesta de costura la cinta-metro que usan los sastres y modistas, y
puesto en pie Segismundo, le tomó las medidas a lo ancho y a lo largo. La
señorita de Coelho cantaba los números y yo los iba apuntando en un papelejo.
Hecho esto, y cuando Segis se despidió con demostraciones de gratitud, bien
provisto de tabaco, le aseguré que a la tarde siguiente encontraría en mi casa
el remedio de su indecorosa desnudez.
Coincidiendo en una
resolución práctica, habíamos pensado Casiana y yo que la más expedita obra de
misericordia era vestir al desnudo con un traje de El Águila. En efecto, a la
mañana siguiente adquirimos, por las medidas que llevábamos, un terno modestito
[110] y de buen ver. Luego, en la calle de Toledo, compramos tres camisas y
otras prendas interiores, a las cuales agregamos un sombrerete blando adquirido
en Las Tres B B B de la Plaza Mayor... Con toda esta carga nos volvimos a casa
satisfechos y gozosos, pues nada era tan grato para mí, y lo mismo para
Casianilla, como aplicar nuestros limitados recursos a una obra esencialmente
cristiana y altruista.
Por la tarde, cuando
se nos presentó el infeliz repatriado y le mostramos las para él lujosas
prendas de vestir, advertimos que se humedecían sus ojos y que su boca
tembliqueante no acertaba a formular las oportunas frases de reconocimiento.
Con un tonillo evangélico, que maquinalmente me salía del pensamiento a los
labios, le hablé de este modo: «Amigo, mejor será decir hermano mío, coge estas
ropas y tenlas por tuyas sin reparar en la mano que te las entrega; corre a tu
morada, y una vez que purifiques tus carnes con santas abluciones, vístelas con
la decencia que Dios te ha deparado».
El hombre infeliz,
recogiendo parte de su equipo para hacer con él un lío, me contestó en el tono
más sencillo y familiar: «Benditos sean los que practican el amor al prójimo
con verdad y donosura. Muchos se precian de socorrer a los desvalidos; pocos
hay que posean el arte de la caridad. Yo acepto estos dones y admiro la gracia
con que se me ofrecen... Permitidme, mis queridos amigos, que no traslade a mi
casa toda la ropa interior; [111] me llevo sólo una muda; lo demás aquí queda,
pues mi desmantelado cubil se me antoja que no es, no ya el Puerto, sino el
Golfo de Arrebatacapas».
Con toda la presteza
que su contento le infundía, el desgraciado y ya favorecido Segismundo partió,
llevándose su ropa envuelta en un pañuelo. Casiana y yo nos quedamos
discurriendo nuevas manifestaciones del arte de la caridad. Al otro día
sorprendíamos al menesteroso caballero con una pañosa nuevecita y unas botas de
becerro mate adquiridas en un bazar de calzado. Todo resultó a las mil
maravillas: cuando resurgió a media mañana el amigo, bien lavoteado y vestido
de limpio, parecía otro. Obsequiole Casiana con unas corbatitas de colorines en
las que había trabajado la noche anterior. El espléndido regalo final de la
capa y botas puso al buen Segismundo en un estado de beatitud seráfica. Yo
reventaba de gozo, Casianilla no cesaba de reír, y los dos creíamos hallarnos
en presencia de un muerto a quien acabábamos de resucitar.
Tras un largo rato de
ocioso charloteo, en que intervino Ido con su cándido filosofismo, nos sentamos
a la mesa. El muerto resucitado, dueño ya de los varios registros de su
inteligencia, nos contó interesantes casos y episodios del vivir azaroso de los
emigrados españoles en París. Habíalos allí de todas castas y procedencias:
republicanos federales del 73, zorrillistas de la última extracción con
afiliados civiles y militares, carlistas de [112] todas las épocas,
especialmente de la última, pues la causa de la legitimidad iba de capa caída y
muchos partidarios del Pretendiente pasaban la frontera ansiosos de buscarse la
vida en un país pacífico y libre. El Pasaje Jouffroy y el Café de Madrid
hervían de españoles aburridos y famélicos. Algunos, embozados en sus capitas,
acechaban el paso de un amigo que les diera un Napoleón o les convidase a un
almuerzo de dos francos cincuenta; otros se instalaban en las mesas del café, y
allí pasaban largas horas en tristes añoranzas, o planeando medios de trabajo
para poder matar el gusanillo. Los más prácticos apencaban con los rudos
oficios y se metían en una cerrajería, en una tahona o en talleres de
encuadernación.
«Me han contado -dije
yo- que republicanos y carlistas fraternizan allí, unidos por la común
desgracia, y se buscan la vida dando lecciones de español.
-Así es -prosiguió
Segis-. Yo me asocié con un ex-capitán carlista, natural de Azpeitia, excelente
chico, que no hablaba bien más que el vascuence. Pereciendo de hambre,
anunciamos una Gran Academia de Lenguas en la cual, el vascongado y yo, y un
andaluz muy despierto que se nos agregó, ofrecíamos dar lecciones de español,
de latín y de griego. El resultado fue desastroso... Debo añadir que de la
emigración zorrillista poco podíamos esperar, porque los prosélitos de don
Manuel, mal que bien, tenían para vivir y se cuidaban poco de los demás, como
no fuera para [113] darnos de vez en cuando un corto auxilio.
»De Ladevese recibí
yo algún socorro que le agradeceré toda mi vida... La conspiración zorrillista
labora en España tratando de mover las fuerzas militares para producir los tan
acreditados pronunciamientos. En París se manifiestan con un ojalaterismo
rosado y transparente que a muchos deslumbra, a mí no, pues de los
pronunciamientos no espero nada bueno para mi Patria... Desesperado de la
inutilidad de mis esfuerzos para resolver el problema vital, abandoné el Pasaje
Jouffroy, donde todo se volvía cháchara sin substancia, y planté mis reales en
el Café Cluny, Boulevard Saint Michel, Barrio Latino.
-Dime, Segis, ¿no has
visto por allí a Estévanez?
-Sí; pocos días antes
de mi salida, llegó de Portugal. Está muy desalentado, y cree que todo intento
revolucionario, ya sea zorrillista, ya sea de otro orden, quedará hecho polvo
bajo el peso de esta oligarquía de tres cabezas: la femenina aristocrática, la
militar masculina y la papista epicena... Como decía, me instalé muy a gusto en
el Barrio Latino, que es para mí el París luminoso, la urbe de la ciencia y el
arte. Allí están todos los focos del saber y de la enseñanza pública; allí
están la Sorbona, el Collège de France, la Universidad; allí las Escuelas
Superiores de Medicina, de Farmacia, de Ingenieros, el Observatorio
Astronómico, innumerables Institutos, Laboratorios y Bibliotecas; allí todos
los grandes editores de París; allí, en fin, la [114] inmensa cátedra de
escolares, estudiosos los unos, otros afiliados a la graciosa hermandad que
llaman bohemia. Sobre este inquieto y juvenil personal flota la nube de poetas
más o menos parnasianos, y de pintores más o menos impresionistas.
-¡Hermosa y florida
República -exclamé yo-, esperanza de un gran pueblo!
-En el Café Cluny y
en otro que está junto al Odeón, tenía yo mis Círculos predilectos. Hice
amistad con unos chicos mejicanos y chilenos, pensionados para estudiar
Medicina. Sociedad más a mi gusto jamás la conocí. Los americanillos eran
estudiosos, y de la piel del diablo. Ellos, y un pintor español que hacía
paisajes melancólicos, me arrastraron a la bohemia, para lo cual es condición
precisa tener los bolsillos vacíos. Gocé y me divertí cuanto pude, y mis calaveradas
extravagantes dejaron memoria en aquel rincón del París ático y bullicioso.
Para que nada me faltase, tuve mi griseta, que me adoró durante dos días y
medio.
»También aquel barrio
era campo de acción de muchos expatriados españoles, que se administraban por
un presupuesto absolutamente negativo. Con algunos de estos me lié yo en
sociedad comanditaria al objeto de arbitrar recursos honradamente. Un tal
Boneta, cantonal, me propuso un negocio que consideraba de resultados
infalibles. ¡A trabajar se ha dicho! Alquilamos una tienda en la rue Grenelle,
y nos instalamos en ella sin muebles ni cosa alguna. Pero en la fachada pusimos
[115] este anuncio sugestivo, Misterios de la vida parisién, y en la puerta un
rotulillo que decía en letras bien claras, Entrada, un franco. A mi cargo
corría la cobranza, mientras Boneta se paseaba en el salón vacío. El primer día
cayeron algunos incautos, que al ver aquellas paredes desnudas preguntaban:
«¿Pero qué es lo que se enseña aquí?». Boneta contestaba con voz estruendosa:
¡Rien! Intervino la Policía obligándonos a cerrar el establecimiento. Con los
francos recaudados tuvimos para cenar algunas noches.
-Esa broma o ese
timo, querido Segis -repuse yo-, no habríais podido darlo en Madrid.
-Claro es -siguió
diciendo el pícaro-. Pero tú no sabes que París es el pueblo más novelero del
mundo. Verás ahora otro caso de la maravillosa inventiva de un emigrado español
muerto de hambre. Un tal Catuelles, carlista, anunció en la prensa que estaba
dispuesto a reconocer todos los hijos ilegítimos no reconocidos por sus padres.
En el anuncio, redactado con frases muy patéticas, declaraba que lo hacía por
lástima de las pobres criaturas, y deseoso de que estas pudieran entrar
decorosamente en la vida social. Lo demás ya se supone: precios convencionales.
Pues este hombre que en España habría pasado por loco, en París y en poco más
de seis meses, reconoció ciento dieciocho hijos y ganó doce mil duros.
-¡Ay qué gracioso,
qué hombre más listo! -exclamó Casiana riendo a carcajadas-. [116] Pero usted,
don Segis, ¿qué intentaba para ganar dinero y salir de su miseria?
-¡Ah, hija mía! Yo no
tenía la travesura de Boneta ni el genio de Catuelles. Cuando llegué a los
extremos de la necesidad me dejé llevar por dos amigos, uno cantonal y otro
carcunda, a las conferencias religiosas que en cierta calle próxima a San
Sulpicio daba una Sociedad Catequista. Aunque mis dos compañeros eran
librepensadores, casi ateos, y yo no tengo creencias religiosas, apencábamos
con aquella farsa porque los catequizadores recompensaban nuestro falso
catolicismo con un modesto socorro. Por las noches nos hacían oír unas pláticas
estúpidas y soporíferas. Pero ¡ay! esto no bastaba: querían los señores dar
público espectáculo de nuestra piedad y mansedumbre, como éxito notorio de la
labor catequizante y triunfo de Nuestra Santa Madre Iglesia. Eramos como unos
doscientos, entre hombres menesterosos y beatas vejanconas. Todas las mañanas
nos llevaban a confesar y comulgar en San Sulpicio, y hasta que ingeríamos el
pan espiritual no nos daban el franco, óbolo remunerador de nuestras
edificantes devociones.
-¡Pero tú comulgabas,
Segis, tú...! -exclamé yo, vacilando entre la incredulidad y la risa-. ¿Es
posible?
-¡Ya lo creo! Como
que si no comulgaba no comía... ¡Ay, amigos del alma! Si ahora que estoy
decentito me decido a presentarme a mi madre, ya sé lo primero que me dirá. Me
parece que la estoy oyendo: «Hijo mío, [117] ¿vienes dispuesto a sentar la
cabeza y a enmendarte de tus errores? Si así es, tu madre te bendice, y lo
primero que te recomienda es que entres resueltamente en la grey cristiana y
cumplas con la Iglesia». Yo le responderé: «¡Ah, madre querida; bien cumplido y
purificado vengo de París. Traigo cumplimiento para lo que me resta de vida».
- X -
Desde aquel día, el
náufrago salvado de las olas del infortunio quedó unido a mí por vínculos
fraternales. Casiana y yo partíamos el pan y la sal con Segismundo, y él nos
mostraba un cariño respetuoso que más parecía veneración. Juntos salíamos los
tres de paseo, tranquilos, alegres, ni envidiados ni envidiosos, y por las
noches no perdonábamos nuestra partidita de café en los de Zaragoza, Venecia o
San Sebastián donde poníamos el paño al púlpito despotricando, ora en tonos
enérgicos, ora en sarcástico estilo, contra la oligarquía dominante. Aunque
perorábamos para una posteridad remota, los parroquianos que nos oían con la
boca abierta celebraban nuestras locas arengas, cual si en ellas viesen una
palpitante actualidad.
En nuestra casa
teníamos luego una segunda soirée más interesante y divertida, porque en ella
gozábamos la inefable libertad del disparate sin acortar el vuelo de nuestros
[118] arrebatados pensamientos. Reforzada nuestra trinca con la conspicua
personalidad de Ido del Sagrario y la de un estudiantillo muy despierto llamado
Gayoso, recorríamos hasta lo infinito los espacios quiméricos.
Allí se oyeron
afirmaciones aplastantes y atrevidísimas hipótesis. Por ejemplo, oid a
Segismundo: «Si en España viniera un cataclismo, pongo por caso, como dice
Orovio en sus discursos... un cataclismo, es un suponer, que decía el General
Infante, y fuéramos llamados Tito y yo a ejercer la dictadura, ¿qué haríamos?».
El estudiante Gayoso saltó en seguida sosteniendo que no dominaríamos la
situación si no consagrábamos los tres primeros días de mando a cortar cabezas,
la mar de cabezas...
De esto protestaba
Sagrario, movido de un alto espíritu de humanidad, y decía con enfático acento:
«No se cuiden los señores dictadores de cortar cabezas, sino de cortar abusos,
y esto se hará fácilmente blandiendo en una mano el cetro de la Ley y en la
otra la antorcha de la Verdad. Sí; con ley, verdad, justicia y honradez
ciudadana todo irá como una seda. Matar no, no. Me opongo a la horca y a la
guillotina. Todo lo más que admito es el cartel que diga pena de muerte al
ladrón, sólo como amenaza contra los timadores y descuideros».
A esto repliqué yo
adoptando un término medio entre los feroces procedimientos de Gayoso y la
indulgencia de don José. Este me interrumpió con atinadas razones: «Yo lo fío
[119] todo al progreso, y harto saben los preopinantes que el progreso es
benigno, suave, mirando siempre a la Voluntad Nacional... Ya que los señores se
dignan escucharme, les diré que no veo más dictadura que la del denodado señor
Duque de la Victoria».
Tomó entonces la
palabra Segismundo para expresar estas ideas, propias de su elevado cacumen:
«Yo, conforme con el sesudo Sagrario, enarbolo los pendones de la ley, la
verdad y la justicia; pero ¿cómo hemos de salvar el espacio mediante entre los
furores del cataclismo y la normalidad fundada en esos ideales? Al
constituirnos necesitamos Ejército. ¿Cómo pasamos del pretorianismo
indisciplinado a la posesión de una fuerza regular que apoye la acción
gubernativa? Será indispensable conciliar los intereses de los ricos con el
bienestar relativo de los menesterosos. Hemos de crear un presupuesto novísimo,
descargando las cifras asignadas al Clero y Milicia para reforzar las
dotaciones de Enseñanza y Obras Públicas. Y yo pregunto a los preopinantes:
¿Cómo nos defenderemos de las fieras que, azuzadas por esta radical alteración
del presupuesto, caerán sobre nosotros ansiosas de devorarnos? Por todo lo
dicho y por algo más que se me queda en el magín, yo renuncio a la dictadura
que galantemente me ha ofrecido el amigo Proteo, y la transfiero, como propone
el señor Ido, al Príncipe de Vergara, Duque de la Victoria y Conde de Morella».
Casianilla, que había
permanecido muda [120] y atenta ante el varonil senado, se arrancó al fin con
este juicio tan tímido como discreto: «Déjenme pedir a los señores opinantes
que no se devanen los sesos por la incumbencia del dictado, que entiendo es el
encaminar a la Nación para que del tumulto pase a la paz... Porque yo digo, del
mucho orden sale siempre el desorden, es a saber, los motines y la rabia del
pueblo, y de esto sale siempre la tranquilidad o verbo y gracia quedarse todo
como una balsa de aceite. Dios Nuestro Señor ha dispuesto que tras de la calma
tengamos las tempestades y tras de las tempestades la calma y el cielo sereno.
¿Que viene cataclismo? Pues que venga. El cataclismo se encargará de volver las
cosas a la norma... o como se diga. ¿Me explico?».
Los cuatro le
aseguramos que la entendíamos muy bien, y ella, cobrando ánimos, concluyó de
este modo: «No quiero que Tito ni Segismundo se metan a dictar estas cosas. Si
España se alborota, ya sabrá ella desalborotarse, y por lo que voy viendo, buen
desalborotador será ese Duque mentado por don José y que, según yo calculo, no
es otro que el señor de Espartero».
Aplaudimos todos, y
disolví la reunión. El primer suceso memorable del día siguiente fue que
Segismundo, al venir a casa, se encontró a Sebo, el cual ya tenía conocimiento
de que en su repatriación García Fajardo había mudado de piel como las
culebras. Díjole Telesforo del Portillo que el señor Marqués de Beramendi
deseaba ver a su sobrino, [121] y que él tenía orden terminante de llevarle a
su presencia de grado o por fuerza. Yo aconsejé a Segis que se dejara querer,
pues algo bueno resultaría de su entrevista con el bondadoso prócer oligarca.
El segundo suceso
histórico de aquel día fue la terminación de la guerra civil. Desde fines del
año anterior andaban muy atropellados los carlistas. No tenían dinero, no
tenían generales de empuje. El atontado Carlos VII puso al frente de sus tropas
a don Alfonso de Borbón y de Habsburgo, Conde de Caserta, hermano del ex-Rey de
Nápoles Francisco II, e hijo en segundas nupcias de Fernando, el llamado Rey
Bomba. El pobre Conde de Caserta, con toda la hinchazón de su regia prosapia,
carecía de dotes para regir una poderosa hueste en quien iba faltando la
interior satisfacción. En tanto, el Gobierno de Cánovas, viendo ya maduro el
fruto de la paz, organizó dos grandes Ejércitos con nutrido contingente de
todas armas, mandado el uno por Martínez Campos y el otro por Quesada. El
primero llevaba consigo a los Generales Blanco y Primo de Rivera; Quesada iba
en la compañía de hombres tan expertos y conocedores del territorio como
Moriones, Loma, Villegas y otros.
Ambos Ejércitos
adquirieron fáciles ventajas, así en el suelo navarro como en el país
vascongado y límites de Santander. Martínez Campos emprendió su famosa marcha
hacia el Baztán, iniciando el movimiento envolvente a lo largo de la frontera
que pronto dio [122] sus frutos. Primo de Rivera, después de sacudir duras
palizas a las partidas facciosas, no ya Cuerpos de Ejército, en Santa Bárbara
de Oteiza, La Solana y línea del río Egea, entró en Estella el 19 de Febrero
del 76. Tan importante suceso y la victoria alcanzada por el General Blanco en
Peña Plata determinaron la desbandada de las tropas carlistas. Estas gritaban
¡traición, traición! y en grupos salían por pies hacia el Pirineo.
Segismundo García
Fajardo, después de hablar con su tío el Marqués de Beramendi, me refirió las
opiniones de este sagaz hombre de mundo que sabía poner la realidad por encima
de los engañosos convencionalismos. Según el Marqués, las ventajas obtenidas se
debían en primer término a la eficacia de las armas liberales, después al
influjo de la plata repartida entre los pobres carlistas, descalzos,
hambrientos, aburridos ya de un heroísmo inútil. Viendo ya seguro el fin de la
guerra, Cánovas dispuso que don Alfonso fuese al Norte a recoger abundante
cosecha de laureles. Entró el Rey en Tolosa el 21 de Febrero, aclamado por
alfonsinos y carlistas. Un batallón guipuzcoano se sublevó en Leiza a los
gritos de ¡Mueran los traidores! ¡Nos han vendido!, teniendo que retirarse
Carasa con su Estado Mayor y escolta, no sin que le insultaran. El batallón de
Guernica se insurreccionó contra sus jefes, y en todas partes se repetía: Esto
se ha concluido.
Completo esta página
histórica con otra que me dictó Segis. Dando a tal página toda [123] la
importancia que merece, la copio al pie de la letra: «Mi tío Pepe me recibió
con benévola conmiseración. Oyó el relato que tuve que hacerle de mis andanzas
y miserias, y al reprenderme por mi vida borrascosa, atenuaba su severidad con
inflexiones regocijadas. Harto conocía yo la rebeldía interna, así en lo
político como en lo social, de mi señor tío; pero yo era pobre y él rico, yo no
tenía casa ni hogar y él vivía en la dorada farsa de un mundo artificioso. Por
esta fundamental diferencia, la rebeldía y el dogmatismo revolucionario de
Beramendi eran no más que un adorno mental, florecillas del espíritu que el
buen prócer sacaba a relucir tan sólo en la intimidad de sus amigos.
»También María
Ignacia, que al oír mi voz entró en el despacho, mostrose conmigo indulgente y
compasiva. Tratando ante mí de aliviar mi desdichada suerte en la forma más
práctica, Beramendi me notificó que estaba dispuesto a pagarme pupilaje
decoroso y buena comida en cierta casa de huéspedes regida por una señora
llamada doña Leche. Añadió que hoy mismo daría a Telesforo del Portillo las
órdenes oportunas para que fuera yo recibido sin dilación en mi nueva morada,
Relatores, 4. Acto seguido, María Ignacia puso en mi mano dos dobloncitos de a
cuatro, para mis gastos menudos de tabaco y café, advirtiéndome con sequedad
melindrosa que si yo no era económico y sensato no repetiría la dádiva».
Cuando esto decía el
buen Segis, sacó las [124] moneditas de oro con el aleve intento de pasarlas de
su bolsillo al mío. Como yo me resistiera enérgicamente, intentó ponerlas en la
mano de Casianilla; pero esta rechazó la oferta con más jovialidad que
indignación, diciendo: «Eso es para usted, don Segis; Tito y yo somos ricos por
nuestra casa, ya usted lo sabe, y del amigo queremos la amistad y el cariño, no
el vil metal, como dice don José cuando se le habla de oro».
Pasados unos días, el
20 de Marzo de 1876, propuse a Segismundo que fuésemos los tres a presenciar la
entrada de Alfonso XII en Madrid al frente de las tropas victoriosas en el
Norte, pues según anunciaba la Prensa tendríamos un acontecimiento grandioso,
vibrante, solemne, un himno a la paz cantado al unísono por el pueblo y las
altas clases sociales. Esta indicación mía dio motivo a un sustancioso juicio
histórico del rebelde, que merece el honor de la letra de molde. Ahí va:
«Detesto la guerra
civil dinástica, y es tan vivo mi odio a ese medio siglo de lucha fratricida
sin gloria y sin fruto, que nada encuentro en él que pueda contentarme. Tanto
me amarga esa guerra que me incomodan hasta las victorias, me carga el heroísmo
y me revientan los laureles. Para mí, la contienda de familia debió quedar
acabada y finiquita el mismo 34, a los pocos meses de entrar en España por
Elizondo el inmenso mentecato don Carlos María Isidro, cuando Martínez de la
Rosa lanzó la frase de un faccioso [125] más. En este desdichado país no había
entonces sentido político ni militar sentido, ni el vigoroso estímulo de la
conservación nacional. Por la flaqueza de estos sentimientos, los españoles no
supieron extirpar el mal aplicando con dureza implacable el procedimiento
quirúrgico. La querella dinástica se hizo crónica, y la repugnante dolencia
creció invadiendo el cuerpo social en el curso del siglo. Todavía ¡pobre
España!, todavía tienes sarna que rascar para largo tiempo.
»En vez de resolver a
rajatabla el problema Vendeano, diose tiempo a los carlistas para que se
tomaran la beligerancia, para reclutar hombres y allegar dinero formando
ejércitos casi regulares, para proveerse de una pequeña Corte y erigir un
Estado minúsculo, dotado con todos los engorros burocráticos y administrativos.
Los liberales, a su vez, se preparaban apercibiendo los resortes complejos del
viejo mecanismo histórico. En seguida empezaron los encuentros, las batallitas,
el correr y perseguirse por los ásperos montes y los verdes oteros, que fueron
y son campos del fanatismo. Para mayor desdicha de la Patria, ambos Ejércitos
eran valientes, incansables. Los triunfos y los descalabros se compartían por
igual. El heroísmo flameaba en uno y en otro bando; victorias hubo aquí,
victorias allá, mas ninguna bandera logró desgarrar definitivamente la bandera
contraria.
»En el rápido
crecimiento de la grey militar, muchos veían ventajas positivas. Si [126]
acertaban estos ilusos España era un país felicísimo y envidiable, pues en los
fatídicos tiempos de la guerra civil, las frecuentes concesiones de grados por
méritos efectivos multiplicaron profusamente la cifra de Oficiales y Jefes.
Muchos, hermanando el valor con la fortuna, pasaron muy pronto de Tenientes a
Generales. De esta categoría teníamos caudillos bastantes para mandar los
Ejércitos de Napoleón. Naturalmente, bromas tan sangrientas en el campo de la
Historia no podían ser de larga duración. A los siete años de un batallar
tenacísimo, los dos Ejércitos, fatigados y anhelantes de la paz, cayeron en la
cuenta de que lo más conveniente y positivo para entrambos era pactar franca
reconciliación, abrazarse y lanzar el Todos somos unos. Tal como lo pensaron lo
hicieron, conviniendo en mantener y dar valor efectivo a los grados, empleos y
condecoraciones ganados por una y otra hueste en siete años de rabiosa porfía.
¿Por qué, Señor, a santo de qué? Por si debía reinar varón o hembra.
»El huevo de Vergara
fue ciertamente un huevo de paz. Pero de él, al calor de nuestras incurables
tonterías políticas, ha salido una gusanera que es incubación de todo aquello
que creíamos muerto y sepultado. Te dije antes que en las guerras intestinas me
cargan los heroísmos, los laureles marchitos apenas ganados, y ahora te digo
que me carga también la paz, porque aquí la paz es el huevo de que sale otra
generación con la misma [127] estúpida manía del pleito familiar dinástico, de
la demencia bélica, de la multiplicación de Generales... Ya ves lo que ha
pasado en los últimos años. Otra vez parece que tenemos paces. Pero no te
fíes...
-En este momento
entra don Alfonso en Madrid -dijo Casiana-. ¿No oyen ustedes los tambores y
cornetas que suenan lejos, lejos?
-Oímos, sí -prosiguió
Segis-. Además de oír, desde aquí veo yo el contento del Rey y el júbilo del
pueblo inocente y confiado que le aclama. ¡Pobrecitos! Llaman paz a una tregua
cuya duración no podemos apreciar todavía.
-Tienes razón -afirmé
yo-, y es posible que los carlistas no vuelvan a tomar las armas, porque
verdaderamente no lo necesitan. Los vencedores se han traído acá las ideas de
los vencidos, creyendo que en ellas consolidarán el trono flamante.
-Todo queda lo mismo
-continuó García Fajardo, con gran seguridad en su juicio-. El Borbonismo no
tiene dos fases, como creen los historiadores superficiales, sino una sola.
Aquí y allá, en la guerra y en la paz es siempre el mismo, un poder arbitrario
que acopla el Trono y el Altar para oprimir a este pueblo infeliz y mantenerlo
en la pobreza y en la ignorancia. Lo único positivo en ese cortejo brillante
que ahora atraviesa las calles de Madrid es un sinfín de Generales, Jefes y
Oficiales nuevos, agregados a los que ya teníamos, una caterva de funcionarios
viejos o novísimos que fundarán sobre el doble catafalco, [128] Altar y Trono,
una política de inercia, de ficciones y de fórmulas mentirosas extraídas de la
cantera de la tradición. Todo esto va decorado con el profuso reparto de
honores, distinciones y títulos nobiliarios. Pronto veréis, amigos míos, el
Anuario de la Grandeza empedrado de Condes y Marqueses. En lo de acuñar nobles
al por mayor y en la prodigalidad de los Excelentísimos, Ilustrísimos y
Reverendísimos, no hay país en el mundo que nos iguale. ¡Oh desmedrada España!
Cada día pesas menos, y si abultas más atribúyelo a tu vana hinchazón».
- XI -
Ya supondrán los píos
lectores que habiendo paz en España ardió Madrid en fiestas, conforme al
ceremonial de alegría pública que amenizaba nuestra Historia desde que volvió
del destierro Fernando el Deseado en 1814. Vestían los balcones abigarradas
percalinas, las más de ellas de respetable ancianidad, pues ya figuraron en el
regocijo de 1860, cuando entraron las tropas vencedoras en África, y en el
regocijo del 68, entrada de Serrano vencedor en Alcolea. De noche fulguraban
las hileras de gas en los edificios públicos, y en el caserío lucían de trecho
en trecho los farolitos de aceite con parpadeo mustio y lacrimoso. La
iluminación pública era la misma que esmaltó las noches en diferentes [129]
ocasiones de júbilo, como el nacimiento del Príncipe y las Infantas, o la
traída de aguas del Lozoya.
Salimos una noche a
ver los festejos los tres inseparables; mas no tuvimos paciencia ni valor para
correr el largo trayecto desde la Cibeles a Palacio, entre un gentío espeso,
silencioso y embobado, que a mi parecer personificaba de un modo gráfico el
aburrimiento nacional. Nos dijeron que en algún sitio de la carrera se alzaba
un armatoste de pintados lienzos. Era sin duda lo que llaman un arco de
triunfo, quizá un templete del género clásico fastidioso como el que pusieron
en el popular regocijo de 1830, cuando María Cristina vino a casarse con
Fernando VII. Toda esta balumba de tonterías no nos interesaba y la dimos por
vista, acogiéndonos a la sociedad amable, risueña y chispeante del café de Las
Columnas.
Y ahora, lector mío,
a mi modo continuaré la Historia de España, como decía Cánovas. En cuanto
terminaron los desaboridos festejos, las Cortes enredáronse en el arduo trajín
de fabricar la nueva Constitución, la cual si no me sale mal la cuenta, era la
sexta que los españoles del siglo XIX habíamos estatuido para pasar el rato.
Naturalmente, se nombró una Comisión cuyos individuos trabajaban como fieras
para pergeñar el documento, y a este propósito os diré que la última nota del
regocijo público, en los jolgorios de la paz, la dio don Antonio Cánovas con
una frase graciosísima que vais a conocer. Hallábase [130] una tarde en el
banco azul el Presidente del Consejo, fatigado de un largo y enojoso debate,
cuando se le acercaron dos señores de la Comisión para preguntarle cómo
redactarían el artículo del Código fundamental que dice: son españoles los
tales y tales... Don Antonio, quitándose y poniéndose los lentes, con aquel
guiño característico que expresaba su mal humor ante toda impertinencia, contestó
ceceoso: «Pongan ustedes que son españoles... los que no pueden ser otra cosa».
