© Libro N° 5596.
La Australia Argentina. Payró, Roberto J. Emancipación. Enero 19 de 2019.
Título
original: © La Australia Argentina. Excursión periodística a las
costas patagónicas, Tierra del Fuego e Isla de los Estados. Roberto J. Payró
Versión Original: © La Australia Argentina. Excursión periodística a
las costas patagónicas, Tierra del Fuego e Isla de los Estados. Roberto J.
Payró
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Miranda
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LA AUSTRALIA ARGENTINA
Excursión periodística a las costas patagónicas,
Tierra del Fuego e Isla de los Estados
Roberto J. Payró
Índice
La Australia argentina: Excursión periodística a
las costas patagónicas, Tierra del Fuego e Isla de los Estados
- I -
En marcha
- II -
Alta mar
- III -
Toninas y medusas
- IV -
Los galenses
- V -
En plena germinación
- VI -
Proa al sur
- VII -
Deseado y el telégrafo estratégico
- VIII -
Carnaval en Santa Cruz
- IX -
Lunes de Carnaval
- X -
Los adioses de Santa Cruz
- XI -
Rumbo a Gallegos
- XII -
La capital de Santa Cruz
- XIII -
En el Estrecho de Magallanes
- XIV -
La joya de Magallanes
- XV -
Los pobladores del Magallanes
- XVI -
Antes de zarpar
- XVII -
El triunfo del paisaje
- XVIII -
Los fueguinos
- XIX -
Los fueguinos «at home»
- XX -
Los fueguinos en la actualidad
- XXI -
La capital fueguina
- XXII -
Dos días en Lapataia
- XXIII -
Nuestras avanzadas del sur
- XXIV -
La noche de Usuhaia
- XXV -
Historia e historias
- XXVI -
Borrones de la cartera
- XXVII -
De Usuhaia a Buen Suceso
- XXVIII -
La visión de la Isla
- XXIX -
San Juan del Salvamento
- XXX -
Tra la perduta gente
- XXXI -
Mal tiempo
- XXXII -
El presidio de San Juan
- XXXIII -
Naufragios y salvamentos
- XXXIV -
Aventuras de mineros
- XXXV -
Pelo y pluma
- XXXVI -
Entre dos borrascas
- XXXVII -
Un poco de climatología
- XXXVIII -
Puerto Cook
- XXXIX -
De regreso
- XL -
Las últimas páginas
A DON ENRIQUE DE VEDIA
Buenos Aires,
Septiembre 15 de 1898.
Señor Roberto
J. Payró:
He seguido
día a día, con creciente interés, la lectura de las páginas que ha publicado
Vd. en el folletín de La Nación, sobre, «La Australia Argentina».
Se dice
generalmente de todo libro nuevo, para encarecer su originalidad, que «hacia
falta». Del suyo puede esto con verdad, porque, en efecto, faltaba, y llena
útilmente un gran vacío.
Sus páginas
sueltas, popularizadas por el diarismo serán leídas y estudiadas con provecho
por propios y extraños, cuando se presenten al público en la forma definitiva
del libro, por cuanto satisfacen una necesidad vital. No basta ser dueño de un
territorio rico, si el hombre no se identifica con él por la idea y lo fecunda
[VI] por el trabajo, y sobre todo si el libro no le imprime el sello que
constituye como un título de propiedad, haciéndolo valer más.
Por esto su
libro, como comentario de un mapa geográfico hasta hoy casi mudo, importará la
loma de posesión, en nombre de la literatura, de un territorio casi ignorado,
que forma parte integrante de la soberanía argentina, pero que todavía no se ha
incorporado a ella para dilatarla y vivificarla.
Ese
territorio, mal apreciado por los viajeros como una región estéril, considerado
durante siglos como res nullius, y que ha dado origen a cuestiones
internacionales de limites, felizmente solucionadas, ha sido al fin bien
explorado por los geógrafos y naturalistas argentinos, que han descubierto en
él una región bien articulada y colmada de riquezas naturales que prometen un
vasto campo a la actividad nacional, por medio de su colonización sistemada,
así como a la inmigración y a la aclimatación de todas las razas de la tierra.
El argumento
de su obra es la Patagonia y la Tierra del Fuego del dominio argentino, en su
estado actual, a lo de su litoral marítimo sobre el Atlántico y sus canales
orientales desde el punto de vista de su explotación y de su colonización,
apuntando los medios de hacerlas prosperar; y comprende a la vez, por vía de
ilustración, la historia y la geografía de aquellas comarcas y su descripción a
grandes rasgos y de detalle, señalando a la vez sus necesidades y sus recursos
de producción, a los efectos de su ocupación definitiva por el hombre.
Considerado
bajo este aspecto, su libro llenará cumplidamente su objeto, en bien del país y
para honra de su amor.
Los
antecedentes históricos y geográficos que el asunto comporta, así como los que
se relacionan con la historia natural, están presentados con amplitud y buena
crítica, habilitando al lector para darse cuenta de su importancia en el pasado
y de su valor en el presente.
Las
consideraciones económicas sobre la situación del territorio en cuestión, en
sus relaciones con la colonización y la explotación agrícola y rural, están
ilustradas con abundantes datos estadísticos, que contienen los elementos
necesarios para resolver los problemas que él encierra como factor de la
riqueza y de la grandeza nacional en el futuro.
La narración
del viaje es amena y animada: las aventuras y las escenas que se suceden le dan
a veces el interés de la novela, aunque a veces, también, pequen por minuciosas
y demasiado largas, defecto fácil de corregir en una revisión.
Por último,
las descripciones están iluminadas por sorprendentes paisajes, nuevos y llenos
de colorido, que se destacan como pinturas en medio de sus páginas, y ellas
constituyen uno de sus más gratos atractivos.
No trepide
Vd. en lanzar su libro a la circulación, seguro del éxito.
Su afmo.
BARTOLOMÉ
MITRE.
- I -
En marcha
-¿Estará usted listo para el 5? Hoy es 2, y no hay
tiempo que perder.
-Sí, señor; estaré.
Venía yo de Santa Fe, donde acababa de asistir a la
comedia política representada con motivo del cambio de gobernador, y la
dirección de La Nación me invitaba a hacer un viaje al extremo austral de la
República, visitando cuanto paraje encontrara al paso. La misión me sonreía,
pues con ella iba a realizarse uno de mis mayores deseos: conocer esas tierras
patagónicas en que muchos hombres de pensamiento cifran tan altas esperanzas,
experimentar las impresiones de una navegación en pleno océano, y quizá ser
útil a los habitantes cuasi solitarios de aquellas apartadas comarcas.
La partida del transporte nacional Villarino estaba
fijada para el 5 de febrero, a las 10 de la mañana. Debía llevar a su bordo al
Dr.
Francisco P. Moreno, perito argentino, y sus
ayudantes militares y civiles, hasta Santa Cruz, punto de arranque de la nueva
expedición emprendida por el infatigable hombre público.
El 5 estuve listo, pero la partida fue
postergándose hasta el 12, porque era necesario ensayar las dos lanchas
Tornicroft que el Dr. Moreno iba a llevar consigo para explorar los lagos
Argentino y Buenos Aires. Por fin hubo que limitar ese ensayo a la prueba de la
caldera con presión de agua, y embarcar la lancha que se había armado, sin
desarmarla completamente.
El 12 a las diez en punto estábamos todos
embarcados; y el Villarino se veía lleno de gente que acudía a despedirse de
los viajeros, tan numerosos que apenas podían revolverse en la cubierta. El
día, bastante caluroso, era magnífico, y el buque, amarrado en la dársena sur,
frente al depósito número 1, manchaba el cielo azul con una ligera columna de
humo que, al ascender, envolvía la flameante bandera de salida enarbolada en el
trinquete.
-¡Buen viaje!
-Hasta la vuelta.
-¿Usted también se va?
Y apretones de manos, saludos afectuosos y
conmovidos, conversaciones entrecortadas por el ir y venir de visitantes,
pasajeros, vendedores de libros y de baratijas:
-La última novela de Zola.
-Cigarros y cigarrillos.
-¡La Nación, La Prensa!
-No deje usted de escribirme...
-¿Para cuándo es el regreso?
Por fin se dio la señal, desfilaron lentamente los
visitantes, que fueron a formar en fila sobre el dock, retirose la planchada, y
el Villarino comenzó a moverse arrastrado por dos poderosos remolcadores.
-¡Adiós!
-¡Adiós!
Avanzábamos por entre el laberinto de buques de la
dársena, y aunque embargado por insólita emoción, por una opresión vaga y
extraña, miré en torno para trabar conocimiento visual con mis compañeros de
viaje: los había ¡y cuántos, y cuán diversos! Argentinos, españoles, ingleses,
franceses, italianos; soldados, marineros, hermanas de caridad, señoras,
niños... ¿Dónde iba a caber tanta gente?
El Villarino es un buque pequeño, muy marino, pero
inadecuado para pasajeros. Tiene una máquina poderosa que le da tina marcha de
diez millas or hora, y puede hacer dos millas más ayudándose con su velamen,
compuesto de cuchillos, cangreja, trinquete, redonda y velacho. Es coqueto; con
su arboladura ligera y esbelta y su bien cortado casco pintado de blanco, y a
velas desplegadas, en alta mar semeja un gran pájaro del sur rasando la ola.
Pero no es para tanta gente, y mucho menos cuando
va, como en aquel viaje, con las bodegas repletas de carbón y de carga, la proa
llena de caballos y mulas, y la cubierta atestada con los botes llenos de agua
para los animales, con las dos lanchas Tornicroft y con el equipaje y las
personas de los pasajeros de segunda...
Íbamos saliendo lentamente de la dársena, en medio
de la animación un tanto melancólica de la partida; en el pontón La Paz,
escuela de grumetes, la banda de música tocaba una marcha militar; cuando
pasamos todo anunciaba un felicísimo primer día de viaje: pero de pronto, al
virar frente al Riachuelo para tomar el canal, sentimos una sacudida, y el
barco quedó inmóvil...
-¡Hemos varado!...
-¡No puede ser!...
-¡Eh! será cuestión de media hora...
Habíamos varado en pleno puerto de Buenos Aires,
justamente al lado de una draga haragana, y sobre un banco de arena que, sin
justificación alguna, viene formándose allí desde hace años. ¡Buen trabajo de
dragaje!
¡Linda muestra de cuanto se preocupa el Gobierno de
lo que a la navegación se refiere! Si en lugar del Villarino se hubiera ido
sobre el banco alguno de los buques de gran porte que diariamente entran al
puerto, éste hubiera quedado cerrado por algunos días. Pero los transatlánticos
pasaron junto a nosotros, como una burla.
Vano fue cuanto esfuerzo se hizo por zafar. Hasta
cuatro remolcadores tiraron del Villarino, tendiendo los cabos como cuerdas de
violín, resoplando jadeantes sus calderas, sin que el casco se moviese en el
lecho de limo en que estaba empotrado, como en un perol de cola de carpintero.
Sonó la campana que llamaba a almorzar, cuando ya
los remolcadores hablan renunciado a la empresa de sacarnos del atolladero, y
la gente se agolpó al comedor. No se cabía, y hubo que comer por tandas.
Formáronse dos mesas, y ninguna de ambas brilló por su alegría: la emoción de
la partida, desmesuradamente prolongada por aquel tropiezo, dejaba a todos
mustios y desganados. Estábamos y no estábamos en viaje, habíamos y no habíamos
salido de Buenos Aires, porque ni era posible volver a tierra, ni dependía de nuestra
voluntad seguir marchando.
En todo aquel día mortal, tiempo sobrado tuve de
examinar a mis compañeros de viaje.
Con el Dr. Moreno iban el coronel Rosario Suárez,
un viejo militar, que hizo con singular valor la guerra de indios, gran
baqueano de la Patagonia y el Río Negro, agregado voluntario a la expedición, a
la que habrá prestado sin duda excelentes servicios (ha regresado ya) por su
conocimiento del terreno, su práctica de la vida en campana y sus recursos de
soldado de fronteras. Es un hombre alto, seco, ya entrado en años, afable en el
trato familiar.
Junto a este veterano, un joven capitán de
artillería, el señor José Uriburu, que ya ha formado parte con éxito de otras
subcomisiones de límites, oficial de escuela y excelente y discreto compañero
de viaje. El señor Diego González Victorica, encargado de llevar la lancha
Tornicroft núm. 1 desde el Chubut al lago Buenos Aires, y el joven Terrero,
sobrino del perito, que no por ir en viaje de placer ha sido menos duro en la
fatiga. Además, dos maquinistas, personal de peones avezados, los asistentes
del coronel, etc., etc.
Iba a bordo otra comisión: la del ingeniero Pastor
Tapia, encargado de medir terrenos de Tierra del Fuego -tan desgraciados con
sus antecesores-, compuesta por el joven Vernet Lavalle, el ayudante agrimensor
señor Ambone, asistentes, peones, etc.
Luego el capitán de fragata don Leopoldo Funes,
encargado de establecer la línea telegráfica militar entre Río Deseado, San
Julián, Santa Cruz, Gallegos y Punta Loyola; el nuevo subprefecto de San Juan
del Salvamento (presidio militar de la Isla de los Estados), teniente de
fragata Luis Demartini, con algunos marineros; el jefe del faro de Punta
Laserre, señor Augusto de la Serna; el señor Venturi, enviado a Santa Cruz por
el departamento de Agricultura, para practicar estudios; el Dr.
Pinchetti, nombrado para la Isla de los Estados;
tres caballeros franceses, M. M. Sabatier, Addé y Nesler; la señora del
comandante Leroux con sus hijos, y tres hermanas de caridad en viaje a Rawson.
Pero entre el ir y venir de tanta gente, me
llamaron la atención una joven inglesa, miss Mary X., que se dirigía a Río
Gallegos, y el Dr.
Brodrick, su esposa y su perro, que iba a probar
fortuna en Punta Arenas.
Ctiriosa esta pareja: ella muy alta, vestida de
azul, con gorra de marino; él pequeño, delgado, móvil, muy rubio. Tanto éstos
como miss Mary no hablaban una sola palabra de castellano, y venían a América
por primera vez, como se viene a una tierra de promisión.
Si me detengo a señalarlos, es porque ellos han
procurado el escaso elemento romancesco de este largo viaje, dando una prueba
más de lo que es el carácter británico, y de la confianza que inspira nuestro
país a las personas emprendedoras.
Entretanto, llegó poco a poco la tarde, y
continuábamos varados, consultando en vano el semáforo del Riachuelo, que se
obstinaba en no anunciar el repunte del río.
-¡Crece!
-No, no crece todavía. Hasta la noche no hay
esperanza...
Y los pasajeros hacinados, casi sin poder moverse,
bostezaban contemplando el río, hasta que la llegada de los diarios de la
tarde, que nos decían en viaje, animó un poco la situación, triste y
aburridora.
Yo fui a conversar con el comandante del barco, el
teniente de fragata D. Juan Murúa, que desde hace muchos años navega en los
mares del sur, como que ya en 1882 tomó parte en la expedición Bove, en calidad
de guardiamarina, habiéndose formado bajo las órdenes del comandante
Piedrabuena, aquel infatigable y valeroso visitador de las costas patagónicas y
fueguinas. Murúa me dio interesantes datos que tuve oportunidad de comprobar
más tarde, y que tienen su colocación lógica en estas páginas.
Es el comandante del Villarino un hombre joven,
pero avezado a las rudas tareas del mar, enérgico y duro en el caso, como
cuadra a un marino, afable y bondadoso en las circunstancias normales. No
arriesga su buque en locas aventuras, y lo cuida como si fuera una persona
amada. Así fue con la Usuhaia, cuyo comando tuvo antes, y en cuyo puente navegó
decenas de veces por los canales fueguinos, los estrechos de Lemaire y
Magallanes y las abruptas costas de la Isla de los Estados.
Y lo acompañan hombres de provecho y de fibra: el
segundo, teniente de fragata don Eduardo Méndez, de raza de marinos, siempre en
su puesto; los pilotos Carbonetti y Fábregas, que andarían por el sur con los
ojos cerrados; el contramaestre Bautista, piloto de la marina mercante
italiana; los comisarios Martínez y García, el maquinista inglés Drummond, y
los jóvenes maquinistas argentinos educados en los grandes talleres mecánicos
ingleses, Martínez, Pereyra y Maguí, a quienes no señalo por el solo gusto de hacer
enumeración, sino porque son positivamente meritorios, como lo dirán cuantos
los hayan visto en el desempeño de sus funciones.
La dotación de oficiales del Villarino queda
completa con el Dr.
Elíseo Luque, médico de a bordo, y el farmacéutico
Lagos, ambos argentinos, y excelentes compañeros, prontos a acudir donde sus
auxilios fueran necesarios. El Dr. Luque, en su continuo trato con los
pasajeros, y por su carácter suave e igual, se captó las simpatías de todos
desde el primer momento.
A éstos y a los demás huéspedes del transporte,
conocí de vista aquella interminable tarde; luego vino la familiaridad de a
bordo, que nos dio lugar de conocernos más a fondo, y me permite hacer ahora
estos apuntes, no tan triviales como podría parecer.
En efecto, el Villarino conducía a su bordo
comisionados científicos, ocupados de la demarcación de límites con Chile, al
encargado de resolver el problema de la comunicación telegráfica con el extremo
sur de la República, una comisión de mensura de los terrenos de la Tierra del
Fuego, pioneers y nuevos pobladores para las costas patagónicas, toda gente
útil que, ya enviada por el Gobierno, ya lanzándose a buscar mayor campo de
acción a su actividad, contribuyen en este momento a dar impulso a esas tierras,
que poco a poco van saliendo del misterio en que las envolvía maliciosamente la
especulación, y mostrando que ellas también son productivas y generosas con los
que las trabajan...
Cuando cerró completamente la noche, después de
comer, el transporte pudo zafar del banco en que había varado, y salir al
canal, arrastrado por un remolcador. La noche estaba tranquila, tibia y muy
obscura; las aguas del río, casi inmóviles, parecían do tinta, y a lo lejos, al
este, en la rada exterior, al ras del horizonte, titilaban como estrellas las
luces de los buques anclados presentando la proa a la marea.
Marchábamos hacia uno de esos barcos, el Santa
Cruz, del que teníamos que recoger el piloto Fábregas. Pero ¿dónde estaba el
Santa Cruz? Lo anduvimos buscando largo rato, de aquí para allá, como si
jugáramos a las esquinitas, y naturalmente, sin dar con él. Por fin, el
comandante resolvió fondear hasta la madrugada, como se hizo, y los pasajeros
se lanzaron en procura de sus camas.
Pobres camas las de muchos, que tuvieron que dormir
sobre y bajo la mesa del comedor, en un ambiente que podía cortarse con
cuchillo; hubo un desbande hacia la cubierta, ya ocupada por varios, y
envueltos en ponchos y mantas, sin almohada, durmieron al sereno unos veinte
pasajeros de primera; los de segunda llenaban la proa, en un tendal que no
permitía mover el pie sin riesgo de aplastar a alguno. El hacinamiento de gente
hacía insoportable la permanencia abajo, aunque no hiciera mucho calor.
Allá al oeste, en la noche obscura, Buenos Aires
nos aparecía como una línea recta de luces brillantes, que rielaban en las
aguas; nada más -el resto estaba sumergido en la sombra.
...Cuando desperté sobre cubierta, con la ropa
humedecida por el rocío, amanecía ya, el transporte se ponía en marcha, y la
ciudad se esfumaba entre la niebla matutina, mientras que al este se abría un
horizonte inmenso de agua cenicienta en que a trechos se reflejaban las
pinceladas rojizas de las nubes, las manchas de azul, claro del cielo, y uno
que otro caprichoso toque blanco, anaranjado o violeta.
El río estaba en calma, rizado apenas, y
deslizándose por su superficie el Villarino nos alejaba de la capital, de la
que quedábamos incomunicados desde aquel momento...
Nos detuvimos frente al Santa Cruz, que desprendió
un bote llevando al piloto Fábregas, y apenas estuvo a bordo, el gallardo
transporte echó a andar con una velocidad de diez millas por hora. La alegría
renació; terminaba la espera larga y melancólica, más angustiosa que la partida
misma. Pero no podíamos revolvernos a bordo, y andábamos dándonos involuntarios
empellones unos a otros.
-¡Oh!, ¡ya terminará esto! -afirmaba uno.
-¿Cuándo? ¿En el Chubut?
-No, mucho antes; apenas entremos en el mar. Verá
usted qué holgados quedamos, gracias al mareo...
Y así sucedió, en efecto, en cuanto la proa del
Villarino comenzó aquella tarde a cortar las aguas del Atlántico.
- II -
Alta mar
Pedro Sarmiento de Gamboa, el intrépido navegante
español que en 1579 visitó el estrecho de Magallanes, y que legó su nombre a
una de las montañas más altas de la Tierra del Fuego -el monte Sarmiento, casi
continuamente envuelto en pesadas nubes- decía en la Relación de su viaje,
refiriéndose a los temibles mares del sur:
«Y todo se excusara si los que por aquí antes
pasaron hubieran sido deligentes en hacer derroteros y avisar con buenas
figuras y descripciones ciertas, porque las que hicieron que hasta agora hay y
andan vulgarmente, son perjudiciales, dañosas, que harán peligrar a mil Armadas
si se rigen por ellas, y harán desconfiar a los muy animosos y constantes
Descubridores, no procurando hacer otra diligencia».
De entonces acá las cosas han variado mucho, los
viajes de estudio se han sucedido casi sin interrupción, se han llevado a cabo
grandes exploraciones, y los relevamientos de la Beagle y la Romanche y el
derrotero de Fitz-Roy, permiten a los navegantes recorrer la costa patagónica,
cruzar el estrecho de Magallanes y avanzar hacia el sur con toda la seguridad
posible en mares libres que, desde el polo, van a tropezar allí con los
primeros obstáculos, con la primera valla opuesta a su empuje formidable.
Las cartas del Almirantazgo, acopio de los datos
obtenidos en siglos enteros de navegación, olvidan todavía algún islote, alguna
bahía, algún escollo, algún relieve de la costa; pero son, sin embargo, de
mucha exactitud, y guían con seguridad al buen marino. Mas no por eso dejan de
ocurrir naufragios, que muchas veces -como se verá más tarde- obedecen a
diversas causas ya impericia, ya negocio -que podrían ser evitadas, como se
verá también que la tremenda fama que rodea, por ejemplo a la inhospitalaria
Isla de los Estados, es algo teatral y ficticia, en cuanto a los barcos de
vapor se refiero, aunque aquel peñón sea realmente una amenaza terrible para
los buques de vela.
Por el estrecho de Magallanes pasan al año cientos
de buques de gran porte, y los siniestros son relativamente escasos gracias al
mayor conocimiento de aquellos parajes, sus abrigos etc.; se ha realizado ya,
en efecto, el deseo de Sarmiento de Gamboa, no por parte de los españoles, ni
de los habitantes de la América del Sur, sino, sobre todo, por ingleses y
franceses que han dejado su indeleble huella en las costas patagónicas y
fueguinas.
Tanto es así, que, recorriendo rápidamente el mapa,
me encuentro con los siguientes nombres geográficos: Adam, Albermaile, Aymond,
Back, Barnewelt, Barren, Beagle, Beauchène, Beaver, Berkley, Bird, Bleaker,
Blosom, Brisbane, Bougainville, Bull, Buygle, Byron, Calinford, Camerons,
Charmate, Choiseul, Colnet, Cook, Cooper, Coy Inlet, Croosley, Dampier, Deceit,
Dotiglas, Driftwood, Dungeness, Edgar, Spinozza, Fairweather, Falkland,
Fallows, Fur, Fitz-Roy, Flinders, Fourneaux, Foul, Fox, Franklin, Gay, Grey, Hall,
Harriet, Hatily, Herschel, Ilidden, Hope, Katterfeld, Kendall, Lively, Madryn,
Meredick, Middle, Moody, Murphy, Murray, Musters, Nassau, Oglander, Oxford,
Parry, Pebble, Pembroke, Picton, Pleasant, Purvis, Spencer, Tomasin, Vancouver,
Watchman, Webster, Weddel, Winter, Wollaston... todos de más o menos difícil
pronunciación para lengua y labios latinos.
Algunos de estos puntos habían sido bautizados ya
por los españoles; pero rebautizados por los ingleses, su segundo nombre ha
prevalecido al fin, por ser el que figura en las cartas del Almirantazgo, de
tal modo que en un país de habla española, la nomenclatura geográfica es casi
exclusivamente inglesa, aunque no sean los ingleses los primeros que han
descubierto y descripto muchos de esos parajes. Esta cuestión, nimia al
parecer, preocupará sin duda más tarde a nuestros geógrafos, pues si bien es
cierto que los descubridores tienen derecho de bautismo de las tierras que
exploran, esa abundancia de nombres exóticos no dejará de presentar
dificultades cuando la población aumente, porque los corromperá, como ha
ocurrido con Camerons Bay, que hoy se llama bahía Camarones, y con tantos
otros.
Pero con esos u otros nombres, el extremo sur de la
República va progresando con mayor rapidez de lo que generalmente se cree; sus
campos se pueblan de ovejas llevadas de las Malvinas, en sus puertos se
levantan edificios que muchas veces no bastan al número de sus habitantes, las
estancias avanzan su conquista hacia el interior, nacen algunas industrias,
resuenan en sus bosques los golpes del hacha y los chirridos de la sierra,
navegan en sus aguas numerosos barcos de poco tonelaje, los vapores de la P. S.
N. C. y del Kosmos, etcétera, pasan casi diariamente a lo largo de sus costas,
y si un gobierno progresista y bien inspirado se propusiera darles nuevo
impulso, veríamos en pocos años surgir en aquellas comarcas aún solitarias otro
emporio de civilización, cuna de una de esas razas fuertes y dominadoras de las
zonas frías...
Y este transporte en que vamos navegando ya en
pleno Atlántico, es el símbolo de lo que el Gobierno se ha limitado a hacer por
la Patagonia, creyéndolo suficiente, y aun demasiado, cuando no basta para las
necesidades de hoy, y no acusa la más vaga visión del porvenir. Aquí vamos,
rolando y cabeceando a merced de la ola mansa, amontonados, casi estibados, los
pasajeros que no cabríamos con comodidad en un vapor de doble tamaño. Además,
las bodegas del Villarino, aproado por el enorme peso, van atestadas de carbón,
porque como en el sur no hay depósitos argentinos sino de aparato (de Chile los
hay en Punta Arenas, Coronel, etc.), está obligado a llevar combustible para la
ida y la vuelta, y la carga particular se queda en la dársena, pese a las
protestas y lamentos de hacendados y comerciantes del sur... ¡Y dicen que esta
línea de transportes que hace un viaje al mes, tiene por objeto fomentar el
desarrollo de aquellas regiones!
Hay que oír a los mismos que vienen a bordo. El
Villarino sólo ha dispuesto de una capacidad de trescientas toneladas para
carga. La mayor parte de las mercaderías que se esperan ansiosamente en Chubut,
Santa Cruz y Tierra del Fuego, no ha podido ser embarcada. Los frutos del país
que aguardan allá quien los lleve al mercado, quedarán en los puertos otro y
otro mes, porque lo mismo ocurre en todos los viajes, especialmente durante el
verano, y el 1.º de mayo no puede hacer mucho más que el Villarino.
-Ya verá usted en cada puerto, los bultos tirados
en la playa, a la intemperie. Ya oirá usted los ruegos y las lamentaciones de
los comerciantes. Ya se convencerá con la evidencia de que el Gobierno, con
tanto aparato, no hace nada por nosotros.
-Nada es mucho decir -repliqué-. Los transportes
llevan y traen algo, al fin y al cabo.
-Sí, traen y llevan esperanzas, que así como nacen
mueren -contestó el comerciante con quien hablaba-. ¿Qué hacemos con mandar a
Buenos Aires una pequeña parte de nuestros productos y con traer al sur unos
pocos cajones de mercaderías? Vegetar esperando tiempos mejores, o dar
extemporáneo impulso a nuestros negocios y correr a la ruina... Gracias a que
Punta Arenas...
-¿Punta Arenas se está haciendo mercado?
-Ya lo es, señor, y de gran socorro para la gente
del sur... Algunas de sus casas de comercio tienen sucursales en Río Gallegos,
en Santa Cruz, y si usted observa, verá hasta en Madryn artículos procedentes
de ese puerto chileno, que van desalojando a los argentinos.
La observación es exacta. Chile, más hábil que
nosotros, ha dado tanta franquicia a la colonia de Magallanes, que su
preponderancia sobre todas las poblaciones patagónicas y fueguinas es
innegable. Además, sólo allí hacen escala los vapores del Pacífico y del
Kosmos, lo que le procura nuevos y poderosos elementos de progreso, Buques
pequeños de cabotaje, algo piratas, algo contrabandistas, se lanzan desde allí,
unas veces a la pesca del lobo de dos pelos, otras al salvataje de los buques
náufragos, y otras por fin, a vender mercaderías en los puertos argentinos, y
fletarse en ellos para conducirlos frutos del país, ya a Buenos Aires, ya al
mismo Punta Arenas.
Esto no puede contrarrestarse con transportes que
llevan muy poca carga, que hacen viajes larguísimos, y que no tocan en todos
los puntos en que se les necesita. Así, por ejemplo, el itinerario del
Villarino, a la ida, era: Puerto Madryn, Santa Cruz, Gallegos, Punta Arenas,
Usuhaia, Lapataia e Isla de los Estados, dejando en blanco a Camarones,
Deseado, San Julián, y toda la costa este de Tierra del Fuego. En San Julián
tocan muy rara vez, y si el Villarino lo ha visitado al regreso, es porque
tenía que desembarcar postes para la línea telegráfica militar.
Sería menester, si realmente se desea fomentar el
sur de la República, o bien aumentar el número y la capacidad de los
transportes nacionales, lo que produciría gastos enormes al Gobierno, o bien
subvencionar una línea de vapores, interviniendo en sus tarifas de carga y
pasajeros. Ya se han hecho propuestas en este último sentido, algunas bastantes
convenientes según se me dice, y velando por los intereses comunes se podría
licitar la concesión, para darla a la empresa que, ofreciendo más ventajas, se
contentara con menos.
Los vapores particulares se cuidarían mucho de no
dejar cargas abandonadas en los puertos y de procurar ciertas comodidades a los
pasajeros; sobre todo acondicionarían mejor lo que llevaran, los comerciantes
podrían asegurar sus mercaderías (1), y la frecuencia de sus viajes estaría en
razón directa con las necesidades de la población.
Por ahora, y tal como están las cosas, el servicio
de la navegación del sur es insuficiente y hasta irritante, como que no es para
todos por igual, y da margen a preferencias y favoritismos que siembran el
descontento en cada escala que los buques hacen, aunque sus capitanes se
esfuercen por satisfacer al mayor número.
Del Chubut, por ejemplo, poco se envía por los
transportes. Una tarde, un oficial de marina hablaba de ello con un comerciante
de aquel territorio, muy cerca de un caballero inglés, absorto en la lectura de
su diario, y decía no sin cierta acrimonia:
-Yo no sé por qué estos ingleses no quieren cargar
en los transportes. Ahí tienen una cantidad de lana y no la mandan. Eso es sólo
una demostración de animosidad...
El inglés que leía el diario, y que parecía no
escuchar la conversación, alzó la cabeza y dijo lentamente:
-¿Mi permite, sin-nior? Nou hay animousidad. Pero
nosoutres no quiere que lana vaya sucio a Buenos Aires...
Muchas veces ha sucedido, en efecto, que los
transportes han cargado lana y cereales en las mismas bodegas en que llevaban a
Buenos Aires madera fresca y húmeda, que ensuciaba las bolsas, hacía arder esos
productos y deterioraba, en suma, los cargamentos. Los productores prefieren
entonces servirse de los buques de vela, pues aunque el viaje sea más largo,
tienen la seguridad de que no perderán el fruto de su trabajo.
No basta con que las tarifas sean reducidas, es
necesario también que el servicio se haga como si fueran altas; de otro modo,
la protección que el Gobierno preste a las avanzadas del sur, será sólo de
aparato, y la desdeñarán cuantos vean sus efectos contraproducentes, como está
sucediendo ahora.
El comandante Murúa comprende estas necesidades,
pero no tiene en su mano el remedio, ni lo está en la del Gobierno mismo, si no
aumenta el número de los transportes, en lugar de disminuirlo como lo acaba de
hacer quitando el Santa Cruz de esta carrera, para mandarlo a Europa, aunque
ese transporte fuera, por su capacidad, el más adecuado para traer y llevar
cargas del sur. Pero ahí está el Tiempo, buque de cuatro mil toneladas, que
puede ponerse en estado de hacer esta navegación, y que urge dedicar a ella en
reemplazo del Santa Cruz, si no se quiere ver perdida toda la enorme cantidad
de carga tirada hoy a lo largo de la costa patagónica...
...Seguían, entretanto, los días hermosos, y el mar
se mostraba con nosotros de ura benignidad cariñosa. El Villarino, que rola y
cabecea a la primera agitación, se mecía blandamente sobre las aguas verdosas,
que por la tarde tomaban reflejos de acero. Ni un buque a la vista; nada más
que la inmensidad del horizonte, que nos rodeaba como un circulo cuyo centro
fuera el barco. De vez en cuando avistábamos tierra, ya las altas balizas del
puerto de la Plata, ya la costa arbolada de la Magdalena -el 13 por la tarde,
el faro flotante de Punta de Indio, y la costa a lo lejos, al oeste-, ya la
Punta Médanos.
La mayor parte de los pasajeros se había mareado, a
pesar del poco movimiento del buque, y permanecía en sus camarotes, dejándonos
cierta holgura relativa. ¡Ah, qué incómodo viaje! ¡Qué hacinamiento, cuánto
miasma de la proa a la popa, exhalado por tanto animal y por tanta gente
estibada en reducidísimo espacio, y por añadidura enferma de mareo...
Porque el contagio cundía, a causa de la atmósfera,
pesada a pesar de que el barco estuviera en movimiento, cruzada a veces por
efluvios amoniacales, inevitables en aquella aglomeración de personas no muy
amantes de la higiene en su mayoría...
Pasábamos el día entero sobre cubierta,
conversando, leyendo, tomando mate y fumando cigarro tras cigarro para pasar el
tiempo. Un enervamiento cada vez más pronunciado invadía a todos, especialmente
a ciertas horas, cuando el sol cala a plomo sobre la tolda y la brisa calmaba
hasta el punto de no hinchar las mangueras de ventilación.
No faltaba lo que nunca falta a bordo: las quejas
de los pasajeros por la comida. Pero esta vez no sin fundamento, porque la
grasa patria, los huevos asentados y los guisos imposibles hacían estragos en
los estómagos más fuertes. Hasta el asado solía oler a sebo rancio, y los
dulces de la intendencia sabían a jabón. Y eso que en este viaje, y con
autorización de la superioridad, había un suplemento de cincuenta centavos
diarios por pasajero. ¡Qué sería antes!...
Mi buena suerte quiso que el comandante Murúa me
invitara a ser comensal de su mesa, a la que se sentaban el Dr. Moreno, el
coronel Suárez, el comandante Funes, el doctor Luque, y en la que brillaron las
sopas instantáneas Maggi que llevara el perito argentino para su expedición, el
caldo concentrado, y sobre todo esa preciosa salsa, ese condimento impagable y
no accesible a todos, que se llama buen humor. En la pequeña cámara, en que el
principal asunto de conversación era el territorio que íbamos a recorrer en
distintas direcciones, no faltaba tampoco la nota amena, como la frase
admirable del coronel Suárez, a quien uno de nosotros preguntó, cuando volvía
de proa:
-¿Y usted no se marea, coronel?
-¡Qué me he de marear, amigo, en viendo carne
colgada! -exclamó el viejo militar, que acababa de examinar los cuartos de vaca
pendientes en las jarcias de trinquete.
Al pasar por Monte Hermoso, alguien me hizo
observar que no se veía luz. Ese faro no funciona, en efecto, por consejo del
inspector de faros, y a pesar de que el gasto fuera insignificante: un hombre
con cuarenta pesos de sueldo, y un litro de aceite diario. El telégrafo que lo
ponía en comunicación con Bahía Blanca está suspendido también.
- III -
Toninas y medusas
El 16 de febrero a primera hora, entramos en Golfo
Nuevo, después de tres días de navegación feliz. Bahía Nueva lo llamaba Fitz
Roy, y parece un Limenso lago circular, rodeado de altas colinas de piedra. En
sus aguas mansas vagan las medusas, como grandes y móviles flores acuáticas
diversamente coloreadas por la luz, ya, con sus filamentos semejando raíces,
hacia el fondo del mar, ya hacia la superficie, cual si fueran los tallos de
una planta brotada en extraña maceta.
Aquella tarde sobre todo rodeaban a millares el
casco del Villarino, y se las veía hasta una profundidad de varios metros,
gracias a la limpidez del agua. Algo atraía indudablemente a aquellos cuerpos
gelatinosos, que fuera de su elemento se deshacen y derriten, casi sin dejar
rastro, y que fluctúan en él, cambian de forma y viven con una vida
semi-vegetal, como hongos dotados de movimiento.
El día antes habíamos visto las primeras toninas.
Vinieron de lejos, sobre las olas, a correr
carreras con el Villarino, y a juguetear en torno de él. Unas hendían el mar
delante de la proa, como si arrastraran el barco; otras se entregaban a un
extraordinario steeple-chiase, corriendo en filas de a tres, de a cuatro en
fondo, con las aletas y parte del lomo fuera del agua, y saltando de cresta en
cresta, como acróbatas de extraordinaria elasticidad. No se fatigaban. De
pronto, aburridas, forzaban la marcha, y no tardaban en desaparecer a lo lejos,
en la misma dirección del buque. A veces se entretenían en dar la vuelta
alrededor, para ocupar de nuevo su lugar a proa, entre la espuma de la
rompiente.
Esas toninas, que el Dr. Vinciguerra, de la
expedición Bove, señaló como Delphino Civilitatus, es la tursio obs., blanca y
negra, que describió el Dr. Moreno en su «Viaje a la Patagonia Austral», y que
son más grandes que las comunes.
¿Qué buscan esos curiosos animales? Los
desperdicios del barco no ha de ser, pues basta que se arroje al agua un objeto
cualquiera -según me dicen- para que huyan despavoridos. Yo no quise hacer el
experimento por no verme privado de tan alegres compañeros de viaje, pero algo
exagerada debe ser la afirmación, porque algunos pasajeros les hicieron tiros
de fusil, sin que se dieran por aludidos. Verdad es también que nadie pudo
jurar que hubiera dado en el blanco.
Acompañados, pues, por las toninas primero, y por
las lentas medusas más tarde, fuimos a anclar en el fondo de Golfo Nuevo, en el
Puerto Madryn, cabecera del ferrocarril del Chubut y puerto principal del
territorio, que presentaba a nuestra vista un aspecto desolado, con sus altos
médanos apenas cubiertos aquí y allá por una vegetación achaparrada y pobre,
con su puñado de casas diseminadas en la playa, como simples avanzadas de las
otras poblaciones del interior.
Desembarcamos por el muelle del ferrocarril, en que
había un solo vagón de pasajeros, y que se utiliza para la carga y descarga de
mercaderías. La vía, que arranca de allí, va trazando una curva hasta la
estación situad a la izquierda, al pie de las colinas arenosas que cierran el
horizonte, y en torno de la cual se ha formado un pueblito con las casillas de
los empleados de la empresa.
En la misma playa, casi al alcance de las olas, se
levanta la subprefectura, viejo armatoste de madera que se mueve como un barco
a cada golpe de viento, Y por cuyas rendijas sopla y silba el aire, que hace
redoblar el hierro de canaleta del techo.
Más lejos, a la derecha, se ve el único edificio de
material, del señor Pedro Derbes, progresista vecino que se propone ahora
construir un hotel, o por lo menos una casa que dé abrigo a los pasajeros que
aguardan -a veces varios días- el tren que ha de conducirlos al interior. Para
ello ha tenido que hacer no pocos esfuerzos: procurarse agua dulce para el
barro, improvisar el horno y vencer dificultades de todo género. Pero ya se
alza su cómoda casa sobre un montículo, cerca de la ola, y alrededor de ella están
las pilas del excelente ladrillo que ha de servirle para construir su hotel.
En la pared de la subprefectura y bajo el alero,
como tina prohibición y una amenaza, brilla una gran chapa de bronce en la que
se lee grabado el siguiente:
AVISO
DE AQUÍ HASTA CHUBUT HAY 51 MILLAS SIN AGUA.
D'ICI JUSQU'À LA COLONIE CHUBUT IL Y A 51 MILLES
SANS EAU.
THE DISTANCE FROM HERE TO THE CHUBUT'S COLONY IS 51
MILES WITHOUT WATER.
VON HIER BIS ZUR KOLONIE CHUBUT SIND 51 MEILEN OHNE
WASSER.
DA CUI ALLA COLONIA CHUBUT VI SONO 51 MIGLIE SENZA
ACQUA.
D'AQI HATE A COLONIA CHUBUT HA 51 MILHAS SEIN AGUA.
Y esta frase, que no invita ni mucho menos a
internarse en aquellas regiones, está repetida en todos esos idiomas, para que
nadie ignore la larga travesía que tendría que hacer en medio del mayor
desamparo. Pero lo más curioso del caso es que el letrero estaba antes mucho
más lejos, millas y millas más al este, repitiéndose así el hecho aquel de la
piedra que señalaba la altura de las aguas en una inundación, y colocada luego
más arriba porque la apedreaban los muchachos.
¡Agua! No la hay tampoco en Puerto Madryn, si no es
la que se recoge de las escasas lluvias, y la que lleva el tren, desde Trelew,
a diez pesos moneda nacional la tonelada.
Pero el tren no va al puerto sino cada quince o
veinte días, y hay que economizar el agua como si fuera oro en pano. Y aun así,
los vecinos de la playa dependen de la buena voluntad de los señores del
ferrocarril Central del Chubut, que tal es su nombre, y muchas veces tienen que
ponerse a ración para no quedarse sin tener qué beber.
-¡Señor! -me decía con bastante gracia un vecino de
aquella estéril playa-, si cuando el agua se va acabando, uno tiene que ir al
teléfono de la compañía y preguntar a Trelew, cómo ha de manejarse en la
cocina. Y por las mañanas, el cocinero viene a pedir órdenes:
-¿Puedo hacer café?
-No.
-Y puchero, ¿se hace?
-No. Haga asado no más.
...«Nuestra vida es así, y a cada instante vamos a
hacer una visita a los barriles, para cerciorarnos de si disminuye el nivel».
No extrañará, pues, un curioso edicto de la
subprefectura, curioso por el fondo y por la forma, que dice como sigue:
SUBPREFECTURA DE PUERTO MADRYN.
En atención a las razones que expone el vecino de
esta localidad señor Pedro Derbes ante esta subprefectura a falta de otra
autoridad, se avisa al público:
Queda terminantemente prohibido arrojar basuras de
ninguna clase, tachos, aguas sucias ni objeto alguno en la laguna que dicho
señor Derbes posee a los fondos de las casas de la Compañía del ferrocarril
Central del Chubut.
A cualquiera que contraviniere esta disposición se
le obligará a extraer lo que hubiese arrojado, y se le pedirán daños y
perjuicios, a más de las acciones criminales a que se hiciese acreedor por la
descomposición de un artículo de primera necesidad, cual es el agua, que
pudiera ocasionar en perjuicio de la salud del público.
Puerto Madryn, Enero 22 de 1898.
EL SUBPREFECTO.
Este extraño documento era digno de transcribirse,
como muestra de literatura oficial, como prueba de que el agua se estima en
Madryn al par del vino o más, y como manifestación clara de que también en la
Patagonia hay mal intencionados.
La laguna a que el documento se refiere, y que el
señor Derbes ha puesto en buenas condiciones, pertenece al ferrocarril, que la
arrienda, y se forma con el agua de las lluvias, en una hondonada natural. Pero
con los grandes calores se seca por la evaporación, y por la porosidad del
suelo que sería necesario revestir de material duro e impermeable. Si eso se
hiciera, Madryn contaría con un precioso suplemento de agua dulce, y no tendría
que depender tan en absoluto del ferrocarril, que a menudo no la lleva sino
cuando es necesaria en la aldea de sus empleados.
Sin embargo, mucha culpa tienen los habitantes de
la escasez que sufren, pues me consta que hasta en los médanos hay agua, aunque
algo salobre, buena y abundante, que para ofrecerse al sediento sólo exige un
poco de trabajo, rudo pero premiado siempre.
El mismo señor Derbes ha hecho en ellos un jagüel
que da de beber a quinientas vacas. En noviembre y diciembre del año pasado,
cuando la escuadra de maniobras estacionó en Madryn, en el mismo jagüel se
abrevaron seiscientos animales destinados al aprovisionamiento de los buques.
El químico señor Puiggari ha analizado esas aguas,
declarándolas aptas para la alimentación, pero parece que este examen no ha
sido todo lo minucioso que fuera de desear. Sin embargo, el uso ha demostrado
que están lejos de ser nocivas.
Las vertientes de los pozos que allí se excavan, se
hallan por regla general a una profundidad de treinta y cinco metros, y suelen
dar hasta once metros de agua, según Derbes me ha asegurado.
Poco costaría, pues, a los particulares procurarse
un elemento de tan imprescindible necesidad, y el mismo Gobierno nacional
debería preocuparse de ensayar los pozos semi-surgentes, aunque sólo fuera para
dar aguada a sus buques, considerando que Golfo Nuevo es un puerto militar
natural, de fácil defensa, muy resguardado, y en una posición estratégica
excelente e indiscutiblemente mejor que la de Puerto Belgrano, que está a más
de cincuenta millas de la verdadera costa del Atlántico, mientras que el golfo,
cerrado como un inmenso lago, sin más que una pequeña entrada frente a la Punta
de las Ninfas, es un verdadero centinela avanzado sobre el Atlántico del Sur.
Allí la escuadra tiene seguros fondeaderos y
abastecimientos abundantes: puede defenderse y hasta clausurarse sin gran
esfuerzo, como también vigilar el mar en una zona inmensa, y reparar averías en
plena seguridad, en aguas tan tranquilas, que son el nido plácido de las
medusas.
Alrededor del golfo existen hoy 35.000 ovejas de la
cría Lincoln de Malvinas y 12.000 vacas, y de 1500 a 2000 cabezas de ganado
yeguarizo.
Abunda la pesca, no faltan ni guanacos ni
avestruces, mucho más comestibles que el durísimo ñandú de la provincia de
Buenos Aires. Aunque de tan desolado aspecto, aquellas tierras tienen mata
negra, que comen, cuando tierna, los animales, la jarilla (larrea divaricata),
el piquillín (condolia microphylla), el algarrobo (prosopis), el incienso o
molle morado, el jume y el quebrachillo.
Madryn no es el único puerto que se utilice hoy en
Golfo Nuevo: tiene también el de Pirámides, con agua abundante y buena, y el de
Crackes-Bay (ambos visitados por mí más tarde), donde está el gran galpón de la
pesquería de Eyroa y Compañía y existe un pozo hecho por don Pedro Derbes.
Ese establecimiento de pesca ha fracasado, según
parece, a pesar de que abunden en el golfo excelentes clases de pescado, sin
duda porque éstos no han sido preparados según las reglas del arte, encontrando
por esa causa reacio primero y esquivo después, el poco fácil mercado de Buenos
Aires. Cuando pasamos por Crackes-Bay -donde fondeamos toda una noche, porque
el océano embravecido no estaba para bromas- la fábrica se hallaba silenciosa y
muerta, sin más habitantes que los dos hombres encargados de cuidar que no se
derrumbe. ¿Volverá a funcionar? ¡Quién sabe! Pero es extraño que estas industrias
desaparezcan, cuando se creerían llamadas a un éxito semejante al de las
similares que existen y se desarrollan en Europa y hasta en nuestro mismo país.
¿Qué cosa fundamental, o qué detalles faltan? ¿El capital, la perseverancia, la
idoneidad, o simplemente el contentarse con poco en un principio?... De todo
hay sin duda, y lo habrá por muchos años, hasta que la escasez de medios más
fáciles de ganarse el sustento y hacer fortuna, haga dar a esos, hoy
desdeñados, todo el valor que realmente tienen: no se abandonará entonces la
tarea al primer fracaso, sino que se buscarán perfeccionamientos, se estudiará,
se trabajará con ahínco y se triunfará por fin.
Madryn, entretanto, no prosperará en mucho tiempo,
por lo estéril de su suelo, la escasez de agua y el acaparamiento que de la
tierra hace la empresa del Ferrocarril Central del Chubut, ya sea en previsión
de ensanches futuros de sus dependencias, ya con miras especulativas. Ese
ensanche se hará, en efecto, imprescindible, por poco que se desarrolle la
colonia galense, pues faltan depósitos para frutos del país y mercaderías
generales; el muelle sólo puede considerarse como un simple proyecto, y lo demás
está en relación. En cuanto a la valorización de la tierra en la playa, no
puede dudarse de que vendrá. Hoy por hoy un vecino me informa que la Compañía
Mercantil de Chubut, dueña o copropietaria de la línea férrea, no ha querido
vender ni a una libra esterlina la vara cuadrada, que ya es precio respetable
en aquellas regiones. Las casas establecidas en la ribera, ocupan el terreno
reservado por el Gobierno nacional, como fiscal, en todas las costas.
Pero la Compañía no tiene inconveniente en vender
lotes de diez por quince varas a $ 100 cada uno, más allá de los 300 metros de
ribera que se ha reservado, por uno u otro motivo.
El ferrocarril, que se estableció en época en que
ni Madryn ni el Chubut entero valían nada, obtuvo en concesión una legua a cada
lado de la vía; pero hay que tener en cuenta que la mayor parte de su recorrido
cruza el desierto sin agua anunciado por la inscripción dantesca de la chapa de
bronce, y que la tierra vale necesariamente poco por allí. En cambio, tenía
algunas obligaciones, entre ellas, según creo, la de hacer varios viajes por
semana -uno o dos- y seguramente la de dar al Gobierno, o a su delegado la
Dirección general de Ferrocarriles, intervención en sus tarifas.
No sé hasta qué punto se cumple con esas
condiciones; pero me consta que la llegada de un tren a Madryn es un verdadero
acontecimiento que se apunta en el calendario, y en cuanto a la tarifa, sé que
desde Trelew a dicho puerto, o sea 70 kilómetros de recorrido, la empresa cobra
$ 11,50 por tonelada a todos los vecinos que no pertenezcan a la Compañía
Mercantil del Chubut, cuyos miembros pagan sólo $ 9 por el mismo peso e igual
trayecto.
Hay que observar que el flete desde Madryn hasta el
puerto de Buenos Aires, es de $ 8 la tonelada, y sacar las conclusiones a que
esto invita, cuando entre ambos trayectos media una diferencia de mucho más de
1000 kilómetros...
El movimiento de Puerto Madryn es tan escaso, que
desde noviembre de 1897 a marzo de 1898 sólo entró en él un buque de ultramar,
la Annie Morgan, con cargamento general para la colonia; regresó a Inglaterra
cargada de ese trigo del Chubut, que tiene fama de ser de lo mejor que produce
nuestro país.
El que va a Buenos Aires, ya lo he dicho, se
embarca generalmente en pequeñas goletas, y rara vez en los transportes
nacionales...
Todo aquel día anduve en procura de informes y con
grandes deseos de ir a Hawson, para darme exacta cuenta de su importancia. El
comisario Martínez se disponía a acompañarme, porque el Villarino iba a
retardarse un poco para hacer carne fresca, pero tuvimos que renunciar, pues el
tren no apareció.
-Así hubiera llegado algún buque inglés en lugar
del transporte...
¡Ya estaría acá! -nos dijo un vecino.
Entretanto, paseábamos por aquel esbozo de pueblo,
si pasear puede llamarse al hecho de andar de un lado a otro azotados por el
viento furioso, cargado de arena y hasta de piedrecitas, que nos cegaba y nos
golpeaba el rostro.
Ya desde Madryn comienza a notarse esa
característica del clima patagónico.
Diríase que un genio celoso, el mismo que ha
trabajado tanto para que no se poblaran aquellas regiones, quiere castigar
todavía a los que en ellas ponen el pie, y se entretiene en molestarlos y
burlarlos. Pero ha perdido la ocasión: ya se ha descorrido el velo que nos
ocultaba la Patagonia, y nada podrá detener ahora su rápida población y su
progreso continuo.
Sin embargo, los vendavales que soplan suelen hacer
volar los techos de las casillas, por más que éstas se construyan tratando de
dar el menor asidero posible a las rabiosas rachas que corren desde los Andes
tratando de arrasarlo todo. Hace poco volaron así varias chapas del techo de la
Subprefectura, edificio que, por otra parte, exige una seria reparación, o
mejor dicho, una reconstrucción completa.
El subprefecto, capitán de fragata don Francisco de
la Cruz, me hizo visitar las oficinas y sus dependencias, cuyas paredes ha
tenido que remendar con tablas de cajones viejos, por carecer completamente de
otro material. No hay que extrañarlo, sin embargo, porque toda la repartición
se halla en un estado de desnudez muy cercano a la miseria, sin mueblaje, con
un solo bote viejo, y sin esperanza de que la superioridad se acuerde de
dotarla de lo indispensable. Porque pocos de los que viven en Buenos Aires recuerdan
que no todas son flores para los que habitan al sur del Río Negro.
En estas andanzas había llegado la hora de comer;
no había que esperar hacerlo en tierra, y lo prudente era tomar un bote o irnos
al Villarino, que se mecía gallardo en las aguas apenas rizadas por el viento,
mientras que fuera del golfo la marejada levantarla sin duda verdes montañas
orladas de espuma.
En torno del barco vagaban lentas las medusas,
opacas y blanquecinas a la luz del crepúsculo, como informes fantasmas. Las
toninas nos aguardaban vigilantes a la salida, para acompañarnos en
desenfrenada y brincadora carrera, y entretanto, la campana de a bordo repicaba
su alegre llamado a la mesa. Se había acabado momentáneamente el mareo, y el
comedor estaba animadísimo, aunque hubieran desembarcado muchos pasajeros, y
entre ellos las tres hermanas de caridad, la directora de la escuela mixta de
Hawson, etc., etc.
El señor Diego González Victorica se hallaba aún a
bordo, después de haber hecho desembarcarla lancha Tornycroft, encajonada, sus
provisiones, sus víveres y el personal subalterno, compuesto de dos mecánicos y
un asistente, que lo acompañarían hasta el lago Buenos Aires, donde iba a
reunirse con la octava subcomisión de límites llevándole la embarcación para
explorar aquel inmenso depósito de agua que Moreno describe así:
«El lago Buenos Aires no tiene la hermosura del
lago Nahuel-Huapí ni la del lago Fontana, pero es más imponente. El gran seno
oriental no tiene bosques; y en las morenas apenas hay pequeños matorrales;
sólo en un lago accesorio, hermosa dársena en aquel mar dulce, se distinguían
siluetas de árboles. Esa dársena se encuentra dominada por elevados cerros de
un macizo con nieve eterna, de cuyos ventisqueros nace el río Fénix...»
González Victorica se proponía hacer el trayecto de
Rawson al lago, por Choiquenlaue y el Senguer (180 leguas), en veinticinco
días, si no sobrevenía contratiempo alguno. Pensaba llevar en carros los
cajones de la lancha, si era posible, y contrataría en el Chubut la gente
estrictamente necesaria. Cuando esto escribo, ya estará sin duda en las orillas
de Buenos Aires, se habrá reunido con la subcomisión, y la Tornycroft navegará
a razón de ocho millas por hora en aquellas aguas especulares...
Tal es, por lo menos, mi deseo.
Poco después de comer se despidió, y la mayor parte
de los que quedábamos subimos a cubierta. Allí nos aguardaba un espectáculo
curioso:
se había bajado hasta cerca de la superficie del
mar una gran pantalla con cuatro lamparitas incandescentes, y en el radio
fuertemente iluminado, se movían y hormigueaban millares de peces de todos los
tamaños, las formas y los colores, atraídos por la fascinación de la luz: de
pronto se acentuaba su continuo movimiento, y una sombra grande pasaba,
devoradora, sembrando el espanto; pero no por eso se desbandaba el cardumen,
hipnotizado, atado a los brillantes rayos de las lámparas...
Y en torno, algo más lejos, las medusas boyaban
como grandes caras amarillas de ahogados.
- IV -
Los galenses
De pronto, en medio del silencio de la noche, oyose
un silbido agudo y prolongado: era el tren que llegaba de Trelew, a las once de
la noche, aunque desde la mañana se tuviera aviso del arribo del transporte.
Poco después estaban a bordo algunos vecinos
influyentes de la capital del territorio, llevados por el propósito de
conquistarse un médico...
Habían sabido que con nosotros iba uno -mister
Brodrick-, en viaje a Punta Arenas, y sin más trámite resolvieron quedarse con
él, costara lo que costara: un médico es de imprescindible necesidad en
aquellos parajes ya tan poblados, y hacía tiempo que los vecinos clamaban en
vano por él.
La delegación entró en conferencia con mister
Brodrick, que se quedó perplejo en un principio. Era tan inesperado, tan fuera
de lo ordinario lo que le ocurría, que no se animaba a resolver por sí solo. Y
comenzaron las consultas a todos los amigos de a bordo, las objeciones de un
lado, los consejos del otro, hasta que el médico inglés se declaró conquistado,
renunció a Punta Arenas, y comenzó sus preparativos de desembarco, ayudado por
la animosa Mrs. Brodick, que probablemente preferiría quedarse en nuestro país,
conociendo ya el carácter de sus habitantes, que la rodearon de simpatía y
atenciones a bordo del Villarino.
Es curioso el hecho de que un hombre que después de
maduro examen ha tomado una resolución y dado un rumbo a su vida, modifique sus
planes y vea repentinamente abrirse nuevos caminos ante él, hallando en esta
tierra ventajas tan grandes e inmediatas que quede conquistado por ella, quizás
para siempre. Cierto que hay un poco de aventura en esto, pero cierto es
también que la confianza que inspira nuestro progreso, invita a que se corra un
albur, casi con la seguridad del éxito.
-Yo irle quedo aquí, señor -me dijo mister Brodrick
M. D.- y cuando usted vuelva, tendré, gusto en saludarlo, como a los otros
compañeros de viaje, que me han hecho comprender el valor del carácter
argentino. Tiene que ser buena tierra la que tiene tales habitantes.
-¿De modo que renuncia usted decididamente a Punta
Arenas? -le pregunté.
-Decididamente, no; por ahora. Pero el ensayo me
parece digno de hacerse. Si no logro una situación soportable, claro que
reanudaré mi primer proyecto. Pero tengo la convicción de que no llegará el
caso...
Habíamos conquistado, sin preocuparnos de ello, un
nuevo e ilustrado habitante más para la Patagonia, ese ogro devorador para los
que no la conocen, esa atrayente amiga para los hombres de empresa que la han
visto una vez.
Y mientras el Dr. Brodrick se preparaba a
desembarcar, haciendo a toda prisa sus maletas, tuve tiempo de completar, o
mejor dicho, de aumentar mis informes acerca de la colonia galense del Chubut,
interrogando a los cazadores de médicos, que se pusieron a mi disposición con
toda galantería.
El territorio del Chubut tiene, como se sabe, una
extensión de 247.331 kilómetros cuadrados, y no es tan árido como se dice hasta
en libros destinados a andar en manos de los niños.
El mismo Fitz Roy habla calurosamente de sus
tierras. Dice:
«Como unas 18 millas adentro, contadas desde la
boca del río, e inclusas en esta distancia las muchas tortuosidades que lleva
su corriente, hay una localidad admirable para establecimiento de una colonia:
los terrenos tienen de veinte a treinta pies de alto cerca de la orilla, y
dominando una vista de cinco leguas hacia el norte y el oeste, e ilimitada
hacia el este, todo lo que alcanza a verse del país aparece fertilísimo: el
suelo es de color obscuro, cubierto de yerba y excelentes pastos en todas direcciones;
multitud de ganado viene a pacer en estas llanuras. Asimismo, en su parte sur
hay varias lagunas cubiertas literalmente de caza.
»Los sauces crecen con profusión a orillas del río,
y algunos llegan a adquirir tres pies de circunferencia y veinte de alto: son
de la especie del sauce colorado, cuya madera es de mucha mayor duración que la
del blanco... El tortuoso curso de este río y los excelentes terrenos que
atraviesan sus aguas, facilita el aislamiento de ciertas penínsulas y el
regadío artificial de todas ellas...
»Si sir John hubiera examinado esta localidad, no
emitiría informe tan desfavorable acerca del país en general; el autor se
admira también de que no hubiese llamado la atención de los españoles, estando
tan cerca su colonia de la península Valdés».
La colonia galense, que tanto ha prosperado, parece
haber tenido en cuenta las observaciones del navegante inglés, al establecerse
allí en 1866, lejos de los centros poblados del país, pero animada de una
voluntad y una perseverancia engendradoras de progreso y bienestar. Hoy
aquellas comarcas están definitivamente pobladas, son ya notablemente
productoras, tanto en cantidad como en calidad, y se convierten a su vez en
centro de recursos y en núcleo de lo que dentro de algunos años será la
Patagonia, que se vengará del desdén que se le ha manifestado, adelantando por
su solo esfuerzo, y a despecho de las trabas que se le ponen bajo pretexto de
protegerla.
La colonia galense produce cereales de primer orden
que obtienen excelentes precios en Europa, y que sirven de término de
comparación en nuestro país. ¡Muchas veces he oído en Santa Fe referirse a los
trigos de una y otra colonia, diciendo: «Como los del Chubut, parecidos a los
del Chubut, etc...»-, que tanto es su reconocido mérito!
Tres son los pueblos ya formados en el Chubut:
Rawson, capital del territorio, con 400 habitantes, Trelew y Gayman con 200
cada uno. En el valle de la colonia se cuentan unos 1500 habitantes, y el total
en el territorio alcanzará aproximadamente a 3800. Estos son en su mayoría
procedentes de Gales, hombres de costumbres sencillas, trabajadores, honrados
pacíficos: buen pueblo, y excelente plantel para el futuro.
Rawson, fundado el 28 de julio de 1865, es más una población
comercial y política, que un centro de sociabilidad. Abundan allí las casas de
comercio, y como es el asiento de las autoridades del territorio, no faltan las
oficinas públicas tampoco.
La acción del Gobierno llega hasta tan lejos, y
suele ser tan incómoda fuera de los grandes centros, que no es extraño observar
en estas regiones apartadas cierto alejamiento casi hostil por parte de los
pobladores y con respecto a los que los manejan, sin conocerlos muchas veces.
Pero no es indudablemente el Chubut el territorio
que más tiene que quejarse, siendo, por el contrario, uno de los más felices,
lo que se deberá sin duda y en gran parte al espíritu de solidaridad que reina
entre sus colonos, y a la fuerza que a. sus derechos da la ayuda mutua,
ejercida allí en todos los casos. Además, creo que las autoridades nombradas
por el Gobierno de la nación han sido generalmente elegidas con bastante
acierto, y si no me aventuro a afirmarlo, es por natural desconfianza y por no haberlas
observado en acción y sobre el terreno; porque, como dicen los jugadores,
«entre amigos con ver basta»... sobre todo en esto de manejo de pueblos.
Dentro de algunos años y dada su situación actual,
las fuerzas vivas que lo rodean y que van rápidamente en aumento, no seria raro
que Rawson llegara a ser un pueblo de verdadera importancia, la avanzada de la
civilización hacia el sur. Tiene elemento para ello, y lo tendrá sobrado cuando
el Chubut se incorpore prácticamente al país, uniéndose a él por medio de las
fáciles y rápidas comunicaciones que hoy le faltan. Su aislamiento llega hasta
el extremo de que, a distancia relativamente tan corta de Patagones y Viedina,
no tenga un hilo telegráfico, que sólo va a poseer porque ha cuadrado la
circunstancia de que ello sea necesario para la organización militar del país.
De este abandono se vengan sin pensar en ello nuestros territorios, cuyos
habitantes mandan sus productos allí donde se le ofrecen mayores facilidades, y
permanecen ajenos a la nación.
Ya veremos esto muy acentuadamente más tarde,
cuando avancemos hacia el sur.
Pero, si bien en otros territorios se nota con
mayor intensidad esta especie de separación en lo que atañe a los intereses
materiales, en el Chubut se la ve también de otra manera: costumbres, idioma,
religión, toda aleja a sus habitantes del tipo común en nuestro país, y se
diría que se ha salido de él, al entrar en la colonia. Naturalmente, estas
diferencias irán disminuyendo a medida que el tiempo pase, y este elemento
heterogéneo irá fundiéndose en la masa general, así como comienzan a asimilarse
las diversas razas, en un principio aisladas, que forman -por ejemplo- la
población de Santa Fe. Más lejano, el Chubut no ha facilitado tanto la mezcla,
y su aislamiento es lo que ha mantenido la casta sin variación apreciable en
estos treinta y dos años.
Los colonos son en su totalidad protestantes,
aunque de diversas comuniones, y tienen catorce templos en el territorio.
Cumplen estrictamente con sus deberes religiosos, y los pastores tienen entre
ellos un papel importantísimo, pues no sólo dirigen sus asuntos espirituales,
sino que tienen ingerencia también en los materiales.
Todo se resuelve allí, en efecto, por medio de
meetings, trátese de lo que se trate, y en esos meetings los pastores llevan la
voz cantante:
los fieles votan afirmativa o negativamente, y
luego se realiza lo resuelto.
A estos meetings convoca con anticipación un
periódico semanal, impreso en Trelew, escrito en galense y titulado I Drafod,
que defiendo los intereses de los colones y admite colaboraciones siempre que
directa o indirectamente no afecten a la empresa del ferrocarril, sagrada e
impecable para él. De tales reuniones suelen surgir iniciativas de importancia,
como por ejemplo, la de la adquisición de un remolcador para la navegación del
río Chubut, y otras análogas.
Pero los católicos apostólicos romanos trabajan
también por su lado, para quebrar o disminuir la preponderancia de los
disidentes, y en Rawson, como en Bahía Blanca, como en Patagones, han aparecido
los salesianos con sus escuelas y talleres, en sus operaciones estratégicas de
avance hacia el sur, en cuya dirección han llegado ya a Tierra del Fuego, en la
parte argentina y en la parte chilena.
La escuela salesiana de varones en Rawson tiene
unos treinta niños, que serán la mitad de los de la población, y en una anexa,
dirigida por Hermanas, se cuentan cuarenta niñas más o menos.
Entretanto, la escuela mixta del estado tiene sólo
cincuenta alumnos de ambos sexos...
Aunque los salesianos afecten indiferencia por las
cuestiones de interés general, y no sigan la costumbre democrática de los
meetings, no está en su carácter hacer abandono de ellas, y su influencia moral
y comercial se hace sentir allí como en todos los puntos donde se establecen.
Su primer esfuerzo tiende a desprestigiar las escuelas del estado, y atraerse a
los niños de la comarca, con una educación de aparato, llena de exhibiciones de
habilidad en la declamación, el canto, etc., que seduce a los padres poco
filósofos, deseosos del lucimiento, aunque sea superficial, de sus hijos.
Luego, tras el colegio, y como por la peana se besa el santo, vienen las
pequeñas industrias y los pequeños comercios que permiten a esta compañía tener
estancias y aserraderos, y hasta panaderías donde quiera que establezca una
sucursal.
En fin, y como «tout chemin mene á Rome», ellos
también contribuyen al progreso material del país, aunque se preocupen más del
propio, y los misioneros anglicanos, tan famosos por su abnegación, no han
hecho en resumen de cuentas otra cosa, desde que aparecieron por los
territorios del sur, hasta hoy, en que sus misiones continúan siendo verdaderas
factorías.
Pero necesariamente surgirá de su establecimiento
frente a los pastores protestantes, una lucha sorda, mas de consecuencias
visibles, que ha de contribuir a ahondar las diferencias que existen entre
galenses y argentinos, alejados hoy, por antipatías nacidas sin duda alguna de
abusos cometidos antes por los hijos del país con la persona o los bienes de
los colonos. Esta separación entre unos y otros es tan notable, que se busca el
medio de corregirla, y a este fin se ha fundado últimamente un Club-Biblioteca,
que -dado su objeto- no sé por qué se ha llamado «Aristóbulo del Valle». La
biblioteca tiene un par de docenas de volúmenes y el club no tantos socios:
pero la intención es buena, y hay que desearle el más feliz de los éxitos.
Con la misma excelente intención, pero quizá con
menos probabilidades de beneficio, los argentinos tratan, por iniciativa del
juez letrado Dr.
Manuel Pastor y Montes, de fundar un periódico, El
Chubul, escrito más o menos en castellano, y que no dejará de echar su cuarto a
espadas con I Drafod, en polémicas de esas cuya vehemencia y condimento están
en razón directa con la distancia a la capital federal.
-¿Cómo haré -preguntábase el diablo un día- para
sembrar la discordia en aquel pueblo tan pacífico?
-¡Lléveles usted dos imprentas! -le contestó el más
hábil de sus consejeros.
Entretanto, en el Chubut se vive todavía en paz y
gracia de Dios, hasta donde es posible esto en agrupaciones humanas, y los
grandes asuntos de estado se reducen a bien poca cosa.
Por ejemplo, con motivo de los ejercicios
doctrinales de la guardia nacional, ha surgido un escrúpulo de conciencia en
los viejos y religiosos galenses: los ejercicios tienen que hacerse los
domingos, y éstos son días de guardar; no pueden, pues, a su juicio, permitir
que sus hijos concurran a ellos, so pena de condenarse, y han hecho toda clase
de esfuerzos para impedirlo. Pero los hijos son más despreocupados, y no
tardarán en amoldarse, como que también para el Chubut, aunque atrase el reloj,
corre el fin del siglo XIX.
Sin embargo, esta es en la actualidad la grave
cuestión que se debate en el Chubut y que acalora los ánimos de sus felices
pobladores, demostrando que la política y la religión enardecen todavía hasta
en los cuasi desiertos...
Afortunadamente, en el Chubut suelen preocupar
también cosas más útiles, y hoy se habla con entusiasmo del proyecto de un
nuevo ferrocarril que correrá desde la Boca de la Zanja hasta la boca del río,
en una extensión de 14 a 15 leguas. Ya se han hecho los estudios preliminares
de esta línea, que favorecerá mucho a los colonos, dando fácil salida a sus
productos, pues cruza todas las chacras de la colonia.
La traza ha sido hecha por el ingeniero Elíseo
Schieronne, bien conocido por sus numerosas trabajos en la Patagonia, y el
ferrocarril -que será sencillamente un Decauville- se construirá con capitales
nacionales y sin garantía por parte del Gobierno. Los colonos se han
comprometido a donar todo el terreno necesario para la vía, estaciones,
depósitos, etc.
Los iniciadores de este proyecto, que probablemente
se llevará a cabo en breve, son los señores Alejandro A. Conessa, gobernador
interino, Dr.
Pastor y Montes, juez letrado, y Benito P. Cerutti.
De tanta o mayor importancia que este proyecto es
el de la navegación del río Chubut por medio de remolcadores, a que me he
referido antes. Hoy sólo una goleta, la Río Chubut, del señor Luis Costa, surca
aquellas aguas, y como los fletes del ferrocarril son tan crecidos, los
productores sufren y se ven obligados a pagar sumas que serían mucho menores si
sus mercancías fueran por el río. Varias veces, desde hace más de dos años, han
pedido al Gobierno que les enviara un remolcador, sin conseguirlo, aunque sea
de tan perentoria necesidad.
El Chubut es fácilmente navegable para buques hasta
de 10 pies de calado y 180 toneladas de porte; su única dificultad está en la
barra, que es peligrosa para los buques de vela, pero que no lo sería con un
remolcador, pues puede pasarse sin obstáculo con la marea, de modo que con sólo
esa adquisición los colonos harían un ahorro notable en los fletes, que hoy
casi se les duplican con el ferrocarril.
Tanto es así, que no hace mucho resolvieron
adquirir por subscripción un vaporcito, idea que, ignoro por qué causa, no se
ha llevado a cabo todavía.
Entre las costumbres curiosas de los galenses, se
hace notar la celebración de conciertos-exposiciones, que tienen lugar de vez
en cuando, y que atraen concurrencia hasta de seis y siete leguas a la redonda.
Estos conciertos que duran largas horas -tanto que
en un entreacto el público hace colación-, tienen un programa variado: canto,
declamación, concursos poéticos y exhibición de objetos debidos a la industria
de los colonos.
Un jurado distribuye los premios, que consisten a
veces en una simple distinción, a veces también en la distinción y una pequeña
suma de dinero.
A estas funciones suelen asistir hasta 600
personas, que es en proporción como si en Buenos Aires se presentaran en una
fiesta más de 100.000 concurrentes...
Bien es cierto que los galanses son muy unidos, se
prestan entre sí toda clase de servicios, y llegan en su concordia hasta
ocultar los delitos de sus compañeros, para que éstos no caigan en manos de la
justicia arizentina, que no es para ellos digna de respeto -quizá con alguna
razón, si se recuerda cómo andaba ella por los territorios nacionales no hace
muchos años...
- V -
En plena germinación
-¿Volverá usted al Chubut?
-¡Quién sabe!
-La Nación ha hecho un noble esfuerzo, enviándonos
quien nos oiga y nos vea de cerca. Pero es necesaria la reiteración. Estamos
abandonados.
El gobierno se desinteresa de nosotros, la prensa
no se ocupa, el país casi ignora que existimos... Y sin embargo, aquí hay ya un
gran plantel, un almácigo en plena germinación. Diga usted que lo envíen de
nuevo, más tarde, para detenerse aquí y vivir algunas semanas con nuestra vida.
-Eso se hará. Vendré, vendrá otro, es lo mismo,
pero tenga usted la seguridad de que el diario mira con verdadero interés estos
territorios, que -como usted dice- son grandes semilleros que sin duda nos
guardan muchas sorpresas, Pero entretanto, usted mismo, don Pedro, puede
colaborar en la tarea... Déme usted informes, todos los informes que tenga
sobre esta tierra.
Me dirigía a don Pedro Derbes, antiguo habitante
del Chubut -a quien ya antes me he referido varias veces-, tipo del pioneer
criollo, cuya cara tostada y cuya barba negra como sus ojos vivos y brillantes,
hacen recordar los varoniles o inteligentes rasgos de nuestro gaucho, mientras
que sus maneras y lenguaje corresponden al hombre culto de nuestras ciudades.
-¿Datos? cuántos usted quiera. Pero si han de ser
exactos, me parece que va a faltar tiempo...
-Sí, el Villarino zarpará dentro de un rato...
Pero... Escríbamelos usted para recogerlos a la vuelta.
-¡Oh! yo estoy más hecho a manejar la picana que la
pluma. Pero, en fin, haré, lo que pueda...
Y lo que pudo el señor Derbes complementa tan bien
lo que he dicho ya a propósito del Chubut, que mis lectores se darán con ello
cuenta exacta de la importancia de aquel territorio.
La importación durante el año 1897 ha sido por
valor de & 235.784, divididos así:
Substancias alimenticias. . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . $ 97.037,57
Bebidas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . 5538,5
Aguardiente y licores. . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 8597,3
Tabaco. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . 9518,8
Hilados y tejidos. . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 30545,94
Ropa hecha y confecciones . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . .. . . . . . . . . . . 33191,12
Substancias y productos químicos. . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7980,52
Madera y sus aplicaciones . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . 19926,45
Hierro y sus artefactos. . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ……..… . . 216,23
Máquinas y útiles de labranza. . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . .... .
. . . . . . . . 27.674-
Diversos metales. . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . ……………. . . 12517,38
Piedras, tierra, cristalera. . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 11511,21
Combustibles y artículos para alumbrado. . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . 126,6
Artículos y manufacturas diversas. . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . 2272,7
Productos nacionales. . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 2981,21
Papel y derivados. . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 216,2
Cuero y aplicaciones. . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 27.674-
Importación extranjera. . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7778,42
No es este el movimiento del puerto del Rosario, ni
menos el de Buenos Aires; pero en nuestra mano está, puede decirse, dar impulso
decisivo no sólo a ése, sino a todos los demás puertos patagónicos.
-¡Ah! -me decía un compañero de viaje- Cuando usted
llegue a Punta Arenas, se quedará asombrado de su desarrollo. Hoy es ya el
plantel de una gran ciudad, y Trelew, Gayimn, Rawson, Santa Cruz, Gallegos y
Usuhaia, juntos, parecerían una aldea a su lado.
-¿Y a qué se debe ese progreso tan grande y tan
rápido? ¿A los vapores de ultramar?
-No, señor. Sencillamente a que nuestro Gobierno se
esfuerza por fomentarlo...
-¿Fomentar a Punta Arenas? ¡Qué me dice usted! ¿Cómo
puede el Gobierno argentino?...
-¡Punta Arenas es puerto libre, y se ha convertido
por esa razón en proveedor de la costa patagónica y de la Tierra del Fuego!
Haya o no haya aduanas, los artículos de consumo salen de allí para todas
partes. Si hay aduanas, se contrabandea; si no las hay, mejor. Y no sólo eso:
los productos argentinos van a embarcarse allí para Europa, de tal modo que
nuestra importación y exportación se hace por Chile... y se hará mientras
nuestros gobiernos continúen ciegos. Indirectamente, pues, éstos protegen a la
nueva ciudad chilena.
-¿No exagera usted? Al fin, aunque no sean
oficialmente libres, según tengo entendido -Gallegos y Santa Cruz-, lo son en
la práctica...
-¡Sí!, ¿pero hasta cuándo? ¿Y si a la nueva
convención se le ocurre no darles definitivamente esa franquicia? ¿Quién se
arriesga a establecerse con semejante inseguridad? Desde que no tiene aduana,
Gallegos ha progresado de una manera notable; pero su progreso no seguirá en la
misma proporción si cesa ese estado de cosas, porque ya no afluirán allí los
comerciantes que acuden hoy, y Punta Arenas mantendrá su absoluta
preponderancia.
A mi regreso a Buenos Aires me he encontrado con
que la esperanza de los habitantes de la Patagonia se había desvanecido, pues
la convención reformadora juzgó mejor dejarlos sin franquicias.
Afortunadamente, el Congreso y el Ejecutivo pueden favorecerlos, y deben
preocuparse de ello, pues es de alta conveniencia material y hasta patriótica,
propender a que se pueblen aquellas regiones en que hasta hace bien pocos años
casi no habíamos ejercido nuestra soberanía... ¡Descuido imperdonable que pudo
muy bien costarnos caro!
...Pero volvamos al Chubut, cuyo movimiento
comercial nos ha traído a esta digresión, al observar su relativamente lento
desarrollo.
La exportación ha sido durante el año 1897 poco
mayor que la importación y alcanzó a un valor oficial de $ 236.392,92. Hay que
hacer observar que este valor es generalmente más bajo del real. Esta
exportación se detalla como sigue:
Trigo. . . . . . . . . . . . . . . . . Ks.6059966$
151.499,15
Cebada. . . . . . . . . . . . . . . .
.»798611597,22
Semilla de alfalfa. . . . . . . . . . . . . . . .
.»187215936075
Cerda. . . . . . . . . . . . . . . . .»41241649,6
Cueros vacunos secos. . . . . . . . . . . . . . . .
.»208783089,16
Cueros lanares secos . . . . . . . . . . . . . . .
. .»171624175,6
Lana de oveja. . . . . . . . . . . . . . . .
.»12202228065,06
Quillangos de guanaco. . . . . . . . . . . . . . .
. .291517.326-
Quillangos de Pluma. . . . . . . . . . . . . . . .
. 2211.326-
Pluma de avestruz. . . . . . . . . . . . . . . .
.»70788493,6
Cueros de guanaco. . . . . . . . . . . . . . . .
.»999249,75
Cueros de lobo. . . . . . . . . . . . . . . .
.288223-
Cueros diversos. . . . . . . . . . . . . . . .
.»1359339,75
Lana de guanaco. . . . . . . . . . . . . . . .
.»21754,25
Guano. . . . . . . . . . . . . . . . .»1500004800
Artículos nacionalizados. . . . . . . . . . . . . .
. . .»-398003
La exportación supera a la importación en un valor
oficial de $ 608,84.
En 1897 se exportaron 79.579 kilos de trigo más que
en 1896, y el aumento en otros productos ha sido: semilla de alfalfa 133.107
kilos, cerda 1647, cueros lanares 1529, lana de oveja 29.647, quillangos de
guanaco y avestruz 960 unidades, guano 150.000 kilos, etc., etc.
En el mismo año han entrado en los puertos del
Chubut 17 buques de vela con 1407 toneladas de carga y 132 tripulantes, tres en
lastre de 856 toneladas y 23 tripulantes, y 28 vapores con 19.980 toneladas de
carga y 1735 tripulantes. Naturalmente, sólo parte de esta carga iba con
destino al territorio, pues se trata de los transportes nacionales y de barcos
que hacen escala en muchos otros puntos. Pero la estadística suele tener esta
poesía de inflación de números, que hay que perdonarle. De todos modos, resalta
el hecho de que no faltan grandes barcos que recalen en Golfo Nuevo y negocien
con los chubutenses.
Y aunque no se me perdone la aparente aridez de
estos capítulos, tan útiles al hombre práctico, seguiré acumulando informes.
La generalidad cree aún que el Chubut es
exclusivamente agrícola, pero la ganadería toma impulso de algún tiempo a esta
parte, como podrá verse por las siguientes cifras, representativas del número
de cabezas de ganado:
Vacuno. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
60000
Ovino. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 170000
Yeguarizo. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
20000
Porcino. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 688
Caprino. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 677
Este es un plantel pequeño aún, pero aumenta cada
día por la implantación de nuevos establecimientos ganaderos, y por la
incorporación a aquel pueblo naciente, de hombres de brío, convencidos de que
allí hay campo vasto para el aventurero del trabajo, muerto en vida en las
ciudades, y en las comarcas desecadas por el enorme drenaje de la competencia
mercantil e industrial, y, llamado al triunfo y la riqueza si riega aquel
terreno con sudor fecundante.
Conversando con uno de los pioneers que están ya a
punto de conquistar la fortuna, inquiría yo:
-¿De modo que aquí el hombre cuenta con un porvenir
cierto? ¿Los que vienen conquistan seguramente la riqueza?
Y mi interlocutor, haciendo una mueca expresiva y
despreciativa y abarcando el horizonte con el ademán de su brazo derecho:
-Según -me contestó-. Aquí sólo tienen éxito los
hombres de acción, de trabajo y de perseverancia. El que venga a Patagonia a
mandar hacer, puede estar seguro de un fracaso; el que se imagine que se
enriquecerá sin sacrificio, quédese, es mejor... Aquí, muchas veces, hay que
sufrir hambre y sed... Aquí sólo medra el trabajo personal, continuo. Pero el
que, en medio de estas privaciones, sea obrero y patrón, sobrelleve necesidades
y fatigas, y luche con esperanza y sin tregua, ese llegará infaliblemente a rico.
Y me contó la odisea de la formación de su
estancia: el arriendo y la adquisición del campo con las mil dificultades
protectoras que opone el Gobierno a los verdaderos pobladores, mientras regala
lo mejor de todo a los favoritos, que lo entregan a la especulación inútil y
dañina; la perforación de pozos en medio del arenal, para hacer jagüeles de
agua salobre que sólo llega a ser potable por medio del trabajo incesante, del
baldeo continuo; la conducción de las primeras ovejas desde los confines de la
Pampa Central a la provincia de Buenos Aires, por interminables travesías en
que la sed acecha al viajero, y lo mata después de horribles padecimientos; las
noches de insomnio, pasadas en rondar el rebaño, inquieto en aquel terreno
desconocido, y que no quiere echarse a descansar; las abrumadoras jornadas al
paso del caballo escuálido y sediento, entre el polvo de la majada y la
tropilla; la pérdida de los animales enloquecidos a la vista del mar,
precipitándose a la orilla, para morir al día siguiente de sed, después de
haber bebido.
¡Oh, qué animosos y qué dignos del triunfo son esos
hombres del sur, que pasean la Patagonia desde los Andes hasta el Atlántico,
sin más defensa que su propio esfuerzo, sin más protección que la ayuda propia,
y que abren a la civilización y al progreso aquella inmensa tierra ignota y
virgen, ingrata para el muelle, generosa y maternal para el bien templado!
De pronto, en medio del campo reseco y polvoroso,
una tosca crucecita de ramas abre y retuerce los brazos, señalando el sitio
donde descansa el cadáver gesticulante y crispado de algún pioneer que mató la
sed... El viento de la montaña levanta espirales de fino polvo, y las arrastra
girando sobre sí mismas como extrañas columnas salomónicas, transparentes y móviles,
que van a derrumbarse allá a lo lejos... Y el tropero con ademán temeroso y
preocupado, se asegura de que su provisión de agua no corre peligro, de que no
se filtra del zurrón de cuero en que la lleva, de que no le faltará hasta que
pueda renovarla... ¡Y cuando falta!...
-Un día -me contaba el señor José Siches, joven
hacendado de la península Valdez-, un día era tal la sed que me acosaba, que me
tiré del caballo en un cañadón, y comencé desesperado a cavar la arena con las
uñas, en busca de un poco de humedad..., y no hallando agua, me llenó dos y
tres y más veces la boca con esa misma arena apenas humedecida, lastimándome
encías y paladar para disminuir siguiera un poco mis horribles padecimientos...
Cuando llegué a una población horas más tarde, tenía la boca negra y completamente
ulcerada.
¡Y cuántos han caído! ¡Cuántos caerán aún en esas
travesías!
El viajero debe llevar consigo el agua necesaria,
ya en chifles, ya en botas, ya en zurrones de piel de guanaco: de otro modo, su
muerte es segura. El ingeniero Schierone, que tanto ha andado por aquellas
soledades, ideó servirse -y lo hizo con éxito- de las árganas y tarros que
usaran hasta hace poco los lecheros; sin embargo, el sistema es engorroso, pues
hay que equilibrar muy bien la carga, so pena de perderla. Otros utilizan
pellejos de liebre y de nonato y pieles de guanaco y zorro, pero aún no se ha encontrado
nada verdaderamente cómodo y práctico, pues los pellejos dan generalmente mal
gusto al agua, y hasta la descomponen, en cuyo caso los viajeros la sanean
ventilándola.
Otro recurso inestimable (según me dijo, causándome
mucha extrañeza, un habitante de esos parajes) es el guanaco mismo, que me
afirma tiene en el estómago un depósito como de un litro de agua fresca y
cristalina, aunque con cierto saborcillo de que se burla el sediento, capaz de
beber cosas peores cuando la necesidad apura: ¡la sangre de los animales
degollados de propósito, las mismas secreciones del cuerpo!... Casos conozco
capaces de hacer erizar los cabellos, como el de dos infelices disputándose a mano
armada una botella conteniendo orines... Pero, ¿para qué insistir? ¿No basta lo
dicho como demostración del mérito de esos hombres, en lucha a brazo partido
con la naturaleza, cine quiere ser vencida antes de entregar sus favores a
quien con ella se atreve?
Sin embargo, esto tiene remedio, no por parte de
los individuos aislados, sino de la colectividad, más poderosa.
El Gobierno, en efecto, podría, con poco gasto,
establecer cisternas (las hubo hasta en Arabia), o mejor aún, pozos
semi-surgentes, a lo largo de esos caminos desamparados, con tanta mayor razón,
cuanto que el mantenimiento de la línea telegráfica que va a tenderse los hará
de imprescindible necesidad. El pozo semi-surgente, que hay cuesta una
insignificancia, favorecería de una manera inmensa al valeroso poblador del
sur, y sus servicios deberían hacerse extensivos a la costa patagónica, cuyo
único y desolador defecto es la falta de agua. Pero, ¡vaya usted a esperar algo
de la ignorancia de casi todos nuestros hombres públicos en lo que se refiere a
aquella región! Tanto valdría aguardar a que esos progresos se realizaran por
generación espontánea...
Volviendo a la situación actual del territorio del
Chubut, añadiré que de las 30.000 hectáreas destinadas a la labranza, 15.000, o
sea la mitad, están desmontadas, niveladas y habilitadas para el riego, y 5633
de éstas, en pleno cultivo y en la siguiente forma:
Sembradas con
trigo. . . . 4616
Sembradas con alfalfa. . . . 922
Sembradas con cebada. . . . 64
Sembradas con maíz, papas, etc.. . . . 14
La producción se estima así: trigo 7.811.150 kilos,
alfalfa 5.000.000, cebada 184.500, semilla de alfalfa 200,000.
Los colonos se preocupan también de la plantación
de árboles, y hoy crecen en aquel terreno 2403 frutales, 55.367 forestales y
4530 cepas de viña, ensayo este último digno de ser observado y seguido en sus
diversas fases, y que muestra cómo conquista poco a poco nuestro suelo la vid
que ya en Bahía Blanca y Patagones se creía vencida por los rigores del clima.
He hablado antes de la moralidad de los galenses.
Como la moral es una reglamentación relativa, claro
que la patagónica tiene que ser peculiar. Y en grado sumo.
No puede suponerse que hombres del temperamento y
la energía de los que pueblan aquellas comarcas, se encierren en el estrecho
círculo de convenciones en que se desenvuelven más o menos incómodamente los
que viven en los grandes centros sociales; ni puede exigirse que quien de tal
modo renuncia a la sociedad, continúe sintiéndose cohibido por sus mandatos.
Así, no extraño que se me hayan contado, acerca de
la familia galense, aberraciones que no quiero creer, aunque crea
necesariamente en ciertas libertades no delictuosas, a que invita sin duda esa
clase de existencia semi-primitiva, de sencillez absoluta, que hace que, los
colonos del Chubut resistan nuestra influencia y nuestras costumbres, para
mantenerse solidariamente aislados.
Pero la estadística habla también en favor de
ellos.
La policía tomó durante el año 1897 veinte personas
por contravenciones, nueve por escándalo, diez por ebriedad y uno por
ostentación de armas.
El ex Gobernador Tello tenía, pues, razón cuando
decía en una de sus últimas memorias, que los galenses eran gente honrada y
moral, aunque protestante.
De los veintisiete presos encerrados en la cárcel
durante aquel año, diez y siete eran del territorio, dos del de Santa Cruz y
ocho del de Tierra del Fuego, y las causas de su condena: cinco por homicidio,
ocho por cuatrería, seis por robo, cinco por heridas, tres por violación y
siete (presos policiales); especificación que, como ustedes ven, da ancho
margen de las suposiciones.
En medio de esta paz, el Chubut crece, con una
fuerza de desarrollo que hace pensar en los verdaderos milagros que produciría
una sabia protección por parte de nuestro gobierno: el aumento de la población,
la multiplicación de los ganados y de los cultivos, las comunicaciones
facilitadas, el territorio por fin incorporado a la vida nacional. Pero aquí,
como en tantos otros países, la acción del Gobierno se traduce, sobre todo, en
trabas y limitaciones, cuando en los territorios lo único que se necesita, la condición
ineludible para el progreso, es la amplia libertad, y una liberal distribución
de beneficios materiales, que los dote de aquello que hace falta y que la
iniciativa particular no puede procurarse. Resumiendo: cuanto menos gobierno,
mejor, siempre que se cuide del territorio considerándolo plantel para el
futuro. Yo los asimilaría a una caja de ahorro, a una alcancía en que se fuera
echando la moneda menuda, sin contarla ni hacer uso de ella, para encontrarse a
la vuelta de algunos años con un capitalito.
Pero no piensan así nuestros hombres públicos, ni
pensarán sin duda.
Baste como ejemplo y prueba la siguiente página
arrancada del último libro del doctor Moreno, en que habla algo de lo mejor del
Chubut -la colonia 16 de Octubre- y que puede hacerse extensiva a casi toda la
Patagonia:
«Cuando regresé en 1880 de mi viaje a esa región, e
hice pública su fertilidad, nadie creyó en mis afirmaciones: la rutina decía
que Patagonia era sinónimo de esterilidad, y ¡vaya uno a fiarse de entusiasmos
de viajeros que dicen lo contrario! Pero las poblaciones de los colonos son el
mejor justificativo de la bondad de la tierra y del fruto que ésta da cuando se
la trabaja con ahínco y perseverancia. Hay comodidad en aquellas cabañas
humildes, y si los colonos que llegaron y se establecieron allí desde 1888
recibieran en propiedad el lote que se les prometió, que poblaron y que aún no
se les ha otorgado, indudablemente la colonia 16 de octubre sería hoy la más
importante de Patagonia; pero, desgraciadamente no pocos tropiezos tienen en
sus afanes, pues las tierras que rodean el valle ya han sido ubicadas desde
Buenos Aires, y las quejas que oigo sobre avances de los nuevos propietarios,
me apenan. ¿Cómo hemos de desarrollar la población en Patagonia, cuando tras
una iniciativa laudable se dictan medidas que la anulan?
«Más de un pedido he recibido de esos pobres
colonos para que trate de impedir que se reduzca el perímetro de la colonia;
pero ¿qué hacer cuando no se escuchan voces de tan lejos y se procede de manera
tan contraria a los intereses del país? Gran beneficio produciría una
resolución general del Gobierno de la nación, ordenando la suspensión de toda
ubicación de terrenos y de todo remate de tierras en Patagonia mientras no se
conozca el valor de esas tierras y la mejor forma para su aprovechamiento».
¡Tal es el abono con que se trata de enriquecer
aquel semillero en plena germinación! Tal el sistema adoptado para dar
incremento a aquellas nacientes poblaciones.
¡Y si fuera eso solo!
- VI -
Proa al sur
Todo era animación en la pequeña cámara del
Villarino, donde se comentaba vivamente la determinación del Dr. Brodrick, ocupado
aún de su equipaje depositado en el fondo de la bodega; mistress Brodrick
distribuía saludos amables y vigorosos apretones de mano; el perro -aquel
curioso perro negro de aguas, con una cruz de Malta en el lomo, y caireles, y
collares y brazaletes de pelo en todos lados, que el doctor trasquilaba el día
entero sobre cubierta, perfeccionando los extravagantes dibujos que le daban
aspecto tan original -andaba también de un lado a otro, como adivinando que
algo inesperado iba a ocurrir. Miss Mary X miraba melancólicamente a su
compatriota, por encima del libro en que trataba de leer, pensando quizá en los
caprichos del destino, y con una vaga sonrisa de indecisión y de misterio.
Miss Mary X venía de Londres, se había detenido en
Buenos Aires sólo para aguardar la partida del transporte, y se dirigía a Río
Gallegos, también en busca de una posición social. Iba a casarse. Ella misma
nos hizo la confidencia: en la capital del territorio de Santa Cruz la
aguardaba su prometido, un inglés, mister M., bien colocado, estanciero, a cuyo
lado pensaba ser feliz. Lo conocía desde muchos años atrás, y no lo había visto
hacía largo tiempo. El compromiso se contrajo por medio del correo: «Si usted
quiere casarse»... «Sí, señor; quiero...» «Entonces, venga, que la aguardo...»
E iba.
Iba sola, defendida únicamente por su valor de
inglesa acostumbrada a manejarse por sí misma en el mundo, y por el natural
respeto de los demás; los sajones han observado bien y prácticamente: mejor
defensa es la educación que el cerrojo, y la mujer modesta y enérgica lleva una
egida en que se embota, en medio de la sociedad naturalmente, la grosería y el
apetito de los hombres...
Junto al Villarino, amarrada a la escala, mecíase
la lancha medio llena ya por el equipaje del médico, los chubutenses venidos a
bordo se despedían alegres por su adquisición, y la máquina del barco
retemblaba pronta a ponerse en movimiento a todo vapor. Era más de la una.
-Buena suerte, doctor.
-Good by! Thank you.
Los que habrían de quedar en Madryn embarcáronse en
la lancha, iluminada a medias por uno de los faroles del Villarino; y
destacándose sobre el fondo de tinta de la noche y el mar, los pasajeros, sobre
cubierta, miraban la maniobra, no sin cierta melancolía -ese vago sentimiento
de malestar que se experimenta en viaje, cuando se deja a un compañero poco
antes desconocido y que poco después será sin duda indiferente- y la ola mansa
y profunda, batía con golpe de caja destemplada los flancos del buque.
-¡Abre!
La lancha se separó de nuestro costado.
-¡Arma!
Y los remos, moviéndose cadenciosos, se llevaron la
embarcación, allá, a lo obscuro, mientras la hélice del Villarino hacía hervir
el agua a popa, produciendo un torbellino luminoso, un pululamiento de
moléculas fosforescentes que iba alargándose y tranquilizándose hacia atrás,
para semejar más lejos, en la estela, ondulante cinta de plata.
Pero no anduvimos mucho. Había en el golfo mar de
fondo, y fuera muy mal tiempo, de modo que recalamos en Grakes Bay, frente a la
pesquería de Eyroa, muda y triste, para zarpar de allí al día siguiente, que
amaneció bonancible y claro.
Y al salir del golfo, admiré de nuevo la soberbia
entrada de aquel lago inmenso, cuyos extremos, escuetos y elevados, parecen
hechos para una fortificación inexpugnable y dominadora. ¿Por qué no se ha
construido allí nuestro puerto militar? ¿Por la escasez de agua, cuando tan
fácil es conseguirla? ¿O, más bien, porque ofrece muchas ventajas?... ¡Quién
sabe!
La vida de a bordo se habla hecho más soportable,
gracias a los numerosos pasajeros que desembarcaron en, el Chubut; ya casi
todos teníamos camarotes, y la cámara no presentaba por las noches los
caracteres de un campamento improvisado, con el tendal de las camas en el
suelo. La atmósfera era más respirable, la comodidad mayor, y la temperatura
fresca comenzaba a resarcirnos de los intensos calores sufridos en Buenos
Aires.
Pude examinar entonces, con relativa calma,
diversos documentos que se me habían proporcionado, relativos al Chubut, que
los lectores ya conocen hasta cierto punto.
Añadiré a lo dicho antes, para contribuir al
conocimiento de aquellas regiones, que en su estado actual sólo han sido
descriptas en el reciente libro del señor Teodoro Alemann, titulado Ein Ausflug
nach dem Chubut-Territorium. Allerlei über Land und Leute im Chubut -en las
memorias más o menos completas, presentadas al Gobierno nacional por los
gobernadores del territorio, Tello y Conessa.
El libro del señor Alemann es por muchos conceptos
interesante, y está inspirado en el noble deseo de hacer prosperar aquel
territorio, que describe dividiéndolo en dos partes, como el resto de la
Patagonia: la región de la costa y la de la cordillera, muy seca la primera,
sobre todo hacia el norte, y húmeda, surcada por numerosas corrientes y
cubierta de abundantes pastos la segunda. En el valle del Chubut, dice, la
temperatura varía entre +38º y -6º centígrado, pero la nieve no permanece, como
tampoco en la costa, al revés de lo que ocurre en el interior y en las mesetas.
Extracto lo que sigue:
¿Es conveniente para el colono alemán o suizo
emigrar al territorio del Chubut? No lo aconseja ni a éstos ni a otros
inmigrantes europeos, mientras no haya fuertes sociedades colonizadoras que los
protejan. Los galenses son muy exclusivistas, no hay tierras extensas para
formar centros agrícolas cerca de las costas, y en el interior faltan
comunicaciones. Más que la agricultura conviene la ganadería, y especialmente
la cría de animales ovinos. Sólo indicarla que fueran al Chubut los colonos de
Santa Fe y Entre Ríos que han perdido sus cosechas, y los que propone un medio
muy curioso de establecerse. Compren ustedes -les dice- ovejas y caballos en el
sur de la provincia de Buenos Aires, y avancen poco a poco en dirección al
Chubut, eligiendo el invierno, en que el agua es más abundante; atraviesen el
valle y continúen a lo largo de la costa, hasta encontrar sitio apropiado para
instalarse. No les preocupe la propiedad del terreno: la mayoría de los
ganaderos del Chubut se compone de intrusos; si el campo es particular, su
dueño tiene que correr muchos trámites antes de expulsar a quien lo ocupa
indebidamente en su ausencia; éste, por otra parte, no lo hace daño alguno. Si
la expulsión llega, se repite la operación en otro sitio, hasta ganar lo
suficiente para arrendar o comprar tierra. El consejo no es muy moral
-continúa- pero las leyes nacionales no ayudan al pobre, y las mismas
autoridades del territorio no han conseguido que se remedie la triste situación
del poblador. De las 9750 leguas cuadradas que componen el territorio, sólo se
hallan legalmente ocupadas 14 de la colonia galense, 50 de la 16 de octubre y
20 de la compañía argentina Sud de Tierras, las ubicadas por la ley de tierras
del Río Negro, 2 leguas en Teca, 2 en Valle Genoa, 5 en Camarones, 10 en Cabo
Raso, etc., etc.; un total de 145 leguas, en las cuales habrá unas 80.000
ovejas y unas 42.000 cabezas de ganado bovino y caballar. El resto de los
animales está repartido en las tierras ocupadas sin derecho por pobladores que
poseen hasta 8 y 10.000 ovejas.
La causa de este estado de cosas es, según el señor
Alemann, la tramitación larga y enojosa que hay que seguir para arrendar el
campo. Muy a menudo sucede, también, que los especuladores compran la tierra
arrendada, perjudicando al poblador... Por fin ofrece un interesante ejemplo
práctico de lo que puede producir un pequeño capital dedicado a la ganadería en
el Chubut: Con $ 8800, y arrendando campo, al cabo de seis años el ganadero
tendrá animales por valor de $ 22.756, y además una ganancia por venta de lanas
de $ 2248; habrá, pues, triplicado el capital, u obtenido mayor ventaja aún si
compró la tierra...
La memoria del ex Gobernador interino señor
Alejandro E. Conessa, a que me he referido, tiene importancia, no sólo por la
preparación y experiencia de su autor, sino también por contener numerosos
datos generalmente desconocidos. Entresacaré lo de mayor importancia y en
primer lugar algo que corrobora lo que afirma en su libro el señor Alemann:
«El principal factor de la colonización patagónica
y la única forma práctica y viable de realizarla sin grandes erogaciones
fiscales, ha de tener por base la liberal y conveniente distribución local de
la tierra pública entre los pobladores de buena fe. Con gran perjuicio para los
territorios patagónicos se ha generalizado en demasía un grave error, que
consiste en la exageración siempre creciente de la excelencia y el valor de sus
tierras, a consecuencia de una propaganda especulativa hecha a favor de los compradores
metropolitanos, poseedores de grandes áreas únicamente destinadas a la
especulación».
Observa que sólo 145 leguas están ocupadas
legalmente, y añade:
«Pero es el caso notable que esos propietarios no
representan la tercera parte de la cifra que arroja la ganadería territorial»;
luego «existe una población importantísima que se halla en condiciones
precarias, ya radicada en campos fiscales, va en terrenos de propiedad
particular que no han sido poblados, ocupando una superficie doble o triple de
la que utilizan los dueños o concesionarios autorizados.»
Para poner remedio a esta situación, el señor
Conessa ha proyectado una ley destinando mil leguas a la colonización pastoril,
y por la cual se favorecería a los actuales ocupantes y se estimularía la
construcción de pozos, sin los que no podrá poblarse la mayor parte de los
campos de la costa...
Se detiene también el señor Conessa en el relato de
las aventuras de seis familias polacas que fueron al Chubut y se encontraron
sin las tierras laborables que se les había concedido aquí, y con la
resistencia de los galenses en cambio. Como afortunadamente poseían algunos
medios, se fueron con el señor Julio Kaulosky a establecerse sobre el río Mayo
o la laguna Blanca, donde el Gobierno haría bien en concederles tierras,
abriendo así el camino a otros inmigrantes de la misma nacionalidad que
pudieran acudir.
Otras noticias interesantes, que sintetizo lo más
posible: El sistema de irrigación es muy deficiente, y urge la construcción de
dos represas proyectadas en 1883 por el ingeniero Tornu. No hay fondos
suficientes para la construcción de puentes y caminos, que se impone.
«Valle de los Mártires»: La tierra de esta colonia,
fundada en 1891, es idéntica a la de la colonia galense, pero está a 50 leguas
de los puertos, y las cien hectáreas que se conceden a los pobladores no
compensan los gastos. Podría dedicarse con éxito a la colonización
agropecuaria, lo mismo que el Paso de Indios.
Las colonias pastoriles Sarmiento, sobre los lagos
Musters y Colehuape, a 15 y 20 leguas del puerto Tilly-Road, y San Martín o
Indígena en los valles andinos del río Genua, están aún en barbecho, pues no se
ha practicado la subdivisión necesaria. Tienen, sin embargo, pobladores
ubicados transitoriamente.
«16 de Octubre»: uno de los más hermosos valles
patagónicos, está bastante poblado, y no necesita sino un poco de atención por
parte del Gobierno nacional, para convertirse en un notable centro productor...
...A mi regreso al Chubut, sope que había sido
nombrado Gobernador del territorio el coronel O'Donnell, jefe por tantos
conceptos digno de aprecio, y que tan buenos servicios ha prestado en la
dirección del Colegio Militar, etc. A su llegada se le recibió con grandes
demostraciones, que me relató pintorescamente un vecino:
-¡Oh!, ¡le hicimos una fiesta inolvidable para
nosotros! Nunca hubo nada igual en el Chubut. Nombramos comisiones, nos vinimos
todos a Madryn, dijimos discursos, y se dio un lunch, y quemamos fuegos
artificiales, soltamos globos, tiramos bombas... ¡Figúrese usted! Toda la
guardia nacional, los cuarenta hombres, formó en Trelew y escoltó al coronel
hasta Rawson. Bueno, ya comprende que con el cansancio no hubo fiesta posible
aquel día. ¡Pero al siguiente!... A las tres se sirvió un té en la Gobernación
para el pueblo, para los pobres, y al mismo tiempo otro más paquete en el club
para el Gobernador y su comitiva. Al anochecer, banquete, con un discurso del
doctor Álvarez, que no habla más que pedir, y una contestación del Coronel que
nos dejó contentísimos. La capital estaba toda embanderada... En fin, amigo,
estábamos satisfechos y teníamos que hacerlo ver. ¡Ojalá todos los gobernadores
fueran tan buenos gauchos como O'Donnell!
- VII -
Deseado y el telégrafo estratégico
Pasamos de largo frente a la bahía de Camarones, a
propósito de la cual dice Fitz-Roy en su derrotero:
«Esta gran bahía alcanza desde puerto Santa Elena
al cabo Dos Bahías, que dista de aquélla 22 millas. La costa es de piedra hasta
la punta Fabián, desde la cual se transforma en chinos y continúa de esta
manera hasta el cabo. En el fondo de la ensenada hay un islote alto y pedregoso
con otros dos cayos más bajos y pequeños hacia el norte: todos ellos son
totalmente blancos, por lo cual se les denomina cayos o islotes blancos; esta
blancura la ocasionan los excrementos de miles de pájaros acuáticos que en ellos
se posan.»
Pero -ya que no pude detenerme- el señor Campbell,
que acababa de recorrer aquellos parajes, me facilitó datos bastante completos
acerca de Camarones, cuyo desarrollo comienza apenas.
Los principales pobladores son los señores Camerón
y Greenshields, que poseen cuarenta leguas de tierra, en las que van a
instalarse con 6000 ovejas de Malvinas. Este establecimiento se llama Lochiel,
nombre de un highlander escocés.
Existe otra estancia de diez y seis leguas, con
2500 ovejas, perteneciente al señor Julio Schelkly, que se propone aumentar ese
plantel dentro de poco, y entre el resto de los pobladores se llegará a unas
5000 ovejas y a tinas 3000 cabezas de ganado vacuno, caballar y porcino.
Entre los arbustos espinosos que desgarran el
vellón de las ovejas, pululan las perdices, las liebres y los guanacos que
corretean en rebaños por aquellos campos, y suelen con su empuje derribar los
alambrados.
Tampoco falta el ñandú, cuya pluma se vende a buen
precio, y cuya carne comen con placer los habitantes de la Patagonia. No he
podido comprobar la afirmación varias veces oída, de que es mejor para comer
que el avestruz de Buenos Aires, tan duro y mal oliente.
Los campos de Camarones no son tan buenos para la
ganadería como se dice generalmente, a juzgar por el hecho de que no soporten
bien más de 1500 ovejas por legua. Algunos pobladores, sin embargo, hacen subir
teóricamente ese número a 3000; pero no han hecho la prueba todavía.
En cambio, aunque escaso, el pasto es salado y de
buen engorde, y el clima favorable. La oveja malvinera de excelente lana y se
reproduce muy bien. Pueden aprovecharse los valles, que son lo más apto para la
ganadería, con bastante éxito, aunque los mismos médanos tengan yerba también.
El agua es generalmente salobre y escasa, pero en
algunos puntos se la ha encontrado de buena calidad.
La población de Camarones alcanzará hoy a unos 60
habitantes, entre propietarios y peones, en su mayoría gente del norte de
Europa, avezada al clima. Los peones son generalmente criollos.
Es de notar allí la estancia del señor Fisher,
establecida en Cabo Raso, con 3000 ovejas, y una cómoda casa de material, la
mejor de todo el territorio del Chubut.
-¿Y usted va a establecerse en Camarones, mister
Campbell? -pregunté cuando me hubo dado estos informes.
-¡Oh! no -contestó vivamente-. La tierra es muy
cara a cansa de la especulación. Ahora voy a Santa Cruz, donde creo encontrar
campos mejores y más baratos.
En la bahía hay mucho y muy buen pescado, como
también camarones, etc.
Pasamos algo más tarde frente a Malaspina, donde se
está planteando una estancia perteneciente a mister Keen, todavía sin animales,
y luego frente al golfo de San Jorge, cuyas costas están desiertas y son muy
poco conocidas, probablemente a causa de la escasez de agua potable.
Era ya de noche cuando cruzamos el golfo, por lo
común agitado y bravo. No sé cómo habían llegado estas noticias a los pasajeros
de proa, que por la tarde se decían unos a otros:
-Luego estamos de baile en lo de don Jorge.
El baile, aunque lo hubo, no fue tan animado como
se temía, pero sí lo bastante para hacer retirarse a sus camarotes a los que,
desde Madryn, gozaban de una tregua en el mareo. Rolaba el Villarino, que
cuando rola lo hace de veras, y no para que se burle de él cualquier estómago
de tres al cuarto, y la despoblación de la cubierta y de la cámara, cuyas
maderas crujían, como quejándose, volvió a producirse más acentuadamente que
nunca.
Uno de los peones de la comisión de límites, que
dormía sobre cubierta envuelto en un poncho, despertó sobresaltado de repente,
y viendo que el transporte se inclinaba de un modo tan violento como
amenazador, se puso en pie de un brinco, recogió el poncho, y conservando con
dificultad el equilibrio, dio la voz de alerta a sus descuidados compañeros:
-¡Guarda muchachos, que se da vuelta el barco!...
La frase, que tuvo un éxito colosal de hilaridad,
corría poco después de boca en boca.
Pero la cosa no pasó de bandazos y crujidos, y el
día siguiente amaneció sin otra novedad a bordo que la desaparición de uno de
los patos que el señor de la Serna llevaba a la Isla de los Estados, y que
probablemente se asó en algún rinconcito de la máquina.
Las Tres Puntas, en que termina el golfo de San
Jorge y que -Cosa curiosa -coincide casi exactamente con los Tres Montes de la
costa del Pacífico, nos presentaron aquel día sus tres cerrillos de tierra,
perfectamente destacados sobre el horizonte.
La navegación continuó sin incidentes hasta que
avistamos Deseado.
Alguien nos vio desde la costa, porque de pronto;
apareció una humareda, anunciadora de nuestra llegada. Los humos, como los
llaman por allí, sirven de telégrafo óptico en la Patagonia, y con ellos se
comunican los habitantes y los viajeros a largas distancias, estableciendo
anticipadamente su significado convencional. Un humo quiere decir una cosa, dos
otra, y así sucesivamente. Como ciertas yerbas producen humo de distinto color,
ya negro, ya blanco, se hacen combinaciones, y así pueden multiplicarse las señales
todo lo necesario.
Pero a pesar del oportuno aviso, Deseado nos deseó
en vano esta vez, porque pasamos de largo.
Este puerto, situado en la boca del río del mismo
nombre, es difícil por la fuerza de la marea, por la falta de espacio en su
entrada, y por los bajos de piedra que hay en ella.
Todavía existen allí las ruinas a que se refiere
Fitz-Roy en su Derrotero:
«Hace tiempo se fundó en este puerto una colonia
española; pero no correspondiendo a las esperanzas que sus fundadores habían
concebido, la abandonaron. Las ruinas de los edificios, que son de piedra, y
los restos de un jardín de árboles frutales que todavía en 1829 producían
membrillos y cerezas, indican distintamente la localidad.»
Muchos cerezos han caído, mandados cortar para
hacer fuego por un jefe de nuestra escuadra, hoy comodoro.
Deseado fue descubierto en 1586 por el célebre
navegante inglés Thomas Candish, quien fondeó en él con cinco buques y le dio
ese nombre, que era el de uno de ellos. Peleó con los patagones en esa primera
estadía, que repitió en 1591, yendo como antes al estrecho de Magallanes.
Más tarde, en 1591, lo visitó el marino holandés
Oliverio Noort, quien cazó allí gran número de pingüinos.
También Le Maire estuvo en Deseado, dejando allí
una inscripción, de la que se apoderó el caballero inglés Juan Narborough, y
monumentos conmemorativos de su viaje, que halló el capitán Wood en 1671.
Lo más curioso de la historia de este puerto, es
que dos veces se ha tomado posesión de él en nombre de Inglaterra, la primera
en marzo de 1670 por John Narborough, y la segunda un año más tarde por el
capitán Wood.
Pero pasemos o otro orden de observaciones.
El verano pasado (1897), el comandante Funes, que
iba con nosotros a bordo del Villarino, reconoció los terrenos comprendidos
entre Puerto Deseado y Santa Cruz, con el objeto de establecer la línea
telegráfica militar que ha de unir Buenos Aires con el extremo sur de la
República. Él me ha proporcionado interesantes informes sobre aquella región,
de los que voy a valerme.
Después de recorrer el río Santa Cruz y la isla de
Pavón, exploró el río Chico y sus alrededores, entre ellos el gran bajo de San
Julián, situado a la altura del paso de la Tapera, en el mismo río, y que tiene
25 leguas de largo de este a oeste por cinco leguas de ancho, aproximadamente.
Desde el río Chico hasta el extremo este del bajo, los terrenos son casi
siempre pobres de pasto, y carecen de agua, notándose sólo la aguada de Pan de
Azúcar, a once leguas del río. La línea telegráfica tendrá que correr, pues,
por el este del paso de la Tapera unas dos leguas y media, para continuar luego
en dirección a San Julián.
A seis leguas se encuentra un puesto de la estancia
de mister Hope, y el camino que a él conduce permite el tránsito de carros,
siendo de notar que desde el extremo del bajo hasta el puerto los campos tienen
mayor abundancia de pastos. Desde el establecimiento citado hasta San Julián no
hay agua en un trayecto de nueve leguas; la hay al oeste, como también pasto
abundante, pero la línea tendría que detenerse en el bajo de San Julián, que a
esa altura es intransitable.
Mas al norte, de San Julián a Deseado, hay un
camino que corre a lo largo de la costa y del mar a distancia que varía de una
a cinco leguas de ella, transitable para vehículos. Sobre 61 a 24 leguas del
primero de dichos puertos, está situado el establecimiento de los hermanos
Arnold; más lejos hacia Deseado, los campos continúan siendo buenos en una
extensión de 35 leguas aproximadamente, y tienen cuatro aguadas; del Tordillo,
del Petizo, del Buque y del Lobuno, dos de ellas a 15 leguas de distancia entre
sí, y la última a tres de Deseado.
Al contrario de la creencia general a propósito de
la Patagonia, los campos son buenos aunque sin agua hacia la costa, y malos
hacia el oeste, como que no tienen pasto, son pedregosos y además de carecer de
agua también, están sembrados de grandes salinas. Las abundantes lluvias de
invierno forman depósitos de agua dulce, pero los calores y los fuertes
vientos, tan frecuentes allí, los hacen desaparecer en el verano, por lo cual
no hay que contar mucho con ellos, y preferir las aguadas permanentes donde, con
más o menos trabajo, siempre se obtiene agua.
El comandante Funes añade que el camino de San
Julián a la boca del río Santa Cruz no puede servir para establecer la línea,
porque atraviesa campos yermos, sin agua ni pasto.
Del Santa Cruz a la boca del Coy Inlet corre un
camino carretero en buenas condiciones y en una extensión de 45 leguas
aproximadamente, por campos feraces, provistos de agua, hasta unas 15 leguas
del segundo río, donde comienza a ser escasa, aunque se la encuentre
acercándose a la costa del mar.
La línea telegráfica tendrá que desviarse hacia la
laguna de la Leona, entre el Coy Inlet y Río Gallegos, para atravesar el río
por el paso de Guaraique, pues más cerca del mar los desbordes del Gallegos, la
fuerza de sus corrientes y los témpanos que arrastra, derribarían los postes
inutilizando el telégrafo.
Del paso de Guaraique al puerto de Gallegos y de
éste a Punta Loyola, que dista aproximadamente ocho leguas, sólo se presenta
una dificultad: el paso del río Chico, que en invierno inunda el valle y que
mantendría en el agua algunas partes, cosa que sucederá más acentuadamente aún
en el valle del Coy Inlet.
Por estos datos puede colegirse el aspecto general
de aquella región, ya bastante poblada, y en que prosperan las haciendas, se
encuentran guanacos y avestruces, y vagan animales vacunos y yeguarizos,
alzados, que el gaucho y el pioneer no desdeñan, como que les ofrecen
abundantes y suculentos asados sin exigir más que un buen tiro de bolas a
carrera tendida.
Entré San Julián y el cañadón 11 de septiembre, en
una extensión de 24 leguas hacia Deseado, existen los establecimientos de los
hermanos Patterson, Mata Grande, y de los hermanos Arnold, con ganado ovino,
como la estancia de mister Jenkins Binfien, a tres leguas de Deseado.
Los establecimientos de Victoriano Vázquez, Reina,
Smith, Guillaume, Woodman y Bodman, y Hamilton, dedicados especialmente a la
cría de ganado lanar, se encuentran situados entre Santa Cruz y Loyola, el de
Reina en el cañadón de las Vacas, el de Smith en la boca del Coy Inlet, el de
Guillaume al otro lado del mismo río, y el de Hamilton justamente en Punta
Loyola. Deben señalarse también el de Hope, a nueve leguas de San Julián, y el
de Manzano, en la costa norte del río Santa Cruz.
Todos estos hacendados, a quienes el telégrafo
prestará grandes servicios, haciendo cesar la incomunicación en que se
encuentran, cooperan en lo posible para su ejecución, y han prometido dar local
para las oficinas, alojamiento y manutención para el personal, y caballos para
los guarda-hilos. Así, pues, no hay sino que poner manos a la obra, que - dicho
sea de paso- debería haberse ejecutado muchos años hace, no sólo teniendo en
cuenta la defensa militar del país, sino también el progreso de aquellas regiones
argentinas, más alejadas de las provincias hermanas -en el hecho- que estas
últimas de la misma Europa, como que sólo fondea en sus puertos un sólo
transporte nacional cada mes largo... Y eso, algunas veces; porque cuando no se
les ocurre...
La prolongación de la línea telegráfica desde Punta
Loyola hasta el Cabo de las Vírgenes, se hará por medio de un cable submarino,
según el proyecto del ingeniero Luiggi. Más tarde será necesario complementar
esta obra, siguiéndola hasta San Sebastián, Usuhaia e Isla de los Estados,
donde el telégrafo sería de grande utilidad.
Para la línea terrestre entre Deseado y Gallegos,
se necesitarán 10.600 postes -que ya comienzan a llevarse a la costa-, en la
forma siguiente: a Deseado 375, a Spring Bay 375, a Bahía Desvelos 1100, a San
Julián 2550, a Santa Cruz 2600, a Coy Inlet 2600 y a Gallegos 1000.
GALLEGOS
Pero se ha cometido un error muy grave, al elegir
la madera de Tierra del Fuego, si esa madera no es pura y exclusivamente del
corte de invierno. La procedente de los cortes hechos en verano, es tan poco
apropiada para el objeto, que todas las personas entendidas convienen en que
con tales postes la línea telegráfica será de tan poca duración, que puede
decirse que apenas terminada por un extremo estaría en el suelo por el otro...
El fagus cortado en verano tiene el grave defecto de rajarse de arriba abajo, y
de podrirse una vez enterrado, de tal modo que en Santa Cruz hay que renovar
sin tregua los corrales hechos con postes de esa madera, que en Tierra del
Fuego son, en cambio, de gran duración, tanto al aire como bajo el agua. Y si a
esto se añade los fuertes vientos, los animales alzados y los guanacos sarnosos
que irán a rascarse en los postes, la tensión del alambre, etc., se emprende
fácilmente que la línea será «pan para hoy y hambre para mañana», como dice el
refrán. Pero con buena vigilancia puede evitarse en mucha parte el
inconveniente.
Entre otros informes queme dio el señor Funes sobre
aquellos parajes, que no me era posible recorrer sin dedicar muchos meses a
ello, son interesantes los que se refieren al puerto, de San Julián y al Coy
Inlet.
Allí practicó reconocimientos del fondo de la
bahía, y valiéndose de una mala chalana, única embarcación con que contara,
hizo varios sondajes y encontró un fondeadero con nueve a diez brazas de agua
en marea baja, abrigado de los vientos y de la mar que entra con temporal de
afuera. Ese fondeadero está mucho más adentro que el señalado en las cartas
inglesas, que carece de abrigo, y es, por lo tanto, mucho más cómodo. Con poco
trabajo puede obtenerse agua potable, y convendría hacerlo, pues San Julián está
rodeado de estancias, cuyos productos irán a Buenos Aires cuando haya mayores
comunicaciones. Hoy se envían directamente a Inglaterra, porque los transportes
nacionales no se detienen allí, lo que perjudica al mismo tiempo a los
hacendados y al fisco.
La entrada del Coy Inlet presenta dos canales, uno
al norte y otro al sur, y adentro hay un fondeadero abrigado, con seis brazas
en marea baja.
La barra es de piedra, pero plana, y no la atacan
sino muy rara vez los vientos de afuera, pues reinan sobre todo los del tercer
cuadrante (2), disminuyendo por lo tanto el peligro de una varadura. Las mareas
son allí de siete brazas, de modo que cualquier buque puede entrar al
fondeadero.
- VIII -
Carnaval en Santa Cruz
Santa Cruz, a donde nos dirigíamos a todo vapor, y
ayudados por las velas cuando el viento era propicio, fue hasta hace poco la
capital del territorio de su mismo nombre, que hoy ha sido trasladada a
Gallegos.
Pero antes que lleguemos a esos puntos, séame
permitido añadir algunas líneas a propósito de Deseado.
Como han de recordarlo aquellas personas que se han
preocupado de los progresos del sur, los primeros colonos de ese puerto
llegaron a él en 1882, y se establecieron bajo las órdenes de un personal
oficial, numeroso y bien remunerado, que poco o nada útil era.
Dos años trabajaron asiduamente las familias
colonizadoras, pero sus esfuerzos resultaron infructuosos, y poco a poco fueron
retirándose, quedando sólo tres que han logrado formar un capital bastante
apreciable.
La desorganización de las subprefecturas y la falta
de comunicaciones, no han sido ajenas a este resultado, la una sembrando la
desconfianza en los habitantes, la otra impidiendo el desarrollo de los
productos naturales.
Los transportes -¡siempre los transportes!- han
dejado de visitar a Deseado con la relativa frecuencia con que visitan a
algunos otros puertos del sur, y han abandonado a los colonos a su propia
suerte... Por otra parte, la subprefectura en cuestión ha dado lugar a un
número tal de sumarios, que no puede compararse a otra oficina pública, según
verá el curioso en los archivos...
El clima, como en toda esa parte de la Patagonia,
es variable pero seco, y también, como en el Chubut, la escasez del agua se
hace sentir y ha impedido que los campos se pueblen más.
Otra particularidad, un recuerdo, mejor dicho, de
la vieja colonia española, es la existencia del perejil, cuya semilla,
arrastrada por el viento, ha ido a germinar en los cañadones, a muchas leguas
de la costa, y que probablemente de año en año va extendiendo su conquista
hacia el interior.
Respecto de aquella tierra, a menudo
inhospitalaria, conviene citar aquí los datos que me comunica un antiguo
habitante de ella.
«En 1885, casi a la entrada de la bahía Spring, se
perdió el vapor inglés Bochester, cuyos tripulantes, por casualidad, dieron con
un colono, quien los llevó a la subprefectura, donde permanecieron cerca de
cinco meses, por falta de transporte.
»Luego, en 1887, se perdió nuestro Magallanes, y
los pasajeros y tripulantes no se cansan de contar las penurias que han sufrido
hasta la llegada de socorros.
»En 1895, para hacer economías, fue abandonada la
subprefectura, y sólo en el año corriente se restableció, sin que se hubiera
dado noticia de esto a los cónsules de las naciones marítimas...»
Menos mal que se haya vuelto sobre esta medida, y
que ya se piense en dar estabilidad a las reparticiones racionales de la
Patagonia, sobre todo las que son de tan imprescindible o insustituible
auxilio. Pero ya hemos visto a la subprefectura de Madryn casi sin botes en que
poder separarse algunos cables de la costa, y ya veremos otras lindezas
análogas...
Largas horas de navegación nos faltaban para llegar
a Santa Cruz, punto de, arribo del doctor Moreno y su comitiva, y gran parte de
ellas la dediqué a reunir recuerdos y pedir informes acerca de aquella región.
-Santa Cruz y Gallegos -me dijo uno de mis
compañeros de viaje-, son dos puertos característicos por sus ríos y la gran
semejanza de sus condiciones climatéricas y topográficas. El primero de estos
ríos es más caudaloso que el segundo, y se cree que es navegable casi en toda
su extensión...
(Esto último acaba de comprobarlo el doctor Moreao
con toda felicidad, como lo relataré a su tiempo.)
-Este río Santa Cruz, continuó mi interlocutor, es
una arteria de comunicación de la más alta importancia, como han sabido
comprenderlo muchos compradores de tierra que la han monopolizado.
-¿Y del Gallegos? -pregunté.
-Podría decirse lo mismo, aunque en menor escala,
en lo referente a las tierras. Varios ciudadanos chilenos vienen desde 1880
ocupándose de recorrer todo el territorio de Santa Cruz, y hoy algunos de los
hacendados que poseen extensos campos a ambas orillas del Estrecho de
Magallanes, en suelo chileno, poseen también los mejores campos de esta región
argentina.
