Libro N°. 3166. Sangre Y Hielo. Masello, Roberto.
© Libro N°. 3166. Sangre Y Hielo. Masello, Roberto. Colección
E.O. Octubre 1 de 2016.
Título original: © Sangre Y Hielo. Roberto Masello
Versión Original: © Sangre Y Hielo. Roberto Masello
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
SANGRE Y HIELO
Roberto Masello
Un
thriller sobrecogedor que comienza en la guerra de crimea y culmina en medio de
la belleza letal de la Antártida, donde duerme una verdad: la necesidad nos
convierte en monstruos.
En 1856 un barco se pierde en los confines
del mundo, en las estribaciones de la Antártida: a bordo, una pareja con una
extraña enfermedad que aterroriza a la tripulación.
En nuestros días, Michael Wilde, un
fotógrafo de naturaleza, atormentado por el accidente que hizo que su prometida
quedara en coma irreversible, acepta participar en una misión científica al
Polo Sur.
En el transcurso de una inmersión Michael
descubre a una mujer atrapada en el hielo de un iceberg, tal vez acompañada por
otra persona. Todos están de acuerdo en subir a la superficie el sorprendente
descubrimiento… sin recordar que algunos pasados nunca mueren, y que las
maldiciones eligen momentos insospechadamente oportunos para volver a la vida,
y despiertan con la misma sed de sangre, una sed insaciable desde la batalla de
Balaclava.
A BORDO DEL COVENTRY, CORBETA DE SU
MAJESTAD, EN EL OCÉANO ATLÁNTICO.
LATITUD: 65 GRADOS Y 28 MINUTOS SUR.
LONGITUD: 120 GRADOS Y 13 MINUTOS OESTE.
28 de diciembre de 1856
SINCLAIR SE INCLINÓ SOBRE la litera de
madera donde yacía Eleanor. Ésta seguía castañeteando los dientes a pesar de
que él la había abrigado con su gabán y luego sepultado debajo de todas las
mantas y sábanas que había logrado encontrar. La respiración de la joven
levantaba vaharadas en la humedad del aire gélido. A la vacilante luz de la
lámpara de aceite podía ver el movimiento de los ojos por debajo de los
párpados. El rostro de la mujer era blanco y frío como el hielo que había
rodeado el barco durante las últimas semanas.
El hombre le acarició la frente con su mano
entumecida, y le apartó de los ojos un mechón de la larga melena de color
castaño oscuro. Al tacto, la piel de la muchacha era tan yerma e implacable
como la hoja de una espada, pero aún percibía la parsimoniosa circulación
sanguínea debajo de la epidermis. No sabía demasiado bien cómo, pero iba a
tener que velar por sus necesidades, y pronto, porque ya no había forma de
hacerlo allí. Debía salir del camarote y bajar a la bodega.
-Descansa -le instó con dulzura-. Estaré de
vuelta antes de que hayas podido notar mi ausencia.
Ella suspiró en señal de protesta y apenas
movió los labios.
-Intenta dormir.
Le ajustó la gorra de lana alrededor de la
cabeza, la besó en la mejilla y se levantó todo cuanto permitía el techo bajo
del opresivo camarote. Sostuvo en alto la lámpara -el cristal estaba tiznado y
apenas quedaba aceite de ballena en el fondo- y escuchó delante del umbral
durante unos instantes antes de abrir la puerta hacia el oscuro pasillo
exterior. Fue capaz de percibir los murmullos de los tripulantes en algún lugar
de la bodega. No necesitaba distinguir las palabras para saber qué decían.
Había estado oyendo las maldiciones y percibido la hostilidad de sus miradas
desde que un viento implacable, primero, y las tormentas, después, habían
desviado la nave de su singladura original, cada vez más cerca del Polo Sur.
Los marineros eran gente supersticiosa incluso en los tiempos de bonanza y él
era consciente de que habían llegado a ver a los pasajeros -Eleanor y él mismo-
como el origen de todos los males actuales de la corbeta, pero ¿acaso podían
ellos hacer algo para evitarlo? No le gustaba dejar sola a Eleanor ni siquiera
unos minutos.
El militar había quitado las espuelas de
las botas hacía tiempo, pero resultó imposible evitar el crujido de la madera
mientras avanzaba por el corredor. Sinclair hizo todo lo posible por pisar sólo
cuando era especialmente fuerte el golpeteo de trozos de hielo contra el casco
de la nave o el viento nocturno agitaba las velas con intensidad; pero en
cuanto rebasó la cocina, la luz de su lámpara iluminó a Burton y Farrow,
reunidos junto a una botella de ron. La corbeta cabeceó hacia estribor, lo cual
obligó a Sinclair a estirar un brazo para apoyarse en la pared.
-¿Adónde va? -gruñó Burton. Llevaba un
anillo de oro en una oreja y las motas de humedad congeladas en su barba gris
refulgían como diamantes.
-A la bodega.
-¿Qué busca?
-No es de su incumbencia.
-Podríamos hacer lo que fuera -masculló
Farrow en voz baja mientras el navío se enderezaba con un gemido ensordecedor.
Sinclair se encaminó hacia la escalera que
conducía a la despensa de debajo. Una capa de escarcha cubría los peldaños y el
aceite de la lámpara se agitaba haciendo un ruido de salpicadura cuando ésta
oscilaba de un lado para otro, proyectando fantasiosas sombras parpadeantes
sobre los barriles de tocino en salazón, bacalao seco y bizcocho de mar, casi
todos a punto de abarcarse, y los toneles de ron chileno que había roto la
tripulación. El equipaje del oficial de lanceros se hallaba un poco más lejos, dentro
de un gran arcón asegurado con candados y pesadas cadenas. Parecía intacto a
primera vista.
Pero cuando se inclinó y el débil
resplandor de la lámpara se extendió sobre el baúl pudo apreciar marcas de
arañazos y hendiduras, como si alguien hubiera intentado abrir los candados con
una ganzúa o incluso levantar la tapa haciendo palanca. No le sorprendió. De
hecho, sólo era capaz de imaginar una razón por la cual la dotación del barco
no les había desvalijado: los marineros no sólo le odiaban, también le temían.
Era consciente de lo que veían cuando miraban a un veterano lancero condecorado
de la guerra de Crimea: debían enfrentarse a un consumado experto en el manejo
de la pistola, la lanza y el sable. Aflojó el cuello de la casaca militar y
extrajo del bolsillo de la camisa las llaves del cofre.
Miró hacia atrás para cerciorarse de que
estaba solo y nadie le observaba. Dejó correr la cadena humedecida antes de
abrir el candado y luego alzó la tapa del baúl en cuyo interior, debajo de
ropas de equitación, uniformes y varios libros -había ejemplares de las obras
de Coleridge, Chatterton y George Gordon, lord Byron-, halló lo que había
venido a buscar: dos docenas de botellas cuidadosamente envueltas y
empaquetadas con la etiqueta ‹Madeira. Casa del Sol. San Cristóbal›. Limpió una
con los pantalones de montar y la sujetó bajo el brazo mientras volvía a cerrar
el arcón.
Subir los escalones haciendo juegos
malabares con la botella y la lámpara fue un empeño delicado, y empeoró cuando
el militar vio a Burton acechando en lo alto.
-¿Ha encontrado lo que buscaba, teniente?
-Sinclair no le contestó-. ¿Necesita ayuda? -continuó Burton, extendiendo una
mano enguantada.
-No es necesario.
Pero el marino ya había visto la botella.
-Alcohol, ¿eh? Nos vendría bien una copita
para entrar en calor.
-Ya está usted bastante caliente.
Sinclair se alejó de la escalera y pasó
rozando primero a Burton y luego a Farrow, que se daba palmadas en los miembros
para estimular la circulación, antes de agacharse y entrar en la cocina, donde
sostuvo el envase de vidrio cerca de la estufa, ardientes aún los rescoldos del
carbón, a fin de deshelar el contenido. Después, regresó al camarote, rezando
para no encontrar a Eleanor en peor estado.
Pero resultó que no estaba sola. Una luz
parpadeante se filtraba por debajo de la puerta, y al abrirla descubrió al
médico del barco, el doctor Ludlow, inclinado sobre la enferma. El galeno era
un tipo de lo más repulsivo: encorvado, abotargado y con unos modales que
pasaban bruscamente de la amabilidad a la arrogancia. Sinclair no habría
confiado en aquel sujeto ni para que le cortara el pelo, una de las muchas
tareas de un médico naval, y desconfiaba de él en lo tocante a Eleanor, por
quien había mostrado un interés indecoroso casi desde que subieron a bordo. En
ese momento le sostenía la muñeca lánguida y sacudía la cabeza.
-El pulso está realmente bajo, teniente,
bajo de verdad. Temo por la vida de la pobre muchacha.
-Yo no -afirmó Sinclair, hablando más a la
paciente que al médico.
Liberó la mano de Eleanor de los dedos
sudados del doctor y volvió a taparla con las mantas. Ella ni se agitó.
-Me temo que se han helado hasta mis
sanguijuelas.
Al menos eso era una buena noticia. Lo
último que la enferma necesita era otra sangría, como bien sabía Sinclair.
-Una lástima -repuso el oficial, plenamente
consciente del gran deleite que obtenía el médico al ponerlas en el pecho y las
piernas de la joven-. Si tiene la bondad de dejarnos solos... Puedo
arreglármelas bastante bien por mis propios medios.
Ludlow hizo una leve venia y dijo:
-Vengo de parte del capitán Addison. Desea
hablar con usted en cubierta.
-Acudiré en cuanto sea posible.
-Lo siento, teniente, pero se ha mostrado
muy insistente.
-Cuanto antes se vaya usted, antes podré
hablar con el capitán.
Ludlow se detuvo, como para verificar si le
estaba echando o no, y abandonó el camarote. En cuanto salió el doctor, el
militar apuntaló la puerta con un taburete y desenfundó la daga, oculta bajo la
carcasa, para abrir la botella.
-Espera, espérame -le dijo a Eleanor,
aunque dudaba si ella era capaz de oírle.
Le levantó la cabeza de la improvisada
almohada, una loneta rellena de trapos, y le llevó la botella a los labios.
-Bebe -la instó, pero ella siguió sin
responderle. Ladeó la botella hasta verter el líquido en sus labios, que se
volvieron rosas, recuperando cierta semblanza de vida-. Bebe.
Sinclair percibió su respiración en el
dorso de la mano. Inclinó aún más la botella hasta que un hilillo sonrosado le
corrió por la barbilla y se acumuló en torno a un broche de marfil que llevaba
colgado al cuello. La mujer sacó la punta de la lengua, como si buscara alguna
gota suelta, y Sinclair sonrió.
-Sí, eso es -la animó-. Toma más, más.
Y así lo hizo ella, que abrió los ojos al
cabo de un par de minutos y alzó la mirada hacia el teniente con expresión
confusa, donde se entremezclaban el arrepentimiento extremo con una sed aún
mayor. Él sostuvo la botella con firmeza hasta que ella hubo absorbido todo. La
mirada de Eleanor fue menos borrosa y se normalizó su respiración. Él colocó su
cabeza sobre la almohada cuando tuvo la impresión de que había tomado bastante;
lo vomitaría todo si bebía más.
Colocó el corcho en su sitio y ocultó la
botella debajo del montón de sábanas.
-Debo ver al capitán. No me entretendré
mucho.
-No -imploró ella con un hilo de voz-.
Quédate.
Él le estrechó la mano. ¿Eran imaginaciones
suyas o estaba ya más tibia al tacto?
-Háblame -le pidió.
-Y eso voy a hacer, hablaré sobre... sobre
los cocoteros altos como la catedral de San Pablo... -Ella esbozó un atisbo de
sonrisa-. Y sobre la arena blanca como la tiza de Dover...
La referencia a los blancos acantilados de
Dover era uno de los latiguillos privados de ambos, lo arrastraban como una
cancioncilla popular, y se lo decían en murmullos el uno al otro de continuo en
momentos menos duros que aquel trance.
Él retiró el taburete de la puerta y apagó
la lámpara a fin de conservar el aceite restante antes de salir del camarote.
Un solitario haz de luz penetraba en el pasillo desde la cubierta superior,
pero le bastó para abrirse camino hasta los escalones.
Hacía frío bajo cubierta, pero era mucho
más intenso en el exterior, donde el viento soplaba como un fuelle: succionaba
el aire de los pulmones y los llenaba con una ráfaga de aire gélido. El capitán
Addison permanecía al timón, abrigado por varias capas de ropas, la última de
las cuales era una lona de vela desgarrada. A los ojos del oficial de
caballería sólo era un corsario que le había extorsionado hasta obtener tres
veces el precio del pasaje suyo y de Eleanor. El hombre percibía la
desesperación y no tenía escrúpulo alguno a la hora de explotarla.
-Ah, teniente Copley -anunció-. Confiaba en
que pudiera hacerme compañía.
Algo más se escondía debajo de esa
petición, Sinclair lo supo en cuanto miró a su alrededor: las olas del mar,
encrespado y salpicado por grandes bloques de hielo, y el cielo nocturno que en
esas latitudes tan meridionales irradiaba una inalterable relumbre similar al
destello del estaño; dos marineros montaban guardia, uno en cada extremo de la
cubierta, en previsión de la aparición de algún iceberg infranqueable o con
espolones; otro tripulante, el vigía, permanecía encaramado en lo alto del
mástil, en el nido del cuervo. El avance del barco era moroso e inseguro, y
dependía del capricho de los vientos que azotaban las pocas velas que aún
seguían desplegadas. La nave barloventaba entre el flamear del velamen, cuyos
chasquidos sonaban como descargas de fusilería.
-¿Qué tal va su esposa?
Copley se acercó, deslizando las botas
sobre la resbaladiza superficie de la cubierta.
-El buen doctor -continuó Addison- me ha
dicho que no mejora.
El capitán había atado por debajo de la
mandíbula una cinta deshilachada de color carmesí con la cual sujetaba el
tricornio a la cabeza.
Sinclair sabía que si había algo en lo que
él y Addison estaban de acuerdo era en la falta de credibilidad del médico de
la nave. De hecho, todos los ocupantes del barco entraban en la categoría de
gente poco digna de fiar, pero era la única nave en la que ellos podían
embarcarse de forma inmediata y sin responder a ninguna pregunta.
-Está algo mejor, ahora descansa -contestó.
Addison asintió con gesto caviloso, como si
le preocupara, y se ensimismó en la contemplación del encapotado cielo sin
estrellas.
-Los vientos siguen soplando en nuestra
contra. Acabaremos en el Polo si no cambiamos pronto de rumbo. En la vida había
visto un vendaval semejante.
Copley leyó entre líneas el verdadero
significado de la frase: la tripulación atribuía ese tiempo adverso a la
presencia a bordo de los misteriosos pasajeros. Para empezar, se consideraba
que traía mala suerte la presencia de una mujer en un barco, y el hecho de que
Eleanor tuviera un aspecto tan desmejorado, además de su palidez espectral,
sólo servía para empeorar las cosas. Al principio, Sinclair había intentado
entrar a formar parte de la vida cotidiana de la tripulación con objeto de
convertirse en asiduo, en un pasajero amigable, pero no hubo modo material de
llevar a cabo ese propósito, así de simple, se lo impedían las necesidades de
Eleanor y las condiciones impuestas por su propia enfermedad, aquella oculta
dolencia. Incluso los dos tripulantes de cubierta, Jones y Jeffries si no
andaba equivocado con los nombres, le miraban con malicia no disimulada desde
debajo de sus capuchas de lana y a través de los andrajos de protección de la
cara.
-Cuénteme otra vez qué clase de negocios
tenía usted en Lisboa, teniente.
Ellos habían reservado los pasajes en
Portugal.
-Son asuntos diplomáticos de naturaleza muy
sensible; no puedo desvelarlos ni siquiera ahora -repuso Sinclair.
El viento volvió a soplar con energías
renovadas y agitó los jirones de la vela con que se envolvía el capitán,
azotándole en las piernas mientras sostenía la rueda del timón con ambas manos.
Miró a Sinclair, bañado por la extraña luminosidad de aquel cielo nocturno.
Parecía un daguerrotipo desprovisto de color, reducido a sombras y tonalidades
de gris.
-¿Fue allí donde su esposa cayó enferma?
La plaga había asolado la ciudad hacía
apenas unos años, el teniente lo sabía.
-La afección de mi mujer no es contagiosa,
puedo garantizárselo. Es un desorden interno que atenderemos en cuanto
lleguemos a Christchurch.
Sinclair percibió cómo uno de los
marineros, Jones, lanzaba a Jeffries una mirada de interpretación inequívoca:
‹Si es que alguna vez llegamos a Christchurch›. Ese interrogante también
acechaba al teniente Copley. ¿Habían llegado tan lejos, y con semejante
premura, sólo para morir en los mares helados?
Un repentino golpe de viento arrastró las
siguientes palabras de Addison e hinchó las velas, haciendo chirriar los
mástiles, pero trajo consigo una visión de lo más extraña: un ave gigantesca
planeando en el cielo, un albatros. Sinclair jamás había visto uno, aunque
supuso que debía de ser uno de esos pájaros gracias a los versos del delicioso
poema de Coleridge. El ave de vientre blanco y largo pico rosáceo se mantuvo
suspendido sobre sus cabezas con las alas de puntas negras extendidas y una
envergadura alar de unos tres metros, según el cálculo del teniente. El
albatros mantuvo un porte de imperturbable serenidad a pesar de lo tumultuoso
del firmamento, descendió y voló alrededor de los mástiles, dando bordadas en
las invisibles corrientes de aire sin grandes movimientos, más allá de una leve
agitación de las patas.
-Un gony -observó Jones, usando el término
acuñado por la marinería para referirse al albatros errante o viajero.
Jeffries asintió de forma apreciativa. El
albatros era símbolo de buena suerte y sólo traía desgracias para quienes
intentaban hacerle daño.
Una gran ola levantó la nave: el casco
crujió al contacto con trozos de hielo desgajados de los icebergs y Sinclair
tuvo que agarrarse a un cabo con las dos manos a fin de no caerse. El pájaro
descendió en picado y pasó por delante de la proa de la corbeta para luego
remontar el vuelo hasta un tembloroso penol, donde se encaramó, cerrando las
garras en torno a la resbaladiza madera y plegando las alas. La visión extasió
a Sinclair, que se preguntó cómo podía sobrevivir volando bajo un cielo tan
desolado durante millas y más millas de olas y témpanos de hielo a la deriva.
-¡Señor! ¡Capitán, capitán Addison!
Sinclair volvió la cabeza a tiempo de ver a
Burton subir a cubierta por la escalera. Su barba helada estaba tan rígida como
un tablón. Farrow venía tras él, acunando algo debajo de su pelliza negra de
piel de foca.
Burton entreabrió bien las piernas para
mantener el equilibrio y se dirigió hacia el timón sin lanzar una mirada en
dirección al teniente de caballería.
-Debo informaros de algo muy preocupante,
señor -anunció a voz en grito.
El oficial de caballería se vio obligado a
alargar el cuello para poder ver, pues, tanto Burton como Farrow se habían
colocado de un modo que parecían desear taparle la visibilidad. Observó un
destello... ¿Sería un vaso? Luego escuchó farfullar a los hombres por lo
bajinis unos con otros. Addison alzó una mano, como si deseara imponer la
calma, y luego miró hacia abajo, como si examinara el trofeo que le habían
llevado. Sinclair logró verlo en ese momento, y con desaliento descubrió que se
trataba de una botella de vino etiquetada como Madeira.
El capitán pareció perplejo y luego
indignado, como si él no fuera un hombre a quien pudiera engañársele.
-Véalo usted mismo, capitán -le urgió
Burton, pero Addison parecía todavía receloso. Farrow se llevó un guante a la
boca y lo mordió para tirar de él y sacárselo; después, usó los dedos para
retirar el tapón de corcho y sostuvo la botella bajo la nariz del capitán.
Arrojó la manopla al suelo e insistió-: Huélalo, patrón, o mejor aún,
humedézcase los labios con eso. Addison acercó de mala gana la cabeza al
botellín y retrocedió como si hubiera percibido un hedor insoportable. En ese
momento el doctor Ludlow subió las escaleras e hizo acto de presencia en
cubierta a tiempo de asentir en silencio cuando el capitán, con una expresión
de horror en el semblante, miró a Sinclair.
-¿Es eso cierto? -inquirió mientras
aceptaba la botella oscura de la mano de Farrow.
-Es verdad que sostiene en la mano la
medicina de mi esposa, robada de nuestro camarote, sin duda -contestó Sinclair.
-¿Medicina...? -espetó Burton.
-Eso es una maldita botella de sangre
-soltó Farrow.
-¿No os dije que ellos eran el problema?
-les gritó Burton a Jones y Jeffries, que no comprendían nada, pero parecían
predispuestos a participar activamente en cualquier posible tumulto-.
Pregúnteles a esos dos qué le pasó a Brome durante la guardia... ¿Cómo es
posible que cayera por la borda un marinero tan mañoso que había cruzado dos
veces el cabo de Hornos?
De pronto, todo el mundo se puso a dar
gritos y otra media docena de tripulantes salieron presurosos de la bodega.
Cuatro de ellos acarreaban el arcón que Sinclair acababa de asegurar. Lo
dejaron caer sobre la cubierta helada por los bordes. Dentro del cofre se
escuchó el tintineo de las espuelas al golpetear contra el vidrio de las
botellas. Los marinos le sujetaron los brazos antes de que el teniente pudiera
echar mano a la espada, y le anudaron un cabo alrededor de las muñecas antes de
hacer unos buenos nudos y dejarle bien sujeto contra el mástil principal, que
se le clavaba en los hombros. Seguía protestando a voz en grito cuando vio a
Burton y a Farrow bajar corriendo al interior del barco.
-¡No! ¡Dejadla en paz! -gritó el teniente.
Pero no había nada que él pudiera hacer, ni
siquiera era capaz de moverse. El capitán Addison ordenó a uno de los marinos
que se hiciera cargo del timón y luego cruzó la cubierta dando grandes zancadas
para mirar fijamente a los ojos de Sinclair.
-No soy dado a creer en maldiciones,
teniente -murmuró en voz baja, como si le estuviera confiando un secreto-, pero
ésta... -continuó, agitando la botella-. Ésta es la gota que colma el vaso de
mi paciencia.
Los marineros que le aferraban por los
brazos le sujetaron con más fuerza.
-Los hombres os responsabilizan de la
muerte de Bromley y yo mismo ya no albergo dudas -Sopesó la botella negra en su
mano y susurró-: Me las tendré que ver con un motín a bordo si no lo hago.
-¿Si no hace qué...?
Addison no le contestó y en vez de eso miró
hacia la boca de la escotilla, donde Burton y Farrow forcejeaban para subir
hasta cubierta a Eleanor, envuelta en una manta usada a modo de eslinga por los
dos hombres. La mujer tenía los ojos abiertos y extendió un brazo hacia
Sinclair. Se le había caído la improvisada gorra de lana y sobre el rostro le
colgaban guedejas sueltas, restos de lo que antaño fuera una sedosa y abundante
melena castaña.
Farrow hizo girar en el aire una
herrumbrosa cadena y el capitán se alejó sin asentir ni intentar detenerle.
Volvió junto al timón y lanzó por la borda la botella sin molestarse siquiera
en mirar la trayectoria de ésta.
-¿Qué ocurre, Sinclair? -gritó la aterrada
Eleanor. El tumulto casi sofocaba su voz.
Todo estaba muy claro para el militar, que
forcejeó para desembarazarse del cabo y alejarse del mástil, pero las botas de
montar resbalaban sobre las planchas heladas de cubierta y Jeffries le asestó
un tremendo puñetazo en la boca del estómago. El teniente se dobló en dos e
hizo lo posible por recobrar el aliento. Sólo vio botas, cabos y cadenas
mientras le arrastraban hacia la enferma, que ahora estaba incorporada, aunque
se tenía en pie a duras penas, sostenida por Burton. Llevaron a Sinclair por la
fuerza hasta poner a los cautivos espalda contra espalda. Cuánto deseó el tener
la ocasión de abrazarla una vez más, pero todo lo que pudo hacer fue
susurrarle:
-No temas. Estaremos juntos.
-¿Dónde? ¿Qué estás diciendo...?
Ella no solo se había asustado por efecto
de las palabras, también estaba delirando.
Farrow cacareó como una gallina en plan
burlón al tiempo que daba vueltas alrededor de los presos y dejaba correr la
cadena sobre las manos enguantadas hasta envolverles las rodillas, las cinturas
y los hombros, y también los cuellos. La piel de ambos se desprendía como el
yeso de un revoque en cuanto los fríos eslabones les rozaban la piel. Sinclair
podía percibir la respiración agitada y el pánico creciente de la joven a pesar
de estar de espaldas a ella.
-¿Por qué, Sinclair? -preguntó con voz
entrecortada.
Jones y Jeffries abandonaron sus puestos de
guardia y los arrastraron hasta la regala como si fueran leños con los que se
alimenta el fuego del hogar. Sinclair reaccionó por instinto y clavó las botas
entre los tablones, pero alguien le soltó a puntapiés y perdió el equilibrio,
por lo que durante unos segundos se encontró mirando de frente las olas que
batían el casco. Aunque pareciera mentira, estaba contento de que la mirada de
su esposa tuviera que estar fija en el cielo, en el albatros que suponía aún
encaramado al penol.
-¿No deberíamos decir algunas palabras...?
-se aventuró a decir el doctor Ludlow con una nota de miedo en la voz-. Todo
parece tan... salvaje.
-Eso es cosa mía -gritó Burton mientras se
inclinaba para fulminar a Sinclair con la mirada-. Que el Todopoderoso se
apiade de vuestras almas -un nutrido grupo de marineros los agarraron y
levantaron del suelo-. ¡Y sálvese quien pueda!
Resonaron algunas carcajadas y los gritos
de terror de Eleanor antes de que los lanzaran de cabeza por la borda y ambos
cayeran más y más hacia las olas. El teniente tuvo la impresión de que
transcurría más tiempo del normal antes de que él y su acompañante atravesaran
la fina capa de hielo. Los gritos de Eleanor se cortaron en seco y todo quedó
en silencio mientras la cadena tiraba de ellos hacia el fondo y los dos se
hundían rápidamente dando vueltas en círculos bajo el agua helada. Él contuvo
la respiración durante varios segundos, pero incluso aun cuando hubiera sido
capaz de aguantar un poco más, expelió el oxígeno de sus pulmones y se entregó
a la muerte y a la suerte que les aguardara en el fondo del mar, fuera cual
fuese.
PARTE
I
EL
VIAJE
Y entonces nos azotaron las ráfagas de la
tormenta con su dura tiranía, nos golpearon con sus alas alzadas,
persiguiéndonos hacia el sur.
Con el mástil inclinado y la proa
sumergida, nos acosan los aullidos y vendavales, pero casi pisando la sombra de
su enemigo, adelanta la cabeza inclinada, el barco avanza rápido, las ráfagas
rugen violentas, y hacia el sur volamos.
La balada del viejo marinero,
SAMUEL TAYLOR COLERIDGE (1798)
CAPÍTULO
UNO
En nuestro días, 19 de noviembre, mediodía
EL TIMBRE DE LA puerta no dejaba de sonar y
Michael no quería levantarse a pesar de que lo estaba oyendo, pues en ese
momento tenía un sueño de lo más agradable: Kristin y él subían una pista de
montaña en el jeep. Ella apoyaba los pies descalzos en el salpicadero y se reía
con la cabeza echada hacia atrás mientras la música aullaba en la radio. Por la
ventanilla entraba la brisa y le alborotaba los cabellos rubios.
La serie de timbrazos cortos no cesó. Fuera
quien fuese no tenía intención de marcharse.
Michael alzó la cabeza de la almohada,
entreabrió los párpados y miró alrededor. ¿Por qué tenía una bolsa vacía de
Doritos al lado de la cara? Luego, echó una ojeada a los números iluminados del
reloj: 11:59. Se frotó los ojos y los abrió de nuevo, pestañeando a la luz del
mediodía.
La visita tocó el timbre otra vez.
Tiró las mantas hacia atrás y puso los pies
en el suelo.
-Vale, vale, córtate un poco, anda
-masculló entre dientes.
Cogió un albornoz de la percha colgada
detrás de la puerta y salió del dormitorio arrastrando los pies. A través de la
mirilla de la puerta principal logró distinguir una forma difusa, la de alguien
de pie en el descansillo con la capucha de la parka echada, así que se acercó
más para mirar.
-Yo también te estoy viendo, Michael. Abre
la puerta de una vez, que hace un frío de perros aquí fuera.
Era Joe Gillespie, su editor de la revista
Eco-Travel.
Abrió el cerrojo y la puerta. Mientras el
visitante se apresuraba a entrar, la lluvia fría le salpicó las piernas
desnudas.
-Recuérdame que la próxima vez consiga un
trabajo en el Miami Herald -comentó Gillespie mientras pateaba el suelo con
energía.
Michael recogió de la entrada una copia
empapada del Tacoma News Tribune, y después echó una ojeada a los lejanos picos
envueltos en niebla de la cordillera de las Cascadas. Las vistas habían sido el
motivo por el cual había comprado la casa, pero ahora sólo eran un recuerdo
espantoso. Sacudió el periódico y cerró la puerta.
Gillespie estaba de pie en la raída
alfombra de ganchillo, la que Kristin había tejido, con la parka chorreando
agua. Se echó hacia atrás el capuchón y el poco pelo que le quedaba se le agitó
alrededor de la cabeza.
-¿Es que no vas a volver a mirar tus mails?
-le preguntó Gillespie-. ¿Ni tampoco el contestador?
-No, si puedo evitarlo.
A Gillespie se le escapó un suspiro de pura
frustración y miró alrededor, al salón desordenado.
-¡Jesús, Michael! ¿Tienes acciones en
Domino’s? Pues deberías.
El aludido notó el par de cajas de pizza y
las latas de cerveza vacías dispersas por la mesita de café y en la chimenea de
piedra.
-Vístete -ordenó Gillespie-, nos vamos a
almorzar.
Michael, aún casi dormido, se limitó a
quedarse allí de pie con el periódico mojado en la mano.
-Vamos, pago yo.
-Dame cinco minutos -replicó él, y le dio
el periódico mientras se ponía en marcha.
-Que sean diez -contestó Gillespie en voz
alta a sus espaldas-, pero aféitate y dúchate.
Michael le tomó la palabra. En el cuarto de
baño encendió el calefactor y le dio al agua caliente. La casa siempre estaba
fría y tenía corrientes de aire, y aunque se juraba a menudo que algún día
intentaría aislarla mejor y hacer un poco de mantenimiento elemental, ese día
nunca llegaba. El agua tardó un minuto o dos en calentarse. El armarito de las
medicinas situado sobre el lavabo estaba abierto y había media docena de botes
de color naranja en las estanterías con prescripciones médicas. Tomó uno del
estante inferior, el último antidepresivo que le había recetado el terapeuta, y
se tragó un comprimido con un poco de agua por fin tibia.
Después, pese a lo poco que le interesaba
la perspectiva, cerró la puerta y se miró al espejo. Esa mañana su revuelto
pelo negro estaba incluso más despeinado de lo habitual, rizado en un lado de
la cabeza y aplastado en el otro. Tenía los ojos oscuros ribeteados de rojo y
nublados. No se había afeitado en un par de días y hubiera jurado -¿era eso
posible?- que aunque apenas pasaba de los treinta, le habían salido un par de
canas en la barbilla. ‹El tiempo pasa deprisa con su carro alado›, maldijo para
sus adentros. Introdujo una cuchilla nueva en la maquinilla y dio un par de
rápidas pasadas por la barba crecida.
Después de ducharse con agua tibia, se puso
unos vaqueros, una camisa del mismo tejido y las botas más limpias y secas que
encontró delante de la puerta.
Gillespie se había repantigado en el viejo
sillón de cuero, donde separaba cuidadosamente las hojas de la revista.
-Me he tomado la libertad de subir las
persianas para que entrara algo de luz. Deberías hacerlo de vez en cuando.
Subieron al coche de Gillespie, un Toyota
Prius nuevo, por supuesto, y se dirigieron al restaurante al que solían ir
siempre. A pesar de no ser un lugar muy recomendable por su decoración, a
Michael le gustaban los reservados de vinilo, el suelo de linóleo y el
expositor de pasteles con chillonas luces blancas del Olympic. Era el extremo
opuesto a un restaurante de franquicia o, Dios no lo quisiera, a un Starbucks,
y tenía la virtud añadida de servir desayunos a cualquier hora del día. Michael
pidió el Lumberjack especial y Gillespie eligió la ensalada griega con
acompañamiento de requesón y una infusión de hierbas.
-Oye, tú -dijo Michael-. ¿No te estás
pasando un poco?
El editor sonrió mientras vertía la mitad
de un sobrecito de Equal en la infusión.
-¿Y qué demonios te importa? Va en la
cuenta de gastos.
-En ese caso, tomaré postre.
-Buena idea -afirmó Gillespie-. Te doy
permiso para que te pidas una rodaja de merengue de limón.
Era una broma recurrente entre ellos, pues
el pastel de merengue de limón que descansaba en el estante superior del
expositor no se había movido de ahí en los cinco años que llevaban frecuentando
el establecimiento y, desde luego, no había sido reemplazado jamás.
Mientras comían, Michael no pudo dejar de
notar que Gillespie había colocado un sobre de la compañía de paquetería FedEx
en el asiento cercano a su muslo. De vez en cuando alargaba la mano y lo
tocaba, sólo para asegurarse de que seguía allí. Debía de ser algo importante,
dedujo Michael, y ya que no lo había dejado en el coche bajo llave, debía de
tener algo que ver con él de algún modo.
Conversaron sobre la revista: habían
contratado a un nuevo editor de fotografía, habían subido las ventas de
publicidad, se había ido aquella recepcionista tan guapa, y también charlaron
de béisbol, de los Seattle Mariners, pues algunas veces iban juntos al estadio
Safeco. De lo que no hablaron fue de Kristin. Michael se dio cuenta de que
Gillespie quería evitar el tema a toda costa. Y tampoco hubo mención alguna
acerca del sobre hasta que, finalmente, abordó la cuestión mientras limpiaba
los restos de la yema de huevo con el bollo inglés.
-Está bien, ya he mordido el anzuelo
-admitió Michael haciendo un gesto con la corteza del bollo-. El suspense me
está matando.
Durante un segundo, el editor simuló no
saber de qué le estaba hablando.
-¿Es la maqueta de mi artículo sobre
Yellowstone?
Gillespie bajó la mirada hacia el sobre,
frunciendo los labios, como si estuviera intentando tomar una decisión.
-No, tu artículo de Yellowstone salió el
mes pasado. Tengo la sensación de que ni siquiera lees ya la revista.
Michael se sintió pillado en falta, en
concreto porque era verdad. Los últimos meses apenas había leído el correo,
comprobado su cuenta AOL o devuelto las llamadas. Todos entendían la razón,
pero poco a poco iban perdiendo la paciencia.
-Hay algo que creo que deberías ver -dijo
Gillespie, deslizando el sobre por la mesa.
Michael se limpió los dedos en la
servilleta; después, lo abrió y sacó los papeles del interior. Algunos eran
fotos en blanco y negro, parecían imágenes de satélite, y el resto, una resma
de folios con el membrete del National Science Foundation (NSF)[1] y el
logotipo en la parte superior de las páginas, muchas de las cuales estaban
marcadas con el nombre Point Adélie.
-¿Qué es Point Adélie?
-Es un centro de investigación, y bastante
pequeño, por cierto. Estudian de todo, desde el cambio climático hasta la
biosfera local.
-¿Dónde está? -inquirió Michael, alargando
la mano para coger su taza de café.
-En el Polo Sur. O al menos tan cerca de él
como se puede estar. Los pingüinos Adelaida migran allí.
Michael mantuvo suspendida en el aire la
taza de café y, a su pesar, se le aceleró el pulso.
-Me ha llevado meses poner esto en marcha
-continuó Gillespie- y conseguir los permisos correspondientes. No te imaginas
la cantidad de papeleo burocrático y de trámites que he tenido que hacer para
poder mandar a alguien a la base que hay ahí. La CIA parece un sitio amistoso
si la comparas con la NSF, pero acabo de conseguir un permiso para enviar un
reportero a Point Adélie durante un mes. Estoy planeando sacar un reportaje de
unas ocho a diez páginas desplegables, con fotos a todo color y unas tres mil o
cuatro mil palabras de texto; en fin, la enchilada completa.
Michael sorbió su café con el único fin de
ganar tiempo y pensar.
-Te ahorraré la necesidad de preguntar
-comentó Gillespie-. Pagaremos la tarifa habitual por palabra, pero te
aumentaré algo por las fotos. Además, cubriremos tus gastos, dentro de lo
razonable, claro.
Él aún no sabía qué contestar. Había
demasiadas cosas bullendo en su cabeza. No había vuelto a trabajar, ni siquiera
había pensado en ello, desde el desastre de las Cascadas y no estaba seguro de
si deseaba retomar su vida anterior. Sin embargo, otra parte de sí mismo se
sentía vagamente insultada. ¿El proyecto llevaba meses en marcha y Gillespie no
se lo había mencionado hasta ahora?
-¿Para cuándo la necesitas? -preguntó, sólo
para ganar algo más de tiempo.
Gillespie se retrepó en el asiento
mostrando una ligerísima satisfacción, como un pescador que siente un tirón en
el hilo.
-Bueno, ahí está el quid de la cuestión.
Necesitamos que te marches el viernes.
-¿Este viernes?
-Sí. No es tan fácil llegar hasta allí.
Tendrás que volar hasta Santiago de Chile y de ahí a Puerto Williams, donde
cogerás un barco de la guardia costera que te llevará hasta donde lo permitan
los hielos y desde allí te transportarán en helicóptero a la base. Es una
oportunidad muy concreta y el tiempo puede estropearla en cualquier momento.
Ahora, allí es verano, así que habrá días en que el termómetro alcance algunos
grados sobre cero.
Michael finalmente se decidió a preguntar.
-¿Por qué no me los has dicho antes?
-Sabía que aún no estabas interesado en
trabajar.
-Entonces, ¿quién era?
-¿Quién era qué?
-Venga ya, Joe. Si llevas meses organizando
esto, seguro que has pensado en otra persona capaz de hacerlo.
-Crabtree. Iba a encargárselo a él.
Otra vez Crabtree, el tipo que siempre le
iba respirando al cuello a Michael, intentando quitarle los encargos.
-¿Y por qué no va él?
Gillespie se encogió de hombros.
-Una endodoncia.
-¿Qué?
-Que se tiene que hacer una endodoncia y
salvo que tengas un certificado sanitario totalmente limpio, no dejan ir allí a
nadie. Y por encima de todo, como allí no hay ningún dentista al que se pueda
llamar, necesitas llevar un certificado del tuyo que diga que está todo en
perfecto estado de revista.
Michael no daba crédito a sus oídos.
¿Crabtree había perdido el trabajo por un problema en las encías?
-Así que, por favor -rogó Gillespie,
inclinándose hacia delante-, dime que no tienes ninguna caries y que todos tus
empastes están en buen estado.
Él movió la lengua por el interior de la
boca.
-Por lo que yo sé, sí.
-Bien. Así que eso nos deja frente a la
cuestión principal. ¿Qué piensas, Michael? ¿Estás preparado para ponerte de
nuevo la armadura?
Ésa era sin duda la pregunta del millón de
dólares. Si se lo hubieran preguntado la noche anterior, la respuesta habría
sido ‹no, y no vuelvas a llamar›, pero había algo que le llamaba la atención,
algo que no podía negar... un destello de aquella antigua emoción. Toda su vida
había sido el primero en enfrentarse a cualquier desafío, ya se tratase de
escalar un acantilado escarpado o de hacer puenting o incluso de explorar el
fondo de un arrecife coralino. Y aunque había estado reprimiéndola durante meses,
esa misma emoción intentaba aflorar a la superficie. Fijó la mirada en la foto
de satélite que coronaba la pila; desde arriba, la base tenía el aspecto de un
puñado de vagones de carga dispersos en una llanura helada al lado de una playa
desierta y rocosa. Era todo lo sombría que podía ser una imagen, pero le atraía
más que si fuera la costa brasileña.
Gillespie le observaba con atención, a la
espera. Una racha de viento glacial estampó unas cuantas gotas en la ventana de
la cafetería.
Algo empezó a agitarse en la mente de
Michael. Descansó los dedos sobre la foto granulosa. Siempre podría negarse,
simplemente volvería a su casa y... ¿Y qué? ¿Se tomaría otra cerveza? ¿Seguiría
atormentándose un poco más? ¿Echaría a perder una parcela más de su vida, sólo
para intentar compensar lo que le había pasado a Kristin? Y eso que ni siquiera
era capaz de decir qué era lo que compensaba o no.
O bien podía aceptar. Observó detenidamente
la siguiente foto, tomada al nivel del suelo: mostraba una cabaña alzada sobre
unos bloques de hormigón a unos cuantos palmos del hielo. Había una media
docena de focas alrededor tumbadas como si estuvieran tomando el sol.
-¿Tenemos tiempo para tomar postre?
-preguntó Michael, y Gillespie, tras golpear la mesa con la palma de la mano en
ademán de triunfo, hizo un gesto a la camarera.
-¡Merengue de limón para los dos! -exclamó.
CAPÍTULO
DOS
20 a 23 de Noviembre
MICHAEL NO RECORDABA CON claridad nada de
lo acaecido durante los días siguientes mientras intentaba preparar el viaje a
la Antártida. Tenía a mano la mayor parte del equipo necesario para climas
fríos de otras expediciones anteriores a Siberia y Alaska, pero no era fácil
arreglar todo lo demás. Su primera tarea fue visitar al dentista, donde Wilde
temió, durante unos cuantos minutos, que todo quedara allí.
-Bueno, ya sabe que tiene esa muela del
juicio en el lado superior derecho -comentó el doctor Edwards-. En serio le
puede dar un montón de problemas.
-Pero de momento no he notado nada.
-Aun así, si yo fuera usted...
-No me la puedo sacar ahora. No tengo
tiempo suficiente para que se me cure.
-Bien, pero no me diga luego que no le
avisé -remachó el doctor Edwards.
-No lo haré, se lo prometo. Sólo necesito
que me firme este certificado dando su visto bueno al NSF.
El médico se empujó las trifocales hacia el
puente de la nariz y estudió el formulario mientras el paciente se quedaba
tumbado en el sillón.
-Llevo veinte años en la profesión y, ¿sabe
usted?, jamás había visto uno como éste.
-Yo tampoco. -Michael esperó que le hiciera
algún gesto.
-A la Antártida, ¿eh? -El dentista continuó
estudiando el papel.
-Sí.
-Le envidio. Ya me gustaría tener tiempo
para hacer una excursión como ésa.
Por el modo en que lo dijo parecía una
escapadita rápida a Acapulco. Michael pensó en el desafortunado Crabtree y su
empaste inminente.
El médico echó una última ojeada a la
radiografía que le acababa de hacer, aún sobre el visor de placas.
-No veo ningún problema, aparte de esa
maldita muela del juicio...
Finalmente sacó un bolígrafo del bolsillo
del pecho y garrapateó su firma en la línea de puntos. Michael ya se había
levantado del sillón antes de que el higienista tuviera tiempo suficiente de
quitarse la bata.
El siguiente fue el internista, donde tuvo
que realizar un montón de pruebas y rellenar otra montaña de papeles. Había
tenido ya una buena ración de percances físicos a lo largo de los años, que
iban desde un hombro dislocado y algunos tendones desgarrados hasta la rotura
de varios huesos, pero teniendo en cuenta el trabajo al que se dedicaba, que a
menudo conllevaba ir a lugares donde ningún humano había puesto un pie antes,
había escapado relativamente indemne. Así que el internista no encontró nada nuevo
que fuera motivo de preocupación. Sólo tenía una pregunta, le informó, antes de
firmar los papeles del permiso.
-¿Qué tal lo lleva desde el punto de vista
psicológico? ¿Acude a la consulta de su terapeuta de referencia?
Michael se temía esto antes o después.
-Ahora me encuentro perfectamente
-replicó-. Me recetó Lexapro y me está sentando fenomenal. -En realidad, no
tenía ni idea de si le estaba haciendo algún efecto, sólo quería evitar
cualquier cosa que pudiera empañar un certificado de salud bien limpio-. Lo
mejor para mí -añadió, con la expresión más animada que pudo mostrar- es salir
de la ciudad y volver al trabajo.
El internista lo aceptó.
-Estoy de acuerdo -comentó, garabateando su
nombre en la línea inferior del formulario-. Ya me gustaría a mí hacer lo
mismo.
Michael nunca hubiera sospechado la
cantidad de gente que parecía abrigar sueños referentes a la Antártida.
Pero quedaba todavía otra visita pendiente
y seguramente sería la más difícil con diferencia.
Desde que almorzó con Gillespie sabía que
tarde o temprano llegaría ese momento y con el fin de posponerlo, primero se
había lanzado a ultimar todos los detalles de la expedición con verdadera
precipitación, y luego había hecho cuanto se le había ocurrido para retrasarlo.
Dio de baja el correo y las suscripciones a las revistas, y también le pidió a
un vecino que echara una hojeada a su casa y pusiera en funcionamiento las
cañerías de vez en cuando para evitar que se congelaran. Pasó varias horas en
el almacén de suministros fotográficos de Tacoma Camera, comprando todo tipo de
pilas, lentes, trípodes y tarjetas de memoria que pudiera llegar a necesitar.
Ya tenía suficiente de todo esto, sin duda, pero en una expedición de este
tipo, y en un lugar donde no había forma de reemplazar un fotómetro defectuoso
o abastecerse de lo que pudiera agotarse, quería estar seguro de disponer de
todo cuanto pudiera ser necesario.
De alguna manera, agradeció todas esas
distracciones, ya que por una vez dejó de estar inmerso en su interminable
espiral de culpa y remordimiento. Podía concentrarse en otra cosa distinta, en
algo futuro, y que era casi inminente.
Pero en el fondo de su mente, aquella
última tarea seguía presente y no podía postergarla más. Le esperaba en el
Hospital Regional de Tacoma.
En la sala de los enfermos en coma.
Donde sabía que nadie le daría la
bienvenida.
Por otro lado, se armó de valor ante
cualquier posible enfrentamiento. Los padres de Kristin solían estar siempre
allí, o al menos uno de los dos. Pensó que si iba a la hora de la cena podría
evitar toparse con ellos. Cuando entró en la sala y se registró, la enfermera
le dijo:
-Cuánto me alegro de verle de nuevo, señor
Wilde. Estoy segura de que Kristin se alegrará de que haya venido.
Mientras caminaba por el pasillo, se
preguntó qué podría significar eso.
Kristin no había salido del coma desde
hacía meses y jamás iba a salir de ese estado vegetativo según le habían
informado los doctores, a pesar de que él no era un familiar y técnicamente no
deberían haberle dicho nada. El traumatismo había sido muy fuerte, el
tratamiento se había demorado demasiado y el daño sufrido por el cerebro era
devastador. A todos los efectos, Kristin ya no estaba viva.
Sólo quedaba de ella lo que se apreciaba a
la vista: una forma inmóvil, tan delgada que apenas abultaba debajo de la manta
azul claro, recostada entre una maraña de tubos y monitores parpadeantes que
emitían pitidos. Wilde se quedó al otro lado del cristal, mirando a través de
las láminas de la persiana veneciana. Si hubiera querido, habría podido
convencerse incluso de que ella estaba bien. El cabello rubio, lavado por su
madre con regularidad, se desparramaba por la almohada, y el rostro tenía un
aspecto sereno, con los ojos cerrados. Pero la piel alrededor de la boca y de
la nariz, que antes había estado atezada por el sol, se veía ahora pálida y
llena de manchas, tantos eran los instrumentos y tubos que le habían quitado y
vuelto a poner.
Para su alivio, no había ninguna señal de
parientes. Michael bajó la cremallera de su parka y entró, deteniéndose
súbitamente al escuchar una voz.
-Hola, forastero.
Durante un segundo aterrador fue como si
Kristin le hubiera hablado de nuevo, pero cuando se volvió, sólo vio a su
hermana Karen, acurrucada en una silla en una esquina.
-No quería asustarte -se excusó ella.
La joven sostenía un tomo pesado sobre el
regazo, probablemente uno de sus libros de leyes; le recordaba a su hermana
mayor, como para su pesar ocurría siempre. Se parecían como dos gotas de agua
con aquellos mismos penetrantes ojos azules, los mismos dientes blancos parejos
y el alborotado cabello rubio. Incluso su voz sonaba semejante. Todo lo que
Karen decía sonaba a sus oídos con el mismo tono irónico de Kristin.
-Hola, Karen.
Nunca sabía qué decirle; en realidad, nunca
lo había sabido. Mientras que Kristin había sido la hermana bulliciosa, siempre
saliendo y entrando de la casa, Karen era la estudiante diligente y tranquila,
encorvada sin descanso sobre la mesa de la sala de estar con un montón de
libros de derecho y papeles desparramados alrededor. Michael solía intercambiar
con ella algunas palabras cuando iba a recoger a Kristin, pero siempre se
sentía como si la estuviera interrumpiendo en alguna actividad importante.
-Bueno, ¿cómo va? -Una pregunta estúpida,
como bien sabía, pero fue lo único que se ocurrió.
Karen sonrió con la sonrisa de Kristin, con
la comisura derecha ligeramente elevada.
-Igual -contestó con resignación y
aceptación-. Mis padres quieren que siempre haya uno de nosotros a su lado, así
que les dije que me quedaría aquí mientras se tomaban el Early Bird Special[2]
en Applebee.
Michael asintió y se quedó mirando la mano
de Kristin, que yacía sobre la manta. Tenía los dedos más delgados y más
frágiles de como los recordaba y llevaba sujeto al dedo índice un pequeño dedal
negro, debía de ser algún dispositivo de control.
-No le ha dado ningún ataque en lo que
llevamos de semana, -comentó Karen. -No sé si eso es una buena señal o no.
«¿Qué señal podría considerarse buena?»,
pensó Michael. Él sabía que Kristin, la real, la viva, la Kristin que quería
escalar con él todos los picos y explorar todos los bosques, jamás regresaría.
Por tanto, ¿qué era lo que esperaban? ¿Algún indicio de que finalmente
comenzara a fallar todo? ¿Algún signo de que ni siquiera las máquinas
conseguirían que saliera adelante, aunque se quedara en el limbo para siempre?
-¿Te importa si me siento en la cama?
-inquirió.
-Considérate mi invitado.
Michael se sentó cuidadosamente en el borde
del lecho y puso su mano sobre la de Kristin, que transmitía la sensación de
contener en su interior los frágiles huesos de un pajarillo.
-¿Es uno de tus libros de leyes? -preguntó
Michael, asintiendo en dirección al pesado libro que la chica aún tenía en el
regazo.
-Legislación y reformas del Congreso sobre
agravios. -Cerró el libro con un enérgico golpe.- Creo que harán pronto una
película.
-¿Con Tom Cruise de prota?
-Pensaba más bien en Wilford Brimley.
Un auxiliar entró en estampida, sacó la
bolsa de plástico de la papelera y la tiró dentro de un cubo con ruedas que
había dejado fuera. Cuando se marchó, Karen dijo:
-Me alegro de verte de nuevo. ¿En qué has
andado metido?
-Poca cosa. -No podía decir la verdad, como
él sabía muy bien. Karen estaba al tanto (¿y quién no?) de que había estado a
la deriva desde el accidente-. He querido acercarme -añadió- antes de marcharme
de la ciudad el viernes.
-Oh. ¿Y adónde vas?
-A la Antártida. -Aún le costaba ponerlo en
palabras.
-Guau. Es un encargo, supongo.
-Para Eco-Travel. Acaban de conseguir la
autorización para que me vaya. Estaré durante un mes en una pequeña base cerca
del Polo Sur.
Karen depositó el libro en el suelo a un
lado de su silla.
-Kristin te hubiera envidiado tanto...
Michael no pudo evitar mirar de nuevo a
Kristin, pero, claro, el rostro de la durmiente no evidenció expresión alguna
ni mostró indicio alguno de actividad. Fuera el momento que fuese en el que
entrara en la habitación, se sentía dividido... No sabía si hablar como si
Kristin estuviera presente de alguna manera, como si pudiera escucharle y ser
consciente de lo que ocurría a su alrededor, aunque él supiera que eso no era
posible, o quizá comportarse como si ella no estuviera aquí. La primera opción
le parecía un engaño y la segunda, una crueldad.
-Ya sabes, Krissy tenía unos cuantos libros
sobre la Antártida -le dijo Karen-. Todavía están en las estanterías de su
cuarto. Cosas como la expedición de Ernest Shackleton. Si los quieres, estoy
segura de que a ella le habría gustado que los tuvieras tú.
Así que ahora se estaban repartiendo sus
pertenencias, con ella aún allí. O no. Michael se preguntó dónde estaría ella
en realidad. ¿Era posible que quedara algún vestigio de consciencia flotando en
el vacío cósmico de la que ellos no tuvieran noticia?
-Gracias. Me lo pensaré.
-No lo menciones delante de mi familia.
Siguen creyendo que algún día Kristin regresará a casa y todo volverá a ser
como antes.
Él asintió. Ellos compartían un
entendimiento tácito de la situación, a pesar de que no hablaban jamás del
tema. Ambos conocían el diagnóstico médico y lo habían aceptado. Karen incluso
había visto el escáner del cerebro de su hermana, donde se veía, en un tono
apropiadamente negro, el enorme sector que ya se había atrofiado. Se lo había
descrito a Michael como «un pueblo grande con sólo dos o tres lucecitas
reluciendo tras las ventanas». E incluso las que quedaban se iban apagando.
Tarde o temprano la oscuridad se las tragaría también.
Wilde escuchó la voz retumbante del padre
acercándose por el pasillo. Era el vendedor de coches con más éxito de Tacoma y
trataba a todo el mundo como un cliente potencial, de modo que venía saludando
a las enfermeras del mostrador de recepción. Michael se puso en pie,
intercambiando una mirada con Karen; ambos sabían lo que iba a ocurrir y no
veían el modo de evitarlo.
Cuando el señor Nelson cruzó la puerta y
vio a Michael al lado de la cama se detuvo en seco y su esposa chocó contra su
espalda. Karen también se levantó, preparada por si debía salir en defensa de
Michael.
-Creía haberte dicho que no quería verte
más por aquí -masculló el padre de Kristin.
-Michael sólo ha venido a despedirse
-terció Karen, moviéndose para interponerse entre ellos.
La señora Nelson pasó al lado de su esposo
con una bolsa de comida de Applebee en una mano. Michael nunca estaba
completamente seguro de cuál era su postura. El padre de Kristin, como él tenía
meridianamente claro, le culpaba del accidente; no le gustaba Michael, pero lo
cierto es que jamás había soportado a ningún hombre que le robara el afecto de
su hija. Sin embargo, en lo tocante a la señora Nelson, ésta apenas podía
proferir tres palabras antes de que su marido comenzara a hablar a la vez, de
modo que era muy difícil saber lo que realmente opinaba sobre cualquier
materia.
Michael sabía que Karen era su única
aliada.
-Ha llegado hace apenas unos minutos -decía
la joven en esos momentos-, y a Kristin le habría gustado que viniera.
-Nadie sabe lo que Krissy quiere...
Wilde notó que el padre había llevado de
nuevo la conversación al tiempo presente.
-... pero yo sí sé lo que quiero -continuó
el señor Nelson-. Y lo que quiere su madre. Queremos que descanse y se
recupere, y que no piense en lo ocurrido. Estos pensamientos sólo sirven para
que empeore.
-Lamento que te sientas así -se aventuró a
decir Wilde-, pero no he venido para molestarte. Acabo de despedirme de Kristin
y me voy ya.
Michael se volvió para echarle una última
mirada a la chica, quieta y silenciosa como una estatua; entonces rozó el
hombro fornido del padre, que no quiso apartarse ni un centímetro de su camino.
Durante un momento fugaz creyó percibir una mirada de afecto en la acobardada
señora Nelson.
Estaba en la mitad de camino del pasillo
cuando escuchó unos pasos rápidos que se le acercaban por la espalda. Era
Karen. ¿Por qué tenía que recordarle tanto a su hermana? La muchacha le cogió
la manga mientras hablaba:
-Ya sé que Kristin no está aquí, y que tú
también lo sabes, pero mis padres aún creen...
-Lo tengo claro.
-Pero si quieres echar una ojeada a esos
libros...
-Gracias, lo pensaré -repuso, sabiendo que
no lo haría. Y sabiendo también que no era de los libros de lo que ella estaba
hablando.
El auxiliar pasó haciendo un ruido sordo
con el carro de la basura.
-De todas formas, no lo sé, pero creo que
una parte de Krissy todavía anda por aquí -le dijo Karen-. Sé que se alegra de
que hayas venido.
Él vio cómo los ojos se le llenaban de
lágrimas.
-Sé que realmente la amabas y yo también la
quería de verdad -comentó, y añadió entre balbuceos-: salvo quizá aquel momento
en que me quitó los patines y les rompió la cuchilla. -Se echó a reír y le
soltó la manga-. Y todo lo que sé es que ella querría que te dijera que tengas
cuidado en el viaje.
Wilde sonrió.
-Lo haré.
-No, de verdad -replicó ella con más
urgencia en la voz-. Lo digo en serio. Ten cuidado.
Él le pasó un brazo por los hombros para
consolarla.
-Juro solemnemente que mantendré en todo
momento los mitones puestos y las orejas calientes.
Ella le apartó con dulzura.
-Si no lo haces, Krissy se enfadará a
muerte contigo... y yo también.
-Eso no me gustaría nada -replicó Michael.
-No, no te gustaría nada.
-¡Karen! -gritó el señor Nelson, sacando la
cabeza por la puerta de la habitación-. Tu madre quiere hablar contigo.
La interpelada se mordió el labio.
-¡Karen, ya!
Michael le acarició el hombro, se volvió y
se dirigió hacia el puesto de enfermeras.
Esta vez nadie le dijo una palabra cuando
él pasó por delante.
CAPÍTULO
TRES
1889
VERDE, UN INTENSO RESPLANDOR verde
esmeralda.
Ella soñaba con...
... el verde de la hierba de los pastos de
Yorkshire.
El verde de las hojas en Regent´s Park un
día soleado.
El paño verde de las mesas de billar en el
club de Pall Mall. A las mujeres les estaba prohibido subir las escaleras, pero
Sinclair había encontrado un modo de colarla a hurtadillas, a pesar del
portero, y hacerla subir por las escaleras del servicio.
Las verdes aguas del Bósforo...
Por eso ella estaba contenta mientras
pudiera seguir inmersa en el verdor. Le recordaba la fragancia de los campos
mientras se hacía mujer; la hierba húmeda, cuando se cernía bajo la brisa
estival, mientras las vacas se recortaban en blanco y negro contra ella; las
ondulantes colinas verdes a la luz del crepúsculo, con el sol relumbrando como
el reloj de bolsillo de su padre...
Podía sentir la textura de las hojas,
suaves, planas y céreas, mientras atravesaba el parque de la ciudad en su
descanso a mediodía en el hospital. Era sólo media hora, pero en aquel momento
podía inhalar una bocanada de aire fresco, aire que no oliera a sangre, éter o
morfina. A veces metía hojas y flores de olor delicado en los bolsillos del
uniforme antes de regresar a las salas del hospital.
El verde del mar...
Nunca había navegado antes de embarcarse
rumbo a Turquía. Ella siempre había imaginado que sería azul, o incluso gris, o
al menos siempre había tenido ese aspecto en todas las imágenes que había
visto; pero al asomarse desde la cubierta hacia la estela de aguas revueltas,
le había sorprendido su matiz verdoso como la pátina mate de las estatuas del
Royal Museum, donde Sinclair la había llevado muy poco antes de que partiera su
regimiento...
Pero entonces el ensueño terminó, pues
antes o después todos acababan, y una mano fría se cerró en torno a su corazón.
Tuvo que luchar de nuevo para encerrarse en el verde y envolverse en la red de
su imaginación para caldear la mano gélida que se había deslizado entre sus
ropas hasta helar el mismo tuétano de sus huesos. Esto había sucedido miles de
veces y temía que volviera a sucederle otras mil más, antes de que pudiera
despertarse... antes de que lograra liberarse de ese extraño sueño en el que
estaba atrapada.
CAPÍTULO
CUATRO
24 de noviembre, 10:25 horas
MICHAEL DESCUBRIÓ AL PEQUEÑO pelirrojo
mientras bajaba del avión en el aeropuerto de Santiago y comprendió que era un
científico nada más verle. Había algo en ellos que los delataba, aunque era
difícil precisar qué exactamente, pues no se trataba de algo evidente, como el
olor del formaldehido o un transportador de ángulos sobresaliendo del bolsillo.
No; era más un asunto relacionado con el rostro. Michael había estado siempre
rodeado de investigadores mientras fotografiaba y escribía sobre el mundo natural;
como observadores eran sujetos muy atentos y al mismo tiempo capaces de
permanecer neutrales; podían formar parte de un grupo y mantenerse a cierta
distancia de éste, y por mucho que intentaran pertenecer a alguno de ellos, en
realidad jamás se integraban del todo. Sucedía como en un enorme banco de peces
luna que había fotografiado bajo el agua en las Bahamas. La mayoría de los
peces, en busca de seguridad, intentaban moverse hacia el centro del cardumen,
pero algunos, por la razón que fuera, se quedaban en los bordes y jamás lo
conseguían.
Y no cabía duda de que eran los más
asequibles para los depredadores.
Durante la escala que tuvo que hacer antes
de coger el avión a hélice que le llevaría a Puerto Williams, Michael arrastró
su petate hasta la atestada cafetería del aeropuerto. El pelirrojo estaba
sentado a solas en una mesa de esquina, con la cabeza inclinada sobre el
portátil. Michael se acercó lo suficiente para apreciar que estaba estudiando
un complejo mapa ilustrado con números, flechas y líneas entrecruzadas. Le dio
la sensación de que era un mapa topográfico. Sólo permaneció un segundo o dos
delante del tipo hasta que se acercó a la silla que tenía enfrente. Su rostro
era pequeño y estrecho, y las cejas, también pelirrojas aunque más claras. El
hombre le evaluó con la mirada y dijo después:
-Seguramente esto no le resultaría de
interés.
-Le sorprendería -repuso Michael mientras
se le acercaba-. No pretendía molestarle. Sólo estoy esperando mi enlace a
Puerto Williams.
Esperó a ver si la insinuación surtía
efecto, y así fue.
-Yo también -coincidió él.
-¿Le importa si me siento? -dijo Michael,
señalando la silla vacía junto a la mesa, la última silla vacía a la vista.
Dejó caer el petate en el suelo con un pie
metido dentro de una de las asas, un hábito que había adquirido a lo largo de
un montón de viajes de madrugada en el extranjero, y luego extendió la mano y
se presentó.
-Michael Wilde.
-Darryl Hirsch.
-A Puerto Williams, ¿eh? ¿Es ése su lugar
de destino?
Hirsch pulsó unas cuantas veces el teclado
y después cerró el portátil. Miró a Michael con cierta inseguridad, como si no
supiera qué idea hacerse de él.
-Usted no es un agente de un servicio de
inteligencia del gobierno o algo parecido, ¿no? Porque si lo es, lo está
haciendo de pena.
Michael se echó a reír.
-¿Qué le ha hecho pensar eso?
-Que soy científico y vivimos en una época
de idiotas. Por lo que yo sé, me da la sensación de que está comprobando si no
se me va a ocurrir probar que la Tierra se está calentando, aunque no hay duda
de que así es. Los casquetes polares se están fundiendo, los osos polares están
desapareciendo y el Diseño Inteligente[3] está perfectamente diseñado por
idiotas. Adelante, ya lo he dicho, puede arrestarme.
-Relájese. Si no le importa que se lo diga,
suena usted algo paranoico.
-Sólo porque uno sea paranoico -observó
Darryl- no quiere decir que no le sigan a uno.
-Eso es muy cierto -replicó Wilde-, pero me
gusta pensar que soy un buen chico. Trabajo para la revista Eco-Travel haciendo
tanto artículos como fotos. Viajo a la Antártida para cubrir un reportaje sobre
la vida en una base de investigación.
-¿Cuál de ellas? Hay lo menos doce países
que han instalado bases ahí, sólo para justificar su derecho sobre el
territorio.
-Point Adélie. Está todo lo cerca que se
puede estar del Polo.
-Oh -exclamó Hirsch, procesando las
noticias-. Yo también. Hum. -Sonó como si aún no hubiera abandonado su teoría
conspirativa-. Es una gran coincidencia. -Luego tabaleó con los dedos sobre la
tapa del portátil-. Así que es usted periodista.
Michael detectó ese destello interesado que
había visto en tantas ocasiones, un millón de veces. Cuando la gente descubría
que era reportero, en primer lugar venía una ligera sorpresa, seguida de la
aceptación y al final, apenas un nanosegundo después, la comprensión progresiva
del hecho de que podría hacerlos famosos, o al menos que podría escribir sobre
ellos. Veía cómo se iban encendiendo las distintas lucecitas en sus cabezas.
-Eso es estupendo -dijo Hirsch-. Qué
coincidencia. -Con estudiada despreocupación abrió de nuevo el portátil y
comenzó a teclear-. Deje que le enseñe algo. -Le dio la vuelta a la pantalla
para que Michael también pudiera verla y volvió a aparecer el mismo elaborado
mapa-. Éste es el suelo oceánico de la plataforma continental, bajo el hielo
que rodea Point Adélie. Puede ver aquí hasta dónde se extiende y aquí -continuó
mientras señalaba con un dedo con la uña mordida en un lugar de la pantalla-
dónde se sumerge de pronto, en lo que llamamos el talud abisal. En esta
expedición estoy planeando descender unos doscientos metros. Por cierto, soy
biólogo marino, del Instituto Oceanográfico de Woods Hole. Estoy
particularmente interesado en los blénidos, los bacalaos antárticos, así como
en los moluscos, viruelas y granaderos. Sabe a los que me refiero, ¿no?
Michael dijo que sí, aunque para sus
adentros se vio obligado a reconocer que sus conocimientos eran algo
esquemáticos, por decirlo de algún modo.
-... y cómo funcionan sus metabolismos en
este medio ambiente tan increíblemente hostil. Ahora que lo pienso, una parte
de mi trabajo le puede ofrecer algunas fotos de lo más interesantes. Estas
criaturas están adaptadas de un modo fantástico a sus nichos ecológicos, y para
mí al menos son excepcionalmente hermosas, aunque a algunos, supongo, les
provoque rechazo, pero eso se debe sólo a que parecen muy extraños a primera
vista...
No había forma de frenarle. No parecía
necesitar siquiera tomas aliento. Michael se quedó mirando la carta de cafés
expreso colocada junto al ordenador y se preguntó cuántos de ésos se habría
metido en el cuerpo su nuevo compañero de viaje.
-... y muchos de esos animales, no importa
lo pequeños o simples que sean, portan una cantidad considerable de parásitos
desde las glándulas anales hasta los conductos oculares. -Lo decía como si
estuviera describiendo una selección de maravillosos itinerarios de un parque
de atracciones-. Y estoy seguro de que usted debe saber que la mejor apuesta de
un parásito con vistas a asegurar su supervivencia es cerciorarse de que el
anfitrión que están devorando sea a su vez engullido por otro.
El reportero se preguntó atónito si ésa era
la clase de conversación que solía entablar el joven pelirrojo.
-Por ejemplo, ¿sabe que la larva del
acanthocephalan vuelve loco adrede a su hospedador anfípodo?
-No -admitió Michael-. ¿Por qué iba a hacer
una cosa así?
-Porque de ese modo el huésped abandona su
escondrijo, generalmente bajo una roca, y gira de modo salvaje por aguas
abiertas hasta que se lo come un pez.
-No me diga.
-No se preocupe, le enseñaré un montón de
ésos cuando lleguemos allí -repuso Darryl a modo de consuelo-. Es de lo más
emocionante.
Michael comprobó que se estaba preparando
para emprender otro panegírico sobre las glorias que les aguardaban para ser
descubiertas en el suelo oceánico cuando un pequeño altavoz anunció, primero en
español y luego en inglés, que los pasajeros con destino Puerto Williams podían
embarcar.
Hirsch mantuvo esa misma cháchara todo el
tiempo que tardaron en cruzar el frío asfalto barrido por el viento subir los
pocos escalones que daban acceso al avión. Ni siquiera tuvo que agachar la
cabeza al entrar; en cabio Michael tuvo que doblarse bien doblado para evitar
golpearse en la cabeza. El avión sólo tenía diez asientos, cinco a cada lado, e
iban muy apretados, pues todos llevaban gruesos abrigos y parkas, botas,
guantes y gorros. El resto de los pasajeros parloteaban en español y portugués.
Darryl se sentó justo enfrente de Michael, pero una vez que el avión comenzó a
rodar por la pista de aterrizaje azotada por el viento, con las hélices
ronroneando y los motores rugiendo, se agostaron todos los intentos de mantener
una conversación. Debían chillarse a pleno pulmón para hacerse entender a
través del estrecho pasillo.
Michael se abrochó el cinturón y miró por
la ventanilla redonda. El fuerte viento zarandeó el avión y dificultó la
maniobra de despegue, pero una vez terminada, se alejó de tierra rápidamente,
remontó una sierra de precipicios recortados y viró hacia el sur a lo largo de
la costa del Pacífico. Pasaron un par de minutos antes de que el estómago de
Michael volviera a asentarse. Más abajo, vio mecerse las olas coronadas de
blanco, picadas por los vientos incesantes. Se dirigían, como bien sabía hacia
la zona más ventosa, además de la más seca, fría y desierta, de la Tierra. Era
la primera hora de la tarde, pero la luz duraría aún bastante, porque estaban
en pleno verano austral, donde nunca se ponía el sol. Aparecía por el horizonte
norte como la rodaja de una moneda mate, bañándolo todo con su luminiscencia
apagada, interrumpida por episodios de relumbrante brillo o penumbra debido a
las nubes de tormenta. A lo largo de las semanas y meses siguientes, el astro
rey viajaría lentamente a través del cielo, alcanzando su cenit en el solsticio
del 21 de diciembre, antes de comenzar su nuevo viaje a finales de marzo. La
luna se comportaría del mismo modo que el sol.
Aunque el reportero deseaba permanecer
despierto para poder recordar todos los momentos del viaje, cada vez se le
hacía más difícil conseguirlo. Llevaba ya viajando de esa guisa lo que le
parecían días, desde Tacoma a Los Ángeles, de Los Ángeles a Santiago y ahora de
Santiago a Puerto Williams, la ciudad más meridional del mundo. Bajó la
persiana de plástico de la ventanilla y cerró los ojos. En el avión hacía mucho
calor y llevaba los pies asfixiados dentro de las botas de montañero, pero
estaba demasiado cansado para incorporarse e intentar deshacer los nudos. Buscó
la mejor posición posible en aquel incómodo sillón, ya que sentía clavadas en
la espalda las rodillas del tipo que iba sentado detrás de él a través del
respaldo de fina tela; pero aun así se quedó dormido. El zumbido constante de
los motores, la intimidad de la cabina, la luz que jamás cambiaba...
Comenzó a soñar, como solía ocurrirle, con
Kristin en algún momento en que habían sido felices juntos, cuando hacían kayak
en Oregón, o paracaidismo en Yucatán; pero cuanto más profundo se hacía el
sueño, más oscuro y turbulento se volvía. Muy a menudo se encontró en un
extraño estado, dormido y a la vez siendo consciente del hecho, intentando
poner en orden sus pensamientos y dirigirlos hacia otra dirección, pero sin que
eso fuera posible. Antes de poder evitarlo estaba de nuevo en aquella cornisa
despejada en las Cascadas, acurrucado para combatir el frío, con Kristin
acunada en sus brazos. Le dolían de tan fuerte que la sujetaba, y presionaba
los pies contra la pared rocosa con tanto vigor que perdió cualquier amago de
sensación por debajo de los tobillos. Le hablaba en todo momento, contándole
cómo su padre perdería los estribos y que su hermana la acusaría de hacerse la
reina del drama; pero el asistente de vuelo le zarandeó para pedirle que se
incorporara para aterrizar y abrió los ojos, se dio cuenta de que lo que
aferraba era su mochila y que sus largas piernas estaban enredadas en las guías
metálicas del asiento de delante.
Darryl estaba despierto y sonriente; había
que ver lo que unos cuantos cafés podían hacer por un hombre.
-¡Mire por su ventana! -le gritó por encima
del ruido de los motores-. ¡Está por su lado!
El interpelado se sentó, rascándose la
pelusa de la barbilla, y alzó la persiana. Una vez más le sorprendió esa luz
fantasmagórica que le hacía querer cerrar los ojos o mirar en otra dirección;
pero mucho más lejos, allí abajo, se veía el mismo final del continente
sudamericano, con la forma de un zapato de punta estrecha, adentrándose hacia
la nada donde se fundían el Atlántico y el Pacífico. Y justo en la punta del
zapato vio una diminuta mancha borrosa.
-¡Puerto Williams! -gritó Darryl,
exultante-. ¿Lo ve?
Wilde tuvo que sonreír. Aquel tipo empezaba
a gustarle de alguna manera, o bien pensó que podría llegar a acostumbrarse a
él. Alzó los pulgares en su dirección.
El piloto les dio algunas instrucciones en
español, que Michael supuso que se referían a la posición correcta de los
asientos, y el aparato se inclinó en un ángulo agudo antes de dirigirse hacia
una larga línea de montañas puntiagudas. Cuando se colocaron en paralelo a
éstas, presumiblemente protegidos por ellas de los vientos del este, perdió
repentinamente altitud y los oídos de Michael se destaponaron con el sonido de
un corcho cuando se extrae de una botella; luego, el piloto apagó los motores.
Durante un momento pareció que el avión se encontraba en caída libre, antes de
que Michael oyera el estruendo del tren de aterrizaje desplegándose y
percibiera cómo el morro del aparato se alzaba ligeramente. El rugido del motor
decreció de forma considerable y la aeronave pareció deslizarse, como un ave
marina, sobre el pavimento de grava, donde tocó con un golpe sordo y después
rodó libre de obstáculos hacia dos hangares herrumbrosos, una destartalada
terminal y la torre de control que Michael hubiera jurado que estaba inclinada
lo menos diez grados.
Varios pasajeros aplaudieron y el piloto se
asomó para decirles:
-Muchas gracias, señoras y señores, y
bienvenidos al fin de la Tierra.[4]
Para esto Michael no necesitaba traductor.
Bienvenidos al fin de la Tierra.
CAPÍTULO
CINCO
24 de noviembre, 4.15 horas
EL CAPITÁN BEJAMIN PURCELL, oficial al
mando del rompehielos Constellation, se estaba impacientando. Desde su cabina
había escuchado la llegada del avión a bordo del cual venían sus dos últimos
pasajeros, pero de eso ya hacía más de una hora. ¿Dónde demonios se habían
metido? ¿Cuánto tiempo les iba a llevar ir desde la pista de aterrizaje hasta
el puerto? Puerto Williams, que en último recuento de población había arrojado
un total de 2.512 habitantes, no ofrecía precisamente muchas atracciones para
el turismo. Una vez que te habías detenido a ofrecer un homenaje a la proa de
la escampavía Yelcho, usada para rescatar a la expedición a punto de morir de
hambre de Ernest Shackleton de la isla Elefante en 1916, no había mucho más que
pudiera captar el interés, y de lo contrario Purcell lo habría sabido seguro,
pues había llevado este barco entre los puertos más meridionales de Argentina y
Chile durante casi los últimos diez años y no había visto más cooperación ni
amistad entre ambos países que cuando comenzó. En estos momentos no existía una
conexión fiable por barco entre Puerto Williams, ubicado en la costa norte de
la isla Ambarino, y Ushuaia, en la parte argentina del canal.
Subió al puente, donde el alférez Gallo
hacía la guardia mientras estaban en el muelle. Justo desde la cubierta
superior de la torreta de control, que se alzaba unos catorce metros sobre el
puente y se usaba como puesto de vigilancia para avistar icebergs, se
disfrutaba de la mejor vista posible del puerto y de cuanto sucedía en la
ciudad, que se extendía a lo largo de la parte superior de la colina. A unos
escasos cientos de metros, en el muelle Guardián Brito, el malecón principal,
había atracado un crucero noruego desde cuya sala de fiestas se oía
estridentemente uno de los viejos éxitos de Abba (¿Era Dancing Queen?).
-¡Dámelos! -le dijo al alférez,
gesticulando en dirección a los binoculares que estaban depositados al lado del
timón.
Los dirigió hacia la parte superior de la
colina, hacia el centro comercial, donde apenas había nada salvo unas cuantas
tiendas de artesanía, un almacén y una oficina de correos, en busca de alguien
con aspecto de reportero o de biólogo marino, pero únicamente observó a
turistas ancianos fotografiándose unos a otros delante de las elevadas agujas
de granito conocidas como los Dientes de Navarino, visibles a cierta distancia.
No cabía duda de que si alguien se tomaba la molestia de viajar a uno de los puntos
más remotos del planeta, probablemente querría una prueba incontrovertible del
hecho para cuando se regresara a casa.
-¿Se ha instalado ya la doctora? -le
preguntó Purcell al alférez Gallo.
-Muy bien, señor. Sin problemas.
-¿Dónde la ha alojado?
-La suboficial Klauber se ha presentado
voluntaria para ceder su camarote a la doctora Barnes, señor.
Había sido una solución afortunada, pensó
Purcell. No era fácil hacerse con camarotes. La doctora, uno de los tres
pasajeros de la NSF que tenía que transportar a Point Adélie, era una
afroamericana de considerable volumen (un relleno bastante apropiado, pensó,
para la Antártida) y gran presencia. Había llegado la víspera, y cuando se
dieron la mano sintió crujir sus dedos bajo aquel formidable apretón. Se las
apañaría bien allí, no era un lugar para debiluchos.
Purcell hizo otro barrido de la ciudad y
esta vez, finalmente, vio dos hombres mirando hacia el puerto y uno de ellos,
un pequeño pelirrojo, preguntándole algo a un pescador chileno. Éste asintió y
después señaló con el brazo que sostenía un cubo de cebo hacia el
Constellation. El otro tipo era alto, con el pelo negro revuelto y un petate
lleno hasta arriba. También llevaba una mochila de nailon azul que dejaba
adivinar la forma de un maletín para un ordenador portátil.
Cuando los dos hombres tomaron la dirección
del puerto, Purcell vio que el más pequeño había alquilado los servicios de un
adolescente local para que empujara una carretilla con su equipaje.
-Aquí están -masculló Purcell-. Menuda
patada en el culo les voy a dar. -El alférez saludó con dos cortos pitidos del
silbato del barco.
-Largad amarras -ordenó el capitán-, y
prepárense para zarpar.
Mientras Michael arrastraba la bolsa por el
embarcadero de metal y cemento, vio descender la pasarela a un tripulante
vestido con las características ropas blancas de los marinos. El navío era más
grande de lo esperado, debía de alcanzar lo menos ciento treinta metros de
eslora, con algo que parecía un helicóptero protegido debajo de una lona en la
cubierta de popa. Los laterales del barco estaban pintados de rojo, excepto una
gran franja diagonal blanca que cruzaba la proa. En la popa había unos gigantescos
tornillos en forma helicoidal. Michael se imaginó que rompería primero el hielo
con el casco y luego lo trocearía con los helicoides. El barco, visto de cerca,
era como una enorme cubitera flotante.
-¿Doctor Hirsch? -gritó el marinero-.
¿Señor Wilde?
-Yo -replicó Darryl en castellano y Michael
alzó la barbilla en ademán de reconocimiento.
-Soy el contramaestre Kazinski. Bienvenidos
a bordo del Constellation.
Kazinski sacó las bolsas de la carretilla
y, mientras Hirsch le daba unos cuantos billetes al porteador adolescente, giró
sobre sí mismo y subió la pasarela con brusquedad.
-El oficial al mando -comentó por encima
del hombro- es el capitán Purcell. Ha solicitado su presencia esta noche en la
cena, en el comedor de los oficiales a las siete. Por favor, vístanse con
corrección.
Michael se preguntó qué querría decir con
eso. Se le había olvidado meter un esmoquin, en caso de haber tenido uno,
claro.
Ya en la cubierta, Wilde paseó la mirada
alrededor. El puente se alzaba al menos cinco metros por encima de su cabeza;
le sorprendió por su inusual altura y amplitud, al recorrer casi por completo
la anchura del barco y estar colocado allí arriba como si fuera una especie de
nido de cuervo, montado en lo que parecía el cañón de una chimenea. Desde lo
alto debía de haber una vista mejor que buena. Intentaría tomar algunas fotos
con gran angular durante el viaje hacia Point Adélie.
-Compartirán un camarote de popa -les
informó Kazinski-. Síganme y se lo mostraré.
Mientras se dirigían hacia una estrecha
escalera, varios marineros se apresuraron a adelantarlos, y Wilde escuchó los
pasos de otros claqueteando por los escalones que subían por encima de sus
cabezas. Escuchó algunas observaciones en jerga sobre líneas de amarre, cambios
de tanques de fuel y un comentario socarrón sobre algo del sónar sin sentido
para él, que provocó la hilaridad de la marinería. El navío estaba claramente
preparado para salir de forma inmediata.
-¿Cuántos hombres hay a bordo? -inquirió
Michael.
-La tripulación la forman ciento dos
personas, entre hombres y mujeres, señor.
Michael había comprendido correctamente.
Todavía no había visto ninguna mujer, pero aparentemente sí las había. Como
para probarlo, una mujer alta y delgada en uniforme, con un sujetapapeles bajo
el brazo, irrumpió procedente de una escotilla; Kazinski se cuadró
inmediatamente y saludó.
Ella correspondió el saludo y después
extendió el brazo hacia Hirsch.
-Usted debe de ser el doctor Hirsch. Soy la
teniente Kathleen Healey, la oficial de operaciones a bordo. -Tenía un aire
seco, firme y eficiente, e incluso el corto cabello castaño que asomaba por
debajo de su gorra parecía cortado en aras de la máxima eficacia-. ¿Y usted es
el periodista? -Se dirigió a Michael-. Lo siento, leí su nombre en el informe
matinal, pero lo he olvidado.
Wilde se presentó y repuso:
-Encantado de estar a bordo.
-Sí, les estábamos esperando.
El reportero comenzó a tener la impresión
de que tanto él como Hirsch habían estado entorpeciendo el trabajo.
-Son ustedes los últimos del contingente de
la NSF -comentó Healey.
-¿Hay otros? -preguntó Hirsch.
-Sólo una más, la doctora Charlotte Barnes.
Llegó hace dos días.
Arriba se oyó otro largo y atronador
silbido y tres marineros pasaron casi volando. La cubierta retumbó con el
sonido del motor de estribor al encenderse.
-Si me disculpan...
Michael asintió y cuando comenzó a andar la
pudo escuchar gritando órdenes a derecha e izquierda.
-Por aquí -les mostró Kazinski,
desapareciendo por otra escotilla.
Michael esperó a que Hirsch pasara y luego
lo hizo él. El pasillo era tan estrecho que resultaba difícil maniobrar con
aquel petate tan grande que contenía su equipo fotográfico concienzudamente
empaquetado para protegerlo contra roturas. Las cámaras y los accesorios
estaban metidos en sus estuches metálicos en el centro, y luego envueltos en
toda la ropa que llevaba, y, claro, como resultado, la bolsa pesaba lo suyo.
-El Constellation -iba relatando Kazinski-
figura entre los rompehielos más grandes de la flota de la guardia costera.
Pesa en torno a las trece mil toneladas y funciona con media docena de motores
diesel y tres turbinas de gas. Llevamos, además, en torno a cuatro millones de
litros de fuel. A toda máquina desarrolla setenta y cinco mil caballos y
alcanza en aguas abiertas los diecisiete nudos. En alta mar tiene un ángulo de
balanceo de hasta diecinueve grados.
Michael pensó qué se sentiría en ese caso.
Sabía lo que era pasar mal tiempo a raíz de su estancia en Nueva Escocia y
había sufrido una borrasca de aúpa en las Bahamas, pero jamás había estado a
bordo de un rompehielos en una tormenta en el Antártico.
-¿Puede llegar a ocurrir? -preguntó
Hirsch-. Que se incline hasta los diecinueve grados, quiero decir. -Sonó como
si estuviera ansioso de que sucediera.
-Nunca se puede decir -replicó Kazinski,
alargando el paso por encima del umbral de otra escotilla y luego
advirtiéndoles-. Cuidado con dar un mal paso por aquí. El mar en verano no es
tan malo como en invierno, pero aún así esto es el cabo de Hornos. Puede
ocurrir cualquier cosa en cualquier momento. Tengan cuidado de nuevo.
Los llevó a lo largo de otro pequeño tramo
de escaleras metálicas y los ojos de buey desaparecieron súbitamente; Michael
se imaginó que debían de haber descendido justo por debajo del nivel de
flotación ya que incluso el aire se había vuelto más pesado, frío y húmedo. Los
tubos fluorescentes del techo titilaron y conforme seguían su camino hacia la
popa, las vibraciones en el suelo se incrementaron, lo mismo que el ruido.
-Bueno, ya hemos llegado -anunció el
contramaestre, agachando la cabeza para entrar por la puerta de un
camarote-Hogar, dulce hogar.
Cuando el periodista entró, apenas quedó
espacio para que los tres pudieran estar de pie. Había dos estrechas literas
pegadas a las paredes opuestas, cubiertas con unas mantas de lana a rayas
dobladas con pulcritud militar. De la pared entre ambas pendía una bandeja de
metal en estos momentos plegada. Sólo había una luz sobre sus cabezas que
relucía alegremente dentro de un globo de cristal esmerilado y una puerta de
contrachapado que daba al cuarto de baño. Michael olió a moho.
-¿Éste es el camarote de lujo? -bromeó
Michael, y Kazinski se echó a reír.
-Sí, señor. Está reservado sólo para los
dignatarios.
-Nos lo quedamos.
-Buena decisión. Son nuestras últimas
literas a bordo, señor.
A Darryl, afortunadamente, no pareció
importarle. Tan pronto como Kazinski se marchó, abrió la cremallera de uno de
sus bolsos y comenzó a colocar unas cuantas cosas en la litera de la derecha.
-Veamos -le dijo a Michael, deteniéndose un
segundo-. ¿Quiere ésta?
Wilde sacudió la cabeza.
-Es toda tuya -repuso, tuteándole. Luego,
se descolgó la mochila del hombro y la puso sobre la cama-, pero si nos dejan
chocolatinas esta noche sobre las almohadas, quiero la mía.
Mientras en biólogo desempaquetaba sus
cosas, Michael sacó una de sus cámaras digitales, una Canon S80 estupenda para
los complicadísimos disparos con el gran angular, y subió a cubierta. El
Constellation había abandonado el muelle y avanzaba lentamente hacia el sudeste
por el canal Beagle, así llamado en homenaje al HMS Beagle, el mismo barco que
había llevado a Darwin por esas aguas en 1834. La temperatura del aire no era
extrema, quizá unos dos o tres grados sobre cero, ya que el barco navegaba por
un canal relativamente protegido. El viento era suave.
Pudo hacer unas cuantas fotos sin
preocuparse de los guantes y sin que se le quedaran ateridos los dedos.
Probablemente no usaría ninguna de esas instantáneas para ilustrar el artículo,
pero siempre le gustaba disponer de imágenes que registraran cada fase
importante de una expedición. Solía usarlas como recordatorio cuando llegaba el
momento de escribir y nunca se terminaba de sorprender de que algo que
recordaba de una forma determinada, con frecuencia ofrecía un aspecto bastante
diferente al mirar las fotos. Había aprendido que la mente le jugaba a uno gran
cantidad de trucos.
El puerto se atisbaba cada vez más lejos y
la línea costera se veía emborronada por una capa de pálido color verde de
musgos y líquenes. Los indios patagones habían poblado en tiempos aquel país
azotado por los vientos, y en 1520 Fernando Magallanes, a la búsqueda de un
paso protegido en la ruta del oeste, la había apodado Tierra del Fuego cuando
había visto sus hogueras ardiendo en las playas y colinas desiertas. No quedaba
nada ardiente, ni siquiera cálido ya por allí y, desde luego, tampoco ningún signo
de los antiguos patagones. Habían sido diezmados por las enfermedades y por la
usurpación de su hogar por los exploradores europeos. El único signo de vida
que Michael pudo ver en la costa fue el de las bandadas de petreles blancos que
se lanzaban desde los bordes de los acantilados erosionados, donde habían
colocado los nidos y alimentaban a las crías. Cuando los dedos se le pusieron
demasiado fríos para manejar la cámara, la metió dentro de su parka, cerró el
bolsillo con una cremallera y simplemente se inclinó sobre la barandilla.
El agua allí abajo era un intenso color
azul oscuro, y se abría a ambos lados de los costados del barco con un
constante movimiento ondulante. Wilde había leído sobre la Antártida todo lo
posible desde que había recibido el encargo de Gillespie y sabía que esas aguas
libres de hielos no durarían mucho. Conforme abandonaran el canal y entraran en
el mar de Hoces y el cabo de Hornos, el océano se transformaría en el más
bravío del planeta. Incluso en ese momento, en pleno verano austral, los
icebergs se convertían en una amenaza continua. De hecho, él esperaba su
aparición en cualquier momento. Fotografiar icebergs y glaciares, intentando
reflejar los delicados matices que van del blanco cegador a un intenso color
lavanda, era un reto técnico y artístico de primera categoría, y a él le
gustaban los desafíos.
Llevaba allí un buen rato antes de darse
cuenta de que había otro pasajero en la barandilla, una mujer negra con el pelo
trenzado, arropada con un largo abrigo de plumón verde. Se preguntó cuánto
tiempo llevaría allí. Debía de estar a unos seis metros e intentaba manejar su
cámara con torpeza. Desde su posición, Michael pensó que era una Nikon 35
milímetros. La dirigía hacia el agua, donde habían emergido un par de leones
marinos con sus esbeltas cabezas negras reluciendo como bolas de bolera, y
Michael le gritó:
-No es tan fácil desde un barco en
movimiento, ¿a que no?
Ella le miró. Tenía una cara ancha con
altos pómulos y cejas arqueadas.
-Nunca es fácil -repuso-; ni siquiera sé
por qué lo intento.
La mujer aferraba la barandilla para
mantener el equilibrio, pues el navío se mecía al compás de las olas a pesar de
que el mar estaba relativamente en calma. Michael se dirigió hacia ella.
-Usted debe de ser el fotógrafo que
andábamos esperando -aventuró.
-Sí. -Empezaba a sentirse como el alumno
problemático de la clase-. Y usted debe de ser la doctora que llegó antes de
tiempo.
-Ah, sí, claro, cuando uno viene del Medio
Oeste se hacen las conexiones cuando se puede.
Se presentaron el uno al otro y Michael le
echó una ojeada a su cámara.
-Está utilizando película -comentó.
-He tenido esta cámara durante diez años y
la habré usado un par de veces. ¿Qué tiene de malo la película?
-La verdad es que está bien, pero le puede
dar algunos problemas cuando empeore el tiempo polar. La película se rompe con
bastante facilidad en temperaturas extremas.
Ella se quedó mirando a la cámara que tenía
en la mano como si la hubiera traicionado.
-Sólo me la he traído porque mi madre y mi
hermana insistieron en que debía llevar fotos de vuelta. -Entonces se le
iluminó la expresión-. Quizá me pueda usted dejar algunas de las suyas. Ellas
no se darán cuenta.
-Sírvase usted misma.
Los leones marinos balaron y después
volvieron a sumergir sus cabezas bajo las olas.
-¿Trabaja usted para la National Science
Foundation? -preguntó Michael.
-Ahora sí -repuso ella-. Me gradué en
medicina gracias a un préstamo blando para estudiantes y aún debo un pastón,
espero liquidarlo con el dinero de la NSF. -Michael calculó por su aspecto que
debería de llevar fuera de la facultad de medicina más de cinco o seis años-.
Además, el hospital en el que trabajaba en Chicago está siendo investigado
actualmente por seis agencias distintas. Me pareció un buen momento para
marcharse.
-¿A la Antártida? -Michael estaba anotando
unas cuantas cosas mentalmente, pensando que sería un estupendo personaje para
el artículo de Eco-Travel.
-¿Sabe usted cuánto le pagan a alguien lo
bastante loco para firmar por un contrato de seis meses? -Una racha de viento
se alzó súbitamente, haciendo revolotear sus trenzas sobre los hombros, algunas
de ellas teñidas de un cierto tono rubio-. Le puedo decir algo: seguro que más
que en urgencias. De hecho, me enteré de este concierto gracias a un amigo que
estuvo aquí hace un año.
-¿Y vivió para contar la historia?
-Me dijo que le había cambiado la vida.
-¿Y eso es lo que usted pretende? -le
preguntó-, ¿qué le cambie la vida?
Ella se echó un poco hacia atrás y se hizo
un silencio.
-No, qué va, la verdad es que estoy
bastante contenta con mi vida -comentó, aunque le miró con una cierta cautela-.
Parece usted bastante curioso.
-Lo siento -repuso él-, es un mal hábito.
Va con el trabajo.
-¿De fotógrafo?
-Me temo que también soy periodista.
-Ah, vale, al menos ya sé con quién me la
juego, pero vayamos algo más despacio. Vamos a tener un montón de tiempo antes
de ponernos al tanto, o eso creo.
-Lleva razón -replicó el, pensando para sus
adentros que su técnica como interrogador debía de haberse oxidado un poco-.
¿Por qué no volvemos al asunto de las fotos y empezamos de nuevo?
Él rápidamente le dio unos cuantos consejos
sobre fotografiar el mar, especialmente en las peculiares condiciones de
luminosidad que se daban tan al sur, y después regresó a su camarote. ‹Tómate
tu tiempo›, se recordó a sí mismo, ‹deja que tus personajes se abran por sí
mismos›. En la puerta del camarote recordó que le habían dicho que se vistiera
de forma apropiada para la cena, y pensó en buscar su camisa de franela menos
arrugada y dejarla un buen rato debajo del colchón.
CAPÍTULO
SEIS
20 de junio de 1854, 18:00 horas
AQUÉLLA HABRÍA SIDO OTRA noche más para
Sinclair Archibald Copley, teniente del 17° regimiento de lanceros, de no ser
por el desenlace tan inesperado de la misma.
Comenzó en el cuartela eso de las seis de
la tarde con varias manos al écarté. En el transcurso de las mismas, el joven
perdió a las cartas un total de veinte libras. Otra nueva petición de fondos no
le iba a hacer mucha gracia a su progenitor, el cuarto conde de Hawton, quien
había jurado no ayudarle más después de haberle comprado el grado de oficial en
el ejército. No obstante, y a pesar de dicha promesa, había abonado de
tapadillo la considerable deuda pendiente con el sastre de Sinclair y luego unas
deudas impagadas al propietario oriental de uno de los establecimientos de peor
reputación en el suburbio londinense de Bluegate Fields, donde el joven se
había permitido lo que su padre había definido como «conducta depravada». Era
poco probable que le negara una pequeña ayuda más a un hijo a quien de forma
inminente iban a destinar a Crimea para luchar contra los ejércitos del zar.
-¿Qué os apetecería cenar en mi club?
-sugirió Rutherford mientras recogía sus ganancias-. Como invitados míos, por
supuesto.
-Es lo menos que puedes hacer -repuso Le
Maitre, el otro perdedor de la tarde, a quien todos conocían como Frenchie por
el indudable eco francés de su apellido-. Al fin y al cabo, vas a pagar con mi
dinero.
-Vamos, vamos -terció Rutherford al tiempo
que se acariciaba unas extravagantes patillas de boca de hacha-, no nos pelemos
por esto. ¿Y tú qué dices, Sinclair?
El interpelado tampoco tenía demasiado
interés en acudir al Atheneum, pues también adeudaba dinero a varios miembros
del club.
-Yo preferiría ir a The Turtle.
-Pues a The Turtle en ese caso -convino
Rutherford, levantándose de la silla con dificultad, pues todos ellos tenían
por costumbre empinar el codo sin cesar mientras jugaban-, y después, ¿qué os
parece si le hacemos una visita de última hora a madame Eugenie?
El capitán Rutherford les guiñó un ojo a Le
Maitre y Sinclair mientras guardaba las libras en el bolsillo de su pelliza
escarlata. Estaba de buen humor, y tenía bueno motivos para ello.
Los tres oficiales de caballería anduvieron
un tanto escorados por el alcohol en dirección a Oxford Street. Varios civiles
se apartaron de su camino nada más verlos. El tercero chapoteó por las
endonadas vías públicas de Londres hasta llegar a la esquina de Harley Street,
donde la señorita Florence Nightingale había fundado recientemente un hospital
para mujeres menesterosas. Sinclair se detuvo a contemplar a una preciosa joven
de gorro blanco que se asomaba para cerrar las ventanas de la tercera planta.
Ella también le vio; no era difícil, pues las charreteras y los botones dorados
brillaban en la oscuridad. El teniente le sonrió. Ella se metió dentro y cerró
las contraventanas, pero no sin antes haberle devuelto la sonrisa, o eso pensó
él.
-¡Venga, vamos, me muero de hambre! -gritó
Rutherford desde el final de la calle.
Sinclair apretó el paso para dar alcance a
sus compañeros, y juntos recorrieron el camino hasta llegar a The Turtle. A la
entrada de la taberna había una esfera luminosa cuyo brillo incidía sobre el
letrero de madera situado encima de la entrada; en éste se presentaba a una
tortuga de color verde brillante de una forma inverosímil: el reptil se erguía
sobre las patas traseras. Sinclair escuchó desde fuera el griterío de las
conversaciones y el entrechocar de copas y la cubertería.
La puerta se abrió de golpe cuando un tipo
obeso con sombrero de copa salió a toda prisa. Rutherford alargó la mano para
mantener abierta la hoja y permitir la entrada de Le Maitre y Sinclair.
En el enorme hogar de piedra crepitaba un
fuego. Grandes mesas de caballete ocupaban una estancia de techos bajos por la
que se movían esquivando comensales varios camareros vestidos con delantales
llenos de manchurrones, llevando en las bandejas pollos asados y grandes trozos
de rosbif. Los parroquianos golpeaban la mesa con las jarras vacías para pedir
que se las rellenaran, pero Sinclair no tenía hambre ni sed.
-Dame cinco libras, Rutherford.
-¿Para qué...? Ya te he dicho que invito
yo.
-Te las devolveré.
La práctica totalidad de las tabernas
tenían un foso con arena en la parte posterior, pero el de aquella tasca era
especialmente concurrido y Sinclair concluyó que con un poco de suerte podría
recuperar en las peleas lo que había perdido a las cartas.
-Eres incorregible -replicó Rutherford
mientras le entregaba el dinero con gesto amable.
-Voy contigo -saltó Le Maitre.
Rutherford se quedó perplejo.
-¿Vais a dejarme cenar solo?
-No por mucho tiempo -contestó Sinclair
mientras tomaba del brazo a Le Maitre y tiraba de él hacia el fondo de la
taberna-. Volveremos enseguida con nuestros beneficios.
El asqueroso callejón de detrás de la tasca
estaba repleto de huesos y tripas, y más allá del mismo se alzaba un viejo
establo reconvertido donde se celebraban las peleas de perros. El interior era
sofocante y fétido. En los candelabros había lámparas de gas cuya luz iluminaba
al gentío arremolinado en torno al foso, un cuadrado de cuatro metros y medio
por cada lado y menos de metro y medio de fondo.
En el centro del mismo se hallaba el
encargado o jefe del pozo, un tipo sin camisa sobre cuya espalda desnuda podía
verse tatuada la Union Jack. En ese momento anunciaba el siguiente combate. La
arena del pozo estaba salpicada de sangre, baba y restos de pelambreras
arrancadas a mordiscos.
-A un lado está Duque, de pelaje negro y
marrón -gritó-, y al otro, Blanquito. Y ahora, si abren paso, podrán tener la
ocasión de ver a estos dos magníficos animales antes de hacer sus apuestas.
El público se apartó hasta formar dos
pasillos para permitir el paso de dos hombres, cada uno de ellos llevaba un
pitbull con bozal sujeto con cadenas. Los perros tiraban ferozmente de las
correas mientras avanzaban hacia el borde del pozo, y todo cuanto podían hacer
sus dueños era impedirles que se metieran dentro y se enzarzaran el uno contra
el otro.
-Duque viene de Rosemary Lane y Blanquito,
bueno, es el orgullo Ludgate Hill. Aquí tienen a dos magníficos campeones y un
combate muy reñido... ¡Hagan sus apuestas, por favor, hagan sus apuestas!
El jefe del pozo salió del hoyo de una
zancada e hizo rodar un tonel hasta el borde.
-¿Has visto pelear a alguno de los dos? -le
preguntó Frenchie al oído para hacerse entender en medio de la batahola de
gritos.
-Sí, una vez aposté por Blanquito y gané
-replicó Sinclair, y alzó la mano cuando pasó el encargado de hacer las
apuestas-. ¡Cinco por Blanquito!
-¡Que sean diez! -agregó Frenchie.
El corredor de apuestas tomó nota de la
jugada, pero no les pidió el dinero por adelantado al ser evidente por el
atuendo que se trataba de unos caballeros, sino que se volvió hacia un viejo
borrachín que le tironeaba de la manga.
-Última oportunidad, caballeros -anunció el
jefe, dando un puñetazo en la tapa del tonel cerrado-. ¡Hagan juego!
Se desató un aluvión de gritos y todos
alzaron las manos cuando los amos de los perros les quitaron las cinchas de los
bozales y los canes ladraron con furia, chorreando espuma por la boca.
Entonces, sonó una campana y el jefe del
pozo gritó:
-¡No más apuestas!
Todos los asistentes se volvieron hacia el
barril. El hombretón retiró la tapa y lo volcó de una patada.
Un tropel de ratas negras, marrones y
grises salió dando tumbos y el palpitante surtidor de animalejos cayó al pozo,
donde los roedores se incorporaron rápidamente y corrieron en todas las
direcciones: unos se mordisquearon entre sí mientras otros rebuscaban entre los
tablones de madera del agujero. De hecho, algunas consiguieron salir del foso,
pero los desternillados apostadores las devolvían al hueco a puntapiés.
Los perros se sumieron en un estado de
frenesí nada más ver a los roedores y saltaron al pozo enseñando los dientes y
con las garras preparadas en cuanto sus amos los soltaron. El can blanco fue el
primero en cobrarse una pieza, partiendo limpiamente en dos a una rata gorda de
un solo mordisco.
Sinclair cerró un puño en señal de triunfo
y Frenchie voceó:
-¡Bien hecho, Blanquito!
Duque, el perro negro y marrón, igualó el
marcador enseguida, zarandeando a un ratón como un guiñapo hasta dejarlo hecho
un trapo. Los roedores corretearon hacia los laterales del pozo, subiéndose
unos sobre otros en su ansia de escapar del peligro. Blanquito atacó a uno
situado en lo alto del montón y lo lanzó al aire; la rata cayó sobre el lomo y
el perro la destripó con un zarpazo que provocó una salva de vítores entre sus
hinchas.
La escena continuó de esta guisa hasta
cumplirse casi los cinco minutos, dejando sangre, huesos y trozos de rata por
todas partes. Sinclair siempre se quedaba detrás por ese motivo: no deseaba
mancharse el uniforme.
Blanquito había perdido el ánimo homicida
en algún momento, optando por comerse a la presa, lo cual era propio de un mal
entrenador, sospechó Sinclair. Un perro debía tener hambre antes de empezar el
combate a fin de mantener viva su sed de sangre, pero no tanto como para
detenerse y zamparse a la pieza.
-¡Levántate, Blanquito! -gritó Frenchie, al
igual que muchos otros.
Sin embargo, el perro permaneció a gatas,
comiéndose a los roedores muertos de alrededor. Entretanto, Duque no se detuvo
con la carnicería.
Sinclair vio evaporarse su dinero incluso
antes de que sonase la campana y el jefe gritase:
-¡Tiempo, caballeros!
Los dueños de los pitbull saltaron al pozo
a fin de alejar a ambos perros de las ratas aún vivas y poner distancia entre
los dos canes.
El mandamás del pozo se volvió hacia su
compañero el juez, un golfillo cubierto de roña que hizo sonar una campana de
latón antes de anunciar:
-Efectuado el recuento, el ganador es... el
Duque, caballeros, el Duque de Rosemary Lane se ha impuesto en este combate. El
número de víctimas abatidas asciende a... la docena del fraile.
Se levantó un clamor entre los apostantes
del Duque y entonces empezó el intercambio de recibos y monedas. El corredor de
apuestas se personó antes Sinclair y éste le entregó el billete de cinco libras
de muy mala gana. Frenchie hizo lo mismo.
-Qué poca gracia le va a hacer a Rutherford
-anunció Le Maitre.
Frenchie estaba en lo cierto, y Sinclair lo
sabía, pero ya había apartado esa pérdida de su mente. Siempre era mejor no
detenerse mucho tiempo en los reveses del infortunio; de hecho, sus
pensamientos volaban ya en otra dirección mucho más placentera, y mientras se
unía al gentío que regresaba a la tasca ya estaba fantaseando con la atractiva
joven de blanco gorrito recién planchado a la que había visto cerrando las
ventanas del hospital.
CAPÍTULO
SIETE
30 de noviembre
DURANTE DÍAS, EL CIELO había estado lleno
de bandadas de pájaros que aleteaban detrás del Constellation conforme se
dirigía hacia el sur, hacia el Círculo Polar Antártico, y Michael había
instalado su monópode, un Manfrotto con disparador adaptado para hacer ajustes
rápidos y automáticos, en el puente voladizo a fin de tomar el mayor número
posible de fotos. Por la noche, en su camarote había estado leyendo sobre
ellos, de modo que sabía qué era lo que estaba viendo.
Seguía siendo difícil captarlos en vuelo,
pero a esas alturas del viaje al menos ya era capaz de distinguirlos entre sí.
Casi todos los pájaros estaban provistos de
orificios nasales en forma de tubo, con picos que contenían glándulas
excretoras de sal, de modo que eso no le ayudaba mucho; ni tampoco sus diseños
de color, que eran casi siempre blanco y negro. Lo único que facilitaba el
trabajo era que las diferentes especies mostraban patrones de vuelo únicos y
reveladores métodos de alimentación.
Así, por ejemplo, los petreles se
zambullían en picado, eran pequeños y regordetes y volaban sobre el mar
moviendo las alas con rapidez, salteando su vuelo con cortos planeos. A menudo
recorrían la cresta de una ola, antes de sumergirse para capturar un poco de
krill.
Los petreles damero bailoteaban con sus
patas palmeadas sobre la mismísima superficie del agua.
Os petreles plateados, grises como el cañón
de un arma, se sostenían en el viento y después doblaban las patas y se dejaban
caer, con la cabeza retrasada hacia el mar, como un miedoso saltando desde lo
alto de un gran acantilado.
Los petreles paloma antárticos surfeaban
sobre el oleaje, donde hundían sus anchos picos laminados como palas, y de esa
forma filtraban el plancton del agua. Sus primos, los petreles paloma de pico
estrecho, volaban con una mayor languidez, inclinándose para pescar con
agilidad alguna presa ocasional desde unos cuantos centímetros por encima del
mar.
Los petreles blancos, los más difíciles de
ver porque no contrastaban contra la espuma y el agua pulverizada del
turbulento océano, rebotaban como bolas de billar, dirigiéndose de un lado para
otro y de ese modo, sus pequeñas alas puntiagudas rozaban ligeramente el agua
helada para evaluar la forma y el rumbo del oleaje.
Pero el rey de todos ellos era el albatros
errante, la mayor de las aves marinas; planeaba en las alturas como un
gobernante vigilando majestuoso su reino. Uno se posó en la lona del
helicóptero en la cubierta inferior justo cuando Michael rebuscaba en su bolsa
impermeable de suministros una nueva tarjeta de memoria y varios más se
entretenían cerca del barco, volando a su altura. El fotoperiodista no había
visto ninguna criatura viajar con tal belleza y economía de movimientos. Con
una envergadura de unos tres metros, los pájaros de color blanco ceniza, apenas
parecían ejercer ningún tipo de esfuerzo en absoluto. Michael había estudiado
que sus alas eran un milagro de diseño aerodinámico, que percibían cada pequeño
y sutil cambio en el viento e instantáneamente ajustaban su juego completo de
músculos para cambiar el ángulo y modificar cada pluma individual. Sus mismos
huesos no pesaban casi nada, ya que en parte eran huecos. Aparte de los cortos
periodos en que el albatros debía anidar o buscar compañía en alguna isla
antártica, en general vivía toda su vida en el aire, extrayendo la fuerza de
sus adaptables alas y usándolo gracias a algún prodigioso instinto navegador
para dar vueltas a todo el globo una y otra vez.
No era de extrañarse entonces que los
marineros siempre los hubieran reverenciado ni que los considerasen como una
señal de buen agüero, tal y como explicó el capitán Purcell esa noche durante
la cena; luego, añadió:
-Esos pájaros tienen un sistema de
navegación global en sus cabezas mejor que todo lo que llevamos en la cabina
del timonel.
-Unos cuantos me han hecho compañía hoy
-comentó Michael-, mientras estaba en la cubierta voladiza.
Purcell asintió mientras alargaba la mano
hacia la botella de espumosa sidra.
-Pueden ajustar su ángulo y su velocidad de
vuelo a la rapidez del barco que estén siguiendo.
Rellenó de sidra el vaso de la doctora
Barnes. Como Michael había constatado en su primera noche a bordo, cuando había
pedido una cerveza con tanta inocencia, no se servía alcohol en los barcos de
la Armada de Estados Unidos ni en los de la guardia costera.
-Un amigo mío, un ornitólogo de Tulane
-aportó Hirsch-, anilló con un sistema electrónico a un albatros en el océano
Índico y le siguió vía satélite durante un mes. Viajó unos quince kilómetros,
deteniéndose en una única ocasión. Parece ser que el ave es capaz de ver a
centenares de metros de alturas los bancos bioluminiscentes de calamares.
Cuando éstos ascienden a la superficie para alimentarse las aves descienden
para hacer lo propio.
Charlotte hizo una pausa para coger uno de
los cuencos y servirse de la bandeja de plástico; luego, comentó:
-Esto de aquí son calamares, ¿no? -Todo el
mundo se echó a reír-. Quiero decir que no me haría ninguna gracia dejar sin
comer a algún albatros hambriento.
-No, ésta es una de las especialidades del
cocinero, tiras de calabacín fritas.
La doctora se sirvió y después se la pasó a
la oficial de operaciones, la teniente Kathleen Healey, a quien todos llamaban
«Ops» para abreviar.
-Servimos un buen surtido de hortalizas y
fruta fresca al zarpar -observó el capitán Purcell-, y montones de enlatados y
congelados en el largo camino de regreso.
El barco viró con brusquedad, como si diera
un paso hacia el lado, y luego volvió a virar. Michael puso una mano sobre la
cinta de goma que rodeaba todo el borde de la mesa y la otra en el vaso de
sidra, los pasajeros todavía no se habían habituado a los continuos balanceos
del rompehielos.
-El barco tiene una forma parecida a la de
un balón de fútbol -comentó Kathleen, que parecía completamente indiferente a
la turbulencia-; de hecho, no está diseñado para navegar por aguas tranquilas,
ni siquiera tiene quilla. Más bien se diseñó para moverse suavemente a través
de los icebergs y el hielo, y ése es un buen motivo para que estén ustedes
contentos de ir a bordo.
-Hemos tenido muchísima suerte -añadió el
capitán-, tenemos altas presiones sobre nosotros, lo que implica mar tranquila
y buena visibilidad, con lo cual avanzaremos a buen ritmo hasta Point Adélie.
Michael detectó la duda en su voz al igual
que los demás.
-¿Pero...? -inquirió Charlotte mientras
sostenía una tira de calabacín en la punta de su tenedor.
-Bueno, da la sensación de que se está
disolviendo -añadió él-. En el cabo, el tiempo cambia de manera muy rápida.
-Gradualmente nos estamos acercando a lo
que se conoce como la Convergencia Antártica -informó la teniente Healey-, que
es donde las aguas frías procedentes de las fosas polares entran en contacto
con el agua más cálida procedente de los océanos Índico, Atlántico y Pacífico.
Navegaremos por mares mucho más impredecibles y con un clima menos benigno.
-¿Al de hoy le llamaría usted benigno?
-Preguntó Charlotte, antes de morder el calabacín de su tenedor-. Se me han
congelado tanto las trenzas que se han quedado tiesas -comentó con una
risotada, pero todo el mundo sabía que no era una broma.
-Lo de hoy le parecerá una ola de calor
antes de que lleguemos a nuestro destino -comentó el capitán mientras cogía el
bol de la pasta primavera-. ¿Alguien quiere repetir?
Darryl no había probado el aperitivo,
cóctel de gambas, por lo que alargó la mano de forma inmediata. A pesar de su
tamaño, habían comprobado que era un tragón: podía zamparse a todos los
comensales de esa mesa tranquilamente.
-Sólo estoy intentando prepararles para lo
que se avecina -continuó el capitán.
Y su aviso se hizo realidad mucho antes de
lo que cabía esperar. La intensidad del viento había ido a más y era cada vez
mayor el tamaño de los témpanos que se encontraban en su camino; las
dimensiones de algunos superaban ya las de un vagón de tren. Cuando no era
posible rebasar alguno, el barco hacía aquello para lo que estaba preparado: se
abría camino a través del hielo. Una vez terminada la cena, con el sol aún
colgado inmóvil sobre el horizonte, el periodista se dirigió hacia la proa para
observar el enfrentamiento encarnizado que se entablaba entre el orgullo del
rompehielos de la guardia costera y los icebergs que pasaban.
Darryl Hirsch ya estaba allí, envuelto en
un pasamontañas de lana roja que le cubría por completo la cabeza y el rostro y
del cual sólo asomaban sus gafas.
-Has de ver esto -dijo cuando se le unió
Michael en la barandilla-. Desde luego es casi hipnótico.
Justo delante tenían una masa tabular de
hielo del tamaño de un campo de fútbol, y Michael sintió que el Constellation
tomaba impulso antes de embestir directamente al centro del iceberg cubierto de
nieve. El hielo al principio no cedió ni un centímetro y Michael se preguntó
cuál sería su grosor. Los motores rugían y gruñían y el casco redondeado del
navío, justo por ese motivo, se alzó sobre la superficie del glaciar y dejó que
sus trece mil toneladas de peso presionaran hacia abajo. Primero se abrió una
fisura mellada en el hielo y luego otra, que tomaron direcciones opuestas. El
rompehielos empujó hacia delante, sin ceder un instante, hasta que de repente
con un gran ruido de crujidos y chasquidos el hielo quebró. Se levantaron
enormes astillas a ambos lados de la proa, elevándose casi hasta la altura de
la cubierta donde se encontraban Darryl y Michael. Instintivamente, se
apartaron de la barandilla, pero pronto tuvieron que aferrarse a ella para no
salir despedidos dando tumbos en dirección a la popa.
Cuando las astillas cesaron, miraron hacia
abajo para ver cómo los trozos se alejaban a ambos lados del barco antes de ser
absorbidos debajo del casco, de camino hacia los tres gigantescos helicoides
traseros de casi cinco metros de diámetro que se encontraban en el otro
extremo; allí eran triturados y troceados hasta adquirir un tamaño manejable,
antes de alejarse de la estela del barco.
Pero lo que más sorprendió a Wilde fue la
sección inferior de la montaña de hielo. Lo que parecía blanco y prístino en la
parte superior no tenía el mismo aspecto cuando se rompía y quedaba expuesto.
La zona sumergida era bastante desagradable de ver: su color pálido y
amarillento recordaba el aspecto de la nieve allí donde se había meado un
perro.
-Las algas causan esa decoloración de la
parte inferior -comentó el biólogo, intuyendo el rumbo de sus pensamientos.
Debió alzar la voz para que Michael pudiera oírle sobre los crujidos provocados
por el troceo del hielo y los vientos cada vez más fuertes-. Esos icebergs no
son de hielo sólido, tienen canales de agua salada en los que hay algas,
diatomeas y bacterias.
-¿Y viven debajo del hielo? -gritó Michael.
-No... viven en él -respondió Hirsch a voz
en grito, y parecía vagamente orgulloso de ellos por su inventiva.
El barco se abalanzó de nuevo hacia delante
y después se hundió ligeramente. Incluso bajo aquella extraña luz, Michael
apreció que Darryl empezaba a ponerse blanco como el papel.
Después de aquello, el biólogo se excusó
apresuradamente para dirigirse abajo, y Michael se hartó de intentar mantenerse
en pie y se dirigió hacia la sala de oficiales, la cual mostraba una gran
actividad por la noche, con juegos de cartas y algún DVD que otro vociferando
desde la televisión. Las opciones iban desde Bruce Lee y Jackie Chan, pasando
por la lucha profesional hasta algún largometraje protagonizado por The Rock,
pero no había nadie en estos momentos, por lo que supuso que la tripulación debía
de estar dedicada a sus distintas tareas. Agachó la cabeza para dirigirse hacia
el gimnasio, una habitación atestada dedicada al ejercicio alojada en la proa,
separada del océano helado sólo por los mamparos. Kazinski estaba en la cinta
andadora con unos pantalones cortos y una ajustada camiseta con el lema
«Bésame, soy guardacostas».
-¿Cómo puedes aguantar ahí sin caerte?
-preguntó Wilde, cuando el barco dio otro tumbo.
-¡Es lo mejor! -aseguró Kazinski,
agarrándose a la barandilla y manteniendo un ritmo brutal-. ¡Es como montar un
potro salvaje!
Había un pequeño monitor sobre sus cabezas
que mostraba una imagen en tiempo real desde la proa. Michael pudo ver una
imagen granulosa en blanco y negro del mar revuelto, donde cabeceaban los
bloques de hielo, a pesar de las gotas de agua y espuma que manchaban la lente
exterior.
-Se está poniendo la cosa fea ahí fuera
-comentó Michael.
Kazinski echó una ojeada al monitor sin
perder el paso.
-Se va a poner bastante peor cuando estalle
la tormenta, téngalo por seguro.
Michael se alegraba de que Darryl no
estuviera ahí para escuchar aquello. Atravesar por el estrecho más mortal del
planeta sin sufrir ninguna tormenta le habría parecido como haber ido a París y
no haber visto la Torre Eiffel.
Extendió las manos para sujetarse a ambas
paredes del corredor y fue trastabillando hasta llegar a su propio camarote y
abrir luego la puerta. El biólogo no se hallaba en su litera, pero la puerta de
acceso al cuarto de baño estaba cerrada y pudo escucharle dentro, echando fuera
todo lo que había comido.
Wilde se dejó caer en su litera y se tumbó.
«Abróchense los cinturones. Ésta va a ser una noche movidita», dijo para sus
adentros. Kristin citaba a menudo la vieja frase de Bette Davis en el
largometraje Eva al desnudo, la mencionaba cada puesta de sol cuando se
encontraban en problemas en algún lugar peligroso. Lo que habría dado por
tenerla en ese momento a su lado y escuchar la cita de sus labios una vez más.
La puerta de contrachapado se abrió de
golpe y Hirsch, doblado por la mitad, tropezó y se dejó caer despatarrado sobre
su cama. Cuando se dio cuenta de que su compañero de cuarto estaba allí,
masculló entre dientes:
-No creo que quieras entrar ahí. No he
atinado.
A Michael le habría sorprendido que lo
hubiera hecho.
-Crees que volverá a ocurrirte esta noche,
¿no? -le preguntó al verle vestido sólo con unos calzoncillos largos.
Darryl le dedicó una sonrisa lánguida.
-En su momento me pareció una buena idea.
-¿Estarás bien?
El barco dio otro bandazo, tan violento que
tuvo que agarrarse al armazón de la cama que estaba anclada al suelo.
Hirsch adquirió un tono más intenso de
verde y cerró los ojos.
Michael se inclinó contra la pared
interior, todavía agarrado al marco. Sí, sin duda iba a ser una noche muy dura
y se preguntó cuánto duraría una tormenta de éstas. ¿Días? ¿Podría encresparse
más? Y ya puestos en lo peor, ¿cuánto podría empeorar?
Cogió una de sus guías Audubon, pero el
barco se mecía y cabeceaba tanto que no se podía leer. Intentar enfocar la
vista bastaba para marearle. Colocó el libro debajo del colchón. Allí en los
camarotes de popa del barco, el ruido de los motores y los propulsores era más
alto que nunca. Darryl yacía tan inmóvil como una momia, pero aún enfurruñado y
resoplando.
-¿Qué has tomado? ¿Escopolamina?
Hirsch gruñó un sí.
-¿Algo más?
-Una banda de acupresión. Se suponía que
iba a ayudarme.
Michael jamás había oído hablar de ello,
pero tampoco parecía que Darryl estuviera a punto de recomendarlo a nadie,
desde luego.
-¿Quieres que vaya a ver si Charlotte tiene
algo más fuerte? -le preguntó a Darryl.
-No salgas ahí fuera -susurró el biólogo-.
Morirás.
-Sólo voy a ir hasta el fondo del corredor.
Volveré pronto.
Esperó a un momento de calma momentánea y
después se puso en pie y se dirigió hacia la puerta. El largo pasillo se
inclinaba primero hacia un lado y luego hacia el otro y parecía una especie de
caseta de feria. Las luces fluorescentes titilaban y zumbaban. El camarote de
Charlotte estaba aproximadamente a mitad del barco, quizá a unos treinta metros
de distancia, pero tuvo que ir muy despacio y con los pies muy separados para
conservar el equilibrio.
Brillaba un hilo de luz debajo de su
puerta, lo cual significaba que aún estaba despierta, así que llamó.
-Soy Michael -gritó-. Creo que Darryl
necesita ayuda.
La doctora abrió la puerta con una bata
enguantada con adornos chinos, unos dragones verdes y dorados escupiendo fuego,
y zapatillas de lana. Se había anudado el pelo trenzado en un recogido en lo
alto de la cabeza.
-No me lo digas -comentó, alcanzando ya su
maletín negro-, se ha mareado.
Al llegar, encontraron a Darryl acurrucado
en forma de una pelota. Era tan pequeño, medía poco más de metro sesenta,
huesudo como un palo, que parecía un niño con dolor de barriga esperando a su
mamá.
La mujerona se sentó en un lado de la cama
y le preguntó qué se había tomado. Él le enseñó también la banda acupresora, a
lo que ella repuso:
-No tengo nada en contra de las creencias
de nadie.
Rebuscó en su maletín y sacó una jeringa y
una botella.
-¿Has oído hablar de la fenitoína sódica?
-Es lo mismo que el Dilantin.
-Oh, ya veo que conoces bien tus medicinas.
¿Lo has tomado alguna vez?
-Una vez, antes de una inmersión.
-Espero que no nos toque zambullirnos
pronto. -Preparó la jeringa-. ¿Alguna reacción anómala?
Hirsch comenzó a sacudir la cabeza para
decir que no, pero se pensó mejor lo de sacudir nada de forma innecesaria.
-No -masculló entre dientes.
-¿Para qué sirve eso? -inquirió Michael
mientras ella enrollaba una de las mangas del científico.
-Disminuye la actividad nerviosa del
intestino. Es un medicamento para ataques y, hablando técnicamente, no está
bien visto usarlo para el mareo. -Agitó un bote con alcohol-. Pero a los
submarinistas les gusta. -Dispuso la jeringa, aunque tuvo que esperar de nuevo
a que el barco se recuperara de lo que parecía una serie de puñetazos-. Quédate
muy quietecito -le dijo a Darryl, y después clavó la aguja en la piel pecosa de
la parte superior del brazo.
-Dale unos diez minutos y empezarás a
sentir los efectos.
Deslizó la aguja usada dentro de un sobre
de plástico naranja y la botella al fondo de su bolso. Por primera vez miró
alrededor y pareció inspeccionar el camarote.
-Vaya, hombre, parece que me han dado la
mejor habitación a bordo. No me lo creí cuando Ops me lo dijo, pero ahora sí.
-Arrugó la nariz cuando le vino una vaharada de hedor procedente del cuarto de
baño-. Chicos, ¿no habéis oído hablar del Lysol?[5] Michael se echó a reír e
incluso Darryl sonrió ligeramente. Pero cuando ella se fue, el reportero
comenzó a ponerse la parka, las botas y los guantes. El ambiente del camarote
resultaba hediondo y sofocante, y la acción en el exterior era demasiado
tentadora para resistirse a ella. El biólogo volvió la cabeza hacia un lado y
fijó en él una mirada torva.
-¿Adónde crees que vas? -graznó.
-A hacer mi trabajo -replicó Michael,
deslizando una pequeña cámara digital dentro de un bolsillo de la parka; la
batería se acabaría rápidamente expuesta al frío-. ¿Puedo hacer algo por ti
antes de irme?
Darryl contestó que no.
-Sólo llama a mi esposa y a los niños y
diles que les quiero a todos, a ella y a los chicos.
Michael jamás le había preguntado por su
familia.
-¿Cuántos tienes?
-Ni idea -repuso Darryl, despidiéndole-. No
me acuerdo.
Quizá la medicina había comenzado a actuar
antes de lo esperado.
Michael dejó la luz del camarote encendida
y caminó cuidadosamente por el corredor, hasta salir por la escotilla, y justo
cuando iba a continuar hacia el puente, donde pensó que podría obtener unas
cuantas fotos asomándose por una puerta o un ojo de buey, a través de una
puerta corredera vio una imagen aparentemente perfecta de un mar y un cielo
grises, un panorama donde no se podía distinguir el horizonte y el mundo se
reducía a un escenario de auténtica e indiscutida desolación.
Pudo visualizar la foto terminada en su
mente.
Tras echar hacia atrás la capucha, rebuscó
la cámara con los guantes puestos y se la colgó del cuello. Necesitó ambas
manos para empujar la manilla de la puerta, pero el viento se coló dentro
cuando había conseguido abrirla apenas unos cuantos centímetros y le atrapó con
el mismo efecto que si le agarrase del cuello. Se dio cuenta de que
probablemente ésa era una idea bastante mala, pero algunas veces había obtenido
sus mejores fotos gracias a sus peores ideas. Empujó con más fuerza y después
se deslizó por el hueco. Apenas había pasado cuando la puerta se cerró a sus
espaldas.
Estaba en la cubierta, justo debajo del
puente, con el agua helada corriéndole a raudales por los pies y el viento
azotándole con tal saña que le secó las lágrimas de los ojos y le quemó la
frente. Se agarró con un brazo al montante metálico y se quitó un guante con
los dientes, pero el barco cabeceaba tanto que era imposible disparar una foto.
Cada vez que lo intentaba, se le metía dentro del plano alguna parte de la
nave, cosa que no deseaba en absoluto. No quería nada que pudiera
identificarse, nada concreto que se inmiscuyera en ella. Buscaba una imagen
pura, casi abstracta, de la naturaleza todopoderosa e indiferente.
Esperó a que el navío se enderezara para
volverse a tumbar y se lanzó hacia el siguiente apoyo, un armazón de acero que
albergaba los aparejos del bote salvavidas. Desde allí, por encima de la
barandilla, no había nada de qué preocuparse, excepto por la posibilidad de
congelarse. El agua marina pulverizada le barría la cara y empapaba la cámara
cuando justo en ese momento el barco se escoró unos cuarenta y cinco grados, de
modo que lo único que pudo captar fue el cielo turbulento. Retrocedió un par de
pasos y alzó la cámara, apostado a la espera de que el barco corrigiera la
inclinación. Tenía los dedos casi congelados y se dio cuenta de que no podía
abrir la boca para inspirar aire sin que el viento le dejara sin respiración.
Intentó disparar una vez, pero aún no tenía ángulo bastante, y cuando iba a
hacer otro, un megáfono comenzó a aullar directamente por encima de su cabeza.
-¡Señor Wilde! ¡Abandone la cubierta
inmediatamente! ¡Ahora!
Incluso bajo el ruido del viento distinguió
la voz de la oficial de operaciones, la teniente Healey.
-¡Ahora mismo! ¡E informen al capitán!
La puerta corredera se abrió antes de que
Michael se volviera. Protegido por una chaqueta impermeable sobre sus
pantalones de faena, Kazinski se le acercó con un salvavidas amarillo.
-¡Agárrese a él! -le gritó Healey y Michael
devolvió la cámara al interior de su parka, luego se aferró al montante y asió
el salvavidas con la mano enguantada, ya que la otra la tenía casi totalmente
entumecida.
Una vez que Michael se sujetó, Kazinski lo
cobró como si fuera un pez y cerró la puerta de un golpe, pasando después el
pestillo. Luego se quedó apoyada allí, limpiándose el agua helada y sacudiendo
la cabeza consternada.
-Con todos mis respetos, señor, esto que ha
hecho es algo de tontos.
El reportero sabía por qué lo había hecho.
-El capitán está en el puente. Si yo fuera
usted, me prepararía para recibir una buena bronca.
En ese momento, el periodista sólo quería
que los dedos le volvieran a la vida. Frotó la mano una y otra vez contra la
pernera de su pantalón, pero la tela estaba tan mojada que no le ayudó nada. Se
abrió la cremallera de la parka y metió la mano debajo de la axila.
Kazinski le hizo un gesto en dirección a
las escaleras que llevaban al puente, como si le mostrara el camino a galeras,
y Michael pensó que a lo mejor era exactamente eso.
Subió despacio. El capitán Purcell hizo
girar su silla en cuanto Wilde entró en el puente brillantemente iluminado y le
increpó:
-¿Se puede saber qué demonios creía usted
que estaba haciendo allí fuera? ¿Es que se le ha ido la puta cabeza?
Michael se encogió de hombros y se terminó
de bajar la cremallera del abrigo, dejándoselo abierto.
-Puede que no fuera buena idea del todo
-explicó, aun cuando sabía que sonaba bastante endeble-, pero pensé que podía
conseguir unas cuantas fotos estupendas para la revista.
Los otros dos oficiales sentados delante de
unas consolas de navegación disimularon su diversión lo mejor posible.
-Estoy acostumbrado a las hazañas bastante
descabelladas que se les ocurren a los científicos que debo llevar de un lado
para otro -se le encaró Purcell-, pero me imagino que son tan listos que se les
puede permitir que hagan alguna que otra estupidez. Pero de usted, no me
imagino nada en absoluto. No es un científico y tan seguro como que hay Dios,
que no es marino.
El alférez Gallo, que estaba delante de una
rueda plateada montada en una consola aislada, informó:
-El barómetro está cayendo de nuevo, señor.
-¿A cuánto? -ladró Purcell en respuesta,
haciendo girar de nuevo su silla y ajustándose los auriculares que se le habían
torcido mientras le echaba la bronca a Michael.
-Nueve con ochenta y cinco, señor.
-Jesús, lo vamos a tener encima esta noche.
Los ojos del capitán examinaron los
monitores y diales relucientes, el sónar, el radar, el GPS y el calón; todos
mostraban un flujo constante y multicolor de datos.
Una salpicadura de granizo se estrelló
contra las ventanas cuadradas del lado oeste y el barco cedió como si lo
hubiera abofeteado una mano gigantesca. Michael se agarró con fuerza a una de
las tiras de cuero que colgaban del techo. Había oído historias de marineros
que habían salido por los aires de una punta a la otra del puente y se habían
roto brazos y piernas en el proceso. Se preguntó si su flagelación pública
había terminado o si se suponía que debía esperar aún.
A pesar del rugido del mar en el exterior,
el golpeteo como latigazos de la lluvia y el aullido del viento que parecía
venir de todos lados a la vez, la atmósfera del puente rápidamente recuperó la
tranquilidad de un centro de operaciones. Los blancos paneles de luz achatados
del techo arrojaban una fría luz uniforme sobre las paredes azules de la
habitación, y los oficiales hablaban unos con otros en un tono de voz bajo,
pausado, con los ojos fijos en los datos que ofrecían los instrumentos.
-Sala de máquinas, avante toda -ordenó
Purcell, y el teniente Ramsey, con el que Michael se había encontrado un par de
veces, cogió un regulador con una pequeña manilla roja. Mientras ejecutaba la
orden, repitió las palabras del capitán.
Poco después, Ramsey asintió discretamente
en dirección a Wilde, que aún permanecía en pie como un chico al que alguien ha
llevado a la oficina del director, y le dijo a Purcell con brusquedad:
-Si no necesita aquí más al señor Wilde,
señor, quizá debería reunirse con Ops en la torreta de mando. Es imposible
caerse desde allí y seguramente le gustará ver como se dirige el barco.
Purcell resopló disgustado y sin volverse
respondió:
-Avísele: va a tener que hacerse a nado
todo el camino hasta Chile si se cae al mar. Lo lleva claro si se piensa que
esta nave va a dar media vuelta por él.
Michael no lo dudó y lo tomó como una
autorización para ascender por las escaleras en espiral que le señaló Ramsey y,
rápidamente, comenzó a subir.
-¿Te gustaría tener un poco de compañía,
Kathleen? -le escuchó decir a Ramsey a través de sus auriculares, pero no se
detuvo a comprobar si iba a ser bien recibido o no. Siguió hacia arriba hasta
que estuvo fuera del puente, y se encontró de pie en una plataforma en un túnel
casi totalmente negro, del que partía una escalerilla de hierro hacia arriba.
El rompehielos retembló y él se estrelló
contra las paredes redondeadas, golpeándose los hombros. Se sintió como si
estuviera dentro de la chimenea de El mago de Oz, cuando le cogió un tornado y
le hizo dar tantas vueltas. Allí arriba, al menos a unos siete u ocho metros de
altura, percibió un resplandor azul, muy parecido al que deja un televisor al
apagarse, y pudo escuchar los pitidos y zumbidos de la maquinaria.
Puso la bota en el primer peldaño de la
escalerilla y comenzó a subir muy despacio. Salía despedido de espaldas contra
la escalerilla, cuyos peldaños se le clavaban en la espalda cada vez que se
alzaba la proa, para luego verse arrojado hacia delante cuando se enderezaba el
barco. Estuvo a punto de partirse los dientes de delante en una ocasión, y se
le pasó por la cabeza la posibilidad de que le quitaran el permiso dental si
eso llegaba a ocurrir.
Los peldaños estaban fríos y húmedos y
tenía que sujetarse con fuerza en uno antes de poner el pie en el siguiente.
Cuando logró alcanzar los últimos vio un par de zapatos negros de suela de goma
y después unos pantalones azules. Se arrastró el resto del camino y cuando el
barco pareció nivelarse durante un par de segundos, se pudo poner en pie.
La oficial de operaciones sujetaba con
firmeza una versión más pequeña de la rueda que había más abajo, con su severa
expresión iluminada por el monitor del GPS y un par más de instrumentos que
Michael no pudo identificar. Tenía los ojos fijos justo delante suya y la
mandíbula apretada. Pegado a su corto cabello marrón llevaba unos auriculares.
La misma torreta de mando, el equivalente actual de un nido de cuervo, apenas
dejaba espacio para ambos y Michael procuró no echarle el aliento al cuello.
-Salir a la cubierta ha sido muy mala idea
-le dijo, recordándole a Michael que había sido ella la que le había pillado-.
Estamos registrando vientos de unos ciento sesenta kilómetros por hora.
-Ya lo he cogido -comentó él-. El capitán
creo que también lo ha mencionado. -Entonces, esperando cambiar de tema,
continuó-: ¿Así que aquí pasa usted el tiempo, sentada en el asiento del
conductor?
Había por todos lados ventanas reforzadas,
equipadas con pantallas de vidrio giratorias, impulsadas por la fuerza
centrífuga para evacuar agua como los limpiaparabrisas, y ofrecían una visión
sin obstáculos de trescientos sesenta grados del rugiente océano que les
rodeaba. Detrás de él, en la cubierta de popa, se había soltado uno de los
extremos de la lona que cubría el helicóptero y aleteaba como el ala enorme de
un murciélago, de oscuro color verde.
Ojalá hubiera podido conseguir una foto
decente...
-Cuando la visibilidad es tan limitada como
en el día de hoy, con una alta marejada como ésta, el control del barco pasa a
la torreta de control.
Michael comprendió por qué. Mirase donde
mirase, la imagen mostraba un movimiento convulso, con el mar gris revuelto y
agitado a kilómetros de vista, lleno de grandes bloques de hielo afilados dando
vueltas, sumergiéndose y chocando unos contra otros. Las olas más altas que
había visto en su vida impactaban contra la proa del barco, estrellándose
contra la cubierta de proa y lanzando espuma congelada al aire. El agua
pulverizada llegaba hasta las ventanas de su aguilera.
Y todo ello, tanto el bullente oleaje
enloquecido y el cielo turbio como las manchitas negras de los pájaros,
arrastradas como hojas por el viento aullante, estaba bañado por la luz
antinatural del sol austral, un orbe de tono cobrizo mate fijado
empecinadamente en el horizonte de septentrión. Era como si toda aquella imagen
tumultuosa estuviera iluminada desde abajo por una linterna gigante que quemaba
sus últimas gotas de carburante.
-Bienvenido a los Aulladores Cincuenta
-añadió la oficial de operaciones en un tono de voz algo más agradable-. Una
vez que se traspasan los cincuenta grados de latitud sur, es cuando uno se
encuentra con el mal tiempo de verdad.
La proa del cúter se alzó con tanta
ligereza como si la hubieran empujado desde abajo hasta que estuvo apuntando
hacia arriba casi hasta las deshilachadas nubes de tormenta que se apresuraban
por el cielo meridional. Kathleen se aferraba al timón con los pies bien
aposentados y separados, y Michael intentó afirmarse contra el pasamano de la
barandilla.
Unos momentos más tarde, subieron a la
cresta de una ola y sintió un hormigueo bajo los pies. Cuando pasó, el barco se
tambaleó y después cayó como una piedra, resbalando por el costado de aquella
pronunciada colina. A través de la parte frontal de la torre de control, Wilde
pudo mirar hacia aquel gigantesco seno, una grieta oscura del tamaño de un
desfiladero, sin que hubiera nada allí salvo un fondo acuático que parecía
retirarse cuando el barco se precipitaba a él de cabeza.
-A la orden, mi capitán -contestó Kathleen
a los auriculares y giró el timón hacia la derecha. Michael sintió el sabor en
la boca de la pasta que había comido para cenar-. Profundidad, mil quinientos
metros -le confirmó al capitán en la sala inferior.
El barco se sumergió más y más bajo;
después, se detuvo; y luego viró, mientras el agua se alzaba en escarpadas
murallas a todo su alrededor, antes de volverse hacia estribor. Incluso
entonces, Michael pudo escuchar a los motores acelerar y rugir, y a los
propulsores girar, algunas veces al aire, mientras el barco intentaba abrirse
su propio camino a través del campo de minas sembrado de hielo que se lo había
tragado.
-Si usted es un hombre piadoso y aficionado
a rezar -comentó la oficial de operaciones, lanzando su primera mirada directa
a Michael-, hágalo ahora. -Y en ese momento giró el timón otra vez hacia la
derecha-. Estamos pasando sobre los restos de no menos de ochocientos barcos y
diez mil marineros.
El navío embistió contra un iceberg que se
había alzado de pronto delante de ellos imponente como un tritón.
-Mierda, debería haber visto eso -masculló
Kathleen entre dientes y un momento más tarde dijo por los auriculares: «Sí,
señor», y girando el timón, añadió-: Ya lo veo, señor. Eso haré.
-Espero no estar distrayéndola -intervino
Michael sobre el ruido del aguanieve y el viento que les azotaba-, y si le
sirve de consuelo, tampoco yo lo he visto acercarse.
-No es su trabajo -aclaró ella-, sino el
mío.
El periodista se quedó callado para dejarla
concentrarse y se puso a cavilar sobre la tumba que yacía debajo de él y en el
naufragio de cientos de barcos -goletas y balandros, bergantines y fragatas,
barcos pesqueros y balleneros- aplastados por el hielo, quebrados por las olas,
destrozados hasta convertirse en pedazos por el viento abrasador. Y pensó
también en los miles de hombres que habían caído en aquellas hambrientas fauces
vacías e inmensas, hombres cuya última imagen habría sido la de los mástiles de
sus barcos quebrándose como ramitas o la de una losa de hielo reluciente sobre
sus cabezas aplastándolos, ¿hasta dónde había dicho ella, mil quinientos
metros?, hacia el fondo de un mar tan profundo que ninguna luz lo había
penetrado jamás.
¿Qué era lo que yacía justo debajo de
ellos, a tantas brazas bajo el casco, helado en el suelo oceánico para toda la
eternidad?
El navío se escoró de un lado a otro. La
oficial giró de nuevo el timón hacia la derecha.
-Todo a estribor, señor -comunicó ella al
capitán.
Michael también vio cómo tomaba fuerza la
ola que se dirigía hacia ellos como una pared que extendiese sus alas a ambos
lados, portando témpanos del tamaño de casas y bloqueando incluso la luz
mortecina del sol fijo.
-¡Sujétese fuerte! -ladró Kathleen, y
Michael se aplastó contra la pared con las piernas tensas y los pies separados.
Nunca había visto nada tan grande moverse con tanta fuerza y velocidad,
empujando todo, al mundo entero, parecía, delante de sí.