Cuando ya conocimos
la letra y el espíritu de la Constitución, Segismundo recitaba algunos
fragmentos dándoles un sentido contrario al que textualmente tenían. El tercer
párrafo del famoso artículo 11, que trata de la cuestión religiosa, lo volvía
del revés en esta forma: «Todo ciudadano será molestado continuamente en el
territorio español por sus opiniones religiosas y por el ejercicio de su
respectivo culto, conforme al menosprecio debido a la moral universal». Otras
cláusulas del mismo Código ponía mi amigo en solfa, asegurándonos que a tales
burlas le incitaba una vena profética posesionada de su espíritu. Sin
atormentar su fantasía contemplaba en los días futuros la sistemática violación
de aquella Ley, como violadas y escarnecidas fueron las cinco Constituciones
precedentes. En el propio estado de pérfida legalidad seguiría viviendo nuestra
Nación año tras año, hasta que otros hombres y otras ideas nos trajeran la
política de la verdad y la justicia, gobernando, no para una clase [131]
escogida de caballeros y señoras, sino para la familia total que goza y
trabaja, triunfa y padece, ríe y llora en este pedazo de tierra feraz y
desolado, caliente y frío, alegre y tristísimo que llamamos España.
Del pesimismo
profético de Segis participaba yo, haciéndolo aún más lúgubre por la negra
melancolía que empezó a invadir mi alma poco después de las fiestas de la paz.
Rápidamente creció aquel malestar insufrible, no sé si cerebral o nervioso, que
en años anteriores me llevó a los mayores delirios. Durante algunos días
conseguí sobreponerme a los fenómenos más enojosos de la dolencia, como la
percepción de voces susurrantes que atormentaban mis oídos. Los seres
invisibles hurtábanme el sosiego, y en giros vertiginosos se revolvían en torno
mío, diciéndome palabras dulces, palabras tétricas o burlonas.
Cuando me encontraba
junto a Casiana y Segis, apetecía la soledad, y si estaba solo deseaba
cualquier compañía, aunque fuera la de la insignificante Nicanora. Enfadábanme
la casa, y al buscar alivio en el aire libre y en el bullicio de la
muchedumbre, la calle se me hacía también insoportable. En mi turbación
hondísima, discurría yo que una de las causas de aquel desvarío borrascoso era
el abandono en que me tenía mi divina Madre, pues aunque puntualmente me entregaba
la portera de la Academia mi estipendio, ya no venía este acompañado de cartita
o mensaje, y para mayor soledad no volvió a [132] llegarse a mí la espiritual
mandadera de Clío, la voladora Efémera.
Los cuidados y mimos
de Casiana y las gracias de Segis me aliviaron un tanto a la entrada de verano.
Llevábanme a dar largos paseos por las afueras, y alejándome del caserío de la
Villa y Corte notaba yo en mis nervios efecto sedante. Un día nos íbamos por el
Abroñigal, otros por Bellas Vistas, Amaniel y Arroyo de San Bernardino, o bien
Manzanares arriba hasta cerca de El Pardo, o Manzanares abajo más allá del
Canal. Aunque prohibí a Segismundo que me hablase de política, este no podía
contenerse, y en forma jovial y guasona me daba cuenta de sucesos en los cuales
yo no vi ningún interés. Con prodigiosa memoria repetía trozos del Breve que
largó el Papa condenando el artículo 11 de la Constitución. Sus chanzas no me
divertían; mandábale yo callar diciéndole que, pues éramos más súbditos de Pío
IX que de Alfonso XII, debíamos concretarnos a gemir bajo la sandalia que nos
aplastaba.
Ni la cólera
pontificia, ni la promulgación del sexto Código fundamental, producto de los
ocios políticos, ni el presupuesto alfonsino, ni la cuestión foral, atraían mi
dislocado pensamiento... Pasaron tardos y tediosos los meses caniculares con
suave mejoría de mi dolencia, y a la entrada de otoño creí notar que lo que
ganaba en salud física lo perdía en facultades mentales, pues sentíame tonto,
muy lento en el discurrir y en formar juicio [133] de las cosas. En la soledad
de mi casa, suspendidas ya las caminatas campestres, el buen Segis trataba de
sacudir mi pereza mental refiriéndome pormenores de la maquinación sediciosa.
En París habían llegado a un acuerdo Salmerón y Ruiz Zorrilla, concertando un
pacto del cual esperaban grandes frutos los amigos de don Manuel. Contra este
convenio tronó Emilio Castelar en carta dirigida a Morayta desde Garrucha. En
tanto, los zorrillistas seguían conspirando de lo lindo en Francia y en Madrid.
Segis me aseguró que en una vivienda obscura de la calle de la Aduana tenían
Ladevese y Santamaría la oficina revolucionaria, en que tramaban un alzamiento
combinado de paisanaje y tropa. Llegaron al Gobierno soplos de esta conjura, y
una mañana fueron presas más de doscientas personas entre civiles y militares.
Escuchaba yo esto
como quien oye llover, y no presté mayor atención a las parrafadas de Segis
comentando el bill de indemnidad (dicho a la inglesa para entenderlo mejor) que
Cánovas pidió a las Cortes en Noviembre. Sagasta y el Duque de la Torre,
capitaneando con bravura el Partido Constitucional recién empollado, pedían ya
el Poder, que era como pedir la luna. Al discutirse la reforma de las leyes
municipal y provincial del año 70, don Antonio se batió con ellos, con Castelar
y con los moderados, en memorables sesiones de indudable interés teatral.
Leíame Casiana los
discursos del malagueño; decía Segis a este propósito cuantos disparates [134]
se le ocurrían, y yo, recobrando por un momento la lucidez de mi espíritu, pude
aventurar esta gallarda opinión, que mis interlocutores oyeron estupefactos:
«Conozco el pensamiento de Cánovas; penetro en su cerebro por privilegio que me
ha dado mi excelsa Madre. El hombre de la Restauración sacude a un lado y otro
los latigazos de su potente oratoria porque ve en peligro su obra, la
ensambladura del Altar y el Trono; sospecha que los enemigos del régimen se
preparan a reconquistar por la fuerza el Poder que por la fuerza se les
arrebató en Sagunto.
»Advierto que me
miráis con incredulidad un poquito burlona. ¿No sabéis que puede existir y en
mil casos existe el contacto espiritual entre dos, tres o más cerebros situados
a larga distancia? Pues si esto ignoráis, yo lo sé y os lo digo para que lo
creáis como artículo de fe, y no se os ocurra tomar estas cosas a broma. La
vibración pensante se comunica de aquel cerebro al mío por arte magnético
desconocido de los tontos, y aquí tenéis al pobre Tito fiel transmisor de las
ideas del Jefe del Gobierno».
Pausa expectante y
fúnebre. Casianilla y Segis se miraron perplejos, y luego volvieron sus ojos
hacia mí con expresión de lástima cariñosa. Creían sin duda que yo no estaba en
mis cabales, o que mi dolencia nerviosa derivaba marcadamente hacia la locura.
Los dos llevaron la conversación a un tema jovial, como para desviar mi mente
de las obsesiones monomaníacas... Debo añadir [135] que empezaba yo a tomar
entre ojos al buen Segismundo, por su insistencia en contrariarme y por su afán
de traerme noticias que, a mi parecer, eran más que Historia chismografía.
También Casiana me causaba cierto enojo y fastidio por la prolijidad de sus
cuidados, que los enfermos solemos ser ingratos con las personas que nos
asisten.
Una tarde, a la hora
del crepúsculo, salimos de paseo los tres. Casiana y Segis iban delante, yo
detrás, por la calle de las Huertas abajo. Fuera porque ellos se adelantasen o
porque yo me retrasara, lo cierto es que les perdí de vista. Avancé hacia el
Prado revolviendo mis ojos de una parte a otra, y al llegar cerca de la fuente
de las Cuatro Estaciones vi un grupo de niñas grandullonas que, cantando y
cogiditas de la mano, jugaban al corro. El ruedo era muy extenso: formábanlo
unas veinte o veinticinco rapazuelas, vestidas con luengos ropajes flotantes de
distintos colores. Acerqueme, y creyendo reconocer a una de aquellas ninfas
juguetonas, la saqué violentamente del corro y le dije:
-Ven aquí; tú eres
Efémera.
-Sí, sí -me
contestó-. Todas las del corro somos Efémeras.
-¡Ah! Sí, sois
muchas. Ya lo sabía yo. ¿Tú me has visitado algunas veces?
-No puedo
asegurártelo. Mensajeras veloces, tenemos alas eternas, pero nuestra memoria no
dura más que un día... Y cuando no nos mandan a recorrer las esferas jugamos,
ya lo ves. [136]
-Hijas del aire, ¡sed
compasivas conmigo! Cogedme entre todas, que bien podéis hacerlo, y llevadme
adonde está mi divina Madre».
Prorrumpió en alegres
risas la sílfide picaresca, y desprendiéndose de mi mano volvió al corro con
sus gráciles hermanas. Corrí yo hacia ellas; pero a mis primeros pasos me cegó
una ráfaga de luz vivísima, sulfúrea, violácea, y tuve que detenerme. No vi más
a las Efémeras; oía su canto, un murmullo ciclónico que se desarrollaba en
espirales cada vez más lejanas. Mi oído pudo percibir estas cláusulas: En el
Salón del Prado -no se puede jugar -porque hay muchos mocosos -que vienen a
estorbar. -Con un cigarro puro -vienen a presumir: -más vale que les dieran -un
huevo y a dormir...
Andando a tropezones,
medio ciego y en un estado de turbación indecible, traté de orientarme para
volver a mi vivienda, sin pretender encontrar a Segis y Casiana. Mis ojos,
encandilados por aquel resplandor intensísimo, no me guiaban bien en mi camino.
Era la hora en que los faroleros corrían encendiendo los mecheros de gas. Por
la Plaza de las Cortes, calle de San Agustín y otras que seguí con andadura
maquinal, llegué a mi casa, donde me encontré solo. ¡Solo, Dios mío! No puedo
expresar la tristeza que invadió mi alma al hallarme sin Casianilla. Cuando
advertí que transcurría el tiempo sin verla entrar, mi tristeza se trocó en
ira. Tumbado en el sofá esperé, esperé. Al cabo de [137] media hora larga que
me pareció un siglo, llegó mi compañera, inquieta y turbada. Antes que pudiese
darme explicaciones de su desaparición en la calle, la increpé con voces
ásperas y descompuestas. Mis gritos atronaron la casa. La pobre mujercita, que
jamás me vio en estado tan contrario a mi natural mansedumbre, rompió a llorar
amargamente, balbuciendo entre gemidos estas atropelladas razones:
«¡Ay, Tito mío; yo no
tengo la culpa!... No me riñas así... Cuando te echamos de menos volvimos
atrás. No te encontramos. Adelante otra vez... Como a ti te gusta ir hacia el
Botánico, allá nos fuimos... ¡Ay Dios mío!... Tampoco estabas allí...
Segismundo dijo que habrías ido hacia el Museo... ¡Ah! en el Museo tampoco te
hallamos... Por mi salud, yo estaba loca, no sabía lo que me pasaba...
Buscándote por un lado y otro del Prado seguimos hasta la Cibeles... Aturdidos,
y sin saber ya qué hacer, subimos por la calle de Alcalá, entramos por la del
Turco. Me dio una corazonada. Yo dije: Al ver que nos perdíamos se habrá ido a
la plazuela de las Cortes, y allí estará sentadito en un banco, al pie de la
estatua de... No sé, no sé cómo se llama aquel hombre... No encontrándote, me
dio otra corazonada, puedes creérmelo como Dios es mi padre, y dije: Apuesto a
que se ha metido en casa. Voy corriendo, voy volando. Y volando vine acá...
¡Tito, por la Virgen Santísima, no me digas esas cosas!... ¡Ay, yo me muero si tú
no me quieres! [138]
-¿Y Segismundo?-
pregunté con acento agresivo, de suprema desconfianza.
-Pues cuando
llegábamos a la plazuela de las Cortes se nos presentó de repente aquel señor
Sebo, ya sabes, y le dijo a Segis que tenía que hablarle... que si el señor
Marqués o la señá Marquesa... En fin, Tito, que yo eché a correr dejándolos con
la palabra en la boca».
Pasado un rato se
calmaron mis irritados nervios. La fiel Casiana, con sinceras razones y blandas
caricias, me devolvió la perdida tranquilidad. Hicimos las paces. Volví a mi
quietud enfermiza, no sin que me atormentaran horas de insomnio, dudas,
tristezas y alucinaciones horribles.
No aquella noche, ni
la siguiente, sino tres o cinco noches después (que la cronología por entonces
era problema insoluble para mí), hallándonos Casiana y yo de sobremesa pensando
mucho y hablando poco, se llegó a nosotros Ido del Sagrario con paso grave y
actitud sacerdotal. Imponiéndonos silencio con marcada rigidez de su dedo
índice, para que oyéramos las campanadas del reloj de San Juan de Dios, alargó
la nuez y en tono sibilítico nos dijo: «Excelentísimo Señor, señorita de
Coelho, en este momento ha fenecido el año de 1876 y ha entrado a presidir
nuestra existencia el 1877. Laus Deo». [139]
- XII -
¡1877! La cifra pasó
fugaz por mi mente. Menos que los años me interesaban los meses y los días,
pues el Tiempo había llegado a ser para mí un concepto caótico... Volvió
Segismundo a mi compañía y tertulia con la cordialidad de amigo verdadero y de
hombre agradecido. Una mañana (averigüe la fecha quien tenga empeño en
conocerla) se presentó ante nosotros con un chaleco rameado y un pantalón de
género inglés. Antes que me lo dijese comprendí que aquellas prendas eran el
desecho del rico guardarropa de Beramendi.
«Hemos de mostrar
prácticamente -me dijo el rebelde con sorna sutil- que nos asimilamos la
característica elegancia de la sociedad alfonsina. Otra característica de los
tiempos es que estos se retrotraen y vuelven las cosas al estado que tenían
años ha. Sabrás, querido Tito, que el hombre del día es Montpensier. Por las
calles le he visto con su tradicional paraguas y su aire de Príncipe
acomodaticio y contento de la vida. Sus querellas con la Reina doña Isabel, a
quien quiso destronar; el duelo trágico con el Infante don Enrique y los
trabajos de zapa para cargarse la corona democrática que las Constituyentes
otorgan a don Amadeo, han pasado al cesto en que arroja la Historia los [140]
papeles inútiles. Busca y obtiene la reconciliación con los Borbones reinantes,
moviéndole a ello las gracias de su linda hija Mercedes. Te diré, si lo
ignoras, que el simpático Alfonso se ha enamorado perdidamente de su primita».
Otro día (indagad la
fecha por el curso de los astros o el vuelo de las aves), se nos apareció el
pícaro Segis con un precioso alfiler de corbata en que lucían dos perlitas y un
rubí, y me dijo, poniendo en sus palabras tanta seriedad como gracejo: «Vivimos
en la época del fausto insolente y de los grandes negocios. No se habla de otra
cosa que de capitales extranjeros que afluyen aquí buscando empleo y beneficios
pingües, de grandiosas empresas industriales, de ferrocarriles más largos que
la cuaresma, y de otros cortos y ceñidos al interés particular. La alta banca
se mueve; el dinero se desentumece, y corre a donde lo llaman el crédito y el
trabajo.
»España renace; pero
los provechos de este resurgir de la vida económica no alcanzan todavía más que
a las clases opulentas. Y yo pregunto: ¿Por qué lo que llamamos capas
inferiores de la sociedad no ha de agregarse también a esta corriente
financiera? Si bien se mira, la multitud es rica por solo el hecho de ser tal
multitud. Los muchos pocos, alineados en cifra, representan ¡oh Tito! suma
considerable. Ha llegado, pues, el momento de crear los Bancos Populares, que
recojan los ahorros del pobre y se los devuelvan multiplicados. [141] De tal
modo, entiendo yo que laborando de consuno las capas de abajo y las capas de
arriba se abrigarán recíprocamente. ¿No crees tú lo mismo?».
Le contesté que sí,
sin añadir observación alguna. Había yo notado que Segismundo, habitualmente
muy diestro en el uso de la ironía, la sutilizaba entonces hasta hacer de ella
un arte maravilloso... Pasadas dos semanas, se nos presentó Fajardo mejor
apañado de indumento: traía botas de charol y un gabancete, no nuevo pero en
buen uso, prenda de fijo adquirida en un establecimiento de compraventa
mercantil. A mis felicitaciones por su buen porte, y a las preguntas que le
hice, me contestó que había mejorado de posición gracias a la buena amistad del
insigne Sebo, quien le había conseguido empleo modesto y decoroso en un Banco
Popular... Relacioné al instante las referencias de Fajardo con una entidad de
crédito establecida no hacía mucho en la Plaza de la Cebada, y cuyas
operaciones daban que hablar a la gente.
«Sí, querido Proteo
-me dijo Segis-; trabajo en las oficinas de ese Banco, fundación admirable que
no viene a vaciar un lleno sino a llenar un vacío en la sociedad española,
porque ha de traer la sangre plebeya a vigorizar el cuerpo financiero de la
Nación... Sangre nueva, sangre fresca: el ahorro menudo, el globulillo rojo
circulando por las venas de este país anémico... Por último sabrás, si ya no lo
sabes, que la creadora de [142] esta institución benéfica y patriótica es una
dama ilustre en quien yo veo el símbolo de la raza hispana, mujer de un vigor
mental extraordinario cual nunca se vio en hembras de nuestra tierra, portento
de sagacidad, clarividencia y maestría en el arte o ciencia de las finanzas,
bonita y graciosa de añadidura; es, en fin, doña Baldomera Larra, hija del gran
Fígaro».
En conversaciones
posteriores, me contó mi amigo que la gente de la Plaza de la Cebada, y todos
los lugareños que se albergaban en los paradores de la calle de Toledo y
adyacentes, hacían cola a la puerta del Banco Popular para imponer sus monises
en las cajas de doña Baldomera. Aquello era un jubileo, era un escándalo, y la
policía tenía que intervenir para poner orden. Se contaba que en los pueblos
vendían las fincas con objeto de hacer imposiciones en el flamante Banco. La
genial hacendista, persona muy sugestiva y de fenomenales dotes oratorias,
echaba discursos a la entusiasta y codiciosa plebe, y al darles el primer plazo
de los cuantiosos intereses, les ofrecía ganancias pingües, colosales. La
garantía de tan inaudito negocio ¿cuál era? Pues unas minas de plata, de oro o
de piedras preciosas radicantes en el suelo virgen de América, minas de
incalculable riqueza cuya explotación multiplicaría los parneses depositados en
las arcas Baldomeriles.
En las visitas que
casi diariamente me hacía el buen Segis, contábame el asunto [143] en cierto
modo fundamental y étnico del Banco Popular. Sostuve yo que la credulidad
candorosa del pueblo español y las artes hipnóticas de la hija de Larra eran,
como signo indudable del estado mental de la raza, más dignos del fuero de Clío
que las ficciones vanas en que se agitaban nuestros políticos; en suma, que la
Historia debía consagrar más páginas al zurriburri de las finanzas plebeyas que
al barullo retórico de las Cortes, y al trajín de quitar y poner Constituciones
que no habían de ser respetadas.
Acorde con cuanto yo
dije, Segis me manifestó que estaba contento en su destinillo. La dama banquera
le consideraba, mostrándole un afecto casi maternal, al que correspondía el
funcionario con su puntual asistencia y el esmero y pulcritud de su trabajo de
contabilidad. Iba, pues, muy a gusto en el machito, y como los Marqueses de
Beramendi le aseguraban su hospedaje y manutención, el duro diario que en el
Banco percibía destinábalo a mejorar su vestimenta. Cada vez que se nos
presentaba con algo nuevo en su atavío, ya fuese prenda de ropa, ya un relojito
barato, nos decía:
«Ved aquí el positivo
producto de las minas de América, de esos ricos yacimientos de metales
preciosos ¡ay! que han venido a ser la felicidad del pueblo madrileño. Adelante
con la ilusión, vida y encanto de las naciones pobres. Tú, buen Proteo, que a
ratos escribes o garabateas en las tabletas de la divina Clío, continúa la
Historia de España, como dice Cánovas, [144] transmitiendo a la posteridad
estos actos de fe candorosa y de sutil taumaturgia; añade a ello la fiebre
taurina, la ciencia recóndita de esos que llaman los apóstoles, y que andan por
los barrios bajos curando todas las enfermedades con agua más o menos limpia, y
habrás hecho el retrato fiel de la España de la Restauración».
No tenía yo ánimos en
aquellos días para continuar la Historia de España, ni conforme al canon
político, ni acogiéndome al rico tema de la ilusión plebeya que me recomendaba
Segis, deseoso de arrastrarme al concepto irónico de la psicología nacional.
Declaro que el acto del Rey poniendo la primera piedra de la Cárcel Modelo en
las proximidades de la Moncloa, las sesiones de las Cámaras, el cambio de
Ministro de Hacienda, así como el viaje que emprendió don Alfonso para visitar
las provincias de Levante y Mediodía, no me interesaban poco ni mucho. Cuando
mis amigos me contaban estas menudencias históricas sonábame todo a hueco. La
tristeza invadió nuevamente mi alma, complicándose con un malestar físico que
me llenó de inquietud, avanzados ya los días tibios de la primavera.
Después de Semana
Santa empecé a notar que mi vista se nublaba; sentía como arenillas en los
ojos, sin que de ello me aliviasen los cuidados de Casiana, que dos o tres
veces al día bañaba con agua de rosas mis pupilas enfermas. Los patrones me
recomendaron ejercicio y distracción. Conforme con [145] este tratamiento
elemental, mi compañera sacábame de paseo todas las tardes; pero mi vista
mermaba tan rápidamente, que a los pocos días de estas divagaciones por el
Botánico y Ronda de Atocha, tuve que agarrarme al brazo de mi leal Casianilla
para no tropezar con los transeúntes. Al propio tiempo crecía la fotofobia, y
ni aun amparando mis ojos con gafas negras érame posible resistir la viveza de
la luz en plena calle. Fue menester reducir los paseos a la hora crepuscular,
motivo mayor de tristeza y abatimiento. Siguieron a esto dolores en las sienes,
vascularización en la córnea, que perdía su brillo, tomando según me dijeron un
aspecto mate, sanguíneo.
Tanto Segis como los
demás amigos que me acompañaban en mis largas horas tediosas, convinieron en
familiar consulta que era forzoso acudir a la Ciencia. Agravado el mal en breve
tiempo, hasta el punto de que ya no distinguía más que los objetos próximos y
de mucho bulto, se trató en mi casa de elegir el médico que había de curarme, y
Pablo Nougués, doliente también de la vista, llevó a mi casa una tarde para que
me examinase al doctor Albitos. Era este un oculista joven, inteligentísimo en
su profesión, de trato muy ameno y agradable, discípulo del famoso Delgado
Jugo. Examinó el doctor mis dolidos ojos con escrupulosa atención y cariño;
enterose de cuanto en mi naturaleza y en mis costumbres pudiera ser considerado
como antecedente de la enfermedad. [146] Sus palabras dulces me consolaron; mi
sufrimiento sería tal vez un poco largo; pero si no me faltaba la virtud
puramente medicatriz de la paciencia, él respondía de mi curación. Terminó el
diagnóstico con el nombre científico y un tanto enrevesado de lo que yo
padecía. No se me olvida aquel nombre, que fue como un rótulo, clavado por el
médico en mi frente: Queratitis Parenquimatosa».
Desde aquella tarde
quedamos unidos con vínculo estrecho mi Queratitis y yo, cual un matrimonio
doloroso que había de durar hasta que la ciencia del oculista nos divorciara.
Fortalecido por mi paciencia, de la que hice acopio exuberante, cargaba mi cruz
y con ella recorría el agrio camino de la vida hora tras hora, semana tras
semana. Recluso en mi habitación, sumido en intensa obscuridad, yo no
distinguía los días de las noches, ni un día de otro, ni apreciaba el principio
y fin de cada semana. Era para mí el tiempo un concepto indiviso, una extensión
sin grados ni dobleces. Las únicas interrupciones de la continuidad eran los
momentos en que me hacían la cura de los ojos el doctor o su ayudante.
En aquel lúgubre
rodar de mi existencia notaba yo menos constancia en las visitas de los amigos.
Hasta el propio Segis se me antojó poco asiduo: casi siempre tenía perentorias
ocupaciones que le obligaban a retirarse pronto. Sólo la fiel Casiana
permanecía junto a mí superándome en paciencia, y llevando [147] a los límites
de lo sublime la humanidad, el amor y la misericordia.
Compadecedme ahora
más que nunca, piadosos lectores, pues encontrábame ya en el período más
doloroso y tétrico de mi largo padecer. Mi ceguera llegó a ser absoluta, mis
ojos inflamados dábanme la sensación de dos ascuas mal contenidas dentro de las
órbitas. Los fomentos calientes y las duchas de vapor, que me administraba el
ayudante del oculista, aliviábanme a ratos. Casianilla me servía con puntual
solicitud la medicación interna, mercuriales, antisépticos... Cuando a mis
oídos llegaba el tintín de la cucharilla revolviendo las dosis terapéuticas en
el vaso de agua, sentía yo cierto regocijo. Aquel rumor cristalino era mi único
reloj, y por él tenía yo un vago conocimiento de las horas... En cierto modo
imitaba el ritmo de la Queratitis, arrullándome en sus duros brazos...
Mi existencia no era
más que una sombra encerrada en ancha caverna, que ya me parecía roja, ya de un
tinte violáceo surcado de ráfagas verdes. En tal estado llegué a perder, según
después he podido apreciar, la conciencia de la realidad. Una tarde o una
noche, no sé precisarlo, sintiendo junto a mí rumorcillo de faldas, alargué la
mano y dije: «Casiana, ven, siéntate a mi lado». Y una voz tenue, con leve
inflexión burlona, me contestó: «Tonto, no soy Casiana. Soy Efémera».
No me dio tiempo a
expresar mi alborozo porque, apenas oí la voz primera, otras voces sonaron en
alegre y voluble cháchara, y al [148] par de esta, rumor de pisaditas como de
seres alados que juegan y revolotean rozando apenas el suelo con blandos pies.
«Ya os siento, ya os escucho, mensajeras de mi Madre -exclamé-. ¿Venís a
consolarme?... ¿Me traéis nuevas de la que es vuestra Señora y Señora mía?».
Las ninfas juguetonas
siguieron revoloteando a mi alrededor, y el aire que movían sus flotantes
túnicas me daba en el rostro. Del murmullo picaresco destacose una voz que
claramente me dijo: «Somos las Efémeras ociosas que hoy están libres, dueñas de
los aires y del tiempo... La Madre, que se halla lejos, lejos, y también
ociosa, nos ha mandado que juguemos y nos divirtamos sin más ley que nuestro
albedrío. Venimos de embromar a Cánovas, y ahora la emprendemos con el buen
Tito. (Risillas mal sofocadas.) Nos ha dicho Cánovas que quiere consultar
contigo el problema matrimonial de don Alfonsito... Ja, ja, ja... Ji, ji,
ji...».
El giro vertiginoso
de las sílfides me mareaba, me volvía loco... Algunas, al pasar junto a mí,
dábanme papirotazos en la cabeza con sus manos livianas y frías... Arreció el
murmullo reidor, chancero. Levanteme frenético, empecé a dar voces, traté de
coger a una de las ninfas, creí agarrar su ropa, tiré fuertemente y la traje
hacia mí diciendo: «Ven, Efémera, quédate aquí». Pero ella se escapó
susurrando: «Volveré, Tito. Soy tu amiga». En esto oí la voz de mi compañera
que a mi lado dormitaba y que a mis gritos habíase [149] despabilado.
Abrazándome tiernamente me dijo: «¿Qué te pasa, muñeco mío? ¿Sueñas, deliras?
¿Por qué llamas Efémera a tu Casianilla?».
- XIII -
Contra lo que sin
duda creerán mis compasivos lectores, aquel delirio me sentó muy bien. Acostome
Casiana y me dormí con sueño tranquilo y reparador. Al despertarme, no sé a qué
hora, sentí notorio alivio en mi estado general... La oleada de ambiente
quimérico me refrescaba el alma y producía en mis pobres vísceras acción más
eficaz que los antisépticos y calomelanos... Cuando el bendito don José vino a
preguntarme cómo me encontraba, le dije: «Muy bien, amigo Sagrario. Fíjese
ahora en lo que voy a encargarle. Si vienen a visitarme las señoritas Efémeras,
o una Efémera sola, no haga la tontería de cerrarles la puerta; páseme aviso
inmediatamente, que estoy dispuesto a recibirlas. Mucho cuidado, don José,
mucho cuidado».
Casiana y el patrón
callaron. Yo, sin ver gota, comprendí que se miraban alarmados y compasivos,
como diciendo: Nuestro pobre Tito, a fuerza de sufrir ha perdido la chaveta...
Omito los pormenores del proceso patológico, hora tras hora y día tras día, en
aquella existencia [150] de clínica, monótona y triste... Debo añadir que la
imaginación endulzaba mis males, ora tiñendo de color rosa las paredes de mi
caverna, ora dejándome ver con los ojos cerrados objetos y figuras enteramente
arbitrarios y convencionales. De esta labor anárquica de mi fantasía resultó
que, hallándome despierto en mi sillón de paciente resignado, paseábame por las
calles viendo todas las cosas como las viera en mis tiempos de perfecta salud,
hablaba con los amigos, hacía visitas, y a mi casa tornaba tranquilamente con
un paquetito de dulces para Casiana.
Si este regalo de
vida ilusoria dábame la imaginación hallándome despierto, ¿qué no me daría en
las horas del descanso nocturno, bien arrebujado entre las sábanas?... Una
noche de furiosa tormenta con desaforados truenos y copiosa lluvia, que azotaba
las paredes y sacudía los cristales de mi ventana, entraron en mi habitación
tres Efémeras. Saltonas, risueñas y. parlanchinas, tomaron asiento en los
bordes de mi cama. Asustado me incorporé y les dije: «¿Por dónde entrasteis,
picaronas?». Y una de ellas, acercándose tanto a mí que su aliento frío me dio
en la cara, contestó: «Entramos por un cristal roto de la claraboya de la
escalera, y aquí nos tienes». Suscitose entonces un vivo diálogo que transmito
a la posteridad en la forma más concisa:
«Yo.- ¿Sois espíritus
traviesos, maleantes, desligados del gobierno y autoridad de la Madre? [151]
Efémera 1.ª- Somos
ninfas libres y desocupadas, dueñas del espacio.
Efémera 2.ª- Llevamos
de un confín a otro las razones de la sinrazón.
Efémera 3.ª- Nos
divertimos despertando a los dormidos, y adormeciendo a los que se tienen por
muy despabilados.
Yo.- (Defendiéndome
de los pellizcos y estrujones con que me atormentaban las seis manos de
aquellas malditas hembras.) ¿Qué queréis de mí, espíritus desmandados, aviesos?