Esta especie de monopolio, que se hace extensivo no
sólo a los habitantes de un país extranjero -que al fin pueblan sus campos y
contribuyen a su progreso- sino también a los favoritos de la suerte,
representados en el caso por empleados públicos de más o menos campanillas,
este monopolio, repito, se hace por la desidia y con la anuencia inconsciente
del Gobierno, que nunca se ha preocupado con la debida dedicación del porvenir
de esas tierras y de la facilidad de existencia de sus colonos actuales. ¿Dónde
están los estudios concienzudos o siquiera esmerados de aquel suelo, desde el
punto de vista práctico?, ¿dónde la legislación lógica que permita no deshacer
mañana lo que se está haciendo hoy?, ¿dónde la tendencia de crear sobre bases
experimentales la estabilidad de propósitos que nos es tan necesaria para que
nuestra marcha sea seria y realmente progresiva?
Apenas se ha explorado una región desconocida, y
apenas se sabe en las oficinas públicas que hay en ella terrenos aprovechable o
cuando esos terrenos se solicitan por la especulación, que los obtiene sin
dificultad, aunque ellos estén poblados desde muchos años atrás por hombres de
trabajo y sacrificio, que tendrán que desalojar a la intimación de los nuevos
posesores.
-¡Ah, señor! -decía a un miembro de la comisión de
límites uno de esos antiguos habitantes de la Patagonia- Aquí he pasado una
gran parte de mi vida; todo lo que usted ve, esta estancia, lo he hecho yo con
mis propias manos y es todo mi capital. Si mañana alguno, comprador o
arrendatario del Gobierno, viene a sacarme de aquí, yo alegaré mi mejor
derecho, hasta con las armas si es preciso.
Y ese hombre representaba en su frase enérgica, la
irritabilidad de que se encuentran presa los que se hallan en sus mismas
condiciones, y que allá, en medio del desierto, han hecho obra más meritoria y
patriótica que aquellos que, por el simple hecho de frecuentar los ministerios,
pueden hoy echarlos de su hogar.
Más tarde veremos lo que suele suceder con las
denuncias de yacimientos mineros, que es curioso, por no decir otra cosa.
Y ese desamparo, esa injusticia del Gobierno están
probados en todas las formas, hasta en la misma ubicación de las subprefecturas
y de las capitales, que ya hemos visto pasearse de un lado a otro; en el
nombramiento de funcionarios y empleados poco idóneos, sólo delicados a su
interés, y por lo mismo, autoritarios y despóticos; en la falta de una
inspección severa que hubiese podido evitar desde faltas muy graves hasta
simples ridiculeces.
En cierta época, los marineros de la subprefectura
de Santa Cruz andaban vestidos de chiripá y bota de potro, por no tener otra
cosa que ponerse.
El presidio militar, que, tanto dinero costó, está
hoy abandonado, sus casillas de madera se caen a pedazos, o se venden a precios
irrisorios; el depósito de carbón, vacío, con análoga suerte, y lo único de
extrañar es que el despilfarro se detenga aparentemente ahí.
El 20 de febrero, domingo de carnaval, llegamos a
Santa Cruz, después de una navegación bastante agradable, pasada sin
incidentes, en la amena y fácil intimidad de a bordo.
Las largas horas transcurridas sobre cubierta, con
una temperatura benigna y un sol radioso, parecían cortas por la contemplación
del mar, cuyos tonos cambiantes, según el momento, la profundidad y la marea,
reclaman un pintor. Van del azul obscuro, casi negro, basta el verde claro,
pasando por todas las gradaciones y matices intermedios. A popa, la espuma de
la hélice y la de la ola que acaba de cortar y surca el barco, forma curiosas
vetas sobre el fondo verdoso y transparente, que me hacen recordar el mármol de
San Luis. A lo lejos, la marejada mansa trae a la memoria la Pampa con sus
suaves ondulaciones. La luz juega el principal papel en este cuadro siempre
variado y siempre el mismo, y los vapores nos hacen representar a menudo e
instintivamente la escena de Hamlet y Polonio:
Hamlet.- ¿No ves aquella nube que parece un
camello?
Polonio.- Cierto, parece un camello.
Hamlet.- Pero ahora me parece una comadreja.
Polonio.- No hay duda, tiene aspecto de comadreja.
Hamlet.- O de ballena.
Polonio.- Verdad, sí, de ballena...
Hamlet.- ...Tanto harán ustedes, que me volveré
loco de veras.
Pero estas visiones, bellísimas entonces, iban a
desmerecer muy luego y casi a borrarse de la memoria ante otros espectáculos
más grandes y tangibles que todavía guarda el sur casi desconocido, y que no sé
cómo no han atraído ya a todos los amantes de la naturaleza...
La entrada a Santa Cruz es menos monótona que la de
Madryn, porque sus costas descarnadas, y tristes también, son más abruptas, y
la vista descansa en los altos acantilados, en los montes y las colinas, en la
rápida corriente del río, que, cuando baja la marea, llega a ser torrentosa.
A la derecha, a lo lejos, en un vallecito
escondido, está Misioneros, el que fue presidio militar y hoy no se sabe cómo
continúa siendo asiento de la subprefectura y del correo, aunque se halle a más
de una legua de los verdaderos centros poblados.
Enfrente se ven unas cuantas casas de comercio,
destacándose sobre la inmensa y alta playa de cantos rodados y de arena fina; a
la izquierda los grandes galpones para depósito de carbón que el Gobierno tiene
abandonados y sin un pedazo de hulla, aunque tanto necesite de esa facilidad la
navegación del sur, y aunque Chile nos haya dado el ejemplo en toda la costa
oeste y en Punta Arenas mismo. Más lejos, colinas pedregosas de cantos rodados,
en que crecen matas de esa yerba fuerte que vive en las tierras saladas, y que
da a esos cerrillos tintes verdinegros, que se hacen más intensos hacia el
pueblo propiamente dicho -el Quemado-, extendido sobre un pequeño llano a 1900
metros de la costa, y unido a ella por una calle bastante bien hecha, y de 25
metros de ancho.
En la playa, multitud de fardos de lana estaban
tirados desde meses atrás, a la espera de un barco que los transportara, y
echándose a perder a la intemperie, aunque a pocos pasos se levante el depósito
inútil del carbón, que bien pudiera prestarse a los colonos para defender su
mercadería.
Y tirada sobre uno de los costados, imagen desolada
de nuestra actividad administrativa, la antigua barca Usuhaia, que se me dijo
estaba en venta, sin que se hallara comprador.
Tiempo, y largo, tuve para contemplar este paisaje,
pues el bote de la subprefectura que debía darnos entrada, tenía que
trasladarse desde Misioneros, cuyas casillas negras se distinguían apenas allá
a lo lejos, detrás de un monte (Punta Witte), rico en curiosidades naturales,
entre ellas la magnífica ostra fósil de la Patagonia, que figura en todos los
museos.
La población de Santa Cruz data de 1879, pero tomó
incremento realmente desde 1881; aun antes, en 1877, el comandante Piedrabuena
edificó en la Isla Pavón; pero en la última fecha estableciéronse allí los
colonos Gregorio Ibáñez, Cipriano García, Manuel Coronel y Gregorio Albarracín.
De éstos sólo queda hoy la sucesión del primero, porque los demás tuvieron que
ceder sus derechos. ¡Y con razón! Vivían en el más completo abandono, y su
única comunicación era un barco que llegaba con intervalos de ocho y más meses.
El Gobierno, que les había prometido animales, no se los dio, y para
alimentarse tenían que recurrir a la caza de avestruces y guanacos, porque ni
la pesca abunda... Los barcos que llegaban vendíanles víveres, pero escasos, y
¡a qué precio!... En una ocasión se vendió en Santa Cruz el quintal de harina a
$ 50 oro.
Y todos aquellos colonos que habían ido allí con
sus familias, fiados en nuestros gobiernos protectores del inmigrante, tuvieron
por fin que retirarse, no sólo a causa de las tremendas penalidades que
sufrieron, sino también porque hasta ahora no han logrado título de la legua de
campo que por ley les corresponde como colonos.
El 84 volvió a poblarse Santa Cruz, yendo en la
barca William Seeck a establecerse allí el nuevo comisario de la colonia, señor
Augusto Segovia, y los colonas Marcelino Tourville, Pedro Semino, Silvestre
Alquinta y Pedro Sanveliche. Diose a cada uno de ellos una casilla de madera y
forros de hierro galvanizado para la misma, víveres para un año y unos pocos
animales.
El Gobierno, que se habla comprometido, según
decreto y contrato, a darles 250 ovejas, 50 animales vacunos, 12 caballos y
útiles de labranza, etc., a cada uno, no les dio nada en resumen de cuentas;
pero ellos, a fuerza de trabajo y perseverancia, consiguieron algunos
animalitos, y hoy son estancieros y cuentan con un serio capital.
Eso sí, ¡tampoco se les ha dado el título de la
legua de campo! Aviso a los especuladores.
¡Oh! hay que machacar sobre esto, que es la carcoma
de aquel territorio, desde el río Negro hasta los canales del Beagle. Aquellos
hombres no pueden ser despojados, porque han hecho demasiado esfuerzo para que
les resulte inútil, porque han hecho muchísimo bien al país en que viven, para
que éste no les recompense, dándoles siquiera lo prometido.
El señor Williams, que en aquel tiempo era
subprefecto marítimo, les daba para que pudieran, no vivir, sino no morirse de
hambre, los víveres sobrantes de la subprefectura, lo que él podía de sus
propias reservas, y aun así veíase obligado a salir a cazar o mandar a su
hermano con sus caballos y sus perros, para darles de comer. Uno de ellos, don
Pedro Semino, que habitaba en una casilla del Gobierno con su mujer y dos hijos
menores, tenía por único haber... ¡una yegua!... Los nuevos colonos de la Patagonia
no sabían andar a caballo, no tenían recursos, estaban en el más completo
abandono, y sin embargo, han triunfado. Véase por esto lo que hubiera sido
aquella región con una más hábil y generosa distribución de los beneficios
gubernativos, o mejor dicho, con un cumplimiento más estricto de sus deberes y
obligaciones...
Hoy, en el departamento de Santa Cruz solamente,
cuéntanse 250.000 ovejas y 1000 animales vacunos, los que no dan resultado, y
sólo se tienen para las necesidades de la pequeña población, que entre Santa
Cruz y San Julián es de unos 250 habitantes. Santa Cruz tiene además 2000
caballos, y San Julián 100.000 ovejas.
Las casas principales de comercio de Santa Cruz son
la de Braune y Blanchard (sucursal, notadlo bien, de la de Punta Arenas), con
un capital de 25.000 pesos; la de don Benito Fernández, antiguo contramaestre
de nuestra escuadra y de la Escuela Naval, con 20.000; la de Tito Martínez,
etc., etc.
Pero hay que hacer observar que estas pequeñas
casas tienen su capitalito en continuo movimiento, y realizan beneficios muy
apreciables, lo que las hace en realidad de mayor importancia.
...Llegó por fin el bote de la subprefectura, diose
entrada al Villarino, que borneaba con la marea bajante. Allí iba a quedar gran
parte de los pasajeros, con el doctor Moreno, unos para remontar con él el
Santa Cruz, otros para seguir por el río Chico, a las órdenes del capitán
Uriburu, que debía reunirse con la novena subcomisión de límites.
Además de la lancha, que era necesario armar a
bordo, tenía que procederse al desembarco de las mulas de la comisión,
taciturnos y melancólicos compañeros de viaje, de que no me he ocupado quizá
como debiera, y que mirándose unas a otras, vuelta el anca al mar, rumiaron
tristemente durante largos días el pasto seco que se les daba, cuando no se
sentían atormentadas por el mareo o a medias cocidas por el vaho ardiente de
las calderas. La operación iba a costar varios días de trabajo.
La caldera de la lancha Tornycroft, número 2, que
tan airosamente iba a navegar muy luego el río Santa Cruz, no se hallaba en
buenas condiciones; la prueba que de ella se hizo en el puerto de Buenos Aires
no fue suficiente, como lo demostró otra que -esta vez con vapor y no con
presión de agua- se efectuó a bordo del Villarino poco antes de la arribada. Se
repasó toda ella, ajustándosele tubo por tubo, y la larga operación no estaba
aún concluida en el momento del desembarco.
Bajamos a tierra. La marea había dejado a
descubierto la ancha y tersa playa de arena, coronada por la gradiente de
cantos rodados, de pedregullo, que forma una verdadera colina de falda
completamente plana.
Se calculará la altura de esta costa, sabiendo que
en las mareas de luna llena las aguas tienen entre baja y pleamar, una
diferencia de 42 pies.
El doctor Moreno, sus ayudantes y sus peones fueron
a instalarse en el abandonado depósito de carbón, mientras uno de su comitiva
quedaba a bordo para vigilar la descarga de los víveres y pertrechos.
Al mismo tiempo comenzaba el carnaval, el único que
hemos tenido, el de las mulas.
Con la baja marea el Villarino estaba a distancia
relativamente corta de la playa, y para ahorrar trabajo y no estropear
demasiado a los animales, se procedió a echarlos al agua y hacer que, nadando,
ganaran la orilla. Abrieron la marcha los caballos del coronel Rosario Suárez,
sobre todo el Rayo, «su crédito», corcel que fue de un cacique del sur, y que
viejo y todo como es hoy, dio muestra de su brío cortando vigorosamente el agua
correntosa del Santa Cruz, y dando ejemplo a sus compañeros. ¡Pobres animales!
Después de tanto día de traqueteo infernal, de mareo y de hambre, aquel
jueguito de carnaval al uso antiguo no debía hacerles mucha gracia. Al pisar la
arena se detenían temblando, sacudiéndose, desorientados, como si les faltase
el balanceo del buque. En el agua los arriaban la lancha a vapor del transporte
y los botes, pero hubo que abandonar el procedimiento, porque, espantados, se
iban corriente abajo, a perecer en cuanto se fatigaran. Solos, se desenvolvían
perfectamente, y llegaron sanos y salvos.
Sentados en el pedregullo, mirábamos el interesante
espectáculo, muy divertidos, porque en esos viajes largos y monótonos todo
incidente es entretenimiento, y recordando que también en Buenos Aires se
desembarcaban de ese modo los animales antes de que, tuviéramos el Puerto
Madero, como se desembarcaban en carretas las personas...
-Lindo carnaval, ¿eh?
-¡Lindo, lindo! Ahora falta el corso: vamos hasta
el Quemado.
-Vamos.
Y emprendimos la marcha hacia la aldea, que, como
he dicho antes, está a 1900 metros de la costa. Aquí comenzaron las penas, pues
para ganar el bulevar teníamos que recorrer un trayecto bastante largo por el
pedregullo, que se apartaba crujiendo bajo nuestro peso, destrozándonos los
botines, no hechos para esas andanzas. Afortunadamente, un carrito de carnicero
acertó a pasar cuando ya estábamos dando al diablo la caminata, y el carrero,
dirigiéndose al doctor Luque, que iba con nosotros:
-¿Usted es el médico de a bordo? -le preguntó.
-Sí. ¿Qué desea?
-¿Quiere hacer el favor de venir a ver a un enfermo
en casa de Tito?
-¿Dónde está esa casa?
-Allá, en el Quemado.
-Bueno, ahora mismo irá.
Yo tomé parte en la conversación entonces,
iluminado por una idea salvadora.
-¿Por qué no nos llevaría en el carrito?
Y en el carrito sucio de sangre, nos fuimos, en
efecto, el doctor Luque, de uniforme, y yo, porque los compañeros no quisieron
seguirnos, suplantando el suplicio del pedregullo por el de los barquinazos del
vehículo, que nos obligaban a asirnos fuertemente para no caer. Así vimos la
casa de comercio de Braune y Blanchard, el galpón negro con una cruz en el
remate, que sirve de iglesia, donde no se dice misa porque no hay ornamentos, y
el resto del pueblo, alegremente dorado por el sol, plácido y tranquilo entre
las altas colinas que lo rodean por tres lados, y que no dejan de tener algo de
pintoresco.
El doctor Luque hizo su visita médica, luego tuvo
que montar a caballo para ir a hacer otra en Misioneros -un regular galope-, y
por fin todo el día estuvo solicitado, llevado y traído, sin dársele punto de
reposo. En Santa Cruz no hay médico, como no lo había en el Chubut, y cuando
llega un transporte, el de a bordo ya tiene para rato, por poco complaciente
que sea, porque en cuanto a recompensa, sólo habría que esperar la celeste.
Don Juan Williams, juez de paz de la localidad, y
que hace de agrimensor, de consejero, etc., asiste a los enfermos también como
Dios le da a entender, y algunas veces con excelentes resultados. Pero... no
hay medicamentos, es decir, no hay sino aquellos de uso más común, como la sal
de Inglaterra y a algunos específicos; buscó, por ejemplo, el doctor Luque
yoduro de potasio, y tuvo que recurrir al botiquín de a bordo.
Este señor Williams, que fue subprefecto marítimo
en tiempos de la segunda fundación de la colonia cuya historia he referido
rápidamente, ocupándome al paso de él, es un hombre alto y seco en apariencia,
de larga barba entrecana y ojos llenos de juventud. Gran jinete, infatigable
cazador de guanacos y avestruces, ha corrido por aquellas colinas pedregosas y
abruptas, arriba y abajo, con riesgo de la vida, y eso durante años enteros.
Diez y siete ha estado allí, sin venir sino tres veces a Buenos Aires, y conoce
aquella tierra palmo a palmo, como conoce cuanto ha pasado en ella. Él fue
quien me dio minuciosos e interesantes detalles sobre esta región, que me han
servido y me servirán en adelante.
-¿La vida no será en Santa Cruz tan fácil como
podría serio? -le pregunté en una de nuestras largas conversaciones.
-¡Oh! a pesar de todo lo que se sufre, esto es hoy
el paraíso, comparado con lo que fue antes. Ahora hay recursos, no muchos, pero
suficientes, y en un principio no había nada, todo estaba como la palma de la
mano...
-Usted ha prestado muchos servicios a los colonos,
que le deben no haberse muerto de hambre en ciertas ocasiones. Me ha dicho
Tourville, por ejemplo...
-Ya hubieran salido solos del paso -dijo, rehuyendo
la contestación.
Cambiamos de tema, y al ver una cantidad de troncos
y tablas esparcidos por el suelo, en medio del campo, pregunté:
-¿Para qué es toda esa madera?
-Estamos de edificación -me contestó-. Santa Cruz
adelanta a pesar de todo. Ahora va a poblarse todo el terreno amojonado que
usted ve, y dentro de poco nuestro pueblito habrá crecido notablemente. Se dan
lotes de 25 por 50 y de 50 por 50 a los que se comprometen a poblar, con la
única condición de que depositen 50 pesos como garantía de que construirán el
cerco y la casilla. Muchas de ellas serán de madera solamente, pero, como habrá
visto en el Quemado, allí las hay de material, es decir, de adobe.
-Y, a propósito de progresos y facilidades de
existencia: ¿ha cesado por completo la carestía de otros tiempos?
-Sí, ahora tenemos vacas, cuya carne no se consume,
porque los animales enflaquecen demasiado; capones excelentes, muy sabrosos,
algunas aves, muy pocas legumbres, que cultiva cada uno para sí -papas, habas,
cebollas-, etc.- vino chileno abundante y barato, como el azúcar, el café, té,
licores...
-¿Que vienen naturalmente de Punta Arenas?
-De Punta Arenas, sí. Se exporta mucho para allá
también, porque los transportes no bastan, las mercaderías que vienen se quedan
en Buenos Aires, y las que deberían ir... Esos fardos de lana que ve usted en
la playa, están allí hace más de dos meses, y tendrán todavía que aguardar.
En cambio hay otras ventajas, como, por ejemplo, el
aumento anual de las ovejas, que dan 85 por 100 aquí, en ocasiones hasta 110 en
San Julián y hasta 140 al pie de la cordillera... Y eso con una sola parición
al año.
-¿Tanto? ¿Y cómo puede ser que...?
-Es que esta raza, cruza de Cheviot y Lincoln, que
es más o menos la de las Malvinas, adquiere gran desarrollo y es mellicera. Las
ovejas tienen dos y a veces tres corderos, la mortalidad es muy pequeña, no hay
epidemias, y el clima demuestra ser muy favorable.
-¿Y la lana es tan buena como la carne, que en
efecto es sabrosísima?
-Se lo diré todo con decirle que el año pasado ha
obtenido en Inglaterra hasta 8 3/4, peniques.
Miré el campo en torno y quedé sorprendido de que
aquellos matorrales desolados, escasos, morados y verdes, pudieran servir de
alimento, con tan visible éxito, a los miles, de animales de que se trata. Pero
recordé que en Patagonia no se tienen las majadas como en el norte, un espacios
reducidos; que cada oveja cuenta con un vasto radio en que comer el jume
blanco, y que esos animales están desde varias generaciones adaptados al medio,
como que proceden de las Malvinas, donde ya Darwin, en su viaje de circunnavegación
a bordo del Beagle, observó la curiosa adaptación y el desarrollo del ganado
vacuno; caso que ha ocurrido también en lo que respecta al ovino, que
literalmente no cabe en la isla.
Tanto es así, que algunos hacendados malvineros
matan millares de cabezas a la orilla del mar para utilizar las pieles y dejar
el animal a disposición de las aves carnívoras y del capricho de las olas.
Otros hacen sebo, y otros, por fin, venden los animales en pie a precios muy
bajos.
Muchos de esos hacendados han hecho todo lo posible
para ir a poblar la Patagonia, pero se han encontrado con esta dificultad: no
se les garantizaba la posesión ni el arrendamiento del campo necesario, y no
podían aventurarse hasta el extremo de tener ovejas y no donde ponerlas.
Eran siete u ocho, que hubieran llevado un plantel
de mucha importancia.
El señor Williams envió innumerables notas, tocó
cuantos resortes pudo, pero sin que se lograse como servicio lo que en verdad
era un beneficio general. Y los malvineros se fueron a Chile.
Entretanto, aquella tarde se había desembarcado
todo el equipaje del doctor Moreno y comitiva, y gran parte de las mulas y
caballos, operación esta última que tuvo que suspenderse porque comenzó a
soplar el vientecito patagónico, y a correr el Santa Cruz que se las pelaba.
La comisión de límites estaba ya instalada en el
galpón, organizando los víveres y pertrechos, bajo las órdenes inmediatas del
perito, incansable en la tarea y que tomaba parte en ella como los demás. Las
visitas se encargaban del mate amargo, que no hubiera circulado de otro modo, y
ya junto al fuego se doraban lentamente los cuartos de un capón, que al poco
rato fue manjar delicioso para nuestros estómagos hambrientos.
Crujían bajo nuestros pies los cantos rodados que
han quedado en enormes montones en el piso interior, y redoblaba sobre nuestras
cabezas el techo de hierro, sacudido por la brisa que, según el anemómetro de
abordo, corrió aquella noche más de 60 kilómetros por hora. Algunas veces anda
más, y por eso aquel puerto es tan temible para las embarcaciones menores, pues
se le alía la corriente, y como suele soplar arrachado, con ráfagas violentas,
ni puede utilizarse la vela, ni puede el remo con el torrente aquél.
-¡Hermoso carnaval!
-¡Hermoso!
-Mientras sólo dure los tres días...
Buque ha habido que ha tenido que quedarse allí, a
dos anclas, semanas enteras, por no poder desembarcar un fardo ni con la lancha
a vapor.
Cuando, después de comer, hicimos señas al
Villarino para que nos mandara bote, comenzó a inquietarnos no notar a bordo
movimiento alguno. A las señales con pañuelos, sucedieron más tarde, ya entrada
la noche, las de los faroles, las fogatas y los tiros de revólver. Nada.
Nadie se movió, ninguna embarcación bajó de sus
pescantes, y el Santa Cruz siguió rodando con ruido fragoroso sus aguas verde
claro.
-Hay que renunciar a que nos manden bote.
-¿Pasará algo a bordo?
-Es extraño que no contesten, porque tienen que
haber comprendido las señales.
-Y el comandante Murúa también está en tierra y
desearía embarcarse.
Estas y otras observaciones cambiábamos cinco de
los pasajeros del Villarino, y un peón, cargado de trebejos, los que más
habíamos andado aquel día; no descontábamos lo que la experiencia enseña a los
que frecuentan aquellos parajes. Nadie escarmienta en cabeza ajena.
Sin embargo, el río es verdaderamente temible en
esa altura.
La corriente llega a tener una velocidad de siete a
ocho millas por hora, y si el viento, tal como lo he descripto -con sus 60 y 70
kilómetros-, corre en contra de ella, bien pueden comprender los lectores que
no exagero.
Pero no podíamos pensar en dormir incómodos allí
cuando a bordo nos aguardaban nuestras camas y nuestros abrigos -habíamos
declarado terminantemente nuestro propósito de no quedarnos en tierra-,
desconocíamos, o mejor, no queríamos creer en los riesgos que presenta aquel
relativamente angosto caudal de agua, cuando el Villarino estaba casi puede
decirse al alcance de la mano, y por amor propio y temeridad resolvimos
embarcarnos de cualquier modo. La suerte no quiso que halláramos lo necesario:
bote sí -había varios en la playa-, pero faltaban los remos. Hubiéramos tomado
cualquiera, para devolverlo al día siguiente, pero no era posible hacerlo sin
tener con qué bogar.
Una choza baja, tan baja que era menester entrar
casi a gatas, cerrada apenas con unas chapas de hierro galvanizado, aislada en
la costa, nos pareció depósito de artículos navales.
-¿Abriremos?
-¿No abriremos?
-A la guerre comine à la guerre.
Y se abrió. Había allí, en efecto, caballería,
tarros vacíos de pintura, bombillas, hasta un timón, pero ni un solo remo.
-¿Durmamos aquí? -propuso uno.
-¡Qué hemos de caber, hombre! Y además, tanto
valdría dormir afuera, y en el galpón estábamos mejor.
Seguimos buscando, naturalmente sin hallar, a lo
largo de la playa, sobre los cantos rodados, bajo el viento cortante como hoja
de cuchillo, hasta que al fin, cansados, lacerados casi, acabamos por donde
debimos comenzar, dirigiéndonos hacia la única casa de comercio que permanecía
abierta todavía, la de un obsequioso andaluz que habíamos conocido aquella
tarde.
-Venimos en procura de bote; ¿tiene usted alguno, o
cualquier otra cosa para irnos a bordo?
-¿A bordo?... -preguntó extrañado- ¿Con este
tiempo?
-Sí, hemos resuelto irnos.
-Pues no, señores, no tengo bote, y me alegro.
-¿Ni remos?
-Tampoco.
Inició una disquisición sobre los peligros, pero se
la cortamos, preguntándole si no habría al alcance algún lanchero. Había, se le
mandó llamar y fue. Era un marinero portugués, de cara ancha y abierta,
sonriente y tranquilo. A nuestra pregunta, hecha casi en coro, contestó
categóricamente:
-No, señores, no puedo llevarlos; mi compañero no
está, un hombre solo no rema bastante; y aunque estuviera, él no querría... ni
yo tampoco.
-¿Por qué?
-Ustedes no quieren creerlo que es este río; se ha
comido mucha gente; se ha de comer mucha todavía, y no hay que jugar con él...
Y nos contó varios naufragios, marineros perdidos
con el bote, que había ido a encenagarse allá abajo en el cieno, hombres
robustos, arrebatados por la corriente... y todo esto sin dejar la expresión
risueña y franca.
Nos miramos las caras. Volver al depósito de carbón
era declararnos en plena derrota. Pero no había que hacerle. Lo que no tiene
remedio, remediado está.
Agotados todos los medios de que hubiera podido
disponerse para ir a bordo, natural es que resolviéramos... quedarnos en
tierra. Pero, ¿dónde?
Nos consultamos, consultamos al almacenero andaluz,
al marinero portugués, y ya íbamos a optar por ir a dormir en la playa sobre el
pedregullo -¡con aquel viento!- o invadir el depósito de carbón, cuando la
situación se despejó como por ensalmo.
-Yo me voy al depósito -dijo uno-. Tengo una cama
para usted -murmuró el ventero al oído de otro, conocido suyo de tiempo atrás.
Un tercero preparó sus baterías y las abocó al
marinero, que se había quedado observando la escena con cara risueña:
-¿Y usted no tendrá algún rincón?...
-Sí, pero mi casilla es chica y no podría llevar
sino a uno.
-Bueno, el peón dormirá en cualquier parte, en el suelo,
donde menos incomode.
Y los que quedábamos en blanco, que éramos tres,
comenzamos, envidiosos, a tratar de que se echara atrás, denigrando la
habitación sin conocerla. Pero el huésped replicó, sin enfadarse, risueño como
cuando se negaba a llevarnos: -No, el cuarto era muy limpio, hasta recién
empapelado, con una buena cama.
-¡Oh! -terminó- siempre pasa lo mismo con los
pasajeros; muchas veces he pensado hacer una comodidad y la haré en cuanto
pueda...
Creí entender por comodidad algunos cuartos para
huéspedes, y eso era en efecto.
-Bueno, pero ¿y nosotros?
-¡Ah!
Y se desentendían los ya ubicados, tan egoístas
como nosotros envidiosos. «Una noche como quiera se pasa», sí, pero ¡aquélla!
El que se quedaba en el almacén nos surgió de pronto una idea salvadora.
-¿Por qué no van a casa de Braune y Blanchard?
-¡A esta hora! (ya eran cerca de las doce, y la
noche estaba como boca de lobo).
-Sí, pues. Seguro que les dan hospedaje.
-Pero es imposible que a media noche...
-Vayan tranquilos, y llamen si la casa está
cerrada.
No había que discutir, pues la disyuntiva era
fatal: o ir a fastidiar al prójimo, u optar por el pedregullo del depósito,
incomodando también allí para procurarnos algunas mantas. ¡En marcha, pues! Y
azotados por el viento, en medio de una obscuridad tal que no nos veíamos
aunque camináramos juntos, echamos a andar en busca de la larga calle que ya
aquel día habíamos recorrido varias veces. Los demás tomaron rumbo también, y
las peripecias cesaron. En casa de Braune y Blanchard nos recibieron en palmas de
manos, aunque ya estuvieran todos acostados; cediome su cama el gerente, a
pesar de mis protestas; la otra que ocupaba un empleado tocó en suerte a uno de
los compañeros, y el último, Nesler, tuvo un magnífico catre. Poco después
dormíamos todos con un sueño tan bien ganado desde el punto en que comenzó a
ser vaga aspiración, que necesariamente tenía que ser profundo.
Al día siguiente, cuando volvimos a la playa,
supimos que otros compañeros, menos afortunados, habían forzado también la
puerta de la casucha, y entre los baldes y los cabos habían pasado la terrible
noche.
De esta última aventura nadie ha dicho palabra,
nadie se ha jactado, de manera que sus actores permanecen desconocidos... hasta
cierto punto.
En el depósito de carbón ya casi todo estaba
dispuesto para la marcha; los víveres en sus cajas a propósito para el carguero
de las mulas, repartidas las armas, las mantas, las ropas. Sólo faltaban las
mulas que no habían podido desembarcarse el día anterior, para que la comisión
de límites pudiera fijar definitivamente su partida. El doctor Moreno,
levantado desde el amanecer, ocupaba su actividad en mil detalles, sin
demostrar impaciencia por el retardo. Bien es cierto que aun desembarcadas las
mulas, faltaría la lancha, que, en efecto, el Villarino dejó varios días
después, con uno de sus maquinistas, para terminar el arreglo de la caldera.
Pero he observado en él esa cualidad de no impacientarse, mientras se esfuerza
por ganar tiempo a la vez, en varias ocasiones. Cuando varamos en plena
dársena, y después de seis eternas horas de espera, cuando los nervios de todos
nosotros vibraban como cuerdas de violín, recuerdo que le dije:
-¿No le parece esto desesperante, doctor?
-Cuando se viaja es necesario aprender a tener
paciencia -me contestó.
La experiencia, en efecto, me lo ha estado
demostrando en esta larga excursión. Pero sería necesario examinar si algunos
temperamentos son aptos para aprenderlo.
Pasamos aquella mañana mirando el río y mirándonos
las caras. No había otra cosa que hacer hasta la hora de almorzar, lejana aún,
si es que no se considera hacer algo el sorber mate tras mate, y comentar el
ruido del viento y el de la arena que arrastraba para imitar el rumor de la
lluvia que no cae por allí.
Curioso fenómeno: antes no llovía jamás en la costa
este de la Patagonia y Tierra del Fuego; ahora comienzan a notarse algunas
escasas lluvias, sobre todo en la isla. El clima varía, en efecto, y
observaciones aproximativas hechas en Bahía Thetis, Buen Suceso y Policarpo,
dan en cuatro años un aumento notable en la lluvia caída y en la humedad
atmosférica. También se ha notado una pequeña diminución en la velocidad de los
vientos. Datos exactos a este propósito tienen los padres salesianos de Río
Grande, y el observatorio de Córdoba, que mantiene una estación en la Isla de
los Estados.
Y ya que hablamos de meteorología -aunque
rudimentaria-, ¿por qué no añadir que el clima de Santa Cruz es tan extremoso
que de 22 grados centígrados de temperatura en el verano, el termómetro
desciende en invierno a 13 y más grados bajo cero? Los vientos que predominan,
con la velocidad que ya he dicho, son los del tercero y cuarto cuadrante, nieva
todo el invierno, y el mismo río suele helarse a una y otra orilla, hasta no
dejar sino un pequeño canal en el centro, como sucedió en julio de 1895. Verdad
que en aquel mes, desde el 12 al 16 sobre todo, la temperatura era, de 8 a 9 de
la mañana, de 15 grados bajo cero.
-¿Vamos a almorzar?
-¡Ya era tiempo!
- IX -
Lunes de Carnaval
A la tarde el viento amainó un poco, pero no lo
suficiente para que pudieran continuarse las operaciones de desembarco.
Habíamos hecho honores a un gran puchero y a un buen asado de capón en casa de
Tito, en el Quemado, y trabado más amplia relación con Marcelino Tourville,
quien me prestó su caballo para ir hasta el depósito-alojamiento de la comisión
de límites, y usarlo luego según me pareciera.
-Es un servicio inestimable, pues recorreré la
costa, veré Misioneros, y me libraré del pedregullo -me dije-. Cierto que hace
años que no monto a caballo, pero ¡bah! quien bien aprende, tarde olvida.
Hubiera deseado mayor tiempo para internarme algo
en el territorio, pero ni podía perder el Villarino, so pena de quedarme allí
un mes entero, ni podía tampoco adivinar que el viento iba a jugarnos la mala
pasada que tenía en preparación.
Pero, otros dirán por mí el concepto que les merece
aquella región, tierra adentro, y el primero será uno de los hombres que más
han contribuido, en épocas anteriores, al conocimiento de la Patagonia: el
capitán Moyano que, refiriendose a ella, dice:
«La zona vecina a la costa contiene pastos escasos,
pero de una calidad especial que permite aprovecharlos para la cría de vacas,
ovejas, caballos y cabras, y que la práctica ha probado pueden soportar el
clima de todo el año, y algunos retazos en los valles de los ríos y cañadas se
prestarían para la agricultura, aunque no en grande escala. La zona central es
menos apta a estos objetos, porque a la escasez mucho más acentuada de su
vegetación, reúne la seria desventaja de que dando una prueba de su inhabitabilidad
en esta estación, los mismos animales salvajes, como guanacos y avestruces y
aves que a millones bajan en ella a las costas, tal vez no permita en ella la
estadía de los animales en el invierno, doblemente más crudo que el de la
costa, por la elevación de las mesetas que la forman, y su distancia del mar,
que tanto atempera el clima. La zona andina, o sea la zona montañosa, que
empieza con los primeros contrafuertes de la cordillera, está caracterizada por
espesos e interminables bosques de hayas antárticas, y una vegetación herbácea
que satisfaría al estanciero más exigente».
La reciente obra del doctor Moreno es más explícita
en lo que respecta a la Patagonia Central, y los trabajos que él y sus
colaboradores tienen en preparación arrojarán mucha luz sobre ella.
Pero, aparte de que era justo recordar al
explorador citado -a cuyos trabajos he tenido que referirme ya-, sus
consideraciones son de mucho valor, y merecen ser recordadas.
Darwin, que remontó con Fitz-Roy el río Santa Cruz,
y que si hubiera seguido todavía algunas de sus vueltas habría avistado y
descubierto el lago Argentino, puesto que anduvo 224 kilómetros de su curso, y
el lago estaba como si dijéramos al alcance de su mano, se expresa con mayor
severidad y no sin cierta injusticia, acerca de la topografía de aquel
territorio.
«El paisaje -dice- continúa ofreciendo escaso
interés. La similitud absoluta de las producciones en toda la extensión de
Patagonia, constituye uno de los caracteres más notables de este país. Las
llanuras pedregosas, áridas, tienen en todas partes las mismas plantas
achaparradas; en todos los valles crúzanse los mismos matorrales espinosos. Por
todas partes vemos los mismos pájaros y los mismos insectos. Apenas si un tinte
verde, algo más acentuado, corre por las orillas del río y de los arroyos
límpidos que van a arrojarse a su seno.
La esterilidad se extiende como una maldición sobre
todo este país, y la misma agua que corre sobre un lecho de guijarros, parece
participar de esa maldición...»
La falta de víveres, más que otra cosa, hizo que
Fitz-Roy no siguiera adelante; otros más tarde lo hicieron, y por último ha
tocado al perito argentino la honra de remontar a vapor el Santa Cruz -como
aseguró que era posible en 1877-, de entrar al lago Argentino, de ir por el
Leona, hasta el lago Viedma, sirgando sólo unos veinte metros a la altura del
cerro Fortaleza. Pero no adelantemos los sucesos, como se dice en las novelas
de intriga, y recordemos que el doctor Moreno, sus ayudantes y sus peones, están
todavía en el depósito de carbón.
Sin embargo, venía esto muy a cuento al hablar del
territorio, pues contra lo que afirman los exploradores citados, el doctor
Moreno, que no limitó sus trabajos al curso mismo del río, sino que estudió
también sus márgenes en una extensión bastante vasta, ha encontrado -según mis
noticias- campos espléndidos para pastoreo, y lo que es mejor, maderas en
abundancia, y hasta minas de carbón de piedra (¿lignito?)
La navegabilidad del Santa Cruz era un problema de
alta importancia, cuya solución va a entregar al trabajo y al progreso una
nueva y vastísima zona, casi despoblada hasta hoy; si el parásito de la
especulación, que impide el desarrollo y ejercicio de las fuerzas vivas que
están aún latentes en toda la Patagonia, no invade también aquella región, y si
el Gobierno, tan descuidado siempre, la reserva hasta estudiarla y hallar el
modo de entregarla a los pioneers que la hagan prosperar para bien suyo y del
país.
No tengamos, por Dios, otra concesión Grünbein, ni
se dé esa tierra a intermediarios cuya sola misión sería hacerla pagar máscara
a los trabajadores, cobrando su influencia como mercadería, y contribuyendo así
a desacreditar nuestros procedimientos administrativos. Hay que reaccionar; es
necesario no descontar ya el porvenir, sino prepararlo para que sea más
próspero.
...Santa Cruz debe su nombre a Magallanes, que lo
descubrió el 26 de agosto de 1520, después del recio temporal que hizo
naufragar una de sus naves. Pero durante muchos años no se ocuparon de aquel
puerto los españoles, en cuyo nombre había tomado posesión de él quien estaba
llamado a mayor gloria aún, el navegante de quien Camoens dijo:
Ao longo desta costa que tereis
irá buscando a parte mais remota
o Magalhaes, no feito con verdade
portuguez, porém nao na lealdade
Según Pigafeta, el historiador de aquella
expedición por tantos conceptos memorable, el puerto era bueno y seguro.
D'Orbigny supone que más tarde hubiera cambiado, porque en 1746 la nave
española San Antonio lo encontró impracticable a causa de la acumulación de
arenas. Pero no ha habido tal cambio; el San Antonio no habrá logrado entrar a
causa de la barra que sólo puede pasarse cada seis horas; la enorme diferencia
de las marcas, que he señalado ya, permite en pleamar el paso de buques de
cuatro y cinco mil toneladas, sin el menor inconveniente.
Magallanes, sin embargo, pudiera haber hecho una
pequeña variación profética en el nombre con que bautizó a esa Pesada Cruz para
sus primeros pobladores... para los pasajeros del Villarino, y especialmente
para mí, que en el overo de Tourville, abiertas las piernas como para
desarticularlas sobre el ancho recado, y después de dar algunos galopes de aquí
para allá, caí muy ufano al depósito, para averiguar cómo marchaban las cosas.
Todo iba a pedir de boca, menos lo dependiente de la voluntad del río, que corría
en forma de hacer inverosímil que pudiera helarse alguna vez, ni aun en el
mismo polo.
-¿Por qué no va a Misioneros? -me preguntó el Dr.
Moreno.
-Es mi proyecto.
-Entonces, hágame el favor de ver si hay cartas
para la comisión de límites.
-Con mucho gusto.
Bajé a tomar un mate, y ya comencé a notar que el
recado no estaba hecho para mí o yo no estaba hecho para el recado. Disimulé
como pude una manera de caminar que aún no me conocía, y traté de alejar de mi
mente los tristes y dolorosos presagios que la asaltaban. ¡Caramba, un criollo,
que ya en 1880 hacía largas etapas en Curumalal con D. José María Muñiz!...
Entre los visitantes semiforzados del depósito
estaba el ingeniero Tapia, que:
-Si encontrara caballo, lo acompañaría con gusto
-me dijo:
-Y yo también -añadió el comisario Martínez.
Encontraron: Martínez un jamelgo y Tapia una linda
mula, trotona y falsa, como la del romance; montamos los tres, y para llegar
más pronto, echamos a galopar por el camino más largo. Fuimos de nuevo al
Quemado, y desde allí, al trote, para gozar del paisaje, a la subprefectura,
por la falda de los cerros que dominan el río.
-¡Pero qué andar tan duro tiene este animal! -Y
recordaba, allá en mis adentros, la aventura que el día anterior había ocurrido
a un joven francés, compañero de viaje, que tuvimos por muerto tres o cuatro
veces. A la quinta, y después de recogerlo casi del suelo, no pude menos que
decirle:
-¡Mais vous vous faites mal!
-J'en ai eu bien d'autres... au manège... et
encore, le caporal etait-là, pour m'obliger a remonter en selle...
Y volvía a subir como si tal cosa.
Al pie de los cerros, riquísimos en fósiles, el
camino es fácil y el río hace en la playa, un poco más lejos, caprichosos
encajes. Misioneros no se ve, aunque se halle a menos de una legua, oculto como
está por la punta de Witte. El viento parece haber dejado de soplar, quizá
porque lo detienen las alturas que faldeamos.
-¡Pero qué andar de caballo!
-¿Quiere la mulita? -me preguntó risueñamente
Tapia.
La miré, lo miré... Él es pequeño y no va mal en
una mula como las excelentes llevadas en el Villarino, de cuya recua formaba
parte aquélla.
Pero yo... Mi montura, cuando pasé los Andes,
parecía extraño fenómeno con seis extremidades.
-¡Muchas gracias! -contesté.
-¿Quiere que regresemos?
-¡Qué esperanza!
Este modismo era trasunto de mi temor a una
rechifla. ¿Y las cartas?
¿Dónde estaban las cartas? ¿Conque no había llegado
a Misioneros?... Me encomendé a Pellicer, mártir en Santiago del Estero y... ¡a
galope para concluir de una vez! No sé cómo puede uno olvidarse de tal modo de
andar a caballo. ¿Será el recado? ¡pues, tan ancho! En una silla inglesa, menos
mal...
Por fin se presentaron a nuestra vista las casillas
negras del antiguo presidio, la habitación del subprefecto, menos tétrica, y la
mancha roja del buzón federal, allí en la playa, donde nadie ha depositado
nunca cosa alguna, si no es el viento las arenas y las piedrecitas que
arrastra.
Nos apeamos a la puerta de las oficinas
subprefectoril y postal, y nos recibieron el subprefecto Máximo Rivero y el
ayudante y administrador de Correos a la vez. Mi modo de andar del depósito se
había acentuado un tanto, pero aún era presentable.
-¿A usted lo manda La Nación? -me preguntó el
subprefecto.
-Sí, señor.
-¿Y para qué?
-Hombre... para ver... para observar...
-¡Ah! ¿De modo que viene al tuntún?
-En efecto, al tuntún. Siempre andamos así, y a
veces es muy curioso...
(Hay que recordar que estábamos en lunes de
carnaval, y que era obligatorio divertirse en algo. Nunca falta quien
suministre asunto.)Recogí luego las cartas, montamos, y aunque fuera un poco
tarde, Tapia y yo nos quedamos en la punta Witte para recoger algunos fósiles.
Desde Darwin se conocen esos fósiles, pesadas
ostras que llegan a tener un pie de diámetro y que parecen enormes y
cenicientos pasteles de hojaldre. El comisario Martínez siguió marchando al
paso, para que lo alcanzáramos.
Llenamos de ostras las alforjas de la mula, que
desgraciadamente tenía floja la cincha, y mientras armábamos un cigarrillo y
cambiábamos impresiones, se preparaba la catástrofe.
-¡Cuidado! -gritó de pronto el ingeniero Tapia.
Y apenas lo hubo dicho, cuando sentí silbar junto a
mi cabeza el más vigoroso par de coces que cuadrúpedo alguno haya tirado nunca,
y enseguida una loca, una furiosa carrera por las piedras de la loma.
-¡De buena se ha escapado! -exclamó mi compañero,
que montó de un salto a caballo y se puso en persecución del espantado animal,
que fue sembrando el suelo con ostras fósiles, bajeras, cincha y montura,
dejándome boquiabierto, tan rápidamente se había desarrollado este final de
acto.
¡Pero qué carnaval, señor!
Filosóficamente fui recogiendo las prendas de la
montura, y luego me senté sobre ellas a contemplar las peripecias de la cacería
en que Tapia se había empeñado. Triunfó por fin, volvió haciendo cabrestear al
animal, lo ensillamos, y sin que mediara negociación alguna, él se quedó con el
caballo y yo lo seguí modestamente enhorquetado en la acémila, y todavía
agradecido por no haberme quedado a pie.
Los fósiles, que fueron a buscar nuevo yacimiento,
se quedaron por esa vez allí.
En el camino encontramos a Martínez, que volvía a
ver lo que pasaba, y como se acercaba la noche, echamos por la quebrada playa,
arribando felizmente al depósito. Cuando eché pie a tierra tuvo que hacer
heroicos esfuerzos para que no se me conociera la enorme fatiga, el dolor del
cuerpo entero, desde los omóplatos hasta los tobillos.
A pesar del resultado un tanto negativo de mi
cabalgata de ese día, pensé poner en planta un proyecto que mascullaba en mi
interior, casi desde el principio del viaje: pedir permiso para agregarme a la
comitiva del perito, y acompañarlo en su expedición a través de la Patagonia,
para ir con él a Santiago y regresar de allí a Buenos Aires. En tal caso
tendría que haber modificado el plan primitivo de la excursión, dejando para
otra vez la interesantísima visita a Tierra del Fuego e Isla de los Estados. Como
lo pensé lo hice, pero a la primera insinuación, el doctor Moreno me dio a
entender que no tenía para qué exponerme a un fracaso seguro, solicitando
claramente un favor que no me concedería. Y pues había observado ya con qué
severidad alejaba a los que no pertenecían a la comisión, me di por entendido,
y puse punto en boca. Más tarde, en Buenos Aires y de regreso, le pregunté si,
en caso de insistencia, me hubiera autorizado a seguirlo.
-No -me contestó categóricamente.
Traigo esto a cuenta, porque algunos diarios de
ultracordillera han hecho viajar al enviado de La Nación con los
expedicionarios de la comisión de límites, criticando y dando por realizado lo
que sólo fue un proyecto periodístico muy natural, pero que ni siquiera se
formuló. Y como no ha faltado tampoco aquí quien recogiera la especie, no
estaba demás desvanecerla, aunque mi itinerario se haya encargado ya de ello.
...Pasando por alto otros incidentes de menor
cuantía, cayó la tarde, amainó bastante el viento, y los pocos que en la playa
estábamos vimos con júbilo que se desprendía un bote del costado del Villarino.
Había que aprovecharlo y embarcarse. Nos despedimos antes de que la embarcación
llegara a la playa.
-¿Pero volverán? Vengan mañana a comer un asado al
asador.
-Sí, ¡cómo no! Pero bueno es despedirse... por si
acaso.
Con estos vientos no sabe uno a qué atenerse, ni
puede confiar mucho...
-Buen viaje, entonces.
Y deseando al perito Moreno que realizara la
proyectada y felizmente resuelta navegación del Santa Cruz, nos lanzamos al
bote, que tomamos por asalto, con un gran suspiro de satisfacción, aunque
fuéramos a encerrarnos en círculo más estrecho: el barco.
La embarcación iba llena de gente, pero apenas
golpearon a compás los remos y nos separamos de la orilla, cuando acudieron de
varias partes a la playa, a todo correr, otros compañeros de viaje, a quienes
no pudimos ir a tomar, por desgracia suya. Los rezagados suelen llevar la peor
parte... y éste fue el caso, pues la calina que en ese momento aprovechábamos,
era sólo un recalmón, precursor de una ventolera de dos mil y pico de demonios.
A bordo nos recibieron con grandes agasajos un si
es no es fisgones, pues los prudentes que no desembarcaron, se daban cuenta de
que todas no habían sido rosas la noche anterior. Habían oído los tiros y visto
la fogata, pero ¿qué hacerle con semejante tiempo? Los botes que se ocupaban
del desembarco estuvieron la tarde anterior en serio peligro, el chinchorro,
con los que habían salido a pescar, en tremendos apuros, y la misma lancha a
vapor no llegó sin esfuerzo al costado del buque. ¿Cómo ir en busca, entonces,
de los que «andaban paseando»?
-¿Y probó la picana con piedra? -me preguntó el
segundo Méndez, que se había divertido mucho con nuestras aventuras diurnas y
nocturnas.
-¡Cómo quiere que saliéramos! Además, tendríamos
que haber andado mucho para encontrar avestruces.
La picana con piedra es un plato indígena del que hablan
primores cuantos lo han comido; consiste en la armazón posterior de un avestruz
gordo -o flaco si no hay otro-, en cuyo interior se echa una piedra previamente
calentada todo lo posible; luego se cierra la caparazón cosiendo la piel, que
se ha dejado a ese objeto, y se pone el todo un rato al rescoldo. En un momento
más la picana está hecha, se abre, y en la fuente natural queda un guiso
exquisito -dicen cuantos lo gustaron-, en que los trozos de carne se bañan en
una salsa que no podría imitar el más hábil cocinero.
Pero ese manjar, antes cotidiano en Patagonia,
escasea hoy sobre la costa, porque los avestruces han ido retirándose hacia el
interior, en un repliegue defensivo a que los han obligado los intrépidos e
infatigables cazadores. Digo intrépidos, porque se necesita valor real para
correrlos a rienda suelta, cuesta arriba y cuesta abajo, por campos cubiertos
de piedras y guijarros, donde si no hace la vizcacha sus madrigueras, practica
sus obscuras minas el tucu-tucu -más temible, porque sus trampas no se ven, como
las del otro roedor. Este avestruz -creo haberlo dicho antes-, difiero de su
hermano de la provincia de Buenos Aires, no sólo en su carne, más apetitosa,
sino también en varias particularidades, que lo han hecho llamar Struthio
Darwinii, mientras el otro lleva el nombre de S. Rhea.
LA CAZA DEL AVESTRUZ
No se lo caza entre muchos, como en las boleadas de
nuestra provincia; en Patagonia suele un solo jinete ir con sus perros -esos
extraños perros que sólo se ven allí y en el Jardín Zoológico- y volver con
varios ejemplares del enorme pájaro, cuya pluma se vende a buen precio, cuyos
alones y picana se comen, y de cuya piel del pescuezo se hacen tabaqueras
(chupas) sacándola al estilo de las botas de potro.
Los perros -especie de galgos mestizos de largo
hocico- adiestrados ya por el atavismo y perfeccionados por el ejercicio,
tienen tan rara habilidad, que a veces cazan sin necesidad de ayuda; corren,
matan el ave, y luego vuelven en busca del amo para conducirlo adonde está la
presa.
Pero éstos son excepcionales, y la mayoría se
limita a retardar la carrera del avestruz y hasta detenerlo colgándose de él a
pesar de sus patadas, que rehuyen con agilidad pasmosa.
En cuanto a las costumbres del ave gigantesca de la
Patagonia, nada digo, por cuanto han sido ya tan descriptas, que no incurriré
en el exceso de volver sobre ellas. Corren como el viento, ayudándose con las
alas; la hembra pone gran número de huevos que el macho incuba; sabe y puede
nadar largos trechos, aunque no le agrade el agua; es muy curioso, y tiene un
estómago... de avestruz.
El guanaco, tan desconfiado como su vecino
patagónico, y al mismo tiempo tan curioso como él, se caza en la misma forma, y
son los perros los que hacen el mayor gasto en las partidas cinegéticas. Este
animal, que Darwin señalaba como análogo en Patagonia al camello en Oriente,
suele encontrarse en gran número en las travesías más extensas, donde no hay
agua en decenas de leguas a la redonda. Muchos afirman que bebe agua salada; lo
cierto es que puede pasar mucho tiempo sin sufrir sed, y luego corre con tal rapidez,
que no existen para él distancias demasiado largas.
Ya hice referencia a la versión -que trato de
comprobar- de que, a semejanza del camello, llevan un depósito de agua en el
estómago. Es verosímil, puesto que se trataría de una adaptación al medio, en
forma más perfecta que la poca o ninguna necesidad de beber de ciertos animales
-hasta la misma oveja del territorio que se contenta con el rocío cuando no
tiene otra cosa.
La caza del guanaco es de más peligro que la del
avestruz, porque aquél, como la gamuza europea, trepa montañas y salta
precipicios y grietas, poniendo en duro trance al jinete que lo persigue. Pero
como los perros, los caballos se han habituado a esa suerte de ejercicios, y no
es raro verlos bajar a galope por una cuesta ruda y pedregosa, casi tan
rápidamente corro los cantos que hacen rodar sus patas, de tal modo que no se
sabe a quién admirar más, si al noble animal o a quien lo monta.
El guanaco sirve para comer cuando no está muy
cansado: la fatiga hace desmerecer mucho su carne, que en ese caso se acepta
sólo por necesidad.
En la región, y como recurso, hay también liebres
-ya en menor cantidad que más al norte- algunas aves, y el mismo tucu-tucu, que
bien preparado es un aceptable manjar. Más al centro aparece el huemul, el
ciervo chileno, que cerca de la cordillera no teme todavía al hombre, o lo
observa con la misma curiosidad del guanaco y del avestruz, pero más ingenua y
confiadamente. Las grandes manadas de animales alzados, de baguales, que caza y
come con tanto placer el habitante de la Patagonia, se han retirado mucho, y
van en marcha hacia el sur. También con ese rumbo han ido las vacas, que antes
vagaban por el territorio del Río Negro, rechazadas poco a poco por el hombre,
que las persigue sin descanso.
Para la caza de estos animales, el perro es también
poderoso auxiliar, y se adapta a ella con singular resultado, como se adapta a
la del zorro, que abunda, pero que se toma preferentemente por medio de
trampas, evitando así trabajo y gastos. Con la piel del zorro se hacen
quillangos, no tan estimados como los de guanaco y avestruz, y pues se
necesitan muchos para hacer uno solo de esos curiosos tapices, esparcidos hoy
por el mundo entero, no vale la pena de matar caballos y de cansar perros en su
busca. Pero los canes suelen hacer esa caza por su cuenta y de pura afición,
cuando la encuentran a tiro o la olfatean en las cercanías.
-¡Oh!, yo no creía que estos animales fueran tan
buenos cazadores, aunque me lo hubieran animado muchas veces personas serias y
conocedoras del país.
Esto me decía un ingeniero francés que acababa de
explorar aquella región.
Y me contó cómo un día, que -poco después de
llegar- recorría el territorio, vio a lo lejos, a una distancia tal que era
locura pensar en perseguirlo, un avestruz de gran alzada.
El perro que llevaba, y que era un hermoso ejemplar
perteneciente a un explorador francés que lo había precedido, se puso a ladrar,
como invitándolo a que lo siguiera. En lugar de hacerlo, ordenó a un peón que
detuviera al animal, pero, como si hubiera comprendido, éste se lanzó a toda
carrera, antes de que el peón se hubiera bajado del caballo, en dirección al
avestruz y hasta perderse de vista... Largo rato después, y cuando el
explorador creía que el perro se había escapado, volvió jadeante, y con sus ladridos,
ora alegres, ora disgustados, tanto hizo, que un peón lo siguió hasta donde el
avestruz yacía con el cuello fracturado por sus mordiscos.
Bastará, por ahora, de perros, cuando diga que en
Patagonia sirven también, y con mucha fidelidad y eficacia, de pastores de
rebaño. La escasez de yerba hace, como ya lo he dicho, que las majadas de
ovejas tengan que esparcirse en vastísimos espacios, calculándose algunas
veces, y en ciertos parajes, que se necesita una hectárea por animal. Para el
hombre sería improbo trabajo rodearlas y recogerlas, pero el perro se encarga
de ello y lo hace a las mil maravillas. Aún más: toma y detiene a la res que el
amo le indica, y llena sus funciones con una seriedad y una competencia que
pocas veces se halla en los puesteros y peones de estancia, más aficionados al
fogón que a la labor.
El comercio de quillangos tiene alguna importancia,
y su factura ha ido perfeccionándose poco a poco. A los comunes que todos
conocen, han sucedido otros hechos con ciertas partes especiales de la piel,
como por ejemplo, la pequeña mancha color torcaz en la frente del guanaco, o
las salpicaduras blancas del cuerpo y el pecho; este producto tiene que ser
caro, pues cada quillango se compone de piezas cosidas entre sí, que no
alcanzan a un decímetro cuadrado cada una. Combinando colores, se hacen también
de bonitos dibujos simétricos.
Los indios los cosen con tientos, o fibras del
mismo guanaco, y muestran en ese trabajo mucha habilidad; hechos así, los
quillangos son de larga duración, doble o triple de la que alcanzan los de otra
factura menos prolija y con materiales distintos. Una vez sobadas las pieles, y
cosidas unas a otras, suelen los indios pintarlas del lado del revés con
tierras coloreadas, haciendo algunos dibujos semi-geométricos, en que el
contraste de las tintas no deja de tener gracia.
Además de los quillangos de guanaco y de zorro, los
hay -y pueden encontrarse en el comercio- de piel de avestruz, con sus plumas,
naturalmente, siendo los más estimados, más hermosos, y de más alto precio, los
hechos con las plumas más blandas y blancas, sobre todo los llamados de
«avestruz de huevo», que se hacen sólo con pichones, a costa de mucho trabajo y
sobre todo de paciencia. Pocos ejemplares hay de esta clase, y si la moda se
inclinara a ese lujo, no dudo de que el Struthio Darwinii iría muy pronto a
aumentar el catálogo de las especies extinguidas.
El precio a que pueden adquirirse en Patagonia
misma -los quillangos inferiores, precio para los viajeros que pasan por los
puertos y tienen el capricho de poseer uno- varía entre quince y veinte pesos
papel; los especiales suben en proporción a su mérito, y algunos cuestan una
fuerte suma.
Otro animal que, si no es característico de aquella
costa y la correspondiente región mediterránea, frecuenta ambas habitualmente,
es el cóndor de los Andes, que suele verse como un punto negro en las alturas,
cerniéndose en busca de la presa que su extraordinario poder visual ha de
indicarle. Remito al lector a los que han descripto antes al rey de las aves,
ya científica, ya literariamente, y sólo me permitiré hablar de unos cóndores
domésticos.
El señor John Wilson, vecino de Puerto Deseado,
tuvo la buena fortuna de tomar varios cóndores pichones, que crió en su casa
hasta su completo desarrollo. Naturalmente, siempre impidió que volaran, para
que no se le escapasen -e ignoro si para ello los tuvo encadenados de una pata,
como se estila, o solamente enjaulados- y allí vivieron sus primeros años los
«calvos moradores de la montaña».
Pero un buen día -también ignoro por qué- resolvió
mister Wilson desprenderse de los esclavizados monarcas, y los regaló a una
persona residente en Santa Cruz, que se los llevó a ese puerto y los tuvo algún
tiempo en la subprefectura. Una mañana le avisaron que las aves habían
desaparecido.
«La cabra tira al monte y el cóndor a los Andes»
-dirán ustedes.
Pues no, señor. Cual modestas palomas mensajeras
que vuelven al palomar paterno, los cóndores alzaron el vuelo, trazaron sus
círculos cabalísticos en el aire, y de un solo golpe de alas fueron a dar a
Puerto Deseado y a casa de mister Wilson, que, naturalmente, los acogió como
merecían. Repito que esos cóndores no habían volado nunca, lo que habla mucho
en favor de su instinto, y que volvieron voluntariamente al cautiverio, lo que
demuestra que podría domesticarse si no fuera por ungues et rostrum.
Ya me parece verlos de carteros en la Patagonia,
llevando paquetes de impresos bajo el ala, como las palomas los livianos
mensajes que se les confían. Eso sería mejor que hacerlos alzar muchachos en
las garras, como hizo Julio Verne, o construir nidos como nuestro alto poeta.
«¡El cóndor mensajero!» Vale la pena repetir el
ensayo que, sin pensarlo, hizo el señor Wilson, para lo cual podrían utilizarse
los ejemplares que parpadean mustios en las jaulas de Palermo; sólo que éstos
encontrarían en la provincia de Buenos Aires muchos más pollos y gallinas en
que entretenerse, que sus filosóficos hermanos de la Patagonia, y puede que no
volvieran a la querencia, como regresaron los que tenían allí la vida
asegurada.
¡Qué diablos! no siempre se halla en las estepas
patagónicas un cadáver de guanaco en que cebar el pico: aunque sea más ayunador
que Tanner y que Succhi, también el cóndor ha de ser aficionado a comer todos
los días.
Si aquila non capit muscas, menos aún el cóndor,
sobre todo cuando ha sentado su real en esos territorios, donde no he visto una
sola mosca, ni para remedio... es decir, en tierra, pues las que con nosotros
venían en el Villarino -y aunque Darwin diga lo contrario-, vivían en cámara y
camarotes, aunque decreciendo en número a medida que avanzábamos hacia el sur.
Verdad que la doctrina del sabio inglés no queda contradicha por el hecho; al
contrario. Si las moscas no se adaptan al medio patagónico, el transporte
nacional está adaptado especialmente para su conservación y propagación... lo
que no quiere decir -¡cómo ha de querer!- que sea sucio en demasía.
Observé algunas cuando volví esa tarde: estaban
semi-atontadas, pegadas a las paredes y especialmente al techo; su hora final
se aproximaba. Y recordé entonces con cierto espíritu de venganza satisfecha,
cuánto y con qué insistencia y de qué modo me había fastidiado, incomodado,
atormentado, cuando eran enjambre, al zarpar de la dársena y luego allá en alta
mar, donde estaban de perpetuo jolgorio, sin soñar en la suerte que las
aguardaba...
...Aquella noche estuvimos de fiesta a bordo.
Fiesta de marineros:
acordeón, guitarra y baile, sin que faltara
probablemente el trago echado a hurtadillas, pues a pesar de todos los
reglamentos y de todos los castigos, la tripulación de nuestros buques se
ingenia para procurarse licores, y suelo hacer proezas que dejan chiquita a la
famosa pesca de botellas de los mosqueteros.
No sé de dónde sacaron aquellos alegres mozos ropas
de mujer y otra indumentaria carnavalesca; es el caso que pronto aparecieron
sobre cubierta varias parejas de máscaras, y después de un paseo triunfal por
todo el barco, rasgueó una guitarra, chilló un acordeón y dio principio el
baile, a la luz de las lamparillas incandescentes, atrayendo a todos los
pasajeros, para quienes ya cualquier cosa era diversión, y que formaron corro
en torno de los grotescos bailarines... Un cuadro digno de ser pintado: sobre el
fondo negro de la noche, como estrellas, las luces del pueblito; una, titilante
y vaga, allá a lo lejos, en Misioneros; la cubierta en la penumbra, creciente
hacia proa, con la mancha blanca y violenta de una lamparilla incandescente; un
grupo de figuras indecisas en lo obscuro; otro destacándose con vigor, vibrando
colores, en plena luz; marineros sentados o echados en el suelo; pasajeros de
proa hablándose y riendo a voz en cuello; oficiales de pie, con su traje
galoneado, y en medio, girando al compás de la música áspera, los mascarones
mal prendidos, con el rostro cubierto de hollín (que, dicho sea de paso, nos ha
llovido el viaje entero)... Tal fue, después del de las mulas y la cabalgata,
el famoso carnaval santacrucense, que por mucho tiempo me dejará recuerdos,
gratos o ingratos, según me refiera al espíritu o al cuerpo.
Todo el mundo estaba alegre, menos una única
pasajera de cámara, miss Mary X, la joven inglesa que iba a Gallegos, a
casarse. ¿Porqué?
Misterio... Ella tan risueña, tan jovial en los
días anteriores, melancólica y callada, apenas si se acercó al corro para
dirigir una mirada mustia a los bailarines.
-¿Qué tiene, miss Mary?
-Nothing.
De pronto cambió completamente de expresión,
iluminándosele el rostro, y se puso a hablar con mucha animación a un joven,
compañero nuestro desde Buenos Aires, que le daba la réplica en un inglés
mediano, pero muy sugestivo al parecer... ¡Acabáramos de llegar!
Sin duda en ausencia nuestra se habría hecho allí
un nudo, y estaríamos en pleno reinado de la intriga amorosa, aunque inocente.
Ella joven, sola, agradecida a las atenciones de
que la rodeaba él, buen mozo y emprendedor... No, no podía ser de otro modo, y
más cuando la monotonía del viaje, el aire tibio y vivo, los efluvios del mar,
la luz, la confianza de a bordo, todo había estado tomando parte semanas
enteras en la muda complicidad de las cosas...
Medio derrengado, me senté en un banco a
observarlos: no -¡Dios me libre!- por malsana curiosidad, ni menos por burlona
indiscreción. Pero todo es materia de estudio, todo tiene un significado, todo
contribuye a dar -al que sabe observarlo- idea del medio en que se halla, de
los hombres que codea, de las peculiaridades que flotan a su alrededor,
invisibles para la mayoría.
Y pensaba: He aquí una mujer que, dando muestras de
verdadero temple de ánimo, viene de uno al otro hemisferio, en busca de su
pareja, confiada en el varón, fuerte por sí misma, pero susceptible de cambios
y adaptaciones inesperadas, sensible a las influencias externas, como el compás
en los canales del Beagle, perturbado por la atracción de los minerales de
hierro de la costa... Esta mujer, sentada frente a mí, junto a un argentino que
representa bien el tipo nacional, forma con él un símbolo de la fuerza de
atracción de estos países y estas razas nuevas.
Ella, de cualquier modo, sea que realice su
proyecto matrimonial, sea que el inocente flirt de hoy se desarrolle en novela
más o menos interesante y efectista, va desde luego a convertirse en pobladora
de la Patagonia, tiene un significado histórico, es una nueva energía que
colaborará desde hoy en la obra de las energías poderosas que allí trabajan.
Él, con su juventud, con su brío, con la corriente de simpatía franca y jovial
que emana de los latinos de América, regenerados y reforzados por otras sangres
más ingenuas pero más fuertes, viene a ser en el caso, representativo y útil;
porque reúne nuestras cualidades de atracción, y tiene en su persona y en su
modo de ser, la juventud, el desprendimiento, la despreocupación de nuestro
país... todo eso malo, que a nadie daña sino a nosotros mismos.
Y esa mujer, libre como lo son sus compatriotas,
que ni teme a las hablillas, ni cree peligroso conversar con un hombre -seguía
yo reflexionando-, da, a bordo del Villarino y en pequeño, la nota tónica del
progreso de esta región, que a mi juicio está llamada a ser, geográfica y
sociológicamente, la homóloga de los Estados Unidos del Norte, pese a la
ceguedad de los gobiernos.
Este fuerte sexo débil ha desalojado ya en mucha
parte de la Patagonia a la india Tehuelche, de enérgica e inteligente raza,
sobre cuyos -cada vez más escasos- ejemplares, domina desde las estancias
inglesas y alemanas, salpicadas en el desierto como núcleos de futura
civilización. Ante ella, la mujer que llevaban los ejércitos de fronteras, y
que allí quedó llenando sus funciones étnicas, y la mestiza que nació del
contacto entre indios y cristianos, ceden palmo a palmo el terreno, que
prepararon ha tiempo, como tipos de un período de transición. Vienen de fuera,
al par de miss Mary, y en continua y poco observada inmigración, a cooperar en
la tarea evolutiva, miembros femeninos de pueblos varoniles crecidos en climas
análogos; de pueblos que ora han podido entonar el Rule, ora han dado
florescencias intelectuales tan extraordinariamente poderosas como
Escandinavia. Y -sin perjuicio de eso- allá en Rawson, y en Gayman, y en
Trelew, se forma desde hace años una ¿cómo diré? una especie de haras humano,
cuyos productos están llamados a extenderse por gran parte de la Patagonia y a
influir de una manera decisiva en el tipo de su población, como influirán -sin
darse cuenta, pero no menos eficazmente por eso-, las semillas esparcidas y
cuasi aisladas en toda esta zona inmensa.
Invito al lector a considerar los hombres -sólo
eso- de los pobladores de aquella tierra, cuando, poco más adelante, inserte el
plano del territorio de Santa Cruz con los establecimientos ganaderos que lo
pueblan; y lo invito a que medite sobre ello, para arribar a la conclusión de
que, en efecto, en Patagonia se prepara una raza distinta de la nuestra, no
sólo porque el medio lo exige así, sino también porque los elementos que
trabajan en su formación, los antepasados de los nietos por venir, son diferentes
en absoluto de nuestros abuelos.
Aun los de esta generación hemos asistido como
testigos oculares a transformaciones sociales de mayor cuantía, como por
ejemplo, a la diminución y casi extinción del negro, no perdido en medio del
número que creó la decuplicación de los habitantes de Buenos Aires, sino lisa y
llanamente desaparecido por el mestizaje primero, y por la escasa vitalidad del
mestizo después. Todo, usos, costumbres, hasta rasgos fisonómicos, ha variado
de un cuarto de siglo a esta parte, en la capital como en la provincia, como en
Santa Fe, como en toda comarca a que han afluido diversas inmigraciones. El
gaucho de los alrededores fue suplantado por el orillero en otra época, y hoy
este mismo se funde en el pueblo común, sin características determinadas,
porque el tipo general es indeciso todavía. Y en este centro la influencia era
más difícil de ejercer, porque el plantel que lo formaba tenía acentuados
rasgos propios, como que venía de una sola raza, y se había establecido bajo la
superintendencia absoluta de ésta. ¿Cómo, pues, no prever lo que está
preparándose en Patagonia? ¿Cómo creer que aquel almácigo -muy ralo hoy, a
decir verdad- va a producir plantas análogas a las que nacen y prosperan de
este lado del río Negro?
¡Oh, miss Mary! Si usted supiera el interés
etnológico que tiene su persona, en su carácter futuro de antepasada!...
Sabía yo muy bien que mi compañera de viaje no
emigraba por casualidad y excepción hacia esas tierras. Otras la precedieron,
otras la seguirán.
Las familias de estancieros ingleses y alemanes,
gustan de ser servidas -aunque no hayan sido gentes de fortuna en su país- con
más corrección y delicadeza de la que puede esperarse y exigirse de los ásperos
hijos de nuestra campana, y generalmente traen de ultramar las personas que han
de ocuparse de los servicios de dentro de casa.
Los ingleses, sobre todo, han introducido en
Patagonia sus house-maids, con un contrato en que establecen generalmente,
además de la soldada, el compromiso de pagar el viaje de retorno y otras
recompensas, las obligaciones comunes en esa clase de trabajo, y la de que «no
han de casarse» mientras dure el contrato, so pena de perder los salarios del
término entero... Esto no puede impedir, y naturalmente no impide, que se casen
cuando hallan mi buen partido, cosa no difícil si se tiene en cuenta que en Patagonia
escasea la población femenina, y que la masculina, crecida en relación, no es
muy exigente ni de belleza, ni menos de patrimonio. Las que no se casan
mientras dura su enganche, regresan a Europa si tienen allí un compromiso
preestablecido; pero en su mayoría se quedan, inducidas a ello por una fuerza
de inercia aparentemente negativa, pero en este caso muy positiva y muy
benéfica... La naturaleza echa mano de medios complicados y a veces invisibles
para arribar al resultado final que se propone y a que siempre llega. Hizo una
raza de ovejas para la Patagonia; con facilidad igual, sin el concurso de
sabios ni estadistas, está haciendo un pueblo...
Y mientras estas ideas, informes aún, bullían en mi
cerebro, se confundían con observaciones extravagantes y con recuerdos
melancólicos, sin destacarse claras y aisladas como ahora; miss Mary y su galán
seguían hablando dulcemente, en íntima confidencia, ajenos a la sospecha de que
pudieran ser punto de partida de una meditación sobre las razas futuras,
terminada en un sueño de lo porvenir.
Porque así terminé: Patagonia estaba ya poblada
desde Viedma hasta la punta Dungeness, desde el Atlántico hasta los valles
habitantes de los Andes; cada puerto era un pueblo, cada caleta una aldea;
luego la población se hacía más densa a medida que avanzaba a la falda de la
cordillera, donde vivía con una vida intensa y pacífica, libre y feliz.
Esos pobladores eran ya tostados y nervudos hombres
de campo, derechos sobre el caballo o encorvados sobre la esteva,
manufactureros vigorosos, leñadores, mineros... Los trenes llevaban a la costa
los productos de todo el interior. Por los grandes ríos que bajan de la
montaña, iban y venían las chatas a vapor, llenas de mercaderías, de minerales,
de maderas.
Variaba el clima, brotaba el bosque hasta en el
arenal, perdía Patagonia su fisonomía misteriosa y amenazadora, y de aquel
territorio inculto y casi desierto, surgían una, dos, tres provincias que
reclamaban el self government, con más razón que muchas otras, diciendo: «¡Ah!
nos habéis dejado, y hemos crecido solas, por nosotras mismas, con nuestras
fuerzas personales, sin ayuda, sin simpatía, sin educación casi, y hoy tenemos
otro modo de ser, otras costumbres, otros hijos distintos de los vuestros.
Y contad con que sólo queremos ser estados dentro
del estado... Nos habéis dado gobiernos que han detenido nuestro progreso,
preocupados sólo, egoísta, delictuosamente, del progreso individual de los que
los componían; nos habéis hecho permanecer largos, muy largos años, en un
destierro que comercialmente nos acercaba a Inglaterra y a Chile más que a
vosotros... Ahora venimos a daros la sorpresa de nuestra mayoría de edad, en
que no pensasteis nunca, para la cual no nos habéis preparado...»
Bien. Esto es pura fantasía. Pero, sea lo que
fuere, ese ensueño se puede realizar, porque Patagonia, más que
geográficamente, está alejada del resto de la república por la indiferencia.
Más aun: en los centros de población, los hijos del
país se consideran extraños, cuando no enemigos. Han ido a ellos antes, van a
ellos ahora, como se va a una tierra conquistada (¿es esto atavismo?), y pesan
sobre los pobladores de otras nacionalidades con toda su autoridad delegada o
usurpada, pues también suelen crearse autoridades sin base legal. De ahí un
retraimiento, una desconfianza por lo que procede de nosotros, que se
manifiesta claramente hasta en lo más mínimo.
Ejemplo de ello es que allí donde pueden ejercer
los habitantes algún derecho político, lo ejercen haciendo abstracción de los
argentinos. Así, en el Chubut, donde se eligen municipales, éstos pertenecen en
su totalidad y genuinamente a la colonia galense, con exclusión de los
ciudadanos de raza latina.
Pero nuestros gobiernos no tienen costumbre de
considerar problemas políticos estos cuyo planteo se inicia ahora, y dejarán
que Chubut y Santa Cruz especialmente no afinen sus instrumentos para entrar
acordes en el nacional. ¿Es esto para mal?, ¿es para bien? ¡Quién sabe!
Considero que allí se prepara una raza poderosa; que las fuerzas de la
Naturaleza trabajan activamente, en colaboración con las fuerzas sociales que
están en perpetuo movimiento en todo el mundo y encuentra allí terreno nuevo y
libre donde actuar y acrecer, y que hora es ya de no limitarse a considerar
política el cambio de un gobierno o la elección de un candidato, para que el
pensamiento pueda abarcar mayores conjuntos y llegar a conclusiones más amplias
y positivas.
- X -
Los adioses de Santa Cruz
A la mañana siguiente era el viento tan violento,
que no se pudo acabar con el inacabable desembarco de las mulas.
Apenas si se botó al agua la hoy famosa lancha
Thornycrofft que ha remontado el Santa Cruz, pero con su caldera incompleta y
sus adornos desdeñados, porque no hay paciencia humana capaz de resolver el
rompecabezas de las piececillas accesorias e inútiles que hay que ordenar, como
el forro de la regala, las bancadas de proa y popa y los lujosos enjaretados.
Remolcada, la lanchita dio ya idea de sus buenas condiciones, quedó más libre
la cubierta del Villarino y nosotros exonerados de una de nuestras preocupaciones.
De vuelta, un bote nos trajo tentadora invitación a
no sé qué asado al asador de carne caponil, fresca y gorda; y relamiéndonos,
tratamos el vaso de conciencia de desembarcar o no desembarcar, de ir o de no
ir, de comer o no comer, porque esta última era la disyuntiva entre el famoso
plato nacional y los platos anti-internacionales de a bordo.
-¿Vamos?
-¿Y si no podemos volver?
-Sí, pero... ¿y el asado?
-Bueno... ¿pero y el viento y la corriente?...
Acordémonos de ayer...
-¡Vamos!
-Yo no voy...
Y en ese instante Eolo hinchó los carrillos y se
puso a soplar con tanta fuerza, que imagino que tras de la arena volaron los
cantos rodados de la playa, y tras éstos las ostras patagónicas, y después todo
cuanto se levantaba sobre la superficie de la tierra.
Corría arremolinado y verde de rabia el Santa Cruz;
en la costa nubes de polvo ocultaban el árido paisaje; algún remolino de arena
erguía su línea opaca y móvil, más visible que el resto del cuadro, y
súbitamente desaparecieron de la escena cuantas personas animaban la costa
melancólica del río...
Supe después que los pocos pasajeros que
permanecían aún en tierra, se habían visto obligados a quedarse en el sitio en
donde estaban, pues salvo caso de fuerza mayor, no se hubieran atrevido a poner
las narices afuera.
Pero, como todo tiene que acabarse, nuestro
cautiverio santacrucense tuvo fin al fin, y una buena tarde nos hallamos todos
a bordo, sin grandes desperfectos, dispuestos a zarpar y deseosos de hacerlo.
Sin grandes desperfectos, excepción hecha del Dr.
Luque, quien, almorzando en el depósito de carbón con el Dr. Moreno y comitiva,
quedó con la mano agujereada de una puñalada, en cierto encarnizado combate con
una patria galleta... Nos llenó de sangre el barco, palideció mucho, detuvo la
hemorragia después de revolver todo el botiquín, y los aires salobres y
saludables del extremo austral de América no tardaron en reponerlo después de
la sangría.
Las que no pudieron reponerse fueron algunas
docenas de fotografías que había yo tomado y cuya pérdida lamento aún. Los
negativos procedentes de un foto-gemelo con objetivo Seiz de Lepage, estaban
cuidadosamente guardados a la luz de una lámpara roja en un estuche especial,
negro y sin rendijas, donde la luz tenía rigurosamente prohibida la entrada.
Pero no faltó mano de compañero curioso, o de mozo entrometido que destapara la
caja y diera paso al enemigo de las placas sensibles. Total: perdí muchas vistas
interesantes, de cuya catástrofe sólo he venido a darme amarga cuenta acá. Lo
siento, porque la falta es irreparable...
...Todos los pasajeros estábamos en la borda
agitando en el aire nuestros pañuelos; subía y bajaba lenta en la popa, la
bandera azul y blanca; hervía el agua atrás, y en la superficie del río iba
quedando un surco, como de tierra arada. Sobre el fondo negro del depósito de
carbón movíanse coloreadas figuras liliputienses, y en el ambiente brumoso
había olor y electricidad de sensaciones nuevas. Marchaba el Villarino.
Quedábanse Moreno y sus segundos. Y a aquel trapo
que ondulaba a popa, al estridente silbido que una, dos y tres veces rasgó el
aire, envuelto en tenue nube de vapor, contestó de pronto, mudo y solemne,
flameando sobre el techo del depósito, otro paño blanco y azul, que más
adivinamos que distinguimos y que hemos seguido con la vista hasta que se
perdió en la bruma.
¡A Gallegos! Íbamos a ver el último centro de
población que la Argentina tiene en Patagonia, la capital de Santa Cruz, el
pueblo que tarde viene a disputar la hegemonía a Punta Arenas.
¿Qué, sorpresa agradable o desagradable podría
guardarnos Río Gallegos? Pocas horas nos faltaban para saberlo y también para
dar principio al fin de nuestro viaje por esa tierra austral argentina, ya que
el remoto sur del continente está en otras manos, merced a la geométrica y
curiosa raya del paralelo 52.
Despreocupado de la charla amena de los compañeros
y de la música de Rinaldi, el maestro de piano del Villarino, que tocaba no sé
qué barcarola sentimental, allá en cubierta me puse a revisar mi cuaderno de
notas, para añadir las muchas que faltaban y no fiar demasiado a la memoria.
En la vida de repórter se observa a la larga cuán
malos colaboradores son el lápiz y la cartera de apuntes. Un periodista habla
con un individuo sobre cualquiera cuestión interesante, le pregunta, está
obteniendo de él datos preciosos, tiene toda la confianza y toda la locuacidad
del interlocutor en favor suyo. Pero de pronto saca el carnet, esgrime el
lapicero, y la fuente se ciega como por ensalmo. La confianza se trueca en
temor, la locuacidad en reticencia, y los datos positivos, a veces, en rotundas
negativas...
No aconsejo a los colegas el uso de las notas, sino
ex post facto.
Yo agregué algunas a mi cuaderno, entre otras una
denuncia de vecinos caracterizados del Quemado contra un funcionario de la
localidad, cuya denuncia, cubierta de firmas, tengo en mi poder, y dice:
«El comisario de este departamento comete los
abusos y arbitrariedades que a continuación se expresan:
»Han ocurrido tres muertes violentas de hombres sin
que la policía haya averiguado nada al respecto, aun teniendo conocimiento de
ellas.
»El señor comisario ha establecido un despacho de
bebidas a nombre de otra persona, donde todo individuo puede embriagarse
impunemente y a su vista, sin sufrir castigo alguno, mientras que, si esto
hacen en otra casa de negocio, se le cobra una fuerte multa, o en su defecto,
es castigado con prisión en un sucio calabozo.
»Las jugadas en todas las casas son prohibidas, y
castigadas con multas, mientras que en la casa del señor comisario no sólo son
admitidas, sino que también se ha establecido un sistema de coimas a favor de
la casa, en la taba, el monte criollo y el choclón.
»Los gendarmes, que son solamente dos, los emplea
el señor comisario en su servicio particular, y en apalear personas indefensas
por el solo hecho de no haberse embriagado en su casa de negocio.
»Han sido enviadas muchas quejas al gobernador del
territorio, sin que hayan sido atendidas.»
Este grito no ha de extrañar a nadie y ha de ser
absolutamente ineficaz. Es el caso, o nunca, de la voz que clama en el
desierto, y convencido de ello, no lo traería a estas páginas si no fuera
prueba viva de lo que está consignado en el capítulo anterior.
Las autoridades que manda el país, pueden hacerlo,
por lo menos, antipático a la Patagonia. Los gobernadores no observan bastante
las necesidades y las pasiones del pueblo que nace bajo su mano. Son
indiferentes a sus quejas, fundadas o infundadas, y suelen sufrir que los
desacredite un subalterno por no haberse hecho bastante accesibles a la masa,
considerando alcurnia lo que por hoy sólo podría compararse a una transitoria
jefatura de tribu, o si se quiere que modernicemos, a la dirección de una empresa
agrícola, de una factoría, en que cada trabajador es moralmente un socio.
Iban esos vecinos de Santa Cruz a presentarse al
Ministro del Interior, desesperando de hallar en el Gobernador del territorio
ecos a su queja. No era el camino. Además, quién sabe si habrán hablado de una
manera tan categórica al Gobernador, en quien -lo creo- vivirá, pronto a
exteriorizarse, el espíritu de la justicia que no se ha manifestado, sólo por
no presentársele la ocasión.
Y, al par de esa prueba de la tirantez existente
entre los colonos y sus gobernantes, nos da el documento indicios de lo que es
el comercio en aquellas regiones: el alcohol prima sobre las otras mercaderías,
o por lo menos ocupa uno de los primeros lugares entre ellas. Es natural:
esparcidos en una gran extensión de territorio, los
pobladores de Patagonia van al pueblo con dinero en el bolsillo, o crédito que
lo valga, no sólo en procura de vitualla y ropas, sino también a divertirse en
la posible manera, allí donde no abundan los sitios de recreo. La esquina del
gaucho pampeano, la pulpería famosa, teatro de dramas y sainetes, se ha
trasladado allá con otro carácter, ha diezmado al tehuelche, y cobra diezmo
crecido al trabajador patagónico, que deja en ella gran parte de su salario,
sino todo.
El comercio de artículos de tienda está también muy
comprometido, pues lo practican, al par
de las casas especiales, los mismos establecimientos ganaderos, que mandan sus
lanas a Inglaterra y piden que, en cambio de una parte de su valor, les envíen
un surtido o pacotilla de prendas de vestir, que luego venden con poca ganancia
a los peones que en ellos trabajan, tanto más fácilmente, cuanto que no se les
cobra derechos de importación.
Este es uno de los grandes argumentos que tienen a
su servicio los que se oponen a los puertos libres en Patagonia, como si el
enriquecimiento de unos pocos negociantes equivaliera al bienestar de la
generalidad de los que pueblan aquel suelo.
Claro que el importador que introduce grandes
partidas de mercadería, puede hacer menos pesadas las tarifas aduaneras; pero
tan claro como eso es que, no habiendo derechos, mejor para cada uno es tener
los menos intermediarios que sea posible.
Luego después, Patagonia no será ni en muchos años
comercial sino por accidente; tiene funciones determinadas de productora, sobre
todo en el ramo de ganadería, pues exceptuando el Chubut, la agricultura no
prospera en ella aún. Los temores que por su comercio se abriguen, son
extemporáneos, y pensar en proteger a los almaceneros y tenderos, es curarse en
salud. Ya se protegen ellos solos...
-Verá usted -me decía un hacendado de Santa Cruz-,
verá usted cómo las provincias colonizadoras como Santa Fe, se oponen a que nos
den los puertos libres, poniendo de relieve razones que no son las verdaderas.
-¿Por qué?
-Porque no les conviene decir la verdad, y hacen,
lo que dice el cantar criollo: hacen como el teru-teru
que chilla lejos del nido
pa que no encuentren los huevos.
-¿Y cuáles son las razones verdaderas?
-Una, sobre todas: que si se declararan estos
puertos libres, todos los colonos que hoy sufren al norte por la pérdida de sus
cosechas, etc., se vendrían inmediatamente aquí...
-Puede que acierte usted.
-Estoy en lo verdadero, y como decía La Honradez
«los hechos me justificarán...»
He sabido después que, en efecto, las provincias
agricultoras se opusieron en el seno de la convención, por medio de sus
representantes, a las franquicias de los puertos patagónicos, logrando que no
se les dieran. Pero aunque esa oposición no triunfara, la exigencia
injustificada de las ya formadas y constituidas provincias del norte, hubiera
hecho muy difícil, si no imposible, dar ese decisivo impulso a los territorios
del extremo sur. Pretendemos servirnos de la experiencia de Estados Unidos, y
no acertamos a imitarlos en aquello que ha cooperado con más eficacia a su
engrandecimiento, como las extraordinarias facilidades que dieron para poblar
sus comarcas desiertas, y la absoluta libertad de que gozaron sus primeros
habitantes. Aquí todas son trabas, y cuando el pioneer se lanza por fin a
aquellos incultos y pobres campos, después de vencer dificultades sin cuento,
encuentra en las autoridades el mismo afán de gobierno a todo trance que
viviendo en un centro de civilización.
Y repito que no son aquellos hombres del mismo
corte que los que trabajan en nuestras provincias: la necesidad les hace aguzar
el ingenio, y la lucha tenaz por la vida, los prepara para todas las tareas.
Uno de Santa Cruz, llamado Charles Ross, realiza la
síntesis del colono patagónico.
Este individuo, que habita el territorio desde hace
muchos años, comenzó a abrirse camino en las condiciones más precarias que
imaginarse pueda. Para adquirir un caballo, no teniendo dinero disponible ni de
dónde sacarlo, dio al que se lo vendía, por ochocientos pesos de trabajo.
Ross es al mismo tiempo herrero, carpintero,
mecánico, maquinista... y hoy alquila su caballo Tucu-Tucu, a tanta costa
obtenido, por botellas de coñac o de ginebra, nunca por dinero... Como él hay
otros, y los antiguos colonos que vinieron del viejo mundo sin saber palabra de
la nueva vida en que iban a iniciarse, se han convertido en camperos, jinetes y
cazadores que corren el avestruz y el guanaco cual si hubiesen nacido en plena
pampa, y se han avezado de tal modo a las necesidades de aquella existencia solitaria,
que hoy se bastan a sí mismos, y pocas veces tienen que recurrir a extraño
auxilio. Sólo reclamarían la acción de un gobierno, para libertarse de enemigos
tales como los cuatreros, y eso simplemente porque no se les permite tomarse
justicia por su mano, porque poco les costaría, como a los primeros habitantes
del Far West, formar liga para perseguirlos y ahuyentarlos.
Uno de estos cuatreros, Asencio, no deja de ser
original.
Hace sus incursiones dos veces al año, sin que la
policía se preocupe mayormente, y roba caballos, ovejas, cuanto encuentra a
mano, para volver después con toda tranquilidad a su escondite y prepararse
para el malón siguiente.
Esto viene de tiempo inmemorial, y parece que
continuará por largos años todavía, con gran detrimento de las ovejas, en balde
tan prolíficas.
Otro de los apuntes de mi cartera, hechos a bordo,
después de la excursión por Santa Cruz, dice:
«He visto pocos indios tehuelches, y los pocos que
he visto están tan asimilados a las costumbres comunes a nuestra campaña, que
no pueden considerarse ya como genuinos.»
Sus costumbres, su físico, hasta sus mismas
creencias religiosas estén bien diseñadas por los muchos exploradores de
Patagonia, una vez desvanecida la leyenda de los gigantes que inventó Pigafeta,
y que repitieron tantos.
El fantástico historiador de viaje de Magallanes,
los decía de cuatro varas de estatura, invención que corre parejas con la de
que los tehuelches hablaron con el diablo, casi en presencia suya, con la de
que los pájaros del Pacífico se meten dentro de las ballenas, y con la de que
un rey americano tenía dos perlas como huevos de gallina...
Son efectivamente altos, bien formados, fuertes, y
el quillango que constituye su único traje y que llevan como manto, no sin
cierta gracia, los hace parecer de mayor estatura, como sucede con cuantos usan
ropa talar. Son dolicocéfalos, es decir, tienen el cráneo oval en la parte
superior, y más largo que ancho. Viven de la caza, en que demuestran gran
habilidad; su inteligencia es clara, sus costumbres sencillas, y sólo la
civilización que les ha llevado el alcohol asesino, ha podido hacerlos
degenerar. Pacíficos y bondadosos, han sido los amigos de los primeros europeos
que visitaron la Patagonia, con quienes comerciaron, y a quienes sirvieron en
muchas ocasiones. Los primeros navegantes -después de Magallanes-, los
encontraron ya con caballos.
Respecto de ellos dice Darwin: «En tiempos de
Sarmiento (1580) esos indios estaban armados de arcos y flechas que luego han
desaparecido. Ya también entonces poseían algunos caballos. Hecho curioso es
éste, que demuestra con cuánta rapidez se multiplicaron los caballos en la
América del Sur. Los primeros fueron desembarcados en Buenos Aires en 15371; la
colonia fue abandonada durante algún tiempo, y los caballos volvieron al estado
salvaje; y en 1590, sólo cuarenta y tres años más tarde, ya se les encuentra en
las costas del Estrecho de Magallanes.»
En otra parte dice el sabio naturalista: «Sus
grandes capas de guanaco (de los tehuelches), sus largos y flotantes cabellos,
su aspecto general, les hacen parecer más grandes de lo que realmente son.
Tienen por término medio seis pies de alto; algunos son más grandes; otros,
pero en número muy escaso, más pequeños. Las mujeres son también muy altas.
Esta es, en suma, la raza más grande que se haya visto. Sus rasgos se parecen
mucho a los de los indios que vi con Rosas en el norte; tienen, sin embargo, un
aspecto más salvaje y formidable: se pintan el rostro de rojo y negro, y uno de
ellos estaba cubierto de líneas y puntos blancos, como fueguino.
El malogrado Ramón Lista, en uno de sus últimos
trabajos, ha hablado bastante extensamente de la curiosa leyenda que los
tehuelches relatan como historia de su raza. Lista, que fue gobernador del
territorio de Santa Cruz, estuvo muy en contacto con esos indios, tanto que
llegó hasta vivir entre ellos, valiéndose de medios que no son para contados
ahora.
Dice que tienen en su mitología un ser fuerte,
sabio, benéfico, creador del universo, a quien llaman El-lal, autor de los
tehuelches o Tzóneka, que animó a las fieras que infestan el mundo, reveló al
hombre el secreto del fuego, le dio armas, abrigo e ideas morales. El-lal llega
a la tierra desierta, vence al puma, al zorro y al cóndor. No ha nacido; vivo
le arrancó Nosjthej del vientre de la madre sacrificada y quiso devorarlo,
cuando un roedor auxilia y esconde al niño en su madriguera. El-lal, nómade, vence
luego al gigante Goshg-e, pide la mano del hijo del sol y es burlado. Se
metamorfosea en pájaro entonces, y en alas de un cisne se aleja para siempre de
aquella tierra ingrata.
Añade Lista que, según la tradición, El-lal
procedía de Oriente, pero que también se lo hacía aparecer por primera vez en
la montaña.
«Nosjthej, padre de El-lal -escribe-, mata a su
mujer, ábrele el vientre con tajante pedernal, y arranca al niño que ansía
devorar; pero en tan supremo instante siente un ruido extraño bajo el suelo que
se estremece, quédase suspenso y olvida al niño.
»Aparece entonces Terguer, el roedor, que coge a
El-lal y va a esconderle en el sitio más recóndito de su morada. En vano
Nosjthej, repuesto de su sorpresa, intenta realizar su abominable propósito:
sus manos chorrean sangre, la cueva es profunda y estrecha. Arde en su mirada
la cólera salvaje; grita con voz que repercute en los Andes; pero todo es
inútil: el dios seguirá creciendo al amparo protector de la tierra.
»Nosjthej vuelve los ojos extraviados hacia el
cadáver sangriento de su víctima. ¡Oh, portento! Una fuente cristalina fluye
del vientre herido... Y pasan los años, y los siglos se suceden a los siglos, y
ahí está -frente a Teckel, camino de Ay-aike al Senguerr- el manantial
maravilloso, Jentre, en cuyas aguas se han bañado muchas generaciones de niños
Tzónekas.
»Los primeros años de El-lal pasaron ignorados en
la soledad del desierto. El roedor fue su sostén, le enseñó a comer yerbas, le
abrigó en su nido de lana de guanaco, le hizo conocer los senderos de la
montaña.
El-lal siguió creciendo, inventó el arco y la
flecha, y muy pronto dio principio a sus correrías vagabundas. Al volver cada
noche a la cueva, llevaba algún pajarillo cazado con sus armas divinas.
-»Ten cuidado -le decía el roedor-; las fieras son
hijas de la obscuridad.
»Y El-lal se sonreía.
»Una mañana iba siguiendo el borde sinuoso de un
torrente; de repente le acomete un puma enorme. Arma su arco, silba la flecha
certera y va a herir en el ijar al cruel felino, que lanza un rugido pavoroso.
Otro rugido le responde, El-lal se halla entre dos fieras, la una herida pero
en pie, la otra, más temible aún, oculta en la maleza. El cazador está
sonriente; ni siquiera ha vuelto a armar el arco. Luego sigue su rumbo, trepa
una colina, se acerca al borde de un río caudaloso, coge algunas piedras de su lecho,
se aparta un tanto de la orilla, reúne aquí y allá pequeños trozos de leña,
desmenuza unos, rompe otros... y el fuego brilla por primera vez en la soledad
de los campos.
»Otro día más que pasa. El-lal ve un cóndor parado
en la cumbre de un cerro.
-»Dame una pluma de tus alas para poner en mi
flecha.
»¡Imposible! -le grita el pájaro- Las necesito, son
mi abrigo, con ellas hiendo el aire.
»Insiste El-lal, ruega, amenaza.
-¡Imposible! ¡Imposible!
»Y el cóndor despliega sus alas, remonta el vuelo y
ya casi desaparece en el espacio, cuando El-lal arma su arco son cuidado,
suelta la cuerda, vibra el aire... y el ave desciende en revueltos giros.
-¿Qué pluma queréis? ¿Qué pluma queréis?
»Y llega a tierra con la garra entreabierta. El-lal
le coge del cuello, le arranca las plumas de la cabeza y le dice:
-¡Vuélvete a la cúspide del cerro!
-El dios-hombre tiene ya la fuerza y la musculatura
de la juventud; ningún animal le resiste: el puma se le humilla, el cóndor le
acompaña en sus correrías, el cóndor no le niega ya sus plumas. Todo está
sujeto a su imperio.
»Pero un día reaparece Nosjthej.
-»Yo soy tu padre -le dice.
»El-lal lo conduce a su antro, le enseña sus armas,
sus arcos, sus flechas, sus tallados pedernales y sus hondas; le muestra sus
trofeos, las pieles de los pumas, las caparazones de los armadillos
gigantescos, las alas enormes de los cóndores.
» Después coge un hueso, extráele la médula y se la
ofrece complacido...
»Transcurre algún tiempo. Nosjthej es el amo; el
héroe le obedece, pero un día se subleva contra sus mandatos y huye a
esconderse en la montaña. Su padre le persigue... Ya le alcanza... El-lal se
detiene un instante, hiere la tierra con el pie, lanza un grito estridente, y
el bosque, la selva enmarañada, se alza como una barrera insalvable delante del
colérico padre.
»La tierra ya se ha poblado de hombres, y un
gigante, Goshg-e, siembra en ella el terror y la desesperación. Cada noche
desaparece algún niño. El monstruo devora, también, al cazador extraviado.
El-lal sale en su busca, le encuentra en la linde de la selva... Pero el
gigante es invulnerable... las flechas del héroe se astillan o rebotan... Las
víctimas se suceden a las víctimas. El espanto no tiene límites.
»El-lal toma entonces la apariencia de un tábano,
busca otra vez a Goshg-e, se introduce arteramente en sus fauces, penetra en su
estómago, híncale el aguijón. El gigante se retuerce y lanza gritos nunca
oídos, gritos que el viento arrastra por los campos como la última amenaza del
monstruo..
»Luego hay un lapso de tiempo en que todo es vago y
misterioso, en que todo se confunde y contradice. El-lal pierde casi por
completo su carácter divino, toma un nuevo nombre. Su cabellera va sujeta a la
frente, con la vincha indiana; el hacha de piedra y el dardo aparecen en sus
manos; su albergue es de ramas entrelazadas. Otros seres como él le acompañan
por todas partes. Da caza a los guanacos, vigila en la noche.
Tan pronto se le ve a la vera del bosque como al
borde del mar. Es ictiófago, es carnicero...
»Nosjthej se llama entonces Tkaur.- El roedor
dormita en la cueva...
»Aparece Sintalk'n, guerrero poderoso y sagaz.
Lucha con El-lal. La sangre de los hombres empaña la tierra. Las bestias
feroces vuelven a sus correrías destructoras.- Renace Goshg-e, más espantoso;
su frente sobrepasa a los cerros más altos.- Hasta la misma Naturaleza parece
conturbada. El sol se obscurece, la tierra palpita en su corteza, el viento
brama incesante. El-lal ya no es dios. Su boca blasfema, en su corazón arden
todas las pasiones de los hombres.
-»¡Sintalk'n! ¡Sintalk'n!
»Este nombre resuena al borde del océano y al pie
de la montaña...
Pero el guerrero es vencido y aprisionado... y
devorado. El-lal vuelve a ser omnipotente. Solicita en matrimonio a la hija del
Sol y de la Luna, pero éstos, no atreviéndose a rechazar abiertamente la
alianza, se valen de un subterfugio para no acceder al pedido; una sierva joven
toma el vestido y el nombre de la niña; los emisarios de El-lal la reciben y
conducen al lado del héroe, quien descubre inmediatamente el engaño. Su voz
suena entonces contra el Sol, y su arco le amenaza con sus flechas más agudas.
»Pero no termina aquí el mito tehuelche.
»Disgustado El-lal, va a alejarse para siempre del
teatro en que se desarrolla su obra de dios y de héroe. Su misión ha terminado:
ha hecho al hombre primitivo, ha purgado la tierra de los monstruos que la
asolaban; ha echado la primer semilla de moral en el corazón de la criatura
humana, y le ha enseñado el secreto de la combustión y los rudimentos de la
industria; le ha dado armas, le ha dado abrigo de pieles, le ha proporcionado
albergue. Ha removido para él todos los obstáculos de la ingrata naturaleza, y
le ha dicho:
-»¡Anda! ¡El horizonte es tuyo!
»Metamorfoséase luego en avecilla, reúne a los
cisnes sus hermanos, pósase en alas del más arrogante de ellos, y en bandada
rumorosa va a través de los mares, hacia el este, descansando en las islas
misteriosas que surgen de las ondas heridas por flechas invisibles.
-»Allá, por donde andan los vapores, allá
desapareció El-lal con los cisnes sus hermanos -me decía el anciano Papón».
Esta confusa mitología, llena de saltos y lagunas,
y que quizá necesite mayor comprobación, ofrece gran margen para el hombre
estudioso.
porque inconexa y todo como es, tiene vagas
reminiscencias de otras mitologías y otras teodiceas. Cuando lleguemos a hablar
de los indios de la Tierra del Fuego -de una de sus razas, sobre todo- nos
servirá la página de Lista para establecer puntos de comparación, no exentos de
interés positivo, e indicios fehacientes de afinidades no comprobadas hasta
ahora.
Repito nuevamente que, entre los múltiples trabajos
de Lista, los que versan sobre los tehuelches son los que tienen más valor, y
los que pueden tomarse con mayor confianza, por los medios de que se valió para
entrar en las costumbres y en la intimidad de esos indios. Conviene, pues -ya
que no he logrado acercarme a ellos-, utilizar ese folleto, muy escasamente
conocido, según mis informes. Habla Lista:
«Ambos sexos llevan en sí el sello peculiar a todos
los pueblos indígenas sudamericanos y éste es el de la tristeza, detalle que se
advierte al primer golpe de vista. Es un aire doliente, pesado, lánguido o
indiferente a la vez, y sin que ello importe el querer hacer una frase, diríase
que el tehuelche retrata en su semblante la desolación, la árida monotonía del
país en que ha nacido. Es poco dado a la risa, y cuando lo hace es a manera de
estallido, anormal, como que su temperamento no se presta a tal manifestación.
»De otra parte, he observado que conversan poco y
con cierta indecisión, une en las horas aflictivas se convierte en balbuceo.
»Dado este modo de ser, nada tiene de extraño que
las manifestaciones de sus más íntimas alegrías, siempre breves, revistan un
carácter de brusquedad turbulenta y salvaje.
»Estos indios no se sorprenden de nada; todo lo
miran con la mayor indiferencia, al menos aparente, y ni siquiera las obras
arquitectónicas o mecánicas más notables despiertan en ellos signos externos de
asombro. El cacique Papón visitó conmigo, no ha mucho, el Río de la Plata; mas
nada llegó a alterar la fría serenidad de su rostro. Figurábame que todo le era
conocido: ferrocarriles, monumentos públicos, instalaciones de industria,
alumbrado eléctrico. Lo único que llegó a interesar su curiosidad, fue la pareja
de elefantes del jardín de aclimatación en Buenos Aires.
-»¡Oh! ¿Cómo llamar ese animal grande?... Keteshk
(lindo) -agregó en su lengua; y se quedó callado, girando su mirada a otra
parte.
»La expresión facial parece como que se comunicara
al cuerpo todo; y esto que tal vez parezca absurdo a muchos, es para mí
evidente. Observad a un indio que anda: su andar es vacilante, se inclina hacia
el suelo, diríase que le abruman hondos pensamientos.»
Falta ahora, para que el lector forme concepto
acerca del tehuelche, copiar modelos de literatura que el mismo Lista ofrece,
quizá exagerando su nitidez, pero ciertos en el fondo, sin embargo. Son dos
fábulas. Una de ellas -la primera- la conozco pasada por la pluma de Fernández
Bremón y con un personaje sustituto del zorro; la otra, tan ingenua, no tiene,
según mis impresiones, una analogía entre los apólogos conocidos. -Véanse, que
será útil:
«El zorro y la piedra. -Un zorro desafió a correr a
una piedra; ésta se excusó:
-Soy muy pesada.
-Correremos cuesta abajo de este cerro- insistió el
zorro.
-Soy muy pesada, pero... guardaos de mí.
-¿Alcanzarme? ¡Qué locura! Yo corro como el viento.
-En fin, corramos -dijo la piedra.
Y el zorro partió como una flecha... se echó a
rodar la piedra entonces, y de tumbo en tumbo fue a herir de muerte a su rival,
que ya llegaba al pie del cerro.»
La segunda fábula a que me refería, es la
siguiente:
«El zorro y el puma. -Un puma se encontró al linde
de un pajal con un zorro muy donoso.
(Es de advertir que éste tenía un vistoso copete en
la cabeza).
-¡Qué lindo adorno llevas, amigo mío! ¿Cómo lo has
confeccionado?
-habló la fiera.
-Muy sencillamente: raspeme la cabeza con un
pedernal, y luego introduje en ella las lindas plumas de avestruz.
-¡Qué admirable! Yo deseo someterme a la misma
prueba. ¿Quieres tomarte la molestia de hacerlo por mí?
-De mil amores.
Y el zorro comenzó a raspar el cráneo del puma
hasta que lo hubo adelgazado lo suficiente para quebrarlo de un sólo golpe de
pedernal.
Y murió el puma.»
- XI -
Rumbo a Gallegos
Acompaña a este capítulo un plano de una parte del
territorio de Santa Cruz -la comprendida entre el río del mismo nombre y el
límite argentino-chileno, que deja a la vecina República el sur de la Patagonia
y todo el estrecho de Magallanes. Este plano, hecho sobre el del ingeniero
Siewert, de reciente data, tiene por objeto dar a conocer la población e
industria ganadera de esa interesante región de nuestro territorio. Para no
llenarlo de confusos letreros, se ha usado en él de los números, cuya
explicación va enseguida, y sólo se han señalado los lotes de la concesión
Grümbein, para que el observador pueda abarcar de una ojeada el modo como se
han desflorado aquellos terrenos: los lotes elegidos, y que hoy pertenecen, ya
a Grümbein, ya al Banco de Amberes, están encerrados por líneas rectas; la mensura de esas posesiones,
acaba de ser aprobada por el Gobierno.
Pero antes de continuar, consignaré las notas
explicativas referentes al plano.
Núm 1.-
Establecimiento de la concesión Piedrabuena, con 8 o 10.000 ovejas más o
menos.
Núm. 2.-Mister Johnson, 4.000 vacas.
Núm. 3.-León Pouchet, 4.000.
Núm. 4.-Señor Cressard, 4.000.
Núm. 5.-Kurtz y Wahlen, 15.000 ovejas. Hay en ese
campo hacienda alzada.
Núm. 6.-Enrique L. Reynard, 12 ovejas.
Núm. 7.-Estancia de Manuel Coronel, uno de los
primeros pobladores del territorio, que ha estado en continuo contacto con los
indios y conoce toda la Patagonia desde el Río Negro al estrecho de Magallanes.
Ha vivido con los indios más de quince años, y hoy cuenta de 65 a 70 de edad.
No posee gran número de haciendas.
Núm. 8.-Pearson, y Patterson, 2.000 ovejas.
Núm. 9.-Smith, 8.000.
Núm. 10.-Puesto de Contreras, con 500 vacas. Las
subcomisiones de límite acostumbraban proveerse allí de carne.
Núm. 11.-Puesto de Coronel, con 1.000 ovejas. En
los alrededores hay liebres patagónicas, o mejor dicho agutíes.
Núm. 12.-Puesto de un oriental, llamado don Tomás,
con 1.000 ovejas.
Núm. 13.-Guillaume, pequeña población sin animales
todavía.
Núm. 14.-Aubone, ex-secretario de la Gobernación de
Santa Cruz, puesto con 6.000 ovejas.
Núm. 15.-Guillaume, francés, establecido allí desde
hace muchos años. Tiene 8000 ovejas procedentes del Río Negro, 300 vacas y 300
yeguas.
Núm. 16.-Montes, español, 90.000 ovejas o más. Un
poco más arriba, sobre la costa del Atlántico, hay pasto fuerte y abundante.
Núm. 17.-Jameson, australiano, 2000 ovejas.
Núm. 18.-Terrenos inhabitados; algo más al sur hay
dos grandes lagunas de agua dulce, que se unen en la época de las crecientes.
Núm. 19.-Fernández, español, 4.000 ovejas.
Núm. 20.-Establecimiento de varios pequeños con un
total de 1200 ovejas.
Núm. 21.-Riquez, oriental, 6000 ovejas.
Núm. 22.-Urbina, 5000 íd.
Núm. 23.-Redman y Woodmann, sobre el cerro
Guar-Ayken. 20.000 íd.
Núm. 24.-Felton, 18.000 íd.
Núm. 25.-Halliday, 12.000 íd.
Núm. 26.-Riveira, 10.000. Estos campos están
cubiertos de mata negra, pasto fuerte y de buen engorde para los animales.
Sobre la costa y sin número, ocupando el cabo Buen Tiempo, está el
establecimiento de Rudd, con 10.000 ovejas.
Núm. 27.-Meyer, 12.000 íd.
Núm. 28.-Douglas, 112.000 íd.
Núm. 29.-Roux, 2000 vacas.
Núm. 30.-Noya y otros, 7.5000 ovejas.
Núm. 31.-Ronx, 9000 íd.
Hotel y posada en el paso del Guar-Ayken.
Núm. 32.-Gran campo alambrado de los señores
Hamilton y Saunders, escoceses, con un plantel de 10.000 ovejas, que piensan
aumentar introduciendo mayor número de animales.
Núm. 33.-Establecimientos de Bartlett y de
Molesworth, con 10.000 ovejas cada uno.
Núm. 34.-Establecimiento de Montes, con unas 10.000
ovejas y campo de Celestino Bousquet, con hacienda vacuna bravía, compuesta de
3000 cabezas, más o menos.
Núm. 35.-Clark, 6.000 ovejas.
Núm. 36.-Bitsch, 6000 íd.
Núm. 37.-Eberbardt, 20.000 íd.
Núm. 38.-Cark, 6000 íd.
Núm. 39.-G. Saunders, 12.000 íd.
Núm. 40.-Ross, 2500 íd.
Núm. 41.-Scott, 9000, y Grant, 3000 íd.
Núm. 42.-Hamilton y Saunders, 10.000.
Núm. 43.-Grandes bosques de hayas antárticas. Hay
allí una puntita de ovejas del señor Lemaitre.
Núm. 44.-Woods y Compañía que poseen una inmensa
zona de terreno.
Tienen allí más de 10.000 ovejas, pero no he podido
precisar el número.
Una de las casas de comercio más importantes del
territorio, me facilitó la lista de los principales hacendados, propietarios y
arrendatarios de tierra, algunos de los cuales no figuran en el plano adjunto,
ya por estar establecidos al norte del Santa Cruz, ya por no haber obtenido el
tiempo oportuno informes fidedignos a su respecto. Son los señores: Aubone;
Alonso, Martín (Deseado); Auvern, Tomás; Bousquet, Celestino; Bresca y
Compañía; Barreiro; Braun Moritz; Braun, Cameron y Lippert (San Julián); Burlotti,
Engenio; Clark, William; Coronel, Manuel; Clementi, Máximo; Dobree y Cressard
(comerciantes en Punta Arenas también); Eberhardt; Felton, Herbert; Grant,
Roberto; Game y Catlle; Guillaume, Augusto; Halliday, Williams; Hamilton y
Saunders; Hope, W. (San Julián); Jameson, Jenkis (Deseado); Kark y Oxembruj;
Burgmeister; Mc.
George; Molesworth; Montes, José; Noya, L.; Nees,
William; Nash; Patterson, Donald; Rivera, Victoriano; Rieques, Juan; Reynardo y
Greenwood; Magan; Rieques, Juan, Suárez, Rodolfo; Scott; Smith, Juan; Urbina,
Pedro; Woodman y Redman; Van Praet; Wallace, Williams (San Julián); Wahlen y
Kurtz, etc., etc.
Puede observarse bien aquí lo que queda dicho en el
capítulo anterior acerca de la población de Patagonia y los elementos de que se
compone su plantel en la actualidad, teniendo en cuenta también que los
hacendados ingleses prefieren muy a menudo llevar sus peones y capataces de
Inglaterra, desconfiando mucho -y no sin razón- de la actividad de los hijos
del país.
TERRITORIO DE SANTA CRUZ
Y se habrá observado también la forma de población
de ese pedazo de territorio, que si bien es más densa hacia la costa, no
desaparece sino muy poco a poco hacia la cordillera, en ensayos primeros
contrafuertes y a inmediaciones de los lagos, hay todavía algunos
establecimientos, como uno de Carpenter con 3000 ovejas, otro de Kark con 5000,
un tercero de Eberhardt con 4000, etc., que no figuran en el plano. Poco tiempo
más, y se verá el efecto de esos jalones plantados en el desierto, y que
invitan a que otros vayan a ubicarse entre ellos, disminuyendo las distancias y
aumentando los recursos de aquella zona.
De la concesión Grünbein ¿qué puedo añadir a lo que
ya se ha dicho en todos los tonos? La elección que ha presidido a la ubicación
de los lotes, está bien patente en el plano. Se ha seleccionado todo lo mejor,
se ha desdeñado lo mediano y lo malo, y se ha quitado el mérito a mucha tierra
que pudiera tenerlo si contara con las aguadas que le servirían con una
división que consultase más el interés común.
En fin, eso está hecho, y parece que sin remedio,
aunque semejante modo de ubicar tierra no tiene precedentes sino en la
República Argentina; ahora lo que importa es que no se repita esa desastrosa
errata -quiero llamarla así- en las nuevas zonas que van a abrirse a la
civilización.
De los terrenos de la concesión Grünbein, los
mejores son los del oeste, situados casi sobre los lagos Sarmiento y Maravilla,
al norte del seno de la Última Esperanza. Estos campos, excelentes para la
ganadería, pertenecen hoy, en gran parte, al Banco de Amberes, y ocupan el
vasto cuadrado que se ve en la parte alta del plano.
...Desde nuestra partida de Santa Cruz el tiempo
nos favoreció, como en las anteriores singladuras. Roló algo el Villarino,
molestado por el viento de tierra y un poco de mar de fondo, pero sin llegar a
mayores. La vida a bordo era tranquila y plácida. Íbamos más solos, cada vez
más solos, dejando no sin cierta vaga melancolía nuevos compañeros en cada
puerto, especialmente en Madryn, que es de mucho movimiento de pasajeros, y en
Santa Cruz, donde acabábamos de separarnos de la comisión del doctor Moreno. Añadíase
a esto la falta de noticias de Buenos Aires, que ya se dejaba sentir,
produciendo en todos los no avezados a esos viajes, un desasosiego no por lo
reprimido menos sensible.
-¡Bah! Telegrafiaremos en Punta Arenas...
-En Punta Arenas no hay telégrafo.
-A Buenos Aires no, pero a Santiago... Y haciendo
retransmitir desde allí los despachos...
-No hay telégrafo a Santiago...
No lo hay, en efecto, aunque aquí se crea
generalmente lo contrario, tanto que yo iba convencido de ello, y esperaba
poder comunicarme desde el Estrecho con la dirección del diario y con los míos.
Es tan natural que no se deje completamente aislada del país una zona que lo
pertenece, y que tiene importancia real, política y comercialmente considerada,
que atribuíamos a los vecinos más actividad de la que nosotros hemos
demostrado... y demostramos; porque todavía es difícil que aprovechando todo el
verano próximo y trabajando firme, quede tendida la línea, establecidas las
estaciones y en aptitud de funcionar el telégrafo. Ahora, la correspondencia
con Buenos Aires es de una lentitud desesperante.
Pasando los transportes una vez por mes, cuando no
más (8), una carta no obtiene contestación sino sesenta días después de
escrita... Patagonia está, pues, más lejos de Buenos Aires que la misma Europa.
...La falta de noticias, el aislamiento en que uno
se encuentra en Patagonia, es lo que hace desagradable un viaje que en otras
condiciones sería de placer, aunque la costa, árida y triste, tenga muy poco de
pintoresca. La monotonía de aquellas tierras, ora pedregosas, ora cubiertas de
arena, siempre con escasa y pobre vegetación, es un prólogo que prepara bien el
ánimo para los cuadros sorprendentes que han de verse después. Y el mar, como
si se diera cuenta de la poca variedad del paisaje, se esfuerza en cautivar la
vista, combinando sus más curiosos juegos de color, y excediéndose a sí mismo
en las auroras triunfales y en las sanguíneas puestas de sol. El mar es, por sí
solo, un espectáculo altamente sugestivo: invita a meditar, aclara las ideas,
permite concentrarse y hacer síntesis de lo que se ha observado. En él se
suprime con la imaginación el estrecho límite del barco, y el pensamiento flota
libre en la inmensidad. Todo contribuye a este resultado, desde la falta de
preocupaciones materiales inmediatas, hasta el mismo a veces cuasi cariñoso
cabeceo del buque mecido por la ola. El movimiento del agua, la luz que la
colora, el cielo en que pasan, ya lentas caravanas de nubes, ya escuadrones
lanzados en rápida carrera; el aire que juega con la vela o con el gallardete,
las aves que revolotean sobre la superficie móvil, diezmando los bancos de
crustáceos o de pececillos, son elementos siempre iguales y siempre nuevos, de
un cuadro que se pinta en el espíritu y que reclamando una atención vaga y
soñadora, permite pensar, y sugiere nuevos rumbos a la idea.
Aquella tarde el Atlántico estaba bravo; desde
lejos corrían hacia nosotros batallones de olas coronadas de espuma, que
cortaba el Villarino, más gallardo que nunca, moviéndose de proa a popa, de
popa a proa, con movimientos de corcel brioso. De pronto, con fragor de hojas
sacudidas por el viento, una salpicadura de espuma blanca entraba por delante,
se estrellaba contra la casilla del timonel, bifurcábase por babor y estribor,
corría largo trecho, dando un tinte obscuro a las maderas claras de la cubierta,
y llegaba hasta la popa, arrastrada por el viento como fresca y salada
llovizna...
Todos los pasajeros estaban en la cámara. Ya se
veía la costa, más accidentada allí, con médanos y serranías, cubiertos ole
pasto fuerte, y donde pacen numerosas ovejas, desde el Santa Cruz hasta el Coy
Inlet, hasta el cabo Buen Tiempo, hasta la punta Dungeness. El río Coy es una
arteria de mucha importancia, cuyo curso no se conoce todavía sino desde el
meridiano 71º 30', que tiene numerosos brazos y va a echarse en el océano en el
paralelo 51º, a poco más de medio grado al norte de Río Gallegos. Se le llama
allí generalmente el Coile, adulterando el nombre como lo hacen a veces hasta
los mismos hombres de ciencia. Darwin, inducido en error por la pronunciación
inglesa, y como Fitz-Roy también, llama Chupat al río Chubut, y escribe
Tandeel, Tapalguen, etc. Esta ortografía subsiste en las traducciones al
francés de sus obras, perdiéndose así hasta el parecido de la pronunciación,
como sucede, por ejemplo, con Walleechu (hualichu), que todavía en inglés se
pronuncia de una manera análoga a la tehuelche. Aquella región está cruzada por
una verdadera red de corrientes de agua, aunque aquí y allí no falte una que
otra travesía sin recursos. Los campos mejoran hacia la cordillera, y sobre
ella comienza el bosque de árboles corpulentos, recurso inapreciable para los
futuros pobladores de la comarca, como lo serán las minas de lignito que se
encuentran sobre el estrecho de Magallanes y suben hacia el norte,
presentándose en todos los territorios, incluso el Neuquen. El combustible no
abunda hacia la costa, y los tehuelches usaban la leña de guanaco, de la misma
procedencia de la leña de oveja utilizada en la provincia de Buenos Aires, y
fácil de obtener por los grandes montones de estiércol que forman esos
animales, acostumbrados a usar una sola huanera.
Y, ya que hablo de huano, recordaré que lo hay en
bastantes cantidades a lo largo de la costa patagónica y en algunos islotes.
Desvelos es uno de los puntos más ricos de ese
abono, pero parece que el producto no es de muy buena calidad. Es curioso el
aspecto que suelen presentar esos depósitos blancos, sobre todo si, como en
Deseado, se destacan como grandes parches de cal sobre las peñas obscuras, casi
negras.
Hace algunos años el transporte Villarino
sorprendió y apresó en Desvelos a dos buques que se ocupaban en cargar huano,
contra lo que manda la ley, quitándoles más de trescientas bolsas llenas del
producto, que dejó en el mismo puerto. Pero no por eso dejan de ser explotadas
las huaneras, y en toda la costa se piratea y se pesca sin miedo del castigo,
pues los transportes nacionales no tienen interés en perseguir buques cuya
captura es difícil por lo veleros y el poco calado, cuando nunca se obtiene el prometido
premio por la buena presa...
Lobos, cazones, huano, ballenas, peces exquisitos,
mariscos, nada falta en aquellos mares, aunque escasee en ciertos puertos: en
otros, en cambio, se presentan con sorprendente abundancia, y es realmente raro
que todavía no se haya formado una empresa seria -la de bahía Crakes tuvo la
mala suerte que se sabe- para la explotación de la pesca en grande escala y la
fabricación de conservas. Pero ya vendrá todo eso, cuando se cuente con un
servicio regular de comunicaciones, y Patagonia, hoy exclusivamente ganadera,
se prepare para la industria, acercándose más a los mercados de consumo. Para
ello es necesario que el Gobierno se preocupe de aquellas regiones, y que cese
de ser cierta la siguiente observación de Martín de Moussy:
«Las tentativas de colonización ejecutadas desde
1580 hasta 1782, tenían por objeto principal garantizar aquel pedazo de
territorio contra su ocupación posible por otra nación.»
Tan poco caso se hace aún de la Patagonia, que la
frase del geógrafo francés parece escrita hoy mismo, tal es su actualidad...
Pero no se ven indicios todavía de que comience a variar ese estado de cosas, y
si no fuera porque aquellas comarcas tienen una gran vitalidad propia, estarían
tan desiertas como hace un siglo.
No lo están hoy -lejos de eso- y todo el que
recorra el territorio del río Santa Cruz
hacia el sur, se sorprenderá de su progreso rápido aunque extraoficial.
Un proyecto de excursión -que tuve que abandonar
después, porque hubiera implicado renunciar a la visita a Tierra del Fuego o
isla de los Estados, pero que recomiendo a los que vayan con más tiempo a la
Patagonia Austral -tenía el siguiente itinerario:
De Gallegos por el valle que cruza el río, hasta
los canales del oeste y el lago Maravilla -una cabalgata de ocho días-; de allí
a la comisaría de Mollesworth, situada al sudeste, y luego al establecimiento
de Bonvalot, para seguir después a la estancia de Saunders, y llegar a Punta
Arenas pasando por la garganta formada entre Otway Wather y el Estrecho de
Magallanes, y en que muchas cartas geográficas sitúan equivocadamente la
cordillera. Esa garganta es, por el contrario, un bajo salpicado con numerosos
charcos de agua, restos sin duda de un viejo canal.
La excursión es cómoda y fácil, por los abundantes
elementos con que puede contarse, el carácter servicial de los hacendados de la
región, y la benignidad del clima durante los meses del verano. Según se me ha
informado, aquellos campos son excelentes, y los paisajes muy hermosos, sobre
todo cerca de la cordillera y en el lago Maravilla, que al decir de cuantos lo
han visto, tiene muy merecido su nombre.
La más desagradable de las peripecias que puedan
ocurrir al viajero en ese trayecto, será el encuentro con algún puma, como le
sucedió al Dr.
Moreno en el río que llamó Leona en recuerdo del
peligro corrido. Los pumas, en efecto, llegan muy al sur, para no detenerse
sino ante la barrera que les forma el Estrecho. Pero no son muy temibles. Sólo
atacan al hombre cuando se ven acorralados y no pueden huir; entonces esgrimen
furiosos la zarpa y el colmillo.
«Este animal -dice Darwin- habita las comarcas más
diversas; se le halla, en efecto, en las selvas ecuatoriales, en los desiertos
de Patagonia y hasta bajo las latitudes 53 y 54º, frías y húmedas de Tierra del
Fuego. He observado sus huellas, en la cordillera de Chile central, a una
altura de 10.000 pies por lo menos. En las provincias del Río de la Plata, el
puma se alimenta principalmente de venados, avestruces, vizcachas y otros
cuadrúpedos pequeños. Rara vez ataca a las haciendas y caballos, y menos aún al
hombre. En Chile, por el contrario, destruye muchos potrillos y terneros,
probablemente a causa de la escasez de otros cuadrúpedos... Se afirma que el
puma mata siempre su presa saltándole sobre la cruz y tirando hacia él con una
de sus patas, la cabeza de su víctima, hasta romperle la columna vertebral. He
visto en Patagonia esqueletos de guanacos cuyo cuello estaba dislocado así.»
Según los habitantes de Santa Cruz, el
procedimiento del puma es otro, aunque se parezca al descripto por Darwin:
salta sobre la grupa de su presa, y el solo golpe de su caída basta para
descuadrilarla, y reducirla a la inmovilidad.
El ingeniero Siewert, me dice que ha encontrado
numerosos pumas en los cerros del sur de Gallegos, habitando en las cuevas
naturales que allí existen.
Entretanto, íbamos acercándonos a Gallegos, y al
mismo tiempo al desenlace o cosa así de la novelita de miss Mary. Un indiscreto
-que nunca faltan- se había preocupado de verificar en Santa Cruz la existencia
del novio. Sí, lo había, el hecho era indiscutible. Pero no reunía las
condiciones con que lo exornaba la fantasía de la joven, por lo menos según los
informes del indiscreto en cuestión. Hombre de carne y hueso, ya un poco
maduro, con escaso capital, mayordomo y no propietario de estancia,
desvirtuábase un tanto en nuestro concepto, antes muy alto, por las reflexiones
que sugería aquella el mujer haciendo viaje tan largo en busca suya.
-Ya estamos cerca, miss Mary.
