Libro N°. 3165. Sangre Derramada. Larsson, Asa.
© Libro N°. 3165. Sangre Derramada. Larsson, Asa. Colección
E.O. Octubre 1 de 2016.
Título original: © Sangre Derramada. Asa Larsson
Versión Original: © Sangre Derramada. Asa Larsson
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Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
SANGRE DERRAMADA
Asa Larsson
Será
rota vuestra alianza,
la
que hicisteis con la muerte,
se
arruinará vuestro pacto con el Sol.
Cuando
pase el azote desbordado,
os
convertiréis en un holladero.
Siempre
que pase, os alcanzará,
pues
mañana tras mañana pasará,
de
día y de noche pasará.
Será
suficiente el terror
para
entender lo que oís.
Isaías,
28:18-19
Porque
Yahvé sale de su morada
dispuesto
a castigar la culpa
de
todos los habitantes del país:
la
tierra descubrirá la sangre derramada
y ya
no ocultará a sus muertos.
Isaías,
26:21
VIERNES
21
DE JUNIO
Estoy
en el sofá de la cocina. Me resulta imposible dormir. Ahora que estamos en
mitad del verano las noches son claras y no hay manera de relajarse. Pronto el
reloj de pared que tengo encima dará la una. El tictac del péndulo va creciendo
en el silencio. Hace añicos cada frase, cada intento de elaborar un pensamiento
razonable. Sobre la mesa está la carta de aquella mujer.
«No
te muevas—me digo—. No te muevas y duérmete.»
Troya
me viene a la cabeza, una pointer que teníamos en mi infancia. Nunca estaba
quieta, siempre andaba dando vueltas por la cocina como un alma en pena con las
pezuñas cuqueando contra el parquet barnizado. Los primeros meses la tuvimos en
una jaula dentro de casa para obligarla a relajarse. Los «calla», «quieta» o
«túmbate» de la familia se oían constantemente en la casa.
Ahora
es lo mismo. Tengo un perro metido en el pecho que quiere salir de un salto con
cada tictac que marca el reloj. Cada vez que respiro. Pero no es Troya la que
se mueve en mi pecho. Troya sólo quería ir de un lado a otro. Acabar con su
inquietud a base de correr. La perra a la que me refiero gira la cabeza cada
vez que intento mirarla. Está llena de malas intenciones.
«Voy
a tratar de dormir un poco. Alguien debería encerrarme. Debería tener una jaula
en la cocina.»
Estoy
de pie mirando por la ventana. Es la una y cuarto. La claridad de fuera hace
pensar que es de día. Las sombras de los viejos pinos alineados al margen del
jardín se alargan hacia la casa. Pienso que son como brazos, manos que luchan
por salir de sus tumbas y se estiran para agarrarme. La carta sigue ahí, sobre
la mesa de la cocina.
Estoy
en el sótano. Son las dos y cinco. La perra que no es Troya se ha puesto en
marcha. Está corriendo por los bordes de mi conciencia. La llamo. No quiero
seguirla, no quiero meterme en ese terreno que no he pisado nunca antes. Tengo
la mente en blanco. La mano va cogiendo cosas de la pared. Diferentes objetos.
¿Para qué los quiero? La maza. La palanqueta. La cadena. El martillo.
Mis
manos lo meten todo en el maletero. Es como un puzzle. No logro ver qué
representa. Me siento en el coche a esperar. Pienso en la mujer y la carta. Es
culpa suya. Ella es quien me ha sacado de mis cabales.
Conduzco
el coche. Hay un reloj en el salpicadero. Son rayas sin ningún sentido. El
camino me aleja del tiempo. Las manos sujetan el volante con tanta fuerza que
me duelen los dedos. Si me mato ahora, tendrán que serrar el volante del coche
y enterrarme con él. Pero no me voy a matar.
Paro
el coche a cien metros del embarcadero donde ella tiene su barca. Bajo hasta el
río. Reluce brillante y en calma, a la espera. El agua chapotea levemente
contra la barca. El sol se mece en las ondulaciones provocadas por una trucha
que ha subido hasta la superficie para comerse una crisálida. Los mosquitos se
acumulan a mi alrededor. Revolotean pegados a mis orejas. Aterrizan alrededor
de mis ojos y en mi nuca, y me chupan la sangre. No me molestan. Un ruido me
hace reaccionar y darme la vuelta. Es ella. Está a tan sólo diez metros de mí.
Su
boca se abre y moldea según las palabras que dice. Pero yo no oigo nada. Tengo
los oídos taponados. Se le estrechan los ojos. Siento irritación por dentro.
Doy dos pasos de prueba hacia delante. Todavía no sé qué es lo que quiero. Me
encuentro en un lugar donde no hay cordura ni entendimiento.
Se
acaba de dar cuenta de que tengo la palanqueta en la mano. Su boca se queda
quieta. Sus ojos se agrandan de nuevo. Hay un instante de sorpresa. Después,
miedo.
Veo
que llevo la palanqueta. Mi mano rodea pálida el hierro. Y de pronto la perra
aparece otra vez. Enorme. Sus patas son como cascos. Tiene todo el lomo
erizado, desde el cuello hasta la cola. Está enseñando los dientes. Me va a
tragar de pies a cabeza. Y después va a engullir a la mujer.
He
llegado hasta ella. Observa como embrujada la palanqueta y por eso el primer
golpe le da justo encima de la sien. Me agacho a su lado y pego mi mejilla
contra su boca. Siento un aliento cálido en la piel. Aún no he terminado con
ella. El perro huye como un loco arremetiendo contra todo lo que se le cruza en
su camino. Las pezuñas hacen grandes heridas en el suelo. Me enciendo. Corro
por los confines de la demencia.
Y
ahora alargo los pasos.
La
conserje de la parroquia, Pia Svonni, está fumando en el jardín de su casa
pareada. Normalmente sujeta el cigarrillo como lo hacen las señoritas, entre el
índice y el corazón, pero ahora lo tiene pinzado con el índice, el corazón y el
pulgar. Hay una diferencia considerable. Es porque se acerca el solsticio de
verano. Una se vuelve como más salvaje. Sin ganas de dormir. Tampoco hace
falta. La noche te susurra, te embauca, te camela, y al final terminas
saliendo.
Las
ninfas de los bosques se atan los cordones de sus zapatos nuevos hechos con
corteza de abedul de la más esponjosa. Es una auténtica competición de
princesas. Se olvidan de todo, bailan y salen a los prados aunque pueda pasar
algún coche. Desgastan el calzado mientras los pequeños duendes, escondidos
entre los árboles, observan con los ojos muy abiertos.
Pia
Svonni aplasta el cigarrillo contra la base de la maceta que tiene puesta del
revés a modo de cenicero y deja caer la colilla a través del agujero. Le
apetece bajar en bicicleta hasta la iglesia de Jukkasjärvi. Mañana se va a
celebrar una boda. Ya ha limpiado y lo ha ordenado todo, pero quiere preparar
un gran ramo de flores para colocarlo en el altar. Dará una vuelta por el prado
que queda detrás del cementerio. Allí crecen calderones y francesitas, y otras
flores de verano de color púrpura entre un mar de perifollos blancos. Las
nomeolvides susurran en los bordes de las zanjas. Pia Svonni se mete el
teléfono móvil en el bolsillo y se ata las zapatillas de deporte.
El
sol de medianoche ilumina el jardín. La suave luz atraviesa la valla de madera
y las largas sombras de los listones hacen que el césped parezca una alfombra
tejida en casa con tiras de trapos de color amarillo verdoso y verde oscuro.
Una bandada de tordos arma jaleo en uno de los abedules.
El
camino hasta Jukkasjärvi es todo bajada. Pia pedalea y cambia de marchas. La
velocidad a la que va es peligrosa. Y no lleva casco. El pelo le ondea al
viento. Es como cuando tenía cuatro años y estaba de pie en el columpio del
jardín hecho con un neumático y sentía que casi daba la vuelta entera.
Pasa
por Kauppinen, donde unos pocos caballos se la quedan mirando desde su cercado.
Cuando cruza el puente sobre el río Torneälven ve a dos chicos pescando con
mosca un poco más abajo.
El
camino va paralelo al río. El pueblo está dormido. Pasa por delante de la zona
turística y de la fonda, del antiguo supermercado Konsum y la fea Casa del
Pueblo. Luego las plateadas paredes de madera del museo local y los velos de
bruma del prado dentro del cercado.
En
las afueras del pueblo, donde termina el camino, se alza la iglesia de madera
pintada de color rojo. Se nota el olor a brea nueva del tejado.
El
campanario está pegado a la valla. Para entrar en la iglesia hay que pasar por
el campanario e ir por un camino de piedra que lleva hasta las escaleras.
Una
de las puertas azules del campanario está abierta de par en par. Pia se baja de
la bici y la deja apoyada contra la valla.
«Debería
estar cerrada», piensa, y se acerca sin prisa a la puerta.
Se
oye un ruido desde los pequeños abedules que quedan a la derecha del camino que
lleva a la casa rectoral. El corazón le da un vuelco y se queda escuchando con
atención. No era más que un crujido. Probablemente una ardilla o un campañol.
Incluso
la puerta trasera del campanario está abierta. Puede ver a través de la torre.
La puerta de la iglesia también está abierta.
El
corazón le late ahora con fuerza. Sune se puede olvidar de cerrar la puerta del
campanario si sale de fiesta tres días antes del solsticio de verano, pero no
la puerta de la iglesia. Le viene a la memoria la noticia de aquellos jóvenes
que destrozaron los cristales de una iglesia en la ciudad y lanzaron dentro
trapos en llamas. De aquello hace un par de años. ¿Qué ha pasado ahora? Le
vienen imágenes a la cabeza. El retablo pintado con espráis y meado. Navajazos
en los bancos recién pintados. Lo más seguro es que se hayan colado por una
ventana y después hayan abierto la puerta desde dentro.
Avanza
hacia el portón de la iglesia. Camina despacio. Agudiza el oído y escucha con
atención hacia todos lados. ¿Cómo se ha llegado a esto? Chavales que deberían
estar ocupados pensando en chicas y en trucar ciclomotores. ¿Cómo terminan
quemando iglesias o matando a homosexuales?
Después
de cruzar el porche se queda quieta. Está debajo del coro, donde el techo es
tan bajo que las personas un poco altas tienen que agachar la cabeza. Hay un
silencio incómodo dentro de la iglesia, pero todo parece estar en orden.
Cristo, Laestadius y María relucen impecables en el retablo. Y aun así hay algo
que la hace dudar. Allí dentro hay algo que no cuadra.
Bajo
el suelo de la parroquia descansan ochenta y seis cadáveres. Nunca piensa en
ellos. Descansan en paz dentro de sus tumbas. Pero ahora puede sentir su
turbación aflorando del suelo y clavándosele como agujas en las plantas de los
pies.
«¿Qué
os pasa?», piensa.
El
pasillo central está cubierto con una alfombra roja. Justo donde termina el
coro y el techo se abre hacia arriba hay algo en la alfombra. Se agacha.
«Una
piedra—piensa primero—. Un pequeño trozo de piedra blanca.»
La
coge con el pulgar y el índice, y se dirige hacia la sacristía.
Pero
la puerta de la sacristía está cerrada con llave y se da la vuelta para volver
a bajar por el pasillo del altar.
Cuando
está frente al altar puede ver la parte inferior del órgano. Está casi tapado
por completo por una especie de viga, una separación hecha con un tabique de
madera que atraviesa la sala central de lado a lado y que baja desde el techo
un tercio de la altura total. Pero desde donde está puede ver la parte inferior
del órgano. Y ve dos pies colgando delante del coro.
Lo
primero que piensa por un instante es que alguien ha entrado en la parroquia y
se ha ahorcado, y justo en ese instante siente rabia. Le parece totalmente
desconsiderado. Después deja la mente en blanco, sin pensar en nada. Baja
corriendo por el pasillo central desde el altar, pasa por debajo del tabique
que sale del techo y entonces ve el cuerpo colgando delante de los tubos del
órgano y los rayos de sol lapón.
«El
cuerpo está colgado de una cuerda. No, no es una cuerda, es una cadena. Una
larga cadena de hierro.»
Luego
ve las marcas oscuras de la alfombra justo donde había encontrado la lasca de
piedra.
Sangre.
¿Puede ser que sea sangre? Se agacha.
Y
entonces se da cuenta. La piedrecita que sujeta entre el pulgar y el índice no
es ninguna piedra. Es un trocito de diente.
Se
pone en pie de un salto. Los dedos sueltan la lasca blanca, casi la tiran para
alejarla.
Su
mano saca el teléfono del bolsillo y marca el uno, uno, dos.
Al
otro lado de la línea responde un chico que parece demasiado joven. Mientras va
contestando a sus preguntas, Pia intenta abrir la puerta del coro. Está cerrada
con llave.
—Está
cerrada—le dice al chico—. No puedo subir.
Vuelve
a la sacristía a toda prisa. No hay llave para la puerta del coro. ¿Forzarla?
¿Con qué?
El
chico del otro lado de la línea intenta captar su atención. Le dice que espere
fuera. Le asegura que la ayuda está en camino.
—¡Es
Mildred!—grita—. Es Mildred Nilsson la que está colgando. Es la pastora del
pueblo. ¡Por Dios, qué aspecto tiene!
—¿Ya
estás fuera?—le pregunta el chico—. ¿Puedes ver a alguien?
El
chico del teléfono consigue sacarla a las escaleras de la iglesia. Ella le dice
que no hay nadie por allí.
—No
cuelgues—le dice él—. Sigue conmigo. La ayuda está en camino. No vuelvas a
entrar en la iglesia.
—¿Puedo
encender un pitillo?
Le
da permiso. No hay problema en que deje el teléfono.
Pia
se sienta en los escalones con el móvil al lado. Inspira el humo y se percata
de lo relajada y entera que se siente. Pero el cigarrillo quema muy mal. Al
final se da cuenta de que lo ha encendido por el filtro. Siete minutos más
tarde oye sirenas a lo lejos.
«Se
la han cargado», piensa.
Y
ahora le empiezan a temblar las manos. Tira el cigarrillo lejos.
«Los
muy cabrones. Se la han cargado.»
VIERNES
1 DE
SEPTIEMBRE
Rebecka
Martinsson se bajó del barco-taxi y miró hacia la mansión de Lido. El sol de
mediodía iluminaba la fachada de color limón pálido, y los detalles y
ornamentación de carpintería. El enorme patio estaba lleno de gente. Unas
gaviotas de ninguna parte graznaban por encima de su cabeza. Pertinaces e
irritantes.
«No
sé cómo podéis», pensó.
Le
dio demasiada propina al taxista. Era la compensación por haber sido
monosilábica cuando él intentó entablar conversación.
—Así
que van a celebrar una gran fiesta—dijo él señalando el hotel con la cabeza.
El
bufete entero de abogados ya estaba allí. Casi doscientas personas pululaban de
un lado a otro. Hablaban en grupitos. Se disolvían y continuaban su camino.
Manos que se estrechaban y besos en la mejilla. Habían preparado una fila de
grandes barbacoas. Unas cuantas personas vestidas de blanco servían un bufé de
carne asada en una larga mesa cubierta con un mantel de lino. Se apresuraban
desde la cocina hasta la mesa como ratones blancos con gorros de cocina
ridículamente altos.
—Sí—respondió
Rebecka colgándose al hombro el bolso con estampado de piel de cocodrilo—. Pero
he sobrevivido a cosas peores.
Él
soltó una carcajada y se marchó con un aceleren que hizo que la proa asomara
por encima del agua. Un gato negro bajó silenciosamente del embarcadero de un
salto y desapareció por entre la alta hierba.
Rebecka
empezó a caminar. La isla estaba cansada después del verano. Pisoteada, reseca
y desgastada.
«Por
aquí se ha paseado mucha gente—pensó—. Familias con críos y mantas de picnic,
marineros de agua dulce borrachos y bien vestidos.»
El
césped estaba débil y se había puesto amarillo, y los árboles, cubiertos de
polvo, se veían sedientos. Podía imaginarse el aspecto que tendría el bosque.
Bajo las matas de arándanos y los helechos debía de haber botellas, latas,
condones usados y heces humanas a montones.
El
caminito que subía al hotel era duro como el cemento. Como la columna agrietada
de un lagarto prehistórico. Ella misma era un lagarto. Recién aterrizado en una
nave espacial. Vestido con su traje de persona a punto de pasar la prueba de
fuego: imitar el comportamiento humano. Mirar a los de su alrededor y hacer más
o menos lo mismo, cruzando los dedos para que su disfraz no se le abriera por
el cuello.
Ya
casi había llegado a la explanada del jardín.
«Vamos,
mujer—se dijo a sí misma—. Esto es pan comido.»
Después
de haber matado a aquellos hombres en Kiruna continuó con su trabajo en el
bufete de abogados Meijer & Ditzinger como de costumbre. Le parecía que
todo iba bien. Pero en realidad todo había sido una mierda. No pensaba en la
sangre ni en los cuerpos. Ahora, al mirar atrás hasta la época antes de que le
dieran la baja, le costaba decir si en realidad llegó a pensar algo en algún
momento. Creía que trabajaba pero, al final, no hacía más que pasar papeles de
un montón a otro. Evidentemente, dormía mal. Y estaba como ausente. Podía
tardar una eternidad en arreglarse por las mañanas para ir al trabajo. La
catástrofe le llegó por la espalda. No pudo verlo hasta que se le vino encima.
Fue por un sencillo caso de alquileres. El cliente quería saber el plazo de
preaviso para finalizar el contrato de alquiler de un local. Ella le respondió
con una santísima barbaridad. Tenía la carpeta con todos los contratos delante
de las narices, pero no logró entender lo que allí se decía. El cliente, una
compañía francesa de venta por correo, le había exigido al bufete una
indemnización por daños y perjuicios.
Recordó
a Máns Wenngren, su jefe, y la cara con que la había mirado. Enrojecido de ira
tras su escritorio. Ella intentó dimitir, pero él no la dejó.
—Dañaría
seriamente la imagen del bufete—le dijo—. Todo el mundo creería que se te ha
instigado a dejar el puesto. Que dejamos de lado a una compañera con problemas
psíq... que no se encuentra bien.
Aquella
misma tarde salió tambaleándose del despacho. Y cuando estaba en la calle
Birger Jarlsgatan, en la oscuridad del otoño, iluminada por los faros de los
coches de lujo que pasaban a toda prisa, por los escaparates de las tiendas
diseñados con estilo y por los bares de Stureplan, le invadió una fuerte
sensación de que ya no podría volver a Meijer & Ditzinger. Sintió que lo
único que quería era marcharse lo más lejos posible. Pero no fue así.
Le
dieron la baja. Primero semanalmente y después cada mes. El médico le dijo que
hiciera cosas que le resultaran divertidas. Si había algo que le gustara de su
trabajo, era bueno que continuara haciéndolo.
Después
de lo de Kiruna, el bufete empezó a tener muchos casos de juicios penales. El
nombre y la cara de Rebecka no habían salido en los periódicos; en cambio, el
nombre del bufete había aparecido con frecuencia en los medios. Los clientes
llamaban al bufete diciendo que querían que los representara «la chica aquella
que estuvo en Kiruna». Siempre obtenían la respuesta estándar de que el bufete
les podía asignar un abogado penal de más experiencia, pero que la chica
aquella podía estar presente también. De esa manera pusieron un pie en los
grandes juicios que cubrían los medios. Durante esa época hubo dos violaciones
en grupo, un homicidio con robo y un caso de cohecho.
Los
socios le propusieron que continuara asistiendo a los juicios incluso estando
de baja. Tampoco eran tan habituales. Y era una buena manera de seguir en
contacto con el trabajo. Además, no tenía que prepararse nada. Hacer acto de
presencia, ya está. Pero sólo si ella quería, claro.
Aceptó
la propuesta porque no tenía otra opción. Había dejado el bufete en evidencia,
les había hecho perder un cliente y, además, pagar la indemnización. Era
imposible negarse. Estaba en deuda con ellos y asintió con una sonrisa.
En
cualquier caso, los días que tenía que asistir a un juicio por lo menos se
levantaba de la cama. Por norma general, las primeras miradas del jurado y del
juez iban siempre dirigidas a los acusados, pero ahora ella era la gran
atracción del circo. Clavaba la mirada en la mesa que tenía delante y les
dejaba mirar. Malhechores, jueces, fiscales, procuradores. Casi podía oír lo
que estaban pensando: «Así que es ella...»
Llegó
a la explanada que había delante de la mansión. Aquí aparecía de pronto el
césped verde y sano. Debían de haber usado los aspersores como locos con lo
largo y seco que había sido el verano. El aroma de las últimas rosas silvestres
del año se extendía como una capa que la brisa de la tarde llevaba tierra
adentro. El aire era cálido y agradable. Las mujeres más jóvenes llevaban
vestidos blancos sin mangas. Las que tenían algunos años más ocultaban los
brazos bajo rebecas de algodón de Blues y Max Mará. Los hombres habían dejado
las corbatas en casa. Iban de un lado a otro vestidos con pantalón Gant
llevando copas a las mujeres. Controlaban las ascuas de las barbacoas y
hablaban como si fueran campesinos con el personal de cocina.
Rebecka
paseó la mirada por la multitud. No veía a Maria Taube ni a Máns Wenngren por
ninguna parte.
De
pronto apareció uno de los socios a su encuentro, Erik Rydén. Toca sonreír.
—¿Es
ella?
Petra
Wilhelmsson vio a Rebecka ascender por el caminito que subía hasta la mansión.
A Petra la acababan de contratar en la empresa. Estaba apoyada en la barandilla
del puente junto a la entrada. A un lado tenía a Johan Grill, también nuevo, y
al otro estaba Krister Ahlberg, abogado penal que rondaba los treinta.
—Sí,
es ella—confirmó Krister Ahlberg—. La Modesty Blaise de la empresa.
Vació
su copa y la dejó en la barandilla con un leve golpe. Petra movió la cabeza de
un lado a otro lentamente.
—Y
pensar que ha matado a una persona—dijo.
—En
realidad, a tres—rectificó Krister,
—¡Dios,
se me ponen los pelos de punta! ¡Mirad!—Y Petra mostró el brazo a los dos
hombres que la acompañaban.
Krister
Ahlberg y Johan Grill observaron con atención el brazo de su compañera. Era
delgado y moreno. Unos pocos vellos delicados se habían vuelto casi blancos por
el sol del verano.
—O
sea, no porque sea chica—continuó Petra—, pero es que no tiene pinta de ser el
tipo que...
—Es
que tampoco lo era. Al final se derrumbó psicológicamente. Y no puede hacer su
trabajo. A veces va a los juicios penales de más chicha. Y luego le toca a uno
hacer el trabajo y quedarse en la oficina con el móvil encendido por si hay
algo. Y mientras tanto ella haciéndose famosa.
—¿Es
famosa?—preguntó Johan Grill—. Nunca llegaron a escribir sobre ella, ¿no?
—No,
pero en el mundillo de los abogados todos saben quién es. Ese mundillo en
Suecia es muy pequeño, pronto te darás cuenta.
Krister
Ahlberg separó un centímetro el pulgar del dedo índice de la mano derecha. Vio
que la copa de Petra estaba vacía y pensó en ofrecerse para llenarla. Claro que
entonces la dejaría a solas con Johan.
—Dios—exclamó
Petra—, me pregunto cómo será matar a una persona.
—Te
la voy a presentar—dijo Krister—. No estamos en el mismo departamento, pero
hicimos juntos el curso de derecho mercantil. Esperemos unos minutos hasta que
Erik Rydén la suelte.
Erik
Rydén abrazó a Rebecka y le dio la bienvenida. Era un hombre rechoncho y
enseguida entraba en calor con los deberes de anfitrión. De su cuerpo salía
vapor como un hormiguero en pleno agosto emanando aromas de Chanel Pour
Monsieur y alcohol. Rebecka le dio unos golpecitos en la espalda, de esos que
se dan para que los niños eructen.
—Qué
bien que hayas venido—dijo él con la sonrisa más amplia del mundo.
Le
cogió la bolsa de viaje y se la cambió por una copa de champán y una llave de
habitación. Rebecka miró el llavero. Era un trozo de madera pintado de rojo y
blanco atado a la llave con un pequeño nudo marinero.
«Para
cuando los huéspedes están borrachos y se les caen al agua», pensó.
Intercambiaron
algunas palabras. Qué tiempo hace. Lo encargué para ti, Rebecka. Ella soltó una
carcajada y le preguntó cómo iba todo. De puta madre, justo la semana pasada
acababa de conseguir un gran cliente del mundo de la biotecnología. Iban a
iniciar una fusión con una empresa norteamericana, así que ahora estaba a tope.
Rebecka escuchaba y sonreía todo el tiempo. Entonces llegó un nuevo rezagado y
Erik tuvo que proseguir con sus obligaciones de anfitrión.
Se
le acercó un abogado del departamento de penales. La saludó como si fueran
viejos conocidos. Rebecka buscó febrilmente su nombre en la memoria, pero había
desaparecido como por arte de magia. Traía consigo a dos empleados nuevos, una
chica y un chico. Él llevaba unas greñas rubias que contrastaban con el moreno
de su piel, un moreno de esos que sólo se consiguen navegando a vela. Era un
poco paticorto y ancho de espaldas. Mentón cuadrado y salido, y del jersey caro
que llevaba arremangado salían dos fuertes antebrazos.
«Como
un Popeye con estilo», pensó ella.
La
chica también era rubia. Se sujetaba la melena con unas gafas de sol caras. La
sonrisa le formaba dos hoyuelos en las mejillas. Una chaquetilla que conjuntaba
bien con su jersey sin mangas colgaba del antebrazo de Popeye. La saludaron. La
chica tenía voz de pito, como un mirlo. Se llamaba Petra. Popeye se llamaba
Johan y de apellido algo bonito, pero Rebecka no logró retenerlo. En los
últimos años siempre le pasaba. Antes tenía carpetas en la cabeza en las que
podía organizar la información. Ahora ya no. Lo tenía todo manga por hombro y
la mayoría de las cosas no le entraban. Rebecka sonrió y les apretó la mano con
la fuerza justa. Les preguntó para quién trabajaban en el departamento. Si
estaban a gusto. Sobre qué habían escrito la tesis y en qué tribunales habían
estado. A ella no le preguntaron nada.
Rebecka
continuó cruzándose con los grupos. Todo el mundo andaba con la cinta métrica
preparada en el bolsillo. Se medían unos a otros. Se comparaban a sí mismos.
Sueldo. Casa. Nombre. A quién conocían. Qué habían hecho en verano. Uno se
estaba construyendo una casa en el municipio de Nacka. Otro andaba buscando un
piso más grande ahora que había tenido el segundo hijo, preferiblemente en el
lado bueno del barrio de Ostermalm.
—Estoy
para el arrastre—exclamó con una sonrisa feliz el que se estaba haciendo la
casa.
Un
hombre recién desemparejado se volvió hacia Rebecka.
—Lo
cierto es que en mayo estuve allá arriba, por tu tierra—dijo—. Fui a esquiar,
entre Abisko y Kebnekaise. Nos teníamos que levantar a las tres de la mañana y
desplazarnos sobre una capa de hielo. Sin embargo, durante el día la nieve se
deshacía tanto que te hundías, así que no se podía hacer otra cosa que tumbarte
a disfrutar del sol de primavera.
De
pronto el ambiente se hizo tenso. ¿Es que por fuerza tenía que hablarle de su
tierra? Kiruna se entrometió en la conversación como un fantasma. Todos a la
vez se pusieron a mencionar nombres de mil sitios en los que habían estado.
Italia, la Toscana, padres en Jonkoping y Legoland, pero Kiruna no quería
desaparecer. Rebecka retomó su paseo y todos soltaron un suspiro de alivio.
Los
abogados un poco mayores habían pasado las vacaciones en sus casas de veraneo
de la costa oeste, en Escania o en el archipiélago de Estocolmo. Arne Eklof
había perdido a su madre y le contó sin recato a Rebecka cómo se había pasado
el verano peleándose con lo del testamento.
—Tiene
huevos—dijo—. Cuando Nuestro Señor llega con la muerte, aparece el diablo con
los herederos. ¿Quieres más?
Señaló
su copa con la cabeza. Ella rechazó la invitación, a lo que él respondió con
una mirada casi enfurecida. Como si Rebecka hubiera rechazado nuevas posibles
confidencias. Probablemente era lo que acababa de hacer. Él se encaminó hacia
la mesa de la bebida y Rebecka se quedó donde estaba observándolo. Hablar con
la gente le exigía un esfuerzo, pero estar allí sola con la copa vacía le
resultaba una pesadilla. Como una pobre planta de interior que ni siquiera
puede pedir agua.
«Podría
ir al baño—pensó mientras miraba el reloj—. Y me puedo quedar allí siete
minutos si no hay cola. Tres si hay alguien esperando.»
Miró
a su alrededor en busca de un lugar donde dejar la copa. En ese mismo momento
apareció María Taube a su lado. Le ofreció un pequeño cuenco con ensalada
Waldorf.
—Come—le
dijo—. Da angustia verte.
Rebecka
aceptó la ensalada. Al mirar a Maria le vino a la cabeza el recuerdo de la
pasada primavera. Un sol mordaz brillando al otro lado de las ventanas
sucísimas de Rebecka. Pero tiene las persianas bajadas. Una mañana a mitad de
semana Maria le hace una visita. Más tarde Rebecka se preguntará cómo es que le
ha abierto la puerta. Se debería haber quedado escondida debajo del edredón.
Pero
no. Se acerca a la puerta de la entrada. Apenas es consciente de que han
llamado al timbre. Como ausente abre la cerradura de seguridad. Después gira el
pestillo con la mano izquierda mientras con la derecha aprieta la manija hacia
abajo. Tiene la cabeza totalmente desconectada. Igual que cuando te descubres a
ti misma delante de la nevera abierta y te preguntas qué estás haciendo en la
cocina.
Después
pensará que quizá haya una personita inteligente en su interior. Una muchacha
con botas de agua rojas y salvavidas. Una superviviente. Y que esa chiquilla ha
reconocido aquel sonido de tacones repicando rápidos contra el suelo.
La
chiquilla le dice a las manos y a los pies de Rebecka: «Shh, es Maria. No se lo
digáis. Tan sólo sacadla de la cama y procurad que abra la puerta.»
Maria
y Rebecka están sentadas en la cocina. Toman café sin nada para comer. Rebecka
no dice gran cosa. Por otro lado, la montaña de fregaza que huele a ácido sobre
la encimera, el montón de correo y propaganda y periódicos en la entrada, y la
ropa arrugada y sudada que lleva puesta lo dicen todo.
Y
sin motivo aparente le empiezan a temblar las manos. Tiene que dejar la taza en
la mesa. Aletean sin sentido como dos gallinas decapitadas.
—No
más café para mí—intenta bromear.
Suelta
una carcajada, pero el resultado es más bien un estrépito inexpresivo.
Maria
la mira a los ojos. Rebecka tiene la sensación de que lo sabe. Que a veces
Rebecka sale al balcón y se queda mirando el asfalto duro que hay abajo. Y que
a veces ni siquiera es capaz de bajar a la tienda. Que tiene que vivir con lo
que haya en casa. Tomar té y comer pepinillos directamente del tarro.
—No
soy psicóloga—dice Maria—, pero sé que la cosa empeora si no comes ni duermes.
Y te tienes que vestir por las mañanas y salir de casa.
Rebecka
esconde las manos debajo de la mesa.
—Creerás
que me he vuelto loca.
—Por
favor, mi familia es un hervidero de mujeres que están de los nervios. Se
desmayan y pierden el conocimiento, tienen ataques de pánico e hipocondría
constantemente. Y mi tía, ¿te he hablado de ella? Un día está ingresada y la
tienen que ayudar a ponerse los pantalones y a la semana siguiente abre una
guardería con pedagogía Montessori. Estoy más que acostumbrada.
Al
día siguiente uno de los socios, Torsten Karlsson, le ofrece a Rebecka su casa
de campo. Maria había trabajado para Torsten en derecho mercantil antes de
cambiar de departamento y empezar con Rebecka a las órdenes de Máns Wenngren.
—Me
harías un favor—dice Torsten—. Así no tengo que preocuparme por si han entrado
a robar ni tener que ir allí sólo para regar. En realidad debería venderla.
Pero eso también es un coñazo.
Naturalmente,
debería haber rechazado la propuesta. Era evidente. Pero la chiquilla de las
botas de agua rojas dijo que sí antes de que ella pudiera abrir la boca.
Rebecka
picoteaba con desgana la ensalada Waldorf. Empezó con media nuez y ésta se
agrandó en su boca como una ciruela. Masticaba sin parar, preparándose para
tragársela. Maria la observaba.
—¿Cómo
estás?—le preguntó.
Rebecka
sonrió. Tenía la lengua áspera.
—La
verdad es que no tengo ni idea.
—Pero
¿estás lo bastante bien como para sentirte a gusto hoy aquí?
Rebecka
se encogió de hombros.
«No—pensó—.
Pero ¿qué voy a hacer? Pues esforzarme y venir. Si no, dentro de poco me veré
sentada en una cabaña perdida, perseguida por las autoridades, con pánico a la
gente, con alergia a la electricidad y con un montón de gatos haciéndoselo todo
dentro de casa.»
—No
sé—dijo—. Me siento como si la gente me mirara en el momento en que yo aparto
la vista de ellos. Como si hablaran de mí cuando no estoy. En cuanto me acerco,
la conversación empieza de cero, ¿me entiendes? Suena a «Tennis, anyone?» a lo
desesperado en cuanto aparezco.
—Y
es que es así—suelta Maria con una sonrisa—. Eres la Modesty Blaise particular
del bufete. Y ahora te vas a la casa de campo de Torsten para aislarte todavía
más y volverte aún más rara. ¿Cómo no van a hablar de ti?
Rebecka
sonrió.
—Gracias,
ahora me siento mucho mejor.
—Antes
he visto que saludabas a Johan Grill y a Petra Wilhelmsson. ¿Qué te ha parecido
miss Spinning? Seguro que es una chica muy agradable, pero me resulta difícil
que me guste una persona que tiene el culo entre los omoplatos. Mi trasero es
como un adolescente: se ha independizado de mí y quiere seguir su propio
camino.
—Sí,
cuando venías me ha parecido oír que ibas arrastrando algo por el césped.
Se
quedaron calladas un momento mirando la vía marítima, donde un viejo barco de
vela Fingal iba a motor.
—No
te preocupes—dijo Maria—. Dentro de poco la gente estará borracha y entonces se
te acercarán tambaleándose con ganas de hablar.
Se
volvió hacia Rebecka, se inclinó hasta estar bien cerca y le dijo con voz
balbuciente:
—«¿Qué
se siente al matar a una persona?»
Máns
Wenngren, el jefe de Rebecka y Maria, estaba a cierta distancia observándolas.
«Bien—pensó—.
Bien hecho.»
Vio
cómo Maria Taube conseguía hacer reír a Rebecka Martinsson. Maria gesticulaba
expresivamente con las manos, girándolas y moviéndolas de un lado a otro, al
mismo tiempo que subía y bajaba los hombros. Parecía un milagro que tuviera la
copa bajo control. «Probablemente será el resultado de años de entrenamiento en
una familia de bien.» Y la expresión de Rebecka se relajaba. A Máns le pareció
que había recuperado los colores y que estaba más fuerte. Delgada como un palo,
eso sí, pero siempre había estado así.
Torsten
Karlsson estaba justo detrás de Máns echando un vistazo al surtido de las
barbacoas. Estaba hambriento. Pinchos de cordero a la indonesia; pinchos de
solomillo o colas de langostino adobado con especias de Cajún; pinchos de
pescado del Caribe con jengibre y pina; pinchos de pollo con salvia y limón o a
la asiática, con yogur marinado con jengibre, garam masala y pepino con
cúrcuma; varios tipos de salsas y diferentes ensaladas como guarnición. Vinos
blancos y tintos, cerveza y sidra. Seguramente ya sabía que en el bufete le
llamaban «Karlsson en el tejado» por el personaje de Astrid Lindgren. Bajito y
compacto, con el pelo negro saliendo de la cabeza como un cepillo. A Máns, en
cambio, la ropa le sentaba bien. A él las mujeres nunca le dirían que era un
encanto, ni que las hacía reír.
—Me
han dicho que te has comprado un coche nuevo—dijo cazando una oliva de la
ensalada de bulgur.
—Hmmm,
un descapotable de la serie E, mint condition—-respondió Máns mecánicamente—.
¿Cómo está?
Torsten
Karlsson dudó por un momento de si Máns le preguntaba cómo estaba su propio
coche. Alzó la vista, siguió la mirada de Máns y la clavó en Rebecka Martinsson
y Maria Taube.
—Está
viviendo en tu casa de campo—continuó Máns.
—No
podía seguir encerrada en su pequeño apartamento. No parecía tener ningún sitio
a donde ir. ¿Por qué no le preguntas directamente a ella? Es tu asistente.
—Porque
te lo he preguntado a ti—soltó Máns con un bufido.
Torsten
Karlsson levantó las manos en un gesto de «me rindo, no dispares».
—La
verdad, no tengo ni idea—dijo—. No voy casi nunca a la cabaña. Y cuando voy,
hablamos de otras cosas.
—¿Ah,
sí? ¿Cómo qué?
—Pues,
bueno, como de arreglar la escalera con alquitrán, de pintura roja de Falún, de
que va a enmasillar las ventanas. Siempre está haciendo algo. Una temporada
estaba como obsesionada por el compostaje.
La
mirada de Máns le instaba a seguir explicando. Interesada, casi entretenida.
Torsten Karlsson se pasó los dedos por su pelo de cepillo negro.
—Santo
cielo—siguió—. Primero empezó con la construcción. Compostaje en tres
compartimentos para residuos de jardinería y orgánicos. Y, aparte, compró uno a
prueba de ratas. Después construyó un compostaje rápido. Joder, casi me obligó
a apuntarme cómo hay que alternar la hierba y la arena... Pura ciencia. Y
luego, ¿te acuerdas de cuando tuvo que ir a aquel curso de impuestos para
grupos de empresas en Malmoe?
—Sí,
sí.
—Bueno,
pues me llamó diciendo que no podía ir porque el compostaje estaba... Joder,
cómo era, bueno, que estaba mal, le faltaba nitrógeno. Y que había ido a buscar
residuos orgánicos a una guardería de por allí, pero que se habían humedecido.
Así que tenía que quedarse en casa espolvoreando y horadando.
—¿Horadando?
—Sí,
me tocó subir y remover el compostaje con una vieja perforadora de hielo la
semana que ella tenía que estar fuera. Y también descubrió el compostaje de los
dueños anteriores metido en el bosque.
-¿Sí?
—Allí
dentro había de todo. Esqueletos de gato y botellas de vidrio rotas y mierdas
así... Y le dio por limpiarlo. Detrás de la cabaña encontró un somier viejo de
esos que tienen rejilla en lugar de tablas. Lo utilizó como un colador gigante.
Echaba paladas de tierra encima y lo meneaba para que la tierra limpia se fuera
filtrando. El momento perfecto para llevar allí a algunos clientes y
presentarles a una de nuestras jóvenes promesas.
Máns
se quedó mirando a Torsten Karlsson. Se imaginó a Rebecka con las mejillas
sonrosadas y el pelo a un lado agitando con fuerza un somier de hierro en lo
alto de una montaña de tierra y Torsten abajo, con unos clientes en traje
oscuro y con los ojos abiertos de par en par.
Se
echaron a reír a la vez y no podían parar. Torsten se secó las lagrimillas con
el dorso de las manos.
—Pero
ahora se ha calmado—dijo—. Ya no es tan... No sé... La última vez que subí me
la encontré sentada en los escalones del porche con un libro y una taza de
café.
—¿Qué
libro era?—le preguntó Máns.
Torsten
Karlsson lo miró extrañado.
—No
me fijé—-contestó—. Habla con ella.
Máns
agarró la copa de vino tinto.
—Voy
a saludarla—dijo—. Pero ya sabes que soy de lo peor hablando con la gente. Y
todavía más cuando se trata de mujeres.
Intentó
reírse, pero ahora Torsten ni siquiera esbozó una sonrisa.
—Tienes
que preguntarle cómo se encuentra.
Máns
resopló sacando el aire por la nariz.
—Sí,
sí, ya lo sé.
«Soy
mejor en las relaciones cortas—pensó—. Clientes, taxistas, las cajeras del
súper. Sin conflictos ni decepciones de tiempos pasados que parecen algas
enredadas bajo la superficie.»
Cena
de verano en la isla de Lidó. El sol rojizo se acuesta sobre los montes
mullidos como una cascara dorada. Un crucero del archipiélago pasa en silencio
por la vía marítima. Las cañas del agua juntan las cabezas crujiendo y
susurrándose al oído. Las conversaciones y las risas de los invitados se
deslizan por encima del agua.
El
ágape estaba tan avanzado que los paquetes de cigarrillos ya habían aparecido
por encima de las mesas. A la gente le apetecía estirar las piernas un rato
antes del postre, así que las mesas se habían quedado un poco despejadas. Los
jerseys y chaquetillas que antes habían permanecido atados a la cintura o
colgados del hombro de la gente, estaban ahora tapando brazos refrescados por
el cambio de temperatura. Había quien se acercaba al bufé de carne por tercera
o cuarta vez y se quedaba hablando con los cocineros que le daban la vuelta a
los pinchos del asador chisporroteante sobre el manto de ascuas. Algunos
estaban bebiendo de lo lindo. Tenían que sujetarse a la barandilla mientras
subían por la escalinata de la mansión de camino al lavabo. Gesticulaban con
énfasis tirándose encima la ceniza del cigarrillo y hablaban a un volumen un
decibelio demasiado alto. Uno de los socios insistió en ayudar cuando una de
las camareras apareció con el postre. La liberó con autoridad y caballerosidad
de una gran bandeja con tartaletas de crema de vainilla y grosella glaseada que
se deslizaban de manera preocupante hasta topar con los cantos de la bandeja.
La camarera esbozó una sonrisa forzada intercambiando una mirada con los
cocineros que estaban ocupados en las barbacoas. Uno de ellos dejó lo que
estaba haciendo y se fue rápidamente a la cocina a buscar las bandejas que
faltaban.
Rebecka
y Maria estaban sentadas sobre las rocas. La piedra desprendía el calor que
había acumulado durante el día. Maria se rascaba una picadura de mosquito en el
tobillo.
—Torsten
sube a Kiruna la semana que viene—dijo—. ¿Te lo ha dicho?
—No.
—Es
por la colaboración esa de la sociedad anónima Revisión AB con el grupo
Jansson. Ahora que la Iglesia sueca está separada del Estado, es interesante
crear vínculos con un cliente así. La idea es venderles un paquete jurídico,
con informe de cuentas y revisión incluidos, a las congregaciones de la Iglesia
de todo el país. Ofrecerles ayuda con todo, del tipo «cómo deshacernos de Berit
la fibromiálgica, cómo cerrar acuerdos favorables con nuevos proveedores»,
todo. No sé, pero creo que hay un plan para empezar a trabajar con un corredor
de bolsa para que eche una mano en la administración de capital. En cualquier
caso, Torsten subirá a Kiruna para vender nuestro producto a los representantes
del consejo eclesiástico de Kiruna.
—¿Ah,
sí?
—Podrías
acompañarlo. Ya sabes cómo es. Le sentaría de fábula un poco de compañía.
—No
puedo ir a Kiruna—exclamó Rebecka.
—Ya
sé que eso es lo que piensas, pero me pregunto por qué.
—No
sé, yo...
—¿Qué
es lo peor que puede pasar? Quiero decir, si te cruzas con alguien que te
reconoce. Y la casa de tu abuela, la echas de menos, ¿no es así?
Rebecka
se quedó callada.
«No
puedo ir, así de simple», pensó.
Maria
respondió como si le hubiera leído el pensamiento.
—Igualmente,
le diré a Torsten que te lo pregunte. Si tienes monstruos bajo la cama lo mejor
que puedes hacer es encender la luz y mirar debajo.
Baile
en la terraza de la mansión. Abba y Niklas Strómstedt en los altavoces. A
través de las ventanas abiertas de la cocina del hotel se oye el ruido de la
porcelana chocando entre sí y el chorro de agua con el que están enjuagando los
platos antes de meterlos en el lavavajillas. El sol se ha puesto sobre el agua
arrastrando consigo los velos rojos. Hay lamparillas colgando de los árboles.
La gente se apiña en la barra del bar exterior.
Rebecka
bajó hasta el muelle. Había bailado con su compañero de mesa pero al cabo de un
rato decidió escabullirse. La oscuridad le pasaba el brazo por la espalda
dándole cobijo.
«Ha
ido bastante bien—se dijo—. Todo lo bien que podía ir.»
Se
sentó en un banco de piedra junto al agua. Se oía el sonido de las olas que
chocaban contra el embarcadero de hormigón. El olor a algas enmohecidas. Una
lámpara se reflejaba en el brillo de la superficie negra.
Máns
se había acercado a saludarla justo antes de que todos se sentaran a la mesa.
—¿Cómo
va, Martinsson?—le preguntó.
«¿Qué
cono respondo?», pensó Rebecka.
La
sonrisa de lobo de Máns y su manera de llamarla por el apellido era como una
enorme señal de stop: se prohíben confianzas, lágrimas y sinceridad.
Así
que la cabeza erguida, los pies en la tierra y un informe de cómo había pintado
los marcos de las ventanas de la finca de Torsten con aceite de linaza. Después
de Kiruna le había parecido que Máns se preocupaba por ella, pero cuando ya no
pudo trabajar desapareció por completo.
«No
eres nada—pensó—. Si no puedes trabajar.» Unos pasos en el camino de grava la
hicieron levantar la mirada. Al principio no pudo distinguir la cara, pero
reconoció aquella voz tan fina. Era la chica nueva rubia.
¿Cómo
se llamaba? Petra.
—Hola,
Rebecka—dijo Petra como si se conocieran.
Se
puso demasiado cerca. Rebecka logró resistir el instinto de levantarse,
apartarla de un empujón y marcharse a toda prisa. Pero no podía comportarse
así. De modo que se quedó donde estaba. El pie de la pierna que cruzaba por
encima de la otra la delataba. Lo subía y lo bajaba por lo incómodo de la
situación. Quería salir corriendo.
Petra
se sentó a su lado con un jadeo.
—Dios,
Äke ya me ha hecho bailar tres bailes seguidos. Ya sabes cómo son. Como
trabajas para ellos se creen que eres su propiedad privada. He tenido que
escaparme un rato.
Rebecka
asintió con una especie de gruñido. En breve diría que tenía que ir al baño.
Petra
giró el torso hacia Rebecka y ladeó ligeramente la cabeza.
—Me
he enterado de lo que te ocurrió el año pasado. Tiene que haber sido terrible.
Rebecka
se quedó callada.
«A
ver—pensó con malicia—. Cuando la presa no quiere salir de la madriguera, hay
que atraerla con algo. Ahora debería contarme alguna intimidad. Haces una pequeña
confesión y la cambias como si fuera un cromo por el secreto de la otra
persona.»
—Mi
hermana tuvo una experiencia así de mala hace cinco años—continuó Petra al ver
que Rebecka no decía nada—. Se encontró muerto al hijo de los vecinos. Se había
ahogado en una acequia. Sólo tenía cuatro años. Después de aquello, mi
hermana...
Acabó
la frase haciendo un gesto impreciso con la mano.
—Vaya,
conque estáis aquí.
Era
Popeye. Se les acercó con un gintonic en cada mano. Le ofreció uno a Petra y
tras un microsegundo de duda le ofreció el otro a Rebecka, aunque en realidad
era para él.
«Todo
un caballero», pensó la cansada Rebecka dejando la copa a su lado.
Miró
a Popeye. Él se comía a Petra con la mirada. Petra miraba codiciosa a Rebecka.
Popeye y Petra iban a comérsela viva y luego se aparearían.
Petra
debió de presentir que Rebecka estaba a punto de huir, que pronto habría
perdido la oportunidad. En una situación normal habría dejado que Rebecka se
marchara pensando que ya se presentarían más ocasiones. Sin embargo, los
combinados y las copas de vino con la cena le habían enturbiado el juicio.
Se
inclinó hacia Rebecka con las mejillas brillantes y rosáceas y le preguntó:
—O
sea, ¿qué se siente al matar a una persona?
Rebecka
pasó deprisa entre el montón de gente embriagada. No, no quería bailar. No,
gracias, no quería nada del bar. Llevaba el bolso colgado al hombro y se
dirigía hacia el caminito que bajaba hasta el embarcadero.
Había
sabido lidiar con Petra y Popeye: puso una cara pensativa, clavó la mirada a lo
lejos, en la oscuridad del agua, y respondió: «Pues es terrible.»
¿Qué
si no? ¿La verdad? «No tengo ni idea. No recuerdo nada.»
Quizá
debería haberles hablado de aquellas patéticas conversaciones con el terapeuta.
Rebecka sentada en las sesiones sin dejar de sonreír y al final a punto de
romper a reír a carcajadas. ¿Qué podía hacer? Si es que no recuerda nada. El
terapeuta no le devuelve la sonrisa. Esto no es para reírse. Y al final deciden
hacer una pausa en la terapia. Rebecka puede volver más adelante.
Como
no puede seguir con el trabajo, no lo llama. No se ve capaz. Se imagina la
escena de estar allí sentada llorando porque no puede manejar su propia vida, y
él, con cierta compasión, poniendo cara de «ya te lo dije».
No,
Rebecka le contestó a Petra como una persona normal diciendo que era una
sensación terrible pero que la vida continúa, por muy banal que pudiera sonar.
Después pidió disculpas y se marchó. En esos momentos pensó que todo había
salido bien pero cinco minutos más tarde le entró la rabia y ahora... Ahora
estaba tan enfurecida que podría arrancar un árbol de cuajo. O quizá le diera
por ponerse junto a la pared de la mansión y tirarla abajo de un empujón como
si fuera de cartón. Ojalá los dos rubios no estuvieran todavía en el
embarcadero, porque si seguían allí los echaría al agua de una patada.
De
repente tenía a Máns pegado a la espalda. Luego, a su lado.
—¿Qué
tienes? ¿Ha pasado algo?
Rebecka
no aminoró la marcha.
—Me
largo. Uno de los chicos de la cocina me ha dicho que puedo coger una barca.
Remaré hasta el otro lado.
Máns
emitió un sonido de escepticismo.
—¿Estás
mal de la cabeza? No puedes remar en la oscuridad. ¿Cómo seguirás después?
Mejor quédate, ¿qué te pasa?
Rebecka
se paró justo donde empezaba el embarcadero, dio media vuelta y soltó un
gruñido.
—¿Qué
cono crees tú?—le preguntó—. La gente me pregunta qué se siente al matar a una
persona. ¿Cómo cojones se supone que lo voy a saber? No me paré a reflexionar
para escribir una poesía según mis sensaciones. Yo... ¡Simplemente ocurrió!
—¿Por
qué estás enfadada conmigo? Yo no te lo he preguntado.
Rebecka
amansó el tono de voz.
—No,
Máns, tú no preguntas nada. De eso no se te puede acusar.
—¿Qué
demonios?—respondió, pero Rebecka ya se había puesto a caminar por el
embarcadero.
Máns
se apresuró a seguirla. Había tirado el bolso dentro de la barca y estaba
desatando el amarre. Máns buscaba algo que decir.
—He
hablado con Torsten—soltó—. Me ha dicho que había pensado pedirte que le
acompañaras a Kiruna. Pero le he dicho que no te diga nada.
—¿Por
qué?
—¿Por
qué? He pensado que sería lo último que necesitas en este momento.
Rebecka
contestó sin mirarlo.
—Quizá
debería decidir yo misma lo que necesito y lo que no.
Comenzó
a darse cuenta de que la gente más próxima empezaba a dirigir las antenas hacia
donde estaban ella y Máns. Hacían ver que estaban ocupados bailando y
charlando, pero era innegable que el murmullo había perdido fuerza. Quizá ya
tenían tema de conversación para la semana siguiente en el trabajo.
Máns
también parecía haberse dado cuenta de que habían bajado la voz.
—Bueno,
sólo era por consideración, lo siento mucho.
—Vaya,
así que por consideración. ¿Por eso me has hecho estar presente como una idiota
en todos los juicios?
—Tampoco
te pases—replicó Máns resoplando—. Tú misma dijiste que no te importaba. Me
pareció una buena forma de que mantuvieras contacto con el trabajo. ¡Sal de la
barca!
—¡Como
si tuviera elección! ¡Eso seguro que lo entiendes si te paras a pensar un
minuto!
—Deja
eso de los juicios. Sal de la barca y échate a dormir y ya hablaremos mañana
cuando estés sobria.
Rebecka
dio un paso hacia delante en la barca haciendo que se balanceara. Por un
instante Máns creyó que se subiría al embarcadero y le soltaría una bofetada.
Eso sí que habría sido bueno.
—¿Cuando
esté sobria? Eres... ¡eres realmente de lo que no hay!
Puso
un pie en el embarcadero y empujó para alejarse. Máns se planteó agarrar la
barca, pero eso también habría sido todo un numerito: sujetando la proa hasta
caerse al agua. Como el señor Melker del cuento, que siempre se bañaba vestido.
La barca empezó a alejarse.
—¡Pues
vete a Kiruna!—gritó sin importarle quién estuviera escuchando—. Por mí puedes
hacer lo que te dé la santa gana.
La
barca desapareció en la oscuridad. Se podían oír los remos traqueteando en los
escálamos y el chapoteo de las palas cuando entraban en el agua.
Pero
la voz de Rebecka aún estaba cerca y ahora había subido el tono.
—A
ver si me dices si hay algo peor que esto.
A
Máns aquella voz le resultaba familiar de cuando, en otros tiempos, había jaleo
con Madelene. Primero su ira contenida, y él que no tenía la menor idea de
dónde la había vuelto a fastidiar otra vez. Luego la bronca, siempre como la
tormenta del siglo. Y después la voz de ella, que subía el tono un poco antes
de romper en llanto. Entonces era el momento de una posible reconciliación,
siempre y cuando estuviera dispuesto a pagar el precio: asumir toda la culpa.
Con Madelene contaba con un viejo guión del que echaba mano: él le decía que
era un gilipollas y Madelene se acurrucaba entre sus brazos con la cabeza
apoyada contra su pecho hipando como una criatura.
Pero
con Rebecka... La mente de Máns dio un patoso y embriagado paso dentro de su
cabeza en busca de las palabras adecuadas, pero ya era demasiado tarde. Los
golpes de remo sonaban cada vez más lejos.
Y un
carajo se pondría a gritar que volviera. Ni en sueños.
De
pronto Ulla Carie, una de las dos socias mujeres del gabinete, estaba justo a
su espalda preguntándole qué había ocurrido.
—Pégame
un tiro en la cabeza—dijo Máns y empezó a subir hacia el hotel. Fijó el rumbo
hacia la barra exterior, coronada por guirnaldas de colores y linternas
venecianas.
MARTES
5 DE
SEPTIEMBRE
El
inspector de policía Sven-Erik Stålnacke conducía de Fjállnás a Kiruna. La
gravilla repiqueteaba contra los bajos del coche y a su paso iba dejando una
gran estela de polvo. A su izquierda, al girar para tomar la carretera de
Nikka, se alzaba hasta el cielo la gigante masa de la montaña de Kebnekaise con
su color azul helado.
«Es
curioso que nunca te canses de verla», pensó.
Aun
habiendo pasado los cincuenta seguía fascinándose con los cambios estacionales.
El aire frío que cada otoño bajaba de la montaña recorriendo los valles desde
los picos más altos. El retorno del sol al final del invierno. Las primeras
gotas que caen de los tejados. Y el deshielo. Con los años era como si uno
fuera empeorando. Era como si el cuerpo te pidiera una semana de vacaciones
simplemente para sentarte a mirar la naturaleza.
«Y
lo mismo con mi padre», pensó.
Durante
los últimos años de su vida, probablemente los últimos quince, su padre había
estado repitiendo siempre la misma tonadilla: «Éste será mi último verano. Este
otoño ha sido el último de mi vida.»
Parecía
que eso fuera lo que más temía de morir. No poder vivir otra primavera, otro
verano luminoso, otro ardiente otoño. Que las estaciones llegaran y acabaran
sin él.
Sven-Erik
miró el reloj de reojo. La una y media. Faltaba media hora para la reunión con
el fiscal, así que le daba tiempo de pasar por el Asador de Annie y comerse una
hamburguesa.
Se
imaginaba lo que quería el fiscal. Pronto haría tres meses que la pastora
Mildred Nilsson había sido asesinada y aún no habían encontrado nada. El fiscal
se había cansado. Y ¿quién podía reprobárselo?
Sin
darse cuenta aumentó la presión sobre el pedal del acelerador. Tendría que
haberle pedido consejo a Anna-Maria, ahora lo veía. Anna-Maria Mella era la
jefa de su grupo. Estaba de baja por maternidad y mientras tanto Sven-Erik la
sustituía. Lo que pasaba era que no consideraba correcto molestarla mientras
estaba de baja. Le resultaba extraño. Cuando trabajaban juntos la sentía
siempre muy cerca, pero fuera del trabajo no se le ocurría nada que decir. La
echaba de menos, pero aun así sólo había ido a verla una vez, justo cuando el
niño acababa de nacer. Ella había pasado por la comisaría a saludarlos en
alguna que otra ocasión, pero siempre se le echaba encima el gallinero entero
de administrativas cacareando a su alrededor, así que lo mejor era quedarse a
un lado. A mediados de enero volvería de manera oficial.
La
de puertas a las que habían llamado. Tenía que haber alguien que hubiera visto
algo. Pasaron por Jukkasjärvi, donde encontraron a la pastora colgando del
órgano del coro, y también por Poikkijarvi, el pueblo en el que vivía. Nada.
Habían hecho una segunda ronda. Ni mu.
Resultaba
muy extraño. Alguien la había matado a plena luz en la zona del museo local,
junto al río. Y a plena luz el asesino había llevado el cuerpo a cuestas hasta
la iglesia. Sin duda había sido en plena noche, pero había una claridad como si
fuera pleno día.
Habían
descubierto que era una pastora controvertida. Cuando Sven-Erik preguntó si
tenía algún enemigo, varias de las mujeres activas de la parroquia se
ofrecieron a responder: «Elige al hombre que prefieras.» Una mujer de la
rectoría que tenía unas líneas muy marcadas a los lados de la boca había dicho
casi explícitamente que la culpa la tenía la misma pastora. Ya había salido en
los titulares de la prensa local estando viva. Hubo discusiones con el consejo
parroquial cuando, en los locales de la parroquia, organizó cursos de defensa
personal para mujeres. Bronca con el Ayuntamiento cuando su grupo de
bibliología sólo para mujeres, llamado Magdalena, salió a la calle exigiendo
que una tercera parte de las horas de las pistas de hielo del municipio quedaran
reservadas para hockey femenino y para grupos de patinaje artístico. Y
últimamente se había peleado con algunos cazadores y criadores de renos. Fue
por la loba que se había instalado en los terrenos propiedad de la parroquia.
Mildred Nilsson les había dicho que la parroquia tenía el deber de proteger al
animal. En las páginas centrales del diario NSD habían sacado una foto suya y
la de uno de sus opositores bajo los títulos de «Amiga de los lobos» y «Enemigo
de los lobos».
Y en
la casa rectoral de Poikkijarvi, al otro lado del río que bajaba de
Jukkasjärvi, seguía su marido. Estaba de baja por enfermedad y sin capacidad
para arreglar los temas de la herencia. Sven-Erik volvió a sentir el desagrado
que le había invadido al hablar con el hombre. «Usted otra vez. ¿Nunca tiene
suficiente?» Todas las conversaciones habían sido como reabrir un agujero en el
hielo destrozando la nueva capa que se había formado durante la noche. El dolor
volvía a surgir. Los ojos cansados de tanto llorar. Sin hijos con quien
compartir el sufrimiento.
Aunque
Sven-Erik tuviera hijos—una hija que vivía en Luleá—, sabía reconocer
perfectamente aquella maldita soledad. Estaba divorciado y vivía solo. Pero,
claro, tenía al gato y nadie había asesinado a su esposa ni la había colgado de
una cadena.
Habían
investigado todas las cartas de los muchos locos que se declaraban culpables
del crimen, pero sin dar con nada, evidentemente. No eran más que desechos
humanos que casualmente se veían invadidos por una febril exaltación cuando
leían los titulares en la prensa.
Porque
titulares no habían faltado. La televisión y los periódicos se volvieron como
locos con el suceso. Mildred Nilsson fue asesinada en mitad de la sequía de
noticias del verano y, además, no hacía ni dos años que otro líder religioso,
Viktor Strandgárd, figura prominente de la parroquia Fuente de Nuestra
Fortaleza, había sido asesinado en Kiruna. Habían especulado sobre las
similitudes, a pesar de que el asesino de Viktor Strandgárd ya estuviera
muerto. Aun así, el vínculo estaba establecido: un hombre de la Iglesia, una
mujer de la Iglesia. Ambos asesinados con extrema brutalidad en sus respectivas
parroquias. Los sacerdotes se expresaron en los medios a nivel nacional. ¿Se
sentían amenazados? ¿Pensaban mudarse? ¿Era la roja ciudad de Kiruna un lugar peligroso
para vivir siendo sacerdote? Los suplentes de verano de los periódicos llegaron
en avión para revisar la investigación de la policía. Eran jóvenes y estaban
ávidos de noticias: no se contentaban con un «por razones técnicas de la
investigación... ningún comentario respecto a esta fase». El interés de la
prensa había persistido durante dos semanas.
—Es
como si tuvieras que darle la vuelta a los zapatos y sacudirlos antes de
ponértelos—le había dicho Sven-Erik al comisario de la Criminal—. Porque puede
que algún maldito periodista aparezca con la espada en ristre.
Pero
como la policía no había solucionado nada, al final los buscadores de noticias
se habían ido de la ciudad y dos personas que habían muerto aplastadas en un
festival pasaron a ocupar el espacio mediático.
La
policía se pasó todo el verano trabajando con la teoría del imitador. Que
alguien se había dejado inspirar por la muerte de Viktor Strandgárd. Al
principio, la Policía Judicial se había mostrado muy escéptica a la hora de
elaborar un perfil del presunto asesino. Por el momento nadie podía asegurar
que se tratara de un asesino en serie. Ni tampoco era seguro que estuvieran
buscando a un imitador. Pero las similitudes con el asesinato de Viktor
Strandgárd y la presión de los medios de comunicación hicieron que al final una
psiquiatra del grupo de elaboración de perfiles de la Judicial interrumpiera
sus vacaciones para ir hasta Kiruna.
Estuvo
con los de la policía local una tarde a principios de julio. En total eran diez
y pasaron la tarde sudando en la sala de reuniones. No querían arriesgarse a
que alguien de fuera oyera lo que hablaban, así que mantuvieron todas las
ventanas cerradas.
La
psiquiatra judicial era una mujer que rondaba los cuarenta. Lo que le había
chocado a Sven-Erik era que hablaba de locos, asesinos en masa y asesinos en
serie con una calma y comprensión inauditas para él, casi con amor. Cuando
ponía ejemplos de la realidad decía a menudo «el pobre hombre» o «tuvimos a un
chico joven que...» o «por fortuna para él mismo fue detenido y juzgado». Y les
habló de uno que después de estar unos cuantos años de internamiento
psiquiátrico recibió el alta, con la medicación adecuada, vivía una vida
planificada, trabajaba media jornada en una empresa de pinturas y tenía perro.
—Ni
que decir tiene—les había dicho— que es tarea de la policía decidir con qué
teoría vais a trabajar. Si vuestro asesino es un imitador, puedo daros una
descripción aproximada, pero no es seguro que lo sea.
Hizo
una presentación con PowerPoint y les animó a interrumpirla con preguntas.
—Es
varón. Edad, entre quince y cincuenta. Sorry.
Esto
último lo añadió al comprender las sonrisas que todos habían esbozado.
—Preferiríamos
algo así como «veintitrés años y tres meses, trabaja repartiendo periódicos,
vive con su madre y tiene un Volvo rojo»—bromeó alguien.
Ella
le había seguido el hilo:
—Y
calza un cuarenta y dos. Bueno, los imitadores son especiales en el sentido de
que pueden debutar con delitos de una violencia brutal. Quiero decir que no
tiene que haber sido necesariamente juzgado antes por otro delito con violencia
de mayor gravedad. Lo digo a sabiendas de que habéis encontrado huellas pero no
habéis dado con ninguna coincidencia en el registro.
Los
presentes asintieron con la cabeza.
—Puede
que aparezca en el registro de sospechosos o que haya sido juzgado por delitos
menores, que son típicos de una persona que no conoce los límites. Vejaciones
tipo manía persecutoria, insistentes llamadas telefónicas o quizá pequeños
hurtos. Pero si se trata de un imitador habrá estado encerrado en su cuarto
leyendo sobre el asesinato de Viktor Strandgárd durante un año y medio. Es una
ocupación apacible. Era el asesinato de otro autor y hasta el momento le
bastaba con eso, pero a partir de ahora querrá leer sobre sí mismo.
—En
realidad los asesinatos no se parecen—objetó alguien—. A Viktor Strandgárd lo
golpearon, lo apuñalaron, le sacaron los ojos y le cortaron las manos.
La
psiquiatra asintió.
—Es
cierto. Pero la explicación a eso puede ser que se trata de su primera vez.
Apuñalar, cortar y hurgar con un cuchillo da más..., cómo decirlo..., más
proximidad que un arma larga como la que parece que se ha utilizado en esta
ocasión. Es otro límite que hay que rebasar. Quizá no le guste el contacto
físico.
—Pero
la llevó a cuestas hasta la iglesia.
—Sí,
cuando ya había acabado con ella. Entonces ya no era nada, sólo un trozo de
carne. Vale, vive solo o bien tiene acceso a un espacio totalmente privado, por
ejemplo una habitación para sus aficiones en la que no puede entrar nadie, o un
taller o, bueno, cualquier lugar que se pueda cerrar con llave. Allí tiene
recortes de prensa, probablemente a la vista, preferiblemente colgados. Está
aislado, pocos contactos sociales. No sería de extrañar que hubiera recurrido a
algo físico para mantener a las demás personas alejadas, como una mala higiene,
por ejemplo. Preguntad sobre eso si dais con algún sospechoso, preguntad si
tiene amigos, aunque no los tendrá. Pero, lo dicho: no tiene por qué tratarse
de un imitador. Puede que se trate de alguien que se ha visto superado por un
ataque de ira puntual. Si tenemos la mala suerte de que nos caiga otro
asesinato, tendremos que volver a vernos.
Sven-Erik
interrumpió sus cavilaciones al cruzarse con un conductor que entrenaba a su
perro sujetando la correa a través de la ventanilla y haciéndole correr junto
al coche. Pudo ver que se trataba de un cruce de perro jämthund. El animal
galopaba con la lengua colgando.
—Jodido
maltratador de animales—murmuró mirando por el retrovisor.
Probablemente
era un cazador de alces que quería poner en forma al perro para la temporada.
Por un momento pensó en volver atrás para tener una charla con el dueño. Los
tipos así no deberían poder tener animales. Seguro que el resto del año lo
tenía encerrado en una jaula.
Pero
no dio la vuelta. Acababa de hablar con un hombre que había incumplido la orden
de alejamiento de su ex esposa y además se negaba a presentarse a declarar
aunque había sido citado para ello.
«Todo
el día de bronca—pensó Sven-Erik—. Desde que me levanto por la mañana hasta que
me meto en la cama. ¿Dónde hay que poner el límite? Un buen día estás
disfrutando de tu día libre y te pones a gritarle a la gente que tira el papel
del helado al suelo.»
Pero
la evocación del perro galopando e imaginarlo con las almohadillas de las patas
hechas jirones le estuvo carcomiendo todo el camino hasta la ciudad.
Veinticinco
minutos más tarde Sven-Erik Stålnacke entraba en el despacho del fiscal jefe
Alf Bjornfot. El fiscal, de sesenta años, estaba sentado en el borde de su
escritorio con una criatura entre los brazos. El niño estiraba felizmente el
cordoncillo de la lámpara fluorescente que asomaba por encima de la mesa.
—¡Mira!—exclamó
el fiscal cuando Sven-Erik entró por la puerta—. Aquí viene el tío Sven-Erik.
Éste es Gustav, el chaval de Anna-Maria.
Esto
último se lo dijo a Sven-Erik entornando sus ojos de miope. Gustav le había
cogido las gafas y las usaba para golpear el cordón de la lámpara, que se
balanceaba en todas direcciones.
En
ese mismo instante entró la inspectora jefa Anna-Maria Mella. Saludó a
Sven-Erik con un levantamiento de cejas y una fugaz media sonrisa en su cara de
caballo. Como si se hubieran visto en la reunión habitual de la mañana, aunque
en realidad hacía varios meses que no hablaban.
A
Sven-Erik le sorprendió lo pequeña que la veía. Ya le había pasado antes, en
otras ocasiones que habían estado separados un tiempo, como después de las
vacaciones, por ejemplo. En su cabeza siempre se la imaginaba mucho más grande.
Se le notaba que había estado de baja. Tenía un moreno de esos que no se
pierden hasta bien entrado el oscuro invierno. Ya no se le veían las pecas
porque el resto de la cara había tomado el mismo color. Su gran coleta estaba
casi blanca, y en el nacimiento del pelo tenía marcas de haberse rascado varias
picaduras de mosquito, pequeños puntitos marrones de sangre seca.
Tomaron
asiento. El fiscal jefe detrás de su sobrecargado escritorio y Anna-Maria y
Sven-Erik uno al lado del otro en el sofá de las visitas. El fiscal se expresó
en pocas palabras. El caso del asesinato» de Mildred Nilsson se había
estancado. Durante el verano había ocupado casi todos los recursos que tenía la
policía, pero ahora ya no se le podía dar la misma prioridad.
—No
hay vuelta de hoja—le dijo a modo de disculpa a Sven-Erik, que miraba
insistentemente por la ventana—. No podemos seguir dedicando tantos medios a
este caso a costa de suspender las investigaciones de otros asuntos. Al final
se nos echará encima el Defensor del Pueblo.
Hizo
una breve pausa y observó a Gustav, que se dedicaba a vaciar el contenido de la
papelera y a repartir el tesoro por el suelo. Una caja vacía de porciones de
tabaco picado, una piel de plátano, otra caja vacía de pastillas refrescantes
LÄkerol Special y algunas bolas de papel. Cuando la papelera se quedó vacía
Gustav se quitó los zapatos y los metió dentro. El fiscal sonrió y continuó
hablando.
Había
convencido a Anna-Maria para que trabajara a media jornada hasta que empezara
con la jornada completa después de Navidad. La idea era que Sven-Erik
continuara como jefe de grupo y que Anna-Maria se dedicara al asesinato hasta
entonces.
Se
subió las gafas hasta el nacimiento del tabique nasal y recorrió la mesa con la
mirada. Al final encontró el archivo de Mildred Nilsson y se lo pasó a
Anna-Maria y a Sven-Erik.
Anna-Maria
hojeó el contenido de la carpeta mientras Sven-Erik leía por encima de su
hombro. Le invadió una pesadez interior, como si una gran tristeza lo llenara a
medida que pasaban las páginas.
El
fiscal le pidió que hiciera un resumen de la investigación.
Sven-Erik
tiró de su espeso bigote durante unos segundos de concentración y luego explicó
sin mayores digresiones que a la pastora Mildred Nilsson le habían quitado la
vida la noche del 21 de junio. Había oficiado una misa nocturna en la iglesia
de Jukkasjärvi que terminó a las doce menos cuarto y a la que asistieron once
personas. Seis de ellas eran turistas que se alojaban en el hotel rural y la
policía los había sacado de la cama a las cuatro de la mañana para
interrogarlos. Las demás eran de Magdalena, el grupo de mujeres de la pastora.
—¿El
grupo de mujeres?—preguntó Anna-Maria apartando los ojos de la carpeta.
—Sí,
tenía un grupo de bibliología compuesto únicamente de mujeres. Se hacían llamar
grupo Magdalena. Una asociación de esas que se están poniendo de moda. Solían
reunirse en la iglesia en la que Mildred Nilsson oficiaba la misa. Ha suscitado
discordias en algunos sectores. Tanto sus detractores como ellas mismas lo
dicen así.
Anna-Maria
asintió con la cabeza y volvió a clavar la mirada en el expediente. Los ojos se
le entornaron al llegar al informe de la autopsia y al dictamen de Pohjanen, el
médico jefe.
—Quedó
bien destrozada—dijo—. «Hundimiento craneal... fractura craneal múltiple...
contusiones cerebrales bajo las zonas del cráneo afectadas... hemorragia entre
las meninges...»
Se
percató de las muecas de desagrado e incomodidad tanto en el fiscal como en
Sven-Erik y siguió hojeando el texto en silencio.
Es
decir, violencia grave poco convencional. La mayoría de las heridas medían unos
tres centímetros de largo con tejido conjuntivo en los bordes. El tejido estaba
destrozado. Pero había una herida más grande: «Marca alargada y morada con
hinchazón en la sien izquierda... a tres centímetros por debajo y dos por
delante del conducto auditivo se observa el límite posterior de la herida
estampada...»
¿Herida
estampada? ¿Qué comentaba el médico forense al respecto? Pasó algunas páginas.
«...
la herida estampada y la herida alargada lateral de la sien izquierda inducen a
pensar en un arma con forma similar a la de una palanqueta.»
Sven-Erik
continuó con su explicación:
—Después
de la misa, la pastora se cambió de ropa en la sacristía, cerró la iglesia con
llave y bajó caminando hasta el embarcadero que hay junto al museo local, donde
tenía amarrada su barca. Allí fue donde la atacaron. El asesino cargó con la
pastora de vuelta a la iglesia. Abrió el portón y la subió al coro, le ató una
cadena al cuello, sujetó el otro extremo en el órgano y la colgó del coro.
No
mucho más tarde la descubrió una de las conserjes. Le habían entrado ganas de
bajar al pueblo en bicicleta para coger flores para la iglesia.
Anna-Maria
miró un momento a su hijo. Había descubierto la caja de papeles para triturar.
Estaba rompiendo una hoja tras otra. Una felicidad inconcebible.
Anna-Maria
aceleró la lectura. Numerosas fracturas en la mandíbula superior y el pómulo.
Una pupila más dilatada que la otra. La izquierda, seis milímetros; la derecha,
cuatro milímetros. La causa era la hinchazón cerebral. «El labio superior, muy
hinchado. La parte derecha, de color azul morado; la incisión muestra una
hemorragia de sangre oscura...» ¡Santo cielo! Pérdida de los incisivos
superiores. «Abundante sangre y coágulos en la cavidad bucal. En la boca hay
dos calcetines presionados contra la garganta.»
—Prácticamente
sólo la golpeó en la cabeza—constató.
—Tenía
dos heridas en el pecho—observó Sven-Erik.
—«Objeto
similar a una palanqueta.»
—Probablemente
era una palanqueta.
—Herida
alargada en la sien izquierda. ¿Crees que es el primer golpe?
—Sí.
Así que habrá que suponer que es diestro.
—O
diestra.
—Sí.
Pero el asesino cargó con el cuerpo un buen trozo. Desde el río hasta la
iglesia.
—¿Cómo
sabemos que la llevó a cuestas? A lo mejor la puso en una carretilla o algo
así.
—Saberlo,
no lo sabemos; ya conoces a Pohjanen. Pero nos estuvo comentando la dirección
en que salía la sangre. Primero le caía hacia abajo, hacia la espalda.
—Mientras
estaba tumbada en el suelo boca arriba.
—Sí.
Al final los de la Científica encontraron el sitio. No muy lejos del
embarcadero donde solía amarrar la barca. A veces iba en barca. Como vivía al
otro lado... En Poikkijarvi. Junto a la barca también encontraron sus zapatos.
—Y
¿después? Con la sangre, digo.
—Después
hay rastros menos copiosos de sangre de las heridas de la cara y la cabeza en
dirección hacia la coronilla.
—Vale—dijo
Anna-Maria—. El asesino la carga al hombro de modo que la cabeza le cuelga
hacia abajo.
—Podría
ser la explicación. Y no es precisamente gimnasia para amas de casa.
—Yo
podría con ella—señaló Anna-Maria—. Y también la podría colgar por encima del
órgano. Era bastante pequeña.
«Sobre
todo si estuviera como... enloquecida por la rabia», pensó.
Sven-Erik
siguió hablando:
—Las
últimas marcas de sangre van en dirección a los pies.
—Cuando
la colgaron.
Sven-Erik
asintió con la cabeza.
—¿O
sea que no estaba muerta?
—No
del todo. Lo pone en el informe forense.
Anna-Maria
hojeó el informe. Había una pequeña hemorragia en el cuello bajo las heridas
producidas por la cadena. Según el médico forense Pohjanen, todo apuntaba a una
muerte segura. Así que ya estaba medio muerta cuando la colgaron. Probablemente
estaba inconsciente.
—Los
calcetines en la boca...—empezó diciendo Anna-Maria.
—Eran
los suyos—le aclaró Sven-Erik—. Los zapatos se quedaron en la costa y cuando la
colgaron iba descalza.
—Eso
lo he visto otras veces—intervino el fiscal—. Normalmente, pasa cuando alguien
mata a alguien de esa manera. La víctima sufre espasmos y resuella. Es bastante
desagradable. Y para acallar el resuello...
Se
interrumpió. Le vino a la cabeza un caso de violencia de género que terminó en
homicidio. La mujer acabó con media cortina del dormitorio en la garganta.
Anna-Maria
estudió algunas de las fotografías. La cara destrozada. La boca sin dientes
abierta de par en par.
«Y
¿las manos?—pensó—. ¿Los cantos de las manos? ¿Los brazos?»
—No
hay heridas de defensa—constató.
El
fiscal y Sven-Erik negaron con la cabeza.
—¿Ni
tampoco huellas dactilares completas?—preguntó Anna-Maria.
—No.
Tenemos una huella parcial en uno de los calcetines.
Gustav
se había puesto a arrancar las hojas que alcanzaba de un gran ficus que había
en una maceta con bolas de arlita. Cuando Anna-Maria lo cogió para apartarlo
soltó un berrido.
—Si
te digo que no, es que no—le dijo Anna-Maria cuando intentó librarse de los
brazos de su madre para volver al ficus.
El
fiscal quiso decir algo, pero Gustav estaba aullando como una sirena.
Anna-Maria intentó disuadirlo con las llaves del coche y el teléfono móvil,
pero todo acabó en el suelo de un golpe. Gustav había empezado a deshojar el
ficus y quería terminar la tarea. Anna-Maria lo cogió bajo el brazo y se puso
en pie. Definitivamente, la reunión había terminado.
—Voy
a poner un anuncio de «se regala»—dijo entre dientes—. O «se cambia»: «niño
sano de año y medio por máquina de cortar el césped. Se estudiarán todas las
ofertas».
Sven-Erik
acompañó a Anna-Maria hasta el coche. Pudo comprobar que seguía con su
destartalado Ford Escort. A Gustav se le pasaron las penas en cuanto su madre
lo dejó en el suelo para que caminara solo. Primero se puso a correr
tambaleante, pero atrevido, hacia una paloma que estaba picoteando restos junto
a una basura. El pájaro alzó cansado el vuelo y Gustav centró su atención en la
basura. Había un líquido rosáceo bajando por el borde de la papelera, parecía
un vómito medio seco del sábado anterior. Anna-Maria cazó a Gustav justo antes
de que llegara. Empezó a llorar como si le fuera la vida en ello. Anna-Maria lo
sentó en la sillita infantil del coche y cerró la puerta. Desde dentro seguían
sonando los gritos atenuados de su hijo.
Se
volvió hacia Sven-Erik con una media sonrisa.
—Lo
voy a dejar ahí y me voy a ir andando a casa—dijo.