Idos de mi casa, dejadme en paz».
Furioso me arrojé del
lecho gritando: «¡Casiana, Casiana, despierta, levántate, que hay duendes en la
casa!». Y las raudas féminas, que ya me parecían harpías, brincaban por la
habitación y chillaban desaforadamente. En su algarabía de aves parleras
destacose este concepto: «No busques a tu Casiana. Tu dulcísima compañera se
divierte ahora con otro muñeco...». Como loco me abalancé hacia el lecho de
Casianilla, colocado en otro testero de la estancia, y palpando en las ropas
revueltas advertí que estaba vacío... Desaparecieron las diablesas con
revoloteo susurrante, y yo, medio desnudo, caí fatigado en el sillón de la
paciencia, sin cesar en mis alaridos angustiosos: «¡Casiana, don José,
Nicanora!...».
La primera que vino
en mi auxilio fue Casiana, haciéndose de nuevas y asegurando que se levantaba
en aquel instante. «Tú no dormías en esa cama -le dije, rechazando sus
caricias-. Tú, ausente de mí, te divertías con otro muñeco...». Disputamos un
rato. Yo [152] callé, al fin, guardando mis recelos, con la idea de observar en
noches y días sucesivos... Desde aquel inaudito suceso, real o imaginario, el
monstruo de los celos empezó a morderme el corazón...
Al siguiente día, el
doctor Albitos, después de un largo cuchicheo que tuvieron con él apartados de
mí don José y mi costilla, me recetó bromuro en frecuentes dosis, y cuando me
lavaba los ojos con la ducha de vapor y me ponía colirio de atropina para
impedir que se soldasen los bordes del iris, díjome cariñosamente: «No sólo hay
que proveerse de paciencia, querido, sino también de serenidad y de sentido
común para no dejarse arrebatar por ideas insanas, que insubordinan el sistema
nervioso y dan al traste con la acción medicatriz. Ánimo, amigo. Resígnese a no
ver nada por ahora, que mejor está ciego que el que ve visiones».
Me convenció Albitos
por el momento; mas no tardé en volver a mi horrible pesimismo. Creí notar en
Casiana cierta displicencia o cansancio, que atenuaba su celo de enfermera...
Aplicando después toda mi observación a Segismundo, traté de escrutar por sus
palabras y actitudes el estado de su conciencia. Advertí en él menos acritud en
la ironía, y un delicado estudio para medir los conceptos y darles estructura
familiar y una intención candorosa. Oyéndole, yo decía para mí: «Tú conciencia
se ha impurificado. Ya no eres el mismo. Quieres engañarme y no lo
conseguirás». [153]
Con ánimo de
sondearle le dije: «Segis, alguna noche de estas has estado tú en casa sin
entrar a verme, y has permanecido en una habitación interior hasta la madrugada
o hasta el día siguiente». La contestación fue un reír descompuesto de
Segismundo, y el sostener que yo desatinaba. Pero bien conocí que su risa era
fingida, como de histrión que no domina su papel, y del mismo modo aprecié las
burlas que, por lo que dije, hicieron de mí Casiana y Nicanora, allí presentes.
Ocurrió entonces un hecho que hubo de aumentar mi escama. García Fajardo varió
sutilmente de conversación, largándome estas parrafadas que me dejaron atónito:
«Se me olvidaba
decirte, querido Tito, que un periódico de gran tirada viene publicando hace
días unos artículos, muy bien escritos, que llaman grandemente la atención. No
se habla de otra cosa en Madrid.
-¿Y a mí qué me
importa que hablen o no hablen de artículos de periódico que yo no he leído ni
podré leer en mucho tiempo? ¿Para qué me cuentas esas cosas, tontaina?
-Te las cuento porque
todo el mundo dice que esos artículos son tuyos, y verdaderamente, su estilo y
gracia delatan el ingenio de Proteo Liviano.
-¡Qué desatino!... ¿Y
de qué tratan los articulejos, que por lo visto son anónimos?
-El asunto,
interesantísimo, está tratado de una manera magistral. La tesis es que el
Gobierno español no procede con altas miras patrocinando el casamiento del Rey
Alfonso [154] con su prima Mercedes. Si Cánovas, como dice la voz pública, sabe
ver el porvenir y presiente la España futura redimida de tanta barbarie, debe
entablar negociaciones para enlazar a don Alfonso XII con la princesa Beatriz
de Inglaterra, hija menor de la Reina Victoria. En las estipulaciones
matrimoniales se reconocería a Beatriz el derecho de mantener viva su fe
protestante al venir a ocupar el trono de España. De este modo se planteaba
sobre sólida base el problema de la libertad confesional, y pronto entraríamos
en una vida de tolerancia, de cultura, dejando de ser rebaño predilecto del
Romano Pontífice.
-Yo no escribí eso,
yo no sé nada de eso -exclamé, en tono descompuesto y airado-. Tales enredos
son invención tuya para mortificarme.
-No, no. Todos creen
que tú eres el autor de los artículos. Por cierto que en uno de ellos dices que
ya hubo conatos de negociaciones en la primavera del año pasado, cuando estuvo
en Madrid el Príncipe de Gales.
-Quizás cuando vimos
aquí a ese Príncipe dije yo algo de eso. Pero no fue más que una idea, un
decir, nada... Ahora estoy pensando que toda esa monserga la has escrito tú,
Segismundo, y que me la atribuyes a mí para aumentar mis cavilaciones, mis
sobresaltos, y hacerme más viva y patente la sensación de mi inutilidad».
Comprendiendo Segis
que yo me excitaba demasiado guardó silencio, dejando el asunto [155] para
mejor coyuntura. Con ligeros descansos, mis inquietudes tomaron cuerpo en los
días subsiguientes. Mi caverna se teñía de un azul intenso algunas veces, otras
de un rojo de sangre... Despierto creía notar que eran demasiado largas las
ausencias de Casiana. A lo mejor venía con la historia de que su tía Simona
estaba enferma del hígado. ¡Así reventara!... Dormido, o a medio dormir,
adquiría la certidumbre de que estaba vacío el lecho de la que fue mi dulce
compañera... Mi corazón era ya una piltrafa, destrozado por la mordedura de los
celos...
Una tarde siniestra
de soledad y sufrimientos, mi exaltación fue tan grande que salí por los
pasillos dando gritos y tropezando en las paredes. Ido vino a mi encuentro para
contenerme y llevarme de nuevo a mi cuarto, y las expresiones melifluas de su
filosofismo angelical fueron el fulminante que hizo estallar mi cólera: «Déjeme
usted... No me toque... Usted me ha vendido, usted es un traidor... Quítese de
mi presencia. En su casa se ha labrado mi deshonra... Le tenía a usted por un
santo, y resulta usted un alcahuete... Atrás, villano... Déjeme en paz». Me
arrojé en la cama, ocultando mi rostro entre las almohadas, y oí los gemidos
del pobre Sagrario que lloraba como una Magdalena.
Pasado un mes, pienso
que no entero, de sufrimientos horribles más en lo moral que en lo físico,
sobrevino el extraño incidente que a continuación se narra. Antes debo indicar
que a ratos iniciábase ligero alivio en mi [156] dolencia de los ojos. La
percepción luminosa cada vez era mayor, y refugiándome en una casi obscuridad
podía distinguir vagamente los objetos de más bulto. El amable y gracioso
Albitos me vaticinó que antes de tres o cuatro semanas mi retina cumpliría como
buena ejerciendo las funciones que le asignó la Naturaleza. Pero no contaba el
buen doctor con las aventuras de mi dislocada imaginación, lanzándose sin freno
ni paracaídas a los espacios novelescos. Una tarde o noche, no lo sé,
hallándome solo en mi caverna teñida de color violeta con franjas de oro, vi
que a mí se llegaba una mujer. ¡Ay! era Efémera, la buena, la estatuaria, la
que en Tafalla y Madrid me trajo dulces mensajes de mi adorada Madre. La
reconocí al sentir en mi hombro su mano marmórea. Alargué la mía para coger su
túnica, y advertí que sobre esta llevaba un delantal casero.
«Aunque te has puesto
el delantal de Casiana -dije yo-, bien te reconozco, Efémera». Tras breve
pausa, la fantasma pronunció estas apagadas voces: «No soy Efémera. Tampoco soy
Casiana, aunque lleve su delantal para ser tu servidora y enfermera». Yo callé,
atontado y confuso, y mi perplejidad subió de punto cuando escuché este otro
concepto: «¿No me conoces por el acento, pobre Tito? ¿Tendré que decirte mi
nombre? Soy Leona la Brava.
La gentil aparición
se sentó junto a mí y, echándome su brazo por encima de los hombros, me habló
de esta manera: «Vengo a tu [157] lado para cuidarte y servirte en sustitución
de la mujer desleal que te abandona seducida por el ingrato Segismundo...».
Algo debí yo de responderle, quizás expresando consternación o vergüenza por la
desdicha que me anunciaba. Insistió ella en su afirmación, prosiguiendo así: «A
tu lado me tendrás, si quieres, hasta que recobres la vista y la salud. Si una
compañera de amor y de caridad has perdido, en mí tienes otra más solícita y
fiel que esa desventurada recogida por ti del arroyo». Tuve un momento de
horrorosa duda; pero no tardé en recobrar toda la fuerza de mi arrebatada
inventiva genial. Como yo me asombrase de que Leona descendiera de su posición
rumbosa, para unir su existencia a la de un hombre enfermo y casi pobre, la
dama de Mula me dio esta explicación de su actitud humilde:
«Debí empezar por
decirte, Titín salado, que hace algún tiempo me despeñé de aquella cumbre de
bienestar y lujo jactancioso en que me viste antes de caer enfermo. Reñí con
Alejandrito, ¿no lo sabías? Te contaré el caso con descarnada sinceridad.
J'adore la vérité. Je haïs le mensonge. Al dichoso Alejandrito le daré yo lo
suyo, que no es poco: hombre más impertinente y más chinche no ha nacido de
madre; y a mí me daré lo mío, que es más grave... Pues, hijo, apestada de mon
bourgeois tuve una tentación... cosas del temperamento, de la ociosidad... En
fin, chico, que me colé demasiado, y cuando mon vieux se enteró de que yo la
había puesto en [158] la cabeza unas cositas puntiagudas... que no traen gran
malicia cuando los hombres no son casados... figúrate la trapatiesta que se
armó. Total, que caí de mi escabel dorado. Como yo me había hecho al lujo y a
la bonne chère, me vi en el caso de vender algunos muebles y empeñar alhajas
para seguir viviendo a mi modo. Aunque aún no me tienes enteramente tronada, camino
de eso voy. A pesar de mis tropiezos, soy siempre una mujer buena, y vengo a tu
lado para renovar nuestro cariño y practicar las obras de misericordia».
Apenas empecé yo a
comentar tan vulgar historia, Leona me pidió que siguiese escuchando, pues aún
faltaba la segunda parte. «Es el juego de la vida humana -dijo-, el eterno
balancín, el vaivén de las prosperidades y las miserias. Cuando yo me
precipitaba en la desgracia, tu Casianilla subía de golpe a grandezas que nunca
pudo soñar. Has de saber que tu dulcísima cuanto traidora compañera, inducida
por esa lagarta de Simona, ha cobrado a toca teja todos los atrasos de su
sueldo como Inspectora de Escuelas. Para ello ha tenido que mover ciertas
influencias altas y bajas el pillastre de Segismundo, le demon ironique.
»¡Menuda suerte la de
esos bribones! Mientras la señorita Conejo embolsaba buenos duros por un empleo
que nunca desempeñó, Segis pescó un magnífico destino en el Ministerio de
Ultramar. ¿No lo sabías? Pues el Marqués de Beramendi le pidió a Cánovas esa
[159] bicoca, y don Antonio al instante... pum, pum... Como comprenderás, ahora
están en grande. La Conejo lleva brillantes en las orejas y García Fajardo fuma
puros de a peseta. Han tomado un piso en la Costanilla de los Ángeles. ¿Ves qué
vueltas da el mundo, Tito?
-Sí, sí, qué de
vueltas tan horribles... -exclamé yo-. Vueltas damos todos... todos...». Me
sentí anonadado, me faltaba la respiración... Púseme en pie, giré sobre mí
mismo y caí en redondo al suelo...
- XIV -
Después de aquel que
yo no sabía si llamar suceso, fenómeno, pesadilla o caso real, caí en un estado
parecido a la idiotez. Hablaba muy poco, no sólo por desgana de conversación
sino porque sentía dificultad para articular las palabras. Advertí que Albitos
mostrábase intranquilo respecto al curso de mi dolencia cerebral: la de la
vista iba indudablemente mejor. Ya no tenía yo dolor en las sienes ni escozor
en los ojos, ya veía un poco más. Pero hacíaseme imposible distinguir las
facciones de la mujer que me servía. ¿Era Casiana, era Leona? ¿Era una sola que
cambiaba de rostro a cada momento? Tocábale yo las orejas para ver si tenía
brillantes. Mi olfato buscaba en sus vestidos el perfume que solía usar
Leonarda. En las visitas de los amigos [160] que iban a mi casa tampoco pude
discernir si entre ellos hallábase Segismundo, pues las voces de todos me
parecían la misma.
Una noche de largo
insomnio me levanté a palpar el lecho de mi enfermera. No estaba vacío.
Pregunté: «¿Eres
Leona?».
Y la respuesta fue:
«Sí, soy Leona. Déjame dormir».
Las pérdidas de sueño
durante la noche cobrábamelas por el día durmiendo a pierna suelta. No sé
cuándo me sacó de mi hondo letargo una mano que tocaba mi frente, mano fría y
marmórea.
«¿Eres Casiana?
-pregunté a la persona que me despertó.
-No. Casiana se fue
de paseo con su marido.
-¿Eres Leonarda?
-No. Leonarda ha
salido a comprarte las medicinas que hoy recetó Albitos».
La mano de mármol
cogió la mía, y tirándome del brazo me incorporó en la cama. Al propio tiempo,
una voz de dulcísimo timbre me dijo: «¿No me has conocido? Soy Efémera, la fiel
y amable, la de Tafalla, la mensajera de Clío. Levántate y obedéceme.
-¿Qué tengo que
hacer?
-Vestirte para una
visita y venir conmigo adonde yo te lleve.
-¿Pero cómo he de
salir yo, ciego, enfermo?
-Te digo que me
obedezcas, que me sigas y calles. [161]
-Mi ropa ¿dónde está?
-Aquí la tienes -dijo
poniendo sobre la cama todas las piezas, sin que faltase una.
Mientras me vestía vi
muy clara la figura estatuaria, con su helénico rostro y el sutil ropaje negro.
Era mi Efémera, la ninfa predilecta, la que me llevaría quizás a los brazos de
mi excelsa Madre. Con arte mágico me vestí, sin que me faltara ninguna prenda
ni se me olvidase el menor detalle. Por el mismo arte maravilloso y
taumatúrgico me condujo Efémera de la mano, sacándome no sé si escaleras abajo,
o escaleras arriba por la claraboya de cristales. Lo cierto fue que me encontré
en la calle bueno y sano, como en mis mejores tiempos, viendo claramente todas
las cosas, alegre y muy orgulloso de llevar en mi compañía una estatua griega.
Todo cuanto hallé a mi paso era de una perfecta naturalidad. Tan sólo me
parecía ilógico y absurdo que los transeúntes no se fijaran en que iba yo
acompañado de una señora de mármol, sin más ropa que el vaporoso túnico negro.
Pian pianino,
cambiando frases cortas y vulgares, llegamos a la calle de Alcalá y de rondón
nos introdujimos en la Presidencia del Consejo, sin que los guardias civiles
que custodiaban la puerta pararan mientes en el ser fantástico que iba conmigo.
En la escalera obscura y angulosa me encontré solo, y solito llegué a la puerta
de la Subsecretaría, a punto que por ella salía Fernández Bremón con un fajo de
papeles. «Qué caro te [162] vendes, Tito -me dijo el sagaz periodista-. Puedes
pasar. Aunque Saturnino no está solo, él te dirá si el Presidente te recibe al
momento, o si tienes que esperar un rato».
En el despacho de
Esteban Collantes tertuliaban unos cuantos señores de esos que van a las
oficinas a matar el tiempo rumiando la comidilla de la actualidad política. No
más de un cuarto de hora permanecí en aquella sociedad charlamentaria,
deslizando algunas palabritas en la ociosa conversación. Cuando me llegó la
vez, Esteban Collantes me condujo al salón presidencial, al tiempo que se
retiraban el Marqués de Orovio y el Conde de Toreno. Y heme aquí, lectores
cachazudos, crédulos y traga bolas, en el despacho del monstruo, hablando mano
a mano con él en el diván frontero a la mesa escritorio.
Empezaré por decir
que olfateaba yo el ambiente, creyendo rastrear la persona invisible de la
Madre Clío. Dábame en la nariz el delicioso y peculiar olor suyo. No sé si os
he dicho que mi Madre gastaba en sus ropas un solo perfume, el aroma exquisito
de los tomillos del monte Hymeto.
Entrando en materia
sin preámbulos, como buen tasador del tiempo, don Antonio me dijo: He leído los
artículos de usted. Yo leo todo escrito que tiene entre sus líneas una
intención recta y sana, aunque el autor, dejándose arrastrar de las seducciones
de la forma, no penetre en las entrañas de la realidad, que no está nunca en la
superficie. Ha tratado usted con sumo arte y donosura el [163] asunto del
casamiento del Rey. Escribe usted muy bien, y la gallardía con que eleva sus
miras hacia la Historia me encanta. Pero ha de permitirme que a sus opiniones
oponga las realidades indestructibles que para tan complejos problemas nos
ofrece la constitución interna de nuestro país».
Bien claro vi que se
trataba de los trabajos periodísticos cuya paternidad me había colgado Segis.
Con gran agilidad de espíritu me declaré modestamente autor de los articulejos,
sin que pudiera percatarme de la ocasión y lugar en que hube de escribir
semejantes cosas. Para no hacer el ridículo dejé correr el engaño y seguí
prestando atención al gran don Antonio, que continuó de esta manera:
«Si en algunas
afirmaciones se ha equivocado usted, en otras ha tenido un feliz acierto. Hubo
en efecto negociaciones para traer al solio de España a la Princesa Beatriz de
Inglaterra. Cuando tuvimos aquí al Príncipe de Gales planteé yo el asunto. Pero
debo decirle que lo inicié tímidamente, movido de un ideal histórico que
siempre me sedujo, aunque nunca dejé de prever las dificultades de tan audaz
empresa. No pasaron aquellas tentativas de una exploración que pronto quedó
terminada, pues apenas llegamos a tratar del cambio de religión para que la
Princesa de Inglaterra pudiera ser Reina de España, se vio la imposibilidad de
llegar a un acuerdo. Nos hallábamos ante un nudo imposible de desatar, porque
el puritanismo [164] protestante es tan fanático como nuestro catolicismo. En
cuanto la Reina Victoria se enteró de que su hija tenía que hacerse papista
para ser nuestra Soberana, cerró la puerta a toda inteligencia. Esto no se hizo
público; por el contrario, se guardó un secreto escrupuloso para evitar el
estallido de un turbón ultramontano que sabe Dios a qué extremos de violencia
habría llegado.
-¿Y cree usted, señor
don Antonio -me atreví yo a decirle con el mayor respeto-, que si la Reina
Victoria hubiera mirado con buenos ojos el cambio de religión de Beatriz
habríase producido aquí alguna tormenta clerical?
-Seguramente, sí.
Pero ésa la hubiese sofocado yo. Respondo de ello.
-También he dicho en
mis artículos -manifesté codeándome con el ilustre estadista- que el matrimonio
anglo-español ofrecía dificultades con abjuración o sin ella; pero luego
sostuve que el problema confesional, el gran problema hispánico, no podía ser
abordado y resuelto aquí más que por un hombre que ha venido a ser dueño de
todas las voluntades: este hombre es don Antonio Cánovas del Castillo.
-Ay, amigo -dijo el
jefe de la Situación, afirmando los lentes en el caballete de su nariz-; no me
suba usted un punto más de la altura en que me han puesto las circunstancias,
ni me atribuya un poder omnímodo sobre la opinión, que no podrá nunca lograr
quien no posea dotes sobrenaturales. Abata [165] usted un poco su fantasía, y
véngase conmigo a examinar de cerca el ser interno de nuestra patria. Esta
vieja nación, con sus glorias y sus tristezas, sus fuerzas y sus recuerdos, sus
instituciones aristocráticas y populares, y su extraordinario poder
sentimental, constituye un cuerpo político de tan dura consistencia que los
hombres de Estado, cualesquiera que sean sus dotes de voluntad y entendimiento,
no lo pueden alterar. El alma de ese cuerpo es igualmente maciza, petrificada
en la tradición y desprovista de toda flexibilidad. El único gobernante capaz
de llevar a esa alma y a ese cuerpo a un nuevo estado de civilización es el
Tiempo, y yo seré todo lo que usted quiera, amigo Proteo, pero el Tiempo no soy.
-Me conformo con esa
opinión fatalista por ser de usted. Pero es triste cosa en verdad que España
tenga que subsistir largo tiempo bajo un poder extraterritorial que entorpece y
ahoga todos sus alientos, y ata sus manos y sus pies con el cordón dogmático,
inutilizándola para emprender nuevas direcciones de vida. Esto dije en mi
último artículo, y esto repito ante usted, suplicándole que sea benévolo con
mis audacias.
-Admito las audacias
como labor sintética y teorizante, como un bosquejo artístico de la Historia
del porvenir. Mas yo no teorizo, yo gobierno, señor Liviano, y como gobernante
estoy amarrado por los ciento y tantos cordones de la realidad. De mi gestión
depende que ese ser interno que he descrito a [166] usted no se convierta en
elemento trágico. Mi deber es sofocar la tragedia nacional, conteniendo las
energías étnicas dentro de la forma lírica, para que la pobre España viva
mansamente hasta que lleguen días más propicios. No podemos marchar a saltos,
ni con trompicones revolucionarios. Las algaradas y las violencias nos
llevarían hacia atrás en vez de abrirnos paso franco hacia un adelante remoto.
-También escribí que
aplicando con firmeza las Regalías de la Corona o del Estado, un Gobierno
fuerte y hábil podría contener al Papa dentro de su esfera espiritual, y atajar
sus intromisiones vejatorias en el régimen interior de los pueblos».
Cuando esto decía yo
sentí más intenso el olor de la Madre, la fragancia de los tomillos del monte
Hymeto. Después de vacilar un instante, don Antonio habló así: «Mucho tiento
será menester hoy para desenvainar en nuestra edad la espada que esgrimieron
Carlos V, Felipe II y Carlos III contra diferentes Papas, desde Clemente VII
hasta Clemente XIV. Aquellos Monarcas eran de más fuste que los que ahora
tenemos, y el Papa de hoy, desposeído del poder temporal, aprieta furiosamente
las clavijas del mecanismo dogmático con que gobierna las conciencias
católicas. Yo procuro por todos los medios fortalecer el poder real, debilitado
por las agitaciones revolucionarias y por las propagandas de los ambiciosos de
bajo vuelo. Y si en este reinado y en los siguientes mantiene su [167]
fortaleza el poder real, será obra fácil reducir y someter al poder
eclesiástico.
»Por lo demás, hemos
resuelto del modo más feliz el asunto interesante del casamiento del Rey. ¿Qué
nos importan las majaderías del inquieto Montpensier, ni la palinodia que ha
tenido que cantar para poner a su hija en el trono de España? Hemos doblado esa
hoja triste de las querellas dinásticas. Los resquemores de doña Isabel han ido
a parar a la cesta de los papeles rotos. Esa buena señora no tiene derecho a
trazar una página rencorosa en los anales contemporáneos. Ningún efecto nos han
hecho las ridículas bravatas de mis buenos amigos los moderados de la vieja
cepa, ni el discurso del pobre Moyano sacando a relucir un texto arcaico y
manido de Donoso Cortés. Lo importante, lo definitivo es que la Infanta
Mercedes, futura Reina de España, atesora las cualidades más bellas: linda,
modesta, dócil, amable, inteligente, apenas lanzado su nombre en el remolino de
la opinión, se ha hecho popular. ¿Qué más podemos apetecer? Reina bonita,
discreta, popular... Por lo demás...».
Dejé de percibir la
voz de don Antonio. Después vi su figura en pie, desvanecida, alejándose de mí.
El grande hombre se hallaba en un salón lujoso, rodeado de damas elegantes,
Marquesas y Duquesas que le agasajaban solicitando su conversación ingeniosa,
amenísima, a veces cáustica. Entre aquellas señoras creí ver a la dama de Mula,
y seguramente vi a Mariclío, fastuosa, calzada [168] con el alto coturno. Pasó
a mi lado inundándome con su fragancia helénica.
Lo más extraño fue
que detrás de la Madre vino hacia mí Casiana. Al verla empecé a dar voces, y
entonces sentí que me sacudían los brazos diciéndome: «Despierta, hijo, que ya
has dormido más de la cuenta». Mis primeras palabras al abrir los ojos fueron:
«¡Ah, qué delicioso olor a tomillos!». Casiana me acercó al rostro un ramo de
estas aromáticas hierbas. «¡Déjame gozar de aroma tan delicioso! -exclamé yo-.
¡Ay, pero esas plantas no son del monte Hymeto!
-Son de la Casa de
Campo.
-¿Vienes tú de allí,
chiquilla?
-No, hijo, no. Esto
me lo trajo Nicanora que fue allá con varias amigas a visitar a un guarda,
pariente suyo.
-¡Oh, la Casa de
Campo! Allí estarían paseando la Infanta Mercedes y el Rey Alfonso, que son
novios y se van a casar pronto, ya lo sabes. La futura Reina es simpática,
humilde, linda, y apenas se habló de su boda se hizo popular.
-Todos hablan bien de
ella menos Segismundo, que está con la tecla de que por ser hija de Montpensier
debían haberla puesto a cien leguas del trono de España. El demonio de Segis y
otros tan locos como él, ya lo oíste noches pasadas, querían que nos trajeran
aquí una protestanta para casarla con don Alfonso.
-Cánovas me ha dicho
que la idea es hermosa. Pero que se opone a realizarla el ser [169] interno...
¿lo entiendes?... el cuerpo y alma de esta Nación, que es Católica hasta los
tuétanos. Don Antonio teme que el ser interno se le vuelva trágico, y trata de
irlo conllevando por lo lírico hasta que, fortalecido el poder real,
etcétera... En suma, Casianilla de mis pecados, que ha de llover mucho hasta
que los Gobiernos de esta tierra puedan decirle al amigo Pío, o a sus
sucesores: Tente allá, Papa, que los españoles ya sabemos salvarnos cada cual a
su modo».
- XV -
Desde aquel día, que
en mi mente quedó marcado con el recuerdo de los tomillos del monte Hymeto,
avancé rápidamente en la curación de mi vista. La horrenda Queratitis, que
había sido mi suplicio en gran parte del año 77, se apartaba de mí, se
retiraba, se iba. Tan acertado estuvo Albitos en devolverme la luz de los ojos
como en el régimen y medicinas aplicadas para librar a mi cerebro del desorden
anárquico. Gracias a esto no tardaron en deshacerse por sí mismas las fábulas
que mi intelecto, lanzado a un delirio de Carnestolendas, forjó para embromar a
la razón.
La quimera que más
tardó en disiparse fue la de Leona la Brava. Mas tuve la suerte de que esta
viniera un día a visitarme, no habiéndolo [170] hecho antes por haber estado
ausente de Madrid durante algunos meses. Viéndola en su propio ser, sin ninguna
mudanza en su estado de prosperidad y rumbo, comprendí que era pura novela mía
picaresca lo de los cuernecitos que le puso a don Alejandro, novelón
sentimental el venir a ser mi enfermera, y terrorífico folletín por entregas el
truculento caso de la fuga de Casiana con Segismundo. Este buen amigo me
desengañó también con su asidua presencia, con la lealtad y gracejo de su
conversación amenísima. En cuanto a la entrevista con Cánovas, y a la
intervención de las Efémeras buenas y malas, diré que esto lo trasladaba yo a
la esfera de mis relaciones ideológicas con Mariclío, estableciendo una especie
de equilibrio entre lo cierto y lo dudoso, y saboreando los puros goces que
encontré siempre en la verdad de la mentira.
Antes que se me
olvide, debo anotar en los anales de mi Madre el estrepitoso fin del drama
económico de doña Baldomera, según me lo contó testigo de tanta autoridad como
Segismundo. Llegado el momento en que la sutil arbitrista vio agotada la
simplicidad de los imponentes, determinó levantar el vuelo hacia una región
lejana de la esfera terráquea. Los mismos que en el fervor del entusiasmo la
llamaron nuestra madre, al ver en la casa señales de tronicio, no se contentaban
con menos que con arrastrar a su protectora por la Plaza de la Cebada y calle
de Toledo, hasta la Fuentecilla. Agregó Segis a [171] sus noticias este
comentario fieramente sarcástico:
«Ved aquí, amigos
míos, la mejor muestra de la injusticia del pueblo, que si entregó sus ahorros
a la genial banquera hízolo por ambición canallesca y por su idea estúpida de
la multiplicación del vil metal. Yo sostengo que mi jefa y principala no engañó
más que a los que ya venían engañados y ciegos desde su nacimiento. Procedió
como hábil financiera que ve la parte suya en un negocio, sin cuidarse de la
parte de los que operan con ella. Según mi cálculo, la buena señora no se ha
llevado más que unos siete millones de reales, cantidad mezquina si se compara
con los millones desfalcados por agiotistas de más alta categoría social.
-Ya lo creo -afirmé
yo-. Ejemplos mil tenemos aquí del Baldomerismo en grande escala, de Sociedades
de Seguros inseguros, en las cuales, unos cuantos caballeros de muchas
campanillas han arramblado con los ahorros de una o dos generaciones,
quedándose luego tan frescos. A esos elegantes Baldomeros les han dado títulos
de Condes y Marqueses, y andan por ahí con el rango y tratamiento de
Excelentísimos señores.
-A la hija de Larra
-prosiguió Segis con profunda convicción- le daré yo el superlativo de
archi-excelentísima, pues era muy buena para sus empleados, afable con los
imponentes, a quienes llamaba sus hijos, y observante del axioma de que la
caridad bien entendida empieza por uno mismo. Si le dieron [172] siete
millones, qué había de hacer la pobrecita más que cogerlos y decir: gracias,
caballeros; me voy a tomar aires.
»Ahora os contaré la
fuga de la banquera, que fue en la madrugada del 4 de Diciembre, día de Santa
Bárbara, festividad muy del caso para esta clase de catástrofes. La señora
estuvo con unas amigas en el teatro de la Zarzuela viendo la función, y
concluida esta se fue a su casa, calle del Sordo. Allí se preparó para el
viaje, y antes de amanecer salió en un coche de colleras camino de Pozuelo,
donde tomó el tren mixto del Norte y... ¡Adiós, Madrid, que te quedas sin
gente!