Ops intentó hacer virar el barco de modo
que evadiera el grueso de la ola, pero le faltaba tiempo para poder eludir los
treinta metros de altura de semejante ola.
Un objeto algo blanco, no, negro, fuera de
control y preso por la formidable garra de la tormenta, aceleró hacia ellos
todavía a mayor velocidad mientras se acercaba al navío, una aullante masa de
furiosa agua gris, alzándose y creciendo a cada segundo. Un instante más tarde,
la ventana estalló con el sonido del impacto de una escopeta y se dispersaron
astillas de hielo por todo el compartimento como agujas voladoras.
Kathleen gritó y cayó lejos del timón,
chocando contra Michael que intentó sujetarla cuando empezó a deslizarse hacia
el suelo. El agua congelada les acribilló el rostro y él se la sacudió para
ver, aún vivo y graznando, la cabeza ensangrentada de un albatros blanca como
la nieve que yacía sobre el timón. Su cuerpo había atravesado la ventana rota
con las alas plegadas moviéndose inútilmente a cada lado. La ola aún se alzaba
sobre el barco y el pájaro movía el pico roto, aplastado como la nariz de un boxeador.
Michael se encontró mirando sus fijos ojos negros mientras Kathleen se
arrastraba por el suelo y se apagaba la luz azul de los monitores de la consola
inundada en medio de un gran chisporroteo.
El barco gruñó cuando pasó la ola, cabeceó
hacia un lado y después hacia el otro, y finalmente se enderezó.
El albatros abrió el pico destrozado una
vez más, emitiendo apenas un ruido ronco y luego, mientras Michael intentaba
recuperar la respiración y Kathleen gemía de dolor a sus pies, la luz de los
ojos del pájaro se apagó como cuando se sopla una vela.
CAPÍTULO
OCHO
20 de junio de 1854, 23:00 horas
EL SALÓN DE AFRODITA, conocido por la
clientela habitual como la casa de madame Eugenie, se hallaba en la transitada
avenida del Strand, pero en la parte posterior de la misma. Unas linternas
siempre encendidas colgaban de las puertas de la cochera. El salón permanecía
abierto para hacer negocios mientras estuvieran prendidas.
Siclair jamás las había visto apagadas.
Fue el primero en bajar del cabriolé,
seguido por Le Laitre y luego por Rutherford, que había pagado al cochero.
Gracias a Dios, el capitán era un hombre adinerado y de naturaleza generosa
cuando estaba borracho, como ocurriría en el momento de abandonar los servicios
del prostíbulo. A veces era imposible persuadir a madame Eugenie para que
cargase el importe en su cuenta, pero ella aplicaba un tipo de interés rayano
en la usura y nadie deseaba ser llevado a los tribunales por una abultada deuda
con el Salón de Afrodita.
En cuanto hubieron subido el tramo de
escaleras les abrió la puerta y les dejó pasar John-O, un jamaicano imponente
con dos dientes frontales de oro. Los conocía a todos, claro, pero en parte le
pagaban por no demostrarlo jamás.
-Buenas noches -saludó Rutherford con voz
poco clara, como si visitara a una conocida-. ¿Está madame en casa?
John-O hizo con la cabeza una señal en
dirección al recibidor, oculto en parte por una colgadura roja de terciopelo.
Sinclair podía escuchar el soniquete del pianoforte y a una joven cantando la
popular The Beautiful Bankas of the Tweed. Avanzó hacia la luz y el júbilo del
burdel con sus compañeros a la zaga. Madame Eugenie alzó los ojos desde el
diván donde permanecía sentada entre dos de sus muchachas cuando Frenchie
apartó el cortinaje.
-Bienvenus, mes amis -saludó, levantándose
rápidamente. La mujer de piel rugosa como la superficie del cuero parecía un
pájaro viejo envuelto en lustrosas plumas nuevas. Lucía un intrincado vestido
gris entretejido con oro y estrás. Se acercó a los visitantes con las manos
extendidas, exhibiendo un anillo chillón en cada dedo-. Cuánto me alegra su
visita.
Sinclair se dejó caer en una otomana llena
de cojines mientras Le Maitre reía a carcajadas, pues estaba tan ebrio que le
costaba mantener el equilibrio tanto como a sus compañeros. La estancia era
espaciosa, antaño había sido la sala de exposiciones de una sociedad
bibliográfica, pero la dama se lanzó en picado sobre la propiedad cuando hubo
pocos bibliófilos para sufragar los gastos de la casa y se apoderó de ella en
un pispás. Ahora, las estanterías estaban llenas de baratijas: bustos de
cupidos y flores de seda en floreros de fina porcelana. Una enorme y vieja
réplica al óleo de Leda seducida por Zeus colgaba encima de la chimenea.
Los despachos y estudios de la planta
superior se habían convertido en alcobas destinadas a un uso más íntimo y
privado.
Alrededor de media docena de femmes
galantes circulaban por el recibidor vestidas con ropas tintineantes y muy
elaboradas, y otros tantos clientes permanecían repantigados en sillas o sofás.
Un criado se le acercó para preguntarle si deseaba tomar algo.
-Un vaso de ginebra, sí, y sírvales otro a
mis amigos.
-Que sea whisky para mí -le atajó
Rutherford, y le lanzó una mirada elocuente cuyo significado venía a ser: Si
voy a pagarlo todo yo, tomaré lo que me apetezca.
Sinclair era consciente de que se metía en
problemas y deudas cada vez mayores, pero a veces, cavilaba, la salida estaba
al fondo del pozo, y siempre quedaban caminos para continuar cuesta abajo.
Se percató de que Frenchie ya se había
enredado con la ramera de vaporosa falda amarilla y pelo negro como el carbón.
-¿Es usted, Sinclair? -preguntó una voz. El
interpelado identificó la voz, se trataba de Dalton-James Fitzroy. El tipo era
tonto de remate, y las tierras de su familia colindaban con las suyas-. ¿Qué
hace aquí, mi buen Sinclair?
El aludido se volvió sobre la otomana y vio
a Fitzroy, cuyo ancho trasero descansaba en el banco del medio junto a la joven
cantante y cuando ella se dio la vuelta, Sinclair encontró su rostro vulgar y
pudo calcularle la edad, doce o trece años como mucho, a pesar de una silueta
larguirucha.
-Tenía entendido que el acoso de sus
acreedores le había obligado a huir de la ciudad -observó Fitzroy, cuyo rostro
mofletudo relucía a causa del sudor.
Sinclair Copley apeló a toda su fuerza de
voluntad para no morder el anzuelo de la provocación y se limitó a replicar:
-Buenas noches.
Pero Fitzroy se había emperrado y no iba a
rendirse fácilmente.
-¿Y cómo va a pagar al boticario si pilla
una gonorrea esta noche?
La intervención de la madame le ahorró el
mal trago de la respuesta al salir en defensa de su establecimiento y
revolotear entre ellos, diciendo:
-Mis señoritas de compañía son limpias como
la plata, messieurs. El doctor Evans las examina régulièrement todos los meses
y nuestros invitados -apostilló al tiempo que abarcaba toda la estancia con un
ademán de la mano- son la flor y nata de la sociedad. Sólo nos frecuentan los
más distinguidos caballeros, como puede comprobar usted mismo. -Movía en el
aire uno de sus dedos ensortijados, y aunque hablaba con tono zalamero, lo
hacía con toda la intención del mundo-. Debería darle vergüenza comportarse de
forma tan grosera delante de unas damiselas tan complacientes, señor.
Fitzroy se tomó la llamada de atención con
flema, se agachó hacia el teclado del piano haciendo una reverencia a modo de
disculpa.
-Tal vez sea mejor que enfunde el sable y
abandone el campo -contestó, lo cual parecía encajarle como anillo al dedo,
pensó Sinclair, viniendo de un cobarde redomado como Fitzroy, un fanfarrón de
tomo y lomo, un valiente hasta que el ejército hacía un llamamiento a filas.
El obeso Dalton-James forzó todas las
costuras de su chaleco cuando se puso de pie. Tomó la mano de la chica y anduvo
con paso vacilante hacia la escalera principal.
-John-O -llamó la madame-, ten la bondad de
mostrad a nuestro huésped la Suite des Dieux.
La muchacha miró hacia atrás con miedo, y
de entre todos se fijó en Copley, quien pudo advertir debajo del colorete y el
maquillaje su extrema juventud y su inexperiencia. No pudo morderse la lengua y
lanzó una pulla.
-¿Por qué no se lleva a una mujer? -embromó
a Fitzroy.
Dos caballeros del salón rompieron a reír.
-Chacun à son goût,[6] Sinclair. Usted
mejor que nadie debería saberlo.
Madame Eugenie se acercó a Sinclair y
chasqueó la lengua en cuanto Fitzroy abandonó la sala con su reticente trofeo.
-¿Por qué está hoy tan irritable? No es su
forma de ser, milord -Copley no era un lord, no, todavía no, pero conocía el
gusto de la mujer por halagar de ese modo a los clientes-. Eso no está bien, y
el señor Fitzroy ha pagado bien por este privilegio.
-¿Qué privilegio...?
La mujer retrocedió, como si le
sorprendiera la estupidez de su invitado.
-Nadie a desflorado aún a esa muchacha.
¿Una virgen? El oficial sabía que era el
engaño más viejo de ese negocio incluso en su estado de embriaguez. Las
vírgenes cotizaban a precio más alto no sólo porque era más seguro yacer con
ellas, sino porque tenían reputación de ser capaces de curar varias infecciones
amatorias con un uso muy activo. Todo eso era un disparate, por descontado, y
en condiciones normales, de no ser por esa mirada acongojada de la muchacha, si
era de verdad y no obra de una actriz consumada digna de pisar las tablas de
Convent Garden, Sinclair se habría olvidado del incidente en un abrir y cerrar
de ojos, pues, al fin y al cabo, ¿Qué le importaba a él? Ninguna ley prohibía
la prostitución y doce años era la edad del consentimiento. Todos los días
desgraciaban a muchachas de tan tierna edad y Fitzroy no había tenido reparo
alguno en gastar veinticinco o treinta libras por tener ese privilegio.
-Venga, ese bastardo gordinflón va a ser tu
vecino en el futuro. No comiences ahora una gresca -le tranquilizó Rutherford.
La madame guiñó un ojo a otra de las
mujeres, una cuya melena rojiza caía en cascada sobre los cremosos hombros
desnudos. Ésta tuvo la astucia de levantar de la otomana a Sinclair y llevarle
hasta un sofá de dos plazas, encima del cual colgaba el cuadro de una ninfa que
huía de un sátiro. El criado apareció con la ginebra.
Frenchie había ocupado el lugar de la
muchacha en el pianoforte y ahora estaba tocando una lúgubre pieza de Mozart
tan bien como su considerable borrachera se lo permitía.
La pelirroja dijo llamarse Marybeth e
intentó liar a Sinclair en una conversación, preguntándole primero por su
regimiento y luego por un posible destino para después demostrar una profunda
preocupación por su seguridad, un sentimiento algo prematuro desde la
perspectiva del joven, quien no lograba sacarse de la cabeza a la muchacha de
silueta juguetona y ojos temerosos mientras la arrastraban escaleras arriba
detrás de John-O y sus dientes de oro.
Sinclair había tenido una hermana que murió
de tuberculosis a una edad muy similar.
-Para ya con ese latazo y toca algo
parecido a una canción -le gritó uno de los clientes a Le Maitre-. Si hubiera
querido ir al liceo, habría acudido con mi mujer.
Una salva de aplausos y carcajadas acogió
el comentario. Frenchie accedió a la petición del público y se lanzó a
interpretar My Heart’s in the Highlands con bastante torpeza. En cuanto terminó
la pieza, empezó a tocar otra partitura muy popular en el Strand, momento en
que Sinclair oyó un grito procedente de los pisos superiores.
Todos lo ignoraron escrupulosamente, aunque
Frenchie dejó de tocar durante un segundo y Marybeth le hizo daño a Sinclair al
abotonarle el cuello de la camisa. Un hombre entrado en años continuó subiendo
las escaleras en compañía de una morena con aspecto de matrona. Copley aguzó el
oído cuando terminó la canción y escuchó un sollozo amortiguado y el ruido de
un objeto al caer sobre el suelo, y eso a pesar de que la Suite des Dieux
estaba dos pisos por encima.
-Acaban de llenar la table d’hôte -se
apresuró a decir madame Eugenie, dando una palmada-. Caballeros, por favor,
disfruten el pato con salsa de cerezas y ostras servidas en su concha.
Varios clientes se levantaron, Rutherford
entre ellos, para dirigirse hacia el bufé de la habitación contigua, mas
Sinclair se quedó libre y se encaminó a las escaleras. La suerte se puso de su
parte, pues John-O estaba dando la bienvenida a un terceto de clientes
borrachos y debía hacerse cargo de los sombreros y las capas. De ese modo, el
joven teniente fue capaz de pasar desapercibido mientras subía los escalones.
La suite en cuestión se hallaba en el
segundo piso, justo encima de la puerta de la cochera. Sinclair la había
ocupado en un par de ocasiones y sabía que esa puerta, como todas las demás en
el Salón de Afrodita, no estaba cerrada a pesar de estar ocupada. Madame
Eugenie había descubierto hacía mucho tiempo que las exigencias del negocio
requerían que John-O o ella pudieran acceder a cualquier aposento de forma
inmediata, aunque actuaban siempre con prudencia.
Se detuvo en la alfombra del corredor
cuando llegó a la puerta y en silencio apoyó la oreja sobre la madera. Como
bien sabía, la pieza constaba de dos habitacioncitas: una antecámara con
muebles de arce y un dormitorio provisto de una cama de cuatro columnas con
baldaquín. Escuchó el reverberar de la voz de Fitzroy en el cuarto y después un
sollozo apenas audible de la chica.
-Vas a hacerlo -tronó Fitzroy.
La muchacha lloriqueó de nuevo, llamándole
‹señor› una y otra vez. Desde fuera daba la impresión de que ella se movía
despacio y con precaución por el dormitorio. Un vaso o una botella se hicieron
añicos al estrellarse contra el suelo.
-No pienso pagar por esto -aseguró Fitzroy.
Sinclair escuchó el silbido de un látigo al
cortar el aire; luego, un grito.
Abrió de golpe la puerta y cruzó la
antecámara a la carrera para entrar en el dormitorio. El hombre estaba desnudo
de cintura para arriba, pero todavía llevaba puestos los pantalones blancos;
uno de los tirantes le colgaba suelto y sostenía el otro en la mano.
-¿Sinclair? Que me zurzan...
La chica cubría su desnudez con una sábana
ensangrentada. Tenía el rostro lleno de churretes, pues el mar de lágrimas
había movido todo el maquillaje y los coloretes.
-Entrar aquí de esa manera... ¡Menuda
desfachatez! -exclamó Fitzroy mientras se dirigía a por sus ropas, depositadas
en un largo banco de madera-. ¿Dónde está John-O?
-Vístete y vete de aquí.
-Quien va a marcharse eres tú -aseguró
Fitzroy, cuya barriga le colgaba como un saco de patatas.
El tripudo echó mano a un bolsillo y
extrajo de él una Derriger plateada de dos cañones, el arma típica de un
fullero como él. Sinclair Copley no debía sorprenderse. La chica vio su
oportunidad y pasó corriendo entre ambos y salió pitando de la estancia.
La visión de la pistola no disminuyó la
determinación de Sinclair, más aún, la reafirmó.
-Gordinflón cobardica. Si me apuntas con
eso, empieza a pensar en apretar el gatillo -le desafió, avanzando un paso con
gesto amenazador.
El truhán retrocedió hasta las ventanas.
-Lo haré, dispararé -gritó él.
-Dame eso -gruñó Copley al tiempo que daba
otro paso y extendía una mano.
Fitzroy cerró los ojos antes de disparar.
El soldado escuchó un sonoro estallido. Se produjo un desgarro en la manga del
uniforme y notó cómo le corría brazo abajo la humedad de la sangre.
Los cristales de una copa crujieron bajo
sus botas cuando se lanzó a por Fitzroy, que agitó el arma con intención de
apuntarle, pero Sinclair ya estaba lo bastante cerca para agarrarla y
quitársela de un tirón. El gordo se revolvió en busca de un lugar para escapar,
pero ¿adónde podía ir?
El oficial escuchó los pesados pasos del
jamaicano en las escaleras. Fitzroy también debía de haberlas oído, pues gritó:
-¡Aquí dentro, John-O!
Después, miró con aire triunfal a Sinclair
y éste, ciego de rabia, se giró a por él y le aferró por las asentaderas de los
pantalones y lo sostuvo en vilo mientras daba tres pasos en dirección a las
ventanas cerradas para, acto seguido, arrojarle contra los cristales. Fitzroy
salió despedido entre gritos de terror al exterior, aterrizando en medio de una
lluvia de esquirlas de cristal a pocos metros, encima de los ladrillos de la
puerta cochera. Los caballos enganchados al carruaje situado debajo relincharon
a causa del susto.
El jamaicano se quedó atónito en la entrada
del dormitorio cuando Sinclair se dio la vuelta y vio el trozo de tela
ensangrentada colgando de la manga del brazo izquierdo.
-Haga el favor de decirle a madame que me
envíe la factura del cristalero -dijo.
Y rozó al hombretón cuando abandonó la
suite.
Rutherford y Le Maitre le esperaban en
compañía de varios clientes más al pie de las escaleras.
-¡Cielo santo! ¿Te han disparado? -inquirió
Rutherford mientras Sinclair bajaba por las escaleras.
-¿Quién ha sido? -insistió Frenchie-. ¿El
sinvergüenza de Fitzroy?
-Llevadme a ese hospital por el que pasamos
antes, el de Harley Street.
Sus dos amigos intercambiaron una mirada de
perplejidad.
-Pero si es para mujeres indigentes...
-repuso Rutherford.
-Cualquier puerto es bueno durante la
tormenta -replicó Sinclair.
‹Y tal vez esta noche aún sea posible
recuperar algo›, pensó para sus adentros.
CAPÍTULO
NUEVE
1 de diciembre, 11:45 horas
LA TORMENTA BRAMÓ DURANTE horas y
únicamente remitió al mediodía siguiente. Habían abandonado la cabina dañada
del piloto, dejándola sellada para el resto del viaje.
Barnes había ayudado al médico de a bordo a
retirar las esquirlas de hielo y los fragmentos de cristal del rostro de la
teniente Kathleen Healey, pero no se había solucionado la comprometida
situación de los ojos y Charlotte era de la opinión de que debían llevarla
cuanto antes de vuelta a la civilización, donde convenía que la atendiera un
oftalmólogo de primera.
-Podría perder para siempre la vista de un
ojo o tal vez de ambos -le informó al capitán en su camarote.
Purcell no le contestó, pero clavó la
mirada en los zapatos mientras se devanaba los sesos. Alzó la vista al cabo de
unos segundos y dijo:
-Haga el equipaje.
-¿Volvemos...?
-Tenía previsto acercarlos más a Point
Adélie antes de utilizar el helicóptero, pero creo que podremos conseguirlo
desde aquí.
A Charlotte no le gustó ni un ápice cómo
sonaba ese ‹creo›.
-Vamos a tener que prescindir de algunas
provisiones y existencias... Nada esencial, por supuesto. Podremos embarcarles
a usted y a los señores Hirsch y Wilde, con sus equipos, y despegar desde aquí.
Los tanques del helicóptero deberían tener suficiente capacidad para dejarlos
allí y regresar hasta el barco aunque nos dirijamos ya al norte. ¡Teniente
Ramsey! -llamó a voz en grito cuando el oficial cruzó el pasillo por delante de
la puerta.
-¿Señor?
-Prepare el helicóptero. ¿Qué pilotos
llevamos a bordo?
-Los alféreces de navío Díaz y Jarvis.
-Ordéneles llenar los depósitos del
helicóptero. Que se preparen para llevar a tres pasajeros a Point Adélie lo más
pronto posible.
-¿Desde aquí, señor? ¿No va a ser...?
Pero el capitán le atajó de plano y le dio
nuevas órdenes antes de despedirle y centrar su atención otra vez en Charlotte,
a quien preguntó si también iba a pedirles que se apresuraran.
-¿Cuándo debería decírselo?
Purcell echó un vistazo a su reloj antes de
contestarle:
-Saldrán a las trece horas.
Charlotte debió hacer un rápido cálculo
mental. Si se marchaban a la una de la tarde, les quedaban cincuenta y cinco
minutos.
Sabía dónde encontrar a Darryl, pues seguía
en su catre, con el rostro menos verde que la noche anterior, pero de un color
menos natural de lo acostumbrado. El biólogo cerró los ojos cuando ella le puso
al corriente de la situación en un evidente intento de hacer acopio de fuerzas
para ponerse de pie, y lo logró.
-¿Estarás bien? -inquirió ella al ver sus
movimientos de sonámbulo mientras se acercaba a por sus bártulos.
-Ajá. Vamos, ve a por Michael -respondió
él.
-¿Sabes dónde está?
-¿Dónde va a ser? En cubierta.
Charlotte debía atender a sus propios
asuntos y no disponía de tiempo para realizar una búsqueda en condiciones, por
lo cual subió enseguida a la cubierta principal y miró a proa sin ver nada y
luego a popa, donde varios marineros forcejeaban para retirar la lona acolchada
de color verde oscuro que protegía al helicóptero. El viento seguía siendo
fuerte y la lona oscilaba alrededor del aparato como una capa enorme. El
reportero estaba tomando fotos de aquella tarea.
-Se supone que debemos montar en ese
helicóptero en menos de una hora, ¿lo sabías? -preguntó ella.
-Sí, me ha informado la tripulación
-contestó él, todavía arrodillado a fin de obtener la instantánea deseada-. No
llegué a sacar mis cosas del petate, así que estaré listo en tres minutos.
-Lo tuyo es el Trivial, te sabes todas las
respuestas -replicó ella-. Bueno, tengo cosas que hacer. Asegúrate de encontrar
a Hirsch cuando bajes a por tus cosas. El chico no parece estar en condiciones
de mantenerse en pie.
Michael tomó un par de fotografías más
mientras Charlotte se dirigía abajo y luego recogió el equipo. Había adquirido
el equilibrio de los marineros y era capaz de andar sin problemas a pesar del
cabeceo de la nave, pero no le apenaba la partida, pues se consideraba a sí
mismo persona non grata desde su garbeo de la noche anterior, y eso por no
mencionar la desastrosa visita a la cabina, y se había esmerado en no dejarse
ver por los oficiales de mayor graduación. Incluso el contramaestre Kazinski le
había mirado como un imán de mala suerte. Cuando ocurrió el accidente, él había
hecho por la teniente Healey cuanto se le había ocurrido: la había ayudado a
bajar por la escalera como un bombero, lo cual le exigió quedarse fuera y por
debajo de ella, y luego volvió a subir para intentar retirar de allí el cuerpo
del ave muerta y sellar de algún modo la ventana de la torreta, pero no pudo
hacer demasiado: el cuerpo del albatros estaba demasiado clavado en los
cristales de la ventana y el filo de la pantalla le había abierto el pecho como
un escalpelo, lo cual le indujo a dejarlo tal y como estaba, pues de ese modo
al menos había algo que impedía que las ondulantes olas inundaran la torreta
otra vez.
No, no iba a lamentar ni un ápice marcharse
del barco y llegar a Point Adélie, donde podría empezar en serio su trabajo.
En otros tiempos, el reportero había estado
bastante familiarizado con los helicópteros y en cuanto retiraron la lona, pudo
ver que el del barco era uno de la clase Dolphin, un aparato consistente de dos
motores y un rotor, destinado habitualmente a misiones como interceptar envíos
de droga, patrullar sobre los hielos y realizar operaciones de búsqueda y
rescate. Estaba pintado de un rojo idéntico al del buque a bordo del que
navegaban, una medida de seguridad donde un punto de color podía marcar la diferencia
entre el descubrimiento y la supervivencia, o quedar perdido para siempre.
Varios tripulantes empezaron a cargar de combustible los depósitos y a preparar
el aparato para el despegue mientras otros introducían algunas cajas. Le
recordaron el equipo de boxes de una carrera NASCAR,[7] cada uno de ellos
atendía su trabajo con la confianza nacida de la práctica sin hablar casi con
nadie. Recogió el trípode y el resto del equipo antes de bajar a su camarote.
Darryl se hallaba tendido en la litera,
mordisqueando un barra proteica.
-¿Por qué no vas al comedor y tomas algo
caliente? -le sugirió Wilde mientras guardaba la maquinilla de afeitar en una
bolsa-. Están preparando hamburguesas.
-No puedo -replicó Darryl.
-¿no te ves con fuerzas? Bueno, puedo
traerte una.
-No puedo porque no como carne. -Michael
dejó de empaquetar-. ¿No te habías dado cuenta? -preguntó Darryl.
El periodista pensó en ello y le sorprendió
no haber caído en la cuenta con anterioridad. Hirsch había comido frutas,
verduras, mucho pan, queso, galletitas, sopa de maíz, tarta de cereza y soufflé
de espinacas, pero jamás le había visto probar hamburguesas, chuletas de cerdo
ni pollo frito.
-¿Y desde cuándo...?
-Desde la universidad, en cuanto me
especialicé en biología.
-¿Y qué te llevó a tomar esa decisión?
-Todo -contestó Darryl mientras
desenrollaba un poco más la envoltura de la barrita-. Me faltó estómago para
interferir en el proceso de la vida en cuanto comencé a estudiarla en serio con
todas sus incontables permutaciones y manifestaciones y la vi en su totalidad,
y lo que había en común, sin importar que la criatura fuera grande o pequeña.
Michael creyó haberle entendido.
-¿Te refieres al deseo de vida?
Darryl asintió.
-Todas las especies, desde la ballena azul
hasta la mosca de la fruta, luchan con todas sus fuerzas para preservar su
existencia, y cuanto más las estudiaba, incluso aunque fueran diátomos
unicelulares, más hermosas me parecían. La vida es un milagro, un puto milagro,
con independencia de la forma que adopte, y nunca he vuelto a sentirme con el
derecho a arrebatarle la vida a ninguna innecesariamente.
El periodista podía compartir ese punto de
vista mientras no se viera en la obligación de renunciar a las costillas ni al
solomillo, pero seguía sin comprender una cosa.
-¿Por qué no lo has mencionado antes ni en
el comedor ni en la sala de oficiales? Te habrían preparado platos para
vegetariano o algo por el estilo.
Darryl le miró durante un buen rato.
-¿Sabes qué suelen decir los militares y
los marineros sobre los vegetarianos? -Wilde jamás se había planteado la
cuestión, y Darryl lo notó-. Sería mejor decirles que soy pedófilo.
Michael no pudo contener la risa.
-¿Y qué vas a decir en Point Adélie?
¿Seguirás intentando mantener el secreto?
El científico se encogió de hombros
mientras terminaba la barrita proteica y formaba una bola con el envoltorio.
-Lidiaré con ese problema cuando no quede
otro remedio. -Se levantó de la litera y empezó a ponerse un suéter-. En cuanto
a los demás científicos, no van a notarlo ni van a preocuparse. -Sacó la cabeza
por el agujero de la prenda-. Dale a un glaciólogo un buen trozo de hielo para
investigar y le harás el hombre más feliz del planeta. A los científicos les
preocupa poco lo que hagas mientras no les estorbes en sus experimentos.
Michael tuvo que mostrarse de acuerdo.
Había hecho reportajes a dos tipos de esa clase, un primatólogo en Brasil y un
herpetólogo en el suroeste de Estados Unidos. Ambos vivían totalmente
abstraídos en sus mundos raros y minúsculos. Debía de haber un buen puñado de
ellos en Point Adélie.
Cuando el biólogo terminó de empaquetar sus
cosas, ambos arrastraron sus equipajes hasta la cubierta de popa, donde el
reportero pudo comprobar que los pilotos ya estaban dentro del aparato y
llevaban a cabo una comprobación rutinaria del instrumental de a bordo. El
contramaestre Kazinski apareció con el equipaje de la doctora Barnes a cuestas.
Ésta caminaba justo detrás, vestida con un abrigo verde de tres cuartos y con
las coletas del pelo recogidas con un gran nudo.
El capitán se acercó a ellos poco antes de
que subieran al helicóptero. Pareció dirigirse a todos, salvo a Michael.
-En nombre de la guardia costera de Estados
Unidos me gustaría desearles lo mejor para el resto de su singladura hasta
Point Adélie. Nos alegra haberles sido de ayuda, acudan a nosotros siempre que
nos necesiten.
Charlotte y Darryl le dieron las gracias
con profusión al tiempo que le estrecharon la mano; al final, el capitán miró
directamente a Michael.
-Intente no meterse en líos un día sí y
otro también, señor Wilde.
-Espero que la teniente Healey se encuentre
bien. ¿Sería tan amable de tenerme al tanto de su mejoría?
-Lo haré -contestó el capitán con un tono
que dejaba bien a las claras que no iba a hacerlo.
Aparecieron un par de marineros, recogieron
sus equipajes y empezaron a colocarlo en el compartimento de carga.
Purcell desvió la vista hacia el oeste, y
luego añadió:
-Mejor será que se pongan en marcha. Vamos
a tener más mal tiempo.
Luego, se despidió de los pilotos con la
mano y se dio la vuelta para encaminarse de vuelta al puente.
Michael agachó la cabeza y siguió a
Charlotte y a Darryl por una puerta lateral; se dejó caer en un asiento al otro
lado, junto a una gran ventana cuadrada, donde disfrutaba de una gran
panorámica, pues esos helicópteros estaban diseñados para ofrecer la máxima
visibilidad. Hacía calor en la cabina, así que se despojó del abrigo y los
guantes y se abrochó el cinturón del asiento en el preciso instante en que los
pilotos encendieron el rotor y todo el aparato empezó a vibrar en medio de un
zumbido. Se puso los cascos para atenuar el sonido. Estaban provistos de un
intercomunicador. Un tripulante dio una palmada en un costado del aparato y
cerró la puerta de golpe. Había un breve pasillo entre el compartimento de
pasajeros y la cabina a través del cual podía ver a los pilotos, Díaz y Jarvis,
tal y como le habían dicho los marineros encargados de retirar la lona,
mientras encendían los contactos situados encima de sus cabezas y revisaban
diales y pantallas de ordenador. Parecía una versión en miniatura del puente
del barco.
El helicóptero se balanceó sobre la
plataforma como una adolescente con zapatos de aguja, pero luego cobró una
repentina estabilidad y fuerza antes de alzarse en el aire y poner rumbo hacia
la popa. Después, mientras el barco se movía debajo de ellos, el aparato se
orientó hacia el suroeste y se alejó tras ejecutar un brusco viraje. El
periodista echó un vistazo. Lo último que vio fue la ventana estropeada de la
torreta. Habían retirado el cuerpo del pájaro y habían sellado el hueco gracias
a una improvisada cubierta de madera con tiras de aluminio entrecruzadas y
tubos de ventilación.
Debajo de él se extendía el mar de Weddell,
así llamado en honor al marinero escocés dedicado a la caza de focas James
Weddell, el primero en explorar aquellas aguas a partir de 1820. La superficie
estaba salpicada de bloques de hielo a la deriva e inmensos icebergs, inmóviles
en apariencia. Desde lo alto, Michael podía ver las grietas aserradas de los
témpanos. Cuando la luz era la adecuada y un rayo de sol incidía desde el
ángulo apropiado, el hielo de dentro refulgía como un rutilante letrero de neón
azul, y cuando la luz se desvanecía, ofrecía la apariencia de los tubos cuando
se acababa de apagar el interruptor, y las grietas volvían a ser una cicatriz
atemorizante, una sutura negra o un semblante extremadamente lívido.
Se produjo un chisporroteo en los audífonos
antes de que el alférez Díaz se presentara e informara de que el tiempo
estimado del trayecto sería de una hora.
-Esperamos un vuelo sin turbulencias
-anunció-, pero ya saben cómo son estas cosas por estas latitudes.
Michael no pudo evitar una mirada de
refilón hacia su compañero: Hirsch había tenido ya suficientes turbulencias
para toda la vida, pero había apagado los cascos y dormía como un bendito con
la boca abierta y la cabeza ladeada hacia el amplio hombro de Charlotte, que
mostraba grandes ojeras y miraba hacia el mar con expresión reflexiva.
Wilde adivinó en parte qué podía estar
pensando. Resultaba difícil no darle vueltas a ciertas cosas cuando se
sobrevolaba la yerma y desnuda vastedad del Antártico, cosas como la
insignificancia de la propia existencia y la posibilidad de que el menor yerro
desencadenase una serie de hechos cuyo saldo fuera el desastre o la muerte. La
Antártida seguía siendo el territorio más inexplorado por el hombre a pesar de
que los exploradores, los balleneros y los cazadores de focas habían surcado
aquellas aguas durante siglos. Le había salvado lo inhóspito de sus condiciones
de vida. La industria hizo un alto en el camino cuando fue demasiado elevado el
coste de matar a los pocos cetáceos supervivientes para obtener aceite o barbas
de ballena. La brutal depredación había diezmado la población de focas hasta
que también había cesado de forma gradual, eso sí, después de haber sacrificado
con desenfreno a cientos de miles de ellas. La carnicería había sido brutal y
desmedida dondequiera que los hombres habían puesto el pie, y tan rápida, que
la posibilidad de que los matarifes se enriquecieran desapareció en el plazo de
cien años.
Habían matado a la gallina de los huevos de
oro una vez y otra, y otra más.
Pero a la postre, la gélida firmeza del
Polo Sur había terminado por derrotar a los supuestos invasores y se había
impuesto a todos, salvo a los intrusos menos agresivos. Había bases y
estaciones de investigación científica como Point Adélie dispersas por las
orillas del océano Antártico, pero apenas eran guijarros diseminados por las
arenas de una vasta playa, minúsculas manchas negras en un mundo de mares
azules y picos cristalinos. Sin embargo, como Michael había tenido ocasión de
aprender durante sus almuerzos en el comedor de oficiales, la mayoría de esas
estaciones no estaban allí tanto para la búsqueda del conocimiento como para
reforzar una hipotética reclamación territorial sobre la tierra y los
ilimitados recursos minerales que pudiera haber en el subsuelo.
-La Antártida es el único continente sin
naciones y para mantener ese estado de cosas se firmó el Tratado Antártico,
suscrito en 1959 -había señalado la teniente Healey una noche en el transcurso
de la cena-. El tratado declaraba zona internacional a la Antártida, es decir,
a los territorios situados al sur de los sesenta grados de latitud sur. Es una
zona libre de armas nucleares. Lo firmaron cuarenta países.
-Pero eso no ha detenido a los okupas
-había terciado Darryl mientras llenaba hasta los bordes el plato con patatas
gratinadas-. Y si viene uno, acuden todos.
La teniente había sonreído con pesar al oír
aquello.
-Tiene razón. Muchos países han establecido
estaciones de investigación científica, por llamarlas de algún modo, incluso
algunos tan poco probables como China o Perú. Es su manera de afirmar sus
derechos a la participación en cualquier debate sobre el futuro de la Antártida
o sobre cualquier posible explotación futura de los recursos mineros.
-En otras palabras, se ponen en línea de
salida, como nosotros -apostilló el biólogo-, para echar a correr en cuanto
suene el pistoletazo inicial. -Se metió en la boca otra cucharada de patatas y
antes de tragarlas, añadió-: Y eso va a ocurrir.
Michael no dudaba de que tuviera razón,
aunque se le hacía duro imaginar semejante catástrofe mientras a través de la
ventana contemplaba el gélido paisaje de debajo, iluminado por un sol
acuclillado detrás del horizonte con aspecto de ser una gruesa bola de bronce.
El hielo sin fin y el océano parecían tan insensibles como eternos.
Distinguió al oeste los primeros indicios
del frente tormentoso que había intuido el capitán. Unas menudas nubes grises
llenaban el cielo y comenzaban a dirigirse hacia ellos como jirones de un
sudario rasgado por dedos invisibles. También el mar empezaba a encresparse:
las olas suaves aumentaron de altura y sus crestas se colmaron de espuma. Un
viento cada vez más fuerte empujaba a las bandadas de pájaros.
Hirsch empezó a despabilarse y se retrepó
en el asiento. Daba la impresión de haber superado el mareo: estaba pálido,
como todo buen pelirrojo, pero ya no tenía la piel verdosa. Dirigió una sonrisa
a Michael y le hizo una señal con los pulgares hacia arriba. Charlotte
estudiaba un mapa plegado sobre su regazo.
Wilde podía ver a Díaz y Jarvis en la
cabina, donde conversaban mientras supervisaban los monitores y los paneles de
control. El aparato ganó altitud al cabo de unos segundos y también velocidad,
si su apreciación no era errónea. A sus pies, era imposible distinguir otra
cosa que no fuera una interminable planicie de banquisa, la capa de hielo
flotante que se formaba en las regiones oceánicas polares. El helicóptero
pareció sobrevolar la nada durante los siguientes veinte minutos, pero se
dirigía a su destino lo más rápido posible. ‹La tormenta debe avanzar más
deprisa de lo que esperaban›, dedujo el reportero.
Reclinó la cabeza y cerró los ojos. Él
también se hallaba cansado. No había sido fácil conciliar el sueño a bordo del
rompehielos a causa del runrún constante de los motores, el rechinar de los
talones de proa cuando pulverizaban los bandejones, trozos de hielo del tamaño
de un autobús, por no mencionar los camarotes oscuros y húmedos; de hecho, las
ropas aún olían a moho. Era imposible dormir un par de horas sin ser despertado
por alguna brusca sacudida o, peor todavía, verse lanzado fuera de la litera y
acabar en el suelo. No le importaba cómo fueran los cuartos en Point Adélie.
Únicamente aspiraba a dormir en una cama estable sin que el más letal de los
océanos del mundo golpetease a pocos metros de él, muriéndose de ganas por
entrar.
Se preguntó si habría algún cambio en la
situación de Kristin. Se le hacía extraño hallarse tan desconectado de la
realidad, estar tan lejos, en el sentido pleno del término, de las
preocupaciones de su vida cotidiana. Se había tomado una suerte de año sabático
con respecto a sus amigos, su familia y su trabajo, eso era cierto. La
desolación le había dejado vacío por dentro y había permitido que el
contestador se hiciera cargo de las llamadas y que AOL conservara los mensajes
electrónicos, pero sabía que se enteraría enseguida si ocurría algo grave. El
mundo, o al menos la hermana pequeña de Kristin, se las arreglaría de una u
otra forma para abrir una brecha en sus murallas y hacérselo saber, aunque la
comunicación habitual era difícil allí donde se dirigía y su capacidad de
reacción a cualquier posible suceso era prácticamente nula. Difícilmente podía
acudir a la cabecera de una cama ni, peor aún, a un cementerio desde el rincón
más inaccesible del planeta, a miles de kilómetros de distancia.
Había algo terrible en todo eso. Si era
sincero consigo mismo, suponía todo un alivio. Se sentía liberado de una gran
carga desde que se embarcó en aquel viaje. Tenía la impresión de haber recibido
un permiso después de haber vivido con la obligación de estar siempre de
guardia. Durante meses se había sentido esclavo del reloj, incapaz de avanzar
un paso sin volver la vista atrás por si había algo que decir, incluso aunque
la existencia de barreras físicas le impidiera decirlo, pues la familia de
Kristin le había dejado fuera de juego.
El viento zarandeó el helicóptero. Michael
entreabrió un ojo sin mover la cabeza. En el exterior, la escena se había
transformado totalmente: las nubecillas grises se habían convertido en un
ejército espectral de nubarrones ocupando posiciones en el cielo y una capa de
niebla se arremolinaba sobre el mismo océano, ahora situado muy lejos, hasta
cubrirlo casi por completo. Las líneas divisorias entre cielo y mar, hielo y
aire, se estaban oscureciendo cada vez más. Como bien sabía Michael, ése era
uno de los grandes riesgos en la Antártida: todo el universo quedaría reducido
en cuestión de minutos a una blanquecina sopa de fotones en al cual las
embarcaciones encallarían, los exploradores caerían en grietas imposibles de
advertir y los pilotos, incapaces de orientarse, estrellarían los aviones
contra la masa de hielo o los harían colisionar en los picos de los glaciares.
-Podría decirse, supongo, que tenemos
viento desfavorable -anunció el alférez Díaz por los audífonos del casco.
Michael se enderezó en el asiento y miró a sus compañeros de viaje: Darryl
estiraba el cuello para mirar por la ventanilla de Charlotte, que dobló el mapa
antes de guardarlo-. Pero casi hemos llegado a Point Adélie. Estamos siguiendo
la línea de la costa desde el noroeste. Si la bruma se levanta, podrán ver una
vieja factoría noruega de balleneros o tal vez incluso la colonia de grajos de
Adélie. -Apagó el intercomunicador, pero volvió a encenderlo al cabo de unos
segundos-. El alférez Jarvis me ruega que les avise de que el tiempo de
aterrizaje va a ser mínimo, por lo cual les pido que sean tan amables de bajar
del helicóptero en cuanto les avisemos de que salir es seguro. No se demoren a
la espera de sus bolsas y equipo. El personal de tierra los recogerá por
ustedes.
Entonces interrumpió la comunicación y no
volvió a reanudarla.
El periodista se anudó bien los cordones de
las botas y reunió el abrigo, el sombrero y los guantes cerca de él, incluso a
pesar de que no iba a ser capaz de ponérselos hasta haberse soltado el arnés de
seguridad del asiento. El aparato perdió altitud poco a poco en medio de la
bruma. No lo veía, pero era capaz de percibirlo. De vez en cuando resultaba
visible algún área de la costa rocosa, y en un par de ocasiones vislumbraron el
borrón negro de una nutrida colonia de pingüinos arracimados en una llanura
nevada. Entonces, atisbó los restos abandonados de unos edificios de madera
coloreada por el hollín y la herrumbre, y de entre la niebla asomaba lo que
parecía ser la aguja de una iglesia, aunque resultaba difícil decirlo a ciencia
cierta, pues el helicóptero sobrevoló el área a gran velocidad, subiendo y
bajando por culpa de las corrientes de aire y sufriendo sacudidas de un lado
para otro. Al cabo de unos pocos minutos, cuando el aparato descendió y giró,
apareció la loma. El rotor runruneó más fuerte que nunca. Michael se inclinó
sobre la ventana para mirar hacia abajo. Las hojas de la hélice hacían jirones
del velo de niebla y a través del mismo logró ver a un hombre vestido con una
parka naranja con capucha. Les hacía señales con las manos mientras se
deslizaba sobre el hielo. Le rodeaban unas manchas grises y marrones en
movimiento: unas avanzaban a brincos entre la nieve y el hielo y otras
desaparecían en un abrir y cerrar de ojos, como si se evaporasen de pronto. El
helicóptero se cernió sobre el suelo, pero un golpe de viento le zarandeó en el
aire. En la cabina, Jarvis y Díaz se agachaban sobre los mandos. Éste último
hablaba de forma atropellada por el micrófono.
En el suelo, el hombre desapareció del
campo de visión de Michael para luego volver a cruzar por el mismo, todavía
haciendo señales con los brazos en alto. El aparato se balanceó otra vez y
empezó a descender lentamente después de que un cuerno sonara por dos veces. El
contacto con los patines de aterrizaje con el hielo produjo un chasquido muy
similar al de una de esas cubiteras pasadas de moda cuando se apretaba para
liberar los cubitos. Debajo se oían los gritos del hombre de naranja, que pasó
resbalando delante de la ventana. Wilde entrevió debajo de las gafas de esquí
un rostro barbudo y gastado por la intemperie. Entonces, escuchó el gradual
suspiro de los rotores principal y de cola al aminorar el giro. Los pilotos
cambiaron de posición las llaves con movimientos rápidos y soltaron los
cinturones.
Michael los imitó.
Díaz se giró y anunció a voz en grito:
-¡Fin de trayecto!
Jarvis ya había saltado a tierra y estaba
tirando de la puerta del compartimento de pasajeros. Ésta se abrió de sopetón y
un soplo de aire antártico se coló en tromba dentro de la cabina. Charlotte
seguí a forcejeando para liberarse del arnés del asiento y Darryl hacía lo
posible por ayudarla.
-Todos abajo a la voz de ya -gritó Jarvis,
tendiendo una mano a Charlotte, que al fin había logrado zafarse y daba los
primeros pasos sobre el hielo con cautela. Darryl avanzó a tropezones detrás de
ella. Michael los sonrió.
Los pilotos y el tipo de la parka naranja
comentaron a gritos algo sobre las focas de Weddell y sus cachorros. Michael
seguí ensordecido a causa del rugido del helicóptero y se perdía más palabras
de las que escuchaba antes de poderlas comprender.
Se alejó del aparato mientras otros hombres
enfundados en parkas y protegidos con gafas de esquí corrían hacia la
estructura de la cola, donde Jarvis ya había abierto el compartimento de carga.
Observaba cómo deslizaban fuera varios palés de vituallas cuando estuvo a punto
de perder pie y debió fijar la vista en donde pisaba. ¿Dónde estaba? No había
signo alguno de una estación de investigación científica y de pronto descubrió
que la capa de hielo tenía boquetes de más sobre el hielo, algo rojo, pastoso y
húmedo. El tipo de la parka naranja volvió a vociferar, pero en esta ocasión
Michael logró escuchar buena parte de sus palabras.
-¡Atentos, miren por dónde pisan! ¡Las
focas de Weddell están alumbrando aquí a las crías! -Charlotte y Darryl se
cogieron del brazo y permanecieron inmóviles-. ¡Han abierto agujeros con los
dientes en la placa de hielo! -les gritó el hombre, señalando varios puntos en
derredor-. ¡Han hecho respiraderos en el hielo!
Michael vio una cría a pocos metros de
distancia. Su figura apenas era distinguible contra el manto helado. Y luego
descubrió a otra. Eran blancas, pero estaban embadurnadas de sangre. Ambas
tenían abiertos sus ojos negros. Una de las madres yacía detrás de ellas, y así
tendida, parecía un gran tubo gris.
Después, cuando observó con más detalle,
descubrió a una foca adulta, de mayor tamaño y pelaje más oscuro, que metió la
cabeza en un agujero con forma de cono y de algún modo se las arregló para
deslizarse por el mismo.
-¡No se detengan! -gritó el hombre del
abrigo anaranjado-. ¡Salgan del hielo!
Alguien de la estación, un tipo cuyo
mostacho helado se asemejaba a un picaporte, guiaba a Charlotte y Darryl hacia
delante. Michael avanzó trabajosamente en la misma dirección, pero a veces la
bruma dificultaba ver dónde ponía el pie, y el hielo, resbaladizo en el mejor
de los casos, era aún menos transitable, pues estaba humedecido por la sangre y
los restos del alumbramiento de las crías. Wilde soltó un suspiro de alivio
cuando al fin pisó la gravilla y el liquen. Un soplo de viento disipó la niebla
de una zona y eso le permitió ver a no más de cincuenta metros un manojo de
estructuras prefabricadas de color gris turbio situadas en una loma baja. Las
habían levantado a pocos centímetros del permafrost, acurrucadas unas junto a
otras hasta formar el patio del colegio más feo del mundo. El asta de la
bandera cubierta de hielo se alzaba en el centro del mismo con la Vieja Gloria²
flameando al soplo del viento helado.
El hombre de la parka naranja caminó tras
él hasta darle alcance y dijo:
-Le llamamos el jardín de la Antártida.
-Michael dio patadas en el suelo para sacudirse el frío con sus frías botas
manchadas de sangre-. Ahora bien, debo advertirle: no siempre tiene tan buen
aspecto.
PARTE
II
POINT
ADÉLIE
Desde popa sopló un viento del sur propicio
y el albatros nos siguió. A la llamada del marinero acudía a diario, ya fuera
por comida o por solaz.
Se posó en los mástiles y en los obenques
sin importar la calima o las nubes, durante nueve atardeceres.
Y esas noches, rieló la luz nívea de la
luna tras atravesar el blanco humo de la bruma.
Dios te guarde, viejo marinero, de los
demonios que te atormentan.
¿Por qué tienes esa mirada?
Al albatros maté con mi ballesta.
La balada del viejo marinero,
SAMUEL TAYLOR COLERADGE (1798)
CAPÍTULO
DIEZ
2 a 5 de diciembre
FUE DIFÍCIL NORMALIZAR LOS primeros días en
Point Adélie, y no sólo por la gran cantidad de trabajo pendiente, sino porque
los recién llegados no percibían el transcurso del tiempo. El sol brillaba en
todo momento y sus rayos se filtraban por las rendijas de las persianas. Sólo
había un modo de saber la hora: no perder de vista el reloj; también podían
preguntar a alguien cuando se sentían confusos si eran las 11:30 de la mañana o
de la noche, a lo cual le seguía otra pregunta: ¿qué día de la semana era? No
resultaba tan sencillo como levantarse y revisar la fecha en el periódico o la
guía de programación de la tele durante la noche. No servían de nada los
indicadores normales por los cuales los civilizados regían y organizaban su
vida: la entrada en el gimnasio, la clase de yoga, la hora de salir de casa al
trabajo, o de regresar. Ni siquiera había diferencia entre un día normal y un
festivo de fin de semana, dada la alta improbabilidad de tener una cita, ir al
cine, dormir en una casa ajena o tener que llevar a los hijos a los
entrenamientos de fútbol. Todo eso era irrelevante. Estaban en un sitio y
vivían en un momento donde carecían de importancia todos los aspectos de la
existencia cotidiana. En la Antártida, todo flotaba a la deriva y era preciso aprender
a imponer un propio ritmo a las cosas, el que fuera, pero debía ser uno propio.
De lo contrario, era fácil enloquecer.
-Nosotros le llamamos el Gran Ojo -le
informaron a Michael en el transcurso de la primera comida en el comedor. El
Gran Ojo. El aire colegial típico de un patio de recreo escolar se había
extendido al modo de referirse a las cosas.
El hombre de la parka respondía al nombre
de Murphy O´Connor y resultó ser el jefe de operaciones de la base. Comió con
los recién llegados para tener la oportunidad de ponerles al tanto de las
reglas y hábitos de la estación, entre otras cosas.
-Pierdes la noción del tiempo si te quemas
las pestañas por trabajar demasiado, y antes de darte cuenta has empezado a
bailar el Gran Ojo.
Metió para dentro los carillos y puso ojos
saltones con el fin de parecerse a un tipo demacrado y chiflado.
Charlotte sonrió y Darryl se echó a reír
mientras se llenaba el plato de judías estofadas.
-Pillar eso no tiene pinta de ser nada
divertido.
El biólogo hundió otra vez la cuchara de
servir en las judías.
-Con lo pequeño que eres, seguro que puedes
cavar un agujero y esconderte dentro.
Michael se preguntó si ese comentario no
ofendería a Hirsch, pero Murphy había hablado en todo momento de forma clara y
campechana y se había desenvuelto con tanta liberalidad que al biólogo no
pareció importarle lo más mínimo.
-Bueno -continuó Murphy-, haced lo posible
por seguir un horario mientras estéis por aquí. Confeccionadlo a vuestro gusto,
pero intentad respetarlo. La cocina está siempre abierta, de modo que siempre
podéis prepararos un bocadillo, pero no tenemos una sala de psicología por si
se os va la olla, a menos que la doctora Barnes planee abrir una -agregó,
mirándola de refilón.
-No, si puedo evitarlo.
Entonces, él procedió a facilitarles una
serie de consejos prácticos sobre Point Adélie, incluyendo el más importante de
todos:
-Jamás salgáis solos de la base -dijo, y
miró fijamente a cada uno de ellos para enfatizar la importancia de ese punto
con esos ojos castaños que había protegido antes con las gafas de estilo
aviador, cuyos bordes le llegaban casi a la barba y le cubrían las mejillas y
el mentón-. Hará cosa de un año estuvo aquí un geólogo de Kansas, un tipo con
una idea fija: salir y tomar varias muestras rápidas. Se marchó solo sin decir
adónde iba y tardamos tres días en encontrarle.
-¿Qué le había pasado? -quiso saber el
periodista.
-Se cayó a una zanja y murió congelado.
-O´Connor sacudió la cabeza con tristeza y tomó un sorbo de café de un tazón
decorado con la imagen de pingüino-. A veces, es imposible ver las grietas por
culpa de la porquería. -Señaló a su espalda, en dirección a su oficina-. La
pizarra negra de la entrada está pensada para ese fin: escribid quiénes vais,
adónde os dirigís y cuándo tenéis planeado regresar si salís de la base.
Michael se había fijado ya en ella. La
última entrada mencionaba algo de una exploración sobre el terreno en Valle
Seco I.
-Y a la vuelta me escribís en la pizarra
que habéis regresado sanos y salvos. No me hace ni pizca de gracia tener que
echarle un vistazo a vuestras camas a ver si estáis arropaditos, ¿vale? -hizo
una pausa y pensó en algo que le hizo sonreír-. Os sorprendería la de cosas que
es posible encontrar.
El periodista no podía imaginar nada
subidito de tono después de echar un vistazo al comedor, donde ahora apenas
había gente. En un par de mesas asignadas al personal de servicio se sentaban
unos jovencillos de uniforme azul, y en otras dos se concentraban casi todos
los científicos. Identificarlos resultaba tan fácil como reconocer a Darryl en
el aeropuerto de Santiago. Era un grupo dado a las excentricidades. Uno llevaba
una larga cola de caballo y unas gafas SeaSpecs con montura de alambre, y esas
dos robustas mujeres de rubios cabellos y hombros amplios tenían aspecto de
salir de alguna antigua leyenda noruega. Murphy debió de seguir la dirección de
su mirada, ya que comentó:
-A los científicos les llamamos probetas.
Michael cazó al vuelo la razón del mote.
Probetas, como los instrumentos de laboratorio.
-No les importa. Ellos nos llaman reclutas.
-¿Y no os importa? -inquirió Charlotte.
-Segurísimo -replicó Murphy, simulando
estar enfadado-, pero aquí nos cuesta tomárnoslo a mal. -Luego, ya con tono más
serio, agregó-: En la base dependemos unos de otros, y todos lo sabemos. Los
científicos no serían capaces de dar una a derechas sin los reclutas; éstos
llevan el lugar, mantienen en funcionamiento los generadores diesel y las
luces, y quitan y ponen los U-barrel, los bidones de orina que veréis pintados
en negro o amarillo... Por cierto, la orina, como todos los demás residuos
humanos, deben guardarse en contenedores para sacarlos de la Antártida. Y sin
los probetas... -O´Connor hizo una pausa, no muy seguro de cómo terminar el
pensamiento-, bueno, sin ellos, los demás no estaríamos aquí, donde Cristo
perdió las zapatillas.
-Si quiere saberlo, a mí me parece un buen
arreglo -observó Darryl.
-Así habla un probeta de verdad -replicó el
jefe de la base-. Ahora, instalaos en vuestros cuartos para pasar la noche.
Mañana os espera un día muy largo en la Escuela de nieve.
Charlotte, Darryl y Michael intercambiaron
miradas sorprendidas.
-Y no olvidéis traer vuestras manoplas.
O´Connor se marchó para sentarse en la mesa
de los reclutas, varios de los cuales se habían girado para tener una mejor
visión de los recién llegados, mientras ellos tres se quedaron desconcertados,
como chicos nuevos en la cafetería del instituto. Los probetas estaban absortos
en sus propias conversaciones o comían sin apartar la mirada de los platos de
judías con salchichas y pan de maíz. Uno de ellos había desplegado delante de
él un buen fajo de papeles impresos.
-¿A que es raro? -inquirió Michael,
señalando a los científicos-. Ahora estamos en un mundo donde ellos son lo
guay.
Darryl se echó a reír y dijo:
-Llevo esperando esto toda la vida -repuso,
y se levantó-. Si me disculpáis, me parece haber oído la palabra «isóptero» por
ahí.
Ante la mirada de Charlotte y Michael, el
pelirrojo cruzó el suelo de linóleo sin manifestar muestra alguna de miedo y se
sentó junto a una de esas mesas de estilo similar a las usadas en cualquier
picnic campestre, donde una de las mujeres rubias con la camisa de franela por
fuera de los pantalones opinaba sobre algo. La conversación se detuvo durante
unos instantes y Michael empezó a preguntarse si no debería acudir en rescate
del pelirrojo, pero entonces éste comentó varias cosas que él no descifró y vio
cómo tenía lugar la ceremonia del apretón de manos después de que Darryl
hubiera presentado en voz alta sus credenciales. El biólogo fue admitido
inmediatamente en el club. Era como si hubiera pasado algún secreto rito
iniciático. Michael y Charlotte le concedieron un cuarto de hora para que
entablara lazos de amistad con sus nuevos amigos, luego se levantaron para
colocar en su sitio las bandejas usadas. Michael atrajo la atención de Hirsch.
Éste se apresuró a terminar una entretenida anécdota sobre un nematodo, que
provocó grandes risas, y se reunió con ellos.
-Es un buen grupo -comentó Darryl mientras
los tres se abotonaban la ropa para realizar el corto trecho hasta sus
dormitorios.
-Parece que has triunfado -contestó
Michael.
-Era una audiencia nueva -replicó Darryl
con un encogimiento de hombros-, me bastaba con soltarles lo mejor de mi
repertorio.
Tras salir del módulo de los comedores
-donde se hallaba también la oficina del jefe O´Connor- debían recorrer a la
intemperie los quince metros de una pasarela de madera. Los módulos de la base
se asemejaban a los vagones de un tren: estaban dispuestos en forma de cuadrado
y unidos entre sí por cuerdas de nailon a ambos lados de las pasarelas que los
intercomunicaban. Michael sabía que las cuerdas estaban allí como ayuda para
mantener el equilibrio. Además, en caso de que la luminosidad de la nieve cegara
a alguien, como le había pasado a él, proporcionaba la única forma de hallar el
camino a la salvación, pues aunque el refugio se hallase a un par de pasos por
delante, podía no saberlo. Muchos hombres habían muerto en esos climas polares
helados a escasos metros de sus tiendas por no haber podido verlas.
En el siguiente módulo, donde se hallaba
emplazada la enfermería, Charlotte tenía asignado un cuarto individual, algo
poco habitual, aunque tampoco era merecedor de tal nombre, pues era un cubículo
de dos metros y medio de ancho por tres de largo con aspecto de haber estado
ocupado hasta que aterrizó el helicóptero por el anterior médico residente, un
fan de la navegación, el surf y Jessica Alba a juzgar por los pósteres de la
pared. Ahora, estaba de vuelta al mundo en el rompehielos de la guardia costera.
Los bártulos de Charlotte se quedaron en la litera.
-Mira, si hasta la tienes decorada y todo
-observó Michael, asomando la cabeza.
-Jamás se me ocurrió traerme mis propios
pósteres.
-Ya lo sabes para el próximo turno -le
pinchó Darryl.
-No estaré aquí para entonces -replicó
ella.
Michael y Darryl se alojaban en el módulo
situado al otro lado, reservado a los probetas y otro personal provisional.
Ambos se vieron obligados a compartir un espacio no muy superior al del cuarto
de su compañera. Había un ventanuco, en realidad era más una rejilla de
ventilación, y una litera de doble altura; cada una estaba aislada por unas
endebles cortinas opacas. Cubría el suelo del habitáculo una moqueta granate y
amarilla, similar a las alfombras del salón de banquetes de los hoteles: capaz
de resistir el efecto de un detergente industrial muy fuerte. Había una puerta
de rejilla imposible de mantener cerrada y detrás de la misma se hallaba
situado el único armario de la estancia, donde encontraron una recompensa
inesperada.
-Ahí va, dale una miradita a esto.
Darryl le echó un vistazo.
-Alguno de los inquilinos anteriores nos ha
dejado unos regalitos...
-Eso, o la NSF se ha asegurado de que nos
equipemos como Dios manda. -Darryl tiró de la manga de un anorak naranja, uno
de los que colgaban de la percha-. Y yo sin dejar de preguntarme por qué
insistían tanto en saber mis medidas...
Además de los dos abrigos con capuchas
forradas con piel de coyote, había dos chaquetones acolchados, camisetas de
lana y pantalones de chándal con bolsillos suficientes para llevar encima una
tienda de hardware. Michael rebuscó en la balda superior, donde encontró ropa
interior de polipropileno, diseñada para repeler el sudor y mantener seco el
cuerpo, manoplas de piel lo bastante grandes como para llevar puestos debajo
los mitones, guantes de cuero, varios calcetines de lana y botines de neopreno
y, por último, pasamontañas de lana para proteger la cabeza, el cuello y la
mayor parte del rostro. Lo bajó todo y se lo entregó a Hirsch, quien tras
examinarlas prendas exclamó:
-¡Como si fuera Navidad!
-Y aún no hemos terminado.
En el suelo había un buen surtido de pares
de botas perfectamente alineados y colocados por el número. Había unas bunny
boots, como llamaban en el ejército a esas botas de goma con colchón de aire en
la suela, suaves mukluks al más puro estilo esquimal, de hormas amplias y caña
ancha, y altas botas negras de bombero, ideales para trabajar en el agua y el
barro.
-Han pensado en todo, ¿verdad?
-Sí -convino el periodista mientras
examinaba el alijo-.empiezo a preguntarme dónde estarán aparcadas nuestras
motonieves.
El cuarto de baño común se encontraba en el
rincón más alejado del módulo y por suerte estaba desocupado cuando Michael se
dio una ducha de agua caliente -«No más de tres minutos», rezaba el cartel- y
regresó al salón, cubierto por la misma moqueta que el dormitorio. Algún hotel
de la cadena Holiday Inn debía de haber cerrado y los de la base habían
comprado rollos de alfombra en la liquidación posterior.
Cerró la puerta en cuanto llegó a su
dormitorio. Del otro lado de la cortina llegaban los suaves ronquidos de
Darryl, tendido en la litera inferior. Las nuevas ropas de ambos ocupaban el
suelo. Michael ajustó el estor negro para cubrir la abertura que hacía las
veces de ventana, apagó la luz y se subió a su cama, donde reposó la cabeza
sobre la alfombra de relleno de espuma de la cabecera. Un sesgado rayo del frío
sol se colaba todavía en la habitación. Ajustó las cortinas y ya estaba medio
grogui para cuando volvió a reclinar la cabeza sobre la almohada. Ocho horas
después se despertó en la misma posición que se había dormido y por vez primera
en ocho meses no fue capaz de recordar ni una sola de sus pesadillas. Se sintió
profundamente aliviado.
La Escuela de la nieve era obligatoria para
todos los novatos de la base. Estaba supervisada por un joven desgarbado
llamado Bill Lawson. Se cubría la cabeza con un pañuelo de algodón al estilo de
los bucaneros. Michael llegó a la conclusión de que el tipo había visto
demasiadas veces Piratas del Caribe. Era un civil a sueldo de la Marina cuya
manera de dar clase era todo un seminario de autoestima. Cuando Michael fue el
primero en demostrar que era capaz de encender una fogata frotando dos piedras,
dijo:
-Chachi, continúa por ese camino, Michael.
Luego, cuando Hirsch levantó una tienda de
campaña en menos de diez minutos, Lawson se despachó con un «Dabuten, Darryl».
Hubo más de un «dabuten» cuando vio que
éste era capaz de desmantelar y guardar el equipo sobre la cesta del trineo en
menos tiempo aún.
Charlotte parecía cada vez más malhumorada,
pues no ganaba ninguna de las pruebas de supervivencia. Estaba acostumbrada a
ser la alumna estrella, eso resultaba obvio, y tampoco acogió de buen grado las
lecciones sobre hipotermia y congelación, pues eran temas que ya dominaba
ampliamente. Mientras Lawson hablaba, ella miraba fuera, a las planicies
heladas que rodeaban la base por tres puntos cardinales y el dentado contorno
de los picos de las Montañas Transantárticas. La cadena montañosa era de un
color marrón turbio allí donde los vientos implacables se habían llevado la
nieve. Pareció más desdichada todavía cuando Lawson anunció que iban a pasar la
noche a la intemperie.
-¿Dentro de una tienda...? No es que mi
habitación sea gran cosa, la verdad, pero al menos, gracias a Dios, tengo una
cama.
Lawson fingió tomárselo de buen humor, o
tal vez, caviló Michael, el tipo era impermeable a cualquier brote de
pesimismo.
-No, no. Nada de tiendas. Cada uno va a
construir su propio iglú.
Wilde llegó a pensar por un segundo que
Lawson iba a ponerse a dar palmas de alegría.
-Bueno, si es así como se hacen las cosas
en el Polo Sur... -empezó a decir Darryl.
-Polo -le rectificó de inmediato Lawson-,
Polo a secas.
Ninguno de los tres alumnos terminó de
comprenderle.
-Aquí abajo nadie dice el Polo Sur, ni
siquiera el Polo -les explicó-. Esa expresión os significa como turistas, como
novatos. Por ejemplo, decid: «Vamos al Polo la semana próxima», y así
pareceréis auténticos veteranos.
Mientras todos intentaban vocalizar la
nueva locución, Lawson extrajo de su mochila cuatro dentadas sierras de nieve y
procedió a entregárselas antes de hacer una demostración del modo en que se
sacaban del suelo los bloques de hielo y nieve. Lo hacía como si estuviera
cortando un pastel de boda. Luego, continuó con una demostración sobre el mejor
modo de apilar los bloques uno sobre otro, aunque ligeramente en voladizo, a
fin de conseguir algo similar a un tosco domo. Cuando terminó y se detuvo a
admirar su pequeño Taj Mahal, Lawson sudaba copiosamente a pesar de que estaban
bajo cero.
-¿No se ha olvidado de algo? -preguntó
Charlotte.
-La puerta, ¿no? -repuso Lawson con una
sonrisa, dejando entrever unos dientes de tono perlado-. Sólo me estaba tomando
un respiro.
Entonces se puso a escarbar en el suelo,
como si fuera un castor, con la ayuda de una sierra, una pala y a menudo con
las manos enguantadas. Conforme excavaba, echaba hacia atrás esquirlas de
hielo, grumos de nieve y algún que otro guijarro a tal velocidad que parecía un
astillador de madera. Bill Lawson construyó un túnel estrecho y poco profundo
ante la mirada atónita de Michael. El pasaje discurría por debajo de la nieve y
luego subía hasta desembocar dentro del iglú. Dejó a un lado la pala, se tendió
de vientre y se metió en el túnel, donde su cuerpo desapareció por completo,
botas incluidas, al cabo de un segundo. Wilde se acuclilló junto a la abertura
del túnel y gritó:
-¿Va todo bien ahí dentro? ¿Cómo está...?
-Más a gusto que un gorrino en un charco.
A juzgar por la cara de Charlotte, daba la
impresión de sentirse como si fuera ella la que estuviera en el charco.
En cuanto salió a la superficie, el
profesor los convenció con zalemas para que empezasen a preparar su propio iglú
cada uno. Insistía en que hicieran todos los pasos del trabajo manual sin ayuda
de nadie, aunque guiaba cada uno de sus movimientos.
-Tenéis que saber cómo hacerlo y creo que
sois capaces de lograrlo -insistía observando por encima de ellos cómo cortaban
los bloques de nieve-. Tal vez esto pueda suponer la diferencia entre la vida y
la muerte.
La proximidad de la muerte se estaba
convirtiendo en una referencia de lo más habitual en Point Adélie, caviló
Michael.
Esa noche, en vez de recuperar fuerzas con
una buena cena en el comedor, se acurrucaron tras el muro de hielo construido
con los materiales sobrantes y dando gracias a Dios por las ropas de abrigo que
el NSF había dejado en sus armarios. Cenaron unas raciones facilitadas por el
jovial Lawson. No llevaban la delatora etiqueta MRE,[8] pero Michael albergaba
la sospecha de que eran obra de los mismos «restaurantes de postín» que
avituallaban al ejército norteamericano. Miró el plato: podía apreciar con la vista
que era filete de vaca con patatas, pero si cerraba los ojos ya no estaba tan
seguro de ser capaz de identificarlo por el sabor. El instructor les pasó una
bolsa en cuanto dieron buena cuenta de aquella cena fría y rápida a fin de que
envolvieran y metieran en ella todos los restos.
-No podemos dejar ningún resto aquí afuera.
Los hombres debemos llevarnos todo lo que traemos.
La base estaba colina abajo, a cosa de un
kilómetro, junto a la orilla del mar de Weddell. Apenas era visible, y eso que
sus luces blancas seguían encendidas a pesar de la permanente luz solar.
Charlotte las estaba mirando como si fueran las luces de París. Cuando el
viento soplaba en su dirección podía escuchar débilmente los aullidos de los
perros de tiro en las perreras.
-¿Seguro que no podemos pasar allí la
noche? Quiero decir, ahora ya sabemos construir un iglú -insistió ella-.
¿Debemos dormir dentro?
Lawson asintió con la cabeza.
-Eso me temo. Yo sólo cumplo órdenes de
arriba. Desde que el probeta ese, disculpe, me refería al geólogo de Kansas, se
extravió ahí fuera y la palmó, Murphy exige que todos los novatos pasen un día
completo entrenándose en la Escuela de la nieve.
Darryl se puso de pie y se frotó los brazos
para entrar en calor.
-Vale, ¿dónde duerme cada uno? Uno de los
dormitorios tendrá que ser mixto.
-Tienes razón -repuso el instructor, que
conservaba la flema con independencia de la naturaleza de la queja formulada,
por muy obvia que fuera-. Hice la primera algo más grande. ¿Por qué no la
compartes conmigo, Michael?
Cada uno de ellos tomó del trineo un saco
de dormir con relleno sintético y se dieron las buenas noches. Mientras
esperaba a que Lawson, linterna en mano, se abriera paso por el túnel, el
reportero reparó en Charlotte, que, envuelta en su gran parka verde, esperaba a
que Darryl se introdujera en el interior del otro iglú.
-Al menos ahí dentro no se va a marear
-bromeó Michael.
La mujer se limitó a asentir con los ojos
fijos en el hueco abierto en la nieve mientras sostenía el saco de dormir
enrollado. Michael tuvo una corazonada y se encaró con ella:
-Ni se te ocurra volver andando tú sola al
campamento. No es seguro.
Charlotte lo miró de soslayo, pero él supo
que le había leído el pensamiento, o por lo menos que la doctora había tenido
la tentación.
-Venga, todos dentro -les instó Lawson con
voz apagada.
-Hasta mañana -se despidió Michael antes de
lanzar el saco de dormir, doblarse por la mitad y meterse a rastras por el
corredor.
El túnel no era largo, pero sí estrecho. El
instructor medía en torno al metro ochenta de altura, como el reportero, pero
era de constitución bastante delgada, y en ese momento Michael deseó que Lawson
hubiera tenido algo más de previsión y hubiera hecho la zapa algo más
espaciosa. Se estuvo dando golpes en la cabeza durante todo el trayecto, y para
poder avanzar se vio obligado a hundir las puntas de las botas y sostenerse
sobre los codos mientras hacía fuerza para impulsarse hacia delante. No padecía
de claustrofobia, pero habría sido un momento espantoso para sufrir un brote
ahora que tenía todo el cuerpo enterrado en la nieve, los copos le empapaban
los labios y el saco de dormir le obstaculizaba toda la luz que pudiera emitir
la linterna de Lawson. Cuando al final asomó la cabeza al otro lado fue como
emerger a un mundo nuevo. El instructor apartó el saco y tiró de él para
ayudarle a salir.
-Lo mejor de todo es que aquí no es
necesaria la nevera -observó Lawson.
Michael entró a rastras y debió quedarse de
rodillas al tener el techo a escasos centímetros de la cabeza. Había suficiente
distancia entre las paredes del iglú, que ya estaban cubiertas de vapor, dado
que se había condensado el aliento de sus respiraciones, como para extender del
todo el saco de dormir siempre que dejara los pies al borde de la entrada.
Lawson había cubierto la mayor parte del suelo con esteras aislantes.
Lo que realmente le sorprendió fue la luz
del interior. La linterna apuntaba hacia arriba y enviaba destellos luminosos
en todas las direcciones, hasta el punto de que las paredes parecían refulgir
con un fulgor blanquiazul y unos pocos copos desprendidos desde lo alto
revolotearon perezosos en el aire, ostentosos como diamantes. Michael se sintió
dentro de una bola de nieve.
-Tal vez el techo escurra un poco durante
la noche, sobre todo en la zona de los respiraderos -avisó Lawson mientras se
estiraba dentro de su saco de dormir-. No es preocupante, pero te sugiero subir
hasta arriba la solapa del saco. -Se tendió de espaldas y se echó la tela
impermeable sobre la cabeza-. Así -concluyó.
Su respiración levantó un poco la tela.
Michael desenrolló su saco y se tendió en
él, no sin antes lograr darse tres o cuatro coscorrones contra el techo. Se
quitó las botas, pero se dejó puestos los calcetines de lana y los escarpines
de neopreno. Después imitó a Lawson e hizo un bulto con la parka y la colocó a
modo de almohada, pero la parte más dura de la misma se aplastó hasta formar un
rebujo apretado con las telas del saco y las otras ropas que no se había
quitado. En el espacio cerrado del domo de hielo tuvo ocasión de apreciar su
olor, y no era precisamente agradable. Se apretó un poco hasta conseguir poner
los pies al fondo del saco. Lawson había pegado el suyo a la pared, pero aun
así dejaba a Michael el espacio justo para extender las piernas sin tocar al
compañero de iglú. Reclinó la cabeza sobre el abrigo enrollado y fijó la mirada
en el curvo techo, preguntándose si no se derrumbaría en cualquier momento,
pero en vez de eso se desprendió una sola gota que hizo plaf al estrellarse
sobre su mentón, cubierto con una barba incipiente, pues durante los días
anteriores se había afeitado cada vez menos en previsión de apuros como aquel,
cuando venía bien cualquier protección, incluso la de los pelos del bigote. Se
limpió el gotón con el dorso de la mano enguantada y se revolvió hasta poder
echarse la solapa del saco de dormir sobre el rostro.
-¿Apagas la luz? -murmuró Lawson.
-Vale -replicó el reportero.
Sacó el brazo y buscó a tientas la linterna
situada entre ambos. La apagó en cuanto la encontró. En un instante se
desvaneció el deslumbrante fulgor de la nieve, sustituido por una negrura y una
quietud tan profundas que a Michael, por mucho que intentó evitarlo, le
recordaron las del sepulcro.
CAPÍTULO
ONCE
21 de junio de 1854, 1:15 horas
HACÍA MENOS DE UN año que Eleanor Ames
había empezado a trabajar en el Establishment for Gentlewomen during Illness
destinado a atender a damas enfermas en el número 2 de Harley Street, pero el
hecho de ser elegida como enfermera de noche reflejaba la confianza depositada
en ella por Florence Nightingale. Le enorgullecía y complacía tener esa
responsabilidad, aunque ello implicara permanecer despierta hasta el alba, y la
verdad sea dicha, Eleanor disfrutaba de la relativa calma imperante durante las
horas de oscuridad. Salvo la administración ocasional de algún medicamento y el
cambio de alguna cataplasma sucia, sus deberes tenían una naturaleza más
espiritual. Algunas pacientes angustiadas o de naturaleza impaciente en los
momentos buenos empeoraban al ponerse el sol. Daba la impresión de que sus
demonios personales se les metían en el cuerpo al anochecer y la tarea de
Eleanor era mantenerlos a raya.
A esas alturas de la noche ya había ido a
ver a la señorita Baillet, una institutriz del barrio de Belgravia, postrada en
cama tras un ataque de apoplejía, y a la señorita Swann, una sombrerera
aquejada de una fiebre totalmente inexplicable. Había pasado el resto de la
noche ordenando el dispensario y haciendo la ronda por las diferentes estancias
a fin de cerciorarse de que todo estaba bien. La superintendente Nightingale
había insistido en que era imprescindible limpiar y ordenar el hospital todos
los días. Repetía además la importancia de ventilar las habitaciones, dejando
entrar el aire limpio, o todo lo limpio que era posible en Londres, sobre todo
de noche. Se había mostrado igualmente firme en la necesidad de cambiar a
diario los vendajes aplicados a cada herida y servir alimentos nutritivos en
todas las comidas. Muchos círculos habían acogido con escepticismo o
indiferencia las ideas de Florence Nightingale. Incluso los médicos encargados
de atender a las pacientes parecían considerarlas irrelevantes e inofensivas.
Sin embargo, Eleanor había llegado a abrazar los ideales de la superintendente
y se enorgullecía de figurar entre las muchachas -a sus diecinueve años era la
más joven de todas- aceptada en el programa de formación de enfermeras.
Cerró con llave el dispensario, sobre todo
para tener a buen recaudo el láudano, pues muchas pacientes lo pedían como
remedio para el insomnio, y se miró en el espejo durante un rato. Se había
puesto horquillas para mantener sujeta la oscura melena debajo del gorro blanco
de enfermera, pero ésta empezaba a desmandarse y tuvo que aplastar el pelo para
ponerlo otra vez en su sitio. Si la superintendente abandonaba sus habitaciones
en la última planta y veía a la enfermera de guardia despeinada, no le iba a
hacer mucha gracia.
Prestaba una atención solícita a los
pacientes, cierto, pero pertenecía a esa clase de personas de las que
preferirías no recibir una reprimenda.
Eleanor bajó la lámpara de aceite y salió
al hall. Estaba a punto de subir las escaleras para poner en orden el solárium
-la señorita Nightingale creía fervientemente en el poder sanador de la luz del
sol- cuando algo atrajo su atención hacia la puerta principal. A través de los
cristales de la misma entrevió cómo tres hombres bajaban de un carruaje
detenido justo delante de los escalones de la entrada, y cuando miró con
atención, descubrió, no sin sorpresa, que el terceto estaba subiendo la
escalinata. ¿Acaso no sabían que las visitas sólo estaban permitidas durante
ciertas horas de la tarde?
Al parecer, no. Avanzó hacia la puerta para
evitar que llamasen, pues no deseaba que el ruido despertara a los enfermos,
pero antes de lograrlo escuchó el tintineo de las campanas de la entrada y un
instante después alguien martilleó con el puño la parte de madera. Atisbó a un
hombre con patillas de boca de hacha cerca del cristal mirando al interior,
mientras oía gritar a una voz:
-¡Auxilio...! ¿Puede prestarnos ayuda?
Descorrió los cerrojos y abrió la puerta
justo cuando el extraño había alzado el puño e iba a golpear de nuevo. El
peticionario era un hombre de rostro rubicundo; de pronto pareció avergonzado,
y dijo:
-Disculpe la intromisión, por favor,
señorita, pero nuestro compañero necesita atenciones médicas.
El camarada en cuestión vestía también el
uniforme de la caballería. Se llevaba una mano al hombro mientras otro amigo le
sostenía por el codo para ayudarle a mantener el equilibrio.
-Éste es un hospital sólo para mujeres, y
me temo que... -repuso Eleanor.
-Somos conscientes de ello -le atajó el
hombre de mofletes colorados-, pero se trata de una emergencia y no sabemos
dónde más acudir.
Le resultó familiar el semblante del
soldado rubio que sangraba por la herida. Vaya, era el que se la había comido
con los ojos cuando se había asomado a la calle para echar los cerrojos de las
ventanas aquella misma tarde.
-No hay ningún médico en el hospital, ni lo
habrá hasta mañana por la mañana.
El hombretón miró hacia atrás, en dirección
a sus compañeros, que le esperaban varios escalones más abajo, como si no
estuviera seguro de qué querían que hiciera a continuación.
-Soy el teniente Sinclair Copley -se
presentó el oficial lastimado-. Me han herido cuando salí en defensa de una
mujer...
Eleanor permaneció dubitativa en el primer
escalón. ¿Qué desearía la superintendente que hiciera ella? No se atrevía a
despertarla, pues, al fin y al cabo, ¿no era ella, Eleanor, la enfermera de
guardia? Tuvo la impresión de que eso también implicaba ofrecer asistencia a un
herido.
-Para abreviar el cuento: me han disparado
y necesito que alguien me cure la herida -dijo el teniente. La tenue luz de las
farolas le iluminó el rostro cuando hubo subido los escalones. Había una chispa
implorante en el brillo de sus ojos-. ¿No podría al menos examinar el brazo y
ver si tiene a mano algún remedio hasta que pueda acudir a un cirujano por la
mañana? Como puede ver -continuó mientras retiraba la mano y dejaba ver la
manga ensangrentada de la casaca- es preciso hacer algo para restañar la hemorragia.
Ella permaneció en el umbral, indecisa,
hasta que el tipo grandullón pareció descorazonarse y dijo:
-Vámonos, Sinclair, Frenchie. Conozco un
boticario en High Street que me debe un favor.
Dicho esto, le dio la espalda a la
enfermera y bajó las escaleras pisando fuerte, pero el oficial rubio no se
movió. Eleanor tuvo el convencimiento de que él había acudido hasta allí para
ser atendido por ella, y le salieron los colores sólo de pensarlo.
Se apartó a un lado y dejó abierta la gran
puerta detrás de ella.
-Sean tan amables de no hacer ruido. Los
demás pacientes están durmiendo.
Cerró con llave cuando hubieron entrado y
los condujo por el gran hall. La habitación estaba helada, pues había dejado
todas las ventanas abiertas para que se ventilase. Los llevó hasta las salas
del recibidor, una suerte de mezcla entre una sala de estar y una consulta.
Estaba provisto de butacas, lámparas con borlas y un despacho en la primera
habitación. En la alcoba del fondo había una camilla de exploración rellena con
crines de caballo y forrada de cuero, una pantalla de lino blanco y un buró
cerrado donde había instrumental médico y una pequeña reserva de medicamentos.
-Por cierto, yo soy el capitán Rutherford
-se presentó el militar rubicundo- y este otro caballero es el teniente Le
Maitre, pero todos suelen llamarle Frenchie. Los tres servimos en el 17º de
lanceros.
-Encantada de conocerles -replicó ella, a
quien le quedó claro por los uniformes y el modo de hablar que los tres eran de
alta cuna y caballeros de posibles-, pero debo rogarles de nuevo que hablen
bajo.
El oficial de mayor graduación asintió y se
llevó un dedo a los labios en señal de confirmación antes de retirarse y tomar
asiento en uno de los butacones. Encendió la lámpara de la mesa y ajustó la
mecha para luego sacar un paquete de cigarrillos y ofrecerle uno a Le Maitre.
Raspó una cerilla Lucifer contra la suela de su bota para prenderla y encendió
un par de Cheroutes, esos puros cortados en ambos extremos. Los dos hombres
permanecieron sentados, fumando con satisfacción.
-Llévelo ahí dentro -susurró Rutherford,
señalando la alcoba del fondo con un ademán de la mano-. No deseamos verle
morir aquí. Los rusos quieren pegarle un tiro primero.
Frenchie soltó una carcajada, pero se llevó
la mano a la boca para sofocar el ruido.
-No les haga caso -terció Sinclair con voz
suave-. Se dejaron los modales en el cuartel.
Avanzó hacia la camilla y comenzó a
quitarse la casaca del uniforme, pero crispó el rostro al intentarlo, pues la
sangre había pegado la tela a la piel. Eleanor no había tenido tiempo de
sopesar plenamente lo que estaba haciendo. Había roto al menos tres reglas,
pero la visión del oficial intentando separar la tela de la herida la sacó de
su ensimismamiento de inmediato.
-Quieto, déjeme hacerlo a mí -dijo.
Se apresuró a abrir el buró, de donde
extrajo un par de tijeras de sastre con las que cortó la manga hasta practicar
una abertura lo bastante amplia como para poder retirar la tela de la piel.
Luego, con suavidad, le quitó la estropeada casaca.
La joven sanitaria no supo muy bien qué
hacer con ella.
El teniente rió al apreciar la momentánea
confusión de la enfermera, tomó de su mano la prenda y la lanzó sobre el
cuelgacapas situado detrás de Eleanor. Ella ni se acordaba de que estaba ahí.
Entretanto, se sentó al borde de la camilla.
La arrugada camisa blanca de lino también
estaba ensangrentada y rasgada, pero ella no tenía intención de que él se la
quitara y en vez de eso se sirvió de las tijeras para abrir la manga desde
debajo del hombro hasta la muñeca. Pudo apreciar la calidad de la tela y le
afectaba mucho tener que cortarla, pero lo que la perturbaba de verdad era la
mirada fija del soldado. Ella intentaba concentrar toda su atención en la
herida ahora desvelada, pero mientras tanto, notaba cómo él estudiaba sus ojos
verdes y los mechones de pelo que se le escapaban otra vez por debajo de la
gorra blanca. La enfermera se había ruborizado, era consciente de ello, y nada
podía hacer al respecto, por mucho que le hubiera gustado controlar la sangre
que se le acumulaba en las mejillas.
Eleanor estuvo en condiciones de ver el
rasponazo tras retirar la manga. La bala había rasgado la piel, pero no parecía
haber tocado el hueso y muy poco el músculo. Le resultaba difícil saberlo, pues
rara vez veía heridas de esa naturaleza en el hospital, y las pocas ocasiones
que eso sucedía, como el caso de una anciana que por accidente se había
ensartado con un atizador, el cirujano no solía permitir que una enfermera le
ayudase de forma significativa.
-¿Qué opina? -le preguntó el teniente-.
¿Viviré para luchar otro día?
La joven no estaba acostumbrada a ese tono
juguetón del militar, y mucho menos viniendo de un hombre a quien tenía tan
cerca, y cuyo brazo desnudo, el que ella había descubierto, de hecho, estaba
cubierto de sangre.
Se volvió a toda prisa hacia el buró, de
donde sacó un rollo de algodón limpio y un botellín de germicida, fenol, para
aplicarlos a la herida. La sangre se había coagulado en gran parte y al frotar
empezó a descascarillarse la costra. Depositó los trozos ensangrentados de
algodón en un cuenco de esmalte situado encima del mueble. El raspón de la bala
se reveló a los ojos de la sanitaria conforme iba limpiando, y entonces pudo
ver que la piel estaba lo bastante abierta como para tener que practicarle una
sutura.
-Sí, sobrevivirá -contestó al fin-, pero
espero que no sea para volver a luchar. -La enfermera tomó una tela limpia-. De
todos modos, va a necesitar un cirujano adecuado.
-¿Por qué? -El teniente fijó la vista en el
brazo-. No le veo yo mala pinta.
-Es necesario cerrar la herida, y para eso
hay que darle unos puntos. Cuanto antes, mejor.
Él esbozó una sonrisa y ella le rehuyó la
mirada, aun a sabiendas de que el teniente ladeaba la cabeza para mirarle el
verde de las pupilas.
-¿Es demasiado pronto esta noche?
-No hay un médico a estas horas, como ya le
he dicho.
-Me refería a que si usted, señorita...
-Ames, enfermera Eleanor Ames.
-¿No puede encargarse usted, enfermera
Eleanor Ames?
Ella se quedó perpleja. Nadie había
sugerido jamás algo semejante. ¿Cómo iba a suturar la herida de bala de un
soldado ninguna mujer, ni siquiera aunque fuera una enfermera, sin otro recurso
que sus propios medios? Las mejillas se le pusieron tan coloradas como el
uniforme.
Copley se echó a reír.
-Es mi brazo y la considero capacitada para
hacerlo. ¿Por qué piensa de otro modo?
Ella alzó los ojos para observar el rostro
del militar, donde halló una deslumbrante sonrisa, el alborotado pelo rubio y
un bigotillo típico de los que solían exhibir los jóvenes decididos a parecer
de más edad.
-Sólo soy una enfermera, y todavía no he
terminado el periodo de aprendizaje.
-¿No ha visto suturar heridas?
-Muchas veces, pero esto es...
-¿Podría hacerlo peor que el cirujano del
regimiento, cuya especialidad es sacar muelas? Al menos, y a diferencia de
nuestro buen doctor, el señor Phillips, usted no está bebida. -Le tocó la mano
y dijo con tono de complicidad-: Porque no está ebria, ¿verdad?
Ella se vio obligada a sonreír a pesar de
todo.
-Estoy perfectamente sobria.
-Entonces, perfecto. No queremos que la
herida se encone durante toda la noche, ¿a qué no? -Se remangó los restos de la
manga hasta el hombro y preguntó-: ¿Qué...? ¿Empezamos?
Eleanor se dividía entre la certeza de
estar vulnerando sus responsabilidades y el creciente deseo -cada vez mayor- de
hacer algo para lo cual se sentía perfectamente capacitada en lo más hondo de
su corazón. Los cirujanos le pedían que se retirase de forma rutinaria, pero a
pesar de ello la joven se las había arreglado para ver su trabajo, a menudo
sólo por encima, y sabía que era capaz de hacerlo igual de bien, pero ¿qué
diría la señorita Nightingale si salía a la luz tan flagrante vulneración del
protocolo médico?
Como si le hubiera leído la mente, el
teniente le aseguró:
-Nadie se enterará.
-La palabra de un lancero vale tanto como
un juramento -añadió a voz en grito Rutherford desde su silla.
De inmediato, Frenchie le hizo gestos para
que hablara en voz baja.
Sinclair quedó a la expectativa, con el
brazo desnudo y una media sonrisa en los labios. Ésta creció cuando Eleanor
vertió agua en la palangana, tomó una pastilla de jabón desinfectante y se
frotó las manos. Supo que había ganado.
Rutherford se levantó del sillón y sacó una
petaca plateada de debajo de su pelliza para luego tendérsela a Sinclair.
-Tenemos cloroformo y éter -anunció ella
cuando vio el gesto, aunque en realidad albergaba serias dudas a la hora de
administrarlos, pues nunca lo había hecho y temía las consecuencias de un error
a la hora de practicarlo.
-Puaj -saltó Rutherford-. No hay nada como
el brandy para estas cosas. Basta y sobra. He visto cómo dejaba groguis a
hombres a los que les habían amputado una pierna.
Sinclair tomó la petaca y la alzó en señal
de cortesía a su benefactor, antes de darle un buen tiento.
-Más -le instó Rutherford.
Sinclair acató la orden.
-Ea, ya está -dictaminó el capitán mientras
palmeaba el hombro del teniente; luego, se volvió hacia la muchacha y le dijo-:
El paciente es todo tuyo.
Ella aumentó la luz de las lámparas de gas
sujetas a la pared y sacó de los cajones del buró dos utensilios que iba a
necesitar: hebras de catgut, un resistente hilo de sutura obtenido de los
intestinos de vacas u ovejas, y aguja de coser; después, le pidió al paciente
que se tendiera sobre la camilla a fin de dejarle ver mejor la herida. Las
manos le temblaban mientras enhebraba el catgut. El herido alargó la mano y la
puso sobre las de la muchacha.
-Con firmeza -dijo con aplomo.
Ella tragó saliva y asintió por dos veces
antes de proseguir con intencionada lentitud. Se inclinó hacia delante para
examinar el corte a fin de estudiar el plan de acción: comenzaría al final de
la herida, donde la piel estaba más separada; cogería los dos trozos de piel
con la punta de la aguja y tiraría hacia arriba como si fuera un dobladillo.
Según sus estimaciones, la brecha iba a requerir entre ocho y diez puntos,
aunque sabía que al teniente iba a dolerle, por lo cual hizo propósito de
trabajar lo más deprisa posible.
-¿Está preparado? -preguntó.
El aludido acomodó el brazo sano debajo de
la cabeza y se quedó descansando como si estuviera tumbado a la orilla del río
en junio.
-Bastante.
La señorita Ames llevó la aguja hasta la
piel y vaciló varios segundos antes de atreverse a realizar la incisión. Notó
como se flexionaban los músculos del paciente y se le tensaba el brazo, pero
Sinclair no despegó los labios. Ella intuyó que había hecho propósito de no
manifestar dolor alguno delante de sus compañeros, o tal vez, sospechó Eleanor,
delante de ella. La enfermera acercó un borde de la herida al otro, y lo
atravesó también; luego, como si espolvorease un pellizco de sal con los dedos,
unió ambos mientras llevaba la aguja en dirección contraria. La joven había
visto cómo muchos pacientes desviaban la mirada en medio del proceso, como si
se concentrasen en una visión idílica y lejana, pero Sinclair, sin embargo,
mantenía la vista fija en ella del mismo modo que antes.
Practicó una incisión, y otra, y otra más,
y poco a poco cerró la herida hasta dejarla reducida a poco más que una
cicatriz irregular que subía unos pocos centímetros por el brazo. Debía cortar
la hebra al terminar, pero en vez de romperla con los dientes, tal y como
habría hecho con el hilo de coser, usó las tijeras para dejar suelta la menor
longitud posible de hebra. Al final, alzó los ojos y miró el rostro del
teniente, cuya frente estaba bañada en sudor y cuyos labios retenían a duras
penas la sonrisa, pero no había soltado ni un respingo.
-Eso debería aguantar -aseguró la joven
mientras se volvía para desechar el hilo sobrante de la sutura. Cubrió
suavemente la herida con ácido carbólico y tomó una gasa limpia del buró para
vendarle el brazo con firmeza-. Ya puede incorporarse si quiere.
Él respiró hondo y se levantó sin apoyarse
en el brazo derecho. Se balanceó de un lado para otro durante unos instantes a
causa del brandy, los efectos de la cirugía, o ambas cosas. Rutherford y
Frenchie soltaron los cigarros de inmediato y acudieron para sujetarle.
Y así fue como los encontró Florence
Nightingale.
La superintendente parecía un pilar de
rectitud con ese largo miriñaque suyo, con la raya del pelo negro trazada
exactamente en el medio de la cabeza y los brazos cruzados casi a la altura de
la cintura. Mantuvo las cejas enarcadas mientras sus ojos negros iban de los
soldados, cuyo estado de ebriedad no admitía duda alguna, a la joven enfermera,
que tenía la gorra ladeada y las manos empapadas en agua y ácido carbólico, y
vuelta a empezar. La situación le resultaba tan extraña como si acabara de
toparse con un elefante en el salón, y no lograra encontrarle sentido a la
escena.
-Enfermera Ames -dijo por último-, espero
una explicación.
Rutherford alzó una mano y se adelantó para
presentarse como capitán del 17º de lanceros antes de que los labios resecos de
la joven pudieran articular palabra.
-Mi amigo aquí presente -continuó,
señalando a Sinclair con un gesto- resultó herido mientras defendía el honor de
una dama.
-Por ahí anda la cosa -le apoyó Frenchie.
-Solicitamos asistencia médica inmediata y
la enfermera Ames la ha prestado con gran profesionalidad.
-Eso me corresponde decidirlo a mí -replicó
la superintendente con frialdad-. En cuanto a ustedes, caballeros, ¿acaso
ignoraban que ésta es una institución dedicada al cuidado exclusivo de damas?
El capitán de lanceros miró a Frenchie y
luego a Sinclair, como si no estuviera muy seguro de qué debía responder a esa
pregunta.
-No, no lo ignorábamos -contestó Sinclair,
arreglándoselas para bajar de la camilla-, pero no había tiempo para buscar una
alternativa mejor: mi regimiento marcha hacia el este por la mañana.
Rutherford y Frenchie parecieron exultantes
ante la hábil improvisación.
Incluso la señorita Nightingale pareció
algo más sosegada. Cruzó la estancia y examinó de cerca la herida recién
suturada.
-¿Y está usted satisfecho con el resultado
de este procedimiento tan... poco ortodoxo? -le preguntó a Sinclair.
-Sí.
Ella se irguió y todavía sin mirar a
Eleanor dijo:
-También yo. -Entonces, se volvió hacia la
muchacha y le explicó-: Los puntos parecen estar hechos con pericia. -Eleanor
respiró hondo por vez primera en varios minutos-. Pero el asunto no termina
aquí. La reputación y el buen nombre de este hospital están bajo constante
escrutinio. Voy a querer un completo informe por escrito a las ocho en punto de
la mañana enfermera.
Eleanor agachó la cabeza en señal de
asentimiento.
-En cuanto a ustedes, caballeros, si han
recibido ya la asistencia solicitada, voy a tener que pedirles que se vayan.
Rutherford y Frenchie se apresuraron a
recoger los chicotes y luego, con Sinclair colgando entre ambos, se dirigieron
hacia el hall. La superintendente Nightingale mantuvo la puerta abierta a fin
de dejarlos salir con mayor rapidez mientras Eleanor se quedaba rezagada, pero
el grupo se detuvo al llegar al pie de las escaleras, momento en que ella alzó
el largo miriñaque para poder subir.
-Vaya con cuidado, joven, y vuelva sano.
La señorita Ames tenía una visibilidad muy
limitada, por lo cual sólo pudo ver cómo la luz de las farolas hacía refulgir
el pelo rubio del teniente y la casaca roja que le habían echado sobre los
hombros. Él le estaba sonriendo a Eleanor la perspectiva de su inminente
partida hacia el frente provocó en la joven una punzada de preocupación, un
sentimiento inesperado e incluso sorprendente debido a su intensidad.
CAPÍTULO
DOCE
6 de diciembre, 15:00 horas
CUALQUIERA EN SU SANO juicio se habría
desesperado nada más echar un vistazo al laboratorio de biología marina de
Point Adélie, y sin embargo Darryl Hirsch estaba fuera de sí a causa del gozo.
El suelo era un enlosado de hormigón, las paredes prefabricadas tenían un
triple aislamiento de plástico, el techo era bajo y dominaba el lugar un olor
salobre y mohoso, una especie de mezcla de hedores a pescado rancio y a
productos químicos.
Pero él campaba a sus anchas y no tenía a
nadie mirándole por encima del hombro mientras realizaba cualesquiera pruebas o
experimentos que eligiera llevar a cabo. Por una vez, no iba a tener al doctor
Edgar Montgomery, ese bocazas taimado y pagado de sí mismo, buscándole los
fallos a su investigación y encontrándolos, como ya había hecho en más de una
ocasión, impidiéndole la obtención de más recursos económicos. Aquel
laboratorio lleno de tanques burbujeantes y conductos de aire siseantes era el
propio feudo privado de Hirsch.
En cuanto llegase el equipo necesario, la
NSF habría equipado el laboratorio con todo cuanto él necesitaba, desde
microscopios, placas de Petri para los cultivos de bacterias, tubos de ensayo,
respirómetros y centrifugadoras de plasma. Llamaban acuario a una enorme pecera
redonda situada en el centro de la habitación. Tenía una abertura por arriba,
ciento veinte centímetros de hondura y una anchura suficiente para meter un
bote de remos. Parecía un pastel cortado en tres trozos o compartimentos, pero
la división era crítica, dada la desafortunada tendencia de la mayoría de los
especímenes de las especies acuáticas a comerse unos a otros. En ese momento
contenía un enorme bacalao antártico. Alguien había escrito a mano un cartel:
‹Soy salao cual bacalao. Acaríciame›. El chiste era malo, y además, el
científico sabía que era una broma peligrosa, pues en un momento dado el
Dissostichus mawsoni, que no era un verdadero bacalao pese a llamarse así,
podía convertirse en un pez peligroso, salir del agua de un brinco y llevarse
de un bocado cualquier cosa, desde una cámara a una mano humana. Quitó el
letrero y lo tiró a la papelera.
Había dos grandes mesas de disección
apoyadas sobre dos paredes y encima, varias estanterías llenas de peceras más
pequeñas iluminadas con unas pálidas luces púrpuras. En ellas remoloneaban
extrañas criaturas -erizos marinos, anémonas, arañas de mar, poliquetos
escamosos- o se pegaban al cristal, como era el caso de la estrella de mar.
Darryl dedicó la mayor parte de la primera
semana a inventariarlo todo, ordenar el laboratorio, revisar los archivos y
organizar un plan de trabajo. Su mayor deseo era zambullirse cuanto antes a fin
de capturar sus propias especies, en su mayoría especímenes de los notables
dracos o peces de hielo de la familia Channichthyidae, y llevarlos con vida a
la superficie, que solía ser la parte más difícil del proceso, pues las
criaturas acostumbradas a vivir en mar profunda estaban sometidas a unas
condiciones glaciales y eran extremadamente sensibles a cambios de presión,
temperatura y luminosidad. Hirsch ya había puesto en antecedentes a Murphy
O’Connor acerca de sus necesidades y éste le había asegurado estar en
condiciones de proporcionarle el equipo necesario para levantar y mover la
cabaña de buceo siempre y cuando él cumplimentase por anticipado todo el
papeleo exigido por la NSF. Tal vez O’Connor fuera un tipo de trato difícil y
un tiquismiquis en lo tocante a las normas y a los reglamentos, pero Darryl
tenía la impresión de que era alguien con quien se podía trabajar.
El biólogo había encontrado en una mesa
próxima a la puerta una colección de CD de lo más ecléctico y un equipo de
audio Bose tan bueno como cualquiera que hubiera comprado en casa. No sabía a
quién darle las gracias, ¿a la NSF?, ¿a algún biólogo marino destinado allí
antes?, pero fuera como fuese, le estaba muy agradecido. Puso un CD con el
Concierto en Mi mayor de Bach -hacía mucho que había llegado a la conclusión de
que éste y Mozart eran los compositores más adecuados para concentrarse-, y por
eso no escuchó cómo alguien llamaba con los nudillos a la puerta. Apartó los
ojos de la muestra que estaba preparando en cuanto percibió el soplo de aire
helado. El periodista se echó hacia atrás la capucha con forro de piel y abrió
la cremallera del anorak, dejando a la vista la cámara que llevaba del cuello.
-¿Qué vas a fotografiar?
-Lawson y yo fuimos a la antigua factoría
noruega de balleneros. Se me ocurrió que podría tomar unas cuantas fotos para
dar ambiente.
-¿Y lo conseguiste? -inquirió Darryl
mientras depositaba un trozo de alga sobre un papel muy fino para luego ponerlo
debajo de las lentes del microscopio.
-En realidad, no. Había demasiado
‹ambiente› esta mañana. La niebla velaba casi toda la luz y resultaba imposible
captar nada.
-Avísame la próxima vez que pienses salir
por ahí. Me gustaría ir.
Wilde se echó a reír.
-Sí, ya, claro. -Michael señaló las peceras
y los botes con especímenes-. Ésta es tu idea del paraíso. Jamás podré sacarte
de aquí.
Hirsch alzó los hombros, como si fuera a
darle la razón, pero luego añadió:
-Eso no es del todo cierto. Mañana a
primera hora voy a salir si el tiempo lo permite, lo cual es una condición
básica en la Antártida.
Michael se subió a un taburete del
laboratorio y se limpió de la manga unos copos de nieve.
-¿De veras? ¿Y adónde vas?
-A rebuscar en el armario de Davy Jones[9]
-repuso el científico, haciendo un floreo para dar dramatismo a la respuesta.
-¿Vas a bucear?
-Eso pretendo. No veo por aquí ningún
sumergible, ¿y tú?
-¿Y qué vas a buscar?
Era una pregunta estupenda para la cual no
había una respuesta fácil. Había llegado hasta aquellas tierras olvidadas por
Dios por ese motivo.
-Hay quince especies de peces antárticos
capaces de sobrevivir en condiciones donde ninguna otra es capaz -contestó,
eludiendo de forma deliberada el binomio de latinajos del sistema de Linneo-.
Pueden vivir a oscuras en aguas heladas durante cuatro meses. No tienen escañas
ni hemoglobina.
-Dicho con otras palabras, su sangre es...
-... incolora, exactamente. Son de un
blanco traslúcido incluso las branquias, y más aún, disponen de una especie de
anticongelante natural, una glicoproteína o glucoproteína, una biomolécula
compuesta de carbohidratos que impide la formación de cristales en el sistema
circulatorio de esos peces.
-¿Y vas a conseguir ejemplares de esos
peces?
Resultaba evidente por el tono de voz de
Michael que consideraba el asunto un tanto estrafalario, siendo suaves, pero
Darryl estaba acostumbrado a semejante reacción.
-Atraparlos no es muy difícil, la verdad.
Cuando nadan se mueven despacio, y se pasan la mayor parte del tiempo en el
fondo del mar a la espera de algún pez más pequeño que nade muy lentamente o de
algún desventurado krill antártico, un pequeño crustáceo similar al camarón.
-¿Cómo reaccionarían si yo merodeara por
esas aguas?
-¿Quieres acompañarme? -inquirió el
biólogo. El rostro del periodista dejaba claro que hablaba en serio-. ¿Sabes
bucear?
-Tengo certificados de buceo en tres
continentes -contestó Michael.
-Deberé verificarlo con Murphy y asegurarme
de que está todo en orden.
-No te molestes -repuso el reportero,
saltando del taburete-. Yo me haré cargo.
Wilde salió de la estancia antes de subirse
siquiera la cremallera del anorak. Hirsch se preguntó si había hecho bien en
invitarlo o si había cometido un despropósito. ¿Tenía Michael la menor idea de
dónde se estaba metiendo?
Michael lo sabía perfectamente. Se
sobreponía de inmediato cada vez que se le presentaba un nuevo reto o el menor
atisbo de vacilación, a veces lo confundía con el instinto de preservación,
pues era un adicto a la adrenalina y sabía que en aquellos momentos no había
mejor antídoto contra la depresión, que de forma sutil siempre estaba allí
presente. Si dejaba sueltos los pensamientos, por muy peregrinos que estos
llegaran a ser, siempre acababa en el mismo destino: la cordillera de las
Cascadas y Kristin. Sólo era capaz de hallar un poco de paz auténtica cuando se
entregaba a algún desafío extremo o se las arreglaba para engañar a sus
pensamientos y llevarlos en otra dirección.
La noche anterior se había descubierto
cayendo a un abismo sin fondo y había hecho acopio de coraje para llamar al
móvil de la hermana menor de Kristin. Aunque se hallaba en un mundo apartado,
la base disponía de una potente conexión por vía satélite, cortesía del
ejército de Estados Unidos, y era bastante buena, dejando a un lado algún que
otro siseo de la estática y una demora significativa.
-¿Telefoneas desde el Polo Sur? -preguntó
Karen, asombrada.
-No exactamente, pero estoy bastante cerca.
-¿Y hace un frío pelón?
-Sólo cuando sopla el viento, o sea, casi
siempre.
Sobrevino un silencio, mientras las
palabras recorrían el largo viaje hasta ella. Entretanto, ambos se preguntaron
qué decir a continuación. Michael rompió el silencio y le preguntó:
-¿Dónde estás ahora?
Karen se echó a reír. Maldición. Su risa se
parecía demasiado a la de Kristin.
-No te lo vas a creer, pero estoy en una
pista de hielo.
Michael la visualizó en el acto.
-¿Estás en el Skate amp; Bake?
Era un café situado en los aledaños a la
pista de hielo. La conexión se perdió y cuando volvió Karen estaba terminando:
-... chocolate caliente y una caña de
crema.
La imaginó vestida con un grueso jersey de
ochos y sentada en una mesa de bancos corridos.
-¿Estás sola o te pillo con una cita
interesante?
-¡Qué más quisiera yo! Me he traído un
libro sobre el juez William Hubbs Rehnquist. Ésa es mi cita interesante.
No le sorprendió ni un ápice. Karen era una
joven rubia tan guapa y brillante como Kristin, pero siempre había tenido un
punto de persona solitaria, e incluso aunque había muchos hombres que le pedían
una cita, y algunas veces la conseguían, nunca salía con ninguno por mucho
tiempo. Los libros parecían ser la muralla tras la cual salvaguardaba su
intimidad, una forma de capear cualquier posible enredo emocional.
Conversaron un rato sobre sus clases y
sobre si había tenido o no tiempo de asistir al servicio de asesoramiento
jurídico, antes de que ella llevara la conversación al relato de aventuras
durante el viaje de Michael hasta Point Adélie. Él le describió detalles sobre
el trayecto a bordo del Constellation y de cómo había conocido a Darryl Hirsch
y a la doctora Barnes. Cuando le describió el choque del albatros contra la
pantalla de la torreta, ella exclamó:
-Ay, no, ¡pobre bicho!
Michael rió de mala gana. Kristin habría
reaccionado exactamente del mismo modo: alarmándose más por el ave que por las
personas involucradas en el accidente.
-¿Y no te preocupa mi integridad?
-inquirió, simulando cierta exasperación.
-Oh, sí, eso también, por supuesto. ¿Estás
bien?
-Sobreviví, pero la teniente resultó
herida, y tuvieron que evacuarla de vuelta a la civilización.
-Uf, qué mal rollo. -Se produjo una pausa,
o tal vez fue una simple demora a causa de la lejanía-. Me preocupas de verdad,
Michael. No te metas en nada demasiado peligroso.
-Jamás lo hago -contestó, y se arrepintió
al instante, ya que eso los conducía al único tema de conversación que habían
estado evitando, y a la única ocasión donde había dejado que sucediera algo
estúpido y peligroso.
Karen debía de sentir algo parecido
también, porque dijo:
-No hay muchas novedades respecto a Krissy,
me temo...
Él ya se lo esperaba.
-Mis padres están muy esperanzados con la
nueva estimulación y el programa de revitalización. Hacen sonar trozos de
madera cerca de sus oídos y le encienden linternas cerca de los ojos. Encienden
y apagan, encienden y apagan, y así. Lo peor de todo es cuando le ponen una
gota de salsa de tabasco en la lengua. Ella odiaba el tabasco, lo sé de buena
tinta. Lo hacen para ver si la traga o la escupe.
-¿Y lo hace?
-No, y aunque los médicos y las enfermeras
los animan para que sigan intentándolo, cero que lo hacen sólo para que tengan
la sensación de estar haciendo algo.
A pesar de los miles de kilómetros de
distancia, Michael fue capaz de apreciar la enorme carga de pesar y resignación
que había en la voz de la joven. Karen no era una sentimental simplona ni una
beata, pues aunque los señores Nelson eran luteranos y asistían a los oficios
religiosos con regularidad, sus hijas habían abandonado esa fe hacía mucho
tiempo. Kristin había desafiado a sus padres abiertamente y todos los domingos
por la mañana salía a navegar con el kayak o a practicar el alpinismo en algún
sitio. Por el contrario, Karen siempre había actuado con tacto y mano izquierda
hasta que ellos dejaron de pedirle que asistiera y ella abandonó las excusas.
El mismo abismo se había generado con el espinoso asunto de Kristin. Sus padres
seguían en sus trece a pesar de los resultados de todas las pruebas mientras
que Karen examinaba con suspicacia los TAC, discutía los últimos hallazgos de
los médicos sin pelos en la lengua y sacaba sus propias conclusiones.
Michael conocía bien sus deducciones.
Después de haber terminado de hablar con
ella descubrió que era incapaz de seguir sentado ni de quedarse metido entre
cuatro paredes, un problema bastante común en él. Se puso el pesado equipo y se
ajustó las gafas antes de salir solo al exterior. O’Connor se había mostrado
taxativo sobre lo de salir acompañado: jamás podía abandonarse el recinto sin
un compañero ni haber consignado el itinerario en la pizarra, pero él tenía
previsto mantenerse cerca de la base, y no quería compañía, eso desde luego.
La bandera americana flameaba con fuerza,
pues soplaba un fuerte viento racheado, y los chasquidos de la tela sonaban
como si fueran disparos. Michael paseó alrededor del campamento, que se
desplegaba adquiriendo una tosca forma rectangular. Vio los módulos
principales, los de la administración, los comedores, los dormitorios y la
enfermería, y luego las estructuras no incluidas en ellos, situadas ya colina
arriba: los laboratorios de biología marina, glaciología, geología y botánica,
y los cobertizos para los vehículos, pues la base contaba con su propio parque:
motos de nieve, botes, niveladoras, todoterrenos llamados sprytes[10]que
parecían jeeps con cadenas, y sólo Dios sabía qué más, todos ellos guardados en
cabañas con tejados de aluminio y doble puerta cerrada con cerrojos no
demasiado seguros, pues al fin y al cabo, ¿quién iba a robar algún vehículo?
¿Adónde iba a ir? Una docena de huskies siberianos de ojos azules como el hielo
y pelajes grises permanecía en una cabaña retirada, donde habían esparcido paja
fresca encima del suelo de tierra apelmazada. A veces, durante la noche, sus
aullidos se confundían con el ulular del constante viento y se escuchaban fuera
de los dormitorios como si fueran el lamento de espíritus penitentes.
En la jerga antártica, todo vehículo
pequeño de tracción usado en caminos poco practicables.
Michael apenas distinguió las notas del
piano acústico cuando pasó junto a las estrechas ventanas del salón de
entretenimiento. Echó un vistazo al interior y cio cómo uno de los reclutas,
creyó recordar su nombre, Franklin, se marcaba un ragtime de cabo a rabo
mientras Tina, la corpulenta glacióloga, apretaba la pelota de ping pong con la
regularidad de un metrónomo. Se había enterado de que ambos eran ‹tostaditos›,
es decir, estaban irritables y se les olvidaban las cosas tras haber pasado en
la estación la mayor parte del largo y oscuro invierno austral, cuando el sol
jamás brillaba, apenas llegaban provisiones frescas y el mundo exterior bien
podía haber estado en otro planeta. La verdad era que se merecían una medalla
como la que había visto en la solapa de Murphy: una insignia de honor para
poner en la solapa de las que le valían a uno reputación entre los de la base,
y la respetaban por igual probetas y reclutas.
El viento le dio de lleno en el rostro en
cuanto dobló la esquina del salón, y lo hizo con tanta fuerza que se las vio y
se las deseó para no caerse y conservar el equilibrio. Eligió con cuidado su
camino hacia la costa helada y bajó con cuidado por el pedregal de guijarros
sueltos mientras el frío del vendaval se le metía por entre la ropa. Nunca
estaba claro dónde terminaba la tierra y dónde empezaba el mar helado, pero eso
en realidad importaba poco, pues el suelo rocoso era durísimo y resultaba difícil
horadarlo o trabajar en él. A lo lejos logró atisbar una colonia de pingüinos
mientras bajaba dando brinquitos sobre la ladera de una colina helada para
luego deslizarse sobre el vientre y sumergirse en el agua. Alargó la mano
enguantada y buscó a tientas el cordel de la capucha para sujetarla lo máximo
posible y al fin logró cubrir toda la cara, salvo el espacio ocupado por las
gafas de esquiar. El astro rey era frío y plateado como un carámbano mientras
pendía en el cielo ligeramente más alto que la semana anterior, progresando de
forma lenta pero inexorable hacia el horizonte meridional, y hacia el olvido.
Había seis grados bajo cero la última vez que lo verificó, pero la sensación
térmica era mucho más intensa a causa de ese viento gélido.
Alzó una mano de forma instintiva cuando un
borrón blanquinegro le pasó rozando la cara. Volvió a pasar al cabo de un
segundo. Era un págalo ártico, una de las aves más vengativas de la Antártida.
Comprendió que debía de estar demasiado cerca del nido. Mantuvo el brazo por
encima de la capucha, sabedor de que el pájaro siempre atacaba a la cabeza, la
zona más elevada de cualquier intruso. Miró en derredor cuando el págalo pasó
zumbando junto a su mano enguantada, pues no tenía deseo alguno de pisar a las
posibles crías. A pocos metros de su posición se alzaba un altozano que ofrecía
algo de protección frente a la ira del viento. La compañera del págalo atendía
a dos polluelos en ese lugar. Debía de haber llegado del mar hacía muy poco,
pues sostenía en el pico un krill todavía vivo que movía sus numerosas patas.
El humano se alejó varios pasos y papá pájaro, aparentemente satisfecho por la
retirada del intruso, regresó al nido.
Los dos polluelos se desgañitaban al piar
por la comida, pero uno era mayor que el otro, y batía las alas con fuerza y
picoteaba al pequeño en cuanto éste gorjeaba. El pajarillo se veía apartado del
nido cada vez que esto sucedía, pero los padres parecían completamente
imperturbables. La madre entreabría el pico curvo y soltaba el crustáceo ante
la mirada desesperada del pequeño; entretanto, su hermano lo atrapaba en el
aire y se lo tragaba entero.
‹Venga ya, reparte a pachas›, quiso decir
el hombre, pero era consciente de que esas reglas no se aplicaban allí. Si la
cría pequeña no era capaz de buscarse la vida, sabía que los padres le dejarían
morir de hambre. Lisa y llanamente, se estaba aplicando la supervivencia de los
más dotados.
La criatura hizo un último intento de
regresar al nido, pero el grandullón volvió a picotearle y darle aletazos hasta
que le hizo retroceder con la cabeza gacha y las alas pegadas al cuerpo. Papá y
mamá permanecieron impasibles, mirando en otra dirección.
Michael aprovechó su oportunidad: avanzó un
paso y antes de que se escabullera el avecilla, a la que todavía no le habían
terminado de salir las plumas, la tomó entre sus manos enguantadas, de donde
sólo sobresalieron los negros botones de sus ojos y su cabecita blanca. Papá
págalo emitió un chillido, pero él sabía que no se trataba de una reacción ante
el rapto, sino ante la excesiva proximidad al nido y el heredero visible.
-Piérdete -dijo el hombre mientras sostenía
al polluelo contra su pecho.
El viento le azotó la espalda cuando se dio
media vuelta y lo llevó en volandas ladera abajo hasta el calor del salón de
entretenimiento. ‹¿Cómo habría llamado Kristin al pajarillo abandonado?›, se
preguntó.
CAPÍTULO
TRECE
6 de julio, 16: 30
ASCOT SÓLO HABÍA SIDO una palabra para
Eleanor, el nombre de un lugar que jamás conseguiría ver, no con ese salario
suyo tan pequeño y menos aún sin compañía.
Y sin embargo, allí estaba ella,
inclinándose cerca de la barandilla de madera mientras los caballos eran
conducidos desde el paddock a los puestos de salida. Jamás había contemplado
ejemplares tan soberbios de deslumbrantes pelajes, coloridos sudaderos por
debajo de las sillas y los paños blancos envueltos alrededor del extremo
inferior de las patas. Miles de personas: unos agitaban calendarios de carreras
y despotricaban a voz en grito sobre damas, caballeros, jockeys y los caminos
embarrados. Los hombres bebían de unas petacas y fumaban cigarros; las mujeres,
o algunas al menos, las que a juicio de Eleanor tenían un aspecto más dudoso,
caminaban pavoneándose de sus vestidos y haciendo girar las sombrillas rosas o
amarillas. Todos reían, parloteaban de forma atropellada y se daban palmadas en
la espalda. El resumen, era la escena más alegre y bulliciosa de la que había
formado parte en su vida.
Notó la mirada de Sinclair fija en ella
unos segundos antes de que él preguntara:
-¿Lo está pasando bien?
La señorita Ames se sonrojó al pensar con
qué facilidad debía adivinar sus pensamientos.
-Oh, sí -respondió ella.
El oficial pareció bastante satisfecho de
sí mismo. Vestía para la ocasión ropas de civil: una levita de color azul
oscuro y una limpia y almidonada camisa blanca rematada con un pañuelo de seda
negra cuidadosamente anudado. El pelo rubio le llegaba justo hasta el cuello.
-¿No le apetece un ponche de ron o una
limonada fría?
-No, no -se apresuró a rehusar ella,
pensando en el gasto adicional, pues Sinclair ya le había invitado a recorrer
el trazado de la carrera en un carruaje privado y tres entradas, ya que
Eleanor, en atención al decoro, no había querido viajar a solas con el joven
teniente y él había tenido a bien invitar a pasar la tarde con ellos a la
también enfermera Moira Mulcahy, su compañera de habitación en la pensión.
Moira era una joven irlandesa entrada en carnes, sociable, a veces un tanto
bruta, y de amplia sonrisa. Aceptó enseguida la invitación a Ascot.
Y cazó al vuelo la oferta de tomar algo con
la misma prontitud.
-Oh, señor, a mí me encantaría tomar una
limonada -pidió Moira sin apenas apartar la mirada de la tribuna situada detrás
de ellos, donde se había reunido un gentío para presenciar la carrera más
esperada de la tarde: la de la Copa de Oro.
-Caray con el sol, cómo está... -Moira hizo
una pausa para buscar un sustituto elegante de ‹pegando›-. Hace un sol de
justicia. -Esbozó una ancha sonrisa, satisfecha de su elección mientras
Sinclair se excusaba para ir a por el refresco. Entonces codeó a Eleanor y le
dijo-: Lo tienes en el bote.
La aludida fingió no entenderla, como si
fuera otro de los refranes tan propios de Moira, pero el sentido era más que
evidente.
-¿Te has dado cuenta de cómo te mira? -se
burló la irlandesa-. O dicho de otra manera, que no mira a ninguna otra. ¡Y
menuda planta! ¿Estás segura de que no es un lord?
Eleanor no estaba segura de nada. El
teniente seguía siendo un hombre misterioso en más de un sentido. Al día
siguiente de haberle suturado la herida le había enviado una caja de mazapanes
con frambuesas y una nota: ‹A la enfermera Eleanor Ames, mi dulce ángel de la
guarda›. La superintendente Nightingale había interceptado el paquete en la
puerta y cuando se lo entregó, lo hizo con un inconfundible gesto de
desaprobación.
-Las conductas alocadas traen estas
consecuencias -sentenció antes de volver al jardín, donde cultivaba sus propias
verduras y frutas frescas.
La joven enfermera mostró ciertos reparos
ante el cuerpo del delito, pero Moira ni siquiera se detuvo a mirar dos veces
al paquete, del que retiró enseguida la cinta lavanda para metérsela en el
bolsillo.
-Es demasiado buena como para
desperdiciarla y a ti no te importa, ¿a que no?
Y luego se puso a dar saltitos a la espera
de que la destinataria del regalo lo abriera y en cuanto lo hizo, la irlandesa
metió la mano mientras Eleanor contemplaba maravillada la belleza y el dulce
aroma afrutado de los mazapanes. Sostuvo en las manos como si fuera un cuadro
valioso la tapa de la caja con una flor de lis estampada en oro y la leyenda
Confections Douce de Mme. Daupin, Belgravia. Nadie le había enviado dulces con
anterioridad.
El teniente Sinclair le hizo llegar una
nota a través de un mensajero. En ella le preguntaba cuándo dispondría de
tiempo para que él pudiera hacerle una visita, pero Eleanor le explicó que no
disponía de tiempo libre, a excepción del sábado por la tarde y por la noche,
ya que reanudaba sus tareas normales en el hospital el domingo a las seis y
media de la mañana, a lo cual él replicó que en tal caso solicitaba su compañía
la tarde del sábado siguiente, anunciando que no aceptaría una negativa por
respuesta. Moira, que había asomado la cabeza por encima de su hombro para leer
la contestación, le dijo que no debía negarse de ningún modo.
-Mira, mira, Ellie -dijo Moira cuando sonó
una corneta y los corceles de carrera se reunieron y ocuparon su lugar detrás
de una larga y gruesa cuerda, cuyos extremos estaban amarrados a los palos
situados en los laterales de la pista ovalada.
-¿Va a empezar la última carrera?
-Así es -le confirmó Sinclair,
reapareciendo de entre la gente con dos vasos en las manos. Entregó uno a Moira
y otro a Eleanor-. Me he tomado la libertad de apostar en vuestro nombre.
El teniente le entregó un resguardo con
unos dígitos garabateados en un lado y un nombre en el otro: ‹Canción de
ruiseñor›. La señorita Ames no lo comprendió del todo.
-Es el nombre del caballo -le aclaró
Sinclair mientras Moira se acercaba para leerlo-. Parece una coincidencia
afortunada,[11] ¿no cree?
-¿Cuánto hemos apostado? -inquirió Moira
con regocijo a pesar de que esa alegría contrariaba a Eleanor.
-Diez libras... a que gana -contestó.
Las dos muchachas se quedaron espantadas
ante la simple idea de apostar diez libras a nada. Ellas ganaban quince
chelines a la semana y una comida al día en el comedor del hospital. La
posibilidad de perder diez libras en cuestión de minutos en algo como una
carrera de caballos les pareció a ambas algo fuera de toda lógica, pero Eleanor
supo que para su familia -integrada por los cinco hijos de un lechero de
escasos posibles y una madre muy sufrida- habría sido algo peor que una
estupidez: lo habrían considerado pecado.
-¿Y cuánto nos llevamos si gana esa yegua?
-Tal y como andan las apuestas, treinta
guineas.
Moira estuvo a punto de derramar la
limonada.
Un hombre corpulento engalanado con un frac
de día cruzó la línea de salida a grandes zancadas para luego subir a la
tablazón del juez de meta cubierta con unas telas de terciopelo rojo y dorado.
La Union Jack flameó en lo alto de un astil elevado situado detrás de él.
-Damas y caballeros -anunció con tono
estentóreo a través de una bocina-, es un honor para nosotros darles la
bienvenida a la primera Copa de Oro de Su Majestad.
Eleanor y Moira se quedaron momentáneamente
perplejas ante la salva de vítores y aplausos que acogió a aquellas palabras.
Sinclair se inclinó hacia ellas y les explicó:
-Antes esta carrera se llamaba la Bandeja
del Emperador en honor al zar Nicolás de Rusia. -Ellas lo entendieron de
inmediato-. Este año se ha cambiado el nombre de la carrera, dada la situación
en Crimea.
El clamor se apagó cuando se oyó otro toque
de corneta. La fanfarria de notas llegó hasta las gradas más altas de la
tribuna y los caballos se removían inquietos, como si estuvieran ansiosos por
estirar las patas y echar a correr de una vez por todas. Los jinetes sujetaban
la fusta debajo del hombro y se sostenían de pie sobre los estribos para no
sobrecargar el lomo y se sostenían de pie sobre los estribos para no
sobrecargar el lomo de las monturas con su peso hasta el último momento. La
brisa vespertina hacía tremolar las mangas de seda de sus camisas. El hombre
corpulento de la tablazón sacó una pistola de la faja del frac y la alzó
mientras dos mozos de cuadra desanudaban los extremos de la cuerda y la dejaban
caer de cualquier manera sobre la hierba. Cada jockey luchaba por controlar a
su corcel y evitar que cruzase la línea de tiza trazada sobre el suelo.
-Jinetes... ¡Preparados! -voceó el juez de
salida-. A la de tres. Uno... dos...
Disparó el arma en vez de decir ‹tres›.
Entre tropezones y empellones por abrirse paso, las monturas salieron
disparadas hacia la pista, ahora expedita. Durante unos instantes, mientras
caballos y jinetes porfiaban por obtener una buena posición, se produjeron
algunos rifirrafes; luego, echaron a galopar.
-¿Cuál es la nuestra? -preguntó Moira a voz
en grito sin dejar de pegar saltos cerca de la barandilla-. ¿Cuál es Canción de
ruiseñor?
Sinclair le indicó una potra de color
canela que en ese momento corría en el medio del pelotón.
-La del pelaje alazán.
-Pues no está ganando -gritó Moira con una
desesperación que provocó una sonrisa en el joven oficial.
-No han recorrido ni el primer estadio -le
informó Sinclair-, y la carrera consta de ocho. Hay tiempo de sobra para la
remontada.
Eleanor dio un sorbo a la limonada.
Confiaba en ofrecer una imagen recatada, pero en el fondo estaba tan
entusiasmada como Moira. Ella no había apostado nada en su vida, ni siquiera
aunque fuera con dinero ajeno, y hasta ese momento no tenía ni idea de las
sensaciones que eso podía provocar. La cabeza le daba vueltas ante la sola idea
de que hubiera en juego treinta guineas, que pensaba devolver a Sinclair, su
legítimo dueño, en caso de que ganara la potra.
Intuyó de nuevo que el teniente había
adivinado su entusiasmo. La muchacha notó cómo vibraba el suelo bajo el
atronador golpeteo de los cascos. Desde las gradas le llegaba un torrente de
gritos de júbilo y ánimo, así como instrucciones a voz en grito que ningún
jockey llegaría a oír:
-¡Pégate a la barandilla!
-¡Usa la maldita fusta!
-¿A qué estás esperando, caballito?
-El circuito de Ascot es muy exigente -le
confió Sinclair a Eleanor.
-¿Ah, sí? -A la muchacha le parecía una
pista ovalada amplia y propicia, con un centro de abundante hierba verde-. ¿Y
cómo es eso?
-La tierra del suelo está apelmazada y eso
exige mucho al caballo, más que el derbi de Epsom Downs, en Surrey, o la
carrera de Newmarket, en Suffolk.
Eleanor no había oído hablar de esas
carreras, pero a diferencia de éstas, Ascot tenía el sello real. Al cruzar las
imponentes verjas negras de la entrada había visto en lo alto la divisa real en
relieve dorado. Se había sentido como si hubiera penetrado en el mismísimo
palacio de Buckingham. Había muchos puestos ambulantes dentro del recinto,
donde se vendía de todo, desde vasos de rico hordiate a manzanas de caramelo, y
donde había gente de toda clase y condición, desde caballeros elegantemente
ataviados que iban del brazo de sus señoras, acompañándolas, hasta rapaces
desaliñados en sus puestos de tahúres con sus compinches haciendo de cebo, y
alguna ocasión habría jurado que los había visto robar carteras a los
transeúntes y mercancía en los tenderetes. Llevando a una de cada brazo,
Sinclair las había guiado a través del gentío sin vacilación alguna hasta
llegar a aquel lugar concreto, el mejor sitio desde el cual ver la carrera,
según les había garantizado.
La joven enfermera tenía la impresión de
que era verdad. Entonces doblaron la primera curva los corceles: todos juntos
formaban un lienzo de pinceladas blancas, grises y negras al cual aportaban
color las sedas y atavíos del los jinetes. Eleanor debió tomar el programa de
las carreras comprado por Sinclair y abanicarse con fuerza para aliviar el
calor provocado por aquel sol de justicia y espantar a las insistentes moscas.
El oficial permanecía cerca, muy cerca, más de lo que solía estar ningún
hombre, aunque esa cercanía parecía en parte consecuencia directa de los
empujones de la multitud. Moira estaba recostada en la valla y tenía medio
cuerpo fuera, apoyando sus brazos rollizos en el otro lado mientras animaba a
gritos a Canción de ruiseñor.
-¡Tira p’alante, mueve el culo!
Eleanor pilló a Sinclair mirándola, y ambos
compartieron una sonrisa privada. Moira se volvió, avergonzada.
-Discúlpeme, señor. Me he dejado llevar.
-Está bien, no se inquiete. No va a ser la
primera vez que la emoción le puede a alguien en el hipódromo.
La señorita Ames había oído cosas bastante
peores; el trabajo en el hospital, incluso en uno dedicado exclusivamente a
mujeres pudientes, le había endurecido el corazón ante los gemidos más
espantosos y las mayores blasfemias. Había visto consumidas por la ira y la
violencia a personas perfectamente correctas y respetables en el curso normal
de sus vidas. Había aprendido que la angustia física, y a veces la perturbación
mental, podían agriar el carácter de una persona hasta resultar prácticamente
irreconocible: una tranquila costurera había aullado y peleado hasta el punto
que fue necesario el uso de vendas para atarle las manos a los postes de la
cama; una institutriz empleada en una de las mejores casas de la ciudad le
había arrancado los botones del uniforme y le había tirado un orinal lleno;
después de que le hubieran extraído un tumor, una modista le había clavado sus
afiladas uñas hasta arañarle en los brazos y le había hecho objeto de algunas
perlas que Eleanor pensaba que sólo podían usar los marineros. La muchacha
había aprendido que el sufrimiento provocaba una transformación. A veces
elevaba el espíritu, también había visto algunos casos de esos, pero lo
habitual era que sacase lo peor de las indefensas víctimas, que pasaban
pisoteando cuanto se pusiera en su camino.
La señorita Nightingale le había enseñado
esa lección con hechos y palabras.
-No es ella misma, eso es todo -decía la
superintendente cada vez que tenía lugar alguno de aquellos altercados.
-¡Mira, mira, Ellie! -chilló Moira-. ¡Va a
ganar, la yegua va a ganar!
La interpelada clavó la vista en la carrera
y, sí, pudo ver cómo tomaba la delantera del pelotón una parpadeante marcha
bermeja, minúscula como la llama de una vela. Sólo un par de corceles, uno
blanco y otro negro, corrían por delante de ella. Incluso Sinclair parecía
entusiasmado con el sesgo tomado por los acontecimientos.
-¡Bravo! -gritó-. ¡Vamos, potrilla, vamos!
El joven estrechó el codo de Eleanor y ella
notó una descarga no ya por el brazo, sino por todo el cuerpo. Apenas era capaz
de concentrarse en la carrera, pues Sinclair dejó la mano donde estaba aunque
sus ojos permanecían fijos en los caballos, que rodeaban el poste más lejano en
aquel momento.
-La yegua blanca empieza a flaquear
-anunció Moira, llena de júbilo.
-Y el caballo negro parece reventado
-comentó Sinclair al tiempo que golpeaba la barandilla con el programa de
carreras enrollado-. Venga, potrilla, venga, que tú puedes.
En ese momento, el arrebato de entusiasmo y
el fino mostacho, casi transparente ahora que le daba de lleno el sol,
conferían al joven un encanto casi juvenil. Eleanor no había dejado de advertir
la atención suscitada por el teniente entre otras mujeres. Muchas damas habían
girado los parasoles con el propósito de atraer la atención de Sinclair
mientras atravesaba el atestado prado hasta llegar a aquel lugar, y una joven
que iba del brazo de un caballero entrado en años había dejado caer el pañuelo;
el teniente lo había recogido y se lo había devuelto con una media sonrisa sin
dejar de avanzar. Poco a poco, la señorita Ames había cobrado conciencia de su
propio atuendo, y le entraron deseos de haber tenido otro vestido más colorido
y elegante, pero llevaba puesto su único traje bueno, de un tono verde boscoso
con ribetes de tafetán y una manga de pernil abombada a la altura del hombro,
ya pasada de moda, que se abotonaba hasta el cuello, aunque un día caluroso,
especialmente uno como aquél, habría deseado no tener cubiertos los hombros y
el cuello.
Moira se desabrochó el cuello de su
vestido, una prenda de color amelocotonado a juego con el rojo de su pelo y su
tez sonrosada, y colocó el vaso helado de la limonada en la base del cuello.
Aún así, parecía al borde del desvanecimiento a causa de la creciente
agitación.
Los caballos estaban llegando al lado más
cercano de la pista ovalada y la yegua blanca daba síntomas de flaqueza: se
retrasaba un poco más cada segundo que pasaba a pesar de que el jinete la
fustigaba sin misericordia. El fogoso potro negro, por el contrario, mantenía
constante su galope a cuatro tiempos, el propio de un caballo de carreras, con
la esperanza de llegar a la meta sin necesidad de hacer un esfuerzo mayor. Sin
embargo, Canción de ruiseñor no estaba agotada, antes bien el contrario, se
esforzaba al máximo para ganar metros. Eleanor vio los músculos y los nervios
de las patas cuando la potra estaba en pleno esfuerzo, subiendo y bajando la
cabeza al ritmo del jockey, que permanecía inusualmente lejos de la cruz del
caballo mientras le espoleaba. Las crines del cuello bailaban en el aire junto
a su rostro.
-Por Dios, ¡lo va a conseguir! -gritó
Sinclair.
-Es ella, ¿a que sí? -chilló Moira
exultante-. Va a ganar.
Sin embargo, el corcel negro aún no se
había rendido. El caballo vio por el rabillo del ojo cómo su rival le igualaba
el paso y reaccionó como solía suceder en las carreras cuando una montura
percibía que le ganaban: hizo acopio de sus últimas fuerzas y se lanzó hacia
delante. Estaban en la octava y última parte de la milla y se hallaban
virtualmente empatados, morro con morro, pero Canción de ruiseñor había
reservado energías en previsión de un momento crítico como aquel, y apeló a esa
energía, saliendo disparada como si le empujara una repentina racha de viento.
La seda roja de los costados flameaba como lenguas de fuego cuando la yegua
bañada en sudor cruzó la línea de meta como una exhalación y en lo alto de la
tablazón el juez movió de un lado para otro una bandera dorada.
La multitud prorrumpió en un griterío donde
se mezclaban los lamentos de desencanto de quienes habían apostado a caballos
perdedores y algunos alaridos de júbilo y sorpresa. Eleanor llegó a la
conclusión de que la yegua no figuraba entre los favoritos a la victoria, lo
cual, hasta donde ella sabía, explicaba que su apuesta estuviera tan bien
pagada. Estudió la cifra consignada en el papel mientras Moira daba saltitos.
Sinclair tomó el resguardo de sus manos.
-¿Me dais licencia para ir a recoger
vuestras ganancias?
Eleanor asintió y Moira se limitó a
sonreír.
Los apostantes perdedores rompieron en dos
los boletos de las apuestas y los lanzaron al aire desde el graderío como si
fueran confeti. Los papelitos revolotearon por encima de sus cabezas. Las dos
jóvenes siguieron examinando la escena. Tres jinetes echaron pie a tierra y
llevaron de las riendas a sus exhaustos corceles hasta un círculo próximo al
altillo ocupado por el juez. Cada uno de ellos se desprendió de su colorida
chaqueta y los mozos de cuadras las ataron con holgura a la cuerda del asta
para luego alzarlas a la vista de todos: la amarilla debajo de la púrpura,
situada en el medio, y en lo alto, dejando ver a la multitud quién había
ganado, el color rojiblanco de Canción de ruiseñor. Parecía una sensación
estúpida, y Eleanor lo sabía, pero no pudo reprimir un cierto orgullo al ver
aquello. Entretanto, Moira no cabía en sí de gozo ante la perspectiva de
aquellas nuevas ganancias.
-No le voy a contar a mi padre ni media
palabra de todo eso o se viene desde el pueblo y me saca de aquí a palos.
La señorita Ames sabía que al menos su
progenitor no haría nada parecido.
-Yo le diré a mi madre que he tenido un
golpe de suerte y le enviaré un poco de dinero para hacerle la vida más
llevadera. Dios sabe cuánto se lo merece.
Eleanor seguía resuelta a devolver su parte
a Sinclair. Después de todo, ella no habría podido apostar más allá de la
moneda de seis peniques que guardaba en su minúsculo y gastado bolso de
terciopelo. El joven oficial regresó con un puñado de monedas y billetes, puso
una parte en el bolso de Moira y luego esperó a que Eleanor abriera el suyo,
pero ésta se negó.
-Pero es tuyo, vuestro caballo ganó y las
apuestas eran muy propicias.
-No. Tú elegiste el caballo y tú pusiste el
dinero.
Ames atisbó por el rabillo del ojo el gesto
de su compañera de cuarto y supo que Moira no quería participar en un gesto tan
noble. Lamentaba hacerle pasar un rato incómodo a su amiga. Sinclair vaciló,
todavía con el dinero en la mano, y luego dijo:
-¿Os sentiríais un poco mejor si os dijera
que yo también he amasado un dinerito?
Eleanor vaciló. Él metió la mano en el
bolsillo de los pantalones y sacó un fajo de billetes. Los agitó con alegría
delante de ella.
-Vosotras dos sois mis amuletos de la
suerte -dijo, incluyendo galantemente a Moira en el cumplido.
Eleanor se vio obligada a reír, y también
Moira, y ya no tuvo motivo para oponerse, de modo que abrió el bolso y dejó que
Sinclair deslizara sus ganancias en él. Jamás había tenido tanto dinero junto y
estaba muy contenta de contar con la compañía del teniente para evitar un
posible atraco.
Mientras cruzaban las altas verjas de la
entrada, unos oscuros nubarrones asomaron por el oeste y empezaron a
ensombrecer el deslumbrante sol. Acababan de salir cuando Eleanor oyó gritar a
alguien:
-¡Sinclair! ¿Qué, has ganado hoy?
Al darse la vuelta, vio a los dos hombres
que habían llevado a Sinclair al hospital esa noche, sólo que ahora no lucían
uniformes, sino elegantes atuendos de civil.
-¡Por Júpiter que sí! -contestó el
interpelado.
-Bueno, pues en tal caso -repuso el
grandullón, el capitán Rutherford, mientras extendía la mano abierta-, no te
importará ir saldando deudas, ¿a que no?
-¿Estás seguro? ¿No preferirías considerar
ese capital como una inversión y dejarla donde está a la espera de futuras
ganancias...?
-Más vale pájaro en mano que ciento volando
-replicó Rutherford con una sonrisa.
El teniente acudió con presteza, sacó del
bolsillo una parte de los billetes y los depositó en la palma abierta.
-Discúlpeme, señorita -continuó Sinclair, y
echó un paso atrás a fin de poderse presentar a la acompañante de Le Maitre, la
señorita Dolly Wilson, cuyo rostro estaba oscurecido por un sombrero de ala
ancha engalanado con flores de colores malva y burdeos. Ella asintió en
dirección a Sinclair, que preguntó a continuación-: ¿Volvéis todos a la ciudad?
Me disponía a alquilar un carruaje, aunque tal vez podamos hacer juntos el
viaje.
-¡Qué idea tan buena! -replicó Rutherford-,
pero a nosotros ya nos espera uno en Regent’s Circle. ¿Queréis venir? Hay
espacio para todos.
Eleanor miró a Moira. Se hallaba temerosa y
encantada al mismo tiempo. El día había dado tantos giros inesperados que
comenzaba a sentirse como una amazona que galopase a campo traviesa a lomos de
un caballo desbocado.
-Entonces, vamos por ahí -confirmó
Rutherford, indicando la dirección con un gesto-. La oportunidad sólo llama a
tu puerta...
-... una vez -apuntó Moira, que siempre se
apresuraba a completar cualquier refrán.
El capitán dedicó una mirada apreciativa a
la joven irlandesa, una mirada que se detuvo sobre todo en el canalillo de sus
pechos cremosos, visible gracias a que se había desabotonado el corpiño. A
Eleanor no le pasó desapercibida esa atención.