—No
me extraña que proteste si lo dejas sin merienda—bromeó Sven-Erik haciendo un
gesto hacia la repulsiva papelera.
Anna-Maria
levantó los hombros en un escalofrío simulado y después siguió un silencio de
unos pocos segundos.
—Bueno—dijo
Sven-Erik sonriendo—, por lo visto habrá que aguantarte otra vez.
—Sí,
pobrecito—respondió ella, también con una sonrisa—. Se acabó la paz.
Y se
puso seria.
—En
la prensa decían que era una rojilla feminista, que organizaba cursos de
defensa personal y cosas así. ¡Pero no había marcas de pelea!
—Lo
sé—dijo Sven-Erik.
Arrugó
el bigote en un gesto pensativo.
—A
lo mejor no se esperaba que le pegaran—propuso—. Quizá lo conocía—dijo él
sonriendo—. ¡O la conocía!—añadió.
Anna-Maria
asintió pensativa. A su espalda, Sven-Erik veía los molinos de la central
eólica de Peuravaara, uno de sus temas de discusión favoritos. A él le parecían
bonitos, y a ella más feos que una paliza.
—Puede—dijo.
—A
lo mejor tenía perro—observó Sven-Erik—. La Científica encontró dos pelos de
perro en su ropa y ella no tenía mascota ninguna.
—¿Qué
clase de perro?
—No
sé. Después del caso Helene de Horby intentaron desarrollar los métodos de
análisis. No se puede saber de qué raza se trata, pero si aparece algún
sospechoso que tenga perro se puede comparar y determinar si el pelo es del
mismo perro.
Los
gritos del coche se hicieron más fuertes. Anna-Maria se sentó dentro y puso el
motor en marcha. Se le debía de haber perforado el tubo de escape porque cuan-
do
empezó a acelerar sonó como una sierra eléctrica maltratada. Arrancó de golpe y
se incorporó a la calle Hjalmar Lundbohmsvágen.
—¡Joder,
qué estilo tienes!—gritó Sven-Erik entre una nube de humo aceitoso.
Por
la luna trasera del coche vio cómo Anna-Maria levantaba la mano para
despedirse.
Rebecka
Martinsson iba en el Saab de alquiler camino de Jukkasjärvi. A su lado, en el
asiento del copiloto, estaba Torsten Karlsson con la cabeza echada hacia atrás
y los ojos cerrados intentando descansar un poco antes de la reunión con el
pastor religioso. De vez en cuando miraba por la ventana.
—Avísame
si ves algo que valga la pena mirar—le dijo a Rebecka.
Ella
esbozó media sonrisa.
«Todo—pensó—.
Todo esto vale la pena mirarlo. El sol del atardecer entre los abetos, los
insectos zumbando alrededor de las adelfillas de la cuneta, el asfalto
agrietado por el frío, todo lo que está muerto y aplastado en la carretera...»
La
reunión con los pastores de la diócesis de Kiruna estaba programada para la
mañana del día siguiente, pero el pastor de Kiruna había llamado a Torsten.
—Si
ves que vais a llegar el martes por la tarde, llámame—le dijo—, así os enseño
dos de las iglesias más bonitas de toda Suecia. Kiruna y Jukkasjärvi.
—¡Entonces
subiremos el martes!—decidió Torsten efusivo—. Nos interesa mucho tenerlo de
nuestro lado para el miércoles. Ponte algo bonito.
—Ponte
algo bonito tú—le contestó Rebecka.
En
el avión les tocó sentarse al lado de una mujer que enseguida entabló
conversación con Torsten. Era corpulenta y llevaba una chaqueta holgada y del
cuello le colgaba un collar de Kalevala de tamaño considerable. Cuando Torsten
le contó que era la primera vez que iba a Kiruna, la mujer dio una palmada de
entusiasmo. Después empezó a aconsejarle cosas que tenía que ir a ver.
—Llevo
guía particular—le dijo Torsten señalando a Rebecka con la mirada.
La
mujer la observó con una sonrisa.
—Vaya,
así que tú ya has estado aquí antes.
—He
nacido aquí.
La
mujer la examinó de arriba abajo sin poder disimular un halo de desconfianza.
Rebecka
se volvió para mirar por la ventanilla y dejó que Torsten continuara con la
conversación. Le molestaba haberse sentido como una extraña, embutida en un
traje de chaqueta gris y con zapatos de Bruno Magli.
«Es
mi ciudad», pensó con cierto aire de rebeldía.
Justo
en ese instante el avión giró y la ciudad se dejó ver sobre el terreno como un
conjunto de edificaciones que se agarraban con tenacidad a la roca rica en
hierro. A su alrededor no había más que montañas y ciénagas, bosques de baja
altura y corrientes de agua. Rebecka respiró hondo.
En
el aeropuerto volvió a sentirse como una extraña. De camino a la oficina de
alquiler de coches ella y Torsten se habían encontrado con una manada de
turistas que regresaban a casa. Desprendían un intenso olor a loción anti
mosquitos y sudor. El viento de las montañas y el sol de septiembre les habían
curtido la piel. Estaban morenos y todos tenían pequeñas marcas blancas junto a
los ojos de tanto entornarlos.
Rebecka
sabía cómo se sentían. Pies doloridos y músculos cansados tras una semana en la
montaña, satisfechos e incluso un poco indolentes. Llevaban anoraks de colores
vivos y pantalones de color caqui muy prácticos. Ella, en cambio, llevaba
abrigo y bufanda.
Cuando
cruzaban el río, Torsten estiró la espalda y giró la cabeza para observar a
unos pescadores con mosca.
—Pues
sólo nos queda encomendarnos a los dioses para que lleguemos a buen puerto con
este asunto—dijo.
—Seguro
que sí—le respondió Rebecka—. Les vas a encantar.
—¿De
verdad lo crees? Siento no haber estado aquí antes. Joder, si es que nunca he
estado más arriba de Gavie.
—Ya,
ya, pero ahora estás contentísimo de estar aquí. Siempre has querido subir, ver
el magnífico mundo de las montañas y visitar la mina. La próxima vez que tengas
que venir tómate unos días de vacaciones y aprovechas para hacer un poco de
turismo.
—Vale.
—Y
olvídate de hacer el típico comentario de «cómo os lo montáis en invierno
cuando el sol ni siquiera sale».
—Por
supuesto.
—Aunque
ellos mismos hagan esa broma.
—Sí,
sí.
Rebecka
aparcó el coche delante del campanario. No se veía al pastor por ninguna parte,
así que bajaron caminando por el camino de grava hacia la casa rectoral. Era de
madera pintada de color rojo y juntas blancas. Un poco más abajo de la casa
fluía el río con el exiguo caudal característico de septiembre. Mientras
Torsten intentaba ahuyentar los mosquitos, llamaron a la puerta pero nadie les
abrió. Volvieron a llamar y al final se dieron la vuelta con intención de
marcharse.
A
través de la abertura de la valla que daba al cementerio apareció un hombre
caminando. Les llamó mientras agitaba la mano en el aire. Cuando estuvo un poco
más cerca pudieron distinguir su camisa de pastor.
—¡Buenos
días!—les dijo al llegar junto a ellos—. Vosotros debéis de ser los de Meijer
& Ditzinger.
Le
alargó la mano primero a Torsten Karlsson. Rebecka tomó una postura de
secretaria a medio paso detrás de Torsten.
—Stefan
Wikström—se presentó el sacerdote.
Rebecka
se presentó sin especificar su cargo, dejándole así que se imaginara lo que le
resultara más cómodo. Observó al pastor con atención. Rondaba los cuarenta,
llevaba téjanos, zapatillas de deporte y camisa de sacerdote con alzacuellos
blanco. Se hacía evidente que no volvía de ninguna ceremonia pero, aun así,
llevaba la camisa. «Uno de esos curas las veinticuatro horas», pensó.
—Habíais
quedado con Bertil Stensson, el párroco—continuó el sacerdote—.
Lamentablemente, anoche le surgió un impedimento, así que me ha pedido que os
reciba y os enseñe la iglesia.
Rebecka
y Torsten le respondieron con amabilidad y lo siguieron hasta la pequeña
iglesia roja de madera. El tejado desprendía olor a brea. Rebecka prefería
mantenerse por detrás de los hombres siguiéndolos de cerca. El sacerdote se
dirigía casi exclusivamente a Torsten cuando hablaba y éste entraba hábilmente
en el juego sin girarse tampoco hacia Rebecka.
«Quizá
sea verdad que al párroco le ha surgido un impedimento—pensó Rebecka—, pero
también pudiera ser que hubiera decidido estar en contra de la oferta del
bufete.»
Por
dentro, la iglesia era sombría y el aire se notaba totalmente quieto. Torsten
se rascaba veinte nuevas picaduras de mosquito.
Stefan
Wikström les habló un poco acerca de la iglesia de madera, construida en el año
1700. Rebecka dejó libre el pensamiento en su cabeza. Ya conocía la historia
del hermoso retablo y de los muertos que descansaban bajo el pavimento. De
pronto se percató de que habían cambiado de tema y volvió a prestar atención.
—Allí.
Delante del órgano—dijo Stefan Wikström señalando con el dedo.
Torsten
levantó la vista y observó los tubos del órgano y el símbolo sami del sol que
tenía en el centro.
—Tiene
que haber sido un duro golpe para todos.
—¿Un
duro golpe?—preguntó Rebecka.
El
sacerdote se la quedó mirando.
—Bueno,
aquí es donde estaba colgando—dijo—. La compañera a la que asesinaron este
verano.
—Rebecka
lo miró estupefacta.
—¿Que
asesinaron este verano?—repitió.
Se
hizo una pausa desconcertante entre los tres.
—Sí,
este verano—intentó de nuevo Stefan Wikström.
Torsten
Karlsson tenía la mirada fija en Rebecka.
—No
me digas que...—dijo.
Rebecka
lo miró y negó con la cabeza con un gesto casi imperceptible.
—Este
verano asesinaron a una pastora en Kiruna. Aquí dentro. ¿No lo sabías?
—No.
Torsten
la observó intranquilo.
—Debes
de ser la única persona en toda Suecia que... Daba por hecho que lo sabías.
Salió en todos los periódicos..., en cada telediario...
Stefan
Wikström seguía la conversación como en una partida de tenis de mesa.
—No
he leído la prensa desde antes del verano—dijo Rebecka—. Ni tampoco he visto la
televisión.
Torsten
levantó las palmas de las manos como buscando ayuda.
—De
veras creía que...—empezó diciendo—. Hostias, nadie...
Interrumpió
la frase para mirar abochornado al sacerdote, éste le respondió con una sonrisa
en señal de perdón por los pecados cometidos y Torsten continuó hablando:
—...
nadie se habrá atrevido a contártelo. ¿Prefieres esperar fuera? O ¿quieres un
vaso de agua?
Rebecka
estuvo a punto de sonreír, pero cambió de idea sin tener claro qué cara poner.
—Estoy
bien. Pero prefiero esperar fuera.
Dejó
a los hombres dentro de la iglesia y salió hasta la escalinata de la entrada.
«Sin
duda, debería sentir algo—pensó—. Quizá desmayarme.»
El
sol de mediodía calentaba la pared del campanario. Le entraron ganas de
apoyarse, pero se abstuvo pensando en la ropa. El olor a asfalto caliente se
mezclaba con el del tejado recién restaurado con brea.
Se
preguntaba si Torsten estaría explicándole a Stefan Wikström que ella era la
que había matado al asesino de Viktor Strandgárd. O quizá se estuviera
inventando algo. Probablemente, haría lo que le pareciera más indicado de cara
a los negocios. En la actualidad Rebecka era una chuchería en la bolsa social
de las golosinas, donde estaba mezclada con anécdotas picantes y suculentos
chismorreos. Si Stefan Wikström hubiera sido abogado, Torsten le habría contado
la verdad. Le habría alargado la bolsa y le habría invitado a una Rebecka
Martinsson. Pero los sacerdotes quizá no eran una especie tan chismosa como los
abogados.
Salieron
a su encuentro al cabo de diez minutos. El pastor les dio la mano a ambos y
parecía como si no quisiera soltarlas.
—Es
una pena que Bertil se haya tenido que marchar. Ha habido un accidente de
tráfico y en esos casos no se puede uno negar. Si me dais un minuto, intento
localizarle en el móvil.
Mientras
Stefan Wikström telefoneaba al párroco, Rebecka y Torsten se intercambiaron una
mirada. De modo que el párroco sí que estaba ocupado de verdad. Rebecka se
preguntaba por qué Stefan Wikström estaba tan empeñado en que se encontraran
con él antes de la reunión del día siguiente.
«Quiere
algo—pensó—. ¿Qué será?»
Stefan
Wikström se guardó el teléfono en el bolsillo de atrás con una sonrisa de
disculpa.
—Lo
siento—dijo—, ha saltado el contestador. Pero nos vemos mañana.
La
despedida fue breve, puesto que tan sólo una noche los distaba del siguiente
encuentro. Torsten le pidió un bolígrafo a Rebecka y se apuntó el título de un
libro que el sacerdote le había recomendado, mostrando así gran interés.
Rebecka
y Torsten cogieron el coche y se encaminaron de vuelta a la ciudad. Durante el
viaje Rebecka le habló de Jukkasjärvi y del aspecto que tenía antes del gran
boom turístico, cuando yacía adormilada junto al río. Sus habitantes
desaparecían en silencio como los granos en un reloj de arena. El supermercado
era todo un anticuario de la comida. Por el museo local se paseaba algún que
otro turista puntual con un café rancio en una mano y en la otra un pastelito
industrial de la casa Delicato, cuya cobertura habría adquirido el tono
blanquecino de pasado. Las casas no se habían podido vender. Se quedaron allí
ojerosas y en silencio, con goteras en los tejados y ratones correteando entre
las paredes. Los prados acabaron totalmente cubiertos de maleza.
En
cambio, ahora llegaban turistas de todos los rincones del mundo para dormir en
el hotel de hielo entre pieles de reno, conducir moto de nieve a treinta grados
bajo cero, montar en trineos tirados por perros o contraer matrimonio en la
iglesia de hielo. Y si no era invierno, la gente iba para disfrutar de las
saunas flotantes o para hacer rafting por el río.
—¡Para!—gritó
Torsten de repente—. ¡Podemos comer ahí!
A un
lado de la carretera había un cartel formado por dos tablones de madera, uno
encima de otro, y pintados a mano. Estaban cortados en forma de flecha y
señalaban hacia la izquierda. Unas letras verdes sobre fondo blanco anunciaban:
«HABITACIONES» y «COMIDA hasta las 23 horas».
—No,
no podemos—objetó Rebecka—. Por ahí se va a Poikkijarvi y allí no hay nada.
—Venga,
vamos, Martinsson—reclamó Torsten mirando la carretera con expectación—. ¿Dónde
está tu espíritu aventurero?
Rebecka
suspiró como una madre paciente y giró por el camino que llevaba a Poikkijarvi.
—Aquí
no hay nada—insistió—. Un cementerio, una capilla y unas pocas casas. Te
apuesto a que ese cartel lleva ahí siglos y que quien lo colgó se fue al otro
barrio a la semana siguiente.
—En
cuanto lo confirmemos damos media vuelta y nos vamos a comer a la ciudad—dijo
Torsten desenfadado.
Al
poco rato la carretera asfaltada se convirtió en camino de grava. A su
izquierda corría el río y se podía ver Jukkasjärvi al otro lado. La gravilla
repicaba contra los bajos del coche. A ambos lados del camino había casas de
madera, la mayoría de ellas pintadas de color rojo. Algunos jardines estaban
decorados con flores medio marchitas dentro de neumáticos de tractor y molinos
de miniatura; otros, con columpios y fosos de arena para críos. Los perros
corrían hasta donde podían dentro del jardín ladrando al paso del coche.
Rebecka podía sentir las miradas de los ojos que los observaban desde el
interior de las viviendas. Un coche desconocido. ¿Quién podía ser? Torsten
miraba a su alrededor como un niño feliz, hacía comentarios sobre las
ampliaciones tan feas que tenían algunas casas y saludó a un hombre mayor que
había parado de rastrillar hojas para observar a los dos extraños. Se cruzaron
con un grupito de chavales que iban en bici y con un chico un poco mayor que
iba en un ciclo-motor con cajón de carga en la parte delantera.
—Ahí
está—señaló Torsten.
El
restaurante, un antiguo taller de coches reformado, quedaba al final del
pueblo. El edificio tenía el aspecto ligero de una caja de cartón cuadrada y el
revoque blanco sucio se había desconchado por varios sitios. En la parte larga
de la caja había dos portones de garaje que daban al camino y estaban provistos
de ventanas alargadas para que pudiera entrar más luz. En una de las paredes
cortas había una ventana con reja metálica y una puerta de tamaño normal, y a
ambos lados de ésta había una gran maceta de plástico con caléndulas de color
amarillo fuego. Tanto los portones como la puerta y el marco exterior de las
ventanas estaban pintados con pintura plástica de color marrón que se estaba
descascarillando. En la otra pared corta, que era la trasera del restaurante,
había varias máquinas quitanieves de color rojo pálido sobre la crecida hierba
seca de otoño.
Al
entrar con el coche en la explanada de grava, tres gallinas batieron las alas y
salieron corriendo por detrás de una esquina. Contra la pared larga que miraba
al río había apoyado un cartel de luces de neón con el texto «LAST STOPPER
DINER» y junto a la puerta había un cartel plegable de madera que decía «BAR
abierto». En la explanada había otros tres coches aparcados.
Al
otro lado del camino se veían cinco cabañas y Rebecka se imaginó que eran las
que se alquilaban.
Apagó
el motor y en ese momento llegó el ciclomotor de carga con el que se habían
cruzado un rato antes y aparcó el vehículo junto al edificio. El chico que lo
llevaba, un muchacho grande y fuerte, se quedó titubeando unos minutos sentado
en el sillín sin saber muy bien si bajar o no. Clavó la mirada en Rebecka y
Torsten por debajo del canto del casco y se meció varias veces sobre el
manillar. El robusto mentón se le movía de un lado a otro hasta que al final se
bajó del ciclomotor y se dirigió hacia la puerta. Caminaba ligeramente
inclinado hacia delante con la mirada clavada en el suelo y con los brazos
formando un ángulo de noventa grados.
—Ahí
llega el jefe de cocina—bromeó Torsten.
Rebecka
soltó un «hmm», el sonido que empleaban los abogados asistentes para las bromas
malas cuando no querían reírse pero tampoco quedarse callados ante un socio o
un cliente.
El
chico permanecía de pie en el umbral de la puerta.
«No
es muy diferente a un gran oso con chaqueta verde», pensó Rebecka.
El
chico se dio media vuelta y volvió al ciclomotor, se desabrochó el abrigo, lo
extendió cuidadosamente sobre la plataforma de carga y lo dobló. Después se
quitó el casco y lo colocó encima del abrigo con delicadeza extrema, como si
fuera de cristal. Incluso retrocedió un paso para echar un vistazo a distancia,
luego se acercó de nuevo y movió el casco apenas un milímetro. Seguía con la
cabeza inclinada hacia delante y ligeramente ladeada. Miró a Rebecka y a
Torsten por el rabillo del ojo mientras se frotaba el mentón. Rebecka calculó
que aún no habría cumplido los veinte, pero no cabía duda de que seguía
teniendo la mente de un niño.
—¿Qué
está haciendo?—susurró Torsten.
Rebecka
sacudió la cabeza.
—Voy
a entrar a preguntar si ya se puede cenar—dijo bajándose del coche.
Por
la ventana con mosquitera verde que estaba abierta se podía oír de fondo la
emisión de un programa deportivo, un murmullo de personas hablando y el
tintineo de platos y cubiertos. Desde el río llegaba el rugido de un
fueraborda. El aire, impregnado de un rico olor a comida, era un poco más frío.
El frescor de la tarde pasaba con una brisa acariciando el musgo y las matas de
arándanos.
«Es
como en casa», pensó Rebecka mirando el bosque del otro lado del camino, una
sala de columnas levantada por pinos jóvenes que salían de la tierra arenosa.
Los rayos del sol se abrían paso por entre los troncos cobrizos hasta calentar
la pinaza y las piedras recubiertas de musgo.
De
pronto pudo verse a sí misma. Una chiquilla con jersey de fibra sintética que
te electrizaba el pelo si te frotabas la cabeza con él y unos pantalones de
pana alargados por abajo. Aparece corriendo en el lindero del bosque con una
taza de cerámica llena hasta el borde de arándanos que acaba de coger. Se
dirige al establo que se utiliza en verano donde está su abuela. En el suelo de
cemento hay un pequeño fuego encendido echando humo. Es del tamaño perfecto,
porque si se le pone demasiada paja las vacas empiezan a toser. Su abuela está
ordeñando a Mansikka y le sujeta la cola con la frente apretada contra el
costado del animal. La leche cae como inyectada en el cubo y las cadenas
traquetean cuando las vacas se agachan para coger más paja.
—Bueno,
Pikkupiika—le dice su abuela mientras aprieta rítmicamente las ubres—. ¿Dónde
has estado todo el día?
—En
el bosque—le contesta la pequeña Rebecka.
Le
mete a su abuela unos cuantos arándanos en la boca. Hasta ahora Rebecka no se
había dado cuenta de su propia hambre.
Torsten
picó en la ventanilla del coche.
«Quiero
quedarme aquí», pensó Rebecka sorprendiéndose a sí misma de su propia
vehemencia.
Los
terrones herbosos del bosque parecían cojines cubiertos con matas de arándano
rojo de un reluciente color verde oscuro y hojas gruesas, y con otras de
arándano azul aún de color verde pálido que poco a poco se iban tornando
rojizas.
«Ven
a tumbarte—susurraba el bosque—. Túmbate boca arriba y quédate mirando cómo se
mecen las copas de los árboles con la fuerza del viento.»
Otro
repiqueteo en la ventanilla. El corpulento chico seguía en la escalera cuando
Rebecka entró en el local y ella le hizo un gesto de saludo con la cabeza.
Los
dos garajes del antiguo taller se habían reformado y eran ahora un
bar-restaurante. En el local había seis mesas de madera de pino, barnizadas de
color oscuro y dispuestas a lo largo de las paredes, pudiéndose sentar en cada
una hasta siete personas al mismo tiempo si una se sentaba en una de las
cabeceras. La alfombra sintética imitando mármol de color rojo coral hacía
juego con el empapelado rosa, que tenía además una cenefa pintada a mano a lo
largo de todas las paredes de la sala, pasando incluso por encima de las
puertas batientes que daban a la cocina. En las tuberías que estaban a la vista
y también eran de color de rosa, alguien había enrollado lianas de hiedra
artificial en un intento de darle más ambiente al lugar. A la izquierda, detrás
de la barra también barnizada de oscuro, había un hombre con delantal azul que
secaba vasos y los apretujaba en el estante donde estaba la oferta del bar.
Cuando Rebecka entró en el salón la saludó. Llevaba una barba corta de color
castaño oscuro, un aro en la oreja derecha e iba con las mangas de la camiseta
negra arremangadas, dejando ver unos fornidos músculos. En una de las mesas
había tres hombres con un cestillo de pan delante esperando la comida con los
cubiertos todavía enrollados en las servilletas de papel de color vino. Tenían
las miradas clavadas en el fútbol de la tele, los puños en la cesta de pan y
las gorras de trabajo apiladas en una de las sillas libres. Los tres llevaban
camisa de franela y debajo camisetas con estampados de publicidad y cuellos
desgastados. Uno de ellos llevaba pantalones de trabajo azules de tirantes con
el logo de una empresa. Los otros dos se habían desabrochado los monos de
trabajo y llevaban la parte superior colgando por detrás.
Una
mujer sola de mediana edad mojaba trozos de pan en el plato de sopa. Le sonrió
rápidamente a Rebecka y se apresuró a meterse el pan en la boca antes de que se
le despedazara. A sus pies yacía dormido un labrador negro con canas blancas de
vejez en el hocico. En la silla que tenía al lado colgaba un abrigo de color
rosa Barbie indescriptiblemente desgastado. Llevaba el pelo muy corto y su
peinado se podía describir, en el mejor de los casos, como práctico.
—¿Te
puedo ayudar en algo?—preguntó el tipo del aro en la oreja de detrás de la
barra.
Rebecka
se giró hacia él y apenas le dio tiempo a decir que sí cuando se batieron las
puertas de la cocina al paso enérgico de una mujer de unos veintitantos años
que aparecía con tres platos en las manos. Tenía el pelo largo y coloreado a
mechas rubias, rojas y negras. Llevaba un piercing en la ceja y dos brillantes
en la aleta de la nariz.
«Qué
chica más guapa», pensó Rebecka.
—¿Sí?—le
dijo como exigiendo una reacción a Rebecka.
No
esperó a que contestara sino que les sirvió los platos a los tres hombres que
esperaban. Rebecka había estado a punto de preguntar si servían comida, pero la
respuesta era evidente.
—En
el cartel pone que tenéis habitaciones—oyó salir repentinamente de su propia
boca—. ¿Cuánto cuestan?
El
tipo del aro en la oreja la miró desconcertado.
—Mimmi—dijo
el hombre—. Preguntan por las habitaciones.
La
chica con el pelo de colores se giró hacia Rebecka secándose las manos en el
delantal y quitándose un mechón sudado de la cara.
—Tenemos
cabañas—dijo—. De esas pequeñas. Salen a doscientas setenta coronas la noche.
«¿Qué
estoy haciendo?—se preguntó Rebecka. Y al instante siguiente pensó—: Quiero
quedarme aquí. Yo sola.»
—Vale—respondió
en voz baja—. Dentro de un momento voy a entrar a cenar con un acompañante. Si
él también te pregunta por las habitaciones, le dices que sólo tienes sitio
para mí.
Mimmi
frunció el ceño.
—¿Por
qué iba a hacer eso? Es un mal negocio para nosotros.
—En
absoluto. Si le dices que tienes sitio para él también, yo me echaré atrás y
dormiremos los dos en el Palacio de Invierno del centro. Así que o un cliente o
ninguno.
—¿Te
está costando librarte del tío o qué?—dijo sonriendo a medias el tipo del aro
en la oreja.
Rebecka
se encogió de hombros. Que pensaran lo que quisieran. Además, ¿qué les iba a
decir?
Mimmi
le respondió haciendo el mismo gesto con los hombros.
—Hecho—dijo—.
Pero ¿vais a cenar los dos? ¿O le digo también que sólo hay comida para ti?
Torsten
leyó el menú mientras Rebecka lo observaba desde el otro lado de la mesa. Tenía
las mejillas sonrosadas de felicidad con las gafas de leer pinzadas lo más
abajo que podía de la nariz sin que le tapara los orificios para la respiración
y el pelo revuelto hacia un lado. Mimmi estaba inclinada sobre su hombro y le
leía el menú en voz alta al tiempo que señalaba los platos con el dedo.
Parecían el alumno y la profesora.
«Esto
le encanta», pensó Rebecka.
Los
hombres de brazos robustos y cuchillos enfundados respondieron con un sonido
gutural cuando él entró por la puerta saludando alegremente. La hermosa Mimmi,
con su exuberante pecho y su voz aguda, era tan radicalmente distinta a las complacientes
chicas del club nocturno Sturecompagniet. El pensamiento de Torsten pasó luego
a cosas menos profundas.
—Puedes
elegir entre el plato del día o algo del congelador—informó Mimmi mientras
señalaba una pizarra negra colgada en la pared donde ponía «asado de alce y
risotto de setas y verduras»—. El plato del día lo puedes pedir con patatas,
arroz o pasta, lo que prefieras.
En
la carta señaló unos cuantos platos que aparecían en el apartado «del
congelador»: lasaña, albóndigas, revoltillo de morcilla, revoltillo variado,
reno asado, reno ahumado y carne estofada.
—Quizá
un revoltillo de morcilla no estaría mal—le dijo entusiasmado a Rebecka.
La
puerta se abrió y entró el chaval grande que había llegado con el ciclomotor de
carga. Su enorme torso estaba embutido en una camisa planchada de algodón a
rayas y abotonada hasta el cuello. Se quedó de pie en el umbral sin atreverse a
mirar demasiado a los comensales del restaurante. Tenía la cabeza ligeramente
ladeada de manera que su imponente barbilla apuntaba hacia la ventana estrecha,
como si estuviera señalando un camino de huida.
—¡Hombre,
Nalle!—exclamó Mimmi abandonando las cavilaciones de Torsten sobre la comida—.
¡Qué guapo estás!
El
corpulento muchacho le sonrió tímidamente y le echó una mirada fugaz.
—¡Acércate
para que te vea!—gritó la mujer del perro apartando el plato de sopa.
Rebecka
se percató de lo que se parecían Mimmi y la mujer del perro. «Serán madre e
hija», pensó.
El
perro levantó la cabeza y dio dos golpes cansados con la cola. Después volvió a
apoyar la cabeza para seguir con su siesta.
El
chico se acercó a la mujer y ésta juntó las manos.
—¡Qué
elegante vienes!—le dijo—. ¡Feliz cumpleaños! ¡Qué camisa más bonita!
Nalle
sonrió halagado y levantó la barbilla hacia el techo en una postura casi cómica
que a Rebecka le hizo pensar en Rodolfo Valentino.
—Nueva»—dijo.
—Sí,
ya vemos que es nueva—respondió Mimmi.
—¿Vas
a ir a bailar, Nalle?—preguntó gritando uno de los hombres—. Mimmi, saca cinco
envases de comida del congelador. Escógelos tú misma.
Nalle
se señaló los pantalones.
—También—dijo.
Levantó
los brazos y los separó del cuerpo para que todo el mundo pudiera verle bien
los pantalones. Eran unos chinos de color gris y los llevaba sujetos con un
cinturón militar.
—¿También
son nuevos? ¡Qué bonitos!—recalcaron las dos mujeres.
—Toma—dijo
Mimmi separando la silla que había enfrente de la mujer del perro—. Tu padre no
ha venido todavía, pero te puedes sentar aquí con Lisa a esperar hasta que
venga.
—Tarta—dijo
Nalle al sentarse.
—Por
supuesto que te voy a servir tarta. Te creías que me había olvidado, ¿eh?
¡Después de la comida!
La
mano de Mimmi se adelantó para acariciarle el pelo a toda prisa y luego se
metió en la cocina.
Rebecka
se inclinó sobre la mesa para hablarle a Torsten.
—Me
voy a quedar a dormir aquí esta noche—dijo—. Me crié junto a este río, unos
kilómetros más arriba, y me ha entrado nostalgia. Pero te llevaré en coche a la
ciudad y mañana te paso a buscar otra vez.
—No
hay problema—contestó Torsten ansioso de aventuras—. Yo también me puedo
quedar.
—No
creo que las camas de las habitaciones sean marca Hästens, precisamente—intentó
disuadirlo Rebecka.
Mimmi
salió con cinco envases de aluminio bajo el brazo.
—Habíamos
pensado quedarnos a dormir aquí esta noche—le comentó Torsten cuando pasó por
su lado—. ¿Tenéis habitaciones libres?
—Sorry—se
lamentó Mimmi—. Nos queda una cabaña. Con cama de noventa.
—Está
bien—le dijo Rebecka a Torsten—. Te llevo.
Torsten
le sonrió. Bajo aquella sonrisa de socio de éxito y bien pagado había un
chiquillo gordito con el que Rebecka no quería jugar, y como él pretendía
aparentar que no le importaba, a ella le molestaba.
Cuando
Rebecka regresó de la ciudad ya era casi de noche. El bosque perfilaba su
contorno al contraste con el cielo azul oscuro. Aparcó entre los demás coches
que había delante del bar y lo cerró con llave. Dentro del local se oían voces
de hombres adultos y ruidos de cuando clavaban con fuerza los tenedores en la
carne y arañaban la porcelana. La tele emitía un tono de fondo con la música de
anuncios más que conocidos. El ciclomotor de carga de Nalle seguía en el mismo
sitio. Rebecka deseó que estuviera pasando un buen cumpleaños allí dentro.
La
cabaña en la que iba a dormir quedaba al otro lado de la carretera, junto al
lindero del bosque. Una lámpara colgada encima de la puerta iluminaba el número
cinco.
«Qué
tranquilidad», pensó.
Fue
hasta la puerta de la cabaña pero enseguida se dio la vuelta y se metió unos
metros en el bosque. Las ramas permanecían quietas y observaban las estrellas
del firmamento, que ya se habían empezado a encender. Sus largos mantos de
terciopelo verde azulado se movían con suavidad sobre el musgo.
Rebecka
se estiró en el suelo. Los abetos se inclinaban juntando las cabezas y emitían
un sosegado susurro. Los últimos mosquitos del verano formaban un coro malvado
y buscaban las partes de su cuerpo que pudieran alcanzar. A Rebecka no le
importaba.
No
se percató de que Mimmi había salido a tirar la basura.
A
los pocos minutos volvía a estar en la cocina con Micke.
—Vale—dijo—,
ahora sí que estamos en alerta de tarados.
Le
contó que la huésped se había acostado, pero no en la cama de la cabaña, sino
fuera, en el suelo.
—Qué
curioso—dijo Micke.
Mimmi
miró al cielo.
—Seguro
que dentro de poco se da cuenta de que tiene sangre de chamán o de bruja, se va
a vivir al bosque y se pone a preparar pócimas a base de hierbas y a bailar
alrededor de un montón de piedras como los samis.
PATAS
DORADAS
Es
Pascua. La loba tiene tres años cuando la ve una persona por primera vez. Es al
norte de Karelen, junto al río Vodla. La loba ha visto a seres humanos en
varias ocasiones. Reconoce su penetrante olor y comprende qué hacen aquellos
hombres en ese momento. Están pescando. Cuando tenía tan sólo un año y su
cuerpo era más bien larguirucho, solía bajar al río a escondidas con el
crepúsculo para devorar lo que los bípedos habían dejado a su paso: cabezas de
pescado, tripas, rutilo y carpa dorada.
Volodja
está pescando con red en el hielo. Su hermano ha hecho cuatro agujeros y van a
echar tres redes. Volodja está de rodillas junto al segundo agujero preparado
para coger el palo de madera que su hermano le va a pasar por debajo del hielo.
Tiene las manos mojadas y le duelen del frío, y no se fía del hielo. Procura no
alejarse demasiado de los esquís, porque si el hielo se resquebraja se podría
tumbar sobre ellos y deslizarse hasta tierra firme. Alexander quiere echar las
redes justo aquí porque es un buen sitio. Aquí es donde están los peces. El
agua tiene corriente y Alexander ha agujereado con la barrena justo donde se
hace hondo y el cauce del río baja a gran profundidad.
Pero
es un lugar peligroso. Si sube el nivel del agua, el río se come el hielo por
debajo. Volodja lo sabe. Un día puede haber una capa de tres palmos de grosor y
al día siguiente no tener más de dos dedos.
No
tiene elección. Ahora durante la Pascua ha ido a visitar a la familia de su
hermano. Alexander, su esposa y sus dos hijas viven apretujados en la planta
baja. La madre de Alexander y de Volodja vive en el piso de arriba. Alexander
está atrapado por la responsabilidad que tiene sobre las mujeres; mientras
Volodja lleva una vida errante trabajando para la compañía petrolífera
Transneft. El invierno pasado estuvo en Siberia, en otoño en la bahía de Viborg
y los últimos meses ha estado en los bosques del istmo de Carelia. Cuando su
hermano le propuso salir a pescar en el hielo no pudo negarse. Si lo hubiese
hecho, su hermano se habría ido solo y a la noche siguiente Volodja estaría
sentado a la mesa cenando pez blanco que él no había ayudado a pescar.
Así
es el ímpetu de Alexander. Consigue forzarse a sí mismo y a su hermano a salir
al peligroso hielo. Una vez en el sitio parece que ya no está tan tenso. Casi
se le escapa la sonrisa a pesar de estar con las manos metidas en el agujero y
de tenerlas azuladas por el gélido frío. «Quizá esa rabia contenida quedaría
mitigada si tuviera un hijo varón», piensa Volodja.
Justo
en ese momento, cuando le pasa por la cabeza la idea de que el hijo que lleva
dentro la esposa de su hermano podría ser un varón, justo entonces ve a la
loba. Los está observando desde el lindero del bosque de la otra orilla. No
está lejos. Tiene los ojos sesgados y las patas largas. Entre el pelo lanudo
sobresalen unos mechones plateados. Parece que se cruzan las miradas. El
hermano está de espaldas y no se da cuenta de nada. Las patas de la loba son
realmente largas. Y doradas. La loba parece una reina y Volodja está ahí de
rodillas delante de ella como el chico de pueblo que es, con los guantes
mojados y un gorro de piel con orejeras medio torcido cubriéndole el pelo
sudoroso de la cabeza.
Zjoltye
nogi, dice. Patas doradas.
Pero
sólo lo dice en su cabeza, sin mover los labios.
No
le explica nada a su hermano. A lo mejor su hermano coge la escopeta que tienen
apoyada en la mochila y le dispara.
Entonces
Volodja tiene que apartar la mirada para desenganchar la red del palo y cuando
levanta la vista de nuevo la loba ya no está.
Cuando
Patas Doradas se ha adentrado trescientos metros en el bosque ya no se acuerda
de los dos hombres en el hielo. No volverá a pensar en ellos nunca más. A los
dos kilómetros se detiene y aúlla hasta que recibe la respuesta de los demás
miembros de la manada, que se encuentra a apenas diez kilómetros de distancia.
Recupera la marcha y se pone a trotar. Ella es así, a menudo hace excursiones
por su propia cuenta.
Volodja
la recordará el resto de su vida. Cada vez que vuelva al lugar donde la vio se
quedará mirando el lindero del bosque. Tres años más tarde conocerá a la mujer
que será su esposa.
Cuando
por primera vez descanse sobre sus brazos le contará la historia del lobo de
las patas doradas.
MIÉRCOLES
6 DE
SEPTIEMBRE
La
reunión para hablar sobre la colaboración tanto jurídica como económica en una
organización paraguas tuvo lugar en la casa de Bertil Stensson, el párroco. Los
presentes eran Torsten Karlsson, copropietario del bufete de abogados Meijer
& Ditzinger, Estocolmo; Rebecka Martinsson, abogada del mismo bufete; los
pastores de las parroquias de Jukkasjärvi, Vittangi y Karesuando; los
presidentes del consejo episcopal y de la diócesis; y el vicario Stefan
Wikström. Rebecka Martinsson era la única mujer presente. La reunión había
comenzado a las ocho y ya eran las diez menos cuarto. A las diez en punto
tomarían café para poner fin al encuentro.
El
comedor del párroco les sirvió de sala de conferencias provisional. El sol de
septiembre entraba por los cristales irregulares, soplados y hechos a mano que
conformaban las grandes ventanas, todas ellas divididas por un delgado
parteluz. Había estanterías de libros que llegaban hasta el techo. En cambio,
no se veía ningún objeto decorativo ni flores por ninguna parte. Por el
contrario, los alféizares estaban repletos de piedras, unas suaves y redondas y
otras ásperas, negras y con ojos rojizos centelleantes. Encima de las piedras
había ramitas curiosamente retorcidas. En el césped y afuera, sobre el camino
de grava, había montoncitos de hojas amarillas que hacían ruido al pisarlas y
serbas caídas de las ramas.
Rebecka
estaba sentada al lado del pastor Bertil Stensson mirándolo de vez en cuando.
Era un hombre jovial, a sus sesenta años. Un padrino entrañable con pelo de
gamberro de color plateado. Moreno del sol y una sonrisa cálida.
«Sonrisa
profesional», pensó Rebecka. Le resultó casi cómico verlos a él y a Torsten
sonriéndose uno al otro. Cualquiera que no los conociera los habría podido
tomar por hermanos, o viejos amigos de la infancia. El pastor le había dado la
mano a Torsten con firmeza y al mismo tiempo le había agarrado el antebrazo con
la mano izquierda. Torsten se había mostrado encantador, le sonrió y luego se
mesó el cabello.
Rebecka
se preguntaba si habría sido el pastor quien llevó a casa las piedras y las
ramas. Normalmente solían ser las mujeres quienes se dedicaban a ese tipo de
cosas, yéndose de paseo por la costa y guardándose todas las piedras lisas que
encontraban hasta que las pesadas chaquetas les arrastraban por el suelo.
Torsten
había aprovechado bien las dos horas. Enseguida se deshizo de la americana y
adoptó un tono mesuradamente informal y cercano. Ameno sin perder la seriedad
ni llegar a ser descuidado. Les había servido el paquete como una cena de tres
platos: de aperitivo una copa de zalamería, cosas que ya sabían, como que eran
una de las parroquias más ricas del país. Y la más bonita. El primer plato
consistía en algunos ejemplos de terrenos en los que la parroquia necesitaba
competencias jurídicas que, bien mirado, eran todos: derecho civil, derecho de
asociación, derecho laboral, derecho fiscal... Como plato principal les sirvió
hechos, cifras y cálculos duros. Les mostró que sería mejor y más económico
hacer un convenio con su empresa y así tener acceso a la competencia acumulada
del bufete en los ámbitos jurídico y económico. Al mismo tiempo, les habló
abiertamente de los contras, que aun siendo pocos y ligeros existían, y de esa
manera logró darles una impresión fehaciente y honesta. Lo que tenían delante
no era un mero vendedor de aspiradoras. Y ahora estaba en plena labor de
hacerles tomar el postre, que concluía con un último ejemplo de cómo habían
ayudado a otra parroquia.
La
administración del cementerio de aquella parroquia costaba una suma desorbitada
de dinero. Muchas iglesias y edificios que mantener, muchos céspedes que
cortar, tumbas que cavar, caminitos que rastrillar y musgo que rascar de las
piedras, qué sabía él, pero todo eso costaba dinero. Mucho dinero. En aquella
parroquia habían tenido varios trabajadores o como quiera que se les llamara,
es decir, mano de obra subvencionada por el Estado a través de la oficina de
empleo. En cualquier caso, la parroquia no invertía más que una pequeña
cantidad de su presupuesto en los sueldos de estas personas, por lo que no
importaba mucho si los trabajadores no daban palo al agua. Pero luego los
contratos pasaron a ser indefinidos y ahora le tocaba a la parroquia correr con
todos los gastos. Había muchos trabajadores y la mayoría no es que se mataran a
trabajar, si le permitían la expresión. Así que contrataron a más, pero la
cultura del trabajo ya había pasado a ser la de no permitir que la gente nueva
se esforzara demasiado y quien lo hacía acababa siendo marginado. De modo que
al final resultaba de lo más difícil conseguir que se hiciera algo. Incluso se
llegaron a dar casos de trabajadores que lograron obtener otro empleo de
jornada completa mientras seguían a jornada completa en la iglesia. Y, de
pronto, se habían independizado del Estado, la parroquia era autónoma y le
tocaba encargarse de su propia economía como mejor pudiera. La solución
consistió en ayudar a la parroquia a sacar a subasta la administración del
cementerio. Lo mismo que habían estado haciendo muchos municipios durante los
últimos quince años.
Torsten
mencionó las cifras de dinero ahorrado cada año y observó cómo los presentes se
intercambiaban miradas.
«Diana»,
pensó Rebecka.
—Y
eso...—continuó Torsten—, eso que aún no he calculado el ahorro que le
supondría a la iglesia tener menos trabajadores bajo su responsabilidad. Aparte
de más monedas en la saca, también se gana más tiempo para la actividad central
de la parroquia, para satisfacer de distintas maneras las necesidades
espirituales de sus feligreses. La idea no es que los párrocos hagan de
administrativos, pero a menudo se ven atrapados en cuestiones de ese tipo.
El
pastor Bertil Stensson deslizó un papel delante de Rebecka.
«Nos
habéis dado muchas cosas en las que pensar.»
«¿Ah,
sí?», pensó Rebecka.
¿Qué
quería? ¿Pretendía que se pasaran notitas como dos chavales en la escuela que
le ocultan secretos a la profesora? Le sonrió y asintió ligeramente con la
cabeza.
Torsten
finalizó su disertación y respondió a algunas preguntas.
Bertil
Stensson se puso en pie y anunció que el café se lo tomarían al sol.
—Los
que vivimos aquí arriba tenemos que aprovechar—dijo—. No gastamos los muebles
del jardín cada día, que digamos.
Hizo
un gesto de barrido hacia el jardín y mientras la gente salía se llevó a
Torsten y a Rebecka al salón. Torsten no podía irse sin ver su cuadro de Lars
Levi Sunna. Rebecka Martinsson se percató de que el pastor le echó una mirada a
Stefan Wikström que significaba: espera fuera con los demás.
—A
mi parecer, esto es justo lo que nuestras parroquias requieren—le dijo el
pastor a Torsten—. Pero os necesitaría ahora, no dentro de un año cuando todo
esto pueda hacerse realidad.
Torsten
observaba la pintura. Representaba una hembra de reno de mirada sosegada
dándole de mamar a su cría. A través de la puerta del pasillo Rebecka podía ver
a una mujer que había surgido de la nada sacando una bandeja con termos y
tacitas de café que tintineaban al chocar entre ellas.
—Hemos
pasado una época muy difícil en la parroquia—prosiguió el pastor—. Imagino que
habéis oído hablar de la muerte de Mildred Nilsson.
Torsten
y Rebecka asintieron.
—Tengo
que designar a alguien para su puesto—dijo el párroco—. Y no es ningún secreto
que ella y Stefan no congeniaban del todo. Stefan está en contra de las mujeres
pastoras. Yo no comparto su idea, pero tengo que respetarla. Y Mildred era
nuestra mayor feminista local, por así decirlo. No ha sido una labor fácil ser
jefe de los dos. Sé que hay una mujer cualificada que solicitará el puesto
cuando lo oferte. No tengo nada que objetarle, al contrario. Pero para mantener
la paz laboral y la calma en la casa me gustaría darle el puesto a un hombre.
—¿Menos
cualificado?—preguntó Torsten.
—Sí.
¿Es posible?
Torsten
se frotó la barbilla sin apartar la mirada del cuadro.
—Por
supuesto—dijo tranquilo—. Pero si la mujer que solicita el puesto te demanda la
tendrás que indemnizar.
—¿Y
tendré que contratarla?
—No,
no. Una vez que el puesto esté cedido a otra persona no se la puede echar. Me
puedo enterar de qué cantidad son las indemnizaciones que ha habido que pagar
en casos de este tipo. Lo hago gratis.
—Supongo
que querrá decir que tú lo haces gratis—le dijo el pastor a Rebecka soltando
una carcajada.
Rebecka
sonrió amablemente y el pastor se dirigió de nuevo a Torsten.
—Te
lo agradecería enormemente—dijo serio—. Después... hay una cosa más. O dos.
—Dispara—le
animó Torsten.
—Mildred
creó una fundación. Tenemos una loba en los bosques de alrededor de Kiruna a la
que le tenía mucha consideración. La labor de la fundación sería la de
encargarse de mantener a la loba con vida. Remuneraciones a los samis,
vigilancia por helicóptero en colaboración con la Dirección Nacional de
Protección de la Naturaleza...
-¿Sí?
—Quizá
la fundación no tenga tanto respaldo en la parroquia como a ella le hubiera
gustado. No es que estemos en contra de los lobos, pero queremos mantener un
perfil apolítico. Todos, tanto los que odian a los lobos como los que los aman,
deben sentirse en casa en la parroquia.
Rebecka
miró por la ventana. Allí fuera estaba el presidente de la congregación
mirándolos con curiosidad. Cuando bebía de la taza sujetaba el platito por
debajo de la barbilla a modo de protección anti goteo. La camisa que llevaba
era espantosa. En su día debió de ser beige, pero en algún momento debió de
lavarla con un calcetín azul.
«Suerte
que ha encontrado una corbata de mercadillo que le hace juego», pensó Rebecka.
—Queremos
deshacer la fundación y utilizar los medios para otra actividad que cuadre
mejor con la parroquia—comentó el pastor.
Torsten
le prometió que remitiría el asunto a alguien que supiera sobre derecho de
asociación.
—Y
también hay una cuestión un tanto delicada. El marido de Mildred Nilsson sigue
viviendo en la vicaría de Poikkijarvi. Me resulta terrible echarle de su casa,
pero... bueno, es que necesitamos la vicaría para otras cosas.
—Entiendo,
pero eso no debe ser una preocupación—dijo Torsten—. Rebecka, tú tenías
intención de quedarte por aquí unos días, ¿no podrías echarle un vistazo al
contrato de arrendamiento y hablar con... ? ¿Cómo se llama el hombre?
—Erik.
Erik Nilsson.
—Si
te parece bien—le dijo Torsten a Rebecka—. Si no, puedo encargarme yo. Es una
residencia para empleados, así que en el peor de los casos podemos pedirle al
agente judicial que nos eche una mano.
El
pastor hizo una leve mueca de desagrado.
—Y
si se llega a tanto—añadió Torsten sereno—, siempre va bien tener un maldito
abogado al que echarle las culpas.
—Yo
me ocupo—dijo Rebecka.
—Erik
tiene las llaves de Mildred—le comentó el pastor—. O sea, las llaves de la
iglesia. Necesito recuperarlas.
—Sí—afirmó
Rebecka.
—Entre
otras, la llave de su caja de seguridad en la oficina de registro parroquial.
Es como ésta.
Se
sacó un manojo de llaves del bolsillo y le mostró una en concreto a Rebecka.
—Una
caja de seguridad—observó Torsten.
—Para
el dinero, las anotaciones de las conversaciones espirituales y, bueno, cosas
de las que uno no se quiere deshacer—dijo el "sacerdote—. Un pastor no
está casi nunca en su despacho y por la casa rectoral pasa mucha gente.
Torsten
no pudo reprimir su impulso de preguntar.
—¿No
la tiene la policía?
—No—dijo
el pastor sin darle importancia—. No la han pedido. Mira, Bengt Grape ya va por
el cuarto trozo de pastel. Vamos, si no, nos quedaremos sin nada.
Rebecka
llevó a Torsten hasta el aeropuerto. Se veía un sol de veranillo de San Martín
por encima de los abedules con manchas amarillas.
Torsten
la miraba desde el lado del copiloto. Se preguntaba si habría habido algo entre
ella y Máns. Ahora sí que se la veía enfadada: los hombros subidos hasta las
orejas y la boca recta como una raya horizontal.
—¿Cuánto
tiempo te vas a quedar aquí arriba?—le preguntó.
—No
sé—respondió con vaguedad—. El fin de semana.
—Para
saber qué le digo a Máns cuando vea que he perdido a su ayudante por el camino.
—No
creo que te pregunte.
Hubo
un silencio en el coche hasta que al final Rebecka no pudo aguantar más.
—Está
claro que la policía no tiene ni puta idea de que esa caja de seguridad
existe—exclamó.
La
voz de Torsten se volvió exageradamente paciente.
—Se
les habrá escapado—dijo—. Pero nosotros no vamos a hacer su trabajo. Nos
dedicaremos al nuestro.
—La
han asesinado—mencionó Rebecka en voz baja.
—Nuestra
labor es resolver los problemas del cliente siempre que no sean ilegales. Y no
es ilegal recuperar las llaves de la iglesia.
—Ya.
Y de paso les ayudamos a calcular cuánto les puede costar hacer discriminación
de género para que puedan seguir montando su club de viejos.
Torsten
miró por la ventanilla.
—Y
yo tengo que echar al marido de su casa—continuó Rebecka.
—Ya
te dije que no hacía falta que lo hicieras tú.
«Venga
ya—pensó Rebecka—. No me diste elección. Si no, te habrías encargado de que el
agente judicial le diera la patada.»
Pisó
el acelerador.
«Lo
primero es el dinero—pensó—. Eso es lo más importante.»
—A
veces me dan ganas de vomitar—dijo cansada.
—A
veces va incluido en el trabajo—la consoló Torsten—. Después te limpias los
zapatos y sigues adelante.
La
inspectora de policía Anna-Maria Mella subió con el coche hasta la casa de Lisa
Stóckel. Lisa era la presidenta del grupo Magdalena. Vivía en una casa
solitaria en lo alto de una colina más allá de la capilla de Poikkijarvi.
Detrás de la casa, la colina bajaba en picado, con tramos de gravilla, y al
otro lado pasaba el río.
Al
principio la casa era una cabaña sencilla construida en los sesenta. Más tarde
la ampliaron y le pusieron marcos de ventana de color blanco y una escalinata
de entrada con trabajos de ebanistería de lo más ostentoso. En la actualidad
tenía el aspecto de una caja de zapatos marrón disfrazada de casita de
chocolate. Al lado de la casa había una cabaña alargada en ruinas de color
rojo, con el tejado de chapa y con una única ventana con cristal sencillo.
Leñera, trastero y un viejo establo, aventuró Anna-Maria. Aquí debió de haber
otra casa anteriormente. La echaron abajo y levantaron la cabaña. El establo lo
dejaron intacto.
Condujo
con cuidado por la explanada mientras tres perros se cruzaban por delante del
coche sin dejar de ladrar. Alguna que otra gallina revoloteó hasta ponerse a
salvo bajo un grosellero. Junto al poste de la valla había un gato inmóvil
delante de un nido de musarañas preparado para salir disparado en cualquier
momento. Únicamente un pequeño latigazo de irritación con la cola revelaba que
se había percatado de la presencia del ruidoso Ford Escort.
Anna-Maria
aparcó delante de la casa. Por la ventanilla podía observar las fauces de los
perros que saltaban contra la puerta del coche. Las colas se agitaban de un
lado a otro, pero aun así. Uno era realmente grande y, además, negro, de manera
que Anna-Maria apagó el motor y se quedó sentada donde estaba.
Una
mujer salió de la casa y se quedó de pie en la escalinata. Llevaba un abrigo
acolchado de color rosa Barbie indescriptiblemente feo. Llamó a los perros.
—¡Aquí!
Los
animales se alejaron inmediatamente del coche y subieron los escalones a toda
prisa. La mujer del abrigo les ordenó que se tumbaran y se acercó al coche
mientras Anna-Maria se bajaba para presentarse.
Lisa
Stóckel rondaba los cincuenta. No llevaba maquillaje y se le notaba el moreno
de la cara. En los ojos tenía marquitas blancas que le habían quedado de tanto
entornarlos durante el verano. Y el pelo muy corto, al límite de llevarlo a
cepillo si se lo cortaba un milímetro más.
«Es
guapa—pensó Anna-Maria—. Parece una chica vaquera. Si es que una puede
imaginarse a una vaquera con ese abrigo rosa.»
El
abrigo era realmente espantoso: estaba cubierto de pelo animal y tenía pequeños
agujeros y jirones por los que salía el relleno.
Y
tanto como «chica»... Anna-Maria conocía a varias mujeres de cincuenta que
tenían cenas de chicas y que seguirían siendo chicas hasta la tumba, pero Lisa
Stóckel no era ninguna chica. Había algo en sus ojos que a Anna-Maria le
inspiraba una sensación de que quizá nunca había sido una chica, ni siquiera de
pequeña.
Y
también tenía una línea casi imperceptible que recorría la parte inferior del
ojo, desde la comisura del párpado hasta el pómulo. Una sombra oscura por
debajo del rabillo del ojo.
«Dolor—pensó
Anna-Maria—. En el cuerpo o en el alma.»
Subieron
juntas hacia la casa. Los perros estaban tumbados en el porche y gimoteaban con
empeño por levantarse y saludar a la extraña.
—Quietos—ordenó
Lisa Stóckel.
Se
lo decía a los perros, pero Anna-Maria también cumplió la orden.
—¿Te
dan miedo los perros?
—No
si sé que son buenos—respondió Anna-Maria mirando al grande de color negro.
Tenía
la larga lengua colgando de la boca como una corbata y las patas como las de un
león.
—Vale,
hay otro en la cocina, pero ésa es buena como una ovejita. Y éstos también,
sólo son como una pandilla de chavales de pueblo sin modales. Pasa, pasa.
Le
abrió la puerta y Anna-Maria entró al recibidor.
—Malditos
vándalos—le dijo Lisa Stóckel amorosa a los perros, y luego levantó el brazo y
gritó—: ¡Fuera!
Los
perros se incorporaron de un brinco y salieron disparados haciendo grandes
marcas en la madera, bajaron la escalinata de un salto llenos de alegría y
desaparecieron por la explanada.
Anna-Maria
se quedó en el recibidor y miró a su alrededor. La mitad del suelo estaba
ocupada por dos almohadas para perros y había también un gran cuenco de acero
inoxidable lleno de agua, botas para la lluvia, botas de montaña, zapatillas de
correr y otros zapatos de goretex. Apenas quedaba sitio para ella y Lisa. Las
paredes estaban atestadas de ganchos y estantes donde había varias correas,
guantes de trabajo, gorros y guantes de abrigo, un mono azul y demás.
Anna-Maria se preguntaba dónde podía colgar la chaqueta, pues todos los ganchos
estaban ocupados, igual que las perchas.
—Deja
la chaqueta en la silla de la cocina—dijo Lisa Stóckel—. Si no, se te llenará
de pelo. Ni se te ocurra quitarte los zapatos.
En
el recibidor había una puerta que daba a una sala de estar y otra que daba a la
cocina. En el salón había varias cajas de plátanos llenas de libros y en el
suelo había más columnas de libros. La librería, de madera oscura de algún tipo
y con vitrina de vidrio de colores, estaba pegada a uno de los laterales
cortos, vacía y cubierta de polvo.
—¿Te
mudas?—preguntó Anna-Maria.
—No,
sólo... Acabas teniendo tanta basura. Y los libros no hacen más que acumular
polvo.
En
la cocina había unos pesados muebles de madera de pino barnizada y amarillenta.
En un sofá de estilo rústico estaba tumbado un labrador retriever negro que se
despertó cuando las dos mujeres entraron y empezó a golpear el lateral con la
cola a modo de saludo. Después dejó caer la cabeza de nuevo y siguió durmiendo.
Lisa
presentó al perro como Majken.
—Cuéntame
cómo era—le pidió Anna-Maria cuando estuvieron sentadas—. Tengo entendido que
trabajabais juntas con el grupo Magdalena.
—Ya
se lo conté a él... un hombre bastante grande con un bigote así.
Lisa
Stockel midió un palmo con la mano por delante del labio superior. Anna-Maria
sonrió.
—Sven-Erik
Stålnacke.
—Sí.
—¿Puedes
contármelo otra vez?
—¿Por
dónde empiezo?
—¿Cómo
os conocisteis?
Anna-Maria
Mella prestó atención a la cara de Lisa Stockel. Cuando la gente rebobinaba la memoria
en busca de un acontecimiento en concreto, solía bajar la guardia, dando por
sentado que no fueran a mentir sobre dicho suceso, claro. A veces se olvidaban
por un momento de la persona que tenían sentada enfrente. En la cara de Lisa
Stockel se esbozó media sonrisa que no duró más que un instante. Por un momento
hubo algo que se relajó. Le caía bien la pastora.
—Hace
seis años. Acababa de mudarse a la vicaría y para el otoño se iba a encargar
del catecismo para la confirmación de los jóvenes de aquí y de Jukkasjärvi. Y
se puso en marcha como un perro de presa para localizar a todos los padres de
los niños que no se habían apuntado. Se presentaba y les explicaba por qué
creía que el catecismo era tan importante para la confirmación.
—¿Por
qué era importante?—preguntó Anna-Maria, a quien le parecía que no le había
aportado una mierda cuando le tocó hacerla a ella, hacía cien años.
—Mildred
concebía la parroquia como un punto de encuentro. No le importaba demasiado si
la gente era creyente o no, eso quedaba entre ellos y Dios. Pero si lograba que
fueran a la parroquia para bautizarse, confirmarse, casarse y otras
festividades para que la gente pudiera encontrarse y se sintiera en la
parroquia como en casa, como para ir allí si la vida les resultaba difícil en
algún momento, pues... Y cuando la gente decía «pero si no se es creyente, no
parece correcto confirmarse sólo por los regalos», ella respondía que a ver si
no era genial recibir regalos, que a ningún joven le gustaba estudiar, ni en la
escuela ni en la parroquia, pero era una cuestión de cultura general saber por
qué celebramos la Navidad, la Semana Santa, la Pascua de Pentecostés, el Corpus
Christi y saber enumerar a los evangelistas.
—Así
que tú tenías un niño o una niña que...
—No,
no. Bueno, sí, tengo una niña, pero ella se había confirmado hacía años.
Trabaja en el bar del pueblo. No, se trataba del chico de mi primo, Nalle.
Tiene una discapacidad mental y Lars-Gunnar no quería que se confirmara, así
que ella fue a hablar con él. ¿Quieres café?
Anna-Maria
aceptó.
—Tengo
entendido que provocó a más de uno—dijo.
Lisa
Stóckel se encogió de hombros.
—Ella
era así... Siempre de frente. Sólo sabía poner la directa.
—¿Qué
quieres decir?—preguntó Anna-Maria.
—Me
refiero a que nunca se andaba con remilgos, no había espacio para la diplomacia
ni las buenas formas. Cuando algo le parecía mal iba a por ello de cara, así de
sencillo.
«Como
cuando se le puso en contra todo el equipo de conserjes», pensó Lisa.
Parpadeó,
pero la imagen no se le iba de la cabeza así como así. Primero ve dos mariposas
amarillas revoloteando en un baile la una con la otra alrededor de las flores.
Después las ramas caídas de los abedules, que se balanceaban dulcemente de aquí
para allá con la brisa que llegaba del arroyo de verano. Y luego la espalda de
Mildred, su marcha militar por entre las lápidas. Ras, ras, ras por la
gravilla.
Lisa
va casi corriendo detrás de, Mildred sendero abajo por el cementerio de
Poikkijarvi. Al fondo está el equipo de conserjes haciendo una pausa para el
café. Hacen muchas pausas, casi todo el tiempo; en realidad sólo trabajan
cuando el pastor está mirando, pero nadie se atreve a exigirles que cumplan con
su labor. Quien tenga en contra a esta cuadrilla se arriesga a hacer las
ceremonias de los funerales subido a un montón de tierra. O hacerlas gritando
con una máquina cortacésped a dos metros de distancia. O predicar en iglesias
heladas durante el invierno. El pastor no hace una mierda, el muy mamón.
Tampoco tiene motivos, ellos tienen mejores cosas que hacer que dedicarse a
hacerle la puñeta.
—No
te pelees por eso, vamos—intenta Lisa.
—No
me voy a pelear—dice Mildred.
Y lo
dice en serio.
Mankan
Kyro es quien primero las ve. Él es el líder informal del grupo y al jefe de
mantenimiento no le importa. Mankan es quien manda y es con él con quien
Mildred no se va a pelear.
Va
directa al grano mientras los demás escuchan con atención.
—La
tumba der niño—dice—¿ya la habéis cavado?
—¿A
qué te refieres?—pregunta Mankan apático.
—Acabo
de hablar con los padres. Me han dicho que habían escogido un sitio que tiene
vistas al río, en la parte norte, allí arriba, y les has dicho que allí no.
Mankan
Kyro no dice nada. Suelta un gargajo enorme en el césped y mete la mano en el
bolsillo de atrás para sacar la caja con porciones de tabaco.
—Les
has dicho que las raíces del abedul partirían el ataúd y atravesarían el cuerpo
del niño—continuó Mildred.
—¿Acaso
no es cierto?
—Eso
pasa pongas donde pongas el ataúd y tú lo sabes. Lo que ocurre es que no te
daba la gana de cavar allí arriba debajo del abedul porque hay piedras y mucha
raíz. Muy pesado, simplemente. No me entra en la mollera que antepongas tu
propia comodidad hasta el punto de que te parezca bien meterles esas imágenes
en la cabeza a los padres de la criatura.
En
ningún momento ha levantado la voz. El resto de la pandilla tiene la mirada
fija en el suelo. Están avergonzados. Y odian a esa pastora que los deja en
evidencia.
—Vale,
vale, y ¿qué quieres que haga?—le pregunta Mankan Kyro—. Ya hemos cavado una
tumba y en un sitio mejor, si te digo la verdad, pero quizá deberíamos
obligarles a enterrar a su hijo donde tú digas.
—En
absoluto. Ahora ya es demasiado tarde, están más que disuadidos. Sólo quiero
que sepas que si vuelve a pasar algo así...
Mankan
está casi sonriendo. ¿Le va a amenazar?
—...
no tendré consideración—dice para terminar y luego se va.
Lisa
la persigue corriendo para no tener que oír los comentarios a su espalda. Ya se
los imagina: si el marido de la pastora le diera lo que necesita en la cama,
quizá se calmaría un poco.
—Entonces,
¿a quién provocaba?—preguntó Anna-Maria.
Lisa
se encogió de hombros y puso en marcha la cafetera eléctrica.
—¿Por
dónde empiezo? Al director de la escuela de Jukkasjärvi por exigirle que tomara
medidas para acabar con la marginación, a los de servicios sociales por
mezclarse en su actividad.
—¿Qué?
—Bueno,
la vicaría siempre estaba llena de mujeres con hijos que habían dejado a sus
maridos...
—Empezó
una especie de fundación por la loba esa dijo Anna-Maria—. Se creó un debate
considerable al respecto.
—Hmmm,
no tengo ni bollos ni leche, tendrás que tomártelo solo.
Lisa
Stóckel puso una taza golpeada en el canto y con un estampado publicitario
delante de Anna-Maria.
—El
párroco y algunos pastores tampoco la soportaban.
—¿Por
qué?
—Bueno,
por nosotras, las mujeres del grupo Magdalena, entre otras cosas. Somos casi
doscientas personas en la organización y había no pocos que la admiraban sin
estar apuntados; muchos hombres, de hecho, aunque alguna gente diga lo
contrario. Con ella estudiábamos la Biblia, íbamos a las ceremonias en las que
predicaba y hacíamos trabajo práctico.
—¿Como
qué?
—Un
montón de cosas. El tema de la comida, por ejemplo. Estuvimos pensando qué se
podía hacer de cara a las madres solteras. Les resultaba muy pesado estar
siempre aisladas con los niños y todo el tiempo se les iba en cosas prácticas
como trabajar, hacer la compra, limpiar, cocinar... y luego sólo les quedaba la
tele. Así que ahora tenemos cena comunitaria en el local de lunes a miércoles y
aquí en la vicaría jueves y viernes. De vez en cuando toca trabajar, se pagan
veinte coronas por los adultos y quince por los niños. Las madres se liberan de
tener que hacer la compra y de cocinar unas cuantas veces por semana. A veces
hacen de canguro para otros niños a fin de que sus madres puedan ir al gimnasio
o simplemente pasear tranquilamente por la ciudad. Mildred siempre pensaba en
soluciones prácticas.
Lisa
se rió y continuó.
—Era
bastante arriesgado decirle que había algo que iba mal en la comunidad. Se
lanzaba en picado como un lucio, «¿qué podemos hacer?». Antes de tener la
respuesta ya estábamos trabajando. El grupo Magdalena era un puño de hierro. ¿A
qué sacerdote no le hubiera gustado tener algo así a su alrededor?
—Así
que los demás pastores tenían envidia...
Lisa
se encogió de hombros.
—Has
dicho que Magdalena era un grupo de hierro. ¿Ya no estáis juntas?
Lisa
clavó la mirada en la mesa.
—Claro
que sí.
Anna-Maria
se quedó unos segundos esperando a que dijera algo más, pero Lisa Stóckel
seguía obcecadamente callada.
—¿Quiénes
eran sus personas más cercanas?—preguntó Anna-Maria.
—Las
del grupo Magdalena, me imagino.
—¿Su
marido?
El
iris de su ojo hizo un movimiento y Anna-Maria lo captó. Ahí había algo.
«Lisa
Stóckel, hay algo que no me estás contando», pensó.
—Obviamente—respondió
Lisa Stóckel.
—¿La
habían amenazado o tenía miedo de algo?
—Probablemente
tenía un tumor o algo apretándole la parte del cerebro donde se encuentra el
miedo... No, no le temía a nada. Y amenazada... No más ahora, al final, que
antes, siempre había alguien que le pinchaba las ruedas del coche o le rompía
los cristales...
Lisa
Stóckel le lanzó una mirada airada a Anna-Maria.
—Dejó
de ir a la policía a poner denuncias hace mucho tiempo. Una molestia inútil,
nunca se puede demostrar nada, por mucho que se sepa quién ha sido.
—Pero
quizá podrías darme algunos nombres—dijo Anna-Maria.
Un
cuarto de hora más tarde Anna-Maria se sentaba en su Ford Escort y daba por terminada
la visita.
«¿Por
qué quiere alguien deshacerse de todos sus libros?», pensó.
Lisa
Stóckel estaba de pie junto a la ventana de la cocina observando el coche de
Anna-Maria mientras desaparecía cuesta abajo tras una nube de aceite quemado.
Después se sentó en el sofá al lado del labrador, que seguía durmiendo. Le
acarició el cuello y el pecho igual que un perro lame a sus cachorros para
tranquilizarlos hasta que el animal se despertó y volvió a dar unos pocos
golpes de lealtad con la cola.
—¿Qué
te pasa, Majken?—preguntó Lisa—. Ya ni siquiera te levantas para saludar a la
gente.
Las
cuerdas vocales se le trabaron en un nudo de dolor y sintió que se le
calentaban los párpados por debajo. Se le estaban acumulando las lágrimas, pero
no pensaba dejarlas salir.
«Debe
de estar sufriendo como nadie», pensó.
Se
incorporó con ímpetu.
«¡Dios
mío, Mildred!—pensó—. Perdóname. Por favor, perdóname. Intento... intento hacer
lo correcto, pero tengo miedo.»
Necesitaba
un poco de aire. De repente había sentido un mareo y salió corriendo a la
escalinata a vomitar un poco.
Los
perros acudieron al instante. Si ella no lo quería, ya se ocuparían ellos, pero
los aparta con el pie.
Esa
puta policía. Se le había metido directamente en la cabeza y había empezado a
abrirla como un álbum de fotografías en el que Mildred aparecía en todas las
páginas. Ya no tenía fuerzas para seguir viendo aquellas imágenes. Como la
primera vez, hacía seis años. Recuerda que estaba de pie junto a las jaulas de
los conejos. Era la hora de comer. Conejos blancos, grises, negros, con
manchas... se apoyaban en las patas traseras y apretaban los hocicos contra la
red metálica. Les repartía pienso y trozos arrugados de zanahoria y otras
raíces comestibles en platitos de terracota. Sentía cierta lástima al pensar
que pronto aquellos conejos estarían cocinándose en una cazuela, abajo en el
bar.
De
repente la tiene detrás, la pastora que acaba de mudarse a la vicaría. Es la
primera vez que se ven y Lisa no la ha oído llegar. Mildred Nilsson es una
mujer pequeña de su misma edad, rondando los cincuenta. Tiene la cara pequeña y
pálida, y el pelo largo castaño oscuro. Lisa escuchará muchas veces a la gente
llamarla insignificante, decir que «no es bonita pero...», y no lo entenderá
nunca.
Algo
pasa en su interior cuando estrecha aquella delgada mano que se le acerca.
Tiene que ordenarle a su propia mano que la suelte. La pastora habla. Incluso
la boca es pequeña, los labios finos como un arándano rojo, y mientras aquella
pequeña boca sigue modulando palabras, los ojos le cantan una hermosa canción
sobre otra cosa, algo que no tiene nada que ver.
Por
primera vez en...—bueno, no recuerda desde cuándo— Lisa teme que la verdad le
brote hacia el exterior haciéndose visible. Siente que le iría bien un espejo
para controlarlo; ella, que lleva guardando secretos toda la vida y que conoce
la verdad sobre ser la chica más guapa del pueblo. Se ha hartado de explicar lo
que suponía oír constantemente «mira qué delantera» y cómo se iba inclinando
hasta crear una mala postura para la espalda. Pero hay otras cosas, mil
secretos ocultos.
Bengt,
el primo de su padre, cuando ella tenía trece años. La agarra del pelo y se lo
enrolla en la mano. Siente ¡como si le fuera a arrancar toda la cabellera.
«Cierra la boca», le dice al oído. La obliga a entrar en el baño. Le aplasta la
frente contra los azulejos para que entienda que la cosa va en serio. Con la
otra mano le desabrocha los téjanos mientras la familia sigue sentada en el
salón.
No
abrió la boca. Nunca le dijo nada a nadie. Se cortó el pelo.
O la
última vez que probó el alcohol, el solsticio de verano de 1965. Apenas se
mantenía consciente y ellos eran tres chicos que venían de la ciudad. Dos
siguen viviendo en Kiruna, hace poco que se topó con uno de ellos en el
hipermercado ICA Kupolen, pero se ha desprendido del recuerdo de aquella noche
como quien tira una piedra a un pozo. Es como si lo hubiera soñado hace mucho
tiempo.
Y
aquí están los años con Tommy. Aquella vez que había estado empinando el codo
con sus primos de Lannavaara a finales de septiembre. Mimmi no debía de tener
más de tres o cuatro años. Aún no se había empezado a formar hielo. Le
regalaron una fisga vieja, uno de esos arpones que se usan para pescar peces
grandes, inservible, pero él no entendía que le estaban tomando el pelo todo el
rato. De madrugada la había llamado para pedirle que lo fuera a buscar y ella
fue a recogerlo con el coche. Trató de convencerle de que dejara la fisga, pero
él se empeñó en meterla en el asiento de atrás. Fueron con la ventanilla bajada
y la fisga asomando por un extremo mientras él reía y pegaba gritos a la
oscuridad.
Cuando
llegaron, apenas dos horas antes de amanecer, él decidió que iban a ir a pescar
con la fisga. «Tienes que venir—le dijo—. Para remar y sujetar la linterna.»
«La niña está durmiendo»—le dijo ella. «Exacto»—fue la respuesta. Dormiría por
lo menos un par de horas más. Lisa intentó que se pusiera el salvavidas, sobre
todo teniendo en cuenta que el agua estaba helada, pero no hubo manera.
—Joder,
menudo ejemplar te has vuelto—dijo—. Por lo visto me he casado con Annika la
perfecta, como el personaje de Elsa Beskow.
Aquello
de Annika la perfecta a él le pareció gracioso y una vez en el agua lo fue
repitiendo de vez en cuando a media voz para sí mismo: «Annika la perfecta»,
«Rema un poco hacia el saliente, Annika».
Y
entonces se cayó al agua. Se oyó un plop y unos segundos más tarde estaba
arañando la borda de la barca en busca de algo a lo que agarrarse. El agua
helada y la noche oscura como el carbón. No gritaba ni nada por el estilo. Sólo
respiraba resoplando por el esfuerzo.
Oh,
aquel segundo, aquel instante en que pensó tan seriamente qué hacer. Bastaba un
golpe de remo para alejarse un poco, para dejar que la barca se deslizara justo
fuera de su alcance. Con todo aquel alcohol en la sangre, ¿cuánto tardaría?
Quizá cinco minutos.
Después
lo sacó del agua. No le fue fácil y por poco se cae ella también. Perdieron la
fisga, probablemente se hundiera, o quizá se fue flotando en la oscuridad.
Fuera como fuese, él estaba mosqueado por ello. Y con ella, cabreado, aunque le
debiera la vida. Lisa pudo notarle las ganas que tenía de darle una bofetada.
Nunca
le contó a nadie aquel frío deseo de verle morir, de verle ahogarse como un
gatito en una bolsa de plástico.
Y
ahora está aquí con la nueva pastora. Se siente de lo más extraña por dentro.
Los ojos de la mujer se le han metido en el cuerpo.
Otro
secreto para soltar en el pozo. Cae hasta el fondo y se queda allí titilante
como una joya entre un montón de basura y desperdicios.
Pronto
se cumplirían tres meses desde que su esposa fue hallada muerta. Erik Nilsson
bajó de su Skoda delante de la vicaría. Aún hacía calor, a pesar de estar ya a
principios de septiembre. El cielo se abría azul y libre de nubes, y la luz
cortaba el aire como cuchillos recién afilados.
Volvía
de hacer una visita al trabajo y se alegraba de haber pasado un rato con sus
compañeros, que eran casi como una segunda familia. Pronto estaría oficialmente
de vuelta y tendría otras cosas en las que pensar.
Echó
un vistazo a las macetas que estaban alineadas en los escalones que subían al
porche. La imagen de las flores secas y colgando por el borde le hizo pensar en
que debería meterlas dentro de casa. En menos de lo que canta un gallo el
césped del jardín estaría crujiendo por la escarcha y los tiestos se partirían
por el frío.
De
camino a casa había pasado por la tienda. Abrió con la llave, recogió las
bolsas de la compra y empujó la manilla hacia abajo con el codo.
—¡Mildred!—gritó
en cuanto cruzó el umbral.
Y se
quedó allí de pie. Silencio absoluto. El piso era doscientos ochenta metros
cuadrados de puro silencio. Todo el planeta contenía el aliento. La casa estaba
flotando como una nave vacía por un universo iluminado. Lo único que se oía era
el chirrido de la Tierra rotando lenta-
mente
sobre su propio eje. ¿Por qué caprichos de la razón la estaba llamando?
Cuando
vivía, él siempre sabía si ella estaba en casa o no. En cuanto ponía un pie al
otro lado de la puerta. «Eso no tenía nada de extraño—solía decir—. Los bebés
pueden percibir el olor de su madre aunque esté en otra habitación. De adulto
no se pierde la capacidad. Simplemente, no queda englobado en nuestra
consciencia, por eso se habla de intuición y del sexto sentido.»
A
veces cuando llegaba a casa seguía teniendo aquella sensación de que Mildred se
encontraba allí. Siempre en la habitación de al lado.
Dejó
las bolsas en el suelo y se adentró en el silencio.
«Mildred»,
gritó en su cabeza.
En
ese mismo instante llamaron al timbre de la puerta.
Era
una mujer. Llevaba un abrigo largo que se estrechaba un poco en la cintura y
botas altas con tacón. No era de por allí, aquél no era su ambiente, y no
habría llamado mucho más la atención si se hubiera presentado en ropa interior.
Se quitó el guante de la mano derecha y se la alargó para saludar mientras se
presentaba como Rebecka Martinsson.
—Pasa—respondió
él, mesándose inconscientemente la barba y el pelo.
—Gracias,
pero no hace falta, sólo quería...
—Pasa—dijo
otra vez mientras se volvía y entraba primero.
Le
dijo que no se quitara los zapatos y la invitó a sentarse en la cocina. Estaba
limpia y ordenada. Cuando Mildred estaba con vida, él siempre cocinaba y
recogía, así que ¿por qué iba a dejar de hacerlo ahora? ¿Porque ella estaba
muerta? De lo único que se abstenía era de tocar sus cosas. La chaquetilla roja
todavía estaba hecha una bola encima del sofá de la cocina. Sus papeles y
cartas seguían sobre la encimera.
—Bueno,
pues...—dijo amablemente.
Sabía
ser amable con las mujeres. Con el paso de los años, muchas se habían sentado a
esa mesa. Algunas con un niño en el regazo y otro de pie al lado agarrado con
fuerza al jersey de la madre. Había otras que no escapaban de ningún hombre
sino de ellas mismas. No soportaban la soledad de un piso en Lombolo. Eran esa
clase de mujeres que pasaban el tiempo en el porche fumando un cigarrillo tras
otro palándose de frío.
—El
superior de tu mujer me ha pedido que venga a hablar contigo—dijo Rebecka
Martinsson.
Erik
Nilsson estaba a punto de sentarse, o quizá de ofrecerle café, pero tras el
comentario se quedó de pie. Al ver que no decía nada, Rebecka continuó:
—Son
dos cosas: por una parte, quiero las llaves del trabajo de Mildred, y por otra
es sobre tu mudanza.
Erik
miró por la ventana mientras ella seguía hablando. Ahora la que tenía un tono
amable y sosegado era Rebecka. Le explicó que la vicaría era una vivienda para
empleados y que la parroquia podría ayudarle a encontrar piso y buscar una
empresa de mudanzas.
La
respiración de Erik se hizo más pesada. Mantenía los labios apretados y cada
vez que tomaba aire resoplaba con la nariz.