-¡Oh, sí!
Y reprimió un suspiro mientras buscaba con la vista
a su caballero accidental.
Éramos varios los que seguíamos con interés el
desarrollo de ese drama sin peripecias ni golpes de efecto, tan humano en su
sencillez como poco teatral, y no era posible rehuir el comentario.
-Me parece que esta mujer no se casa, decía uno
meneando la cabeza con aire perplejo.
-Lo que nos importará a nosotros que se case o
no... replicaba un segundo, que sin embargo estaba dedicadísimo a la
observación.
-Sería lástima, porque esa joven es muy correcta, y
su posición se liaría difícil si no se casara...
-¡Bah! Es inglesa, y si no su cónsul de Punta
Arenas, cualquier compatriota la reintegraría a su tierra. Los ingleses se
ayudan tanto entre sí como tienen poco en cuenta a los de otras nacionalidades,
los argentinos inclusive...
En estas y otras pláticas llegamos a la entrada del
río Gallegos, entre el cabo Buen Tiempo y la Punta Loyola. Esa entrada es más
pintoresca que la de los otros puertos visitados antes. A uno y otro lado se
elevan grandes barrancas cubiertas de pasto fuerte, que terminan al norte en un
promontorio bastante alto. A lo lejos, al sur, se ve un sistema de cerros,
llamados impropiamente Los Frailes y Los Conventos, sin que nada justifique ni
un remoto parecido.
Esas montañas son de piedra y presentan en su
interior tres cráteres estriados, en cuyas paredes se notan todavía las huellas
del fuego que debe haberse extinguido en una época relativamente cercana. Junto
a esos cráteres principales hay muchos secundarios más pequeños.
La playa de Gallegos es de ripio, y bastante
elevada, pues las mareas son tan poderosas o más que en Santa Cruz. Cuando
fondeamos, frente a la capital más austral de la Patagonia argentina, en el
puerto sólo había un pequeño buque fondeado, perteneciente a una de las casas
de comercio de Punta Arenas, que tienen sucursales en nuestro territorio. Otros
dos buques varados y tumbados en la playa daban al sitio un acento de tristeza,
una nota melancólica y sugestiva.
- XII -
La capital de Santa Cruz
-Aquí, en Patagonia, se sale de un buque para
entrar a otro.
-Es mucha verdad.
Íbamos a instalarnos en el hotel, recién
establecido, y que es más confortable de lo que en aquellas comarcas pudiera
esperarse. La casa, de madera, está dividida en varias salas, y tiene también
algunas habitaciones para huéspedes. Pero tanto esa como las demás del pueblo
naciente, están asimiladas a barco, hasta por el olor peculiar que partiendo de
la cocina se enseñorea de todos los rincones del edificio.
Gallegos tiene unas cien casas, y quinientos
habitantes, más o menos.
De esas cien, la mitad son establecimientos
comerciales más o menos importantes, cuyo capital en giro alcanzará a medio
millón de pesos. Ha tomado mucho impulso de algunos años a esta parte, desde
que se trasladó allí la capital del territorio, y gracias sobre todo a las
franquicias aduaneras de que gozó bajo
cuerda, y que incitaron a varios comerciantes a establecerse con casas de
cierta importancia como la de Braune y Blanchard, la de Dobrée y la que acaba
de fundar el señor Jacobs, ex-vicecónsul argentino en Punta Arenas. Las otras
dos son, también, sucursales establecidas por comerciantes de la ciudad
chilena.
El palacio de la gobernación es una gran casilla de
madera, cuyo techo rojo domina el resto, con una nota más vibrante de color.
Las calles, apenas esbozadas, son rectas -o lo serán cuando aumente la
edificación-, y un ancho camino bastante bien tenido conduce del centro del
pueblo a la playa. En los corrales adyacentes a las casas, se ven animales
domésticos, gallinas, patos, avutardas, cuya presencia sugiere la idea de
cierto bienestar, y aquí y allí, levantándose escuetas, las armazones de nuevas
casillas, anunciadoras de un progreso bastante rápido.
También allí se oyen quejas amargas contra los
transportes nacionales, aunque la cercanía de Punta Arenas haga menos dura la
situación, con algún beneficio para los habitantes y mucho para nuestros
vecinos del Estrecho, que acaparan aquella clientela, lo importan mercaderías,
y lo exportan los productos.
Los transportes no llevan carga para el puerto
chileno, pero el intercambio no disminuye por eso, como que varios veleros de
cabotaje y algunos vaporcitos hacen la carrera, cobrando escaso flete, y
resulta una ventaja para productores y comerciantes, hacer sus operaciones por
allí.
Muchos de los que tienen que viajar a Buenos Aires,
prefieren irse por tierra a Punta Arenas, y embarcarse en los grandes vapores
que tocan allí tan a menudo.
...Hay un momento triste en esta vida de perpetuo
examen que llevamos los periodistas: arribar a una síntesis, a una conclusión
-después de haber visto-, es una tarea agotadora, una exacerbación del gasto
nervioso, que produce un cansancio excesivo, y que no rinde ni en líneas
abundantes, ni en líneas elegantes, el esfuerzo que significa.
Ya en Gallegos, casi en el límite de la Patagonia
argentina, me era imprescindible echar una ojeada general al país que iba a
dejar horas más tarde; y con la indolencia que en los largos viajes crea esa
especie de cuna que se llama un barco, dejaba pasear mi fantasía por las vagas
regiones de lo inmaterial y de lo abstracto. Patagonia era para mí, en aquel
momento, una tierra geográfica, cuyo papel exclusivo se limitaba a las cartas y
a los textos, y cuya acción no iba más allá de un ensueño de novedades áridas y
poco sugestivas... Cuando uno de mis compañeros de viaje, inteligente y claro,
poniéndome la mano sobre el hombro, me dijo:
-Ya sé...
-Ya sabe usted... ¿qué?
Se sonrío, y repuso:
-Ya sé lo que usted piensa... Está preocupado en
busca de una idea...
-Puede... Yo mismo ignoro lo que me trabaja...
-La idiosincrasia de Patagonia...
-¿Cómo adivina?
-Las mismas causas determinantes, producen los
mismos efectos... No es adivinanza, entonces.
Callamos un instante, pero al fin mi curiosidad
pudo más que mi amor propio, y pregunté:
-¿Y qué piensa usted de Patagonia?
Mi interlocutor se quedó perplejo, y no contestó.
Gallegos, silencioso, se extendía a lo lejos,
envuelto en la noche.
Algún perro celoso ladraba a los marineros que
cruzaban las calles. La paz tranquila del extremo sur de América envolvía seres
y objetos -y mi pregunta se ensanchaba, tomaba proporciones de problema,
agitaba sus enormes alas sobre el pueblo casi dormido. Y se repetía:
-¿Qué piensa usted de Patagonia?
Y mientras aguardaba la respuesta, ella iba
formulándose en mi mente, clara y determinada, cuando el interlocutor,
perplejo, buscaba las palabras para vestir la idea. Recordaba los nombres de
sus exploradores, sus trabajos científicos, su esfuerzo, que pocos tienen hoy
en cuenta; hacía revista de los viajes y las recaladas, cuando marinos
valerosos iban a surcar aquellos mares, a vela, desafiando peligros que no
desafían hoy los barcos de vapor. Asociaba los nombres de la costa a los
nombres de los que la visitaron cuando aquello parecía buena presa para las
potencias marítimas. Soñaba en el estadista que hubiera hecho de aquellas
comarcas un centro nuevo de civilización. Y en la exaltación creadora del
pensamiento, repetía la aspiración desvanecida del maestro Zola, y a la amarga
y «no contestada frase de Pedro en la ciudad de los Césares y de los Papas,
sustituía otra más lógica y más positiva y más real: «¡Una nueva América! ¡Una
nueva América!»
Entretanto, después de la pausa larga y sugestiva,
mi interlocutor contestó:
-Patagonia es hijastra. Tiene toda la voluntad de
las hijastras, descuidadas y sin embargo dignas de atención, de respeto, de
ayuda. Si sus cualidades naturales responden a su ambición, puede que triunfe
sobre sus hermanas.
-¿Cree usted próximo ese triunfo?
-Próximo o lejano, ¡quién sabe!
Cambiamos de conversación, pero creo que no nos
apartamos ni un momento del asunto principal.
Patagonia no debe al Gobierno sino vejámenes unas
veces, desdenes otras.
Gallegos mismo, que comienza a prosperar hoy, está
amenazado de muerte segura, si la convención reformadora ha dicho la última,
palabra respecto de su suerte...
Vivir de Punta Arenas es bien triste para los que
habitan zonas tan favorecidas por la naturaleza; vivir sin ella es imposible,
cuando no se tienen comunicaciones con el resto del país, y cuando sólo gabelas
se aguardan de sus gobernantes, que no quieren abrirlos ojos. Todo es exigencia
de parte de los argentinos para aquellos parajes; todo es tolerancia, de parte
de los chilenos, para aquella comarca.
-Fíjese usted -me dijo, apenas desembarcado, el
señor M., joven argentino, a quien preocupaba el hecho que iba a señalarme-.
Fíjese usted; aquí todo el mundo es semi-chileno.
-No lo extrañé -le contesté-. Si examinamos bien,
hemos de ver que más servicios les han hecho los chilenos que los argentinos...
Nosotros...
apenas si ahora comenzamos, extraoficialmente, a
ocuparnos de esto, y a darnos por apercibidos de que vive gente aquí...
No insistiré sobre la importancia del territorio de
que Gallegos es capital, ni sobre la clase de sus productos, su modo de
población, la calidad de sus tierras, etc., tanto más, cuanto que desde aquel
punto casi extremo, la atención comienza a ser fuertemente atraída por lo que
ha de verse días y aun horas más tarde: el Estrecho, que las consejas del sur
rodean de majestad tan terrible; la inmensa isla de Tierra del Fuego; la
colonia de Magallanes, mercado y almacén de Patagonia; el paso del Breecknock,
semillero de piedras y de escollos; los canales de la Beagle, estupendos de
belleza, y por fin, las últimas poblaciones perdidas del país, Lapataia,
Usuhaia, San Juan del Salvamento...
Sólo se reflexiona sobre la única preocupación
dominante a lo largo de la costa, el tema obligado de todos los días, el que
llega a apoderarse del espíritu y se convierte en obsesión: las comunicaciones.
Sin ellas no se progresará; con ellas, dadas las fuerzas vivas que tiene aquel
inmenso pedazo de nuestro suelo, se irá lejos, y muy fácilmente, como lo
demuestra Punta Arenas con su rápido incremento, que ahora nada detendrá.
Pero poca suerte ha tenido la tierra patagónica
desde su descubrimiento hasta la fecha, y el sistema de desdén y abandono data
de siglos.
A este respecto cuenta Martín de Moussy, que los
hermanos Viedma emplearon el año 1780 en examinar el puerto de Santa Elena (44º
30') y de San Gregorio, las costas del golfo de San Jorge, el Puerto Deseado y
el de San Julián. Habiendo dejado a su hermano en el puerto San José (golfo de
San Matías), Francisco Viedma se decidió por Puerto Deseado, donde estableció
provisionalmente una parte de los colonos que llevaba consigo; luego,
pareciéndole preferible el puerto de San Julián, hízolo asiento de un establecimiento
definitivo. Aquella localidad era, en efecto, muy ventajosa por lo profundo del
mar, y la abundancia de leña, pastos y agua potable. En los alrededores vivían
indios pacíficos que habían recibido bien a los españoles.
«Después de una invernada que fue ruda para los
colonos, cuya instalación no podía ser completa -añade el sabio geógrafo
francés- Viedma aprovechó su buena voluntad para llevar un reconocimiento al
interior del país en noviembre de 1782. Llegó casi hasta la vertiente oriental
de la cordillera, después de haber tenido que atravesar los afluentes, entonces
considerables, del río Santa Cruz. Los indios tehuelches que encontró en el
camino, eran hombres de talla superior a la de los españoles, y tenían seis pies
(1m 74) término medio -es la media que da d'Orbigny- aunque los hubiera más
altos aún».
...«Viedma consideraba, pues, el puerto San Julián
como el mejor de toda la Patagonia para un establecimiento colonial, cuando el
virrey ordenó que se abandonara, a pesar de toda la oposición de su gobernador,
que con razón hacía resaltar sus ventajas, su porvenir y los gastos que ya se
habían hecho en él».
Ese sistema de población y abandono lo ha
continuado y perfeccionado la República Argentina, como ha podido verso en
Santa Cruz, por ejemplo, y se verá luego en Buen Suceso, Bahía Thetis, etc.,
etc., gastando sumas importantes sin beneficio para nadie, o mejor dicho, con
particular beneficio para unos pocos. Unas veces el abandono ha tenido razón de
ser, por haberse elegido mal el sitio donde se ubicaba ya el presidio, ya la
subprefectura, ya el futuro pueblo; otras ha obedecido a causas de menor cuantía,
a meros caprichos, o a propósitos no muy confesables que digamos.
Pero es tiempo de que esto cese, tanto más, cuanto
que la experiencia ha costado millones al país, y nuestros vecinos han llegado
a éxito mayor con menor esfuerzo, sencillamente porque han sabido administrar,
han sido más prácticos que teóricos, y -fuerza es decirlo también- porque sus
marinos, frecuentadores de los mares del sur, no han hecho de ellos un
espantajo, dando margen a que se pensara que querían conservar su usufructo.
Véase cómo cuenta Moussy, ya citado, la fundación de Punta Arenas, y cómo su perspicacia
le hacía prever el porvenir de la pequeña colonia:
«A pesar de todas las exploraciones -dice hablando
del sur de Patagonia- no se creó establecimiento alguno en aquellos parajes,
hasta que en 1843 el Gobierno chileno se decidió a ocupar el Estrecho de
Magallanes y sus dos orillas. Una pequeña expedición que salió de Chiloé el 10
de septiembre, llegó el 21 a Puerto Hambre y echó los cimientos de una colonia,
a la que se dio el nombre de Punta Bulnes, en honor del entonces gobernador de
la república chilena. Seis años más tarde, el 1849, el establecimiento fue
trasladado a diez y seis leguas de allí, a un pequeño cabo llamado Punta
Arenas, donde la temperatura era más elevada, la leña más abundante y el
aspecto más alegre. Creose allí la ciudad de San Miguel que existe todavía.
»Un motín, continuación de la tentativa
revolucionaria hecha el año anterior en Copiapó, ensangrentó la colonia en
1852; pero el jefe de la revuelta, el autor de los actos de ferocidad que
entonces se cometieron, Cambiaso, fue pasado por las armas, y la colonia -que
tiene ya veinte años de existencia- comienza a prosperar, según parece.
»Este punto se hará muy importante cuando se
establezca en el Estrecho la navegación a vapor. Un informe del último
gobernador, señor Schythe, afirma que se encuentran yacimientos de carbón en
las cercanías de la colonia. Esta circunstancia contribuiría poderosamente a
dar valor a esa creación, porque no es dudoso que, tanto el Estrecho de
Magallanes como las costas patagónicas, tendrán con el tiempo una población
civilizada y establecimientos serios.»
»La gran pesca de anfibios, la de la ballena, la
explotación del huano de los islotes de la costa de Patagonia, pueden abrir
desde hoy fértil campo a la industria; muchos navíos a vela antes que doblar el
Cabo de Hornos preferirían el paso del Estrecho, si hallaran en él remolcadores
a vapor, absolutamente necesarios, a causa de las calmas y las corrientes.»
Los mismos vapores de la P. S. N. C. que hoy
recalan en Punta Arenas, al cruzar el Estrecho, los de la Kosmos y otros,
podrían haber sido atraídos a hacer escala en algún punto de la costa
argentina, ofreciéndoles análogas comodidades a las que, para refrescar
víveres, etc., tienen en el puerto chileno. Y eso, que no hubiera sido
inmediatamente benéfico para todo la Patagonia, hubieralo sido a la larga,
contribuyendo a formar una población de importancia, desde luego mucho mayor
que la de Gallegos y Santa Cruz.
Un solo día permanecimos en el puerto: la carga era
muy poca -pues las mercaderías van de Punta Arenas, donde se obtienen más
baratas-, siendo colmados de atenciones por los señores Aubone, Magan, y otros
propietarios y pobladores del territorio. A la mañana siguiente a nuestra
llegada debíamos zarpar, aprovechando la marca, porque la barra es de difícil
acceso, y la última noche que pasáramos en la Patagonia Argentina transcurrió
rápida en amable conversación que duró hasta altas horas.
Había desembarcado miss Mary, en compañía de su
prometido, que fue en su busca a bordo.
Era éste un hombre alto y fuerte, ya de alguna
edad, pero de aspecto juvenil todavía. Tenía las características del inglés de
nuestra campaña, hecho ya a los usos del país, acriollado en su traje y sus
maneras. No fue muy efusivo con la novia, que lo fue menos con él, pero en la
expresión del rostro se le conocía la íntima satisfacción de que estaba
poseído.
Ella no pudo ocultar cierta esquivez, cierta
desilusión, y sus ojos se empañaron un tanto. ¡Vaya! Tiene razón Campoamor:
«Pasan diez años, vuelve él
y al encontrarse él y ella:
-¡Dios mío!, ¡y éste es aquél!
-¡Dios santo!, ¡y ésta es aquélla!
Vinieron las presentaciones, que miss Mary hizo con
gracia, recomendándonos a la gratitud del futuro por la atención que todos sus
compañeros de viaje habíamos tenido con ella, y especialmente uno, el mismo de
las largas charlas sobre cubierta que entre burlón y entristecido miraba a la
pareja, pensando quizá en que todo tiene un término en la vida, y especialmente
el flirt a bordo de los vapores.
El novio, muy gentil, nos estrechó la mano,
agradeció en pocas palabras, y después de desembarcar, paseó toda la tarde por
el pueblo, llevando del brazo a miss Mary, con una plenitud de satisfacción que
le brotaba visiblemente por todos los poros...
Pero vino la noche, y con la noche la sorpresa.
Un caballero inglés, que iba con nosotros en el
Villarino, y que acabábamos de ver hablando con la joven, se acercó a un grupo
de pasajeros, e hizo estallar la bomba:
-Miss Mary no quiere casarse...
-¡Hola! ¡Hola!
-¿Cómo es eso?
-¿Que nos cuenta usted?
Y nos mirábamos sorprendidos, aunque con una aire
que estaba diciendo: «Pero si eso era inevitable.»
-Así me lo acaba de declarar -repuso el viajero-
pidiéndome consejo, y autorizándome para que consultara con ustedes qué es lo
que puede hacer, como más conocedores que son de las costumbres del país.
-Hombre, sencillamente que no se case, si no
quiere...
-Es natural.
-Nadie puede obligarla.
Pero, después de la sentencia vino la reflexión, y
el interrogatorio:
-Pero ¿por qué no quiere casarse?
-¿No conocía ya al novio?
-¿No será esto un capricho pasajero?
-Ella declara terminante mente que ni se casa ni se
queda en Gallegos; que lo ha pensado bien, y que ahora no le conviene en manera
alguna... Yo le he hecho reflexiones, pero de nada han valido...
-¿Y qué podemos hacer nosotros?
-No veo con qué títulos intervendríamos...
-Sí, pero dejar que una mujer se case contra su
voluntad...
-¡Pues, señor! ¡Esto sí que es comedia!... De cómo
se quiere hacer representar el papel de providencia en el Sí de las niñas...
Al fin, y como galantería ineludible, se resolvió
que una delegación iría a hablar con miss Mary, para conocer su última palabra
y resolver luego lo que podría hacerse dentro de lo correcto y lo caballeresco;
la delegación partió en su busca, conversó con ella largo rato, y regresó
diciendo que habían fracasado todas las tentativas de arreglo, que miss Mary
quería irse a Punta Arenas para tomar el primer vapor del Pacífico que la
volvería a Inglaterra, y que rogaba a sus compañeros de viaje que le ahorraran
una penosísima explicación con mister Z., representándola y diciéndole que
renunciaba a su mano.
-¡Vaya un compromiso en que nos coloca! -exclamó
uno- Bonitos nos pondría el novio...
-¿Y quién va con esa carta del negro? -preguntó
otro- Si se tratara de parientes o de amigos...
-Tanto más -agregó otro- cuando puede suceder que
miss Mary cambie nuevamente de opinión. Souvent femme varie... Bueno fuera que
mañana quisiera casarse...
Como el Villarino salía al día siguiente, el
problema tenía siquiera una dilación, ya que no una solución.
-Dejemos el asunto para mañana, pues.
-Claro, es lo mejor. Así tendremos tiempo de
reflexionar, los novios inclusive.
A primera hora del siguiente día, nueva consulta a
miss Mary, que se ratificó en su firmísima intención de no casarse, y rogó de
nuevo que se la sacara del apurado trance, casi con lágrimas en los ojos. Y
nueva consulta en cónclave de pasajeros, ya resueltos a hacer algo por la
joven, pero sin hallar el medio decoroso y decisivo, que tampoco hiriera muy
cruelmente al novio, quien, por otra parte, ya podría haberse apercibido de que
algo terrible estaba tramitándose contra su corazón... Porque ¡figúrense ustedes
lo que significará una mujer querida para esos hombres del desierto!...
-¿Y si consultáramos con alguno de los vecinos que
conozca bien a Z., y que lleve la parte cantante en este final dramático?
Nosotros lo acompañaríamos como coristas...
-Bien pensado. Pero ¿a quién?
-A. N. Es influyente, creo que tiene negocios con
Z., y puede, por lo menos, darnos un buen consejo. Casualmente, ahí va, hacia
la playa, donde también están los novios... Y ya nosotros debemos ir pensando
en embarcarnos.
El señor N. nos dio efectivamente la solución del
problema.
-Puede que se trate de una tontería, de un simple
capricho, de algún pasatiempo tomado a lo serio; según lo que ustedes me dicen,
eso es fácil... Entonces, ya que la joven ha hecho lo más, que haga lo menos.
Vino de Inglaterra, pues que se quede aquí unas
semanas, hasta conocer mejor a Z., que es un excelente sujeto, y quizá entonces
quiera lo que no quiere hoy. Yo le ofrezco mi casa; en ella puede hospedarse el
tiempo necesario para el experimento, y si su negativa continúa, yo me
comprometo a envíarla a Punta Arenas para que su cónsul la reintegre a
Inglaterra, como lo hará sin duda.
Tan sensatas palabras tuvieron la acogida que
merecían, y todos vimos el cielo abierto ante ese allanamiento de las
dificultades que un momento antes nos parecían casi insuperables. Pero faltaba
poner el plan por obra, que convencer a miss Mary, que preparar a mister Z., y
por fin... que embarcarnos, porque la marea crecía rápidamente.
Se hizo como se pensó. Después de algún llanto de
la joven, de un susto terrible del prometido, que no sabía si tomarlo a burla o
a veras, trágica o indiferentemente, pues no estaba preparado para el golpe de
una conferencia explicativa entre ambos, mister Z. se fue a sus quehaceres,
miss Mary con el señor N. a casa de éste, nosotros al bote que nos esperaba al
pie de la costa de pedregullo, escenario triste de aquella escena, y poco
después, silbando como espectador descontento, echó a andar el Villarino en las
aguas tranquilas de la mar llena.
Mes y medio más tarde, pasando de vuelta por
Gallegos, pregunté:
-¿Y miss Mary?
-Está en la estancia.
-¿En qué estancia?
-En la de Z.
-¡Cómo! ¿Se ha casado?
-Pocos días después de irse el Villarino.
También este es un desenlace lógico y natural:
había que esperarlo, como había que esperar el que estuvo a punto de ser
decisivo.
- XIII -
En el Estrecho de Magallanes
Al día siguiente, muy de madrugada, pasamos a la
altura del Cabo de las Vírgenes, aquel cabo famoso que hace más de diez años
despertó en Buenos Aires la fiebre del oro, haciendo que chicos y grandes se
precipitaran al Ministerio de Hacienda a solicitar pertenencias mineras, que
quedaron inexplotadas porque el rendimiento de las arenas y las pepitas
auríferas no equivalía al sacrificio que representaba obtenerlas.
Sin embargo, no faltan hoy mismo cateadores y
mineros que frecuenten aquellos parajes, trabajando en sociedad y con algún
resultado, pues viven de poco, y se contentan con unos cuantos gramos de oro
que los permitan divertirse más o menos días en Punta Arenas.
En efecto, vimos dos carpas de mineros en Zanja
Pike, situada más arriba del cabo, en cuya demanda íbamos.
Es urgente el establecimiento de un faro de primera
clase en el Cabo de las Vírgenes, llamado así por Magallanes, que lo descubrió
el año 1520 y el día de las Once mil Vírgenes. Dicho faro, que sin duda formará
parte del vasto proyecto de iluminación de nuestras costas formulado por el
ingeniero Luiggi, será de mucho auxilio para los barcos que navegan en demanda
del Estrecho o del Cabo de Hornos, pues no teniendo hoy como situarse en noches
obscuras, corren serio riesgo, y muchas veces naufragan -los de vela sobre
todo-, cuando sobreviene una calma y los arrastra la corriente hacia tierra. Un
casco de navío de buen porte, que vimos náufrago en el cabo, es mudo pero
elocuente testigo de la necesidad de esa obra...
Poco más tarde, y pasando la línea de fronteras
argentino-chilena, que sigue el paralelo 52 hasta el meridiano 70, baja de
allí, recta, hasta el monte Aymont, y corre luego, sinuosa, a cortar el monte
Dinero y la punta Dungeness, doblamos ésta y penetramos en el Estrecho de
Magallanes, tranquilo como una balsa de aceite.
A nuestra derecha se elevaba, no muy altivo, no muy
majestuoso, el monte Dinero; a la izquierda velamos vagamente la costa de
Tierra del Fuego, más baja que la de la Patagonia chilena, y al contemplar
aquel paisaje algo monótono, algo desabrido, desvanecíase la temerosa esperanza
de asistir a uno de los grandes espectáculos de la Naturaleza.
Nada de lucha de los elementos, nada más que una
gran masa de agua arrastrada por las corrientes, entre costas relativamente
bajas, y que nuestro buque cortaba tranquilo con su proa. Sin embargo, la idea
que uno se forma del Estrecho es terrible, y no sin razón. Las penalidades que
han sufrido los primeros navegantes que por aquel paso se trasladaron al
Pacífico, los peligros que acechan hoy también a los barcos, tienen que
rodearlo de un nimbo temeroso. ¡Ah, cuando reina la calma, y el agua se
precipita del uno al otro mar, con rapidez vertiginosa, no hay muchas veces
paño que baste al velero para salvarse del naufragio!... ¡Ah! cuando sobreviene
un chubasco, y el horizonte se cierra a pocas brazas de la proa del vapor que
navega confiado, y su comandante no tiene cómo saber si corre a embicar o si
sigue el rumbo que le marcan las excelentes balizas y columnas puestas
meticulosamente por orden del Gobierno chileno, barcos de vela, buques de
vapor, juegan su vida al entrar a ese estrecho, para mí tan tranquilo, menos
proceloso aún que nuestro río, en las suestadas que lo enloquecen...
Al oír hablar de las dificultades con que tropiezan,
de los riesgos que corren, de las catástrofes que sufren los marinos de hoy,
con buques tan perfectos, causa asombro el valor y la pericia de los que, como
Magallanes, se atrevieron a surcar, en verdaderas cáscaras de nuez, mares hasta
entonces desconocidos, y temibles aún ahora, cuando las cartas del
Almirantazgo, de Fitz-Roy y de la Romanche señalan casi hasta la más mínima
piedra.
Los cinco buques con que Magallanes realizó la
proeza, sumaban, en total quinientas toneladas, es decir, menos que un pequeño
transporte de hoy, y su tripulación se componía de ¡doscientos treinta y siete
hombres!
De estas cinco naves, la Santiago, que mandaba
Serrano, se perdió en la costa patagónica; otra, la Victoria, vio en Octubre de
1520, al sur del Cabo Vírgenes, una «abertura que después de averiguado era un
estrecho», y que algunos llamaron por eso de la Victoria.
Mandó Magallanes que se explorase el paso, la
tripulación de una de las naves se sublevó y regresó a España, otra nave volvió
días después, diciendo sus oficiales que sólo habían visto una gran bahía
rodeada de bajíos y escollos, y por fin súpose que la tercera había andado tres
días sin dificultad, y que lo alto de las costas, el excesivo fondo y el
movimiento de las mareas hacían muy creíble que aquel fuera un estrecho entre
dos mares. Magallanes resolvió seguir el mismo camino con las tres naves que le
quedaban, abandonando a la sublevada de que no se tenía noticias, y el 6 de
noviembre de 1520 entró en el Estrecho, y el 28 del mismo mes lo había
recorrido de extremo a extremo, y desembocaba en el mar que llamó Pacífico,
porque el tiempo constantemente favorable les permitía hacer singladuras hasta
de setenta leguas.
Poco iba a gozar de su triunfo el gran navegante,
que el 26 de abril de 1521, cinco meses después de su descubrimiento, moría a
manos de los indios. Los historiadores portugueses de la época, y también
Argensola, hacen notar que al mismo tiempo y en circunstancias análogas, moría
en las Molucas Juan Serrano, grande amigo de Magallanes, y cuyos informes
incitaron a éste a buscar un paso entro los dos océanos.
Los indios diezmaron a la tripulación de las naves,
que -por no poder llevarla-, tuvo que quemar una de ellas, la Concepción; la
Trinidad fijé tomada en la Malasia por los portugueses, y sólo la Victoria,
mandada por Sebastián de Elcano, con diez y ocho tripulantes, volvió a España
en septiembre de 1522.
Oceanum reserans navis
Victoria totum
Hispanim Imperio clausit
utroque polo.
Magallanes tiene un monumento en el sitio en que cayó,
en las Islas Filipinas, y otro más grande o imperecedero en el estrecho que
lleva su nombre, poniendo de relieve su enérgica figura ante los ojos de
cuantos navegan esas aguas que el surcó el primero.
Siguiendo sus huellas, y antes de que el Estrecho
fuera frecuentado y se abriera definitivamente a la navegación, muchos
navegantes expedicionaron a él, mandados por España y otras naciones.
En 1525, siete buques con un total de 1010
toneladas y hombres de tripulación, al mando de García Yofre de Loaisa, partió
para el Magallanes, recorrió la costa patagónica y el estrecho; una de sus
naves, el San Lesmes, que corrió hacía el sur, volvió porque parecía que donde
había llegado «era acabamiento de tierra» (probablemente, según Urdaneta, vio
el Cabo de Hornos), y fue tan perseguido por la desgracia, que doce años
después sólo Urdaneta había regresado a España.
Gaboto preparó una expedición para ir en socorro de
Loaisa, pero no pasó del Río de la Plata.
En septiembre de 1534, salía de España D. Simón de
Alcazaba, con dos naves, y el 18 de enero de 1535 entraba en el Estrecho. En la
entrada de éste halló un mástil elevado en tierra con una gran cruz y esta
inscripción: 1526; y los restos de un navío, que supuso fuera uno de Elcano.
Por la rudeza de la estación (era verano, sin embargo) la tripulación le obligó
a volverse de la mitad del Estrecho. Alcazaba desembarcó en la costa, hízose
jurar gobernador, realizó algunas pequeñas expediciones al interior, y fue poco
después asesinado por algunos de los suyos, que pretendían hacerse piratas. El
maestre y contramaestre de la capitana, ayudados por algunos marineros fieles,
lograron apoderarse de los asesinos, pasando por las armas a los principales.
Pero los sobrevivientes llegaron a tal estado de escasez, que la ración quedó
poco a poco reducida a una libra de carne de lobo y una taza de vino para cada
tres hombres. Se dieron, por fin, a la vela, dejando en la costa algunos
desterrados por complicidad en el crimen cometido, pero las naves se separaron
sin causa, y sufrieron toda clase de penalidades, naufragios, avances de los
indios, etc.
Pero, no obstante estos fracasos, cuatro años
después, don Alonso de Camargo partió con tres navíos rumbo al Estrecho de
Magallanes. Perdiose la capitana en la primera angostura, el 22 de octubre de
1539; otra tuvo que correr hasta el Cabo Vírgenes, y la tercera, muy
maltratada, pasó al Pacífico, recogiendo a Camargo y los náufragos, y llegó a
Arequipa, dando por primera vez noticias de la costa.
En 1557, el capitán Juan Ladrilleros con dos
navíos, salió de Valdivia por orden del gobernador y capitán general de la
provincia de Chile; recorriolo dos veces, estudiándolo con esmero, y volvió con
sus marineros diezmados por los grandes azares del viaje.
Hiciéronse otras muchas expediciones por orden de
los gobernadores de Chile y el Perú, perdiéronse muchos buques, otros
renunciaron al intento, y por fin España abandonó el Estrecho, de cuya
existencia llegó a dudarse, siendo opinión de muchos que se había cerrado,
hasta que otras naciones desvanecieron semejante error.
Inglaterra, en sólo diez y seis años, hizo seis
expediciones, siendo la primera en fecha la del célebre Francisco Drake, grande
y arrojado marino, pero no menos pirata por eso. En abril de 1578 llegó a San
Julián, donde empleó un patíbulo erigido por Magallanes para castigar a
insubordinados, colgando de él a Thomas Dougthie, que trataba de hacerle un
motín; peleó contra los tehuelches, y el 17 de agosto embocó el Estrecho,
teniendo que retroceder por un viento contrario. Por fin, lo pasó en 17 días,
viaje el más rápido que se hubiera hecho hasta entonces.
Luego, y después de sufrir un temporal de cuarenta
días, navegó el Pacífico hacía el norte, tomó y saqueó a Valparaíso y otros
pueblos de la costa, y a la altura de Panamá se apoderó de varios navíos
españoles cargados de dinero, por el cual dio recibo, arruinó a Guatalco, y
cargado de riquezas dio la vuelta al mundo, para arribar a Plymouth tres años
después de su partida...
Por perseguir a Drake, España reanudó sus
expediciones al Estrecho de Magallanes, enviando una al mando de don Pedro
sarmiento de Gamboa, caballero de Galicia, que ya en el Callao y en Panamá
había peleado con el marino inglés, Sarmiento era muy experto navegante, aunque
nunca creyera que hubiese variación en la aguja imantada, y se confiaba mucho
en su pericia.
Esta expedición de Sarmiento fue una de las que
arrojó más luz sobre el Estrecho de Magallanes, aunque los medios de
observación de que se disponía en el siglo XVI, fuesen muy escasos y dieran
lugar a grandes errores. Valiole ser honrado con el título de capitán general
del Estrecho de Magallanes y gobernador de cuantas tierras poblase en él, pues
había logrado que Felipe II resolviera fortificar la primera angostura y
establecer más tarde colonias en ambas márgenes.
Con este objeto, que iba a dar a España el dominio
definitivo de aquella zona, armose una segunda expedición, llamada también de
Sarmiento, y mayor que todas las anteriores, pues la escuadra se componía de 23
navíos.
Zarpó esta flota, del puerto de Sevilla, el 25 de
septiembre de 1581, con anuncios de mal tiempo.
Los pilotos hacían notar que, como se acercaba el
equinoccio, era peligroso darse a la vela, pero el duque de Medina Sidonia los
obligó a zarpar, como lo hicieron, para tener que refugiarse días después en
Cádiz, habiendo perdido totalmente cinco de sus buques y ochocientos hombres.
Antes de salir perdieron otras naves, y en la
travesía a Río de Janeiro se enfermaron y murieron más de ciento cincuenta
tripulantes. En Río, donde invernaron, murieron otros tantos y varios
desertaron... Los navíos comenzaron a podrirse, menos los acorazados o
emplomados del rey, y a hacer agua... Los desastres de esta expedición fueron
en aumento. Los jefes Flores de Valdez de la flotilla, y Sarmiento, del
Estrecho y sus futuras colonias, ya desavenidos, se separaron. Los capitanes y
maestres de las otras naves vendían las provisiones destinadas a las colonias,
cambiándolas por productos del país... Zarparon, por fin, en noviembre de 1582,
pero para perder un bergantín y una lancha, y luego la Riola, de quinientas
toneladas, con 350 personas, la Santa Marta y la Proveedora. Flores, cuya
intención parece haber sido la de que fracasara el viaje, dejó otros tres
buques la Almiranta, la Concepción y la Begoña -con trescientos soldados, en
las costas del Brasil, diciendo que no aguantaban el mar.
Más tarde se separó de la expedición para irse por
tierra a su gobierno de Chile, don Alonso de Sotomayor, con tres naves y muchas
provisiones y gente, aunque tuviera orden de auxiliar antes a la expedición en
el Estrecho.
Sólo con cinco naves llegó Sarmiento al Magallanes
el 7 de febrero de 1583; pero Flores se echó atrás, a pesar de todo cuanto
Sarmiento le dijera y sin motivo alguno plausible, volviéndose a Río de Janeiro
y de allí a España.
Sarmiento con el almirante Rivera, cinco naves y
530 hombres, volvieron a emprender la expedición, llegaron al Estrecho el 8 de
diciembre, pasaron la primera angostura, fondearon cerca de la segunda en
febrero de 1584, pero perdieron las amarras (las anclas sujetábanse entonces
con cabo, no con cadenas como hoy) y tuvieron que volver atrás, a ponerse al
reparo del Cabo Vírgenes.
Allí se fundó el primer establecimiento que haya
existido en el Estrecho de Magallanes, con trescientas personas y con el nombre
de ciudad del Nombre de Jesús. El desembarco fue muy difícil. Rivera, sin orden
de Sarmiento, marchose una noche a España con tres fragatas; otra, mal varada
para alijarla, no podía servir, de modo que sólo La María quedó al servicio de
la colonia.
El animoso Sarmiento no desesperó por eso, y
después de otras mil peripecias, combates con los indios, penosísima excursión
por tierra, fundó en mitad del Estrecho una segunda ciudad que llamó del Rey
Don Felipe en cuya construcción trabajó hasta abril. Luego, como fuera con su
nave y treinta hombres a visitar la ciudad Jesús, corrió un temporal, tuvo que
desembocar al Atlántico, y subir hasta el Brasil, desde donde intentó repetidas
veces, y siempre en vano, volver al Estrecho. La historia de Sarmiento parece
desde un principio, y especialmente a partir de este punto, una novela de
aventuras, fogosamente escrita por él mismo. Derrotado, viejo y enfermo, llegó
a España en 1590, aquel hombre de indomable energía, cuya empresa mereció mejor
fortuna.
En cuanto a los pobladores de las nuevas ciudades,
sin recursos, sufriendo los rigores de aquel clima, desamparados, hicieron
inútil tentativa de escapar a una muerte segura, construyendo bajo la dirección
de Biedma, que los mandaba, dos barcos, uno de los cuales naufragó...
Pasaron dos inviernos en medio de tantas
penalidades -casi sin otra comida que mariscos, agotados por el frío-, que al
fin del segundo invierno sólo quedaban quince hombres y tres mujeres de las dos
colonias...
Los españoles afirman que el marino inglés Thomas
Candish, que pasó por allí en 1587, fue informado por el marinero Tomé
Hernández, de la desesperada situación de sus compañeros, que Candish dijo a
éste que les avisara su presencia, pues los tomaría a su bordo, pero que luego
se hizo a la vela, abandonándolos. El diario de Candish dice lo contrario; pero
parece quo, en efecto, no hizo todo lo que debiera por aquellos desgraciados
primeros pobladores de las costas donde hoy pacen grandes rebaños de ovejas, y
donde bajo excelentes auspicios nace la vida civilizada.
Esa expedición de Candish abre una larga serie de
otras realizadas por ingleses, como la de Sarmiento cierra con una catástrofe
las de los españoles. Pasó Candish el Estrecho, hizo buenas presas en el
Pacífico, y volvió a Inglaterra dos años después de su salida.
Su teniente Davis, arrojado muy al este de Puerto
Deseado (que descubrió Candish y así llamado por el nombre de uno de sus
barcos), avistó unas islas, probablemente las Malvinas, descubiertas en 1700
por los marinos de Saint Malo.
Andrés Merik, que siguió a Candish en 1589, no pudo
entrar en el Estrecho, y regresó a Europa. La misma poco más o menos, fue, en
1591, la suerte de la escuadra de John Chidley, y, de la segunda expedición de
Candish, que sólo llegó a Puerto Hambre, y vuelto atrás, la tripulación lo
obligó a dirigirse a Inglaterra. Se cree que murió en el viaje.
En 1593, otro inglés, Richard Hawkins, cruzó el
Estrecho, avanzó por el Pacífico hacia el norte, y fue tomado por la escuadra
del Perú, cesando con esta expedición las de los corsarios de aquella
nacionalidad.
En cambio, los holandeses fijaron la vista en el
Estrecho, para intentar un comercio regular con las Indias. El primero de éstos
fue Mahu, al mando de cinco buques de 150 a 500 toneladas y 547 tripulantes.
Pero murió Mahu del escorbuto, y asumió el comando el vicealmirante Simón de
Cordes, que dio su nombre a una de las bahías al sudeste de la Península de
Brunswick, después de larga navegación en que no le faltaron penalidades. Poco
más adelante fundaron la orden del «León desencadenado»
para -decían- «perpetuar la memoria de un viaje tan
extraordinario y peligroso, en un estrecho que ninguna otra nación había
intentado pasar con tantos y tan grandes buques». Curiosa es una de las
cláusulas a que debían sujetarse los caballeros del León, por la cual, era su
deber, «exponer libremente la vida y hacer todos sus esfuerzos, para que las
armas holandesas triunfasen en el país de donde el rey de España sacaba tantos
tesoros empleados tan largos años en hacer la guerra y oprimir a los Países Bajos»...
Pasó el Estrecho, perdió varios de sus buques, y el último que quedaba fue
tomado en las Molucas por los portugueses...
Olivier Van Noort, otro holandés, pasó el Estrecho
en 1600 y dio la vuelta al mundo. Siguiéronle más tarde Sebald de Wart, Joris
Spilberg, y Jacobo Lemaire.
Este último es el glorioso descubridor del cabo de
Hornos, de Horn, mejor dicho, y del Estrecho que lleva su nombre, y nos ocupará
más tarde.
Reanudaron entonces sus expediciones los españoles,
con las de los hermanos Nodal, que fueron hasta la isla de Diego Ramírez,
llamada así por el hidrógrafo que llevaban con ellos; a los ingleses volvieron
también a la cara, enviando primero a sir John Narbourough, encargado de fundar
en la costa patagónica establecimientos que no fundó, pero quien tomó posesión
de Deseado, y pasó al Pacífico; y después al capitán Wood, con dos buques. El
capitán Wood tocó en Puerto Hambre en noviembre de 1671, pasó al Pacífico,
donde los españoles le tomaron alguna gente prisionera, volvió a cruzar el
Estrecho en sólo diez y ocho días, y regresó a Inglaterra.
Siguen a ésta una expedición española mandada por
don Antonio de Vea (1675), otra de los famosos corsarios llamados Flibustiers,
cuya historia -muy interesante- no es del caso, y la inglesa de Strong (1689)
que no tuvo resultado.
Toca ahora, después de España, Inglaterra y
Holanda, el turno a Francia, que acaba de coronar últimamente sus
exploraciones, con la utilísima y famosa de la Romanche a Tierra del Fuego y
Cabo de Hornos, que en estos años tanto ha contribuido al conocimiento de
aquellas regiones.
El primer navegante francés que surcó las aguas del
Estrecho (1696) fue M. de Genner, con seis buques y el geógrafo M. Froger.
Tuvo, después de llegar al cabo Froward y de bautizar en las inmediaciones la
Bahía Francesa y el río Genner, que regresará su tierra, tan falto de víveres,
que cinco días antes de llegar a la Bochela tuvo que dar ración única de
chocolate y azúcar a su tripulación. Fundose luego en Francia una compañía para
establecimiento y explotación de colonias en Sud América, la cual envió al capitán
Beauchesne, quien invernó en Puerto Hambre, tomó posesión de una de las islas
del sur, que llamó Luis el Grande, y después de hacer gran comercio con los
indios, volvió doblando el Cabo de Hornos. La isla se abandonó por el
advenimiento de los Borbones al trono de España.
Pero la dificultad del paso del Estrecho hizo que
los muchos franceses que acudieron a negociar en el Pacífico, prefirieran el
camino del Cabo, hasta que M. Marcant entró en Magallanes, descubriendo al este
de la isla Clarence un canal que llamó Bárbara, como su buque (1713).
Entretanto, el rey Felipe V quiso hacer extensiva a
Patagonia la pacificación y colonización intentadas en las Pampas, y ordenó una
expedición que salió de Buenos Aires el 15 de diciembre de 1748, formando parte
de ella los padres jesuitas José Quiroga, Cardal, Strobl y Falkiter, quien se
quedó en Patagonia hasta la expulsión de su Orden, e hizo una descripción algo
fantástica pero en muchos puntos apreciable, de aquellas regiones. La
expedición llegó hasta el Estrecho, pero no lo atravesó.
Luego Inglaterra mandó a Byron (1764) a hacer un
viaje de circunnavegación pasando por el Magallanes, como lo realizó; a Wallis,
que de 1766 a 1768, dio dos veces la vuelta al mundo, en 637 días, a bordo de
su Delfín; a Carteret, que separado de Wallis en el Estrecho, también dio dos
veces la vuelta al mundo.
Bucarelli mandó, por esos años (1767) una
expedición a la Tierra del Fuego, que colonizó en ella sin oposición de los
indios, que, por el contrario, se mostraban serviciales; pero la colonia fue
abandonada por su distancia y porque se la consideraba un lugar de destierro.
Esta expedición, mandada por Felipe Ruiz Puente y
compuesta de las fragatas Esperanza y Liebre, salió de Montevideo el 28 de
febrero de 1767 junto con el célebre Bougainville, que mandaba la Boudeuse y
L'Etoile, y que iba a entregará España las Malvinas, cedidas por Francia
mediante la indemnización de 2.412.000 reales de vellón.
Bougainville fue el primer francés que diera la
vuelta al mundo, y la narración de sus viajes es palpitante de interés y de
verdad.
En 1779 hizo otra expedición Juan de la Piedra, no
llegando sino hasta San Matías, donde fundó una colonia que diezmó el
escorbuto.
En 1785 y 1786, la fragata Santa María de la
Cabeza, mandada por el capitán de navío don Antonio de Córdoba, practicó un
minucioso reconocimiento del Estrecho, y la relación de su viaje es documento
de mucho valor para la historia del Magallanes.
En este siglo pocos viajes hay que notar, si no es
el de d'Orbigny, que sólo llegó al golfo de San Matías, y muy especialmente el
de la Beagle y la Adventure, mandadas por Philip Parker King y Robert Fitz-Roy
(1826 a 1834), de que formó parte Darwin, el del comandante Mayne (1867-68) y
el de la Romanche (1883). Pero esos pocos viajes, a partir de Fitz-Roy, han
bastado para desvanecer muchas consejas, hacer dar algunos pasos a la ciencia y
ofrecer al navegante guías inapreciables en el laberinto de los mares del sur.
Por nuestra parte, aunque descuidáramos mucho
aquella región, hemos mandado varias expediciones, ya a Tierra del Fuego, ya a
la Isla de los Estados, que si bien no se han ocupado especialmente del
Estrecho, lo han recorrido del uno al otro extremo. Tendré oportunidad más
tarde de ocuparme de estas expediciones, entre las cuales la más interesante es
la de la subcomisión de límites, que ha practicado estudios y reconocimientos
de importancia, al oeste, aunque no en las mismas aguas del Magallanes.
Los chilenos se han preocupado más, y son
utilísimos los trabajos hechos en 1885 y 1886 por sus buques de guerra Toro,
Aptao y Cóndor, que lo balizaron en toda su extensión, facilitando aquel camino
para la navegación, hoy tan importante.
Las balizas y hoyas colocadas en aquella época, a
tan corta distancia unas de otras, que siempre están a la vista del piloto, se
cuidan meticulosamente, y un vaporcito que recala en Punta Arenas, las recorre
sin cesar, desagotando las boyas, cuidando de que no se desvíen y manteniendo
siempre correcta esa inapreciable guía del marino.
Tal es, a grandes rasgos, la historia del Estrecho
de Magallanes, desde su descubrimiento hasta el día. Quien desee conocerla más
en detalle hasta fines del siglo pasado, puede recurrir a un libro, cuyos datos
he aprovechado en gran parte de lo que dicho llevo. Es la Relación del último
viaje al Estrecho de Magallanes, de la fragata de S. M. Santa María de la
Cabeza, en los años 1785 y 1786. Extracto de todos los anteriores desde su
descubrimiento, impresos y manuscritos, y noticias de los habitantes, suelo,
clima y producciones del Estrecho. Trabajada de orden del Rey. Me he referido
al viaje de la Santa María, tan interesante bajo todos conceptos, algunos
renglones más arriba, como uno de los que más contribuyeron al conocimiento del
Estrecho; debo añadir que la relación de ese viaje es de lo más completo y
claro que he visto en la materia, y afirmar como seguro, que si los navegantes
de la nave citada hubieran poseído los instrumentos con que se cuenta hoy,
sobrellevando menos fatiga y haciendo menos esfuerzo, habrían dado una nota
definitiva a propósito del Magallanes.
Cuando se piensa en lo que hicieron aquellos
hombres con tan escasos elementos, luchando en forma tal contra dificultades
hoy desaparecidas, se toman bajo beneficio de inventario las cuasi proezas de
los navegantes actuales de Piedrabuena, abajo, y de ese inventarlo resulta que
más es el ruido que las nueces, como vulgarmente se dice, y que ir hoy con un
barco a vapor a surcar el temeroso Estrecho, es más fácil que internarse sin
práctico en uno de nuestros mansos ríos.
Pero los que han hecho la navegación del sur, han
cuidado de presentarla como temible, para dominar sobre ella primero, y para
infundir temor después.
Del miedo sale el monopolio.
Mas los amigos de Piedrabuena, que adquirió la
República para su servicio, como quien hace alianza con una potencia, le habrán
oído decir, en la intimidad, cuán fácil era surcar siempre a vela aquellas
aguas del Atlántico, si menos mansas, tan poco devastadoras como las del
Pacífico.
Murúa, el comandante del Villarino, discípulo y
cultor de Piedrabuena, cuyo retrato está en su camarote, sonríe cuando se le
habla de los pretendidos peligros de aquel derrotero, pero calla, puesto que es
humano admitir que uno hace algo más de lo que los otros serían capaces de
hacer... Y su segundo, Méndez, suele encogerse imperceptiblemente de hombros, y
cuando mucho, observa:
-El paso del Breacknock suele ser serio, en caso de
neblinas y chubascos. Pero... lo preferiría al canal de la Mancha...
Y sin embargo...
Llega a mi noticia, alguna sobre los últimos
naufragios ocurridos en el Estrecho, que dan qué pensar. No son todas, al fin
flores.
En un intervalo de diez días, allá en 1884,
perdiéronse en el Estrecho dos vapores; el uno de la compañía francesa
Chargeurs Réunis, llamado Arctic, encallado en una restinga que sale del Cabo
Vírgenes; el otro, de la P. S. N. C., el Cordillera. Salváronse en ambos las
vidas, pero no la valiosa carga (ya se verá en otro sitio cómo son los
salvamentos y cuánto cuestan).
El Arctic naufragó de noche, durante un chubasco de
nieve, y con sus propios recursos desembarcó los pasajeros y envió un chasque
en demanda de auxilio a Punta Arenas. Aunque hubiera naufragado en costa
argentina, nuestras autoridades no intervinieron para nada...
Todo el cargamento del Arctic, mercaderías
generales, telas y paños, vino, etc.., fue, transportado al puerto chileno, con
ayuda del vapor aviso Comodoro Py, y a pedido del señor Sampayo, gobernador de
Magallanes.
El Cordillera se perdió en la Punta San Isidro,
también de noche y durante un chubasco de nieve, como el anterior (12 de
octubre). Salváronse los pasajeros, que fueron llevados a Punta Arenas, como el
cargamento, que se vendió en £ 500 a los señores Julio Haas y José Fiol, que
tenían un buzo como socio industrial. Las mercaderías resultaron muy averiadas,
pero la maquinaria y rieles de ferrocarril que llevaba el Cordillera, dieron a
los compradores una ganancia líquida de 20.000 pesos oro.
En 1885, el transporte chileno Angamos tocó en una
piedra desconocida hasta entonces, y apenas si se salvó, muy averiado, gracias
a los socorros del vapor Malvina.
Recientes son las pérdidas del vapor alemán
Kambyses y del inglés Coro-Coro en el Cabo San Antonio, y de otro cuyo nombre
no sé, en el canal de Smith, donde estaba trabajando actualmente el vapor
Albatros, chileno.
Por mucho que el balizamiento del Estrecho sea
eficaz para la navegación durante el día no es suficiente para la navegación
nocturna.
Hace falta un sistema bien combinado de faros en
vez de las pirámides y boyas.
Toca también al Gobierno argentino el
establecimiento de dos faros:
uno en el Cabo Vírgenes, como ya he dicho, y otro
en el Cabo Espíritu Santo, y ambos de bastante alcance. No darían quizás
beneficio inmediato, pero lo procurarían considerable para los transportes que
pasan por el Estrecho.
- XIV -
La joya de Magallanes
-¿Qué es aquello? ¿La casa... la cruz negra... el pontón?...
-La Congeladora.
-¿Y el pontón que se ve tan cerca entre las casas y
la cruz?
-Pertenece a la fábrica. También tiene una parte de
la maquinaria.
-¿Es muy importante el establecimiento?
-Mucho. Pertenece a Woods y Compañía. Ahora va a ocuparse
de la exportación de ganado en pie. Ya ha hecho un ensayo con buen éxito.
-¿Estamos en la primera angostura? ¿No se llaman
angosturas estos pasos más estrechos?
-En la primera; según se cuente... Ya sabe usted lo
del cesante que vivía en el primer piso, a partir desde el cielo...
Un poco más tarde:
-¿Qué son esos puntos blancos que se mueven en la
costa?
-¿Cuáles?
-Aquellos... Parecen terneros...
-¡Ah! sí; son ovejas...
-Y muchas... Probablemente malvineras como más al
norte, del tamaño de animales vacunos... ¡Cuántas!
-¡Y las que no se ven!... Son de Menéndez. Aquí,
sobre la costa, tiene más de 100.000.
-¿Sin exageración?
-Más de 100.000, seguro.
Poco rato después:
-Más ovejas, ¿no?
-En efecto.
-¿De quién?
-De Reynard.
-¿Cuántas?
-Más de 100.000 también.
-¡Pero, hombre! ¡Pero, hombre!
Y se me abrían los ojos, y me decaían las
mandíbulas, con aquella sorpresa. ¡Cómo! ¿Había en el extremo de América
establecimientos así?
¿planteles semejantes de fortuna? ¿capitales tan
grandes en juego?
¿fuerza tal de expansión y crecimiento?
-¿Con que Reynard? ¿Con que Menéndez? ¡Cien mil y
más ovejas cada uno!
-¡Oh! Menéndez tiene y tiene... Ahora puebla en
Santa Cruz y se establece en Tierra del Fuego. Los planos locales están llenos
de la repetición de su nombre, y tiene en Punta Arenas una casa de comercio que
no estaría mal en Buenos Aires, y una línea de vapores, y... ¡qué sé yo!
-¿Algún capitalista europeo?...
-Un hombre de su trabajo, y un hijo de sus obras.
Vino pobre, hace muchos años. Se cuentan sobre él las historias más raras. Sus
orígenes humildes han dado lugar a una porción de leyendas, interesantes como
todas las leyendas; rapsodias por lo común, en que se le cuelgan milagros que
no ha hecho, y se le atribuyen parecidos con otros triunfadores de los países
nuevos...
-¿Por ejemplo?
-Con Barnatto... sin las minas.
-¡Cuente usted eso!...
-Y usted, indiscreto, lo contará a su vez en La
Nación... ¿Verdad?
-Para eso estamos.
-Pero no garantizo la autenticidad de la
narración...
-Ni yo diré que usted me la ha hecho. Verdad o
mentira, también la biografía tiene su interés, cuando sale de la órbita de lo
vulgar. E imagine, amigo mío, qué bien parecerá algo de ameno, por ejemplo,
después de la historia del Magallanes, y de un sinnúmero de datos
estadísticos...
Lo de Barnatto me ha intrigado... Decía usted que
Menéndez...
-El señor Menéndez, hoy millonario, gran hacendado,
progresista, hombre de negocios de mucho olfato, y muy correcta persona en el
trato social -ya lo conocerá usted-, vino hace muchos años a Punta Arenas, en
una situación precaria, según se dice. Acompañaba -agrega la leyenda- a un
pobre saltimbanqui que traía un teatrito de títeres. La población, deseosa de
diversiones, acogió aquélla como un verdadero regalo, y aunque el espectáculo
no fuera muy atrayente ni muy subyugante, lo frecuentó, permitiendo a sus
introductores hacer algunas economías. Menéndez, muy cuerdo y muy práctico, se
sirvió de ellas para establecerse con una pequeña casa de comercio, que
prosperó gracias a su espíritu de empresa, a su sagacidad para los negocios, a
su tesón y... al medio en que actuaba.
-Sí, el medio... El medio es uno de los pocos
semi-vírgenes que van quedando en el mundo: no ha aprendido a ser ingrato
todavía. Me gustaría compararlo con la Australia de los primeros tiempos...
tanto más, cuanto que ésta es la tierra más austral del continente americano...
Pero el personaje vale lo que el medio, es un gran producto de estos países,
una síntesis determinada de sus pobladores... aunque sólo sea cierta una parte
de su leyenda.
-Poco más o menos... Otra lo presenta como elemento
de una compañía de circo, que -más inteligente que sus compañeros- se quedó en
Punta Arenas, con la visión del porvenir, perseverando hasta el extremo de
trabajar él solo, como un Proteo, en todos los papeles, o como dicen los
acróbatas y artistas, en «todos los números», bajo una carpita que se llenaba
de mineros, de piratas, de todos los ecumeurs de estos mares y estas costas,
pródigos como cuantos ganan fácilmente el dinero. En fin, Menéndez está rodeado
del prestigio que le presta su éxito y del enorme que lo añade la envidia,
yendo a buscar sus principios, para denigrarlo, y que sólo consigue hacerlo un
personaje de novela.
-¡Interesantísimo!
-¡No! no tome usted notas... o prométame no decir
quién lo ha contado eso.
-¿Para qué decirlo?... ¿Y está usted seguro de que
podré conocer a Menéndez?
-Y de que se encontrará usted con un hombre muy
agradable y de ideas muy claras, que extiende hoy su radio de acción a nuestro
país, como ya le he dicho. Sí, lo conocerá, como podrá conocer gran parte de la
población de Punta Arenas, la más extraordinaria que haya usted visto hasta
ahora, por sus componentes y por... su fermento. Porque aquello fermenta que es
un gusto, y está produciendo algo muy raro: un pueblo con caracteres propios.
Seguíamos navegando sobre las aguas apresuradas del
Estrecho, en medio de una atmósfera tibia, clara y tranquila; del uno y del
otro lado veíamos la costa chilena de Patagonia y de Tierra del Fuego, con
montículos y entalladuras cubiertas de yerba, más amena ya que la Patagonia
propiamente dicha, como si tras larga navegación por tierras áridas y frías
fuéramos entrando en la zona templada.
Y nuevas preguntas:
-¿Qué es aquello? ¿Un canal? ¿Una bahía? ¿La
entrada esa?...
-Bahía Peckett. La Isla que se vislumbra allá, a
proa, es la Isabel.
Ya estamos cerca de Punta Arenas.
-En efecto, comienza a animarse el paisaje. Hay más
ovejas...
-Pocas. Son de Hamilton y Saunders, pero no se
recuestan mucho a la costa.
-¿Cuántas tienen?
-Treinta mil... Si usted dejara la profesión...
Pero no quiero hacer epigramas.
-Gracias. Me vengaría... Ahora comienzan a verse
algunas casas aisladas; supongo que irán aumentando un poco hasta las cercanías
de Punta Arenas...
-Y un mucho también. Punta Arenas va a ser una
sorpresa para usted, que ya tiene el ojo acostumbrado a Madryn, Santa Cruz,
Gallegos...
...Cuando, con gallarda maniobra el Villarino trazó
una curva sobre la ola rizada, ya la voz del comandante redobló la cadena del
ancla en el escobén, saltó el agua pulverizada hasta la borda, sonó el
telégrafo con el campanillazo de «máquina atrás» y luego con el «Stop» final, y
quedamos fondeados, sólo entonces me di cuenta de lo que era y de lo que valía
la joya del Magallanes, Punta Arenas, tendida sobre colinas verdes, casi casi
como una risueña Montevideo del sur.
Aquella tarde no desembarcamos.
Tuvimos que aguardar, primero, a que la capitanía
del puerto nos diera entrada, como lo hizo sin gran pérdida de tiempo; luego se
trasladó a bordo el cónsul interino de nuestro país, mister Jacobs, que se
quedó a comer con nosotros, y que nos dio noticias relativamente frescas de
Buenos Aires.
Es que, mientras los transportes invierten semanas
en el viaje de la capital de la República Argentina a Magallanes (verdadero
nombre de Punta Arenas), los vapores de la P. S. N. C. que salen de Montevideo,
llegan en 120 horas de navegación, poco más menos, y adelantan, naturalmente,
la correspondencia una porción de días.
¡Oh! Punta Arenas es la población del sur más
socorrida en cuanto a comunicaciones, y su movimiento tendrá que hacerse más
intenso cada vez, gracias a ellas. Véase sus líneas de vapores:
Pacific Steam Navigation Company, con dos buques
cada mes, que tocan a la ida y al regreso en Magallanes.
Lloyd. Norte Alemán con un vapor por semana. Tocan,
pues, ocho veces al mes en dicho puerto.
Messageries Maritimes, un vapor quincenal.
Kosmos (de Hamburgo) quincenal; cada mes toca una
vez en las islas Malvinas.
Chargeurs Réunis, en combinación con las M. M.,
quincenal.
Hay además una compañía italiana que hace servicio
regular cada veinte días o un mes, y una norte americana, que sirve de vez en
cuando a aquel puerto. Pero esto no es todo.
Para el cabotaje, salvamentos, etc., existen
también en Punta Arenas cuatro compañías locales de vapores: la de Braun y
Blanchard, con cuatro buques, Lovart, Torino, Vichuquen y Antonio Díaz; la de
Kurtz y Wahlen, con dos; la de Menéndez con dos también, y la sociedad anónima
que arma el Albatros.
Cuters, goletas, pailebotes de dos y tres palos, de
veinticinco a doscientos toneladas y más, abundan en el puerto, y llevan casi
sin excepción la bandera chilena; estos barcos hacen toda especie de trabajo,
desde el flete sencillo, hasta las expediciones a caza de lobos o en busca de
oro en la Tierra del Fuego; y sea lo que hagan, contribuyen a impulsar y
fomentar la colonia, que de pocos años a esta parte progresa de una manera no
sólo visible, sino también sorprendente.
Podíamos, desde la cubierta del Villarino, examinar
a nuestro sabor el panorama de la risueña villa, que iba poco a poco
esfumándose con la lenta caída de la tarde: las calles accidentadas, los largos
muelles que se internaban en el agua, las casillas de madera del puerto, las
más vistosas del centro, y aquí y allá, dominadores, uno que otro edificio de
material, con aspecto de palacio, la esbelta torre de la iglesia, todavía con
su andamiaje, todo ello destacándose sobre el doble telón de las colinas en cuya
falda se tiende Magallanes. ¡Qué sorpresa para los que esperábamos hallarnos
frente a un pueblito mal trazado, de casas diseminadas y tristes, como los
otros de la Patagonia! Las calles centrales, bien delineadas, corrían
compactas, y sus edificios, de forma graciosa, tenían tonalidades alegres en
medio de la atmósfera clara; animaban el puerto carros y carretas ocupados en
operaciones de carga; resonaban martillazos en la costa, en los pequeños
astilleros donde se construyen buquecitos de cabotaje; lanchas a vela y a vapor
surcaban las aguas tranquilas, ya dando largas bordadas... ya marchando en
inflexible línea recta. Y Magallanes tenía un aspecto de actividad jubilosa;
parecía más grande, ya ciudad hecha, con sus cinco mil habitantes escasos,
después de la visión melancólica de los cuasi abandonados pueblos de la costa
argentina...
Ya tiene, en efecto, vida propia, y en la faja de
tierra que pertenece a Chile y corre sobre el Estrecho, existen numerosos e
importantes establecimientos ganaderos, algunos de los cuales he señalado ya, y
cuya ubicación puede verse en el plano adjunto. Los principales son los
siguientes:
Menéndez, ya nombrado, con 100.000 ovejas; Reynard,
que tiene también una grasería, 100.000; Hamilton y Saunders, 30.000; Bous,
hacienda vacuna, ignoro en que cantidad; Wagner, 5000 ovejas; Shuitembourg,
estancia con vacas pertenecientes al señor Adet; Hivera y Blanchard, 15.000
ovejas; Bonvalot, 10.000. Cuéntanse, además, numerosos establecimientos de
menor cuantía, estanzuelas y puestos que pueblan casi todo el territorio.
Hacia el norte están los toldos del cacique
tehuelche Mulato, que posee unas trescientas vacas, otras tantas yeguas y ha
formado una especie de pueblito indígena.
Todo esto asegura a Magallanes los medios de
existencia, la seguridad de atender a las primeras necesidades de la vida, sin
tener que esperarlos de fuera; contribuye también a su enriquecimiento, cuya
fuente principal no es, sin embargo, la ganadería, sino el comercio, la
explotación de minas... de mineros sobre todo, la caza de anfibios, los
salvamentos y ¿por qué no decirlo?, hasta la piratería misma, plaga que en
muchos años no se desterrará de los mares del sur.
...Después de comer nos preparamos a bajar a
tierra, acompañados por el señor Jacobs, que nos invitó a pasar un momento en
su casa.
-Lástima que no hayan llegado ustedes anoche -nos
dijo- hubieran conocido de una sola vez a la sociedad de Punta Arenas, porque,
festejando el entierro de carnaval, hemos tenido un gran baile en el club. ¡Oh!
Ha estado muy bueno, muy animado, y se hubieran sorprendido ustedes
agradablemente.
Cuando trepamos al muelle de pasajeros, cómodo y
bien construido, era completamente de noche, y reinaba en el pueblo una
obscuridad sólo interrumpida aquí y allá por las luces de una que otra casa de
comercio.
Las calles de acceso al puerto se hallan en
bastante buen estado, pero poco más lejos comienzan los pantanos y los
rompecabezas, que la falta de alumbrado hace más temibles. Punta Arenas no ha
tenido gobierno municipal, lo que explica el abandono de los servicios
públicos.
-Pero dentro de poco tiempo vamos a tener luz
eléctrica -nos dijo mister Jacobs-. Está contratada la maquinaria.
No era ya hora de visitar las casas de comercio,
que cierran temprano, pues el movimiento nocturno es naturalmente escaso con la
ciudad a obscuras; de otro modo, nos hubieran sorprendido algunas por su
importancia y la multiplicidad de sus artículos.
Es curiosa la historia de algunos de esos
establecimientos, como lo es la de las fortunas que en ellos y fuera de ellos
se han formado.
Repetiré una parte de lo que me han contado y de lo
que he podido averiguar, como contribución al estudio de aquel pueblo extraño.
El fundador de una de las casas más fuertes de
Punta Arenas, hoy fallecido, era desertor de una goleta lobera norteamericana.
Quedose allí, con intención de hacer por su cuenta la pesca del lobo, y
asociándose con algunos presos de la entonces colonia penitenciaria, construyó
un barquichuelo, en que se embarcó junto con veintitrés compañeros más, con
destino a las roquerías de la Tierra del Fuego. Los expedicionarios
permanecieron allí cuatro meses, en la mayor escasez, alimentándose casi
exclusivamente de carne de lobo. Pero, en cambio de este sacrificio, volvieron
a Punta Arenas con 22.000 cueros, ¡una verdadera fortuna!
El feliz iniciador de la expedición lobera, o más
hábil o más cauto que sus compañeros, invirtió su capital a tanta costa
adquirido, en la fundación de una casa de comercio que prosperó a pesar de su
ignorancia -o gracias a ella; ¡quién sabe! -pues no conocía ni la o por
redonda. Sus compañeros quedaron en la pobreza, y los que viven aún son simples
trabajadores, mientras la fortuna que ha dejado aquél, suma muchos mitos de
pesos.
El actual vicecónsul de su majestad británica,
sucesor de mister E.
S. Younge -señor Stubenrauch, llegó a Punta Arenas
el 1883, como dependiente de los señores Wehrhahn y Compañía de Hamburgo y
Valparaíso, que acababan de comprar la pequeña casa de comercio de Schröder, la
mejor de la localidad en aquel entonces. Más tarde dirigió dicha sucursal, que
hoy la ha comprado, dándole gran impulso. Ha sido el primer poblador de la
Tierra del Fuego chilena, fundando un establecimiento ganadero en Gente Grande,
allá por 1886.
Otro de los fuertes comerciantes de Magallanes,
tuvo un punto de partida aún más humilde, pues llegó en 1882 como inmigrante y
sin un centavo. Era un judío polaco, empeñoso y hábil, para quien todos los
oficios eran medios de llegar a la realización de sus aspiraciones: fue
panadero, fondista, carnicero, estanciero, y en pocos años alcanzó
efectivamente a la fortuna.
LOS ESTABLECIMIENTOS DE MAGALLANES
Otro judío austríaco, desembarcado en 1884 en Punta
Arenas, con unas cuantas monedas de plata por único capital, puso un pequeño
despacho de bebidas que atendía su mujer, mientras él trabajaba como blanqueador,
vidriero, carpintero y otros menudos oficios. Hoy tiene una casa de importación
y exportación, cuyo capital no bajará de $ 150.000.
Harry Gray, que había sido mayordomo de un vapor
del Pacífico, quedose en Punta Arenas, según él mismo cuenta, poseyendo
solamente dos libras esterlinas, con las cuales emprendió el comercio de
objetos curiosos de los indios, quillangos, artículos de bazar, libros, etc.;
trabajó con tan buena suerte, que cuando la revolución chilena, pudo
presentarse al gobernador general Valdivieso, ofreciéndole cinco mil libras
esterlinas en moneda contante.
Los que se han establecido ya con algún capital,
como Aimé, Jounge, Blanchard, Meidell, Kurtz, Dobrée, etc., no han sido menos
felices. Pero no faltan fracasos, sin embargo.
El más sonado es el de mister Saunders, víctima más
de su confianza que de otra cosa. Saunders había sido herrero de la
gobernación, y con sus economías estableció el Unión Hotel, a cuyo frente puso
a su esposa, para dedicarse él a otros trabajos. El descubrimiento de
yacimientos auríferos en Porvenir, puerto de la Tierra del Fuego chilena,
situado al este de Magallanes, le incitó a probar fortuna como número. En un
principio marchó bastante bien, tanto que se embriagó con la facilidad del
triunfo, y desechando medios más lentos pero más seguros, invirtió todo su
capital en una mina, la Martha.
Las perspectivas de los primeros tiempos fueron muy
halagüeñas, los rendimientos de la Martha, asombrosos: con cuatro o cinco
peones, a quienes pagaba $ 25 y la comida, extrajo de 400 a 500 gramos de oro
por mes. Sus ilusiones subieron de punto, juzgaba aquello un tesoro inagotable,
y para explotarlo con mayor amplitud, dedicó todas las ganancias a adquirir
instrumentos de trabajo, vías férreas, etc...
Desgraciadamente, en un viaje que hizo en busca de
nuevos materiales para su mina, dejola en manos de un empleado infiel que lo
defraudó y huyó. Cuando regresó Saunders, habían desaparecido las arenas
auríferas recogidas en su ausencia, los peones estaban impagos, las
herramientas destruidas... Era la miseria.
Saunders ha vuelto, después de estar a un paso de
la fortuna, a ser herrero de la gobernación de Punta Arenas.
De modo que aquella vida se ha formado,
especialmente, con hombres de esfuerzo propio, de modestos cuando no culpables
antecedentes, llevados allí, ya por la indigencia, ya por el odio al castigo o
a la sujeción.
Porque la primera población de Punta Arenas ha sido
-como debe saberse- de presidarios y de desertores. Curiosa amalgama de que
tenemos algún ejemplar en el país, como varios que están dando la mano a los
territorios del sur, y cuya historia no es del caso recordar.
La rápida formación de esas fortunas justificaba la
afirmación del compañero de viaje: pocas comarcas quedan en la semi-virginidad
de esos parajes, pocos pioneers pueden ir todavía a trabajar donde no los haya
precedido la especulación; el ruin artificio de valorizar terrenos que aún no
han producido cosa alguna, justificaba esa afirmación y hacía nacer este
pensamiento:
-¿Cómo gente tan patriota, abnegada, hábil, imbuida
en los secretos de la economía política, vidente del porvenir, pronta al
esfuerzo eficaz, puede ignorar aún que existe Punta Arenas, y que Punta Arenas
es una lección? ¿No está aquí la prueba palpable de que hemos errado el camino?
Magallanes ¿no demuestra de un modo práctico y
concluyente que era necesario dejar hacer? ¿Ha creado Chile esta colonia? ¿Se
ha preocupado de formarla?
Lejos de eso. El vecino, hoy mismo, no vende
tierras: las arrienda.
Pero ha tenido el verdadero concepto del desierto.
-¿Quiere usted ir... tan lejos?
-Sí, señor.
-Pues, vaya usted.
-Pero... ¿garantías?
-Las que usted se procure.
-¿Inmunidades?
-Las que usted mantenga.
-Sí. Pero ¿y la autoridad?
-La enviaré tarde, y entonces lo incomodará a usted
lo menos posible.
-Mas, los derechos de aduana, para quien se
arriesga a tanto...
-No los habrá.
-Y la policía, tan vejatoria en la campaña...
-Usted será su propia policía...
Y este concepto que vimos practicado por vez
primera, en este siglo, allá en el Far West Americano, es el que ha formado a
Punta Arenas, la más importante población del sur; como que con tales
franquicias nadie temió ir a ubicarse, y a invertir capitales, aunque no
tuviese el terreno en propiedad.
(Porque Chile no ha vendido ni vende esas tierras,
y queda como propietario enfitéutico de ellas; política práctica que hoy, sin
embargo, parecería darle resultados adversos, pues sus hacendados compran
campos en la Argentina... Pero él se queda con los suyos, que no se
desarriendan, y que valen más cada vez.)
Australia, California, el África del Sur, todo
viene al recuerdo cuando se visitan estas regiones recién abiertas al trabajo y
la ambición.
Punta Arenas, ayer no más presidio, ha comenzado a
crecer, a hacer humus -si se me permite decirlo- con verdaderos sedimentos
sociales; y como se repitió a propósito de una colonia análoga, «tiene un clima
moralizador», corrige y perfecciona. Es decir: los que van allí, después de una
falta cometida porque el medio los obligó a ello en cierto modo, no la repiten,
porque no la necesitan. Sublata causa... Buen argumento para los que solemos
ver en el delito la obra de una fatalidad completamente humana.
Aquel pueblo, en parte, se compone de piratas,
desertores, mineros, loberos, comerciantes sin escrúpulos, prostitutas,
militares sin cabida en otros centros, marinos semi-piratas, presidarios,
jugadores... y sin embargo es un pueblo que -aparte de ciertas exterioridades,
al fin y al cabo perdonables- puede ser comparado con cualquier otro, y de los
más correctos...
¡Otro tema de estudio!
Cuando salimos de casa de mister Jacobs, que nos
había invitado con una copa de champaña, y cuya señora había sido
extremadamente amable con nosotros, visto que sólo estaban abiertas las
confiterías, nos preguntamos unos a otros:
-¿Adónde podemos ir?
Y el problema parecía sin solución, cuando una voz
exclamó, determinada:
-¡A casa de Piña! ¡A buscar a Piña!
¿Quién es Piña? El amigo de los argentinos. ¿Qué
hace? Comercio. ¿De qué especie? De todas. Es farmacéutico, fotógrafo,
cigarrero...
-¡Vamos!
Y fuimos.
Y nos encontramos con Piña, un hombre grueso y
jovial, ya entrado en años, que hace hoy por afición lo que antes hiciera para
formar fortuna; vale decir, que ha comanditado a sus antiguos dependientes que
tienen la botica, la fotografía, la cigarrería... y lo demás.
Presentaciones hechas:
-¿Qué piensan hacer ustedes? -pregunta el señor
Piña.
-Lo que usted quiera -le contestamos.
-¿Ir al club?
-¿A qué club?
-Al de Bomberos.
-¿No hay, otro?
-No, señores, salvo el del Pito, sociedad recién
formada y que todavía no tiene local. Ella es, justamente, la que dio el baile
de anoche.
Desde Santiago de Chile conté a los lectores de La
Nación lo que eran las sociedades de bomberos. Una de ellas existe en
Magallanes, tan igual a sus iguales que no tengo por qué describirla.
Es el club de Bomberos un vasto edificio de madera,
con varios salones, uno de ellos suficientemente grande para que se celebren en
él funciones teatrales y bailes a que concurre toda la haute de Punta Arenas;
en este salón están bombas de incendio, los carros y demás elementos que posee
la compañía de voluntarios; en otro salón más pequeño hay billares, mesas de
juego, etc. El club es muy frecuentado, como que, fuera de los cafés y
confiterías, es el único sitio de reunión.
Los viajeros fuimos muy galantemente recibidos por
los socios, que nos agasajaron cuanto les fue posible, como por regla general
sucede a los argentinos que van a Chile, y pasamos en el club horas muy
agradables en amena plática. A veces no faltan, sin embargo, descomedidos, pero
en aquella ocasión el recibimiento no pudo ser más agradable y satisfactorio.
Cuando salimos del club era ya tarde, y sólo
quedaba abierta en la villa una que otra taberna o fonda, y reinaba en ella un
silencio profundo. ¡Muchos de los que habíamos bajado a tierra, optamos por
quedarnos a dormir en el hotel, vista la distancia relativamente larga a que
había fondeado el Villarino.
En el hotel, bastante limpio y muy confortable en
relación a los otros que habíamos visitado en Patagonia, encontramos enfermo en
cama al teniente Guttero, comandante del Golondrina; tenía una afección
bastante dolorosa a la garganta, pero felizmente no de gravedad, pues merced a
los cuidados del doctor Luque, pocos días más tarde pudo volver al servicio.
Estaban también allí el ingeniero Krause y otros
miembros de la subcomisión de límites, que pensaban reanudar sus tareas un
momento interrumpidas. Allí iba a quedar, también, el ingeniero Pastor Tapia,
acompañado por sus ayudantes Vernet Lavalle y Ambone, para trasladarse luego a
San Sebastián, punto de partida de sus trabajos de mensura, amojonamiento y
entrega de los lotes de campo en Tierra del Fuego, que acababa de vender el
Gobierno nacional. La base de la operación era la línea de límites con Chile.
He olvidado decir que Tapia debió haber
desembarcado antes en San Sebastián.
En efecto, cuando salimos de Gallegos hicimos rumbo
a ese puerto para dejarlo allí antes de ir a Punta Arenas. Tarde y en una noche
obscura como boca de lobo, avistamos las luces del Páramo, el establecimiento
minero que fundara Popper; pero el mar estaba agitado, la costa es brava, la
noche negra mostrábase lo menos propicia para un desembarco, así es que, apenas
dejamos atrás las luces del Páramo, viró de bordo el Villarino, y navegó hacia
el Estrecho, renunciando a su primera intención con gran pesar del ingeniero
Tapia.
Este pudo afortunadamente encontrar en Punta Arenas
los elementos necesarios para trasladarse con su comitiva y pertrechos a San
Sebastián, donde le aguardaban nuevas y más penosas dificultades.
También en Punta Arenas quedaba otra serie de
estimables compañeros de viaje: Sabatier, Nesler, y alguno más que habían
contribuido a amenizar las largas horas de navegación.
Pero no había lugar para la tristeza.
La mañana siguiente amaneció radiosa, dorando las
casitas de madera, haciendo brotar chispas de los cristales en las anchas
ventanas, abiertas casi de extremo a extremo de las fachadas para aprovechar la
escasa luz del invierno. Risueño era el aspecto de Punta Arenas, fresca y suave
la temperatura; las vías públicas animadas presentaban un aspecto de fiesta
consolador después de tantos días de soledad en los monótonos pueblos
patagónicos.
Recorrimos, pues, las calles, a la espera del
almuerzo, admirando algún edificio, como la casa de la señora viuda de Noguera,
que no había mala figura en la Avenida Alvear, los numerosos establecimientos
comerciales, atestados de mercaderías, los pequeños jardines como el del Banco
de Londres y Tarapaca, o los improvisados en las ventanas, tras de cuyos
vidrios brillaban las flores. Las calles son accidentadas, como las de Montevideo, y presentan pintorescas
perspectivas; sólo que están -como ya he dicho- en un abandono tal, que no hay
quien se anime a internarse en algunas de ellas.
Abundan los restaurantes, los despachos de bebidas,
los billares; no encontré en mi camino una sola librería, ya que no merece el
nombre de tal una taberna donde se vende papel y algún libro escolar; pero no
hay que extrañarlo, primero porque aquella población no es ni tiene por qué ser
muy lectora, y porque artículos de escritorio y obras de batalla los hay en
todos los bazares.
Pronto conocimos la villa entera, que -lo repito-
nos agradó y sorprendió, más aún en aquella hermosísima mañana, y dirigimos
nuestros pasos hacia el puerto, nos detuvimos ante el gran depósito de carbón
del Gobierno chileno, y paseando por la calle Körner, tuvimos ocasión de
visitar algunos astilleros, en que se construyen chatas y hasta vaporcitos
destinados al servicio del Magallanes.
En las aguas del puerto había, aparte de nuestro
Villarino y el Gaviota, dos o tres buques mercantes, un sinnúmero de
embarcaciones menores, y un buque de guerra chileno.
Allí tuvimos las primeras noticias del Bélgica,
cuyas huellas íbamos a seguir hasta San Juan del Salvamento, para no tener
luego más noticias de él.
El buque explorador que se dirigía a la Tierra de
Graham, había estado pocas semanas antes en Punta Arenas, a refrescar sus
víveres y sin novedad a bordo. Sus jefes y oficiales fueron muy agasajados
durante su estadía en el puerto, y un vecino que posee una cría de palomas
mensajeras les regaló varias, para ser el primero en conocer el resultado de su
viaje... Un mes más tarde supe que de esas palomas sólo una había regresado,
pero sin mensaje alguno...
Como se verá después, el Bélgica había sufrido
algunos contratiempos bastante serios antes de llegar a la isla de los Estados.
Del puerto pasamos a las colinas que limitan la
villa formándole como un telón de foro, y desde allí pudimos abarcar el
panorama de la ciudad, sentados al pie de una cruz conmemorativa de una misión.
-¡Quisiera que alguno de nuestros gobernantes viera
esto! -exclamó uno de nuestros compañeros- ¡Le daría vergüenza el abandono de
los pueblos que nos pertenecen en el extremo sur!...
Y así es la verdad.
Un argentino que pise el suelo de Punta Arenas, no
puede reprimir un movimiento de disgusto, de desconsuelo, y hasta cierto punto
de envidia; no de envidia destructora y estrecha, sino de la que crea la
emulación o incita a hacer, a esforzarse, a aprovechar elementos prácticamente
utilizables, como lo demuestra aquel pueblo que seis años hace era apenas un
villorrio...
Chile no descuida sus más alejados territorios. No
hace mucho ha enviado un nuevo contingente de población a Punta Arenas, unos
mil chilenos, cuya incorporación artificial a la villa no deja de presentar
serias dificultades, porque todavía no hay trabajo suficiente para todos, y la
vida se les hace ardua en esas condiciones.
Pero obviará eso realizando obras públicas de
importancia, ya proyectadas, con cuyo sacrificio logrará probablemente su
propósito de nacionalizar aquel pueblo que hasta ayer era compuesto en inmensa
parte de extranjeros.
- XV -
Los pobladores del Magallanes
No había aún sonado la hora del almuerzo, y no
sabíamos en qué ocupar el resto de la mañana.
-¿Vamos al Diluvio? -propuso uno de nosotros, ya
conocedor de Punta Arenas.
-¿Qué es el Diluvio?
-Un café.
-¿Y por qué iríamos a un café y no al hotel, donde
estaremos mejor?
-Por dos razones: porque en el Diluvio veremos a
una parte no poca curiosa de la población, y porque allí podremos oír un poco
de música. El dueño, que es un catalán bajito, colorado y cabezón, toca el
piano con bastante habilidad, y luego, allá van a tomar el vermouth muchos
loberos, mineros y merodeadores de las costas...
-Vamos, entonces.
El Diluvio es un pequeño establecimiento cuyo
mueblaje se compone de un mostradorcito atestado de botellas, dos billares, un
piano, algunas mesas y las sillas necesarias. Cuando entramos, presentaba un
aspecto animado, pues casi todas las mesas estaban ocupadas, y el propietario
tocaba con brío una tanda de valses.
Este café y sus habituales frecuentadores han sido
ya descriptos amena y fielmente por José S. Álvarez, en su trabajo «En el mar
austral», aparecido hace poco, y no me detendré más sobre él. Pero como es,
efectivamente, un punto de reunión característico, él también tiene que
servirme como medio de conocer a los habitantes de aquellas extrañas regiones.
Había allí, como me lo indicaba mi compañero,
curiosas individualidades, hombres enérgicos de rostro curtido por el aire del
mar, seres innobles de mirada de ave de rapiña, jóvenes marcados con el estigma
del vicio, y trabajadores agobiados por las fatigas de una existencia de lucha.
Y de las mesas se elevaba una confusa y extraordinaria algarabía, mezcla de
todos los idiomas, en que resaltaba de vez en cuando un modismo del país
pronunciado con acento extranjero, o un juramento que dominaba de pronto las sonoras
y marcadas cadencias del piano.
En Panta Arenas se hace mucho la vida de café, lo
que ha contribuido a dar a sus habitantes una fama no envidiable, sobre la que
han recalcado muchos viajeros, desde Popper, que hizo la más cruel diatriba de
aquel pueblo, hasta los que han escrito más recientemente.
Como, fuera de las expediciones a caza de lobos o
en busca de oro, la actividad es muy restringida, el café atrae a la gente, que
en él hace vida social y en él se encuentra para hacer sus negocios.
En aquellos días el tema principal de las
conversaciones era la reapertura de la caza de lobos, que después de cuatro
años de prohibición, porque comenzaban a escasear dichos animales, tendría
lugar el cercano 1.º de Marzo.
Muchos se preparaban a emprender el lucrativo
negocio, ya por su cuenta, ya por la de algún capitalista. Los que forman una
expedición por su cuenta, no tienen generalmente grandes recursos, así es que
se reúnen varios, hacen sociedad, fletan un barquichuelo, invierten los fondos
que les restan en provisiones de boca y ropas de abrigo, y se lanzan al mar,
muchas veces para no volver, pues ora los destruye un naufragio, ora los
arrebata el oleaje de sobre alguna roca desnuda en que han desembarcado para sorprender
a los lobos... Cuando vuelven y la caza ha sido productiva, malgastan el dinero
ganado a costa de tantos esfuerzos y peligros, en las tabernas, con
mujerzuelas, o en el juego devorador del pocker, que en Chile baja desde los
clubs hasta los figones de última especie.
Los capitalistas que emprenden la caza del lobo son
cada vez menos; el comercio da mejores rendimientos, con exigencias no tan
grandes. Igual cosa ocurre con las minas, que ya no parecen ser sino recurso de
desesperados. Más fácilmente se enriquece el que provee a los mineros y les
compra oro, que el que lo saca de la negra arena en que está envuelto.
Las expediciones de mineros se hacen poco más o
menos lo mismo que las de los loberos. Se asocian cuatro o cinco con cuarenta o
cincuenta pesos cada uno, compran víveres, compuestos de porotos, carne salada,
charqui, harina, té y azúcar, adquieren lona para hacer carpas, fletan una
pequeña ballenera, a veces un simple bote, y se van al sitio elegido, sobre el
que alguno de ellos posee datos, o sencillamente a buscar terreno propicio en
las cercanías de yacimientos conocidos ya.
Entonces comienzan los trabajos y padecimientos.
Generalmente, para obtener un puñado de oro, tienen que lavar arena meses
enteros, de la mañana a la noche, sin tregua ni descanso, sufriendo los rigores
de la intemperie, con hambre, aglomerados por la noche como indios en sus
miserables carpas. Muchos no vuelven, porque se mueren de frío o de enfermedad,
generalmente producida por el guachacay, aguardiente anisado de que llevan
consigo abundante provisión.
Pero a veces la cosecha suele ser fructífera, y el
minero regresa rico a Punta Arenas, de donde salió pocos meses antes empujado
por la miseria.
Seis que volvían no hace mucho de una de esas
expediciones felices, y que habían recogido diez y ocho kilogramos de oro,
fueron sorprendidos en medio del Estrecho por una formidable racha que les
tumbó la ligera embarcación en que iban, arrebatándoles el fruto de sus fatigas
y la vida misma de casi todos ellos.
Este año, y en el canal del Beagle, sucumbió otra
expedición de mineros. Volvían también a Punta Arenas, cuando su pequeña
ballenera fue tumbada del mismo modo. Los que en ese instante estaban sobre la
cubierta, menos dos que desaparecieron, lograron asirse de la quilla, quizá
sólo para prolongar su agonía... De pronto sintieron golpes en el casco...
dentro habían quedado, como en una campana de buzo,
los compañeros que se hallaban abajo cuando el siniestro. ¿Cómo socorrerlos?
¿Cómo darles aire, para que pudieran vivir hasta la problemática y providencial
llegada de auxilio? Si abrían un agujero, el nivel interior de las aguas
subiría inmediatamente, precipitando su muerte; si no lo abrían, la asfixia no
podía tardar en producirse... Y los golpes de aquel ataúd flotante se repetían
cada vez más desesperados, aumentando la angustia de los tristes que, a cielo
abierto, también veían acercarse a grandes pasos el momento postrero...
De pronto el agua hirvió y se agitó junto al casco
volcado, surgió una cabeza, luego un cuerpo, y no sin trabajo izose un hombre
hasta la quilla, donde hacían equilibrio sobre el abismo sus compañeros de
desgracia.
Era uno de los que quedaron encerrados, un marinero
correntino, gran nadador, que, buceando, había encontrado la escotilla y salido
por ella, con rara fortuna... Los otros no sabían nadar... Descansó el hombre,
y luego volvió a sumergirse en el agua, con su navaja abierta en la mano.
Iba a tratar de desprender uno de los botes,
trincado casualmente con cabo y no con cadena sobre cubierta; era la única
esperanza de salvación, pues imposible sería mantenerse mucho tiempo en aquella
postura sobre el resbaladizo casco. Dos y tres, y cuatro veces sumergiose así,
y por fin sus esfuerzos se vieron coronados, y el bote subió a la superficie...
Entretanto, los golpes continuaban en el interior
de la ballenera... Allí adentro, en la horrible obscuridad de la cámara, debía
desarrollarse un drama que desgraciadamente sólo podía tener un desenlace: el
abandono y la muerte...
Así fue, en efecto, el correntino y sus compañeros
enderezaron y desagotaron el bote, y dando el último adiós a los enterrados
vivos, se alejaron de su embarcación arrastrados por la corriente... Después de
mil padecimientos, medio muertos de sed, de hambre y de frío, llegaron a Punta
Arenas, más pobres y desamparados que nunca... Allí estaban, en el Diluvio,
contando su lamentable historia mientras bebían una copa de pisco, prontos
quizás a emprender de nuevo análogas aventuras...
Y allí me contaron otras no menos desastrosas,
algunas de las cuales acabo de encontrar de nuevo en una conferencia de Julio
Popper, a quien prefiero ceder la palabra.
«Reproduzco -dice el conferenciante- la siguiente
relación, hecha por un marino que hoy reside en Punta Arenas, el capitán Harry
Michelsen. La doy a título de curiosidad, porque el espíritu humano se resiste
a concebir todo lo aterrador que resume en algunas palabras.
»En uno de los viajes loberos que efectuó hace años
a la Isla de los Estados, halló en sus playas un barril que contenía carne
salada, que examinada detenidamente resultó proceder de restos humanos...
¡Horroroso producto de la desesperación!... ¡Carne de hombre en conserva!
»¿Habrá sido resultado de algún sorteo caníbal? ¿El
último recurso de náufragos que por largo tiempo esperaron la salvación llevada
por algún buque de paso? Nadie sabrá decirlo...
»Pero lo que puede afirmarse con seguridad, lo que
está fuera de toda duda, es que un drama que tomó origen en la corte de
Austria, en el que coincidía la alta nobleza del protagonista con los
novelescos antecedentes de un casamiento morganático, que llamó la atención de
todos los hombres ilustrados del mundo, tuvo su trágico desenlace en las
abruptas costas de la Isla Desolación, donde, según todos los indicios, fue a
estrellarse la Santa Margarita, templo flotante de una pasión amorosa. El
archiduque Juan de Austria o más bien Juan Orth, y su adorada Milli Stubel, con
todos los tripulantes que los acompañaban, encontraron su trágico fin
destrozados quizás por la innumerable fauna que pulula a lo largo de las costas
fueguinas, o sepultados en la playa, bajo las cenagosas arenas eternamente
azotadas por las rompientes.
»El capitán Goyet, comandante de la fragata
francesa Almendral, de 1670 toneladas, perteneciente a la casa Bordes de
Burdeos, refiere que el 24 de Agosto del año próximo pasado fue empujado por un
temporal deshecho hacia los escollos del cabo Pilar, extremo oeste del Estrecho
de Magallanes. La fragata se hallaba ya en el recinto de las enormes rompientes
que se estrellan contra las rocas circundantes; el viento soplaba furioso;
colosales olas iban a estrellarse contra el puente del buque, arrancando todo
lo que se oponía a su paso. De un momento a otro podía chocar despedazándose
contra los escollos que por todas partes le rodeaban, cuando por una
circunstancia que el mismo capitán no se explica, encontrose arrastrado por una
fuerte corriente hacía el interior del Estrecho, considerable mente averiado el
buque, pero fuera ya de peligro.
Detrás de él, en la misma desesperada situación,
pero algo más al sur, frente a la Isla Desolación, quedaban luchando contra los
desencadenados elementos cuatro buques más, que seguramente perecieron, uno de
los cuales respondía a la inscripción del Santa Margarita.»
La frecuencia de los naufragios, de que ya me he
ocupado antes, da margen a una especie de oficio bastante lucrativo, a que se
dedican muchos de los habitantes de Punta Arenas: el salvamento.
Por esta clase de operaciones, en que se ocupan
algunos vaporcitos de las compañías ya citadas, y las embarcaciones pequeñas,
se cobran enormes sumas. Sé de un capitán que recibió en pago el 75% del
cargamento que salvó.
Esas mercaderías van, por cuenta de las compañías
de seguros, al comercio de Punta Arenas, que las expende baratas, dando mayores
facilidades de vida a la población, aunque no al viajero de paso, a quien no se
tiene consideración alguna.
-Aquel que usted ve allí -me dijo la persona que me
servía de cicerone, señalándome a un hombre alto y fuerte, de aspecto
decidido-, es minero, y si usted quiere, puede darle informes interesantes
sobre el oro de estas costas.
-Si quiero... ¡puj hombre! -¡como dicen por
aquí!...
Lo llamó, y previas las presentaciones y la
invitación al vermouth, el minero se puso en situación de ser interrogado.
-¿Abunda el oro por estos parajes? -pregunté.
-Aunque se haya perdido mucho el ánimo por los
fracasos sufridos, hoy se trabaja todavía, y no con mal resultado.
-¿En dónde?
-Especialmente en Sloggett, en la isla Lenox, en la
Nueva, en la Navarino, en todo el archipiélago que se extiende al sudoeste de
esta última isla, hasta el paso del Breacknock, en la península Brunswick, y en
la Tierra del Rey Guillermo donde Chile está colonizando...
-¿Y se saca mucho oro?
-Un tal Orestes Grandi, que trabajaba con algunos
indios en la isla Lenox, sacó más de seis kilos en tres meses, lo que es
bastante regular.
Pero hay yacimientos mejores, que la casualidad
puede hacer descubrir un día.
-Pero si usted afirma que los hay, será porque ya
han sido descubiertos...
-Lo han sido, pero diré a usted... El minero que
encuentra un buen paraje, trata de guardar su hallazgo secreto, para explotarlo
él solo. Así ha ocurrido con Ceferino Mora, que en poco más de un mes, y
ayudado por una mujer india, con elementos escasos y sin herramientas
apropiadas, saco más de dos kilos de oro, no se sabe de dónde. Lo sorprendió
una helada, y a duras penas logró venirse a morir aquí; la india había muerto
antes.
Conociendo algunos el buen resultado material de su
expedición y el gran rendimiento obtenido, quisieron comprarle el secreto, pero
él no cedió y se lo llevó consigo, aunque le ofrecieran dos mil pesos y la
mitad de lo que se sacara con mayores elementos, peones, etcétera. Era la
fortuna, si se trataba de un sitio tan bueno como parecía... Ahora bien, usted
comprenderá que ese yacimiento no está perdido, y que alguien ha de
encontrarlo, tarde o temprano.
-¿Y sólo hay oro en los puntos que usted me ha
citado, o también en otros?
-También se encuentra en las barrancas de Carmen
Sylva, al este de Tierra del Fuego, en el Páramo, donde se estableció Popper; y
se busca en varios parajes. Algunos mineros han ido hasta la Isla de los
Estados, pero parece que sin éxito, aunque Pablo Hansen, vecino de este pueblo,
diga que lo ha encontrado. Probablemente será en cantidad tan pequeña, que no
compense el trabajo. En Zanja Pike, que usted habrá visto antes de doblar el
Cabo de las Vírgenes, se encuentra oro hasta a doscientos metros sobre el nivel
del mar... En cuanto a mí, creo que el oro de aluvión concluye en la línea que
corre del cabo Peña a la bahía de Sloggett, y es fuera de duda que no lo hay
lejos de la costa.
-Le agradezco mucho estos informes, señor, y aunque
abuse de su paciencia, le pediré otro. ¿Qué tales relaciones median entre
loberos y mineros?
El buscador de oro se sonrió, puso el codo sobre la
mesa, apoyó la cara en el puño, y me miró un instante.
-Son lobos de la misma camada -dijo por fin-. El
minero de hoy es el lobero de mañana, y viceversa. Unos y otros se prestan
auxilio en caso de desgracia. Pero los loberos no frecuentan los mismos
parajes, pues podrían ser perseguidos. Digo podrían, porque no se les persigue
mucho que digamos. Figúrese usted que vienen desde Europa, como lo prueba el
hecho de que en una de mis excursiones encontré en Puerto Cook una flecha
clavada con la punta para abajo, con una tabla en que se leía este letrero, en
inglés: «Un lobero a vapor Jason, capitán Larsen, 27 de Octubre de 1893».
Enterrados al pie de la fecha había un tarro de carne conservada y una botella
de whisky. La goleta lobera Sarah W. Hunt, norteamericana, cazó durante nueve
años consecutivos, hasta que en 1895 le echaron el guante dos vapores chilenos.
De aquí salen todos los años en Julio, Agosto y Septiembre, goletas y
pailebotes que van a cazar al sur, en las cercanías del Cabo de Hornos.
Nosotros no vamos tan lejos, pero alguna vez los buques loberos que pasan de
vuelta nos socorren.
-¿Y es muy importante el comercio de pieles?
-Mucho, sí señor.
-¿A pesar de la prohibición de la caza?
-Sí; para cerciorarse no tiene usted sino que ver
las publicaciones comerciales inglesas. Los noruegos y los belgas son los que
más se ocupan de esto, y con resultado, de tal manera que las precauciones que
se toman para que no se extingan tan útiles animales, son completamente
inútiles, y los gobiernos pierden con ellas entradas importantes para el
erario. ¿Cómo perseguir a los loberos, cuando los lobos de dos pelos se han
refugiado al sur, en las inmediaciones de Cabo de Hornos, donde no pasan buques
de guerra, sino muy rara vez?...
Llegados a este punto, ya era pasada la hora del
almuerzo, así es que nos despedimos del amable interlocutor, y salimos de El
Diluvio para encaminarnos al hotel, donde ya nos aguardaban varios compañeros
de viaje, echando pestes por nuestra tardanza. Se almorzó bien y alegremente
aquel día, después de tantos de mala comida a bordo, y por la tarde se reanudó
el paseo, menos interesante ya, pues habíamos visto casi todo lo que hay que
ver en Punta Arenas. Por la noche debíamos embarcarnos para zarpar a la madrugada
siguiente.
En las fondas y bodegones había algunos marineros,
escasos compradores en las grandes tiendas, en las cuales el movimiento era
pequeño; uno que otro carro dirigiéndose al puerto o regresando de él cargado
de mercaderías, pocos transeúntes ocupados en sus negocios, sin prisa, con
mucho tiempo por delante. El sol alumbraba como con cariño aquella escena;
parecía que quisiera despedirse de nosotros, y en efecto, después estuvo muchos
días ausente de nuestra vista, haciéndonos recordar y echar algo de menos aquel
día hermosísimo. Sólo por momentos, allá en los canales, nos dio inolvidables
espectáculos, y en la prolongada residencia de la Isla de los Estados, asomó
curioso para vernos y escapar en seguida, haciendo que lo deseáramos más...
-Mucho se ha hablado hoy de naufragios -me dijo el
compañero con quien recorría nuevamente las calles de Punta Arenas-, y de
loberos, y de mineros, y de comerciantes. Todo eso es de gran interés, porque
tiene cierto gusto a nuevo para nosotros. Si tratáramos de saber algo más al
respecto, ya que no hay cosa mejor que hacer...
-Era mi idea -contesté-. Vamos.
-Pero, ¿adónde?
-¿Adónde ha de ser sino al Diluvio? Probablemente
allí nos aguardará el minero de esta mañana, que podrá darnos más noticias.
Debo advertir una vez por todas, y como
demostración de agradecimiento, que la mayor parte de mis compañeros de viaje
se han constituido por propia voluntad y con la mayor galantería -tanto los que
fueron, como los que regresaron conmigo-, en otros tantos decididos y
utilísimos colaboradores de este trabajo que, sin tal ayuda, hubiera sido más
incompleto de lo que es. Y continúo:
Fuimos, en efecto, al Diluvio, que estaba -cosa
extraña- completamente solo. Pero no tardaron en llegar clientes que ocuparon
los billares, acompañando con el chis-chas de las bolas, el trozo de ópera que
el dueño de casa tocaba en el piano a pedido nuestro. También fue el minero,
que se acercó inmediatamente a nuestra mesa. Entonces pude examinarle a mi
sabor.
Era, como ya he dicho, un hombre alto y fuerte. Sus
anchas espaldas estaban, sin embargo, algo agobiadas, y su rostro enérgico,
poblado de barbas bermejas y coronado por espesa y dura cabellera, tostado
aquí, rojizo allá, presentaba hondas y terrosas arrugas, sobre todo en la
frente y junto a la nariz ruda y arqueada. Adivinábase que había padecido y
gozado mucho en los treinta y cinco o cuarenta años de su vida, y que su mano
callosa y seca había manejado tanto el plato del lavador de oro como el cubilete
de los dados. Quizá sea presunción, y este descubrimiento del carácter por los
rasgos fisonómicos haya venido ex post facto, después de conocerlo por los
indirectos informes recibidos y por la relativa saturación del medio... Sea
como sea, el hombre era interesante.
Nos relató diversas aventuras, nos describió los
múltiples padecimientos del aventurero de esas regiones, contonos de hombres
enriquecidos y empobrecidos en un abrir y cerrar de ojos, nos hizo historia de
otros, llegados de repente al bienestar...
-Pocos -terminó- han podido triunfar por falta de
elementos, por no tener suficientes capitales, o por no tenerlos en absoluto.
Para dar gran rendimiento, la arena aurífera tiene que ser trabajada con
procedimientos modernos, con buena maquinaria... Popper tenía razón.
-A propósito de Popper -interrumpí-, ¿qué se piensa
de él por acá?
-¡Psché! No se le quiere mucho que digamos, ni aun
después de muerto. También es verdad que antes habían querido matarlo, y que el
obispo Fagniano y otros lo salvaron de una pueblada y lo hicieron embarcar. Sin
embargo, era un hombre fuerte e inteligente, cuya influencia se ha sentido para
bien de estos parajes, aunque sobre todo se ejercitara en beneficio suyo. Al
fin, él fundó el establecimiento minero de San Sebastián -el Páramo- y él más
que otros hizo conocer lo que era la Tierra del Fuego. Aquí, despreciativamente,
le llaman aventurero, y yo digo «¿y qué somos nosotros? ¿qué es la mayoría de
los habitantes de estas tierras y estos mares? Sólo que Popper era un
aventurero de talento y un hombre de hierro». Y es verdad: su carácter
dominador lo hizo extralimitarse algunas veces. Luchó con gobernadores, con
policías, con mineros que iban en hordas a su concesión, con los indios, con
todo el mundo... y por fin, acuñó moneda que daba en cambio de oro en polvo, e
imprimió estampillas de correo, que hasta en Chile circulaban... ¡Oh!, nunca
fue blando. Me he tenido que sonreír, al leer una de sus conferencias en que se
lamentaba de la amarga suerte de los indios, como si él no los hubiera cazado
también cuando su primera expedición, con detalles que no son para repetidos.
Pero era un hombre de una actividad pasmosa, de una energía indomable, cuyo
papel estaba limitado a lo que hizo: conquistar en cierto modo estas regiones y
darlas a conocer al mundo. Y eso lo hizo bien, aunque muriese joven, con tanto
impulso se lanzó a realizarlo...
-Mas, ¿por qué quisieron hacerle daño aquí, en
Punta Arenas?
-¿No lo adivina usted? Pues es muy sencillo. Él,
con un piquete de policía, rechazaba a los mineros que iban de aquí a lavar en
el Páramo y sus alrededores. Hasta una vez corrió a un grupo con muñecos atados
a caballo... Luego después, los que habían trabajado con él, no estaban
contentos con la paga recibida... Natural era que no se le quisiese, y hasta
que se tratase de jugarle una mala pasada...
-¿Boycotearlo lynchándolo?
-Justamente.
-El procedimiento es expeditivo. Pero Popper se ha
vengado de él, diciendo lo indecible de Punta Arenas.
-Y lo han vengado otros, que hoy hacen lo mismo, o
peor que él, aprovechándose del trabajador, pagándole con vales que sólo tienen
curso en su establecimiento -un boliche con bebidas y un poco de ropa, en que
se quedan todos los salarios, por crecidos que sean. También es cierto que el
trabajador europeo tiene que soportar la tremenda competencia que lo hacen los
chilotes, los de Chiloé y Chonos, que se conchaban por diez, doce y quince
pesos mensuales para trabajar en las minas, y que vienen a ser como una especie
de esclavos, pues siempre deben más a sus patrones, por guachacay y alguna
camiseta, que lo que han de ganar en muchos meses.
Pero ellos soportan bien esas estrecheces,
acostumbrados como están a vivir de choros y luche.
-¿Qué es eso?
-Choros son mariscos, los que ustedes llaman
mejillones; y luche es una preparación que hacen con la fruta del cachiyuyo, de
esas algas que verá usted después en gran abundancia. Los chilotes, cuando han
juntado algunos fondos, suelen decir: «Vámonos a Chile a comer comida», con lo
que expresan que van a Valparaíso o Santiago, donde comerán carne. ¡Oh!, esos
hombres son muy curiosos, y si fuera a Chiloé no perdería usted su viaje.
Hasta vería -como yo lo vi hace algunos años, y si
no han cambiado las cosas- remates de mujeres, que el marido o el amante vende
para siempre, por unos cuantos gramos de oro o alguna otra fruslería. Usted no
lo creerá, pero es así.
-En efecto, permítame usted que lo dude hasta que
lo vea... y no se ofenda por ello.
-¡Ofenderme!... Ya sé que es una verdad
inverosímil...
En el curso de la conversación habíame sorprendido
la facilidad y la corrección relativa con que se expresaba, y se lo dije en una
perífrasis más o menos acertada.
-No lo extrañe -repuso-. He sido muchos años
marinero, me he acostumbrado a ver y a comprender las cosas en mis largos
viajes por todos los países del mundo, y algunas lecturas me han enseñado cómo
se dice lo que se sabe. Hay muchos que todavía visten la blusa del marinero,
que ustedes juzgan toscos e ignorantes y con quienes conversarían horas
enteras. Así se sorprenderá usted cuando le diga, que aparte del español, que
he aprendido en España, en la Argentina y aquí, hablo bien el alemán -lo soy-,
más que regular el francés, el inglés, el italiano, el portugués... y comprendo
el ona y el yagán...
El minero nos contó, luego, en pocas palabras, su
vida desde que desertó de Buenos Aires hasta que fue a dar a Punta Arenas, en
la última miseria. Allí había podido trabajar por su cuenta gracias a lo que le
produjo su participación en un raque...
-¿Raque? No entiendo.
-Así decimos nosotros, y tenemos también un verbo
especial: raquear.
-¿Qué significa?...
-Ir a un salvamento. «Vamos al raque» o «vamos a
raquear» quiere decir: «hay un buque náufrago, y en el salvamento puede ganarse
dinero; vamos.»
-¿Y de dónde sale ese modismo?
-Es una corrupción de la palabra inglesa wreck, que
se pronuncia rek y que significa naufragio. Tantos ha habido, y tantos han
vivido de ellos, que, ya ve usted, hasta verbo hay para la operación...
Iba avanzando la tarde, queríamos comer en tierra,
y era preciso embarcarse aquella noche. El minero no aceptó nuestra invitación,
le agradecimos sus curiosos informes, y nos despedimos de él, quizá para no
volver jamás a verlo.
- XVI -
Antes de zarpar
Punta Arenas tiene dos periódicos: El Magallanes y
El Porvenir. El Magallanes, que es el más antiguo, sale dos veces por semana,
presenta buenos materiales, y está empeñado en una campaña contra los padres
salesianos, que lleva con cultura, y que tiene verdadero interés.
«No nos guía -ha dicho- el espíritu de abrir una
campaña religiosa contra la institución salesiana establecida en Punta Arenas.
Únicamente queremos defender los intereses de industriales de Magallanes, y, a
la vez, los de mil quinientas o más personas que viven en esta región del
trabajo de los aserraderos de madera... Defendemos los derechos de esos
centenares de personas que quizás antes de un año van a quedar sin el pan de
cada día...»
Cuenta el citado diario que llegados los padres
salesianos a Magallanes, comenzaron por establecer una hacienda de ovejas en la
isla Dawson, estancia que va adquiriendo notable desarrollo.
«Más tarde -añade- se hicieron armadores,
proveyendo hasta ahora la goleta María Auxiliadora, cuyo mantenimiento les
cuesta bien poco, puesto que la tripulan con indígenas fueguinos que no
perciben sueldo alguno, teniendo sólo un capitán pagado. Posteriormente han
establecido en Dawson un aserradero a vapor, en cuya instalación han invertido
algo como treinta mil pesos. Tienen ahí también una curtiduría que principia a
funcionar. Por último, quisieron establecer en Punta Arenas el alumbrado
eléctrico de la población, pero este nuevo negocio puede considerarse como
fracasado.
»Como se ve por la ligera enumeración anterior
-termina El Magallanes-, los salesianos no sólo se dedican al culto divino,
sino también al cultivo de industrias diversas, mereciendo de sobra el
calificativo de sacerdotes-industriales.»
He tenido ocasión de pedir opiniones e informes
sobre el asunto a personas serias y penetradas de él, cuyas opiniones han
coincidido con las de que efectivamente los establecimientos mercantiles de los
salesianos dañan más que benefician, pues ni siquiera tratan de civilizar a los
indios, sino de valerse de los que a ello se prestan como instrumentos
gratuitos de trabajo. El mismo proceder observan en la Tierra del Fuego
argentina, por lo cual es más interesante aún la campaña del diario chileno,
que se alarma con razón del abaratamiento artificial de la madera en un
aserradero que no paga la mano de obra, arruinando a los que pagan a sus
obreros. Tomemos nota de los datos que ofrece.
«En los alrededores de Punta Arenas, desde Tres
Brazos por el sur, hasta Río Seco por el norte, hay nueve aserraderos
establecidos, algunos de ellos desde muchos años, y son:
Tres Brazos, a vapor, de D. M. Braun.
Leñadora, hidráulico, de la sucesión de D. José
Baereswyll.
Río de la Mano, a vapor, de D. F. Mateo Bermúdez.
Montaña, a vapor, de D. H. Booten.
Río de las Minas, a vapor, de D. R. Hamann.
Comisiones suizas, a vapor, de los hermanos Davet.
Tres Puentes, a vapor, de D. Juan Bitsch.
Río Seco, a vapor, de D. A. W. Scott.
Puede calcularse el valor de estos nueve
aserraderos entre terrenos, edificios, maquinarias, muelles, ferrocarriles,
etc., en trescientos mil pesos.
En los contornos de algunos de ellos, como en Tres
Brazos, Tres Puentes y Río Seco, se han formado verdaderos núcleos de
población. Los del Río de la Mano han hecho llegar hasta allá la población de
Punta Arenas, de modo que se les puede considerar como incluídos en la parte
urbana de la capital.
Los nueve aserraderos nombrados ocupan, más o
menos, de 700 a 800 hombres, entre cortadores de palos, aserradores,
carreteros, mecánicos, empleados en las maquinarias, etc.
Ese número de hombres representa quizás quinientas
familias, lo que significa de 1500 a 2000 personas (hombres, mujeres y niños).
Puede, pues, calcularse que de una cuarta a quinta parte de la población total
del territorio, vive de los establecimientos de aserrar maderas. Y se comprende
que sea así, puesto que toda la ciudad de Punta Arenas, ya bastante extensa,
está construida en madera, como también las instalaciones y casas de todas las
estancias de la Patagonia, tanto chilena como argentina, las de la Tierra del
Fuego, y aun las poblaciones de Gallegos y Santa Cruz, que se surten de esta
plaza.»
Nótese que el dato último es perfectamente exacto,
aunque tengamos un aserradero oficial en Usuhaia y uno particular en
Lapataia... Pero, ¿qué hacer si los transportes casi no conducen carga, en
relación con las necesidades de nuestras poblaciones patagónicas?...
Otro mercado importante para las maderas de Punta
Arenas, son las Islas Malvinas, en donde no tocan nunca nuestros buques de
guerra -los transportes lo son- por las razones que comprenderá a primera vista
el lector.
La cantidad diaria que los nueve establecimientos
citados pagan a la población obrera, puede estimarse en $1000, porque el jornal
medio de cada operario varía entre $2.50 y $5. Unos tienen sueldo fijo y los
más trabajan por su cuenta, vendiendo los palos a los aserraderos. Todas las
familias que viven de los aserraderos han construido sus casas más o menos
grandes, cultivan su huerto, poseen algunos animales, etc., lo que en el
conjunto significa una riqueza para Punta Arenas.
«Pues bien -exclama el diario-, esa valiosa
industria, esos hombres y sus familias, se hallan ahora con la gravísima
amenaza de no tener en qué ocuparse, lo que significa el hambre para dos mil
personas.»
La baja constante del precio de la madera,
provocada por los salesianos de la isla Dawson, ha sembrado, en efecto, el
pánico entre todos los aserradores que, si continúa, tendrán que clausurar sus
establecimientos, que ya hoy mismo no les dan beneficio alguno. Ése sería un
rudo golpe asestado a Punta Arenas, y que retardaría indudablemente su
progreso, dando a una sola sociedad comercial el monopolio de la industria más
favorable al aumento de su población.
El precio a que los salesianos venden su madera, es
el de cuatro centavos papel el pie, y a los demás propietarios de aserradero
les será imposible competir, mientras no hallen el medio de hacer trabajar
gratuitamente a sus hombres.
Tal es el grave problema planteado hoy en
Magallanes, y del cual pende en cierto modo su porvenir, pues la ganadería
reclama pocos brazos, y no es la industria más indicada para formar pueblos.
Lástima sería que ese tropiezo se convirtiera en
obstáculo invencible, agrandado como está por la resolución de no vender las
tierras fiscales, que en el momento actual, y como ya he dicho, retrae un tanto
la afluencia de nuevos pobladores, y la radicación definitiva de los antiguos.
Pero Chile tiene el derecho de gobernarse en su
casa completamente a su gusto; y decidir -por otra parte- si hace bien o mal en
no desprenderse de esos campos, sería partir de ligero; no hay que olvidar, en
efecto, los perjuicios que al país ha causado la venta inconsiderada de nuestra
tierra pública, ni tampoco el escasísimo adelanto de las zonas que han sido
reservadas. Un poco de ambos sistemas, prácticamente combinados, sería lo
mejor, y el eclecticismo se impone, para que la inmigración encuentre donde
ubicarse y trabajar, y para que la nación no se despoje por completo de lo que
mañana puede serle eficacísimo recurso.
Entretanto, y aun en su situación actual, si no se
agrava, Punta Arenas seguirá atrayendo gente de todas partes, como centro
comercial de primer orden en el sur, como puerto de movimiento y como villa
proveedora de una zona inmensa, que va desde el golfo de San Jorge hasta el
Cabo de Hornos.
Hasta hoy sólo Gallegos podría hacerle competencia,
pero... Gallegos es uno de sus clientes principales, y lo será ostensiblemente,
o por medio del contrabando, mientras no se lo coloque -y al par de él a los
demás puntos patagónicos- en situación de hacer comercio con Europa, sin
necesidad de ayuda de vecinos.
La importación y exportación libres de derechos, es
una condición imprescindible de progreso para la Patagonia, tanto más, cuanto
que lo contrario es perfectamente inútil. Para impedir el contrabando, el fisco
tendría que gastar en un año diez veces más que el producto de todas las
aduanas del sur, y todavía se vería burlado y defraudado. En cambio, con la
libertad aduanera, ganaría la formación rápida de pueblos como el que me ocupa,
toda vez que los gobiernos de territorio no se opusieran inconscientemente a
ello.
Pero no es sólo la libertad de aduana lo que crea
el predominio comercial de Chile al sur de América; la vecina república tiene
algo que ofrecer a los navegantes europeos: carbón. Este carbón es de mala
calidad, mejor dicho, es lignito; pero les permite dejar en sus bodegas mayor
espacio para sus mercaderías, sirviéndose de él -mezclado con hulla- hasta
llegar a Montevideo.
Nosotros también tenemos carbón análogo, pero no se
explota todavía por falta de hombres de empresa, y de fomento inteligente por
parte del Gobierno. Si hubiera carbón de buena calidad en la Tierra del Fuego
argentina, a la entrada del Estrecho -y puede obtenerse con el mismo lignito, valiéndose
de procedimientos industriales poco costosos-, no hay duda de que los
transatlánticos aprovecharían esa circunstancia, no para abandonar
completamente el mercado carbonero chileno, sino para no cargar tanto
combustible, y adquirir lo consumido en el trayecto, realizando así una nueva
economía.
Mas todo esto será también inútil, mientras no se
haga un plan completo de gobierno para esas comarcas, y mientras vayan a
dirigirla hombres sin preparación, sólo preocupados de los detalles visibles
del momento; o convencidos de que esas gobernaciones son medios de medrar, y no
otra cosa; o enfermos de autoritarismos que no hallan campo más amplio en que
dar pábulo a su pasión. En esto se ha mejorado bastante, a decir verdad. Pero,
siendo los Gobernadores sólo prefectos del Ejecutivo Nacional, ¿obedecen a un
criterio único y bien determinado, como debiera ser?...
Y ¿qué añadiremos, en esta ligera recapitulación, a
lo ya dicho, sobre los transportes nacionales, que tan mal sirven a todo ese
sur, abandonado a su suerte, más alejado de nuestros grandes centros
comerciales de lo que éstos se hallan de Europa?...
La comunicación es la incorporación. Si se quiere
que Patagonia y Tierra del Fuego sean argentinas, hay que ligarlas
estrechamente a los núcleos argentinos. ¿Los medios? Cualquier hombre, por poco
versado que esté en lo que se llama ciencia político-económica, podrá arbitrar
teóricamente unos cuantos. En la práctica, teniendo en cuenta las costumbres
oficiales sudamericanas y especialmente las de nuestro país, sólo hay uno:
entregar la navegación del sur a empresas particulares.
De cuatro transportes nacionales con que se cuenta
hoy para ese servicio, uno está en Europa, el Santa Cruz; otro en comisión, el
Villarino; el tercero, en compostura desde hace larguísimos meses, con trabajo
para muchos meses más, eterno y achacoso como su nombre: El Tiempo. Sólo el 1.º
de Mayo anda en funciones, y en su último viaje el 1.º de Mayo tardó, como el
arca de Noé, ¡cuarenta días y cuarenta noches en llegar de San Juan del
Salvamento a la dársena sur!...
No hay que contar el transporte Usuhaia, al
servicio exclusivo de la Gobernación de Tierra del Fuego, y cuyo itinerario se
limita al extremo austral.
¡Dígase, después de esta rápida enumeración, que
aquellas regiones son protegidas y ayudadas!...
Comprenderán los lectores que, entretanto, había
sobrevenido la noche, habíamos comido, y después de despedirnos estábamos ya a
bordo del Villarino, que se preparaba a zarpar. Izábanse los botes, probábase
la máquina, y en la driza dirigida al sur flotaba la bandera de salida.
Quedábamos a bordo un puñado de pasajeros: el
comandante Funes, el capitán Demartini, de la Serna, jefe del faro de Punta
Laserre y su señora, el doctor Pinchetti...
Parecía que nos despidiéramos del mundo
civilizado...
- XVII -
El triunfo del paisaje
Al partir de Punta Arenas, nuestro itinerario era
el siguiente: canal de la Magdalena, canal Cockburn, paso del Breacknock, canal
Darwin, canal del Beagle, bahía de Usuhaia...
Quien examine con algún cuidado el plano que
acompaña a este capítulo, comprenderá que en ese trayecto iban a presentarse
ante nuestra vista espectáculos por lo menos curiosos de la Naturaleza; los
tuvimos sorprendentes, grandiosos, inesperados. Los accidentados y tortuosos
canales que iba a recorrer el Villarino, después de salir del Magallanes,
navegando primero hacia el sur, luego al sudoeste, para dirigirse después al
este, casi en línea recta, son una verdadera maravilla, insospechada por
cuantos imaginan el sur como un páramo helado, sin vegetación, sin vida, como
un desierto casi polar, que sólo fuera sugestivo por su misma inmensidad.
El pequeño plano, tomado con bastante exactitud de
la carta Fitz-Roy, corregida y aumentada por los hidrógrafos de la Romanche,
bastará para dar una idea clara de la extraña topografía de aquellos parajes,
no bien delineados en los mapas de uso común. Se verá en él, sinnúmero de
islas, escollos, peñascos, islotes, caletas, bahías, que forman como un
caprichoso encaje, en la costa de Tierra del Fuego, tan extraordinariamente
recortada. La extraña forma del cabo Valentín, en la isla Dawson, que termina
hacia el norte, en el Magallanes, como una punta de lanza. La curva
relativamente suave de la península Brunswick, sembrada de cerrillos. El canal
San Gabriel, que separa la isla Dawson de la Tierra del Fuego y acaba con la
aguda y atrevida punta Ansiosa. El de la Magdalena, limitado al oeste por los
entallados bordes de la isla Clarence. El Cockburn, curvo, lleno de islotes,
con ampliaciones dadas por las bahías y los puertos. La península Breacknock,
encorvada como garra de ave de rapiña, con la concavidad interna de la bahía
Courtenay. El paso del Breacknock, cuyos bajíos, escollos y piedras, no ha
podido aún demarcar por completo carta alguna. La isla Basket, la isla Quemada,
que dejan entre una y otra un claro, un vacío, desde donde se ve la inmensidad
del Pacífico, detrás de la bahía Desolada, en que altas peñas surgiendo de las
aguas justifican su nombre, y aun más, pues llegan a producir temor hasta
cuando la superficie del canal y del mismo océano se riza apenas con la brisa.
La isla Stewart, la Londonderry, la O'Brien, que situada entre la anterior y la
Tierra del Fuego, forma dos canales que, unidos luego, dan nacimiento al canal
Darwin, continuado después por el del Beagle.
«El canal del Beagle -dice Darwin-, descubierto por
el capitán Fitz-Roy en su primer viaje, constituye uno de los notables
caracteres de la geografía de este país, y, podría decirse, de todos los
países. Puede comparársele al valle de Lochness, en Escocia, con su cadena de
lagos y de bahías. Ese canal tiene, más o menos, 120 millas de largo, con un
ancho medio -ancho que varía muy poco- de dos millas aproximadamente. Es casi
en todas partes tan perfectamente recto, que la vista, limitada a un lado y otro
por una línea de montañas, se pierde en la distancia. Atraviesa el Beagle la
parte meridional de Tierra del Fuego, en dirección este-oeste; hacia la mitad,
un canal irregular llamado el Estrecho de Ponsonby, viene a unírsele formando
ángulo recto con él.»
Sobre ese canal están las bahías Yandagaia,
Lapataia y Usuhaia, dominada esta última por el agudo pico del monte Olivia.
-¡Ahora sí que va usted a ver panoramas
espléndidos!
Era el segundo Méndez, que se acercaba a mí, sonriente,
satisfecho de navegar, como marino de raza.
-Pero -añadió- para verlo todo es necesario no
distraerse, no quedarse en la cámara...
Íbamos aún por el Estrecho, con tiempo excelente,
algo frío, pero agradable. El cielo comenzaba a cubrirse de brumas, de
nebulosidades que en el sur lo ocultan casi continuamente. El Villarino,
marchando a todo vapor, se mecía apenas sobre el agua tranquila, y parecía
deslizarse con elegancias de patinador, coquetamente, reflejando la blancura de
su casco en las ondas verdosas...
Allá, a la derecha, doblaba el Estrecho hacia el
noroeste entre la península Brunswick y la isla Clarence; enfrente, alzábase un
monte rodeado de alturas, y el canal de la Magdalena semejaba cerrada bahía,
solitaria y triste. Las rocas peladas, el agua mansa, la recortada costa, el
cielo turbio, todo se fundía en una coloración melancólica de tonalidad tan
armoniosa, que se sentía no ser pintor para trasladarla al papel con los
ligeros toques y las blandas tintas de la acuarela. Era aquello un país de ensueño
triste y sentimental, una tierra y un mar, escenario de pasiones insaciadas, de
desalientos mortales, de amarguras sin término; allí cabía una novela de
descreimiento y desengaño; allí el pincel encontraría el cuadro sugestivo de la
aridez de la existencia.
-¡Qué hermoso es esto, a la verdad!
-¡Oh, ya verá, ya verá! -contestó Méndez-. Espere a
que entremos en los canales.