-De modo que está aquí, señorita Mulcahy
-dijo mientras le ofrecía el brazo-. ¿Me permite acompañarla?
Moira se quedó desconcertada durante un
momento cuando un hombre tan alto y con un gris frac de día tan elegante le
ofreció el brazo, pero Eleanor le dio un discreto codazo y ella deslizó su mano
sobre el brazo extendido. Después de eso se fueron todos.
El coche alquilado era una berlina con un
emblema en la puerta, un león rampante sobre un campo de cruces, de la que
tiraban dos robustos caballos de raza Shire de pelaje marrón rojizo. Eleanor no
había estado segura del mundo que pisaba hasta ese momento, pero un coche con
emblema familiar y la desenvoltura con que todos ellos manejaban el dinero,
aunque empezaba a sospechar que el teniente era un notable manirroto, dejaban
zanjado el asunto. Tanto ella como Moira se adentraban en un territorio que las
sobrepasaba de largo.
El interior de la berlina estaba tapizado
con tafilete de fina superficie granulada y escondidas debajo de los asientos
había mantas de viaje con el mismo emblema familiar. Los reposapiés eran de
caoba y en la pared frontal, situada justo detrás del pescante, había una
ventanilla similar a una trampilla provista de un tirador de borla, y aunque el
capitán les había asegurado que cabían de sobra, no era así, y menos si se
tenía en cuenta que Rutherford era un hombre grandote y Moira poseía una figura
generosa. Y el sombrero de la señorita Wilson también requería su espacio.
Sinclair se ofreció cortésmente para sentarse entre Eleanor y Moira con el fin
de que ambas pudieran mirar por las ventanas abiertas y disfrutar de las
vistas.
Cruzaron la campiña aledaña al límite
meridional del gran parque de Windsor en la cual se había construido el
hipódromo en 1711, en un claro natural próximo al pueblo de Ascot, entonces
llamado East Cote. Vacas y ovejas estaban diseminadas por los verdes campos
mientras los granjeros y sus familias se afanaban en sus quehaceres, aunque
solían detenerse a mirar el impresionante carruaje de Rutherford, que
traqueteaba al pasar. Un muchacho con un pesado cubo en cada mano se quedó
inmóvil y con la mirada fija en la berlina. Eleanor se hizo cargo de su
sorpresa, pues ella misma se había sentido igual de niña cuando veía pasar ese
tipo de vehículos, y no había duda de que se preguntaba cómo sería estar dentro
de uno de ellos, ser un rico hacendado o un hombre de origen aristocrático y
cultivado, alguien que había vivido y viajado. Sintió una cierta confusión
cuando su mirada se encontró con la del estupefacto muchacho. Al principio,
Eleanor sintió el deseo de explicarle que ella no formaba parte de aquellos afortunados,
que sólo era la hija de un granjero, predestinada a vivir una vida muy similar
a la de él, pero entonces ocurrió algo curioso. Ladeó ligeramente la cabeza,
como imaginaba que haría una aristócrata, y en su pecho sintió un
estremecimiento de placer, de orgullo, y también de decepción. Albergó un
sentimiento similar a cuando era pequeña y los días de fiesta se ponía un
disfraz de princesa, sólo que ahora los lugareños se habían equivocado al
aceptar por verdadera una impostura.
-Ganar siempre me abre el apetito -declaró
Sinclair-. ¿Qué diríais si os propongo una cena bufé en mi club?
Le Maitre, o Frenchie, Eleanor recordó
entonces su nombre, metió baza:
-¿Y no sería más apropiado acudir al mío
dadas las circunstancias? Estoy acordándome del señor Fitzroy... -añadió al
tiempo que enarcaba una ceja significativa en dirección a Sinclair, que
reaccionó con un gesto de desdén.
-Puaj, nada debemos temer de ese petimetre
-repuso Sinclair incluso a pesar de que Fitzroy le había exigido una
satisfacción después de que le arrojase por la ventana del prostíbulo-. ¿Qué le
diríais a unos fiambres y quesos regados por abundante oporto, mucho mejor que
el que pueden servirnos en el club de Frenchie?
Eleanor no supo qué contestar. Los
acontecimientos volvían a ir tan deprisa como un caballo de carreras, y ella
apenas era capaz de sujetar las riendas.
Rutherford dio por válida la idea al no
haber objeción alguna y llamó con los nudillos en la trampilla de detrás hasta
que se abrió y el cochero, reclinado hacia un lado, asomó la cabeza.
-Vamos al Longchamps Club, en la calle Pall
Mall...
El cochero asintió y cerró la ventana. Las
ruedas del carruaje traquetearon con estrépito cuando atravesaron un puente de
madera.
La señorita Ames se apoyó sobre el lujoso
respaldo de la berlina con el hombro pegado al del teniente Copley y se
preguntó cómo terminaría aquel sueño maravilloso.
CAPÍTULO
CATORCE
7 de diciembre, 8:00 horas
LO PRIMERO QUE MICHAEL hacía todas las
mañanas después de vestirse, incluso antes de tomarse un café, era vigilar a la
cría de págalo, a la que había llamado Ollie en atención a otro huérfano
desafortunado: Oliver Twist.
No había sido fácil determinar qué hacer
con él (o con ella, pues no había forma de determinar el sexo a una edad tan
temprana), pero los págalos adultos eran pájaros taimados y mostraban la
desagradable tendencia a cebarse con los débiles. Había visto a un par de ellos
esforzarse en distraer a una madre pingüino el tiempo justo para que un tercero
se lanzase sobre la cría, la arrastrase y la desmembrase entre gritos. Le
harían lo mismo a Ollie se el pájaro no crecía un poco y echaba alas pronto.
Tras una ronda de consultas con varios
miembros de la base, en la que incluyó a Darryl, Charlotte y las dos
glaciólogas, Betty y Tina, se decidió que lo más conveniente para Ollie era
crecer en un ambiente protegido, pero en algún lugar fuera de la estación.
-Jamás será capaz de alimentarse por sí
mismo si le crías aquí dentro -había sentenciado Betty.
Tina había asentido de forma enérgica.
Michael las miró a ambas. Las dos rubias con coletas del pelo recogidas en un
moño le parecían un par de valkirias.
-Podría tener lo mejor de los dos mundos si
le llevas al almacén de muestras, detrás de nuestro laboratorio -había sugerido
Tina.
El almacén de muestras era un tosco recinto
ubicado tras el módulo de glaciología donde guardaban los núcleos o muestras
cilíndricas de hielo pendientes de cortar. Los almacenaban en hileras de
anaqueles metálicos como si fueran leños.
-Acabo de sacar todo el plasma helado de un
cajón de embalaje -anunció Charlotte-. Podríamos usarlo para proporcionar una
pizquita de protección al polluelo.
La conversación tenía una pinta rara,
parecían los alumnos de una clase de gramática dedicados a realizar un proyecto
de biología.
Charlotte recuperó el cajón y lo colocaron
en un rincón del recinto. Después, Darryl fue hasta la puerta contigua y trajo
unas pocas tiras de arenque de las usadas para alimentar a su colección de
animales en cautividad. La cría no empezó a comer de forma inmediata incluso a
pesar de tener mucho apetito.
Parecía estar esperando la llegada de un
ave adulta que descendiera de alguna parte y se lo llevara. Ya estaba
programado para morir, por decirlo de algún modo.
-Creo que estamos demasiado cerca
-dictaminó el biólogo.
Charlotte coincidió con él, y tras
estremecerse de frío, sugirió:
-Deberíamos dejarle la comida cerca del
cajón y entrar dentro.
Todos ellos volvieron a sus dormitorios y
se sumieron en ese sueño intranquilo tan característico de quienes carecían de
un día y una noche que les regulara las pautas del sueño. Michael salió a
verificar cómo estaba su protegido a primera hora de la mañana.
Las tiras de arenque habían desaparecido,
pero ¿se las había comido Ollie? Encontró un poco de pelusa blanca cuando
examinó el suelo helado de los alrededores y se arrodilló para echar un vistazo
detrás del cajón del embalaje. Charlotte había dejado en su interior unas pocas
virutas de madera utilizadas como relleno en el embalaje del plasma, pero la
nieve y el hielo ya las habían cubierto. Estaba a punto de dejarlo correr todo
cuando obtuvo el atisbo de algo negro y brillante muy similar a un guijarro colocado
en la esquina más lejana. Era el minúsculo ojo imperturbable del ave. Michael
estudió el terreno con más cuidado y logró distinguir el mullido cuerpo gris y
blanco del págalo. El pájaro parecía una bola de nieve sucia ahora que se había
hecho un ovillo.
-Buenos días, Ollie.
El ave lo miró sin dar señal alguna de
reconocimiento ni de miedo.
-¿Te gusta el arenque?
Michael no se sorprendió al no obtener
reacción alguna del polluelo y se sacó del bolsillo dos trozos de beicon que se
las había arreglado para birlar mientras pasaba por la cocina de camino al
almacén de muestras.
-No es kosher; confío en que no te dé por
ponerte difícil.
El hombre vio cómo los ojos de Ollie se
movían en dirección a la comida. Entonces, se levantó y regresó a la cafetería
para ir a desayunar. Era el día de la inmersión y era consciente de la
importancia que tenía tomar energías antes de llevar a cabo lo que tanto
reclutas como probetas llamaban «chapuzón polar».
Cuando Michael se sentó, Darryl ya había
devorado la mitad de su copioso desayuno: crepes de arándano regadas con sirope
de arce y un montón de salchichas vegetales. Lawson estaba sentado al otro lado
de la mesa, pero a diferencia de lo Hirsch podría haber temido, su condición de
vegetariano no socavó su posición a ojos de los reclutas. De hecho, no le
importó a nadie. Michael tuvo ocasión de aprender enseguida que las
excentricidades eran moneda corriente en la Antártida, y además se aceptaban
con despreocupación. La gente acudía al Polo para ir a su bola, por decirlo de
algún modo, y él debía recordárselo continuamente. En el mundo real, aquellas
gentes solían ser tipos solitarios, bichos raros y chiflados. La diferencia era
que allí abajo eso no le importaba a nadie. Todo el mundo tenía sus
peculiaridades y, con semejante vara de medir, ser vegetariano apenas si se
notaba.
-El primer año acudes aquí por la
experiencia -afirmó Lawson, hablando para el personal gubernamental. Michael
aceptó ese razonamiento-. El segundo sigues por dinero, y el tercero -prosiguió
con una sonrisa- lo haces porque ya no encajas en ningún otro lugar.
Hubo alguna risa incómoda, excepto uno de
los reclutas, Franklin, el tipo del piano, que se giró para encararse a los
demás.
-Cinco años, colegas, llevo aquí cinco
añitos, uno tras otro. ¿Y en qué estado me ha dejado?
-Más allá de cualquier posible curación
-replicó Lawson.
Todos se echaron a reír, Franklin incluido.
El desaire era la lengua franca de la vida en la estación científica.
Michael regresó a su habitación en busca de
su equipo fotográfico después de haber cargado las pilas con un buen desayuno,
aunque bebió menos café que de costumbre, pues Lawson le había prevenido:
-No va a apetecerte nada ir a mear una vez
que te hayas puesto el traje de buzo.
Guardó la Olympus Camedia D-220L en una
carcasa estanca Ikelite de policarbonato transparente en cuanto comprobó que
tenía batería y flash. Luego, musitó una silenciosa oración al dios de las
pifias técnicas. Uno de los peores sitios para que fallase el equipo era el
océano Ártico a mucha profundidad.
El buceo era una superproducción de lo más
compleja, como casi todo en la Antártida. O´Connor había enviado el día
anterior un taladro enorme en lo alto de un equipo a fin de que practicaran dos
grandes agujeros en el hielo. El primero estaba destinado a ser cubierto por un
rudimentario cobertizo de inmersión, era lo que los buceadores solían usar para
entrar y salir del agua, mientras que el segundo, situado a unos cincuenta
metros de distancia, respondía a una medida de precaución, en previsión de un posible
corrimiento del hielo, o por si las agresivas focas Weddell dejaban inoperante
el primero, pues tenían tendencia a volverse muy territoriales en lo tocante a
los respiraderos en la capa de hielo.
Murphy se comportó como una madre clueca e
insistió en la obligatoriedad de hacerse un chequeo médico por parte de todo
aquel que bucease, por lo cual Michael debió hacer una visita a la doctora
Barnes y sentarse en su camilla a fin de que le examinase las vías
respiratorias y los oídos, y le tomase la tensión. Después de haber llegado a
intimar con ella como un simple amigo, resultaba de lo más extraño tener que
someterse a sus conocimientos profesionales. Sólo esperaba que no le hiciera la
prueba de los testículos en busca de una posible hernia inguinal y le diera un
ataque de tos.
Pero no la hizo, y tampoco pareció incómoda
al desempeñar un papel diferente al habitual. Tuvo ocasión de comprobar que
Charlotte era perfectamente capaz de adoptar el rostro desapasionado del médico
y llevar a cabo todos sus deberes con un desempeño muy profesional, lo cual no
le impidió, después de haber terminado el reconocimiento y haberle declarado
apto para la inmersión, preguntarle:
-¿Estás seguro de querer hacer esto?
-Completamente.
La doctora retiró el estetoscopio y lo
deslizó al interior de un cajón.
-¿No te produce claustrofobia la
perspectiva de bucear debajo del hielo con una máscara en la cara y todo ese
equipo encima...?
Hubo una nota delatora en su tono de voz y
Michael intuyó que Charlotte hablaba de sí misma, no sobre él.
-Pues no, ¿y a ti?
Ella ladeó la cabeza sin mirarle a los ojos
y Michael pensó en la noche de la Escuela de la nieve, cuando debieron dormir
en los domos construidos a mano.
-¿Cómo te las arreglaste para pasar la
prueba del iglú?
-¿No te lo ha dicho Darryl?
-¿Decirme...? ¿El qué...?
-¡Caramba! El pelirrojo sabe guardar un
secreto -repuso ella, agradecida-. Jamás me metí dentro.
Él se quedó boquiabierto.
-Por favor, dime que no regresaste al
campamento por tu cuenta y riesgo. -La idea de un comportamiento tan temerario
le había dejado helado.
-No. Dormí dentro del saco y debajo de
dieciocho mantas. Únicamente metí los pies en el túnel o de lo contrario me
temo que Darryl se habría asfixiado en el iglú.
Michael la admiró todavía más cuando supo
de su fobia y de cómo había soportado lo indecible para que no se supiera.
Y ese sentimiento se extendió a Darryl, que
le había guardado el secreto.
-Llevaré encima el walkie-talkie todo el
día por si necesitas algo ahí fuera -dijo Charlotte.
Él no esperaba menos.
-Id con cuidado Darryl y tú. Vigilad lo que
hacéis. Y no dejes que él te lleve demasiado rato por ahí abajo.
-Se lo diré de tu parte.
Luego, volvió a apilar en el exterior todo
el equipo de buceo y abandonó la enfermería para dirigirse al punto de
inmersión. Para llegar allí debió montarse en un spryte. Éste tenía una
apariencia a medio camino entre un arrastrador de troncos y un Hummer de
General Motors y arrastraba un deslizador Nansen, de diseño muy similar al
tradicional trineo noruego de esquís, que iba cargado con el equipo adicional
de buceo. Michael iba sentado junto a Darryl. Éste parecía un niño en un viaje
de excursión a Disneylandia.
La caravana avanzó muy despacio sobre el
hielo y pasaron diez minutos antes de que el periodista atisbara el cobertizo
de inmersión, construido en medio de la nada. Una bandera blanquinegra flameaba
al viento. La cabaña en sí debía de tener un color rosáceo, similar al del
pálido cielo estival, pero no podía apreciarse, pues un par de miembros del
personal de la base apilaban la nieve reciente alrededor de la misma para
mantenerla a resguardo del viento. De hecho, el suelo descansaba sobre bloques
de oba de treinta centímetros o sobre el mismo hielo.
Darryl asomó la cabeza por un lateral del
spryte conforme se aproximaban y no dejaba de tamborilear con los dedos en las
rodillas, presa del nerviosismo. Debían desvestirse y ponerse los trajes de
neopreno dentro de la cabaña de inmersión, pues iban a cocerse vivos en cuanto
se hubieran embutido dentro de los mismos a menos que pudieran sumergirse
enseguida en el agua, que mantenía la temperatura estable alrededor de un grado
bajo cero con independencia de la profundidad.
A juzgar por ese mostacho helado con forma
de picaporte que asomaba desde la capucha forrada con piel, daba la impresión
de ser Franklin quien les hacía señales con los brazos para que se detuvieran.
-Hace un día estupendo para bucear -saludó,
mientras abría de un tirón la insegura puerta del spryte.
El biólogo bajó de un salto y se deslizó
por la nieve con Michael pegado a sus talones mientras Franklin empezaba a
descargar el equipo colocado en el trineo. Se dirigieron hacia el cobertizo de
inmersión, cuyo interior parecía un horno después de haber caminado por el
exterior. Había unos calefactores apoyados sobre unos soportes metálicos y
grandes repisas acondicionadas para poner el equipo; las cuatro paredes estaban
llenas de perchas.
Lo más destacable de todo era el agujero
circular de casi dos metros de diámetro situado en el centro del cobertizo,
como si de un jacuzzi se tratara. Habían puesto sobre el mismo una rejilla a
fin de evitar cualquier accidente o una entrada prematura, pero Michael no pudo
controlar la tentación de fijar la mirada en las expectantes aguas de intenso
color azul, donde se balanceaban refulgentes bandejas de hielo.
-Hola, troncos -les saludó Calloway, un
tipo seco con un pronunciado acento australiano-. Voy a ser vuestro monitor de
submarinismo en el día de hoy. -Lawson y los otros le habían soplado a Michael
que Calloway no era australiano de verdad, sino que se había hecho pasar por
tal de joven para ligar con más facilidad, hacía muchos años, y en el camino no
se había logrado desprender del deje-. Ea, poneos en paños menores y manos a la
obra, que hay mucho tajo pendiente.
Eso era un eufemismo de órdago. Wilde había
buceado muchas veces con anterioridad y estaba familiarizado con el prolongado
proceso de equiparse, pero aquello sobrepasaba con mucho todas sus experiencia
previas. Bajo la experta supervisión de Calloway, él y Darryl se enfundaron una
primera prenda gruesa de polipropileno sobre la cual colocaron un mono de
tejido aislante de Polartec Thermal Pro. Los dos amigos se habían puesto los
calcetines determinados en el Programa Antártico de Estados Unidos, así como
unos escarpines de nailon. Llegados a ese punto, el biólogo guardaba un
parecido más que sospechoso con un elfo pelirrojo.
Acto seguido, Calloway les hizo entrega de
un traje seco de color púrpura para que se lo pusieran por encima de toda
aquella ropa interior.
-¿A que hace una pizquita de calor?
-preguntó Calloway, agitando la solapa abierta de su camisa.
-A lo mejor nos enteramos si lo repite
-convino Michael con retranca.
-¿A que hace una pizquita de calor?
-repitió Calloway dócilmente.
Michael se había visto obligado a
acostumbrarse a las humoradas inmaduras habituales de Point Adélie, muy
frecuentes según su experiencia cuando los hombres se reunían en campamentos
remotos.
Lo siguiente fue meterse dentro del traje
seco propiamente dicho. Calloway lo sostenía en alto con orgullo, como un
modisto en plena exhibición de su último diseño.
-Lo más mejor de la tecnología: TLS,[12]
tíos, trilaminado, y de tipo cordura. Tiene tres capas: la exterior de nailon
protege del roce, la interior o impermeable, y la situada en medio. Se necesita
mucho lastre para descender con un seco de neopreno, pero a medida que bajas,
la lámina de neopreno se comprime y pierde flotabilidad. Con los trajes
trilaminados, ésta se mantiene estable durante toda la inmersión al no
comprimirse el tejido. Es más ligero que un seco de neopreno comprimido.
Michael se puso a forcejear con el traje de
marras y le costaba concebir la existencia de algo más ligero que aquella cosa;
empezaba a sentirse como el hombre Michelín del anuncio, y eso fue antes de que
se pusieran manos a la obra con el que seguramente era el paso más restrictivo
de todos: la protección de la cabeza y el rostro.
El falso australiano hurgó en el talego que
Franklin le había traído hasta extraer dos capuchas de buceo negras de la marca
Henderson: les cubrían todo el rostro, salvo un espacio alrededor de los ojos y
de los labios. Una fina tira de neopreno corría por encima de la abertura de la
boca. Michael se sintió un ladrón cuando se puso el pasamontañas, y encima de
todo eso tuvo que ponerse una capucha de látex. Calloway tuvo que ayudarles
para que lograran meter la cabeza y bajar la capucha hasta el comienzo del
traje seco anaranjado, donde se adhirió como una ventosa y le convirtió
definitivamente en una longaniza embuchada de color naranja.
-¿No puedes apagar eso? -le pidió Darryl,
señalando con el brazo el calentador más cercano-. Voy a morirme.
-Sin problemas, colega. Debí hacerlo antes.
-Apagó ambos radiadores-. Estaréis fuera de aquí en cuestión de unos minutejos
-añadió a fin de infundirles ánimo a ambos.
Luego les ayudó a enfundarse unos guantes
de alpinismo y después, unos guantes secos de caucho. A continuación se
pusieron unos pesados arneses, pues un submarinista siempre subiría hacia
arriba sin la ayuda de un lastre adecuado. Finalmente, fijó el arnés de los
trajes los tanques de acero ScubaPro de dieciocho litros, sin olvidar los
reguladores para ajustar la presión del aire de la botella y que el buceador lo
respirase por la boquilla. Michael apenas era capaz de moverse.
-¿Algún último deseo antes de poneros las
máscaras faciales? -preguntó Calloway.
-Date prisa -urgió Hirsch con voz
entrecortada.
-Recordad, nada de tomároslo con pachorra
ahí abajo... Tenéis una hora, nada más.
Se refería tanto a la reserva de aire como
la capacidad del cuerpo humano para soportar unas temperaturas tan extremas
incluso buceando con un equipo tan completo.
-¿Habéis bajado ya las trampas y las redes?
-preguntó Darryl mientras forcejeaba en su intento de ponerse las aletas de
caucho sobre los escarpines.
-Yo mismo las coloqué ahí abajo hará cosa
de dos horas. Están atadas a los cabos del agujero de seguridad. Que se os dé
bien la pesca.
-Antes de que nos olvidemos, voy a
necesitar eso de ahí -observó Michael, e hizo un gesto hacia la cámara
submarina que había olvidado encima del revoltijo de sus ropas.
-Aquí la tienes -dijo Calloway,
entregándosela-. Si ves alguna sirena, sácale una foto para mí.
Dicho eso, ajustaron las máscaras faciales
de la forma más cómoda posible y verificaron el funcionamiento del regulador.
Luego, Hirsch dio una palmada en la espalda de Calloway. Mientras Michael
deslizaba los pies dentro de las aletas y sujetaba la linterna al cinturón,
Darryl levantó la rejilla de seguridad que cubría el agujero de inmersión y
cuando su compañero se dio la vuelta, él ya se había sumergido. Calloway palmeó
a Michael en la espalda y levantó el pulgar en señal de aprobación. El
reportero metió los pies en el agua y se dejó caer para deslizarse y bajar por
el agujero.
La capa de hielo tenía un espesor de dos
metros y medio y la perforación practicada guardaba una gran semejanza con un
embudo: era mayor en la parte superior que en el fondo. Michael notó cómo
rompía con los pies una placa de hielo que ya se había formado desde el paso de
su compañero. Siguió hundiéndose, envuelto por una nube de burbujas y esquirlas
de hielo centelleante. Tardó unos segundos más en llegar a aguas lo bastante
claras como para gozar de visibilidad.
Se mantuvo suspendido a unos cuantos metros
por debajo del agujero de inmersión, flotando en un mundo que parecía carecer
tanto de límites como de dimensiones. Sin embargo, veía con gran claridad, pues
no había plancton en las aguas, sobre todo en esa época del año, y eran las
menos contaminadas del planeta. La luz del sol apenas lograba atravesar la capa
de hielo, lo cual hacía destacar sobremanera el agujero de emergencia: lanzaba
un chorro de luz tan potente hacia abajo que parecía un faro, y de su borde
salían tres largas cuerdas señalizadas con banderines de plástico que se
perdían en las veladas profundidades.
Michael estaba gratamente sorprendido.
Arriba se movía con suma torpeza y se estaba cociendo de calor, pero ahora, a
pesar de que se había abrazado a fin de combatir el frío al sentir el primer
contacto con el agua, se deslizaba con comodidad y la temperatura resultaba
soportable, pues el líquido elemento no sólo le facilitaba los movimientos,
sino que también enfriaba las capas exteriores. Notó un gran alivio allí abajo.
No le extrañaba que el pelirrojo se hubiera sumergido tan deprisa. Ahora bien,
sospechaba que al cabo de un rato notaría frío y estaría congelado al terminar
los sesenta minutos.
Miró al fondo y vio a su compañero mientras
movía las aletas para impulsarse hacia el bentos. Resultaba obvio que Hirsch no
estaba dispuesto a malgastar ni un segundo de la hora disponible. Las aguas
estaban tranquilas y se hallaban prácticamente libres del efecto de corrientes
y mareas que, en otros mares, alejaban al buceador del punto de inmersión sin
que éste apenas lo advirtiera. Miró en derredor. Un vasto y silencioso reino
azul donde todo cuanto podía escucharse era el borboteo delator del regulador.
El lecho marino descendía lentamente desde
la posición del agujero de inmersión hacia la zona bentónica y el submarinista
empezó a seguir ese descenso gradual, los glaciares habían desgastado el fondo,
dejando a su paso enormes estrías y grandes rocas sueltas y alisadas por la
erosión que debían haber sido arrastradas durante kilómetros hasta llegar allí;
presentaban unas vetas similares a las del mármol. Conforme se acercaba al
fondo, empezó a ver una miríada de formas de vida pululando por un paisaje desierto
sólo en apariencia. Las espirales y los culebreos grabados en el fango
delataban la presencia de moluscos, crustáceos, erizos de mar, ofiuras, unos
equinodermos emparentados muy de cerca con las estrellas de mar, y lapas
adheridas como níveas serpentinas a las algas que cubrían las rocas.
Entretanto, las estrellas de mar, amontonadas unas sobre otras, exploraban el
lodo en busca de almejas, y una araña de mar del tamaño de la mano abierta de
Michael se ponía de pie sobre dos de sus ocho patas, consciente de la
proximidad del hombre. Éste permaneció suspendido en lo alto y le hizo varias
fotos. La criatura parecía no tener cuerpo, sólo una cabeza con dos pares de
ojos y un cuello del color de la herrumbre; el abdomen era tan reducido que se
confundía entre los largos apéndices locomotores, pero Michael era consciente
de la peligrosidad de su probóscide tubular, con la cual removía el sedimento
en busca de esponjas y otros animales marinos de cuerpo blando a los que les
ensartara y les chupaba los jugos con un beso prolongado y letal. Cuando el
submarinista pasó junto a ella, la araña de mar se onduló a la estela de las
aletas y giró sobre sí misma en un movimiento lento, pero cuando él se volvió,
pudo ver cómo había reaccionado con indignación y se deslizaba sobre sus patas
puntiagudas, dispuesta a atravesar al infortunado que pasara por allí.
Darryl se hallaba debajo; sostenía una red
con una mano mientras apoyaba la otra en una piedra del tamaño de una pelota de
baloncesto. Cuando se acercó a él, Hirsch ladeó la cabeza e hizo un ademán
indicativo de que quería que le diera la vuelta a la roca. Michael dejó que la
cámara oscilase en torno a su cuello mientras usaba ambas manos para desplazar
la roca primero en una dirección y luego en la contraria, y así hasta
apartarla, quedando a la vista un enjambre de anfípodos minúsculos, de tamaño
no superior a una uña. Movían las antenas mientras correteaban para
escabullirse, pero la mayoría acabó en la red de Darryl. Éste actuó con
habilidad y los introdujo a la bolsa transparente con cierre hermético para
luego levantar los pulgares en dirección a Michael, bueno, levantarlos todo lo
posible cuando se llevaba aquellos guantes; después hizo un gesto de despedida
con la mano. El periodista tuvo un pálpito: Darryl no deseaba compañía a su
alrededor mientras recogía muestras y efectuaba observaciones.
Michael tampoco deseaba entorpecerle y
debía hacer su propio trabajo y sus propios descubrimientos. Merodeó sobre un
grupo de criaturas con aspecto de gusanos, cada uno de un metro de largo,
mientras pululaban encima de una carroña casi consumida, y tomó algunas
fotografías con la intención de que Hirsch las identificara más tarde. La luz
era más débil conforme se alejaba de la superficie y poco a poco empezó a
cubrir el lecho marino una capa helada llena de crestas; parecía una inmensa
cuartilla de papel arrugada. De pronto, una silueta oscura apareció ante sus
ojos desde un lado. Agudizó los ojos a través de la máscara y distinguió unos
grandes bigotes y unos enormes ojos nacarados que le devolvían la mirada.
Era una foca de Weddell, el único mamífero
capaz de nadar en aguas tan profundas, junto a la ballena minke. El buceador
sabía que no le haría daño. La foca contrajo la membrana limitante externa y
desplegó los pelos del bigote como si fuera un abanico cuando él alzó la
cámara. «Listo para un primer plano», pensó mientras tomaba una serie de
instantáneas.
La foca ladeó una aleta, pasó junto a él
sin dejar de mirar hacia atrás y remoloneó, como si esperase que el recién
llegado intentara darle alcance antes de seguir nadando. Michael le calculó una
longitud próxima a los dos metros.
«Vale, voy a jugar», dijo para sus
adentros. Esas imágenes serían estupendas y le darían un toque divertido al
artículo. Se impulsó sobre las aletas y fue en pos del mamífero, un ejemplar
joven, si no se equivocaba, a juzgar por el pelaje lustroso y sin cicatrices y
los dientes de un blanco impoluto, que se dirigió hacia las profundidades. El
tanque del oxígeno siseó y burbujeó mientras seguía al fócido primero alrededor
de un témpano de hielo cariado del tamaño de un yate de motor y después sobre
un afloramiento rocoso cubierto por una maraña de algas rojas y marrones.
El mar se abrió a sus pies y Michael tuvo
la sensación de que podía ir demasiado lejos si no se andaba con cuidado. Una
grieta de hielo de la superficie proporcionaba algo más de luz y gracias a eso
fue capaz de advertir algo fuera de lugar cuando fijó la vista en el inclinado
lecho marino. Los contornos rectangulares eran demasiado precisos incluso a
pesar de estar recubierto por el hielo. Parecía algún tipo de baúl. La foca se
demoró sobre el mismo, girando en círculos. Daba la impresión de que todo el
tiempo le había estado conduciendo hasta allí.
«¡Dios de mi vida! ¿Qué es eso? ¿Un tesoro
oculto?», pensó para sus adentros. «No es posible, aquí, no. No en el Polo
Sur».
Movió las piernas con fuerza para impulsar
las aletas y redujo la distancia enseguida mientras empezaba a notar cómo el
frío se abría paso hacia su cuerpo a pesar de toda la ropa que llevaba puesta.
Se detuvo encima y movió los brazos de forma morosa en el agua helada. No cabía
la menor duda: había un arcón sin tapa debajo de todo el hielo, de las
pegajosas lapas antárticas, de los erizos de mar y varias estrellas de mar que
festoneaban los laterales del cofre; una de ellas, blanca como el marfil, se había
extendido sobre la parte superior como una esquelética mano guardiana.
Reaccionó por instinto y echó mano a la cámara para tomar media docena de
fotografías.
La foca ejecutó un rápido arabesco encima
de la posición del buceador.
Wilde descendió más y más, hasta ser capaz
de mirar en el interior del arcón, donde yacían amontonados muchos trozos de
hielo refulgente, como monedas de cristal, pero logró atisbar algo más oscuro,
un objeto reluciente de color ciruela.
Miró de izquierda a derecha, examinando el
suelo circundante. A un lado el lecho descendía hacia una negrura sin fondo, y
al otro vio, a escasos cientos de metros, una pared de hielo cortada a pico
desde lo alto hasta una profundidad que él jamás sería capaz de llegar. Entre
su posición actual y el imponente glaciar distinguió otro objeto de color
ciruela cubierto de hielo, pero sobre la superficie del lecho marino. Tomó la
linterna del arnés y apuntó el rayo luminoso en esa dirección.
Era una botella de vino. Tenía que serlo.
El buceador descendió un poco más y apartó
el sedimento acumulado sobre el gollete del envase con los tres dedos del
guante. La silueta globular de un erizo de mar descansaba en la base; creyendo
que cerca había algo comestible, abría y cerraba la boca sin cesar, bueno, en
realidad todo él era una boca. Michael se sirvió de la punta de la linterna
para apartarlo. La costra de hielo cubría la botella de arriba abajo, pero en
la cara yaciente sobre el suelo había vestigios de lo que en otro tiempo debió
de haber sido una etiqueta, hoy ilegible. Intentó retirar la botella, pero no
iba a salir con tanta facilidad. Debía usar las dos manos para conseguirlo.
Antes de volver a intentarlo, colocó con sumo cuidado la linterna entre dos
trozos de hielo que brotaban del suelo. Sin pretenderlo, perturbó a un gusano
escamoso o polinoido cuyo aspecto recordaba mucho a una banda rota de corcho de
varios centímetros de longitud; se escabulló en busca de una zona más
tranquila. Tuvo que mover con cuidado el frasco para sacarlo del fango y el
hielo, pues lo último que deseaba era romper algo que debía de haber
sobrevivido decenas de años, pero al final tuvo suerte: la extrajo y la giró
entre las manos, admirándola. Se sentía como si hubiera ganado en un juego de
tira y afloja con el suelo marino.
De pronto, localizó otro botellín a doce
metros de distancia, al pie mismo del glaciar sumergido.
¡Tal vez había encontrado un tesoro oculto!
Le pasaron por la cabeza toda clase de ideas descabelladas, ¡cómo no!, pero en
cualquier caso, aquello era una noticia de prensa sensacional. Cuando volviera
a Tacoma y Gillespie le echara un vistazo al material... Un reportero gráfico
del Eco-Travel Magasine había descubierto en el mar Antártico un cofre hundido
a cientos de pies de profundidad. A partir de ahí, Wilde tenía el éxito
asegurado.
Fijó la bolsa en la malla de su arnés antes
de impulsarse hacia la pared de hielo. La foca pareció retirarse del lugar y
merodeó por los alrededores, mirándole mientras nadaba al revés.
El agua estaba más helada cuanto más se
aproximaba al iceberg, y el descenso de temperatura fue tan brusco que le
recordó mucho a la sensación térmica provocada por los vientos catabáticos en
su bajada desde lo alto de los glaciares hasta las llanuras polares. Tiritó
dentro del traje y echó un vistazo al reloj colocado en la parte interior de la
muñeca. Iba a tener que subir a la superficie pronto, muy pronto, y regresar
más adelante.
El segundo envase de vidrio se hallaba
atrapado debajo de una roca y decidió dejarlo donde estaba, pues el regulador
se puso a sisear y él se percató de que no había estado respirando con
normalidad, ya que la excitación se había apoderado de él y no había prestado
atención. El empinado muro blanco del imponente glacial guardaba un gran
paralelismo con el escenario de aquel día trágico en la cordillera de las
Cascadas: se elevaba por encima de él como la pared escarpada de un precipicio
y descendía hasta perderse en un abismo insondable. La pared de hielo
presentaba acanaladuras y grietas, como el semblante de un boxeador que había
subido demasiadas veces al cuadrilátero. El submarinista recorrió el gélido
muro con los dedos, y a pesar del guante pudo percibir a través del tacto el
rudimentario pero antiguo poder de esa montaña, capaz de aplastar de forma
lenta e inexorable cuanto se pusiera en su camino.
Entonces dejó de respirar del todo.
Detrás de sus dedos vio... un semblante.
Se alejó con un brusco movimiento de
aletas, sorprendido y confuso, envuelto por un anillo de burbujas cada vez más
pequeñas.
Movió brazos y piernas para permanecer en
aquella posición, haciendo caso omiso a la foca, que había regresado junto a él
para jugar.
Era imposible. No podía haber visto lo que
acababa de contemplar. Miró a su alrededor en busca de Darryl, pero todo cuanto
era capaz de atisbar era una mota naranja a lo lejos; parecía ocupado en izar
una trampa por una de las cuerdas del agujero de seguridad.
El corazón le latía desbocado cuando se
volvió hacia el glaciar. O se controlaba o iba a terminar por cometer alguna
estupidez que le sentenciara a morir ahogado antes de contar a nadie su
hallazgo. Iluminó el hielo veteado con la linterna...
...pero veía muy poco desde allí.
Al final, cuando venció su reticencia y se
acercó un poco más, descubrió otra cosa más sobresaliendo de la rugosa
superficie helada. Al acercarse todavía más distinguió con toda claridad un
rostro helado aureolado por unos cabellos de color caoba y una cadena en torno
al cuello. ¿Una cadena de hierro...? Apreció un manchurrón azul y negro debajo
del hielo, allí donde debían de estar las ropas, y era bastante posible que
hubiera otra figura acurrucada detrás de la que estaba a la vista, pero eso
resultaba bastante difícil de apreciar o discernir en aquellas aguas heladas y
poco iluminadas.
Acarició el hielo de un modo casi
reverencial con el guante y acercó la máscara facial a la pared del iceberg.
Enfocó el haz de la linterna al interior
del hielo, donde contempló las facciones de una joven, aprisionada en su lecho
de escarcha como la Bella Durmiente. Estaba ahí, con la mirada fija, pero no
reposaba.
Nada de eso.
La mujer abría con desmesura aquellos
ojazos suyos tan verdes que su luminiscencia le sorprendió, sobre todo debido
al lugar donde se encontraba; también tenía abierta la boca, como si estuviera
dando un último grito. La visión le hizo estremecer de los pies a la cabeza,
pero en ese momento un ruido procedente del tanque de oxígeno le dio un serio
aviso de los peligros de una mayor demora. Se dejó llevar hacia la superficie,
apenas capaz de aceptar el descubrimiento hasta que estuvo lo bastante lejos como
para que el hielo se hiciera opaco otra vez y un manto de oscuridad ocultase de
nuevo su terrible secreto.
CAPÍTULO
QUINCE
Noche del 6 de julio de 1854
DESPUÉS DE QUE LA traqueteante berlina
hubiera cruzado Trafalgar Square y se adentrara en la elegante zona situada en
los aledaños de Pall Mall, donde se habían afincado los clubes frecuentados por
la flor y nata de los caballeros ingleses, Sinclair indicó al cochero que se
detuviera en la esquina de St. James´s Street, casi enfrente de la entrada
principal de Longchamps, pues allí se localizaba la discreta entrada lateral,
la única por la que se admitía la entrada a las mujeres.
El cochero bajó del pescante con presteza,
se apresuró a extender la escalerita plegable y ayudó a bajar a las damas bajo
la luz parpadeante de las lámparas de gas, que iluminaban la creciente
oscuridad. Pall Mall gozaba del lujo de una iluminación nocturna desde 1807.
Un criado de librea permanecía a la espera
en el vestíbulo con suelos y paredes de mármol. Se llamaba Bentley, si el
teniente Copley no recordaba mal. Una sombra de vacilación le cruzó por el
semblante nada más ver a Sinclair.
-Buenas noches, Bentley -gorjeó Sinclair,
usando sus modales más afables-. ¡Qué día más glorioso! Hemos apostado a
ganador a Ascot.
-Me congratula saberlo, señor -repuso el
criado mientras miraba de soslayo al resto del grupo.
-Lo que ahora necesitamos es un refrigerio.
-Sin duda, señor -replicó Bentley, sin
ofrecerle nada más.
Algo iba mal, y Sinclair lo cazó al vuelo.
Sospechaba que sus deudas habían llegado al punto donde el consejo directivo
del club había puesto su nombre en la lista de morosos y le habían suspendido
sus privilegios de socio.
Las damas estaban demasiado ocupadas
deleitándose por el modo en que la luz del crepúsculo iluminaba las pinturas
del ventanal del mirador, por lo que permanecían felizmente ajenas al problema,
lo cual no podía decirse de Rutherford y Frenchie. Ellos debían de haberse
olido la tostada y Rutherford parecía ya dispuestos a escoltarlos a todos de
vuelta a su carruaje y llevarlos al Athenaeum, el club del que era miembro.
-¿Podemos hablar un momento, Bentley?
-pidió el teniente mientras llevaba aparte al criado, a quien nada más llegar
adonde nadie podía escucharles le preguntó-: Me han puesto en la lista negra,
¿a que sí?
El criado asintió.
-No pasa de ser un simple error contable
-repuso el teniente mientras movía la cabeza con pesar-. Lo solucionaré mañana
a primera hora.
-Sí, señor, pero hasta entonces he recibido
instrucciones...
El teniente Copley alzó una mano y acalló a
Bentley de inmediato, luego, se llevó la mano al bolsillo y extrajo un puñado
de billetes, eligió unos cuantos y se los entregó.
-Tenga, para mi cuenta... Entrégueselos al
señor Witherspoon mañana. ¿Hará eso por mí?
-Sí, señor, por supuesto -respondió el
criado sin contar el dinero y ni siquiera mirarlo.
-Buen chico. Ahora, mis compañeros y yo
necesitamos una cena fría y unas botellas de champán aún más frías. ¿Podría
hacer que nos lo sirvieran en la sala de invitados?
No era la mejor estancia del vetusto y
enorme caserón del club, pero sí el único lugar donde estaba autorizada la
presencia de mujeres. Bentley respondió que podría arreglarlo y Sinclair
regresó junto a sus invitados.
-Por aquí -anunció mientras señalaba a las
damas un pequeño corredor que daba acceso a lo que de hecho era un anexo. El
club se había visto obligado a ello ante el creciente número de socios.
La habitación estaba desatendida cuando
entraron, pero enseguida apareció un criado para descorrer los grandes
cortinajes rojos de terciopelo y encender los apliques. En una de las esquinas
descansaba un gran hogar de piedra coronado por una cabeza de alce disecada, y
delante de la chimenea había una buena colección de sillones de cuero, sofás, y
mesas de roble.
Las damas se sentaron en un corrillo debajo
del gran candelabro y descansaron los pies sobre una gastada alfombra oriental.
-¿Pedimos que enciendan la chimenea?
-inquirió Sinclair, pero todos los invitados rechazaron la sugerencia.
-¡Por amor de Dios, no! ¿Acaso no te ha
bastado con la calorina que ha hecho todo el día? -saltó Rutherford mientras se
sentaba en la silla más próxima a Moira, quien no dejaba de abanicarse los
hombros y el cuello con el programa de carreras de Ascot-. Estoy rezando para
que llueva de una vez.
El cielo había amenazado con una tormenta
durante todo el camino de vuelta desde el hipódromo, pero aún no había caído ni
una gota y el propio Sinclair agradecía el frescor de la estancia después de la
sofoquina del largo viaje en carruaje.
Dos criados entraron a toda prisa y en un
abrir y cerrar de ojos prepararon una mesa redonda para seis comensales con
manteles de damasco azafranados, cristalería y un centelleante candelabro de
plata. Cuando todo estuvo listo, Bentley asintió con la cabeza en dirección al
teniente Copley, sentado entre Eleanor, a su derecha, y Moira, a su izquierda.
Completaban el círculo Frenchie y Dolly: ésta lucía una cascada de tirabuzones
ahora que se había quitado el sombrero; la hermosa joven no tendría más de veintidós
o veintitrés años, pero llevaba una espesa capa de maquillaje a fin de ocultar
lo que parecían ser marcas de viruela.
Sinclair alzó su vaso estriado en cuanto
estuvo servido el champán.
-Por Canción de ruiseñor, noble yegua y
generosa benefactora.
-¿Por qué sólo compartes conmigo los
presentimientos ruinosos? -preguntó Frenchie, haciendo referencia a la pelea de
perros, mientras le guiñaba un ojo.
Sinclair rompió a reír.
-Tal vez me haya cambiado la suerte.
-repuso, volviéndose ligeramente hacia la señorita Ames.
-En tal caso, por la suerte -brindó el
capitán, aburrido de tanta cháchara, y vació su vaso de un trago.
Eleanor sólo había probado el champán una
vez antes de aquella ocasión, cuando el alcalde del pueblo había celebrado su
elección con los granjeros y comerciantes, pero ella estaba segura de que debía
beberse despacio. Inclinó el vaso y se humedeció los labios. Estuvo a punto de
estornudar por culpa de la burbujeante espuma fría, de hecho le sorprendió que
estuvieran fríos tanto el vaso como el dulce licor, que probó con la punta de
la lengua. Bebió un sorbito de champán y observó a través del cristal cómo
subían las burbujas. La imagen le recordó los hervores que en ocasiones veía a
través de la capa de hielo que cubría el río. Había algo hipnótico en ese
borboteo y cuando apartó la mirada de las burbujas, descubrió lo mucho que a
Sinclair le divertía su concentración.
-El champán es para beberlo, no para
mirarlo -bromeó.
-Eso, eso -voceó Rutherford mientras
rellenaba su vaso y el de Moira.
El capitán se inclinó mucho para escanciar
y ella se vio obligada a pegar la espalda al respaldo para hacerle espacio,
concediéndole una mejor vista de sus encantos.
La realidad había decepcionado a Eleanor:
ella se había preguntado a menudo qué habría en el interior de unos clubes tan
impresionantes y había imaginado un ambiente mucho más suntuoso, con capas de
pintura dorada en los adornos, finos muebles franceses y sillas tapizadas con
sedas y satén. Y aunque la estancia era espaciosa y de altos techos con vigas,
tenía más aspecto de pabellón de caza que de palacio.
Los criados sirvieron una serie de platos
fríos -lengua de ternera, carne de añojo servida con gelatina de menta y
galantina de pato al jengibre- bajo la estricta supervisión de Bentley. Los
oficiales regalaron los oídos de sus acompañantes femeninas con la narración de
las proezas de la brigada. Los tres militares formaban parte del 17º regimiento
de lanceros del Duque de Cambridge, formado en 1759, y desde entonces, como
declaró el capitán sin dejar de enarbolar un trozo de pato trinchado en el
tenedor, «nunca ha estado lejos del fuego de los cañones».
-Y más tiempo metido en los fregados que
fuera de ellos -agregó Le Maitre.
-Y así volverá a ser en breve -declaró
Sinclair.
La señorita Ames sintió una punzada
inesperada de inquietud. La situación en Oriente no dejaba de empeorar. Rusia
había declarado la guerra al Imperio Otomano del Sultán Abd-ul-Mejid so
pretexto de un conflicto religioso en la ciudad de Jerusalén. Las naves de
Nicolás I destruyeron a la flota turca a orillas del mar Negro, en la localidad
de Sinop. Como el capitán Rutherford explicó a las damas, «se temía que el oso
ruso se pusiera a nadar en el mar Mediterráneo si no se le frenaba en tierra
firme». Era preciso atajar de raíz semejante desafío al dominio británico de
los mares, universalmente aceptado.
Eleanor apenas se enteró de esa
explicación, pues tenía un conocimiento mínimo de lo tocante al extranjero
incluso a niveles de geografía, dado que su educación se había limitados a unos
pocos años de asistencia a clase de una academia local para señoritas, donde se
hacía más énfasis en asuntos relativos a la etiqueta y al porte que en temas
intelectuales, pero aun así, era perfectamente capaz de captar la avidez y el
entusiasmo con que sus acompañantes masculinos acogían la perspectiva de una
batalla. Su bravura le maravillaba. Frenchie había sacado del bolsillo una
pitillera de plata con el emblema grabado del 17º de lanceros, una calavera,
símbolo de la muerte, encima de dos tibias entrecruzadas con dos palabras
inscritas: «O Gloria». La pasaron de una mano a otra y cuando llegó a Eleanor,
ella retrocedió por instinto, y luego la cogió para entregársela
apresuradamente a Sinclair.
Entonces sirvieron una bandeja de quesos y
luego otra de dulces, junto con la que debía ser la tercera o la cuarta botella
de champán. Eleanor apenas recodaba haber oído descorcharlas en el transcurso
de la cena, pero cuando Sinclair se ofreció a llenarle el vaso de nuevo, ella
lo cubrió con la mano.
-No gracias. Creo que ya se me ha subido un
poco a la cabeza.
-¿No le gustaría tomar un poco el aire?
-Sí, probablemente, eso sería de lo más
aconsejable.
Pero cuando se disculparon y salieron al
pórtico de la entrada, descubrieron que al fin había empezado a gotear. El
pavimento húmedo refulgía a la luz de las lámparas de gas. Mientras la joven
contemplaba la lluvia, dos caballeros de sombreros altos y capas negras
descendieron de un hermoso carruaje para luego subir la lujosa escalinata de un
club situado en la otra acera de la calle.
-Estas casa son preciosas -observó ella
mientras echaba hacia atrás la cabeza para ver la fachada de Longchamps. Había
grandes columnas redondeadas hechas con piedra caliza de color crema y un
bajorrelieve exquisitamente tallado de una deidad griega, o tal vez un
emperador, encima de la imponente puerta de doble hoja.
-Tienes razón, supongo -convino Sinclair
con fingida indiferencia-; estoy tan acostumbrado que ya apenas lo noto.
-Pero los demás sí.
Él encendió un cigarrillo y observó el
aguacero, mientras en la calle sonaba el chacoloteo de un fatigado caballo gris
que tiraba de un carromato lleno de barriles de cerveza cuyas ruedas
traqueteaban sobre los empapados adoquines.
-¿Le gustaría ver algo más? -inquirió en un
arranque de inspiración.
Eleanor vaciló, no muy segura de la
naturaleza de esa propuesta.
-No he traído paraguas, pero si...
-No; me refiero a otras dependencias del
club.
Eso no estaba permitido, y ella lo sabía.
-En el hall principal hay un tapiz tejido
al modo de lo Gobelinos realmente maravilloso, y el salón de billar es el mejor
de Pall Mall. -El teniente esbozó una sonrisa maliciosa y se acercó hacia ella
al verla vacilar-. Entiendo tus reticencias. Sí, el acceso a las damas está más
que prohibido, pero por eso es tan divertido.
¿Seguía en el mundo real? Ella tenía la
sensación de haber cruzado al otro lado del espejo, como Alicia, y haber pasado
allí todo el día, moviéndose en un reino cuyas normas no terminaba de
comprender, y esa propuesta era otra muestra más.
-Vamos -dijo él, tomándola de la mano con
un gesto infantil de invitarla a jugar a otra cosa-. Conozco un camino.
Habían entrado de nuevo en el club y habían
vuelto al pasillo del salón de invitados antes de que ella se diera cuenta.
Subieron a hurtadillas por unas escaleras traseras. Eleanor sospechó que
estaban reservadas para uso exclusivo de la servidumbre. Una vez arriba, el
teniente Copley entreabrió una puerta con todo el sigilo del mundo y se llevó
el dedo a los labios en petición de silencio cuando pasaron cerca de allí dos
hombres con lazos blancos en el cuello y una copita de brandy en la mano.
-¿Ni siquiera si te lo ordena el
almirantazgo...? -preguntó uno.
-Sobre todo si es cosa del almirantazgo.
Ambos se echaron a reír.
Sinclair abrió un poco más la puerta en
cuanto se hubieron marchado los dos caballeros y acompañó a Eleanor mientras se
colaban dentro. Ella se quedó mirando un extremo de la estrecha entreplanta,
dominada por un vasto hall de entrada en donde se alternaban planchas de mármol
blancas y negras. Una escalera doble conducía al piso superior, un tramo por
cada lado, y en lo alto de la misma colgaba un gran tapiz antiguo donde se
representaba la caza de un venado. Los años habían apagado la vivacidad de la escena,
pero en su tiempo debieron de ser púrpuras y dorados muy brillantes. Una orla
de oro bordeaba el contorno de la representación.
-Es belga -susurró Sinclair-, y muy
antiguo.
El oficial la guió hacia delante sin
soltarle la mano. Eleanor seguía sin saber cómo reaccionar ante esa conducta,
pues nadie le había cogido de la mano tanto tiempo ni de forma tan posesiva.
Él le permitió ver el salón de cartas,
donde varios hombres estaban tan concentrados en el juego que ninguno alzó la
mirada hacia la puerta; una suntuosa librería de tres metros y medio con baldas
de madera satinada repletos de libros forrados en piel; una sala de trofeos con
varias bandejas de plata, algunas copas y una auténtica colección de cabezas
disecadas de animales salvajes cuyos ojos vidriosos mantenían la vista fija en
la eternidad. En tres o cuatro ocasiones se vieron obligados a esconderse en
alcobas y cerrar la puerta detrás para no ser vistos por algún socio del club o
algún criado al pasar.
-Ese bufón barrigudo se llama Fitzroy -dijo
él con un hilo de voz-. Una vez le di una paliza, pero me temo que voy a tener
que darle otra.
El aludido sofocó el sonido de un eructo
con el dorso de la mano y siguió adelante. Sinclair la sacó de su escondrijo
otra vez.
-Sólo una estancia más... Por aquí.
Llegaron al tercer piso, donde ella escuchó
un intermitente golpeteo seco que no logró identificar mientras su guía la
llevaba por una estrecha escalera alfombrada en dirección a una entrada
cubierta por un cortinaje de terciopelo. Copley se llevó un dedo a los labios y
al fin le soltó la mano para separar unos centímetros los dos pliegues de la
cortina.
Salieron a un pequeño balcón con una
barandilla negra de hierro forjado muy elegante, debajo de la cual había una
docena de mesas de billar que se extendían entre el revestimiento de madera de
las paredes como una gran pradera. Uno de los jugadores acarició con el taco
una bola blanca antes de hacerla rodar suavemente sobre el tapete hasta chocar
con una roja y quedarse quieta muy pegada a la banda.
-Bien jugado -alabó su oponente.
-Ay, si la vida fuera una mesa de billar...
-replicó el primero, haciendo una pausa para frotar un poco la punta del taco.
-Pero es que sí lo es, ¿o no se lo ha dicho
nadie?
-Ese día debía estar de permiso.
-Como la mayoría -replicó el primero con
una carcajada.
«¿Es así como hablan los hombres? ¿Así se
comportan cuando están en privado?», se preguntó Eleanor. Estaba fascinada y
avergonzada a partes iguales, pues se suponía que no debía estar allí, ni
tampoco debía escuchar nada de eso. No se atrevía a hablar por miedo a atraer
la atención de los jugadores, pero miró a Sinclair, quien a su vez también la
observó. Y allí, en el reducido cofín del balcón y oculta detrás de la cortina
entreabierta, notó toda la intensidad de su mirada. Ella bajó los ojos mientras
se preguntaba por qué se había dado el gusto de tomar una segunda copa de
champán. Aún notaba la cabeza más ligera de la cuenta. Sinclair puso en dedo en
el mentón y lo alzó, y ella se lo permitió. Él se inclinó hacia ella, cuya
atención se centraba en el bigotito, y entonces, aunque estaba segura de no
haberle dado ninguna señal de aliento, los labios del oficial rozaron los
suyos, y ella no se resistió, sino que cerró los ojos, aun sin saber el motivo,
y durante unos segundos el tiempo pareció detenerse; de hecho, todo pareció
suspenderse, y ella sólo se echó hacia atrás cuando uno de los jugadores
profirió un gritó de júbilo.
-¡Así se juega, Reynolds!
Eleanor sentía un hormigueo en los labios y
el rostro se le encendió cuando miró de nuevo al joven teniente.
CAPÍTULO
DIECISÉIS
8 de diciembre, 10:00 horas
-NO ES POSIBLE, NO es posible -repetía
Murphy mientras cruzaba el pasillo dando grandes zancadas y entraba en su
atestada oficina del módulo de la administración.
Michael le pisaba los talones, seguido de
cerca por Darryl, que le apoyaba.
-No sólo es posible, es que lo vi con mis
propios ojos. ¡Estaba delante de mis narices! -insistió el periodista una vez
más.
O’Connor se dio la vuelta y con un tono
comprensivo que intentaba transmitir preocupación le preguntó:
-Es tu primer chapuzón en aguas polares, ¿a
que sí?
-¿Y eso qué tiene que ver?
-A lo mejor la experiencia te ha superado.
Le ha pasado a mucha gente, no sólo a ti. La temperatura del agua, la capa de
hielo en la superficie, un montón de bichos desconocidos... y como tú mismo
dijiste, ese encuentro tan cercano con una foca de Weddell.
-¿Me estás diciendo a la cara que he
confundido una foca con una mujer enterrada en el hielo?
El jefe O’Connor no contestó de inmediato
para permitir que las aguas volvieran a su cauce.
-No. -Efectuó otra pausa-. Pero quizá se te
fue el santo al cielo con la hora o bajaron los niveles de oxígeno. Has oído
hablar del arrebato de las profundidades, estoy seguro, esa narcosis aparece
cuando se bucea a muchos metros... Quizá te haya dado un principio de anestesia
de esa... Hubo un tipo que juraba haber visto un submarino y al final resultó
ser una válvula de alivio de presión muy grandota. Y en cuanto a ti -prosiguió,
volviéndose hacia Hirsch-, deberías haber estado más al loro de él. Erais
compañeros de inmersión, y eso implica mantener cierta proximidad y echaros un
vistazo el uno al otro.
-Tú ganas -aceptó el biólogo con aspecto
avergonzado-, pero el dato cierto sigue ahí: ha subido una botella de vino.
Está derritiéndose en mi laboratorio. ¿No irás a negar la existencia de la
botella?
-Existe una gran diferencia entre sacar del
hielo una botella y ver metida dentro de un glaciar a una mujer, y encima
cargada de cadenas.
-Y quizá no esté sola.
Michael odiaba tener que añadirlo, pero no
tenía otro remedio.
-¿Qué...? -estalló Murphy.
-Tal vez haya otra persona ahí helada junto
a ella.
Darryl no había oído esa parte, y le vio
vacilar.
-Y ahí acaba la cosa, ¿o va a estar
saliendo gente de allí como si fuera un autobús? A lo mejor también hay un bus
congelado dentro del glaciar...
Hubo una tregua temporal mientras Murphy
sacaba un antiácido y se lo llevaba a la boca.
-¿Tomaste fotos de la foca?
-Sí -contestó Michael, sabiendo adónde
quería ir a parar.
-Entonces, ¿por qué no fotografiaste a la
princesa de los hielos?
-Tenía demasiado miedo.
Las palabras le quemaron como brasas en los
labios. Se hacía de cruces por que no hubiera hecho la foto clave de su
carrera; aquello le mortificaba incluso mientras salía a la superficie en la
cabaña de inmersión. La sorpresa y la acuciante necesidad de emerger habían
sido muy fuertes, y ahora se sentía decepcionado de forma inconsolable consigo
mismo por muy loables que fueran los motivos, tanto que no se le pasaría hasta
que regresara ahí abajo.
-¿Por qué no lo solucionamos del modo más
fácil? Déjame regresar a la escena del crimen -sugirió Michael.
-No es tan sencillo.
-¿Por qué no? -inquirió mientras Darryl se
metía en la conversación añadiendo:
-Yo también iré.
Murphy miró a uno y luego al otro.
-Vosotros os creéis que estamos en medio de
la nada sin ningún jefe que nos supervise, pero estáis muy equivocaditos. Debo
redactar un informe y enviarlo a la NSF o a la Marina o a la guardia costera o
a la NASA. ¿Veis eso? -prosiguió, señalando a una impresionante montaña de
papeles e informes apilados sobre desbordadas bandejas de rejilla-. Va a
llevarme una semana rellenar y archivar toda esa mierda, y debemos justificar
cada dólar gastado. ¿Sabes cuánto ha costado taladrar dos agujeros en el hielo,
montar la cabaña de inmersión y preparar todo el equipo?
-Estoy seguro de que un riñón -replicó
Michael-, precisamente por eso hemos de hacerlo enseguida, ahora que todo está
en su sitio. Puedo bajar mañana mismo e incluso podemos encontrar el modo de
sacar el cuerpo del hielo con algo de ayuda de Calloway y el equipo adecuado.
Jesús, éste podría ser un hallazgo sensacional.
-¿No querrás decir más bien que es un
reportaje sensacional para esa revista tuya? -replicó Murphy.
Michael fue lo bastante listo como para no
decir nada, y Darryl hizo otro tanto.
La botella de vino descansaba dentro de un
pequeño tanque de agua marina tibia sobre la encimera del laboratorio de
biología marina. La etiqueta salió a la luz cuando desapareció la capa de
hielo, pero la tinta se había difuminado tanto que la marca no pasaba de ser un
borrón. Hirsch echaba un vistazo de vez en cuando con la esperanza de ver algún
espécimen vivo mientras Michael paseaba de un lado para otro, devanándose los
sesos para averiguar qué otro argumento podría utilizar para convencer a
Murphy.
-Dale un respiro -le aconsejó Darryl-. Es
un burócrata, pero no tiene un pelo de tonto. Acabará convenciéndose, si no lo
ha hecho ya.
-¿Y si no es así?
-Que sí, que lo hará, confía en mí. -Hirsch
volvió a sentarse en el taburete y miró al periodista-. Voy a decir que debo
bajar otra vez a recoger más muestras. No puede negarse a la petición de un
probeta, y llegados a ese punto, ¿qué más le da autorizarte a ti también?
Michael lo estuvo sopesando, pero temía que
ese ardid tardara demasiado teniendo en cuenta su impaciencia.
-¿Y si se ha ido entretanto...?
-¿Ido...? -repitió Darryl sin dar crédito a
sus oídos.
-Me explico... ¿Y si no logro encontrarla
otra vez?
-Un pedazo de glaciar como ése no se va así
como así, muy deprisa -replicó el científico-, y recuerdo perfectamente tu
posición. Puedo ubicarla sin problemas entre los agujeros de inmersión y de
seguridad.
El reportero pensaba lo mismo en su fuero
interno. Algo le decía que iba a ser capaz de encontrarla de nuevo sin importar
las dificultades.
Regresó junto a la mesa y estudió la
botella del tanque.
-¿Cuándo crees que podremos descorcharla?
-¿Qué...? ¿Te apetece tomar un trago?
Michael se echó a reír.
-No tengo esa clase de sed. En tu opinión,
¿qué contiene ese frasco?
-Pienso que es vino.
-Ya, pero ¿jerez u oporto? ¿Y de qué
procedencia? ¿Francia, Italia, España? ¿Y de qué época? ¿Del siglo XX o del
XIX?
El científico se lo pensó antes de
responder:
-Si logramos subir el arcón, nos será de
gran ayuda para datarla. -Hizo una pausa-. Y la chica también podría sernos
útil.
A pesar de la amistad existente entre
ambos, o tal vez por ella, Michael se vio obligado a hacer la pregunta.
-Tú me crees, ¿verdad?
El interpelado asintió.
-Soy ese tipo que ha estudiado esponjas de
mil años, peces que no se congelan en aguas heladas y parásitos que hacen
enloquecer a sus anfitriones a propósito. Si no te creo yo, ¿quién va a
hacerlo?
Michael aceptó todas las muestras de apoyo
de Darryl, y también las de Charlotte, quien le aseguró que le redactaría un
certificado de salud mental si hacía falta, pero pese a todo, la noche se le
hizo muy larga.
Cenó alubias negras con arroz y pollo hasta
saciarse. Daba la impresión de que nunca ingería suficientes calorías como para
desterrar el frío que el océano polar le había metido en los huesos. Después
intentó distraerse en la sala de juegos, donde franklin estuvo aporreando las
teclas con una canción pop del grupo Captain amp; Tennille hasta que Betty y
Tina se cansaron de su partido de ping pong de todas las noches y se pusieron a
ver Love Actually en la pantalla grande de televisión a pesar de las quejas de
un par de administrativos de la base que estaban echando una partida de gim
rummy en un rincón.
Él salió al exterior y se fue al almacén de
muestras para ver cómo le iban las cosas al pequeño Ollie. Una masa de
nubarrones cubría el cielo, tenuemente iluminado, y el cielo soplaba con
especial saña.
Se vio obligado a alejarse un tanto del
cajón hasta encontrar a la cría de págalo. Charlotte tenía razón, lo sabía, en
eso de que si llevaba dentro al polluelo, jamás volvería a adaptarse a su
entorno natural, pero se le hacía muy duro dejarle allí fuera ahora que la
temperatura alcanzaba casi los diez grados bajo cero. Sacó del bolsillo la
servilleta donde le había guardado de tapadillo unos restos de pollo y una gran
bola de arroz. Los depositó en el cajón, sobre las virutas de madera.
-Te veo mañana -se despidió del avecita,
que no le perdía de vista.
Y se fue a su habitación.
Su compañero ya se había dormido cuando él
llegó y había echado las cortinas de la litera de abajo. Buscó una caja de
Lunesta y en cuanto se tomó el somnífero se dispuso a acostarse. Le costaba
muchísimo conciliar el sueño en circunstancias normales, y la presente
situación era cualquier cosa menos corriente. No quería convertirse en uno de
esos tipos que deambulaban por la base haciendo eses como un zombi bajo los
efectos del Gran Ojo. Apagó la luz y se encaramó a la litera superior, donde se
metió en calzoncillos y con una camiseta de manga larga. Echó un vistazo al
reloj fluorescente y vio que apenas eran las diez antes de correr las cortinas
de su lecho e intentar relajarse lo suficiente como para que el somnífero le
hiciera efecto.
Pero no le resultó tan fácil. Mientras
yacía en la oscuridad con las cortinas haciendo las veces de una tapa de ataúd,
sólo era capaz de pensar en la inmersión y la joven del hielo. Su rostro le
acosaba. Dio un par de vueltas en la cama y pegó más de un golpazo a la
almohada para acomodarla y estar más a gusto. Darryl roncaba suavemente en la
litera de abajo. Cerró los ojos e intentó concentrarse en el ritmo de su propia
respiración para permitir la relajación de sus músculos. Procuró pensar en otra
cosa, en algo más feliz, y al final, por supuesto, acabó pensando en Kristin,
en Kristin antes del accidente. Se acordó de la vez que ganaron el primer
premio en aquel concurso sólo para parejas consistente en comer chiles con
carne, o cuando un policía los pilló haciéndolo en un coche aparcado y los
amenazó con multarles, o de cuando volcaron el kayak tres veces en otros tantos
minutos mientras bajaban por el cauce del río Willamette, en el noroeste de
Oregón. A veces parecía como si siempre hubieran andado por la vida en busca de
desafíos o de meterse en algún lío, juntos, siempre juntos, porque ellos habían
sido amigos además de amantes, y por eso perderla había abierto un vacío tan
enorme y doloroso en su corazón.
Los desencadenantes de la catástrofe eran
tan ínfimos y se habían producido en tal progresión que no dejaba de pensar que
el desenlace habría sido otro muy diferente sólo con haber cambiado un detalle
o haber hecho algo de forma diferente. Habrían planeado la expedición mejor si
no hubieran dado por hecho que la escalada al monte Washington era coser y
cantar. No habrían necesitado ponerse manos a la obra tan deprisa de haber
establecido un horario en vez de haber llegado más tarde de lo esperado al comienzo
del camino. No habrían tomado una ruta tan traicionera para subir la pared de
la montaña si hubieran estudiado los gráficos de todas las rutas posibles, y
encima cuando estaba a punto de hacerse de noche. Y nada de eso habría pasado
sólo con que él hubiera logrado refrenarla en la caída, aunque fuera un
poquito.
Pero él odiaba atarla en corto y ella no le
habría dejado si lo hubiera intentado alguna vez.
Se habían puesto ropa ligera para practicar
el alpinismo y habían llevado el equipo mínimo, lo justo para pasar una noche
en la montaña. Kristin creía haber localizado un lugar perfecto para pernoctar,
un saliente plano que sobresalía como una mesa de casino a unos cincuenta
metros por encima de sus cabezas. Él se ofreció a colocar las fijaciones, y de
ese modo ella ocuparía la posición de segundo escalador, asegurando la cuerda,
pero ella adujo que sería más seguro que él actuara como secundo escalador de
la cordada.
Michael adivinó de inmediato la mentira.
Kristin era de las que siempre quería llegar primero y plantar la bandera para
que otros aspirasen, como mucho, a llegar donde ella los había precedido.
Se ataron el uno al otro. Michael ya había
fijado un par de anclajes empotrables, o nueces y levas, en una grieta de
contornos dentados que zigzagueaba junto al camino de subida hasta el saliente.
El libro de ruta del alpinista mencionaba esa grieta, pero su ojo clínico le
reveló que era menos directa de lo allí indicado y además, para su
consternación, la roca parecía a punto de desmenuzarse: había soltado gleba y
polvillo volcánico nada más dar un par de martillazos con la maza de escalada.
La pared se desmigajaba demasiado deprisa y con excesiva facilidad, y así se lo
avisó a Kristin, quien ya se movía como una araña risco arriba; ella hizo oídos
sordos y pasó olímpicamente de la advertencia. Ése era uno de los hechos que a
él le habría gustado ser capaz de cambiar.
Nunca habían gozado de una vista tan buena
a pesar de que el día llegaba a su fin. Se habían puesto a subir nada más
llegar, pero sólo les había dado tiempo de cruzar el anillo de árboles formado
por el pinar y ascender fatigosamente las laderas de pumita, pues la nieve
acumulada había ocultado los hitos de piedra indicadores del camino y habían
pasado un par de horas largas rebuscando en pos de asideros en la piedra donde
poder apoyar los pies y los dedos de las manos, así como fisuras lo bastante
amplias donde demorarse unos segundos y recobrar el aliento.
El aire era frío a pesar de que la
temperatura seguía siendo tibia y el sol vespertino doraba los conos de las
cimas vecinas del monte Jefferson y Jack Tres Dedos. Lejos, a muchos metros de
altura, se hallaban el lago y el aparcamiento donde habían dejado el jeep.
Michael alzó la cabeza y puso una mano a
modo de visera para escudar los ojos al oír el tableteo de unas piedras
desprendidas mientras caían por la pared del risco. Vio las piernas de Kristin
y los pantalones cortos elásticos mientras buscaba un asidero. Entonces, apoyó
el pie en una minúscula protuberancia de lo más aparente. Las ascensiones
culminadas con éxito se hacían gracias a esos pequeños golpes de suerte.
-¿Estás bien? -inquirió a voz en grito.
-Sí.
Entonces, escuchó cómo martillaba un
anclaje con la maza para fijarlo a la pared.
Michael ajustó los diez metros y medio de
cuerda alrededor del hombro y mordisqueó una barrita energética. Aún podía oír
la voz de su madre censurándole que las chuches le quitaban el apetito.
-Aquí está la grieta, y alguien ha dejado
puesta alguna hex -gritó ella. No había nada más sencillo que encontrarse con
un anclaje natural o un anclaje artificial ya clavado.
-¿Te parecen seguras?
La hex, abreviatura de Hexentrix, era una
nuez hexadiagonal. La vio tirar de una de ellas para verificarlo.
-Sí, aguanta bien. Debieron de dejarlas por
eso.
Las alarmas saltaron una vez más. Michael
siempre hacía hincapié en lo mismo: ‹No confíes en el trabajo de nadie, sobre
todo cuando no le conoces›. Él las desoyó, no insistió en que Kristin las
reemplazara porque también él tenía prisa por alcanzar el saliente de arriba y
preparar el campamento nocturno. Prometía ser un crepúsculo de lo más
romántico.
Ella puso una de sus fijaciones en la
sinuosa pared y empezó a auparse otra vez. La vio tantear la roca en busca de
un asidero, y entonces todo se torció.
-¡Maldita sea! -la oyó murmurar.
Unos momentos después se produjo un
desprendimiento aún mayor de rocas; éstas rodaron hacia abajo y algunas
golpearon a Michael en el casco mientras el polvo le emborronaba la vista.
Antes de que recuperase la visión o pudiera hacer algo la cuerda se soltó y
resonó un estruendo metálico, el de nueces, levas y hexes soltándose de la
pared, y Kristin chilló cuando cayó volando por los aires.
Él reaccionó de inmediato y echó mano a la
cuerda para contrarrestar el peligro, pero la caída de la mujer era mucho más
rápida y las fijaciones que él había sujetado a la pared se soltaron de un
tirón en un periquete y la cordada se cerró sobre su hombro como un torniquete
antes de mandarle lejos. A pesar de estar medio ciego, logró verla bracear
mientras caía de cabeza hacia el precipicio como una pelota pinchada. Sus
gritos cesaron de forma abrupta.
El golpe de la cuerda lanzó a Michael hasta
el borde mismo de la estrecha franja donde se hallaba y, aunque no supo cómo,
lo cierto fue que se sobrepuso y consiguió evitar su propia caída a pesar de
notar en el hombro un chispazo de dolor; era como si se lo arrancaran de cuajo.
Permaneció tendido de bruces en el borde, pendiendo de la cuerda de salvamento.
Todo cuanto podía oír era el chasquido de la cuerda al rozar con la roca que
iba deshilachándola.
Jamás sería capaz de decir cuánto tiempo
permaneció de esa guisa y apenas tenía unos vagos recuerdos de cómo enrolló la
cuerda alrededor de una prominencia rocosa ni cómo la hizo pasar por un fijador
que logró clavetear con la mano sana.
Registró su equipo hasta localizar el
silbato de emergencia y lo hizo sonar lo más fuerte posible, pero únicamente
logró levantar eco en los riscos de los alrededores.
Antes de pensar en izar a Kristin debía
atender su hombro izquierdo. Se le había salido de su sitio y tenía que
encajarlo sin ayuda de nadie. Sopesó las opciones posibles en cuanto se hubo
asegurado de que la cuerda iba a resistir y no encontró otra alternativa que la
pared plana situada a sus espaldas. Se alineó en paralelo con la misma antes de
respirar hondo y lanzarse hasta chocar contra la roca. Vio las estrellas de
puro dolor y encima el brazo siguió desencajado. Cayó de rodillas y vomitó los
restos ingeridos de la barrita proteínica. Luego, cuando fue capaz de ponerse
de pie otra vez, se limpió la boca con el dorso de la mano derecha, y echó otro
vistazo al risco. Un área de la pared sobresalía como el vientre de una
embarazada y se le ocurrió que tal vez fuera posible usar dicha protuberancia
para encajar el hombro en su posición, siempre que lograra soportar el dolor.
Se aproximó con cautela a fin de calcular
bien, pero sabía que no podía tomárselo con calma, pues Kristin seguía colgando
al final de la cuerda, mil quinientos metros por encima del pinar, por lo cual
se reclinó sobre la roca, apoyó el hombro en ella y presionó cada vez con más
fuerza. Escuchó los chasquidos y crujidos de las junturas mientras se le
encajaba el hombro. El dolor fue terrible, mas él sólo pensaba en Kristin, y
siguió presionando, arriba, abajo, a un lado, al otro. Todas las piezas iban encajando
en su lugar y todo empezaba a situarse en su sitio. Supo que la cabeza del
húmero había vuelto a su posición habitual cuando escuchó un chasquido final.
Jadeó con la respiración entrecortada varias veces y esperó aterrado a ver si
el brazo le respondía, pero sí, le aguantó.
Tenía todo el cuerpo bañado en sudor, por
lo cual sacó una botella de agua del petate y bebió unos sorbos antes de
comenzar el laborioso proceso de izar a Kristin unos centímetros con cada
tirón, y una vez, y otra, y otra más. La llamó varias veces con la esperanza de
obtener una contestación, pero no obtuvo más respuesta que un silencia cargado
de siniestros presagios. Imploró para que simplemente hubiera perdido el
conocimiento por el golpe y pronto recuperase el sentido, pero tomó conciencia
de la gravedad del asunto en cuanto la cabeza asomó por encima del borde y vio
el casco; parecía aplastado por el martillo de un gigante. La cosa pintaba mal,
muy mal.
En cuanto hubo alzado todo el cuerpo le
quitó el arnés y la mochila, abiertos y destrozados a resultas de la caída.
Todo su contenido, incluso el móvil, estaba en algún lugar de ahí abajo.
Comprobó el pulso y el ritmo cardiaco. Acto seguido, desenrolló el saco de
dormir y la tendió sobre el mismo poco antes de notar cómo su propio cuerpo
empezaba a acusar semejante mazazo. Hizo un alto para buscar un botiquín de
primeros auxilios y se metió para el cuerpo cuatro pastillas de Tylenol.
Después, intentó comerse otra barra proteínica para recobrar fuerzas, pero
tenía la boca seca y áspera como una lija, por lo cual no consiguió masticar y
debió partirla en trocitos y tragarlos acompañados con sorbos de agua. Se le
planteó entonces la duda sobre si dar o no de beber a Kristin, pues temía
ahogarla. En vez de eso, reunió un montón de tierra y gravilla a fin de poder
ponerle en alto la cabeza, y luego se dispuso a esperar.
Los últimos rayos del sol teñían de rosa
pálido el lado oeste de la cordillera de las Cascadas y abajo, el Gran Lago era
una lámina negra como la obsidiana.
Recordaba haber pensado en lo hermosa que
era esa vista y haber creído que Kristin se repondría para disfrutarla. A ella
le encantaban los atardeceres, en especial cuando se encontraba al aire libre.
Solía decir que dormía mejor bajo las estrellas que en los hoteles de cuatro
estrellas donde pernoctaba su familia. Esa noche lucieron muchas estrellas en
el cielo.
Pero la temperatura empezó a bajar.
Michael echó mano a todas las piedras
disponibles para construir un cortaviento. Luego, dobló su chaqueta de nailon y
la metió debajo de la cabeza de Kristin, pero no le quitó el casco destrozado.
Tenía un semblante ileso y ofrecía una imagen de paz y felicidad. No transmitía
dolor alguno, y él lo agradeció muchísimo. Se acuclilló e intentó permanecer lo
más caliente posible. Tuvo que sofocar sus miedos hasta la primera luz del
alba, cuando pudo iniciar el descenso.
Hizo sonar el silbato una vez más por si
alguien lo oía, y cuando el sonido dejó de escucharse entre los montes
circundantes se agachó junto al saco de dormir y le susurró al oído:
-No te preocupes... Te llevaré a casa, lo
prometo, te llevaré a casa.
CAPÍTULO
DIECISIETE
9 de diciembre, 13:00
HIRSCH SE SINTIÓ EN buena medida como un
astronauta a quien acababan de informarle de que no puede subirse a la nave.
-Pero me encuentro perfectamente -repitió
mientras la doctora Barnes efectuaba otra anotación en la gráfica del enfermo.
-No es eso lo que indica tu cuerpo. Todavía
acusas cierta hipotermia a consecuencia del chapuzón de ayer y no voy a
permitirte bucear por ahí abajo, te pongas como te pongas.
El biólogo había terminado por tener razón:
O’Connor había autorizado otra inmersión, aunque sólo para retirar el cofre
hundido, y en cuanto a la princesa de los hielos se había limitado a decir que
la subieran también si ella consentía en venir.
-Pero has dejado ir a Michael -se quejó el
biólogo, jugándose el último cartucho.
-Él está perfectamente -repuso ella-, y
además, si Michael se tira por un puente, ¿tú irías detrás, o qué?
La doctora echó a reír mientras garabateaba
algún dato más en el expediente y Darryl supo que no tenía oportunidad alguna
de que Charlotte diera su brazo a torcer.
Se abotonó la camisa y abandonó la camilla
sabiendo en el fondo de su corazón que ella estaba en lo cierto: su cuerpo
acusaba aún los efectos de la inmersión. Una parte muy profunda de su ser
continuaba helada, sin importar cuánto té caliente bebiera ni cuántas tortitas
untadas con mantequilla y sirope devorase. La noche pasada había tenido que
dormir debajo de todas las mantas de su habitación y a pesar de eso se había
despertado a las tres de la madrugada con un castañeteo de dientes.
-Aguafiestas -dijo al salir de la
enfermería.
Se topó en el hall exterior con Michael,
que regresaba de entregar su propio certificado médico en la oficina de Murphy.
-¿Vienes? -inquirió, y Darryl le dio las
malas noticias. Wilde se quedó perplejo.
-¿Quieres que entre a hablar con ella e
interceda por ti? -se ofreció, señalando con la cabeza a la oficina de
Charlotte.
-No te serviría de nada. Esa mujer tiene el
corazón de piedra, así que baja ahí abajo y haz el descubrimiento de tu vida
sin mí. Yo estaré en el laboratorio, bebiéndome esa botella de vino. Seguro que
se ha descongelado a estas alturas.
Michael le palmeó el hombro y se marchó del
hall. El científico se puso el abrigo y el gorro, pues incluso los
desplazamientos más breves entre módulos exigían ir protegido contra los
elementos, y se encaminó hacia su laboratorio tras una fugaz visita a la
cocina.
La botella rescatada del mar le estaba
esperando delante de su asiento y le intrigaba muchísimo a pesar de tener
pendientes tareas mucho más importantes. No iba a hacerse un nombre ni
granjearse una reputación con aquello en la comunidad científica, pero ¿cuántas
veces en la vida se tiene ocasión de estudiar un objeto histórico? Se sentía
como los tipos que raspaban las costras en los platos del Titanic sólo para
comprobar si figuraba el nombre del barco marcado. Y ese envase de vidrio tenía
muchas posibilidades de ser bastante más antiguo que cualquier resto procedente
de cualquier navío fletado por la naviera White Star Line.
Se acercó al tanque lleno de agua marina a
temperatura del interior del laboratorio y la retiró con cuidado. Los restos de
la etiqueta ilegible se quedaron flotando en el líquido. Cuando alzó el envase
de vidrio a la luz y lo ladeó, escuchó el regurgitar del contenido. Quedaba
mucho vino para brindar aquella noche por la victoria, pues para sus pruebas de
rutina le bastaban unas pocas gotas, y hasta era posible que hubiera envejecido
bien. Además, sería agradable saber qué clase de vino había sido, aunque eso no
mereciera mucho más que una nota a pie de página en alguna revista científica.
El corcho de la botella había resistido
gracias al refuerzo de la capa de hielo polar que se había formado enseguida
sobre él. Cogió el sacacorchos de alas que había tomado prestado de la cocina,
pero le retuvo el miedo a que al ir a sacar el tapón acabara metiéndolo más
hondo en el cuello de la botella. Debía ir despacio a fin de asegurarse de que
el vino estuviera lo menos contaminado posible. Primero, aseguró la botella en
el torno de banco fijado a la mesa de su laboratorio. Solía usar esa abrazadera
para abrir las conchas de los bivalvos más renuentes. Efectuó un rápido repaso
del instrumental disponible y eligió un escalpelo esterilizado hacía muy poco
en el esterilizador autoclave de vapor. La lanceta le sirvió para retirar de la
boca de la botella los restos del sello rojo de cera. ¿Cuándo la habían
sellado? ¿Y quién había podido sellarla? ¿Un campesino en la Francia de Luis
XVI? ¿Un vinatero italiano del Risorgimento italiano? ¿Quizá un español
contemporáneo de Goya?
Apartó los restos de cera y los apiló a un
lado antes de insertar la punta del escalpelo entre el cuello de vidrio y el
tapón con la intención de dejar éste lo más suelto posible antes de emplear el
sacatapón. Tras trazar un círculo, abandonó el estilete y se detuvo para poner
en el equipo de audio la marcha triunfal de Aída y entonces agitó el
descorchador, lo aplicó al corcho y comenzó a hacerlo girar con cuidado para
que no se desmigara. Tras un momento de resistencia la barrera entró
verticalmente con tanta facilidad que el científico temió que, después de todo,
fuera a desintegrarse de un momento a otro. Las alas comenzaron a alzarse
conforme el tapón salía tras un sostenido movimiento de tirar hacia fuera.
Resonó un ‹pop› al descorchar por completo la botella.
‹Misión cumplida›, pensó Darryl, y se
inclinó hacia delante para inhalar los aromas del caldo... Y retrocedió de
inmediato.
Si alguien había albergado lo más remota
duda sobre la potabilidad del vino, la cuestión había quedado definitivamente
resuelta. ¡Menudo hedor! Esperó unos segundos a fin de que se disipase y luego
acercó la nariz de nuevo, impelido por la curiosidad, pues no era un simple mal
olor, no era simplemente el olor de vino que se ha convertido en vinagre. Olía
a algo más, a otra cosa que al biólogo le resultaba terriblemente familiar,
fuera lo que fuese. Frunció el ceño y abrió un cajoncito del mueble para sacar
y preparar una lámina portaobjetos con el fin de examinar el líquido por el
microscopio.
-Muy bien, tíos -empezó Calloway con ese
falso acento australiano suyo- quiero que escuchéis con atención mis
instrucciones y hagáis exactamente lo que voy a deciros.
Michael estaba allí en compañía de Bill
Lawson. Ambos vestían el sofocante traje de inmersión ártica. El periodista no
iba a discutirle nada a Calloway. Sólo quería meterse en el agua lo más pronto
posible.
-Hoy lleváis tanques dobles, pero aun así,
eso os da un máximo de... digamos... noventa minutos, y lo más probable es que
una miajita menos si vais a poneros a serrar en el hielo. A la menor dificultad
con la sierra, os abrís y venís aquí rapidito. ¿Lo pilláis? -Michael y Lawson
asintieron-. A ver, eso significa que tiráis p’arriba al menor rasguño en el
traje, y si es en la piel o si os cortáis, subís aún más deprisa, no sea que la
sangre atraiga a las focas leopardo que hemos visto durante el buceo de hoy, y
ya sabéis el buen rollo que esos bichos agresivos van a tener con vosotros.
Michael lo sabía. Las focas de Weddell eran
retozonas, pero inofensivas. No podía decirse lo mismo de sus primos,
distinguibles por sus enormes cabezas reptilescas. Una Weddell se ponía a jugar
con un buzo, pero una leopardo la emprendería a mordiscos con sus enormes
dientes curvos.
-Si os veis en un apuro, defendeos con las
sierras para hielo.
Ambos llevaban en el equipo dos sierras
Nils Master. No era precisamente el instrumento de corte más preciso del mundo,
pero bajo el agua nada aserraba más deprisa el hielo con ese diseño con forma
de tuerca mariposa y unos afilados dientes angulados hacia dentro, como los de
un tiburón.
-Michael, tú sabes adónde vas, ¿vale? Baja
tú primero y marca el camino. Bill, toma la red y la cuerda de rescate, y
síguele.
El interpelado cabeceó en señal de
asentimiento, lo hacía sin cesar todo el tiempo mientras se acercaba centímetro
a centímetro a la abertura. Se sentía atraído como un imán al agujero en el
hielo por el cual el frío se colaba en la choza y se desplegaba como los
pétalos de un capullo en flor. Se percató de que habían ampliado el diámetro
del boquete.
-Entonces, eso es todo, tíos -concluyó
Calloway al tiempo que le palmeó el hombro en señal de que había llegado la
hora de irse-. Poneos la máscara y ea, a mojarse los pies.
El periodista se sentó al borde del boquete
y se deslizó por el conducto de hielo hasta adentrarse en el océano. No debía
ir en busca del arcón hundido. Un equipo de submarinistas ya había bajado antes
y lo había recuperado, para luego transportarlo al campamento base sobre un
trineo tirado por huskies y llevado por su cuidador, Danzing. Éste le había
saludado con la mano al marcharse. La noticia del inusual descubrimiento de
Michael había corrido como la pólvora y su caché había subido como la espuma, incluso
aun cuando no encontrasen a la princesa de los hielos.
Pero iban a sacarla de ahí abajo.
Se orientó bajo la banquisa y aguardó la
llegada de Bill Lawson antes de iniciar el descenso, y después se giró y se
alejó de los agujeros de inmersión y de seguridad y nadó hacia la pared del
glaciar. La atisbaba a lo lejos. Le daba mucha rabia no haberse traído la
cámara en esta ocasión, pero O’Connor se lo había prohibido de forma tajante.
-No quiero que andes removiendo el lecho
marino ahí abajo mientras tomas fotos -le había dicho-, y si tienes razón
respecto a lo que viste vas a tener las manos muy ocupadas: ayudando a Bill a
cortar todo ese cacho de hielo tan grande.
Con la linterna en una mano y la sierra en
la otra, Michael avanzó bajo la superficie del mar como una foca: ondulando el
cuerpo e impulsándose con las aletas todo cuanto éstas le permitían. Aun así,
llegar al glaciar fue un trabajo duro y consumió más tiempo del esperado, pues
resultaba difícil calcular las distancias dentro del mundo marino, en especial
cuando la banquisa se convertía en un sudario que lo velaba todo, pese a la
existencia de alguna grieta muy de vez en cuando y por donde los rayos del sol
se filtraban hasta las profundidades, creando un haz dorado que iluminaba la
oscuridad de la zona béntica. Por otra parte, el agua del océano era de un azul
claro muy límpido, del color del cielo a primera hora de la mañana en el estío.
Para empeorar las cosas, se le había
desajustado un guante, no tanto como para ser peligroso pero lo bastante como
para que todo resultase un poquito más incómodo. El par de guantes no formaba
parte del equipo y, como tal, siempre se colaba un poco de agua, con
independencia de la fuerza con que uno se los pusiera. El revestimiento de
debajo absorbía buena parte de esa humedad, pero al final la filtración
terminaba por llegar hasta el cuerpo. Entretanto, ese frío entumecimiento era
un recordatorio de la hostilidad del entorno circundante.
Aumentó la velocidad y se volvió para
asegurarse de que le acompañaba Lawson, el prototipo de jefe de boy scout
siempre sonriente. Vio refulgir su máscara en el agua, la punta aguda de la
sierra y la cuerda de rescate oscilante detrás de él, sujeta al arnés. El otro
extremo estaba unido a un cabestrante de doscientos caballos de potencia
situado detrás de la cabaña de inmersión. La cuerda tenía un alcance de dos mil
metros y era capaz de soportar un peso de varios miles de libras. Solía usarse
para subir barriles de petróleo y restos hundidos.
Michael se dio la vuelta y continuó el
avance hacia el glaciar. Conforme la mole de hielo se alzaba ante él percibía
una nota de vacilación, e incluso de miedo, lo cual no había sucedido la
primera vez, pero claro, entonces no tenía ni idea de qué encerraba el hielo y
ahora no sólo lo sabía, es que pretendía robárselo, y tal vez por eso le
pareció que las paredes de hielo adquirían un aspecto más defensivo, similares
a los muros de una fortaleza erigida por alguna antigua deidad de los mares y
el frío. Se sentía como un soldado a punto de intentar abrir brecha en esa
muralla.
Un murmullo sordo emanaba de la masa
gélida, un crepitar y un rechinar delatores de su avance, pues el ciclópeo
iceberg no dejaba de moverse aunque no lo había notado hasta ese momento.
Siempre lo había hecho, pero de forma tan lenta que apenas podía apreciarse con
los ojos y rara vez podía oírse. El buceador se acercó todavía más a la pared
del iceberg, sabedor de que estaba a punto de empezar la parte ardua de la
misión. El gélido paredón era enorme y hallar el cuerpo no era sólo cuestión de
longitud, sino también de latitud. Podía hacerse una idea aproximada de dónde
estaba el cuerpo, pero ¿a qué profundidad? Iba a tener que desplazarse arriba y
abajo, y recorrer una superficie tan grande requería tiempo. Alargó el brazo
para señalar un área del témpano, indicando a Lawson que debía buscar allí, y
luego se alejó treinta metros a fin de orientarse. Volvió la vista atrás, hacia
la cuerda de emergencia, que se extendía desde el agujero de seguridad, situado
lejos, muy lejos; la cuerda en sí estaba jalonada de banderines llamativos a
fin de facilitar una mayor visibilidad. Intentó recordar si el día anterior
había llegado siguiendo ese ángulo, pero no se acordaba de nada. El
descubrimiento le había dejado tan estupefacto que había retrocedido moviendo
como un loco las aletas de los pies en medio de un estallido de burbujas.
De lo que sí se acordaba a la perfección
era de la calidad de la luz, y ésa era su mejor pista, decidió tras pensárselo
bien. Desde un punto de vista climático, el día había amanecido muy similar al
de ayer y la luz inalterada podía llevarle en la dirección adecuada si era
capaz de rememorar lo brillante o apagada que estaba cuando descubrió a la
mujer. El agua y la luz no eran de ese azul prístino de antes, de modo que
manipuló el inflador del traje para desinflarlo y así bajar algo más de diez
metros sin apartarse mucho del muro mientras iba peinando la rugosa superficie
con la luz de la linterna e incluso algún que otro toque con las manos. Buscaba
algo, una fisura en la roca, una formación atípica, cualquier cosa que le
refrescase la memoria, pero por el momento no veía nada.
Pero sí notaba una gelidez cada vez mayor,
un frío superior incluso al del agua. El aliento del iceberg le empañó las
gafas y debió limpiarse con el dorso de un guante. También le hizo preguntarse
cómo era posible que alguien permaneciese allí durante décadas, tal vez siglos,
y quedase suspendido, inmovilizado, asimilado para siempre, como uno de los
especímenes de Darryl flotando en un frasco de formaldehido. Inerte pero sin
mácula del tiempo. Muerto pero presente.
El hilo de esos pensamientos le condujo
otra vez hasta Kristin, que yacía completamente inmóvil en una cama del
hospital de Tacoma.
Rascó el muro con la punta de la sierra y
saltaron de inmediato lonchas de hielo, como la piel de una patata al mondarla.
Se le colaron por el guante otro par de gotas heladas.
El submarinista descendió a una hondura
mayor, donde la luz era bastante más tenue y el azul del agua se parecía más al
tono recordado. Recorrió una amplia franja a nado, bajando más y más, hasta que
el hielo cobró otro aspecto y localizó un punto donde no reflectaba lo mismo el
haz de luz de la linterna. Michael acudió allí enseguida.
El agua se volvía más fría y oscura a
medida que se acercaba, y el corazón le latía cada vez más deprisa, aunque él
movía brazos y aletas con lentitud a fin de mantener la posición y así poder
estudiar la fachada del iceberg. Había algo enterrado ahí, de eso no cabía duda
alguna.
No lo había confesado a nadie, pero había
habido momentos en que incluso él se había preguntado si no lo habría imaginado
todo.
Hizo ondular el haz de la linterna para
atraer la atención de Lawson, todavía a bastante distancia por encima de él.
Luego, se acercó más para echar un vistazo al hielo y volvió a ver el rostro de
la joven con la mirada fija en él.
Era exactamente tal y como al recordaba, y
al mismo tiempo presentaba ciertas diferencias. En sus recuerdos el semblante
estaba dominado por el miedo, tenía desorbitadas las pupilas y parecía a punto
de soltar un grito, pero su aspecto actual parecía diferente: la serenidad
presidía sus ojos y sus labios, y eso era totalmente imposible, por lo cual no
iba a intentar explicarle esa parte a Murphy O’Connor. Ahora no parecía una
persona agonizante, sino más bien alguien sumido en un sueño levemente perturbador,
alguien que estaba a punto de despertar.
Lawson descendió en dirección a Michael
trayendo la cuerda de rescate. Se quedó de piedra al ver a la dama dentro del
iceberg y no se movió mientras lo asimilaba. Al fin y al cabo, Michael sabía
que Bill había albergado serias dudas en su fuero interno: por un lado, deseaba
creer la historia de Wilde y por otro, el buceo de profundidad gastaba
jugarretas a la mente, y él lo sabía perfectamente. Sin embargo, aquello no era
un engaño, y ahora podía estar seguro por completo.
Debían trabajar rápido si querían sacarla
de allí, pues varios centímetros de hielo cubrían a la joven y a su posible
acompañante, agazapado tras ella.
Lawson colocó la sierra sobre el hielo unos
dos metros por debajo e indicó mediante señas que él iba a aserrar de forma
lateral allí; luego, tomó la punta de la sierra de Michael e imitó un
movimiento de corte horizontal siete centímetros por encima de la cabeza de la
mujer. El plan consistía en dejar el espacio justo para sacarla, y convenía
hacerlo lo más preciso posible, pues un bloque de hielo con un cuerpo dentro
iba a pesar una tonelada.
Michael colocó la linterna en la presilla
del cinturón y empujó, dejando que el borde dentado de la sierra hundiera sus
dientes en el iceberg. Atrajo la herramienta hacia él, como si fuera el arco de
un violín, abriendo una fina muesca. Volvió a empujarla, y la hendidura se hizo
mayor al tiempo que salían despedidas esquirlas traslúcidas de hielo. El
trabajo iba a ser largo, pero el instrumental parecía adecuado. La parte
difícil consistía en mantener en posición el cuerpo y sobre todo las aletas,
que debían permanecer alejadas de Bill, situado inmediatamente debajo de él.
También era de la mayor importancia no
apartar los ojos de la creciente melladura para evitar que los dientes de la
sierra alcanzasen el rostro incrustado en el hielo. Michael notaba cómo se le
aceleraba el pulso cuando la miraba, y le llenaba de zozobra verla sujeta con
esa cadena de hierro. Intentó acompasar el ritmo de la respiración y no
escuchar sus propios pensamientos, sino centrarse en el siseo del regulador y
en los ocasionales gemidos y chasquidos del iceberg. Se le pasó por la cabeza
la descabellada idea de que las dos sierras infligían dolor a la montaña
helada. Era una manifestación de la tendencia humana a reducirlo todo a sus
propios cánones, y Wilde lo sabía, pero no podía evitar pensar que el glaciar
notaba las heridas de las sierras y pugnaba por retener a su presa.
Pero no iba a salirse con la suya.
Michael progresaba a buen ritmo en la parte
superior, y en cuanto notó que había profundizado suficiente se giró para
practicar una incisión vertical. Poco a poco, los dos submarinistas fueron
cortando una puerta cuadrangular alrededor de la mujer y la otra figura oculta
detrás de ella. ¿Era también un ser humano u otra cosa totalmente diferente?
Michael vio cómo su compañero verificaba el tiempo disponible en el cronómetro
y luego alzó una mano con los cinco dedos extendidos, abriéndola y cerrándola
por dos veces, a fin de indicarle que disponían de diez minutos más. Después de
eso, el motor del cabestrante debería hacer el resto.
Lawson extrajo del equipo sujeto al arnés
una afilada clavija de escalada y la clavó con fuerza a la parte posterior del
bloque de hielo que habían tallado entre los dos. Entonces, extrajo varias más.
La idea consistía simplemente en crear un plano de fractura, de modo que un
tirón súbito y enérgico soltase toda la pieza. Cuando hubo fijado todas las
clavijas sacó la red y la aseguró lo mejor posible con material de alpinismo,
del mismo tipo usado por Michael durante las ascensiones. Todo el sillar fue sujetado
con abrazaderas a la cuerda de rescate; luego, Bill fio tres secos tirones de
ésta y esperó, y después repitió la señal.
Los dos buceadores retrocedieron varios
metros y permanecieron a la espera de que entrara en funcionamiento el motor.
El primer indicio fue la cuerda en sí, dejó de estar floja y de pronto se tensó
hasta quedar recta como una flecha. Michael pudo oír el zumbido en el agua y al
cabo de un par de segundos vio cómo se removía todo el bloque. Se adelantó un
par de centímetros y se detuvo. Escuchó chasquidos y crujidos procedentes del
iceberg y se le antojó que era como retirar un bloque de piedra de una gran
pirámide. De súbito, le asaltó la imagen de que toda la pared de hielo se venía
abajo delante de él. Retrocedió varios metros e infló el traje a fin de estar
algo más cerca de la superficie.
El cabestrante dio otro tirón y el bloque
avanzó un poco, primero de un lado y luego por el otro. Se movía de un modo
similar a los torpes andares de los pingüinos sobre la nieve. El bloque se
detuvo una vez más, estaba a punto de salir, pero todavía permanecía encajonado
dentro del témpano. Entonces se produjo un fortísimo chirrido y se venció hacia
delante antes de separarse del iceberg y colgar libremente sobre el fondo
insondable.
De inmediato, Bill nadó hacia él y se
aferró al mismo como una lapa -llegó a sujetarse a la red que envolvía el
sillar helado para mayor seguridad- mientras el cabestrante empezaba a izar el
bloque de hielo hacia el agujero de inmersión. El asombrado reportero se rezagó
enseguida mientras contemplaba una extraña imagen: un trozo de hielo con el
peso y la forma de una enorme nevera flotaba bajo el mar, y Lawson, sujeto al
mismo, viajaba sobre él.
Michael notó cómo volvía a colarse agua por
el guante, dejándole la muñeca como si se hubiera puesto alrededor un brazalete
de frío acero. Escuchó un aviso, el pitido de los tanques de aire, y enarboló
la sierra a modo de defensa ante un posible ataque de las focas leopardo
mientras seguía el rastro de burbujas que subían desde las profundidades hacia
las aguas más azules de la parte superior.
Visto desde abajo, mientras salía del vacío
para adentrarse en el mundo de los vivos con su extraña carga petrificada, el
sillar de hielo parecía un adorno de cristal muy similar a los que se colgaban
en el árbol de navidad.
CAPÍTULO
DIECIOCHO
8 de agosto de 1854
SINCLAIR COPLEY ESTABA SENTADO a horcajadas
sobre su caballo, Áyax, con el uniforme de gala y el negro casco puntiagudo
rematado a la manera de los lanceros polacos: con una leve inclinación
delantera para proporcionar cierta protección frente al resplandor del sol. Una
docena de lanceros perfectamente alineados le flanqueaba a ambos lados. Todo el
campo de adiestramiento era una impecable hilera de jinetes donde todo
centelleaba, desde las relucientes charreteras doradas hasta los sables con
borlas. El teniente Copley sabía, como todos sus camaradas, que el boato de su
aspecto -una orden directa de su comandante en jefe- les granjeaba mofas y
acusaciones de ser unos petimetres, pero al mismo tiempo confiaba en que si
tenían la suficiente fortuna como para tomar parte en la batalla, demostrarían
que eran mucho más que eso.
Los corceles piafaban sobre el terreno
irregular y se sentían incómodos ante lo que se avecinaba. El regimiento había
estado toda la mañana haciendo ejercicios con las lanzas, volviendo grupas en
formación cerrada y con precisión, pero ahora, tras el toque de corneta, habían
prescindido de las lanzas y los lanceros estaban a punto de enzarzarse en un
falso combate mano a mano con espadas de madera sin filo y despuntadas.
Sinclair se enjugó un hilillo de sudor de la frente con el dorso de la mano y
luego secó ésta en la crin castaña de su montura, Áyax, que había estado con él
desde que era un potrillo, primero en la finca que la familia tenía en el
condado de Hawton y luego en los establos del regimiento, razón por la cual
existía una compenetración especial entre jinete y caballo envidiada por casi
todos, pues Sinclair ejercía un control perfecto sobre Áyax y era capaz de que
la cabalgadura realizase cualquier movimiento y ejecutara sus órdenes con una
sola palabra o un leve movimiento de riendas, mientras que ellos se las veían y
se las deseaban para que sus monturas aceptaran órdenes básicas y aprendieran
ciertas maniobras.
El corneta se adelantó hasta la valla y se
llevó el reluciente instrumento a los labios para dar tres toques muy seguidos:
la enardecedora orden de carga. Los corceles soltaron relinchos de pánico o de
reconocimiento. A la derecha del teniente Copley montaba Winslow, cuya yegua se
rebrincó y levantó la cabeza y los cuartos delanteros. Jinete y montura
estuvieron a punto de caer en un amasijo.
Sinclair y sus compañeros desenfundaron la
espada de un solo movimiento silencioso y alzaron el brazo derecho.
-¡Arre! -le gritó a Áyax mientras hundía
las tintineantes espuelas en los costados del corcel.
El animal salió disparado hacia delante
como uno de los corceles de Ascot. El suelo retumbó cuando toda la línea de
caballería acudió al encuentro de la hilera enemiga, en algún lugar donde
estaban Le Maitre y Rutherford, aunque el caballo bayo que venía hacia él lo
montaba el sargento Hatch, un magnífico jinete con todas las de la ley y un
veterano de las campañas de la india. Hatch apenas si sujetaba las riendas,
muestra de la confianza en su capacidad para controlar a la montura, mientras
mantenía en alto el sable. «Va a pasar por mi izquierda», evaluó Sinclair. Eso
significaba que el intercambio de golpes iba a tener lugar mientras giraban
sobre las sillas de montar.
El teniente apretó las piernas a los
costados de Áyax mientras los cascos de los caballos lanzados a galope tendido
levantaban del suelo trozos de hierba y tierra apelmazada. En ese momento
distinguía ya el rostro del sargento, bronceado tras muchos años de servicio en
el Punjab. La sonrisa del fogueado suboficial dejaba entrever unos dientes
blancos en contraste con el color negro de su poblado mostacho. Los comandantes
del regimiento jamás habían visto un combate bajo fuego real, pero solían
referirse a los mandos como Hatch con el término «indios». Eran los oficiales
sin recursos para comprar buenos destinos y de hecho habían llegado a servir en
la campaña de Gwalior, en el 43, o a luchar junto a la caballería ligera
bengalí en la batalla de Punniar o en la de Ferozeshah, a finales del 45. Sin
embargo, Sinclair admiraba ese pasado militar, más aún, lo envidiaba. ¡Haber
tomado parte en el combate! ¡Haberse visto envuelto en una batalla y haber
matado a un soldado enemigo! ¿Acaso podía haber algo mejor que eso?
Hatch se le echaba encima con la
satisfacción del veterano que va a enseñarle unas cuantas cosas sobre el viril
arte de la guerra a un novato con pantalones de montar color cereza y un galón
dorado.
-¡Hurra! -gritó cuando los caballos estaban
a punto de chocar, y blandió el sable en el aire.
El teniente Copley acudió a su encuentro y
detuvo el golpe rival, pero éste era tan fuerte que le vibraron la espada y el
brazo hasta el hombro. El entrechocar de las armas de madera provocó relinchos
e hizo dar sacudidas a las asustadas monturas, pero el teniente logró controlar
a Áyax con la presión de las piernas y un buen uso de las riendas. El corcel de
Hatch enseñó los dientes, como si también él fuera a dar unas cuantas lecciones
a Áyax, que se echó hacia atrás para hurtarle el cuerpo. Entretanto, el
sargento se sentó sobre la silla y lanzó otro espadazo. En esta ocasión el arma
recorrió toda la longitud del sable de Sinclair hasta detenerse en la guarda de
la empuñadura.
Los ijares de los caballos chocaron como
los costados de dos barcos mecidos por el oleaje y se separaron, pero Hatch se
revolvió sobre la silla de montar y lanzó un sablazo contra Sinclair cuando
éste aún se estaba dando la vuelta. Aun así, agachó la cabeza para esquivar el
golpe, que alcanzó la punta del casco. La correa se le clavó en el mentón y el
penacho acabó cayéndose en medio de la melé de cascos. El caballo de Hatch
trotó delante de Áyax y su jinete se mofó de Sinclair dándole con la punta del arma
un toquecito en el tahalí, del que pendía la vaina vacía de Sinclair.
-Baila, osito ruso, baila -dijo Hatch,
fingiendo dispensarle el mismo trato que a un enemigo extranjero.
Pero Copley no estaba de humor para bromas
ni para ser ridiculizado. Mientras que a su alrededor todos los soldados daban
vueltas e intercambiaban sablazos, el teniente Copley rozó los flacos de Áyax y
éste salió hacia delante. Sinclair veía mejor sin el penacho y cuando Hatch se
apresuró a reaccionar, esperando a su adversario por la derecha, el teniente
cambió el curso de la acometida con un suave tirón de las riendas antes de
lanzar un fuerte tajo contra el veterano, que estuvo en un tris de no poder
pararlo, y sin solución de continuidad le asestó otro espadazo, que rebotó en
el filo del sable de Hatch y estuvo a punto de desnarigar a éste. El bayo del
sargento relinchó de terror mientras perdía terreno y su jinete se echó hacia
atrás, permaneciendo prácticamente de pie sobre los estribos a fin de ponerse
fuera del alcance del siguiente sablazo, y cuando Sinclair hubo pasado, Hatch
azuzó a su corcel directo contra el flanco de Áyax al tiempo que enrollaba las
riendas en torno a la perilla de la silla de montar y extendiendo la mano ahora
libre hacia el novato antes de que éste consiguiera sujetarse mejor o lograra
hacer dar la vuelta a su montura, le aferró por el cuello de la pelliza y le
arrastró hasta descabalgarle. Sinclair se deslizó sobre el costado de su
caballo entre el tintineo de todo el equipo y el sonsonete de las charreteras,
que se le cayeron de los hombros, y se dio un buen trompazo contra el suelo
cuarteado, donde se escabulló lo más deprisa posible de las coces que se
repartían por allí a diestro y siniestro. Tenía la boca llena de polvo y el
resto del casco estaba de lo más abollado.
El corneta tocó la orden de poner fin al
combate y los soldados se separaron; algunos se carcajeaban y otros fingían
lamerse heridas imaginarias. Sinclair miró hacia su alrededor. Tres o cuatro
hombres habían mordido el polvo como él. Uno sangraba por la nariz -debía de
tenerla rota- y otro tenía un buen desgarrón en el pantalón, que se le había
enganchado a alguna espuela. Todos parecían muy poco complacidos. Forcejeó para
ponerse a cuatro patas -acababa de descubrir en sus pantalones de color cereza
un agujero a la altura de la rodilla- cuando vio acercarse un par de botas
negras y una nudosa manaza morena tendida.
-No puede esperar que su enemigo siempre
juegue limpio en una pelea -le dijo el sargento Hatch mientras le ayudaba a
levantarse del suelo. Se inclinó para recoger el casco de Sinclair, limpió
ceremoniosamente lo que quedaba de él y se lo entregó-. Ahora se ha lucido como
jinete. Refrenó muy bien a su caballo.
-Por lo que parece, eso no basta...
Hatch se echó a reír. Sinclair cayó en la
cuenta de que ese hombre no le sacaba más de ocho o nueve años, y a pesar de
eso, el rostro requemado del suboficial se llenó de surcos al carcajearse, con
más arrugas que un mapa doblado.
-Nosotros, los «indios» -repuso,
apropiándose con orgullo de un término considerado por todos como un insulto-,
estamos tan acostumbrados a combatir contra esas sabandijas que hemos aprendido
a luchar como ellas. -Hizo una pausa y la sonrisa abandonó su semblante-. Y eso
es algo que usted deberá aprender también.
El joven oficial no salía de su asombro,
pues a su alrededor únicamente se hablaba de la guerra en los términos más
elevados, expuestos, eso sí, por los altos oficiales, procedentes de las filas
de la aristocracia y con experiencia nula en el campo de batalla. Tal era así
que el aviso del veterano estaba expresado en unos términos que parecían
constituir casi un acto de traición. La guerra tenía la consideración de un
juego cortés en el que todos los caballeros participaban siguiendo unas reglas
unánimemente respetadas, cualesquiera que fuera el coste de las mismas. Pero
ahora aparecía un curtido veterano y le decía que la batalla era un rifirrafe
con gañanes más dispuestos a derribarle del caballo que a batirse en un duelo a
espada como era debido.
Mientras conducían a sus caballos fuera del
campo, el sargento Hatch le ofreció unas cuantas puntualizaciones prácticas
sobre la clase de equitación impartida recientemente por el capitán Nolan del
15º de húsares:
-Si el caballo suelta coces cada vez que
usted pica espuelas, eso es porque echa el peso de su cuerpo demasiado
adelante. Si hace cabriolas, se está poniendo muy cerca de la grupa.
Estaban esperando en fila para cruzar por
la puerta cuando llegó un jinete, el cabo Cobb. Su montura chorreaba sudor por
los costados y saludaba a los lanceros agitando un legajo de papeles mientras
subía hacia la valla.
-¡Han llegado órdenes de la Secretaría de
Guerra! -anunció a voz en grito mientras el corcel se le encabritaba,
apoyándose sobre las patas traseras.
Todos se quedaron donde estaban.
El cabo recobró el control del noble bruto
y se enderezó en la silla para ser visto y oído lo mejor posible mientras
anunciaba:
-Por orden de lord Raglan, comandante en
jefe del ejército británico en Oriente, el 17º regimiento de lanceros del duque
de Cambridge deberá zarpar rumbo a Constantinopla el 10 de agosto a bordo de
los buques de Su Majestad Neptune y Henry Wilson. Una vez allí, y bajo el mando
del teniente general lord Lucan, deberán ayudar en el sitio de Sebastopol.
El anuncio no terminaba ahí, y Cobb
continuó con la lectura, pero los vítores y gritos de júbilo de los dragones
impidieron oír algo a Sinclair. Muchos lanzaron los sombreros al aire y otros
blandieron las espadas de madera, y no pocos lanzaron salvas, asustando a las
cabalgaduras. Sinclair también sintió cómo se le aceleraba el pulso. ¡Al fin
había llegado la orden! Iba a ir a la guerra. Se habían acabado la instrucción,
el entrenamiento, y el estar haciendo el tonto en los barracones. Se iban a
Crimea en ayuda de los turcos para poner freno a las incursiones del zar.
Se acordó en ese momento del chiste de un
periódico matutino donde se mostraba al león británico con un gorro de policía
dando unos golpecitos con una porra en el hombro del oso ruso mientras decía:
«Vale, ya está bien, no voy a tolerarlo más». Se escuchó a sí mismo gritando y
vio a Frenchie sentado a horcajadas en la valla, marcando el ritmo del
estribillo con voz estridente:
-Rule, Britannia! Britannia, rule the
waves. Britons never, never, never shall be slaves.[13]
Copley se volvió al sargento para darle una
palmada en la espalda, pero se detuvo en seco al verle el semblante.
A diferencia de cuantos le rodeaban, Hatch
no estaba exultante. Tampoco tenía aspecto de estar asustado ni renuente en
modo alguno, pero no parecía alegrarse lo más mínimo. Una media sonrisa en los
labios había sobrevivido al pandemónium circundante, pero había una expresión
distante en sus ojos serios. Era casi como si pudiera ver con el ojo de la
mente el destino del regimiento y tal vez incluso la suerte de cada uno de
ellos. La alegría de Sinclair se moderó de forma considerable, pero aun así,
dijo:
-Es un gran día, ¿verdad, sargento Hatch?
Éste asintió.
-Nunca lo olvidará -contestó con voz más
solemne que jubilosa mientras le ponía la mano en el hombro.
-Britons -continuaron cantando Frenchie y
su coro- never, never, never shall be slaves.
Otra mano tomó al teniente por el codo;
cuando éste se volvió, vio a Rutherford. Las patillas se le habían erizado de
emoción al oír las noticias y tenía el rostro acalorado de tanto gritar; sólo
fue capaz de sacudir a Sinclair con alegría.
-Por Dios -barbotó al fin-, por Dios que
vamos a enseñarles un par de cositas a los rusos.
Sinclair se decantó de inmediato a favor de
ese estado de euforia. Se alejó del sargento Hatch y se sumergió en la locura
colectiva. Era un momento para la celebración y la camaradería, y él no quería
saber nada de avisos ni de presagios. El suboficial le había hecho recordar el
comienzo de un poema de ese tal Coleridge, donde un viejo marinero hechiza con
su ojo al invitado de una boda, pues está empeñado en contarle un cuento
premonitorio, y él no quería escuchar premonición alguna, quería la promesa de
la gloria, una oportunidad para demostrar su valor, y al parecer, por fin iba a
tener ambas.
Pero faltaban sólo dos días para el diez de
agosto y había mucho trabajo pendiente para el poco tiempo disponible. Sin
duda, iban a tener que organizar, pulir y limpiar los uniformes, los arreos y
las armas para que pasaran la inspección, y también tendrían que preparar a los
caballos para el largo viaje en las fragatas, a menos que el ejército los
enviase a bordo de los nuevos vapores para hacer el viaje en menos tiempo, y
también habría que zanjar los asuntos pendientes en Londres.
Y eso implicaba pensarse muy bien cómo
darle la noticia a Eleanor. Debía ir a su pensión esa misma tarde. Había
prometido llevarla a Hyde Park, donde hacía tan poco tiempo se había construido
el Palacio de Cristal. Había confiado en acudir dando un paseo bajo los olmos
señoriales del parque, pero si no andaba muy equivocado, toda la brigada iba a
quedar confinada en los barracones hasta el momento de su marcha. Por tanto,
debía aprovechar el caos reinante y salir de inmediato con la esperanza de
poder regresar al cuartel antes de que nadie notara su ausencia.
Condujo a Áyax hasta su compartimento en el
establo, donde se aseguró de que le dieran doble ración de heno y avena.
-¿Nos cubriremos de gloria? -le preguntó
mientras le acariciaba la gran mancha blanca del hocico.
El animal agachó su cabeza zaina como si
asintiera. Sinclair tomó un trapo para secarle el sudor del cuello fuerte y
bien musculado. Después abandonó los establos por la puerta de atrás, donde
había más posibilidades de escabullirse sin ser visto.
Le habría gustado poderse cambiar de camisa
o al menos haber tenido tiempo de adecentarse un poco, pero el riesgo de que le
detuvieran era demasiado grande. Acudió a toda prisa al hotel Savoy, donde
sabía que iba a encontrar uno o dos coches a la espera de clientes. Contrató al
primero que halló y le gritó la calle de destino cuando todavía no se había
sentado en el asiento. El cochero hizo chasquear el látigo y el vehículo cruzó
a buen paso por las calles sucias y bulliciosas de la ciudad. El teniente se
tomó un respiro por vez primera desde que se había enterado de su marcha a
Crimea y ahora cavilaba sobre el mejor modo de contárselo a Eleanor, máxime
cuando él mismo apenas había tenido tiempo de asimilarlo.
«Qué contento va a ponerse mi padre, el
conde», pensó Sinclair. Ese destino le alejaba de las casas de juego, los
teatros de variedades y demás costosos gastos en Londres, y si no le volaban la
cabeza, regresaría a Inglaterra con reputación de soldado y no de gandul, pero
el conde se estremecería de verdad si supiera adónde se dirigía su hijo en ese
momento: a las humildes habitaciones que compartían dos enfermeras sin dinero
en el último piso de una destartalada pensión. El díscolo joven lo sabía perfectamente
y debía admitir que el hecho en sí le proporcionaba cierta satisfacción si era
sincero consigo mismo. El conde se había pasado la vida haciendo desfilar a una
feúcha dama aristocrática tras otra con la esperanza de que a su hijo le
resultara atractiva alguna, pero Sinclair era uno de esos hombres que siempre
obtenía lo que quería al instante, y a quien él quería era a Eleanor Ames.
Cuando el vehículo llegó a la calle donde
vivía la enfermera, Sinclair indicó al cochero la pensión y le lanzó unas
monedas mientras bajaba.
-El viaje de vuelta será suyo si me espera
-aseguró en voz en grito.
Los escalones de la entrada estaban
resquebrajados y la puerta del vestíbulo carecía de cerradura. Sinclair escuchó
nada más entrar los ladridos lastimeros de un perro detrás de una puerta de lo
más endeble y los berridos de un hombre al final del vestíbulo de la entrada.
Las escaleras olían a humedad y a moho, y el hedor fue a más conforme ascendía,
y como sólo había un pequeño ventanuco en cada piso, también iba empeorando la
iluminación. Los tablones de las escaleras crujieron bajo sus botas. Un tenue
rayo de luz se proyectó sobre el angosto pasillo cuando se acercó a la puerta
de las habitaciones de Eleanor y Moira. Ésta había entreabierto la puerta una
rendija para ver quién era, y alargó el cuello en cuanto estuvo segura de la
identidad del visitante para ver si le acompañaba alguien.
-Buenas tardes -saludó con una nota
manifiesta de desencanto en la voz-. Entonces, hoy ha venido usted solo,
¿verdad?
La muchacha esperaba que acudiera en
compañía del capitán Rutherford. Sinclair estaba al tanto de que ambos se
habían visto en varias ocasiones, aunque parecía que ella depositaba en esos
encuentros más esperanzas que el militar.
-Eleanor está en el salón.
Sinclair sabía gracias a sus visitas
anteriores que el salón era la reducidísima habitación con vistas a la calle,
separada del resto de la pieza por una modestísima cortina tras la cual se
ocultaba el dormitorio que compartían Moira y Eleanor. Ésta se hallaba junto a
la ventana. ¿Había estado mirando a la calle esperando a que él llegara? Lucía
el vestido amarillo claro que, tras algunas súplicas, él había conseguido que
aceptara. En cada cita llevaba el mismo vestido verde y, a pesar de que le
sentaba bien, él deseaba verla con una ropa más alegre y elegante. Copley lo
ignoraba casi todo sobre la moda femenina, pero había apreciado que el corpiño
de los nuevos vestidos era de corte más generoso, permitiendo atisbar el cuello
y los hombros, y que las mangas no eran tan abombadas como para oscurecer la
línea de los brazos. Una tarde que paseaban juntos por Marylebone Street vio
cómo a ella se le iban los ojos detrás del cristal de una tienda y se prendaba
de un vestido. Al día siguiente, él envió un mensajero para comprarlo y hacerle
entrega del mismo en el hospital. La muchacha se volvió hacia el recién
llegado, ruborizada pero contenta de dejar que la viera con sus mejores galas.
Parecía radiante incluso a la luz de Londres, cuyo cielo estaba cubierto de
hollín.
-No sé cómo lo supiste -dijo, mientras
señalaba el vestido con un gesto. El ribete blanco le llegaba hasta el pecho
como nieve recién caída.
-Apenas hemos tenido que ajustar unos
centímetros -dijo Moira, marchándose detrás de las cortinas-. Los vestidos
hechos en serie como éste se ajustan bien a su talla. -Reapareció al cabo de
unos momentos con el chal sobre sus grandes hombros y una bolsa de rejilla en
la mano-. Me voy al mercado -anunció-, y no volveré hasta dentro de media hora
por lo menos.
Les guiñó un ojo antes de dar media vuelta
y cerrar la puerta al salir.
Eleanor y Sinclair se quedaron a solas y
durante unos momentos reaccionaron con torpeza. Él quería estrecharla entre sus
brazos y luego desvestirla lo antes posible, pero no iba a hacerlo. A pesar de
la notable diferencia de clase social existente entre ambos, Sinclair la
trataba como a una de las jóvenes de noble cuna que conocía en los bailes de su
casa solariega o en las cenas formales de la ciudad. Siempre le quedaba el
Salón de Afrodita para satisfacer sus apetitos más básicos.
Eleanor se mantuvo donde estaba en vez de
acudir a él, estudiando el rostro del teniente.
-Me temo que todavía no te he dado las
gracias por el vestido -dijo al final-. Es precioso.
-Lo es cuando lo llevas puesto -convino
Sinclair.
-¿Quieres salir a dar un paseo o prefieres
sentarte? -preguntó la enfermera, indicando con un ademán las dos sillas de
madera y duro respaldo que completaban el espacio asignado a la sala de estar.
-Me temo que no tenemos tiempo para ninguna
de las dos cosas -repuso él, removiéndose inquieto-. Siendo sincero, me he
saltado las órdenes para estar aquí.
La curiosidad se convirtió en preocupación
cuando Eleanor oyó semejante confesión. Ella había notado que se moría de ganas
de contarle algo, mas no lograba imaginar el qué. También había observado que
acudía vestido de uniforme, con las botas cubiertas de polvo y la piel
sonrojada por el ejercicio.
¿Habría quebrantado la normativa militar de
algún modo? La señorita Ames había deducido por lo visto en el transcurso de
las pocas semanas anteriores que el joven teniente no reparaba mucho en los
modales, pues ¿acaso no le había llevado a ella, una mujer, al sanctasanctórum
masculino del Longchamps Club? Pero no le imaginaba cometiendo ninguna
infracción de gravedad. Sus temores sólo se veían aplacados por la ancha
sonrisa que curvaba los labios del joven.
-¿Por qué...? ¿Qué órdenes has
desobedecido? -inquirió ella, viendo claro que Sinclair no iba a poder callarse
por mucho más tiempo.
Y él barboteó las noticias, las fabulosas
noticias, de que habían llamado a su regimiento para entrar en acción.
Eleanor se descubrió sonriendo y sintiendo
también su mismo entusiasmo, como si fuera contagioso. Las manifestaciones
habían abarrotado las calles de la ciudad: unos protestaban contra la entrada
del país en la guerra mientras que otros la exigían con entusiasmo. Se habían
publicado en los últimos días varios reportajes sobre las atrocidades sufridas
por los indefensos turcos y los periódicos estaban llenos de artículos de
opinión y editoriales sobre los peligros de que la flota rusa surcase las aguas
del Mediterráneo y una posible disputa sobre la prolongada supremacía británica
de los mares. Grupos de reclutamiento peinaban los barrios pobres y las
callejas de mala muerte en busca de cualquier hombre apto para engrosar las
filas de la infantería de Su Majestad, y a veces hasta los no aptos para el
servicio. Habían alistado incluso al muchacho encargado de la carbonera y el
horno del hospital.
-¿Cuándo te marchas? -preguntó Eleanor.
El impacto de la respuesta la dejó
abrumada. Si se marchaba dentro de dos días y ya estaba contraviniendo la orden
de permanecer en el cuartel o en el campamento, eso significaba que aquél iba a
ser su último encuentro, sus últimos minutos juntos antes de que él se hiciera
a la mar rumbo a Crimea. En ese momento cayó en la cuenta de que tal vez nunca
más volviera a verle, a pesar de cuanto ella había sentido que ocurría entre
ellos en las semanas anteriores y de que tal vez se había formado un vínculo entre
ellos. Y no le aterraban sólo la pavorosa perspectiva de la guerra y la
posibilidad inevitable de que resultara muerto, era una certeza que le había
acechado desde la noche que le dio unos puntos en el brazo herido: la
conciencia de que vivían en mundos muy diferentes y de que sus caminos jamás se
habrían cruzado de no ser por aquel encuentro tan fortuito. Después de su
periodo de servicio en el extranjero, quizá ni siquiera volviera a Londres, tal
vez regresara directamente a las fincas de la familia en el suroeste, en el
condado de Wiltshire. (Él se había mostrado bastante discreto sobre sus
orígenes, pero ella había reunido los comentarios sueltos de Le Maitre y el
capitán Rutherford y había deducido lo suficiente para asumir que eran
imponentes). E incluso aunque volviera a la capital, ¿volvería a elegir a una
enfermera sin un penique en vez de a una de las grandes damas de su círculo
social? ¿Tendría suficiente peso esta pequeña aventura, pues a veces, por la
noche, cuando el continuo removerse en la cama de Moira la desvelaba, sólo le
otorgaba esa consideración, para imponerse a todas las cuestiones del sentido
práctico y el decoro?
-Te escribiré en cuanto me sea posible
-aseguró Sinclair como si le leyera la mente.
Y de pronto, Eleanor tuvo una visión de sí
misma sentándose en la silla junto a la ventana tiznada de hollín y sosteniendo
una carta arrugada y gastada tras una larga singladura desde Oriente.
-Y yo a ti -replicó ella-. Todos los días.
Sinclair se adelantó medio paso, como
Eleanor, y de pronto estuvieron el uno en los brazos del otro. La gruesa cinta
del galón dorado del frontal del uniforme se hundió en el rostro de la
muchacha. Él olía a tierra, a sudor y a caballo, a su adorado Áyax. En una
ocasión la había llevado a los establos del regimiento y le había dejado darle
de comer un terrón de azúcar. Ella se aferró a él durante varios minutos, pero
ninguno de los dos pronunció palabra alguna. No lo necesitaban. Y cuando sus
labios se encontraron, el beso tenía un agridulce sabor a despedida.
-Debo irme -dijo, mientras se zafaba del
abrazo con suavidad.
Ella le abrió la puerta y le observó bajar
las escaleras sin volver la vista atrás, levantando un gran eco de pisadas a su
paso. Si la ocasión lo hubiera permitido, si él hubiera tenido algo más de
tiempo, se lamentó la joven, a ella le habría gustado que él pudiera haberla
visto fuera, a la luz del atardecer, luciendo el nuevo vestido amarillo.
CAPÍTULO
DIECINUEVE
9 de diciembre, 17:00 horas
COMO ERA DE ESPERAR, las nuevas del
asombroso descubrimiento submarino se propagaron por la base igual que un
reguero de pólvora. Murphy impuso una orden ejecutiva en cuanto recibió la
noticia por el walkie-talkie. Michael le oyó bramar instrucciones a Calloway de
que no admitiera a nadie cerca del bloque de hielo ni de la cabaña de
inmersión. También dio orden de que cuantos estuvieran al tanto de la noticia
mantuvieran el pico cerrado hasta nuevo aviso.
-Esperad a que hayan llegado a la base
Danzing y los chuchos -dijo antes de cortar la transmisión.
Éste y el equipo de huskies se habían
colocado a cincuenta metros mientras aseguraban el témpano encima del trineo.
Los perros yacían tumbados sobre la nieve y el hielo, observando los quehaceres
con sumo recelo.
-Cristo bendito... -masculló el conductor
mientras se acercaba dando grandes zancadas al trineo. Admiró abiertamente a la
mujer atrapada en el hielo mientras rodeaba el pesado monolito helado con paso
lento.
Michael adivinó qué estaba haciendo:
sopesaba a toda prisa el mejor modo de acarrear semejante peso.
-Ahí tenéis la cosa más rara que me he
echado a la cara en la vida, tíos -aseguró Calloway-, y mira que he visto
rarezas de todos los colores.
-No me jodas, Sherlock -replicó Franklin,
que le había ayudado en la inmersión.
Michael apenas lograba creerse que lo
habían conseguido. Se había despojado del equipo de buzo a toda prisa para
envolverse debajo de más prendas de ropa seca que antes y ahora bebía sorbos de
un termo de té caliente, pero aun así le seguían dando tiritonas y él sabía que
estaba sufriendo la predecible hipotermia.
Lawson preguntó a Danzing si debían llamar
a un spryte o si pensaba que los perros eran capaces de acarrear algo tan
pesado al campamento.
El interpelado plantó una manaza sobre el
hielo y se frotó el mentón con la otra, rozando su amuleto de la buena suerte:
un collar de dientes de morsa colgado alrededor del cuello.
-Una vez que echemos a andar, lo
conseguiremos -aseguró, pero claro, él creía a sus perros capaces casi de
cualquier cosa, y siempre andaba buscando formas de demostrar que la tecnología
moderna valía poco frente a los métodos fiables y anticuados que tan buen
rendimiento habían dado a Roald Amundsen y Robert Falcon Scott.
Michael estuvo frotándose la muñeca
afectada por las filtraciones de agua helada mientras Danzing se encargaba de
desenganchar a los perros de un trineo y de alinearlos al otro. Le dolía como
una distensión de las graves. Franklin y Calloway seguían contemplando
boquiabiertos a la mujer atrapada en el hielo y cuando uno de ellos se rió e
hizo un chiste grosero sobre despertar a la Bella Durmiente con un beso de
tornillo que no iba a olvidar, Michael tomó una lona del trineo de los perros y
cubrió con ella el témpano. Franklin le miró de un modo un tanto raro por
interrumpir la diversión y Danzing le dirigió una mirada de complicidad
mientras el periodista aseguraba la lona impermeabilizada con unos clavos.
-¿Ha mencionado el jefe dónde quiere
ponerla? -preguntó el conductor de trineos.
Su conducta recordaba algo a un director de
funeral mientras preguntaba a un familiar del difunto sobre el recién
fallecido.
-No ha dicho ni media palabra.
A Wilde le extrañó ser preguntado a ese
respecto, pues no era un probeta, ni tan siquiera un recluta. Ocupaba una
posición intermedia, una incómoda tierra de nadie, pero aun así, ya empezaba a
ser reconocido como legítimo defensor de la mujer rescatada de las
profundidades.
-Bueno, no deberíamos meterla bajo techo
directamente -observó Danzing, pensando en voz alta-. Tal vez sufra algún
deterioro si el deshielo es demasiado rápido. -Sí, Michael pudo ver la sensatez
de la sugerencia. El hombretón prosiguió-: Quizá podríamos dejarla en el
almacén de muestras, detrás del laboratorio de glaciología. Betty y Tina
podrían usar alguna de sus herramientas para quitar el hielo sobrante.
-Seguro, parece una buena idea -contestó
Michael, encantado de tener a alguien capaz de pensar con más claridad que él
en esos momentos.
De pronto, se desató un gran alboroto entre
los perros y Danzing se puso a pegar berridos y se marchó para sofocarlo. La
manada de huskies tenía un carácter bravucón, Michael lo sabía tras haberlos
visto en acción más de una vez, pero solían obedecer una orden enseguida, salvo
en esta ocasión, pues varios de ellos pugnaban por soltarse de las traíllas
para alejarse del sillar de hielo. Incluso el líder de la manada, Kodiak, un
perrazo de ojos azules como el mármol, ladraba y gruñía. Danzing empleó un tono
de voz firme y tranquilo al tiempo que hacía gestos con las manos para acallar
a los canes, pero aquel conato de rebelión le sorprendía incluso a él.
-¡Kodiak, abajo! -gritó al fin mientras
sacudía la traílla del animal. El perro guía siguió a cuatro patas, ladrando de
forma enloquecida-. ¡Túmbate, Kodiak, vamos, abajo!
El cuidador se vio obligado a poner la mano
sobre el cuello del agitado animal y hacer fuerza para obligarle a tumbarse
sobre la nieve, y una vez allí debió retenerle hasta imponerle su autoridad. El
resto de la manada siguió aullando, pero al final imitó el ejemplo del líder y
se calló. Danzing desenredó los arneses y las correas y luego se subió en la
parte posterior del deslizador.
-¡Tirad! -bramó.
Los perros avanzaron para arrastrar el
trineo, pero ni éste pesaba lo de siempre ni ellos pusieron la entrega
habitual. Dos o tres canes volvieron la vista atrás, como si temieran que algo
se alzara y los alcanzara por la retaguardia. El cuidador tuvo que hacer
chasquear las riendas y gritar las órdenes una y otra vez.
Michael se preguntó si simplemente la carga
no sería excesiva para las fuerzas de los huskies.
-¡Tirad, tirad! -gritó Danzing.
Los canes saltaron hacia delante una vez
más, y en esta ocasión consiguieron un leve avance de los patines. El
deslizador ganó impulso cuando la docena de huskies empezaron a correr al
unísono, y a partir de ese momento avanzó sin complicaciones. El témpano y su
invitada cautiva en el hielo iniciaron el camino de regreso a la base. Michael
sacó la motonieve de Franklin mientras Calloway cerraba la cabaña de inmersión
y los dos recorrieron el camino de vuelta a la base detrás del trineo. Los
perros no dejaron de ladrar.
Daba igual cuánto tiempo permaneciera allí,
con la cabeza gacha y el agua caliente corriéndole sobre el pelo para luego
bajar por todo el cuerpo. Una fibra muy honda de su ser todavía retenía frío
suficiente para provocar otro par de tiritonas. Cerró el grifo del agua
caliente sólo cuando el vapor concentrado en la ducha había alcanzado
proporciones épicas y apenas era capaz de ver su mano al ponerla delante de los
ojos. Se frotó enérgicamente con las toallas nuevas, de las que siempre había
en abundancia, pero tuvo especial cuidado con su hombro, el que se dislocó en
las Cascadas. Todavía le molestaba de vez en cuando y bucear en gélidas aguas
polares no ayudaba en nada. Se sirvió de la toalla para limpiar el vaho de una
franja del espejo empañado donde poder verse a la hora de peinar y desenredar
su larga melena negra. Había procurado encargarse de todo antes de salir de
Tacoma, pero no se le había ocurrido cortarse el pelo, por lo que llevaba más
greñas de lo habitual. Alguien del personal de la estación estaría cualificado
para hacer las veces de peluquero, o eso suponía él, pero no daba la impresión
de que los habitantes de Point Adélie prestaran atención alguna a la imagen
personal. Betty y Tina andaban por ahí con sus pisadas sargentonas, ropas hombrunas
y las melenas rubias anudadas en coletas hechas a toda prisa y de cualquier
manera, y en cuanto a los hombres, la mayoría parecían recién salidos de las
cavernas. La práctica totalidad de ellos llevaba barba, mostacho y unas
patillas espesas como no se habían visto desde la guerra de Secesión. Las
coletas gozaban de una gran popularidad, en especial por parte de los probetas
que se estaban quedando calvos, como Ackerley. Rara vez se le veía fuera de su
laboratorio y por ese motivo el botánico se había ganado el apodo de «Gnomo».
En cuanto a Danzing, además de su collar de
dientes de morsa, lucía un brazalete de huesos y un par de pantalones de piel
de reno cosidos por él mismo. Michael recordaba la ingeniosa frase que le había
oído decir a la única mujer que encontró en un bar mientras cubría un reportaje
en Alaska.
-Las apuestas son excelentes -admitió,
examinando a los parroquianos- y los apuestos, insuficientes.
Antes de acudir al comedor, y a pesar de lo
bien que le iba a sentar una comida caliente, se introdujo en el locutorio por
satélite y marcó el número particular de su editor. No tardó en descolgar. Se
escuchó al fondo la transmisión de un partido de baloncesto, pero la emisión se
cortó de raíz cuando Gillespie supo que era Michael y no un vendedor.
-¿Estás bien? ¿Todo va bien? -inquirió.
El reportero se tomó un segundo para
saborear lo que estaba a punto de decirle.
-Mejor que bien. ¿Estás sentado?
-No, y tampoco tenía intención de
sentarme... ¿Por...?
Entonces, Michael se lo contó con tono
pausado y toda la calma posible. No deseaba que su editor pensara que se le
habían aflojado los tornillos en el Polo Sur. Le puso al corriente de que
habían encontrado un cuerpo congelado dentro de un glaciar, tal vez fueran dos,
y más aún, los había recobrado.
Gillespie no despegó los labios en ningún
momento, ni tan siquiera cuando Michael terminó de referirle la totalidad de
los hechos, por lo cual se vio obligado a preguntar:
-¿Sigues ahí, Joe?
-¿No estarás de coña?
-En absoluto.
-¿Es real?
Michael oyó el pitido de un microondas.
-Totalmente. Ah, por cierto, ¿te he
mencionado que fui yo quien hizo el descubrimiento?
Hubo un sonido seco. Parecía que Gillespie
había dejado el auricular sobre la encimera. Michael logró distinguir unos
gritos de júbilo a pesar de la estática.
-¡Dios mío, esto es fabuloso! -dijo cuando
volvió a recoger el auricular-. ¿Has hecho fotos?
-Sí, y voy a hacer más...
-Michael, te lo prometo, si esto es real...
-Lo es -le aseguró él-. Vi a la chica con
mis propios ojos.
-Pues entonces, con eso vamos a ganar el
National Magazine Award. Podríamos triplicar nuestra base de suscriptores si
sabemos manejar esto bien, y tú puede que aparezcas en la tele, tal vez incluso
en 60 Minutes. Podrías firmar un contrato para un libro y tal vez venderías los
derechos al cine.
La conversación se prolongó otro par de
minutos, durante los cuales la recepción fallaba de forma esporádica y a cada
interrupción Michael debía esperar pacientemente a recuperar la línea. Cuando
esto sucedió pudo explicarle que el teléfono sólo estaba operativo durante
ciertas horas del día y que alguien más deseaba usarlo. Se iba a caer redondo
si no conseguía llegar al comedor, y se todos modos, el editor tenía pinta de
necesitar un buen copazo.
Nada más llegar al comedor se llenó el
plato de chili con carne aún humeante y pan de maíz; luego se sentó con
Charlotte Barnes, que asintió con gesto de aprobación al ver el plato a rebosar
y dijo:
-Convendría que luego probaras el pastel de
cereza.
-Pues me parece que voy a poder -repuso él,
atacando por fin la comida- Oye, no he visto a Darryl en todo el día. No estará
de morros todavía porque no le has dejado bucear hoy, ¿verdad?
-No, creo que lo ha superado enseguida,
pero se ha pasado las horas encerrado en el laboratorio.
El periodista tomó un gran trozo de pan y
lo untó bien con chili antes de metérselo en la boca. Charlotte le advirtió:
-Quiero que tu temperatura corporal
aumente, de veras que sí, pero por favor, no me obligues a tener que hacer la
maniobra de Heimlich.[14] ¡Eso es realmente asqueroso!
Michael empezó a engullir más despacio y
cuando hubo terminado de masticar y de tragar, dijo con tono de aparente
despreocupación:
-Bueno, ¿has oído hablar de la inmersión de
hoy?
No estaba seguro de si Murphy la había
incluido todavía en el círculo de personas informadas y no quería soltar prenda
en caso contrario.
Charlotte tomó un sorbo de café al tiempo
que asentía.
-Murphy creyó que debía estar al tanto
de... todo, en mi condición de jefe médico de la base.
-Me alegra que lo haya hecho -admitió
Michael, aliviado-, pero dudo que puedas hacer mucho por ella.
-La tipa del témpano no le preocupaba lo
más mínimo, le inquietabas tú -replicó Charlotte-. Temió que quisieras hablarme
del tema y yo pensara que se te habían aflojado todos los tornillos de la
sesera.
-Pero estoy cuerdo, ¿no?
Charlotte se encogió de hombros.
-Aún es pronto para decirlo, pero ¿sigues
pensando que ahí dentro hay dos personas, una junto a otra?
-No sabría responderte con seguridad.
Podría ser la capa de la mujer, o tal vez alguna clase de sombra u oclusión en
el hielo. Hemos dejado un buen trozo de témpano en la parte posterior, sólo
para estar seguros de que la sacábamos entera, así que al final vamos a
enterarnos de un modo u otro cuando Betty y Tina se hayan desecho de lo que
sobra.
