Libro N°. 3164. Sandokan, El Rey Del Mar. Salgari, Emilio.
© Libro N°. 3164. Sandokan, El Rey Del Mar. Salgari, Emilio. Colección
E.O. Octubre 1 de 2016.
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Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
SANDOKAN, EL REY DEL MAR
Emilio Salgari
INDICE
-
CAPÍTULO PRIMERO - UNA EXPEDICIÓN NOCTURNA 1
-
CAPÍTULO II - UN AUDAZ GOLPE DE MANO 6
- CAPÍTULO
III - UN COMBATE TERRIBLE 13
-
CAPÍTULO IV - SIR MORELAND 18
-
CAPÍTULO V - A LA CAZA DEL REY DEL MAR 23
-
CAPÍTULO VI - LOS MISTERIOS DE SIR MORELAND 30
-
CAPÍTULO VII - EN EL MAR DE LA SONDA 35
-
CAPÍTULO VIII - LA ISLA DE MANGALUM 40
-
CAPÍTULO IX - LA TRAICIÓN DE LOS COLONOS 48
-
CAPÍTULO X - EL REGRESO DEL REY DEL MAR 55
-
CAPÍTULO XI - EL CRUCERO DEL REY DEL MAR 61
-
CAPÍTULO XII - EN AGUAS DE SARAWAK 67
-
CAPÍTULO XIII - EL DESASTRE DEL MARIANA 74
-
CAPÍTULO XIV - EL «DEMONIO DE LA GUERRA» 82
-
CAPÍTULO XV - EL ÚLTIMO CRUCERO 86
-
CAPÍTULO XVI - EL HIJO DE SUYODHANA 91
-
CONCLUSIÓN 100
CAPÍTULO
PRIMERO - UNA EXPEDICIÓN NOCTURNA
Señor
Yáñez, por aquel agujero de allí abajo veo brillar una luz!
—Ya
la he visto, Sambigliong.
—¿Será
algún prao que esté anclado en la rada?
—No;
más bien creo que se trata de una chalupa de vapor. Probablemente, la que ha
conducido hasta aquí a Tremal-Naik y a Damna.
—¿Acaso
vigilarán la entrada de la rada?
—Es
muy posible, amigo mío —respondió tranquilamente el portugués, tirando el
cigarrillo que estaba fumando.
—¿Podremos
pasar sin ser vistos?
—¿Crees
que van a temer un ataque por nuestra parte? Redjang está demasiado lejos de
Labuán, y lo más probable es que en Sarawak no sepan todavía que nos hemos
reunido. A no ser que ya tengan noticia de nuestra declaración de guerra.
Además, ¿no vamos vestidos corno los cipayos del Indostán? ¿Y no van vestidas
ahora lo mismo que nosotros las tropas del rajá?
—Sin
embargo, señor Yáñez, preferiría que esa chalupa o ese prao no estuviera aquí.
—Querido
Sambigliong, no dudes que a bordo estarán todos durmiendo. Les sorprenderemos.
—¡Cómo!
¿Vamos a asaltar a esos marineros? —preguntó Sambigliong.
—¡Naturalmente!.
No quiero que queden a nuestras espaldas enemigos que luego podrían molestarnos
en nuestra retirada. Dejaremos libre el camino para que el Rey del Mar no se
vea precisado a venir en nuestro socorro, teniendo, como tendría, que arrimarse
a la costa. Podría dar un encontronazo con algún escollo. Supongo que no habrá
mucha gente en esa chalupa, prao o lo que sea, y nosotros somos bastante
ligeros de manos. No hay que hacer uso de las armas de fuego: solamente deben
funcionar los kriss y los parangs. ¿Me habéis entendido?
—Sí,
señor Yáñez —contestaron varias voces.
—Pues
entonces, ¡adelante y en silencio!
Esta
conversación se sostenía a bordo de una gran chalupa que avanzaba al impulso de
doce remos y que iba ocupada por catorce hombres, los cuales vestían el
pintoresco traje de los cipayos de Sarawak: un jubón de paño rojo, pantalón de
tela blanca, un pequeño turbante, también blanco, y zapatos de punta vuelta.