La
miró con desprecio. Ella dejó caer la mirada sobre la mesa.
—Tiene
cojones—dijo—. Tiene cojones la cosa. Es como para ponerse enfermo. ¿Es la
esposa de Stefan Wikström, que ya no lo puede aguantar? Nunca soportó que
Mildred tuviera la casa más grande.
—Mira,
eso no lo sé. Yo...
Erik
dio un golpe en la mesa con la palma de la mano.
—¡Lo
he perdido todo!
Hizo
un gesto con el puño en el aire que daba a entender que se estaba intentando
calmar para no perder el control de sí mismo.
—Espera—dijo.
Salió
de la cocina y Rebecka oyó sus pasos al subir por la escalera y caminar por el
piso superior. Al cabo de un rato volvió y soltó un manojo de llaves sobre la
mesa como si fuera una bolsa con excremento de perro.
—¿Algo
más?
—La
mudanza—respondió Rebecka con cierta inseguridad.
Ahora
lo miró a los ojos.
—¿Qué
se siente?—preguntó Erik—. ¿Qué se siente debajo de esa ropa tan bonita con el
trabajo que tienes?
Rebecka
se levantó. Algo cambió en la expresión de su cara, algo fugaz, pero él ya lo
había visto muchas otras veces allí en la vicaría: el tormento silencioso. Pudo
leer la respuesta en sus ojos. La oyó igual de clara que si la hubiera
pronunciado con palabras, como una zorra.
Rebecka
recogió sus guantes de la mesa con movimientos rígidos, despacio, como si
tuviera que contarlos para podérselos llevar. Uno, dos. Luego agarró el gran
manojo de llaves.
Erik
Nilsson suspiró profundamente y se pasó la mano por la cara.
—Perdóname—dijo—.
Mildred me habría dado una patada en el culo. ¿Qué día es hoy?
Al
ver que ella no decía nada continuó:
—Una
semana; dentro de una semana me habré ido.
Ella
asintió con la cabeza y Erik la acompañó hasta la puerta. Intentó pensar en
algo que decir porque ya no le parecía oportuno ofrecerle café.
—Una
semana—le dijo él a su espalda mientras salía.
Como
si aquello la fuera a animar.
Rebecka
salió de la casa tambaleándose. Bueno, era la sensación que tenía. No se
tambaleaba en absoluto, las piernas y los pies la alejaban con pasos firmes.
«No
soy nada—pensó—. Aquí dentro ya no queda nada. No hay persona, ni criterio,
nada. Hago cualquier cosa que me pidan. Evidentemente. Los del bufete son lo
único que tengo. Me digo a mí misma que no soporto la idea de volver, pero a la
hora de la verdad no acepto quedarme fuera. Hago lo que haga falta, sea lo que
sea, con tal de que no me den de lado.»
Miró
hacia el buzón sin percatarse del Ford Escort rojo que subía por el camino de
grava hasta que aminoró la marcha y entró por entre los postes de la valla.
El
coche se detuvo.
Fue
como un calambrazo para Rebecka.
La
inspectora de policía Anna-Maria Mella bajó del vehículo. Se habían conocido
tiempo atrás, cuando Rebecka era la abogada de Sanna Strandgárd. Y fueron
Anna-Maria Mella y su compañero Sven-Erik Stålnacke los que le salvaron la vida
aquella noche.
Por
aquel entonces Anna-Maria estaba embarazada, parecía un cubo geométrico, pero
ahora estaba delgada. Aunque se había ensanchado de espaldas. Tenía un aspecto
fuerte a pesar de ser tan bajita. Seguía llevando el pelo recogido en una
gruesa cola que le caía por la espalda. Los dientes se veían perfilados en su
morena cara de caballo. Era una policía poni.
—¡Hola!—exclamó
Anna-Maria Mella.
Después
se quedó callada. Toda ella era un signo de interrogación.
—Yo...—empezó
Rebecka, pero se quedó en blanco y lo intentó de nuevo—. Mi bufete tiene un
asunto en marcha con las congregaciones de la Iglesia sueca. Hemos tenido una
reunión de negocios y..., bueno, había algunas cositas relacionadas con la
vicaría con las que necesitaban ayuda, y como ya estábamos aquí he aprovechado
para ir a hablar con...
Terminó
la frase señalando la casa con la cabeza.
—Pero
no tiene nada que ver con...—preguntó Anna-Maria.
—No,
cuando vine ni siquiera sabía que... no. ¿Niño o niña?—preguntó Rebecka
mientras intentaba esbozar una mueca lo más parecida a una sonrisa.
—Niño.
Justo se me acaba de terminar la baja por maternidad, así que estoy trabajando
en el caso del asesinato de Mildred Nilsson.
Rebecka
asintió con la cabeza y miró al cielo. Estaba totalmente vacío. El manojo de
llaves le pesaba una tonelada en el bolsillo.
«¿Qué
me pasa?—pensó—. No estoy enferma. No tengo ninguna enfermedad. Sólo^ soy una
vaga. Vaga y además chiflada. No tengo nada que decir. Es como si el silencio
me succionara hacia dentro.»
—Es
extraño, el mundo en el que vivimos, ¿no te parece?—comentó Anna-Maria—.
Primero Viktor Strandgárd y ahora Mildred Nilsson.
Rebecka
asintió de nuevo en silencio. Anna-Maria sonrió. No parecía incomodarle en
absoluto el silencio de la otra, pero ahora esperó pacientemente a que Rebecka
dijera algo.
—¿Tú
qué piensas?—soltó Rebecka—. ¿Crees que es alguien que tenía los recortes sobre
la muerte de Viktor y que al final decide hacer algo él mismo?
—Quizá.
Anna-Maria
miró un abeto. Oyó el correteo de una ardilla subiendo por el tronco pero sin
lograr verla. Estaba al otro lado, llegó hasta la copa y empezó a hacer ruido
por entre las ramas.
A lo
mejor se trataba de algún loco que se había inspirado en la muerte de Viktor
Strandgárd. O quizá era alguien que la conocía, que sabía que había oficiado la
misa en la iglesia, que sabía a qué hora terminaba y que iba a bajar al
embarcadero. Ella no se defendió. Y ¿por qué la colgaron? Parecía un acto de la
época medieval, cuando se decapitaba a la gente y luego empalaban las cabezas
para escarmiento de los demás.
—Y
tú ¿cómo estás?—se interesó Anna-Maria.
Rebecka
respondió que bien. Sin más. Los meses siguientes habían sido duros,
obviamente, pero había recibido ayuda y apoyo. Anna-Maria respondió que eso era
bueno, muy bueno.
Miró
a Rebecka. Recordó aquella noche cuando la policía fue hasta la cabaña en
Jiekajarvi y la encontraron allí. Ella no había podido ir porque le habían
empezado las contracciones, pero después soñó a menudo con eso. En el sueño iba
cruzando la noche y la tormenta montada en una moto de nieve. Rebecka iba
tumbada en el remolque y sangraba. La nieve le salpicaba la cara. Tenía miedo
de chocar contra algo. Luego se quedaba encallada en mitad del frío. La moto
rugía impotente. Solía despertarse de un sobresalto. Se quedaba tumbada mirando
a Gustav mientras él respiraba profundamente dormido de espaldas entre ella y
Robert. Totalmente a salvo, con los brazos doblados en ángulo recto hacia
arriba, como hacen los bebés. «Todo va bien—solía pensar—. Todo va bien.»
«Y
una mierda iba todo bien», pensó ahora.
—¿Vuelves
ya a Estocolmo o qué?—le preguntó.
—No,
me he tomado unos días.
—Tenías
la casa de tu abuela en Kurravaara, ¿verdad? ¿Estás instalada allí?
—No,
yo... no. Estoy aquí, en el pueblo. Los del bar tienen unas cuantas cabañas.
—¿Así
que no has ido a Kurravaara?
—No.
Anna-Maria
observó a Rebecka.
—Si
quieres compañía, podemos ir juntas—dijo.
Rebecka
rechazó agradecida la propuesta. Le explicó que, simplemente, no había tenido
tiempo. Se despidieron, pero antes de separarse Anna-Maria dijo:
—Salvaste
a aquellas niñas.
Rebecka
asintió con la cabeza.
«Eso
no me sirve de consuelo», pensó.
—¿Qué
fue de ellas?—preguntó—. Puse una denuncia en los servicios sociales por
posibles abusos.
—Creo
que aquel caso se quedó en nada—dijo Anna-Maria—. Después de aquello toda la
familia se fue de la ciudad.
Rebecka
pensó en las dos niñas, Sara y Lova. Carraspeó y tragó saliva intentando pensar
en otra cosa.
—Todo
esto le sale caro al Ayuntamiento—dijo Anna-Maria—. Las investigaciones cuestan
dinero y llevar un proceso en la Audiencia Provincial también. Desde el punto
de vista del niño valdría más que todo ese aparato fuera competencia directa
del Estado, pero ahora mismo la mejor solución para el Ayuntamiento es que los
problemas se vayan a otro lado. Joder, a veces he tenido que sacar a criaturas
de un campo de batalla de cincuenta y dos metros cuadrados y después te enteras
de que el Ayuntamiento les ha dado para la entrada de un piso para toda la
familia en Órkelljunga.
Se
quedó callada al darse cuenta de que había puesto la directa sólo porque
Rebecka Martinsson parecía estar al límite.
Anna-Maria
la siguió con la mirada mientras Rebecka continuaba bajando hacia el bar del
pueblo. De pronto le entraron unas ganas enormes de ver a sus hijos. Robert
estaba en casa con Gustav y ella quería pegar la nariz contra la suave piel de
Gustav, sentir sus fuertes brazos de niño alrededor de su cuello.
Así
que respiró hondo e irguió la espalda. Él seguía sobre el verdiblanco césped de
otoño. La ardilla seguía en la copa del árbol al otro lado del camino. Le
volvió a brotar la sonrisa, aunque en verdad nunca se le iba muy lejos. Ahora
le tocaba entrar a hablar con Erik Nilsson, el marido de la pastora, y después
ya podría volver a casa con su familia.
Rebecka
Martinsson se dirigió al restaurante escuchando al bosque hablarle a la
espalda. «Ven aquí—le decía—. Entra bien adentro. No tengo fin.»
Rebecka
se podía imaginar el paseo:
Los
delgadísimos pinos tienen el color del cobre martilleado. El viento en lo alto
de las copas suena como el agua de un arroyo; el sonido de los pasos, el frufrú
de las hojas secas, el crujido de las pinas picoteadas por los pájaros
carpinteros. A veces parece que estés caminando por una suave alfombra de
pinaza a lo largo de un sendero desgastado por el paso de los animales y no se
oye nada más que las ramitas que se van partiendo bajo los pies.
Caminas
y caminas. Primero los pensamientos que te acuden a la cabeza parecen un ovillo
de hilo liado. Las ramas te arañan la cara o te rozan el pelo mientras los
hilos van saliendo del ovillo uno tras otro. Se quedan enganchados en los
árboles o se van volando con el viento hasta que, al final, la cabeza se vacía.
Entonces sientes que empiezas a viajar por el bosque, por encima de un cenagal
oloroso y humeante en el que se te hunden los pies entre los montículos de
turba y el cuerpo se vuelve pegajoso. Subes por la ladera de un monte mientras
te acaricia una ráfaga de viento. Los abedules enanos gatean incandescentes por
el suelo. Luego te tumbas, y después cae la nieve.
De
pronto se acuerda de cuando era niña. El ansia de adentrarse en aquel mundo
infinito como un indio. El águila navega sobre su cabeza. En sus sueños llevaba
una mochila cargada a la espalda y dormía al raso. Jussi, el perro de la
abuela, siempre aparecía. A veces se desplazaba en canoa.
Se
recordaba de pie en medio del bosque señalando con el dedo y preguntándole a su
padre: «Si voy hacia allí, ¿adónde llegaría?», y él respondía con una nueva
poesía en función de hacia dónde apuntara el dedo y de dónde se encontraban:
«Tjálme.» «Latteluokta.,» «Pasarías el río Rautasalven.» «Cruzarías Vistasvagge
y el pico Drakryggen.»
Debe
pararse. Tiene la sensación de estar viéndolos. Le resulta difícil recordar la
cara real de su padre porque ha visto demasiadas fotografías suyas que han
terminado por despojarla de sus propios recuerdos. La camisa sí que la
reconoce. De algodón pero suave como la seda después de tantos lavados. Fondo
blanco con rayas negras y rojas formando cuadros. El cuchillo en el cinturón de
piel oscura y brillante y el mango hermosamente tallado en hueso. Ella no tenía
ni siete años, de eso está segura. Gorro de material sintético de color azul,
tejido a máquina, con dibujos de copos de nieve blancos, y en los pies unas
buenas botas de invierno. Ella también lleva un cuchillito en el cinto. Es más
por presumir que por otra cosa. Claro que lo ha utilizado, pero le gustaría
usarlo para tallar algún trozo de madera, una figura, como Emil en Lonnberga,
el personaje de Astrid Lindgren, pero es demasiado endeble. Si quiere hacer
algo con el cuchillo, tiene que coger el de su padre. Es mucho mejor para hacer
astillas o sacarle punta a las ramas para asar comida, o para tallar algo,
aunque no le salga nada.
Rebecka
desvió la mirada hacia el tacón derecho de sus botas altas de Lagerson.
«Sorry—le
dijo al bosque—. De un tiempo a esta parte no llevo nunca la ropa adecuada.»
Micke
Kiviniemi secaba la barra con la bayeta. Eran pasadas las cuatro de la tarde
del martes. Su huésped, Rebecka Martinsson, estaba sentada sola a una de las
mesas que tenían ventana, observando el río. Era la única mujer hospedada. Se
acababa de tomar un plato de tiras de alce con salsa y puré de patatas con el
salteado de setas de Mimmi, y ahora estaba con una copa de vino tinto mojando
los labios de vez en cuando, inconsciente de las miradas que le echaban los
solteros.
Los
jóvenes solían ser los primeros en aparecer por el restaurante. Los sábados
llegaban a las tres para cenar pronto, tomarse unas cervezas y matar el tiempo
hasta que echaran algo bueno por la tele. Malte Alajárvi ya estaba de cháchara
con Mimmi, como de costumbre. Le gustaba discutir con ella. El resto de la
tropa llegaría más tarde a beber cerveza y mirar los deportes. Casi todos eran
solteros que solían comer en el local de Micke, pero también aparecía alguna
que otra pareja. Incluso algunas mujeres de la asociación y, a menudo, el
personal de la oficina de turismo de Jukkasjärvi cogían la barca y cruzaba el
río para comer algo.
—¿Qué
carajo es la cena del día?—se quejaba Malte señalando el menú—. Gno...
—Gnocchi—dijo
Mimmi—. Son como trozos de pasta. Gnocchi con salsa de tomate y mozzarella. Y
lo puedes pedir con carne asada o con pollo.
Se
puso al lado de Malte y sacó el bloc de pedidos del delantal con un gesto
demostrativo.
«Como
si le hiciera falta—pensó Micke—. Puede tomar los pedidos de un grupo de doce
personas de memoria. Increíble.»
Miró
a Mimmi. Entre Rebecka Martinsson y Mimmi, Mimmi ganaba con diferencia
abrumadora. Su madre, Lisa, también había sido una belleza cuando era joven,
los viejos lo sabían bien. Y aún seguía siendo bonita, era difícil ocultarlo a
pesar de que siempre fuera sin maquillar, con ropa impresentable y con el pelo
cortado por ella misma. «A medianoche y con las tijeras de esquilar», como
decía Mimmi. Pero mientras Lisa escondía su belleza tan bien como podía, Mimmi
resaltaba la suya: el delantal ceñido a la cintura, el pelo a mechas que caía
ondulante por debajo del pañuelo que le cubría la cabeza, jerseys ajustados y
generosamente escotados y, cuando se inclinaba hacia delante para limpiar las
mesas, quien quisiera podía echar un agradable vistazo al canal entre sus
pechos, que se mecían suavemente atrapados por un sujetador con encaje. Siempre
rojo, negro o lila. Por detrás, cuando se inclinaba, el tejano se le deslizaba
hacia abajo de manera que uno podía contemplar el lagarto que asomaba tatuado
en la parte superior de la nalga derecha.
Micke
recordó cuando se conocieron. Ella había ido allí para ver a su madre y una
tarde se ofreció para echar una mano. Había clientes que querían comer y su
hermano no había aparecido, como era habitual, a pesar de que todo el tema de
montar un bar había sido idea suya, y Micke estaba solo en el bar. Ella se
ofreció para hacer algo de comer y servir las mesas. Aquella misma noche se
corrió la voz. Los muchachos se habían metido en el baño para llamar a sus
amigos por el móvil y avisarles. Todos fueron a ver a la chica nueva.
Y se
quedó. «Por un tiempo», decía siempre Mimmi imprecisa cada vez que él intentaba
sacar una respuesta en claro de hasta cuándo. Si intentaba explicarle que al
negocio le iría bien saberlo para poder planear mejor de cara al futuro, ella
cambiaba de tono.
—Pues
entonces, no cuentes conmigo.
Más
tarde, cuando acabaron en la cama, Micke se atrevió a preguntárselo otra vez.
Cuánto tiempo se iba a quedar.
—Hasta
que aparezca algo mejor—respondió ella con media sonrisa.
Y no
eran pareja, eso Mimmi se lo había dejado bien claro. Por su parte, él ya había
tenido varias novias. Incluso había estado viviendo con una de ellas durante
una temporada, así que sabía lo que significaban aquellas palabras. Eres una
bella persona, pero... no estoy preparada... Si ahora me enamorara de alguien,
sería de ti... pero no puedo atarme. Eso simplemente significaba: No te quiero.
Me sirves, de momento.
Mimmi
lo había cambiado todo de arriba abajo. Empezó por echarle una mano para
deshacerse del hermano, que ni trabajaba ni saldaba las deudas. Se dedicaba a
aparecer con los amigos y emborracharse sin pagar nada. Una pandilla de losers
que dejaban que el hermano fuera el rey por una noche siempre y cuando invitara
a las copas.
—Las
opciones son bien claras—le dijo Mimmi al hermano—. O desmantelas la empresa y
te quedas con las deudas, o se la traspasas a Micke.
Y el
hermano firmó. Con los ojos rojizos, el olor corporal que atravesaba la
camiseta que no se había cambiado desde hacía días y el tono de voz huraño de
alcohólico.
—Pero
el cartel es mío—proclamó el hermano a la vez que apartaba el contrato con un
movimiento brusco—. Tengo un montón de ideas—continuó dándose unos golpecitos
en la cabeza.
—Te
lo puedes llevar cuando quieras—le dijo Micke.
Pensó:
«That’ll be the day.»
Le
vino a la cabeza el día que su hermano encontró el cartel, un tablón
norteamericano de segunda mano, «LAST STOP DINER», letras de neón blancas con
fondo rojo. En aquel momento sintieron una alegría casi ridícula. ¿Qué le
importó más tarde el cartel a Micke? A esas alturas ya tenía otros planes.
Mimmi's era un buen nombre para el establecimiento, pero ella lo rechazó. Al
final tuvo que ser Bar-Restaurante Micke.
—¿Por
qué tienes que hacer cosas tan raras?
Malte
miró el menú con cara de angustia.
—No
es raro—dijo Mimmi—. Es como patata rellena pero más pequeño.
—Patata
rellena con tomate, ¿puede haber algo más raro? No, sácame algo del frigo,
anda. Tráeme una lasaña.
Mimmi
se metió en la cocina.
—¡Y
olvídate de la comida para conejos!—gritó Malte—. ¿Me oyes? ¡Nada de ensalada!
Micke
se giró hacia Rebecka Martinsson.
—¿Te
quedas esta noche también?—le preguntó.
—Sí.
«¿Adonde
quieres que vaya?—pensó—. ¿Dónde me meto? ¿Qué hago? Aquí por lo menos no me
conoce nadie.»
—La
pastora...—dijo al cabo de un momento—. La que murió.
—Mildred
Nilsson.
—¿Cómo
era?
—De
puta madre, en mi opinión. Ella y Mimmi son lo mejor que le ha pasado a este
pueblo. Y a este sitio. Cuando abrí, aquí sólo venían tíos solteros entre
dieciocho y ochenta y tres tacos. Pero desde que Mildred se vino a vivir aquí,
las mujeres también aparecieron por el bar. Es como si le diera vida al pueblo.
—¿La
pastora les decía que fueran al bar?
Micke
se rió.
—¡A
comer! Ella era así. Consideraba que las mujeres tenían que salir un poco y
descansar de la cocina, así que en ocasiones se venían con sus maridos si no
tenían ganas de cocinar. Y el ambiente cambió de manera brutal cuando
comenzaron a venir las mujeres. Antes no había más que viejos refunfuñando todo
el día.
—No
es verdad—replicó Malte Alajárvi, que estaba atento a lo que decían.
—Lo
hacías entonces y lo sigues haciendo ahora. Te sientas aquí a mirar el río y te
quejas de Yngve Bergqvist y Jukkasjärvi y...
—Sí,
pero es que el Yngve ese...
—Y
te quejas de la comida y del gobierno y de que nunca dan nada bueno por la
tele...
—¡Joder,
si no hay más que concursos!
—¡...
y de todo!
—Lo
único que he dicho de Yngve Bergqvist es que es un puto embaucador que te
intenta vender cualquier cosa en la que ponga «Arctic». Que si perros de
arrastre Arctic, que si safari Arctic... y, claro, los japoneses pagan
doscientas coronas de más por ir a una auténtica casa Arctic de mierda.
Micke
miró a Rebecka.
—Lo
que te decía.
Y
luego se puso más serio.
—¿Por
qué lo preguntas? ¿No serás periodista?
—No,
no, sólo por curiosidad. Como vivía aquí y eso... No, el abogado aquel que vino
conmigo ayer, trabajo para él.
—¿Le
llevas el maletín y le reservas los billetes?
—Algo
así.
Rebecka
Martinsson miró la hora. Temía y casi deseaba que Anna-Maria Mella apareciera
cabreada como una mona exigiéndole la llave de la caja de seguridad, pero lo
más probable era que el marido de la pastora no le hubiera dicho nada. Quizá ni
siquiera supiera de dónde eran las llaves. Todo ese asunto le parecía una
mierda. Miró por la ventana. Fuera ya había empezado a oscurecer. Se oyó el
ruido de un coche subiendo hasta la explanada de grava delante del restaurante.
Su
móvil empezó a vibrar en el bolso. Rebuscó hasta encontrarlo y miró la
pantalla: la centralita del bufete de abogados.
«Máns»,
pensó, y salió corriendo a la escalerita.
Era
Maria Taube.
—¿Cómo
te va?—le preguntó.
—No
sé—contestó Rebecka.
—He
hablado con Torsten y me ha dicho que casi los tenéis en el saco.
—Hmmm...
—Y
que te has quedado unos días para ocuparte de algunas cosillas.
Rebecka
no dijo nada.
—¿Has
estado en...? ¿Cómo se llama el pueblo donde está la casa de tu abuela?
—Kurravaara.
No.
—¿Pasa
algo?
—No,
nada.
—Y
¿por qué no vas?
—No
he tenido la oportunidad, sólo eso—respondió Rebecka. He estado bastante
ocupada ayudando a futuros clientes con un montón de mierda.
—No
te enfades conmigo, cielo—dijo Maria con dulzura—. Haz el favor de contarme lo
que pasa. ¿Qué mierda has tenido que resolver?
Rebecka
se lo contó. De golpe se sintió tan cansada que le entraron ganas de sentarse
en los escalones.
Maria
suspiró al otro lado del teléfono.
—Joder
con Torsten—dijo—. Voy a...
—Ni
se te ocurra—replicó Rebecka—. Lo peor de todo es la caja de seguridad. Allí
están los objetos personales de la pastora muerta. Puede haber cartas y... casi
cualquier cosa. Si hay alguien que tiene derecho a tenerlo es su marido. Y la
policía. Pueden ser pruebas, quién sabe.
—Supongo
que su superior le pasará a la policía el material que sea de interés—aventuró
Maria Taube.
—Puede—respondió
Rebecka más relajada.
Hubo
un momento de silencio. Rebecka daba patadas a la gravilla.
—Pero
yo pensaba que habías subido para meterte en la boca del lobo—dijo al final
Maria Taube—. Por eso acompañaste a Torsten allí arriba.
—Sí,
sí.
—¡Cono,
Rebecka, a mí no me vengas con «sí, sí»! Soy tu amiga y te lo tengo que decir.
Estás yendo hacia atrás. Si no te atreves a ir a la ciudad ni te atreves a ir a
Kurrkavaara...
—Kurravaara.
—...
y prefieres quedarte escondida en un bar de pueblo al lado del río, ¿dónde
acabarás?
—No
lo sé.
Maria
Taube se quedó callada.
—No
es tan sencillo—dijo al final Rebecka.
—¿Te
crees que lo considero fácil? Puedo subir a hacerte compañía, si quieres.
—No—la
cortó Rebecka.
—Vale,
ya lo he dicho. Y me he ofrecido.
—Y
yo te lo agradezco, pero...
—No
hace falta que me lo agradezcas. Ahora me tengo que poner a trabajar si quiero
llegar a casa antes de medianoche. Por cierto, Máns ha preguntado por ti y que
cómo estabas. La verdad es que creo que se preocupa. Oye, Rebecka, ¿recuerdas
cuando ibas a la piscina con el colé? Si primero saltabas directamente desde el
quinto trampolín, los demás ya no daban miedo. Ve a la Iglesia de Cristal a oír
misa. Así lo peor ya estará hecho. ¿No me contaste en Navidad que Sanna, su
familia y la familia de Thomas Sóderberg se habían ido de Kiruna?
—No
se lo explicarás, ¿verdad?
—¿A
quién?
—A
Máns. Que he... qué sé yo.
—En
absoluto. Te llamo, ¿vale?
Erik
Nilsson está inmóvil sentado a la mesa de la cocina en la vicaría. Su esposa
muerta está sentada al otro lado. No se atreve a decir nada durante un buen
rato. Apenas se atreve a respirar. La menor palabra o movimiento y la realidad
se resquebrajará y se partirá en mil pedazos.
Y si
parpadea, cuando abra los ojos se habrá ido.
Mildred
sonríe burlona.
«Mira
que eres divertido—le dice—. Eres capaz de creer en el infinito del universo,
que el tiempo es relativo, que puede darse la vuelta e ir hacia atrás.»
El
reloj de la pared se ha parado. Las ventanas son espejos negros. ¿Cuántas veces
ha invocado a su esposa muerta en los últimos tres meses? ¿Cuánto ha deseado
que se deslizara por la oscuridad hasta su cama después de haberse acostado? ¿U
oír su voz con el susurro del viento cruzando por entre los árboles?
«No
te puedes quedar aquí, Erik», le dice.
Él
asiente con la cabeza. Es que hay tanto... ¿Qué va a hacer con tantas cosas,
libros, muebles? No sabe por dónde empezar. Es una barrera infranqueable. En
cuanto piensa en ello le invade tal cansancio que tiene que tumbarse aunque sea
en pleno día.
«Pues
mándalo todo a paseo—dice ella—. Olvídate de los trastos. ¿Qué me va a importar
a mí?»
Él
sabe que es verdad. Los muebles son de la casa de sus suegros. Mildred era hija
única de un pastor y sus padres murieron mientras ella estudiaba en la
universidad. Ella se niega ahora a compadecerse de él. Siempre ha sido así. Eso
hace que siga enfadándose con ella en secreto. Ésa era la Mildred mala; no mala
en el sentido de malvada, sino la Mildred que hacía daño, la que lo hería. «Si
te quieres quedar conmigo, yo me alegro», le decía cuando estaba viva. «Pero
eres una persona adulta. Elige tu propia vida.»
«¿Estaba
bien aquello?», vuelve a pensar como tantas veces antes. «¿Se puede tener tanta
falta de compromiso? Yo vivía su vida al completo. Claro, fue elección mía.
Pero en el amor, ¿no hay que intentar encontrarse?»
Ahora
Mildred deja caer la mirada sobre la mesa. Erik no puede ponerse a pensar otra
vez en tener hijos, porque seguro que desaparece como una sombra a través de la
pared. Tiene que animarse. De hecho, siempre ha tenido que animarse. La cocina
está casi sumida en una oscuridad total.
Fue
ella la que no quiso. Los primeros años hacían el amor por la noche, o de
madrugada si él la despertaba, pero siempre con la luz apagada, y aún podía
sentir la aversión rígida y oculta de ella si él quería hacer algo más que
penetrarla. Al final se acabó por sí solo. Él dejó de acercársele y a ella no
le importaba. A veces se abría la herida y acababan discutiendo. Él se quejaba
de que no lo amaba y que el trabajo lo absorbía todo. Quería tener hijos y
cuando se lo decía ella volvía las palmas hacia arriba: «¿Qué quieres de mí? Si
no eres feliz, debes levantarte y marcharte.» Y él: ¿Adónde? ¿Con quién?» La
tormenta siempre terminaba en calma y los días se sucedían con normalidad.
Siempre, o casi siempre, eso era suficiente para él.
Mildred
tiene su puntiagudo codo apoyado en el borde de la mesa. Con la uña del índice
repica pensativa en la superficie lacada. Tiene esa expresión ensimismada y
testaruda que se le pone siempre que le viene una idea a la cabeza.
Él
está acostumbrado a cocinar para ella. Cuando llega tarde le saca de la nevera
el plato cubierto con film de plástico y se lo calienta en el micro. Se encarga
de que coma o incluso de que se dé un baño. Le dice que no siga con el hábito
de enroscarse el pelo con el dedo si no quiere quedarse calva. Pero ahora no
sabe qué debe hacer ni qué decir. Le quiere preguntar cómo está, cómo se siente
allí en el otro lado.
«No
lo sé—responde ella—. Pero me tira, con fuerza.»
Pues
vaya, debería haber cerrado el pico en lugar de preguntar. Ella está aquí
porque quiere algo. De repente Erik siente miedo de que desaparezca. Pof, sin
más.
«Ayúdame—le
dice él—. Ayúdame a salir de aquí.»
Se
da cuenta de que él no es capaz de hacerlo por sí mismo. Y también percibe su
ira, el odio secreto de la persona dependiente. Pero ahora ya da lo mismo. Se
levanta y le pone la mano en la nuca para apretarle la cara contra su pecho.
«Nos
largamos», dice ella al cabo de un rato.
El
reloj marca las siete y cuarto cuando él, por última vez en su vida, cierra la
puerta de la vicaría. Todo lo que se lleva le cabe en un par de bolsas de
supermercado. Uno de los vecinos aparta ligeramente una cortina, se apoya en la
ventana y observa con curiosidad mientras Erik coloca las bolsas en el asiento
de atrás del coche.
Mildred
se sienta al lado. Cuando el vehículo se desliza entre los postes de la valla
de entrada, él se siente casi alegre, como el verano antes de casarse, cuando
hicieron el viaje en coche por Irlanda. Mildred sigue con la media sonrisa en
la cara.
Paran
un momento delante del establecimiento de Micke. Sólo va a entregarle las
llaves de la vicaría a la Rebecka Martinsson aquella.
Para
su asombro, se la encuentra en la calle delante del local de Micke con el móvil
en la mano pero sin hablar. Está con el brazo caído y cuando ella lo ve parece
que le entren ganas de salir corriendo. Erik avanza poco a poco, con cuidado,
casi suplicante, como si se estuviera acercando a un perro huraño.
—Venía
a darte las llaves de la vicaría—dice—. Así se las puedes dar al pastor junto
con las llaves del trabajo de Mildred y decirle que ya me he marchado.
Ella
no dice nada. Coge las llaves sin preguntar sobre los muebles ni demás
pertenencias. Simplemente, está allí, quieta, con el móvil en una mano y las
llaves en la otra. A Erik le gustaría decir algo, quizá pedirle perdón,
estrecharla entre sus brazos o acariciarle el pelo.
Pero
Mildred se ha bajado del coche y lo llama de pie junto a la carretera.
«¡Vamos!—grita—.
No puedes hacer nada por ella. Hay otra persona que la está ayudando.»
Así
que se da la vuelta y se aleja pesadamente hasta llegar al coche.
En
cuanto se sienta al volante se desvanece la tristeza que Rebecka Martinsson le
había contagiado. El camino a la ciudad es oscuro y lleno de aventuras. Cuando
aparca delante del Hotel Ferrum, Mildred continúa a su lado.
«Te
he perdonado», le dice Erik. Ella se mira las rodillas y niega con la cabeza.
«No te he pedido perdón», responde.
Son
las dos de la madrugada y Rebecka Martinsson está durmiendo.
La
curiosidad penetra por la ventana como una hiedra serpenteante y se arraiga en
su corazón. Envía raíces y esquejes como metástasis por su cuerpo, se retuerce
entre sus costillas e hila un capullo dentro de su tórax.
Cuando
se despierta en mitad de la noche se ha convertido en una obsesión indómita.
Por fin han cesado los ruidos del bar que llenaban aquella noche de otoño, pero
hay una rama enfurecida dando latigazos al tejado de chapa de la cabaña. La
luna está casi llena y su luz cadavérica atraviesa la ventana haciendo brillar
el manojo de llaves que hay encima de la mesa.
Se
levanta y se viste. No le hace falta encender la lámpara, le basta con la luz
de la luna para ver la hora. Se queda pensando en Anna-Maria Mella. Le gusta
esa policía. Es una mujer que ha escogido intentar hacer lo correcto.
Sale
afuera. El viento sopla fuerte. Los abedules y los serbales se agitan salvajes
a su alrededor y se oye como crujen los troncos.
Se
sube al coche y se va.
Conduce
hasta el cementerio, que no está lejos. Tampoco es muy grande, por lo que no
tiene que buscar demasiado hasta encontrar la tumba de la pastora. Muchas
flores; rosas y brezo. Mildred Nilsson. Y un espacio en blanco para su marido.
«Nació
el mismo año que mamá—piensa Rebecka—. Mamá habría cumplido cincuenta y cinco
en noviembre.»
Todo
está en silencio pero Rebecka no puede oírlo. El viento sopla tan fuerte que le
retumban los oídos.
Se
queda allí de pie y observa la lápida durante un rato. Después vuelve al coche,
que está aparcado justo delante del muro. En cuanto cierra la puerta se hace el
silencio de verdad.
«¿Qué
pensabas?—se pregunta a sí misma—. ¿Que la pastora estaría sentada sobre su
tumba en presencia etérea y transparente señalando con la mano?»
Sin
duda, eso habría facilitado las cosas, pero eso es decisión de ella.
De
modo que el párroco quiere la llave de la caja de seguridad de Mildred Nilsson.
¿Qué hay ahí dentro? ¿Por qué nadie le ha mencionado lo de la caja a la
policía? Quieren recuperar la llave de manera discreta. Se supone que es
Rebecka quien lo tiene que hacer.
«Lo
mismo me da—piensa—. Puedo hacer lo que me dé la gana.»
La
inspectora de policía Anna-Maria Mella se despertó de madrugada. Era el café.
Si se lo tomaba demasiado tarde se despertaba y se pasaba una hora dando
vueltas en la cama antes de volver a conciliar el sueño. A veces prefería
levantarse y le encantaba la sensación de paz y tranquilidad de ese momento.
Toda la familia dormía y podía poner la radio en la cocina mientras tomaba una
manzanilla o se ponía a doblar ropa o a hacer cualquier otra cosa y sumirse en
sus pensamientos.
Bajó
al sótano y puso la plancha a calentar mientras reproducía en su cabeza la
conversación con el marido de la pastora.
Erik
Nilsson: Mejor nos sentamos aquí en la cocina para poder echarle un ojo a tu
coche.
Anna-Maria:
¿Y?
Erik
Nilsson: Nuestros conocidos suelen aparcar abajo junto al bar, o por lo menos a
cierta distancia de aquí. Si no, corres el riesgo de que te pinchen las ruedas
o te lo rayen.
Anna-Maria:
Vaya.
Erik
Nilsson: Bah, no es muy grave pero hace un año... entonces pasaba muy a menudo.
Anna-Maria:
¿Lo habéis denunciado a la policía?
Erik
Nilsson: No pueden hacer nada. Aunque sepas
quién
es, nunca hay pruebas, nunca hay nadie que haya visto nada. Supongo que la
gente también tiene miedo. La próxima vez podría ser su cabaña la que arda en
llamas.
Anna-Maria:
¿Os incendiaron la cabaña?
Erik
Nilsson: Sí, fue un hombre de aquí del pueblo... O por lo menos creemos que fue
él. Su mujer lo abandonó y estuvo viviendo aquí en la vicaría por una
temporada.
«Qué
considerado», pensó Anna-Maria. Erik Nilsson tenía la oportunidad de meterse
con ella, pero se abstuvo. Podría haber dejado que la voz se le impregnara de
amargura, quejarse de la pasividad de la policía y al final haberles hecho
responsables de la muerte de su esposa.
Se
puso a planchar una de las camisas de Robert que tenía los puños completamente
desgastados. La tela humeaba al paso del metal y emanaba un agradable olor a
algodón recién planchado.
Era
evidente lo acostumbrado que estaba a hablar con mujeres, se le notaba. A veces
Anna-Maria se despistaba y respondía a las preguntas que él le hacía, no para
ganarse la confianza de aquel hombre, sino porque él lograba ganarse la de
ella. Como cuando le preguntó por sus hijos. Erik sabía bien lo que era típico
para sus edades y le preguntó si Gustav ya había aprendido a decir la palabra
«no».
Anna-Maria:
Depende. Si soy yo quien la dice, no lo entiende. Pero si la dice él...
Erik
Nilsson suelta una carcajada, pero enseguida se pone serio otra vez.
Anna-Maria:
Una gran casa.
Erik
Nilsson (suspira): Sí, pero en realidad nunca ha sido un hogar. Es mitad
vicaría, mitad hotel.
Anna-Maria:
Pero ahora está vacía.
Erik
Nilsson: Sí, el grupo Magdalena pensó que daría pie a mucho chismorreo. Ya
sabes, el viudo de la pastora se consuela con las mujeres vulnerables. Supongo
que tienen razón.
Anna-Maria:
Te lo tengo que preguntar: ¿cómo os iba a ti y a tu esposa?
Erik
Nilsson: ¿Es necesario?
Anna-Maria:
...
Erik
Nilsson: Bien. Respetaba enormemente a Mildred.
Anna-Maria:...
Erik
Nilsson: No era una mujer del montón, ni tampoco una pastora cualquiera. Era
tan increíblemente... apasionada en todo lo que hacía. Sentía de verdad que
tenía una misión aquí en Kiruna y en el pueblo.
Anna-Maria:
¿De dónde era?
Erik
Nilsson: Nació en Uppsalabo. Hija de un párroco. Nos conocimos cuando yo
estudiaba física. Ella solía decir que luchaba contra la conformidad. «En
cuanto muestras demasiada devoción, la parroquia designa un grupo de crisis.»
Hablaba demasiado, demasiado rápido y con demasiados gritos, y casi se
obsesionaba cuando se le ocurría una idea. Podía volverte loco. Deseé mil veces
que hubiera sido una mujer más convencional, pero... (hace un gesto con la
mano)... cuando te arrebatan a una persona así... no es sólo una pérdida para
mí.
Se
había dado una vuelta por la casa. El lado de Mildred junto a la cama doble
estaba vacío. No había libros, ni despertador, ni Biblia.
De
pronto sintió a Erik Nilsson de pie detrás de ella.
—Tenía
habitación propia—dijo éste.
Era
una habitación en la fachada corta de la casa. En la ventana no había flores
sino una lámpara y algunos pájaros de cerámica. La cama individual seguía
deshecha, tal como debió de dejarla ella, y había una bata roja de tejido
nórdico tirada encima. Al lado, en el suelo, había una pila de libros.
Anna-Maria había echado un vistazo a los títulos. Arriba del todo, la Biblia,
seguida de Lenguaje para una fe adulta, Enciclopedia bíblica y algunos libros
infantiles y juveniles. Anna-Maria conocía Winnie the Pooh y Anne en la Colina
Verde. Debajo del todo, un puñado desordenado de artículos de prensa.
—Aquí
no hay nada que ver—dijo Erik Nilsson cansado—. Aquí no os queda nada más que
ver.
«Es
extraño—pensó Anna-Maria mientras doblaba la ropa de los niños—. Era como si
Erik Nilsson mantuviera viva a su mujer. El correo que llegaba a su nombre
estaba sin abrir apilado sobre la mesa; en su mesita de noche todavía estaba su
vaso de agua y al lado las gafas de leer. Por lo demás, estaba todo muy limpio
y ordenado; simplemente, no era capaz de desprenderse de su esposa. Y era una
casa bonita, como sacada de una revista de decoración. Y aun así, él le había
dicho que no era un hogar sino "mitad vicaría, mitad hotel". Y
también le había dicho que "la respetaba". Curioso.»
Rebecka
condujo despacio hasta la ciudad. El asfalto de la carretera y el manto de
hojas en descomposición absorbían la pálida y grisácea luz de la luna. Los
árboles se inclinaban de un lado a otro al vaivén del viento, dando la
impresión de que se estiraban hambrientos en pos de esa luz pobre pero sin
llegar a alcanzarla. Seguían desnudos y negros, retorcidos y castigados poco
antes del sueño del invierno.
Pasó
por delante del local de la congregación. Era un edificio de poca altura
construido con ladrillo blanco y madera barnizada de color oscuro. Subió por el
camino de grava y aparcó detrás de la antigua tintorería.
Aún
estaba a tiempo de echarse atrás. Pero no, no podía hacerlo.
«¿Qué
es lo peor que puede pasar?—pensó—. Me pueden detener, ponerme una multa y me
pueden echar de un trabajo que ya he perdido.»
A
estas alturas le parecía que lo peor sería volver y echarse a dormir. Subirse
al avión de vuelta a Estocolmo al día siguiente y seguir cruzando los dedos
para que se le fuera ordenando la cabeza hasta poder trabajar de nuevo.
Pensó
en su madre. El recuerdo emergió hasta la superficie con fuerza y veracidad, y
casi podía verla al otro lado de la ventanilla: bien peinada, con el abrigo
verde guisante que ella misma se había cosido, con cinturón ancho en la cintura
y cuello de piel. Ese que escandalizaba a las vecinas cuando pasaba por
delante. ¿Quién se creía que era? Y con las botas de tacón alto que no se había
comprado en Kiruna sino en Luleá.
Es
como un golpe de amor en el pecho. De pronto tiene siete años y alarga la mano
para cogerse de su madre. Le sienta tan bien el abrigo... Y es tan bonita de
cara... Una vez, cuando era aún más pequeña, le dijo: «Pareces una Barbie,
mamá», y su madre se rió y la abrazó. Rebecka aprovechó para inspirar todos
aquellos buenos aromas que emanaba de cerca. El pelo de su madre olía de una
manera, el maquillaje de su cara de otra, y lo mismo el perfume de su cuello.
Rebecka le volvió a decir en ocasiones posteriores: «Pareces una Barbie», sólo
porque su madre se puso tan contenta aquella vez. Pero nunca volvió a mostrar
la misma alegría. Era como si sólo funcionara la primera vez. «Para ya», la
riñó al final.
Rebecka
se quedó pensativa un rato. Había más, si se examinaba de cerca. Lo que las
vecinas no veían: que los zapatos eran de baja calidad, que tenía las uñas
partidas y mordisqueadas, que la mano que llevaba el cigarrillo a los labios
mostraba un ligero temblor característico de las personas que tienen una
deficiencia nerviosa.
Las
pocas veces que Rebecka pensaba en ella, siempre la recordaba helada, con doble
jersey de lana y calcetines gruesos, sentada a la mesa de fórmica que había en
la cocina.
O
como ahora, con los hombros un poco encogidos y sin espacio para un jersey
grueso bajo el bonito abrigo. La mano que no sujeta el cigarrillo se esconde en
el bolsillo. Su mirada busca en el coche y se fija en Rebecka. Tiene los ojos
pequeños y analíticos, las comisuras de la boca hacia abajo. ¿Quién es ahora la
loca?
«Yo
no me he vuelto loca—pensó Rebecka—. Yo no soy como tú.»
Se
bajó del coche y fue a paso rápido hasta el local de la congregación, casi
corriendo para alejarse del recuerdo de aquella mujer del abrigo verde
guisante.
Oportunamente,
alguien había destrozado la lámpara que había encima de la puerta trasera del
local. Rebecka probó las llaves del manojo. Podía haber una alarma conectada, o
bien la variante barata, una alarma que sólo sonaba en la casa para disuadir a
los ladrones, o bien una alarma real que estuviera conectada a una empresa de
vigilancia.
«No
pasa nada—se dijo a sí misma—. Si viene alguien, no serán las fuerzas
especiales, sino algún vigilante cansado que aparecerá en coche y se parará
delante de la puerta principal. Tiempo de sobra para salir pitando.»
De
repente una llave entró en la cerradura. Rebecka la giró y se adentró en la
oscuridad. Había silencio. No sonó ninguna alarma ni tampoco se oyó ningún
pitido que indicara que tenía sesenta segundos para introducir un código. El
local de la congregación era una casa construida respetando el nivel de la
tierra, por lo que la puerta de atrás estaba en la planta de arriba y la puerta
principal en la planta baja. La secretaría estaba en la planta superior,
Rebecka lo sabía. No se preocupó de ir a hurtadillas.
«No
hay nadie», se dijo.
Tuvo
la sensación de que sus pasos hacían eco mientras se dirigía deprisa hacia la
secretaría.
La
habitación con las cajas de seguridad estaba dentro de las oficinas. El espacio
era reducido y no tenía ventanas. Rebecka se vio obligada a encender la luz del
techo.
El
pulso se le aceleró un poco y torpemente probó una llave en las distintas
cerraduras de las taquillas grises y sin nombre. Si aparecía alguien ahora, no tendría
escapatoria. Intentó escuchar algún ruido procedente de la escalera o de la
calle. Las llaves resonaban como las campanas de una iglesia.
Al
probar la tercera taquilla la llave giró suavemente en la cerradura. Tenía que
ser la de Mildred Nilsson. Rebecka la abrió y se quedó mirando. Era una caja de
seguridad pequeña y no había gran cosa, pero aun así estaba casi llena. Había
unas pocas cajas de cartón y algunas bolsitas de tela con joyas. Collares de
perlas, anillos de oro con piedras y también pendientes. Había dos alianzas de
boda lisas que parecían antiguas; alguna herencia. Una carpeta azul en la que
había un montón de papeles. En la taquilla había también varias cartas. Las
direcciones estaban escritas a mano y eran de letras diferentes.
«¿Qué
hago ahora?», se preguntó Rebecka.
Intentó
deducir qué cosas de la caja sabría identificar el párroco. ¿Echaría algo en
falta?
Respiró
hondo y después se sentó en el suelo para mirarlo todo y empezó a clasificarlo
a su alrededor. La cabeza ya volvía a funcionarle como de costumbre, trabajaba
con agilidad, recababa información y la ordenaba. Media hora más tarde Rebecka
encendía la fotocopiadora de la secretaría.
Las
cartas se las llevó tal como estaban. Quizá tuvieran huellas o partes de ellas,
de manera que las guardó en una bolsa de plástico que encontró en un cajón.
Sacó
copias de las hojas que había en la carpeta azul y las guardó junto con las
cartas en la bolsa. Volvió a colocar la carpeta en la taquilla y la cerró,
apagó la luz y se fue. Eran las tres y media de la mañana.
Anna-Maria
Mella se despertó porque su hija Jenny le estaba tirando del brazo.
—Mamá,
hay alguien que llama a la puerta.
Los
niños sabían que estaba prohibido abrir a horas intempestivas. Como inspectora
de policía en una ciudad pequeña podía recibir visitas de lo más variopintas y
a horas intempestivas. Malhechores sensibleros que buscaban a la única
confesora que tenían, o compañeros con cara seria y el motor del coche en
marcha. A veces, en contadas ocasiones pero podía ocurrir, alguien que
estuviera cabreado o colocado (por lo general, ambas cosas).
Anna-Maria
se levantó, le dijo a Jenny que se acurrucara junto a Robert y bajó al
recibidor. Llevaba el móvil en el bolsillo de la bata y ya había marcado el
número de la central por si tenía que llamar. Primero miró a través de la
mirilla y luego abrió la puerta.
Al
otro lado estaba Rebecka Martinsson.
Anna-Maria
le pidió que entrara y Rebecka se quedó en el umbral sin quitarse la chaqueta.
No quiso té ni ninguna otra bebida.
—Estás
investigando el asesinato de Mildred Nilsson—dijo—. Esto son cartas y copias de
documentos personales suyos.
Le
alargó una bolsa de plástico con los papeles y le explicó brevemente de dónde
había sacado el material.
—Como
comprenderás, no me iría muy bien que saliera a la luz que os he pasado todo
este material. Si se te ocurre una explicación alternativa, te estaré más que
agradecida. Si no, pues...
Se
encogió de hombros.
—...
tendré que apechugar—terminó con media sonrisa.
Anna-Maria
echó un vistazo al interior de la bolsa.
—¿Una
caja de seguridad en la secretaría del párroco?—preguntó.
Rebecka
asintió.
—¿Por
qué nadie le contó a la policía que...?
Se
interrumpió y miró a Rebecka.
—¡Gracias!—le
dijo—. No explicaré de dónde lo he sacado.
Rebecka
hizo ademán de marcharse.
—Hiciste
lo correcto—dijo Anna-Maria—. Lo sabes, ¿verdad?
Era
difícil saber si se refería a lo ocurrido hacía dos años en Jiekajarvi o si
estaba hablando de las copias y las cartas de la bolsa.
Rebecka
hizo un gesto con la cabeza. Podría estar asintiendo, pero también podría
tratarse de un gesto de negación.
Al
marcharse, Anna-Maria permaneció un rato en el recibidor con un deseo
irreprimible de chillar. «La puta de oros», quería gritar. «¿Cómo cojones han
podido dejar de darnos todo esto?»
Rebecka
Martinsson está sentada sobre la cama de su cabaña. Puede distinguir
perfectamente el contorno del respaldo de la silla delante del rectángulo gris
de la ventana dibujado por la luz de la luna.
«Ahora—pensó—.
Ahora debería llegar el pánico. Si alguien se entera de esto, estoy acabada. Me
condenarán por allanamiento de morada y procedimiento arbitrario, nunca más me
darán trabajo.»
Pero
el pánico no quería aparecer, ni tampoco sensación alguna de arrepentimiento.
Al contrario, se sentía con el corazón relajado.
«Acabaré
de vigilante», pensó.
Se
tumbó y se quedó mirando el techo. Se sentía animada, una especie de alegría
loca.
Podía
oír a un ratón en la pared que hurgaba, mordisqueaba y corría de un lado a
otro. Rebecka picó con los nudillos y se quedó quieto. Después se puso de nuevo
en marcha.
Rebecka
sonrió. Y se durmió. Con la ropa puesta y sin haberse cepillado los dientes.
Soñó.
Está
sentada en los hombros de su padre. Es la época de los arándanos. Su padre
carga a la espalda una especie de mochila hecha de corteza de abedul y, con la
bolsa y Rebecka, el peso es considerable.
—No
te inclines—le dice cuando Rebecka se estira para coger líquenes de los troncos
de los árboles.
Detrás
de ellos va su abuela paterna. Chaqueta polar azul y bufanda gris. Cuando
camina por el bosque tiene una forma de andar basada en el mínimo esfuerzo. No
levanta el pie más de lo necesario. Una suerte de trotecillo ágil de pasos
cortos. Llevan dos perros con ellos: Jussi, el cazador de alces, va detrás de
la abuela; está entrado en años y procura ahorrar energías. Y Jacki, el más
joven de los dos, un cruce indeterminado de perros spitz, corre de aquí para
allá. Su hocico no tiene nunca suficiente, desaparece de la vista de todos y a
veces lo oyen ladrar a un kilómetro de distancia.
Bien
entrada la tarde está dormida junto al fuego mientras los mayores se han ido
más allá a coger arándanos. Tiene la chaqueta Helly Hansen de su padre como
almohada. El sol de la tarde calienta, pero las sombras son largas. Las llamas
mantienen alejados a los mosquitos y los perros aparecen de vez en cuando para
vigilarla. Le dan unos empujoncitos suaves en la cara para luego salir
disparados otra vez antes de que siquiera le dé tiempo a acariciarlos ni
pasarles el brazo por el cuello.
PATAS
DORADAS
Finales
de invierno. El sol se alza por encima de las copas de los árboles y calienta
el bosque haciendo que las pesadas capas de nieve se deslicen de las ramas. Es
una temporada engorrosa para cazar, puesto que durante el día la gruesa capa
blanca se ablanda con el calor. Se hace difícil correr detrás de la presa, pero
si la manada caza de noche a la luz de la luna o al alba, la capa de escarcha
les hace heridas en las patas.
La
hembra alfa entra en celo. Está inquieta e irritable, así que el que se le
acerque tendrá que contar con llevarse un mordisco u otro escarmiento. Se
detiene cerca de los machos subalternos y hace pis con la pata tan levantada
que casi le cuesta mantener el equilibrio. Toda la manada se ve influenciada
por su temperamento. Se oyen gruñidos y aullidos y se desatan pequeñas peleas
constantemente entre los distintos miembros del grupo. Los lobos más jóvenes se
pasean intranquilos por los exteriores de la zona de descanso. Cada dos por
tres aparece un lobo adulto para ponerlos en su sitio. A la hora de la comida
se respeta la jerarquía a rajatabla.
La
loba alfa es hermanastra de Patas Doradas. Hace dos años desafió a la cabeza de
la manada de entonces en esta misma época del año. La líder iba a entrar en
celo y tenía que reafirmar su supremacía frente a las demás hembras. Se giró
hacia la hermanastra de Patas Doradas, alargó su cabeza rayada, levantó los
labios y le enseñó los dientes con un gruñido amenazador. Pero en lugar de
retirarse asustada con la cola metida entre las patas, la hermanastra de Patas
Doradas aceptó el desafío. Miró a la líder directamente a los ojos y erizó el
pelo del lomo. La pelea se desató en la fracción de un segundo y terminó en
menos de un minuto. La antigua líder salió perdiendo. Una mordedura profunda en
el cuello y una oreja desgarrada fueron suficientes para que se retirara entre
gemidos. La hermanastra de Patas Doradas alejó a la vieja hembra de la manada,
y la manada tuvo una nueva hembra alfa.
Patas
Doradas nunca se alzó contra la anterior líder, ni tampoco lo hace contra su
hermanastra. Aun así, es como si ésta estuviera especialmente irritable con
ella. En una ocasión agarra con sus fauces el hocico de Patas Doradas y la
pasea ante la manada. Patas Doradas la obedece humildemente con el lomo
encorvado y apartando la mirada. Los lobos más jóvenes se incorporan y
comienzan a pasear intranquilos. Después, Patas Doradas le lame las comisuras
de la boca a su hermanastra. No quiere pelearse ni desafiarla.
El
plateado macho alfa es difícil de conquistar. En los tiempos de la antigua
líder, la seguía durante semanas antes de que ella se decidiera a aparearse. Él
le olfateaba el trasero y ponía en su sitio a los demás machos ante su mirada.
Cada dos por tres se acercaba a donde estaba ella. Solía tocarla con la pata
delantera como preguntando: «¿Ahora sí?»
El
macho alfa se muestra apático y aparentemente sin interés por la hermanastra de
Patas Doradas. Tiene siete años y no hay ningún miembro de la manada que
muestre el más mínimo signo de intentar quitarle el puesto. En pocos años será
mayor y más débil y tendrá que reafirmarse más a menudo, pero ahora puede
tumbarse y dejar que el sol le caliente el pelaje mientras se lame las patas
delanteras o atrapa un poco de nieve. La hermanastra de Patas Doradas lo
corteja. Se pone de cuclillas y orina cerca de donde está para despertar su
interés. Se le pasea por delante deseosa y con manchas de sangre donde le nace
la cola. Finalmente, él se da por vencido y la cubre. Toda la manada suspira
aliviada. La tensión en el grupo desaparece al instante.
Los
dos cachorros de apenas un año despiertan a Patas Doradas con ganas de jugar.
Ella se ha tumbado a dormitar bajo un abeto un poco alejado, pero ahora los
cachorros se le echan encima. Uno se desploma con las patas delanteras sobre la
nieve inclinando todo el cuerpo hacia delante de manera juguetona. El otro
llega a la carrera y le salta por encima. Ella se incorpora de un brinco y
empieza a perseguirlos. Los dos machos arman tanto jaleo que se oye el eco
entre los árboles. Una ardilla espantada sale a toda prisa tronco arriba de un
árbol como una raya roja. Patas Doradas alcanza a uno de los lobeznos y hace
una doble voltereta sobre la nieve. Luego luchan un rato y después les toca a
ellos perseguirla a ella. Sale rápida como un turón entre los árboles; a veces
aminora el paso hasta que están a punto de atraparla y entonces vuelve a
acelerar. No la cogen hasta que ella quiere.
JUEVES
7 DE
SEPTIEMBRE
A
las seis y media de la mañana Mimmi hizo una pausa para desayunar después de
trabajar en el bar desde las cinco. Se mezclaban los olores del pan recién
hecho y el café con el aroma de la lasaña acabada de hacer y el picadillo de
carne con patatas. En la encimera de acero inoxidable había enfriándose
cincuenta bandejas de aluminio con comida. Trabajó con la puerta giratoria
abierta para que no hiciera tanto calor y porque a ellos les gustaba, a los
tíos. Verla moverse por la cocina mientras trabajaba, de un lado a otro o
llenando la cafetera, era como si tuvieran compañía. Y podían comer tranquilos,
sin ojos escrutadores que controlaran si masticaban con la boca abierta o si se
manchaban la camisa con el café.
Antes
de sentarse a desayunar dio una vuelta a toda prisa por el comedor con la
cafetera en la mano rellenando las tazas de los comensales y mimándolos un
poco. Insistía y les alargaba la cesta con pan, y en ese momento les pertenecía
a todos, era su esposa, su hija, su madre. Su pelo con mechas aún estaba algo
húmedo por la ducha de la mañana y lo llevaba trenzado y cubierto con un
pañuelo atado a la cabeza. Ya tenía bastante con las miradas que le echaban. No
se le ocurriría nunca pasearse por el bar con el pelo suelto y dejando que las
gotas le empaparan el jersey ajustado de H&M como si se tratara de Miss
Camiseta Mojada. Dejó la cafetera en el soporte y proclamó:
—Quien
quiera más, que coja. Yo me tengo que sentar quince minutos.
—Mimmi,
ven y échame un poco—canturreó puñetero uno de los hombres.
Algunos
se irían pronto al trabajo. Eran los que se tomaban el café a sorbos muy
seguidos para terminárselo deprisa aunque estuviera demasiado caliente, y se
zampaban los bocadillos en dos bocados. Los demás alargaban la visita hasta una
hora antes de volver a la soledad de sus casas. Intentaban iniciar una
conversación y hojeaban sin interés la prensa del día anterior. La del día
tardaría un buen rato en llegar. En el pueblo nadie decía que estaba en el
paro, de baja o prejubilado. Decían que estaban en casa.
La
huésped que se quedaba a dormir, Rebecka Martinsson, estaba sola en una de las
mesas que daban al río mirando por la ventana. Se comía el bol con leche acida
y cereales sin prisa ninguna mientras, a la vez, bebía café.
Mimmi
vivía en un piso de un solo ambiente en la ciudad. Lo había mantenido a pesar
de que prácticamente vivía con Micke en una casa cerca del bar. Cuando decidió
quedarse en el pueblo por una temporada, su madre le propuso sin demasiado
interés que se instalara en su casa si le apetecía. Era evidente que lo había
dicho por compromiso, aunque a Mimmi no se le ocurriría nunca aceptar la
invitación. Ella y Micke ya llevaban tres años con el bar pero hacía apenas un
mes que su madre le dio una llave de reserva de la casa.
—Nunca
se sabe—le dijo paseando la mirada por todas partes—. Si pasa algo o vete a
saber... Como los perros están dentro...
—Claro—respondió
Mimmi cogiendo la llave—. Los perros.
«Siempre
los putos perros», pensó.
Lisa
se dio cuenta de que Mimmi se había mosqueado y estaba de malhumor, pero no era
su estilo demostrarlo ni hablarlo. No, todo lo contrario, era el momento de
marcharse. Si no era una reunión del grupo Magdalena, eran los animales de la
casa; quizá había que limpiar las jaulas de los conejos o, si no, igual había
que llevar a alguno de los perros al veterinario.
Mimmi
se sentó en la encimera de madera barnizada con aceite que había al lado de la
nevera. Si recogía las piernas, cabía bien entre las especias frescas que
crecían en latas de conserva enjuagadas. Era un buen sitio. Se podía ver
Jukkasjärvi al otro lado del río. A veces algún barco. La ventana no existía
cuando el local era un taller y Micke se la puso como regalo. «Aquí me gustaría
tener una ventana», había dicho ella, y él cumplió su deseo.
No
es que estuviera enfadada con los perros, ni tampoco que les tuviera envidia,
normalmente se refería a ellos como sus hermanos pero, por poner un ejemplo,
cuando vivía en Estocolmo, nunca llegó el día en que Lisa fuera a verla. Ni
siquiera la llamó. «Claro que te quiere—solía decir Micke—, es tu madre.» No se
enteraba de nada.
«Será
que tenemos algo genético—pensaba Mimmi—. Yo tampoco puedo querer a nadie.»
Si
alguna vez conocía a algún imbécil de los de verdad, no se enamoraba, por
supuesto. Esa palabra era demasiado endeble, como la variante de la marca
Konsum de ese sentimiento. Pero sí podía volverse psicótica, dependiente y
adicta. Y ya le había pasado. Fue una vez durante sus años en Estocolmo. Cuando
sales de una relación así, se desgarra parte de tu cuerpo.
Con
Micke era diferente. Con él se veía capaz de tener hijos, si se creyese capaz
de querer a un hijo. Micke era un hombre bueno.
Por
debajo de la ventana había unas pocas gallinas removiendo la hierba de otoño.
Justo cuando le hincó el diente al pan recién hecho oyó el ruido de un
ciclomotor que se acercaba por la calle. Giró y subió por el camino de grava
hasta detenerse en la zona de aparcamiento.
«Nalle»,
pensó.
Cada
dos por tres aparecía por el bar a primera hora de la mañana, siempre y cuando
se despertara antes que su padre y consiguiera escaparse sin que él se
enterara. Si no, la norma era que tenía que desayunar en casa.
Al
cabo de unos instantes estaba de pie junto a la ventana de Mimmi picando en el
cristal. Llevaba unos pantalones de tirantes de color amarillo ocre que en
algún momento habían pertenecido a un trabajador de la compañía de teléfonos.
Las cintas reflectantes de los tobillos se habían desgastado casi por completo
por el uso y los lavados, y en la cabeza llevaba un gorro de piel artificial de
castor con orejeras largas. El anorak verde le venía demasiado corto. Le
acababa en la cintura.
Nalle
le dedicó una de sus divertidísimas y picaras sonrisas que partían su cara en
dos. Desviaba la prominente mandíbula a la derecha, entornaba los ojos y subía
las cejas. Era imposible no corresponder a aquella sonrisa y no le importó en
absoluto no poder comerse el bocadillo tranquilamente.
Mimmi
abrió la ventana y al mismo tiempo Nalle se metió las manos en los bolsillos,
sacó tres huevos y se la quedó mirando como si le acabara de hacer un truco de
magia avanzada. Tenía la costumbre de meterse en el gallinero para recoger
huevos y Mimmi siempre se los aceptaba de buen grado.
—¡Bien!
¡Gracias! Y, bueno, ¿a quién tenemos aquí? ¿A Pepito el picaflor?
De
la garganta de Nalle brotó una risa gutural que parecía un motor de arranque
intentando encenderse a cámara lenta.
—¿O
es Felipín el friegaplatos?
Contestó
con un no de lo más encantador, bien consciente de que le estaba haciendo
broma, pero aun así negó enérgicamente con la cabeza, por si acaso. No estaba
allí para fregar.
—Tienes
hambre, ¿no?—le preguntó Mimmi y Nalle dio media vuelta y desapareció doblando
la esquina.
Mimmi
se bajó de la encimera, cerró la ventana, le pegó un trago al café y le dio una
buena dentellada al bocadillo. Cuando salió al comedor, Nalle se había sentado
frente a Rebecka Martinsson. El chico había colgado el anorak en el respaldo de
la silla, pero el gorro se lo había dejado puesto. Era una costumbre que
tenían: Mimmi se lo quitaba y le removía el tupido pelo que llevaba cortado a
cepillo.
—¿Por
qué no te sientas allí? Así puedes ver si pasa algún coche chulo.
Rebecka
Martinsson le sonrió a Nalle.
—Por
mí, encantada de que se quede aquí.
Mimmi
alargó la mano y volvió a hacerle una carantoña al chico. Luego le frotó un
poco la espalda.
—¿Quieres
tortitas o leche acida y un bocadillo?
Ya
sabía la respuesta pero quería hacerle hablar un poco. Y, sobre todo, que
decidiera él mismo. Vio cómo la palabra iba tomando forma en su boca durante
unos segundos antes de salir. La mandíbula se le movió de un lado al otro y al
final dijo con decisión:
—Tortitas.
Mimmi
se metió en la cocina. Sacó quince tortitas de la nevera y las puso a calentar
en el microondas.
Lars-Gunnar,
el padre de Nalle, y Lisa, la madre de Mimmi, eran primos. El padre de Nalle
era policía retirado y desde hacía casi treinta años era el dirigente del grupo
de caza, lo cual lo convertía en un hombre poderoso. Físicamente también era
grande, igual que Nalle. Un policía que infundía respeto y además era buena
persona, según decía la gente. De vez en cuando iba al entierro de algún viejo
delincuente que había muerto. En esas ocasiones, los únicos presentes solían
ser Lars-Gunnar y el sacerdote.
Cuando
Lars-Gunnar conoció a la madre de Nalle él ya había pasado los cincuenta. Mimmi
recordaba el día en que apareció por su casa con Eva por primera vez.
«Yo
no debía de tener más de seis años», pensó.
Lars-Gunnar
y Eva estaban sentados en el sofá de piel de la sala de estar. Su madre Lisa
iba y venía de la cocina con dulces para merendar, leche, más café y Dios sabe
qué otras cosas. Era la época en la que se amoldaba a la situación. Más tarde
se divorciaría y dejaría por completo de cocinar y de hacer pasteles. Mimmi
puede imaginarse a Lisa cenando en su cabaña, de pie, apoyando el trasero en la
encimera y engullendo a cucharadas el contenido de alguna lata de conservas,
quizá una sopa de carne fría de la casa Bong.
Pero
aquella vez... Lars-Gunnar en el sofá pasándole el brazo a Eva por los hombros.
Una expresión extrañamente tierna para tratarse de un hombre de este pueblo y
quizá más aún tratándose de él. Estaba orgulloso. Eva era quizá no mona, pero
sí mucho más joven que él, de la edad de Mimmi ahora, entre veinte y treinta.
Mimmi no puede imaginarse dónde conoció a Lars-Gunnar aquella trabajadora
social que estaba de vacaciones y hacía turismo por allí. La cuestión es que
Eva se despidió de su puesto en... Norrkoping, si Mimmi no recuerda mal,
encontró trabajo en el municipio y se mudó a la antigua casa de los padres de
él, donde Lars-Gunnar todavía seguía viviendo. Al cabo de un año nació Nalle,
es decir, pe-luche, aunque entonces se llamó Bjorn, porque era fuerte como un
oso. Llamarle oso a aquel bebé le iba que ni pintado, pues parecía una futura
promesa de luchador.
«No
debió de ser fácil—pensó Mimmi—. Llegar de una gran ciudad y meterse en este
pueblo, llevar el carrito del niño de un lado a otro por la carretera durante
toda la baja por maternidad y no poder hablar más que con las viejas. ¿Cómo no
se volvió loca? Aunque... eso es justo lo que le pasó.»
Sonó
la campanilla del micro y Mimmi cortó un par de trozos de helado y les echó una
cucharadita de mermelada a las tortitas. Llenó de leche un vaso grande y untó
mantequilla en tres rebanadas de pan integral. Cogió tres huevos duros de una
cazuela que había en los fogones y una manzana y lo puso todo en una bandeja
que le llevó a Nalle.
—Y
no hay más tortitas hasta que te hayas comido lo demás—dijo con severidad.
A
los tres años Nalle sufrió una encefalitis. Cuando Eva llamó al ambulatorio le
dijeron que tenían que esperar un tiempo. Y las cosas fueron como fueron.
En
cuanto el niño cumplió cinco años, Eva se marchó. Dejó a Nalle y a Lars-Gunnar
y se mudó a Norrkóping otra vez.
«O
huyó», pensó Mimmi.
En
el pueblo se habló mucho de cómo se había alejado de su hijo. «Hay gente que no
sabe asumir sus responsabilidades», decían, y se preguntaban constantemente
cómo se podía tener el valor de hacerlo sin más, abandonar a su propio hijo.
Mimmi
no lo sabe, pero conoce bien la sensación de asfixiarse en el pueblo y le
resulta bastante fácil imaginarse a Eva haciéndose añicos en aquella casa color
de rosa hecha de cemento con amianto.
Lars-Gunnar
se quedó en el pueblo con Nalle y de mal grado hablaba de Eva.
—¿Qué
iba a hacer?—decía siempre—. No podía obligarla.
Cuando
Nalle tenía siete años, Eva volvió. O, mejor dicho, Lars-Gunnar la fue a buscar
a Norrkoping. El vecino de al lado podía relatar cómo la entró en brazos en
casa. En poco tiempo el cáncer la había devorado. A los tres meses los abandonó
definitivamente.
—¿Qué
iba a hacer?—repetía Lars-Gunnar—. Era la madre de mi hijo.
Eva fue
enterrada en el cementerio de Poikkijarvi. Al funeral acudieron su madre y una
hermana, pero no se quedaron mucho rato. Sólo lo imprescindible para el café
del funeral, con un turbio sentimiento de llevar a cuestas su vergüenza de hija
y de hermana. El resto de los invitados no las miraba a los ojos, pero les
clavaba la mirada en la espalda.
—Y
allí estaba Lars-Gunnar para consolarlas—decía la gente del pueblo—. A ver si
no se podrían haber encargado ellas de cuidarla mientras se estaba muriendo. Al
final le había tocado a Lars-Gunnar acarrear con todo y se le notaba a simple
vista: por lo menos había adelgazado quince kilos y tenía un aspecto gris y
consumido.
Mimmi
se preguntaba cómo habrían sido las cosas si Mildred hubiese estado presente
por aquel entonces. Quizá Eva habría encontrado un lugar entre las mujeres del
grupo Magdalena, quizá se hubiese divorciado de Lars-Gunnar pero sin marcharse
del pueblo y con fuerzas suficientes para cuidar de Nalle. Quizá incluso
podrían haber continuado casados.
La
primera vez que Mimmi se cruzó con Mildred, la pastora estaba sentada en el
ciclomotor de Nalle. El chico no cumplía los quince hasta al cabo de tres
meses, pero a nadie del pueblo le importaba que un chico con discapacidad
mental se paseara con un vehículo a motor sin tener edad para ello. Por Dios,
si era el chico de Lars-Gunnar, y la vida no les había resultado fácil.
Mientras Nalle circulara siempre por la carretera del pueblo...
—Ay,
mi culo—ríe Mildred y baja de un salto de la plataforma, recuerda Mimmi.
Mimmi
está sentada fuera del bar. Ha sacado una de las sillas, ha buscado un lugar al
abrigo del viento y está con un cigarrillo en la mano y la cara apuntando al
sol con la esperanza de coger un poco de color. Nalle parece satisfecho y
saluda a Mimmi y a Mildred con la mano, da media vuelta y se marcha haciendo
derrapar un poco los neumáticos. Hacía dos años que había hecho la confirmación
con Mildred.
Mimmi
y Mildred se presentan y Mimmi no puede evitar cierta sensación de decepción.
No sabría decir qué se esperaba, pero es que ha oído tantas cosas de la
pastora. Que es luchadora, que no tiene pelos en la lengua, que es maravillosa,
que es muy inteligente, que no está en sus cabales...
Ahora
la tiene enfrente y le parece de lo más normal.
De
hecho, triste, para ser sinceros. Quizá Mimmi se esperaba un campo magnético a
su alrededor, pero todo lo que ve es una mujer de mediana edad con téjanos
pasados de moda y unos prácticos zapatos Ecco.
—¡Es
toda una bendición!—dice Mildred señalando el repiqueteo del ciclomotor
mientras se aleja por la carretera del pueblo.
Mimmi
suspira y murmura algo sobre que a Lars-Gunnar no le había resultado fácil.
Es
como un reflejo condicionado. Cuando el pueblo canta su tonadilla sobre
Lars-Gunnar, su joven y debilucha mujer y su hijo retrasado el estribillo
siempre es el mismo: «pobre... lo que les toca pasar a algunos... lo difícil
que ha sido».
A
Mildred se le hace una marca severa en el entrecejo y mira algo molesta a
Mimmi.
—Nalle
es un regalo—dice.
Mimmi
no responde nada. No se traga eso de que «todos los niños son un regalo y todo
lo que pasa tiene sentido».
—No
entiendo cómo la gente puede hablar de Nalle como si fuera una carga. ¿Has
pensado alguna vez en el buen humor que se te pone cuando pasas un rato con él?
Es
verdad. Mimmi recuerda la mañana anterior. Nalle pesa demasiado, siempre tiene
apetito y su padre tiene que vigilarlo constantemente para que no se pase el
día comiendo, lo cual es una labor imposible. Las señoras del pueblo no pueden
resistirse a los caprichos de Nalle y, a veces, Micke y Mimmi tampoco, como
ayer, por ejemplo. Nalle estaba en la cocina del bar con una de las gallinas
bajo el brazo, Anni, una de raza cochin que no pone demasiados huevos pero es
tranquila y no le importa que la acaricien. Pero lo que no quiere es que la
aparten de sus compañeras, por eso patalea y cacarea nerviosa atrapada bajo el
gran brazo de Nalle.
—¡Anni!—le
dice Nalle a Micke y Mimmi—. Bocadillo.
Gira
la cabeza hacia la izquierda y tuerce un poco el cuello para mirarlos por
debajo del flequillo con una expresión ingeniosa. Resulta imposible decir si es
consciente de que no logra engañarlos ni por un segundo.
—Saca
la gallina de aquí—le dice Mimmi intentando ponerse seria.
Micke
se echa a reír a carcajada limpia.
—¿Que
Anni quiere un bocadillo? Claro, entonces será mejor que se lo des.
Al
final Nalle sale de la cocina con un bocadillo en una mano y con la gallina en
la otra. Suelta a Anni y el bocata desaparece en un abrir y cerrar de ojos.
—¡Oye!—grita
Micke desde el porche—. ¿El bocata no era para Anni?
Nalle
se gira y lo mira con una cara de disculpas de lo más teatral.
—No
queda—dice resignado.
La
pastora Mildred continúa hablando:
—Ya
sé que ha sido un trabajo duro para Lars-Gunnar, pero si Nalle no hubiera
tenido esta discapacidad, ¿crees que habría sido la misma alegría para su
padre? Yo lo dudo.
Mimmi
se la queda mirando. La pastora tiene razón.
Piensa
en Lars-Gunnar y sus hermanos. No consigue recordar al padre, el abuelo de
Nalle, pero ha oído hablar de él. Isak era un tipo duro que disciplinaba a sus
hijos a base de correazos. A veces incluso con métodos más severos. Tenía cinco
hijos y dos hijas.
—Joder—dijo
Lars-Gunnar en alguna ocasión—.
Le
tenía tanto miedo a mi propio padre que a veces me meaba encima. Y estoy
hablando de cuando ya iba a la escuela.
Mimmi
recuerda el comentario con mucha claridad. Era pequeña cuando lo dijo y no se
podía creer que el gigante Lars-Gunnar hubiese tenido miedo jamás o que hubiese
sido pequeño. ¡Mira que mearse encima!
Lo
que se debían de haber esforzado los hermanos para no salir como su padre pero,
aun así, de alguna manera lo llevaban dentro. Aquel desprecio hacia la
debilidad era una dureza que se pasaba de padres a hijos. Mimmi piensa en los
primos de Nalle, algunos viven en el pueblo, están en el grupo de caza y pasan
las tardes en el bar.
Pero
Nalle es inmune a todo aquello, a la amargura que se avivaba a veces en
Lars-Gunnar proyectada hacia la madre, hacia su propio padre y hacia el mundo
en general. La irritación por las carencias de Nalle, la autocompasión y el
odio sólo surgen de verdad cuando aquellos hombres beben, pero siempre están
bajo la superficie. Nalle puede razonar, aunque sólo unos segundos. Es un niño
feliz metido en un cuerpo de hombre adulto. Todo bondad y sinceridad. La rabia
y la maldad no hacen mella en él.
Si
no hubiese tenido una lesión cerebral, si hubiese sido normal... Mimmi ya se
imaginaba qué relación habría habido entre padre e hijo: yerma y pobre,
disciplinada a base de ese desprecio hacia la propia debilidad enquistada.
Mildred.
No sabe cuánta razón tiene.
Pero
Mimmi no se mete a hacer razonamientos, sino que responde encogiéndose de
hombros, le dice que está encantada de haberla conocido pero que tiene que
volver al trabajo.
Mimmi
oyó la voz de Lars-Gunnar en el comedor.
—Joder,
Nalle.
No
estaba enfadado, sino más bien cansado y rendido.
—Te
lo tengo dicho: desayunamos en casa.
Mimmi
salió al comedor. Nalle estaba sentado frente a su plato avergonzado con la
cabeza baja. Se pasó la lengua por el bigote de leche que se le había quedado
con el último trago. Las tortitas habían desaparecido, igual que los huevos y
las tostadas. Sólo la manzana estaba intacta.
—Cuarenta
coronas—le dijo Mimmi a Lars-Gunnar una pizca demasiado contenta.
«Seguro
que las tiene, el viejo rácano», pensó.
Tenía
la nevera repleta de carne que le regalaba el grupo de caza. Las mujeres del
pueblo lo ayudaban limpiándole la casa y lavándole la ropa gratis; le llevaban
pan recién hecho y lo invitaban a él y a Nalle a cenar.
Cuando
Mimmi empezó a trabajar en el bar, Nalle desayunaba allí gratis.
—No
le deis nada si viene—les había pedido Lars-Gunnar—. No hace más que engordar.
Y
Micke le servía el desayuno, pero como no tenía el consentimiento de
Lars-Gunnar no se atrevía a cobrárselo. Pero Mimmi, sí.
—Nalle
ha desayunado—le dijo ella a Lars-Gunnar la primera vez que trabajó en el turno
de mañana—. Cuarenta cucas.
Lars-Gunnar
la miró con asombro y luego paseó la mirada por el local en busca de Micke, que
estaba en casa durmiendo.
—No
quiero que le deis nada si viene pidiendo—empezó a decir.
—Si
no quieres que coma aquí, procura que no venga
—le
respondió Mimmi—. Si viene, le damos de comer. Y si come, te toca pagar.
A
partir de entonces empezó a pagar, incluso a Micke si era él quien estaba.
Ahora
hasta le sonrió a Mimmi y le pidió que le sirviera un café y unas tortitas a él
también. Estaba de pie, sin saber dónde sentarse, junto a la mesa de Nalle y
Rebecka. Al final optó por la mesa de al lado.
—Ven
a sentarte aquí—dijo—. A lo mejor la señorita quiere estar sola.
La
señorita no dijo nada y Nalle se quedó donde estaba. Cuando Mimmi llegó con el
café y las tortitas, Lars-Gunnar preguntó:
—¿Hoy
se puede quedar Nalle aquí?
—Más—dijo
Nalle en cuanto vio la montaña de tortitas que le acababa de poner a su padre.