»El secretario de la
dama, don Saturnino Iglesias, evaporose también. Se ha dicho que un señor
Pallares, que fue Jefe de Policía en tiempo de la República, ha favorecido el
mutis de la gran histrionisa de los números. Por mi parte, no he tenido que
desaparecerme, ni temo que me empapelen como funcionario modestísimo de aquella
mágica oficina, porque en el último día de Noviembre olí la quema, pedí mi
cuenta y presenté la dimisión, pretextando tener que ausentarme para un asunto
de familia».
El mutis de doña
Baldomera en el escenario social tuvo, como supondréis, sus naturales
derivaciones. De ello se hablará cuando la sagaz hacendista reaparezca en el
campo de la actualidad. Por el momento, en las agonías del 77 y primeros
vagidos del 78, lo más importante para mí era el acentuado restablecimiento de
mis ojos, y la reconquista [173] de la facultad visual perdida en largos y
dolorosos meses. Los que no han vivido en tinieblas por más o menos tiempo no
conocen el purísimo, inefable gozo de ver y contemplar hombres y cosas, lo feo
y lo bonito, la Naturaleza toda en la plenitud de sus maravillosos aspectos. Es
como vivir de nuevo. Yo resucité, yo renací, y difícilmente puedo expresar mi
alegría.
Coincidió mi
resurgimiento a la vida con los desposorios de Alfonso y Mercedes, obligado
motivo de festejos oficiales, palatinos, y en aquel caso señaladamente
populares. Yo no me acerqué a la basílica de Atocha, teatro del espléndido
ceremonial, ni vi el desfile de la procesión epitalámica desde el templo a
Palacio. Aunque frecuentaba ya la calle y los paseos, no quise meterme en el
remolino de las muchedumbres regocijadas, ávidas de contemplar tan lucido espectáculo.
Pero, sin verlo, la frescura de mi imaginación permitíame apreciar el soberbio
cuadro, por el recuerdo de otras cabalgatas del propio estilo en diferentes
ocasiones de la Historia.
Desde el Retiro,
donde me paseaba con Casianilla, veía yo en mi mente las carrozas de la Casa
Real, los arreos del guadarnés, los soberbios caballos que pausadamente tiraban
de los coches, el mover rítmico de las cabezas de los brutos adornadas de
vistosos plumachos, las bordadas libreas, las blancas pelucas, el sinfín de
jinetes palatinos y militares, los timbaleros y clarines, reyes de [174] armas,
monteros de Espinosa, caballerizos, correos y carreristas, los mancebos,
lacayos y palafreneros, y por fin, los regios novios y el acompañamiento de
coronadas testas, de Príncipes, embajadores y magnates, que componían el
cortejo nupcial. Si doña Isabel II brillaba por su ausencia, por su presencia
majestuosa resplandecía doña María Cristina, de albo cabello y dulce sonrisa
que el paso de los años no había logrado destruir. Don Francisco de Asís
ocupaba el puesto que por regia clasificación le correspondía, y el suyo los
Duques de Montpensier y las Infantas hermanas de Alfonso XII.
Si aparté mis ojos,
recién abiertos a la luz, de estas magnificencias callejeras, no pude resistir
la tentación de presenciar las dos corridas de toros con caballeros en la
plaza, que fueron el número popular en el programa de los reales festejos. Obra
fue del Municipio esta solemnidad taurina. Por cierto que los ediles
discutieron calurosamente si debía celebrarse en la Plaza Mayor, teatro antaño
de los regios torneos taurómacos así como de los autos de fe, o utilizar para
el caso la nueva Plaza de Toros, inaugurada en 1874. Prevaleció por fin este
criterio, y yo, ávido de gozar el lindo espectáculo, tomé cuatro delanteras de
grada, pues además de Casiana convidé a Segis y a Ido del Sagrario.
Llegado el día feliz
entré en la Plaza con mi pareja y mis dos amigos, arrebatado de un gozo
infantil que embellecía y agrandaba todas las cosas. El nuevo Circo, que yo
veía [175] entonces por primera vez, se me representaba superior en grandeza y
hermosura a la idea que tenemos del Coliseo de Roma, y el ornamento de
banderolas, escudos, gallardetes, guirnaldas, guardamalletas, lanzas de torneo
y demás requilorios, se me antojó lo más bello y gracioso que pudiera
imaginarse. El alborozo de mi espíritu convertía las flores de trapo en
naturales y olorosas, los tapices de percalina en ricos reposteros de seda y
oro.
Si de tal modo
transfiguraba mi fantasía las cosas materiales, imaginad mi desenfreno
optimista al contemplar el mujerío que en gradas y palcos dábame la impresión
de una corte celestial de belleza y amor. Desde nuestros asientos veíamos
perfectamente el palco regio; cuando en él aparecieron Mercedes y Alfonso,
rodeados de Majestades históricas aunque cesantes y venidas muy a menos, y de
las Princesas y Príncipes de Borbón y Orleáns, estalló un ciclón de aplausos y
aclamaciones que bramaba y crujía como un cataclismo atmosférico.
Después de colocarse
en el ruedo, debajo del palco de los Reyes, una Compañía de Alabarderos en
triple fila y en actitud de firmes, Mercedes dio la señal para el comienzo del
desfile. Tras de cinco alguacilillos aparecieron por la puerta de caballos los
timbaleros y clarines de la Real Casa con uniforme de gala; seguía una carroza
conduciendo a dos caballeros en plaza, tirada por cuatro soberbios alazanes
empenachados; a los estribos [176] marchaban a pie, como padrinos de campo,
Frascuelo y otros dos lidiadores, que eran Regatero y Hermosilla, según alguien
me dijo; venían luego dos pajes con rejoncillos, y cuatro más conduciendo del
diestro otros tantos caballos, enjaezados con montura de raso y pasamanería de
oro y plata.
Vi después lo que
enumero con la prolijidad que me permite el continuo pasar de figuras tan
pintorescas: otro coche de gala con ocho corceles empenachados, y lacayos
ostentando las libreas de los grandes de España que apadrinaban a los
caballeros en plaza; gran carroza sobresaliente con adornos y arabescos de
plata en su caja, propiedad, según oí, del Duque de Santoña; tiraban de aquel
armatoste dos troncos de poderosos potros morcillos, y en él iban dos caballeros,
vestidos de azul y rojo y de morado y blanco; marchaban al vidrio los espadas
Cayetano Sanz, Gonzalo Mora, Ángel Pastor y Francisco Sánchez; detrás, pajes
con caballos y rejoncillos, coche de respeto, carruajes de los padrinos Condes
de Bazalote y Superunda, escoltados por lacayos, mancebos y palafreneros.
Concluían la
relumbrante procesión las cuadrillas de lidiadores, formadas por diecisiete
espadas, cuarenta y ocho banderilleros, cuatro puntilleros, tres chulos y
veintisiete picadores, y a la cola iban mozos de caballos, tiros de mulas de
arrastre con preciosos arreos y mantillas, ramaleros y mayorales luciendo ropa
de terciopelo y fajas de seda. [177] Pensaba yo que humanos ojos no habían
visto nunca mascarada tan espléndida y suntuosa, desfile mareante por lo
abigarrado de los colorines, el esplendor del oro y la plata, el movible
oscilar de plumachos y el continuo pasar de figuras y figurillas, rígidas unas,
flexibles otras, y todas recargadas de tintas chillonas. Casianilla estaba
embobada; Ido del Sagrario abría un palmo de boca; Segis, siempre descontento y
mordaz, burlábase de aquel lujo estúpido y un tanto chabacano; y yo, que al
principio admiraba todo como un chiquillo, acabé por atontarme ante las
vueltas, revueltas y movibles luces de aquel rutilante caleidoscopio (2).
La cabalgata dio la
vuelta al redondel, y al llegar debajo del palco real, apeáronse caballeros y
padrinos, saludando todos a las Majestades y Altezas. Los alabarderos abrieron
filas, y por la puerta de Madrid salió la brillante procesión, no quedando en
el ruedo más que los lidiadores y tres alguaciles a caballo.
Comenzada la lidia,
los caballeros en plaza rejonearon sus toros. Era la primera vez que yo veía
tal juego, y fuera de la gallardía de los jinetes y de la soberbia estampa de
los bridones, no encontré en ello gran emoción. El tercer toro rejoneado
embistió a uno de los alguacilillos, que fue a caer con caballo y todo entre
los alabarderos, produciendo algún estropicio. El mismo torito alcanzó a un
caballero en plaza cuando iba a clavar su rejoncillo, le volteó, matándole la
cabalgadura, [178] y el airoso campeón, vestido a la chamberga, hubo de ser
retirado a la enfermería. La lidia ordinaria me interesó un poco al principio;
pero como no entiendo de toros ni frecuento este espectáculo, acabé por sentir
aburrimiento y ganas de que aquello terminara. Ido del Sagrario, no más perito
en tauromaquia, hacía de cuanto veíamos críticas tan sesudas como la que podría
yo hacer de la Ilíada de Homero.
En los ratos de
hastío convertía mis ojos del ruedo a los palcos y gradas, para pasar revista
al pintoresco público. La hilera de palcos ofrecía un aspecto deslumbrador.
Allí estaban la Navalcarazo, la Belvís de la Jara, Luisa Campoalange, la
Perijaa, y las más admiradas hermosuras de la Grandeza, luciendo albas
mantillas y adorno de camelias y gardenias en la cabellera y en el seno. No
lejos del montón aristocrático vi a Leona la Brava con Carolina Pastrana y otras
amigas del género demi-mundano. Ocasión es de decir que, en aquella época de
sus progresos en el arte social, daba la dama de Mula la mejor prueba de su
talento vistiéndose con modestia, procurando obscurecerse y pasar inadvertida.
En un palco
fronterizo entre sombra y sol vi una tanda de mujeres, ataviadas
estrepitosamente con pañolones de Manila, mantillas de madroños, altas peinetas
y gran carga de flores en el pelo. Eran las que el año 72 hicieron en la
Castellana, a las órdenes de Ducazcal, la famosa manifestación contra la [179]
dinastía de Saboya: la Moño Triste, la Condesa del Real Cuño, la Sílfide, Pepa
la Sastra, la Cacharrito, Rosa Huertas, la Napoleona, Paca la Alicantina, la Eloísa,
la Clotildona, etcétera.
Retrocediendo con mi
atenta observación hacia la grey aristocrática, vi en dos palcos a Vicente
Halconero y al Marqués de Beramendi con sus familias. En las gradas, no lejos
de nosotros, había tres muchachas picoteras, inquietas y reidoras, que a ratos
miraban hacia mí, saludándome con lindas garatusas formuladas con los morros y
con los abanicos. «¿Ves aquellas tres chicas que vuelven hacia acá sus rostros
picarescos como haciéndonos burla? -dije a Casiana-. Pues son tres Efémeras que
han venido disfrazadas de personas, dejando en alguna percha de los espacios
sus túnicas flotantes. Pertenecen al grupo de las malas, traviesas y
enredadoras. No mires hacia ellas; no les hagamos caso». Casiana, sin
comprender bien lo que yo decía, se dio por enterada.
Observamos luego que,
en los tendidos, hombres y mujeres comían a mandíbula batiente y empinaban
botellas o zaques, sin desatender los incidentes de la corrida. La razón de
estas merendonas era que, empezando las corridas a las doce y terminando a las
cuatro por causa de la cortedad de los días, trastornábanse las ordinarias
horas de almorzar y comer.
Entre los accidentes
restantes de la lidia ordinaria, el que más presente ha quedado [180] en mi
memoria es el achuchón que dio un toro a los alabarderos, apostados al pie del
palco Real. Rechazaron estos con sus hierros la embestida del morucho, que
volvió a la carga con más coraje, abriendo brecha. La res sufrió terribles
lanzazos, rompiéronse bastantes alabardas, dobláronse otras, volaron los
tricornios por el aire, y muchos Guardias sufrieron el destrozo de sus
uniformes. Pero ni los alabarderos abandonaron su puesto de honor y de peligro,
ni el cornúpeto se mostraba propicio a terminar la desigual pelea. Fue preciso
que el espada Felipe García colease al codicioso bruto para hacerle abandonar
el campo.
Llegó el momento
final, que yo vi con gusto porque ya me cansaba fiesta tan prolija y fatigosa
por el vértigo de sus complicadas emociones. La inmensidad de la concurrencia
dificultaba la salida; largo rato empleamos en pasar de la Plaza a la calle, y
en las apreturas de aquel atranco, Segis comentaba con negro humorismo el
festejo, en su doble aspecto popular y aristocrático.
«¡Cuánto nos hemos
divertido! -exclamó-. ¿Verdad, Casiana, que tenemos retortijones de tripas para
todo el año? Me alegro de haber venido para no verme obligado a leer en la
prensa taurina la descripción de esta chocarrería sublime... Si me dieran el
dinero que gastó el de Santoña en esa carroza de cuento de hadas, lo emplearía
en comprarle una chichonera de oro, recamada de esmeraldas y brillantes, al
Alcalde que inventó [181] esta mojiganga de Las mil y una noches...
aburridas... Me ha entusiasmado Manzanedo, me han hecho tilín los padrinos de
la Grandeza, y entre las brutalidades de los lidiadores y las finustiquerías de
los caballeros en plaza, me quedo con las primeras.
»Los alabarderos han
estado monísimos; merecen la Gran Cruz de San Fernando por el canguelo que
pasaron. Y si hubiera que dar un premio a las figuras culminantes del jembrerío
de los palcos, yo agraciaría con la Jarretiera inglesa a la Moño Triste,
obligándola a enseñar la pierna para que el público viese imponer entre
aplausos la insignia de tan ilustre Orden. Yo hubiera organizado este
espectáculo en la Plaza Mayor, abriéndolo con un torneo y cerrándolo con un
auto de fe, para que la fiesta fuese más nacional y castiza. El último y más
lucido número habría sido quemar en elegantes hogueras al Duque de Sexto, a
Manzanedo, a los Grandes y pequeños de España, a Cánovas, Ducazcal, Romero
Robledo, Varagua, Saltillo, y el Marqués del Bacalao... en efigie, por
supuesto».
Cuando ya pasábamos
de las apreturas a sitio de algún desahogo, nos encontramos con Celestina
Tirado, buscando a Fructuoso y Graziella que se le perdieron en el tumulto de
la salida. Tiempo hacía que no nos veíamos: noté a la mujer dantesca más vieja,
huesuda y barbuda que en los días de mi última visita al laboratorio de la
italiana. Interrogada por Casianita sobre la corrida [182] regia, la zurcidora
de voluntades nos dijo:
«A ratos me ha
parecido comitiva de boda, a ratos acompañamiento de entierro, porque...
créanlo, yo me fijo en todo... algunas de las carrozas eran coches de la
funeraria, pintados de colorines para dar el pego a los bobalicones... La Corte
muy brillante; la Reina Mercedes linda y triste... Motivos tiene para ello...
Graziella y yo examinamos detenidamente el pañuelo que agitaba para cambiar los
tercios de la lidia... ¡ay qué pena!... Por el movimiento que hacían en el aire
las puntas del pañuelo, y por los giros y pliegues de la tela junto a la carita
de Su Majestad, vinimos a conocer como este es día que la pobre Mercedes vivirá
muy poco.
-¡Quita allá, bruja
indecente! -exclamé yo indignado-. No nos vengas con vaticinios ni sandeces.
-Por la luz del santo
día, Tito; créanlo, que estos signos no fallan: la hija de Montpensier no
llegará a San Juan».
- XVI -
Al abrirse las Cortes
el 15 de Febrero ya pude yo decir que había recobrado completamente la salud.
Pero como me enojaba el barullo del Congreso no asistí jamás a las sesiones.
Las únicas noticias parlamentarias que puedo daros son que, por renuncia de
[183] Posada Herrera, fue elegido don Adelardo López de Ayala Presidente de la
Cámara popular, y que desde los primeros días arreciaron su oposición los
sagastinos. Todo ello es, históricamente considerado, flojo, anodino y sin
substancia.
Más interés tuvo la
conspiración zorrillista, que desde París enviaba sordos mugidos, llenando de
zozobra los corazones monárquicos. Hablábase mucho de los Generales Villacampa
y Lagunero, y los más timoratos les veían aparecer aquí y acullá como fantasmas
sediciosos, capitaneando soldados o paisanaje. Renegaba yo de la vana y
artificiosa política de aquellos tiempos, y cuidábame tan sólo de darme buena
vida y de pasar el tiempo plácidamente en teatros y honestas diversiones. El 30
de Marzo fui con Casiana al estreno de la comedia de Ayala, Consuelo, en el
Español, y ocupamos dos modestas delanteritas en el anfiteatro principal. La
sala rebosaba de selecto público, descollando en sus palcos los Reyes, los
Duques de Montpensier y un lucido acompañamiento de magnates y fantasmones.
Casianilla y yo no
apartábamos los ojos de la simpática Merceditas, que en el teatro como en la
Plaza de Toros, en los paseos y en todas partes, se llevaba tras sí los
corazones. La obra del gran Ayala gustó mucho, sin llegar al éxito clamoroso y
entusiasta de El tanto por ciento. Pasaje culminante de la representación fue
el monólogo del actor segundo, que dijo Vico de un modo magistral. [184]
Aclamado el insigne poeta con aplauso ardoroso se presentó en el palco
escénico, no ciertamente cogido de la mano de los actores como es costumbre en
estas solemnidades, sino solo, enteramente solo, pues su categoría de
Presidente de las Cortes le obligaba, según se dijo, a recibir los homenajes
teatrales en un decoroso aislamiento. La eminente actriz Elisa Mendoza Tenorio
subió a las más altas cumbres del arte en la creación del carácter de la
protagonista.
Como antes indiqué,
yo no perdía ripio para gozar de todo espectáculo artístico de noble cultura.
En años anteriores fui parroquiano ferviente de la Sociedad de Conciertos, que
celebraba sus fiestas los domingos de Cuaresma en el Teatro-Circo del Príncipe
Alfonso. La incomparable orquesta que primero dirigió Barbieri, luego
Monasterio, Mariano Vázquez y otros maestros, ha sido y es la gran educadora
del pueblo de Madrid en el clásico y supremo arte musical. Por ella han venido
a ser el más puro recreo de nuestras almas las monumentales, las soberanas
sinfonías de Beethoven y lo mejor del repertorio de Haydn, Mozart, Mendelssohn,
Weber, Handel, Schubert, y demás genios de la gloriosa pléyade germánica.
Después de educarme yo quise iniciar a Casiana en los misterios de la santa
religión de Euterpe. Durante las primeras audiciones, la pobrecilla no lograba
tomar gusto al intrincado lenguaje de aquella teología del sonido. Pero poco a
poco iba entrando, y acabó por deleitarse [185] con el andante de la Sinfonía
Pastoral y el allegretto scherzando de la Octava.
Cuidábame yo mucho de
dar al espíritu de Casianilla un matiz de cultura, sacándola de la rusticidad y
ordinariez en que se había criado. Sus nobles sentimientos, y los estímulos de
su alma querenciosa de un vago ideal, me ayudaron en mi tarea. Firme en mi
propósito, llevábala con frecuencia al Museo del Prado, y a los tres o cuatro
días de andar por aquellas salas mi compañera se asimiló el valor estético de
la pintura, supo apreciar a los maestros, y distinguía perfectamente a
Velázquez del Tiziano y a Murillo de Rubens, dando a cada uno lo suyo.
Una mañana, cuando
nos hallábamos en la Rotonda recreándonos en la variada colección de obras
capitales, que no tiene igual en el mundo, sorprendiome la presencia de
Vicentito Halconero, que con su mujer y su suegra se deleitaba como nosotros en
aquel Olimpo pictórico. En cuanto me vio el simpático amigo vino a saludarme
muy cariñoso, y me presentó a su familia; yo, naturalmente, no les presenté a
Casiana, y esta se mantuvo cohibida y avergonzadita, fijos los ojos en el
suelo, cual si quisiera recatarse con el invisible manto de su modestia.
Insinuante y efusivo,
Halconero me dijo así: «¡Caramba, Tito, cuánto me alegro de verle! Hasta hace
muy poco no supe que ha estado usted enfermo de los ojos... Ya me extrañaba a
mí no encontrarle por ninguna parte... Pero lo que es ahora, ya no se me [186]
escapa usted, querido. Tenemos que hablar. Usted es un hombre que vale mucho, y
no debe estar obscurecido, huyendo de la gente y malogrando en la inacción sus
extraordinarias dotes de talento y cultura. Eso no puede ser, no puede ser. Es
preciso que hablemos, amigo mío».
Contestele yo, con mi
habitual llaneza, que me encontraba muy bien en la obscuridad y que me infundía
temor la idea de salir de ella. Disertamos un rato, y al llegar el momento de
la despedida me dijo Vicente: «Mala cosa es la obscuridad, y ello tiene usted
ejemplo en la dolencia que acaba de padecer. Los hombres que valen deben vivir
en plena luz. De eso hemos de tratar detenidamente. ¿Quiere usted que vaya yo a
su casa, o vendrá usted a la mía?». Le contesté que tendría mucho gusto en
visitarle, y con esto nos despedimos. Casiana y yo continuamos admirando a Van
Dick, Correggio, Velázquez, Rafael y el delicioso y minúsculo cuadro del
Mantegna Las exequias de la Virgen.
Ocurrió esto a fines
de Abril o principios de Mayo, no me acuerdo bien. En lo restante de Mayo llevé
a Casiana a la Armería Real, donde le fui mostrando uno por uno los soberbios
arneses, y dándole a conocer los altos héroes que habíanlos llevado sobre su
cuerpo en famosas batallas. Visitamos también el Museo Naval, y allí vio
Casianilla despojos gloriosos de Trafalgar y los modelos de las antiguas y
modernas naves de [187] guerra. En el Museo de Artillería contemplamos
recuerdos agradables o lastimeros de la vida de la Patria, y en el de Historia
Natural, mi compañera se deleitó contemplando los fósiles gigantescos y el rico
muestrario de la fauna felina, de la ornitológica y de los organismos
inferiores.
Continuando la
Historia de España os diré que la mozuela que yo recogí del arroyo adelantaba
con seguro paso en sus conocimientos. Dominada prodigiosamente la lectura y
escritura, don José y yo le dábamos lecciones de Aritmética, de Geografía y de
Historia compendiada. Había leído ya el Quijote, el Gil Blas y algunos libros
modernos de poesía o amena literatura. Su instrucción era gradual, lenta y
práctica; expresaba su gozo por cada conocimiento recién adquirido huyendo de
las demostraciones pedantescas, todo ello sin olvidar los trajines caseros que
constituían su mayor deleite. Modista de sí propia, vestía con suma sencillez,
evitando las formas llamativas y de relumbrón. Como yo, se encontraba muy bien
en la obscuridad y le infundía temor la idea de salir de ella.
A principios de Junio
circularon por Madrid rumores de que la Reina Mercedes no gozaba de buena
salud. En nuestras divagaciones por la Castellana y el Retiro, Casiana y yo la
veíamos pasar en coche con su esposo, y en efecto, notamos en su linda carita
palidez, tristeza, un indeciso mohín que a mí me pareció algo como despego de
la vida. [188] Nos interesábamos por la joven Soberana como si fuera de nuestra
familia, y el propio sentimiento creo yo que alentaba en todo el pueblo de
Madrid. Vino Mercedes al trono de España como símbolo de paz, sin odios por su
parte, sin ningún recelo por parte de la Nación. Merecía reinar, merecía
vivir...
Después de San
Antonio, festividad del padre de la Reina, fue más denso el rumor de la
enfermedad de esta, y ya no se ocultaba lo grave del caso. Quién decía que era
una afección al pecho, quién que una fiebre maligna; muchos recordaban que
otros hijos de Montpensier habían muerto en plena juventud, de calenturas
infecciosas, contra las cuales nada pudo la ciencia; algunos, desviando los
hechos del terreno lógico al de las conjeturas supersticiosas, afirmaban que
sobre don Antonio de Orleáns pesaba una maldición: no podía ser feliz en su
vida doméstica el que había sido en la pública desleal, ingrato y locamente
ambicioso. Era el Duque una capacidad administrativa, hombre ordenadísimo,
económico, buen esposo, buen padre, y a despecho de estas apreciables dotes
nadie le quería. En la mente popular se claveteaba con remaches duros la idea
fatalista de que los hijos inocentes han de expirar las culpas de los padres
pecadores.
El 22 de Junio
aumentó tanto la gravedad de la Reina infeliz, que se desconfiaba de salvarla.
En la Mayordomía de Palacio agolpábase el gentío aristocrático y oficial,
cubriendo de firmas tal número de pliegos que [189] pronto se formaron montes
de papel en las anchas mesas. El pueblo soberano, que no firmaba porque no
sabía o no le dejaban, hizo pública demostración de su afecto a la Reina
ocupando silencioso y triste la Plaza de Oriente y sus avenidas. Casiana, Segis
y yo recorríamos los grupos de aquella plebe consternada y ansiosa que,
clavando sus ojos en los balcones de Palacio, firmaba según su peculiar modo de
escritura. Las impresiones que recogimos aquí y allá pueden ser sintetizadas en
esta forma: Merceditas era la cándida paloma que trajo a España el ramo de
oliva. Mientras ella calentó el nido huyeron espantadas las víboras de la
trágica escandalera dinástica en el siglo XIX.
El día 23 llegaron de
París los Duques de Montpensier, llamados por un angustioso telegrama del Rey
Alfonso. Ante la hija herida de muerte disimularon su consternación, y a
espaldas de Mercedes pidieron que fuese llamado a consulta el célebre médico
republicano Federico Rubio...
El 24 arreció la
gravedad de la enferma con síntomas y caracteres que inducían a la
desesperación; se creyó que la Reina terminaría su vida en el aniversario de su
natalicio: el día de San Juan Bautista cumplía Mercedes de Orleáns diez y ocho
años. Contra este horrible sarcasmo del Destino protestaron la familia de la
moribunda, el mundo palatino, las clases altas y bajas de Madrid y el pueblo
entero de España, elevando al cielo todas las formas de plegaria, desde las más
[190] solemnes a las más humildes. Hiciéronse rogativas en innúmeros templos,
catedrales, parroquias, conventos, santuarios y ermitas; enronquecieron
frailes, monjas, capellanes y canónigos de tanto pedir a Dios la vida de la
joven Reina; y hasta las pobrecitas presas de la Cárcel de Mujeres reunieron,
cuarto a cuarto, suma bastante para mandar decir una misa rezada con el mismo
piadoso objeto.
En la noche del 24 al
25 se inició ligera remisión en la enfermedad. Las salas próximas a la regia
alcoba parecían un campamento; aquí y allá, recostados en los lujosos divanes,
daban descanso a sus fatigados huesos Montpensier, la Princesa de Asturias, los
Cardenales Moreno y Benavides, y los palatinos de servicio. Las personas que no
se movían a ninguna hora de junto al lecho de Mercedes eran don Alfonso, la
Marquesa de Santa Cruz y la Infanta Luisa Fernanda.
El 25 renació la
confianza. Federico Rubio dijo que no se debía tener por imposible la salvación
de la Reina. A propósito del doctor Rubio referiré las voces que aquel día
corrieron por Madrid. Según el rumor público, el famoso médico se presentó en
Palacio vestido de americana y se le dijo que no podía penetrar en la Cámara
Real sin ponerse levita, a lo que don Federico respondió que él no entraba en
aquella casa por su voluntad, que le habían llamado para ver un enfermo, y que
iba con el traje que usar solía en el ejercicio de su profesión... Después supe
por el propio Federico Rubio que todo [191] aquello era una fábula, que fue a
Palacio como le exigían su dignidad, su educación y el respeto a los
compañeros.
Llegada la noche del
25 al 26 disipáronse las esperanzas rápidamente. No había salvación para la
Reina. Extendida la triste noticia por todo Madrid, el público abandonó los
teatros, los cafés y los círculos de recreo. Grandes muchedumbres acudieron a
Palacio, invadiendo el patio y galerías bajas. La guardia exterior tuvo que
desalojar el edificio; pero el gentío siguió estacionado en la Plaza de la
Armería y en la de Oriente...
Desde las primeras
horas de la mañana del 26, entrañaba la situación de Mercedes una definitiva,
inevitable desesperación. Todas las personas que rodeaban el lecho mortuorio,
hijas de Reyes las más, magnates o Príncipes de la Iglesia las otras,
presenciaron enmudecidas por la congoja el lento descender de la Reina a la
región de la eterna sombra... Mercedes expiró a las doce y cuarto.
En pleno día, el
vecindario de Madrid llenaba las calles; se oían más las pisadas que las
voces... A punto de las tres de la tarde, el insigne Ayala, desde su sitial de
la presidencia del Congreso, pronunciaba una corta oración fúnebre, de la cual
entresaco lo que a mi parecer expresa con más delicadeza y ternura el duelo de
España en aquel luctuoso día:
«Ya lo oís, señores
Diputados: nuestra bondadosa Reina, nuestra cándida y malograda Reina Mercedes,
ya no existe. Ayer celebramos [192] sus bodas; hoy lloramos su muerte. Tan
general es el dolor como inesperado ha sido el infortunio; a todos alcanza;
todos lo manifiestan; parece que cada uno se encuentra desposeído de algo que
ya le era propio, de algo que ya amaba, de algo que ya aumentaba el dulce
tesoro de los afectos íntimos; y al verlo arrebatado por tan súbita muerte,
todos nos sentimos como maltratados por lo violento del despojo, por lo brusco
del engaño.
»Joven, honesta,
candorosa, coronada de virtudes antes que de la Real diadema, estímulo de
halagüeñas esperanzas, dulce y consoladora aparición... ¡quién no siente lo
poco que ha durado!... No sé, señores Diputados, si la profunda emoción que
embarga mi espíritu en este momento me consentirá decir las pocas palabras con
que pienso, con que debo cumplir la obligación que este puesto me impone. No es
porque yo crea sentir más vivamente el funesto suceso que ninguno de los que me
escuchan; porque son tan variadas, tan acerbas las circunstancias que
contribuyen a hacer por todo extremo lamentable la desgracia presente, que no
hay alma tan empedernida que le cierre sus puertas. Pero concurre una
tristísima circunstancia, que nunca olvidaré, a que yo la sienta con más
intensidad en este momento.