Doce
de dichos hombres tenían un color de tez muy oscuro, asemejándose mucho a los
malayos, o, por lo menos, a los dayakos; En cambio, los otros dos eran de raza
caucásica, y vestían uniformes de oficiales.
Todos
ellos eran gente robusta, altos y musculosos; cerca de sus respectivos asientos
llevaban carabinas de fabricación india, pesados sables de hoja muy larga y
puñales ondulados, los famosos y temibles kriss malayos.
La
chalupa, que avanzaba silenciosa y velozmente, dirigida por Yáñez, que iba al
timón, se encaminaba hacia una bahía muy amplia que se divisaba en la costa
occidental de la isla grande de Borneo, por la parte que la bañan las aguas del
golfo de Sarawak.
A
pesar de que la noche era oscurísima, la chalupa avanzaba sin ninguna
vacilación, deslizándose por entre las escolleras coralíferas que asomaban
entre dos aguas, a babor y a estribor, y contra las cuales se deshacía la
resaca con prolongados mugidos.
Iba
con rumbo a un pequeño punto luminoso que se vislumbraba en el fondo de la
rada, y que tan pronto se elevaba como descendía, como si fuera zarandeado por
continuas sacudidas.
Ya
había penetrado la chalupa en aquella ancha abertura de la costa, cuando el
hombre blanco que iba sentado al lado de Yáñez, y que parecía un guapo mozo de
veinticinco o veintiocho años, de contextura maciza, con la barba cortada a lo
americano y que vestía el uniforme de subteniente, preguntó:
—Capitán
Yáñez, y si nos interrogan, ¿qué vamos a contestar?
—Que
llevamos víveres al fortín de Macrae —contestó el Portugués, que había
encendido otro cigarrillo. —¡Realmente, parece que nuestra chalupa va cargada
de todo cuanto Dios ha creado!
—Y
así que hayamos Puesto borda con borda, ¿caeremos sobre ellos?
—Sí,
señor Horward. Nosotros los piratas no vacilamos jamás en tirarnos a fondo
enseguida. Sí es una chalupa de vapor, usted se encargará de ponerla
rápidamente en presión, de ese modo los remolcaremos enseguida, después de
haber dado el golpe.
—¿Confía
usted en el resultado?
—Plenamente,
señor Horward. Dentro de dos horas, Tremal-Naik y Damna estarán a bordo de
nuestro buque: yo se lo aseguro.
—¡Ustedes
Ion admirables!
—¡Cómo
que estamos acostumbrados a correr toda clase de peligros y aventuras!
—contestó el portugués—. También ustedes los americanos tienen buena sangre en
las venas.
—¡Oh!
De
aquella embarcación, que todavía no podía precisarse bien si era un prao o una
chalupa, salid una voz que gritó:
—¿Quién
vive?
—¡Somos
amigos, que llevamos víveres al fuerte de Macrae!
—Tenemos
orden de prohibir toda clase de desembarco hasta que amanezca,
—¿Quién
ha dado esa orden?
—El
capitán Moreland, que está en el fortín esperando a que su barco se haya
aprovisionado de carbón.
—Entonces,
esperaremos cerca de vosotros hasta que amanezca.
Enseguida,
volviéndose hacia el maquinista americano y hacía Sambigliong, que estaba cerca
de él, dijo, a media voz:
—No
sabía que hubiese un barco por estas aguas. ¡El capitán Moreland! ¿Quién será?
—Sin
duda, algún inglés que estará al servicio del rajá de Sarawak —contestó el
americano.
—¡Pues
el barco se quedará sin el jefe! —dijo Sambigliong —, ¡Le haremos prisionero
junto con la guarnición del fortín!
—¡Despacio,
querido! —dijo Yáñez —. En ese fortín puede haber más gente de la que nosotros
pensamos, y nuestro juego es, sobre todo, de astucia, Además, es preciso que no
sospechen nada, puesto que ahí tenemos la chalupa encargada de aprovisionarlos,
—Eso
es una verdadera suerte, señor Yáñez —dijo el americano.
—No
digo que no, ¡Mire usted si me había equivocado! Es una chalupa de vapor y no
un prao. ¡Muchachos, estad prontos!