—Primero
la manzana—le contestó Mimmi impasible—. No—le respondió después a
Lars-Gunnar—. Hoy estoy a tope. Esta tarde vienen las del grupo Magdalena a
hacer una reunión y luego se quedan a cenar para celebrar el otoño.
Un
halo de descontento lo atravesó como una corriente. De hecho, le pasaba a la
mayoría de los hombres en cuanto se mencionaba aquella asociación.
—Sólo
un rato—intentó.
—¿Y
mi madre?—preguntó ella.
—No
quiero preguntárselo a Lisa. Está a tope con la reunión de esta noche.
—Y
¿alguna de las otras señoras? Todas adoran a Nalle.
Vio
cómo Lars-Gunnar consideraba las alternativas. Nada en este mundo era gratis.
Claro que había señoras a las que se lo podía preguntar, pero era justo eso, el
pedir un favor, importunar y tener que agradecerlo, con lo que le costaba a él
eso.
Rebecka
Martinsson miró a Nalle, que tenía los ojos clavados en su manzana. Era difícil
determinar si estaba pensando en que se sentía como un problema o si,
simplemente, estaba planteándose como un reto el tener que comerse la fruta
para que le dieran más tortitas.
—Nalle
se puede quedar conmigo, si quiere—dijo al final.
Lars-Gunnar
y Mimmi la miraron con los ojos como platos. Incluso Rebecka parecía
contemplarse a sí misma con igual sorpresa.
—Bueno,
hoy no pensaba hacer nada en especial—continuó—. Quizá una excursión o algo...
Si se quiere venir conmigo, pues... Os doy mi número de móvil.
—Está
en una de las cabañas—le aclaró Mimmi a Lars-Gunnar—. Rebecka...
—...
Martinsson.
Lars-Gunnar
saludó a Rebecka con la cabeza.
—Lars-Gunnar,
el padre de Nalle. Si no es molestia...
«Claro
que es una molestia, pero te dirá que sí igualmente», pensó Mimmi rabiosa.
—No
es molestia—aseguró Rebecka.
«He
saltado del quinto trampolín—pensó—. Ahora ya puedo hacer lo que quiera.»
La
inspectora Anna-Maria Mella se apoyaba en el respaldo de su silla en una sala
de la comisaría, tras haber convocado una reunión matutina con motivo de las
cartas y demás documentos hallados en la caja de seguridad de Mildred Nilsson.
Además
de ella, había dos hombres en la sala, sus compañeros Sven-Erik Stålnacke y
Fred Olsson. Sobre la mesa había esparcidas una veintena de cartas, casi todas
metidas en sus sobres respectivos, que estaban abiertos.
—Pues
vamos a por ello—dijo Anna-Maria.
Ella
y Fred se pusieron los guantes de cirujano y empezaron a leer.
Sven-Erik
estaba sentado con las manos entrelazadas sobre el borde de la mesa y con la
cola de ardilla despuntando por debajo de la nariz como un cepillo. Por la cara
que ponía parecía que tuviera ganas de cargarse a alguien, pero al final se
puso lentamente los guantes de látex como si fueran guantes de boxeo.
Ojearon
las cartas una por una. La mayoría era de miembros de la congregación con
problemas: divorcios y defunciones, infidelidades y preocupación por los hijos.
Anna-Maria
levantó una carta.
—Imposible—dijo—.
Mirad, esto no hay quien lo lea, parece un cable telefónico enredado que se va
alargando en cada página.
—Dame—dijo
Fred Olsson y alargó la mano.
Primero
se puso la carta tan cerca de la cara que casi la tocaba con la nariz. Después
se la fue alejando poco a poco hasta que al final tuvo los brazos completamente
estirados.
—Es
cuestión de técnica—dijo mientras observaba el texto ora con los ojos
entornados, ora con los ojos de par en par—. Primero te quedas con las palabras
pequeñas, «con», «por», «pues» y las usas como punto de partida. La guardo para
luego.
Dejó
la carta a un lado y volvió a la que estaba leyendo antes. Le gustaba este tipo
de trabajo, revisar bases de datos, confrontar registros, buscar conexiones en
diferentes registros, investigar a personas que no tenían dirección fija...
«The truth is out there», solía decir cuando se conectaba a la red. Tenía
buenos soplones en su agenda y una red de contactos bien grande de gente que
sabía cosas sobre esto y lo otro.
—Aquí
hay uno que está de lo más cabreado—dijo al cabo de un rato mientras levantaba
una carta.
Estaba
escrita en un papel rosáceo con unos dibujos de caballos galopando con las
crines al viento en la esquina superior derecha.
—«Pronto
se te habrá TERMINADO el tiempo, Mildred»—leyó—. «Pronto TODOS conocerán la
verdad sobre ti. Predicas MENTIRAS y tu vida es una MENTIRA. Somos MUCHOS los
que nos hemos cansado de tus MENTIRAS. ..», bla-bla-bla...
—Ponía
en un sobre de plástico—le dijo Anna-Maria—. Lo que nos parezca interesante lo
mandamos a los de la Científica. Shit!
Fred
Olsson y Sven-Erik alzaron la vista.
—¡Mirad!—exclamó—.
¡Mirad esto!
Desdobló
una hoja y se la enseñó a sus compañeros.
Era
un dibujo de una mujer de pelo largo colgando de una soga. La persona que lo
había hecho tenía buena mano. No era un profesional, pero sí un buen
aficionado, por lo que podía ver Anna-Maria. Alrededor del cuerpo colgado había
lenguas de fuego retorciéndose y en el fondo una cruz negra se veía clavada en
una tumba.
—¿Qué
pone ahí abajo?—preguntó Sven-Erik.
Anna-Maria
leyó en voz alta.
----«MILDRED
DENTRO DE POCO.»
—Eso...—comenzó
Fred Olsson.
—...
¡lo envío a Linkoping ahora mismo!—exclamó Anna-Maria—. Como haya huellas...
Tengo que llamarles y decirles que esto es de máxima prioridad.
—Tú
vete—la animó Sven-Erik—. Fred y yo continuamos con el resto.
Anna-Maria
metió la carta y el sobre en dos fundas de plástico por separado y salió
rápidamente de la sala.
Fred
Olsson, disciplinado, se inclinó de nuevo sobre el montón de cartas.
—Ésta
es bonita—dijo—. Aquí pone que Mildred es una histérica fea que odia a los
hombres y que tiene que ir con mucho ojo porque «ya nos hemos hartado de ti,
puta zorra, vete con cuidado si sales de noche, vigila tu espalda, tus nietos
no te reconocerán la cara». Pero si no tenía hijos, ¿cómo iba a tener nietos?
Sven-Erik
seguía sentado con la mirada fija en la puerta por donde había salido
Anna-Maria. Todo el verano. Las cartas habían estado allí todo el verano,
escondidas en la caja de seguridad mientras él y sus compañeros iban dando
palos de ciego.
—Lo
único que quiero saber—dijo sin mirar a Fred Olsson— es ¡cómo cojones han
podido esos curas callarse que Mildred Nilsson tenía una taquilla privada en la
secretaría!
Fred
Olsson no contestó.
—Me
muero de ganas de coger a esos señores de las orejas y preguntarles qué cono se
creen que están haciendo—continuó—. ¡O a ver qué se creen que estamos haciendo
nosotros!
—Pero
piensa que Anna-Maria le ha prometido a Rebecka Martinsson...—empezó a decir
Fred Olsson.
—Sí,
pero yo no he prometido nada—rugió Sven-Erik dando un golpe en la mesa con la
palma de la mano y haciéndola moverse del sitio.
Se
puso en pie e hizo un gesto de impotencia.
—Tranquilo—dijo—.
No voy a hacer ninguna estupidez. Sólo tengo que..., no sé..., relajarme un
poco.
Con
esas palabras abandonó la sala de reuniones dando un portazo al marcharse.
Fred
Olsson volvió una vez más a las cartas. En realidad lo prefería así. Le gustaba
trabajar solo.
El
párroco Bertil Stensson y el pastor Stefan Wikström estaban de pie en la salita
de la secretaría parroquial con los ojos clavados en el interior de la taquilla
de Mildred Nilsson. Rebecka Martinsson les había entregado tanto la llave de la
vicaría en Poikkijarvi como la llave de la caja de seguridad.
—Cálmate—dijo
Bertil Stensson—. Piensa en...
Terminó
la frase haciendo un gesto con la cabeza hacia la oficina en la que estaban
trabajando las administrativas.
Stefan
Wikström miró de reojo a su jefe. La boca del párroco se cerró en una mueca de
reflexión, estirándose hacia los lados y luego recogiéndose, igual que un
pequeño hámster. Su cuerpo bajito y rechoncho estaba embutido en una camisa
rosa de Shirt Factory recién planchada. Era un color innegablemente atrevido,
escogido por sus hijas, las encargadas de su vestimenta. Hacía juego con el
moreno de su cara y el gris plateado de su pelo cano y revuelto.
—¿Dónde
están las cartas?—preguntó Stefan Wikström.
—A
lo mejor las quemó—conjeturó el párroco.
Stefan
Wikström subió ligeramente el tono de voz.
—A
mí me dijo que las guardaba. ¿Y si las tiene alguien del grupo Magdalena? ¿Qué
le diré a mi mujer?
—Pues
nada—dijo Bertil Stensson con calma—. Tengo que contactar con su marido. Tengo
que darle las alianzas.
Se
quedaron callados un momento.
Stefan
Wikström miró la caja en el más absoluto silencio. Había pensado que aquello
iba a ser un momento de liberación, que podría tener las cartas en sus manos y
así deshacerse de Mildred para siempre. Pero ahora... sentía que lo tenía
agarrado por el cuello de la misma manera que antes.
«¿Qué
quieres de mí, Señor?—pensó—. Está escrito que Tú no pones a prueba a nadie más
allá de sus capacidades, pero ahora me has llevado hasta el límite por todo lo
que he hecho.»
Se
sintió atrapado. Atrapado por Mildred; por su mujer; por su trabajo; por su
misión, en la que sólo daba y daba sin jamás recibir nada a cambio. Y tras la
muerte de Mildred se sentía atrapado por su jefe, el párroco Bertil Stensson.
Al
principio Stefan se alegró de la relación padre-hijo que había surgido entre
los dos, pero ahora se percataba del precio que le tocaba pagar por ello. Se
sentía bajo el dominio de Bertil. Podía sentir lo que decía de él a sus
espaldas por las miradas de las mujeres que trabajaban en la secretaría.
Ladeaban la cabeza y los ojos se les impregnaban de una expresión compasiva.
Casi le parecía que podía oír a Bertil diciendo: «Stefan está pasando un
momento difícil. Es más sensible de lo que aparenta.» Más sensible era igual a
más débil. Las ocasiones en que el párroco había entrado y le había quitado las
misas sin más, tampoco se habían mantenido fuera de crítica. Todos se habían
enterado, al parecer de manera fortuita. Stefan se sentía menospreciado y utilizado.
«Podría
desaparecer—pensó de pronto—. Dios cuida del gorrión.»
Mildred
había desaparecido en junio. De manera repentina. Pero ahora había vuelto. El
grupo Magdalena se había puesto en marcha y exigía de manera agresiva más
pastoras en la parroquia. Bertil parecía haberse olvidado ya de cómo era
aquella mujer en realidad. Cuando hablaba ahora de ella lo hacía con calidez en
la voz. «Tenía un gran corazón», solía decir con un suspiro. «Tenía un don de
pastora mucho más grande que el mío», reconocía generoso. Con eso también
quería decir que tenía un don mucho mayor que el de Stefan, ya que Bertil era
más pastor que él.
«Por
lo menos no soy un mentiroso», pensaba Stefan impetuoso. «Era una broncas
agresiva que buscaba mujeres destrozadas y les daba fuego en lugar de pomada.»
Y aquello era algo que la muerte no iba a cambiar.
La
idea de que Mildred había prendido fuego a mujeres destrozadas resultaba
comprometedora. Muchos podrían pensar que había hecho lo mismo con él.
«Pero
yo no estoy destrozado—pensó—. No es por eso.»
Miró
de nuevo la caja de seguridad y le vino a la cabeza el otoño de 1997.
El
párroco Bertil Stensson ha convocado a Stefan Wikström y a Mildred Nilsson a
una reunión en la que también está presente el deán Mikael Berg en calidad de
responsable de cuestiones de personal. Mikael Berg ronda los cincuenta y
mantiene una postura rígida en su silla. Los pantalones que lleva puestos
tienen unos diez o quince años y en aquella época pesaba diez o quince kilos
más. Tiene el pelo fino pegado a la cabeza y de vez en cuando hace una fuerte
inhalación para tomar aire. Levanta la mano sin saber adónde llevarla, se la
pasa por el pelo y luego la deja caer de nuevo sobre la rodilla.
Justo
enfrente está Stefan, que piensa mantener la calma todo lo posible. Se propone
permanecer tranquilo durante la conversación que van a mantener. Los demás
pueden levantar la voz si quieren, pero él no es así.
Están
esperando a Mildred, que llegará directa de unas oraciones en una escuela. Ya
ha avisado de que se retrasaría unos minutos.
Bertil
Stensson mira por la ventana con el ceño fruncido.
Al
final llega Mildred. Cruza la puerta al mismo tiempo que llama. Tiene las
mejillas coloradas y el pelo se le ha encrespado ligeramente por la humedad de
otoño que hay en el aire.
Tira
la chaqueta sobre una silla y se sirve un café del termo.
Bertil
Stensson les explica por qué se han reunido: la congregación se está partiendo
en dos, dice. Una «sección Mildred y el resto». No dice «y una sección Stefan».
—Me
alegro del interés que despiertas a tu alrededor—le dice a Mildred—, pero para
mí es una situación insostenible. Empieza a parecer una guerra entre la pastora
feminista y el pastor antimujeres.
Stefan
se revuelve en la silla.
—Yo
no soy antimujeres—protesta, molesto.
—No,
pero así es como se están viendo las cosas—replica Bertil Stensson acercándole
un ejemplar del lunes del periódico local.
Nadie
tiene que mirarlo. Todos han leído el artículo titulado «La pastora da
respuestas» en el que aparecen citas del sermón que Mildred hizo la semana
anterior y en el que explicaba que la estola en realidad era una prenda de
vestir de mujer romana y que se ha utilizado desde el siglo IV cuando empezaron
con la vestimenta litúrgica. «Es decir, "la ropa de sacerdote actual es en
realidad ropa de mujer", asegura Mildred Nilsson», pone en el artículo.
«Aun así puedo aceptar sacerdotes hombres, teniendo en cuenta que lo que se
dice es "aquí no hay hombre ni mujer, judío ni griego".»
Stefan
Wikström también ha podido expresarse en el artículo. «Stefan Wikström afirma
que no se siente personalmente atacado en el sermón. Quiere a las mujeres, sólo
que no quiere verlas en el pulpito.»
A
Stefan se le encoge el corazón. Se siente engañado. Es cierto que ha dicho lo
que está escrito en el artículo, pero en ese contexto queda totalmente fuera de
lugar. El periodista le había preguntado:
—Amas
a tus hermanos. ¿Qué pasa con las mujeres? ¿Las odias?
Inocentemente
le había respondido que en absoluto. Él amaba a las mujeres.
—Pero
no quieres verlas en el pulpito.
«No»,
había sido su respuesta. A rasgos generales era así, pero no había ningún tipo
de valoración en lo que acababa de expresar. A sus ojos, la labor de la
diaconisa era igual de importante que la del sacerdote.
El
párroco les dice que no quiere oír más comentarios de este tipo por parte de
Mildred.
—Pero
¿y los comentarios de Stefan?—replica ella con calma—. Él y su familia no van a
la iglesia si yo hago el sermón. No podemos hacer la confirmación juntos porque
se niega a trabajar conmigo.
—No
puedo pasar por alto lo que dice la Biblia—dice Stefan.
Mildred
hace un gesto de impaciencia con la cabeza. Bertil se muestra tranquilo. Ya han
oído todo aquello antes, apunta Stefan, pero qué le va a hacer, sigue siendo la
verdad.
—Jesús
escogió a doce hombres como discípulos—argumenta Stefan—. El gran sacerdote
siempre era un hombre. ¿Cuánto nos podemos alejar de la Biblia en nuestra
adaptación en las valoraciones actuales de la sociedad sin que al final deje de
ser cristianismo?
—Y
todos los discípulos y grandes sacerdotes eran judíos—responde Mildred—. ¿Qué
postura tomas ante ese hecho? Y lee la «Carta a los hebreos», actualmente Jesús
es nuestro gran sacerdote.
Bertil
levanta las manos en un gesto que significa que no quiere meterse en una
discusión que ya han tenido muchas veces antes.
—Os
respeto a los dos—dice—. Y he aceptado no meter a ninguna mujer en tu distrito,
Stefan. Quiero una vez más subrayar que me ponéis a mí y a la congregación en
una situación incómoda. Colocáis el centro de atención en un conflicto y os
quiero instar a los dos a que no entréis en polémica, sobre todo no desde el
pulpito.
Le
cambia la expresión de la cara; de severo a reconciliador. Casi le guiña el ojo
a Mildred como señal de entendimiento.
—Podríamos
tratar de concentrarnos en nuestra misión común. Me pondría muy contento si no
tuviera que oír que palabras como «machismo» y «estructuras de género» son
mencionadas en la parroquia. Mildred, tendrás que creer a Stefan cuando dice
que no se trata de un juicio de valor si no va a la parroquia cuando tú haces
el sermón.
Mildred
no mueve ni un músculo de la cara y mira a Stefan directamente a los ojos.
—Lo
dice la Biblia—dice él aguantándole la mirada sin problemas—. No puedo pasarlo
por alto.
—Los
hombres pegan a las mujeres—responde ella, toma aire y continúa—. Los hombres
infravaloran a las mujeres, las dominan, las someten a vejaciones, las matan. O
les mutilan los órganos genitales, les quitan la vida a las recién nacidas, las
obligan a esconderse tras un velo, las encierran, las violan, las privan de la
enseñanza, les pagan sueldos más bajos y les dan menos posibilidades de tener
poder. Les niegan la oportunidad de ser sacerdotes. Yo no puedo pasar eso por
alto.
Se
hace un silencio sepulcral durante tres segundos.
—Pero,
Mildred—intenta intervenir Bertil.
—Está
mal de la cabeza...—grita Stefan—. Me llamas. .. Me comparas con un
maltratador. Esto no es una discusión, es una calumnia y no sé...
—¿Qué?—dice
ella.
Y
ahora están los dos de pie con las voces de Bertil y Mikael Berg de fondo
diciendo: «tranquilos, sentaos».
—¿Qué
hay de calumnia en lo que acabo de decir?
—No
hay margen—se queja Stefan mirando a Bertil—. No podemos vernos. No tengo por
qué estar en... Es imposible que trabajemos juntos, tú mismo puedes entender
por qué.
—Nunca
has podido—oye que le replica Mildred a la espalda cuando sale como un
torbellino de la sala.
El
párroco Bertil Stensson estaba en silencio delante de la caja de seguridad.
Sabía que su joven compañero esperaba a que le dijera algo tranquilizador. Pero
¿qué le podía decir?
Evidentemente,
Mildred no había quemado las cartas ni las había tirado. Si tan sólo las
hubiera visto una vez...
Le
irritaba mucho que Stefan no le hubiera hablado nunca de su existencia.
—¿Hay
algo más que deba saber?—le preguntó.
Stefan
Wikström se miró las manos. El voto de silencio podía ser una cruz muy pesada
de llevar.
—No—dijo.
Para
su asombro, Bertil Stensson descubrió que la echaba de menos. Se quedó
consternado cuando la asesinaron, pero en ningún momento pensó que llegaría a
echarla en falta. Probablemente, estaba siendo injusto, pero lo que antes le había
parecido agradable de Stefan, su disposición y su..., bueno, era una palabra
ridícula, admiración hacia su jefe, todo aquello le parecía adulación y le
resultaba molesto ahora que Mildred se había ido. Hubieran tenido que
equilibrarse entre ellos, sus dos hijos, tal como los había considerado tantas
veces, aunque Stefan tuviera más de cuarenta años y Mildred hubiera pasado los
cincuenta. Quizá porque los dos eran hijos de párroco.
Oh,
ella sí que sabía cómo provocar a la gente, a veces con pequeñas técnicas.
La
cena del día de Reyes era un buen ejemplo. Ahora se sentía en cierto modo
mezquino por haberse irritado tanto, pero no sabía que iba a ser la última de
Mildred.
Stefan
y Bertil contemplan como embrujados el avance de Mildred, que está en la misma
mesa que ellos. Es la cena de Reyes, una tradición desde hace algunos años.
Stefan y Bertil están sentados el uno al lado del otro y enfrente de Mildred.
El personal está recogiendo tras el plato principal y Mildred se prepara.
Empezó
reclutando soldados para su pequeño ejército. Agarró el salero con una mano y
el pimentero con la
otra,
los fue aproximando el uno al otro y al final les hizo echarse un baile
mientras seguía absorta la conversación, que trataba del período de intensivo
trabajo de Navidad que había llegado a su fin y de la última gripe invernal que
se estaba expandiendo y cosas por el estilo. También se puso a apretar los
cantos de la vela hacia dentro. A esas alturas Bertil ya podía ver que Stefan
tenía que sujetarse al borde de la mesa para no arrebatarle el candelabro y
gritarle: «¡Deja de tocarlo todo!»
La
copa de vino de Mildred seguía en su sitio como una dama de ajedrez que espera
su turno.
Cuando
luego Mildred se pone a hablar sobre la loba que ha aparecido en la prensa esta
semana, empuja distraída el salero y el pimentero hacia el lado de la mesa
donde están sentados Bertil y Stefan. La copa de vino también entra en
movimiento. Mildred cuenta que la loba ha cruzado la frontera rusa y
finlandesa, y la copa vuela de un lado a otro en grandes aspavientos hasta
donde le alcanza el brazo, más allá de cualquier otra frontera.
Sigue
hablando sin parar, con los mofletes colorados por el vino y cambiando de sitio
todas las cosas que hay a su alcance. Stefan y Bertil se sienten avasallados y
notablemente molestos por sus avances sobre el mantel.
«Mantente
en tu lado», le quieren gritar.
Ella
les cuenta que ha pensado en el tema. Propone que debería haber una fundación a
cargo de la parroquia para proteger a la loba. La parroquia es propietaria de
terrenos, así que, en su opinión, también es responsabilidad suya.
A
Bertil le ha cargado un poco la partida de ajedrez en solitario sobre el mantel
y le devuelve la pelota.
—Desde
mi punto de vista la parroquia debe limitarse a la actividad que le corresponde
y al trabajo con la congregación, no a la silvicultura. O sea, de manera
prioritaria. En verdad, ni siquiera deberíamos poseer bosque. La administración
del capital se la deberíamos dejar a otros.
Mildred
no está de acuerdo.
—Nos
corresponde administrar la tierra—dice—. Lo que debemos poseer son precisamente
tierras y no acciones, y si la parroquia es propietaria de terrenos se pueden
administrar de manera correcta. Esta loba se ha metido en suelo sueco y en las
tierras de la parroquia y si no se le adjudica una protección especial no podrá
vivir por mucho tiempo, tú también lo sabes. Algún cazador o criador de renos
la matará de un tiro.
—Y
la fundación...
—Lo
evitaría, sí. Con dinero y en colaboración con la Dirección Nacional de
Protección de la Naturaleza podemos marcar a la loba y controlarla.
—Y
de esa forma conseguirías echar de aquí a algunas personas—objeta Bertil—.
Todos deben tener lugar en la parroquia, cazadores, samis, amigos de los lobos,
todos. Pero entonces la parroquia no puede tomar partido de esa manera.
—Y
nuestra obligación de administrar, ¿qué?—apunta Mildred—. Tenemos que cuidar de
la naturaleza y eso incluye las especies en peligro de extinción, ¿o no? ¿Y lo
de no tomar partido en el ámbito político? Si la Iglesia hubiese tenido esa
postura desde siempre aún tendríamos esclavitud.
Ahora
no pueden dejar de reírse de ella. Es que siempre tiene que exagerar las
cosas...
Bertil
Stensson cerró la puerta de la caja de seguridad y dio dos vueltas a la llave,
tras lo cual se la guardó en el bolsillo. En febrero Mildred había creado su
fundación sin que ni él ni Stefan Wikström hubieran presentado ningún tipo de
objeción.
El
tema de la fundación siempre le había irritado y ahora, cuando echa la vista
atrás, tratando de ser sincero, le indigna la idea de pensar que no se opuso
por simple cobardía. Tenía miedo de que consideraran que estaba en contra de
los lobos y Dios sabe qué más. Por otro lado, al menos consiguió que Mildred
bautizara la fundación con un nombre menos provocativo que Fundación del Norte
para la Protección del Lobo. Al final fue Fundación para el Cuidado de la Fauna
Salvaje de la Congregación de Jukkasjärvi, y él y Stefan tuvieron que hacer de
representantes junto a Mildred.
Más
tarde, durante la primavera, cuando la esposa de Stefan se marchó con los niños
a casa de su madre en las cercanías de Katrineholm para quedarse durante una
larga temporada, Bertil ya casi había dejado de pensar en ello.
Ahora,
pasado el tiempo, no cabía duda de que le escocía.
«Pero
Stefan debería haber dicho algo», pensó en su propia defensa.
Rebecka
aparcó el coche en la explanada de la entrada de la casa de su abuela, en
Kurravaara. Nalle se bajó del vehículo y dio una vuelta a la casa corriendo.
«Como
un perro contento», pensó Rebecka al verlo desaparecer por detrás de la
esquina.
Al
instante siguiente tuvo remordimientos de conciencia: no se le podía comparar
con un perro.
El
sol de septiembre lucía sobre el techo de eternita gris y el viento pasaba a
ráfagas tranquilas por la hierba otoñal, crecida, pálida y desnutrida. Había
marea baja y en la distancia se oía una lancha a motor. Desde otro lugar
llegaba el sonido de una sierra eléctrica. Por lo demás, todo era silencio y
calma. Una suave brisa le acariciaba la cara como una delicada mano.
Miró
la casa una vez más. Las ventanas estaban de lo más deplorables, habría que
desmontarlas, lijarlas, enmasillarlas y pintarlas de nuevo. Con el mismo color
verde oscuro de antes, ningún otro. Pensó en la fibra mineral que habían
embutido en el pasillo que bajaba a la bodega para protegerlo contra el aire
frío que, de otra manera, se habría colado dentro de la casa creando escarcha
en las paredes y manchas grises de humedad. Habría que arrancarla para luego
tapar, aislar e instalar un ventilador.
Habría
que construir un buen sótano y habría que salvar el agujereado invernadero
antes de que fuera demasiado tarde.
—Ven,
vamos a entrar—le gritó a Nalle, que había bajado corriendo hasta el hórreo de
troncos rojos de Larsson e intentaba abrir la puerta.
Nalle
cruzó con pasos de oso el huerto de patatas y las suelas de los zapatos se le
enfangaron por completo.
—Tú—dijo
señalando a Rebecka cuando llegó al pie de la escalinata que subía al porche.
—Rebecka—respondió
ella—. Me llamo Rebecka.
Nalle
asintió con la cabeza. Pronto se lo volvería a preguntar. Ya lo había hecho
varias veces, pero aún no la había llamado por su nombre.
Subieron
la escalera y entraron en la cocina de la abuela. Estaba húmeda y daba la
sensación de que hacía más frío que en el exterior. Nalle entró primero y una
vez dentro empezó a abrir sin pudor todos los armaritos y cajones que había en
la cocina.
«Bien—pensó
Rebecka—. Él que abra y que se vayan volando todos los fantasmas.»
Le
dedicó una sonrisa a aquella gigantesca figura que tenía enfrente y a sus
picaras sonrisas con la cabeza inclinada que de vez en cuando le mandaba. Le
resultaba agradable tenerlo allí con ella.
«Un
noble caballero también puede ser así», pensó.
Finalmente
le llegó la tranquilidad de sentir que todo estaba como siempre. Le pasó el
brazo por los hombros y la llevó a sentarse en el sofá junto a Nalle, que
acababa de encontrar una vieja caja de plátanos llena de tebeos. Empezó a
seleccionar los que le gustaban, que tenían que ser por fuerza en color. La
mayoría de los elegidos era del
Pato
Donald. En la caja volvió a dejar los del Agente X9, Fantomas y Buster. Rebecka
miró a su alrededor: las sillas azules pegadas a la vieja y raída mesa
abatible, la nevera que siempre hacía ruido, las pegatinas de decoración que
representaban diferentes especias enganchadas en los azulejos justo encima de
la cocina marca Náfveqvarn. Al lado de la cocina de leña estaba la eléctrica
con botones de rueda de plástico marrón y naranja. La mano de su abuela estaba
por todas partes. En el estante de madera que había encima de los fogones se
apretujaban varias plantas secas entre ollas y cucharones de acero inoxidable.
Inga-Lili, la mujer del tío Affe, todavía colgaba allí el ramo formado con pie
de gato, tanaceto, junco lanudo, francesillas y milenrama. También había
algunas rosadas flores de cebollino, compradas, de las que nunca hubo en la
época de su abuela. En el suelo estaban sus alfombras tejidas a mano, hasta
había una como colcha para el sofá de la cocina. Había mantelitos bordados por
todas partes, incluso sobre la máquina de coser de pedal que estaba en el
rincón. También había otro mantelito bordado en la bandeja que el abuelo hizo
con cerillas en la última etapa de su enfermedad. Los almohadones los había
tejido o los había hecho a ganchillo.
«¿Sería
yo capaz de vivir aquí?», se preguntó Rebecka.
Miró
el prado de abajo. Ya nadie lo cortaba ni lo quemaba, era evidente. Había
grandes matas de hierba y la que crecía ahora atravesaba otra capa de hierba
podrida del año anterior. Seguro que había miles de agujeros de los campañoles.
Desde allí arriba podía ver mejor el aspecto del tejado del establo. La
cuestión era si realmente había alguna manera de salvarlo. Al pensar en ello se
sintió desanimada. Una casa muere cuando está abandonada. Poco a poco, pero sin
remedio. Se va descomponiendo, deja de respirar. Se resquebraja, se cae, se
pudre.
«¿Por
dónde empezar?—pensó Rebecka—. Sólo las ventanas ya son para dedicarse a
jornada completa. Yo no sé arreglar tejados y al balcón ya no se puede salir.»
De
pronto un temblor sacudió la casa. En el piso de abajo se acababa de cerrar la
puerta de entrada de un golpe. El pequeño carillón que colgaba por dentro de la
puerta con el texto «Jopa virkki puu visainen kielin kantelon kajasi tuota
soittoa suloista», tembló y emitió unas pocas y débiles notas.
La
voz de Siwing se oyó por toda la casa, subió con fuerza las escaleras y
atravesó la puerta del pasillo.
—¡Hola!
Unos
segundos más tarde aparecía por la puerta. Era el vecino de su abuela. Mayor en
todos los sentidos. Tenía el pelo blanco y suave como el algodón de una flor de
sauce, camiseta militar casi amarilla bajo una chaqueta polar azul. Se le
dibujó una gran sonrisa en la cara en cuanto vio a Rebecka, que se levantó al
instante.
—Rebecka—fue
lo único que dijo.
En
dos pasos estuvo junto a ella y la rodeó con sus brazos.
No
solían abrazarse, ni siquiera cuando ella era pequeña, pero no quiso ponerse
rígida. Todo lo contrario: cerró los ojos los dos segundos que duró el abrazo.
Se adentró en un mar de descanso. Sin contar las veces que le había estrechado
la mano a alguien, nadie la había tocado desde..., bueno, desde que Erik Rydén
le dio la bienvenida en la fiesta de empresa en la isla de Lidó. Y antes que
eso, seis meses atrás, cuando le tomaron una muestra de sangre en el
ambulatorio.
Dejaron
de abrazarse pero Siwing Pjállborg continuó cogiéndola del antebrazo izquierdo
con la mano derecha.
—¿Cómo
estás?—le preguntó.
—Bien—respondió
ella con una sonrisa.
La
cara de Siwing se puso más seria. La siguió cogiendo un segundo más antes de
soltarla y enseguida le volvió a sonreír.
—Y
te has traído a un amigo.
—Pues
sí, éste es Nalle.
Nalle
estaba totalmente absorto en un tebeo del Pato Donald. Resultaba difícil decir
si sabía leer o si sólo miraba los dibujos.
—Bueno,
pues tendréis que acompañarme a almorzar algo, porque tengo una cosa en casa
que es de lo más bonito que se pueda ver. ¿Qué te parece, Nalle? ¿Zumo y un
bollo? ¿O tomas café?
Nalle
y Rebecka acompañaron a Siwing pegados a sus talones como si fueran dos
terneros.
«Siwing—pensó
Rebecka sonriendo—. Todo saldrá bien. Las ventanas hay que hacerlas de una en
una.»
La
casa de Siwing estaba al otro lado de la calle. Rebecka le explicó que había
subido a Kiruna por cuestiones de trabajo y que se estaba tomando unos días de
vacaciones. Siwing no le hizo preguntas incómodas, como por ejemplo por qué no
había ido a dormir a Kurravaara. Rebecka se percató de que su brazo izquierdo
colgaba sin fuerza a lo largo del costado y que arrastraba ligeramente el pie
del mismo lado mientras caminaba. No mucho, pero algo. Ella tampoco preguntó
nada.
Siwing
vivía en el cuarto de la caldera que estaba en el sótano. Así tenía menos para
limpiar y la casa no resultaba tan desolada. El resto sólo lo usaba cuando
venían de visita sus hijos con los nietos. En cualquier caso, el cuarto de la
caldera era acogedor. La vajilla y los enseres que necesitaba a diario le
cabían en un estante que había barnizado de color marrón. Tenía montada una
cama, una mesita de cocina con ala desplegable, una silla, una cómoda y un
hornillo eléctrico.
En
la colchoneta que había al lado de la cama estaba Bella, la perra vorsteh de
Siwing, y pegados al cuerpo tenía cuatro cachorros. Bella se incorporó
rápidamente y saludó a Nalle y a Rebecka, pero sin darles tiempo a que la
acariciaran, sólo para apretar un momento el hocico contra ellos. Luego fue
hasta su amo para darle un par de lametones.
—Hola,
preciosa—le dijo Siwing—. Bueno, Nalle, ¿qué te parecen? Bonitos, ¿no?
Nalle
apenas parecía haberle oído. Estaba sin poder apartar la mirada de los
cachorros con una expresión en la cara que lo decía todo.
—Oh—decía—,
oh.—Y se puso de cuclillas junto a la camita para coger a uno de los cachorros
que estaba dormido.
—No
sé si...—empezó Rebecka.
—No,
déjalo—dijo Siwing—. Bella es una madre mucho más segura de lo que me había
imaginado.
Bella
se tumbó al lado de los tres cachorros que seguían en la cama, sin perder de
vista a Nalle, que había levantado al cuarto y se había sentado con la espalda
apoyada en la pared y el perro en el regazo. El animalito se despertó enseguida
y empezó a atacar la mano de Nalle y la manga de su jersey todo lo que podía.
—Hay
que ver cómo son—se rió Siwing—. Es como si tuvieran un botón de on-off. Los
ves corriendo de un
lado
a otro sin parar y de pronto, plof, se quedan dormidos.
Se
tomaron el café en silencio, pero no les importaba. Bastaba con ver a Nalle
tumbado bocarriba con los cachorros subiéndole por las piernas, rasgándole la
ropa mientras trataban de llegar a la barriga. Bella aprovechó para ir a
mendigar un bollo a la mesa. Cuando se sentó junto a Rebecka empezó a caerle
baba por los lados de la boca.
—Veo
que te han enseñado bien—se rió Rebecka.
—A
tu cama—le dijo Siwing a la perra agitando la mano.
—Oye,
creo que no oye del todo bien del oído de tu lado—bromeó Rebecka riéndose
todavía más.
—Me
está bien empleado—se echó la culpa Siwing a sí mismo—. Pero es que ya sabes,
cuando estamos solos es fácil darle algo si estoy comiendo. Y luego...
Rebecka
asintió con la cabeza.
—Oye
una cosa—dijo Siwing alegre—. Ahora que estás aquí con un muchacho fuerte me
podríais ayudar a subir el embarcadero. He pensado en arrastrarlo con el
tractor, pero me da miedo de que no aguante.
El
pequeño embarcadero estaba encharcado y pesaba una tonelada, y además el río no
lo quería soltar. Nalle y Siwing estaban en el agua uno a cada lado luchando
con todas sus fuerzas. Los últimos insectos del verano aprovechaban para
picarles en la nuca. El sol y el esfuerzo hicieron que la ropa que llevaban
acabara tirada en la cuesta. Nalle se había puesto las botas de agua de reserva
de Siwing y Rebecka había subido a cambiarse de ropa a casa de su abuela. Una
de las botas de ella tenía un agujero, así que en pocos minutos tenía
completamente mojado el pie derecho. Ahora estaba en la orilla tirando del
embarcadero mientras el calcetín le chapoteaba dentro de la bota. Notaba el
sudor cayéndole por la espalda y filtrándose por el cuero cabelludo. Húmedo y salado.
—Así
te sientes viva—le dijo a Siwing con un resoplido.
—Por
lo menos físicamente—respondió él.
Siwing
la miró satisfecho, consciente de que el trabajo físico era como una liberación
cuando el alma estaba sufriendo. Bien que la pondría a trabajar si volvía algún
día.
Después
comieron sopa de carne y pan seco en el cuarto de la caldera. Siwing había
sacado tres taburetes como por arte de magia y cabían de sobra a la mesa.
Rebecka se había podido cambiar de calcetines.
—Bueno,
me alegro de que te gustara—le dijo Siwing a Nalle, que estaba engullendo la
sopa intercalando bocados enormes de una rebanada de pan seco con una gruesa
capa de mantequilla y queso—. Podrías venir a ayudarme más veces.
Nalle
asintió con la boca llena de comida. Bella estaba tumbada en su cama con los
cachorros dormitando junto a su barriga y de vez en cuando movía las orejas.
Aunque tuviera los ojos cerrados siempre tenía controlada a la gente.
—Y
tú, Rebecka—dijo Siwing—, siempre eres bienvenida.
Asintió
con la cabeza y miró por la ventana del sótano.
«Aquí
el tiempo pasa más despacio—pensó—. Pero sí que se nota que pasa. Un
embarcadero nuevo, nuevo para mí, porque ya tiene unos cuantos años. El gato
que desaparece por entre la hierba ya no es Mirri, la gata de Larsson. Ésa
murió hace años. Ya no sé cómo se llaman los perros que oigo ladrar a lo lejos.
Antes reconocía la voz afónica, combativa y pertinaz de Pilkki, que podía
pasarse horas ladrando. Siwing. Dentro de poco necesitará ayuda para quitar la
nieve y hacer la compra. Quizá soportaría vivir aquí.»
Anna-Maria
subió su Ford Escort rojo hasta la explanada delante de la casa de Magnus
Lindmark. Según Lisa Stóckel y Erik Nilsson, no era un secreto el odio que este
hombre sentía hacia Mildred Nilsson. Tampoco que le hubiera pinchado las ruedas
del coche y prendido fuego a su cabaña.
Estaba
lavando su Volvo y, cuando Anna-Maria se dirigió hacia la casa, cerró el grifo
y tiró la manguera al suelo. Rondaba los cuarenta. Era bajito pero se le veía
fuerte y mientras ella bajaba del coche él se arremangó hasta los codos,
probablemente para enseñar musculatura.
—Menuda
locomotora—bromeó él.
Un
instante después se dio cuenta de que era policía y la cara le cambió por
completo, expresando una mezcla de desprecio y astucia. Anna-Maria pensó que
debería haber ido con Sven-Erik.
—Creo
que no me apetece responder a ninguna pregunta—dijo Magnus Lindmark antes de
darle tiempo a que abriera la boca.
Anna-Maria
se presentó e incluso enseñó la placa, cosa que no solía hacer de buenas a
primeras.
«¿Qué
hago ahora?—pensó—. No hay manera de obligarlo.»
—Aún
no sabes de qué se trata—replicó.
—Déjame
adivinar—dijo él recomponiendo la expresión de su cara en una forzada mueca de
reflexión mientras se frotaba el mentón con el dedo índice—. ¿Un chocho que
hacía de pastora y a la que le dieron su merecido? Y ahora déjame ver... No, no
me apetece hablar de ello.
«Vaya—pensó
Anna-Maria—, esto le gusta de verdad.»
—Vale—respondió
ella con una sonrisa indiferente—. Pues me subo a la locomotora y me marcho.
Dio
media vuelta y se dirigió al coche.
«Dirá
algo», pensó.
—Si
dais con el tipo que lo hizo—gritó—, llamadme para que vaya a felicitarle.
Caminó
el último tramo hasta el coche y se dio la vuelta para mirarlo con la mano
asida a la manilla de la puerta y sin decir nada.
—Era
una furcia buscabroncas y le dieron lo que se merecía. ¿No llevas un bloc?
Apúntatelo.
Anna-Maria
sacó una libretita y un lápiz, y tomó nota. «Furcia buscabroncas».
—Parece
haber sacado de quicio a más de uno—dijo como para sí misma.
Magnus
Lindmark se acercó hasta ella y se puso amenazadoramente cerca.
—Eso
que te quede claro—le dijo.
—¿Por
qué estabas tan enfadado con ella?
—Enfadado—escupió—.
Me enfado con la puta perra cuando se pone a ladrarle a las ardillas de los
árboles. Yo no soy un hipócrita, no tengo problemas en reconocer que la odiaba,
y no era el único.
«Sigue
hablando», pensó Anna-Maria mientras asentía con la cabeza.
—¿Por
qué la odiabas?
—Porque
odio mi matrimonio, ¡por eso! ¡Porque mi chaval empezó a mearse en la cama
cuando tenía once años! Anki 770 teníamos problemas, pero después de que
hablara con Mildred ya no había nada que solucionar. Le dije: «Si quieres ir a
un consejero familiar, estoy dispuesto a hacerlo», pero no, esa pastora de
mierda le comió la cabeza hasta que me abandonó. Y se llevó a los niños. ¿A que
no pensabas que la Iglesia hacía esas cosas?
—No.
Perotó...
—Anki
y yo discutíamos, no lo niego, pero supongo que tú también discutes con tu
marido de vez en cuando.
—A
menudo. Pero entonces, te cabreaste tanto que...—Anna-Maria cortó la frase y
empezó a pasar hojas en su bloc—... le prendiste fuego a su cabaña, le
pinchaste las ruedas y le rompiste los cristales del invernadero.
Magnus
Lindmark sonrió de oreja a oreja y dijo con voz suave:
—Pero
ése no fui yo.
—Claro.
¿Qué hiciste la víspera del solsticio de verano?
—Ya
lo he dicho. Dormí en casa de un amigo.
Anna-Maria
leyó en el bloc.
—Fredrik
Korpi. ¿Duermes a menudo en casa de tus amigos?
—Cuando
estoy tan trompa que no puedo llevar el coche a casa, pues...
—Dices
que no eres el único que la odiaba. ¿Quién más?
Magnus
hizo un aspaviento con el brazo.
—Todos.
—A
mí me han dicho que la apreciaban.
—Sí,
una panda de histéricas.
—Y
unos cuantos hombres.
—Que
también son unas histéricas. Pregúntale a cualquier hombre de verdad, perdona
la expresión, y verás lo que te dicen. Incluso se había metido con el grupo de
caza. Quería retirarnos las tierras y vete a saber qué más. Pero si piensas que
fue Torbjörn el que se la cargó estás muy pero que muy equivocada, ya te lo
digo ahora.
—¿Torbjörn?
—Torbjörn
Ylitalo, el guarda forestal de la parroquia y representante de la asociación de
caza. Tuvieron la bronca del siglo esta primavera. A Torbjörn no le faltaban
ganas de meterle la escopeta en la boca. Joder, cuando empezó con la fundación
aquella para los lobos. Y eso, eso es una cuestión de clase. Para los urbanitas
de Estocolmo es muy fácil amar locamente a los lobos, pero el día que bajen a
las terrazas de los bares de sus campos de golf y se merienden a sus caniches,
¡entonces hay caza segura!
—Pero
Mildred Nilsson no era de Estocolmo, ¿no?
—No,
pero de por allí abajo. El primo de Torbjörn Ylitalo tenía un perro elkhound y
los lobos se lo mataron cuando bajó a Vármland a casa de sus suegros por
Navidad en el noventa y nueve. Era campeón de caza y había sido adiestrado para
buscar personas. Nos lo contó en donde Micke y se le caían las lágrimas cuando
explicaba cómo había encontrado al perro. O, mejor dicho, cuando encontró lo
que quedaba de él, porque lo único que había era el esqueleto y algunas tiras
de piel ensangrentada.
Se
la quedó mirando y ella permaneció con la cara inexpresiva. ¿Qué se pensaba,
que se desmayaría porque le estaba hablando de un esqueleto y tiras de piel?
Al
ver que la inspectora Anna-Maria no decía nada Magnus Lindmark giró la cabeza
hacia un lado y paseó la mirada por los abetos y por las nubes que cruzaban el
cielo azulado de otoño.
—Tuve
que ir a un abogado antes de poder ver a mis propios hijos. Joder, joder.
Espero que sufriera antes de morir. ¿Fue así?
Cuando
Rebecka y Nalle volvieron al establecimiento de Micke, el reloj ya marcaba las
cinco de la tarde. Lisa Stockel venía andando por la carretera del pueblo y
Nalle corrió a su encuentro.
—¡Perro!—gritó
señalando a Majken, la perra de Lisa—. ¡Pequeño!
—Hemos
estado con unos cachorros—explicó Rebecka.
—¡Becka!—gritó
Nalle señalando a Rebecka.
—Vaya,
te has vuelto popular—le dijo Lisa con una sonrisa.
—Los
cachorros me lo han puesto fácil—respondió ella tímida.
—Los
perros en general—apuntó Lisa—. Te gustan los perros, ¿verdad, Nalle? Me han
dicho que hoy te has hecho cargo de él, te lo agradezco mucho. Te puedo pagar
los gastos de la comida o lo que sea.
Se
sacó el monedero del bolsillo.
—No,
no—se negó Rebecka agitando la mano de tal modo que a Lisa se le cayó el
monedero al suelo.
Todas
las tarjetas se desparramaron por el suelo, el carné de la biblioteca, la
tarjeta de la cooperativa Medmera, la del súper ICA, la Visa y el permiso de
conducir.
Y la
fotografía de Mildred.
Lisa
se agachó rápidamente para recogerlo todo, pero Nalle ya había recogido la
foto. La habían hecho en un viaje en autocar que hicieron las del grupo
Magdalena en un retiro a Uppsala. Mildred salía mirando a la cámara y riendo
sorprendida y esquiva al mismo tiempo. Habían parado un momento a estirar las
piernas y Lisa aprovechó para tomar la foto.
—Illred—le
dijo Nalle a la imagen y se la pegó a la mejilla.
Le
sonrió a Lisa, que estaba esperando impaciente con el brazo alargado y
conteniéndose para no arrebatársela de un tirón. Qué suerte que no había nadie
más por allí.
—Sí,
eran buenos amigos, estos dos—dijo señalando con la barbilla a Nalle, que
seguía con la foto en la mejilla.
—Por
lo que estoy viendo era una pastora muy especial—dijo Rebecka con gravedad.
—Mucho—respondió
Lisa—. Mucho.
Rebecka
se agachó para acariciar al perro.
—Es
toda una bendición—dijo Lisa—. Cuando estás con él todas tus preocupaciones se
desvanecen.
—¿No
es una perra?—preguntó Rebecka mirando el vientre del animal.
—No,
me refiero a Nalle—aclaró Lisa—. Ésta es Majken.
La
acarició distraídamente.
—Tengo
muchos perros.
—Me
gustan los perros—dijo Rebecka rascando a Majken entre las orejas.
«Las
personas son más difíciles, ¿verdad?—pensó Lisa—. Lo sé. Yo fui igual durante
mucho tiempo. Supongo que sigo igual.»
Pero
Mildred había conseguido hacerla participar en todo ya desde el principio, como
cuando la convenció para que diera charlas de economía privada. Al principio
Lisa se mostró contraria, pero Mildred se había puesto... tozuda era una
palabra ridícula. A Mildred no se le podía aplicar ese término.
—¿Te
dan igual?—le pregunta Mildred—. ¿Las personas te dan igual?
Lisa
está sentada en el suelo con Bruno tumbado a su lado mientras le corta las
uñas.
Majken
también está allí, vigilante como una enfermera. Los demás perros están
tumbados en el pasillo deseando que nunca llegue su turno. Si se quedan muy
quietos y callados, a lo mejor Lisa se olvida de ellos.
Y
Mildred está sentada en el sofá de la cocina explicándoselo, como si el
problema fuera que Lisa no lo entendiera. El grupo Magdalena quiere ayudar a
otras mujeres que están con la moral por los suelos en lo que a economía se
refiere. Cobrando el paro desde hace tiempo o la baja por larga enfermedad y
con los de Hacienda tras sus pasos. Con los cajones de la cocina repletos de
papeles de empresas de embargo, de las autoridades y Dios sabe de quién más. Y
ahora resulta que Mildred se entera de que Lisa trabaja de asesora de deudas y
presupuestos en el Ayuntamiento y lo que quiere es que Lisa dé un curso a estas
mujeres para que pongan orden en su economía privada.
Lisa
le quiere decir que no, que en verdad no le importan las personas, que sólo le
preocupan sus perros, gatos, cabras, ovejas, corderos. Y el alce hembra que
apareció el invierno pasado delgada como un palo y a la que tuvo que alimentar
para que se recuperase.
—No
irá nadie—le replica Lisa.
Le
corta la última uña a Bruno, le da una palmadita
y el
perro se va corriendo con el resto de la manada que está en el pasillo al
tiempo que Lisa se pone en pie.
—Cuando
se lo propongas dirán «sí, sí, qué buena idea»—continúa—, pero a la hora de la
verdad no irá nadie.
—Habrá
que verlo—dice Mildred y entorna los ojos.
Después
su boca de piñón dibuja una gran sonrisa enseñando una hilera de dientecillos
como los de un niño.
A
Lisa le tiemblan las rodillas, desvía la mirada hacia otro lado y termina
soltando un «bueno, iré» sólo para que la pastora se marche y la deje
tranquila.
Tres
semanas más tarde Lisa habla delante de un grupo de mujeres y hace esquemas en
una pizarra blanca, diagramas de quesos en rojo, verde y azul. Observa de reojo
a Mildred sin apenas atreverse a mirarla. Para evitarla, procura pasear la
mirada por el resto del público. Se han arreglado. ¡Dios nos valga! Blusas
baratas, rebecas desmotadas, bisutería dorada. La mayoría escucha
respetuosamente, otras miran a Lisa casi con odio, como si ella tuviera la
culpa de la situación en la que se encuentran.
Poco
a poco se va metiendo por inercia en otros proyectos del grupo de mujeres,
incluso acude a las sesiones de interpretación de la Biblia por un tiempo, pero
al final la cosa se vuelve insostenible. Llega un punto en el que ya no puede
mirar a Mildred porque tiene la sensación de que las demás pueden leerle la
cara como si fuera un libro abierto. Pero, a la vez, no consigue quitarle el
ojo de encima, lo cual tampoco pasa desapercibido. No sabe dónde meterse, no se
entera de lo que hablan, se le cae el bolígrafo al suelo. Por último decide no
ir más.
Se
mantiene alejada del grupo, pero la inquietud es como una enfermedad incurable.
Se despierta a media noche y tiene a la pastora metida en la cabeza las
veinticuatro horas del día. Empieza a salir a correr, kilómetros y kilómetros,
primero por los caminos asfaltados, después la tierra se empieza a secar y
puede correr por el bosque. Se va a Noruega a comprarse otro perro, un springer
spaniel, para ocupar más las horas. Enmasilla todas las ventanas de la casa y
ya no le pide el motocultor al vecino para arar el patatal, sino que lo hace a
mano durante las suaves tardes de mayo. A veces le parece que suena el teléfono
dentro de casa, pero nunca contesta.
—Dame
la foto, Nalle—le pide Lisa intentando que la voz le salga neutral.
Nalle
sujetaba la imagen con las dos manos y continuaba con una sonrisa de oreja a
oreja.
—Illred—decía—.
Columpio.
Lisa
le clava la mirada y al final le quita la fotografía.
—Sí,
vale—dijo finalmente.
A
Rebecka le dijo, un poco demasiado rápido, aunque ella no parecía darse cuenta:
—Nalle
hizo la confirmación con Mildred y aquella preparación era poco... poco
convencional. Ella entendía que Nalle era un niño, así que se pasaban mucho
tiempo en los columpios del parque, de paseo con la barca y consumiendo pizzas.
¿Verdad, Nalle? Tú y Mildred comíais pizza, ¿a que sí? Cuatro estaciones, ¿no?
—Hoy
se ha comido tres platos de sopa con carne—dijo Rebecka.
Nalle
se fue de su lado y empezó a caminar hacia el gallinero. Rebecka le gritó
adiós, pero no pareció oírla.
Lisa
tampoco parecía enterarse demasiado cuando Rebecka se despidió y se fue a su
cabaña. Le devolvió el adiós como ausente y sin quitarle el ojo a Nalle.
Lisa
le siguió los pasos al chico igual que un zorro persigue a su presa hasta el
gallinero, que estaba en la parte de atrás del bar.
Pensaba
en lo que había dicho cuando tenía la foto de Mildred en las manos: «Illred,
columpio», pero Nalle no se columpiaba. Le habría gustado ver el columpio en el
que cupiese aquel gigantón, así que era imposible que hubiesen pasado las horas
en un parque columpiándose.
Nalle
abrió la puerta del gallinero. Solía recoger los huevos para llevárselos a
Mimmi.
—Nalle—le
dijo Lisa intentando captar su atención—. Nalle, ¿viste a Mildred montada en un
columpio?
Ella
señaló con la mano por encima de su cabeza.
—Columpio—fue
la respuesta.
Lisa
lo siguió hasta dentro de la casita y él ya estaba metiendo la mano debajo de
las gallinas para recoger los huevos que estaban incubando. Se reía cuando las
aves enfurecidas le picoteaban la mano.
—¿Subía
mucho? ¿Era Mildred?
—Illred—dijo
Nalle.
Se
metió los huevos en los bolsillos y salió.
«Por
Dios», pensó Lisa. «¿Qué estoy haciendo? No hace más que repetir lo que le
digo.»
—¿Viste
la nave espacial?—le preguntó haciendo un gesto de volar con la mano—. ¡Woschh!
—¡Woschh!—sonrió
Nalle sacándose un huevo del bolsillo y meciéndolo en el aire.
En
la carretera se detuvo el coche de Lars-Gunnar y pitó un par de veces.
—Tu
padre—dijo Lisa.
Alzó
la mano para saludarle y pudo sentir lo rígida y tiesa que la tenía. El cuerpo
era traidor. Le resultaba imposible mirar a Lars-Gunnar a los ojos o siquiera
intercambiar con él una palabra.
Se
quedó detrás del bar mientras Nalle fue corriendo hasta el coche.
«No
pienses en eso», se instó a sí misma. «Mildred está muerta y no hay nada que
pueda cambiarlo.»
Anki
Lindmark vivía en un segundo piso en la calle Kyrkogatan, 2 ID. Entreabrió la
puerta cuando Anna-Maria Mella llamó al timbre y la observó por encima de la
cadenita. Rondaba los treinta, algún año menos. Llevaba el pelo teñido en casa,
de color rubio, y se le veían las raíces. Vestía una rebeca larga y falda
tejana. Lo que más le chocó a Anna-Maria cuando la vio por la ranura de la
puerta fue su estatura, por lo menos le sacaba una cabeza a su ex marido. La
inspectora se presentó.
—¿Eres
la ex de Magnus Lindmark?—le preguntó luego.
—¿Qué
ha hecho?—respondió Anki Lindmark.
Y al
instante se le abrieron los ojos de par en par.
—¿Pasa
algo con los niños?
—No—la
tranquilizó Anna-Maria—. Sólo quiero hacerte unas preguntas, no tardaré mucho.
Anki
Lindmark desenganchó la cadenita, la dejó entrar y luego cerró la puerta con
llave.
Fueron
a la cocina, que estaba limpia y ordenada. En la encimera había avena,
chocolate en polvo y azúcar en un Tupperware. El microondas tenía encima un
mantelito y en el alféizar de la ventana había tulipanes de madera en un jarro,
un pájaro de cristal y una carretilla en miniatura también de madera. En la
puerta de la nevera y del congelador había dibujos de los niños pegados con
imanes. Cortinas de verdad, con dobladillo abajo, capa arriba y fruncidas en
los lados.
Junto
a la mesa había una mujer de unos sesenta años con el pelo de color zanahoria
que le echó una mirada de enfado a Anna-Maria cuando entró en la cocina. Con
unos golpecitos sacó un cigarrillo mentolado del paquete y lo encendió.
—Mi
madre—le informó Anki Lindmark cuando se sentaron.
—¿Dónde
están los chicos?—le preguntó Anna-Maria.
—En
casa de mi hermana. Hoy es el cumpleaños de su primo.
—Tu
ex marido, Magnus Lindmark...—dijo Anna-Maria.
Cuando
la madre de Anki Lindmark oyó el nombre de su antiguo yerno expulsó el humo de
la calada con un resoplido.
—...
ha dicho públicamente que odiaba a Mildred Nilsson—prosiguió la inspectora.
Anki
Lindmark asintió con la cabeza.
—Provocó
daños materiales en su propiedad—dijo Anna-Maria.
Al
instante sintió que se podría haber cortado la lengua. «Provocó daños
materiales en su propiedad.» ¿Qué formalismos de mierda eran aquéllos? Era la
fumadora aquella del pelo de zanahoria y ojos pequeños, que la hacía ponerse
formal.
«Sven-Erik,
ven a ayudarme», pensó.
Él
sabía hablar con las mujeres.
Anki
Lindmark se encogió de hombros.
—Una
cosa, todo lo que hablemos queda entre tú yo—le aclaró Anna-Maria en un intento
de acortar distancias—. ¿Le tienes miedo?
—Explícale
por qué vives aquí—intervino la madre.
—Sí—reconoció
Anki Lindmark—. Al principio de haberlo dejado estuve viviendo en casa de mi
madre en Poikkijarvi...
—La
vendimos—puntualizó la otra mujer—. Ya no podemos estar allí. Continúa.
—...
pero Magnus estuvo dejándome recortes de prensa sensacionalista de incendios y
cosas así, de modo que al final no me atreví a quedarme allí.
—Y
la policía no puede hacer absolutamente nada—dijo la madre con una sonrisa
despojada por completo de alegría.
—No
es malo con los niños, no lo es, pero a veces cuando bebe... Bueno, pues puede
venir y ponerse a gritar en el rellano y decirme cosas... Zorra y lo que se le
ocurra... Darle patadas a la puerta. Así que es mejor vivir así, con vecinos y
sin ventanas a pie de calle, Pero antes de que me dieran este piso y me
atreviera a vivir sola con los niños, estuve un tiempo en casa de Mildred.
Pero, claro, le rompían los cristales y él... Y le pinchaban las ruedas... Y su
cabaña apareció envuelta en llamas.
—Y
¿era Magnus?
Anki
Lindmark dejó caer la mirada sobre la mesa. Su madre se inclinó hacia
Anna-Maria.
—Los
únicos que no creen que fuera él, ¿sabes quiénes son? Pues los de la policía—le
dijo.
Anna-Maria
no se quiso meter en razonamientos sobre la diferencia entre creer algo y tener
pruebas que lo demuestren, sino que prefirió asentir con la cabeza pensativa.
—Todo
lo que deseo es que conozca a alguien—dijo
Anki
Lindmark—. Y a ser posible que tengan hijos. Pero la verdad es que ahora las
cosas van un poco mejor, desde que Lars-Gunnar habló con él.
—Lars-Gunnar
Vinsa—apuntó la madre—. Es policía, o era. Ahora ya está jubilado. Además, es
el que dirige el grupo de caza de la asociación de cazadores. Habló con Magnus,
y si hay algo que Magnus no quiere es perder su sitio en el grupo.
Lars-Gunnar
Vinsa, claro que Anna-Maria sabía quién era, aunque cuando ella empezó en
Kiruna él sólo estuvo un año más y no llegaron a trabajar juntos, por lo que no
se atrevía a decir que se conocieran. Sabía que tenía un chaval con
discapacidad psíquica y se acordaba bien de cómo se enteró. Lars-Gunnar y un
compañero habían recogido a una toxicómana adicta a la heroína que estaba dando
problemas en Kupolen. Lars-Gunnar le había preguntado si llevaba jeringuillas
en los bolsillos antes de registrarla. Que no, joder, que están en casa. Así
que Lars-Gunnar le metió las manos en los bolsillos para ver qué llevaba y se
pinchó con una jeringuilla. La chica entró en comisaría con el labio inferior
que parecía un balón de fútbol reventado y chorreando sangre por la nariz. Los
compañeros no dejaron que Lars-Gunnar se denunciara a sí mismo, según le habían
contado a Anna-Maria. Eso fue en 1990. Para obtener una respuesta segura de una
prueba de VIH había que esperar seis meses y durante las semanas que siguieron se
habló mucho sobre Lars-Gunnar y su chaval de seis años. La madre había
abandonado a su hijo y Lars-Gunnar era lo único que tenía.
—¿Así
que Lars-Gunnar habló con Magnus después del incendio?—preguntó Anna-Maria.
—No,
fue después de lo de la gata.
Anna-Maria
esperó en silencio.
—Teníamos
una gata—dijo Anki y carraspeó como si se le hubiera quedado algo en la
garganta—. Skrollan. El día que me largué la estuve llamando, pero llevaba unos
días desaparecida. Pensé que ya volvería más tarde a buscarla. Yo estaba muy
nerviosa porque no quería encontrarme con Magnus. Él nos hacía llamadas, a
veces de madrugada. En cualquier caso, un día llamó a mi trabajo y dijo que
había colgado una bolsa con cosas mías en la puerta del piso.
Se
quedó callada.
Su
madre expulsó una bocanada de humo hacia Anna-Maria que se deshizo en finas
nubecillas.
—En
la bolsa estaba Skrollan—dijo al ver que su hija no continuaba—. Y sus gatitos.
Cinco. Les había cortado la cabeza a todos. No había más que sangre y pelo.
—¿Qué
hiciste?
—Bueno,
¿qué iba a hacer?—continuó la madre—. Vosotros no podéis hacer nada, incluso
Lars-Gunnar lo dijo. Si denuncias a la policía, tiene que haber un delito. Si
hubiesen sufrido, podría haber sido maltrato animal, pero como les cortó la
cabeza lo más probable es que no tuvieran tiempo de sufrir. Si hubiesen tenido
algún valor económico, podría haber sido un delito de daños y perjuicios, por
ejemplo si hubieran sido de pura raza o un perro de caza. Pero éstos eran gatos
vulgares y corrientes.
—Sí—asintió
Anki Lindmark—. Pero en ningún momento pensé que se los iba a cargar...
—Bueno,
y luego ¿qué?—dijo la madre—. ¿Te acuerdas de lo que pasó con Peter cuando tú
viniste a vivir aquí?
La
madre apagó la colilla y encendió otro cigarrillo.
—Peter
vive en Poikkijarvi, también está separado. Es
un
chico dulce y encantador. Bueno, él y Anki empezaron a quedar de vez en
cuando...
—Como
amigos—intervino Anki.
—Una
mañana, cuando Peter iba de camino al trabajo, Magnus se le cruzó con el coche
por delante. Paró y bajó. Peter no podía continuar porque aquel coche ocupaba
todo el camino de grava. Magnus se baja del coche, va hasta el maletero y saca
un bate de béisbol y empieza a caminar hacia el coche de Peter. Y Peter dentro
del coche pensando que va a morir y con imágenes de sus hijos en la cabeza,
intuyendo que acabaría como un bulto. Y Magnus, muerto de risa, se mete en su
coche otra vez y se larga a toda prisa haciendo saltar la gravilla. Y ahí
acabaron las citas, ¿verdad, Anki?
—-Yo
no quiero pelearme con él. Es bueno con los chicos.
—Pero
si apenas te atreves a ir al súper. Es casi como cuando estabas casada con él.
Estoy hasta las narices de todo esto. ¡La policía! No pueden hacer una puta
mierda.
—¿Por
qué estaba tan enfadado con Mildred?—preguntó Anna-Maria.
—Magnus
decía que ella era la que intentaba convencerme para que me separara.
—¿Y
era así?
—No,
señora—dijo Anki—. Soy una mujer adulta y tomo mis propias decisiones. Ya se lo
dije a Magnus.
—Y
¿él qué te dijo?
—«¿Es
Mildred la que te ha dicho que me digas eso?»
—¿Sabes
qué hizo la noche antes del solsticio de verano?
Anki
Lindmark negó con la cabeza.
—¿Te
ha pegado alguna vez?
—Nunca
a los niños.
Era
hora de retirarse.
—Sólo
una última cosa—añadió Anna-Maria—. Cuando vivías en casa de Mildred, ¿qué
impresión te dio su marido? ¿Cómo les iba?
Anki
Lindmark intercambió una mirada con su madre.
«El
tema preferido del pueblo», pensó Anna-Maria.
—-Ella
iba y venía como los gatos—dijo Anki—. Pero él parecía estar a gusto, así
que... Bueno, nunca se peleaban ni nada.
Caía
la noche. Las gallinas entraban en su caseta y se apretujaban en el palo de
madera. El viento amainaba y se tumbaba a descansar sobre la hierba mientras
los detalles se iban borrando del paisaje. La grava, los árboles y las casas se
desvanecían con el azul oscuro del cielo nocturno. Los sonidos se fueron
acercando, volviéndose más nítidos.
Lisa
Stóckel prestaba atención al sonido de sus pasos en la grava a medida que
avanzaba por la carretera camino del bar, con su perra Majken pegada a los
talones. La reunión del grupo Magdalena empezaría dentro de una hora y después
tendrían la cena de otoño, todo en el restaurante de Micke.
Procuraría
mantenerse sobria y estar tranquila, aguantar el clásico parloteo sobre que
todo tiene que continuar aunque Mildred no esté y que Mildred estaba igual de
presente que antes. Tendría que morderse el labio inferior, agarrarse a la
silla y no levantarse para gritar: «¡Estamos acabadas! ¡Nada puede seguir sin
Mildred! ¡No está cerca! ¡Se está pudriendo bajo tierra! ¡En polvo se
convertirá! Y vosotras... vosotras volveréis a quedaros en casa todo el día,
volveréis a preparar el café, volveréis a ser viejas fibromiálgicas y volveréis
al chismorreo. A leer el ICA Kuriren y el Hemmets Journal, y volveréis a servir
a vuestros hombres.»
Entró
por la puerta y la visión de su hija le interrumpió los pensamientos.
Mimmi.
Pasaba una bayeta por las mesas y los alféizares. Llevaba el pelo de colores
recogido en dos rosquillas por encima de las orejas y el encaje rosa del
sujetador asomaba por el escote del ajustado jersey negro. Tenía las mejillas
enrojecidas y acaloradas, probablemente por haber estado en la cocina
preparando la cena.
—¿Cuál
es el menú?—le preguntó Lisa.
—Me
he inspirado un poco en el Mediterráneo. Panecillos de oliva con revoltillos de
entrante—respondió Mimmi sin bajar el ritmo con la bayeta; ahora la pasaba por
la barra y después la secaba con el paño que llevaba siempre doblado en la
cinturilla del delantal.
—Hay
tsatsiki, tapenade y humus—continuó—. Y después alubias estofadas. He pensado
que lo mejor sería hacerlo vegetariano para todas, como la mitad sois
come-flores...
Alzó
la vista y le sonrió burlona a Lisa, que justo se estaba quitando la gorra.
—Pero,
madre—exclamó—. ¿Qué cono te has hecho en la cabeza? ¿Dejas que los perros te
muerdan el pelo cuando lo llevas demasiado largo?
Lisa
se pasó la mano por el pelo mal cortado intentando igualarlo y al instante
siguiente Mimmi miró el reloj.
—Yo
te lo arreglo—dijo—. Coge una silla y siéntate.
Se
metió en la cocina batiendo la puerta basculante.
—De
postre, helado de mascarpone con moras—gritó desde dentro—. Está...—Terminó la
frase con un silbido de admiración.
Lisa
sacó una silla, se quitó la chaqueta y se sentó. Majken se tumbó inmediatamente
a sus pies; aunque el paseo había sido corto o estaba exhausta o tenía dolores,
probablemente lo segundo.
Lisa
estaba quieta como en la iglesia mientras Mimmi le pasaba los dedos por el pelo
y se lo igualaba con las tijeras para dejarle apenas un centímetro.
—¿Cómo
crees que van a funcionar las cosas ahora, sin Mildred?—preguntó Mimmi—. Aquí
tienes tres remolinos juntos.
—Seguiremos
como siempre, supongo.
—¿Con
qué?
—Con
las cenas para madres con críos pequeños, la braga limpia y la loba.
La
braga limpia había empezado como un proyecto de colecta. Lo que ocurría con las
ayudas prácticas que los servicios sociales ofrecían a las mujeres alcohólicas
era que estaban muy dirigidas al otro sexo. En el kit de ropa había maquinillas
de afeitar de usar y tirar y calzoncillos, pero ni bragas ni tampones, sino que
las mujeres tenían que contentarse con compresas que parecían pañales y
calzoncillos de hombre. El grupo Magdalena se había ofrecido a los servicios
sociales para hacer una labor de colaboración que consistía en comprar bragas,
tampones y otros productos de higiene, cojno desodorante y suavizante para el
pelo. Con el tiempo se habían convertido también en personas de contacto que
daban su nombre al casero al que se le había podido convencer para que
alquilara un piso a la mujer alcohólica. Si había algún problema, el
propietario podía llamar a la persona de contacto directamente.
—¿Qué
vais a hacer con la loba?
—Estamos
cruzando los dedos para que la Dirección Nacional de Protección de la
Naturaleza colabore para vigilarla. Ahora en invierno, cuando se le puede
seguir el rastro en moto de nieve, lo tiene crudo si no conseguimos montar
vigilancia. Pero hay algo de dinero en la fundación, así que ya veremos.
—Ahora
ya no te escapas, lo sabes, ¿verdad?—le dijo Mimmi.
—¿A
qué te refieres?
—Tú
tienes que ser el motor del grupo Magdalena.
Lisa
se sopló unos pelitos que se le habían puesto debajo del ojo.
—Jamás—dijo.
Mimmi
se echó a reír.
—¿Crees
que tienes elección? La verdad es que me parece bastante gracioso, tú nunca has
sido mujer de asociaciones, ¿a que no te lo esperabas? Dios, cuando me enteré
de que te habían hecho presidenta... Micke tuvo que hacerme los primeros
auxilios.
—Seguro
que sí—dijo Lisa un poco seca.
«No—pensó—.
Nunca me lo imaginé. Nunca me imaginé muchas cosas de mí misma.»
Los
dedos de Mimmi se paseaban por su pelo con el sonido de las hojas de la tijera
frotando la una contra la otra.
«Aquella
noche a principios de verano...», pensó Lisa.
Estaba
sentada en la cocina cosiendo unas nuevas cubiertas para las camas de los
perros. Las tijeras emitían su característico sonido, swisch, swisch, klip,
klip. En el comedor estaba la tele encendida y había dos perros tumbados en el
sofá; casi parecía que miraban las noticias. Lisa las escuchaba de lejos
mientras hacía las labores y al cabo de un rato se puso con la máquina de coser
para hacer más rectas las costuras de los retales. Pisaba el pedal a fondo.
Karelin
roncaba en la cama del pasillo creando una de las imágenes más ridículas que
pueda haber. Estaba tumbado de espaldas con las patas de atrás arriba y hacia
los lados y con una oreja tapándole un ojo como si fuera un parche pirata.
Majken estaba en la cama del dormitorio con una pata tapándose el hocico. De
vez en cuando emitía algún sonido gutural y le daba algún espasmo. El nuevo
springer spaniel estaba cómodamente acurrucado a su lado.
De
golpe Karelin despierta de su sueño y se pone a ladrar como un loco. Los perros
del comedor bajan de un salto del sofá para hacerle compañía al mismo tiempo
que Majken y el springer spaniel aparecen corriendo y por poco tiran al suelo a
Lisa, que también se ha puesto en pie.
Karelin
entra en la cocina como si fuera imposible no entender y empieza a explicarle a
viva voz a Lisa que hay alguien en la escalinata, que tienen visita, que viene
alguien.
Es
Mildred Nilsson, la pastora. Está fuera en el porche. Los últimos rayos de sol
de la tarde transforman su pelo en una corona de oro.
Los
perros se le echan encima fuera de sí de alegría por la visita. Ladran,
vociferan, gimen—Bruno incluso canta unas notas—, y golpean la jamba de la
puerta y la baranda del porche con las colas.
Mildred
se agacha para saludarlos. Ya va bien. Ella y Lisa no se pueden mirar demasiado
rato. En cuanto Lisa la vio allí fuera sintió como si las dos se hubieran
metido en una corriente de agua. Con los perros tienen cierto margen para
situarse. Se cruzan una mirada, después la apartan. Los perros le lamen la cara
a Mildred, hacen que se le corra el rímel de las pestañas y le llenan la ropa
de pelos.
La
corriente baja con fuerza. Hay que sujetarse bien, así que Lisa se agarra a la
manilla de la puerta y les ordena a los perros que se vayan a acostar. En
situaciones normales les pega un grito y mete bulla, que es su tono normal de
conversación con ellos, aunque no parece importarles demasiado. Pero ahora la
orden sale casi como un susurro.
—A
la cama—dice haciendo un suave gesto con la mano indicando el interior de la
casa.
Los
perros la miran desconcertados. ¿Acaso no les va a pegar un berrido? Aun así
hacen lo que les pide.
Mildred
coge aire y Lisa se da cuenta de que está enfadada. Lisa, que es bastante más
alta, estira un poco el cuello.
—¿Dónde
has estado?—le pregunta Mildred furiosa.
Lisa
arquea las cejas.
—Aquí—le
contesta.
Clava
la mirada en las marcas de verano en la piel de Mildred. A la pastora le han
salido pequitas y el vello de la cara, en el labio superior y la mandíbula, se
le ha vuelto rubio.
—Ya
sabes a qué me refiero—le reprocha Mildred—. ¿Por qué ya no vienes a las
sesiones de interpretación de la Biblia?
—He...—intenta
responder removiendo ideas en la cabeza para encontrar una excusa aceptable.
Pero
al instante se pone de mal humor. ¿Por qué tiene que dar explicaciones? ¿Acaso
no es una persona adulta? Con cincuenta y dos años quizá una ya tiene derecho a
hacer lo que quiera.
—Tengo
otras cosas que hacer—le responde con un tono de voz un poco más cortante del
que había pretendido.
—¿Como
qué?
—¡Seguro
que lo sabes!
Allí
están, como dos renos inflando y desinflando el pecho.
—Sabes
bien por qué no voy—dice al final Lisa.
La
corriente les llega ya por las axilas. La pastora pierde el equilibrio con la
corriente, da un paso hacia Lisa, atónita y enfadada al mismo tiempo. Y con
algo más en la mirada. Entreabre la boca y toma aire como cuando estás a punto
de desaparecer bajo el agua.
La
corriente arrastra a Lisa. Se suelta de la manilla de la puerta, avanza hacia
Mildred, le rodea la nuca con la mano, siente su pelo como el de una niña entre
sus dedos, lleva a Mildred a su encuentro.
La
pastora entre sus brazos. Su piel es tan fina. Entran en el recibidor
enroscadas la una con la otra, dejan la puerta abierta golpeando contra la
baranda del porche y dos de los perros acaban marchándose corriendo.
Lo
único cuerdo que le pasa a Lisa por la cabeza: «Se quedarán en el jardín.»
Se
tropiezan con los zapatos y las camas de los perros que hay por el suelo. Lisa
va entrando de espaldas con los brazos todavía agarrando a Mildred, uno por la
cintura, el otro por la nuca. Mildred está pegada a su cuerpo, la empuja, le
desliza las manos por debajo del jersey, le acaricia los pezones con las yemas
de los dedos.
Cruzan
la cocina a trompicones y se dejan caer sobre la cama del dormitorio, donde
está Majken con olor a perro mojado. No ha podido resistir pegarse un chapuzón
en el río una hora antes.
Mildred
bocarriba, ropas fuera, los labios de Lisa pegados a su cara. Dos dedos hasta
el fondo de sus entrañas.
Majken
levanta la cabeza y les echa una mirada, pero enseguida se vuelve a tumbar
tranquilamente con un suspiro y el hocico entre las patas. Ya ha visto
aparearse miembros de la misma manada en otras ocasiones. No tiene nada de
extraño.
Después
hacen café y ponen unos bollos a descongelar. Se zampan un montón cada una.
Están muertas de hambre. Mildred aprovecha para darles algunos trozos a los
perros y se ríe, hasta que Lisa le dice que pare, que se van a poner enfermos,
pero aunque trate de sonar estricta se le escapa la risa.
Están
sentadas en la cocina en medio de la clara noche de verano, cada una en una
silla y envuelta en una manta. A los perros se les ha contagiado la fiesta y
van dando vueltas por la casa.
De
vez en cuando las manos se alargan sobre la mesa hasta encontrarse.
El
dedo índice de Mildred le pregunta al reverso de la mano de Lisa: «¿Sigues
ahí?», y la mano le responde: «¡Sí!» El corazón y el índice de Lisa le
preguntan al pulso de Mildred: «¿Culpa? ¿Arrepentimiento?», y la muñeca
responde: «¡No!»
Y
Lisa se ríe.
—Supongo
que será mejor que vuelva a las clases de la Biblia—comenta.
Mildred
se echa a reír. Un trozo de bollo de canela se le cae de la boca y rueda por la
mesa.
—Sí,
por Dios, hay que ver lo que una tiene que hacer para acercar la Biblia a la
gente.
Mimmi
se colocó delante de Lisa para estudiar su obra con las tijeras en la mano como
una espada desenvainada.
—Ya
está—concluye—. Ya no sentiré vergüenza ajena.
Le
removió el pelo a su madre y después se quitó el paño de cocina del cordón del
delantal con el que le sacudió los pelos que se le habían quedado en la nuca y
en los hombros.
Lisa
se pasó la mano por la cabeza rapada.
—¿No
te vas a mirar en el espejo?—le preguntó Mimmi.
—No,
seguro que está bien.
Reunión
otoñal del grupo Magdalena. Micke Kiviniemi había preparado una mesita con
bebida fuera del local, junto a la puerta de la escalera de entrada al bar.
Fuera estaba oscuro, casi negro, y hacía más calor de lo que cabía esperar para
la época del año. Con velas en tarros de cristal, había marcado el sendero que
cruzaba la explanada de grava desde la carretera hasta los escalones, y en la
escalinata y sobre la mesita de las bebidas había varias lamparillas hechas en
casa.
Y
obtuvo su recompensa. Se oían las exclamaciones de admiración desde la
carretera. Ya llegaban. Avanzaban a pasitos cortos, a pasos normales o a
saltitos por la gravilla. Una treintena de mujeres, la más joven de casi
treinta años y la mayor acababa de cumplir setenta y cinco.
—Qué
bonito—le decían—. Es como estar en el extranjero.
El
les correspondía con una sonrisa, pero sin decir nada. Buscaba resguardo detrás
de la mesita con la sensación de estar observando la fauna salvaje desde un
escondrijo. No tenían que preocuparse por él, debían actuar de manera natural
como si él no estuviera presente. Micke estaba excitado, como un chaval tumbado
espiando entre los árboles sobre las hojas caídas.