»Testigo presencial
de los últimos instantes de nuestra Reina sin ventura, aún tengo delante de mis
ojos el lúgubre cuadro de su agonía; aún está fresca en mi mente la imagen
[193] de la pena, de la horrible y silenciosa pena que, con varios semblantes y
diversas formas, rodeaba el lecho mortuorio: he visto el dolor en todas sus
esferas. Allí, nuestro amado Rey, hoy más digno de ser amado que nunca, apelaba
a sus deberes, a sus obligaciones de Príncipe, a todo el valor de su magnánimo
pecho, para permanecer al lado de la que fue la elegida de su corazón, y para
reprimir, aunque a duras penas, el alma conturbada y viuda que pugnaba por
salir a sus ojos. Allí, los aterrados padres de la ilustre moribunda, viva
estatua del dolor, inclinaban su frente ante el Eterno, que a tan dura prueba
les sometía, y con cristiana resignación le ofrecían en holocausto la más honda
amargura que puede experimentarse en la vida. Incansables en su amor, la
Princesa de Asturias y sus tiernas hermanas seguían con atónita mirada todos
los movimientos de la doliente Reina, como ansiosas de acompañarla en la última
partida. Allí, la presencia del Gobierno de Su Majestad representaba el duelo
del Estado; los Presidentes de los Cuerpos Colegisladores el luto del país...».
A estas expresiones
elevadas, patéticas, que revelaban al orador elocuente y al poeta eximio,
añadió Ayala otras que podríamos llamar de literatura oficial, proponiendo que
enmudeciera la tribuna parlamentaria hasta que el cuerpo de la infortunada
Reina recibiese cristiana sepultura.
El suceso del día
siguiente fue la exposición pública del cadáver de Mercedes en el [194] Salón
de Columnas. No exagero al decir que medio Madrid desfiló por la capilla
ardiente. Las apreturas fueron horribles; se entraba por la Plaza de la Armería
y se salía por la puerta del Príncipe. El sentimiento, derivando a la
curiosidad, convertíase en fuerza irresistible que todo lo arrollaba: hubo
desmayos, síntomas de asfixia, magulladuras y estrujones tan violentos que
muchas personas hubieron de ser auxiliadas en la Casa de Socorro o en las
farmacias próximas.
Casiana y yo llegamos
a la Plaza de Oriente, y viendo el tumulto no nos atrevimos a meternos en tan
terribles angosturas. Minutos después nos encontramos a Celestina Tirado que
salía de Palacio, desgreñada, sudorosa, jadeante. Antes que yo le hablara,
llegose a nosotros con esta retahíla:
«La he visto, la he
visto. ¡Qué dolor de niña! Está ya medio descompuesta, vestidita con el hábito
de la Merced, en una caja de tisú de oro. Por cierto, Tito salado, que cuando
en la Plaza de Toros solté la profecía, sacada de los signos y céteras que
nunca fallan, me equivoqué en el santo, nada más que en el santo... Quise decir
San Pedro y dije San Juan... Desde que ando en este oficio se me trabucan los
santirulicos»
- XVII -
Una tarde de Julio,
paseando por el Prado, oímos estas coplas, cantadas por las tiernas niñas que
jugaban al corro: ¿Dónde vas, Alfonso XII? -¿Dónde vas, triste de ti? -Voy en
busca de Mercedes, -que ayer tarde no la vi. -Si Mercedes ya se ha muerto;
-muerta está, que yo la vi: -cuatro Duques la llevaban -por las calles de
Madrid. La simplicidad candorosa de estos versos, en boca de inocentes
criaturas, se me metía en el corazón avivando la doliente memoria de la Reina
sin ventura, muerta en la flor de la edad.
Otro día, en
Recoletos, oí las mismas coplas, continuadas de este modo: Su carita era de
Virgen, -sus manitas de marfil, -y el velo que la cubría -era un rico carmesí.
-Los zapatos que llevaba -eran de rico charol, -regalados por Alfonso -el día
que se casó. Recreándonos con tan ingenua cantata dimos la vuelta al corro, y
pudimos enriquecer el poema infantil con esta otra cuarteta: El manto que la
cubría -era rico terciopelo, -y en letras de oro decía: -Ha muerto cara de
cielo.
«Fíjate -dije a
Casiana-, y convendrás conmigo en que esos lindos cantares contienen más
inspiración y mayor encanto que las odas hinchadas y las elegías lacrimosas con
que los poetas de oficio lamentaron el prematuro fin de Merceditas,
apedreándonos [196] con ripios duros y aburriéndonos con el desfile monótono de
imágenes sobadas y terminachos rimbombantes».
Opinó como yo
Casianilla y me dejó estupefacto al preguntarme: «Dime, Tito: ¿tú conoces a los
poetas que hacen esos cantares? ¿Quiénes son, dónde están?
-No lo sé, hija mía
-contesté-. Sólo te digo que el pueblo hace las guerras y la paz, la política y
la Historia, y también hace la poesía».
Si no referí antes mi
primera visita a Vicentito Halconero, fue porque en ella nada hubo digno de
mención. Redújose a cortesías de ritual y a remembranzas de sucesos que se
desvanecieron en el tiempo. Las posteriores entrevistas tuvieron más interés.
Vivía mi amigo en la calle de San Quintín, Plaza de Oriente, y cuando le
visitaba por la tarde, como a esas horas salía yo siempre con Casiana,
quedábase mi compañera sentadita en un banco de los jardinillos entrando yo
solo en la casa.
Requería Vicente mi
persona un día y otro para convencerme de la necesidad de que yo me lanzase de
lleno a la política activa, afiliándome con él al partido de Sagasta. Apuró
Halconero sus razones sin persuadirme, y entre otras cosas me dijo que el
propio don Práxedes le manifestó deseos de tenerme a su lado, porque ansiaba
fortalecer el Partido Constitucional con gente moza, atraer a todos los jóvenes
de mentalidad a la moderna, aunque hubiesen sido revolucionarios y [197]
alborotadores en días no lejanos. El relleno de sus adeptos, consistente en
progresistas acartonados, necesitaba renovación.
Después de hablar por
boca de Sagasta, habló Vicente por la suya diciéndome que si me determinaba
podía contar desde luego con un distrito seguro para salir diputado, bien
cediéndome el suyo, La Guardia, bien Villarcayo, el de su suegro, pues este
ansiaba retirarse de la vida pública. «Como ve usted -añadió-, tengo dos
distritos. Escoja el que quiera».
Contestele que yo
agradecía mucho su generoso interés, pero que me repugnaba el cunerismo y nunca
pasó por mi mente pertenecer a esos rebaños parlamentarios que forma el
Ministro de la Gobernación como Dios hizo el mundo, de la nada. Sostuve que en
España no existe la representación nacional, y que los diputados no expresan
más opinión que la de unos cuantos señores; que en las Cortes no reside ninguna
parte de la soberanía, y que la ley fundamental del Estado no es más que una
edición bonita y esmerada de las coplas de Calaínos. Todos los poderes residen
en el Rey y en las camarillas, a las que están subordinados los jefes de las
ganaderías políticas.
De estas afirmaciones
surgió una discusión entre cómica y seria, y Halconero acabó por arrancarme la
promesa de que iría yo con él a ver a Sagasta. Al salir de casa de mi amigo y
entrar en los jardinillos para reunirme con Casiana, vi un ruedo infantil que
cantaba [198] con dulces vocecitas las coplas que en otra página he transcrito,
y estas que ahora copio: Los faroles de Palacio -ya no quieren alumbrar,
-porque Mercedes se ha muerto -y luto quieren guardar. -Junto a las gradas del
trono -una sombra negra vi, -cuanto más me retiraba -más se aproximaba a mí.
-No te retires, Alfonso; -no te retires de mí, -que soy tu esposa querida -y no
me aparto de ti.
Cumplí a Vicente
Halconero mi promesa de visitar a Sagasta, y una mañana fui con él a casa del
jefe de los Constitucionales, Alcalá, 52. Había yo tratado superficialmente a
don Práxedes en años anteriores. Antes que Vicentito me presentase, Sagasta me
reconoció, saludándome como si nuestro trato hubiera sido frecuente y nunca
interrumpido. Ya sabéis que la característica de aquel hombre realmente
extraordinario era el don de simpatía, el don de gentes, la flexibilidad del
ingenio y de la palabra, sin que por ello dejase traslucir su pensamiento en la
conversación. Entendía yo que en su afable sonrisa no debíamos ver un
accidente, sino un estado constitutivo de la personalidad, y además la máscara
impenetrable de su genial astucia.
Don Práxedes rompió
la conversación sacando a relucir diabluras y extravagancias de mi temprana
juventud, y no fue poco mi asombro al ver que tales simplezas conocía y
recordaba. Pronto comprendí que trataba de ganar mi voluntad y atraerme a su
esfera por la afinidad de los caracteres y la semejanza [199] de nuestros
respectivos modos de expresión. De frase en frase nos metimos en la política, y
Sagasta hizo el panegírico de la Monarquía constitucional, prometiendo a España
días muy felices. La buena crianza obligome a una delicada conformidad con las
opiniones del riojano, y al observar yo que recogía la sonrisa en su larga boca
para departir con grave estilo, pensaba que seguía riéndose por dentro.
Una observación del
amigo Halconero llevó a don Práxedes a tocar el tema de mi incorporación a su
partido. Yo me excusé declarándome inepto para la vida pública, tal como aquí
se practicaba entonces; y él, entre severo y festivo, me habló de este modo:
«Ya sé, ya sé que a
usted las cavilaciones le han hecho algo metafísico y que los desengaños han
matado su optimismo. Déjese de tonterías, amigo, que por ese camino no se va a
ninguna parte. Usted sostiene que vivimos en un mundo de ficciones; que la
representación nacional, base del régimen, será una farsa mientras hagamos los
diputados por un sistema de moldes y cubiletes. Algo hay de verdad en todo lo
que usted dice, lo reconozco; pero también afirmo que semejantes males sólo
puede remediarlos el Partido Constitucional, maridaje perfecto entre el poder
real y la soberanía del pueblo... No lo dude usted, amigo Liviano, pues mi
partido, en la oposición, está haciendo ya una gran obra política. El porvenir
es nuestro. Si usted no lo reconoce todavía, lo reconocerá bien [200] pronto.
Yo he de intentar la regenaración de este país. ¿Fracasaré? Allá veremos. Lo
que aseguro es que si mis esfuerzos resultan fallidos y sucumbo en la demanda,
caeré siempre del lado de la libertad».
Con esto y poco más,
terminó mi primera visita a don Práxedes. El rápido avance del verano
interrumpió mis relaciones con Halconero porque este se fue a La Guardia,
Vitoria y San Sebastián... Casiana y yo, no queriendo infringir la moda de la
emigración estival, partimos para nuestras posesiones de La Sagra, radicantes
en el término de un desconocido pueblo llamado Borox. Reducíase el patrimonio
mísero de los Conejos a unas tierrucas de pan llevar y a una casucha propiedad
de la tía Simona. Encantadas entraron Simonica y Casiana en su pueblo natal;
pero a mí me pareció muy desagradable. En Borox no se conocía el árbol; había
una sola fuente, y el agua de esta no servía para cocer los garbanzos:
utilizábase en tales usos la que brotaba de un manantial distante cinco
kilómetros del pueblo, y era transportada por arrieros-aguadores que surtían a
todo Borox y sus aledaños.
Aunque la pobreza y
sequedad de aquel suelo eran lo más apropiado a nuestra ingénita cursilería, yo
no me conformé con tan ruin villeggiatura, y nos fuimos a Esquivias, lugar
próximo donde Simona tenía parentela. Por mediación de esta alquilamos una
hermosa casa, con huerta, rodeada de viñedos y frutales. Ya sabéis que
Esquivias es la [201] patria de doña Catalina de Salazar, esposa de Cervantes,
y que allí vivió algún tiempo el Príncipe de nuestros ingenios. Gozábamos el
alto honor de veranear en una villa famosa en los anales de las Letras patrias.
El pueblo era cómodo y alegre, y en su vecindario encontramos muchas personas
de buena crianza, y algún señorío. Había no pocos veraneantes de Madrid, gente
de medio pelo, pero campechana y cortés.
Tan bien nos fue en
Esquivias que nos quedamos hasta la vendimia, muy entretenidos y gozosos. En
aquella temporada placentera no teníamos más relación con el resto del mundo
que las cartas que de vez en cuando nos escribía nuestro amigo Segis, desde San
Sebastián primero, después desde Zaragoza y Barcelona. Al llegar a Madrid me
enteré de acaecimientos que surgían y pasaban sin dejar tras sí más que el
comentario fugaz de las lenguas ociosas: que Martos, después de entenderse con
Ruiz Zorrilla, logró catequizar al Duque de la Torre y llevarlo a las
trincheras revolucionarias; que los tres celebraron una conferencia en
Biarritz, de la cual, según los ojalateros de Madrid, resultaría muy pronto el
triunfo de la República. Estas ilusiones y otras de rosados matices se
desvanecieron en la normalidad perezosa de la vida política en aquellos tiempos
de glacial positivismo.
La intentona
revolucionaria de Navalmoral de la Mata fue otro caso de la vacuidad histórica
que caracterizó aquellas décadas. [202] El 25 de Octubre regresó el Rey Alfonso
de un viaje que hizo a las provincias del Centro, y al pasar en coche por la
calle Mayor, cerca ya de los Consejos, un jovenzuelo disparó contra él dos
pistoletazos, sin causarle daño alguno. El agresor, detenido al instante, se
llamaba Juan Oliva Moncasi, era natural de Cabra (Zaragoza), y según dijo,
estaba afiliado a la Internacional. La emoción de este suceso no duró mucho. El
tal Oliva era indudablemente un fanático; pero con menos visos de locura que de
tontería. Según mi leal entender, en aquella época de una insipidez mal
azucarada, hasta el regicidio era tonto, desaborido y sin picante. Del
desdichado Oliva se habló un poco en aquellos días, y otro poco cuando le
dieron garrote en Enero del año próximo.
El mundo marchaba,
dejando atrás a personalidades ilustres que habían cumplido ya su misión en la
vida. En Agosto del 78 falleció la que fue Reina Gobernadora, doña María
Cristina; en Diciembre perdió la democracia al famoso tribuno don Nicolás María
Rivero; y a principios del año siguiente, 1879, acabó sus días Espartero, Duque
de la Victoria y Príncipe de Vergara, que durante un cuarto de siglo llenó con
su nombre la Historia de España.
Mientras llega
ocasión de traer a estas páginas las cosas de Cuba, os diré que la llamada paz
del Zanjón (más bien tregua o convenio, al estilo del de Vergara) pactada entre
Martínez Campos y los jefes de la insurrección, [203] no era del gusto del
Partido Peninsular Español de la Gran Antilla. Sonaron con mayor estridencia
que antes las declamaciones patrióticas; Martínez Campos, viendo que el
Gobierno de Madrid se mostraba esquivo para realizar lo pactado con los
insurrectos, se atufó, dio de lado al Capitán General Jovellar y a los
españoles incondicionales, y se vino a Madrid decidido a plantear la grave
cuestión ante el Rey, el Gobierno y las Cortes.
Cánovas del Castillo,
estimando con razón o sin ella que el horno político de España no estaba para
bollos autonómicos ni otras zarandajas ofrecidas a los cubanos, mostró su
repugnancia a convertir en leyes las estipulaciones del convenio del Zanjón, y
para salir de aquel convenio puso en práctica la consabida artimaña del medio
mutis, que había empleado con éxito en los comienzos de la Restauración.
El 27 de Febrero
planteó don Antonio la crisis total, aconsejando al Rey que encargase de formar
Gobierno a Martínez Campos. ¡Lástima grande que un hombre como Cánovas
desestimara el alto ideal que Martínez Campos defendía; error funesto que don
Antonio, por falta de valor para imponerse a los patrioteros, entregase el
Poder a un hombre que si en lo militar era eminente, en lo político carecía de
trastienda y travesura para luchar con las pasiones humanas! ¡Fatalidad
inexorable! Cánovas, no atreviéndose a resolver el gran problema antillano,
cedía los [204] trastos de gobernar a quien, sobrado de valor para todo, no
podía consumar la magna empresa por falta de aptitudes políticas. De este modo,
entre un sabio que no quiere y un valiente que no puede, decretaron para un
tiempo no lejano la pérdida de las Antillas.
Llevó Martínez Campos
al Ministerio de la Gobernación a Paco Silvela, el más joven de los tres
hermanos de este ilustre apellido, todos muy notables en la jurisprudencia, la
literatura y la política. Fuera de disolver las Cortes y convocar otras nuevas,
el Gabinete Campos-Silvela poco o nada hizo, a no ser que se tenga en cuenta su
obra negativa. Las reformas políticas de Cuba, que se había comprometido a
realizar don Arsenio, pasaron suavemente al panteón del olvido, y ni aun se
trató de sacar adelante el proyecto de ley de abolición de la esclavitud que
parecía lo de más urgencia.
En cambio, los
Ministros pusieron toda su atención en el proyecto que daba por quebrada a la
Compañía constructora de las líneas férreas del Noroeste, facultando al
Gobierno para otorgar por concurso lo que restaba por construir. De ello
resultó que adjudicaron el bonito negocio a un afortunado francés llamado
Monsieur Donon, a quien, según se dijo, protegían altísimas personalidades.
Pasando de lo
colectivo a lo personal, os contaré que Halconerito insistió en sus deseos de
sacarme diputado, aprovechando aquellas elecciones. Yo me negué en absoluto, y
nunca me pesó este apego a la dorada [205] obscuridad: así lo digo, porque en
mi salvaje independencia llevo dentro una luz espiritual que me hace amable y
placentera la vida.
A los que se hayan
sorprendido de no ver en mi compañía hace algún tiempo la figura de García
Fajardo, les diré que poco después de irme yo al veraneo de Esquivias mi grande
amigo se reconcilió con su madre, Segismunda Rodríguez, señora de
circunstancias, dotada de no comunes talentos para traer dineritos de los
bolsillos ajenos al suyo propio, y para decorar su vanidad con fáciles
blasones. De esta dama os hablé hace algún tiempo, y aquellas referencias las
completo ahora diciendo que doña Segismunda había realizado su dorado sueño de
poseer un título nobiliario, aunque fuera pontificio: desde el verano anterior
titulábase Condesa de Casa Pampliega.
Satisfecho este
anhelo, y viéndose ya en la madurez de la vida, sin más afecto que el de su
hijo, requirió la compañía de Segis con el ansia de completar su corrección
teniéndole siempre consigo. Sacó al rebelde del poder de doña Leche, y firme en
la idea de apartarle de las malas compañías de Madrid, emprendió con él largos
viajes que fueron a un tiempo de recreo y de vanidad. Pasaron sus temporaditas
en los balnearios y playas del Norte, visitaron después Barcelona, Zaragoza y
otras capitales, y llegado el invierno se fueron a Andalucía, terminando su
agradable excursión con la temporada de Semana Santa y Ferias en Sevilla. [206]
En cuanto supe el
regreso de Segismundo a Madrid me fui a verle a su casa, y lo encontré más
reformado de indumento que de lenguaje. La madre de García Fajardo, en el
descenso de la vida, conservaba la siniestra hermosura de su rostro ceñudo y
desapacible. En otro tiempo compararon su cabeza con la de Medusa, y aún podía
sostenerse la comparación; sólo que su cabellera de serpientes había
blanqueado. Al visitar por primera vez a mi amigo hablamos de sus recientes
viajes, y la señora Condesa de Casa Pampliega se despachó a su gusto, contando
con prolijidad enfadosa las preciosidades que había visto en el Norte y Sur de
las Españas.
A la tarde siguiente
volví a casa de Segismundo, y puedo aseguraros que esta segunda visita fue
memorable, digna ciertamente de ser marcada con piedra blanca en mis historias.
Al entrar yo se despedía una dama elegantísima, guapetona, de grandes ojos
negros fulgurantes, carnosa, espléndida en hechuras, bien plantada... Quedé
absorto ante tan seductora belleza, y dije para mí: «Sin saber quién es esta
mujer, sé que la he visto en alguna parte. ¿Dónde, Señor, dónde?... No me
acuerdo».
Cuando Segis volvió
de despedir a la linda señora, notando mi asombro y perplejidad, me dijo:
«¿Pero no la conoces? Parece que estás tonto. Es Elena Sanz. [207]
- XVIII -
-¿Elena Sanz?...
¡Ah!... sí... sí -exclamé yo golpeándome la frente-, la hermosa cantante
española... Nunca la vi fuera de la escena; por eso la desconocía.
-En el teatro,
querido Tito -me dijo Segis-, su belleza entra en el orden de lo monumental, y
al pasar del escenario a la vida es un conjunto de gracias y seducciones que
quitan el sentido. Recordarás que la aplaudimos en el Real por primera vez,
interpretando el carácter de Leonor de Guzmán, favorita del Rey don Alfonso XI
y madre del bastardo Trastamara y de sus hermanos, que tanta guerra dieron en
estos Reinos.
-Ya, ya me acuerdo
-contesté-. Luego la vimos en la Azucena de El Trovador, tipo musical a que da
extraordinario relieve su potente voz de contralto».
Queriendo mostrar sus
conocimientos en el arte del bel canto aplicado a la ópera, doña Segismunda
intervino en la conversación con estas sensatas razones: «Entiendo yo que eso
de contralto es lo mismo que barítona, o como quien dice, el barítono de las
mujeres. Recuerden lo bien que estaba Elenita, vestida de muchacho, en esa
ópera tan preciosa... no me acuerdo... ¿Cómo se llama?
-Lucrecia Borgia
-contestó Segis-. El papel de Maffeo Orsini le va que ni pintado. ¡Qué elegante
mozo, qué frescura, qué gracia!... [208] Como dice Asmodeo en sus formas
críticas, Elena Sanz rayó a gran altura en el racconto del primer acto y en el
brindis del tercero.
-Pero donde está
incomparable, ideal, es en Aida -afirmé yo-. ¡Qué Amneris! Diríase que es la
auténtica hija del Rey de Egipto... Cuando entra en escena parece que viene de
dar un paseíto por el Nilo y de echar un vistazo a las Pirámides.
-Todas esas óperas y
otras le hemos oído en Sevilla -me dijo Segismundo-. Cada vez está mejor.
-Además -añadió la
Condesa de Casa Pampliega-, como vivíamos en el Hotel de París, donde ella
moraba, nos hicimos muy amigas. Elenita es una mujer simpatiquísima, buena como
el pan, toda pasión, generosidad, ternura».
Hijo y madre
siguieron bosquejando con cariñosa benevolencia el retrato de la diva guapetona
y adorable, y yo me retiré porque tenía que hacer en mi casa. Al bajar la
escalera pareciome sentir leves pasos al compás de los míos; volví el rostro y
nada vi. Cuando llegué a la calle, además de los pasos oí una voz tenue que
deslizó en mi oreja estas dulces palabras: «Soy la Efémera a quien nuestra
Madre augusta confía las comunicaciones de índole más delicada. ¿No me ves?
-Vagamente, como un
espectro engendrado por la luz solar, veo tu perfil de mármol y tu ropaje azul.
[209]
-No es azul; es verde
con grecas de plata, fíjate bien. Y la región espiritual que cruzamos con fugaz
vuelo mis hermanas y yo es aquella inmensa esfera encendida por el fuego de
amor, que crea o destruye las familias humanas... Cuando hablabas con tu amigo
y su madre estaba yo presente, pero no pudiste verme. Cuando salías te seguí
para comunicarte el pensamiento de la divina Clío: ella movió la voluntad de
tus amigos a fin de que te dieran a conocer a la gentil artista que, con su
gallarda persona y sus acendrados sentimientos ha de ocupar grande espacio de
la Historia... pero entiéndase bien, en los anales del ser interno de la
Nación. Demasiado sabes tú que la vida externa y superficial no merece ser
perpetuada en letras de molde. Lo que aquí llaman política es corteza
deleznable que se llevan los aires. Desea Mariclío que te apliques a la
Historia interna, arte y ciencia de la vida, norma y dechado de las pasiones
humanas. Estas son la matriz de que se derivan las menudas acciones de eso que
llaman cosa pública, y que debería llamarse superficie de las cosas».
Aplicando toda mi
atención a las palabras de aquella fémina incorpórea, pude hacerme cargo de las
excelsas órdenes que me transmitía. «Bueno -le dije-. Ya sé que la hermosa diva
de los ojos de fuego trae, además de sus papeles de teatro, otro muy importante
en la Historia. Dispuesto estoy a escribir lo que, tocante a esa señora, sea
digno de pasar a la posteridad; pero ¿de dónde voy a [210] sacar los pormenores
y noticias de una vida que desconozco? ¿Ha de relatarme ella misma su propia
biografía? Los amigos suyos que también lo sean míos, ¿podrán contarme el
pasado de esa mujer seductora, algo de su presente, y revelarme los
pensamientos y propósitos con que intenta elaborar su porvenir?».
Ibamos por la Plaza
de Santa Ana, y al atravesar el jardincillo donde años después se colocó la
estatua de Calderón, la infantil y grácil Efémera brincaba, separándose por
momentos de mí para pisotear el césped y volver luego a mi lado con paso de
cabritilla juguetona. De pronto me cogió de la mano, y como yo le manifestase
de nuevo mi perplejidad ante la falta de datos para escribir la Vida y Hechos
de la bella cantatriz, obligome a sentarme en un banco y me dijo: «No te
apures, Titín, que aquí tengo yo, y voy a dártelo, el remedio de tu
ignorancia».
Acto seguido sacó del
seno un cartuchito de papel, y de este una pluma que me entregó, acompañando la
acción con las siguientes diabólicas palabras: «Tu Madre te envía la péñola que
ella usó algunas veces para apuntar los nombres de los Reyes enamorados que por
sus liviandades perdieron el trono, y los de otros que por las mismas o
parecidas flaquezas lo ganaron. Todo lo que con ella se escribe es verdad,
aunque otra cosa quiera el que la coge en su mano para llenar de letras un
blanco papel. ¿Te vas enterando? Si te propusieras escribir con esta [211]
pluma una mentira, ella no te obedecería y pondría la verdad».
Pronunciando la
última palabra, introdujo la pluma en el bolsillo interior de mi levita y
desapareció de mi vista... Apenas percibí un rumor, un viso verde rasgando el
aire.
Sin detenerme a
reconocer la dirección que por el alto espacio seguía la mensajerita de mi
Madre, emprendí presuroso el camino de mi casa, espoleado por la inquietud y
confusión que la presencia de la linda Efémera me causara, y con la esperanza
de que cesarían mis dudas en cuanto pudiese probar la maravillosa virtud de la
pluma que a despecho del escritor escribía siempre la verdad. Pocos minutos me
bastaron para llegar a mi vivienda, y segundos tan sólo tardé en sentarme junto
a mi mesa, requiriendo con ágil mano tintero y papel.
Púseme inmediatamente
al trabajo, entregándome al arbitrio de la mágica péñola, la cual empezó a
traducir mi pensamiento, o más bien a sugerirme el suyo en esta forma: «Elena
Sanz nació en Castellón de la Plana por los años de 1852 ó 53, y no doy más
referencias de su progenie, ni puntualizo la fecha de su nacimiento, porque
ello ni quita ni pone un ardite en el valor documental de esta verídica
historia. Os diré tan sólo que a mediados del 63 ingresó con su hermanita
Dolores en el Colegio de las Niñas de Leganés, sito, como saben hasta los más
indoctos, en la calle de la Reina, a mano derecha bajando de la calle del
Clavel a la de San Jorge. [212]
»Acreditados autores
dan a entender que la gentil Elenita y su hermana entraron a recibir educación
en aquel benéfico instituto por los auspicios o voluntad expresa del
representante del Patronato señor Marqués de Leganés, más conocido por los
ilustres títulos de Duque de Sexto y Marqués de Alcañices. Cuestión es esa que
dejo al libre criterio de los lectores, limitándome a consignar que la nueva
colegiala se distinguió por su belleza, por su aplicación al estudio, y
singularmente por su magnífica voz y extraordinarias aptitudes para la música y
el canto. El maestro don Baltasar Sardoni, profesor del Colegio en las clases
de solfa, vaticinó a Elenita un porvenir brillante y provechoso si consagraba
su florida juventud y su admirable órgano vocal a la ópera italiana.
»Todo Madrid sabe que
en algunas tardes y noches de Semana Santa, acude gran gentío al Colegio de
Niñas de Leganés para oír cantar a las educandas motetes, misereres, y otras
piezas religiosas propias de tales solemnidades. A fuer de historiador de
indiscutible veracidad, aseguro que la voz angélica de Elena Sanz,
sobreponiéndose a la de sus compañeras, subyugó al público, y que este llevó de
la iglesia a la calle y de la calle a diferentes Círculos y salones el nombre
de la precoz niña de Leganés, que anunciaba la extraordinaria mujer de teatro
en un porvenir próximo. También sostengo, sin temor de ser desmentido, que el
año 66, cuando salió Elena del Colegio, era una moza espléndida, [213]
admirablemente dotada por la Naturaleza en todo lo que atañe al recreo de los
ojos, completando así lo que Dios le había dado para goce y encanto de los
oídos. Muchas familias aristocráticas se la disputaban para gozar de su canto
en reuniones y tertulias. Por fin, en alas de su incipiente nombradía, fue
llamada a Palacio por la Reina Isabel, que la oyó, la celebró, ofreciéndole su
protección gallardamente, como siempre lo hizo, para que pudiera llegar pronto
a las cumbres más excelsas del arte.
»Por conveniencia o
por capricho, averígüelo Vargas, el historiador os anuncia que para seguir su
relato dará un formidable salto en el tiempo, omitiendo no pocos episodios de
la vida de Elena Sanz, que si para ella entrañan indudable importancia, no han
de traer ningún hilo nuevo al sutil tejido de la historia presente. No tengo
por qué decir, ni ello hace al caso, cómo fue Elena Sanz a Italia para
perfeccionarse en el arte del canto; cómo se dio a conocer en los teatros de
aquellos Reinos, obteniendo ruidosos éxitos por su belleza y su arte; cómo
recorrió triunfalmente varias capitales de Europa y América; y cómo, en fin,
volvió a París el año 73, en la plenitud de su hermosura y de su talento
musical. En uso del sagrado derecho de preterición me callo lo que importa poco
a mis fines, y me apresuro a consignar que uno de los primeros cuidados de
Elenita en la capital de Francia fue visitar a su protectora y amiga la Reina
Isabel en el Palacio Basileusky...». [214]
Cuando a este punto
llegaba, acercóseme Casianilla muy quedito, y mirando por encima de mis hombros
lo que yo escribía, me dijo: «Pero ¿qué haces, Titín? No has levantado mano del
papel desde que entraste en casa. Eso que escribes, ¿es Historia o qué demonios
es?
-Novela, chiquilla,
novela -repliqué un tanto confuso-. Ahora me da por ahí. Pero esta invención
supera en verdad a la misma Historia.
-¡Bonita cosa será!
-exclamó Casiana pasando sus ojos por las cuartillas-. Ya veo que sacas una
heroína y que esta se llama Elena.
-Nombre supuesto,
convencional. Mi heroína es Doña Leonor de Guzmán, señora muy bella y
frescachona, que cantaba como los ángeles y que tuvo amores con el Rey don
Alfonso.