Ningún signo de vida presentaba allí la Naturaleza;
un silencio profundo reinaba en torno. «Oíase aquel silencio», como dijo el
fantástico escritor, y la soledad, sin una vela en lontananza, sin un humo en
las costas, tenía no sé qué de vagamente terrorífico. Sólo el agua vivía,
ondulada hasta perderla de vista, móvil pero también taciturna. Y el Villarino
continuaba su marcha, casi abandonado, él, que salió de Buenos Aires llevando a
su bordo a un pueblo entero, él, en cuya cámara se oían voces, risas, alegres
notas del piano, y en cuya cubierta había siempre un pululamiento, un ir y
venir inacabable. Murúa y el timonel en el puente. Méndez y cuatro o cinco
pasajeros a popa... Y así, no distraídos por influencia externa alguna, veíamos
pasar ante nuestros ojos, lentamente, como en fantástica procesión, montes y
bahías, cerros y costas a pico, islas y escollos, dotados para nosotros de
extraño movimiento.
La luz tamizada por nebulosidades, iluminaba sin
embargo con vigor el cambiante panorama.
Aquí y allá sobre las costas erguíanse montículos
abruptos, y de vez en cuando una mancha verde, tendida en la orilla, anunciaba
la cercanía de la vegetación triunfal de los canales.
La nieve, en las alturas, señalábase apenas como
una sombra blanca, preparando, en pleno verano, el helado sudario invernal que
envuelve las rocas y cuelga de los árboles en pintorescos jirones.
El Villarino avanzaba deslizándose por el agua
rizada en la calle que forman las costas más escuetas cada vez del canal de la
Magdalena, ya cerca del paso del Breaknock.
-¿Vamos al puente?
El segundo Méndez comenzaba su cuarto; Murúa iba a
descansar.
-Vamos.
Desde arriba se abarcaba más amplio el paisaje, el
lago aparente formado por la curva del canal, las rocas plomizas, los islotes
verdes, el cielo al mismo tiempo claro y ceniciento, sin la victoria del sol.
Seguimos navegando varias horas, que sin embargo,
transcurrieron rápidas, y entramos al paso temible del Breacknock, semillero de
escollos y bajíos, que en tiempo de niebla es barrera casi infranqueable,
siempre amenazadora para el marino.
Fue benigno. La luz intensa, el viento en calma, la
mar bonancible, dejaron pasar al Villarino como un gran pájaro austral que
apenas humedeciera sus plumas en la onda.
Las cartas marítimas, tan minuciosas sin embargo,
no señalan todas las piedras de aquel sitio, piedras que acechan al navegante,
descubiertas sólo por el hervor del agua y por las ya lívidas ya rosadas matas
de cachiyuyo, esa alga colosal que tiende desde el fondo sus brazos
mucilaginosos y llega a veces a 100 metros o más, a lo lejos.
-¿Ve el cachiyuyo? -preguntó Méndez.
-¿Aquellas manchas verdosas?
-Sí.
-Parece brotar de la superficie del agua,
tendiéndose sobre ella.
-En efecto. Y el cachiyuyo es el amigo del
marinero. En el sur no hay escollo que no esté aboyado por él...
-¿Aboyado? ¿Qué quiere decir eso?
-Viene de boya, porque, efectivamente, las matas de
cachiyuyo hacen el mismo servicio que ellas, indicando los sitios peligrosos. A
veces tal peligro no existe, porque la mata, adherida a la roca, sube desde una
gran profundidad.
Más tarde, leyendo a Darwin, he hallado detalles
sobre esta planta extraordinaria.
«Encuéntrase en la Tierra del Fuego -dice- un
producto marino que por su importancia merece especial mención. Es una alga, la
Macrocystis pyrifera. Esta planta crece sobre todas las rocas, hasta una gran
profundidad, sobre la costa exterior y en los canales interiores. Creo que
durante los viajes de la Adventure y del Beagle, no se ha descubierto roca
alguna cercana a la superficie que no estuviera indicada por esa planta
flotante. Compréndese en seguida los servicios que presta a los barcos que
navegan en aquellos mares tempestuosos; a muchos sin duda ha salvado del
naufragio. Nada más sorprendente que ver a aquella planta creciendo y
desarrollándose en medio de esos inmensos escollos del océano occidental, en
sitios donde aglomeración alguna de rocas, por duras que fueran, podría
resistir largo tiempo a la acción de las olas. El tallo es redondo, viscoso,
liso, y rara vez llega a una pulgada de diámetro. Varias de esas plantas
reunidas son suficientemente fuertes para soportar el peso de las gruesas piedras
de que brotan en los canales interiores, y sin embargo, ciertas piedras de esas
son tan pesadas que un hombre no podría sacarlas del agua para ponerlas en el
bote.
»El capitán Cook dice, en su segundo viaje, que en
la tierra de Kerguelén esa planta se eleva de una profundidad de veinticuatro
brazas.
Ahora bien, como no crece en dirección
perpendicular, que forma un ángulo bastante agudo con el fondo y luego se
extiende a considerable distancia en la superficie del mar, créome autorizado a
decir que algunas de esas plantas se extienden a sesenta brazas y más. No creo
que haya otra planta cuyo tallo llegue al largo de 350 pies de que habla el
capitán Cook.
Además, el capitán Fitz-Roy las ha encontrado a 45
brazas de profundidad.
»Las capas de esta planta marina, aun cuando no
tengan una gran extensión, son excelentes rompeolas flotantes. Es curioso ver
en los puertos expuestos a la acción de las olas, con cuánta rapidez grandes
olas que vienen de fuera disminuyen su altura y se transforman en agua
tranquila, apenas atraviesan esos tallos flotantes.»
En una nota observa Darwin que esta planta se
extiende por una región inmensa. Se la encuentra desde los islotes cercanos al
Cabo de Hornos, hasta los 43 grados latitud norte, por el lado oriental. En el
occidental se la encuentra hasta río San Francisco, en California, y quizás
también en Kamstchatka.
Más curioso es todavía el hecho siguiente que he
podido observar, y que describe Darwin con gran exactitud, diciendo:
«El número de criaturas vivientes de todos los
órdenes cuya existencia está íntimamente ligada a la de estas algas, es
verdaderamente asombroso. Podría llenarse un extensísimo volumen con la sola
descripción de los habitantes de esos bancos de plantas marinas. Casi todas sus
hojas, salvo aquellas que flotan en la superficie, están cubiertas por un
número tan grande de zoófitos, que se ponen blancas. Encuéntranse allí
formaciones extremadamente delicadas, habitadas las unas por simples pólipos
semejantes a la hidra, otras por especies mejor organizadas o por magníficas
ascidias compuestas. Vense también, adheridos a las hojas, diversos moluscos.
Innumerables crustáceos frecuentan la planta. Si se sacuden las largas raíces
enredadas en las algas, se ve caer una cantidad de pececillos, caracoles,
cangrejos de todo género, estrellas de mar, magníficas holoturias, plantarias y
animales que afectan mil formas diversas. Cada vez que he examinado una rama de
esa planta, no he dejado de descubrir nuevos animales de las formas más
curiosas.
...»Sólo puedo comparar esas grandes selvas
acuáticas, del hemisferio meridional, con las selvas terrestres de las regiones
intertropicales. Sin embargo, no creo que la destrucción de un bosque, en un
país cualquiera, ocasionara ni mucho menos, la muerte de tantas especies de
animales como la destrucción del Macrocystis. En medio de las hojas de esta
planta viven numerosas especies de pescados que en ninguna otra parte podrían
hallar abrigo y alimento; si esos pescados llegaran a desaparecer, los cormoranes
y los demás pájaros pescadores, las nutrias, las focas y los marsupios,
perecerían bien pronto también; y, por fin, el salvaje fueguino, el miserable
amo de aquel país miserable, redoblaría sus festines de caníbal (13),
decrecería en número y cesaría quizás de existir.»
En algunos puertos tranquilos, de agua
transparente, como Usuhaia, Haberton, etcétera, he visto el curioso desarrollo
de esas plantas extraordinarias, cuyas hojas, ya salpicadas de puntos blancos
por los caracolillos a ellas adheridos, ya sonrosadas y amplias, ya verdes con
una tonalidad obscura y barnizada, se extendían, inmóviles o apenas mecidas por
el vaivén de las olas.
El agua, cuando quedaba un instante inmóvil,
parecía un cristal que cubriese el extraordinario bosque, haciéndolo sólo
accesible a la mirada.
Por entre las hojas corren y se enroscan como
víboras las guías de la planta, resistentes y elásticas, tanto que hay que
hacer un gran esfuerzo para romper las más delgadas, que se estiran como un
grueso pedazo de caucho por su relativa elasticidad.
Una abertura, en el paso del Breacknock nos dejó
vislumbrar por un momento el mar Pacífico, cuya línea horizontal estaba cortada
aquí y allá por peladas y cenicientas rocas.
Y los paisajes iban desarrollándose cada vez más
interesantes a nuestra vista, con un lujo de color que nadie esperaría
encontrar en aquellas regiones. Por momentos aparecía el sol, dorando las
alturas crecientes, y dando caprichosos matices a los gruesos montones de
nubes, que al propio tiempo señalaban y ocultaban los montes elevados, casi
eternamente envueltos en una capa de densos vapores. Comenzaba la vegetación,
desarrollándose paulatinamente, formando una línea que se extendía hasta
perderse de vista, sobre la que se destacaba con tonos más obscuros y
enérgicos, la roca pelada, salpicada aquí y allá por alguna mancha de nieve.
Parecíame estar en plena cordillera de los Andes y
recorrer una vez más aquellos parajes, pero después de un desastre colosal, de
un diluvio que hubiera cubierto valles y hondonadas, dejando sólo descubiertas
las cumbres de la montaña. Aquí, la Isla Quemada, por cuyas grietas parece aún
correr el humo, y cuyo desolado aspecto tiene algo de fantástico y teatral;
allí un rincón de verdura en que crece el musgo amarillento junto a las
gramíneas de un verde más intenso y vivo; allá una ensenadita de aguas especulares
en que se retrataba la costa rígida, de líneas violentas; acullá la ligera
ondulación de la corriente, en el canal... Y todo esto móvil, envuelto en las
gasas ligerísimas de una neblina apenas perceptible, esfumado en las lejanías
como un sueño vago, con masas de nubes y claros de azul purísimo, algo
semejante a las extrañas y efectistas creaciones de Gustavo Doré... ¿Por qué no
van allí los pintores argentinos? ¿Por qué no se inspiran en aquella naturaleza
salvaje, tan rica de color, tan variada y tan nueva? Allí encontrarían tema
para tantos paisajes, para tantas manchas admirables, como puede darlos la
Suiza. Ya un lago tranquilo cubierto de hojas de cachiyuyo, rodeado de altas
rocas, por las que trepa el ejército del fagus, ese árbol austral por
excelencia, que resiste las nieves y los huracanes, con su copa verde tendida a
favor de los vientos más frecuentes y terribles; ya un panorama polar, con los
irisamientos del hielo transparente y la blancura mate y fría de la nieve; ya
un pedazo de selva virgen, con las yerbas altas, y en que se entrecruzan los
troncos del fagus y el canelo, y donde crecen grandes flores, blancas o rojas
como sangre, selva que parece tropical, tanta es su vitalidad; ya -cuando el
otoño comienza- el cariñoso matiz sonrosado que toman las hojas perennes de la
haya, contrastando sobre los diferentes verdes del resto de la vegetación.
TÉMPANOS EN EL BEAGLE
Cuando aquello se conozca más, es indudable que la
fotografía comercialmente, y la pintura por la parte artística, se apoderarán
de aquel tesoro para no abandonarlo ya, como es fuera de duda que no tardarán
en fundarse en los canales, aprovechando los sitios más pintorescos,
establecimientos de hospedaje a que, en nuestro ardiente verano, acudirán a
solazarse las personas que pueden huir de las ciudades, y que amen la
naturaleza.
GRAN VENTISQUERO EN EL BEAGLE
Algunas de las pequeñas bahías a cuyo frente
pasábamos, eran encantadoras. Pero cuando no se navegaba muy cerca, sólo se
veían sus grandes líneas, el verdor del cielo, y los árboles tan diminutos, que
parecían juncos, aunque a veces tengan un tronco respetable. Esas bahías,
muchas de ellas escondidas, suelen ser puerto de refugio de los loberos, su
escondite mejor dicho, o estación y campamento de buscadores de oro, ocultos
allí a toda mirada indiscreta. Puntos de esos hay sólo conocidos por unos
pocos, donde cualquier pirata, cualquier malhechor puede desaparecer de la
vista de sus perseguidores, aun con embarcaciones de cierto porte, sin que
éstos logren hallarlo.
Una abertura entre dos rocas, sólo visible desde un
sitio dado, un paso ancho y sin peligro, y luego una bahía cuyas puertas se
cierran tras el buque, y cuyas costas ofrecen el más seguro abrigo. Cierto
comerciante de uno de los puntos visitados en este viaje, y cuya goleta vimos
de pronto a corta distancia del transporte, navegando con su mismo rumbo, y sin
que hubiéramos sospechado su presencia, que nos sorprendió, cuenta que él sabe
un sitio de ésos, en el que ha solido dejar su embarcación, completamente sola,
sin más precaución que la de amarrarla en arganeo, y seguro de que nadie la
vería... Y como él habrá tantos... casi todos los navegantes de los canales.
De vez en cuando veíase flotar en la superficie
como blanco buque, algún pequeño témpano de hielo, desprendido de los
ventisqueros cercanos.
Nunca son de gran tamaño, aun cuando abunden mucho
en la estación avanzada. No es raro que sobre ellos se pose algún shag, como
una mancha de tinta en una superficie blanca, ni verlos repentinamente darse
vuelta, carcomida su base por las aguas del canal, cuya temperatura es más
elevada. Marchan uno tras otro, arrastrados por la corriente en la misma
dirección, o se arremolinan y detienen en los remansos para derretirse
lentamente junto a las peñas. Estos témpanos, al desprenderse de los
ventisqueros, y caer al agua, suelen producir grandes olas que van a
estrellarse contra las rocas de la costa y que pondrían en serio peligro a las
embarcaciones que se hallaran en las cercanías. Pero pocas veces se ve por allí
otra embarcación que alguna piragua fueguina, o las goletas de Punta Arenas,
que toman siempre el medio del canal, para evitar que una racha las lance
contra la costa.
Al regreso, ya en otoño, vi centenares de témpanos
que navegaban por el canal y siendo -aparte de las aves- lo único animado de
aquel paisaje ideal, al que sólo falta el movimiento de la vida humana, para
que su pintoresco deje de ser tan selvático y melancólico como es hoy en
ciertos parajes. Alguna vez, cerca de nosotros, a tiro de fusil, pasaba un
vuelo de avutardas, él, blanco, brillante, a la cabeza de las dos hembras,
parduscas, formando triángulo, o junto a la costa observábamos el hervidero del
agua, producido por la marcha del pato a vapor, esa ave que nada con la rapidez
que le ha valido su nombre, levantando con las alas rudimentarias gotas, y
espuma, como si fueran ruedas de paletas puestas en movimiento por una máquina
poderosa. El pato a vapor no puede volar, pero no he visto ave alguna que nade
con tanta celeridad, pues la suya es comparable sólo con la de un pez. O en el
cielo tranquilo, alguna palomita del Cabo, de alas pintadas como una falena; o
la mancha negra primero, y el abierto abanico más cerca, del Darup, el carancho
fueguino, siempre a caza de cadáveres, vecino del pingüino, cuyos pichones
devora si logra burlar la paternal solicitud. O en la costa cercana, y sobre
las aguas mansas, el blanco plumaje de la avutarda, pescando entre las peñas, o
de los gaviotines diseminados aquí y allá, y devorando los langostinos o los
pececillos que se ponen al alcance de su pico agudo, con gallardos movimientos
del cuello, y elegantes revuelos rápidos en que moja las patas en el agua, para
levantarse en seguida un metro o dos, y tornar a descender. O la golondrina de
mar, de patas palmeadas, pequeña y de intenso color pardo obscuro, a la que la
superstición del marinero atribuye el don de pronosticar desastres, y que le
anuncia temporal si llega a posarse en su barco.
OTRO DE LOS GRANDES VENTISQUEROS
Pero toda esa vida animal, toda la que bulle en las
aguas del canal del Beagle, no logra desvanecer la profunda impresión de
soledad que producen aquellos sities, impresión que ha comenzado en el
Atlántico sur, donde raras veces se ve una vela, y que se hace más intensa
allí. El canal tiene todo el aspecto del desierto, o una extraña autosugestión
lo hace creer. El hecho es que aquellas peñas, aquella nieve, parecen no
holladas nunca por el pie humano, y los árboles corpulentos en la costa, más
pequeños a medida que trepan a las alturas, hasta hacerse achaparrados y muy
diseminados cerca del límite de la nieve, muestran sus hojas siempre verdes con
la languidez triste de lo que no alberga a ser viviente alguno.
Ni aun pasaba por nuestra imaginación que sobre
aquellos acantilados, o en aquellas playas, detrás de un tronco o de una
piedra, pudiera ocultarse alguno de esos indios fueguinos en cuyo detrimento se
han forjado tantas leyendas, haciéndolos antropófagos, ladrones y asesinos por
tendencia, leyendas que no se desvanecerán muy pronto, aunque ya se haya
trabajado en ello.
De pronto nos sorprendió el espectáculo de uno de
los ventisqueros, el primero que veíamos en los canales, y también uno de los
más pequeños, cuya nieve llegaba hasta el mar, con tonos azulados suaves y
tenues, muy finos, que hacían resaltar más la blancura casi absoluta de la
nieve en la cima, destacada a su vez sobre el fondo plomizo del cielo. Hermoso
espectáculo, que nos produjo profunda impresión, aunque entre nosotros fuéramos
varios los que habíamos visto glaciares en los Andes. No es lo mismo encontrarlos
en una grande altura, que verlos allí, al nivel del mar, rodeados de
vegetación, en medio de una temperatura agradable, como de un día plácido de
nuestra primavera, y donde parecería que la nieve no pudiera conservarse sino
breves instantes. Sorprende el espectáculo, cuya visión se conserva en la
retina, y ha de conservarse largos años sin duda.
El contraste de aquel blanco celeste de superficie
muda y tersa que baja en rápido declive hasta el agua verde del canal, con las
peñas obscuras y las morenas negruzcas, con los mismos cerros que se elevan a
su lado, sin nieve los unos, los otros hasta cierta altura cubiertos de
árboles, rectos en los puntos abrigados, retorcidos como en ademán de
desesperada defensa en aquellos en que el viento no encuentra obstáculo, tiene
algo de impresionismo a todo trance, que hace recordar las descripciones del fjord
noruego, pero que indudablemente tiene carácter propio.
-¡Qué admirable! -exclamó a nuestro lado uno de los
pasajeros, que, como yo, veía aquello por primera vez.
-Sin embargo, ya verá usted más lejos otros
glaciares mayores -replicó Méndez-. Éste es uno de los más insignificantes. Y
si el monte Sarmiento tuviera la bondad de sacarse el capote, lo sorprendería
también, sin duda. Pero rara vez se deja ver, pues siempre está cubierto de
nubes.
En efecto, no lo vimos, ni a la ida ni a la vuelta,
y era de todo punto imposible aguardar a que tuviera la galantería de
descubrirse, ni aun considerando que ese era uno de nuestros mayores deseos.
Pero llegamos a uno de los ventisqueros mayores,
que nos ofreció relativa compensación. Sus proporciones eran colosales, pues
medía algunos kilómetros de ancho, y bajaba desde una blanca montaña que se
elevaba allá en el fondo. Visto desde lejos, pues íbamos a distancia de la
costa, daba sin embargo idea de su tamaño, y su resplandeciente blancura atraía
todas las miradas.
Darwin, que se ha detenido bastante en el estudio
de este curioso fenómeno, en zona tan alta todavía, dice de ellos, entre otras
cosas de mucho interés, lo siguiente:
«La extensión de los ventisqueros hasta el mar debe
depender principalmente (admitiéndose, entiéndase bien, que existe una cantidad
de nieve en la región superior) de la poca elevación de las nieves eternas en
montañas escarpadas situadas cerca de la costa. Como el límite de las nieves es
muy poco elevado en Tierra del Fuego, podía esperarse que muchos ventisqueros
se extendieran hasta el mar. No por eso dejé de experimentar profundo asombro
cuando -bajo una latitud correspondiente a la de Cumberland- vi todos los
valles de una cadena de montañas cuya cima no se eleva a más de 900 o 1200
pies, llenos de ríos de hielo que bajaban hasta la costa. Casi todos los brazos
de mar que penetran hasta el pie de la cadena más elevada, no sólo en Tierra
del Fuego, sino también durante 650 millas (1040 kilómetros) sobre la costa,
dirigiéndose hacia el norte, terminan en «inmensos, en asombrosos
ventisqueros», para emplear las palabras de uno de los oficiales encargados de
relevar las costas.»
Y otros y otros se presentaron a nuestra vista, con
las cercanías cubiertas de témpanos boyando en el agua clara, después de pasar
delante de altas montañas cubiertas de fagus, a veces inclinados todos
paralelamente hacia un lado, como por un solo golpe de viento.
-¡Éste debe ser hielo de verano! -exclamó uno.
En efecto, con aquella temperatura, en ese ambiente
nebuloso y húmedo tiene que sorprender la presencia de tanta nieve, puesto que
el ventisquero europeo (14) cuya nieve baje hasta el mar, que se halla más al
sur, ¡está casi dos mil kilómetros más cerca del polo que los del canal del
Beagle!...
El más curioso por los contrastes que ofrece, es
uno que llegando en otro tiempo hasta el agua, ha formado una gran morena con
el arrastre continuo de materiales sobre la línea negra de esta formación
reciente; se ve bajar enorme río de nieve, como una cascada, mientras en el
fondo se alza la montaña blanca que le da nacimiento junto a otra pardusca y
sin nieve, y a los costados aparece la costa accidentada, desnuda a la
izquierda, cubierta a la derecha de árboles que desde lejos parecen
mondadientes...
En esa costa abrupta, aquí y allá, caen cubiertos
de espuma, como hilaza de algodón, los chorrillos, pequeños torrentes que se
precipitan casi perpendiculares, formando hondas grietas semejantes a
cicatrices en medio de los verdores que los rodean. Estos chorrillos suelen
asumir el aspecto de verdaderas cascadas, y se multiplican hasta lo infinito a
lo largo de los canales, pagándoles continua, aunque en cada caso pequeña
contribución.
A veces -y desgraciadamente no lo he presenciado-,
el espectáculo cambia, y en un rincón desolado, árido y triste, se ve bajar
hacia el mar un río de piedras, visión cuasi diabólica que causa asombro
mezclado a cierto terror. Enormes piedras siembran un plano inclinado, como
olas de un mar inmovilizado, hechizado de pronto. Se espera verlas derrumbarse
de repente retumbando con sordo fragor al caer en el agua, y al mirarlas desde
el barco en movimiento, parecen moverse ellas también. Ideas de cataclismo sugiere
el paisaje, y la mente se abisma buscándole causa. Los sabios afirman que la
Tierra del Fuego ha sido sacudida por grandes terremotos, y al contemplar su
aspecto, no se duda de que las fuerzas de la Naturaleza hayan trabajado allí
con extraño vigor, hasta con rabia; las quebrajas, las grietas, las hendiduras,
las caprichosas cortaduras de las rocas, las colinas y los montes, el sello de
violencia que se nota en cien partes, lo demuestran de una manera visible. Sólo
por un terremoto de inusitada intensidad puede explicarse este fenómeno, que se
ve con más frecuencia en la isla de los Estados y en las Malvinas...
El paisaje es triunfal doquiera se tienda la vista,
ya sea que produzca impresiones de terror, como una tierra estéril y maldita,
de ásperas y amenazadoras rocas, ya se suavice, y hallando, sin embargo,
contrastes rudos de color, aglomere la gran mancha blanca de la nieve con la
sombra de las peñas y los verdores de los árboles, ya se haga suave, blando,
casi idílico en alguna playita de cantos rodados en que va a morir mansamente
la ola espumosa, coronada de árboles, alfombrada de yerbas y de flores, en que
brillan los puntitos rojos de las frutillas silvestres, las perlas moradas,
casi negras del calafate, y la nota vibrante de las aljabas, de las violetas
amarillas, esa extraña flor sin perfume de la Tierra del Fuego... A veces el
panorama tiene una grandeza admirable, se hace majestuoso y sereno, con tal
armonía, tal fusión de tintas, que trasladado al lienzo con toda ingenuidad,
parecería una creación genial, uno de esos cuadros en que los artistas enormes
suelen sorprender y revelar el secreto de la Naturaleza.
Cuando brilla el sol, todo es allí soberbio; la luz
se quiebra y centellea en la nieve, dora los riscos, da frescura o intensidad a
los árboles, claridades cristalinas al agua; se atenúa en las hondonadas, donde
los ligeros vapores que no logra desvanecer, toman reflejos opalinos, esfumando
las lontananzas; proyecta sombras violentas tras de los picos, y no satisfecho
aún, aprovecha las gotas de agua que han quedado en la atmósfera para describir
su semicírculo cabalístico, el brillante arco iris, fenómeno casi diario en aquellos
parajes, donde llueve tan a menudo.
PUNTA "DIVIDE" EN LOS CANALES
Los he visto que iban de una playa a otra, frente a
mí, casi al alcance de la mano, dejando en medio, como coronada por un nimbo,
una colina o una roca; los he visto en el mar formando casi un círculo
perfecto; y siempre con una nitidez, con una precisión admirables, definiendo
sus colores y su dibujo como con un compás... Y, mientras el sol resplandece en
medio de una extensión de puro azul del cielo, se ve avanzar por la parte
opuesta una nube negra y pesada de granizo, en otro lado la lluvia cae como una
cortina sobre el paisaje, y más cerca el arco iris despliega sus galas...
De pronto se desvanece todo; de aquí, de allí, de
la montaña, de las playas, de las rocas, de los árboles, acuden las legiones de
la niebla, envuelven al barco en un denso tul, que cuelgan de los mástiles y
hacen bajar por los flechastes como una tienda de campaña. La popa desaparece
para los que están a proa, la proa para los que están a popa, y los trajes de
lana se cubren de brillantes gotitas de rocío, redondas como perlas
transparentes. Se fondea, y el buque parece entonces alejado, arrancado del mundo
para trasladarlo a un país de encanto, de ensueño y... de resfríos.
Estas nieblas suelen ser tenaces, sobre todo cuando
se acerca el invierno; entonces pierden su belleza para el viajero melancólico,
splenetic, anhelante por reanudar la marcha. Pero si el fenómeno se presenta en
otras condiciones y no se hace majadero, sorprende y admira, sobre todo por la
noche, cuando las luces blancas y rojas de a bordo se ven rodeadas de un núcleo
ya lechoso, ya rosado, y todo en torno se funde en un caos fantástico, donde
sólo viven ellas como astros de luz implacablemente fija...
Las puestas de sol, cuando se digna asomar entre
las nubes, son grandiosas también; no las he visto más bellas, y me han
sugerido la idea de haber contemplado el amanecer desde el Righi, porque si los
canales tienen algo del fjord noruego, tienen mucho de Suiza, sólo que sus
montañas no parecen tan altas como realmente son, quizá porque se las ve desde
la base a la cumbre, sin otras elevaciones intermedias. Ya que hablo de
montañas, y puesto que no me ha sido posible ver el Sarmiento, así llamado por
el ilustre navegante que el siglo XVI exploró el estrecho y las costas de
Tierra del Fuego, permítaseme incluir aquí la descripción que Darwin hizo de
ese elevado monte:
«Asistimos -dice- a un espectáculo espléndido: el
velo de nieblas que nos oculta al Sarmiento se disipa gradualmente y descubre
la montaña a nuestra vista. Esta montaña, una de las más elevadas de la Tierra
del Fuego, alcanza una elevación de 6800 pies. Bosques muy sombríos visten su
base hasta un octavo más o menos de su altura total; sobre ellos y hasta la
cima, extiéndese un campo de nieve. Esa inmensa aglomeración de nieve que no se
funde nunca, y que parece destinada a durar tanto como el mundo, presenta un
grande, ¡qué digo!, un sublime espectáculo. La silueta de la montaña se destaca
clara y definida y gracias a la cantidad de luz reflejada en la superficie
blanca y tersa, no se ven sombras en la montaña; no pueden distinguirse, pues,
sino las líneas que se destacan sobre el cielo; así es que la masa entera
presenta un admirable relieve. Varios ventisqueros descienden serpenteando
desde esos campos de nieve hasta la costa; pueden compararse a inmensos
Niágaras congelados, y esas cataratas de hielo azul son quizá tan bellas como
las cataratas de agua corriente.»
MONTE SARMIENTO
Pero basta. La palabra no puede dar ni pálido
reflejo de la impresión producida por el múltiple espectáculo que ofrecen al
viajero esos indescriptibles, esos maravillosos canales donde se unen las
bellezas del trópico a los helados cuadros polares, pasándose de unos a otros
sin transición casi, como en un mágico diorama. Hay que ceder el puesto a los
pintores, invitarlos, incitarlos a que vayan a refrescar sus pinceles en aquel
baño de hermosura y de grandeza, para dotar luego a nuestro país de lienzos que
sugieran al alma altos pensamientos, y rindan culto a los tesoros naturales que
nos han cabido en suerte. De los pintores argentinos, sólo Malharro, en época
lejana, cuando iniciaba apenas su carrera, visitó aquellas regiones, que
esperan desde entonces al artista revelador de su belleza.
- XVIII -
Los fueguinos
Las tres razas
La maravillosa costa que he tratado de describir,
es la Onayusha, o costa de los Onas. Las tierras que se extienden al norte
forman la Onaisin o tierra de los Onas, nombre primitivo o indígena de la del
Fuego.
Permítaseme que antes de continuar el relato de mi
viaje, agrupe aquí las observaciones que en todo ese trayecto he podido hacer
acerca de los antiguos señores de aquel suelo, sin seguir como hasta aquí el
orden en que han sido hechas u obtenidas de los viejos pobladores de la región,
para dar mayor unidad a este trabajo.
En él he cuidado de no partir de ligero,
consultando a las mejores autoridades en la materia, haciendo inacabables
preguntas a cuantos hallaba a mi paso, que hubieran vivido largo tiempo entre
los indios, y observando por mi propia cuenta cuando la ocasión se me
presentaba. Éstas son escasas ya, las familias fueguinas se extinguen
rápidamente, los indios pierden su carácter en las misiones y en los centros
poblados; los que mantienen aún su carácter y tradiciones, andan perdidos u
ocultos en las selvas, los fjords y las montañas más ásperas y fragosas de la
isla.
Para conocerlos en su «estado natural» sería
menester internarse en aquellos desiertos, hacer una verdadera expedición con
grandes elementos, pues la misma policía suele no poder dar con sus
aldehuelas... No era el caso. Una excursión no es ni una expedición ni una
exploración, y aunque la tarea es interesante, no entra del todo en el resorte
periodístico. Sin embargo, los lectores tendrán aquí datos completamente nuevos
y exactos a propósito de los fueguinos, junto a otros ya presentados en
publicaciones científicas, que son necesarios para la mayor claridad de los
primeros, y para la unidad de este capítulo.
La Onaisin no es sólo patrimonio de los onas. En
ella habitan otras dos razas con caracteres propios y bien definidos -yagán y
alacaluf- todas tres conocidas con el nombre general de fueguinos. El norte y
el este y sudeste están ocupados por los onas; el sur por los yaganes, el oeste
por los alacaluf, y, como los antiguos navegantes desembarcaron en diversos
puntos de la isla y conocieron, sin especificarlas, estas distintas razas,
fácil es comprender el cúmulo de contradicciones en que incurrieron, dejando
perplejos hasta a los más avisados.
Hoy han cambiado las cosas, y la confusión tiende a
cesar, gracias a los viajeros que como Bove, Lista, Popper y otros, se han
ocupado de la cuestión. Bove se cuidó más especialmente de los yaganes, Lista
de los onas, pero ambos parecen haber bebido en una fuente común, y hecho muy
escasas investigaciones y observaciones directas. La dificultad del idioma es,
en efecto, casi insuperable, y conocerlo para poderse entender bien con los
indios, es tarea de años. Esta clase de trabajo ha podido ser realizada con
éxito por los misioneros anglicanos, conocedores de la isla desde 1850, y
especialmente por uno de ellos, mister Thomas Bridges, hoy fallecido, que ha
hecho un estudio prolijo del idioma y costumbres de los yaganes. Probablemente
a él se deben muchos de los informes publicados luego por otras personas que,
en cortos viajes, no estaban en condiciones de recoger muchos elementos. De ahí
el parecido que existe entre unos y otros trabajos, aunque sea lógico que la
observación de una sola cosa por varios observadores, dé resultados sólo
diferentes en los detalles, si todos van de buena fe y con espíritu de verdad.
Darwin se ha ocupado, también, de los fueguinos,
como antes lo hicieran Bougainville y otros, pero no ha dividido las razas, ha
incurrido en un error como el de creerlos caníbales, y ha hecho afirmaciones
por lo menos aventuradas, aunque su trabajo fuera el más completo y exacto
publicado hasta entonces (1845).
Sin embargo, esa división está perfectamente
deslindada no sólo por el idioma -son completamente distintos el de los
yaganes, onas y alacaluf- sino también por las costumbres y la estructura
física de cada uno de esos indios.
El ona, por ejemplo, descendiente indudable de los
tehuelches del sur de Patagonia, es cazador, pescador y no navega nunca; el
yagán es puramente pescador y marinero; el alacaluf, quizá descendiente de los
araucanos del sur de Chile, navega, pesca y caza. Ni unos ni otros se entienden
entre sí, aunque la vecindad y el continuo trato, ya en la guerra, ya en la
caza en sitios no deslindados y por lo tanto comunes, hayan creado algunas,
aunque pocas, palabras que figuran en los tres idiomas.
No poco habrá contribuido a estas diferencias la
topografía de la Tierra del Fuego, tan variada como su clima, cubierta de
bosques en el centro y sur, de pastos como la Patagonia al norte, de rocas casi
estériles al sur, riquísima para pastoreo al este, lluviosa y nebulosa sobre el
canal del Beagle, seca y fría sobre el océano Atlántico. La influencia del
medio se nota efectivamente, pues las costumbres de familia de una misma tribu
y tribus de la misma raza, son diversas, como se verá después.
Pero señalemos, en lo posible, los caracteres de
estas tres clases de fueguinos, de las cuales la yagán es hasta ahora la más
conocida, mientras los alacaluf permanecen envueltos en una especie de misterio
y sólo se tienen algunos datos incompletos sobre su modo de ser.
Onas.- Comenzando por los más interesantes, son los
onas, como ya he dicho, una rama de los tehuelches fuertes, inteligentes y de
buena índole como ellos. Son altos, muy bien formados, de color aceituna
pálido, y sus facciones no tienen nada de desagradable. Pelo negro, laso y
recio, ojos negros también, algo sesgados, nariz generalmente ancha, pómulos un
tanto salientes, boca de labios gruesos, dientes iguales y blanquísimos.
Notable es en las mujeres la pequeñez y belleza de
los pies y las manos; tanto más, cuanto que la ona es una caminadora
infatigable, y anda casi siempre descalza y con ojotas rara vez.
Su carácter es generalmente manso y sociable; son
risueños, y al reír muestran su hermosa dentadura. Andan desnudos, cubiertos
solamente con un quillango de guanaco o de zorro, sin taparrabo ni cosa que lo
valga, y arrojan aquél cuando pelean o cazan.
Se dividen en onas del norte y onas del sur, y esta
división podría situarse imaginariamente en la cadena de Carmen Sylva. Hay
entre unos y otros ciertas diferencias de costumbres, y suelen no entenderse
entre sí, aunque su idioma tenga muchas voces de raíz común, como por ejemplo:
SurNorte
AguaShimShem
BrujoWo-telWutel
CarneYeperYaper
AmigoYeyoguaYeyogua
Como he de ocuparme con bastante extensión de los
onas, dejo para entonces otras muchas observaciones.
Añadiré sólo, que los onas comen preferentemente
carne, aves, tucu-tucus y pescado a medias cocidos, nunca crudos, y algunos
mariscos.
La foca les sirve de alimento solamente en casos de
necesidad, y nunca prueban el zorro, por una razón especialísima.
Yaganes.- El yagán es bajo de estatura pero de
torso fuerte. Las piernas alcanzan poco desarrollo, porque viven continuamente
en la canoa, puestos en cuclillas. Se les niega inteligencia, pero es
indiscutible que la tienen en cierto grado, y más de lo que parece, como lo
prueba el hecho de que se les utilice en diversos trabajos con buen resultado.
Casi se han extinguido por completo, y se me afirma
que ya a lo largo del canal del Beagle no existirán más de cincuenta.
Antiguamente ocupaban las dos costas, desde la
Bahía Aguirre al Paso de Breacknock.
Los he visto en Usuhaia, en sus canoas hechas de
tablas; las de corteza, que describiré después, escasean hoy, porque les es más
cómodo hacerlas por un procedimiento semejante al que usan los hombres
civilizados.
Sus facciones son abultadas, pero sus ojos vivos y
pequeños están siempre avizores, y denotan cierta picardía. Vestidos -éstos-
con ropas que les habían dado los misioneros, tenían un aspecto grotesco. Los
pocos que aún quedan libres, andan desnudos y sólo cubiertos por una capa de
pieles o quillango, como los onas.
Son especialmente pescadores, y a esto debe
atribuirse la deformación y debilidad de sus piernas.
Alacaluf.- Robusto, aunque no tanto como el ona, es
el más guerrero de los fueguinos.
«La fisonomía del alacaluf -me dice quien los ha
visto de cerca- es más desagradable que la del mismo yagán, pero su cuerpo es
más desarrollado, porque anda frecuentemente en tierra. Tiene la frente más
achatada y ancha, los pómulos menos salientes, la nariz más afinada; es
cobrizo.»
El alacaluf habita en Tierra del Fuego y sus islas,
desde el canal de la Magdalena al norte, en los alrededores del monte
Sarmiento, y al sur de Magallanes, en el archipiélago, hasta el Cabo de Hornos.
Su número es difícil de calcular por su carácter
hosco y traicionero, que dificulta en gran manera sus relaciones con los
civilizados -se limitan en esto a lo estrictamente necesario para comerciar-,
pero tiene que haber disminuido mucho, pues el gobierno de Chile, en cuyo
territorio están exclusivamente, los hace transportar a centros poblados y los
entrega a particulares que -dicho sea de paso- no siempre los tratan con
humanidad.
Pero, de cualquier manera, los alacaluf, que no han
sido objeto de tantas persecuciones, son más numerosos que los onas y yaganes
juntos.
Son cazadores, pero su especialidad es la
navegación, en que muestran mucha habilidad, y la pesca de anfibios.
Los salesianos de la parte chilena han hecho alguna
tentativa para reducirlos, pero su carácter indómito y malévolo se presta poco
para las dulzuras de la civilización, aparte de que ya saben negociar y
procurarse con los productos de la caza y la pesca aquello que constituye sus
únicas necesidades: galleta, guachacay (anisado) y tabaco. Ama el alacaluf su
libertad ante todo, y no hay discursos que valgan con él; testigo el caso del
padre Stopani, herido de un hachazo en la misma misión por un alacaluf que huyó
con cuatro compañeros robándose un bote. De los indios no se supo más; el bote
fue encontrado un año después en la costa norte de Magallanes, donde estaba
escondido.
Son sanguinarios.
En 1893, asaltaron en Puerto Hope una goletita
tripulada por cuatro loberos. Mataron a tres de ellos, y el cuarto, hábil
tirador, se salvó haciéndoles certeros disparos a través del tambucho de la
embarcación, con los que puso a varios fuera de combate y logró ahuyentar a los
demás.
Tratábase de una venganza, porque los asesinados no
les habían dado suficiente ración de galleta, guachacay y tabaco.
Como están muy en contacto (en el contacto relativo
que ya he dicho) con los blancos, por su activo comercio de pieles, se explica
el conocimiento que tienen del valor de las cosas, como también sus vicios,
importados en su mayor parte.
Son también ladrones, y se citan robos hechos con
sorprendente audacia, como varios de ganado cometido al norte de Magallanes.
Carnean en el campo mismo, y luego transportan las reses en sus canoas al otro
lado del Estrecho. Hace pocos años matrerearon en grande una noche, cerca de
Punta Arenas; notado el hecho a la madrugada siguiente, se los persiguió sin
descanso, pero sin hallar huella de ellos. Desaparecen con una destreza
verdaderamente maravillosa, perdiéndose en los fjords, sin que llegue a sorprenderse
ni siquiera la canoa en que han huido.
Tiene un carácter mucho más taciturno que el del
yagán, vengativo en extremo, y no da hospitalidad al extranjero, ni deja
conocer otro toldo que el que tiene en la costa para pescar.
Es polígamo, más acentuadamente aún que los onas y
yaganes, y en extremo celoso de su honra, cuyos ultrajes castiga con la muerte.
Así, cuando una canoa alacaluf aborda a un barco cualquiera para comerciar, muy
raro es que vayan mujeres en ella, temerosos sus maridos de que se les ultraje.
Sobre su religión no poseo dato alguno, y los
padres salesianos que están en contacto con ellos, o no los han procurado o se
los reservan. Los loberos que los visitan de vez en cuando, no se interesan en
tales investigaciones.
La religión de los fueguinos
Puede ponerse en duda que los indios de Tierra del
Fuego tengan un culto externo, pero no una religión.
Sin embargo, ha habido quien lo niegue casi
rotundamente, quizá sólo por el hecho de que los onas y los yaganes son muy
reservados en ese punto. A decir verdad, lo son en todo con el extranjero, y
contestan a sus preguntas de una manera desesperante, por lo incierta y vaga,
cuando no tienen completa confianza en él.
No faltan, sin embargo, pruebas de que esa religión
existe; lo que habrá faltado será sin duda paciencia o interés para buscarlas.
Sin embargo, el conocimiento de las creencias de un pueblo importa tanto como
el de su propio idioma para darle filiación. No se trata de lo último en estas
páginas, sino sencilla y modestamente de exponer los datos obtenidos con tanta
insistencia como buenos resultados.
El mismo mister Bridges, tan conocedor de aquellos
indios y sus costumbres, ha dicho: «No reconocen un Creador, ni tienen idea del
futuro, ni esperan nada después de la muerte.»
Pero luego añade, contradiciéndose: «Tienen una
palabra para expresar la muerte, Cagagulo, cuyo significado es subir y volar»,
para completar esto diciendo que creen en aparecidos, en seres sobrenaturales,
en criaturas salvajes que vagan por la selva, y en que las exhalaciones son
espíritus errantes de sus muertos.
Tributan, además honras fúnebres a sus deudos y
amigos, tienen supersticioso temor a las tumbas, a las que no se acercan, y
consideran maldito el lugar en que se ha cometido un crimen. Purifican a sus
hijos apenas nacidos, cantan y bailan en los alumbramientos, en las noches sin
luna, en la fiesta de la primavera, cuando las niñas llegan a la pubertad...
Tienen médicos que hacen ensalmos, se atribuyen
poder sobrenatural bajado de arriba, poseen amuletos mágicos y maravillosos que
llevan misteriosamente ocultos en un zurrón de cuero de lobo, colgado al pecho,
y se atan a la cabeza como huincha, una cabalística tira de guanaco nonato.
Éstos son los hechos más o menos divulgados, que
demuestran por sí solos cuán equivocadas son las afirmaciones de que carecen de
religión, indios que se someten a esas prácticas y aun a otras de mayor
importancia que veremos después.
Pasemos ahora a otro orden de observaciones, menos
conocidas o desconocidas del todo, advirtiendo antes que yaganes y onas se han
tomado parte de sus creencias, hasta el punto de que hoy están casi del todo
confundidas.
Poco se sabe a ciencia cierta sobre la religión de
los yaganes, pero es fuera de duda que la han tenido, y hasta que han sido
iconólatras.
Muy insignificantes datos pueden obtenerse de los
sobrevivientes escasos de, esa raza, que sólo recuerdan pequeños fragmentos de
la mitología de sus antepasados. La extinción de las tribus por una parte y los
esfuerzos de los misioneros por otra, han sido causa de la pérdida de tan
interesantes leyendas.
Pero se sabe por algunos ancianos yaganes que sus
antecesores creían en genios del bien y del mal, y los personificaban con
ídolos toscamente hechos, muy raros y de que no he podido hallar ejemplar
ninguno. Sólo con datos de memoria, he logrado hacer un facsímile, naturalmente
fantástico, de dos de ellos. Pero es muy probable que el ensayo de esculturas
que Bove publicó, sea uno de los ídolos en cuestión.
Cuéntanme de un yagán viejo de la misión de
Usuhaia, testigo o cómplice de la matanza de misioneros en la isla de Navarino,
que sólo practicaba el rito católico por conveniencia, y seguía con su antigua
religión.
Tenía en su poder un ídolo de madera, apenas
labrado, con dos agujeros por ojos, una hendidura por boca y un pedacito de
hueso incrustado en forma de nariz, con joroba y las piernas apenas señaladas,
al que llamaba Hanush-aica, genio de la mar bravía. Por más que se insistiera
con él, nunca quiso cederlo.
Cuando se le preguntaba algo respecto de la vieja
religión de los yaganes, contestaba invariablemente:
-Baf aiola; mister Bridges culalán. (No sé; mister
Bridges enojado).
Con esto quería significar sin duda que hablando de
sus antiguas creencias disgustaría al misionero bajo cuya dependencia estaba.
Sin embargo, eso no le impedía cuidar de su fetiche como si fuese un tesoro
y... zabullirlo en el mar cuando no andaban bien las cosas, como los marineros
de Nápoles con San Genaro.
Cónstame, también, que los yaganes ponían en sus
canoas pequeñas y toscas figurillas de madera, y que les hacían toda clase de
manifestaciones de respeto, aunque ellos mismos las hubieran fabricado...
precisamente como en plena civilización. Eran,
pues, idólatras, y si no se sabe más a ese respecto, ha sido, o por su
extraordinaria reserva, o por desidia de los viajeros que los han visitado.
Pero la falta de datos exactos ha dado rienda
suelta a la imaginación, y así he oído muchas veces con extrañeza por lo menos,
afirmar que los fueguinos tenían en medio de la isla y entre las selvas, un
templo consagrado al Sol, que era digno de visitarse.
No quiero incurrir en el achaque general de los
viajeros que niegan rotundamente lo que no han visto; pero debo afirmar que ni
los exploradores, ni las autoridades, ni los mineros y marineros desertores que
han recorrido la isla del uno al otro extremo, pueden dar noticia de semejante
cosa. Al contrario, todos están contestes en decir que no existe tal templo, y
que se trata puramente de una invención.
Contribuyen a dar fuerza a esta aseveración el
carácter nómada de los fueguinos, sus rudimentarias construcciones, de menos
invención que las esquimales, y su intelectualidad, poco meditativa, como en la
mayoría de los pueblos vagabundos, y nada amiga de normas y reglamentos.
Justamente esa falta de monumentos religiosos, como
su ignorancia del arte de escribir, son las causas que más dificultan -hasta
imposibilitan- la reconstitución de su historia y la conservación de su
leyenda.
No es dudoso, pues, que el templo de los fueguinos
tendrá que ir a reunirse con la ciudad de los Césares que a tantos sorbió el
seso en épocas anteriores.
En lo que respecta a la religión de los onas, se ve
ya mucho más claro que en la de los yaganes.
Tienen toda una mitología, la historia lamentable
de la perdición de su raza, con reminiscencias del cristianismo y del paganismo
griego, lo que hará sospechar que su leyenda ha sido forjada después del
descubrimiento, con fragmentos de las prédicas de los misioneros, y de
narraciones de los tripulantes de las naves descubridoras que abordaron a la
isla y a la Patagonia austral. Sea como sea, el mito tiene verdadero interés.
Han hecho también su olimpo y rinden culto a todas
las fuerzas que animan la Naturaleza, principalmente al Sol, divinidad benéfica
y al mismo tiempo la más poderosa de todas, que preside los nacimientos, la
primavera, la pubertad de las jóvenes.
La Luna es, en cambio, la deidad maligna, la señora
de los mares, la que provoca las enfermedades, la escasez, el hambre. Cuando
está roja o tiene halo, el ona no se atreve a salir de su wigwam, la conjuran
con cantos quejumbrosos, se tiznan la cara, se rasguñan las piernas, recuerdan
a sus muertos, sin nombrarlos, y pasan a veces toda la noche velando con
lúgubre temor.
La leyenda a que antes me he referido explica estos
conjuros y este pánico. Veámosla:
El castigo de los onas
En época remota, los habitantes de Tierra del Fuego
eran hombres blancos y tenían barbas.
Esa tierra era entonces grande, muy grande, y se
extendía hacia el norte.
Vivían en ella y con ellos el Sol y la Luna, marido
y mujer (16), que eran sus tutores o monarcas.
Pero los habitantes de la Onaisin comenzaron a
pervertirse, y llegaron a ser muy malos.
No existía el matrimonio, las mujeres eran de la
comunidad, y no tenían hijos.
La Luna y el Sol les aconsejaban, les amonestaban,
y trataban en vano de corregirlos.
Entonces, viendo que no lograrían nada de aquellos
perversos seres, un día, justamente airados, los abandonaron y se subieron al
cielo, donde están.
Poco tiempo después, se les apareció Chaskelshen,
el gigante tan alto como los árboles, cuya barba blanca le llegaba hasta el
suelo, que les dijo:
«Vengo mandado por los antiguos bienhechores de los
onas, Carpe y Creen, a avisar a aquéllos, por última vez, que si no se corrigen
y abandonan sus costumbres perversas, serán terriblemente castigados.»
Después de esta amenaza, Chaskelshen desapareció.
Pero los onas no hicieron caso, y seguían su vida
depravada, cuando de pronto comienza a llover, mientras el suelo temblaba y se
estremecía con espantables sacudidas.
Y llovió tanto, que la tierra fue cubriéndose poco
a poco, el cielo se obscureció hasta el extremo de convertirse en noche espesa,
y las aguas subieron tanto que sepultaron a aquella tierra maldita y sus
pervertidos habitantes.
Así fue castigado el vicio y la maldad de la
primera raza ona.
Cuando se retiraron las aguas, la Onaisín, que
hasta entonces había sido llana, apareció sembrada de numerosas y altas
montañas que periódicamente se cubrían con una capa blanca y fría.
Luego que se hubo hecho este cambio, Carpe y Creen
enviaron a esa tierra a Cohan Yeperr para que volviera a poblarla.
Cohan Yeperr llevó consigo dos pedazos de tierra,
el uno colorado, negro el otro, que depositó en las llanuras del norte.
Y de la tierra colorada nació una mujer, y de la
negra un hombre, que son los padres de los onas de hoy, que esperan que un día
la Luna y el Sol se apiadarán de ellos, y bajarán a darles consejo y
gobernarlos otra vez.
Otra versión del mismo mito, que he recogido de una
fuente muy distinta:
La Luna y el hombre
Woltel, un grande y poderoso cacique, incurrió en
la cólera de la Luna, madre de la primera mujer, cometiendo un delito
imperdonable para ella, como era el tener contacto carnal en cierto período del
mes.
La Luna se puso roja de ira y juró exterminar la
raza de los hombres.
Éstos, que conocieron su furor, pero no sabían la
causa, imploraron a la deidad, que se mostró inflexible.
Lanzó torrentes de agua e innumerables rayos sobre
la tierra y todos hubieran perecido, a no ser por el nacimiento de Crentancol,
fruto de la culpa de Woltel.
Woltel, agobiado por el peso de su falta, confesó a
su hijo la causa de la cólera de la Luna.
Y Crentancol indignado mató a su padre...
Con esto se aplacó el enojo de la deidad, que
perdonó a los que aún vivían, pero jurando que destruiría a todos los hombres
si llegaba a repetirse el delito de Woltel.
El fondo de ambas versiones viene a ser análogo, si
no semejante, y en las dos vemos el pecado original, mientras que en la segunda
llega a establecerse cuál es. No me detendré a señalar aquí el parecido de esta
fábula con otras de la antigüedad, pues está demasiado visible, los lectores lo
hallarán fácilmente.
Pero debe recordarse que casi todas las tribus de
indios de esta parte de América, y muy especialmente los araucanos y quizá los
apaches, tienen la tradición del diluvio. Ahora bien, según lo que Lista ha
publicado respecto de las creencias de los tehuelches, ésta no figura entre
ellas, y los onas no la han recibido entonces de sus labios. Pero, ¿no pueden
los alacaluf haberla llevado de Chile, explicándose así fácilmente su
procedencia?
En cuanto a la diferencia de forma y detalles de
una y otra, debe tenerse presente que han tenido que conservarse puramente por
tradición oral, en un pueblo que no ha dado ni aun los primeros pasos hacia la
escritura, como que lo único que marca -sus flechas- lo hace valiéndose del
modo de atar la punta. Natural es, entonces, que pasando la leyenda de boca en
boca, haya sufrido transformaciones capitales, sobre todo cuando los onas del
sur variaron hasta el idioma de los del norte, que adulteraron a su vez el de
los tehuelches.
Pero ese mismo mito, la idea de castigo y de
regeneración, tienen que convencernos, una vez por todas, de que no es la
fueguina una raza abyecta y cretinizada, el eslabón entre el mono y el hombre.
Pruebas más acabadas de la inteligencia del ona pueden aducirse, sin embargo;
pero ésta basta por ahora, para concederle más alto nivel intelectual que el
que se le atribuye.
Pero doloroso es tener que confesar que esa bella y
simpática raza de indios tiene también sus manifestaciones bárbaras, no
dictadas por la defensa propia según ellos la entienden, sino pura y
simplemente por la superstición. Pero apresurémonos a añadir que esas
manifestaciones son poco frecuentes, y que hubieran desaparecido ya, si los
encargados de propagar la civilización no la hubiesen propagado a tiros...
Además del Sol y de la Luna, de los espíritus y los
salvajes, creen los onas en una deidad terrible: Schalgpe.
De pronto, dicen, y durante la noche, levántase del
suelo un vapor blanco, una nube que tocando en tierra queda suspendida a cierta
altura.
En medio de esa nube aparece Schalgpe. Es una mujer
extremadamente hermosa, alta, de cuerpo esbelto y formas bien modeladas, cuyos
ojos negros resplandecen bajo su larga cabellera rubia. Está envuelta en un
manto blanco y suelto, y la orla flotante se confunde con la nube misma.
Schalgpe se ofrece pocos instantes a la vista a un
tiempo encantada y espantada del ona, encantada por la belleza de la visión,
espantada porque Schalgpe va en busca de niños, y si no se los ofrece, ella los
tomará... ¡y cuántos! (18)
Para evitar su furor, se prepara un sacrificio de
que serán víctimas las criaturas más contrahechas y débiles de la tribu...
Se alza un toldo formado con palos y ramas,
cubriendo una gran piedra, que será al mismo tiempo tajo y altar, a él se
conducen los infelices niños, y sobre la piedra se les decapita...
No insisto en tales horrores. Pero debo repetir que
estos sacrificios se hacen muy de tarde en tarde, y agregar que tienen su
explicación, si no convincente para nosotros, muy aceptable para ellos.
Mister Bridges, hablando de los fueguinos, ha
dicho:
«Los niños defectuosos son destruídos al nacer;
pero sólo cuando el defecto es enorme». La visión que nadie ve, ¿no será acaso
pretexto y consuelo para las tristes madres cuyos hijos están destinados a
perecer por sus defectos físicos? En ese caso sería única, barbarie tal con tal
delicadeza... Por otra parte, ¿no insinúa algún biólogo moderno la conveniencia
que habría en hacer lo que los onas?...
Además, hay que tener en cuenta, dada la clase de
vida de los onas, que un niño defectuoso está entre ellos fatalmente condenado
a muerte por la Naturaleza, en las inacabables marchas, en las violentas
partidas de caza, en las luchas con las otras tribus, en los largos inviernos
de hambre; hoy no se celebran casi esos sacrificios; y sin embargo, no se ve
ona que no sea robusto y ágil, no tanto porque la raza sea superior, sino más
bien porque los inferiores han sucumbido, sobreviviendo los más aptos.
Para bregar a brazo partido, sin tregua ni descanso
con la naturaleza fueguina, menester es estar magníficamente dotado...
Pero, dejando de lado esas crueldades, vese en
Schalgpe la poética personificación y deificación de la niebla cruel y hermosa,
mortal para los niños enfermizos, y ese símbolo no es de los que menos hablan
de la inteligencia y la imaginación de los onas.
Si, con la base que tenemos acerca de su mitología,
quisiéramos reconstruirla toda, claro está que arribaríamos directamente a la
conclusión de que la religión de los onas es un paganismo no poli, sino
panteísta, con ninguno o con muy escaso culto externo, que, sin embargo, pudo
existir en la antigüedad, y haberse perdido luego por indiferentismo.
Tendrían probablemente ceremonias análogas a una de
los yaganes que describe Mister Bridges, como si se tratara de una simple
diversión, y que sin embargo tiene marcadísimos rasgos de las fiestas y danzas
religiosas de los salvajes en general.
«Entre sus diversiones usuales -dice el
ex-misionero- figuraban representaciones teatrales, en que los hombres
personificaban las entidades imaginarias o demonios.
»Al efecto, los actores se encerraban en la kina o
choza que servía de bastidores, y se pintaban la cara y el cuerpo, untándose el
pecho con sangre, que obtenían apretándose las narices.
»Adornados con grandes sombreros de corteza, los
hombres salían de súbito en tropel, y armados de palos, arpones o arcos,
bailaban y saltaban frenéticamente delante de las mujeres del auditorio,
amenazándolas con sus armas y usando expresiones y ademanes obscenos y
violentos. Después de rendirse de fatiga, precipitábanse de nuevo en la kina,
donde los hombres se reían y discutían los méritos de la representación.
»Estas fiestas duraban a veces muchos días, y eran
ocasión de desórdenes y escenas licenciosas.»
He hablado antes de los hechiceros, que van
perdiendo mucho en el concepto de los indios, cuando los que practican la magia
y la medicina no son al propio tiempo sus jefes. Antiguamente era todo lo
contrario, y se les tenía gran confianza y fe. Algún Molière del drama de la
kina los habrá desmonetizado sin duda, o el contacto con los blancos les habrá
hecho pensar en cosas más positivas. Pero el siglo pasado gozaban de gran
crédito según nos cuenta Bougainville, en lo que voy a transcribir por curioso;
aunque no se refiera precisamente a los fueguinos sino a los indios que
habitaban en la península Brunswick, sobre el Estrecho de Magallanes; por las
señas parece tratarse de los alacaluf.
INDIOS ONAS
«En una de las ocasiones que saltaron a tierra, se
juntaron todos los salvajes con mucha alegría; pero separaron a sus mujeres, a
las cuales no querían se llegase; uno de los muchachos, de casi doce años, y el
único cuya presencia fuese interesante, fue sobrecogido de un flujo de sangre
acompañado de fuertes convulsiones. El infeliz había estado a bordo de
L'Etoile, donde le habían dado pedazos de vidrio y espejos, no previendo el
funesto uso que haría de este regalo.
»Tienen el hábito de introducir en la garganta y
narices, pedacitos de talco, porque acaso la superstición presta alguna virtud
a esta especie de talismán, o acaso le miran como preservativo de alguna
incomodidad que padecen, y el muchacho hizo verosímilmente el mismo uso con el
vidrio, pues tenía las encías y el paladar cortados en muchas partes y casi sin
cesar se desangraba.
»Este accidente extendió la consternación y la
desconfianza; sospecharon sin duda algún maleficio, porque el primer acto del
hechicero o brujo que se apoderó del muchacho, fue despojarle precipitadamente
de una casaca de lienzo que se le había dado; quiso restituirla a los
franceses, pero como éstos no quisieran tomarla, la arrojó a sus pies.
Verdad es que otro salvaje, que sin duda gustaba
más de los vestidos, la recogió al instante.
»El hechicero tendió al muchacho de espaldas en una
de las chozas y se puso de rodillas entre sus piernas; se doblaba sobre él y
con la cabeza y las dos manos le apretaba el vientre con toda su fuerza,
gritando continuamente sin que se pudiera distinguir nada articulado. De vez en
cuando se levantaba y parecía coger la enfermedad con las manos juntas, y las
abría luego en el aire, soplando como si quisiese arrojar un mal espíritu; y
mientras, una vieja llorosa chillaba al oído del enfermo hasta ensordecerle, y
él parece que sufría tanto con el mal como con el remedio.
El curandero le dio alguna tregua para ir a tomar
su vestidura de ceremonia y después, empolvados los cabellos y adornada la
cabeza con dos alas blancas, bastante parecidas al bonete de Mercurio, empezó
otra vez sus funciones con más confianza, y con el mismo efecto. Nuestro
capellán administró furtivamente el bautismo al muchacho que empeoraba;
sabiendo yo lo que ocurría, fui con Mister de La Porte, nuestro cirujano mayor,
que hizo llevar un poco de leche y tisana emoliente; cuando llegamos, el
paciente estaba fuera de la choza; su médico, a quien se había unido otro del
mismo jaez, empezó de nuevo su operación sobre el vientre, los muslos y los
hombros de la pobre criatura, y daba lástima verla martirizar de aquel modo,
sin quejarse; su cuerpo estaba ya todo acardenalado, y los médicos seguían aún
su bárbaro remedio, con un tropel de conjuraciones. El sentimiento del padre y
de la madre, sus lágrimas, el vivo interés de toda la tribu, interés que se
manifestaba por señales inequívocas, y la tolerancia del muchacho, causaban la
más viva impresión. Los salvajes comprendieron sin duda que les acompañábamos
en su pena, pues comenzó a disminuir su desconfianza, dejándonos acercar al
enfermo, y el cirujano examinó su boca ensangrentada, que el padre y otro chupaban
alternativamente. Gran trabajo costó hacerlos admitir la leche; fue necesario
probarla muchas veces, y a pesar de la invencible oposición de los hechiceros,
el padre se determinó a hacerla beber a su hijo, y aun aceptó el regalo de la
cafetera llena de tisana emoliente. Sus curanderos manifestaron celos de
nuestro cirujano, a quien, no obstante, parece que reconocían por hábil
encantador; y aun abrieron un saco de cuero que llevan siempre colgado al
pescuezo y que contiene el bonete de pluma, polvos blancos, talcos y otros
instrumentos de su arte; pero apenas miró, cuando lo cerraron al punto. Notose
que en tanto que uno trabajaba para conjurar el mal del doliente, el otro no
parecía ocupado sino en prevenir por sus encantamientos el efecto del daño que
sospechaba habíamos echado sobre ellos.
»Al anochecer volvimos a bordo, dejando al muchacho
mejor; no obstante, un vómito continuo que lo atormentaba nos hizo sospechar
que había tragado el vidrio, y más tarde hubo motivo de creer que nuestra
conjetura tenía mucho fundamento. Como a las dos de la madrugada se oyeron
alaridos repetidos, y al amanecer, aunque hacía un viento horroroso, dieron a
la vela los salvajes. Huían sin duda de un lugar manchado con la muerte y con
funestos extranjeros que creían idos sólo para destruirlos. No pudieron montar
la punta oeste de la bahía; en un instante de calma volvieron a intentarlo,
pero una fugada violenta les hizo enmararse y dispersó sus débiles buques. ¡Qué
ansiosos estaban de alejarse de nosotros! Abandonaron una de sus piraguas que
necesitaba carena. Satis est gentem effugisse nefandum. Lleváronse la idea de
que éramos seres malignos, ¿pero quién no les perdonara su resentimiento en
aquella coyuntura? ¡Qué pérdida, en efecto, para una sociedad tan poco
numerosa, la de un adolescente, ya libre de todos los peligros de la infancia!»
No es necesario hacer un resumen de lo que queda
dicho, para que quede demostrado que los fueguinos, como la mayoría de los
indios americanos, por otra parte, tienen una religión bastante compleja, cuyos
ritos se han olvidado y perdido hasta cierto punto, o ellos cuidan de ocultar,
por su natural desconfianza con los extranjeros, y el temor al enojo de
misioneros y catequistas.
En cuanto a su moral, fácil es comprender que no
llega a nivel muy alto. Apenas si tienen una que otra idea vaga, inculcada
quizá por los misioneros.
Así, no es extraño que vendieran sus hijas púberes
sin grande escrúpulo de conciencia; que aun hoy desconozcan absolutamente el
pudor; que no crean delito el robo al cristiano de sus «guanacos blancos»
(ovejas); que vivan en la más completa
promiscuidad, sean polígamos en algunos parajes, y rindan consagrado culto a la
vendetta.
Sin embargo, no dejan de tener buenas cualidades,
como la bondad para con sus mujeres, la generosidad con sus compañeros, la
sociabilidad, que les hace reunirse por las noches en la choza, ocqrr, y
mantener largas conversaciones, entrecortadas por estentóreas risas.
Hombres y mujeres son muy lujuriosos, pero el sexo
fuerte respeta al débil, y no abusa jamás de él. El hombre que tal hiciera se
granjearía el desprecio de toda la tribu, y daría lugar a que se vengaran
terriblemente de él. Cuestiones de esta especie son, en efecto, las que
provocan las luchas a mano armada de familia a familia que han contribuido a
diezmar a los fueguinos.
Mas, aunque las relaciones de familia entran en la
moral, dejaremos por ahora ese punto.
- XIX -
Los fueguinos «at home»
Los fueguinos en su hogar... Su hogar es grande,
como que se compone de toda la isla, menos la parte habitada por los blancos
que han ido a civilizarlos con rémington, y que hoy continuarán su tarea con
mauser.
Signos inequívocos del progreso: el rémington es ya
un arma atrasada hasta como instrumento educativo...
Vaya esto como prólogo, y lo que sigue como
continuación del capítulo anterior.
La familia fueguina
Cuando nace un ona, una de las vecinas de su madre,
que en el trance asisten a ésta, le corta con los dientes el cordón, que le ata
con un hilo de tripa de guanaco, hecho lo cual, todas menos una salen del
estrecho wigwam y se ponen a bailar en torno, acompañadas por un canto de
circunstancia.
La que ha quedado dentro unta al chico de pies a
cabeza con un ungüento compuesto de greda y saliva, y le practica un masaje
completo de los músculos y articulaciones, animada por los cantos de las otras.
Quizás atribuyan a la pomada aquella alguna virtud
mágica, pero lo cierto es que el masaje, practicado con bastante delicadeza, no
deja de presentar sus ventajas para la criatura.
La madre no se cuida más de sí misma que en los
días ordinarios, y pocas horas después suele vérsela tan campante atendiendo a
sus tareas, como si nada hubiera pasado.
Los hombres, entretanto, han huido de sus chozas,
porque creen que si oyen las quejas de la madre, todo andará mal; en
compensación, cuanta vieja hay en los toldos se ha metido en el wigwam, a
riesgo de sofocar a la paciente y a su prole. El alumbramiento es, también, muy
fácil, y no suele haber tropiezo alguno.
Vive el niño rodeado del cariño materno y del de
todas las mujeres de la tribu, y poco tiempo después de nacido (en el sur, y
muy especialmente los yaganes), se le sumerge en el mar, ya como una
consagración o purificación, ya simplemente para fortalecerlo.
La madre lo amamanta sin ayudarse con nada hasta
que ha cumplido los siete meses, época en que comienza a darle otra clase de
alimentos, pero sin despecharlo, cosa que suele hacer cuando ya el niño tiene
más de tres años. Las criaturas son colocadas en una especie de bolsa de cuero,
sostenida por un bastidor tosco de madera, construido en esta forma:
Se la ata de la cintura para arriba, de modo que
queda como en pie; las patas largas del bastidor se clavan en tierra, y el niño
sólo es sacado de allí una vez cada veinticuatro horas.
El bebé ona pasa gorda la vida, y come cuando
quiere, con sólo gritar pidiendo, porque la madre es muy liberal, y cuando está
ausente nunca falta una vecina caritativa que corra a darle alimento y bebida a
un tiempo mismo. Lección ésta que podría ser útil también en otras partes que
no son la Tierra del Fuego.
Suele la madre temer que se le pierda su niño;
entonces -pero raras veces- toma una espina y un poco de madera carbonizada, y
le hace ligeras incisiones en los brazos, en que introduce el polvo negro. Éste
es todo el tatuaje que usan los onas, y no como adorno, sino como marca y
distintivo.
Tengo referencias de una india señalada así, con
nueve incisiones de medio centímetro de largo, a medio centímetro de distancia
una de otra en el brazo izquierdo, y once en el derecho. Y decía, hablando de
ellas:
-En un brazo dos manos y una; en el otro una mano
y...
Y enseñaba cuatro dedos. Esto demuestra que los
onas no cuentan solamente hasta tres, como se ha dicho. Llegan, en efecto,
hasta dos veces dos manos; es decir, veinte. De allí para arriba son muchos.
En ese intervalo, el niño ha recibido nombre. Se le
han puesto lindos collares de concha, se le ha pintado el rostro de rojo y blanco,
que queda hecho una monada, una ricura, y crece mimado por la ternura materna,
sin cuidarse del padre, que tampoco se cuida de él. Cuando ya da pasitos y
balbucea algunas palabras, comienza su primera educación , que consiste en el
aprendizaje de su lengua, tan difícil -el yagán y el ona son también semejantes
en esto- que un adulto extranjero pasará años si se dedica, antes de saberla.
En esta tarea la madre es eficazmente ayudada por sus amigas, que sonríen al
niño mostrándole sus dientes blancos y esmaltados, mientras le repiten las
palabras con notable paciencia.
Entretanto, puede diablejear a sus anchas, pues no
recibirá castigo corporal alguno, sino reprimendas y consejos morales que, como
dice mister Bridges de los yaganes, seguirán después, más por necesidad que por
afición.
Bien, ya el hombrecillo tiene cinco años, y es hora
de pensar en cosas serias. Ya tiene toda clase de preeminencias, se le
considera superior a su propia madre -a quien respeta mucho, sin embargo, pero
a quien poco después podrá censurar en ausencia del padre si encuentra
reprensible su conducta-, y debe prepararse a la alta misión que le ha sido
deparada. Si el niño es niña, nadie, si no es la madre, hace caso de ella; su
papel en la vida se reduce a casarse y tener hijos, justamente como en la
civilización. Pero si el niño es niño...
ONA ADULTO
Primero, el padre o el abuelo -más generalmente el
abuelo-, pone en sus manos el primer arco y las primeras flechas, cuyo manejo
le enseña ayudado por varios siglos de atavismo y de selección natural y
artificial.
Cuando el chico ha hecho algunos buenos blancos en
el stand lujoso de la selva o de la playa, y cuando ya sabe matar un shag o una
avutarda, pasa al segundo año de estudios y acompaña a los hombres que van a
alguna corta excursión por las veredas del bosque o por los senderos de la
costa, para avezarse a las largas marchas que habrá de hacer después en procura
del preciso sustento.
Sólo entonces comienza a cesar o disminuir la
indiferencia del padre, que ha llegado a extremos inconcebibles, puede que
porque ya lo ve casi en condiciones de bastarse a sí mismo.
Algo más tarde -tercero y cuarto años de estudios-
le llevan a las grandes correrías, a cazar guanacos, a ejercitar al mismo
tiempo la agilidad, la resistencia, la astucia, el oído, la vista, el olfato y
la fuerza. Y si el alumno resulta bueno, pocos meses más tarde se deslizará por
la maraña del bosque como una culebra, saltará zanjas y precipicios, correrá
sin fatiga días enteros, burlará a los recelosos centinelas de los guanacos,
verá a millas de distancia el animal o la persona que busca, reconocerá las
huellas de los que han pasado semanas antes por donde pasa él, husmeará el más
ligero olorcillo de los alrededores, y volverá a su wigwam, desde leguas, con
un guanaco de cien kilos al hombro, y a paso acelerado.
YACAMUSH (MÉDICO)
Como ustedes lo oyen. Fitz-Roy tuvo que prohibir a
sus marineros que lucharan con los indios, porque perdían su prestigio y hasta
los más formidables ganaban una costalada.
Ha llegado el héroe a la adolescencia; en este
punto se le somete a un período de disciplina, durante el cual tiene que
ayunar, rigurosamente a veces, e instruirse en la filosofía rudimentaria y
egoísta que le enseñan su padre y abuelos.
«Siendo muy buenos los preceptos que les inculcan
-dice Bridges-, sus prácticas son desgraciadamente muy malas y basadas en el
más completo egoísmo. Uno de los principales consejos que se dan a los jóvenes,
es tomar por primera mujer a una vieja, porque son las que dan menos trabajo y
más ayuda.»
Ya el ona está hecho, y su padre lo ama y se
preocupa de él. A un mismo tiempo, va a casarlo y a completar su educación para
que entre a la vida armado de todas armas. Tiene el jovencito, entonces,
catorce o quince años, y su desarrollo es completo.
FUEGUINO ADULTO
No vaya a creerse que el padre, poco práctico,
elegirá alguna linda rapazuela que le distraiga a su hijo; no, tiempo tendrá
para eso, cuando se halle en estado de comprender las satisfacciones y los
deberes conyugales. Pone los ojos en una jamona de las familias vecinas, o
viuda o divorciada, que sea capaz de hacer abundante cosecha de mejillones,
tejer sólidas canastas de mimbres, tender lazos a las aves y otras análogas
virtudes domésticas; le propone el casamiento-iniciación, y como el hijo es un
robusto y gallardo mozo de anchos hombros y saliente pecho, rara vez se ve
desairado. Y la dama de cierta edad, y el dichoso jovencito se casan sin
mayores ceremonias y se van a vivir en su wigwam.
El wigwam no es un palacio ni mucho menos; unos
cuantos troncos enzarzados entre sí, y cubiertos con pieles de guanaco,
lienzos, trapos, cuanto se encuentra a mano. Generalmente es de forma cónica
con un agujero en el vértice, para que salga el humo del fogón, que está en el
centro de la base. Los indios se acuestan en él con la cabeza junto a la pared
y los pies al lado del fuego.
Establecido en su hogar el nuevo matrimonio,
comienzan las tareas domésticas, civiles y políticas de ambos cónyuges, y la
última educación del marido, tan sabiamente inventada por los onas.
Él se ocupa en cazar, en hacer sus arcos, en labrar
sus flechas, en explorar los alrededores de su caú; ella teje mimbre, recoge
mariscos, lleva agua para beber, enciende el fuego, arregla los cueros de la
choza, soba pieles de nutria y de guanaco, caza aves con trampa o con red, cose
quillangos, pesca a la orilla del mar o de los ríos. Es tratada con bastante
consideración, y su marido no le levanta la mano, pues perdería en el concepto
de los demás y tendría que temer la venganza de los padres y parientes de su
esposa. Ella, en cambio, es dócil y trabajadora, por lo general, y guarda
fidelidad a su marido, como éste a ella.
Pero, ya que en eso estamos, entremos al wigwam, en
este instante abandonado, y hagamos el inventario de lo que contiene. Primero,
un mal olor bastante pronunciado, porque agua la habrá para beber cuando mucho.
Luego, dos pedazos de carne de guanaco, pendientes
del techo, uno junto a la puerta, el otro en el fondo. En seguida, el fogón
lleno de ceniza y de valvas de moluscos.
El arco y las flechas, estas últimas en una aljaba
de piel de lobo, cosida con tientos de guanaco, y con el pelo para el exterior.
El quillango de cueros de guanaco o de zorro, que
usan como único traje, y con el pelo para afuera.
La corona de piel de la axila del guanaco, en forma
de mitra, que ciñen a la frente cuando andan en campaña, y que, desatada, es
más o menos así:
DIADEMA ONA
El taparrabo que usan las mujeres, cuando no tienen
un vestido o un pedazo de tela que atarse a la cintura.
Las ojotas o abarcas con que suelen calzarse cuando
hacen alguna correría.
Las piedras areniscas para afilar sus flechas y
cuchillos. Piedras para hacer fuego.
Cuchillos hechos con zunchos de barril y cabo de
madera.
Cajas vacías de conservas para tomar agua.
Vejigas de guanaco para conservar la grasa y la
sangre de los animales que cazan.
Canastas de junco, de forma casi esférica,
semejantes a las de la mayor parte de las que hacen nuestros indios. Estas
canastas suelen estar calafateadas con greda, y entonces les sirven para tener
agua.
Paletas de lobo marino, que sirven de cuchara para
recoger grasa, etc.
Zurrones de piel de guanaco, para recoger mariscos,
aves y pescados.
Huesos pulidos para fabricar las puntas de las
flechas; un cuero grueso para el mismo objeto.
Cintajos que se ponen las mujeres en la garganta
del pie.
Collares de caracoles y conchillas pequeñas, a que
las indias son muy aficionadas.
Correas de guanaco.
No sé si olvido algo, pero no ha de ser de
importancia.
Como se ve, pocos de estos artículos se deben a la
industria de los indios, que han ido aprovechando cuanto la casualidad llevaba
a sus playas. Antes, sus flechas eran de piedra, tenían cuchillos y hachas del
mismo material, y hasta jarros que fabricaban con corteza de haya. Hoy
aprovechan las botellas de vidrio para hacer las puntas de sus armas; sus
cuchillos son de arcos de barril, y cualquier tarrito les sirve para beber, de
modo que la civilización ha ido -sólo en esto- a hacerles más fácil y cómoda la
vida; en cambio les ha ahuyentado sus guanacos y sus lobos, sin resarcirlos con
nada...
-¿Cómo deja esta pobre gente todos sus tesoros así
abandonados?
-Es muy sencillo: el ona no roba, y el cristiano no
codicia esos que usted llama tesoros...
La vida pasa tranquila y feliz si no falta qué
comer. Por la noche se reúnen los vecinos en el wigwam, a conversar y contarse
cuentos, que ellos llaman «mentiras de chicos» -yans-cayuela-, y sus grandes y
francas risotadas se oyen a lo lejos dominando los rumores de la selva, o
interrumpiendo el silencio de la llanura.
Esas charlas en que los onas se ejercitan en su
difícil lenguaje, suelen prolongarse largas horas; a veces comienzan por el
día, pues apenas el indio se ha ganado el sustento, ya no tiene qué hacer.
Mientras ellos hablan y ríen, las mujeres cantan con voz monótona:
y guardan silencio en cuanto llega un extraño; o la
canción del matrimonio, que sólo se entona en las noches sin luna, porque la
Deidad es adversa a él, melopea muy semejante a la anterior:
Entonces es cuando se transmiten las ya adulteradas
leyendas de sus antepasados, comentan los sucesos del día, preparan sus
excursiones próximas, en manera alguna incomodados por la atmósfera densa, el
humo del fogón, el vaho de las respiraciones. Cuando el sueño llega, los
vecinos se retiran. Si hay algún huésped, se tiende en el suelo, en el
quillango que es traje y cama a un mismo tiempo, sin preocuparse de quién está
a su lado ni qué nace. El matrimonio joven, las viejas, las niñas, el huésped,
todos duermen juntos, como los radios de un círculo, con los pies junto al
fuego, y el perro bien estrechado a ellos, para dar y recibir calor, a la llama
oscilante de los troncos de haya, o de ese canelón cuyo humo enceguece e
inflama los ojos de cualquier cristiano, pero que para los indios no presenta
inconveniente alguno.
Viene la mañana, y con ella la actividad, a veces
relativa, a veces casi inverosímil del ona. Si es en verano, va a bañarse, pues
cuando ha recibido alguna noción de higiene es muy cuidadoso de su cuerpo,
aunque no lo sea de su choza. En el estado natural se enjuga el cuerpo bañado
en sudor durante sus atléticas correrías, con un liquen blando, suave y húmedo
que abunda en la isla. Si es en invierno, sale a estirar los músculos y a
entrar en calor a la luz de las estrellas, esperando que amanezca... a las tres
de la tarde. Luego regresa al wigwam, a labrar pacientemente sus puntas de
flechas, esmerándose en darles un corte elegante y en hacerlas agudas y
resistentes. La mujer, entretanto, va y viene en sus ordinarias tareas, o se
sienta en cuclillas junto al fuego, a conversar y coser sus pieles.
Come el ona cuando siente apetito, si tiene qué
comer, pero es frugal, y no bebe alcohol. Lo he visto rechazando con una mueca
desdeñosa, como de repugnancia, un vaso de vino que se le ofrecía. Los que han
estado en contacto con los blancos y los tehuelches, fuman, pero no en exceso,
y si algo piden al viajero, es ropa y galleta con preferencia al tabaco. No así
los yaganes y los alacaluf, que son apasionados del guachacay, y se dan
soberbias panzadas cuando pueden, que no es muy a menudo...
Su manjar predilecto es el guanaco, sobre todo
cuando está gordo, quizá por necesidad fisiológica; se observa, en efecto, que
todos lo pueblos que no tienen pan, comen mucha grasa, especialmente en los
países fríos. Luego vienen las aves -no contemos el guanaco blanco, la oveja,
intangible para él si no la roba-, el tucu-tucu y la foca, que sólo come en
caso de necesidad.
Nunca se alimenta con carne cruda, ni con aves ni
pescado que no hayan estado al fuego; pero no aguarda tampoco a que la cocción
de la carne sea completa. No prueba jamás la carne de zorro, porque, según
dice, este animal devora cadáveres de hombres y mata a los que encuentra en el
campo enfermos o rendidos, para saciarse con ellos. Comer zorro sería para él
como ser antropófago de segunda mano. ¿Dónde va a parar con esto el pretendido
canibalismo de los indígenas de Tierra del Fuego?
Estos platos de resistencia se alternan con
mejillones, con huevos -en primavera-, que asan al rescoldo, con pescado, apio
silvestre, setas y hongos de muy buen sabor, que abundan en la isla, frutillas
silvestres, frambuesas negras, uvas del bosque, diversas bayas azucaradas, y el
pan de indio, un parásito fungiglobular que crece en los troncos de los
árboles, y que contiene un jugo dulce y sabroso. Es el Cyttaria Darwinii de los
naturalistas, y como su nombre lo indica, los indios lo usan en vez de pan, cuando
carecen de este artículo.
Hecha su comida, el ona sale de caza con uno o dos
compañeros, sea el día que sea, pues no tiene fiestas ni solemniza fecha
alguna, salvo la vuelta de la primavera, en que entona cánticos al Sol, su
deidad benéfica.
No volverá con las manos vacías, pues si no
encuentra caza recoge hongos, pan y alguna otra cosilla con que aplacar las
iras del estómago.
A veces, a su regreso, lo aguarda una grave
cuestión que él y sus compañeros de tribu están llamados a resolver. Se ha
cometido un delito:
una mujer ha faltado a sus deberes conyugales, y el
marido irritado, sediento de venganza, pide que se la castigue con la muerte.
El gorrge ha convocado a todos los hombres de la
tribu para que resuelvan acerca de la suerte de la mujer, el cómplice ya sabe
la pena que le aguarda: ser desterrado de la tribu. Como el ona que hemos visto
nacer es ya casado, es decir, ha llegado a ser mayor de edad, tiene que
escucharse su opinión y computarse su voto; es toda una persona.
El gorrge, más que un cacique es un caudillo,
designado por elección entre los más fuertes, valerosos, hábiles e inteligentes
de la tribu. La grandeza de ésta depende de sus cualidades, pues según sean
ellas, aumentará o disminuirá el número de sus miembros. Un gorrge que se haga
famoso por sus hechos y conducta, verá crecer los caús alrededor del suyo, con
gran descontento de las otras tribus, que a veces tomarán las armas para
vengarse y atajar con sangre su engrandecimiento.
Sin embargo, es un pobre monarca constitucional, de
restringidísimos poderes, apenas un
caudillo adornado con un nombre respetable.
Cierto que su gente le debe obediencia; pero ésta,
cuando no se hallan en estado de guerra, es relativa y... constitucional.
Le quedan las funciones de juez, poder que tampoco
es discrecional, sino en determinados casos. Resuelve y falla en las
diferencias de menor cuantía que se suscitan entre miembros de su tribu,
interviene en asuntos de familia, pero sólo a requisición de los interesados, y
somete al voto general los casos de aplicación de la última pena. La vida
humana es sagrada.
Como caudillo, su deber es velar por la suerte de
los suyos, dirigirlos en la caza y la guerra, defenderlos contra sus enemigos
personales de otras tribus, y ampararlos cuando lo han menester. Para eso es,
también, el médico, aunque haya curanderos que no son caciques.
Entre los onas no hay propiedad; de manera que, si
tuviesen códigos, sus abogados no tendrían que perder muchas semanas en
aprenderlos. Por eso también sus jefes no pesan sobre ellos, ni ellos dan mucho
trabajo a sus jefes. Su propiedad es un derecho de prioridad sobre los
productos de la caza y de la pesca, que reparten con sus compañeros. Cuando uno
ha cazado, ya no hay hambre en la tribu, aunque el cazador ignore qué ha de
comer al siguiente día. Lo que uno tiene es de todos, y todos se ponen al servicio
de uno sólo cuando se trata de vengar su honor o de defenderlo contra algún
ataque.
Son tan generosos y hospitalarios, que el mismo
enemigo es sagrado en su choza, de la que lo dejan salir sin perseguirlo hasta
pasado largo tiempo, como es sagrado cuando está indefenso o enfermo.
Sé cuánto difieren estas aseveraciones de las que
hasta ahora se han hecho acerca del ona y del yagán; se ha juzgado por
circunstancias y hechos excepcionales, se les ha atribuido la culpa que sólo
pesa sobre los blancos, se califica de crimen lo mismo que se les ha enseñado
con el ejemplo. «Este perverso animal, si lo atacan, se defiende...» Sólo a un
fueguino cazado con armas perfeccionadas, que ve que le arrebatan su mujer y
sus hijos para concubina y esclavos civilizados, se le puede ocurrir semejante
atrocidad. ¡Defenderse!...
El gorrge, pues, ha llamado a su pueblo para que
juzgue a la mujer adúltera. El pueblo, como un solo hombre, dice que se aplique
la ley de la costumbre. ¿Matar a la mujer? No, señor. ¿Encogerse de hombros
ante la indignación y la rabia del marido? Tampoco.
La ley de la costumbre es explícita y clara: dice
que el juicio no podrá tener lugar sino unas cuantas lunas después de
descubierto el delito, y que no se aplicará la pena si el marido no insiste en
solicitarla, y si los hombres de la tribu no están conformes con ella, no sé si
por simple mayoría o por totalidad de votos, pero me inclino a creer lo último,
porque raro es el caso de una ejecución capital.
Ley benigna con apariencias terribles, pues pasado
el primer escozor de la afrenta, y recuperada la sangre fría, difícil es que el
ultrajado insista en pedir la muerte de la culpable, y aunque la pidiera, sus
compañeros han tenido tiempo de reflexionar y no darán su sanción al tremendo
castigo. Ya el susto, el temor de la sentencia posible, constituyen suficiente
pena.
En ese intervalo, la adúltera queda recluida, y su
reclusión dura aún algunas lunas, cuando no se ha pronunciado sentencia de
muerte.
¡Dígase después que los onas no tienen talento!
Sin embargo, casos de otra especie hay para los
cuales no se muestran tan benignos. Por ejemplo, ciertos asesinatos.
Tengo informes de un hecho últimamente sucedido.
Un marido celoso, que creyó ultrajado su honor,
asesinó a su mujer y a su hijo. Los parientes de la víctima pidieron para él la
última pena. La tribu, indignada y horrorizada por crimen tan atroz, dio su
consentimiento sin vacilar. El asesinato se había cometido en Monte Chico, Tres
Hermanas, y allí fue llevado el asesino por los próximos deudos de su mujer,
que lo ejecutaron en el mismo sitio en que había corrido la sangre de la
esposa, culpable o no, mezclada con la del niño tierno e inocente...
Nuestro ona, que respetó a sus padres y abuelos, a
los hombres de edad madura y a los ancianos de su tribu, tiene a su vez derecho
al respeto de los jóvenes. Es ya un cazador y un guerrero en toda la extensión
de la palabra, y cree llegado el momento de pensar en casarse...
No, no es error, ni olvido. Antes lo casaron; ahora
va a casarse él.
Hay en la tribu alguna muchachita de diez años no
parienta suya, ni próxima ni lejana, que promete ser, con el tiempo, una real
moza. A ella dirige sus miradas, consulta el caso con su primera mujer, que es
de consejo, según se recordará, y por fin pide la niña a sus padres, da los
cueros de la boda, y se casa con ella.
La antigua no mira casi nunca con malos ojos esta
invasión de su hogar; por el contrario, se dedicará a enseñar a su colega, a
instruirla en las costumbres, gustos y caprichos del esposo, a servirla de
madre, en fin, como el hombre le servirá de padre hasta la pubertad. Muy a
menudo una y otra son hermanas y están habituadas a la unión, dificultándose
así las diferencias.
Éste es, por otra parte, el único parentesco que el
ona tolera en punto al matrimonio. La simple mención del incesto lo horroriza,
y se quedaría sin casarse antes de hacerlo con una consanguínea, por más lejana
que fuese. Tan alta idea tienen, también, los yaganes de la familia, que en su
vocabulario existe una palabra para designar cada grado de parentesco, y la
rama de donde proviene.
Pero si la primera mujer no está conforme con las
nuevas nupcias de su marido, puede dar por desatado el lazo, y retirarse a casa
de sus padres o parientes, a esperar mejor coyuntura y menos pesada coyunda. En
ese caso se lleva a sus hijas, que el padre reconoce, sin embargo, y éste se
queda con los hijos, para educarlos en su única industria de cazador forzudo.
Cuando la esposa impúber se convierte en mujer, hay
gran fiesta en la tribu. Esto ocurre de los trece a los catorce años. Se baila
y se canta, a veces durante varios días, como celebrando las verdaderas bodas
de los esposos.
Seis meses después de aquella fecha, poco más o
menos, la recién casada deja de comer carne, y su alimento consiste
principalmente en pescado, mariscos, raíces de achicoria y otras yerbas y el
guassing, pequeña frutilla muy refrescante que abunda al norte de la isla. Vive
entonces separada del marido, pero no cambia en nada sus costumbres, camina
largas distancias, sin precaución, caza con sus redes o trampas, y pesca en la
costa, metiéndose en el agua, sin que esto le ocasione malestar alguno.
Poco más tarde la familia aumenta, llega otro hijo,
y se repite la cadena de pequeños acontecimientos domésticos que venimos
siguiendo desde el nacimiento del padre, sólo interrumpida por alguna mudanza,
ya porque se ha encontrado mejor emplazamiento para los toldos, ya porque la
caza escasea en los alrededores, ya porque la seguridad de la tribu está
comprometida, etc.
Entonces es de ver la fuerza y la destreza de las
mujeres onas, que cargan con sus hijos, con los miserables enseres del caú, con
los cueros que lo cubrían y que servirán para el nuevo hogar. Su resistencia es
pasmosa, su conformidad increíble. Después de marchas forzadas, todavía tienen
valor para reír, mostrando sus blancos dientes...
Personas fidedignas cuéntanme de una de esas
caravanas de mujeres, caminando sobre la nieve, en la mudanza de un campamento.
Algunas iban cargadas hasta con ciento veinte kilos, y marchaban por un camino
de cabras, un despeñadero que la nieve hacía más peligroso aún. Avanzaban
lentamente, previniendo los obstáculos que pudiera ofrecer la malhadada senda,
poniendo el pequeño pie con precaución sobre la tierra helada. Los hombres,
armados, andaban en descubierta por los alrededores, hasta largas distancias, explorando
las peñas y el bosque... Y a despecho de la enorme carga, a despecho de lo
áspero del terreno, las mujeres acamparon aquella tarde a diez millas -de
quebradas- de su campamento anterior...
Esto es muy frecuente, casi diario. Indios e indias
presos en Usuhaia, burlaron la vigilancia de sus guardianes, y cargados con
cuanto pudieron encontrar, como acémilas, en menos de media hora desaparecieron
tras los altos montes que rodean la capital fueguina, sin que nadie soñara en
alcanzarlos...
Pero estas heroicas expediciones no son siempre
felices: el 11 de Mayo de 1892, en Policarpo, un terrible derrumbe de tierra
destruyó una caravana compuesta de 11 mujeres y 19 niños...
Volviendo al ona-tipo, natural es que con tantas
andanzas, la enfermedad lo postre un día, sobre todo después de que la
civilización le ha regado la tuberculosis, que se encuentra a sus anchas en la
isla, aunque ya le quede poco en qué elegir.
Cuando cae, las mujeres de la ranchería se encargan
de cuidarlo, y de procurarle lo que necesita; el gorrge le suministra remedio o
exorcismos, generalmente tan eficaces los unos como los otros, y que lo dejan
morir o contribuyen a matarlo, si la naturaleza no lo salva. Cuando el caudillo
no ejerce, va a examinarlo y a recetarle el yacamush, médico de la tribu, que
naturalmente hace lo que el gorrge, con tan buena voluntad como mal resultado.
Total, el enfermo se muere, o entra en larga y cruel agonía.
En este último caso, y cuando no hay esperanza de
que el enfermo mejore y se salve, los parientes cumplen con el piadoso deber
de...
despenarlo, estrangulándolo; ésta es, por lo menos,
la costumbre de los yaganes, que llaman a la operación abacana.
Deudos y amigos se reúnen en torno del lecho
mortuorio, y se lamentan lastimosamente; los parientes se rapan el cráneo con
conchas afiladas de mariscos, y se dejan una corona de cabellos como la de los
dominicos, pero más larga, presentando con aquellas crines que les caen sobre
la cara, el aspecto más extraordinario. Para completarlo, embadúrnanse el
rostro con hollín y aceite; los amigos píntanse también, con diversos colores,
según el grado de amistad que los ligaba al difunto.
Luego éste es envuelto en su propio quillango, como
en una mortaja, y se procede a cumplir con él los deberes póstumos. El entierro
de los cadáveres se ha hecho antiguamente de diversos modos. Los depositaban
envueltos y cosidos en el quillango, sobre alguna peña casi inaccesible, donde
no pudieran alcanzar los zorros. O los sepultaban en su mismo caú, al que daban
fuego en seguida, procedimiento que les fue prohibido por el gobernador Paz.
Ahora cavan una honda fosa en un sitio apartado de
todo sendero, en medio del bosque, en que -solamente los deudos del muerto-
depositan sus despojos. La tumba y sus alrededores son sagrados, y nadie puede
pasar sobre o cerca de ella, sin cometer un sacrilegio.
Los indios creen que el espíritu del muerto tiene
influencia sobre su vida, y lo recuerdan -quizá como intercesor- siempre que la
luna roja los amenaza con sus iras...
La viuda no tarda en casarse. Mujeres hay que han
tenido hasta diez esposos consecutivamente. Pero la poliandria es desconocida.
No así la poligamia, de uso común, sobre todo en ciertos lugares de la
Osnaisin, de la tierra yagana, y más particularmente entre los alacaluf. Sin
embargo, únicamente algunos caciques tienen cuatro o cinco mujeres,
contentándose el vulgo con dos o tres.
Lo anterior sería susceptible de grandes
ampliaciones, pero se preferirá sin duda dejarlas para pasar a otros asuntos,
tan interesantes por lo menos. La novela del ona está por escribir, el cañamazo
real queda hecho, sin una desviación de la verdad; no faltará probablemente
quien lo aproveche para bordar sobre él alguna amena e instructiva narración,
que no es del caso aquí.
La guerra, la caza, la pesca
Ya he dicho que el ona es puramente cazador, y que
sólo pescan sus mujeres, desde tierra, o internándose a pie en las aguas bajas;
el yagán es exclusivamente pescador, aunque sus mujeres se ocupen en cazar
algunas veces; el alacaluf es ecléctico: caza y pesca con igual habilidad.
En seguida veremos a los dos primeros en la tarea;
ahora vamos a asistir a una lucha entre dos tribus onas, empeñadas en
destruirse entre sí, como si no bastaran los factores extraños de extinción de
la raza, que tan activamente trabajan en la isla desde hace tiempo.
La guerra ha estallado por causa del rapto de una
mujer, y va a durar meses, quizá años enteros, aunque con sus largos períodos
de tregua. No se ha trabajado mucho por la vía diplomática antes del
rompimiento de las hostilidades. Bastó con que dos hombres de las tribus se
encontraran y cambiaran un par de flechas, para dar comienzo a una guerra de
recursos que ha de ser mortífera. En efecto, tras la venganza de la primera
afrenta, tiene que venir la venganza de las venganzas sucesivas, una lucha
exterminadora semejante a las que diezmaron la Córcega, una serie de
sangrientas escaramuzas, de sorpresas, de emboscadas y de matanzas.
El gorrge asume la autoridad suprema.
Lo que él mande en este caso, ha de ser obedecido
sin réplica ni examen. El indio que desoiga sus órdenes, será considerado
traidor, y pasado por las armas sin forma de juicio. Se suspenden, pues, «las
garantías constitucionales», el país se halla en estado de sitio, y el gorrge
tiene un poder discrecional e ilimitado, que no va, sin embargo, hasta imponer
contribuciones extraordinarias, fuera de la de sangre.
La guerra, lo repito, es de recursos.
El ona, que es un incomparable rastreador, espía
los movimientos del enemigo; sigue sus huellas; lo aguarda entre los árboles de
la selva. Por el color y la disposición de los humos que se ven en el
horizonte, conoce -aunque parezca increíble- quiénes son los que los han
encendido; como por las ligeras huellas que deja en el bosque el enemigo
cauteloso, sabe cuándo ha pasado, para dónde y en qué número.
En tiempo de guerra se pinta la cara de rojo, con
rayas negras de ceniza, dos partiendo de las sienes, dos de los pómulos y dos
de los lados de la nariz. Éste es al propio tiempo su distintivo y su uniforme.
No combate sino en orden disperso, a flecha, sin
avanzar sobre el enemigo, sino cuando está herido, o considera inevitable su
captura. Los prisioneros son muertos sin piedad.
El ona se desliza por el bosque, sobre los troncos
podridos que siembran el suelo, entre las ramas secas y crujientes, en medio de
las más lujuriantes frondosidades, sin hacer un ruido, sin que el quillango
toque una hoja, sin que nada indique su presencia. Después de largas marchas
hechas con estas fatigosas precauciones, suele sorprender al enemigo, aunque
éste no se descuide jamás. Entonces dispara su arco, y su flecha es siempre
certera. El combate comienza, sin embargo, pues como la muerte aguarda al prisionero,
nadie se entrega sino cuando ya le es humanamente imposible defenderse.
El guerrero no se despoja de su quillango, que le
sirve de arma defensiva. Para ello se lo pone sobre las espaldas, y tomando los
dos bordes que van hacia adelante con la mano que sostiene el arco, forma un
ángulo por cuyos lados resbalan las flechas que llegan con poco impulso, sin
tocarle el cuerpo. Él, agazapado, presenta el menor blanco posible.
Así se matan unas cuantas decenas, hasta que el
peor parado abandona el campo a su enemigo. Pero no por eso termina la guerra:
hasta que se encuentren dos para renovar las hostilidades, pues las treguas no
equivalen a un tratado definitivo de paz, que nunca se pacta. Sin embargo, el
statu quo puede durar indefinidamente, y su duración traer consigo el olvido de
las disensiones.
Pero si el ona sorprende a un enemigo enfermo o
indefenso, no lo mata, ni le hace daño alguno, aun en lo más encarnizado de la
lucha, y cuando le es necesario vender cara su propia vida. Que a tanto llega
el buen instinto de esos salvajes, en cuya caja craneana hay más materia gris
que en la de muchos civilizados, y en cuyo pecho late muchas veces su corazón a
impulsos de sentimientos generosos.
Las mujeres, acostumbradas desde la niñez a asistir
a estos cruentos combates, no se conmueven mucho que digamos ante el peligro de
sus padres, sus hermanos y sus esposos. La guerra forma parte de las
costumbres, y dado su modo de ser, hay que convencerse de que el ona no teme a
la muerte, y no halla suficientes halagos en la vida para esforzarse por
conservarla.
Sin embargo, desarrollan en sus luchas una
previsión y una destreza tales, que más que en valor parece que emularan en
habilidad. Cuando está en acecho en el bosque, un blanco pasaría mil veces al
lado suyo sin notar su presencia, ya se esquive tras de los troncos, ya se
tienda en el suelo entre los musgos, ya se adapte a cualquier insignificante
grieta del terreno.
Un hombre que ha vivido mucho tiempo entre ellos,
me hace conocer un caso verdaderamente curioso, aunque la estratagema en él
usada lo haya sido y lo sea también hoy mismo por indios del Chaco y de la
América Septentrional. Vaya el relato por cuenta de su testigo:
«En 1885, los onas del norte robaron al señor
Stubenrauch, cónsul de Inglaterra en Punta Arenas, una importante cantidad de
ovejas, como novecientas.
»El delito era grave y había que castigar a toda
costa a sus autores, que de otro modo se ensoberbecerían demasiado. Así es que
el escampavías chileno Toro salió en su persecución, recorriendo cuidadosamente
la costa del Estrecho, pero sin dar con los indios.
»Quiso la buena suerte de los perseguidores que una
comisión que desembarcó, y cuando ya creía inútiles las pesquisas, tropezara
precisamente con la huella de los atrevidos ladrones. Siguieron el rastro,
encontraron huesos de ovejas, y después de pasar frente a un matorral bajo, con
algunos arbustos, muy claros y esparcidos, perdieron la huella.
Continuaron, sin embargo su camino, seguros de dar
más adelante con ellos, pero fue en vano que escudriñaran una gran zona de
territorio.
»Ni indicio de indios se veía por allí. Volvieron a
registrar, más atentamente si cabe, los alrededores, pero sus esfuerzos fueron
inútiles.
Entonces pensaron en el regreso. Cuando iban en
camino de vuelta, observaron con sorpresa que la mancha de arbustos y matorral
había desaparecido. Se acercaron al sitio donde debía estar, y en vez de
árboles destrozados hallaron cenizas de fogones recientes, y huesos de
carnero...
Los onas, sintiéndose perseguidos de cerca, habían
tomado ramas y hojas, y se habían convertido en bosque viviente, engañando al
destacamento gracias a la distancia; para que los marineros no pensaran en
registrar los árboles, se habían diseminado, de tal modo que parecía imposible
ocultarse allí...»
De éstos y análogos recursos se valen en la guerra,
ruda y difícil, pues los dos beligerantes usan más o menos de las mismas
tretas, y ni para unos ni para otros hay dificultades en el terreno, ni
secretos en la selva inextricable para un blanco.
Hoy son los alacaluf los más guerreros entre los
fueguinos, y conservan su antiguo carácter de ferocidad, su espíritu
intensamente vengativo y sus métodos poco nobles de pelear. Sus procedimientos
son, sin embargo, muy semejantes a los de los onas.
Los yaganes, que no usan flecha, eran en otro
tiempo muy aficionados a los combates singulares, y rara vez se encontraba uno
que no presentara grandes y numerosas cicatrices de heridas recibidas en esos
duelos, que el uso inmoderado del alcohol que le daban los blancos, hacía más
frecuentes aún.
La misma habilidad, igual astucia, resistencia
análoga a la que desarrollan para la guerra, demuestran los onas para la caza.
No se les escapa guanaco, nutria o zorro, y son admirables arqueros.
Sírvense de un arco de metro y medio de largo, poco
encorvado y muy duro, cuya cuerda fabrican con tripa de guanaco, unas veces
trenzada, otras torcida como cabo. Mucha fuerza muscular se necesita para
tender ese arco, que ellos arman sin esfuerzo aparente.
Con él disparan tres clases de flechas, que se
distinguen por su tamaño: las pequeñas son para aves y zorros, las medianas
para caza mayor y las más grandes para la guerra. El asta de estas flechas es
de las ligeras ramas del calafate, perfectamente rectas; en uno de sus extremos
lleva una punta muy aguda de hueso o de vidrio, pues los onas han abandonado la
piedra por difícil de labrar; en el otro extremo le sujetan dos barbas de
plumas, atadas con fibras de guanaco, lo mismo que la punta.
Estas flechas miden desde 45 hasta 75 centímetros
de largo, y tienen una marca especial, conocida por toda la tribu, que consiste
en el modo de atar las plumas o sujetar la punta.
Su destreza para manejar esta arma primitiva es
tal, que a cien metros de distancia perforan cajas de fósforos, una tras otra,
sin errar disparo.
Para la caza del guanaco reúnense dos o tres onas,
y salen acompañados de sus perros que merecen -y tendrán- especial mención.
Llegan al sitio escogido de antemano, tomando el sotavento para que los
desconfiados animales, y sobre todo su centinela, no los olfateen. Venlos desde
muy lejos, gracias a su extraordinario poder visual, e inmediatamente envuelve
cada uno su perro en el quillango, que se quita de los hombros, quedando en el
más duradero y sencillo de los trajes.
Arrastrándose, deslizándose, aprovechando para
ocultarse todos los accidentes del terreno, con la cautela de un salvaje -es el
caso de decirlo-, llegan a ponerse a tiro sin que lo sospeche el más avizor de
los guanacos. Arman su arco y cada cual dispara sobre la pieza que ha elegido,
y que hiere siempre. Rara vez cae al guanaco al primer flechazo; aun heridos de
mauser, escapan vertiginosamente, de modo que los cazadores blancos prefieren
el rémington que los destroza e imposibilita más.
Pero cuando han disparado, sueltan los onas a los
perros, que se encargan del resto, alcanzan al animal, se le cuelgan del
pescuezo, y se dejan arrastrar hasta extenuarlo del todo. Entonces llegan sus
amos, que ultiman la víctima y se la llevan triunfantes.
No deja de tener interés el siguiente relato de
cacería que me ha hecho Jorge Morgan, contramaestre de la subprefectura de San
Juan del Salvamento, muy versado en las costumbres de los indios, con quienes
ha vivido largo tiempo, y que me ha proporcionado muchos y muy curiosos
informes.
«Estábamos en la subprefectura de Buen Suceso,
donde generalmente carecíamos de carne, lo que hacía muy ruda nuestra vida. Un
día, el encargado de la repartición me mandó a la Bahía Valentín, situada al
sudoeste de la otra, para que con la ayuda de los indios que vivían allí,
procurara matar uno o dos guanacos.
»Un indio tísico me servía de vaqueano.
»La distancia que media entre la bahía Buen Suceso
y la de Valentín es, sobre el mapa, de cuatro o cinco millas, que lo
accidentado del terreno triplica en la realidad. Sólo después de seis largas
horas de marcha me encontré en el campamento de los onas, a quienes expuse el
objeto de mi visita. No tuvieron inconveniente en ayudarme.
»A la mañana siguiente, en efecto, salí acompañado
por cinco indios a caza de guanacos; cada cual llevaba su perro.
»En un principio caminamos hacia el interior de la
bahía, pero después de dos horas de marcha a un paso que yo apenas podía
seguir, cambiamos de rumbo, siguiendo hacia el oeste, en dirección a la bahía
Aguirre. Tres horas más tarde llegamos a la hondonada por donde corre el río
Aguirre, y que, como éste, va a desembocar al mar. Esa hondonada está cubierta
de hermosa yerba; un arroyito de aguas amarillentas corre casi en el medio, y a
ambos lados la limitan tupidos bosques de hayas.
»El indio Capelo, que era uno de los que me
acompañaban, se detuvo de pronto.
»Había visto tres guanacos, 'un hombre y dos
mujeres' decía.
»Los otros indios observaron un segundo, después de
la rápida indicación de Capelo, vieron también la situación de los guanacos y
se dividieron en dos partidas para atacarlos. En cuanto a mí, hubiera jurado
que no había tales guanacos en toda la extensión de la hondonada.
»Me dejaron en el punto en que estaba, diciéndome
que no sabía caminar en el monte y que iba a asustar y hacer huir a los
animales. Me quedé, pues, observando a los cazadores y tratando de atisbar a
los guanacos.
»Los onas se alejaron faldeando la colina, sin
hacer crujir una rama, sin agitar una hoja.
»Sólo media hora más tarde vi uno de los guanacos
que pastaba tranquilamente, a una distancia de milla y media más o menos de
donde yo me encontraba. Al poco rato distinguí los otros dos. El macho
levantaba de vez en cuando la cabeza, y olfateaba el viento, en cuya dirección
pastaban los tres. Seguí atentamente sus movimientos, muy tranquilos, que los
alejaban poco a poco de mí...
NIÑOS ONAS
»De pronto, y casi al mismo tiempo, vi que el macho
y una de las hembras daban un salto enorme y emprendían velocísima carrera
hacia donde yo estaba. La otra hembra escapaba en dirección opuesta. Pero en
ese instante salían del bosque con violenta arremetida los cinco perros de los
onas, que se abalanzaron a los animales heridos.
»Los indios, completamente desnudos, aparecieron
tras de los perros, disparando flechas y corriendo casi a la par de los
guanacos.
»El macho no alcanzó a correr quinientos metros. Un
perro colgado del pescuezo y otro del hocico, lo habían postrado, y el pobre
animal estaba en tierra a la merced de sus cazadores.
»La hembra, entretanto, seguía corriendo, hostigada
por los otros tres perros que la habían alcanzado; sin duda estaba levemente
herida, y hubiera conseguido escapar si uno de los perros no se le colgara
también de la garganta.
»Los indios la seguían de cerca, menos uno que se
había quedado a ultimar el macho. La hembra se hallaba ya a unos ochocientos
metros de mi puesto, pero aunque tenía conmigo mi fusil, no pude hacer fuego
por temor de matar algún indio o alguno de sus valientes perros.
»Emilio -uno de los onas- más veloz que sus
compañeros, estaba a menor distancia del animal; sin dejar de correr armó el
arco, disparó la flecha, y aquél cayó para no levantarse más.
»Todo esto había durado cinco minutos a lo sumo.
»Terminada así la partida, creí poder infringir la
consigna de quedarme inmóvil en mi puesto, y acercarme a la hembra que yacía
muerta a unos centenares de metros.
»Cuando estuve a su lado, vi que había recibido
siete flechazos, dos atravesándole la garganta, dos en el vientre, dos en otras
partes del cuerpo, y uno -probablemente el último, disparado por Emilio- en
mitad del corazón.
»También el perro que se colgó del pescuezo había
trabajado bien, cortándole la arteria yugular, por cuya herida se escapaban
torrentes de sangre que uno de los indios recogió cuidadosamente en una vejiga.
»Acto continuo fui a ver el otro guanaco, que sólo
tenía dos heridas de flecha: una detrás de la paleta derecha, la otra en el
costillar, atravesándole el pulmón izquierdo. La punta de esta flecha se había
roto después de atravesar al animal, chocando contra una costilla. El indio
Ventura había hecho ambos blancos a cincuenta metros, tocando el pulmón al
primer flechazo. Los perros habían destrozado completamente el pescuezo y el
hocico del guanaco, y Ventura se quejaba de la poca sangre que podría recoger,
pues la mayor parte había escapado por el cuello.
»En un abrir y cerrar de ojos los guanacos fueron
desollados y cortados en trozos para poder transportarlos más fácilmente. Los
cueros, atados y envueltos en ramas, se depositaron en la horqueta de un árbol,
para recogerlos al día siguiente, pues la distancia era larga, hacíase tarde, y
no era necesario volver con tanta carga.
»Pero los indios llevaban suficiente, pues no
desperdiciaron nada, alzando, además de la carne, con las patas, las cabezas y
las tripas de los guanacos. Sin embargo, marcharon como si tal cosa...
»Yo, en cambio, que sólo llevaba el rémington,
apenas podía seguirlos y a cada paso me enterraba en los pantanos de turba. Una
vez más mis compañeros tuvieron que ir en mi auxilio, y sacarme a fuerza de
brazos, porque me había hundido casi hasta la cintura...
»Llegamos a los ranchos ya entrada la noche -yo
naturalmente medio muerto de fatiga-, y los indios que se habían quedado y las
mujeres del campamento, nos recibieron con grandes demostraciones de alegría.
»Entonces comenzaron los preparativos del festín.
»Reservose guanaco y medio para llevar a Buen
Suceso; el resto quedaría para los indios.
»Púsose a asar un gran pedazo de carne, y Emilio y
Ventura, después de limpiar unas tripas, las llenaron con la sangre que habían
recogido, haciendo una especie de morcilla, sin condimento alguno, que pusieron
a cocer lentamente al rescoldo.
»Asada la carne y la morcilla, todos participamos
del banquete, tanto los que se habían quedado en el campamento como yo, simple
espectador, y como los infatigables cazadores. Todo era júbilo en aquellas
pobres chozas: cantaban las mujeres, contaban cuentos los hombres, relamíanse
los perros, y yo era objeto de burlas por parte de los viejos, que me decían:
»-Cristiano no good. No sabe caminar.
»Probé la morcilla. No sé si sería el hambre,
aunque más me inclino a creerlo, porque en todo el día no habíamos comido nada;
pero el hecho es que me pareció deliciosa y comí cuanto pude, que no fue ni con
mucho tanto como lo que tragaron los cazadores...
»A media noche los indios fueron retirándose uno
tras otro para irse a descansar a sus caús, y yo, que me caía de sueño y de
cansancio, juzgué conveniente imitarlos. Tuve que hacer de tripas corazón y
acostarme cerca del fuego, entre la vieja ciega Wabulaya, y el viejo Filote,
envolviéndome en un quillango que me prestó Coustén. A la mañana siguiente
emprendí viaje de vuelta a Buen Suceso con el vaqueano y otro indio que nos
ayudó a llevar la carne.»
Bien podría la imaginación haber forjado más
emocionante aventura de caza; pero ésta, en su sencillez, da mejor el tono de
lo que son esas expediciones, casi diarias para el indio y su perro.
Todos o casi todos los fueguinos tienen perro, un
perro extraño que se parece al mismo tiempo al lobo y al zorro, delgado y ágil,
de hocico puntiagudo y ojos vivos, cuyas orejas tiesas lo muestran en continua
vigilancia.
Pueden verse ejemplares de estos curiosos y útiles
animales, en nuestro Jardín Zoológico, donde no dejan nunca de llamar la
atención de los concurrentes. Este perro es, según los naturalistas, el canis
dingo de Australia, y según los indios la joya más preciada de su pequeño
tesoro.
De esto último no cabe duda.
El can fueguino acompaña a su amo a todas partes y
en todas las circunstancias: cuando viaja, cuando caza, cuando come, cuando
duerme. Es su auxiliar, su compañero, su otro yo. Comparte sus amores y sus
odios, y le ha tomado, en cierta medida, su carácter y sus costumbres.
El indio llora la muerte de su perro como lloraría
la de su mujer.
Un viajero ha dicho que el perro era «la estufa
ambulante del fueguino», a quien suministra calórico en los crudos días del
invierno.
Exacto; pero el observador no es justo cuando añade
que el inteligente animal sólo sirve para eso.
En efecto, el perro de Tierra del Fuego caza, según
acabamos de ver, y si pertenece a los yaganes también pesca, si pescar es
recoger mejillones, destrozarlos con los dientes y comérselos. Es carnívoro e
ictiófago, como sus amos. Naturalmente, sólo el hambre y la falta de otros
recursos han venido educándolos de padres a hijos para esa última clase de
alimentación.
Es habilísimo en la persecución de guanacos,
nutrias, zorros, pingüinos y aves en general, y no es raro verlos cazando por
su propia cuenta, aunque su honradez llegue al extremo de entregar a su amo el
fruto de su trabajo.
Los hay en estado de servidumbre, y en libertad.
Los últimos vagan por la isla, casi convertidos en lobos, a que se parecen
tanto.
Los primeros son criados en el wigwam desde
cachorritos, con mimo extraordinario; en las mudanzas, y cuando son aún
pequeños, suelen las mujeres aumentar con ellos su enorme carga, para que no se
fatiguen y enfermen con el viaje. Desde temprano son adiestrados para la caza.
A largas distancias descubren la presencia de las nutrias, que van a buscar a
sus cuevas a orillas del agua, y que destrozan si caen al alcance de sus
mandíbulas. En vano la Lutra felina apela a sus defensas -los dientes y las
zarpas- contra el mortal enemigo; éste sabe cómo esquivar los golpes y las
dentelladas, y cómo clavar los colmillos en el cuello de la nutria, hasta darle
muerte o permitir la llegada del cazador, que se apresura a acudir para que la
valiosa piel no desmerezca con los mordiscos del perro, que la rasgan y
agujerean.
Para adiestrarlos, el indio les hace tragar por
fuerza la hiel de la primera nutria que cazan, o chamusca las patas del animal,
y calientes aún, casi abrasando, las restriega en el hocico del perro, no muy
satisfecho de la operación; pero dice -y parece ser cierto- que de ese modo no
olvidan jamás el olor de la nutria, que le toman un odio imperecedero, y que la
descubren por lejos que esté. Corren entonces hasta alcanzarla, y si se ha
metido en su cueva, comienzan a agrandar el agujero con las uñas, llorando y
aullando desesperadamente hasta que los amos acuden a su llamamiento.
Es hermoso verlos en la tarea.
Un día que salimos en bote a recorrer la doble
bahía de San Juan del Salvamento, en la Isla de los Estados, llevábamos entre
los remeros al indio Sosa, que naturalmente se hacía acompañar por su Tontín,
un perro cuyo aspecto prometía bien poco, a decir verdad. Era, sin embargo, un
animal de valía.
Apenas dejamos el muelle y doblamos la punta que
allí llaman el Cabito de Hornos, por sus remolinos y las violentas rachas que
bajan de las altas rocas. Tontín puso las patas delanteras sobre la borda, y
comenzó a olfatear el aire, con grandes y ruidosas aspiraciones; pero esta
primera y preventiva inspección no debió darle resultados satisfactorios,
porque en seguida se echó en el fondo del bote, a los pies de su amo, y allí
permaneció sin moverse.
Cuando desembarcamos, saltó el perro a la playa de
cantos rodados, y volviendo la cabeza a un lado y otro, olfateó de nuevo, para
lanzarse en seguida como una flecha sobre un pingüín que a unos ochenta metros
estaba oculto en la maleza. La dentellada al pescuezo, y la captura del ave,
fue cuestión de un minuto. Sosa se apoderó de la pieza, viva aún, y Tontín continuó sus pesquisas con tal éxito que
momentos después se apoderaba de otro avechucho, y hubiera continuado
devastando la bahía, si, tornándose amenazador, el tiempo no nos obligara a
regresar.
A la vuelta, en efecto, sorprendionos un fuerte
chubasco de lluvia, acompañado por violentas rachas de viento helado. Sosa, en
su banco, remaba con brío, cubierto con un capote de paño. Tontín, parado en
medio del bote, recibía las salpicaduras del mar y el polvillo de la lluvia
arrastrado por el viento. El amo lo llamó:
-«Vení, vení Tontín, acostate.»
Y tendiendo su capote, hizo echarse al perro sobre
un extremo, lo tapó con el otro, y él siguió a cuerpo gentil, empapándose
estoicamente.
Se ve en esto el cariño que tienen a sus animales,
de los que no se separan sino contra su voluntad. Y este amor es natural,
porque sin su perro el fueguino tendría muchas veces que sufrir hambre, o estar
en continua vigilancia en tiempo de guerra.
Así, cuando un viajero, a bordo de un buque, desea
poseer uno de esos extraordinarios perros ya adiestrado, no falta quien le
enseñe a valerse de un medio injusto y cruel: momentos antes de zarpar, se
llama a bordo a los tripulantes de alguna piragua, se les hace subir a la
cubierta, se les entretiene, se acaricia al perro, que suele mostrar los
dientes pero que se limita a esa manifestación de antipatía en presencia de su
amo. Luego el can desaparece, encerrado en algún camarote, los indios son
bruscamente arrojados del barco, en marcha ya, y quejas, protestas,
lamentaciones y lágrimas, todo es en vano. El despojo se ha consumado, el
hombre de la civilización tiene un título más al cariño y al respeto del indio,
y la piragua va quedando atrás, más atrás, aunque sus palas batan
desesperadamente las aguas mansas del canal... ¿Y qué mucho que se roben los
perros del indio, cuando se les quitan sus hijos y sus mujeres?...
Pero no es raro que al dar los despojadores
libertad al perro algunas millas más lejos, el noble animal salte la borda,
gane la costa a nado, y corra por la orilla hasta perder el aliento, en busca
de la canoa de su amo, que siempre encuentra, al fin, guiado por su instinto.
Esta particularidad, esta fidelidad a toda prueba
mejor dicho, da lugar a veces a una lucrativa especulación realizada por
ciertos fueguinos poco escrupulosos. Donde las dan las toman, ¡qué diablos!
Uno de esos indios ladinos sube a bordo con su
magnífico perro cuando el barco está por zarpar. Nunca falta algún aficionado
que quiera comprárselo, y él lo vende gustoso, sin grande exigencia; recoge la
galleta, el guachacay o el tabaco que le dan en cambio, vuelve a su canoa; y
boga tranquilamente hacia la costa. El can, entretanto, hace fiestas a su nuevo
dueño y lo sigue a todas partes, como si de pronto se hubiera encariñado con
él. No hay que fiarse de apariencias... Cuando el barco echa a andar, y aprovechando
el menor descuido, el perro se precipita al agua y va a reunirse con el indio,
que lo espera, feliz con la ganancia tan fácilmente adquirida. Pero, ¿qué es
esto sino una represalia provocada por los civilizados que lo privaban de su
único amigo, de su activo ayudante, del inteligente instrumento de todas sus
empresas?...
CHOZA FUEGUINA
El perro fueguino es, también, admirable por la
flexibilidad de sus músculos; uno he visto que andaba como gato por la borda de
un buque; todos trepan por las rocas con asombrosa agilidad, nadan rápidamente
y sin fatiga, recorren largas distancias a la carrera, saltan como gimnastas,
vigilan como cerberos y son feroces perseguidores de cuanto bicho vive en agua
y tierra.
Indio, uno de los habitantes más simpáticos del
presidio de San Juan del Salvamento, tenía la maldita costumbre de irse al faro
de Punta Laserre, a perseguir los conejos a dentellada limpia; para entrar al
recinto, saltaba un vallado bastante alto, y se precipitaba sobre los
indefensos roedores, provocando una dispersión general y dejando el campo
sembrado de cadáveres. Al «sálvese quien pueda», los conejos sobrevivientes
ganaban el monte; pronto iban a quedar deshabitadas las madrigueras del peñón,
y sin posible ewel los empleados del faro. Para impedir el acontecimiento de
semejante desgracia, uno de los marineros engatusó al perro a fuerza de
caricias, y cuando fue dueño de él, le ató a la cola una cacerola de hierro, y
dándole un latigazo, lo hizo echar a correr en dirección al presidio. Indio
huía con creciente velocidad, dejando atrás todos los obstáculos, y más
incomodado al parecer por el ruido que por el peso de la cacerola. Cuando llegó
al vallado, lo saltó limpio y todavía le sobró una vara... Ese perro es de una
fuerza muscular inverosímil, y en cualquier circo tendría gran éxito como
acróbata y hércules canino.
Son conocidas las hazañas de otro perro de esta
raza que tenía en Buenos Aires uno de nuestros marinos. Desesperábase por
perseguir a cuanto can civilizado veía. Cuando no podía precipitarse escalera
abajo, se tiraba desde el balcón saltando la reja; aunque el piso fuera de
respetable altura, caía sobre sus cuatro elásticas patas y corría a su
congénere, a quien saludaba con los mejores tarascones de su repertorio.
Una vez se rompió una pata, pero la lección no le
aprovechó, y en cuanto estuvo sano volvió a las andadas.
Para no perder los perros fueguinos que se traen ya
grandes, muchas veces es necesario tenerlos enjaulados como fieras.
En fin, y para concluir: es seguro que los
fueguinos, desde que los blancos invadieron su isla, dicen o piensan como el
escritor francés:
-¡Cuánto más conozco a los hombres, más amo a los
perros!
El ona tiene, pues, como medios de ganarse la vida,
sus flechas y su perro. El yagán y el alacaluf poseen también, como pescadores
que son, otros instrumentos de trabajo.
El último usa como el ona arco y flechas, y como el
yagán lanza y arpón para pescar. Sus flechas son más cortas que las del ona, y
no tan bien hechas; sólo se sirve de ellas para cazar aves a corta distancia.
Los arpones del yagán y el alacaluf son de hueso de
foca, y los trabajan con cuidado, aguzándoles bien la punta, y alisando la
superficie.
Los atan a un palo recto, de regulares dimensiones,
por medio de delgadas tirillas de cuero fresco, que al secarse adhieren
perfectamente el asta a la punta. Esos arpones suelen ser lisos, con una sola
entalladura como en el primer dibujo, o recortados en forma de sierra, como en
el siguiente:
Los primeros les sirven generalmente para pescar
centollas, grandes y suculentos cangrejos que, gracias a la transparencia del
agua, cuando está tranquila, pueden verse paseándose por el fondo. El indio las
pincha en medio de la cáscara, con su arpón, y las sube a su canoa, donde suele
asarlas y comerlas sin pérdida de tiempo. Los dentellados son más a propósito
para la caza de la foca, y de peces de gran tamaño, que toma también con el
doble arpón:
Para la fabricación de estos instrumentos, como
también para otros usos -entre los cuales es notable el de afeitarse el vello,
que tienen fueguinos y fueguinas-, se valen de un cuchillo especial, hecho con
una valva afilada de marisco, a la que por lo común no ponen mango, pero que a
veces lo tiene.
Estos cuchillos primitivos tienden a desaparecer
por completo, sustituidos por los de arco de barril, de que ya hablé, más
fáciles de hacer, más cortantes y más durables también.
Los yaganes pescan con línea y con red, además del
arpón. Y al decir los yaganes, les atribuyo indebidamente funciones exclusivas
de sus mujeres. A ellas, en efecto, incumbe esa tarea, como todas las más
pesadas, pues el yagán no las trata con la delicadeza del ona, lo mismo que el
alacaluf.
Las redes que usan son de mallas regulares como las
europeas, y hechas de tiras delgadas de cuero. Los alacaluf las tienen
semejantes.
En cuanto a la pesca con línea, la particularidad
consiste en que no usan anzuelo. En el extremo de un «tiento» largo, o de una
guía muy fina de cachiyuyo, hacen un nudo en que colocan la carnada, un pedazo
de mejillón la primera vez. Echan la línea casi a flor de agua y luego silban
de un modo peculiar, atrayendo a los peces que, en efecto, no tardan en acudir.
Cuando alguno ha mordido el cebo, dan un rápido tirón circular, y el incauto
pez, arrancado a su elemento, va a caer en la canoa o en la playa, según donde
se haga la pesca.
Sin embargo, tengo noticia de que han solido usar
una especie de anzuelo bastante ingenioso. Hacían una pequeña varilla de hueso,
que ataban a la línea. En el centro de la varilla colocaban otra sobre un eje,
que la permitía moverse hacia abajo, hasta igualar la punta de la primera, y
hacia arriba hasta formar dos ángulos rectos con ella. Colocaban la carnada en
las dos varillas cerradas y formando una sola; el pez las tragaba; al tirar,
abríase la movible, que se enganchaba en sus fauces, y el pez se convertía en
pescado.
Apenas obtenían algunas piezas, abandonaban la
carnada de lapa o mejillón, para adoptar la de pescado, que cortaban con los
dientes, y que da resultados mejores.
Y ya que observo esto, haré también notar que los
fueguinos se valen de sus dientes como de un verdadero estuche de herramientas
apropiadas para toda clase de usos... Hasta vidrio rompen con ellos, para
preparar sus flechas...