La
explanada de grava delante del bar semejaba una gran sala oscura llena de
sonido. Los pies sobre las piedrecillas, las risitas, el parloteo, la cháchara,
el cacareo. Los sonidos fluían, se alzaban hacia el negro firmamento
estrellado, atravesaban el río sin pudor hasta tocar las casas de la otra
orilla. Después, eran absorbidos por el bosque, por los abetos negros y el
musgo sediento. Corrían a lo largo de la carretera y le hacían un recordatorio
al pueblo: existimos.
Se
habían perfumado y vestido con elegancia para la ocasión. Claro que se notaba
que no eran ricachonas: los vestidos se habían quedado anticuados, llevaban
chaquetillas largas de algodón y faldas de campana floreadas. Ellas mismas se
habían hecho la permanente en casa y calzaban zapatos de los grandes almacenes
OBS.
En
poco más de media hora ya habían repasado todos los temas de la reunión. La
lista de cosas por hacer se llenó en el acto con nombres de voluntarias; había
más manos en el aire de las que hacían falta.
Luego,
pasaron a la cena. La mayoría no tenía costumbre de beber y, apenas sin darse
cuenta, enseguida se pusieron bastante alegres. A Mimmi se le escapaba la risa
cuando pasaba entre las mesas. Micke no salía de la cocina.
—Oh,
Dios—exclamó una de las mujeres cuando Mimmi apareció con el postre—. No me lo
había pasado tan bien desde...
Dejó
la frase a medias moviendo su delgado brazo en busca de un final. Le salía del
vestido como si fuera una cerilla.
—...
desde el funeral de Mildred—gritó alguien.
Hubo
unos segundos de silencio. Después estallaron todas en una risa histérica,
gritándose entre ellas que era verdad, que el funeral de Mildred había sido...,
sí, de muerte, y rompieron a carcajada limpia hasta exprimir el poco jugo que
el juego de palabras tenía.
El
funeral. Vestidas de negro presenciaron cómo bajaban el ataúd mientras el sol
de principios de verano se les clavaba en los ojos. Los abejorros zumbaban
alrededor de las coronas de flores, las hojas de abedul tiernas y brillantes
parecían enceradas, las copas de los árboles eran iglesias verdes repletas de
pájaros deseosos por aparearse y de sus hembras trinando las respuestas. Era la
manera de la naturaleza de decir: «No me importa, yo no me detengo nunca, en
polvo te convertirás.»
Aquel
celestial y hermoso inicio de verano hacía de telón de fondo del horrible hoyo
cavado en el suelo y del ataúd barnizado.
Dentro
de sus cabezas el aspecto que tendría Mildred. El cráneo como una maceta rota
debajo de la piel.
Majvor
Kanga, una de las mujeres del grupo, las invitó a casa después del café del
funeral.
—¡Veníos!—dijo—.
Mi marido se ha ido a la casa del campo y no quiero estar sola.
Así
que se fueron a su casa. El abatimiento las mantuvo sentadas en los abultados
sofás de piel negra del salón sin gran cosa que decir, siquiera sobre el
tiempo.
Pero
a Majvor se le despertó algo rebelde en el cuerpo.
—¡Ahora
vais a ver!—gritó—. ¡Ayudadme!
Se
fue a la cocina a buscar un taburete alto con dos peldaños, se subió y abrió
uno de los armaritos del altillo del pasillo, de donde sacó unas cuantas
botellas: whisky, coñac, licores, calvados. Algunas mujeres la ayudaron a
bajarlas.
—Esto
es cosa fina, ¿eh?—dijo una al leer la etiqueta—. Malta de doce años.
—Nos
las trae nuestra nuera siempre que sale al extranjero—les explicó Majvor—. Pero
Tord nunca las abre. Él sólo invita a cubatas de garrafón. Y a mí no es que me
tire mucho todo esto, pero hoy...
Terminó
la frase con una pausa expresiva. Después, una mujer a cada lado del taburete,
la ayudaron a bajar como una reina de su trono sujetándola de las manos.
—¿Qué
dirá Tord?
—¿Qué
va a decir?—dijo Majvor—. Ni siquiera se dignó sacarlas cuando cumplió sesenta
el año pasado.
—¡Deja
que se beba él su propio matarratas!
Y luego
empezaron a ponerse contentas. Cantaron salmos, se expresaron el cariño,
hicieron discursos.
—¡Un
brindis por Mildred!—gritó Majvor—. Por la mujer más indómita que jamás he
conocido.
—¡Estaba
loca!
—¡Ahora
nos toca estar locas a nosotras!
Rieron
mucho. También lloraron alguna lágrima. Pero, sobre todo, rieron.
Aquél
fue el funeral.
Ahora
Lisa Stockel las miraba mientras comían el helado de mascarpone y elogiaban a
Mimmi cuando pasaba.
«Se
las apañarán—pensó—. Lo harán.»
La
idea la puso contenta. O quizá no contenta, pero sí se sintió aliviada.
Y al
mismo tiempo la soledad la mantenía atrapada en el anzuelo con un gancho en el
corazón y recogiendo carrete.
Poco
después de medianoche, tras finalizar la reunión otoñal del grupo Magdalena,
Lisa se fue caminando a casa en medio de la oscuridad. Dejó atrás el cementerio
y subió a la loma que avanzaba paralela al río. Pasó por delante de la casa de
Lars-Gunnar, que se podía distinguir bien a la luz de la luna. Las ventanas
estaban oscuras.
Pensó
en Lars-Gunnar.
«El
jefe de la aldea—pensó—. El hombre de poder. El que conseguía que el
contratista que se ocupaba de quitar la nieve de la carretera despejara antes
el tramo que llevaba a Poikkijarvi que el que bajaba a Jukkasjärvi. El que le
echó un cable a Micke cuando tenía problemas con el permiso de venta de bebidas
alcohólicas.»
No
es que Lars-Gunnar pasara muchas horas en el bar. Ahora bebía en contadas
ocasiones, a diferencia de antes. Antes era distinto. Hace años los hombres
bebían siempre; viernes, sábado, domingo y como mínimo un día entre semana. Y
le daban fuerte. Ahora, como mucho, se tomaban una cerveza al día. Era de
esperar: en algún momento había que echar el freno antes de que se fuera todo
al garete.
No,
Lars-Gunnar se tomaba con calma lo del alcohol. La última vez que Lisa lo vio
borracho de verdad fue hacía seis años. Un año antes de que Mildred se fuera a
vivir al pueblo.
La
verdad es que aquella vez él fue a su casa. Todavía lo recordaba sentado en la
cocina. La silla desaparece bajo su cuerpo. Está sentado y apoya el codo en la
rodilla sujetándose la frente con la palma de la mano. Su respiración es
pesada. Son poco más de las once de la noche.
No
es que haya tomado unas cuantas copas. Tiene la botella delante, sobre la mesa.
La llevaba en la mano cuando llegó. Como una bandera: he bebido y por mis
cojones que seguiré dándole un buen rato más.
Ella
ya se había metido en la cama cuando él llegó. No lo oyó llamar a la puerta
sino que los perros la avisaron en cuanto Lars-Gunnar puso un pie en la
escalinata del porche.
No
cabe duda de que es una muestra de confianza que acuda a ella cuando está de
aquella manera. Debilitado por el alcohol y los sentimientos. Sólo que Lisa no
sabe qué hacer. No está acostumbrada a que la gente se sincere con ella. No es
una persona que invite a hacerlo.
Pero
ella y Lars-Gunnar son familia y Lisa no dirá nada, él lo sabe.
Está
en la cocina con la bata escuchando lo que le cuenta, la canción de su triste
vida, el infeliz y traicionero amor... y Nalle.
—Perdóname—murmura
Lars-Gunnar con el puño en los labios—. No debería haber venido.
—No
pasa nada—asegura Lisa vacilante—. Tú habla tranquilo mientras yo...
No
se le ocurre nada, pero algo tiene que hacer para no salir corriendo de la
casa.
—...
mientras preparo la comida de mañana.
Y de
pronto allí están los dos, él hablando y ella, en mitad de la noche, cortando
carne y verduras para hacer una sopa. Apio, zanahorias, puerro, colinabo,
patatas y Dios sabe qué más, pero a Lars-Gunnar no parece que le resulte
extraño. Está ocupado con lo suyo.
—He
tenido que salir de casa—confiesa—. Antes de irme... No estoy sobrio, lo
reconozco. Antes de irme estaba junto a la cama de Nalle apuntándole a la
cabeza con la escopeta.
Lisa
no dice nada. Sigue cortando la zanahoria como si no hubiera oído lo que le
acaba de contar.
—Estaba
pensando en qué pasará después—suspira—. ¿Quién se encargará de él cuando yo no
esté? No tiene a nadie.
«Y
es verdad», pensó Lisa.
Llegó
a su casita de chocolate en lo alto de la colina. La luna impregnaba de luz
plateada la gran cantidad de detalles de ebanistería en el porche de la casa y
en los marcos de las ventanas.
Subió
la escalinata mientras oía ladrar a los perros y dar vueltas como locos al otro
lado de la puerta. Habían reconocido sus pasos y en cuanto abrió salieron
volando para hacer el último pis del día al final del jardín.
Entró
en la sala de estar y observó lo único que quedaba: la estantería desnuda y el
sofá.
«Nalle
no tiene a nadie», pensó.
PATAS
DORADAS
Llega
la primavera. Apenas hay unas placas de nieve bajo los abetos grises y azulados
y los rectos pinos. Sopla una cálida brisa del sur y el sol se filtra por entre
la red que forman las ramas. Se oyen los sonidos de los animalillos moviéndose
por la hierba del año anterior. En el aire flotan cientos de olores como en una
cacerola: resina, abedul recién florecido, tierra caliente, agua fresca, aquí
una liebre y allí un astuto zorro.
La
loba alfa ha cavado una madriguera nueva este año aprovechando una antigua
guarida de zorro que había en una pendiente orientada al sur, a unos doscientos
metros de una laguna. El suelo es arenoso y fácil de cavar, pero aun así la
loba ha hecho una laboriosa tarea ensanchando el túnel para poder pasar sin
problemas, vaciándola de los residuos que dejaron los zorros y haciendo la
madriguera tres metros más adentro. Patas Doradas y otra loba la han ayudado en
algún momento, pero la mayor parte la ha hecho sola. Ahora pasa los días cerca
de la guarida, se tumba en la entrada a dormitar bajo el sol de primavera y el
resto de la manada le lleva comida. Cuando el macho se le acerca con algo de
comer ella se incorpora y va a su encuentro. Lo lame y gime afectuosa antes de
engullir los presentes.
Y
una mañana la loba entra en la madriguera y no vuelve a salir en todo el día. A
última hora de la tarde pare los cachorros, los lame para limpiarlos, se come
las membranas, los cordones umbilicales y la placenta, y luego se los coloca
bajo el vientre. No tiene que sacar a ninguno que haya nacido muerto. Los
zorros y los cuervos se quedan sin esa cena.
El
resto de los miembros de la manada sigue su vida fuera de la madriguera,
cazando sobre todo presas pequeñas y sin alejarse demasiado. De vez en cuando
les llega el tenue gemido de alguno de los cachorros porque se ha colocado mal
o porque algún hermano lo ha ido apartando a empujoncitos. Sólo el macho alfa
tiene permiso para entrar y regurgitar comida para la loba alfa.
A
las tres semanas y un día los saca por primera vez al exterior. Son cinco. Los
demás animales están fuera de sí de alegría. Los saludan con cuidado, los
olfatean y los empujan, siempre con delicadeza, les lamen la redonda barriga y
debajo del rabo. Al cabo de un momento la loba los vuelve a meter dentro. Los
cachorros están exhaustos por todas aquellas nuevas impresiones. Los dos lobos
que han cumplido su primer año hacen una carrera hasta el bosque llenos de
alegría y se ponen a perseguirse uno al otro.
La
época que empieza ahora es maravillosa para la manada. Todos quieren ayudar con
los recién nacidos. No se cansan nunca de jugar y esas ganas se van contagiando
entre los demás miembros del grupo. Incluso el macho alfa se puede apuntar a
ver quién tira más de la rama. Los cachorros crecen y siempre tienen hambre. Se
les alargan los hocicos y las orejas son cada vez más puntiagudas. El tiempo
pasa deprisa. La pareja de un año se turna para hacer guardia delante de la
guarida mientras los demás van de caza. Cuando regresan, los cachorros saludan
agitando la cola, reclaman y gimotean, y le lamen las comisuras de la boca a
los lobos grandes, cuya respuesta es vomitarles montones rojos de carne
engullida. Si sobra algo, será para los niñeros.
Patas
Doradas ya no se va a dar sus paseos en solitario. Durante esta época se mantiene
cerca del resto de la manada y los nuevos miembros. Se tumba de espaldas y hace
de presa inevitable de dos de los cachorros que se le echan encima, el uno
clavándole los colmillos afilados como alfileres en los belfos y el otro
atacándole la cola de la manera más salvaje. Le da un empujoncillo al que tenía
colgando de la boca y le coloca su enorme pata encima. El cachorro tiene un
arduo trabajo para liberarse, se arrastra y lucha hasta que por fin lo
consigue. La rodea dando brincos con sus patitas lanudas, vuelve al ataque, le
salta a la cabeza con un rugido de lo más presuntuoso y empieza a morderle con
saña las orejas. Y de repente caen en un profundo sueño, uno entre sus patas
delanteras, el otro con la cabeza sobre la barriga de su hermano. Patas Doradas
aprovecha para dormir un poco ella también. Sin demasiado entusiasmo intenta
cazar al vuelo una avispa que se le acerca demasiado, falla, termina por
sumirse en la adormecedora sinfonía de zumbidos de los insectos que acuden a
las flores. El sol de la mañana asoma por encima de las copas de los abetos y
los pájaros atraviesan el aire en busca de alimento para regurgitar en los
picos abiertos de par en par de sus polluelos.
Jugar
con cachorros acaba cansando. La felicidad le recorre el cuerpo como agua de
primavera.
VIERNES
8 DE
SEPTIEMBRE
El
inspector de policía, Sven-Erik Stålnacke, se despertó a las cuatro y media de
la madrugada.
«Puto
gato», fue lo primero que pensó.
Normalmente,
Manne, el gato, lo despertaba a esta hora. Se concentraba unos instantes y
pegaba un salto desde el suelo hasta la cama, aterrizando siempre en el vientre
de Sven-Erik y con una contundencia sorprendente. Si Sven-Erik se limitaba a
soltar un gruñido y a girarse de lado, Manne solía pasearse por su costado de
arriba abajo como un alpinista en la cresta de una montaña. De vez en cuando
maullaba con fuerza, lo cual quería decir o bien que quería comida o bien que
quería salir afuera, casi siempre ambas cosas. De inmediato.
A
veces Sven-Erik se negaba a salir de la cama, murmuraba algo así como «es plena
noche, gato cabrón» y se escondía debajo del edredón. Entonces, los paseos por
el cuerpo del amo pasaban a hacerse con las uñas cada vez más salidas, hasta
que Manne se las clavaba directamente en el cuero cabelludo.
Tirar
el gato al suelo o sacarlo del dormitorio y cerrar la puerta no solía ayudar
demasiado, porque entonces si alguien pregunta qué estábamos haciendo aquí, di
que estábamos buscando un perro desaparecido.
Rebecka
se la quedó mirando.
—Ésa
es buena—dijo despacio—. Dos policías de civil en busca de un perro
desaparecido. Va siendo hora de que la Policía Nacional revise la distribución
de los recursos.
—Puede
ser mi perro—replicó Anna-Maria un tanto forzada.
Se
quedaron callados unos segundos. Sven-Erik estaba muerto de incomodidad sentado
al borde de la cama.
—Vamos
a ver—dijo al final Rebecka alargando la mano para que le pasaran la carpeta.
—Es
esto de aquí—dijo Anna-Maria sacando una hoja de la carpeta y señalando con el
dedo.
—Son
extractos de contabilidad—explicó Rebecka—. Este renglón está subrayado.
Rebecka
señaló una cifra en una columna que llevaba por título 1930.
—Diecinueve
treinta es una cuenta de ahorros, para cheques. Tiene un crédito de ciento
setenta y nueve mil coronas para la cuenta setenta y seis diez. Son diferentes
gastos personales. Pero está escrito a mano en bolígrafo aquí al margen
«¿¿Formación??».
Rebecka
se pasó un mechón de pelo por detrás de la oreja.
—Y
¿esto de aquí?—peguntó Anna-Maria—. «Ver», ¿qué significa?
—Verificación,
de los datos. Puede ser una factura u otra cosa que muestre de qué ha sido el
gasto. Me da la impresión de que la mujer estaba intentando saber qué era el
gasto este, por eso me lo llevé.
—Y
¿qué empresa es?—le preguntó Anna-Maria.
Manne
se ensañaba impetuosamente con los muebles más blandos y con las cortinas.
—Ese
puto gato sabe latín—solía decir Sven-Erik—. Sabe que así lo sacaré fuera y eso
era lo que quería desde el principio.
Era
un hombre que infundía bastante respeto. Tenía unos antebrazos fuertes y las
manos anchas. Algo en la cara y en la constitución transmitía sus años de
tratar con desgracias humanas y buscabroncas en pleno viaje. Y consideraba que
era divertido verse vencido por un gato.
Pero
aquella madrugada Manne no fue a incordiarlo y aun así se despertó. Por la
costumbre. Quizá por añoranza hacia aquel joven caballero a rayas que
constantemente lo aterrorizaba con sus deseos y caprichos.
Se
sentó apoyando todo el peso en el borde de la cama, consciente de que no podría
dormirse otra vez. Hacía cuatro noches que el dichoso gato no pasaba por casa.
Alguna vez había desaparecido una noche, a veces dos, lo cual no era
preocupante, pero cuatro...
Bajó
las escaleras y abrió la puerta de la calle. La noche se le mostraba gris como
la lana porque ya se iba a hacer de día. Dio un largo silbido, fue a la cocina,
cogió una lata de comida para gatos y salió otra vez al porche golpeándola con
una cuchara. El gato no aparecía. Al final Sven-Erik se rindió, iba en calzoncillos
y hacía frío.
«Así
son las cosas—pensó—. Es lo que implica la libertad: el riesgo de que te
atropellen o que te pille el zorro, antes o después.»
Puso
café molido en la cafetera.
«Mejor
así—pensó—. Mejor esto a que se pusiera enfermo, perdiera la fuerza y tuviera
que llevarlo al veterinario. Habría sido un coñazo.»
La
cafetera comenzó a emitir su gorgoteo y Sven-Erik subió al dormitorio para
vestirse.
Quizá
Manne se había instalado en casa de alguien, como ya había hecho en otras
ocasiones. De pronto volvía a casa tras dos o tres días de ausencia sin
ningunas ganas de comer y visiblemente bien alimentado y descansado. Seguro que
le habría dado pena a alguna señora que lo había metido en casa, alguna
jubilada que no tenía nada mejor que hacer que cocinarle salmón y darle nata
líquida.
De
golpe Sven-Erik sintió una rabia irracional hacia aquella persona desconocida
que había dejado entrar y había cuidado de un gato que no le pertenecía. ¿Acaso
no entendía esa persona que había un dueño preocupado preguntándose dónde se
habría metido el gato? A Manne se le veía que no era callejero, con lo
brillante que tenía el pelo y lo cariñoso que era. Debería haberle puesto un
collar hacía mucho tiempo, pero es que le daba miedo que se quedara enganchado
en algún sitio. Eso era lo que le había echado atrás: la imagen de Manne
atrapado en la maleza muriéndose de hambre o colgado de un árbol.
Se
preparó un desayuno consistente. Los años siguientes de haber roto con Hjordis
sólo se tomaba un café y de pie, pero con el tiempo empezó a cuidarse un poco.
Se sentó y con cierta apatía se puso a comer a grandes cucharadas un bol de
cereales con yogur desnatado. La cafetera se había callado y la cocina olía a
café recién preparado.
Se
había hecho cargo de Manne cuando su hija se mudó a Luleá, pero no lo debería
haber hecho. Ahora se daba cuenta. No era más que una molestia, una tremenda
molestia.
Anna-Maria
Mella estaba sentada a la mesa de la cocina tomándose el café de la mañana.
Eran las siete. Jenny, Peter y Marcus seguían en la cama, pero Gustav estaba
despierto. Estaba jugando en el dormitorio y andaba a gatas por encima de
Robert.
Sobre
la mesa tenía una copia del espantoso dibujo de Mildred ahorcada. Rebecka
Martinsson también había sacado copias de algunos papeles, pero Anna-Maria no
entendía ni jota de lo que ponía. Odiaba los números y las mates y todo eso.
—¡Buenas!
Su
hijo Marcus apareció por la cocina. ¡Vestido! Abrió la nevera. Tenía dieciséis
años.
—Pero
bueno...—dijo Anna-Maria mirando la hora—. ¿Hay fuego arriba o qué?
Marcus
sonrió. Cogió el paquete de leche y los cereales y se sentó al lado de su
madre.
—Tengo
un examen—dijo mientras se metía una cucharada de copos en la boca—. No basta
con salir de la cama y pirarse. Hay que cargar las pilas.
—¿Quién
eres tú?—dijo Anna-Maria—. ¿Qué has hecho con mi hijo?
«Será
Hanna—pensó—. Dios la bendiga.»
Hanna
era la novia de Marcus y por lo visto su ambición académica era contagiosa.
—Mola—dijo
Marcus acercándose el dibujo de Mildred—. ¿Qué es?
—Nada—contestó
Anna-Maria quitándole el dibujo y dándole la vuelta.
—No,
en serio. ¡Déjame ver!
Cogió
el dibujo otra vez.
—¿Qué
significa?—dijo señalando la tumba que se veía detrás del cuerpo colgado.
—Bueno,
pues que va a morir y que la van a enterrar, me imagino.
—Ya
lo veo, sí, pero ¿qué significa? ¿No lo ves?
Anna-Maria
miró el dibujo.
—No.
—Es
un símbolo—dijo Marcus.
—Es
el montículo de una tumba con una cruz encima.
—¡Pero
fíjate! El contorno es el doble de grueso que en el resto del dibujo. Y la cruz
se mete en la tierra y termina en forma de garfio.
Anna-Maria
echó un vistazo. Tenía razón.
Se
levantó y recogió los papeles resistiéndose al impulso de darle un beso a su
hijo. Se limitó a removerle el pelo.
—¡Suerte
en el examen!—le dijo.
En
el coche llamó a Sven-Erik.
—Sí—dijo
él en cuanto hubo cogido su copia del dibujo—. Es una cruz que atraviesa un
semicírculo y termina en forma de garfio.
—Tenemos
que descubrir qué significa. ¿Quién sabe de eso?
—¿Qué
te han dicho los de la Científica?
—Supongo
que el dibujo les llegará hoy y si hay huellas enteras las tendrán esta tarde,
si no, dentro de unos días.
—Debe
de haber algún catedrático de religión que sepa de símbolos—dijo Sven-Erik
pensativo.
—¡Eres
más listo que el hambre!—exclamó Anna-Maria—. Que Fred Olsson busque a alguien
y se lo enviamos por fax. Vete vistiendo, que ahora paso a buscarte.
—¿Y
eso?
—Tienes
que acompañarme a Poikkijarvi, que tengo que hablar con Rebecka Martinsson, si
es que todavía está allí.
Anna-Maria
giró el volante hasta encarar su Ford Escort rojo hacia Poikkijarvi. Sven-Erik
estaba a su lado presionando los pies contra el suelo por acto reflejo y
maldiciendo en silencio que su compañera siempre tuviera que conducir como una
delincuente juvenil.
—Rebecka
Martinsson me pasó también algunas fotocopias—dijo—, pero no entiendo nada de
lo que pone. O sea, es algo de economía, ya sabes...
—Y
¿por qué no sé lo preguntamos a los de Finanzas?
—Porque
siempre están hasta el culo. Les preguntas algo y no te responden hasta al cabo
de un mes. Mejor se lo preguntamos a ella directamente. Además, ya lo ha visto
y sabe por qué nos lo dio.
—¿De
verdad crees que es una buena idea?
—¿Tienes
alguna sugerencia mejor?
—Pero
¿de verdad quieres que la metamos en esto?
Anna-Maria
meneó impaciente la coleta.
—¡Pero
si fue ella quien me dio las fotocopias y las cartas! Y no la vamos a meter en
nada. ¿Cuánto podemos tardar? Diez minutos de sus vacaciones.
Anna-Maria
redujo rápidamente la velocidad y giró a la izquierda por la carretera de
Jukkasjärvi, aceleró hasta noventa, volvió a frenar y giró a la derecha hacia
Poikkijarvi. Sven-Erik mientras se agarraba a la puerta pensaba, por un lado,
que se debería haber tomado una pastilla contra el mareo y, por otro y sin
pretenderlo, en el gato, que odiaba ir en coche.
—Manne
ha desaparecido—comentó mirando los abetos decorados por los rayos de sol que
se iban quedando atrás, uno tras otro.
—Vaya—respondió
Anna-Maria—. ¿Cuánto tiempo lleva fuera?
—Cuatro
días. Nunca había tardado tanto en volver.
—Ya
volverá—dijo ella—. Todavía hace calor, es normal que quiera estar fuera.
—No—replicó
Sven-Erik con voz determinada—. Lo han atropellado. A ese gato ya no lo veo
más.
Le
habría gustado que Anna-Maria le contradijera, que protestara y que le
asegurara que estaba equivocado. Él insistiría en su convencimiento de que el
gato se había ido para siempre; así se desprendería de parte de la preocupación
y la tristeza, con la esperanza y el consuelo que ella le diera. Pero
Anna-Maria cambió de tema enseguida.
—Dejaremos
el coche un poco apartado—dijo—. Supongo que no le apetece llamar tanto la
atención.
—Oye,
pero ¿qué está haciendo aquí?—preguntó Sven-Erik.
—No
sé.
Anna-Maria
estuvo a punto de decir que le parecía que Rebecka no se encontraba demasiado
bien, pero se abstuvo porque entonces Sven-Erik seguro que la obligaría a
prescindir de la visita. En este tipo de cosas él siempre era más débil que
ella. Quizá se debía a que ella tenía críos en casa. Su instinto protector y de
consideración los agotaba por completo allí.
Rebecka
Martinsson abrió la puerta de la cabaña en la que se hospedaba y en cuanto vio
a Anna-Maria y a Sven-Erik se le esbozaron dos hendiduras en el entrecejo.
Anna-Maria
iba delante con un destello de entusiasmo en la mirada, como un setter que ha
olido algo. Sven-Erik detrás; a él Rebecka no lo había vuelto a ver desde que
estuvo en el hospital, haría dos años dentro de poco. El pelo fuerte que le
crecía alrededor de las orejas había pasado de color gris oscuro a gris
plateado y aún parecía que llevara un roedor muerto debajo de la nariz. Su
mirada estaba más cortada, como si comprendiera que no eran bienvenidos.
«Aunque
me hayan salvado la vida», pensó Rebecka.
Le
empezaron a aparecer recuerdos como pañuelos de seda pasando por las manos de
un mago. Sven-Erik al lado de la camilla en el hospital: «Entramos en su
apartamento y comprendimos que teníamos que dar contigo. Las niñas están bien.»
«Recuerdo
mejor lo de antes y lo de después—pensó Rebecka—. Antes y después. En realidad
debería preguntarle a Sven-Erik qué se encontraron cuando entraron en la
cabaña. Él me podría describir la escena de la sangre y los cuerpos.»
«Quieres
oírle decir que tenías razón», le dijo una
voz
interior. «Que fue en defensa propia, que no tenías elección. Pregúntaselo,
seguro que te dice lo que quieres oír.»
Entraron
y tomaron asiento, Sven-Erik y Anna-Maria en la cama de Rebecka y ella en la
única silla que había. En el pequeño radiador había una camiseta colgada, un
par de calcetines y unas bragas justo encima de la pegatina de ei saa peittaa.
Rebecka
le lanzó una mirada furtiva y apesadumbrada a la ropa mojada, pero ¿qué iba a
hacer? ¿Una bola y tirarla debajo de la cama? ¿O por la ventana, quizá?
—¿Y
bien?—dijo escueta, sin fuerzas para ser amable.
—Se
trata de las fotocopias que me pasaste—le explicó Anna-Maria—. Hay unas cuantas
que no entiendo.
Rebecka
se cogió las rodillas.
«Pero
¿por qué?—pensó—. ¿Por qué hay que recordar las cosas? ¿Por qué hay que
revolcarse en los recuerdos y machacarse una misma? ¿Quién puede garantizar que
sirve de ayuda? ¿Quién puede asegurar que no te estás ahogando en la
oscuridad?»
—Oye...—empezó.
Hablaba
en voz baja. Sven-Erik observaba sus delgados dedos por encima de las rótulas.
—...
tengo que pediros que os vayáis—continuó—. Os di las fotocopias y las cartas.
Las conseguí cometiendo un delito y si sale a la luz perderé el empleo. Además,
aquí la gente no sabe quién soy. Bueno, saben cómo me llamo, pero no que soy yo
la que estuvo metida en lo que pasó en Jiekajarvi.
—Venga—le
rogó Anna-Maria sin moverse del sitio, como si tuviera el trasero fundido con
la cama, a pesar de que Sven-Erik hiciera ademán de ponerse en pie—. Tengo una
mujer asesinada de la que preocuparme.
Rebecka
se encogió de hombros y después señaló la esquina superior derecha de la hoja.
—El
número de la organización empieza por ochenta y uno, así que es una fundación.
Sven-Erik
asintió con la cabeza.
—La
Fundación para el Cuidado de la Fauna Salvaje de la Congregación de
Jukkasjärvi—dijo Anna-Maria al cabo de unos segundos—. Es una fundación que
ella creó.
—No
le quedaba claro este gasto de formación—dijo Rebecka.
Volvió
a hacerse el silencio. Sven-Erik se espantaba una mosca que quería aterrizar
encima de él todo el tiempo.
—Parece
que esa mujer sacó de quicio a más de uno—dijo Rebecka.
Anna-Maria
sonrió sin alegría.
—Hablé
con uno de ellos ayer—le contó—. Odiaba a Mildred Nilsson porque su ex mujer
vivió en su casa con los niños cuando lo abandonó.
Le
contó a Rebecka lo de los gatos decapitados.
—Y
nosotros no podemos hacer nada—dijo para terminar—. Esos gatos de la calle no
representan ningún valor económico, así que no es delito de daños. Lo más
probable es que ni siquiera tuvieran tiempo de sufrir, así que tampoco es
maltrato animal. Hace que te sientas impotente, como si fueras de más provecho
en la frutería del súper. No sé, ¿a ti también te pasa?
Rebecka
esbozó media sonrisa.
—Yo
casi nunca trabajo con delitos—dijo esquiva—. Y cuando lo hago, son delitos
económicos. Pero sí, eso de estar del lado de la parte sospechosa... A veces
puedo sentir una especie de aversión hacia mí misma. Cuando tengo que
representar a una persona que carece por completo de remordimientos. Te dices
una y otra vez que «todo el mundo tiene derecho a una defensa» como excusa para
ese...
No
dijo la palabra «autodesprecio», sino que terminó la frase encogiéndose de
hombros.
Anna-Maria
se dio cuenta de que Rebecka Martinsson solía repetir mucho ese gesto. Quizá
para desprenderse de pensamientos incómodos, como si fuera una manera de
cortarles el paso. O quizá era como Marcus. Sus constantes encogimientos de
hombros eran una forma de marcar distancia respecto al resto del mundo.
—Y
¿nunca te has planteado cambiar de lado?—le preguntó Sven-Erik—. Casi siempre
están buscando ayudantes de fiscal; nadie se acaba quedando aquí arriba.
Rebecka
sonrió un tanto forzada.
—Bueno,
claro—dijo Sven-Erik y se le notó que se sentía como un idiota—, supongo que
cobras tres veces más que un fiscal.
—No
es eso—se excusó Rebecka—. Ahora mismo no estoy trabajando, propiamente dicho,
así que el futuro es...
Volvió
a encogerse de hombros.
—Pero
me dijiste que estabas aquí por trabajo—replicó Anna-Maria.
—Bueno,
de vez en cuando hago alguna cosita. Y como uno de los socios tenía que subir,
le dije que quería acompañarlo.
«Está
de baja», comprendió Anna-Maria.
Sven-Erik
le lanzó una mirada de menos de un segundo en señal de que él también lo había
entendido.
Rebecka
se puso en pie para dar a entender que la conversación había llegado a su fin.
Se despidieron.
Cuando
Sven-Erik y Anna-Maria habían dado unos pocos pasos oyeron la voz de Rebecka
Martinsson.
—Amenazas
ilícitas—dijo.
Los
dos policías se giraron. Rebecka estaba de pie en el porche de la caseta
apoyada en uno de los postes que aguantaban el tejado, con el cuerpo un poco
inclinado.
«Parece
tan joven», pensó Anna-Maria. Dos años atrás tenía el aspecto de una joven
promesa que iba a hacer carrera. Delgada, con ropa cara y un peinado de verdad,
no con el pelo liso como Anna-Maria. Ahora Rebecka llevaba el pelo más largo y
sin ningún peinado en especial, sino que también le caía liso. Vestía vaqueros
y camiseta de manga corta, sin maquillaje y con la cadera asomando por la
cintura del pantalón. Y esa postura cansada pero erguida apoyada contra el
poste hizo que Anna-Maria se pusiera a pensar en esa clase de niños adultos con
los que de vez en cuando se topaba en el trabajo. Criaturas que cuidaban de sus
padres alcohólicos o mentalmente enfermos, preparaban la comida a sus hermanos,
mantenían el tipo todo lo que podían y le mentían a los servicios sociales y a
la policía.
—El
hombre de los gatitos—continuó Rebecka—. Son amenazas ilícitas. Parece que con
su actitud pretendía infundir miedo a su ex mujer. Según la ley no tienen por
qué ser amenazas orales. Y ella tuvo miedo. Quizá podría ser un delito de
intimidación. En función de qué otras cosas haya hecho, podría ser suficiente
como base para una orden de alejamiento.
Cuando
Sven-Erik Stålnacke y Anna-Maria Mella se alejaron por la carretera hacia el
coche, se cruzaron con un Mercedes de color ocre. Dentro iban Lars-Gunnar y
Nalle Vinsa. Lars-Gunnar les miró todo el tiempo que
duró
el encuentro y Sven-Erik levantó la mano para saludarlo, pues no hacía tantos
años que Lars-Gunnar se había jubilado.
—Es
verdad—dijo Sven-Erik siguiendo el Mercedes con la mirada mientras se metía en
el aparcamiento del Bar-Restaurante Micke—. Vive aquí en el pueblo. Me pregunto
cómo estará el chico.
El
párroco Bertil Stensson estaba haciendo la misa de mediodía en la iglesia de
Kiruna, como solía hacer cada quince días para que la gente de la ciudad
pudiera celebrar la eucaristía durante la pausa de la comida. En total había
unas veinte personas reunidas en la pequeña sala.
El
vicario Stefan Wikström estaba sentado en la quinta fila al lado del pasillo y
arrepintiéndose de haber ido.
Un
recuerdo apareció en su memoria: su padre, párroco también, sentado en el sofá
de la cocina de casa. Stefan está a su lado, con unos diez años, más o menos.
El chico va hablando con algo en la mano, algo que le quiere enseñar, pero
ahora no recuerda qué. Su padre sostiene el periódico delante de la cara como
el velo del Santuario v, de pronto, el niño se echa a llorar. De fondo, voz
suplicante de su madre: «Podrías hacerle caso un rato, te ha estado esperando
todo el día.» Por el rabillo del ojo Stefan ve que su madre lleva puesto el
delantal, así que debe de ser casi la hora de la cena. El padre baja el
periódico irritado por la interrupción de la lectura, el único momento de
descanso del día antes de cenar; también ofendido por las acusaciones.
El
padre de Stefan llevaba varios años muerto y su pobre madre también, pero era
exactamente así como el
párroco
le hacía sentir ahora mismo, como el niño irritante que sólo quiere llamar la
atención.
Stefan
había intentado librarse de la misa del mediodía. Una voz en su interior le
había dicho con decisión: «¡No vayas!», pero aun así acabó yendo. Se había
dicho a sí mismo que no iba por la presión del párroco Bertil Stensson, sino
porque necesitaba la eucaristía.
Había
imaginado que todo sería más fácil a partir de la muerte de Mildred, pero
resultó ser lo contrario. El día a día se había hecho más difícil. Mucho más
difícil.
«Es
como lo del hijo pródigo», pensó.
Él
había sido el hijo responsable y concienzudo que vivía en casa. Cuántas veces a
lo largo de los años le había echado una mano a Bertil aceptando funerales
aburridos, misas pesadas en hospitales y residencias de ancianos, haciéndole el
trabajo de papeleo al párroco, ya que Bertil era desastroso en todo lo
administrativo. Y abriéndole la iglesia a los jóvenes los viernes por la tarde.
Bertil
Stensson era vanidoso. Había acaparado toda la colaboración con la iglesia de
hielo en Jukkasjärvi. Las bodas y bautizos en la iglesia de hielo eran suyos y
también había logrado hacerse cargo de cualquier evento que tuviera la más
mínima posibilidad de salir en la prensa local, como por ejemplo el grupo de
crisis tras el accidente de autocar en el que perdieron la vida siete
adolescentes que habían ido a esquiar, o servicios religiosos encargados de
manera especial para la causa sami. Entre una cita y otra, el párroco gustaba
mucho de no hacer nada y era precisamente Stefan el que hacía que todo eso
fuera posible, el que cubría los huecos y se ocupaba de todo lo que era
necesario.
Mildred
Nilsson había sido como el hijo pródigo. O mejor dicho, como el hijo pródigo
debía ser mientras vivía en casa, antes de que la inquietud se lo llevara a
tierras desconocidas. Desordenado e intranquilo debió de poner de los nervios a
su padre, igual que Mildred.
Todo
el mundo pensaba que él, Stefan, era el que menos soportaba a Mildred, pero
estaban equivocados. Lo que ocurría era que Bertil había sido más hábil en
esconder su rechazo.
Con
ella en vida las cosas eran distintas. Todo lo que ella tocara implicaba bronca
y desavenencias, y Bertil se alegraba y agradecía la presencia de Stefan, el
chico de la casa. Stefan recordó cómo Bertil solía entrar en su despacho en el
local de la congregación. Tenía una manera especial, un código que decía: eres
mi elegido. Se plantaba en el umbral de la puerta como un búho, con su pelo
espeso y plateado, su cuerpo rechoncho y con las gafas de leer subidas a la
cabeza o en la punta de la nariz. Stefan solía levantar la mirada de los
papeles mientras Bertil le miraba casi de manera imperceptible por encima del
hombro, se metía en el despacho y cerraba la puerta tras de sí. Luego se
desplomaba en el sillón de visitas que tenía Stefan con un suspiro de liberación.
Y sonreía.
Algo
hacía clic dentro de Stefan cada vez que aquello ocurría. Normalmente, el
párroco no tenía ninguna tarea especial, podía tratarse de consejos para
asuntos de poca importancia, pero daba la impresión de que lo que quería era
estar tranquilo un rato. Todo el mundo acudía a Bertil y Bertil se escondía
donde Stefan.
Pero
después de la muerte de Mildred aquello cambió. Ella ya no estaba presente como
una molesta costura en el zapato del párroco y de repente parecía que la
lealtad de Stefan era la que empezaba a producir rozaduras. Ahora Bertil solía
decir: «Tampoco hace falta ser tan formales» y «Seguro que Dios nos deja ser
prácticos», palabras que había adoptado de Mildred.
Cuando
Bertil hablaba de ella, era con un tono tan exageradamente positivo que Stefan
se sentía físicamente mareado por todas las mentiras.
Bertil
ya no iba a ver a Stefan a su despacho. El vicario se quedaba allí sentado
incapaz de hacer nada, sufriendo y esperando.
A
veces, el párroco pasaba por delante de la puerta abierta, pero ahora el código
era otro, eran otras señales: pasos rápidos, una mirada furtiva al interior del
despacho, un saludo con la cabeza, una sonrisa apresurada. Significaba
«voy-justo-de-tiempo-cómo-va-eso», y antes de que Stefan siquiera pudiera
corresponder, la sonrisa del párroco ya había desaparecido.
Antes
siempre sabía dónde estaba el párroco. Ahora, en cambio, no tenía la menor
idea. El personal administrativo le preguntaba a Stefan por Bertil y le miraban
de forma rara cuando él, sonriendo forzado, sacudía la cabeza.
Era
imposible superar a la difunta Mildred, que en tierra extraña se había
convertido en la hija predilecta del padre.
La
misa estaba a punto de terminar. Cantaron un salmo final y se marcharon con la bendición
de Dios.
Stefan
debería haberse ido inmediatamente. Directo a casa. Pero no pudo evitar que sus
pies lo acercaran hasta donde estaba Bertil.
Éste
hablaba con uno de los asistentes a la misa y le lanzó una mirada a Stefan por
el rabillo del ojo sin dejarle entrar en la conversación y haciéndole esperar.
Qué
mal se habían puesto las cosas. Si Bertil tan sólo lo hubiera saludado, Stefan
podría haberle dado las gracias por la misa y haberse marchado, pero ahora
estaba forzado a inventarse algún asunto.
Por
fin, el hombre concluyó la conversación y se fue. Stefan se sintió obligado a
explicar su presencia en la misa.
—Sentía
que necesitaba la eucaristía—le dijo a Bertil, que asintió con la cabeza.
El
mayordomo se llevó el vino y las hostias e intercambió una mirada con el
párroco. Stefan los siguió hasta la sacristía y participó, sin que se lo
propusieran, en la bendición del pan y del vino.
—¿Te
han dicho algo los del bufete de abogados?—preguntó al terminar la bendición—.
Sobre la fundación para los lobos y eso...
Bertil
se quitó el cuello del ritual, la estola y la casulla con cierto engorro.
—No
sé—dijo—. Al final quizá no la disolvemos, a pesar de todo. Aún no me he
decidido.
El
párroco se tomó todo el tiempo del mundo para echar el vino en el canalillo de
los líquidos sagrados y poner las hostias en el ciborio. Stefan hace rechinar
los dientes.
—Pensaba
que estábamos de acuerdo en que la parroquia no puede tener una fundación de
ese tipo—dijo en voz baja.
«Y
además es una decisión del consejo, no sólo tuya», pensó.
—Sí,
sí, pero por el momento está ahí, quieras o no—respondió el párroco con cierta
impaciencia que Stefan captó perfectamente en su suave tono de voz—. El tema de
si quiero cubrir los gastos para proteger a la loba o invertir el dinero en
formación, ya lo tocaremos a mediados de otoño.
—>Y
el arriendo de caza?
Bertil
dibujó una gran sonrisa.
—Vamos,
¿no nos pondremos tú y yo a discutir sobre esto? Es una decisión que tomará el
consejo cuando llegue el momento oportuno.
El
párroco le dio unas palmadas en el hombro a Stefan y se marchó.
—¡Saluda
a Kristin!—le dijo sin girarse.
A
Stefan se le hizo un nudo en la garganta. Se miró las manos y sus dedos largos
y rígidos, dedos de verdadero pianista, como solía decir su madre. Los últimos
meses, cuando vivía en un apartamento de la residencia de ancianos y solía
confundirlo con su padre, la murga de sus dedos de pianista terminaba por
sacarle de quicio. Ella le agarraba las manos y le ordenaba al personal que las
contemplara: «Mirad sus manos, sin ninguna marca de trabajo. Dedos de pianista,
manos de escritorio.»
Saluda
a Kristin.
Si
se miraban las cosas tal y como eran en realidad, casarse con ella había sido
el mayor error de su vida.
Stefan
sintió que se endurecía por dentro, contra Bertil y contra su esposa.
«Llevo
cargando con ellos demasiado tiempo—pensó—. Ya va siendo hora de que se
termine.»
Su
madre debió de entender lo de Kristin. Lo que le atrajo de ella fue
precisamente el parecido que tenían las dos, el aspecto un tanto de muñeca, las
formas agradables, el buen gusto.
Por
supuesto que su madre se dio cuenta. «Muy personal», había comentado la madre
haciendo referencia a la casa de Kristin el día que conoció a la novia de su
hijo, cuando él estaba estudiando en Uppsala. «Agradable.» «Personal» y
«agradable», dos buenas palabras a las que recurrir cuando no se podía decir
«bonito y con estilo»
sin
mentir. Y recordó la sonrisa casi burlona de su madre cuando Kristin le enseñó
sus adornos de siemprevivas y rosas secas.
No,
Kristin era una niña que era más o menos buena en imitar y copiar a otros, pero
nunca llegó a ser el tipo de esposa de pastor como lo fue su madre. Y menuda
sorpresa se llevó la primera vez que fue a casa de la desordenada Mildred,
cuando invitó a los compañeros y a sus familias a tomar el ponche navideño. La
mezcla de gente, las familias de los pastores, Mildred, su marido paródicamente
oprimido con la barba y el delantal y las tres mujeres que por el momento se
habían refugiado en la casa rectoral de Poikkijarvi, había sido de lo más
interesante. Una de las mujeres tenía dos hijos imposibles de aguantar.
Pero
la casa de Mildred era como un cuadro de Cari Larsson. La misma levedad,
acogedora pero nunca sobrecargada y con el estilo simple que había reinado en
casa de Stefan durante toda su infancia. Stefan no había conseguido encajar
aquel ambiente con Mildred. «¿Es ésta su casa?», pensó. Más bien se había
esperado un caos bohemio con montones de artículos de revista guardados,
estanterías de almacén y cojines y mantas orientales.
Recordó
a Kristin tras aquel ponche: «¿Por qué no vivimos en la casa rectoral de
Poikkijarvi?—le preguntó—. Es más grande, nos iría mejor a nosotros que tenemos
hijos.»
Su
madre bien había visto que aquel aire delicado de Kristin que lo atraía no era
tan sólo delicado sino también muy desgarrado. Algo roto y afilado con lo que
Stefan se haría daño tarde o temprano.
De
repente le invadió una enérgica amargura hacia su madre.
«¿Por
qué no dijo nada?—pensó—. Me debería haber avisado.»
Y
Mildred. Mildred, que utilizaba a Kristin.
Recordó
aquel día de principios de mayo que apareció con aquellas cartas en la mano.
Intentó
expulsar a Mildred de la memoria, pero era igual de molesta ahora que entonces.
Avanzaba a paso pesado, lo mismo que antes.
—Muy
bien—dice Mildred y entra como un torbellino en el despacho de Stefan.
Es
el 5 de mayo. Antes de dos meses ya estará muerta, pero ahora está más que
viva. Tiene las mejillas y la nariz rojas como manzanas recién lustradas. Entra
y cierra la puerta con el pie.
—¡No,
siéntate!—le dice a Bertil, que intenta levantarse del sillón de invitados con
intención de escabullirse—. Quiero dirigirme a los dos.
«Dirigirme»,
¿qué se puede decir ante un inicio de ese tipo? Sólo eso ya lo dice todo sobre
cómo podía ser aquella mujer.
—He
estado pensando en eso de la loba—comienza diciendo.
Bertil
se pasa una pierna por encima de la otra y cruza los brazos en el pecho. Stefan
se reclina sobre el respaldo de su silla alejándose de ella todo lo posible. Se
sienten criticados y sermoneados ya antes de que les haya explicado lo que
tiene en mente.
—La
parroquia le alquila sus tierras a la asociación de cazadores de Poikkijarvi
por mil coronas al año—continúa—. El contrato dura siete años y se prolonga
automáticamente si nadie lo rescinde. Así ha funcionado desde mil novecientos
cincuenta y siete. El párroco de entonces vivía en la casa del cura y le
gustaba cazar.
—¿Pero
qué tiene eso que ver con...?—empieza Bertil.
—¡Déjame
terminar! En verdad, cualquiera puede entrar en la asociación, pero la junta
directiva y el grupo de caza son los que le sacan más provecho al arriendo de
las tierras. Y como por reglamento el equipo de caza no puede pasar de veinte
miembros, nadie más puede entrar. En la práctica, la junta directiva no acepta
a ningún socio nuevo hasta que fallezca uno antiguo. Y todos los de la junta
son miembros del grupo de caza, así que son los mismos tíos en un sitio que en
otro. En los últimos trece años no ha entrado ningún miembro nuevo.
Interrumpe
el discurso y mira fijamente a Stefan.
—Excepto
tú, claro. Te eligieron después de que Elis Wiss abandonara el grupo de manera
voluntaria, hará seis años, ¿verdad?
Stefan
no responde nada y es por la manera en que Mildred ha pronunciado la palabra
«voluntaria» que siente que le hierve la sangre por dentro, pero deja que
Mildred continúe hablando:
—Según
el reglamento, sólo el grupo de caza tiene autorización para cazar con balas,
así que al final se han adueñado de toda la caza de alces. Respecto al resto de
la caza, ciertos miembros seleccionados pueden sacarse permisos para un día,
pero todas las piezas que cazan se reparten entre los miembros activos de la
asociación y es, ¡sorpresa!, la junta directiva la que decide cómo hay que
hacer la repartición. Pero yo pienso lo siguiente: tanto la empresa LKAB como
Yngve Bergqvist están interesados en el arriendo, LKAB por sus empleados e
Yngve por el turismo. Así que podríamos aumentar considerablemente la tarifa, y
me refiero a una suma realmente grande. Con ese dinero podríamos hacer una
explotación forestal razonable porque, hablando en serio, ¿a qué se dedica
Torbjörn Ylitalo? ¡Le hace recados al grupo de caza! Es que incluso le estamos
poniendo un empleado gratis a ese club de machitos.
Torbjörn
Ylitalo es el guarda forestal de la parroquia. También es uno de los veinte
miembros del grupo de caza y representante de la asociación de cazadores.
Stefan sabe que gran parte de la jornada laboral de Torbjörn consiste en
planear la caza con Lars-Gunnar, que es el jefe del grupo, mantener los
refugios de caza de la parroquia, las torres de vigía y los puestos de
vigilancia.
—Conclusión—dice
Mildred para terminar—. Tendríamos dinero para la explotación forestal pero,
sobre todo, para la protección de la loba. La parroquia puede donar el arriendo
a la fundación. La Dirección Nacional de Protección de la Naturaleza ya la ha
marcado, pero hace falta más dinero para vigilarla.
—La
verdad es que ni siquiera entiendo por qué sacas este tema a relucir conmigo y
con Stefan—la interrumpe Bertil con voz muy tranquila—. Sea como sea, hacer
cambios en el arriendo sería un tema que le toca tratar al consejo parroquial.
—Pues
en mi opinión—responde Mildred— es un tema que le toca tratar a la
congregación.
Se
hace silencio en el despacho. Bertil asiente una vez con la cabeza y Stefan
siente un dolor en el hombro izquierdo que le empieza a subir por el cuello.
Los
dos entienden perfectamente a qué se refiere. Pueden ver claramente qué tono adoptará
la discusión si le proponen el tema a la congregación y, por supuesto, a la
prensa. El club de machitos que caza gratis en las tierras de la parroquia e
incluso se queda con los animales que capturan otros.
Stefan
pertenece al grupo de caza, con lo cual no se librará.
Pero
el párroco también tiene motivos para cubrirle las espaldas al grupo de caza,
pues le mantienen llena la nevera. Bertil siempre puede invitar a solomillo de
alce o a ave salvaje. Y también le han hecho más favores, como la cabaña de
madera, por ejemplo. Se la construyeron los miembros del equipo y se la
mantienen como compensación por su aprobación silenciosa al reino que tienen en
su poder.
Stefan
piensa en su puesto en el equipo. No, lo siente como si fuera una piedra
caliente y lisa en su bolsillo. Eso es lo que es: su amuleto secreto de la
suerte. Todavía recuerda cuando le dieron el puesto. Bertil le pasaba el brazo
por los hombros mientras lo presentaba a Torbjörn Ylitalo, el guarda forestal.
«Stefan caza—dijo el párroco—, le parecería divertido tener un sitio en el
equipo.» Y Torbjörn, señor feudal en el reino de la parroquia, asintió con la
cabeza sin siquiera permitirse una mueca de desacuerdo. Dos meses después Elis
Wiss renunció al puesto tras cuarenta y tres años. Stefan fue acogido entre los
veinte.
—Es
injusto—dice Mildred.
El
párroco se levanta del sofá de invitados.
—Discutiré
esto contigo cuando no actúes empujada por las emociones—le dice a Mildred.
Y se
marcha dejando a Stefan a solas con ella.
—Ya
veremos cómo lo hacemos—le comenta Mildred a Stefan—. Sólo de pensar en ello me
emociono.
Y
esboza una gran sonrisa.
Stefan
la mira estupefacto. ¿De qué se ríe? ¿Es que no entiende que acaba de ponerse
la etiqueta de imposible? ¿Que acaba de declarar una guerra sin igual? Es como
si dentro de esta mujer ciertamente inteligente, porque lo
es,
tiene que reconocerlo, haya una idiota subnormal quei no deja de decir
estupideces. ¿Y ahora qué hace él? No puede irse sin más, es su propio
despacho, así que se queda titubeando sentado donde está.
Y de
pronto Mildred lo mira con seriedad, abre el bolso, saca tres sobres y se los
da. Es la letra de su esposa.
Stefan
se levanta y coge las cartas mientras siente una punzada en el diafragma.
Kristin. ¡Kristin! Sabe de qué tipo de cartas se trata aun sin haberlas leído.
Después se desploma de nuevo sobre la silla.
—Dos
tienen un tono bastante desagradable—apunta Mildred.
Sí,
ya se lo imagina. No es la primera vez, sino que más bien es la cantilena
habitual de Kristin. Aunque presente algunas variaciones, siempre es la misma
canción. Ya ha pasado por ello dos veces. Han llegado a un destino nuevo y
Kristin dirige unos coros infantiles y participa en la escuela dominical, un
pajarito encantador que canta todas las promesas del nuevo hogar en todos los
tonos posibles. Pero cuando ha pasado el primer enamoramiento, tiene que
llamarlo así, empieza el descontento de Kristin. Injusticias reales e
imaginadas que va acumulando en un álbum de recuerdos, un período de jaquecas,
visitas al médico y acusaciones que caen sobre Stefan, que no se toma en serio
el malestar de su esposa. Después hay algo que chirría entre ella y algún empleado
o algún miembro de la congregación y enseguida levanta el hacha de guerra en el
pueblo. En el último sitio acabó montando un circo en toda regla, con el
sindicato de por medio y uno de los administrativos de la oficina parroquial
que quería que le consideraran el colapso psíquico como accidente laboral. Y
Kristin, que se sentía acusada de manera injusta. Al final, el inevitable
traslado. La primera vez fue con
un
crío, la segunda con tres. Ahora el mayor va al instituto, una etapa muy
delicada.
—Tengo
dos más del mismo estilo—dice Mildred.
Cuando
se va, Stefan se queda sentado con las cartas en la mano derecha.
Tiene
la sensación de que lo ha cazado como si fuera una perdiz, pero no está seguro
de si está pensando en Mildred o en su propia mujer.
Máns
Wenngren, el jefe de Rebecka Martinsson, estaba sentado en el sillón de su
despacho haciéndolo chirriar. No se había dado cuenta hasta ahora de que cuando
lo subía o bajaba hacía un ruido de lo más irritante y mientras jugaba así,
pensó en Rebecka por unos minutos. Después se le fue de la cabeza.
Tenía
montones de cosas que hacer: llamadas de teléfono, correos por contestar y
clientes a los que entretener. Sus abogados adjuntos habían empezado a dejarle
notas y post-its amarillos con mensajitos en el asiento del sillón para que los
viera. Pero sólo faltaba una hora para ir a comer, así que mejor posponerlo
todo un poco más.
Solía
definirse a sí mismo como inquieto y de fondo casi podía oír a su ex mujer
diciendo: «Bueno, suena mejor que temperamental, infiel y con necesidad de huir
de sí mismo.» Pero lo de inquieto era de lo más cierto. La intranquilidad se
había apoderado de él ya en la cuna. Su madre solía contar cómo se pasaba las
noches del primer año berreando hasta el amanecer. «Cuando aprendió a caminar
se calmó un poco. Por un tiempo.»
Su
hermano, tres años mayor, había contado infinidad de veces la historia de
cuando vendían árboles de Navidad. Uno de los arrendatarios de la familia les
había propuesto a Máns y a su hermano un trabajito extra como vendedores. Eran
buenos chicos. Máns acababa de empezar el colegio, pero ya sabía contar, desde
luego que sí, bien lo sabía su hermano. Y especialmente cuando se trataba de
dinero.
Así
que los dos renacuajos de siete y diez años se pusieron a vender árboles de
Navidad. «Y Máns se sacaba un pastón, mucho más que el resto de nosotros»,
contaba su hermano. «No entendíamos cómo lo hacía porque por cada árbol se
llevaba cuatro coronas de comisión, igual que los demás. Pero mientras nosotros
estábamos allí quietos pelándonos de frío esperando a que se hicieran las
cinco, Máns iba de un lado a otro y hablaba con los vejetes y las señoras que
miraban lo que había por allí. Y si a alguien le parecía que el árbol era
demasiado largo, él se ofrecía para cortarlo allí mismo, y nadie se le resistía
a un chavalín con una sierra que era igual de grande que él. Y ahora viene lo
mejor: a los pedazos de tronco serrados, les cortaba también las ramas, con las
cuales hacía grandes ramos que luego vendía por cinco coronas y que iban
directamente a su bolsillo. El arrendatario, ¿cómo cono se llamaba?, ¿era
Mártensson?, se ponía negro. Pero ¿qué le iba a hacer?»
Aquí
el hermano hacía un alto en la historia y levantaba las cejas, lo cual lo decía
todo sobre la impotencia del arrendatario frente a la astucia del hijo del
propietario de las tierras. «Hombre de negocios—terminaba diciendo—, al fin y
al cabo, hombre de negocios.»
Máns
se había defendido contra esa etiqueta hasta llegado a la edad madura. «La
abogacía no es lo mismo que un negocio»—decía siempre.
«Y
una leche que no lo es—le replicaba su hermano—. Claro que lo es.»
Por
su parte, su hermano se había pasado los primeros años de su vida adulta en el
extranjero haciendo Dios sabe qué y otras cosas hasta que volvió a Suecia y
asentó la cabeza y se licenció como trabajador social. Ahora era jefe de los
servicios sociales en la ciudad de Kalmar.
Con
el paso del tiempo, Máns había dejado de defenderse ante su hermano. ¿Por qué
había que poner siempre excusas por el éxito alcanzado?
Ahora
ya respondía con un «Por supuesto, negocios y pasta en el banco», y luego solía
hablar del último éxito profesional que había conseguido, el último coche que
se había comprado o, simplemente, el último teléfono móvil.
Máns
podía captar el odio de su hermano a través de los ojos de su cuñada, aunque no
lo entendía. Su hermano había llevado adelante su matrimonio. Sus hijos iban a
verlo.
«Se
acabó, voy a hacerlo», pensó y se levantó de la silla musical.
Maria
Taube canturreó un adiós y colgó el teléfono. Malditos clientes que llamaban y
empezaban a vomitar preguntas tan imprecisas que era imposible responderlas.
Tardabas media hora sólo para intentar enterarte del motivo de la llamada.
Picaron
a la puerta y antes de que pudiera responder, Máns ya asomaba la cabeza.
«¿De
verdad no aprendiste nada en el internado de Lundsberg?—pensó irritada—. Como
por ejemplo esperar a oír un "adelante".»
Como
si Máns le hubiera leído el pensamiento, tras la sonrisa, preguntó:
—¿Tienes
un minuto?
«¿Cuándo
le respondieron por última vez con un no
a
esa pregunta?», pensó Maria invitándole con un gesto a sentarse en la silla de
visitas y luego apretó el botón de restricción de llamadas entrantes.
Máns
cerró la puerta, lo cual era una mala señal. La cabeza de Maria empezó a hurgar
en la memoria en busca de algo que se le hubiera pasado por alto o que se le
hubiera olvidado, algún cliente que tuviera motivos para estar descontento,
pero no se le ocurrió nada. Eso era lo peor de este trabajo. Podía aguantar el
estrés, la jerarquía y las horas extra, pero ese abismo de oscuridad que a
veces se le abría bajo los pies... Como el fallo que había cometido Rebecka.
Tan fácil echar a perder un puñado de millones.
Máns
tomó asiento y paseó la mirada por el despacho mientras se repiqueteaba el
muslo con los dedos.
—Bonito
paisaje—sonrió burlón.
Al
otro lado de la ventana se alzaba la fachada amarronada y sucia del edificio
vecino. Maria se rió, pero no dijo nada.
«Suéltalo
de una vez», pensó.
—¿Cómo
va con...?
Máns
terminó la pregunta con un gesto hacia los montones de papel que había sobre la
mesa.
—Bien—respondió
Maria deteniéndose antes de ponerse a hablar sobre algo en lo que estuviera
trabajando.
«No
lo quiere saber», pensó para disuadirse a sí misma.
—Oye...,
¿sabes algo de Rebecka?—le preguntó Máns.
Los
hombros de Maria Taube cayeron un centímetro.
—Sí.
—Torsten
me dijo que se quedaba unos días más allí arriba.
—Sí.
—¿Qué
está haciendo?
Maria
dudó.
—No
lo sé muy bien.
—Vamos,
Taube, no seas tan difícil. Sé que fuiste tú quien le propuso que subiera. Y,
sinceramente, no me parece que fuera una idea demasiado brillante. Así que
ahora quiero que me digas cómo está.
Hizo
una pausa.
—Es
que su puesto de trabajo está aquí.
—Pregúntaselo
directamente a ella—le dijo Maria.
—No
es tan fácil. La última vez que lo intenté montó todo un numerito, no sé si te
acuerdas.
Maria
recordó la imagen de Rebecka remando con fuerza para alejarse de la fiesta de
la empresa. Estaba loca.
—No
puedo hablar de Rebecka contigo. Ya los sabes. Se pondría furiosa.
—Y
yo, ¿qué?—preguntó Máns.
Maria
Taube sonrió dulcemente.
—Tú
siempre estás mosqueado—dijo.
Máns
esbozó media sonrisa, animado por aquella pequeña falta de respeto.
—Recuerdo
cuando empezaste a trabajar para mí—comentó—. Buena y encantadora. Hacías lo
que se te pedía.
—Lo
sé—respondió Maria—. Hay que ver lo que este bufete hace con la gente...
Rebecka
Martinsson y Nalle aparecieron delante de la puerta de Siwing Fjállborg como
dos jornaleros. Éste los recibió como si los estuviera esperando y les invitó a
bajar al cuarto de la caldera. Bella estaba durmiendo en una caja de madera
preparada con mantas, con los cachorros amontonados junto a su vientre. Cuando
los invitados entraron, se limitó a abrir un ojo y a golpear el suelo con la
cola a modo de saludo.
Hacia
la una del mediodía Rebecka había ido a buscar a Nalle a su casa. Su padre,
Lars-Gunnar, le abrió y, al lado de su inmensa estatura que se erguía en el
umbral de la puerta, Rebecka se había sentido como una chiquilla de cinco años
que le pregunta al padre de su amiga si la dejan salir a jugar con ella.
Siwing
preparó la cafetera y puso sobre la mesa tazas con dibujos de flores amarillas,
de color naranja y marrón. Sirvió también unas tortas de pan en una cestita y
sacó del frigorífico sacó mantequilla salada y un paquete de salami.
En
el sótano se estaba fresco. El olor a perro y café recién hecho se mezclaban
con el suave aroma de la tierra y el cemento. Los rayos del sol entraban por la
estrecha ventanilla que había junto al techo.
Siwing
miró a Rebecka y pensó que debía de haber ido a buscar ropa al ropero de su
abuela porque reconocía aquel anorak negro con copos blancos. Se preguntó si
ella sabría que una vez perteneció a su madre. Probablemente no.
Y
tampoco nadie le habría comentado jamás lo mucho que se parecía a ella. Tenía
el mismo pelo, oscuro y largo, las mismas cejas marcadas, aquella forma de ojos
un poco cuadrada, el iris de un color arena claro difícil de determinar y con
el borde oscuro.
Los
cachorros se despertaron. Grandes patas y orejas, colas como pequeñas hélices
golpeaban y armaban ruido y alboroto contra el lateral de la caja de madera.
Rebecka y Nalle se sentaron en el suelo y compartieron con ellos parte de sus
bocadillos mientras Siwing recogía la mesa.
—No
hay nada que huela tan bien—afirmó Rebecka apretando su nariz en la oreja de
uno de los cachorros.
—Pues
justo ése no está apalabrado—dijo Siwing—. ¿Te animas?
El
cachorro mordisqueaba la mano de Rebecka con sus dientes afilados. Tenía el
pelo de color chocolate y tan corto y suave que parecía piel de bebé. Las patas
de atrás eran blancas de mitad para abajo.
Lo
dejó en el cajón y se puso en pie.
—No
puedo. Os espero fuera.
Había
estado a punto de decir que trabajaba demasiado para tener perro.
Rebecka
y Siwing cogían las patatas. Siwing iba por delante y estiraba los tallos con
la mano sana y Rebecka le seguía con la azada.
—Remover
y cavar—dijo Siwing— me resulta imposible. Si no, había pensado pedírselo a
Lena, que sube este fin de semana con los niños.
Lena
era su hija.
—Lo
hago encantada—respondió Rebecka.
La
azada entraba bien en la tierra arenosa y Rebecka podía recoger las patatas que
se soltaban del tallo y quedaban enterradas.
Nalle
correteaba por el césped con una pluma de urogallo que llevaba atada a un
cordón y jugaba con los cachorros. De vez en cuando Rebecka y Siwing se
incorporaban y echaban un vistazo hacia allí. Era imposible no sonreír. Nalle
iba con el cordón en la mano tan por encima de la cabeza como le llegaba el
brazo, pegando berridos. Corría levantando las rodillas mientras los perros lo
seguían como una jauría con un desenfrenado espíritu de caza. Bella se había
tumbado a un lado a calentarse con el sol del otoño y de vez en cuando
levantaba la cabeza para atrapar algún tábano pesado o para echarle un ojo a
los pequeñuelos.
«Es
evidente que yo no soy normal—pensó Rebecka—. No consigo relacionarme con mis
compañeros de trabajo, que son de mi misma edad, pero con un viejo y con un
retrasado, entonces sí, siento que puedo ser yo misma.»
—Me
acuerdo de cuando era pequeña—dijo—. Después de que los mayores recogierais las
patatas, siempre hacíais fuego por la tarde y los niños podíamos asar las
patatas que habían quedado enterradas.
—Carbonizadas
por fuera, medio hechas por debajo de la piel y crudas por dentro. Ya me
acuerdo, ya. Y de vosotros, cuando entrabais, llenos de hollín y de tierra de
pies a cabeza.
Rebecka
sonrió al recordarlo. Los críos habían aprendido a tenerle respeto al fuego
porque no les dejaban tocarlo, pero la tarde después de la recogida de la
patata era una excepción. Entonces el fuego era suyo. Eran ella, sus
primos
y Lena y Mats, los hijos de Siwing. Se sentaban a mirar las llamas rodeados por
la oscuridad del otoño, removían un poco con palos y se sentían como indios en
un libro de aventuras.
No
volvían a casa de la abuela hasta las diez o las once, que ya era casi noche
cerrada, felices y sucios. A esas horas los mayores ya habían tomado una sauna
hacía rato y estaban haciendo la sobremesa. La abuela, Inga-Lili, la esposa de
Affe, y Maj-Lis, la mujer de Siwing, tomaban té mientras que Siwing y el tío
Affe estaban cada uno con su cerveza Tuborg. Rebecka aún se acordaba de los
hombres que salían' en la etiqueta. «Hvergang».
Ella
y los demás niños eran lo bastante prudentes como para quedarse en el recibidor
y no entrar en la cocina con medio campo de patatas encima.
—Ya
llegan los cafres—decía Siwing riendo—. No puedo decir cuántos son porque el
recibidor está más oscuro que una mina y tienen la piel negra como el carbón.
Echaos a reír para que podamos contar las filas de dientes.
Y se
reían. La abuela les sacaba toallas y luego bajaban corriendo a la sauna junto
al río y aprovechaban el último calor que quedaba.
Cuando
Anna-Maria Mella llegó, el representante de la asociación de cazadores de
Poikkijarvi, Torbjörn Ylitalo, cortaba leña en el jardín de espaldas a ella y
con cascos para protegerse los oídos, por lo que no se enteró de que tenía
visita. Anna-Maria aprovechó la ocasión para echar un vistazo a su alrededor
con más detalle.
Las
ventanas tenían cortinas a cuadros pequeños y detrás había geranios bien
cuidados, por lo que probablemente estaría casado. Los arriates estaban limpios
de malas hierbas y no había ni una sola hoja caída en el césped. La valla de
madera estaba pintada de rojo y las puntas de las tablillas eran blancas.
Anna-Maria
pensó en la valla de su casa, llena de manchas verdes, y en la pintura plástica
que estaba saltando en la fachada sur.
«El
verano que viene tenemos que pintar», pensó.
Pero
¿no fue justo eso lo que pensó el otoño pasado?
La
sierra circular de Torbjörn Ylitalo cortaba la leña con un berrido agudo y
penetrante. Cuando tiró el último trozo a un lado y se agachó para coger otro
tronco de un metro de largo, Anna-Maria aprovechó para pegar un grito.
El
hombre se giró, se bajó los cascos protectores hasta el cuello y apagó la
sierra. Torbjörn Ylitalo rondaba los
sesenta.
Era un poco gordo pero al mismo tiempo se le veía en forma. El poco pelo que le
quedaba en la cabeza era igual de gris que la barba y estaba bien cortado.
Después de quitarse las gafas protectoras, se abrió la chaqueta; de trabajo
azul claro, se sacó unas gafas de sol Svennis flexibles y sin montura y se las
pinzó en su prominente nariz. Estaba quemado por el sol y curtido por el
viento! de cuello para arriba. Sus lóbulos eran grandes aletas de carne, pero
Anna-Maria observó que la máquina de afeitar también había pasado por ellas.
«No
como Sven-Erik», pensó.
De
sus orejas había veces que brotaban puras escobas.
Se
sentaron en la cocina. Anna-Maria aceptó el café después de que Torbjörn
Ylitalo dijera que él de todas formas se iba a tomar uno.
Echó
la cantidad justa en la cafetera y empezó a buscar algo torpemente dentro de la
nevera. Pareció relajarse cuando Anna-Maria le dijo que no quería nada para comer.
—¿Tienes
vacaciones ahora de cara a la cacería del alce?—le preguntó Anna-Maria.
—No,
pero tengo un horario bastante relajado, eso sí.
—Hmmm,
eres el guarda forestal de la parroquia.
—Sí.
—Y
representante de la asociación de cazadores, miembro del grupo de caza.
Asintió
con la cabeza.
Hablaron
un rato sobre caza y derivaron a la recolección de bayas.
Anna-Maria
se sacó un bloc de notas y un bolígrafo del bolsillo interior de la chaqueta,
que no se había quitado, y los dejó sobre la mesa.
—Como
te he dicho fuera, se trata de Mildred Nilsson. Por lo que tengo entendido, tú
y ella no congeniabais.
Torbjörn
Ylitalo se la quedó mirando. No sonreía ni lo había hecho hasta el momento. Sin
prisa le dio un trago al café, dejó la taza en la mesa y preguntó:
—¿Quién
ha dicho eso?
—¿Era
así?
—Qué
puedo decir..., no me gusta hablar mal de los muertos, pero la verdad es que
esa mujer sembraba discordia e irritación en todo el pueblo.
—¿En
qué sentido?
—Lo
diré tal cual: ella odiaba a los hombres. Pienso francamente que quería que
todas las mujeres del pueblo se separaran de sus maridos. Y en una situación
así no se puede hacer gran cosa.
—¿Estás
casado?
—¡Afirmativo!
—¿Hizo
Mildred algún intento para que ella te dejara?
—Con
ella no. Pero con otras, sí.
—Entonces,
¿exactamente en qué diferíais Mildred y tú?
—Bueno,
eso de fijar cupos en el equipo de caza era otra idea brillante de las suyas.
¿Más café?
Anna-Maria
negó con la cabeza.
—O
sea, un tercio mujeres. Ella decía que sería una condición para que nos
alargaran el arrendamiento de las tierras.
—Y a
ti te parecía una mala idea.
Hubo
ahora un énfasis en su manera de hablar, que hasta el momento había sido
bastante relajada.
—Es
que la única a la que le parecía buena idea era a ella. Y yo no soy misógino,
pero igual que hay que competir para obtener un puesto en una junta directiva
de
una
empresa o un parlamento, para estar en nuestro grupo de caza hay que cumplir
las mismas condiciones. Sería de lo más discriminatorio que pudieras entrar en
el equipo sólo porque eres mujer. Y ¿cómo conseguirías que te respetaran? Y
además, ¿qué problema hay en que los hombres se ocupen de la caza? A veces
pienso que la caza es el último reducto de la civilización. Al menos que ése no
nos lo toquen. Que yo no me puse a insistir como un loco para que me dejaran
participar en su grupo femenino que leía la Biblia.
—Así
que Mildred y tú estabais peleados por eso.
—Tanto
como peleados... Ella sabía cuál era mi opinión.
—Magnus
Lindmark asegura que habrías estado encantado de ponerle la escopeta en la
boca.
Anna-Maria
pensó unos segundos en si debería haber compartido aquel comentario pero, por
otro lado, se lo tenía bien merecido, aquel desgraciado que se dedicaba a
decapitar gatitos.
Torbjörn
Ylitalo no pareció alterarse; incluso esbozó una mínima sonrisa por primera vez
en toda la conversación. Una sonrisa cansada y casi imperceptible.
—Eso
me suena más bien a sus propios deseos—dijo—. Pero Magnus no la mató. Ni yo
tampoco.
Anna-Maria
permaneció en silencio.
—Si
la hubiese matado yo, le habría disparado y la habría enterrado bien en alguna
ciénaga.
—¿Sabías
que quería anular vuestro arriendo?
—Sí,
pero en la junta de la parroquia no había nadie de su lado, así que daba igual
lo que quisiera.
Torbjörn
Ylitalo se puso en pie.
—Oye,
si no tienes más preguntas, tengo que seguir con la leña.
Anna-Maria
también se levantó mientras Torbjörn retiraba las tazas.
Después
cogió la cafetera y la metió en la nevera con el café aún caliente.
Anna-Maria
se abstuvo de hacer comentarios y se despidieron en el jardín completamente
tranquilos.
Anna-Maria
Mella se marchó de la casa de Torbjörn Ylitalo y pensaba volver a casa de Erik
Nilsson para preguntarle si sabía quién le había enviado el dibujo a su esposa.
Aparcó
el coche junto a los postes de entrada de la valla de la casa rectoral. El
buzón estaba con la tapa completamente levantada y rebosante de revistas y
correo acumulado. En breve llegarían las lluvias y las facturas, la propaganda
y las revistas se convertirían en un enorme amasijo de papel-maché. Anna-Maria
ya había visto buzones llenos en otras ocasiones. Llaman los vecinos, el buzón
tiene ese mismo aspecto, la policía acude al lugar y dentro encuentran la
muerte, de una manera u otra.
Tomó
aire. Primero tantearía la puerta, pues si el marido de la pastora estaba
dentro, lo más probable es que no estuviera cerrada con llave. Si lo estaba,
echaría un vistazo a través de las ventanas de la planta baja.
Subió
al porche, que estaba moderadamente decorado con trabajos de ebanistería,
pintado de color blanco, sillas de caña también blancas y grandes tiestos
vidriados de color azul cuyo interior se había secado hasta hacerse una masa
dura como el cemento, con restos marrones y crujientes de flores de verano.
En
el mismo instante en que tocó la manilla de la puerta, ésta bajó y la puerta se
abrió desde dentro. Anna-Maria no gritó; probablemente, no se movió ni un
milimetro, pero por dentro dio un respingo y se le encogió el estómago.
Una
mujer apareció en el umbral de la puerta y a punto estuvo de casi chocar con
Anna-Maria a la vez que soltaba un grito de terror.
Rondaba
los cuarenta y tenía unos ojos grandes y marrones decorados con unas cejas
largas y tupidas. No era mucho más alta que Anna-Maria, es decir, era bajita,
pero más delicada y fina de cuerpo. La mano que se llevó al pecho tenía los
dedos largos y la muñeca delgada.
—Vaya—sonrió.
Anna-Maria
se presentó.
—Estoy
buscando a Erik Nilsson.
—Ah,
ya—respondió la mujer—. No..., no está aquí.
Su
voz pareció desvanecerse.
—Se
ha mudado—dijo—. Como la casa rectoral pertenece a la parroquia... No es que
nadie lo haya obligado a irse, pero... Perdón, me llamo Kristin Wikström.
Le
alargó su delicada mano a Anna-Maria y después pareció algo cortada y como con
la necesidad de explicar qué estaba haciendo allí.
—Mi
marido Stefan Wikström se va a instalar aquí en la casa rectoral ahora que
Mildred... Bueno, no sólo él, claro, yo y los niños también.
Se
rió un poco.
—Erik
Nilsson no se ha llevado los muebles ni pertenencias y no sabemos dónde está
y..., bueno, he venido a echar un vistazo para saber cuánto hay que hacer.
—¿Así
que no sabéis dónde está Erik Nilsson?
Kristin
Wikström negó con la cabeza.
—Y
¿tu marido?—le preguntó Anna-Maria.
—Él
tampoco lo sabe.
—Ya,
pero él dónde está.
A
Kristin Wikström se le formaron unas cuantas arru-guitas por encima del labio
superior.
—¿Qué
quieres de él?
—Sólo
hacerle algunas preguntas.
Kristin
Wikström negó despacio con la cabeza.
—Me
encantaría que lo dejaran tranquilo de una vez—dijo—. Ha pasado un verano muy
duro, sin vacaciones, con la policía preguntando cada dos por tres. Igual que
los periodistas; incluso llaman por la noche, ¿sabes?, y no nos atrevemos a
desconectar el teléfono porque mi madre es muy mayor y está enferma. ¿Y si es
ella la que llama? Aparte del miedo que tenemos todos de que haya un loco
que... No nos atrevemos ni a dejar que los niños salgan solos. Me paso el día
preocupada por Stefan.
«Pero
no menciona la tristeza de haber perdido a una compañera», constató fríamente
Anna-Maria.
—¿Está
en casa?—le preguntó sin pudor alguno.
Kristin
Wikström suspiró cansada y miró a Anna-Maria como si fuera una niña a la que se
acaba de decepcionar.
—La
verdad es que no lo sé—contestó—. No soy ese tipo de mujer que tiene un control
total sobre su marido todo el tiempo.
—Entonces
probaré en la casa del cura de Jukkasjarvi y si no lo encuentro allí me
acercaré a la ciudad—dijo Anna-Maria Mella esforzándose para no poner cara de
impaciencia.
Kristin
Wikström se queda de pie en el porche de la casa rectoral de Poikkijarvi
mirando el Ford Escort rojo mientras se marcha. No le ha gustado esa mujer
policía. De hecho, no le gusta nadie. Bueno, sí, le gusta Stefan. Le quiere. Y
también a los niños. Ama a su familia.
Tiene
un proyector metido en la cabeza que no le parece muy normal porque a veces
sólo proyecta locuras, pero ahora siente que quiere cerrar los ojos para ver
unas imágenes que le encantan. El sol de otoño le calienta la cara; aún están a
finales de verano y por la temperatura que hace nadie diría que están en
Kiruna. Ahora ese calorcito va que ni pintado, porque las imágenes de la
película son de la primavera pasada.