-¿Con este Rey de
ahora, con el viudo de Mercedes?
-No, mujer, no digas
desatinos. Fue con otro Rey, a quien llamaban Alfonso onceno allá en los
tiempos de Maricastaña, siglo XIV.
-¿Y esa Doña Leonor
era cantante?... ¿De malagueñas, de jotas, o de...?
-De ópera, hija mía.
Uno de sus mayores triunfos era La Favorita. ¡Qué arias se cantaba ella sola,
qué dúos con el Rey!
-Explícame, explícame
eso. ¿Dices que el Alfonso cantaba también?
-No, Casiana, no es
eso. Déjame ahora. [215] Temo que se me vaya el santo al cielo si me entretengo
en hablar contigo... Vete a tus quehaceres... Esta noche te contaré todo el
argumento».
Seguí mi trabajo con
febril actividad, y la mágica pluma, que ya iba concordando sus verdades con la
inspiración mía, trazó estas interesantes cláusulas: «Que doña Isabel II
recibió a su amiga Elenita con la efusión más cariñosa, no hay para qué
decirlo. La convidó a comer; llevola en su coche a los paseos por el Bois; y
para que la oyeran cantar invitó en repetidas soirées a sus amigas, entre las
cuales estaba la famosa soprano Ana de Lagrange, tan querida del público de
Madrid. Aplaudida y celebrada pomposamente fue la Sanz en aquella linajuda
sociedad. Todo esto es corriente y vulgarísimo. Lo que sigue, no sólo es
interesante, sino que pertenece al orden de las cosas de indudable
trascendencia en la vida de los pueblos... No reírse, caballeros...
»Ello fue que al ir
Elenita a despedirse de Su Majestad, pues tenía que partir para Viena, donde se
había contratado por no sé qué número de funciones, Isabel II, con aquella
bondad efusiva y un tanto candorosa que fue siempre faceta principal de su
carácter, le dijo: «¡Ay, hija, qué gusto me das! ¿Conque vas a Viena? Cuánto me
alegro. Pues mira, has de hacer una visita a mi hijo Alfonso, que está, como
sabes, en el Colegio Teresiano. ¿Lo harás, hija mía?». La contestación de la
gentil artista fácilmente se comprende: [216] con mil amores visitaría a Su
Alteza; no, no, a Su Majestad, que desde la abdicación de doña Isabel se
tributaban al joven Alfonso honores de Rey.
»Como testigo de la
pintoresca escena, aseguró que la presencia de Elena Sanz en el Colegio
Teresiano fue para ella un éxito infinitamente superior a cuantos había logrado
en el teatro. Salió la diva de la sala de visitas para retirarse en el momento
en que los escolares se solazaban en el patio, por ser la hora de recreo.
Vestida con suprema elegancia, la belleza meridional de la insigne española
produjo en la turbamulta de muchachos una impresión de estupor: quedáronse
algunos admirándola en actitud de éxtasis; otros prorrumpieron en exclamaciones
de asombro, de entusiasmo. La etiqueta no podía contenerles. ¿Qué mujer era
aquella? ¿De dónde había salido tal divinidad? ¡Qué ojos de fuego, qué boca
rebosante de gracias, qué tez, qué cuerpo, qué lozanas curvas, qué ademán
señoril, qué voz melodiosa!...
»En tanto, el joven
Alfonso, pálido y confuso, no podía ocultar la profunda emoción que sentía
frente a su hechicera compatriota... Partió la diva... Las bromas picantes y
las felicitaciones ardorosas de los Teresianos a su regio compañero quedaron en
la mente del hijo de Isabel II como sensación dulcísima que jamás había de
borrarse... Una de las primeras óperas que Elenita cantó en Viena fue La
Favorita».
Escrito lo que
antecede, suelto la mágica [217] pluma y me permito obsequiar a los conspicuos
lectores con este monólogo de mi propia cosecha:
«¡Bien haya, oh
tierna Isabel, Majestad bondadosa y desdichada, aquel filósofo-político que
añadió a tu nombre el lastimero mote de La de los tristes destinos!... Digo
esto porque en tu larga vida de Soberana pusiste siempre tu corazón blando
sobre tu inteligencia, y abusaste irreflexivamente del poder afectivo y lo
extendiste fuera de tu órbita personal, llevándolo a trastornar y corromper la
vida del Régimen... ¿Quién te inspiró la diabólica idea de enviar a la linda
histrionisa al Colegio Teresiano, donde tu hijo educábase para Rey
constitucional, grave, reflexivo, guardador de las leyes, primer ciudadano de
un país ávido de acomodar su vida a la virtud y a las buenas costumbres? ¿No
pensaste que Alfonso se hallaba en la edad crítica de la formación del
carácter, expuesto a llevar a la existencia del hombre los arrebatos de la edad
juvenil? Sin darte cuenta de ello, ¡oh Reina!, movida de tu ardorosa ternura,
cumpliste tu sino, en el cual hemos de ver siempre una modalidad incendiaria.
Con la tea del buen querer pegaste fuego al templo del Estado».
Esto pensé, y por lo
que valiera aquí lo digo, entre dos parrafadas de la divina péñola forjada por
los geniecillos que a su servicio tiene la Verdad. [218]
- XIX -
Puestos los puntos de
la pluma sobre el papel, rápidamente fue tomando estado caligráfico la vida de
Elena Sanz. De las notas que aparté, creyéndolas de escaso valor para mi
objeto, se me antoja sacar alguna en estas páginas para que los lectores se
hagan cargo de la grandeza de alma de mi heroína. «Hallándose de paso en París
durante la tremenda explosión revolucionaria de la Commune, apareció en los
sitios de mayor peligro recogiendo y curando a los heridos, y cuando las tropas
de Thiers acometieron y destrozaron a los valientes comunistas, la intrepidez
de la diva tocó los linderos de lo sublime. Más tarde le concedió la villa de
París distinciones y diplomas por su ejemplar conducta, y de permitirlo la ley
se la hubiera condecorado con la Legión de honor. Añadiré a esto que en todo
tiempo distinguió a Elena Sanz una generosidad inaudita; no se presentaba a sus
ojos ningún infortunio que no fuese al momento espléndidamente socorrido; el
pueblo la titulaba, con sobrada razón, la madre de los pobres.
»De un brinco me
planto en el año 79 para deciros...». Al llegar este punto advertí que no
necesitaba de la milagrosa pluma para continuar historiando, pues los hechos
que ahora relataré fueron apreciados fácilmente [219] por mi propio
conocimiento, o por fidedignas referencias de los amigos. Guardé en lugar
seguro el cálamo de la verdad, y con el mío, vulgarísimo y comprado en la
tienda, seguí pergeñando los anales de la vida hispana, sin distinguir lo
interno de lo externo.
Según los verídicos
informes de Segis y de su madre, en Sevilla dejaron de ser platónicas las
relaciones de Alfonso XI con Doña Leonor de Guzmán. Durante algún tiempo
permaneció esquiva la hechicera cantatriz, encendiendo más con sus desdenes la
exaltada pasión del Monarca. Pero al fin, de tal modo extremó Alfonso sus
delicadas artes de seducción, artes realmente soberanas, que la pobre Elenita,
quebrantada en su tesón de mujer y de artista, cayó del lado de la libertad.
Declaro que al saber
esto tuve lástima de la hermosa y popular artista. A mi modo de ver, fue gran
necedad preferir el título de favorita del Rey al de favorita del público.
Pronto habría de serle imprescindible el abandono de su brillante carrera
teatral. Ved aquí el triste balance: pérdida de doscientos o trescientos mil
francos anuales con que le pagaba el público sus gorgoritos; ganancia de una
obvención de amor relativamente miserable. A este desnivel lastimoso habría de
añadir la obscuridad, la social anulación a que fatalmente la condenaba el
implacable principio de la Razón de Estado.
¡Oh, la Razón de
Estado! Esta pícara norma del vivir de los Reyes, no siempre compatible [220]
con los sentimientos humanos, vino a truncar la dicha de la bella del Rey (3).
Cánovas, y todos los hombres importantes que con él dirigían la política de la
Restauración, creyeron indispensable para la felicidad de España que Alfonso
XII contrajera segundas nupcias, y que estas fuesen con Princesa católica de la
más alta estirpe reinante. Busca buscando, encontraron en la familia de
Hapsburgo (4) una joven Archiduquesa de la empingorotada parentela del
Emperador de Austria Francisco José. Nuestros palaciegos se hacían lenguas de
la distinción, talento y virtudes de la que habían elegido para compartir con
Alfonso el solio de España.
Entabladas las
negociaciones, pronto se llegó a un felicísimo acuerdo. Decidiose celebrar las
acostumbradas vistas que preceden a los desposorios regios, y este trámite tuvo
efecto en Arcachón, a donde acudió la novia con su madre la Archiduquesa
Isabel, y don Alfonso con el séquito correspondiente a su alta jerarquía.
Resultaron las vistas conforme a lo previsto en el Protocolo, es decir, que
fuéronse gratos el uno al otro. ¡Ya teníamos Reina!
Un detalle que no
debe preterirse es que el Rey fue a la entrevista de Arcachón con el brazo
derecho en cabestrillo. En la temporada estival de La Granja sufrió Alfonso
aquel año un accidente de caza, que le estropeó la mano, imposibilitándole para
escribir durante muchos días. Por cierto que Su Majestad, hombre poco sufrido y
algo voluntarioso, no [221] quería someterse al sistema de quietud y
recogimiento que le impusieran los médicos para curarle. Ninguna de las
personas que le rodeaban conseguía que el Rey refrenase su impaciencia por
lanzarse a la vida ordinaria.
Sólo el criado de
confianza de Alfonso, llamado Prudencio Menéndez, discreto mediador en las
relaciones del Monarca con Doña Leonor de Guzmán, logró someter a su Señor a
las prescripciones facultativas, gracias a este arbitrio de mágico efecto.
Escribió a La Favorita una sentida carta. Entre otras cosas, le decía:
«Cumpliendo mi primer deber os comunico, doña Elena, la verdad sobre la
importancia que tiene el accidente sufrido por el Señor, para vuestra tranquilidad
y para que no creáis tantas mentiras como os contarán. Le ruego, señora mía,
que cuando le escriba le encargue por Dios no haga ningún esfuerzo hasta que la
cura esté echa, pues de hacer ensayos podría quedar mal, digáselo usted por
Dios, que a usted le hará caso». Para mayor exactitud no he querido alterar la
ortografía arbitraria del documento.
Pertenece esta
incidencia al ser interno de España. Ved de qué manera tan chusca el
cabestrillo de Alfonso entrelaza la protocolaria etiqueta del ser externo, en
las vistas de Arcachón, con el influjo decisivo de Elena Sanz. Después de lo
que relatado queda, el Duque de Bailén partió para Viena al frente de una
lucida Embajada, con objeto de pedir al emperador Francisco José la mano de la
[222] Archiduquesa María Cristina. Mientras tanto, se preparaban en Madrid los
imprescindibles y tan acreditados festejos reales, con iluminaciones, fuegos de
artificio, corridas de toros con caballeros en plaza y demás requilorios que
los esponsales de la Majestad requieren.
Enorme angustia
produjo a toda España la inundación de Murcia, en la noche del 14 al 15 de
Octubre de 1879. Desde que reventó el pantano de Lorca en el siglo XVIII, no se
había visto en aquella comarca catástrofe tan terrible. Innumerables familias
perecieron arrastradas por las aguas. Fue una especie de parodia del Diluvio
Universal, sin arca de Noé, pero con aluvión de suscripciones, rifas,
espectáculos, y sinfín de arbitrios que se idearon en toda Europa y en América,
para socorrer a los infelices huertanos supervivientes de aquel espantoso
cataclismo. Aún duraban las tómbolas y las cuestaciones cuando la Razón de
Estado, y su inseparable compañera la Iglesia, unieron con lazos indisolubles
al Rey don Alfonso de Borbón y a la archiduquesa doña María Cristina de
Hapsburgo-Lorena.
Suprimo la cansada
letanía de los festejos: el coruscante cortejo nupcial, las áureas carrozas,
los pintorescos palafrenes, el derroche de percalinas, arcos de embadurnadas
lonas, farolillos pitañosos y demás garambainas para recreo de transeúntes
aburridos. Apenas efectuadas las nupcias mayestáticas (5), Martínez Campos y
Silvela, que no habían hecho cosa de fundamento en la esfera gubernamental,
[223] se retiraron por el foro, volviendo Cánovas a ocupar el Poder con su
inseparable acólito Romero Robledo. Reanudadas las tareas parlamentarias,
empeñáronse vivas discusiones políticas por si fuiste o no fuiste, y por si
hicimos o dejamos de hacer. En una de aquellas sesiones ocurrió el famoso
incidente llamado el sombrerazo. Hallábase no sé qué diputado contendiendo con
don Antonio Cánovas, cuando este, dejándose arrebatar de su altanería, agarro
el sombrero, y con mirada despectiva y ademán impropio de aquel lugar que
algunos llamaban augusto, salió del Salón seguido de los demás Ministros,
dejando al orador con la palabra en la boca. Gran escándalo, desenfreno de
vocablos no muy parlamentarios, y retirada de todas las minorías.
Quedaron los ánimos
un tanto agriados... La muerte no quiso que terminara el año sin arrebatarnos
algunas personalidades ilustres. El 29 de Diciembre murió el General Zabala,
una de las glorias más puras de nuestro Ejército, y el 30, Adelardo López de
Ayala, Presidente del Congreso y figura culminante en el Parnaso español. Más
le lloró la Patria como poeta que como político. El mismo día 30 quiso hacer de
las suyas el fanatismo sectario: al entrar en coche por la Puerta del Príncipe
del Palacio Real Alfonso XII con su esposa María Cristina, les disparó dos
tiros un vesánico, Francisco Otero González, natural de Santiago de Nantín,
aldea de la provincia de Lugo. Las alevosas balas no tocaron [224] a los Reyes.
El criminal fue detenido en el acto. Revelose como un inconsciente, incurso
cual su precursor Oliva en el pecado de estupidez. Repito que los regicidas de
aquellos tiempos, en que hasta la exaltación política era rutinaria y pedestre,
más bien parecían engendros del Limbo que del Infierno.
En los comienzos del
año 1880, hízose más patente la invasión del positivismo en las almas de los
afortunados políticos que entonces estaban en candelero. El sabio consejo de un
estadista francés que dijo a sus contemporáneos enriqueceos, que ningún hombre
público agobiado por la pobreza puede hacer la felicidad de su Patria, fue
tomado al pie de la letra por los que aquí pastoreaban el rebaño nacional. El
bendito Monsieur Donon, a quien se adjudicó en concurso la terminación de las
líneas férreas del Noroeste, dio pruebas de ser hombre sagaz, y al propio
tiempo muy agradecido. Al constituir su Consejo de Administración repartió las
plazas de Consejeros, dotadas espléndidamente, entre lo más granado de la
Situación conservadora, dando también su poquito de turrón a los liberales, y
mucho más a la gente palatina.
Recuerdo ya las caras
risueñas y complacidas que tenían en aquel tiempo todos los agraciados con los
premios gordos de la lotería Dononiana. Recuerdo también que un conspicuo
gacetillero hizo un chiste que ha quedado de repertorio. Disputaban varios
[225] amigos en el Salón de Conferencias del Congreso para determinar cuáles
eran los segundos apellidos de las dos ramas borbónicas. Alguien dijo que todos
llamábanse Borbón y Este, y nuestro gacetillero contestó en el acto que el Rey
de España se llamaba don Alfonso de Borbón y del Noroeste.
Platicando yo un día
de tales cosas con mi amigo Segis, recordamos el caso de doña Baldomera. La
sagaz arbitrista, cuya fuga relaté a su tiempo, había vivido tranquila en
Ginebra, comiendo el fruto de sus ardides financieros. Libre, feliz e
independiente permaneció en Suiza amparada por las leyes de aquel país, donde
no había extradición. Alguien le hizo creer que en España ya no se acordaban de
ella, y que podía recorrer a su antojo toda Europa si así le venía en gana.
Alucinada por esta idea marchó a París. En mal hora lo hizo. Cuentan que por
denuncia de su hermana Adela, la dama de las patillas, fue doña Baldomera Larra
detenida y puesta a buen recaudo. Tramitada la extradición, trajeron a la pobre
señora a Madrid entre gendarmes y guardias civiles.
Díjome Segismundo que
solía visitar a la cautiva en la Cárcel de Mujeres, por agradecimiento a las
bondades que tuvo con él en los días felices del Banco Popular. Últimamente
habíala encontrado sosegada, risueña, expresándose con el donaire y afabilidad
que usar solía tiempos atrás en su conversación. Creyó entender Segismundo por
el tono y actitud de la sutil financiera, que esta, repartiendo [226] con arte
y discreción los dineritos que aún poseía, esperaba ser absuelta libremente.
«Pues nada más justo -dije yo-. ¿Qué razón hay para condenar a esa señora? La
cárcel debe ser para todos o para ninguno. Sí; que la absuelvan, y en cuanto
esté libre que restablezca su Banco, y otra vez se le llenará la casa de
dinero».
Los progresos del
positivismo en nuestra sociedad conocíanse, no sólo en las caras sonrosaditas y
alegres de los que se procuraban enormes sueldos para dulcificar la vida, sino
en las incorporaciones de diversos grupos al Partido Constitucional, de que
resultó el inmenso conglomerado llamado Fusionismo. Antes de esto, Martínez
Campos, procediendo con gallardo desinterés y harto de las arrogancias de don
Antonio Cánovas del Castillo, se agregó a la hueste sagastina.
Tales movimientos del
ánimo pertenecen al ser interno de la Nación, preferente objeto de mis
investigaciones en la tarea histórica. Cultivando gozoso el huerto de la vida
intrínseca seguiré el cuento de Elenita, que en este año de 1880 me ofrece
particularidades de incitante interés. Ya sabía yo que la simpática y
bondadosísima doña Isabel II no veía con malos ojos los deslices de su hijo
Alfonso con Elena Sanz, y que no había retirado a esta el cariño que le profesaba
desde que fue lucida colegiala en las Niñas de Leganés. Nacido el primer hijo
de aquel idilio morganático, doña Isabel hizo manifestaciones muy sinceras y
expresivas, aunque reservadas, [227] en favor de Elena Sanz. A este primer
vástago le pusieron el nombre de Alfonso.
Robustecí mi
conocimiento de tales cosas requiriendo la maravillosa péñola, que un día me
escribió este trozo de palpitante verdad: «La Reina Madre Isabel II comisionó a
un venerable sacerdote que había sido su confesor, don Bonifacio Marín, para
que visitase a don Alfonso XII, interesándole por la que ella llamaba su nuera
ante Dios. El dichoso cura expresó a Elena Sanz sus impresiones de la visita en
una carta fechada en 4 de Abril, de la que transcribo este sustancioso
parrafito: 'He sido recibido y oído con gratitud y amabilidad inexplicables,
cuyo júbilo particular le comunico por orden expresa, a la par que con toda mi
espontaneidad'».
La pluma me ha
suministrado referencias de otra carta del criado y confidente del Rey,
Prudencio Menéndez, en la que este, después de notificar a Elenita que el Señor
se proponía escribirle con extensión, terminaba así, haciendo referencia al
bastardo Alfonso: «Celebro mucho que esté tan bueno el Señorito, y que la
distraiga a usted, que bien lo necesita...». La péñola me dio asimismo noticia
de otra epístola del Marqués de Alta Villa, fechada en el Palais de Castille de
París, en la que se lee un membrete que dice: Grand Maître de la Real Casa de
doña Isabel II. En esta epístola, el Grand Maître pide a Elena Sanz que
recomiende con eficacia al Rey una [228] porción de cosas de mucho interés para
él, para el señor Marqués, naturalmente. Luego hace referencia a una cestilla
de dulces que Elenita le envió para doña Isabel, y concluye con estas cariñosas
admoniciones: «Adiós, Elena. Tengan ustedes juicio. Acuérdese usted y tenga él
presente que puede usted perder su voz y su carrera... y esto tiene consecuencias
bien desagradables».
La Razón de Estado,
sorda y ciega ante los casos idílicos tocantes al augusto fuero de la pasión
humana, continuaba elaborando tranquilamente la vida externa de España, ora con
hechos de carácter político, ora con otros de un orden familiar. Entre estos
debo señalar el parte que publicó en la Gaceta la Facultad de Medicina de la
Real Cámara, notificando al país con tonos jubilosos que Su Majestad la Reina
doña María Cristina se hallaba en estado interesante.
- XX -
En los mismos días en
que la pregonera del vivir oficial comunicaba al pueblo español albricias y
congratulaciones, por la probable felicidad de que nuestros Reyes tuvieran
pronta y quizá masculina sucesión, empezó a correr por Madrid rumor muy denso
de los amores de Alfonso con doña Leonor de Guzmán, y hasta llegó a decirse que
había [229] nacido el primer bastardo, el primer Trastamara. ¡Bonito porvenir
te esperaba, oh Nación española!
Revolviendo en mi
mente tan inauditos casos, y pensando en las complejidades que podían ocasionar
en tiempos próximos o lejanos, despertose en mí cierta conmiseración simpática
por la Reina doña María Cristina. ¿Tendría conocimiento la augusta señora de
los hechos que delataba el obstinado mosconeo popular? Sospechaba yo que sí. La
sospecha se trocó en certidumbre un día que me encontré con mi antiguo amigo
Quintín González, esposo de la sensible planchadora Nieves, con la que yo tuve
algo que ver en los tiempos para mí venturosos de don Amadeo I. Quintín ya no
era portero de Palacio, sino ujier de antecámara, cargo cuyas funciones le
aproximaban a las reales personas. Díjome que la Señora lo sabía. Pero que se
encastillaba dentro de su dignidad como Reina de cuerpo entero, no dejando
traslucir agravios de cierta índole, que rebajan más al que los manifiesta que
a quien los infiere.
Deseaba yo ver de
cerca a la Reina María Cristina. Una tarde, mi buena suerte me deparó la
ocasión de satisfacer esta curiosidad en el Real Sitio de Aranjuez. Fuimos
Casiana y yo a pasar el día en aquellos amenos lugares, y un amigo residente en
el pueblo nos proporcionó papeletas, con las cuales podíamos ver los jardines y
la casita de abajo, no el Palacio, por estar allí los Reyes. [230] Paseamos
tranquilamente por la Isla, y el señor que nos acompañaba nos dijo que no
veríamos a Sus Majestades, pues desde por la mañana hallábanse en La Flamenca,
con los Duques de Fernán Núñez y unos Príncipes austriacos.
Admirábamos
Casianilla y yo los gigantescos álamos que parecían tocar las nubes, las
copiosas y murmurantes aguas que por una y otra parte embelesaban la vista,
cuando divisamos a los Reyes con lucido acompañamiento, que en dirección
contraria a la nuestra venían. Al llegar las regias personas cerca de nosotros,
nos detuvimos para dejarles paso y saludar con todas las ceremonias que nuestra
buena educación, a falta de monarquismo, nos exigía.
La Reina pasó muy
cerca de mí, y en su elegante persona se saciaron mis ojos. Agradome en extremo
su porte señoril y su aire de dignidad y nobleza. A nuestro saludo contestó la
Soberana con una reverencia graciosa y afable. Casianilla, con la boca abierta
y los ojos espantados, veía alejarse a María Cristina, admirando tanto su
persona como su ropaje. Luego me dijo: «Bien se le conoce el nacimiento, la
estirpe que es, como tú dices, la más encumbrada del mundo».
De regreso del paseo
di a mi compañera una compendiosa lección histórica de la Casa de Austria.
Rebañando en mis vagos recuerdos hablé del Rey de Romanos, del entronque de la
Casa de Borgoña con la de Castilla, de doña Juana la Loca, del Emperador [231]
Carlos V, de su hermano don Fernando, heredero de la Corona imperial, y luego
de toda la serie de Hapsburgos y Hapsburgos-Lorenas hasta la familia reinante a
la sazón en Austria.
Aquel verano nos
arrastró a San Sebastián y a sus baños de ola la Condesa de Casa Pampliega. No
me pesó ir con Segis y su madre, porque así nos dimos el pisto de veranear en
el sitio de moda y de refrescar nuestra sangre con las aguas cantábricas.
Fueron muy de mi gusto la frescura del ambiente, la belleza del país, la
cultura de la ciudad, la buena educación de sus habitantes. En cambio, no me
hizo maldita gracia la sociedad que allí se congregaba, que era la misma gente
frívola de Madrid, con sus cargantes etiqueteos, sus rutinas y su cursilería.
Al volver a la Villa
y Corte me encontré sorprendido por el fausto suceso del alumbramiento de la
Reina María Cristina, en 11 de Septiembre. El parto fue muy feliz, según los
luminosos dictámenes de la Facultad de Medicina de la Real Cámara y los
concienzudos informes de la Prensa. Mas como vino al mundo una niña, quedaron
chasqueados y cariacontecidos los que esperaban anhelantes sucesión masculina
para la Corona de España. Apenas nacida la tierna criatura, descendiente de
tantos Reyes y Emperadores, su dorada cuna se meció en un campo de Agramante,
por el recio altercado que sostuvieron políticos y palatinos sobre si
correspondía o no a la nueva Infanta el [232] título de Princesa de Asturias.
Contra el sentir general, Cánovas sostuvo la negativa, robusteciéndola con los
grandes elementos de su vasta erudición. El heráldico litigio encendió los
ánimos de toda la gente ociosa y formulista, y nunca hubiera terminado a no
cortar la cuestión Alfonso XII con fallo inapelable.
Mayores disturbios y
disputas más agrias produjeron las ridículas cuestiones de etiqueta suscitadas
en las solemnidades de la presentación y bautizo de la Infanta, a quien dieron
el nombre de María de las Mercedes. Los Cardenales Moreno, Primado de las
Españas, y Benavides, Patriarca de las Indias, se tiraron las mitras a la
cabeza -valga la figura- por si correspondía al uno o al otro el honor de
administrar el Sacramento. Ambos Prelados y sus parciales se lanzaron a
enfadosas polémicas en lo restante del año 80, sosteniendo cada cual sus
pretendidos derechos.
Contienda tan
ridícula no había yo visto en mi vida. Me divirtió de lo lindo. Pero aún me
regocijó más el enojo de los Capitanes Generales porque, habiendo tomado
asiento en no sé qué banco preferente de la Real Capilla, un palatino obligoles
a cambiar de sitio diciendo que aquel era el puesto de los mitrados. ¡Jesús, la
que se armó! Los Príncipes de la Milicia, así como los de la Iglesia, que en
este pobre Estado español no tenían nada que hacer, pues sus funciones eran
puramente decorativas y pintureras, mantuviéronse [233] alborotados y de puntas
hasta el año siguiente, sin que les aplacaran las gracias y mercedes que el
Gobierno derramó sobre ellos a manos llenas.
¡Delicioso país este
rincón occidental de Europa! Da grima leer la Prensa en aquellos meses. Todos
los periódicos llenaron columnas y columnas con los piques de este General y de
aquel Obispo, con las conferencias y cabildeos entre los agraviados y el Jefe
Superior de Palacio o el Presidente del Consejo de Ministros, para domesticar a
las fieras de la vanidad. Por si fuera poco esto, los Consejeros de Estado
elevaron una imponente protesta a Su Majestad el Rey por habérseles dado un
puesto poco decoroso en le Real Capilla, y, si no estoy equivocado, también los
claros varones de la Sociedad Económica de Amigos del País solicitaron mayores
preeminencias en los actos de fanfarronería oficial. Yo dije a Casiana: «Un
país sin ideales, que no siente el estímulo de las grandes cuestiones tocantes
al bienestar y a la gloria de la Nación, es un país muerto. La Prensa,
consagrada a glosar y a comentar los incidentes de estas chabacanas querellas,
exhala de sus columnas un olor cadavérico. Prensa, Gobierno, Partidos, altos y
bajos Poderes, todo ello anuncia su irremediable descomposición».
Para mayor ignominia,
las mercedes concedidas por el Rey en celebración del natalicio de la
Infantita, ofrecen nuevo ejemplo de la degradante frivolidad a que habían
llegado [234] las clases superiores del Estado. El reparto de dos Toisones, de
no sé cuántos collares de Carlos III, de grandes cruces, encomiendas, bandas de
María Luisa, Grandezas de España y títulos de Castilla, dio margen a una
rebatiña vergonzosa. Tal espectáculo era el signo más característico de unos
tiempos en que las turbas que se llamaban directoras no tenían otros móviles
que el egoísmo, la farsa y el delirio de las distinciones farandulescas.
Con la feria de
fatuidades coincidió aquel año la era de las expansiones gastronómicas. Todos
los españoles grandes o mediocres que tenían algo que manifestar a sus amigos o
al pueblo, derramaban su elocuencia sobre los blancos manteles, ante unos
comistrajes indigestos y mal servidos. Balaguer en Valencia, Barcelona y
Lérida, Vega de Armijo en Córdoba, Romero Robledo en Sevilla, Castelar en
Alcira, y Carvajal en Málaga, lanzaron sus trenos patéticos o jocosos tras el
solemne momento de descorchar el champagne. Luego gemían las prensas
reproduciendo en largas columnas toda esta caudalosa palabrería que, con
excepción del verbo soberano de Castelar, era como remolinos de hojarasca que
se lleva el viento.
Mis relaciones con
Segis y con su madre se estrecharon más en aquel Otoño. La Condesa de Casa
Pampliega, a pesar de su finchación nobiliaria, no repudiaba el trato con mi
pobre Casianilla. Cierto que no la presentó en sus salones heteróclitos, a
donde [235] concurrían familias de nobles tronados y de tenderos enriquecidos.
Pero cuando yo iba con mi compañera por las tardes a la mansión condal, recibía
su visita la señora con mucho agrado, gustosa de la llaneza, buen apaño y suave
condición de la señorita de Conejo. Indudablemente, doña Segismunda, mujer
desprovista de toda cultura, simpatizaba con Casiana al verla tan instruidita y
al oírla expresarse con un claro sentido, que para ella era el colmo de la
sapiencia. Excuso decir que la improvisada Condesa se había hecho conservadora
furibunda, y que sentía por don Antonio Cánovas un entusiasmo delirante.
«¡Qué hombre, qué
talento, qué elocuencia! -solía exclamar-. ¿Y dicen que es bizco? No, señor.
¡Qué bizco ni qué niño muerto! Es un caballero que ve largo y mira muy por
derecho».