Los yaganes hacen su canoa de corteza, que
desprenden en primavera, cuando sube la savia, del tronco de grandes fagus, por
medio de cuñas.
Sacada y seca la corteza, a la que desde un
principio han dado la forma conveniente, en parte parecida a la de los cascos
de un globo, cosen los diversos trozos entre sí, con barbas de ballena, armando
definitivamente la piragua con tablas flexibles que encorvan de una borda a la
otra, a modo de cuadernas, y que sirven al mismo tiempo de piso. Con troncos
delgados, forman la regala, que corre de un extremo al otro de la canoa, y que
cosen también a la corteza con barbas de ballena. Ahora bien, como la madera
encorvada tendería naturalmente a tomar de nuevo la recta, abriendo la piragua,
solidifican ésta con palos que la atraviesan de borda a borda, fuertemente
sujetos a la regala, y cuyos extremos sobresalen de ella.
Estos extremos, toscamente redondeados, se
esculpían antiguamente y representaban las deidades más veneradas por los
dueños de la canoa, que los llamaban hamush. La piragua de los yaganes tiene
dos proas y es poco estable fuera de las aguas tranquilas de los canales. Así,
no es verdad que se aventuren a pasar el Estrecho de Lemaire para ir a la Isla
de los Estados que, por otra parte, no presenta indicio alguno de que los
salvajes la hayan visitado hasta ahora.
En la actualidad prefieren hacer sus canoas con
tablas que obtienen fácilmente. Entonces afectan la forma de una batea,
bastante tosca, y sin originalidad alguna. Más pintoresca y curiosa es la
antigua, que he ensayado describir.
FUEGUINOS EN SU CANOA
Las mujeres yaganas dirigen esta primitiva
embarcación, sentadas en el fondo, de manera que la borda está casi a la altura
de la axila, y bogando con unas palas cortas. El marido, entretanto, se
calienta al lado del fogón colocado en medio de la canoa, sobre un gran trozo
de tierra cortado con yerba, una especie de adobe, que impide la propagación
del fuego. En él asa mariscos y pescado que come cuando tiene gana.
Todo lo relativo al manejo de la embarcación está a
cargo de las mujeres, que, cuando no la necesitan, la amarran generalmente a
las matas de cachiyuyo cercanas a la costa, ganando ésta luego a nado. Los
hombres no saben nadar; y en 1885 se ahogaron seis de ellos en Usuhaia,
salvándose tres mujeres y un niño, que iban también en la canoa, el niño
gracias al arrojo de la madre. Es muy
extraño esto, pues el yagán pasa la mayor parte de su vida navegando por los
canales.
Las canoas del alacaluf son mucho más marineras que
las del yagán, y casi siempre están aparejadas con un velacho redondo. No son
de corteza ni de tablas, como las del yagán, sino de grandes troncos ahuecados
de haya.
Usa pala larga, a guisa de remo, es muy diestro
para dirigir su barquichuelo, que no carece de cierta estabilidad y anda
grandes distancias con él. Pero tampoco se anima a atravesar el Lemaire,
generalmente proceloso.
Tiene cerca de la costa chozas en que sólo habita
durante la estación de la pesca y de la caza de la nutria, y que son en un todo
semejantes a las de los otros fueguinos. Las que posee en el interior y que
constituyen su verdadero domicilio, son difíciles de encontrar. Serán,
seguramente, análogas.
Las mujeres onas, que no navegan, pescan desde la
costa, o internándose en las aguas bajas, en que se sumergen hasta la cintura.
Cuando en las peñas de la orilla no hay mejillones
grandes -este molusco tarda años en crecer, y los indios hacen de él un gran
consumo- van a buscarlos en las restingas que avanzan en el mar, y no tienen
inconveniente en bucear para arrancarlos del fondo.
Hay que observar que los onas, más previsores que
los yaganes, sufren menos penurias por escasez de víveres. Han inventado, en
efecto, un método para la conservación de la carne de guanaco.
Cuando la caza de este rumiante ha producido más de
lo que se puede consumir sin que sobrevenga la descomposición, buscan un charco
que se haya formado en un terreno de turba, y con agua abundante. En el fondo
de ese charco cavan un hoyo suficientemente grande para que quepa en él toda la
carne que se quiere conservar. Ésta se deposita en él y se cubre cuidadosamente
con la turba extraída, que se aprieta para que quede sólida. Poco a poco el
agua vuelve a adquirir su limpidez primera y nadie, al pasar junto al charco,
adivinaría que es un depósito de víveres.
La carne dura así enterrada, y en relativamente
buenas condiciones, hasta unos tres meses. Pero toma un sabor acre, ácido y
terroso, que no disgusta a los indios, y que los civilizados soportarían muy
bien en caso de hambre. La parte interior de la carne no tiene tantos defectos.
- XX -
Los fueguinos en la actualidad
Un trabajo del reverendo mister Thomas Bridges
La muerte acaba de sorprender en Buenos Aires,
adonde lo habían traído asuntos particulares, a un hombre vinculado
estrechamente a la historia de Tierra del Fuego, desde la primera tentativa
fructuosa de incorporarla a la civilización.
Era un misionero anglicano, que desembarcó en la
península de Usín en 1879, para no salir ya del suelo fueguino. Su labor, si no
ha conseguido el principal objeto a que iba encaminado -reducir y civilizar a
los indios-, dio, sin embargo, resultados muy apreciables de progreso, creando
en aquellos parajes centros de recursos de que antes carecían, como la misión
de Usín, frente a Usuhaia, el importante establecimiento de Haberton, etc.
Pero, además de esto, el reverendo mister Thomas
Bridges se ha distinguido en el estudio de las lenguas fueguinas, especialmente
la de los yaganes, determinando su estructura, y compilando con extraordinaria
paciencia un vocabulario yagán que contiene más de treinta mil voces con su
correspondiente traducción inglesa.
Durante una visita que le hice en Haberton, tuve
oportunidad de hablar con él sobre tan interesante asunto, y le manifesté mi
extrañeza de que indios de costumbres completamente primitivas, con escasísimos
instrumentos y rudimentarias ideas, poseyeran riqueza tal de palabras, que casi
iguala a la del castellano.
-Imposible parece -dije- que encuentren suficientes
objetos e ideas abstractas como indicarían sus treinta mil y tantos vocablos,
si es que no tienen numerosos sinónimos para designar una misma cosa...
-No, amigo mío -contestó mister Bridges-. Eso
depende de que han especializado cada verbo y cada sustantivo hasta la
minuciosidad. Sus verbos son singulares, duales y plurales, con tres
conjugaciones distintas. En los nombres, no sólo señalan un objeto o una
persona, sino también el sitio que ocupa con respecto al que habla.
Naturalmente, entonces, el número de sus palabras tiene que ser casi ilimitado.
-¿Y piensa usted publicar su vocabulario?
-Pienso en ello, pero no lo he resuelto aún. He
hecho imprimir, sí, en Londres, varios evangelios en idioma yagán, que está
reducido a la escritura por el sistema fonético de Ellis. Sí, amigo mío; es muy
bueno para la predicación de las palabras de Dios.
-¿Ha hecho usted otros trabajos relativos al yagán,
Reverendo?
-He redactado, amigo mío, la gramática, y hace
algunos años di en la English Literary Society de Buenos Aires, una conferencia
en que me ocupaba del idioma. Sí, amigo mío.
Tengo en mi poder la conferencia en cuestión, cuya
parte lingüística es muy interesante. Será sin duda el documento más completo
publicado hasta ahora sobre el idioma yagán. Me permitiré, pues, valerme de él
en lo que sigue.
El yagán tiene, según mister Bridges, cuarenta y
cinco sonidos o letras diferentes, de las que diez y seis son vocales.
Las palabras son tan numerosas como ya se ha dicho,
y se multiplican aún por la composición.
Los nombres, pronombres y verbos tienen tres
números: singular, dual y plural, cada uno de ellos completo en sus varios
cambios de caso y tiempo, y en las formas interrogativa, afirmativa y negativa.
Es muy rico en pronombres y verbos, y su pronunciación es suave; pero la gran
variedad de sus sonidos hace imposible un método silábico de escritura.
Los yaganes, muy aficionados a la conversación, por
su raro espíritu de sociabilidad, y que dedican a ella la mayor parte de su
tiempo, dominan perfectamente su idioma, pero son incapaces de separar las
palabras que forman una sentencia. Así, el único medio de aprenderlo, mientras
no se conozca la gramática y el vocabulario de mister Bridges, será oírlo de
boca de los indios, lo que reclamará años de paciencia y contracción.
Análogas dificultades presenta la lengua de los
onas, que pocos blancos conocen, siquiera sea superficialmente.
Pero necesario es explicar algo más el espíritu
particular del idioma yagán, y mister Bridges lo hace en la siguiente forma:
«Una de las grandes peculiaridades del yagán -dice-
es que tiene un sistema o serie regular de verbos singulares y plurales,
totalmente originales y distintos. Cada serie es perfecta y tiene sus tres
números -singular, dual y plural- y sus modos y tiempos propios.
Así, ata significa tomar o traer una cosa; atapay,
tomar dos cosas; tumina, tomar varias cosas. Ejemplos:
Él lo tomó - Catud.
Él los tomó (dos objetos) - Catakipinda.
Él los tomó (varios) - Cataminude.
INDIOS ALACALUF
Lo mismo sucede con una extensa serie de verbos
transitivos que, con sus innumerables compuestos, forman una parte muy
importante, y única de la lengua.
Mas también hay otra serie de verbos igualmente
importantes en su forma primera, pero que entran por mucho en gran número de
verbos transitivos. Daré sólo dos o tres ejemplos. El verbo «ir a pie».
SingularCataca
DualCatacapai
PluralUtushu
Ejemplos de conjugación:
¿Dónde ha ido a pie? (una persona) - ¿Cutupai
catacara?
¿Dónde han ido a pie? (dos) - ¿Cutupai catacarapai?
¿Dónde han ido a pie? (varias) - ¿Cutupai utushara?
Para el uso de estos verbos no hay necesidad de
pronombres. Hay varios participios que, como los pronombres, tienen las
inflexiones de número y de caso, y reemplazan a menudo a los pronombres.
En yagán no existe diferencia de género en ninguna
clase de palabras.
La estructura de la lengua requiere palabras
largas; pero, es muy sencilla y regular. Estas palabras largas tienen, por lo
demás, un amplio significado. Ejemplos:
Cataguamush - Dice que lo hará.
Cawashtakgaiadagagupikinamashundeaca - Dicen (dos)
que lo hicieron en tal tiempo.
En estas palabras el prefijo pronominal empieza el
verbo, y la terminación de tiempo lo completa, formando así un solo verbo toda
la frase.
El número de afijos y prefijos de los verbos es muy
grande, y los cambios que el verbo sufre en el proceso de la inflexión son tan
completos, que la palabra original acaba por perder su estructura y su sonido.
Así, ata, tomar, se convierte en ukrdu; y ura,
llorar, en aune cusk, «él ha llorado».
Otros datos de la misma fuente: Tienen palabras
para designar las estaciones. La correspondiente al otoño, hanitush, significa
«hojas coloradas», porque en esa época enrojecen las del fagus.
Su nomenclatura geográfica es muy lógica, y tiene
siempre una referencia al sitio. Por ejemplo:
Wulla, es el nombre que dan a la isla Navarino.
Wullaia (ata-bahia), es la bahía mayor de Navarino.
Wullaiashea es una isla importante de una ensenada
de Navarino.
Wullaiyusha, a la costa de Navarino.
Wullalanuk o fin de Wulla, a la isla de Gable,
situada al este de Navarino.
Otro ejemplo:
Onaisín o tierra de los onas, es la Tierra del
Fuego.
Onashaga o canal de Ona, es el del Beagle.
Onagusha o costa de Ona, es la costa norte del
canal.
Las islas de Wollaston se llaman Yashousín, o
tierra de islas, y sus naturales yashcaiamalím, o sea isleños.
Otros nombres geográficos califican el lugar, como,
por ejemplo, Roca Parada, Cerco Redondo, Raíz Colgada, Bahía Caliente, Aguas
Amargas, etc.
Tienen también términos para designar todos los
grados de parentesco, indicando la rama, y hasta para padrastro, madrastra,
cuñado, cuñada, suegro, etc.
Sorprendía notablemente a mister Bridges, que la
palabra yagán yamana signifique al mismo tiempo hombre, y vivo, vida, vivir.
Esto, sin embargo, no es tan sorprendente. La idea, y justamente la más
rudimentaria, de vida está tan ligada a la del ser humano, que esta manera de
expresar ambas con un vocablo solo, parece muy natural en el ignorante salvaje,
incapaz de atribuir mayor amplitud al concepto superior de la existencia.
Un informe curioso, y generalmente desconocido:
Queda dicho que los onas del norte entienden el idioma de los tehuelches; los
del sur tienen muchas palabras comunes con los del norte y se comprenden
fácilmente; los yaganes pueden hablar de las cosas más comunes con los del sur;
los alacaluf se hacen entender por los yaganes, y quizá también con los
naturales de Chonos, formando así una cadena del nordeste al sur y al noroeste,
creada evidentemente por las relaciones, y quizá también por orígenes comunes.
Un ona del sur, llamado Tataminick, aprendió en
pocas semanas el yagán, y casi en seguida el alacaluf.
Los onas, según me comunica el contramaestre
Morgan, manifiestan su espíritu poético no sólo en sus leyendas y en sus
cuentos, sino también en el significado de muchas palabras, verbigracia: la
estrella matutina tiene por nombre Gsaselp, que significa «el cantor de la
mañana»; la vespertina Jartum «el adormidor», y Sirio, Gsasiulp, que quiere
decir «la luz de los ojos»...
El fin de una raza
El fueguino se extingue con pasmosa rapidez.
Asistimos a los últimos estertores de su agonía, comenzada desde que los
primeros hombres blancos pusieron el pie en su isla.
Sin embargo, esos indios, y especialmente los onas,
no merecen suerte tan cruel. Por su inteligencia, por sus condiciones de
carácter, por su mansedumbre, eran acreedores a los beneficios de la
civilización, y debió tratarse de conquistarlos poco a poco para ella. No ha
sido así. ¡Qué! Se ha hecho todo lo contrario, y se les ha cazado como a
fieras, en nombre de los más altos principios de la humanidad.
Dentro de pocos años, las dos razas que pueblan la
Tierra del Fuego propiamente dicha, habrán desparecido casi sin dejar rastro de
su paso por el mundo. ¿Por qué?
Las causas -ya que no las razones- de esta rápida
extinción, son bastante complejas. Presentemos primero una general, para
detenernos en seguida sobre las particulares.
Darwin, Quatrefages, de Rochas, Blaine, Garnier, y
muchos otros antropólogos, han hecho notar que donde quiera que pasa el
europeo, muere y desaparece el indígena, atacado por enemigos naturales y
artificiales que tienden a desalojarlo, para que lo suplante otro más apto.
Fontpertuis, hablando de la extinción de los indios
australianos, hace estas atinadas consideraciones:
«Sabido es, desde el punto de vista moral, lo que
debe entenderse por la sustitución de razas superiores. La caza de los
australianos, y el exterminio gradual de los pieles rojas, ha dado a esta
expresión un sentido tan preciso como terrible...»
Tanto en Tierra del Fuego, como en la Pampa, como
en las demás comarcas pobladas por salvajes, en efecto, las razas superiores
han ocupado el puesto de las inferiores, destruyendo primero a éstas, como
medio más expeditivo que la educación paulatina, para apartar obstáculos y no
verse incomodadas en su desarrollo ulterior. Los indios del extremo austral de
América no podían quedar exceptuados de esta ley general, y no lo han sido.
Los indios y los blancos son naturalmente enemigos.
Los últimos, más fuertes, tienden a despojarlos de sus territorios, y
subyugarlos para que trabajen en provecho suyo; los primeros se esfuerzan por
mantener el dominio de su país, y por conservar su libertad absoluta. Para que
los odios no estallen de una y de otra parte, sería necesario desplegar una
habilidad blanda y suave, que es ridículo esperar de parte de los
conquistadores, pioneers y aventureros que invaden las tierras nuevas, buscando
facilidades de vida y enriquecimiento agotadas en los países civilizados, y
decididos a conseguirlas por todos los medios. En teoría, los misioneros
protestantes o católicos serían los indicados para desarrollar esa mansa e
ideal clase de política, pero en la práctica ocurre otra cosa muy distinta,
pues los catecúmenos tienen que someterse a una especie de sujeción, que se
torna más dura cuando los misioneros se dedican -como lo hacen siempre- a las
industrias y al comercio a que se presta el país. El Chaco misionero dio
antiguamente un ejemplo de esto, como lo dan hoy las misiones de Río Grande, de
la península de Usuhaia y de Dawson en el extremo austral de América, donde el
indio cree hallar más bien una cárcel disfrazada y una vida penosa de trabajo,
que las dulzuras del hogar en plena civilización.
FACSÍMILE DE UN DIBUJO YAGÁN
La lucha que forzosamente se traba entre el salvaje
y el blanco, tiene que ser, forzosamente también, mortal para el primero, como
está comprobado por los hechos en todas partes del mundo.
En cuanto a las causas particulares de la extinción
de los fueguinos, son de diversos órdenes y pueden enumerarse así:
La persecución -que ya hemos indicado en tesis
general- de que han sido objeto desde tiempo inmemorial por parte de los nuevos
pobladores de su territorio.
Las enfermedades importadas, como, por ejemplo, la
tuberculosis, que han hecho estragos entre ellos y que continúan su obra
destructora.
La exportación de adultos y de niños, hecha
antiguamente por los misioneros, y hoy día por los gobiernos, en la forma que
se dirá más adelante.
La escasez cada vez mayor de elementos de vida, que
antes abundaban, y que el blanco ha hecho disminuir enormemente, persiguiendo
sin tregua los animales silvestres.
El uso de alcoholes nocivos que le procuran la
avidez de comerciantes sin escrúpulo.
El cambio de costumbres y método de alimentación,
que no han podido evitar, pues deriva fatalmente de la influencia directa o
indirecta de los extranjeros.
Y por último, su mismo espíritu batallador, que los
arrastra a guerras en que se diezman entre sí.
Pueden examinarse rápidamente estas diversas causas
parciales de desaparición, que trabajan de consuno en su obra destructora con
éxito tal, que dentro de poco no quedará un fueguino en la isla.
En la primera colaboran desde un principio los
exploradores, las autoridades, los hacendados. Estos últimos, sobre todo, se
llevan la palma hoy, y son los que con más eficacia persiguen a los indios. Los
exploradores han llegado en su celo científico, hasta fusilar a los fueguinos,
para enriquecer los museos de Europa con sus esqueletos!...
Así, como suena... El mismo Popper, que no era muy
blando de carácter, y que muchas veces disparó su rifle para alojar una bala en
la órbita de un indio -especialmente en su primer viaje-, denunció el hecho en
una conferencia pública, acusando también a un excursionista argentino.
Oigámoslo:
«Hace cinco años (1886) desembarcó un explorador en
la bahía de San Sebastián, y comenzó su noble tarea atropellando mujeres y
criaturas que condujo en seguida a Buenos Aires, heridos y sangrientos.
»Hace tres años (1888) un vapor embarca en la
primera angostura del Estrecho de Magallanes a un grupo de seres humanos
remachados a pesadas cadenas, como tigres de Bengala. Era toda una familia ona,
que después fue exhibida en Europa, en los jardines zoológicos o de
aclimatación.
»Hace pocos meses (1891) un grupo de hombres del
que formaban parte los señores Willems y Russon, individuos que necesitaban
vaqueano para recorrer las playas ya conocidas de Tierra del Fuego, asesinan
ancianos indefensos, arrancan a las mujeres del lado de sus maridos, y
satisfacen sus bestiales instintos ¡oh, sarcasmo! a nombre de la ciencia,
mancillando vergonzosamente la misión que les confió el Ministro de bellas
artes de una culta y elevada nación!!...»
¡Qué entrañable amor deben profesar los indios al
blanco, después de estas calurosas manifestaciones! Sí, tanto que hoy apenas se
ve un fueguino fuera de la misión, de Usuhaia y Haberton. El resto, el pobre
resto, huye, se esconde, se sepulta en lo más espeso del bosque, en lo más
inaccesible de las serranías del interior de la isla, sin atreverse a asomar,
expuesto a las penurias del hambre, quizás a la muerte, que prefiere a la
inevitable exterminación a que lo condena el civilizado; siquiera libre, tiene
alguna probabilidad de escapar.
Las autoridades hacen, por otras razones
especiosas, lo mismo que los exploradores. Tienen que hacerse respetar y
obedecer. Olvidan que no han instruido previamente a sus súbditos, como olvidan
que estamos en un país republicano, para seguir innatos instintos de
autocracia. ¿No cumplen los indios un decreto, una disposición, una orden que
quizá no conocen? ¡Pues fuego en ellos! que así aprenderán... desapareciendo...
Esto es inicuo, pero ha sido y es así.
En cuanto a los hacendados, quedan citadas las
palabras de Eliseo Reclus. Básteme añadir que también en Punta Arenas hay
estancieros que no pagan por la piel de la cabeza de los indios. ¡No, eso
nunca! Se contentan simplemente con la oreja derecha, demostrando así que no
son sordos a los dictados de la caridad cristiana. El precio también varía:
pagan dos libras por pieza.
¿Qué puede resultar de esto sino un odio mortal,
implacable? ¿No estaría dentro de la lógica de las represalias, que los
fueguinos cazaran a su vez a los blancos? Pues, sin embargo, las
manifestaciones de ese odio son relativamente pocas, y la venganza no se ejerce
muy a menudo. Y si suceden, hay que repetir las palabras de Darwin hablando de
los australianos que cometían «una terrible serie de robos, incendios y
asesinatos», y decir con él, francamente: «Confieso que todos estos males y sus
consecuencias han sido probablemente causados por la infame conducta de algunos
de nuestros, compatriotas.»
En efecto, antes no eran hostiles a los blancos, y
son innumerables los náufragos recogidos en sus playas, sobre todo por los onas
(29). Nada tuvieron que temer de ellos los primeros que bajaron en la isla;
sólo más tarde comenzaron a ser hostiles, y la historia no muy bien averiguada
de la desastrosa expedición Gardiner inicia el período de sus inacabables
luchas con el blanco, en que siempre llevó la peor parte. Pero los que
intervinieron en aquellos luctuosos sucesos no fueron los onas, sino probablemente
los yaganes, cuyo carácter es menos franco, abierto y generoso. Así parece
demostrarlo el sitio en que ocurrió la catástrofe, que tendré oportunidad de
relatar.
Los onas se han mostrado y se muestran todavía
benévolos con los blancos, cuando no se los hostiga más de lo soportable. Pero
es curioso que no distribuyan por igual sus amistosas intenciones. Demuestran,
en efecto, marcada preferencia hacia los rubios, no hacen buenas migas con los
morenos y se burlan estrepitosamente de los negros. Nuestros vecinos, que desde
hace muchos años recorren aquellas tierras, no gozan de sus simpatías, sin duda
porque, llegados antes a la caza del lobo, también antes los han hecho objeto
de persecuciones y crueldades. Para los onas, todo hombre que lleva gorro de
piel obscura es chileno...
Entretanto, llega tan lejos el desprecio de los
blancos por ellos, que los consideran al igual de los animales silvestres de la
isla.
Un lobero de Punta Arenas cuenta como gracia, a
quien quiere oírlo, que cuando vuelve de sus excursiones no deja nunca de
acercarse a la costa, para ver si hay indios. Si descubre algunos, se
entretiene en hacerles fuego con su fusil, cargado de gruesas municiones para
focas.
-¡Viera usted -exclama riendo- los gestos y los
saltos que hacen cuando la munición les pica en alguna parte carnosa del
cuerpo!...
Semejante cosa no se hace ni con las fieras.
Y, sin embargo, no me cansaré de repetirlo, no hay
razón para perseguirlos de ese modo, y es cometer una verdadera iniquidad. Sin
embargo, y para que no se crea en un propósito preconcebido de ocultación, voy
a referirme a los datos que me suministraran el jefe y otros funcionarios de la
policía de Usuhaia, respecto a la acción actual de los fueguinos.
Los onas -me dicen- destrozan los alambrados, roban
las haciendas e incendian las poblaciones, asesinando siempre que les es
posible a los que habitan en ellas. Matan también a los viajeros que transitan
por el territorio.
Sus últimos crímenes -añaden- son los siguientes:
Asesinato alevoso de dos mayordomos de la comisión
de límites y de dos peones, cuyos cadáveres fueron descuartizados y quemados
después. El móvil de este asesinato ha sido el robo de víveres.
Poco tiempo más tarde la misma tribu que cometió
ese crimen asesinó al marinero Gallardo, de la subprefectura de Bahía Thetis.
Un mes después, dos marineros náufragos de la
tripulación del Duchess of Albany, que estaban postrados por el hambre y el
cansancio, viéronse asaltados por los indios, sin poder defenderse a causa de
su debilidad, y fueron asesinados.
Dos marineros austríacos que atravesaban el
territorio fueron asesinados también, al norte de Río Grande. Las armas que
llevaban habían despertado la codicia de los indios.
Después de haber cometido un robo de hacienda, los
onas mataron a los peones Williams y Traslaviña, que los perseguían, también al
norte de Río grande (31).
En Febrero del corriente año, un oficial y un
marinero del buque chileno Magallanes cayeron en manos de los indios, que los
torturaron horriblemente durante dos días, al cabo de los cuales les cortaron
las orejas, los ojos y la lengua, y no contentos con esto, los amputaron...
Las tribus conocidas -dicen por último los citados
funcionarios- que cometen estos actos, son las que capitanean Caushel, Caien
John, Canchecol, Sajiolpi, Felipe y Zacarías. Éstos, en su mayor parte, habitan
al sur de Río Grande y tienen sus caús o chozas en lo más intrincado del bosque
o en quebradas de difícil acceso. Es, pues, muy difícil perseguirlos. Además,
la policía carece de elementos, especialmente para poder moverse con rapidez.
-Mejor -dirá alguno-. Si los tuviera ya hace tiempo
que no habría onas, lo que sería doloroso, aunque no fuera más que por la
etnología.
Pero hay que observar, sin pretender por eso
atenuaciones, que los crímenes en cuestión no se han cometido en un breve
espacio de tiempo, y que la instrucción de los sumarios tiene que ser
deficiente por dificultades idiomáticas y aun de otros órdenes. En efecto, más
adelante narraré un hecho de que fue víctima el mismo jefe de policía, y se
verá en qué circunstancias operan los indios. En el fondo de todo esto, no hay
sino una represalia, una vendetta, provocada por los desmanes de los blancos. Y
no hay medio aparente de terminar de una vez. Si los indios vengan en los
cristianos el ultraje o la matanza hechos entre los suyos, la autoridad los
persigue, ellos se resisten y defienden, pero sus arcos no pueden competir con
el mauser, y caen otros más. Nueva vendetta, y nuevo castigo... En tal forma
esto no puede cesar sino con la completa extinción de los naturales, y en ese
camino se va, con harta prisa...
Proclamando una amnistía general y procurándoles
alimentos, de que hoy carecen, los indios se reducirían sin dificultad. Son
bastante inteligentes para eso.
Y no se crea que proveyéndolos se haría un acto de
excesiva generosidad. Sería sencillamente hacerles justicia y mostrarse
equitativos. Esto casi no necesita demostración, pues es evidente que se les ha
quitado la tierra de sus padres, y lo que es peor, que los nuevos pobladores
les han ahuyentado las focas y diezmado los guanacos, dejándolos en la
indigencia, y que luego los matan si se atreven a robar una oveja para comer.
Mucho fía el Gobierno en las misiones, pero éstas
son simples factorías útiles sólo a los misioneros o sus sociedades. La misión
salesiana de Río Grande, por ejemplo, no asila sino a unos cincuenta niños, que
viven con sus familias en torno de las casas, en wigwams miserables, siguiendo
sus usos y costumbres salvajes, y según me informa la policía de Usuhaia, los
adultos de estas familias hacen incursiones por su cuenta o sirven de guía a
sus tribus cuando van a dar algún malón, refugiándose luego en la misión, donde
hoy mismo hay malhechores. Hace cuatro años que los salesianos están
establecidos allí, y en todo ese tiempo no hay ejemplo de que hayan salido a
parte alguna con el objeto de catequizar indios, como es su compromiso material
y su deber moral... Si se cifra alguna esperanza en ese medio de civilizar a
los salvajes fueguinos, ya se ve que ésta tiene que resultar fallida.
¿Cuántos indios caen al cabo del año, muertos en
nombre de la civilización? Difícil es saberlo, pues se hace la vista gorda
respecto de los particulares que se entretienen en ello, y la tribu de las
víctimas huye generalmente a ocultarse en lo más áspero de la isla. Pero deben
ser muchos, a juzgar por los pocos que quedan.
Sin embargo, este elemento de destrucción tiene un
formidable auxiliar en las enfermedades importadas por los blancos, la
tuberculosis, la sífilis, la viruela, el sarampión, la coqueluche...
La primera epidemia se presentó en 1860, haciendo tales
estragos, que muchos lugares quedaron reducidos a la mitad de su población.
Desde entonces, aquellos males no han descansado en su obra de exterminación.
La tuberculosis, sobre todo, ataca a la mayor parte de los pocos que quedan, y
concluirá con el resto.
Es curiosa esta importación de enfermedades, que ha
ocupado la atención de los sabios.
Darwin, hablando del rápido decrecimiento de los
indígenas australianos, dice que durante sus viajes, y con raras excepciones,
sólo vio algunos chicuelos criados por ingleses, atribuyendo esta desaparición
al uso de licores espirituosos, a las enfermedades europeas, que -hasta las más
benignas, como el sarampión- hacen espantosos estragos entre los salvajes, y a
la extinción gradual de los animales silvestres. Añade a esto consideraciones y
observaciones que me parece conveniente transcribir.
«Dícese -agrega- que la vida errante del salvaje
hace perecer una cantidad de niños en los primeros meses de existencia; y a
medida que se hace más difícil procurarse alimentos, se hace también más
necesario vagar mucho. Por consiguiente y sin que pueda atribuirse la
mortalidad al hambre, la población decrece de una manera extremadamente
repentina, comparada con lo que pasa en los países civilizados. En estos
últimos, en efecto, el padre puede arruinarse la salud realizando trabajos
superiores a sus fuerzas; pero al hacerlo, no perjudica en nada la salud de sus
hijos.
»Además de estas causas evidentes de destrucción,
ordinariamente parece hallarse en juego
algún agente misterioso. Donde quiera que pise el europeo, la muerte acecha a
los indígenas. Observemos por ejemplo ambas Américas, la Polinesia, el Cabo de
Buena Esperanza y Australia: en todas partes se ve el mismo resultado. Pero no
es el hombre blanco sólo quien desempeña este papel de destructor; los
polinesios de extracción malaya, han llevado por delante, en ciertas partes del
archipiélago de las Indias orientales, a los indígenas de piel más negra. Las
variedades humanas parecen reaccionar unas sobre otras, como las diferentes
especies de animales: el más fuerte destruye al más débil. No sin tristeza
escuché a los magníficos indígenas de Nueva Zelanda, cuando me decían que
estaban seguros de que sus hijos desaparecerían muy pronto de la superficie de
la tierra. Todo el mundo ha oído hablar de la inexplicable diminución comenzada
desde la época del viaje de Cook, de la población indígena, tan hermosa y tan
sana de la isla de Taití; sin embargo, habría podido esperarse allá un aumento
de población, porque el infanticidio, que en otro tiempo reinaba con tan
extraordinaria intensidad, ha cesado casi por completo, las costumbres no son
tan malas, y las guerras son mucho menos frecuentes.
»El reverendo J. Williams sostiene en su
interesante obra titulada Narrative of Missionary Enterprise, que allí donde se
encuentran indígenas y europeos 'prodúcense invariablemente fiebres,
disenterías, o algunas otras enfermedades que arrebatan gran cantidad de
personas.' Y agrega:
'Hay un hecho cierto, que no se puede controvertir,
y es que la mayor parte de las enfermedades que reinaron en las islas durante
mi permanencia, fueron llevadas por los buques; lo que hace a este hecho más
notable aún, es que no podía señalarse ninguna enfermedad entre la tripulación
del barco que causaba esas terribles epidemias.' Esta afirmación no es tan
extraordinaria como parecerá a primera vista; en efecto, podrían citarse varios
casos de fiebres terribles que se han declarado sin que fueran atacadas las
personas mismas que fueron su causa primera. A principios del reinado de Jorge
III, cuatro agentes de policía fueron en busca de un preso que había estado
mucho tiempo encerrado en un calabozo, para conducirlo ante un juez; aunque
aquel hombre no estuviese enfermo, los cuatro agentes murieron en pocos días de
una terrible fiebre pútrida; sin embargo, el contagio no se extendió a nadie
más. Estos hechos parecerían indicar que los efluvios de cierta cantidad de
hombres encerrados algún tiempo juntos se convierten en verdadero veneno para
quienes los respiran, y que ese veneno es más virulento aún, si esos hombres
pertenecen a diferentes razas. Por misteriosos que parezcan estos hechos, ¿son,
al fin y al cabo, más sorprendentes que el muy conocido de que el cadáver de un
hombre, momentos después de su muerte y cuando ha comenzado la putrefacción,
engendre a veces principios tan deletéreos que un simple pinchazo con el
instrumento que ha servido para disecarlo, sea causa segura de muerte?»...
Estas consideraciones pueden -sin ningún
inconveniente- ser aplicadas a la extinción de las razas fueguinas, que obedece
a idénticos motivos.
Abundando en la materia, el ilustre sabio añade en
una nota:
«El capitán Beechey hace observar que los
habitantes de la isla Pitcairn están firmemente convencidos de que después de
la llegada de un buque serán atacados por afecciones cutáneas y otras
enfermedades. El capitán Beechey las atribuye al cambio de alimentación durante
la estadía del barco. El doctor Mac Culloch dice:
»'Afírmase que a la llegada de un extranjero (a San
Kilda), todos los habitantes pescan un resfrío, para emplear la expresión
vulgar.'»
El doctor Mac Culloch parece considerar esto como
muy risible, aunque se lo hayan asegurado muchas veces. Sin embargo, añade que
se ha informado entre los habitantes, quienes le han contestado la misma cosa.
En el Viaje de Vancouver, se encuentra una afirmación semejante relativa a
Otaití. El doctor Dieffenbach, en una nota que puso a su traducción de ese
libro, dice que los habitantes de la isla Chatham, y los de varios puntos de
Nueva Zelandia, tienen la misma convicción.
«Sería imposible que esa creencia se hubiera hecho
casi universal en el hemisferio septentrional, en los antípodas y en el
Pacífico, si no descansara sobre observaciones ciertas.
»Humboldt dice que las grandes epidemias de Panamá
y el Callao, estallan siempre a la llegada de barcos que van de Chile, porque
los habitantes de aquella región templada experimentan por primera vez los
efectos de la zona tórrida.
»Puedo agregar que yo mismo he oído en el
Shropshire, decir que los carneros importados por barcos, aunque se encontraran
en perfecto estado de salud, son a menudo, si se les mezcla a algún rebaño,
causa de enfermedades en éste.»
Fontpertuis añade a estas causas de decrecimiento,
otra que por lo menos es ingeniosa, y que no deja tampoco de tener su base
seria. Es ésta la impresión de desaliento y tristeza que producen en razas
naturalmente altivas, las empresas de los blancos, su número, su inteligencia,
sus pasiones, etc. Recuerdo que Quatrefages la ha mencionado, pero sin
detenerse a examinarla atentamente, como lo hizo Gratiolet. Cita luego ciertos
hechos observados y referidos por un funcionario inglés. «Mister Malcolm Sproat
-dice- tomaba posesión en 1860, en nombre de la Gran Bretaña, de la parte de
las islas de Vancouver que ocupa el fondo del estrecho del Juca. En aquel
rincón de tierra vivían algunas tribus salvajes pertenecientes a diversas
familias que no hablaban la misma lengua, colocadas sin duda alguna en el
último escalón de la humanidad, y a quienes mister Sproat designó con el nombre
de Aths, porque el nombre de todas sus tribus contenía la sílaba ath. Los
salvajes, por instinto no recibieron bien la llegada de los ingleses, y éstos
los obligaron a refugiarse en el interior, lo cual aumentó su disgusto; pero
como se reconocían más débiles, no dieron señal alguna de desagrado, y durante
el primer invierno se llevaron bien con los europeos. Trabajaban para éstos a
jornal, y con el dinero de sus salarios compraban vestidos, harina, arroz,
papas, que se les vendían a bajo precio, por lo que se manifestaban contentos.
Pero cuando llegó el segundo invierno, con sorpresa de mister Sproat, los
salvajes demostraron disposiciones muy diferentes. Los jóvenes se habían
entregado a la ginebra y al ron, los adultos y los ancianos huían de la
presencia de los ingleses, se ocultaban en el fondo de sus grutas, parecía que
alimentaran siniestros designios, y sus fisonomías expresaban la amenaza. Esta
metamorfosis inquietó en un principio al representante inglés; pero no tardó en
conocer su verdadera causa. La vista de los ingleses, de sus barcos, de sus
máquinas, el sentimiento de su inferioridad, habían como embrutecido a aquella
pobre gente, quitándole toda confianza en sí misma, todo respeto a su tradición
y costumbres, aumentado todo esto con una epidemia que causó grandes estragos
entre ellos. En vano mister Sproat había prohibido con el mayor rigor la venta
de licores fuertes. Los aths morían por docenas, víctima del desaliento y de la
estupidez que se apoderó de ellos desde su primer contacto con una raza mejor
dotada que la suya.»
Estas causas de decrecimiento son comunes a todos
los indios, pero se manifiestan en la Tierra del Fuego con mayor fuerza
destructiva que en otras partes, aunque allí no se ha llegado -según tengo
entendido- a cooperar a la obra de las enfermedades, como en la Australia,
donde se envenenaba a los maoríes por medio de carne de carnero previamente
rociada con estricnina...
No han contribuido poco a la casi completa
extinción de los fueguinos, la acción quizá bien intencionada de los misioneros
anglicanos que, arrancándolos de su vida y sus costumbres nómadas, los sometían
sin transición a un régimen inadecuado, a una alimentación diametralmente
opuesta a la suya, y a trabajos para los cuales no estaban hechos. También los
pioneers del comercio han seguido esas huellas, proporcionándoles ropas
ridículas en aquel clima, a cambio de sus abrigadas capas o quillangos de
guanaco y de zorro. Con esto gana la civilización, comenzando por el
civilizador...
Antiguamente, y antes de que la Argentina tomase
definitiva posesión de Tierra del Fuego, se practicaba ya la exportación de
indígenas. Los misioneros ingleses, so pretexto de educarlos, enviábanlos en
gran número a su establecimiento de Keppel Island en las Malvinas.
Ahora el Gobierno comienza a hacerlo por su cuenta,
y en el último viaje del transporte 1.º de Mayo, varias familias fueron
llevadas al Chubut, donde sin duda perecerán sin sucesión, pues el indio se
agosta, esteriliza y muere fuera del medio ambiente en que nació, como lo
demuestra la mortalidad que en Buenos Aires ha extinguido casi a los que se
trajeron y regalaron cuando la conquista del desierto. En cuanto a su
esterilidad, está comprobada también, y el conde Strzelecki, hace constar que
más de doscientos indios de Van Diemen, transportados a la isla Flinders, ¡sólo
tuvieron catorce hijos en ocho años!, mientras que los que quedaban en libertad
en su tierra, se multiplicaban de un modo notable...
De los alcoholes, factor poderosísimo de
destrucción, no hay para qué hablar. Ellos solos -y sobre todo los que se
expenden a los indios, por su pésima calidad- bastarían y sobrarían para
extinguir la raza.
Afortunadamente para su conservación, los onas no
beben; en cambio, los yaganes y los alacaluf se mueren por el guachacay y del
guachacay...
Lejos están los fueguinos de merecer esa suerte,
pues si carecen de iniciativa, no les falta inteligencia.
El ona hace gala de aprender rápidamente el
castellano, mientras que su lengua queda casi inaccesible para el blanco.
Además, se muestra apto para todas las tareas, como algunos yaganes, que cortan
madera, asierran tablones, hacen trabajos de carpintería, aran y siembran,
etc., etc.
El maestro de música de Usuhaia, que antes lo fue
de la misión de Río Grande, y cuyo nombre siento no recordar, me ha asegurado
que los indios aprenden fácilmente a tocar, y que especialmente las mujeres
tienen notable embocadura para los instrumentos de cobre y madera. Tanto, que
en pocos meses formará una banda muy aceptable, según él, que ha vivido largo
tiempo entre los indios, lejos de poblado, entre ellos que tienen sus cantos,
en que imitan los gorjeos de los pájaros, los rumores del viento, con cierto
espíritu musical.
La música, aun rudimentaria, es una manifestación
de cualidades intelectuales.
Pero esto no es todo. Hay entre ellos cabezas
verdaderamente privilegiadas, como demuestra la siguiente anécdota que hace
poco relató mister Bridges al señor José S. Álvarez, y que éste me ha
comunicado galantemente, con algunos otros útiles informes. Habla el misionero:
-Tenía yo en Haberton un winchester que, aunque
bueno, erraba fuego algunas veces. Mis hijos y yo lo desarmamos varias veces,
hasta donde creíamos poder hacerlo sin peligro de no armarlo otra vez, pero no
dimos nunca con el defecto. Solíamos prestar el arma a un indio ona, que salía
a cazar con ella por los alrededores, la cuidaba mucho, y la devolvía a su
regreso. Naturalmente, observó que la carabina no andaba como debiera, y fue a
verme con la proposición de componerla. Yo estaba convencido de que no lograría
su propósito, pero como un arma que puede no dar fuego, es más un peligro que
una defensa, permití al indio que lo desarmara, simplemente por curiosidad, y
para darme cuenta de sus alcances. Hice bien. El ona desarmó y examinó pieza
por pieza completamente todo el mecanismo, sacó los resortes, con paciencia y
delicadeza suma, y luego volvió a colocarlo todo en su sitio preciso, sin
titubear ni confundirse. Pero no había descubierto el defecto, y descorazonado
iba a renunciar a la compostura, cuando advirtió que uno de los dientes del
disparador estaba gastado, causa, en efecto, de las fallas de la carabina. Tomó
un pedazo de hierro y una lima... e hizo un disparador nuevo, que funcionaba
perfectamente...
Y mister Bridges terminaba su relato diciendo:
-Yo creo que un hombre que hace eso, amigo mío, sin
tener noción alguna de mecánica, es uno de los genios más grandes del mundo.
- XXI -
La capital fueguina
El Villarino lanzó un silbido prolongado.
Sin embargo, en los alrededores no se veía
población alguna, y el eco sólo, contestaba al llamamiento.
¡El eco de los canales! Músico excéntrico y ruidoso
que se apodera de cualquier sonido, juega con él, lo desarrolla, lo refuerza,
le hace variaciones, lo atenúa por fin, y va apagándolo poco a poco hasta que
se confunde con el murmullo de las aguas, y muere. Hace pensar en Suiza, en los
ventisqueros, en las avalanchas... Pero parece inofensivo. Aunque se hizo fuego
sobre un glaciar con la ametralladora de proa, no se produjo desprendimiento
alguno de nieve. Retumbaron los cañonazos largo rato, con ruido de batalla,
pero la conmoción de la atmósfera no repercutió en la blanca vestidura de la
montaña, provocando el alud. Todo quedó en su estado normal, después del
estampido del cañón, y la salva interminable del eco.
La imaginación, pues, hacía que nos pudiéramos
creer rodeados de barcos que silbaban saludándose.
-¿A quién saludamos? -pregunté.
-Es un anuncio de que llega el transporte.
-Anuncio... pero ¿a quién?
-A los de Lapataia, que están a la vuelta de esa
punta. La entrada del puerto no se ve todavía, porque se inclina mucho,
formando ángulo agudo con la costa.
-¿Pero vamos a fondear allí?
-No. Se avisa, para que preparen la madera que
vendremos a cargar mañana: postes para el telégrafo patagónico.
-¡Ah! Entonces marchamos directamente a Usuhaia...
También los silbidos podrían haberse considerado
como un saludo al territorio argentino, que volvíamos a ver después de muchos
días. La línea divisoria pasa efectivamente casi al lado de la bahía de
Lapataia.
-Directamente. Llegamos esta tarde, saldremos
mañana a la madrugada y volveremos a buscar la correspondencia cuando hayamos
terminado de cargar los postes. Luego... a la Isla de los Estados, y de allí,
por el este de Tierra del Fuego, a Patagonia otra vez...
-¿De modo que dentro de dos o tres semanas podremos
estar de vuelta en Buenos Aires?...
-Será... lo que tase un sastre.
-¿Sabe usted que en ese caso voy a verme en apuros
para describir estos parajes?... Ni siquiera me he saturado en el ambiente, y
me parece como que todo lo hubiera visto en sueños. La visión ha sido demasiado
rápida para fijarse bien, y lo que conservo es como una fotografía movida... Si
me quedara...
VISTA DE USHUAIA
-¿Dónde?
-En Usuhaia, en cualquier parte donde me procure el
famoso «color local», haya gente que me informe, y cosas pintorescas al alcance
de la vista. Para describir exactamente un medio, es necesario haber vivido en
él; y hasta aquí casi no he vivido sino en el barco, asistiendo a lo demás como
a un espectáculo rápido e incompleto. Sí, me quedaré...
-Pero, ¿dónde?- preguntó mi interlocutor.
-Quédese usted en la Isla de los Estados
-interrumpió el capitán Demartini-; está autorizado para desembarcar allí, y en
San Juan tiene todos los elementos que necesita: cosas que ver, gente
conocedora de estas tierras, tranquilidad para trabajar, un medio original y
extraño, aunque muy semejante a este... y un amigo que tratará de hacerle
soportable el destierro...
-Muchas gracias... No estoy lejos de aceptar, pero
lo pensaré... La disyuntiva está entre Usuhaia o San Juan del Salvamento, ya
que después sólo queda regresar.
En el largo viaje se habían estrechado las
relaciones, y se hablaba en común de los proyectos y las miras de cada uno:
Funes preocupado con los palos del telégrafo; Demartini organizando en teoría
la isla en que iba a mandar; De la Serna ocupándose de su faro; el doctor
Pinchetti de sus futuros enfermos del presidio y la subprefectura, y yo de los
cientos de líneas que ya era necesario comenzar a formar en orden de batalla.
Estábamos sobre cubierta admirando el paisaje, la
luz suave, las cumbres doradas por el sol, el agua tranquila y de color de
acero, el ambiente tibio, los hilos de plata de los chorrillos que caían de las
alturas, el verde claro de los árboles reflejándose en las ensenadas como
espejos.
De pronto un chorro que brotaba de en medio del
canal nos llamó la atención.
-¡Una ballena a proa!
-¡Otra a babor!
-¡Dos a estribor!
En efecto, estábamos rodeados de ballenas,
desgraciadamente muy alejadas de nosotros para poderlas ver de un modo
distinto. El polvo de agua que lanzaban por los espiráculos, parecía tenues
vapores blancos que brotaran del mar en ebullición. Apenas se diseñaba una
parte de su obscuro lomo en la superficie del canal. Dos de ellas se levantaron
de repente, sacando gran parte del cuerpo enorme sobre el agua.
-Juegan -dijo uno.
-Debe ser la época del celo -corrigió otro.
Había muchas en aquella parte del canal. Como no se
las persigue -su caza está prohibida-, abundan allí, pues los canales
constituyen para ellas un seguro refugio. Los yaganes, que tan aficionados son
a su carne, no las cazan; cuando la mala suerte de alguna la hace varar en la
costa, o cuando la marea echa a tierra algún cadáver, los indios se apresuran a
descuartizarla y se llevan grandes pedazos, que comen con delicia aun cuando la
carne esté más que faisandée.
Poco después nos hallábamos frente a Usuhaia, el
antiguo asiento de la misión anglicana, hoy Capital de la Tierra del Fuego
argentina.
De las altas montañas que la rodean, dominadas por
el agudo pico del monte Olivia (33), descienden a la playa gruesos y copudos
árboles. La bahía, tersa como un espejo, se extiende en forma semicircular,
avanzando sobre ella los dos muelles, uno de pasajeros y otro para la aguada,
cuya armazón se refleja en el agua; como cerrándola, se extiende al sudoeste la
península de Usín, en que se agrupan pintorescamente las casas de madera de la
misión, el pequeño templo, los cercados de la huerta y para los rebaños.
Enfrente Usuhaia rodea la casa de gobierno, con su puñado de establecimientos
comerciales, su presidio, su aserradero, su fábrica de conservas, su iglesita,
el chalet del gobernador, la escuela, ganando poco a poco las alturas, a medida
que el bosque de hayas cae a los golpes del hacha. Los troncos cortados y
muertos a pocos pies sobre el suelo, parecen amarillos basamentos de alguna
inmensa columnata.
La tierra, en torno, está cubierta de verdor, y
entre la yerba corren arroyos de agua cristalina, pura y sabrosa, uno de los
cuales se ha aprovechado para el abastecimiento de los buques, llevando su
curso hasta el extremo de un muelle, donde los botes pueden llenarse con toda
facilidad. Algunos caminos, partiendo del pueblo, suben serpenteando por entre
la selva hasta ganar las primeras alturas, y en sus márgenes crecen las gruesas
hayas; el canelón o magnolia, o bark, que da florecitas blancas, transparentes
como la tez de una mujer pálida y que no tienen perfume; los cipreses de
hermoso ramaje; las elegantes fusquias de pródiga florescencia, mientras que la
tierra se ve cubierta de una alfombra de violetas amarillas, sin perfume
también, de musgos pajizos, de líquenes de todos los colores, de setas
carnosas, de apio jugoso y perfumado, de fresas silvestres, de frambuesas
negras, de calafate, de gramíneas de todas clases, que multiplican las
tonalidades del verde, con variedad y armonía extraordinaria.
El aspecto de Usuhaia es triste, contribuyendo a
ello los pedazos de troncos aún en pie que causan la impresión de las ruinas.
Pero se ve que el pueblo adelanta, que el progreso se extiende hasta él, y que
no tardará en desarrollarse, si nuevos factores se incorporan a su vida.
Gruesas y pesadas nubes negras bajaban lentamente
de las sierras cuando fondeamos a algunos cables del muelle; no tardó en caer
un chubasco, pero una racha limpió de pronto el cielo, mientras que sobre la
península, casi junto a nosotros, un arco iris trazaba sus semicírculos de
colores, y reflejándose en las aguas tranquilas, semejaba una circunferencia
completa.
No bien habíamos fondeado, cuando se acercó al
Villarino una canoa fueguina, manejada por dos mujeres y en cuya proa
descansaban tranquilamente sus maridos. Llevaban mejillones y lapas que nos
ofrecieron. Yo acepté, e iba a darles en cambio algunas moneditas de níquel,
cuando un oficial de a bordo me detuvo.
-No les dé dinero -dijo-; unas cuantas galletas
será mejor.
-¡Pero, bien pueden comprarlas con esto!
-Sí... alguna copa de veneno... O si quieren
galletas, les darán una o dos esos tigres de tierra...
Y volviéndose a los yaganes:
-¿Galeta? -preguntó.
-Galeta yes -contestaron los indios mostrando los
dientes en una sonrisa que les distendió la enorme boca.
-¿Por qué no los hace subir? -dije al oficial-.
Quisiera hablar con ellos.
Subieron los hombres; las mujeres, bastante
adiposas, pero no repelentes, se quedaron en la canoa, cerca de la escala,
manteniéndola con suaves y lentos golpes de la pala corta, que manejaban con
habilidad.
Uno de los indios era ya viejo, y en el rostro
arrugado, de color mate y terroso, aparecíanle algunos gruesos y diseminados
pelos de barba gris. Brillábanle los ojillos bajo las cejas canosas, y sobre la
frente y las sienes le caía la crinuda cabellera lacia. El otro, mucho más
joven, se parecía a él. A bien que todos los yaganes se parecen, o nuestros
ojos no ven las diferencias, como pasa con los japoneses, que a nuestra vista
no tienen más que un solo modelo...
-¿Cuántos años tiene usted? -pregunté al viejo.
-¿What?
No hablan sino inglés; claro, la misión...
Demartini les repitió la pregunta en esa lengua.
-Yes... -dijo el indio.
Sí, no era una respuesta. Se insistió, pero con
igual resultado.
El viejo
sonreía, brillábanle más los ojos, pero su única respuesta era el mismo yes.
No quieren contestar. Recelan de todo extranjero, y
dudan cómo serían recibidas sus palabras. Para escapar por la tangente tienen
el pretexto del idioma y lo aprovechan.
Se les dio galleta, volvieron contentos a su canoa,
alejáronse del Villarino, y poco después desembarcaban en la costa de la
península.
Entretanto había llegado el bote de la gobernación,
llevando a su bordo varios vecinos de Usuhaia, el juez de paz Salvadores, el
comerciante Luis Fique y otros, que nos invitaron a desembarcar.
Una visión inesperada en aquellas latitudes nos
sorprendió a todos agradablemente: era un ligero bote, a cuyo timón iba una
dama; otra se hallaba a su lado; manejaban los remos niñas vestidas de colores
primaverales, y jovencitos que bogaban con vigor. El sol caprichoso brillaba en
las aguas y animaba el cuadro, que parecía arrancado del Tigre para trasladarlo
por encantamiento a aquellos solitarios parajes, animados y alegrados por su
nota vibrante.
-¿Quiénes son esas damas?
-La señora de Godoy y la de Abdón Aróstegui, con
sus hijos.
-¡Ah!
El misterio quedaba explicado, y de veras que la
iniciativa de aquellas damas, en villegiatura en Tierra del Fuego, no ha de
contribuir poco a los futuros veraneos en el canal del Beagle, en esa maravilla
americana y argentina, que una vez puesta en moda tiene que hacer furor, como
suele decirse en las crónicas sociales.
Pero era necesario desembarcar para conocer la
capital fueguina, aprovechando las pocas horas que pasaríamos en sus aguas,
tanto más, cuanto que, al regreso, el Villarino sólo se detendría para recoger
la correspondencia. Bajamos a tierra, y al echar a andar por el muelle, lo
primero que nos llamó la atención fue un poste rojo del correo. Más tarde
íbamos a ver otro ejemplar en San Juan del Salvamento, y creo -aunque no estoy
seguro- que hay otro en el mismo Cabo de Hornos, para uso de los náufragos... sólo
que sus cartas no se recogen... Naturalmente que ni en Usuhaia ni en San Juan
se utilizan; pero producen tan buen efecto...
En Casa de Gobierno estaba el comandante Godoy, que
nos recibió con mucho agasajo, y después de un rato de conversación nos invitó
a recorrer la capital, lo que no era muy difícil, pues ocupa un espacio todavía
reducido, y no hay que detenerse mucho en la contemplación de sus bellezas
arquitectónicas.
Apenas echamos a andar, prodújonos desagradable
impresión la humedad del suelo, afortunadamente permeable, pero saturado de
agua. En Usuhaia llueve casi todos los días, y a menudo varias veces, de modo
que el piso no se seca nunca. Pero el barro no se adhiere a los pies, y si el
calzado no se empapara, la incomodidad sería llevadera. Sin embargo, el hábito
se hace, y la salud general de los blancos es tan buena allí, que Popper soñaba
en el establecimiento de un sanatorium, sin duda teniendo en cuenta la presión
atmosférica, cuya media es de 740.94, casi la misma que en la Côte-d'Or, un
poco más baja que la de Santiago del Estero, mientras que su temperatura, en
verano, no baja de 9 a 10 grados centígrados.
Nos encaminamos hacia el bosque, por senderos
abiertos entre la yerba menuda y firme, pasando cerca de las casas de comercio,
que a estilo de las que abundaban en otro tiempo en la provincia de Buenos
Aires, tienen de todo, y especialmente bebidas. Un billar reunía en torno un
grupo de personas. Las casas de madera, con techos de hierro de canaleta,
parecían deshabitadas, y un silencio profundo reinaba en el pueblo, sólo
interrumpido por las risas que partían de la sala de billar. Se experimentaba
un sentimiento de soledad, aunque fuéramos seis o siete en animada
conversación. Después de pasar el limpio arroyo, cuyas aguas llegan hasta la
punta del muelle, y caen desde allí con salto continuo y rumoroso, comenzamos a
subir una cuesta suave, un camino carretero que se interna en el bosque, bajo
la sombra de las corpulentas hayas. A su lado, a la derecha, corre sobre
pequeños cantos rodados el hilo de agua que baja rápido de las alturas, entre
el marco de oro de los musgos y de esmeralda de las yerbas acuáticas, salpicado
aquí y allá con magníficas flores blancas, aljabas rojo y violeta, espinos de
fruta negra y redonda, tristes y agrios como malhumorados habitantes del
bosque, proveedores, muy a pesar suyo, del azucarado postre de los indios.
A medida que subíamos, la selva se hacía más espesa
y obscura; secos hachazos resonaban a lo lejos con golpe rudo, y los árboles
parecían estremecerse al oírlos. Muchos con la apariencia de la vida estaban
muertos en pie, corroído, carcomido, podrido el corazón por la humedad. Un
pájaro trepador, especie de carpintero, les horada el tronco, cerca de la cepa,
por donde penetra el agua que los mata (34). Otros, lozanos y orgullosos,
llevaban sus ramas vigorosas, cubiertas de hojitas verdes, a mezclarlas con las
rugosas y secas de los árboles muertos, prestándoles una apariencia de vida.
Ni una hoja se movía en la tranquilidad apacible de
la atmósfera, y el sol, que se había despojado de su capa de nubes, sembraba el
suelo de onzas de oro. De vez en cuando el grito de un pájaro vibraba en el
aire, y a lo largo del camino, curioso y alegre, acompañábanos saltando el
reyezuelo de plumaje obscuro, que nos miraba torciendo coquetamente el cuello.
Un poco más lejos, oímos de pronto una confusa algarabía: eran loritos verde
claro, que se habían posado en la copa de una haya, y discutían acaloradamente
no sé qué proposición controvertible. Algún papamoscas de pico negro y copete
escarlata, uno que otro gorrión alejado casualmente de la llanura, tordos,
estorninos... Los pájaros moscas, las mariposas, volaban en torno de los
árboles, cortando en sus giros la línea recta de las escasas abejas que andaban
en busca de flores. Pero no se crea por esto que el bosque era un enjambre de
seres vivientes y alados.
Por el contrario, parecía a primera vista
despoblado, mudo como el bosque durmiente, y los mismos golpes del hacha,
parecían su respiración jadeante, como si tuviera pesadilla.
Todavía podíamos contar con algunas horas de día, y
continuamos internándonos en la selva, subiendo el declive bastante rápido del
camino carretero, sobre una masa compacta de hojas en lenta descomposición. No
andábamos sin trabajo, a causa de la presión barométrica y de la blandura del
suelo, que cedía bajo nuestros pies, ya pisáramos en la capa de detritus
vegetales, ya en los musgos amarillos y esponjosos enormes, redondeados como
inmensos crisantemos. Algunos troncos, derribados por su propio peso, estaban
cubiertos de parásitos, hongos y musgos, variadísimos, sobre todo éstos, que la
industria aprovecha para formar selvas minúsculas, extraña vegetación, adorno
en mesas y floreros de gusto más o menos discutible. Ni un reptil, ni un sapo,
ni una rana se deslizaban o saltaban entre aquel vigoroso enzarzamiento de
árboles, plantas y yerbas, de un aspecto verdaderamente tropical...
Nos sentamos los más cansados en un grueso tronco,
mientras el Gobernador, el comandante Funes y el señor Fique, comerciante de
Usuhaia, seguían adelante, examinando los árboles más desarrollados, que se
encuentran en el corazón mismo del bosque. Por entre las ramas, y desde aquella
altura veíamos las aguas tersas de la bahía, que el sol doraba a trechos con
reflejos enceguecedores. De pronto palideció, para tomar en seguida el color
del acero, mientras en las altas hojas comenzaban a redoblar las gotas de una
lluvia tan repentina como importuna.
-¡Oh! Hay que acostumbrarse -dijo por vía de
consuelo un empleado del presidio, que nos acompañaba-. Si hiciéramos caso de
la lluvia, nunca podríamos salir.
-Lo que no significa que tengamos que soportar ésta
-dijo uno de nosotros.
Emprendimos el viaje de regreso, dejando que los
infatigables caminadores hicieran lo que más les acomodara, mientras nosotros
buscábamos el reposo agradable de las casas. Por fortuna, el chubasco no era
fuerte e iba a ser pasajero. En efecto, cuando salimos de la sombra de los
árboles, el cielo se despejaba nuevamente y el sol aparecía otra vez.
Decidimos entonces aguardar a nuestros compañeros,
que no tardaron mucho.
-¿Y, amigo, usted también se marcha mañana?
-preguntó Godoy acercándose a mí.
-Sí, comandante; no puedo quedarme sin visitar
Lapataia, de que me han hablado como de algo muy hermoso, y de darme cuenta de
la importancia del aserradero.
-Pero entonces no va a ver a Usuhaia...
-¡Eh!, no tiene mucho que ver que digamos, y esta
misma tarde puedo escudriñarla de extremo a extremo. Además, a la vuelta...
-No cuente con la vuelta. El Villarino no se
detendrá sino momentos...
Pero no quería dejar de ir a Lapataia, y toda
argumentación sería inútil. Por suerte, la galantería del gobernador iba a
encontrar la manera de obviar dificultades, y de facilitarme una permanencia
más larga en la capital fueguina...
-Bueno, usted se va. Pero, si yo le mando mañana la
lancha a vapor, ¿se vendrá para ver esto más despacio?
-¿Por la tarde?
-Sí.
-De mil amores. Ésa sí que es una excelente
proposición, pues de ese modo mataré dos pájaros de una pedrada: conoceré
Lapataia, y esta ciudad que, según parece, tiene sus complicaciones... Pero
-bromas aparte- vendré con gusto, para que usted me dé algunos informes sobre
estos territorios.
Visitamos la pequeña iglesia en construcción, cuyas
paredes exteriores son de hierro galvanizado, revestidas interiormente con
otras de madera del país, como el piso, cuyas tablas proceden del aserradero
que funciona en la cárcel de reincidentes. La iglesita tiene su campanario,
pueden caber en ella unas doscientas personas, y no presenta mal aspecto.
Al contrario... como que es el único monumento
arquitectónico de la población. Pasamos, también, por el interior de la fábrica
de conservas, de que me ocuparé después (o no), bebimos un vaso de cerveza con
que nos obsequió don Luis Fique en El primer argentino, casa de comercio que
fundó en 1884, cuando el hoy comodoro Laserre enarboló por primera vez el
pabellón argentino en Usuhaia, y luego nos fuimos a la Casa Gobierno, a
continuar allí las amenas pláticas del día.
IGLESIA DE USHUAIA
Roncaba la estufa atestada de carbón, en el
despacho de Su Excelencia, porque desde que comenzó a caer la tarde, bajaba
rápidamente el termómetro, y dos o tres, sentándonos en su derredor, nos
pusimos a asar cuidadosamente los botines que chorreaban agua y cuyas suelas se
habían esponjado como carbón húmedo.
-Lignito de Tierra del Fuego -dijo Godoy.
-¿De veras?
-Sí. Aquí tienen ustedes la muestra. Quema tan bien
como el carbón de piedra... o casi. He mandado a la capital, para que los
conocedores opinen sobre él.
-¿Y hay mucho?
-Mucho, sí. Se han encontrado varios yacimientos
importantes, y cerca de las costas, lo que facilitará su explotación, si la
calidad hace que valga la pena, como creo. ¿Quieren tomar un mate?...
Buenos Aires no quiere ya mate. Pero apenas se sale
de su arrabal, apenas desaparecen las aceras de piedra y los faroles de gas, el
mate recobra su imperio, vuelve a sus antiguos esplendores, reúne en amable
intimidad a grandes y pequeños, nacionaliza y vincula a todos, y su sabor
ligeramente amargo, su suave estimulación, anima las conversaciones, abre el
apetito de pensar y de comer, aclara las ideas, dulcifica asperezas y
antipatías, inclina a lo ingenuo y a lo bondadoso, y es el amable boute-entrain
en las tertulias, y el amenísimo compañero en la soledad, que puebla como su
hermano el cigarro. He encontrado en viaje muchos excursionistas extranjeros
que, después de algunos visajes de repugnancia para con la bebida nacional, han
ido modificando su primera impresión hasta convertirse en incansables materos.
En viaje, el mate no es sólo un entretenimiento, es un verdadero ayudante -si
se me permite-, tan poderoso como la coca para algunos organismos. Pues...
queda dicho que empezó a circular el mate amargo, acogido con gusto por todos,
y que la conversación se animó, acompañada por el ronquido de la estufa, y los
silbidos de una que otra racha violenta que sacudía las paredes de tabla del
palacio gubernativo. Y salieron a danzar... ¡los transportes!...
¡Pero, señor! O se han pasado la palabra todos los
sudistas argentinos, o existe una razón vital de protesta. En Madryn... ¡los
transportes! En Santa Cruz... ¡los transportes! En Gallegos... ¡los
transportes! En Usuhaia... ¿Se oirá el mismo estribillo en San Juan del
Salvamento?... ¿La gritería se convertirá en plebiscito?
Mercaderías tiradas... visitas de médico... cargas
que nunca se embarcan... averías y perjuicios... comida imposible... prensas de
gente en vez de camarotes... tardanza desesperante o prisa vertiginosa, nunca
el término medio... Las mismas quejas, casi con las mismas palabras...
-Pues si ustedes taladraran los oídos
ejecutivo-nacionales como taladran los míos, seguro estoy de que no pasarían
tres meses sin que tuvieran las mejores comunicaciones del universo e islas
adyacentes...
¡Vaya! Yo también trataré de aburrir a Gobierno y
pueblo con la repetición interminable de la misma cantilena. Pero, descuiden
ustedes. Será completamente inútil.
Ya era de noche cuando nos despedimos del
comandante Godoy, para volver al Villarino.
-Quédense ustedes a comer conmigo.
-Gracias. Estamos empapados.
-Ésa no es una razón... fueguina.
Pero nosotros no estábamos aclimatados todavía, y
la humedad, que se nos infiltraba hasta las carnes, no era para ser soportada
mucho tiempo más.
-¡A bordo, a bordo! Gracias de todos modos,
gobernador.
-Le mando la lancha, ¿eh?
-Por la tarde, sí. Por eso he dejado hoy de ver
algunas cosas que me interesan.
-Buen viaje, entonces.
Entramos en el chinchorro que nos aguardaba al
extremo del muelle, y los marineros bogaron con brío hacia nuestra casa
flotante.
A la madrugada siguiente, apenas el crepúsculo
comenzó a dejar ver los objetos, cobrose el ancla, rodó la hélice, y el
Villarino fue poco a poco desandando parte de lo andado, para fondear hora y
media después en Lapataia, o sea Bahía de los Ladrones.
- XXII -
Dos días en Lapataia
Aquella mañana nos levantamos tarde casi todos los
pasajeros, pues la tertulia de la noche anterior se había prolongado más que de
costumbre, de modo que no vimos de nuevo el hermoso paisaje que presenta esa
parte del Beagle. Pero cuando subimos a cubierta, no nos fue posible dejar de
admirar la belleza de la bahía en que estábamos fondeados, una de las más
seguras y más pintorescas que tenga la Tierra del Fuego, tan rica en panoramas.
Ciérranla por todos lados altas y escarpadas montañas, dejando sólo una puerta
de entrada, en cuyo umbral se ve la espuma de las olas que no lo transponen
cuando el mar se agita y convulsiona fuera. Las aguas verde esmeralda de un
ancho arroyo, casi un río, serpean rápidas entre rocas escuetas, y van a
confundirse con las más obscuras de la bahía, en cuya superficie juguetean y
pescan los patos a vapor, las avutardas, los gansos, los cormoranes,
ofreciéndose a la escopeta del cazador, espiados por los buitres y los
halcones, o por algún cóndor vagabundo que se ha dejado llevar hasta allí al
capricho de sus infatigables alas, pronto a hacer presa de ellos si la ocasión
se ofrece.
¡Qué acuarela! ¡Qué suavidad de tintas! ¡Qué
armonía! La roca desnuda, rojiza, o parda, o blanquecina; la arena menuda y
blanda de las playitas, el canto rodado de otras festoneadas por el cachiyuyo
verdinegro, medio corrompido, que depositaron como una orla las mareas; la
selva trepando hasta la altura; árboles con las raíces al aire, como garras,
prendidas a la peña estéril, nudosas y fuertes, chupando por todos sus poros un
alimento invisible; más allá un islote de piedra, sin vegetación, descubierto
sólo en las aguas bajas, cubierto por la negra alfombra de los mejillones;
otros escollos blanqueados por el guano de los shags; allá a la izquierda,
sobre una playa teñida de verde, rodeada de montes casi a pico, la Primera
Carbonera Argentina con su techo azulado, sobre altos pilotes de madera, sin
paredes y... sin carbón. En nuestro país una carbonera nacional que tuviera
carbón, sería una anomalía tan grande por lo menos como un ministerio de
Hacienda con dinero en la caja... Y sobre todo esto, un cielo azul celeste
pálido, surcado por una que otra nube blanca como un copo de algodón.
Eran las diez y media de la mañana. Habíamos
llegado antes de las ocho, y aún no se mostraban los hombres del aserradero,
invisible desde a bordo, pues se halla algunas cuadras río arriba, disimulado
por islotes y peñascos altos o cubiertos de árboles. No sé qué había sucedido,
el hecho es que hasta entonces no habían podido acudir, y que se les esperaba
con impaciencia.
Por fin, de detrás de una peña salió un bote,
conduciendo a varias personas que pronto estuvieron a bordo. Entre ellas estaba
el señor Brusotti, administrador del aserradero, que pertenece a los señores A.
Zavalla y Compañía, que lo adquirieron de su
fundador don Jacinto Ravié, actualmente cónsul argentino en Punta Arenas, y
propietario de un nuevo aserradero frente a la península Gable.
El señor Brusotti, que se quedó a almorzar con
nosotros a bordo, en la cámara del comandante Murúa, donde lo hacíamos éste,
Méndez, Funes, Demartini, el doctor Luque y yo, nos invitó a visitar el
establecimiento, que es, sin duda, de bastante importancia, y que está llamado
a grandes desarrollos. Nos trasladamos a tierra, una hora más tarde, en la
lancha a vapor del Villarino, por los estrechos pasos que se abre el río de
ondas verde blanquecino en medio de las rocas. Presentose a nuestra vista un
grupo de casas, galpones y depósitos, construídos con madera del obraje y
hierro galvanizado. Era la habitación de la familia, la de los obreros y
peones, los cobertizos para guardar y estacionar madera, y el departamento de
las máquinas, de cuya chimenea salía un grueso penacho de humo negro.
Sierras circulares, sierras sin fin, sierras de
carro, hacían a un tiempo, casi automáticamente y con pocos obreros, tablones,
tablas, postes, varillas... Aquella actividad, aquel trabajo, en sitios al
parecer desiertos, y a tantas leguas de distancia de los centros poblados,
causaban una agradable sorpresa.
ISLA REDONDA (LA PATAIA)
La playa turbosa estaba sembrada de gruesos troncos
de árbol, algunos de más de un metro de diámetro, que una yunta de bueyes
arrastraba pesadamente uno por uno, subiendo la cuesta, para dejarlos junto al
depósito. Los pacíficos animales obedecían a la palabra del peón que los
manejaba látigo en mano, como un director de picadero, y sus gritos dominaban
el fragor de las sierras al morder la madera haciendo volar amarillentas nubes
de aserrín.
El corte de árboles se hace en varios puntos, río
arriba, donde los obrajeros tienen también sus casas. La mayor parte de los
troncos son conducidos al aserradero por el río, por el «camino que anda»,
atados unos a otros como balsas. Una esclusa, que cierra un gran remanso en el
sitio en que dos rocas avanzadas forman una angostura, impide que los trenes de
madera, o la mayor parte de ellos, salga al mar y se pierda en los canales. El
obraje principal se halla en el centro del istmo que separa a Lapataia de la
bahía Argentina. Hay allí un gran galpón para el personal, depósito de víveres,
cocina, etcétera. Cuenta con doce obrajeros, cuatro carros especiales para el
transporte de troncos gruesos, cuatro yuntas de bueyes, cuatro sierras de
vuelo, etc., etc. Está unido al aserradero por un excelente camino de tres
kilómetros de largo, hecho con troncos, piedra y ripio, que se cuida de
mantener en buen estado para la facilidad del transporte, cuando se hace en
carros.
La madera que se utiliza es, naturalmente, la del
fagus, que allí llaman coigüe como en Chile. Interesarán los siguientes
informes, recogidos de los propietarios del obraje, a propósito de esa madera,
cuyo uso se hará más general cuando sea más conocida (35).
Su buena calidad y duración depende de que los
árboles sean cortados en invierno, cuando se ha retirado la mayor parte de la
savia. De otro modo, quedando muy húmeda, se pudre o se raja. El muelle de
Punta Arenas, que se halla aún en buen estado, fue construido en 1860 con
madera cortada en las condiciones antedichas.
Pero hay una dificultad para el corte de árboles en
invierno, y es la gran diferencia de duración del día en las dos estaciones
extremas. En el verano hay cerca de catorce horas de sol, sin contar los
crepúsculos, y en ese tiempo se trabaja mucho y fácilmente, los caminos son
mejores, los bueyes están gordos y el frío no acobarda a los obrajeros. En el
invierno el día dura como unas siete
horas, y las nevadas que obstruyen los caminos, el inevitable enflaquecimiento
de los bueyes, y otras penurias inherentes a la estación, hacen que el
rendimiento sea escaso y la madera tenga que venderse a más alto precio.
Mientras visitábamos el aserradero, el comandante
Funes no estaba ocioso. Había ido a hacer un minucioso examen de los postes
preparados para cargar el Villarino y destinados a la construcción del
telégrafo patagónico. De este examen resultó un beneficio, pues logró troncos
más gruesos que los contratados, y por consiguiente, de mayor duración,
considerando las violencias de los vientos más fuertes en Patagonia.
Luego pasamos a la huerta, junto al río verde,
sobre un terreno alto y plano, de pequeña extensión, en que crecen los nabos,
las coles y otras plantas comestibles, al lado de las fragantes frutillas
bermellón claro, que los visitantes devastamos en un abrir y cerrar de ojos,
con anuencia del dueño y gran sentimiento de sus hijitos, al mismo tiempo
hortelanos y consumidores.
Más lejos se alzan las colinas que van creciendo
hasta convertirse en montañas boscosas, barrera limitadora del horizonte. Allá
arriba hay un magnífico lago, visitado y poblado por patos y cisnes, y por
bueyes y carneros vueltos al estado salvaje. Estos carneros, tienen tal
abundancia de lana, que, siendo difíciles de atrapar en los sitios
descubiertos, se enredan y traban en el bosque, presentando magnífico blanco al
cazador.
Pero, aunque algunos hubieran bajado con escopeta,
como el doctor Pinchetti, que de ella no se separaba jamás, y aunque no faltara
quien se internase en busca de caza, nadie llegó al lago, de lo que se
felicitarían mucho las aves, ni nadie descubrió ganado alzado, con lo que se
perdonó la vida a los carneros.
A la tarde, mucho antes de que el sol se ocultara
tras de las montañas, regresé a bordo, a esperar el vaporcito de la gobernación
que debía ir a buscarme. Pero el mar estaba muy agitado afuera, comenzaban a
caer frecuentes chubascos de lluvia pulverizada por el viento, y lo más
probable sería que el patrón no se hubiera atrevido a salir con la frágil
lancha. Así fue, en efecto, y mi prisa resultó inútil, no sirviendo sino para
hacerme parecer más largas las horas, en medio del paisaje borrado por la lluvia
y la neblina, que apenas dejaban ver el techo plomizo del depósito de carbón,
cuya armazón desolada se alzaba a pocos metros del Villarino.
-Aquí ha estado el Bélgica -oí que decía una voz
cerca de donde yo estaba.
Era uno de los empleados del aserradero, que
hablaba con otro del transporte. Me acerqué a ellos, preguntando:
-¿El de la expedición al polo sur?
-Sí, señor, el mismo.
-¿Y con qué objeto vino?
-A hacer aguada. Parece que su viaje hasta aquí no
ha sido muy próspero, y que la mala suerte persigue al barco. Apenas salió se
le descompuso la máquina y tuvo que ir a Ostende. Desde allí hasta las aguas
sudamericanas ha navegado muy lentamente. Luego la tripulación comenzó a
comportarse tan mal, que el comandante tuvo que dejar en tierra algunos
marineros en Magallanes. ¡Quién sabe cómo le irá después!... Ahora debe estar
por las tierras de Graham por lo menos, y aun así, no ha hecho el trayecto con
la rapidez necesaria. El invierno se viene encima.
-¿Qué tal barco es el Bélgica?
-Bastante sólido para ballenero. Soportará bien los
témpanos aislados, pero no me parece muy propio para una invernada en los
hielos.
Recordé entonces los terribles crujidos del Fram,
que describe Nansen, cuando lo estrechaba con abrazo mortífero para cualquier
otro buque, la nieve helada en torno suyo.
-¿Los oficiales hicieron observaciones? -pregunté.
-Sí, creo que sí... Sobre todo, tomaron muchas
vistas fotográficas, con aparatos muy hermosos que habían traído. Todos gozaban
de muy buena salud, declaraban que estas comarcas eran lindísimas, y se
mostraron muy amables y corteses. Cuando llenaron sus aljibes, se fueron.
¡Quién sabe si los volveremos a ver!...
Mientras conversábamos en cubierta, soportando la
llovizna helada, por no meternos en la cámara, triste y obscura, mis ojos se
volvían instintiva e insistentemente hacia el galpón, en uno de cuyos rincones
había un montoncito de hulla.
-Poco carbón tiene el depósito -dije.
-Sí -contestó uno de mis interlocutores-. Y así es
desde hace mucho tiempo, de modo que la carbonera es un simple adorno.
Sin embargo, este abandono debe cesar cuanto antes.
No tenemos sino dos depósitos de carbón en los mares del sur, el de Santa Cruz
y el de la Lapataia, ambos desprovistos, y que no pueden prestar, por
consiguiente, ayuda alguna a nuestra marina de guerra, ni a los barcos que por
cualquier contingencia necesiten combustible para continuar su navegación.
Tener carboneras en esa forma es irrisorio, y mucho
más pagándose, como paga el Gobierno, mensualidades por la custodia de la hulla
ausente.
Por otra parte, la situación de Lapataia en mitad
del canal del Beagle, no la hace muy a propósito para ese servicio; mejor sería
cualquier punto austral de Patagonia, o la misma Isla de los Estados, más
cercanos a los caminos seguidos generalmente. Se dirá que pueden improvisarse
carboneras en un momento dado y sin gran pérdida de tiempo.
Conforme. Pero siempre habría alguna pérdida,
innecesaria, y causada sólo por la imprevisión.
Los últimos rezagados volvían de tierra.
Todo el día, y a pesar de la lluvia de la tarde, se
había estado cargando postes para el telégrafo, bajo la vigilancia del
comandante Funes, que los examinaba uno por uno en el embarcadero. Fue el
último en regresar acompañado por el señor Brusotti, que iba con la buena
intención de invitarnos a almorzar al día siguiente a su casa. Muy hospitalaria
y obsequiosa con los viajeros la gente del sur, y muy prontos a aceptar
invitaciones los viajeros australes, víctimas indefensas de la cocina de a
bordo.
Demás está decir que al día siguiente todos los
invitados acudíamos al lugar de la cita, provistos de un apetito que hizo honor
a unos tallarines de mano maestra, y otros platos no menos respetables,
acompañados de rabanitos, manteca de cabra, blanca como campo de nieve,
champignons frescos y encurtidos de un sabor delicioso, y frutillas fragantes y
qué sé yo... La señora de la casa se preocupaba de todos menos de ella misma,
haciéndose acreedora a nuestro agradecimiento y aplauso.
Hacía tiempo que no comíamos tan bien, ni rodeados
de tantas atenciones.
No se había interrumpido, entretanto, la carga de
los postes, ni se tenía noticias de la aproximación de la lanchita a vapor de
Usuhaia, cuya ausencia me había permitido asistir a aquel almuerzo famoso en
los anales del viaje. Demartini y yo nos fuimos, pues, a vagar por el bosque,
cuyo silencio admiraba y sobrecogía, y allí hubiéramos quedado el día entero,
si la humedad que nos empapaba los pies no se hubiera entretenido, también, en
helarnos las piernas hasta las rodillas.
Regresamos a bordo, y pasamos melancólicamente el
resto de la tarde mirándonos las caras y preguntándonos hasta cuándo iba a
durar nuestra inacción. Estábamos sin duda invadidos por la manía de la
movilidad. Sólo nos distrajo la llegada de un bote que iba en busca del doctor
Luque, con la noticia de que acababa de ocurrir un accidente en el aserradero.
Una viga, al caer, había roto la pierna a un obrero que no tuvo tiempo de
escapar al golpe. Sus dolores eran terribles, y urgía auxiliarle.
El médico, siempre pronto, siempre solicitado en
todos los puertos a que arribaba, se embarcó inmediatamente para ir a la
cabecera del herido, a quien hizo la primera cura, dejándolo algo calmado.
El Villarino tenía que permanecer día y medio o dos
días más en Lapataia para completar su cargamento de postes. Habría tiempo,
pues, para aburrirse, y eso consideraba yo entre mí, cuando un grito lanzado
desde la popa vino a desvanecer mis temores:
-¡La lancha, la lancha!
En efecto, por el estrecho portillo que da acceso a
la bahía, avanzaba con su penacho de humo hacia babor la lanchita esperada,
pequeña a la vista como una cáscara de nuez.
La tarde caía entretanto, y poco tiempo después iba
a ser noche cerrada. Cuando atracó la lanchita al Villarino, que parecía un
gigante a su lado, el crepúsculo comenzaba, y el paisaje aparecía en una media
luz tenue y difusa, que le comunicaba cierta dulce y triste poesía, un encanto
misterioso, vago, opresor...
El patrón preguntó por mí.
-¡Presente!
-Me manda el señor gobernador, para que me ponga a
sus órdenes.
-Muchas gracias. Pero supongo que no será prudente
ni necesario salir hoy...
-Cuando usted guste.
-Mañana temprano...
-Muy bien. ¿Quiere usted visitar la lancha?
No tenía gran cosa que ver: la máquina la ocupaba
casi toda, no dejando a los lados sino un paso de veinticinco centímetros de
ancho. A popa le habían hecho una camareta en que cabrían cuando mucho, y como
sardinas en banasta, siete personas de mediano volumen.
-¿En cuánto tiempo llegaremos a Usuhaia?
-Si el tiempo es favorable, en menos de tres horas.
-Bueno. Mañana a las ocho, entonces.
-Perfectamente.
El patrón Romero era un hombre de unos cuarenta
años, fuerte y bien repartido, de mirada resuelta y modales francos y algo
bruscos. El resto de la tripulación se componía de un negro maquinista, un
timonel, y un chiquillo -el Payaso- que hacía de foguista y era de los menores
que Godoy llevó a Usuhaia.
Al día siguiente, muy de mañana, fueron a
despertarme a mi camarote; salté de la cucheta, me vestí con rapidez realmente
periodística, y diez minutos más tarde estaba en la lancha, después de haber
tomado mi taza de café. ¡En marcha!
La atmósfera estaba clarísima, tibia y como
perfumada. Todo parecía alegre, el mar, el cielo, las costas cubiertas de
vegetación, las rocas sonrosadas por los reflejos de algunas nubes teñidas por
el sol. A medida que avanzábamos, el panorama se decidía, se acentuaba, con más
color, con líneas más enérgicas.
En la primera isla de la derecha, saliendo de
Lapataia, y en la cumbre de un cerro bastante alto, veíase un palo colocado
como una baliza.
Cuando nos acercamos salió a nuestro encuentro en
un bote, el viejo Revello, guardián de las ovejas que allí tiene el patrón de
la lancha a vapor; iba en busca de una bolsa de galleta, y al mismo tiempo a
dar cuenta de lo que aquel palo significaba.
-¡Buen día, Revello! Aquí está la galleta; exclamó
el patrón cuando atracó el bote. Y... ¿qué había en el palo?
-Un frasco en el suelo, al ladito, con unos papeles
-contestó el viejo.
-¿Lo ha traído?
-Sí, aquí está.
Y le dio un frasco de vidrio blanco que en efecto
contenía papeles, bastante deteriorados por la humedad. Eran dos tarjetas, la
una escrita con lápiz, la otra con un nombre solo. La primera algo borrosa en
partes, ilegible en otras, decía lo siguiente:
«Ile Ronde, 25 février 1896. -Mardi. -Fernand
Lahille, doctor en medicina y ciencias naturales, encargado de la sección
zoológica del Museo de La Plata, accompagné de son préparateur M. E. Beaufils,
ont passé ici trois jours pour étudier la faune et la flore. Que ceux qui
passeront ici reçoivent un cordial salut de leur devancier. Ils... de la grande
baie (Lapataia)... au nord (Usuhaia) est le siège d'une mission anglaise, en
même temps que le siège du gouvernement de la Terre de Féu. -F.
Lahille.»
Los puntos suspensivos ocupan el lugar de palabras
borradas por completo; pero no por su falta se pierde el sentido de lo escrito:
la estadía del doctor Lahille, estudiando la flora y la fauna, y su amistoso
saludo, que yo retribuyo como el primero que lo ha recibido. La segunda tarjeta
era del señor Beaufils.
Volvimos a ponerla en el frasco, tapándolo bien, y
se lo entregamos a Revello.
-Póngalo en el mismo sitio, pero a cubierto de la
humedad -le recomendamos.
-Está bien. Adiós.
-Adiós.
Y la lanchita a vapor echó a andar, viró, y tomó
nuevamente el camino de Usuhaia, dejando detrás el saludo del doctor Lahille,
que ha de ser sin duda grato a otros que lo encuentren en aquel desierto.
En todas las ensenadas, en todas las playitas se
veían gruesos troncos cortados, llevados hasta allí por la marea. Eran los que
se desprendían de las balsas, y siguiendo el curso del río desembocaban en el
mar. Los había en cantidad bastante grande, y parecían suficientes para cargar
un buque regular; pero en su mayor parte debían hallarse ya en mal estado, y
ser inservibles por su larga permanencia en el agua.
Cerca de nosotros y con gran ruido, pasó un pato a
vapor, levantando espuma y dejando tras de sí una estela, como si fuese
realmente una embarcación. Aunque la lanchita caminara bastante, el pato la
dejó muy pronto atrás, y minutos más tarde se perdió en las sinuosidades de una
costa lejana.
Ya he dicho que sus alas atrofiadas son demasiado
cortas para permitirle el vuelo; en cambio, nada con increíble rapidez. Casi
siempre nada en parejas, y no se separa nunca a más de tres millas de la costa,
de modo que su presencia es siempre indicio de tierra próxima. Anida entre la
yerba de la ribera, y pone cada año de cuatro a seis grandes huevos blancos. Su
alimentación consiste en los pequeños caracoles y mejillones que viven en el
cachiyuyo.
Es hermoso verlo navegar por las aguas tranquilas,
envuelto en espuma, rápido y azorado como si huyera de un peligro, y su vista
sorprende a cuantos se presenta por primera vez.
En el resto del viaje no encontramos cosa digna de
mencionarse, si no es, en un fondo bajo de arena, visible por la transparencia
del agua, que parecía de moiré verdoso por los reflejos del bosque cercano, un
pululamiento de centollas, que vagaban sobre las negras e inmensas conchas de
los mejillones, que habitan aquel refugio desde tiempo inmemorial, y pescados,
y langostinos, toda una vida animal hormigueante que contrasta con la escasez
de seres vivientes que se nota en tierra.
CASCADA DE RÍO GRANDE (USHUAIA)
A veces teníamos que acortar la marcha de la
lanchita, y detener la hélice, dejándonos llevar por el impulso recibido y la
marea bajante, al pasar por entre inmensas matas de cachiyuyo, cuyas hojas más
altas erguidas sobre la superficie del mar se movían lentas a un lado y otro,
acariciadas por la brisa. Tomábamos el camino más corto para llegar a Usuhaia,
aprovechando los pasos inaccesibles para los buques de algún calado, pero
fáciles y seguros para nuestra embarcación.
-¡Oh! Todavía tenemos que dar muchos rodeos para
llegar a Usuhaia -me dijo Romero-. Sin embargo, antes debió poderse ganar mucho
terreno.
-¿Cómo? -pregunté.
-¿No ve usted entre aquellas dos colinas un espacio
llano, poco ancho y muy bajo, que apenas está cubierto por el pasto y se
levanta tan poco sobre el nivel del agua, que también se ve detrás?
-Sí.
-Pues esa especie de istmo ha debido ser hasta no
hace mucho un canal que nos hubiera ahorrado una tercera parte del camino. Está
compuesto de arena, y la capa de turba y humus es insignificante.
Este fenómeno se ve muy a menudo en Tierra del
Fuego y en la Isla de los Estados. Los desprendimientos de la roca, y las
arenas que arrastra la marea, van colmando poco a poco muchas bahías y hasta
canales de escasa profundidad, de modo que tiempo más tarde -léase siglos- no
será ya exacta la pintoresca definición que de estas tierras hacía Darwin,
diciendo que eran un país montañoso cuyos valles estaban suplantados por
canales y bahías.
Pasamos cerca de una costa arenosa, tras de la cual
se levantaban suavemente algunas colinas.
-Allí hay manantiales de agua mineral -dijo Romero,
señalándola.
-¿De qué clase?
-No sé. No se ha analizado todavía.
-Vamos a verla.
-Ahora no es posible. La lancha no llega hasta
donde es fácil desembarcar, y la chalanita no soportaría su peso, ni el mío.
En efecto, la chalana era una batea ascendida por
favoritismo al rango de bote, que iba amarrada a la popa de la lancha.
Embarcarse en ella era condenarse a un baño seguro, pues apenas soportaría al
Payaso, que no levantaba vara y media del suelo. Cífranse grandes esperanzas en
estas fuentes, aunque no se conozca aún la naturaleza de sus aguas, algunas de
ellas fuertemente purgantes, como se ha experimentado por casualidad, y otras
de efectos menos visibles, pero apreciables sin embargo, en molestias gástricas.
Creo que ya se han enviado muestras a químicos de Buenos Aires, encargados de
analizarlas.
La baja marea había dejado en seco parte de las
rocas en los angostos canales que cruzábamos; estaban materialmente cubiertas
de mejillones de todos tamaños, adheridos a la piedra y como ofreciéndose a
nuestro apetito, aguzado por el aire vivo de la mañana, hermosa y serena como
un día de otoño en los alrededores de nuestra ciudad. El sol había aparecido ya
sobre las empinadas crestas de las montañas del este, y las nubes se
amontonaban alrededor de los picos, dejando libre el resto del cielo, de un azul
purísimo.
Nos acercábamos a Usuhaia.
De pronto apareció el conjunto de casas de la
misión, envuelto en una atmósfera dorada, leve bruma que el sol teñía con sus
rayos más cariñosos, y que se reflejaban con cambiantes opalinos en el agua de
la bahía, azul también, y tersa como inmenso espejo de acero. Usuhaia se
presentó en seguida, retratada como la misión -con la torrecita de su iglesia,
los muelles y las embarcaciones, los chalets y las casas, de cuyas chimeneas se
escapaban ligeros humos, pronto desvanecidos-, en el lago inmóvil, duplicación
del cielo.
Lentamente avanzamos hacia el muelle, al que
comenzaron a acudir personas que me aguardaban extrañadas por la tardanza de la
lancha que había salido en mi busca veinticuatro horas antes.
- XXIII -
Nuestras avanzadas del sur
El primer cuidado de mis huéspedes fue conducirme a
la habitación que se me había preparado en la Casa de Gobierno, y en que,
además de una excelente cama, tenía cuanto era necesario para reparar el
desorden que en traje y persona había producido el viaje en la minúscula
embarcación, que la chimenea se encargaba de llenar de hollín pulverizado,
impagable para convertirnos en máscaras. No tardó en reunírseme el comandante
Godoy, que me expuso alegremente el programa del día.
-Primero, y esto es importante, a almorzar; usted
debe traer apetito con el madrugón y el fresco de la mañana. Después, tomaremos
la lancha y nos iremos a ver la cascada del Olivia, que es muy hermosa. Hoy es
domingo, y hay ejercicios religiosos en la misión. Llegaremos a tiempo, y usted
verá un espectáculo interesante. Luego, a la vuelta, visitaremos un poco más
detenidamente la capital, esperando que llegue la hora de comer, y por la
noche... haremos lo que usted quiera.
-¿Qué le parecería un reportaje sobre sus dominios,
Gobernador?
-¡Hombre! Le daré cuanto informe desee, y más
también. Si quiere que empecemos...
-Un momento. Acabo de arreglarme, tomo el lápiz y
la cartera y comienzo a preguntar.
Pero en ese instante nos anunciaron que el almuerzo
estaba en la mesa, y pasamos sin más tramitación al chalet contiguo a la Casa
de Gobierno, una casa de madera llena de luz, cómoda y bastante amplia, en cuyo
recinto las infaltables chimeneas conservaban la atmósfera a una temperatura
casi estival.
Las señoras de Godoy y de Aróstegui, las niñas que
días antes viera paseando en bote y manejando el remo, rodeaban la mesa, en el
comedor, cuyas inmensas ventanas lo hacían parecer una habitación de cristal
adornada con los brillantes paisajes de la Naturaleza misma: la bahía, las
colinas de la misión, las costas pintorescas, los árboles del bosque...
Estaba también allí el señor Ravié, que acababa de
ser nombrado cónsul argentino en Punta Arenas, adonde iba a trasladarse poco
después. Él y el juez de paz, señor Salvadores, debían acompañarnos en nuestra
excursión de aquel día.
Almorzamos con apetito, en forma a que ya me iba
desacostumbrando a bordo, y que me hizo recordar la vida bonaerense, y
emprendimos viaje al muelle, donde ya nos aguardaba la lancha. Debíamos
reunirnos más tarde a las damas, en la península de la misión.
El trayecto hasta el sitio en que se halla la
cascada es corto, pero mientras lo recorríamos, descargaron dos chubascos, que
nos hicieron temer que se aguara del todo el paseo. Afortunadamente, el cielo
se despejó en seguida, mostrándose aún más radioso que antes.
Desembarcamos en una playa de cantos rodados, a
cuyo borde comienza la selva en que se han hecho algunos desmontes; aquí y allá
veíanse grandes pilas de troncos cortados, prontos para embarcar. Seguimos un
buen trecho por la costa, internándonos más tarde por un camino cubierto de
árboles, que sube con rápido declive, trazando anchas curvas; luego lo
abandonamos para seguir una vereda tortuosa que la yerba iba borrando, y que
serpenteaba por colinas cada vez más altas. Por fin, un rumor confuso, como el
fragor de las hojas fuertemente agitadas por el viento, nos anunció la
proximidad de la cascada de ese río Grande, que no hay que confundir con el
otro que, corriendo hacia el centro de la Tierra del Fuego, va a desembocar en
el Atlántico entre el cabo Domingo y el cabo Peñas.
El río, de agua clara y rápida, cae allí desde una
altura bastante grande, corre vertiginosamente por un espacio llano y curvo
sembrado de rocas, y salta otra vez entre espumarajos. El doble salto, aunque
pequeño, es interesante por lo pintoresco, rodeado como está de árboles
corpulentos y de ancha copa, y de rocas desnudas, que avanzan sobre él. Las
aguas, después de su primer caída, corren tumultuosas, extraviadas por los
surcos que en ellas abrieron las piedras y que no se han cerrado a causa de la
velocidad que llevan; infinitas burbujas suben y revientan en su superficie,
sembrándolas en puntos que parecen luminosos, y no es raro ver que arranquen y
arrebaten pedazos de turba cubierta de vegetación, que desmenuzan y hacen
desaparecer inmediatamente revueltos en sus ondas, para depositarlos luego en
la barra cada vez más ancha del río.
Sentados en un peñasco, pasamos largo rato
contemplando el agreste y hermoso paisaje. Estábamos fatigados, más por la
rarefacción de la atmósfera que por lo penoso del camino, y el mismo Godoy, que
ya debería estar aclimatado, sin embargo, respiraba fuerte, como yo, para
llenar de aire los pulmones. Bebimos de aquella agua, tan pura y cristalina en
la copa, como turbulenta y opaca en su carrera vertiginosa; era riquísima,
helada, y casi juraría que flores invisibles la habían perfumado y dado sabor.
No debía ser esto una ilusión simplemente, porque recuerdo que Godoy me dijo:
-¿Qué le parecería tener este salto en Buenos
Aires, para vender el agua por botellas? En un verano se haría una fortuna...
Las corrientes de agua de Tierra del Fuego son en
general amarillentas, saturadas de turba y de otras materias en suspensión, que
si no las hacen desagradables del todo, no incitan a beberlas tampoco. No son
dañosas, sin duda a causa del clima, que no permite su rápida descomposición,
pero sé que todas las muestras que se han enviado a Buenos Aires para su
análisis, han llegado completamente descompuestas, pues no han podido soportar
temperaturas más altas que la de la isla.
Pero pasaban las horas, y a las tres y media debía
comenzar el oficio divino en la misión.
-¿Vamos andando?
-Vamos.
Por fortuna, el regreso era más fácil, pues sólo
teníamos que bajar todo lo que habíamos subido, y pronto nos encontramos a
bordo de la lancha, que comenzó inmediatamente a redoblar con los émbolos,
navegando con rumbo a la península.
-¿Sabe usted en lo que voy pensando? En que todavía
no he visto un solo caballo en Usuhaia.
-¿Caballos aquí? ¿Para qué? ¿Para andar por el
bosque o trepar por las montañas de piedra? Serían inútiles. ¿Para recorrer la
costa? Mejor es el bote, que puede ir en línea más recta de un punto a otro.
Los caballos sólo sirven en la parte este y en la norte. Además, con la humedad
de este suelo sufrirían mucho de los cascos, hasta que pasadas algunas
generaciones, los productos nacidos aquí estuvieran naturalmente aclimatados.
-¿Según eso, también el ganado vacuno sufrirá en
estos parajes?
-También, pero no tanto. Fíjese en los bueyes de la
Gobernación, que no están mal. Sin embargo, tienen el engorde de verano; en
invierno enflaquecen mucho. Y además, hay que considerar que ésos están
cuidados con esmero que no podría tenerse con un número crecido de animales.
Pero hay otros puntos mucho más apropiados para la cría de ganado vacuno, sobre
el mismo canal de Beagle, por ejemplo Haberton, donde mister Bridges tiene
hacienda flor, de que nosotros mismos nos aprovisionamos, y que adquieren casi
todos los barcos que pasan por aquí.
-¿Mister Bridges, el antiguo misionero de Usuhaia?
-Sí. Ahora está instalado en la península de Gable,
donde el Gobierno le ha concedido una vasta extensión de tierra.
-¿Y la misión, a cargo de quién está?
-Del antiguo catequista, el reverendo mister
Lawrence, que dentro de un rato podrá conocer.
Arribamos a la península, cuyas costas bajan
rápidamente hacia el mar, terminando en una playa suave, que cubren las grandes
mareas. Un camino ancho y muy bien conservado sube a la colina, en que se alzan
el templo y los edificios de la misión, el pequeño chalet rodeado de flores y
plantas de adorno de mister Lawrence y su familia, las casas de los indios, las
dependencias, etc.
Fuimos directamente al templo, donde ya estaba
reunida una concurrencia por lo menos curiosa por lo abigarrada. Las señoras de
Godoy, de Aróstegui, de Lawrence, otras damas de la misión, algunos ingleses,
el primer maquinista del Villarino, casado con una de las hijas del pastor y
que estaba allí con licencia, nosotros, y detrás indios, indias e indiecillos,
vestidos a la europea con un desaliño y una extravagancia verdaderamente
fueguinos.
El reverendo Lawrence ocupó la cátedra, y comenzó
la lectura, en inglés, del evangelio del día. Por las enormes ventanas entraba
una luz tranquila y amable; en las paredes brillaban grandes carteles con
paisajes de colores vivos e inscripciones morales y religiosas, en inglés. Los
fieles estaban sentados en bancos de madera, frente a los cuales había un
reclinatorio.
Concluido el evangelio, comenzaron los cánticos, en
coro, tomando también parte en ellos algunos indios e indias, con bastante
ajuste y siguiendo sin dificultad los acordes del armónium que los acompañaba.
Entre esos cánticos hízose notar uno en lengua
yagana, cuyas dos primeras estrofas decían así:
Jesus jai a cush-gai-at-a
nnu jai ai-aw-la
Baible, endaige a va wun
Le cuyah-ge-gay-at-a.
Ye-ca-ci-yu-al-am-iim
ci chin-ah-cin-aamush
Ci-yu-al-a mai-aw-ana
Cunyin mush a-bi-la.
Luego un sermón, una oración en yagán y en
castellano por la prosperidad de las autoridades de nuestro país, etc., etc., y
los oficios divinos concluyeron.
En la puerta se reunió con nosotros el reverendo
Lawrence, que nos invitó con mucha galantería a tomar una taza de té.
La salita, llena de libros, paisajes, fotografías,
publicaciones ilustradas, muebles confortables, daba la ilusión de que nos
halláramos en las proximidades de Buenos Aires, en una de las mansiones
inglesas de Lomas o Temperley, y no en plena Tierra del Fuego y rodeados por
todas partes de desierto. Mientras mistress Lawrence y sus hijas se ocupaban de
preparar el té y las excelentes tostadas con manteca del día, el reverendo me
dio a conocer brevemente la historia de la misión, en que no falta la nota dramática.
Un ex-oficial de la marina real inglesa, el capitán
Allen Gardiner, salió de Liverpool el 7 de Septiembre de 1850, a bordo de la
Ocean Queen.
Iba enviado por la South American Missionary
Society, con el objeto de que fundara una misión en las costas más australes de
la América del Sur, para catequizar a los indígenas, y lo acompañaban un
misionero, un médico y cuatro ayudantes.
Después de una larga navegación en que se sufrieron
serios contratiempos, Gardiner y sus compañeros desembarcaron dos meses más
tarde en Banner Cove, puerto de la isla Picton.
El Ocean Queen les dejó provisiones para seis
meses, dos balleneras y dos botes pequeños para su movilidad, armas y
municiones, etc., etc.
Los intrépidos misioneros quedaron solos en aquel
país desconocido y entonces inhospitalario, pero llenos de la noble resolución
de llevar a cabo la tarea emprendida.
La isla Picton, que se encuentra en el extremo este
del Beagle, entre Haberton y Sloggett, no ofrecía recursos para la
subsistencia. Los yaganes, por otra parte, hostilizaban a los misioneros que
habían ido a establecerse en su territorio. Las provisiones comenzaban a
escasear, las esperanzas de recibir ayuda de Inglaterra se hacían más
problemáticas, y la situación iba presentándose insostenible.
En este trance, Allen Gardiner resolvió abandonar
la isla, para ir a establecerse con sus compañeros en lugares más
hospitalarios.
Tomó sus barquichuelos, embarcó en ellos los pocos
víveres que le quedaban, y pocos meses después de su arribo a Banner Cove,
salía de allí para ir a buscar la muerte en Bahía Aguirre.
Dirigiose Allen Gardiner, en efecto, a dicha bahía,
que se halla a unas treinta millas al este de Picton, en la angosta punta que
Tierra del Fuego avanza sobre el Atlántico. Desembarcó allí, en un sitio que le
pareció conveniente, pero luego resolvió dirigirse al Puerto de los Españoles,
situado en la misma bahía.
Por si llegaba algún buque de Inglaterra en su
socorro y llevándole provisiones -desgraciadamente se habían agotado ya cuantas
tenían-, dejó sobre una piedra la siguiente inscripción:
Dig below
Go to Spaniard
Harbour.
March, 1851.
«Cave usted abajo. Voy al Puerto de los Españoles.
Marzo de 1851.»
Al pie de la piedra enterró con las precauciones
del caso, para que se conservara, un papel conteniendo este angustioso llamado:
«Si usted marcha por la playa, milla y media, nos
encontrará en el otro bote amarrado en la boca del río, en el extremo de la
bahía, lado sur. No tarde, porque nos estamos muriendo de hambre.»
Desgraciadamente este pedido desgarrador de auxilio
iba a escucharse demasiado tarde.
La muerte más horrible aguardaba a los infortunados
y valerosos misioneros...
El buque Dido, de la escuadra inglesa, que iba a
llevarles provisiones, llegó al escenario de aquel drama el 6 de enero de 1852,
muchos meses después de la catástrofe...
Guiados por la inscripción y por el rumbo que
señalaba el papel enterrado, los tripulantes de la Dido fueron en busca de los
cadáveres, pues no otra cosa esperaban encontrar.
Lo primero que encontraron en el Puerto de los
Españoles fue los cuerpos insepultos del capitán Allen Gardiner y del misionero
Maidment.
Más lejos, en la boca del río, estaban los cuerpos
del médico Williams y del pescador John Pearce...
El hambre había dado trágico fin a la primera
tentativa de civilizar a los fueguinos...
Mister Lawrence interrumpió su relato para que
hiciéramos los honores al perfumado té que nos ofrecía su señora, acompañado de
las crujientes tostadas, y de fresquísima leche de vaca. Luego continuó:
Pero este primero y doloroso fracaso no entibió el
celo de la South American Missionary Society. Por el contrario, la memoria de
Gardiner parecía incitarla a perseverar, como lo hizo.
En efecto, en 1853 mandó construir una goleta de
cien toneladas, propia para la navegación de las costas del sur, y la bautizó
con el nombre del intrépido y abnegado capitán.
La Allen Gardiner, bajo el comando del capitán W.
Parker Snow, y conduciendo a su bordo al misionero Garland Phillips y al
cirujano Ellis, zarpó para Tierra del Fuego en 1854, con el mismo propósito que
llevaran sus predecesores.
Pero no llegó hasta la isla, sino que se detuvo en
las Malvinas, donde se fundó una misión.
La pequeña colonia se compuso de los ya nombrados y
de los reverendos G. P. Despard, John Furniss Ogle y Allen Gardiner, único hijo
de la víctima de Bahía Aguirre.
Aunque establecidos en las Malvinas, no abandonaron
la idea de catequizar a los fueguinos, y con el objeto de trabar poco a poco
relaciones con ellos, suavizar asperezas y enemistades y aprender su idioma,
expedicionaron con mucha frecuencia al canal del Beagle, deteniéndose en el
Puerto de los Españoles, en la isla Picton, en Usuhaia, Wualaia, etc. Algunos
vivieron algún tiempo con los indios, para progresar más en el conocimiento de
la lengua, que pronto supieron porque una casualidad feliz los puso en contacto
con Jemmy Button, el famoso fueguino inmortalizado por Darwin en su Viaje de un
naturalista, que Fitz-Roy llevó a Inglaterra y en su segunda expedición
devolvió a sus lares. Jemmy los guió en el aprendizaje del yagán, y merced a su
ayuda, en breve tiempo pudieron explicarse.
Era ya hora, pues, de intentar la segunda fundación
de la colonia misionera de Tierra del Fuego, como en efecto se hizo.
El 1.º de Noviembre de 1859, ocho años después del
trágico fin de Gardiner, la goleta de la misión, procedente de las Malvinas,
fondeaba en Wualaia, donde iba a desarrollarse un nuevo y sangriento drama.
Los indígenas hicieron en un principio
demostraciones de amistad y trataron bien a los misioneros, que permanecían,
sin embargo, a bordo.
Pasaron así algunos días, y la confianza empezó a
nacer. Cinco más tarde, todos, menos el cocinero de la goleta, se trasladaron a
tierra.
Eran ocho personas: el capitán de la Allen
Gardiner, un misionero, dos pilotos y los cuatro marineros que componían la
dotación del buque.
Descuidados estaban, cuando de pronto los atacaron
traidoramente los indios.
No se dio cuartel. Los ocho perecieron asesinados.
Sólo se salvó el cocinero, que por su suerte se
había quedado a bordo, y que luego pudo contar los detalles del suceso...
Segunda vez habían quedado burlados tan nobles
esfuerzos, y segunda vez la muerte había esterilizado la semilla de la misión.
Pocos años después, en 1862, se insistió de nuevo,
pero esta vez para triunfar de todas las dificultades.
La South American Missionary Society nombró en
aquella época «superintendente de la misión anglicana de Tierra del Fuego», al
reverendo mister Wasti H. Stirling, que debía residir en las Malvinas.
Sterling se estableció en ellas con su esposa y sus
hijos, y después de muchos trabajos preliminares en el asiento futuro de la
misión, logró contar con la benevolencia de los indígenas, familiarizados ya
con los ingleses y convencidos de que nada tenían que temer de ellos.
Construyó entonces una casita de madera en la
península de Usuhaia, y un año más tarde el misionero mister Thomas Bridges y
el catequista John Lawrence ensancharon la pequeña colonia, levantando una casa
más espaciosa que la primera, una iglesita-escuela, un asilo para huérfanos, y
los ranchos necesarios para las familias indígenas que buenamente se habían
reducido.
Llevaron al mismo tiempo algún ganado vacuno y
ovino de las Malvinas, que -ya aclimatado allí- soportó bien las inclemencias
de Tierra del Fuego.
Más tarde, en 1885, aumentó la misión con la
presencia de la señora Hemmings, enviada de Inglaterra como partera y directora
del asilo de huérfanos, a bordo de otro buque, el Allen Gardiner II, que ha
prestado grandes servicios a los misioneros. En 1887 llegó también el reverendo
doctor E. C. Aspinall, médico y misionero, que se estableció en Usuhaia.
La pequeña colonia cuenta hoy con una iglesia, una
escuela, una casa espaciosa ocupada por el reverendo Lawrence y su familia,
otra para los huérfanos, siete para las familias indígenas, una herrería, una
carpintería, dos depósitos de víveres, pesebres, etc., para animales.
Estos edificios están rodeados por varias hectáreas
de tierra labrada, limitadas por un cerco de estacones y divididas en jardines,
huertas, corrales y patios.
Darwin, que no creía en que pudiera lograrse ese
resultado y manifestaba su lástima por la suerte de los misioneros, admirado
por el éxito conseguido, se hizo uno de los sostenedores pecuniarios de la
misión, cuyo triunfo aplaudía calurosamente.
Cerca del modesto templo se ve, severo y triste, el
cementerio en que descansan los restos de los primeros civilizadores de Tierra
del Fuego.
Nada llama la atención en él, nada turba tampoco la
tranquilidad de los que allí duermen, después de terminada la tarea.
La misión posee hoy, además de sus edificios, 12
caballos, 180 animales vacunos, 50 cabras y unas 300 ovejas, sin contar las
vacas y cabras que en pequeño número tienen los indios.
El reverendo mister Thomas Bridges se retiró de la
misión diez años hará, para ir a poblar la península de Gable, a 35 millas de
Usuhaia, en que el Gobierno argentino le había concedido una vasta extensión de
tierra, convertida hoy en magnífica estancia, cuyos productos son famosos en el
sur. Se sabe ya la inesperada muerte de mister Bridges, ocurrida hace poco en
Buenos Aires.
Esta concesión última será sin duda la que ha hecho
que el Gobierno nacional quite a la misión la península de Usuhaia para darla
en arrendamiento a los señores A. Zavalla y Compañía. No estoy bien enterado
del asunto, pero conozco varias solicitudes y notas elevadas por mister
Lawrence al ministro del Interior, una de las cuales, fechada en 1897, dice
entre otras cosas:
«No escapará a la ilustrada penetración del señor
ministro, toda la razón y derecho que me asiste para tener la primacía (en
cuanto a la posesión de la península), máxime cuando ya a mediados de 1892 me
presenté al superior Gobierno solicitando lo que hoy vuelvo a pedir, y máxime
también cuando los señores A. Zavalla y Compañía jamás han hecho esfuerzo
alguno por traer la civilización a Tierra del Fuego, como que son recientemente
pobladores.»
Pero hay que examinar primero a qué título se hizo
la concesión de la península de Gable, a la que según Bove, ya en 1882 pensaba
mister Bridges trasladar la misión de Usuhaia. Dice el distinguido explorador:
«Todos esos inconvenientes (los que ofrecía la
península de Usuhaia), son bien conocidos por el señor Bridges, el cual desea
transportar la residencia de la misión al poniente de la isla (península)
Gable, donde a un clima mejor va unido un terreno más vasto para pastoreo, en
que abunda la leña y el agua, además de la ventaja de una frecuente
comunicación con los onas, que, por causas ajenas a la misión, fueron hasta
entonces descuidados y viven en el estado más primitivo. Pero mil obstáculos se
oponen al deseo del señor Bridges, y entretanto, la isla Gable ha sido ocupada
por dos o tres familias indígenas con unas decenas de animales.»
Sea como sea, es doloroso para aquella gente que ha
habitado tanto tiempo en esas tierras donde han nacido sus hijos, ya hombres,
verse hoy obligados a emigrar, en busca de otro asilo...
La tarde había avanzado bastante, cuando nos
despedimos de mister Lawrence, señora e hijas, y de sus hijos Juan y Federico,
los primeros guardias nacionales argentinos que hayan nacido en Tierra del
Fuego.
Y acompañados por ellos hasta la playa, frente a la
cual, y sobre el espejo de la bahía, la capital fueguina se veía envuelta en
tenue gasa de vapores a la luz difusa del crepúsculo, nos embarcamos en
seguida, para saltar minutos después a tierra, gratamente sorprendidos por la
placidez encantadora de la atmósfera, los efluvios del mar y del bosque, la
claridad con que se dibujaban los detalles del paisaje a pesar de la incierta y
vaga neblina flotante...
El comandante Godoy me dejó en libertad hasta la
hora de comer.
-Querrá usted hacer alguna investigación por su
cuenta -dijo-. No voy a incomodarlo más; pero... tenga cuidado de no perderse
en las calles.
¡Grave peligro, en efecto, el dédalo intrincado de
las calles ausentes de Usuhaia!...
-¡Gracias por las dos atenciones, señor gobernador!
En efecto, bueno es que vaya por ahí a caza de datos. Pero no por eso se
escapará usted del reportaje.
-Siempre a sus órdenes.
No tardé en encontrar en uno de los escasos sitios
de reunión -por no llamarlos otra cosa- a un antiguo vecino del territorio, con
quien poco rato después charlábamos como viejos amigos, y que según parece, no
deseaba otra cosa que desatar la lengua. Una botella de Panquehue avivó
seguramente ese deseo. Se trató de la misión que acababa de visitar.
-¿Usted viene de la península? -me preguntó.
-De allá vengo.
-Yo conozco la misión desde 1884, cuando se
estableció aquí la subprefectura. Entonces había 185 indios, el misionero era
Bridges, con su señora, su cuñada y cinco hijos; estaba también Lawrence, como
catequista, con su mujer, una cuñada y cuatro hijos. Armstrong, el maestro de
escuela, no tenía familia, y era el único soltero, pues el herrero Whaito tenía
a su mujer y dos hijos. Así, con familia, yo también sería misionero.
-¿Y ésa era toda la población blanca de la misión?
-No, señor. Estaban también la señora Hemmings,
otra cuñada de mister Bridges, el patrón de la goleta, el piloto, el cocinero y
cinco marineros.
Pero ésos andaban en continuos viajes a la otra
misión, la de las Malvinas, que tenían a su cargo dos familias de once
personas. Allá se llevaron muchos indios, decían que era para enseñarles
oficios y a trabajar en el campo... Si los pobres estaban tan bien como aquí...
-¡Qué! ¿No estaban bien?
-Bastante peor que ahora. Sólo dos tenían
habitaciones regulares...
para ellos; los demás se contentaban con sus
wigwams, que eran una indecencia. Sin embargo, sé que en Londres se publicaban
cartas diciendo que los indios poseían ganado y qué sé yo... Figúrese... Los
pobres no podían vender nada sino a los misioneros, y éstos cobraban cuatro
libras esterlinas y diez chelines por cada animal vacuno. Si un indio llegaba a
tenerlos y los vendía -a los misioneros naturalmente- el importe quedaba en la
misión para los gastos del dueño. Así se aumentaba la ganancia...
-Me parece que usted exagera y tuerce la intención
de las cosas.
Querrían evitar con eso que se explotara a los
pobres indios y se les envenenara con bebidas alcohólicas...
-Puede que sea así, pero... Mire: solamente los
misioneros podían comprarles cueros de nutria y de lobo, y no les pagaban más
de media libra de té y media docena de galletas. En cuanto a los demás trabajos
se retribuían sólo con la comida; y no eran livianos, créame: cultivar la
quinta, cortar leña, hacer casas, cargar y descargar los barcos, cuidar los
animales de la misión y los que tenían los misioneros, hacerlo todo en fin... Y
todavía buscaban mariscos y pescado para sus familias, porque la misión no daba
de comer sino a los que trabajaran, y eso escasamente. A las seis ya debían
estar en pie; media hora después les daban un cocimiento de harina de avena con
un poco de leche de vaca, y desde las siete hasta las doce, a trabajar, y
duro... De doce a una se repartía el rancho: un potaje con galleta, unos
porotos, harina de avena, un puñado de arroz, unas cuantas papas, verdura
inferior y algún hueso sobrante de la comida de los misioneros. Y vuelta al
trabajo hasta las seis... A las seis y media, cuando ya se caían de debilidad,
a ellos, acostumbrados a comer todo el santo día en las épocas de abundancia,
les daban un jarro de té puro y un par de galletas...
-Carga usted las tintas del cuadro, ¿no?
-Pregunte a cuantos vinieron el 84 con la
expedición de Laserre, que tomó posesión de esto, izando el pabellón argentino
en lugar del inglés que ponía mister Bridges en su casa. ¿Vio cuando llegó el
Villarino, una bandera argentina enarbolada en la península? La pone siempre
Vicente, el alcalde -un criollo casado con una india-, en el mismo lugar en que
hasta 1884 se veía la inglesa...
-¿Y Bridges no discutió el cambio?
-¡Qué esperanza! Dijo que no sabía que esto fuera
nuestro, y que no tenía inconveniente... Creo que se le prometió dejarlo donde
estaba y no incomodarlo nunca. Así por lo menos se ha hecho hasta ahora. Bueno,
pues. Además de la comida, les daban algunas ropas usadas que enviaban de
Inglaterra, pero apenas suficientes, y sólo a los trabajadores, que si querían
más abrigo tenían que comprarlo con el producto de los cueros, o pagándolo con
trabajos especiales. Lo mismo pasaba si querían ropa para su mujer y sus
hijos... Pero a muchos se les acabaron pronto las penurias, porque pocos meses
después de establecida la Subprefectura, vino una epidemia que sólo dejó a unos
quince hábiles para el trabajo, aunque los misioneros hubieran traído más de
cincuenta de la isla Wollaston...
Descansen en paz. En cualquier parte estarán mejor.
Y a guisa de Amén a esta oración fúnebre, se echó
al coleto un gran vaso de Panquehue.
-Al año siguiente les vino otro buque, y con él más
personal. Por cada indio había entonces tres misioneros... ¡hágase usted cargo!
-Pero los fueguinos se civilizarían mucho más
rápidamente de ese modo, me parece.
-¡Oh! Lo que querían era que trabajaran y les
dieran provecho, sin pensar en otra cosa. Eran muy comerciantes. Mister Bridges
decía en 1884, que desde el 12 de octubre al 30 de noviembre había ganado mil
cuatrocientos pesos líquidos vendiendo víveres y ropas a las tripulaciones de
los buques y de las oficinas nacionales. ¡Qué les importaba de los indios!...
Mírelos ahora mismo: apenas saben malamente cuatro palabras de inglés y dos o
tres de castellano, que las han aprendido de los marineros; en cambio, han
adquirido todos los vicios...
-Eso no es culpa de la misión. Me consta que mister
Bridges nunca ha querido venderles licores... ni siquiera tabaco...
-Pero la tripulación de los barcos de la misión les
enseñaba, y otros les vendían... y les venden ahora mismo, aunque el Gobernador
lo haya prohibido, y castigue duramente a los borrachos. La sociedad comerció
mucho y con gran éxito en pieles, y los misioneros no dejaron de hacerlo,
también, por su cuenta, a pesar de los reglamentos; ¡oh, yo sé muy bien todo
eso! Hasta se supo en Londres, como que hubo apercibimientos y suspensiones que
alcanzaron al mismo capitán de la Allen Gardiner. No se forman estancias y se
viaja a Inglaterra, a Punta Arenas y a Malvinas sólo con el sueldito, aunque
sea a oro...
-¡Es usted perverso!
Me miró con una sonrisa, apuró otra vez la copa, y
contestó tranquilamente:
-Soy el único que puede, aquí, decirle la verdad
respecto de la misión, porque no soy ni amigo ni enemigo de ella. Ha progresado
materialmente desde que se establecieron las reparticiones nacionales; pero,
entienda usted bien. la misión como establecimiento, no los indios.
Los empleados, que llegaban muy pobres, los
ayudaban a comerciar, y no naturalmente civilizando a los indios, sino
aprovechando sus fuerzas. Y tanto progresó, que obtuvo la concesión de la
península de Gable o de Down East (abajo al este), como la llaman los
misioneros, que ya entonces habían hecho allí una casita y fundado una chacra
con unos cuantos indios y una docena de vacas. Gable es el terreno mejor para
agricultura y ganadería de todo el canal; pero Bridges, que lo sabía, se
cuidaba de no propalarlo, para lo que le servía admirablemente la fiebre del
oro que dominaba a los argentinos, hasta el punto de no permitirles ver lo
fácil que era enriquecerse por medio del trabajo en estos ricos campos. La
concesión fue hecha a nombre de mister Bridges, que dejó de pertenecer a la
misión, creo que por resolución de la South American Missionary Society, pero
sin que se hiciera ruido alguno alrededor del asunto. Lo más curioso es que,
mientras esto ocurría, los boletines de la Sociedad aparecían llenos de amargas
quejas contra las autoridades argentinas que perseguían a sus misioneros, etc.,
etc... Ya ve usted.
-¡Vaya, vaya! ¿Sabe que es curiosa la historia, tal
como usted la cuenta?...
-Curiosa y verídica. Por otra parte, es la historia
de la mayoría de las misiones de todas las sectas y en todos los países. Créame
usted o no me crea, las cosas han pasado tal como se las cuento, y no han de
faltarle testimonios de que es así.
-¿Y la misión de Usuhaia se ha ramificado?
-Sí; además de la estancia de Gable, que no puede
considerarse como tal, hay otra pequeña en la isla de Wollaston, que regentan
dos hijos de mister Lawrence, mocetones altos, fuertes y robustos que hacen
honor a la Tierra del Fuego en que han nacido, por su desarrollo físico.
También hay otra en Tekinika; es la que mister Burleight fundó en 1888 en
Wollaston y que después se trasladó allí.
Era hora de ir a reunirme con el comandante Godoy,
así es que me despedí de aquel Aristarco de la misión anglicana, a quien había
escuchado para oír el contra, después de conocer el pro. Pero antes de
marcharme:
-Usted debe estar muy al corriente de la historia
de Usuhaia -le dije.
-¡Ya lo creo!
-¿Y me la contaría?
-Con mucho gusto.
-¿Mañana?
-Cuando usted quiera.
-¿Aquí?
-Aquí o en cualquier otra parte; yo lo buscaré
temprano.
- XXIV -
La noche de Usuhaia
Acabábamos de comer y estábamos fumando en un
saloncito del chalet del gobernador, junto a una estufa bien repleta, cuando
hice un esfuerzo para sacudir el entorpecimiento producido por las andanzas del
día y la bonne chère que les sirvió de recompensa.
-Vamos al reportaje, señor gobernador.
-Pregunte usted.
-Y apuntaré al mismo tiempo. De aquí va a salir, lo
menos, un catecismo fueguino.
En efecto, me limitaré a copiar aquella serie de
preguntas y respuestas, inconexa al parecer, pero que da idea clara de la
situación actual de Tierra del Fuego en su parte argentina. Comencemos.
-¿Cuáles son las poblaciones principales del
territorio?
-Naturalmente ésta, Usuhaia, la capital. Pero la
agrupación mayor es el Páramo, ya sabe, al norte de la bahía de San Sebastián,
el establecimiento minero que fundó Popper... Hay también algunas estancias
verdaderamente importantes, como la que acaba de formar Menéndez -el de Punta
Arenas- al norte, invirtiendo en ella medio millón de pesos más o menos; la de
Bridges, en Gable, de mucho menor capital, pero que vale la pena; la que está
formando la viuda de Noguera, y que será de primer orden; la que la Sociedad
Explotadora tiene a nombre de Mores Braun; la de mister Wells en el río
Cullen... Y otras más, fundadas recientemente al norte, y sobre el canal del
Beagle, como las de Pietranera, la de Luis Isorna, que tiene una casa de
comercio aquí, la de Drouman, primer maquinista del Villarino y yerno del
pastor anglicano, una de Lawrence, otra de Romero y otra de Maupas, que poblará
este año... Otros pobladores han venido, más vendrán, de los que han comprado
tierra en remate, y esto seguirá progresando lenta pero seguramente.
-¿La ganadería es la industria principal de esos
establecimientos?
-La ganadería, sí.
-¿Y la madera?
-Tiene usted el obraje de Lapataia, uno que acaba
de fundar Ravié, y pare de contar...
-¿Cuánta se exporta?
-No sé.
-¿Cómo que no sabe, gobernador?
-No. Una resolución superior impide a la
gobernación que haga oficialmente esa comprobación estadística, tan necesaria.
-¿Y eso por qué?
-Vaya usted a saberlo, cuando hay una ley
reglamentando el aprovechamiento de los bosques nacionales... Cosas de nuestra
tierra, amigo, que usted como periodista debe conocer de pe a pa, y que le
habrán hecho protestar muchas veces...
-Cierto; y ¿qué árboles se aprovechan fuera de los
fagus?
-El calafate, que los naturalistas llaman berberis,
el canelón o magnolia, drymis, y otros que no se han clasificado todavía. Los
primeros son más bien arbustos que árboles.
-¿Quiere que volvamos a la ganadería? ¿Cuántas ovejas
hay en este momento en Tierra del Fuego?
-Setenta mil más o menos, que producen anualmente
de siete a ocho libras de lana y tienen un aumento cuyo mínimum es de noventa
por ciento al año. Ésta es la región más apropiada para la cría de ganado
lanar. Las ovejas se desarrollan aquí mucho mejor que en el continente, dan más
lana, y no sufren por ahora otra enfermedad que la sarna. Y esta misma es muy
poca.
-¿Y la lana es de buena calidad?
-Excelente, limpia, seca. La que se ha vendido este
año en Londres, obtuvo siete a ocho peniques la libra. Aquí podrían
establecerse criaderos de reproductores que darían resultados maravillosos. Se
puede disponer todavía de 350 a 400 leguas de campos magníficos, con abundantes
aguadas, y pastos flor, más de sesenta variedades, en su mayoría gramíneas.