Michael alzó la vista y vio cómo aparecía
una mano detrás de su interlocutora y le saludaba de forma enérgica. Se ladeó y
echó un vistazo: era Darryl abriéndose camino hacia ellos con una bandeja en la
otra mano. El biólogo se dejó caer junto a Charlotte y dijo a Michael en tono
conspirativo:
-Felicidades. Acabo de visitar a la Bella
Durmiente en el almacén de muestras y estoy en condiciones de informarte de que
ella descansa pacíficamente. -El interpelado se sintió incómodo, no sólo por la
hilaridad, sino por la noción misma de que estuviera dormida. No se sacaba de
la cabeza que precisamente eso era lo que pensaban los padres de Kristin, que
su hija estaba dormida-. Pero ya sabes que en cuanto Betty y Tina hayan
terminado su tarea de cortar el hielo el mejor sitio para preservar el espécimen
es el laboratorio de biología marina -agregó con una indiferencia tan impostada
que habría jurado que había cavilado mucho a ese respecto.
-¿Por qué? -inquirió Michael.
Darryl se encogió de hombros muy a la
ligera otra vez. Demasiado.
-Necesita descongelarse muy despacio y lo
ideal sería que sucediera en agua marina. Podría sufrir algún daño o incluso
desintegrarse. Podría vaciar el tanque del acuario y retirar las particiones.
Al fin y al cabo, el bacalao antártico ni siquiera es un proyecto mío. Entonces
sí podríamos meter todo el bloque de hielo, o bueno, lo que quede de él en un
baño frío para que fuera derritiéndose lentamente, bajo condiciones controladas
en el laboratorio.
Michael miró a Charlotte en busca de una
opinión experta. Después de todo, al menos era doctora, una científica, pero
ella resultó estar tan perdida como él mismo.
-De todos modos, ¿por qué me preguntas a
mí? -contestó Michael al final-. ¿No debería decidirlo todo Murphy O´Connor?
-Él lleva este sitio, nada más, y por lo
general intenta escurrir el bulto en todos los asuntos científicos. Además, te
guste o no, tú eres el Príncipe Azul en el escenario de esta obra -repuso
Darryl mientras alzaba un tenedor rebosante de espaguetis-. ¿Cómo piensas hacer
que vuelva? ¿Con un beso?
A Michael le resultaba difícil verse en el
papel de Príncipe Azul, ni en ese ni en ningún otro escenario, pero estaba
empezando a tomar consciencia de que si alguien iba a proteger los intereses de
la Bella Durmiente, fueran éstos cuales fuesen, ése iba a ser él.
-Si crees que es lo mejor, también yo,
supongo -replicó el periodista.
El pelirrojo pareció muy complacido consigo
mismo mientras luchaba por sorber un espagueti que le colgaba del labio.
-Buena decisión -dijo mientras al fin
conseguía tragárselo-, sobre todo a la vista de lo que voy a enseñaros después
de la cena. -Michael y Charlotte intercambiaron una mirada-. Todavía no se lo
ha dicho a nadie -agregó-, y no estoy muy seguro de que revelarlo entre en mis
planes. Ya veremos.
Una vez que había generado suficiente
sensación de misterio, sólo debían esperar a que el biólogo diera buena cuenta
de su comida. Michael se sirvió una ración de tarta de cerezas, al igual que la
doctora, quien además tomó a continuación un capuchino descafeinado.
-De aquí a seis meses van a tener que
fletar un avión de carga sólo para llevar de vuelta a la civilización mi gordo
culo -sentenció, al volcar todo el sobre de azúcar en la taza.
Más tarde, en el laboratorio de biología
marina, Darryl fue de un lado para otro guardando cosas mientras sus amigos se
quitaban los abrigos y los guantes, pues debían protegerse bien de los
elementos incluso en los trayectos cortos de un módulo a otro. Bastaban treinta
segundos de exposición en el exterior para que se cortara la piel.
El biólogo arrastró dos asientos más junto
a la encimera donde descansaban un microscopio binocular y un monitor de vídeo.
-Debo decir algo a favor de la NFS: no
escatiman en medios. Por ejemplo, el microscopio es un Olympus modelo Cx con
ajuste de distancia interpupilar y tecnología de fibra óptica. El monitor de
vídeo tiene más de quinientas líneas de resolución horizontal. -Contempló el
material con verdadero afecto-. Ya habría querido yo un equipo como éste en
casa.
Charlotte apenas lograba contener los
bostezos cuando intercambió una mirada de complicidad con Michael. Darryl debió
percatarse, pues de pronto sacó una botella de vino y la puso delante de ellos
con un gesto de prestidigitador. El tapón de corcho sobresalía de la boca del
envase.
-Quizá tenga a bien hacer los honores,
doctora Barnes.
-No esperarás que vayamos a bebernos eso de
ahí...
-No después de que veas lo que yo ya he
visto.
Él le hizo entrega de una pipeta limpia con
un floreo y le dijo:
-¿Me harías el favor de extraer unas gotas
del líquido de esta botella?
Tanto Michael como Charlotte arrugaron la
nariz ante el hedor procedente de la misma, pero aun así, la doctora cumplió
con la petición.
-Ahora, deja caer una gota sobre el extremo
de esta lámina portaobjetos.
En cuanto ella soltó una gota del viscoso
fluido en la lámina, puso otra encima, dejando una mancha de fuerte color
púrpura, más gruesa en un extremo y más delgada en el otro. Entonces, tomó un
dosificador y dejó caer varias gotas de alcohol sobre la misma.
-Por si te lo preguntas, estamos realizando
un frotis. -Levantó la vista y buscó con los ojos a Charlotte-. ¿Te acuerdas de
las prácticas en la facultad de medicina?
-Pues no ha llovido ni nada desde entonces
-repuso ella.
El biólogo continuó describiendo el proceso
mientras secaba el frotis y lo fijaba con alcohol antes de aplicar la tinción
de Giemsa.
-Muchos rasgos serían imposibles de
apreciar sin la coloración -explicó.
-¿Rasgos de qué...? -inquirió la doctora
con una detectable irritación en la voz-. ¿De uva merlot? ¿De cabernet
sauvignon?
-Ya lo verás -contestó Hirsch.
Incluso Michael comenzó a impacientarse.
Había sido un día muy largo y la muñeca aún le dolía a causa de la filtración.
Todo cuanto quería era meterse en la cama debajo de las sábanas y las mantas.
Necesitaba tiempo para procesar lo que había hecho y visto, y era consciente de
que iba a terminar por establecer conexiones un tanto morbosas entre Kristin,
tendida en un hospital, y la llamada Bella Durmiente, y no iba a poder evitarlo
a pesar de saberlo. Tal vez sólo necesitaba ocho horas seguidas en la cama.
Pero el pelirrojo seguía dale que te pego
sobre frotis, tinciones y una cosa más llamada bálsamo de Canadá para no se
sabe qué montaje. Al final, Michael se vio obligado a interrumpir:
-Vale, Darryl, corta el rollo con tanto
galimatías. ¿Está listo o no?
-En realidad, no. Deberíamos dejar pasar
toda la noche si nos atuviéramos al manual.
-Por mí, vale. Volveremos mañana -replicó,
e hizo ademán de levantarse.
-No, no, espera.
El biólogo colocó el portaobjetos bajo el
microscopio y lo examinó él mismo para realizar un par de ajustes en el foco.
Luego, retiró la cabeza del binocular e invitó a Charlotte a que le echara un
vistazo. Ella se acercó con cierta prevención y agachó la cabeza. Entonces, se
quedó muy quieta.
Darryl pareció muy satisfecho ante esa
reacción.
La doctora movió un par de veces la rueda
de ajuste del foco y finalmente se incorporó con la perplejidad escrita en el
semblante.
-Si no supiera bien... -empezó, pero el
biólogo le tapó la boca con la mano a fin de hacerla callar.
-Deja que Michael le eche un vistazo antes.
El periodista se colocó en el asiento
central y miró a través del microscopio binocular. Vio un campo rosáceo lleno
de partículas moteado por círculos flotando en suspensión. Algunos eran
uniformes en forma y tamaño, aunque algo achatados en el centro, como cojines
deformados cuando alguien se sienta en ellos muy a menudos; otros eran veteadas
y de mayor tamaño, y deformes. Michael no era científico, pero sabía que el
líquido no era lo que se suponía.
-Vale, es sangre -concluyó, y levantó la
mirada de las lentes-. Has llenado de sangre la botella de vino. ¿Por qué?
-¡Atención! -exclamó el biólogo, alzando
las manos-. Has pasado demasiado tiempo bajo el agua. Yo no he vertido nada en
ese envase ni en el portaobjetos. Ése es el motivo de vuestra presencia aquí y
de que hayáis hecho vosotros mismos el experimento, para que veáis lo mismo que
vi yo. La botella de vino, como tú la llamas, está llena de sangre, y apuesto a
que si aparecen otras en ese arcón, también lo estarán. -Ni Michael ni
Charlotte supieron qué contestar-. Los círculos perfectos que has visto son eritrocitos,
glóbulos rojos. Algunos de los más pequeños son neutrófilos o micrófagos.
-Son una especie de fagocitos, ¿verdad? -le
interrumpió Charlotte-. Contienen una sustancia antibacteriana... Devoran
bacterias y mueren.
-Exactamente. ¿A que ya vas acordándote de
cosas de la facultad?
-Hala, no te pongas en plan sabelotodo.
-Pero la cantidad de neutrófilos es muy
superior a la normal -añadió Darryl. Tiró la bomba y esperó a que alguno de los
dos saltara de su asiento; como nadie se movió, continuó-: Eso sólo puede
significar una cosa: esa sangre estaba contaminada antes de que la envasaran.
-¿Cómo...? ¿Y para qué...? -inquirió el
periodista.
-Así, a bote de pronto, te contestaría que
la obtuvieron de alguien muy enfermo o gravemente herido, que tal vez supuraba
pus por las heridas, por ejemplo...
Michael comprendió de pronto la razón del
olor pútrido de la botella. El «vino» era sólo una antigua etiqueta, pero el
contenido era antigua sangre corrompida. Ahora bien, ¿por qué la habían
embotellado y transportado en un cofre como si fuera un tesoro?
-Discúlpame, Darryl -intervino Charlotte-,
pero el día ha sido muy largo. ¿Qué sugieres...? Insinúas que un barco de sólo
Dios sabe qué época transportaba al Polo Sur una carga de sangre en mal estado
toda bien guardadita en botellas metidas dentro de arcones, ¿es eso?
-Es muy poco probable que la nave se
dirigiera de verdad a la Antártida -repuso él-. Lo más seguro es que se viera
desviada de su curso y ¿Quién sabe cuánto tiempo estuvo navegando a la deriva
hacia el sur? Además, el hielo se mueve, ya lo sabes.
-Pero ¿por qué? -inquirió Michael-. ¿Qué
posible uso podían darle a eso, fueran donde fuesen?
El interpelado se rascó la cabeza, dejando
de punta un mechón de pelo rojo.
-Ahí sí me has pillado. La sangre en mal
estado no le es de utilidad a nadie, a menos que se use para alguna inoculación
experimental.
-¿A bordo de un barco? -saltó Michael.
-¿Hace varios siglos? -remachó Charlotte.
Darryl alzó las manos en señal de
rendición.
-No me miréis así, chicos. Tampoco yo tengo
las respuestas, pero resulta difícil de creer que lo hallado en esa botella, el
arcón y el cuerpo, o los cuerpos, no estén relacionados entre sí de algún modo.
-En eso sí voy a darte la razón -convino el
reportero-. De lo contrario, sería la coincidencia más sorprendente de la
historia marítima.
Su compañera también pareció estar de
acuerdo en ese punto.
-Me da en la nariz que merecerá la pena
tomar una muestra de sangre a la Bella Durmiente cuando lo permitan las
circunstancias.
-¿Y qué buscas? -quiso saber Michael.
-¿Una concordancia? -replicó el biólogo,
encogiéndose de hombros.
-¿Y con qué pretendes compararla? ¿Con la
sangre infectada de una botella? -saltó Michael, un tanto exasperado al ver que
no le entendían-. ¿Pretendes decir que ella estaba guardando su propia sangre
en botellas como souvenir?
-¿O te refieres a otra cosa? -Intervino
Charlotte-. ¿Sugieres que tal vez ella mantuviera una reserva de sangre
disponible para algún propósito médico extraño?
-A veces, en la ciencia sabes qué buscas y
dónde vas a encontrarlo -repuso Darryl, mirando alternativamente a uno y a otro
en un intento de calmar las aguas-. Otras no tienes ni idea, pero encuentras
una madeja y la sigues hasta ver dónde llega.
-Pues a mí me parece que la cosa va por un
camino de lo más raro -respondió Michael, que se había puesto a la defensiva en
todo ese asunto.
-Eso no puedo discutírtelo en este momento
-admitió Darryl.
Charlotte soltó un suspiro y se dirigió a
por el abrigo y los guantes.
-Yo me voy a la cama -concluyó-, y os
aconsejo a los dos que hagáis lo mismo.
Pero el periodista se sintió demasiado
preocupado para ponerse en marcha y se quedó donde estaba, estudiando la
misteriosa botella negra.
-Duerme algo, Michael -le ordenó la doctora
mientras se subía la cremallera-. Es una prescripción médica. -Luego, se volvió
hacia el biólogo-. Y tú, cierra eso de una vez. -Darryl se hizo el inocente y
ladeó la cabeza en dirección a la botella, que estaba cerrada-. Ya sabes a qué
me refiero -precisó ella.
CAPÍTULO
VEINTE
Principios de septiembre de 1854
POBRES CABALLOS. EL TENIENTE Copley estuvo
a punto de enloquecer a causa del terrible peaje impuesto a los corceles.
Condujeron a la bodega de la nave de Su
Majestad Henry Wilson al precioso Áyax y a otras ochenta y cinco monturas. Era
un lugar reducido, oscuro y fétido, donde apenas se habían efectuado unos
preparativos mínimos de acondicionamiento: no habían dispuesto compartimentos
ni cabezadas de cuadra para atar a los animales, sólo unas cuerdas de sujeción,
por lo que incluso con el mar en calma los nobles brutos chocaban unos con
otros, se pisaban los cascos, y hasta debían forcejear entre sí para alzar la
cabeza por encima de la manada, y fueron presa del pánico cuando la flota
británica llegó al golfo de Vizcaya, donde se levantó un viento de gran fuerza.
Sinclair y los demás oficiales de caballería en activo, pues muchos estaban
postrados en sus lechos a causa de las fiebres o el mareo, descendieron bajo
cubierta para aferrar las cabezas de sus cabalgaduras en un intento desesperado
de calmarlos y controlarlos, pero no resultó posible.
Cada golpe de mar arrojaba contra los
comederos a los aterrorizados animales; éstos relinchaban y pateaban los
resquebrajados tablones del suelo humedecidos por las cascadas de agua que se
colaban a través de las escotillas para luego formar riachuelos sobre los
cuales chapoteaban los caballos, y cuando uno de ellos resbalaba y perdía el
equilibrio, era un verdadero infierno conseguir que se levantase. Cuando Áyax
trastabilló y cayó en un amasijo de patas sobre el caballo de Winslow fue
necesario el concurso de varios soldados y marineros para lograr separarlos,
primero, y ponerlos en pie, después.
El sagento Hatch, el ‹indio›, parecía vivir
en la bodega, y Sinclair llegó a preguntarse si dormía alguna vez o subía a
cubierta para respirar aire puro y limpio de la hediondez a excrementos, sangre
y heno en descomposición.
Todas las noches sucumbía más de una
montura, víctima de un ataque de pánico, rotura de huesos o postrado por el
calor, pues apenas había ventilación bajo cubierta, y al alba las tiraban al
mar sin ceremonia alguna. Durante toda la singladura hacia el Mediterráneo la
flota inglesa fue dejando a su paso una hilera de cadáveres.
A pesar de su inexperiencia propia de
teniente aún no puesto a prueba en la batalla, Copley se preguntaba por qué el
ejército no había contratado el servicio de barcos a vapor para realizar el
viaje. Un barco de vela tardaba algo más de un mes en completar el trayecto y
un vapor, por lo que le había dicho Rutherford, cuyo padre había sido segundo
lord del almirantazgo bajo las órdenes del duque de Wellington, tardaba entre
diez y doce días. Buena parte de aquel terrible daño podría haberse evitado y
las tropas habrían llegado a las costas turcas, dispuestas para la batalla y
con los caballos en condiciones aceptables, antes de lo que iban a llegar
ahora, y eso incluso aunque se tardase una quincena en reunir los vapores
necesarios.
Pero tal idea no parecía habérseles
ocurrido ni al comandante ni a la miríada de espectadores que asistieron a la
marcha del ejército, aunque también él se había dejado atrapar por el ambiente
jubiloso imperante en los muelles al zarpar los barcos. Junto a la brigada
ligera de Sinclair marchaban a bordo de la flotilla la brigada pesada, y el
regimiento 60º de fusileros y el 11º de húsares. Todos estaban convencidos de
que la guerra sería tan breve que muchos ni siquiera iban a tener la
oportunidad de usar la lanza, el sable o el rifle dada la mediocridad del
ejército ruso, muchos de cuyos hombres habían sido reclutados a punta de
pistola. Le Maitre le había asegurado al joven teniente que los fusiles de la
infantería del zar eran burdas imitaciones de madera, como los sables usados
por la brigada durante las prácticas de campo. Esa opinión se hallaba tan
generalizada que los oficiales ingleses recibieron permiso para llevar consigo
a sus esposas, y las damas se trajeron sus mejores galas. Algunas incluso se
habían hecho acompañar por sus doncellas y sus caballos favoritos.
El teniente Copley recorrió con la vista el
gentío apelotonado sobre las dársenas y los muelles en busca de una mota de
color amarillo. Vio cómo subían a bordo toneles de vino, ramos de flores y
canastos repletos de fruta de invernadero mientras cientos de personas agitaban
banderines con la Union Jack y otras muchas ondeaban con frenesí gorras,
sombreros y pañuelos de encaje. Entretanto, una banda militar interpretaba
canciones marciales bajo un sol de justicia. El joven apenas podía reprimir la
impaciencia ante la aventura que se presentaba ante él.
-Moira me avisó: era muy improbable que la
superintendente Nightingale les concediera permiso -le había consolado el
capitán Rutherford mientras se acodaba en la barandilla y se inclinaba para ver
qué buscaba su compañero con la mirada.
Sinclair observó al capitán, cuya frente
estaba bañada en sudor.
-Ya le dije a Moira que esa mujer era muy
poco patriótica -concluyó, quitándose la pelliza y dejándola sobre la
barandilla.
Sinclair jamás había terminado de entender
el vínculo existente entre su amigo y la señorita Mulcahy. Su propia relación
con Eleanor Ames era inusual en sí misma y no tenía futuro si se era realista,
como le habría dicho cualquiera al joven oficial, pero la de Rutherford con la
pechugona y campechana irlandesa era todavía más extraña, pues éste provenía de
una prominente familia del condado de Dorset y estaba destinado a ostentar un
título nobiliario. Semejante enlace horrorizaría a su linaje. Todos comprendían
que los oficiales de caballería tuvieran líos de faldas en la ciudad y a menudo
se mostraban indulgentes con algún que otro affaire imprudente y poco juicioso,
pero también eran de la opinión de que un joven debía recuperar la cordura en
algún momento, sobre todo en víspera de una gran expedición al extranjero.
Suponía la ocasión perfecta, y perfecta en semejante contexto significaba
cortar el vínculo. Era una de las mayores ventajas de estar en el ejército.
Sinclair había detectado en Rutherford una
extraña veta sentimental a pesar de sus bravatas: ya no se encontraba a gusto
en los salones a los cuales era invitado con regularidad ni en la compañía de
las mujeres en general. En una ocasión le había visto moverse con torpeza hasta
derribar a una joven a quien le estaban presentando, y había desarrollado un
gusto creciente por permanecer en el cuartel, donde disfrutaba de la
camaradería y un lenguaje subido de tono. La enfermera Moira Mulcahy tenía algo
que le encandilaba, pese a sus modales de clase trabajadora. Él sospechaba que
lo que le atraía de Moira era precisamente esa falta de refinamiento, unido,
por supuesto, a esos pechos pródigos siempre expuestos. Fue entonces cuando
cayó en la cuenta de que tal vez haría mejor en intentar localizar una
pincelada de carne cremosa entre la multitud de los muelles que el vestido
amarillo que tendría al lado.
Sinclair veía a James Thomas Brudenell,
lord Cardigan, montado a caballo desde su posición en cubierta. Se había puesto
sus mejores galas y estaba rodeado por sus ayudantes de campo mientras daba
órdenes a pleno pulmón. Lucía patillas crecidas y un poblado mostacho rojizo.
Era un hombre apuesto y vanidoso que se erguía todo lo posible sobre la silla
de montar. Era bien conocido por ser un hombre de prontos, profesaba una
devoción casi fanática en lo tocante al protocolo y resultaba de lo más
quisquilloso en los asuntos de honor. De hecho, una de sus salidas de tono en
el comedor de oficiales había provocado un escándalo cuyas repercusiones
todavía coleaban. La cuestión había comenzado cuando lord Cardigan se había
vanagloriado de que en su mesa sólo podía servirse champán y ninguna pinta de
porter, esa cerveza negra tan del gusto de los ‹indios›, los veteranos que
habían prestado sus servicios en la India. Unos instantes antes los criados
habían escanciado vino de Mosela y habían dejado la botella negra encima de la
mesa, y un edecán del general pidió que le sirvieran Mosela poco después de que
hubiera soltado su filípica lord Cardigan, a quien se le subió la sangre a la
cabeza cuando vio la botella negra de vino y la confundió con una de cerveza
porter, y acabó insultando a un capitán del regimiento. Todo Londres se enteró
antes de que pudieran echarle tierra al asunto, lo cual convirtió al conde de
Cardigan en objeto de burla. No podía asistir al teatro no pasear a sus
sabuesos irlandeses por Brunswick Square sin oír la rechifla: ‹¡Botella
negra!›. El incidente molestaba en especial a los hombres que estaban bajo su
mando y cuando alguien lo mencionaba, la cosa solía acabar en reyerta.
Aunque el 17º regimiento de lanceros estaba
nominalmente bajo el mando de lord Lucan, el obstinado cuñado de Cardigan, el
teniente Copley sospechaba que ellos, los desventurados soldados, estaban
atrapados en medio de una amarga rivalidad familiar.
-Eh, ¿puedo tomar esto en préstamo? -dijo
Rutherford a un oficial del barco que pasaba por allí con un telescopio en la
mano.
El marino se lo cedió de forma inmediata y
continuó con sus quehaceres, tal vez influido por la riqueza del atuendo de
Rutherford, cuyo grado en el escalafón no era capaz de determinar.
El capitán alzó el anteojo y estudió la
multitud desde lo alto de High Street hasta el fondo de las rampas de carga
mientras resonaba el interminable golpeteo de las botas de los soldados al
marchar, los relinchos y resoplidos de los caballos, las notas erráticas de los
himnos del 6º regimiento de dragones de Inniskilling interpretrados por la
banda militar que las rachas de viento empujaban hacia el mar. Hubo una orden
que se repitió varias veces por los muelles y docenas de marineros empezaron a
reunir a los rezagados, quienes intercambiaron rápidos abrazos, recuerdos y
buenos deseos con sus familias. Poco después acordonaron las rampas e izaron
los botes. Los trabajadores de los muelles desanudaron las gruesas amarras y
las arrojaron a un lado después de haberlas soltado.
El capitán pareció concluir su búsqueda con
las manos vacías.
-Voy a tener unas palabritas con esa tal
Florence Nightingale la próxima vez que la vea -masculló Rutherford,
enfurruñado.
-Déjame intentarlo a mí -le pidió Sinclair
mientras le quitaba el catalejo.
Lo primero de todo vio las grupas de un
caballo, el de lord Cardigan para ser más exactos, pues regresaba a la ciudad.
Se rumoreaba que el gran señor se reuniría con sus tropas más tarde, ya que iba
a hacer el viaje disfrutando de las comodidades de un barco francés.
Sinclair tuvo la misma suerte que
Rutherford. Le pareció ver por un momento a la dama amiga de Frenchie, Dolly,
pero las dimensiones del sombrero dificultaban la visión del rostro y no pudo
estar seguro. De hecho, había perdido de vista incluso a Frenchie. Se había
separado de ellos en la melé y presumiblemente se hallaba perdido en algún
lugar de la atestada cubierta del Henry Wilson. Sinclair vio a un niño de la
mano de su madre, el pequeño sonreía con bravura; entretanto, y algo más lejos,
otro muchacho intentaba dar caza a un gorrión herido que andaba a saltitos
entre las ruedas de un carromato de intendencia.
Docenas de marineros cumplieron órdenes
impartidas a gritos: subieron afanosos a las jarcias y soltaron las velas,
dejando que se desplegaran en medio de un sonoro flameo. La nave crujió y
profirió un gemido como el de un gigante entumecido al despertar. Ahora, una
franja de agua salobre separaba el barco de los muelles. Sinclair peinó el
puerto de un extremo a otro, fijando el prismático primero ante una mota
amarilla que resultó ser una sombrilla y luego ante un cartel azafranado donde
se publicitaba una obra en el teatro Drury Lane. -Me pregunto cuándo vamos a
tener ocasión de participar en una batalla, la primera, pero una de verdad
-comentó Rutherford-. Sólo espero que no sea alguna escaramuza, donde deberemos
permanecer todos muy juntos y no habrá ocasión de usar la lanza como es debido.
La lanza había sido una innovación
relativamente moderna tomada de los lanceros polacos que tanto se habían
distinguido en Waterloo; sus uniformes se habían diseñado también a semejanza
de los de aquéllos.
Sinclair murmuró unas palabras de
asentimiento mientras continuaba su búsqueda por los muelles. Los vaivenes y
las sacudidas del barco dificultaban la visión de un punto fijo, por lo que
estaba a punto de rendirse cuando vio una calesa sin capota bajar por un
callejón. Dos figuras bajaron de un salto y corrieron hacia los muelles. La
primera lucía un vestido amarillo y la segunda un delantal blanco. El teniente
se aferró a la barandilla con una mano y con la otra enfocó el catalejo.
Eleanor se sostenía el gorro de enfermera con una mano mientras correteaba en
cabeza, seguida de Moira, que avanzaba pesadamente con las faldas levantadas
para marchar con más libertad.
El Henry Wilson se hallaba ahora a unas
cincuenta brazas del muelle y el pabellón ondeando desde popa le oscurecía la
visión, pero él podía jurar que las mujeres tenían las miradas fijas en uno de
los otros transportes que acababan de zarpar. La señorita Ames detuvo a un
hombre de uniforme y tras un breve intercambio de palabras tomó a Moira del
brazo y la llevó hacia la zona del puerto desde la que acababa de zarpar el
barco del regimiento de lanceros.
La bandera tremoló al viento entre
chasquidos y Sinclair voceó a Rutherford:
-¡Ahí están, acercándose al muelle!
Su amigo estiró el cuello por encima de la
barandilla del baluarte. Sinclair sujetó el catalejo entre el costado y un
brazo mientras con el otro realizaba amplios movimientos de saludo.
Nuevas velas se desplegaron en cascada
desde los masteleros y el velero se impulsó hacia delante de forma inmediata.
La tierra fue quedando atrás, y los componentes del gentío, reducidos a simples
motas.
Sinclair alzó el catalejo de nuevo y
localizó la mota amarilla una última vez. Deseó que ella mirase en su
dirección, pero por alguna razón Eleanor parecía tener los ojos fijos en las
velas hinchadas, y creyó haber visto la mirada de sus ojos verdes fija en él
justo cuando la nave cabeceó por efecto de la primera ola que había logrado
eludir al rompeolas en medio de un surtidor de espuma que roció a cuantos
estaban en cubierta. O al menos eso fue lo que él eligió creer.
Las semanas posteriores fueron las más
miserables de la existencia del joven Copley. Él se había alistado en el
ejército para cabalgar en busca de la gloria, y también, la verdad sea dicha,
para poder desfilar por la capital con el elegante uniforme de los lanceros,
pero no para pasar por todo aquello, no para estar atrapado en las entrañas
hediondas de una nave abarrotada no para comer un día sí y otro también tocino
frío y galletas de harina, de las que apenas sí quedaba un puñado de migas una
vez que sacaba los gorgojos, no para pasarse una noche tras otra en una oscura
y espantosa bodega, haciendo todo lo posible para mantener con vida a Áyax.
Añoraba mucho su vida en la capital: las partidas de cartas y las apuestas en
las peleas de perros así como las veladas en el Salón de Afrodita. (La historia
de cómo había tirado por la ventana a Fitzroy se había convertido en una
leyenda del regimiento). Se acordaba del fino oporto y el champán helado del
Logchamps Club cada vez que el camarero del barco le servía su minúscula ración
diaria de ron, y echó mucho de menos el salón climatizado del cuartel para
mantener la humedad de los puros cuando el segundo de a bordo, un simple
plebeyo, le reprendió por fumarse un pitillo debajo de cubierta, y eso por no
hablar de la fusta de montar que le habría gustado emplear con el hombre que se
había atrevido a dirigirse a él de ese modo. El ejército le había convenido
hasta aquel momento a pesar de la miríada de reglas y normas, pero algo iba
cambiando en su interior a cada hora pasada a bordo de aquella nave bamboleante
y hedionda. Sentía en lo más hondo de su pecho un resentimiento cada vez mayor,
tenía la sensación de que le habían engañado y estafado a base de bien.
Los ánimos de sus amigos andaban también
por los suelos. Frenchie, que siempre estaba dispuesto a silbar una tonada o
contar un chiste, yacía sobre una oscilante hamaca con el rostro más verde que
el pitch central de un campo de críquet y agarrándose las tripas con las manos;
y Rutherford, un sempiterno bravucón que siempre andaba haciéndose notar,
hablaba ahora con menos confianza, y eso cuando despegaba los labios. Otro
tanto ocurría con muchos compañeros: Winslow, Martins, Cartwright y Mills
deambulaban por la nave como espectros: iban sin afeitar y con la ropa siempre
empapada. El aire en cubierta era más frío, pero en las bodegas la muerte daba
un recital a todas horas, y no sucumbían sólo las monturas: cada vez perecía un
número mayor de soldados, víctimas de la disentería, un cólico o alguna otra
afección, y era necesario arrojarlos por la borda. El trámite guardaba un gran
parecido a tirar un cubo de basura en el revuelto oleaje del mar. Sinclair
había tenido la oportunidad de ver de cerca cómo era la vida a bordo de un
barco de la corona, y ahora tenía clara una cosa: una carrera en la Armada
estaba más allá de toda lógica.
Sólo el sargento Hatch, el ‹indio› objeto
de mofas por parte del alto mando y los oficiales, parecía sobrellevarlo todo
sin problema alguno. Sinclair era consciente de que ese baldón social le
manchaba a él también si confraternizaba con el suboficial, y de hecho,
Rutherford había ido más lejos, le había prevenido de los peligros de tratar
con alguien de tan baja extracción social, pero el joven teniente había
descubierto que el trato con el sargento le daba cierta estabilidad. Hatch
había aceptado hacía mucho tiempo cuál era su papel tanto en la vida como en el
ejército. Sabía qué pensaban de él, qué se esperaba de él y cómo iba a hacerlo.
El sargento jamás buscaba la compañía de Sinclair, consciente de la diferencia
de rangos, pero parecía aceptarla siempre de buen grado, eso sí, a su manera,
de forma reservada, en especial desde que descubrieron que ambos eran grandes
admiradores del capitán Lewis Edward Nolan, cuyas teorías sobre el
adiestramiento de las monturas habían empezado a ser objeto de una notable
atención. Nolan conseguía con palabras amables, caricias y un par de terrones
de azúcar lo que antes se obtenía con la fusta y las espuelas. Sus métodos
habían sido desarrollados sobre todo en Austria, donde él había sido cadete y
luego oficial en el ejército de Su Majestad por una cuestión de honor y ahora
estaba destinado en el 15º regimiento de húsares, y al igual que ellos también
viajaba rumbo al mar negro.
-Lo vi en persona una vez -comentó el
sargento mientras daba de comer un poco de cebada a su corcel, Absulá. La
flotilla se había hecho a la mar sin suficientes reservas de forraje para los
caballos, como con casi todo lo demás, razón por la cual los animales debían
pasar hambre además de sufrir otros tormentos-. Se acabó por ahora -le dijo al
caballo cuando le lamió la mano con desesperación en busca de más alimento. Él
le acarició el hocico-. No habrá más hasta mañana.
-¿Es el mejor jinete que habéis visto?
-quiso saber Sinclair-. Me han dicho que nadie le llega ni a la suela del
zapato.
El veterano esbozó una sonrisa.
-Resulta difícil saberlo. Estaba realizando
un simple reconocimiento del terreno con los ayudantes de campo de lord Raglan.
-Sinclair se sintió como un chiquillo, como le ocurría a menudo en compañía de
Hatch-. No obstante, sí, se comportaba de una forma muy natural con el caballo,
y apenas movía los pies ni las manos. El animal parecía saber qué quería su
jinete de él.
Abdulá estiró el cuello y empujó el hombro
de su jinete con cierta fuerza. Éste se alejó un poco.
-Quizá convendría subir a cubierta
-sugirió. La invitación era poco frecuente-. Este pobre va a intentar comerse
mis charreteras si seguimos aquí abajo.
Lo dijo en tono de broma, pero ambos sabían
que no lo era.
Debieron pasar por encima de varios
soldados indispuestos mientras se dirigían a cubierta, pues la enfermería
estaba hasta los topes desde hacía mucho tiempo. Se abrían paso con dificultad
cuando se escuchó el sonoro plaf. Habían tirado por la borda otro cadáver
envuelto en una lona. Unos cuantos músicos de la banda militar habían
interpretado la Marcha fúnebre de Saúl, de Händel, cuando se produjeron las
primeras bajas, pero los oficiales restringieron ese hábito conforme las
muertes fueron en aumento y los entierros marinos se convirtieron en algo
cotidiano. Sinclair había escuchado cómo el capitán del barco admitía ante uno
de los oficiales:
-La moral ya está por los suelos, y voy a
enloquecer si vuelvo a oír ese maldito oratorio. El sargento y el teniente
hallaron unos pocos metros libres de cubierta donde pudieron sentarse con la
espalda apoyada contra el mástil. Hatch llenó la cazoleta de la pipa de un
tabaco de aroma dulce al cual se había aficionado en la India. Winslow acertó a
pasar dando un paseo y miró de forma extraña a Sinclair, y éste le devolvió la
mirada de igual modo.
El suboficial notó el intercambio de
miradas.
-No se hace usted ningún favor teniendo
trato con los de mi clase, teniente -observó el sargento mientras encendía el
tabaco.
-Yo converso con quien me place.
-No les gusta que se lo recuerden.
-¿El qué...?
-Que no han derramado su sangre como yo en
la batalla de Chillianwallah.
Dio una calada y el extraño aroma a hierba
flotó en el aire. Incluso Sinclair sabía que el sargento Hatch había tomado
parte en esa contienda, uno de los peores desastres de la caballería británica.
Los posteriores informes sobre el escándalo evidenciaron que una brigada de
caballería ligera había avanzado contra el poderoso ejército sij hasta llegar a
los pies del Hilamaya sin haber tomado la precaución de enviar exploradores por
delante para reconocer el terreno. De pronto, se encontraron frente a una
nutrida formación enemiga. Los escuadrones del centro de la vanguardia
rehusaron avanzar o recibieron órdenes de retroceder, nunca se esclareció ese
punto, y volvieron grupas, sólo para chocar con las líneas siguientes. Los sij
eran famosos por no dar cuartel y se lanzaron a la carga con los kirpans en
alto en cuanto vieron el caos. Dos regimientos británicos y sus homólogos
bengalíes dieron media vuelta y se fugaron, sacrificando así cientos de vidas y
las insignias de tres regimientos. El recuerdo de la debacle todavía escocía a
pesar de los cinco años transcurridos.
-Por esa razón llevo esto debajo de la
camisa -dijo Hatch, alzando una cadena de la cual colgaba una dorada chapa
militar con una inscripción que rezaba ‹Campaña de Punjab, 1848-49›. Volvió a
esconderlo de las miradas-. Todos cuantos sobrevivimos a ese día buscamos la
oportunidad de redimirnos.
El viento llevó hasta ellos el grito
proferido por el vigía desde el nido del cuervo. Varios oficiales del barco lo
oyeron y lo repitieron. Sinclair y Hatch se pusieron de pie enseguida y
acudieron a la barandilla de estribor. Los hombres en condiciones de andar se
abrieron paso a codazos hasta disponer de un sitio en cubierta, cuando se
disipó el velo de la bruma, revelando la sinuosa costa de Crimea y una flotilla
de navíos británicos anclados. El Henry Wilson se deslizó hacia las tranquilas
aguas después de que la tripulación recogiera las velas de los juanetes y
sobrejuanetes. Sinclair escuchó a lo lejos algún toque de corneta y atisbó el
destello de las armas sobre la playa. Se le aceleró el pulso al comprender que
el desembarco ya había comenzado. A juzgar por lo que podía discernir viendo
los acantilados, Crimea era una tierra de vastas estepas, una planicie ondulada
carente de árboles y arbustos, en suma, ideal para los movimientos de
caballería. Le entraron ganas de subir a Áyax y llevarle hasta esas tierras,
para que pudiera pastar en ellas y correr por esas colinas de apariencia
bucólica.
La embarcación echó anclas cuando estuvo
más cerca de la costa. Sólo entonces se percató Sinclair de la presencia de
ciertos objetos flotantes que cabeceaban al ritmo de olas. Creyó en un primer
momento que era alguna manifestación de vida acuática. El rítmico subibaja de
esas formas recordaba al de las boyas. ¿Qué podría ser aquello? ¿Delfines tal
vez? ¿podría haber focas en esas latitudes? Dejó de preguntárselo cuando una de
las siluetas fue arrastrada hasta la proa del Henry Wilson y pasó junto al barco;
entonces, pudo verlo: los remolinos del agua lo zarandeaban y se golpeó varias
veces contra el casco de madera, pero luego giraba sobre sí mismo y se alejaba.
De pronto, comprendió que eran la cabeza y los hombros de un soldado inglés aún
vestido con la casaca roja. La cabeza inerte se ladeaba de un hombro a otro y
tenía descarnadas las mejillas, pero los ojos vidriosos todavía mantenían fija
la mirada. Enseguida se marchó, desapareciendo tras la popa, rumbo a alta mar.
Pero había muchas otras más, flotando como
horrísonas manzanas rojas en un barril.
Un marino acodado cerca de Sinclair en la
barandilla se santiguó.
-Han muerto de cólera -musitó-. Es
demasiado peligroso enterrar o quemar los cuerpos.
El teniente Copley se volvió hacia el
sargento Hatch, que mordía con fuerza la boquilla de la pipa.
-Pe-pero... ¿y esto? -quiso saber el joven.
Hatch retiró la pipa de los labios antes de
contestar:
-Lastran los cuerpos con piedras antes de
tirarlos al mar... Pretenden que se queden en el fondo, pero a veces los pesos
son insuficientes.
-Y los cadáveres se hinchan -concluyó el
marinero con voz grave-. Algunos suben a echar una última miradita por aquí.
Sinclair buscó con los ojos la bulliciosa
actividad del puerto: barcos y transportes descargaban sus mercancías y las
tropas subían a bordo de botes blancos para llegar hasta la orilla, donde la
brisa marina hacía ondear las banderas y las bayonetas centelleaban al sol.
Luego, volvió a mirar hacia abajo, al mar, donde los restos flotantes se
balanceaban siguiendo la cadencia impuesta por las olas coronadas de espuma
blanca.
-¿Cómo se llama este lugar? -inquirió,
seguro de que no iba a olvidarlo jamás.
El marino soltó una risilla amarga entre
dientes y se llevó un dedo a la ceja en señal de respeto antes de marcharse.
-Kalamita... Bahía Calamidad, así se llama.
CAPÍTULO
VEINTIUNO
11 de diciembre, 13:00 horas
A VECES, MUCHOS CREÍAN que Betty Snodgrass
y Tina Gustafson eran hermanas. Ambas eran ‹mujeres de huesos grandes›, como
solían decir entre ellas a modo de broma, de cabellos rubios y rostros francos.
Se habían conocido en la renombrada facultad de Glaciología y Ciencias Árticas
de la Universidad de Idaho, que era la primera opción, aunque no la última,
para convertirse en las reinas del hielo. La Glaciología estaba considerada
como la más dura, rigurosa y severa de todas las ciencias y era la especialidad
en que ambas estaban interesadas sin ningún género de dudas. Ellas no querían
nada flojucho, blando o femenino. Deseaban algo que requiriese aguante y
agallas. No era posible pasar mucho tiempo tostándose al sol en las blancas
playas de Cozumel si querían convertirse en buenas glaciólogas, y no lo
pasaron.
Pero habían logrado plenamente su deseo.
En Point Adélie llevaban una vida espartana
al aire libre, realizando perforaciones a fin de conseguir muestras que luego
conservaban en un congelador subterráneo a una temperatura constante de siete
grados bajo cero, y si necesitaban usar hielo menos apelmazado, lo depositaban
en el almacén de muestras antes de analizar las muestras de isótopos y gases,
gracias a las cuales era posible detectar las eventuales alteraciones
producidas en la atmósfera terrestre con el discurrir de los siglos. Y con el
tiempo habían llegado a convertirse en unas consumadas tallistas del hielo, de
modo que les complacía pensar que eran las mejores en eso. Betty solía bromear
con Tina diciéndole que si todo se torcía y no podían trabajar como
glaciólogas, siemrpe podrían ganarse la vida haciendo esculturas de hielo para
bodas y las ceremonias judías del bar mitzvá.
El descubrimiento de Michael exigía un
trabajo que parecía estar hecho a medida de las glaciólogas. El enorme sillar
de hielo arrancado del glaciar permanecía erguido en medio de los cilindros
helados alineados al fondo y del cajón de madera -marcado con una etiqueta
donde estaba escrita la palabra ‹plasma›- utilizado para dar cobijo a Ollie, el
polluelo de págalo. Alrededor de aquella suerte de aprisco se alzaba una valla
de casi dos metros de altura; estaba hecha de chapas metálicas y hacía las
veces de cortavientos, sólo que aquel redil no tenía tejado ni suelo, salvo el
cielo gris en lo alto y el piso de la helada tundra debajo.
Betty y Tina se habían puesto batas blancas
sobre la indumentaria de trabajo por la fuerza de la costumbre -los núcleos se
contaminaban con facilidad-, a pesar de ser una precaución innecesaria con esa
muestra: no iban a poder efectuar una datación tras lo mucho que se había
comprometido el resultado al cortarlo con las sierras e izarlo hasta la cabaña
de inmersión, a lo cual debía añadirse luego el transporte en el trineo. De
todos modos, la mejor evidencia de la fecha se obtendría gracias a los cuerpos
atrapados dentro del témpano. Betty era capaz de ver la forma y el estilo de
vestir de la mujer incluso a pesar de que todavía era preciso arrancar
bastantes centímetros de hielo. El aspecto de la joven le recordaba vagamente a
la serie de televisión Masterpiece Theatre, donde se representaban muchas
biografías y adaptaciones de textos clásicos. Solía verlo a menudo cuando era
niña. Le pareció incluso detectar el brillo apagado de un broche de marfil
sobre el pecho de la dama.
Procuraba no mirarla a los ojos mientras
usaba la perforadora, la sierra o el pico. No se sentía cómoda.
Tina trabajaba en la parte posterior del
bloque con las mismas herramientas que ella. Como de costumbre, hablaban de
cualquier otra cosa, sobre todo de los cambios recientes en la cúpula de la
NSF. Tina se detuvo y anunció:
-Tenían razón.
-¿Respecto a qué? -preguntó Betty tras
arrancar otra capa de hielo.
-Hay otra persona atrapada en el hielo.
Ahora puedo verla.
Betty dio la vuelta por detrás y también
ella pudo apreciar la presencia de otro sujeto. La cabeza del hombre estaba
pegada a la espalda de la mujer y tenía el cuello sujeto con la misma cadena
que sujetaba a la chica. Lucía un bigotito y parecía llevar algún tipo de
uniforme. Tina y Betty se miraron, y luego ésta sugirió:
-Tal vez deberíamos echar el freno.
-Esto podría ser más grande de lo que
podemos manejar aquí abajo. Tal vez sea el tipo de hallazgos que debemos enviar
a los laboratorios de la NSF en Washington, D.C. o incluso a la Universidad de
Idaho.
-¿Qué...? ¿Y perdernos la oportunidad de
pasar a la historia...?
Wilde venía cargado con el equipo (cámaras,
trípode y un par de focos), razón por la cual no tenía una mano libre para
abrir el panel metálico que cumplía la función de puerta de entrada al almacén
de muestras y se limitó a llamar con la punta del pie. Escuchó a las
glaciólogas hablar detrás de la entrada, una de ellas acababa de decir algo
sobre historia. Cuando Betty retiró la plancha, el periodista se disculpó:
-Perdonad que no os haya avisado antes de
venir.
-Está bien. Nos encanta la compañía.
-La de los vivos -le corrigió Tina con tono
admonitorio.
Pero Michael estaba tan concentrado en su
tarea que no se percató de la indirecta. En vez de eso, depositó varios objetos
en el suelo y de inmediato se encaminó hacia el cajón de la esquina. Se
arrodilló y miró dentro. Ollie estaba tan acostumbrado a la presencia del
periodista que se levantó nada ma´s verle y caminó balanceándose hacia él.
Michael rebuscó entre sus ropas y sacó unas tiras de beicon que acaba de tomar
en el comedor y le tendió una. El págalo ladeó su suave cabeza gris -cada días
se parecía más a una gaviota- y estudió la tira unos instantes para luego
tomarla de un rápido picotazo.
-Eh, casi te llevas mi dedo.
Michael colocó el resto de la comida en el
borde de la caja y fue a incorporarse, pero se quedó a mitad del movimiento
cuando vio las miradas de aprensión de Betty y Tina:
-No me pongáis esos caretos... Los págalos
comen de todo.
-No es eso -repuso Betty.
Entonces, siguió la dirección de la mirada
de Tina hacia el témpano.
-¡Guau, yo tenía razón!
Había un hombre enterrado en el hielo. Si
ella era la Bella Durmiente, entonces, ¿quién era él? ¿El auténtico Príncipe
Azul? Michael tuvo la impresión de que había sido soldado a juzgar por el galón
dorado que parecía entreverse a la altura del pecho.
Y también experimentó un sentimiento de lo
más extraño, un sentimiento de alivio al saber que ella no había estado sola
todo ese tiempo.
-No cortéis más -les pidió-. Necesito hacer
una fotografía de este estado del proceso.
Montó unos focos enseguida y los situó
alrededor del monolito. Era un día extremadamente frío y gris, y la luz
artificial convirtió el sillar helado en un deslumbrante faro.
-Precisamente Betty y yo estábamos
hablando... -se aventuró Tina-. Pensábamos que algo tan extraordinario tal vez
debería conservarse intacto.
Michael estaba demasiado abstraído en el
juego de luces como para responder a esas palabras. ¿De qué forma podría
obtenerse la imagen de lo que descansaba dentro del témpano? El juego de luces
y sombras, por no mencionar los reflejos del hielo, podían ser la muerte de una
instantánea, pero bueno, eso formaba parte del desafío a su capacidad como
fotógrafo. Se subió las gafas de sol hasta el gorro de lana para hacer una
lectura precisa de la luz incidente.
-¿No deberíamos ir un poco más despacio y
sopesar todo esto con mayor detenimiento?
-¿Qué hay que considerar? -preguntó el
reportero.
-El proceso de extracción de esos
cuerpos... Tal vez sean precisos medios de envergadura inexistentes en nuestros
laboratorios. Me estoy refiriendo a rayos X o a una resonancia magnética.
-Darryl está convencido de tener todo el
equipo y los recursos necesarios -contestó Michael, aunque se tomó un tiempo
antes de responder. ¿Y si se estaba precipitando con eso? ¿Y si se infligía un
daño que impedía demostrar la autenticidad de un descubrimiento casi milagroso?
-La cuestión no es sacarlos de ahí de una
pieza -agregó Tina-. Eso es muy fácil. Lo complicado es conservarlos después.
¿Y si Darryl no sabía lo que se traía entre
manos? ¿Y si la Antártida no era básicamente un enorme y gran frigorífico? ¿Qué
ocurriría si no podían mantener los cuerpos a temperatura lo bastante baja como
para evitar el deterioro posterior a la extracción?
Fueran cuales fuesen las respuestas a esas
preguntas, en ese momento debía hacer su trabajo. El hallazgo no era sólo un
bombazo para Eco-Travel Magazine, sino que el National Magazine Asward se
ganaba con esa clase de reportajes. Debía prestar atención y no meter la pata.
Antes de dejarlo correr, Joe Gillespie, su editor, se había lamentado de que
hubiera vuelto de su tragedia en la cordillera de las Cascadas sin ninguna
fotografía. A veces, Michael sospechaba que lo único que le interesaba a
Gillespie era la primicia.
En cuanto hubo elegido el equipo y las
cámaras adecuadas Michael tomó unas fotografías del contenido del témpano:
primero del hombre, cuyo semblante seguía oculto en su mayor parte, y después
de la dama. Era un trabajo peliagudo captar las características del hielo sin
que los reflejos y la refracción perjudicasen la instantánea, pero a él le
gustaba esa clase de retos. El material de calidad siempre era el más difícil
de obtener. Tomó un par de docenas de fotos a las dos glaciólogas cuando
volvieron al trabajo a instancias suyas y un par a Ollie cuando hizo acto de
presencia para comprobar si las láminas de hielo desprendidas eran o no
comestibles.
El viento soplaba con bríos renovados y la
verja de metal se estremecía con virulencia a pesar de estar firmemente sujeta
al suelo, produciendo un estrépito tal que resultaba difícil hacerse oír y
Michael debía hablar a gritos con Tina y Betty para indicarles que se movieran
a derecha o a izquierda, buscando la luz o la sombra. No tardó en percibir la
incomodidad de ambas. Supuso que las reinas del hielo eran de ese tipo de
personas poco aficionadas a ser fotografiadas y no les hacía gracia alguna ser
objeto de publicidad.
-Sólo una más con el taladro de mano unos
centímetros más arriba -le imploró a Betty, pues la actual posición del aparato
ensombrecía el semblante de la Bella Durmiente.
Ella le complació y cambió la mano de
posición mientras Michael se apresuraba a recolocar un foco de luz, desplazado
por una racha de viento. La iluminación caía de pleno sobre el hielo y él se
acercó todavía más a fin de que la instantánea recogiera la mayor cantidad
posible de detalles y matices. Nunca se había visto con tanta nitidez el rostro
de la joven, ya fuera cosa de los voltios de luz adicionales o fruto del
trabajo realizado por Betty a lo largo de la mañana.
La Bella Durmiente tenía la misma expresión
que recordaba haber visto durante la segunda inmersión. Le maravillaba pensar
que él hubiera creído que podía haber cambiado. ‹Es curioso la de jugarretas
que puede gastarte la memoria›, se dijo mientras tomaba otras dos imágenes,
pero no le valieron en cuanto se percató de que proyectaba su propia sombra en
el plano, por lo que ladeó los hombros y se desplazó unos centímetros hacia un
lado, y al encuadrar se dio cuenta de que algo había cambiado. Él tenía muy
buen ojo para los detalles, sus profesores de fotografía siempre lo habían
dicho, y también los editores, y estaba convencido de que se había operado un
cambio en la imagen. Tal vez fuera algo efímero e insignificante, pero existía;
volvió a suceder de nuevo cuando se puso en otra posición: las pupilas de la
mujer se habían contraído.
Bajó la cámara digital para examinar una
tras otra todas las fotografías guardadas en la memoria. Las había tomado desde
delante, desde detrás, y desde todos los ángulos. El cambio era ínfimo, pero él
seguía convencido de que lo había.
-¡Te encontré! -oyó decir a Darryl por
encima del traqueteo metálico de la cerca metálica-. Tienes una llamada de
teléfono... Es una tal Karen. Te está esperando.-El biólogo entró y observó el
trabajo de Betty y Tina en el bloque de hielo-. ¡Vaya, cuánto habéis avanzado!
Michael asintió y dijo:
-Que todo se quede como está, vuelvo
enseguida.
-No creo que debas dejar encendidos los
focos -replicó Betty.
La glacióloga estaba en lo cierto. Michael
acomodó la cámara dentro del anorak y antes de dirigirse al módulo de la
administración apagó los focos. El témpano pasó de ser una columna refulgente a
un sombrío monolito.
CAPÍTULO
VEINTIDÓS
11 de diciembre, 15:00 horas
-LO SIENTO -SE DISCULPÓ Karen-. ¿He
interrumpido algo importante?
-No, no. Siempre estoy deseando tener
noticias tuyas, ya lo sabes. -En realidad, tenía el corazón en un puño cada vez
que se sentaba en esa sala para contestar al teléfono por satélite-. ¿Qué
ocurre?
Wilde empujó la puerta con el pie hasta
dejar cerrado el locutorio; luego, se agachó hacia una silla de ordenador sin
brazos laterales.
-Pensé que debía informarte de que Kristin
va a abandonar el hospital por si vuelves a telefonear allí.
Le subió la moral por unos instantes.
¿Kristin volvía a casa? Era una noticia estupenda, mas el tono de Karen no era
alegre, lo cual le llevó a preguntar:
-¿Y adónde va?
-A casa.
Volvió a quedarse perplejo. Eso era una
buena señal, ¿o no?
-¿Los doctores creen que ha mejorado lo
suficiente como para volver a casa?
-No, en realidad, no, pero papá cree que
sí.
Eso le encajaba a la perfección. El señor
Nelson no era de los que permitían que ningún profesional le desviase de su
camino.
-Papá cree que no están haciendo lo
suficiente por ella... Se refiere a la terapia física y todo el rollo ese
cognoscitivo... Al final, ha decidido contratar a su propio equipo y llevarlos
a casa, donde él pueda controlarlos de cerca.
-¿Quién va a estar al volante?
-A mí no me mires. Es la gran idea de papá,
los demás sólo vamos en el coche.
Eso también le cuadraba con la dinámica de
la familia. Sólo Kristin se había negado activamente a dejarse llevar, y aunque
Michael no dudaba ni por un momento de cuánto amaba a su hija el señor Nelson,
también veía que ese camino, definitivo e irrefutable, le permitía recuperar el
control sobre ella por completo.
-¿Cuándo va a suceder eso?
-Mañana, pero se han pasado toda la semana
efectuando los arreglos: cama de hospital, aparatos de ventilación asistida,
turnos de enfermeras...
-De modo que Kristin va a volver a su
antiguo dormitorio -comentó Michael, frotándose con gesto ausente el hombros
izquierdo-. Tal vez eso sea bueno para ella.
-La verdad es que su habitación está en el
piso de arriba. No hace falta que te lo diga, ¿verdad? -repuso ella con una
risa seca-. Era demasiado complicado subirlo todo, así que hemos utilizado el
cuarto de estar.
-Ah, vale. Eso tiene sentido -contestó él.
La estática interrumpió de forma repentina la comunicación y Michael aprovechó
para ver qué sacaba en claro de todo eso. ¿Era una buena idea o una medida
desesperada? ¿Cómo podían los padres y la hermana supervisar la recuperación de
Kristin por muchas enfermeras que hubiera a todas horas?
De todos modos, la recuperación de Kristin
era imposible por lo que Michael había entendido de la conversación con los
médicos. Sólo Dios sabía cuánto había intentado creer que iba a ponerse bien
aquella fría e interminable noche en las Cascadas, y también durante el día
siguiente se había obligado a ser optimista y pensar en positivo. Había deseado
creer que ella iba a despertar y volver en sí, y que pronto él volvería a
llevarla a practicar alpinismo en las montañas.
Al romper el alba del día siguiente al
accidente se deslizó fuera del saco de dormir que había compartido con ella
durante la noche y se frotó las extremidades a fin de recobrar la sensibilidad.
Tenía un moratón púrpura enorme en el muslo donde se había apoyado sobre el
mosquetón y el hombro aún le hacía ver las estrellas. Rompió el envoltorio de
otra barrita energética y la devoró en un santiamén. Al mirar a lo alto
distinguió un avión privado volando por encima de su cabeza. Era difícil ser
visto, y se puso a gritar, dar saltos, silbar y mover los brazos casi por puro
gusto, pero al final el aparato no ladeó las alas y ni mucho menos dio media
vuelta para echar un vistazo. Desapareció por el oeste y sólo se oyeron los
silbos de los pájaros y el susurro del viento.
Los chiflidos y los gritos tampoco habían
hecho reaccionar a Kristin, por lo que se inclinó junto a ella, le tomó el
pulso y comprobó su respiración, débil pero constante. Tenía dos alternativas:
o esperaba en esa posición con la confianza de que llegarán otros montañeros, o
intentaba bajarla por sus propios medios. Escrudiñó el horizonte, donde se
acumulaban las nubes. No subiría nadie a la cumbre si llovía o se levantaba
niebla, y la primera posibilidad parecía muy probable. No, iba a tener que
valerse por sí mismo con un complejo sistema de cuerdas y poleas improvisadas y
chapuceras. Podía bajarla entre diez y quince metros cada vez, luego
descolgarse él, rehacer todas las cuerdas y empezar de nuevo. Acabaría
encontrándose con algún excursionista si lograba descender lo suficiente, o tal
vez incluso, si se acercaba lo bastante al Gran Lago y el viento soplaba a su
favor, hacerse oír por los tripulantes de algún bote.
Maquinó un plan mientras reunía todo el
equipo que no se había caído pendiente abajo ni se había desperdigado al
abrirse la mochila. Había otra cornisa de tamaño no superior a una tabla de
planchar a siete u ocho metros por debajo, y juzgó que sería capaz de bajar a
Kristin hasta la misma. Debía tener un cuidado extremo con la cabeza y el
cuello de la muchacha, lo sabía perfectamente, pero no se le ocurría ningún
sistema para estabilizarlos al no tener nada firme con que sujetarlos. Iba a
tener que jugársela.
Invirtió casi una hora entera en improvisar
una estructura y sujetar en ella el cuerpo desmadejado de la herida, y otra más
hasta que consiguió que ambos bajaran a la repisa inferior. Para entonces,
Michael estaba empapado en sudor y cubierto de arañazos y cardenales. Se sentó
en el borde del saliente y sostuvo la cantimplora en alto para beber mientras
apoyaba la otra mano en la pierna de Kristin para sujetarla. Si hubiera dado
señal de consciencia, si le hubiera hablado unos segundos...
Unos guijarros removidos durante su
descenso se desprendieron de la pared y cayeron sobre su precario nido de
águila.
Los nubarrones se acercaron todavía más.
Luego miró hacia abajo, a las copas de los
pinos y las aguas del lago, y supo que ese sistema requería demasiado tiempo
como para poder funcionar, pero no se atrevía a pasar una segunda noche en la
montaña, de modo que decidió ir a por todas. Se desprendió de todo el equipo
innecesario e hizo tiras los pantalones de alpinismo y alta montaña y la
camiseta, con las cuales ató a Kristin a su espalda; sus brazos pendieron
flácidos a los lados. La cabeza de la muchacha, quien todavía llevaba puesto el
casco destrozado, descansó sobre el hombro de Michael mientras éste reanudaba
la bajada resuelto a llegar al fondo y cruzar con ella el bosque de debajo o a
matarse juntos si se caían desde las alturas.
No dejó de hablar en susurros a su amada, a
la que le decía cosas como «agárrate fuerte», «acabo de encontrar un punto de
apoyo», «no te preocupes, pero creo que el hombro se me está saliendo de su
sitio otra vez» o «¿qué te parecería si fuéramos a la Ponderosa a tomar un buen
bistec? Invitas tú». Durante el descenso, la cabeza de la joven rodaba de un
lado para otro sobre sus hombros, y algunas veces él podía sentir su cálido
aliento sobre la nuca, y eso le bastaba: seguía con vida y él debía salir de allí
como fuera.
Los negros nubarrones habían encapotado el
cielo por completo, pero todavía no había estallado la tormenta. Sólo había una
suave calima en suspensión, y estaba tan acalorado por el esfuerzo que la
agradecía. Sin embargo, empezaron a caer gotas sueltas.
-Hazme un favor, Señor, por caridad: que no
llueva hasta que haya salido de esta maldita montaña.
Y Dios mantuvo su parte del trato. Michael
bajó toda la pared hasta llegar al pie del monte Washington y halló refugio
entre los pinos antes de que se abriera la caja de los truenos y el velo del
cielo se rasgara para soltar un verdadero diluvio. Se detuvo por un tiempo y se
arrodilló sobre la tierra húmeda, aspirando el intenso olor a pinaza, dejando
que le limpiara la lluvia, cuyas gotas utilizó para quitar la mugre del rostro
de la mujer y humedecerle los labios. Los parpados de Kristin se estremecieron
cuando le cayeron unas gotas encima, pero no había ningún otro indicio de vida.
Intentó cogerla de nuevo, pero estaba tan
exhausto que el cuerpo le temblaba de pura flojera y era incapaz de moverse. No
se preocupó. Tomó en brazos a su compañera y se reclinó sobre el tronco de un
árbol, donde permaneció mirando el cielo y perdió la noción del tiempo.
Era de noche cuando se estiró de nuevo,
tiritando a causa de la mojadura. Había escampado y en el cielo brillaba la
luna llena. Volvió a sujetar a Kristin a su espalda y a trompicones se dirigió
al parquin del lago, donde había aparcado el jeep. Al salir de entre los
árboles encontró a dos jóvenes vestidos con sudaderas cuyo frontal estaba
dominado por el logotipo de una fraternidad de la Universidad de Washington,
que descargaban una camioneta con la batea trasera descubierta. Apareció allí
sucio, calado de la cabeza a los pies y ensangrentado, y mientras se acercaba
ellos le miraron poco menos que como si fuera el yeti o un sasquatch, el pies
grandes de la leyenda.
-Ayuda, necesitamos ayuda -murmuró.
Luego, según narraron los dos
universitarios, se desplomó sin sentido.
Darryl supo que había llegado el momento de
tomar cartas en el asunto en cuanto vio a las dos figuras dentro del témpano.
Las glaciólogas habían quitado suficiente hielo o éste había empezado a
derretirse por efecto de los focos de Michael, y de hecho, cuando se
acuclillaba delante del bloque ya era capaz de distinguir el pomo de la espada
del soldado en su costado. La borla dorada del mismo estaba del revés.
-Habéis hecho un magnífico trabajo
-repitió, dirigiéndose a Tina y Betty- pero más valdrá llevar esto a mi
laboratorio para poder terminarlo.
Michael se había marchado a atender la
llamada vía satélite, pero ellas actuaban como si quisieran esperar a oír su
veredicto.
-Wilde vendrá dentro de unos minutos. Lo
hablamos entonces.
Pero el biólogo era lo bastante listo para
olerse que estaban tramando algo. Los científicos desarrollaban un gusto
especial por lo extraordinario, ¿por qué iban a ser diferentes las
glaciólogas?, y seguro que ellas no querían dejar pasar esa oportunidad. La
mayor parte de la ciencia era trabajo rutinario en el laboratorio: experimentos
interminables, ensayos a ciegas y un porcentaje de fallos alto. Era natural la
reticencia de cualquier científico a soltar algo novedoso, algo salido de
ninguna parte, un objeto capaz de garantizarles unas líneas en el mundo
exterior.
Él debía trabajar deprisa y con
determinación. Salió disparado hacia los cobertizos donde se guardaban las
motonieves, los sprytes y los equipos de perforación. Allí reclutó a Franklin y
a Lawson, que ya estaban al tanto del hallazgo, y los tres juntos regresaron
con una plataforma rodante de las usadas normalmente para transportar los
bidones de diesel. Mientras Betty se quejaba de que Darryl iba demasiado
deprisa y Tina se ponía un tanto neura con el rollo de la conservación de los
especímenes, sus dos reclutas volvieron a cubrir con una lona el sillar de
hielo, ahora de tamaño sensiblemente menor, antes de ladearlo para subirlo a la
plataforma. Doblaron la esquina con el fardo y lo empujaron rampa arriba,
navegando en dirección a un puerto seguro: el laboratorio de biología marina.
-¿Y dónde la ponemos ahora? -preguntó
Franklin, mirando en derredor.
Abarrotaban el lugar tubos de oxígeno
siseantes, instrumental traqueteante y tanques repletos de extrañas criaturas
bañadas por una luz azulada.
-Lo quiero aquí -indicó Hirsch mientras
caminaba hasta el gran acuario.
Mucho antes ya había quitado los
separadores, había retirado el agua sucia antes de limpiar el tanque de arriba
abajo con un raspador y luego había vuelto a llenarlo con agua marina nueva.
Había sacado el pez inquilino del acuario hasta un agujero practicado en el
hielo donde lo había soltado. Lo sentía si todavía formaba parte del
experimento de alguien, pero debería haberlo etiquetado. El biólogo pudo
distinguir a través de la banquisa cómo se escabullía y también la veloz
aproximación de una figura más oscura. Debía de ser una foca leopardo, sin
duda, que de pronto había localizado su almuerzo. La vida en la Antártida era
un negocio precario.
Franklin movió la plataforma rodante hasta
el borde del tanque mientras Bill Lawson, cuyo aspecto recordaba al de un
pirata a punto de apoderarse del botín con ese pañuelo suyo de marca anudado a
la cabeza, se metía dentro del agua.
-Si se mete, va a desplazar más agua de la
cuenta y vamos a mojarle el suelo, ¿lo sabe, verdad? -inquirió Franklin.
-Para eso hemos puesto sumideros. Adelante.
Lawson extendió los brazos desde dentro del
tanque y Darryl ayudó a Franklin a ladear el sillar de hielo, y así, poco a
poco, fueron pasándolo por encima del borde. Bill se echó hacia atrás en medio
de una salpicadura de agua y, haciendo bueno el vaticinio de Franklin, desbordó
el tanque: una ola de templada agua marina inundó el suelo y les mojó las
botas.
El hielo flotó en cuanto le quitaron de
encima la lona y las dos figuras yacieron espalda contra espalda enseguida,
pues el témpano no tardó en estabilizarse. Las ondas del agua del estanque se
disiparon y el sillar helado quedó quieto.
Su trofeo, suyo al fin.
-No me gustaría ni un pelo quedarme aquí a
solas con eso -concluyó Franklin tras dedicarle una larga mirada.
El empapado Lawson parecía ser de esa misma
opinión, a juzgar por la expresión del rostro mientras salía del tanque.
El biólogo no estaba preocupado en lo más
mínimo. Si eran correctos sus cálculos, basados en el espesor del hielo y el
gradiente de temperatura del acuario, y él no solía cometer errores en ese tipo
de cosas, los cuerpos flotarían completamente libres en cuestión de unos pocos
días. Los cadáveres seguirían fríos, pero intactos y bien conservados.
Cerró el laboratorio a cal y canto en
cuanto se hubieron marchado Franklin y Lawson. No había mucho que él pudiera
hacer dentro. Urgía más salir fuera y revisar algunas de las redes y trampas a
ver si había pescado nuevos ejemplares de peces anticongelantes, pues así era
como la práctica totalidad de los biólogos marinos se refería a los peces
capaces de segregar anticongelante para protegerse del frío. Nunca se sabía
cuándo y cómo podía necesitar nuevos ejemplares disponibles.
Apagó los fluorescentes del techo antes de
salir, pero las luces del tanque y del acuario siguieron alumbrando con su
luminosidad púrpura el laboratorio de acero y hormigón, salvo los rincones más
lejanos y recónditos. Se puso el abrigo, los guantes y el gorro. «Jesús,
después de todo, menudo fastidio está resultando esto de vestirse y desvestirse
todo el día», pensó para sus adentros. Un soplo de viento helado se coló por la
puerta nada más abrir la entrada. La cerró de golpe al salir y bajó pisando fuerte
la rampa helada antes de alejarse camino a la orilla.
En el laboratorio, los diversos moradores
de los tanques, alineados junto a las paredes de cristal y bajíos artificiales,
reanudaron su silenciosa rutina de reclusión: las arañas de mar se erguían
sobre sus alargadas y finas patas traseras y usaban las demás para tantear el
vidrio; los gusanos cruzaban las aguas, enrollándose y desenrollándose como
cintas de blanco marfil; las estrellas de mar se estiraban cuan largas eran,
pegándose a las paredes vítreas de su presidio; y los dracos nacarados de
enorme boca nadaban en círculos cerrados. Los racores borbotaban y los
calefactores zumbaban mientras fuera del módulo aullaban los vientos.
Entretanto, de forma imperceptible, de
derretía poco a poco el témpano sumergido en el acuario, donde circulaba una
corriente de agua fría que iba erosionando el grosor del hielo centenario. De
vez en cuando se oía algún chasquido, como si el agua del mar hubiera
encontrado una fisura por donde colarse y enquistarse en el hielo, sobre cuya
superficie aparecían estriaciones apenas perceptibles, similares a rayas en el
cristal de un espejo.
En el acuario surgían burbujas que se
reventaban al salir a la superficie. Unas tuberías negras de plástico se
encargaban de la renovación del tanque: por un lado entraba agua marina y por
el otro salía la misma cantidad, aunque más fría a consecuencia del deshiele
del témpano. Eso permitía mantener estable la temperatura a cuatro grados bajo
cero. En un par de días, la capa de hielo se volvería tan fina que podría verse
con total claridad a través de la misma, tanto que dejaría pasar el tenue
fulgor púrpura del laboratorio, tanto que se agrietaría y desmenuzaría.
Y entonces, aunque a regañadientes, el
témpano se vería forzado a liberar a sus prisioneros.
CAPÍTULO
VEINTITRÉS
13 de diciembre, 12:10 horas
LOS VIAJES EN TRINEO eran mucho más cómodos
de lo que Michael había imaginado. El armazón de fibra de vidrio reforzado con
polímeros era muy resistente. La sensación se parecía mucho a navegar en kayak,
pero aquí viajaba a escasos centímetros del fondo, acunado en la cesta, como si
fuera una hamaca. Apenas se notaba cuando los canes corrían sobre una zona de
baches o daban algún tumbo. Todo quedaba amortiguado por la gran cantidad de
ropa que llevaba puesta. La nieve y el hielo pasaban zumbando a ambos lados
cuando Danzing se erguía en la cesta detrás de Michael y animaba a grito pelado
a los huskies, los últimos canes de toda la Antártida, como le había explicado
Murphy en la base.
-Los perros están abolidos -le había
explicado Murphy-. Éste es el último equipo operativo, y la única forma en que
nos han permitido auspiciarlo ha sido afirmando que forman parte de un estudio
a largo plazo. -El administrativo puso los ojos en blanco-. No se puede hacer
idea del papeleo que ha sido necesario rellenar; pero Danzing no iba a dejarlos
ir. Son los últimos perros del Polo Sur y Danzing, el último musher, el último
conductor a la vieja usanza.
Michael era capaz de ver incluso desde su
posición poco ventajosa la perfección con que el grupo tiraba del arnés y
seguía a Kodiak, el perro guía. Le sorprendían la velocidad y la fuerza
empleadas. A veces, el subibaja de los perros en plena carrera parecía a sus
ojos una mancha borrosa de sus pelajes grises y blancos; otras, su esfuerzo
recordaba el movimiento de ascenso y descenso de los caballitos pintarrajeados
de un tiovivo.
Los canes sabían perfectamente adónde se
dirigían incluso sin necesidad de las indicaciones ocasionales del musher: «yi»
para indicar a la izquierda y «ja» a la derecha. El trineo se dirigía a la
antigua estación ballenera noruega, situada a cinco kilómetros costa abajo.
Danzing realizaba ese trayecto de forma habitual para ejercitar a los perros y
le había sugerido que tal vez le apeteciera acompañarle a fotografiar el
reducto abandonado «mientras se derrite la Bella Durmiente». Había visitado el
laboratorio de biología a primera hora de la mañana, pero no había nada que
fotografiar todavía, y Darryl le había asegurado que transcurrirían uno o dos
días antes de que acaeciera algún cambio sustancial.
-Más vale lento pero seguro -había dicho el
biólogo sobre la velocidad requerida por el proceso.
Michael se mostró de acuerdo, pero al cabo
de poco rato, mientras contemplaba cómo se deshelaba el témpano, descubrió que
eso era tan poco divertido como ver crecer la hierba.
Una espesa bruma cubría todo la última vez
que intentó realizar el viaje a Stromviken, y le impidió tomar fotografía
alguna. Hoy, por el contrario, el día era frío, cinco grados bajo cero, pero
muy claro, y la luz constante y persistente confería al aire una inhabitual
cualidad cristalina: cosas lejanas parecían estar mucho más cerca y las
cercanas parecían verse bajo el cristal de una lupa. La atmósfera y la luz
antárticas le permitían tomar fotografías nítidas, limpias y con una exposición
adecuada. Suponían un reto muy superior al habitual.
El periodista permanecía con los brazos
cruzados sobre el pecho con la cámara bien protegida debajo del chaquetón.
-¿Qué le parece? ¿Le gusta? -gritó Danzing,
inclinándose hacia él hasta rozar la capucha de Michael con el collar de
dientes de morsa.
-¡Seguro que este trineo es capaz de ganar
a un autobús!
El musher le palmeó el hombro un par de
veces y luego se echó hacia atrás. Le encantaba lucirse con sus perros, y todo
le parecía poco en lo tocante a ellos. Ahora bien, si el deslizador iba a
aventajar a un autobús no sería en visibilidad: Michael apenas podía mirar al
frente, por lo cual la primera imagen que tuvo de la vieja estación ballenera
fue el casco roñoso de un vapor noruego varado sobre la costa rocosa. Junto a
él estaban los restos de un muelle desmoronado hacía mucho tiempo por efecto
del flujo y reflujo de la banquisa.
El arpón ballenero, un invento noruego,
apuntaba a tierra más que al mar. En el pasado había disparado proyectiles
punzantes de casi dos metros y en los últimos años los habían cargado con
explosivos. Si el arponero era diestro, alcanzaba al cetáceo a la fuga en el
dorso, entre las escápulas, y detonaba el arpón explosivo cuando se sumergía
para huir, desgarrándole el corazón y los pulmones. Y eso sólo ocurría cuando
el animal tenía suerte.
La batalla podía prolongarse durante horas
si el artillero no andaba fino o el disparo no era letal, y durante esa pugna
el cetáceo recibía más arponazos, sufría heridas y sangraba por ellas y los
aventadores, los orificios de respiración. Los balleneros utilizaban un gran
cabestrante para tirar del animal y arrastrarlo más y más hasta debilitarlo y
al final lo acercaban al barco y lo acuchillaban a voluntad hasta matarlo.
Empezaron primero por las yubartas o ballenas jorobadas; luego, fueron a por la
franca austral; y por último, comenzaron a desaparecer incluso las más difícil
de capturar: las rorcuales.
Esa estación ballenera en particular
recibió el nombre de Stromviken y había operado de forma intermitente desde la
última década del siglo XIX hasta su cierre definitivo en 1958. Al marcharse,
los noruegos lo abandonaron todo: desde una locomotora a la leña. El transporte
de los equipos de suministro hasta el Polo Sur había sido realmente caro, sí,
pero también resultaba antieconómico llevárselos de nuevo. Ahora bien, Noruega
ni siquiera había dejado de cazar ballenas y, al igual que Japón e Islandia, hacía
uso de sus prerrogativas tradicionales para seguir capturando cetáceos. Cuando
el hecho se mencionó de pasada una noche en el comedor, Charlotte tiró el
tenedor con disgusto.
-Se acabó... Si tengo algo noruego, voy a
deshacerme de ello -prometió. Darryl le había preguntado qué suponía eso
exactamente, a lo cual la doctora, tras unos momentos de reflexión, le había
contestado-: Voy a tener que tirar este jersey con el dibujo de un reno.
-Espera, espera, no tan deprisa -terció
Michael, tirando de la etiqueta y rompiendo a reír-. ¿Lo ves? Está hecho en
China.
Charlotte había suspirado con verdadero
alivio.
-No veas lo que abriga.
Cuando los perros culminaron el ascenso de
una pendiente helada Michael disfrutó de la primera imagen clara del campamento
ballenero, que era mucho más deprimente que Point Adélie, por difícil que
resultase de creer. Amplias rampas conducían desde el espigón donde atracaban
los barcos de motores jadeantes con sus capturas colgando del casco, que a
veces podían traer hasta veinte cetáceos, hasta una maraña de vías férreas
semienterradas; la herrumbre había pintado de rojo y negro la locomotora
encargada de conducir a los cetáceos desangrados hasta el lugar de faenado, un
patio donde los troceaban con aguzados cuchillos y les arrancaban a tiras la
enorme lengua, de cuyos músculos podían obtenerse litros y litros de aceite.
Danzing soltó un bramido y tiró de las
riendas en cuanto el vehículo llegó hasta allí; luego, cuando el trineo se hubo
detenido, saltó con agilidad de los deslizadores. Ahora que los patines no
acuchillaban el hielo reinaba un curioso silencio; la sensación duró hasta que
Wilde aguzó el oído y percibió tanto la vibración de las paredes de metal
ondulado de los almacenes como la queja de las vigas de los edificios de madera
y ladrillo, anteriores en el tiempo a los del metal; ambos sonidos estaban
causados por el viento polar.
El conductor le tendió una mano para
ayudarle a salir de la cesta del trineo cuando le vio forcejear, y Michael
estuvo enseguida pisando el lodo helado de ese patio rodeado de edificios
destartalados y oscuro propósito que ocupaban la cima del altozano. La factoría
ballenera le recordaba a un pueblo fantasma que había fotografiado una vez en
el suroeste y, bien pensado, no era de extrañar.
Sin embargo, en cierto modo, y no sabía
exactamente cómo ni por qué, el establecimiento abandonado era mucho peor que
aquello. Emanaba una sensación de matadero, antaño la sangre y las vísceras
llegaban a los trabajadores hasta las rodillas y cubrían la tundra que ahora
pisaban sus pies, y él lo sabía. Los raíles renegridos subían de forma tan
empinada como los rieles de una montaña rusa, siguiendo un trayecto en línea
recta, hasta alcanzar un edificio en ruinas situado a escasos cientos de metros
colina arriba. Ése era el destino de las carretas mecanizadas repletas con las
partes cotizadas de la ballena: la planta procesadora. El resto de los huesos y
los demás despojos eran arrojados a pozos negros y a la costa, donde nubes de
pájaros chillaban gozosos en medio del hedor y se lanzaban en picado sobre los
restos aún humeantes.
Hacía demasiado frío para quitarse los
guantes más de unos segundos, por lo cual Michael sacó con mucha torpeza el
trípode y la bolsa impermeable del equipo. Entretanto, a fin de evitar que los
perros arrastraran el vehículo, Danzing clavó un gancho en la nieve, o sea,
echó el freno: éste consistía en un tablón de madera unido por un resorte a la
cesta del trineo y un grampón o gancho metálico en el otro extremo. Como medida
adicional ató el cable de frenado a una carretilla metálica de carga volcada del
revés sobre la nieve a la que le faltaban dos ruedas. Kodiak se sentó sobre los
cuartos traseros y fijó en él sus marmóreos ojos azules sin perderse ni un
detalle de sus movimientos, permaneciendo a la espera.
-Voy a darles de comer ahora -anunció el
conductor-. Ésta es su parte favorita del viaje.
Los dos ruederos o perros de rueda, es
decir, los situados justo delante del trineo, hicieron cabriolas y se
relamieron cuando Danzing extrajo de debajo del pasamanos un saco de arpillera.
-Paso, no tengo hambre -dijo Michael cuando
le vio saca varios nudosos tasajos de carne.
-No he dicho que fuera a ofrecerle nada
-replicó el musher entre risas.
Eligió un camino junto a los herrumbrosos
raíles y anduvo sobre el hielo y la tierra azotada por el viento gélido en
medio de un silencio sepulcral, sólo roto por gañidos de los huskies y los
graznidos de los págalos, atraídos sin duda por el alboroto de los perros y el
olor de los tasajos. Aquél debía de ser el lugar más desolado en que había
estado jamás, concluyó Wilde.
El témpano continuó deshelándose en el
tanque y empezaron a desprenderse algunos trocitos de hielo mucho antes de lo
esperado, daba casi la impresión de que alguien estaba empujando desde dentro.
Un fragmento del tamaño de una pelota de
baloncesto y con un contorno aserrado se desprendió al pie del sillar y flotó
en el agua, dejando un hueco a través del cual podía verse la puntera de la
bota del hombre. La porción desprendida vagó a la deriva hasta ser atraída por
la tubería encargada de drenar el agua del tanque y mantenerlo estable, y ahí
se quedó alojada, obstruyéndola con obstinación.
El otro caño siguió abasteciendo de agua al
tanque, y el nivel de ésta subió poco a poco; conforme esto ocurría, el líquido
se iba colando por las fisuras y grietas de la parte superior del sillar
helado, por las que se diseminaba como si fueran venas y capilares de un
sistema circulatorio imposible de apreciar a simple vista. Cualquiera que
hubiera pegado la oreja al hielo habría escuchado un sonido estático cuando
aquél se resquebrajaba y se desmenuzaba, pero habría apreciado algo más: el
chirrido de unos arañazos, similar al sonido de las uñas rascando sobre el
vidrio.
Michael jamás había contemplado una playa
similar a la de Stromviken: su arena era un osario gigantesco cubierto de
calaveras, espinas dorsales y mandíbulas entreabiertas, todas ellas
descoloridas por el sol austral y baqueteadas por un viento demoledor hasta
adquirir un color blanco mortecino. Había restos de las ballenas troceadas en
Stromviken: otras habían sido descuartizadas en los barcos factoría: habían
arrojado los restos al mar y la marea los había empujado hasta la orilla. Una
manda de focas elefante tomaba el sol y sesteaba entre los huesos y las rocas
sin prestar mucha atención al hombre de la parka abultada y anteojos verdes que
la enfocaba con una cámara, exactamente igual que habían hecho con todos los
hombres que habían acudido hasta allí en años precedentes, que se habían ido
después de matarlas de forma tan indiscriminada como las ballenas.
Sin embargo, los pinnípedos con su nariz en
forma de trompa y sus ojos castaños inyectados en sangre habían resultado
bastante más fáciles de cazar y matar que los cetáceos, pues en tierra eran
torpes y se movían con suma lentitud. A los cazadores de focas les bastaba con
acudir andando y golpearles en la probóscide; cuando los animales echaban hacia
atrás las aletas, sorprendidos, les atravesaban el corazón. Aquellos enormes
machos podían tardar casi una hora entera en morir desangrados. Los hombres actuaban
de forma metódica y tras haberlos rodeado y cazado a todos iban a por las
hembras, que seguían allí en defensa de las crías, y finalmente a por éstas
también, a las cuales mataban a garrotazos si no eran demasiado pequeñas como
para molestarse con ellas. El desuelle era la parte más dura. Se necesitaban
cuatro o cinco hombres para despellejar por completo a un macho adulto y
separar de la carne la espesa capa de grasa amarillenta que les permitía vivir
cómodamente en tierras polares. Una vez hervida ésta, la mayoría de las focas,
cazadas hasta su práctico exterminio, producían un par de barriles de aceite.
Los fócidos no suponían amenaza alguna para
él, y Wilde lo sabía, pero aun así se aproximó con precaución, pues no deseaba
provocar demasiado alboroto. Su única pretensión era reflejar con un par de
instantáneas un momento de holganza de esos animales, no alarmarlos, y además
las criaturas hedían.
El macho dominante del grupo se distinguía
al primer golpe de vista aunque fuera sólo por su enorme tamaño. Estaba mudando
de piel y había restos de pelos y pelaje alfombrando el suelo circundante, pero
era un tapiz horroroso, y las crías, que eructaban cerca de allí, no ofrecían
un espectáculo mucho mejor. El fotógrafo subió hasta un canto rodado, una
piedra a la que siglos de castigo por parte del viento marino le había dado
forma de chistera, e hizo su primera fotografía a pesar de lo difícil que era
mantener el equilibrada la cámara con aquellas ventoleras. Iba a tener que
desplegar el trípode para hacerlo bien.
El macho bramó mientras él estaba hurgando
en su bolsa y Michael tuvo ocasión de oler un aliento hediondo a pescado
muerto.
-Madre del amor hermoso, lo de enjuagarse
la boca no va contigo, ¿a que no, chavalote? -masculló mientras fijaba el
trípode sobre una zona nivelada de la rocosa playa.
El agua del acuario comenzó a rebosar el
borde y gotear sobre el suelo de hormigón, donde formó hilillos que corrieron
hacia los sumideros. El laboratorio de biología marina, como todos los módulos,
se sostenía sobre bloques de hormigón ligero, por lo cual el agua simplemente
corrió por los conductos de metal y cayó sobre la tierra helada de debajo.
En algunas zonas concretas, el grosor del
témpano no superaba al de un mazo de cartas y los cautivos del interior ya
resultaban visibles, aunque fuera de una manera borrosa. La primera zona en
ceder por completo fue la parte inferior del sillar, allí donde se había
desprendido el trozo de hielo que había bloqueado la tubería de desagüe. La
puntera de la bota de cuero sobresalía ahora brillante como la obsidiana.
El derretimiento continuó y no tardó en
aparecer una considerable grieta en el área central. Los cuerpos atrapados
dentro parecían ahora como el fallo de un diamante, la imperfección de un
cristal gigantesco, y dio la impresión de que el propio témpano rechazaba esos
cuerpos cuando la fisura fue a más y empezó a romperse y el hielo de ambas
partes de la brecha se desprendió y el agua marina bañó los cuerpos de la joven
y el soldado como si se tratara de un bautismo. Ambos quedaron expuestos al
aire, bañados por la luz azul lavanda del laboratorio. Yacieron inmóviles uno
junto al otro durante unos segundos, meciéndose en el agua.
El hielo y la sal del mar habían corroído
durante siglos la cadena desconchada que hasta ese momento los había mantenido
unidos por el cuello y los hombros. Se desintegró y los trozos se deslizaron
hacia el fondo del tanque.
Sinclair fue el primero en respirar una
bocanada de aire y agua, lo cual le provocó un ataque de tos.
Poco después, Eleanor también tosió, y un
estremecimiento incontrolable le agitó el cuerpo de la cabeza a los pies.
Empezó a ceder el poco hielo restante que
todavía los sujetaba. El militar buscó el fondo del tanque con la bota... y lo
encontró.
Se mantuvo en pie tan inseguro como un
borracho y rápidamente tomó la mano de Eleanor, quien chorreó agua cuando la
sacó de entre los restos del témpano flotante. La joven tenía la mirada perdida
y los ojos apagados. La melena castaña se le pegaba a la mejilla y a la frente.
«¿Dónde estamos?», se preguntó él.
Se hallaban en el interior de una especie
de cuba llena con agua marina que les llegaba hasta las rodillas, y ésta estaba
en un lugar para cuya definición no encontraba palabras. Allí no había nadie
más, salvo unas extrañas criaturas nadando en grandes jarras de cristal, unas
jarras que emitían un tenue fulgor purpúreo y un sonido siseante.
Miró a Eleanor. Ésta alzó una mano con
semejante lentitud que parecía que nunca antes había hecho ese gesto. Los dedos
fueron de forma instintiva a por el broche marfileño del pecho.
El teniente Copley chapoteó hacia el borde
del tanque y salió del mismo para luego ayudar a la mujer a bajar al suelo.
Ambos chorreaban agua.
-¿Qué es este lugar? -preguntó, temblorosa,
mientras él la estrechaba entre sus brazos.
Sinclair no lo sabía. Deseaba que fuera el
Cielo por el bien de Eleanor, mas por experiencia propia mucho se temía que se
tratara del Infierno.
PARTE
III
EL
NUEVO MUNDO
Gimieron y se removieron, todos se alzaron.
No movieron los ojos ni hablaron. Incluso en un sueño habría sido insólito
haber visto levantarse a tanto difunto.
La balada del viejo marinero,
SAMUEL TAYLOR COLERIDGE (1798)
CAPÍTULO
VEINTICUATRO
13 de diciembre, 16:20 horas
MICHAEL SE HALLABA EN la proa del ballenero
varado. Retiró varios dedos de hielo de un salvavidas, desvelando varias
letras: un par de ellas eran ilegibles, pero las restantes le permitieron
deducir el nombre de la embarcación. El Albatros había sido construido en Oslo.
Albatros... Ahora ningún albatros sobrevolaba grácil y sin esfuerzo los cielos,
sólo quedaban págalos, petreles y blancas palomas antárticas. Todas esas aves
se habían removido tras la llegada del trineo y andaban a la búsqueda de alguna
posible dádiva.
Dominaba la playa desde su atalaya de
detrás del arpón ballenero. Abajo yacían las focas elefante, que habían hecho
una inmejorable contribución al reportaje fotográfico, y en la cima de la
colina helada, más allá de los almacenes y las salas de calderas y el patio de
despiece, se alzaba la estructura más alta de la estación ballenera: una vieja
iglesia de madera con algunas zonas todavía pintadas de blanco y una cruz
torcida en lo más alto del campanario. Utilizó el zoom de la cámara para tomar
varios planos generales, y le pareció que el edificio merecía echarle un
vistazo más adelante.
El reportero ya había explorado el interior
de la nave, que en algunas cosas sí demostraba los años de abandono, como las
paredes oxidadas, las ventanas rotas y los escalones combados de las escaleras,
pero en otras daba la impresión de haber estado ocupada hasta el día anterior:
había un cuchillo y un tenedor encima de un plato de hojalata en la larga y
estrecha mesa de la cocina; la cama de la litera estaba hecha con sábanas bien
dobladas y una manta; los restos de una colilla congelada descansaban sobre la
repisa de una ventana en la cabina del timonel. Incluso el arpón ballenero,
situado en lo alto de una plataforma metálica, como si fuera una torre de
ametralladora, parecía en condiciones de llevar a cabo su letal trabajo si
alguien volvía a apuntar con él. Michael hizo la prueba e intentó girarlo, pero
la pieza estaba congelada por completo.
-Eh, cuidado adonde apuntas ese chisme -le
gritó el conductor de trineos desde la playa. Danzing se hallaba junto a las
mandíbulas petrificadas de una ballena azul.
-No está cargada -contestó Wilde.
-Sí, sí, eso dicen siempre. ¿Has terminado
aquí?
-Algo así, ¿por qué?
-Necesito volver a la base.
Con la barba revuelta por el viento y el
collar de dientes alrededor del cuello, el conductor de trineo salió de entre
las fauces del cetáceo como un dios nórdico que hubiera elegido caminar entre
los mortales.
-Estoy esperando una llamada de mi mujer
-agregó el musher.
¿Qué Danzing tenía una esposa? En cierto
modo, le extrañaba que estuviera casado un tipo tan peculiar como él; venía a
ser algo ordinario y banal.
-Pero, ¿cuándo la ves? -preguntó Michael a
voz en grito mientras recogía el equipo y lo guardaba en una bolsa-. Tenía
entendido que vivías aquí.
-No todo el tiempo -contestó el musher.
-¿Y dónde vive ella? -preguntó Michael,
quien luego agregó-: Espera, dímelo cuando haya bajado.
-En Miami Beach -contestó Danzing cuando
ambos hombres se reunieron en el osario de la playa.
Sin querer, Michael se echó a reír.
-¿Y qué tiene de malo?
-No, no es eso. Es que esperaba otro lugar.
-¿Cuál...? -quiso saber el conductor
mientras echaban a andar de vuelta al trineo.
Michael apenas necesitó una milésima de
segundo para contestar:
-El Valhala.
Sinclair y Eleanor pasaron los primeros
minutos acostumbrándose a la tarea de volver a respirar, y después a moverse, y
por último a seguir vivos, pero no tenía la menor idea de dónde podían
encontrarse.
Fue ella quien descubrió la fuente de calor
de la estancia: una suerte de rejilla resplandeciente situada junto al zócalo.
Eleanor se acuclilló con sus ropas empapadas en un intento de descubrir dónde
se hallaban las llamas u olisquear el gas o los troncos al quemarse, pero la
joven apenas consiguió escuchar un tenue zumbido y no logró detectar olor
alguno. Aun así, se acurrucó cerca y entre cuchicheos le pidió a Sinclair que
se aproximara.
Los dos hablaban en susurros por puro
instinto.
-Es un fuego -dijo ella-, podremos secarnos
la ropa.
Él la ayudó a quitarse el mantón empapado y
lo plegó en un taburete próximo. Luego, la muchacha se quitó los zapatos y los
puso delante del calefactor.
-Por también la tuya a secar antes de que
suceda algo... -Se calló. Podía acaecer algo que ella era incapaz de imaginar
siquiera, y de hecho no sabía si estaban entre amigos o enemigos, en Turquía o
Rusia o, ya puestos, en Tasmania. Es más, incluso ahora, apenas podía creer que
siguieran vivos, pero no había tiempo para demorarse en ninguna de estas
cuestiones-. Quítate la casaca y las botas -insistió la joven.
Él se desprendió de la prenda y Eleanor la
extendió para luego poner las botas de jinete junto a sus zapatos. El militar
desanudó la vaina del sable y la dejó junto a las ropas húmedas, aunque al
alcance de la mano.
A continuación, se acurrucaron el uno junto
al otro y se miraron fijamente a los ojos, y en silencio se preguntaron qué
sabía, qué comprendía y, sobre todo, qué recordaba el otro.
Eleanor temía acordarse de demasiado, pues
¿cuánto, cuánto tiempo había permanecido soñando y a la deriva...? Y
acordándose de todo.
Una y otra vez.
En ese momento, mientras abarcaba las
piernas con los brazos y las apretaba con fuerza a la espera de que se le
secaran las ropas, estaba recordando la noche en que permanecía sentada frente
a un fuego diferente a ése, con Moira, en la fría habitación de su pensión
londinense, hablando del anuncio de la superintendente Nightingale de viajar al
frente de batalla de Crimea junto a un grupo de enfermeras voluntarias.
Sinclair se llevó la mano a la boca cuando
empezó a toser. Eleanor le acarició la frente con sus dedos todavía rígidos.
Fue el hábito, su segunda naturaleza, lo que le llevó a hacerlo, pues había
repetido ese gesto muchas veces con los soldados agonizantes que yacían
tendidos en los hospitales de campaña instalados en Scutari y Balaclava. Copley
alzó los salvajes ojos bordeados de rojo.
-Esto... ¿Tú estás...? ¿Estás bien? -Eligió
la palabra ‹bien› a falta de otro término mejor.
-Lo estoy -contestó la interpelada, sin
saber muy bien qué otra cosa podía decir. Daba la impresión de estar viva a
pesar de su desorientación y de seguir helada hasta el tuétano por muy pegada
que permaneciera al calefactor. Y débil, también estaba débil, tenía el apetito
normal y percibía también el otro, el innombrable.
Le cruzó por la mente la posibilidad de
morir otra vez, y pronto además, y se preguntó si esta vez lo sentiría de un
modo diferente.
No podía ser peor.
Sinclair recorrió la habitación con la
mirada, y ella le imitó. Una criatura semejante a una araña de gran tamaño
intentaba escapar trepando por el cristal de una jarra llena de agua e
iluminada por un brillo púrpura. Había tableros grandes como los de una mesa de
caballetes encima de los cuales descansaban unas vasijas con forma de
escudillas, y delante de un taburete vieron un aparato de metal negro junto a
una gran caja blanca, y delante de estos dos objetos vieron una botella de
vino. Él se levantó de un brinco.
Tomó la botella, frotó la etiqueta con la
manga de su camisa blanca y la examinó con atención.
-¿Es una de...? -preguntó ella.
-No estoy seguro -contestó Sinclair
mientras retorció el tapón para descorcharla. La olisqueó y retrocedió.
Y ella intuyó que era una de sus botellas.
Sinclair iba descalzo, por lo cual volvió
junto a Eleanor sin hacer ruido y puso la botella entre ellos dos con un ademán
similar al de papá pájaro cuando acude al nidal con comida para los polluelos.
Esperó a que ella tomara la botella, pero la muchacha no fue capaz. Resultaba
demasiado horrible haber despertado del sueño después de tanto tiempo, no,
sueño no, de la pesadilla, sólo para verse inmersa en el mismo barrizal donde
se había quedado. La botella estaba ante ella como un recuerdo ominoso, un memento
mori. Representaba la muerte y al mismo tiempo, siempre que ella estuviera lo
bastante desesperada para aceptar, también significaba la vida. ¿Era la misma
que él le llevaba a los labios a bordo del Coventry? De ser así, ¿cómo había
llegado a parar a ese lugar tan extraño? ¿No les habían encadenado a ellos dos
para luego arrojarlos al enfurecido océano? Y después...
Frenó en seco el hilo de sus cavilaciones,
lo hizo de forma radical, como unos caballos sofrenados por un brusco tirón de
riendas. No podía pensar en ello, no podía permitírselo. Había controlado
férreamente su mente durante mucho tiempo y podía seguir haciéndolo. Debía
guiar sus pensamientos, controlarlos, reprenderlos incluso en el caso de que
llegaran a desmandarse, como si fueran niños desobedientes. Obrar de cualquier
otro modo sería abrirle la puerta a la locura.
Y eso si no se había vuelto loca ya.
-Debes hacerlo -le urgió Sinclair mientras
le tendía la botella.
-¿Y qué pasa si después de todo este
tiempo...? -preguntó Eleanor, insegura.
-¿Qué? ¿Qué ocurre si todo ha cambiado
después de todo este tiempo?
-Tal vez sea posible que...
-¿Qué qué? ¿Qué Dios vuelva a estar en los
cielos, nos encontramos a salvo en nuestras casas e Inglaterra gobierne los
mares?
El fuego de siempre volvía a arder de nuevo
en los ojos de Sinclair. Todo el tiempo pasado en el océano, en el hielo, no
había mitigado en nada su ardor ni su ira. ‹No pienses en eso ni le permitas
entrar›, caviló ella al ver que no se había apagado esa llama malévola prendida
en Crimea. Enfrente no estaba el teniente Copley, ése que se había hecho a la
mar con su regimiento de lanceros en busca de gloria, sino el que habían
hallado entre los muertos cubierto de sangre y barro, agonizante en un campo de
batalla a la luz de la luna llena.
-¿Prefieres que la pruebe yo primero?
-inquirió.
La luz anaranjada del calefactor le
iluminaba el semblante. Sinclair reaccionó ante su silencio: alzó la botella,
echó hacia atrás la cabeza y le dio un sorbo. La nuez de Adán subió y bajó
varias veces mientras él tragaba; luego volvió a echarse hacia atrás. Farfulló
y respiró de forma entrecortada antes de llevarse la botella a los labios, y
cuando la retiró, el bigotillo castaño había adquirido el color de una
magulladura.
-Toma -dijo él con una sonrisa que mostró
los dientes, también manchados-, está perfecta.
-Lo que necesitamos es comida y agua
-repuso ella, pero aun así, los ojos se le fueron a la botella-, comida
caliente y agua fresca.
-Hablas como si fueras la Nightingale -se
mofó Sinclair-. Tendremos que procurarnos esas cosas, pero sabes tan bien como
yo que necesitamos más que eso.
La joven sabía en el fondo de su corazón
que él se hallaba en lo cierto, o al menos antes había sido así, pero ¿no podía
ser posible que se les hubiera levantado la maldición? ¿No era posible que,
además de ese extraño milagro que los había liberado de su encadenamiento, se
hubiera obrado otro prodigio más? ¿Seguía siendo necesaria esa horrenda
sustancia que tenía ante ella?
-No sabemos dónde estamos ni qué nos
aguarda ahí fuera -continuó Sinclair en voz baja. Ahora se dirigía a ella con
una voz más razonable, pero Eleanor se había acostumbrado a esos bruscos
cambios de humor de su compañero. Los había detectado incluso en las cartas que
le había escrito-. Me parece que debemos aprovechar nuestras ventajas cuando y
como se nos presenten -insistió al tiempo que señalaba a la botella con la
mirada.
Eleanor cambió de postura en el suelo a fin
de que se le secara otra parte del vestido. Le preocupaba cuánto tiempo iba a
pasar antes de ser descubiertos.
-¿No podemos llevárnosla con nosotros,
vayamos donde vayamos, y ya está?
-Sí, pero ya nos la quitaron una vez, ¿a
que sí? -replicó él. La joven advirtió que él volvía a montar en cólera-.
Podrían arrebatárnosla de nuevo.
Él tenía razón, por supuesto, y ella estaba
a punto de ceder, pero aun así, su espíritu se resistía a admitirlo.
Sinclair aferró la botella y dio otro
trago, ya fuera para reforzar su argumento o porque realmente lo necesitaba.
Ella tenía la garganta reseca como una lija y notó cómo se le tensaban los
músculos del cuello y se le humedecían las palmas de las manos, que acababan de
secarse junto al radiador. Entonces comenzaron a latirle las sienes, como un
lejano redoble de tambores.
-Lo menos que puedes hacer después de todo
este tiempo es besarme -sugirió él.
El pelo rubio despeinado y greñudo refulgía
al intenso resplandor de ese extraño calefactor. Tenía abierto el cuello de la
camisa blanca, dejando entrever la garganta, donde había caído una gota roja de
la botella. ‹Que el Señor me ayude, me muero de ganas de lamer esa sangre›,
pensó mientras sin querer presionaba la parte posterior de los dientes con la
lengua.
-Como diría tu amiga Moira -insistió-, ¿no
vas a besarme por los viejos tiempos?
-No voy a hacerlo por eso -repuso ella-,
pero lo haré... por amor.
La botella quedó entre ellos cuando se
inclinaron hacia delante y sus bocas se encontraron; al principio el beso fue
un roce casto, pero entonces ella saboreó la sangre pegada a los labios de
Sinclair.
Éste llevó la mano hasta la parte posterior
de la cabeza de Eleanor y enredó los dedos en su enmarañada melena, y la retuvo
allí. Ella le dejó hacer, se dejó sostener y atrapar. Sabía lo que él pretendía
y le permitió que se unieran tal y como habían estado hacía mucho tiempo. No
había experimentado una sensación similar desde hacía mucho tiempo, por eso le
dejó obrar a su placer, porque en verdad hacía mucho tiempo que no había
sentido nada, nada en absoluto.
CAPÍTULO
VEINTICINCO
13 de diciembre, 18:00 horas
DANZING CEDIÓ A LAS súplicas de Michael y
le permitió conducir el deslizador durante el viaje de regreso a la estación.
El musher se subió a la cesta del trineo, donde estaba aún más apretado que el
reportero, tras haberle dado unas cuantas indicaciones.
-¿Listo?
-Listo -replicó Wilde mientras se colocaba
bien las gafas y se ajustaba la capucha de piel en torno al rostro.
-¡Marchen!
Eso era lo que solía decir el conductor,
pero con más éxito. Los perros no se movieron, tal vez desacostumbrados a su
voz. De hecho, Kodiak se volvió para dirigirle una mirada inquisitiva.
-¡Con más autoridad, como si lo dijeras en
serio! -le aleccionó Danzing.
Michael tuvo la sensación de que los canes
le estaban poniendo a prueba, por lo cual se aclaró la garganta y gritó:
-¡Marchen! -vociferó al tiempo que halaba
con fuerza del tiro principal, la soga que hacía de columna vertebral y a la
cual iban unidas las correas de los arneses de cada husky.
El perro guía reaccionó enseguida en la
cabecera del tiro y saltó hacia delante; los demás compañeros imitaron su
ejemplo y empezaron a tirar mientras el reportero apoyaba las manos en el
pasamanos para luego ponerse a empujar.
-¡Monta! -le advirtió Danzing.
Michael afianzó las botas en los patines en
el preciso instante en que el trineo tomó impulso y avanzó sobre la nieve y el
hielo. El musher se había tomado la molestia de orientar el deslizador, por lo
cual el conductor novato no necesitó realizar giro alguno, pero aun así, la
tarea era mucho más difícil de lo previsto. La superficie estaba llena de
piedras, grietas y baches por muy lisa que pudiera parecer. El trineo se
estremecía cada vez que pasaba sobre uno de esos obstáculos y las piernas
soportaban cada sacudida. La única actitud posible era mantener el equilibrio
sobre los patines.
-Más suelto el cuerpo... -le aconsejó el
conductor, volviéndose para hablar hacia atrás.
‹Es más fácil decirlo que hacerlo›.
Aun así, procuró distender los hombros,
flexionar algo los brazos y abrir un poco más las piernas.
-Si quieres que corran en línea recta,
grita ‹tó recto› -le explicó Danzing. Michael tardó un poco en entender esas
palabras a causa de la fuerza con que el viento azotaba su capucha, pero al
final las descifró.
‹De acuerdo, es fácil recordar esa orden›.
-Y si quieres aminorar la marcha, tira de
las riendas y grita ‹despacio›.
Michael no tenía la menor idea de a qué
velocidad iban en esos momentos, pero la sensación de rapidez era increíble. Se
sujetó al pasamanos y fue dando botes mientras el paisaje nevado pasaba por
ambos lados a una velocidad de vértigo. La experiencia como pasajero había sido
muy diferente, pues iba caliente y protegido, y estaba a pocos centímetros del
suelo, pero permanecer de pie era harina de otro costal: el viento le alanceaba
el semblante y le azotaba las ropas hasta hacerlas flamear con un sonido muy
similar al de la bandera sobre el asta en Point Adélie. La experiencia era
agotadora y vigorizante al mismo tiempo.
Los perros del tiro levantaban con las
patas una nube de nieve que le entumecía los labios y le cubría las gafas como
gotas de nieve. Alzó con cuidado una mano enguantada a fin de limpiar los
cristales de las mismas y luego volvió a sujetarse al listón.
Cuando se acostumbró a la cadencia del
equipo de huskies y al deslizamiento del trineo, que zumbaba sin cesar, empezó
a relajarse y fue capaz de mirar más allá de las cabezas lanudas y las colas de
los canes. Miró a lo lejos, estaban todavía demasiado distantes para poder ver
la base, y en vez de eso, sólo podía contemplar un continente de hielo, nieve y
permafrost interminable, mucho mayor que Australia, como bien sabía, pero tan
desolado que en el interior semidesértico y árido del continente australiano le
parecía superpoblado.
El trayecto del trineo apenas se apartó de
la línea costera. Ésta era un hervidero de vida en comparación con el interior,
pues las focas no jugueteaban tierra adentro ni tampoco volaban por allí los
pájaros; de hecho, no crecía ni el más molesto liquen. A pocos kilómetros de la
costa había un desierto desprovisto de vida y más hostil a la misma que en
ningún otro lugar del planeta. Los hombres habían encontrado una forma de
llegar al Polo Sur. Eran capaces de sobrevolarlo, cartografiarlo, medirlo e incluso
de plantar allí una bandera, pero lo cierto era que nunca iban a poder
reclamarlo. Nadie podía permanecer allí en realidad, y sólo los chiflados
deseaban acudir a semejante destino.
El sol cobrizo austral pendía sobre el
cielo vacío como un reloj de bolsillo. Michael ya había consumido la mitad del
permiso autorizado por la NSF, pero el tiempo se había convertido para él en
algo ininterrumpido y constante, como para casi todos los habitantes de la
Antártida.
Los días fluían uno tras otro como el agua
de un río y él debía mirar de continuo el reloj para verificar la hora, pues
nunca era capaz de determinar si vivía por la mañana o por la tarde. Se había
sentido desorientado por completo en más de una ocasión y a veces tenía que
separar las cortinas de la litera y salir con paso inseguro hasta encontrarse
con alguien en el hall a fin de preguntarle si era de día o de noche.
Una de esas veces se había topado con el
Gnomo, el botánico raro a quien era muy difícil ver fuera de su laboratorio, o
‹la floristería›, como la llamaban los reclutas. Entre los dos habían llegado a
la conclusión de que era alguna hora de la tarde cuando en realidad eran las
tantas de la madrugada, cosa que habían tenido ocasión de comprobar cuando
habían ido a las zonas comunes y habían encontrado vacíos los comedores. Fue
entonces cuando Michael estudió con más atención al científico y advirtió en él
los indicios delatores del Gran Ojo: mirada vidriosa y una expresión ausente y
desconcertada.
A partir de ese momento había empezado a
controlar sus ciclos de sueño con Lunesta o lorazepam, lo primero que
consiguiera sacarle a la doctora Barnes por la noche.
-No recuerdo las palabras exactas, pero
había un viejo proverbio que afirmaba que uno no debía preocuparse si alguien
le decía que tenía mal aspecto, pero que se acostara si lo comentaba una
segunda persona más -le avisó ella.
-¿Qué intentas decirme?
-Que te acuestes, y también que te lo tomes
con calma.
Michael era consciente de que había forzado
la máquina para fotografiarlo todo, tomar el mayor número posible de notas
sobre el viaje y dominar todas las habilidades australes, como la construcción
de iglúes o la conducción de trineos, hasta ese momento. Su presencia en la
base era temporal: le impedía verlo y controlarlo todo antes de irse con el
avión de aprovisionamiento cuya llegada estaba prevista para la Nochevieja, y
él lo sabía, pero no quería encontrarse de vuelta en Tacoma preguntándose, por
ejemplo, por qué no fotografió el interior de la iglesia noruega, ya había
hecho planes para volver allí, o cómo había cerrado en falso la historia de la
Bella Durmiente y el Príncipe Azul.
En cuanto llegaran debía echar un vistazo
ahora que el témpano se estaba deshelando, a fin de hacer algunas fotos sobre
la evolución del proceso. Resultaba un tanto anómalo que hubiera llegado a
considerar ese proceso como una metamorfosis: el hielo venía a ser la crisálida
de la cual iban a emerger los dos jóvenes amantes, pues él estaba seguro de que
eso era lo que debían de haber sido. ¿Por qué, si no, los habían cargado de
cadenas antes de lanzarlos al mar? Intentó imaginar un escenario, uno cualquiera,
en el cual todo aquello tuviera un mínimo de sentido. ¿Los había apresado un
marido celoso y luego los había arrojado al mar? ¿O era obra de una esposa
engañada y despreciada? ¿Habían violado algún código de conducta, uno marino, o
uno militar, el del ejército al que pertenecía el hombre con el galón dorado?
¿Qué crimen tan espantoso podían haber cometido para merecer semejante condena?
Los perros dieron un rodeo para evitar un
sastrugi, una especie de dunas de nieve formadas por el viento, inusualmente
alto. Eso le recordó una vez más que los canes se conocían el camino de
memoria, mejor que nadie, y sabían que se encaminaban a casa, a su confortable
cobertizo con suelo de paja y cuencos llenos de comida. La mayor parte del
tiempo debía limitarse a sujetarse al asidero y mantener bien puestos los pies
sobre los patines. Danzing no había dicho no pío durante el resto del trayecto
y daba la impresión de que se había quedado dormido a juzgar por cómo apoyaba
la cabeza sobre el pecho, protegida por una capucha que le ensombrecía el
rostro. Michael no tenía muy claro si eso era una muestra de confianza en los
perros o en él, pero albergaba la esperanza de ser capaz de realizar todo el
camino de vuelta a la base sin tener que despertarle.
Atisbó una minúscula luz roja a su
izquierda, bastante lejos, y volvió a verla al cabo de unos minutos. No tardó
en comprender que se trataba de la señal luminosa situada en lo alto de la
caseta de inmersión. Michael había presenciado cómo sacaban del fondo algunas
trampas, algunas de ellas con atónitos y boqueantes peces de ojos blancos y
branquias traslúcidas, y también había visto a Darryl echar en cubetas a los
que habían sobrevivido al viaje. No dejaba de preguntarse después de verle
realizar aquel trabajo cómo podía ser un vegetariano convencido y un activista
de los derechos de los animales.
-La clave es la racionalización -le había
explicado el biólogo-. Me digo a mí mismo que estudiando a unos pocos puedo
salvar a todos los demás. El primer paso para conseguir que el mundo conserve
sus recursos naturales es concienciar a la humanidad de que están en peligro.
-Tomó un pez muerto por la cola y lo levantó para depositarlo en otro cubo
lleno de hielo-. Y si trabajo lo bastante deprisa, puedo tomar una interesante
muestra de sangre incluso de éste.
El trineo se dirigió hacia el interior tras
pasar por delante de la caseta de inmersión y varios perros empezaron a soltar
gañidos de gozosa expectación. Los patines cortaban la nieve mientras el
deslizador coronaba la pendiente de una colina baja desde cuya cima Michael
pudo divisar la base. Vista desde esa atalaya los módulos, los cobertizos y los
almacenes guardaban un gran parecido con los bloques de plástico de Lego con
los que tanto había jugado de pequeño, aun cuando los edificios eran de diseño mucho
más tosco. No pasaban de ser una colección de construcciones negras y grises
con enormes círculos fosforescentes pintados en las techumbres a fin de que la
estación pudiera ser localizada con mayor facilidad por los aviones de
avituallamiento durante el largo y oscuro invierno austral.
Si ya era difícil vivir allí con la luz
continua del estío, Michael no se hacía la idea de cómo podía alguien
sobrellevar todo un invierno en el Polo Sur.
Danzing se removió en la cesta y alzó la
cabeza.
-¿Ya hemos llegado?
-Casi -contestó el periodista: ya podía ver
el asta. El viento soplaba en una dirección determinada con tal fuerza que la
bandera americana parecía una tela lisa y planchada-. Pero mira, ahora que te
has despertado, aprovecho para preguntarte: ¿Qué les dices a los perros para
que dejen de correr?
-Prueba con ‹so›.
-¿Cómo que pruebe...?
-No siempre funciona. Tira con fuerza de
las riendas hacia atrás y pisa el freno.
El reportero bajó los ojos hacia la barra
de metal con dos pedales que hacía las veces de freno y se dispuso a pisarlo en
cuanto el trineo estuviera a cien metros del cobertizo de los perros, pues no
se fiaba ni un pelo de que aquello fuera a detenerse de golpe.
Wilde escuchó el runrún de una motonieve
procedente de la línea costera y no pudo evitar compararlo con el deslizamiento
del trineo, suave y natural. Él no estaba en condiciones de satanizar a la
tecnología, pues como fotógrafo su trabajo dependía de los últimos aparatitos
disponibles en el mercado. Demonios, jamás habría estado allí de no existir
aviones y se habría encontrado con muchas películas rotas, arañadas o dañadas
por el frío de no haber existido las cámaras digitales; pero aun así, pese a
todo, el motor estridente de la motonieve echaba a perder la quietud perfecta
de la mañana del estío austral. Por otra parte, daba la impresión de que iba a
llegar a la base justo detrás de él. Volvió la vista atrás atraído por el
silbido que provocaba al pasar sobre el hielo. Parecía un gusano negro
arrastrándose sobre el tablero de una mesa. Se preguntó si no la pilotaría su
amigo el pelirrojo, cargado con especímenes recién pescados.
El cobertizo de los huskies se hallaba en
la parte posterior de la base, lejos de los módulos de la administración y de
los dormitorios, allí donde los laboratorios se topaban con los cobertizos del
equipo y los generadores, los cuales habían ubicado lo más lejos posible de los
dormitorios, pero pese a todo, las noches de poco viento Michael era capaz de
oír el continuo ronroneo de los mismos.
-Preocúpate cuando no oigas esa bulla -le
había contestado Franklin durante el desayuno una mañana en que tuvo la
ocurrencia de quejarse contra ese zumbido.
Los canes tomaron el estrecho sendero que
discurría por delante del almacén de muestras, del garaje donde se guardaban
sprytes, motonieves y demás parque automovilístico, y del laboratorio de
biología desde el cual salía un sinuoso callejón; el tiro de perros lo enfiló
para dirigirse hacia su propio cobertizo.
-¡So! -aulló Michael, sin lograr una
disminución apreciable de la velocidad.
Entonces, pisó con fuerza el freno y
enseguida sintió cómo las puntas metálicas del mismo se hundían en el
permafrost, ralentizando la velocidad del trineo, pero no lo bastante como para
tener una llegada tranquila.
-¡So! -volvió a gritar al tiempo que echaba
hacia atrás para reforzar con todo su peso el tirón que dio a las riendas, y no
suavizó un poco la intensidad hasta que el arco delantero del patín se levantó
varios centímetros, momento en que los perros empezaron a aminorar el paso.
Kodiak notó la presión de la cogotera en el
cuerpo y dejó de correr para ponerse al trote. El resto del tiro le imitó de
inmediato. Los patines corrieron con sigilo sobre el hielo y la nieve hasta
llegar al cobertizo de los canes, una suerte de pajar iluminado por una
deslumbrante luz blanca, pero que a juzgar por la reacción de los animales,
debía de parecerles el Ritz.
-Buen trabajo, Nanuk -le felicitó Danzing
mientras se las arreglaba para incorporarse y salir fuera del cobertizo-. ¡Cómo
le pisas...!
Los ladridos de los huskies y el siseo de
los patines al acuchillar el hielo hizo que Sinclair pudiera escuchar la
llegada del trineo, aunque no se atrevió a abrir la puerta para ver qué había
fuera, pues hasta donde él sabía, podría haber apostado un guarda justo a la
entrada.
Tampoco había ventanas propiamente dichas,
pero encima de la puerta descubrió un estrecho panel de cristal situado cerca
del falso techo. Acercó con sigilo un taburete y se subió a él con el fin de
poder echar una mirada. Los calcetines todavía empapados emitieron un sonido de
chapoteo. El ladrido de los perros se escuchaba no muy lejos de allí, pero
apenas logró ver nada por culpa de la nieve y el hielo incrustados en el hueco.
Sin embargo, había algo muy similar a un
pomo por su lado del panel. Tenía aspecto de ser una manivela, así que alargó
la mano y la giró. El fondo de la ventana se levantó ligeramente, haciendo caer
un poco de nieve. La giró de nuevo y consiguió entreabrir el cristal unos
centímetros a través de los cuales disponía de cierta visibilidad. El fuerte
viento racheado resultaba casi disuasorio a pesar de lo estrecho de la ranura.
Entrevió un callejón de hielo apelmazado
por el que pasaron como bólidos unos perros de aspecto lobuno que tiraban de un
trineo con dos hombres a bordo: el conductor vestía una voluminosa prenda de
abrigo con capucha y el pasajero llevaba en torno al cuello un abalorio hecho
de huesos. El deslizador se detuvo dentro de una cochera, por cuyas puertas
abiertas surgía una luminosidad perfectamente apreciable a pesar de que debía
de ser mediodía, a juzgar por la luz exterior. Los viajeros bajaron de un salto.
Sinclair no escuchó la conversación de esos dos hombres, pues tenía la atención
fija en el fondo de la perrera.
Ahí estaba su arcón y, dentro, su reserva
de botellas.
Los hombres echaron hacia atrás las
capuchas y se quitaron una especie de gafas oscuras muy pesadas. El conductor
era un joven alto, tal vez de la misma edad que Sinclair, de melena negra. El
otro tipo era más entrado en años y también más fornido, llevaba barba cerrada
y tenía los pómulos salientes típicos de los eslavos. Ninguno de los dos vestía
nada que sugiriese un uniforme u otro indicio de prestar servicio a bandera
alguna, lo cual tampoco le servía de mucho. Copley había llegado a ver soldados
tan sobrecargados con la impedimenta, que cuando llegaban exhaustos al frente
tenían más aspecto de vándalos que de soldados de Su Majestad.
El hombre barbado se puso a desatar los
tiros individuales que unían el arnés de cada perro con el tiro principal,
mientras el conductor llenaba unos cuencos con comida extraída de un saco. La
escena le recordó a sus propios caballos y carruajes en sus fincas de
Wiltshire. Los perros fueron sujetos a estacas situadas a varios pasos de
distancia unas de otras. Todos mantenían fijos los ojos en los cuencos conforme
el joven se los acercaba, y mientras los perros devoraban la comida, el tipo de
más edad colgó su sobretodo en un gancho de la pared, pero resultó que debajo
iba también abrigado. Sinclair vio una amplia variedad de prendas, sombreros y
guantes, e incluso otro par de anteojos colgados en torno al cuello.
Cada vez tenía más claro que debía saquear
ese pajar. Había ropas, comida, incluso si sólo valía para los perros, y sobre
todo: su arcón.
-¿Qué ves? -preguntó Eleanor con un hilo de
voz.
-Nuestro próximo objetivo.
Se bajó del taburete y empezó a ponerse las
ropas otra vez.
-¿Ya se han secado? -preguntó la muchacha-.
Si todavía están mojadas...
Él echó mano al sable e intentó sacarlo de
la vaina. El acero se resistió durante unos instantes, pero al final salió
limpiamente. Confiaba en no tener que desenfundarlo, pero más valía saber que
podía hacerlo por si las cosas se torcían en un momento dado...
-¿Qué quieres que haga? -inquirió Eleanor
con voz suave y también débil. Ella no había puesto a prueba sus fuerzas,
Sinclair lo sabía, y ya puestos, él tampoco. Se preguntaba si la joven una a
estar en condiciones de viajar, como sin duda deberían hacer, y en especial en
el mismo clima hostil con que se habían topado la última vez.
-Quiero que vuelvas a vestirte -repuso él
mientras tomaba el chal del taburete donde lo había puesto- y me acompañes.
Ella se puso en pie con paso vacilante y se
echó sobre los hombros el chal todavía caliente a causa del contacto con el
radiador; luego, deslizó los pies dentro de los zapatos y se agachó hasta
encajarlos bien.
-Pero, ¿y si esperásemos aquí? ¿Quién dice
que van a hacernos daño?
-Si esta gente tiene el menor atisbo de
decencia no le hará nada a una enfermera -admitió él, todavía atareado en la
tarea de anudarse las botas -, pero tal vez no se comporten con la misma
cortesía ante una enfermera con tu peculiar afección -matizó mientras se ponía
de pie y le miraba a los ojos-. ¿Cómo ibas a explicárselo?
Ni siquiera necesitaba entrar en detalles
sobre los problemas adicionales a los que podía enfrentarse un oficial
británico con la misma dolencia si caía en poder de las manos equivocadas. Su
estancia en Oriente le había enseñado a dar por hecho una sola cosa: la
crueldad sin límites con que se ensañan los hombres entre sí.
También había aprendido a no confiar en
nadie. Uno debía reconocer y evaluar el terreno por sí mismo si valoraba su
vida un centavo. De lo contrario, podía encontrarse en un grave aprieto, como,
sin ir más lejos y por poner un ejemplo descabellado, cabalgar de frente contra
los cañones de una batería rusa.
Tras haberla arropado para que estuviera lo
más abrigada posible, se subió de nuevo al taburete y verificó que los dos
ocupantes del trineo se habían marchado. Entonces, bajó de un salto, se
encaminó hacia la puerta y la entreabrió un poco para husmear. Sólo acudió a su
encuentro un golpe de viento ululante, de modo que salió al exterior.
Miró a uno y otro lado sin ver a nadie.
Sólo divisaba una gran explanada ocupada a intervalos por unos sombríos
edificios achaparrados que no eran de madera, sino de plomo o algún otro metal.
El cielo tenía ese mismo brillo broncíneo que recordaba haber visto desde la
cubierta del Coventry cuando el albatros blanco como la nieve se posó sobre el
penol y contempló impasible cómo les cargaban de cadenas a él y a Eleanor antes
de arrojarlos a las heladas aguas del océano.
La joven salió detrás con suma cautela,
cerró los ojos y levantó el rostro para que lo bañase el sol. Él la miró: la
piel de su compañera parecía tan lisa, blanca y exánime como el mármol. Su
melena castaña tremoló libremente alrededor de las mejillas mientras entreabría
los labios para tomar una bocanada de aire gélido como quien va a saborear un
manjar exótico, pues, por una parte, no dejaba de ser lo que era: un soplo de
viento, helado e inmaculado como un glaciar, que les fustigaba el rostro, pero
por otra parte, aun siendo frío, tan frío y gélido que les ardían las mejillas
y les hormigueaban los dedos, también era el sabor, el aroma y la sensación de
estar vivos. Habían permanecido presos y sin ser perturbados en su celda de
hielo durante años, tal vez durante siglos, y aquello les devolvía la dolorosa
bendición de la vida incluso más que la rotura del témpano o el aire caliente
del radiador. No Sinclair ni ella despegaron los labios, se limitaron a
permanecer allí, en lo alto de la rampa nevada, saboreando la fisicidad del
mundo, incluso aun cuando fuera uno tan hostil e inhóspito como ése.
Al otro lado, uno de los perros levantó la
vista del plato que lamía y soltó un gruñido por lo bajinis. Eleanor abrió los
ojos y le miró.
-Sinclair... -comenzó, pero enmudeció de
pronto-. También hay un trineo. -Sus ojos recorrieron el lóbrego callejón y
siguieron en dirección a las lejanas montañas-. Pero ¿adónde iremos?
-Los perros lo sabrán. Lo más probable es
que estén acostumbrados a ir a algún sitio.
La tomó de la mano antes de que ella se la
ofreciera e inició la bajada de la rampa, aunque sus botas de lancero no se
adaptaban bien a una superficie de hielo y nieve, y resbaló en más de una
ocasión. La funda del sable golpeteaba sin cesar contra el pasamano de metal y
Copley miró en derredor, alarmado, pero el bramido del viento sofocaba
cualquier ruido y era dudoso que alguien lo hubiera escuchado. Corretearon
juntos por la calleja y entraron en el interior iluminado del cobertizo, donde
sólo les separaba de los canes una cerca de poca altura.
Eleanor ya estaba exhausta y las rodillas
le temblaban. Se apoyó sobre la pared mientras Sinclair se dirigía hacia el
estante de la ropa, donde eligió una prenda hinchada pero suave como la seda,
aunque la tela carecía de lustre, y obligó a la muchacha a ponérsela. Pesaba
mucho menos de lo que cabía imaginar y era lo bastante grande para envolver dos
veces a la mujer, que al moverse arrastraba por los suelos el dobladillo.
Recordaba mucho a una cogulla de monje si se echaba hacia delante la capucha.
Las tiritonas de la joven cesaron poco después de haberse puesto semejante
abrigo.
-Ponte uno tú también -le instó ella.
El interpelado rebuscó en el montón y
eligió otro más corto que el de Eleanor, decantándose por un sobretodo rojo con
una cruz blanca grabada en las mangas y en la espalda. La zamarra en cuestión
le colgaba suelta a la altura de los muslos, pues no encontraba la forma de
cerrarla. Al advertir las tiras metálicas de ganchos de ambas partes, apretó
una contra otra, convencido de que los dientes encajarían de algún modo, pero
no fue así. Por fortuna, también había botones debajo de las tiras y descubrió
la forma de abotonarla, haciendo presión.
Los canes estaban intranquilos ahora que
habían terminado de comer. Varios permanecían sobre las cuatro patas y sin
perder de vista a los intrusos. Uno de ellos rompió a ladrar cuando Sinclair se
acercó al saco de la comida, sin duda pensando que iba a recibir una segunda
ración, pero Copley hundió una mano en la bolsa y la sacó llena de unas bolitas
redondas similares a un perdigón. Se las acercó a la nariz para olisquearlas.
Su olor recordaba levemente el efluvio de los cabellos. Se llevó una a la boca
y comprobó que tenía una textura arenosa, pero resultaba aceptable. Se tragó
esa bolita y luego comió un puñado entero. Era crujientes, pero ni de lejos tan
duras como las galletas del barco.
-Toma -dijo mientras le ofrecía un puñado a
Eleanor-. El sabor no es gran cosa, pero no te creas, son mejores que las
raciones del ejército.
El olor pareció descomponerle el estómago,
pues ella se echó hacia atrás al tiempo que expresaba su negativa sacudiendo la
cabeza. Sinclair llenó de bolitas uno de los voluminosos bolsillos del abrigo
rojo. No había tiempo para discutir en ese momento. Tenía mucho trabajo por
delante.
Se dirigió al arcón, guardado al fondo del
refugio, y se arrodilló junto a él. Habían desaparecido las cadenas, el cierre
estaba roto, y la tapa, prácticamente desprendida. En su interior encontró su
empapado sobretodo de campaña, las espuelas, el casco, un par de libros que
parecían milagrosamente indemnes, aunque seguían helados, y por último tres
botellas intactas y todavía etiquetadas, aunque la leyenda ‹Madeira. Casa del
Sol. San Cristóbal› era ya ilegible. Tomó éstas en primer lugar y las envolvió
con cuidado en el sobretodo de campaña. Luego, guardó con cuidado el fardo en
la cesta del deslizador. Entonces descubrió las bolsas de carga vacías que
corrían desde la parte frontal del trineo hasta el montante de la parte
superior, y las llenó hasta los topes con todo lo que le pasó por la cabeza,
desde la silla de montar a los libros.
Al final, arrastró un saco de esas galletas
redondas hasta el trineo y todos los canes se incorporaron en estado de alerta
junto a sus estacas, fijadas a intervalos regulares, quizá definitivamente
convencidos de que les estaban robando la comida, o tal vez esa reacción era
debida a su olor personal. Sinclair había notado que desde Balaclava los
animales solían ponerse nerviosos en su presencia.
El perro guía, una descomunal criatura de
ojos azules como el ágata, ladró como un poseso y saltó hasta donde se lo
permitía la correa sujeta a la estaca.
-¡Calla! -le exhortó Sinclair, intentado
mantener un tono de autoridad sin alzar la voz para evitar ser oído. Rezó para
que el ulular del viento impidiera que alguien oyera los ladridos.
Mas el can saltó hacia delante cuando dejó
la bolsa del trineo, y sólo le contuvo la corta cadena que iba desde su collar
a la estaca.
-¡Basta! -exclamó Sinclair.
Eleanor estaba encogida de miedo contra la
pared, pero él acudió a su lado y la ayudó a meterse en la cesta del trineo.
-¿Cómo vas a ponerles el arnés? -preguntó
ella; la capucha le apagaba tanto la voz que apenas resultaba audible.
-Igual que he ensillado caballos toda mi
vida.
A pesar de esa respuesta, lo cierto era que
él mismo se estaba formulando la misma pregunta. No había esperado aquel conato
de rebelión por parte de los canes, pero necesitaba acallar semejante griterío
de inmediato o todo su plan se iría al garete.
Pasó al otro lado de la separación de
madera y se encaminó hacia la parte delantera del arnés, la alzó y la movió
para estudiarla. Le pareció bastante similar al usado para un tiro de cuatro
caballos. Los demás huskies vigilaron los movimientos de Copley con atención,
pero el líder de la manada no se quedó quieto y en vez de desgañitarse a
ladrar, saltó sobre el intruso y salió despedido hacia atrás, retenido por la
correa atada a la estaca hundida en el suelo. El perro guía se puso en pie de
inmediato, chorreando baba por las fauces, y volvió a saltar, sólo que esta vez
la vara se dobló primero y salió despedida del suelo como el tapón de una
botella de champán, lo cual pareció sorprender incluso al propio animal, que
pasó como una bala junto a Copley y se estampó el hocico contra la valla de
madera. Kodiak se revolvió para abalanzarse contra el desconocido y en su
acometida arrastró por los suelos la cadena y la estaca. Sinclair logró hacerse
a un lado y frenó el ataque con un brazo. La cadena se enrolló en torno a otra,
que seguía clavada en el permafrost a pesar de los tirones del can a ella
amarrado. Kodiak necesitó unos segundos para liberarse y Sinclair aprovechó el
respiro para ponerse detrás de la cerca de madera.
Eleanor gritó el nombre de su compañero,
pero éste la aleccionó para que continuara en el trineo. El jefe de la manada
se estaba aproximando al intruso en una dirección, pero cambió de idea cuando
le vio refugiarse detrás del cerramiento de madera y se le abalanzó por el lado
opuesto. El ataque le pilló a contrapié y Copley resbaló. Kodiak hundió los
colmillos en la bota del intruso, traspasando con ellos el cuero. ‹¡Cuánto me
gustaría llevar puestas las espuelas!›, pensó mientras forcejeaba para arrastrarse
unos pasos más con el perro enganchado en su pierna. Engarfió las manos y se
aferró a los tablones del suelo con las yemas de los dedos mientras se sacaba
de encima el husky a puntapiés.
Las patadas surtieron efecto y el animal le
soltó, cayendo hacia atrás sobre su lomo; en cuanto eso ocurrió, Sinclair se
levantó dando tumbos y subió corriendo a un altillo, donde aprovechó el respiro
para recobrar el aliento. El resto del tiro ladraba por lo bajinis, de modo que
escuchó el roce de las patas de Kodiak mientras subía por los escalones. El
perrazo llegó a lo alto de la angosta escalerilla y asomó la enorme cabeza con
ojos llameantes de ira y las fauces abiertas.
Sinclair supo que debía matarlo, de modo
que cuando el can guía se le echó encima, él desenfundó el acero y acudió al
encuentro de su enemigo con la punta hacia arriba. Kodiak aulló cuando se
empaló contra el sable con toda la fuerza de su carga y la inercia de su propio
peso, obligándole a bajar el brazo de la espada. Sinclair cayó de espaldas
junto al agonizante animal en una posición comprometida: el cuello del can le
inmovilizaba la muñeca. Logró echarse hacia atrás y sacar el arma ensartada,
pero ésta ya había cumplido su función: el husky se retorcía sobre el suelo
cubierto de paja y cada vez más manchado por la sangre que manaba a chorros por
la herida.
Copley logró alejarse un poco más para
ponerse a salvo de cualquier acometida final por parte de su adversario, que
borboteaba de forma agónica. Sólo entonces escuchó los gritos de Eleanor, que
le preguntó con ansiedad:
-¡Sinclair! ¿Estás bien?
-Sí -repuso él, intentando aparentar
calma-, me encuentro bien.
Bajó la vista y miró allí donde los
colmillos del husky habían rasgado el cuero. Sangraba por la herida de la
pantorrilla; notó la mojadura creciente del calcetín. El bocado había sido de
aúpa. Se puso en pie, dio un rodeo para evitar el cuerpo del agonizante can y
bajó por las escaleras. La deslumbrante luz blanca procedente de una especie de
esfera fijada al techo proyectaba sobre el suelo una sombra que iba dando
bandazos.
Aquel mundo estaba lleno de maravillas, de
eso estaba convencido. Una chimenea sin humo. Bolas de cristal dando luz.
Abrigos de una tela como nunca había visto igual. Pero no todo era
irreconocible. ‹No, el mundo no ha cambiado ni pizca en lo esencial›, caviló
mientras se limpiaba la mancha escarlata de la mano.
CAPÍTULO
VEINTISÉIS
13 de diciembre, 19:30 horas
NADA MÁS VOLVER AL campamento, Michael
corrió de vuelta a su cuarto, donde cambió parte de su equipo fotográfico y fue
en busca de Hirsch. Corría por la pasarela cubierta de nieve en dirección al
laboratorio de biología marina cuando de tropezó con Charlotte.
-Bienvenido -le saludó-. ¿Me acompañas a
comer?
-Lo primero es antes -contestó él al tiempo
que alzaba la cámara que llevaba colgada al cuello-. Han pasado horas desde que
fotografié el bloque de hielo por última vez.
-Pues por otra horita más no vas a morirte
-replicó ella, tomándole del brazo y arrastrándole en la dirección opuesta a la
que él seguía-. Además, Darryl está en el comedor.
-¿Estás segura? -inquirió él, resistiéndose
a avanzar.
-Del todo, y ya sabes qué poquito le gusta
que alguien fisgue en su laboratorio sin estar él presente.
Hirsch era muy territorial, y Michael lo
sabía, pero habría estado dispuesto a arriesgarse si la doctora no se hubiera
colgado de su brazo con tanta insistencia y si el viaje hasta la vieja factoría
ballenera no le hubiera abierto un gran apetito. Se dijo a sí mismo que comería
a toda prisa y luego arrastraría a Darryl hasta el laboratorio.
La doctora Barnes le informó durante el
corto trayecto hasta el comedor que acababa de atender a Lawson, que se había
hecho daño en un pie cuando le había caído encima un equipo de esquiar, pero a
Michael le seguía costando centrarse, pues tenía la urticante sensación de que
se estaba perdiendo algo y la picazón iba a más cada vez que la cámara le
rozaba el pecho.
-Ahora mismo no hay nadie en la enfermería
-le dijo Charlotte mientras subían la rampa que conducía a la zona común-, y
voy a decirte algo: este trato de venir a la Antártida habrá merecido la pena
después de todo si consigo mantener la portería a cero durante los próximos
seis meses.
Una vez dentro, se deshicieron de sus
abrigos y demás indumentaria antes de llenar hasta arriba los platos de
estofado de ternera, un arroz viscoso y pan hecho con levadura natural, pues en
el Antártico no se estropeaban las bacterias necesarias para la fermentación de
la masa madre.
A esa hora, el comedor era un hervidero de
probetas y reclutas, y no faltaba ni Ackerley, alias el Gnomo, quien solía
tomar una botella de leche y una caja de cereales para volverse de inmediato al
laboratorio botánico; podía vérsele sentado con sus colegas en una de esas
mesas plegables parecidas a las usadas cuando se va de picnic. El personal de
cocina, encabezado por un tipo entrecano, un cocinero veterano en los fogones
de la Marina que insistía en hacerse llamar tío Barney, se las arreglaba para conseguir
que los platos parecieran recién hechos a pesar de que en Point Adélie no era
posible aplicar a rajatabla un horario para las comidas, pues no habría nadie
capaz de cumplirlo. Nadie en toda la base, ni siquiera Murphy O´Connor, había
logrado averiguar dónde estaba el truco para semejante prodigio.
Michael se adelantó a Charlotte a la hora
de localizar a Darryl, prácticamente oculto ante el montón de platos llenos a
rebosar de judías con arroz. El biólogo no apartaba la nariz de unos informes
de laboratorio. Wilde se abrió paso hacia él y con la doctora a su lado.
Hirsch levantó la vista mientras se secaba
los labios con una servilleta de papel.
-Hacéis una pareja estupenda -les saludó;
luego, golpeteó los informes con la mano-. Éste es el resultado de la analítica
hecha a la muestra de sangre de la botella -dijo como si fuera lo que todos
estuvieran esperando escuchar.
-¿Y te lo has traído como lectura para la
cena? -preguntó de sopetón Charlotte mientras extendía la servilleta.
-Es absolutamente fascinante -insistió
Darryl mientras empezaba a entrar en detalles sobre el origen de la corrupción
de la sangre.
Charlotte le metió en la boca un trozo de
pan sin levadura para hacerle callar y le preguntó:
-A ti no te explicó tu madre que en la mesa
no se habla de ciertos temas, ¿a que no?
Michael se echó a reír, y también Darryl,
una vez que se sacó el trozo de pan.
-No os hacéis ni idea, de veras, no os
creeríais el número de células sanguíneas -repuso, intentando retomar el tema.
La doctora se lo impidió al decir:
-¿Por qué no nos cuentas que has hecho hoy
Michael?
El biólogo dio su brazo a torcer, partió un
buen trozo de pan caliente y lo untó de mantequilla mientras el periodista les
contaba la visita a la factoría noruega y la experiencia de guiar el deslizador
de vuelta al campamento.
-¿Danzing te ha dejado llevar el trineo...?
Michael asintió mientras hacía un esfuerzo
por tragar un bocado de estofado especialmente correoso.
-De hecho, creí haberte visto mientras
volvías de la caseta de inmersión en una motonieve.
Darryl admitió haber estado allí.
-Pero esta vez no ha picado nada que
mereciera la pena. Volveré a probar suerte mañana.
Comieron en silencio durante unos minutos,
tomándose su tiempo, pues en el Polo Sur cada comida, cada interrupción en el
quehacer cotidiano, era una especie de comunión, una forma de indicarle la hora
al cuerpo. A menudo era necesario detenerse y pensar si uno se había sentado a
la mesa para desayunar o comer, aunque el tío Barney intentaba facilitar la
tarea al servir los platos fuertes: montañas de salchichas para el desayuno y
cantidades ingentes de espaguetis y chili con carne para el almuerzo. Betty y
Tina habían sugerido el uso de las velas durante las cenas, pero los reclutas
habían reaccionado de forma desaforada contra esa propuesta y habían dejado la
pizarra de comunicados de Murphy llena de mensajes escritos con un lenguaje de
lo más subido de tono.
Michael había intentado mostrarse paciente,
pero antes de que Darryl hubiera terminado el pastel de melocotón, empezó a
decir:
-¿Tienes pensado volver al laboratorio esta
noche? -el interpelado asintió con la cabeza mientras daba caza a una esquiva
rodaja de melocotón en almíbar. Consumido por la impaciencia, Wilde agregó-: Lo
decía porque, si no te importa, siempre podía ir yo primero y...
Darryl cazó la rodaja, se la comió y se
dispuso a contestar.
-No te embales, que ya voy. -Arrugó la
servilleta y la lanzó sobre el plato-. Tengo tantas ganas como tú de ver qué
tal va la cosa.
-Yo también me apunto -dijo Charlotte tras
dar un último sorbo a su café con leche.
Tras ponerse los abrigos, las gafas
protectoras y los guantes apenas eran identificables, incluso entre sí. En el
Antártico, la gente tendía a reconocer a los demás gracias a cosas muy simples
como el color de la bufanda, un gorro con pompón en la punta o la forma de
caminar, pues aparte de eso, todos parecían verdaderos ovillos de lana con
rellenos de tela elástica.