Desde que volvió de
San Sebastián, la Condesa de Casa Pampliega frecuentaba el santuario y colegio
de las Hermanas del Corazón de Jesús, en le calle del Caballero de Gracia. A
esto la movía, más que su propio misticismo, el afán de codearse con damas de
la más alcurniada sociedad de Madrid. Por hacer el papelón apencaba con los
enfadosos ejercicios espirituales, y asiduamente se dejaba ver en las diarias
solemnidades de Novenas, Triduos, Cuarenta Horas, etcétera. En este trajín hizo
amistades con varias señoras beatas y con algunos de los jesuitas predicadores,
que constantemente estaban [236] metidos en aquella santa casa. Por cierto que,
según oí, un Padre de los más sagaces puso los puntos a doña Segismunda para
sacarle dinero; pero a tanto no llegaba la piedad fashionable de la flamante
Condesa. La discreta y astuta dama paró el golpe... Mas ya se lo dirían de
misas cuando se hallase in articulo mortis... Entonces sí que no se escapaba...
¡Pobre Segis! Como se descuidara le dejarían en cueros vivos.
A propósito de Segis
diré que su indómita rebeldía se iba modificando por las flexibilidades de
aquella época positivista. Evolucionó con suavidad hacia el arte o ciencia del
buen vivir, y acabó por entregarse a un filosofismo atrozmente cínico. Dejábase
llevar por la Condesa a las beaterías del Caballero de Gracia, y de otras
iglesias de moda, afectando cierta contrición y propósito de enmienda que a
muchos engañaba, y a mí, que tan bien le conocía, causábame el efecto más
cómico que puede imaginarse. El principal objeto de esta farsa era vigilar
constantemente a su madre, para estar al quite de los ataques con que los
sagaces caballeros de la faja negra amenazaban al saneado caudal de Casa
Pampliega.
En las francas
expansiones que conmigo tenía Segismundo, se quitaba la máscara hipócrita para
revelarme con esta leal llaneza los móviles de su conducta: «Ni tú ni yo,
querido Tito, podemos esperar nada del estado social y político que nos ha
traído la dichosa Restauración. Los dos partidos, que se [237] han concordado
para turnar pacíficamente en el Poder, son dos manadas de hombres que no
aspiran más que a pastar en el Presupuesto. Carecen de ideales, ningún fin
elevado les mueve, no mejoraran en lo más mínimo las condiciones de vida de
esta infeliz raza, pobrísima y analfabeta. Pasarán unos tras otros dejando todo
como hoy se halla, y llevarán a España a un estado de consunción que de fijo ha
de acabar en muerte. No acometerán ni el problema religioso, ni el económico,
ni el educativo; no harán más que burocracia pura, caciquismo, estéril trabajo
de recomendaciones, favores a los amigotes, legislar sin ninguna eficacia
práctica, y adelante con los farolitos... Si nada se puede esperar de las turbas
monárquicas, tampoco debemos tener fe en la grey revolucionaria. ¿Crees tú,
Titillo, en la revolución?
-Yo no -contesté
resueltamente-. No creo ni en los revolucionarios de nuevo cuño ni en los
antediluvianos, esos que ya chiflaban en los años anteriores al 68. La España
que aspira a un cambio radical y violento de la política se está quedando, a mi
entender, tan anémica como la otra. Han de pasar años, lustros tal vez, quizá
medio siglo largo, antes que este Régimen, atacado de tuberculosis étnica, sea
sustituido por otro que traiga nueva sangre y nuevos focos de lumbre mental.
-De acuerdo, querido
-dijo Segis-. Por eso yo he cambiado mi rebeldía por un epicureísmo que me
asegure el regalo y el reposo [238] del presente y el porvenir. Quiero vivir
bien y sin fatigas; quiero asegurar la posesión venidera del caudal que afanó
mi madre... como Dios le dio a entender; quiero construirme, en fin, un bello
refugio contra la miseria. ¿Qué me importa doblegar la frente ante un curángano
vestido de ropones negros o colorados, ni prestarme a prácticas de puro
formulismo y exterioridad, si esto que yo llamo etiqueta litúrgica, no exenta
de belleza en algunos casos, jamás penetra en mi libre espíritu? Al principio
me violenté no poco para lograr acomodarme a las beaterías de mi señora madre.
Pero luego fui entrando por grados, insensiblemente... Todo se reduce a una
farándula más entre las múltiples que regulan la conducta social del hombre
civilizado, como por ejemplo, la buena educación, el respeto a las personas que
ostentan alguna dignidad aunque sean unos gaznápiros, el someterse a las modas
del comer, del beber, del vestir y del calzar, y otras tonterías que hacemos de
continuo, sin parar mientes en nuestra imbecilidad».
No iba descaminado el
amigo García Fajardo en su apreciación de las cosas de España; pero las ideas
que expresó para justificar su proceder, me parecieron más ingeniosas que
razonables. Pocos días después de lo que acabo de contaros, supe que la
infatuada (6) Condesa de Casa Pampliega había concebido el plan de casar a su
hijo con una señorita honesta y de buen ver, hija única de opulento matrimonio,
muy notado por su catolicismo [239] a macha martillo y por sus conexiones con
toda la gente de la Iglesia. Nació este proyecto de las amistades que doña
Segismunda contrajo en el Sagrado Corazón con damas ilustres y con algunos
Reverendos de la Compañía.
La candidata a la
mano de Segis llamábase Ritita, y en sus padres se habían reunido los linajes
de Erro, Sureda, Socobio y Landázuri, todos ellos, como sabéis, rabiosamente
absolutistas. Parentesco tenía también Rita con los Emparanes, Trapinedos y
Pipaones, y llamábase sobrina de los Marqueses de Beramendi y de la Marquesa de
Villares de Tajo. Andando días me aseguraron que la boda de Segis era un hecho.
Directamente acudí a mi amigo para que me sacase de dudas diciéndome la verdad,
y con gran estupor mío habló de esta manera:
«No es todavía un
hecho, querido Tito; pero podrá serlo pronto, muy pronto. He consagrado largas
cavilaciones a madurar el asunto, y al fin, tanto se ha obstinado mi madre y
tales razones me han expuesto mi tío Beramendi y mi tía María Ignacia, que he
acordado rendirme a discreción. La muchacha es buena, muy rezadora y amiga de
comerse los santos. En su vida leyó más libro que El Año Cristiano. Pero a mí
¿qué me importa? Parece que le he caído en gracia, y que me quiere un
poquitín».
Contagiado del
fantástico catolicismo de Segis, me persigné, diciéndome con picante ironía:
«¡Alabado sea Dios! Ya veo bien clara [240] la lenta pero continua evolución de
nuestra bendita sociedad hacia las ollas del ultramontanismo».
- XXI -
Tratábamos una mañana
Segis y yo de esta interesante y hasta cierto punto divertida mudanza, cuando
se llegó a nosotros la Condesa de Casa Pampliega cargada con un rimero de
polvorientos librotes, que puso sobre un velador, diciendo: «Mi marido, que en
gloria esté, heredó de su hermano Ramón la mar de libros viejos que yo he
conservado largo tiempo en la bohardilla, entre los montones de trastos
inservibles. Ayer mandé a Micaela que los bajase para dárselos al trapero con
unos miriñaques míos, y los bragueros y otras prendas de mi difunto. Pero
cuando la chica y yo quitábamos la mugre a los librachos, pensé que estos
mamotretos son muy del gusto de don Antonio Cánovas, el cual tiene en su casa
gran acopio de ellos y los cuida como a las niñas de sus ojos. Se me ha
ocurrido que debo, no vendérselos, sino regalárselos, pues seguramente estimará
mucho el obsequio. Si te parece bien, Segismundo, llévaselos tú mismo y
ofréceselos en mi nombre, poniendo en cada uno tarjetas de las nuevas que ayer
me trajiste con mi nombre, título y corona condal».
A esto dijo García
Fajardo con agria displicencia, que aunque él se dejaba llevar del [241] curso
evolutivo de las aguas sociales, no tenía maldita gana de presentarse a don
Antonio, ni a ningún otro fantasmón de la ganadería conservadora. En tanto, yo
levantaba las tapas de pergamino para ver los títulos de aquellos vetustos
infolios, y leí los rótulos que siguen: Diversas fazañas y Tractado de los
rieptos y desafíos, por Mosén Diego de Varela, cronista de la Reina Católica.
-Memorial en detestación de los grandes abusos en los trajes y adornos
nuevamente introducidos en España, por Alfonso Carraza (Madrid
1640).-Clavellinas de recreación, por Ambrosio de Salazar (Ruan
1614).-Geometría y trazas pertenecientes al oficio de sastre, por Martín de
Andújar (Madrid 1640).-Diálogo de la verdadera honra militar, por don Hierónimo
de Urrea (Venecia 1566), y otros rarísimos títulos, entre los cuales distinguí
el de la obra del Reverendo Padre Hernando de Talavera, primer Arzobispo de
Granada, Tractados de la mesa, del vestir e calçar e de la mormuración.
Examinados los
libros, dije a doña Segismunda que no tenía yo inconveniente en ofrecer a don
Antonio las obras con que la señora Condesa le obsequiaba. Dos veces había
visitado yo a Cánovas y sin duda me acogería con agrado, pues, a pesar de su
fama de mal genio, era hombre cortés y de cortesana educación. Conformes hijo y
madre en darme credenciales de embajador de los Casa Pampliega cerca del
Presidente del Consejo, me personé en el número 2 de la calle de Fuencarral el
segundo domingo de Adviento, [242] 5 de Diciembre, porque me constaba que las
mañanas de los días festivos pasábalas el gran don Antonio en el recreo de su
magnífica biblioteca. Recibiome con gran displicencia el famoso criado Ramón,
dándome a entender que era notoria osadía intentar acercarse al Presidente sin
traer etiqueta o marchamo de personaje muy calificado de la Situación. Con
risita guasona levanté el papel que era envoltura de los librotes, para que
Ramón viese el título con que yo pretendía ser llevado a la presencia del grande
hombre. En cuanto el fámulo vio los arrugados pergaminos, desarrugó el
entrecejo y me dijo:
«¿Viene usted a
vender al señor sus libros?
-No, no. Vengo a
regalárselos de parte de la Excelentísima señora Condesa de Casa Pampliega. Son
obras muy raras, y pienso que algunos de estos incunables no figuran en la
biblioteca del Presidente».
Suplicándome que
esperase un momento se internó Ramón en la casa, para anunciar a su amo la
visita de un bibliófilo. Instantes después me encontraba en la presencia del
insigne político y erudito historiógrafo. Había yo entrado con cierto temor en
la morada del estadista, pensando que mis anteriores visitas al monstruo fueron
fantásticas, obra de mi desbordada imaginación o artífice dispuesto por las
Efémeras obedientes a misteriosos dictados de mi divina Madre. Contra lo que yo
esperaba, don Antonio me reconoció al instante, y con llaneza y afecto me dijo:
[243]
«Hola, señor
Liviano... Mucho gusto en verle... ¡Ah! ¿libritos viejos? ¿También padece usted
mi chifladura? Veamos, veamos qué es eso».
Con ágil mano alzó
Cánovas las tapas de los volúmenes para examinarlos, y al llegar al de Fray
Hernando de Talavera, exclamó lleno de júbilo: «¡Ay... esto no lo tengo, no lo
tengo! Conocía la obra por citas que de ella hacen otros autores... Tractados
de la mesa, del vestir e calçar e de la mormuración. Es un libro
interesantísimo. ¡Cuánto se lo agradezco!... Los demás que me trae usted creo
que los tengo todos, menos este: Carro de las dona, por Fray Francisco Ximénez,
Obispo (Valladolid 1542)... ¡Ah! Tampoco poseía este otro: De las cosas que
traen de las Indias que sirven al uso de la Medicina, por Monardes (Sevilla
1569)... En cambio poseo una edición lindísima del Libro del arte de las
comadres, por Damián Carbón, y dos ejemplares, uno de Venecia y otro de
Amberes, del Diálogo de la verdadera honra militar, de Hierónimo de Urrea...
Difícilmente podrá usted traerme una obra de arte militar que yo no tenga...
Deme usted ahora las señas de la señora Condesa de Casa Pampliega, que quiero
ofrecerle personalmente mis respetos y darle las gracias por su valioso
regalo».
Pensaba yo en el loco
entusiasmo de la vanidosa doña Segismunda al saber que sería visitada por el
Presidente del Consejo, cuando este, reteniéndome con bizarra cortesía, se
dignó mostrarme los primores de su rica [244] biblioteca. Vi preciosos
incunables, manuscritos de inmenso valor, y los cuadernos de las Cortes de
Castilla, Aragón, Valencia y Navarra, con las pragmáticas y cédulas reales
emanadas de sus acuerdos. Convencido regalista, Cánovas puso ante mis ojos un
verdadero tesoro diplomático y bibliográfico de las cuestiones habidas entre
España y Roma desde los Reyes Católicos, Carlos V y Felipe II, hasta Felipe V y
Carlos III.
A propósito de esto,
entablamos una conversación, iniciada por él gallardamente. Sentados junto a la
gran mesa central del salón de la biblioteca, don Antonio me honró más de lo
que yo merecía, oyendo mis opiniones sobre la independencia del poder civil.
Orgulloso de la gentileza con que me hablaba, considerándome equivocadamente
como historiador de la actualidad palpitante, me atreví a expresar esta idea:
«¿Y qué me dice
usted, señor don Antonio, de la irrupción de los frailes expulsados de Francia
por las leyes y edictos del pasado Noviembre?
-Reconozco la
gravedad del problema que se nos presenta -me contestó Cánovas, mordiéndose el
bigote y afirmándose los lentes sobre el caballete de su nariz-. Pero ha de
reconocer usted, como historiador imparcial, atento a la circunstancialidad de
las cosas públicas y a la estructura interior de cada partido, que yo no soy el
llamado a cerrar el paso a la caterva de regulares despedidos de Francia. Por
ahí se dice que los constitucionales, [245] llamados ahora fusionistas, verán
calmada muy pronto su impaciencia por gobernar a la Nación. Créame usted: no
encontrarán en mí esos señores la menor resistencia para sustituirme en el
puesto que ocupo. Dos cosas deseo: el descanso mío, y ver el estreno del nuevo
partido en las funciones del Gobierno. Si Sagasta no reniega de su historia, su
primer cuidado al llegar al poder será poner diques a la inundación frailesca,
ateniéndose estrictamente a la letra del Concordato. Cada cual debe permanecer
en su terreno propio, gobernando conforme a sus ideales y a sus compromisos. La
realidad histórica, el carácter y sentido de las fracciones políticas que me
han dado su apoyo para consolidar la Restauración, me impiden realizar con
acento vigoroso la política regalista. Sagasta es el llamado... ¿no lo cree
usted así?».
Con expresivas
cabezadas asentí a las observaciones del Presidente, el cual siguió mostrándome
curiosos ejemplares de su soberbia librería. Cual padre amoroso encariñado con
sus tiernas criaturas, me presentó el precioso incunable Coronación de D. Íñigo
López de Mendoza y coplas de Juan de Mena, editado en 1489. Después admiré el
Doctrinal de Caballeros, del Obispo de Burgos don Alonso de Cártagena, impreso
en 1487, fijándome en las anotaciones que el propio don Antonio puso en las
guardas de tan interesante y arcaico libro. Vi también la Invención liberal y
arte del juego de axedrez, por Ruy López de [246] Segovia, clérigo, vecino de
la Villa de Çafra, dado a la imprenta en Alcalá de Henares el año 1561, y otras
joyas preciadísimas del arte de imprimir en los siglos XV y XVI.
En este punto hirió
mi olfato un fuerte aroma de tomillos. ¿Eran los tomillos del monte Hymeto?...
Creí entrar en la esfera de las alucinaciones: al olfato se agregaron los ojos
haciéndome ver una figura de mujer, arrogante, de luengos paños negros vestida,
que de las estanterías sacaba los libros para ponerlos en las manos del
poseedor de tanta riqueza tipográfica. Entregado de lleno al trastorno de mis
sentidos o a la percepción del vidente que explora el mundo ultraterreno,
reconocí a mi excelsa Madre que hacía el servicio de auxiliar de bibliotecaria.
Mariclío clavó en mí una mirada de fuego, transmitiéndome los pensamientos que
literalmente traslado:
«Toda esta ciencia
arcaica y este fárrago que tuvieron su porqué y sazón en siglos remotos, ¿le
sirven al buen don Antonio para consumar y sutilizar sus artes de estadista y
gobernador de los Reinos hispanos, o sería el mismo sujeto, que descuella hoy
al frente de los negocios públicos, si estuviera privado del continuo trato con
los treinta mil volúmenes que adornan las paredes de esta noble vivienda? Las
venerables antiguallas de arte de guerra, y de las armas e ingenios militares
de tiempos remotos, ¿ayudan al conocimiento y régimen de los Ejércitos de
nuestros días? Voy creyendo que esto no es más que [247] un bello delirio de
coleccionista, ávido de gozar tesoros raros no poseídos por otro alguno,
monomanía que satisface los amores de la erudición platónica, con poca o
ninguna eficacia en el arte de aplicar las sabidurías trasnochadas al vivir
contemporáneo».
Llegó el momento de
despedirme del patriarca de la Restauración, el cual me reiteró su afecto,
invitándome a repetir mis visitas en su casa o en la Presidencia, donde
esperaba recibir poco tiempo más.
Al salir yo de la
biblioteca repitiéronse los fenómenos peri-espirituales, pues si no me
engañaron mis ojos, la divina Clío, gallarda y bien oliente, despidiendo de su
ropaje el aroma de las hierbas del monte Hymeto, me condujo de la mano hasta el
vestíbulo, entregándome al celoso guardián de su Excelencia, conocido en el
mundo político por su nombre de pila.
Ramón, más
complaciente a mi salida que a mi entrada, me abrió la puerta, y tranquilamente
descendí la escalera, satisfecho de haber aumentado el tesoro bibliográfico de
don Antonio Cánovas del Castillo.
- XXII -
En la calle me
esperaba Casiana, algo inquieta por mi tardanza.
«Ya sabes -me dijo-
que doña Segismunda está en ascuas por saber cómo ha recibido [248] este buen
señor los librotes del tiempo de Maricastaña. ¿Nos volvemos allá?
-No -repliqué-.
Vámonos calle arriba para que se me despeje la cabeza. Estoy un poco mareado de
ver infolios y legajos, que a mi parecer no sirven más que para llenar de
telarañas el entendimiento... Nos llegamos hasta la Era del Mico o el Campo del
Tío Mereje, y confortaremos nuestros cuerpos ateridos con la benéfica luz del
sol. No nos faltará espacio para pasear a gusto y charlar sabrosamente cuanto
nos dé la gana.
-Por esos lugares no
me lleves, Tito -indicó mi Casiana un tanto medrosa-. Allí se reúnen las
brujas, según me has dicho, y yo no quiero trato con esa caterva.
-No temas nada,
chiquilla -le repondí riendo-. Una mujer ilustrada como tú no debe asustarse
ante las viejas carroñas que, ya cabalgando en sus escobas, ya montadas una
sobre otra, acuden a la cita del Gran Cabrón. Fíjate además en que los
aquelarres son funciones esencialmente nocturnas, y a estas horas, en pleno
mediodía, no hay que temer las visitas de las almas del otro mundo ni de las
vejanconas puercas que hociquean con el diablo.
-Pues vamos allá, que
aunque no tengo la debida ilustración, donde tú estés yo no me asusto de nada.
-Muy bien. Pero no me
niegues la verdad de tu cultura, Casiana mía, que anoche bien te luciste en la
tertulia íntima de la señora Condesa, cuando contendías discretamente [249] con
aquellas dos damas de las aristocracia que acaba de salir ahora, una de las
cuales soltó el disparate de que los Reyes Católicos eran los padres de Felipe
II y de Fernando VII.
-Fue la que llaman
Marquesa de San Epifanio la que echó de su bonita boca ese garrafal desatino.
Yo no me atreví a corregirla más que con una frase por tabla, y tú remataste la
suerte. La otra, señora muy entonada, que se enriqueció con el comercio de
petróleo, lleva el apellido de Cucúrbitas, es muy redicha y punto fuerte en las
modas del vestir, y no se le escapa ninguno de los requilorios y perendengues
que ahora se llevan. Sus lindas niñas se educan en el Sagrado Corazón.
-Donde aprenden
Catecismo a todo pasto, nociones incompletas de Aritmética y Geografía,
mascullar el francés, un machaqueo de piano para romper los oídos de toda la
familia, y etiquetas y saluditos a estilo de París de Francia... Al cuidado de
los buenos Padres, estos aguardan a que las educandas sean señoras para meter
las narices en sus hogares, adueñándose del marido y de los hijos, y por fin,
esperan cachazudos y tenaces a que se hagan viejas idiotas para quitarles todo
lo que tienen.
-Así es y así será. Y
ahora te digo que la de San Epifanio anda muy a la cola en ortografía. Ayer vi
casualmente una tarjeta que escribió a doña Segismunda, en la cual noté que
pone hombre sin hache y ayer con hache [250] y elle. La de Cucúrbitas dice
ivierno, ferroscarriles y Espirituisanto.
-Ya lo ves,
Casianilla: con lo poquito que tú sabes eres muy superior a esas señoronas
hartas de dinero, que nos miran a nosotros por encima del hombro. Compárate, y
verás bien claro tu superioridad. Vuelve la vista al pasado, y te harás cargo
del inmenso adelanto que has conseguido desde que te saqué de la abyección y la
miseria para elevarte hasta donde ahora te encuentras. Ido te enseñó a leer y
escribir, y entre ese buen hombre y yo te dimos las nociones elementales con
que apareces superior a todo este señorío hecho de pronto que sólo brilla por
el oro ganado sabe Dios cómo».
Andando, andando, y
cuando íbamos frente al Hospicio, pasó junto a nosotros rapidísima una figura
de mujer, que me tocó en el codo y siguió su camino con la velocidad del
viento. De lejos me miró sonriente: era una Efémera. No bien rebasamos el
terreno antaño llamado los Pozos de Nieve, donde a la sazón se construían
hermosas casas, pasaron con loca presteza y travesura, no una, sino dos o tres
Efémeras, rozándome con dedos ligerísimos como para hacerme cosquillas.
Desparecieron delante de nosotros, perdiéndose entre los grupos de transeúntes,
y dejando tras sí ecos de risas livianas y de interjecciones burlescas.
En estos prodigios
del orden quimérico no se fijó Casiana, y sí lo hizo con atención discreta en
que era la hora de comer y debíamos [251] volvernos a casa. Aferrado a una idea
tenazmente alojada en mi cerebro, propuse hacer rabona en nuestra hospedería, y
retrocediendo algunos pasos nos metimos en el bodegón llamado La Criolla.
Pedimos para sustentamos dos raciones de batallón, un besugo, vino y café.
O yo me había vuelto
tarumba, o en una mesa no distante de la nuestra estaban dos Efémeras vestidas
de negra túnica, manducando tortilla con jamón, a la que siguieron sendas
raciones de pepitoria. En lo restante del local almorzaban tranquilamente
hombres y mujeres, sin reparar en las fantásticas hembras que eran tal vez
proyección de mis alborotados pensamientos.
Mientras comíamos con
buen apetito, di a Casiana una lección de Historia, enlazando, como es uso y
costumbre de todo buen narrador de las cosas públicas, lo presente palpitante
con lo pretérito fosilizado ya en las capas geológicas del Tiempo.
He aquí fielmente
copiados mis pinitos históricos: «Nuestra respetable amiga doña Segismunda, la
Marquesa de San Epifanio, la de Cucúrbitas y otras tales, están locas de
contento con la venida de los frailes que, lanzados de las Galias a puntapiés,
pasan la frontera esperando encontrar aquí comederos bien provistos por la
piedad española. Esas y otras damas de la misma flaca mentalidad, se aprestan a
rascarse el bolsillo para favorecer a los inmigrantes consagrados al servicio
de Dios Nuestro Señor. Doña Segismunda [252] entiendo que no se correrá mucho,
porque es larga en el prometer y muy encogida en el dar. Otras señoras, las
antes citadas así como las Emparanes, Zuredas y Landazuris, serán algo más
pródigas en el socorro de la frailería galicana. Pero todas ellas juntas no
llegarán a la inaudita magnanimidad de la eximia Duquesa de Pastrana, que ha
legado íntegramente los cuantiosos bienes raíces, urbanos y suntuarios de su
ilustre Casa, opulenta rama del árbol del Infantazgo, a los caballeros de Loyola.
Esta sacra y militar Orden ha venido a ser casi tan poderosa como el Estado
mismo.
»Constituyen el
cuantioso donativo el soberbio palacio donde moró Napoleón I cuando vino a
poner sitio a Madrid en Diciembre de 1808, inmensos terrenos de labor y de
monte en el término de Chamartín de la Rosa, donde ya se trata de formar una
población suburbana, otro palacio en la Plaza de Leganitos esquina a la calle
de los Reyes, las casas de la calle de Isabel la Católica y de la Flor Baja,
fincas rústicas en la provincia de Guadalajara, una millonaria riqueza
mobiliaria y muchos cuadros de mérito, entre los cuales había uno de Rubens,
muy famoso, que los felices herederos vendieron a Rostchild en tres millones de
reales.
-¿Pero esa señora
-dijo Casianilla espantada- no tenía parientes a quien legar su riqueza?
-Sí que los tenía. A
unos sobrinos, no sé si en segundo o tercer grado, les favoreció la [253]
Duquesa con piadosas mandas para que no les faltase un cocido. No hizo más la
señora por la prisa que tenía en subir al cielo para recoger el galardón de su
extremada santidad. Los ignacianos, caballeros y caritativos en este caso,
determinaron educar gratuitamente a los hijos de la olvidada parentela, y a una
sobrina de la santa testadora quieren casarla con un caballero chileno muy
rico, para que todos queden contentos».
Despachado el
batallón, y antes de emprenderla con el besugo, proseguí mi leccioncita con el
siguiente paralelo histórico, que a mi parecer no carece de enjundia:
«Recordarás, Casianilla de mis entretelas, que cuando comencé tu educación hice
que te fijaras en las correrías de diferentes pueblos por el territorio de esta
península. Bien enterada quedaste de la entrada de los fenicios, de los
romanos, de los cartagineses, de los visigodos, y por fin, de los árabes. Luchó
la primitiva raza española con tales pueblos, sin lograr impedir que ocuparan y
explotaran una parte o el todo de nuestro suelo durante años, lustros o siglos.
Determinan dichas ocupaciones las diferentes etapas o períodos históricos de
España. Pues bien, el regalo que ha hecho la Duquesa de Pastrana a los
caballeros de San Ignacio, marca el dominio de estos en el solar hesperio por
un lapso de tiempo que nadie puede precisar. En la santísima dama linajuda y
generosa tienes otro Midácrito, otro Asdrúbal, otro Sertorio, otro Ataúlfo, otro
Tárik, y ella nos trae una nueva intrusión [254] de gente, a la cual habrá que
vencer y despedir como fueron vencidos y mandados a paseo los anteriores
bárbaros.
»Presumo yo que los
guerreros de la faja negra, traídos ahora por una dama, cuando se aseguren en
el territorio recientemente adquirido, extenderán su dominio a todas las
esferas y serán nuestros amos. Fortalecerán su poder educando a las
generaciones nuevas, interviniendo la vida doméstica, y organizando sus
ejércitos de damas necias y santurronas, paulatinamente dotadas con el
armamento piadoso que les llevará a una fácil conquista. Preparémonos, ¡oh
Casiana de mis pecados!, y pues sufrimos esclavitud, seamos cautos y comedidos
con nuestros dominadores, hasta que llegue, si es que llega en vida nuestra, el
momento de darles la zancadilla. Cuando salgamos de paseo y nos encontremos con
un ignaciano, yo me quitaré el sombrero y tú darás una discreta cabezada en
señal de aparente sumisión, rezongando para nuestro sayo: Adiós, Reverendo,
vive y triunfa, que ya te llegará tu hora».
- XXIII -
Mientras tomábamos
café salieron presurosas las dos Efémeras, y una de ellas, en quien creí
reconocer a la que me dio la pluma milagrosa en la plazuela de Santa Ana, dijo,
[255] tocándome en el codo: «Aprisita, que es tarde»... Al pasar las dos
rapazuelas del bodegón a la calle, advertí que sus flotantes túnicas se
trocaron de negras en verdes.
Reparadas las fuerzas
con el sabroso condumio, Casiana y yo seguimos paseando. Nuestra lenta y
maquinal andadura nos llevó por los Pozos de Nieve y la antigua Ronda de Santa
Bárbara hasta encontrarnos, sin saber cómo ni por qué, en el Campo del Tío
Mereje, lugar asoleado y polvoriento que en verano suele ser invadido por los
jayanes que apalean alfombras, y en todo tiempo es academia donde maestros de
tambor enseñan a los quintos el paso redoblado, el paso lento, y demás fililíes
del sonoro parche guerrero.
Al llegar nosotros al
ejido, que antaño debió de ser Eras de Madrid, vimos tan sólo unos hombres que
machacaban cañas para tejer cañizos de cielo raso. Nos entreteníamos en
contemplar aquella ruda faena cuando Casianilla, mirando al cielo, exclamó
asustada: «¡Cristo bendito! ¿No ves el sin fin de aves que giran en el aire
trazando círculos con aleteo y greguería infernal? Parece que bajan hacia
nosotros. ¿Serán estas las brujas, que de día vienen a reconocer el lugar donde
han de reunirse por la noche en juntas y concilios demoníacos?».
Alcé yo mis ojos al
cielo y dije a mi amiga: «No son brujas, Casiana. Son las Efémeras, espíritus
mensajeros de lo que en el mundo llamamos la Actualidad. Traen y llevan el
suceso del día. Aquí se congregan [256] sin duda para distribuirse el trabajo y
ver a dónde transmiten sus raudas informaciones. No tengas miedo, que aunque
algunas veces son portadoras de mentirijillas o falsedades inocentes, no hacen
daño a los mortales, sino antes bien los entretienen y halagan. ¿Ves cómo
abaten el vuelo, acercándose cada vez más a nosotros? Parece que quieren
conversación. Has de saber, hija mía, que son muy traviesas y habladoras».
Gradualmente
descendían las sílfides en su giro vertiginoso, y nos aturdían con aquel rumor,
que no sé si era cháchara o graznido, bullanga de risas o estridentes
exclamaciones de alegría burlesca. Con rápida inspiración pedí a los tejedores
de cañizo que nos prestasen dos cañas, y pertrechados Casiana y yo con estas
inocentes armas acometimos a cañazo limpio a las Efémeras, cuando ya pasaban
rozando nuestras cabezas.
Por fin logré atrapar
a una, cogiéndola por la túnica, y la traje al suelo. Era lindísima, sus
mejillas coloradas echaban fuego, sus ojos luz, sus cabellos negros y rizados
delataban las manos del viento juguetón.
«¿De dónde vienes tú?
-le dije-. ¿Has visto entrar en España muchos frailes?
-Sí, señor don Tito
-respondió ella con amable donosura-. Yo pertenezco al grupo Céfiro, y trabajo
en la parte de los aires que ustedes llaman Noroeste. En Coruña vi entrar una
partida de hombrachos vestidos de estameña y con unas correas llenas de nudos.