-Esto en cuanto al ovino; el vacuno prospera poco,
me parece.
-No hay que olvidarse de que esto se comienza a
poblar apenas desde hace año y medio. No se ganó Zamora en una hora. Sin
embargo, puede calcularse que habrá hoy sus dos mil cabezas. El ganado es, en
su mayor parte, mestizo; aquí, sobre el Beagle, predomina el Polled Angus.
Animales yeguarizos hay de mil doscientos a mil quinientos, especialmente al
norte; son los que se destinan a los trabajos del campo, y en las expediciones
es muy difícil procurárselos, pues no los facilitan gustosos los hacendados, a
quienes hacen mucha falta.
-Pero, ¿se aclimatan bien?
-Muy bien en las regiones secas del norte y el
este; al sur sufren por la humedad del suelo. Pero aquí mismo habrá más tarde
caballos, como los hay en las Malvinas, que presentan, sin embargo, iguales
inconvenientes; todo es cuestión de tiempo, de trabajo y de perseverancia, y
todo se haría muy rápidamente si el Gobierno nacional ayudara un poco...
-Y no ayuda -interrumpí-. Ya lo he visto en toda la
costa sur, donde la gente está abandonada a su suerte, cuando no se propende a
empeorarla.
Pero creí que Tierra del Fuego estuviese en mejores
condiciones. Se hace tanto ruido alrededor de ella...
El gobernador Godoy me miró con una sonrisa medio
burlona, medio entristecida.
-¡En mejores condiciones! -exclamó
sarcásticamente-. ¡En mejores condiciones!... Cuando vuelva a Buenos Aires,
vaya al ministerio del Interior y al de Hacienda, y verá mis rimeros de notas,
inútiles, completamente inútiles, porque no les han hecho caso, aunque tratara
de asuntos de vital importancia para el territorio.
Y me explicó parte de sus proyectos, tendentes a
fomentar el desarrollo de la población y a radicar en la isla a muchos que la
frecuentan periódicamente, en busca de oro o a caza de focas. La dificultad
insuperable de mantener una vigilancia siquiera medianamente eficaz con los
escasísimos elementos policiales que tiene la gobernación, da ancho campo a los
mineros merodeadores, que llegan al territorio, hacen su cosecha de pepitas o
arenas, y se van a Chile a convertirlas, sin dejar provecho alguno al país que
se las procura. Lo mismo ocurre con los cazadores de lobos, que inundan sus
productos al extranjero, y que no pueden ser perseguidos ni coartados en su
acción, porque no hay con qué recorrer los innumerables canales, pasos, bahías,
ensenadas, abrigos invisibles de que está sembrada la Tierra del Fuego, y en
que andan y se cobijan las goletas de unos y otros.
De este modo, la prohibición del lavado de oro y de
la caza de anfibios es sencillamente irrisoria.
Lo único que se logra con ella, es que la
República, burlada, no alcance ningún beneficio de sus riquezas, que van a
fomentar poblaciones de otros países menos escrupulosos, y para quienes ese
comercio y ese estado de cosas es de conveniencia suma, como que les procura
grandes elementos de vida.
A juicio del comandante Godoy, el Gobierno nacional
debía declarar libre el lavado del oro, para los colonos ya establecidos en la
Tierra del Fuego, que se encargarían, por propia conveniencia, de ahuyentar a
los intrusos, atraerían a otros pobladores fijos, y propenderían indirecta pero
eficazmente al progreso de esos lugares hoy desiertos, o frecuentados por
aventureros que escapan apenas logran su objeto y reúnen un puñado de oro.
Dando ese paso salvador, abriendo de par en par
aquellas tierras a la iniciativa de los hombres rechazados de los grandes
centros por escasez de recursos para formar un capital y asegurarse medios de
vida, las carpas de mineros adventicios que se alzan hoy en las playas
auríferas cederían su puesto a casas sólidas y estables, primer núcleo de los
pueblos que en el futuro han de formarse sobre el maravilloso canal, y en la
costa este, bañada por el Atlántico. La piratería, que impide el progreso y
abre caminos ocultos por donde escapa nuestra riqueza, concluiría de ese modo,
sin requerir mayor esfuerzo de las autoridades, y nadie iría con sus manitas
lavadas a usufructuar una fuente de recursos, cuya abundancia no se conoce aún,
que no puede desdeñar el erario, y que vale más todavía como factor de progreso
que como productora de renta.
Pero esto necesitaría un complemento de mucha
eficacia, como sería la venta fácil de tierra en pequeños lotes para los que
desearan poblar.
La baratura de los terrenos de Usuhaia, por
ejemplo, es sólo aparente. Cada lote cuesta «dos pesos» moneda nacional, es
cierto, pero los compradores no pueden hacer la operación en Tierra del Fuego,
sino que tienen que venir a Buenos Aires a tramitarla en el ministerio, o
nombrar un apoderado que se encargue de ella, con los gastos y tropiezos
consiguientes...
Además, ¡hace tres años que no se escritura un solo
lote!
-¡Pues señor! -decíame el comandante Godoy-; ¿hay
confianza o no la hay en los gobernadores que nombra el ejecutivo nacional? Si
la tiene, ¿por qué no los deja obrar, bajo su directa, su inmediata
responsabilidad?
Si no la tiene, ¿por qué los nombra, por qué no los
cambia? El papel de los gobernadores de territorio es bien triste en la
actualidad, pues no se atiende a lo que dicen y aconsejan, no se les deja
hacer, y muchas veces, a pesar de su dictamen, a pesar de los fundamentos
positivos en que se basa éste, se dan concesiones o se dictan leyes que
significan un enorme paso atrás, una verdadera desgracia para el pueblo que
están aparentemente llamados a proteger. Mire usted.
Y por el cristal de la ventana me mostraba el
espeso bosque, intrincado y negro, que rodea al pueblo como una muralla, y que
la luz de la luna iluminaba con resplandor confuso.
-¿Adónde quiere que se extienda Usuhaia mañana? ¿No
le parece urgente desmontar ese bosque? ¿No hay visible necesidad de preparar
el terreno para los que han de venir, para los que vienen ya?... Pues el
Gobierno ha prohibido el corte de madera en la capital, sin y con reglamento...
El primer beneficio que se obtiene con esto, es que la gente no tenga en qué
trabajar...
Y después de una pausa añadió:
-La Tierra del Fuego sería diez veces lo que es
hoy, si el Gobierno nacional hubiera hecho por ella la cuarta parte de lo que
debió hacer.
Aquí sería conveniente abrir un paréntesis, para
demostrar cómo la Argentina ha heredado de España su falta de aptitudes de
colonizadora, que constituirá un peligro si se continúa en el mismo rumbo; para
demostrar la orfandad en que se encuentran los territorios, como punto inicial
de una posible disgregación; para recordar que Inglaterra envió a éstos sus
exploradores y avanzadas en forma de misioneros, conociendo el mérito de esas
tierras; para presentar a estos desiertos detenidos en su progreso por las rapiñas
mezquinas, más perjudiciales y retrógradas -aunque parezca paradoja- que los
grandes negocios leoninos, que dejan siquiera algún rastro de adelanto, para
cubrir las apariencias... Pero temas son que exigirían extenso desarrollo;
preferible es limitarse, por ahora, a recomendarlos a la atención de los
hombres de gobierno, para quienes ni deben ni pueden pasar desapercibidos.
El comandante Godoy continuó exponiéndome la
situación de Tierra del Fuego, que es de las más precarias; la gobernación no
cuenta ya ni con el aserradero del presidio, que antes le permitía llevar a
cabo muchas obras de utilidad general, como la capilla, los galpones, el mismo
aserradero, la casa del gobernador, los calabozos, las dos panaderías, la
casa-quinta, la escuela, y las varias embarcaciones, chatas, botes, etc., que
han costado una insignificancia y valen hoy cerca de cien mil pesos, según estimación
de personas competentes e imparciales. Rodeados de cortapisas e impedimentos,
ni el Gobierno ni los particulares pueden hacer nada de provecho para la
región. Hasta la cárcel de reincidentes, con pretensiones de colonia penal, de
la que nada tiene, no hace sino ocasionar gastos sin resultado, porque no se
envía a ella sino valetudinarios e individuos inútiles para el trabajo, que
muchas veces no quedan allí sino cortísimo tiempo, como que ha habido casos en
que, condenados mandados de Buenos Aires ¡han cumplido su condena a bordo de
los transportes, antes de llegar a Usuhaia!... Otros están un mes, dos, en la
cárcel, y apenas comienzan a darse cuenta de lo que es aserrar una tabla,
cuando ya hay que ponerlos en libertad, para que vuelvan si quieren al teatro
de sus fechorías, o vayan de incógnito a Punta Arenas, donde no los admiten a
cara descubierta.
En averiguaciones ulteriores, supe que esa cárcel
tiene un personal de diez y nueve empleados con sueldos mensuales por valor de
dos mil cuatrocientos veintiséis pesos, y una partida, también mensual, de
cuatro mil para racionamiento y vestuario. Cuando estuve en Usuhaia había
veintiséis presos; meses antes, en diciembre, sólo diez y seis, de manera que
para cada preso había un empleado, y aun sobraban tres. El director titular,
señor Della Valle, estaba con permiso en la capital federal, y según parece, las
cosas no marchaban bien en su ausencia, pues hallábanse suspendidos por el
subdirector, el alcaide y el ecónomo, y varios empleados subalternos habían
presentado su renuncia. Los presos, por otra parte, hiciéronme llegar una queja
contra el subdirector, en que dicen:
«Desde el 4 de febrero, que reclamamos al alcaide
interino, celador Guerchi, por lo insuficiente de la alimentación, se nos
castigó acortándonos la ración, que se redujo desde entonces a lo siguiente:
por la mañana media ración de carne y caldo, privándonos del asado; por la
tarde media ración de caldo que no es tal, pues carece de todo condimento
alimenticio. Esto es insuficiente hasta para un niño, de modo que el primer
castigo que nos ha impuesto el señor subdirector es el hambre, sin escucharnos
ni por mera fórmula.
»Desde hace doce días -dicen más abajo- no se nos
deja atender a nuestro aseo personal, como tampoco al de nuestras ropas; no nos
permiten salir de la cuadra, que es un vasto foco de infección, llena de
residuos de toda especie, completamente cerrada y sin ventilación, y donde nos
alojamos diez y nueve personas, entre ellas un tísico en el último grado...
»La otra tarde, por reclamar el alimento que no se
le había dado, a uno de nuestros compañeros de infortunio lo abofetearon, lo
apalearon, y esto ocurre muy a menudo desde que está el alcaide interino, quien
abusa de todas maneras de su poder.»
Firmaban esta comunicación diez y nueve de los
veintitantos presos de la cárcel, algunos de ellos célebres en los anales de la
policía bonaerense. Bastante habrá, sin duda, que rebajar de su protesta; pero
la base ha de existir, y no es justo cerrar los oídos a quien tan amargamente
se queja.
Sería oportuno, como opinaba el gobernador,
sustituir esa cárcel de reincidentes, que a nada conduce, por una colonia penal
en toda regla, con hombres y mujeres no culpables de delitos infamantes, y que
aún pudieran rehabilitarse, a quienes se incitaría a formar familias, dándoles
tierra y útiles de trabajo con que volver a la vida honrada. El doctor José
Luis Cantilo demostró ante el congreso científico latinoamericano la utilidad
de dichas colonias, fundándose:
«En el aumento de la criminalidad que provoca la
inmigración, las deficiencias de nuestras cárceles, las controversias de los
grandes maestros sobre el sistema celular, y sus conclusiones favorables a la
colonización penal.»
«Recordad -decía al congreso- que los fracasos de
este sistema se deben principalmente al egoísmo, a la crueldad o a la inepcia,
que siempre ha mejorado la condición del culpable, y que en todos los casos
-aun en los de abandono de la metrópoli, como ocurrió en Australia- las
colonias han prosperado dando resultados excelentes; recordad el éxito
brillante de Inglaterra; el orden y el progreso reinantes en Nueva Caledonia;
las reformas españolas; la sabia organización portuguesa, los antecedentes
argentinos y los de algunos otros países americanos; la opinión favorable de
gobiernos y hombres de estado; recordad las excelentes condiciones de nuestros
vastos territorios del sur y los muchos informes favorables que han merecido...
Llamad la atención de los gobiernos. Decidles que en lugar de construcciones
infectas, estrechas, mezquinas, dediquen una pequeña parte de los vastos
territorios despoblados, a la regeneración del culpable; que establezcan
colonias bien organizadas, que den al condenado útiles de trabajo y concesiones
de tierra; que le permitan vivir en familia, etc.»
Los penados que colonizaran en Tierra del Fuego,
podrían dedicarse al ramo de aserradores y carpinteros, y especialmente a la
carpintería naval, para la que se presta admirablemente la madera del fagus,
como lo prueban las diversas embarcaciones que se utilizan en Usuhaia; esto
daría gran incremento, no sólo a la industria, sino también a la navegación de
aquellos mares. Además, los aserraderos establecidos y que se establezcan,
tienen asegurado su porvenir, por la aceptación cada vez mayor de sus productos,
que antes encontraban grandes resistencias porque la madera aparecía en el
mercado sin estacionamiento, y procedente de los cortes de verano, en cuya
estación es poco apta para construcciones, lo es menos para muebles, y se raja
o pudre fácilmente. Aquellos árboles magníficos, que por término medio tienen
doce metros de alto por cuarenta centímetros de diámetro, alcanzando a menudo a
proporciones mucho mayores -he visto ejemplares de un metro de diámetro en
Lapataia-, han sido calumniados y denigrados públicamente, aunque se
expendieran bajo otros nombres, como el de guindo por ejemplo, y se utilizaran
mucho en mueblería. El informe del ingeniero Duclout, que les hacía justicia, y
más que todo la práctica, desvanecerán pronto las últimas preocupaciones que se
abrigan en su contra, pero siempre que se corten con todos los cuidados que la
experiencia aconseja. De otra manera, su descrédito inmerecido perdurará.
-Cuando la gobernación tenía el aserradero -díjome
el comandante Godoy- se regalaba madera a todo el que quería poblar. Hoy no se
da, ni se vende.
Una facilidad más que se ha perdido, para el
desarrollo de aquella población, de aquel territorio que, como todos los nuevos
que no ofrecen grandes elementos de vida, necesita que se creen artificialmente
éstos en un principio, y que no se le abandone mientras no tenga fuerza
suficiente para manejarse solo.
Llegados aquí, cortamos la conversación, que había
sido larga.
-¿No quiere que demos una vuelta? -preguntó el
gobernador-. La noche está muy linda.
-Vamos.
Y salimos de su casa. La noche estaba realmente
espléndida, aunque bastante fría. Las siluetas de las montañas veíanse como
enormes manchas de azul obscuro, casi negro sobre la tinta más pálida y
blanquecina del cielo alumbrado por la luna, y en que flotaban aquí y allá
grandes nubes bajas, pesadas y lentas, que se retiraban ahuyentadas por el
frío. Usuhaia parecía dormir ya profundamente; sólo una que otra luz velaba
aún, tras los vidrios de alguna ventana. Pero apenas salimos llegaron a
nosotros notas ruidosas y confusas de instrumentos de cobre, que tomaban
extrañas sonoridades en aquel silencio y en aquella soledad.
-¿Qué es eso?
-La banda de música que se ensaya.
-¡Ah! ¿Y quiénes la componen?
-El juez de paz, algunos empleados de la
gobernación y varios vecinos... Han tenido gran éxito en el carnaval, aunque su
saber no sea extraordinario, ni mucho menos. ¡Qué quiere! En algo se ha de
pasar el tiempo, y nuestro público no es exigente. Un poco de ruido, y basta.
Se formó una comparsa, cuyo mérito exclusivo consistía en que formaba parte de
ella casi toda la población, lo que la ponía al amparo de la crítica...
¿Quiere que vayamos a casa de Fique?
-¿El de la fábrica de conservas y de «El primer
argentino», cuyo letrero he visto desde a bordo?
-El mismo.
-Vamos allá. Y a propósito, ¿hay muchas casas de
comercio en Tierra del Fuego, fuera de las de Usuhaia?
-Algunas, más o menos importantes: la que tiene
mister Bridges en Haberton, donde no vende alcoholes ni tabaco, y otras en
Sloggett, en Río Grande, en San Sebastián, en alguna isla chilena, una para los
peones del aserradero, en Lapataia, y pare usted de contar.
Llegamos a casa de don Luis Fique, en cuyo almacén
se entretenían algunos trasnochadores tocando la guitarra, para acabar
alegremente el domingo. Un rato de conversación con aquel antiguo poblador de
Tierra del Fuego, nos hizo saber que el pequeño vecindario está muy desazonado
con la prohibición del corte de maderas, y con las dificultades que se le
oponen a cada paso para su desarrollo. Los comerciantes sufren también mucho
por el mal servicio de... los eternos transportes, que ya iban siendo para mí una
pesadilla.
-Nosotros, que no podemos comprar grandes partidas
de nada, por falta de capitales, nos quedamos a menudo sin ciertos artículos de
primera necesidad, porque el transporte no los ha cargado en Buenos Aires. Esto
es la ruina del comercio.
Hablamos también de la fábrica de conservas a cuyo
frente está don Luis, y que no funciona ahora, aunque sus productos, los
exquisitos mejillones cuyas primeras remesas tuvieron tanto éxito, merezcan
indudablemente la aceptación y el entusiasmo de los gastrónomos.
La fabricación ha tenido que suspenderse por varios
motivos, entre ellos la escasez de obreros prácticos en las diversas y
delicadas operaciones que ha menester una conserva para que su buena calidad
quede garantizada. Sobre todo se necesitan soldadores que cierren las latas con
rapidez y perfección al mismo tiempo, pues de una y otra cosa depende la
ganancia del establecimiento industrial.
Esta dificultad se reagravó con el hecho de que una
partida que trajo a Buenos Aires un transporte, mal estibada y en un sitio
demasiado caliente por la cercanía de la máquina, se echara a perder
completamente, desprestigiando al artículo que sin embargo es bueno, y que está
llamado a hacer competencia, quizás victoriosa, a la ostra conservada.
Los mejillones, que duran indefinidamente en
Usuhaia, parecen no soportar bien temperaturas muy elevadas; pero esto es sin
duda cuestión de procedimiento, y las nuevas estufas esterilizadoras harán
desaparecer el inconveniente cuya causa no está bien averiguada todavía, aunque
con toda probabilidad consiste en el modo de envase. Yo he traído algunas
latas, que llegaron en perfecto estado.
La fábrica de Usuhaia puede producir hoy mismo
bastante para un consumo regular en nuestro país y en Chile, donde sus
productos se venden con el nombre de choros al natural, como aquí se llaman
mejillones de Tierra del Fuego.
Algunos detalles sobre estos moluscos serán
interesantes. Viven en las rocas que cubre la marea, y también en los fondos de
piedra, donde alcanzan enormes proporciones, los he visto de más de un palmo.
Su crecimiento es, sin embargo, lento, y no llegan sino en muchos años a un
completo desarrollo. Se alimentan al parecer de cachiyuyo, y tienen una parte
amarga como hiel que hay que sacarles cuando cocidos, y que tiene el aspecto de
una plumita de barbas escasas y duras. Abundan de una manera asombrosa, y pueden
dar alimento a cien fábricas, pues los hay en casi todas las costas de Tierra
del Fuego, que ocupan centenares de millas por el sinnúmero de islas,
penínsulas, cortes y recortes, y también en la Isla de los Estados, de
perímetro más caprichoso todavía.
Pero la recolección es difícil en invierno, por la
insoportable frialdad del agua, y por la particularidad de que el mejillón sólo
está gordo en el período de la luna llena, enflaqueciendo luego hasta quedar
como un pellejo coriáceo en la luna nueva. Parece que sólo comen cuando Selene
está en todo su esplendor, y ayunan y se purgan el resto del tiempo.
Esto, que en un principio se creyó conseja, ha sido
demostrado por la experiencia, pues en la fábrica se vio que cuando había luna
llena bastaba para llenar las cajas la mitad y aun la tercera parte de los
mejillones que se necesitaban otros días.
No dudo de que esa industria prosperará muchísimo
en época no lejana, procurando nuevos elementos de progreso a la Tierra del
Fuego, y sirviendo de punto de partida a otras industrias similares, como la
conservación de pescado, calamares -que los hay exquisitos y en abundancia-,
langostinos, etcétera.
-¿Y pondrá usted nuevamente en movimiento su
fábrica? -pregunté al señor Fique.
-En eso pienso, pero no lo haré tan pronto -me
contestó-. Es necesario, antes, contar con un buen servicio de cargas, que no
nos exponga a eternizar la mercadería en los depósitos...
Industriales, ganaderos, comerciantes, toda la
población del sur reclaman la solución de un problema que está resuelto por sí
mismo.
¿Cuándo lo comprenderá el Gobierno nacional, e
incorporará de veras aquellos territorios a la vida del país?...
La conversación era muy amena, pero el sueño
reclamaba sus derechos.
Salimos, y nos dirigimos a la Casa de Gobierno,
donde tenía preparada mi habitación.
En el comedor quedaban todavía algunas personas, y
entre ellas el juez Salvadores que me preguntó cuál era mi programa para la
mañana siguiente. Olvidado de la cita con mi sardónico amigo de aquella tarde,
y dominado por una idea que me sugirió la conversación con Fique:
-¿No hay mejillones? -pregunté.
-Sí, a cuatro o cinco cuadras hay un hermoso
criadero y ahora estarán buenos, porque la luna es propicia.
-¿Qué tal si nos desayunáramos mañana con un par de
docenitas al pie de la vaca? ¿Me acompañaría usted?
-Con mucho gusto.
-Yo le mandaré limones y vino blanco -dijo
galantemente Godoy.
-¡Magnífico! Mañana bien temprano, ¿eh, señor
Salvadores?
-Yo mismo lo despertaré.
Y un rato después extrañaba yo, en sueños, la
inmovilidad de la cama, acostumbrado al vaivén de mi cucheta del Villarino, que
en las noches de calma parecía una cuna. Y estuve en Buenos Aires, con los
míos, de quienes hacía mucho más de un mes que estaba separado, absolutamente
separado, sin noticias, como si me hallara a millones de leguas de la
civilización.
- XXV -
Historia e historias
Al día siguiente muy de mañana fue a buscarme mi
interlocutor de la víspera, deseoso de cumplir el ofrecimiento, de relatarme a
su modo la historia de Tierra del Fuego. Afortunadamente llovía a cántaros y
habíamos tenido que abandonar con el juez Salvadores la expedición
marisqueadora, los limones y el vino blanco del desayuno. Me encontré, pues, en
disposición de escuchar a mi hombre, que me invitó a seguirle a nuestro
escondrijo de la víspera. Una caja de sardinas, un pedazo de pan y una botella
de vino Panquehue suplantaron a los mejillones, y dieron ánimo al narrador, que
comenzó por el principio.
-El 84 -dijo- la expedición Laserre estableció con
gran gasto la Subprefectura de San Juan del Salvamento en la Isla de los
Estados, y la de Usuhaia, esta última en octubre. Cuatro meses después, ya
teníamos gobernador. En efecto, en febrero de 1885 nos llegó el teniente de
fragata Paz, primer autoridad de Tierra del Fuego, que después de un rápido
viaje de cinco días alrededor de la isla, se fue de nuevo a Buenos Aires, con
todos los datos que creyó necesario para el establecimiento de la Gobernación, que
determinó se hiciera en Usuhaia. ¿A que usted no ha visto nunca una cosa
semejante? ¡Así se pagan esas improvisaciones! Hoy se trata de llevar la
capital a Río Grande, donde indudablemente estará mejor, y donde debió
establecerse desde un principio... Pero el señor Paz se guió por informes de
los misioneros que no conocían el territorio al norte y al noroeste del cabo
San Diego, y que no podían darle, por lo tanto, un buen consejo... ¡Qué quiere
usted! Ahora hay que rehacer lo hecho y perder lo gastado, que no ha producido
beneficio alguno, para irse más al norte, donde afluye la población... Están
buenas estas sardinas.
Las había acabado, y fue menester pedir otra caja,
que le pareció superior, por la muestra, a la primera.
-Pues, con el gobernador -continuó entre bocado y
bocado-, vino cantidad de empleados ávidos, de excelencias, como decía Popper.
¡Oh!, los recuerdo uno por uno, como si acabaran de llegar. El señor gobernador
Paz, en primer término; su secretario, en segundo; un jefe de policía, un
comisario, un ingeniero agrónomo, dos escribientes, un herrero, un carpintero,
un sargento, dos cabos, dos ordenanzas, un peluquero, una sirvienta que
revistaba como gendarme, una cocinera, un despensero, un cocinero de oficiales,
otro de tropa, dos asistentes y siete gendarmes. Si desea usted que le diga los
nombres de toda esta gente...
-No, muchas gracias, no es necesario... Pero, ¿cómo
conserva usted tanta cosa en la memoria?...
-¡Oh!, aquí todo es acontecimiento, y ¡hay tan poco
que recordar!...
Llevaban también víveres para racionar a treinta
familias de indios que quisieran instalarse en rededor de la gobernación. Pero
éstas nunca pasaron de cinco. La capital fueguina quedaba fundada. Sólo en
junio de 1886 se acordó el señor gobernador del territorio que tenía bajo su
mando, y resolvió visitarlo. Para eso se embarcó en el Comodoro Py, con un cabo
y cuatro gendarmes, e hizo rumbo a San Sebastián, de donde iba a salir para
explorar el norte y el nordeste de Tierra del Fuego...
-¿Y tuvo buen resultado la expedición?
-Verá usted; no se impaciente. Desembarcó al sur de
la bahía en cuestión, e instaló allí su campamento... A las cuarenta y ocho
horas, y sin haber intentado algo que se pareciera a una exploración, determinó
emprender viaje de regreso, como efectivamente lo hizo. Sin embargo, poco
tiempo después, y sin que precedieran más investigaciones, el ministro del
Interior recibía en Buenos Aires un extenso informe, en que se le hablaba de
descubrimiento de arenas auríferas -halladas por otros- en aquella región, de la
aridez de las tierras que hoy se disputan los ganaderos, de numerosas y
sanguinarias tribus de indios que cerraban el paso al hombre blanco, y otras
lindezas semejantes. Al mismo tiempo se aprovechaba la oportunidad para pedir
fondos con el objeto de trasladar a Buen Suceso la prefectura de Usuhaia, y de
fundar una comisaría en San Sebastián.
El vapor Comodoro Py salió entretanto con el jefe
de policía y cuatro gendarmes, que iban a bahía Sloggett a examinar la barranca
que, según noticias recibidas, contenía oro en gran cantidad. Se descubrieron,
en efecto, yacimientos auríferos en ese punto. ¡Más vale no hubiera sido así!
Apenas se supo esto, cuando todos los empleados se
vieron atacados por la fiebre, por la rabia del oro, y no quedó gendarme de la
gobernación ni marinero de la subprefectura, que no se enviara a Sloggett en
busca de pepitas y arenas.
-¿Usted también fue?
-No, señor. Yo anduve con Lista en su exploración
por la costa este, que ha relatado en un libro... muy a su manera, y sin gran
exactitud.
Hizo una pausa, como recapacitando, y luego
continuó, pesando las palabras.
-Yo entiendo algo de expediciones de ese género.
Aquélla fue un paseo de veintidós días, en que no se verificó científicamente
ninguna posición, ni se hizo nada de provecho, a no ser el bautismo de algunos
montes y ríos... Popper ha hablado de una matanza... Es cierta. Los soldados de
caballería que en número de veinticinco y como escolta acompañaban a la
expedición, mataron sesenta y cinco indios entre hombres, mujeres y criaturas,
algunos de los cuales se disecaron bajo la dirección del cirujano Segers, médico
de los expedicionarios. Durante varios días se desengrasaron pieles, se
peinaron cueros cabelludos, con el pelo adherido aún, y se hirvieron y
limpiaron cráneos y esqueletos de los pobres onas.
-¡Qué horror!...
-Bueno, dejemos eso. Se perdieron cuarenta y tantas
mulas con provisiones de boca, pero en cambio, se hizo un vocabulario corto y
no muy exacto, y se trazó un itinerario de fantasía sobre un calco de la carta
de Fitz-Roy, incluyendo como de exploración el rápido viaje del Comodoro Py,
que en tres días fue de Buen Suceso a Punta Arenas...
-Sigamos, si usted gusta, con la gobernación...
-Pues, al poco tiempo, el señor gobernador se fue a
Buenos Aires, donde seguramente expuso sus descubrimientos y planes al ministro
del ramo. Lo cierto es que el inolvidable Magallanes tenía sus bodegas casi
completamente llenas de materiales de construcción, herramientas, útiles,
muebles para el gobernador, etc., etc. La pérdida de este buque hizo necesaria
la adquisición de otro vapor para el servicio exclusivo del territorio, mientras que se pedían fondos
para refaccionar el Comodoro Py, que no necesitaba compostura, y cuya
destrucción comenzó con ella. ¡Así tiene que ser! Gobierno sin gastos no es
gobierno. Pero más extraña es aún la historia del bote...
-¿De qué bote? Diga, cuente...
-Ha de saber usted que por aquel entonces atravesó
el magín de nuestras autoridades la brillante idea de construir una embarcación
con materiales del territorio. Teniendo tanta madera a mano, había de resultar
muy económico... En julio de 1886 se puso manos a la obra. Trabajaron en su
construcción -anótelo usted, que quizá después le sirva-: dos carpinteros con
85 pesos mensuales; cinco aserradores de tablas con 130, y dos gendarmes con
50, entre todos. El bote quedó terminado el 24 de Febrero de 1887 -fecha
precisa- y el personal que lo construyó costó solamente la friolera de 1867
pesos... No retribuyó el gasto. Hizo un viaje colgado de los pescantes del
transporte Usuhaia, y se destrozó en un descuido, antes de prestar el servicio
más pequeño... Así iba todo por estos barrios... Pero iba a surgir un enemigo
terrible frente al Gobernador.
-¿Quién?
-¡Popper!... ¿Usted lo ha conocido?
-Sí. Lo he visto muchas veces en Buenos Aires.
-Comenzó a hacer sus viajes por aquella época. Era
un aventurero de raza, fuerte, con talento, instruido, emprendedor, que no se
detenía por nada, ni temía a nadie. En un principio anduvo bien con el
gobernador, y las cosas marchaban al paladar de ambos. Pero Su Excelencia no
tardó en apercibirse de que Popper no era un aventurero vulgar, y de que, como
quien no quiere la cosa, iba tan lejos que se perdía de vista, y ganaba en
prestigio lo que le quitaba a él. Por poco que se descuidara, el diablo del rubio
iba a ser más autoridad que la autoridad. Empezó entonces el tira y afloja;
sintió don Julio que se le ponían trabas, y saltó el hombre. Se enojaron los
compadres y se dijeron las verdades. Ruptura completa. Popper se fue a Buenos
Aires, y allí le metió pluma a su ex amigo, escribiendo aquellos artículos que
publicó El Diario, que luego esparció en millares de folletos y que acusaron
por calumnia las autoridades fueguinas... El gobernador tuvo, al fin, que
renunciar, pero no sin poner personero, como se usaba entonces... Popper, con
todos sus defectos -que los tenía grandes-, era el hombre para estas tierras,
el llamado a hacerlas progresar. Se
murió... ¡y es lástima! Tenía muchas y muy buenas ideas, aunque no se apartara
del refrán de «la caridad bien entendida»... ¡Pero se murió!
Valía más esta exclamación que un discurso entero.
-Entretanto -continuó- seguían a más y mejor los
trabajos en busca de oro en bahía Sloggett. La riqueza de sus arenas había
conquistado tanta fama, que no tardaron en afluir los intrusos, provocando una
interminable serie de conflictos con la autoridad, que naturalmente, siempre
resultaba vencedora. Aquello parecía una California en pequeño. Nadie estaba
seguro, y las arenas de oro solían desaparecer con sus dueños.
Una copa de vino acentuó esta última frase, como
con un rasgo enérgico y eficaz, una appoggiatura de nuevo género.
-Continúe usted. Me interesa.
-Los mineros intrusos, muchos de ellos venidos de
Chile, no se andaban tampoco por las ramas, tenían armamento y a lo mejor la
emprendían a tiros con los que trataban de desalojarlos, si se consideraban con
más fuerzas que ellos. Popper ha contado muchas de estas cosas en sus
publicaciones de polémica, que le recomiendo, porque dicen ciertas verdades,
aunque con exageraciones apasionadas. En eso nos quedamos sin Subprefectura,
que era un estorbo para el gobernador. Se trasladó en octubre de 1889, pero no
sin que antes el subprefecto se hubiera hecho construir una casa y un muelle
por los marineros, en cuya casa dejó una buena cantidad de víveres y vestuario
para la venta... Los edificios, elementos, municiones de boca, etc., de la
Subprefectura, pasaron a poder de la Gobernación. A Buen Suceso no se llevó
víveres sino para tres meses; el transporte Usuhaia debía renovar en tiempo la
provisión. Pero...
El hombre se interrumpió.
-Usted no sabe, usted no imagina -dijo por fin- las
penalidades que se han sufrido en el sur. Lo que hoy pasa es muy llevadero;
estamos relativamente en la gloria, y no nos falta nada. Los viejos de aquí nos
reímos cuando los transportes tardan, hay víveres y, sin embargo, se asustan y
se lamentan los recién venidos. ¡Hemos visto tantas!... Pues el Usuhaia no
apareció por Buen Suceso en la época señalada, ni mucho tiempo después. Los
víveres empezaron a escasear. Los empleados de la subprefectura tuvieron que
estar a media ración, completándola con mejillones. Luego disminuyó el
alimento, y por último no había qué comer sino mejillones y apio silvestre...
¡Qué quiere que le diga! Aquella era la más espantosa e irremediable miseria.
Los hombres estaban exhaustos, demacrados, moribundos. El hambre les
despedazaba el estómago.
Un día el marinero Jaime Mac Gregor fue mandado a
buscar mariscos y apio; le tocaba el turno, pero estaba tan consumido, que
apenas podía moverse.
Llegó, sin embargo, a unos quinientos metros de la
Subprefectura, pero no pudo ni avanzar, ni retroceder. Cayó para no levantarse
más. Cuarenta y cinco días después se encontró su cadáver... Las publicaciones
de Popper por un lado, y el conocimiento de estos hechos por otro, hicieron
inevitable la renuncia del gobernador, que pasó a otro puesto en una de las
provincias... Claro, figúrese usted que mientras la gente se moría de hambre en
Buen Suceso, en Usuhaia se hacían comilonas. Pero las cosas cambiaron para
seguir del mismo modo. El doctor Cornero, cirujano de la armada, fue nombrado
gobernador. ¡Oh!, en un principio hizo reformas muy importantes...
-¿En el manejo del territorio?
-Más o menos... Formó una banda de música, mandó
plantar parras que no prendieron (36), hizo trazar paseos y alamedas, y
consiguió que en Buenos Aires le dieran cuatro cañones de bronce, elevándose a
seis las piezas de artillería de la isla, pues ya estaban aquí las dos de la
vieja Cabo de Hornos... Lástima que no hubiera proyectiles y que la pólvora se
gastara en salvas... Pero, ¡qué diablos!, teníamos cañones, y avanzábamos, por
lo tanto, rápidamente en civilización... Mas, para ser justo, añadiré que se pidieron
y obtuvieron fondos con el objeto de hacer un muelle para facilitar la aguada a
los buques. Además, se aumentó el personal de la Gobernación con empleados de
necesidad imprescindible y urgentísima, como un capellán sin capilla, un
maestro de escuela sin alumnos ni local, un juez de paz sin juzgado, dos
alcaldes, uno para los indios y otro para la península Gable, que no tenía
gente; un comisario para San Sebastián, que tuvo realmente comisaría, quizá por
error, y un geólogo encargado de buscar minas de carbón de piedra... Entonces
fue cuando vino -en 1890- el agrimensor Díaz a medir quinientas leguas de
campo, trabajo que hizo en dos meses y medio, sabe Dios en qué forma... En fin,
él lo ha pagado, mientras que otros...
-¿De modo que la historia de Tierra del Fuego es
una sucesión de desastres y de abusos, y que han vivido ustedes en un continuo
desquicio?
-Más de lo que usted supone y de lo que yo le digo.
-¿Y ahora?
-Ahora marchamos un poco mejor, pero seguimos casi
casi tan abandonados como antes. El gobernador Godoy tiene buenas intenciones,
pero se estrella contra la indiferencia de los de Buenos Aires, y hace mucho
que está clamando en el desierto. Aquí se necesitaría un gobernador que tuviera
enorme influencia en los ministerios nacionales, o unos ministerios nacionales
que se impusieran el programa de hacernos adelantar, previendo desde ahora el
inmenso porvenir de estas regiones.
-Habla usted como un libro.
-¿Y qué mejor libro que la experiencia de todos los
días? Pero nosotros vemos las cosas de un modo y los gobernantes de otro. Éstos
creen que hacen por estas tierras más de lo que deben, y en cambio, hasta a sus
empleados los dejan pasar una existencia miserable, como lo puedo demostrar a
usted.
-¿Otra diatriba?
-Llámela como usted guste; pero ya que conoce una
parte del reverso de la historia del sur, escuche otra que le puede ser útil.
-Veamos.
-Cuando la Escuadra de evoluciones en el Atlántico
del Sur, como se llamó al conjunto de barquichuelos que mandaba Laserre,
coronel entonces, vino a establecer esta Subprefectura y la de la Isla de los
Estados, los empleados de una y otra no se quedaron sin que antes se les
prometiera un servicio regular de comunicaciones y la puntual provisión de
víveres. Ya comprende usted que el cumplimiento de esto era vital para los que
quedaban aquí, fuera del mundo, y sin poder contar mucho con los recursos de la
isla... Desde entonces, primero la Comisaría General de Marina y últimamente la
Intendencia General de la Armada, proveen a estos establecimientos de acuerdo
con las últimas «listas de revista». En un principio, y cuando el Villarino
sólo hacía cada seis meses un viaje al sur, cada subprefectura tenía un
racionamiento extra para treinta familias, de tal modo, que a pesar de las
mermas naturales y artificiales, los víveres alcanzaban hasta su renovación...
y aun sobraban gracias a la ausencia de las familias supernumerarias... Esas
mermas no fueron, pues, muy notables en un principio. ¡Al contrario! Llegó a
suceder que los depósitos fueran pequeños para contener tantos víveres, y la
ciencia administrativa de los empleados se dedicó a corregir ese exceso.
¿Cómo? ¿Haciendo que se enviaran menos
mercaderías?... Suponer eso sería no conocer nuestro país... La solución que
hallaron fue... percibir en dinero una parte del racionamiento... Desde ese
instante ya no hubo sobra de víveres, y muy a menudo sucedió que faltaran, con
gran dolor de los marineros, que tenían que ajustarse cada día un poco más la
faja, cuando comenzaba a tardar el transporte... ¡Oh!, ¡esas tardanzas! ¡Por
ellas se han producido desgracias, y los argentinos hemos tenido que pasar
vergüenzas!
-¿Desgracias? ¿Vergüenzas?
-Sí. En 1890 y en 1891 el personal de la
Subprefectura de Buen Suceso pasó cuatro meses -cuatro cada vez- sin
racionamiento. En 1890 se murió allí de hambre el marinero Mac Gregor, en 1891
la mujer del herrero...
Creo que ya se lo había dicho... Pero no le dije
que en 1890 se enfermaron gravemente, por falta de alimento, tres marineros,
dos de los cuales fallecieron de consunción a bordo del Usuhaia, que los
conducía a Buenos Aires. Hablose de fiebre tifoidea, ¡pero era hambre!
Mi interlocutor hizo una pausa para recalcar más lo
siguiente:
-Pero lo que no querrá usted creer, es que las
autoridades argentinas hayan tenido que tender la mano mendigando qué comer...
-¡De veras! -exclamé viendo que se interrumpía como
un folletín para dejar pendiente el interés.
-Como usted lo oye.
-¿Dónde y cuándo?
-En la Isla de los Estados, en 1890.
-¡Cuente usted, pues!
-La Subprefectura de San Juan del Salvamento
acababa de recoger a los náufragos de la barca inglesa Glenmore, y se encontró
con que no tenía qué darles de comer. Se recogieron mejillones, y se comió la
nauseabunda carne de algunos lobos de un pelo que se lograron matar, cuando la
casualidad quiso que pasara a la vista un barco inglés. Se le hicieron señales
desde el faro, y los botecitos de la Subprefectura fueron a abordarlo,
recorriendo unas cuantas millas... Allí hubo que confesar al capitán que toda
una repartición nacional se moría de hambre, y pedirle la donación de algunos
víveres... ¿Qué me dice usted de eso?...
-¡Oh!, una vez, la cosa es perdonable...
-Sí, pero se repitió en 1892, cuando el naufragio
de la fragata inglesa Crown of Italy, y seguramente es ya famosa la indigencia
de las subprefecturas argentinas, porque un barco a quien se hicieron señales
desde el faro con el código internacional preguntándole su bandera, fue a Chile
con la noticia de que en San Juan pedían auxilio... ¡Y ahora mismo!, hace poco,
se mandaron allá veintidós personas sin su racionamiento, y más de veinte días
antes de la llegada del transporte acabose la carne, y la gente tuvo que estar
a menos de media ración...
La mañana avanzaba, aunque el día nebuloso semejara
un pálido y lento amanecer. Llovía a intervalos, y el paisaje que la víspera
brillaba y centelleaba con la caricia del sol, era indeciso y borroso, como si
fuera desvaneciéndose y estuviera a punto de desaparecer. Me despedí.
-Ya preocupará mi tardanza -dije a mi interlocutor-
y tengo que dejarlo. No echaré en saco roto sus informes, quizá un poco
malévolos, pero más peculiares por lo mismo...
-¡Vaya! No le he dicho más que una parte de la
verdad. La verdad entera es inverosímil... Pero le doy mi palabra de honor de
que todo es exacto, y hasta benévolo, si mucho me apura... Inquiera y verá. No
faltan ni pruebas ni testigos...
-Bueno; de todos modos, gracias, y hasta la
vista...
-¿Volverá usted?
-Si vuelve el transporte en que vaya a Buenos
Aires. De otro modo, mi regreso tardará algunos años... si es que llega.
-Lo siento.
Es indudable que en mucho tiempo no había tenido
auditor tan paciente y complaciente, y que iba a recordar aquella mañana con la
amargura de un solista condenado a perpetuo silencio después de uno de sus
éxitos más prolongados.
El comandante Godoy me esperaba. Visitamos la Casa
de Gobierno, las cuadras de los menores, los calabozos, la farmacia, el
depósito de víveres, donde probé el pan, recién hecho, de excelente calidad, y
examiné las provisiones, buenas y abundantes.
-Tienen botica, pero, ¿y médico? -pregunté.
-Ahora no hay. Es una historia eso de los médicos,
porque nadie quiere venir, aunque además del sueldo nacional el gobierno del
territorio está dispuesto a pasarle una asignación, y los vecinos a darle algo
también. Cualquier médico joven, recién recibido, podría venir a Usuhaia, y sin
gastos de ninguna especie, salir al poco tiempo con un capitalito para
instalarse bien en otra parte... Esto está dejado de la mano de Dios.
Con los
menores pasa una cosa análoga. Cuando la Gobernación tenía el aserradero, traje
algunos que aprendieron un oficio, se acostumbraron al trabajo, y hoy tienen
platita ahorrada... Pero ahora no hay ocupación que darles...
Me mostró algunas embarcaciones hechas allí, con
madera del territorio, la abandonada fábrica de conservas, la escuela, en que
se educan los hijos de los pobladores y algunos indiecitos e indiecitas, y como
ya era hora de almorzar, nos encaminamos a su casa.
Estábamos tomando el café y haciendo proyectos para
la tarde: una visita al cementerio, que se ve sobre la costa, a algunas cuadras
del pueblo, rodeado por una alta y tupida cerca de postes; una ascensión a la
montaña más accesible, para abarcar desde allí el panorama, el elevado monte
Olivia, la península, la bahía, cuando una de las niñas dijo:
-¡El Villarino!
El transporte entraba, en efecto, a Usuhaia
cortando las aguas empañadas por la lluvia menuda que las azotaba. Un silbido,
como un grito, nos saludó.
Mientras fondeaba, tuvo tiempo Godoy de llamarme la
atención sobre un juego de muebles construidos con madera de fagus, que, a
pesar de algunos años de servicio, se conservaban tan sólidos como el primer
día.
Presentaban muy buen aspecto, y eran una acabada
demostración de la bondad del material. Mostrome también una fotografía de
legumbres de enorme desarrollo obtenidas en la quinta de la Gobernación, y que
prueban la fertilidad del terreno.
-Espero semillas de un trigo especial para climas
muy fríos, con el que haré un ensayo este año. Si da resultados, será ésa una
importante conquista para Tierra del Fuego.
En seguida nos dirigimos al muelle, donde no
tardaron en desembarcar algunos de mis compañeros de viaje.
-¿Cuándo salimos? -pregunté.
-Esta misma tarde. Se han cargado todos los postes
en Lapataia, y no nos queda nada que hacer aquí...
El gobernador aprovechó la ocasión para proponerme
de nuevo una permanencia más prolongada en Usuhaia.
-Espere al otro transporte... Lo trataremos muy
bien.
-Gracias, comandante. Quiero ver la Isla de los
Estados, y probablemente me quedaré en San Juan.
-Aquí estará mejor, y tendrá más datos.
-Mejor, no lo dudo; pero más datos, ¡quién sabe!
Aquello, al fin, es más curioso y menos conocido que esto...
- XXVI -
Borrones de la cartera
Antes de embarcarme en el Villarino para seguir
viaje con rumbo a la Isla de los Estados, séame permitido poner en orden las
notas y observaciones que he ido agrupando en mi cuaderno de apuntes, a medida
que se me han presentado. Ampliaré varias hojeando algún libro, al pasar, y
dejaré por ahora otras que tienen mejor colocación en las páginas que han de
referirse a sitios en que esas observaciones se han desarrollado. No seré
prolijo, aunque crea que cuanto sirve para el conocimiento de estas apartadas
regiones interesa a los que se ocupan del porvenir del país.
Aunque la Tierra del Fuego argentina no sea tan
extensa como fuera de desear, gracias a la curiosa operación que la partió, no
por el eje, sino por el meridiano de 68º 36' 38'', que casi viene a ser lo
mismo, presenta los más variados aspectos. Su superficie utilizable está
amenguada por asperezas que se convierten en sierras y en altas montañas, sobre
todo al oeste y en el centro, de donde bajan numerosos ríos, arroyos, torrentes
e hilos de agua, que van a perderse en el Atlántico o en los caprichosos canales
que la rodean. Entre estas asperezas, desde una altura de mil trescientos pies,
bajan hasta el llano, muy poco extenso, los bosques seculares que constituyen
hoy la mayor riqueza de la isla. La selva, eternamente verde, crece a menudo
sobre la roca viva que poco a poco va cubriendo con sus despojos otoñales,
mientras en el llano -quizá levantado del fondo del mar- arraigan pastos
excelentes para la cría de animales, sobre una espesa capa de turba que mide a
veces más de dos metros. Las rocas porfídicas y esquistosas y las colinas de
gres y de granito que se levantan sobre el canal del Beagle, están coronadas de
árboles...
La población, que tarda para la parte sur, afluye a
los llanos del norte, y llegará en mayor número ahora, después del remate de
tierras públicas efectuado este año, con tanto éxito, en que se alcanzaron tan
elevados precios y que ha entregado a la industria privada una gran extensión
que comenzará a fructificar en breve. Los lectores están informados del número
e importancia de los establecimientos ganaderos fundados ya, y que han de
triplicarse, por lo menos, antes de dos años.
El buen resultado de la cría de ovejas atraerá
indudablemente a muchos hombres de trabajo, y la explotación de los bosques,
cuando se piense en organizarla y reglamentarla de acuerdo con las exigencias
del clima -y no aplicando los mismos principios acertados en el Chaco, pero
ridículos en el extremo austral-, los llevará en mayor número aún, pues es
sabido que los campos de Tierra del Fuego, como los de Patagonia, no soportan
sino una cantidad determinada de animales, lo que tiene que limitar el número
de sus pastores.
Dejando de lado la ganadería, cuyos productos
figurarán dignamente en la próxima exposición, pues aparte de los que la
gobernación del territorio se prepara a enviar, hállanse en Buenos Aires los
que con ese objeto trajo mister Bridges en su último y desgraciado viaje
-muestras de lana, cueros, etc.-, la isla posee otras riquezas que por sí solas
bastarían para asegurarle un hermoso porvenir, como sus bosques, sus minas, sus
viveros de peces, crustáceos y moluscos, sin contar las ballenas que pueblan sus
canales y los anfibios que habitan en sus costas.
Las ballenas, que no son perseguidas, porque no es
fácil burlar la prohibición de su pesca, vagan en número sorprendente hasta en
los sitios más frecuentados, como ser en los alrededores de Usuhaia, y podrían
comenzar a utilizarse, sometiendo a los pescadores a una reglamentación que
impida la extinción de esos cetáceos. En cambio, la foca desaparece, a pesar de
todas las medidas escritas que se han tomado para evitar ese mal.
A hurtadillas y con impunidad completa, pues se
necesitaría gran número de embarcaciones rápidas para hacer la eficaz policía
de las costas, los loberos han hecho en todo tiempo y hacen aún, cacerías
inconsideradas, destructoras y terribles del anfibio, matándolo en todas las
épocas y a todas las edades, sin pensar en mañana, y de tal manera que dentro
de poco no quedará uno solo en toda la extensión de la isla. Hoy mismo podrían
contarse los que restan, salvados de la destrucción en alguna oculta roquería...
La nutria, cuya piel se estima también, aunque no
tanto como la de la otaria joven, está corriendo la misma suerte que ella, y
desaparecerá o irá a refugiarse en los islotes menos frecuentados del sur del
Beagle, a donde los loberos se dirigen en busca del lobo de dos pelos,
ahuyentado no sólo por los cazadores, sino también por el lobo-león, más fuerte
que él, y que ocupa en paz las roquerías abandonadas, porque su escaso valor le
sirve por ahora de escudo.
Como la foca y la nutria, el guanaco que antes
pululaba en Tierra del Fuego, comienza a escasear también, y cada vez queda más
lejos la época en que no temía al hombre, se acercaba curioso a sus campamentos
y amanecía en los corrales o en los palenques, mezclado a los caballos... En la
isla Navarino los hay todavía, acompañados como en la isla mayor, por el zorro,
que -ése sí- no lleva miras de desaparecer, gracias a lo poco solicitada que es
su piel; no hay zorros azules...
La fauna no es ni muy rica ni muy variada en
tierra, pero en cambio, lo es hasta el extremo en el mar. Después del guanaco,
la nutria y el zorro, que es de dos clases, cuéntase un murciélago, una especie
de ratón, dos ratones y un ctenomys aliado o idéntico al tucu-tucu, ese
interesante roedor subterráneo a quien los jinetes deben tantas rodadas desde
el Brasil hasta el extremo austral de América... En su aspecto y costumbres es
igual al que habita al norte, en los países templados, descripto por los naturalistas,
y que conocen cuantos han andado por nuestros campos...
si se han dado la pena de buscarlos en su agujero.
Las aves que viven en la isla o la frecuentan,
comienzan en el cóndor que acude desde los Andes, con las inmensas alas
desplegadas, para acabar en el minúsculo pájaro-mosca. Ánades, cormoranes -los
felinos del mar-, buitres, halcones, pingüinos, albatros, petreles, loros,
reyezuelos, papamoscas, habitan los bosques a las orillas del mar; en cambio,
no hay reptiles, ni sapos, ni lagartos; los mismos escarabajos son poco
numerosos, y apenas se observan unas cuantas moscas y abejas. Darwin, al hablar
de esto, señala el contraste que existe entre el clima y el aspecto general de
Tierra del Fuego y Patagonia, presentando la entomología como ejemplo notable
de ello: «Creo -dice- que esas dos comarcas no poseen en común una sola
especie, y es seguro que el carácter general de los insectos es completamente
distinto.»
Los habitantes del agua se cuentan por millares de
especies, que desde la ballena van hasta los caracolillos que pueblan a
millones las ramas y las hojas del cachiyuyo, esa alga gigantesca que algún día
ha de utilizar la industria para extraerle el yodo que contiene, como se hace
en tantas costas europeas. Para enumerar los diversísimos seres cuya vida
animan los canales, las ensenadas, las caletas, todos las rincones en que reina
la onda fecunda, sería menester un libro entero, y un libro fastidioso para los
no especialistas. Darwin se quedaba admirado de aquella variedad y aquella
profusión, que es incomparable contraste con la poca vitalidad animal que se
observa en los bosques, los valles y las montañas de la isla.
En cuanto a la flora, además de los árboles y
arbustos que se han nombrado antes, hay numerosas plantas, musgos, líquenes,
criptógamas, que cubren la espesa capa de turba, ese curioso producto vegetal
que en muchas partes del norte de Europa, y en las mismas islas Malvinas, se
aprensa y se seca para utilizarlo como combustible.
Según Darwin, la turba se forma con los detritus de
una planta, la Astelia pumila, ayudada por la Donatia magellanica. Dice que las
hojas nuevas se suceden siempre en torno del tallo como alrededor de un eje;
las hojas inferiores se pudren pronto, quedando enterradas, de tal modo que si
se cava la turba para seguir el desarrollo del tallo, pueden observarse hojas
fijas aún en su lugar y en todos los grados de la descomposición, hasta que
hojas y tallo se unen en una masa confusa.
No son estas plantas solas las que producen la
turba, y el célebre sabio añade a ellas un mirto rastrero (Myrtus nummularia)
de tallo leñoso, que da bayas azucaradas, el Empetrum rubrum, parecido al
brezo, y el Juncus grandiflorus, plantas que, también, son casi las únicas que
crecen en los terrenos pantanosos.
«En las partes más altas del territorio -dice- la
superficie de la turba está entrecortada por pequeños charcos que se hallan a
diferentes alturas y que parecen ser excavaciones artificiales. Hilos de agua
que circulan bajo el suelo completan la desorganización de las materias
vegetales y consolidan el todo.
»El clima de la parte meridional de América -añade-
parece especialmente favorable a la producción de la turba. En las islas
Falkland, todas las plantas, hasta la yerba grosera que cubre casi toda la
superficie del suelo, se transforman en esa substancia, cuyo desarrollo no
detiene ninguna situación; algunas capas de turba tienen hasta 12 pies de
espesor, y las partes inferiores se hacen tan compactas, cuando se las pone a
secar, que es difícil quemarlas. Aunque, como acabo de decirlo, casi todas las
plantas se transformen en turba, la Astelia es la que constituye la mayor parte
de la masa. Hecho notable, cuando se considera lo que pasa en Europa: no he
visto nunca, en la América meridional, que el musgo contribuya por la
descomposición a formar la turba. En cuanto al límite septentrional del clima
que permite la lenta descomposición necesaria para producir la turba, creo que
en Chiloé (41 a 42 grados de latitud sur), no hay ya turba bien caracterizada,
aunque haya mucho aguazal; en las islas Chonos, por el contrario, tres grados
más al sur, acabamos de ver que existe en abundancia. Sobre la costa oriental
en el Río de la Plata, a los 35 grados de latitud, un residente español que
había estado en Irlanda, me ha dicho que siempre buscó esa substancia pero sin
poder encontrarla. Me mostró como lo más análogo que había descubierto, un
mantillo negro turboso, tan lleno de raíces, que ardía lenta, pero
incompletamente.»
Los turbales, blandos, que ceden bajo el pie, y
hacen penosa la marcha, cubren casi todo el sur de la Tierra del Fuego, y la
Isla de los Estados tiene la roca de su base vestida por ella.
Afortunadamente, no se necesita allí como
combustible, pues aparte de sus colosales bosques, la Tierra del Fuego posee
minas de carbón, cuyos productos acaban de ser ensayados con todo éxito y que
parecen ser superiores a los lignitos de Coronel (Chile), que utilizan los
transatlánticos de la carrera del Pacífico. Dichas minas están cerca de costas,
casi a raíz del suelo, y constituirán una gran riqueza si son tan abundantes
como se cree. El carbón en Tierra del Fuego cambiará en breve espacio la faz de
aquellas regiones, dándoles más intensa vida propia, y atrayendo la
civilización y el intercambio comercial, por poco que pueda competir con los
productos similares de las cercanías.
En cuanto a minas, se me ha asegurado que existen
también de níquel, próximas a puertos, y algunas de hierro; pero no he visto
muestras. Como ya se sabe, Tierra del Fuego cuenta, además, con fuentes de
aguas minerales, sulfurosas y ferruginosas, que se enviarán en breve a Buenos
Aires para ser analizadas.
Minas de oro propiamente dichas no las hay, pero
las playas auríferas abundan y algunas son de gran riqueza, si se las explota
con máquinas perfeccionadas. El oro que se encuentra en ellas procede del fondo
del mar, y Popper ha escrito páginas brillantes acerca de lo que podríamos
llamar su acarreo. En obsequio a la brevedad, las transcribiré, despojándolas
de sus galas.
En las regiones mineras las pepitas son
generalmente arrastradas por ríos o arroyos que las arrancan del cuarzo y las
llevan hacia el mar; en Tierra del Fuego, por el contrario, las olas arrancan
el oro de las profundidades y lo impelen a las playas...
A lo largo del litoral atlántico hay extensos
bancos submarinos, a veces de muchas millas de ancho, restos de montañas que
desaparecieron en pasados períodos geológicos; son depósitos enormes de
piedras, cascajo y arena, constituídos por cuarzo y cuarcita, pórfidos
graníticos y felsíticos, por diorita, serpentina, sienita, traquita y
anfibolita, en los que abunda el óxido de hierro magnético, el hierro titánico,
las piritas de hierro, y en los que se hallan diseminados en pequeñas
proporciones, granates y rubíes diminutos, escamitas de platino y pepitas de
oro. Este oro, esparcido en la inmensa masa de los residuos minerales que lo
envuelven, sería difícil de extraer de las profundidades en que se encuentra, y
estaría perdido para la humanidad, si las olas del océano, si la naturaleza
misma no se encargara de ponerlo al alcance del hombre.
Al examinar estas arenas se ve brillar entre el
hierro magnético que las constituye, partículas más o menos abundantes de oro,
desde el tamaño de un grano de maíz hasta el de una escamita imperceptible,
microscópica, cuya ley es de 850 a 900 milésimas de fino.
Según el mismo Popper, la cantidad de oro sacado de
las playas auríferas fueguinas hasta 1891, ascendía a más de seiscientos mil
gramos, de los que ciento setenta mil entraron en nuestra Casa de Moneda y
noventa mil fueron enviados a Hamburgo por Wehrhahn, de Punta Arenas. Los
trescientos cuarenta mil restantes fueron substraídos ilegalmente por
aventureros del Magallanes.
Hoy se trabaja en el establecimiento de El Páramo,
al norte de San Sebastián, fundado por Popper y de propiedad de don Juan
Fernández.
Hay oro también sobre el canal del Beagle, en
Sloggett, por ejemplo, donde está formándose una pequeña población, todavía muy
móvil, muy accidental, en torno de una modesta casa de comercio, quizá núcleo
primero de un pueblo importante en el futuro.
Un clima relativamente benigno que, sin grandes
dificultades, sobre todo en primavera, verano y otoño, permite su explotación,
da mayor precio a estas riquezas, a las que hay que añadir las que producirá el
comercio de manga ancha que se practica en el territorio, y que no es
indudablemente la menor. Pero, ¿qué puede exigirse de mercaderes cuyo destierro
los pone ya casi fuera de lo normal? ¿Por qué medirlos con el cartabón de los
grandes centros, cuando están donde la ley no impera?...
Son los descalificados de la exigente sociedad
actual, los que saben por dolorosa experiencia que el dinero es el eje único de
la vida moderna, y que el pobre lucha en un circulo vicioso, sin poder
arrancarse nunca de él; para salir de la pobreza es necesario tener un punto de
partida, vale decir, un principio de fortuna, un capital más o menos pequeño;
sin eso todo está cerrado, clausurado, y lo único que se puede lograr es un
empleo, una ocupación que cada día dé lo necesario para comer. Con qué amargura
abandonan entonces los grandes centros de acción para ir a los últimos límites
poblados, y con qué avaricia, con qué ávido furor aprovechan todos los
beneficios, lícitos o ilícitos, que se les presentan, abusando del trabajo de
los débiles, vendiendo caro y malo, envenenando a indios y marineros,
prestándose a todos los comercios, al contrabando, a la piratería, al merodeo,
a la usura, con un desenfado que favorece la escasez misma del público y lo
común de esa elasticidad de conciencia. Si sufrieron en las ciudades, por la
ínfima categoría que ocupaban y por la impotencia que los consumía, toman la
revancha, y se gozan en ella, poniendo el pie sobre el cuello de los que están
debajo. Hacen dinero, se forman ese capital que será varita mágica en sus
manos, ideal único de sus horas de meditación, ensueño de sus sueños. ¿La
conciencia? ¡Oh!, la conciencia se hace más ancha a medida que el dinero de la
caja crece.
Luego, cuando la suma se redondee bien, habrá
tiempo de modificar una moral sobrado estrecha ya en estas latitudes; mientras
tanto, hay que dejar de lado convencionalismos y mojigaterías... Cuando se
habla de un pioneer del extremo austral, no es bueno darle carta de honradez
sin previo examen, si el que la otorga quiere preocuparse de la verdad. Ni hay
tampoco que vilipendiarlo. Es un producto lógico de la civilización, una
creación absolutamente suya. Los cómicos de la legua representan en los teatros
de campaña los mismos papeles que los grandes artistas en los lujosos coliseos
de las ciudades. Y luego, ¿quién puede afirmar que no tendrá que convertirse en
pioneer de esa misma especie, si la rueda de la fortuna voltea de mal lado?...
Pero a ellos se deberá en gran parte, y a pesar de
todo, el adelanto de esa región que explotan a sabiendas y protegen
inconscientemente, y nadie ha de disputarles el mérito de haber ido como
vanguardia adonde pocos se atrevieron a llegar, atemorizados por las
exageraciones que rodeaban de misterio a la isla. Los naufragios, las
penalidades, el hambre, el frío mortal... ¡Cómo se reirán de esas consejas los
que dentro de algunos años vayan a veranear en las costas del Beagle, junto a
las verdes selvas de la Onaisín!...
Las inclemencias del clima no llegan al extremo que
se ha dicho, y las demás amenazas que se han puesto como cordón sanitario
alrededor de la isla, son simples patrañas de viajeros deseosos de dar
proporciones de sacrificio a un paseo más o menos arduo, o de habitantes y
frecuentadores interesados en reservarse la exclusividad del territorio durante
un tiempo más o menos largo... hasta que la luz se hiciera. Baste decir que la
nieve es escasa, y que aun en pleno invierno deja a descubierto la yerba. Ya Darwin
trató de desvanecer estos errores, publicando un cuadrito comparativo de la
temperatura media de Tierra del Fuego e Islas Malvinas, y la de Dublín, que es
el siguiente:
LatitudTemperatura del veranoTemperatura del
inviernoMedia del invierno y el verano
Tierra del Fuego53º 38 S+10º +0º 6+5º 12
Malvinas51º 30 S+10º 5 --
Dublín53º 21 N+15º 12+0º 8+9º 46
«Esta tabla nos indica -añade el sabio- que la
temperatura de la parte central de la Tierra del Fuego es más fría en invierno
y más de 5º centígrados menos caliente en verano que la de Dublín. Según von
Buch, la temperatura media del mes de julio (que no es el más caluroso del año)
en Sandfjord, en Noruega, se eleva a 14º 3, y ese lugar está 13 grados más
cerca del polo que Puerto Hambre.»
Según mis datos, la temperatura media de Usuhaia es
de 6º 5 en primavera, de 10º 4 en verano, de 6º en otoño y de 0º 66 en
invierno.
Estos últimos números son bastante exactos, y
siento no haber podido completarlos con las observaciones de los salesianos
establecidos en Río Grande, el Río Pellegrini de Lista.
Y, a propósito de esta comunidad religiosa:
instalada sobre el citado río, al norte de donde desemboca en el Atlántico,
ocupa los terrenos reservados para pueblo, y ha levantado grandes galpones,
donde asila a unos cincuenta niños indígenas de ambos sexos. Alrededor de la
misión, que no tiene industria alguna, viven en toldos, como en el estado
salvaje, diez o doce familias más, que no están sujetas a régimen y que
continúan con sus usos y costumbres tan nómadas como antes.
Cuatro años hace que están allí los salesianos, sin
que sus beneficios se hayan hecho notar sobre los indios.
Los terrenos que usufructúan son los más apropiados
para el establecimiento de la nueva capital fueguina, que es urgente sacar de
Usuhaia. Este pueblo se encuentra, en efecto, en un extremo del territorio,
casi en el ángulo que forma la línea divisoria con el canal del Beagle, y si la
capital de un país poblado y civilizado que cuenta con telégrafo,
ferrocarriles, etcétera, puede hallarse como si dijéramos arrinconada,
semejante cosa es perjudicial en una comarca en que todo está por hacer y en
que la falta de caminos alarga de un modo inconmensurable las distancias.
La capital de Tierra del Fuego debe estar ubicada
en un terreno cuya extensión y productos basten al sustento de la población y a
su crecimiento, y que se halle muy al alcance de los otros centros poblados.
Río Grande, al revés de Usuhaia, reúne dichas
condiciones.
Facilitaría la traslación de la capital, la
formación de una colonia en el valle del Río Grande, cuyo suelo es favorable.
Esa colonia, por su situación, tendría un hermoso porvenir; tanto más cuanto
que el río es navegable hasta para buques de algún calado. Su valizamiento, que
es urgente, porque el puerto es frecuentado por muchos barcos de vela y algunos
de vapor, puede hacerse fácil y económicamente, pues bastarían tres señales
para dejar bien determinada la entrada del río.
Como complemento necesitaríase un camino que ligara
el valle con San Sebastián, y dos puentes, uno sobre el San Martín y otro sobre
el Carmen Sylva, ríos que hoy dificultan en grado sumo las comunicaciones, así
como también dos nuevas comisarías, una en el valle mismo y otra a
inmediaciones del cabo San Pablo, sobre el Atlántico.
El interés que despierta la Tierra del Fuego, está
demostrado materialmente por el precio que han obtenido los lotes sacados a
remate, y científicamente, por las comisiones de exploradores que la visitan a
menudo. Las últimas que han estado fueron: en febrero de 1896 la compuesta por
los señores doctor F. Lahille, doctor Nicolás Alboff, Carlos Lahitte y E.
Beaufils, que permanecieron hasta abril, y un mes más tarde la de Otto
Nordenskjöld, en que iba el doctor Pedro Dusén y el señor Hjelmer Ackermann. En
Diciembre de 1897 la visitó también el Bélgica, a cuyas primeras desventuras me
he referido ya.
Y ahora, ¡a bordo!
- XXVII -
De Usuhaia a Buen Suceso
Los escasos pasajeros del Villarino se habían
dispersado por la capital fueguina, sin preocuparse mucho de la lluvia menuda
que continuaba cayendo. Pisar tierra firme es el afán de cuantos viajan por
agua, cansados de la perpetua inestabilidad del barco; de modo que aprovechaban
los cortos momentos que el transporte iba a permanecer en la bahía, para andar
por el enlodado suelo de Usuhaia. Cierto que aquel barro no es como el de
Buenos Aires, engrudo adherente y repugnante, sobre el que patinan hombres y animales,
embadurnándose de pies a cabeza; un instante después de haber pisoteado
verdaderos lodazales, no queda en las botas más seña de ello que la helada
humedad que se infiltra por las costuras y por el cuero mismo, con un poder
invencible de penetración...
El comandante Murúa tenía prisa -siempre la tiene-,
de tal modo que sus viajes son un modelo de rapidez, aunque su barco sólo ande
diez millas por hora. Aguardaba para zarpar, que la correspondencia oficial de
la Gobernación estuviese a bordo; así es que no tardamos en embarcarnos para
correr hacia el este, salir del canal del Beagle, y tocar al término de nuestro
viaje de ida.
La despedida de Usuhaia fue cordial y afectuosa.
Aquellos buenos desterrados consideran un acontecimiento la llegada mensual (a
veces) del transporte, y se complacen en agasajar a los viajeros, ayer
desconocidos, como si fueran viejos amigos. No los ven partir sin sentimiento,
y en el fondo sentirán como una esperanza que escapa, como una visión de otras
comarcas y otros centros que se desvanece con ellos.
Zarpamos.
Mis compañeros me rodeaban acribillándome a
preguntas, dándome noticias, estrechándome las manos, como si hiciera mucho que
no nos veíamos; tanto estrecha la vida en común en aquellas soledades.
Los postes para el telégrafo patagónico se habían
cargado en Lapataia sin tropiezo alguno y con mucha rapidez, gracias a la buena
voluntad de la tripulación del transporte y de los empleados y peones del
aserradero. Las bodegas estaban atestadas de palos, y Funes rebosante de
satisfacción, pues la sección a él encomendada podría comenzarse esta misma
primavera; no resultaba, pues, inútil su viaje, y su actividad tenía recompensa
en esa nueva probabilidad de éxito para la obra.
Por desgracia, parece que la primera sección, en el
norte de Patagonia, presenta graves dificultades que el comandante Leroux acaba
de exponer al Gobierno, y que no serán fáciles de vencer. Recorriendo este jefe
la parte de la línea telegráfica futura que está a su cargo, ha tenido que
atravesar vastas extensiones sin agua, donde por ahora es imposible el
establecimiento de oficinas, pues los telegrafistas y guardahilos se morirían
de sed (37). Pero siempre habrá modo de hallar un sesgo al inconveniente, que
en realidad es inmenso, pero que no debe de privar a la Patagonia de un
servicio cuya existencia colaboraría tan eficazmente a su progreso. Si la
dificultad es grande, mayor aún es la necesidad de que ese telégrafo exista,
militar y socialmente... Dentro de poco, Chile habrá terminado de tender sus
hilos hasta Punta Arenas, aunque la obra no sea mucho más fácil sobre el
Pacífico que sobre el Atlántico.
-El gobernador Godoy -díjome el comandante Funes-
ha accedido a enviarme con el transporte Usuhaia, que está al servicio de la
Gobernación de Tierra del Fuego, dos mil quinientos postes a Coy-Inlet; a San
Julián, donde se necesitan dos mil seiscientos, llevará mil seiscientos, y a
Gallegos mil. A Santa Cruz habrá que enviar dos mil seiscientos también.
Con estas remesas basta y sobra para dar comienzo a
los trabajos, pues mientras éstos se lleven adelante será facilísimo completar
el número de postes que se necesita para toda la sección.
Algunos compañeros habían aprovechado la
permanencia en Lapataia para emprender una cacería de animales alzados, sobre
todo de un buey gordo, famoso por lo inabordable... Llegaron al lago Jacinta,
del que sale el río, y hallaron en él cisnes y patos de agua dulce, pero no
tuvieron la más mínima noticia del buey ni de los carneros cimarrones que, sin
embargo, abundan. Hay que poseer muy buenas piernas y decidirse a recorrer
enormes distancias por los fatigosos turbales, si se quiere obtener algo.
En cambio, podían ampliar mis informes a propósito
del Bélgica.
El barco explorador tenía mala suerte. Hallándose
frente al depósito de carbón, y aunque estuviera fondeado a dos anclas, el
viento y la corriente lo hicieron garrear, y tan en peligro se vio, que pidió
auxilio con la sirena.
-Debe haber sufrido averías -me dijeron.
-¿De consideración?
-No se sabe, porque su gente no ha dicho nada.
Decididamente los expedicionarios andaban en la
mala desde mucho antes de comenzar la parte realmente difícil de su viaje. ¿Qué
les habrá ocurrido entre los témpanos del sur? Nada puede conjeturarse todavía,
pero la falta de informes, a pesar de que llevaron palomas mensajeras de Punta
Arenas, no es seguramente un buen indicio...
Más tarde, y en la Isla de los Estados, iba a
hallar nuevas huellas del buque, cuya última recalada conocida es la de San
Juan del Salvamento.
Hacia allá nos dirigíamos, y poco después íbamos a
dejar atrás la Tierra del Fuego, donde en 1889 sólo había 282 ovejas, que hoy
llegan a la cantidad ya consignada.
Seguimos el canal, entre la isla mayor y la de
Navarino, una de las grandes del archipiélago que hormiguea al sur, y cuya
avanzada es el Cabo de Hornos.
No tardamos en llegar a la península generalmente
creída isla de Gable, desde donde comienza a ensancharse el canal que, pasando
la isla Picton, termina en pleno océano.
Gable es una tierra privilegiada, con hermosísimos
paisajes y -lo que es más positivo- excelentes pastos. Allí está la instalación
de mister Bridges, oculta a los que pasan por el canal, con las tierras altas
de la península. Su estancia y almacén están situados en el punto en que la
península se une a tierra con un pequeño istmo bajo, que las altas mareas han
de cubrir en ocasiones, pero que tiene vegetación.
Los panoramas que allí presentan las altas colinas,
los verdes vallecitos y hondonadas pobladas de árboles que aquí y allá forman
grupos que más lejos se convierten en bosque, pasando el arroyo de aguas
cristalinas que corre oculto bajo una enramada de plantas acuáticas, son de
veras dignos de un gran pincel, sobre todo por la luz diáfana y cariñosa que en
el verano los envuelve.
El establecimiento del señor Bridges, con
ramificaciones en Cambaceres, isla Picton, etc., posee, además de la cría de
ganado, otras industrias lucrativas, como el comercio de artículos de primera
necesidad, un pequeño aserradero que pensaba ensanchar, haciéndolo a vapor,
para lo cual ya había echado los cimientos de nuevas casas, un conato de
grasería, etc., etc. Los edificios están
rodeados de huertas y jardines, que dan flores y legumbres a la pequeña
colonia, en que las hijas y los hijos del antiguo misionero trabajan a la par,
con el ardor de los que encuentran al mismo tiempo diversión y utilidad en el
trabajo.
Haberton, que así se llama el puerto, tiene un
muellecito y un malecón de piedra, que le dan el aspecto de uno de esos
establecimientos industriales de las márgenes de nuestros grandes ríos en la
provincia de Buenos Aires.
Los argentinos han quedado sin puerto sobre la
entrada del canal del Beagle, mientras Chile lo tiene en la isla Picton,
justamente en la boca del mismo, allí donde desembarcaron los desgraciados
misioneros ingleses con Allen Gardiner a su cabeza... Pasamos la isla,
navegando con tiempo excelente, pero ya algo nebuloso y frío. Corriendo más al
este, seguimos sin detenernos frente a la Isla Nueva, tras de la cual se
extiende el océano abierto, inmensa planicie de color de acero que disminuía la
niebla indecisa, como un velo tenue.
En Sloggett vimos con el anteojo algunas carpas de
mineros, pobre gente que busca sin tregua las pepitas de oro ocultas en la
arena.
Más allá, Bahía Aguirre, escenario del último acto
del drama de padecimientos y de muerte desarrollado en 1851, se presentó a
nuestro paso y pronto lo dejamos atrás, navegando a todo vapor, sobre las aguas
ya más agitadas que las del canal abandonado poco antes.
Desde allí podríamos, en rigor, haber visto el Cabo
de Hornos, si no se interpusiera la isla Deceit; pero abarcábamos en cambio
toda aquella zona oceánica, tan temida por los barcos de vela, juguete de las
poderosas corrientes, de los bruscos cambios del viento y del formidable oleaje
y los remolinos que se levantan cuando luchan encontrados el viento y la
corriente...
Habíamos pasado frente al sitio en que ocurrió el
naufragio del explorador Bove, situado entre Punta Herse y Punta María.
Este siniestro se produjo el 31 de Mayo de 1882. El
San José estaba tan en peligro, que se resolvió echarlo a tierra, para salvar
la tripulación y el cargamento. Bove cuenta aquellas dramáticas escenas del
siguiente modo:
«El aspecto de la tierra situada a sotavento, era
desalentador. Por lo que podía verse desde lo alto de la arboladura, parecía
que de Punta Herse a Punta María no hubiera sino una línea de escollos.
»¡Cuán lejos de la costa se había producido el
primer choque del barco!...
»A las tres de la tarde resolvimos hacer la
peligrosa prueba; era la hora de la marea alta. Preparose en un instante una
pequeña balsa que, con algunos barriles de galleta y carne salada, fue colocada
sobre cubierta para que la utilizaran los sobrevivientes si el buque no lograba
alcanzar la costa.
»La conducta de la tripulación fue, en tan difícil
trance, digna del mayor elogio; cumpliéronse las órdenes con eficaz rapidez, y
cuando se oyó la voz de mando: ¡Larga la cadena! ¡Iza la trinquetilla!,
ejecutose la maniobra como si se tratara de llegar a la bahía en viaje de
placer y no forzados al naufragio.
»El marinero Jemmy Howard se dejó atar
valerosamente al timón, con dos cuchillos al alcance de las manos para que
pudiera cortar sus ligaduras apenas fuese innecesario su trabajo.
»Nunca podré olvidar al bravo Jemmy, fijo en el
timón, con los ojos clavados en el que mandaba la maniobra, repitiendo sus
órdenes, palabra por palabra:
»-Steady, Jemmy!
»-Steady, sir!
»-All right, Jemmy!
»-All right, sir!
»Del fondeadero a la costa hubiéramos llegado en
cualquier otra ocasión como una luz, pero entonces nos parecía tardar una
eternidad.
Entre el abandono del ancla y el choque de la nave
contra tierra, pasamos momentos de agitada expectativa; a cada instante
temíamos ver el barco detenido por algún banco; pero con la mayor sorpresa y
gozo se pasó el primer escollo y luego el segundo, volando sobre las olas, sin
choques, sin sacudidas... La angustia creció, sin embargo, cuando -acercándonos
a tierra- vimos las olas rompiendo contra las altas rocas sobre las que nos
precipitábamos... toda esperanza de salvación desapareció por un instante... Pero
la suerte nos favorecía; precisamente en el camino del buque, la barranca se
plegaba un poquito, dejando entre ella y el mar algunos metros de arena en que
la nave fue a enterrar su proa quedando el bauprés a pocos centímetros del
precipicio. Un instante después la San José quedó tumbada sobre el flanco
izquierdo, el bote de estribor hecho pedazos, y todos los objetos sueltos
fueron desalojados de la cubierta.
Pero antes de que sobreviniera otra ola, nos
reunimos en una hendidura de la barranca, con el mar a nuestros pies y una
muralla de doscientos metros de altura sobre nuestras cabezas. La hendidura era
de arenisca y a cada momento amenazaba desplomarse como una avalancha. Por
fortuna, sólo al día siguiente se precipitó al mar...»
Cruzamos frente a Bahía Valentín, y haciendo rumbo
al nordeste nos dirigimos a Buen Suceso, última etapa nuestra en Tierra del
Fuego.
Fondeamos allí. El Estrecho Lemaire se presentaba a
nuestra vista, bastante agitado.
Ese Estrecho que los Nodales llamaron de San
Vicente por haberlo visitado el 22 de diciembre de 1619, y que la Concordia de
Horn descubrió el 25 de enero de 1616, bautizándolo con el nombre de Lemaire,
tiene por término medio un ancho de treinta kilómetros, y sólo está limitado al
este por la angosta extremidad occidental de la Isla de los Estados.
-Nos hallamos en Ash Paltn.
-¿Cómo? ¿No decía usted que ésta es la bahía del
Buen Suceso? La carta náutica...
-Sí; pero los onas la llaman Ash Paltn.
-¡Ah!
Lástima carecer de medios para emprender una
excursión por el lado oriental de la isla; pero los transportes nacionales
recalan pocas veces en sus puertos -casi nunca más que en San Sebastián-, y eso
en su viaje de retorno, porque a la ida se internan en el Estrecho, fondean en
Punta Arenas y costean la isla por el oeste, haciendo innecesariamente un
trayecto larguísimo por aguas no argentinas, en detrimento de las nacientes
poblaciones del este.
Pero el ingeniero Tapia, que en aquellos días debía
estar midiendo los terrenos últimamente vendidos por decreto de marzo 30 de
1897, me había prometido detallados informes sobre la zona comprendida entre el
cabo Espíritu Santo y el río Grande, y con ellos podría salvar en parte la
deficiencia, inevitable por la falta de elementos.
Y llegado a Buenos Aires, en efecto, el señor Tapia
ha tenido la bondad de comunicarme tan interesantes datos, completados con
atinadas observaciones personales, que me servirán aquí de complemento a lo ya
dicho.
Las cincuenta y seis leguas fueron medidas y
entregadas a los compradores dentro del plazo señalado por el decreto -a seis
meses del remate-, menos el lote 40, del que, por hallarse ausente el apoderado
del propietario señor Pietranera, no pudo, dársele posesión.
Según los minuciosos informes suministrados por el
ingeniero Tapia, el campo vendido es en general de pastos buenos y variados,
excepción hecha de un lote situado en el centro de la bahía de San Sebastián,
que es un arenal cubierto de mata negra y salpicado con depresiones salitrosas
que en las grandes mareas se convierten en lagunas.
Los pastos son abundantes y variadísimos en los
valles de los ríos, arroyos y chorrillos que forman vegas de leguas de
extensión, en dirección general de oeste a este, verdaderos oasis en que la
yerba crece hasta sesenta y ochenta centímetros de altura. Entre ellas se
distingue por sus dimensiones y fertilidad la del arroyo San Martín, que corre
hacia el mar en la parte sur de la bahía.
En los terrenos altos, generalmente pedregosos, el
pasto no es muy abundante.
Las aguadas son numerosas y se encuentran en todas
direcciones. Las hay en forma de manantiales, de arroyuelos, de lagunas, de
arroyos y de ríos. Son de agua dulce y cristalina, casi siempre de temperatura
baja.
Los cursos de agua son generalmente pantanosos y de
poca profundidad; en invierno se congelan, cubriéndose de una capa de hielo que
en algunas partes llega a tener sesenta centímetros de espesor.
El río Grande, que tiene un ancho variable entre
cincuenta y sesenta metros, hallábase a principios de mayo de este año (1898) a
la altura del límite con Chile, cubierto con una capa de hielo de quince
centímetros de espesor, que sólo dejaba libre el centro en un ancho de tres
metros aproximadamente.
En muchos puntos del territorio, y sobre todo en
las vegas, se encuentra agua a un metro bajo el nivel del suelo.
La topografía no es uniforme. El terreno en general
es montañoso, con serranías o macizos paralelos que corren de oeste a este,
entre los que existen grandes abras -valles de ríos y arroyos-, y a veces
llanuras relativamente extensas, altas y bajas. El oeste tiene médanos más o
menos elevados, y no es propiamente montañoso.
En toda la extensión recorrida, salvo algunos
puntos situados cerca del límite con Chile, y comprendidos en los lotes 23, 24
y 40 de los terrenos vendidos por el gobierno, no se ha encontrado un solo
árbol; en ciertas faldas de cerros y médanos crece el calafate, arbusto tan
abundante en Patagonia y Tierra del Fuego.
La mancha de bosque que se halla en el ángulo
formado por el río Grande y el límite con Chile, es continuación del gran
bosque chileno de La Matanza; los fagus que lo componen tienen una altura media
de cinco metros y un diámetro de veinte centímetros.
El clima es frío en general. La temperatura media
observada por el ingeniero Tapia, es de 8º centígrados en marzo, 4º en abril y
1º 5 en mayo. Estas observaciones son aproximadas, pues no tuvo ni tiempo ni
ocasión de hacerlas exactas y detenidamente por la movilidad que exigen los
trabajos de mensura.
Los vientos dominantes del oeste y sudoeste, son
fuertes en primavera, verano y parte del otoño; en invierno la atmósfera
permanece en calma. Generalmente las lluvias caen poco rato.
Pasando a otro orden de observaciones, el señor
Tapia me comunica lo siguiente:
La Tierra del Fuego, principalmente en su parte
chilena, está poblada de estancias dirigidas por caballeros ingleses, algunos
de los cuales tienen también establecimientos en territorio argentino y en
campos arrendados al Gobierno.
En los terrenos vendidos y que el señor Tapia ha
entregado ya, existe una estancia denominada Sara, entre el extremo este de las
sierras de Carmen Silva y el río del mismo nombre, lote 17, y a mediados de
abril iba a comenzarse a alambrar todo el campo comprado por la señora Sara
Braun de Nogueira, que tiene una extensión de 35.801 hectáreas, 30 áreas y 55
centiáreas, o sea catorce leguas y 801 hectáreas.
El territorio está cruzado por caminos que van de
una a otra población, corriendo generalmente hacia el este e internándose hacia
el oeste en territorio chileno, con salidas sobre el Estrecho de Magallanes a
Punta Catalina, Punta Anegada, Río del Oro, Gente Grande, Porvenir, Bahía
Inútil, etc., etc. Estos parajes de la costa chilena están en activa
comunicación con Punta Arenas por medio de vapores correos y bastantes buques
de vela.
Los caminos en cuestión desde la desembocadura del
río Grande, son en su mayor parte carreteros.
La principal industria del territorio es la cría de
ovejas de raza Lincoln, de tamaño extraordinario, que se reproducen
admirablemente, dan lana abundante y larga, y recorren a millares los campos,
alimentándose y reproduciéndose -cosa sorprendente- en zonas desprovistas de
agua, tanto como en los lugares en que abunda.
El ingeniero Tapia ha recorrido tres veces el
trayecto que media entre Punta Delgada, en el Estrecho, y Spreen-Hill,
importante establecimiento del señor Mont E. Walles, en territorio chileno. En
aquellas siete leguas no existe una sola corriente, ni una triste laguna de
agua dulce. Sin embargo, allí hay millares de ovejas y dos o tres poblaciones
de pastores; el ganado era sano, robusto, gordo, a pesar de todo.
Según el señor Walles, las ovejas beben si
encuentran agua, pero prosperan si no la tienen, dando los mismos resultados
que las que se hallan en una vega cruzada por un arroyo permanente. A su
juicio, les basta con el rocío que por las noches se deposita en la yerba.
Los pastores recogen el agua de las lluvias en
grandes estanques de hierro galvanizado pues de otro modo no tendrían cómo
apagar la sed.
Las ovejas de Tierra del Fuego son fuertes, y tan
grandes como no las habrá en todo el resto del país. Los animales yeguarizos
son escasos, pero las estancias tienen caballos suficientes para el trabajo, y
tropillas para los viajes. Aunque haya terreno excelente para la cría de
millares de vacas, ésta no se hace hasta ahora porque no hay mercado. Los
hacendados se limitan a tener unas cuantas para formar bueyes, pues las
carretas son indispensables en el territorio.
A la explotación del oro, ya amalgamado, ya en
pepitas, se dedican sólo jornaleros y aventureros que buscan una fortuna tan
rápida como incierta y que, creyendo encontrarla a cada instante, pasan meses y
años malgastando una actividad que dedicada a cualquier otra cosa les daría
indudablemente más provecho. Pero parece que el desencanto cunde.
En la costa del Páramo, por ejemplo, hay algunos
que esperan desde hace dos años las borrascas que sacudiendo el mar arranquen
el oro guardado en su seno, derrumben las barrancas a pico, y lleven a las
playas o dejen a descubierto el codiciado metal. Dos años de esperanzas y de
angustia...
En el territorio comprendido entre el Cabo Espíritu
Santo, el límite con Chile, el Océano Atlántico y el Río Grande, los
establecimientos son puramente pastoriles. La agricultura no existe aún. El
señor Walles ha hecho un ensayo de siembra de alfalfa en terrenos abonados
previamente, que no ha tenido éxito; después de varios años de cuidados, la
alfalfa continúa baja y descolorida. Los sembrados hechos cerca de las
poblaciones y al reparo del viento, son simplemente de hortalizas para el
consumo, escasas y raquíticas. No hay árboles frutales ni forestales plantados
por los pobladores.
Pero aunque la industria pastoril sea la más
desarrollada en el territorio, no hay que creer fácil dedicarse a ella. Por el
contrario, su implantación exige capitales bastante crecidos.
No basta con el dinero necesario para adquirir e
importar los animales destinados a la cría; es indispensable poseer una vasta
extensión de tierra, alambrarla y dotarla de instalaciones costosas.
En efecto, cada oveja ha de tener para su
alimentación no menos de una hectárea de campo, pues de otro modo en la
estación de los fríos y cuando el pasto escasea, enflaquecerían y morirían
irremisiblemente. Unos cuantos miles de ovejas, pues, exigen otros tantos miles
de hectáreas, si no se quiere correr a una pérdida segura.
Además, los hacendados establecidos allí, hombres
prácticos y positivos, han adoptado el sistema de alambrar sus campos,
encontrándolo más económico que el de tener numeroso personal para cuidar sus
majadas.
Éstas andan siempre libremente, sin que se las
recoja en corrales o rodeos como se acostumbra en la provincia de Buenos Aires,
y los pastores se limitan a recorrer los campos observándolas. Allí permanecen
meses enteros, sin que se las moleste sino para la esquila, la curación de la
sarna, la formación de tropas, u otras causas accidentales.
Los alambradas se construyen con madera de los
bosques fueguinos y son de nueve alambres.
Todas las estancias tienen que poseer instalaciones
completas para esquilar, bañar las ovejas y enfardelar la lana, para lo cual
hay que hacer crecidas erogaciones.
Los productos que salen del territorio argentino
van, como los del chileno, a Punta Arenas, desde donde son enviados a Europa.
Los hacendados enfardelan las lanas, las transportan a aquel puerto por los
vapores que subvenciona el Gobierno de Chile o por los buques del comercio de
aquel puerto, y no tienen para qué pensar en la República Argentina ni en sus
intereses.
Muchas veces he señalado en el curso de estas
páginas ese mal que causa la anemia de nuestros territorios del sur; la
insistencia puede incomodar, pero es necesaria, y tengo ahora la satisfacción
de poder variarla cediendo la palabra a otra persona. Dice, en efecto, el
ingeniero Tapia, hablando de tan importante asunto.
«¿Qué razones determinan el pasaje por Punta
Arenas, no sólo de los productos que se exportan a Europa, sino también de la
correspondencia, pasajeros, etc., destinados a Buenos Aires, Gallegos, Santa
Cruz y diversos puntos de la costa sur, teniendo el Gobierno nacional un
servicio de vapores-transportes que hacen la carrera hasta Usuhaia, capital de
la Tierra del Fuego? La contestación es tan sencilla como lógica:
»En Punta Arenas, que ofrece un buen puerto hasta
para buques de gran calado, hay libertad de derechos a la importación y
exportación, y todos los habitantes del mundo pueden entrar y salir con
cualquier cantidad de mercaderías, sin que las autoridades los molesten. Hay,
además, un servicio de vapores-correos subvencionados por el Gobierno chileno y
que recorren con toda seguridad ambas márgenes del Estrecho, poniendo al
alcance de los habitantes de Tierra del Fuego y de la costa patagónica los
elementos de transporte que facilitan todo el movimiento comercial, industrial
y hasta social de la comarca.
»Los transportes del Gobierno argentino, mientras
tanto, hacen un servicio tan lento y tan deficiente, que puede afirmarse sin
exageración que toda la costa fueguina sobre el Atlántico se encuentra completa
y absolutamente privada de comunicación directa con los puertos nacionales.
»¿Y cómo no ha de ser así? Los vapores argentinos,
después de tocar en Río Gallegos, van a Punta Arenas y luego a Usuhaia por los
canales chilenos, llegan hasta la Isla de los Estados, y desde allí vuelven a
Gallegos, dejando a la costa este de Tierra del Fuego privada de sus servicios,
sin dar a sus habitantes otro consuelo que el comentario sobre la columna de
humo o el casco blanco de un vapor que a tantas millas navegaba rumbo al
norte...
»Natural es, pues, que los pobladores sientan la
necesidad y aprovechen la conveniencia de recurrir a Punta Arenas, que les
ofrece medios de comunicación con el mundo entero y la ventaja de la libertad
aduanera.»
«Es penoso decirlo -añade luego- pero es la verdad:
el Gobierno chileno es quien sirve los intereses argentinos en Tierra del
Fuego, por lo menos en la zona comprendida entre el Río Grande y el cabo
Espíritu Santo.
»Pero no creo que este descuido sea principalmente
imputable al Gobierno. Según informes que he recogido, los comandantes de
transportes nacionales y en general los jefes de los barcos que durante tantos
años han hecho la navegación del sur, han creído que los puertos y las costas
de Tierra del Fuego en el Atlántico no ofrecían garantía alguna. Por esto pocas
veces se han efectuado en San Sebastián y sus cercanías operaciones de carga y
descarga con la debida serenidad. El mismo temor se ha apoderado del Gobierno
por los informes de dichos jefes, en cuyo descargo hay también que observar su
enorme responsabilidad en caso de pérdida del barco que mandan, responsabilidad
que se hace efectiva ante las autoridades del ramo, y que tiene muchas más
consecuencias que la de un simple capitán mercante.
»Se agrega que las dimensiones de los vapores
nacionales no facilitan su entrada en algunos puertos, como Río Grande, por
ejemplo.
»De todas maneras, existe el hecho del abandono,
por parte del Gobierno argentino, de las costas del sur de la República, y se
hace necesario remediar ese mal.
»Sin embargo, los estancieros de la Tierra del
Fuego, tanto chilena como argentina, practican continuamente operaciones de
carga y descarga con sus buques de vela y a vapor, en la bahía de San
Sebastián, Río Cuyen, Punta Sinaí, Río Grande, etcétera. No hace mucho, durante
los meses de marzo y abril, el señor Menéndez, de Punta Arenas, ha enviado cada
diez días, más o menos, el vapor Amadeo, de su propiedad, al Río Grande en su
parte navegable, con animales en pie y materiales de construcción.
¿Entonces? ¿No podremos los argentinos atender
mejor los intereses que se desarrollan a la sombra de nuestra bandera?
»El Gobierno mejoraría la situación, ya teniendo fe
en los hechos y la palabra de los jefes de buque en caso de accidente,
haciéndolos responsables dentro de un justo criterio, ya adquiriendo barcos de
un calado conveniente para todos los puertos de la costa, ya entregando la
navegación del sur a una compañía subvencionada, en cuyas tarifas intervendría
el Estado Mayor de marina.
»Las razones del mayor gasto que ocasionarían al
erario los viajes más frecuentes con escalas efectivas, gasto que no estaría
compensado porque el comercio es escaso aún, ceden ante las razones de estado.
Aparte del deber que tiene el Gobierno de servir esas zonas pobladas por
hombres laboriosos al frente de crecidos capitales, que hacen erogaciones en
terrenos arrendados, adquieren tierra y de uno y otro modo llevan a ella la
savia de sus intereses, tiene también el de propender al adelanto moral y material
del país por todos los medios a su alcance.»
El ingeniero Tapia describe del siguiente modo las
costumbres de los estancieros ingleses de Tierra del Fuego:
«La lana que envían directamente a Inglaterra
representa libras esterlinas, y a cuenta del valor de ese fruto del país, piden
a su patria, sin necesidad de previo desembolso, cuanto les hace falta y cuanto
se les ocurre para sus estancias: muebles, adornos, estufas, billares, ropas,
vinos, licores, cigarros, remedios para las ovejas, carbón, útiles y
herramientas...
»Las habitaciones de los caballeros ingleses, con
ricas alfombras y tapices, reúnen todo el confort deseable en aquel clima
inclemente.
»Pero no pasan una vida sibarítica ni mucho menos;
el patrón está siempre al frente de sus peones, toma como éstos las
herramientas del trabajo que dirige, y fomenta con sus sudores la riqueza
propia y el progreso del territorio.
»Los he visto en el baño de las ovejas, con la pala
de madera en la mano, concurriendo al mejor éxito de la curación de sus
animales, que conservan limpios y libres de toda peste.»
Es curioso y al mismo tiempo natural: en aquella
parte de Tierra del Fuego no corre otra moneda que los giros y vales de esos
estancieros, que se cotizan a la par.
A estos hacendados se añadirán en breve los señores
J. Maupas, Narciso Laclau, Gabriel Labarrié y otros que han manifestado su
intención de introducir animales en los campos comprados al Gobierno.
-¿Y la Isla de los Estados? -pregunté al segundo
Méndez.
-Allá está -me contestó, señalando el este.
-No la veo...
-Aquella masa de nubes... ¿la ve?... pues eso es la
isla.
-¡Ah!
Uno de los compañeros se acercó:
-¿Quiere ir a tierra con nosotros? Puede ser que
haya indios... al natural. Vienen muy a menudo a Buen Suceso.
-¡Vamos, vamos!
Momentos después pisábamos las playas de Ash Paltn.
- XXVIII -
La visión de la Isla
-Buenos días, segundo. ¡Y dónde está esa bendita
isla, que hoy tampoco la veo?
El teniente Méndez tendió otra vez el brazo hacia
el este, como la tarde anterior, y me contestó:
-Allí.
Y otra vez no vi sino una aglomeración de vapores
densos y bajos, de color ceniza, que elevándose de la superficie del océano, y
confundiéndose luego con las nubes más altas, cerraba por aquel lado el
horizonte.
La mañana era tormentosa, el Lemaire estaba
agitado, y su paso es peligroso hasta para los barcos de vapor en esas
circunstancias.
«Cuenta un capitán americano -escribe Bove- que
cuando la Great Republic, clipper de 4000 toneladas, quiso aventurarse en el
estrecho de Lemaire con fuerte viento sur-sudoeste y corriente favorable, faltó
poco para que se perdiese. A la altura de cabo South un golpe de viento lo
embistió de través, con tanta fuerza que la columna de agua se alzó a una
veintena de pies sobre la amura, y volviendo a caer sobre el puente, destrozó
no menos de cincuenta pies de cubierta.»
-¿Saldremos esta mañana? -pregunté al segundo.
-¡Hum! El tiempo no está bueno, y salir para
pasarse a la capa quién sabe hasta cuándo... Lo mejor es quedarnos quietos.
Habíamos llegado a Buen Suceso el día antes, el
viaje entero se había hecho en excelentes condiciones, y no era ni necesario ni
lógico tener prisa: día más día menos, el Villarino estaría de regreso en
Buenos Aires pocas semanas después, y más pronto de lo que podía esperarse a la
salida.
La bahía en que estábamos, de forma semicircular,
rodeada de alturas cubiertas de espeso bosque hasta la orilla, es lo que los
marinos llaman un «regular tenedero», porque el ancla muerde bien en el fondo,
y sus aguas son tranquilas cuando no se engolfan en ella los vientos del este,
de los que nada la defiende. En el fondo de la bahía se tiende un hermoso
vallecito en que la fuerte y alta yerba primitiva ha sido suplantada por un
pasto corto, tierno y tupido, desde que los rebaños de ovejas y cabras de la Subprefectura
triscaron en él, esperando la hora triste de dar trabajo a los asadores.
Un riachuelo que baja de las montañas vecinas,
mezcla sus aguas dulces con las del mar, y por todos lados vense correr,
desmenuzando el esquisto arcilloso, chorrillos amarillentos teñidos por la
turba en que antes se han abierto lecho. Su coloración les da un aspecto
extraño, y es tan fuerte, que la comunican a los cantos rodados que cruzan en
su última etapa antes de llegar al océano.
El Villarino estaba completamente inmóvil,
reflejándose su casco blanco en el espejo de la bahía, hasta con sus menores
detalles. Y sin embargo, hacia la mitad de Lemaire veíanse las olas
persiguiéndose unas a otras, y como huyendo de nuestro barco, apacible y
silencioso. Murúa se acercó al grupo que formábamos en la popa.
-Y ¿salimos hoy, comandante?...
-Parece que sí. El barómetro me hace creer que va a
mejorar el tiempo. Pero hay que verlo antes de resolver la partida...
Yo entretanto, desinteresado de Buen Suceso, miraba
con insistencia aquel misterioso y empecinado montón de nubes que velaba a mis
ojos la isla, con la que tanto deseaba entrar en relaciones. Allí permanecía,
fijo, como coagulado, impenetrable a mi intensa curiosidad.
El aire estaba frío y cargado de humedad y los
abrigos eran de rigor.
Habían salido del fondo de las maletas los pañuelos
de lana, las boas, los guantas forrados, aunque la temperatura no hubiera
llegado a cero. Lo que nos transía era la humedad, tan intensa que traspasaba
las ropas, llegando hasta la carne, y produciendo una sensación penosa, a la
que desgraciadamente iba yo a tener que acostumbrarme.
Afortunadamente, ya no había para qué bajar a
tierra. El día antes habíamos aprovechado las últimas horas de la tarde para
hacer una excursión.
El bote que nos condujo llegó primero hasta el
riacho que desemboca a la izquierda, junto a un muro de rocas amontonadas
confusamente y a las que adhieren sus raíces como tentáculos de pulpo, el
uchpaya y el ánis, como llaman los fueguinos al fagus betuloides y al F.
antártica respectivamente. La entrada está a medias obstruida aún por las duras
cuadernas del cúter Patagones, que uno de esos temibles vientos del este hizo
naufragar allí.
A unos trescientos metros del límite de las altas
marcas vense también las ruinas de los galpones que sirvieron a la
Subprefectura trasladada luego a Bahía Thetis para suprimirse enseguida,
rodeadas por restos de los ranchos de la marinería y los indios, que aún suelen
visitar aquellos parajes, cuando salen a caza de nutrias en la costa del
Lemaire.
Atracan con sus piraguas a una playa de arena
negruzca, que les ofrece fácil desembarcadero; esta playa se encuentra rodeada
de costas de piedra, en que la rompiente es lo bastante poderosa para tumbar o
estrellar un bote, y con mayor razón las groseras embarcaciones fueguinas.
La arena en cuestión es aurífera, aunque contiene
tan escasa cantidad de oro, que su lavaje no daría resultado sino con grandes y
costosas maquinarias. En nuestra pequeña excursión llegamos y desembarcamos en
la playa que forma, de suave declive y surcada por multitud de hilos de agua
dulce que caen y brotan de las peñas. Después de resbalar un rato sobre las
hojas de cachiyuyo arrojadas por la marea, nos sentamos en una piedra saliente
mientras que el doctor Pinchetti, escopeta en mano, vagaba buscando víctimas
por los alrededores.
-¿Aquí hay oro? -preguntó a un compañero.
-Seguramente -contestó-. Esta tierra negra lo está
indicando.
-Busquemos...
-¡Oh!, ¡no pierda el tiempo!
-¡Cómo! ¿no dice usted que hay?
Y recogí un gran puñado de arena, que comencé a
desmenuzar sobre la palma de la mano.
-Sí.
-Entonces, encontraremos...
-¡Phs! Sin aparatos y en todo un día, no
recogeríamos un solo gramo entre los dos.
-¡Oh! Lo busco sólo por curiosidad, y me
contentaría con una partícula cualquiera, la más insignificante...
-Busque, pues.
-Es lo que hago.
Y arrojé lo que me quedaba del primer puñado de
tierra, después de examinarlo cuidadosamente, para recoger otro que escudriñé
con el mismo resultado negativo.
-Veamos el tercero -dije.
-Será inútil si no lo favorece la casualidad.
-Voy creyéndolo.
-Si fuera en Slogget, todavía. Allí hay pepitas en
mayor abundancia, y algunas bastante grandes. Pero asimismo, los mineros no se
enriquecen.
-En cambio se enriquecerán sus proveedores.
-¡Claro!
Seguí desmenuzando tierra, pero ya más por
entretenerme hasta que llegara el bote, que con la esperanza de encontrar oro.
Mi compañero me miraba, medio sarcástico, medio compadecido; sin duda
considerábame atacado por la auri sacra fames. Por fin dijo:
-Yo no busco ya oro, ni aquí ni donde lo haya de
veras. La lotería nacional me ha hecho estoico, y no creo ni en suertes ni en
hallazgos. Es lo único bueno que le encuentro a esa institución gubernativa, y
es el solo beneficio que me ha dado... como a tantos otros...
-¡Pues a mí... ni ese! -exclamé echando al viento
el último puñado, y renunciando a buscar más.
En eso estábamos, cuando vimos a nuestros marineros
agachados sobre la playa, como si también buscaran pepitas. Uno se levantó de
pronto con ademán de triunfo agitando algo en la mano por encima de su cabeza;
los otros se levantaron también, rodeándolo, para comenzará desgranarse
enseguida, y volver con más ahínco a la tarea. Era indudable que el primero
había encontrado una pepita. Nos acercamos.
-¿Ha encontrado algo? ¿A ver?
Sonriendo con un aire un tanto burlón, el marinero
me tendió una pepita rugosa y llena de hoyitos minúsculos, que tendría el
tamaño de una arveja grande. Apenas la vi, miré instintivamente al suelo, con
la visible intención de escudriñarlo otra vez. El del hallazgo lanzó una
carcajada; mi compañero se rió también. Los examiné perplejo.
-¡Oh! no busque, señor, no la he encontrado aquí;
ya la tenía. Era para dar un chasco a ésos.
Esos seguían removiendo empeñosamente la arena con
las uñas. Si no hubiera estado tan avanzada la tarde, seguro es que hubiesen
hecho una excavación. Pero era hora de volver a bordo, los llamamos, y medio a
regañadientes saltaron al bote y empuñaron los remos, a tiempo que el doctor
Pinchetti volvía, escopeta al hombre, con un ramo de violetas amarillas en la
mano, pero sin haber hallado ocasión de disparar un tiro.
Más felices que él, otros que habían salido a
pescar en el chinchorro, volvieron al Villarino con algunos excelentes
pescados, un balde de rojos langostinos y media docena de centollas, esos
enormes y exquisitos cangrejos cuyo cuerpo mide a veces medio metro de
diámetro, y cuyas patas simplemente cocidas constituyen un manjar incomparable.
Demás está decir con qué placer comimos la sopa de arroz con langostinos, la
centolla hervida y fría y el pescado frito, riéndonos de los menús clásicos que
hubieran condenado aquella atrocidad. Lástima no haber recogido mejillones y
erizos -que los hay también-, pues entonces nuestra comida hubiera sido
exclusivamente marítima.
...Entre tanto la mañana avanzaba sin que se
calmasen las olas del Lemaire, y ya nos iba pareciendo que tendríamos que
quedarnos otro día en Buen Suceso... o más, si el tiempo seguía tan malo. La
demora no sería larga, de cualquier manera, pero hay que observar que todos
estábamos más o menos enervados, y deseosos de terminar o de hacer diversión al
viaje, ya monótono a pesar de su variedad. Noté, sobre todo esta fatiga en mí,
cuando me preguntaron lo que había resuelto en definitiva, si permanecería o no
en la isla hasta la llegada del otro transporte, y contesté sin titubear,
dominado por el deseo de pisar tierra firme siquiera unos cuantos días:
-Me quedaré.
Temía, también, regresará Buenos Aires con unos
cuantos apuntes superficiales, apenas una impresión a vuelo de pájaro
desperdiciando informes que, con paciencia, podía obtener de los viejos
marineros de San Juan, muchos de ellos conocedores de las costas patagónicas y
de la tierra fueguina. Tenía noticias de algunos que eran un verdadero arsenal
viviente de datos, y a ellos iba a dirigirme desde el primer momento.
Y como si sólo hubiera esperado esa resolución, el
viento cambió, su soplo fue desvaneciendo paulatinamente la espesa cortina de
vapores que velaban la Isla de los Estados, y ésta apareció por fin, áspera y
abrupta como una visión diabólica.
Era un amontonamiento informe de rocas
empequeñecido por la distancia, que dominaban numerosos picos semejando los
dientes de una sierra. Los treinta y tantos kilómetros del estrecho de Lemaire
no nos permitían apreciar los detalles de aquel extraño peñón, que visto en las
cartas parece un monstruo marino, un animal apocalíptico que descansara sobre
la superficie del océano, dejando al sol las verrugas de su cáscara...
Todos los preparativos de marcha estaban hechos;
sólo faltaba levar anclas para ponernos en franquía si mejoraba el tiempo, como
todo parecía indicarlo. En efecto, el Lemaire se calmó, aclarose completamente
la atmósfera, y el Villarino puso proa al nordeste para tomar luego rumbo al
sudeste y pasar entre la costa de la Isla de los Estados, hacia su parte
central, y las islas de Año Nuevo. Íbamos en un principio hacía las Malvinas,
que la distancia nos ocultaba.
¡Las Malvinas! Ya casi nosotros solos conocemos por
ese nombre a las islas Falkland de los ingleses, que tuvieron tantos.
Llamáronse, en efecto, y sucesivamente, isla de los Leones, Maideland,
Sebaldinas, Pepys, Nuevas islas de San Luis, Belge Australis, Malvinas y
Falkland...
El primer nombre fue dado a la isla del este por
los españoles, aunque no se sepa por qué la llamaron de los Leones; Vespucio
las señaló vagamente en 1502.
John Davis, comandante de uno de los buques de la
escuadra de Candish, las descubrió en 1592, casualmente, y a causa de una
tempestad que le impidió entrar en el Estrecho de Magallanes, arrojándolo hacia
el este; y dos años más tarde, el corsario inglés Ricardo Hawkins, que había de
ser vencido y apresado por la escuadra del Perú, las llamó Maideland, o «tierra
de la Virgen», en homenaje a su graciosa majestad Isabel Tudor.
El holandés Sebald de Weert, volvió a bautizarlas
en 1600 con el nombre de Sebaldinas, Coreley, en 1683, las llamó Pepys...
Strong, un marino inglés protegido por lord
Falkland, les dio el nombre de su protector, que ha prevalecido, en 1690.
Nuevas islas de San Luis les puso en 1714 el
capitán Anicón, marino de Saint-Malo, dando lugar este nuevo bautismo a que se
las llamara malouines, por sus descubridores, de donde viene nuestro Malvinas,
que fue Maluinas para los antiguos geógrafos españoles.
Belge Australis fue el último nombre que se les dio
en 1721 por el belga Reggewein.
Los franceses fueron los primeros en tomar posesión
de las Malvinas, y en 1763 el célebre Bougainville fundó una colonia sobre
Port-Saint-Louis, al oriente; los ingleses no tardaron en seguirlos, y en 1765
sir John Byron fundó otra al occidente sobre Port Egmont.
España, entre tanto, reclamó a Francia aquellos
dominios, y en 1767 logró que se le entregaran, mediante una indemnización de
2.412.000 reales de vellón -«suma dada por generosidad, y a que montaba el
gasto de aquel establecimiento (la colonia)», dicen los españoles- y tomó
posesión de ellas el 1.º de abril.
Pero el capitán Font de Tamar con sus ingleses
estaba en Egmont, e intimó al enviado español Ruiz Puente que evacuara la isla
en el término de seis meses, lo que no hizo, aguardando instrucciones. El
gobernador Buccarelli las recibió de España, y de acuerdo con ellas conminó a
su vez a los ingleses para que salieran de la isla; como no se retiraran, les
mandó al capitán Madariaga con gente y artillería, ante lo cual cedieron,
porque no estaban en condiciones de resistir.
La situación de Europa era bastante turbia, y
Francia y España estaban a punto de irse a las manos con Inglaterra. Ésta,
herida por el desalojo de las Malvinas, encomendó al caballero Harris, más
tarde conde de Malmenbury, una reclamación ante el Gobierno español; quería que
se desaprobara la conducta de Buccarelli, y que se diera por no ocurrida la
expulsión.
España no quería precipitar los sucesos, y su
embajador, el príncipe de Maserano, recibió instrucciones que importaban
debilidad, y llegó hasta proponer la cesión de las islas, salvando el derecho
del rey a ellas, y consentir en la reinstalación de los ingleses. Pero el
gabinete británico insistió en que se desaprobara a Buccarelli y se devolvieran
incondicionalmente las islas, a lo que se opuso el conde de Aranda con mucha
entereza, diciendo que la violencia había partido de los ingleses al ocupar las
Malvinas, y al amenazar a Ruiz Puente. Bien es cierto que Aranda quería la
guerra, que debía declararse apenas Francia estuviese lista.
La guerra no estalló. Inglaterra recibió el 22 de
enero de 1771 las declaraciones de desagravio que exigía y se le devolvió
Egmont, aunque con la restricción de que ese hecho no afectaba el derecho
anterior de soberanía.
En 1774, sin embargo, los ingleses se retiraron de
las islas.
Varios historiadores explican este abandono,
afirmando que, cuando como desagravio se la puso en posesión de Egmont,
Inglaterra se comprometió secretamente a evacuar las islas por su voluntad, y
en breve término. Hasta entonces no había alegado derechos de posesión.
España continuó, pues, como soberana de las
Malvinas, cuidando de mantener en ellas una colonia, a pesar de lo gravosa que
le era, para que no pudiera disputársele en derecho. Vértiz quiso abandonarlas
porque su sostenimiento costaba más de cincuenta mil duros al año, pero el rey
se opuso terminantemente a ello.
El rey de España creó en el establecimiento de
Soledad de Malvinas un gobierno dependiente del de Buenos Aires, que subsistió
hasta después de 1810.
Independizada la República Argentina, mandó en 1820
como comandante militar, al de la fragata Heroína, Tewit, quien prohibió la
pesca de anfibios; en 1823 fue nombrado don Pablo Aregnoty; en 1829, el
comandante José María Pinedo puso en posesión de ellas como comandante militar
a don Luis Vernet, concesionario de las islas desde el año anterior, y con
privilegio exclusivo para la pesca de aquellos mares.
Pero Inglaterra, que desde hacía sesenta años no se
ocupaba de las Malvinas, incitada quizá por los Estados Unidos, que habían
destruido la colonia de Vernet, mandó a ellas la fragata Clío, comandante
Onstow, que el 3 de enero de 1833 hizo desalojar las islas, que están desde
entonces bajo la bandera británica...
Las islas, que tienen una extensión de setecientas
veinte leguas cuadradas, cuentan hoy con más de dos mil habitantes, unos 15.000
animales vacunos y más de 700.000 ovejas. Puerto Stanley, su capital, es un
buen fondeadero, con faro y cinco muelles, rodeado por un pequeño y lindo
pueblo con iglesias, bibliotecas, hoteles, etc...
Su principal, casi única industria, es la
ganadería, cuyos productos exporta anualmente por un valor de cerca de 150.000
libras esterlinas. Hay allí graserías, saladeros, frigoríficos, y la
exportación de animales en pie para Patagonia toma mucho impulso en estos
últimos años.
...Aunque tranquilizándose poco a poco, las olas
del estrecho jugaron con el barco, haciéndolo bailar un buen rato, pero todo
anduvo bien y no tardamos en ver de cerca la silueta espantable de la isla.
Diríase que era la fantástica decoración de un
drama sobrenatural cuyos protagonistas fueran los elementos desencadenados por
la mano de un Prometeo en pugna con los dioses. Las nubes se enredaban
haciéndose jirones en los picos agudos, bajaban a las peñas, colmaban las
hondonadas, acudiendo de todos los rincones del horizonte para posarse como
gigantescos pájaros cansados en aquel enorme escollo rodeado por los
espumarajos de la rompiente y el hervidero de los remolinos. Nada más salvaje
que aquella costa inhospitalaria vista desde lejos: acantilados, peñas a pico,
rocas que avanzan desde lo alto hacia el mar, prontas a descuajarse; y ni una
playa, ni un punto a que pueda acercarse un bote sin peligro de ser estrellado
contra las piedras, como una cáscara de nuez, por las olas que se levantan
muchos metros para caer pulverizadas en amarga lluvia, sobre las otras que
vienen furiosas detrás a continuar el
inacabable asalto. Pero la fortaleza se mantiene firme, desafiando altiva a su
enemigo el océano, que para vencerla tendrá que desmenuzarla partícula por
partícula, en una tarea de siglos, que él sólo puede realizar...
De cerca, la vista se sorprende al hallar que lo
que parecía roca desnuda, es intrincada selva que trepa por todos lados,
agarrándose a las aristas de la piedra, aprovechando las hendiduras, las
grietas, los pequeños espacios abrigados, o adaptándose a las exigencias del
viento en los sitios descubiertos, y estirando sus ramas de modo que resbale
sobre ellas sin desgajarlas. La Isla de los Estados se halla poblada por la
misma vegetación de Tierra del Fuego; árboles, arbustos, yerbas y parásitos son
completamente análogos, hasta el punto de hacer creer que un ataque violento
del océano, o una serie de ataques conducidos por los invencibles vientos del
sur, se ha abierto un paso por lo que antes era el extremo de la gran isla
fueguina.
Aquel abrupto montón de rocas, separado por el
estrecho Lemaire de la Tierra del Fuego, en efecto, parece ser, y es sin duda
la última excrecencia que despide hacia el este la colosal cordillera de los
Andes.
-¿Qué sacudimiento, qué cataclismo lo ha disgregado
de la otra isla que, a catorce millas de distancia, tiende sus costas coronadas
por las alturas de los Tres Hermanos? ¿Qué fuerzas lo trabajan, adelgazando sus
istmos o llenando sus bahías con los derrumbamientos de la piedra, descuajada
por los embates del mar? ¿Qué fenómenos geológicos cambian lentamente de faz a
aquella masa esquistosa, presidio natural y tumba de navíos, que se yergue como
fortaleza y como escollo, rodeada de remolinos y rompientes? ¿Qué le guarda el
porvenir? ¿Qué es hoy? ¿Por qué no reclama el nombre de Isla del Diablo, que le
han usurpado con menos títulos que ella?
En sus contornos naufragan, según Piedrabuena,
siete u ocho navíos anualmente. Entre las espumas de su rompiente aún quedará
algún destrozado resto del Yess, del Vergeri, del Pactolus, del Ana, del River
Lagan, del Mountaineer, de la Garnock, de tantos otros buques perdidos años ha,
y en sus playas todavía irán a vararse palos de la Crown of Italy, de la Guy
Mannering, de la Louisa, de la Amy, de la Calcutta, de la Esmeralda, víctimas
de catástrofes recientes...
En sus tierras ásperas, cubiertas de montaña y
selva, se ocultan los loberos, o viven triste vida los presidiarios. El único
canto de pájaro es el graznido del darup, y de todas partes y a todas horas se escucha
la tremenda sinfonía del océano azotando la piedra, y el silbido violento y
sarcástico de las rachas... El genio del mal tiene allí su alcázar, envuelto en
perdurables nieblas, terrible y solitario, silencioso y negro.
Hasta los árboles toman un aspecto de angustia y de
quebranto, y retuercen sus ramas desesperadamente como en un paroxismo de
terror, atormentados por el viento que se divierte al verlos crisparse y al
desnudarlos hoja por hoja...
Y sin embargo, aquel peñón salvaje y diabólico no
es tan inhospitalario como aparece a la imaginación de quien lo ve por vez
primera, ni tan temible como lo atestiguan los dramas del mar que se han
desarrollado junto a él. De estos dramas, algunos han sido artificialmente
provocados; es fácil evitar la repetición de los demás. A su alrededor, hierve
el Atlántico, es cierto, pero su agitación no es tan terrible que haga peligrar
a los navíos manejados por pilotos expertos, que encontrarían en caso necesario
y a lo largo de sus costas, abrigos como la bahía, Crossley, la Flinders, el
puerto Hoppner, el Parry, Basil Hall, la había de Año Nuevo, Cook, San Juan,
Back, Blossom, Vancouver, Grant, York, Black Mary, Brent, la Bahía Sudoeste, la
Franklyn, refugios más o menos seguros, y algunos de ellos verdaderos lagos,
como por ejemplo, Cook.
Pero poco se la conoce, y rara vez va uno de
nuestros buques a fondear en sus anchos y abrigados puertos, excepción hecha
del de San Juan, donde se halla la subprefectura y el presidio. Su fama
terrible dura aún, o infunde a los navegantes más que respeto, cuando divisan
en lontananza la masa de vapores que la envuelve.
No la temía, sin embargo, el comandante don Luis
Piedrabuena, que consintió en formar parte de la marina argentina, a cambio de
la posesión a perpetuidad de la isla, hoy propiedad de sus herederos. Pero -hay
que decir la verdad-, el mismo Piedrabuena naufragó en sus costas en 1881, y en
bahía Franklyn pueden verse aún restos de su Explorador, los palos machos, la
cadena, el ancla, y huellas de las dos casillas que construyó para abrigarse él
y su tripulación mientras construían el barquichuelo que los llevó a Punta
Arenas.
Triscan por las peñas de los alrededores las cabras
que dejó entonces el denodado marino, o mejor dicho la descendencia de
aquéllas, crecida en estado salvaje, sin temor de las fieras que no existen, ni
de los hombres, que no llegan hasta allí sino rara vez.
La isla no es temible para los barcos de vapor, y
los buques de vela no corren peligro sino cuando, sorprendidos por una calma
chicha demasiado cerca de la costa, no pueden oponerse A la corriente y a los
tide rips, que tienden a estrellarlos, y sus pilotos no conocen bastante los
parajes para aprovechar los abrigos que ofrecen.
-La mayor parte de los naufragios ocurridos allí
-decíame un entendido marino- han sido intencionales, o por lo menos,
evitables, si los comandantes hubieran conocido la costa como debían conocerla
para acercarse tanto a ella.
Ya veremos más tarde cómo casi todos los siniestros
han ocurrido con calma y niebla, lo que acusa impericia, sobre todo cuando para
doblar el Cabo de Hornos no es necesario irse sobre la isla.
Desde Piedrabuena hasta hoy, no se ha cesado de
clamar por el establecimiento de faros realmente útiles, no insuficientes como
el semi-oculto de San Juan, que apenas tiene un cuarto de círculo de
iluminación.
-Con dos faros bien ubicados -exclamaba Bove- lejos
de huir de ella, los navegantes buscarían la Isla de los Estados...
Este inestimable servicio tendría que ser
complementado con la instalación de elementos de salvataje más amplios -no
pueden serlo menos- que los que se tienen hoy. San Juan del Salvamento no se
llamará legítimamente así, mientras eso no se haga. Cierto que la Subprefectura
hace lo posible por auxiliar a los náufragos, pero no hay que pedirle que trate
de poner a flote un buque varado o que transborde un cargamento; no tiene
embarcaciones para ello; necesitaría un vaporcito, y posee sólo un pesado bote
salvavidas. Así, fortunas enteras van a parar al fondo del mar, o despiertan la
codicia de los marineros semi-piratas que abundan en Malvinas y en algunas
costas chilenas, y que suelen rondar la isla semanas enteras, como aves de
rapiña en acecho de la casualidad que ha de darles buena presa... ¿Con qué
buque hacerla vigilancia de las intrincadas costas? ¿Con el salvavidas o con
algún chinchorro?...
La fauna de la Isla de los Estados, menos el
guanaco y el zorro, es la misma que la de Tierra del Fuego, y llama la atención
la presencia del tucu-tucu, que ha invadido toda la América del Sur, y vive
también proscripto en aquel fragmento desprendido de las grandes tierras. No es
suponible que el pequeño roedor atravesara a nado el estrecho de Lemaire...
Habíamos salido de éste, y navegábamos a la vista
de las islas de Año Nuevo, bajas y cubiertas de espesa yerba.
Carecen de árboles, aunque las semillas puedan
llegar con mucha facilidad desde la vecina costa, sin duda por la violencia del
viento que las barre continuamente.
Una de ellas presenta cierta curiosidad natural que
aprovechan los bromistas: en una de sus costas más elevadas hay un agujero
circular que la atraviesa de parte a parte, y que los navegantes suelen
mostrará los viajeros cándidos diciéndoles que ha sido hecho a cañonazos por
uno de nuestros buques de guerra que tiraba al blanco desde corta distancia. El
agujero tiene como dos kilómetros de largo...
Están situadas al norte del centro de la de los
Estados, y ofrecen un magnífico asiento para un faro, cuya luz se vería mucho
antes de llegar a los parajes verdaderamente peligrosos que de todos lados
rodean a la isla principal.
Pasamos entre ellas, acercándonos más a la casta,
que seguía presentando el aspecto de un erizamiento de rocas inaccesibles,
embatidas por el mar, ceñidas por ancho cinturón de verdes árboles, y coronada
por una diadema de agudos picos envuelta en el tul de las nubes.
El océano se había calmado por completo, y
navegábamos tranquilamente, a la vista ya de puerto Cook y en demanda del
siempre proceloso cabo Fourneaux. Pero la rompiente mantenía su línea de
blancas espumas en las rocas de la costa, y el tide-rip alzaba su columna aquí
y allá, al capricho de la marea y las corrientes. También veíamos el viento,
pulverizando las aguas de la superficie del océano, e imitando las tormentas de
tierra de la provincia de Buenos Aires...
-¡Una roquería!
-¡Estamos tan lejos!
-¡Con un anteojo, con un anteojo!
Nos hallábamos frente a una roquería o campamento
de lobos-leones o focas de un pelo. Pero por más que me desojara mirando con el
anteojo, no alcancé a ver sino una roca plana como una mesa que descendía en
suave declive hacia el mar, y sobre la cual apenas se distinguían algunos
bultos obscuros, inmóviles, semejando excrecencias de las piedras. De vez en
cuando llegaba hasta nosotros un rumor confuso como de bramidos de animales
vacunos sedientos.
Era la primera vez que veía focas, si aquello era
ver... Pero ya podía hacer gala de conocerlas y, de haberlas sorprendido en sus
guaridas, aunque necesitara buscar informes para no describirlas mal y hacer lo
del mono del Pireo. Afortunadamente, más tarde iba a tener ocasión de
examinarlas más de cerca.
Dejamos atrás la roquería y no tardamos en llegar a
la altura del cabo Fourneaux, un promontorio abrupto, de rocas altas y
desnudas, azotado por enormes olas, rodeado de tide-rips movibles, que alcanzan
a tres millas, y de cuyas puntas bajan violentas y repentinas rachas, que
silban como terribles latigazos.
Un instante después se presentaba a nuestra vista
la punta Laserre y la casucha del faro, oculto como un pirata en la concavidad
que forman los cabos Fourneaux y San Juan.
- XXIX -
San Juan del Salvamento
-¡Pero señor! ¡Aquí hay dos faros, y las cartas no
señalan más que uno! -exclamaba Halder, piloto de la barca Calcutta, naufragada
en alta mar a veintitantas millas de la Isla de los Estados.
Él, con algunos marineros, se había embarcado en un
bote cuando se resolvió el abandono del buque, mientras el capitán se refugiaba
con el resto en la chalupa. Después de largas horas de esfuerzos sobrehumanos,
los pobres náufragos habían logrado llegar a San Juan del Salvamento, en cuya
Subprefectura se les asiló. Y Halder, no repuesto aún de sus fatigas, repetía
invariablemente, como protestando:
-¡Aquí hay dos faros!, ¡aquí hay dos faros! y en
las cartas no se señala más que uno...
¿Qué había sucedido? ¿Existían, en efecto, dos
luces, o algún fenómeno había hecho ver doble al piloto de la Calcutta? Esto
era, en efecto, lo ocurrido; pero no se trataba de un fenómeno, sino de una
consecuencia lógica de la mala ubicación y peor disposición del faro.