Esa noche era inusualmente tranquila y
velaba la luz del sol austral una capa de nubes tan tenue que recordaba una de
esas cortinas de tela de poliéster que dejaba pasar la luz pero no el sol. Era
un indicio serio del mal tiempo en ciernes.
Los tres amigos avanzaron hacia su destino
haciendo crujir la nieve bajo las botas a cada paso que daban. Pudieron oír el
zumbido de los taladros en el almacén de muestras cuando pasaron junto al
laboratorio de glaciología, de camino hacia el cobertizo del trineo.
A lo lejos destellaban las luces del
laboratorio de botánica, siempre encendidas. Parecían hacerles señales de modo
que a Michael le recordaba la noche de Navidad cuando era niño, cuando sus
padres le llevaban a la misa de medianoche y la expectativa flotaba en el aire.
En aquel entonces, él ya sabía que un regalo le esperaba a la mañana siguiente,
igual que ahora estaba convencido de que le aguardaba otro en ese laboratorio
bajo y a oscuras a la vuelta de la esquina.
Darryl marchaba en la cabeza; subió al
trote la rampa de acceso y esperó a sus compañeros en la entrada sin abrir la
puerta, pues deseaba mantenerla abierta el menor tiempo posible. Nadie cerraba
con llave los laboratorios por orden del jefe O´Connor, por lo cual en cuanto
llegaron Michael y Charlotte traspasaron todos juntos el umbral sin demora.
Nada más entrar, antes incluso de haberse
quitado el abrigo, Michael notó el agua desparramada por el suelo. Los vertidos
y derrames eran moneda corriente en el laboratorio marino, de ahí que el piso
fuera todo un bloque de hormigón y contase con sumideros de desagüe a
intervalos regulares. Por todo ello, tanta humedad no era algo inusual. Sus
botas de goma hicieron el típico ruido de succión cuando anduvo por el suelo
encharcado hasta la encimera de la mesa de trabajo, donde estaban el monitor y
el microscopio. Luego, siguió a Darryl hasta un lateral del tanque central.
El agua todavía goteaba por los bordes y
hasta donde él era capaz de apreciar las tuberías de plástico seguían siendo
operativas, pero en el tanque sólo había agua marina. Estaba vacío.
No había ningún trozo de hielo ni rastro
alguno de los cuerpos flotando en el líquido elemento.
Quedaban trocitos de hielo, restos del
témpano que flotaban sin rumbo fijo, al capricho del movimiento de las aguas.
Un intenso olor salobre saturaba el aire del laboratorio, pero Michael estaba
algo más que perplejo, se estaba encabronando bastante. ¿Ésa era la idea que
Darryl tenía de lo que era una broma? Porque si era una broma, no tenía ni puta
gracia. Debía haberle consultado, no, avisado mejor, si era necesario reubicar
los cuerpos.
-Vale... ¿Qué es lo que se está cociendo
aquí? -le preguntó a Hirsch-. ¿Has ordenado a alguien que los traslade a otro
sitio?
Pero supo la respuesta sin necesidad de
formular pregunta alguna al ver la cara de pasmo del biólogo.
-¿Dónde están...? -preguntó inocentemente
la doctora mientras se quitaba la larga bufanda del cuello.
-No... lo... sé... -contestó Darryl.
-¿Qué significa eso de que no lo sabes?
-insistió ella-. ¿Crees que Betty y Tina han recobrado el témpano?
-No lo sé -repitió Hirsch con un tono de
voz que convenció a Charlotte de la sinceridad de aquél.
-Bueno, calma, no es como si los muertos se
hubieran levantado y se hubieran marchado por su propio pie -repuso la doctora
Barnes. Un pesado silencio acogió esa frase. Michael fue al otro lado del
tanque y cerró las válvulas de entrada y salida. Reparó entonces en un taburete
situado delante de un radiador y en otro, cerca de la puerta. ¿Qué razón podía
haber tenido Darryl para mover los asientos de ese modo?, se preguntó.
-Sé con qué celo defiendes tu intimidad,
Darryl, pero dime, ¿ha estado trabajando alguien más contigo aquí dentro?
-No -contestó el interpelado en voz baja.
No se había apartado del borde del tanque, seguía ahí parado, incapaz de
digerir semejante desastre.
-Murphy ha de saber qué pasa aquí -sugirió
Charlotte con optimismo-. Seguro que ha sido él quien ha ordenado el traslado
de los cuerpos.
Dicho esto, la doctora se dirigió con mucha
decisión al interfono situado a un lado de la entrada. Aun así, miró con
perplejidad la extraña posición del taburete cuando se lo encontró en su
camino.
Wilde siguió devanándose los sesos mientras
cogía una fregona y la usaba para dirigir el agua hacia los sumideros.
Entretanto, Hirsch miraba fijamente el tanque, como si los cuerpos fueran a
reaparecer por arte de birlibirloque. Charlotte hablaba por el teléfono, pero
Michael no fue capaz de distinguir más de alguna frase suelta. «No se
encuentran aquí». «¿Estás seguro?». «Hemos mirado bien, por supuesto». Eso le
bastó para saber que las noticias habían dejado a Murphy O´Connor tan confuso y
sorprendido como al que más.
Darryl se retiró hasta la mesa de
investigación, donde se dejó caer en la silla, delante del microscopio. Tenía
el gesto pensativo y la frente surcada de arrugas. Michael se alejó del
radiador, sin dejar de usar la mopa, y se dio cuenta de que el suelo estaba
seco. El desbordamiento del tanque no había llegado tan lejos, y el charco de
agua se concentraba alrededor del taburete. Daba la impresión de que alguien
hubiera puesto algo a secar allí, y ese algo hubiera goteado en esa zona.
Entonces, lanzó una mirada al otro asiento fuera de sitio y dejó la fregona
apoyada sobre la pared para encaminarse enseguida hacia ese taburete.
Charlotte colgó el auricular en ese mismo
momento y anunció que Murphy no tenía la menor pista sobre lo sucedido.
-Va a ponerse en contacto con Lawson y
Franklin. Tal vez ellos sepan qué está pasando.
Michael estudió el suelo adyacente a la
puerta, y en especial debajo del asiento. No había indicio alguno de humedad,
pero de pronto sintió un chorro de aire helado entre los hombros y alzó la
vista. Arriba había un ventanuco rectangular que corría por encima de la línea
del tejado, aunque tenía más aspecto de ser un respiradero.
Se subió al escabel y desde allí estuvo en
condiciones de apreciar que la hoja de la ventana estaba entreabierta. Los
copos de nieve habían empezado a cuajar por la parte interior de la abertura,
pero aun así, todavía era un buen observatorio de la explanada y se distinguían
perfectamente las luces del cobertizo de la perrera, donde todo parecía estar
tranquilo y en calma.
-¿Has abierto tú ese respiradero, Darryl?
-¿Qué...? -el biólogo alzó la mirada y vio
al periodista, subido precariamente a la banqueta-. No, es más, dudo mucho que
yo llegue ahí arriba.
Michael giró la manivela hasta cerrar la
ventana y se bajó. Alguien la había abierto hacía poco tiempo con el propósito
de mirar por el hueco.
-¿Alguien quiere oír otra noticia?
-preguntó el pelirrojo con resignación.
-¿Es buena o mala?
-La botella de vino ha desaparecido.
-¿Estaba en la mesa de trabajo? -inquirió
Michael.
Darryl asintió.
-La dejé ahí mismo, junto al microscopio.
-El biólogo tomó el portaobjetos-. Aún tengo la prueba de que esa maldita cosa
ha existido: esto -continuó, alzando la lámina-, pero no hay ni rastro de la
botella. Ni tampoco de los cuerpos, ya no.
«Eso me cuadra perfectamente», pensó
Michael. «Quienquiera que se haya apoderado de los cuerpos ha arramblado
también con la botella de vino». ¿Por qué? ¿Para qué? El panel corredizo del
conducto de la ventilación debían de haberlo abierto para poder mirar. ¿Era
obra de alguien que pretendía de verdad destruir todas las pruebas a fin de
causar la sensación de que el hallazgo jamás se había producido? ¿Qué sentido
podría tener eso?
¿Y si alguien había tenido la ocurrencia de
querer sacarle partido monetario a todo el asunto? Eso tenía aún menos sentido
para él. Era una ocurrencia demasiado estúpida para venir de algún probeta,
aunque siempre podía ser obra de un par de reclutas a quienes se les había
pasado por la cabeza que podían llevar los cuerpos al mundo civilizado y
ganarse una fortuna exhibiéndolos, ¿era eso?
¿Y si sólo formaba parte de una broma,
pesada y muy poco divertida? El jefe O´Connor iba a arrancarles la piel a los
guasones si terminaba por resultar que todo eso era una simple payasada.
Michael estaba seguro de ello.
El periodista comprendió que intentaba
agarrarse a un clavo ardiendo. Todas esas ideas eran una sandez. Se dijo a sí
mismo que debía calmarse y pensar. Debía ser algo más sencillo. Probablemente,
Tina y Betty se había llevado el témpano para reanudar su trabajo, y si no era
eso, se trataría de algo por el estilo. Seguro que el misterio se resolvía
antes de que se fueran a la cama.
-¿No había más botellas en ese arcón que
sacaron del mar? -preguntó Charlotte.
-Sí, claro que sí -contestó Darryl con ojos
centelleantes-. ¿Dónde han metido el arcón, Michael?
-Danzing lo había bajado del trineo la
última vez que lo vi. Lo había dejado al fondo de la perrera.
-¿Por qué no os quedáis Charlotte y tú por
aquí mientras yo voy a echar un vistazo al cobertizo del trineo? Aseguraos de
que no ha desaparecido nada más.
Le consumían las ganas de examinarlo todo
desde que había echado un vistazo por el ventanuco.
Subió la cremallera de la parka al salir y
bajó la rampa despacio, buscando con atención marcas de ruedas de una
plataforma rodante, pero las únicas huellas visibles eran de suelas de botas.
Quienquiera que fuera el ladrón, ¿cómo se las habían arreglado para sacar el
témpano del laboratorio?
Anduvo sobre la nieve hasta llegar al
cobertizo de los huskies y descubrió que al menos el arcón estaba donde lo
había dejado Danzing, pero aunque seguían allí unos cuantos cachivaches, como
la copa de oro con las iniciales SAC grabadas y un fajín blanco amarilleando
por el tiempo, habían desaparecido todas las botellas.
-¡Eh!, ¿qué diablos pasa aquí?
Vio a Danzing con los brazos extendidos en
señal de asombro al darse la vuelta.
-Imagino que ya te lo ha contado Murphy.
-¿El qué debía decirme O´Connor?
-Ah, pues la desaparición de los cuerpos y
del bloque de hielo.
-Los perros... ¡Por amor de Dios, yo estoy
hablando de los perros! Se avecina una tormenta de tomo y lomo y he venido para
asegurarme de que están bien instalados para pasar la noche. -Miró en derredor
como si los echara a faltar-. ¿Dónde demonios están?
La desaparición de las botellas le había
causado semejante impacto que Michael había pasado por alto un hecho aún más
sorprendente, pero ahora vio las estacas en el suelo y los cuencos de comida
vacíos y boca abajo sobre la paja.
-¡También ha desaparecido el trineo!
-observó Danzing-. ¿Qué coño pasa aquí?
Michael no podía creer que alguien hubiera
tenido valor para meter en eso a los canes, y menos sin el permiso expreso del
musher, que se negaría de plano, sin duda.
-Acabo de venir para comprobar si habían
robado algo del cofre -dijo Michael, sintiendo que debía dar una explicación a
su presencia en ese lugar-, como así ha sido.
-A mí me importan una mierda las botellas y
ese par de chupachups helados. ¿Dónde están mis perros? -bramó Danzing mientras
entraba en el cobertizo pisando fuerte-. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
-Acabo de entrar.
-¡Maldición!
Dio una patada a un cuenco y lo envió al
otro lado del cobertizo. Después de detuvo al pie de las escaleras y se quitó
un guante para tocar con los dedos una mancha de un escalón. Cuando Michael le
prestó atención, el musher se había llevado las yemas de los dedos a la nariz y
las estaba olisqueando.
-Es sangre -anunció al tiempo que miraba
hacia el altillo; después, echó a correr escaleras arriba todo lo deprisa que
las pesadas botas y la indumentaria se lo permitían.
Al poco de estar arriba, Michael le oyó
gritar:
-¡Jesús, no!
Entonces, también él subió. Se encontró al
hombrón arrodillado en el suelo, acunando el cuerpo ensangrentado de Kodiak
entre sus brazos.
-¿Quién lo ha hecho? ¿Quién ha sido capaz
de algo así? -murmuraba.
A Michael también le parecía algo
inconcebible.
-Mataré a ese cabrón -aseguró Danzing, y
Wilde le creyó-. Acabaré con el hijo de puta que ha hecho esto.
Michael le puso la mano en el hombro sin
saber qué decir al desconsolado adiestrador, pero en ese momento el perro
parpadeó y abrió los ojos.
-Un momento, mira... -intentó decir el
periodista.
El husky soltó un gruñido bajo y airado,
cobró vida y se echó a la yugular de su cuidador antes de que éste tuviera
tiempo para reaccionar. El musher cayó de espaldas y el can no le soltó, siguió
encima, rasgándole las ropas y la piel. Danzing repartió patadas a diestro y
siniestro al tiempo que intentaba ponerse en pie, pero la rabia que enloquecía
al perro le insuflaba al mismo tiempo una fuerza extraordinaria.
Michael vio colgando del cuello de Kodiak
una cadena corta y la estaca todavía sujeta a ésta. Le echó mano al palo, pero
una de las sacudidas se lo quitó de las manos. Volvió a aferrarlo y esta vez
logró sujetarlo con la firmeza suficiente como para dar un tirón y alejar de la
garganta de Danzing las fauces chorreantes de baba y sangre.
La criatura aún hacía chasquear las
mandíbulas en su intento de morder a su amo cuando Michael le arrastró hacia
las escaleras. Kodiak hundió las garras en los tablones del suelo para
apoyarse. Sólo entonces centró su atención en Michael, se dio media vuelta,
fijó en él sus llameantes ojos azules y saltó hacia delante.
Michael le hizo una finta de cintura como
un torero y evitó limpiamente al can. El animal se precipitó escaleras abajo.
Michael escuchó un golpazo, un sonido similar al de la madera cuando se
astillaba y un chasquear de mandíbulas... Y después reinó el silencio.
Wilde se asomó hasta ver que la estaca se
había enganchado entre dos escalones y el animal, que se había partido el
cuello en la caída, se balanceaba al extremo de la cadena. La escalera de
madera crujía con cada balanceo.
-Socorro -pidió Danzing desde el suelo con
voz débil y borboteante.
El herido se sujetaba la garganta con la
mano. Michael se quitó la bufanda y la usó para vendarla con fuerza.
-Volveré enseguida con la doctora Barnes
-le aseguró.
Y salió disparado escaleras abajo, aún sin
salir de su asombro. El cuerpo de Kodiak se balanceaba a uno y otro lado y al
pasar junto a él Michael descubrió una herida honda en el pecho por la cual
salía a chorros una sangre que se iba espesando en la paja de debajo. «¿Cómo se
habrá hecho semejante corte?», se preguntó.
CAPÍTULO
VEINTISIETE
13 de diciembre, 20:00 horas
SINCLAIR DESCRIBIÓ UN AMPLIO círculo
alrededor de la parte posterior de la base a fin de pasar desapercibido y luego
condujo el trineo sobre la nieve y el hielo, con la playa a un lado y la lejana
cadena montañosa al otro. Eleanor soportaba el baqueteo en la cesta del
deslizador, bien protegida por el abrigo robado en el cobertizo.
Los perros corrían con desenvoltura y
parecían saber adónde iban, un destino del que Copley no tenía la menor idea,
pero estaba preparado para enfrentarse contra cualquier eventualidad. En un
momento dado descubrió una huella en forma de raíl en la nieve y se percató de
que el tiro de canes seguía esa dirección. Permaneció sobre los patines,
sosteniendo las riendas, sin importarle el soplo gélido del viento para el que
el sol apenas proporcionaba alivio.
Alzó el rostro y permitió que el frío
céfiro lo flagelase a placer mientras él llenaba de aire los pulmones lleno de
gozo al ¡sentir!, ¡moverse!, ¡estar vivo de nuevo! No importaba qué sucediera
después, lo recibiría con agrado, nada podía ser peor que el aprisionamiento
casi eterno en el iceberg. El sol austral arrancaba pálidos destellos al galón
dorado que lucía en el uniforme y el extraño abrigo rojo de cruces blancas le
flameaba contra las piernas, pero el pulso se le había acelerado y le hormigueaban
hasta los cabellos.
Alzó la mirada al oír unos chillidos de
inquietud encima de su cabeza, era una bandada de pájaros marrones, negros y
grises. En el fondo de su ser esperaba haber visto en lo alto a un albatros de
un blanco níveo haciéndole compañía, pero no fue así. Había un sinfín de aves
carroñeras, la suciedad de los plumajes y los gritos crispantes los delataban a
sus oídos; seguían a los perros con la esperanza de obtener alguna comida.
Había visto esa clase de pájaros con anterioridad sobrevolando en círculos en el
ardiente cielo azul de Crimea.
-Han venido desde la mismísima África
atraídos por el festín de carroña que el ejército británico les ha puesto en
bandeja -le explicó Hatch, quien luego añadió-: Alguno de ellos ha venido aquí
por mí, no me cabe duda -le aseguró. Sinclair había presenciado durante días la
lenta coloración de la piel del sargento, cuya tez requemada por el sol de la
India había ido cobrando un tono amarillento ictérico-. Es cosa de la malaria
-le explicó el suboficial entre el castañeteo de dientes-. Se pasará.
Las cuchillas del deslizador se alzaron de
pronto al pasar sobre una elevación oculta para luego volver a caer con la
gracilidad de una bailarina. Copley jamás había visto un artilugio como ése.
Para empezar, era incapaz de determinar con exactitud de qué estaba hecho. El
cochecito donde viajaba Eleanor era resbaladizo y duro como el acero, pero
mucho más ligero a juzgar por la velocidad con la que los perros eran capaces
de arrastrarlo.
Los pájaros surcaban los cielos rápidos
como flechas y aguantaban sin problemas el ritmo del trineo. En comparación,
los buitres de Crimea resultaban mucho más displicentes, planeaban en círculos
morosos e incluso se encaramaban en las ramas altas de los árboles resecos
mientras veían pasar a las columnas de soldados. Aguardaban con las alas
plegadas sobre el difuminado marrón de sus cuerpos y los ojos brillantes como
cuentas atentos a la marcha, a la espera del siguiente soldado que, enloquecido
por el sol o consumido por la sed, iba a apartarse de la formación y a
derrumbarse hecho un ovillo al borde del camino. Nunca debían esperar mucho.
Sinclair caminó penosamente junto a un escuálido Áyax y sólo pudo ver cómo los
soldados de infantería, mientras hacían todo lo posible por mantener el ritmo,
se desprendían primero de los sombreros, después de las casacas, más tarde de
los mosquetes y de la munición. Quienes habían contraído el cólera se retorcían
en el suelo, aferrándose las tripas con las manos, y suplicando, suplicando
agua, suplicando morfina, y a veces implorando que les pegaran un tiro que
pusiera fin a su agonía.
Tan pronto como los moribundos dejaban de
sufrir y se quedaban inmóviles, los carroñeros desplegaban sus alas hediondas y
se posaban en el suelo junto a ellos. Daban dos o tres picotazos a la víctima a
modo de prueba, sólo para estar seguros, y luego se lanzaban al banquete con
sus picos ganchudos y sus garras.
Hubo una ocasión en que Sinclair fue
incapaz de contenerse y le descerrajó un tiro a un buitre, que saltó hecho
trizas en un amasijo de carne y plumas. El sargento Hatch avanzó a medio
galope, se puso a su altura se inmediato y se ladeó sobre la silla de montar
para avisarle de que no volviera a hacerlo.
-Es un desperdicio de munición, y tal vez
alerte al enemigo de nuestros movimientos.
Sinclair se echó a reír. ¿Cómo podía no
saber el enemigo su avance? Habían empezado la marcha sesenta mil hombres, y
todas esas botas levantaban una considerable polvareda en el cielo. Se habían
estado arrastrando por las bastas planicies llenas de matorrales y zarzales de
Crimea prácticamente desde el momento del desembarco. A mediados de septiembre
habían tenido un serio encontronazo con las fuerzas zaristas a orillas del río
Alma. La infantería le había echado bemoles y había escalado las laderas bajo
una lluvia de cañonazos. Se apoderaron de todos los reductos y pusieron en fuga
a los rusos.
Pero la caballería en general, y el
regimiento de lanceros en particular, no había hecho nada. Lord Raglan, el
comandante en jefe de la expedición, había dado orden de no moverse, la
caballería era una chistera que no debía «salir del sombrerero». Las palabras
habían circulado enseguida entre las filas. La caballería debía proteger los
cañones y tal vez ayudar en el sitio de la fortaleza de Sebastopol, si es que
el ejército llegaba allí alguna vez.
La campaña se había convertido para
Sinclair en una sucesión de humillaciones y dilaciones, y por la noche,
mientras vivaqueaban en algún claro y se convertían en pasto de los mosquitos
que infestaban el país, apenas necesitaba conversar con Rutherford o Frenchie.
Todos conocían la opinión de los demás y estaban demasiado cansados para hacer
otra cosa que no fuera beberse su cupo de ron, comerse su ración de tocino
crudo sin atragantarse y buscar con desesperación alguna corriente o estanque
donde poder abrevar a los caballos y rellenar las cantimploras.
Los hombres que habían enfermado durante la
noche eran llevados a los carromatos de transporte a primera hora de la mañana,
después, eso sí, de haberse librado de los cadáveres, a los que enterraban a
toda prisa en grandes fosas comunes. El hedor de la muerte acompañaba a las
tropas británicas allá donde fueran y el teniente Copley llegó a pensar que
jamás lograría sacárselo de encima.
-Sinclair -le llamó su compañera de
aventura, que se había vuelto hacia él-. Veo algo ahí delante. -Alzó el brazo
sin apenas energía y señaló en dirección noroeste-. ¿Lo ves?
Él también pudo distinguir a lo lejos el
manojo de edificios renegridos y el barco varado en la playa, un vapor a juzgar
por el aspecto. ¿Estaba habitado ese lugar? ¿Por quién? ¿Serían amigos o
enemigos?
Dio un tirón a las riendas con el propósito
de aminorar la velocidad y acercarse más despacio, aunque ganaba en confianza a
medida que se acercaba al asentamiento. No salía humo por ninguna chimenea, los
haces de las lámparas no se colaban por las contraventanas y no se escuchaba el
golpeteo de cacerolas ni ollas. En suma, no se veía indicio alguno de vida, a
pesar de que los huskies estaban muy habituados a moverse por ese lugar y
trotaban por el laberinto de oscuros callejones helados con total aplomo.
Condujeron el deslizador hasta un patio absolutamente desolado, momento en que
el nuevo perro guía, un animal gris con una amplia franja blanca alrededor del
cuello muy similar a una bufanda, se volvió hacia Sinclair a la espera de
nuevas instrucciones.
Copley se bajó del trineo.
Distinguió un artilugio provisto de tenazas
entre los rieles de la vía y se apresuró a acudir caminando pesadamente. Se
acuclilló para examinar sus extremos, hundidos en el suelo helado y cubiertos
en parte por la nieve. Una aguda punzada de dolor le subió por la pierna al
hacer ese gesto, recordándole el mordisco recibido. Los colmillos de Kodiak le
habían rasgado la bota de montar, dejando suelto un buen trozo de cuero.
Eleanor se removió en el vehículo y con voz
tan funesta como los alrededores preguntó:
-¿Adónde hemos venido?
Sinclair miró en derredor y observó los
almacenes y un cobertizo abierto donde había maquinaria abandonada; también
pudo ver unos gigantescos peroles de hierro donde era posible cocer un hato
entero de bueyes; y una telaraña de poleas y cadenas herrumbrosas. Podían verse
por todo el patio rieles de tren que se entrecruzaban sin cesar y carretillas
todavía más grandes de las que había visto en las minas de carbón de Newcastle.
Habían construido todo aquello con un fin
específico, y no era vivir allí de forma tranquila ni cómoda. Sólo podía haber
una razón: el dinero. En el Polo Sur únicamente había tres maneras de hacer
caja: la pesca, la caza de ballenas o la matanza de focas, y a gran escala,
además.
Al final de la vía herrumbrosa había un
motor renegrido de locomotora cubierto por una fina capa de hielo de gran
semejanza al glaseado del mazapán.
Dispersos por la llanura debía de haber
unos treinta edificios de ventanas rajadas y entradas sin puertas sobre los
goznes. En la parte posterior, en lo alto de la colina, Sinclair pudo
distinguir un chapitel coronado por una cruz.
Y por un momento se detuvo al verla, pero
luego prendió en él una chispa de desafío.
Apoyó la pierna herida sobre la palanca del
freno y logró liberarla al cabo de un par de intentos.
-¡Adelante! -gritó a los canes.
Los huskies vacilaron en un primer momento,
pero él gritó de nuevo y agitó las riendas hasta que ellos tiraron de sus
arneses y el vehículo de deslizó hacia delante.
-¿Adónde vamos? -preguntó Eleanor.
-A la cima de la colina.
-¿Por qué? -inquirió ella con voz
dubitativa.
Él sabía lo que le rondaba por la cabeza a
la muchacha.
-Porque está en alto y la altura siempre
ofrece una posición estratégica -adujo, aunque supo que Eleanor sospechaba la
existencia de otra razón.
El tiro se abrió paso hacia lo que tenía
aspecto de haber sido una herrería, a juzgar por las forjas, yunques y lanzas
casi tan largas como las que él había llevado a la batalla, y luego pasó
delante de un comedor atestado de mesas de caballete, donde era posible
advertir candelas cubiertas por el hielo todavía descansando sobre platitos de
hojalata. «Quizá luego vuelva a por las velas», dijo él para sus adentros.
Los huskies tiraron con fuerza del
deslizador mientras subían la ladera empinada. Mantenían gacha la cabeza y
altas las paletillas. Eran criaturas fuertes y bien entrenadas, y en otras
circunstancias le habría gustado tener la oportunidad de felicitar al
propietario. Alguien había obrado con aquellos fabulosos canes tan
magníficamente como el señor Nolan con los caballos.
Los perros ralentizaron el ritmo conforme
se acercaban a la iglesia a fin de sortear la infinidad de piedras y gastadas
cruces de madera señalizadoras de las tumbas del camposanto. Los enterramientos
se habían hecho sin orden ni concierto y el viento pertinaz había castigado con
saña las palabras cinceladas en las lápidas hasta convertirlas en un galimatías
ilegible. Un ángel sin alas permanecía en lo alto de una losa y en otra
mantenía el equilibrio la estatua de una mujer llorosa a la que le faltaba un
brazo. Todas las lápidas estaban orientadas hacia el mar.
Sinclair volvió a pisar el freno cuando
llegaron junto a la escalinata de madera que conducía al interior del templo.
Se bajó de los patines y se situó junto a Eleanor para ayudarla a salir, pero
ella se acurrucó dentro de la cesta y no le extendió la mano.
-Entremos. Tiene pinta de ser el mejor
refugio que puede ofrecernos este campamento -observó.
Y pronto iban a necesitarlo, pues unos
nubarrones negros cubrían ya el cielo y el viento soplaba aún con más fuerza.
Ese tipo de tormentas se desencadenaba de la nada, era como la tempestad que se
había cebado con la nave donde viajaban, arrastrándola cada vez más al sur.
Eleanor no se movió. Su rostro
extremadamente pálido se había convertido en una máscara espectral.
-Sinclair, sabes por qué yo...
-Lo sé muy bien, y no quiero oír ni una
palabra sobre el asunto -replicó él.
-Pero hay muchos otros sitios donde buscar
cobijo. He visto un comedor a nuestra derecha mientras veníamos hacia aquí y...
-El comedor no tenía puertas y en el techo
había un boquete del tamaño de la catedral de Saint Paul.
Sin querer, la palabra «catedral» recordó a
ambos un poemilla que solían recitarse el uno al otro en tiempos más felices,
uno que hablaba sobre unos cocoteros altos como la catedral de Saint Paul y
arena blanca como la tiza de Dover. Sinclair desterró de su mente todos esos
pensamientos y puso una mano en el codo de la muchacha, a la cual prácticamente
sacó del trineo en volandas.
-Eso es una superstición, pura patraña.
-¿Recuerdas lo de Lisboa...?
No era algo que Copley fuera a olvidar así
como así. Se habían presentado ante el altar de la catedral Santa María la
Mayor para dar las gracias por lo que parecía una intercesión divina: Sinclair
había logrado comprar el pasaje a bordo del Coventry, que zarpaba esa misma
noche. Era un día muy feliz para ellos.
-Eso fue una casualidad. No tenía nada que
ver con nosotros -replicó Sinclair-. La cuidad había sufrido muchos terremotos
antes...
Él no quería darle margen para ningún tipo
de fantasía. Debía trazar planes y había trabajo pendiente.
Una vez que los perros estuvieron
acomodados entre las lápidas, tras las cuales protegían las cabezas, y
escudando del viento los cuartos traseros con el rabo, sostuvo a Eleanor con
una mano y llevó la otra a la empuñadura de la espada antes de empezar a subir
los peldaños nevados del templo, en cuyo techo y en cuyo chapitel se habían
posado las aves que los habían seguido, alineándose como gárgolas. La muchacha
alzó la mirada y los vio en el preciso instante en que una de ellas graznó,
alargó el pico y batió las alas. La joven se detuvo en seco.
-Es un maldito pájaro -repuso Sinclair con
desdén mientras la arrastraba para hacerle subir el resto de los escalones.
Una puerta de doble hoja se alzaba en lo
alto de la escalera. Habían cedido los goznes de uno de los batientes y éste se
había desencajado y ladeado, congelándose allí mismo. Tras un esfuerzo
considerable, Copley fue capaz de empujar el otro hasta abrirlo lo bastante
como para poder meterse dentro. Nada más entrar se toparon con un montón de
nieve acumulada durante las ventiscas. Él pasó primero y luego tomó a su
compañera de la mano para ayudarla.
La estancia resonó con el eco de sus pasos
sobre el suelo de piedra. Había varias hileras de bancos mirando hacia delante
y encima de los mismos descansaban varios cantorales en avanzado estado de
descomposición. Sinclair tomó uno y lo abrió, pero las pocas palabras aún
legibles no estaban en inglés. Si debía apostar, se decantaría por alguna
lengua escandinava. Lo dejó caer al suelo sin más, pero Eleanor reaccionó por
instinto: lo recogió y volvió a dejarlo sobre el banco.
El techo estaba lleno de goteras y las
paredes eran de madera, desgastada por las inclemencias climatológicas hasta
convertirla en algo tan fino y pulido que cada línea y cada surco de los
tablones se veían con la misma facilidad que una mancha de vino en un mantel de
hilo blanco. El altar era una sencilla mesa de caballetes debajo de una cruz de
talla tosca colgada de las vigas del techo. Eleanor entornó los ojos y se
detuvo, arrebujándose en la parka que le estaba tan grande. Por el contrario,
él avanzó por la nave con andares altaneros, se detuvo delante del altar, puso
los brazos en cruz y habló como si se presentase ante un hacendado local que le
hubiera invitado a una cacería.
-Bueno, ¡aquí estoy!
La voz de Sinclair reverberó entre los
muros, pero el eco de sus palabras fue silenciado por el silbido del viento que
se colaba por las angostas ventanas que hacía tiempo habían perdido sus
vidrieras.
-¿Somos o no bienvenidos aquí? -gritó él de
forma provocadora.
Un repentino golpe de viento desmochó la
cresta de la nieve amontonada y lanzó al interior del edificio muchos copos,
algunos de los cuales cubrieron los zapatos de Eleanor. Ésta se metió corriendo
entre los bancos en busca de protección.
-¿Lo ves? -Sinclair se dio la vuelta con
los brazos extendidos-. Ni una palabra de protesta.
Copley sabía que Eleanor le temía cuando se
apoderaba de él ese estado de ánimo negro, cambiante y quisquilloso, pero ese
lado oscuro había ido creciendo en él desde Crimea, y era tan ineludible e
ingobernable como una sombra.
-No me imagino unos aposentos más
acogedores que éstos -aseguró mientras miraba en derredor.
Entonces localizó detrás del altar una
puerta de grandes bisagras negras. «¿Y si es la sacristía?», se preguntó. El
golpeteo de sus botas negras contra el enlosado de piedra levantó nuevos ecos
cuando anduvo alrededor del altar, cubierto de antiguos excrementos de rata,
tal y como pudo apreciar al examinarlo más de cerca, hasta plantarse ante la
puerta y abrirla de un empujón. Al otro lado del umbral había una habitación
pequeña con una ventana cuadrada protegida por una contraventana de doble hoja.
La estancia contaba con algo de mobiliario: una mesa, una silla, un catre cuya
manta estaba enrollada a los pies y una estufa de hierro colado. Estaba tan
deprimido que le pareció como si acabara de tropezarse con el salón del
Longchamps Club. Apenas podía esperar para enseñárselo a Eleanor.
-Ven aquí -gritó-. Ya tenemos habitación
para la noche. Eleanor no deseaba estar tan cerca del altar, eso era evidente,
pero tampoco quería contradecir a Sinclair. Acudió hasta la entrada y se asomó.
Él le pasó el brazo sobre los hombros y la estrechó con fuerza.
-Voy a traer las cosas del trineo, y
veremos en qué podemos convertir esto, ¿eh?
Eleanor se encaminó hacia la ventana y la
abrió en cuanto se quedó a solas. Contempló el exterior, donde un fuerte viento
barría la llanura helada y levantaba polvaredas de nieve. En el lejano
horizonte se recortaba el trazado de una cadena montañosa, cuyo lomo dentado se
parecía mucho a alguna criatura recostada.
No vio nada que le alegrara la vista ni le
levantase el ánimo o le ofreciera el menor atisbo de esperanza. En suma, no
había nada que le persuadiera de que todo aquello no era más que otra visión de
la condenación, eternamente iluminada por un gélido sol muerto.
El viento sopló aún más fuerte: silbó en
los aleros de la iglesia e hizo vibrar hasta las mismas paredes.
CAPÍTULO
VEINTIOCHO
13 de diciembre, 21:30 horas
-¡SOSTÉN LA VENDA, SOSTENLA en su sitio!
-le ordenó Charlotte. Michael presionó la gasa contra el cuello de Danzing, del
cual seguía saliendo sangre a borbotones, mientras ella cortaba el extremo de
las suturas y dejaba caer las tijeras en la bolsa-. Y no le quites el ojo al
monitor de la presión arterial.
Él observó la pantallita: la presión era
baja y no había dejado de caer en ningún momento.
La doctora no paró ni un segundo desde que
entró en el cobertizo del trineo. Había actuado con rapidez y aplomo, se había
inclinado sobre el jadeante herido para cerrarle la mordedura de la garganta.
Le había insertado un tubo de respiración y le había anestesiado nada más
llegar a la enfermería; luego, le había cosido la herida y ahora le había
puesto un catéter intravenoso para hacerle una transfusión de sangre.
-¿Va a salir de ésta? -preguntó Wilde, no
muy seguro de querer saber la respuesta.
-No lo sé... Ha perdido demasiada sangre.
Tenía cortada la yugular y la tráquea también estaba muy dañada -respondió
mientras colgaba la bolsa de plasma en un soporte. Preparó la jeringuilla nada
más comprobar que funcionaba-. Le he dicho a Murphy que solicite asistencia.
Este pobre va a necesitar mucha más ayuda de la que podemos ofrecerle aquí.
-¿Qué le estás inyectando? ¿Una
antirrábica? -quiso saber él mientras notaba en las yemas de los dedos la gasa
humedecida. Al mirar, la vio coloreada de un rojo intenso.
-Le pongo una inyección antitetánica
-replicó Charlotte mientras alzaba la jeringuilla a la luz y empujaba el
émbolo-. No dispongo de vacunas contra la rabia, pero claro, tampoco suponía
que iba a haber perros aquí abajo.
Le administró la vacuna, pero el monitor de
presión arterial y el electrocardiógrafo empezaron a enloquecer antes de que la
doctora ni siquiera hubiera tirado a la basura la jeringuilla usada.
-Ay, mierda, un paro cardiorrespiratorio
-masculló ella mientras dejaba caer la aguja en la pileta y abría a toda prisa
un armario situado en la pared de detrás.
Un pitido constante sonaba por toda la
habitación de forma ominosa.
Charlotte cargó las palas del
desfribilador, una escena que Michael había visto innumerables veces en las
teleseries de médicos, las aplicó sobre el pecho velludo de Danzing, pues le
habían cortado con tijeras la camisa de franela y estaba a plena vista la piel
anaranjada a causa de la mercromina. Wilde observó cómo una de las palas
lubricadas con pasta conductora cubría el espacio de la piel ocupado por un
tatuaje, la cabeza de un husky, y él no pudo evitar preguntarse si no sería
Kodiak.
La doctora contó hasta tres y gritó:
-¡Fuera!
Apretó las palas contra el pecho del herido
y pulsó los botones para provocar una descarga que hizo saltar a Danzing: la
cabeza se quedó pegada a la camilla y el cuerpo se arqueó hacia arriba.
Pero el zumbido de los monitores no se
alteró lo más mínimo.
-¡Fuera! -volvió a gritar.
Michael retrocedió un paso, pues se había
acercado un poco, mientras ella efectuaba una segunda descarga. El cuerpo se
estremeció de nuevo, pero las líneas de las pantallas azules permanecieron
planas. Le habían saltado varios de los puntos.
Las trenzas colgaron libremente a ambos
lados del rostro de Charlotte, quien respiraba pesadamente. Tomó aliento y lo
intentó una vez más. Un olor similar al de carne a la parrilla llenó la
habitación, pero no hubo cambio alguno. El cuerpo volvió a quedarse inerte y
completamente inmóvil. Danzing sangraba algo por el cuello, pero Michael no
tenía nada con que limpiarle.
Charlotte se enjugó el sudor de la frente
con la manga y lanzó otra mirada a los monitores antes de dejarse caer sobre el
taburete de ruedas situado detrás de ella, donde se sentó con los hombros
hundidos y el rostro bañado en sudor. Michael permaneció a la espera,
preguntándose qué iba a hacer a continuación. La cosa no podía acabar ahí.
Él se levantó de su asiento y apoyó el
talón de una mano sobre el pecho del musher.
-¿Hago fuerza...?
Ella se limitó a negar con la cabeza.
-¿No debería intentarlo al menos? -preguntó
él mientras le hacía un masaje cardiaco tal y como le habían enseñado en los
cursos de primeros auxilios-. ¿No convendría hacerle el boca a boca?
-Ha muerto, cielo.
-Tú dime sólo qué podría hacer.
-No hay nada que tú puedas hacer -replicó
ella, levantando la mirada hacia el reloj de la pared-. A decir verdad, y si
quieres saberlo, murió en el mismo momento en que ese maldito chucho le cogió
por banda.
Charlotte se levantó sin volver la vista
atrás y alargó la mano hacia un potapapeles. Tomó una pluma y sacudió la cadena
que la sujetaba para poder consignar la hora de la defunción.
Danzing seguía con los ojos abiertos.
Michael se los cerró.
La doctora fue desconectando todas las
máquinas. Luego, reparó en el collar de dientes de morsa y lo recogió del
suelo, donde lo había arrojado al quitarle la ropa.
-Era su amuleto... Le traía buena suerte
-observó Wilde.
-No la suficiente -replicó ella,
entregándoselo a Michael.
Se sentaron en silencio, uno a cada lado
del cuerpo, y estuvieron así hasta que Murphy O’Connor asomó la cabeza por la
puerta.
-Traigo malas noticias sobre lo del
helicóptero... -empezó, y entonces se dio cuenta de lo sucedido-. Ay, la
Virgen... -murmuró.
Charlotte retiró el catéter.
-Sin prisa. Pueden tomárselo con toda la
calma del mundo.
Murphy se pasó los dedos por los cabellos
entrecanos y clavó la mirada en el suelo.
-La tormenta va a ser mucho peor antes del
alba. Debían esperar a que amainase, eso me dijeron.
El periodista aguzó el oído. Fuera, el
viento aporreaba las paredes de la enfermería con verdadera saña, pero no lo
había notado hasta ese momento.
-Dios todopoderoso -murmuró O’Connor. Hizo
ademán de marcharse, pero antes le dijo a Charlotte-: Hiciste todo lo posible,
estoy seguro. Eres una buena doctora. -Ella no reaccionó ante la lisonja-. Le
diré a Franklin que se pase por aquí para echarte una mano con el cuerpo.
-Entonces, Murphy miró a Michael-. ¿Por qué no me acompañas a la oficina?
Tenemos que hablar.
Murphy se marchó y dejó a Wilde indeciso,
pues no deseaba ausentarse y dejar a Charlotte a solas con el cuerpo, no con un
cadáver, al menos no hasta que acudiera Franklin o algún otro.
-Estoy bien -le tranquilizó ella, intuyendo
su dilema-. Uno se acostumbra a la muerte cuando curra en las urgencias de
Chitown¹, así que vete.
Michael se metió el collar de morsa en el
bolsillo mientras se ponía de pie y luego fue a la pileta, donde se lavó la
sangre de las manos. Entretanto, acudió Franklin.
Luego, se fue, y cuando ya había salido de
camino hacia el hall, ella gritó a sus espaldas:
-Ah, por cierto, gracias. Has sido un
enfermero de primera.
El periodista encontró a Darryl en la
oficina de O’Connor. El pelirrojo sostenía una taza desechable de café. Era
evidente que Murphy acababa de ponerle al corriente de la muerte de Danzing. El
propio jefe estaba reclinado sobre el respaldo de su silla, donde se había
desplomado sin fuerzas. Michael se poyó sobre un archivador abollado y
permanecieron en silencio durante más de un minuto. Nadie necesitaba decir
nada.
-¿Alguna idea...? -preguntó O’Connor
finalmente.
Se produjo otro largo silencio.
-Si te refieres a lo de Danzing y el perro,
no -se aventuró a contestar Michael-, pero si la cosa va sobre los cuerpos
desaparecidos, entonces hay una idea que tengo bastante clara.
-¿Y cuál es?
-Alguien se ha ido de la olla. Tal vez sea
un caso del Gran Ojo.
-Ya he hecho mis indagaciones -repuso
Murphy-, y han tenido que darme explicaciones todos, incluso el Gnomo. Y no se
ha chalado ninguno, bueno, no más de lo normal. Y nadie ha abandonado la
estación.
Darryl sopesó esa información antes de
decir:
-De acuerdo, en tal caso, quienesquiera que
sean los ladrones han ocultado los cuerpos en alguna parte. Otra cosa no, pero
por cualquier sitio de por aquí hace frío suficiente para que vuelvan a ser
hielo bien sólido. Han vuelto a la base echando leches después de esconderlos.
-¿Y los perros?
Darryl debía reflexionar sobre eso, pero
Michael conocía a los huskies, y estaba seguro de que volverían por su cuenta a
menos que alguien los retuviera.
-¿Pueden sobrevivir a una tormenta como
ésta? -preguntó Darryl.
Murphy resopló.
-Esto para ellos es un día de playa. Van a
tumbarse y a dormirse tan panchos. La mierda del asunto es que se han borrado
las huellas.
A pesar de todo, Michael tuvo un pálpito
sobre el posible destino de los canes.
-Stromviken, han ido allí. Ése es el
destino de su carrera de entrenamiento.
-Podría ser -concedió Murphy tras
pensárselo un rato-, pero si alguien los ha llevado hasta allí, incluso si ha
tenido tiempo de darse el viajecito, y eso me parece muy poco probable, ¿cómo
demonios ha vuelto a la base sin ellos?
Ningún miembro de la base es capaz de
volver a pata hasta aquí con la que está cayendo, ni siquiera yo. Nadie puede
ir a ninguna parte con esta tormenta.
-¿Y si hubiera utilizado una motonieve?
-aventuró Michael-. Pudo ponerla detrás del trineo y remolcarla, ¿no?
El jefe O’Connor adoptó una expresión
socarrona.
-Por poder ser, pues sí, pero quien fuera
obligó a los pobres chuchos a tirar de la motonieve y mover el bloque de hielo.
-Había disminuido mucho de volumen
-intervino el biólogo-. Estaba a punto de deshelarse.
Murphy adelantó la cabeza tras una pausa.
-Como prefieras, pero, resumiendo,
quienquiera que sea se ha llevado el témpano con los cuerpos a algún sitio, sea
a la factoría ballenera, a la colonia de grajos o a una gruta helada de por los
alrededores, y ha vuelto a toda pastilla gracias a una motonieve, una motonieve
que nadie ha echado en falta...
-Y nadie la ha oído al marcharse ni al
volver -terció Michael.
-Cierto, eso también -admitió Murphy
mientras volvía a pasarse los dedos por el cabello entrecano-. ¿Veis como no
cuadra nada?
Michael le dio la razón. Era verdad. De
hecho, era la primera vez que se había detenido a intentar unir todas las
piezas del rompecabezas. No le extrañaba que Murphy ya tuviera un aspecto
fatigado y muy perplejo.
Bastaba mirar el rostro de Darryl para ver
cómo le consumía la rabia. Habían saqueado su laboratorio y le habían robado su
más valioso espécimen.
-No ha podido hacerlo un solo ladrón, lo
dudo mucho -afirmó-. Me resulta difícil creer que una sola persona haya sacado
los cuerpos del tanque y haya sido capaz de sujetarlos al trineo en el breve
lapso de tiempo que pasó desde que salí del laboratorio hasta que los eché en
falta. -El biólogo meneó la cabeza-. Han debido de ser un mínimo de dos
personas para poder moverlo todo.
-Así pues -replicó Murphy-, ¿qué dices? ¿Se
te ocurre algún candidato?
Darryl tomó un sorbo de café antes de
contestar:
-¿Qué tal Betty y Tina? ¿Estás seguro de
que te han dicho la verdad sobre sus movimientos?
-¿Y por qué diablos iban a hacerlos las
glaciólogas? -inquirió Murphy.
-No lo sé -admitió Hirsch con
exasperación-, pero tal vez querían encargarse ellas mismas del trabajo. Quizá
creyeron que yo se lo había quitado y ellas tenían sus propios planes.
Semejante despropósito no sólo sonaba
traído por los pelos, sino que daba la impresión de que el propio Darryl sabía
que esa teoría no había por donde cogerla. Alzó las manos, disgustado, y luego
las reposó sobre el regazo.
-Les seguiré la pista -repuso Murphy,
dejando entrever en la voz que no estaba demasiado convencido.
-Mientras tanto, quiero un cerrojo para mi
laboratorio -insistió el biólogo-. Debo mirar por mi pez.
-Pero ¿de veras piensas que van a volver a
llevarse también tu pez? -replicó Murphy-. No, no me lo jures... Te buscaré un
candado.
CAPÍTULO
VEINTINUEVE
13 de diciembre, 22:30 horas
ELEANOR INTENTÓ HACER ALGO de utilidad en
la rectoría mientras Sinclair regresaba con provisiones de su paseo hasta el
trineo. Desenrolló la manta de algodón, que estaba más tiesa que una tabla de
lavar, y procuró barrer del suelo las cagarrutas de roedor con una vieja escoba
que encontró apoyada en una esquina. Cuando abrió la caldera de la estufa
encontró una rata petrificada, tumbada sobre un lecho de astillas y de paja. La
tomó por la cola y la tiró por la ventana; después cerró con fuerza las contraventanas.
Encontró un paquete de fósforos lucifer
encima de la mesa, junto a una vela consumida y un juego de llaves comidas por
la herrumbre. Tomó una cerilla para prender lumbre y al cabo de unos instantes
logró tener un pequeño fuego ardiendo en la estufa.
Creyó que eso complacería a Sinclair, pero
lo cierto fue que miró las llamas con recelo después de colocar unos cuantos
libros y las botellas en la estantería, y dijo:
-El humo de la chimenea nos delatará.
‹¿A los ojos de quién?›, pensó ella. ¿Acaso
había alguien en kilómetros a la redonda? Se le encogió el corazón ante la
perspectiva de tener que apagar la pequeña pero alegre fogata.
-Pero la tormenta lo disipará -continuó
Sinclair, pensando en voz alta-. Déjalo, amor.
Él volvió a marcharse de nuevo y Eleanor se
dejó caer sobre el catre, pues de pronto le pasaban factura todos los esfuerzos
de las horas previas. Se sintió como si estuviera a punto de derretirse por
completo y se tendió sobre la raída manta, todavía envuelta por el abrigo.
Cerró los ojos cuando sintió que la habitación le daba vueltas y se aferró al
catre tal y como había hecho tantos años atrás en el transcurso de aquel
horrible viaje a Constantinopla a bordo del Vectis, un vapor que no había
dejado de cabecear y bambolearse en la mar encrespada, donde encima se
estropearon los motores al poco de abandonar el puerto de Marsella.
Moira estaba convencida de que todos iban a
morir, de que el barco zozobraría en medio de la tormenta, y Eleanor había
tenido que consolarla toda la noche, hasta que el tiempo cambió de pronto a la
mañana siguiente y los motores volvieron a funcionar. Muchas enfermeras
sufrieron mareos y cosas peores. Los marineros debieron subirlas a la cubierta
de popa para que se recobraran gracias al aire fresco y el sol. Moira se
arrodilló junto a la barandilla y elevó a los cielos una retahíla de
padrenuestros.
La señorita Florence Nightingale pasó junto
a ellas en ese momento y las saludó con una leve inclinación de cabeza. La
superintendente también había sufrido la severidad del viaje y caminaba del
brazo de su amiga, la señora Selina Bracebridge. Ésta era una mujer casada, a
diferencia de la señorita Nightingale, la solterona más famosa de las Islas
Británicas, pero las altas instancias militares habían resuelto que sería
inapropiado emplear en el extranjero a mujeres solteras para la asistencia
médica de heridos, razón por la cual las treinta y ocho enfermeras, con la sola
excepción de la jefe del contingente, perdieron la condición de señoritas para
recibir la mención honorífica de señoras, con independencia de que estuvieran o
no casadas. Asimismo, también les facilitaron uniformes expresamente
confeccionados por los modistas con el fin de hacerlas lo menos atractivas
posible y difuminar las curvas de la silueta femenina por completo, razón por
la cual los vestidos grises no tenían forma alguna y les colgaban como si
fueran sacos de lana, y las gorritas blancas eran unos artilugios estúpidos que
no favorecían a propósito los rasgos de ninguna de ellas.
Eleanor llegó a escuchar cómo una de las
enfermeras le decía a la superintendente Nightingale que se consideraba capaz
de sobrellevar todas las penurias del trabajo, pero luego añadió:
-Unas gorras son adecuadas para unos
rostros y otras son para otro tipo de caras, pero si yo llego a saber que nos
dan éstas, y mire que tenía ganas yo de ejercer de enfermera en Scutari, pues
si lo sé, no vengo, señorita.
Las enfermeras que habían aceptado la
misión formaban un grupo de lo más variopinto. Ella era muy consciente del
recelo con el que iban a ser observadas cuando volvieran de aquella misión.
Ciertos sectores de la prensa y la opinión británica las habían ensalzado como
a heroínas por marcharse a realizar una tarea penosa pero honorable en las más
atroces condiciones, pero en otros se habían cebado con ellas y las habían
descrito como jóvenes impúdicas de clase trabajadora, unas buscadoras de
fortuna que esperaban engatusar a oficiales heridos en su momento más
vulnerable.
Catorce de las enfermeras habían sido
reclutadas en hospitales públicos, como era el caso de Eleanor y Moira, pero
Nightingale también había seleccionado a seis hermanas procedentes de la
Training Institution for Nurses for Hospitals, Families and the Sick Poor, más
conocida como Saint John’s House por tener su primera sede en la parroquia de
San Juan Evangelista, fundada por el catedrático Todd con los parabienes del
obispo de Londres; ocho de la Hermandad Protestante de la señorita Sellon y
diez novicias de católicas; cinco del Orfanato de Norwood y otras cinco
procedentes del hospital de las Hermanas de la Misericordia en Bermondsey. La
incorporación de estas últimas dio que hablar. La confesión católica de muchos
soldados no causaba problema alguno, pero levantaba ampollas la idea de que
monjas católicas pudieran atender de cerca a hombres de otro credo,
protestantes, por ejemplo. ¿Y si aprovechaban la oportunidad de oro que les
ofrecía el disfraz de enfermera para hacer proselitismo en secreto a favor de
la siniestra Iglesia Católica?
Cuando el Vectis se aproximó al estrecho de
los Dardanelos, Eleanor observó que la superintendente se aferraba a la
barandilla del barco y clavaba la mirada y su rostro adusto estaba tan pálido
como de costumbre, pero había en él una expresión de arrebato. La brisa marina
llevó hasta los oídos de la enfermera Ames las palabras con que la señorita
Nightingale ensalzaba el paisaje a su amiga Selina.
-Éstas son las fabulosas llanuras de Troya,
donde luchó Aquiles y Helena derramó sus lágrimas.
La superintendente parecía extasiada por
esa visión. Eleanor sabía que Florence Nightingale procedía de una buena
familia y que había sido educada en los mejores colegios, y la envidió por eso.
Ella misma había emigrado a Londres en busca de mejorar su propia condición,
pero el duro e interminable trabajo en el hospital de Harley Street le rentaba
poco dinero y le dejaba poco tiempo para tales fines.
Sinclair había cambiado eso por poco
tiempo.
¿Cómo habría reaccionado de haber sabido
que ella se acercaba al escenario bélico? Copley le hubiera aconsejado que no
lo hiciera, estaba segura de eso, pero le resultaba muy difícil de soportar la
perspectiva de que tal vez él pudiera necesitarla mientras ella se hallaba a
miles de kilómetros de distancia. Cogió al vuelo la oportunidad en cuanto se
corrió la noticia de que se buscaban voluntarias para Crimea, y Moira, cuyo
apego hacia el capitán Rutherford era más interesado que ardiente, la imitó.
-Dios los cría y ellos se juntan -dijo con
despreocupación antes de firmar su solicitud.
Refugiada en la antigua factoría ballenera,
Eleanor se preguntó cuál habría sido el destino de Moira. Habría muerto hacía
décadas, por supuesto.
Sinclair irrumpió otra vez en la habitación
con los brazos llenos de misales y cantorales.
-Qué bien nos van a venir -dijo mientras
empezaba a hacer trizas los libros para luego arrojarlos al interior de la
caldera.
Eleanor no dijo nada cuando las páginas
arrugadas alimentaron la fogata, cada vez mayor, a pesar de que el sacrilegio
le hacía sentir todavía más incómoda.
Él cerró la caldera cuando el fuego rugía y
anunció que se iba a por otras cosas. Fue hasta la puerta y arrastró dentro un
saco de lona que había dejado fuera y del mismo sacó cabos de vela, platos y
copas de latón, cucharas dobladas, cuchillos y una licorera agrietada.
-Mañana realizaré un reconocimiento más
minucioso, pero por ahora tenemos cuanto necesitamos.
Copley había vuelto a su comportamiento
militar: reconocer los alrededores, reunir provisiones, hacer planes. Eso
supuso un alivio para Eleanor y esperaba que ese estado de ánimo durase mucho,
pues sabía perfectamente que el lado siniestro de Sinclair podía volver
siempre, y en cualquier momento.
Palmeó la bolsa de comida que había cogido
del cobertizo de los perros, ahora recostada sobre una pata de la mesa.
-¿No deberíamos calentar algo para la cena?
-comentó.
Lo dijo como quien pedía permiso para
tomarse un suflé de chocolate.
-Comida... y bebida -agregó mientras
depositaba sobre la mesa una de las botellas negras de vino.
CAPÍTULO
TREINTA
14 de diciembre
LA ENFERMERÍA DE POINT Adélie no tenía una
morgue propiamente dicha porque no la necesitaba: toda la Antártida era un
módulo de baja temperatura. Murphy se decantó por conservar el cuerpo del
musher en el lugar más frío y protegido de todos: en la bóveda existente debajo
del almacén de muestras de glaciología. No era la primera vez. Habían guardado
allí el cuerpo del geólogo muerto el año anterior después de rescatar el
cadáver de la grieta.
La perspectiva no hizo demasiado tilín a
Betty ni a Tina, pero ambas comprendían la gravedad de la situación y se
mostraron predispuestas a buscarle un sitio al cuerpo de Danzing.
-Lo guardas ahí siempre y cuando el cuerpo
esté protegido y sellado. No podemos arriesgarnos a contaminar el hielo de las
muestras -contestó Betty.
-Además, tampoco me apetece tener los ojos
muertos de ese desdichado pegados en mi cogote, la verdad -añadió Tina-. Ya da
bastante grima tenerlo ahí abajo.
El jefe O´Connor tuvo que estar de acuerdo
con eso y se ofreció voluntario para ayudar a Franklin con la preparación de
los restos mortales, pues en su fuero interno tenía el convencimiento de que al
menos le debía eso a Danzing. Primero metieron el cuerpo en una bolsa de
cadáveres transparente, cerraron la cremallera y luego introdujeron el bulto
dentro de un saco de lona verde oliva.
Michael y Franklin usaron una camilla de
ruedas para recorrer el trayecto lleno de baches que iba desde la enfermería
hasta el laboratorio de glaciología. La fuerza del viento derribó dos veces la
camilla y Michael se vio obligado a depositar el cadáver en su sitio, y pudo
notar cómo empezaba a ponerse rígido, ya fuera a causa del rígor mortis o de la
temperatura. En cualquier caso, la sensación de estar levantando una estatua
humana le puso el vello de punta.
Los escalones de descenso al subterráneo
habían sido hechos con pico y pala en el permafrost. Michael y Franklin tomaron
el cuerpo por los pies y por los hombros a fin de llevar en vilo al difunto,
una forma más viable que intentar bajarlo en la camilla. Una luz blanca se
encendió cuando el dúo pasó delante de un detector de movimiento, bañándolos
con un brillo apagado. En un rincón de la bodega había tallada en la tierra
algo muy similar a una mesa de autopsias. Franklin la señaló con una indicación
de mentón y balancearon el cuerpo entre los dos hasta depositarlo en dicho
lugar con un golpe seco.
En el extremo opuesto de la bóveda, una
muestra cilíndrica de hielo descansaba asegurada por un torno encima de una
mesa de laboratorio. El periodista vio colgados del estante de la pared varios
taladros, barrenas y sierras. Tuvo la sensación de que aquel sitio era el más
frío y aterrador de todo el continente helado. Bastaba una piedra de molino
delante de la entrada para poder llamarlo cripta.
-Vámonos de aquí echando leches -dijo
Franklin.
Michael creyó haberle visto santiguarse de
tapadillo.
Betty los esperaba en lo alto de las
escaleras, abrazándose el cuerpo con los brazos para combatir la gelidez del
viento.
-Espero que no vaya a estar ahí mucho
tiempo -le dijo a Franklin.
-Éste sale de aquí en cuanto pueda
acercarse el próximo avión -contestó el aludido mientras salía pisando fuerte
de camino al recibidor.
Michael se demoró, pues tenía una buena
loncha de rosbif en el bolsillo para el polluelo de págalo.
-Menudo alegrón se va a llevar Ollie
-observó Betty, sonriente.
Michael apartó la nieve que había vuelto a
apilarse sobre el cajón de plasma antes de arrodillarse y mirar dentro. Ahí
estaba el huérfano, más grande que nunca. El pico gris asomaba fuera del nido
hecho con las finas virutas de madera. El ave se removió y se puso de pie al
ver a su benefactor. Éste extendió el rosbif y el polluelo, tras mirarlo un
segundo, se lanzó adelante, se lo quitó de un picotazo y se lo tragó de golpe.
-Debería traerte un rábano picante un día
de estos -comentó Michael. El págalo alzó los ojos hacia él, tal vez a la
espera de más comida-. Alguna vez volarás y te irás, ¿no?
-¿Cómo? ¿Y perderse lo bueno? -bromeó la
glacióloga mientras él se incorporaba de nuevo-. Afróntalo, está amaestrado y
probablemente no sobreviviría ni un día en el mundo salvaje. Ahí fuera no van a
darle rosbif.
-¿Y qué será del bicho cuando me vaya? No
es algo que pueda llevarme a Tacoma precisamente.
-No te preocupes. Tina ya ha rellenado los
papeles de la adopción. Ollie estará bien.
Eso le concedió cierta tranquilidad de
espíritu. Hacía mucho tiempo que no había tenido ocasión de rectificar nada, y
mucho menos de salvar algo. Por eso, aunque fuera algo tan nimio e
insignificante como el destino de un polluelo, estaba muy agradecido por ese
inesperado respiro. Tenía la esperanza de que tal vez pudiera redimirse de la
tragedia de las Cascadas poco a poco.
Se topó con los equipos de búsqueda
organizados por Murphy mientras caminaba con dificultad en la nieve. Uno de
ellos estaba compuesto por Calloway, el maestro de buceo, y otro recluta a
quien no lograba identificar porque llevaba un sombrero de ala ancha calado
hasta las orejas.
-Buenas tardes, tronco -le llamó el falso
australiano a grito pelado mientras agitaba la tormenta. Michael alzó una mano
enguantada en señal de reconocimiento. Calloway añadió-: Avísame si ves por ahí
a los perros perdidos, ¿vale?
-Acudiré a ti primero si los veo.
Michael pasó cerca del laboratorio de
biología marina y vio encendidas las luces. Era capaz de escuchar la música
clásica incluso a pesar del ulular del viento. Se desvió de su camino e intentó
abrir la puerta, pero apenas logró entreabrirla. Pudo ver un cable atado a la
manivela por la parte de dentro.
-¿Quién va? -oyó gritar a Hirsch.
-Soy yo, Michael -respondió él, también a
gritos.
-Un momento.
Darryl se aproximó a la puerta, retiró el
cable de la manivela y le dejó entrar.
-Menudo sistemita de seguridad te has
montado... Alta tecnología -observó Michael, burlón, mientras pisaba con fuerza
para sacudirse la nieve de las botas.
-Tendrá que valer hasta que Murphy me
consiga un pasador de verdad.
-Pero un pestillo sólo va a servirte de
algo mientras tú estés dentro. ¿Qué harás cuando te ausentes?
-Voy a poner un cartel.
-¿Y qué dice?
-Que hay varios especímenes anfibios
sueltos por aquí y que son venenosos.
El periodista se echó a reír.
-¿De veras piensas que va a funcionar?
-No, lo cierto es que no -admitió mientras
volvía a su asiento delante de la mesa-, pero por otra parte, creo que los
ladrones se han llevado lo que realmente querían.
Darryl tenía delante de él, encima de la
mesa, un pez de unos treinta centímetros abierto en canal y sujeto con
alfileres por los extremos a fin de que no se le cerrara. El espécimen era
transparente en su práctica totalidad. Las agallas eran blancas y su sangre, si
es que la tenía, parecía tener el mismo color que el agua. Sólo había una nota
discordante: el dorado del ojo muerto, fijo en el infinito. Michael recordó las
clases de Biología en el instituto al ver aquello.
El biólogo ya había alineado a la siguiente
víctima, otro pez que permanecía casi inmóvil al fondo de un tanque frío en
cuyos bordes se estaba solidificando una capa de escarcha. Le separaba de la
actual pieza diseccionada una hilera de frascos de cristal del tamaño de unos
chupitos. Todos los frasquitos estaban llenos de una solución, salvo tres de
ellos, que contenían también unos órganos pequeños extraídos y preservados para
su estudio posterior.
-¿Es necesario que el pobre vea el
descuartizamiento?
-Por eso he puesto la hilera de frascos:
para taparle la visibilidad.
-Parece una perca -observó el periodista al
estudiar el pez diseccionado.
-Tienes un ojo clínico -le felicitó
Darryl-. Los blénidos antárticos o notothenioidei son un suborden de peces
dentro del orden de los perciformes.
-¿Cómo dices...?
-Hace cincuenta y cinco millones de años la
temperatura del océano Antártico disminuyó sin cesar -empezó Darryl, claramente
feliz de poder abordar ese tipo de temas-, y pasó de los veinte grados
centígrados a la temperatura actual, en torno a los dos grados bajo cero. El
bioma marino se vio cada vez más aislado. El agua se enfrió mucho y la
migración era más difícil, de modo que los peces de aguas poco profundas se
vieron en la tesitura de adaptarse o morir. La mayoría de las especies se
extinguió.
-¿Y estos tipos no?
-Estos chavales se endurecieron -repuso
Darryl con manifiesta satisfacción y cariño-. Los nototénidos se mantuvieron en
el fondo del mar, donde el aumento de presión baja el punto de congelación, y
se tomaron su tiempo para aclimatarse y desarrollar un metabolismo de bajo
consumo, dando la mejor solución individual al problema del oxígeno:
aprendieron a almacenarlo y a conservarlo más tiempo en sus tejidos.
-¿No en la sangre? -preguntó Michael,
recordando lo que Darryl le había contado sobre el tema antes de su primera
inmersión-. Entonces, ¿no tienen hemoglobina?
-Así que prestabas atención -observó el
biólogo-. Estoy impresionado. Bueno, sigo... la sangre es transparente al no
tener glóbulos rojos, pero sí tiene anticongelante natural, una glicoproteína
hecha de hidratos de carbono y aminoácidos. Esa glicoproteína rebaja el punto
de congelación del agua entre doscientas y trescientas veces...
A Michael le costaba seguir el hilo de la
explicación.
-Entonces, ¿tienen un anticongelante
natural, como el que usamos para los coches?
-No del todo -repuso Darryl mientras
extraía el corazón del pez con suma delicadeza y lo sostenía con unas pinzas
hasta dejarlo caer en uno de los frascos. El periodista percibió un olorcillo a
formaldehido-. Las moléculas del anticoagulante del pez no se comportan como
las del etilenglicol que le echas al radiador del coche. Éstas evitan que el
pez se congele incluso en aguas muy frías, siempre que tenga cuidado de...
Alguien aporreó con fuerza la puerta.
Cuando Michael se volvió, vio cómo se estiraba el cable de sujeción de la
manivela.
-¿Y qué diablos pasa ahora? -se quejó
Darryl.
-Lo más probable es que sea Calloway...
Estaban registrando la estación de arriba abajo.
Darryl se levantó a regañadientes de su
asiento.
-¿A santo de qué vienen aquí? ¿Para
rebuscar en la escena del crimen?
-No buscan los cuerpos -le avisó Michael-.
El jefe O´Connor desea llevar esto con la mayor discreción posible.
El biólogo se detuvo en seco y se volvió
hacia Wilde.
-¿Creen que tengo aquí dentro a los perros?
Meneó la cabeza mientras deshacía el nudo.
-Eh, tronco, ¿a qué le tienes miedo?
-preguntó el falso australiano en cuanto se abrió paso con el recluta del
sombrero de ala ancha calado hasta las cejas. Los recién llegados se sacudieron
la nieve de los abrigos y las botas nada más entrar en el laboratorio.
-A nada, pero me gusta que la gente llame
antes de entrar.
-Sí, hombre, lo haré -aseguró Calloway,
dándole una palmada en el hombro- la próxima vez.
Echó un vistazo a la mesa del laboratorio y
a la víctima diseccionada.
-¿Es un draco...? -aventuró Calloway-. No
veas qué filetitos más ricos puedes hacer con los más grandes. -Se dejó caer
por la mesa de trabajo y examinó el contenido de los frascos-. Me da en la
nariz que de esas cosas de ahí voy a pasar.
Michael reconoció al recluta del sombrero:
era Osmond, trabajaba en la cocina, pues era uno de los pinches del tío Barney.
El tipo se puso a husmear en los armarios y debajo de las mesas del
laboratorio. «¿Qué demonios se pensará este chaval que puede encontrar ahí?»,
se preguntó el periodista.
-Pero este pescadito de aquí, el coleguita
aún está fresco -comentó Calloway con el falso deje tan propio del interior de
Australia. Fijó la vista en el pez del tanque fresco-. A juzgar por esos
morritos huesudos tiene pinta de ser un pez hielo de Charcot Land.
-No vas descaminado -repuso Darryl,
bastante más calmado. Él siempre apreciaba a las personas que acreditaban
conocimientos de la vida marina- Acabamos de pescarlo con las últimas trampas.
Michael dio un rodeo a la mesa para echarle
un vistazo más de cerca. Vio un pez de cuerpo elongado, cabeza cubierta de
escamas plateadas y labio chato y proyectado hacia delante como el pico de un
pato. Darryl también acudió, tal vez para señalar alguno de los rasgos más
singulares del ejemplar, pero se tropezó con Osmond. Éste ya había completado
el tosco registro del lugar y había decidido unirse al grupo.
-¡Ahí va, si puedes ver a través de él...!
-observó Osmond, arrastrando las palabras. Michael lo tenía por un tipo de muy
poquitas luces-. Es igualito que Casper, el simpático fantasma de dibujos
animados.
Todos a su alrededor sonrieron cuando
Osmond inclinó la cabeza sobre el recipiente para ver más de cerca al pez.
Entonces, de pronto, el biólogo miró el ala de su sombrero y gritó:
-¡No, atrás!
Darryl intentó darle una manotada al
sombrero, pero ya era tarde: un montoncito de nieve y hielo se desparramó como
una cascada de diamantes desde el ala hasta el tanque. El pez se removió,
sorprendido por el movimiento: posiblemente interpretó la agitación del agua
como la posibilidad de conseguir comida, razón por la cual alzó la cabeza hacia
la superficie. La lluvia de cristales de hielo cayeron a pocos centímetros, y
algunos rozaron la nariz y las agallas del draco o pez de hielo.
-¡Maldita sea...! -bramó el biólogo.
Michael entendió el motivo de esa reacción
al cabo de un segundo: el tembloroso pez dejó de moverse y se quedó rígido.
Apareció una fina celosía compuesta por una
miríada de hexágonos de hielo y se produjo una reacción en cadena: el entramado
se extendió de la cola a la cabeza del pez. Se quedó petrificado como una tabla
de planchar y más muerto que Carracuca. Flotaba lentamente en el agua con el
dorso traslúcido orientado hacia el fondo y la mirada fija en la nada.
Wilde no salía de su asombro.
-¿No dijiste que estos peces llevaban
anticongelante en la sangre?
-Y así es -replicó Darryl con voz
lastimera-, y eso es lo que los mantiene vivos en aguas tan frías, pero sólo en
las profundidades. El hielo flota, ¿recuerdas?, y jamás baja hasta el bentos,
donde viven ellos. Si estos peces llegan a entrar en contacto con el hielo, los
cristales de hielo actúan como un agente diseminador y sobrepasan sus defensas.
-Jo, tío, lo siento un montón -se disculpó
Osmond, sosteniendo el sombrero con ambas manos-. Jamás pensé que pudiera
suceder algo así.
Miró a su alrededor, estudiando el rostro
de los demás para ver si estaba metido en un aprieto.
-Está bien, tronco -dijo Calloway-. Si el
pescadito no es lo bastante bueno para los probetas, todavía sigue siendo fetén
para meterlo en la olla y hacer una buena bouillabaise.
-No, éste no -negó el biólogo-. Puedo
descongelarlo y tomar una muestra de la sangre.
-¿La sangre...? -inquirió Calloway,
dubitativo-. ¿Y qué sacas de ahí?
-Esa sangre, amigo mío, contiene secretos
que algún día el mundo se alegrará de poder usar.
El falso australiano tironeó al recluta de
la manga, como si dijera: «Dejemos a esta panda de chiflados con sus locos
experimentos». Los dos se escabulleron hacia la puerta.
-Seguro que tiene razón, doctor -convino
antes de lanzarse al exterior, donde los atrapó una ráfaga del ululante viento
y su correspondiente remolino de nieve.
Darryl se ayudó de unas tenacillas para
coger al draco por la cola y sacarlo del agua para depositarlo con cuidado
sobre la mesa. Estaba tan duro que se balanceaba un poco sobre la mesa.
-Ahora entiendo por qué no pones una
alfombra de bienvenida a la puerta del laboratorio -dijo Michael.
-Y por eso mismo quiero un pestillo
-replicó Hirsch.
Tomó el escalpelo y se sumergió en su
trabajo de tal modo que era como si su amigo no estuviera allí.
Al cabo de un par de minutos, Michael se
puso el equipo y salió para encontrarse con la tormenta en ciernes.
Parte
2
CAPÍTULO
TREINTA Y UNO
15 de diciembre
DABA LA IMPRESIÓN DE que la tormenta no
estaba de paso, sino que había venido a quedarse encima de la base; eso hizo
que la orden de confinamiento de Murphy permaneciera en vigor, para gran
frustración de Michael. Nadie debía abandonar la estación bajo ningún concepto.
-Los cuerpos van a seguir congelados, estén
donde estén -aseguró el jefe O´Connor-, y los perros, bueno, sabrán buscarse la
vida y sobrevivir a la tormenta.
Michael debió aceptar su palabra a ese
respecto.
La noticia de la muerte de Danzing había
caído como un jarro de agua fría entre los habitantes de la estación y el
comedor estuvo a rebosar durante el responso fúnebre en honor del musher.
Plegaron la mesa de ping pong y la sacaron al pasillo para hacer sitio donde
poner unas sillas de despacho, se ésas con ruedas, junto a los sofás; pero aun
así fue imposible reunir asientos para todos. El resto de los reclutas y los
probetas se sentaron en la moqueta que alfombraba el suelo de una pared a otra
y se abrazaban con los brazos las rodillas recogidas. Murphy permaneció de pie
delante de la pantalla de plasma del televisor, vistiendo una corbata negra
sobre la camisa vaquera en señal de duelo.
-Muchos de vosotros conocíais a Erik mucho
mejor que yo, lo sé. Por eso quiero dejaros tiempo para que todos podáis decir
algo. -Michael casi había olvidado el nombre de pila de Danzing. Un apodo o un
apellido solía bastar en ese aire colegial de la estación-. Pero nunca he
conocido a nadie tan echado para delante y animoso, bueno, tal vez si
exceptuamos a Lawson.
Hubo algunas risitas y el aludido, que
estaba recostado contra la pared junto a Michael, Charlotte y Darryl, sonrió
con timidez.
-Y en cuanto a esos perros, muchachos, él
los adoraba como si fueran sus hijos. -Agachó la cabeza y la sacudió con
tristeza-. No sé qué se torció ni lo que le pasó a Kodiak, si fue un tumor
cerebral, unas fiebres, no lo sé, pero tengo la absoluta seguridad de que
Danzing, digo Erik, lo entendería incluso ahora. Esos perros le querían tanto
como él a ellos. -Hundió los dedos en el pelo y se pasó la mano por la cabeza-.
Por esa razón vamos a encontrar al resto del tiro. Os lo prometo. Vamos a
localizarlos por él.
-¿Cuándo...? -gritó uno de los reclutas.
-Tan pronto como sea seguro -replicó
O´Connor-, y en cuanto sepamos que no están infectados como Kodiak.
A Michael no se le había pasado por la
cabeza la amenaza del contagio. ¿Y qué ocurría si los demás huskies habían
contraído el mismo mal que el líder? ¿Y si todos se habían convertido en
asesinos?
Murphy se miró el dorso de la mano para
leer la chuleta del discurso.
-Ignoro cuánto sabéis sobre la vida de
Danzing en el mundo real, pero para que quede constancia, me gustaría decir que
estaba casado con una gran mujer, María, forense del condado... -La ironía
inmediata del asunto le obligó a detenerse durante unos instantes-. Ella vive
en Florida.
«En Miami Beach», recordó Michael.
-Ya he hablado con ella en un par de
ocasiones y le he contado cuanto debe saber. Me pidió que bendijera en su
nombre a cuantos estáis aquí abajo, en especial a Franklin, a Calloway y al tío
Barney, por su maña en los pucheros al prepararle esos desayunos de sémola de
maíz... Y a todos en general por vuestra amistad. Me dijo que jamás le había
visto más feliz que cuando vino aquí abajo, a ponerse detrás de un trineo a
tropecientos bajo cero. -Volvió a lanzar una mirada nerviosa a sus notas-. Ah,
sí, y también me encomendó darle especialmente las gracias a la doctora
Charlotte Barnes por lo duro que luchó para salvar a su marido...
Todos se volvieron hacia Charlotte, que
apoyaba el mentón encima de los brazos entrecruzados sobre el pecho. Ella
asintió de forma apenas perceptible.
-... y a Michael Wilde.
Aquello pilló fuera de juego al
destinatario.
-Al parecer, Erik hablaba mucho sobre ti y
lo famoso que ibas a hacerle.
-Haré cuanto esté en mi mano -contestó
Michael lo bastante alto para que todos pudieran oírle.
-Le explicó a María que les estabas
haciendo fotos a él y a los perros, a los últimos perros que van a verse por
aquí, no necesito recordárselo a nadie, para publicarlas en esa revista tuya,
Eco-World.
La cabecera era Eco-Travel, pero Michael no
estaba dispuesto a corregirle.
-Así será -contestó Michael, apropiándose
de la prerrogativa del editor. De hecho, tenía en mente intentar convencer a
Gillespie de que pusiera una fotografía de Danzing y sus perros en la portada.
Era lo menos que podía hacer por él.
Michael sólo era capaz de mantener la
cabeza gacha y sumirse en sus propios pensamientos mientras Murphy desgranaba
algunos detalles más sobre la vida de Erik Danzing, pues, al parecer, había
tenido un millón de trabajos diferentes, desde apicultor y empleado en una
perrera hasta conductor de vehículos en una funeraria; «allí fue donde conoció
a María», explicó el jefe O´Connor.
Michael tenía intención de conseguir la
dirección postal de María antes de abandonar la base antártica. El collar de
dientes seguía en su poder y deseaba enviárselo en cuanto estuviera de vuelta
en el mundo civilizado. Tal vez incluso con alguna de las fotografías que le
había hecho a su esposo, en todo el esplendor de su gloria, mientras guiaba el
trineo en plena tormenta.
Y también tomó conciencia de que debía
telefonear cuanto antes a la casa de los Nelson, en Tacoma. Deseaba tener
noticias de cómo había tenido lugar el traslado y si había el menor indicio de
recuperación por parte de Kristin ahora que estaba en su antigua casa. Él sabía
a la perfección cuál iba a ser la respuesta, y también que sería Karen quien se
la diera, pero aun así, tenía la sensación de que era su deber comprobarlo, y
entonces se preguntó cuánto tiempo más iba a prolongarse todo aquello. Hasta donde
él sabía de comas y estados vegetativos, Kristin podía seguir así de forma
indefinida.
El tío Barney se sonó los mocos
ruidosamente con un pañuelo rojo a escasa distancia de él cuando Murphy se puso
a contar la historia de una colosal comida que Danzing se había metido entre
pecho y espalda.
A continuación, Calloway se puso de pie
para detallar una larga y divertida anécdota sobre la vez en que había
intentado meter al difunto en un traje estándar de submarinismo. Betty y Tina
hablaron de la gran ayuda que les había prestado mientras intentaban descargar
unas muestras de hielo en medio de una tormenta furibunda.
Michael escuchó la ventisca que arreciaba y
aullaba alrededor de las angostas ventanas y los ondulados muros de metal del
módulo donde se hallaban. Podía amainar en una hora o prolongarse durante una
semana. Algo sí había aprendido del Polo Sur: carecía de sentido apostar.
Murphy llevó la batuta al rezar un
padrenuestro con voz entrecortada después de que hubieron hablado todos los
presentes. Tras unos breves momentos de silencio, Franklin se sentó frente al
piano de la esquina e interpretó una enardecida versión de Old time rock´n
roll, el viejo éxito de Bob Seger, y uno de los temas favoritos de Danzing.
Franklin logró darle a la pieza una interpretación llena de vitalidad y fueron
muchos los que corearon el estribillo:
-Today´s music ain´t got the same soul. I
like that old time rock ´n´ roll. Don´t try to take me to a disco...[15]
Cuando terminaron la canción, el tío Barney
anunció que se marchaba a preparar una buena comida de sémola de maíz con carne
en honor a Danzing. Lo serviría todo en el comedor.
Estaban saliendo cuando Murphy les hizo
señales a Michael y a Lawson para que se acercaran:
-Eh, vosotros, ¿alguien ha visto a Ackerley
por alguna parte?
Era muy fácil no percatarse de la presencia
del Gnomo en una habitación incluso aunque estuviera presente, pues siempre se
comportaba con gran sigilo y retraimiento, pero Michael debió admitir que no
recordaba haberle visto.
-Probablemente les estará hablando a sus
plantas y habrá perdido la noción del tiempo -replicó Lawson.
O´Connor asintió, dejando claro que pensaba
lo mismo, pero dijo:
-¿Os importaría ir a echar un vistazo y
comprobar si está bien? Acabo de intentar hablar con él por el interfono, pero
no lo coge.
A Michael le apetecía mucho reunirse con
Charlotte y Darryl en el comedor, pues se le había ido el santo al cielo en lo
tocante a las comidas tras pasarse el día entero en su cuarto tomando notas
para el reportaje. Sin embargo, difícilmente podía negarse.
-No os preocupéis -apuntó Murphy-, os
guardaremos algo de cena. -Se volvió hacia Lawson-. Por cierto, ¿cómo está tu
pierna? ¿Aguantas bien de pie?
Michael recordó entonces las palabras de
Charlotte: a Lawson se le había caído el equipo de esquí sobre el tobillo.
-Está bien, no da muchos problemas. Además,
lo que no se usa, se atrofia.
Bill Lawson siempre tenía ese punto de más,
ese toque de entrenador gritando consignas en la banda mientras se juega el
partido clave de la temporada.
-Quizá prefieras usar bastones de esquí
-terció Murphy-. Las rachas de viento alcanzan los ciento treinta kilómetros
por hora.
Lawson se mostró de acuerdo, por lo que
ambos se vistieron y tomaron unos bastones de la consigna de la oficina, y
mientras todo el grupo se dirigía hacia el iluminado comedor, ellos dos se
dirigieron en otra dirección, hacia la inhóspita y oscura explanada donde el
viento levantaba pequeños ciclones de nieve y hielo y los zarandeaba de un lado
para otro como si fueran simple hojarasca. Algunos golpes de aire fueron tan
fuertes que Michael acabó estampado contra una pared o valla semienterrada, no
logró identificarla, y se vio en la necesidad de esperar a que remitiera un
poco la intensidad del vendaval para erguirse y continuar adelante, pero el
huracán no cesaba nunca.
Había ocasiones en la Antártida en donde
sólo deseabas quietud, paz, una tregua temporal por parte de los elementos, una
oportunidad de que todo estuviera en calma para poder respirar hondo y alzar la
vista hasta el cielo. El firmamento antártico podía ser realmente hermoso,
parecía imposible concebir algo más perfecto siendo como era de un añil
prístino, como un cuenco cocido a fuego lento hasta obtener ese esmalte de
intenso color azul. Otras veces, como en el momento presente, el brillo de ese
cuenco se había difuminado hasta convertirse en un fulgor mortecino tan vasto
que resultaba imposible apreciar dónde se hallaban los límites entre aquel
continente infinito y el vacío cielo, dónde estaba la frontera entre arriba y
abajo.
Los bastones habían sido una gran idea. El
periodista llegó a pensar que él no hubiera podido mantenerse en pie si no
hubiera sido por ellos y que Lawson, con un tobillo dañado, no habría dejado de
dar un traspié tras otro. De hecho, Wilde había tenido la precaución de caminar
varios metros por detrás de su compañero, no fuera a caerse hacia atrás,
echarse a rodar y le arrollara.
Si un remolino derribaba a alguien mientras
andaba sobre una superficie helada, el desdichado no dejaba de rodar como una
pelota hasta chocar contra algún obstáculo que al fin le frenaba. Una mañana
había visto a un probeta llamado Penske, un meteorólogo, pasar dando vueltas
por delante del módulo de administración hasta golpearse con el palo de la
bandera, al cual se había agarrado como si le fuera la vida en ello.
De vez en cuando se frotaba los cristales
de las gafas con los guantes para retirar los copos de nieve, y por un momento
se le ocurrió la humorada de hacer una pequeña fortuna comercializando en el
Polo Sur gafas protectoras con un pequeño limpiaparabrisas incorporado.
Tuvo ganas de llamar a Lawson para
interesarse por su pierna en más de una ocasión, quería saber si estaba bien o
prefería regresar, pero sabía que el viento iba a llevarse sus palabras nada
más pronunciarlas y la temperatura era lo bastante baja como para que se le
helaran y se partieran los dientes si mantenían la boca abierta demasiado rato.
Pasaron por delante del laboratorio de
glaciología, donde Michael echó un vistazo por si veía a Ollie, pero el págalo
ya había aprendido a permanecer dentro del cajón de embalaje durante noches
como aquélla. También distinguió a su paso el de biología marina y el de
climatología hasta que Wilde vio por fin cómo Lawson torcía hacia la izquierda
y se encaminaba en dirección a una especie de gran remolque achaparrado al que
la herrumbre había tiznado de rojo; descansaba sobre unos bloques de hormigón
ligero fijados al permafrost y una luz brillante refulgía a través de los
estrechos ventanales.
Lawson se detuvo a frotarse el tobillo
dolorido debajo del tosco enrejado de madera que enmarcaba la rampa de subida e
hizo señas a Michael de que se acercara. La puerta era una abollada placa
metálica llena de rozaduras y cubierta por las desteñidas calcomanías de Phish,
un grupo de rock.
Wilde llamó varias veces con el puño y,
tras haber avisado de su presencia, empujó la puerta y se coló dentro.
Los cristales de las gafas se le empañaron
de inmediato y debió subírselas sobre la frente a fin de poder ver; luego, se
echó hacia atrás la capucha, apartó unas gruesas cortinas de plástico y las
traspasó, encontrándose con un mar de estanterías y armarios de unos dos metros
de altura, casi todos abarrotados de muestras de musgo y líquenes de la zona.
En cada balda o en cada mueble era posible ver unos pocos rótulos blancos
escritos con trazos delgados e inseguros. Unos tubos fluorescentes parpadeaban en
el techo y en algún lugar de aquella impenetrable maraña de estantes sonaban
unos bafles de baja calidad, reproduciendo el sonido metálico de guitarras en
una interminable sesión de música improvisada.
Detectó algo más al aguzar el oído: un
sonido acuoso, similar a un resuello ahogado. Cuando su acompañante traspasó la
entrada, el periodista actuó de forma instintiva y le hizo una señal para que
guardara silencio. Lawson pareció quedarse confuso, pero Michael le indicó
mediante señas que no se moviera de su posición, junto a la puerta. Luego, y
sin soltar los bastones de esquiar, comenzó a abrirse paso por el dédalo de
armarios. «¿Cómo va a estar aquí otro de los perros?», se preguntó. «¿Y si es
más de uno? ¿Debo dar media vuelta y avisar al jefe O´Connor para que envíe
refuerzos?». También sopesó la posibilidad de que Ackerley estuviera metido en
algún lío y necesitase ayuda de forma inmediata.
El volumen de la música iba en aumento
conforme se acercaba, pero además seguía ese extraño sonido tan similar al que
se oye cuando alguien bebe a lengüetazos, o mejor aún, sorbe la sopa o los
cereales con mucha leche. ¿Y si era eso? ¿Y si Ackerley se estaba comiendo unos
Corn Flakes mientras se pegaba un bailoteo?
Michael se hallaba entre dos armarios
imponentes. Uno estaba etiquetado como «Morrena glaciar, cuadrante SO», y en el
rótulo del otro podía leerse: «Especímenes de Stromviken». Escuchó desde esa
posición. Alguien masticaba, y desde luego no eran cereales. Por el sonido,
parecía un estofado. Pero ¿por qué comerse una porquería recalentada en el
laboratorio cuando el tío Barney servía una cena estupenda en honor al difunto?
Echó un vistazo a través de los estantes y
alcanzó a ver una gran mesa de laboratorio no muy diferente a la de Darryl: un
par de fregaderos, un microscopio y varias botellas de productos químicos. Sin
embargo, no había nadie sentado en el taburete.
Volvió a mirar, y entonces descubrió
volcadas un par de macetas; es más, una de ellas se había hecho añicos al
estrellarse contra el suelo. Un iPod descansaba encima de un anaquel, acunado
entre sus minúsculos altavoces. Michael salió de entre los armarios y se acercó
a la mesa del laboratorio. Los sonidos de masticar y sorber procedían de algún
otro sitio, y a menos altura, cerca del suelo. Vio las puntas de las botas de
goma con los cierres abiertos nada más doblar la esquina. Aferró los bastones
con más fuerza.
El ruido de succión se transformó en otro
de desgarro, como cuando se despedaza la carne. Siguió avanzando hasta dar toda
la vuelta a la mesa. Lo primero de todo vio unos hombros enormes cubiertos por
una camisa de franela a punto de reventar. Un hombrón permanecía inclinado
sobre un cuerpo. Estaba muy atareado. Michael habría pensado que se trataba de
Danzing en ese primer momento de no haber estado bien seguro de...
... que éste había muerto.
Alzó uno de los bastones puntiagudos.
-Eh, tú, deja ya eso... -gritó, pues no
tenía mejor forma describir ese comportamiento.
Aunque no tardó en averiguar qué mantenía
tan atareado a ese sujeto.
El hombre acuclillado volvió la cabeza con
sobresalto. La barba estaba tan ensangrentada que parecía que se la habían
pintado de rojo con una brocha. También tenía los ojos inyectados en sangre y
parpadeaba sin cesar.
Michael retrocedió a causa de la sorpresa
mientras el hombre soltaba un gruñido y se abalanzaba sobre él de un salto. Uno
de los bastones salió volando e impactó contra un armario.
-¿Qué pasa ahí? -chilló Lawson, y empezó a
abrirse paso por el laberinto de estantes, dándose golpes contra ellos.
El hombre sujetó a Wilde por el cuello casi
como si quisiera algo. «Pero ¿qué quiere? ¿Ayuda?», dijo Michael para sus
adentros. Entonces, soltó por la boca una vaharada de olor a sangre y a
putrefacción. Y lo peor de todo era que el agresor que rasgaba la tela de la
camisa de Michael era Danzing: muerto, helado, con la garganta destrozada por
los colmillos de Kodiak.
El periodista retrocedió a trompicones
hasta impactar contra otro montón de baldas. Él y su agresor cayeron al suelo
en medio de una lluvia de tierra y semillas. Michael le cruzó la cara con el
mango del bastón, deseando tener a mano algo más contundente con lo que poner
fin a un forcejeo que acabó con el rostro de Danzing sobre el suyo, lo cual le
permitió ver sus dientes manchados de sangre y unos ojos negros llenos de rabia
y también de un pesar infinito, aunque eso Michael lo aquilató más tarde, cuando
tuvo tiempo para darle vueltas a toda la escena.
De pronto, otro bastón de esquiar pasó
zumbando junto a la mejilla de Michael tras abrirle un agujero en el hombro a
Danzing. Éste se revolvió hacia atrás y nada más ver a Lawson se precipitó
contra él, pero resbaló al pisar las semillas diseminadas por el piso. Michael
aprovechó la ocasión para rodar sobre sí mismo e incorporarse a duras penas.
Entretanto, Danzing tiró al suelo a Lawson de un empellón para quitárselo de
encima. Éste quedó despatarrado sobre el suelo, desde donde se defendió como
gato panza arriba, agitando los bastones como un poseso.
En lugar de reanudar el ataque, el musher
se alejó a trompicones y se puso a mover los brazos como un simio mientras
derribaba cuantas baldas se encontró en su camino en medio de una nube de
tierra, semillas y arenilla. A su paso dejó un reguero de colgadores y estantes
tirados.
Michael trepó por encima de los restos y se
abrió camino hasta llegar a las cortinas de plástico y luego traspasó la
puerta, desde donde sólo fue capaz de atisbar un manchón de sangre en la rampa
y una figura oscura que cruzaba a tientas por delante de la celosía de madera y
se perdía en la vorágine de la tormenta.
15 de diciembre, 22:30 horas
-¿Qué puñetas me estáis diciendo? -les
espetó el jefe O´Connor a Michael y Lawson cuando le arrinconaron en la cocina.
El tío Barney estaba terminando de freír la cena no muy lejos de allí, y podía
oírlos-. ¡Danzing está muerto, por el amor de Dios!
-No lo está -repitió Michael en voz baja y
sin perder la templanza-. Eso es lo que intento decirte.
-¿Tú también le viste? -inquirió Murphy a
Lawson en busca de que le confirmase lo imposible.
-Sí, yo también.
Lawson lanzó una mirada a Michael,
urgiéndole a continuar. Aquél añadió:
-Y ha matado a Ackerley. -Murphy se quedó
pálido como la cal y por un momento dio la impresión de que iba a tragarse la
lengua-. Encontramos a Ackerley en su laboratorio. Ya estaba muerto para
entonces. Danzing se estaba ensañando con el cuerpo. De hecho, ahora mismo está
en algún lugar de ahí fuera.
Murphy apoyó la espalda contra un
frigorífico, incapaz de procesar cuanto le estaban contando, y Michael no podía
culparle por ello. Tampoco él lo creería fácilmente de no haberlo visto con sus
propios ojos, de no haber sido él quien hubiera sufrido el ataque del musher.
-Así pues, no está en la bolsa de cadáveres
-observó Murphy, pensando en voz alta- ni en el almacén de muestras donde le
dejamos.
-No, no está ahí -respondió Lawson.
-Y Ackerley está muerto -repitió el jefe
O´Connor, como si todavía intentase digerir la terrible noticia.
-Muy cierto -le confirmó Michael-. Tal vez
deberíamos ir a por Danzing antes de que se aleje demasiado.
-Pero si se ha vuelto loco como una cabra y
se queda ahí fuera, se quedará tieso como un pajarito, ¿no? -apuntó Murphy,
como si se aferrara al último rayo de esperanza.
Michael no supo qué contestar a eso. El
razonamiento parecía perfectamente lógico. Un demente sin llevar siquiera un
sombrero de protección debía morir expuesto a semejantes temperaturas, o por
caerse en alguna grieta. El problema era que ya nada tenía sentido. Él había
estado presente en la enfermería mientras expiraba y había visto a Charlotte
escribir la hora de la defunción. Quienquiera que anduviera en la tempestad no
tenía por qué ser Danzing necesariamente, aun cuando él no sabía qué nombre
darle.
-¿Qué hicisteis con el cuerpo de Ackerley?
-inquirió Murphy mientras hacía todo lo posible por recobrar la serenidad.
-Lo dejamos donde lo encontramos -contestó
el periodista-. Charlotte debería examinarlo lo antes posible, y entonces,
quizá deberíamos guardarlo en algún sitio.
-Si me permiten, caballeros -se excusó el
tío Barney mientras pasaba entre el tercero y abría el frigorífico para coger
mantequilla.
Se marchó enseguida a una posición desde la
cual no podía escucharlos, y ellos retomaron la conversación.
-Sí, pero no en el mismo lugar que el
último -repuso el jefe O´Connor con un hilo de voz-. A éste vamos a meterlo en
la vieja cámara frigorífica de carne, la de ahí fuera. Si la doctora le echa un
vistazo y resulta que también se equivoca, no me apetece que éste se ponga a
correr por ahí como el otro. -Él mismo fue consciente de sus palabras y se
refrenó, y luego dijo-: Ya sabéis a qué me refiero. Erik era un tipo genial y
Ackerley también era un buen compañero, pero todo este maldito asunto es un
auténtico espanto, es horroroso... -Murphy dejó de hablar porque le falló la
voz. No era capaz de procesar todo cuanto se le venía encima.
Wilde no creía que Charlotte se hubiera
equivocado al certificar la muerte del musher. Eso resultaba imposible de
aceptar. Danzing había muerto, y no sabía cómo había revivido, aunque él no
estaba preparado para mantener esa discusión en aquel momento. Ni ellos. Lawson
se inclinó para atender su tobillo lesionado, pues parecía resentirse tras la
escaramuza habida en el laboratorio de botánica y de pronto, el pelo de Murphy
parecía tener más canas que nunca.
-Ya puestos, podemos buscar al mismo tiempo
a la Bella Durmiente y al Príncipe Azul -apuntó Michael, deseoso de conseguir
el permiso del jefe O´Connor.
-Y no te olvides de los perros del trineo
-añadió Lawson-. Vamos a tener una auténtica pesadilla de papeleo como la NSF
llegue a enterarse de que hemos perdido los perros que había prohijado el pobre
Danzing, el último equipo que nos habían permitido tener...
-Danzing solía ejercitarlos haciéndoles
correr hasta Stromviken -empezó Wilde-, y el tiempo ha mejorado, para variar.
La tormenta empieza a amainar.
-No por mucho tiempo -repuso Murphy-. El
último informe habla de otro frente. Mañana mismo lo tendremos aquí a primera
hora de la tarde.
-Razón de más para ponerse manos a la obra
-insistió Michael. Lawson asintió.
-¿Y qué hay de ti tobillo? -preguntó Murphy
O´Connor-. Tiene pinta de que no deberías forzarlo.
-No tengo problema para ir en motonieve, y
si al final los encontramos, los perros o los cuerpos, al menos sé traer el
trineo de vuelta a la base.
-De acuerdo -cedió el jefe O´Connor, como
si hubiera decidido no discutir más sobre ese tema-, pero no esta noche.
Esperaremos a que se estabilice el tiempo y mañana a primera hora, si la
climatología lo permite, os preparo un viaje hasta la estación ballenera. -Echó
mano al walkie-talkie que llevaba sujeto a la cintura y agregó-: Voy a decirle
a Franklin que aparque junto a la bandera dos motonieves con el depósito lleno
y listas para partir a las nueve.
CAPÍTULO
TREINTA Y DOS
15 de diciembre
SINCLAIR SE HABÍA MARCHADO hacía horas, y
aunque la posibilidad de que sufriera un percance que le impidiera regresar
junto a ella era uno de los mayores temores de su compañera, Eleanor también
tenía el talante con el cual iba a volver. Estaba de un humor de perros en el
momento de su partida. Esa tormenta sin fin le había desquiciado y el
confinamiento obligado en aquella iglesia helada le había irritado mucho.
-¡Maldito sea este lugar infernal! -había
aullado. Sus palabras reverberaron en la capilla abandonada y chocaron contra
las gastadas vigas del tejado-. ¡Malditas sean estas piedras y malditos sean
estos maderos!
Había agarrado un candelabro del altar y lo
había arrojado al suelo, donde había rodado con gran estrépito. Los talones de
sus botas resonaban cuando golpeteaban contra el piso de la nave. Había
arrancado una puerta rota y la había lanzado hacia el camposanto para luego
proferir sus imprecaciones contra el cielo plomizo, obteniendo por toda
respuesta el coro de lúgubres aullidos de los huskies, aovillados entre lápidas
y losas.
Eleanor le temía en especial cuando perdía
los papeles y elegía a todo lo sagrado como blanco de sus bravatas. La joven
estaba convencida de que Sinclair había recibido una respuesta en Lisboa y ella
no tenía el menor deseo de oír de nuevo el veredicto.
-¿No deberíamos meter los perros en la
iglesia, Sinclair? -se aventuró a sugerir, apoyándose en la jamba de la
rectoría-. Están desprotegidos. Morirán ahí fuera...
El interpelado movió la cabeza como si el
cuello fuera un resorte, permitiéndole a la joven apreciar en los ojos de su
compañero ese brillo enloquecido y febril que había visto por vez primera en
Scutari.
-Me encargaré de que entren en calor
-gruñó.
Se puso el sobretodo y salió dando grandes
zancadas para perderse en la tormenta. No se molestó en cerrar la puerta al
salir. Parecía inmune a los elementos hostiles. Una nube de hielo y nieve se
arremolinó en torno a la iglesia. Ella escuchó ladrar a los canes mientras
Sinclair los enganchaba al trineo.
Eleanor se arrebujó en ese abrigo suyo, el
de la tela milagrosa, y se acercó a cerrar la puerta. Había contemplado cómo
azuzaba con insultos a los perros desde la parte posterior del trineo, que
avanzó colina abajo hasta desaparecer de su vista. Entonces, ella apoyó su peso
contra la tosca madera y empujó hasta cerrar la puerta que él se había dejado
abierta.
El esfuerzo la debilitó tanto que se dejó
caer sobre la última bancada. Temía estar a punto de desmayarse, razón por la
cual apoyó la cabeza en el respaldo del asiento de delante y se tomó un
respiro. La madera estaba fría y no era lisa del todo. Eso le alertó y estudió
la superficie. Había unos signos grabados a arañazos en el respaldo. ¿Sería un
nombre? Las letras estaban desdibujadas por el tiempo y en todo caso, fuera lo
que fuese, no estaba escrito en inglés. Todo cuanto podía distinguir era algunos
números cuyo orden parecía sugerir una fecha: 25.12.1937. El día de Navidad de
1937. Un simple vistazo le bastó para recordar y empezó a devanarse los sesos.
Ella y Sinclair se habían embarcado a bordo del Coventry para realizar ese
viaje aciago en 1856. Y si esa inscripción, los números del banco, era una
fecha, la habían grabado ochenta y un años después de que los marineros la
hubieran arrojado al océano.
Ocho décadas era tiempo suficiente para que
hubieran muerto todas las personas que la conocían y a quienes ella conocía.
Ese lugar estaba abandonado desde hacía
muchos años, tal vez incluso décadas, y ella siguió calculando: ¿cuánto tiempo
podía haber transcurrido? ¿Cuánto tiempo había dormido en el seño del iceberg,
en el fondo del océano? ¿Habían pasado siglos? ¿Qué mundo era ése en el que
ahora, para su desgracia, había revivido?
Se despojó de un guante y acarició los
trazos de la fecha con las yemas de los dedos, como si pudiera sentir la verdad
que rezumaban los mismos. Al principio le incomodaba hasta el mismo sentido del
tacto, y aún no se había habituado a sentir el menor contacto físico, pues tras
haber pasado tanto tiempo en su prisión helada, le resultaba extraña incluso su
propia piel. Por supuesto, siempre estaba la cuestión del decoro. En su fuero
interno, ella no daba valor alguno a esa unión furtiva y abortada en la iglesia
portuguesa.
Y ahora, en este frío y terrible lugar
donde había ido a parar, no quedaba nada capaz de reverdecer las ascuas de ese
fuego o nutrir un solo pensamiento de calidez.
Pero Eleanor sabía en el fondo de su
corazón que había otro obstáculo en el camino, algo que siempre había estado
allí como perenne recordatorio: el omnipresente reproche de lo sucedido, y
aunque era precisamente eso lo que la unía a Sinclair, probablemente para toda
la eternidad, eso era lo que los separaba. Cada uno veía una necesidad más
urgente y un deseo imperativo en la palidez extrema y en la mirada desesperada
del otro. Era revelador que sus labios parecieran yermos, sus dedos fueran
carámbanos y sus corazones permanecieran guardados, como espadas en sus vainas.
Poco había cambiado desde Crimea en ese
aspecto. Todo cuanto ella conocía desde entonces eran privaciones.
Escaseaba todo lo necesario en un hospital:
vendas, mantas, medicinas y cojines de uso clínico para apoyar el resto de las
extremidades después de una amputación. Eso fue lo primero que descubrieron las
enfermeras de Nightingale nada más llegar al hospital de campaña en Scutari, un
nombre derivado de su primera denominación: Selimiye Kilasi, el cuartel de
Selimiye, pues había pertenecido al ejército turco. La enfermera Ames jamás
había vivido no concebido una miseria como la que se encontró allí y algunas de
las compañeras manifestaron su asombro por el modo en que el ejército británico
trataba a sus heridos, y eso que ellas procedían de mundos más duros, pues
habían trabajado en asilos de beneficencia y en prisiones. Combatientes
lisiados en el campo de batalla no recibían ningún tipo de asistencia ni se les
proporcionaba medicina de ningún tipo, y allí se quedaban, incapaces de moverse
por su cuenta ni de alimentarse. Los soldados enfermos de disentería, los que
sufrían una diarrea incontrolable o las víctimas de la misteriosa fiebre
hemorrágica de Crimea -que había diezmado las filas de un modo atroz- yacían
tirados en pasillos atestados o en duros camastros empapados de sangre,
implorando en vano un vaso de agua. Las cloacas de debajo del hospital emitían
un hedor insoportable, pero era tal el frío que se le colaba por las ventanas
rotas que los hombres habían optado por tapar los agujeros con paja, lo cual
intensificaba la pestilencia en las salas. Varias de las enfermeras, las más
delicadas, se contagiaron enseguida y se convirtieron desde el principio en una
carga en vez de una ayuda.
El primer encargo de las enfermeras entre
las cuales se contaban Eleanor y Moira fue el de zurcir sábanas y lavar la ropa
de las camas. Se indignaron. No habían acudido a Crimea con tal fin, ellas
habían venido para atender a los heridos y asistir a los cirujanos en las
operaciones y al staff médico en general, pero había un clima de hostilidad y
recelo muy grande por parte de los doctores, y éstos se negaron a admitirlas en
muchas salas o no aceptaban su colaboración cuando conseguían el acceso a las mismas.
-Esos tipos del alto mando se piensan que
vamos a robarles los gemelos -comentó Moira con disgusto al no poder entrar en
una habitación llena de heridos-. Estoy escuchando a esos desgraciados vertidos
con harapos suplicar por un poco de agua o una gota de morfina y allí estoy yo,
a menos de diez pasos. ¿Y qué hago? Remendar un agujero del calcetín.
La falta de combatividad y de agresividad
por parte de la superintendente Nightingale dejó perpleja a la enfermera Ames
en un primer momento, pero no tardó en comprobar la sagacidad de ésta. El
ejército británico tenía unos usos centenarios y parecían escritos en piedra
por lo inamovible de los mismos. La superintendente era consciente del desafío
que representaba su presencia y lo limitó al máximo, evitando la confrontación
hasta el límite de lo posible, y así, poco a poco, sin alarmar a nadie, fue extendiendo
las responsabilidades y las tareas de su equipo. En cuanto los altos mandos
vieron la utilidad de tener ropa y vendajes limpios, apreciaron lo ventajoso de
tener preparados té caliente, cereales, caldo de pollo o de ternera y jalea que
las enfermeras preparaban en una improvisada cocina. Y las enfermeras de batas
sin forma y gorras estúpidas no tardaron en ser bendecidas por los soldados,
hombres mutilados y agonizantes que muchas veces morían lejos del hogar,
tirados sobre mantas raídas.
Pero fue Florence Nightingale en persona
quien se ganó el corazón y la admiración de todos. Entraba sin mostrar miedo
alguno en las salas atestadas por víctimas de la fiebre, a las cuales no
acudían ni los mismos médicos militares. La postura de los galenos era la
siguiente: los infelices de las salas de apestados sobrevivirían o sucumbirían
a la enfermedad por sus propias fuerzas, razón por la cual no tenía sentido
alguno que también ellos se expusieran a un posible contagio. Desde tiempos
inmemoriales, los oficiales habían recibido las mejores atenciones y todos los
medios disponibles mientras que los soldados rasos de cualquier cuerpo y todos
los de infantería sufrían las más horribles agonías sin recibir apenas atención
médica, pero Florence Nightingale atendía a los heridos por igual, ya fueran
aristócratas o simples reclutas. Se granjeó pocos amigos entre los oficiales al
quebrantar un protocolo tan antiguo, y aquéllos la vieron como una traidora a
los de su propia clase, pero obtuvo a cambio la devoción imperecedera de las
tropas y de la propia Eleanor.
Durante su cuarta noche en Scutari, la
superintendente acudió en busca de la joven Ames para pedirle que le acompañara
en su ronda mientras ésta rellenaba una jarra de agua de un manantial que
chorreaba unos hilillos amarillentos de líquido turbio y apenas potable. La
dama lucía un largo vestido gris y llevaba el pelo recogido con un pañuelo
blanco. Sostenía una lámpara por el asa curva situada en la chata base de
latón.
-Y trae esa jarra de agua, por favor.
La señorita Nightingale le dirigía la
palabra en contadas ocasiones, por lo cual ella se apresuró a llenar la jarra
hasta el borde, se puso debajo del brazo un rollo largo de vendas y la siguió
dócilmente. La joven estaba exhausta después de otro día extenuante, pero no
pensaba renunciar a esa oportunidad a pesar de haberse pasado horas y horas de
pie. El hospital de campaña era enorme y un recorrido por todas las
habitaciones como el que la superintendente realizaba cada noche debía de
suponer una distancia superior a los cinco kilómetros. Los camilleros y los
doctores más hostiles a su presencia se apartaban dondequiera que llegaran
Nightingale y su asistente, y en cambio, las dos mujeres eran recibidas con
murmullos de agradecimiento y señales de respeto por parte de los soldados
enfermos.
Un muchacho de no más de diecisiete años
sollozaba tendido en una yacija, lamentando la pérdida de ambas piernas por
debajo de la rodilla. LA señorita Nightingale se detuvo para consolarle y se
despidió de él con un beso en la frente. Luego, ofreció un vaso de agua a otro
soldado que había perdido un ojo y un brazo durante el combate; el hombre lo
sostuvo con la temblorosa mano izquierda, y por un momento, Eleanor debió
preguntarse si ese tembleque era debido a la debilidad o al hecho de que una
dama de buena cuna atendiera a alguien como él.
Las mayoría de las habitaciones estaban a
oscuras, sin otra luz que la de la luna llena filtrándose por las ventanas
rotas y los postigos caídos, razón por la cual la enfermera Ames debía vigilar
donde ponía el pie a fin de no pisar a un enfermo dormido ni a un muerto. La
superintendente era una mujer liviana y de porte erguido, dotada de una
capacidad singular para moverse con pie firme entre aquel dédalo de catres y
pacientes. El tenue resplandor de su lámpara caía como una bendición sobre
aquellos rostros sucios, ensangrentados y amoratados. En más de una ocasión, la
joven vio cómo un soldado se apoyaba sobre un muñón a fin de inclinarse y besar
el aire después de que hubiera pasado Nightingale. ‹Dios mío, están besando su
sombra›, se maravilló.
La señorita Florence se detuvo varias veces
para servir un trago de agua fresca a un enfermo sediento o sustituir un
vendaje indecente por uno nuevo, pero en la mayoría de las ocasiones apenas
podía ofrecer más que una sonrisa o una palabra de consuelo al pasar, dada la
vastedad del hospital y las necesidades, que eran un pozo sin fondo. A Eleanor
le quedó claro que esa ronda nocturna era una especie de pacto sellado entre la
señorita Nightindale y los soldados, y la muchacha se sintió una privilegiada por
poder presenciar el rito, aunque al mismo tiempo siempre tenía el corazón en un
puño a causa del miedo.
Buscaba con la mirada al teniente Sinclair
Copley en todas las habitaciones donde entraba y en cada cama junto a la que
pasaban. Se moría de ganas de verle y al mismo tiempo temía en qué estado le
encontraría si alguna vez le llevaban hasta el hospital. Revisaba las listas de
ingreso todas las mañanas, a pesar de saber que estaban incompletas y
confeccionadas de cualquier manera, y eso en el mejor de los casos, y además,
el teniente podía haber ingresado inconsciente, mudo a causa de un golpe o
delirando de fiebre. Eleanor había hecho todas las pesquisas posibles hasta
enterarse de que lord Lucan y el conde de Cardigan habían destinado al
regimiento de lanceros al sitio de Sebastopol, pero ahí acababa su información,
pues las noticias del frente llegaban a cuentagotas y eran tan poco fiables
como las listas de ingresos del hospital.
Estaban a punto de completar la ronda y
cruzaban la última de las habitaciones cuando Eleanor creyó oír su nombre. La
muchacha se detuvo y Nightingale alzó la lámpara con diligencia para que la luz
iluminase más espacio. Alzaron la cabeza una docena de soldados que descansaban
sobre el armazón de una cama. Todos las miraron, pero ninguno de ellos despegó
los labios.
Eleanor escuchó de nuevo esa llamada y
entrevió en el rincón más lejano de la sala una figura cubierta por una sábana
gastada por el uso. El hombre estaba debajo de una ventana sin cristales y
tenía el rostro vuelto hacia ellas.
-¿Es usted, señorita Ames?
La interpelada no reconoció a la persona
que le hablaba, pues una capa de mugre le cubría el rostro, pero identificó la
voz enseguida.
-¿Teniente Le Maitre? -contestó al tiempo
que se acercaba.
La figura soltó una risilla entre dientes
hasta que se echó a toser.
-Con Frenchie basta.
-¿Es un conocido suyo? -inquirió la
señorita Nightingale, que había seguido a Eleanor hasta la cama del herido.
-Sí, señorita. Es miembro del 17º
regimiento de lanceros.
-En tal caso, voy a dejar que le visite
usted -contestó ella con voz dulce-. De todos modos, prácticamente ya hemos
terminado por esta noche. -La superintendente tomó del alféizar un cabo de
vela, lo encendió con la lámpara y se la entregó a Eleanor-. Buenas noches,
teniente.
-Buenas noches, señorita Nightingale. Y que
Dios la bendiga.
Florence agachó la cabeza con humildad y se
dio media vuelta para luego echar a andar con sus largas faldas haciendo frufrú
mientras culebreaba entre heridos, camas y catres.
Eleanor colocó el candil al borde de la
ventana y se arrodilló junto al camastro. Frenchie siempre había ido muy
acicalado y bien vestido, pero ahora vestía una camisa blanca hecha jirones con
pinta de ser un nido de piojos. El pelo largo y sucio le caía a mechones sobre
una frente brillante a causa de la fiebre. Tampoco iba afeitado y su piel
húmeda emanaba una palidez verdosa incluso a la luz tenue de la vela.
Eleanor había visto a cientos de hombres de
tal guisa y aquello tenía muy mala pinta. Se apresuró a tomar una venda limpia
y humedecerla en el agua restante para usarla como paño para enjugarle el sudor
de la frente. Le hubiera gustado mucho haber traído una camisa limpia para
poder quitarle aquella tela infestada de piojos. La sábana le colgaba de forma
hueca por debajo de la cintura.
-¿Padeces de fiebres o te han herido?
El enfermo reclinó la cabeza sobre el catre
y retiró la sábana para dejarle ver sus piernas. La derecha estaba
ensangrentada y llena de cicatrices, pero la izquierda tenía peor aspecto: a la
altura de la espinilla asomaba un hueso amarillento por debajo de la piel,
surcada de estrías cárdenas.
-¿Te alcanzaron? -inquirió ella con horror,
y se avergonzó de pensar inmediatamente en Sinclair. Había luchado junto a
Frenchie en la misma batalla.
-Me dispararon y mi caballo se precipitó
barranco abajo -le explicó-. Rodamos por la pendiente y él acabó encima de mis
piernas.
La muchacha humedeció la tela otra vez y
después formuló la pregunta que realmente le interesaba, la única que deseaba
hacer.
-Sinclair no estaba allí. Le vi por última
vez mientras cabalgaba con Rutherford y el resto del regimiento en dirección a
un lugar llamado Balaclava. -Frenchie volvió a cubrirse las piernas con la
sábana; después, se pasó la lengua por los labios-. Tengo la cantimplora debajo
de la cama.
Ella asintió y se puso a tantear. Un bicho
de muchas patitas le correteó por encima de la mano mientras rebuscaba por los
alrededores, pero al final la encontró y le desenroscó el tapón para que
pudiera beber lo que a juzgar por el olor era ginebra. Ella sostuvo la boquilla
junto a los labios y él bebió un largo trago, y luego otro. Después cerró los
ojos.
-Debería haber imaginado que tú serías una
de las enfermeras -murmuró.
-¿Qué quieres que haga por ti? Me temo que
ahora no llevo casi nada encima.
-Ya lo has hecho... -contestó.
-Mañana regresaré durante mi guardia y te
traeré una camisa y una sábana limpias y una buena navaja.
Él alzó la mano unos centímetros para
hacerla callar.
-Lo que de veras me gustaría es poder
escribir a mi familia.
Era una petición de lo más frecuente.
-Traeré papel y pluma -le aseguró Eleanor.
-Que sea lo más pronto posible -repuso él,
y la muchacha supo la razón de tanta prisa.
-Ahora descansa, Frenchie -dijo ella, y se
levantó tras estrecharle el hombro con una mano-. Mañana por la mañana nos
vemos.
CAPÍTULO
TREINTA Y TRES
16 de diciembre, 10:00 horas
MICHAEL Y LAWSON IBAN como bólidos sobre el
hielo, pero todavía no habían visto señal alguna de Danzing ni de los perros
perdidos. Avanzaban a toda máquina y Wilde era consciente de que debían ir más
despacio, ya que en cualquier momento podían tropezarse con alguna grieta de
reciente formación, pero la velocidad era su medicina predilecta. Él se lanzaba
a la acción, a la acción física, cuando una dificultad amenazaba con superarle.
Era capaz de rehuir los pensamientos que le atormentaban mientras estuviera en
acción y mantuviera la mente ocupada en tomar en décimas de segundo una
decisión sobre una escalada o bajar en kayak unos rápidos o nadar con esnórquel
por un cañón coral. Era lo bastante listo para saber que no podía dejar atrás
los problemas, y eso que aun así lo había intentado muchas veces, pero un
indulto temporal solía bastar para darle un respiro.
Ahora mismo, por ejemplo, intentó anclarse
al presente y concentrarse en el morro de la motonieve mientras avanzaba por el
yermo paisaje hasta que vio el lánguido vuelo de un gran albatros blanco cuando
se aproximó a la costa. De hecho, el ave le acompañó durante un tiempo con un
subibaja de círculos perezosos gracias a los cuales pudo mantener el ritmo
velocísimo de las máquinas.
Lawson se había abierto en abanico y estaba
realizando una aproximación directa a la factoría ballenera mientras que
Michael se ceñía más el contorno de la costa y avanzaba cerca de la playa,
jalonada de huesos blanqueados y edificios destartalados pertenecientes al
antiguo enclave noruego.
Los dos pilotos convergieron para reunirse
en la explanada donde había estado el patio de faenado. El silencio fue
abrumador cuando apagaron los motores. Necesitaron unos segundos para
acostumbrarse a él; luego, Michael fue capaz de escuchar el viento levantando
nubes de nieve y el lejano grito del albatros. Miró al cielo, donde vio al ave
sobrevolar el sitio con sus enormes alas desplegadas. No daba muestras de
posarse.
Lawson deslizó las gafas hacia arriba y le
observó.
-Si los chuchos están ahí, nos habrán oído
llegar...
-Cierto -convino el reportero-, pero
también nosotros deberíamos haberlos oído a ellos. De todos modos, nos queda
algo de tiempo antes de la próxima tormenta... ¿Por qué no echas un vistazo por
aquí mientras yo subo hasta la colina?
El animoso joven asintió y se llevó un par
de bastones para conservar el equilibrio.
-Me reuniré contigo en una hora -anunció.
Michael le vio alejarse con paso renqueante
y miró el reloj antes de subirse otra vez a la motonieve y acelerar el motor
sin meter ninguna marcha mientras estudiaba el camino; luego, pasó como una
exhalación por el sombrío callejón que discurría entre las salas de calderas
hasta llegar a la cumbre de la colina, coronada por un campanario inclinado.
Echó pie a tierra cuando llegó a mitad de
la ladera y dejó allí la motonieve para no tener que andar sorteando las tumbas
y las lápidas del camposanto contiguo a la iglesia. Ascendió a pie el resto del
trayecto y se plantó delante de las escaleras de piedra; luego, las subió
también.
Abrió a empujones la pesada puerta de
madera y entró en la humilde nave de bancos gastados y suelo de piedra. Al
fondo había una mesa de caballete haciendo las veces de altar y en la pared de
detrás, una cruz de tosca talla. Había salido de las estación científica con
tantas prisas que se había dejado allí buena parte de su equipo, pero sin
embargo, aún podía sacar unas cuantas fotografías con al siempre fiable Canon.
Además, el permiso de estancia en la base expiraba dentro de un par de semanas,
por lo cual planeó regresar una vez más y hacer las cosas bien, especialmente
debido a que la iglesia había sido construida hacía más de un siglo y el lugar
conservaba todavía un extraño aire expectante Aún no sabía cómo, pero deseaba
captar esa sensación de que los extenuados balleneros iban a entrar en
cualquier momento para ocupar los asientos y un sacerdote estaba a punto de
recitar las Sagradas Esrcituras a la luz de una lámpara de aceite.
Michael descubrió un devocinario de
cubiertas gastadas debajo de un banco y cuando intentó cogerlo, descubrió que
se había quedado allí congelado. Sacó una fotografía y luego se preguntó si no
le estarían entrando veleidades artísticas.
Metió la cámara debajo de la parka, se puso
otra vez los guantes y anduvo en dirección al altar, pero en ese momento le
pareció oír unos arañazos y se detuvo. ¿Aún podían quedar ratas allí? Volvió a
escucharse el ruido. Un viejo tomo encuadernado en cuero descansada sobre la
mesa de caballete, pero el tiempo había borrado el título. El sonido se hizo
más claro cuando dio otro paso. Procedía de detrás del altar, donde vio una
puerta con una tranca negra echada. Quizá fuera allí donde una vez vivió el sacerdote
o tal vez hubiera un espacio reservado para guardar los objetos de valor
relacionados con el culto: cálices, candelabros, biblias, etc.
Dio una vuelta para rodear la mesa del
altar y se quedó de piedra al oír un sonido. Se acercó más, y volvió a
escucharlo. Era una voz de mujer.
-¡Abre la puerta, por favor! ¿Por qué
regresaste para encerrarme mientras dormía? No puedo soportarlo. ¡Abre la
puerta, Sinclair!
¿Sinclair? Michael se desprendió de un
guante para manipular con más facilidad la manivela del pasador. Escuchó al
otro lado de la puerta jadeos de la mujer, que parecía a punto de echarse a
llorar.
-No soporto estar sola, no me dejes aquí.
Descorrió el herrumbroso cerrojo y tiró con
fuerza para abrir la chirriante puerta.
Se quedó anonadado al ver a una mujer, una
mujer joven para ser más exactos, abrigada con una parka naranja que le venía
muy grande. La muchacha puso cara de espanto y retrocedió a trompicones. La
melena castaña le caía en cascada sobre el rostro, donde brillaban unos grandes
ojos verdes, cuya mirada penetrante podía advertirse incluso en esa estancia
mal iluminada. Ella retrocedió hasta interponer entre ellos una estufa de
hierro que emitía un fulgor apagado y una mesa de madera sobre la cual
descansaba una botella de vino. En una esquina se apilaban devocionarios y
trozos de madera.
Los dos se miraron el uno al otro,
incapaces de articular palabra. Michael no cesaba de darle vueltas a la cabeza.
Conocía a esa mujer. ¡Claro que la conocía! Había visto por vez primera esos
ojos verdes en el fondo del mar, y también allí, debajo de esa lápida de hielo,
había observado ese cierre de marfil que ahora pendía de su cuello. Era la
Bella Durmiente.
Pero no estaba dormida ni muerta.
Estaba viva y los jadeos interrumpían su
respiración entrecortada.
Él se quedó en estado de shock. La mujer se
hallaba allí, enfrente de él, a escasos metros de distancia, pero no podía dar
crédito a sus ojos: percibía en movimiento a la misma mujer que había estado
atrapada en un iceberg. Se le fue la cabeza en mil direcciones para buscar una
explicación plausible y razonable, pero al cabo de unos momentos siguió con las
manos vacías. ¿Qué explicación podía haber para semejante misterio? ¿Suspensión
animada? ¿Y si había sufrido una alucinación de la que había despertado en
algún momento? No se le ocurría nada que justificase la presencia tan próxima
de la aterrada y debilitada joven.
Alzó la mano sin guante en un ademán
tranquilizador, pero él mismo percibió el temblor de sus dedos.
-No voy a hacerte daño.
Ella no pareció muy convencida, y siguió
con la espalda pegada a la pared, junto a la ventana.
Michael se puso otra vez el guante para
proteger la mano, ya entumecida por el frío, pero lo hizo con movimientos
suaves y sin quitarle la vista de encima de la joven. ¿Qué más podía decirle?
-Me llamo Michael... Michael Wilde.
Fue algo extraño, pero el sonido de su
propia voz le inspiró confianza.
Sin embargo todo dio a entender que a ella
no le ocurría lo mismo, pues no le contestó y recorrió la habitación con los
ojos en busca de una posible escapatoria.
-Vengo de Point Adélie. -Aquello no debía
de significar nada para ella, de modo que agregó-: La base científica.
-‹¿Tendría algún sentido esa aclaración?›, se preguntó-. El lugar donde estabas
antes de venir... aquí.
Él sabía que ella hablaba inglés, y con
acento británico nada menos, pero no estaba seguro de la impresión que causaban
sus explicaciones ni si las comprendía siquiera.
-¿Puedes...? ¿Puedes decirme tu nombre?
Ella se humedeció los labios y se echó
hacia atrás un mechón de pelo con un gesto nervioso.
-Eleanor -dijo con voz suave y
desasosegada-. Eelanor Ames.
Eleanor Ames. Pronunció el nombre varias
veces, como si así pudiera anclarlo a la realidad.
-¿Y eres de... Inglaterra?
-Sí.
-Yo soy norteamericano -dijo, llevándose
una mano al pecho.
Aquello se estaba convirtiendo en un
esperpento tan absurdo que le entraron ganas de reír. Se sentía como si
estuviera leyendo una de esas malas historias de ciencia ficción. Lo siguiente
era que él sacara una pistolita de rayos o que ella le exigiera ser llevada
ante el líder de Michael. Durante unos instantes se preguntó si no estaba a
punto de chiflarse del todo.
-Bueno, encantado de conocerla, Eleanor
Ames -dijo él, a punto de echarse a reír de nuevo ante lo absurdo de semejante
situación.
Y habría sido de lo más embarazosa si ella
no la hubiera suavizado en una muestra de tacto al hacer una pequeña
reverencia.
El periodista recorrió la habitación con la
mirada. El armazón de la cama sólo estaba cubierto con una vieja manta sucia
debajo de la cual había un par de botellas, las halladas en el fondo del mar
dentro del cofre.
-¿Dónde está su amigo? -La muchacha no
respondió de inmediato y él la miró a los ojos, donde adivinó que estaba
sopesando qué respuesta iba a darle-. Le llamó Sinclair, ¿no es así?
-Se ha ido... me ha abandonado.
Michael no le creyó ni por asomo. Ella le
estaba encubriendo, fuera cual fuese la razón. Quienquiera que fuera, y con
independencia de lo que resultara ser, la expresión y la voz de la muchacha
delataban unas emociones manifiestamente humanas. No había nada misterioso en
ellas. Y en lo tocante al paradero desconocido de su compañero, Sinclair, ése
era el menor de los interrogantes que flotaban en el aire. ¿Cómo había acabado
presa en un glaciar? ¿Y cuándo había sucedido eso? ¿Cómo se habían escapado del
bloque de hielo en el laboratorio? ¿Y cómo es que la había encontrado allí, en
Stromviken?
Tal vez hubiera una forma amable y suave de
interrogarla acerca de todo eso, pero él estaba bien seguro de no conocerla.
Entonces vio una bolsa con comida para perros apoyada sobre la pared y decidió
empezar con una pregunta sencilla y fácil.
-Entonces, ¿es el tal Sinclair quien se ha
llevado los perros?
Se produjo otro nuevo silencio mientras
ella sopesaba la respuesta y llegaba a la conclusión de que no ganaba nada con
nuevas mentiras. Abatió los hombros y dijo:
-Sí.
Hubo un nuevo impasse bastante incómodo. Él
vio el círculo carmesí de los ojos y los labios agrietados que ella se
humedecía, y los ojos se le fueron a la botella situada encima de la mesa,
sabedor de cuál era su cometido.
Pero ¿sabía ella que él lo sabía?
Cuando volvió a mirarla, supo la respuesta
a su pregunta: sí. Ella bajó los ojos como si se avergonzara y le subió un
rubor hético a las mejillas.
-No puedes quedarte en este lugar. Se
avecina una tormenta -le anunció-. Pronto la tendremos aquí.
Wilde percibió en ella confusión y
perplejidad. ¿Cuál era la naturaleza de su relación con Sinclair? Después de
todo, aquel tipo la había dejado encerrada entre cuatro paredes y se había ido
a sólo Dios sabía dónde. ¿Era su amante? ¿Su marido? ¿Acaso era él la única
persona que ella conocía en el mundo de los vivos, o tal vez nadie salvo
Sinclair podía conocerla a ella? Michael no tenía muy claro a qué carta
atenerse, sólo sabía que no podía dejarla abandonada en esa iglesia congelada.
Debía hallar una forma de hacerla salir de forma inmediata.
-Siempre podemos regresar a por Sinclair
más tarde -sugirió Michael-. No le abandonaremos, pero ¿por qué no vienes con
nosotros?
Ella abrió aún más los ojos y echó una
ojeada a la puerta abierta en dirección a la iglesia vacía. Él interpretó el
mensaje inequívoco de esa mirada: ‹¿Quién más iba a venir a importunarla?›
-He venido con un amigo -le explicó-.
Podemos llevarte a la base.
-No puedo ir.
Michael se hacía una idea de lo que le
rondaba por la cabeza a la muchacha, o al menos en parte.
-Pero allí podremos atenderte.
-No, no voy a ir -se negó la joven, aunque
le falló la voz y le cambió hasta la expresión de la cara.
Parecía como si la última protesta le
hubiera privado de las pocas fuerzas que le quedaban. Se alejó de la ventana y
se sentó al borde de la cama, apoyándose con ambas manos, como si las
necesitase para sujetarse. Una racha de viento más fuerte hizo temblar las
contraventanas y avivó el fuego de la caldera, que brilló con más intensidad.
-Te doy mi palabra de que nadie va a
hacerte daño -le aseguró Michael.
-Tu intención no es ésa -admitió-, pero al
final me lo harás.
Él no estuvo muy seguro de entender lo que
ella pretendía decir, pero a lo lejos ya oía el zumbido del motor de la
motonieve de Lawson mientras subía la ladera de la montaña. Eleanor alzó la
cabeza, alarmada. ‹¿Qué se imaginará que es ese ruido? ¿Influirá en su
decisión?›, se preguntó el periodista.
¿De qué mundo y de qué época procedía esa
mujer?
-Debemos irnos -la instó Wilde.
Eleanor se sentó al borde de la cama con el
propósito manifiesto de poner en orden las ideas y se quedó inmóvil como una
estatua, tan quieta como había estado en el hielo.
Tan inmóvil como Kristin en la cama del
hospital.
La motonieve se acercó más y el ronroneo
del motor entró en la iglesia vacía. Luego, el vehículo se detuvo a la entrada.
Eleanor Ames taladró al desconocido con la
mirada, como si intentara resolver un problema muy complejo, exactamente como
le ocurría a él. Michael sólo podía suponer el tipo de preguntas que se estaba
haciendo, todos los factores que ella podía ponderar: las vidas, y no sólo la
suya, que ella intentaba salvar o proteger.
-Hola, ¿hay alguien ahí? -llamó Lawson,
cuyas botas resonaron sobre el suelo de piedra.
La mujer jugueteó con la raída manta.
Michael la miró y optó por no decir nada, temeroso de pronunciar las palabras
equivocadas.
-Eh, Michael, estás por aquí, lo sé -gritó
Lawson mientras se acercaba dando zancadas hacia el altar-. Debemos ponernos en
marcha enseguida.
La expresión de Eleanor se llenó de
angustia y de fatiga. Wilde únicamente había visto algo similar en el rostro de
un hombre en las Cascadas tras haberse pasado toda la noche luchando contra el
fuego que amenazaba su casa sin la ayuda de nadie. Y sin conseguirlo.
Ella tosió, pero estaba demasiado fatigada
como para taparse la boca con la mano.
-¿Puede decirme algo? -inquirió la mujer
con la voz llena de derrota y resignación.
-Por supuesto, pregunte lo que quiera.
Lawson se hallaba lo bastante cerca como
para que Wilde pudiera oír la succión de las botas justo en el umbral.
-¿En qué año estamos?
CAPÍTULO
TREINTA Y CUATRO
16 de diciembre, 11:30 horas
APENAS HABÍA UNA LIGERA brisa cuando Copley
abandonó la iglesia, pero enseguida se desató un fuerte viento. Condujo el
deslizador entre los maltrechos edificios de la antigua factoría ballenera
hasta llegar a la altura de la herrería, donde, amontonados contra la pared,
descansaban docenas de arpones tan largos como la lanza que él había usado en
combate; entonces, se dirigió hacia el noroeste, donde se veía un montículo de
hielo que le impedía divisar todo cuanto se extendía más allá. No sabía con qué
se encontraría detrás, pero ¿acaso les quedaba otra alternativa? Sólo parecía
haber una: entregarse ambos a los hombres de los que habían logrado escapar por
los pelos. Sinclair no confiaba en nadie y jamás volvería a hacerlo.
De hecho, y era triste decirlo, ni siquiera
se fiaba de su amada y la había encerrado en la rectoría antes de marcharse
definitivamente. Había regresado poco después de salir y la había encontrado
tumbada en el catre, desmayada. Así que se fue sin hacer ruido, atrancando la
puerta. Ella podía cometer cualquier tontería en su actual estado de debilidad.
Sinclair temía que al despertarse sucumbiera a cualquier impulso e intentara
suicidarse, aun cuando no estaba seguro de cómo iba a arreglárselas para conseguirlo,
pues hasta donde él sabía, su maldición, por la cual pagaban un precio tan
terrible, los protegía de enfermedades capaces de matar a cualquiera: cólera,
disentería, la misteriosa fiebre de Crimea... e incluso de un centenar de años
en el fondo del océano. No obstante, albergaba la sospecha de que el diabólico
mecanismo que alimentaba la vida eterna de él y Eleanor no podría sobrevivir a
la destrucción física de sus cuerpos.
Bajó los ojos y buscó con la mirada la
parte posterior de la bota que el perro guía había destrozado con sus
colmillos. La herida de la pantorrilla había dejado de sangrar e incluso se
había curado, pero de modo imposible de definir sabía que aquello no era carne
viva. Era un parche, un remiendo, un apaño, algo que permitía seguir caminando,
hablando y respirando a un esqueleto. Al parecer, le estaba permitido romperse,
pero no consumirse.
Justo lo contrario a la divisa de la
brigada, caviló con amargura. No había muerte ni gloria, sólo una especie de
parada obligada que le recordaba los días de ocio forzado que la brigada de
caballería ligera se había visto obligada a soportar en Crimea.
Durante semanas, se habían limitado a
observar desde sus monturas los movimientos de la infantería; habían
permanecido en posición, siempre a la espera de un momento decisivo que no
parecía llegar jamás. Bajo la dirección de los lores Lucan y Cardigan, dos
hombres que se despreciaban mutuamente a pesar de ser cuñados, el 17º
regimiento de lanceros había ido dando tumbos de un destino a otro, siempre a
buen recaudo no fuera a pasarles algo. Sinclair y muchos compañeros habían
empezado a sentirse objeto de burla por parte del resto de la tropa. Los
lanceros eran esos creídos ataviados con penachos y pellizas, galones dorados y
unos impecables pantalones de montar de color cereza, ésos que andaban comiendo
huevos duros y galletitas mientras sus compatriotas hacían el trabajo sucio de
asaltar todos los reductos.
El sargento Hatch, recién recobrado de su
brote de malaria, rompió su pipa de pura contrariedad y arrojó los trozos al
suelo cuando en un momento crítico de la batalla el alto mando dejó que
escapara la caballería rusa en un completo caos sin intentar aniquilarla ni
perseguirla siquiera.
-¿A qué esperan? ¿A que nos manden una
invitación formal escrita con letras de oro? -refunfuñó el suboficial mientras
refrenaba a su fogoso corcel. Lanzó una mirada envenenada a los cerros
próximos, donde estaba lord Raglan, primer comandante en jefe del ejército
británico. Gracias a su catalejo el sargento podía ver al envejecido manco
rodeado de sus ayudantes-. Otra ocasión como ésta no se nos va a presentar.
Parecía impaciente hasta el capitán
Rutherford, cuya flema era tan célebre como sus patillas de boca de hacha. Tras
darle un buen tiento a su petaca, donde mezclaba ron y agua, se ladeó sobre la
silla de montar y le confió a Sinclair:
-Hoy va a ser otro de esos días eternos.
Sinclair tomó el frasco y dio un largo
trago. La guerra había sido un enorme e incesante aburrimiento desde que
desembarcó el regimiento. El movido viaje por un mar encrespado se había
saldado con la muerte de un buen número de caballos; después habían venido las
interminables jornadas de marcha por los estrechos desfiladeros y las llanuras
desiertas, por donde habían ido dejando un reguero de cadáveres sin enterrar
para que se convirtieran en comida para los buitres, las alimañas y unas
extrañas criaturas escurridizas a las cuales sólo era posible ver de noche.
Iban y venían en sus merodeos hasta donde los soldados apostaban los puestos de
guardia. Sinclair le había preguntado a uno de los exploradores turcos sobre la
naturaleza de las mismas. El hombre escupió sobre el hombro izquierdo para
combatir el mal agüero y luego le contestó en un murmullo:
-Kara-kondjiolos.
-¿Y eso qué significa?
-Chupasangres -replicó el guía con
desagrado-. Muerden a los muertos.
-¿Como los chacales?
-Peor -repuso el hombre, e hizo un alto
para pensar el término adecuado-, como los... malditos.
El teniente Copley había notado que cada
vez que era localizada una de esas siluetas, los reclutas católicos se
santiguaban de forma ostensible y todos los demás, con independencia de cuál
fuera su religión, se acercaban más a las hogueras del campamento. Las
criaturas nunca pasaban de ser unas figuras encorvadas que siempre permanecían
al amparo de las sombras o se desplazaban casi a rastras.
Supo eso mientras viajaba por unas tierras
muy distintas a las campiñas de su Inglaterra natal, y aunque no había visto un
paisaje tan conmovedor desde hacía mucho tiempo, nada le hacía olvidar los
pendones, las banderitas, los orfeones y los pañuelos al viento que despedían
al ejército, ni siquiera la villa de Balaclava que antaño había sido un idílico
puerto deportivo y ahora resultaba irreconocible. Antes de la llegada de las
tropas británicas el pueblo había sido el lugar predilecto de esparcimiento de
los habitantes de Sebastopol. Sus casas solariegas habían sido famosas por los
tejados de tejas verdes y los cuidados jardines. Al decir de todos, cada casita
y cada poste estaban engalanados con rosas, clemátides, madreselvas y vides de
moscatel cuyos granos eran de un color verde claro y bastaba alargar la mano
para tomarlos. Las orquídeas alfombraban las laderas de las colinas y las aguas
prístinas de la bahía centelleaban como el cristal.
Eso cambió en cuanto atracó en su puerto el
Agamemnon, el barco de guerra más poderoso de la armada británica, y el
ejército convirtió el pueblo en su teatro de operaciones. Sólo en ese muelle
desembarcaron veinticinco mil militares. Una plaga uniformada atestó las casas,
marchó sobre los jardines hasta reducirlos a una masa fangosa y pisoteó las
vides. La llegada de tantos soldados mareados o enfermos de cólera convirtió el
pequeño y coqueto puerto sin salida al mar en una gigantesca y maloliente letrina
de basura y heces.
Lord Cardigan no tenía un pelo de tonto:
permaneció a varias millas de distancia, disfrutando de las comodidades de su
barco privado, el Dryad, a bordo del cual saboreaba las comidas preparadas por
su cocinero francés. Una riada de ordenanzas y ayudantes de campo iba y venía
hasta agotar a sus caballos para llevar sus despachos. Las tropas no tardaron
en apodarle «el Regatita», y usaban ese mote cuando ningún oficial podía
escucharles.
-¿Se sabe algo de Frenchie? -preguntó
Rutherford.
Sinclair meneó la cabeza. En el frente no
se recibía el correo ni tenían noticias del hospital de campaña desde hacía
semanas. Él había visto cómo había quedado la pierna de su amigo tras la
tremenda caída y sabía que jamás volvería a ser el mismo de siempre, y eso si
vivía para contarlo.
De hecho, ¿sobreviviría alguno de ellos?
Hacía un día precioso, claro y despejado.
Áyax piafaba, deseoso de entrar en acción. Sinclair le acarició ese largo
cuello castaño suyo y le tironeó con suavidad la larga crin.
-Pronto, muchacho, pronto... -le aseguró,
mientras para sus adentros se resignaba a permanecer más y más horas escuchando
los ecos de alguna escaramuza lejana o el retumbo distante de los cañones
rusos.
Su papel en esa campaña se parecía mucho a
la situación de quien se había quedado sin entrada para el teatro y permanecía
en el exterior, escuchando el tumulto y las voces del interior, pero incapaz de
franquear la puerta. Se preguntaba qué estaría haciendo Eleanor en esos
momentos y si se encontraría bien, y si había llegado a Londres alguna de sus
cartas.
El capitán Rutherford hizo un gesto con el
mentón para guiar la atención de Sinclair hacia la derecha. Un ayudante de
campo acababa de abandonar la posición del comandante y bajaba al galope por
una ladera casi cortada a pico y donde apenas se veía rastro de un camino. El
caballo estuvo a punto de perder pie en muchas ocasiones, pero el jinete
siempre fue capaz de recobrar el control en el último segundo y continuar con
aquel descenso suicida.
-Sólo conozco a un jinete capaz de montar
así -observó el sargento Hatch.