—¡Acercaos
—gritó de pronto una voz ronca —, u os largo un metrallazo!
—¡Y
asesinaréis a unos compañeros! —contestó Yáñez —. Pero debo advertir que no soy
un dayako, sino un oficial del rajá.
El
hombre que había formulado la amenaza, murmuró algunas palabras que Yáñez no
pudo oír.
La
chalupa estaba ya tan cerca, que se la podía ver perfectamente, pues estaba
alumbrada por un gran farol colocado en lo alto de la chimenea.
Se
trataba de una barcaza de una docena de metros de longitud, ancha de costados,
con puente y armada con un pequeño cañón, situado en la proa. Algunos hombres
vestidos de blanco, y que parecían indostanos, por los turbantes que llevaban,
estaban apoyados en la borda.
—¡Echad
un cable! —dijo Yáñez, mientras que sus malayos alzaban los remos y cogían los
parangs, ocultándolos luego bajo los bancos.
Desde
a barcaza arrojaron una cuerda, y Sambigliong, que había pasado a proa, la
cogió enseguida.
—¡Listos!
—susurró Yáñez a sus hombres —. ¡En cuanto yo dé la orden, saltad a bordo!
En
pocas brazadas, la chalupa se encontró al lado de la barcaza, Yáñez y el
americano pasaron rápidamente a bordo de la segunda.
—¿Quién
es el que manda aquí? —preguntó el portugués, con voz imperiosa.
—Yo
soy, señor —contestó, haciendo un saludo, un indostano que llevaba en la manga
los galones de sargento —. Usted me perdonará, señor teniente, si he amenazado
con ametrallarlos; pero el capitán Moreland me ha dado órdenes severísimas, y
no puedo permitirle que desembarque...
—¿Dónde
está el capitán?
—En
el fortín.
—¿Y
su barco?
—En
la boca del Redjang, delante de la entrada septentrional.
—¿Están
todavía en el fortín los prisioneros?
—¿Ese
hindú y su hija?
—Si
—dijo Yáñez.
—Ayer
estaban todavía; pero creo que tan pronto como se haya aprovisionado de carbón
el buque del capitán, los transportará a Sarawak.
—¿Teme
algo?
—Un
golpe de mano de los tigres de Mompracem. Se dice que se han lanzado al mar
para hacer la guerra al rajá y a Inglaterra.
—¡Tonterías!
—dijo Yáñez —. Todos han huido hacia el norte de Borneo. ¿Cuántos hombres hay
aquí?
—Ocho,
señor teniente.
—¡Ríndete!
Antes
de que el sargento, sorprendido, se diera cuenta de su situación, ya el
portugués le había cogido por el cuello con la mano derecha, mientras que con
la izquierda le apuntaba al pecho con una pistola de las que llevaba al cinto.
Al ver aquello, los doce tigres que componían la tripulación de la chalupa
saltaron rápidamente a la barcaza, y cayeron sobre los otros indostanos, con
los parangs levantados.
—¡El
que oponga la menor resistencia, es hombre muerto! —gritó Yáñez.
El
sargento, que debía de ser hombre de valor, trató de librarse de las manos del
portugués y de sacar el sable, y gritó a su tropa:
—¡Coged
las carabinas!
Horward,
el americano, que se había colocado detrás de él, le sujetó por la mitad del
cuerpo, y le hizo rodar hasta el fondo de la barcaza, mediante una zancadilla
aplicada en el momento oportuno.
Cuando
vieron caer a su sargento y que los piratas estaban dispuestos a hacer uso de
los parangs, la tripulación ya no se atrevió a moverse.
—¡Sambigliong,
ata al sargento! Y vosotros, desarmad a todos y encerradlos bien asegurados
debajo del puente.
La
orden fue ejecutada inmediatamente, sin que los indostanos se resistieran.
—Ahora
—prosiguió el portugués, sentándose al lado del sargento, a quien habían atado
a la amura —, si quieres salvar la piel, hablemos un poco. Será inútil que te
obstines en callar, porque nosotros conocemos el modo de hacer que cantes,
aunque fueras realmente mudo. ¿Cuántos hombres hay en el fortín de Macrae?