El bote, al desprenderse del buque náufrago, había
navegado hacia el noroeste, hasta hallarse a la altura del cabo San Juan,
extremo este de la isla. Lo había doblado allí, descubriendo poco más tarde, y
en medio de una noche obscurísima, la luz del faro de Punta Laserre; púsose
entonces proa hacia la costa, pero la marea creciente, que corre de este a
oeste con una velocidad de cuatro a cinco millas por hora, arrastró a la ligera
embarcación tomándola de costado, y sin dejarla avanzar hacia el sur, a pesar
del esfuerzo de los remeros ya fatigados. Llevola así hasta la altura de
Russian Fin, o falsa caleta de Cook, que se halla unas cuantas millas al oeste
de San Juan del Salvamento, y apenas pasado el cabo Fourneaux, los náufragos
perdieron naturalmente de vista la luz, sin observar, por falta de punto de
referencia, que eran arrastrados por la marea. Este largo trayecto lo hicieron
siempre proa a tierra, pero sin dominar la corriente. Proa a tierra
continuaban, cuando comenzó la marea bajante, que los arrastró de nuevo, pero
de oeste a este, sin que lo notaran, y pasado otra vez el cabo Fourneaux,
volvieron a ver el faro. En su concepto no habían cambiado de rumbo, y era
evidente la existencia de dos faros en lugar de uno; la obscuridad de la noche,
que no permitía ver los relieves de la costa, cooperó poderosamente a este
error, que no hubieran sufrido de día.
Prueba concluyente de que el faro no está bien
ubicado, tanto más, cuanto que su sector pasa apenas de noventa grados. Sin
embargo, esa luz es importantísima, pues todos los barcos que se disponen a
doblar el Cabo de Hornos, buscan la Isla de los Estados para comprobar y
arreglar sus cronómetros.
Hace tiempo se proyectó cambiarlo a la más avanzada
de las islas de Año Nuevo, lo que sería excelente por todos conceptos; pero
nada se ha hecho aún en ese sentido, a pesar de que es conocida la opinión de
casi todos los navegantes de esos mares.
La instalación del faro de San Juan se hizo muy
apresuradamente, a causa de las circunstancias, y no hay que extremar la
crítica hacia quienes lo hicieron. Por el contrario, y aunque haya variado la
situación, menester es, para ser justos, ponerse en el lugar de los
expedicionarios de 1884, a quienes urgía posesionarse de aquellas tierras, y
dejar constancia, de que nuestro país se preocupaba de sus intereses y
progresos, especialmente movidos por las ávidas miradas que les dirigían
ciertas naciones europeas.
Pero una vez regularizada la situación, el faro de
punta Laserre no puede subsistir sino como una luz local que indique la entrada
del puerto de San Juan, utilísimo para los barcos en peligro que lleguen del
este.
Una luz en las islas de Año Nuevo, sobre todo en la
del este, serviría mucho mejor a la navegación del Atlántico Austral, cuya
seguridad aumentaría en grado sumo; y el proyecto de establecerla no debe ser
abandonado por el Estado Mayor de Marina, que haría bien en apresurar su
realización.
Se ha proyectado también completar la iluminación
de la costa norte de la isla, construyendo otro faro -creo que en el Cabo San
Antonio-, cuya luz serviría a los barcos que, doblando el Cabo de Hornos,
llegaran del oeste para tomar el camino del norte. Pero éste, como el anterior,
se halla aún en estado de crisálida y tardará en tender el vuelo.
Mientras tanto, la isla continuará siendo un
verdadero escollo para algunos buques, sobre todo cuando esté, según su
costumbre, envuelta en las densas nieblas que señalan su presencia durante el
día, y ocultan por la noche su diabólica silueta.
...El Villarino, a media fuerza, avanzó por las
anchas entradas de la bahía, que forma un doble saco, terminado al sudoeste al
pie del monte Richardson. El antepuerto en que navegábamos lentamente se
termina por una punta delgada, de rocas, con una altura de más de cincuenta
metros, en cuya cumbre se halla el faro de madera, y las casas de los
empleados.
Entre esta punta y la costa este de la bahía hay un
paso de menos de una milla de ancho, pero con mucha profundidad aun sobre la
costa, que a ambos lados es abrupta y llena de vegetación que trepa por las
rocas. Al pie mismo de los grandes picachos de la entrada, el escandallo
encuentra treinta y cuarenta brazas de agua.
Todos estábamos sobre cubierta, con la emoción del
que termina un viaje. Los que íbamos a quedarnos -Demartini, el doctor
Pinchetti, de la Serna, su esposa y yo- teníamos que considerar el destierro
que nos aguardaba; los demás terminaban allí su expedición de ¡da, para
emprender acto continuo el rápido regreso.
La gente del faro estaba toda fuera, mirándonos
llegar. Un marinero se distinguía perfectamente junto al cañón de señales, la
bandera argentina flameaba en lo alto de su asta, frente al faro, y en el
mástil que se alza detrás ondulaba otra del código de señales, anunciando a la
Subprefectura que el Villarino entraba al puerto. Cuando embocamos el estrecho
paso, el marinero del cañón hizo funcionar el tira-frictor, oyose un estampido
seguido de muchos otros, despedidos por las vibrantes paredes de piedra y el
eco duró largo rato en nuestros oídos. El agudo silbido del transporte contestó
alegremente. Minutos después estábamos frente a la Subprefectura y el presidio
militar de la Isla de los Estados:
Un puñado de casas, pintadas de amarillo, semejando
juguetes alemanes, y colocadas aquí y allá en un pequeño espacio llano, a
algunos metros de altura sobre el nivel del mar, en medio de un bosque de
hayas, rodeado a su vez por altas colinas que reducían el horizonte a unas
cuantas cuadras; rocas amontonadas tras de una estrecha cinta de arena; agua
amarillenta cayendo con entrecortados saltos desde la costa a pico; grandes
matas de cachiyuyo, agitando levemente sus hojas en la superficie del mar; un
gran bote salvavidas, blanco, meciéndose con largas cadencias, cerca de un
tosco muelle terminado por una escalera que da acceso a las habitaciones.
Enfrente un alto paredón de rocas enclaustraba por
completo aquel verdadero presidio, limitado al sur por la punta que llaman allí
el Cabito de Hornos, donde el agua no cesa de hervir ni cuando hay calina
completa en la bahía.
No tardó en desprenderse un bote del muelle, y en
avanzar rápidamente hacia el transporte. En el muelle y junto a la baranda que
corre sobre la costa, los soldados de infantería de marina, los marineros, los
empleados, los presidiarios mismos formaban alegres grupos, interesadísimos en
nuestra llegada, único acontecimiento de importancia en aquellas
indescriptibles soledades. Confuso y jubiloso murmullo llegaba hasta nosotros,
atareados en los últimos preparativos del desembarco.
-¿Está bien decidido a quedarse?
Era el comandante Murúa que me interpelaba.
-Sí, bien decidido.
-Piense usted que va a tener que quedarse aquí un
mes entero, si no más, y que no se le presentará entretanto la menor
oportunidad de acortar su destierro.
-Lo he pensado ya, comandante, y estoy resuelto.
Tengo que comenzar a escribir y que completar muchos datos insuficientes, lo
que podré hacer aquí con mucha tranquilidad, y espero que con buen éxito.
-No lo dudo... Pero observe bien el sitio esta
tarde. Es un verdadero encierro, en que casi no tendrá ni donde caminar para
hacer ejercicio...
Puede que modifique su plan. Entonces tendrá
todavía tiempo de volver a embarcarse, porque no saldremos hasta mañana en la
madrugada.
-Gracias por su interés, Murúa; pero no me echaré
atrás, ni tomo estas soledades.
Poco después desembarcamos, Demartini para tomar
posesión de su puesto, que debía entregarle el ayudante Nicanor Fernández, De
la Serna y señora para irse al faro, el doctor Pinchetti con su inseparable
escopeta, dispuesto a sus dobles funciones de cazador y médico, yo para
reconocer los lugares en que iba a vivir, el comisario Martínez a pagar la
tropa, y el comandante Funes, el doctor Luque, etc., para pasear un rato en
tierra firme. Murúa nos visitaría más tarde, para despedirse de nosotros.
Demartini se puso inmediatamente al trabajo, y el
doctor Luque y yo comenzamos a visitar el presidio, la cuadra de los presos, la
carpintería, la cuadra de marineros y soldados, la farmacia, el depósito de
víveres, terminando nuestro paseo con una excursión al faro.
Pocas cuadras separan a éste de la Subprefectura,
pero hay que ir subiendo y bajando continuamente, y algunas cuestas son rudas.
Además, el suelo de turba, cubierto de yerba y musgos, cede bajo los pies, que
se entierran hasta el tobillo; la huella se llena de agua un segundo después,
tan húmedo es el terreno; por otra parte, la presión atmosférica es tan baja,
que uno se creería en las cumbres andinas: oprímese el pecho, se jadea, y
comienzan a observarse los síntomas de la puna.
Tuvimos que descansar a la mitad del camino, a
cuyos lados se alzan grupos de árboles pequeños, tristes y achaparrados. El sol
aumentaba nuestra fatiga, elevando mucho la temperatura, y provocando nuestras
quejas -razón por la cual, quizá, no volvió a mostrarse sino rara vez y por
breves instantes, mientras permanecí en la isla-. Allí se dice generalmente,
cuando hace un día hermoso:
-Hoy llega transporte.
O viceversa, cuando el transporte ha fondeado en la
mañana:
-Hoy tendremos sol.
¿Será porque el júbilo producido por el único
acontecimiento feliz, hace parecer hermosos los días que en otras
circunstancias no llamarían la atención?
Después de tomar aliento algunos minutos,
emprendimos de nuevo la marcha, bajamos a una hondonada desde donde se ve de un
lado el mar abierto, del otro la bahía de San Juan, y comenzamos a subir la
última cuesta que nos ocultaba el faro.
ENTRADA A SAN JUAN DEL SALVAMENTO
Tomamos un sendero que corre por el flanco del
peñón, a más de cuarenta metros del nivel del mar, sobre las paredes cortadas
casi a pico, en cuya base de piedras carcomidas por el continuo choque del agua
se estrellan las olas espumosas que vienen desde afuera persiguiéndose como
infatigables monstruos. Desde allí se ve el cabo tempestuoso de Fourneaux, con
sus traidores tide-rips, y más lejos, como un cuarto de círculo lo inmenso, la
línea del horizonte, tirada a compás; el mar, herido por el sol, lanzaba destellos
enceguecedores, semejando de plomo derretido. Ni una sola vela, ni un solo
penacho de humo se veía en la inmensidad del océano, quieto como un lago. Era
la soledad casi absoluta.
Y digo casi absoluta, porque al pie de la barranca,
un poco más allá de la rompiente, bogaban lentos los gaviotines, en numerosas
bandadas, pescando y comiendo, acechados por un buitre negro que, con las alas
desplegadas e inmóviles, trazaba misteriosos círculos sobre nuestras cabezas,
ya más alto, ya más bajo, ensanchando o estrechándolos según su capricho. Algún
shag (cormorán) erguía su largo cuello negro sobre las olas, y luego
desaparecía debajo, persiguiendo a los langostinos y los peces de piedra (rock
fish) como el viguá y el zabullidor de nuestros ríos.
El camino al faro estaba en esa parte empedrado con
anchas losas planas, trabajo hecho en la expedición Nasarre, en 1884, y que
sólo se conservaba bien en aquella última parte, única que no se abandonó
después de construida.
De pronto, al dar vuelta a una peña, nos
encontramos en el faro.
Es éste una casucha octógona, dos de cuyos lados,
con frente al mar, están cubiertos de gruesos cristales, tras de los cuales se
colocan las siete lámparas belgas a petróleo que lo iluminan. Dentro hay varias
piezas a modo de camarotes, unas con cuchetas para dormitorio de los marineros,
y otras con estantes para depósito de víveres, cabos, petróleo, etc. Junto a
esta construcción y pasando un puentecito que une los dos bordes de una zanja
de desagüe, está la pobre casilla del jefe del faro, compuesta de dos
habitaciones solamente. Al lado la cocina, bastante espaciosa y clara, y otras
dependencias. En una huertita como la palma de la mano, De la Serna cultiva
algunas hortalizas, que van a picotear los pájaros y a roer los conejos vueltos
hoy a la libertad, o las gallinas que tienen su corral a un paso. Por el peñón
vagan los capones destinados al asador y al puchero, cuádruplemente tristes,
por su estado infeliz primero, por lo estrecho de su cárcel enseguida, por la
escasez de yerba después, y por último -y esto no lo afirmo-, por la
perspectiva de su desgraciado fin a manos y cuchillo del ranchero...
-¡Hola! ¿Qué tal? ¿No le decía yo que me iba a
visitar apenas pisara en la isla? Este es el único paseo que se tiene por acá.
Era De la Serna, que nos saludaba como si hiciera
meses que no nos viéramos, aunque nos habíamos separado pocas horas antes. Con
él estaba Murúa, también de visita, pues la gente de la Subprefectura estaba
demasiado ocupada con el arribo del nuevo jefe, para poder conversar un rato.
La posición exacta del faro, según los libros que
allí pude examinar, es de 54º 0' 24'' de latitud sur y 63º 47' 3'' de longitud
oeste de Greenwich. Su elevación es de cincuenta y cinco metros sobre el nivel
del mar. La luz de las lámparas «L'Empereur» se distingue a una distancia de
catorce millas.
En 1897 se avistaron ciento noventa y cuatro
buques, algunos de cinco palos, y casi todos navegando con rumbo al sur, para
doblar el Cabo de Hornos.
En los dos primeros meses de 1898 se avistaron diez
y seis fragatas y seis barcas.
El consumo de las lámparas durante el año 1897, fue
de 2874 litros de kerosene.
Desde el faro presenciábamos de nuevo el
espectáculo del mar tranquilo, reverberante aquí y allá como unida superficie
de azogue, con un brillo imposible de soportar con la mirada. Largo rato
permanecimos saturándonos de soledad o inmensidad, cambiando breves palabras,
invadidos por involuntaria y plácida melancolía, hasta que pareció hora de
volver.
-Adiós, De la Serna.
-No se pierda, ¿eh?
-No. Hasta muy pronto...
Paso a paso volvimos a la Subprefectura y poco
después los oficiales y pasajeros del Villarino se despidieron y embarcaron,
pues el transporte iba a refugiarse en el fondo de la bahía, para mayor
seguridad. Pero no lo hicieron antes de exigirnos que los visitáramos aquella
noche.
- XXX -
Tra la perduta gente
-Tan, tan; tan, tan; tan, tocaba la campana que fue
del buque náufrago «La Esmeralda» y que hoy sirve para picar la hora en San
Juan del Salvamento. En primer lugar, deben saber los lectores que en la Isla
de los Estados los naufragios se cuentan por decenas, y en segundo, que los
dobles golpes y el sencillo que acababa de dar la campana, anunciaban a los
habitantes de la Subprefectura y presidio, que eran las seis y media.
A bordo y entre marinos tienen una manera extraña
de señalar horas: cada doble golpe marca una, cada golpe sencillo media. Pero
no se pican más de cuatro golpes dobles, que corresponden a las cuatro, las
ocho y las doce, volviendo a empezar enseguida con uno, que tanto puede
significar la una como las cinco, como las nueve. Eso basta, en efecto, pues
¿quién que esté, despierto, puede equivocarse en cuatro horas? A bien que es
famosa la anécdota aquella del marino que, navegando en el Río de la Plata, alababa
a otro el raro acierto que para calcular la hora sin instrumento alguno, tenían
los patrones de lanchas de cabotaje. Como el segundo ponía en duda semejante
habilidad, el primero la llevaba más allá de los cuernos de la luna, y afirmaba
con toda su fuerza, que no se equivocarían ni en un cuarto de hora... En eso
estaban cuando acertó a pasar cerca una lancha.
-Hagamos la prueba, dijo el incrédulo.
-Hagámosla.
Y llamaron a los de la lancha, que se acercaron
enseguida. El patrón iba al timón, y preguntó medio en italiano, medio en
español, qué era lo que deseaban.
-¿Puede decirnos qué hora es? -le contestaron.
El patrón miró deliberadamente al cielo, examinó
con cuidado la altura del sol, volvió la cara al este, luego al poniente, y
enseguida sentenció:
-¡Eh! sarán come la dos o la cuatro y medias...
Habían dado, pues, las seis y treinta cuando nos
sentamos a la mesa en el comedor de la Subprefectura, palacio de madera
compuesto de tres habitaciones, el despacho en el centro, el dormitorio a la
derecha, entrando, y el comedor a la izquierda. Una estufa atestada de leña,
roncaba en un rincón de este último, llevando la atmósfera a una temperatura
capitosa, y una lámpara de petróleo difundía vaga penumbra en torno, mientras
alumbraba violentamente el mantel blanco. Nada más extraño y desigual que el mueblaje
del comedor: sofás procedentes de buques náufragos, anaqueles y armarios
desparejos, restos también de siniestros marítimos, como las copas, como los
platos, como las fuentes... Esto es de la Guy Manering; esto de la Esmeralda;
aquello de la Amy... Parecíame estar en una guarida de piratas costaneros, más
que en una subprefectura marítima. Cosas de mi tierra, me dije, y esta
explicación me pareció suficiente.
Alrededor de la mesa estábamos sentados el
subprefecto capitán Demartini, el doctor Pinchetti, que había dejado su
escopeta hasta el día siguiente; el ayudante Nicanor Fernández, a quien conocía
de mucho tiempo atrás, y yo. Comimos bien, más por el apetito que por lo
selecto de los manjares, suministrados en su mayor parte por uno de los
carneros desembarcados del Villarino, y no repuesto de las fatigas del largo
viaje y las hambrunas consiguientes.
Terminada la comida, nos dispusimos a ir a bordo, a
llevar la correspondencia, pedir algunos elementos culinarios indispensables, y
despedirnos de aquella gente a quienes nos ligaban tantos días de vida en común
y tantas impresiones recibidas ya al unísono, ya en acorde, durante la
navegación o en las excursiones por tierra.
Bajamos al muelle, junto al cual cabeceaba el bote
que había de llevarnos, y nos embarcamos inmediatamente.
-¡Abre!... ¡Arma!...
Y separándonos del muelle, nos sumergimos en la
obscuridad, tan profunda que apenas se adivinaban las altas costas por la
rigidez de la negrura, y por los recortes de su silueta sobre el cielo
encapotado en que sólo a trechos se veía alguna estrella. Los marineros bogaban
vigorosamente, arqueando los remos para vencer la corriente y los remolinos. El
transporte estaba a tres millas, en el fondo mismo de la bahía, que rodeada
allí de altos cerros, está más al abrigo de las rabiosas rachas que la barren frente
a la Subprefectura. De todo el paisaje, que íbamos a contemplar tantas veces
después, no veíamos ni las grandes líneas siquiera. Sólo las luces del
Villarino servían para guiarnos. Por otra parte, Fernández iba al timón, y
conocía palmo a palmo aquellos parajes. Llegamos una hora después.
No describiré la despedida, que no fue,
naturalmente, desgarradora, pero a la que tampoco faltó emoción. Nos habíamos
acostumbrado los unos a los otros, y al separarnos cerrábamos, al fin, un
párrafo, si no un capítulo, de la vida.
Agradecí como debía -vale decir efusivamente- las
atenciones de que me habían hecho objeto Murúa, Méndez, el comisario Martínez
durante todo el largo viaje -atenciones nada incómodas como suelen serio, sino
de veras útiles por su franqueza y eficacia.
-Véngase con nosotros; todavía está a tiempo.
-¡No! ya no puedo echarme atrás. En cambio de mi
persona, llévense mi agradecimiento, y mis deseos de navegar otra vez con tan
distinguida dirección... ¡Y buen viaje!
-¡Feliz estadía!
Y apretones de manos, ofrecimientos calurosos,
manifestaciones cordiales que se renovarán sin duda en otro encuentro, con
todos los recuerdos gratos o desapacibles de aquella prolongada travesía, en
que abundaron sobre todo los buenos momentos.
A las dos de la madrugada volvimos a la
Subprefectura, llevando con nosotros un verdadero tesoro... pimentón, pimienta,
aceite, una bolsa de harina, otra de verduras, algunas conservas y un cuarto de
carne de vaca, obsequio del comandante, y obsequio de inestimable valor a la
verdad...
¡Bendita escasez que hizo dar tanto mérito a
aquellas provisiones tan desdeñadas en la abundancia!
Teníamos poco tiempo para dormir, y nos echamos
medio vestidos en las camas dispuestas en el aposento, encargando que se nos
despertara al amanecer para ver partir al Villarino.
Levantados estábamos, y junto a la barandilla que
da sobre la barranca, ateridos por el viento helado y la humedad y la falta de
sueño, cuando vimos aparecer tras del cabito de Hornos, la proa del transporte,
encarnación para nosotros de esta idea al mismo tiempo plácida y amarga:
Buenos Aires. Lentamente cruzó por frente a la
Subprefectura, rasgó la neblina sonora con un silbido agudo, y fue ocultándose
poco a poco tras el peñón que conduce al faro, hasta que sólo se vio, flotando
un instante, el extremo de la bandera de popa...
Quedábamos encerrados en la isla.
El sueño se nos quitó como por encanto, y nos
miramos un segundo con expresión melancólica. ¡Eh!, ¡no es para tanto! A la
labor, a la actividad, que el tiempo pasa pronto para el que trabaja, y sin
dejar lugar a la tristeza. La instalación primera estaba hecha, pero teníamos
que organizarlo todo: Demartini lo referente a la Subprefectura y al presidio,
yo a mis notas y apuntes, que era necesario fijar claramente y aun desarrollar,
si no quería encontrarme más tarde con que eran griego para mí mismo. Además, y
desde el primer momento, se me había confiado la alta y delicada misión de
dirigir y vigilar la cocina, y de hacer mucho y bueno con el menor gasto
posible, pues aunque hubiéramos llevado víveres suplementarios, podía tardar el
otro transporte y tener días de escasez si no de hambre. Eso por lo menos ha
sucedido muchas veces, y podía repetirse una más.
Mientras el subprefecto hacía una minuciosa visita
de inspección, me puse a escribir, dejando para más tarde la tarea de trabar
conocimiento con los presidiarios, algunos de los cuales purgan allí unos
cuantos crímenes, mientras que otros pagan bien amargamente por cierto, ya una
insubordinación, ya una deserción a veces muy perdonable. Preocupado con mis
papeles estaba, cuando una voz risueña y blanda me interrumpió:
-¿Qué se hace para almorzar, señor?
-Y en una cara negra, sobre un cuerpo pequeño y
redondo, blanqueaban unos dientes de porcelana, y brillaban unos ojos como
azabache. Era Vicente Zuluaga, el cocinero, un soldado que, estando de facción,
quizá algo chispo, hizo fuego sobre una persona que no contestó a su tercer
'¿quién vive?', dado sin duda con demasiada precipitación, hiriéndola
gravemente. Fue condenado a diez años.
-¡Hombre! Primero, caldo; después, carne cocida;
después, verdura; después... ¿hay huevos?
-No, señor.
-Bueno. Entonces, entonces... un bife frito con
cebolla y papas. El puchero con un poco de carne de vaca y lo demás de capón.
El bife, de vaca; pero sin desperdiciar, ¿eh? Yo iré a ver dentro de un rato...
Demartini estaba indudablemente descontento del
resultado de la inspección. En efecto, a primera vista se notaba que no había
organización ni disciplina en el presidio.
El día antes pudo observar las maneras libres de
los condenados, que jugaban entre sí, arrojándose piedras, gritando y riendo,
sin respeto para los superiores ni compostura alguna. Aquel era un signo
inequívoco de que las cosas no andaban bien, y de que sería necesario
encaminarlas con mano de hierro. El día pasó ocupado en diversos trabajos;
afortunadamente, el tiempo continuaba soportable, y a no ser por la enorme
humedad del suelo turboso, hubiera invitado a pasear por la isla. Pero esa
humedad era un verdadero desastre, y ni aun en el recinto de la Subprefectura y
el presidio, cuyo pavimento estaba cubierto de pedregullo, se podía andar sin
empaparse los pies, de manera que todos tuvimos que apelar a las botas patrias
de tacones con herradura y suela con clavos semiesféricos de medio centímetro
de alto. Y aun así, el agua penetraba por las costuras a pesar de todos los
calafateos, entre los cuales tenía la preeminencia un barniz compuesto de
alquitrán y grasa de foca, impermeable según los marineros, inútil o poco menos
según la experiencia.
El doctor Pinchetti, dedicado a levantar el
inventario de la farmacia, o mejor dicho del botiquín, había dejado descansar
su escopeta, que dormía en un rincón.
La isla nos había recibido con mansedumbre. En todo
aquel segundo día de permanencia no llovió una sola vez, aunque gruesas y
pesadas nubes pasaran lentamente sobre nuestras cabezas, como examinando con
curiosidad a los nuevos huéspedes de la región en que ellas, sólo ellas,
imperan desde tiempo inmemorial.
El ayudante Fernández me presentó al alférez
Lezica, jefe accidental del piquete de infantería de marina que compone la
guarnición de San Juan, junto con los marineros de la Subprefectura. Es un
joven muy correcto y agradable, avezado a las fatigas y los peligros que hay
que vencer hasta en las más cortas excursiones por aquel país extraño y
salvaje, y que permanece allí sin que se le releve, desde hace mucho tiempo.
Visitamos con él la cuadra de los soldados, de bastante buen aspecto, fuertes y
llenos de salud. Llamome la atención la juventud de los sargentos, todos ellos
distinguidos, y casi unos niños; poco aprenderán allí, si no es a soportar las
inclemencias del clima, y no parece ser ese su puesto, sobre todo considerando
la clase de presidiarios que tienen que vigilar.
Conocí también al contramaestre Morgan, un yankee
alto y delgado, de grandes bigotes rubios, ojos vivos, escrutadores y algo
felinos, nariz recta, larga y fina, gran conocedor de la isla y Tierra del
Fuego, en las que anda desde hace quince años o más, y quien había de prestarme
importantes servicios, constituyéndose en mi colaborador en la parte
informativa del trabajo emprendido, suministrándome curiosos y minuciosísimos
informes sobre multitud de asuntos de interés. Con él fuimos a ver los
marineros a la hora del rancho. Los había de todas las nacionalidades y de
todos los aspectos, hasta indios pampeanos, que no son los peores. Entre ellos
notábase un vasco muy joven, de veinte años o menos, cuya cara ingenua
contrastaba con su desarrollo: parecía un gigante bien proporcionado. Sus
compañeros lo llaman Burro y medio por su fuerza colosal, y cada vez que se
embarca hay que recomendarle que al bogar cuide del remo, pues suele quebrarlo
de una arrancada como si fuese una insignificante varilla.
Faltábame por conocer los presidiarios, entre los
que hay famosos criminales; pero dejé la tarea para otro día, y me refugié en
un rincón para continuar con mis notas.
Por la noche hubo tertulia en el comedor,
hablándose largo y tendido sobre las primeras impresiones, no desagradables,
producidas por nuestra nueva mansión.
-¡Pero esto no es tan malo como dicen! -exclamé-
Salvo, la humedad y el nublado, no puede decirse que aquí se está peor que en
otra parte...
El alférez Lezica se sonrió.
-Ya verá después. -Hoy ha sido, como ayer, un día
excepcional.
-¿De veras?
-¡De veras!... Aquí cuando no llueve graniza,
cuando no graniza nieva, y cuando ni llueve, ni nieva, ni graniza, las rachas
amenazan derrumbarlo todo, y casi no dejan asomar afuera las narices.
-¡Corpo! -exclamó el doctor Pinchetti.
Y como para confirmar las palabras del alférez, una
violenta racha sacudió la casilla cual si quisiera arrancarla de cuajo, otra la
hizo retemblar como en un terremoto, y enseguida se oyó el furioso repique del
granizo en los techos de hierro galvanizado, entrecortado a intervalos por los
silbidos del viento que se espoleaba a sí mismo.
-Empieza la danza. Así es todos los días, todos los
meses, todos los años... cuando no es peor...
-¡Corpo! -repitió el doctor Pinchetti.
-¿Y nieva mucho en San Juan? -pregunté.
-Bastante.
-¿De modo que en invierno estará todo cubierto de
nieve?
-No. Sólo dura tres o cuatro días, porque los vientos
del norte la deshacen. Los picos, sí, quedan todo el invierno blancos.
-¿Y hace mucho frío?
-¡Bah! mucho menos del que podría creerse. Sin
embargo, hace más que en Buenos Aires y no tanto como en Usuhaia. Morgan puede
darle las cifras exactas.
-¿Sí?
-Tiene toda una oficina meteorológica, una estación
del observatorio de Córdoba, con instrumentos registradores de precisión,
barómetros, termómetros, anemómetros, ¡qué sé yo! Hace ya años que practica
observaciones diarias.
La conversación siguió por este rumbo largo rato,
hasta que -llegada la hora de retirarse- Demartini hizo diversión refiriéndose
a temas algo más agradables:
-Supongo que un poco de viento y unas cuantas gotas
de lluvia no van a tenernos confinados -dijo.
-¡Quién lo duda! Para estar encerrado me hubiera
quedado en el Villarino.
-¡Claro! -afirmó Pinchetti.
-Propongo entonces una pequeña excursión para
mañana.
-¿A dónde?
-Al fondo de la bahía. Tengo que cerciorarme del
estado de un bote salvavidas que está abandonado allí; si es posible
componerlo, lo traeremos. Pero dudo que se pueda arreglar, pues tiene
inutilizadas las válvulas, y nos faltan elementos para reponerlas. De todos
modos, quiero examinarlo. Es muy triste que una embarcación de tanto costo y
que tan grandes servicios puede prestar, esté tirada en una costa, acabando de
destruirse. Saldré mañana a las seis.
-Yo también.
-Y yo -añadió el doctor Pinchetti.
-Podremos recoger mejillones para el almuerzo, y
quizá veamos algún lobo -sugirió Demartini.
-Mejor que mejor. Llevaremos fusiles, y ¡guay de la
foca que se ponga a tiro!
-Bien. Ahora, lo mejor es dormir, para no madrugar
en tan malas condiciones como hoy, y estar todo el día cayéndonos de sueño.
Al día siguiente me despertó la diana; Demartini se
había levantado ya, y presidía la lista, con un mal humor de todos los diablos,
porque muchos señores presos se permitían quedarse en cama con los pretextos
más especiosos, o sin pretexto alguno. Demás está decir que menudearon los
plantones, y que el flamante subprefecto se juró presidir la lista todas las
mañanas, para cortar de raíz aquel abuso que por desgracia no era el único, ni
mucho menos.
Pero a pesar de nuestra diligencia no pudimos salir
a la hora convenida. Las rachas asoladoras se alternaban con chubascos de
lluvia menuda y penetrante, la bahía estaba muy agitada, y hubiera sido tan
inútil como peligroso salir en esas condiciones. No se trataba del vientecillo
ni de la garúa de que hablamos la noche anterior. Aquello era insoportable de
todo punto.
-¡Che tempo, dottore!
-¡E un tempo... rale!
¡Cuántas fiestas -si así pueden llamarse- iba a
ahogarnos el tiempo, con sus extravagantes caprichos! Sólo quien haya vivido en
la isla puede imaginarlo.
- XXXI -
Mal tiempo
El día fue, pues, tan malo, que no nos permitió
salir, ni casi asomarnos a la puerta. Los libros que había llevado conmigo me
hicieron olvidar muy pronto mi inmovilidad forzosa, al mismo tiempo que me
ilustraban algo más respecto de la historia de aquella isla.
Después del no comprobado descubrimiento del Cabo
de Hornos en 1526, por don Francisco de Hoces, que arrastrado por un temporal
llegó hasta más allá del paralelo 55, y volvió diciendo que a su parecer «allí
era acabamiento de Tierra», pasaron largos años sin que se emprendiera
expedición alguna tan al sur.
Pero en 1615, dos holandeses, llamado el uno
Schouten y el otro Le Maire, se propusieron encontrar un paso al oriente, que
no fuese ni el Cabo de Buena Esperanza, ni el Estrecho de Magallanes, y con tal
objeto armaron en Horn un buque, al que llamaron la Concordia, y, el 14 de
junio se dieron a la vela con rumbo a Magallanes. Scrouten era un marino de
fama, pero Le Maire, el más conocido hoy, era sólo un comerciante hábil y
emprendedor.
Llegados al Estrecho pusieron proa al sur, con la
esperanza de encontrar el paso Esperanza, que afortunadamente no resultó
fallida como tantas otras.
El 25 de enero de 1616, descubrieron el Estrecho
que separa la Tierra del Fuego de la isla de los Estados, al que dieron el
nombre de Le Maire, que tiene hoy, bautizando al conglomerado de peñascos que
veían al este, con el título de Staten Land.
Corriéndose luego hacia el sudoeste, descubrieron
el famoso cabo, al que pusieron Hoorn, en honor del puerto de que habían
zarpado, cuyo nombre, corrompiéndose, ha llegado a convertirse en Hornos;
doblado el cabo, y seguros de hallarse ya en el Pacífico, siguieron errantes,
sin conocer su situación hasta tocar en las islas Molucas.
La otra expedición holandesa mandada por el
almirante Spilberg, alemán de origen, cuyos barcos se hallaban en dichas islas,
capturó a la Concordia, porque no pertenecía a las compañías holandesas unidas.
No sólo se aprehendió a Le Maire, sino que no quiso creerse en su notable
descubrimiento, se le confiscó el navío y se repartió su tripulación entre los
de Spilberg, que se hizo a la vela con sus dos buques principales. El
desgraciado descubridor, que era conducido preso a Holanda, murió en el
trayecto...
Los Nodales cambiaron en 1619 el nombre al estrecho
de Le Maire, poniéndole el de San Vicente -que no ha prevalecido-, por haberlo
cruzado en el día de aquel santo, y lo mismo hicieron con el Cabo de Hoorn, al
que llamaron de San Ildefonso.
Poco interés despertó desde entonces la Isla de los
Estados, lo que se explica muy bien por su escasa extensión, lo áspero de sus
costas, y la dificultad de proveerse en ella de elementos de vida -y sólo desde
1884 comenzó a estar positivamente poblada.
El comandante Piedrabuena la frecuentó antes y
después de entrar a formar parte de la marina argentina, por cuyo hecho recibió
en recompensa el usufructo para sí y sus descendientes de los productos
naturales de la isla.
El teniente Bove y sus colaboradores científicos,
visitaron la, isla en 1880, deteniéndose en Puerto Cook y en Pengüin Rockery, y
haciendo varias expediciones por los montes del interior.
En 1883 llegó la Romanche, enviada por el Gobierno
de Francia, que practicó estudios muy minuciosos desde puerto Parry.
Los tripulantes de la Romanche construyeron en
Pengüin Rockery una casa de madera con dos habitaciones, en las que había nueve
cuchetas dispuestas como en un buque.
La casa existía aún en 1892, y cuando el naufragio
de la Guy Mannering habitaron en ella nueve personas, entre náufragos y
marineros de la Subprefectura de San Juan acudidos al salvamento; pero ya en
1895 había desaparecido, probablemente destruida por los loberos que, no
pensando en mañana, suelen arrasar cuanto encuentran a su paso, quizá para
echarlo de menos más tarde.
No se limitaron los franceses a dejar ese refugio,
sino que también lo proveyeron de víveres suficientes para sostener a doce
personas durante todo un año.
Ese depósito fue en parte consumido por un desertor
de nuestra armada, que ha dejado recuerdos imborrables en la isla.
La historia de aquel hombre es lo bastante curiosa
para merecer algunos párrafos.
Tenía poco más de veinte años de edad, era oriundo
de la Finlandia rusa, y según parece había sido estudiante de derecho.
Demostraba conocimientos que hacían creíble, esto último, aunque su condición
en la isla no podía ser más modesta.
Él explicaba su venida a menos diciendo que en su
país había pertenecido a una sociedad política secreta y que, perseguido por la
policía, se había visto obligado a huir y expatriarse, perdiéndolo todo, hasta
su carrera.
Iwan Iwanowsky -así se llamaba- era de una estatura
de 1.85 metros, estaba dotado de una musculatura hercúlea y de una energía a
toda prueba.
Se incorporó a nuestra escuadra de una manera
casual, casi podría decirse sin pensar en tal cosa. Cuando los buques de la
expedición Laserre estaban fondeados en Santa Cruz, Iwanowsky llegó a dicho
puerto, al que había ido a pie desde Punta Arenas, y pidió pasaje para Buenos
Aires. Se le concedió, haciéndolo embarcar en la Paraná.
Todo fue bien hasta que la expedición llegó a la
isla de los Estados, donde se le hizo trabajar junto con los marineros. Iwan no
entendía una palabra de castellano, y probablemente por eso incurrió en falta,
pues por regla general era muy cumplidor. El cabo le infligió un castigo
corporal, resistiole el ruso, pero reducido a la fuerza, se le puso en el cepo
de campana...
Apenas lo desataron buscó medio de evadirse de San
Juan del Salvamento, donde estaba, y así lo hizo aquella misma noche,
llevándose dos mantas y media bolsa de galleta, con la que vivió quince días,
nadie sabe dónde.
Sin embargo, volvió, estuvo detenido en la
Subprefectura, y al tercer día fugó de nuevo, esta vez acompañado por un preso
llamado Castellanos, que se presentó poco después diciendo que en una riña
había herido a su compañero de evasión.
Dos meses más tarde y en una batida qua se hizo por
la Isla, encontrose a Iwanowsky en la falsa caleta de Cook, admirándose todos
de que hubiera podido soportar durante tanto tiempo una vida de privaciones que
habría aniquilado a cualquier otro. Tomósele preso, y desde entonces comenzó la
costumbre de llamar Russian Fin a la caleta en cuestión, nombre bajo el cual se
la conoce ahora.
Pero el finlandés no renunció a la libertad, y en
1885, hallándose a bordo del cúter Bahía Blanca, que trabajaba en el salvamento
de la barca náufraga Ana Génova, resolvió escapar por tercera vez. Embarcose en
una lancha muy pesada, y bogando él sólo, consiguió llegar a la costa, que se
hallaba a dos millas, más o menos.
Después no se supo nada de él, hasta que el 6 de
octubre del mismo año, el piloto Macías y los contramaestres Morgan y Pérez,
hallaron su cadáver en la costa este del puerto Parry. Habría muerto cuatro
días antes.
Se le enterró en el sitio en que se le había
encontrado, fuera del alcance de la marea, y a unos trescientos metros de la
cascada que existe en el interior de dicho puerto. Allí dormir arrullado por
rumor del agua que cae y de las olas que se precipitan fragorosas sobre la
playa... La isla es tan pequeña que podría recorrerse en pocas horas si no
fuera tan áspera, tan quebrada, tan cubierta de bosque, y si la turba no
fatigara tanto, haciendo hundir al caminante hasta el tobillo, y complicando,
la dificultad que a la respiración opone la presión atmosférica. A pesar de su
pequeñez, aun hoy existen en su interior campos no explorados, sobre los que no
se tiene dato alguno, pero que sin duda serán iguales a los ya conocidos; están
hacia el centro de la isla, y como el aspecto de ésta no varía en sus extremos,
puede conjeturarse que la variación no existirá tampoco allí.
La turbulencia del estrecho Lemaire ha impedido que
la Isla de los Estados se poblara como Tierra del Fuego, la isla Navarino, etc.
En ninguna parte se encuentran huellas de indios, ni restos de wigwams, ni
depósitos de conchas de moluscos, ni puntas de flecha. Al contrario, la
abundancia y el tamaño de los mejillones que se encuentran en diversas costas
accesibles, parecen demostrar que esos criaderos no han servido de depósito de
comestibles para los indios, cuyas frágiles embarcaciones no hubieran dejado de
zozobrar antes de acercarse al peñón, sorbidas por el tire-rip.
He hablado varias veces de este fenómeno tan
frecuente en los alrededores de la isla, pero sin definirlo aún. Bove lo
describe así:
«No bien había pasado la punta Conway, comenzó a
inquietarme una mar gruesa del nordeste. Hice amarrar el segundo estay a la
vela, y no fue precaución inútil, porque pocos minutos después el viento empezó
a soplar con tal fuerza, que la pequeña embarcación soportaba apenas el poco
paño desplegado. Pero como a sotavento no se veía sino una costa desmantelada y
erizada de rompientes, menester era forzar vela pira llegará puerto Cook antes
de que el bote corriera serio peligro. Pero no tuvimos tiempo.
»Sobre el cabo Baily, precisamente en medio de uno
de esos remolinos que son, puede decirse, la bestia negra de los pobres
balleneros que se aproximan a la Isla de los Estados, sucediéronse dos o tres
ráfagas de viento con violencia tal que en pocos minutos se levantó una mar
espantosa.
»No era posible gobernar, ni usar de la vela, ni
remar; la pobre embarcación se alzaba, se bajaba, se retorcía sacudida por las
ondas que la azotaban de proa, de popa, de flanco. Si hubiera tenido tiempo
hubiese comparado la lancha con un pedazo de tabla arrojado en un caldero de
agua en ebullición.
»Pero jamás halló tan exacto el proverbio de que
hay también un Dios para los locos...
»Cuando ya creíamos entrar en el centro del
remolino, nos encontramos fuera, un suspiro se escapó de nuestro pecho y todos
volvimos los ojos al peligro de que habíamos escapado.
»A nuestra espalda el mar no era más que una serie
de cimas rectas y blanquizcas que se perseguían, avanzaban unas sobre otras,
reapareciendo más veloces y terribles cada vez, semejando millares y millares
de rompientes, e imitando el fragor del trueno que retumba en los valles...»
Pasamos encerrados todo aquel horrible día, sobre
todo en lo que a mí respecta, pues Demartini salió a despecho de la lluvia y el
viento furioso, a dar algunas órdenes y ver si todo andaba bien.
-¿Y, doctor, vamos al faro? El día merece
aprovecharse en un paseo.
En efecto, redoblaban los techos de hierro,
estremecíanse las tablas crujiendo como de dolor, y en techo y cristales
repicaba la lluvia para no cesar sino cuando el granizo entraba en juego.
¡Huhuhuhup! ¡Huhuuuhup! y volaban hojas y ramas, y en la bahía, frente a
nosotros, levantábanse polvaredas de agua. Las rachas se entretenían a veces en
impedir la salida del humo, que llenaba entonces las habitaciones, obligándonos
a abrir la puerta, por donde se colaban silbando para transirnos a su gusto.
-¡Corpo! -exclamaba el doctor Pinchetti, golpeando
las gruesas suelas de sus botas claveteadas.
Con aquel tiempo no asomaban el hocico ni los
ratones, esos simpáticos animalitos que crecen a sus anchas en la isla hasta
alcanzar dimensiones descomunales, y que la infestan desde uno al otro extremo.
Son tan abundantes y dañinos, que han hecho imposible la cría de conejos.
cuyos hijuelos matan hasta cuando tienen más de
tres meses, como hacen con los pollos en los gallineros, donde no dejan un
huevo al menor descuido.
-¿Ha pasado revista a sus enfermos, doctor?
-pregunté.
-Sí, desde el primer momento.
-¿Y qué tal el estado sanitario?
-Bueno, bueno; creía que fuese peor. -Muchos de los
enfermos lo están sólo de haraganería, pues los presidios son como los
colegios. Pero el reumatismo abunda.
-¿Tiene muchos tuberculosos?
-Algunos, sí; algunos que han tenido ya la
enfermedad. Otros la habrán adquirido aquí, pero son pocos. La generalidad
soporta bien estas inclemencias... Ya habrá notado usted los marineros,
fuertes, robustos, aclimatados... ¡Y qué apetito! Aquí se come más que en
Buenos Aires.
-No lo dudo; pero si tenemos que seguir aquí
encerrados, yo hasta que llegue el transporte, usted hasta que lo permuten con
otro, creo que por nuestra parte lo perderemos pronto. Con tal que antes que el
apetito no se concluyan los comestibles, como suele acontecer por estos
barrios...
-Mire usted el arco iris...
Y el doctor me señalaba uno, espléndido, que frente
a nosotros, y destacándose sobre los árboles y las rocas de la otra orilla,
trazaba un semicírculo perfecto, teñido de colores tan brillantes, que turbaban
la vista. Sus dos extremos se apoyaban en la espuma blanca de la rompiente,
cual si brotaran de ella como espléndido fuego de artificio. Pero su esplendor
duró pocos instantes. Gradualmente fue palideciendo y empañándose, hasta
fundirse del todo en las nieblas opacas que velaban la costa vecina.
-El arco iris anuncia buen tiempo, dicen... Aquí
nos avisa que hay mucha agua en la atmósfera, y que el sol se ha dignado
guiñarnos un ojo...
La posición es insostenible; ¡vengan los días
lindos, o renuncio!...
-Renunciar ¿a qué? ¿a quedarnos aquí? -¿Y cómo nos
¡riamos a otra parte?...
Estábamos bloqueados, encajonados, presos. A la
izquierda, las alturas de Punta Laserre, a la derecha y a la espalda otros
cerros, enfrente la bahía, y más montaña. El vallecito, como un pañuelo,
parecía el patio de un castillo feudal, rodeado de almenas y de fosos.
Allí pasé muchos y muy largos días, que hubieran
sido interminables a no acortarlos un tanto el trabajo emprendido con ardor y
con cariño, las primeras de estas páginas, trazadas al arrullo de la lluvia,
junto a la chimenea, frente a la ventana que da sobre el mar, ora tranquilo,
surcado por las aves acuáticas, ora agitado suavemente por la brisa y la marea,
ora turbulento, rumoroso, espumante, ora irritado, bravío, escupiendo y
vociferando sobre las rocas que pretendía desmenuzar...
Había -¡oh poder del aislamiento!- reglamentado mis
horas: de mañana el desayuno, un poco de trabajo, y la cocina con Zuluaga,
mientras Demartini se ocupaba de sus marineros y presidiarios y el doctor de
sus enfermos. Después el almuerzo, en que nunca faltó ni la fariña, ni la
mazamorra, ni el buen humor. Acabado el almuerzo, ya una visita al faro cuyo
camino se reconstruía con grande empeño, ya una caminata por el muelle, les
cent pas -único sitio del exterior en que la humedad no era temible-, ya alguna
excursión en bote, algún ejercicio de tiro, un poco de caza o de pesca... Luego
a escribir hasta la hora de comer, o a interrogar a aquella buena gente, o a
husmear por todos lados en busca de curiosidades... Las veladas pasaban en
amenas conversaciones, relatos de aventuras reales desarrolladas en aquellos
parajes, comentarios de los sucesos del día.
¡Qué mundo de cosas ocurría en el presidio! ¡Con
qué calor se discutía el condimento más apropiado para la avutarda, el sistema
mejor de conservar los mejillones, la cantidad de aceite que podía dar una
foca, o el betún más eficaz para calafatear las botas!...
Algunas veces iba a visitarme el contramaestre
Morgan, a quien hacía sufrir un verdadero interrogatorio, deteniéndome en
minuciosidades, queriendo saberlo y explicármelo todo, y sin interrumpirme
hasta que a hora avanzada se retiraba, para que la diana no lo sorprendiera
todavía con sueño.
A veces, también, de la Serna se presentaba a comer
con nosotros llevando su escote, en forma de legumbres y verduras de su
huertita. Y siempre tenía alguna noticia.
-Hoy ha pasado un buque de cinco palos, bandera
inglesa, a diez millas del faro.
O bien:
-Esta mañana una manada de lobos de un pelo -andaba
pescando en el cachiyuyo, alrededor de Punta Laserre.
Y a menudo le envidiábamos su suerte: Él siquiera
tenía un vasto horizonte por donde pasear la mirada, mientras que la nuestra se
estrellaba a todos lados contra las paredes de granito.
-¿Sabe algo del Bélgica? -le pregunté un día.
-Sí. El 7 de enero entró en este puerto, a hacer
agua, y el 11, salió con rumbo nordeste, para doblar enseguida el cabo San
Juan.
- XXXII -
El presidio de San Juan
La Isla de los Estados parece hecha expresamente
para presidio y para fortaleza.
Está aislada, solitaria en medio de las olas tumultuosas,
sin que buque alguno de los que pasan a su vista, vaya a recalar por capricho a
sus puertos, donde no podría refrescar sus vituallas.
Es al mismo tiempo centinela avanzado de la
navegación del Cabo de Hornos, y ofrecería seguro asilo a los barcos que en
ella se refugiasen...
si tuviera cañones que completaran su defensa
natural.
Nadie puede escapar de ella sin contar con sus
guardianes primero, con un buque de cierta estabilidad que fuese en su busca,
después.
Huir del presidio para vagar por la isla
¡imposible! a menos de comer ratas y mejillones, o de tener medios de cazar las
aves de los lagos o de las costas, y ser de una constitución a prueba de bomba
para soportar a la intemperie las inclemencias del clima.
Así, pues, no es extraño que San Juan del
Salvamento sea presidio militar; lo que sí extraña es que no se le haya dado
mayor amplitud, llevando también presos civiles, y ensayando una colonia penal,
que -debidamente organizada- tendría que dar excelentes resultados. Los colonos
podrían gozar de cierta libertad, sin otro encierro que las murallas de piedra
de la isla, y el inmenso océano que la ciñe. Un solo barco de vapor bastaría
para vigilar eficazmente sus costas, siempre que los presidiarios formaran un
solo núcleo, y que no les fuera posible ocultarse sin que se notara su falta.
Hoy por hoy, los pobladores forzosos de la Isla de
los Estados no llegan a cincuenta, y son todos soldados o clases de los cuerpos
de línea, excepción hecha de un capitán de guardias nacionales. Entre ellos hay
diez y ocho homicidas.
Aunque la tarea no sea agradable ni mucho menos, me
permitiré pasarlos en revista, considerando que no todo lo útil ha de ser
ameno, y que vale la pena conocer el presidio y sus habitantes.
Trinidad Cuello, fue condenado a diez años de
presidio por insubordinación. Cuenta que al ser maltratado por un subteniente
se resistió, dando lugar a que se le castigase con pena tan severa.
Pedro Carrasco, soldado del 2.º de caballería,
hallándose en estado de embriaguez, fue provocado por un dragoneante, a quien
hirió causándole la muerte: diez años de presidio.
Anfiloquio Pérez, cabo del 2.º de caballería,
habiendo sorprendido in fraganti delito de adulterio a su mujer y un sargento,
mató a éste: diez años.
Pedro Royal, cabo del 30 de infantería, mató a un
cabo, hallándose ebrio: tiempo indeterminado.
Marcelino Monteiro, marinero, condenado a diez años
de presidio, es lo que puede llamarse una bestia humana. Dominado por un vicio
contra natura, mató a un compañero que dormía por considerarlo rival en la
amistad inconfesable con otro hombre.
A esta especie de degenerados pertenece también
Eduardo, Aparicio, condenado a diez años por un asesinato alevoso, y que antes
habla ocasionado ya otra muerte. Tiene fama en el presidio por su corrupción
realmente abyecta.
Juan C. Castex, condenado a presidio indeterminado,
por homicidio, y que gozaba de grandes preeminencias hasta la llegada del nuevo
subprefecto de San Juan.
Isidro Ramírez, soldado del 3.º de infantería,
hombre sano y robusto, muy blanco y hasta casi simpático si no fuera por su
mirada aviesa y torva, es sin duda el criminal más perverso de todos aquellos
presidiarios, entre los que los hay de alma atravesada, como vulgarmente se
dice. Había hecho una muerte y estaba en la cárcel, cuando, como se usaba
entonces con grave desprestigio del ejército, fue sacado de ella para
engancharlo. No tardó en desertar de las filas, pero fue perseguido, se le dio
alcance, y al capturarlo mató a uno de sus compañeros de cuerpo.
Llevado ante el consejo de guerra, éste, en vista
de la reincidencia con circunstancias agravantes según la ley militar, lo
condenó a presidio por tiempo indeterminado. Confinado en la isla, la noche del
3 de julio de 1897 tuvo un altercado con el despensero cabo Carrozza por una
ración de caña que éste no quería darle; aprovechando la obscuridad, y
hallándose indefenso el cabo, lo mató infiriéndole once puñaladas...
Anacleto Hojas, 10 años; Ángel Pastrana, tiempo
indeterminado; Nicolás Tejeda, quince años; Félix Lavallena, José Gatica,
Anselmo Ortiz, Enrique Pasarello, Pedro Sierra y José Sinsano, a presidio
indeterminado y Dionisio Torres a nueve años, todos ellos por homicidio.
Estos penados, sobre cuyas conciencias pesa la
sangre derramada, no son los únicos que sufren su condena en el presidio de la
isla. Otros, por causas más leves, y en resumen perdonables por la sociedad,
pues sus delitos lo son únicamente respecto de la institución militar,
comparten con aquéllos su desgraciada suerte, y viven en común, aunque sean mucho
más dignos de interés y de lástima. Pobres soldados, que han querido protestar,
no seguir siendo máquinas, sin acordarse de que ya era peor para ellos volverse
atrás.
Juan de Dios Gómez y Juan Yáñez, del 12.º de
infantería, han sido condenados a diez años, por abandono del servicio,
escalamiento y deserción. Cuentan, y no estoy muy lejos de creer que dicen la
verdad, que entraron como voluntarios a formar parte del batallón; pero que
cuando, cansados del servicio, pidieron la baja, no se les dio, porque
figuraban en los libros del cuerpo como enganchados, aunque no hubieran
recibido el importe de su enganche. Como se les anunció que tendrían que servir
dos años más, desertaron, fueron aprehendidos, y... ahí están en San Juan del
Salvamento.
Pedro Peralta, Salustiano Sosa, Jacinto Moyano,
Juan B. Peralta, Francisco Murúa, Melitón Pizarro, Moisés Medina, José
González, Agustín Alvear y Enrique Cáceres, sufren diversas condenas por
insubordinación.
El motín del 3.º de caballería, es el hecho que ha
dado mayor contingente al presidio: allí está el cabo Justino Sánchez, por
tiempo indeterminado; el trompa Carmelo Rodríguez y los soldados Jacinto
Castro, Miguel Burgoa y Martín Rodríguez, por doce años, y los de igual clase
Gustavo Gavelli, Lorenzo Gil, Pantaleón Zárate, Emilio Borjas, Saturnino López
y llamón Menzequies, por diez años...
Estos presos han tenido, en general, buena
conducta, y ésta mejora a medida que la disciplina se implanta con más rigidez.
Antes anduvo muy relajada, flojos los resortes, a su albedrío los presidiarios.
Ahora, y especialmente desde que Demartini se ha hecho cargo de la
Subprefectura, reina el orden, y los nenes esos entran en vereda, se dedican al
trabajo, y dan poco que hacer.
Pero aunque el presidio estuviera bastante
desorganizado, menester es confesar que los presos no han cometido tantas
barrabasadas como pudieran.
En ocho años, en efecto, sólo se registra un
asesinato, el perpetrado por Ramírez, y dos heridas en pelea, en noche de
orgía, muy frecuentes en otro tiempo, pues cada vez que llegaba un transporte,
los presos se procuraban alcohol... Han pagado hasta quince nacionales por una
botella de bebida espirituosa que no vale un peso en Buenos Aires... La
vigilancia, no muy estricta, se burlaba fácilmente, y no era raro ver cuatro o
cinco ebrios poco después de haber entrado un buque al puerto.
Con todo esto, se ve que son de buena pasta cuando
los anales de San Juan no están llenos de escenas dramáticas, sublevaciones,
fugas, asesinatos, y otras lindezas del mismo jaez. Gente ya ensangrentada, y
con la excitación del alcohol...
-Dígame, Morgan -preguntó un día-, ¿y cómo hacían
estos diablos para procurarse bebidas sin que los sorprendieran?
El contramaestre se sonrió, y me dijo:
-Hay mil modos, fuera del más sencillo, que es
hacerlas introducir por los mismos guardianes...
-¿Pero los otros? ¿cuáles son los otros?
-Muy simples, y comunes a los marineros y los
presos de todas las naciones: una línea de pescar que en vez de peces lleva a
la costa una botella atada al extremo desde el barco, una caja de tabaco llena
de caña, un vejiga convertida en bota, y oculta luego entre la camisa y la
carne...
Una vez, cierto buquecito vino de Punta Arenas con
artículos generales, entre los que había cocos; éstos eran de dos clases, y se
vendían unos a cincuenta centavos la pieza, otros a cuatro pesos. Estos
últimos, especiales, estaban llenos de guachacay, de tal modo que por la noche
abundaron los borrachos, sin que nadie se explicara en el primer momento de
dónde procedía el alcohol...
Entre los presos hay seis que tienen mujeres, más o
menos legítimas, como si se tratara de implantar allí una especie de colonia
penal. Ensayo insuficiente, y desde luego fracasado, pues será difícil arraigar
una población en San Juan, cuyos recursos no pueden ser más escasos, y cuyo
clima no puede ser más inclemente.
Los trabajos a que se dedican los presidiarios
tienen que ser necesariamente poco variados, por la estrechez de su campo de
acción:
corte de leña en el bosque, construcción de
caminos, conservación de los existentes, algo de carpintería, un poco de pesca,
descarga de los víveres y vestuarios a la llegada del transporte... En sus
horas de ocio algunos se dedican a fabricar objetos de madera, pacientes
«trabajos de presos», que venden a los raros visitantes de los transportes;
pero dudo de que, con una buena organización, tuvieran otros momentos de ocio
que los dedicados a la comida y al sueño.
Esa organización ha dejado mucho que desear hasta
ahora, pero el capitán Demartini, lleno de buenas intenciones, ha puesto desde
su llegada todo su empeño para ajustar los resortes flojos o relajados e
introducir de lleno la disciplina militar en el presidio militar, que de otro
modo no se comprendería.
En breve tiempo ha hecho reconstruir completamente
el camino al faro, que se hallaba en un estado lamentable, sin reparación desde
que lo hizo la gente de la expedición Laserre, y ha dado principio al camino a
Cook, obra de muy difícil realización por los turbales que suben casi hasta la
cresta de las altas lomas que se levantan entre San Juan y el fértil istmo a
cuyos lados están los puertos de Cook y de Vancouver. Un rompeolas de necesidad
urgente, pues el mar socava y carcome la barranca en que está instalada la
Subprefectura, iba a ser comenzado cuando salí de la isla.
El trabajo trae necesariamente consigo el orden y
las buenas costumbres en las colectividades de esa especie, muy inclinadas a
toda clase de extravíos y de vicios, por poco que encuentren la ocasión de dar
rienda suelta a los instintos individuales. Se cuentan del presidio cosas que
no son para repetidas, y que indudablemente no volverán a suceder, sino como
excepción, desde que se implante un régimen severo de labor y no se descuide la
vigilancia, nunca excesiva en tales casos.
Sin embargo, el presidio seguirá costando dinero al
Gobierno mientras no se le provea de herramientas y útiles que hagan más
aprovechable el trabajo de los presos, que hoy se sirven de instrumentos
primitivos o insuficientes. Se pensó en darle un aserradero a vapor, que nunca
ha llegado a la isla. Con él podrían haberse mejorado y aumentado las
habitaciones, labrando la excelente madera que abunda en los bosques cercanos a
la Subprefectura; con él, los presidiarios no tendrían que quedarse de brazos
cruzados en los días tan frecuentes de mal tiempo, en que es imposible trabajar
a la intemperie; con él podrían haberse hecho embarcaciones que faltan para el
servicio de las costas, y tablas y tablones que hay que llevar hoy de Buenos
Aires al país de la madera...
Pero puede dotarse a la isla, sin gran gasto, de un
elemento tan útil; no faltan motores que no se aprovechan en los talleres del
Gobierno, y las sierras circulares y sin fin no cuestan lo que se economizaría
teniéndolas en actividad en San Juan.
Esto mismo contribuiría a hacer más llevadera la
vida de aquellos infelices que, lejos del mundo, aislados de todo contacto
externo, la pasan en medio de una tempestad continua, envueltos en nubes, bajo
la lluvia, bajo el granizo, bajo la nieve, transidos por ráfagas glaciales, sin
ver sino rara vez un fugitivo rayo de sol.
No son ellos sentimentales, rudos soldados hechos a
la fatiga y a las privaciones del campamento; pero rodeados de montañas,
sometidos a un reglamento que suprime las iniciativas, sumergidos en una
atmósfera gris que limita aún el escaso horizonte, llevan en el rostro un sello
de melancolía que no se observa en la mayor parte de los penados de la
penitenciaría. -En aquel pantano circunscripto, apenas más grande que una
cárcel, los árboles verdes dan aún menos idea de libertad que las paredes
blanqueadas de una celda...
Y entre los desgraciados que arrastran esa triste
existencia, hay algunos condenados por deserción a diez años de presidio, y que
los cumplirán quizás aunque el nuevo código haya reducido la pena a la mitad.
Los tribunales militares ¿no tendrán en cuenta que
este beneficio de la ley debe alcanzarles a ellos también? Esperemos que sí.
Ellos, entretanto, viéndose en la misma situación
de los que han armado su mano de puñal y la han manchado con sangre del
prójimo, alevosamente vertida, harán amarga y práctica filosofía sobre la
equidad humana, esa abstracción irónica que siglo tras siglo viene como un
Proteo cambiando de forma y de significado, sin llegar nunca a ser una
verdad...
Pero su suerte sería menos amarga si no sufriesen
otras torturas que se añaden a éstas: la invencible envidia, el celo violento,
casi hasta llegar al odio, hacia los que tienen mujer, aunque sean más
criminales que ellos, y gozan a sus ojos de la vida de familia, en ranchos
aislados, en torno de la cuadra común... Siquiera pudiesen equiparar
fortunas... Pero ¿dónde encontrar la Eva de aquel paraíso al revés?...
¡Pobre gente! Mientras los criminales natos hacen
por conservar su especie, ellos que todavía podrían ser miembros útiles de la
sociedad, como que sólo son culpables respecto de una ley convencional, cuyos
mandatos olvidaron un día, se consumen estérilmente en aquellas soledades
dantescas, que poca inspiración llevarán a su espíritu inculto.
Todo se ha de hacer a medias y por vía de ensayo en
nuestro país: es de reglamento. Eso explica que la incipiente colonia, penal
tenga seis mujeres y cincuenta penados a cargo de un piquete de infantería de
marina y un destacamento de marineros de la Subprefectura, que también
envidiarán a ratos la suerte de los presidiarios, como que suele olvidarse su
existencia y quedarse en Buenos Aires los relevos...
- XXXIII -
Naufragios y salvamentos
¿Se conocen todos los naufragios que han tenido por
teatro las costas y las cercanías de la Isla de los Estados?
Parece que la respuesta debiera ser afirmativa,
dada la poca extensión de aquel informe hacinamiento de piedras; pero los
caprichosos cortes y recortes de sus orillas, lo inaccesible de algunas caletas
a la observación de los barcos que pasan de largo, la falta de elementos de
movilidad de la Subprefectura, hacen posible que se suponga lo contrario.
Un buque cualquiera puede ser tragado por las olas,
junto a una de aquellas costas a pico, a cayo mismo pie hay inmensas
profundidades, sin que quede rastro de él...
Sin embargo, los siniestros marítimos que se
conocen, y en que ha tenido intervención la Subprefectura de San Juan del
Salvamento desde su fundación hasta la fecha, son suficientes para dar triste
fama a la isla, aunque se sospeche que algunos, si no muchos de ellos, son
provocados para recibir el importe de un buen seguro a cambio de un buque malo
y viejo...
Bove habla de varios naufragios anteriores a la
fundación de la Subprefectura: el del Jess, barco de 2000 toneladas, en Año
Nuevo, el del Vergeri, del Pactolus, del Capricorn...
Desde 1884 cuéntanse diez y seis, rodeados de
circunstancias más o menos dramáticas, que narraré brevemente aquí, siguiendo
el orden de las fechas en que han ocurrido, y sin detenerme a vestirlos con
descripciones y adornos innecesarios.
1. El 20 de enero de 1885 naufragó la barca
italiana Ana, de Génova, de 800 toneladas de registro, que tripulada por
catorce hombres iba de Génova a Valparaíso con cargamento general.
Sorprendiole una calina estando muy nebulosa la
atmósfera, y la corriente dio con ella en la costa, entre los puertos de Cook y
Año Nuevo.
Afortunadamente salvaron todos los tripulantes, que
fueron socorridos en San Juan.
II. Poco después, el 4 de marzo y con un tiempo
semejante, pues había cerrazón, viento en calma y mar de leva, la corriente
arrastró a la barca inglesa Hiver Lagan, de 852 toneladas de registro y 1250 de
cargamento general, llevándola sobre una de las islas de Año Nuevo, donde
naufragó. Iba de Glasgow a Valparaíso. Sus diez y siete tripulantes se
salvaron.
III. Pasó algún tiempo sin que se tuviera noticia
de otros naufragios, hasta que el 18 de octubre de 1886 ocurrió el de la
fragata inglesa Mountaineer.
Este buque, de 1886 toneladas de registro, cargado
con 2100 de carbón de piedra, iba de Hull a Wilmington, California... Llevaba
veintiocho tripulantes.
El 9 de octubre dobló el cabo San Juan en dirección
al Pacífico, y sólo el 16, hallándose frente al Cabo de Hornos, se notó fuego a
bordo. El capitán mandó sin pérdida de tiempo toda la gente a la bodega para
reunir todo el carbón hacia el centro del buque. La atmósfera era irrespirable,
y hubo que sacar a dos de los marineros, casi asfixiados. Renunciose, entonces,
a la tarea.
Encaminando sus esfuerzos en otra dirección, el
capitán ordenó que se cerraran herméticamente las escotillas, para tratar de
sofocar el incendio. El fuego continuó aumentando. Se armaron mangueras, se
intentó inundar las bodegas, pero todo fue inútil. El humo denso que escapaba
por todas las rendijas, era mayor y más negro cada vez...
Aquel día la Mountaineer se puso al habla con otra
fragata inglesa, la City of Athens, cuyo capitán invitó al del primero a seguir
más al oeste o a abandonar el buque. La City of Athens recibiría a su bordo a
toda la tripulación. Pero el capitán de la Mountaineer prefirió seguir rumbo a
la Isla de los Estados, y recalar en alguno de sus puertos para tratar de
salvar el barco.
El 17, hallándose a los 57 grados 47 minutos de
latitud sur y 69 grados 40 minutos de longitud oeste de Greenwich, comenzaron a
producirse explosiones de los gases acumulados en la bodega, y se hizo urgente
el abandono del buque.
Había tres barcos a la vista, a una distancia de
cuatro o cinco millas: se les hizo señales, pero no las contestaron y siguieron
su derrota...
El 18, a las diez de la mañana, se avistó la Isla
de los Estados a una distancia como de 25 millas, y se hizo rumbo hacia Back
Harbour, que queda exactamente al sur de San Juan del Salvamento.
Pero desgraciadamente sobrevino una neblina tan
densa, que hizo casi imposible situar el buque, mientras el peligro aumentaba a
cada instante, las explosiones se sucedían más terribles cada vez, y por las
escotillas de popa y proa, que se habían levantado, salían torbellinos de humo
y llamas... Imposible permanecer un minuto más a bordo... Eran las tres de la
tarde.
Se arriaron los botes, embarcose en buen orden toda
la tripulación, y bogando con brío llegaron a las cinco y media a Back Harbour,
donde desembarcaron rendidos de fatiga.
El capitán no salvó nada, ni sus papeles, ni una
suma de dinero que tenía en la cámara, con la que desde un principio fue
imposible comunicar.
Los náufragos sólo habían conseguido llevar víveres
para dos días, y no conocían la existencia de la Subprefectura de San Juan.
Pero el capitán había visto luz en Punta Laserre, supuso que habría allí un
faro, y resolvió en consecuencia enviar al día siguiente una comisión compuesta
del segundo piloto y siete marineros, para que cruzaran el istmo que separa a
ambos puertos. Urgía obtener provisiones, pues de otro modo los 28 náufragos
estaban condenados a morir de hambre en plazo breve.
Los comisionados tomaron hacia el nordeste,
llegando horas después frente a la Subprefectura, separados de ella por el
ancho de la bahía.
Hicieron señales con humo, disparando algunos
tiros, y a las tres de la tarde la gente de la Subprefectura atravesó en un
bote para prestarles auxilio.
Quedaron los marineros en San Juan, y el segundo
piloto de la Mountaineer, con un hombre que lo dio el subprefecto para que lo
acompañara, fue en busca de sus compañeros, que se pusieron inmediatamente en
marcha, menos cuatro que, por enfermos, hubo que ir por ellos en bote al día
siguiente.
La Mountaineer, incendiada, pasó, llevada por la
corriente, por delante de San Juan como un inmenso brulote, y fue a embicar en
la costa este del cabo San Antonio, donde más tarde se encontraron sus
restos...
IV. En la isla nordeste de Año Nuevo, con tiempo de
calma, naufragó el 26 de mayo de 1887 la barca inglesa Garnock, de 700
toneladas de registro y 1015 de carga general, que iba de Londres a Victoria,
en la isla Vancouver. Sus diez y siete tripulantes lograron salvar.
V. El 23 de junio de 1887, naufragó la fragata
inglesa Dunskerg en el cabo San Antonio.
VI. El 5 de julio: barca inglesa Colorado, en cabo
San Vicente (Tierra del Fuego). Era de 800 toneladas de registro y llevaba 1100
de carbón, de Cardiff a San Francisco.
No se conocen detalles de estos dos últimos
naufragios, pues las tripulaciones fueron salvadas por el vapor Mercurio, el 20
de agosto del mismo año.
VII. El 11 de abril de 1888, a eso de medio día,
avisaron del faro a la Subprefectura, que un bote con diez y seis hombres se
dirigía al puerto.
Al acercarse al faro quisieron atracar, lo que les
fue imposible, por lo erizado de la costa, en que la rompiente es enorme en
todo tiempo y haría pedazos cualquier embarcación. Los infelices tripulantes
del bote pedían agua a gritos.
Como el desembarco es impracticable allí, se les
hizo seña de que entraran al puerto, lo que hicieron, apelando a un último
resto de fuerzas. En efecto, cuando llegaron junto al muelle, fue preciso
desembarcar en brazos a muchos que ya no podían moverse, tan extenuados
estaban.
Eran náufragos, tripulantes de la barca inglesa
Glenmore, que tres días antes se había perdido en Tierra del Fuego, cerca del
cabo San Vicente, a tres millas y media, más o menos. Iban en el bote el
capitán, los dos pilotos, y los tres marineros de la barca.
Como único recurso quedábanles cinco latas de dos
kilos de carpe conservada, y ni una sola gota de agua. En cada uno de los días
interiores habían comido entre todos, una sola de esas latas, tratando de que
les duraran lo más posible.
Llegaban tan extenuados y habían padecido tanto con
la humedad y el frío, que no podían hablar, ni menos caminar. Para colmo de
desdicha, el bote se había abierto un rumbo, que compusieron como mejor les fue
posible; pero el agua entraba, y como no tenían baldes, veíanse obligados a
aclararla con los sombreros y las botas.
La Glenmore había ido con rieles de acero, de
Maryport a Montevideo, de donde salió en lastre para Talcahuano, el 24 de
marzo.
Cerca de Tierra del Fuego cambió repentinamente el
viento, que la arrojó sobre la costa; el mar, muy agitado, la hizo pedazos
enseguida...
VIII. Otra víctima de la calma y de la corriente:
La barca inglesa Córdoba, de 530 toneladas de registro, con 786 de carbón, y 12
tripulantes, naufragó el 27 de julio de 1888 entro cabo San Diego y Bahía
Thetis (Tierra del Fuego). Los dos pilotos y cinco marineros fueron en un bote
hasta San Juan. El capitán, con cuatro hombres y otro bote, se quedó en cabo
San Diego a la espera de algún barco que los salvara.
IX. El 28 de julio de 1890, entre cuatro y cinco de
la mañana, ocurrió otro naufragio a una milla al oeste de cabo Fourneaux.
El buque perdido era una barca inglesa de 558
toneladas de registro y casco de hierro, la Seatollar, que iba de Glasgow a
Valparaíso, con cargamento general.
La Seatollar se vio obligada a recalar en las
Malvinas, para reparar algunas averías sufridas durante el viaje. Zarpó el 26
de julio, y el 28 avistó tierra por estribor.
Una falsa maniobra la perdió, pues yendo en
dirección al este, el capitán ordenó poner proa al norte, lo que la hizo
embicar en las barrancas cortadas a pico de aquella costa.
Apenas se sintió el primer choque contra la roca,
el capitán mandó arriar un bote por babor, pero un terrible golpe de mar lo
arrebató junto con dos pilotos y siete marineros.
El capitán William Jennings, corriendo a una muerte
casi segura por salvar a su barco y su gente, echose al agua llevando un cabo
para atarlo en tierra, pero la rompiente furiosa lo arrebató, lo arrojó dentro
de una cueva de lobos, y allí lo estrelló contra las rocas...
El buque se sumergió hasta más arriba de la
cubierta; sólo se veía a flor de agua el castillete de proa... Los marineros
sobrevivientes habían logrado subir al palo mesana, donde se mantuvieron
algunas horas, que debieron parecerles eternas; de allí, buscando mejor
acomodo, pasaron por los estays al palo mayor, en cuyas velas durmieron...
Después de descansar como fue posible en tan horrorosa situación, por el mismo
camino de los estays pasaron al palo trinquete, y luego al castillete de proa.
Después de varias inútiles tentativas para pasar un chicote a tierra, lo logró
el velero Silas Batties, no sin grandes esfuerzos para trepar por la costa
acantilada, que tiene allí varios metros sobre el nivel del mar.
Amarrado el chicote a tierra, pasaron por él el
practicante de piloto Charles Surnbank, el cocinero Hardy y los marineros
Clindinning y Brown, únicos que se salvaron. Batties y sus cuatro compañeros se
encaminaron a pie hacia la Subprefectura, a la que llegaron medio moribundos de
extenuación y casi desnudos.
En este naufragio perecieron: el valeroso capitán
Jennings, los pilotos Pooley y Joseph Bryden, los practicantes G. S. Snell y J.
Lumsden, el carpintero Clark, y los marineros Docharty, Collie, Mullin y Juan
Valenzuela, este último chileno...
X. Fragata inglesa New York, de 2699 toneladas de
registro, con 2750 de carbón y cuarenta tripulantes.
Iba de Swansea a San Francisco de California,
cuando el 20 de abril de 1891 naufragó, por corriente, cerrazón y calma, en una
de las islas de Año Nuevo.
Los náufragos fueron recogidos el 21 por la barca
alemana Guttemberg, que iba de Blyth, en Escocia, a Valparaíso. A bordo de la
Guttemberg murió uno de los náufragos. Los demás fueron dejados en San Juan,
porque la barca estaba muy escasa de víveres.
XI. El 23 de diciembre del mismo año naufragó al
sur de cabo San Diego, Tierra del Fuego, la fragata inglesa Crown of Italy, de
casco de hierro y 1551 toneladas de registro, que iba de Liverpool a San
Francisco de California, con 2250 toneladas de carga general. Veintiocho
hombres componían la tripulación. Acompañaban al capitán su esposa y su hija.
Con viento contrario, la fuerte corriente del
estrecho del Lemaire la echó sobre la costa.
La gente se embarcó en dos botes, uno de los cuales
llegó a San Juan del Salvamento en la noche del 24; el segundo arribó a las 10
de la mañana siguiente. Los náufragos llegaron empapados y abrumados de fatiga,
por tan larga travesía, hecha a remo.
XII. Barca inglesa Guy Mannering, casco de hierro,
807 toneladas de registro y 1100 de carga general, coke y carbón. Iba de South
Shields al Callao, con veinte personas, contando la tripulación, la esposa del
capitán y una hermana de ésta. Naufragó el 16 de diciembre de 1892, en que la
sorprendió la niebla, y la calma y la corriente la echó sobre Penguin Rockery.
Salvaron todos, tripulantes y pasajeros.
En la Subprefectura de San Juan quedan muchos
objetos procedentes de aquel naufragio, como los asientos y un armario que hay
en el comedor, un cañoncito, etc., etc.
XIII. Saliendo de San Juan, el 1.º de febrero de
1898, naufragó el cúter Louisa, de 35 toneladas y cinco hombres de tripulación,
que se había refugiado allí, huyendo de un temporal. El viento calmó de pronto,
y la marea arrojó al cúter contra la costa, junto a la cual se hundió en
treinta brazas de agua.
XIV. 8 de julio de 1891. -Naufraga en la punta
oeste de la bahía Croosley -al noroeste de la isla- la fragata dinamarquesa
Amy, de 1399 toneladas de registro, que iba en lastre de Santos a Iquique. La
cerrazón causada por un temporal de nieve, y un error de estima, la hacen
estrellarse contra dicha punta. Salvan el capitán y los diez y nueve hombres de
tripulación.
XV. La barca inglesa Calcutta, que iba a Londres
con 1450 toneladas de guano, se abrió un rumbo en alta mar el 17 de septiembre
de 1895, y fue abandonada a veinte millas más o menos al E. S. E. de Cabo San
Juan. El piloto y siete marineros llegaron en un bote a San Juan. El capitán y
el resto de la tripulación, que iban en otro bote, fueron recogidos a la altura
de San Sebastián, Tierra del Fuego, por una barca chilena que los llevó a la
colonia Magallanes. Aquella enorme travesía a remo los había aniquilado.
XVI. La barca alemana Esmeralda, que con 1400
toneladas de carga general iba de Amberes a Talcahuano, naufragó por error de
estima, cerrazón, calma y corriente, el 11 de abril de 1897, entre Puerto
Hoppner y el cabo San Antonio. Sus 16 tripulantes se salvaron.
El salvamento, cuando ocurre un naufragio, y con
los miserables medios con que cuenta la Subprefectura, es lo menos práctico que
imaginarse pueda. Si el siniestro no da bastante tiempo para que, las
tripulaciones se salven por sí solas, poca ayuda pueden éstas esperar de la
isla.
Véase, si no, el relato que me ha hecho el señor
Nicanor Fernández, práctico y luego ayudante de la Subprefectura de San Juan,
de uno de los salvamentos «más fáciles» en que ha tenido intervención:
«Como el capitán de la Esmeralda, que había salido
a intentar el salvamento, no pudo remontar el cabo Colnett con el bote
salvavidas de la Subprefectura, se me ordenó que me alistara para ir al día
siguiente al lugar del naufragio con un bote lancha. Aquella misma tarde -14 de
abril de 1897- se me dieron víveres para un día, calculando que con una
embarcación ligera como el negro, podría hacer en 24 horas las veinticinco
millas de navegación. La tripulación de mi bote se componía del segundo
contramaestre Isaac Jobisen, el cabo Jorge Morgan, y cinco marineros. Como
pasajero iría con nosotros el primer piloto de la barca náufraga. En el
salvavidas de los náufragos, al mando del ayudante Carlos Larrayán, con el
primer contramaestre Carlos Andreu y ocho marineros, irían como pasajeros el
capitán y el segundo piloto de la Esmeralda.
El 15 amaneció lluvioso, con viento muy fresco del
nordeste y mar bastante picada; pero, sin embargo, aprovechando la baja marea,
salimos a las 9.30 de la Subprefectura, navegando a remo, pues el viento era de
proa, hasta hallarnos frente a la ensenada La Nación, donde izamos la vela e
hicimos rumbo al cabo Fourneaux. Un cuarto de hora después de nosotros salía el
otro bote.
La mar estaba tan picada cerca de las costas, que
resolvimos -después de embarcar agua en los tide-rips de Fourneaux hacemos
afuera en busca de la mar larga, y pasar entre las dos islas grandes de Año
Nuevo. El segundo bote siguió nuestras aguas, luego costeó otra vez, nos siguió
de nuevo, y por fin hizo rumbo a puerto Cook. Avanzamos con felicidad, pero al
pasar los tide-rips de las islas, embarcamos dos golpes de agua tan tremendos,
que un tercero hubiera dado con nosotros en el fondo del mar.
Pasadas las islas y con viento y mar a un largo,
fácil nos fue llegar a puerto Hoppner, donde desembarcamos a la una de la
tarde. Improvisamos un arganeo con el anclote y cuarenta brazas de cabo, y nos
dispusimos a hacer fuego y comer. La mojadura de los golpes de agua, la lluvia
y el frío nos aterían; además, sólo habíamos tomado un jarro de café y una
galleta.
Aguardamos el segundo bote, que no apareció. Al
caer la tarde calmó por completo el viento, serenose mucho el mar, y nos
echamos a dormir en nuestras pobres mantas patrias hechas sopa, despertados a
cada instante por las enormes ratas que infestaban la isla.
Al día siguiente y aunque no hubiera llegado el
bote, aprovechamos la tranquilidad del mar para ir a bordo de la Esmeralda en
procura de algunos víveres, pues los que llevábamos se habían concluido, cosa
que sin duda había ocurrido también a los retrasados. A las siete de la mañana
ya habíamos comenzado a navegar hacia la barca que se hallaba a tres millas,
recostada sobre babor y jugando de popa a proa como si estuviera en un eje.
Se hizo fuego en la cocina, mientras el piloto y
algunos marineros iban a buscar a la despensa los víveres necesarios. El cabo
Morgan, hoy contramaestre, procedió a preparar la comida al mismo tiempo que
nosotros sacábamos tres velas para hacer carpas en el campamento, y las
poníamos en el bote y en otro que logramos echar al agua, junto con todo el
equipaje del capitán y los pilotos, algunos víveres y conservas, botellas de
licores, etc., etc. En la cámara el agua nos llegaba a la rodilla y en el camarote
de los pilotos y en la despensa, situados a babor, pasaba de la cintura.
Apenas almorzamos hice embarcar al contramaestre y
los cinco marineros en el bote negro, mientras el piloto, el cabo Morgan y yo
ocupábamos el salvado, que era mucho más liviano, pero que estaba reseco hasta
el punto de hacer agua que no conseguíamos achicar. Pedimos remolque, y cuando
llegábamos al campamento entró en el puerto el bote del ayudante, cuya suerte
ya comenzaba a preocuparnos.
Habían hecho noche en puerto Año Nuevo, y llegaban
decididos a no detenerse sino para tomar víveres y correr en busca nuestra,
pues nos creían perdidos, quizá refugiados en las islas. Estaban hambrientos y
comieron con ansia lo que les dimos.
Con las velas, troncos y ramas, construimos unas a
modo de grandes carpas, en que pasamos la noche algo mejor sobre los jergones
de paja que habíamos encontrado a bordo, y al abrigo de la lluvia helada que
caía continuamente.
El mar, agitadísimo, nos impidió al día siguiente
intentar siquiera acercarnos a la barca, pero el 18 muy de mañana salió el
ayudante con el capitán, los dos pilotos y cuatro marineros para sacar los
papeles, que estaban bajo llave y no habían podido retirarse, antes.
Cuando salimos nosotros, a eso de las once, con el
bote negro y el náufrago tripulado por cuatro marineros que nos dejó el
ayudante, vimos que la embarcación de éste cruzaba la boca del puerto, con
rumbo a San Juan.
A bordo encontramos dos soberbios lechones, que se
aprovecharon para el almuerzo. Aferramos las velas, para que los terribles
sudoestes que allí reinan no hicieran zozobrar la barca encallada, enarbolamos
en ella el pabellón nacional, y volvimos a tierra con los botes cargados de
víveres y otra vela para tapar los artículos que fuéramos salvando. Cuando
llegamos llovía con fuerza y era ya de noche.
El día siguiente amaneció novando, pero a las diez
la nieve se cambió en lluvia y nos fuimos a bordo, donde cargamos los botes con
pinturas, pinceles, cuadernales, motones, etc., regresando al anochecer, sin
novedad.
Pero al otro día íbamos a tenerlas. Bajo la lluvia
pasamos la barca, de la que sacamos algunas piezas de lona, dos barriles,
platos y tazas de hierro enlozado, y otros artículos varios, que íbamos
cargando en los botes, o amontonando sobre cubierta para llevarlos después.
Entretanto, se hacía el almuerzo para la gente, cuando de pronto comenzó a
venir mar de leva del norte, y a romper con fuerza en la playa en que estaba
varada la Esmeralda. Ordené cargar cuanto se pudiera para irnos al puerto
inmediatamente.
-La comida está pronta y es lástima desperdiciarla
-me dijo el cabo Morgan, que hacía de cocinero.
-Bueno. Comamos en un minuto, y a los botes. Yo hay
tiempo que perder...
Pero no bien habíamos tomado la primera cucharada
de sopa, cuando se oyó un crujido, y la cubierta comenzó a partirse por la
boca-escotilla mayor, muy cerca del palo, mientras que la popa era alzada por
las olas, y los perillas del mesana y el mayor se acercaban amenazadoramente.
El palo mayor, que era de hierro, parecía a cada momento que iba a desplomarse.
Demás está decir que lo abandonamos todo para
correr a los botes y alejarnos de la barca. Pero la mar estaba tan brava, que
cerca de una hora de esfuerzos nos costó salir de las rompientes para
dirigirnos a Hoppner.
El viento fresco del noroeste, que agitaba mucho el
mar, nos hizo perder el día siguiente, un día magnífico de sol; al otro,
obedeciendo a las órdenes que llevaba, tuvimos que regresar, pasando antes por
la barca, para cargar algunos otros artículos y almorzar. Pero el mar había
arrebatado los chismes de cocina, obligándonos esto a regresar a Hoppner, de
donde salimos de nuevo a las tres de la tarde.
Al doblar el cabo Colnett, el bote náufrago nos
pasó; frente a Pengüin Rockery nos sorprendió la calma, mientras los otros
seguían con buen viento... Estábamos sólo a la altura de Basil-Hall, cuando
comenzó a anochecer; armamos remos y nos dirigimos a puerto Año Nuevo, en cuya
ensenada de la izquierda fondeamos, escoltados hasta allí por toda una manada
de lobos de un pelo, que nos salpicaban dando saltos en el agua. La noche
estaba obscurísima, comenzó a llover torrencialmente, y como no veíamos la costa,
nos resignamos a pasarla en el bote, calados hasta los huesos y tiritando de
frío.
Afortunadamente, a eso de las tres de la madrugada
notamos que nos íbamos quedando en seco, lo que sucedió media hora después. Nos
echamos a la playa, mandé que encendieran fuego, llevaran algunos víveres e
hicieran café, pues desde medio día no habíamos comido más que un poco de
galleta, y entre tanto con el cabo Morgan improvisamos un arganeo.
Cuando creció la marea, a eso de las nueve de la
mañana, la aprovechamos para seguir viaje; a la una de la tarde llegamos a San
Juan.
Total: habíamos trabajado nueve días, a la
intemperie, escasos de alimento, expuestos a cada instante, para no salvar sino
un puñado de cosas casi sin valor alguno, a pesar de las buenas condiciones en
cine se hallaba el buque náufrago.
Con un vaporcito, y en menos de quince días, estoy
cierto de que se hubiera salvado todo el cargamento, como el de tantos otros
barcos que no han tenido salvamento en la Isla...»
¿Quiere el Gobierno que cese este estado de cosas?
Pues nada más fácil. El consejo lo tiene, formulado por Bove, desde hace muchos
años: la luz de un faro, una población con una lancha a vapor.
El faro existe, pero en malas condiciones; la
población también:
falta el vaporcito, sin el cual no podrá ejercerse
jamás buena vigilancia en las costas, ni menos practicar con resultado el
salvamento de los buques náufragos.
«La numerosa navegación a vela de estos mares
-decía el señor Edelmiro Correa, marino argentino- tiene la vista fija en estas
mejoras, y la Inglaterra misma las prevé, cuando manda ofrecer al comandante
Piedrabuena diez mil libras esterlinas por la mitad de la isla.»
- XXXIV -
Aventuras de mineros
Una noche que, después de comer, conversábamos de
todas las cosas y otras muchas más con el contramaestre Morgan, que tantos y
tan buenos informes y observaciones personales me ha dado acerca de la isla y
de Tierra del Fuego, púsose sobre el tapete sin saber cómo ni cómo no, el
siempre socorrido tema de las minas de oro.
-¿Hay terrenos auríferos en la isla? -pregunté,
aunque ya lo supiera desde Punta Arenas.
-Sí, pero su rendimiento es tan escaso, que no vale
la pena explotarlos.
-¿Ha hecho usted la prueba?
-No, pero otros hubo que la hicieron. La minería no
entra en mis aficiones, pues me ha tratado mal cuantas veces me dediqué a
ella... sobre todo en el primer ensayo.
-¡Hola! Eso pica en historia...
-Lo es, efectivamente, pero tan sencilla que no
merece contarse.
-¿Fue aquí?
-No, señor, en Tierra del Fuego.
Insistí para que me relatara su aventura, que debía
ser característica, tuviera o no tuviera episodios dramáticos o siquiera
interesantes. Accedió por fin, y mientras tomábamos un poco de café, junto a la
chimenea encendida, me contó lo que he tratado de reproducir con toda fidelidad
en estas páginas, pintorescas por su misma sencillez.
Era en 1884. Punta Arenas estaba revuelto. No se
hablaba sino de buscar oro, de encontrar oro, de recoger oro. Iban y venían los
mineros, se formaban sociedades, se proyectaban y se hacían excursiones. En las
casas de comercio, en los cafés, en todas partes, eran tema de conversación las
rápidas fortunas que se hacían en los lavaderos del Cabo de las Vírgenes, los
hallazgos de yacimientos donde los había y donde no los había, los derroteros
que tenía este o aquel aventurero o cazador de lobos, la riqueza incalculable
de algunas playas... Parcela que una enfermedad contagiosa, una epidemia nos
fuera invadiendo poco a poco sin dejar a nadie libre. La fiebre del oro se
apoderaba del pueblo entero, y no contenta con los estragos que hacía en la
villa chilena, remontaba hacia el norte, para presentarse hasta en el mismo
Buenos Aires, con análoga intensidad. No sé si recuerda usted los cientos de
cientos de pertenencias que se pidieron en el ministerio de Hacienda por aquel
tiempo...
Naturalmente, caí yo también atacado por el mal.
Tenía un regular empleo, con sueldo suficiente para
vivir, pero eso no podía bastar a quien veía tan cerca el medio fácil de
enriquecerse. Con muchas ganas de dejar lo cierto por lo dudoso, comencé a
pensar en alguna aventura minera, hasta proyecté lanzarme a buscar oro yo
también, pero en un principio no me atreví, porque estaba solo, y me faltaba
capital.
Cierto es que muchos se iban con un puñado de
víveres y una bolsa de herramientas, para volver ricos o no volver; pero eso no
me convenía, pues las probabilidades eran pocas. Otros se asociaban en número
de ocho o diez, formaban un fondo común para los gastos, y marchaban a trabajar
juntos; otros, por fin, organizaban expediciones por cuenta de capitalistas
que, como el capitán Araña, se quedaban en tierra, para reclamar después gran
parte de la ganancia. Pero yo no hallé ni socios ni empresarios en los primeros
tiempos.
Había abandonado casi por completo mis vagos
proyectos, cuando un día conversando con un amigo, le oí decir:
-Hay varios capitalistas -y me los nombró- que
buscan un hombre capaz de dirigir una expedición.
-¿De mineros? -le pregunté.
-Sí.
-¿Y adónde se tiene que ir?
-A la Tierra del Fuego Argentina, porque las
autoridades no quieren dar permiso para trabajar en la costa norte del Estrecho.
¿Te gustaría ir?
No podía presentarse mejor oportunidad, y ésta
venía justamente cuando ya no la esperaba.
-Me gustaría mucho, si fuese en buenas
condiciones...
-¿Quieres que hable con esos hombres?
Contesté que sí, dándole las gracias por su
mediación, y los capitalistas no tardaron en llamarme, hacerme proposiciones
que me convinieron, y nombrarme jefe de la expedición, autorizándome a
contratar la gente que creyera necesaria.
¡Figúrese usted mi alegría! Ya me veía de vuelta
del viaje, rico, al abrigo de la necesidad, seguro del porvenir, de una vida de
holganza y de satisfacción.
-¿Cuándo podrá salir? -me preguntaron mis
empresarios.
-¡Oh! apenas tenga los víveres y reclute los
compañeros: dentro de una semana.
Convinimos en que no llevaría sino cuatro hombres.
¿Para qué más?
Entonces se creía que, a pesar de su altura y
robustez, el ona era cobarde, pues las comisiones de cuatro o cinco personas
salidas del puerto Porvenir -chileno- los habían perseguido y diezmado sin gran
resistencia de su parte. Los cazaban para ganarse la prima que ofrecían algunos
comerciantes de Punta Arenas, y era convicción general que semejante caza no
exigía más que una carrera a caballo o un tiro bien dirigido... Sólo de un
herido, entre estos aventureros, se había tenido noticia hasta entonces.
Ya verá usted cómo no siempre acierta la mayoría, y
cómo estaban en la verdad los dos o tres que me aconsejaron más precauciones.
Pronto me arreglé con cuatro hombres fuertes y
animosos al parecer, que se comprometieron a seguirme a todas partes; quedó
fletada la goleta Luisa, lindo barquito muy marinero, compradas y cargadas las
provisiones, las armas y las herramientas necesarias, y estuvimos listos para
partir.
Salimos de Punta Arenas antes de finalizar el mes
de noviembre, y nos dirigimos a la entrada este del Estrecho, para navegar
después hacia el sur, y detenernos en San Sebastián, puerto que yo conocía bien
por haberlo visitado dos veces a bordo de buques de guerra argentinos, y de
donde debían arrancar mis pesquisas en busca de oro.
Llevábamos con nosotros algunas mercaderías que
teníamos que descargar en el spit de Dungeness. Fondeamos allí, y las
desembarcamos, sin más contratiempo que la pérdida de un ancla, y en los
últimos días del mes llegamos a San Sebastián.
Mis cuatro compañeros y yo estábamos convencidos de
que en caso necesario seríamos capaces de conquistar la Tierra del Fuego
entera, a despecho de los onas, y a costa de su vida, gracias al juicio
desfavorable que teníamos de su valor; y las ilusiones acerca de la recolección
de pepitas y arenas de oro corría parejas con nuestra belicosidad.
Desembarcamos en la costa sur de San Sebastián,
pero no sin precauciones, cuyo resultado verá usted después.
Resolví, en efecto, que Guarzi -un chilote que
llamaban así porque había servido a un italiano de ese nombre- quedara de
guardia, recomendándole que en caso de alarma disparase tres tiros para
avisarnos y hacernos reunir en el embarcadero, y que bajo ningún pretexto
abandonase el bote en que íbamos y veníamos de la embarcación fondeada un poco
lejos y vigilada por sus tripulantes. Luego, como si se tratara de un
escuadrón, dividí el resto de mi gente en dos grupos: Villoc y Wilson harían
cateos por un lado, y Antonio y yo por otro, durante todo el día. Por la noche
nos replegaríamos a bordo, para no dormir a la intemperie. Hacía bastante frío
aún, y el viento nos atería. Salimos a lo largo de la costa en distintas
direcciones, y durante dos días hicimos numerosos agujeros en la arena,
ensayando ésta con las chailas...
¿Que qué son chailas? Pues unas fuentes de madera,
redondas y muy chatas, instrumento primitivo para el lavado del oro. En el
fondo tienen unas ranuras. Las llena usted de arena, les imprime un movimiento
circular bastante rápido, y el oro, por su propio peso, va a depositarse en las
ranuras. Es el instrumento más grosero, pero era el único que teníamos...
Los ensayos no dieron resultado. Encontrábamos, sí,
algunas partículas, algunas escamitas, pero no en cantidad suficiente para que
el yacimiento pudiera explotarse con ventaja. Sin embargo, perseveramos; es
decir, perseveramos menos de medio día más, pues la catástrofe nos esperaba.
El tercer día salimos muy de madrugada y nos
pusimos con ahínco al trabajo, que no debíamos abandonar hasta la hora del
almuerzo.
De pronto, fatigado -ya hacía mucho que estaba
doblado en dos sobre la arena- levanté la cabeza para tomar aliento...
-No puede usted figurarse mi sorpresa y mi
angustia, al ver varado en la playa y envuelto en llamas, el bote de la Luisa.
¿Quién lo había varado? ¿Quién le había puesto
fuego? ¿Guarzi? ¿los indios?... No podía explicármelo. ¿Qué objeto hubiera
tenido Guarzi? ¿Cómo se habrían atrevido a acercarse los pusilánimes indios,
viéndolo de guardia, y a nosotros relativamente cerca? ¿Lo habrían asesinado de
un flechazo, antes de que sospechara su presencia?
Mientras hacía estas conjeturas, o mejor dicho,
pasaban por mi imaginación como un relámpago, disparé tres veces el winchester,
a cuya señal acudieron mis compañeros a toda carrera. Yo corrí también en
dirección al embarcadero, donde minutos después nos reuníamos los cuatro.
-¿Y Guarzi?
-¿Y Guarzi?
El guardián no estaba cerca del bote incendiado, ni
vivo ni muerto, pero en cambio quedaban las huellas inequívocas de que los onas
hablan pasado por allí: faltaban tres de los seis remos, la boza, los
toletes...
Nuestro primer pensamiento fue el de que Guarzi
había sido asesinado o que se lo habían llevado los indios... Pero como también
podría haber huido al aproximarse los incendiarios, y hallarse oculto,
resolvimos hacer de nuevo la señal antes de tomar otro partido... Al tercer
disparo vimos al chilote salir de entre unas malezas que había hacia el cabo
San Sebastián, y dirigirse corriendo hacia nosotros.
-¿Qué ha pasado, Guarzi?... Los indios... -le grité
agitada cuando estuvo cerca.
-¿Qué indios? -preguntó sorprendido y asustado,
deteniéndose y mirando a un lado y otro...
Sólo entonces vio el bote que los compañeros
trataban de salvar, pero que se hallaba ya en un estado lastimoso...
-¡Ah! no sabes, canalla! ¿Qué has estado haciendo?
Entonces me confesó que se había alejado del bote y
acostado entre la maleza para dormir un rato. Los indios se habrían acercado,
aprovechándose de su sueño...
-¿Está la botella de guachacay? -pregunté a los
compañeros.
-No -me contestaron.
Era indudable que la maldita botella era la
culpable de todo.
-Te has mamao, ¿no? -gritó enfurecido a Guarzi.
-No, flor; no, flor.
-¿Y dónde está la botella?
-No sé; los indios la habrán yevao, ñor.
Nunca confesó la partida, y yo no insistí mucho,
porque era necesario pensar en volver a bordo de la Luisa. Tratamos de llamar
la atención de los marineros para que fueran a buscarnos con otro bote, hicimos
disparos al aire, encendimos grandes fogatas con pastos, y por fin logramos
nuestro objeto. La gente de a bordo comenzó a moverse, y vimos con satisfacción
que se ocupaba de echar la otra embarcación al agua para acudir en nuestro
socorro.
Pero en ese mismo instante un grito resonó a
nuestras espaldas.
Volvimos la cabeza, y en lo alto de la colina vimos
destacarse la figura de tres indios envueltos en quillangos, de zorro el del
medio y de guanaco los otros.
Nos hablaban en voz alta, e iban acercándose a
nosotros con decisión y tranquilidad. Los esperábamos, no temiendo nada de
ellos, porque estábamos armados y en mayor número; pero cuando se hallaron a
unos ochenta pasos, surgió en lo alto de la colina y comenzó a bajarla, un
crecido grupo de indios... eran más de cien... El asunto se ponía
endiabladamente serio...
-Preparen las armas, y alerta y mucho ojo,
muchachos -dije a los compañeros.
Quedaban todavía de diez a doce tiros en cada
winchester, lo que nos permitiría vender caras nuestras vidas si, como todo lo
hacía presumir, llegaban los onas con intenciones hostiles.
Yo aún no sabía su idioma, pero sí algo de la
lengua yagana, en la que les gritó que no se acercaran más. Pero o no
entendieron o no quisieron hacer caso, y continuaron avanzando, mientras el
grupo de retaguardia engrosaba más y más con nuevos contingentes. Bajo los
quillangos de algunos veíanse aparecer las puntas de los arcos...
-Hagamos una descarga al aire, muchachos, a ver si
se retiran -ordené.
Cinco disparos retumbaron y repercutieron en la
colina, pero el avance continuó.
Era evidente que los indios estaban resueltos a
atacarnos y que no iban a huir con salvas.
-Apuntemos a los tres primeros, mandé entonces.
Estaban ya -a unos cincuenta pasos, pues todo esto
había ocurrido en un momento. Los winchester se dirigieron hacia los indios.
-¡Fuego!
Uno de ellos cayó muerto; los otros, heridos, se
detuvieron.
Pero la formidable columna siguió impertérrita su
marcha.
-¡Fuego a discreción!, ¡y apuntar bien!...
Una lluvia de flechas, afortunadamente demasiado
cortas, me contestó.
Después de haber hecho tres o cuatro disparos más
cada uno de nosotros, cayeron otros tres onas. El grupo titubeó, se detuvo, y
creyéndosenos sin duda con más municiones de las que teníamos, resolvió huir,
como en efecto lo hizo con asombrosa rapidez...
Durante el combate nos alentaba la convicción de
que el bote de la Luisa se acercaba a nosotros a fuerza de remo; como teníamos
ganada la costa, bien podíamos replegarnos en orden hacia él y embarcamos
manteniendo a los indios, con nuestras armas, a distancia respetuosa.
¡Cuál no sería nuestra sorpresa y nuestro
desencanto, cuando al volvernos, y en vez del bote que suponíamos bogando en
dirección a la playa, vimos que la Luisa, izadas las velas, nos volvía la popa,
y navegaba hacia la salida del puerto!...
Gritamos, hicimos señales, vociferamos
desesperadamente; todo fue inútil; media hora después la goleta se perdía de
vista...
Los tripulantes, asustados por el número de los
indios, y aunque desde su fondeadero nada tuvieran que temer, habían emprendido
la fuga.
-Y ahora ¿qué hacemos? -preguntó Antonio.
-¿Qué hemos de hacer sino esperar? -contesté- La
goleta ha de venir a buscarnos esta misma noche, o mañana cuando más tarde.
-¡Se han ido de flojos! -murmuró Wilson.
-¿Y ji yega a no venir, ñor? -agregó Guarzi, que
indudablemente no las tenía todas consigo.
-¡Bah!, ¡tiene que volver! -exclamé, aunque me
asaltara un temor vago de que nos hubiesen abandonado.
Nos sentamos en la playa, y las horas pasaron en la
muda contemplación del lugar por donde había desaparecido la goleta. Así llegó
la tarde y sobrevino el crepúsculo.
-Hay que arreglarnos de cualquier modo para pasar
la noche. Hoy ya no vendrán...
Y elegimos para acampar una lomita, donde nos
acomodamos como pudimos, después de examinar los cadáveres de los seis indios:
el que menos, tenía dos balazos; uno presentaba cinco heridas. La puntería
había sido buena; ¡pero qué resistencia, qué duros de caer eran los tales
onas!...
Resolví que se montara una guardia continua,
relevándonos cada tanto tiempo. -Aunque no me tocara, yo velé durante el turno
de Guarzi, que fue el primero, porque después de lo ocurrido no confiaba en su
vigilancia; creo que los otros tres compañeros, aunque tendidos, hicieron lo
que yo, por la misma causa...
Teníamos mucho frío y mucha hambre, porque desde la
mañana no hablamos probado bocado y porque no habíamos encendido fuego por no
dar señal de nuestra presencia a los indios, que sin duda volverían
aprovechando la obscuridad de la noche. Nos lo pasamos dando diente con diente,
sin más abrigo que lo puesto. Mucho antes de amanecer estábamos todos en pie,
con el estómago pegado al espinazo.
-Si habrá venido la goleta...
-Se verían las luces...
-Puede ser que las hayan apagado por precaución.
A las primeras luces indecisas de la mañana, cualquier
montón de vapores, cualquier sombrita flotante nos parecía el barco... Cuando
fue más claro, la inmensa bahía nos apareció desierta, absolutamente
desierta...
El hambre apremiaba, y nos dirigimos a la playa,
pasando por el teatro de la lucha del día anterior; nos sorprendió no hallar
los cadáveres; los indios, como lo temíamos, hablan andado por allí y los
habían recogido...
Después de mucho andar, quiso nuestra buena suerte
que encontráramos algunos pescados que la marea había dejado en seco. Hicimos
fuego, los asamos, y ya puede usted figurarse con qué satisfacción los hicimos
desaparecer.
Entretanto, pasaban las horas en la más angustiosa
e inútil expectativa.
Hasta el más confiado de nosotros se había
convencido de que la Luisa no volvería.
Resolvimos emprender la marcha hacia el punto
poblado que estuviese más cercano, y que era Gente Grande, donde se halla la
estancia de mister Stubenrauch, de Punta Arenas.
La isla no tenía entonces tantos recursos como hoy.
Guiados por una brújula de bolsillo que yo llevaba,
anduvimos toda aquella tarde, con tanto empeño, que a la noche alcanzamos el
ángulo noroeste de la bahía, donde hoy está instalada la comisaría de San
Sebastián, que entonces no existía, como tampoco el establecimiento del Páramo,
fundado más tarde.
Acampamos para descansar, como la noche anterior,
montando la guardia por turnos y sin atrevernos a encender fuego, para que los
indios no conocieran nuestro campamento y no pudieran sorprendernos.
Al día siguiente, bien obscuro todavía, nos
desayunamos también con pescado asado y unas cuantas almejas, y le aseguro que
la conversación no fue muy alegre. Sin embargo, teníamos buen ánimo y
esperábamos escapar con bien de aquellas apuradas circunstancias.
-Lo que hemos de hacer ahora -dije a mis
compañeros- es recoger todo el pescado y mariscos que podamos cargar, para que
no nos falte alimento, y caminar duro, sin detenernos: es preciso llegar mañana
a Hombres Grandes.
Lo hicimos así, pero desgraciadamente no nos fue
posible procurarnos mucho pescado, y éste necesita comerse en gran cantidad
para sostener las fuerzas y tranquilizar el estómago durante algunas horas.
No perdimos, pues, el tiempo, y a eso de las cinco
de la mañana ya estibamos en marcha, para no detenernos hasta medio día.
Hicimos alto cerca de una lagunita, Wilson encendió fuego y comenzó a asar los
pescados, y los demás nos sentamos a descansar en rededor. La provisión mermó
de una manera lamentable, sin que por eso comiéramos según nuestro apetito; era
necesario economizar aquel alimento insuficiente.
Una hora después volvimos a emprender la caminata,
hambrientos todavía, pero afortunadamente sin extraviarnos, gracias a la
brújula de bolsillo. Sin embargo, era muy entrada la noche cuando nos
detuvimos, y no me parecía que estuviéramos cerca del fin de nuestras penurias.
Comimos, reservando dos pescados para el día
siguiente, y nos acostamos a dormir con las mismas precauciones de las noches
anteriores, pero desanimados y tristes, extenuados por la fatiga y el hambre,
que ya comenzaba a hacerse sentir. Cerca ya de amanecer y estando de guardia,
oí los ladridos cercanos de un perro. ¿Se aproximaban los indios? ¿Era un perro
cimarrón? Me incliné a creer lo primero, y llamé a los otros, que
inmediatamente se pusieron en pie, empuñando el winchester... No se volvió a
oír nada...
-En marcha, de todas maneras -dije.
Era prudente, porque los onas podían andar por las
cercanías y atacarnos otra vez. Además, urgía llegar a poblado, porque dos
pescados para cinco personas, sin pan ni otros elementos comestibles,
equivalían a bien poca cosa, pues un kilo de carne hubiera valido más. Y a
mediodía este, último recurso se consumió también...
En el trayecto no habíamos encontrado una sola
pieza de caza, a no ser un guanaco, sobre el que había hecho fuego Villoc, sin
darse cuenta de que estaba fuera de tiro, con el ansia de cazarlo. El animal
nos miró un momento curiosamente y luego emprendió la fuga, desapareciendo bien
pronto hacia el sudoeste.
Marchamos el día entero, pero cada vez con mayor
lentitud, porque estábamos rendidos.
A las tres de la tarde tuve una prueba inequívoca
de que había acertado al suponer que los Indios estaban cerca, y que el ladrido
de aquella madrugada era de uno de sus perros. En efecto, hacia el sur, y a
cierta distancia, veíanse dos humos que se levantaban en sitios diferentes: los
onas se hacían señales, disponiéndose sin duda a estrechar el cerco.
-¡Vamos, vamos muchachos! Moverse, que los indios
nos siguen la pista.
Todos volvieron la cabeza, y al ver los humos,
parecieron recobrar todo su vigor. En un principio aquello no fue marcha sino
fuga, pero poco a poco decayeron las fuerzas, y el paso se hizo más lento. El
sol nos cocía después del frío de la noche, el cansancio nos entumecía, y el
hambre, aguijoneada por la convicción de que no teníamos qué comer, nos
martirizaba el estómago... Sin embargo, no nos detuvimos hasta que la
obscuridad nos impidió seguir adelante. Caímos extenuados, sin aliento, junto a
un pequeño riacho que corría más o menos en la misma dirección que llevábamos
nosotros. Allí pasamos horas terribles.
De bruces sobre el arroyo, bebimos hasta hincharnos
para calmar o engañar el hambre; y no bastando esto, masticábamos pasto,
tragando las ásperas fibras leñosas que aplacaban un instante aquel tormento.
Nos tiramos en el suelo, pero a pesar de la fatiga no podíamos dormir: apenas
nos adormecíamos un poco, cuando despertábamos sobresaltados, con la idea fija
en los indios.
A eso de la una de la mañana Antonio, que estaba de
centinela, nos habló en voz baja:
-Miren, allá; ¿no ven unos bultos que se mueven?
En rededor se veían, en efecto, pequeñas sombras,
más densas que las de la noche, y que iban lentamente de aquí para allá.
-Son los indios -murmuré.
Y, siempre en voz baja, añadí:
-Vamos a hacer fuego todos a un tiempo, y nos
retiramos hacia la derecha arrastrándonos por el suelo, apenas se apague el
fogonazo, para que no nos hieran con sus flechas.
Hicimos la maniobra tal como lo había dispuesto,
pero ni vimos ni oímos nada. Sin embargo, repetimos la descarga desde otro
sitio, apartándonos enseguida. Pero no se escuchó ni vio nada tampoco...
Pasamos el resto de la noche winchester en mano,
pero sin nueva alarma hasta el amanecer. Inspeccionamos entonces los
alrededores, y no tardamos en encontrar huellas de indios. Uno debió ser herido
por nuestros proyectiles, pues en el suelo había un charco de sangre, y un hilo
rojo señalaba en el pasto el camino de su retirada. Pero en toda la extensión
del horizonte no se vela un solo hombre.
Débiles y hambrientos, emprendimos la marcha, que
continuamos todo el día, aguijados por la idea de que los indios iban detrás.
Seguimos algún tiempo las orillas del riacho, que luego resultó ser el de Gente
Grande, que va a desembocar precisamente en el punto a que nos dirigíamos.
-Pero pronto nos separamos, para acortar camino... Mascábamos pasto y bebíamos
grandes cantidades de agua, pero nuestra extenuación iba naturalmente en
aumento, y pronto nos sería imposible dar un paso... Por fin llegó la noche, acampamos,
y descansamos algunas horas.
Cuando echamos a andar al día siguiente, mis
compañeros parecían sufrir mucho más que yo, aunque estuviera verdaderamente
hecho pedazos.
Guarzi sobretodo, Guarzi cuya torpeza y descuido
nos habían puesto en tan terrible situación, sentíase aniquilado, cosa extraña
en él, pues los chilotes están hechos a privaciones de toda especie, y el
hambre los conoce... Iba bamboleándose como un ebrio.
Al medio día comenzó a quejarse y a decir cosas
incoherentes; brillábanle los ojos como si tuviera fiebre, y la cara se le
había demacrado de una manera horrible...
-I-ó me pegaría un tiriyo -decía a cada instante
alzando el winchester, que llevaba medio a la rastra.
-Este se está volviendo loco -observó Wilson.
-¡I-ó méi de matar! -repetía Guarzi.
-Me parece que le tenemos que quitar las municiones
-dijo Antonio.
-Sí, quíteselas -le contesté.
Guarzi opuso resistencia, pues tenía la idea fija
de matarse, pero logramos desarmarlo sin mucho trabajo por fortuna.
Cada vez caminaban mis compañeros con más lentitud.
Era necesario empujar a menudo a Guarzi, que iba casi arrastrándose, para que
no se quedara atrás.
-¡Vaya, ánimo, compañeros! ¡Ya no estamos lejos del
Estrecho!
-exclamé, para infundirles nuevos bríos.
Según mis cálculos, debíamos estar cerca, en
efecto, aunque no mucho.
Pero añadí:
-Si no lo alcanzamos esta misma tarde, mañana por
la mañana estaremos en él.
Por la noche, sin embargo, aún no teníamos indicio
alguno de su proximidad. -Acampamos medio muertos de fatiga.
El día siguiente nos guardaba nuevos tormentos.
Hasta entonces nu habíamos tenido que sufrir la
sed, pero en aquella larga etapa, que hicimos bamboleantes, no hallamos un
sorbo de agua siquiera. Ya supondrá usted cuánto sufrimos, qué pensamientos nos
agitaban, qué angustias nos oprimían... Sólo a la noche encontramos una
lagunita, sobre la que nos echamos como bestias, bebiendo agua y barro al mismo
tiempo, casi hasta reventar...
Como a tres millas del charco salvador, levantábase
una colina bastante alta, desde la que, sin duda, se vería el Estrecho. Pero
era imposible dar un paso más. Estábamos desfallecidos, presa de la fiebre, con
el mareo espantoso de la debilidad que hacía bailar vertiginosamente a nuestra
vista cuantos objetos nos rodeaban. En vano tratamos de aplacar el hambre
masticando raíces. La fiebre aumentaba, y extrañas y horribles ideas se
apoderaban de nosotros... Uno propuso que nos sorteáramos, pero apenas comenzó
a formular su pensamiento, cuando lo interrumpí indignado, diciéndole que me
encargaba de matar como a un perro a quien se atreviese a sugerir siquiera la
idea de un festín de caníbales. Pero vi en sus ojos, y en los de mis
compañeros, que si el hambre apuraba más, no iba a poder cumplir mi amenaza,
porque se me hubieran anticipado, y era uno contra cuatro...
A la madrugada comenzamos a andar, ¡de qué manera!,
hacia la colina, que nos parecía lejana y casi inaccesible. Nos habríamos
arrastrado una milla y media, cuando hallamos otra lagunita en que nos
detuvimos a beber.
Nadie decía una palabra. Nadie hacía un movimiento.
Pasamos así más de media hora, casi agonizantes. Pero haciendo un esfuerzo
supremo me puse en pie.
-¡Vamos! -dije tartamudeando- No nos podemos morir
aquí, tan cerca del fin del viaje. ¡Valor!, ¡y andando!
Pero los otros no se movieron. Rogué, supliqué,
todo fue en vano.
Entonces los hice levantar a culetazos, a pesar de
mis miradas de ocio, y de que agarraran su winchester con los dedos crispados,
prontos a matarme.
Estaban completamente locos, pero una fugaz energía
los hizo ponerse en marcha.
En una hora no habíamos caminado mil pasos, cuando
de pronto un estampido nos volvió súbitamente a la vida. Era un tiro de fusil.
Levantamos las cabezas que se inclinaban
irresistiblemente hacia el suelo, y vimos... ¡No, es imposible que usted
suponga nuestro júbilo!... Vimos como a media milla, un hombre que, escopeta en
mano, nos hacía señas y caminaba rápidamente hacia nosotros.
Fuese quien fuese, era la salvación.
Prorrumpimos en un grito que nos salió del fondo
del alma, y completamente anonadados por la alegría, caímos sentados en el
suelo, fijando ávidamente los ojos en aquel ser para nosotros sobrenatural en
tan terrible momento. El hombre no tardó en llegar.
Era un minero del Porvenir que andaba de caza.
Llevaba un par de magníficos cisnes que acababa de matar, y cuando estuvo cerca
nos gritó:
-¡Eh! ¿de dónde vienen?
-¡Nos estamos muriendo de hambre! -contestamos, sin
hacer caso de su pregunta.
Nos dio los cisnes, que Antonio y Wilson se
pusieron a desplumar, mientras que Villoc encendía fuego, y yo ponía a aquel
hombre al corriente de lo sucedido.
-¡Bien, pues, se han salvado! -exclamó al fin-
Porvenir está a dos millas de aquí. Coman un poco primero, y luego los llevaré
a casa de Pablo Durán.
Los cisnes, medio crudos y sin sal, fueron
materialmente devorados, y con alegría en el corazón nos pusimos en camino,
llegando poco después a la casa, cuyo dueño nos recibió con toda bondad.
Tres días pasamos allí, reponiéndonos un poco de
nuestros, padecimientos y fatigas, y al cuarto se nos presentó la oportunidad
de regresar a Punta Arenas, a bordo de la goleta Anita, que frecuentaba
aquellos parajes donde, además del lavadero de oro «Porvenir», de Pablo Durán,
nuestro generoso huésped, existían varios de alguna importancia, como «Marta»,
de Thomas Saunders, «La Esperanza», de mister Wolff, y otros que durante el
verano exportaban de diez y siete a veintiún kilos de oro, y el plantel de la estancia
de mister Stubenrauch.
Aquella misma tarde llegamos a Punta Arenas, donde
causamos una desagradable sorpresa al dueño de la goleta Luisa, que nos había
abandonado tan indignamente, y que no había vuelto aún. El relato de nuestra
travesía a pie sorprendió e interesó al pueblo entero, que quería vernos y
pedirnos detalles con insaciable curiosidad.
Sólo entonces me preocupé del desastre pecuniario
de nuestra expedición minera. Volvíamos sin un grano de oro, después de tan
tremendos percances; había yo perdido mi empleo, y no teníamos recursos...
Me presenté a la autoridad, formulé la protesta del
caso contra el patrón de la Luisa, pidiendo en mi nombre y en el de mis
compañeros una indemnización por daños y perjuicios, y esperé la llegada de
aquel que había estado a punto de ser causa de nuestra muerte.
Llegó por fin, y se enredó en mil explicaciones y
disculpas, que de nada le valieron. Dijo que se le había roto la cadena del
ancla -la primera se había perdido en Dangeness-, y que no teniendo lista otra,
tuvo que darse a la vela para no irse sobre la costa. Que después que salió de
San Sebastián, los vientos contrarios le habían impedido volver en busca
nuestra, etcétera, etc.
A pesar de su labia, tuvo que pagarnos la
indemnización, insignificante pero salvadora, realidad irrisoria al lado de
nuestros sueños de fortuna de un mes antes, cuando organizábamos la expedición.
- XXXV -
Pelo y pluma
-¡Buenas noches, contramaestre! Buena nevada, ¿eh?
Los techos de la Subprefectura y el presidio, los
caminos, el campo, todo estaba cubierto de una espesa capa de nieve, blanca y
seca, que la luna iluminaba con resplandor mate, con una luz fría, sin
destellos, melancólica y monótona. Los árboles verdes parecían empolvados con
harina, y en la cuesta de los montes la sábana blanca se veía salpicada de
manchas obscuras como agujeros. El viento estaba en calma, y aunque la
temperatura exterior fuera muy baja ya, la placidez de la atmósfera la hacía
soportable. Había nevado el día entero, a intervalos, y al cerrar la noche, más
obscura aún por los densos nubarrones que iban a desaparecer en breve, la
memoria repetía por instinto los versos del poeta:
...Lentamente
la nieve silenciosa, descendiendo
del alto cielo en abundantes copos,
como sudario fúnebre cubría
la amortecida tierra. Cierzo helado
sacudía los árboles desnudos
de verde pompa, pero no de escarcha,
y sacudidos por el recio choque
parecían lanzar en las tinieblas
los rudos troncos lastimeros ayes...
-Buena para ser la primera -contestó Morgan.
Entramos en mi habitación, para sentarnos «al amor
de la lumbre», beber el café, no tan bueno como bien caliente, y contar él y
escuchar yo algo interesante respecto de la recolección de huevos de pingüín,
la caza de diversos animales, y las costumbres más o menos curiosas de algunos
de ellos. El contramaestre comenzó con la primer taza y con su cuento:
«Todos los años, e invariablemente en el mismo día,
comienza la postura. El pingüín hembra es como un calendario infalible: no se
equivoca jamás.
Por nuestra parte, y conociendo esta costumbre, nos
habíamos ocupado los días anteriores en reunir las latas vacías de kerosene que
rodaban por ahí, y en arreglarlas convenientemente con alambre y filástica para
poder colocarlas a la espalda a modo de mochilas. El 21 de octubre preparamos
los pocos víveres que íbamos a llevar: tocino, grasa, café, sal y azúcar y los
útiles, que no eran sino un caldero para calentar agua, y una sartén.
Al amanecer, los veintidós hombres que componíamos
la expedición, cada uno con un par de latas y parte de los víveres, estábamos
listos para emprender la marcha.
El campamento de los pingüinos está situado sobre
el Atlántico, un poco más al este que San Juan, y puede llegarse a él por dos
caminos:
yendo en bote hasta fuera del puerto, doblando la
punta para ganar la roca llamada del Castillo, y trepando desde allí por la
costa que parece un despeñadero. Pero esto sólo es practicable cuando el mar
está muy tranquilo, pues por poco que se agite rompe furioso contra las rocas,
poniendo en peligro a la embarcación y a los que la tripulan. El segundo camino
es más penoso, pero está abierto en todo tiempo. Se atraviesa la costa que está
frente a la Subprefectura, se trepa la loma, y se camina unas dos millas y
media... nada más.
Aquella mañana el tiempo no estaba bueno, y tuvimos
que adoptar este último itinerario, más arduo, pero más seguro.
A las cinco y media de la mañana estábamos ya en la
falda de la loma, que se eleva a unos seiscientos pies sobre el nivel de la
bahía, y comenzamos a treparla. La ascensión es muy fatigosa, pues el declive
es rapidísimo y las piedras que se desprenden al paso de los que van adelante
hacen peligrar las canillas de los que marchan detrás.
A las seis y cuarto, después de algunos altos para
tomar aliento, llegábamos a la cima, desde donde se domina la Subprefectura y
el faro.
Hasta entonces habíamos andado entre las ramas de
los árboles y los arbustos que crecen en las colinas, pero íbamos a tener que
cruzar un campo extenso cubierto de juncos y pasto duro, que a milla y tres
cuartos limita un pequeño cerro; el terreno esponjoso por la turba y los
musgos, cedía bajo nuestros pies, dificultando la marcha; pero hora y media
después alcanzamos el cerrito, comenzando a bajar por la vertiente opuesta,
boscosa como la primera y cubierta por manchas del pasto llamado tussac que nos
ocultaba por completo, pues alcanza a dos metros de altura.
Con todo, al cabo de tres cuartos de hora vimos las
dos rocas que tienen cierta semejanza con un castillo y que han motivado el
nombre del promontorio, y pocos minutos después llegábamos al sitio en que
habíamos hecho campamento en años anteriores.
Dos de nosotros fueron a buscar agua para hacer el
café, mientras íbamos a la roquería a comenzar la cosecha de huevos.
Enorme es el número de los pingüinos que se reúnen
allí, escalonados en orden de batalla, grotescos y tontos. Son de la especie
que los chilenos llaman pájaro-niño, y andan apoyándose en las puntas de las
alas, o se quedan en pie, erguidos, moviendo a un lado y a otro la cabeza,
graciosísimos, como una caricatura de gaucho con chiripá. Ocupan todo el
despeñadero, que allí tendrá unos 700 pies de alto por 250 de ancho, y se les
ve en filas horizontales, superpuestas, y tan apretadas que con un tiro de fusil
pueden matarse muchos a la vez... Un verdadero asesinato.
Aprovechan cualquier cosa para hacer su nido; las
quebrajas de la piedra, los mechones de pasto, las excrecencias de la roca.
¡Pero qué nido! Un poquito de barro formando un montículo de diez centímetros
de alto, con un pequeño hueco en el centro, seco o mojado, en que depositan sus
huevos de un blanco azulado, y algo mayores que los de pato.
El pájaro-niño es del tamaño de un pato criollo,
tiene el pecho blanco, el lomo negro azulado, el pico agudo y rojo, y tras de
los oídos se le ven cuatro plumitas amarillas de dos centímetros de largo.
Desde el 20 de octubre hasta el 5 de noviembre, la hembra pone de cinco a seis
huevos como los descriptos, que son bastante apetecibles, pues apenas tienen
sabor a marisco; se aprovecha sólo la yema; la clara, que no se endurece en el
agua hirviendo, es muy espesa, desagradable e indigesta.
Poco se come la carne del pájaro-niño, que es más
dura aún que la de foca, y con gusto pronunciado de marisco en descomposición;
los mismos indios de la Tierra del Fuego, a cuyas costas llega arrastrado por
los temporales, lo desdeñan, y sólo comen el pellejo con la grasa que está
adherida a él, asándolo a un fuego vivo. He probado muchas veces ese plato,
que, en efecto, no es muy desagradable y se parece algo al pato demasiado
gordo.
El pobre animal es muy valiente y defiende los
huevos con ardor, valiéndose de su pico, que suele dar mordiscos bastante
dolorosos.
-¿Y los otros pingüinos? -pregunté, interrumpiendo
al narrador.
-Tenemos, además, el de cueva, que habita
principalmente los islotes y promontorios que rodean la isla. Es algo más
grande que el otro, y anda en el mar siempre en parejas. Se distingue del
pájaro-niño por una faja circular negra que tiene sobre el pecho blanco. Arriba
y abajo de los ojos tiene un arco y no lleva plumitas amarillas. Pone en las
cuevas que encuentra, y no forma roquerías. El tercero, el pingüín real, se ha
extinguido casi en la Isla de los Estados. Sólo se le encuentra en dos sitios:
en Pengüin Rockery y en la pendiente de Bahía Franklin que mira al norte. Es
mucho mayor que los otros, y puesto en pie alcanza a la respetable altura de un
metro y veinte. Tiene el pecho blanco y el lomo negro azulado como el primero,
pero su plumaje es más tupido y parejo, por lo que obtiene precios muy
superiores. Lleva además un copete de plumas amarillas, azules y blancas, su
pico es muy agudo, dentado como la boca de los tiburones, y con él produce a
sus enemigos heridas dolorosas y de curación difícil. El comandante Piedrabuena
casi los ha exterminado en las grandes cacerías que hizo en aquellos parajes,
restos de las cuales vi el 85 en Bahía Franklin -calderas, etc.- como hoy se
encuentran todavía ruinas de casas en Pengüin Rockery. El pingüín real es tan
escaso ahora, que apenas se encuentra ni aun en la época de la postura; sólo
una vez, en 1892, encontré doce juntos en Pengüin Rockery. Pero parece que
aumentan poco a poco -gracias a que no se les persigue- en Bahía Franklin,
donde ya en 1894 había más de cien. ¿Por dónde íbamos?...
-Llegaban los expedicionarios a la roquería.
-¡Ah, sí! Había ya en cada nido uno o dos huevos,
entre los que podíamos elegir, sin temor de equivocarnos, los recién puestos,
que están completamente limpios, mientras que ya los del día anterior se han
cubierto de una segunda cáscara con el barro del nido, pegado y endurecido
sobre ellos. En un momento juntamos algunas docenas, con las que una comisión
culinaria se fue al campamento para hacer una tortilla -la de la primera
sección- mientras el resto continuaba la recolección, tan fácil cuanto fructífera.