-¿Quién podrá ser? -se preguntó Rutherford.
-El capitán Nolan, por supuesto -intervino
Sinclair.
El mismo oficial cuyas técnicas de
equitación hacían furor en toda Europa.
El jinete prosiguió, dejando a sus espaldas
una nube de piedrecillas, polvo y gravilla, hasta llegar a terreno llano, donde
espoleó a su montura para ir todavía más deprisa.
Lord Lucan salió al trote para encontrarse
con el ayudante de campo de lord Raglan y refrenó a su montura a no más de diez
metros de Sinclair, en un punto donde lindaban las cerradas formaciones de la
caballería ligera y pesada que estaban bajo su mando. El penacho blanco del
casco siguió balanceándose.
Nolan subió el último repecho al galope. Su
caballo chorreaba sudor por los ijares. El capitán sacó un despacho del
portapliegos de su arzón y lo depositó con brusquedad en la mano de lord Lucan.
Sinclair era muy consciente de la baja consideración que el capitán Nolan
gozaba a los ojos de lord Lucan y la mayor parte de sus oficiales, pero aun así
le sorprendió al ademán perentorio con que entregó el mensaje. Lucan era famoso
por sus malas pulgas, y cualquier desliz en su presencia podía acabar con un arresto
por insubordinación.
Lucan enrojeció de ira, desplegó el
mensaje, lo leyó y alzó los ojos, fulminado con la mirada a Nolan, cuya montura
seguía removiéndose, inquieta, y le dirigió algunas palabras desafiantes.
Sinclair se perdió bastantes frases, pero oyó algo así como:
-¿Atacar...? ¿Atacar qué cañones, señor?
¿Qué cañones?
Copley y Rutherford intercambiaron una
mirada. ¿Otra vez iba a impedir lord Lucan, más conocido como «Don Mirón», que
sus tropas participaran en la batalla?
El capitán Nolan repitió algo con urgencia
mientras señalaba al documento con tanta energía que se le mecían los rizos
negros desparramados sobre el rostro. Después, alargó un brazo en dirección a
las baterías rusas emplazadas en un valle al norte de Balaclava, en el extremo
opuesto a su actual posición.
-¡He ahí vuestro enemigo, señor! ¡He ahí
vuestros cañones! -clamó el ayudante de campo con tal fuerza que hasta Sinclair
lo escuchó con toda claridad.
El teniente Copley esperaba presenciar un
estallido de rabia por parte de lord Lucan ante esa nueva impertinencia y que
diera la orden de arrestar al ayudante de campo allí mismo, pero en lugar de
eso, se limitó a encogerse de hombros, dar media vuelta y marcharse al trote
para consultar con su archienemigo, lord Cardigan. Dijera lo que dijera ese
comunicado, parecía lo bastante importante como para que optara por no
ignorarlo ni adoptara una decisión por su cuenta y riesgo.
Tras unos minutos de intensa deliberación,
lord Cardigan saludó no una, sino dos veces, y se aproximó a galope tendido
hasta llegar a la posición ocupada por los lanceros. Ordenó a la brigada formar
en dos líneas. La primera estaba compuesta por el 17º regimiento de lanceros,
el 13º de dragones ligeros y el 11º de húsares. En la segunda marchaban casi
todos los miembros del 8º regimiento de húsares y el 4º de dragones ligeros.
Entretanto, la caballería pesada permanecía en la retaguardia y no se dio orden
de adoptar formación de combate a la artillería montada, que en circunstancias
normales debería haberlos seguido. Sinclair dedujo una posible explicación: una
parte del valle estaba arado, y en consecuencia era muy difícil cruzarlo.
Si le hubieran pedido que calculara la
distancia, Sinclair habría dicho que los cañones estaban a kilómetro y medio
escaso. La caballería debía cruzar una llanura muy plana que no ofrecía ningún
tipo de cobertura, y las fuerzas rusas controlaban los dos flancos y el frente.
Sinclair distinguió una docena de cañones y
varios batallones de infantería al norte, en la cima de la colina de Fedyukhin,
y al sur era peor: en la colina de la Calzada había unos treinta cañones y una
batería de campaña conquistada por el enemigo al apoderarse de un baluarte el
día anterior. Sin embargo, el mayor peligro de todos se hallaba al fondo del
valle. Si la caballería ligera debía atacar ese punto, no sólo iban a tener que
recorrer todo el camino bajo una lluvia de obuses, sino que además deberían
cabalgar directamente hacia la boca de una docena de cañones, respaldados por
varias filas nutridas de la caballería enemiga.
Sinclair tuvo por primera vez en su vida la
premonición de que iba a morir. Esa convicción no le sobrevino con un
estremecimiento ni estuvo acompañada por un deseo loco de salir huyendo, fue
una certeza fría y desnuda. Se había considerado prácticamente invulnerable
hasta ese momento, no había dudado de ello jamás, por mucho que otros hubieran
perecido en el camino por efecto del cólera o las fiebres, o abatidos por los
francotiradores de las colinas. Se había sentido inmune, pero esa ilusión se
terminó cuando vio el calibre de los cañones fijados en el valle norte de
Balaclava.
Sinclair se hallaba en primera línea,
flanqueado por Rutherford a la izquierda y el joven Owens a la derecha. El
sargento Hatch cabalgaba en la segunda fila.
-Cinco libras a que llego el primero a la
batería enemiga -le apostó Sinclair a Rutherford.
-Vale, hecho -aceptó el capitán-, pero,
Sinclair, ¿tú tienes cinco libras?
Copley rompió a reír. El asustado Owens se
las arregló para esbozar una débil sonrisa al oírles cerrar el trato; ahora,
mantenía el mentón siempre bajo y el rostro se le había descarnado. Estaba
blanco como la cal y le temblaba ostensiblemente la mano de la lanza.
Sinclair y todos los jinetes de alrededor
enmudecieron cuando sonó una corneta. Lord Cardigan se adelantó unos metros
hasta situarse completamente solo delante de toda la compañía, desenfundó su
sable y lo alzó.
-La brigada va a avanzar. Caminen...
Marchen... Al trote...
El sonido de la corneta se apagó y sólo se
escuchó el avance de la caballería, lanza en alto. Un silencio extraño se había
apoderado de todo el valle, y Sinclair lo percibió. No oía las descargas de los
rifles en las alturas ni cañonazos ni el susurro de la brisa sobre la hierba
corta. Todo cuanto podía escucharse eran los crujidos de las sillas de cuero y
el tintineo de las espuelas. Era como si el mundo entero hubiera contenido la
respiración a la espera de ver cómo de desarrollaba semejante espectáculo.
Sinclair dejó sueltas las riendas, sabedor
de que no tardaría en tener que cerrar los puños y tirar de ellas con fuerza,
urgiendo a Áyax para que se lanzara a una vorágine de fuego. El corcel alzó la
cabeza y resopló al aire fresco, satisfecho de trotar al fin sobre un suelo
compacto y nivelado.
El joven teniente hizo lo posible por
mantener la vista al frente y no apartar los ojos de la esbelta figura del
conde de Cardigan, que avanzaba erguido sobre la silla de montar. No le colgaba
de los hombros una pelliza, tal y como tenía por costumbre, sino un sobretodo.
Cardigan no volvió la vista atrás ni una sola vez, pues como era de todos
sabido, eso hubiera sido interpretado como duda, y otra cosa no, pero el lord
era un hombre muy seguro de sí mismo. Con independencia de lo que Sinclair y
los demás pensaran de él en general, y por mucho que se mofaran de sus ropas
lujosas y su insistencia en lo tocante al protocolo, ese día era una figura de
lo más motivadora.
Fue entonces cuando el teniente vio al
fondo del valle una nube de humo tan redonda y delicada como la roseta de la
achicoria amarga, y luego otra, y otra, y otra más. La detonación de la
andanada le llegó al cabo de dos segundos, y enseguida levantó géiseres de
hierba y tierra. Los disparos se habían quedado cortos, mas él sabía que los
artilleros rusos simplemente estaban calibrando el alcance. De pronto, y para
sorpresa de Sinclair, el capitán Nolan rompió la formación y picó espuelas para
dirigirse directamente tras los pasos de lord Cardigan cuando la primera línea
apenas había avanzado cincuenta metros. El modo de cabalgar de Nolan era una
flagrante falta de respeto a todas las usanzas militares: blandía la espada, se
removía sobre el asiento y se dirigía a Cardigan a grito pelado, pero nadie
escuchó sus palabras, ahogadas por el tronar de los cañones.
Copley llegó a pensar que el capitán había
enloquecido, pero antes de que el conde pudiera siquiera reaccionar ante
semejante numerito un obús ruso estalló en el suelo y un fragmento del mismo
alcanzó a Nolan en el pecho, causándole un desgarrón tan brutal que Sinclair
pudo ver cómo le latía el corazón entre las costillas. Entonces escuchó un
alarido como no había oído otro igual en toda su vida y el caballo de Nolan
retrocedió desbocado, llevando consigo el cuerpo ensangrentado todavía erguido
sobre la silla y con el brazo inexplicablemente extendido, como si todavía
intentase dirigir la carga. El aullido continuó hasta que el corcel se topó con
el 4º de dragones ligeros, momento en que al fin el cuerpo de desplomó sobre el
suelo.
-¡Dios mío! -musitó Rutherford-. ¿Qué
pretendía ese hombre?
Sinclair no tenía la menor idea, pero ver
morir al jinete más capaz de toda la caballería británica a las primeras de
cambio no presagiaba nada bueno.
La brigada trotó un poco más deprisa,
aunque no mucho. El conde no se dio la vuelta para cerciorarse de cuál había
sido el destino del capitán Nolan y siguió guiando a sus tropas en formación
cerrada y con paso acompasado. Actuaba exactamente como si estuvieran en un
desfile más que lanzando una carga hacia una verdadera catarata de fuego que
causaba bajas sin cesar.
-¡Más juntos! -gritó el sargento Hatch en
la segunda fila, ordenando a los jinetes que se movieran para cubrir los huecos
dejados por los hombres y las monturas derribadas-. ¡Juntaos, hacia el centro!
Áyax bajó el hocico castaño cuando se avivó
el ritmo y condujo adelante a Sinclair. La espada y la escarcela le golpeteaban
en los costados, la inclinación del yelmo le escudaba los ojos de los rayos del
sol, el asta permanecía firme en su mano, a pesar de que se moría de ganas de
recibir la orden de bajarla y sujetarla debajo del brazo. Imploró vivir lo
suficiente para poder llegar a usarla.
La brigada debió soportar el fuego cruzado
de fusilería y de artillería cuando llegó a la mitad del valle, pues los rusos
los acribillaban desde lo alto de las colinas de Fedyukhin y de la Calzada. Las
balas de mosquetes y los proyectiles y la metralla de los cañones pasaban
silbando sin tregua entre las filas, hundiéndose en los costados de los
caballos y derribando limpiamente a los jinetes. Los soldados no pudieron
refrenar por más tiempo a los aterrados corceles, o tal vez ellos mismos no
eran capaces de controlarse, pero lo cierto fue que las filas perdieron la
formación inicial conforme avanzaban hacia el fondo del valle, desesperados por
escapar con vida de aquella granizada de balazos. A Sinclair le resonó en los
oídos una mezcolanza de plegarias y gritos de alivio, de alaridos de agonía y
relinchos de caballos heridos.
-¡Adelante el 17º de lanceros! -aulló el
sargento Hatch mientras su caballo se emparejaba con el de Sinclair por la
derecha-. ¡No dejéis que los del 13º lleguen antes que nosotros!
«¿Dónde están Owens y su montura?», se
preguntó el teniente. No los había visto caer.
Sonó un toque de corneta y Sinclair al fin
pudo bajar la lanza; luego, clavó las espuelas en los costados de Áyax. Cubría
el campo de batalla una nube de humo, polvo y despojos tan densa que sólo podía
distinguir el emplazamiento de artillería situado delante de él. Veía las
llamaradas de los disparos y oía los estragos causados por las balas de cañón;
una sola de ellas derribaba a docenas de soldados como si fueran bolos. El
estruendo era ensordecedor, tan duro e intenso que le zumbaban los oídos. Los ojos
le escocían a causa del humo y el polvo. El corazón le latía desbocado.
Las andanadas habían despedazado a los
jinetes que le habían precedido y ahora él se encontraba con sus restos
dispersos sobre el terreno, o con sus monturas que intentaban incorporarse
sobre patas amputadas por los proyectiles o que se habían partido en la caída.
Áyax saltó por encima del portaestandarte,
atrapado debajo de su montura descabezada, y seguro de sí mismo galopó con
bravura hacia el corazón de la vorágine, pasando como una flecha sobre el
terreno mientras su amo se esforzaba por mantener la lanza recta y firme. Ahora
sólo les quedaban cincuenta metros para alcanzar a su objetivo; Copley ya
distinguía los uniformes grises y las gorras de los artilleros rusos mientras
cargaban otra bala en las piezas. El teniente volaba directo a la boca de un
cañón cuando empujaron el proyectil hasta el fondo. Iban a abrir fuego de un
momento a otro, y no le daría tiempo de apartarse de la trayectoria del
proyectil, pues galopaba encajonado entre dos monturas: por un lado le cerraba
el paso el sargento Hatch, y por el otro, el corcel del capitán Rutherford
seguía corriendo a su vera con la silla y los estribos vacíos, ya que no había
ni rastro del jinete. Sinclair no tenía más alternativa que cargar contra el
cañón y llegar antes de que lo disparasen.
Escuchó unos gritos en ruso y vio cómo un
enemigo acercaba una chispeante tea a la mecha de la pieza. Apretó los dientes,
agachó la cabeza, dirigió la lanza hacia el hombre que sostenía la antorcha y
cargó contra la pieza.
Áyax saltó justo cuando el cañón abrió
fuego.
Lo último que recordaba era haber volado a
ciegas y haber atravesado una compota hirviente de humo, sangre, vísceras y
pólvora..., y luego, nada.
CAPÍTULO
TREINTA Y CINCO
16 de diciembre, 11:45 horas
EL INFIERNO ABRIÓ SUS puertas de par en par
justo cuando Charlotte pensaba que las cosas no podían torcerse más, pues,
aunque el tiempo era terrible y había varios pacientes con fiebre, eso era
cierto, no había grandes urgencias médicas pendientes de tratar.
Primero, uno de los perros de Danzing
enloquecía y mataba a su cuidador, y ahora venía el jefe O´Connor a contarle la
sandez ésa de que las mutilaciones sufridas por el cuerpo tirado en el suelo
del laboratorio de botánica eran obra del musher.
-Eso es imposible -replicó ella por
undécima vez-. Yo misma verifiqué la muerte de Erik. Le puse los puntos del
cuello con mis propias manos y le apliqué las palas del desfibrilador no una ni
dos, sino tres veces. Y la línea del cardiógrafo era plana. -Se arrodilló y
puso los dedos en el cuello helado de Ackerley-. Y vi cómo cerrabais la bolsa
donde lo habíais metido.
-Vale, pues ha logrado salir de algún modo
-insistió Murphy-. No puedo decirte nada más. Wilde y Lawson lo juran y
perjuran.
De no haber conocido bien a Murphy, la
doctora se habría preguntado si no estaba borracho o incluso si no se había
metido algo más potente. Además, conocía bien a Michael y Lawson, y sabía que
no iban a gastarle una broma con algo tan espantoso, teniendo algo horrible
entre manos como tenía. Quien fuera había desgarrado de un modo atroz la
garganta y los hombros de Ackerley. La sangre había manado a borbotones,
empapando la camisa y los pantalones. Resultaba curioso que las gafas hubieran
salido relativamente indemnes del ataque, salvo por los trozos de vísceras
pegados a los cristales. Fuera o no un hombre la bestia que había cometido
semejante atrocidad, aquello superaba con mucho cualquier cosa con la que
hubiera debido enfrentarse una noche de guardia en las urgencias de Chicago.
-Querrías hacer un examen más detenido del
cadáver, lo sé -dijo Murphy mientras se removía nervioso detrás de la doctora-,
pero mira, en vista de lo que ha ocurrido con Danzing, no voy a arriesgarme ni
una pizquita.
Charlotte ya había notado el bulto delator
de una pistolera debajo de la chaqueta.
-¿Y eso qué significa exactamente, Murphy?
-Te lo enseñaré.
Como ella tuvo ocasión de descubrir, eso
implicaba que entre los dos iban a sujetar el cadáver encima de un trineo e ir
luego arrastrándolo con la mayor discreción posible, o sea, yendo poco menos
que a hurtadillas por la parte trasera de los edificios situados en las afueras
de la base, y así hasta que llegaron a un cobertizo apenas frecuentado y usado
como congelador para la carne. Era un antro cavernoso y bastante mal
aprovechado, pues estaba lleno de latas de cerveza y de Coca-Cola, y algunas
otras cosas de picar.
El jefe O´Connor, que había ido todo el
trayecto en la retaguardia, apartó con un movimiento del antebrazo las latas y
demás trastos depositados sobre un gran cajón de embalaje de más de un metro de
altura. A pocos centímetros por encima del mismo discurría una gruesa tubería
metálica de color rojo, aunque la pintura se estaba descascarillando.
-Metámosle ahí dentro -indicó él.
Murphy sujetó al difunto por los hombros y
Charlotte por los pies, y bajaron el cuerpo con la mayor suavidad y respeto
posibles.
Al incorporarse, Charlotte leyó el rótulo
en letras negras del cajón de embalaje: «Condimentos variados Heinz».
-¿Y por qué meterle aquí es mejor que
llevarle a la enfermería y hacerle una autopsia como Dios manda? -quiso saber
ella.
-Aquí puede quedarse tranquilo, al menos
por un tiempo, y está más seguro -replicó Murphy.
-¿Tranquilo...? ¿Seguro? ¿Seguro de qué...?
La doctora ignoraba qué giro exacto había
tomado el asunto de Danzing, pero en cualquier caso, ¿qué se pensaba Murphy?
¿Qué ese cadáver mutilado iba a resucitar? El jefe O´Connor no le respondió a
la pregunta, pero a ella no le gustó ni un pelo el brillo de sus ojos ni el par
de esposas tintineantes que acababa de sacar del bolsillo trasero del pantalón.
¿Un par de esposas? ¿Qué iba a hacer? ¿Esposar al muerto?
-¿Me disculpas un segundo? Enseguida salgo.
Charlotte salió al exterior y le esperó en
la rampa, donde el viento soplaba de firme. Era cierto eso de que se les echaba
encima otra tormenta.
¿Qué diablos estaba ocurriendo allí? ¿Cómo
era posible que hubieran muerto dos personas en tan poco tiempo? Se sentía muy
mal por pensar de forma tan egoísta, pero no podía evitar hacerse una pregunta:
¿iba eso a suponer una mancha en su expediente como médico residente de Point
Adélie?
-Todo bajo control -dijo Murphy mientras
aparecía detrás de ella; luego, se detuvo a asegurar la puerta con un candado y
cadenas-. Huelga decir que he informado al tío Barney de que el acceso a esta
unidad exterior queda prohibido hasta nueva orden.
La doctora se prometió no usar ningún
condimento a partir de ese momento, sólo para estar segura.
-Y está de más decirte que de todo esto ni
mu a nadie, al menos hasta que sepamos un poco por dónde nos da el aire...
sobre todo en lo referente a Danzing.
16 de diciembre, 14:00 horas
Eleanor era consciente sólo a medias de
cuanto sucedía. Recordaba haber cruzado la puerta de la iglesia con ayuda,
bueno, casi la habían sacado en volandas, y la habían subido encima de una
máquina enorme, sentada sobre algo con aspecto similar a una silla de montar.
Le habían aconsejado que para no caerse
rodeara con los brazos la cintura de un hombre, ese que dijo llamarse Michael
Wilde, un apellido que le hizo preguntarse si no sería irlandés; pero tomarse
esas confianzas era ir demasiado lejos, y se había opuesto con las pocas
energías que le quedaban.
Entonces, el otro hombre la había sujetado
con una cuerda de una fibra muy fina pero resistente, y luego le había apretado
bien la capucha sobre la cabeza. La máquina había salido disparada sobre la
nieve como un pura sangre; además, el viento y el polvo de hielo levantado le
azotaban con tanta virulencia que no le quedó otro remedio que agachar la
cabeza y apoyarse sobre la espalda del tal Wilde y al final, aunque sólo fuera
para no caerse, debió abrazar la cintura del hombre y sujetarse con fuerza.
A pesar de que el ruido habría sido
ensordecedor de no haber sido por la capucha y de que iban dando tumbos sobre
un desierto blanco, se sintió extrañamente arrullada. Se había sentido débil
durante todo el día y había luchado por resistirse a la tentación de beber el
contenido de las botellas negras que Sinclair había dejado en la rectoría, pero
ahora de le escapaban las últimas fuerzas y se iba dejando ir, aunque la
sensación no era desagradable. El traqueteo de esa máquina le recordaba el
zumbido del vapor a bordo del cual habían viajado hasta Crimea bajo el ojo
vigilante de la superintendente, claro. ¡Menudo escándalo le montaría si la
viera aferrarse así a un hombre! Ella sabía perfectamente que la señorita
Nightingale desaprobaba cualquier muestra de confraternización con los soldados
o cualquier incumplimiento de las convenciones sociales. El escándalo debía
evitarse a toda costa, y por muy dulce que se mostrase con los heridos,
Nightingale solía dispensar a sus colaboradoras un trato seco e inflexible.
Ésa fue la razón, por ejemplo, de que la
mañana después de haber encontrado a Frenchie entre los heridos del hospital,
Eleanor tuviera que levantarse una hora antes para marcharse de las
habitaciones de las enfermeras con todo el sigilo posible. El cielo no había
clareado y aún reinaba la oscuridad, por lo cual estuvo a punto de tropezar y
caerse un par de veces mientras se dirigía a la torre y subía a la habitación
donde estaba el teniente de lanceros. Además de una camisa limpia llevaba
doblada en el bolsillo una cuartilla de papel y un lápiz.
Muchos enfermos aún dormían, pero eran
bastantes quienes se retorcían de dolor o se removían en sus lechos. La miraron
con ojos febriles y labios agrietados. Dos o tres de ellos extendieron los
brazos cuando ella pasó a toda prisa. La enfermera Ames tuvo que hacer oídos
sordos a sus súplicas para llevar a cabo su misión, pues en menos de una hora
debía regresar a su puesto.
Cuando se aproximaba a la habitación de Le
Maitre se encontró con uno de los carros de cirugía ya preparado para sus
siniestros quehaceres del día. Lo empujaban dos camilleros. El de las orejas
grandes y un remolino en el pelo metió tripa y se irguió cuanto pudo antes de
decir:
-Buenos días, señorita. Pues sí que se ha
levantado pronto.
-¿Se toma una taza de té con nosotros?
-dijo su compañero, un tipo fornido con el rostro picado por la viruela.
Levantó del carro una tetera abollada-. Todavía está caliente.
Eleanor declinó la invitación y cruzó la
habitación a toda prisa hacia la esquina opuesta, donde halló al lancero con
los ojos bien abiertos y contemplando al amanecer a través de la ventana rota.
Ella se acuclilló junto a la cama de Le
Maitre y dijo:
-He vuelto. -Él pareció darse cuenta de su
presencia sólo en parte-. Y he traído lo que me pediste -anunció, mientras le
enseñaba el papel y el lápiz. Él se humedeció los labios cuarteados y asintió
en señal de reconocimiento. Eleanor sacó la camisa limpia y añadió-: Y también
te he traído esto. Nos libraremos de esa camisa vieja en cuanto encuentre algo
de agua para asearte un poco.
El herido la miró como si apenas entendiera
el idioma en que ella le hablaba y Eleanor comprendió que una noche de fiebre
se había cobrado su peaje.
-Frenchie -continuó ella con un hilo de
voz-, me avergüenza admitir que ni siquiera me sé tu nombre de pila.
El soldado sonrió por vez primera.
-Muy pocos lo saben.
Ella se alegró mucho de descubrir que
quedaba una chispa de vida en él.
-Es Alphonse. -Soltó una tos seca y luego
añadió-: Ahora ya sabes por qué: es poco inglés.
La señorita Ames buscó acomodo en una
esquina de la cama, teniendo buen cuidado de no rozar siquiera las piernas
dañadas del herido. Extendió el papel sobre su regazo.
-¿Vas a escribir a tu familia?
Él asintió y le dictó una dirección en el
condado de West Sussex. La enfermera Ames la tomó y aguardó su dictado.
-Chers Père et Mère, Je vous é cris depuis
l´hôpital en Turquie. Je dois vous dire que j´ai eu un accident, une chute de
cheval, qui m´a blessé plutôt gravement. -Eleanor mantuvo el lápiz en el aire.
No se le había pasado por la imaginación que la familia de Le Maitre hablara en
francés-. Ay, cuánto lo siento. No sé escribir en francés -se disculpó.
Frenchie había cerrado los ojos para concentrarse mejor-. ¿Puedes dictármela en
inglés?
Eleanor escuchó un traqueteo de ruedas a la
entrada de la habitación y varias voces se enzarzaron en una discusión. El
hospital empezaba a despertar.
-Por supuesto -contestó con voz frágil-.
Qué tontería por mi parte. Es sólo que nosotros en casa lo hablamos...
-Enmudeció, respiró hondo y empezó de nuevo-. Queridos padre y madre. Os envió
estas líneas desde el hospital de Turquía. Una amiga mía las escribe por mí.
-El traqueteo de ruedas se hizo más audible-. Me he herido al caer del
caballo...
Ella garabateó las palabras deprisa y alzó
los ojos a tiempo de ver al sanitario orejudo empujando hacia su rincón el
carro de instrumental quirúrgico con la misma pachorra que si fuera un carrito
de flores. El forzudo llevaba una mampara blanca debajo del brazo. No había
lugar a dudas sobre sus intenciones.
-Ay, ¿no pueden esperar sólo un poquito
más? -les pidió Eleanor, poniéndose en pie.
-Son órdenes del doctor -repuso el primero
mientras su compañero fijaba la base de un biombo en el suelo y procedía a
extenderlo para ocultar la cama.
Las amputaciones se habían hecho a la vista
de todos hasta la llegada de Florence Nightingale. Ésta había insistido en el
uso de esas pantallas para conceder cierta intimidad al enfermo y evitar al
resto de los pacientes la visión de un espectáculo horrendo, máxime cuando a lo
mejor podía tocarles a ellos después.
-El teniente acaba de empezar a dictarme
una carta para su familia. ¿No pueden atender a algún otro enfermo primero?
-Eleanor -la llamó Frenchie, tirándole de
la manga-. ¡Eleanor! -Ella se volvió hacia él, y vio que Le Maitre había sacado
una pitillera plateada de debajo del colchón-. ¡Toma esto!
Era la misma que había visto correr de mano
en mano en el Longchamps Club, después de las carreras de Ascot. Lucía el
adusto emblema del regimiento, una calavera, y también su lema: «O Gloria».
-Hágaselo llegar a mi familia, por favor.
-Pero podrá dársela usted mismo más
adelante -replicó ella cuando él se la apretó con fuerza sobre la palma de la
mano.
-Tenemos un trabajo que hacer, señorita
-dijo el camillero forzudo.
Ella dejó caer la pitillera en el bolsillo
de la bata justo cuando un cirujano de cabellos canos se acercó al catre dando
grandes zancadas.
-¿Qué problema hay aquí? -preguntó con voz
atronadora mientras fulminaba con la mirada a Eleanor-. No tenemos todo el día.
-Levantó la sábana de un tirón, examinó la pierna destrozada de Le Maitre
durante unos breves instantes y dijo-: Taylor, el tajo.
El enfermero de las orejas grandes tomó una
tabla de madera manchada de sangre reseca y la metió debajo de la pierna que
iban a amputar. Frenchie aulló de dolor.
-Átele los brazos, Smith. Y en cuanto a
usted -le dijo el cirujano a la enfermera-, no recuerdo haber dado permiso a
las protégées de la señorita Nightingale para entrar en las habitaciones de mi
responsabilidad.
-Pero, doctor, yo sólo...
-Se dirigirá a mí como reverendo doctor
Gaines, si es que esa ocasión llega alguna vez.
¿Era médico y sacerdote al mismo tiempo?
Eleanor había aprendido a temer a los doctores católicos más que al resto en el
poco tiempo que llevaba en el hospital militar. El cloroformo en pequeñas dosis
era admitido como una forma indiscutible de mitigar el dolor durante las
amputaciones, salvo por los galenos religiosos: éstos se oponían a su uso al
considerar la novedad de la anestesia como un invento moderno sin más fin que
paliar el sufrimiento noble y purificador que había establecido el Todopoderoso.
La enfermera Eleanor se volvió para mirar a
Le Maitre, rojo y congestionado a causa del dolor ahora que le habían puesto en
alto la pierna. Le habían atado los brazos con cuerdas sujetas al armazón de
hierro de la cama. Taylor sostenía un vaso de whisky delante de él, pero los
labios de Frenchie temblaban demasiado como para poderlo beber, y el líquido le
chorreaba por el mentón.
-Dadle el protector bucal -ordenó el
cirujano mientras se ataba a la espalda las tiras de su bata. Taylor tomó un
gastado trozo de cuero y se lo puso a Frenchie entre los dientes.
-Procura morder esto con fuerza, no sea que
te arranques la lengua de un bocao -le aconsejó el camillero, y le palmeó el
hombro de forma amistosa; dejó ambas manos sobre los hombros y se puso detrás
de él, en la cabecera de la cama, para sujetarle.
-Vale, Smith, agárrele la otra pata -ordenó
el doctor mientras ponía una mano donde sobresalía la rodilla partida.
Smith descargó todo su peso sobre la mano
apoyada en el muslo de la pierna derecha mientras le estiraban la izquierda
sobre el tajo con la misma despreocupación que si fuera la piel de un cuello de
pavo. Eleanor permanecía a los pies de la cama incapaz de articular palabra de
puro horror. El reverendo doctor Gaines tomó de la carreta una sierra de
amputar con mango de madera. Miró a Eleanor y le dijo:
-Quédese si quiere, así puede limpiarlo
todo después.
Pero la enfermera Ames ya había decidido no
moverse de allí. Frenchie la miraba fijamente como si su vida pendiera de un
hilo, y la muchacha se sentía incapaz de abandonarle en semejante trance.
El cirujano ajustó la pierna con brusquedad
hasta asegurarse de tener fijo en el centro del tao una zona situada escasos
centímetros por encima de la rodilla, y una vez logrado su propósito la sujetó
con una de esas manazas suyas y situó la hoja dentada del serrucho sobre la
piel verdosa y amoratada.
Eleanor tuvo la desconcertante ocurrencia
de que la sierra era el arco de un violín hasta que el doctor respiró hondo y
empezó a moverla arriba y abajo.
Enseguida brotó un surtidor de sangre y Le
Maitre chilló, contorsionándose con tal fuerza que el protector bucal salió
despedido. El cuerpo del paciente se combó, pero el doctor hizo presión hacia
abajo y echó hacia atrás la sierra antes de que el primer grito se hubiera
apagado. El hueso se partió con un gran chasquido. Frenchie intentó volver a
gritar, pero el dolor era tan intenso que no profirió sonido alguno. La pierna
ya estaba prácticamente separada, salvo algún trozo de hueso y algunos jirones
de músculos, pero el cirujano serraba ahora con gran rapidez, produciendo un
ruido entre sibilante y viscoso, y pronto la pierna resbaló hacia su bata llena
de salpicaduras de sangre para luego caer y quedar inmóvil a los pies del
reverendo doctor Gaines. Éste no le prestó la menor atención, dejó el serrucho
sobre la cama y rebuscó en la carretilla hasta encontrar un torniquete con el
que atajar la hemorragia del muñón, que sangraba a borbotones.
Frenchie se desmayó antes de que el
cirujano le arrancase las rebabas de piel con los dedos.
Luego, sacó de un bolsillo del delantal una
aguja con el hilo ya preparado y procedió a suturar la herida con unas puntadas
muy desmañadas. Al terminar, vertió sobre el muñón que había cosido de
cualquier modo un chorro generoso de alcohol etílico y le dijo a Eleanor:
-Veo que aún no se ha caído redonda.
Las piernas le temblaban, pero sí, la
enfermera seguía de pie, aunque sólo fuera por privarle del placer de verle
desvanecerse.
-Ahora, vamos a dejarle a sus cuidados
-concedió el cirujano mientras se secaba las manos sobre el frontal de la
bata-. Ah, líbrese de esto -ordenó, tocando la parte amputada con la punta del
zapato.
Acto seguido, se dio media vuelta y se
marchó de la habitación. Todo había sucedido en menos de diez minutos.
Taylor y Smith se demoraron para recoger
los utensilios y plegar el biombo. Se llevaron un dedo a la ceja en señal de
despedida y se alejaron.
-Al siguiente hay que amputarle una mano
-anunció Taylor.
-Pues eso va a ir por la vía rápida
-replicó Smith.
La sangre empapaba la cama y hacía que el
suelo circundante fuera muy resbaladizo, pero Eleanor tenía una tarea
perentoria: deshacerse de la extremidad. La sábana estaba prácticamente fuera
del colchón, así que la usó para envolver la pierna; luego, lo tiró todo a un
cubo de la basura y se marchó en busca de un balde de agua y una mopa. Volvió
con ellos y se puso a fregar el suelo. Entretanto, el sol subía en el horizonte
y por la ventana se filtraba la luz blanquecina de la alborada. El día prometía
ser magnífico.
Al terminar se acordó de la camisa que le
había traído al paciente. Se moría de ganas por quitarle esa camisa llena de
piojos y ponerle la limpia, aunque por nada del mundo deseaba despabilar a Le
Maitre. Sin embargo, tampoco debía despertarse lleno de mugre, así que se sentó
al borde de la cama y le levantó los hombros con la mayor suavidad posible. La
cabeza se balanceó sin fuerza. El teniente tenía la piel fría y los labios
habían adquirido un suave color azul.
-¿Señora...? Si me disculpa... -dijo el
soldado de la cama contigua. Eleanor alzó los ojos, aún sin soltar a Frenchie-.
Creo que el pobre ha muerto.
Ella volvió a tenderle sobre el colchón y
puso los dedos sobre el corazón del oficial. No latía. Después, llevó la mano
al pecho. No se oía nada.
Eleanor se echó hacia atrás y apoyó la
espalda contra la pared. Detrás de ella, un pájaro se posó sobre el alféizar de
la ventana y se puso a trinar con alegría. El reloj de la torre dio la hora y
ella supo que la señorita Nightingale pronto empezaría a buscarla.
CAPÍTULO
TREINTA Y SEIS
16 de diciembre, 17:00 horas
MICHAEL ERA CONSCIENTE DE que si la puerta
de Charlotte estaba cerrada a esa hora, probablemente era porque la pobre mujer
intentaba dar una cabezada, que en verdad le hacía mucha falta, pero, por
desgracia, no tenía más alternativa que despertarla.
Llamó con los nudillos, y al no recibir
respuesta inmediata volvió a golpear la puerta más fuerte.
-¡Echa el freno! -dijo ella, y Michael oyó
cómo sus zapatillas se arrastraban hasta la puerta. Charlotte abrió. Llevaba
puesto el jersey de reno y unas mallas holgadas de color púrpura de la
Universidad del Noroeste. Al ver que se trataba de Michael, dijo-: Tengo que
avisarte. Acabo de tomarme un Xanax.
A juzgar por su mirada somnolienta, Michael
la creyó.
-Necesitamos que veas a alguien.
-¿A quién?
¿Cómo podía explicárselo de forma que ella
no pensara que se trataba de una broma pesada?
-¿Te acuerdas de esa mujer? ¿La que estaba
congelada en el hielo?
-Sí -contestó Charlotte, ahogando un
bostezo-. ¿Habéis vuelto a encontrarla?
-Así es -confirmó Michael-. Bueno, la
cuestión es que la hemos traído de vuelta.
-¿A la base?
-A la vida.
La doctora se quedó allí, rascándose la
mejilla con el dorso de las uñas, con aire distraído.
-Repite lo que has dicho.
-Está viva. La Bella Durmiente ha
despertado, y está viva.
Por la expresión de su semblante, Michael
sospechó que a Charlotte le parecía un chiste, y además de los malos.
-¿Y me has despertado para eso? -preguntó-.
Porque he tenido un día muy duro, y además...
-Te estoy diciendo la verdad. Es real.
-Michael la miró directamente a la cara para que pudiera ver no sólo que era
sincero, sino que además no sufría del Gran Ojo, y que aquello estaba
sucediendo de verdad.
-No sé qué pretendes -dijo Charlotte,
cediendo un poco en su resistencia-, pero ya que has conseguido que me levante
de la cama, ¿dónde está ese fenómeno?
-En la puerta de al lado. En la enfermería.
Ella salió de su habitación tambaleándose
de un lado a otro, todavía algo aturdida, y Michael se apartó de su camino.
Lawson, que paseaba en la zona de espera igual que un padre impaciente en la
maternidad, no dijo nada cuando la doctora entró en la sala de consulta con
Wilde pegado a sus talones.
Eleanor estaba tumbada en la mesa como un
cadáver en un féretro, con las manos cruzadas sobre el pecho. Sobre una silla
había una parka naranja. Llevaba un vestido largo y pasado de moda, de color
azul oscuro y con un broche blanco en el pecho. Tenía los ojos cerrados, pero
no estaba dormida. Su boca se veía entreabierta y respiraba débilmente a través
de ella.
Michael pudo ver que Barnes también había
despertado. Pero de golpe.
‹No perdamos la cabeza›, fue lo primero que
pensó Charlotte.
¿Quién era aquella joven? Desde luego, se
parecía muchísimo a la mujer que había podido entrever a través del hielo.
-Se desvaneció hace una hora -le explicó
Michael-, cuando tratamos de sacarla de la vieja iglesia y de la estación
ballenera.
¿La estación ballenera? ¿Aquel lugar
decrépito y abandonado? ¿Una chica que no debía tener más de diecinueve o
veinte años tendida en la enfermería con aquellas ropas anticuadas? Nada
parecía tener lógica. Charlotte se juró a sí misma pensárselo dos veces antes
de volver a tomas Xanax. Después cogió la muñeca de la mujer y le buscó el
pulso. Era estable, pero débil, aunque sus dedos parecían barritas de pescado
congeladas.
-Por cierto, se llama Eleanor Ames.
Charlotte la miró a la cara. Era bonita, y
le recordó a los retratos del siglo XIX que había visto colgados en el
Instituto de Arte de Chicago. Sus rasgos eran elegantes y delicados, y tenía
las cejas finas y arqueadas, pero la impresión general era extrañamente etérea
e inmaterial, como si en verdad estuviera contemplando un retrato o una
maravillosa estatua de cera. Había en ella algo que no parecía del todo real.
‹Concéntrate -pensó Charlotte-. Tú solo
concéntrate en tu trabajo. No te dejes distraer por elementos que aún no tienen
sentido para ti›, caviló. Era una lección que había aprendido una y otra vez en
urgencias.
-Eleanor -dijo, inclinándose sobre ella-,
¿puedes oírme? -Los párpados pestañearon-. Soy la doctora Barnes. Charlotte
Barnes. -Se volvió para mirar a Michael-. ¿Habla inglés?
Michael asintió enérgicamente.
-Es inglesa.
Charlotte se tomó un instante para asimilar
aquello.
-¿Puedes abrir los ojos y mirarme?
La interpelada se giró ligeramente sobre el
cabecero y abrió los ojos. Contempló a Charlotte con expresión perpleja, y su
vista saltó del reno rampante de su suéter a sus anchos rasgos faciales.
-Eso está bien -dijo Charlotte para
animarla-. Muy bien. -Le dio unas palmaditas en el dorso de la mano. ‹Pero si
no es la mujer del hielo, si no es la Bella Durmiente, ¿qué otra persona puede
ser? ¿Y cómo ha conseguido llegar aquí, al Polo Sur?›, caviló. Charlotte trató
de espantar aquellos pensamientos. ‹Concentración›, se exigió-. Vamos a subir
tu temperatura corporal, y enseguida verás cómo te sientes mucho mejor.
Charlotte usó el estetoscopio para
auscultar el corazón y los pulmones. El vestido de la mujer, confeccionado al
estilo victoriano, desprendía un olor gélido y salobre. ‹Es como si hubiera
estado bajo el agua›, dijo para sus adentros. Charlotte pidió a Michael que
fuera al comedor y que trajera ‹algo rico y caliente, tal vez un tazón de
chocolate›, mientras ella terminaba un examen superficial. Procedió con cautela
para no hacer nada que pudiera conmocionar a una paciente con una sensibilidad
de otros tiempos. Sin importar quién era no de dónde venía, era evidente que
vivía en otro siglo, aunque fuese tan sólo en el interior de su mente. Barnes
había visto una vez a un paciente que creía ser el Papa, y siempre había tenido
la delicadeza de dirigirse a él como Su Santidad. Como era de esperar, Eleanor
parecía estupefacta ante el tensiómetro, y la pequeña linterna con la que le
examinó las pupilas también provocó su asombro. Durante todo el tiempo observó
a Charlotte, cada vez más consciente y despierta, aunque algo aturdida por la
perplejidad que sentía ante todo aquello. Charlotte se preguntó qué pensaría
ella, una mujer negra, grandullona, vestida con un suéter de estampado
llamativo y unas mallas púrpuras, y con una trenza de cabello canoso recogida
sobre la cabeza en un descuidado moño.
-¿Es usted... enfermera? -susurró por fin.
‹Bueno, podía haber sido peor›, se consoló
la doctora.
-No, soy médico.
La joven tenía acento inglés.
-Yo también soy enfermera -contestó,
levantando una mano pálida hacia su propio pecho.
-¿De veras? -dijo Charlotte, contenta de
oírla hablar, mientras preparaba una jeringuilla para extraerle una muestra de
sangre.
-Sí, con la señorita Nightingale.
-¡Caramba! -exclamó. Tardó un rato en
asimilar lo que acababa de oír. Eleanor había pronunciado aquellas palabras con
la esperanza de que causaran cierta impresión en Charlotte. Y, sin duda, lo
consiguieron. Mientras levantaba la aguja para verla a la luz, Charlotte hizo
una pausa y dijo-: Un momento. ¿Se refiere usted a Florence Nightingale?
-Sí -contestó Eleanor, satisfecha, al
parecer, de que el nombre todavía fuese conocido-. En el hospital de la calle
Harley..., y después en Crimea.
¿Florence Nightingale? ¿La dama de la
lámpara? ¿De qué época era? La historia nunca había sido la asignatura favorita
de Charlotte. ¿Cuándo había vivido, hacía doscientos años más o menos?
‹Concéntrate›, volvió a recordarse
Charlotte. ‹Concéntrate›. No debía hacer nada que alarmara a la paciente o que,
en un caso como aquél, pusiera patas arriba un sistema de creencias crucial
para su estabilidad mental.
-En ese caso, señorita Ames, ha recorrido
usted un largo camino para llegar a un lugar como éste. -Charlotte le recogió
una manga del vestido; el tejido era áspero, estaba tieso y tenía el tacto de
un disfraz de teatro-. Incluso hoy día, no es fácil llegar aquí. -Frotó con
alcohol una zona del brazo-. Ahora quiero que esté muy quieta. Sentirá un
pequeño pinchazo, pero será cuestión de unos segundos.
Eleanor bajó la mirada hacia la aguja y
observó cómo le sacaba la sangre, como si nunca antes hubiera visto aquel
procedimiento. ¿Y si era verdad que nunca lo había visto?, se preguntó
Charlotte. ¿Podría haberlo visto en su época? Sólo por curiosidad, Charlotte se
dijo que en cuanto terminara el examen buscaría información sobre Florence
Nightingale. ‹Por razones puramente académicas›, añadió para sí.
Justo cuando retiraba la aguja, entró
Michael con una bandeja en la que no sólo traía una taza de chocolate, sino
también una magdalena rellena de arándanos y unos huevos revueltos cubiertos
con un film de plástico. Mientras Michael buscaba un lugar donde dejar la
bandeja, Charlotte abrió el minifrigorífico donde guardaban los medicamentos
perecederos y las bolsas de plasma rojo, y depositó allí la muestra de sangre.
Al hacerlo, se dio cuenta de que Eleanor seguía todos sus movimientos. Para ser
alguien que aseguraba tener cientos de años, parecía más viva a cada minuto que
pasaba.
Pero ¿cómo podía llevar varios siglos
congelada dentro de un iceberg? A Charlotte le costaba aceptarlo. Sin embargo
cualquier otra explicación sobre quién era Eleanor o cómo había llegado a Point
Adélie, uno de los lugares más remotos e inaccesibles sobre la faz de la
Tierra, parecía aún más difícil de creer.
-¿Tienes hambre -inquirió Michael, que por
fin había encontrado sitio donde poner la comida en un mueble con ruedas para
instrumental médico. Lo empujó hasta la mesa de examen y preguntó-: ¿Puedes
sentarte?
Con la ayuda de Charlotte, consiguió pasar
un brazo por los frágiles hombros de Eleanor e incorporarla hasta que se quedó
sentada y con la espalda apoyada en unos almohadones. La joven miró la comida
con una especie de desinterés educado, como si fuese algo que ya había visto
antes pero que no era capaz de situar en su memoria.
-Prueba el chocolate -le animó Michael-.
Está caliente.
Cuando Eleanor se llevó la taza a sus
labios exangües, Michael le dijo a Charlotte:
-Murphy está fuera. Quiere hablar contigo.
-Estupendo, porque a mí también me gustaría
hablar con él.
Charlotte cogió la carpeta en la que había
anotado los resultados del examen y dejó a la misteriosa Eleanor Ames con
Michael. Para ser sincera, se alegró de salir de allí. Desde que entró en la
enfermería no había dejado de sentir escalofríos, y su impresión era que no se
trataba tan sólo de una reacción al tacto de la piel fría y húmeda de la
paciente ni de sus ropas congeladas. Era como si, a pesar de toda su
preparación y su experiencia, se hubiera topado por fin con algo que la
sobrepasaba por completo.
En la enfermería reinaba el silencio, sólo
roto por el silbido del viento al otro lado de la ventana. Eleanor dejó el
tazón -en los labios se le quedó un poco de espuma blanca- y, con la mirada
baja, le dijo a Michael:
-Siento haberte hecho daño en la iglesia.
Él sonrió.
-Me he dado golpes peores.
Cuando él y el otro hombre -¿Lawson?-
intentaron sacarla del pequeño cuarto trasero, Eleanor se había negado a irse,
e incluso recordaba haber aporreado el pecho y los brazos de Michael con una
serie de puñetazos que no habrían hecho daño ni a una mosca. Un segundo
después, tras malgastar en el ataque sus últimas fuerzas, se había desplomado
sollozando. Mientras ella protestaba, incapaz ya de oponer resistencia, Michael
y Lawson se la habían llevado fuera y la habían colocado sobre el asiento de la
máquina de Michael. Después se habían puesto en marcha hacia el campamento
mientras la tormenta empezaba a arreciar.
-Sé que sólo intentabas ayudarme.
-Y aún sigo intentándolo.
Ella asintió de modo casi imperceptible y
levantó los ojos para mirarle a la cara. ¿Cómo podía él saber o tan siquiera
imaginar por todo lo que había pasado? Eleanor cogió un trocito de la magdalena
y después miró en derredor.
-¿Dónde estoy?
-En la enfermería. Pertenece a la estación
científica americana de la que te hablé.
-Sí, sí... -musitó ella, comiéndose por fin
el minúsculo trozo de magdalena-. Pero entonces, ¿esto pertenece a América?
-En realidad no. Este lugar, Point Adélie,
forma parte del Polo Sur.
El Polo Sur. Debería haberlo imaginado. Al
parecer, el Coventry se había desviado tanto de su rumbo que había acabado
llegando al Polo, el lugar más inexplorado de la tierra. Eleanor se preguntó si
el barco había resistido aquella travesía, y si alguno de los hombres que
viajaban a bordo había sobrevivido para contar su relato. En caso de que así
fuese, ¿habrían tenido la osadía de contarlo todo? ¿Se habrían atrevido, por
ejemplo, a explicar a sus amigos en la taberna cómo habían encadenado al
heroico soldado y a la enfermera inválida para después arrojarlos al océano?
-Los huevos llevan queso fundido -dijo
Michael-. Al tío Barney, nuestro cocinero, le gusta prepararlos así.
Estaba intentando ser amable. Y lo había
sido. Pero había muchas cosas que nunca podría saber y que ella jamás se
atrevería a contarle a nadie. ¿Cómo podían creer incluso lo poco que les había
explicado hasta ahora? Si ella misma no lo hubiera vivido en sus carnes, habría
creído que era demasiado fantástico para ser cierto.
Eleanor cogió el tenedor y probó los
huevos. Estaban ricos, tenían un toque salado y seguían calientes. Mientras, el
tal Michael Wilde la veía comer con gesto de aprobación. Era alto, tenía la
cara sin afeitar y su cabello negro parecía tan despeinado e indómito como el
de su hermano pequeño cuando venía de volar la cometa en las colinas.
Su hermano pequeño, que ya debía de llevar
más de cien años en la tumba.
Todos se habían ido. Era como si en su
cabeza repicara sin cesar un toque de difuntos. No soportaba pensar en ello,
así que tomó otro bocado de huevos revueltos.
Aunque estaba deseando hacerle mil
preguntas, Michael no quería interrumpir su almuerzo. ¿Quién sabía cuánto
tiempo habría pasado desde que tomó su última comida? ¿Años? ¿Décadas? ¿Más?
Todo en ella, desde su ropa a sus ademanes, la señalaba como una persona de
otra época.
Pero ¿cómo era capaz de empezar siquiera a
aceptar en su mente un concepto como aquél?
Al final, fue Eleanor quien rompió el
silencio al preguntarle:
-¿Y qué hace la gente aquí, en este
campamento?
-Estudiar la flora, la fauna y los cambios
climáticos. -¿Calentamiento global? Michael prefirió dejarlo correr. Algo le
decía que Eleanor ya había recibido suficientes noticias malas en su vida-. En
cuanto a mí, soy fotógrafo. -¿Esa palabra significaría algo para ella?-. Hago
daguerrotipos, o algo parecido, y escribo para una revista, en Tacoma. Es una
ciudad del noroeste de Estados Unidos, cerca de Seattle. La gente de Seattle
suele hacer chistes con los de Tacoma.
Él mismo tenía la impresión de que estaba
balbuceando cosas sin sentido. Pero mientras hablaba, ella seguía comiendo, y
eso hacía feliz a Michael. No es que la joven atacase el plato con ganas, sino
que más bien reproducía los movimientos como si comer fuese una habilidad que
estuviera intentando recordar.
-¿Y la negra? ¿De verdad es médico?
-preguntó, con tono de incredulidad.
‹Muy bien›, pensó Michael. Procediera de la
época y del lugar que procediera, la joven iba a tener que someterse a una
buena sesión de aprendizaje.
-Sí. La doctora Barnes. Charlotte Barnes.
Es una doctora muy respetada.
-La señorita Nightingale cree que las
mujeres no deben ser médicos.
-¿Quién es esa señorita Nightingale?
-Florence Nightingale, ¿quién iba a ser?
-Lo dijo como si estuviera enseñándole su tarjeta de visita, la referencia que
de algún modo la legitimaba.
Michael estuvo a punto de reírse. A cada
momento todo se le antojaba extraño. Se preguntó si Eleanor le enseñaría
aquella especie de carta de recomendación a Charlotte.
-Ella defiende con mucho ardor nuestro
trabajo como enfermeras, pero también cree, igual que yo, que cada sexo debe
desempeñar roles distintos.
Una larga sesión de aprendizaje.
Michael dejó que siguiera con su comida.
Mientras tanto hablaron, aunque con muchas vacilaciones, de otros temas, como
el tiempo, la tormenta que iba en aumento o el trabajo que hacían en la
estación polar. De vez en cuando, Michael debía sacudirse en su fuero interno
para recordar que estaba hablando con una mujer que aseguraba, y hasta el
momento disponían de pocas pruebas para contradecirla, haber nacido en algún
momento del siglo XIX. Una persona que debía haberse ahogado, pues ¿de qué otra
manera podía haber acabado congelada en un glaciar submarino? A Michael le
habría gustado preguntarle sin tapujos por todo aquello, pero se acababan de
conocer y las palabras no le salían con facilidad, aunque fuese un periodista
entrenado para hacer preguntas difíciles.
Además, tenía miedo a la reacción de
Eleanor. ¿Podía provocar en ella una especie de colapso mental?
La joven dio un sorbo al chocolate.
-Hemos pensado que de momento puedes
quedarte aquí, en la enfermería -anunció Michael-. Tendrás tu intimidad, y la
doctora Barnes está en la puerta de al lado, por si la necesitas.
-Es muy considerado por vuestra parte
-respondió ella. Se limpió los labios con la servilleta de papel y después
examinó con curiosidad el adorno floral que recorría el borde.
-Podemos intentar incluso conseguirte algo
más de ropa -comentó Michael-, aunque no puedo asegurarte que te quede bien.
-Eleanor era menuda y delgada, y cualquier prenda que le pidiera prestada a
Betty, Tina o Charlotte iba a parecer una tienda de campaña.
-Lo que llevo valdrá -respondió ella-.
Aunque me gustaría poder lavarme la ropa... y -añadió, ruborizándose- bañarme,
si es posible.
Eran precisamente tales consideraciones las
que habían convencido a Michael, Murphy y Lawson de que lo mejor era alojar a
Eleanor en la enfermería, aislada de los demás. No sólo por su propia salud y
seguridad, sino porque estaba condenada a ser objeto de intensos exámenes si el
resto de reclutas y probetas se enteraban de su presencia. Eleanor se
convertiría en la Miley Cirus de la Antártida. Y Michael sabía que su vida de
ahora en adelante iba a ser muy distinta de la de cualquier otra persona. En
cuanto un avión de suministro la llevara de nuevo de regreso al mundo exterior,
al Dateline NBC y al People Magazine y a sus entrevistas con Larry King y
Barbara Walters, la pobre no iba a saber ni de dónde le llovían los golpes. Lo
único que podía hacer Michael era tratar de protegerla todo el tiempo que
estuviera en su mano.
Incluso cuando rescató a Kristin de la
montaña, él se había convertido en una noticia local. Con eso era suficiente.
No quería ver cómo ninguna otra persona se convertía en foco de los medios de
comunicación.
Eleanor terminó el chocolate y dobló
meticulosamente la servilleta de papel, con la intención evidente de guardarla.
Charlotte regresó en ese momento con un par de pijamas de hospital nuevos y una
bata de felpa. Al entrar miró a Michael, como para darle a entender que Murphy
le había explicado también el plan y que a partir de ahora podían contar con
ella.
-Muy bien. Entonces, os veré mañana a las
dos -dijo Michael, recogiendo la bandeja. Eleanor pareció algo alarmada al
verle marchar. A Michael no le sorprendió, ya que se había convertido en su
primer amigo en este mundo. Le sonrió y añadió-: Mañana te traeré más
magdalenas recién hechas. Te lo prometo.
Por el gesto desolado de Eleanor, pensó que
aquello debía de ser un exiguo consuelo.
CAPÍTULO
TREINTA Y SIETE
26 de octubre de 1854, pasada la medianoche
SINCLAIR NUNCA LLEGÓ A saber cuánto tiempo
estuvo tendido en el campo de batalla. Tampoco estaba seguro de qué era lo que
le había despertado. Tan sólo sabía que había salido la luna llena y que el
firmamento estaba cuajado de estrellas. Soplaba un viento gélido que hacía
flamear los pendones desgarrados y arrastraba con él los gemidos de los
corceles y los soldados que aún no querían, o no podían, morir.
Él era uno de ellos.
Todavía tenía la lanza en la mano, y cuando
logró levantar la cabeza unos centímetros del suelo logró ver que el astil se
había partido en dos, aunque al parecer no sin antes ensartar al artillero
ruso. Se vio obligado a bajarla de nuevo para recuperar el aliento; a pesar de
la brisa, el aire apestaba a humo y putrefacción. Tenía la guerrera y los
pantalones tiesos de sangre seca, pero sospechaba que no se trataba de la suya.
Cuando consiguió levantar otra vez la
cabeza, vio a su caballo Áyax, que yacía muerto a unos pasos. La mancha blanca
de su hocico estaba cubierta de sangre y de polvo y, por algún motivo, Sinclair
pensó que era imprescindible limpiársela. El corcel le había servido bien y él
le tenía mucho cariño. No era justo que lo dejara allí en condiciones tan
indignas.
Pero no se levantó, porque no podía. Se
quedó tendido, escuchando los sonidos de la noche y preguntándose qué había
sucedido. Cómo había terminado todo. Si se ponía a gritar en voz alta,
¿acudiría a ayudarle algún amigo, o más bien un enemigo para rematarle? Le
ardían los ojos y tenía la garganta seca. Se palpó el cinturón con la esperanza
de hallar en él una cantimplora. Después rebuscó en el suelo, entre el polvo
que le rodeaba, y encontró una espuela junto con la bota a la que estaba
cosida. Se giró sobre el costado y vio que era un cadáver. Usando la pierna
como anclaje, logró incorporar el torso. Le dolían los huesos y apenas podía
moverse, pero buscó dentro de la guerrera -una guerrera británica- y encontró
un frasco. Consiguió abrirlo y dio un largo trago. Era ginebra.
La bebida favorita del sargento Hatch.
Se frotó los ojos con el dorso de la mano y
se inclinó para estudiar el rostro del cadáver, pero toda la cara había
desaparecido, arrancada por el estallido del cañón. Le palpó el cuello y
encontró una cadena, y aunque la luz de la luna no brillaba lo bastante para
leerla, supo que la medalla que colgaba de ella conmemoraba la campaña del
Punjab. Soltó la medalla, terminó de vaciar el frasco y volvió a tumbarse.
Se preguntó cuántos miembros de la brigada
habrían sobrevivido a la carga.
Se estaba levantando una niebla helada que
poco a poco fue cubriendo el suelo. A lo lejos oía de vez en cuando el seco
disparo de una pistola. Tal vez eran sólo los veterinarios, que acababan con
los sufrimientos de los caballos mutilados. O soldados heridos que hacían lo
mismo para terminar con sus propios dolores. Un temblor incontrolable recorrió
el cuerpo de Sinclair; sin embargo, pese a lo frío que estaba el suelo, notaba
la piel caliente y pegajosa por debajo del uniforme.
Antes de que pudiera oír cómo se aproximaba
la criatura, notó una tenue vibración en el suelo y se obligó a sí mismo a
tenderse y permanecer inmóvil. Era lo único que podía hacer para evitar el
temblor de sus miembros, pero, fuese lo que fuese, aquella cosa siguió
acercándose a él de forma furtiva, moviéndose al amparo de la niebla. El
teniente Copley tuvo la impresión de que avanzaba a cuatro patas, con la cabeza
cerca del suelo... ¿olisqueando? ¿Qué era eso? ¿Un perro salvaje? ¿Un lobo?
Tomó un poco de aire y contuvo la respiración. ¿No sería una de aquellas
criaturas invisibles que al caer la noche acechaban junto a las hogueras? Los
turcos tenían un nombre para ellos: Kara-kondjiolos. Chupadores de sangre.
La criatura se había detenido junto al
cadáver de Áyax, pero lo único que pudo distinguir Sinclair sin levantar la
cabeza fueron dos omóplatos afilados que se inclinaban sobre la carne ya en
descomposición. Sinclair tenía el sable a su lado, dentro de la vaina, pero era
consciente de que no conseguiría desenfundarlo desde el suelo, y mucho menos
empuñarlo en condiciones. Tanteó la cartuchera. Estaba vacía: la pistola debía
de haber salido despedida por los aires cuando cayó. En su lugar, buscó en el
cadáver de Hatch, palpó el cuero de su correaje y después lo exploró con los
dedos hasta encontrar la cartuchera del sargento. Por suerte, la pistola
todavía seguía allí. Sinclair la desenfundó con el mayor sigilo posible.
El engendro emitió un sonido bajo e
ininteligible, algo a medio camino entre el graznido de un buitre y un grito
humano.
Sinclair amartilló la pistola y la criatura
se detuvo. Él vislumbró un cráneo liso con ojos brillantes y oscuros que se
levantaba de entre la niebla.
Aquel ser desconocido reptó con cuidado
sobre el caballo muerto y se detuvo para examinar los rasgos desaparecidos del
sargento Hatch.
Después se acercó a él, y Sinclair sintió
una mano, o más bien una garra, algo que en cualquier caso tenía uñas muy
aguzadas y que le tocaba la pierna. Se quedó quieto, fingiendo estar muerto,
mientras notaba cómo una boca lamía con avidez la sangre que le cubría las
ropas. Sabía que tan sólo dispondría de un disparo, y tenía que asegurarse de
que fuese certero. La bestia siguió el reguero de sangre hasta su pecho y
Sinclair pudo oler su aliento a pescado muerto y ver sus orejas puntiagudas.
Una lengua áspera recorrió el tejido de su uniforme, e incluso eso pudo
soportarlo, pero cuando de repente los dientes le mordieron la carne para
extraer su sangre y aquella boca húmeda empezó a chuparle la herida, no pudo
evitar un respingo.
La criatura levantó la cabeza, y por
primera vez Sinclair pudo ver su rostro, aunque después de aquello nunca supo
describirlo de forma exacta. Su primer pensamiento fue que era humano -los ojos
inteligentes, la boca arqueada, la frente redondeada-, pero el cráneo tenía una
forma extrañamente alargada y la piel coriácea cubría una máscara siniestra y
contraída en una grotesca sonrisa.
Con mano temblorosa, el teniente apuntó con
la pistola y disparó.
La criatura profirió un chillido y se llevó
la mano a la oreja arrancada por el balazo. Después le miró con indignación,
pero aun así retrocedió. Copley luchó por incorporarse. La bestia seguía
retirándose, moviéndose en cuclillas, muy despacio, pero él habría jurado que
llevaba sobre los hombros una pelliza de piel, como un soldado de caballería.
¿Qué demonios era aquel ser?
Sinclair rodó sobre un costado y trató de
gritar, pero sus voces apenas se oían. Alrededor del merodeador se formó un
remolino de niebla, y un instante después tan sólo quedó una bolsa de vacío en
la noche. Sinclair aferró con fuerza la empuñadura de la pistola y disparó otra
vez a la criatura.
Después oyó pasos cautelosos que se
acercaban desde otra dirección.
-¿Quién ha disparado? -preguntó una voz con
un marcado acento cockney.
Una linterna se balanceaba cerca del suelo.
-¿Eres inglés?
Entonces, la luz amarilla de la linterna
cayó sobre su cara y Sinclair consiguió murmurar a través de sus labios
despellejados y llenos de sangre:
-Teniente Copley. Del 17º de lanceros.
16 de diciembre, 18:00 horas
Sinclair pensó que si había sobrevivido a
todo aquello, a la alocada carga de la brigada ligera y a una noche entera
tirado en el campo de batalla, ¿qué no sería capaz de resistir? Sobre todo,
teniendo a Eelanor a su lado.
Mientras conducía el trineo, confiaba por
completo en el infalible sentido de la orientación de los perros para encontrar
el camino de vuelta a la estación ballenera. Lo único que podía hacer era
agacharse sobre los patines, con el rostro enterrado en la capucha y las manos
enguantadas aferradas a las barras. Por dos veces los animales dieron un amplio
rodeo para esquivar grietas recién abiertas que probablemente Sinclair no
habría visto, pero que los perros parecían detectar. Pensaba recompensarlos con
una generosa ración de grasa y carne de la foca muerta que llevaba en el
trineo.
Se había alejado hacia el norte lo máximo
que le dictaba la prudencia, buscando señales de presencia humana, pero
empezaba a temer que se encontraban realmente en los confines de la tierra.
Recordaba que, mucho tiempo atrás, el Coventry había navegado hacia el sur
arrastrado por vientos hostiles, acompañado tan sólo por los solitarios
albatros que volaban en círculos sobre las vergas de la nave. Por la impresión
que le daban hasta el momento los alrededores, Eleanor y él se encontraban en
un lugar tan remoto, congelado y yermo que sólo podía tratarse del mismísimo
Polo, el destino más terrible de todos.
Pero la foca podía ayudarles. Había visto
cómo Eleanor se debilitaba, y sabía que el contenido de las botellas era viejo,
estaba rancio y había perdido buena parte de sus propiedades. De hecho,
teniendo en cuenta de dónde procedía, a Sinclair le sorprendía que aún les
hiciera algún efecto. En sus viajes por Europa no había tenido más remedio que
extraer sangre de los muertos que encontraba en los campos de batalla y en los
depósitos de cadáveres. Ahora, había partido en busca de carne y sangre
frescas, aunque fueran animales, y las había encontrado entre los esqueletos
blanqueados y las rocas azotadas por el viento de la costa. A las focas les
gustaba tomar el sol allí, por fría que fuese su luz, tumbadas entre los
millones de huesos rotos como bañistas en la playa de Brighton. Había evitado a
los especímenes más grandes, que sin duda eran los machos, uno de los cuales se
había acercado torpemente a él mientras trompeteaba su reclamo. En su lugar,
había elegido a un ejemplar de piel parda y lustrosa y largos bigotes negros
que debía de ser una hembra. La foca se había alejado de las demás para
tumbarse bajo el enorme arco de un espinazo de ballena, y cuando Sinclair se
acercó a ella no dio muestras de miedo. De hecho, apenas reaccionó cuando él
desenvainó la espada, limitándose a mirarle impasible. Sinclair se puso encima
de ella, plantando una bota a cada lado de su cuerpo. La foca le miró con ojos
saltones y húmedos, mientras él intentaba adivinar dónde se encontraba el
corazón. Quería que la herida fuese lo más pequeña y precisa posible, para que
la sangre se quedara dentro del cadáver en vez de derramarse por el suelo.
Apoyó la punta en el lugar elegido, y sólo entonces la foca miró el arma con
cierta curiosidad. Después, Sinclair apoyó todo su peso en la espada y apretó
hacia abajo. La hoja entró con suavidad, y el animal se agitó y se combó
mientras el acero la atravesaba hasta clavarse en el permafrost del suelo. En
lugar de retirar la espada, Sinclair la dejó allí para detener la hemorragia.
Instantes después, la foca dejó retorcerse y se quedó inerte.
Mientras las demás focas le miraban sin
alarmarse ni tan siquiera preocuparse por el destino que acababa de sufrir su
congénere, Sinclair limpió la espada en la nieve y arrastró a su presa hasta el
trineo. Gracias a ella tendrían provisiones para algunos días. Pero las
perspectivas a largo plazo para él y Elanor seguían siendo tan lúgubres como
antes.
Sinclair no era marino, pero como alguien
que después de Balaclava se había pasado más de dos años huyendo, había
aprendido a interpretar las señales del tiempo tan bien como cualquiera. Por
eso se dio cuenta de que la temperatura, que era inhumana para empezar, estaba
descendiendo todavía más, mientras en el horizonte el cielo se veía cada vez
más oscuro y amenazador. En circunstancias normales, Sinclair gozaba de un buen
sentido de la orientación, y más de una vez había recomendado a los demás
oficiales de caballería la dirección que debían seguir, pero en este lugar
maldito resultaba casi imposible saber dónde estaba. No había noche ni
estrellas. Tampoco día, o al menos lo que todo el mundo consideraba como tal.
¿Cómo podía uno medir el movimiento de un sol que nunca se ponía o rastrear
sombras que apenas cambiaban? En cuanto a puntos de referencia, a veces
conseguía distinguir, aunque tierra adentro y demasiado lejos para alcanzarla,
una hilera negra de montañas que serpenteaba por la vasta llanura como una
cicatriz oscura en una mejilla blanca y suave. Eso era todo.
En cuanto se puso en marcha de nuevo, el
tiempo cambió aún más rápido. El viento zarandeaba el trineo y los perros
tenían que tirar con todas sus fuerzas para enderezar la trayectoria. Por
suerte, Sinclair llevaba encima de la guerrera de su uniforme el abrigo rojo
nuevo con cruces blancas en la espalda y en las mangas que había encontrado en
el cobertizo, y además iba acurrucado tras el deslizador, que le protegía del
viento. Le dolían las rodillas de estar en cuclillas, pero si se incorporaba
corría el riesgo de que el viento lo tirara del trineo. Por otra parte, le
preocupaba Eleanor. ¿En qué condiciones la encontraría? No le había hecho
ninguna gracia encerrarla con llave en la sacristía, pero tenía miedo de lo que
pudiera hacer. No sabía muy bien si Eleanor se hallaba en plena posesión de sus
facultades mentales o estaba temporalmente enajenada.
Por experiencia, sabía que la fiebre iba y
venía como los ataques de malaria que sufría el sargento Hatch, pero también
era consciente de que aquella sed terrible nunca cedía. Siempre seguía allí, a
veces escondida como un manantial subterráneo y a veces brotando a la luz para
exigir que la saciaran. Sinclair se preguntó cómo Eleanor, que en las mejores
condiciones era delgada como un junco, y además muy joven, conseguía resistir
aquel impulso inexorable. El mal que los afligía a ambos era a la vez una bendición
que los protegía de muchas otras flaquezas humanas y una maldición que los
retenía para siempre en las garras de su oscuro poder. Libertador y carcelero
al mismo tiempo. Había veces en que dudaba de que ella tuviera la voluntad o
incluso el deseo de seguir adelante en tales circunstancias, pero Copley estaba
seguro de que la fuerza de su propio empeño era suficiente para los dos.
Quisiera o no, ella necesitaba lo que él le llevaba; por encima de todo, le
necesitaba a él. Gritó a los perros para animarlos, pero el viento pareció
recoger sus palabras y arrastrarlas de vuelta contra sus dientes, que
castañeteaban de frío.
CAPÍTULO
TREINTA Y OCHO
16 de diciembre, 18:45 horas
CUANDO MICHAEL SALIÓ DE la enfermería no
podía dejar de darle vueltas a todo aquello. Era demasiado increíble, demasiado
asombroso, demasiado imposible para asimilarlo. ¿De veras había estado hablando
con una persona que llevaba congelada en hielo más de cien años antes de que él
tan siquiera hubiese nacido?
Se dijo que debía calmarse y serenarse,
tomarse las cosas con lógica. Proceder paso a paso. Y precisamente esos
primeros pasos, agarrado con fuerza a las sogas que servían de guía entre los
módulos, lo llevaron más allá del laboratorio de glaciología. Sabía que Danzing
se encontraba allí fuera, en alguna parte, pero ¿por qué no asegurarse de que
no estaba escondido en la guarida donde habían depositado su cuerpo?
Seguramente Murphy ya lo había comprobado, pero el periodista necesitaba
verificarlo con sus propios ojos. Al menos aquello sería algo que podría
confirmar más allá de cualquier duda, y si había algo que necesitaba en aquel
momento era certeza. O algo. Lo que fuese.
Ahora que la realidad amenazaba con soltar
amarras y escapar, Michael estaba más decidido que nunca a encadenarla bien al
muelle.
Para su alivio, ni Betty ni Tina se
hallaban a la vista. Con cautela, bajó los escalones helados que llevaban hasta
la cámara donde habían depositado el cuerpo del musher. Las bolsas de plástico
que lo envolvían estaban desgarradas y yacían hechas jirones sobre la mesa
congelada. Michael no pudo evitar que la escena le recordara una versión
macabra de la resurrección: Jesucristo se levantaba de la tumba y dejaba tras
de sí tan sólo el sudario.
Cuando volvió a subir las escaleras siguió
encontrando malas noticias. Al pararse junto al cajón de plasma para ver si
estaba Ollie, se encontró la caja vacía. Las virutas de madera que había en la
parte posterior conservaban su forma de nido, pero aparte de un par de plumas
grises no encontró otra señal del pájaro. Sacó un poco de sémola tostada que
había cogido cuando fue a buscar comida para Eleanor, y los tiró en la caja por
si el ave regresaba. No era más que un págalo, considerado poco más que la plebe
de la Antártida, pero Michael le iba a echar de menos.
Después, con la cabeza gacha, desanduvo el
camino y dejó atrás la sala de recreo, de donde salían voces estridentes y
música de piano. En circunstancias normales habría entrado para unirse a la
fiesta, pero no en este momento.
Ahora lo único que quería era tiempo para
reflexionar a solas y dejar que sus pensamientos se asentaran.
Por suerte, el biólogo no estaba en la
habitación. Michael corrió las cortinas para tapar el panel de la ventana y
encendió la lámpara del escritorio, que tenía una bombilla incandescente, un
objeto poco común «rescatado» de una diminuta zona de descanso al final del
habitáculo. Después se sacó los zapatos, se quitó los calcetines sudados y
metió los dedos de los pies entre las largas hebras de la alfombra. Trabajo.
Sólo necesitaba concentrarse un rato en su trabajo; lo había estado
descuidando. Cogió la botella de whisky escocés del estante del armario y se
sirvió tres dedos. Con el portátil en la mesa, empezó a descargar las decenas
de fotografías que había tomado desde su llegada a Point Adélie. Había imágenes
de las focas de Weddell que habían dado a luz a sus crías sobre témpanos de
hielo durante sus primeros días en aquel lugar, y otras en las que aparecían
las aves, petreles de nieve y carroñeros varios que frecuentaban la base. Los
dedos de Michael dudaron un segundo sobre el teclado mientras volvía a
preguntarse qué habría sido de Ollie.
Había fotos de la caseta de inmersión y un
par de instantáneas de Darryl dentro de ella; con su traje de buceador completo
y sus cabellos pelirrojos húmedos y brillantes parecía un duende de Santa
Claus. En una de las fotos enarbolaba sobre el hombro un lanzaarpones como si
fuera una jabalina. Había unas cuantas imágenes de Danzing y los perros,
algunas en las que había posado y otras que Michael le había sacado sobre la
marcha mientras entrenaba a la traílla. Y había una en la que Kodiak lamía los
cristales de hielo de la barba del musher. Tras elegir las mejores fotos, las
movió a una carpeta aparte. Después descargó otro lote de imágenes y se
descubrió a sí mismo mirando el rostro de la Bella Durmiente.
O de Eleanor Ames, por lo que sabía ahora.
La mujer tenía los ojos abiertos y miraba a
través de una gruesa capa de hielo. Michael amplió la foto, y al hacerlo los
ojos verdes de Eleanor destacaron todavía más en la imagen. Era como si le
estuvieran contemplando directamente a él, y Michael se sintió como si le
devolviera la mirada a ella. Como si estuviera asomándose a un abismo temporal,
a la sima que separaba la vida y la muerte. Bebió otro sorbo de whisky. ¿De
verdad era eso lo que debería estar haciendo?
El viento subió un punto más y azotó los
costados del módulo. Las cortinas se agitaron, y pensó que tenía que cerrar
mejor la ventana.
Michael se retrepó en el asiento mientras
observaba la foto y se preguntaba qué estaría haciendo ahora Eleanor. ¿Seguiría
durmiendo? ¿O se habría despertado, aterrorizada ante aquel nuevo cautiverio?
En ese momento, por debajo del ulular del
viento creyó oír algo que parecía un grito humano. Se levantó del asiento,
separó las cortinas, se puso la mano a modo de visera sobre los ojos y se asomó
al exterior, pero no consiguió distinguir nada en medio del remolino de nieve.
Algo que agradeció. Si hubiese sido Danzing, ¿qué habría podido hacer?
Le dio otra vuelta a la manivela que
cerraba la ventana.
Entonces le pareció escuchar de nuevo aquel
grito, y esta vez habría jurado que se trataba de un lamento bajo y profundo
que pronunciaba palabras indescifrables; pero aunque apagó la lámpara, volvió a
cubrirse los ojos y se asomó de nuevo, no consiguió vislumbrar nada.
«Guau», pensó, corriendo de nuevo las
cortinas. «Este whisky debe de tener más grados de lo que creía».
Se dejó caer de nuevo sobre la silla y,
tras echar otro vistazo a la foto de Eleanor, abrió más imágenes que había
tomado en la estación ballenera abandonada. El casco oxidado del Albatros yacía
en la playa, había montones de huesos blanquecinos esparcidos entre las rocas y
lápidas inclinadas en ángulos absurdos en el cementerio.
Las cortinas volvieron a moverse, pero él
se dio cuenta de que esta vez no era por culpa de la ventana. Alguien debía de
haber abierto la puerta al final del vestíbulo, y eso siempre enviaba por toda
la sala una corriente de aire que llegaba hasta el cuarto de baño común y la
sauna. Debía de ser Darryl, y Michael ya estaba preparando lo que iba a
contarle -o lo que iba a callarse- con respecto al descubrimiento de Eleanor,
cuando oyó el sonido de unas pisadas húmedas y pesadas en el vestíbulo. Cerró
la carpeta del ordenador en el mismo instante en que los pasos se detenían
fuera de la habitación. Esperó a oír cómo la llave de Darryl entraba en la
cerradura -los dormitorios cerrados con llave eran la regla, obedeciendo a
Murphy-, pero en vez de eso simplemente vio cómo se movía el pomo. Sólo giró un
poco, hasta que topó con la resistencia del cerrojo.
Michael entrevió una sombra por debajo de
la puerta y oyó a alguien jadear. Sintió cómo se le erizaba el vello de la
nuca, se levantó muy despacio y caminó descalzo y de puntillas hasta la puerta.
Después agarró el picaporte, que había vuelto a moverse, lo sujetó con fuerza y
pegó la oreja a la puerta. Era de contrachapado fino; deseó como nunca en su
vida que fuera de roble macizo. Un hilillo de agua gélida se coló por debajo de
la puerta y le mojó los pies.
Al otro lado volvieron a tentar el pomo,
pero éste siguió sin ceder. Michael intentaba no respirar.
Oyó cómo alguien exhalaba profundamente y,
después, el crujido de unas ropas cubiertas de escarcha. Michael apretó la
oreja contra la puerta y también apoyó en ella el hombro.
-Devuélvemelo... -murmuró la voz.
A Michael se le heló la sangre en las
venas. Esperó, dispuesto a bloquear de nuevo la puerta, cuando escuchó risas en
el otro extremo del módulo, donde estaban los baños, y el restallido de un
toallazo.
-¡Madura! -exclamó alguien.
De pronto el picaporte dejó de moverse y la
sombra que había bajo la puerta desapareció. Sonó un chapoteo apresurado, de
unas botas mojadas pisando sobre la alfombra seca. Segundos después, Michael
oyó un portazo en el extremo más alejado del módulo y la puerta del dormitorio
empezó a abrirse. Michael, que seguí aferrando el pomo, oyó maldecir a Darryl:
-Esta mierda de llave...
Michael soltó el pomo, que terminó de girar
por fin. El pelirrojo entró, vestido con albornoz y zapatillas y con una toalla
enrollada al cuello. Al ver a Michael detrás de la puerta se sorprendió.
-¿Qué pasa? ¿Ahora trabajas de portero?
Michael rodeó al biólogo y se asomó al
pasillo.
-¿Has visto a alguien?
-¿Cómo? -dijo Darryl, secándose la cabeza
con vigor-. Ah, sí, creo que alguien acaba de salir. -Dejó su llave sobre el
tocador-. ¿Por qué? -Michael empujó la puerta y echó la cerradura. El gélido
reguero de agua sobre la alfombra ya había empezado a secarse.
Al ver el portátil abierto, Darryl
preguntó:
-¿Estabas trabajando?
-Sí -respondió Michael mientras apagaba el
ordenador-. Eso estaba haciendo.
-¿Has encontrado algo interesante en
Stromviken?
-No, nada nuevo -replicó el reportero,
volviéndose para ocultar cualquier gesto que pudiera delatarlo.
-Creo que voy a tomar un trago de eso
-observó el biólogo al ver la copa de licor escocés.
Mientras Michael le servía whisky en un
vaso, Darryl tiró la toalla sobre la cómoda. La toalla cayó al suelo, y al
hacerlo tiró un cepillo y unos cuantos objetos más.
-Lo siento. El tiro de tres nunca ha sido
mi fuerte.
Darryl se agachó y recogió algunas cosas de
la alfombra, pero después se quedó pensativo mientras sopesaba el último objeto
en su mano.
Cuando Michael le tendió la copa, Darryl le
entregó a cambio lo que acababa de recoger: un collar de dientes de morsa que
se desenroscó en la mano de Michael como una serpiente.
-Podrías enviárselo por correo a su viuda
cuando vuelvas al mundo exterior -sugirió el biólogo-. Seguro que le gustaría
tenerlo.
16 de diciembre, 20:20 horas
Una vez que Michael salió de la enfermería
-algo que Eleanor lamentó-, la doctora la llevó hasta el cuarto de baño, le
enseñó cómo funcionaba la ducha de agua caliente y le dejó todo lo que
necesitaba. Había, por ejemplo, un cilindro alargado y suave al tacto que
soltaba una pasta para frotarse los dientes cuyo sabor le recordaba a la lima,
y también un cepillo con cerdas muy finas y transparentes. Eleanor se preguntó
de qué animal las habrían sacado.
-Si necesitas algo más, estoy en la puerta
de al lado -dijo la doctora.
Y entonces Eleanor se quedó sola; sola en
un cuarto de aseo que no se parecía a nada que hubiera visto antes, con ropa
limpia para ponerse por primera vez en más de ciento cincuenta años y sin tener
la menor idea de qué iba a ser de ella a continuación. O qué iba a ser de
Sinclair, allá donde estuviese. ¿Seguiría de exploración? ¿Tal vez cazando?
¿Acaso una tormenta lo había sorprendido demasiado lejos de la iglesia y se
había perdido en un paraje desconocido?
¿Y si había regresado, sólo para encontrar
que habían descorrido el cerrojo de la puerta y que la habitación se hallaba
vacía? En tal caso, Sinclair se daría cuenta de que alguien había perturbado su
descanso. Eleanor sintió una punzada en su interior, la misma que habría
experimentado si la situación de ambos hubiera sido la contraria..., si ella
hubiese tenido razones para creer que le habían arrebatado a Sinclair y se lo
habían llevado Dios sabe dónde. Desde el día en que él regresó del campo de
batalla y Eleanor vio su nombre en la lista de los recién ingresados, ambos
estaban unidos de una forma que ella nunca podría explicarle a nadie.
Pues nadie lo entendería.
Lo había encontrado en una de las salas
destinadas a pacientes con fiebres altas. Unas sucias cortinas de muselina
colgaban de barras combadas por el peso, y como muy pocos de los médicos o
incluso de los camilleros se atrevían a arriesgarse a que los contagiaran, no
había nadie a quien preguntar dónde habían puesto a Copley. Ignorando los
patéticos gritos de los que pedían agua o auxilio, de los hombres que morían de
sed o atrapados en terribles delirios febriles, Eleanor había recorrido la sala
de la enfermería, mirando a todas partes..., hasta que descubrió una cabeza
pelirroja sobre una almohada de paja en el suelo.
-¡Sinclair! -había exclamado Eleanor,
corriendo a su lado.
Él levantó la mirada, pero no dijo nada.
Después sonrió. Era una sonrisa adormilada y, gracias a ella, la enfermera Ames
supo que Sinclair no creía que Eleanor estuviera realmente allí. Era la
expresión de un hombre que disfrutaba conscientemente de una visión aun
sabiendo que se trataba de un ensueño.
-Sinclair, soy yo -dijo Eleanor,
arrodillándose junto a su jergón y agarrando su mano flácida-. Estoy aquí. De
verdad.
La sonrisa se borró, como si aquel contacto
erosionara el frágil sueño de Sinclair en lugar de reforzarlo.
Ella apretó su mejilla contra el dorso de
la mano de Sinclair.
-Estoy aquí y tú sigues vivo. Eso es lo
único que importa.
Él retiró la mano, molesto por esa nueva
intromisión.
A Eleanor se le llenaron los ojos de
lágrimas, pero buscó en el dispensario hasta que encontró un cántaro de agua
estancada -la única disponible-, y volvió para mojarle la cara y la frente.
Tenía costras de sangre seca en el bigote, y también se las limpió.
Detrás de ella había un soldado tendido en
el suelo, a juzgar por los andrajos de su uniforme, un escocés de las Tierras
Altas, que le tiró de la falda para suplicarle un poco de agua. Eleanor se
volvió y derramó unas gotas sobre sus labios agrietados. Era un hombre ya algo
mayor, de treinta y tantos años, con los dientes rotos y la piel blanca como
tiza. Eleanor pensó que no le quedaban muchas horas de vida.
-Gracias, señorita -murmuró-. Se lo
advierto, no se acerque a él. -Se refería a Sinclair-. Es mala gente. -De
pronto apartó su pálido rostro, presa de un ataque de tos.
Está delirando, pensó Eleanor antes de
devolver su atención a Sinclair. Pero fue como si, en aquellos breves segundos,
su mente se hubiera despejado un poco. Ahora la miraba de forma consciente.
-Dios mío -musitó-. Eres tú.
La rompió a llorar y se agachó para
abrazarle. Podía sentir la piel y los huesos de Sinclair a través del fino
camisón que le habían puesto, y se preguntó cuánto tardaría en conseguir unas
gachas calientes de la cocina. O en encontrarle una cama como Dios manda.
Sinclair estaba débil y cansado, pero era
capaz de pronunciar unas cuantas palabras seguidas de cada vez, y Eleanor se
esforzaba por completar sus frases. No quería terminar de agotarle -y además
sabía que tenía otros deberes que cumplir-, pero su sola presencia parecía
devolverle las fuerzas, y además temía dejarle solo aunque fuesen unas horas
nada más. Cuando, por fin, no le quedó más remedio que hacerlo, le prometió
volver en cuanto tuviera oportunidad, y Sinclair la siguió con la mirada hasta
que la enfermera Ames desapareció tras las cortinas de muselina que ondeaban
como mortajas.
Mientras se miraba en la superficie lisa y
sin manchas del espejo del cuarto de baño, Eleanor recordó perfectamente la
expresión del rostro de Sinclair y lo vio con tanta claridad cómo se veía ahora
a sí misma. Giró las manecillas de la ducha tal como la doctora le había
enseñado y, tras dejar el resto de su ropa en una cesta de mimbre, se metió con
cautela bajo el chorro caliente. El agua brotaba de un artefacto circular y
parecía vibrar conforme caía sobre ella. Había una pastilla de jabón -entre
todos los colores, ¿tenía que ser verde?- en una especie de hornacina entre las
losas de la pared. Al igual que la pasta con que se había cepillado los dientes
dejaba sabor a cítrico, el jabón tenía la fragancia de un bosque de coníferas.
¿Acaso en aquel nuevo y peculiar mundo todo poseía sabores y aromas extraños?
Eleanor dejó que el cálido torrente de cayera sobre los brazos, y después sobre
los hombros. Como no sabía cuánto duraría aquella milagrosa cascada, puso el
rostro bajo el surtidor. Todo era tan raro y tan inesperado que se sentía como
si hubiera vuelto a desembarcar en Crimea.
El agua caía como un millar de diminutas
gotas de lluvia que repiqueteaban sobre sus párpados y le resbalaban por el
cuello y los pechos. Poco a poco se inclinó hacia delante, hasta que el agua de
corrió sobre la coronilla y le soltó los largos cabellos castaños a ambos lados
de la cara. Era una de las sensaciones más deliciosas que había experimentado
en toda su vida, y se quedó allí mucho rato, apoyada con las palmas abiertas en
los azulejos blancos, como hojas de té en remojo -se dijo a sí misma- mientras
el agua formaba un pequeño charco bajo sus pies. Por primera vez en décadas
sintió calor en la piel y pensó que tal vez, si se quedaba así el tiempo
suficiente y siempre que el agua no se agotara, aquel calor lograría penetrar
hasta su corazón y mitigar el incesante dolor que llevaba sufriendo tanto
tiempo.
CAPÍTULO
TREINTA Y NUEVE
17 de diciembre, medianoche
LA CAMPANA DE LA torre repicaba cuando
Sinclair volvió por fin a la iglesia, pero sólo era el viento que movía el
badajo. Sin embargo, su sonido les había ayudado a él y a los perros a
orientarse en medio de la tormenta. Entró tambaleándose, con la foca muerta
encima de los hombros, mientras los canes, liberados del arnés, ladraban y
corrían junto a sus pies. Enseguida se dio cuenta de que la puerta de la
sacristía estaba entreabierta. Dejó caer la foca sobre el altar, se acercó a la
puerta y se asomó al interior.
El fuego de la chimenea estaba apagado y su
compañera había desaparecido.
Se quedó allí, jadeante y con un brazo a
cada lado del hueco de la puerta. Era posible, aunque improbable, que ella
hubiese encontrado alguna forma de abrir el cerrojo y escapar, pero ¿cómo?
¿Y por qué?
-¡Eleanor!
Gritó su nombre una y otra vez, provocando
como respuesta un coro de ladridos entre los perros que recorrían las naves de
la iglesia. Sinclair subió las escaleras del campanario corriendo y trató de
escrutar entre aquel ciclón de nieve y hielo, pero apenas alcanzaba a
vislumbrar los almacenes y cobertizos de abajo. Aunque se aventurase a pie en
la ventisca, la tormenta era tan intensa que no conseguiría orientarse ni
moverse en una dirección sin desviarse. Si Eleanor se había internado en la
tempestad, Sinclair no lograría encontrarla de nuevo... ni hallar su propio
camino de regreso.
Sabía que lo único que podía hacer era
esperar, aguardar el momento oportuno hasta que amainase el temporal. Aunque
odiaba reconocerlo, no resultaba inconcebible que Eleanor hubiese cometido una
imprudencia imperdonable, que hubiera elegido, por propia voluntad, no
continuar. Sinclair era consciente de la desesperación de Eleanor, una
desesperación que él mismo compartía; pero en su fuero interno no podía aceptar
que ella hubiera hecho algo así. Registró su humilde morada buscando un signo
revelador de despedida, un mensaje de cualquier tipo, tal vez con letras
arrancadas del cantoral. Pero no encontró nada, y sabía que ella, por muy
grande que fuese su dolor, no le habría abandonado de ese modo. No, ella no se
iría así, sin decir ni una palabra. Sinclair la conocía demasiado bien para
creer algo así.
Lo cual sólo dejaba la otra alternativa:
que alguien se la hubiese llevado.
Contra su voluntad.
Se preguntó si, durante su ausencia, los
hombres del campamento habrían aprovechado para venir y llevarse a Eleanor, las
huellas que hubiesen podido dejar en la nieve ya se habrían borrado, y con los
perros empapados y sueltos dentro de la iglesia resultaría imposible encontrar
pisadas de posibles intrusos, pero ¿quién más podía haber sido? ¿Y a qué otro
lugar podrían habérsela llevado, salvo a su campamento?
Por último, la cuestión a la que derivaban
todos sus pensamientos: ¿cuál era la mejor forma de rescatarla?
Los obstáculos eran inmensos, sobre todo
porque no conseguía ver cómo iba a terminar el juego. Aunque encontrara a
Eleanor y la liberara, ¿adónde podrían huir los dos en este continente rodeado
de hielo? Sinclair se sentía como si contemplara un estrecho desfiladero que lo
llevaba a una perdición segura, igual que le había ocurrido aquella fresca
mañana de octubre en Balaclava. Pero de algún modo, se recordó a sí mismo,
había sobrevivido a aquel apocalipsis, y a cosas aún peores. Por muy negra que
fuera la página, siempre se las había arreglado para pasarla y entrar en un
nuevo capítulo de su vida.
Además, disponía de ciertas ventajas, pensó
torvamente. Tenía una copa de sangre fresca de foca reposando como un cáliz
junto a su codo, al lado de un libro de poesía que había viajado con él de
Inglaterra a Crimea, y ahora a este espantoso puesto de avanzada. Abrió el
poemario al azar. Su mirada cayó sobre el papel amarillento y tieso como
pergamino, y leyó...
Solo, solo, siempre solo, en este inmenso y
vasto océano. Jamás hubo un santo que se apiadara de mi alma atormentada.
¡Tantos hombres! ¡Tan lozanos! Todos ellos
yacen muertos. Mientras mil criaturas viscosas siguen con su vida, como yo.
Aunque para la mayoría de los hombres
aquellas palabras no eran más que un bálsamo ligero, para él suponían un gran
consuelo. Tan sólo el poeta parecía adivinar la espantosa verdad de su
situación. Mientras los perros aullaban, Sinclair cortó otra porción de grasa
de la foca muerta que yacía en la mesa y la arrojó a la nave inferior. Los
canes se abalanzaron sobre la pitanza, arañando con sus garras el suelo de
piedra, y los ecos de sus ladridos resonaron entre las vigas del techo.
Desde su alto taburete, tras el altar
profanado, Sinclair inspeccionó su reino vacío. Podía imaginarse las caras de
los balleneros que antaño ocuparon los bancos, sus rostros sucios de grasa y
hollín, sus ropas mugrientas con manchas de sangre seca. Elevarían sus miradas
a aquel mismo altar, con el sombrero en la mano, para escuchar al sacerdote que
ensalzaba las virtudes de la vida ultraterrena y los abundantes tesoros que les
aguardaban en el Cielo para compensar los tormentos que sufrían a diario. Se
sentarían allí, en aquella iglesia desolada -incluso el crucifijo era tosco y
feo- en medio del desierto helado, entre montones de entrañas y huesos aún
calientes, para oír relatos que les hablaban de nubes blancas, de un sol
dorado, de una felicidad sin límites y de la vida eterna. De un mundo que no
era un matadero maloliente como el que habitaban. ¡Ah!, pensó Sinclair, ¡cómo
los habían embaucado!
Del mismo modo que a él lo habían
engatusado con historias de gloria y valor. Cuando yacía en su jergón del
hospital de campaña, consumido por un ansia inexplicable y cada vez más
intensa, se había visto impulsado a cometer un acto del que llevaba largo
tiempo arrepintiéndose, pero que ya no podía remediar. La sed de sangre que le
había despertado aquella criatura impía en Balaclava era demasiado poderosa
para resistirse a ella, y Sinclair la había saciado con un escocés indefenso
que estaba demasiado débil para resistirse.
Los turcos habrían contado a Sinclair entre
los malditos. Y él no habría podido discutírselo.
Sin embargo, a la noche siguiente, cuando
Eleanor acudió a su lado, Sinclair se encontraba mucho más fuerte. Revivido.
Sentía que podía volver a respirar de verdad y que lo veía todo mucho más
diáfano. Incluso sus facultades parecían restablecidas.
¿Cómo se sentía uno al figurar entre los
condenados?
Pero en el semblante de Eleanor había
detectado algo inquietante. Pensó que debían de ser los primeros síntomas de la
misteriosa fiebre de Crimea, que él conocía muy bien, pues los había notado
innumerables veces en otras personas. Sus temores se confirmaron cuando ella se
tambaleó y derramó la sopa, y los camilleros tuvieron que escoltarla fuera de
la enfermería. A la noche siguiente, cuando fue Moira y no Eleanor quien vino a
atenderle, Sinclair supo que había ocurrido lo peor.
-¿Dónde está Eleanor? -había preguntado,
apoyando un codo en el suelo para incorporarse. Incluso aquel leve movimiento
era doloroso. Sinclair sospechaba que se había fracturado una o dos costillas
al caer del caballo, pero no había nada que hacer para recomponer una costilla
rota, y cualquier cosa que pudieran intentar los cirujanos lo mataría con toda
seguridad.
-Eleanor está descansando -dijo Moira,
rehuyéndole la mirada mientras dejaba junto a él un cuenco de sopa, aún
caliente, y una jarra de agua salobre.
-Quiero saber la verdad -repuso él,
agarrándola de la manga.
-La señorita Nightingale quiere que Eleanor
reponga fuerzas.
-Está enferma, ¿verdad?
Sinclair pudo ver la expresión esquiva de
sus ojos mientras secaba una cuchara en el bolsillo de su delantal y la metía
en el cuenco de sopa.
-¿Es la fiebre? ¿En qué fase se encuentra?
Moira se tragó un sollozo y apartó la
mirada.
-Cómase la sopa ahora que está caliente.
-Al diablo la sopa. ¿En qué fase se
encuentra? -El corazón le dio un vuelco en el pecho al imaginarse lo peor-.
Dime que aún sigue viva.
Moira asintió, enjugándose las lágrimas con
un triste remedo de pañuelo.
-¿Dónde está? Tengo que ir a verla.
Moira meneó la cabeza y dijo:
-Es imposible. Está en las habitaciones de
las enfermeras, y no se le puede mover.
-Entonces tendré que ir yo.
-Ella no quiere que nadie la vea en ese
estado. Y no hay nada que pueda hacer para ayudarla.
-Eso tendré que juzgarlo yo.
Sinclair apartó a un lado la manta
andrajosa y se puso en pie a duras penas. El mundo daba vueltas a su alrededor:
las paredes mugrientas, las cortinas llenas de moscas, los cuerpos maltrechos
que yacían en el suelo en filas desordenadas. Moira le agarró por la cintura
para evitar que se cayera.
-¡No puede ir allí! -protestó-. ¡No puede!
Pero Sinclair sabía que sí podía, y que
Moira le ayudaría a hacerlo. Palpando entre la paja que había amontonado a modo
de almohada encontró la guerrera de su uniforme, arrugada y llena de manchas.
Con la ayuda a regañadientes de Moira, terminó de vestirse y se dirigió a la
puerta, bamboleándose a ambos lados. Se encontró ante dos pasillos
interminables, ambos oscuros y atestados, pero que llevaban en direcciones
opuestas.
-¿Por dónde?
Moira le sujetó con firmeza del brazo y le
guió hacia la izquierda. Pasaron junto a varias salas llenas de enfermos y
moribundos; la mayoría estaba en silencio y otros murmuraban quedamente para
sí. A los que sufrían una agonía o un delirio demasiado intensos como para
mantenerlos callados les suministraban una piadosa dosis de opio, con la
esperanza de que ya no despertaran. De cuando en cuando pasaban junto a
camilleros o a oficiales médicos que los miraban con curiosidad, pero el
hospital era tan grande y el personal que trabajaba en él se veía tan abrumado
por sus tareas y sus responsabilidades que nadie tenía tiempo para preocuparse
de preguntarles adónde iban.
El hospital, que en su origen había
funcionado como cuartel, estaba construido como un inmenso cuadrado, con un
patio central en el que podían congregarse miles de soldados, y tenía torres en
cada una de las cuatro esquinas. Los alojamientos de las enfermeras se
encontraban en el torreón noroeste, y Sinclair tuvo que apoyarse con fuerza en
el hombro y el brazo rollizo de Moira mientras ambos subían por la angosta
escalera de caracol. Cuando llegaron al primer rellano, vieron el resplandor de
una linterna que bajaba hacia ellos, y Moira escondió rápidamente a Sinclair en
un estrecho hueco. Cuando la luz se acercó más, Moira dio un paso adelante y
dijo:
-Buenas noches, señora.
Desde las sombras, Sinclair vio que Moira
había saludado a la mismísima señorita Nightingale, que bajaba lámpara en mano
con un pañuelo negro anudado a modo de lazo sobre su cofia blanca.
-Buenas noches, señorita Mulcahy
-respondió. El blanco del cuello, el delantal y los puños resplandecían a la
luz de la linterna-. Supongo que vuelve para estar al lado de su amiga.
-Así es, señora.
-¿Cómo se encuentra? ¿Le ha bajado la
fiebre?
-No que yo sepa, señora.
-Siento mucho oírlo. Iré a verla cuando
termine mi ronda de visitas.
-Gracias, señora. Sé que ella lo apreciaría
mucho.
Cuando Nightingale movió la linterna,
Sinclair contuvo la respiración entre las sombras.
-Creo recordar que las dos se alistaron
juntas para esta misión, ¿me equivoco?
-Así es, señora.
-Y también volverán juntas de ella -aseguró
Nightingale-. Sin embargo, procure que los lazos de la amistad, por estrechos
que sean, no la distraigan de nuestro propósito en este lugar. Como sabe, todas
nosotras nos hallamos permanentemente bajo la lupa ajena.
-Sí, señora. Tiene razón.
-Buenas noches, señorita Mulcahy.
Con un frufrú de seda negra, la señorita
Nightingale siguió bajando peldaños. Cuando la luz de su linterna se
desvaneció, Sinclair salió de entre las sombras. Sin decir nada, Moira le hizo
una señal para continuar. En el siguiente rellano, Sinclair oyó a varias
enfermeras que intercambiaban con voz cansada las noticias del día -una estaba
describiendo a un pomposo oficial que le había exigido que dejara de vendar la
herida de un soldado de infantería para servirle a él una taza de té-, mientras
otras fregaban cacharros. Moira se llevó un dedo a los labios para mandarle
silencio y le condujo por otro tramo de la escalera, hasta lo más alto de la
torre, donde encontraron una minúscula habitación con una ventana alta que
asomaba a las oscuras aguas del Bósforo.
Arremangándose las faldas para no pisarlas,
Moira se acercó a la cama y susurró:
-Mira a quién te he traído, Ellie.
Antes de que Eleanor pudiera siquiera girar
la cabeza sobre la almohada, Sinclair se había arrodillado junto a su lecho
para cogerle la mano. La tenía flácida y caliente, húmeda al tacto.
La señorita Ames tenía la mirada
desenfocada, y parecía extrañamente molesta por la interrupción. Sinclair dudó
de que hubiera reparado tan siquiera en su presencia.
-Si el instrumento está desafinado -dijo-,
no deberían tocarlo.
Moira miró a Copley, como para confirmar
que Eleanor desvariaba a ratos.
-Y vuelve a poner la partitura en el banco.
Así es como se pierde.
Estaba de vuelta en Inglaterra, tal vez en
el hogar familiar, o probablemente en casa del párroco, donde en tiempos iba a
practicar piano, según le había contado a Sinclair. Éste apretó los labios
contra el dorso de la mano de Eleanor, pero ella la apartó y la sacudió sobre
la manta como para espantar moscas. En el hospital había moscas por todas
partes, pero Sinclair reparó en que aquí, en lo alto de la torre y de cara al
mar, no se veía ninguna.
Se preguntó cómo podría librarse de Moira.
Para lo que quería hacer -para lo que tenía que hacer si quería salvarle la
vida a Eleanor- necesitaba estar a solas, sin que nadie lo viera. Moira estaba
escurriendo sobre un cubo de agua un paño que después usó para secar la cara de
Eleanor.
-Moira, ¿crees que podrías conseguir un
poco de oporto?
-No va a ser fácil -respondió ella-, pero
lo intentaré.
Moira, que no era tonta, le tendió el paño
y después se retiró con discreción.
Él estudió el rostro de la enfermera a la
luz de la luna. Su piel mostraba un brillo febril, y sus ojos verdes
resplandecían con la felicidad del desvarío. No era consciente de su propio
sufrimiento; a todos los efectos, ni siquiera estaba allí. Su espíritu había
abandonado su cuerpo y viajaba por las tierras de Yorkshire, y Sinclair temía
que el suyo tardaría poco en seguirlo. Había visto a cientos de soldados gritar
y desgañitarse, murmurar y reír de forma parecida un segundo antes de volver la
cabeza hacia la pared y morir en el mismo suspiro.
-¿Puedes tocarme algo al piano? -preguntó.
La joven suspiró y sonrió.
-¿Qué te gustaría oír?
El joven le apartó la manta de los hombros
suavemente. El calor de la fiebre subía desde debajo de la lana.
-Elige tú.
-Me gustan las baladas tradicionales. Puedo
tocar Barbara Allen, si quieres.
-Me encantaría oírla -dijo Sinclair,
tirando del camisón para desnudar su hombro. La muchacha se estremeció al
sentir la brisa que entraba por la ventana abierta. Él inclinó su cabeza sobre
ella.
Los dedos de Eleanor se movieron como si
acariciara un teclado, y bajo su respiración jadeante tarareó los primeros
compases de la canción.
Aunque seguía teniendo la piel caliente al
tacto, se le había empezado a poner la carne de gallina. Sinclair le puso la
mano sobre el pecho para protegerla del relente de la noche. Incluso así, por
debajo del olor de la lana y el alcanfor, el aroma de Eleanor era tan dulce
para él como un prado en una mañana de verano. Y cuando sus labios le rozaron
la piel, le supo a leche recién ordeñada en el cubo.
La muchacha cantaba en voz baja:
-Oh, madre, madre, hazme la cama...
Sinclair se temía que lo que iba a hacer ya
no tendría vuelta atrás.
-Que quede suave y bien lisa...
Pero ¿qué otra opción le quedaba?
-Hoy mi amor ha muerto por mí...
Al amanecer, la joven se habría ido. Él la
rodeó con sus brazos. Tenía un nudo en la garganta.
-Yo moriré por él mañana...
Ella se estremeció como si la hubiera
picado una abeja cuando él la mordió, cuando cerró la boca sobre su piel y la
saliva corrupta de Sinclair se mezcló con la sangre de la muchacha. Dejó de
cantar de golpe y su cuerpo se puso rígido.
Momentos después, cuando él volvió a
levantar la cabeza, con los labios mojados tras su tétrico abrazo, los miembros
de Eleanor se relajaron. Ella le miró con aire somnoliento y dijo:
-Pero es una canción muy triste. -Secándose
las lágrimas de la cara con los dedos, añadió-: ¿Quieres que toque algo alegre?
PARTE
IV
EL
VIAJE DE REGRESO
Alcé los ojos al cielo y recé y mientras
devanaba una oración un malvado murmullo me llegó que mi corazón en polvo
convirtió.
Cerré los ojos y así los mantuve pese a que
sus globos pulsaban y latían, ya que el cielo y el mar, el mar y el cielo,
pesaban sobre mi mirada cansada al seguirme los muertos tan de cerca.
La balada del viejo marinero,
SAMUEL TAYLOR COLERIDGE (1798)
CAPÍTULO
CUARENTA
18 de diciembre, 9:00 horas
MICHAEL SE PUSO A patear el suelo delante
de la enfermería para sacudirse la nieve de las botas. El ruido hizo salir a
Charlotte. Al verle, se llevó un dedo a los labios, le cogió del brazo y le
guió de nuevo hacia la entrada exterior.
-Ahora, no -susurró.
-¿Cómo se encuentra?
La doctora tironeó de los guantes hacia
delante y hacia atrás mientras se los ponía.
-Lo está pasando bastante mal a pesar de no
tener una fiebre muy alta. Le he administrado un sedante y le he puesto un
gotero de glucosa. Mejor será que la dejemos descansar.
El periodista se sintió más disgustado de
lo que esperaba. Desde el momento en que trajeron a Eleanor del campamento
ballenero le había hechizado su rostro, el sonido de su voz y el deseo de
descubrir el resto de su historia.
-Y Murphy se ha pasado para recordarme que
no hagamos mención de su presencia aquí.
-Ah, vale, a mí también me ha enviado la
nota -repuso Michael.
-Venga, vamos -terció ella, echándose la
capucha sobre la cabeza-. Creo que lo que necesito ahora es un tazón del café
superfuerte del tío Barney.
Apoyándose el uno en el otro para
sostenerse bajo el viento racheado, avanzaron centímetro a centímetro rampa
abajo hacia la zona común. Habían puesto por la noche un árbol de Navidad de
mentirijillas con una serie de adornos de espumillón un tanto estropeados, y
éste se alzaba algo mustio en una de las esquinas de la habitación.
Darryl ya se había apropiado de una mesa en
la parte de atrás, donde hundía el tenedor en un plato lleno hasta arriba de
tofu frito mezclado con verduras. La presencia del biólogo ya se había notado:
el tío Barney había encargado más tofu por radio para que lo incluyeran en el
pedido que debía llegar con el siguiente vuelo. Charlotte se deslizó en la
banqueta más cercana a él, mientras que Wilde se sentó con su bandeja frente a
ellos. La doctora, con sus trenzas sujetas en lo alto de la cabeza, lucía un
aspecto parecido al de una piña.
Lo primero que hizo fue echar un montón de
azúcar en el tazón de café y beberse un buen sorbo.
-¿Qué, intentando ponerte en pie? -le
preguntó Darryl-. Espero que no te importe que te lo diga, pero con esa pinta
que tienes... deberías meterte en la cama.
-Gracias por tus amables palabras -replicó
ella, poniendo el tazón sobre la mesa-. ¿Cómo es que tu mujer no te ha pegado
ya un tiro?
Hirsch se encogió de hombros.
-Nuestro matrimonio se basa en la
sinceridad -respondió él, y Michael se echó a reír.
-Lo más extraño de todo es que cuando
estaba en Chicago dormía como un lirón, a pesar de las alarmas de los coches
que saltaban en mitad de la noche y los vecinos de fiesta hasta las cuatro de
la madrugada. Aquí, en este sitio tan tranquilo como una tumba y sin coches a
menos de unos cuantos miles de kilómetros a la redonda, me despierto de pronto
de madrugada.
-Pero... ¿Cierras bien las cortinas de la
cama? -inquirió Darryl.
-Ni se me ocurriría -replicó ella, mojando
una tostada en un huevo poco hecho-. Se parecería demasiado a un ataúd.
-¿Has probado a correr las cortinas de
opacidad de la ventana?
Ella hizo una pausa, masticando con
lentitud.
-Ah, sí, claro, me levanté y trasteé un
poco con ellas anoche.
-La idea es cerrarlas antes de acostarse
-le recriminó Darryl.
-Lo hice, pero juraría que... -Barnes se
detuvo bruscamente y después continuó-. Habría jurado que escuché algo afuera,
en la tormenta.
Michael aguardó. Una nota en la voz de la
mujer le advirtió lo que se avecinaba.
-¿Que oíste qué...? -preguntó el biólogo.
-Una voz... Gritos.
-Quizá era una banshee -explicó Hirsch,
removiendo su plato con el tenedor.
-¿Oíste lo que gritaba? -inquirió Michael
en el tono más despreocupado que logró improvisar.
-Me pareció entender, pese al rugido del
viento, algo asó como ‹Devuélvemelo›. -Sacudió la cabeza y luego retornó a los
huevos y la tostada-. Empiezo a echar de menos las alarmas de los coches.
El periodista logró tragarse el bocado a
duras penas, pero decidió guardarse la noticia para sí mismo todavía.
-Esto me recuerda otra cosita... -comentó
la doctora mientras rebuscaba en el bolsillo de su abrigo hasta sacar una
muestra de sangre en un vial de plástico-. Necesito un análisis de sangre
completo de esto.
A Darryl no pareció emocionarle mucho la
perspectiva.
-¿Y a qué se debe que recaiga tanto honor
en mi persona?
-Porque eres tú el que tiene todo ese
equipo tan magnífico en tu laboratorio.
-¿De quién es eso? -preguntó.
-De uno de los reclutas -comentó ella, con
brusquedad-, y te lo encargo a ti porque no hay más candidatos capaces de hacer
un análisis de sangre.
-Vale -dijo él, golpeándose ligeramente en
la boca con la servilleta-, y ya que estamos, también yo tengo algunas
novedades.
Michael no estaba seguro de si hablaba en
serio.
-Estáis sentados, amigos, al lado de
alguien grande de verdad. En la última tanda de cebos he atrapado un ejemplar
de una especie desconocida hasta ahora.
Tanto Michael como Charlotte le dedicaron
toda su atención a partir de ese momento.
-¿Es eso verdad? -preguntó Michael.
Darryl asintió, sonriente.
-Aunque se relaciona estrechamente con el
Cryothenia amphitreta, que permaneció sin descubrir hasta el 2006, no se conoce
este pez en concreto.
-¿Cómo puedes estar tan seguro? -inquirió
Charlotte.
-He consultado una fuente incuestionable,
un pequeño tomo titulado Peces del océano Antártico, y ahí no figura. La
morfología de su cabeza no se parece a nada que haya visto antes. Tiene una
protuberancia que se bifurca sobre los ojos y una cresta púrpura.
-Eso es estupendo -exclamó Michael-. ¿Cómo
le vas a llamar?
-De momento he pensado en llamarle
Cryothenia, que como ya sabéis significa ‘procedente del frío’, hirschii.
-Vaya, don Modesto -comentó Charlotte entre
risas.
-¿Cómo que don Modesto? -replicó Darryl-.
Los científicos llevan toda la vida poniéndoles sus nombres a las cosas, y
seguro que le va a sentar como una patada en el culo a un tal doctor Edgar
Montgomery, allá en Woods Hole.
-Pues entonces genial -le felicitó Michael.
-Lo que quiero hacer ahora -continuó
Darryl-, y de forma inmediata, es ir a por unos cuantos ejemplares más. Debe de
haber toda una colonia en las cercanías. Necesito diseccionar el que me he
traído, y sería estupendo contar con unos cuantos más para conservarlos
intactos.
-A lo mejor tienes suerte -sugirió Michael.
-Murphy nos ha ordenado a todos permanecer
en la base hasta que amaine la tormenta, pero espero obtener permiso para
llegar por lo menos hasta la caseta de inmersión, donde quiero poner algunas
redes y trampas más. Seréis bienvenidos los dos. Les podréis contar a vuestros
nietos que estuvisteis presentes allí donde se fraguó la Historia.
Charlotte mojó un poco más de pan en el
huevo y añadió:
-Pues la verdad es que me encantaría
helarme el culo pescando por ahí, pero creo que en vez de eso me voy a echar
una estupenda siestecita, y bien larga.
Pero Michael, que aprovechaba como fuera
cualquier oportunidad que surgiera de salir de la base, especialmente ahora que
Eleanor estaba fuera de su alcance, repuso:
-Estoy listo, ¿cuándo quieres que vayamos?
Una hora más tarde cruzaron la llanura
helada en una motonieve. Michael ejercía de piloto y Darryl iba detrás. El
periodista había conducido ese tipo de vehículos durante años y la experiencia
solía resultarle de lo más estimulante, pero hacerlo en la Antártida tenía un
factor añadido. El aire era tan frío que quemaba y cada centímetro de piel
expuesta ardía como si le hubieran prendido fuego, y luego, al cabo de unos
segundos, se quedaba totalmente insensible. Por ello mantuvo la cabeza abatida,
pegada al manillar, cubierta por el pasamontañas, con los ojos tapados con
gafas protectoras y una capucha de piel bien ajustada alrededor.
El paseo hacia la cabina de inmersión,
alzada sobre unas patas de hormigón, se les hizo tremendamente corto. Michael
dejó que el vehículo se deslizara lentamente hasta alcanzar el pie de la rampa,
que moría en la puerta. En el mismo momento en que apagó el motor, el rugido
del viento lo inundó todo y les envolvió por completo, hasta el punto de casi
derribar a Darryl. El periodista le agarró por el hombro para estabilizarle y
después le ayudó a trasladar el equipo al interior. Cerrar la puerta fue una lucha
tremenda, ya que el viento racheado amenazaba con arrancarla de las bisagras.
-Jesús -exclamó Michael, y se dejó caer
sobre el banco de madera, apartándose la capucha con los mitones.
La temperatura de la caseta no era más
agradable que la del exterior a causa del agujero practicado en el suelo, por
donde se colaba el frío, pero al menos estaban protegidos del viento. Hirsch
encendió los pesados calefactores y durante un par de minutos se limitaron a
quedarse allí sentados sin intentar siquiera decir una palabra.
Poco a poco se notó el efecto de los
calefactores y la diferencia de temperatura propició la formación de una fina
bruma que pendía como un sudario sobre el agujero de inmersión.
-Hay un montón de hielo obstruyendo el
agujero -observó Michael-. Vamos a tener que romperlo o no podremos bajar nada.
-¿Y por qué crees que te he traído?
-respondió el biólogo, mientras intentaba atar sus trampas y redes a las largas
cuerdas sin quitarse los gruesos guantes.
-Debería habérmelo imaginado -comentó el
periodista.
Echó un vistazo al equipo y a los
instrumentos colgados en las paredes y luego examinó las herramientas
esparcidas por el suelo: sierras para el hielo, cables de acero, arpones. El
instrumento más apropiado parecía ser una aguzada pica, aunque era imposible
usarla sin quitarse las manoplas, lo cual hizo a desgana. A pesar de todo,
tenía otros guantes debajo, pero al menos eran más delgados y le permitían
cerrar los dedos en torno a la empuñadura.
Una fina película de hielo recién formado
cubría el agua, que se hallaba a poco más de medio metro. El trabajo de hacer
practicable el agujero consistía en hundir la punta de la pica hasta quebrar el
hielo, y luego tirar del instrumento para tomar impulso y dar otro golpe.
El esfuerzo agotador acabó por recordarle a
Michael sus años de niñez, cuando debía limpiar con una pala la entrada de la
casa después de cada nevada. Su padre siempre le aconsejaba salir y hacerlo
cuanto antes, pues, tal y como le decía, ‹no te resultará más fácil cuando la
nieve haya tenido tiempo de helarse›. Recordaba bien aquel dolor peculiar que
le subía por los brazos cuando hundía la pala en lo que parecía nieve suelta y
luego resultaba ser hielo bien duro. El estremecimiento le recorría toda la
columna vertebral y hacía que le dolieran hasta los dientes. Estaba reviviendo
esa sensación una y otra vez y el hombro que se había dislocado en las Cascadas
comenzó a quejarse con amargura.
Al fin, consiguió reducir el hielo del
fondo hasta convertirlo en una papilla medio derretida, aunque sabía que
comenzaría a fraguar de nuevo con rapidez.
-¿Estás preparado? -le preguntó a Darryl,
sintiendo cómo le corría el reguero de sudor por la espalda hasta llegarle a la
cintura.
-Ya está... casi -respondió Darryl,
probando la abrazadera de una trampa con forma de reloj de arena.
La cuerda tenía redes y cepos atados cada
cierta distancia, lo cual le confería un aspecto similar al de la pulsera de un
gigante. Hirsch, para sujetarla, la había enlazado y enrollado en torno a los
enormes calentadores tipo rodapié de la cabaña. Darryl se arrastró de rodillas
hacia el agujero y se inclinó justo en el borde para lanzar dentro del agua el
extremo lastrado del cable.
-¿Puedes hacer más hueco? -pidió.
Michael usó la pica para retirar ese puré
de cubitos a un lado. Hirsch dejó caer la cuerda dentro del agujero y el lastre
sujeto al otro extremo lo arrastró hacia dentro. El torno al que iba atada
zumbó conforme iba soltando más cable, arrastrando los distintos artefactos del
biólogo hacia las profundidades del océano polar.
Michael utilizó la pica para apartar los
grumos de hielo hasta que el instrumento saltó de su mano de forma repentina e
inexplicable, y cayó dando tumbos por el agujero de hielo como un tronco que se
precipita por un barranco.
-¿Qué demonios ha pasado?
Darryl se echó a reír y alzó la mirada
antes de advertirle:
-Murphy te la va a cobrar.
Michael le acompañó en sus risas hasta ver
a Darryl salir lanzado de cabeza hacia el agujero. ‹Se habrá enganchado al
cable›, pensó en un primero momento para evitar que éste siguiera corriendo,
pero el cable simplemente rozó con fuerza debajo de su bota de goma hasta que
olió a quemado y continuó desenrollándose.
Y de todas formas, no había sido culpa del
cable.
Una manaza de color azul cobalto había
aferrado con fuerza a Darryl por el cuello de la parka y alguien intentaba
abrirse camino por debajo de la tarima de la caseta. La situación del biólogo
no era fácil, pues tenía medio cuerpo fuera y la cabeza y un brazo ya
sumergidos en el agua; sin embargo, agitaba el otro como un poseso para repeler
a su atacante.
Michael le cogió por las botas y dio un
fuerte tirón con el propósito de subirle.
Entonces, alguien se movió por el espacio
existente entre la tarima y el hielo del suelo, y enseguida asomó por el
agujero una cabeza grande, con la barba congelada y unos globos oculares
blancos y enloquecidos.
Era Danzing.
El musher soltó a Darryl en cuanto clavó
los ojos en Wilde, como un león distraído ante el descubrimiento de una presa
más apetecible, e intentó subir para meterse en la caseta. Darryl estaba
empapado y pedía ayuda a gritos.
Sin embargo, Michael podía ofrecerle bien
poca. Danzing, cubierto por una capa plateada de nieve congelada, había sacado
ya ambos brazos de debajo de la tarima y se elevaba por la abertura como
Poseidón surgiendo de las profundidades del mar.
-De... vuel... vemelo -gruñó a través de lo
que quedaba de su garganta destrozada.
Wilde le lanzó otra patada, pero Danzing
era muy rápido y se anticipó, agarrándole por la bota. Por suerte, ésta estaba
húmeda y se le escurrió entre los dedos.
El biólogo había conseguido salir del todo
del agujero y ahora estaba agazapado debajo de un banco, donde intentaba
secarse el agua del pelo en pleno ataque de pánico. Daba la impresión de
ignorar todavía qué le había golpeado ni qué estaba pasando.
Pero Michael sabía perfectamente a quién se
enfrentaba. Danzing chorreaba agua helada por los empapados pantalones negros y
la camisa de franela, pues debía de haberse mojado mientras intentaba subir por
el agujero; seguía de rodillas, mas ya intentaba ponerse en pie. El periodista
recorrió las paredes con la mirada hasta que descubrió uno de esos lanzaarpones
usados para defenderse de los leopardos marinos. No lo dudó y se subió de un
brinco al banco de madera para poder retirarlo de la pared.
Danzing ya se había incorporado y avanzaba
hacia él, mas tropezó con el cable, trastabilló y estuvo a punto de caer, lo
cual le concedió a Michael el tiempo preciso para preparar el arma y apuntar a
la monstruosa criatura que se le echaba encima entre jadeos.
Apenas había distancia entre ellos cuando
apretó el gatillo y la punta del arpón en forma de tridente explotó en el
interior del pecho del atacante. La fuerza del impacto envió hacia atrás al
agresor, pero, a trancas y barrancas, logró detenerse en el mismo borde del
agujero y, tras unos segundos de duda, mantuvo el equilibrio; luego, llevó la
mano al arpón, todavía clavado en su pecho, y lo aferró con fuerza mientras lo
miraba boquiabierto y sorprendido. Michael no perdió el tiempo y con una patada
le hizo caer de espaldas por el embudo helado.
Se oyó un fuerte ruido de salpicadura, un
gorgoteo, el sonido del hielo resquebrajándose y luego... sólo silencio, roto
por el zumbido de los calefactores.
Darryl se quejaba a grito pelado mientras
intentaba sacudirse el agua congelada del pelo. Michael aún no podía acudir en
su socorro. Cargó el arma y se asomó al borde del agujero con el lanzaarpones
dispuesto.
No había nada que ver, excepto el tenso
cable de acero reforzado que sostenía las trampas de Darryl y una temblorosa
tracería de hielo azulado que comenzaba a cerrarse de nuevo sobre la tumba
marina de Danzing.
CAPÍTULO
CUARENTA Y UNO
18 de diciembre, 1:00 horas
SINCLAIR PERMANECIÓ ANTE LAS puertas
abiertas de la iglesia y se quedó mirando al exterior, hacia la cegadora
blancura de una ventisca tan densa que apenas veía el pie de las escaleras. Ni
los perros podrían andar por ahí en esas condiciones.
Empujó las puertas con el hombro hasta que
las cerró de nuevo y se volvió para contemplar sus dominios: una capilla
lóbrega donde los perros del trineo yacían espatarrados sobre el suelo de
piedra o acurrucados en apretadas pelotas entre los viejos bancos, un lugar
cuyas paredes azotaba el viento implacable, susurrando a través de las grietas
de la madera y los marcos de las ventanas. En realidad, sólo era una jaula
enorme, eso y sólo eso... y él, nada más que otra bestia aprisionada en su
interior.
Sus pensamientos vagaron hasta detenerse en
un día, una tarde de domingo en la que había llevado a Eleanor al zoológico de
Londres con la esperanza de distraerla, pero las cosas no habían salido todo lo
bien que él hubiera deseado. Ella parecía cada vez más alicaída conforme
pasaban ante sus ojos un animal tras otro encerrados en sus jaulas, y comenzó a
considerar a aquellas criaturas cautivas desde su punto de vista. Muchos
estaban solos, confinados en espacios pequeños sin ningún elemento proveniente de
la naturaleza, ni arbustos, árboles, rocas, arena o aunque sólo fuera barro
helado, que pudieran hacerles sentir más cómodos y en un ambiente familiar para
ellos. Eleanor se había aferrado a su brazo y vagaban por el sinuoso sendero,
pasando al lado de una fila tras otra de gruesos barrotes de hierro hasta que
llegaron al animal más popular de los exhibidos.
El tigre de Bengala.
Envuelto en su elegante piel tapizada de
rayas negras, anaranjadas y blancas, caminaba nerviosamente de un lado para
otro en un espacio tan pequeño que apenas le permitía darse la vuelta. A sólo
unos escasos metros de distancia se congregaba una muchedumbre de espectadores
y varios niños le hacían muecas cuando la bestia dirigía una torva mirada en su
dirección. Uno de ellos lanzó una bellota entre los barrotes que rebotó sobre
el morro del felino. Éste rugió, y ellos se echaron a reír y se palmearon las
espaldas unos a otros, llenos de regocijo.
-¡Dejadlo ya, parad de una vez! -les
recriminó Eleanor, adelantándose para sujetar la mano de uno de los chicos que
iba a lanzar otra bellota. El muchacho se volvió, sorprendido, y sus
desaliñados compañeros la rodearon hasta que Sinclair dio un paso adelante a su
vez.
-Largaos de aquí -les advirtió en voz baja
pero severa-, u os arrojaré dentro de la jaula.
El chico vaciló entre impresionar a sus
colegas o salvar el pellejo, y cuando Sinclair adelantó la mano para agarrarle
de la manga escogió la segunda opción y salió disparado hasta ponerse fuera de
su alcance. Pero una vez que se sintió a una distancia segura, se detuvo para
tirarle una bellota y gritarle unas cuantas palabras llenas de desafío.
Sinclair se volvió hacia Eleanor, que había
clavado una mirada inmóvil en el tigre. Éste había interrumpido sus vueltas
interminables y le devolvía la mirada. No se atrevió a decir una palabra, ya
que era como si ella y el tigre hubieran entrado en una silenciosa comunión.
Ambos se sostuvieron la mirada el uno al otro durante al menos un minuto, y
escuchó decir a un espectador anciano con grandes bigotes blancos y retorcidos
hacia arriba:
-Miren, la señora ha sido hipnotizada.
Sin embargo, cuando ella colocó su brazo
bajo el de Copley para continuar el paseo le caía una lágrima de los ojos.
Michael se sentía como si hubiera
interpretado muchas veces variaciones de esa escena: intentar convencer a
Murphy de que lo imposible era posible y que había ocurrido lo impensable.
Primero fue que había encontrado a una mujer congelada en el hielo; luego, que
Danzing había sido asesinado por uno de sus propios perros; y ahora, que
después de haber asesinado a Ackerley, había regresado una vez más para atacar
a Darryl en la caseta de inmersión. La única ventaja era que Murphy se había
acostumbrado de tal manera a estas extrañas charlas que había dejado de
cuestionarse la veracidad de las palabras de Michael o su cordura. En ese
momento estaba sentado detrás de la mesa de su despacho, peinándose el espeso
cabello canoso con los dedos, más blanco cada día que pasaba. Como observó
Michael, hacía preguntas en un tono de voz resignado, casi mecánico.
-¿Estás seguro de que te lo has cargado
esta vez con el arpón? -le preguntó al periodista.
-Sí -repuso éste-. Creo que al fin se ha
ido para siempre.
Sin embargo, ¿estaba tan seguro como
parecía sonar?
-De cualquier manera -replicó Murphy-, voy
a ordenar que nadie vaya a la caseta de inmersión por ahora... Sólo será hasta
que estemos seguros. Cerciórate de que el señor Hirsch entiende el mensaje alto
y claro.
Se oyó una ráfaga de estática procedente de
la radio que había detrás de su asiento.
-Velocidad del viento, ciento veinte,
nor-noroeste -informó una voz lejana-. Las temperaturas alcanzarán de cinco a
quince grados bajo cero, y está previsto que suban hasta los... -Hubo una nueva
interferencia y después la voz regresó, continuando-... centro de altas
presiones moviéndose en dirección suroeste desde la península chilena hacia el
mar de Ross.
-Parece que tendremos mañana un respiro
-comentó el jefe, haciendo girar la silla y apagando el cacharro-, al menos por
parte de este jodido tiempo. -Luego se volvió para enfrentarse a Michael de
nuevo con un impreso en la mano-. El informe de la doctora Barnes -comentó
poniéndose las gafas para leer en voz alta- dice: ‹La paciente, la señora
Eleanor Ames, que se declara ciudadana inglesa de unos veinte años de edad -se
detuvo, echando una ojeada a Michael por encima del borde de las gafas-, se
encuentra en situación estable, con todas las constantes vitales estabilizadas
en este momento. Muestra todavía signos de hipotensión y arritmias recurrentes,
junto con una anemia extrema, que le será tratada definitivamente una vez
finalicen los análisis de sangre›.
Abatió el papel.
-¿Tienes idea de cuándo los terminará
Hirsch?
-No.
-Que no se te note mucho, pero dale un
empujoncito a ver si los remata de una puñetera vez.
-¿Y no sería más eficaz si lo hicieras tú?
-No quiero levantar más sospechas de las
que ya circulan por ahí -repuso Murphy-. Todo lo que él sabe es que debe
analizar otra muestra de sangre, así que mejor lo dejamos como está. Y por si
no lo has notado, el pelirrojo no se lleva nada bien con las figuras de
autoridad.
Se recostó otra vez en el sillón, aún
enarbolando el papel.
-De modo que éste es el primer documento
oficial, fechado y todo, mira tú, que recoge la existencia de la Bella
Durmiente.
-Eleanor Ames -le corrigió Michael.
-Ah, vale, llevas razón, la verdad es que
es bastante real ya. -Guardó la hoja dentro de una carpeta de plástico azul con
gestos deliberados-. Y en consecuencia, todo lo que suceda de aquí en adelante
tendrá que quedar debidamente registrado -comentó-, o por otra parte podemos
optar por no generar ningún documento, al menos de momento, y sin que circule
ninguna información. En otras palabras, la elección es ésta: o no dejar
registros escritos o soltar la boca. ¿Entiendes lo que quiero decir?
El reportero asintió.
-Lo último que necesitamos, lo último en
este puto mundo, es tener más gente encima de la que ya se nos va a echar,
desde la NSF a cualquier otra agencia a la que se le ocurra declararse
competente en este asunto. Me he pasado dos años hasta poder cualificarme para
obtener una pensión completa. No me gustaría tenerlos por aquí cumplimentando
formularios y haciendo declaraciones. -Hizo un gesto en dirección a una
tambaleante pila de papeles y formularios de aspecto oficial en una bandeja de
oficina-. ¿Ves esto? Toda esta mierda no es más que jodida rutina. Imagínate
qué ocurriría si se hiciera público lo que te he leído.
Michael se lo imaginaba la mar de bien. De
hecho, ya se estaba preguntando qué era lo que le iba a decir, y qué no, a su
editor, Gillespie, durante su próxima conversación.
-Estando las cosas como están, éste es el
motivo de que te pida que te guardes para ti mismo todo lo que puedas. Y ya que
estamos en ello, hazme un favor más.
-Haré cuanto esté en mi mano.
-Me gustaría que fueras el contacto, o como
quieras llamarle, con la señorita Ames. Échale una mano a Charlotte y mantenme
informado de lo que ocurra, qué tal va la paciente, qué hace, qué crees tú que
debemos hacer. No me parece necesario decirte que no pienso que haya ocurrido
jamás nada parecido a esto, en ningún otro momento y lugar, y no tengo ningún
interés particular en difundir por ahí que está aquí a cualquiera que no lo
sepa ya. Me gustaría llevar esto con calma, discreción y precaución.
-Pero ¿tu plan consiste en dejarla
confinada en la enfermería? -inquirió Michael-. Porque te aseguro que se le va
a ir la olla ahí dentro. Al menos a mí me ocurriría seguro.
-Ya veremos, lo que hagamos dependerá de
cómo vayan las cosas, y no antes de haber obtenido más información de Darryl y
Charlotte.
-¿Y qué hay de su compañero, el hombre al
que ella llama Sinclair? -le urgió el reportero-. Si las predicciones mejoran,
¿podríamos regresar a Stromviken para buscarle?
-Mañana mismo, si el tiempo no lo impide.
Entonces a lo mejor podemos organizar una partida de búsqueda. -Lo cierto es
que sonó como si no tuviera el más mínimo interés en ello; Wilde sospechaba que
guardaba la esperanza de que ese Sinclair, que desde su punto de vista no era
más que otro marrón de cuidado, desapareciera sin más-. A lo que me refiero es
a que vayamos a cosa por vez -continuó Murphy-. Si asumimos que ella es quien
dice que es, y dice que es...
-Me he roto la cabeza para buscarle otra
explicación a todo esto -le interrumpió el reportero-. Créeme, lo he intentado
de veras.
-Bueno, vale, sigue intentándolo -replicó
el jefe O’Connor-, pero si lo asumimos así, y continuando la línea del
argumento, pensamos que tienes razón, ¿qué pasaría si ella se contagia de algo
procedente de alguien de por aquí, algo para lo que no esté inmunizada?
Michael no había pensado en aquello y se le
escapó una exclamación ahogada.
-¿Te das cuenta? -insistió Murphy, alzando
las manos-. Éste es el tipo de cosas que hemos de considerar. Quiero decir, no
soy médico, pero diablos, si lo fuera, sabría qué hacer respecto a Ackerley.
Michael también había estado preguntándose
sobre este asunto. No se había hecho ningún anuncio de su muerte, y era sólo
cuestión de tiempo el que alguien se diera cuenta de que nadie había visto al
escurridizo Gnomo durante bastante tiempo.
-¿Y qué es lo que has hecho con el cuerpo?
-le preguntó Michael.
-Está almacenado en frío -repuso Murphy-.
Se lo he comunicado a su madre, ya que vive con ella, allí en Wilmington, pero
la verdad, estaba tan empanada que no he conseguido hacérselo entender. No he
realizado ningún informe oficial, porque es lo segundo que pasa, y teniendo en
cuenta que ocurrió tan de seguido a lo de Danzing, ya me puedo dar por contento
si no aparece una maldita delegación del FBI a investigar. -Una repentina racha
de viento sacudió todo el módulo hasta los bloques de cemento sobre los que se
apoyaba-. Por eso le pedí a Lawson que fuera allí y limpiara el laboratorio de
botánica, y que intentara proteger aquello en lo que estuviera trabajando.
Parecía una decisión buena, e incluso
loable, pero Michael se preguntaba si habría alguien en la base capaz de
mantener todas las plantas vivas, especialmente aquellas orquídeas con sus
largos y delicados tallos. Todo en la Antártida parecía conspirar contra la
supervivencia, contra la vida, y conforme se acercaba el momento de su marcha,
sólo podía pensar en aquello, en la única persona que el frío eterno había
protegido realmente, acogiéndola en su seno.
-Y no olvides lo que te he dicho sobre esa
mujer, la tal Ames -le gritó Murphy-. Trátala con guante blanco en todo
momento.
Michael se dejó caer por la enfermería por
si ella estaba despierta y consciente. No quería parecer un pretendiente
inoportuno, pero al mismo tiempo deseaba desesperadamente conocer su historia.
Llevaba a cuestas, en su mochila, sus cuadernos y bolígrafos de reportero y una
grabadora del tamaño de una palm. Dudó sobre si llevarse o no su cámara, pero
le pareció que era un poco indiscreto y le daba miedo incomodarla. Así que
decidió que las fotos podían esperar.
Sin embargo, se dio cuenta de que no había
escogido la mejor ocasión. Tocó en la puerta cerrada, a pesar de que la
enfermería generalmente estaba abierta de par en par, y escuchó a Charlotte
apresurarse en el interior.
-¿Sí? -preguntó-. ¿Quién está ahí?
El reportero se identificó y la puerta se
entreabrió el espacio suficiente para dejarle entrar. Charlotte, con su ropa de
hospital de color verde, tenía un aspecto tenso, y a Eleanor no se le veía por
ninguna parte, allí en la zona destinada a los enfermos.
-¿Está despierta?
La doctora suspiró y luego asintió.
-¿Va todo bien?
Ella inclinó la cabeza hacia un lado y dijo
en voz baja:
-Tenemos lo que tú llamarías algunas
dificultades técnicas.
-¿Y de qué tipo...?
-Psicológicas, emocionales... Problemas de
adaptación.
Se oyó un sollozo procedente de la zona de
enfermos.
-Es decir, no creo que sea exactamente un
shock -aclaró la doctora-, dadas las circunstancias, pero le he administrado
otro sedante suave, a ver si le ayuda.
-¿Crees que sería positivo que entre y
hable con ella antes de que le haga efecto? -susurró Michael.
Charlotte se encogió de hombros.
-Quién sabe... Quizá le sirva para
distraerse un poco. -Pero cuando él se dirigía hacia donde se encontraba la
enferma, le advirtió-: Eso siempre que no le digas nada que la altere.
Michael se preguntó cómo era posible
decirle algo a Eleanor Ames sin mencionar nada que pudiera molestarla.
Cuando entró en la zona, se la encontró de
pie con un suave y esponjoso albornoz blanco, mirando hacia fuera por el
estrecho panel de la ventana. La mayoría del cristal estaba cubierto de nieve y
sólo dejaba pasar un pálido simulacro de luz diurna. Volvió rápidamente la
cabeza cuando él accedió a la habitación, temerosa, asustadiza y claramente
algo avergonzada por haber sido sorprendida con aquel atuendo doméstico. Tiró
de las solapas del albornoz para cerrarlas bien y después retornó a su
contemplación de la ventana.
-No hay mucho que ver hoy -comentó Michael.
-Él está ahí fuera.
El reportero no tuvo que preguntar a quién
se refería.
-Está allí fuera, completamente solo.
Una abundante bandeja de comida yacía
intacta en la mesilla de noche.
-Y ni siquiera sabe que le he dejado en
contra de mi voluntad.
Eleanor comenzó a andar de un lado para
otro con un par de zapatillas blancas y los ojos llorosos clavados en la
ventana. Había experimentado una transformación extraña; la primera vez que
Michael la había visto, en el iceberg y luego en la iglesia, le había parecido
tan ajena a este mundo, tan fuera de lugar y de época. Nunca había puesto en
duda que estaba hablando con alguien de quien le separaba un gran abismo de
tiempo y experiencia, sin lugar a dudas.
Pero ahora, con el cuello del albornoz
blanco ceñido alrededor del rostro, el cabello recién lavado colgándole
libremente por la espalda, y arrastrando las zapatillas por el suelo de
linóleo, tenía el mismo aspecto exacto de cualquier otra joven que acabara de
salir de una cabina de tratamiento de spa pijo.
-Ha sobrevivido a muchas cosas -afirmó
Michael, escogiendo las palabras cuidadosamente-. Estoy seguro de que podrá
sobrevivir también a esta tormenta.
-Eso era antes.
-¿Antes de qué?
-De que yo le abandonara. -Tenía un puñado
de pañuelos de papel húmedos hechos una pelota en la mano y los usó para
secarse las lágrimas.
-No tuvo elección -añadió Michael-. ¿Cuánto
tiempo hubiera podido resistir allí, comiendo alimento para perros y quemando
viejos breviarios para mantener el calor?
¿Había hablado con demasiada precipitación?
Estaba intentando consolarla, pero sus ojos verdes habían relampagueado en una
muda advertencia.
-Hemos pasado por cosas peores juntos.
Cosas peores de las que usted jamás haya conocido y que jamás pueda imaginar.
-Le dio la espalda y sus frágiles hombros se agitaron debajo del albornoz.
Michael dejó la mochila en el suelo y se
sentó en la silla de plástico que había en una esquina de la habitación. Algo
en su interior le decía que la actitud más comprensiva sería simplemente
marcharse y regresar cuando ella se hubiera tranquilizado, pero, por otro lado,
a lo mejor era lo que deseaba pensar, algo le decía que a pesar de su pena y su
confusión, ella no quería que él se fuera en realidad... que extraería algo de
consuelo del hecho de que él se quedar allí. En el entorno artificial en el cual
la habían metido, él podría ser una especie de nota familiar.
-La doctora me ha dicho que no puedo salir
de aquí -comentó Eleanor, en un tono de voz más tranquilo.
-Desde luego no con esta tormenta -afirmó
él en tono ligero.
-De esta habitación -precisó la joven.
Desde el principio el reportero había
entendido lo que ella quería decir.
-Es sólo de momento -le aseguró-. No
queremos exponerla a nada, como gérmenes, bacterias o cosas así, contra lo que
usted no tenga defensas naturales.
Eleanor dejó escapar una risa amarga.
-He cuidado de soldados con malaria,
disentería, cólera y fiebre de Crimea, la cual contraje, por cierto. -Inspiró
profundamente-. Y como puede ver las he sobrevivido todas. -Entonces se volvió
hacia él y dijo con algo más de alegría-: Pero la señorita Nightingale, desde
luego, ha estado impulsando grandes reformas en este sentido. Hemos empezado a
airear las salas del hospital, incluso por la noche, para disipar los miasmas
que se forman. Y yo personalmente creo también que introduciendo mejoras en la higiene
y la nutrición se pueden salvar una gran cantidad de vidas. Es sólo cuestión de
convencer a las autoridades pertinentes.
Era el discurso más largo que le había oído
pronunciar y ella también debió de quedar sorprendida de su propia locualidad,
porque se detuvo de repente y un ligero rubor le inundó las mejillas. A Michael
le quedó claro que era fácil adivinar lo seriamente que se había tomado sus
deberes como enfermera.