Los
rayos del sol entran por la ventana y le calientan la piel. Los colores son tan
suaves y tenues que parece que le brille una aureola alrededor del pelo. Está
sentada en una silla en la cocina y Stefan está en otra a su lado. Se ha
inclinado hacia delante y está con la cabeza sumergida en el regazo de su
mujer. Ella le pasa las manos por el pelo y lo tranquiliza: «schh». Stefan
llora. «Mildred—dice—. Ya casi no puedo más.» Lo único que quiere es vivir
tranquilo. Tener paz en el trabajo y paz en el hogar, pero con Mildred
inyectando su veneno en la congregación... Kristin le acaricia la cabeza y
disfruta de ese momento sagrado. Stefan es tan fuerte. Nunca busca consuelo en
su mujer, por lo que ahora ella disfruta de ser ese apoyo para él.
Algo
le hace levantar la mirada. En la puerta está Benjamín, su hijo mayor. Dios,
qué pinta tiene con ese pelo largo y los téjanos negros, ajustados y rotos. Él
se queda mirando a sus padres con ojos salvajes pero sin decir nada. Su madre
frunce el ceño para indicarle que se vaya. Sabe que Stefan no quiere que sus
hijos lo vean así.
La
película termina y Kristin se agarra a la barandilla. Ésta será su nueva casa.
Si el marido de Mildred se cree que puede dejar sin más todos los muebles y que
nadie se atreva a sacarlos, está muy equivocado.
Mientras
se dirige al coche vuelve a reproducir las imágenes en su cabeza. Esta vez
elimina la presencia de su hijo Benjamín.
Anna-Maria
aparcó el coche en la explanada de la casa rectoral de Poikkijarvi y llamó a la
puerta, pero no abrió nadie.
Cuando
se dio la vuelta vio a un muchacho que se acercaba hasta allí. Tendría la edad
de Marcus, quizá quince. Llevaba el pelo hasta los hombros y lo tenía negro, a
juego con las líneas de los ojos, marcadas del mismo color. Llevaba una
chaqueta de cuero también negra y pantalones ajustados con unos agujeros
enormes en las rodillas.
—¡Hola!—gritó
Anna-Maria—. ¿Vives aquí? Estoy buscando a Stefan Wikström, ¿sabes si...?
No
pudo decir más. Primero el chico se la quedó mirando y al cabo de un instante
dio media vuelta y salió corriendo por el camino. Por un momento Anna-Maria
pensó en ir tras él y cogerlo, pero enseguida cambió de opinión. ¿Para qué?
Se
subió al coche otra vez y puso rumbo a la ciudad. Cuando cruzó el pueblo fue
fijándose en si veía al chico de la ropa negra, pero no lo vio por ninguna
parte.
¿Sería
uno de los hijos de la familia del pastor? ¿O quizá alguien que se quería meter
en la casa y que se sorprendió al encontrarse con otra persona?
También
había otra cosa a la que le estaba dando vueltas.
La
esposa de Stefan Wikström. Se llamaba Kristin Wikström.
Kristin.
Le sonaba el nombre.
Y
entonces cayó en la cuenta. Se salió al arcén de la carretera y paró el coche.
Luego se estiró para coger el montón de cartas dirigidas a Mildred que Fred
Olsson había separado y que le parecían interesantes.
Dos
de ellas estaban firmadas «Kristin».
Anna-Maria
las leyó. Una llevaba fecha de marzo y estaba escrita a mano con letra
esmerada:
«Déjanos
en paz. Queremos vivir tranquilos. Mi marido necesita paz para trabajar.
¿Quieres que me ponga de rodillas? Lo hago. Y te lo ruego: déjanos en paz.»
La
otra llevaba fecha de un mes más tarde. Se veía que la había escrito la misma
persona, pero la letra era más ampulosa, los garfios de la g eran largos y
algunas palabras estaban tachadas con descuido:
«A
lo mejor te crees que no lo SABEMOS. Pero todo el mundo sabe que no buscaste
trabajo en Kiruna simplemente por casualidad sólo un año después de que mi
marido empezara aquí en la ciudad. Pero te lo ASEGURO, lo SABEMOS. Trabajas y
colaboras con grupos y organizaciones cuyo ÚNICO objetivo es ir contra él.
Contaminas pozos con tu ODIO. ¡Y ese ODIO será tu propia medicina!»
«¿Qué
hago ahora?—se preguntó Anna-Maria—. ¿Vuelvo y la presiono contra la pared?»
Llamó a Sven-Erik por el móvil.
-—Mejor
vamos a hablar con su marido—le propuso él—. A mí me va bien, ya que iba de
camino al local de la congregación para que me dieran el libro de contabilidad
de la fundación para la loba esa.
Stefan
Wikström, sentado en su silla al otro lado del escritorio, suspiró
profundamente. Sven-Erik Stålnacke se había adueñado del sillón de invitados y
Anna-Maria estaba apoyada contra la puerta con los brazos cruzados.
«A
veces es tan... poco pedagógica», pensó Sven-Erik mirando a su compañera.
En
verdad debería haberse encargado de aquel tipo él solo, habría sido mucho
mejor. A Anna-Maria no le gustaba el pastor y no se molestaba en disimularlo.
Claro que Sven-Erik también había leído los informes sobre las peleas entre
Stefan Wikström y Mildred, pero ahora estaban trabajando.
—Sí,
reconozco las cartas—afirmó el pastor.
Tenía
el codo izquierdo clavado en la mesa y se apoyaba la frente contra las puntas
de los dedos y el pulgar.
—Mi
mujer... a veces... a veces se pone mal. No es que esté enferma de la cabeza,
pero es de lo más inestable. En realidad ésta no es ella.
Sven-Erik
y Anna-Maria permanecieron callados.
—A
veces ve fantasmas a plena luz del día. Ella nunca... ¿No creeréis que... ?
Se
soltó la frente y dio un golpe en la mesa con la palma de la mano.
—Si
es así, es de lo más absurdo. Santo cielo, Mildred tenía docenas de enemigos.
—¿Entre
ellos tú?—le preguntó Anna-Maria.
—¡En
absoluto! ¿Yo también soy sospechoso? Mildred y yo discrepábamos en cuestiones
básicas, eso es cierto, pero de ahí a que yo o la pobre Kristin tengamos algo
que ver con su asesinato...
—Tampoco
lo hemos insinuado—le subrayó Sven-Erik.
Frunció
el ceño de una manera que Anna-Maria interpretó como una petición de que
callara y escuchara.
—¿Qué
dijo Mildred de estas cartas?—preguntó Sven-Erik.
—Me
informó de que las había recibido.
—¿Por
qué crees que las guardaba?
—No
lo sé, yo guardo hasta las felicitaciones de Navidad que me mandan.
—¿Alguien
más está al corriente de esto?
—No,
y estaría bien si pudiera seguir siendo así.
—O
sea que Mildred no se lo contó a nadie.
—No,
que yo sepa.
—¿Le
estabas agradecido?
Stefan
Wikström pestañeó con fuerza.
—¿Qué?
Casi
parecía que se fuera a echar a reír. Agradecérselo. ¿Le podría agradecer algo a
Mildred? ¡Sonaba ridículo! Pero ¿qué podía decir? Él no podía contar nada.
Mildred todavía lo tenía atrapado en una jaula. Había puesto a su mujer como
candado y había esperado que le mostrase su agradecimiento.
A
mediados de mayo había cedido a la humillación y había ido a ver a Mildred para
pedirle las cartas. La acompañó de paseo por la calle Skolgatan hacia el
hospital, donde iba a visitar a alguien. Fue la peor época del año. No en su
casa en Lund, evidentemente, sino en Kiruna.
Las
calles estaban llenas de gravilla y todo tipo de porquería que había surgido al
derretirse la nieve. Ni una brizna verde, sólo suciedad y aquellos restos de
gravilla.
Stefan
había hablado por teléfono con su mujer, que estaba en Katrineholm en casa de
su madre con los niños más pequeños. Por la voz se la oía más animada.
Stefan
mira a Mildred, quien también parece contenta. Gira la cara hacia el sol y de
vez en cuando respira hondo y con deleite para tomar aire. Debe de ser una
bendición el hecho de no tener sentido de la belleza: la gravilla y la suciedad
no te cambian el humor.
«Es
bastante raro—piensa, y no sin cierta amargura—, que Kristin se ponga más
contenta y recupere fuerzas alejándose de él un tiempo. Ésa no es la idea que
él tiene del matrimonio, más bien piensa que ambos deben darse fuerzas y apoyo
recíprocamente. De otra parte, ya hace tiempo que ha aceptado que Kristin no es
el apoyo que le gustaría que fuera, pero ahora empieza a tener la sensación de
que ella siente que él tampoco es suficiente.» «No sé, unos cuantos días más»,
le responde imprecisa a la pregunta de Stefan de cuándo volverá.
Mildred
no le quiere dar las cartas.
—Puedes
destrozarme la vida en cualquier momento—le dice él con una falsa sonrisa.
Ella
se lo queda mirando.
—Entonces
tendrás que acostumbrarte a confiar en mí—responde.
Stefan
la mira y piensa que cuando caminan así, uno al lado del otro, se hace patente
lo pequeñita que es. Sus dientes delanteros son anormalmente delgados. Se la
mire como se la mire, parece un campañol.
—Voy
a sacar el tema del arriendo de la asociación
de cazadores
de Poikkijarvi en el consejo parroquial. El arriendo vence esta Navidad. Si se
lo arrendamos a alguien que pueda pagar...
Stefan
Wikström no da crédito a lo que está oyendo.
—Así
que la cosa va por ahí—dice y se extraña de lo tranquilo que suena—. ¡Me estás
amenazando! Si voto a favor de que la asociación siga con el arriendo, les
contarás lo de Kristin. Eso es caer bajo, Mildred. Ahora sí que estás sacando
tu verdadero yo.
Siente
que la boca adopta vida propia en su cara. Se retuerce en una mueca casi de
lágrimas.
Mientras
Kristin descanse un poco ya se sentirá equilibrada otra vez, pero si esto de
las cartas sale a la luz... Stefan sabe que no lo podría soportar. Ya la oye
acusando a la gente de hablar a sus espaldas. Así sólo conseguirá ponerse a la
gente en contra y dentro de poco tendrá guerra en diferentes frentes al mismo
tiempo y terminará por sucumbir.
—No—dice
Mildred—. No te estoy a amenazando. No diré nada, pase lo que pase. Lo único
que quiero es que tú...
—¿Que
te esté agradecido?
—...
me complacieras en una única cosa—dice cansada.
—¿Que
fuera en contra de mi propia conciencia?
Es
ahora cuando Mildred se enciende y muestra su yo más interior.
—¡Venga,
vamos! Como si se tratara de eso. Una cuestión de conciencia.
Sven-Erik
Stålnacke repitió la pregunta que le había hecho:
—¿Le
estabas agradecido? Teniendo en cuenta que
no
erais muy buenos amigos, fue muy generoso por su parte no explicarle a nadie lo
de las cartas.
—Sí—terminó
por responder Stefan al cabo de un momento.
Sven-Erik
asintió con un sonido gutural y Anna-Maria se separó de la puerta.
—Una
cosa más—dijo Sven-Erik—. El libro de cuentas de la fundación para la loba, ¿lo
tenéis aquí en el local de la congregación?
Los
iris de Stefan Wisktrom se movieron intranquilos por el blanco de los ojos como
peces de acuario en un cuenco.
—¿Cómo?
—El
libro de cuentas de la fundación, ¿está aquí?
—Sí.
—Nos
gustaría verlo.
—¿No
necesitáis una especie de permiso del juez?
Anna-Maria
y Sven-Erik intercambiaron una mirada y Sven-Erik se levantó.
—Disculpadme—dijo—.
Necesito ir al baño, ¿por dónde...?
—A
la izquierda, cruzas la puerta de la secretaría y la primera a la izquierda
otra vez.
Sven-Erik
desapareció en un segundo.
Anna-Maria
sacó la copia del dibujo del cuerpo de Mildred ahorcado.
—Alguien
le mandó esto a Mildred Nilsson, ¿lo habías visto antes?
Stefan
Wikström cogió la hoja sin que le temblara la mano.
—No—afirmó.
Le
devolvió el dibujo a la inspectora.
—¿Tú
no has recibido nada por el estilo?
—No.
—Y
no tienes ni idea de quién se lo pudo haber enviado. ¿Nunca te dijo que lo
había recibido?
—Mildred
y yo no nos contábamos confidencias.
—Quizá
podrías hacerme una lista de personas que se te ocurran con las que Mildred
hablaba. Me refiero a gente de aquí de la parroquia o del local de la
congregación.
Anna-Maria
Mella lo miraba mientras iba apuntando nombres. Cruzaba los dedos para que
Sven-Erik hiciera lo que tenía que hacer allí fuera lo más rápido posible.
—¿Tienes
hijos?—le preguntó.
—Sí,
tres chicos.
—¿Cuántos
años tiene el mayor?
—Quince.
—¿Qué
aspecto tiene? ¿Se parece a ti?
De
pronto la voz de Stefan Wikström se volvió un tanto lenta.
—Eso
es muy difícil de decir. No se sabe qué cara tiene, debajo de todo ese pelo
teñido y el maquillaje. Está en una... fase.
Levantó
la mirada y sonrió. Anna-Maria comprendió que esa sonrisa de padre, esa pausa
discursiva y la palabra «fase» eran recursos que usaba de manera rutinaria
siempre que hablaba de su hijo.
De
pronto la sonrisa de Stefan Wikström se desvaneció.
—¿Por
qué me preguntas por Benjamín?
Anna-Maria
le cogió la lista de las manos.
—Gracias
por la ayuda—le dijo antes de salir.
Sven-Erik
Stålnacke salió del despacho de Stefan Wikström y se metió directo en la
secretaría, donde trabajaban tres mujeres. Una de ellas estaba regando las
flores de las ventanas y las otras dos estaban sentadas delante de sus
ordenadores. Sven-Erik se acercó a una de ellas y se presentó. La mujer era más
o menos de su edad, no llegaba a los sesenta. Le brillaba la punta de la nariz
y tenía ojos bondadosos.
—Nos
gustaría echar un vistazo al libro de cuentas de la fundación esa para la
loba—dijo.
—Vale.
La
mujer se fue hasta una estantería y volvió con una carpeta que estaba
prácticamente vacía. Sven-Erik miró pensativo las pocas hojas que había dentro.
Normalmente, a un registro de cuentas le corresponde un montón de papeles,
recibos, columnas y facturas.
—¿Esto
es todo?—le preguntó incrédulo a la mujer.
—Sí.
Apenas hay transacciones, son casi todo ingresos.
—¿Me
lo prestas un rato?
Ella
sonrió.
—Quédatelo,
sólo son copias impresas. Lo puedo imprimir todo de nuevo desde el ordenador.
—Oye—le
dijo Sven-Erik bajando la voz—. Necesito preguntarte algo, ¿podemos...?
Hizo
un gesto hacia la escalera.
La
mujer lo acompañó.
—Hay
un recibo de gastos de formación—dijo Sven-Erik—. Una cantidad bastante
considerable...
—Sí—respondió
la mujer—. Ya sé a cuál te refieres.
Se
quedó pensando unos segundos, como si estuviera cogiendo carrerilla.
—Aquello
no estuvo bien—dijo al final—. Mildred se enfadó muchísimo. Stefan y su familia
se fueron de vacaciones a Estados Unidos a finales de mayo. Con dinero de la
fundación.
—¿Cómo
pudo hacerlo?
—Él,
Mildred y Bertil eran administradores de la fundación indistintamente. Así que
no había problema. Supongo que pensó que nadie se daría cuenta, o igual lo hizo
para provocarla, vete a saber.
—¿Qué
pasó?
La
mujer se lo quedó mirando unos segundos.
—Nada—le
respondió—. Supongo que hicieron un punto y aparte. Mildred dijo que Stefan
había ido a visitar el parque de Yellowstone porque estaban llevando a cabo un
proyecto con lobos, así que, bueno, por lo que yo sé no hubo bronca.
Sven-Erik
le dio las gracias y mientras la mujer volvía a su puesto delante del
ordenador, él se preguntaba si debía volver al despacho de Stefan para
preguntarle sobre el viaje. Pero, bien mirado, no había prisa, ya hablarían de
ello al día siguiente. Instintivamente sentía que necesitaba sopesar las cosas
un poco y hasta entonces no había motivo para ir asustando a la gente.
—Ni
se inmutó—le dijo Anna-Maria a Sven-Erik en el coche—. Cuando le enseñé el
dibujo a Stefan Wikstrom se quedó como si nada. O no tiene ningún tipo de
sentimientos o estaba procurando ocultarlos al cien por cien. Ya sabes de qué
va, estás tan preocupado en aparentar que estás relajado que te olvidas incluso
de que debes reaccionar de vez en cuando.
Sven-Erik
asintió.
—Por
lo menos se debería haber interesado un poco—continuó Anna-Maria—. Como mínimo
mirarlo un poco. Yo habría reaccionado así. Me habría afectado si se hubiese
tratado de alguien que me importaba. Y aunque no la conociera o no me gustara
esa persona, habría sentido cierto cosquilleo. Me habría quedado mirando el
dibujo un rato.
«Lo
cierto es que no me ha respondido a lo último—pensó después—. Cuando le he
preguntado si tenía idea de quién se lo podría haber enviado. Lo único que ha
dicho es que Mildred y él no se hacían confidencias.»
Stefan
Wikström se dirigió hacia la secretaría con una ligera sensación de mareo en el
cuerpo. Debería irse a casa y cenar algo.
Las
administrativas lo miraban con curiosidad.
—Han
venido a hacer unas preguntas rutinarias sobre Mildred—les dijo.
Las
tres asintieron con la cabeza, pero Stefan pudo ver que seguían con la curiosidad.
Menuda frase. «Preguntas rutinarias.»
—¿Han
hablado con vosotras?
La
mujer que había hablado con Sven-Erik respondió.
—Sí,
el hombre ese tan grande me ha pedido el libro de cuentas.
Stefan
se quedó petrificado.
—No
se lo habrás dado, ¿verdad? No tienen derecho a...
—¡Claro
que se lo he dado! Allí no hay ningún secreto, ¿o sí?
La
mujer se lo quedó mirando con dureza y Stefan sintió también las miradas de las
demás mujeres. Al final dio media vuelta y volvió a su despacho con pasos
apresurados.
El
párroco podía decir lo que le diera la gana. Ahora Stefan tenía que hablar con
él, así que llamó a Bertil al móvil.
El
párroco estaba en el coche y a veces se cortaba el sonido.
Stefan
le contó que la policía había ido a verle y que se habían llevado las cuentas
de la fundación.
Bertil
no parecía demasiado alterado. Stefan le dijo que como los dos estaban en la
dirección de la fundación, formalmente no se había cometido ningún delito, pero
aun así.
—Si
sale en las noticias, ya sabemos cómo lo van a presentar. Nos etiquetarán de
malversadores.
—Seguro
que sale bien—dijo el párroco con calma—. Oye, voy a aparcar, hablamos luego.
Por
su tranquilidad, Stefan comprendió que el párroco no le apoyaría si se hiciera
público el viaje a Estados Unidos y nunca reconocería que se habían puesto de
acuerdo al respecto. «En la fundación hay mucho dinero que en este momento no
se está aprovechando», había salido una vez de la boca de Bertil, y después
empezaron a hablar sobre algún viaje para mejorar la competencia. Eran los
administradores de una fundación para el cuidado de la fauna salvaje, pero no
tenían ni idea de lobos, así que decidieron que Stefan iría a Yellowstone y por
algún motivo terminaron yendo también Kristin y los niños. Así fue como los
sacó de Katrineholm.
Se
daba por hecho que nadie le diría ni una palabra a Mildred de que el dinero
venía de la fundación pero, evidentemente, alguien de la secretaría se fue de
la lengua.
Mildred
se le había encarado a la vuelta del viaje. Stefan intentó explicarle con
sensatez lo necesario que era que algunos de los dirigentes de la fundación
tuvieran conocimientos reales del tema. Además, como cazador y hombre de
bosque, él era el más indicado. Podía ganarse un respeto y una comprensión que
Mildred no lograría ni en mil años por mucho que se lo propusiera.
Stefan
se esperaba un ataque de ira, incluso una pequeña parte de él lo estaba
deseando, pues le gustaba el contraste de la manifestación enrojecida de la
pérdida de control contra el azul profundo de su propia calma y reflexión.
Pero,
en vez de enfadarse, Mildred se había inclinado por encima de la mesa de Stefan
con tanta gravedad que por un momento el pastor pensó que quizá estaba
secretamente enferma de los riñones o del corazón. Volvió la cara en la que,
debajo de la quemazón del sol de primavera, le asomaba la piel blanca en
contraste con las dos esferas negras de los ojos. Era como un peluche ridículo
con botones en los ojos que había tomado vida y que de pronto resultaba de lo
más aterrador.
—Cuando
hable sobre el arriendo en el consejo parroquial de cara a fin de año quiero
que te quedes calladito, ¿te enteras?—le dijo—. Si no, la policía será la que
decida si lo que has hecho está bien o mal.
Stefan
intentó decirle que estaba siendo ridícula.
—Tú
eliges—le contestó—. No pienso ser condescendiente contigo hasta la eternidad.
El
pastor se la quedó mirando estupefacto. ¿Cuándo había sido condescendiente con
él?
Stefan
pensó en el párroco, luego pensó en su mujer, después en Mildred y por último
en las miradas de las administrativas. De pronto tuvo la sensación de estar
perdiendo el control de su propio aliento y empezó a jadear como un perro
encerrado en un coche. Tenía que tranquilizarse.
«Puedo
salir de ésta—pensó—. ¿Qué me está pasando?»
Ya de
pequeño se había buscado amigos que lo presionaban y se aprovechaban de él.
Primero sólo le hacían hacer recados y darles las golosinas, pero después le
obligaban a pinchar ruedas y a tirar piedras para demostrar que el hijo del
pastor no era un cagón. Y ahora de adulto parece que siempre busca a personas y
situaciones en las que lo acaban tratando como porquería. Cogió el teléfono.
Sólo una llamada.
Lisa
Stockel está sentada en las escaleras de su casita de chocolate, «el examen
final del pastelero drogadicto», como la suele llamar Mimmi. En breve se
acercará hasta el bar. Últimamente cena allí cada día y a su hija no parece que
le resulte extraño. En la cocina de Lisa sólo hay un plato hondo, una cuchara y
un abrelatas para la comida de perro. Los perros mueven la cola en el borde del
jardín mientras olfatean o mean en los groselleros. Tiene la impresión de que
la miran extrañados al ver que no les pega ningún grito.
«Mead
donde os dé la gana», piensa con media sonrisa en la cara.
La
dureza del corazón del ser humano es algo curioso. Se parece a las plantas de
los pies en verano. Puedes correr pisando pinas y grava, pero si se te hace una
herida en el talón, es profunda.
La
dureza siempre ha sido su fuerza motora. Sin embargo, ahora es su debilidad.
Intenta encontrar las palabras adecuadas para hablar con Mimmi, pero es una
tarea en vano. Todo lo que le tiene que decir se lo debería haber dicho hace
tiempo y ahora ya es demasiado tarde.
Y
¿qué le habría dicho entonces? ¿La verdad? Poco probable. Se acuerda de cuando
Mimmi tenía dieciséis años. Ella y Tommy ya llevaban separados muchos años. Él
se pasaba los fines de semana empinando el codo, pero por fortuna era un buen
estucador y cuando estaba con trabajo se limitaba a la cerveza, de lunes a
jueves. Mimmi estaba preocupada, evidentemente, y era de la opinión de que Lisa
debía hablar con él. Una vez le preguntó: «¿No te importa papá?», a lo que Lisa
respondió con un sí, pero era mentira. Ella, que había decidido que las
mentiras se habían terminado. A pesar de todo, Mimmi era Mimmi y sabía que
Tommy no le importaba una mierda a Lisa. «¿Por qué diantre te casaste con
papá?», le preguntó en otra ocasión, a lo que Lisa le dio a entender que no
tenía la menor idea. Fue casi un descubrimiento aturdidor. No logró acordarse
de lo que había pensado ni sentido cuando empezaron a quedar, se fueron a la
cama, se prometieron y él le puso su sello de propiedad alrededor del dedo.
Después llegó Mimmi. De pequeña fue una criatura adorable y, a la vez, las
cadenas con las que Lisa se ató para siempre a Tommy. Al principio dudó de sus
sentimientos de madre. ¿Qué tenía que sentir una madre por su hija? No lo
sabía. «Daría mi vida por ella», pensó alguna vez mirando a Mimmi mientras
dormía, pero eso no quería decir nada. Era como prometer viajes al extranjero
si le tocaba el gordo de la lotería. Le era más fácil morir por su hija en la
teoría que sentarse a leerle algo durante un cuarto de hora. La Mimmi dormida
la llenaba de añoranza y de remordimientos de conciencia. La Mimmi despierta,
con sus manirás recorriéndole la cara y metiéndose en sus mangas en busca de
piel y proximidad, le daba escalofríos.
Siempre
le había parecido imposible liberarse del matrimonio pero luego, una vez roto,
se sorprendía de lo fácil que le había resultado. Era tan sencillo como hacer
las maletas y mudarse. Las lágrimas y los gritos eran como aceite en el agua.
Con
los perros nunca se complican las cosas. A ellos no les importa que su ama sea
rara; son totalmente sinceros y siempre están contentos.
Como
Nalle. Lisa no puede evitar sonreír cuando piensa en él. Lo puede ver en su
nueva amiga, la Rebecka Martinsson esa. Cuando Lisa la vio por primera vez el
martes por la tarde llevaba aquel abrigo largo y un chal brillante, seguramente
de seda auténtica. Sería secretaria de algún gerifalte, o algo así. Y había
algo, quizá una demora de un microsegundo, como si siempre se lo pensara antes
de contestar, gesticular o sonreír. A Nalle no le importan esas cosas. Él se
mete en el corazón de la gente sin pedir permiso. Sólo un día con Nalle, y ya
Rebecka Martinsson aparecía con un anorak de los años setenta y el pelo
recogido con una goma marrón, de esas que se llevan la mitad de la cabellera
cuando te la quitas.
Y él
no sabe mentir. Cada dos jueves Mimmi sirve té inglés en el bar y ya se ha
convertido en una de esas cosas por las que las mujeres de la ciudad van hasta
Poikkijarvi. También hay panecillos suecos recién hechos, con mermelada, y
siete clases de galletas. El último jueves Mimmi soltó un grito con voz severa:
«¿Quién le ha pegado un bocado a esta galleta?» Nalle, que estaba merendando
tostadas y leche, levantó la mano con la velocidad de un relámpago y confesó
directamente: «¡Yo!»
«Bendito
Nalle», piensa Lisa.
Justo
las mismas palabras que Mildred pronunció mil veces.
Mildred.
Cuando la dureza de Lisa se agrietó, Mildred se coló por ella contaminándola
entera.
Sólo
han pasado tres meses desde aquella vez que estaban en el sofá cama de la
cocina, como solían hacer bastante a menudo porque los perros ocupaban la cama
y
Mildred siempre decía: «No los eches, ¿no ves lo a gusto que están?»
En
aquella época, a principios de junio, Mildred en realidad está hasta el cuello
de trabajo. Terminan las escuelas, hay confirmaciones, fin de curso de grupos
de niños, fin de curso de otros más mayores, fin de curso de los jóvenes y un
montón de bodas. Lisa está tumbada de lado sobre el costado izquierdo
apoyándose en el codo, y en la mano derecha sujeta un cigarrillo. Mildred está
dormida, o quizá despierta; probablemente en un estado intermedio. Tiene la
espalda cubierta de pelo, una capa de finísimo vello que le crece hacia abajo a
lo largo de la columna. Para Lisa es una bendición extra que, tan loca como
está por los perros, encuentre a una amada que tiene la espalda igual que la
barriga de un cachorro. Quizá de lobo.
—¿Qué
tienes con esa loba?—le pregunta Lisa.
Mildred
ha pasado una primavera de lobos en toda regla. Ha salido noventa segundos en
el telediario hablando de la loba, el grupo Mil Tonos presentó un concierto
para recaudar fondos para la fundación y ella incluso ha hecho sermones con el
animal como tema.
Mildred
se pone boca arriba y le coge el cigarrillo a Lisa, que empieza a dibujarle
símbolos en la barriga.
—Vaya—exclama
y se le nota que tiene que hacer un esfuerzo para responder a la pregunta—.
Pues hay algo entre los lobos y las mujeres. Nos parecemos. Miro a esa loba y
me hace pensar en para qué hemos sido creados. Los lobos son tremendamente
resistentes. Piensa que habitan tanto zonas polares, con un frío de cincuenta
grados bajo cero, como desiertos a cincuenta grados de calor. Son
territoriales, marcan sus límites con dureza y deambulan libres y hasta donde
quieren. Se ayudan entre ellos dentro de la manada, son leales, aman a sus
crías por encima de todo. Son como nosotras.
—Tú
no tienes crías -—dice Lisa arrepintiéndose de inmediato, pero Mildred no se
ofende.
—Os
tengo a vosotros—se ríe—. Se atreven a irse cuando hace falta—dice Mildred
continuando con su discurso—, se pelean y muerden si es necesario. Y están
tan... vivos. Y son felices.
Saca
el humo de una calada tratando de hacer anillos mientras piensa.
—Tiene
que ver con mi fe—dice—. La Biblia está repleta de hombres "que tienen esa
gran misión que es más importante que todo lo demás, esposa e hijos y...,
bueno, todo. Abraham y Jesús y... Mi padre seguía sus huellas en su labor de
sacerdote, ¿sabes? Mi madre se tenía que hacer responsable de la casa, de las
visitas al médico y de las felicitaciones de Navidad. Pero, para mí, Jesús es
el que permite que las mujeres empiecen a pensar, que se opongan si es
necesario, que sean como una loba. Y cuando me amargo tanto que me pondría a
llorar, él me dice: «Vamos, es mejor que estés alegre.»
Lisa
continúa dibujando sobre la barriga de Mildred y con el dedo índice le recorre
los pechos y la cadera.
—Sabes
que la odian, ¿no?
—¿Quiénes?—pregunta
Mildred.
—Los
hombres del pueblo—responde Lisa—. Los del equipo de caza. Torbjörn Ylitalo. A
principios de los ochenta lo juzgaron por caza ilegal. Le disparó a un lobo en
la provincia de Dalarna. Su mujer es de allí.
Mildred
se incorpora en el sofá cama.
—¡Estás
de broma!
—No,
no bromeo. En realidad le tenían que haber retirado la licencia, pero ya sabes,
Lars-Gunnar era policía, y es la policía la que decide esas cosas. Él tiró de
contactos y al final... ¿Adónde vas?
Mildred
se ha puesto en pie de un salto. Los perros aparecen corriendo pensando que van
a salir pero Mildred no les hace el menor caso y se viste a toda prisa.
—¿Adónde
vas?—vuelve a preguntar Lisa.
—Mierda
de club de machos—gruñe Mildred—. ¿Cómo has podido? ¿Cómo es que sabiendo esto
no me has dicho nada antes?
Lisa
se incorpora. Siempre lo ha sabido. Estaba casada con Tommy y él era amigo de
Torbjörn Ylitalo. Se queda mirando a Mildred, que fracasa en el intento de
ponerse el reloj de muñeca y se lo acaba metiendo en el bolsillo.
—Cazan
gratis—resopla Mildred—. La parroquia se lo proporciona todo, no dejan pasar a
nadie, mucho menos si es una mujer. Pero las mujeres trabajan, se encargan del
resto y tienen que esperar su recompensa en el cielo. Estoy hasta el cono de
que siempre sea así. Es una señal clarísima de cómo ve la Iglesia a los hombres
y a las mujeres. ¡Pero que se jodan, hasta aquí hemos llegado!
—¡Por
Dios, qué manera de hablar!
Mildred
se vuelve hacia Lisa.
—¡Tú
también deberías hablar así!
Magnus
Lindmark estaba de pie junto a la ventana de la cocina a la caída del sol.
Todavía no había encendido ninguna luz, por lo que los contornos y los objetos,
tanto de dentro como de fuera, se habían vuelto ligeramente borrosos y
empezaban a desvanecerse en la oscuridad cada vez más.
Aun
así pudo distinguir claramente a Lars-Gunnar Vinsa, el jefe del grupo de caza,
y a Torbjörn Ylitalo, el representante de la asociación de cazadores, cuando se
acercaban por la carretera en dirección a su casa. Magnus se mantuvo oculto
tras la cortina preguntándose qué cono querrían y por qué carajo no iban en
coche. ¿Habrían aparcado lejos para hacer el último trozo caminando? ¿Por qué
razón? Sintió que el cuerpo se le llenaba de incomodidad.
Fuera
cual fuera el motivo de su visita, les diría que ahora no tenía tiempo. A
diferencia de ellos, él sí que tenía un trabajo con el que cumplir. Sí, claro,
Torbjörn Ylitalo era guarda forestal, pero no daba un palo al agua, nadie lo
podía negar.
Desde
que Anki se largó con los niños, no era habitual que Magnus Lindmark tuviera
visitas. Por aquel entonces siempre le parecía un coñazo tener que estar con la
familia de su esposa y los amigos de sus hijos. Él no
era
de fingir y sonreírle a la gente, así que al final sus cuñadas y los amigos de
su mujer se marchaban en cuanto él llegaba a casa, lo cual le iba como anillo
al dedo. No le entraba en la cabeza que la gente pudiera quedarse charlando de
aquella manera durante horas. ¿Acaso no tenían nada que hacer?
Ya
habían llegado al porche y llamaban a la puerta. El coche de Magnus estaba
aparcado fuera, así que no podía hacer como si no estuviera en casa.
Torbjörn
Ylitalo y Lars-Gunnar Vinsa entraron sin esperar a que Magnus les abriera y
fueron directos a la cocina.
Lars-Gunnar
miró a su alrededor y de pronto Magnus vio también el aspecto de su cocina.
—Está
un poco... He estado muy ocupado—se excusó.
La
pila rebosaba de fregaza mohosa y viejos cartones vacíos de leche. Detrás de la
puerta había dos bolsas de papel llenas de latas, por el suelo se veía ropa que
había tirado antes de meterse en la ducha y que debería haber llevado al
lavadero, y la mesa estaba repleta de propaganda, correo, periódicos viejos y
un plato con restos de leche acida, seca y agrietada. En la encimera, al lado
del microondas, había un motor de barco desmontado que algún día iba a
arreglar.
Magnus
les ofreció café, pero ninguno de los dos quería. Ni siquiera una cerveza.
Magnus cogió una Pilsner, la quinta de la tarde.
Torbjörn
fue directo al grano.
—¿Qué
le andas diciendo a la policía?—le preguntó.
—¿A
qué cono te refieres?
Torbjörn
Ylitalo entornó los ojos y Lars-Gunnar cambió a una actitud mucho más agresiva.
—No
te hagas el tonto, tío—le advirtió Tornbjorn—. Que me habría gustado pegarle un
tiro a la cura esa.
—Bah,
¡chorradas! La poli esa es una bocazas, tiene...
No
pudo decir más. Lars-Gunnar había dado un paso al frente y le soltó una
bofetada que, bueno, era como el sopapo de un oso.
—¡Estás
muy jodido si crees que nos puedes mentir en la cara!
Magnus
parpadeó y se llevó la mano a la mejilla ardiente.
—Qué
cojones...—gimoteó.
—He
dado la cara por ti—dijo Lars-Gunnar—. Eres un puto perdedor, siempre me lo has
parecido, pero por no hacerle el feo a tu padre te metimos en el equipo Y
dejamos que te quedaras a pesar de tus gilipolleces.
Un
atisbo de desafío brilló en los ojos de Magnus.
—¿Qué
pasa? ¿Acaso tú eres mejor persona? ¿Eres más bueno que yo o qué?
Ahora
fue Torbjörn el que le dio un empujón en el pecho. Magnus se balanceó hacia
atrás y se dio un golpe en el muslo contra la encimera.
—¡Calla
y escucha, chaval!
—He
tenido mucha paciencia contigo—continuó Lars-Gunnar—, cuando saliste con tus
amigos a disparar a las señales de tráfico para probar la escopeta nueva y
aquella puta pelea en el puesto de caza hace dos años. No sabes beber y aun así
bebes y acabas haciendo las sandeces más gordas que se te pasan por la cabeza.
—¿Qué
pelea? Joder, si fue el primo de Jimmy que...
Torbjörn
le volvió a dar otro empujón en el pecho. A Magnus se le cayó la botella de
cerveza, que se quedó derramando líquido por el suelo.
Lars-Gunnar
se quitó el sudor de la frente con la mano. Le caían las gotas por los ojos y
las mejillas.
—Y
los putos gatos...
—Sí,
tiene cojones—asintió Torbjörn.
Magnus
soltó una especie de risita tonta de borracho.
—Joder,
si no eran más que unos gatos...
Lars-Gunnar
le golpeó la cara con el puño cerrado, justo por encima de la nariz. Magnus
sintió como si se le abriera toda la cara. La sangre caliente le empezó a
correr por la boca.
—¡Vamos!—rugió
Lars-Gunnar—. ¡Aquí, aquí!
Se
señalaba la barbilla.
—¡Venga!
¡Aquí! Ahora tienes la oportunidad de pelearte con un hombre de verdad. Cobarde
maltratador de mierda. Eres una vergüenza. ¡Venga!
Puso
los brazos como si fueran ganchos y animaba a Magnus al ataque mientras le
enseñaba el mentón como anzuelo.
Magnus
se tapaba la nariz ensangrentada con la mano derecha. La sangre le corría por
dentro del puño de la camisa. Con la izquierda hacía gestos al aire en señal
evasiva.
De
pronto Lars-Gunnar se apoyó en la mesa de la cocina y se inclinó pesado sobre
ella.
—Me
voy fuera—le dijo a Torbjörn Ylitalo—. Antes de provocar una desgracia.
Al
llegar cerca de la puerta se volvió hacia atrás.
—Puedes
denunciarme si quieres—dijo—. Me da igual. Es justo lo que me espero de ti.
—Pero
no lo harás—le advirtió Torbjörn cuando Lars-Gunnar hubo salido—. Y a partir de
ahora mantén la boca cerrada, ni una palabra sobre mí, ni sobre el equipo de
caza, ¿te queda claro?
Magnus
asintió con la cabeza.
—Si
me entero de que has abierto otra vez el pico,
me
encargaré personalmente de que te arrepientas. ¿Te enteras?
Magnus
asintió de nuevo. Mantenía la cara erguida para que dejara de sangrarle la
nariz y en esa postura le bajaba por la garganta dejándole un sabor a hierro.
—El
arriendo de caza se renueva a fin de año—siguió Torbjörn—. Si hay más peleas o
estupideces..., quién sabe. No hay nada seguro en este mundo. Tienes tu sitio
en el equipo, pero tendrás que comportarte.
Se
quedaron callados unos segundos.
—Ala,
procura ponerte un poco de hielo—dijo al final Torbjörn.
Después
salió él también.
Lars-Gunnar
estaba en el porche con las manos en la cabeza.
—Larguémonos—le
dijo Torbjörn Ylitalo.
—Joder—dijo
Lars-Gunnar Vinsa—. Mi padre pegaba a mi madre, ¿sabes? Me pongo como loco...
Tendría que habérmelo cargado... A mi padre, quiero decir. ¿Sabes? Cuando
terminé la academia de policía y me vine aquí otra vez intenté convencerla para
que se divorciara de él, pero en los sesenta estabas obligado a hablar primero
con el cura, y aquel cabrón la convenció para que se quedara con el viejo.
Torbjörn
Ylitalo miró hacia el tupido prado que colindaba con el jardín de Magnus
Lindmark.
—Vámonos—dijo.
Lars-Gunnar
Vinsa se puso en pie con esfuerzo.
Pensaba
en aquel cura, en su cabeza calva reluciente y en su cuello que parecía un
montón de salchichas enroscadas. Joder. Su madre llevaba puesto el abrigo de
vestir y tenía el bolso en el regazo. Lars-Gunnar estaba a su lado haciéndole
compañía. El cura tenía todo el tiempo una
media
sonrisa, como si se tratara de una maldita broma. «Pobre vieja», le había dicho
el cura, aunque ella acababa de cumplir los cincuenta e iba a vivir treinta
años más. «¿No es mejor que se reconcilie con su marido?» Después de la visita
su madre estuvo muy callada. «Ya está hecho», le dijo Lars-Gunnar, «ya has
hablado con el cura, así que ya te puedes divorciar». Pero su madre negó con la
cabeza. «Es más fácil ahora que tú y tus hermanos os habéis ido de casa», le
respondió. «¿Cómo se las iba a arreglar él solo?»
Magnus
Lindmark vio desaparecer a los dos hombres por la carretera. Abrió el
congelador y rebuscó hasta encontrar una bolsa con carne picada, se tumbó en el
sofá del comedor con otra cerveza y con la bolsa de carne sobre la nariz y
encendió el televisor. Estaban dando un documental sobre enanos. Pobres
desgraciados.
Rebecka
Martinsson le compra un envase de comida a Mimmi. Va de camino a Kurravaara,
donde quizá acabe pasando la noche. Con Nalle no le ha resultado desagradable
ir allí y ahora quiere probarlo sola. Sabe perfectamente las sensaciones que
tendrá cuando se tome la sauna y se bañe en el río. El agua fría y las piedras
afiladas bajo los pies, la respiración acelerada de los primeros segundos, las
rápidas brazadas hacia lo hondo y la inexplicable sensación de fundirse con
todas sus edades anteriores. Se ha bañado en ese río y ha nadado en él con seis
años, diez, trece, hasta que cambió de ciudad. Son las mismas grandes piedras,
la misma orilla, el mismo vientecillo del atardecer de otoño que fluye como un
río de aire sobre el río de agua. Es como una muñeca rusa que por fin reúne
todas las piezas y puede juntar la de arriba con la de abajo en un giro, con la
certeza de que incluso la más pequeña está resguardada en el centro.
Después
cenará a solas en la cocina con el televisor encendido. Si le apetece, pondrá
la radio mientras friega los platos. Quizá Siwing asome la cabeza cuando vea
que hay luz.
—¿Así
que hoy has salido de aventura con Nalle?
Es
Micke el que habla, el dueño del bar. Tiene ojos de buena persona, lo cual no
acaba de encajar con los tatuajes de sus musculosos brazos, la barba y el aro
en la oreja.
—Sí—le
responde Rebecka.
—Genial.
Mildred y él se iban a menudo juntos de excursión.
—Ah—asiente
ella y piensa: «He hecho algo por ella.»
Mimmi
aparece con el envase de comida para Rebecka.
—Mañana
por la tarde—le comenta Micke—, ¿te gustaría trabajar aquí un rato? Es sábado,
todo el mundo vuelve de vacaciones, han empezado las escuelas, habrá mucha
gente. Cincuenta coronas la hora, entre ocho y una, más las propinas.
Rebecka
se lo queda mirando asombrada.
—Hecho—dice
tapando esa expresión relajada de su cara—. ¿Por qué no?
Y se
marcha llena de alegría traviesa.
PATAS
DORADAS
Noviembre.
La luz del alba asoma gris y perezosa. Ha nevado durante la noche y todavía hay
algunos copos de nieve planeando por el bosque silencioso. A lo lejos se oye el
graznido de un cuervo.
Toda
la manada está durmiendo cubierta de nieve en una pequeña hondonada sin que
siquiera se les vean las orejas. Los cachorros, excepto uno, han sobrevivido al
verano. Ahora ya son once miembros.
Patas
Doradas se incorpora, se sacude la nieve y olfatea el aire. La nieve se ha
posado como una manta sobre los viejos rastros de olor, ha barrido el aire y ha
limpiado la tierra. Agudiza los sentidos. El ojo avizor. El oído despierto. Y
hasta allí le llega el sonido de un alce levantándose de su acomodo nocturno y
sacudiéndose también la nieve del cuerpo. Está a un kilómetro de distancia. El
hambre se hace patente en forma de punzada en el estómago de la loba, que
despierta al resto de la manada y les comunica con señales el hallazgo. Ahora
son muchos y pueden cazar presas grandes.
El
alce es un objetivo peligroso. Tienes las patas traseras muy fuertes y las
pezuñas afiladas. De una coz puede romperle fácilmente la mandíbula como si
fuera una rama, pero Patas Doradas es una cazadora hábil. Y atrevida.
La
manada se pone en marcha y trota en dirección al alce. Enseguida encuentran el
rastro. Con ladridos y mordiscos les ordenan a los cachorros, que ya tienen
siete meses, que permanezcan detrás de la manada. Ya han empezado a cazar
presas pequeñas, pero en esta cacería sólo podrán participar como espectadores.
Saben que pasa algo grande y están temblando por la excitación contenida. Los
mayores ahorran fuerzas. Lo único que dice que no se trata de un desplazamiento
normal, sino el inicio de una ardua cacería, son los hocicos que de vez en
cuando husmean el aire. Es más probable que fracasen a que salgan victoriosos,
pero Patas Doradas avanza con pasos decididos. Tiene hambre. Últimamente está
trabajando duro para la manada y no se atreve a dejarla para hacer sus
excursiones como antes. Siente que en breve la expulsarán del grupo y quizá si
un día se va, ya no la dejen volver. Su hermanastra, la hembra alfa, la
mantiene a raya. Patas Doradas se acerca constantemente a la pareja dominante
con las patas de atrás dobladas y la espalda curvada para mostrar su
sometimiento. Camina con el culo pegado al suelo. Se arrastra y les lame las
comisuras. Es la cazadora más diestra de la manada, pero eso ya no le sirve de
mucho. Se las apañan sin ella y todos saben que tiene los días contados.
Físicamente,
Patas Doradas es la superior. Es rápida y tiene las patas largas. Es la hembra
de más tamaño de toda la manada, pero no tiene cabeza para el liderazgo. Le
gusta apartarse de la manada y hacer excursiones por su propia cuenta. No le
gustan los enfrentamientos y evita peleas y riñas agitando la cola e invitando
a jugar en lugar de combatir. En cambio, su hermanastra se levanta tras el
descanso y estira el cuerpo al mismo tiempo que pasea una mirada dura que dice:
«¿Y bien? ¿Alguien tiene intención de plantarme cara hoy?» No tiene compromiso
ni miedo ninguno. O te adaptas o te largas, y sus crías pronto lo aprenderán.
No dudaría jamás en matar si se desatara una pelea. Con ella en la pareja
líder, las manadas rivales tienen que andarse con mucho cuidado de entrar en su
territorio. Su desasosiego hace que toda la manada se ponga en marcha para
cazar o para desplazarse con el objetivo de ampliar el dominio.
El
alce ya ha captado el olor de la manada. Es un macho joven. Los lobos oyen el
crujido de las ramas que se parten cuando el animal acelera el paso por el
bosque. Patas Doradas arranca a galope. La nieve que ha caído no es profunda,
por lo que el riesgo de que el alce se distancie es grande. Patas Doradas se
separa de los demás y hace un semicírculo para atajar.
Al
cabo de dos kilómetros la manada alcanza al alce. Patas Doradas lo ha hecho
detenerse y lanza pequeños ataques, pero siempre guardándose de la cornamenta y
de las pezuñas. Los demás se agrupan alrededor del gran animal. El alce gira
sobre sí mismo, dispuesto a defenderse del primero que se atreva a atacar de
verdad. Al final es uno de los machos. Se le agarra con un mordisco a la pata
trasera, pero el alce logra desprenderse de él. La herida es grande, se le
desgarran músculos y tendones, mas el lobo no se retira lo bastante rápido y el
alce le asesta una coz haciéndole rodar por la nieve. Cuando se incorpora cojea
un poco. Se le han partido dos costillas. Los demás lobos retroceden algunos
pasos y el alce sale corriendo. Desaparece entre la maleza con la pata
sangrando.
Todavía
le queda mucha energía, así que es mejor dejar que corra para que pierda sangre
y se canse. Los lobos empiezan a perseguir a su presa, esta vez al trote, pues
no hay prisa. Pronto alcanzarán otra vez al gran animal. El lobo herido les
sigue el paso renqueando. Las próximas semanas su supervivencia dependerá por
completo del éxito de los demás cuando vayan a cazar. Si la presa es demasiado
pequeña, no habrá más que huesos cuando le llegue el turno de comer. Si tienen
que desplazarse demasiado durante la cacería, no tendrá fuerzas para seguirles.
Cuando la capa de nieve sea más profunda le costará avanzar por ella.
Al
cabo de cinco kilómetros la manada ataca de nuevo. Ahora es Patas Doradas la
que hace el trabajo duro. Se pone en cabeza en el galope mientras la distancia
entre la manada y el alce se reduce rápidamente. Los demás la siguen tan de
cerca que les roza las cabezas con las patas de atrás. Lo único que existe en
ese momento es el gran animal. La sangre salpica en el hocico de la loba hasta
que por fin le da alcance. Se cuelga de la pata trasera del alce. Es el momento
más peligroso, pero no lo suelta y al instante siguiente hay otro lobo agarrado
a la pata derecha. Otro miembro le coge rápidamente el puesto a Patas Doradas
en cuanto ella suelta. Pega una corrida rápida hacia delante y atrapa al alce
por la garganta. El gran animal cae de rodillas en la nieve, Patas Doradas le
tira del cuello y el alce trata de reunir fuerzas para ponerse en pie otra vez.
Levanta la cabeza al cielo. El macho dominante le clava los dientes en el morro
y le baja la cabeza hasta el suelo. Patas Doradas consigue darle otro mordisco
y finalmente le arranca la garganta.
La
vida abandona rápidamente al alce y la sangre pinta la nieve de rojo. Los
cachorros reciben la señal. Vía libre. Aparecen corriendo y se abalanzan sobre
el animal
moribundo.
Por fin pueden compartir el triunfo de la caza y sacuden las patas y el hocico.
Los lobos adultos abren al alce por la mitad con sus fuertes mandíbulas. El
cuerpo inerte humea en el frío de la mañana.
En
los árboles de encima se posan unos pájaros negros.
SÁBADO
Anna-Maria
Mella miraba a través de la ventana de su cocina. La vecina de enfrente
limpiaba los alféizares por fuera. ¡Otra vez! Lo hacía una vez a la semana.
Anna-Maria nunca había entrado en aquella casa pero se imaginaba que lo
tendrían todo recogido, sin una mota de polvo y, además, todo decorado.
Qué
diligencia la de los vecinos con la casa y el jardín. La eterna postura de
cuclillas para recoger dientes de león, la minuciosa labor de quitar la nieve y
ponerla en montones perfectos, la limpieza de los alféizares, los cambios de
cortina... A veces llenaban a Anna-Maria de una incomprensible irritación, a
veces de lástima y ahora de una especie de envidia. Tener toda la casa limpia y
ordenada, eso sí que sería algo grande.
—Ya
está limpiando los alféizares otra vez—le dijo a Robert.
Su
marido respondió con un sonido gutural desde el fondo de las páginas de la
sección deportiva y la taza de café. Gustav estaba sentado delante del armario
de las cazuelas y sacaba todo lo que había dentro.
Anna-Maria
sintió que le empezaba a invadir una ola de malestar. Hoy les tocaba hacer
limpieza general, pero siempre era ella la que debía tomar la iniciativa,
arremangarse y animar a los demás a ponerse en marcha. Marcus se había quedado
a dormir en casa de Hanna, el muy listo. Anna-Maria debería estar contenta de
que su hijo tuviera novia y amigos. Su peor pesadilla era que los críos les
salieran raros y se quedaran aislados. ¡Pero aquella habitación suya!
—Hoy
te toca a ti decirle a Marcus que tiene que ordenar su cuarto—le dijo a
Robert—. Yo no tengo fuerzas para insistir.
—¡Hola!—dijo
al cabo de un momento—. ¿Existo o qué?
Robert
levantó los ojos de la prensa.
—Por
lo menos podrías responder. ¡Así sabría si me escuchas o no!
—Sí,
se lo diré—respondió Robert—. ¿Por qué te pones así?
Anna-Maria
dio un respingo.
—Perdona—se
lamentó—. Es sólo que... Joder, la habitación de Marcus. Me da miedo. Te digo
en serio que me parece peligroso entrar allí. Me he metido en habitaciones de
toxicómanos que parecían sacadas de la revista Hogar Confortable comparadas con
la de él.
Robert
asintió serio con la cabeza.
—Restos
peludos de manzana que hablan...—dijo.
—¡Me
dan miedo!
—...
bailan colocados por los vapores de una piel de plátano fermentada. Tendremos
que comprar unas jaulas de hámster para nuestros nuevos amigos.
Mejor
aprovechar ahora...
—Si
tú haces la cocina, yo empiezo arriba—propuso Anna-Maria.
Sería
lo mejor. En la planta de arriba reinaba el caos. El suelo de su dormitorio
estaba cubierto de ropa sucia, bolsas y maletas a medio deshacer de las últimas
vacaciones que hicieron en coche. Los alféizares estaban llenos de insectos
muertos y de pétalos de flores. El lavabo daba asco. Y las habitaciones de los
críos...
Anna-Maria
suspiró. Ordenar y limpiar no era el punto fuerte de Robert. Tardaría toda la
vida en hacerlo. Mejor que se pusiera él a limpiar los fogones, poner el
lavavajillas y aspirar la planta baja.
Todo
aquello le causaba una profunda pena. Habían hablado mil veces de hacer la
limpieza de la casa los jueves por la tarde en lugar del sábado. Así ya
tendrían la casa limpia el viernes por la tarde de cara al fin de semana. El
viernes podrían cenar algo rico y los días de descanso serían más largos. Así,
podrían dedicar el sábado a algo más agradable y estarían todos juntos y serían
tremendamente felices en una casa limpia.
Pero
nunca lo hacían. El jueves estaban tan derrotados que eliminaban la limpieza de
la lista. El viernes se hacían los ciegos ante todo el desorden, alquilaban una
peli con la que Anna-Maria siempre terminaba durmiéndose y dedicaban el sábado
a limpiar. Medio fin de semana al carajo. A veces no encontraban el momento
hasta el domingo y entonces la limpieza solía empezar con uno de sus estallidos
de rabia.
Por
otro lado, todas aquellas cosas que no se acababan nunca, como los montones de
ropa del lavadero... Era imposible, nunca daba abasto. O los repulsivos
armarios; la última vez que metió la cabeza en el de Marcus para ayudarle a
encontrar Dios sabe qué, levantó un montón de jerseys de lana y otros trapos y
de pronto apareció un bicho alargado que se escabulló hacia las capas
inferiores—... Prefería no pensar en ello. ¿Cuándo fue la última vez que apartó
el lateral de la bañera? Los malditos cajones de la cocina llenos de trastos.
¿De dónde sacaban tiempo los demás? ¿Y las fuerzas?
Escuchó
la melodía de su teléfono de trabajo en el recibidor. En la pantalla aparecía
un número que no conocía y que empezaba por cero ocho, el prefijo de Estocolmo.
Era
un hombre que se presentó como Christer Elsner, catedrático de historia de la
religión. Se trataba del símbolo por el que le había preguntado la policía de
Kiruna.
—¿Sí?—dijo
Anna-Maria.
—Lo
siento, pero no he podido encontrar ese símbolo. Se parece al símbolo alquímico
de experimento o prueba, pero es ese garfio que continúa hacia abajo
atravesando el semicírculo lo que lo diferencia. A menudo el semicírculo
representa lo imperfecto o a veces lo humano.
—Así
que no existe—preguntó Anna-Maria decepcionada.
—Bueno,
ahí ya pasamos a las cuestiones difíciles—dijo el catedrático—. ¿Qué existe?
¿Qué no existe? ¿Existe el Pato Donald?
—No—dijo
Anna-Maria—. Sólo existe en la fantasía.
—¿En
tu cabeza?
—Sí.
Y en la de otros, pero no en la realidad.
—Hmmm.
Y ¿qué pasa con el amor?
Anna-Maria
soltó una carcajada de sorpresa. Sentía como si algo agradable la empujara por
dentro, animada por tener que pensar algo diferente por una vez.
—Eso
ya es más complicado—dijo.
—No
he conseguido encontrar el símbolo, pero, claro, estoy buscando en la Historia.
Los símbolos aparecen en algún momento. Podría tratarse de uno nuevo. También
hay muchos símbolos en ciertos géneros musicales, igual que algunas
literaturas, como de fantasía y por el estilo.
—Y
¿quién sabe de eso?
—Los
compositores de música. Respecto a los libros, hay una librería bien surtida de
ciencia ficción y fantasía y esas cosas en Estocolmo. En la zona de Gamla Stan.
Terminaron
la conversación, lo cual desanimó un tanto a Anna-Maria. Le habría gustado
hablar un rato más pero, bien mirado, ¿qué le podría decir? Le habría gustado
poderse convertir en su perro para que la sacara a pasear por el bosque y le
hablara de sus últimas ideas y reflexiones. Muchos lo hacían con sus perros. Y
Anna-Maria, convertida momentáneamente en perro, podría escucharlo todo sin
sentirse presionada por tener que intervenir con respuestas inteligentes.
Volvió
a la cocina. Robert no se había movido del sitio.
—Tengo
que ir al trabajo—le dijo—. Vuelvo en una hora.
Por
un instante pensó en si debía pedirle que empezara con la limpieza, pero al
final se abstuvo. De todos modos él no lo haría; y si se lo pedía, cuando
volviera a casa ella se enfadaría y se sentiría de lo más decepcionada al
encontrárselo en la misma postura que cuando se había marchado.
Se
despidió con un beso. Era mejor ser amigos.
Diez
minutos más tarde Anna-Maria estaba en el trabajo. En su buzón había un fax del
laboratorio en el que le comunicaban que habían encontrado un montón de huellas
de Mildred Nilsson. Iban a continuar examinando el documento, lo cual les
llevaría algunos días.
Llamó
a información de números de teléfono y pidió el número de una tienda de ciencia
ficción que había en algún sitio de Gamla Stan. El hombre que le atendía lo
encontró de inmediato y le pasó la llamada.
Le
contó a la mujer que contestó lo que estaba buscando y le hizo una descripción
del símbolo.
—Sorry—dijo
la dependienta—. Ahora mismo no me viene nada a la cabeza, pero si me mandas un
dibujo por fax se lo preguntaré a alguno de mis clientes.
Anna-Maria
le prometió que lo haría, le agradeció la ayuda y colgó.
En
cuanto soltó el auricular, el teléfono empezó a sonar. Descolgó de nuevo. Era
Sven-Erik Stålnacke.
—Tienes
que venir—le dijo—. Se trata del pastor Stefan Wikström.
-¿Sí?
—Ha
desaparecido.
Kristin
Wikström lloraba sin parar en la cocina de la casa rectoral en Jukkasjärvi.
—¡Toma!—le
gritó a Sven-Erik Stålnacke—. Aquí tienes el pasaporte de Stefan. ¿Cómo podéis
pedírmelo? Os estoy diciendo que no se ha ido. ¿Iba a dejar a su familia? Si es
la persona más buena... Os digo que le ha pasado algo.
Tiró
el pasaporte al suelo.
—Lo
comprendo—dijo Sven-Erik, pero aun así tenemos que seguir cierto orden. ¿Por
qué no te sientas?
Era
como si Kristin no oyera nada. Seguía yendo desesperada de un lado a otro de la
cocina chocando contra los muebles y haciéndose daño. En el sofá había dos
niños de cinco y diez años que construían algo con piezas de Lego sobre una
base verde. No parecían demasiado preocupados por la alteración de su madre ni
la presencia de Sven-Erik y Anna-Maria.
«Niños—pensó
Anna-Maria—. Aguantan lo que sea.»
De
repente tuvo la sensación de que sus problemas con Robert eran
insignificantemente pequeños.
«¿Qué
más da que yo limpie más que él?», pensó.
—¿Qué
voy a hacer?—gritó Kristin—. ¿Cómo voy a salir adelante?
—O
sea que esta noche no ha dormido en casa—dijo Sven-Erik—. ¿Estás completamente
segura?
—No
ha usado la cama—gimoteó—. Siempre cambio las sábanas el viernes y su lado
estaba intacto.
—A
lo mejor llegó tarde y se quedó a dormir en el sofá—intentó Sven-Erik.
—¡Estamos
casados! ¿Por qué no iba a dormir conmigo?
Sven-Erik
Stålnacke había bajado a la casa rectoral de Jukkasjärvi para preguntarle a
Stefan Wisktrom acerca del viaje al extranjero que la familia Wikström se había
costeado con dinero de la fundación y se había topado con los ojos abiertos de
par en par de la esposa. «Estaba a punto de llamar a la policía», le había
dicho.
Lo
primero que hizo fue tomar prestada la llave de la iglesia y se fue corriendo
hasta allí. Por fortuna no había ningún pastor colgando del coro y tal fue el
alivio de Sven-Erik que casi tuvo que sentarse en uno de los bancos. Después,
llamó a la jefatura para ordenar que otros agentes comprobaran las demás
iglesias de la ciudad y luego llamó a Anna-Maria.
—Necesitamos
los números de cuenta de tu marido, ¿los tienes?
—Pero
¿qué os pasa a vosotros? ¡Es que no me oís! Tenéis que salir a buscarlo. ¡Le ha
pasado algo! Él nunca... A lo mejor está...
Se
quedó callada mirando a sus dos hijos y después salió a toda prisa al jardín.
Sven-Erik la siguió y Anna-Maria aprovechó la oportunidad para echar un vistazo
por la casa.
Abrió
rápidamente los cajones de la cocina, pero no halló ninguna cartera. Tampoco en
los bolsillos de las chaquetas del recibidor, así que subió al piso de arriba.
Era
tal y como había dicho Kristin: nadie había dormido esa noche en uno de los
lados de la cama de matrimonio.
Desde
el dormitorio se podía ver el embarcadero donde Mildred Nilsson tenía su barca.
El sitio donde la asesinaron.
«Y
había luz—pensó Anna-Maria—. Dos noches antes del solsticio de verano.»
Tampoco
vio ningún reloj de pulsera sobre su mesita de noche.
Todo
apuntaba a que se había llevado la cartera y el reloj.
Volvió
abajo y se metió en lo que parecía ser el despacho de trabajo de Stefan.
Intentó abrir los cajones del escritorio, pero estaban cerrados. Tras un
momento de búsqueda encontró la llave detrás de unos libros de la estantería y
pudo abrir. En los cajones no había gran cosa. Algunas cartas que ojeó un poco
por encima, pero ninguna parecía tener nada que ver con él o con Mildred, ni
tampoco eran de ninguna amante esporádica. Miró por la ventana y vio a
Sven-Erik y Kristin hablando en el jardín. Bien.
En
una situación normal, lo .que habrían hecho habría sido esperar unos días,
teniendo en cuenta que con frecuencia se trataba de desapariciones voluntarias.
«Un
asesino en serie—pensó Anna-Maria—. Si lo encontramos muerto, eso será lo que
tengamos ante nosotros. Entonces lo sabremos.»
Kristin
Wikström se había sentado en un sofá del jardín mientras Sven-Erik le sonsacaba
información de diversa índole: a quién podían llamar para que se ocupara de los
niños; nombres de amigos y familiares de Stefan Wikström, quizá alguien sabía
más que la esposa; si tenían segunda residencia; si sólo tenían el coche que
estaba aparcado en el jardín...
—No—lloriqueó
Kristin—. Su coche no está.
Tommy
Rantakyro llamó para informar de que habían mirado en todas las iglesias y
capillas. En ninguna había ningún pastor muerto.
Un
gran gato apareció paseándose seguro de sí mismo por el camino de grava que
llevaba a la casa. Apenas le dedicó una mirada al extraño que había en el
jardín y continuó sin cambiar de rumbo metiéndose por entre la alta hierba. Es
posible que al caminar se agachara un poco y bajara la cola. Era de color gris
oscuro. El pelo era largo y suave, y recordaba a un plumón. A Sven-Erik no le
inspiraba ninguna confianza. Cabeza chafada y ojos amarillos. Si Marine se
hubiera topado con un gatazo de ese calibre, no habría tenido la menor
posibilidad.
Sven-Erik
se imaginó por un momento a Marine recogiéndose como hacen los gatos, quizá en
una cuneta o debajo de una casa, herido y debilitado. Al final sería presa
fácil para un zorro o un perro de caza. Bastaba con partirle la columna,
cric-crac.
Anna-Maria
le tocó el hombro y se apartaron unos pasos. Kristin Wikström se quedó mirando
al frente con el puño derecho pegado a la boca y mordiéndose el dedo índice.
—¿Qué
opinas?
—Demos
la orden de búsqueda—dijo Sven-Erik mirando a Kristin Wikström—. Tengo un presentimiento
muy malo. Por ahora, en territorio nacional y en la aduana. Miremos los vuelos,
sus cuentas y su teléfono. Y hablaremos con sus compañeros de trabajo, amigos y
familiares.
Anna-Maria
asintió con la cabeza.
—Horas
extra.
—Sí,
pero ¿qué cono dirá el fiscal? Cuando la prensa se entere de esto, entonces...
Sven-Erik
levantó las manos en un gesto de demanda de ayuda.
—Tenemos
que preguntarle por las cartas—observó Anna-Maria—. Las que le escribió a
Mildred.
—Pero
no ahora—dijo Sven-Erik con decisión—. Cuando haya venido alguien a llevarse a
los chicos.
Micke
Kiviniemi paseó la mirada por el local desde su situación estratégica al otro
lado de la barra. Rey en su reino, en su desordenado y ruidoso reino con olor a
comida, humo, cerveza, aftershave y un ligero fondo de sudor. Sacaba cervezas
una tras otra, intercalando de vez en cuando una copa de tinto o incluso blanco
o una copa de whisky. Mimmi correteaba como un ratón de circo entre las mesas y
reñía con cariño mientras pasaba la bayeta y anotaba los pedidos. Micke oía
todos sus «cazuela de pollo o lasaña, es lo que hay».
La
televisión estaba encendida en la esquina y detrás de la barra sonaba el equipo
de música. Rebecka Martinsson estaba sudando en la cocina. Plato dentro, plato
fuera del microondas sin parar, salía a la barra a recoger columnas de vasos
sucios y los cambiaba por limpios. Era como estar en una buena película. Sentía
los elementos fastidiosos muy lejos: hacienda, el banco, los lunes por la
mañana cuando se despertaba con la sensación de estar cansada hasta los huesos
y oía cómo las ratas revolvían en la basura.
Sólo
con que Mimmi se hubiera puesto un poco celosa de que le hubiese dado trabajo a
Rebecka Martinsson, habría sido perfecto. Pero le pareció bien, sin más. Micke
se abstuvo de decir que estando Rebecka Martinsson los
tíos
del bar tendrían algo nuevo que mirar. Mimmi no habría dicho nada al respecto,
pero daba la impresión de tener una cajita escondida en la que iba guardando
los errores y excesos que él cometía, y que el día que estuviera llena haría
las maletas y se largaría. Sin previo aviso. Sólo las chicas que se preocupaban
avisaban.
Pero
ahora su reino estaba lleno de vida como un hormiguero en primavera.
«Éste
es un trabajo que puedo hacer», pensó Rebecka Martinsson dándole caña al chorro
para enjuagar los platos antes de meter la cesta en el lavavajillas.
No
había que pensar ni concentrarse en nada. Sólo debía cargar, cansarse y correr.
Siempre a buen ritmo. No era consciente de la gran sonrisa que reinaba en su
cara cada vez que salía con una torre de vasos limpios para dejárselos a Micke.
—¿Todo
bien?—le preguntaba él con otra sonrisa.
Notó
que le estaba vibrando el teléfono en el bolsillo del delantal y lo sacó. Ni en
broma podía ser Maria Taube. Cierto que trabajaba siempre, pero no un sábado
por la noche. A esa hora estaba por ahí dejándose invitar a una copa.
El
número de Máns aparecía en la pantalla y el corazón le dio un vuelco.
—Rebecka—gritó
al contestar tapándose la otra oreja con la mano para poder oír algo.
—Máns—soltó
Máns Wenngren al otro lado.
—Espera
un momento—gritó—. Un segundo, que aquí hay mucho barullo.
Cruzó
el bar con el teléfono levantado hacia Micke mientras le mostraba los dedos de
la mano derecha y le decía en silencio, pero moviendo los labios con claridad,
«cinco
minutos». Micke aprobó asintiendo con la cabeza i y Rebecka salió al patio de
fuera. El aire fresco le puso de punta el vello de los brazos.
Ahora
se dio cuenta de que al otro lado también había un bullicio considerable. Máns
estaba en el bar, lo cual relajaba las cosas.
—Ya
está, ya puedo hablar—dijo Rebecka.
—Yo
también. ¿Dónde estás?—preguntó Máns.
—Delante
del Bar-Restaurante Micke, en Poikkijarvi, un pueblo en las afueras de Kiruna.
Y ¿tú?
—Delante
del Spyan, un bar de pueblo en las afueras de la plaza de Stufeplan.
Rebecka
se rió. Máns parecía contento y no tan negativo como de costumbre. Estaba
borracho, pero Rebecka no le dio importancia. No habían hablado desde que se
marchó remando de la fiesta en Lido.
—¿Estás
de fiesta?—preguntó Máns.
—En
realidad, no, estoy trabajando en negro.
«Ahora
se pondrá como una moto—pensó—. O quizá no, había que probar.»
Y
Máns soltó una risotada.
—¿Ah,
sí? ¿Haciendo qué?
—Me
han dado un puesto de friegaplatos—dijo con un entusiasmo exagerado—. Me pagan
cincuenta la hora, hoy me sacaré doscientas cincuenta. Y me han dicho que me
puedo quedar con las propinas, pero no sé, los que entran en la cocina para
echarle una moneda al friegaplatos no son muchos, así que creo que me han
engañado un poco.
Máns
se rió al otro lado. Un jo, jo con resoplido acabado con un ju, ju casi
suplicante. Rebecka sabía que ese ju, ju era lo que acompañaba a su gesto de
cuando se secaba los ojos.
—Joder,
Martinsson—moqueó.
Mimmi
asomó la cabeza por la puerta y miró a Re-becka con ojos que indicaban crisis.
—Oye,
tengo que colgar—dijo Rebecka—. Si no, me rebajarán el sueldo.
—En
ese caso aún les deberás dinero. ¿Cuándo vuelves?
—No
lo sé.
—Tendré
que subir a buscarte—dijo Máns—. No estás en tus cabales.
«Hazlo»,
pensó Rebecka.
A
las once y media llegó Lars-Gunnar al bar. Nalle no iba con él. Se quedó de pie
un instante y paseó la mirada por el local como el viento por la hierba. Su
presencia impresionaba a todo el mundo. Algunas manos y cabezas se alzaron
ligeramente a modo de saludo; algunas conversaciones pararon, frenaban para
luego arrancar de nuevo; algunas caras se volvieron para mirar. Su presencia
quedó registrada y luego se inclinó sobre la barra y le dijo a Micke:
—La
Rebecka Martinsson ésa, ¿se ha largado?
—No—respondió
Micke—. Esta noche está currando aquí.
Algo
en Lars-Gunnar le hizo seguir hablando.
—Sólo
por hoy. Hay mucha gente esta noche y aun así Mimmi está hasta el cuello.
Lars-Gunnar
pasó su brazo de oso por encima de la barra y se llevó a Micke hacia la cocina.
—Ven,
quiero hablar con ella y quiero que estés presente.
Mimmi
y Micke tuvieron tiempo de intercambiar una mirada antes de que los dos hombres
desaparecieran tras las puertas batientes.
«¿Qué
pasa?», preguntaban los ojos de Mimmi.
«Yo
qué sé», respondían los de Micke.
Viento
sobre la hierba una vez más.
Rebecka
Martinsson estaba en la cocina enjuagando platos.
—Vaya,
Rebecka Martinsson—dijo Lars-Gunnar—. Acompáñanos a Micke y a mí a la parte de
atrás para hablar un momento.
Salieron
por la puerta trasera. La luna se reflejaba como escamas en el agua del río. De
fondo se oía el ruido apagado del bar. El viento siseaba en las copas de los
abetos.
—Quiero
que le cuentes a Micke quién eres—dijo Lars-Gunnar Vinsa tranquilo.
—¿Qué
quieres saber?—dijo Rebecka—. Me llamo Rebecka Martinsson.
—Quizá
deberías explicar qué haces aquí.
Rebecka
miró a Lars-Gunnar. Si algo había aprendido en el trabajo era no empezar nunca
a hablar así sin más.
—Creo
que tienes algo en mente—dijo—. Habla tú.
—Eres
de aquí. Bueno, no de aquí, sino de Kurravaara. Trabajas de abogada y fuiste tú
la que se cargó a los tres pastores de Jiekajarvi hace dos años.
«Dos
pastores y un chico enfermo», pensó ella.
Pero
no lo corrigió, sino que permaneció callada.
—Creía
que eras secretaria—intervino Micke.
—Como
comprenderás, los que vivimos en el pueblo sentimos curiosidad—continuó
Lars-Gunnar—. ¿Por qué una abogada se mete a trabajar en la cocina de un bar
con una bandera falsa? Lo que ganes esta noche será lo que te cuesta
normalmente una comida en la capital. Nos preguntamos por qué te cuelas
aquí..., por qué metes las narices. ¿Sabes? A mí en realidad me da igual. Por
mí, la gente es libre de hacer lo que quiera, pero me parecía que Micke tenía
derecho a saberlo. Y además...
Apartó
la vista y miró al río mientras expulsaba el aire. La seriedad invadió su
cuerpo.
—...
que utilizaras a Nalle, que tiene la cabeza de un niño. Y que tuvieras estómago
para meterte escudándote en él.
Mimmi
apareció en la puerta y Micke le lanzó una mirada que hizo que ella también
saliera cerrando la puerta tras de sí.
—Me
pareció reconocer tu nombre—prosiguió Lars-Gunnar—. Soy un antiguo policía,
¿sabes?, así que conozco muy bien esa historia de Jiekajarvi. Pero de pronto se
me encendió la luz. Mataste a aquellas personas. Por lo menos a Vesa Larsson.
Quizá al fiscal le pareció que no era como para dictar un auto de
procesamiento, pero debes saber que para los policías eso no significa una
mierda. El noventa por ciento de los casos en los que se sabe que hay un
culpable, acaba en que ni siquiera se dictamina procedimiento. Puedes estar
contenta. Librarte con un asesinato a la espalda, eso sí que tiene mérito. Y no
sé qué estás haciendo aquí. Si le cogiste el gusto al tema con el asunto de
Viktor Strandgárd y estás jugando a detective privado por tu propia cuenta o si
puede que estés trabajando para un periódico. En cualquier caso, se acabó la
farsa.
Rebecka
los miró.
«Obviamente,
debería soltar un discurso», pensó. «Defenderme.»
¿Y
decir qué? Que había tenido otras cosas en que pensar más que en ponerse una
soga al cuello. Que ya no podía con el trabajo de abogada. Que pertenecía a
este río. Que ella les salvó la vida a las hijas de Sanna Strandgárd.
Se
desató el delantal, se lo pasó a Micke y se dio la vuelta sin decir nada. No
atravesó el bar sino que cruzó por delante del gallinero y la carretera hasta
llegar a su cabaña.
«¡No
corras!», se decía a sí misma pudiendo sentir sus miradas en la nuca.
Nadie
la siguió para pedir explicaciones. Metió todas sus cosas en la maleta y el
neceser, los tiró dentro del maletero del coche de alquiler y se marchó.
No
derramó ni una lágrima.
«¿Qué
más da?—pensó—. Son completamente insignificantes. Todo el mundo es
insignificante. Nadie importa nada.»
PATAS
DORADAS
Febrero
con un frío que tira para atrás. Los días son cada vez más largos, pero el frío
es como el puño duro de Dios. Todavía implacable. El sol no es más que un
esbozo en el cielo y el aire como una placa de cristal. Bajo un grueso manto
blanco, los ratones y campañoles encuentran sus caminitos. Los rumiantes van
comiendo la corteza helada de los árboles. Adelgazan mientras esperan que
llegue la primavera.
Pero
ni el frío de cuarenta grados bajo cero, ni las tormentas de nieve que
arrastran consigo todo el paisaje en una lenta ola blanca de exterminio,
preocupan a la manada de lobos. Al contrario. Es la mejor época, el mejor
clima. Hacen picnic con actividades bajo la nieve que cae. Hay comida de sobra,
tienen un buen territorio y un buen grupo de caza. Ni calor aplastante ni
insectos chupasangre.
A
Patas Doradas se le ha acabado el tiempo. Los colmillos brillantes de la hembra
alfa avisan de que es la hora. Pronto. Pronto. Ya. Patas Doradas lo ha
intentado todo. Se ha arrastrado hasta las rodillas pidiendo que la dejaran
quedarse, pero esta mañana de febrero es el día señalado. No la dejan acercarse
a la familia. La hembra alfa muestra hostilidad. Sus fauces cortan el aire.
Patas
Doradas no se marcha directamente y las horas pasan mientras ella se mantiene
algo apartada de la manada. Espera una señal de que la dejan volver. Pero la
loba alfa es inamovible y una y otra vez se levanta para echarla.
Uno
de los machos, el hermano de Patas Doradas, le aparta la mirada. Ella siente el
deseo de hurgar con el hocico en su pelo y de dormirse a su lado.
Los
lobos jóvenes miran a Patas Doradas con la cola caída. Las patas amarillas de
ella quieren salir de caza entre los antiguos abetos tras ellos, voltearse
jugando, incorporarse de nuevo y dejarse cazar en la nieve.
Los
lobeznos que pronto cumplirán un año, intrépidos, temerarios, todavía son
cachorros. Comprenden lo suficiente de lo que está pasando como para mantenerse
tranquilos y en su sitio. Gimotean inseguros. A Patas Doradas le gustaría
dejarles una liebre herida entre las patas y mirar cómo la persiguen en una
caza salvaje y, en su empeño, cómo se tropiezan unos con otros.
Hace
un último intento y da un paso interrogante, pero esta vez la hembra alfa la
ahuyenta hasta el linde del bosque, bajo los matojos desnudos y grises de los
viejos abetos. Se queda allí debajo observando la manada y a la hembra alfa,
que regresa tranquilamente junto a los demás.
Dormirá
sola. Hasta hoy descansaba entre los sonidos de la manada, los ladridos y las
cacerías en sus sueños, los rugidos, los suspiros, los pedos. En cambio ahora,
sus oídos tendrán que seguir alerta mientras ella cae en un intranquilo sueño.
A
partir de ahora nuevos olores le llenarán el hocico apartando los de los demás,
los de sus hermanas y hermanos, parientes y familiares, cachorros y viejos.
Se
pone en marcha en un lento trote. Los pasos van en una dirección, la añoranza
hacia otra. Aquí ha vivido. Allí sobrevivirá.
DOMINGO
Es
domingo por la tarde. Rebecka Martinsson está sentada en el suelo de la
habitación en la casa de su abuela de Kurravaara, delante de la estufa de leña
con una manta en los hombros y abrazándose las rodillas. De vez en cuando se
estira para coger un trozo de leña de la caja de madera de la Empresa Azucarera
Sueca. Tiene la mirada fija en el fuego y siente el cansancio en los músculos
de su cuerpo. Durante el día de hoy ha sacado alfombras, mantas, edredones,
colchones y almohadas para sacudirles el polvo y luego los ha dejado tendidos
al aire libre. Ha fregado el suelo con lejía y ha limpiado las ventanas, ha
lavado toda la loza y ha hecho un repaso a los armarios de la cocina. La planta
de abajo la limpiará en otro momento pero ha dejado todas las ventanas abiertas
de par en par para airear la casa entera. Ahora tiene encendido tanto el fuego
de la cocina como la estufa de la habitación para eliminar los últimos
resquicios de humedad. Con esto ha consagrado de sobra el día del Señor y ha
podido descansar la cabeza. Ahora la mente reposa ante el fuego de un modo
ancestral.
10
DE SEPTIEMBRE
El
inspector de policía Sven-Erik Stålnacke está sentado en la sala de estar con
la tele encendida pero sin sonido, por si de pronto aparece un gato maullando
fuera. No le importa, esta película ya la ha visto. Sale Tom Hanks, que se
enamora de una sirena.