—Cincuenta,
contando con el capitán y un teniente del rajá.
—¿Quién
es ese sir Moreland?
—Se
dice que ha sido teniente de la marina angloindia.
—¿Y
qué es lo que ha venido a hacer aquí?
—No
lo sé, señor. Se cree que está en muy buenas relaciones con el rajá de Sarawak
y que goza de la protección del gobernador de Labuán. Sólo sé que manda un
hermoso barco de vapor, armado de un modo formidable.
—¿Entonces,
es inglés?
—Eso
dicen —respondió el sargento —, aun cuando es de color muy oscuro.
—¿Qué
bandera enarbola su barco?
—La
del rajá de Sarawak.
—¿Qué
distancia hay de aquí al fortín?
—Una
milla escasa.
—Te
concedo la vida, y te regalaré diez libras esterlinas. Señor Horward, usted
permanecerá aquí con dos de los nuestros, y mientras regreso, encenderá usted
la máquina. Necesitaremos la barcaza dentro de algunas horas. El resto de los
hombres se embarca conmigo.
Luego,
volviéndose de nuevo hacia el sargento, añadió:
—El
fortín está en una altura, ¿no es cierto?
—Frente
a nosotros —contestó el indostano —. Es la única elevación que hay en esta
costa.
—Muy
bien. Permanecerás prisionero hasta que regresemos, y si estás tranquilo, te
dejaremos libre en seguida. ¡Buenas noches y buena guardia, señor Horward!
—¡Buena
suerte, capitán Yáñez! —contestó el americano.
El
portugués volvió con Sambigliong y nueve hombres más a la chalupa, y dio la
señal de partida.
La
embarcación se apartó de la barcaza y se dirigió hacia la playa, que se
encontraba a trescientos o cuatrocientos pasos, y contra la cual se estrellaba
la resaca, extendiéndose las olas por ella a lo largo de un buen trecho.
Los
once hombres desembarcaron y dejaron la chalupa en seco; cambiaron los parangs
por las carabinas, y cargaron con grandes cestos, que parecían muy pesados.
—¿Estamos
dispuestos? —preguntó Yáñez.
—Sí,
capitán —contestaron todos.
—Dejadme
hablar a mí solamente, y estad prontos para lo que ocurra.
—Seremos
mudos.
—¡Adelante,
valientes! ¡Los tigres de Mompracem no temen a los mamelucos del rajá de
Sarawak!
Mientras
tanto, la niebla que hasta entonces había ocultado las estrellas, se había ido
disipando, y Yáñez distinguió inmediatamente la altura donde estaba emplazado
el fortín; tanto más cuando que el resto de la costa era una llanura.
Aquel
pelotón de hombres se puso en marcha en medio del silencio más profundo. Yáñez
iba alumbrando el camino con una linterna que había cogido de la chalupa, y
cuya luz podía verse a gran distancia, dado lo oscuro de la noche.
Por
la otra parte de la duna descubrieron una especie de sendero que serpenteaba
por entre las plantaciones de índigo, y que parecía dirigirse hacia la
elevación; los tigres se internaron por aquel camino, marchando en fila.
Veinte
minutos más tarde llegaban al pie de la minúscula colina, que apenas tendría
unos doscientos metros de elevación, y en cuya cumbre se vislumbra confusamente
una especie de pequeño torreón, rodeado de casas y del recinto fortificado.
—Sí
no están durmiendo o no son ciegos, a estas horas ya deben de haber visto la
luz de mi linterna —dijo el portugués —. ¡Ah, mí querido señor Moreland; Ya
verás cómo te la juegan bien los tigres de Mompracem Después de esto, Sandokan
se encargará de tu barco, puesto que tienes uno.
Un
estrecho sendero en zigzag conducía hasta el fortín,
Después
de haber descansado un rato, para que sus hombres reposaran, pues las cestas
que llevaban eran muy pesadas, Yáñez comenzó a subir, con el sable
desenvainado.
Cuando
ya estaba el pelotón a mitad de la cuesta, se oyó una voz que gritaba, desde
uno de los taludes del fortín:
—¿Quién
va?