-Pero ¿qué estoy diciendo? -masculló ella
entre dientes-. La señorita Nightingale hace mucho que murió. Y sin duda, todo
esto que acabo de decir debe de haber sonado estúpido. El mundo ha seguido su
camino y aquí estoy yo contándole cosas que usted debe saber ya, porque se debe
de haber comprobado hace muchos años si son verdad o están completamente
equivocadas. Lo siento, me he olvidado.
-Florence Nightingale llevaba razón
-comentó Michael-, y usted también. -Hizo una pausa-. Y no estará confinada en
esta habitación durante mucho tiempo. Veré qué podemos hacer.
Ella ya había estado expuesta a él y a los
gérmenes que pudiera acarrear consigo, así que, pensó Michael, ¿qué problema
habría en otros posibles contactos? Y en cuanto a encontrarse con otras
personas dentro de la base, tanto probetas como reclutas, bueno, seguro que
había montones de formas de andar de un lado para otro sin generar muchas
interacciones. Point Adélie no era precisamente la estación Grand Central.
Eleanor se sentó en el borde de la cama,
frente a Michael. El sedante debía de estar haciéndole efecto porque había
dejado de llorar y ya no se retorcía las manos.
-Contraje la fiebre después de la batalla.
-El reportero se moría por sacar la grabadora, pero no quería hacer nada que
pudiera confundirla o molestarla en ese estado de ánimo tan voluble. Le dejó
seguir-: Sinclair, el teniente Sinclair Copley, del 17º de lanceros, resultó
herido en la carga de la caballería. Cogí la enfermedad mientras le cuidaba.
Tenía la mirada como ausente, y Michael se
dio cuenta de que incluso el tranquilizante más suave debía de tener mucho
efecto en alguien que jamás los había tomado.
-Pero la verdad es que tuvo suerte.
Murieron casi todos sus compañeros, incluso su querido amigo el capitán
Rutherford. -Suspiró y bajó la mirada- Según lo que me dijeron, la caballería
ligera resultó completamente destruida.
Michael casi se cayó de la silla. ¿La
caballería ligera? ¿Estaba hablando de la famosa carga de la caballería ligera,
aquella que inmortalizara el poema de Alfred Tennyson? ¿Hablaba de una
experiencia de primera mano?
¿Estaba sugiriendo entonces que su
compañero congelado, ese teniente Copley, era un superviviente de la carga?
Fuera lo que fuese, una fantasía coherente o un registro histórico de
inimaginable autenticidad, debía tomar nota.
Deslizó una mano dentro de su mochila, y
con destreza sacó la grabadora.
-Si no le importa -la informó-, voy a usar
este instrumento para registrar nuestra conversación.
Y apretó el botón.
Durante un buen rato, ella observó con
gesto pensativo a su interlocutor y a la pequeña y brillante luz roja
indicadora de que estaba en marcha, pero parecía como si no le importara en
realidad. Él no estaba seguro de que ella hubiera entendido lo que le estaba
diciendo, o lo que la máquina hacía en realidad. Tenía la sensación de que
había tantas cosas que le resultaban novedosas, desde las doctoras negras hasta
las luces eléctricas, que escogía sólo algunas cosas, una por vez para
captarlas y procesarlas.
-Les ordenaron atacar las posiciones de los
cañones rusos -continuó ella- y fue entonces cuando les aniquilaron. Había
piezas de artillería en las colinas, a cada lado del valle, así que las
probabilidades en contra eran sobrecogedoras. Estuve trabajando noche y día,
igual que mi amiga Moira y las demás enfermeras, pero no podíamos con todo.
Había demasiadas batallas, demasiados hombres heridos o agonizantes. No pudimos
hacer más.
Él pudo observar en sus ojos cómo ella
había retrocedido hasta ese momento y volvía a revivirlo.
-Estoy seguro de que usted hizo todo lo que
estuvo en su mano para ayudar.
Le devolvió una mirada compungida.
-Hice cuanto pude y más -aseguró, con
rotundidad. Sus ojos se nublaron al recordar aquellos sucesos que aún tenían el
poder de obsesionarla-. Todas nosotras nos vimos obligadas a hacer cosas para
las que no nos habían preparado.
Y el reportero comprobó entonces que
aquella marea de la memoria la arrastraba consigo de regreso a su época.
A la noche siguiente de encontrar a
Sinclair, lo recordaba muy bien, se había apropiado en secreto de varias cosas,
entre ellas un vial de morfina. Valía más que el oro, y por ello la señorita
Nightingale mantenía un ojo atento a las reservas de la misma. Escogió el
momento en que ésta había dado ya la última vuelta y se suponía que Eleanor
tenía que estar en las habitaciones de las enfermeras, profundamente dormida,
para deslizarse por las tortuosas escaleras con una lámpara turca en la mano y
rehacer el camino hacia las salas de los afectados por la fiebre. Varios
soldados la confundieron con la señorita Nightingale y susurraron bendiciones a
su paso.
-¿Eso sucedió después de qué batalla? -la
interrumpió Michael amablemente, aunque la voz la despertó bruscamente de su
ensoñación.
-Balaclava.
-¿En qué año ocurrió?
-A finales de octubre de 1854. Y los
barracones del hospital estaban tan atestados que los hombres yacían sobre la
paja, hombro con hombro.
El highlander, recordó, aquel que una vez
le había advertido en su delirio de que Sinclair era un hombre malo, estaba
justo a su lado. Si también lo veía sufrir mucho, había decidido compartir con
él el contenido del vial, pero dedujo que era completamente innecesario en
cuanto llegó a la sala. Dos camilleros con el rostro cubierto con pañuelos
estaban inclinados sobre el cuerpo del escocés para cerrar los dos lados de su
mugrienta manta de lana sobre él, pero no antes de que Eleanor captara un
atisbo del rostro. Estaba tan blanco como una valla recién pintada de cal y la
piel tenía el aspecto de una pieza de fruta seca de la que se había extraído
todo el zumo y la pulpa.
-Buenas tardes, señorita -le dijo uno de
ellos-. Soy yo, Taylor. -La joven reconoció al tipo orejudo del día de la
amputación fatal de Frenchie-. Y Smith también está aquí -le informó, señalando
al tipo fornido que cosía a toda prisa los dos lados de la manta. Ella sabía
que aquel envoltorio asqueroso serviría como sudario y ataúd del muerto y que
arrojarían su cuerpo en una fosa común abierta en las colinas cercanas.
Alzaron el cuerpo del suelo a la de tres y
Taylor se echó a reír por debajo de su pañuelo.
-Este tipo es más ligero que una pluma.
Se deslizaron fuera de la sala, balanceando
el cuerpo envuelto en la manta entre ellos y Eleanor pudo arrodillarse en el
espacio que había dejado para atender a Sinclair, que, para su alivio, mostraba
una mejoría evidente e inesperada.
Michael volvió a interrumpirla.
-Usted y las otras enfermeras bajo el mando
de la señorita Nightingale... ¿Cuántas eran en total?
-No muchas... Un par de docenas en los
mejores momentos -respondió ella, con aspecto cansado-. Muchas cayeron enfermas
y murieron, pero tanto Moira como yo resistimos. Yo había encontrado una camisa
limpia y una navaja para Sinclair. Usé la navaja para cortarle el pelo, ya que
lo tenía infestado de piojos, y después le ayudé a afeitarse.
-Debió de estarle muy agradecido.
-Llevaba en el bolsillo el vial de morfina.
-¿Se lo dio usted también?
Apareció en su rostro una mirada vacilante.
-No. No lo hice. Tenía tan buen aspecto que
pensé en guardarlo... por miedo a que tuviera una recaída y lo necesitara
entonces. -Alzó los ojos hasta Michael-. Era muy difícil de obtener.
-Ahora pasa igual -le explicó el
reportero-. Eso es lo único que no ha cambiado. Sin embargo, él se recuperó,
así que debió usted de sentirse muy contenta... y también orgullosa.
-¿Orgullosa? ¿Orgullosa de qué?
Eleanor jamás habría usado esa palabra.
Nunca había vuelto a sentir orgullo en su vida después de saber cuáles eran sus
espantosas necesidades, y menos todavía después de ayudarle a satisfacerlas.
Y cuando se vio obligada a compartir esas
mismas necesidades, no había sentido nada más que un sentimiento de vergüenza
abrumador y permanente.
-¿Qué hicieron cuando él se recuperó y
terminó la guerra? ¿Regresaron ambos a Inglaterra?
-No -replicó ella, dejándose llevar por sus
pensamientos durante unos momentos-. Jamás retornamos a casa.
-¿Y eso por qué?
¿Cómo iban a volver después de haberse
convertido en aquello? Porque ella enfermó nada más empezar la mejoría de
Sinclair. La visita a la sala de afectados por la fiebre había tenido sus
consecuencias y a la mañana siguiente, Eleanor notó los primeros síntomas: un
mareo ligero y una viscosa humedad extendiéndose por su piel. Hizo cuanto pudo
por disimularlo, ya que sabía que no tendría posibilidades de ver a su amado
una vez la relevaran de sus obligaciones. Sin embargo, cuando acudió a su lado
para llevarle un cuenco de sopa de cebada, tropezó con sus propios pies,
derramando la sopa y cayéndose casi encima de él. Copley la sujetó en sus
brazos y llamó pidiendo ayuda.
Un camillero con pañuelo llegó hasta allí
arrastrando los pies, con la colilla de un cigarro tras la oreja, pero avivó el
paso cuando vio que era Eleanor la que necesitaba ayuda y no un soldado
agonizante cualquiera.
Sinclair se sentía muy acongojado y ella
intentó, incluso en la situación en la que estaba, asegurarle que se encontraba
bien. La escoltaron de vuelta a las habitaciones de las enfermeras en la torre,
donde antes de acostarla Moira le puso inmediatamente un vaso de oporto en los
labios. Era un misterio cómo se las apañaba para encontrar este tipo de cosas.
Eleanor recordaba poco de lo sucedido durante la semana siguiente... aparte de
ver el rostro preocupado de Moira encima del suyo, una y otra vez... y el de
Sinclair en el transcurso de esa noche inolvidable.
Fue consciente del bajo sonido siseante de
la máquina sólo cuando dejó de hablar. Incluso no se había dado cuenta de haber
estado hablando.
-¿Por qué no regresaron nunca a Inglaterra?
-insistió Michael de nuevo.
-Allí no habríamos sido bienvenidos -aclaró
ella finalmente, apoyándose en las manos-. No la menos... teniendo en cuenta lo
que éramos. Nos habíamos convertido en... ¿cómo les llaman ustedes? -Empezaba a
mostrarse soñolienta, confusa; fuera lo que fuese lo que le hubiera dado la
doctora estaba consiguiendo su objetivo de forma indudable-. ¿Cómo les llaman a
quienes han sido expulsados de su propio país?
-¿Exiliados? -sugirió él.
-Sí -murmuró ella-, creo que ésa es la
palabra. Exiliado.
Se oyó un ligero click y la joven bajó la
mirada para ver cómo se desvanecía la luz roja de la pequeña cajita siseante
del reportero.
-Ah, vaya, su faro se ha apagado.
-Bueno, lo volveremos a encender en otro
momento -repuso el reportero, alzándole los pies del suelo con suavidad para
depositarlos en la cama-. Y ahora, creo que debería dormir un rato.
-Pero tengo unas rondas de visitas que
hacer... -dijo ella, mientras luchaba sin éxito para sujetarse la cabeza antes
de que cayera de nuevo sobre la almohada. Sentía una creciente sensación de
urgencia. ¿Por qué yacía ella allí cuando debía estar visitando las salas? ¿Por
qué andaba allí parloteando mientras los soldados morían?
Alguien le quitó las zapatillas.
-No estoy cumpliendo ni mucho menos con mis
obligaciones...
Una vez que cerró los ojos, Michael le echó
una manta por encima. Se había quedado profundamente dormida otra vez. Guardó
la grabadora y el cuaderno, después bajó la persiana y apagó la luz.
Y luego, simplemente se quedó allí como un
centinela, observándola bajo aquella tenue luz que penetraba en la habitación.
Ya había estado de vigilancia otras veces como ahora, reflexionó. La mata
apenas se movía mientras ella respiraba y tenía la cabeza vuelta contra la
almohada. ¿Dónde estaría ella ahora? ¿Y qué extraña concatenación de sucesos la
había llevado hasta su terrible fallecimiento, envuelta en cadenas y confiada
al mar? Ésa era una pregunta que no sabría nunca cómo ni cuándo hacer, pero lo que
sí sabía era que le quedaba muy poco tiempo. El permiso del NSF finalizaba en
un par de semanas. Y aun así, ¿quién sabía qué reacción experimentaría al
revivir un drama como ése? Los mechones sedosos de su pelo le cruzaban la
mejilla y aunque sintió el momentáneo impulso de apartarlos, sabía que no debía
tocarla. Ella se encontraba en algún lugar muy lejano... Era una exiliada de
una época y un lugar que ya no volverían a existir jamás.
CAPÍTULO
CUARENTA Y DOS
19 de diciembre, 2:30 horas
TODO HABÍA IDO A pedir de boca hasta que el
análisis de sangre encargado por Charlotte le distrajo, refunfuñó Darryl.
Había trabajado muy duro en las muestras de
sangre y tejidos del Cryothenia hirschii, el descubrimiento que se iba a
convertir en la base de su prestigio científico, y los resultados preliminares
habían sido espectaculares: la sangre del pez no estaba libre por completo de
hemoglobina, sino que también era misteriosamente baja en aquellas
glicoproteínas anticongelantes objeto de su estudio. En otras palabras, esa
especie podía prosperar en las aguas gélidas del océano Antártico, pero siempre
que fuera extremadamente cuidadosa. Tenía menos protección contra la
congelación que todas las demás especies examinadas hasta la fecha, y un mero
roce con hielo real se propagaba por todo su cuerpo como un relámpago y la
congelaba al instante y donde se encontrara. Quizá por eso había descubierto el
primer ejemplar, e incluso aquellos otros dos que ahora nadaban en el tanque
del acuario, muy cercanas a la costa, y vagando cerca de la corriente cálida
que fluía de una de las cañerías de desagüe del campamento. O quizá podría
haber sido que simplemente les gustaban los rayos de luz diurna, por tenues que
fueran, que se filtraban a las profundidades a través de los agujeros de la
caseta de inmersión. Fuera cual fuese la razón, él estaba agradecido de
haberlos encontrado.
Estaba registrando todos los nuevos datos,
que hacían su hallazgo cada vez más original y valioso, cuando recordó el favor
que le había prometido a Charlotte. Sacó la muestra del frigorífico y notó que
en la etiqueta no había ningún nombre sino sólo dos iniciales: «E.A.». Repasó
mentalmente con rapidez los nombres de los probetas, pero ningunos de ellos
correspondía con aquellas dos letras. Así que debía de proceder de uno de los
reclutas; tenía relación con unos cuantos y un par más que sólo conocía por sus
apodos: Moose y T-Bone. Por otro lado, Charlotte no le había dado instrucciones
acerca de qué era lo que debía buscar, lo cual resultaba bastante molesto. ¿Es
que no se daba cuenta de que él tenía también mucho trabajo?
Afortunadamente, el laboratorio de biología
marina poseía todo aquello que un hematólogo pudiera necesitar, desde el último
modelo de centrifugadora hasta un autoanalizador que realizaba ensayos
monoclonales, estudios fluorométricos y lecturas ópticas avanzadas de
plaquetas, y todo en una sola tacada. Pasó toda la batería de test, desde el de
la alanina aminotransferasa hasta los triglicéridos, además de todo aquello que
pudiera encontrarse entre medias, y mientras esperaba para llevarle los datos a
Charlotte, leyó de pasada los datos impresos, lo cual le dejó helado. No tenían
sentido y en algunos casos podría haber estado mirando los resultados de uno de
sus ejemplares marinos. Mientras que un milímetro cúbico normal de sangre
humana contiene una media de cinco millones de glóbulos rojos y siete mil de
glóbulos blancos, en esta muestra ambos mostraban resultados casi inversos. Si
la analítica era correcta, el paciente de Charlotte hacía que el pez recién
descubierto por él pareciera en comparación un animal vital y de sangre bien
roja.
Esto le convenció de que el resultado no
podía ser correcto o de que había intercambiado las muestras sin querer.
«Caramba», pensó, «lo mismo estoy pillando el Gran Ojo y ni siquiera me he dado
cuenta». Tendría que pedirle a Michael que comprobara hasta qué punto se
encontraba aún en la realidad, pero antes, y únicamente para comprobar que el
equipo funcionaba correctamente, introdujo una muestra de su propia sangre y
los resultados fueron correctos. De hecho, tenía el colesterol más bajo de lo
normal, lo cual le alegró mucho. Con los restos de la muestra de «E.A.» realizó
un nuevo análisis... y obtuvo los mismos resultados.
Si eso era sangre humana, sólo los niveles
de toxicidad habrían matado al paciente en menos de lo que dura un latido de
corazón.
Quizá, reflexionó, lo mejor sería salir del
laboratorio un rato y aclararse un poco la mente. Desde la pasada visita a la
caseta de inmersión, donde Danzing casi había conseguido ahogarle, había estado
encerrado en su cuarto o en el laboratorio. El cuero cabelludo y las orejas le
dolían todavía a consecuencia de la ligera congelación, así que como medida de
precaución había estado tomando un anticoagulante y una tanda de antibióticos.
En el Polo Sur, el no prestar atención a las pequeñas cosas, una mancha azul en
un dedo del pie, una sensación de quemazón en las puntas de los dedos, podía
costarte una extremidad o... incluso la vida. Y tampoco era que aquel mal
tiempo incansable hiciera las actividades al exterior más fáciles... Se
preguntó, mientras guardaba los resultados del laboratorio en los bolsillos de
su parka, cómo el personal de Point Adélie que «sobrehibernaba», como le
llamaban, se las apañaba para resistir. Seis meses de mal tiempo ya era
suficientemente malo, pero seis meses de mal tiempo sin sol siquiera era del
todo inconcebible.
Fuera, el viento soplaba con tanta fuerza
que al intentar inclinarse para resistirlo no lo conseguía y permanecía
erguido. Agachó la cabeza y empujó hacia delante, sujetándose a las cuerdas
guía que habían puesto a lo largo de las explanadas que se extendían entre los
laboratorios y los módulos comunes. A su izquierda, las luces del laboratorio
de botánica de Ackerley brillaban con fuerza. Se le ocurrió de pronto que hacía
tiempo que no le había visto y pensó que sería buena idea pasarse por allí para
saludar. Y quizá a lo mejor mangarle una o dos fresas.
Cuando llegó a la celosía de madera ubicada
delante de la puerta, tuvo que aferrarse con fuerza al azotarle una racha de
viento particularmente violenta; luego, se impulsó rampa arriba hacia el
laboratorio. Ackerley había instalado una doble cortina de grueso plástico para
entorpecer la corriente de aire procedente de la puerta y cuando Darryl las
apartó se internó en el calor la luz brillante y la humedad familiares del
laboratorio. «Debería venir aquí más a menudo», pensó, «es como unas vacaciones
en un mar tropical».
-Hola, Ackerley -saludó mientras sacudía
los pies en la esterilla de goma-. ¡Necesito una guarnición de ensalada!
Pero la voz que le respondió no era la de
Ackerley, sino la de Lawson, y procedía de algún lugar detrás de las mamparas
metálicas. Darryl se sacó la parka con un encogimiento de hombros y también el
gorro, los guantes y las gafas, dejándolas en un desvencijado perchero tallado
en el hueso de una ballena, y se fue en busca de Lawson.
Lo encontró sobre una peldañera ocupándose
de un racimo de rojas fresas maduras que colgaban de una tracería de tubos
empañados de vaho. Alrededor de su cabeza lucía racimos de relucientes frutas
húmedas y, sobre las mesas, contenedores transparentes en los cuales había toda
una auténtica jungla de otras plantas, como tomates, rábanos, cogollos, rosas
y, lo más maravilloso de todo, orquídeas. Lucían una docena de colores
distintos, desde el blanco, pasando por el fucsia, hasta el amarillo dorado. Se
alzaban sobre unos extraños tallos inclinados que parecían las patas de una
grulla.
-¿Qué haces aquí? -le preguntó Darryl-. ¿No
es éste el trabajo de Ackerley?
-He venido a echar una mano -respondió
Lawson, sin comprometerse.
-Esto es como Hawai -comentó Darryl,
alzando el rostro hacia las luces cálidas y brillantes montadas en el techo por
encima de los tubos-. No me extraña que Ackerley odie salir de aquí. -Le echó
el ojo a una fresa particularmente suculenta y dijo-: ¿Crees que le importará
si pruebo una?
Lawson le miró desde lo alto de la
escalerilla y contestó:
-No. Cógela.
Hirsch alzó el brazo y tomó la más baja de
las fresas colgantes y después se la introdujo en la boca. El tío Barney se las
apañaba para cocinar una gran cantidad de comida rica, pero no había nada
comparable al sabor de una fresa recién cogida del tallo.
-A propósito, ¿dónde está él?
Lawson se encogió de hombros.
-Pregúntale a Murphy.
Esto le resultó extraño. ¿Por qué tenía que
preguntarle al jefe O´Connor? También era raro que hubiera alguien allí en
ausencia de Ackerley. Se parecía mucho a él, no quería que nadie extraño
anduviera por su laboratorio sin estar presente.
Pero ahora que lo pensaba, tampoco el sitio
tenía aspecto normal. Por lo general, estaba limpio y ordenado; sin embargo, al
volver la vista a un lado y mirar por un tosco pasillo, vio un par de armarios
volcados sobre un suelo manchado de tierra y lleno de muestras de líquenes y
musgos. Además, descubrió una escoba y un recogedor apoyados sobre un estante,
y también una bolsa negra de basura que parecía llena de desechos. «¿Qué pasa
aquí? ¿Han nombrado a Lawson nuevo jardinero ayudante?», se preguntó para sus
adentros.
El biólogo intentó un par más de trucos
para entablar conversación, pero terminó dándose cuenta de que Lawson quería
que se marchara. Normalmente, el chico era bastante sociable, e incluso en
algunas ocasiones casi podía llamársele gregario, pero desde luego no en ese
momento. Quizá no estaba contento con su nuevo trabajo y sólo quería terminarlo
lo antes posible.
Darryl le dio las gracias por la fresa y se
puso encima de nuevo todo el equipo. Algunas veces le daba la sensación de que
se pasaba la mitad del tiempo en el Polo quitándose y poniéndose las mismas
capas de ropa.
Cuando abandonó el laboratorio de botánica,
avanzó con gran esfuerzo hacia el patio de la bandera, aferrándose con fuerza a
las cuerdas guía. La nieve era tan espesa en el aire que era difícil ver nada a
unos cuantos metros adelante, pero cuando se acercó al módulo de
administración, vio a Murphy y a Michael con los rostros abatidos, abriéndose
camino por la explanada hacia alguno de los módulos destinados a almacén. Les
habría llamado, pero sabía que su voz sería arrastrada por el viento, así que
se limitó a seguirles. Se dirigieron hacia uno de los cobertizos destartalados
donde abrieron el candado de las puertas de acero corrugado y se metieron
dentro.
Esto picó la curiosidad de Hirsch. Jamás se
le debe presentar un misterio a un científico sin esperar que intente
resolverlo.
El biólogo se desplazó sigilosamente dentro
del cobertizo y después de quitarse las gafas cubiertas de nieve echó una
mirada alrededor. Era una especie de antesala, llena de cajones de cocina y
suministros para la base. Había un par de puertas de acero algo más allá que
también estaban abiertas... y daban a lo que Darryl supuso había servido alguna
vez como almacén y despensa para la carne.
Se adentró un paso y se detuvo abruptamente
cuando vio que Murphy se volvía hacia él y le encañonaba con un arma. El
reportero también estaba armado con un lanzaarpones.
-Madre del cielo, ¿qué mierda estás
haciendo aquí? -inquirió el jefe con un susurro lleno de ansiedad.
Darryl estaba demasiado aturdido a la vista
del armamento exhibido para ser capaz de contestar.
Michael abatió el lanzaarpones y dijo:
-Vale, lo hecho, hecho está. Simplemente
quédate ahí detrás, y bien quietecito.
-¿Por qué?
-Lo sabrás dentro de un minuto.
Murphy lideró la marcha con cautela y se
desplazaron por un pasillo de unos tres metros de altura flanqueado por pilas
de cajas y cajones hasta que le dieron la vuelta a una esquina y Darryl vio un
cajón de madera alargado marcado con la etiqueta «Condimentos variados Heinz»,
encima del cual, y de forma inexplicable, una esposa ensangrentada colgaba de
un tubo.
-Mierda -masculló Murphy-, mierda, mierda,
mierda.
«Pero ¿qué demonios buscan?», se preguntó
Darryl. «¿Qué esperan encontrar?». Durante un momento, se preguntó si no habría
regresado Danzing. ¿Cómo era que el arpón que le había atravesado el pecho no
le había enviado derecho al fondo del mar?
-Ackerley -dijo Murphy, elevando la voz
ligeramente-. ¿Estás aquí?
¿Ackerley? ¿Estaban buscando a Ackerley?
¿Aquí o por todas partes? Y si era así, ¿a qué le tenían tanto miedo? Ese
hombre era tan inofensivo como una de sus coles.
Se oyó un sonido parecido a un rasgueo,
como el de un bolígrafo sobre el papel, y todos avanzaron silenciosamente hacia
el siguiente pasillo. Éste también estaba vacío, pero el rasgueo aumentó de
intensidad. Murphy, enarbolando el arma por delante, se dirigió hacia el
siguiente corredor y allí fue donde vieron a Ackerley o a algo que se le
parecía mucho. Tenía un aspecto más demacrado de lo habitual, con la cola de
caballo suelta y colgando de la nuca como una ardilla muerta. Llevaba una bolsa
de basura de plástico hecha jirones envolviéndole los hombros y estaba sentado
en un cajón de Coca-Cola rodeado por montones de envases vacíos de soda y
papeles, albaranes arrancados de las cajas, donde estaba escribiendo. En ese
momento, garrapateaba en la parte de atrás de uno de ellos, reclinado en una
tabla sujetapapeles apoyada en el regazo, y trabajaba con la concentración de
un físico intentando desarrollar una ecuación especialmente compleja.
-Ackerley -insistió Murphy.
-No, ahora no -replicó el botánico sin
mirar siquiera por encima de sus pequeñas gafas redondas.
El jefe y Michael intercambiaron una mirada
entre ellos como diciendo: «Pero ¿esto de qué va?». Entretanto, Darryl
simplemente se le quedaba mirando, aterrado. ¿Qué era lo que le había pasado a
Ackerley? La garganta, que se le veía parcialmente bajo la bolsa de plástico,
parecía destrozada, y la muñeca de la mano izquierda, la que sujetaba la tabla
casi sin fuerzas, tenía aspecto de estar rota y magullada. La piel estaba
moteada con goterones de sangre seca.
-¿Qué estás haciendo? -preguntó el
reportero en un tono de voz deliberadamente inocente.
-Tomando notas.
-¿De qué?
Ackerley continuó escribiendo.
-¿Sobre qué estás escribiendo? -insistió
Murphy.
-Sobre el proceso de la muerte.
-Pues a mí no me pareces muerto -intervino
Darryl, aunque no le pareció del todo verdad tampoco.
El botánico terminó de redactar una frase,
y después alzó lentamente los ojos. Los tenía bordeados de rojo, e incluso el
blanco de la pupila estaba teñido de un ligero tono rosado.
-Oh, ya lo creo que sí -comentó-, sólo que
aún no del todo.
Su voz tenía un sonido bajo, como de
borboteo. Le dio un sorbo a uno de los envases abiertos y después simplemente
lo dejó caer de la mano.
El jefe abatió el cañón del arma,
permitiendo que apuntara hacia el suelo, y Ackerley hizo un gesto en su
dirección.
-Yo no haría eso si fuera tú.
Murphy lo elevó rápidamente y el botánico
dejó que el último papel cayera flotando hacia el suelo para reunirse con los
demás.
-Los he numerado, para que podáis leerlos
en orden.
-¿Leer qué? -inquirió Michael.
-Lo que ocurre -aclaró Ackerley- después.
Se hizo un silencio y luego el botánico se
arrancó la bolsa de plástico de la garganta; la piel estaba tan destrozada que
a Darryl le sorprendió que pudiera hablar con ella en ese estado, ya que se
podía ver como se movían las cuerdas vocales.
El botánico cabeceó en dirección al arma
del jefe O´Connor y dijo:
-Ahora, será mejor que uses eso.
-¿De qué estás hablando? -replicó Murphy-.
No te voy a disparar. Queremos saber algo.
-No pasa nada -intervino el reportero-.
Hablaremos con la doctora Barnes. Debe de haber alguna manera de que podamos
ayudarte.
-Úsalo -insistió el botánico con una
horrible voz rasposa-, y justo después, sólo por seguridad, quema mis restos.
-Se alzó lentamente sobre sus pies, y dio un paso vacilante en su dirección-.
De otro modo, podéis terminar como yo. -Los tres dieron un paso hacia atrás-.
Aparentemente se contagia con bastante facilidad.
-¿El qué? -preguntó Darryl, chocando contra
una estantería llena de cacharros y sartenes que tintinearon dentro de sus
cajas.
-La infección. Va por la sangre o por la
saliva. Es como el VIH y parece estar presente, al menos hasta cierto punto, en
todos los fluidos corporales. -Se tambaleó al acercarse y, sin perder de vista
el arma, murmuró-: Hazlo u os mataré a todos. No sé si tengo elección sobre
este tema.
Le vieron parpadear muy despacio detrás de
las gafitas. El pie chocó con uno de los envases vacíos que había a su
alrededor y éste dio un giro perezoso sobre el hormigón.
Michael intentó azuzarle hacia atrás con la
punta del arpón, pero Ackerley lo apartó a un lado.
-Usa la pistola, y hazlo bien.
Continuó acercándose a ellos y cada vez
había menos espacio para seguir retirándose. Darryl dio un paso hacia atrás y
pasó al corredor que contenía el equipo de cocina, pero a esa distancia escasa
percibió la mirada demencial, aunque llena de voluntad, de los ojos de
Ackerley. Realmente creía lo que estaba diciendo.
-¡Dispara! -gritó el botánico, mientras una
burbuja de sangre brotaba de su garganta abierta-. ¡Dispárame!
Y con los brazos extendidos, arremetió
contra el brazo de Murphy.
El tiro restalló con fuerza, y su eco
permaneció varios segundos en los fríos confines del almacén. La cabeza del
botánico salió hacia atrás y las gafas volaron en dirección contraria, cayendo
sobre el suelo de cemento.
Pero mantuvo los ojos abiertos a pesar del
balazo y dibujó con los labios una vez más la palabra «dispara», hasta que al
fin se quedó inmóvil y la última burbuja de sangre explotó cerca de su
garganta.
A Murphy le temblaba el brazo y se dobló de
costado.
Hirsch hizo ademán de arrodillarse junto al
cadáver, pero el reportero le advirtió:
-Apártate.
Darryl se quedó quieto.
-Eso es -repuso Murphy, con voz
temblorosa-, deja espacio a su alrededor.
-Creo que deberíamos esperar un rato
-añadió Michael con cierta solemnidad.
Así que permanecieron sentados sobre los
cajones de madera, con las cabezas abatidas y los ojos clavados en el cuerpo,
apiñados a su alrededor en un círculo irregular. Darryl no sabría decir cuánto
esperaron, no estaba seguro, pero fue Michael el que en un momento dado se
arrodilló para buscarle el pulso y escuchar algún posible latido del corazón.
Sacudió la cabeza para indicar que no había ninguno.
-Pero aun así, no voy a volver a correr
ningún riesgo -indicó Murphy, y Darryl sabía que era mejor dejarlo así. El jefe
haría lo que él quisiera y era aconsejable no inmiscuirse mucho en el asunto.
CAPÍTULO
CUARENTA Y TRES
20 de diciembre, 23:00 horas
MICHAEL SE HABÍA PREPARADO durante meses
para recibir esa llamada, pero aun así fue un duro golpe cuando sucedió.
-Ha sido una bendición -decía Karen, al
menos por tercera vez-. Ambos conocíamos a Krissy y a ella no le habría gustado
seguir de esta manera.
La vigilia se había acabado. Buscó una
silla en la abarrotada zona de comunicaciones y tomó asiento, doblado por la
mitad, como si le doliera tras recibir un puñetazo en el estómago, porque así
era como se sentía. El último ocupante del asiento había dejado un crucigrama
casi completado en la mesa de teléfono vía satélite.
-¿Cuándo ocurrió exactamente?
-En torno a la medianoche, el jueves. He
esperado un poco para llamar porque, como ya te puedes imaginar, hemos andado
todos por aquí como locos.
Intentó hacer regresar su mente al jueves
por la noche, pero incluso estando tan cerca en el tiempo era difícil saber con
certeza qué había estado haciendo. Todo fluía tan deprisa en la Antártida que
ya tenía mérito ser capaz de recordar el día de la semana, así que mucho más,
sin duda, cualquier cosa de días anteriores. ¿Dónde estaba él? ¿Qué había
estado haciendo justo en ese momento? A pesar de ser tan práctico y realista,
sentía que le gustaría haberlo sabido, que hubiera querido tener algún tipo de
extraña conexión psíquica con Kristin que le hubiera advertido de su marcha. Y
saber que se había ido por su propio bien.
-Claro, ahora mi madre le echa la culpa a
mi padre a sus espaldas. Cree que si hubiéramos dejado a Krissy en el hospital,
todavía estaría viva, si se le puede llamar vida a eso.
-Yo jamás lo habría llamado así.
Karen suspiró.
-Tampoco Krissy.
-¿Cuándo es el funeral?
-Mañana. La ceremonia va a ser algo muy
breve. Y, bueno, me he tomado la libertad de encargar algunos girasoles en tu
nombre.
Era una buena elección. Los girasoles, con
sus rostros erguidos, amarillos y llenos de luz, eran los favoritos de Kristin.
«Éstas no son unas florecillas remilgadas», le había dicho una vez cuando
atravesaron un campo plantado de ellos en Idaho. «¿Sabes?, dicen: "Eh,
mírame, qué grande soy, qué amarillo, ¡aquí me tienes!"».
-Gracias -dijo Michael-. Te lo debo.
-Sólo fueron 9,95 dólares en total. Creo
que podemos olvidarlo.
-Ya sabes que me refiero a todo... incluida
esta llamada.
-Sí, bueno, cuando regreses a Tacoma puedes
invitarme a un Blue Plate Special¹ en la cafetería griega que quieras.
-En el Olympic.
Se hizo una pausa, y la línea se llenó con
los leves chasquidos de la estática.
-Así que -insistía Karen-, ¿cuándo
regresas?
-El permiso de la NSF dura hasta final de
mes.
-¿Y entonces, qué? ¿Te darán la patada en
el Polo Sur?
-Me retendrán aquí hasta que llegue el
siguiente avión con suministros.
-¿Has conseguido lo que fuiste a buscar,
alguna buena historia? Si Michael hubiera estado de ánimo para echarse a reír,
lo habría hecho. No sabía ni cómo empezar a explicarle todo cuanto había
ocurrido.
-Eh, sí, vale -contestó-, sólo puedo
decirte que no creo que me quede corto de material.
Cuando colgaron, él, simplemente, se quedó
allí sentado, mirando sin ver el crucigrama sin terminar. La mirada se le
detuvo en una pista que decía: «Fotógrafa algo pervertida». Cinco letras. Cogió
el lápiz azul que alguien se había dejado por allí y lo rellenó. «Arbus».
Después, siguió allí sentado, dándole vueltas al lápiz en la mano, perdido en
sus pensamientos, y dejando que las novedades le calaran bien.
-Oye, ¿has terminado con el teléfono? -le
preguntó uno de los reclutas, inclinándose sobre el lateral de la puerta.
-Sí, claro -repuso Michael, dejando de
nuevo el lápiz en la mesa-, ya he acabado.
Retornó a su habitación pero Darryl ya se
había acostado y no había forma humana de que Michael consiguiera conciliar el
sueño, no sin un par de píldoras para dormir. Estaba intentando dejarlas, de
todos modos, como preparación para su regreso al mundo real. Así que guardó el
portátil y un puñado de papeles y, colgándose la mochila de los hombros, se
enfrentó a lo que quedaba de tormenta para dirigirse a la sala de descanso y
establecerse allí. Murphy había dicho que el informe meteorológico anunciaba una
ligera mejoría al día siguiente, lo que les permitiría volver a Stromviken a la
búsqueda del esquivo teniente Copley.
Como le había oído hablar a Eleanor mucho
de él, el periodista tenía una curiosidad especial por conocerle.
Cogió una taza de café de la máquina y
apagó la televisión en la cual se veía un vídeo de Notting Hill, por lo que
dedujo que Betty y Tina debían de haber sido las últimas en estar allí. Pero
por lo demás, el lugar estaba maravillosamente vacío. El reloj de la pared
indicaba que era justo un poco más de la medianoche. Michael encendió el
reproductor de CD y una ráfaga de notas de Beethoven -incluso él era capaz de
reconocer la obertura de la Quinta Sinfonía-, inundó el espacio. Era una
compilación de música y no cabía duda de que pertenecía a uno de los probetas.
Bajó el volumen y se dejó caer al lado de una mesa de juego, donde colocó su
trabajo.
«No pienses en Kristin», se dijo para sus
adentros cuando se dio cuenta de que había estado allí sentado, dándole vueltas
al tema, durante al menos un movimiento completo de la sinfonía. «Piensa el
alguna otra cosa». Posó los ojos en el trabajo que se había traído, y en
especial en las páginas sueltas que Ackerley había estado garrapateando en la
vieja despensa de la carne, y estuvo casi a punto de echarse a reír. Estaba
claro que en el Polo Sur las distracciones agradables lucían por su ausencia.
La caligrafía del Gnomo consistía en una
serie de garabatos finos e inseguros muy similar a la de las etiquetas que el
botánico había pegado cuidadosamente sobre cada uno de los cajones de muestras
de musgos y líquenes guardados en el laboratorio, pero esas páginas eran
especialmente difíciles de leer, manchadas como estaban de sangre y escritas en
el revés de facturas y hojas de inventario.
La primera página y la segunda,
cuidadosamente numeradas, como él había prometido, en la esquina superior
derecha, volvían a narrar el ataque, cómo se había vuelto para ver a Danzing
avanzar pesadamente por el pasillo que daba a la encimera del laboratorio.
Recuerdo que me tiró al suelo, destruyendo
de paso una orquídea meticulosamente cultivada (género Cymbidium) al
arrastrarla en mi caída, y me atacó con gran violencia y sin ningún tipo de
provocación. El asalto, aunque aparentemente fortuito y sin sentido, al final
se reveló como totalmente deliberado y con un propósito.
Michael se echó para atrás en el asiento,
sorprendido. Tenía que quitarse el sombrero ante este hombre que, después de
haber sido salvajemente atacado y herido, y haber vuelto de entre los muertos,
como había hecho, se las había apañado para no perder la compostura científica
y su estilo de prosa. Las notas, escritas en la despensa de la carne en
condiciones de extrema dureza, podían leerse como un artículo a punto de ser
remitido a una revista académica para ser examinado por sus pares.
Por salvajes e inconexos que pudieran
parecer sus esfuerzos, el señor Danzing se atuvo siempre al propósito de
atravesar la piel y acceder al suministro de sangre.
¿El señor Danzing?
No quedó claro en el momento del suceso
cuáles eran sus razones ni qué componentes específicos de la sangre andaba
buscando. De hecho, sigo desconociéndolas. Sin embargo, me recordó en grado
sumo las necesidades hematófagas de la Nepenthes ventricosa.
La sangre fría del científico le dejó sin
aliento.
La defunción, tal y como entendemos ese
concepto a priori, no tuvo lugar hasta que pasó al menos un minuto de los
hechos. Desconozco el tiempo transcurrido entre ese momento y lo que de aquí en
adelante referiré como la Reanimación, aunque, tal y como he podido comprobar,
la descomposición material no ha sido excesiva. (Deben consultarse los gráficos
de descomposición y morbilidad). La rápida refrigeración de mis restos parece
haber ayudado de forma considerable.
Las siguientes líneas estaban completamente
manchadas y Michael tuvo que ponerse a buscar la página siguiente según la
numeración. Estaban todas extendidas en el tablero de la mesa que tenía
delante, como las piezas de un rompecabezas. Halló la continuación en los
márgenes de una orden de compra.
La reanimación fue gradual, muy semejante
al despertar de un estado profundo de sueño, posiblemente en estado
hipnogógico. La línea entre el sueño y la vigilia la crucé de forma
imperceptible, aunque fue seguida de forma inmediata por una sensación de
pánico y desorientación. Estaba en una oscuridad total, confinado de alguna
manera, y el miedo a un enterramiento prematuro fue, sin duda, la idea más
relevante que ocupó mi mente. Siendo franco, grité y me debatí contra lo que me
constreñía, y me sentí muy aliviado cuando descubrí que estaba envuelto sólo en
bolsas de plástico, que eran permeables y fáciles de romper.
«Dios mío», pensó Michael. La ordalía de
Ackerley parecía extraída de un libro de Edgar Allan Poe, y el hecho de que él
hubiera tenido parte en el asunto le hizo sentir una aguda punzada de
culpabilidad.
Pero mi mano izquierda estaba
incomprensiblemente sujeta a un tubo por una esposa. Esto me llevó a suponer
que alguien, ¿quizá el señor O´Connor?, tenía razones para creer que: a) una
tercera parte podría tener algún interés en hacerse con mi cuerpo (¿con qué
propósito?); o b) era de esperar que sucediera algo parecido la Reanimación. Me
llevó varias horas, e incluso la abrasión de bastantes trozos de piel, así
como, creo, la dislocación de tres dedos, el poder liberarme.
Tras la obtención de la libertad, debo
consignar que me asaltó una sed intensa y en cierto modo sobrecogedora. Todos
los intentos de saciarla con las distintas bebidas disponibles en la despensa
fueron inútiles. Vino acompañada además por molestias visuales.
Soy un científico o, más exactamente, lo
era, y estoy totalmente convencido de que mi presente y antinatural estado
pronto tendrá un final; y creo que es de mi incumbencia, mientras me sea
posible, describir lo mejor que mis capacidades me permitan las sensaciones que
experimenté.
Michael debió buscar de nuevo la página
siguiente. La encontró debajo de su tazón de café. Ésta estaba escrita en la
parte de atrás de un folleto de anuncio de cerveza Samuel Adams.
Los objetos situados dentro de mi campo
visual parecían borrosos. Únicamente puedo compararlo con la iluminación
procedente de un tablero de débiles luces fluorescentes, ligeramente tenue.
Ahora bien, el pestañear pareció mejorar la
imagen, aunque después volvía a emborronarse otra vez y eso me obligaba a
realizar un bizqueo casi continuo. Por ese motivo, pestañeo continuamente,
incluso en este momento, para poder continuar escribiendo. Es posible que esta
molestia ocular sea un signo del reflujo de la Reanimación.
Nota: Por favor, envíen mi amor y mis
efectos personales a mi madre, la señora Grace Ackerley, al 505 de French
Street en Wilmington, DE.
Michael hizo una pausa en ese momento.
«Jesús». Entonces, cogió de nuevo el tazón de café y siguió leyendo.
También estoy experimentando unas ciertas
dificultades respiratorias. Es como si sufriera escasez de oxígeno, lo cual
hace que sienta un ligero mareo, aunque mis pulmones y mis vías respiratorias
no parecen obstruidas de ninguna manera.
Michael fue consciente de ser observado
antes incluso de ver realmente a alguien. Al mirar por encima del borde del
tazón de café descubrió en la amplia entrada arqueada una esbelta figura
deslizante envuelta en un abrigo naranja.
Supo que era Eleanor incluso a pesar de
llevar echada la capucha y de que la cubría por completo el abrigo que llevaba
casi a rastras por el suelo. Posó la taza sobre la mesa y le preguntó:
-¿Por qué no está en la cama?
La pregunta real era: «¿Cómo es que está
fuera de la enfermería? Se supone que está en cuarentena de verdad y, desde
luego, fuera de vista de todos».
-No podía dormir.
-La doctora Barnes podría darle algo que la
ayudara.
-Ya he dormido bastante. -Pero él vio cómo
la capucha giraba cuando ella paseó la mirada, perpleja, alrededor de la
habitación. Se detuvo en el piano y su banqueta vacía, y después volvió a
moverse por toda la sala de descanso-. He oído música.
-Sí -dijo él-. Una pieza de Beethoven,
seguro que lo conoce.
-Conozco algunas de las composiciones de
Herr Beethoven, sí. Pero...
-Es un CD -comentó él, haciendo un gesto
hacia el reproductor que había en una estantería-. Hace música.
Se levantó de la silla y se dirigió al
aparato; primero lo detuvo y luego lo puso en marcha de nuevo; sonaron las
notas del comienzo de la sonata Claro de Luna.
Eleanor, desconcertada, avanzó por la
habitación y echó la capucha hacia atrás, descubriendo la cabeza. Se dirigió
directamente hacia la máquina y permaneció de pie delante de ella a unos
cuantos pasos, como si tuviera miedo de acercarse un poco más. Michael, para
sorprenderla, pulsó la tecla de avance rápido y saltó hacia el Concierto para
el Emperador, con lo que los fastuosos sonidos de la orquesta aparecieron de
nuevo y a ella se le desorbitaron los ojos aún más asombrada, si eso era
posible. Entonces, se volvió hacia él y le miró... con una sonrisa en los
labios. Era la primera vez que veía en su rostro una sonrisa como esa, de puro
asombro. Sus ojos relucieron y casi se echó a reír.
-¿Cómo puede hacer eso? ¡Suena como si
estuviéramos en Covent Garden!
Michael no tenía muchas ganas de ofrecerle
una conferencia sobre la historia de los instrumentos electrónicos de audio, ni
aunque hubiera sabido cómo hacerlo, pero sin duda estaba cautivado por su
evidente disfrute.
-Es complicado -repuso-, pero fácil de usar
y puedo enseñarte cómo.
-Me gustaría mucho.
También a él, pensó. El aroma de la máquina
de café era fuerte y le preguntó si quería uno.
-Sí, gracias -respondió ella-. Ya he tomado
antes café turco, en Varna y Scutari.
-Sí, bueno, éste es el que llamamos
Folgers. Procede de la misma familia.
El reportero mantuvo un ojo fijo en la
puerta mientras llenaba el tazón. No era frecuente que nadie se dejara caer por
allí a esa hora, pero no sabía cómo explicar la presencia de ella si alguien lo
hacía. En Point Adélie no aparecían caras nuevas de la noche a la mañana
procedentes de la nada.
-¿Azúcar? -inquirió.
-Si hay, sí.
Él sacudió un paquete de azúcar, lo abrió y
lo echó en el café. Ella observó con interés hasta el menor de sus gestos, y él
debió recordarse de nuevo a sí mismo que hasta la cosa más simple de su mundo,
en el momento en que se encontraban, era extraño, raro y algunas veces incluso
alarmante para alguien que no hubiera nacido en él.
-Le ofrecería leche, pero parece que se ha
acabado.
-Ya me imagino que debe ser muy difícil
conseguir leche en un sitio tan remoto como éste. Seguramente será difícil
tener vacas aquí...
-No, no tenemos -comentó Michael-. Tiene
razón en eso. -Le alargó el tazón y le preguntó si quería sentarse.
-No, aún no, gracias.
Con la taza en las manos, caminó lentamente
alrededor del perímetro de la sala de descanso, registrándolo todo, desde la
mesa de ping pong, donde se detuvo para hacer saltar una bola un par de veces,
hasta la pantalla de televisión de plasma, la cual estudió sin preguntar qué
demonios era aquello; gracias a Dios, no estaba encendida. No había manera de
que Michael pudiera explicarle todo en ese momento.
Había pósteres enmarcados en la pared,
seguramente suministrados por alguna agencia gubernamental, en los cuales se
conmemoraba algún triunfo nacional. Uno era el del equipo nacional de hockey de
Estados Unidos de 1980; otro, de Chuck Yeager de pie, con el casco bajo el
brazo al lado de su avión experimental X-1, y la última, ante la cual se detuvo
Eleanor, mostraba a Neil Armstrong en traje espacial plantando la bandera
americana en el suelo de la Luna. «Por favor, no -rogó Michael-; jamás se
creería eso».
-¿Está en el desierto, por la noche?
-inquirió ella.
-Algo así. Seguro.
-Su ropa se parece a como visten ustedes
aquí.
Depositó la taza en la parte superior de la
televisión para poder quitarse el abrigo y lo dejó en un maltrecho sofá de
polipiel. Vestía de nuevo sus ropas originales, recién lavadas, y le pareció a
Michael una figura de un cuadro de época. El vestido era de color azul oscuro,
con los puños y el cuello de blanco y las mangas abullonadas; sobre el pecho
llevaba un broche de marfil blanco. Sus zapatos eran de cuero negro, abotonado
hasta muy por encima del tobillo; se había apartado el pelo de la cara y lo
llevaba recogido detrás con una peineta de ámbar que él no había visto antes.
Ella le echó una ojeada a la mesa donde él
había estado sentado y preguntó:
-¿He interrumpido su trabajo?
-No, no se preocupe.
Las páginas de Ackerley eran lo último que
él quería que ella viera y rápidamente las recogió en una pila ordenada, con el
anuncio de la cerveza Sam Adams en la parte superior.
-Le veo nervioso -comentó ella.
-¿Usted cree?
-Está todo el rato mirando la puerta.
¿Tanto le asusta que me descubran?
«No se le escapa ni una», pensó él.
-No es por mí -repuso él-. Es por usted.
-La gente siempre hace cosas por mí
-comentó ella, meditabunda-. Y es bastante extraño, porque soy la que sufre al
fin y al cabo.
Se dirigió hacia el piano y pasó los dedos
con ligereza por las teclas.
-Puede tocarlo si quiere.
-No mientras actúe la orquesta... -aclaró
ella, señalando la música ambiental con un gesto de la mano. Su voz era dulce y
con aquel acento inglés le sonaba a Michael como alguien salido de la serie de
televisión Masterpiece Theater.
Apagó el reproductor de CD y ella e le
quedó mirando como si fuera un mago y lo hubiera conseguido con un simple gesto
de la mano. Luego, sacó la banqueta de debajo del piano.
-Considérese mi invitada -le indicó él, y
habría jurado que, aunque se echó para atrás, estaba deseando hacerlo-. De
perdidos, al río. -Usó esta expresión porque pensó que sería la única que ella
podría reconocer.
Eleanor sonrió y pestañeó. Lentamente, como
una vieja cámara cuyo obturador se abriera y cerrara. El reportero se quedó
inmóvil. ¿Es que en ese momento las cosas de repente habían adquirido el
aspecto borroso del que Ackerley había hablado? ¿Estaba «refrescando la imagen»
en ese instante?
De forma impulsiva, se recogió las faldas y
se deslizó en la banqueta del piano. Sus dedos, pálidos y esbeltos, se
estiraron sobre las teclas pero sin tocarlas. Michael echó de nuevo una ojeada
hacia la puerta, hasta que escuchó las primeras notas de una vieja canción
tradicional, Barbara Allen, que recordó haber oído antes en una versión en
blanco y negro de Canción de Navidad, de Dickens. Bajó la mirada hacia Eleanor,
cuya cabeza se inclinaba sobre el teclado aunque había cerrado los ojos. Se
equivocó un par de veces de notas, se detuvo, y comenzó de nuevo donde se había
quedado. Parecía... extasiada, como si después de mucho tiempo, finalmente se
encontrara en algún lugar soñado.
Él permaneció en pie a su espalda, con un
ojo puesto en la puerta, hasta que finalmente dejó de hacer de centinela y
simplemente escuchó la música. Tocaba bien, a pesar de las notas ocasionales
que había fallado. Era un estilo rico, muy expresivo, y podía imaginarse muy
bien cuánto tiempo y cuán profundo lo había llevado dentro.
Una vez que terminó la pieza, se quedó muy
quieta, con los ojos cerrados. Y cuando los abrió de nuevo, «qué verdes y vivos
son», pensó Michael.
-Me temo que me falta un poco de práctica
-se disculpó.
-Tiene una buena excusa.
Eleanor asintió y sonrió pensativamente.
-¿Usted también toca? -inquirió.
-Sólo Chopsticks.
-¿Qué es eso?
-Es una pieza muy difícil, reservada sólo
para pianistas de concierto.
-¿De verdad? Me gustaría escucharla -dijo
ella, levantándose.
-No se mueva -indicó él-. No me llevará más
de un momento.
Se sentó a su lado en la banqueta y
mientras ella se retiraba a toda prisa, él puso los dedos índices sobre el
teclado y tocó la melodía. En aquella estrecha cercanía pudo oler el aroma a
jabón Irish Spring, y cuando terminó y la miró para ver si le había gustado, se
dio cuenta de que había cometido un grandísimo error. Tenía las mejillas
teñidas de un violento rubor casi como fuego y la mirada baja. Los hombros de
ambos habían entrado en contacto y su pie le tocaba la bota, de modo que ella
parecía horrorizada por aquel súbito contacto físico, pero no había querido
ofenderle alejándose de él de un salto, sino que simplemente se había quedado
allí sentada, esperando a que pasara el mal rato.
-Lo siento -dijo el reportero,
levantándose-. No quería ofenderla. Se me había olvidado... -«¿Olvidar qué?
¿Qué hacía ciento cincuenta años lo que él había hecho se habría considerado
pasarse mucho de la raya?»-. Es que, simplemente, hoy día esto no se
considera...
-No, no me ha ofendido -replicó ella, con
voz tensa-. Era una... pieza muy interesante. -Se alisó la falda-. Gracias por
tocarla para mí.
-¡Aquí estás! -La voz provenía de la puerta
y el reportero vio cómo Charlotte, con el abrigo revoloteando sobre los
pantalones de chándal y las botas de goma, suspiraba de puro alivio-. Iba a
comprobar cómo estabas y cuando vi que te habías ido, imaginé toda clase de
desastres.
-Me encuentro bastante bien -repuso
Eleanor.
-Yo no sé si iría tan lejos -replicó
Charlotte-, pero lo que sí es cierto es que la señorita va para arriba. Ya lo
veo.
-Es consciente, espero, de que no puede
tenerme confinada para siempre.
Charlotte mostraba el aspecto de quien no
quiere abundar mucho en el tema.
-No me la has robado, ¿no, Michael? -le
preguntó al hombre.
El reportero alzó las manos en ademán de
inocencia y Eleanor salió en su defensa.
-No, no fue él. -Y luego añadió, como para
sí misma-: Me he visto privada de muchas cosas, incluida la libertad, durante
tanto tiempo, que sólo me queda ya una cosa.
Michael y Charlotte esperaron a que
finalizara.
-Tengo muy claro lo que quiero.
Y él había tenido un agradable ejemplo de
ello.
CAPÍTULO
CUARENTA Y CUATRO
21 de diciembre, 15:15 horas
-VAMPIROS.
La palabra flotó en el aire de la atestada
oficina de Murphy como si fuera una pieza de fruta podrida y nadie quisiera ser
el primero en probarla. Darryl la había pronunciado, pero Michael, Charlotte y
Lawson se limitaron a permanecer allí, atónitos, esperando que picara otro, y
al final le tocó romper el impasse al jefe O’Connor.
-Vampiros -repitió-. ¿Es eso lo que dices
que tenemos entre manos?
-Es una manera de hablar -continuó Darryl-.
Tomé algunas muestras de Ackerley, las analicé y mostraron las mismas extrañas
características que encontré en las de Danzing. -Volviéndose hacia Charlotte,
añadió-: Y por cierto, son las mismas propiedades que había en la muestra que
me diste para que la analizara. Una que está etiquetada como ‹E.A.›.
-Eleanor Ames -aclaró la doctora, y cuando
Murphy le dedicó una mirada en plan de ‹se suponía que eso iba a ser un
secreto›, ella le replicó-: Mientras sigamos trabajando a oscuras, no vamos a
ir a ninguna parte. ¿Es que no podemos ponernos todos al día?
Michael estuvo de acuerdo en aquello.
-Eleanor Ames es el nombre de la mujer
atrapada en el iceberg -le explicó a Darryl.
-¿La Bella Durmiente?
-La encontramos de nuevo en Stromviken.
-¿Y cómo había llegado hasta allí?
-En el trineo tirado por los perros.
-Sí, vale, pero ¿quién se la llevó allí? ¿Y
por qué?
-Fue por su propio pie. Con Sinclair, el
hombre que estaba congelado con ella.
-No me coges el punto. ¿Quién conducía el
trineo?
-Los dos están vivos -le informó Michael-.
Fueron por su propio pie. Eso es lo que estoy intentando decirte.
El biólogo se echó a reír e incluso se dio
un golpecito en la rodilla.
-Ah, ya, claro, claro. Creí que estábamos
teniendo una reunión seria.
-Lo es -confirmó el periodista y cuando
Darryl echó una ojeada a su alrededor, desde Lawson a Charlotte pasando por
Murphy y vio que nadie se estaba riendo, la sonrisa también abandonó su rostro.
-Por Hala y el gran Pama¹ -comentó con aire
grave.
-Por Hala y el gran Pama me parece de lo
más adecuado -le secundó Murphy.
-Y ella está en cuarentena en el ala de
enfermeros desde entonces -añadió Michael. No veía motivo para mencionar su
pequeña excursión a la sala de descanso.
Darryl miró a su alrededor una vez más,
sólo para asegurarse de que no le estaban tomando el pelo, pero las expresiones
sobrias de esos rostros le dejaron muy claro que no era el caso. Su siguiente
reacción fue de indignación.
-¿Y no me lo habéis dicho? Todos lo sabíais
y nadie pensó que había que decírmelo a mí también, ¿no? Especialmente teniendo
en cuenta que yo era el tipo que debía hacer todo el trabajo duro en el
laboratorio.
-Fue una orden mía -le cortó Murphy-. No
quería que corriera por ahí. Este sitio se ha parecido demasiado a un circo de
feria en los últimos tiempos.
Hirsch siguió echando chispas, pero después
de escupir unas cuantas palabras más de protesta, y de que ellos se las
apañaran para pedirle perdón y calmarle, continuó con su exposición.
-Bueno, su sangre, incluida la de vuestra
señorita Ames, con la que me gustaría encontrarme alguna vez, ya que finalmente
me habéis introducido en el círculo de informados, no es como la sangre humana
que he visto hasta ahora.
-¿En qué sentido? -preguntó Charlotte. A
Michael esto le sonaba como si ella estuviese reteniendo algún tipi de
información. ¿Cómo iban a resolver alguna vez este rompecabezas si todos
guardaban piezas distintas y en secreto?
-No es sólo la escasez de glóbulos rojos
-aclaró Darryl-, sino el hecho de que son consumidos de forma activa. Es como
si esta sangre procediera de criaturas de sangre fría que estuvieran intentando
convertirse en otras de sangre caliente, como si los reptiles o cualquiera de
esos peces que he extraído del fondo del mar estuvieran tratando de imitar a
los mamíferos a base de ingerir hemoglobina, pero fallando en el intento una y
otra vez, y teniendo, por tanto, que volver a rellenar el depósito.
-Y el combustible sólo pueden conseguirlo
de otros seres humanos, ¿a que sí? -sugirió Michael.
-De eso no estoy seguro. La barrera entre
las especies debería funcionar así, pero esta enfermedad es tan extraña que en
realidad no puedo confirmarlo. Probablemente alguien que la sufriera no haría
distinciones de ningún tipo. La anemia que ocasionaría sería tan grande que
intentarían resolverla con cualquier cosa para chutársela.
-Pero ¿cómo se las pueden apañar después de
todo para hacer que el oxígeno circule por la corriente sanguínea sin glóbulos
rojos? -inquirió la doctora, sentada en el borde de su silla plegable-. Sus
órganos tendrían que dejar de funcionar y los músculos y otros tejidos
comenzarían a pudrirse. ¿No perderían fuerzas de ese modo?
-Eso se acerca a lo que Ackerley describía
en las notas que escribió en la despensa de la carne -la interrumpió el
reportero.
Ése fue el turno de Charlotte para sentirse
desconcertada.
-¿Qué notas? -preguntó ella, pero Michael
le hizo un gesto para indicarle que le informaría de todo más tarde. Todavía
quedaban por allí demasiados secretos sin salir a la luz.
-Decía que tenía la sensación de que le
faltaba el oxígeno -continuó Michael-, como si sus pulmones no pudieran
llenarse, no importa lo profundamente que inspira. También decía que tenía que
pestañear mucho, para aclararse la visión.
-Sí, eso tiene sentido -asintió Darryl-. El
mecanismo ocular también se vería afectado. Pero tengo que decir algo a favor
de este tipo de sangre: se recupera maravillosamente, de una forma
sorprendente. Tiene más fagocitos por mililitro que...
-En cristiano, que lo entendamos todos, por
favor -le interrumpió Murphy y Lawson asintió a su vez, de acuerdo con él.
-Son células que consumen partículas
extrañas u hostiles -les explicó Darryl-. Como un escuadrón de limpieza. Así
que si juntamos este rasgo como su capacidad para extraer lo que necesiten de
cualquier fuente exterior, se obtiene un sistema autorregenerativo muy
eficiente. Hablando desde un punto de vista teórico, mientras su riego se vea
periódicamente alimentado con nueva sangre...
-Su portador podrá vivir para siempre
-concluyó Charlotte.
Darryl simplemente se encogió de hombros en
señal de aceptación, y Michael sintió como si una mano fría se le hubiera
deslizado bajo la camisa para acariciarle el pecho. Hablaban de aquellos
‹portadores› como si fueran sujetos anónimos de algún experimento médico, pero,
de hecho, estaban hablando de Erik Danzing y Neil Ackerley y, la más importante
de todos, Eleanor Ames. Estaban hablando de la mujer que había descubierto en
el hielo y devuelto a la vida, una mujer con la cual había tocado el piano y de
la que había registrado una entrevista en la grabadora, como si fuera alguna
criatura procedente de una película de miedo.
El silencio se extendió de nuevo por la
habitación, como si la revelación y sus ramificaciones les hicieran conscientes
de lo que realmente estaban haciendo allí. Michael sintió además una extraña
punzada de autoafirmación. Si hasta ese momento alguien guardaba alguna duda
acerca de la validez de la historia de Eleanor, si es que aún quedaba alguna
cuestión pendiente sobre cómo podría haber sobrevivido todos esos años,
congelada bajo el mar...
Pero esto sacaba a la luz una nueva
cuestión sin resolver: ¿no se podía hacer nada para poner remedio a la
enfermedad? El reportero sabía que eso era lo que en ese momento estaba en la
mente de todos.
Finalmente, Murphy interrumpió aquellas
reflexiones cuando preguntó, tras inclinarse sobre la mesa, con los dedos
tabaleando sobre el tablero:
-¿Pasaría algo si no le suministramos nada
y le da el mono? ¿Qué pasaría si la confinamos, medicada y tranquilizada, hasta
que se le pase el síndrome de abstinencia? Total, chicos, tenéis por ahí más
drogas de las que sois capaces de emplear.
Darryl frunció los labios e inclinó la
cabeza hacia un lado en un ademán escéptico.
-Si me perdonas la comparación, sería como
denegarle la insulina a un diabético. La necesidad no desaparecerá, sino que el
paciente entrará en estado de shock, luego en coma y morirá.
-¿Y cómo se supone que la vamos a mantener
en condiciones? -inquirió Lawson, poniendo en voz la pregunta en la que todos
estaban reflexionando-. ¿Comenzamos una campaña de extracciones?
-Pues te lo digo desde ya: a los reclutas
no les va a hacer gracia alguna -repuso Murphy, y bufó.
-Si tenemos en cuenta las reservas actuales
de sangre, las transfusiones terminarán constituyendo un problema a considerar
en cuestión de cierto tiempo -sugirió Darryl, que miró alrededor, a los rostros
que le rodeaban- Hasta que no consigamos una cura, asumiendo que pudiera
existir, no veo cómo podemos evitar hacer algo así.
-Creo que puedo sugerir una solución
-intervino Charlotte, y Michael supuso que eso precisamente era lo que ella
había estado guardándose para sí-. Ha desaparecido una bolsa de plasma. Tal vez
la haya colocado en cualquier sitio, aunque no me imagino cómo ha podido
ocurrir eso. Pero ahora, bueno, creo que tengo alguna idea de lo que le puede
haber sucedido.
Wilde apenas podía dar crédito a lo que
estaba oyendo, aunque en su interior pensó que probablemente sería cierto.
-Pues mira qué bien -repuso el jefe,
exasperado-. Cojonudo, pero cojonudo de verdad.
Michael sabía lo que pasaba por la mente de
O’Connor: los interminables informes que debería escribir y la investigación
interna que tendría que llevar a cabo con la finalidad de poder transmitir todo
eso a sus superiores. Y en realidad, ¿cómo iba a hacerlo? Lo despacharían hacia
Bellevue en un abrir y cerrar de ojos.
-Y que no se nos olvide que queda otro por
ahí fuera -añadió Murphy-. Y aún está suelto.
‹El joven teniente›, pensó el reportero.
‹Sinclair Copley›.
-Pues la situación está bien peligrosa en
el exterior -comentó Lawson-. A menos que haya regresado a la estación
ballenera, probablemente habrá terminado en el fondo de alguna grieta a estas
alturas.
-Que Dios te oiga -replicó Murphy.
Pero Michael no estaba dispuesto a rendirse
con tanta facilidad, ni pensaba que eso pudiera estar bien. Teniendo en cuenta
todo lo que aquel hombre había sobrevivido, ¿quién podría decir con certeza que
había sucumbido a la tormenta o al medio ambiente extremo del Polo? Miró por la
ventana, donde observó el tono claro del cielo y los remolinos de nieve, y
comentó:
-Va a haber una mejoría en el tiempo.
Podemos aprovecharla para ir en su búsqueda. Si hay algo que sepamos de ese
tipo, es que tiene una poderosa voluntad de supervivencia.
-Y hay algo más también -aseveró
Charlotte-. Tenemos lo que más le importa en el mundo. Alguien que él querría
recuperar... a costa de lo que fuera.
La mano fría que se había deslizado por el
torso del repostero antes volvió a hacerlo de nuevo y, para su sorpresa, le
apretó el pecho como si fuera un torno.
-Charlotte lleva razón -finalizó Darryl-.
Si hubiera que buscar un cebo, sin duda, tenemos el mejor.
CAPÍTULO
CUARENTA Y CINCO
21 de diciembre, 23:00 horas
ELEANOR SE SENTÍA COMO un preso encerrado
otra vez en su celda. La doctora Barnes le había dejado un vaso de agua y otra
de esas pastillas azules, pero ella no quería tomársela ni dormir más ni
ocultarse en la enfermería por más tiempo, sobre todo porque la tentación de la
caja blanca de metal era demasiado grande. Se devanó los sesos intentando
recordar su nombre. ¿Cómo la habían llamado? ¿Nevera? ¿Era así?
Con independencia del nombre, ella había
visto el contenido de la misma: unas bolsas de aspecto similar al haggis
escocés, sólo que no eran asaduras de cordero u oveja con cebolla, harina y
hierbas embutidas dentro de una bolsa hecha con el estómago del animal, no:
sólo estaban llenas de sangre.
Y sintió otra vez el apetito con tal
intensidad que hasta las paredes perdieron su color y a menudo debía cerrar los
ojos y esperar un poco para abrirlos de nuevo a fin de que todo volviera a la
normalidad. También se le alteró la respiración, que fue más agitada y
superficial. La doctora Barnes había percibido ese cambio, o al menos eso
pensaba ella, pero Eleanor no podía explicarle la causa, y menos aún el
remedio.
Y ahí estaba ella, sola una vez más, tal y
como rezaban los versos del poemario de Sinclair, ése que solía recitar él:
‹Solo, solo, siempre solo, en este inmenso y vasto océano›. ‹¿Dónde estará
Sinclair ahora? ¿En la iglesia, resguardado y a salvo, o perdido en la nieve,
buscándome?›, se preguntó.
Paseó por la sala de arriba abajo, dando
vueltas por la estancia como el tigre enjaulado que había visto una vez en el
zoológico de Londres. Había percibido la soledad y el confinamiento del pobre
felino incluso en aquel entonces. Hizo un esfuerzo enorme por mantener
apartados de esa nevera los ojos y también los pensamientos, lo cual le condujo
por derroteros oscuros, pero ¿cómo no iba a serlo? Le habían arrebatado por
completo su vida anterior: su familia, sus amigos y hasta su propio país, y su
existencia en el momento presente se reducía a una enfermería en el Polo Sur, y
a una necesidad voraz que ni siquiera le dejaba pensar.
Se había repuesto después de esa fatídica
noche en que Sinclair acudió a ella y dejó de tener fiebre al día siguiente.
Moira estaba exultante a su lado u la señorita Nightingale en persona puso una
silla junto a su cama y le trajo un cuenco con cereales y té.
-Tu ausencia se ha notado en las salas del
hospital. Los soldados se alegrarán de volverte a ver -le aseguró Florence
Nightingale.
-Y yo de verles a ellos.
-Y a uno de ellos en particular, ¿verdad?
-puntualizó la superintendente. La muchacha se sonrojó-. ¿No es ése el hombre
que se las arregló para colarse en nuestro hospital de Londres para que se le
suturase una herida?
-Sí, señorita, es él.
Ella asintió y no habló hasta que Eleanor
hubo terminado de comer casi todo el cuenco de cereales.
-¿Existe una relación entre vosotros desde
entonces?
-Sí -admitió la joven.
-Mi mayor temor cuando recluto enfermeras
es que puedan tomar afecto a algún soldado confiado a su cuidado. Eso afectaría
mucho a la calidad de la asistencia y, lo que es más importante, podría en tela
de juicio toda nuestra misión. Tenemos muchos detractores tanto aquí como en
casa, ¿los sabes, no? Claro que lo sabes...
-Sí.
-¿Sabes cuánta gente con estrechez de miras
cree que nuestras enfermeras no son más que unas oportunistas o algo peor?
Nightingale le ofreció otra cucharada de
cereales. Eleanor no había recobrado aún el apetito, pero no se atrevió a
rechazarla.
-Por eso debo pedirte que no hagas nada,
absolutamente nada, y nunca lo repetiré lo suficiente, nada que suponga un
descrédito para nuestro trabajo en este hospital.
Eleanor dijo que sí con un leve
asentimiento de cabeza.
-Bien, entonces creo que nos entendemos
-concluyó la superintendente, que se levantó y dejó el cuenco sobre el asiento
de madera-. Confío en que tu juicio haga honor a tu palabra. -Y dicho esto se
marchó hacia la puerta, donde Moira había permanecido a la espera de que
terminaran de conversar, y añadió-: Ha habido otro derramamiento de sangre en
la carretera de Woronzoff. Mañana a primera hora voy a necesitaros a las dos
listas para el servicio.
Entonces se marchó de verdad y Eleanor dejó
caer la cabeza sobre la almohada, y quedó en reposo hasta la llegada de la
noche, y con ella apareció Sinclair.
Él estudió el semblante de la joven a la
luz de la vela como si estuviera buscando pistas de algo, pero lo que veía
parecía hacerle muy feliz.
-Estás mejor -concluyó él tras llevarle la
mano a la frente-. Ha desaparecido la fiebre.
-Sí -contestó ella, y apoyó la mejilla
sobre la palma abierta del teniente.
-Mañana podremos irnos de este lugar
maldito.
-¿Irnos? -Eleanor no entendió a qué se
refería. Sinclair estaba en el ejército y ella debía volver al trabajo al día
siguiente.
-No podemos quedarnos aquí como si tal
cosa, ¿verdad? Ya no.
Ella se quedó perpleja. ¿Por qué no? ¿Qué
había cambiado, salvo el hecho de que los dos se habían recuperado?
-Me las compondré para hacerme con dos
caballos -prosiguió él-, aunque quizá podamos apañarnos con uno.
-Pero, Sinclair, ¿qué estás diciendo?
-inquirió ella, preocupada ante la posibilidad de que le hubiera vuelto la
fiebre y el pobre delirase otra vez-. ¿Adónde vamos a ir?
-Adonde queramos. Todo este puñetero país
es un campo de batalla. Vayamos donde vayamos, no habrá problema en encontrar
lo que necesitamos.
-¿Y qué necesitamos?
Entonces fue cuando él le buscó los ojos
con su mirada y la observó fijamente y tomó el rostro entre sus manos antes de
empezar a hablar, arrodillado junto a la cama.
Y le contó toda la historia entre
cuchicheos, una narración tan terrible que ella no creyó ni una sola palabra.
La historia de Sinclair versaba sobre las criaturas que acechaban en las noches
de Crimea para alimentarse de los muertos.
-No podría describir a esa cosa aunque la
veo en sueños todas las noches -admitió.
Siguió hablando de una maldición o de una
bendición que desafiaba a la mismísima muerte, de una necesidad insaciable, y
en lo que ella se había convertido: una esclava, al igual que él.
Ella no pudo creerlo, y no lo hizo.
Pero sentía una herida encima del pecho y
tenía una cicatriz delatora. En palabras de Sinclair eso era la prueba.
Él la besó, arrepentido, pero a ella los
ojos le escocieron y se le llenaron de lágrimas. Volvió el rostro hacia la
pared y abrió la boca en busca de aire. La habitación tenía una gran ventana
abierta por la que entraba la brisa del océano, pero de pronto sintió como si
hubieran cerrado la estancia y el ambiente se convirtió en algo opresivo y
agobiante.
Sinclair la tomó de la mano, pero ella la
retiró también. ¿Qué le había hecho? ¿Qué les había hecho a los dos? Si mentía,
eso era que estaba loco. Si decía la verdad, ambos estaban malditos y debían
afrontar un destino peor que la muerte. Eleanor era anglicana y se había criado
en el seno de la Iglesia de Inglaterra sin ser especialmente devota, eso se lo
dejaba a su madre y a sus hermanas, pero la situación expuesta era un
sacrilegio de tal magnitud a sus ojos que ella apenas podía soportarla ni
llevar la clase de vida que iba a ser necesario llevar a partir de ese momento.
-No tenía otra forma de salvarte -dijo
Sinclair-. Perdóname, Eleanor, di que me perdonas.
Pero no le resultó posible en ese momento,
pues sólo era capaz de respirar el aire húmedo del Bósforo y considerar todo
cuanto podía hacer...
Se le planteaba un dilema sin una salida
fácil, incluso ahora, mientras iba y venía por la enfermería, ya que debía
hacer un esfuerzo enorme por mantener la mente lejos de la caja blanca de metal
situada enfrente de ella. Bastaba extender la mano, abrirla y tomar lo que
necesitaba. Lo tenía justo ahí, tentándola.
Se obligó a desviar la mirada y acudió
junto a la ventana.
El perenne sol austral emitía un brillo
apagado que le hacía recordar el cielo avistado durante la aciaga travesía a
bordo del Coventry, pero ella sabía que no iba a haber una noche propiamente
dicha. Todo cuanto allí había era una pieza sin costura que iba deshilachándose
y ella sabía que a los ojos de Dios se había llevado más días de los que le
habían tocado en suerte.
Michael. Michael Wilde. Sus reflexiones
eran menos sombrías cuando pensaba en él. Había sido muy amable con ella, y
había parecido tan avergonzado cuando se había tomado la libertad de sentarse
junto a ella frente al piano. Aunque él se había comportado de un modo
inoportuno, Eleanor se daba cuenta de que estaba en un mundo nuevo, donde las
costumbres habían cambiado, y le quedaba mucho por aprender. Unas cajitas
negras interpretaban sinfonías enteras, las luces iban y venían dándole a un
botón y las mujeres podían ejercer la medicina aunque fueran negras.
Entonces recordó lo sorprendida que se
había quedado su madre ante la idea de su viaje a Londres, ella sola y sin un
acompañante, para hacerse enfermera. Tal vez todo aquello que antes era
chocante ahora se había convertido en rutinario. Tal vez el terrible peaje
pagado en la guerra de Crimea había removido la conciencia de la humanidad y
había puesto final a ese tipo de matanzas sin sentido. Quizá el mundo se había
convertido en un lugar donde imperaba más la inteligencia, donde las cosas
cotidianas eran mucho mejores y las naciones solucionaban sus diferencias
elevando el tono de voz, pero sin apelar a las armas.
Se permitió disfrutar de un rayo de
esperanza, una sensación a la que estaba muy poco acostumbrada.
Estar sentada al piano había sido una
sensación tan estupenda, tan normal. Había disfrutado mucho acariciando las
teclas con los dedos. Era como si hubiera recuperado todas las clases de piano
impartidas por la mujer del reverendo, tocando en el salón con las ventanas
abiertas de par en par mientras en cocker de la familia perseguía a algún
conejo en el amplio prado circundante. La señora Musgrove hacía un pedido fijo
a una tienda de música en Sheffield, y ésta le enviaba una selección de
partituras populares dos veces al año. De ese modo Eleanor llegó a conocer y
enamorarse de tantas y tantas baladas y canciones antiguas como The Banks of
the River Tweed y Barbara Allen.
Michael también parecía haber disfrutado
con la canción. Su rostro era el de un hombre sensible, aunque algo le
acechaba. Él tenía su propia tragedia, una que había dejado algún tipo de
secuela, y quizá fuera ese el motivo de que hubiera elegido acudir a un lugar
tan solitario. Nadie habría elegido por propia voluntad un destino como aquél,
sino que en cierto modo el lugar le había escogido. Se preguntó qué le habría
ocurrido o de qué recuerdos podía estar huyendo. Ella no recordaba haberle
visto un anillo de casado y no había mencionado a ninguna esposa en el tiempo
que habían pasado juntos. No sabría decir por qué, pero le pegaba ser soltero.
Ay, cuánto echaba de menos la luz del sol,
pero una luz de verdad, no una imitación, esa luz del sol cálida y dorada como
el sirope que le bañara todo el cuerpo. Había vivido en las sombras toda una
eternidad, huyendo con Sinclair de un pueblo en otro, sin demorarse demasiado
en ningún lugar para que nadie descubriera su secreto. Habían viajado desde
Scutari hasta cruzar los Cárpatos para llegar a la soleada Italia, donde ella
asomaba la cabeza por la ventana del carruaje para disfrutar todo lo posible del
sol mediterráneo. Solía sugerir a Sinclair que se detuvieran un tiempo en
alguno de aquellos parajes, pero en cuanto él percibía en los lugareños un
interés mayor del normal en la joven pareja inglesa, él insistía en ponerse de
nuevo en camino. Copley vivía con el temor constante de que hubieran
descubierto su deserción y repetía a menudo que esperaba que su padre sólo
oyera hablar de su desaparición en el campo de batalla de Balaclava.
En cuanto a ella, no sabía qué temía más,
si no ver nunca más a su familia o verla y que ellos adivinaran que había
cambiado de un modo inenarrable.
En Marsella, Sinclair localizó a un viejo
amigo de la familia mientras daban un paseo por los muelles y la arrastró hasta
la tienda de un artesano para evitar ser detectado. Cuando el comerciante le
preguntó qué deseaba, el antiguo teniente le contestó en un perfecto francés,
al menos hasta donde ella era capaz de apreciarlo, que estaba interesado en...
lo primero que vio: un broche de marfil con borde de oro que el hombre tenía en
la mesa de trabajo.
El hombre lo alzó a fin de que se viera
bien a la luz de la ventana. Eleanor quedó maravillada al ver la perfección con
que estaba hecho ese camafeo con un tema clásico: Venus saliendo de entre las
olas.
-¿Podríamos haber elegido un tema mejor que
la diosa del amor?
-Es una maravilla -respondió ella en voz
baja-, pero ¿no deberíamos guardar el dinero que nos queda?
-Combien d’argent?[16] -preguntó Sinclair,
y abonó la factura sin rechistar.
Ella nunca llegó a saber el origen de sus
fondos, pero lo cierto es que siempre disponían del dinero necesario para
viajar al siguiente destino. Sospechaba que Sinclair se hacía pasar por quien
no era ante los viajeros ingleses con quienes se encontraban y les pedía sumas
a cuenta, y luego aumentaba esa cifra apostando las cantidades prestadas en las
mesas de juego.
Al llegar a Lisboa, alquilaron una
habitación en lo alto de un pequeño hotel con vistas a la fachada almenada de
Santa María la Mayor. El redoble de campanas parecía un reproche constante y
Sinclair, tal vez intuyendo por dónde iban los pensamientos de su compañera, le
preguntó:
-¿Y si nos casamos ahí?
Eleanor no supo qué responder. Se sentía
maldita de tantas formas que le sobrecogía la perspectiva de entrar en una
iglesia y hacer unos votos sagrados, por mucho que le hubiera gustado estar
debidamente casada, pero el criterio de su compañero se impuso.
-Vayamos a echar un vistazo por lo menos.
De todos modos, la iglesia es preciosa.
-Pero nunca conseguiremos la ayuda de un
cura... No con todas las mentiras que deberíamos contarle.
-¿Y quién ha hablado de un cura? -se mofó
Sinclair-. De todos modos, ellos hablan portugués. Si quieres, podemos ponernos
delante del altar y formular nuestros propios votos. Dios va a poder oírlos
perfectamente sin necesidad de ningún intermediario papista, suponiendo, claro
está, que exista un Dios que los oiga.
Profirió un sonido despectivo que dejaba
claro sus muchas dudas al respecto.
Así pues, ella vistió sus mejores galas,
Sinclair se puso su uniforme y juntos del brazo cruzaron la plaza de camino
hacia la catedral. Hacían buena pareja y ella podía ver en los ojos de los
transeúntes la buena impresión que causaban.
La Sé de Lisboa se había construido durante
el siglo XII, aunque los terremotos de 1344 y 1755 habían causado daños de
consideración, haciendo necesario llevar a cabo importantes trabajos de
reparación y reconstrucción. Los dos robustos campanarios gemelos de estilo
románico se alzaban como una fortaleza blanca a cada lado del gran arco de la
entrada, encima de la cual descansaba una gran rosetón por cuyas vidrieras de
colores se filtraba a la luz del sol, confiriendo un rubor áureo a los enormes
pilares del interior.
Había varias capillas privadas en el
interior de la catedral; el acceso estaba cerrado al público con verjas de
hierro, pero era posible contemplar en todas las tumbas unas figuras de mármol
donde los guerreros lucían una cota de mallas.
En una de ellas, Eleanor vio la figura de
un noble reclinado; vestía armadura de cuerpo entero y aferraba la espalda con
fuerza; estaba protegido por un perro. En otra, una dama vestida de forma
clásica leía el Libro de las Horas.
La catedral era enorme y prevalecía el
silencio a pesar de la presencia de un considerable número de fieles en los
bancos y de muchos visitantes en los laterales. Eleanor únicamente oía el
resonar de sus pasos. En un extremo del transepto, no lejos del presbiterio, un
grupo de damas y caballeros bien ataviados abordaron a un anciano sacerdote de
hábito negro y cinturón blanco. Ella reaccionó de forma instintiva y tomó la
dirección contraria. Sinclair notó el tirón en el brazo y esbozó una sonrisa.
-¿Temes que detecte nuestro olor?
-No bromees con eso.
-¿Crees que va a darnos caza? -Ella no le
respondió nada en esa ocasión-. No es necesario seguir con esto si quieres.
Sólo lo hago por ti.
-Pues es un sentimiento de lo menos
apropiado -replicó ella, distanciándose un poco y preguntándose qué le había
llevado hasta ese lugar.
Sinclair la siguió y le tiró de la manga.
-Disculpa. No quería decir eso, y tú lo
sabes.
La joven se percató de que varias personas
los estaban observando. Estaban montando una escena, y eso era lo último que le
apetecía. Se escondió detrás de la columna más próxima al altar y se cubrió el
rostro con un pañuelo.
-Te desposaría en cualquier parte -dijo en
voz baja e insistente-, debes saberlo. En la abadía de Westminster o en medio
del bosque sin más testigos que los pájaros en los árboles.
Eleanor lo sabía, pero eso no bastaba.
Sinclair había perdido la fe en todo y encima había sacudido profundamente los
cimientos de sus propias creencias. ¿Qué estaban haciendo allí? ¿Qué esperaba
ella conseguir de esa visita? Había sido un terrible error, y la joven lo había
sabido desde que traspusieron el umbral de la catedral.
-Vamos, no nos quedemos en el rincón -dijo
él con avidez mientras deslizaba una mano sobre la parte interior del codo y
tiraba de Eleanor. Ella intentó resistirse, pero él la arrastró lejos de las
sombras y la joven le dejó salirse con la suya para no causar conmoción
alguna-. No tenemos nada que esconder -aseguró él.
Copley la condujo primero al pasillo
central y luego hasta el ornamentado altar mayor. El rosetón de cristales
coloreados de rojo, verde y amarillo refulgía como el calidoscopio que Eleanor
había visto en una óptica londinense, y era tan hermoso que apenas podía
apartar la mirada.
Él le tomó ambas manos entre las suyas y
dijo:
-Yo, Sinclair Archibald Copley, te tomo a
ti, Eleanor... -Se detuvo-. ¿No es raro? No sé si tienes un segundo nombre...
¿Lo tienes? ¿Cuál es...?
-Jane.
-Te tomo a ti, Eleanor Jane Ames, como mi
legítima esposa, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en
la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe.
Ella tuvo la certeza de estar llamando
demasiado la atención, razón por la cual intentó bajar las manos, pero Sinclair
se lo impidió.
-Espero haber recordado correctamente toda
la fórmula. Si he olvidado algo, dímelo, por favor.
-No puedo, Sinclair -imploró ella.
-¿No puedes o no quieres? -inquirió él con
un creciente tono de crispación en la voz.
Eleanor estaba segura de que el sacerdote
ya se había fijado en ellos. Lucía una barba blanca y tenía unos penetrantes
ojos negros bajo esas cejas tan pobladas.
-Creo que deberíamos marcharnos ya.
-No hasta que hayamos preguntado a los
feligreses aquí presentes...
-Pero, ¿a qué feligreses te refieres...?
El otro Sinclair, ése al que tanto temía,
estaba a punto de aparecer.
-No nos iremos hasta que hayamos preguntado
a los feligreses si alguno de los presentes conoce algún obstáculo para nuestra
unión.
-Eso se hace antes de pronunciar los votos
-le recordó ella-. No ridiculicemos esto todavía más... -Debían irse, lo supo
cuando vio por el rabillo del ojo cómo el sacerdote se zafaba del grupo de
aristócratas portugueses-. Ya hemos llamado bastante la atención, y esto no es
seguro -cuchicheó ella-. Tú mejor que nadie deberías saberlo.
Sinclair fijó en ella una mirada embotada,
como si se preguntase lo lejos que iba a llegar. La muchacha había aprendido a
identificar esa mirada, la tenía cada vez que estaba a punto de pasar del gozo
a la ira, de la amabilidad a la crueldad, y todo en cuestión de un segundo.
Le impidió hablar un ruido sordo procedente
del suelo de piedra y del muro de detrás del altar, una pared levantada hacía
siglos, donde estaba fijado el pesado crucifijo, que se agitó y empezó a
balancearse. El sacerdote, que se acercaba hacia ellos dando grandes zancadas,
se detuvo en seco y alzó la mirada, aterrado, cuando vio las grietas en el
revoque. Toda la gente cercana a ellos dos se puso a chillar mientras se
lanzaba al suelo y empezaba a rezar.
Eleanor y Sinclair retrocedieron a tiempo,
pues enseguida la cruz se desprendió de los ladrillos del muro y se cayó en
medio de una nube de polvo blanco. Sinclair la condujo detrás de una columna y
se escondieron allí, temiendo que el temblor de tierra arrasara la catedral
entera. Los cristales de la vidriera se astillaron como el hielo de un estanque
y luego cayeron al suelo como una lluvia de esquirlas. Eleanor se cubrió la
nariz y la boca con el pañuelo, y Sinclair hizo lo mismo con la manga del uniforme.
La muchacha atisbó al religioso entre la
polvareda. El clérigo se santiguó y avanzó hacia ellos.
-Sinclair, el sacerdote viene hacia
nosotros -le avisó ella entre toses.
-Por aquí -dijo él, guiando a la joven
hacia una de las capillas laterales, donde ya había un par de hombres,
elegantemente vestidos de frac, aterrados, pero con un ademán amenazador.
Sinclair debió cambiar de dirección, pero
el sacerdote ya los había alcanzado para entonces. Aferró el galón dorado del
uniforme y empezó a proferir palabras airadas que ninguno de los dos
comprendió, aunque a juzgar por sus gestos parecía indicar que todo aquel caos
era consecuencia de un terrible sacrilegio cometido por Sinclair.
‹¿Lo fue?›, se preguntó Eleanor.
El antiguo teniente se quitó de encima al
religioso y, cuando lo hubo conseguido, le propinó un fuerte puñetazo en la
boca del estómago. El anciano cayó de rodillas y luego, jadeando en busca de
aire, se desplomó sobre el polvo del suelo.
Sinclair tomó a Eleanor de la mano y corrió
por la nave hasta encontrar una puerta lateral próxima a la capilla del
caballero vestido con armadura.
Durante unos instantes quedaron cegados por
la deslumbrante luz del sol. Luego vieron cómo la gente abandonaba a la carrera
sus tiendas y sus casas. Los perros ladraban sin cesar y los cerdos chillaban
por las calles. Bajaron corriendo un tramo de sinuosos escalones y buscaron
escondite en un callejón de adoquines, por donde tuvieron que sortear las tejas
rojas que caían desde los tejados y se estrellaban en el suelo. Al cabo de unos
minutos, lograron perderse en el caos de un mercado aterrado por el seísmo.
No había sido precisamente el día de boda
con el que soñaba de joven cuando se tumbaba a holgazanear en los prados de
Yorkshire.
‹¿Y ahora, qué?›.
Ahora estaba delante de esa achaparrada
caja blanca, la nevera, con la respiración agitada y viendo cómo las paredes de
la enfermería habían perdido todo su color. Extendió una mano en busca de
sujeción, pero le temblaban las rodillas y al final se dejó caer y apoyó la
cabeza sobre la fría superficie de la puerta. Lo que ella necesitaba estaba
dentro, bien lo sabía, y los dedos se cerraron en torno a la manivela sin que
se diera cuenta ni lo pretendiera siquiera.
Abrió la caja y tomó una de las bolsas; la
sangre rebulló bajo sus dedos. Llevaba pegada una etiqueta: ‹0 negativo›.
Eleanor se preguntó sobre su posible significado durante unos instantes, sólo
eso. Luego, rasgó la bolsa con los dientes y allí mismo, en el suelo, con la
suave bata blanca extendida alrededor, bebió el contenido de la bolsa como un
recién nacido apura la tetina del biberón.
CAPÍTULO
CUARENTA Y SEIS
22 de diciembre, 10:00 horas
SINCLAIR NO ESTABA SEGURO de qué era lo que
le había despertado. Al entreabrir los párpados se descubrió despatarrado sobre
un banco alto y con la cabeza reclinada sobre el altar. En una mano sostenía el
poemario de Coleridge y en la otra un cáliz prácticamente vacío. En el aire
serpenteaba al fino hilo de humo de una vela chisporroteante.
Un perro sentado en el pasillo central
sobre los cuartos traseros soltó un aullido de hambre.
Había estado soñando con Eleanor, ¿acaso le
quedaba otra cosa?, pero no había sido un sueño feliz. Es más, difícilmente
podía considerársele un sueño propiamente dicho, sino más bien un visionado de
la última discusión que habían tenido antes de que él se hubiera marchado. Se
había encaramado a lo alto del campanario para realizar un reconocimiento de
los alrededores y había visto que la costa discurría hacia el noroeste, lo cual
abría la esperanza de una posible ruta de escape.
-Quizá no estemos tan aislados después de
todo -aventuró al bajar.
-Sinclair, estamos más abandonados de lo
que hayan podido estar jamás dos personas -replicó ella en voz baja y con
calma.
-Nada de eso -repuso él antes de hacer
trizas otro devocionario y lanzarlo al fuego-. Tenemos tanto derecho a
disfrutar del mundo como los demás.
-Pero nosotros no somos como los demás.
Ignoro qué somos ni qué planes tenía para nosotros el Señor, pero esto... esto
no puede ser Su plan.
-Bueno, pues entonces es mi plan, y por
ahora deberá valer -le espetó él-. Ya he visto el plan de Dios, y déjame que te
diga algo: no sé si el Diablo podría haberlo mejorado. El mundo es un matadero,
y yo he jugado mi papel para que sea así. Si algo he sacado en claro de todo
esto, es que debemos labrarnos nuestro propio destino. -Rasgó otro libro de
himnos y agregó con la mirada puesta en el fuego-: Si queremos sobrevivir,
vamos a tener que luchar por cada bocanada de aire, por cada bocado de comida,
por cada gota de bebida. -Buscó con la mirada la botella más cercana y
concluyó-: Dios ayuda a quien se ayuda.
Tras mirar al perro que seguía dando la
murga con sus aullidos, siguió sin ver signo alguno del Todopoderoso por las
inmediaciones, a menos que interpretara como tal el silencio reinante en el
exterior... ¡Un momento! ¡La tormenta había cesado! El aullido del viento se
había reducido a un susurro. Tal vez era el cese de los embates de la tempestad
lo que le había despertado para darle la oportunidad de ir al fin en busca de
Eleanor.
Dios ayuda a quien se ayuda, y él iba a
ayudarse a sí mismo si lograba reunir fuerzas para enganchar a los perros y
preparar el trineo. Se tomaría la justicia por su mano. Alzó la copa y apuró
las últimas gotas.
A nadie le sorprendió que Wilde fuera el
primero en presentarse junto al palo de la bandera, el punto de encuentro de la
expedición de búsqueda. Permaneció de pie junto a la motonieve, dando patadas
al suelo para evitar que se le congelaran los pies. Alguien había colocado una
tela de espumillón alrededor del asta y ahora se había pegado al metal. Michael
dudaba que alguien fuera capaz de quitarlo de ahí, de modo que iba a ser
Navidad para siempre en Point Adélie.
Alzó la mirada al cielo de un azul
espléndido y cegador a pesar de las gafas de sol; tenía el mismo color que los
huevos de Pascua que él pintaba de crío. Un ave de apagado plumaje gris pasó
por delante de su campo de visión; dio media vuelta y bajó en picado hacia su
cabeza. El periodista se agachó deprisa, pero le escuchó gritar de nuevo cuando
giraba para efectuar otra pasada. Alzó la mano enguantada al recordar que los
pájaros siempre elegían como objetivo el punto más alto de su blanco, pero el
pájaro efectuó un nuevo vuelo rasante, y entonces Michael cayó en la cuenta de
que no había nido alguno por los alrededores, al menos ninguno a la vista, ni
tampoco carroña que el ave pudiera reclamar como propia. Enseguida se ajustó
los cristales de las gafas para ver mejor a la gorjeante ave. ¿No sería Ollie
por un casual?
Se escuchó un aleteo alrededor de la punta
del asta, donde la Vieja Gloria ondeaba sin apenas hacer ruido al ritmo de la
fría brisa, que se detuvo en lo alto del módulo de administración. Rebuscó en
los bolsillos, donde encontró una barra de granola. Bueno, él sabía que los
pájaros no eran especialmente tiquismiquis: comían de todo. Bajo la atenta
mirada del ave abrió el envoltorio con cierta dificultad al llevar las manos
enguantadas con aquellas enormes manoplas. Al terminar, sostuvo en alto la
barrita para permitir que el págalo lo examinara a gusto y luego lo lanzó a
unos metros de su posición. Eran aves carroñeras, por lo cual no iba a dejar
pasar la ocasión; y así fue: en cuestión de un segundo, el pájaro se lanzó
desde el tejado y se precipitó sobre la comida con el pico ya entreabierto. De
un par de picotazos rompió la barra en varios trozos y empezó a zampárselos.
Michael estudió al págalo con la esperanza de apreciar algún detalle que le
permitiera saber si era o no Ollie. El ave se tragó el último trozo y el humano
se acuclilló para observarle mejor.
-¿Eres tú, Ollie? -preguntó.
El ave lo miró con unos negros ojos
redondos y brillantes como cuentas, pero no huyó. Michael se quitó un guante
pese a ser consciente de que no era lo más inteligente ni lo más sensato cuando
se estaba cerca de un págalo omnívoro. El pájaro se acercó dando saltos hasta
subirse gentilmente a la palma de la mano y esperar ahí subido.
-¿Quién me lo iba a decir?
Le habría resultado difícil explicar la
razón por la cual se le hizo un nudo en la garganta. Tal vez era la emoción de
ver que el pequeño de la nidada había sobrevivido a la tormenta después de
todo, o a que era una de las pocas cosas que había sido capaz de tocar para
mejorar su destino. En su mente saltó la imagen de Kristin en la cama del
hospital y luego en el funeral al que no había podido asistir. Imaginó un ramo
de grandes girasoles amarillos alrededor de un ataúd. El ave le correteó por
encima de la mano, y él deseó llevar algo más en los bolsillos para poder
dárselo. Cuando se bajó, Wilde se incorporó y se disculpó:
-No hay más.
Y le mostró las manos vacías.
El págalo anduvo pavoneándose sobre el
terreno circundante y al final abandonó la espera de nueva comida y salió
disparado hacia el cielo como un cohete. Su benefactor le vio sobrevolar la
zona para luego desaparecer en dirección a la caseta de buceo. Varios pájaros
se reunieron con él en el cielo, y Michael se consideró un estúpido al sentirse
como un padre, feliz de que su hijo fuera aceptado en el recreo por los demás
compañeros de clase.
Entonces oyó un rugido procedente de la
explanada de detrás del módulo de administración y enseguida aparecieron
Murphy, Lawson y Franklin montados cada uno en una motonieve. A Michael le
recordaron a una de esas partidas al mando de un sheriff, en especial cuando se
percató de que iban armados: Murphy llevaba un arma en la pistolera y el cañón
del rifle de Franklin asomaba por el compartimento de carga.
-Pensé que era una partida de rescate, no
un equipo SWAT[17] -comentó el periodista.
El jefe O´Connor le dedicó una mirada de
significado inequívoco: «Madura», pero contestó con más suavidad.
-¿No has estado nunca en los Boy Scout? Uno
siempre debe estar preparado. -Tomó un fusil lanzaarpones de su reserva y se lo
entregó. Michael notó que Lawson también llevaba uno-. Nos dividiremos en dos
grupos cuando lleguemos a Stromviken -anunció Murphy en voz alta para hacerse
oír por encima de los motores al ralentí-. Franklin y yo peinaremos el lado de
la costa. Bill y tú revisaréis la factoría. Y vigilad vuestros movimientos
-dijo antes de bajar el visor del casco-, el año pasado ya perdí a un probeta
en una zanja y, la verdad, no me apetece sufrir otra baja más.
Bajó el visor y salió disparado como un
loco en medio de un ruido atronador.
Franklin se acomodó sobre su propio
vehículo, una motonieve de la marca Arctic Cat, y dijo:
-Mejor será ir en fila de a uno. Así
estaréis seguros de que el suelo es firme.
Se puso en marcha y Lawson le siguió. Las
motonieves eran máquinas potentes de doscientos cincuenta kilos de peso y un
manillar similar a las bicicletas de montaña.
Michael se ajustó bien la capucha al casco
y verificó el enorme faro y el antiniebla. Se acomodó en el asiento y le dio al
acelerador, haciendo rugir al motor de cuatro tiempos. Las puntas de los esquís
se levantaron cuando el tractor oruga se hundió en la nieve y él salió
disparado tras la estela de Lawson. Pilotaba una Arctic Cat, una máquina que
guardaba poca relación con la que tuvo de crío, una de las primeras Ski-doo de
dos tiempos. Podía sentir debajo del cuerpo todos los caballos de potencia de aquel
aparato, por no mencionar la resistente suspensión. Él estaba acostumbrado a
sentir todos los baches e irregularidades del hielo, pero sobre aquel vehículo
era como sobrevolar un paisaje nevado en una alfombra voladora.
Y por mucho que viera mantener la formación
en fila india a Murphy, Franklin y Lawson, ése era el peligro: en cualquier
momento podía formarse una fisura en el hielo y tragarse entero a cualquiera de
ellos. Lawson le había puesto al corriente de la situación con todo lujo de
detalles en la Escuela de la nieve, al poco de llegar a la estación científica,
y aunque en su posición estaba de más conocer las diferencias entre grietas
marginales, radiales, longitudinales, transversales y rimayas, sí valía la pena
recordar que las últimas nieves podían haber formado una capa que impidiera
detectarlas a simple vista, y no era difícil que se hubiera formado una suerte
de puente en la parte de arriba, uno capaz de soportar el paso del primer
hombre, pero no el del segundo, momento en que se abría un cañón de heladas
paredes azules y cien metros de altura, al fondo de los cuales había un lecho
de agua salada congelada donde la temperatura rondaba los cuarenta grados bajo
cero. Eran pocos quienes habían caído dentro de una fisura y habían vivido para
contarlo, y en todo caso, no de una pieza, pues siempre había que amputar algo.
Michael intentó seguir el trazado de los
esquís, lo cual no siempre resultaba posible, pues a veces no eran visibles y
otras no dejaban de ser un destello más apagado en alguna zona donde la nieve
de la superficie -suavizada por el incesante soplo del viento- estaba más
removida.
Se agachó detrás del parabrisas para evitar
el frío cortante del aire, aunque el casco aerodinámico también ayudaba lo
suyo, pues le cubría las mejillas y el mentón, y tenía un cubrenucas para
amortiguar el rugido del motor, además de un sistema de doble respiración para
expulsar el aliento hacia fuera y mantener limpio el campo de visión. Le
recordaba mucho al traje de buceo de profundidad que llevaba cuando liberó a
Eleanor del glaciar.
En la mente de sus compañeros Eleanor había
pasado de ser la Bella Durmiente a la condición de novia del conde Drácula.
¿Cuánto tiempo podía conservarse el secreto de su presencia en Point Adélie?
¿Cuánto tardaría en ser un problema público o incluso algo peor? El permiso de
la NSF finalizaba el 31 de diciembre, dentro de nueve días, fecha para la cual
estaba prevista la llegada de un avión con provisiones, y él tenía muy claro
que debía subir en él. ¿Qué sería de ella entonces? ¿A quién debería contarle
la historia? Y sobre todo, ¿en quién podía confiar? Michael depositaba una gran
confianza en Charlotte, pero ella era la doctora Barnes, la médico de toda la
base, y no se le podía pedir que hiciera de niñera. Bueno, también estaba
Darryl, pero no era exactamente la clase de tipo en quien se podía confiar algo
así: poca atención iba a prestarte si no eras un pez para diseccionar y al que
efectuarle estudios hematológicos.
¿Y qué ocurriría si Sinclair Copley jamás
aparecía? Lawson había logrado que sonara poco probable, pero cuanto más lo
pensaba, más sola y aislada veía a Eleanor, en una prisión no mucho mayor que
el bloque de hielo.
A menos que...
El vehículo chocó con una elevación rocosa
que surgía del suelo y voló por los aires para caer con un ruido sordo y coleó
mientras seguía su avance.
«Concéntrate», dijo para sus adentros, «o
vas a romperte el cuello y habrás perdido todas las posibilidades». Sacudió la
cabeza para soltar los grumos de nieve adheridos al visor del casco y aferró el
manillar con más fuerza, pero sus pensamientos no cambiaron de dirección, y
siguieron centrados en el día no tan lejano en que tuviera que abandonar la
base... y a Eleanor.
Pero ¿y si conseguía llevarla con él? Se
maravillaba de que no hubiera considerado todavía esa posibilidad. ¿Y si
lograba hacerla subir también a ese avión? La idea era un despropósito de tal
calibre que apenas si daba crédito a que perdiera el tiempo considerándola
siquiera, pero todo serían ventajas para el jefe O´Connor si se llevara a cabo
y él podía usar todo el peso de su considerable influencia sobre los miembros
de la estación científica que estaban al tanto de la situación, podía comprar
su silencio, pues en manos de Murphy estaba el hacer que sus vidas fueran
fáciles o difíciles, según quisiera él.
Aun así, ¿cómo podía llevar a cabo ese
plan? ¿Cómo podía hacer Eleanor todo el trayecto de regreso a Estados Unidos,
sobre todo tratándose de alguien como ella? Eleanor Ames jamás había visto un
avión ni un automóvil, y ya puestos, ni un reproductor de CD. Tampoco tenía
ciudadanía alguna, a menos que estuviera por ahí cerca la reina Victoria para
confirmarla, claro, y desde luego carecía de pasaporte.
Además de todas las dificultades
manifiestas propias de semejante viaje en sí, luego estaba la otra cuestión:
¿cómo podía él cuidar de alguien con su insólita condición? «¿A qué distancia
está el banco de sangre más próximo en Tacoma?», se preguntó.
A un kilómetro de su posición, Michael vio
el manojo arracimado de chimeneas, almacenes, cobertizos y allí, en lo alto de
la colina, el campanario de la iglesia. Se alegró de llegar a tiempo para ver
cómo Murphy y Franklin continuaban a la derecha, tal y como estaba planeado, en
dirección a la playa sembrada de huesos blanqueados y presidida por el
Albatros. ¿Qué podían hacer con Sinclair si le hallaban vivo en la factoría
noruega? ¿Lo encerraban también en la enfermería? Existían muchas posibilidades
de que estuviera atrincherado en la iglesia, en la sala situada tras el altar,
y Michael quería ser el primero en encontrarlo para aplacar sus temores e
intentar razonar con él. Si estaba vivo, iba a mostrarse receloso, suspicaz e
incluso hostil. Y tenía todos los motivos del mundo, vistas las cosas desde su
perspectiva.
Por ese motivo debía estar a solas con él
cuando lo encontraran, si es que lo hacían, claro está.
Alcanzó a Lawson en el patio de despiece.
Éste se había detenido allí porque los raíles de las vagonetas podían destrozar
las motonieves por debajo. Michael apagó el motor en cuanto llegó a su lado. El
silencio era sepulcral. Alzó el visor y recibió una bofetada de frío en la
cara.
-¿Y ahora qué? -preguntó Lawson.
Michael quería librarse de él a toda costa,
así que le contestó:
-¿Por qué no empiezas por echar un vistazo
por esos patios de ahí y por los alrededores? Yo subiré a la iglesia e iré
peinando el terreno mientras voy bajando.
Lawson colgó el casco sobre el manillar,
echó mano al fusil lanzaarpones y asintió en ademán de haberle entendido antes
de marcharse.
El periodista guardó su casco y se encaminó
a la iglesia. Observó las lápidas ladeadas mientras subía la ladera y enseguida
las hojas cerradas de la entrada. Un indicio interesante, sobre todo cuando
debía haber una batiente abierta y un buen montón de nieve delante. «Tal vez
haya alguien en casa», pensó.
Tenía casi encima el sol del solsticio
mientras subía los escalones, razón por la cual su cuerpo apenas proyectaba
sombra sobre los tablones de madera y era tan poca que prácticamente la pisaba
con los pies.
Tras abrir la chirriante puerta de un
empellón, entró en la iglesia, donde fue recibido por los perros del trineo,
que corrieron hacia él enseguida. Apoyó una rodilla en el suelo y dejó que le
lamieran los guantes y el rostro mientras giraban a su alrededor. Sin embargo,
Michael recorría la estancia con la mirada. Junto a la puerta había una pila de
alimentos y pertrechos, como si alguien tuviera planeado salir en breve.
Vio una vela y una botella de vino negra
sobre el altar.
No sabía si pegar gritos para anunciar su
presencia o si arrastrarse en silencio para pillar desprevenida a su presa.
Pero entonces se formuló una pregunta
clave: ¿estaba ahí para rescatar a Sinclair o para capturarlo?
Avanzó por el pasillo central con sigilo y
dio un rodeo para evitar el altar mayor a fin de acercarse a la habitación de
detrás, cuya puerta estaba entornada. La empujó hasta abrirla del todo y miró
en el interior. Alguien había dormido en la cama, pero el fuego de la estufa se
había apagado, dejando un olor a cenizas frías y lana húmeda. El golpeteo de
los postigos le atrajo hasta el ventanuco y desde él pudo atisbar cómo una
figura se escabullía entre las lápidas del cementerio, eligiendo un trayecto por
la parte posterior de la iglesia.
Y no era ninguno de los integrantes del
grupo de búsqueda.
El fugitivo llevaba la cabeza descubierta,
lo cual permitía ver su melena de color rubio castaño, igual que el bigote, y
vestía una parka roja con una cruz blanca en la espalda. Michael la identificó
enseguida como una de las que Danzing solía tener colgadas en la percha del
cobertizo de los perros.
De modo que ése era Sinclair, el amado de
Eleanor. Después de todo, seguía vivo.
Michael notó una punzada extraña, pero
desapareció casi antes de que la hubiera percibido.
Salió de la habitación a la carrera. Las
pisadas hicieron mucho ruido y estuvo a punto de resbalar sobre el suelo de
piedra. Los perros saltaron con sus juegos, interponiéndose en su camino.
-¡Ahora no! -gritó, apartando sus cabezas
peludas.
Cuando él llegó a la puerta de la entrada,
Sinclair había bajado la ladera, a veces corriendo, a veces dejándose caer y
deslizándose con los brazos abiertos. Debajo de la parka entrevió el destello
de un galón dorado sobre una casaca y la vaina de un sable tintineando a un
lado. Entonces, el fugitivo desapareció por un callejón estrecho que discurría
entre dos grandes edificios destartalados. Michael intentó bajar deprisa la
helada pendiente, pero sin soltar el arma, y eso le exigía ir con más cuidado, y
además, durante el descenso se iba devanando los sesos sobre el posible destino
del tal Copley.
Tal vez había oído el ruido de las
motonieves o quizá le habían pillado con la guardia baja. El equipo acumulado
junto a la puerta sugería que estaba planeando una misión propia, pero si
hubiera querido esconderse, ¿por qué no lo había hecho, y punto? En esos patios
y almacenes de ahí abajo debía haber algo que él quería.
Y a Michael sólo se le ocurría una cosa que
pudiera querer: armas.
Al llegar al pie de la colina, atisbó una
mancha roja pasando como una exhalación entre dos galpones y Michael le siguió.
Por suerte, no se veía a Lawson por ninguna parte y los motores de los
vehículos de Murphy y su compañero se oían lejos, junto a la costa. Bien. Lo
último que Michael quería era una interferencia. Si podía echarle el guante a
Sinclair, sería todo para él, al menos durante un tiempo.
Se acordó en ese momento de los estantes
llenos de herrumbrosos arpones en lo que debió de ser una herrería, pero ¿dónde
estaba la tienda? Wilde se detuvo un segundo para recobrar el aliento y
orientarse, pues había visto ese local durante su visita anterior. Se sintió
capaz de localizarla otra vez, ya que se acordaba de la posición, estaba más
adelante y a su derecha, y tenía un distintivo inconfundible: junto a la puerta
había una enorme ancla comida por la herrumbre.
Avanzó hacia allí con el fusil lanzaarpones
bien sujeto y apuntando hacia el suelo, pues temía que aquel maldito trasto se
le disparase si llegaba a tropezar y caerse.
Pasó delante de un edificio vacío tras otro
y se fue parando ante cada uno para echar un vistazo al interior, donde vio
cadenas colgantes, poleas congeladas, enormes mesas de trabajo llenas de
melladuras, sierras de arco para metales y calderos de muchos diámetros y poca
altura descansando sobre sus regordetas patas metálicas.
Los establecimientos parecían estar
dispuestos al azar y de cualquier manera, pero poco a poco entendió que su
posición respondía a un plan concreto. Todavía era posible ver el entrecruce de
los raíles de las vagonetas. Todo estaba organizado como una primitiva cadena
de montaje, o de desmontaje para ser más precisos. Los locales estaban ubicados
en función de lo que fueran a obtener en el despiece de la ballena, empezando
por la piel y terminando en los cartílagos.
Los huesos y los dientes de cetáceo, así
como los ojos congelados -del tamaño de una pelota medicinal-, se acumulaban
por doquier en grandes pilas apoyadas sobre las paredes.
Llegó a una intersección. Había veredas o
callejones en todas las direcciones, lo cual le obligó a recordar su primera
entrada en el pueblo fantasma, cuando había venido desde el suroeste, lo cual
significaba que probablemente había cruzado un gran patio azotado por el viento
para luego torcer a la derecha. Siguió dicho patio y para su gran alivio acabó
por ver el ancla reclinada junto a una entrada baja y en penumbra.
Aminoró el paso conforme se aproximaba,
pues en el interior de la herrería no se oía ruido alguno ni había el menor
indicio de vida. Tal vez su pálpito era erróneo.
Agachó la cabeza para poder meterse dentro,
donde recorrió la estancia con la vista hasta descubrir al fondo otra puerta,
bloqueada en parte por media docena de barriles anillados con flejes metálicos.
Escudriñaba por si había algo detrás de esa abertura cuando algo pasó volando
junto a su mejilla y se hundió en la pared a un palmo. El arpón se quedó
clavado en la madera y el astil vibrante continuó zumbando junto a su oído.
-No dé un paso más -ordenó una voz
procedente de la oscuridad de la desordenada tienda. Michael siguió sin poder
ver a su adversario cuando éste añadió-: Y suelte el arma.
Michael dejó caer el fusil lanzaarpones,
que resonó al golpear sobre el suelo de ladrillo. El fuste de la enorme
chimenea se alzaba en el centro de la habitación -debía de haber sido la
forja-. Era de ladrillo rojo y no estaba empotrada en la pared. Una figura
salió de detrás de la chimenea. El fugitivo se había quitado la parka y ahora
lucía sólo la casaca escarlata de la caballería. Mantenía el sable envainado a
un costado, pero tenía otro arpón preparado en la mano.
-¿Quién es usted?
-Michael, Michael Wilde.
-¿Qué hace aquí?
-He venido a buscarle.
Se hizo un silencio incómodo, roto sólo por
el quejido del viento, que había encontrado el camino para bajar por la
chimenea y helar la forja. En el ambiente flotaba un ligero olor a carbón.
-Usted debe de ser el teniente Copley
-aventuró Wilde.
El comentario sorprendió al inglés, pero se
recobró enseguida.
-Si sabe eso, entonces Eleanor ha de estar
con ustedes.
-Sí, está a salvo con nosotros -le aseguró
Michael-. Nos estamos haciendo cargo de ella.
Una chispa de odio llameó en los ojos del
desconocido y Michael lamentó de inmediato haberlo expresado de esa forma.
Seguramente, Sinclair pensaba que nadie salvo él podía realizar esa tarea.
-Está en la base, en Point Adélie
-prosiguió Michael.
-¿Así es como se llama el sitio?
Sinclair tenía el aspecto y el acento de un
verdadero aristócrata inglés, como algunos que Michael había visto en las
películas, pero el destello de sus ojos dejaba entrever una locura
impredecible, lo cual tampoco debía sorprenderle en exceso, aunque ahora lo
único que Michael deseaba era adivinar el modo de lograr que dejara de
apuntarle con el arpón.
-No hemos venido para hacerle daño -dijo
Michael-. Todo lo contrario. De hecho, podemos ayudarle.
El periodista se preguntó si debía seguir
hablando o si convenía más permanecer callado.
-¿De cuántos miembros consta vuestro grupo?
La respiración entrecortada del británico
levantaba vaharadas de vapor. Michael pudo apreciar por vez primera que todo
aquel esfuerzo le estaba pasando factura. El hombre seguía con actitud
desafiante, pero le costaba mantenerse en pie.
-Cuatro hombres. Sólo hemos venido cuatro.
La punta del arpón osciló y los párpados se
le cerraron lentamente, aunque Sinclair los abrió de pronto, alarmado.
¿Estaba a punto de desmayarse o simplemente
«refrescaba la imagen», como hubiera dicho Ackerley? Michael se obligó a
recordar que no tenía por qué estar enfrentándose necesariamente a un enemigo
peligroso.
-Trabajamos aquí, en el Polo Sur -le
informó Michael por iniciativa propia-. Somos norteamericanos.
La punta del arma bajó un poco más y
Michael habría jurado haber visto el atisbo de una sonrisa en los labios del
teniente.
-Hace mucho tiempo fantaseé con ir a
América -repuso Sinclair entre toses-. Parecía el sitio perfecto: no conocía a
nadie y nadie me conocía a mí.
Michael detectó un movimiento por el
rabillo del ojo en la puerta trasera. Sinclair debió seguir la dirección de esa
mirada, ya que se giró con el arpón en alto antes de darle tiempo a hacer nada,
salvo gritar:
-¡Alto!
Entretanto, Franklin se las había arreglado
para franquear la puerta obstaculizada por los toneles y estaba allí, fusil en
mano.
Sinclair vaciló sólo una fracción de
segundo, pero arrojó el arpón cuando vio subir la boca del lanzaarpones. Al
mismo tiempo un arma de fuego resonó de forma atronadora y salieron volando
trozos de ladrillo en todas las direcciones. El periodista notó una sensación
muy similar al picotazo de un avispón cuando uno se le clavó en la mejilla;
además, se le metió en el ojo una minúscula esquirla. Michael ladeó la cabeza
para sacarse la mota del ojo y cuando volvió a mirar con los ojos
entrecerrados, el arpón, clavado en el tonel, vibraba de forma ostensible y
Franklin seguía con el arma dispuesta, pero apuntaba hacia abajo, hacia
Sinclair, que se había desplomado sobre el yunque. Los brazos le colgaban
flácidos a los costados y le temblaban los dedos.
Murphy acababa de irrumpir en la habitación
con la pistola en alto.
-Pero ¿qué has hecho? ¿Qué has hecho?
-clamó Michael.
-¡Me lanzó un arpón! -se defendió Franklin,
pero parecía alterado-. De todos modos, no le di a él, le di a la chimenea.
Michael se arrodilló junto a Sinclair y vio
un hilo de sangre entre los cabellos del británico que se estaba apelmazando en
la parte posterior de la cabeza.
-Entonces, ¿qué es eso?
-Una bala de rebote -replicó O´Connor-.
Estaba usando balas de goma y ha debido de rebotarle.
Murphy se acuclilló al otro lado del yunque
y entre los dos depositaron con suavidad el cuerpo en el suelo; luego, le
dieron la vuelta hasta dejarlo descansando sobre la espalda. El herido tenía
los ojos en blanco y los labios se le habían vuelto azules. ¿Cómo afectaría eso
a Eleanor? Michael no lograba pensar en otra cosa.
-Llevémosle de vuelta al campamento -dijo
Michael-. Vamos a necesitar que Charlotte le eche un vistazo cuanto antes.
Murphy asintió y se puso en pie.
-Pero antes vamos a atarle...
-Pero se está grogui -terció Michael.
-Por ahora -replicó Murphy-. Y si se
recupera, ¿qué, eh? -Luego se volvió a Franklin y le dijo-: Vamos a ponerlo en
la parte trasera de mi motonieve. Y lo mantenemos en cuarentena nada más llegar
a la base. Manda una bengala a Lawson para que sepa dónde estamos, listos para
marcharnos.
Mientras Franklin salía al exterior para
lanzar la bengala, Michael se puso a recordar la cuarentena de Ackerley, ahí
metido en un cajón de embalaje en un almacén de comida, y en lo bien que había
acabado todo.
-Ya conoces el procedimiento -avisó el jefe
O´Connor a Michael-. Nadie necesita saber dónde está hasta nueva orden. ¿Lo
pillas?
-A la primera.
-Y eso va sobre todo por la Bella
Durmiente.
Michael estaba más que predispuesto a
guardar el secreto. Total, ¿qué importaba uno más? Estaba cogiéndole el truco a
eso de callar confidencias, pero no dejaba de preguntarse cuánto tiempo podían
seguir así las cosas. Incluso aunque el resto del campamento no llegara a
enterarse de la presencia de Sinclair, Eleanor era harina de otro costal. Hasta
donde él sabía, existía una conexión psíquica entre Sinclair y Eleanor.
El vínculo era muy fuerte; tanto, que no
debería extrañarse si ella ya estaba al corriente de que habían encontrado a
Sinclair y que éste había resultado herido cuando estaba preparándose para ir a
buscarla.
CAPÍTULO
CUARENTA Y SIETE
22 de diciembre, 19:30 horas
EL PEZ SE DEBATÍA con tanta tozudez
mientras Hirsch lo llevaba al tanque del acuario que estuvo a punto de
escapársele de entre las manos.
-Espera, espera, impaciente -murmuró.
Al cabo de unos instantes lo echó a la
sección del tanque reservada para su anterior espécimen de Cryothenia hirschii.
El pez traslúcido nadó un poco y asomó la boca antes de parar y asentarse
tranquilamente en el fondo del tanque, donde se quedó quieto, virtualmente
inmóvil, como habían hecho sus congéneres. Aunque el nototenia perteneciera a
una especie desconocida hasta el momento, cosa de la cual él estaba convencido,
una cosa parecía clara: la observación de éste no iba a ser lo más emocionante
del mundo para un profano en la materia. No había mucho que mirar. Ahora bien,
a él, el bicho le iba a granjear una reputación en el ámbito de la comunidad
científica, que era donde importaba.
Marginando el tema de la morfología
general, simplemente la sangre daría pie a un millar de pruebas de laboratorio.
Las glicoproteínas anticongelantes de la misma eran ligeramente distintas a las
de cualquier otro pez antártico estudiado hasta la fecha y algún día podrían
ser utilizadas para otros fines: anticongelante de las alas de los aviones, o
aislante de las sondas de profundidad, o sólo Dios sabía qué más...
Sin embargo, ahora estaba enfrascado en un
experimento aún más singular. En cuanto Charlotte Barnes había mencionado la
desaparición de una bolsa de plasma, nadie lo había dudado ni un instante: la
había cogido Eleanor Ames. Si la muchacha abandonaba la protección de Point
Adélie para establecerse en el mundo real, primero debía superar esa terrible
adicción. Darryl no era ningún necio: no había forma de satisfacer ni de
mantener en secreto una necesidad insaciable como ésa y se hacía perfecta idea
del precio que ella debería pagar: convertirse en el ojo de un huracán
mediático.
Había tomado muestras adicionales de la
sangre de Eleanor para realizar de inmediato análisis, pruebas y chequeos, pues
tenía un pálpito tan descabellado como el problema planteado. La sangre de Ames
tenía el mismo que la de Ackerley: el índice fagocítico se salía del mapa
literalmente, pero en vez de eliminar las bacterias, esos fagocitos no
engullían sólo bacterias, sustancias extrañas y el detritus celular del flujo
sanguíneo, devoraban también los glóbulos rojos; primero los propios, y luego
cualesquiera otros que pudieran ingerir por otras fuentes.
Ahora bien, ¿qué ocurriría si él era capaz
de encontrar una forma de mantener estable el nivel del tóxico, el elemento que
ayudaba a los infectados a permanecer con vida en las condiciones más adversas,
al tiempo que introducía un elemento capaz de eludir la necesidad de recibir
eritrocitos externos? En suma, ¿y si Eleanor era capaz de tomar prestados por
un par de truquitos la hemoglobina libre presente en la sangre del pez del
acuario?
El biólogo tenía pensado efectuar una
docena larga de diferentes combinaciones sanguíneas; luego, las guardaría en
probetas cuidadosamente marcadas y las conservaría a temperatura estable en el
frigorífico. Su intención era comprobar la evolución cada cierto tiempo, y
estaba a punto de repetir las pruebas cuando alguien aporreó la puerta del
laboratorio.
Hirsch la abrió y Michael entró pisando
fuerte. Sus botas húmedas hicieron un ruido como de succión cuando pisó la
estera de goma.
-¿Te apetece un refresco?
-Muy gracioso -replicó Michael,
sacudiéndose la capucha para quitarse la nieve acumulada en ella.
-No estaba de guasa. -Darryl se acercó al
minifrigorífico, sacó un botellín de extractos vegetales, lo descorchó y lo
depositó sobre la mesa de trabajo-. ¿Dónde has estado?
-En Stromviken.
Sólo había una razón para ir allí, y el
biólogo la sabía.
-¿Lo encontrasteis?
Michael vaciló, pues Darryl quería saber
demasiado.
-¿Estaba vivo?
El recién llegado eludió la respuesta y se
concentró en bajar la cremallera de la parka y doblarla encima de un asiento
cercano.
-Olvídate de las órdenes de Murphy -le
instó el pelirrojo-. Al final, va a tener que decírmelo de todos modos, ya lo
sabes. ¿Quién más de por aquí sabe hacer un análisis de sangre?
-Lo hayamos vivo, pero no vino por las
buenas -contestó Michael-. Resultó herido y ahora Charlotte se ha hecho cargo
de él.
-Pero ¿está herido de mucha gravedad?
-Charlotte piensa que es una contusión leve
y un rasguño en la cabeza.
-Así pues, ¿está en la enfermería?
-concluyó el biólogo, listo para salir a la carrera y tomar nuevas muestras de
sangre.
-No, en el almacén de la carne.
-¿Otra vez estamos con ésas...?
-Murphy no quiere poner en riesgo a nadie
de la base.
Aunque a regañadientes, Hirsch acabó por
conceder la razón al jefe O´Connor. Después de todo, había visto a Ackerley en
acción y nadie sabía qué podía ocurrir si reunían a Eleanor con esa otra alma
en pena, que presumiblemente padecía la misma enfermedad que ella. Podía
desembocar en una alianza de mil demonios.
-Bueno, ¿y qué tal va? -preguntó Michael,
con un tono demasiado a la ligera para ser natural.
-¿Qué tal va el qué?
-La cura. ¿Has encontrado algo que ayude a
Eleanor?
-Si vienes a preguntarme si me las he
apañado para resolver uno de los mayores y más desconcertantes enigmas
hematológicos en el espacio de, oh, vaya, unos pocos días, la respuesta es no.
A Pasteur le llevó su tiempo, ¿vale?
-Disculpa -replicó Michael.
Darryl se arrepintió de haberse mostrado
tan cortante.
-Pero estoy haciendo progresos y tengo
algunas ideas.
-Eso está genial -repuso Michael,
visiblemente animado-. Tengo fe en ti. ¿Sabes?, creo que me voy a tomar una
soda.
-Sírvete tú mismo.
Michael se acercó a la nevera, tomó un
frasco y permaneció dando sorbos junto al tanque donde estaba el Cryothenia
hirschii.
-Tengo fe, sobre todo porque se me ha
ocurrido una idea descabellada -confesó al fin sin volverse a mirar a Darryl.
-Estoy abierto a sugerencias -replicó el
biólogo mientras tapaba otro vial y lo rotulaba-, aunque no tenía ni idea de
que éste fuera tu campo.
-Y no lo es. Mi idea era que Eleanor
pudiera subir conmigo al avión de suministros.
-¿Qué...?
-Si tú encuentras una cura o al menos una
forma de estabilizar su condición -respondió Michael, volviéndose-, yo podría
tutelar su regreso a la civilización.
-Su lugar no está en un avión -contestó
Darryl-. Lo suyo es permanecer en cuarentena, eso o el CDC.[18] La chica tiene
en la sangre una enfermedad con... serios efectos secundarios, digámoslo así.
-Al pelirrojo le bastó mirar de refilón a Michael para ver lo poquito que le
había gustado la frase- Esta mujer es de acceso prohibido. Eso lo sabes, ¿no?
-Por Dios, claro que sí -contestó el
periodista; la simple sugerencia le había ofendido.
-Y ahora tenemos un segundo paciente con
idéntico problema, por si lo has olvidado. Dime, ¿también planeas llevártelo
contigo?
-Si tenemos una solución, sí -contestó
Michael, aunque con mucho menos entusiasmo. Le dio un buen trago a la botella
de soda-. En tal caso, sí lo llevaría.
-Es una locura -le censuró Darryl-. El
avión tiene prevista su llegada dentro de nueve días. ¿La verdad? Creo que en
él sólo vas a volver tú. Michael pareció abatido, pero resignado a lo
inevitable, como si supiera que había probado suerte con un globo sonda lleno
de agujeros.
-Lo que podrías hacer es hablar con
Charlotte para que me dejara sacarle sangre a... ¿Cómo has dicho que se llamaba
ese tipo...?
-Sinclair Copley.
-Pues eso, al señor Copley, y lo antes
posible. Y ahora, en vez de distraerme con ideas estúpidas, deberías irte al
sobre y echar un sueñecito. Tal vez mañana te despiertes con alguna ocurrencia
más decente.
-Gracias. Seguro que algo invento.
-No veo el momento de oírlo -repuso Darryl,
que ya había vuelto a su trabajo.
Michael debía hacer otro alto en el camino
antes de irse a dormir. Joe Gillespie le había dejado tres llamadas cada vez
más urgentes, y él lo había estado evitando. Había pospuesto esa conversación
por un buen montón de razones. ¿Qué iba a decirle...? ¿Cómo iba a contarle que
los cuerpos encontrados en un iceberg se habían descongelado al fin y se habían
dado a la fuga? ¿Que ahora estaban vivos, y de hecho, encerrados bajo llave?
Oh, sí, eso era fácil de vender en comparación con lo de Danzing y luego lo de
Ackerley... ¿Cómo podía revelarle que los muertos habían revivido, chiflados,
eso sí, por culpa de alguna enfermedad desconocida que los había transformado
en protagonistas de una versión antártica de La noche de los muertos vivientes?
No dejaba de darle vueltas hasta dónde
podía contarle sin que su editor pensara que se le habían aflojado todos los
tornillos de la cabeza. Y entonces, ¿cuál sería la reacción de Gillespie? ¿Lo
notificaría a la central de la NSF para que lo evacuaran de forma inmediata,
tal y como estaba estipulado, o intentaría contar con el jefe de la estación? Y
claro, ése no era otro que Murphy O’Connor, cuya última frase sobre el tema
había sido:
-Lo que aquí sucede, aquí se queda.
Michael telefoneó a casa del editor por el
teléfono vía satélite con la esperanza de que le saliera el contestador
automático, pero Gillespie descolgó apenas hubo sonado el primer timbrazo.
-Espero no haberte despertado -dijo
Michael, haciéndose oír por encima del débil eco de la estática.
-¿Michael...? -contestó Gillespie
prácticamente a voz en grito-. ¡Por Dios, mira que eres difícil de localizar!
-Sí, bueno, las cosas han estado patas
arriba por aquí abajo.
-Espera un segundo, déjame apagar el equipo
de música...
Michael bajó la mirada hasta el bloc de
notas situado sobre la encimera. Alguien había garrapateado a Santa Claus
encime de un trineo y lo cierto es que lo había hecho bastante bien. Eso le
hizo recordar las navidades del año anterior. Kristin le había regalado una
pequeña tienda de campaña y él a ella una guitarra acústica que jamás iba a
tener tiempo de aprender a tocar.
-Bueno, cuéntame, ¿por dónde va la
historia? -preguntó Gillespie, otra vez al otro lado de la línea-. Quiero que
el departamento de diseño se ponga con la portada y la maquetación lo antes
posible, y en cuanto tengas algo escrito, y no me importa lo poco pulido que
esté ese borrador, quiero leerlo. -Hablaba tan deprisa que las sílabas se
montaban unas sobre otras-. ¿Cuáles son las últimas novedades que tenemos sobre
los cuerpos atrapados en el hielo? ¿Se han descongelado? ¿Has descubierto algo
sobre su identidad?
«¿Y qué contesto a eso?», dijo el
interpelado para sus adentros. «¿Le digo que no sólo sé quiénes eran, sino
también sus nombres, y que lo sé porque me lo han dicho ellos mismos?».
-Estoy especialmente interesado en la chica
-admitió Gillespie-. ¿Qué aspecto tiene? ¿Está totalmente deteriorada o es
posible utilizar alguna foto chula a toda página sin asustar a los lectores más
jóvenes?
Michael estaba sumido en un mar de dudas.
Le apetecía empezar a soltar un montón de mentiras, pero no estaba dispuesto a
revelar la verdad. La idea de describirle a Eleanor, de servírsela en bandeja
como tema de una instantánea oportunista...
-Espero que esté lo bastante conservada
como para poder exponerla en algún sitio -continuó Gillespie, escupiendo las
palabras tan deprisa como una ametralladora disparaba las balas-. La NSF va
querer exhibirla por ahí, de eso estoy seguro, y no me sorprendería que
montasen alguna que otra exposición en el Smithsonian.
A Michael le dio un vuelco el corazón.
Cuánto lamentaba la prisa con que había informado a Gillespie del hallazgo.
Cuánto le gustaría volver atrás en el tiempo y cambiar eso, empezar otra vez.
Sí, eso era, podía echar marcha atrás, y cayó en la cuenta de que podía empezar
ya.
-¿Sabes...? He sido demasiado rápido con el
gatillo...
-Demasiado rápido con el gatillo -repitió
Gillespie, y por una vez habló despacio-. ¿Qué significa eso?
¿Que qué significaba eso? Podía imaginarse
la confusión del editor, cada vez mayor.
-Bueno, los cuerpos no resultaron ser lo
que yo pensaba...
-¿Qué diablos me estás contando? O son
cadáveres o no lo son... No me hagas esto, Michael... ¿Qué intentas decirme
exactamente?
Wilde sacudió el auricular mientras él
hablaba para imitar las interferencias de la estática y al cabo de unos
segundos intervino de nuevo:
-Perdona, esto se ha cortado unos
segundos... ¿Puedes repetirme lo último, Joe?
-Te preguntaba si la historia es real o no.
Porque si me estás tomando el pelo, te lo advierto: no me está haciendo ninguna
gracia.
Wilde alargó el brazo del auricular cuanto
pudo para lograr la mayor autenticidad posible y replicó:
-No te estoy gastando una broma. Supongo
que me engañé yo solo. Tenía toda la pinta de ser una mujer, se parecía
muchísimo, pero bueno, al final no lo ha sido.
-¿Y qué era entonces...? ¿Una muñeca
hinchable?
-El típico mascarón con forma de mujer
situado debajo del bauprés... Es realmente soberbio. -Por el momento, Michael
estaba asombrado de su propia inventiva-. Es muy viejo y bastante hermoso, pero
al fin no había ninguna mujer. Ni tampoco un hombre. Lo de detrás sólo era más
madera oculta en el hielo, aunque hermosamente pintada. Debió de formar parte
de un barco naufragado. -Podía embellecerlo más, pero no le convenía, no fuera
a ser que Gillespie se emocionara y le pidiera más fotografías del bauprés, y
no sabía cómo iba a ingeniárselas para apañar un montaje-. No sé cómo decirte
lo avergonzado que estoy, Joe.
-¿Avergonzado? -Michael le oyó débilmente-.
Estás avergonzado... ¿Eso es todo? Estaba planeando convertirte en la estrella
de Eco-Travel Magazine. Iba a gastar pasta de verdad y contratar una agencia de
publicidad para que todos los medios de comunicación difundieran tu careto.
Con cada palabra pronunciada había
calcinado literalmente sus posibilidades de ser noticia, ganar premios, cobrar
fama y tal vez hacerse rico, Michael lo sabía perfectamente. Todo se desvanecía
en el aire.
-Pero tengo más material de primera: una
factoría ballenera abandonada, el último tiro de trineos de la Antártida, una
tormenta estremecedora en el cabo de Hornos. Hay toneladas de material.
-Genial, Michael, es genial. Ya hablaremos
tú y yo después del día 1, en cuanto hayas vuelto. Entonces podrás enseñarme lo
que tienes de verdad.
-Dalo por hecho -contestó Michael, que
evaluaba en silencio el daño causado a su carrera. Había tomado uno de esos
momentos cumbre y le había prendido fuego.
-¿Te sientes bien?
-Claro.
-¿Y cómo va lo de Kristin? ¿Ha habido algún
cambio?
Cazó al vuelo por dónde iba Gillespie. El
editor sospechaba que la duración excesiva de la tragedia empezaba a hacerle
mella y comenzaba a desquiciarle. Odiaba tener que explotar semejante
situación, pero la aprovechó sin vacilar.
-Kristin ha muerto.
-Oh, mierda. Deberías haberlo dicho antes.
-Ya ves, entre eso y las extrañas
condiciones de vida que hay aquí abajo, pues la verdad: estoy hecho polvo.
Se aseguró de confiar a su tono de voz una
nota que ratificase que era así.
-Escucha, lamento de veras lo de Kristin.
-Gracias.
-Pero al menos sus padecimientos se han
acabado, y los tuyos, también.
-Supongo.
-Bueno, vale, ahora tómatelo con calma y no
fuerces las cosas. Ya hablaremos dentro de un par de días o así...
-Claro.
-Ah, otra cosita... Mientras, ¿por qué no
vas al médico de la base para que te haga un chequeo? Asegúrate de que el
doctor...
-Doctora, es una mujer.
-Bueno, que la doctora te eche un vistazo.
-Lo haré.
Michael agitó el teléfono por el aire y
luego lo frotó contra la manga para crear un poco más de estática y ahorrarse
de ese modo la necesidad de escuchar cualquier manida muestra de condolencia
por parte de Gillespie. Murmuró una despedida en el auricular y cortó la
comunicación.
Luego, permaneció sentado, con los
antebrazos apoyados en las rodillas y las manos colgando en el aire. No estaba
seguro, pero tenía la impresión de haber cometido la mayor estupidez de su
vida. Él siempre se había guiado por el instinto, ya fuera a la hora de elegir
una ruta para escalar la pared de una montaña, el curso de unos rápidos o qué
cueva debía explorar, y en ese preciso momento había reaccionado del mismo
modo: por instinto, y no estaba muy seguro de conocer la razón.
Únicamente sabía que una parte muy honda de
su ser se negaba a entregar a Eleanor, la idea se le antojaba insoportable.
«Te has jodido tú solito y a conciencia»,
dijo para sus adentros.
Se arrastró hasta el comedor, donde se
apoderó de un sándwich y un par de cervezas de la marca Sam Adams, cuya
etiqueta, tan similar a un membrete, sólo le sirvió para acordarse de los
albaranes y facturas sobre cuyos reversos Ackerley había escrito sus últimas
notas.
El tío Barney había preparado unas bandejas
con pasteles navideños: hombrecitos de pan de jengibre con un baño de azúcar
rosáceo. Wilde tomó un par. Resultaba fácil pensar que el espíritu de la
navidad reinara en un paisaje nevado como el Polo Sur, pero brillaba por su
ausencia. Todos habían cantado las canciones preferidas de Danzing durante la
ceremonia fúnebre, cierto, pero no había oído mucha música desde entonces. Una
especie de mortaja pendía sobre Point Adélie y sus moradores.
Pensó en hacer una visita a la enfermería
durante el camino de vuelta a su dormitorio, pero al final pasó de largo. No
tenía corazón para enfrentarse a Eleanor en ese preciso momento y, menos aún,
mentirle en lo tocante a Sinclair, tal y como se le había ordenado. Tenía
serios problemas de conciencia, en especial después de haber desbaratado las
cosas con Gillespie. Necesitaba estar a solas con sus pensamientos.
Y eso empezaba a convertirse en una
constante demasiado habitual.
Aquello había comenzado como un
interrogante fugaz hecho sin concederle mucha importancia, pero se había
convertido en algo a lo que su mente volvía una y otra vez. ¿Qué iba a ser de
Eleanor? Ella no podía quedarse en Point Adélie para siempre, eso era evidente,
pero ¿cómo y bajo qué circunstancias podría marcharse? ¿Había trazado Murphy
algún plan por su cuenta? Hasta donde él era capaz de prever, la señorita Ames
iba a necesitar un amigo, no, más que eso, una persona conocida en quien ella
confiara y también comprendió que se había asignado él solito ese papel sin
pararse a pensarlo.
Observó su rostro cansado en el espejo del
baño comunitario y resolvió afeitarse. ¿Por qué no hacerlo antes de acostarse?
Total, en el Polo Sur todo se hacía al revés.
Pero no lo debía considerar la situación de
la joven, también estaba la cuestión de Sinclair. El deseo de ambos era
permanecer juntos, y ¿de qué servía entonces ese rol? Eso le convertía en una
especie de carabina con el cometido de guiar a los dos amantes en un
sorprendente nuevo mundo.
La cuchilla de le enredó en los pelos de la
barba, más largos y resistentes de lo habitual, y acabó cortándose. Le
aparecieron unas gotas de sangre en la mejilla y en el mentón.
Y si era sincero consigo mismo, ¿qué otro
escenario esperaba? Removiendo en su interior, era consciente de que había
sentimientos que no resistían un mínimo escrutinio. Él era un reportero gráfico
al que le habían encomendado un trabajo, y eso era todo, por el amor de Dios.
Debía concentrarse en eso. El resto sólo era un zumbido molesto en su cabeza.
Pasó una mano por el espejo para limpiar el
vapor de un área y se observó. Tenía la mirada limpia, pero un tanto
abotargada. «¿No estaré a punto de ser víctima del Gran Ojo?», se preguntó
mientras se percataba de que también necesitaba un buen corte de pelo. El pelo
negro era espeso, ingobernable y largo, y le cubría ya las orejas.
Un par de usuarios de la sauna estaban dale
que te pego sin parar de hablar. Debían de ser Lawson y Franklin a juzgar por
sus voces. Se echó un poco de agua fría sobre los cortes antes de darse una
ducha rápida y regresar a su habitación.