Desde
que el gato se fue, la casa está vacía. Sven-Erik ha recorrido todas las
cunetas posibles llamándolo suavemente por su nombre y está muy cansado. No por
las caminatas, sino por haber agudizado tanto el oído y por insistir tanto, aun
a sabiendas de que no valía la pena.
Y el
pastor desaparecido sigue sin dar señales de vida. El sábado ya se había
filtrado la noticia a los dos periódicos de la tarde y ambos dedicaban las
páginas centrales a la desaparición. Había algún comentario del equipo de la
Criminal de la Policía Nacional, pero ni una palabra de la psiquiatra que les
había ayudado a elaborar un posible perfil. Uno de los periódicos había dado
con un antiguo caso de los setenta en el que un loco de Florida asesinó a dos
predicadores. A su vez, el homicida acabó asesinado por otro preso mientras
limpiaba los lavabos, pero durante su estancia en la cárcel había presumido de
haber cometido más crímenes por los que no había sido condenado. Gran imagen de
Stefan Wikström con las palabras «pastor», «padre de cuatro hijos» y «esposa
desesperada» a pie de foto. Por fortuna no decían nada de una posible
malversación de fondos. Sven-Erik también observó que en ningún momento se
mencionaba que Stefan Wikström estuviera en contra de las mujeres pastoras.
Evidentemente,
no había recursos para vigilar a curas y pastores en general pero el ánimo de
los compañeros decayó cuando leyeron en uno de los periódicos: «La policía: ¡No
podemos protegerlos!» El diario sensacionalista Expressen daba consejos para
quien se sintiera amenazado: «Busca compañía, rompe con tus hábitos, vuelve a
casa por otro camino, cierra la puerta con llave, no aparques al lado de una
furgoneta.»
Se
trataba de un loco, por supuesto. Uno de esos que continuaría hasta que tuviese
mala suerte.
Sven-Erik
pensó en Marine. En cierto modo, las desapariciones eran peor que la muerte
porque no se podía guardar luto por ellas, tenías que limitarte a sufrir la
in-certidumbre. La cabeza se convertía en un pozo de escombros lleno de
suposiciones atroces sobre lo que podía haber ocurrido.
Por
Dios, Marine no dejaba de ser un gato. ¿Y si se hubiera tratado de su hija? Esa
idea era demasiado grave como para sentirla de verdad.
El
párroco Bertil Stensson está sentado en el sofá del salón con una copa de coñac
en el alféizar que hay detrás de su cabeza. El brazo derecho descansa sobre el
respaldo por detrás de la nuca de su mujer y con la mano izquierda le acaricia
el pecho. Ella no aparta los ojos de la tele, donde están dando una vieja
película de Tom Hanks, pero las comisuras de la boca se elevan en señal de
aprobación. Bertil acaricia un pecho y, una cicatriz. Recuerda el nerviosismo
de su esposa cuatro años antes cuando se lo extirparon. «Me gustaría ser
atractiva a pesar de haber cumplido los sesenta», decía. Pero Bertil ha llegado
a amar esa cicatriz más que al pecho que la precedía, como un recuerdo de que
la vida es corta. Uno no se da cuenta de que el tiempo pasa tan deprisa y
aquella cicatriz le otorga a las cosas sus proporciones pertinentes, le ayuda a
mantener el equilibrio entre el trabajo y el tiempo libre, entre el deber y el
amor. A veces ha pensado que le gustaría hacer sermones sobre la cicatriz pero,
obviamente, no puede ser. Además tendría una inexplicable sensación de pasarse
de la raya. Si gastaba aire y palabras en ella, perdería la fuerza que tenía en
su vida. Es la cicatriz la que le hace el sermón a Bertil. Él no tiene ningún
derecho a ser dueño de ese sermón y compartirlo con otros.
Era
Mildred con quien hablaba cuatro años atrás, no con Stefan. Tampoco con el
obispo, aunque fueran amigos desde hacía mucho tiempo. Quiere recordar que
estaba llorando, que Mildred sabía escuchar, que sentía que podía confiar en
ella.
Mildred
lo volvió loco, pero ahora, sentado con la cicatriz de su esposa bajo el dedo
índice, no es capaz de decir qué era lo que tanto lo provocaba. Qué más daba
que fuera una rojilla y que no estuviera demasiado de acuerdo con algunas
actividades que realizaba la parroquia.
Lo
descalificaba como jefe y eso le molestaba. Nunca pedía permiso, nunca pedía
consejo. Tenía serias dificultades para seguir el rebaño.
Casi
da un respingo por la elección de sus propias palabras, «seguir el rebaño». Él
no es esa clase de jefe, más bien se jacta de darles libertad y responsabilidad
a sus empleados. Pero aun así, es el jefe.
A
veces tuvo que hacérselo ver a Mildred, como en aquel funeral. Había un hombre
que había dejado la iglesia, pero iba a las misas de Mildred los años previos a
la enfermedad. Al final murió habiendo comunicado que quería que Mildred
oficiara los funerales y ella hizo una ceremonia civil. Sin duda, Bertil podría
haber pasado por alto aquella pequeña infracción, pero la denunció al sínodo
diocesano y Mildred tuvo que ir a hablar con el obispo. En aquel momento a
Bertil le había parecido lo más correcto. ¿Para qué tener normas si no se
cumplían?
Cuando
Mildred regresó al trabajo actuó con total normalidad y sin hacer referencia
alguna a la conversación con el obispo, lo cual infundía a Bertil una tímida
sensación de que quizá el obispo se había puesto de parte de la pastora, que le
había terminado diciendo algo como que se había sentido obligado a hablar con
ella y hacerle una observación porque Bertil le había insistido. Que en
silencio hubieran considerado de acuerdo mutuo que Bertil se ofendía a las
primeras de cambio, que temía por su liderazgo e incluso que quizá tenía un
poco de envidia porque no le habían pedido a él que oficiara aquella misa.
No
es habitual que la gente se ponga en serio a auto-valorarse, pero ante la
cicatriz Bertil se siente como si se estuviera confesando.
Era
cierto. Sí que había tenido envidia y había sentido cierta rabia por todo ese
amor sin matices que recibía de tanta gente.
—La
echo de menos—le dice Bertil a su esposa.
La
echa de menos y llorará su pérdida durante mucho tiempo.
Su
esposa no le pregunta de quién está hablando. Abandona la película y baja el volumen.
—Fui
de muy poco apoyo el tiempo que estuvo trabajando aquí—continúa.
—En
absoluto—discrepa su mujer—. Le diste libertad para que trabajara a su manera.
Lograste mantenerla a ella y a Stefan dentro de la congregación al mismo tiempo
y eso es toda una hazaña.
Los
pastores peleones.
Bertil
niega con la cabeza.
—Pues
dale apoyo ahora—dice su mujer—. Ha dejado mucho a sus espaldas. Antes se podía
ocupar sola de todo, pero a lo mejor ahora necesita tu ayuda más que nunca.
—¿Cómo?—se
ríe—. La mayoría de las mujeres del grupo Magdalena me ven como el enemigo.
Su
esposa le sonríe.
—Pues
quizá te toque apoyar y respaldar sin recibir amor a cambio, ni siquiera las
gracias. El amor ya te lo doy yo, si quieres.
—Quizá
deberíamos ir a la cama—propone el párroco.
«La
loba», piensa cuando se sienta a hacer pis. Así lo habría querido Mildred, que
destinara el dinero de la fundación a costear su vigilancia durante el
invierno.
En
cuanto se le ocurre la idea, el cuarto de baño parece electrificarse. Su mujer
ya está en la cama y lo llama.
—Voy
enseguida—responde Bertil sin atreverse a alzar demasiado la voz. La presencia
es tan evidente y al mismo tiempo tan efímera.
«¿Qué
quieres?», pregunta y Mildred se le acerca.
Típico
de ella, justo ahora que está en el baño con los pantalones bajados.
«Me
paso el día en la iglesia—dice—. Me podrías haber ido a ver allí.»
Y en
ese instante lo entiende. El dinero de la fundación no alcanza, pero si vuelven
a negociar el arriendo de caza... O si la asociación de cazadores lo empieza a
pagar a precio de mercado o buscan a otro arrendatario y que el dinero vaya
todo a la fundación.
Puede
sentir la sonrisa de Mildred, que sabe lo que le está pidiendo. Todos los
hombres se le tirarán encima, habrá broncas y saldrá en la prensa.
Pero
ella sabe que lo puede hacer porque puede convencer al consejo parroquial.
«Lo
haré—le dice Bertil—. No porque me parezca lo correcto. Lo hago por ti.»
Lisa
Stóckel ha encendido una hoguera en el jardín de su casa. Los perros están
dentro durmiendo en sus camas.
«Demonio
de gángsteres», piensa con amor.
Ahora
tiene cuatro. Lo máximo que ha tenido son cinco.
Está
Bruno, un macho vorsteh marrón al que todos se refieren con el apodo de el
Alemán por su estilo comedido y su sobriedad un tanto militar. Cuando Lisa saca
la mochila y los perros entienden que van a salir de excursión, suele armarse
un alboroto tremendo en el recibidor. Empiezan a dar vueltas como una peonza
ladrando, bailando, gimoteando y dando alaridos de alegría. Le dan unos
empujones que casi la tiran al suelo, pisotean la bolsa y la miran con ojos
como diciendo: «¿Podemos ir contigo? Seguro que sí. No te largarás sin
nosotros, ¿verdad?»
Todos
excepto el Alemán. Él se queda quieto como una estatua, aparentemente
indiferente, pero si te agachas y miras con atención se le puede ver una ligera
tiritona bajo la piel. Un temblor casi imperceptible de emoción contenida y si
al final le resulta demasiado, si necesita una fuga de escape para sus
emociones para no explotar, acaba dando unos golpecitos en el suelo con la
pata, dos veces. Ésa es la señal de que está a tope.
Después
está Majken, claro, su vieja labrador. Pero con ella ya no hace gran cosa. El
pelo del hocico se le ha puesto gris y está cansada. Majken adora a los cachorros
y los ha criado a todos. Los nuevos miembros de la manada han dormido junto a
su vientre y ella les ha hecho de nueva madre. Y si no había ningún cachorrito
al que cuidar, tenía preñez psicológica. Hasta hacía tan sólo dos años Lisa
podía llegar a casa y encontrarse la cama totalmente deshecha. Entre las mantas
y las almohadas solía aparecer Majken con sus cachorros imaginarios: una pelota
de tenis, un zapato o, como una vez que la perra tuvo suerte, un peluche que
había encontrado en el bosque.
Luego
estaba Karelin, la gran perra cruce entre pastor alemán y terranova. Lisa la
adoptó cuando tenía tres años, después de que el veterinario de Kiruna la
llamara para preguntarle si la quería. La iban a sacrificar, pero el dueño le
había dicho que prefería que le encontrasen un nuevo hogar. No podían tenerla
en la ciudad. «Y yo me lo creo—le dijo el veterinario a Lisa—. Tendrías que
haber visto cómo arrastraba la perra al amo.»
Y
también Spy-Morris, un springer spaniel noruego y suyo tras el campeonato de
perros de caza. Aquí fuera, con los otros bandidos y con Lisa que ni siquiera
caza, su talento se echó a perder. Le gusta sentarse al lado de su ama para que
le acaricie el pecho y suele ponerle la patita en la rodilla para que se
acuerde de que existe. Un caballero amable y dulce con pelo de seda y rizado en
las orejas como una doncella. Se marea mucho cuando va en coche.
Pero
ahora están los cuatro dentro de casa mientras Lisa echa de todo en el fuego.
Colchones y viejas mantas para los perros, libros y algunos muebles. Papeles,
más papeles, cartas, fotos de antaño. La hoguera acaba creciendo. Lisa pierde
la mirada entre las llamas.
Al
final se hizo tan pesado amar a Mildred, ocultarse, no decir nada. Discutían.
Montaban escenas al más puro estilo de Norén.
Se
están peleando en la cocina de Lisa. Mildred cierra las ventanas.
«Eso
es lo más importante—piensa Lisa—. Que nadie nos oiga.»
Lisa
empieza a sacar todo lo que tiene dentro. Está harta de que las palabras sean
siempre las mismas. Que si Mildred no la quiere, que si está cansada de ser su
pasatiempo, de tanta hipocresía.
Lisa
está de pie en medio de la cocina con ganas de empezar a tirar cosas. La
desesperación le hace gritar y moverse de manera ampulosa. Nunca se había
puesto así.
Y
Mildred se agacha en el sofá con Spy-Morris al lado, que también permanece
agachado. Mildred lo acaricia como quien consuela a un niño pequeño.
—Y
¿la congregación, qué?—pregunta—. ¿Y el grupo Magdalena? Si hiciéramos pública
nuestra relación, se acabaría todo. Sería la prueba final de que no soy más que
una loca que odia a los hombres. No puedo poner a prueba la paciencia de la
gente por encima de sus límites.
—Así
que prefieres sacrificarme a mí.
—No,
¿por qué tengo que sacrificar nada? Soy feliz. Te quiero, te lo puedo decir mil
veces pero siempre estás como pidiendo pruebas que te lo demuestren.
—No
se trata de pruebas, se trata de poder respirar. El amor verdadero se quiere
dejar ver, pero ahí está el problema. Tú no quieres. No me amas. El grupo
Magdalena no es más que tu puta excusa para marcar la distancia. A lo mejor a
Erik le parece bien, pero a mí no. Búscate a otra amante, seguro que hay muchas
que están dispuestas.
Mildred
empieza a llorar. La boca intenta no doblegarse. Esconde la cara contra el
perro y se seca las lágrimas con el reverso de la mano.
Lisa
ha querido llevarla hasta allí. Le habría gustado pegarle, quería ver sus
lágrimas y su dolor, pero aún no está satisfecha. Su propio dolor sigue
hambriento.
—Deja
de lloriquear—le dice con dureza—. No significa nada para mí.
—Ya
pararé—promete Mildred como si fuera una niña. Tiene la voz quebrada y sigue
secándose las lágrimas.
Y
Lisa, que siempre se ha reprochado a sí misma su incapacidad de amar, la juzga:
—Te
das pena a ti misma, eso es todo. Creo que hay algo mal en ti, te falta algo
ahí dentro. Dices que amas, pero ¿quién puede abrir a otra persona y ver lo que
eso significa? Yo lo podría abandonar todo, aguantarlo todo. Quiero casarme
contigo. Pero tú... tú no puedes sentir amor. No puedes sentir dolor.
En
ese momento Mildred levanta la mirada y observa una vela encendida en un
candelabro de latón que hay en la mesa de la cocina. Pasa la mano por encima y
la llama le empieza a quemar la carne de la palma.
—No
sé cómo demostrar que te quiero—dice—. Pero te voy a demostrar que sí siento el
dolor.
Cierra
la boca en una mueca de sufrimiento. Los ojos le lloran. Un olor execrable
llena la cocina.
Al
final, después de lo que a Mildred le ha parecido una eternidad, Lisa le agarra
la muñeca, le aparta la mano de la vela y ve con horror la quemadura chamuscada
y carnosa que se ha provocado.
—Tienes
que ir al hospital—dice.
Pero
Mildred niega con la cabeza.
—No
me dejes—le ruega.
Ahora
Lisa también llora. Acompaña a Mildred hasta el coche, le pone el cinturón como
si fuera una niña que no sabe hacerlo sola y vuelve a la cocina a buscar un
paquete de espinacas congeladas.
Pasan
semanas hasta que vuelven a discutir. A veces Mildred expone la parte interior
de la mano vendada para que Lisa la vea, como por casualidad, para pasarse el
pelo por detrás de la oreja o algo por el estilo. Es una muestra secreta de
amor.
Ya
ha oscurecido. Lisa deja de pensar en Mildred y se va al gallinero, donde las
gallinas duermen sobre los palos, acurrucadas unas contra otras. Las saca de
una en una. Levanta a la gallina del palo y la lleva hasta el final del jardín.
La sujeta contra su cuerpo y el animal se siente seguro, sólo cloquea un poco,
quedamente. Allí hay un tocón que servirá de tajo.
Rápidamente
la agarra por las patas y la voltea contra el tocón para darle un golpe
ensordecedor. Después coge el hacha justo por donde el mango entra en el
cabezal de hierro, da un solo golpe, seco, lo bastante fuerte, justo en el
blanco. Sujeta las patas mientras la gallina aletea las últimas veces y cierra
los ojos para que no se le metan plumas ni porquería. En total son diez
gallinas y un gallo. No los entierra porque los perros los desenterrarían de
inmediato, así que los acaba tirando al contenedor de la basura.
Lars-Gunnar
Vinsa vuelve al pueblo en la oscuridad de la noche con Nalle durmiendo en el
asiento de al lado. Han pasado el día en el bosque de arándanos rojos. Los
pensamientos le llenan la cabeza, vuelan por ella mezclándose con viejos
recuerdos.
De
pronto ve a Eva, la madre de Nalle, delante de él. Acaba de volver del trabajo
después del turno de noche y fuera está todo oscuro, pero Eva no ha encendido
las lámparas. Permanece inmóvil en las sombras pegada a la pared del recibidor.
Es
un comportamiento tan extraño que Lars-Gunnar se ve obligado a preguntar:
—¿Cómo
estás?
Y
ella responde:
—Aquí
me muero, Lars-Gunnar. Lo siento, pero aquí me muero.
¿Qué
debería haber hecho? Como si él no estuviera también muerto de cansancio. En el
trabajo se pasaba las horas solucionando todo tipo de miserias día sí, día
también, y volvía a casa para ocuparse de Nalle. Aun hoy no sabe a qué dedicaba
ella los días. Las camas nunca estaban hechas y rarísima vez preparaba la cena.
Una noche Lars-Gunnar se fue a dormir y le pidió que subiera con él, pero ella
no quiso. A la mañana siguiente se había marchado. Sólo cogió el bolso. Ni
siquiera le dejó una mísera carta. Lars-Gunnar tuvo que eliminar sus huellas de
la casa, empaquetó sus trastos en cajas de cartón y las subió al desván.
A
los seis meses lo llamó. Quería hablar con Nalle, pero él le dijo que no podía
ser. Lo único que hubiera conseguido habría sido alterarlo. Le explicó que al
principio Nalle la había estado buscando, había preguntado por ella y llorado
su ausencia, pero ahora ya estaba mejor. Le contó cómo estaba el chico y le
mandó dibujos por correo. Lars-Gunnar podía ver en la cara de la gente del
pueblo que pensaban que era demasiado bueno, demasiado indulgente. Pero es que
no le deseaba nada malo a Eva. ¿De qué serviría?
Y
las señoras de los servicios sociales no paraban de insistir en que Nalle tenía
que ir a vivir a una comunidad.
—Podría
pasar algunas temporadas, así te descargas un poco.
Lars-Gunnar
fue a ver una de aquellas dichosas comunidades, pero en cuanto uno cruzaba la
puerta se deprimía. Por todo. Por aquella fealdad, por las señales de
«institución» y «almacén para tarados, retrasados y lisiados»
que
manaban de cada trasto que había, por los objetos de decoración que habían
hecho los internos, figuras de yeso y tablillas con perlas de plástico y
cuadros horribles en marcos baratos. Y por el parloteo del personal y sus batas
de algodón a rayas. Recuerda a una de ellas que no debía de medir más de metro
cincuenta. Al verla pensó:
«¿Eres
tú la que intercede si hay pelea?»
Nalle
era grande, sin duda, pero no sabía defenderse.
—Jamás—les
dijo Lars-Gunnar a las señoras de los servicios sociales.
Pero
insistieron.
—Necesitas
descansar un poco—le decían—. Tienes que pensar en ti mismo.
—No—respondía
él—. ¿Por qué? ¿Por qué tengo que pensar en mí mismo? Yo pienso en mi hijo. Su
madre pensaba en sí misma, así que decidme qué es lo bueno que hemos sacado de
eso.
Ya
están en casa. Lars-Gunnar aminora la marcha a medida que se acerca a la
explanada de entrada. Echa un vistazo por el jardín aprovechando la claridad
que ofrece la luna. En el maletero tiene la escopeta de caza. Está cargada. Si
hay un coche patrulla en la explanada, pasará de largo; y si lo descubren, aún
tendrá un minuto de tiempo antes de que arranquen el coche y salgan a la
calzada. Bueno, mínimo treinta segundos. De sobra.
Pero
en la explanada no hay nadie. En el resplandor de la luna se ve un buho
haciendo un vuelo de reconocimiento a lo largo de la orilla. Lars-Gunnar aparca
el coche e inclina su asiento hacia atrás todo lo que puede. No quiere
despertar a Nalle, Seguro que se despierta en pocas horas y entonces ya
entrarán en casa. Prefiere descansar un rato él también.
PATAS
DORADAS
Patas
Doradas abandona al trote su territorio. No se puede quedar en el límite del
dominio de otra manada. Ni siquiera puede pasar por allí. Es
extraordinariamente peligroso. Es una zona bien señalizada. Las marcas de olor
recién hechas son como alambre de espinos entre los troncos de los árboles. A
través de la hierba que aparece por debajo de la nieve hay un muro de olores.
Han salpicado y han removido el suelo con las patas de atrás. Pero ella tiene
que pasar, tiene que dirigirse hacia el norte.
La
primera etapa del día va bien. Corre con el estómago vacío. Orina muy agachada,
apretándose contra el suelo para que el olor no se extienda. Igual lo supera.
Tiene el viento por detrás y eso es bueno.
A la
mañana siguiente la detectan. A dos kilómetros detrás de ella hay cinco lobos
hurgando en las huellas que ha dejado a su paso. Empieza la persecución. Se
turnan para ir en cabeza y al cabo de poco rato establecen contacto visual.
Patas
Doradas siente su aire. Ha cruzado un río y cuando se gira los ve al otro lado,
apenas a un kilómetro corriente abajo.
Echa
a galopar para salvar la vida. A los intrusos los matan inmediatamente. Lleva
la boca abierta y la lengua, colgando, le va de un lado a otro. Sus largas
patas la llevan a través de la nieve pero el camino que toma no está aplastado.
Las
patas encuentran unas huellas de scooter que van en dirección correcta. Los
lobos acortan distancia, pero no demasiado rápido.
De
pronto, cuando apenas sólo quedan trescientos metros hasta ella, se paran. La
han perseguido hasta fuera de su territorio y un poco más.
Se
ha salvado.
Un
kilómetro más y después se tumba. Come algo de nieve.
El
hambre le roe el estómago como si fuera un campañol.
Continúa
el viaje hacia el norte. Después, donde el mar Blanco separa la península de
Cola de Carelia, tuerce hacia el noroeste.
El
principio de la primavera es su séquito y se hace pesado correr.
Bosque.
De cien años o más. Los árboles de hoja perenne a medio camino hasta el cielo,
árboles desnudos y ásperos casi hasta arriba del todo y allí en la copa sus
crujientes brazos forman un techo balanceante y verde. El sol apenas puede
pasar a través de ellos y no tiene capacidad aún para deshacer la nieve. Sólo
se ven unas manchas de luz y el goteo de la nieve que se deshace en la copa de
los árboles. Es un goteo tintineante, un cascabeleo. Todo huele a primavera y a
verano. Ahora se pueden hacer más cosas que simplemente sobrevivir. El ruido de
los grandes pájaros del bosque, el zorro que abandona su madriguera más a
menudo, los campañoles y los ratones que corren sobre la corteza que se ha
formado por la noche. Y el repentino silencio cuando todo el bosque se queda
quieto, desprende sus olores y se queda escuchando a la loba cuando pasa. Sólo
el pico-negro continúa con su obstinado picoteo en un tronco. El goteo tampoco
se para. La primavera no le tiene miedo al lobo.
Una
larga ciénaga. El final del invierno es una corriente de agua debajo de un
manto de nieve medio deshecha que al mínimo contacto se convierte en un charco
de agua gris. Las patas se le hunden a cada paso. La loba puede continuar
avanzando de noche gracias al aguante de la capa dura de nieve. Acampa de día
en una hondonada o debajo de un abeto, siempre alerta, aun durmiendo.
La
caza es diferente sin la manada. Coge liebres y otras presas menores, pero no
es gran cosa para un lobo que camina todo el día.
La
relación con los otros animales también es distinta. A los zorros y a los
cuervos les gusta estar con la manada de lobos. El zorro come los restos de la
manada. El lobo se mete en la madriguera del zorro y la hace suya. El cuervo
limpia la mesa del lobo. El cuervo grita desde los árboles: «¡Aquí está el
botín! ¡Aquí hay un ciervo en celo! ¡Está ocupado restregando los cuernos
contra el tronco! ¡Cógelo, cógelo!» Un cuervo aburrido puede caer con un ruido
sordo delante de un lobo dormido, picarle en la cabeza y apartarse hacia atrás
dando saltitos. El lobo se percata de las formas ridículas y torpes del
volador, ataca y el pájaro emprende el vuelo en el último segundo. Así se
entretienen el uno al otro un buen rato, el negro y el gris.
Pero
un lobo solitario no es un compañero de juegos.
No
desprecia bocado alguno, no le apetece jugar con pájaros y no comparte nada
voluntariamente.
Una
mañana sorprende a una zorra junto a la madriguera. En una ladera hay cavados
varios agujeros, uno de los cuales está escondido debajo de una raíz que sale
hacia afuera. Sólo las huellas y un poco de tierra descubren su situación. Por
allí aparece la zorra. La loba ha notado el fuerte olor y ha desviado
ligeramente su camino. Tiene el viento en contra en la parte inferior de la
ladera y ve a la zorra asomar la cabeza y su delgado cuerpo. La loba se para,
se queda como congelada allí donde está. La zorra tiene que salir un poco más
pero en cuanto vuelva la cabeza hacia allí la descubrirá.
Da
un salto como si fuera un felino y se oye un estrépito a través de los matojos
y las ramas de la madera joven de un pino. Agarra a la zorra por la espalda, le
rompe la columna. Se la come avariciosa, manteniendo el cuerpo aplastado contra
el suelo con una pata mientras desgarra lo poco que ya queda.
Inmediatamente
aparecen dos cornejas y cooperan entre sí para conseguir parte del botín. Una
pone en juego su vida peligrosamente cerca para hacer que la persiga de manera
que la compañera pueda robar un trozo a toda prisa. Intenta morderlas cuando
vuelan por encima de su cabeza pero la pata no abandona el cuerpo de la zorra.
Lo engulle todo, trota luego entre los diferentes hoyos y olfatea. Si la zorra
ha tenido cachorros y no están demasiado lejos, los podría sacar, pero allí no
hay nada.
Vuelve
a su camino. Las patas de la loba solitaria se alejan sin parar.
LUNES
11
DE SEPTIEMBRE
Es
como si se lo hubiera tragado la tierra.
Anna-Maria
Mella miró a sus compañeros. Estaban haciendo un repaso matinal con el fiscal y
acababan de constatar que no tenían el menor rastro de Stefan Wikstróm, el
pastor desaparecido.
Se
hizo un silencio absoluto que duró seis segundos. El inspector Fred Olsson, el
fiscal Alf Björnfot, Sven-Erik Stålnacke y el inspector Tommy Rantakyro estaban
desolados. Era lo peor que podía pasar, que la tierra se lo hubiera tragado.
Enterrado en alguna parte.
Sven-Erik
parecía afectado. Era el último que había llegado a la reunión con el fiscal,
algo inusual en él. Llevaba una pequeña tirita en la barbilla, que tenía un
color amarronado de sangre. La señal masculina de una mala mañana. Con las
prisas, los pelos de la barba del cuello de debajo de la nuez se libraron de la
hoja de afeitar y ahora sobresalían de la piel como troncos grises. Debajo de
una de las comisuras de los labios había restos de espuma de afeitar seca, como
si fuera masilla blanca.
—Bueno,
de momento sólo es una desaparición—dijo el fiscal—. Era un servidor de la
Iglesia y se enteró
de
que íbamos detrás de él por el asunto del viaje que hizo con su familia con
dinero de la fundación para la loba. El miedo a que se pusiera su nombre en
entredicho puede ser razón suficiente para desaparecer del mapa. Quizá vuelva a
aparecer como el conejo del mago.
Estaban
sentados alrededor de la mesa. Alf Björnfot los miró a todos. El grupo que
tenía delante era difícil de motivar. Parecía que esperaran que apareciera el
cuerpo del pastor junto con huellas y pruebas para que la investigación se
pusiera de nuevo en marcha.
—¿Qué
sabemos respecto a la hora en que desapareció?—preguntó.
—Llamó
a su mujer desde el móvil a las siete menos cinco el viernes por la
tarde—respondió Fred Olsson—. Después tenía que estar en la iglesia con los
jóvenes, les abrió el local y celebró la misa a las ocho y media. Desapareció
de allí poco después de las diez y luego ya no lo vio nadie más.
—Y
¿el coche?—preguntó el fiscal.
—Está
aparcado detrás del local de reuniones de la parroquia.
«Es
una distancia muy corta—pensó Anna-Maria—. Del local de la iglesia para los
jóvenes hasta la parte posterior de la casa de la congregación hay quizá cien
metros.»
Recordó
a una mujer desaparecida hacía unos cuantos años, madre de dos niños. Había
salido afuera para dar de comer a los perros de la casa y desapareció. La
frenética desesperación del marido y la seguridad con la que los demás
afirmaban que no podía haber abandonado a sus hijos voluntariamente, hizo que
la policía diera prioridad a aquella desaparición. La encontraron enterrada en
el bosque detrás de la casa. El marido la había matado a golpes.
Y
Anna-Maria había pensado lo mismo entonces. Tan poca distancia. Tan poca.
—El
control de las conversaciones telefónicas, los e-mails y la cuenta corriente,
¿qué han dado?—preguntó el fiscal.
—Nada
en especial—respondió Tommy Rantakyro—. La llamada a su mujer fue la última que
hizo. Por lo demás, había algunas llamadas de trabajo a algunos miembros de la
congregación, al párroco, al jefe del grupo de caza sobre la cacería del alce,
la hermana de la mujer... Aquí tengo una lista de las llamadas y también hemos
anotado de qué trataban las conversaciones.
—Bien—exclamó
Alf Bjornfot alentador.
—¿De
qué hablaron la hermana y el párroco?—preguntó Anna-Maria.
—Con
la hermana habló de que estaba intranquilo por su mujer. De que volviera a caer
enferma.
—Ella
fue la que le escribió aquella carta a Mildred Nilsson—aclaró Fred Olsson—.
Parece que había sido el peor conflicto entre el matrimonio Wikström y Mildred
Nilsson.
—Y
¿de qué hablaron Stefan Wikström y el párroco?—inquirió Anna-Maria.
—Pues
la verdad es que se molestó cuando se lo pregunté—respondió Tommy Rantakyro—.
Pero me explicó que Stefan estaba preocupado porque nos habíamos llevado los
libros de contabilidad de la fundación de la loba.
Una
arruga apenas perceptible apareció en la frente del fiscal, pero no mencionó
que el haber confiscado algo sin permiso era prevaricación. Por el contrario
dijo:
—Lo
que podría indicar que ha desaparecido voluntariamente. Que se ha alejado
porque tiene miedo al escándalo. Esconder la cabeza en la arena es la reacción
más habitual en estos casos, créeme. Uno se dice a sí mismo:
«No
entienden que lo que hacen es peor.» Normalmente han dejado de lado el sentido
común.
—¿Por
qué no cogió el coche?—preguntó Anna-Maria. ¿Se ha ido andando por estas
tierras despobladas? A esa hora no pasaba ningún tren. Ni ningún avión tampoco.
—Y
¿en taxi?—preguntó el fiscal.
—No
hubo ningún servicio—respondió Fred Olsson.
Anna-Maria
miraba impresionada a Fred Olsson.
«Eres
tozudo como un terrier», pensó.
—Bueno—dijo
el fiscal—. Tommy, quiero que tú...
—Llame
a las puertas de alrededor de la casa de la congregación y pregunte si alguien
ha visto algo—le interrumpió Tommy resignado.
—Exacto—respondió
el fiscal—. Y...
—...
y que hable otra vez con los chicos de los Jóvenes de la Iglesia.
—¡Bien!
Fred Olsson te acompañará.
—Sven-Erik—continuó
el fiscal—. Tú quizá podrías llamar a los que están elaborando el perfil del
autor de los hechos, a ver qué dicen.
Sven-Erik
asintió con la cabeza.
—¿Cómo
ha ido lo del dibujo?—preguntó el fiscal.
—Los
del Laboratorio están en ello todavía—informó Anna-Maria—. Todavía no tienen
nada.
—¡Bien!
Reunión mañana por la mañana si no surge nada antes—resumió el fiscal mientras
cerraba de golpe las patillas de sus gafas y se las metía en el bolsillo del
pecho.
Y
con ello se acabó la reunión.
Antes
de entrar en su despacho, Sven-Erik pasó a ver a Sonja, de la centralita.
—Oye,
si alguien llama diciendo que ha encontrado un gato gris a rayas, dímelo—le
dijo a la mujer.
—¿Es
Manné?
Sven-Erik
asintió con la cabeza.
—Ya
hace una semana—añadió—. Nunca ha estado fuera tanto tiempo.
—Tendremos
los ojos abiertos—prometió Sonja—. Ya verás como vuelve. Aún hace calor. Seguro
que está por ahí flirteando.
—Está
castrado—respondió Sven-Erik sombrío.
—Bueno,
se lo diré a las chicas—le aseguró ella.
La
mujer que trabajaba en el grupo de la Policía Nacional que elaboraba perfiles
contestó diciendo su propio número de teléfono. Parecía contenta cuando
Sven-Erik se presentó. Demasiado joven para tener que ocuparse de aquella
mierda.
—Supongo
que has leído la prensa—dijo Sven-Erik.
—Sí.
¿Lo habéis encontrado?
—No,
sigue desaparecido. Bueno, ¿qué crees?
—Pues...—respondió
ella—. ¿Qué quieres decir?
Sven-Erik
intentó poner sus pensamientos en claro.
—Quiero
decir—precisó él— si admitimos lo que toda la prensa indica.
—Que
Stefan Wikström ha sido asesinado y que se trata de un asesino en serie—añadió
ella.
—Exacto.
Aunque de todas formas es bastante raro.
Ella
se quedó callada esperando a que Sven-Erik acabara de expresar su idea.
—Me
refiero—continuó él— a que es raro que desaparezca. Si el asesino colgó a
Mildred del órgano, ¿por qué no hizo lo mismo con Stefan Wikström?
—Quizá
tenga que lavarlo. En Mildred Nilsson encontraron el pelo de un perro, ¿verdad?
O que lo quiera tener un tiempo para sí mismo.
La
mujer se quedó callada y parecía que estuviera pensando.
—Lo
siento—dijo finalmente—. Cuando aparezca el cuerpo, si es que aparece, porque
puede ser que haya desaparecido voluntariamente, hablaremos de nuevo. Miraremos
a ver si se cumple algún patrón.
—De
acuerdo—respondió Sven-Erik—. Puede ser voluntario. No era trigo limpio en lo
referente a la fundación que tenía la parroquia. Y se dio cuenta de que íbamos
detrás de esa historia un poco sucia.
—«¿Historia
un poco sucia?»
—Sí,
eran unas cien mil coronas. Y es bastante improbable que hubiera sido
suficiente para una demanda judicial. Era un viaje de estudios que en realidad
fue más un viaje privado de vacaciones.
—Así
que ¿crees que no tenía motivos para huir por eso?
—En
realidad, no.
—A
ver si fue el acercamiento de la policía lo que lo asustó.
—¿Qué
quieres decir?
Ella
se echó a reír y respondió con énfasis:
—¡Nada!
Después
volvió a adoptar una voz formal.
—Deseo
que te vaya bien. Llámame si sale algo.
En
cuanto colgó, Sven-Erik entendió lo que ella había querido decir. Si Stefan
asesinó a Mildred...
Su
cerebro se puso a protestar de inmediato.
«Imaginemos
que fuera así—persistió Sven-Erik para sí mismo—. En ese caso la policía,
cuando se le acercó, lo asustó y lo hizo huir. Quisiéramos lo que quisiéramos,
aunque sólo fuera para pedir la hora.»
El
teléfono de Anna-Maria empezó a sonar. Era la mujer de la librería de ciencia
ficción.
—Tengo
noticias sobre el dibujo—dijo sin más.
-¿Sí?
—Uno
de mis clientes lo conocía. Estaba en la portada de un libro que se llama The
Gate. Está escrito por Michelle Moan, que es un seudónimo. El libro no está
traducido al sueco. Yo no lo tengo pero puedo reservar un ejemplar para ti.
¿Quieres?
—¡Sí!
¿De qué va?
—De
la muerte. Es un libro sobre la muerte. Muy caro. Cincuenta y dos libras. Y
además el envío. La verdad es que llamé a la editorial en Inglaterra.
-¿Sí?
—Pregunté
si habían tenido más pedidos desde Suecia. Algunos. Y uno en Kiruna.
Anna-Maria
aguantó la respiración. Vivan los detectives aficionados.
—¿Te
dijeron algún nombre?
—Sí.
Benjamín Wikström. También me dieron la dirección.
—No
es necesario—gritó Anna-Maria en el auricular—. Gracias. Te llamaré.
Sven-Erik
Stålnacke estaba al lado de Sonja en la centralita. No había podido evitar ir
hasta ella a preguntarle.
—¿Qué
han dicho las chicas? ¿Alguna ha sabido algo del gato?
Ella
negó con la cabeza.
De
repente Tommy Rantakyro apareció detrás de Sven-Erik.
—¿Se
te ha perdido el gato?—preguntó.
Sven-Erik
respondió con un gruñido.
—Seguro
que se ha ido a vivir con otro amo—aclaró Tommy desenfadado—. Tienes que saber
que los gatos no se apegan a nadie, no son más que nuestras propias...
proyec... Que guardan sus propios sentimientos, vaya. No pueden sentir afecto,
está demostrado científicamente.
—¿De
qué cono estás hablando?—gruñó de nuevo Sven-Erik.
—Pues
de la verdad—respondió Tommy sin hacer caso de las miradas de advertencia que
le echaba Sonja—. Eso que hacen de restregarse contra las piernas y de
retorcerse como hacen los gatos, pues lo hacen para marcarte con su olor porque
eres una especie de comida, un lugar donde descansar que les pertenece. No son
animales de manada.
—Bueno,
¿y qué?—respondió Sven-Erik—. De todas formas se sube a mi cama y se queda
dormido como un crío.
—Porque
allí está caliente. Para el gato tú no significas más que lo que significaría
una esterilla eléctrica.
—Es
que a ti te gustan los perros—intercedió Sonja para calmar el ambiente—. No
puedes hablar de gatos para nada.
A
Sven-Erik le dijo:
—A
mí también me gustan los gatos.
En
ese momento se abrió la puerta de cristal. Era Anna-Maria que llegaba
corriendo. Agarró a Sven-Erik y se lo llevó hasta la recepción.
—Nos
vamos a la casa parroquial de Jukkasjärvi—dijo a secas.
Kristin
Wikström abrió la puerta en albornoz y zapatillas. Tenía un poco de maquillaje
corrido debajo de los ojos. Llevaba el pelo rubio echado hacia atrás y por
detrás se le veía despeinado y aplastado.
—Buscamos
a Benjamín—dijo Anna-Maria—. Quisiéramos hablar un rato con él. ¿Está en casa?
—¿Qué
queréis?
—Hablar
con él—respondió Anna-Maria—. ¿Está en casa?
El
tono de voz de Kristin Wikström se hizo algo más alto.
—¿Qué
queréis de él? ¿De qué vais a hablar con él?
—Su
padre ha desaparecido—respondió Sven-Erik pacientemente—. Tenemos que hacerle
unas preguntas.
—No
está en casa.
—¿Sabes
dónde está?—preguntó Anna-Maria.
—No.
Deberíais buscar a Stefan. Es lo que los dos deberíais estar haciendo en este
momento.
—¿Podemos
ver su habitación?—preguntó Anna-Maria.
La
madre parpadeó cansada.
—No,
ni hablar.
—Entonces
pedimos disculpas por haberte molestado—añadió Sven-Erik amablemente mientras
se llevaba a Anna-Maria hasta el coche.
Salieron
de la explanada de la casa.
—¡Joder!—exclamó
Anna-Maria cuando pasaron entre los postes de la verja—. ¿Cómo puedo ser tan
imbécil que vengo sin un permiso de registro?
—Para
un poco más lejos y déjame bajar—dijo Sven-Erik—. Después te vas cagando leches
a buscar el permiso de registro domiciliario y vuelves. Quiero controlarla a
ver qué hace.
Anna-Maria
paró el coche y Sven-Erik se bajó.
—Y
date prisa—añadió.
Sven-Erik
volvió a la casa de la congregación medio corriendo y se puso detrás de uno de
los postes de la verja oculto tras un arbusto de serbal, desde donde podía ver
la puerta de entrada y la chimenea.
«Si
vuelve a salir humo, entro», pensó.
Al
cabo de un cuarto de hora Kristin Wikström salió de la casa. Había cambiado el
albornoz por téjanos y jersey. En la mano llevaba una bolsa y se dirigió hacia
el contenedor de basura. En el mismo momento que levantaba la tapa volvió la
cabeza y vio a Sven-Erik.
No
había nada que hacer. Sven-Erik fue hacia ella rápidamente y alargó la mano.
—Muy
bien—dijo—. Ahora dame eso.
Ella
le dio la bolsa sin decir ni una palabra. Él se dio cuenta de que se había
pasado un cepillo por el pelo y que se había puesto un poco de carmín en los
labios. Empezaron a caerle las lágrimas. Nada de ademanes, apenas un cambio en
la cara, sólo las lágrimas. Como si estuviera pelando cebollas.
Sven-Erik
desató la bolsa. Dentro había recortes sobre Mildred Nilsson.
—Tranquila—le
dijo atrayéndola hacia sí—. Tranquila y dime ahora donde está.
—En
la escuela, dónde va estar—respondió ella.
Dejó
que la abrazara y lloró en silencio contra su hombro.
—Pero,
¿qué quieres decir?—inquirió Sven-Erik cuando, con Anna-Maria, aparcaron el
coche delante de la escuela de H6galid:—. ¿Que podría haber matado a Mildred y
a su padre?
—No
quiero decir nada en absoluto. Pero tiene un libro con el mismo símbolo que
había en el dibujo en el que se amenaza a Mildred. Probablemente lo haya
dibujado él y, además, tenía un montón de recortes de prensa sobre su muerte.
La
directora de la escuela de Hogalid era una mujer encantadora de unos cincuenta
años. Estaba rellenita, llevaba falda hasta las rodillas, americana azul oscuro
y alrededor del cuello, a modo de adorno, lucía un pañuelo de colores alegres.
Sven-Erik se puso contento de verla. Le gustaban las mujeres como aquélla,
enérgicas.
Anna-Maria
le explicó que querían que, con discreción, fueran a buscar a Benjamín
Wikström. La directora cogió un horario de clases y después llamó al maestro
que en aquel momento tenía la clase de Benjamín.
Mientras
esperaban, la directora les preguntó qué ocurría.
—Creemos
que quizá amenazara a Mildred Nilsson, la pastora que fue asesinada este
verano, así que debemos hacerle unas cuantas preguntas.
La
directora negó con la cabeza.
—Perdonad—dijo—,
pero me cuesta creerlo. Benjamín y sus amigos parecen de lo más tranquilos.
Pelo negro y cara blanca, ojos tiznados con maquillaje y, a veces, hay que ver
que jerseys se ponen. El semestre pasado uno de los amigos de Benjamin llevaba
un jersey con un esqueleto que comía recién nacidos.
Se
echó a reír y se encogió de hombros como si le hubiera dado un escalofrío. Se
puso seria cuando vio que Anna-Maria no sonreía en absoluto.
—De
verdad que son buenos críos—continuó—. Benjamin lo pasó mal el año pasado
cuando iba a octavo pero yo lo hubiera dejado cuidando a mis hijos. Si yo
tuviera niños pequeños, quiero decir.
—¿En
qué sentido lo pasó mal el año pasado?—preguntó Sven-Erik.
—Le
iba mal en la escuela y se volvió muy... Ellos quieren diferenciarse de los
demás en su forma de vestir y esas cosas. A veces pienso que llevan por fuera
su sentimiento de estar apartados del grupo. Es una decisión que toman ellos
mismos, pero no se sentía bien. Tenía un montón de pequeñas heridas en los
brazos y siempre estaba quitándose las costras. Era como una zona que no se
curaba nunca pero después de Navidad se arreglaron las cosas. Además, empezó a
salir con una chica y empezó a tocar en un grupo de música.
Sonrió.
—¡Qué
grupo, Dios mío! Tocaron una vez esta primavera aquí en la escuela. No sé cómo,
se hicieron con la cabeza de un cerdo, la pusieron en el escenario y le fueron
dando hachazos. Estaban de lo más felices.
—¿Es
bueno dibujando?—preguntó Sven-Erik.
—Sí—respondió
la directora—. La verdad es que sí.
Llamaron
a la puerta y entró Benjamín Wikström.
Anna-Maria
y Sven-Erik se presentaron.
—Te
queremos hacer unas cuantas preguntas—le informó Sven-Erik.
—Yo
no hablo con vosotros—respondió Benjamín Wikström.
Anna-Maria
Mella suspiró.
—En ese
caso tengo que detenerte como sospechoso de amenaza ilegal. Tendrás que venir a
la comisaría.
Bajó
la vista y el pelo despeinado le cayó sobre la cara.
—Vale.
—Bueno—dijo
Anna-Maria a Sven-Erik—. ¿Vamos a hablar con él?
Benjamín
Wikström se encontraba en la sala de interrogatorios número uno. No había
pronunciado ni una sola palabra desde que se lo llevaron. Sven-Erik y
Anna-Maria fueron a buscarse café y una Coca-Cola para Benjamín Wikström.
El
fiscal jefe, Alf Björnfot, fue corriendo hacia ellos por el pasillo.
—¿A
quién habéis detenido?—jadeó.
Le
explicaron la detención.
—Quince—exclamó
el fiscal—. La patria potestad debe estar presente. ¿Está aquí la madre?
Sven-Erik
y Anna-Maria intercambiaron una rápida mirada.
—Haced
que venga—añadió el fiscal—. Si quiere, dadle al chico algo de comer y poneos
en contacto con Asuntos Sociales para que también manden a un representante.
Luego me llamáis—ordenó el fiscal mientras desaparecía.
—¡Yo
no quiero ir!—suspiró Anna-Maria.
—La
iré a buscar yo—respondió Sven-Erik Stålnacke.
Al
cabo de una hora estaban todos en la sala de interrogatorios. A un lado de la
mesa se sentaban Sven-Erik Stålnacke y Anna-Maria Mella. Al otro lado, Benjamín
Wikström. Un trabajador social a su izquierda y a su derecha Kristin Wikström.
Ésta tenía los ojos enrojecidos.
—¿Le
enviaste tú este dibujo a Mildred Nilsson?—preguntó Sven-Erik—. Dentro de un
rato nos darán el resultado de las huellas dactilares. Así que si lo has
enviado tú, es mejor que lo digas.
Benjamín
Wikström, terco, seguía callado.
—¡Dios
mío!—exclamó Kristin—. Pero ¿qué es esto, Benjamín? ¿Cómo eres capaz de hacer
algo así? ¡Es una barbaridad!
Las
mejillas de Benjamín se endurecieron. Tenía la mirada baja, clavada en la mesa,
y los brazos apretados contra el cuerpo.
—Quizá
deberíamos hacer una pausa—intercedió el trabajador social rodeando con un
brazo los hombros de Kristin.
Sven-Erik
asintió con un gesto y apagó el magnetófono. Kristin Wikström, la trabajadora
social y Sven-Erik salieron fuera.
—¿Por
qué no quieres hablar con nosotros?—preguntó Anna-Maria.
—Porque
no entendéis nada—respondió Benjamín Wikström—. No entendéis nada de nada.
—Eso
es lo que me dice constantemente mi hijo. Tiene tu misma edad. ¿Conocías a
Mildred?
—No
es la del dibujo. ¿Es que no lo entendéis? Es un autorretrato.
Anna-Maria
miró el dibujo. Ella partía de la base de que era Mildred, aunque él también
tenía el pelo oscuro y largo.
—¡Eras
amigo suyo!—exclamó Anna-Maria—. Por eso tenías los recortes.
—Ella
sí que entendía las cosas. Ella sí.
Tras
el velo de cabellos, cayeron unas lágrimas sobre la mesa.
Mildred
y Benjamín están en el despacho de la casa de la congregación. Ella ha
preparado té de Reina de los Prados con miel. Se lo ha regalado una de las
mujeres del grupo Magdalena después de recogerlo y secarlo ella misma. Se ríen
porque sabe a mierda.
Mildred
le dio la confirmación a uno de los amigos de Benjamín y a través de ese amigo
se conocieron.
The
Gate está sobre la mesa de Mildred. Lo ha acabado de leer.
—¿Qué
te ha parecido?
El
libro es gordo, mucho texto en inglés y también muchas imágenes en color.
Es
sobre The Gate on the unbuilt house, to the world you créate. La puerta de la
casa sin construir, al mundo que tú creas. Te anima a que con ritos mentales
crees el mundo en el que quieras vivir toda la eternidad. Es sobre el camino
hacia allí. El suicidio. Colectivo o particular. La editorial inglesa ha sido
denunciada por un grupo de padres de cuatro jóvenes que se quitaron la vida
juntos la primavera de 1998.
—Me
gusta la idea de crear tu propio cielo—dice ella.
Después
Mildred le escucha. Le alcanza pañuelos cuando él llora y él llora cuando habla
con Mildred. Es ese sentimiento de que ella se preocupaba lo que le provoca el
llanto.
Habla
de su padre. Seguro que en ello también hay un poco de revancha. Hablar con
Mildred de él cuando sabe que él la aborrece.
—Me
odia—exclama—. Y me es igual. Si me cortara el pelo y fuera por ahí con camisa
y pantalones sin rotos, me portara bien en la escuela y fuera delegado de
clase, seguro que tampoco estaría satisfecho. Lo sé.
Llaman
a la puerta. Mildred frunce el cejo irritada. Cuando la lámpara roja está
encendida...
Se
abre la puerta y entra Stefan Wikström. Cierto, es su día libre.
—Así
que estás aquí—le dice a Benjamín—. Coge tu chaqueta y vete inmediatamente al
coche.
A
Mildred le dice:
—Y
tú, deja de meterte en los asuntos de mi familia. Se porta mal en la escuela.
Se viste que a uno le entran ganas de vomitar. Avergüenza a la familia todo lo
que puede, naturalmente respaldado por ti, que lo invitas a tomar el té cuando
debería estar en la escuela. ¿Has oído lo que te he dicho? La chaqueta y al
coche.
Le
da unos golpecitos a su reloj de muñeca.
—En
estos momentos tienes clase de sueco, te voy a llevar.
Benjamín
sigue sentado donde está.
—Tu
madre está en casa llorando. La tutora de tu clase nos llamó para saber dónde
estabas. Estás acabando con la salud de tu madre. ¿Es eso lo que quieres?
—Benjamín
quiere hablar—intercede Mildred—. A veces...
—¡Se
habla con la familia!—grita Stefan.
—¡Vaya!—exclama
Benjamín—. Pero si eres tú el que no contesta. Como ayer, cuando pregunté si
podía ir con la familia de Kevin hasta la frontera y dijiste: «Cuando te cortes
el pelo y te vistas como una persona normal, entonces te hablaré como a una
persona normal.»
Benjamín
se levanta y coge su chaqueta.
—Me
voy a la escuela en bici. No hace falta que me lleves—añade dirigiéndose
violentamente hacia la puerta.
—Esto
es culpa tuya—dice Stefan señalando con el dedo a Mildred, que sigue con la
taza de té en la mano.
—Das
pena, Stefan—le responde ella—. Debes de sentirte muy solo.
—Lo
vamos a soltar—le dice Anna-Maria al fiscal y a sus compañeros. Fue hasta la
sala del café y le pidió a la trabajadora social que acompañara al chico y a su
madre a casa.
Después
se metió en su despacho.
Se
sentía cansada y desanimada.
Sven-Erik
pasó por allí y le preguntó si quería salir a comer con él.
—Pero
si son las tres—respondió ella.
—¿Es
que ya has comido?
—No.
—Coge
la chaqueta. Yo conduzco.
Ella
sonrió.
—¿Por
qué vas a conducir tú?
Tommy
Rantakyro apareció por detrás de Sven-Erik.
—Tenéis
que venir—les dijo.
Sven-Erik
lo miró ceñudo.
—Contigo
no hablo—respondió.
—¿Por
lo del gato? Estaba haciendo broma pero tenéis que venir a escuchar una cosa.
Siguieron
a Tommy Rantakyro a la sala de interrogatorios número dos. Allí estaban
sentados una mujer y un hombre. Los dos con ropa de trabajo de monte.
El
hombre era bastante grande y apretaba en un puño una gorra verde de los
almacenes de restos del ejército. La mujer era extremadamente delgada. Tenía
profundos surcos sobre el labio y en la cara, como consecuencia de haber fumado
durante muchos años. En la cabeza llevaba un pañuelo atado y en los téjanos se
veían manchas de bayas. Los dos olían a humo y a repelente de mosquitos.
—¿Podrían
darme un vaso de agua?—pidió el hombre cuando entraron los tres policías.
—¡Vale
ya!—exclamó la mujer en un tono que indicaba que nada de lo que dijera o
hiciera el hombre estaría bien.
—¿Podéis
repetir otra vez lo que me habéis dicho antes?—les pidió Tommy Rantakyro.
—¡Anda,
explícaselo tú!—le dijo irritada la mujer a su marido mientras miraba estresada
y esquiva a los policías, uno tras otro.
—Pues,
estábamos al norte de Nedre Vuolusjarvi cogiendo bayas—explicó el hombre—. Mi
cuñado tiene una cabaña allí arriba. Son unas tierras increíbles cuando es el
tiempo de los camemoros, pero ahora había arándano rojo...
Miró
hacia Tommy Rantakyro, que estaba girando la mano para que el hombre fuera al
grano.
—Bueno,
por la noche oímos un ruido—dijo el hombre.
—Fue
un grito—determinó la esposa.
—Sí,
sí. A lo que iba. Y luego oímos un tiro.
—Y
después otro tiro, añadió la mujer.
—¡Pues
explícalo tú!—gritó el hombre irritado.
—Ni
hablar. Ya te lo he dicho antes. Habla tú con la policía.
La
mujer cerró la boca.
—Pues
no es nada más que eso—resumió el hombre.
Sven-Erik
parecía impresionado.
—¿Cuándo
ocurrió?—preguntó.
—La
noche del viernes—respondió el hombre.
—Y
hoy es lunes—recapituló Sven-Erik despacio—. ¿Por qué no habéis venido antes?
—Ya
te dije que...—insistió la mujer.
—Sí,
sí, pero cierra el pico—la interrumpió el marido.
—Le
dije que teníamos que venir enseguida—le dijo la mujer a Sven-Erik1-. Oh, Dios,
cuando vi a aquel pastor en los periódicos. ¿Creéis que puede ser él?
—¿Visteis
algo?—continuó Sven-Erik.
—No.
Ya nos habíamos acostado—respondió el hombre—. Oímos exactamente lo que os he
explicado. Bueno, también oímos un coche, pero fue mucho más tarde. Hay una
carretera que lleva a Laxforsen.
—¿No
pensasteis que podía ser algo serio?—preguntó Sven-Erik suavemente.
—Yo
qué sé—dijo el hombre malhumorado—. Es época de caza de alces, así que no es
nada raro que la gente dispare en el bosque.
La
voz de Sven-Erik era paciente en exceso.
—Era
en plena noche. En época de caza no se puede disparar a partir de una hora
antes de que se ponga el sol. ¿Y quién fue quien gritó? ¿Era un alce?
—Ya
dije que...—intentó explicar la mujer.
—Oye
tú, los ruidos suenan jodidamente raros en el bosque—respondió el hombre, que
parecía confuso—. Podría haber sido un zorro. O el ladrido de un corzo macho en
celo. ¿No lo has oído nunca? Bueno, ya os lo hemos explicado. Así que igual nos
podemos ir a casa.
Sven-Erik
miró fijamente al hombre como si estuviera completamente loco.
—¡Iros
a casa!—gritó—. ¿Iros a casa? ¡Os vais a quedar aquí! Vamos a buscar un mapa y
a inspeccionar la zona. Nos diréis de dónde venía el tiro. Vamos a ver si se
trata de una bala o de un cartucho. Pensad qué tipo de grito era, si pudisteis
distinguir alguna palabra. Y vamos a hablar también del ruido del coche. De
dónde, a qué distancia, todo. Queremos saber exactamente a la hora que ocurrió.
Y vamos a repasar todo esto muy cuidadosamente. Muchas veces. ¿Entendido?
La
mujer miró suplicante a Sven-Erik:
—Le
dije que debíamos ir a la policía de inmediato, pero una vez se pone a coger
bayas, ya sabes.
—Sí,
y mira lo que ha pasado. En el coche llevo arándanos rojos por un valor de tres
mil billetes. De cualquier forma, tengo que llamar al chico para que venga a
buscarlo. Joder, no puedo dejar que las bayas se echen a perder.
El
pecho de Sven-Erik subía y bajaba.
—El
coche era de gasoil—informó el hombre.
—¿Me
estás tomando el pelo?—le preguntó Sven-Erik.
—No,
joder, uno sabe distinguirlos. La cabaña está un poco alejada de la carretera,
pero aun así. Bueno, como ya he dicho, fue un rato después. No necesariamente
tiene que ver con el disparo.
A
las cuatro y cuarto, Anna-Maria Mella y Sven-Erik Stålnacke salieron en
helicóptero hacia el norte. Debajo de ellos serpenteaba el río Torneälven como
una cinta de plata. Algunas nubes echaban su sombra por las laderas de las
montañas y, aparte de eso, el sol lucía amarillo sobre el dorado del terreno.
—Se
puede entender que quisieran seguir recogiendo bayas y no volver y estropear
sus vacaciones—razonó Anna-Maria.
Sven-Erik
asintió riéndose.
—¿Qué
le pasa a la gente?
Estudiaron
el mapa.
—Si
la cabaña está aquí, en la parte norte del lago, y el tiro vino desde la parte
sur...—dijo Anna-Maria señalando.
—Él
dijo que se oyó bastante cerca.
—Sí,
y más abajo hay unas cuantas cabañas al lado de la costa. Además oyeron un
coche. No pueden ser más de uno o dos kilómetros como máximo desde su casa.
Habían
circundado una zona en el mapa. Al día siguiente la policía rastrearía el
territorio junto a la milicia local.
El
helicóptero iba perdiendo altura mientras volaba sobre el alargado lago Nedre
Vuolusjarvi hacia el norte. Al rato, localizaron la cabaña donde había dormido
la pareja que recogía bayas.
—Baja
un poco más, a ver qué podemos ver—le gritó Anna-Maria al piloto.
Sven-Erik
miraba con los prismáticos, pero Anna-Maria prefería no utilizarlos; Había
muchos abedules y terreno pantanoso. El camino que seguía la orilla del lago
llegaba casi a la parte norte del mismo. Vieron algún que otro reno que les
miraba con cara de tonto y un alce hembra con cría que galopaban a través de la
maleza.
A
pesar de ello, Anna-Maria pensaba, miraba atentamente e intentaba ver algo más
entre tanto abedul y demás vegetación. «Enterrar algo aquí no se hace en un
abrir y cerrar de ojos, con tanta raíz y con tanta mierda.»
—Espera.
Mira allí—dijo de pronto agarrando a Sven-Erik.
—¿Lo
ves? Allí hay una barca, en la parte de debajo del cercado de renos. Vamos a
mirar.
El
lago tenía más de seis kilómetros de largo. Del bosque bajaba un camino hasta
él y en el último tramo había una pasarela. La barca era blanca, de fibra. Estaba
en tierra, bien arriba y boca abajo para que no se llenara de agua.
Entre
los dos le dieron la vuelta a la barca.
—Completamente
limpia—informó Sven-Erik.
—Demasiado
limpia—respondió Anna-Maria.
Se
inclinó más para mirar detenidamente el suelo de la barca. Levantó la vista
hacia Sven-Erik y asintió, y éste se inclinó a su lado.
—Pues
sí, esto es sangre—confirmó él.
Miraron
hacia el lago, que estaba reluciente y tranquilo con la superficie algo
ensortijada. Un colimbo volaba a ras del agua.
«Ahí
abajo. Está en el lago», pensó Anna-Maria.
—Volvamos.
Será mejor que no pisemos demasiado, que luego los de la Científica se enfadan.
Que vengan Krister, Eriksson y Tintín. Si encuentran algo, haremos que venga un
buzo. Evitemos el camino, podría haber huellas o algo más.
Anna-Maria
miró el reloj.
—Tenemos
tiempo antes de que se haga oscuro—dijo.
Eran
más de las cuatro y media de la tarde cuando Anna-Maria Mella, Sven-Erik
Stålnacke, Tommy Rantakyro y Fred Olsson se reunieron en el lago. Esperaban a
Krister Eriksson y a Tintín.
—Si
está cerca, lo encontrará Tintín—dijo Fred Olsson.
—Aunque
no es tan buena como Zack—replicó Tommy.
Tintín
era una hembra negra de pastor alemán y era propiedad del inspector Krister
Eriksson. Cuando éste se fue a vivir a Kiruna hacía cinco años, tenía a Zack,
un macho de la misma raza con el pelo grueso beige y marrón, casi negro. Tenía
la cabeza ancha, así que no era un perro de concurso y era perro de un solo
amo. Sólo le hacía caso a Krister. Si alguien intentaba saludarlo o
acariciarlo, giraba la cabeza indiferente.
—Es
un honor trabajar con él—había comentado el mismo Krister hablando sobre el
perro.
Una
vez, el personal de salvamento de alta montaña le cantó a coro una canción de
homenaje. Zack era el mejor perro que se había visto nunca en caso de alud y
también era bueno buscando en otras situaciones. La única ocasión que se vio a
Krister Eriksson en la sala de la comisaría donde se tomaba café, fue una vez
en la que Zack invitó a tarta. O mejor dicho, cuando algún pariente agradecido
o alguien a quien le había salvado la vida, invitó a tarta. De lo contrario,
Krister Eriksson aprovechaba las pausas del café para pasear con el perro o
para entrenarlo.
No
era muy sociable. Quizá se debía a su aspecto. Según había oído Anna-Maria,
cuando Krister era un adolescente un incendio le provocó las heridas que tenía.
Ella nunca se lo preguntó. No era de ese tipo de gente.
Tenía
la cara como un pergamino de color gris y rosa. Las orejas eran dos agujeros
directamente en la cabeza y no tenía pelo, ni cejas ni pestañas. Nada.
De
la nariz tampoco le quedaba mucho. Dos largas curvas directas al cráneo.
Anna-Maria sabía que los compañeros le llamaban Michael Jackson.
Cuando
Zack vivía, habían hecho bromas con el amo y el perro, como que se sentaban
juntos a tomar cerveza por la noche mientras miraban los deportes y que Zack
era el que acertaba más resultados en las quinielas.
Desde
que Krister tenía a Tintín, Anna-Maria no había oído nada. Probablemente
continuaban las bromas como antes, pero dado que Tintín era una hembra, seguro
que eran bromas demasiado fuertes para gastarías cuando ella pudiera oírlas.
«Será buena—solía decir Krister sobre Tintín— Aún es un poco impaciente.
Demasiado joven, pero cambiará.»
Krister
Eriksson llegó al lugar diez minutos después que los otros. Tintín iba sentada
en el asiento de delante, sujeta con un cinturón para perros. La soltó.
—¿Han
traído la barca?—preguntó.
Los
demás asintieron con la cabeza. Un helicóptero la había puesto sobre el lago en
la parte norte. Era de color naranja y con poca quilla, equipada con focos y
ecosonda.
Krister
Eriksson le puso a Tintín el chaleco salvavidas. La perra sabía exactamente lo
que aquello significaba. Trabajo. Trabajo divertido. Se agitaba impaciente
entre las piernas del amo, con la boca, abierta y expectante, y moviendo el
hocico hacía todos lados.
Bajaron
hasta la barca. Krister Eriksson hizo sentar a Tintín sobre la pequeña
plataforma y de una patada se adentró en el agua. Los compañeros se quedaron
mirando cómo se alejaban. Krister puso en marcha el motor y buscó el viento de
proa. Al principio, Tintín, excitada, iba de un lado a otro, gimiendo y
balanceándose hasta que al final se fue a sentar en la proa. Parecía como si
estuviera pensando en otra cosa.
Pasaron
cuarenta minutos. Tommy Rantakyro se rascaba la cabeza. Tintín se había
tumbado. La barca iba de un lado a otro sobre el lago. Trabajaba en dirección
sur y los otros compañeros iban siguiéndole por la orilla.
—Joder,
lo que tardan—se quejó Tommy Rantakyro.
—Esos
hombres con sus perros. En realidad esto debería ser cosa tuya—le dijo
Sven-Erik a Anna-Maria.
—Vale
ya—respondió Anna-Maria con un gruñido de aviso—. Además, el perro no era suyo.
—¿De
qué habláis?—se interesó Fred Olsson.
—De
nada—contestó Anna-Maria.
—Ni
hablar. Lo que se empieza, se acaba—exigió Tommy Rantakyro.
—Ha
empezado Sven-Erik—aclaró Anna-Maria—. Así que explícaselo tú. Arrástrame bien
por el lodo.
—Bueno,
pero pasó cuando tú vivías en Estocolmo—inició la historia Sven-Erik.
—Cuando
iba a la escuela de policías.
—Pues
nada, que Anna-Maria se fue a vivir con un tío tras una relación bastante
corta.
—Habíamos
vivido juntos dos meses y, en realidad, no llevábamos saliendo mucho más.
—Ahora
corrígeme si me equivoco. Un día cuando ella llegó a casa vio en el suelo del
dormitorio unos calzoncillos negros tipo tanga de piel.
—Y
llevaban cierre porno—aclaró Anna-Maria—. Además tenían un agujero en la parte
de delante. No hace falta pensar mucho rato en lo que tenía que salir por aquel
agujero.
Hizo
una pausa y observó a Fred Olsson y a Tommy Rantakyro. No los había visto nunca
tan divertidos y tan expectantes.
—Además,
en el suelo había también una compresa.
—¡Venga
ya!—exclamó Tommy Rantakyro.
—Yo
estaba impactada—continuó Anna-Maria—. Quiero decir que, en realidad, ¿qué es
lo que se sabe de una persona? Así que cuando Max volvió a casa y saludó desde
el recibidor yo seguí sentada en el dormitorio. Dijo: «¿Qué pasa?» Señalé los
gayumbos de piel y respondí: «Tenemos que hablar. De eso.» Y él apenas
reaccionó. «Vale», me dijo, así con total indiferencia. «Se deben de haber
caído del armario.» Y puso los gayumbos y la compresa encima del armario.
Estaba impasible.
Anna-Maria
se echó a reír.
—Eran
unas bragas para perra. Su madre tenía un bóxer hembra que él solía cuidar y
cuando estaba en celo le ponían aquellas pequeñas bragas con el agujero para el
rabo y la compresa. Así de sencillo.
Las
carcajadas de los tres hombres se fueron rodando por el lago y continuaron
riéndose bastante rato después.
—Vaya
historia—dijo apenas sin voz Tommy Rantakyro mientras se secaba las lágrimas.
En
ese momento Tintín se sentó en la barca.
—Mirad—les
ordenó Sven-Erik Stålnacke.
—Como
si alguno de nosotros tuviera ganas de dejar de mirar ahora—respondió Tommy
Rantakyro alargando el cuello.
Tintín
se había levantado. Tenía el cuerpo tenso. El hocico señalaba hacia el interior
del lago como si fuera una brújula. Krister Eriksson aminoró la marcha a la
velocidad mínima que el timón exigía para dirigir la barca y la llevó hacia el
lugar que señalaba el hocico de Tintín. La perra empezó a gemir y a ladrar,
pisando la plataforma y rascando con las patas. El ladrido era cada vez más
intenso y al final se asomó hacia el agua con la parte delantera del cuerpo.
Cuando Krister Eriksson sacó la boya con el ancla de plomo para señalar el
lugar, Tintín no pudo aguantarse y se lanzó al agua nadando alrededor de la
boya, a la vez que ladraba y estornudaba agua.
Krister
Eriksson la llamó y la cogió por el chaleco salvavidas. Por un momento pareció
que él mismo iba a caerse al agua. En la barca, Tintín continuó gimiendo y
aullando de alegría. Los policías oyeron la voz de Krister Eriksson a través
del ruido del motor y los ladridos del perro.
—Muy
bien, bonita. Bieeen.
Tintín
saltó a tierra chorreando y se sacudió todo lo que pudo, con lo que los
policías acabaron bien duchados.
Krister
Eriksson le dijo unas palabras de elogio a la vez que le acariciaba la cabeza.
Sólo se quedó quieta un segundo, después salió corriendo a dar una vuelta en el
bosque y ladró para resaltar lo buena que era en su trabajo. Sus ladridos se
oyeron desde distintos lugares.
—¿Tenías
intención de que saltara al agua?—preguntó Tommy Rantakyro.
Krister
Eriksson negó con la cabeza.
—Es
que estaba con muchas ganas y lo ha conseguido. Ha encontrado lo que quería y
eso tiene que ser una sensación muy positiva para ella, así que no se la puede
regañar por haberse tirado al agua, pero...
Miró
en la dirección de donde venían los ladridos de la perra con una mezcla de
enorme orgullo y reflexión.
—Es
muy buena—exclamó Tommy impresionado.
Los
demás asintieron. La última vez que habían visto a Tintín había localizado en
el bosque a una mujer demente senil de setenta y seis años, en las afueras de
Kaalasjárvi. Era una zona muy grande para la búsqueda y Krister Eriksson iba en
un cuatro por cuatro a poca ve-
locidad
por viejos caminos de tierra. Sobre el capó, había sujetado una alfombra de
baño para que Tintín no se resbalara. La perra había ido sentada como una
esfinge sobre el capó con el hocico al viento. Un espectáculo impresionante.
Pocas
veces se tenía una conversación tan larga como aquella con Krister Eriksson.
Tintín volvió de su vuelta de alardeo y hasta ella se sintió a gusto con aquel
compañerismo que había surgido en el grupo. Incluso se dio una vuelta entre los
policías y hasta le olió los pantalones a Sven-Erik.
Aquel
momento pasó.
—Bueno,
pues ya estamos listos—dijo Krister casi huraño. Luego llamó a la perra y le
quitó el chaleco.
Está
oscureciendo.
—Vamos
a llamar a los de la Científica y a los buzos—informó Sven-Erik—. Que vengan en
cuanto amanezca mañana.
Se
sentía a la vez contento y triste. Lo peor había ocurrido. Un pastor de la
parroquia había sido asesinado, se podía dar por hecho. Pero, de otra parte,
allí abajo había un cuerpo. Había huellas en la barca y seguro que también en
el camino. Sabía que había sido un coche de gasoil y ahora tenían algo con lo
que trabajar de nuevo.
Miró
a sus compañeros y notó que aquella electricidad estaba en todos ellos.
—Que
vengan esta noche—ordenó Anna-Maria—. Por lo menos que lo intenten en la
oscuridad. Quiero sacarlo ya.
Máns
Wenngren estaba en el club Grodan mirando el móvil. Se había estado diciendo
todo el día que no llamaría a Rebecka Martinsson, pero ya no recordaba por qué
no debía hacerlo.
La
llamaría y le preguntaría, sin darle importancia, cómo le iba con el trabajo
negro.
Tenía
los mismos pensamientos que cuando era un quinceañero. Qué aspecto tendría su
cara en el momento en que la penetrara.
«¡Joder,
tío!», se dijo a sí mismo mientras marcaba el número.
Contestó
a la tercera señal. Parecía cansada. Le preguntó como sin darle importancia por
el nuevo trabajo, según lo que había pensado hacer.
—No
muy bien—respondió ella.
Y le
contó toda la historia sobre cómo había sido acusada de fisgonear por el padre
de Nalle.
—Ha
sido bastante agradable no tener que ser «la mujer que mató a tres
hombres»—dijo—. No lo mantuve en secreto pero tampoco había motivo para
explicarlo. Lo peor es que me fui sin pagar la cuenta.
—Seguro
que se puede hacer un giro o algo así—dijo Máns.
Rebecka
se echó a reír.
—No
lo creo.
—¿Quieres
que me encargue yo?
—No.
«No,
claro. Yo sé hacerlo sola», pensó él.
—Pues
ve allí a pagar y ya está—le dijo.
—Sí.
—No
has hecho nada malo. No tienes por qué arrodillarte.
—No.
—Aunque
se haya hecho algo mal no hay por qué arrodillarse—continuó Máns.
Se
quedó callada un momento.
—Es
difícil hablar contigo, Martinsson—le dijo Máns.
«Modérate—se
dijo Rebecka a sí misma—. Deja de comportarte como una psicótica.»
—Perdona.
—Deja
todo eso de lado de momento—dijo Máns—. Mañana por la mañana te llamo y te
animo. Ir a pagar una cuenta a un chiringuito no te va a ser difícil. ¿Te
acuerdas de aquella vez que tú sola te tuviste que hacer cargo de Axling
Import?
—Hmmm.
—Te
llamo mañana.
«Seguro
que no llama. ¿Por qué iba a hacerlo?», pensó al colgar.
Los
buzos de los servicios de rescate encontraron el cuerpo de Stefan Wikström en
el lago a las diez y cinco de la noche. Lo sacaron del agua con una camilla
hecha de red, pero era pesado. Una cadena de hierro le envolvía el cuerpo.
Tenía la piel completamente blanca y porosa, como puesto a remojo y lavado
varias veces. Tenía un par de agujeros de un centímetro cada uno en la frente y
en el pecho.
PATAS
DORADAS
Principios
de mayo. Las hojas que han estado debajo de la nieve han sido prensadas hasta
convertirse en una corteza marrón sobre el suelo. Aquí y allá asoma tímidamente
algo verde. El aire cálido viene del sur y se ven bandadas de pájaros
constantemente.
La
loba aún está en movimiento. A veces se ve dominada por una gran soledad.
Entonces, levanta el cuello hacia el cielo y deja que salga todo.
A
cincuenta kilómetros de Sodankyla hay un pueblo con el contenedor de basura
destapado. Se pasea por allí un rato, encuentra algunos restos y desentierra
alguna que otra rata gorda aterrada. Se llena el estómago hasta arriba.
En
las afueras del pueblo hay un perro de Karelia, un macho para la caza del oso,
atado a una cadena. Cuando la loba sale del linde del bosque y se le acerca, no
se pone a ladrar como un poseso ni tampoco le entra miedo ni intenta
esconderse. Se queda callado esperándola.
Es
cierto que el olor de la gente la asusta, pero hace tiempo que está sola y
aquel perro sin miedo le sirve. Vuelve a verlo tres días seguidos al anochecer.
Se atreve
hasta
llegar a rozarlo. Huele y se deja oler. Se cortejan uno al otro y luego vuelve
a la linde del bosque. Se queda quieta y mira al macho. Espera a que él la
siga.
Y el
perro tira de la cadena. Durante el día ha dejado de comer.
Cuando
la loba vuelve por cuarta noche consecutiva ya no está. Ella se queda quieta en
la linde un rato. Después se mete trotando en el bosque y continúa su camino.
La
nieve ha desaparecido por completo. Sale vapor de la tierra y tiembla de deseos
de vida. Todo resucita, chirría, chasquea y suena por doquier. Las hojas
estallan en los doloridos árboles. El verano llega de fuera como una invencible
ola verde.
Continúa
veinte kilómetros hacia el norte por la orilla del río Torneälven y pasa por el
puente para personas que hay en Muonio.
Poco
después, otra persona se arrodilla ante su vista por segunda vez en la vida.
Ella está en el bosque de abedules con la lengua colgando. No se siente las
patas. Los árboles que tiene por encima forman una borrosa niebla.
La
persona arrodillada es una investigadora de lobos de la Dirección Nacional de
Protección de la Naturaleza.
—Eres
tan bonita—le dice la investigadora y le acaricia el cuerpo, sus largas patas
doradas.
—Sí
que es bonita—conviene el veterinario.
Le
da una inyección de vitaminas, le controla los dientes y le dobla con cuidado
las articulaciones.
—Tres
años, quizá cuatro—adivina—. Alta jerarquía, nada de roña, nada.
—Una
auténtica princesa—dice la investigadora y le pone en el cuello un emisor de
radio, una extraña joya para una realeza.
El
helicóptero sigue en marcha. El suelo tiene tanta agua que el piloto no se ha atrevido
a apagar el motor por si se hunde y no puede levantar el vuelo.
El
veterinario le da a la loba otra inyección antes de dejarla marchar.
Los
científicos se levantan sintiéndola aún entre sus manos. La piel gruesa y sana.
La lana pegada al cuerpo y después el grueso y largo pelo en la parte exterior.
Las pesadas patas.
Cuando
han emprendido el vuelo ven cómo se pone en pie un poco tambaleante.
La
investigadora envía un pensamiento al poder, una oración para que la protejan.
MARTES
12
DE SEPTIEMBRE
Sale
todo en la prensa matutina y también hablan de ello en la radio. El pastor
desaparecido ha sido encontrado en un lago con cadenas rodeándole el cuerpo.
Tiene dos disparos: uno en el pecho y otro en la frente. Una ejecución en toda
regla, según fuentes de la policía, que opina que ha sido más suerte que
pericia haber encontrado el cuerpo.
Lisa
está sentada a la mesa de la cocina. Ha cerrado el periódico, ha apagado la
radio e intenta estarse quieta en la silla. En cuanto se mueve, algo como una
ola se pone en marcha en su interior, una ola que pasa a través del cuerpo, que
la pone en pie, que la hace ir de un lado a otro en su casa vacía, entrar en la
sala de estar con sus librerías como si tuvieran la boca abierta y los
alféizares vacíos de las ventanas. La hace volver a la cocina. No hay nada que
fregar y los armarios están limpios, los cajones vacíos y no hay ningún papel,
ni facturas por pagar. La hace entrar en el dormitorio. Esta noche ha dormido
sin sábanas, simplemente se cubrió con un edredón y se quedó dormida, para su
sorpresa. El edredón todavía está doblado a los pies de la cama con las
almohadas encima. Su ropa no está.
Si
se queda completamente quieta sentada, logra dominar su añoranza. Añoranza de
llorar y de gritar. O de dolor. Añoranza de poner la mano sobre la plancha de
la cocina cuando está al rojo vivo. Pronto será hora de irse. Se ha duchado y
se ha puesto ropa limpia. El sujetador le roza por la falta de costumbre debajo
de las axilas.
A
los perros no se les engaña fácilmente. Van hacia ella moviendo la cola y se
oye el ruido de sus uñas sobre el suelo, clicketi-clicketi-click. No se
preocupan del rechazo de su tenso cuerpo. Aprietan el hocico contra su vientre.
Lo presionan entre sus piernas, meten la cabeza debajo de sus manos exigiéndole
que los acaricie. Y lo hace. Es un esfuerzo monstruoso desconectar lo máximo
posible para acariciarlos, sentir el pelo suave y, debajo, el calor de la
circulación de su sangre.
—A
dormir—les ordena con voz extraña.
Y se
tumban en su sitio. Enseguida vuelven y hacen ruido con las uñas.
A
las siete y media se levanta. Enjuaga la taza de café y la pone en el
escurridor de platos. Tiene un aspecto raro, como abandonada.
En
la explanada los perros se obcecan con algo. Normalmente, saltan directamente
al coche porque saben que significa un largo día en el bosque, pero ahora arman
jaleo allí mismo. Karelin se va y mea sobre los arbustos de grosellas. El
Alemán se sienta y la mira fijamente mientras ella les señala con la mano
extendida la puerta del portaequipajes. Majken es la primera que se rinde. Va
corriendo agazapada a través de la explanada con el rabo metido entre las
patas. Karelin y el Alemán saltan después de ella.