—¡El
teniente Jarshon con cipayos de Sarawak, que traen víveres para el fortín, por
orden del capitán Moreland!
—¡Esperad!
Se
oyeron unas voces; enseguida brillaron luces en la empalizada, y por último,
tres hombres que parecían dayakos, aun cuando llevaban el traje típico de la
India e iban armados con carabinas, se dirigieron hacia el grupo. Uno de ellos
era portador de una antorcha.
—¿De
dónde viene usted, señor teniente? —preguntó uno de los tres hombres.
—De
Kohong —contestó Yáñez —. ¿El capitán Moreland está todavía levantado?
—Ahora
acaba de cenar con los prisioneros.
—¡Muy
tarde se cena en Macrae!
—Es
que el capitán no vino hasta después del anochecer.
—Pues
condúceme enseguida a su presencia; tengo que comunicarle noticias muy graves.
—¡Sígame
usted, señor teniente!
Yáñez
se puso detrás, murmurando entre dientes:
—¡He
aquí un detalle que no había previsto! Si al verme aparecer, Tremal-Naik y
Damna lanzaran de improviso un grito de sorpresa... ¡En guardia, mi querido
Yáñez! ¡Estás jugando una partida peligrosa!
El
grupo atravesó un puente levadizo, dos recintos y un gran patio descubierto, y
se detuvo ante una construcción de mampostería bastante amplia, que estaba
coronada por una pequeña torre. Los rayos de luz salían por las ventanas de la
planta baja.
—Vaya
usted, señor teniente: el capitán está ahí —dijo uno de los dayakos —. ¿Doy
alojamiento a los hombres que le acompañan?
—Por
ahora, no; déjalos en el patio,
Envainó
de nuevo el sable, aseguró las pistolas en la faja, cambió una rápida mirada
con Sambigliong, y, aparentando una calma suprema, entró en el saloncito,
iluminado por una linterna china de papel pintado al óleo. Delante de una mesa
ricamente servida se encontraban tres personas: un capitán de marina,
Tremal-Naik y Damna.
CAPÍTULO
II - UN AUDAZ GOLPE DE MANO
Cuando
Tremal-Naik y Damna vieron entrar a Yáñez, vestido de aquel modo tan desusado
de él, se levantaron como movidos por un resorte, y quedaron con la boca
abierta, a punto de proferir un grito de sorpresa, que hubiera sido muy natural
en aquella ocasión, pero que el audaz portugués temía grandemente, por sus
fatales consecuencias. Una rápida mirada de éste lo detuvo a tiempo en los
labios de ambos.
Por
fortuna, el capitán Moreland, que daba la espalda a la puerta y a quien se le
enredó la correa del sable en el respaldo de la silla, cuando iba a levantarse,
no pudo sorprender aquella imperiosa mirada.
El
portugués dio media vuelta sobre los talones, se cuadró y llevó la diestra a la
visera del casco de corcho cubierto de franela blanca, y saludó militarmente.
El
capitán era un arrogante joven de unos veinticinco años, de elevada estatura,
con ojos negros que parecían llamear, una barba fina y negra que le
proporcionaba un aspecto altivo, y la piel muy bronceada. Diríase que le corría
por las venas más sangre indostana o malaya que europea, a pesar de la pureza
de líneas de sus facciones, que eran más caucásicas que indostanas.
—¿De
dónde viene, señor teniente? — preguntó en purísimo inglés, después de haberle
mirado largamente.
—Vengo
de Kohong a traer a usted víveres, de parte del gobernador. ¿No los esperaba
usted, capitán?
—Sí;
había pedido provisiones, porque aquí no es posible encontrarlas.
—Botellas
y productos europeos, ¿no es eso?
—Sí,
es verdad — contestó el capitán —. Pero no era necesario que me enviaran un
oficial para traerme eso: bastaba con algunos soldados.
—No
se atrevía a comunicarles las noticias que me ha encargado que transmita a
usted personalmente.
—¿Noticias?
—¡Y
graves, sir Moreland!
—¿Es
usted el comandante de la guarnición de Kohong?
—Sí,
capitán.
—Usted
no es inglés.