Una vez allí se puso una camiseta nueva y
un par de pantalones cortos antes de cerrar bien las cortinas. Jamás hubiera
creído que llegaría a odiar la luz del sol, pero ahora... Se subió a la litera
e intentó alisar un poco las sábanas. Había notado cómo Hirsch arreglaba la
cama todos los días, pero él no veía motivo para hacer en Point Adélie algo que
jamás hacía en su propia casa. Tiró de las sábanas para que la manta no le
rozase las piernas y cerró todas las cortinas. Se tendió en el estrecho catre, apoyó
la cabeza sobre la almohada de gomaespuma y permaneció con los ojos abiertos en
medio de la semipenumbra.
Todavía tenía el pelo húmedo por la parte
de detrás, de modo que levantó la cabeza de la almohada para frotárselo un poco
y acelerar el secado. Cerró los ojos y respiró despacio a fin de relajarse, y
lo hizo así otra vez, y otra, y otra, pero su mente aún era un hervidero de
ideas en ebullición.
Le vino a la cabeza la imagen de Copley en
el catre del almacén de carne después de que Charlotte le hubiera puesto seis
puntos en la brecha de la cabeza. Habían cambiado de posición el cajón de los
condimentos a fin de hacer sitio y habían enchufado varios calentadores
ambientales. El jefe O´Connor había establecido turnos de vigilancia de ocho
horas y había asignado el comedido a Lawson y Franklin. Michael se había
ofrecido voluntario para montar guardia, pero Murphy había rehusado.
-Técnicamente hablando eres un civil.
Dejemos que las cosas sigan así.
El colchón se combaba en el centro, por lo
cual colocó el cuerpo un poco más cerca de la pared. Daba igual la opinión de
Murphy: alguien debía contarle a Eleanor lo de Sinclair. Su reacción era una
incógnita y tal vez no fuera una pregunta menor. Ella iba a sentirse aliviada,
por supuesto. ¿Y encantada? Sí, tal vez. ¿Iba a reaccionar de forma apasionada?
¿Insistiría en estar con él de forma inmediata?
Michael no sabía si confundía un deseo suyo
con una percepción más profunda, pero albergaba la sospecha de que una parte de
Eleanor temía a Sinclair. A juzgar por la historia oída de sus labios, un
cuento de fantasía sin parangón, Copley la había arrastrado a una odisea
salvaje y llena de peligros, una odisea cuyos capítulos seguían escribiéndose.
Por mucho que ella pudiera haberle amado,
¿seguía estando tan entregada a él como al principio del viaje?
Recordó el camafeo de la joven: Venus salía
de entre la espuma del mar. Era de lo más apropiado, sin duda. Eleanor también
se había alzado del océano, y era muy hermosa. Sintió una punzada de
culpabilidad enseguida, se sintió desleal por tener ese pensamiento cuando
apenas acababan de dar sepultura a Kristin.
Pero era eso, y no podía ni negarlo ni
frenarlo.
El rostro de Eleanor le acechaba en sueños.
Los ojos de color verde esmeralda rodeados por esas largas pestañas, el sedoso
pelo castaño, incluso esa palidez extrema. Parecía venir de otro mundo, porque
en realidad era así, y él temía por cómo efectuara la entrada en este nuevo
universo. Quería protegerla, guiarla, salvarla.
La litera estaba tan silenciosa y a oscuras
como un sepulcro.
Recordó la primera visión de Eleanor,
atrapada en su tumba de hielo.
Y luego cuando la encontró en la iglesia
abandonada, donde estaba sola y desconcertada, pero no se achantó a causa del
miedo. La llama de la entereza no se había apagado en ella a pesar de todo
cuanto había tenido que soportar.
¿Qué pieza tocaba en el salón de
entretenimiento? Ah, sí, Barbara Allen, una antigua y melancólica balada. Las
notas lastimeras empezaron a sonar en su cabeza.
Se movieron las cortinas situadas junto al
pie de la cama.
Rememoró el rubor de sus mejillas y el
frufrú de su vestido de mangas abullonadas cuando él se había sentado junto a
ella en la banqueta del piano. Las puntas de los zapatos negros tocando los
pedales.
El colchón se curvó un poco más, como si
soportase otra carga.
Él se recreo en la voz de la mujer: suave,
refinada, con aquel acento británico.
Y entonces, como salida del negro pozo de
la noche, la oyó:
-Michael...
¿Eran figuraciones suyas...? Fuera, en el
exterior, aullaba el viento. Entonces sintió un cálido aliento sobre la mejilla
y una mano le rozó el pecho tan delicadamente como un pajarillo al posarse en
una rama.
-No lo soporto más.
Él no movió ni un solo músculo.
-No aguanto tanta soledad.
Ella yacía encima de la manta, pero aun
así, Michael podía percibir las curvas del cuerpo de Eleanor presionando contra
él. ¿Cómo diablos había logrado...?
-Pronuncia mi nombre, Michael.
Él se humedeció los labios y dijo:
-Eleanor.
-Otra vez.
Michael lo repitió y escuchó un sollozo. El
sonido estuvo a punto de romperle el corazón.
Se volvió hacia ella y alzó la mano,
buscando su cara en la oscuridad. Le rozó el rostro bañado en sollozos. La piel
era fría al tacto, las lágrimas, calientes, y él se las besó.
Ella se apretó un poco más y él pudo sentir
la respiración agitada y entrecortada de Eleanor sobre su cuello.
-Querías que viniera, ¿verdad?
-Sí -admitió él-, sí quería...
Entonces se encontraron los labios de
ambos; los de ella eran suaves y carnosos, pero estaban helados. El deseo de
entibiarlos se apoderó de Michael, que la besó con más fuerza mientras la
estrechaba contra él, reduciendo la distancia entre ellos.
Él la empujó y avanzó a tientas en busca de
su cuerpo. Eleanor era delgada como un árbol joven, y sólo vestía una especie
de braguitas, suaves como una sábana y tan manejables como ésta.
Dios, qué sensación tan grata para el tacto
recorrer su cuerpo. Acarició el costado desnudo de la mujer una y otra vez.
Ella se estremeció. Seguía estando helada, pero su piel era suave al tacto.
Recorrió con los dedos la colina de la pelvis -la cumbre de su cintura-, la
llanura de su vientre y los suaves promontorios de sus pechos. La piel de
Eleanor temblaba bajo sus yemas y los pezones se endurecieron como botones.
-Michael... -dijo con un suspiro mientras
recorría su garganta con los labios.
-Eleanor...
Él notó el pinchazo de los dientes en su
cuello.
-Perdóname -susurró ella.
Antes de que él tuviera ocasión de
preguntar la razón ella le clavó los dientes en la yugular, donde notó una
sensación de humedad deslazándose cuello abajo. ¿Era su sangre? Wilde intentó
gritar y le extrañó el sonido estrangulado y sofocado que emitió. Entonces se
puso a dar patadas a diestro y siniestro para liberarse de la ropa de cama.
Le puso las manos encima y empezó a
empujar.
Oyó un chirrido estridente de las cortinas
al descorrerse...
... y percibió un fogonazo de luz en la
cara.
Él le dio otro empujón para echarla de la
litera...
-¡Michael! -bramó una voz-. ¡Despierta, por
el amor de Dios! ¡Michael, despierta!
Él siguió empujando con las manos, pero
otras se le habían agarrado bien.
-¡Soy yo, Darryl!
Se asomó fuera de la litera.
Las luces estaban encendidas y el pelirrojo
le sujetaba las manos con fuerza.
-Estabas teniendo una pesadilla. -El pulso
le martilleaba las sienes, pero al menos dejó de mover las manos-. La madre de
todas las pesadillas, diría yo -añadió el biólogo mientras Michael empezaba a
calmarse y a respirar con más sosiego.
Miró hacia abajo. Las sábanas y las mantas
estaban enrolladas alrededor de sus piernas y la almohada había ido a parar al
suelo. Se llevó la mano a un lado del cuello. Al retirarla, los dedos estaban
pringosos, sí, pero no era sangre, sino sudor.
-Menuda potra has tenido de que haya vuelto
-le advirtió el biólogo, echándose hacia atrás-. Podría haberte dado un
infarto.
-Un mal sueño, supongo que sólo era una
pesadilla -repuso Michael con voz ronca.
-No hablo en broma -replicó Darryl,
soltando un prolongado suspiro; se quitó el reloj y lo dejó sobre la mesilla de
noche-. ¿De qué rayos iba el sueño?
-No me acuerdo -mintió Wilde, que recordaba
cada detalle.
-¿Ya lo has olvidado?
El interpelado dejó caer la cabeza sobre la
almohada y miró con aire ausente el techo.
-Sí.
-A propósito, me pareció oírte mencionar en
nombre de Eleanor.
-Ajá.
-Pero no lo juraría. -Darryl tomó una
toalla de detrás de la puerta y dijo-: Vuelvo en cinco minutos. No me importa
cómo lo hagas, pero no te duermas.
Michael permaneció allí tendido, otra vez
solo, a la espera de recuperar el ritmo normal de la respiración y de que se le
pasaran las últimas secuelas del pánico.
Entretanto, en su mente, recreaba la larga
melena de Eleanor cayendo sobre sus pechos níveos y sus rojos labios húmedos
abiertos, pues aún querían más...
CAPÍTULO
CUARENTA Y OCHO
23 de diciembre, 22:30 horas
-TENGO SED -DIJO SINCLAIR en voz alta.
Franklin se levantó del cajón donde estaba
sentado, tomó un vaso de papel con una pajita dentro y se lo tendió para que
bebiera.
El cautivo esposado sorbió el líquido con
verdadera ansia. Tenía la garganta reseca, pero no era agua lo que deseaba,
bien lo sabía él.
Copley estaba sentado al borde del catre en
un almacén, rodeado por ingenios mecánicos del tamaño de una caja de betún
capaces de emitir ondas de calor esporádicamente incluso a pesar de que él no
era capaz de detectar el carbón o gas que alimentase ese fuego.
En verdad se trataba de una era de
prodigios.
Tenía un dolor persistente en la coronilla,
allí donde el fragmento de la bala le había hecho un rasguño en el cuero
cabelludo, pero por lo demás estaba de una pieza. En torno al tobillo izquierdo
llevaba unos grilletes improvisados consistentes en una cadena enganchada a la
tubería de la pared y fijada con un candado.
Había una gran mancha rojiza en un lateral
de la estancia atestada de cajas. Sólo podía ser sangre. ¿Solían interrogar
allí a los prisioneros o hacían algo aún peor?
Trató de entablar conversación con el
guardia, pero aparte de sonsacarle su nombre, Franklin, sus intentos habían
resultado estériles. Llevaba puestas en los oídos unas cosas conectadas a unos
cordelitos y resguardaba la cabeza detrás de una revista con una chica medio
desnuda en la portada. Sinclair tenía la impresión de que Franklin temía a su
prisionero, lo cual era de lo más lógico, ya puestos, y también que le habían
ordenado no dirigirle la palabra, pero iba a ser un gran placer saldar la
cuenta por lo del chichón de la cabeza si se le presentaba la ocasión.
El tiempo transcurrió despacio.
Desde su posición veía sus ropas,
pulcramente apiladas en un cajón propiedad de un tal Dr. Pepper,[19] fuera
quien fuese el fulano, ya que le habían privado de su atuendo a favor de un
pijama de franela ridículo y un montón de mantas.
Se moría de ganas por levantarse,
apoderarse de sus ropas e ir en busca de Eleanor. Ella se hallaba en algún
lugar de ese campamento, y él tenía la intención de encontrarla.
Pero ¿y qué harían después? Era correr
hacia un callejón sin salida. ¿Cuáles eran sus posibilidades, allí, abandonados
en el confín de la tierra? ¿Adónde iban a huir? ¿Y por cuánto tiempo lograrían
seguir libres?
Recordó haber visto barcos en la factoría
ballenera. Uno de ellos, el albatros, era muy grande, y jamás podría botarlo y
dirigirlo por sí solo, pero también los había más pequeños, como los botes de
madera destinados a la caza de ballenas; tal vez estuvieran en condiciones de
navegar después de haber efectuado unas cuantas reparaciones, pero claro,
Sinclair no era marinero y estaban rodeados por el más peligroso de los
océanos. Su única oportunidad consistía en hacerse a la mar cuando hiciera buen
tiempo y confiar en que los encontrara y los rescatara algún barco con el que
se cruzaran.
Daba la impresión de existir algún
comercio, por lo que si él y Eleanor conseguían hacerse con ropas modernas y
urdir alguna explicación plausible, podrían conseguir abordar otro barco y ser
llevados de nuevo a la civilización, donde se perderían entre la gente que no
los conocía ni llegaría a saber jamás su terrible secreto.
Sinclair confiaba en que su astucia natural
les permitiría salir adelante una vez llegados a ese punto. La necesidad había
hecho de él un virtuoso de la improvisación.
El metal chirrió al rozar sobre el hielo
cuando se abrió la puerta exterior y un golpe de aire frío se coló en el
interior, refrescando el calor sofocante generado por los pequeños
calefactores. El preso reconoció al recién llegado en cuanto hubo terminado de
quitarse los abrigos, los guantes y las gafas. Sinclair conocía a ese hombre,
Michael Wilde, tras su encuentro de la herrería. Le había parecido un tipo
bastante razonable, pero él seguía resuelto a no confiar en nadie.
Traía en la mano un libro encuadernado con
tapas de cuero negro ribeteadas de dorado.
-Se me ocurrió que le gustaría recuperarlo
-dijo Michael.
Pero Franklin saltó como un resorte para
interceptarlo.
-El jefe ha dicho que no le demos nada. No
sabes qué puede y qué no puede usar.
-Sólo es un libro de poesía -le explicó
Wilde, dejando que lo examinara.
Franklin frunció el ceño.
-Parece muy antiguo -observó, pasando las
páginas.
-Lo más probable es que sea una primera
edición -admitió Michael, que lanzó una mirada a Sinclair mientras se lo
entregaba.
-Es obra de un hombre llamado Samuel Taylor
Coleridge -dijo Sinclair, aceptando el tomo con torpeza, al tener las muñecas
engrilletadas-, y hasta donde sé, el libro jamás ha hecho daño a nadie.
Michael admitía la necesidad de todas esas
precauciones, pero al mismo tiempo le avergonzaban.
-Eso me ha parecido -repuso Michael, y
recitó los versos de la primera estrofa que recordaba haber estudiado en el
colegio-: El Kublay Kahn en Xanadú / un altivo palacio para su deleite mandó
alzar / por donde el río sagrado Alfa / cavernas inalcanzables para el hombre
cruzaba / camino de un mar donde no hay sol. -Luego, dijo-: Me temo que eso es
cuanto recuerdo de la poesía.
Eso no dejó menos perplejo a Sinclair.
-¿Se conoce esta obra? ¿Incluso en esta
época?
-Ya lo creo -replicó Michael, encantado de
poder responderle-. Los poetas románticos como Wordsworth, Coleridge y Keats se
enseñan tanto en el colegio como en la universidad, pero me temo que aún no sé
qué significa el título de este libro... ¿Hojas sibilinas?
El prisionero acarició la cubierta del
volumen como si se tratara de la cabeza de un perro de pelaje lustroso.
-Las sibilas griegas eran videntes...
escribían sus profecías en el reverso de las hojas de los árboles.
Michael asintió, vivamente impresionado
porque Sinclair tuviera tal respecto y aprecio a ese libro. Lo había incluido
en el equipaje guardado junto a la puerta de la iglesia.
-Incluye La balada del viejo marinero, por
lo que pude ver. Aún es un poema célebre.
Copley bajó la mirada y fijó los ojos en el
tomo, para luego, sin abrirlo, declamar:
-Como quien recorre con miedo y espanto un
camino solitario y vuelve la vista atrás una vez, sólo una, y sigue adelante
pues...
Franklin le miró manifiestamente perplejo.
-... sabe que le va pisando los talones un
demonio terrible.
Reinó un silencio sepulcral en el cobertizo
cuando el cautivo acabó el último verso. Michael sintió que se le había helado
hasta el tuétano. ‹¿Es así como percibe Sinclair su fuga, como un viaje
solitario donde los perros le hostigan a cada paso que da?›, se preguntó. El
aspecto obsesionado de su semblante, el vacío de su mirada, los labios
agrietados, el pelo apelmazado y pegado a la cabeza como si hubiera ahogado...
Todo ratificaba que era así.
Franklin pareció temer una posible
continuación del recital, ya que le preguntó a Michael:
-¿Te importa si me tomo un respiro?
-Adelante, ve.
Arrojó la revista sobre el cajón de
embalaje y se marchó.
Sinclair apartó el libro en cuanto él se
fue y recostó la espalda sobre la pared. Wilde retiró la manoseada copia de
Maxim de donde la había dejado Franklin y se sentó.
-No tendrá por un casual algo para fumar,
¿verdad? -preguntó Sinclair con el tono despreocupado con que un caballero en
el pleno sentido del término le pide a otro mientras holgazanea en su club.
-No, me temo que no.
-El guardián tampoco. ¿Me veo privado de
tabaco por alguna razón especial o es que ya no fuman los hombres?
El periodista no fue capaz de contener una
sonrisa.
-Lo más probable es que Murphy le ordenara
no darte nada como un pitillo o un puro. Quizá se te ocurriera prenderle fuego
a este lugar.
-¿Conmigo dentro?
-No sería nada inteligente, eso he de
concedérselo -repuso Michael-. Por lo demás, los hombres siguen fumando, pero
mucho menos que antes. Resulta que provoca cáncer.
Sinclair le dedicó una mirada de
incredulidad absoluta, como si hubiera sugerido que la luna estaba hecha de
queso verde.
-Bueno, entonces, ¿beben por lo menos?
-Sin duda, y más aquí.
Sinclair aguardó a la expectativa mientras
Michael decidía qué hacer. Violaba las órdenes expresas del jefe O’Connor si le
daba una bebida y los más probable es que Charlotte también respaldara la tesis
de que era una mala idea. Qué rayos, ya sabía que era desaconsejable, pero el
hombre parecía tan sereno y tan racional, y sería la mejor forma de hacerle
hablar para ganarse su confianza y sonsacarle acerca de su viaje, largo y lleno
de incidentes. Aún no lograba imaginarse cómo Sinclair y Eleanor habían acabado
en el fondo del mar cargados de cadenas.
-En el club siempre había preparada una
licorera con el más fino oporto para los invitados.
-Ahora no hay de eso, se lo aseguro. La
cerveza es más corriente.
Sinclair se encogió de hombros de forma
amigable.
-No rehusaría una cerveza.
El periodista miró a su alrededor. La
mayoría de las cajas contenían comida enlatada y vajilla, pero por alguna parte
debían de estar los cajones de cerveza.
-No te vayas a ninguna parte, que ahora
mismo vuelvo -bromeó Wilde.
Se puso en pie y se fue al siguiente
pasillo, donde Ackerley había dejado una mancha de sangre sobre el suelo de
hormigón. Intentó no pensar en ello mientras daba vueltas por allí cerca.
Al final, encontró un cajón de Sam Adams y
rompió los precintos para sacar dos botellas. Usó su navaja suiza para
abrirlas. Entonces regresó y entregó una a Sinclair. Entrechocó su cerveza su
cerveza con la del preso y regresó a su asiento.
Copley echó la cabeza hacia atrás y dio un
largo trago a la cerveza antes de estudiar la etiqueta, donde posaba un tipo de
peluca.
-¿Sabe...? Una vez se lió un escándalo por
una botella como ésta.
-¿Un escándalo?
-Resultó no ser cerveza, sino una botella
negra de Mosela de tamaño similar a ésta que alguien había dejado en la mesa
durante un banquete.
-¿Y a santo de qué vino el problema?
-Lord Cardigan era un hombre puntilloso en
esos temas y en su mesa sólo podía servirse champán.
-¿Y cuándo fue eso?
-En 1840, si la memoria no me falla.
Durante una comida del regimiento.
Mientras Sinclair le relataba la anécdota,
Michael se descubrió pensando que esa conversación era cada vez más
surrealista.
-... y eso fue todo. Deberá entender que es
una historia de dominio público, pero no la viví en primera persona. Estaba en
Eton esos años.
El periodista se obligó a tomar en cuenta
que Ames y Copley habían vivido en una era y un mundo desaparecido hacía mucho.
Esa anécdota era historia para él y un cotilleo del día para Sinclair.
El preso tomó un nuevo trago de cerveza con
los ojos cerrados y luego entreabrió los párpados muy despacio.
¿Estaba ajustando la visión?
-Es una cerveza de poco cuerpo.
-¿Ah, sí? Bueno, supongo que en el ejército
tomarían algo más fuerte.
Sinclair estudió fijamente a Michael,
evaluándole, y no despegó los labios. Vació la botella y la puso sobre el
suelo, junto al tobillo encadenado.
-De todos modos, gracias.
-No hay de qué.
Michael se estrujó las meninges sobre cómo
reconducir la conversación hacia donde a él le interesaba, pero entonces Copley
dio un golpe de timón y preguntó:
-¿Qué habéis hecho con Eleanor?
Ése no era precisamente el tema adonde él
quería ir a parar, pero le respondió que se encontraba bien y descansando, una
respuesta de lo más inocua.
-No le he preguntado eso. -El tono del
teniente había cambiado-. ¿Dónde está? ¿Puedo verla? -Michael miró sin querer
la cadena que le mantenía sujeto a la tubería de la pared-. ¿Por qué no nos
permiten vernos?
-Porque así es como el jefe de operaciones
quiere que sean las cosas.
Sinclair bufó, burlón.
-Parece un soldado de leva, reducido al
simple cumplimiento de órdenes. -Respiró hondo y espiró con fuerza-. Y yo he
visto adónde conduce eso.
-Veré qué puedo hacer -repuso Michael.
-Sólo somos marido y mujer, dos personas
que han recorrido juntas un largo trayecto -continuó Copley, probando otra
táctica, y de nuevo con tono conciliador-: ¿Qué daño puede haber en que nos
veamos?
¿Marido y mujer? Michael no sabía eso y
estaba seguro de que si Eleanor le hubiera hablado de su esposo, lo recordaría.
Sinclair bizqueó otra vez y Michael se percató de que al prisionero parecía
faltarle el aliento.
-¿Le sorprende que ella sea mi esposa o es
que ella no lo ha mencionado?
-No recuerdo que haya salido el tema.
-¿Qué no haya salido...? -Tosió, y sacudió
la cabeza con incredulidad-. ¿No ha salido o no quería saberlo?
-¿De qué me habla?
-No soy tonto, así que no me haga pasar por
tal.
-No pretendo...
-Soy un oficial al servicio de Su Majestad,
en el 17º de lanceros -dijo con un tono acelerado en la voz, ahora más firme.
Alzó las manos engrilletadas e hizo sonar las cadenas que le sujetaban a la
pared antes de añadir-: Y no tardaría en arrepentirse de intentar jugar conmigo
si no estuviera en desventaja.
Wilde se puso en pie, sorprendido ante el
súbito cambio de tono. ¿Era efecto de la cerveza? ¿Ejercía el alcohol un efecto
imprevisible a causa de su condición o esos cambios bruscos de humor eran parte
de su forma de ser? Michael retrocedió un par de pasos a pesar de las cadenas.
-¿Va a llamar al centinela? -se burló el
preso.
-Quien debería examinarle es la doctora
-precisó el periodista.
-¿Qué...? ¿Otra vez la negra?
-La doctora Barnes.
-Los barriles de cerveza se acabarían
enseguida si las taberneras tirasen la bebida con la misma generosidad con que
me ha sangrado esa zorra.
¿Qué sucedía allí? ¿Qué había ido mal?
Copley había pasado de la calma al paroxismo en un pispás y los ojos inyectados
en sangre le brillaban enloquecidos.
Franklin entró con sus andares de pato y el
bigote cubierto por el hielo.
-¿Todavía siguen leyendo poesía?
Entonces, reparó en que Wilde estaba de pie
y el aspecto de su cara reflejaba que algo se le había ido de las manos.
-¿Va todo bien? -preguntó a Michael, y
cuando éste no le respondió de inmediato, inquirió-: ¿Qué quiere que haga?
-Deberías ir en busca de Charlotte. Y tal
vez convendría que trajeras también a Murphy y a Lawson.
Franklin miró con prevención a Sinclair y
salió disparado al exterior.
Michael no había perdido de vista en ningún
momento a Copley. Éste, sentado al borde del catre, le devolvía la mirada con
los ojos enrojecidos.
Y de pronto, recobrando la misma voz
mesurada con que había recitado los primeros versos, el inglés declamó:
-La maldición de un huérfano arrastraría a
un espíritu desde lo alto a las honduras del infierno, pero, oh, la maldición
de los ojos de un muerto es aún más terrible. -La mirada de sus ojos era
instinto homicida puro-. ¿Conoce esos versos?
-No.
-Pues ahora ya los conoce -replicó Sinclair
mientras golpeteaba con los nudillos la tapa del viejo libro, y riendo entre
dientes de forma ominosa, añadió-: Luego, no diga que no está advertido.
CAPÍTULO
CUARENTA Y NUEVE
24 de diciembre, 8:15 horas
ELEANOR NO TARDÓ EN saber que habían
descubierto su secreto a pesar de todos sus esfuerzos por ocultar la bolsa
vacía. Nadie le censuró nada, pero retiraron todas las demás de la enfermería y
la doctora Barnes la miraba con precaución.
La necesidad de sangre avergonzaba a
Eleanor, si debía ser sincera, la mortificaba, pero también la asustaba. ¿Qué
iba a hacer la próxima vez que esa sed devoradora se apoderase de ella? En
realidad, lo sabía. A veces, era capaz de pasar sin beber varios días, incluso
una semana, pero el ansia era mayor cuanto más esperaba y más fuerte era la
fuerza que la empujaba a saciar su necesidad.
¿Cómo podía confesar semejante deseo? ¿En
quién podía confiar?
Miró por la ventana de su cuartito al patio
de la bandera, donde permanecía de pie un hombre embozado con capucha y un
abrigo voluminoso. Tenía la mirada fija en ese cielo de color peltre y sostenía
algo en la mano enguantada, algo con aspecto de ser tiras de beicon.
A pesar de lo difícil que resultaba
identificar a nadie debajo de tanta ropa, gorros y botas, el instinto le dijo
que era Michael.
Sin dejar de mirar al cielo, le oyó silbar
con fuerza para hacerse oír por encima del viento ululante. Un ave apareció al
cabo de pocos segundos, tan pocos que le llevaron a pensar que tal vez estaba
apostado en el tejado de la enfermería, y pasó muy cerca de la cabeza del
hombre, que se agachó entre risas. Era un pájaro de plumaje gris y pico
ganchudo. Esas carcajadas... Era el sonido más extraño y agradable que había
oído en mucho tiempo. Le entraron ganas de salir corriendo al exterior, entre
la nieve y el hielo, para reunirse con él y reírse por el revoloteo del pájaro
merodeador y levantar el rostro para sentir en los párpados los rayos del sol,
aunque fueran los de ese sol austral.
Miró de nuevo al exterior. Michael se
irguió otra vez e hizo oscilar las tiras en alto antes de lanzarlas al aire. El
ave dio media vuelta, bajó en picado y cazó con el pico una y se alejó. El
resto cayó al suelo, pero el hombre se limitó a esperar el regreso del págalo,
y sabiamente, al parecer, ya que éste se zambulló en la nieve próxima de forma
muy poco elegante y tomó otra de las tiras. Otro pájaro marrón se posó en el
suelo con el propósito de investigar, pero el primero corrió hacia él,
chillándole, y Michael le arrojó una bola de nieve para espantarlo. ‹Ah, el
pájaro oscuro es su favorito›, dedujo Eleanor, ‹su mascota›.
Se agachó y tendió una mano enguantada al
págalo, que se acercó sin dudarlo y se subió a la misma, donde debía de llevar
más tiras de beicon, aunque desde allí no podía distinguirlas. Y así
permanecieron los dos, como si fueran viejos amigos. El viento sacudía las
plumas del ave y dibujaba estrías en la ropa de Michael, pero ninguno se movió.
De pronto, Eleanor se sintió tan
sobrepasada que no pudo seguir observando la escena. Sentía que toda su vida
era una prisión y se dejó caer sobre el borde de la cama como si fuera una
condenada.
El corazón se le llenó de pánico cuando
alguien llamó a su puerta. ¿Era la doctora Barnes, que venía para enfrentarse
con ella por su crimen? Eleanor no respondió, pero cuando el golpeteo de
nudillos se repitió, dijo:
-Adelante.
La puerta se entreabrió y Michael asomó la
cabeza por la abertura.
-¿Me da la venia la dama para hacerle una
visita?
-Permiso concedido, caballero. -Se sintió
como si le hubieran dado un indulto-. Pero me temo que no puedo ofrecerte
mucho, salvo una silla.
-Pues la acepto -contestó él, girando la
silla y sentándose a horcajadas.
Aquel sobretodo tan grueso le colgaba a
ambos lados y, dadas las dimensiones minúsculas de la habitación, él estaba a
muy poca distancia, tan cerca que, de hecho, ella percibía el vigorizante aire
frío procedente del abrigo y las botas. Ay, cuánto deseaba ser libre.
Michael necesitó unos segundos para
descorrer la cremallera de la parka y poner en orden las ideas. Se sentía un
tanto incómodo hablando con alguien en circunstancias tan extrañas como ésas,
pero la desazón era mayor a la luz de aquel terrible sueño erótico del otro día
protagonizado por ella. La pesadilla le había parecido demasiado real, tanto
que incluso ahora le resultaba difícil mirarla a los ojos.
Lo minúsculo de la estancia los obligaba a
estar muy cerca uno del otro, y él temía que esa cercanía aumentase la timidez
de Eleanor.
El visitante vio palpitar la vena de la
garganta por encima del cuello. La muchacha mantenía la vista fija en las
manos, que mantenía apoyadas en el vientre. Aprovechó la ocasión para
examinarle los dedos en busca de una alianza de matrimonio, pero no vio
ninguna.
-Te he visto fuera con el pájaro -dijo
ella.
-Se llama Ollie, le he puesto ese nombre en
honor de otro huérfano: Oliver Twist.
-¿Conoces la obra del señor Dickens?
-preguntó con asombro.
-A decir verdad, jamás la he leído -admitió
Michael-, pero he visto la película.
Ella volvió a quedarse perpleja y perdida
mientras él pensaba: ‹Claro, no sabe qué es una película›.
-Mi padre era bastante radical en sus ideas
-continuó ella-. Me dejaba asistir a la escuela tan a menudo como era posible e
incluso frecuentar la casa del párroco, donde había una biblioteca.
‹Sus ojos son verdes y centelleantes como
las hojas de las píceas después de la lluvia›, valoró Michael.
-El párroco y su esposa debían de tener
unos doscientos libros -alardeó ella.
‹¿Qué pensaría si viera una librería de la
cadena Barnes amp; Noble?›, se preguntó él.
-Quise reunirme contigo ahí fuera -comentó
ella con una nota de tristeza en la voz.
-¿Dónde?
-En el patio, cuando estabas dando de comer
a Ollie.
Estuvo a punto de preguntar por qué no lo
había hecho, pero cayó en la cuenta de que ella era virtualmente una
prisionera. Su nerviosismo y su palidez lo evidenciaban. Michael echó un
vistazo al cuarto, pero sólo había un libro y algunas revistas.
-Tal vez esta noche a última hora podamos
colarnos un rato en el salón de entretenimiento para otro recital de piano.
-Eso me gustaría -contestó ella con menos
entusiasmo del esperado.
-¿Y qué otra cosa te gustaría hacer? Por un
lado, voy a hacer una ronda a ver si te encuentro alguna lectura decente.
Ella vaciló unos segundos, pero luego se
inclinó hacia delante y preguntó:
-¿Puedo decir lo que quiero de verdad?
¿Algo por lo que daría cualquier cosa?
Michael permaneció a la espera con recelo.
Temía que guardara relación con Sinclair Copley. ¿Cuánto tiempo sería capaz de
guardar el secreto?
-Me gustaría dar un paseo por el exterior,
me da igual el frío, y levantar el rostro para que lo caliente el sol. Sólo
tuve ocasión de disfrutarlo durante la visita a la factoría ballenera. Lo que
más deseo es verlo de nuevo, sentir su calor.
-Sol, lo que se dice sol, sí tenemos
-concedió Michael-, pero no es que caliente mucho, francamente.
Michael permaneció inmóvil en su asiento
mientras sopesaba las palabras de la joven y le daba más y más vueltas a la
descabellada idea que acababa de ocurrírsele. Las consecuencias serían muy
malas para él si le pillaban y el jefe O’Connor le arrancaría la piel a tiras,
pero se estremeció sólo de pensarlo hasta el punto de no ser capaz de
resistirse. Se preguntó qué pensaría Eleanor de llevarla a cabo.
-Supongamos que puedo concederte tu deseo
-repuso él con cautela-, ¿estarías dispuesta a seguir mis instrucciones al pie
de la letra?
Eleanor apreció perpleja.
-¿Puedes sacarme a hurtadillas de aquí?
-Esa parte es fácil.
-¿Y hacer que el sol caliente incluso en un
lugar como éste?
Michael asintió.
-¿Sabes qué...? Sí puedo.
Se había estado preguntando qué clase de
regalo navideño podía hacerle al día siguiente; bueno, pues ahora lo sabía.
-¿Eso...? -inquirió la doctora Barnes,
mirando el tanque del acuario, donde varios especímenes flotaban en el agua-.
Ahí sólo tienes peces muertos.
-No, no, no, esos no -contestó el biólogo-.
Esos son los fallos. Échale un vistazo al Cryothenia hirschii y a los demás
peces de hielo, los comodones que están tan panchos en el fondo del tanque.
Cuando la doctora estiró el cuello hacia
delante pudo ver unos peces plancos, casi traslúcidos, de unos noventa
centímetros, cuyas agallas se movían lentamente en el agua salada.
-Vale, ya los veo -informó ella, poco
impresionada-. ¿Y qué?
-Esos peces podrían ser la salvación de
Eleanor Ames.
Charlotte se mostró interesada al oír eso.
-He mezclado muestras de sangre de los
nototénidos con la de Eleanor. Alguno de ellos lleva sangre mezclada -anunció
con una sonrisa-, y como puedes ver están bien.
-Pero Eleanor no es un pez -le recordó la
doctora.
-Estoy al corriente de eso, pero lo que
vale para uno quizá valga para todos... -dijo, y señaló mediante señas la mesa
del laboratorio, encima de la cual descansaba un microscopio con una lámina
portaobjetos ya preparada.
El monitor ofrecía una imagen notablemente
amplificada de plaquetas y células sanguíneas. Era la clase de cosas que
retrotraían la mente de Charlotte a los tiempos de universitario en la facultad
de Medicina.
-Estás viendo una gota de plasma con una
concentración alta de hemoglobina -anunció mientras se ponía unos guantes de
látex-. De hecho, es mi sangre.
-Observa qué ocurre ahora.
Darryl se inclinó sobre el microscopio y
retiró la bandeja portaobjetos. El monitor se quedó en blanco. El biólogo
depositó una gota minúscula en la misma lámina con una jeringuilla, la mezcló y
volvió a ponerla en el microscopio.
-Normalmente, la afinaría como Dios manda,
pero no tenemos tiempo.
Ajustó la visión y el monitor recuperó la
imagen. Todo parecía exactamente igual, salvo la existencia de más glóbulos
blancos o leucocitos, las células encargadas de defender a un organismo de
enfermedades e infecciones, y algunos fagocitos. Los glóbulos blancos eran más
grandes y asimétricos, y se movían activamente en busca de bacterias y agentes
infecciosos, como se suponía que era su cometido.
-De acuerdo, ahora todo está más revuelto
-observó ella-. ¿Qué has añadido?
-Una gota de la sangre de Eleanor. Observa
qué sucede.
No ocurrió nada relevante durante unos
segundos, y de pronto se desató un pandemónium. Los leucocitos se quedaron sin
objetivos a los que destruir y empezaron a rodear y atacar a los glóbulos
rojos, portadores de oxígeno gracias a la hemoglobina. Los acosaron hasta
engullirlos y no dejar ni uno. Fue una escabechina de primer orden.
Ningún ser vivo de sangre caliente era
capaz de sobrevivir con lo que quedaba después de la batalla.
La doctora Barnes miró a Hirsch, aún sin
salir de su asombro.
-Lo sé, pero observa esto.
El pelirrojo repitió el proceso: retiró la
lámina, usó otra jeringuilla para poner sobre la lámina original otra gota
obtenida de uno de los muchos viales de cristal colocados sobre la mesa de
trabajo. La tapa del vial llevaba una etiqueta que rezaba ‹AFGP-5›.[20]
La imagen de la pantalla se había reducido
a una ondulante masa de glóbulos blancos moviéndose enloquecida en busca de
nuevas presas, pero ahora cambió poco a poco, como el oleaje del mar cuando ha
amainado la tormenta. Había otro elemento nuevo cuyas partículas se movían como
barcos navegando en aguas que ahora permanecían en calma.
No eran objeto de ataque alguno.
-Los nuevos invitados son las
glicoproteínas -dijo Darryl son esperar las preguntas de Charlotte- obtenidas
de los especímenes de Cryothenia. Las glicoproteínas anticongelantes son
proteínas naturales que detectan cualquier cristal de hielo existente en la
sangre y le impiden desarrollarse. Circulan por la sangre de los peces
nototénidos tan libremente como el oxígeno. Es una argucia evolutiva muy limpia
y tal vez salve la vida de Eleanor.
-¿Cómo?
-Podría llevar una vida relativamente
normal si tolerase su ingesta periódica, y la chica parece capaz de soportar
hasta la estricnina, a juzgar por la sangre.
-¿Dónde, Darryl? ¿En el fondo del mar?
-No -respondió Hirsch con paciencia-, aquí
o en cualquier parte. Necesitaría la hemoglobina de los glóbulos rojos tan poco
como esos peces, pero habría un par de efectos secundarios -añadió,
encogiéndose de hombros ante lo inevitable-. Por un lado, eso la convertiría en
una criatura de sangre fría, sólo capaz de calentarse de forma externa, como lo
hace una serpiente o un lagarto, tendiéndose al sol.
Charlotte se estremeció sólo de pensarlo.
-La segunda supone una amenaza más
inmediata.
-¿Es peor?
-Juzga por ti misma.
Darryl tomó otra lámina limpia y la frotó
con fuerza sobre el dorso de la mano de Charlotte antes de ponerla bajo el
microscopio. El monitor mostró las células vivas y muertas. Entonces, él puso
una gota de AFGP-5, y no pasó nada. Era la imagen de una coexistencia pacífica.
-¿Eso es un buen indicio? -preguntó ella,
buscando el rostro de Hirsch con la mirada e intentando leer la respuesta en su
semblante.
-No apartes los ojos de la caja tonta -le
contestó él mientras tomaba un cubito de hielo entre los dedos enguantados,
manteniendo el meñique delicadamente extendido, y tocó con un extremo de aquél
la superficie de la lámina.
En el monitor, la esquinita del cubo de
hielo parecía un iceberg monumental que enseguida ocupó la mitad del campo
visual. Hirsch lo retiró con cuidado, pero el daño ya estaba hecho. Aparecieron
miles y miles de grietas sobre la superficie del portaobjetos, como si un soplo
de aire gélido hubiera helado las aguas de un estanque. El congelamiento
alcanzaba a una célula, la helaba y pasaba a la siguiente, y así en todas las
direcciones, y al final, cesó toda actividad. En cuestión de unos segundos
quedó inmóvil todo cuanto había estado circulando. Las células estaban heladas.
Muertas.
-Tienes todas las papeletas en contra
cuando el hielo entra en contacto con el tejido.
-Pensé que las glicoproteínas
anticongelantes lo evitaban.
-No. Impiden la propagación de cristales de
hielo por el flujo de la sangre, pero eso no vale para las células de la piel.
Ésa es la razón de que los peces anticongelantes permanezcan en el fondo, bien
lejos de la capa de hielo.
-Eso no debería suponer ningún problema
para Eleanor -observó Charlotte.
-Ya, pero ¿puede estar absolutamente segura
de que jamás va a tocar nada helado bajo ninguna forma? No podría beber nunca
una bebida fría ni tampoco rozar un cubito de hielo con los labios. ¿Puede
estar segura de andar por la acera sin caerse y tocar un trozo de hielo? ¿Y
cómo sabe que no se le va a ir el santo al cielo mientras abre el congelador
para retirar un precocinado de verduras?
-¿Qué sucedería si lo hiciera?
-Se congelaría tanto que saltaría hecha en
más pedazos que el cristal de un vaso al romperse.
CAPÍTULO
CINCUENTA
25 de diciembre, 13:15 horas
MICHAEL HABÍA ABRIGADO A Eleanor debajo de
tanta ropa que no la hubiera reconocido ni su madre. La joven sólo era un
abultado amasijo de prendas moviéndose con torpeza sobre la explanada helada.
Michael miraba vigilante en todas direcciones, pero no había nadie por los
alrededores. Ésa era una de las cosas que tenía salir de paseo en la Antártida:
resultaba muy poco probable encontrarse con muchos transeúntes, incluso el día
de Navidad.
La obligó a avanzar deprisa cuando pasaron
por delante del almacén de carne e hizo otro tanto cuando estuvieron cerca del
laboratorio de glaciología, donde estaban Betty y Tina, a quienes escuchó
trabajar con las sierras en el almacén de muestras. Eleanor le miró con
curiosidad, pero él sacudió la cabeza y tiró de ella para alejarla de allí.
En la perrera, un par de perros s pusieron
de pie y movieron el rabo, movidos por la esperanza de que alguien los sacara a
correr un poco, pero por suerte ninguno ladró.
Las luces del laboratorio de biología
marina estaban encendidas, lo cual era un buen síntoma. Michael confiaba en el
trabajo duro de Hirsch para ultimar alguna solución válida para el problema de
Eleanor y Sinclair.
El periodista vio su destino en lontananza,
a cierta distancia del más alejado de los módulos de la estación, y guió allí a
su acompañante. Pasaron junto a la celosía de madera y subieron la rampa.
Eleanor estaba tiritando a pesar de vestir tantas prendas.
Michael abrió la puerta, apartó las
cortinas de plástico y la condujo hasta el laboratorio de botánica propiamente
dicho. Enseguida se vieron envueltos por un aire cálido y húmedo. Ella gritó a
causa de la sorpresa.
Wilde la condujo todavía más adentro y la
ayudó a descorrer la cremallera y a despojarse de la ropa de abrigo, el gorro y
los guantes. Las guedejas le cayeron sobre los hombros y una inesperada
pincelada de color le iluminó las mejillas. Los ojos verdes relucían.
-Aquí estudian toda clase de plantas, tanto
las variedades locales como las foráneas -le informó él mientras se desprendía
de su propia ropa de abrigo-. La Antártida es todavía el medio ambiente más
limpio del planeta y el mejor para el trabajo de laboratorio. -Se apartó el
húmedo pelo adherido a la frente-. Pero tal vez no dure mucho al ritmo que van
las cosas.
La joven no le oía: se había puesto a
deambular por el lugar, atraída por la fragancia de los maduros fresones
colgados de los tubos de plástico del techo, que jugaban un papel esencial en
el sistema hidropónico. Las verdes hojas filosas de bordes dentados estaban
salpicadas de flores blancas y brotes amarillos, y la luz artificial arrancaba
destellos a las bayas humedecidas por efecto de los pulverizadores de agua.
El montaje del laboratorio había corrido
por cuenta del propio Ackerley, y por eso era una mezcla entre equipos de alta
tecnología y artilugios chapuceros, tubos de aluminio y mangueras de goma,
baldes de plástico y lámparas de descarga de alta intensidad. Éstas se hallaban
puestas al mínimo, pero Michael aprovechó el momento en que Eleanor cerraba los
ojos y hundía el rostro entre las parras en flor para ponerlas a la máxima
potencia.
Un chorro de luz bañó al instante todo el
invernadero. La impresión de luminosidad aumentaba gracias a una hilera de
reflectores caseros hechos con perchas y papel de estaño.
Los fresones refulgieron como zafiros, los
pétalos blancos centellearon y las gotas de agua se condensaban y caían sobre
las hojas verdes como una fina lluvia de diamantes.
Eleanor echó a reír y abrió unos ojos como
platos; luego, para protegérselos puso la mano a modo de visera. Michael no la
había visto tan feliz desde que le enseñó el milagro de oír a Beethoven en el
equipo de música.
-¿No te lo dije?
Ella asintió con la cabeza sin dejar de
sonreír.
-Sí, señor, sí, pero aún no comprendo cómo
es posible.
Eleanor examinó las lámparas luminosas y
los reflectores plateados antes de proteger otra vez los ojos.
-Prueba una fresa -sugirió Michael-. El
cocinero las usa para hacer tarta de fresas.
-¿De verdad puedo? ¿No está prohibido?
Él alargó una mano, arrancó una de un tirón
y se la acercó a los labios. La joven vaciló y aumentó el sonrojo de los
mofletes antes de ladear la cabeza y morder una por la mitad.
Mientras la saboreaba, la intensa luz
jugueteó con sus cabellos e hizo destellar el borde dorado del broche.
-Termínala -le invitó él, sosteniendo
todavía la mitad restante.
Ella se detuvo para recobrar el aliento,
con los labios empapados por el jugo de la fruta, y le observó. Los ojos de
ambos se encontraron. Michael apenas fue capaz de sostenerle la mirada, pues su
corazón se hallaba sobrepasado por una vorágine de sentimientos
contradictorios: ternura, inseguridad, deseo.
Mas Eleanor no tuvo problema alguno en
seguir mirándole mientras se inclinaba y tomaba el resto de la fruta entre los
dientes. Éstos rozaron las puntas de los dedos de Michael antes de retirarse.
Tragó el fruto y dejó en los labios la verde corona de la fresa. Wilde se quedó
paralizado.
-Gracias, Michael -dijo ella. Era la
primera vez que se dirigía a él por su nombre... Bueno, en la realidad, el
sueño no contaba-. Ha sido un verdadero lujo.
-Es un regalo de Navidad.
-¿Sí...? ¿Hoy es Navidad? -preguntó,
sorprendida.
Él asintió mientras apretaba los dientes
para soportar el dolor de los hombros, fruto de tanto reprimir sus deseos de
abrazarla. No se atrevía. Ése no era el motivo por el que la había traído al
laboratorio. Aquello no formaba parte del plan de vuelo ni tenía futuro.
Pero en tal caso, ¿por qué debía reprimirse
tanto?
-En Navidad, hubiéramos decorado la casa
con muérdago, hiedra y almáciga -comentó ella con gesto pensativo-. Mi madre
hubiera hecho un pudín flambeado con brandy y lo hubiera servido con una ramita
de acebo en lo alto. Cuando mi padre acercaba la cerilla al brandy, la luz
alegraba toda la habitación, era como si hubiera una fogata.
Eleanor se dio la vuelta al cabo de unos
segundos y se alejó del brillo de las lámparas.
-Hace demasiado calor si te quedas bajo la
luz -se justificó.
Anduvo en dirección a uno de los pasillos.
Él apreció cómo las mangas abullonadas y el blanco cuello alto del vestido
realzaban su delgadez mientras la joven acariciaba las hileras de tomatales,
las lechugas, las cebollas y los rábanos, todos crecidos sobre tableros y en
cuencos transparentes llenos de un líquido claro.
-No hay tierra -observó la joven, mirando a
uno y otro lado-. ¿Cómo pueden crecer las plantas?
-Se llama hidroponía o cultivo sin suelo
-contestó él, siguiéndola hasta el pasillo-. Las plantas reciben todos los
minerales y nutrientes necesarios para su desarrollo a través de una solución
nutritiva disuelta en el agua. Añádase aire y luz, y ya lo tienes.
-Es milagroso y me gusta mucho más que el
invernadero de la Gran Exposición de Londres. Mi padre nos llevó a mí y a mi
hermana Abigail.
-¿Cuándo fue eso?
-En 1851 -respondió ella con un tono de voz
que dejaba entrever que daba un dato comúnmente conocido-, en el Palacio de
Cristal de Hyde Park.
Acusaba el impacto de la sorpresa cada vez
que ella soltaba algo semejante. No podía evitarlo.
Había otro juego de luces en la parte
posterior para iluminar un minúsculo jardín de rosas, lirios y las orquídeas de
Ackerley.
-¡Qué preciosidad! -exclamó Eleanor
mientras avanzaba por el estrecho pasillo flanqueado por brillantes rosas rojas
y orquídeas multicolores de tallos largos y sinuosos.
Crecían en una solución mineral y no en el
suelo, pero aun así, allí estaba presente ese aroma húmedo y cálido tan
característico de la jungla. Eleanor se soltó el botón del cuello, sólo uno, y
respiró profundamente.
-No podía ni imaginarme la existencia de un
lugar como éste en un país tan remoto y frío -dijo mientras devoraba la
catarata de colores y olores-. ¿Quién cuida de todas estas plantas? ¿Tú...?
-Oh, no -repuso él-. Habrían muerto todas
en menos de una semana si yo estuviera a cargo de esto.
Pero precisamente a ella era la última
persona a quien podía explicarle el destino de Ackerley. ¿Qué diría si se lo
contaba? ¿Confesaría entonces su innegable pero secreta necesidad?
Michael estaba seguro de una cosa: no
quería oír esas palabras de sus labios.
-Todos estamos al pie del cañón, pero la
mayor parte del trabajo está automatizado y es cosa de los temporizadores y los
ordenadores -replicó, intentando darle algo similar a una respuesta.
-Michael -empezó al fin, pero dejó
inconclusa la idea incluso antes de empezar a exponerla.
-¿Sí?
Tras unos instantes de cavilación, Eleanor
entró en materia y se lanzó a fondo.
-Me da la sensación de que hay algo que no
me estás contando, no puedo evitarlo.
Tenía toda la razón del mundo, admitió él,
pero no le había revelado tantas cosas que no sabía por dónde empezar.
-¿Guarda alguna relación con el teniente
Copley?
El interpelado vaciló. No deseaba mentirle,
pero le habían prohibido decirle la verdad.
-Le hemos estado buscando.
-Vendrá a por mí, y tú lo sabes. Si no lo
ha hecho, pronto lo hará.
-No esperaría menos de tu marido.
Ella le lanzó una mirada intensa, como si
se confirmaran sus sospechas, o al menos algunas de ellas.
-¿Por qué dices eso?
-Perdón, pero di por supuesto que vosotros
dos estabais...
-A los ojos de Sinclair, tal vez, pero a
los ojos de Dios no estamos casados. Eso jamás sucedió por razones que no
vienen al caso.
Debería estar complacido por el tono
perentorio empleado y no hurgar más en el tema, pero dado que había salido el
tema, el periodista sintió que no podía dejar pasar la ocasión.
-Pero ¿no querrías reunirte con él...? Si
sigue vivo, por supuesto.
La joven estudió con atención una orquídea
amarilla y frotó la cérea superficie con los dedos.
Tanta vacilación estaba sorprendiendo mucho
a Michael.
-Sinclair ha sido y será siempre el gran
amor de mi vida. -Eleanor acarició los dorados pétalos amarillos-. No obstante,
nos hemos visto obligados a llevar juntos una vida que... No es posible... No
debería serlo. -Michael sabía a qué se refería, por supuesto, pero guardó
silencio. Ella continuó-: Me temo que con el paso de los años se ha enamorado
de otra... cosa. Algo le fascina y le atrae con mucha más fuerza de la que yo
jamás seré capaz de ejercer.
Los pulverizadores de riego se conectaron
de pronto, enviando un fino surtidor de agua por encima de sus cabezas. Eleanor
no se movió.
-¿El qué?
-La muerte -replicó ella.
Los aspersores dejaron de soltar las nubes
de agua pulverizada y ella se volvió a un lado, como si se avergonzara de lo
que acababa de admitir.
-Se ha empapado tanto en ella que ha
aprendido a vivir en su compañía. La muerte lo mantiene junto a sí todo el
tiempo, como su fuera un perro fiel. No siempre fue así -se apresuró a añadir
Eleanor, como si se arrepintiera de aquel rapto de sinceridad y lo considerase
una deslealtad-. No lo era cuando nos conocimos en Londres. Era un hombre
atento y amable, y siempre estaba buscando formas de divertirme.
Esa última frase le hizo sonreír.
-¿Por qué sonríes?
-Acabo de acordarme de un día en Ascot...
Nos invitó a cenar en su club de Londres... Ay, el pobre. Creo que se escapaba
de sus acreedores por un pelo.
-¿No me dijiste en una ocasión que procede
de una familia aristocrática?
-Su padre era conde y él también lo hubiera
sido un día, pero ya había apelado a la fortuna familiar para que le sacara del
lío demasiadas veces.
Tengo entendido que su progenitor estaba
profundamente decepcionado con él.
El agua pulverizada empezó a tejer un fino
velo sobre los cabellos de Eleanor.
-Las posibilidades de Sinclair cambiaron
del todo en Crimea. Esa guerra cambió a todos cuantos fueron allí y los
supervivientes quedaron dañados para siempre. Era imposible que no fuera de
otro modo. La joven se limpió el agua del pelo.
-No es posible bañarse en sangre todas las
noches y empezar sin mácula a la mañana siguiente.
Michael no pudo evitar pensar en todas las
contiendas que habían estallado desde entonces, y en todos los soldados
involucrados en las mismas, todos habían intentado en vano dejar atrás los
horrores de la guerra. Algunas cosas jamás cambiaban.
-¿Cuánto tiempo crees que voy a permanecer
en este lugar? -preguntó ella, sin mirarle.
Michael le respondió con una pregunta para
no tener que contestar a ésa:
-¿Adónde querrías ir?
-Oh, muy sencillo. Quiero volver a casa, a
Yorkshire. Soy consciente de que ya no estará allí ningún miembro de mi familia
y de que habrán cambiado muchas cosas, pero aun así, no habrá desaparecido
todo, ¿verdad? Allí seguirán las montañas, los árboles y los arroyos. Habrán
cerrado las antiguas tiendas, pero otras nuevas habrán ocupado su lugar.
Seguirán allí la plaza del pueblo, la iglesia, la estación del tren y su
confitería y el olor a bollos recién hechos y a mantequilla...
A medida que ella iba enumerando cosas,
Michael pensaba si quedaría algo de todo eso, si no habrían cerrado la estación
hacía décadas y si no habrían nivelado las colinas para construir un complejo
de apartamentos.
-Es sólo que... No quiero morir en un lugar
como éste, no deseo morir en el hielo.
La muchacha agachó la cabeza y se
estremeció sólo de pensarlo. Él alargó una mano y la atrajo hacia él con
suavidad.
-Eso no va a suceder. Te lo prometo.
Las lágrimas anegaban los ojos de Eleanor,
que alzó la vista y miró a Michael, desesperada por creerle.
-Pero ¿cómo puedes asegurarme algo así?
-Puedo y lo haré. Te prometo que no me
marcharé de aquí sin ti.
-¿Te vas...? -preguntó con una nota de
alarma en la voz-. ¿Adónde te marchas?
-Vuelvo a casa, a Estados Unidos.
-¿Cuándo?
Él adivinó cuál era el verdadero temor de
la joven. No le aterraba únicamente la posibilidad de perecer en la Antártida,
sino sucumbir a su necesidad de sangre antes de ver su viejo hogar. «Es posible
-pensó Wilde- que incluso ahora esté luchando con todas sus fuerzas para
reprimir un ansia casi irresistible».
-Pronto -admitió él-, pronto.
La atrajo hacia él y la estrechó entre sus
brazos. Gotas de agua condensada se balanceaban en el pelo de Eleanor, que se
acercó a Michael de buena gana y apretó la mejilla contra su pecho.
-No lo entiendes -repuso ella con voz
suave-. No harías esa promesa tan a la ligera si lo entendieras.
Pero Michael sabía que sí, que sí la haría.
Estaba recordando en esos instantes otra
promesa realizada en la cordillera de las Cascadas, y tenía intención de
cumplirla a toda costa, como aquella otra.
-Voy a llevarte a casa -le prometió.
CAPÍTULO
CINCUENTA Y UNO
26 de diciembre, 9:30 horas
COPLEY HABÍA EVALUADO CON detenimiento a
sus dos carceleros antes de decidir contra cuál de ellos iba a tener más
posibilidades.
Franklin era el más lerdo de ambos con
diferencia, pero también el más precavido. Se comportaba como un soldado en un
ejército de verdad: acataba las órdenes a rajatabla y no era de los que se las
pensaban. Le habían mandado apartarse del preso y así lo hacía. De hecho, se
negaba incluso a entablar conversación con él y mantenía la atención
concentrada en una de esas revistas escandalosas durante todo el tiempo que
durase su turno de guardia.
Por otra parte, sin embargo, el segundo
centinela era más inteligente y sociable, y también más curioso. El cautivo
apreció enseguida que este otro tipo estaba fascinado por la presencia de un
visitante inesperado de otra época y aunque debía de haber recibido las mismas
órdenes que Franklin, Lawson no parecía tener inconveniente en saltárselas. Se
acomodaba, estiraba las piernas y apoyaba la espalda sobre un cajón para
disfrutar de una buena charla. Sinclair observó que las botas de Lawson eran
más resistentes, pues estaban provistas de suelas gruesas y cordones fuertes, e
infinitamente mejores que sus propias botas de montar, una de las cuales se
había desgarrado tras haber montado en el trineo.
Lawson había acudido a su turno con un gran
libro lleno de imágenes coloreadas. Copley no podía ver qué era, pero sabía que
lo averiguaría en su momento. Lawson era incapaz de permanecer callado durante
mucho tiempo.
El británico aguardó en silencio durante
varios minutos, al cabo de los cuales su vigilante al fin rompió a hablar.
-¿Todo guay? -Sinclair le dedicó una
benigna mirada de incomprensión- Oh, disculpe, eso quiere decir ´¿cómo está
hoy?´. ¿Necesita que llame a la doctora o algo así?
¿La doctora? La presencia de esa mujer era
lo último que pediría en este momento.
-No, no, en absoluto. -Sinclair le dedicó
una elaborada sonrisa de abatimiento-. Es esta forzada inactividad, nada más.
Nuestro buen Franklin habla poco, no es una compañía muy entretenida.
¿Por qué no halagar un poco a ese idiota?
-Es un tipo estupendo. Sólo cumple órdenes.
-Si hay otro camino más seguro a la
perdición que ése, me gustaría mucho conocerlo.
Sinclair rió entre dientes, sabedor de que
un pronunciamiento tan rotundo sólo iba a servir para espolear más la
curiosidad del centinela. Notó como tamborileaba los dedos sobre la cubierta
del grueso volumen.
El cautivo preguntó por Eleanor y su
bienestar como una cuestión de pura rutina, pues nadie iba a decirle nada
relevante a ese respecto, y él lo sabía. Recibió la típica respuesta llena de
vaguedades. Incluso Lawson mantenía el pico cerrado en ese tema, pero ¿la
mantenían apartada sólo de él? ¿Estaba bien de verdad? ¿Cómo podía ser eso
posible? ¿Cómo podía satisfacer esa peculiar necesidad que ninguno de los dos
podía confesar a nadie? Ni siquiera él mismo sabía cuánto tiempo podía
aguantar, y eso que contaba con el beneficio de haberse bebido la sangre de la
foca.
Lawson le dio la vuelta a la conversación y
acabó arrimando el ascua a su sardina, como Sinclair sabía que iba a hacer. La
fascinación de ese hombre por los viajes del teniente se había hecho evidente
durante sus últimos turnos juntos, y el propósito de ese grueso libro ahora le
resultaba claro. Era un atlas de cuyas páginas sobresalían unos trocitos de
papel coloreado. Lawson sostenía el libro en el regazo y lo abría por las
páginas marcadas.
-He intentado trazar el itinerario de su
viaje desde Balaclava hasta Lisboa -anunció, hablando como el típico niño
empollón en un examen oral-. Creo haber conseguido localizar casi todos los
puntos.
El tipo parecía un cartógrafo nato.
Copley esperó.
-Pero me he perdido un poco en torno a
Génova. Cuando Eleanor y usted abandonaron la ciudad, ¿navegaron por el mar de
Liguria rumbo a Marsella o siguieron la ruta por tierra?
Sinclair se sabía al dedillo el itinerario
del viaje a pesar del tiempo transcurrido, pero fingió cierta confusión, como
si le costara recordarlo.
De hecho, habían viajado en calesa y se
habían detenido en un casino de San Remo, no muy lejos de Génova, donde había
ganado una gran suma de dinero en unas partidas a la telesina, una variante
local del póquer. Uno de los jugadores le había acusado de hacer trampas y él
le había exigido una satisfacción por esa afrenta a su honor. El perdedor
supuso que la satisfacción consistía en el duelo, pero en realidad hubo de
esperar un poco más. Sinclair le atravesó limpiamente con su sable de
caballería y se dio un festín. Luego, cuando hubo terminado con él, se lavó la
sangre de la cara en un aromático limonar antes de regresar junto a Eleanor,
que le esperaba donde se hospedaban.
-No estoy seguro de recordar el nombre de
la villa -dijo Copley como si estuviera haciendo un gran esfuerzo-, pero estaba
en Italia. Tal vez se llamara San Remo. ¿Puede encontrarlo ahí en ese mapa?
Vio a su interlocutor pegar la cabeza al
papel e intentar trazar la ruta con el dedo. Lo estudió. Llevaba en la cabeza
uno de esos estúpidos pañuelos propios de los marineros rasos. Era cuestión de
tiempo que Sinclair lograra engatusarle para que se acercara y le mostrara el
mapa en cuestión.
Luego, se libraría de las cadenas y
reclamaría a la esposa arrebatada.
-Mañana -repitió Murphy, inclinándose sobre
el respaldo de la silla de su despacho-. El avión de avituallamiento aterrizará
mañana a las ocho. -Hundió los dedos en el pelo y se pasó la mano por la cabeza
una vez más mientras sostenía en la otra el rotulador rojo con el cual había
dibujado un círculo en torno al día siguiente en la pizarra blanca situada en
la pared de detrás de su mesa-. Y tú vas a volver en ese avión -le espetó a
Wilde.
-Pero ¿de qué me hablas? -protestó
Michael-. Mi pase de la NSF no expira hasta final de mes.
-Se nos echa encima otro sistema de bajas
presiones y para cuando haya pasado el frente las fisuras de los glaciares van
a estar aún peor que ahora. El avión no podría aterrizar.
-Pues ya tomaré el próximo.
-¿Dónde te crees que estás, chaval? -soltó
Murphy-. No hay próximo avión hasta por lo menos el mes de febrero.
Michael no paraba de darle vueltas al
asunto. ¿Cómo iba a ser posible que se marchara al día siguiente? Le había
hecho una promesa a Eleanor y no estaba dispuesto a romperla. Se volvió hacia
Darryl, pero éste se limitó a devolverle una mirada de comprensión.
-¿Qué planes tienes para Eleanor y
Sinclair? -preguntó Michael de sopetón-. Yo fui el primero en encontrarlos.
-Qué más quisiera yo que no los hubieras
hallado. Maldita sea, qué ganas tengo de librarme de ellos.
-Soy la persona en quien más confían.
-¿De verdad? ¿No llamaste pidiendo
refuerzos la última vez que visitaste a Sinclair? ¿Qué sucedió con esa
confianza? ¿Se rompió o qué?
El periodista aún se lamentaba de ese error
de cálculo, y cuando Darryl se lanzó a explicar algún prometedor trabajo de
hematología realizado en el laboratorio, Michael se devanaba los sesos. ¿Había
llegado la hora de exponer su idea? ¿Acaso iba a tener otra oportunidad?
-Ambos deberían volver conmigo -soltó,
interrumpiendo el discurso del biólogo.
Darryl se calló de inmediato y se volvió
hacia él mientras el jefe O´Connor sacudía la cabeza con exasperación.
-¿Y cómo sugieres que apañemos eso?
-inquirió Murphy-. ¿Qué te piensas que tenemos aquí, la estación de Paducah a
nuestra disposición? Un avión no aterriza y recoge tres pasajeros cuando en el
listado de embarque figura sólo uno.
-Eso ya lo sé, pero ten un poco de
paciencia conmigo. -Wilde estaba terminando de encajar las piezas del puzle
mientras permanecía ahí sentado-. La esposa de Danzing está al corriente de la
muerte de su esposo, pero desconoce la fecha de repatriación del cadáver, ¿no
es cierto?
-Cierto, pero aún no he sacado tiempo para
llamarla y contar que su esposo revivió, se convirtió en un zombi y acabó
flotando por algún lugar debajo de la capa de hielo. Se hace cuesta arriba
telefonearla, ¿no te parece?
-¿Y qué hay de Ackerley? -presionó
Michael-. ¿Sabe su madre la fecha prevista para el regreso del cuerpo a casa?
-No estoy seguro de que sepa algo -dijo
Murphy, cada vez más intrigado-. Como os dije, la noticia la ha dejado
atolondrada.
-Dejadme pensar -pidió Wilde, agachando la
cabeza y concentrándose con todas sus fuerzas-, dejadme pensar. -Resultaba
descabellado, pero ahora todas las piezas parecían encajar y tenía la
corazonada de que incluso podía funcionar-. La esposa de Danzing...
-María Ramírez -le recordó el jefe
O´Connor.
-Trabaja como forense del condado en Miami
Beach.
-Sí, allí fue donde conoció a Danzing. En
aquel entonces conducía un coche fúnebre. De hecho, él me dijo una vez...
-Dile a María que yo voy a acompañar los
cuerpos de su esposo y de Ackerley a Miami Beach.
-Pero no es el caso -repuso Darryl,
perplejo-. Danzing no volverá a levantarse, excepto quizá en mis pesadillas.
-Y la verdad -siguió Michael, sin hacerle
caso al biólogo-, tampoco es que ella tenga mucho interés en tener allí el
cadáver. ¿No fue la propia María quien dijo que nunca le había visto tan feliz
como cuando bajaba hasta aquí, donde quería ser enterrado si se cumplían sus
deseos?
-Ya, pero le informé de que la ley prohíbe
los entierros en la Antártida -contestó Murphy.
-¿Y qué hay de Ackerley? Vas a dejar sus
restos aquí, ¿no es cierto? -insistió Michael-. ¿O planeas enviar a casa un
cuerpo con un tiro en la cabeza? -Michael supo que tenía a O´Connor en su poder
cuando le vio retorcerse en su silla-. Una bala de tu pistola, ¿no?
Darryl esbozó un gesto burlón al oír
aquello y comentó:
-Anda, mira, por fin vamos a enterarnos de
qué hiciste con los restos de Ackerley... Pidió ser incinerado, me consta, pero
eso es una manifiesta contravención de los protocolos de la Antártida, ¿o no?
-Correcto, esto es lo que vamos a hacer
-zanjó el jefe O´Connor, mirando a Hirsch fijamente a los ojos, sosteniéndole
la mirada-. Oficialmente, Ackerley se cayó dentro de una grieta del glaciar
mientras realizaba un trabajo de campo.
Michael suspiró de alivio al oír aquello.
-Eso es perfecto.
-No te sigo, chaval -admitió Murphy.
-¿No lo ves? Podemos meter en ese avión dos
bolsas de cadáveres, pero los nombres escritos en las etiquetas no tienen por
qué coincidir con sus verdaderos ocupantes.
Michael veía que al jefe O´Connor se le
habían bajado las persianas y andaba espeso de mente. Se llevaría el gato al
agua si seguía presionando de forma convincente.
-Tal vez Eleanor y Sinclair no sean capaces
de abandonar la estación como pasajeros de ese avión, pero podrían hacerlo
perfectamente como carga. Te bastaría con usar unos papeles parecidos a los que
has usado para meterme en ese vuelo. Volvemos a Santiago, y de allí, a Florida.
En la habitación reinó un silencio
sepulcral, roto tan sólo por el tictac del reloj hasta que Darryl intervino:
-Hay nueve horas de vuelo desde Santiago a
Miami. Morirán en el viaje.
-¿Y eso por qué? -dijo Michael-. Han
padecido cosas peores. Prueba a tirarte un siglo en suspensión animada.
Comparado con eso, va a parecerles una bicoca.
-Ahora es diferente -replicó Murphy-. Están
vivitos y coleando y, además, tienen cierto problemilla del que no hablas
porque no te conviene.
-De eso estaba hablando antes de que me
interrumpieran con tan poca educación -terció Darryl.
Michael se reclinó sobre el respaldo del
asiento, feliz y contento de que alguien le diera el relevo, pero no tardó en
comprender que el pelirrojo no se conformaba con un first down, él no perseguía
las yardas del primer intento, él pretendía llegar a la zona de anotación.
Tras describir con orgullo los logros
realizados en el laboratorio con el Cryotenia hirschii, dio a entender con
bastante claridad que había encontrado una cura, o al menos algo muy similar
hasta que se perfeccionara, para la enfermedad de Eleanor y Sinclair.
Si Michael le había entendido bien, Hirsch
se declaraba capaz de extraer las glicoproteínas anticongelantes de los peces e
inyectarlas en el sistema circulatorio humano. Una vez hecho esto, la sangre
era capaz de llevar oxígeno y nutrientes sin necesidad de recibir continuas
aportaciones adicionales de hemoglobina. Parecía irracional. Sonaba a locura.
Tenía pinta de ser imposible. Pero era el primer hilo al que podía agarrarse,
por muy frágil que fuera, y a él le valía.
-Me parece un disparate de tomo y lomo,
pero no soy el científico en esta reunión. ¿Cómo sabes si funcionará?
-No lo sé -replicó Darryl-. El pez ha
tolerado la sangre recombinada, pero Eleanor y Sinclair son otra cuestión.
«Y nos hemos quedado sin tiempo para hacer
pruebas», caviló Michael.
-Pero me gustaría que todos recordarais
-repitió el biólogo otra vez con tono solemne- que los dos van a verse en el
mismo aprieto que mi pez. Pueden darse por muertos si alguna vez el hielo
llegase a entrar en contacto con sus tejidos.
Los tres hombres debatieron y analizaron
todos los elementos del plan durante la siguiente media hora a fin de que éste
tuviera visos de éxito. El propio Murphy reconoció que no había consignado todo
lo acaecido en la documentación de la base.
-No encontré la forma adecuada de explicar
eso de que dos muertos habían vuelto a la vida.
El jefe O´Connor estaba muy preocupado por
lo que el periodista hubiera podido contar a su editor. Pero Michael le aseguró
que ya había deshecho el entuerto, y concluyó diciendo:
-Aunque eso implique que probablemente no
vuelvan a darme otro encargo decente en la vida.
Una llamada desde la estación polar
McMurdo, centro logístico para la mitad del continente, les obligó a poner fin
a la reunión. Murphy los echó de su oficina con un ademán de la mano y ellos
salieron mientras él empezaba a recitar las lecturas de presión barométrica
registrada en Point Adélie en las últimas veinticuatro horas.
Hirsch y Wilde se demoraron en el recibidor
de la entrada para tomarse un respiro y analizar cuanto acababan de hablar.
Michael andaba al borde del ataque de nervios, y se sentía como si las venas
fueran cables de alta tensión por los que circulara la electricidad.
-Bueno, ¿cuándo podrías hacer la prueba de
esa transfusión?
-Sólo necesito otro par de horas en el
laboratorio. Tendré el suero preparado para entonces.
-Pero estamos rodeados de hielo -le recordó
Michael, temeroso.
-Con el cual ellos nunca deben entrar en
contacto. Deberían salir de la enfermería y del almacén de carne ya metidos
dentro de las bolsas. ¿Cuál es la alternativa? ¿Acaso planeas supervisar tú el
procedimiento en Miami? -Michael sabía que eso nunca funcionaría. Hirsch
continuó-: Si van a tener una mala reacción, más vale saberlo ahora, antes de
cerrar las bolsas y subirlos al avión.
-¿Con quién probamos primero? ¿Con Eleanor?
-Eso fijo. Por lo que sé del tal Sinclair,
quizá necesite un poquito más de persuasión.
Darryl estaba a punto de darse la vuelta
para marcharse cuando Michael le agarró por el codo.
-¿Crees que funcionará? ¿Piensas que
Eleanor se curará?
El biólogo vaciló y se lo pensó.
-Si todo sale bien -contestó, sopesando
cada palabra-, tengo la esperanza de que Eleanor y Sinclair sean capaces de
llevar una vida completamente normal. -Hirsch sostuvo la mirada de Michael
igual que antes Murphy había aguantado la suya-. Siempre y cuando consideres
normal la vida de una serpiente que sólo puede calentarse tendida al sol. Lo
más probable es que con alguna inyección más de refuerzo Eleanor no vuelva a
experimentar la necesidad que siente ahora, pero el contagio durará hasta el
fin de sus días.
Esas palabras pesaron como losas en el
corazón de Michael.
-Pero otro tanto le ocurrirá a Sinclair y
ninguno representará un peligro para el otro ni para los demás -añadió el
pelirrojo, como si eso mejorase las cosas.
Michael asintió en silencio, fingiendo que
él también veía la simetría y la ecuanimidad de la situación, pero eso no hacía
que las piedras fueran menos pesadas.
CAPÍTULO
CINCUENTA Y DOS
26 de diciembre, 11:20 horas
-VIAJÁBAMOS SIEMPRE BAJO NOMBRES falsos y
los cambiábamos con cierta regularidad -dijo Sinclair-. Se convirtió en una
especie de juego, si se le puede llamar así, elegir cómo nos llamaríamos en San
Remo o en Marsella o dondequiera que fuéramos a ir.
Lawson estaba petrificado y Sinclair eligió
algunos avatares de los episodios más dramáticos de su viaje y los exageró;
así, le habló de las incursiones a medianoche a través de gargantas montañosas,
cómo habían logrado huir por los pelos cuando las autoridades locales empezaban
a recelar y las grandes apuestas en los casinos como forma de sufragar sus
viajes.
Al mismo tiempo, tuvo la picardía de no
sacar a colación los aspectos más vergonzosos y los episodios más terribles,
generalmente relacionados con la búsqueda de sangre fresca. No, no había
necesidad alguna de entrar en esos detalles escabrosos, y además, el tiempo no
dejaba de correr.
El turno de guardia cambiaría en un par de
horas y volvería a entrar de servicio el desconfiado Franklin. Si Sinclair iba
a efectuar ese movimiento y quería disponer de un buen margen de tiempo hasta
que alguien descubriera su fuga, debía actuar ahora.
-Desde Marsella continuamos viajando hacia
el oeste. Eleanor cayó enferma en Sevilla, y se me ocurrió que tal vez el aire
del mar la reviviría, así que viajamos hasta un pueblecito de la bahía de
Cádiz. Ahora no lo recuerdo con exactitud, pero lo identificaré si vuelvo a oír
el nombre...
Lawson consultó el atlas y aventuró:
-¿No sería Ayamonte?
-No, no es ése. Me suena que era más largo
y estaba subiendo desde la costa hacia Lisboa.
-¿Isla Cristina?
-Tampoco -contestó Sinclair, que ladeó la
cabeza y simuló concentrarse en un intento de recordar-, pero creo que si lo
viera allí...
El guardia se levantó del cajón de embalaje
en cuanto tuvo el atlas abierto por la página correcta y se acercó hacia el
prisionero. Éste se preparó para actuar.
Lawson depositó el atlas en el regazo de
Sinclair, quien reaccionó deprisa y, antes de que tuviera tiempo de retirarse,
preguntó con la mayor de las inocencias:
-¿Dónde estamos exactamente en este mapa?
-Justo aquí -respondió Lawson, señalando la
línea amarilla que había trazado en la página.
Y mientras él fijaba los ojos en el mapa,
Sinclair alzó la botella de cerveza que había ocultado y la estrelló
limpiamente en la coronilla del incauto.
Lawson cayó de rodillas, pero si el
prisionero inglés esperaba haberlo dejado grogui con el botellazo, se llevó un
gran chasco. Aquel maldito pañuelo anudado a la cabeza había amortiguado el
golpe, así que le asestó otro. La botella se hizo añicos, dejando un rastro de
sangre, pero Lawson seguía consciente e intentaba escabullirse a gatas.
Sinclair debió reaccionar deprisa, pues
estaba encadenado a la tubería de la pared y eso apenas le permitía alejarse
unos metros de su posición. Enlazó la cabeza del herido con los grilletes de
las manos y tiró de él hacia atrás, arrastrándole hasta el catre. Por suerte,
el golpe había dejado tan aturdido a Lawson que éste apenas pudo ofrecer
resistencia. El inglés le enrolló bien los grilletes a la altura de la tráquea
y tiró con fuerza. Lawson se llevó las manos al cuello en un intento de
quitarse la asfixiante presa de la cadena, pero Copley tiró más y más hacia
atrás, hasta que las manos de su víctima colgaron sin fuerzas a los costados y
dejó de patalear con los pies, calzados con esas botas que tanta admiración
suscitaban en Sinclair.
A pesar de eso, el cautivo le retuvo
durante unos segundos más como medida de precaución, y después le soltó,
dejando que la cabeza de Lawson se desplomara hacia delante.
Sucedió una cosa curiosa: el atlas
permaneció abierto sobre su regazo todo el tiempo que duró el forcejeo.
Sinclair lo apartó mientras dejaba que el carcelero se desplomara sobre el
suelo y luego se arrodilló junto a él y pegó el oído al pecho para verificar
que seguía vivo. El corazón aún le latía.
Había estado antes en esa situación y por
un momento, como una marea de sangre, le abrumó la urgencia de aprovechar la
ocasión para alimentarse, pero no era el momento ni tenía el deseo de matar a
ese hombre.
Puso los labios sobre los de Lawson y sopló
tal y como había visto hacer a los marineros con los soldados que se habían
caído al agua durante el chapucero desembarco que tuvo lugar en bahía
Calamidad. Luego, le presionó el abdomen hasta que le vio recuperar la cadencia
normal de respiración.
Antes de que pudiera recuperar el sentido,
Sinclair le registró los bolsillos hasta encontrar las llaves de las esposas,
aunque abrirlas resultó un trabajo delicado, en especial porque tenía el pulso
muy acelerado ante la posibilidad de recuperar la libertad, tener unas botas
nuevas y... encontrar a Eleanor.
26 de diciembre, 11:30 horas
-¿Intentas disuadirme? -le preguntó Eleanor
a Michael, mirándole fijamente a los ojos.
-No, por supuesto que no -negó Michael al
tiempo que acercaba la silla un poco más a la cama donde ella estaba sentada y
le aferraba las manos con más fuerza-. Temo por ti, pues esto entraña un
riesgo, un riesgo grave.
La preocupación del joven la conmovía
profundamente, pero apenas había habido nada arriesgado ni un peligro mortal
desde hacía mucho tiempo. Alzó una mano y le acarició una mejilla.
-La elección es mía y mío es el riesgo, y
lo acepto. No quiero seguir viviendo en las sombras si voy a seguir adelante.
Quiero una existencia de la que no deba avergonzarme. ¿Lo entiendes, verdad?
Pudo ver que Michael sí lo comprendía, pero
en cierto modo sentía más aprehensión que ella misma. Eleanor no le temía a la
muerte después de todo por lo que había pasado durante el largo intervalo de su
vida. Además, hacía tiempo que se habían ido todas las personas que conocía, su
familia y sus amigos, así que ¿podía ser su vida aún más solitaria?
Y en cuanto a Sinclair, incluso si al fin
se reunían, ¿qué iba a ser de ellos? Todo cuanto podían hacer, y de eso estaba
convencida en lo más hondo de su ser, era compartir una soledad absoluta lejos
del resto de la humanidad.
-Entonces, ¿voy en busca de Darryl y
Charlotte? -preguntó Michael.
Ella asintió con la cabeza.
Él se marchó y Eleanor se quedó rumiando un
torbellino de emociones. Sin querer, a pesar de sí misma, debía admitir que
habían renacido en ella ciertas esperanzas y una expectativa de redención y,
aunque a regañadientes, sabía que eso obedecía en parte al modo en la que
miraba Michael Wilde.
Y a cómo reaccionaba ella, a cómo le
devolvía esas miradas.
La puerta de la enfermería se abrió otra
vez al cabo de varios minutos y esta vez Michael acudió acompañado por dos
personas más. Darryl, cuyo pelo era de un rojo brillante más intenso que la
cresta de un gallo, traía consigo una bolsa llena de fluido, y Charlotte
también venía con una bandeja llena de objetos: rollos de algodón, agujas,
alcohol y ese vendaje que se adhería tan bien a la piel.
Eleanor había visto varias veces la bandeja
y se conocía el procedimiento al dedillo.
La doctora se sentó en la silla que Michael
había dejado vacante y depositó la bandeja sobre la cama. Eleanor se subió una
manga abullonada y observó cómo Charlotte le ajustaba el torniquete de goma.
-¿Te ha advertido Michael de los peligros
de tocar el hielo? -inquirió Darryl mientras Charlotte pinchaba en la bolsa una
jeringuilla inusualmente larga e iba llenándola.
-Varias veces.
-Genial. Estupendo -repuso el biólogo, un
tanto nervioso-. Tal vez notes cierto sofoco al principio a causa de la súbita
sobrecarga de glicoproteína, pues vamos a ponerte una solución concentrada
bastante fuerte, pero ese efecto debería pasar bastante deprisa.
Charlotte miró de reojo a Darryl y limpió
un área del antebrazo con algodón humedecido en alcohol.
-Estoy preparada para cualquier cosa y
tengo una fe ciega en mi médico -contestó ella.
Y era totalmente cierto. Una vez pasada la
sorpresa inicial había llegado a tener una gran opinión de la doctora Barnes,
pues poseía al mismo tiempo una naturaleza amistosa y tranquilizadora. Eso era
algo que también había visto en Florence Nightingale: una habilidad para
conectar con cada paciente y transmitirle calma y comprensión. Ninguna mujer
negra hubiera podido ser médico en sus días: la barrera del color lo habría
impedido de no haber existido el impedimento del sexo, pero en este mundo
moderno al que Eleanor estaba a punto de unirse, muchas cosas antes
inconcebibles eran ahora manifiestamente posibles.
Apenas notó el pinchazo de la aguja, pero
el efecto del fluido al entrar en el flujo de su sangre fue inmediato. Lejos de
sentir cierto acaloro, experimentó una extraña sensación refrescante, como si
debajo de su piel fluyera un arroyo de montaña. Charlotte levantó los ojos del
brazo y la miró, todavía sin soltar la jeringuilla.
-¿te encuentras bien? -preguntó.
-Sí, eso creo -contestó ella, pero ¿lo
estaba? ¿Qué sucedería cuando el escalofrío que ahora se extendía por su brazo
llegara al corazón?
-¿Qué sientes? -preguntó Darryl. Michael,
mudo de espanto, se limitó a arrodillarse a los pies de la cama y estudiar su
rostro.
-No se parece a nada que haya experimentado
antes -replicó Eleanor-. Tal vez se parezca un poco a darse un baño de agua
fría.
Unas gotas de sudor frío le perlaban la
frente cuando Charlotte retiró la aguja y se apresuró a presionar el lugar
donde le había pinchado.
-Lo mejor sería que permanecieras aquí
tendida -opinó la doctora mientras dejaba caer la jeringa en la bandeja; luego,
ayudó a Eleanor a apoyar la cabeza sobre la almohada.
Eso le vino bien a la muchacha, pues las
paredes de la estancia empezaban a darle vueltas. Cerró los ojos, lo cual sólo
empeoró la sensación de vértigo. Al abrirlos de nuevo, vio a Michael justo
encima de ella. Concentró la mirada en el rostro del joven. Éste le había
cogido la mano y ella fue capaz de notar cómo el sudor nervioso que le
humedecía la mano a él se entremezclaba con su propio sudor helado.
Charlotte y Darryl permanecían de pie junto
a él, y también parecían ansiosos. Eleanor se sintió conmovida al comprender
que había sido capaz de encontrar tres amigos en aquellos parajes inhóspitos
tan extraños. Eso le reforzó la moral y dio alas a sus ganas de vivir.
Tal vez la soledad en que había vivido
desde que se había fugado con Sinclair de aquel hospital militar en Turquía no
tuviera por qué ser algo permanente después de todo. Tal vez existiera una
alternativa.
La gelidez interior se extendió por los
brazos y los pechos. El hormigueo de la piel era una sensación muy parecida al
modo en que abrían los pétalos de una flor nocturna.
Michael trajo una manta y la arropó en
cuanto ella sufrió otra tiritona. Eleanor no pudo evitarlo: la escena le
recordó mucho al viaje a bordo del Coventry, la travesía de aciago recuerdo que
había terminado en el Polo Sur, y la noche en que Sinclair le había puesto
encima todas las mantas y abrigos que logró encontrar... antes de que les
atacara la tripulación del barco.
Luego, la sacaron del lecho y la cargaron
de cadenas en la bamboleante cubierta.
Alguien le puso sobre los ojos una compresa
caliente y, mientras yacía allí, se preguntó cómo sería su vida después de
superar ese experimento totalmente nuevo, si es que vivía para contarlo, claro.
Michael arrastró a Darryl hacia la puerta y
le preguntó con un hilo de voz:
-¿Qué le pasa? ¿Podemos hacer algo más por
ella?
-A estas alturas de la película, dudo que
podamos hacer algo más por ella -le contestó el biólogo-. La inyección va a
tardar un tiempo en hacerle efecto. Transcurrirá media hora, tal vez una hora,
antes de que la solución se extienda por su sistema circulatorio y haga su
papel. Lo sabremos mejor dentro de un rato.
Charlotte se acercó al lecho y le tomó el
pulso.
-Va un poquito acelerado, pero aguanta bien
-anunció.
Acto seguido, sacó el tensiómetro, ciñó el
brazalete en torno al brazo de Eleanor y lo infló mediante una pequeña bomba de
aire. Los números del indicador electrónico se detuvieron en 18,5 y 12. Hasta
Michael sabía que era una tensión altísima.
-Vamos a tener que bajarle esa tensión si
no lo hace por su cuenta en breve -comentó mientras ponía el estetoscopio sobre
el pecho de Eleanor y verificaba el ritmo cardiaco-. ¿Cómo te sientes?
-Mareada.
Charlotte asintió y frunció los labios.
-Tú sólo intenta relajarte -le contestó
mientras retiraba el tensiómetro, y agregó-: Descansa.
-Sí, doctora Barnes -respondió ella; la voz
le falló al final.
-Llámame Charlotte, cielo, creo que ya nos
conocemos como para tutearnos. -Deslizó un pulsador debajo de la mano de la
muchacha-. Estaré en la puerta contigua. Apriétalo si me necesitas.
Charlotte retiró la bandeja de la cama y
obligó a los dos hombres a salir de la habitación. Michael miró hacia atrás por
última vez. Eleanor yacía con una compresa sobre los ojos y la larga melena
extendida; de hecho, tocaba el borde dorado del camafeo de marfil.
-Vamos, fuera, estoy segura de que va a
encontrarse bien.
Pero Michael detectó una nota de
inseguridad en su voz.
-Tal vez debería quedarme a velarla
-sugirió.
-Tienes que hacer las maletas, así que
ponte a ello.
CAPÍTULO
CINCUENTA Y TRES
26 de diciembre, 12:45 horas
A MICHAEL LE RESULTÓ fácil hacer las
maletas: se limitó a sacar las ropas del cajón de la cómoda y meterlas de
cualquier manera en el petate, donde las apretó de la forma más compacta
posible. El equipo fotográfico le llevó más tiempo. Era necesario proteger las
lentes, los filtros y las correas en sus estuches correspondientes. Había
aprendido tras varias amargas experiencias que si no los guardaba en su sitio,
no los tendría a mano cuando se presentara la oportunidad de hacer la foto
perfecta. Escribir es algo deliberado, pero la fotografía tenía mucho más que
ver con la casualidad.
Únicamente dejó fuera un trípode y su fiel
y vieja cámara Canon S80. No quería abandonar la base sin hacerle las últimas
fotos a Ollie, al que pensaba darle cualquier cosa que pudiera coger del bufé
de la festividad. Y para llevar la contraria, el tiempo estaba perfectamente en
calma, soleado y brillante. Michael sabía que esa calma antecedía a la tormenta
en ciernes de la tarde siguiente.
Mientras limpiaba la parte superior de la
cajonera, recogió el collar de dientes de morsa y se lo puso. No planeaba
quitárselo hasta que pudiera dárselo a la viuda de Erik en persona.
En Miami.
Adonde él llegaría, con mucha suerte, en un
par de días.
Se descubrió a sí mismo, inmóvil, al lado
de la litera, contemplando simplemente la enormidad de las tareas pendientes.
Había que ver todo lo que era necesario poner en movimiento: inocular la droga
a Sinclair, y luego convencer a ambos de que la única manera de sacarlos de la
Antártida era sellados en bolsas y transportados por avión -¡en una máquina
voladora!- a lo largo de miles de kilómetros en cuestión de horas. ¿Y adónde? A
un país donde ninguno de los dos jamás había puesto el pie, en un siglo que
apenas conocían.
Había tantas partes del plan que
encontraría imposibles de creer que ni siquiera sabía por dónde empezar. ¿Y
cuántas partes había también que él encontraba difíciles de asumir? ¿Es que
realmente iba a hacer de carabina de ellos dos en el mundo moderno? Si lo
pensaba, le caía encima una especie de parálisis mental. ‹Un viaje de mil
kilómetros comienza con un primer paso›, se recordó a sí mismo. Al verse
abocado a batallar con tantos imponderables, resolvió preocuparse por las cosas
pequeñas una por una.
Cuando se abrió la puerta y entro Hirsch,
estaba metiendo el estuche de la cámara dentro del petate hinchado.
-¿Se sabe algo de Eleanor? -preguntó
Darryl, desplomándose sobre la silla del escritorio.
-Nada desde que nos marchamos.
Darryl se estaba comiendo un gigantesco
pastel de nata.
-Deberías pasarte por la sala común, han
quedado montones de pasteles de Navidad y el ponche aún está caliente.
-Ah, sí, quizá lo haga, antes de que nos
dirijamos hacia la despensa de carne.
Darryl asintió, chupándose la crema de las
puntas de los dedos.
-¿Le has contado a Eleanor el resto de tu
plan?
El interpelado negó con la cabeza.
-Todavía estoy buscando una manera
apropiada de mencionar la bolsa donde los vamos a meter.
-Pues si eso te parece complicado, a ver
cómo les vas a contar lo del avión.
-Ahí te voy a estar esperando.
-Charlotte tiene un estupendo almacén de
tranquilizantes en su armario de medicinas. Estoy seguro de que se las apañará
para endilgarles una buena dosis.
Michael estaba del todo de acuerdo con eso.
Su única esperanza era que la beligerancia de Sinclair se evaporara cuando
comprendiera que era el único modo de que él y Eleanor pudieran ser rescatados
de la difícil situación inmediata en la que se hallaban.
¿Y confiaría él en Michael lo suficiente
para seguir adelante?
Darryl se quitó las botas de dos patadas,
se levantó y se arrastró dentro de la cama inferior de su litera.
-Comer me da sueño -comentó, estirando las
piernas-. Anda, despiértame cuando quieras que vayamos a ver al Príncipe Azul.
-Lo haré.
Darryl estiró las piernas.
-A propósito -añadió-, ya sabes que lo que
estás haciendo es una locura, ¿no?
Michael asintió mientras tiraba de la
cremallera para cerrar el petate.
-Me alegra oírlo. Porque si no fuera así,
empezaría a preocuparme por ti.
Eleanor se despertó sobresaltada con la
imagen del rostro lleno de reproche de la señorita Nightingale justo delante de
ella. Nunca había conseguido superar la sensación de culpa por haber
traicionado a aquella gran dama, y a la profesión también, al fugarse con
Sinclair y a menudo soñaba con poder enmendar aquello.
Sentía los miembros fríos e insensibles,
incluso debajo de la manta y se frotó vigorosamente los brazos para conseguir
que circulara la sangre. Se incorporó y se concedió unos minutos para
orientarse; después, apartó la manta y se sentó en el borde de la cama. Estuvo
a punto de ponerse en pie, pero se lo pensó mejor, ya que el sonido podía hacer
que la doctora Barnes apareciera corriendo desde la otra habitación y ella no
quería compañía, y mucho menos atención médica.
¿Es que ya se había curado? Porque si era
así, ¿se sentiría como en ese momento, ligeramente aturdida y algo helada, para
el resto de su vida? ¿Era ése el precio a pagar?
Se envolvió la manta en torno a los hombros
como si fuese in chal y se dirigió hacia la ventana para apartar las cortinas
oscuras. En el exterior reinaba una tranquilidad sobrenatural y se le ocurrió
que parecía la calma previa a la tormenta. La nieve del suelo relucía bajo los
agudos y fríos rayos del sol. Tuvo que dar un paso hacia atrás y protegerse los
ojos de aquel fulgor.
Y entonces hubo algo que cruzó por delante
de su campo de visión, una especie de relámpago rojo, y volvió a avanzar para
acercarse a la ventana de nuevo.
Apareció otra vez, cruzando
subrepticiamente y con rapidez la explanada nevada, probando por un sitio u
otro. Eleanor acercó más el rostro a la ventana para verle bien y la figura se
detuvo, alzó una mano para protegerse los ojos y le devolvió la mirada.
Era Sinclair, y el abrigo rojo con la cruz
blanca se inflaba sobre su uniforme de caballería.
Antes de que ella pudiera levantar una mano
para hacerle una señal, él echó a correr por la nieve, tropezando y cayendo
varias veces, hasta que escuchó cómo se abría de golpe la puerta del edificio
en el vestíbulo. La mujer se apresuró hacia la entrada de la enfermería de
puntillas y cuando se encontraron, ella le puso un dedo sobre los labios y le
hizo gestos para que la siguiera al interior.
Una vez dentro, cerró la puerta de acceso
al vestíbulo y apenas se había dado la vuelta cuando él la estrechó entre sus
brazos.
-¡Sabía que te encontraría! -le susurró.
Registró rápidamente la habitación con la mirada, deteniéndose en los armarios
llenos de medicamentos y preguntó:
-¿Éste es el hospital de campaña?
-Sí -respondió ella.
-¿Y aquí es donde te tienen? ¿Te encuentras
bien?
-Sí, sí -repuso Eleanor, intentando
desembarazarse con amabilidad de su abrazo demasiado estrecho-. Pero, ¿cómo has
llegado hasta aquí?
Él se desentendió de la pregunta como si
tal cosa.
-Debemos irnos -la informó.
-¿Adónde, Sinclair? ¿Dónde vamos a ir? -Le
sujetó las manos y clavó los ojos en los suyos, inyectados en sangre y medio
enloquecidos-. Esta gente puede ayudarnos -le dijo, en tono implorante-. Ya lo
han hecho conmigo, y también pueden ayudarte a ti.
-¿Ayudarte? ¿Cómo?
-Tienen una medicina -replicó ella-, una
medicina que puede ayudarnos a... cambiar.
Su respiración era acelerada e irregular.
Eleanor sabía que estaba soportando la tensión de aquella terrible sed.
Recorrió con vehemencia la habitación con los ojos y después los posó en el
frigorífico, donde había encontrado la bolsa de sangre. Seguramente allí
estaría la otra bolsa, la que contenía la medicina mezclada.
-Espera -le dijo ella, dirigiéndose hacia
el frigorífico y lo abrió. Había una bolsa idéntica a aquella que Charlotte
había usado para llenar la jeringa, quizá podría ser hasta la misma, sobre el
estante metálico. Llevaba una etiqueta en la que se leía AFGP-5. Rezó para que
fuese la correcta.
-Vámonos -insistió Sinclair-. Sea lo que
sea, no tenemos tiempo.
Pero Eleanor le ignoró. Si podía salvarle,
lo haría, y había visto cómo procedían con la aguja las veces necesarias para
sentirse segura de poder hacerlo ella misma.
-Quítate el abrigo... ¡rápido!
-¿Qué estás diciendo? ¿Has perdido la
cabeza?
-Haz lo que te digo. No voy a dar un paso a
menos que lo hagas.
Él se arrancó el abrigo exasperado.
Eleanor sacó la bolsa y encontró una aguja
nueva en el armario.
-¡Súbete la manga! -le ordenó, mientras
llenaba la jeringa.
-Eleanor, por favor, no hay esperanza ni
ayuda para nosotros. Somos lo que somos.
-Calla ya -susurró la mujer-. La doctora
podría oírte.
Limpió la piel con el alcohol, y le dio
unos golpecitos para descubrir dónde se encontraba la vena, y luego presionó el
émbolo de la jeringa como había visto hacer a Charlotte para extraer el aire.
-Quédate muy quieto -le explicó ella,
insertando la aguja y después presionando el émbolo. Podía adivinar lo que
debería de estar sintiendo, el helor extendiéndose por su corriente sanguínea y
la liega desorientación. Cuando retiró la aguja, él pareció indemne al
principio, lo cual la asustó. ¿Había usado la medicina equivocada o se la había
administrado incorrectamente?
-No sé qué clase de brujería ha sido la que
has puesto en práctica, pero, ¿podemos irnos ya? -insistió él, bajándose la
manga y poniéndose de nuevo el abrigo por encima de la chaqueta de su uniforme.
Le colgaban unas tiras de trenza dorada como borlas-. ¿Dónde está tu abrigo?
Se apresuró a entrar en la habitación
contigua, donde encontró el abrigo y los guantes de la joven, y después regresó
y comenzó a envolverla en ellos.
-Tengo un plan -le informó-: vamos a botar
un barco de los de la factoría ballenera. Si nos rescatan en el mar...
Entonces se estremeció, desde la coronilla
hasta las suelas de las botas, unas botas diferentes, por cierto, y trastabilló
hacia atrás hasta el borde de la cama.
Era la medicina correcta. Eleanor suspiró
aliviada. Ahora él estaría incapacitado el tiempo suficiente para que ella
pudiera explicárselo todo. Se arrodilló a un lado de la cama y los faldones de
su largo abrigo se extendieron por el suelo mientras ella estrechaba las manos
de Sinclair entre las suyas.
-Sinclair, debes escucharme. Tienes que
comprenderlo.
Él la miró con los ojos desorbitados.
-Pasa un poco de tiempo hasta que la
medicina hace efecto del todo, pero cuando lo haga, no volverás a sentir la
necesidad que sientes ahora. -Incluso en los peores momentos, durmiendo en
sótanos o acicateando los caballos por pasos de montaña bajo un diluvio,
siempre se habían referido a su enfermedad en los términos más indirectos-. Sin
embargo, la doctora me ha dicho...
Él intentó intervenir y se aclaró la
garganta.
-La doctora... -Pero ya no pudo continuar.
-La doctora y los otros también me han
dicho que no debemos tocar el hielo. ¿Me entiendes? ¡No debemos tocar el hielo!
Si lo hacemos, moriremos.
Él se la quedó mirando como si se hubiera
vuelto loca de repente. Luego se echó a reír, con amargura.
-Te endilgan un cuento de hadas y te lo
crees.
-Oh, Sinclair, claro que sí. Claro que me
lo creo.
-Pero aquí no hay más que hielo. ¿Es que
había alguna forma mejor de conseguir que fueras una prisionera voluntaria?
Eleanor inclinó la cabeza, desesperada.
-No somos sus prisioneros y ellos no son
nuestros captores. Esto no es la guerra.
Cuando alzó la mirada, vio que para
Sinclair sí que lo era, y que siempre sería la guerra. Incluso aunque la
necesidad física se aplacara, la enfermedad había hundido sus raíces tan
profundamente dentro de su alma que no habría forma de extraerla de ningún
modo, nunca. Incluso entonces, con el sudor perlándole la frente y la piel
húmeda al tacto, se irguió tambaleante y obedientemente, como si hubiera sonado
una corneta, se puso el abrigo y los guantes. Ella esperó, rezando para que la
medicina le hiciera efecto del todo, pero él parecía estar usando toda su
fuerza de voluntad para combatir sus repercusiones.
-¡Sinclair!, ¿has escuchado una sola
palabra de lo que te he dicho? No podemos salir de aquí sin protección.
-Entonces, por el amor de Dios, ¡abróchate
ya! -replicó él, agarrando la manga de su abrigo. Eleanor apenas tuvo tiempo de
coger el broche de la mesilla de noche antes de que él la arrastrara hacia la
salida de la sala de enfermos-. Hace un día estupendo ahí fuera.
Avanzó pesadamente por el pasillo y abrió
la puerta de un golpe hacia la rampa exterior. La luz del sol relumbró sobre la
nieve y el hielo, y Eleanor sacó las gafas del bolsillo del abrigo y se las
puso instintivamente.
-Los perros ya están uncidos al arnés
-comentó, satisfecho-. Es de lo primero de lo que me he asegurado.
¿Lo había hecho? ¿Cuánto tiempo llevaba
rondando el campamento?
Bajó la rampa con mucha dificultad con
Eleanor a la zaga cuando repentinamente se detuvo y exclamó:
-De todos los estúpidos y malditos
estorbos...
Eleanor se había echado la capucha sobre el
rostro y la había ajustado cuidadosamente cuando al mirar por debajo de ella
percibió a Michael de pie a unos cuantos metros, con la boca abierta, la
mandíbula casi desencajada y con un aparato de metal negro con tres patas bajo
el brazo. Parecía intentar encontrarle sentido a lo que estaba viendo.
-Si yo fuera tú -dijo Sinclair-, me daría
la vuelta ahora mismo y echaría a correr.
Los ojos del periodista se dirigieron
directamente a los de Eleanor, a la búsqueda de alguna respuesta.
El teniente apartó uno de los faldones del
abrigo mostrando el sable que colgaba de su costado, pero cuando intentó
avanzar de nuevo, Michael le bloqueó el camino con rapidez.
-¡Buen Dios, tengo prisa! -explotó
Sinclair, como si estuviera echándole una bronca a un chico de los establos
algo retrasado. Soltó el brazo de Eleanor para sacar la espada de la vaina.
-Y ahora apártate de mi camino -repuso,
blandiendo el sable bajo el resplandor del sol polar-, o te derribaré justo ahí
donde estás.
-Michael -intervino la mujer-, ¡haz lo que
te dice!
-Eleanor, ¡no debes salir fuera! ¡Tienes
que volver adentro!
El intercambio de frases irritó a Sinclair,
cuya mirada pasó de uno a otro con ojos relampagueantes, pero ardía con una
fría furia cuando la fijó en Michael.
-Quizá es que he estado ciego -comentó
mientras avanzaba hacia el periodista, apuntándole con la punta del acero.
Para el espanto de Eleanor, el reportero no
se retiró, sino que alzó el artilugio metálico -con sus tres patas, como el
caballete de un artista- y lo enarboló como si fuera un arma.
Era una locura, pensó ella, una completa
locura.
-Tú puedes marcharte -le dijo el reportero,
manteniendo su puesto-. No voy a intentar detenerte, pero Eleanor se queda.
-Así que de esto va la historia -se burló
Sinclair-. Eres más estúpido de lo que pensaba.
-Quizá tengas razón -repuso Michael, dando
un paso hacia delante-, pero así están las cosas.
El teniente hizo una pausa, como si
estuviera reflexionando, y, de repente, arremetió contra Michael, con la espada
silbando en el aire. La hoja chocó contra las patas del trípode, y le
arrancaron unas chispas azules que revolotearon en el aire. Michael retrocedió,
pero siguió luchando para frenarle.
Sinclair avanzó, acosándole con la punta de
la espada, haciéndola girar en pequeños círculos. Eleanor se dio cuenta en ese
momento de que su teniente tenía una herida en la nuca, donde alguien le había
cortado el pelo para curarle la herida.
Michael fintó con el trípode, empujando a
Sinclair con él, pero éste le respondió rechazándolo hacia un lado y continuó
avanzando hacia él.
-No tengo tiempo -comentó-, así que tendrá
que ser rápido.
Lanzó un par de tajos y al tercer golpe
arrancó el trípode de las manos del reportero, que cayó con un ruido metálico
contra el suelo duro. Michael se arrastró por el suelo buscándolo, ya que no
tenía otra arma a mano, mientras el teniente alzaba el reluciente sable por
encima de su hombro izquierdo para descargar el golpe fatal.
En ese momento se oyó un grito
escalofriante y Charlotte, envuelta en una bata de seda verde y con las trenzas
bailoteando alrededor de la cabeza, se lanzó por la rampa hacia abajo y le
empujó.
El teniente trastabilló hacia delante, a
punto de perder el sable, pero luego se giró, descargando el golpe en su nuevo
atacante. La doctora recibió el impacto en la pierna y cayó, mientras su sangre
se derramaba sobre la nieve.
Éste fue el turno de gritar de Eleanor,
pero antes de que pudiera acudir en ayuda de Charlotte, Copley la cogió de
nuevo por la manga del abrigo.
-¿Podrás soportar la separación? -le
recriminó, lleno de furia, y la arrastró hacia el barracón de los perros.
Ella lo acompañó por su propia voluntad,
aunque sólo fuera para darles a Michael y a Charlotte tiempo suficiente para
escapar.
CAPÍTULO
CINCUENTA Y CUATRO
26 de diciembre, 3:00 horas
MICHAEL SE ARRODILLÓ JUNTO a Charlotte e
intentó evaluar la magnitud de la herida.
-No tiene mala pinta -aseguró la doctora,
sentándose y haciendo un gesto de dolor-. Sólo ha afectado a la carne.
-Te ayudaré a volver a la enfermería.
-Puedo llegar por mis propios medios
-replicó ella-. ¡Ve a por Eleanor!
Pero le cedieron las rodillas cuando
intentó ponerse en pie y Wilde tuvo que pasarle un brazo por la cintura para
ayudarla a subir la rampa y entrar en la enfermería. Cuando pudo sentarla en
una silla, y mientras seguía sus instrucciones para traerle el antiséptico, los
antibióticos y las vendas, escuchó el tintineo de los arneses del trineo
pasando justo por delante.
Al asomarse por la ventana, vio a Sinclair
con su chaqueta roja y dorada de pie sobre los patines. Llevaba un pasamontañas
y unas gafas; aparentemente había aprendido pronto cómo sobrevivir al tiempo en
la Antártida. Eleanor estaba arrebujada en el compartimento de carga de
brillante color naranja, con la cabeza abatida y la capucha ajustada, cuando el
trineo pasó por allí con un fuerte ruido de siseo.
-Dime que ése era Santa Claus camino de su
casa -bromeó Charlotte, empapando u algodón en antiséptico.
-Se dirigirá hacia la vieja estación
ballenera -repuso Michael-. No hay otro sitio adonde puedan ir, especialmente
ahora que se avecina una tormenta.
-Vete rápido -le insistió Charlotte de
nuevo-, pero pídele primero un arma a Murphy. -Se encogió al aplicarse la
torunda a la pierna-. Y llévate refuerzos.
El periodista le dio un confortador
golpecito en el hombro y le dijo:
-¿No te ha dicho nadie que no se debe
empujar a un hombre con una espada en la mano?
-Está visto que nunca has trabajado en el
turno de noche de urgencias.
Michael regresó corriendo por el vestíbulo,
pero en vez de alertar a nadie más se dirigió directamente hacia el cobertizo
que hacía de garaje. Reunir una partida llevaría tiempo y un arma sólo serviría
para que terminara herido quien no debía. Además, sabía que podía alcanzarlos
usando la motonieve. La única cuestión era si podría cogerlos antes de que
Eleanor se viera fatalmente expuesta al hielo.
La primera motonieve que encontró fue una
Artic Cat de color negro y amarillo, y se montó en ella de un salto, comprobó
el indicador de combustible y arrancó el motor. El vehículo salió disparado del
cobertizo, saltando salvajemente sobre la nieve resbaladiza, tanto que Michael
estuvo a punto de salir despedido. Tuvo que frenar un poco, al menos hasta que
estuviera fuera de la base, pero cuando dobló la esquina del módulo de
administración casi se echó encima de Franklin. Éste se apartó de un salto y se
libró de ser atropellado por muy poco.
-¡Ve a la despensa de la carne! -le gritó
Michael por encima del rugido del motor-. ¡Comprueba cómo está Lawson!
Michael odiaba pensar en lo que podría
haber sucedido allí, pero estando Sinclair libre, desde luego, no podía ser
bueno.
Una vez que rebasó la explanada principal,
el reportero aferró con fuerza el manillar y aceleró la máquina, aunque con una
mano debía mantener ajustada la capucha para que no se le fuera hacia atrás.
Muy lejos, adelante, percibió el uniforme rojo del teniente y el naranja
reluciente del trineo, mientras los perros aceleraban a través del hielo y la
nieve. «Por favor», rogó, «que la piel de Eleanor esté bien cubierta».
Wilde vio que el teniente había colocado
los perros en parejas en vez de en forma de abanico con traíllas más largas, y
él sabía que hacer eso era particularmente peligroso en las condiciones
actuales. Estando los perros tan cerca unos de otros, era fácil que al cruzar
algún frágil puente de hielo, el peso de todo el trineo lo hiciera ceder,
cayendo primero los perros y luego el mismo vehículo, que se vería arrastrado
hasta las profundidades sin fondo de la grieta.
Sin embargo, a él mismo le podía pasar algo
parecido. Por eso, intentó permanecer en el trazado que marcaba el trineo,
aunque no resultaba fácil. El resplandor plateado del terreno era molesto y
penetrante, y la avalancha de hielo y nieve que arrojaban los patines
delanteros de la Artic Cat volaban hacia atrás, de modo que se adherían al
parabrisas y a los cristales de sus gafas.
Conforme se acortaba la distancia entre
ambos, el reportero comenzó a preguntarse qué iba a hacer cuando los alcanzara.
Se devanó la cabeza, preguntándose qué podría haber en el compartimento para
emergencias de la motonieve. ¿Un botiquín? ¿Algunas cuerdas de nailon? ¿Un GPS?
¿Una luz de emergencias?
Y entonces recordó cuál sería el artículo
esencial que habría con seguridad: una pistola de bengalas.
Un teniente de lanceros no conocería la
diferencia entre ésa y una pistola real.
El trineo giraba literalmente hacia la
costa, y el reportero vio cómo Sinclair volvía la cabeza, consciente ahora de
que le perseguían. El sol incidió sobre sus gafas y las charreteras doradas,
así como en los faldones escarlatas de su chaqueta, que se agitaron al viento
como la cola de una zorra. El pasamontañas negro le daba un aspecto menos
parecido a un soldado que al de un ladrón en plena huida.
El deslizador estaba dando la vuelta en ese
momento alrededor de un nunatak o pico montañoso negro como el carbón y el
peligro se hizo entonces aún mayor, especialmente si Sinclair no lo descubría.
Solían formarse bastantes grietas en torno a la base de aquellos salientes
rocosos e incrementaban en número y profundidad conforme el glaciar se
aproximaba al mar. El teniente continuaba dirigiéndose hacia la costa, sin
duda, porque le facilitaba la orientación. En la Antártida era difícil juzgar
las distancias, así como las direcciones, ya que apenas había puntos de
referencia útiles, y el paisaje mantenía el mismo aspecto a veces incluso
durante cientos de kilómetros. El sol, que en esa fecha estaba justo encima de
sus cabezas, tampoco servía de mucho. Las sombras se quedaban pegadas a los
talones de la gente como perros obedientes.
Michael estaba dividido entre el deseo de
adelantar enseguida al trineo para forzar un enfrentamiento sobre un hielo
inestable y la conveniencia de esperar hasta que hubieran alcanzado el suelo
sólido de Stromviken, mas ése era el terreno del teniente y quién sabía las
ventajas que podría extraer de él una vez que llegaran allí.
El inglés se vio obligado a disminuir la
velocidad del trineo. Wilde aguzó la vista y descubrió los bloques recortados
de un campo de seracs alzándose del terreno, como si un tenedor gigante hubiera
estado revolviendo el suelo con sus púas. Los perros buscaban un camino
alrededor del obstáculo, y Sinclair se inclinaba sobre el asidero, urgiéndoles
a continuar.
Michael limpió el hielo y la nieve de sus
gafas y agachó la cabeza detrás del parabrisas. Unas tenues nubes blancas se
extendían como muselina por todo el cielo, tapando la luz del sol y haciendo
caer la temperatura unos cuantos grados más, hasta detenerse a treinta grados
bajo cero. La motonieve se acercaba rápidamente al trineo, tanto, que podía ver
el sable del teniente golpeándole en el costado y la cabeza de Eleanor, bien
envuelta en la capucha, que sobresalía ligeramente de la cesta del deslizador.
El teniente se volvió de nuevo cuando
escuchó el rugido de la Artic Cat y gritó algo que Michael no logró escuchar,
aunque dudó que fuera una oferta de rendición. Si algo sabía con certeza de
Sinclair era que la voluntad de aquel hombre resultaba indomable.
Pero entonces, sin aviso alguno, vio cómo
la nieve comenzaba a hundirse bajo el trineo. Se oyó un aullido salvaje y
aterrorizado proveniente de los perros y Michael observó con horror cómo
desaparecía el puente de nieve y los primeros animales se perdían de vista.
Conforme se abría el abismo, las parejas de perros que les seguían se pusieron
a ladrar enloquecidos, pero cayeron igual, porque estaban unidos al mismo tiro.
El trineo, también, comenzó a mecerse como una canoa en los rápidos, con los
patines chirriando en el hielo, y al final se inclinó de lado hacia la grieta.
El reportero aceleró hasta un serac cercano
y frenó con brusquedad, patinando hasta detenerse. Cuando saltó de la motonieve
y se quitó las gafas, vio como el trineo oscilaba al borde de la grieta,
mientras Sinclair hundía los pies en el freno y mantenía el equilibrio a duras
penas. Michael sabía que la fisura se extendería en cualquier dirección a
partir de allí, incluso bajo sus propios pies, pero no tenía un bastón de esquí
con el que evaluar el estado de la nieve. Todo lo que podía hacer era acercarse
de forma indirecta y esperar que todo saliera bien. Abrió el compartimento de
carga de la motonieve y cogió la cuerda y el equipo, pero antes de que pudiera
avanzar unos metros, la parte trasera del trineo se alzó en el aire como la
popa de un barco al hundirse, con el teniente aún aferrado a los manillares, y
después de un segundo o dos de vacilación, se deslizó fuera de su vista.
-¡Eleanor! -gritó el reportero,
desentendiéndose de todo tipo de precauciones e intentó acercarse, tropezando a
través de la nieve y el hielo, escurriéndose y deslizándose la mayor parte del
camino. Cuando se acercó al borde de la grieta, se puso a cuatro patas y se
arrastró hasta el borde, aterrizando ante lo que podría encontrarse.
La grieta era un agujero de hielo de un
intenso color azul, pero el deslizador había caído apenas a unos tres metros o
tres metros y medio, antes de atascarse entre las estrechas paredes. Los perros
colgaban por debajo, como adornos terribles. Los que aún quedaban vivos se
retorcían en sus collares y arneses, y su peso y los movimientos amenazaban con
hacer caer también al trineo.
-¡Corte las correas, Copley! -gritó
Michael-. ¡Y las traíllas!
El teniente tenía un aspecto inseguro desde
el punto donde colgaba en la parte trasera del trineo, pero aun así desenfundó
la espada y comenzó a cortar las cuerdas enredadas que se encontraban más allá
de su alcance.
Eleanor seguía acurrucada en la cestilla,
con el rostro totalmente cubierto por la capucha.
Al principio sólo fue uno, luego varios,
pero casi todos los cuerpos de los perros cayeron chocando contra las paredes
de hielo y al final aterrizaron con golpes húmedos en el fondo invisible de la
grieta. Un eco de aullidos agonizantes subió desde las profundidades del cañón
azul, pero también terminaron por apagarse.
El reportero se ató la cuerda de forma
apresurada bajo los brazos, hizo una lazada y la deslizó hacia el abismo.
-Eleanor -dijo, tumbado boca abajo y con
sólo la cabeza y los hombros estirados hacia la grieta-, quiero que te pases
esta cuerda por debajo de los hombros y después la ates a tu alrededor.
El lazo colgó como un dogal sobre su
cabeza, pero fue capaz de asomarse por la capucha, alzar las manos enguantadas
y cogerla.
-Una vez que lo hayas hecho -le instruyó
Wilde-, quiero que salgas de la cestilla con tanto cuidado como puedas.
Sinclair cortó otra de las cuerdas y otros
dos perros colgados se precipitaron hacia las profundidades de color púrpura.
Aun así la parte delantera del trineo, inclinada en un ángulo ligeramente más
bajo que la parte trasera, se deslizó medio metro o un metro más.
-La he atado -anunció Eleanor, con la voz
amortiguada por la capucha.
-Bien. Ahora, aguanta.
No había nada que le sirviera para
anclarse, una roca, la motonieve, algo a lo que pudiera atar en torno la
cuerda; lo único que tenía era su cuerpo. Se sentó algo más atrás, hincó los
talones de las botas en la nieve y después tiró, a pesar de las quejas de su
hombro herido.
-Usa los pies, si puedes, para agarrarte a
la pared y ayudarte a subir.
Ella se liberó de la cestilla y su cuerpo
quedó instantáneamente colgando del borde de la grieta. La escuchó gemir y
después vio cómo clavaba las puntas de sus botas negras en la pared helada. Él
volvió a recoger más cuerda alrededor de su brazo y tiró más fuerte. Sentía la
tensión del tendón mientras en su mente martilleaba un único pensamiento:
«Ahora, no, no te rompas ahora».
Eleanor había subido ya un metro o tal vez
algo más, pero las suelas resbalaron sobre la pared helada, perdió pie y se
quedó colgada en el aire.
-¡Michael! -gritó, colgando sobre el trineo
y el abismo que se abría a sus pies.
Wilde hundió los talones más profundamente,
pero no conseguía hacer suficiente tracción; él mismo se iba deslizando hacia
la fisura, con los brazos temblando de forma incontrolable. Justo cuando pensó
que no iba a poder sostenerla ni un segundo más, vio cómo Sinclair se estiraba
por encima de los manillares y con las manos enfundadas en gruesos guantes, las
puso bajo las botas de ella y la impulsó hacia arriba. Aunque el rostro del
teniente estaba oscurecido por el pasamontañas negro y las gafas, Michael podía
imaginarse perfectamente su miedo y su angustia. Pero Eleanor se elevó lo
suficiente para que Michael pudiera agarrar la cuerda que la rodeaba y
arrastrarla fuera de la grieta.
La joven se agachó sobre la nieve,
intentando recuperar el aliento, y bajo la capucha estrechamente ajustada sólo
se veían sus ojos verdes, dilatados por el terror.
-¡Ponte en pie! -le dijo el reportero-. ¡El
hielo! -Tenía nieve en el abrigo y sobre los mitones, y también en las botas.
Con el dorso de la mano, él le quitó toda cuanto pudo, y después la puso
rápidamente en pie.
-La cuerda -le instó-. Necesito la cuerda.
Pero estaba tan apretada a su alrededor que
no podía soltarla. Michael volvió a asomarse por el borde y vio que el trineo
se había deslizado un poco más y estaba inclinado en un ángulo aún más
precario. Por ello, extendió su brazo bueno tan lejos como pudo.
-Póngase en pie en la parte superior del
trineo -le dijo al teniente- y trate de agarrarse a mi mano.
Sinclair apenas podía moverse sin que el
trineo volviera a deslizarse de nuevo, con los patines resbalando por el hielo.
Se quitó las gafas y el pasamontañas y después de soltarse cuidadosamente el
cinturón de la espada, lo apartó y lo dejó caer.
-¡Rápido! -insistió Michael-. ¡Antes de que
se caiga más!
El teniente se soltó con cautela del patín
trasero hasta llegar a la carcasa naranja del trineo. Con los brazos extendidos
como los de un acróbata, se fue acercando centímetro a centímetro, con las
botas arañando la resbaladiza superficie de la cestilla. Al final se incorporó
y unió su mano enguantada a la de Michael. Sus ojos se encontraron.
-¡Vamos! -le urgió el reportero, pero el
peso de Sinclair en la parte delantera del trineo era excesiva y con un crujido
escalofriante comenzó a caerse.
-¡No se suelte! -le suplicó el reportero,
aunque él mismo se estaba viendo arrastrado hacia el borde. El aliento le
atravesaba la garganta en carne viva, como si fuera un soplete, y la nieve y el
hielo que tenía bajo el brazo comenzaron a desprenderse.
Un fino polvo blanco revoloteó hacia la
grieta.
-¡Le tengo! -le insistió Michael, pero
mientras miraba el rostro del joven teniente cayeron sobre su mostacho y sus
mejillas unas cuantas esquirlas de hielo y una expresión confusa invadió su
rostro.
Copley intentó hablar, pero los labios se
le recubrieron de una fina escarcha, robándoles todo el color. La lengua se le
quedó rígida como un palo de madera y un brillo cristalino se extendió por sus
mandíbulas, corriéndole por el cuello hacia abajo con tanta rapidez y dureza
que el cuerpo se le puso rígido y los dedos perdieron fuerza.
El trineo hizo un ruido chirriante y se
deslizó un metro más.
-¡Sinclair! -gritó Wilde, pero la única
cosa que aún quedaba viva en él eran sus ojos y al momento también ellos se
volvieron vidriosos afectados por la extensión del hielo.
El cuerpo del teniente inglés quedó allí
colgado sólo un instante más antes de que el trineo se liberara repentinamente
y se hundiera, con la parte delantera hacia delante, en dirección hacia el
fondo de la grieta azul. Se oyeron grandes chasquidos y claqueteos y,
finalmente, un gran golpe demoledor, como si una lámpara de cristal explotara
en mil piezas tintineantes. Los ecos se multiplicaron por las paredes
irregulares, pero el abismo era demasiado profundo para que Michael pudiera ver
ningún signo del teniente, o del desastre.
Cuando finalizó la última reverberación,
Michael le llamó varias veces. Pero no se oía otro sonido que el susurro del
viento deslizándose por el cañón helado.
Alzó el brazo, insensible y dolorido, fuera
del agujero y se dejó caer de espaldas. Sentía los pulmones como si le
ardieran. Eleanor estaba allí donde la había dejado, de espaldas al viento y
con los brazos apretados a su alrededor. Tenía la cabeza abatida, y la capucha
firmemente ajustada al rostro, sin que se viera nada de piel expuesta a los
elementos.
-¿Se ha ido? -preguntó con una voz apenas
audible desde debajo de la capucha.
-Sí -repuso él-. Se ha ido.
La capucha hizo un asentimiento.
-Y no debería llorar siquiera...
Michael se puso en pie.
-... porque mis lágrimas se convertirían en
hielo -finalizó.
Él acudió a su lado y le pasó un brazo por
la cintura. Parecía repentinamente tan débil que pensó que se caería en la
nieve, o que incluso se tiraría por su propia voluntad.
Mientras él la guiaba lentamente alrededor
del borde de la grieta, ahora y para siempre una tumba desconocida, ella se
detuvo y dijo algo tan bajo que no la entendió. Él no le preguntó qué había
dicho, y no le pareció oportuno insistir en ello y tampoco vio lo que ella
presionó contra sus labios antes de dejarlo caer al abismo azul, pero mientras
caía revoloteando, en un relumbrar de oro y marfil, él comprendió qué era.
Con el sol polar sin vida pendiente sobre
sus cabezas, retomaron su camino a través del campo de formas irregulares de
los destrozados seracs.
CAPÍTULO
CINCUENTA Y CINCO
29 de diciembre, 2:45 horas
MICHAEL APURÓ EL ÚLTIMO trago de whisky y
miró por la ventana cuando se apagaron las luces de la cabina y el piloto
anunció que se prepararan para el aterrizaje.
Incluso a esa hora, Miami parecía arder
bajo una red de largos y relampagueantes rayos de luz que sólo se detenían ante
las playas negras del océano.
La azafata recogió la taza de plástico y la
botella vacía. El chico que había estado durmiendo en el asiento del otro lado
del pasillo se despertó y apartó el portátil en el que no había trabajado
durante horas. Le había dicho a Michael que era un «especialista en recursos»,
fuera lo que fuere, de alguna compañía americana que montaba una red de
telecomunicaciones en Chile.
Wilde no había dormido ni una siesta
durante días. Incluso en ese momento, no podía dejar de pensar en lo que yacía
en la zona de carga del avión.
El chico del pasillo comentó:
-¿Cuánto nos hemos retrasado? ¿Sólo cuatro
horas?
Michael asintió. Cada hora extra, cada
retraso, eran cruciales para él. Al menos, el paso de las aduanas en mitad de
la noche fue más rápido de lo habitual, hasta que Michael mencionó que viajaba
con restos humanos y necesitaba saber dónde debía acudir para reclamarlos.
-Le acompaño en el sentimiento, señor -le
dijo el agente de aduanas-. Haga una parada cuando salga y comuníqueselo al
agente de transportes internacionales. Ellos podrán ayudarle.
En la oficina de transportes, un chaval con
un uniforme azul que no parecía tener edad de estar levantado tan tarde,
lentamente repasó los informes de la NSF que le había proporcionado Murphy y
los documentos médicos redactados por Charlotte, mientras Michael luchaba por
no mostrar su impaciencia. Sabía que debía mantener la sangre fría y no hacer
nada que atrajera una atención innecesaria. El chaval llamó a un empleado de
categoría superior; la etiqueta plastificada que colgaba del grueso cuello del
tipo lo identificaba como Kurt Curtis. Una vez verificó los papeles él mismo y
volvió a comprobar el documento de identidad y el pasaporte del reportero,
comentó:
-Le acompaño en el sentimiento, señor.
Wilde se preguntó cuantas veces más tendría
que volver a escuchar eso. Curtis levantó el teléfono, pulsó el botón y después
masculló unas cuantas palabras dándole la espalda al reportero. Gruñó «vale»
tres veces, y después se volvió a decirle:
-Si me sigue, le llevaré a la terminal de
transportes internacionales. -Señalando el petate de Michael, añadió-: No
olvide llevarse eso.
En el exterior, la noche de Miami le
envolvió como una toalla caliente y mojada. «Acostúmbrate», se dijo para sus
adentros. Eleanor jamás podría vivir en Tacoma, donde la nieve y el aguanieve
eran habituales. Curtis se situó en el asiento del conductor del cochecito,
mientras Michael colocaba el petate en la parte trasera y se sentaba a su lado.
Debía de haber llovido en las últimas dos horas, porque el asfalto estaba
mojado y había charcos por aquí y por allá de varios centímetros de
profundidad. Un jet rodaba en esos momentos por la pista de aterrizaje
arrojando un tornado de aire viciado mucho más caliente aún, y el rugido del
motor era ensordecedor. Curtis no pareció darse cuenta, pero aceleró el coche
pasando por una serie de terminales hacia un enorme hangar abierto donde había
aparcada una furgoneta con el letrero «Juzgado de instrucción del condado
Miami/ Dade». Una mujer pequeña con pantalones negros y una blusa blanca estaba
apoyada contra la puerta, fumando un cigarrillo. Alzó la mirada cuando Michael
cogió su petate y salió del cochecito. Curtis dio un volantazo y se marchó.
-¿Es usted Michael Wilde? -preguntó ella,
dejando caer la colilla sobre el hormigón-. Soy María Ramírez, la mujer de Erik
Danzing.
El reportero le tendió la mano y, afectado,
le dijo que sentía su pérdida.
Ella se le quedó mirando atentamente con
aquellos ojos oscuros y comentó:
-Un largo viaje, ¿eh?
Él sospechaba que tendría muy mal aspecto y
ella se lo había confirmado.
-Sí, así es.
No podía evitar mirar alrededor, ¿dónde
estaba la bolsa con el cuerpo? ¿Lo habían despachado ya o estaba aún en
tránsito en algún otro lugar?
-Si está buscando la bolsa, ya está en la
furgoneta.
-¿Sí? -casi se le salió el corazón del
pecho, y su reacción no escapó al escrutinio de la mujer.
-Bueno -dijo ella, aplastando el cigarrillo
aún humeante bajo el zapato-, antes de que llame a la policía, al FBI, al INS o
a quien sea, ¿no querría usted contarme algo antes?
Se había estado preparando para ese momento
durante días, preguntándose cómo le iba a contar la historia, pero ahora que ya
la tenía delante, lo único que quería hacer era abrir las puertas de la
furgoneta y rescatar a Eleanor.
-Lo primero de todo -dijo ella-, no sé
quién viene en esa bolsa; aunque no la he abierto, sé que no es Erik. Él mide
por lo menos treinta centímetros más y pesa cuarenta y cinco kilos más que
quien sea que esté ahí.
-Lleva razón -le aclaró él-. No es Erik.
María pareció sorprendida por aquella
capitulación tan inmediata.
-Entonces, ¿dónde está él?
Michael abatió la cabeza y dijo:
-Va a tener que conformarse con lo que yo
le diga, porque lo que le voy a contar está estrictamente prohibido por la NSF.
-Y entonces comenzó a relatar la historia, recordándole a María que ella había
dicho que Danzing, Erik, nunca había sido más feliz que cuando estaba en el
Polo y que le gustaría que lo enterraran allí. Michael le confesó que así había
sido-. Pero como eso habría sido una barbaridad, pensamos que era mejor no
decirle a usted nada hasta que yo pudiera comunicárselo personalmente, en privado.
-En ese momento, rebuscó bajo el cuello de la camisa y se sacó el collar de
dientes de morsa por la cabeza. Cuando María lo vio, los ojos se le llenaron de
lágrimas-. Sé que a él le habría gustado que usted lo tuviera -concluyó él-.
Siempre lo llevaba puesto.
La mujer apretó el collar en la mano, dio
media vuelta y se alejó varios metros con la cabeza gacha; lloraba, a juzgar
por el estremecimiento de los hombros.
Michael esperó, sintiendo cómo se le pegaba
la camisa a la piel y el pelo se le adhería a la nuca. Era todo lo que podía
hacer para no irrumpir dentro de la furgoneta porque había gente por allí
cerca, mecánicos y un par de repartidores de equipaje, y sabía que tenía que
contenerse sólo un poco más.
María se recobró y sacó un sujetapapeles de
la furgoneta. El collar colgaba de su cuello cuando se volvió.
-Vale, entonces, gracias. Erik tuvo lo que
quería. Le debo una. -Entregándole los papeles, le dijo-: Firme en todos los
lugares donde he puesto una cruz -Había al menos una docena y cuando terminó,
arrancó un par de papeles copia y se los dio-. Ahora es oficial. Erik ha
regresado.
-Gracias.
-Pero todavía no me ha dicho quién viene en
la bolsa.
El reportero comprendió que ésa iba a ser
realmente la parte más difícil del cuento. ¿Quién le iba a creer?
-Una amiga mía -dijo-. Se llama Eleanor.
-Querrá decir que se llamaba Eleanor.
-No; está viva.
María se detuvo y lo miró evaluándolo, como
si intentara decidir si debería reconsiderar creerse lo que le había contado.
-No es posible que esté en esa bolsa, no.
No puede haber hecho todo el viaje desde el Polo Sur en la zona de carga.
-Así es -repuso el reportero, cogiendo a
María de la mano y casi arrastrándola hacia la parte trasera de la furgoneta-.
Por favor, déjeme entrar para sacarla de ahí.
Uno de los mozos de equipaje se le quedó
mirando con curiosidad.
-Madre de Dios -exclamó María-, ¿está usted
loco? Pero ¿qué demonios les pasa allí a ustedes?
Sin embargo, ella no le detuvo cuando él
abrió las puertas traseras, se metió dentro y las cerró de nuevo.
Habían puesto la bolsa en una estantería
metálica, sujeta por dos tiras de lona. Michael las desató con rapidez,
susurrando todo el tiempo: «Estoy aquí, estoy aquí»; pero no salió ningún
sonido de la bolsa.
Aferró la cabezuela de la cremallera en la
parte superior, aquella que él había estropeado a propósito para que no pudiera
cerrarse del todo, la abrió de un tirón y separó los bordes a uno y otro lado.
La mujer estaba tan inmóvil como si
estuviera muerta, con los brazos a ambos costados.
-Eleanor -la llamó, tocándole el rostro con
las yemas de los dedos-. Eleanor, por favor, despierta.
Él acercó la cabeza lo suficiente para
sentir su aliento en la mejilla. Era frío, no cálido, y también tenía la piel
helada.
-Eleanor -insistió, y esta vez le pareció
que había visto cómo se le estremecían los párpados-. Eleanor, despierta. Soy
yo, Michael.
Su rostro adquirió una expresión
disgustada, como si le molestase que la despertaran.
-Por favor... -habló él de nuevo, poniendo
una mano sobre las de ella-. Por favor. -Incapaz de resistir un minuto más, se
inclinó para besarla. Pero entonces, recordando la advertencia de Darryl, puso
los labios sobre sus párpados, primero uno y luego el otro. No era así como
habría deseado despertar a su Bella Durmiente... pero era suficiente.
Ella abrió los ojos y fijó la vista en el
techo de la furgoneta, y después se giró para mirarle a él. Durante un segundo,
temió que no le reconociera.
-Tenía tanto miedo -dijo ella-, tanto miedo
de que al abrir los ojos me encontrara de vuelta en el hielo...
-Nunca más -sentenció él.
Ella levantó la mano de él y se la llevó a
la mejilla.
María Ramírez le hizo jurar por lo más
sagrado que nunca le contaría a nadie cómo había entrado esa mujer de forma
ilegal en Estados Unidos, y Michael le hizo jurar a su vez que ella jamás
divulgaría el verdadero destino de los restos de su marido. Entonces,
conduciendo a través de la noche bochornosa, ella les dejó en un pequeño hotel
que conocía en Collins Avenue, a un bloque de la South Beach.
-Cuando necesitamos un experto forense de
fuera de la ciudad -explicó ella-, le traemos aquí. Y hasta ahora nadie se ha
quejado.
Michael subió a Eleanor a la habitación,
apagó todas las luces y comenzó a llenarle la bañera. En el momento en que se
cerró la puerta, creyó oír un sollozo sofocado desde el otro lado. Estaba
dividido entre tocar e intentar consolarla o simplemente dejar que las
emociones siguieran su curso. ¿Cómo podría nadie soportar lo que ella había
soportado, tanto en los días como en los siglos que le habían precedido, sin
venirse abajo en ningún momento? ¿Y qué le podía decir él que le fuera de la
más mínima ayuda?
En vez de ello, bajó las escaleras y
convenció a la anciana de recepción para que le abriera la boutique y así le
compró ropa veraniega, la más recatada que logró encontrar, un vestido amarillo
de gasa de manga corta y unas sandalias. La mujer, que había mirado a Eleanor
como si viniera de una fiesta de Halloween, comprendió e incluso añadió un par
de artículos más a la pila.
-No va a poder ponerse los bombachos debajo
de un vestido como éste -le comentó, lacónicamente.
Cuando regresó a la habitación, dio unos
golpecitos a la puerta del baño, la abrió unos centímetros e introdujo la bolsa
de la ropa limpia. Una nube de vapor brotó del interior.
-He pensado que deberías vestirte de forma
apropiada para el clima de aquí -le dijo, antes de cerrar la puerta de nuevo-.
Si tienes hambre, puedo salir y traer algo de comida.
-No -contestó una voz que sonó casi
sepulcral-. Ahora no.
Se dirigió hacia la ventana y abrió las
cortinas con adornos florales. Se veían todavía unas cuantas luces en los
edificios cercanos. Pasó un camión de la limpieza. ¿Cómo iba a poder contarle
todo lo que necesitaba saber? No era sólo al hielo a lo que tenía que temer...
sino también al contacto humano. Al contacto humano muy íntimo.
¿Cómo iba a contarle que aunque su sed ya
no existiera, la enfermedad sí? ¿Que podía ser una amenaza para cualquiera a
quien deseara abrazar?
Y ya que estábamos, ¿podría decirse eso a
sí mismo?
Cuando el zumbido del coche de la limpieza
se alejó en la distancia, regresó a la puerta del baño y se pasó allí la
siguiente media hora intentando aliviar su sensibilidad herida. Eleanor estaba
tan disgustada por lo corto y lo liviano de su vestido que no salió de allí
hasta que él no le juró repetidas veces que ahora esa era la última moda y que
todo el mundo iba vestido de la misma manera.
-La mayor parte del tiempo, incluso llevan
menos ropa -afirmó, preguntándose qué pensaría de la primera patinadora en
biquini que se encontrara. Cuando finalmente consintió, salió del cuarto de
baño furiosamente ruborizada y le dejó sin aliento.
Incluso a esa hora tan temprana, Ocean
Drive estaba colapsado por el tráfico y Eleanor se asustó de los autobuses que
pasaban como si fueran dragones escupiendo fuego. Se le colgó del brazo como si
fuera un salvavidas, ante los coches, el clamor y las luces del tráfico. Pero
fuera cual fuese la calidez que hubiera absorbido en el baño, desaparecía con
toda rapidez; tenía la mano helada, como notó él.
En Point Adélie, ella le había confesado
que lo que más deseaba en el mundo era sentir el calor del sol sobre el rostro
y él estaba deseando poder mostrarle la salida del sol sobre el océano.
Acababan de pararse en un cruce de la calle, donde se les emparejó un vendedor
callejero que empujaba un carrito de helados italianos, casi el único peatón
que vieron a esa hora y que les lanzó una mirada esperanzada.
Michael reaccionó como si el hombre llevara
dinamita, a juzgar por el modo en que apartó a Eleanor del carro. El vendedor
se le quedó mirando como si se hubiera vuelto loco, pero Michael se sabía las
reglas y era consciente también de que nunca iba a poder bajar la guardia.
Siempre tendría que estar alerta, y cuando viniera el momento en que pudiera
contarle a ella el resto del secreto, igualmente tendría que mantener la
discreción ante los demás. Pero, ¿por qué molestarla, en ese extraño momento en
que ella iba a volver a experimentar la felicidad, con algo que él podía cargar
a solas?
Cuando cruzaron la calle y después las
dunas cubiertas de maleza, el cielo parecía variar del intenso color púrpura
como la tinta a un resplandor rosado. Michael la llevó hasta las altísimas
palmeras, a disfrutar de la brisa del mar, y después hacia las olas. Mientras
al sol subía por el horizonte, se sentaron en la arena blanca y simplemente
contemplaron el paisaje. Observaron cómo ascendía el sol, convirtiendo el
océano en un espejo plateado, barnizando las nubes con un matiz rubí. Los ojos
verdes de Eleanor relumbraron a la luz de la mañana y cuando un águila
pescadora barrió la superficie del agua, la siguió con la mirada. Fue entonces
cuando él descubrió su sonrisa atribulada.
-¿Qué te pasa? -inquirió.
-Estaba pensando en algo -repuso ella, con
su largo pelo castaño, aún húmedo por el baño, cayéndole sobre los hombros-, en
una cancioncilla de una revista de variedades de otra época.
-¿Qué decía? -Él percibió cómo sus dedos se
deslizaban dentro de su mano. Expuestos al sol de la mañana, habían adquirido
algo más de calor. El águila se precipitó sobre las olas.
-Y algún día iremos a la orilla del mar
-recitó ella con voz cantarina-, donde hay cocoteros tan altos como San Pablo y
la arena es tan blanca como la tiza de Dover.
Su mirada se deslizó por el brillante
horizonte, la amplia playa blanca, Michael percibió algo parecido a la alegría
bailoteando en sus ojos.
-Y así es -continuó ella, aún sosteniendo
su mano-, aquí estamos.
FIN
[1] Fundación Nacional de la Ciencia,
agencia del Gobierno norteamericano. [Todas las notas son de los traductores].
[2] Menú de menos platos y a precio
reducido que los restaurantes estadounidenses y canadienses sirven antes de la
hora habitual.
[3] Corriente de pensamiento considerada
como pseudociencia por la comunidad científica, según la cual el origen o
evolución del universo, la vida y el hombre, son el resultado de acciones
racionales emprendidas de forma deliberada por uno o más agentes inteligentes.
[4] En castellano en el original.
[5] Marca de desinfectante empleado para
eliminar olores.
[6] Cada uno a su gusto, en fracés.
[7] National Association for Stock Car Auto
Racing: Asociación Nacional de Carreras de Automóviles de Serie.
[8] Meal Ready to Eat: alimento listo para
el consumo.
[9] Legendario (y monstruoso) protagonista
de las leyendas piratas que se apoderaba de cuantos marinos caían al mar.
[10] En la jerga antártica, todo vehículo
pequeño de tracción usado en caminos poco practicables.
[11] Nightingale significa ‘ruiseñor’ en
inglés. El autor juega con el nombre del caballo y el apellido de Florence
Nightingale, escritora, estadística y pionera de la enfermería.
[12] Acrónimo de Trilaminate Extra
Tenacity.
[13] «Gobierna, Britania. Britania,
gobierna las olas. Los británicos nunca serán esclavos». Son los versos más
conocidos del himno Rule Britannia. Thomas Augustine Arne compuso la música
para un poema de James Thomson.
[14] Procedimiento de primeros auxilios
usado para desobstruir el conducto respiratorio cuando queda bloqueado por un
trozo de alimento.
[15] La música actual no tiene el mismo
sentimiento. A mí me gusta ese rock ´n´ roll de los viejos tiempos. No intentes
llevarme a una discoteca.
[16] ¿Cuánto cuesta?, en francés.
[17] Acrónimo de Special Weapons and
Tactics (armas y tácticas especiales) usado para designar a un equipo de asalto
pesado.
[18] Center for Disease Control and
Prevention (Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades), agencia
federal norteamericana encargada de proteger la salud y la seguridad de la
población civil.
[19] Famosa marca de refrescos.
[20] Anti-Freeze Glycoprotein
(glicoproteína anticongelante).