Eran franciscanos. Llegaron en un vapor. [257] Salieron a recibirles muchos
señores beatos, y las damas pías les enviaron a su alojamiento jamones y tortas
de dulce. Al día siguiente desembarcó otra caterva de frailes, con diferentes
vestiduras, y marcharon a Santiago llamados por el Arzobispo, que les tenía
dispuesto un hermosísimo convento. Mi hermana, que estaba en Vigo viéndoles
venir, presenció el desembarco de un porción de gandules que dijeron ser de los
de Santo Domingo. Al instante partieron para Pontevedra, donde ya les tenían
apercibida casa cómoda y mesa bien provista de cuanto Dios crió».
Casiana logró atrapar
otra ninfa, rubia como las espigas, de ojos azules, la cual, antes que la
interrogaran, se arrancó con esta graciosa respuesta: «Yo soy del grupo Boreas,
que vosotros decís Norte, y en la frontera de Irún he visto entrar una patulea
sin fin de frailucos. Unos traían baberos blancos, melenitas que les tapaban
las orejas y sombreros tricornios que parecían cosa de máscara. Dijeron que
venían a España para poner escuelas y enseñar a los niños. ¡Bonitas cosas les
enseñarán!... Luego entraron otros, vestidos de blanco y canelo, lucios y
fornidos como mozos de cuerda. Parece que estos son carmelitas. Salieron a
recibirles la mar de señoras aristocráticas y ricachonas, que les besaban los
rosarios, popándoles y haciéndoles fiesta como si les hubieran conocido toda la
vida. A ellos se les saltaban las lágrimas de contento, y miraban a todos lados
en busca [258] de alguna mesa donde pudieran matar el hambre atrasada que de
Francia traían... ¡Pobre España: buena nube de langosta te ha caído!».
Sin necesidad de
esgrimir nuestras cañas, otras Efémeras fueron bajando, alegres y decidoras.
Una de ellas, de cabello castaño y ojos verdes, ondulante y saltarina, vestida
de túnica roja, nos dijo: «Mi puesto de vigilancia está entre las regiones de
Coecias y Apellotes, que es como decir Nordeste y Este. Vi entrar por el golfo
de Rosas una barcada de dominicos, y otra de trinitarios, que fueron bien
acogidos en la playa y marcharon a ponerse bajo la custodia de los obispos de
Gerona y de Vich. Mis hermanas y yo presenciamos en Barcelona la llegada de una
banda de capuchinos procerosos, bien cebados y con unas barbas hasta la
cintura. Al pasar por la Rambla les arrearon una silba espantosa. Los frailes
barbudos, azuzados por mujeres y chiquillos, tuvieron que buscar refugio en le
iglesia del Pino, a donde acudió el Gobernador con policía para sacarlos de
aquel trance y llevarles con mucho mimo al Palacio episcopal. El señor Prelado,
después de tenerlos varios días en su casa a mesa y mantel, les alojó solícito
en varios conventos de Cataluña».
Otra de las
mensajeritas aéreas nos contó que en Tortosa dieron fondo unos benedictinos
jacarandosos que, según se dijo, venían a montar en Tarragona fábricas de
licores tan ricos y celebrados como los que en Francia [259] elaboraban...
Compadeció seguidamente una nueva Efémera de túnico negro recamado de oro,
quien, después de declarar que venía de la región del Eurus (Sudoeste), nos
informó de que en Cartagena habían penetrado mesnadas de agustinos-recoletos,
los cuales tomaron al punto el caminito de Orihuela, donde el Obispo les tenía
prevenido un holgado monasterio. Allí se instalaron todos los que en él cabían.
Los demás recibieron albergue en el Seminario, hasta que se les habilitara
definitiva vivienda en un convento de Alicante. Añadió la informadora que, tras
de los agustinos-recoletos, llegó un nutrido cargamento de los frailecitos de
babero y tricornio. Parte de estos quedaron en Cartagena, bajo la tutela y
amparo de una junta de damas sumamente pías y rezadoras, y los otros tomaron el
tren para irse a Murcia, pues allí les esperaban con los brazos abiertos
individuos del Comité conservador y el Prelado de la diócesis.
Recorriendo el
cuadrante hacia la región Notus, entiéndase Sur, otra ninfa de los aires, no
menos graciosa que sus hermanas y muy bachillera, nos contó que por Almería
había penetrado un buen golpe de monjas, llamadas descalzas aunque todas
llevaban medias y zapatos. Venían afligidas del mareo y de la inanición. Pero
al punto se las socorrió con cuanto pudieran necesitar. Con ellas desembarcaron
unos frailucos mal trajeados, desnudos de pie y pierna, si que también muertos
de hambre. Las esposas del Señor [260] encontraron su nido y agasajo en la
propia ciudad de Almería, y los frailachos se metieron tierra adentro a la
querencia del Obispo de Guadix.
Con todo lo referido
no es completa la información efemerídea. Yo la resumo y sintetizo, agregando
otras noticias y datos que nos dieron las vagarosas hijas del viento. Por
Sevilla hubo también inundación de religiosas clarisas; a Valencia llegaron
trapenses y paúles; la frontera de Francia, por Navarra y la Seo de Urgel, dio
paso a espesas caravanas de salesianos, premonstratenses, terciarios,
redentoristas, adoratrices, trinitarias, capuchinas, ursulinas y otras muchas
castas y familias del inmenso mundo monástico.
Cuando ya las aladas
mensajeras comenzaban a remontarse de nuevo en los aires, apareció la Efémera
mía, la de Tafalla, que en aquella ocasión me pareció capitana de todas ellas,
la que al pisar el suelo tomaba apariencias marmóreas y formas del más puro
helenismo.
«¿A dónde vais ahora?
-le pregunté tembloroso.
Ella me contestó con
suprema tranquilidad: «Vamos a llevar por todo el mundo las nuevas de esta
plaga de insectos voraces que devastará tu tierra».
Y quitándole a
Casianilla la caña que esta conservaba en sus manos, la figura estatuaria azuzó
a las Efémeras rezagadas. Todas remontaron el vuelo en alegre remolino
bullicioso. [261]
- XXIV -
Las vimos subir
rápidamente hasta una región muy alta del espacio, donde se fraccionó la
bandada en grupos que partieron hacia distintos puntos del horizonte.
Emprendimos Casiana y
yo nuestro regreso al centro de Madrid, buscando la vuelta de Recoletos por la
Ronda de este nombre y las inmediaciones de lo que fue huerta de las Salesas.
Por aquella parte, la Villa trataba de embellecerse, y abría en los solares
polvorosos la cimentación para nuevas y elegantes casas de vecindad. Charlando
de las peregrinas cosas que habíamos visto y oído, caminábamos a la ventura,
guiados, más que por la intención, por el instintivo movimiento de nuestros
propios pasos.
Sin darnos cuenta de
ello, costeamos la maciza fundación de doña Bárbara de Braganza, y por calles a
medio construir llegamos a internarnos en el Parque de Buenavista. Hicimos alto
para descansar en un banco de las rampas que dan a la calle de Alcalá, frente
al palacio de Alcañices. Aunque el sol picaba templando el ambiente invernal,
yo sentía un frío que no pude mitigar embozándome en mi capa hasta las narices,
porque aquella tiritona era síntoma febril de mi estado anímico al considerar
la invasión monástica, [262] principio de un período histórico desastroso para
nuestra pobre España.
A mis quejas
lastimosas contestó Casianilla: «Como nosotros no podemos impedir que España se
convierta en un gran monasterio, nuestro papel es ver y esperar. Si llega el
caso de que no haya más remedio que ser yo monja y tú fraile, no te apures,
Tito, que ya encontraremos conventos donde convivan ambos sexos.
-Así tendrá que ser,
nenita -dije yo, y como estaba helado propuse que siguiéramos andando hasta la
calle de Sevilla, y que allí tomásemos la dirección de nuestra casa, con escala
en algún café para matar las horas de la tarde.
Por ambas aceras de
la calle de Alcalá bajaba un tropel de paseantes que iban a tomar el sol en el
Prado y el Retiro. Eran a mi parecer funcionarios que abandonaban la ociosa
oficina para espaciarse con la señora y los niños, pensionistas de poco pelo,
tenderos desocupados, rentistas de mediano pasar, provincianos con dinerito
fresco, que practicaban la deambulación como un obligado empleo de la actividad
en los días serenos.
Por el centro de la
calle rodaban los mismos carruajes que habíamos visto el día anterior y todos
los días, conduciendo a las damas de siempre, bien emperifolladas, y a los
señores del margen que acompañaban a sus esposas en el asiento zaguero de las
carretelas. Acrecían el tumulto los gallardos [263] jinetes y los caballos que
guiaban faetones o tílburis con la pericia de consumados aurigas. En las caras
de toda esta gente, así la de a pie como la de coche, así la de alto como la de
rastrero pelaje, observé una tranquilidad paradisíaca. Sus cabezas no alojaban
otra idea que la del momento presente, el goce del paseo al sol, la vanidad de
exhibirse con galas y arreos de distinción fantasiosa.
¡Pobres majaderos!
Desconocían en absoluto la gravísima situación de nuestro país, el momento
histórico, semejante a la entrada de los cartagineses ávidos de riqueza, de los
bárbaros visigodos o de los insaciables y feroces agarenos. Nada sabían, nada
sospechaban: se enterarían de la nueva esclavitud cuando esta ya no tuviese
remedio. Me costó trabajo contener este grito de alarma: «¡Bobalicones,
despertad de vuestra modorra estúpida! ¡No tenéis gobernantes que sepan
contener, ya que no extirpar, la horrible plaga que se os viene encima!».
Al pasar por la calle
de Sevilla entramos en la tienda de mi amigo Matías Luengo, sobrino del famoso
comerciante, parlanchín y entrometido don Plácido Estupiñá, de quien tanto
hablé en diferentes ocasiones. Traficaba Matías en objetos de escritorio.
Comprámosle un paquete de sobres, charlamos, le pregunté si estaba contento de
su negocio, y me contestó que de sus ventas no sacaba más que lo preciso para
mal vivir. El Cielo le había dado cuatro hijos, y su mujer, que era una coneja,
le traería el quinto retoño para [264] Febrero próximo. En vista de este
crecimiento del familiaje, pensaba añadir a su tráfico el de devocionarios,
florilegios, novenas, cilicios, recordatorios de difuntos, estampitas de todos
los santos del cielo, escapularios y demás chirimbolos pertinentes a la santa
Religión.
Yo le felicité,
palmoteándole en los hombros, y le dije: «Eres un genio, Matías. Has previsto
el fetichismo farandulero a que nos llevará la maldita Restauración. Ahora
empieza, fíjate bien, ahora empieza el reinado de la Muerte y de las
santurronerías bobaliconas. Tú serás rico. Haz todos los hijos que puedas, que
el negocio místico te dará pan para ellos, y para tus nietos y biznietos, hasta
la cuarta generación. Adiós, chico. El Espíritu Santo ha entrado en tu casa.
Adiós».
A lo largo de la
calle íbamos tropezando con cómicos y toreros, y en ellos vi caras satisfechas
aunque perecían de hambre por la falta de contratas. A mi paso por diferentes
tiendas vi también sastres, joyeros y perfumistas, que parecían muy contentos
viviendo al día con menguadas transacciones. Junto a nosotros pasaron dos
curas, ante los cuales me quité el sombrero haciendo acto de sumisión y
reverencia. Era muy cuerdo y saludable vivir en santa paz con nuestros
opresores.
En la esquina del
callejón de Gitanos encontramos a Delfina Gil. Después de saludarme con rígida
frialdad, me dijo que iba a poner una nueva Funeraria de gran lujo en [265] la
propia Carrera de San Jerónimo, y que introduciría en España las últimas
novedades en féretros de cinc sobredorados y en carrozas-estufas a la gran
Daumont. Pensaba adornar su escaparate con espléndido surtido de coronas
fúnebres de hilo de cristal, elegantísimas, y con unos angelitos, arrodillados,
que daban el opio. La colmé de parabienes, vaticinándole un éxito formidable.
Merecía enterrar la vida española con todo el boato y chic de las artes
mortuorias.
Seguimos, y al
embocar la Carrera de San Jerónimo, tropecé de manos a boca con Vicente
Halconero, que salía del Casino. Cortés y afable como siempre estrechó mis
manos, no escatimando un gentil saludo ceremonioso a mi compañera humilde.
«Ya sabrá usted -me
dijo- que está próximo el advenimiento de los Constitucionales al Poder. El
turno se impone, y la tocata liberal ha de sustituir a la tocata conservadora.
Espero yo que entre ambas músicas haya bastante diferencia, así en lo
fundamental como en lo externo... Entiendo que tendremos elecciones generales
en Febrero o Marzo, y usted no me negará entonces lo que tantas veces le pedí.
Aceptará usted un acta de diputado, y en los escaños de la mayoría lucharemos
juntos por el progreso, con su poquito de morrión y sus toques democráticos,
todo ello dentro del orden más perfecto.
-Sí, sí, Vicentito
-le contesté, con la socarronería [266] que en aquella hora dominaba en mi
ánimo-. Puede usted hacer de mí lo que quiera. Y si tocan a repartir algunos
destinillos denme a mí el de Inspector de Monjas, quiero decir, de los
monasterios que han de ser creados para reunir los dos sexos en la vida
contemplativa.
-¿Pero qué dice el
amigo Tito? ¿Se ha vuelto loco?... ¡Ah! Es que a usted le solivianta lo que se
cuenta por ahí de si vienen o no vienen los religiosos regulares expulsados de
Francia. No haga usted caso. Ataremos corto a los que vengan no más que a darse
buena vida, y recibiremos con estimación a los que traigan la idea de
establecer en España buenos Colegios, donde podamos dar decorosa educación a
nuestros hijos».
No quise hablar más y
me despedí de Halconero con breves razones amistosas, lamentando que un
caballerete tan espiritual no apreciara el feo cariz del nublado cartaginés y
agareno que entenebrecía el cielo español, ni viera claramente que se iniciaba
un período de larga y pavorosa esclavitud. ¡Pobre Vicentito, tan joven, tan
simpático, y ya contagiado del negro y pestilente virus!
- XXV -
Casiana y yo nos
colamos en el café de La Iberia, dirigiéndonos a las mesas donde habitualmente
concurrían mis amigos. En efecto, [267] allí estaban Campo y Navas, Llano y
Persi, Casalduero, y Carratalá. En una piña inmediata vi a Díaz Quintero,
republicano, que alternaba con Fernández Bremón y Mariano Zacarías Cazurro,
conservadores, y con Pablo Cruz, León y Llerena, Zoilo Pérez y Cándido
Martínez, sagastinos.
Apenas cambié con
ellos los primeros saludos, algunas palabras referentes a sucesos de
actualidad, comprendí que ninguno de aquellos esclarecidos ciudadanos paraba
mientes en el capital suceso histórico que a mí me volvía tarumba. O lo
ignoraban, o las menudencias y chismorreos políticos les impedían fijarse en
los hechos que, afectando intensamente al porvenir de la Patria, se nos
presentan revestidos de una insignificancia traicionera. Los afectos a la
Situación imperante aseguraban que había Gobierno de Cánovas para rato. Al
proclamarlo así, reforzaban su opinión con apuestas humorísticas de cinco duros
contra dos reales. Los otros, entonando con diferentes inflexiones el esto se
va, vaticinaron rotundamente que antes de dos meses cogería Sagasta las riendas
y la tralla del Poder.
De pronto llegaron a
nuestras mesas otros dos individuos, cuyos nombres no son del caso. Con frase
tajante y enfática sostuvieron la tesis de que don Antonio se había hecho
imposible por su soberbia, y porque no supo desprenderse a tiempo de los pulpos
del moderantismo. Un tercer sujeto, que presuroso vino de las mesas interiores,
nos dijo en tonillo [268] parlamentario: «¡Ah, señores! Mi teoría es que
política nueva pide hombres nuevos. Las cosas caen del lado a que se inclinan.
O la regia prerrogativa no sabe lo que se pesca, o ha de poner en seguida en
manos de don Práxedes el timón de la nave del Estado».
Reunidos todos,
enzarzaron sus ágiles lenguas en el discreto político sin tocar ningún punto de
interés público, picoteando tan sólo en las cuestiones de orden burocrático,
que eran para los Fusionistas o Constitucionales el único imán de sus pueriles
ambiciones. Diferentes nombres sonaron de mesa en mesa para distribuir entre
ellos los cargos políticos de la nueva Situación, Direcciones generales y
Gobiernos de provincia. Entre aquellos ociosos charlatanes no faltaron algunos
vivos que graciosamente se adjudicaron las mejores prebendas. A la entrada de
los agarenos, o si se quiere cartagineses, no consagró ninguno de los allí
reunidos, hombres de diferente cartel político, una sola palabra.
Asqueado de la
frivolidad de tales majaderos, que con raras excepciones sólo apreciaban la
vida pública por los apremios de su vanidad o de su flaco peculio, pretexté
para retirarme un repentino dolor de estómago con ganas de vomitar, y cogiendo
del brazo a Casianilla nos plantamos en la calle. ¿A dónde iríamos? A casita, a
mi caverna solitaria, o a darle albricias a nuestra coruscante amiga la
Excelentísima señora Condesa de Casa Pampliega.
Ibamos por la calle
del Lobo, y en los extremos [269] de ella vimos lujosa berlina parada junto a
una puerta humilde. De esta salió una dama en quien al punto reconocí a la
Marquesa de Villares de Tajo, mujer talentuda y de historia, vistosa todavía y
de buen talle aunque había rebasado con creces las fronteras del medio siglo.
En su coche partió hacia la Carrera de San Jerónimo. ¡Pobrecilla! Venía de
parlotear con los Caballeros de la Tenaza, albergados a espaldas de la iglesia
de San Ignacio. Pensé que ya le estaban ajustando las cuentas para mandarla al
otro mundo bien limpia de pecados, y aliviada del peso de sus cuantiosos
intereses.
Permanecíamos Casiana
y yo junto a la puerta mísera, contemplando la lobreguez del hondo zaguán,
cuando vimos que de aquellas tinieblas salían un cura joven, gallardo,
desenvuelto, y una señora hermosísima. ¡Oh asombro de los asombros! La señora
era Lucila Ansúrez, más conocida en estas historias por el lindo mote de La
Celtíbera.
- XXVI -
La nieve que
blanqueaba el cabello de la viuda de Halconero no era estorbo de su belleza,
que se defendía bravamente contra la edad, frisante ya en los cincuenta años si
no fallan mis cómputos cronológicos. Apenas me vio en la calle, honrome Lucila
con expresivo saludo, presentándome incontinenti [270] al clérigo, mocetón
elegante, limpio, y cumplido galán por su melosa cortesía.
«El Padre Garrido
-dijo La Celtíbera en la ceremonia de la presentación-. Don Proteo Liviano...».
Al pronunciar Lucila
mi nombre se arrancó el jesuita con estas hiperbólicas alabanzas: «¡Ah, el
señor Liviano! Mucho gusto en verle. Ya le conocía y le admiraba como
historiógrafo eminente. Yo también soy aficionado a la Historia, y en el nuevo
Colegio de Chamartín tendré a mi cargo esa importante asignatura. Mi ciencia es
corta; pero supliré la escasez de conocimientos con mi firmeza de voluntad,
imitando en lo posible al maestro que me escucha...».
Intervino Lucila con
esta donosa corrección: «No se achique, Padre Garrido... Y usted, amigo Tito,
no le haga caso, que la más alta virtud de este santo varón es la modestia, una
modestia verdaderamente angelical».
Al protestar el
clérigo de los elogios de La Celtíbera, llegó hasta ruborizarse, y yo,
penetrando en la médula de aquel carácter más fino que el coral y con más
conchas que un galápago, le devolví sus lisonjas con este golpe de incensario:
«Bien sé con quién
hablo, reverendo Padre. He leído en el Iris de Paz la respuesta que da usted a
las diatribas con que La Ciudad de Dios, el periódico de los agustinos, trata
de mermar las glorias de La Compañía. Es usted escritor de primer orden y
dialéctico [271] formidable. Así como suena... En esfera humilde, hago yo lo
que puedo por la ilustración del pueblo español, tan católico como
desgraciado... Esta señora que a mi lado está es mi esposa, doña Casiana
Coelho, insigne pedagoga, maestra en todas las artes y ciencias, de quien tomo
ejemplo, apropiándome su saber al mismo tiempo que imito sus virtudes...
virtudes excelsas, noble señora y caballero tonsurado, pues en mi dulce cónyuge
se confunden y amalgaman la prudencia, la castidad, la paciencia, la caridad,
las artes caseras, el filosofismo más espiritual y el don de escudriñar las
obscuridades del porvenir...».
Colorada y
balbuciente, Casianilla quiso desmentir los embustes que en honor suyo
desembuché, y en el rostro del clérigo advertí un ligero mohín de desconfianza:
sin duda interpretaba en sentido burlesco mi lenguaje hiperbólico. Lucila,
también un poquito recelosa, inició la marcha hacia la calle del Prado. Detrás
fuimos los tres, y yo, arrimándome al Padre Garrido, de quien no quería
separarme sin soltarle alguna barbaridad, acaricié su tímpano con esta blanda
ironía:
«Dios me ha deparado
el placer de ofrecer a usted hoy mis respetos, Padre Garrido... Ya sé, ya sé
que ayer llegó usted de un corto viaje a París, a donde fue con el mandato de
organizar la nueva traída de jesuitas para el Colegio de Chamartín de la Rosa,
institución educatriz que será el coronamiento de la sublime [272] longanimidad
de la señora Duquesa de Pastrana.
-El objeto de mi
viaje a Francia no está bien que yo lo diga -replicó el clérigo un tanto
amoscado-. Sólo indicaré a usted que hace tres días estaba ya de regreso en la
Villa y Corte, donde seguiré hasta que lo disponga quien puede hacerlo,
consagrado al servicio del Señor y a la salvación de las almas españolas.
-A lo mismo nos
dedicamos nosotros -dije, poniéndome la mano, no precisamente en el corazón,
pero muy cerca de él-. Mi esposa y yo también servimos a Dios y salvamos almas
cuando se tercia... En la persona de usted, Padre Garrido, reverenciamos a la
milicia cristiana, a quien el Altísimo otorga el mandato de gobernar a los
pueblos y conducirlos a la eterna gloria. Ya nuestra España es de ustedes. Aquí
no reina Alfonso XII sino el bendito San Ignacio, que a mi parecer está en el
cielo, sentadito a la izquierda de Dios Padre... Los españoles somos católicos
borregos, y sólo aspiramos a ser conducidos por el cayado jesuítico hacia los
feraces campos de la ignorancia, de la santa ignorancia, que ha venido a ser
virtud en quien se cifra la paz y la felicidad de las naciones... Nos
prosternamos, pues, ante el negro cíngulo, y rendimos acatamiento al dulcísimo
yugo con que se nos oprime ad majorem Dei gloriam».
No se le escapó al
ladino y sutil clérigo el saborete irónico que ponía yo en mis palabras. [273]
Con forzada sonrisa y frunciendo el ceño, doble y equívoca expresión facial de
su índole solapada, el joven Padre me alargó la mano buscando la fórmula de
despedida. También Lucila mostraba deseo de cortar nuestra conversación,
poniendo tierra entre los dos grupos, y así me dijo:
«Sigan ustedes
paseando, Tito; el Padre y yo tenemos que ir a la Nunciatura para un asunto...
-La Virgen les
acompañe, reverendo caballero y señora ilustre -dije yo destapando mi cabeza-.
Y si se acuerdan de estos pobres pecadores, tengan la bondad de implorar para
nosotros la bendición apostólica, por mediación del santísimo Nuncio... Adiós,
adiós».
- XXVII -
Viéndoles partir
hacia la Plaza del Ángel, Casianilla, súbitamente alterada y colérica, me dijo:
«Si estuviéramos en descampado les apedrearíamos. ¿No te parece?
-No, hija mía, no
-repliqué yo, cogiéndole el brazo con que imitaba el manejo de la honda-.
Modera tu arrebato bélico, que los tiempos son más de paciencia solapada que de
fiereza impulsiva. Si apedreáramos, podría suceder que nuestros tiros no dieran
en la cabeza del Reverendo, que bajo la capa de su finura exquisita esconde las
intenciones de un grandísimo bellaco, y fuesen a descalabrar [274] a la hermosa
Celtíbera, persona ciertamente estimable y digna de respeto... Esta buena
señora fue en sus días juveniles la corza ligera y elegante que a todos
cautivaba; ahora es la oveja tarda y simplísima que no puede con el peso de sus
lanas... No hemos de ver en las beaterías de Lucila un movimiento espontáneo de
su ánimo, el cual, digan lo que quieran, aún conserva la independencia
celtíbera. Sus concomitancias con lo que podríamos llamar el elemento
jesuítico, son puro artilugio para ponerse a tono con la caterva elegante y
santurrona que hoy rige los destinos de España. A tal comedia la mueve el amor
de su hijo Vicente, y el anhelo de empujar al chico en su carrera política. Ya
verás, ya verás cómo, auxiliada por los padres, las madres y las tías, consigue
hacer Ministro a Vicentito, con Sagasta o con el demonio coronado...
¿Entiendes, Fabia, lo que voy diciendo?... No debemos acometer a nuestros
enemigos con palo ni piedra. Esperemos a que tomen posiciones y nos manifiesten
el poder de sus armas, y la eficacia de sus ingenios de guerra.
-Está muy bien, Tito
mío -dijo Casiana agarrándose de mi brazo-. Y ahora decidamos si nos metemos en
casa o nos vamos a visitar a la señora Condesa. Quiero ver la cara que pone
doña Segismunda cuando se le diga que el grande hombre del siglo, don Antonio
Cánovas, irá pronto a ofrecerle sus respetos y a darle las gracias por los
librachos del tiempo de la Nanita. [275]
-Yo también deseo
contemplar el cariz de nuestra Medusa y su cabellera de serpientes -contesté-.
Pero antes, si te parece, debemos personarnos en la Academia de la Historia,
que está muy cerca como sabes. ¿Te olvidas de que hace unos días tengo allí mi
asignación, y aún no he ido a cobrarla? Lo primero es lo primero, Casianilla.
Vamos allá, vamos».
Minutos después
estábamos en el ancho zaguán de la Academia. Mas no hallándose presente la
señora portera, que según nos dijeron había subido al segundo piso llamada por
el Bibliotecario para que le prestase servicios de cocina y despensa,
aguardamos sentaditos en la modesta estancia conserjeril, donde pasamos el rato
en vagos comentarios sobre nuestra situación económica, que no era en aquellos
días muy despejada.
Llegó en esto el
anciano portero, a quien yo con caprichosa travesura imaginativa daba el nombre
de Tucídides, por su puesto en aquella Casa y por el trazo helénico de su
rostro visto de perfil. Lamentose el buen hombre de la ausencia de su esposa,
secuestrada por las impertinencias del señor Bibliotecario, hombre excelente,
pero un tanto enfadoso. Diciéndolo, puso en mis manos el pliego de mi Madre...
¡Ay! Fue cual onda luminosa que súbitamente disipó las tinieblas de mi
espíritu.
Retirose Tucídides,
que tenía precisión de arreglar la Sala de Juntas para la tenida de aquella
noche, y nos dejó en la portería [276] indicándonos que estábamos en nuestra
casa y podríamos permanecer allí todo el tiempo que quisiéramos. Solitos
Casiana y yo, abrimos el pliego y... ¡Oh inefable sorpresa y alegría! La Musa
excelsa me mandaba doble suma de la presupuesta para cada mensualidad.
- XXVIII -
Después de justificar
este doble socorro, enumerándome las privaciones y agobios que había yo de
sufrir si me conservaba incorruptible y puro en medio del general positivismo,
la Madre exponía su pensamiento acerca del porvenir de España en la forma
elocuente y profética que traslado a mis buenos lectores:
«Hijo mío: cuando a
fines del 74 te anuncié en una breve carta el suceso de Sagunto, anticipé la
idea de que la Restauración inauguraba los tiempos bobos, los tiempos de mi
ociosidad y de vuestra laxitud enfermiza. La sentencia de mi buen amigo
Montesquieu, dichoso el pueblo cuya Historia es fastidiosa, resulta profunda
sabiduría o necedad de marca mayor, según el pueblo y ocasión a que se aplique.
Reconozco que en los países definivamente constituidos, la presencia mía es
casi un estorbo, y yo me entrego muy tranquila al descanso que me imponen mis
fatigas seculares. Pero en esta tierra tuya, donde [277] hasta el respirar es
todavía un escabroso problema, en este solar desgraciado en que aún no habéis
podido llevar a las Leyes ni siquiera la libertad del pensar y del creer, no me
resigno al tristísimo papel de una sombra vana, sin otra realidad que la de
estar pintada en los techos del Ateneo y de las Academias.
»La paz, hijo mío, es
don del cielo, como han dicho muy bien poetas y oradores, cuando significa el
reposo de un pueblo que supo robustecer y afianzar su existencia fisiológica y
moral, completándola con todos los vínculos y relaciones del vivir colectivo.
Pero la paz es un mal si representa la pereza de una raza, y su incapacidad
para dar práctica solución a los fundamentales empeños del comer y del pensar.
Los tiempos bobos que te anuncié has de verlos desarrollarse en años y lustros
de atonía, de lenta parálisis, que os llevará a la consunción y a la muerte.
»Los políticos se
constituirán en casta, dividiéndose hipócritas en dos bandos igualmente
dinásticos e igualmente estériles, sin otro móvil que tejer y destejer la jerga
de sus provechos particulares en el telar burocrático. No harán nada fecundo;
no crearán una Nación; no remediarán la esterilidad de las estepas castellanas
y extremeñas; no suavizarán el malestar de las clases proletarias. Fomentarán
la artillería antes que las escuelas, las pompas regias antes que las vías
comerciales y los menesteres de la grande y pequeña industria. Y por último,
hijo mío, verás [278] si vives que acabarán por poner la enseñanza, la riqueza,
el poder civil, y hasta la independencia nacional, en manos de lo que llamáis
vuestra Santa Madre Iglesia.
»Alarmante es la
palabra Revolución. Pero si no inventáis otra menos aterradora, no tendréis más
remedio que usarla los que no queráis morir de la honda caquexia que invade el
cansado cuerpo de tu Nación. Declaraos revolucionarios, díscolos si os parece
mejor esta palabra, contumaces en la rebeldía. En la situación a que llegaréis
andando los años, el ideal revolucionario, la actitud indómita si queréis,
constituirán el único síntoma de vida. Siga el lenguaje de los bobos llamando
paz a lo que en realidad es consunción y acabamiento... Sed constantes en la
protesta, sed viriles, románticos, y mientras no venzáis a la muerte, no os
ocupéis de Mariclío... Yo, que ya me siento demasiado clásica, me aburro... me
duermo...».
FIN DE CÁNOVAS
Madrid-Santander.- Marzo-Agosto de 1912.

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