—No,
señor; soy español, y desde hace algunos años estoy al servicio del rajá de
Sarawak.
—¿Y
qué es lo que tiene usted que decirme?
Yáñez
señaló a Tremal-Naik y a Damna, que permanecían en pie, inmóviles y llenos de
asombro, pero sin pronunciar una sola palabra ni hacer el más pequeño
movimiento que pudiera poner en guardia al capitán.
—¡Tiene
usted razón! — dijo sir Moreland, sonriendo —. ¡Son mis prisioneros!
Se
volvió hacia Tremal-Naik y Damna, y les dijo con extremada cortesía:
—Dispénsenme
ustedes que me ausente por algunos minutos.
«¡Vaya!
— pensó Yáñez —. ¡No les trata como a prisioneros, sino como a huéspedes! ¿Qué
es lo que significa esto? ¡Aquí hay gato encerrado!»
Siguió
la dirección de la mirada del capitán, y vio que la fijaba insistentemente en
la muchacha, la cual bajó los ojos ruborosamente.
«¡Ah!
¡Demonio! — pensó el portugués, arrugando el entrecejo —. Parece que se
entiende la sangre angloindia. ¡Tendría que ver!»
El
capitán abrió una puerta lateral, e introdujo a Yáñez en un gabinete muy
elegante y amueblado al estilo de la India, con ricos tapices, muebles ligeros,
pequeños divanes de telas orientales con hilos de oro, y grandes vasos de
bronce con relieves colocados en los ángulos.
Una
lámpara en forma de globo, un poco opaca y de color azulado, esparcía una luz
ligeramente velada sobre los tapices, haciendo brillar sus recamados
argentinos.
—Nadie
puede oírnos, teniente — dijo el capitán, después de haber cerrado la puerta
con llave y haber dejado caer un pesado cortinón de brocado antiguo.
—¿Sabe
usted, capitán, que los tigres de Mompracem han declarado la guerra a
Inglaterra y al rajá de Sarawak, su protegido? — dijo Yáñez,
—Ayer
me lo comunicó el rajá por medio de un correo — contestó sir Moreland —. Pero,
¿es que están locos?
—No
tanto corno usted cree — respondió Yáñez —, Recuerde usted que fue Sandokan el
que deshizo y arrojó de aquí a James Brook, cuando éste se hallaba en todo su
auge y se creía invencible.
—¡Aquéllos
eran otros tiempos, teniente! Y, además, ¡desafiar a Inglaterra! ¿Ignoran,
Quizá, que el poderío naval inglés es temido, incluso por los Estados europeos?
Esos locos harán algún crucero con sus praos por estas aguas, y a los primeros
cañonazos quedarán deshechos.
—En
eso Precisamente es en lo que está usted equivocado, sir Moreland. No es con
sus veleros con lo que emprenderán la guerra. Ayer se vio un enorme barco de
vapor a veinte millas mar adentro de Kohong, y llevaba enarbolada la bandera
roja de los tigres de Mompracem.
El
capitán se sobresaltó.
—¿Cómo
es eso?
—Y,
según parece, se dirigía hacia estas costas.
—¿Le
ha encontrado usted?
—No,
capitán.
—¿Y
qué es lo que vienen a hacer aquí? ¿Sabrán que tengo anclado mi barco en la
segunda boca del Redjang?
—El
gobernador de Kohong cree que tratan de asaltar el fortín de Macrae, para
libertar a los dos prisioneros, y por eso me envía para que advierta a usted
que se los mande en seguida. Yo tengo el encargo de conducirlos en la lancha de
vapor que se halla estacionada en la rada.
—Están
más seguros a bordo de mí barco.
—Los
expone usted a los riesgos de una batalla; sobre todo, siendo ya ahora muy
dudosa la victoria. El gobernador preferiría que usted se los enviase. Según
tengo entendido, ese mismo deseo se lo ha manifestado también al rajá de
Sarawak. Dice que hay que retener, aun cuando sea en calidad de huéspedes, a
esas dos personas, para oponer así un obstáculo a la audacia de Sandokan, e
impedirle que insurreccione a los dayakos del interior, que siguen siendo
aliados suyos desde los tiempos de James Brook.