A
Spy-Morris nunca le apetece ir en coche y hoy menos que nunca. Lisa tiene que
perseguirlo, maldice y da
voces
hasta que se para. Tiene que llevarlo al coche a rastras.
—Salta
de una vez, joder—le chilla y le da una azotaina en el lomo.
Entonces
salta dentro. Lo ha entendido. Todos lo entienden y la miran a través de la
ventanilla. Ella se sienta en el parachoques completamente extenuada. Lo último
que quiere hacer es pelearse con ellos, eso no lo tenía previsto.
Va
al cementerio. Mientras, los perros se quedan dentro del coche. Baja hasta la
tumba de Mildred que, como es habitual, está llena de flores, tarjetas, hasta
fotografías que se han arrugado y cada vez son más gruesas por la humedad.
Las
mujeres la cuidan.
Es
cierto, debería haber llevado algo para ponerlo sobre la tumba. Pero ¿qué?
Intenta
pensar en algo que decir. Un pensamiento. Mira fijamente el nombre de Mildred
sobre la piedra gris mojada. Mildred, Mildred, Mildred. Introduce el nombre
dentro de sí como si fuera un cuchillo.
«Mi
Mildred—piensa después—. A ti que te tuve en mis brazos.»
Erik
Nilsson ve a Lisa desde lejos. Está quieta, pasiva, como si pudiera ver a
través de la piedra. Las otras mujeres siempre están de rodillas, mueven la
tierra, arreglan, limpian y hablan con las otras visitas.
Va a
bajar hasta la tumba pero se arrepiente por un momento. Suele ir allí entre
semana por la mañana. Para tener su momento de paz. No tiene nada en contra del
grupo Magdalena, pero ocupan la tumba de Mildred. No le queda sitio entre
tantos desconsolados. Abarrotan el lugar con flores y velas, colocan piedras
pequeñas en la lápida de la cabecera y lo que él le lleva desaparece entre todo
lo que hay. Para los demás estará bien así, pertenecer al colectivo de
desconsolados. Es un bálsamo para ellos ver que son tantos los que la echan de
menos. Pero él... Es un pensamiento infantil, lo sabe, querer que la gente lo
señale y diga: «Era su marido, es el que da más pena.»
Mildred
le pasa por detrás.
—¿Me
acerco?—pregunta.
Pero
ella no le responde. Mira fijamente a Lisa.
Erik
Nilsson va directamente hacia ella. Carraspea de lejos para no asustarla.
Parece muy ensimismada.
—Hola—la
saluda suavemente.
No
se habían vuelto a ver desde el funeral.
Ella
lo saluda con la cabeza e intenta sonreír.
Él
está a punto de decir: «Así que también tienes una reunión por la mañana aquí»,
o algo igual de absurdo que rompa el hielo entre ellos, pero se arrepiente y
por el contrario dice muy serio:
—Sólo
la teníamos de prestado. Es bien jodido no haberme dado cuenta cuando la tenía
cerca de mí. A menudo me enfadaba con ella por lo que no me daba. Ahora
desearía haber..., no sé..., haber aceptado lo que recibía con alegría en lugar
de martirizarme por lo que no recibía.
La
mira. Ella le devuelve la mirada sin expresar nada.
—No
hago más que hablar—dice para cambiar de conversación.
Ella
niega con la cabeza.
—No,
no—consigue decir—. Sólo es que... no puedo...
—Siempre
estaba tan ocupada. Siempre trabajando.
Ahora
que está muerta es cuando parece que tengamos tiempo el uno para el otro. Es
como si se hubiera jubilado.
Mira
a Mildred. Ella se ha agachado y lee las tarjetas que hay sobre la tumba. A
veces sonríe abiertamente. Coge las pequeñas piedras que están sobre la lápida
de la cabecera y las aprieta dentro de la mano. Una tras otra.
Él
se queda callado. Espera a que Lisa quizá pregunte cómo le va, cómo se las
arregla.
—Tengo
que irme—dice ella—. Tengo a los perros en el coche.
Erik
Nilsson la sigue con la mirada hasta que desaparece. Cuando se agacha para
cambiar las flores del florero que está incrustado en la tierra, Mildred ya no
está.
Lisa
se sienta en el coche.
—Tumbaos—les
dice a los perros que van detrás.
«Yo
también me debería haber tumbado—piensa—. En lugar de estar dando vueltas por
la casa sin parar esperando a Mildred. Aquella noche antes del solsticio.»
Es
la víspera del solsticio de verano por la noche. Mildred ya está muerta. Lisa
no lo sabe y va de un lado a otro sin parar. Toma café aunque no debería
hacerlo siendo tan tarde.
Lisa
sabe que Mildred ha celebrado una misa nocturna en Jukkasjärvi. Todo el tiempo
ha estado pensando que después Mildred iría a verla, pero se está haciendo
demasiado tarde. O Mildred se ha ido a casa a acostarse. A casa de su Erik.
Lisa siente cómo se le encoge el estómago.
El
amor es como una planta o un animal. Vive y se desarrolla. Nace, crece,
envejece y muere. Dispara algunos extraños tiros. Hace un momento el amor hacia
Mildred era una alegría vibrante. Los dedos pensaban en la piel de Mildred. La
lengua pensaba en sus pezones. Ahora es igual de grande que antes, igual de
fuerte pero en la oscuridad ha palidecido y es absorbente. Atrae todo lo que
hay en Lisa. El amor hacia Mildred la agota y la entristece. Tal vez esté tan
cansada por pensar en Mildred constantemente. En su cabeza no hay lugar para
nada más. Mildred y otra vez Mildred. Dónde está, qué hace, qué ha dicho, a qué
se ha referido con esto o con lo otro. La puede echar de menos un día entero
sólo para pelearse con ella cuando por fin aparece. La herida en la mano de
Mildred hace tiempo que ha cicatrizado. Es como si no la hubiera tenido nunca.
Lisa
mira el reloj. Hace mucho rato que dieron las doce. Le pone la correa a Majken
y baja hasta la carretera. Piensa acercarse al embarcadero para ver si la barca
de Mildred está allí.
De
camino pasa por delante de la casa de Lars-Gunnar y Nalle, y se da cuenta de
que el coche no está en el jardín.
Después,
cada día que pasa piensa en ello. Todo el tiempo. Que el coche de Lars-Gunnar
no estaba aparcado en el jardín. Que Lars-Gunnar es lo único que Nalle tiene.
Que nada puede hacer que Mildred vuelva a la vida.
Máns
Wenngren llama por teléfono a Rebecka Martinsson y la despierta. Su voz es
cálida y un poco ronca.
—¡Arriba!—le
ordena—. Tómate un café y un bocata. Dúchate y arréglate. Te vuelvo a llamar
dentro de veinte minutos. Para entonces debes estar lista.
Esto
ya ha pasado antes. Cuando estaba casado con Madelene y todavía le aguantaba
sus periódicas agorafobias y sus pánicos y Dios sabe qué más, entonces la
convencía habiéndole de la visita al dentista, comidas familiares o de ir a
comprar zapatos a los almacenes NK. No hay mal que... Ahora por lo menos se
sabe la técnica.
Máns
vuelve a llamar al cabo de veinte minutos. Rebecka responde como un obediente
boyscout. Ahora se sentará en el coche, irá a la ciudad y sacará dinero
suficiente para pagar el alquiler de la cabaña de Poikkijárvi.
Cuando
él la llama de nuevo le dice que vaya a Poikkijárvi, aparque delante del local
de Micke y que lo llame desde allí.
—Muy
bien—le dice Máns cuando ella lo llama—. Ahora falta un minuto y medio y
después ya habrá pasado. Entra y paga. No necesitas decir ni una palabra si no
quieres. Simplemente entrega el dinero. Cuando lo hayas hecho te sientas en el
coche y me llamas otra vez, ¿de acuerdo?
—De
acuerdo—responde Rebecka como un niño. Está sentada dentro del coche mirando el
restaurante. Allí está, blanco y desgastado a la luz clara del otoño. Se
pregunta quién estará dentro. ¿Micke o Mimmi?
Lars-Gunnar
abre los ojos. Stefan Wikström lo despierta siempre que sueña. Son sus gritos
lastimosos, sus gemidos y sus lamentos mientras se hinca de rodillas allí,
junto al lago, consciente de lo que va a ocurrir.
Ha
dormido en el sillón de la sala de estar. Tiene la escopeta sobre las rodillas.
Se levanta fatigado, con la espalda y los hombros entumecidos. Sube hasta la
habitación de Nalle, que aún duerme profundamente.
Está
bien claro que no se debería haber casado con Eva pero era un simple norteño,
una presa fácil para una persona como ella.
Siempre
ha sido de grandes dimensiones. Ya de niño era gordo. En aquellos tiempos los
niños eran delgaduchos y volaban tras los balones de fútbol. Eran ligeros y
rápidos y les tiraban bolas de nieve a los niños gordos, que se iban corriendo
a sus casas todo lo deprisa que podían. A casa de su padre, que les pegaba con
el cinturón si es que estaba de ese humor.
«Yo
nunca le he levantado la mano a Nalle—piensa—. Nunca lo haría.»
Pero
el joven gordito Lars-Gunnar creció y superó bastante bien la escuela a pesar
de los hostigamientos. Estudió para policía y volvió a su tierra siendo otro
hombre. No es fácil volver al pueblo de tu infancia y no caer en los mismos
patrones que había antes, pero Lars-Gunnar había cambiado aquel año que pasó en
la escuela de policías. Y con un policía no se juega. También había hecho
nuevos amigos en la ciudad. Compañeros. Consiguió que le dejaran entrar en el
grupo de caza y como no le molestaba trabajar y tenía capacidad para la
planificación, enseguida se convirtió en jefe de grupo. Su intención era que
fuera un puesto rotativo, pero nunca llegó a ser así. Lars-Gunnar piensa que
seguramente era cómodo para los demás tener a alguien que planificara y organizara.
En un rincón del alma es consciente de que nadie hubiera cuestionado su derecho
a continuar como jefe de grupo. Aquello estaba bien, era bueno que te tuvieran
respeto. Él se había ganado aquel respeto y no se había aprovechado de ello
como muchos otros habrían hecho.
No,
el problema era que había sido demasiado bueno. Había confiado en los demás, en
Eva.
Es
difícil no acusarse a sí mismo, pero había cumplido los cincuenta cuando la
conoció. Había vivido solo durante todos aquellos años porque las mujeres no se
le daban muy bien. Con ellas todavía era un poco torpe, consciente de su cuerpo
demasiado grande. Y conoció a Eva, que inclinó la cabeza sobre su pecho. Su
cabeza desapareció casi en su mano cuando él la atrajo hacia sí. «Mi señorita»,
solía decirle.
Después,
cuando ya no le apetecía, se marchó, abandonándolo a él y al niño.
Apenas
recuerda el paso de los meses desde que ella se fue. Eran como la oscuridad. Le
parecía que en el pueblo todo el mundo lo miraba y se preguntaba qué dirían a
sus espaldas.
Nalle
se da la vuelta en sueños y la cama cruje debajo de él.
«Tengo
que...», piensa Lars-Gunnar y se olvida de lo que estaba pensando.
Es
difícil concentrarse. Pero el día a día, eso tiene que continuar. Ésa es la
intención. El día a día de él y de Nalle. La vida que Lars-Gunnar ha creado
para los dos.
«Tengo
que ir a comprar—piensa—-. Leche, pan y algo para los bocadillos. Se está
acabando todo.»
Baja
las escaleras y llama por teléfono a Mimmi.
—Voy
a ir a la ciudad—le dice—. Nalle está durmiendo y no lo quiero despertar. Si va
al bar, dale de desayunar, ¿vale?
—¿Está
ahí?
Anna-Maria
Mella había llamado a los de la forense de Luleá. Era la asistente en autopsias
Anna Granlund quien respondió pero Anna-Maria quería hablar con el médico jefe,
Lars Pohjanen. Anna Granlund lo protegía como una madre cuida a su hijo
enfermo. Mantenía la sala de autopsias en perfecto estado, le abría los
cuerpos, sacaba los órganos, los volvía a poner en su sitio cuando él había
acabado, los cosía y también escribía la mayor parte de los informes.
—No
puede dejar de trabajar—le había dicho en alguna ocasión a Anna-Maria—. Esto al
final es como un matrimonio, me he acostumbrado a él y no quiero a ningún otro.
Y
Lars Pohjanen seguía adelante como podía. Respiraba como si fuera a través de
una pajita. Sólo con hablar se quedaba sin aliento pues hacía unos años lo
habían operado de cáncer de pulmón.
Anna-Maria
se lo podía imaginar. Probablemente estuviera durmiendo en el sofá desgastado
de los años setenta de la sala de personal. Con el cenicero en el suelo al lado
de los viejos zuecos y la bata verde de operaciones a modo de manta.
—Sí,
está aquí—respondió Anna Granlund—. Un momento.
La
voz de Pohjanen afónica y oxidada al otro lado de la línea.
—Explícame—le
exigió Anna-Maria Mella—. Sabes lo malísima que soy leyendo.
—No
hay mucho que decir. Hmmm. Le han disparado en el pecho por delante. Después,
desde muy cerca, en la frente. Tiene un efecto explosión en el agujero de
salida en la cabeza.
Respiración
larga y el sonido de la pajita.
—...
la piel arrugada de tanta agua, pero no hinchada... aunque sabíais cuándo
desapareció...
—La
noche del viernes.
—Imagino
que ha estado allí desde entonces. Tiene unas pocas heridas en las partes de la
piel que no está cubierta por la ropa, en las manos y en la cara. Son los peces
que han estado mordisqueando. No mucho más. ¿Habéis encontrado las balas?
—Todavía
las están buscando. ¿No hubo pelea? ¿No hay otras heridas?
—No.
—¿Por
lo demás?
A
Pohjanen le cambió la voz a un tono más irritado.
—Nada
más, ya te lo he dicho. Deberías pedirle a alguien. .. que te lean el informe
en voz alta.
—Me
refería a ti.
—Ah,
joder—respondió con un tono más suave—. Una mierda, como siempre.
Sven-Erik
Stålnacke hablaba con la psiquiatra de la fiscalía sentado dentro del coche en
el aparcamiento. Le gusta su voz. Desde el principio se había asido a aquella
calidez. Y que hablaba despacio. La mayor parte de las mujeres de Kiruna
hablaban jodidamente deprisa. Y bastante alto. Eran como metralletas. Uno no
tenía ninguna posibilidad. Podía oír a Anna-Maria en su interior: «¿Ninguna
posibilidad? Somos nosotras las que no tenemos posibilidad. Ninguna posibilidad
de que nos deis una respuesta razonable en un tiempo prudencial. Una pregunta:
"¿Cómo fue?" Y se hace el silencio. Y después del silencio y una
deliberación interior llega el "Bien". Después, apáñatelas para sacar
algo más, por lo menos de Robert. O sea que tenemos que hablar por dos. Así que
no tenéis posibilidad, ¿eh? Anda ya.»
Estaba
escuchando la voz de la psiquiatra de la fiscalía y percibió un tono de humor a
pesar de que la conversación era seria. Si hubiera tenido unos años menos...
—No—dijo
ella—. No creo que sea una repetición. Mildred Nilsson estaba expuesta para que
la vieran y el cuerpo de Stefan Wikström no estaba previsto que lo encontraran.
Tampoco hubo una pelea que lo desencadenara todo. Es otro modo completamente
distinto. También puede ser otra persona que no tenga nada que ver. Así que la
respuesta a tu pregunta es no. Es muy improbable que a Stefan Wikström lo
matara un asesino en serie con problemas psíquicos y que la muerte haya
ocurrido por una reacción emocional y haya sido inspirada por Viktor
Strandgárd. O es alguien completamente distinto, o Mildred Nilsson y Stefan
Wikström fueron asesinados porque había un motivo real.
—¿Ah,
sí?
—Sí,
es decir, la muerte de Mildred es muy... emocional. Mientras que la de Stefan
es más una...
—...
ejecución.
—¡Exacto!
Es un poco como un crimen pasional, y
estoy
especulando, quiero que lo tengas en cuenta. Sólo intento comunicar la imagen
emocional que tengo. ¿De acuerdo?
—Sí.
—Es
decir, como un crimen pasional. El marido mata a su mujer en un ataque de ira y
después mata a su amante a sangre fría.
—Pero
no eran pareja—aclara Sven-Erik.
«Que
sepamos», piensa.
—No
quiero decir en absoluto que sea el marido. Sólo que...
Se
queda callada.
—...
no sé lo que quiero decir—añade—. Puede haber una relación. Puede que sea el
mismo autor. Un psicópata. Claro que sí. Quizá. Pero no necesariamente. Y no en
ese sentido de que tu interpretación de la realidad haya perdido todo
enraizamiento con la misma.
Era
el momento de colgar y eso fue lo que hizo Sven-Erik con una punzada de
añoranza. Y Manne seguía sin aparecer.
Rebecka
Martinsson entra en el local de Micke. Sólo hay tres personas desayunando.
Hombres mayores que le echan una mirada como de tasación. Viva la hermosura.
Siempre es bienvenida. Micke está fregando el suelo.
—Hola—saluda
a Rebecka mientras recoge la mopa y el cubo—. Ven.
Rebecka
lo acompaña hasta la cocina.
—Debes
perdonarme—le dice él—. El sábado todo fue mal pero es que me quedé de piedra
cuando Lars-Gunnar me explicó... ¿Fuiste tú la que mató a aquellos pastores de
Jiekajarvi?
—Sí,
aunque eran dos pastores y un...
—Ya
lo sé. Un loco, ¿no? Escribieron sobre el asunto, aunque no dijeron cómo te
llamabas. Tampoco escribieron los nombres de Thomas Sóderberg ni de Vesa
Larsson, pero aquí todos sabíamos quienes eran los pastores. Tiene que haber
sido muy jodido.
Ella
asiente con la cabeza. Tiene que haberlo sido.
—El
sábado pensé que quizá era verdad lo que Lars-Gunnar dijo. Que estabas aquí
para fisgonear. Te pregunté si eras periodista y me dijiste que no. Entonces
pensé que quizás no fueras periodista pero que trabajabas para algún periódico
de todas maneras. Pero no es así, ¿verdad?
—No.
Primero llegué aquí por casualidad porque Torsten Karlsson y yo queríamos comer
en algún sitio.
—¿El
tío que iba contigo la primera vez?
—Sí.
Y además no son cosas que suelo explicarle a la gente. Todo aquello..., lo que
pasó entonces. Bueno, y me quedé para estar tranquila y porque no me atrevía
del todo a ir hasta Kurravaara. Tengo la casa de mi abuela allí y... pero luego
fui allí con Nalle de todas formas. Es mi héroe.
Lo
último lo dice con una sonrisa.
—He
vuelto para pagar la cabaña—explica luego y saca el dinero.
Micke
lo coge y le devuelve el cambio.
—Te
he descontado lo de tu sueldo. ¿Qué dice tu otro jefe de que trabajes en negro
en el restaurante?
Rebecka
se echa a reír.
—Ah,
ahí me tienes pillada.
—Deberías
despedirte de Nalle... Pasarás por delante de su casa cuando salgas de aquí. Si
coges a la derecha hacia la capilla...
—Ya
sé, pero es una idea bastante mala. Su padre...
—Lars-Gunnar
está en la ciudad y Nalle está solo en casa.
«En
la vida—piensa Rebecka—. Hasta ahí podríamos llegar.»
—Salúdalo
de mi parte—responde.
En
el coche llama a Máns.
—Ya
está hecho—le informa.
—¡Ésa
es mi chica!
De
inmediato añade:
—Está
bien, Martinsson. Ahora voy a una reunión. Nos llamamos.
Rebecka
se queda sentada con el móvil en la mano.
«Máns
Wenngren—piensa—. Es como las montañas. Llueve y es horrible. El viento sopla
fuerte. Estás cansada con los zapatos mojados y no sabes ubicarte del todo. El
mapa no quiere coincidir con la realidad. Y de pronto se abren las nubes. La
ropa se seca con el viento y te sientas en las montañas mirando hacia abajo a
un valle cubierto de sol. Vale la pena. »
Intenta
llamar a Maria Taube pero no le responde y le envía un mensaje: «Todo bien.
Llama.»
Se
va por la carretera y sintoniza una emisora de la radio donde dan noticias de
famosos.
En
la salida hacia la capilla se encuentra con Nalle. Una punzada de añoranza y
culpa la atraviesa de arriba abajo. Levanta la mano como saludo. En el espejo
retrovisor ve cómo él responde al saludo con energía y de golpe echa a correr
detrás del coche. No va deprisa pero no se rinde. De pronto ella ve que se cae.
Y parece peligroso. Se ha caído en la cuneta.
Rebecka
para el coche junto al arcén. Mira por el retrovisor. No ve que se levante.
Entonces le entran las prisas. Sale del coche y va hasta allí corriendo.
—Nalle—grita—.
¡Nalle!
¿Y
si se ha roto la cabeza contra una piedra?
Desde
la cuneta le sonríe. Como un escarabajo patas arriba.
—¡Becka!—la
llama cuando aparece por encima de él.
«Claro
que tengo que despedirme—piensa—. ¿Qué clase de persona soy?»
Él
se levanta y ella lo limpia.
—Adiós,
Nalle—le dice luego—. Ha sido muy divertido...
—Conmigo—la
interrumpe mientras le tira del brazo como un niño—. ¡Conmigo!
Se
da la vuelta y se va andando pesadamente por la carretera. Va hacia su casa.
—No,
quiero decir, yo...—intenta explicarse ella.
Pero
Nalle continúa su camino. Sin darse la vuelta. Confía en que ella lo siga.
Rebecka
mira el coche. Está bien apartado en el arcén. Los otros transeúntes lo pueden
ver bien. Puede acompañarlo un trozo. Va detrás de él.
—Espérame—le
grita.
Lisa
para el coche delante del consultorio veterinario. Los perros saben
perfectamente dónde están. No es un sitio que les agrade. Se levantan todos y
miran a través de las ventanillas. Tienen la boca abierta y respiran jadeando,
con la lengua muy afuera. A el Alemán le empieza a salir caspa, como siempre
que está nervioso. Una capa blanca aparece a través de la piel y se posa sobre
el pelo marrón como si fuera nieve. Todos tienen el rabo pegado al vientre.
Lisa
entra pero deja los perros dentro del coche.
«¿No
vamos contigo?—preguntan con la mirada—. ¿Así que nos libramos de las
inyecciones, la auscultación, los olores que nos asustan y los humillantes
embudos blancos de plástico alrededor de la cabeza?»
Anette,
la veterinaria, la recibe. Arreglan lo del pago, Anette se encarga del tema.
Están las dos solas, no hay nadie más, tampoco en la sala de espera. Lisa se
emociona por la consideración.
Lo
único que pregunta Anette es:
—¿Te
los llevarás contigo?
Lisa
niega con la cabeza. Lo cierto es que aún no ha pensado en ello. Apenas la idea
la ha podido llevar hasta allí. Y aquí está. Habrá restos. Se quita el
pensamiento de la cabeza de lo indigno que es aquello. Les debe algo más que
eso.
—¿Cómo
lo hacemos?—pregunta Lisa—. ¿Los voy metiendo de uno en uno?
Anette
la mira.
—Será
demasiado para ti, creo yo. Los metemos todos a la vez y primero les damos algo
para calmarlos.
Lisa
se tambalea.
—¡Quietos!—les
ordena cuando abre la puerta de atrás del coche.
Les
pone la correa para evitar que alguno se vaya corriendo.
Entra
en la consulta del veterinario con los perros alrededor de las piernas. Pasa
por la sala de espera y luego por el rincón por delante de la oficina y el
consultorio.
Anette
abre la puerta del quirófano.
Oye
el jadeo y el ruido de sus pezuñas que estresadas repiquetean y resbalan en el
suelo. Se lían las correas de uno y otro. Lisa estira e intenta deshacer el lío
a la vez que sigue andando hacia aquella sala. «Venga, adentro.»
Por
fin han llegado a la horrible sala con su horrible suelo de plástico de color
rojo y las paredes marrones jaspeadas. Lisa se da un golpe en el muslo con la
mesa negra de operaciones. Todas las pezuñas que han dejado el suelo arañado
hacen que la suciedad se introduzca en el linóleo de manera que ya no se puede
dejar limpio. Se ha creado como un sendero de color granate desde la puerta y
alrededor de la mesa. En uno de los armarios de la pared hay pegado un cartel
horrible con una niña en un mar de flores sujetando a un tierno cachorro en los
brazos. El reloj de pared tiene un texto que se sale de la esfera entre las
diez y las dos: «Ha llegado el momento.»
La
puerta se cierra detrás de Anette.
Lisa
les quita las correas.
—Empezaremos
con Bruno—dice Lisa—. Como es el más tozudo será el último en acostarse. Ya lo
sabes.
Anette
asiente con la cabeza. Mientras Lisa acaricia a Bruno sobre las orejas y el
pecho, Anette le pone una inyección con calmante en el músculo de la pata
derecha delantera.
—¿Eres
mi niño bonito?—pregunta Lisa.
El
perro la mira. Directamente a los ojos aunque no es natural en los perros.
Después aparta rápidamente la mirada. Bruno es un perro que mantiene las
formas. Al jefe de la manada no se le mira directamente a los ojos.
—Éste
es un señor paciente—comenta Anette y le da una palmada cuando ha acabado.
Al
cabo de poco rato Lisa está sentada allí. En el suelo debajo de la ventana. El
radiador le arde en la espalda. Spy-Morris, Bruno, Karelin y Majken están medio
dormidos en el suelo a su alrededor. Tiene la cabeza de Majken sobre uno de los
muslos, Spy-Morris sobre el otro. Anette empuja a Bruno y a Karelin para
acercarlos a Lisa de manera que llegue a todos.
No
hay palabras. Sólo un desagradable dolor en la garganta. Sus cuerpos calientes
entre sus manos.
«Cómo
me habéis podido querer», piensa.
Ella
que es tan desesperadamente dura por dentro. Pero el amor de los perros es
sencillo. Corren por el bosque, están contentos, se tumban junto a ella y se
dan calor unos a otros. Se tiran pedos y están a gusto.
Anette
hace ruido con la afeitadora y les pone unas cánulas permanentes en las patas
delanteras.
Pasa
todo muy rápido. Demasiado rápido. Anette ya está preparada. Sólo queda lo
último. ¿Dónde están los pensamientos de despedida? El dolor de garganta
aumenta hasta un insoportable suplicio. Le duele todo. Lisa tiembla como si
tuviera fiebre.
—Voy
a ponérsela—informa Anette.
Y
les pone la inyección letal.
Tarda
medio minuto. Se quedan tumbados como antes. Las cabezas en su regazo. La
espalda de Bruno contra el final de su espalda. La lengua de Majken se ha
salido de la boca de una manera diferente a cuando duerme.
Lisa
piensa en levantarse pero no puede.
El
llanto está debajo de la piel de la cara y la cara intenta controlarlo. Es como
una lucha. Los músculos pelean en contra. La boca y las cejas quieren volver a
su posición natural, pero el llanto se retuerce hasta lograr salir. Al final
explota con un gesto grotesco y sollozante. Salen lágrimas y mocos. Qué dolor
tan insoportable. Las lágrimas han estado escondidas tras los ojos y es como
haberle puesto la tapa a una cazuela y ahora cae el calor sobre la cara. Y
sobre Spy-Morris.
De
la garganta le sale un lamentoso gemido. Es tan feo. Es un uhu, uhu. Ella misma
oye aquel grito horrible y reseco de vieja. Se pone a cuatro patas. Abraza a
los perros. Sus movimientos son bruscos y poco delicados. Se arrastra entre
ellos y mete los brazos debajo de sus cuerpos lánguidos. Les acaricia los
párpados, los hocicos, las orejas y los vientres. Aprieta su cara contra sus
cabezas.
El
llanto es como una tormenta. Le corta y le desgasta el cuerpo. Se sorbe los mocos
e intenta tragar. Pero es difícil tragar estando a cuatro patas con la cara
hacia abajo. Al final le salen los mocos por la boca y se los aparta con la
mano.
A la
vez allí hay una voz. Otra Lisa que observa. Que dice: «¿Qué clase de persona
eres? ¿Y Mimmi?»
Y el
llanto cesa. Justo cuando pensaba que nunca se iba a detener.
Es
extraño. Todo el verano ha sido una larga lista de cosas para hacer. Una tras
otra las ha marcado como hechas. El llanto no estaba en la lista. Se apuntó
allí él mismo. Ella no quería. Le tenía miedo. Miedo de ahogarse en él.
Y
ahora, cuando ha llegado, primero era monstruoso, un tormento y una oscuridad
insoportables. Pero después, después el llanto se ha convertido en un refugio,
una habitación donde descansar, una sala de espera ante la siguiente cosa de la
lista. Entonces, de pronto, una parte de ella quiere permanecer allí en el
llanto y retrasar lo otro que tiene que ocurrir. Y entonces el llanto la
abandona. Le dice: se ha acabado. Y simplemente se detiene.
Se
levanta. Hay un lavabo. Se coge del canto y se ayuda a ponerse en pie. Por lo
visto Anette ha abandonado la sala.
Tiene
los ojos hinchados. Los siente como si fueran medias pelotas de tenis. Presiona
sus dedos fríos sobre los párpados. Abre el grifo y se enjuaga la cara. Hay
toallitas de papel en un portarrollos al lado del lavabo. Se seca y se suena
pero evita mirarse en el espejo. El papel le rasca la nariz.
Mira
hacia abajo, hacia los perros. Está tan cansada y ha llorado tanto que el
sentimiento ya no es tan fuerte. La tristeza más profunda ya es sólo un
recuerdo. Se agacha y los acaricia a todos de forma tranquila.
Después
sale fuera. Anette está ocupada delante del ordenador en el despacho. Lisa se
despide con un saludo ronco.
Sale
al sol de septiembre, que pica e importuna. Las sombras están muy definidas.
Alguna nube que pasa le da sombra a los ojos por unos segundos. Se sienta en el
coche y baja la visera, arranca y atraviesa la ciudad antes de salir a la
carretera de Noruega.
Durante
el viaje no piensa en nada en absoluto, sólo en cómo transcurre la carretera,
en los cambios de paisaje. El cielo azul intenso, trozos de nubes que se
deshilachan en su rápido viaje sobre las cordilleras, aludes ásperos y
definidos. Aparece el pantano Tornetrásk, largo como una piedra blanca y opaca
bordeado de un canto dorado.
Aparece
cuándo pasa Katterjákk. Un gran camión. Lisa mantiene la velocidad alta. Se
quita el cinturón.
Rebecka
Martinsson acompañó a Nalle hasta el sótano de la casa. Bajaron por una
escalera de piedra pintada de color verde que giraba y se metía por debajo de
la casa. Abrió una puerta. En el interior había una habitación que se utilizaba
como despensa, taller y trastero. Había muchas cosas por todas partes y
humedad. El color blanco tenía algunas manchas negras y aquí y allá se había
saltado la pintura. Había unos sencillos estantes con botes de mermelada, cajas
con clavos y tornillos y todo tipo de chismes, botes de pintura, botes de
aguarrás evaporado y pinceles que se habían secado, papel de lija, cubos,
herramientas de electricidad y cables enredados. En las paredes que estaban
libres había herramientas colgadas.
Nalle
le pidió silencio cruzándose el dedo sobre la boca. La cogió de la mano y la
llevó hacia una silla donde ella se sentó. Él se puso de rodillas en el suelo
del sótano y repicó con las uñas.
Rebecka
esperaba completamente en silencio.
Del
bolsillo del pecho de la chaqueta sacó un paquete casi vacío de galletas María.
Lo desarrugó, lo abrió y sacó una galleta a la que le rompió un trozo.
Y
entonces apareció por el suelo un ratoncillo corriendo. Corría hacia Nalle
formando una ese, se paró delante de sus rodillas y levantó las patas de
delante. Era gris amarronado y no medía más de cuatro o cinco centímetros.
Nalle le acercó el trozo de galleta. El ratón intentó llevárselo pero dado que
Nalle no lo soltaba se quedó donde estaba y empezó a comer. Todo lo que se oía
era unos pequeños ruidos al roer.
Nalle
se volvió hacia Rebecka.
—El
ratón—dijo en voz alta—. Pequeño.
Rebecka
creía que se asustaría al oírlo hablar tan alto, pero el animalito siguió allí
comiendo. Ella lo señaló con la cabeza y sonrió. Era una imagen extraña. Nalle
tan grandote y el diminuto ratoncillo. Se preguntó cómo habría ocurrido. ¿Cómo
pudo él sobreponerse a su miedo? ¿Pudo ser tan valiente como para quedarse
sentado esperándolo? Quizá.
«Eres
un chico muy especial», pensó.
Nalle
alargó el dedo índice e intentó acariciar al ratón en el lomo, pero la
inquietud superó al hambre y salió corriendo como una línea gris. Desapareció
entre los trastos que había apoyados contra la pared.
Rebecka
lo siguió con la mirada.
Tenía
que irse. No podía dejar el coche allí parado demasiado tiempo.
Nalle
dijo algo.
Lo
miró.
—Ratón—dijo—.
¡Pequeño!
Se
puso triste. Allí estaba ella, en un viejo sótano con un chaval con disminución
psíquica. Se percató de que no se sentía tan cerca de una persona desde hacía
una eternidad.
«¿Por
qué no puedo?—se preguntó—. Que me guste la gente. Confiar en las personas.
Pero en Nalle se puede confiar. Él mismo no se lo puede ni imaginar.»
—Adiós,
Nalle—se despidió.
—Adiós—respondió
él sin el menor rastro de tristeza en la voz.
Se
levantó y subió la escalera de piedra de color verde. No oyó el coche que se
paraba fuera. No oyó los pasos en el porche. En el mismo momento en que ella
abría la puerta al recibidor, se abrió la de la calle. La enorme figura de
Lars-Gunnar llenaba el hueco de la puerta impidiéndole el paso como una
montaña. Ella lo miró directamente a los ojos y él le respondió a la mirada.
—¡Qué
cojones...!—dijo simplemente.
Los
investigadores del lugar del crimen encontraron una bala de fusil a las nueve y
media de la mañana. La desenterraron del suelo junto a la costa. Calibre 30-06.
A
las diez y cuarto la policía había contrastado el registro de armas con el
registro de automóviles. Todas las personas que eran propietarias de un
vehículo privado de diesel y disponían de un arma de fuego.
Anna-Maria
Mella estaba inclinada hacia atrás en su sillón de trabajo. Realmente era una
cosa superlujosa. El respaldo se podía echar para atrás de tal manera que casi
se quedaba tumbado como una cama. Como un sillón de dentista pero sin dentista.
El
resultado fueron 473 personas. Le echó una ojeada a los nombres.
Y su
vista recaía una y otra vez en uno que reconocía. Lars-Gunnar Vinsa.
Tenía
un Mercedes diesel. Miró en el registro y vio que tenía a su nombre tres armas,
dos de balas y una de perdigones. Una de las de balas era una Tikka. Calibre
30-06.
«Bueno,
deberíamos hacer que vinieran todos los que tienen un arma del mismo calibre
para hacer una prueba de disparo, pero quizá se podría hablar con él primero.»
Aunque
no era muy agradable cuando se trataba de un antiguo compañero.
Miró
el reloj. Las diez y media. Después de comer podría ir hasta allí con
Sven-Erik.
Lars-Gunnar
Vinsa mira a Rebecka Martinsson. A medio camino de la ciudad se percató de que
se había dejado la cartera y dio la vuelta.
¿Qué
jodida conspiración era todo aquello? Le había dicho a Mimmi que se iba fuera.
¿Y si había hablado con la abogada? No lo creía. Pero seguro que así era. Y se
vino corriendo a fisgonear.
El
móvil suena en las manos de la mujer. No contesta. Él mira sereno el teléfono
que suena. Se quedan allí quietos. El teléfono suena una y otra vez.
Rebecka
piensa que debe responder. Seguro que es Maria Taube. Pero no puede. Y como no
contesta, de pronto lo ve escrito en la mirada del hombre. Lo sabe. Y él sabe
que ella lo sabe.
La
parálisis se pasa. El móvil cae al suelo. ¿Se lo ha apartado él de un manotazo?
¿Es ella quien lo ha tirado?
Él
sigue en medio. Rebecka no puede salir. Siente en su interior un miedo
demencial.
Se
da la vuelta y sube las escaleras corriendo hasta el piso de arriba. Es
estrecha y empinada. El papel de la pared está sucio de lo viejo que es. Con
dibujo de flores. La pintura de los escalones es como un grueso vidrio. Sube
los escalones a toda velocidad y a cuatro patas, como un cangrejo. No resbales
ahora.
Oye
a Lars-Gunnar tras de sí. Pesado.
Es
como correr hacia una trampa. ¿Adónde va?
Tiene
la puerta del baño justo enfrente y se mete dentro.
De
alguna manera cierra la puerta y consigue que los dedos den la vuelta a la
cerradura.
La
manilla se mueve hacia abajo porque alguien la baja desde fuera.
Hay
una ventana pero no le queda nada dentro que la haga intentar huir. Todo lo que
le queda es miedo. Apenas puede aguantarse en pie. Se sienta descorazonada
sobre la tapa del váter y empieza a temblar. El cuerpo es todo un calambre
tembloroso. Se presiona el vientre con los codos y con las manos se sujeta la
cara. Le tiemblan tan violentamente que involuntariamente se golpea a sí misma
en la boca, la nariz, la barbilla. Los dedos están doblados como garras.
Al
otro lado de la puerta se oye un ruido sordo y pesado, un estruendo. Aprieta
los ojos. Las lágrimas empiezan a brotar. Quiere apretarse las manos contra las
orejas pero no le responden, no hacen más que temblar y temblar.
—¡Mamá!—grita
cuando salta la puerta tras un fuerte golpe. Le cae en las rodillas. Siente
dolor. Alguien la levanta por la ropa. No se atreve a abrir los ojos.
La
coge por el cuello de la ropa. Ella gime.
—¡Mamá,
mamá!
Lars-Gunnar
se oye gemir a sí mismo. ¡Áiti, áiti! Hace más de sesenta años desde que su
padre estaba volteando a su madre en la cocina como si fuera un guante. Ha
encerrado a Lars-Gunnar y a sus hermanos en la habitación. Él es el mayor. Las
niñas pequeñas están sentadas en el sofá, pálidas y calladas. Él está junto a
los hermanos medianos dando golpes en la puerta. Oyen el llanto y las oraciones
de su madre, cosas que caen en el suelo, el padre que quiere la llave. La tiene
enseguida. Dentro de poco Lars-Gunnar y sus hermanos recibirán una paliza y sus
hermanas lo verán. La madre se quedará encerrada en la habitación. La correa se
pondrá en marcha. Por alguna razón. Él no recuerda cuál. Había tantos motivos.
Le
golpea la cabeza contra el lavabo. Ella se queda callada. El llanto infantil y
la súplica de la madre: «¡Alá lyo! ¡Alá lyo!» también se callan en su cabeza.
La suelta y ella se desploma en el suelo.
Cuando
le da la vuelta lo mira con ojos grandes y mudos. Le cae sangre de la frente.
Es como cuando se cayó en aquella acequia camino de Gállivare. Los ojos
desorbitados. Y los temblores.
La
coge por los pies y la arrastra hasta el pequeño distribuidor.
Nalle
está en la escalera. Ve a Rebecka.
—¿Qué?—pregunta
gritando.
Es
un grito alto e inquieto. Como de págalo rabero.
-¿Qué?
—¡No
pasa nada, Nalle!—le grita Lars-Gunnar—. Vete de aquí.
Pero
Nalle está asustado. No escucha. Sube unos peldaños. Mira a Rebecka allí
tumbada. Grita: «¿Qué?»
—¿Es
que no oyes lo que te digo?—ruge Lars-Gunnar—. Vete de aquí.
Le
suelta los pies a Rebecka y hace gestos con las manos para ahuyentarlo. Al
final baja la escalera y saca a Nalle en volandas hasta el jardín. Cierra la
puerta con llave.
Nalle
se queda fuera. Oye como repite: «¿Qué, qué?»
Con
miedo y confusión en la voz. En su cabeza se lo puede imaginar andando por el
porche completamente desconcertado.
Siente
una ira inmensa contra la mujer que está en el piso de arriba. Es culpa suya.
Los debería haber dejado en paz.
Sube
la escalera de tres zancadas. Es como Mildred Nilsson. Los debería haber dejado
en paz. A él y a Nalle y a todo el pueblo.
Lars-Gunnar
está en el jardín tendiendo la ropa. Es a finales de mayo. Aún no hay hojas
pero han empezado a salir algunos brotes en los parterres. Hace un día soleado
y ventoso. Nalle cumplirá trece años en otoño. Hace seis que murió Eva.
Nalle
corre de un lado a otro por el jardín. Siempre se entretiene él mismo. Pero uno
no puede estar nunca solo. Lars-Gunnar echa en falta eso, poder estar tranquilo
de vez en cuando.
El
viento primaveral mueve y desgasta la colada de ropa blanca. Dentro de poco las
sábanas y la ropa interior estarán como una fila de banderas ondulantes entre
los abedules del jardín.
Detrás
de Lars-Gunnar está la nueva pastora, Mildred Nilsson. Lo que habla. Por lo
visto no va a acabar nunca. Lars-Gunnar duda cuando va a coger los calzoncillos
que están un poco rotos. Tampoco quedan blancos del todo aunque estén limpios.
Y
entonces piensa: «¿Qué cojones? ¿Por qué me voy a avergonzar delante de ella?»
Quiere
que Nalle haga la confirmación en la iglesia.
—Oye—le
responde él—. Hace un par de años vinieron unos cuantos de esos aleluyas aquí y
querían rezar por él para que sanara. Los cogí de las orejas y los eché de mi
casa. Yo no soy un hombre de iglesia.
—¡Eso
no lo haría nunca!—le responde ella con énfasis—. Bueno, quiero decir, seguro
que rezaré por él pero te prometo que lo haré en casa y en silencio en mi
propia habitación. Nunca rezaría por él de otra manera. De verdad que has sido
bendecido con un crío bueno de verdad. No podría ser mejor.
Rebecka
encoge las piernas. Las empuja hacia delante. Vuelve a encogerlas. Vuelve a
empujar. Se arrastra de nuevo hacia el baño. No tiene fuerzas para levantarse.
Se recoge tanto como puede en un rincón, lo más lejos posible. Lo oye que
vuelve a subir la escalera.
«Para
Mildred era la hostia de fácil decir que Nalle era una bendición», piensa
Lars-Gunnar. Ella no necesitaba cuidarlo constantemente. Y no era ella quien
tenía tras de sí un frustrado matrimonio por culpa del hijo que tuvieron.
Tampoco tenía que preocuparse por su futuro. ¿Cómo se las arreglaría Nalle? Ni
tendría que preocuparse por la pubertad de Nalle ni por su sexualidad. Y allí
estaba él con las sábanas planchadas pensando en qué cojones podía hacer. No
habría chica que lo quisiera. Tenía un montón de miedos metidos en la cabeza
por si pudiera ser peligroso con aquellas apetencias que tenía.
Después
de la visita de la pastora vinieron corriendo las mujeres. «Deja que el niño se
confirme», dijeron. Y se ofrecieron para montar el banquete. Sería divertido
para Nalle y si no era así no había más que poner fin a la fiesta. Incluso la
prima de Lars-Gunnar, Lisa, vino a hablarle. Dijo que se encargaría del traje y
así no tendría que gastarse el dinero.
Entonces
fue cuando Lars-Gunnar se enfadó. Como si tuvieran algo que ver el traje o los
regalos.
—¡No
es por el dinero!—rugió—. Siempre he pagado lo que le hiciera falta. Si hubiera
querido ahorrarme el dinero, lo hubiera internado en algún sitio hace mucho
tiempo. ¡Pues que se confirme!
Y
pagó un traje y un reloj. Si hubiera que elegir dos cosas que fueran lo último
que Nalle podía aprovechar en su vida, eran justo un traje y un reloj. Pero
Lars-Gunnar no dijo nada al respecto. No le iban a llamar tacaño a sus
espaldas.
Después
hubo como un cambio. Fue como si la amistad de Mildred con el chico le quitara
algo a Lars-Gunnar. La gente olvidó todo lo que él había hecho por su hijo. No
es que pensara que había hecho cosas exageradas, pero la vida no le había
resultado fácil. La brutalidad de su padre contra la familia, la traición de
Eva, el peso de estar solo como padre de un niño deficiente mental. Podría
haber hecho otra elección. Otra elección más fácil, pero estudió y volvió al
pueblo. Se hizo alguien.
Eva
lo echó al pozo cuando lo abandonó. Estaba en casa con Nalle con el sentimiento
de que nadie lo quería. Con la vergüenza de sobrar.
Sin
embargo, cuidó de Eva cuando estaba a punto de morir. Dejó que Nalle siguiera
en casa y lo cuidó él mismo. Si se escuchaba hablar a Mildred Nilsson, parecía
que él fuera uno de esos tipos con suerte que había tenido un chico tan bueno.
«Claro, pero también es una responsabilidad muy grande. Mucha intranquilidad»,
le había dicho alguna de las mujeres. Y la contestación que recibió fue: «Los
padres siempre sienten intranquilidad por sus hijos. Y él no tendrá que
separarse de Nalle como tienen que hacerlo otros padres cuando los hijos crecen
y los dejan.»
Un
montón de mierda, eso es lo que era. De gente que no sabe para nada de lo que
está hablando. Pero después no dijo nada más. ¿Cómo iba a hacerlos entender?
Fue
lo mismo que le pasó a Eva. Desde que Mildred se fue a vivir allí y sacaba el
tema de Eva, la gente decía: «Pobre», ¡refiriéndose a su mujer! A veces le
entraban ganas de preguntar qué querían decir con aquello. Si creían que era
tan jodido vivir con él que hasta había abandonado a su propio hijo.
Tuvo
la sensación de que hablaban a sus espaldas.
Ya
entonces se arrepintió de haber dejado que Nalle se confirmara, pero era
demasiado tarde. No le podía prohibir que fuera a la iglesia con Mildred porque
entonces quedaría como si tuviera celos de ella. Y a Nalle le gustaba aquello
porque era incapaz de ver a través de Mildred.
Así
que Lars-Gunnar consintió. Nalle tuvo una vida paralela a la que tenía con él.
Pero ¿quién le lavaba la ropa, quién sentía la responsabilidad y la inquietud?
Y
Mildred Nilsson. Lars-Gunnar piensa ahora que durante todo el tiempo él había
sido su objetivo y Nalle sólo había sido un medio.
Ella
se fue a vivir a la casa rectoral y organizó su mafia de mujeres. Hizo que se
sintieran importantes y ellas permitieron ser lideradas como ocas parlanchinas.
Claro
que le hizo un rincón para él. Le tenía envidia. Se podía decir que él tenía
cierta posición en el pueblo. El jefe del grupo de caza. Y además había sido
policía. Sabía escuchar a la gente y anteponía a los demás a sí mismo. Aquello
le había aportado respeto y autoridad, pero aquello ella no lo podía permitir.
Era como si se le hubiera metido dentro que le tenía que arrebatar todo cuanto
él tuviera.
Entre
ellos se había desatado una guerra que sólo ellos podían ver. Ella intentaba
desacreditarlo y él se defendía cuanto podía pero nunca estuvo a gusto con
aquel tipo de juego.
La
mujer se ha arrastrado de nuevo hasta el baño. Está arrinconada entre la taza
del váter y el lavabo, y tiene las manos sobre la cara como para protegerse. Él
la coge por los pies y baja la escalera con ella a rastras. La cabeza golpea
rítmicamente cada escalón. Dunc, dunc, dunc. Y fuera se oye el grito de Nalle:
«¿Qué? ¿Qué?» El hombre no puede dejar de oírlo. Aquello tiene que acabar.
Tiene que acabar de una vez por todas.
Recuerda
el viaje a Mallorca. Fue una de las ocurrencias de Mildred. De pronto los
Jóvenes de la Iglesia iban a salir de viaje al extranjero y Mildred quiso que
Nalle los acompañara. Lars-Gunnar se había opuesto rotundamente y Mildred dijo
que la parroquia iba a enviar personal extra para cuidar de Nalle. La
congregación lo pagaría. «Y piensa lo que cuestan los jóvenes de esta edad en
situación normal. Que si equipo de esquí, que si viajes, juegos de ordenador,
cosas caras, ropa cara...», le había dicho ella. Y Lars-Gunnar lo entendió. «No
se trata de dinero», le había respondido Lars-Gunnar, pero se dio cuenta de que
a los ojos de la gente del pueblo parecería que sí se trataba de eso. Que no se
lo permitía a Nalle, que Nalle tenía que pasar sin nada, que justo ahora que
Nalle tenía la oportunidad de hacer algo divertido... Así que Lars-Gunnar tuvo
que rendirse. Era cuestión de sacar la cartera y ya está. Y todos le dijeron
que qué bien que Mildred miraba tanto por Nalle. Qué bien para el chico que
ella hubiera ido a vivir allí.
Pero
lo que quería Mildred era ver cómo se hundía.
Cuando
le rompieron los cristales de las ventanas o cuando aquel loco de Magnus
Lindmark prendió fuego a su cabaña, no lo denunció. Y entonces la gente habló.
Justo como ella había previsto. La policía no puede hacer nada. Cuando
realmente hacen falta, se quedan con los brazos caídos. Todas aquellas
habladurías perjudicaban a Lars-Gunnar. Fue él el que tuvo que soportar la
vergüenza de la duda.
Y
después ella se marcó el objetivo de su posición en el grupo de caza.
Según
los papeles podía ser que fueran tierras de la parroquia, pero el bosque es de
él. Es él quien lo conoce. Cierto que el arriendo del coto ha sido bajo pero,
en realidad, para ser justos, el grupo de caza debería cobrar por matar a los
animales. Los alces ocasionan grandes estragos en los bosques.
La
caza de alces en otoño, la planificación con los otros hombres, el plan del día
al despuntar el alba. El sol aún no ha salido. Los perros están atados y tiran
de las correas. Olfatean hacia la oscuridad gris del bosque. Allí, en alguna
parte, está la presa. La caza durante el día, el aire otoñal y el ladrido de
los perros a lo lejos, la hermandad cuando se recoge la caza, el esfuerzo
cuando se descuartiza al animal en el matadero, la charla por la noche junto al
fuego de la cabaña.
Le
escribió una carta. No se atrevió a decírselo a la cara. Escribió que sabía que
Torbjörn había sido condenado por caza ilegal y que no le había sido retirada
la licencia de armas. Que fue Lars-Gunnar quien lo había arreglado todo. Que a
él y a Torbjörn no se les podía permitir seguir cazando en tierras de la
parroquia. «No sería sólo inoportuno sino sorprendente, teniendo en cuenta que
la parroquia considera que se debe proteger a la loba», le escribió.
Nota
la presión en el pecho cuando piensa en aquello. Iba a conseguir aislarlo de
todo, eso era lo que quería. Hacer de él un jodido perdedor. Como Malte
Alajarvi. Sin trabajo ni caza.
Había
hablado con Torbjörn Ylitalo. «¿Qué cojones se puede hacer?—preguntó Torbjörn—.
Puedo estar contento si no me echan del trabajo.» Lars-Gunnar se sintió como si
se hubiera hundido en un hormiguero. Se podía ver a sí mismo dentro de unos
años, envejeciendo en casa junto a Nalle. Sentados como dos tontos mirando la
lotería de la tele.
No
era justo. ¡Y lo dé la licencia de armas! ¡Hacía ya casi veinte años! Era la
excusa para hacerle daño.
«¿Por
qué?—le había preguntado a Torbjörn—. ¿Qué quiere ella de mí?» Y Torbjörn se
había encogido de hombros.
Después
pasó una semana sin hablar con nadie. Una prueba de lo que iba a ser su vida de
ahí en adelante. Por la noche bebía para poder dormir.
La
noche antes del solsticio de verano estaba en la cocina celebrándolo. Bueno,
«celebrando» no era la palabra adecuada. Más bien estaba cuidando de sí mismo,
hablaba consigo mismo y bebía sin más compañía que él mismo. Al final se fue a
acostar e intentó dormir. Era como si algo le diera golpes en el pecho. Algo
que no sentía desde que era pequeño.
Después
se sentó en el coche e intentó centrarse. Recuerda de alguna manera que se
había ido a la cuneta cuando salía del jardín. Y entonces salió Nalle corriendo
y en calzoncillos. Lars-Gunnar creía que hacía rato que dormía. Le llamó
haciendo gestos con los brazos y Lars-Gunnar tuvo que parar el motor. «Puedes
acompañarme—le dijo—. Pero tienes que ponerte algo.» «No, no—le respondió Nalle
sin dejar la manija de la puerta del coche—. Que no me voy. Ve a vestirte.»
Siente
como una nube en la cabeza cuando intenta recordar. Iba a hablar con ella. Por
sus cojones que lo iba a escuchar. Nalle se quedó dormido en el asiento de al
lado.
Recuerda
cómo daba los golpes. Que pensaba: «Ya basta. Ya basta.»
Ella
no dejaba de hablar. Por mucho que él la golpeara. Resollaba y gemía.
Respiraba. Le quitó los zapatos y los calcetines. Le metió los calcetines en la
boca.
Seguía
furioso cuando la llevó en brazos hasta la iglesia. La colgó de los tubos del
órgano con una gruesa cadena. Mientras estaba allí en el coro pensó que no
importaba nada en absoluto si aparecía alguien, si alguien lo veía.
Y
entró Nalle. Se había despertado y entró con las botas en la iglesia. De pronto
estaba allí en la entrada mirando a Lars-Gunnar y a Mildred con los ojos muy
abiertos. No dijo nada.
Lars-Gunnar
se sintió sobrio de golpe. Se enfadó con Nalle y de repente tuvo mucho miedo.
Lo recuerda muy bien. Recuerda cómo se llevó a Nalle de allí hasta el coche. Se
fueron y se quedaron en silencio. Nalle no dijo nada.
Lars-Gunnar
esperaba cada día que vinieran. Pero no vino nadie. Bueno, sí, claro que
vinieron a preguntar si había visto algo. O si sabía algo. Le preguntaban a él
lo mismo que les preguntaron a los demás.
Pensó
que se había puesto los guantes de trabajo. Estaban en el portaequipajes. La
verdad es que no había pensado en lo de las huellas y esas cosas. Fue algo
automático. Si se coge una herramienta como la palanqueta, uno se pone los
guantes. Pura suerte. Pura suerte.
Y
después todo siguió como siempre. Nalle no parecía recordar nada. Estaba como
siempre. Lars-Gunnar también estaba como siempre y dormía por las noches.
«Dormía
como un lirón», piensa ahora con aquella mujer a sus pies. Como un animal que
se acuesta en un agujero y que sólo es cuestión de tiempo hasta que aparezca el
cazador.
Cuando
Stefan Wikström llamó, se lo notó en la voz. Que lo sabía. Sólo el hecho de
llamar a Lars-Gunnar. ¿Por qué lo hizo? Se veían cuando cazaban pero él no
tenía nada que ver con aquel miserable pastor. Y ahora lo llamaba. Le explicó
que el párroco parecía dudar en cuanto al futuro de la caza. Quizá Bertil
Stensson le podría proponer al párroco acabar con el arriendo del coto. Y
hablaba de la caza del alce de una manera como... como si él tuviera algo que
ver con aquel asunto.
Y
cuando Stefan llamó se disolvió la niebla en la memoria de Lars-Gunnar. Recordó
cuando estaba en el embarcadero esperando a Mildred. Tenía el pulso acelerado
al máximo. Miró hacia la parroquia. Había alguien en el primer piso. No lo
recordó hasta que Stefan Wikström lo llamó.
«¿Qué
quería de mí?», pensaba ahora. «Quería poder sobre mí. Como Mildred.»
Lars-Gunnar
y Stefan Wikström están en el coche de camino al lago. Lars-Gunnar ha dicho que
quería sacar la barca antes de que llegara el frío y atar los remos con una
cadena.
Stefan
Wikström se queja como un crío de Bertil Stensson. Lars-Gunnar lo escucha sólo
a medias. Es por lo del arriendo del coto de caza y que Bertil no valora el
trabajo que hace Stefan en la parroquia. Y Lars-Gunnar tiene que seguir oyendo
su insoportable e infantil conversación sobre la caza. Como si supiera de lo
que habla. El chico al que le han hecho sitio en el grupo gracias al párroco.
Lars-Gunnar
también se siente confuso con toda aquella cháchara. ¿Qué es lo que quiere el
cura? Como un niño muestra su brazo arañado, así presentaba Stefan al párroco
Bertil ante los ojos de Lars-Gunnar. Sopla y se te pasará el dolor.
No
piensa dejar que aquel tipo lo aplaste. Está dispuesto a pagar por sus actos,
pero no a Stefan Wikström. Nunca.
Stefan
Wikström tiene fija la mirada en la parte de la carretera que se ve con las
luces largas del coche. Se marea fácilmente. Tiene que mirar hacia delante.
Es
un miedo que empieza a aparecer por dentro. Nota cómo se retuerce en el
estómago como una delgada serpiente.
Hablan
de todo. No de Mildred, pero se nota que ella está presente. Es casi como si
fuera en el asiento de atrás.
Piensa
en la noche antes del solsticio, cuando estaba en la ventana del dormitorio.
Vio a alguien junto a la barca de Mildred. De pronto aquella persona dio unos
pasos y desapareció detrás de una pequeña cabaña de madera que estaba en un
terreno propiedad del municipio. No vio nada más. Claro que después estuvo
pensando que había sido Lars-Gunnar y que llevaba algo en la mano.
Ni
siquiera ahora piensa que estuvo mal no decir nada a la policía. Lars-Gunnar y
él forman parte de los dieciocho hombres del grupo de caza. De esa forma él se
convierte en el pastor de Lars-Gunnar. Lars-Gunnar pertenece a su manada. Un
cura obedece otras leyes que los demás ciudadanos. Como sacerdote no puede
levantar un dedo para acusar a Lars-Gunnar. Como sacerdote tiene que encontrar
el momento adecuado en el que Lars-Gunnar esté preparado para hablar. Aquello
todavía era un peso que llevaba encima. Y cedía. Lo dejaba en las manos de
Dios. Rezaba: «Hágase tu voluntad.» Y añadía: «No siento que lo aceptes con
agrado, ni que tu peso sea ligero de llevar.»
Han
llegado y salen del coche. Le toca llevar la cadena. Lars-Gunnar le dice que
vaya delante.
Empieza
a andar por el sendero. Hay luz de luna.
Mildred
va detrás de él. Lo nota. Ha llegado junto al lago. Deja caer la cadena en el
suelo. La mira.
Mildred
sube hasta su oreja.
«¡Corre!—le
dice—. ¡Corre!»
Pero
no puede correr. Se queda allí parado esperando. Oye que llega Lars-Gunnar.
Despacio toma forma a la luz de la luna. Y sí, lleva un arma.
Lars-Gunnar
mira a Rebecka Martinsson. Después de bajar la escalera ha dejado de temblar.
Está consciente y lo mira directamente a los ojos.
Rebecka
Martinsson mira hacia arriba, al hombre. Aquella imagen ya la ha visto antes.
El hombre que es un eclipse de sol. La cara está en la sombra. El sol entra por
la ventana de la cocina. Tiene como una aureola alrededor de la cabeza. Es el
pastor Thomas Soderberg. Le dice: «Te amaba tanto como a mi propia hija.»
Dentro de poco le aplastará la cabeza.
Cuando
el hombre se agacha ella lo agarra. Agarrarlo es mucho decir, con el dedo
corazón e índice de la mano derecha le busca la costura del cuello del jersey.
Con el propio peso de la mano lo acerca a ella.
—¿Cómo
puedes vivir con ello?
Él
se deshace de sus dedos con suavidad.
«¿Vivir
con qué?—piensa—. ¿Stefan Wikström?» Sentía más pena por aquella vez que mató a
una hembra alce allá en Paksuniemi. Y de aquello hacía más de veinte años. En
el momento que caía en el suelo aparecieron dos crías en la linde del bosque.
Después desaparecieron entre los árboles otra vez. Durante mucho tiempo pensó
en su error. Primero la hembra y después por no haber reaccionado a tiempo y
haber matado a las crías también. Deberían haber sufrido una muerte dolorosa.
Abre
la trampilla que hay en el suelo de la cocina y que va a un sótano cavado en la
tierra. La agarra y la arrastra a través del agujero.
Nalle
llama con la mano en la ventana de la cocina. Tiene su mirada incrédula entre
los geranios de plástico.
En
ese momento la mujer vuelve a la vida. Cuando ve el agujero en el suelo.
Empieza a desasirse de él. Con la mano se coge de la pata de la mesa de la
cocina y arrastra la mesa entera.
—Suéltame—le
dice y le coge las manos con fuerza.
Ella
lo araña en la cara. Se retuerce y hace fuerza. Una lucha muda y desesperada.
Él
la levanta por los aires. Sus pies apenas rozan el suelo. De ella no sale ni
una sola palabra. El grito está en sus ojos: «¡No! ¡No!»
La
tira como si fuera una bolsa de basura y ella cae de espaldas. Ruidos y más
ruidos, y luego todo queda en silencio. Él deja que la trampilla vuelva a caer
en su sitio. Después, con las dos manos, agarra el aparador que está contra la
pared sur y lo arrastra hasta ponerlo sobre la trampilla. Es pesado de cojones
pero él tiene fuerza.
Abre
los ojos. Le cuesta un momento darse cuenta de que había perdido el conocimiento
pero no puede haber estado así mucho tiempo. Unos segundos. Oye cómo
Lars-Gunnar arrastra algo pesado hasta la trampilla.
Abre
los ojos como platos pero no ve nada. La oscuridad es total. Oye los pasos y el
arrastre de cosas arriba. Se pone de rodillas. El brazo derecho le cuelga sin
fuerza. De forma instintiva con la mano izquierda lo agarra a la altura del
hombro y lo pone en su sitio. Se oye un ruido y un rayo de dolor sale del
hombro, pasa por el brazo y llega hasta la espalda. Le duele todo menos la
cara. Allí no siente nada. Intenta notarla con la mano. Está como dormida y
algo le cuelga con sangre. ¿Es el labio? Cuando traga nota el sabor a hierro.
Se
pone a cuatro patas y palpa el suelo de tierra bajo sus manos. La humedad le
atraviesa los téjanos a la altura de las rodillas. Huele a cagada de ratas.
Y si
muere allí, se la comerán las ratas.
Anda
a gatas. Con la mano por delante está buscando la escalera. Por todas partes
hay telarañas pegajosas que se le adhieren a la mano mientras va palpando. Algo
hace ruido en la esquina. Es la escalera. Está de rodillas con las manos en un
escalón un poco más arriba, como un perro manteniéndose en las patas de atrás.
Escucha y espera.
Lars-Gunnar
ha puesto el aparador encima de la trampilla. Se seca la frente con el dorso de
la mano.
Nalle
se ha callado con su «¿Qué?». Lars-Gunnar mira a través de la ventana. Nalle
anda haciendo círculos en la explanada. Lars-Gunnar reconoce aquella forma de
andar. Cuando Nalle tiene miedo o está triste puede ponerse a andar así. Puede
tardar hasta media hora en tranquilizarlo. Es como si dejara de oír. La primera
vez que lo hizo, Lars-Gunnar se sintió tan frustrado e impotente que al final
le pegó. Aquel golpe todavía le hierve por dentro. Recuerda que se miró la mano
con la que le había pegado y pensó en su propio padre. Y Nalle no mejoró, al
contrario, empeoró. Ahora sabe que tiene que tener paciencia. Y tiempo.
Si
hubiera habido tiempo.
Sale
a la explanada. Lo intenta aunque sabe que no podrá ser:
—
¡Nalle!
Pero
Nalle no oye nada. Sigue andando en círculos.
Lars-Gunnar
ha pensado en aquel momento mil veces. Pero en su pensamiento Nalle dormía
apaciblemente. Lars-Gunnar y él han tenido un buen día. Quizá habían estado en
el bosque. O habían ido en la motocicleta por al lado del río. Lars-Gunnar ha
estado sentado un rato en la cama de Nalle. Nalle se ha quedado dormido y
después...
Esto
es demasiado. Mucho más jodido no podía haber sido. Se pasa la mano por la
mejilla. Parece como si llorara.
Y ve
a Mildred delante de él. Desde que pasó aquello ha ido acercándose hasta este
momento. Se da cuenta ahora. El primer golpe. Entonces estaba lleno de ira
contra ella. Pero después... después fue su propia vida la que golpeó y rompió
totalmente. La colgó para que la pudieran ver todos.
Al
coche. Allí está el fusil de caza. Está cargado. Ha estado así todo el verano.
Le quita el seguro.
—Nalle—dice
con voz ronca.
Se
quiere despedir. Le gustaría hacerlo.
—Nalle—le
dice a su niño ya mayor.
Ahora.
Antes de que no pueda sujetar el arma. No puede estar allí cuando vengan. Y
dejar que se lleven a Nalle.
Apoya
el arma levantada contra el hombro. Apunta. Dispara. La primera bala le da en
la espalda. El segundo disparo, en la cabeza.
Y
entra en casa.
Le
gustaría abrir la trampilla y matarla. ¿Qué es ella? Nada.
Pero
tal y como está ahora no tiene fuerzas para quitar el aparador que ha puesto
encima.
Se
sienta pesadamente en el sofá.
Se
levanta. Abre el reloj de pared y para el péndulo con la mano.
Se
vuelve a sentar.
Se
pone el cañón en la boca. Toda su vida ha sido un sufrimiento hasta donde
alcanza su memoria. Será una liberación. Por fin habrá pasado.
Abajo
en la oscuridad oye el disparo. Viene de fuera. Dos veces. Después se oye la
puerta de la calle. Oye los pasos sobre el suelo de la cocina. Después el
último disparo.
Algo
antiguo despierta dentro de ella. Algo de antes.
Sube
a gatas las escaleras para poder salir. Se da en la cabeza con la trampilla.
Cae casi hasta abajo del todo pero vuelve.
Es
imposible abrir la trampilla. La golpea con los puños. Le empieza a salir
sangre de los nudillos. Se rompe las uñas.
Anna-Maria
Mella entra en la explanada de Lars-Gunnar Vinsa a las tres y media de la
tarde. Sven-Erik va sentado en el coche a su lado. Han ido callados todo el
camino hasta Poikkijarvi. Les resulta desagradable decirle a un antiguo
compañero que tienen que confiscarle el arma para hacer una prueba de disparo.
Anna-Maria
conduce un poco demasiado deprisa, como siempre, y a punto está de pasar por
encima del cuerpo que está tirado sobre la gravilla.
Sven-Erik
maldice. Anna-Maria frena en seco y salen disparados del coche. Sven-Erik ya
está de rodillas comprobando el pulso en uno de los lados del cuello. Un
enjambre de moscas pesadas sale volando de la parte posterior de la cabeza
ensangrentada. Niega con la cabeza y en silencio como respuesta a la pregunta
muda de Anna-Maria.
—Es
el chico de Lars-Gunnar—le dice.
Anna-Maria
mira hacia la casa. No lleva arma. Joder.
—No
hagas ninguna tontería—la advierte Sven-Erik—. Métete en el coche y pedimos
refuerzos.
Los
compañeros tardan una eternidad en aparecer, opina Anna-Maria.
—Trece
minutos—le informa Sven-Erik, que mira el reloj.
Son
Fred Olsson y Tommy Rantakyro en un coche civil. Y cuatro compañeros con
chalecos antibalas y monos negros.
Tommy
Rantakyro y Fred Olsson aparcan arriba en la colina y bajan corriendo agachados
hasta el jardín de Lars-Gunnar. Sven Erik ha apartado el coche de Anna-Maria
del ángulo de tiro desde la casa.
El
otro coche de policía se para en el jardín. Se refugian detrás de él.
Alguien
le da un megáfono a Sven-Erik Stålnacke.
—¡Escucha,
Lars-Gunnar!—grita—. Si estás dentro, haz el favor de salir para que podamos
hablar.
No
hay respuesta.
Anna-Maria
encuentra la mirada de Sven-Erik y niega con la cabeza. No hay por qué esperar.
Los
cuatro que llevan equipo protector entran. Dos por la puerta principal. Uno
primero y el otro siguiéndole los pasos. Otros dos entran por una ventana de la
parte de atrás.
Todo
está en silencio, exceptuando el ruido de cristal que se rompe en la parte
trasera de la casa. Los demás esperan. Un minuto. Dos.
Uno
de ellos sale de nuevo a la entrada y hace señales con la mano. Vía libre.
El
cuerpo de Lars-Gunnar está en el suelo delante del sofá de la cocina. La pared
de detrás del sofá está salpicada con su sangre.
Sven-Erik
y Tommy Rantakyro apartan el aparador que está en medio sobre la trampilla.
—Ahí
debajo hay alguien—grita Tommy Rantakyro.
—Venga—dice
alargando el brazo hacia dentro.
Pero
la persona que está abajo no sale. Al final baja Tommy. Los demás le oyen
decir:
—¡Mierda!
Así, ve con cuidado. ¿Te puedes levantar?
Ahora
sale a través de la trampilla. Despacio. Los demás la ayudan. La cogen por los
brazos. Entonces se queja un poco.
Anna-Maria
no tarda nada en ver que se trata de Rebecka Martinsson.
Media
cara de Rebecka tiene un color azul oscuro y está hinchada. Tiene una herida
grande en la frente y el labio superior está roto. Le cuelga de un jirón de
piel. «Era como una pizza combinada», diría Tommy Rantakyro tiempo después.
Anna-Maria
piensa más en los dientes. Los tiene tan apretados. Como si la mandíbula se
hubiera quedado paralizada.
—Rebecka—le
dice Anna-Maria—. ¿Qué...?
Pero
Rebecka la aparta con el brazo. Anna-Maria ve que mira el suelo de la cocina
antes de salir encorvada a través de la puerta.
Anna-Maria
Mella, Sven-Erik Stålnacke y Tommy Rantakyro la acompañan afuera.
El
cielo se ha puesto gris. Las nubes cuelgan pesadas y preñadas de lluvia por
encima de ellos.
Fred
Olsson está fuera en el jardín.
Abre
la boca pero no le sale ni una sola palabra cuando ve a Rebecka. Se la queda
mirando con los ojos como platos.
Anna-Maria
mira a Rebecka Martinsson. Está como un palo delante del cuerpo sin vida de
Nalle. Hay algo en sus ojos. Instintivamente todos entienden que no es momento
de tocarla. Está en su mundo.
—¿Dónde
cono están los enfermeros?—pregunta Anna-Maria.
—En
camino—responde alguien.
Anna-Maria
mira hacia arriba. Empieza a chispear. Tienen que poner algo sobre el cuerpo
del jardín. Un toldo o algo así.
Rebecka
da un paso hacia atrás. Mueve la mano delante de la cara como si intentara
espantar algo.
Y
echa a andar. Primero se dirige hacia la casa. Después se tambalea y se va
hacia el río. Es como si llevara los ojos tapados y no supiera hacia adonde ir.
Y
empieza a llover. Anna-Maria nota cómo llega el frío del otoño. Pasa por la
explanada como un río de aire helado. La lluvia es intensa y fría. Mil agujas
de hielo. Anna-Maria se sube la cremallera y la barbilla le queda por dentro de
la chaqueta azul. Tiene que conseguir el toldo para tapar el cuerpo.
—Vigílala—le
ordena a Tommy Rantakyro señalando a Rebecka Martinsson, que sigue hacia
delante tambaleándose—. No dejes que se acerque a las armas que hay dentro ni a
las vuestras. Y no dejes tampoco que baje hasta el río.
Rebecka
Martinsson atraviesa la explanada. Sobre la gravilla hay un chico grande
muerto, muerto, muerto. Hace un momento estaba en el sótano con una galleta
María en la mano y dándole de comer a un ratón.
Hace
viento. El aire es un estruendo para sus oídos.
El
cielo se llena de marcas de garras, profundos arañazos que a su vez se llenan
de tinta negra. ¿Llueve? ¿Ha empezado a llover? Levanta las manos hacia el
cielo para comprobar si se mojan. Se le bajan las mangas del abrigo y se le
mojan las pequeñas muñecas, las manos como abedules desnudos. El pañuelo del
cuello se le cae sobre la gravilla.
Tommy
Rantakyro corre detrás de Rebecka Martinsson.
—Oye—le
dice—. No bajes hasta el río. Dentro de un momento llegará la ambulancia y...
No
le escucha. Sigue adelante hacia la ribera. Aquello es desagradable. Ella es
desagradable. Desagradables ojos abiertos en una cara de carne. No quiere
quedarse a solas con ella.
—Sorry—le
dice mientras la agarra del brazo—. No puedo... Sencillamente no puedes ir
allí.
Algo
salpica la tierra como una fruta podrida. Alguien la coge del brazo. Es el
pastor Vesa Larsson. Ya no tiene cara. Sobre sus hombros hay una cabeza marrón
de perro. Los ojos negros de perro la miran acusadores. Él tenía hijos. Y
perros que no podían llorar.
—¿Qué
quieres de mí?—grita ella.
Y
allí está el pastor Thomas Soderberg sacando niños muertos recién nacidos del
pozo. Se agacha y los saca uno tras otro. Los coge boca abajo, de los talones o
de los pequeños tobillos. Están desnudos y blancos. Su piel está blanda y llena
de agua. Los tira a un gran montón que se hace cada vez más y más grande a sus
pies.
Cuando
se da la vuelta está cara a cara con su madre. Está muy guapa.
—No
me toques con esos dedos—le dice a Rebecka-—. ¿Lo entiendes? ¿Te das cuenta de
lo que has hecho?
Anna-Maria
ha conseguido una alfombra. La va a poner encima del hijo de Lars-Gunnar. No es
fácil saber cómo quieren los forenses que hagas las cosas. Tiene también que
acordonar la zona antes de que llegue todo el pueblo. Y la prensa. Joder, y
mira que ponerse a llover. En medio de todo, cuando llama para lo del
acordonamiento y avanza con la alfombra en brazos, echa de menos a Robert.
Desea llorar esta noche en sus brazos. Porque todo es tan jodido y tan sin
sentido.
Tommy
Rantakyro la llama y ella se da la vuelta.
—No
puedo pararla—le dice gritando.
Está
peleándose con Rebecka Martinsson en el césped. Ella intenta desasirse dando
golpes a diestro y siniestro con los brazos. Se suelta y echa a correr hacia el
río.
Sven-Erik
Stålnacke y Fred Olsson van detrás de ella. Anna-Maria apenas tiene tiempo de
reaccionar cuando Sven-Erik ya casi ha llegado. Fred Olsson está un paso más
atrás. Detienen a Rebecka. Sus brazos son como serpientes mientras Sven-Erik
intenta sujetarla.
—Tranquila—trata
de calmarla Sven-Erik en voz baja—. Tranquila, tranquila.
Tommy
Rantakyro se pone la mano debajo de la nariz. Un hilillo de sangre se hace
camino entre los dedos. Anna-Maria siempre tiene pañuelos de papel en los
bolsillos. Siempre hay algo que limpiarle a Gustav. Helado, plátano, mocos. Le
alcanza un pañuelo a Tommy.
—Ponía
de espaldas—grita Fred Olsson—. Tenemos que esposarla.
—Aquí
no se esposa a nadie, por mis cojones—responde Sven-Erik muy serio—. ¿Falta
mucho para que llegue la ambulancia?
Lo
último se lo grita a Anna-Maria y ella hace un gesto con la cabeza que
significa que no lo sabe. Sven-Erik y Fred Olsson sujetan a Rebecka Martinsson
cada uno de un brazo.
En
ese momento llega por fin la ambulancia seguida de otro coche patrulla. Luces
de colores y sirenas a través de la lluvia pesada y gris. Aquello es un caos.
Y en
medio de todo Anna-Maria oye los gritos de Rebecka Martinsson.
Rebecka
Martinsson grita. Grita como una loca. No puede parar.
PATAS
DORADAS
Es
negro como el diablo. Viene corriendo a través de un mar de flores de color
rosa, las adelfillas. Las cápsulas blancas y peludas con la simiente vuelan
como la nieve bajo el sol del otoño. Se para en seco. A cien metros de ella.
Su
pecho es ancho. La cabeza también. Alrededor del cuello tiene un pelo largo,
negro y fuerte. No es bello, pero grande. Igual que ella.
Se
queda quieto por completo cuando ella se le acerca. Lo lleva oyendo desde ayer.
Lo ha estado llamando para atraerlo. Le ha cantado. En la oscuridad le ha
explicado que está completamente sola. Y ha venido. Por fin ha venido.
La
felicidad le pica en las patas. Trota hacia él. Su cortejo no tiene reservas.
Levanta las orejas y adopta la postura de declaración de amor. Se pavonea. El
largo lomo es una S flexible. El rabo de él se mueve despacio, de un lado a
otro, una y otra vez.
Se
encuentran los hocicos. El hocico contra los genitales. El hocico debajo del
rabo. Y de nuevo, hocico contra hocico. El pecho sacado y el cuello tieso. Todo
es insoportablemente solemne. Patas Doradas expone todo lo que tiene ante él.
«Si me quieres, aquí me tienes», le expresa de forma clara.
Y él
le hace la señal. Pone una de las patas delanteras sobre la paletilla de ella.
Después da un empujón hacia delante como si jugara.
Ella
ya no puede contenerse. Recupera con toda su fuerza las ganas de jugar que ya
había olvidado. Se aparta de él de un salto. Araña la tierra, que sale
disparada detrás de ella. Acelera, se da la vuelta, vuelve corriendo y vuela
hacia él de otro gran salto. Se da la vuelta. Baja la cabeza, arruga el hocico
y enseña los dientes. Y se va.
Él
la persigue y cuando consigue alcanzarla dan juntos una voltereta.
Están
muy excitados. Juegan como dos locos. Al cabo de un rato se tumban y jadean.
Ella
alarga el cuello perezosa y le lame la mandíbula.
El
sol se pone entre los pinos. Las patas están cansadas y satisfechas.
Todo
es ahora.
AGRADECIMIENTOS
Rebecka
Martinsson se recuperará. Confío en esa pequeña mujer con botas de agua de
color rojo. Y recuerda: en mi cuento yo soy dios. Los personajes pueden liarla
a veces con su libre albedrío, pero yo los he ideado. Los lugares del libro
también son casi todos imaginarios. Hay un pueblo que se llama Poikkijarvi
junto al río Torneälven, pero ahí acaba la semejanza. No tiene camino de grava,
ni restaurante, ni parroquia.
Muchos
me han ayudado y a algunos quiero darles las gracias desde aquí: la abogada
Karina Lundstrom, que investiga a personas interesantes para la policía. El
doctor Jan Lindberg, que me ha ayudado con mis muertos. La doctoranda Catharina
Durling y la asesora Viktoria Edelman, que siempre controlan los libros de
leyes cuando yo no los entiendo o no puedo hacerlo. El adiestrador de perros
Peter Holmstróm, que me habló del superperro Clinton.
Los
posibles fallos del libro son míos. Olvido preguntar, malinterpreto o me
invento, a falta de mayor conocimiento.
Gracias
también al editor Gunnar Nirstedt por sus
puntos
de vista, Elisabeth Ohlson Wallin y John Eyre por la cubierta de la edición
sueca; Lisa Berg y Hans-Olov Oberg, que han leído y dado su opinión; a mi madre
y a Eva Jensen, que no dejan de repetir «¡Muy bien! ¡De verdad!». A mi padre,
que ha conseguido los mapas, puede contestar a cualquier tipo de pregunta, y
vio al lobo cuando tenía diecisiete años y echaba la red debajo del hielo. Y
finalmente: a Per, por todo.