Cuatro o seis docenas de yemas y un poco de tocino
y sal, forman un buen almuerzo para seis hombres, y con eso y un jarro de café
quedamos satisfechos. Desocupada la sartén y el caldero, reemplazaba otra tanda
a la que acababa de almorzar, mientras ésta se ponía al trabajo. Así,
almorzando y recogiendo huevos, ya a las once estaban llenas las 44 latas.
Puede usted hacerse idea de lo que significa eso,
sabiendo que en cada lata caben de 120 a 130 huevos, y que como tienen la
cáscara muy delgada, muchísimos se rompen. Nunca bajan de seis mil los que
sacamos en estos verdaderos malones, y sin embargo, no se nota sensible
disminución en los pingüinos al año siguiente.
Los pobres animales tratan de oponerse al robo, y
atacan a sus agresores, que los ahuyentan fácilmente a gorrazos, haciéndolos
rodar cuesta abajo como una avalancha, que se engrosa a medida que desciende
con los pingüinos que encuentra al paso... No deja la recolección de ser
peligrosa también para los hombres, pues un paso en falso, una piedra o una
mata que se desmoronaran, en un descuido, podrían hacerlos rodar como los
pingüinos, pero con la circunstancia agravante de que no llegarían vivos al
mar...
Por fortuna no ocurrió accidente alguno aquella
mañana, y a las once y media emprendimos el viaje de regreso, más arduo y más
largo que el de ida. Tardamos, en efecto, más de tres horas en llegar a la cima
del monte que está frente a la Subprefectura, y la bajamos cayendo y
levantando, abrumados por la carga y precipitados por lo empinado de la cuesta.
Sólo a las cinco de la tarde llegamos a San Juan...
-Ya que en eso estamos -dijo al ver que había
terminado su relato- cuénteme algo, contramaestre, a propósito de las tocas.
Morgan, que liaba un cigarrillo de tabaco patria,
no se hizo de rogar.
-Aquí en la isla -comenzó- se conocen sobre todo
focas, o lobos, como se llaman vulgarmente, de dos clases: el lobo de un pelo,
que abunda en la costa norte, y el de dos, que sólo se encuentra al sur, y ya
en pequeña escala. Se estima poco la piel del primero, pero puede utilizarse en
muchos artículos. Al macho le decimos lobo-león, porque tiene una abundante
melena; alcanza a cuatro metros y medio de largo desde el hocico a las aletas
traseras. Cuando descansa sobre las rocas levanta la parte anterior, como si se
incorporara, y llega así a tener una altura de metro y medio. Es muy cariñoso y
horrible y sangrienta mente celoso; abraza y besa a la hembra, hace el amor
como los hombres, pero disputa con un valor y un encarnizamiento indomables la
soberanía de su familia. Combate frecuentemente con otro macho, formándoles
círculos las hembras, como espectadores, y ese duelo no tiene fin sino con la
muerte de uno de ellos:
rara vez se obtiene -casi nunca, mejor dicho- una
piel de macho que no esté acribillada a mordiscos. El serrallo de cada uno de
estos señores tiene por lo menos cincuenta odaliscas...
Los lobos de un pelo se tienden durante el día
sobre las rocas planas que les sirven de refugio, siempre a sotavento. Por la
mañana temprano y a la tarde se echan al mar y pescan recorriendo los matas de
cachiyuyo que se extienden a lo largo de la costa... Como las roquerías están
menos pobladas en verano que en invierno, supongo que en la época de los
calores emigran hacia el sur.
El lobo de dos pelos, cuya piel se estima más que
la de la foca de los mares árticos, tiene las mismas costumbres del otro, pero
el macho es más pequeño y sin melena. Su número ha disminuido mucho, porque los
loberos que lo cazan clandestinamente no reparan en la estación y lo hacen
aunque sea durante el celo, matando hembras, machos, chicos y grandes...
Así, mientras en 1884 se podían faenar, sólo en la
isla, más de 22.000 animales, hoy se lograría apenas la décima parte... Al
norte no hay una sola requería frecuentada por estas focas; en la costa sur
existen, en cambio, catorce.
En tiempo de invierno, y cuando reinan temporales
del sur, suele encontrarse en nuestras aguas alguno que otro ejemplar de vaca
marina, foca así llamada por su bramido... Se distingue de las otras por los
colores de la piel, pues tiene el lomo ceniciento y el vientre blanco.
Llegan a nuestras costas en una extenuación tal,
que es muy fácil cazarlas, pero como vienen rara vez, sólo se han obtenido
cuatro en los seis años últimos.
La caza del lobo de dos pelos es interesante.
Las goletas loberas van a fondear cerca de las
roquerías, y desprenden de su costado los botes balleneros de dos proas,
construidos especialmente para poder atracar con alguna seguridad a la costa
erizada de piedras.
Salen los botes provistos de carne salada, agua,
café, azúcar, leña y galleta para algunos días, fusiles de repetición, garrotes
de roble, cuchillas, chairas, etc., y se dirigen a la roquería, a cargo de un
timonel-capataz y tripulados por siete o nueve marineros.
Cuando han llegado atracan a la costa con mucha
cautela, para no ahuyentar a los lobos medio dormidos. El proel desembarca
silenciosamente de un salto, y toma los víveres y las armas que le alcanzan los
demás, aprovechando el momento en que la ola pone el bote al nivel de la roca.
Los demás saltan a su vez, uno tras otro, cuidando
de hacer el menor ruido posible, menos dos que se quedan a bordo y alejan
inmediatamente la embarcación para que no se estrelle contra las piedras.
Por muy en calma que esté el tiempo, siempre hay
alguna mar de leva, que hace muy difícil esta operación, tan sencilla al
describirla. Saltar del bote a la roca lisa y como enjabonada por el cachiyuyo,
y eso en un instante preciso, matemático, cuando la ola llega a su mayor altura
y el bote está sobre la roca, mientras los remeros ciando impiden que se haga
añicos... es mejor para contado que para hecho... Un resbalón puede hacer caer
al que no ha tenido la vista bastante segura, el pie bastante firme y los
músculos bastante elásticos, entre la roca y el bote que lo aplastará en sus
vaivenes, o dejará que la resaca lo golpee contra las piedras. En cuanto a los
remeros ¡qué puños! y al timonel ¡qué sangre fría!... La vida de sus
compañeros, la suya propia, depende de un ademán, de un golpe de remo, de una
voz de mando...
Desembarcados, por fin, los loberos se agazapan
circularmente alrededor de las focas para cortarles la retirada: para ello
tienen que deslizarse rápida y sigilosamente, con movimiento combinado y
simultáneo, de manera que cuando los lobos se aperciban de su presencia, ya sea
tarde para escapar...
Comienza entonces el ataque con un tiroteo
convergente de los rifles de repetición -winchester por lo general-, que
espanta a los animales y mata a muchos; el resto trata de ganar el agua, pero
se les ha cerrado el paso, continúa haciéndose fuego sobre ellos, y al fin,
bramando lastimosamente, se retiran hacia las cuevas, si las hay en la
roquería, o hacia los peñascos más altos, arrastrándose bastante de prisa,
ayudados por las aletas.
La matanza verdadera, el exterminio va a empezar.
Mientras uno o dos, los mejores tiradores, quedan con el winchester para matar
algún macho bravo que ponga a alguno en peligro, o para evitar la fuga de los
más ágiles, los otros loberos echan mano de los palos y avanzan sobre las
focas. Cada garrotazo bien asestado en el hocico, causa una víctima. El puñal
la ultima, dándole la puntilla. El suelo queda pronto sembrado de cadáveres.
Apenas si dos o tres logran escapar, precipitándose al agua desde alguna roca a
pico. En menos de media hora, 200 ó 300 lobos yacen ensangrentados, muertos a
los pies de los cazadores...
Inmediatamente se procede a desollarlos, tarea que
los loberos hacen con pasmosa rapidez, dejando para lo último los lobos de un
pelo que han caldo mezclados con los otros, y que tiran a un lado como cosa de
poco valor. No importa que los animales respiren aún; los afilados cuchillos
desprenden la piel, después de abrirla de arriba abajo, por el lomo, y
conservando la grasa a ella adherida -y la arrancan de aquella carne caliente,
palpitante, viva.
Los primeros 40 ó 50 cueros son embarcados en el
bote, que los lleva a la goleta, donde se desengrasan y salan, poniéndolos en
barriles, mientras la faena continúa en la roquería, sin más descanso que el
tiempo necesario para tomar un trago de aguardiente o un jarro de café, salvo
cuando algún temporal impide el trabajo.
A veces, en roquerías apartadas de fondeaderos
seguros, las goletas se alejan después de desembarcar a su gente, para volver
en su busca algunos días después. Pero el mal tiempo suele ser cruel con los
loberos, que a menudo tienen que aguardar más de lo previsto, y sufren
verdaderas miserias cuando se les concluyen las pocas provisiones que han
llevado consigo. Entonces, y cuando el hambre apura, hay que apelar a la carne
de lobo, y hasta sin cocer...
Esto último sucedió en 1883, cuando Juan Silva, un
tal Germán y seis hombres tuvieron que permanecer nueve días y medio en una
roquería, al sur de la isla Navarino.
El café les duró tres días, la galleta cuatro, el
agua cinco y la leña un día más. Después comieron carne de lobo cruda...
Al octavo día, uno de los loberos se tiró al agua
para tratar de alcanzar a nado la isla Navarino, que distaba unas dos millas.
No se volvió a saber de él...
Al noveno, los infelices estaban casi locos por
falta de agua, y cuando apareció la goleta San Pedro, que los había llevado, y
no pudo volver antes en su busca, hallábanse tan postrados, que no podían
moverse.
Uno murió a bordo de extenuación. Los demás fueron
reponiéndose poco a poco.
Y no crea usted que semejantes pellejerías sean
bien compensadas. ¡Al contrario! El lobero no gana sueldo, sino que tiene que
ajustarse a los resultados obtenidos. Del producto de las pieles se aparta un
tanto por ciento para el armador, otro para el capitán, otro para el piloto,
etc...
El resto se divide por partes iguales entre los
demás. Pero ese resto es muy exiguo, pues antes se ha descontado el importe de
los víveres, las municiones, etc. Por regla general no gana sino el armador,
que se ha quedado tranquilamente en su casa, mientras los otros arriesgaban el
pellejo...
-Usted debe conocer muy bien los animales de la
isla, después de tantos años de permanencia -dije a Morgan.
-¡Oh! regular, y no como un naturalista
-contestó-.Tengo los datos que cualquier marinero podría tener...
-No importa, hábleme de ellos; aunque no sea
científica, su descripción será interesante... quizás más por eso mismo...
-Conozco cuatro clases de shags o cormoranes. Uno
de pecho blanco y oídos blanquecinos, otro de pecho blanco, oídos azulados y
cresta negra con puntas amarillas. Estas dos clases anidan en roquerías
extensas, en los promontorios e islotes cercanos a la isla. Hacen sus nidos
sobre guano dejado de años anteriores, que alcanza a un metro de altura; los
forman con algas muy delgadas que ellos misinos extraen del fondo del mar.
Ponen cinco o seis huevos, comenzando en los primeros días de noviembre. Aunque
se note su diminución, todavía son muy numerosos, y en una roquería triangular
de la isla nordeste de Año Nuevo, de siete metros y medio de lado, conté 79
nidos, mientras que los shags serían unos 220. Estas aves se disputan los nidos
a picotazos, pues las menos activas quieren ocupar los de las trabajadoras...
Los huevos son del tamaño de los de gallina, pero más alargados y del color de
los de pingüín, cuyo sabor tienen también; la yema es más rojiza. Su abundancia
es asombrosa: en una estación cargamos cuatro botes, habría en ellos unas
cuantas decenas de miles de huevos... El guano del shag, muy lavado por las
continuas lluvias, es pobre. Las otras dos clases son: el shag negro, que tiene
blancos los oídos, y el shag de roca, de, ojos y oídos rojos. Estos anidan en
las concavidades de rocas inaccesibles, cerca de la costa, son poco numerosos y
más pequeños que los primeros.
Las avutardas son dos: la de Malvinas -que los
ingleses llaman «Kelp-geese», o avutarda de cachiyuyo, porque se mantiene con
un alga tierna, el luche de los chilenos -del tamaño de un pato casero. Anda
siempre en parejas: el macho es blanco y la hembra negra con manchas blancas.
Muchas veces dos hembras siguen al macho, como usted habrá visto, y al volar
forman triángulo, yendo el macho adelante. La avutarda de pasto, que los
chilenos conocen por caiquén, es del tamaño de un ganso, negra y con manchas blancas.
Tiene las patas palmeadas, pero busca su comida -pasto tierno- en las lomas.
Anda también en parejas.
El curioso pato a vapor, que ya habrá encontrado
muchas veces, y cuyas alas no le permiten volar, nada en parejas, es grande
como un ganso, plomizo, anida entre la yerba de la costa, pone de cuatro a seis
grandes huevos, y se mantiene con los caracolillos y mejillones del cachiyuyo.
En sus correrías no se aleja nunca más de tres millas de la costa, cuya
proximidad anuncia. El pato de mar es más pequeño y anda siempre en bandadas.
El de agua dulce, que habita en «las lagunas y vive con los gusanillos de la turba,
tiene una lista azulada en el extremo de las alas y forma bandadas de quince a
treinta individuos.
Ya conoce usted el albatros, ese inmenso pájaro que
de una a otra punta de las alas mide cerca de dos metros y medio. Sólo visita
la costa cuando hay temporal u horas antes de que estalle, anunciando así el
cambio que va a producirse. Entonces vuela muy alto, como si quisiera ver venir
la tempestad, mientras que cuando reina ésta, o cuando el tiempo es benigno,
apenas se eleva un metro de la superficie del mar. Su congénere el albatros
negro de pico amarillo verdoso, es un tragón de lo que no hay.
Suele comer tanto, que permanece horas enteras en
el agua sin poder levantar el vuelo.
Además, tiene usted la gaviota blanca, la negra, la
gris y la blanca con alas negras. Un gaviotín que llaman «golondrina de mar»,
blanco y de alas color plomo y una lista negra en el extremo; otro sin lista,
con plumas teñidas de rosa como el flamenco, que zabulle precipitándose al mar
desde 15 y 20 metros de altura. La blanca paloma de mar; la paloma del Cabo,
negra y blanca con dibujos caprichosos que la hacen parecer una gran mariposa;
la palomita del tamaño de una golondrina, parda, cuyas alas miden unos diez
centímetros de largo, y tiene las patitas palmeadas; otra blanca con alas
negras, que vive de pececitos, aguas vivas, etc., y por último la palomita
ladrona que se alimenta como las demás, pero que en primavera visita las
roquerías de shags y aprovecha los descuidos para, comerse los huevos; es mayor
que las últimas. Hay también una gallareta que se alimenta con lo que arroja a
la playa la resaca y anida en troncos huecos.
El cisne blanco y el de cuello negro visitan en
verano la isla.
Vienen de Patagonia.
Entre las aves de rapiña hay dos buitres, uno
completamente negro y otro con fajas blancas en el cuello; tres caranchos, uno
negro de cabeza pelada, otro negro con manchas blanquecinas y el tercero
amarillo obscuro; tres halcones, el gris, mayor que una paloma, el amarillento
con puntas blancas como la paloma y otro amarillento también, pero con alas
amarillas y una faja negra en la cola y que es del tamaño de un zorzal. Una
lechucita gris con puntas negras, y la Viuda, pájaro negro del tamaño de un cuervo,
que fascinado por la luz del faro, se estrella continuamente contra los
vidrios...
Algunas veces dan contra los cristales con tanta
fuerza, que los rompen, como ha sucedido hace poco. El viento apagó las
lámparas, hizo añicos los tubos; pero todo pudo componerse en un cuarto de
hora, y el faro continuó funcionando...
- XXXVI -
Entre dos borrascas
Los días hermosos, o mejor dicho, los momentos
-bastante escasos, por cierto- en que el tiempo se hacía bonancible, eran
aprovechados en cortas excursiones a las cercanías, ya para conocerlas, ya en
busca de mariscos, ya en procura de alguna pieza de caza que diera variedad
-triste variedad- a nuestra mesa, ya sólo por paseo, bien necesario en el
encerramiento forzoso en que vivíamos.
Generalmente preferíamos las embarcaciones a todo
otro medio de locomoción -limitados estos últimos a la marcha a pie-, pues los
terrenos de la isla son tan cenagosos, que los más resistentes se fatigan muy
pronto aunque ya estén aclimatados. Las primeras veces que fui hasta punta
Laserre, que está sin embargo a un paso de la Subprefectura, el camino me
pareció interminable, y tuve que hacerlo por etapas; jadeante y sudoroso, cada
pequeña cuesta me reclamaba un verdadero esfuerzo; pocos días después comencé a
habituarme, y pronto salvaba a paso de trote la distancia antes enorme. Tenía
razón De la Serna: el faro lo era también para nosotros en los días brumosos de
spleen; a él acudíamos como se va a Palermo en Buenos Aires.
Muchas veces recorrimos en bote la bahía de San
Juan; pero no recuerdo una sola en que hayan dejado de sorprendernos chubascos
de agua helada, mortificantes a más no poder, acompañados por violentas rachas,
frías como hojas de cuchillo, que nos obligaban a sostener los ponchos con
ambas manos, bien plegados al cuerpo, para que el viento no se los llevara, y a
nosotros con ellos.
La bahía, como se habrá visto en el plano, se
interna bastante en la isla, hasta tropezar con la base del monte Richardson, e
inclinándose hacia el oeste. Está rodeada de costas casi a pico, de roca
desnuda, hasta donde alcanza el agua en las mareas, y cubierta de turba, de
vegetación y de bosque desde allí hasta cerca de la cumbre de los barrancos que
forma.
Su aspecto es al propio tiempo pintoresco y
extraño: un poeta la elegiría para hacerla escenario de nebulosos y
desgraciados amores, para fantásticas apariciones, para rondas de espíritus
desolados del mundo de Poe...
Algunas playitas de cantos rodados interrumpen acá
y allá la aspereza bravía de la costa en que, continuamente rompe la ola con
fragor inacabable, mientras las nubes se enredan en las crestas peladas de los
cerros, bajan lentas por sus aristas, o parecen bailar una complicada cuadrilla
en el espacio limitado por las alturas. Criptas negras abren su boca al nivel
de las aguas, como habitáculos sombríos de algún monstruo; sobre ellas, en la
piedra lavada por las exudaciones, se agarran las raíces de los fagus, como
manos huesudas, descarnadas, crispadas en un espasmo horrendo; al lado otras
cavernas, salpicadas por la espuma del mar, manchadas por los musgos y los
mohos; o altos pilares rectos que sostienen bóvedas medio derruidas,
estrambóticos capiteles, arquitrabes que se mantienen en milagroso equilibrio,
frisos historiados, cornisas decadentes de una estética loca e inconexa,
peristilos en que las columnas de piedra se mezclan con los gruesos troncos de
los árboles, como si el material se hubiese agotado de repente.
Allá una inmensa roca se ha despeñado de la altura,
cayendo al mar con pavoroso estruendo; la huella que dejó en el cerro se ve aún
como una tremenda cicatriz descolorida; pesaba miles de toneladas, y su caída
ha tenido que conmover toda aquella extensión, como un maremoto; los árboles la
han acompañado y crecen en el islote como crecerían en el cerro natal.
Acá, otra roca ingente ha sido partida en dos, y su
pared lisa parece buscar todavía las antiguas adherencias a la costa; el mar
corre entre dos muros de piedra, perpendiculares, en cuya cima se ve una
estrecha faja de cielo. Y por todas partes gotea o chorrea el agua, que lo
empapa todo, corre en delgados hilos, formando arroyuelos, torrentes y saltos,
se evapora y cubre de nubes el espacio, y luego vuelve azotándonos con su
lluvia, apedreándonos con su granizo, cubriéndonos con su nieve, cuyos copos parecen
lentas y blancas mariposas. Y al pie de la roca siempre espumante, las verdes
matas de cachiyuyo amansan la ola, alzan sobre la superficie sus anchas hojas
blanqueadas por innumerables caracolillos, y que el viento agita como manos de
ahogados que piden socorro. Sirven de vivero a los peces de roca, a los
langostinos, y de repostería, a las gaviotas, y aun cuando el mar se encrespa
alrededor, tienen rinconcitos especulares, en que el agua semeja de acero
bruñido.
En torno pululan los shags, los patos a vapor, las
avutardas, que pescan sin descanso los pobres pececillos y los crustáceos que
se han refugiado allí, huyendo del lobo, que sin embargo va a buscarlos hasta
ese último asilo. Los gaviotines salpican la bahía con millares de manchas
blancas, sobre todo en los días tranquilos y tibios, cuando el viento y la
lluvia no dispersan sus innumerables bandadas... ¡Cuántos tiros hemos hecho
sobre aquellas aves codiciadas en la isla, impresentables en cualquier mesa medianamente
abastada, como decía fray Luis! La caza era, sin embargo, bastante difícil,
desde el bote y a bala de fusil, pues carecíamos de munición más apropiada, y
los recelosos pajarracos no dejaban aproximarse mucho, temiendo ya, y con
razón, la vecindad del hombre. Pero no por eso dejábamos de volver, salvo raras
excepciones, con algún ejemplar cuya carne figuraba en nuestra mesa previo un
verdadero trabajo de desinfección, y cuyo cuero con la pluma se reservaba
cuidadosamente para un embalsamamiento siempre postergado. Esas aves tienen un
sabor desagradable, y sólo pueden comerse en caso de necesidad extrema, o
después de larga cocción y disfrazadas con salsas que valgan más que los
caracoles... Se calumnia a los pobres mariscos diciendo que el gusto de las
aves es igual al suyo. Quizá cuando entran en descomposición, ¡pero frescos!
Los calamares, los minúsculos langostinos, pueden figurar con honor en comidas
luculianas. Los mejillones tienen un sabor exquisito, son un vrai bombon,
suaves, blandos, perfumados, como una golosina obra maestra de cocinero genial.
¡Y cuántos, cuántos! En el fondo de la bahía, la roca que las mareas cubren
está alfombrada, desaparece bajo la capa negra de sus conchas, se recogen a
baldes, pueden llenarse botes enteros con ellos... Y nada de trabajo para
prepararlos: basta un ligero hervor en agua salada para que estén a punto, la
cáscara se desprende casi por sí misma, con toda facilidad se le saca una parte
amarga que tienen dentro; unas gotas de vinagre o de limón, un poco de aceite y
ese plato, tan vulgar en la isla, sería el éxito de un restaurateur cualquiera.
Una mañana, el doctor Pinchetti y yo nos adherimos
a una expedición que iba a marisquear con el contramaestre Morgan a la cabeza.
El día estaba hermoso, la temperatura agradable, hasta hacía sol a ratos.
Alrededor del bote, de vez en cuando asomaban las
focas su cabeza redonda, para mirarnos curiosamente, y quedar un instante
atentas al silbido con que las llamábamos. De pronto desaparecían para
reaparecer cinco o seis minutos más tarde en otro sitio, ya delante, ya tras de
la embarcación.
Les hicimos algunos disparos sin resultado, pues el
bote se movía como una hamaca; una, sin embargo, fue herida, pues de pronto
subió a la superficie del agua una gran mancha roja que se desvaneció en breve;
pero el animal escapó. Alguna vez veíamos la peluda cabeza de un macho, cuyas
crines se distinguían perfectamente, como sus colmillos blancos, como sus ojos
obscuros y brillantes, de expresión cuasi humana.
Desembarcamos tarde en el fondo de la bahía, a
causa de lo agitado del mar; la marea estaba ya demasiado alta y cubría por
completo los bancos de mejillones. Ibamos a regresar, cuando el contramaestre
Morgan nos procuró entretenimiento.
-¿Vamos a ver la laguna? -nos dijo- Está muy cerca,
detrás de aquella colina...
-¡Vamos!
La isla podría llamarse el país de los lagos. Los
depósitos de agua abundan de tal modo, que ese nombre le cuadraría más que a cualquier
otro sitio del mundo. Cada hondonada, cada valle pequeño entre cerros, se ha
llenado de agua de las continuas lluvias, de la condensación de los vapores en
los picos enfriados por el viento, y en esos lagos nadan cisnes, patos,
enjambres de animales que pocas veces incomoda el hombre, por la dificultad de
trepar hasta allí.
Echamos a andar por la playa, sobre los gruesos
cantos rodados, cuando un fuerte olor de podredumbre nos llamó la atención. El
viento habla cambiado, y soplaba del nordeste. Volvimos los ojos en esa
dirección, tapándonos las narices; dos grandes caranchos negros, con las alas
abiertas y sus plumas separadas como las varillas de un abanico, alzaron al
mismo tiempo el vuelo, trazaron dos o tres círculos caprichosos en el aire, y
se dejaron caer de nuevo sobre un objeto cuya forma no podíamos distinguir. Venciendo
la repugnancia que nos causaba aquel olor nauseabundo, nos acercamos al sitio
en que se habían posado las aves de rapiña, manteniéndonos en lo posible a
barlovento. ¿Sería algún náufrago?
No había que pensarlo... ¿cómo podía haber llegado
tan cerca de la Subprefectura, para caer justamente en el momento de salvarse?
Pronto cesó nuestra emoción. Tratábase sólo del
cuerpo de una foca que la marea había dejado en seco, y que -al crecer- iba a
arrebatar de nuevo. Las olas cortas que llegaban hasta él, haciéndolo moverse,
espantaban a los caranchos, que muy luego volvían a su presa, cebando los
agudos picos en la carne, ya en plena descomposición. Los ahuyentamos, y
llamando a algunos de los marineros, se les encargó que le sacaran el cuero, si
era posible.
La foca era un magnífico macho de dos metros y
medio de largo, y pertenecía a la especie vulgarmente llamada lobo de un pelo y
lobo león.
Pero estaba en un estado tan avanzado de
putrefacción, que era inútil desollarlo, pues la piel no hubiera servido para
nada.
¿Habríalo muerto alguno de nuestros tiros de los
días anteriores, algunos de nuestros fuegos graneados, tan sin éxito al
parecer? Fue lo que nos dijimos en un principio; pero las grandes cicatrices de
feroces dentelladas, algunas de ellas recientes que se veían en la piel,
estaban demostrando de un modo terminante que el pobre lobo era una víctima, un
vencido de los combates primaverales. Señor destronado de su harén, había ido a
morir lejos de la roquería, huérfano de amores, para que la ola móvil jugara con
su cadáver y fuera a encallarlo en playas desconocidas...
Dejamos a los marineros junto a aquel despojo
nauseabundo, cuyo olor infecto se pegaba a las mucosas -nos duró todo el día-,
y emprendimos el camino del lago. La playa estaba resbaladiza, como enjabonada
por las algas que depositan las mareas, pero andar por ella era fácil en
comparación de la cuesta que íbamos a tener que subir.
-Hay un camino que hicimos el 84 los marineros de
la expedición Laserre -nos dijo Morgan-. Iremos por él.
Pero la yerba crecía alta, enmarañada,
entorpeciendo la marcha, y no se veía la huella menor de senda, vereda o
camino. El suelo, formado de turba y detritus vegetales, era más húmedo y fofo
que en San Juan, y los pies se hundían, y el agua entraba a chorros por las
costuras de la bota, helándonos los pies.
-Pero, ¿dónde está el camino, Morgan?
-Es éste.
-¡Corpo! -exclamó el doctor Pinchetti.
Bajo la yerba espesa corren hilos de agua que de
pronto desaparecen, se infiltran, pierden su caudal en el suelo esponjoso para
reaparecer después algo más abajo, ya engrosados, ya disminuídos, según el
capricho del declive. Trepábamos trabajosamente enredándonos en la maleza,
desviando o quebrando las ramas de los árboles, pinchándonos en las espinas,
bajo la sombra húmeda de las hayas, junto a las magnolias de florecillas de
batista blanca, o los calafates de frutas negras y redondas como cuentas de azabache,
cuando a pocos metros sobre el nivel del mar nos hallamos de pronto ante un
campo cubierto de cruces y de piedras, en que la yerba crecía con vigor, no
empobrecida por la vecindad de los árboles.
Era el cementerio de San Juan del Salvamento, pobre
y melancólico campo santo, donde nadie va a llorar ni orar por los que fueron.
Sobre las toscas cruces leímos algunos nombres, ya casi borrados por tantas
borrascas. Otras tumbas, aisladas, como desdeñadas, no tenían ni nombre ni
cruz: sepulturas de indios, segregados de la sociedad hasta para el sueño
eterno.
Seguimos adelante, internándonos en el bosque,
deslizándonos entre troncos secos que amenazaban aplastarnos con su caída,
lastimándonos con las espinas del calafate, saltando charcos y pasando arroyos.
En un puente derruido, cubierto de moho y cuyos troncos sin labrar estaban tan
separados que nadie hubiera dicho que era puente, di un resbalón que me pintó
de verde las espaldas, etc. Me levanté mohíno, renegando de la isla y los
islotes adyacentes.
-¡Conque este es el camino, no! -exclamé.
Morgan no pudo menos de sonreír, mordiéndose los
labios.
-Está un poco borrado -dijo-. Pero más arriba...
-¡Será peor! -interrumpí restregándome un brazo
medio descuajaringado.
-Probablemente... ¡Hace ya tanto tiempo!...
El doctor Pinchetti observó que ya era cerca de las
diez, y que para llegar a la hora del almuerzo... No gustaba mucho de aquella
marcha, que era como andar con grillos.
-¡Oh! Hay tiempo -dijo Morgan-. Estamos muy cerca.
Nos pusimos a andar, pero sin prisa ni entusiasmo.
¡Oh!, ¡aquel suelo! La turba inconsistente, los musgos esponjosos que ceden
como elásticos a la menor presión, el agua que lo satura todo, los troncos
caídos y enjabonados, las ramas entrelazadas, las espinas, la yerba, ¡ah!...
¡Cuánta razón tenía Bove al decir que los musgos lo acobardaban y que, andando
por la isla, recordaba las llanuras siberianas, donde el cuerpo se hunde en la
nieve hasta la cintura y donde los más robustos se fatigan a los pocos pasos!...
Pinchetti y yo sudábamos la gota gorda...
Pero la fatiga no nos impedía contemplar el paisaje
mudo y sombrío, de una tristeza honda y amarga desde que el día se había
nublado y las nubes bajaban hasta la copa de los árboles. Si en los paisajes
lunares hubiera árboles, serían así... Sólo el rumor vago del viento y el
redoble de la lluvia que comenzaba a caer sobre las hojas; ni un grito, ni un
canto de pájaro, sino el murmurar del agua corriente, como una oración
continua, balbuceada sin cesar con el mismo ritmo, con las mismas notas.
Aquí y allá árboles muertos o moribundos, vencidos
en la lucha por la existencia, sin desarrollo, casi secos éstos, crujientes
bajo la mano, podrido el corazón y en pie todavía aquéllos, que fueron robustos
y que otros más poderosos han anonadado al fin, robándoles los jugos de la
tierra...
Media hora después hicimos alto sin haber llegado a
ninguna parte.
-¿Falta mucho todavía?
-¡Oh, no! casi nada; ya hemos andado más de la
mitad...
-¡Más de la mitad!... Lo que quiero decir que
falta... casi la mitad!
No, volvamos, señor contramaestre, no sea que
lleguemos después del almuerzo... como dice el doctor.
Y no vimos el lago, cuyas aguas tranquilas no han
de haberse enturbiado por eso...
Otro día, poco después de diana y mientras yo
dormía tranquilamente, aprovechando como
de costumbre la bonanza entre dos borrascas, Demartini salió en bote
excursionando fuera de San Juan para reconocer la costa nordeste de la isla.
PEÑA EN LA ENSENADA "LA NACIÓN"
En ese lado está la roquería de Pingüinos, la roca
del Castillo, y el islote en que, desde tiempo inmemorial, anidan los shags. Un
poco más lejos avanza hacia el norte el cabo Saint John, extremo de la isla.
Según me dijo a la vuelta, había visitado una gran ensenada todavía sin nombre,
seguro fondeadero, rodeado de altas rocas, con algunas playitas accesibles, al
abrigo de los fuertes vientos dominantes. La ensenada en cuestión está junto a
la punta que termina al este de la bahía de San Juan, y es una de las mayores
bellezas naturales de aquellos contornos, que las tienen en tan crecido número.
El amable subprefecto terminó su entusiasta relato, diciéndome:
-Todos los que visitamos la ensenada, hemos
convenido en darle el nombre de La Nación, a la costa a pico que forma uno de
sus lados, lisa como un muro, llamarla paredón Piquet, y a la punta que avanza
entre la ensenada y esta bahía, bautizarla con su apellido...
Agradecí -¿cómo no agradecer?- la galantería y el
exceso de honor -por lo menos en cuanto a mí toca- y demás está decir que hice
todas las objeciones imaginables, muchas de ellas justísimas y decisivas, como
la de que demasiado se ha bautizado y rebautizado cada rincón de Tierra del
Fuego y de la isla, llegándose a una nomenclatura verdaderamente anárquica, con
que nadie se entiende. Hubo que renunciar, pues, al proyecto, aunque sólo en
parte: la ensenada comenzó a llamarse «de La Nación», nombre que sancionará o
no sancionará la costumbre -ley en tales casos- ¡vaya usted a saberlo!
Pero interesado por las descripciones del capitán
Demartini, le pedí que me llevara a conocer el sitio, y pocos días después salí
amos -almuerzo hecho- con un tiempo excelente, sobrevenido a raíz de una
especie de diluvio y mientras se preparaba otro a los rayos evaporadores del
sol.
Bajaba la marea, bogaban con brío los remeros, de
modo que en poco rato nos encontramos fuera de la bahía, doblamos la punta y
pusimos la proa a la ensenada. El mar estaba como una balsa de aceite y en su
superficie pululaban los cormoranes, los patos, las gaviotas, los gaviotines,
mientras que sobre nuestras cabezas revoloteaban albatros, «darups»,
golondrinas de mar, palomas del cabo pintadas como mariposas...
Aquel era un día verdadero de fiesta, un día «de
transporte», como se dice en San Juan, con el sol jubiloso, la alegría de las
aves, la reverberación del mar como un espejo ustorio...
Allá lejos, detrás, se veía la rompiente espumosa
del cabo Fourneaux; al norte, a nuestra izquierda, el horizonte curvo e inmenso
del océano, que parecía ir levantándose suavemente, dejándonos en su parte más
baja...
Llegamos a la ensenada; era pomposa; un derroche de
arquitectura titánica; grandes cavernas como templos, rocas enormes, partidas
de arriba abajo por la fuerza de los hielos, presentando grietas negras y
profundas, cuevas visitadas por las focas, minaretes árabes, cúpulas
bizantinas, menhires, altares druídicos, graves monumentos aztecas... en fin,
cuanto puede ver una buena voluntad ayudada por un poco de imaginación, porque
en esto, como con la etimología, se prueba lo que se quiere...
-¡Avante!
Salimos de la ensenada y nos corrimos más al este,
hasta la roquería de Pingüinos, frente a la cual llegamos poco rato después,
aunque, burro y medio que hacía cimbrar el reino, hubiera prometido seriamente
no troncharlo.
Los pájaros-niños, muy solemnes, estaban, como
siempre, en filas superpuestas, ocupando todo lo alto y lo ancho de la roca. Se
movían lentamente, con andar torpe, siguiéndose unos a otros como en una
procesión. Tiramos algunos tiros con un éxito inesperado, porque cada vez
despeñábanse varios. pingüinos, que rebotando en las asperezas, iban a quedar
detenidos en cualquier roca saliente, a la que se precipitaban los caranchos,
vecinos empecinados y crueles de las roquerías, a las que -en pago de sus frecuentes
matanzas de pichones- limpian de cadáveres impidiendo las epidemias.
Nos dio lástima asesinar así a los pobres
pingüinos, sin más resultado que dar de comer a los darups, y nos alejamos de
su campamento de cincuenta pisos.
En la Subprefectura de San Juan ha habido en estado
doméstico un pingüín tomado casi al nacer y que los marineros llamaban El
Vasco; paseaba tambaleándose grotescamente, y como sumido en hondas y
transcendentales meditaciones, y fue bondadoso compañero de gansos y gallinas
hasta que murió. Se ha tratado de traer ejemplares a Buenos Aires, pero sin
conseguirlo, que yo sepa. La nostalgia, la añoranza de su isla misteriosa, los
devora en pocos días, y mueren de calor como se muere de frío.
No lejos de sus abruptas rocas, que no sin acierto
han llamado del Castillo los marineros de San Juan, blanquea el guano del
islote de los shags, hacia el cual nos dirigimos, navegando cerca de la costa,
caprichosa y abrupta.
-¡Un lobo!, ¡un lobo!
En efecto, sobre una piedra alta, bastante alejada
del agua, un lobo, tendido al sol, levantaba su torso para mirarnos.
Apunté, rápidamente, hice un tiro, luego otro con
el winchester, y el animal desapareció rodando...
¿Había caído o se había tirado?... La duda entre
ambos extremos era permitida.
Sin embargo, mis compañeros convinieron en que el
anfibio estaba herido.
-No se tiran así cuando no se les ha tocado
-insinuó uno.
-Yo lo he visto retorcerse al sentir la bala
-afirmó otro.
-Son duros para morir, y el winchester no vale lo
que el rémington, para cazarlos -agregó un tercero-. Si no se le da en la
cabeza, es inútil.
Demartini dispuso que se viera dónde estaba el
cuerpo de la foca para ponerlo fuera del alcance de la marea e ir a tomarlo con
toda precisión al día siguiente, y gobernó buscando dónde desembarcar. Esto,
fácil en teoría, era arduo en la práctica, pues a cualquier parte que se
dirigieran los ojos se veían las crestas irritadas y espumosas de la rompiente.
Por fin se eligió una roca plana que en violento
declive descendía hacia el mar, a espaldas del sitio en que había caído el
lobo. El marinero Vassallo, que hacía de proel -joven robusto y ágil como un
gato- aprovechando el instante fugitivo en que la proa del bote estuvo a la
altura de la piedra, llevado por la ola, dio un salto y fue a caer sobre la
roca cubierta de jabonoso cachiyuyo. No resbaló, a pesar de no haberse quitado
las gruesas y pesadas botas, y trepó desapareciendo en breve tras de otras piedras.
MONOLITO
-¡Cía!, ¡cía!
La embarcación, merced a un violento impulso de los
remeros, que bogaban hacia atrás, se alejó de la piedra, donde podía haberse
estrellado. Aguardamos largo rato, dando algunas bogadas para resistir a la
corriente que nos llevaba sobre la costa. Comenzaba a preocuparnos la tardanza
de Vasallo, a quien podría haberle ocurrido algún percance, cuando apareció en
lo alto de las piedras.
-¿Y el lobo? -le preguntamos a voces.
-¡No está! -nos contestó de la misma manera.
Se maniobró para atracar a la erizada costa, y el
ágil marinero saltó al bote.
Él se explicó entonces:
-No encontré el lobo, pero vi un reguero de sangre
que llegaba hasta la orilla de una piedra... Bajó hasta
la misma costa, pero el animal no estaba.
-¡Es raro! ¿Buscaste bien? -preguntó Demartini.
-Sí, señor, por todos los rincones.
Yo callé. A pesar de lo del reguero, no las tenía
todas conmigo.
Seguramente la puntería no habla sido buena, pero
Vassallo querría no herir mi amor propio, para lo cual habría inventado la
sangre aquélla...
Aunque muy aficionado a la caza, donde no suelo
errar es en el plato...
Hubiéramos seguido nuestra excursión por lo menos
hasta el islote de los shags, y al cabo San Juan, si hubiera tiempo suficiente,
pero comenzó a levantarse mar corta e incómoda con viento fresco del oeste que
iba a dificultar el regreso: era prudente pensar en volver, y pusimos proa
hacia la bahía.
No anduvimos mucho sin tropiezo; de pronto, desde
una alta cortadura, bajó una racha silbando como un latigazo, empezó el baile
de las nubes, y segundos después nos envolvía una borrasca de lluvia, mientras
el mar hacía danzar el bote que era un contento. Llegamos, sin embargo,
fácilmente a la Subprefectura, a tiempo que la tormenta tomaba mayor
intensidad, empapados pero satisfechos, por las horas plácidas que habíamos
pasado, y riéndonos de la presunta muerte del lobo.
Y a propósito de lobos: también hubo dos en San
Juan, tomados pequeñitos como el pingüín. Pero los animales, arrancados a sus
costumbres, se negaron a comer, y hubo por fin que echarlos al agua, en la que
desparecieron como si hubieran estado en ella toda la vida. Otro, ya adulto,
que se tomó también, protestó del mismo modo pasivo contra sus opresores, y
para no verlo morir se le devolvió la libertad.
Los días pasaban en estas excursiones, alternadas
para mí con trabajos de escritorio, visitas al faro, paseos hasta el campo de
tiro, donde se ejercitaban los soldados del piquete de infantería, con bastante
resultado, a decir verdad.
El blanco, a 300 metros, parecía mucho más lejano
por lo nebuloso de la atmósfera, pero los soldados hacían numerosos impactos en
cada sesión, y se perfeccionaban poco a poco, aunque los cinco tiros de cada
serie no basten para afirmar bien el pulso.
Y siempre, cualquiera de estos paseos, por corto
que fuera, tenía que hacerse entre dos borrascas, la que acababa de salir de
escena y la que se preparaba entre bastidores, en la fábrica, como decía un ex
subprefecto, aludiendo a los cerros que rodean a San Juan.
El mismo distinguido funcionario llamaba ráchagas a
las rachas, y de vez en cuando solía equivocarse al poner su nombre...
- XXXVII -
Un poco de climatología
¡El clima de la Isla de los Estados! Según la
creencia general, es algo verdaderamente insoportable, y no deja de haber razón
para ello, como acaba de verse. La lluvia, el viento, la humedad, el granizo,
la nieve...
Semejantes elementos, en acción continua,
disputándose unos a otros la palma, o trabajando en colaboración, hacen las
combinaciones más incómodas y extraordinarias que imaginarse pueda. Muchas
veces en la isla me creí estar en plena realización de esas láminas que en
algunos tratados de meteorología representan objetiva y arbitrariamente la
«formación de la atmósfera», sólo que faltaban los relámpagos. ¡Qué laboratorio
químico! No andaba descaminado el subprefecto de la «frábica», al llamarlo así.
Pero ésta es una cosa, y la que se cree vulgarmente
es otra. Pensar en la Isla de los Estados y verla cubierta de eternas nieves,
rodeada de enormes y flotantes témpanos, congeladas sus bahías, sepultada la
vegetación bajo una blanca y helada corteza, todo es uno. Las tierras de Graham
no son menos hospitalarias en el concepto popular, y en la isla sólo pueden
habitar los esquimales bebedores de aceite de foca, comedores de pescado crudo
con velas de sebo para postre, refugiados en humosas colmenas de hielo...
Una mirada al mapa bastaría para desvanecer el
error, como que la isla está algo más al norte que la misma Usuhaia, donde no
hace gran frío, sin embargo. Pero como se va poco a la isla, la preocupación y
el falso concepto subsisten.
El clima está muy lejos de ser glacial, la
temperatura es bien soportable, no hay nieves eternas, ni témpanos, ni se hiela
el mar, salvo en algún rinconcito muy tranquilo y muy pequeño, en bahías sin
oleaje.
Personas que han vivido allí quince años, como el
contramaestre Morgan, por ejemplo, me aseguran que jamás vieron descender el
termómetro a más de seis grados y medio bajo cero. Aun en los meses más
rigurosos del invierno, la temperatura media se mantiene sobre el cero, y es
muy soportable.
Los patines son perfectamente inútiles, pues si las
lagunas y aun los simples charcos llegan a congelarse, la capa de hielo que los
cubre no es nunca lo bastante gruesa para soportar el peso de un hombre.
Verdad que el mar es bravo en torno de la isla, que
el tiderip, esos remolinos inesperados y fatales, acechan a los navegantes, que
las rachas están siempre prontas a caer como fieras sobre las embarcaciones
descuidadas. Pero no hay duda de que se exageran mucho los peligros, pues los
loberos frecuentan -demasiado quizás- sus costas hervorosas, y los botes
abiertos de la Subprefectura, que ni siquiera tiene un cúter, hacen hasta
treinta y más millas para socorrer buques náufragos, o en procura de provisiones,
cuando los transportes no llevan a la isla todo el indispensable racionamiento,
como ocurre a menudo...
El viento corre continuamente con una velocidad de
25 kilómetros por hora, cuando está casi tranquilo... En sus días de asueto,
llega a ser vertiginoso, y el anemómetro, gira con tal rapidez, que parece un
disco transparente... La velocidad máxima observada ha sido de 165 kilómetros
por hora, y esto con bastante frecuencia. Allí sí que resultaría exagerado el
viejo chascarrillo:
-Quid levis plumae?
-Pulvis.
-Quid pulvere?
-Ventus.
-Quid ventus?
-Mulier.
-Quid mulier?
-Nihil.
Y la variante de Francisco I, introducida en Rigoletto.
Algunas cifras fijarán mejor las ideas respecto de
la temperatura media anual de la Isla de los Estados. Para facilitar su
interpretación, se comparan aquí con las de otros puntos: Buenos Aires, Bahía
Blanca y Usuhaia:
MediaMáximaMínima
Buenos Aires.........................17,2338,8-2
Bahía Blanca.........................15,2441-5
Usuhaia.........................6,327-10,5
San Juan del
Salvamento.........................6,2625,25-6,5
Como se ve, la temperatura media de San Juan del
Salvamento es casi igual a la de Usuhaia, observándose que la máxima es más
baja y la mínima más alta, lo que demuestra que la temperatura es menos
variable. Es menos fría también. Si en San Juan no se pasó nunca de 6,5 grados
bajo cero, en Usuhaia, y en mayo, de 1886, el termómetro ascendió a 12,5
grados, o sea seis grados menos.
La temperatura media mensual en los mismos puntos
es la siguiente:
Resulta en este último cuadro la uniformidad
sorprendente de la temperatura de la isla, uniformidad tal que no se la observa
semejante casi en país alguno del mundo. La media mensual más alta es sólo de
10,75 grados, y la más baja de 2,22 grados: la diferencia es de 8,53 grados. En
cambio, la media mensual más alta de Buenos Aires es de 24,22 grados, y la más
baja de 10,30, o sea casi 14 grados, y la diferencia en Bahía Blanca alcanza a
más de 15 grados.
Pero si la temperatura es uniforme, no sucede lo
mismo con la humedad, que es muy variable por lo montañoso del suelo y los
frecuentes vientos. A menudo se llega casi hasta la saturación:
HUMEDAD RELATIVA
Buenos Aires...................................................74,2--
Bahía
Blanca...................................................63,5--
San Juan del
Salvamento...................................................82,19847
La cantidad de lluvia que cae en la isla es
sorprendente, y pasaría los límites de lo creíble, si no se tratara de un
laboratorio en perpetua actividad. ¡En un solo año han caído 3400 milímetros de
lluvia, lo bastante para hacer creer en un nueva diluvio universal! En el mes
de agosto de 1896 cayó casi medio metro: ¡415,9 milímetros! Y siempre la lluvia
cae con análoga abundancia, aunque algunos años disminuya bastante.
LLUVIA MEDIA ANUAL
Buenos
Aires.......................................................................865,6
milímetros.
Bahía
Blanca.......................................................................489,0
milímetros.
Usuhaia.......................................................................511,6
milímetros.
San Juan del
Salvamento.......................................................................2905,6
milímetros.
En cuanto a la presión barométrica, he aquí los
cuadros correspondientes a los mismos cuatro puntos:
PRESIÓN ATMOSFÉRICA MEDIA ANUAL
Media Máxima Mínima
Buenos Aires.........................760, 1978000 74200
Bahía Blanca.........................7590 278200 73000
Usuhaia...............................740 9477110 70832
San Juan del Salvamento......749 44772, 1571420
Estoy lejos de aconsejar que se tome a San Juan del
Salvamento como lugar de veraneo, mientras no se concluya el enorme trabajo
meteorológico a que está entregada la isla. Sus condiciones climatéricas
tienden a modificarse, y sólo será cuestión de unos cuantos siglos para
encontrarlas más benignas y agradables. Entonces podrán pasarse allí los días
de la canícula, sin tener que encerrarse en las habitaciones por las rachas y
la lluvia.
Las rachas, sobre todo, que son tan incómodas, y
hasta malignas, cuando bajan como el rayo de los altos barrancos, y corriendo
vertiginosas por la superficie del mar levantan densas polvaredas de agua, que
se alzan a veces como columnas salomónicas, girando sobre si mismas, cuando se
encuentran dos vientos opuestos.
No puede concebirse la instantaneidad y la fuerza
de esas rachas, que a menudo golpean contra los edificios, los árboles o las
rocas, como si fueran un cuerpo sólido, como si les dieran un empujón, y que
harían volar techos y construcciones, si desde un principio no se hubiese
tenido en cuenta su violencia. Doblan los árboles, contribuyen al despeñamiento
de las rocas que se desprenden, y arrebatan cuanto opone a su paso una
resistencia susceptible de ser vencida.
El suelo húmedo y caliente de la isla, en que las
materias orgánicas están en continua descomposición, el aire húmedo y frío,
producen las densas nieblas que casi de continuo lo envuelven todo. De esas
nieblas puede darse cuenta el lector recordando la densísima que se observó
este año en Buenos Aires, y que dificultó el tránsito en las calles. Son, como
las de Londres, espesas y tenaces, y tienen pronunciado olor a turba.
Las nubes bajan casi hasta el nivel del mar, y
flotan en la cumbre de colinas poco elevadas. Las que traen el granizo, negras
y pesadas, avanzan lentas como un toldo colosal que fuera a ocultar para
siempre la luz del sol; las de lluvia son más ligeras, más tenues, pasan con
vuelo rápido, y se asoman al océano para volver atrás, como atraídas por
irresistible fuerza hacia los picos de la isla.
Cosa extraña: sólo muy de tarde en tarde -tanto que
muchos podrían negar la existencia del fenómeno-, suelen oírse truenos en la
Isla de los Estados. No se ven tampoco relámpagos, y parecería que la
electricidad no funcionara allí. Por el contrario, debe estar en perpetua
actividad, descargándose a medida que se acumula, lo que explicaría la ausencia
de grandes manifestaciones. La tierra y las nubes, en continuo, contacto,
neutralizarán probablemente su fluido en todo momento, sin dar lugar a la
formación de chispas apreciables y, por consiguiente, de relámpagos y truenos.
Sea como sea, el hecho de que el rayo se observe
sólo como una extraordinaria excepción, es indiscutible, puesto que lo
atestiguan hasta los más viejos habitantes de la isla.
En cuanto a auroras australes, sólo he recogido una
vaga referencia del contramaestre Morgan, quien me dice que se ven allí,
efectivamente, pero no en la forma que en el hemisferio boreal; la luz, según
él, afecta la forma de lágrimas que salpican el cielo obscuro. Para apreciar
mejor este fenómeno, habrá sin duda que descender más hacia el sur. Sin
embargo, no hay que poner en duda su existencia, a juzgar por lo que afirma uno
de los más reputados astrónomos franceses:
«Hay auroras boreales que se extienden sobre un
espacio inmenso. La de 3 de febrero de 1859, fue visible desde Nueva York hasta
Siberia y a ambos lados de la tierra, tanto en el otro como en nuestro
hemisferio -¡en el Cabo de Buena Esperanza, en Australia, en el Salvador, en
Filadelfia, en Edimburgo! Entonces se comprobó por primera vez de visu, la
teoría de que las auroras boreales y australes se producen al propio tiempo en
ambos hemisferios, bajo la influencia de la misma corriente. Los extremos del globo
están en relación íntima entre sí, por medio del fluido que circula
incesantemente en los aires y en el suelo. En ciertos momentos solemnes, la
intensidad del magnetismo aumenta, y parece reanimar la vida del planeta.»
Yo no las he visto, pues no se presentaron durante
mi permanencia en la isla, y lo siento, pues deben ofrecer uno de los
espectáculos más sugestivos y curiosos para los que, como los habitantes de las
márgenes del Plata, están privados de esos esplendores de la Naturaleza...
A propósito de un fenómeno curioso, recuerdo otro
que vieron Américo Vespucio en 1501 y Sarmiento en 1580: un arco Iris blanco en
el trópico de Capricornio, de noche, en contraposición a la luna que iba a
ponerse. Este fenómeno se ha colocado entre los anthelios, pero el que me fue
dado observar a mí no ha sido descripto aún, si no me equivoco.
Trátase de dos arco iris completos, unidos por una
de sus bases, afectando la forma de una echada. Sorprendente espectáculo que me
llamó fuertemente la atención y que dio ancho campo a las conjeturas. Lo vi
sólo una vez, y no me fue posible cerciorarme de su causa, que no me explico
sino suponiendo que el arco iris real -si así puede llamarse-, se reflejaba en
una segunda cortina de vapores que formaba ángulo con aquella en que se
descomponía la luz. Los colores de ambos arcos no estaban invertidos, como suele
suceder en los concéntricos dobles o múltiples.
Puede tratarse también de la bifurcación de los
rayos solares por la interposición de algún pico, roca o piedra; pero entonces
los arcos estarían seguramente separados...
Los versados en meteorología lo decidirán.
Con estos elementos, las tormentas de la isla son
imponentes y magníficas, aunque no las acompañen el rayo y el trueno con golpes
de bombo, redobles de timbal y fragor de platillos. El mar azota las costas con
violencia tal, que sus espumas llegan al camino del acantilado de Punta
Laserre, a cuarenta metros del nivel ordinario de las aguas. Sopla el viento
furioso. El cielo se obscurece. Las delgadas saetas de la lluvia caen como
recién salidas del arco tendido. Ruedan los cantos. Los árboles agitan sus ramas
como en desesperada defensa. Y sobre todo esto la voz del mar domina, ronca y
formidable, y las olas acuden en loca carrera desde el confín del horizonte.
Ou sont-ils les marins
sombrés dans les nuits noires?
O flots, que vous savez de lugubres histories!
Flots profonds, redoutés des mères a genoux!
Vous vous les racontez en montant les marées,
Et c'est ce qui vous fait ces voix désespérées
Que vous avez le soir quand vous venez vers nows!
Otro espectáculo siempre admirable es el que ofrece
una nevada, una de esas blancas nevadas que todo lo visten con traje de novia,
y cuelgan de los árboles guirnaldas de azahares. Los copos comienzan a
revolotear como leve plumazón arrebatada al nido por la brisa; luego se hacen
más y más espesos, hasta ocultar el borroso panorama, y caen sin ruido,
depositándose en los techos, en el suelo pedregoso, en las rocas negras, más
lúgubres aún con el sudario que deja ver a intervalos sus miembros sombríos. De
noche, la luna despejada suele brillar sobre la superficie niveladora de la
nieve, y todo toma entonces colores pálidos del clorosis, y la robusta
vegetación, las piedras colosales, parecen anémicas que aguardan una lenta
muerte por desfallecimiento... La alegría de la nieve es mortal tristeza para
los que nacimos donde el sol de invierno calienta y reconforta bajo el cielo
azul.
El clima tiene sobre el paisaje mayor influencia
que la de favorecer la vegetación y pasear por los agrestes panoramas sus
legiones de nubes.
Él ha contribuido, en efecto, a quebrar y tallar la
roca, entregándose a una verdadera orgía de arquitectura. El agua, al
congelarse, hace estallar las piedras pequeñas, y separa, disgrega las mayores
con esfuerzo irresistible. El suelo se encuentra, pues, sembrado de fragmentos,
junto a los cuales se yerguen inmensos bloques aislados, de las más variadas
formas. Darwin ha estudiado este fenómeno bajo otro aspecto:
«He observado con frecuencia en Tierra del Fuego y
en los Andes -dice-, que allí donde la roca se cubre de nieve durante gran
parte del año, está resquebrajada de un modo extraordinario en gran número de
pequeños fragmentos angulares. Scoresby ha observado el mismo hecho en
Spitzberg. Paréceme difícil explicarlo; en efecto, la parte de la montaña
protegida por un manto de nieve debe estar menos expuesta que cualquier otra a
grandes y frecuentes cambios de temperatura. He pensado a veces que la tierra y
los fragmentos de piedra que se encuentran en la superficie, desaparecen quizá
menos rápidamente bajo la acción de nieve que se funde poco a poco y se
infiltra en el suelo, que bajo la acción de la lluvia, y que, por consiguiente,
la apariencia de una desintegración más rápida de las rocas bajo la nieve es
absolutamente engañosa. Cualquiera que pueda ser la causa de esto, encuéntrase
gran cantidad de piedra triturada en la Cordillera. A veces, en primavera,
enormes masas de detritus resbalan a lo largo de las montañas, y cubriendo de
nieve las que se hallan en los valles, formando así verdaderos ventisqueros
naturales. Hemos pasado sobre uno de esos ventisqueros, situado mucho más bajo
que el nivel de las nieves perpetuas.»
Este trabajo contribuye sin duda, no sólo a
aumentar lo pintoresco de aquellas regiones, sino también -cosa más útil- a
rellenar las infinitas cortaduras que dibujan las costas como un encaje,
haciéndolas de enorme extensión, relativamente a la escasa superficie de la
isla.
Labor de los siglos que tienden siempre a nivelarlo
todo.
Pero por más inconvenientes que tenga el clima de
la isla, tanto es el poder de la uniformidad de su temperatura, que -andando
sin cesar en la humedad- en todo el mes de mi permanencia allí no tuve un solo
resfrío; en cambio, apenas llegué a Buenos Aires, la influenza tuvo a bien
hacerme una visita larga y enojosa, que me hizo echar de menos las nieblas y
las lluvias de San Juan del Salvamento.
-¿Y? -se preguntará- aunque así sea. ¿para qué
diablos puede servir ese peñón, tan azotado por los elementos que las bondades
discutibles de su temperatura no disminuyen sus desventajas?
Sirve, primero, para presidio, a lo que está
dedicado, pero sin la amplitud de programa que podría tener; para estación de
pesquería, que tendría mucha importancia si el privilegio exclusivo de la pesca
no estuviera en manos de la sucesión Piedrabuena; para depósito de carbón, en
mejores condiciones que Lapataia; para la producción de leña, carbón vegetal,
postes y madera de construcción, que sus bosques ofrecen con abundancia; para
establecer aserraderos y carpinterías de ribera, que podrían poner en actividad
los mismos presidiarios; para un comercio bastante desarrollado, en fin, con
los barcos que ahora pasan al largo, por la falta de buenos faros, y porque la
isla apenas puede procurarles agua, y de ningún modo refrescar sus víveres.
No hay duda, pues, de que la isla tendrá su
importancia en el futuro, dada la situación en que se encuentra; en la
actualidad -fuerza es decirlo- esa importancia es muy relativa.
- XXXVIII -
Puerto Cook
La lluvia y el viento nos hicieron retardar varios
días una proyectada expedición a Puerto Cook; muchas veces, a punto de
embarcarnos, el tiempo que prometía ser bonancible varió de pronto, agitando el
mar y haciendo inútiles nuestros preparativos: salir en bote en esas
condiciones y sin urgencia, era una indisculpable locura. Por fin, cierta
mañana, aprovechando una calma, partimos de San Juan.
No se espere hallar aquí el relato de múltiples y
peligrosas peripecias: no las hubo. Apenas las incomodidades que nunca faltan
en una excursión cualquiera, y nada más.
Formábamos la comitiva: el alférez Lezica, nuestro
jefe en la emergencia; el doctor Pinchetti, contentísimo ante la perspectiva de
varios días de caza; el contramaestre Morgan, como práctico de aquellos mares y
aquellas costas; yo, en mi calidad de periodista viajero que quiere y debe
verlo todo; cinco de los mejores marineros de la Subprefectura, hechos al
reino, incapaces de fatiga; otro para servir de relevo en caso necesario, y un
par de perros fueguinos. Dos marineros más habían salido a pie el día anterior,
y debían hallarse ya en Cook.
El subprefecto enviaba a sus comisionados para que
le informaran acerca de las condiciones de aquel paraje, que según se afirmaba
eran muy superiores a las escasísimas que reúne San Juan del Salvamento en
cuanto a habitabilidad. Se me permitió agregarme a ellos, como repórter sin
función oficial.
Llevábamos pocos víveres, sólo los estrictamente
necesarios: un capón sin las «achuras», algo de arroz, café, azúcar, una bolsa
de galleta, un poco de vino, una botella de caña... Nuestro cargamento se
completaba con los fusiles para cazar, mantas y quillangos para abrigarnos, mi
máquina fotográfica...
-En la casilla de Eyroa hay de todo: platos, tazas,
camas, conservas, cuanto se necesita...
Confiados en eso, no quisimos aumentar la
impedimenta, que así y todo empachó bastante el bote.
La mar larga dificultó mucho nuestra marcha apenas
salimos de la bahía, tanto más, cuanto que la calma hacía inútil la vela que,
hasta con brisas suaves, presta alas al bote «negro», embarcación que en San
Juan es como el «petizo de los mandaos» en las estancias, y anda eternamente de
aquí para allá. Pero navegar a remo no era inconveniente de mayor cuantía, pues
el trayecto hasta Cook es de pocas millas por mar, y de menos aún por tierra:
unas dos horas de retraso, cuando mucho, con la marea a favor, como llevábamos.
Nos hicimos bastante al norte para evitarlos
remolinos del cabo Fourneaux, donde -como ya he dicho- las aguas se agitan y
hierven hasta cuando el océano parece un inmenso lago. Desde lejos veíamos la
cresta de las olas que iban a estrellarse contra las rocas negras de su base, y
la espiral del tide-rip giraba aún a pocos cables de nosotros.
Luego, variando el rumbo, tomamos hacia el oeste,
poniendo la proa en dirección a las islas de Año Nuevo, que sobresalían de la
ondulada superficie del mar, como grandes olas inmóviles, verdes también, pero
más claras.
En el segundo tercio del viaje comenzó a levantarse
un poco de viento, pero soplaba arrachado, y no era posible izar la vela sin
correr el riesgo de que el bote se nos pusiera de sombrero, a pesar de su
estabilidad, grande en relación a sus dimensiones. Continuamos, pues, a remo, y
los valientes marineros se encorvaban y enderezaban con movimientos rítmicos
sobre ellos, sin prisa, ganando terreno a cada impulso, mientras Morgan
gobernaba evitando el golpe de las olas que en series de a dos, de a tres levantaban
y hundían sucesivamente la embarcación, ya ensanchando hasta lo inmenso nuestro
campo visual, ya reduciéndolo a unos cuantos metros de radio, según nos
alzábamos sobre la onda sin rompiente o bajábamos a la concavidad profunda y
verde que dejaban detrás.
-¡No pierdan bogada, muchachos!
-¡Cuidado a babor! ¡No ahoguen el remo!
Mecidos por la ondulación -no muy suave, sin
embargo- los pasajeros de popa, Lezica, Pinchetti y yo, conversábamos
tranquilamente, interrogando a menudo al contramaestre Morgan, que se mantenía
en cuclillas junto a la caña del timón, postura incómoda que no sé por qué
adoptan casi todos los timoneles; sin duda para manejar la caña desde arriba y
con más fuerza. Llevábamos el fusil al alcance de la mano, prontos a hacer
fuego apenas se nos presentara un tiro conveniente.
Pinchetti sobre todo, entusiasta devoto de San
Huberto. -Pero no gastamos pólvora; aunque con la mayor sangre fría fueran a
desafiarnos gaviotas, palomas y otros avechuchos, que tuvieron a honor ponerse
bien a nuestro alcance, los fusiles no funcionaron.
-¡Oh! ¡Si tuviera cartuchos para mi escopeta!
-exclamaba el doctor Pinchetti.
¡Pues, sin duda alguna! Con munición patera
hubiéramos dejado el tendal de pajarracos; pero las balas eran impotentes para
detenerlos en los caprichosos círculos que trazaban sobre nuestra cabeza, o al
darse pediluvios en las olas altas, o al volar en línea recta cual si fueran a
posarse en el cañón de los fusiles. El bote, tomado de proa por la marejada y
felizmente empujado por la marea, nos columpiaba sin descanso, y todavía no se
han hecho ejercicios de tiro en columpio.
-¡Fuego, doctor, fuego!
Un magnífico albatros pasaba a diez metros, frente
a Pinchetti, pero al mismo tiempo descendíamos con rapidez tal que nos pareció
que el mar faltaba bajo la quilla. Con ademán instintivo el doctor apuntó, pero
inmediatamente bajó el arma, sonriendo de su propia precipitación. En cuanto
mí, no pude dominarme, e hice fuego sobre un carancho que fue a observarnos con
demasiada curiosidad. Pero el ave no se dio por aludida, y continuó
examinándonos como si tal cosa...
-Guardemos las balas hasta desembarcar.
-Es lo más prudente.
Y descorazonados, desarmamos los fusiles
poniéndolos a nuestras espaldas, sobre el banco, y lo sustituirnos con la pipa
bien cargada de tabaco negro. Agotada la provisión de tabaco fumable que
lleváramos de Buenos Aires, el de cuerda, húmedo de pichúa, comenzaba a
parecernos excelente, sobre todo cuando lo picaba en hebras delgadas como
cabellos un marinero portugués del faro, toda una notabilidad en la materia.
Pero en cualquier centro medianamente civilizado, el tabaco en cuestión sólo se
utilizaría para ahuyentar importunos y matar mosquitos.
Gracias a los buenos puños y a la mejor voluntad de
los remeros, pronto estuvimos a la altura del escollo que se encuentra al este
de la entrada de Puerto Cook -donde ha tropezado algún buque de nuestra
escuadra-, cuya rompiente se veía desde lejos como una mancha blanquecina e
incierta en medio de los médanos verde-obscuros del mar.
Lo doblamos sin inconveniente, mirándolo aparecer y
desaparecer al capricho de la marejada, y poco después poníamos proa al puerto,
izando la vela para aprovechar un soplo favorable.
-Esto es como un paseo en el Tigre, doctor.
-Algo más agitado quizá.
Dejamos a nuestra izquierda el islote de base
redonda que en la entrada semeja una torre puesta allí para custodiar el
puerto, y comenzamos a navegar en aguas cada vez más tranquilas, muy
transparentes, aclaradas por el sol y en cuya superficie hormigueaban las aves.
Entre las yerbas y las piedras de la costa, aquí y allí resaltaba el puntito
blanco de las avutardas.
El puerto es abrigadísimo, muy amplio y de lo más
pintoresco que pueda verse en toda la isla. Bove lo reputaba el más seguro de
todos. Las irregulares alturas que lo rodean no favorecen tanto como las de San
Juan la formación de las rachas, dejan pasar más luz, no estrechan los
horizontes hasta la opresión, y sus playitas de arena o de cantos rodados, sus
costas riscosas, sus barrancos a pico, sus colinas y sus montañas cubiertas de
árboles, sus saltos de agua, son eficaces elementos de su panorama. No hay duda,
no: más plácido, más risueño que San Juan, presenta aspectos variados, menos
violentos, menos diabólicos que aquel pozo abierto como una enorme herida de
bordes ásperos y desagradables de cicatriz reciente.
Íbamos avanzando lentamente por sus aguas. La vela,
apenas de tiempo en tiempo hinchada por una ráfaga, pendía luego lánguida,
mustia, gualdrapeando como por fórmula, pronta áquedarse inmóvil, petrificada a
lo largo del mástil. Hubo, pues, que volver al remo para ganar el fondo de
Cook. A lo lejos pasaban haciendo espuma los patos a vapor, y algunas focas
emergían del agua para sumergirse enseguida, como negras ondinas de aquel lago.
Media hora después desembarcábamos en una playa de
cantos rodados, enjabonada por el cachiyuyo en descomposición, sembrada de
agua-vivas que dejó en seco la bajante y que, entre las piedras, parecían
pedazos de cristal; algunos tenían en el interior flores curiosamente
coloreadas.
En la línea de la playa comenzaba el matorral de
altas yerbas, gramíneas, tussac, apio silvestre, dominado un poco más arriba
por arbustos -calafates, magnolias, que las hayas dominaban a su vez. No se
veía senda alguna, y la vegetación parecía cerrarnos el paso.
Al desembarcar tuvimos que meternos en el agua
hasta media pierna, aunque los marineros hubieran varado el bote, arrastrándolo
muchos metros.
La playa es baja, y desciende con suave declive.
Uno de los marineros se ofreció a llevarnos sobre los hombros, a babucha, pero
por mi parte renuncié: un desembarco por el estilo en Santa Cruz, había costado
un baño a mi portador y en poco estuvo que también yo me zabullera en la onda
amarga.
Morgan se quedó con dos hombres para hacer un
arganeo dejar el bote bien seguro; los demás excursionistas tomamos nuestros
trabajos personales, mantas y fusiles, y parte de las provisiones comunes, y
echamos a andar cuesta arriba, entre la yerba, que nos empapó los pies en un
instante.
-¿Y la famosa casilla de Eyroa? -pregunté al
alférez Lezica. -¿Dónde está?
-Allá, a la derecha, sobre Vancouver. Desde aquí no
se alcanza a ver.
-¿Está muy lejos?
-No. A unos cuantos centenares de metros. No sé a
punto fijo...
Todos anduvimos a la par durante un rato: pero el
doctor Pinchetti y yo, embarazados con nuestra carga, complicada para mí con la
máquina fotográfica que me golpeaba empecinadamente las espaldas, como
avisándome de que sus últimos negativos no iban a servir -nos rezagamos muy
pronto, echando pestes contra el turbal en que se hundían los pies, y contra la
presión atmosférica que hacía trabajar sin descanso los pulmones.
-No me parece que concluyéramos pronto si se nos
encargara a ambos una exploración de toda la isla...
-¡Oh! seguramente...
-Sin contar con el perpetuo baño... ¡Mire usted, ya
comienza a llover!...
A derecha e izquierda levantábanse dos macizos de
montanas, separados por el llano, de quinientos a ochocientos metros de ancho
-que desde ambas orillas, Vancouver y Cook, va elevándose poco a poco, para
formar en el centro una especie de espinazo más alto que el resto del istmo. A
primera vista parece que aquella estrecha faja de tierra se ha formado con el
acarreo del mar y los derrumbamientos de las montañas que lentamente han cegado
un canal antiguo; contribuye a fundar esta opinión, el hecho de que la playa
norte del istmo sea de cantos rodados, mientras la sur, sobre Vancouver, es de
arena fina, y también el que no se vean rocas desde la una a la otra orilla.
Encontramos algunas vigas empotradas paralelamente
en la turba, como carriles, y que sin duda han servido para transportar
embarcaciones de un puerto a otro.
-¡Corpo! Esto fatiga bastante.
-¡Y tanto!
-Sin embargo, no hemos caminado ni cien metros...
-Sigamos un poco, doctor. Por aquí hemos de
encontrar algún punto que nos muestre al mismo tiempo las aguas de Cook y de
Vancouver.
-Es muy posible.
-¡Oh, es seguro! Entonces... ¡a descansar! y en
celebración del acontecimiento echaremos un taco.
-¿Cómo dice usted?
-Digo que, como me han hecho, depositario de la
botella de licor, me parece justo que cobremos la comisión por adelantado.
La charla festiva ocultaba mal nuestro cansancio,
pero cubiertos de sudor, y jadeantes, seguimos andando bajo la lluviecita
pertinaz y maligna. No me había engañado: cerca de allí, en lo más alto del
lomo del istmo, nos fue dado ver las aguas especulares de ambos puertos, que un
caprichoso rayo del sol, alto aún, doró un instante con fugitivo resplandor.
Nos sentamos a descansar sobre la yerba, que manaba agua. Un beso a la botella;
un cigarrillo; luego un poco de contemplación silenciosa.
Habríamos andado unos trescientos metros para
llegar hasta allí.
Desde nuestros asientos veíamos allá abajo, a la
derecha, una casilla de hierro galvanizado, delante de la cual, y de una
hoguera recién encendida con leña húmeda, se levantaban espirales de humo
denso, que subía lentamente a mezclarse con las nubes. Algunos de nuestros
marineros iban y venían haciendo los preparativos de la instalación bajo las
órdenes del alférez Lezica. Había que reunirse a ellos, so pena de pasar por
poco activos, si no por algo peor.
Nos levantamos, dando un suspiro, y comenzamos a
bajar; hicimos las de Blondin y pasamos las de Caín, atravesando sobre un
tronco ensebado el arroyo de aguas amarillas que corre junto a la casa; pero
después de eso tuvo término feliz nuestra odisea.
-¡Hola!, ¡ya están aquí! -exclamó al vernos el
alférez, no sin cierta ironía. -Creí que se quedaran ayudando a Morgan...
-¡Mire que es malo, alférez!
Entramos en la casa, que se compone de dos
departamentos, a saber:
una pieza cuadrada y una cocinita adyacente. Está
construida con chapas de hierro galvanizado, y forrada por dentro de madera,
menos el techo; una puerta da luz al interior, otra más pequeña se abre sobre
la cocina.
Su mueblaje se limita a unas cuantas camas
portátiles, casi completamente desvencijadas, un banco largo de madera, varios
tablones, en el techo los remos de dos embarcaciones, y junta a las paredes, y
esparcidas por el piso, negras bolsas de sal, húmedas como si hubieran estado a
la intemperie. En la pared del fondo, frente a la puerta, un tablero contenía,
en castellano, francés, e inglés, la siguiente hospitalaria inscripción:
AVISO
SE RUEGA A LOS SEÑORES NÁUFRAGOS
U OTROS QUE USEN ESTA CASA, LA
CUIDEN Y GASTEN SÓLO LOS VÍVERES
NECESARIOS PARA SU SUSTENTO.
Buenos Aires, 1.º enero de 1896.
Antes la inscripción estaba perfectamente
justificada por la existencia de víveres, y hablaba muy alto en pro de los
sentimientos humanitarios de los dueños de la casilla, que así la ponían, con
sus enseres y bastimentos, a disposición de náufragos y visitantes; pero en
aquellos días no había provisiones que malgastar, y el letrero era simple
recuerdo de tiempos mejores.
-En la casilla de Eyroa hay de todo: platos, tazas,
camas, conservas, cuanto se necesita...
Salvo las camas, en muy mal estado, la sal, y una
provisión de balas de winchester, pocos comestibles a decir verdad, nada de
aquello había, ni tazas, ni platos, ni mucho menos conservas. Los loberos y
otros merodeadores que han pasado por allí dejando las huellas de Atila, han
quitado a los propietarios las ganas de renovar provisiones y vajillas, como lo
demuestra otra inscripción grabada en el zinc con un clavo o un cuchillo y que
comienza diciendo: «¡Ojo! Esta casa fue saqueada y robada»... No copio la acusación
íntegra, pues bien pudo el que la hizo equivocarse al señalar a los presuntos
tutores del saqueo.
-¿Lo extraña a usted, doctor? Pues lo
extraordinario es no se hayan llevado también la casa, o se hayan calentado con
ella, como han hecho los loberos con los que dejó la Romanche...
Sin embargo, cosas así han de respetarse, porque
son respetables, y cada individuo que visita la casilla y se apropia lo que
contiene, debería ponerse en lugar de los náufragos que pueden un día llegar a
ella buscando socorro, y encontrar frustrada su última esperanza...
Cerca de allí, fuera del alcance de las olas de
Vancouver, estaban, con la quilla al aire, los dos botes de la pesquería.
Porque debo advertir que de una pesquería se trata, y que la cantidad de sal de
que antes he hablado no está allí inútilmente: es para la conservación de los
cueros de foca que se cosechan al sur de la isla, y que sólo pueden beneficiar
legalmente los herederos del comandante Piedrabuena, representados por el
comandante Eyroa.
Vancouver no merece el nombre de puerto sino muy a
la entrada, pues el resto está sembrado de restingas y escollos que pondrían en
grave peligro a cualquier embarcación mediana que se aventurara entre ellos. En
el fondo, junto a la casilla, forma un arco regular, bastante cerrado, que
traza una playa de arena fina, amarillenta; una roca situada a corta distancia
de la costa, y cuya base se ve sobre la arena del fondo, tan cristalinas son
las aguas, sirve de pedestal a algún carancho que, en actitud académica,
descansa o digiere. La vegetación crece al abrigo del viento, a ambos lados, y
avanza sobre el mar, como para mirarse en él.
Rocas desnudas y caprichosas se levantan un poco
más lejos, y un promontorio, con aire de castillo, domina a la derecha la
entrada de una caleta, determinando al propio tiempo el final del arco.
Enfrente, una línea recta de restingas se corona de espuma. Allá, más lejos, al
sur, una raya obscura separa el cielo del océano ya sin límites hasta las
tierras polares.
Entre Cook y Vancouver el istmo mide mucho menos de
lo que generalmente se cree y de lo que indican todos los mapas de la isla. Una
cuidadosa mensura hecha al día siguiente en nuestra presencia por el
contramaestre Morgan, dio por resultado exacto 555 metros entre el nivel de las
altas mareas.
La estrecha faja está, del uno al otro extremo,
cubierta por una capa de turba, cuyo espesor varía entre 1,45 y 2,85 metros.
Sobre ella crece abundante yerba, que daría alimento a buen número de animales.
En la falda de los cerros que limitan el istmo al
este y al oeste, los fagus alzan su copa desmelenada, o abren calle a los
chorrillos que bajan saltando, para correr luego hacia el mar. Esos árboles son
en general más desarrollados que los que crecen en las cercanías de San Juan
del Salvamento, sobre todo los que forman los bosquecillos del sudoeste. Y a
propósito del fagus, observé en el centro del istmo un particularidad bastante
curiosa: allí los vientos corren a su antojo y sin obstáculo, de sur a norte y
de norte a sur, adquiriendo gran velocidad y, por consiguiente, fuerza; algunas
semillas de fagus han germinado, sin embargo, y las plantas han comenzado a
desarrollarse, plegándose al viento para no morir; luego fueron creciendo poco
a poco, cuidándose de no estorbar, adaptándose al medio en que nacieron; y hoy
por fin se presentan perfectamente horizontales, al ras del suelo, extendiendo
sus ramas y su follaje verde, como una alfombra, convertidos en una nueva
planta rastrera, de grueso tronco y leñosas guías...
Mientras hacíamos este ligero examen de la
localidad, los preparativos de instalación quedaron terminados: se había
barrido con escobas de yerbas, sacudido las destripadas camas sin más colchón
que el elástico, y ensanchado un poco el espacio libre apilando las bolsas de
sal esparcidas por el suelo. No hacía falta más, o mejor dicho, nuestra escasa
exigencia accidental se contentaba con aquello.
-¿Hay buenos hoteles en la Isla de los Estados?
-preguntome una persona hace pocos días.
-¡Ah! Si viera usted el de Cook, donde en el mismo
balde se hacía el puchero y el café...
La hoguera cuyo humo habíamos visto desde la
lomita, no estaba tampoco desocupada. Un costillar y una paleta de capón,
ensartados en un asador de haya, se doraban lentamente junto a ella, dejando
caer gotas doradas de jugo, que chirriaban sobre la brasa. Un marinero, con la
gravedad de un mago, bendecía el asado con un hisopo empapado en salmuera.
Los demás, en círculo alrededor, envueltos en nubes
acres, seguían atentos la ceremonia. La carne se estiraba, se esponjaba, y la
película color caramelo que iba cubriéndola, resquebrajábase a veces, con
ligero estallido, como para dejar ver el interior, blanco y apetitoso, y dar
salida al suculento caldo. La envoltura del riñón parecía de oro, y reflejaba
el claro llamear de la hoguera... ¿Qué es vulgar un asado al asador? ¡Oh! En
Cook es un espectáculo incomparable, lleno de interés y de emoción; y, mucho
más cerca, en la campaña, no hay paisano que no siga con profunda atención sus
diversas escenas, desde que se ensarta el trozo de carne hasta que se clava el
asador en medio de la cocina, poniéndolo a disposición de los cuchillos.
Pero no asistimos a todo el desarrollo de la
operación, porque la lluvia comenzó a apretar, y nos pareció conveniente
refugiarnos en la casa, obscura ya como si hiciera noche.
-¿Con qué comeremos? -preguntó el doctor Pinchetti,
no avezado todavía a las modas de donde no puede haberlas.
-Pues, con el cuchillo y los dedos...
-Pero ¿en qué se pondrá el asado, si no hay platos?
-Lo tendremos en la mano...
No era necesario tal extremo: el banco largo,
previamente raspado con los cuchillos, quedó listo para servir de mesa, fuente
y plato al propio tiempo, y sobre él comimos la sabrosa carne, que no tardó en
llegar, cubierta de dorada y crujiente cáscara. El café se hizo en el balde de
achicar el bote, y fue servido en un plato hondo de lata cubierto de herrumbre,
dos jarros que habían llevado marineros previsores, y las dos mitades de un
envase de queso de bola.
Como no había sido posible colarlo, lo sorbimos por
medio, de unas pajitas, utensilio de la invención de Morgan. Tomado el café,
los cacharros pasaban a la segunda serie de comensales. Una vela de estearina
alumbraba la escena con reflejos a la Rembrandt, y violentas sombras móviles
por las ráfagas, que se paseaban sobre el revestimiento de madera de las
paredes y parecían vivir con vida fantástica entre las negras pilas de bolsas,
o pegadas al techo en que redoblaba el viento y resbalando por él. Tratamos de
encender fuego en una estufa de hierro, pero tuvimos que renunciar, pese al
intenso frío, porque el humo, rechazado por el viento, volvía a la habitación y
amenazaba asfixiarnos. Sacados los manteles..., o con más realismo, terminada
la comida, nos arreglamos lo mejor posible para pasar la noche, tinos en las
camas, otros sobre los tablones, aislados así de la humedad del suelo y de las
bolsas de sal; Morgan, que tuvo el acierto de llevar su coy, durmió colgado de
los tirantes encima de nuestras cabezas. ¡Qué noche, y cómo bendije al inventor
del quillango, que -mejor que el recado del gaucho- sirve de abrigo y de
colchón cuando se duerme, como sirve de capa y water proof cuando se viaja!
Picante estuvo el frío; sin embargo, y quizá por lo
mismo, no madrugamos mucho, pero pronto se recuperó el tiempo perdido; hirvió
el agua en el balde, el café llenó la habitación con sus vapores perfumados,
salieron a relucir el plato, los jarros, las tapas pintadas de rojo del queso,
y las pajitas auxiliares... Nos desayunamos alegremente, después de haber hecho
nuestras abluciones a la orilla del mar, y luego cada cual se fue a donde mejor
le plugo, unos a cazar, otros a buscar mariscos, otros a holgazanear un rato
por los alrededores.
Recorrí lentamente las playas de Vancouver,
deteniéndome de vez en cuando para admirar el silencio y la calina de aquella
mañana excepcional, la soledad absoluta, el reposo mudo y como reconcentrado de
la naturaleza.
Nunca he tenido mejor la sensación del desierto, ni
aun en medio de la pampa, donde sin embargo se abarcan inmensas extensiones
solitarias, en que ninguna aspereza del terreno puede ocultar a la vista un
rancho, una persona, un potro alzado. Detrás de aquellas rocas, entre aquellos
árboles, bajo aquellas malezas, podía haber hombres, quizá mis propios
compañeros, que andaban cerca, a un paso, al alcance de mi voz; y sin embargo,
parecíame estar solo, aislado del mundo, en un lugar extraño que no perteneciera
a nada, que no tuviera relación con riada. Probablemente las rígidas e
imponentes líneas de algunas partes del paisaje sugestionaban mi imaginación
con ideas de desamparo y desconsuelo...
PUERTO COOK
Volví hacia el norte, después de haber recogido
algunos ejemplares de esponjas que la marea había arrojado a la orilla y que
todavía huelen a yodo, como también musgos, líquenes y huesos de foca,
especialmente uno muy curioso, que sólo tienen los machos, y que los loberos
suelen usar como boquilla.
Las esponjas que recogí no son bastante fuertes ni compactas,
están llenas de piedrecitas y caracolitos, y no parecen completamente formadas;
cierto es también que el mar no arranca sino las que están insuficientemente
adheridas al fondo.
Las aves debían haberse pasado aviso de nuestra
llegada; el día antes, en efecto, abundaban hasta lo increíble, pero ya pudimos
notar un movimiento emigratorio muy acentuado, y a medida que avanzábamos,
veíamos que -las avutardas especialmente- volaban hacia el norte, como para
salir de Cook. El hecho es que en toda la mañana no sonó un tiro, aunque
fuéramos cinco o seis los cazadores. Pero cuando, de vuelta en la casa, y
sentado en una piedra, miraba a los marineros que preparaban el frugal
almuerzo, la carrera de los perros, que salieron desalados, me llamó la
atención. Pronto los oí, ya lejos, ladrar furiosamente, en son de ataque.
Los marineros se pusieron en pie de un salto.
-¿Qué es eso?
-¡Una nutria!, ¡una nutria!
Y tomando una pala y una carabina que cerca de
ellos había, salieron a todo lo que les daban las piernas, en dirección a los
perros, sin ocuparse del asado que podía arder y hacerse yesca sí tal era su
gusto.
Estuve por quedarme a cuidarlo, vista la escasez de
la carne, pero la curiosidad pudo más que la prudencia, y echó a correr tras
ellos. Al propio tiempo, y como a un centro de atracción, corrían hacia el
mismo punto y de varias direcciones los demás compañeros. -Sonó un tiro, el
primero de aquella mañana. Cuando llegué, la nutria se había refugiado en un
hoyo que encontró a punto para escapar de los perros, que seguían ladrando
desaforadamente. El tiro lo había disparado el de la carabina, pero mal dirigido
por no dañar la piel de la nutria ni herir a los canes, que debían haber dado y
recibido dentelladas a juzgar por las señales. El de la pala descubrió en un
instante al animalejo, que trató de escapar otra vez, pero que, sujeto por los
perros, fue muerto a golpes en la cabeza. Palpitante todavía, comenzaron a
desollarlo... Yo veía las contracciones de los músculos que se crispaban al
contacto del cuchillo, y profundamente sublevado por el cruel espectáculo, me
volví a la casa. Hace dos veces bien: además de no ver aquello, llegué a tiempo
de evitar una carbonización inminente de todo nuestro almuerzo, ya en parte
chamuscado y que tuve que raspar para devolverle su prístino aspecto. Nada
cómoda aquella cocina al aire libre: el humo acre e irritante de la leña
mojada, el piso como un charco, la lluvia inevitable (un día conté en San Juan
diez y seis chubascos de lluvia, granizo y nieve) me hicieron desear bien
pronto que fueran a relevarme. Llegaron por fin, y, listo el asado «partibus
factis», se almorzó con tanto apetito que el buen humor era silencioso.
Luego, mientras se hacía el café, cambiamos
impresiones. El doctor Pinchetti encontraba que Cooker era muy superior a San
Juan del Salvamento, desde el punto de vista sanitario. En efecto, aunque muy
húmedo, el istmo lo es menos que el asiento actual de la Subprefectura, y tiene
más sol, más luz, elementos, también necesarios a la vida.
-Hay que observar también -dijo otro- que desde que
puede vigilarse mejor ambas costas o frentes de la isla, si ustedes quieren;
porque el istmo tiene, como si dijéramos, salida a dos calles.
-Los animales -agregó un tercero- se mueren en San
Juan por falta de espacio y... de qué comer. Aquí hay mucho y muy buen pasto, y
el istmo forma un amplio corral natural que puede acabar de cerrarse con unos
pocos metros de alambrado.
-No falta agua.
-Sobra leña.
-Los árboles son más corpulentos, mejores para
hacer vigas y tablas, y hasta embarcaciones.
-Hay pesca más abundante, mucho calamar, por la
tranquilidad de las aguas, y pululan las aves silvestres.
-Eso no -observó el doctor Pinchetti-. Apenas se
estableciera gente aquí, las aves se retirarían. Ya lo estamos viendo... Hoy no
se ha cazado nada.
-Bien, pero las rachas son menos frecuentes y
violentas, porque el viento no choca contra tantas paredes.
-El puerto es también mucho más abrigado y seguro.
Los transportes no tendrían que irse a dos o tres millas de la Subprefectura,
como lo hacen en San Juan, dificultando enormemente la descarga...
Y mil otras observaciones, surgidas sobre el
terreno, y por las cuales quedaba demostrado plenamente que el sitio más
adecuado para instalar la Subprefectura y el presidio, era sin duda alguna
Puerto Cook.
Se ha proyectado su mudanza, que debe hacerse, en
efecto, como debe erigirse un faro de primera clase en la isla del este de Año
Nuevo.
-¿No sería bueno pensar en el regreso?- pregunté.
-Sí -apoyó Morgan-; la carne que queda es poca, y
no tenemos otras provisiones. Comiéndola asada, se consume mucha.
-Saldremos esta tarde -resolvió el alférez Lezica-.
¿No les parece?
Quedó determinada, pues, nuestra partida.
Un rato después cazamos otra nutria; nadaba en las
aguas de Vancouver, cerca del islote, cuando la descubrimos: pronto alcanzó la
playa y emprendió la fuga perseguida por los perros; un tiro certero lo
agujereó el cráneo y cayó muerta a poca distancia de nosotros. La piel fue a
unirse con la de su compañera. Más feliz que por la mañana, el doctor encontró
algunas avutardas, con las que volvió lleno de justa satisfacción.
-Tenemos mal viento -observó Morgan-. Si sigue
soplando así, cuando llegue la hora de la marea favorable, el camino estará
sembrado de tide-rips, y sería temeridad ponernos en viaje.
La marca comenzaba dos horas después. Me entretuve
sacando algunas vistas fotográficas, que una mano tan indiscreta como mal
inspirada había de inutilizarme después, abriendo la caja en que guardé las
placas impresionadas... El aparato y las placas eran excelentes, como que
procedían de la casa Lepage. El viento no cambió, y hubo que resolverse a comer
en Cook.
-Quizá podamos salir esta noche -auguró el
contramaestre, pero con aire dubitativo.
Hubo que renunciar al asado, por si se prolongaba
la estadía, y se hizo puchero en el balde con el espinazo del capón y unos
puñados de arroz por todo aderezo. La carne cocida tiene la enorme ventaja del
caldo. El café se resintió bastante por algún resto de grasa.
Otra noche toledana, más fría que la anterior,
afortunadamente, se pudo encender la estufa, y no tardamos en dormirnos, aunque
ante nosotros se presentara la triste perspectiva de que bien podríamos tener
que quedarnos varios días allí, emprender el regreso por tierra, cosa tan
ardua, que uno de los marineros que acababa de hacer el trayecto, estaba
derrengado, y había llegado a Cook a duras penas.
Pero a la mañana siguiente salimos, después del
desayuno, y llevando cocido el resto de la carne, por lo que pudiera ocurrir.
El viento había cambiado, soplaba fresco del sur, y
todo anunciaba una excelente navegación. La vela se hinchó, redondeándose y
haciendo inclinar el bote sobre un costado, lo llevó como una flecha. Hervía el
agua en la proa, y tras de nosotros dejábamos una brillante estela. La marcha
era vertiginosa, y en un momento salimos de Cook. Media hora había bastado para
recorrer cerca de cuatro millas con la pequeña embarcación.
Avanzamos algo hacia el norte y luego pusimos proa
al este en demanda de San Juan. Pero el agradable viaje comenzó a cambiar de
aspecto; en lugar del viento continuo que hasta entonces nos habla favorecido,
soplaban repentinas rachas que obligaron a tomar rizos; luego fue preciso
arriar la vela y apelar al remo.
-¡Corpo! - exclamaba el doctor Pinchetti.
Las rachas cada vez más frecuentes hacían danzar el
bote, pero ayudado por la marea continuaba avanzando. Se resolvió variar de
rumbo para ponernos al reparo de la alta costa, pues el viento y el mar nos
tomaban de costado, haciéndonos embarcar un poco de agua. Así mejoró la
situación y nos acercarnos al cabo Fourneaux, imponente en aquel momento.
VANCOUVER
Entonces fue cuando volví a oír los mugidos que me
habían llamado la atención a mi llegada en el Villarino, pero mucho más
fuertes; pasábamos frente a la roquería, y en la piedra plana descansaba un
centenar de focas de un pelo. Una que otra erguía el torso dominando a sus
compañeras, y mirando fijamente el bote.
-¡Lástima que el mar esté tan malo! -exclamó.
-¿Por qué? -preguntó Lezica.
-Porque nos hubiéramos acercado para fotografiar la
roquería...
-Lo han hecho los del Bélgica, que obtuvieron una
placa magnífica, según dicen.
-No me consuela mucho el dato.
Descargamos un tiro sobre la roquería.
Un indescriptible alboroto se produjo entre las
focas, que se irguieron, miraron un instante a todos lados buscando sus
enemigos, y luego comenzaron a precipitarse al mar. Pero viendo sin duda que el
ataque no se repetía, la fuga cesó, a tiempo que una roca iba a ocultarnos.
Poco después doblamos sin dificultad el cabo
Fourneaux, enorme peñón negro, escueto, que parece un torreón destacado del
castillo feudal de la isla; el faro de punta Laserre se presentó entonces
frente a nosotros.
-Ya estamos en casa, doctor.
-¡Oh!, ¡me alegro mucho!
Pero hicimos mal en cantar victoria tan pronto.
El viento sur, que primero nos empujó de popa y
luego nos tomó por estribor, soplaba allí de proa, oponiendo un obstáculo
invencible a nuestra marcha. Íbamos ya empapados por las salpicaduras de las
olas, que no habían cesado de azotarnos en el trayecto, pero allí entraban en
el bote las olas mismas, barriéndolo de proa a popa felizmente no con tanta
fuerza que nos pusiera en peligro. Pronto estuvimos hechos sopa, inundados por
el mar, calados por la lluvia. Y el viento del sur era frío, frío, y penetraba
hasta la médula de los huesos, y nos transía, entumeciéndonos.
El doctor Pinchetti se había envuelto hasta la
cabeza en un poncho de caballería, y no podía ver, porque el agua le empapaba
los anteojos.
Lezica y yo mirábamos, cegados a cada momento por
las salpicaduras.
El faro había anunciado nuestra llegada a la
Subprefectura izando una señal.
-¡Cía a babor! ¡Boga a estribor! ¡Avante todos!
Pero el bote no avanzaba un metro, y yo confirmaba
viendo la misma piedra del cabo durante minutos, largos como horas. No sé
cuánto tiempo estuvimos así, sin adelantar ni retroceder, aunque los marineros
hicieran esfuerzos que cubrían sus frentes de sudor.
Ya nadie hablaba; sólo Morgan, dando órdenes con
voz breve. Estábamos materialmente transidos, envarados de frío.
Pero todo tiene fin, hasta los malos ratos, y
venciendo la resistencia del viento y la marea, el bote avanzó, lentamente,
como a despecho suyo, llegó a la altura del faro, pasó el canal, y se presentó
a la vista de la Subprefectura, cuando ya se arriaba a otra embarcación para
salir en su auxilio.
Nos costó trabajo trepar la escalera del muelle y
la que conduce a las casas, donde se nos recibió con júbilo, porque nuestra
tardanza comenzaba a inquietar. Un buen fuego nos aguardaba en las habitaciones
respectivas, y con unas fricciones, ropa seca y un vaso de vino caliente,
desapareció todo malestar... Menos el de un formidable apetito, que casi
llegaba a ser hambre mayor de edad.
Un rato después estábamos reunidos alrededor de una
mesa bastante bien provista para la circunstancia, y Demartini nos interrogaba
interesado en las peripecias de la excursión.
-Ahora falta que me lleven al Pingüin Rockery -dije
al terminar.
-¡Oh, con mucho gusto! -contestó el subprefecto.
Pero otra cosa estaba escrita.
- XXXIX -
De regreso
Cuando menos lo esperábamos, apareció en San Juan
el transporte lo de mayo. Creíamos que tardaría algunas semanas más, y su
arribo causó a todos agradable sorpresa. Había acortado el viaje, tomando
directamente de Gallegos a la Isla de los Estados para llevar víveres a la
Subprefectura y el presidio; e hizo bien, pues los comestibles comenzaban a
escasear y ya se había apelado a la carne salada para completar las raciones.
Ancló en el fondo de la bala, donde acudimos todos a saludar a los recién
venidos; yo regresé enseguida para arreglar mi equipaje, y aquella misma tarde
me embarqué.
Demás está decir cuán efusivamente agradecí a
Demartini y a los empleados de la Subprefectura y el faro las múltiples
atenciones de que me hicieron objeto. El primero, sobre todo, había hecho lo
posible para que mi estadía a la isla fuese agradable y útil, sin descuidar por
eso sus quehaceres, que solían absorberlo de la mañana a la noche. Ambos
objetos fueron cumplidamente llenados, pues conservaré gratísimos recuerdos de
aquella extraña villeggiatura, y la reorganización del presidio era ya
plausible hecho cuando emprendí viaje de vuelta.
No los dejé, sin pesar, tristemente convencido de
lo poco que podría hacer por ellos, como también de que el destino condena a la
Isla de los Estados a pasar abandonada muy largos años todavía... El olvido
parece hecho para aquella tierra, en que trabajan, sin despertar el eco de un
aplauso, hombres muy meritorios.
A la mañana siguiente partimos.
Por última vez vi las costas fantásticas de aquel
peñón sombrío, cuyos perfiles tengo siempre presentes a mi vista, y me acerqué
de nuevo a los maravillosos canales del Beagle. Pero no me detendré -aunque lo
desearía- ante aquellas magnificencias. Urge dar término a este trabajo, ya
demasiado largo.
La primer recalada de este viaje interminable -duró
cuarenta y cinco días- fue en Bahía Aguirre, ya en Tierra del Fuego. En el
trayecto había conocido a la oficialidad del transporte y a los pocos pasajeros
que iban a bordo: el comandante Antonio Mathé, que ha hecho muchos viajes al
sur, el segundo Wells, marino siempre risueño fuera de las horas de servicio;
el teniente Padilla, que aunque mediterráneo -es cordobés- está en el agua como
en su elemento; el doctor Rojo, médico accidental del 1.º de mayo, amabilísimo
compañero, gimnasta, cazador, pescador, remero, excursionista, y tan dispuesto
a prestar auxilio a los pacientes, que una noche se levantó a deshora para
prescribir un medicamento a doctor Pastor y Montes, a quien lo desvelaba una
muela...
Entre los pasajeros iban el ya nombrado doctor
Pastor y Montes, juez letrado del Chubut, que recorría su jurisdicción -Santa
Cruz y Tierra del Fuego-, inspeccionando los juzgados de paz, y su secretario,
señor Sarmiento, a quien había conocido en Madryn, como uno de los afortunados
catequizadores del doctor Brodrick. Pedile noticias acerca del interesante
médico inglés, y supe que se había conquistado una gran clientela y la atendía
sin descansar ni de día ni de noche.
Entre otras operaciones quirúrgicas practicadas con
éxito, acababa de hacer la trepanación de un cráneo, auxiliado por su esposa,
que demostró la más envidiable sangre fría.
Después de Bahía Aguirre nos detuvimos en Haberton,
donde tuve oportunidad de conocer a mister Bridges, de quien he hablado ya
tantas veces, y en el pequeño aserradero del señor Ravié, para cargar alguna
madera.
En Usuhaia nos recibieron con mucho agasajo el
secretario de la Gobernación, señor Mariano Muñoz, y el jefe de Policía, señor
Ramón L.
Cortés.
Este último acababa de hacer una excursión al norte
del territorio, y los indios lo hablan herido de un flechazo, de que aún se
resentía. A mi pedido me relató los hechos de la siguiente manera:
«A mi llegada a Río Grande, de vuelta de la Misión
Salesiana, a principios de febrero, tuve noticia de que una partida de indios
estaba cometiendo robos y haciendo destrozos en la Primera Argentina, estancia
de don José Menéndez. Por los datos que se me dieron, supuse que estos indios
eran los mismos que incendiaron la comisaría de Río Grande y un puesto del
señor Menéndez.
Hice entonces los preparativos necesarios para
perseguirlos sin pérdida de momento, y salí por la noche, pues sólo en la
obscuridad es posible acercarse a los indios.
Me acompañaban el comisario Atanasio Navarro, el
mayordomo de la Segunda Argentina, don Alejandro Mac Lennan, que se había
brindado para ello, el sargento Imperiale, dos gendarmes y dos indios onas.
Estos me habían dado aviso de la invasión y se
comprometieron a servirnos de guía indicándonos los parajes por donde entraban
los indios a sacar la hacienda, los puntos por donde probablemente saldrían, y
sus mismos campamentos.
Llegamos al primer punto de observación a las cinco
de la madrugada del 6 de febrero, y nos detuvimos a descansar.
Poco después, Mac Lennan, que observaba el campo
con su anteojo, divisó hacia el nordeste un arreo de ovejas, dirigido por ocho
o diez indios. Inmediatamente di orden para que adelantáramos en su misma
dirección, ocultándonos tras una cerradilla que teníamos en frente. De ese modo
evitaríamos que entrasen con la hacienda en un bosque cercano, donde sin duda
alguna iban a la operación se hizo con felicidad; nos adelantamos a los indios
sin ser sentidos y aguardamos la aproximación del arreo.
Cuando estuvo a unos 200 metros de nosotros, di
orden de avanzar, y cuando aparecimos fue tanta la sorpresa de los indios, que
ni siquiera trataron de defenderse: echaron a correr, abandonando algunos de
ellos hasta los quillangos, y se precipitaron a todo escape hacia un bosquecito
que se hallaba a cosa de dos mil metros.
Los perseguimos sin hacer un solo disparo, pero
sólo pudimos alcanzar a dos de ellos, a causa del terreno, que no permitía
galopar a los caballos.
Como el grupo de árboles era muy pequeño, lo hice
rodear completamente y mandé a uno de los indios prisioneros a intimar a sus
compañeros que se rindieran, y asegurarles que su vida no correría peligro.
El que hacía de cacique contestó que no he
entregaban y que lo que querían era pelear y matar cristianos.
Por segunda y tercera vez hice repetir la orden,
pero obteniendo siempre la misma respuesta.
Entonces mandé que se hicieran algunos disparos al
aire como señal de ataque. Los indios contestaron a esta salva disparándonos
flechas con que hirieron al caballo del sargento. Sólo al ver esto, mandé que
se hiciera fuego sobre los árboles, pues los indios no presentaban blanco
alguno.
Hice repetir, sin embargo, la intimación, y esa vez
salió a entregarse con su arco el indio más joven, un muchacho de catorce o
quince años, quien declaró que los demás no querían hacerlo; en efecto, apenas
nos acercábamos, llovían flechas sobre nosotros.
Otra descarga que hicimos hirió gravemente al
cacique Shule, que murió poco después; atemorizados por esto y por mi amenaza
de pasarlos a todos a cuchillo, los indios consintieron en entregarse.
Aquella primera jornada dio por resultado la muerte
de Shule, la captura de seis indios de pelea con sus arcos y flechas y el
rescate de 236 ovejas.
Volvimos al campamento para asegurar a los
prisioneros, dar alimento y descanso a los hombres y animales, y preparar una
nueva batida, atacando a los indios en su toldería general, de cuya situación
tuvimos noticias por los presos.
La tribu, a la que estaba agregado el indio Felipe
y los que le acompañaron a incendiar la comisaría y el puesto de Menéndez, y en
diversos robos de hacienda, estaba instalada como a unos 30 kilómetros hacia el
sur, en la falda del cerro Hersch, que teníamos a la vista.
Dispuse, pues, que saliéramos aquella misma noche
en busca del paradero, guiados por uno de los indios prisioneros, y así lo
hicimos. El indio se nos escapó cuando ya estábamos cerca; pero, sin embargo, a
eso de las siete de la mañana sorprendimos la toldería en momentos en que los
indios se preparaban a carnear uno de los bueyes robados a Menéndez. A tiempo
llegamos, pues ya estaban levantados todos los toldos, y hechos los
preparativos para mudar campamento; los indios que escaparon de la sorpresa del
día anterior, habían dado indudablemente la voz de alarma.
En este segundo ataque no tuvimos necesidad de
disparar un solo tiro, pues los indios huyeron al bosque, donde era imposible
toda persecución.
Tomamos cuatro mujeres y dos criaturas, solamente.
Como habíamos, dejado los caballos a diez cuadras
de allí y estábamos extenuados, resolví que se quemaran los objetos que se
encontraron en el campamento: arcos, flechas, pedazos de alambre, sin duda del
alambrado de Menéndez, que utilizan para cazar tucu-tucus -y emprendimos
enseguida la marcha.
Una vez en el punto en que habíamos dejado los
caballos, despaché a los gendarmes con las prisioneras y me quedó con Mac
Lennau y el comisario Navarro, para seguir un poco más atrás. De improviso
fuimos rudamente atacados por una partida de indios de flecha, que ocultándose
en la espesura del bosque habían llegado a diez o quince metros de nosotros,
que desgraciadamente no teníamos preparadas las armas ni sospechábamos el
ataque. Con gritería infernal nos lanzaron una verdadera lluvia de flechas,
hiriéndonos a Mac Lennau y a mí, a Mac Lennau en la espina dorsal y a mí en el
lado izquierdo del cuello.
Probablemente los indios querían rescatar sus
compañeras, que por una casualidad habían partido con los gendarmes y estaban
ya fuera de su alcance.
Los atacantes huyeron en cuanto pudimos tomar las
armas, heridos y todo, y nosotros nos pusimos penosamente en marcha para
regresar a las poblaciones y ponernos en cura.»
Las indias e indios presos, puestos a disposición
del juez letrado, fueron embarcados con nosotros y el 1.º de mayo los condujo
hasta el Chubut, donde se quedaron llorando y suplicándonos que los lleváramos.
En el transporte hicieron campamento sobre
cubierta, junto al puente, en el sitio más abrigado, pues hasta él subía el
calor de las máquinas y la cocina. Tendieron unas lonas que sujetaron con
cuerdas, y pronto su carpa improvisada presentó el extraño aspecto de un wigwam
fueguino a bordo de un barco de vapor. Allí vivieron largos días
entreteniéndose en conversar entre sí, en fumar, en labrar puntas de vidrio
para flechas, que luego regalaban a los oficiales y pasajeros. El comandante
Mathé hizo desde el primer momento que se diesen un buen baño y que los
cortaran las greñas, les dio algunas ropas, y de veras que no estaban mal y no
eran antipáticos aquellos pobres indios que ya sin duda no volverán jamás a ver
su Tierra del Fuego...
Saliendo de Usuhaia fuimos a cargar madera en
Lapataia, donde fue a reunírsenos con la lanchita a vapor de la Gobernación, el
señor Mariano Muñoz que debía trasladarse a Punta Arenas.
Los canales volvieron a presentársenos en
espectáculos, extraordinarios de hermosura. Pero el trayecto por ellos fue
interminable, pues había que fondear a cada paso. Las nieblas parecían haberse
conjurado para no dejarnos avanzar, y todo lo obscurecían, todo lo borraban,
sorbiendo el paisaje, ocultando hasta las mismas perillas de los palos.
Pero llegamos a Punta Arenas y pasamos a Gallegos,
sin más incidente que la insoportable demora.
En Gallegos embarcáronse bastante pasajeros, entre
los cuales contábanse el señor Antonio G. Gil, miembro de una de las
subcomisiones de límites, el señor Hauthal, que tan buenos e importantes
servicios ha prestado en las recientes exploraciones de la Patagonia, y don
Pedro Derbes, nuestro antiguo conocido del Chubut, que regresaba de un corto
viaje. En Santa Cruz nos aguardaban dos compañeros del viaje, de ida, el señor
Terrero y el coronel Rosario Suárez, que habían dejado al doctor Moreno después
de su feliz navegación del río Santa Cruz.
En Golfo Nuevo tocamos primero en Pirámides, cuyas
costas a pico, amarillentas y abruptas son muy pintorescas. Cargamos sal de las
salinas que existen en aquel sitio, y pasamos enseguida a Madryn, donde el 1.º
de mayo se llenó de gente.
Ya desde Gallegos había aumentado nuestro número
con algunos estancieros, casi todos hijos del norte de Europa, hombres fuertes
y decididos, de francas y toscas maneras, que ya están reclamando en
Bred-Harte. Pero en Madryn -donde don Pedro Derbes nos obsequió con un
excelente asado al asador- los galenses invadieron materialmente el transporte,
haciéndome recordar con terror los apretones del viaje de ida.
Salimos, pero para recalar en Crakres hasta el día
siguiente, porque el mar estaba muy bravo.
Cuando, ya fuera de Golfo Nuevo, nos hacíamos la
ilusión de haber llegado a Buenos Aires, aunque faltara trecho todavía, el
mareo nos libró otra vez del exceso de pasajeros, dejándonos en relativa
holgura.
Una noche, de la superficie del océano surgió una
luz que brillaba y se apagaba intermitente. Hacía horas que la esperaba sobre
cubierta, y sin embargo al verla quedé como sorprendido: era el faro del Cabo
San Antonio, cuyos centelleos parecíanme amistosos llamados...
La navegación continuó sin incidente alguno, y por
fin tomamos rumbo directo a Buenos Aires.
- XL -
Las últimas páginas
...Buenos Aires se presentó a nuestra vista aquella
mañana, envuelta en vapores luminosos, dorada por el sol, resplandeciente como
una ciudad de pasión y de encanto. A lo lejos, las cortinas de árboles del
suburbio se esfumaban con los últimos jirones de la niebla, y el inmenso
panorama, de líneas violentas y colores vibrantes en primer término, iba
amortiguándose progresivamente, hasta la indecisión final del horizonte.
Sobre el gran río rodaban oleadas de luz
enceguecedora, tornasolando las aguas turbias, de color neutro, con el reflejo
de las nubes, y yendo a quebrarse en millares de chispas contra las fachadas
churriguerescas y los techos sombríos, dominados aquí y allí por las torres,
las cúpulas barnizadas y brillantes, las altas chimeneas empenachadas de humo.
Todos estábamos sobre cubierta cuando el 1.º de
mayo, surcando lentamente el río, entraba a media fuerza en el canal, señalado
por gruesas boyas que la ola mece sin descanso. Hasta entonces la alegría y la
algazara habían reinado a bordo: de los camarotes salieron muy de mañana hasta
los más fastidiados por el mareo, que recobraban ánimo y estómago al saberse
tan cerca del término del viaje; las conversaciones se hacían en voz alta,
entrecortadas por risas, exclamaciones, llamamientos, rebosando el júbilo de
proa a popa, y de la máquina al puente. Pero, desde que entramos en el canal
¡qué largos fueron aquellos minutos!, ¡cómo parecía que no avanzábamos hasta el
bosque de mástiles del puerto!... Una congoja nos oprimía el pecho; la
animación, las risas habían cesado; hubiérase dicho que estábamos en la
expectativa angustiosa de un peligro desconocido.
El mismo pensamiento, diversamente exteriorizado,
embargaba a todos, nos inmovilizaba limitando nuestra actividad a los ojos
ávidos de ver, a la imaginación que nos conducía a la dársena, luego a las
calles sórdidas del barrio de San Telmo, después al ruidoso y palpitante
corazón de la ciudad...
Aquel extraño silencio aumentaba aún la lentitud de
los minutos, y la emoción enervante que lo producía era más fatigosa que el
cansancio mismo del viaje. Pero, por fortuna, ya su veían distintamente los
buques en la dársena, los depósitos de ladrillo rojo, las casuchas de madera
pintadas de colores rabiosos, los remolcadores negros y chatos que iban y
venían, nadando como inmensas tortugas...
Un rumor indeciso llegaba hasta nosotros, como la
respiración de la ciudad, y el 1.º de mayo seguía avanzando sin prisa, alta la
proa, al viento la bandera, entre las embarcaciones menores, cada vez más
numerosas, que encontraba a su paso, y cuyos tripulantes nos miraban alzando la
cabeza. Por fin tocamos las aguas del antepuerto, el rumor aumentó con mil
ruidos distinguibles ya, la vida intensa de Buenos Aires nos envolvía, nos
reconquistaba, saturándonos de actividad febril con las ráfagas de su ambiente,
y todo lo pasado quedaba atrás, muy atrás, desvanecido en los horizontes del
sur.
Atracar al malecón de la dársena, amarrar el
transporte, recibir la visita de las autoridades del puerto, fue cuestión de
horas. En balde tratábamos de engañar nuestra impaciencia recorriendo los
diarios de la mañana.
-La guerra hispano-americana continúa. Ha habido un
combate en...
-Sí, sí; ya podríamos estar en tierra...,
-La elección del general Roca es un hecho...
-¡Y decir que todavía tendremos que esperar la
revisación de los equipajes!
¡Qué fiebre, qué violento deseo de echar a correr
por las maderas del muelle, qué congoja la que anudaba nuestra garganta! ¡Oh!
Un viaje de tres meses no es un largo viaje; pero cuando se han pasado en el
aislamiento, en la separación absoluta de todo lo querido, de todo lo usual,
los meses, las semanas se convierten en años, y el tiempo, eternizándose,
fatiga y envejece, sin embargo, con mayor rapidez.
Por fin desembarcamos, y minutos después -ya
revisadas las valijas- corríamos en carruaje hacia el centro de la ciudad, casi
sin despedirnos de nadie, con la premura de quien va a reanudar la vida.
Tumultuosamente acudían a la memoria todos los recuerdos anteriores al viaje,
mientras éste desaparecía, se desplomaba con todos sus detalles, como para no
dejar solución de continuidad entre el ayer y el hoy, entre el 12 de febrero y
el 10 de mayo -curioso fenómeno que, ante una pregunta imprevista, hace necesario,
para responder, un esfuerzo semejante al de un brusco despertar:
-¿Usuhaia tiene muchos habitantes?
-¡Eh!... ¿cómo dice usted?... ¡Ah, no!... Muy
pocos...
Estos viajes son como la rápida lectura de un libro
variado e interesante: cuando se llega al fin sólo queda una impresión
nebulosa, muy tenue y muy frágil, compuesta, sin embargo, de todas las
impresiones íntegras que se han experimentando, empalidecidas, casi efímeras,
pero prontas a reaparecer, ante una decidida evocación, con toda su intensidad
y todo su relieve. He intentado esta evocación, y al escribir estas páginas he
revivido mi viaje, sin lograr, no obstante, fijar todas sus sensaciones en el papel.
Si hubiera alcanzado a la verdad descriptiva y sugestiva con que soñaba al
tomar la pluma...
Pero tengo confianza en otro resultado, menos
artístico, pero más útil: que el Gobierno y los hombres de empresa fijen su
atención en las regiones que recorrí, el uno para incorporarlas definitivamente
a la existencia nacional, los otros para llevar a ellas sus iniciativas y sus
esfuerzos, acelerando su progreso para cosechar sus primeros frutos. Si eso se
logra, por indirectamente que sea, este modesto trabajo irá a dormir en el
olvido, pero no sin servir antes un momento.
Cierto que con él o sin él, Patagonia cumplirá, más
bien temprano que tarde, los destinos a que está llamada.
La creencia general de que era un territorio
estéril e ingrato, va, por fortuna y con justicia, desvaneciéndose poco a poco.
No se conocen en vano los magníficos cereales del Chubut, los bosques seculares
de la falda oriental de los Andes, las verdes y ricas praderas de sus valles;
las lanas y la carne de Santa Cruz; las ovejas gigantescas de Tierra del Fuego;
las minas de carbón y de lignito; las arenas auríferas; el depósito inagotable
de los fagus; las aguas termales; el océano hormigueante de peces, de anfibios,
de cetáceos, de moluscos; la montaña en cuyos riscos se asilan millares de
guanacos; los anchos y profundos ríos de onda cristalina, prontos a mecer
cientos de embarcaciones; los lagos inmensos como mares mediterráneos; el clima
vívido, fortificador, a la espera de una raza de hombres vigorosos y
emprendedores; la extensión, la extensión inconmensurable y solitaria, que se
ofrece y se abre para que la fecunden...
Y ¿cómo, entonces, no acude allí todo un pueblo de
trabajadores, iluminadas las frentes, robustecidos los brazos por la esperanza
cierta?
¿Cómo no se ve, por caminos aún no trazados,
desarrollarse las caravanas de cowboys, en dirección a ese far west, a ese far
south argentino que las aguarda para entregarles sus riquezas?...
El Gobierno, guardián celoso, deteniendo el futuro,
les cierra el paso momentáneamente con las reservas, o para siempre con las
concesiones de que se ha apoderado la especulación.
Hace más de veinte años que se sueña en aumentar de
un modo apreciable la población del país, fomentando la inmigración por los
medios ya naturales, ya artificiales que más eficaces parecían. Pero la
población se mantiene en un estancamiento doloroso, y los cálculos menos
optimistas resultan todavía exagerados en la realidad. Sólo Buenos Aires, la
enorme cabeza de la República, ha seguido creciendo sin descanso.
La inmigración viene, pero se marcha: es una
verdadera corriente, que, si fecunda, arrastra también lo que encuentra a su
paso. Y para que la inmigración contribuya realmente al bienestar general, es
menester que se quede; si no, tanto valdría que no viniera a complicar la
estadística y a pesar sobre el erario con toda una rama de empleados públicos.
Pero si a medida que llega se retira, con el ir y
venir continuo de la marea, fuerza es que haya causa para ello; la Argentina
está bastante lejos de Europa como para que los braceros no acudan a ofrecerse
por una cosecha, y regresar luego con sus salarios a la aldea. ¿Cuál es esa
causa?
¿No será la de que los recién llegados no
encuentran en ella todo lo que esperaban, o siquiera una parte suficiente para
retenerlos?
Por poco que se medite, se ve que no hay otra
razón. La gran mayoría de los que regresan no han fatto l'America, sino, por el
contrario, se van lamentando de la desastrosa aventura que los vuelve
derrotados a su vieja tierra. Sin embargo, no se los había ofrecido más de lo
que podía dárseles: campo en que hacer su hogar y desarrollar su acción,
seguridad de vidas y haciendas, justicia rápida, equitativa, insospechable,
barata, comunicaciones fáciles para la salida de sus productos. Y toda eso que
puede, que debe dárseles, porque nos beneficiarla a nosotros mismos en primer
término, se traduce precisamente en todo lo contrario...
La tierra -mucha parte de ella, por lo menos- está
en poder de compañías especuladoras y avaras, que mientras aprovechan el
trabajo del colono no le permiten conquistar el pedazo de terreno prometido y
que sería su independencia, porque permitiéndolo perderían el siervo
pseudo-libre que las enriquece. La seguridad de nuestras campañas ha sido y es
un mito, pues las autoridades encargadas de velar por ella, se nombran con
miras inconfesables de dominio político y con el mismo fin se les dejan
facultades tiránicas de que todavía abusan. La justicia es en general tarda,
tortuosa, cara, terrible para quien acude a ella, por más que tenga razón. Las
comunicaciones sólo son fáciles en las partes privilegiadas del país que las
posee naturales: los caminos de hierro están intransitables..., por los
fletes...
Para vivir la vida amarga de la estrechez cercana a
la miseria, preferible es la patria al extranjero, y nadie emigra sino a la
conquista de algún vellocino más o menos de oro. Pensar en que el país ha de
poblarse porque sí, gracias a la virtud de un discurso, un artículo o un libro,
es reírse de la lógica o desconocerla por completo. Hay que dar al inmigrante
algo más que palabras, y ese algo, eficaz, lo tenemos a nuestra disposición,
pero hay que usarlo con cuidado y con régimen: tierra fértil de que hará su
segunda patria si se le protege sin incomodarlo, con el mínimum posible de
gobierno.
Patagonia ofrece inmenso campo, no ya para un
ensayo (estamos ensayando desde 1810, y ya es hora de asentar el juicio), sino
para la implantación regular y normal de un sistema de población gradual,
definitivo, bien meditado, que puede formularse en un congreso de hombres de
reconocida competencia y experiencia. Cada uno aportaría sus conocimientos y
sus ideas, y de ese conjunto de opiniones y de observaciones prácticas,
saldría, si no una obra maestra, algo que se le aproximara más que los
proyectos de un ministro lírico, o las leves de cámaras esencialmente
electorales.
Dominaría sin duda en el sistema adoptado, la
prudente repartición de la tierra, para no dar al colono menos de lo necesario
a su bienestar; el cálculo aproximado de los productos para no provocar
abarrotamiento y crisis; la norma de progresión máxima para no producir un
adelanto violento que trajese un retroceso como consecuencia... Para mayor
eficacia, se organizarían colonias militares y penales, núcleos de villas
futuras, dando al ejército -ahora que va a quedar desocupado- la misión,
expresa esta vez, que cumplió inconscientemente y, por ley natural cuando la
guerra de indios en las avanzadas de la frontera...
Ya me parece oír a uno de los pobladores del sur,
llamados a consejo, expresándose así:
-«El problema, al parecer difícil, está resuelto
con sólo plantearlo.
Patagonia tiene cuanto necesita una región que ha
de poblarse: tierra fértil, agua abundante, clima benigno; con más otras cosas
que llamaré superfluas: bosques, minas, caza; y un tesoro: ¡ríos navegables!...
Pero, si no se ha poblado todavía, es porque está lejos,
porque es mal conocida, porque aparentemente no presenta ventajas sobre otras
tierras de este mismo país.
Las comisiones de límites que la han cruzado en
todas direcciones, aparte de otros exploradores y viajeros muy dignos de ser
recordados, han despejado la incógnita describiendo casi palmo a palmo aquellos
ricos territorios antes tan calumniados y despreciados. Desaparece así una de
las causas de su atraso: la falta de conocimiento exacto de sus cualidades.
Las otras dos causas puede hacerlas desaparecer el
Gobierno sin esfuerzo alguno.
Patagonia no estará lejos de Buenos Aires cuando la
una a ella una línea de transportes de verdad, que la sirvan continuamente y
lleven toda su carga, y estará muy cerca de Europa cuando se declaren libres
sus puertos...
Una voz. -Eso no se hará.
¿Por qué? Eso sería justamente dar a Patagonia la
ventaja que le falta para que la población afluya primero a sus costas, que es
lo peor que tiene, luego hacia el interior, que va enriqueciéndose hasta la
falda de los Andes, donde el territorio es una maravilla.
Con esa concesión no se perjudicaría en nada a las
provincias que tienen vida propia. Y, señores, las que no la tienen ¿no pesan
injustamente sobre los mismos territorios? Parte de la renta de éstos ¿no va
acaso a contribuir al sostenimiento de los estados que no tienen con qué
costearse su gobierno? Y esas rentas que indudablemente no proceden de la
aduana, porque en el sur costaría impedir el contrabando más dinero del que
producirían los derechos, se verían engrosadas, decuplicadas con la declaración
de puertos libres, que llevaría capitales, multiplicaría la producción,
valorizaría la tierra engrosando la contribución directa, y sembraría para
recoger mil por uno.
Cuando se trató en la convención reformadora esta
cuestión de tan vital importancia para Patagonia, y por consiguiente para el
país, los representantes de las provincias agricultoras, especialmente ellos,
se opusieron a tan progresista concesión. Precisamente entonces sus provincias
pasaban por una situación difícil: año tras año las cosechas se habían perdido,
y los colonos desalentados, buscaban nuevos horizontes.
«Si declaramos los puertos libres -se dijeron-
todos estos labradores arruinados, se irán a Patagonia: no cedamos, pues...»
Y bien, señores ¡los colonos no se han ido a
Patagonia, pero se han ido al extranjero!... El país ha perdido lo que sólo
puede calcular mirando la villa que se levanta en la margen norte del Estrecho
de Magallanes, la gallarda Punta Arenas, risueña como un balneario de moda, con
chalets y palacios, grandes establecimientos comerciales, aserraderos,
astilleros, un puerto siempre poblado de transatlánticos, de buques de
cabotaje, de barcos balleneros. En torno se agrupan los establecimientos
ganaderos, las manufacturas, toda una población fija que vivo de lo que la
tierra produce, en aquella estrecha faja de territorio que está lejos de ser lo
mejor de Patagonia... Y aquella ciudad naciente, es hoy motivo de envidia,
cuando sólo debiera ser ejemplo y enseñanza...
¿Por qué la República Argentina no tiene en todo el
sur un pueblo como ése? ¿Qué inclemencias de clima, qué esterilidad de suelo,
qué alejamiento es mayor en su territorio que en aquel rinconcito que goza de
tan dulce privilegio?... No, no existen desventajas, pero el procedimiento
gubernativo ha entorpecido, imposibilitado la expansión, mereciendo críticas
ásperas y agrias que no se formulan con el vigor debido.
Cerremos los ojos a la realidad, y para castigar
nuestro orgullo supongamos -¡oh, por un instante sólo! -que Inglaterra es dueña
de Patagonia... Esta sola suposición evoca ideas de actividad, de riqueza, de
libertad, de administración, de gobierno propio, todo un proceso vertiginoso de
adelanto... ¿No tenemos ahí, frente a Gallegos, las islas Malvinas? ¿esos
escollos cubiertos de turba y sin un árbol, en que vive holgadamente una
población ganadera que va tiene exceso de productos?
¡Ah! se dirá; pero Inglaterra cuenta con elementos
que no poseemos nosotros; es la nación colonizadora por excelencia; sus
capitales son enormes; su fuerza expansiva colosal..., Bien: pero de esos
elementos el primero y principalísimo está a nuestro alcance: es el orden, es
el método, es la lógica... Hay tolerancia aduanera en el sur, y acuden los
pobladores y los comerciantes; Gallegos crece, sus calles se prolongan, sus
casas se multiplican, todos lo señalan como al «competidor de Punta Arenas», y
de pronto se le quita lo mismo que le daba la savia vital.
Gallegos se debilita, vegeta, no muere porque nada
muere en el suelo americano...
Santa Cruz está poblado por viejos pioneers que han
ido allí en días de miseria y de abandono; pues a esos pioneers no se les da la
tierra que han ganado y que se les había prometido.
La Tierra del Fuego atraía habitantes con sus
playas auríferas, con sus bosques de hayas; pues se prohíbe el lavado de oro y
el corte de maderas...
El este de la isla es lo más poblado y lo más rico
de ese territorio argentino; pues se le deja sin comunicaciones con el resto de
la República...
Hay que reaccionar, señores, y con la visión de lo
futuro abrir de par en par a los trabajadores del mundo las puertas de la
Patagonia...
Tal imagino que diría, con las ampliaciones del
caso, uno de esos hombres del sur, prácticos y experimentados, si se le pidiera
su opinión sobre el porvenir de la Australia Argentina.
¡La Australia Argentina! ¿No habré estado en error
al apellidar así a esas tierra, australes, geográfica y topográficamente tan
próximas parientas con el mundo novísimo? ¿Podrá decirse un día, que fue
predicción lo que hoy es presunción tan sólo?
Sí, Patagonia hará su camino, más lenta, más
rápidamente, según la sabia o desacertada dirección que le impriman gobiernos. Pero lo hará. En aquellas inmensas soledades
Le douteur ne voit rien, le penseur trouve un monde
El mundo de mañana, asilo de la libertad y
escenario del progreso.

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