Sir
Moreland permaneció silencioso durante unos instantes, y parecía presa de una
preocupación muy honda; al fin, después de algunos momentos de silencio, dijo,
con una inflexión de tono muy particular, que no se le escapó al portugués:
—También
yo tengo por eso prisioneros a Tremal-Naik y a Damna.
Se
pasó la mano por la frente, con un movimiento nervioso, y suspiró.
—¡La
fatalidad del Destino! — dijo, como hablando consigo mismo.
Yáñez
le observaba atentamente, mientras pensaba:
«¡Qué
demonio! ¿Se habrá enamorado este angloindio de los ojos de Damna? ¡Por Dios
vivo que me parece un hermoso joven, lleno de fuego y de atrevimiento, y se me
figura que es un hombre leal! ¡Probemos a ablandarle!»
Y ya
en voz alta, preguntó:
—¿Qué
decide usted, capitán?
—El
gobernador de Kohong puede estar en lo cierto — contestó sir Moreland, después
de un breve silencio —. Los prisioneros serían para mí un embarazo a bordo de
mi barco. Además, nunca se puede saber cómo va a terminar una batalla, sobre
todo cuando esos terribles piratas andan por medio. Tengo gran confianza en el
poder y en la solidez de mi barco y en el valor de mis hombres, que he escogido
cuidadosamente, y también en la potencia de mis cañones, que son de los más
modernos; pero desconozco la fuerza de mis adversarios, y podría tocarme la
peor parte. ¿Cree usted que sabrán dónde está mi Sambai?
—¿Es
ése el nombre de la nave de usted?
—Sí
— contestó el capitán.
—En
Kohong se cree que el Tigre de Malasia y Yáñez lo saben, y no dudan en que le
acometerán de un momento a otro.
—Entonces
confiaré a usted los dos prisioneros. Pero, ¿me responde usted de ponerlos a
salvo?
—Seguiré,
la costa marchando por detrás de las escolleras. En aquellos canales interiores
hay poca agua, y el barco de los piratas de Malasia no podrá seguirme.
¡Respondo de ellos, capitán!
—Seria
mejor que aprovechase usted la oscuridad de la noche.
—Precisamente
eso mismo era lo que quería proponer a usted — dijo Yáñez, que a duras penas
contenía su alegría.
—¿Cuántos
hombres tiene usted?
—Diez
aquí y dos en la rada.
—Puede
usted utilizar la barcaza de vapor, y de ese modo llegarán a Kohong al
amanecer.
—¿Y
usted, capitán?
—Yo
saldré al mar para ir en busca del Tigre de Malasia. ¡Deseo medirme con ese
hombre!
—¿Le
odia usted?
—Es
un pirata a quien ya es tiempo de domar — se limitó a contestar el capitán —.
¡Sígame usted!
Abrió
la puerta y volvió a entrar en el saloncito donde todavía estaban Tremal-Naik y
Damna.
—¡Prepárense
ustedes para marchar! — dijo, mirando de un modo particular a la muchacha.
—¿Adónde
quiere usted llevarnos, capitán? — preguntó Tremal-Naik.
—He
recibido orden para que los conduzcan a ustedes a Kohong.
—Pero,
¿es que alguien amenaza al fortín?
—A
esa pregunta no puedo contestar.
Yáñez
hizo un gesto, fingiendo aprobar lo dicho,
Sir
Moreland indicó a los dos prisioneros que debían ir a prepararse; luego,
destapó una botella, llenó dos copas y ofreció una al portugués.
—Usted
me responde de que no permitirá que los hagan prisioneros, ¿verdad? — preguntó
el angloindio, después de haber bebido su copa.
—Si
veo algún peligro, me echaré sobre la costa, capitán — contestó Yáñez.
—Los
soldados que usted trae, ¿Son gente aguerrida?
—Son
los mejores de la guarnición de Kohong. ¿Cuándo voy a tener el honor de volver
a ver a usted?
—Pienso
zarpar al amanecer y me dirigiré en seguida hacia la ciudadela; a no ser que me
detengan los piratas de Malasia. Todavía no desespero de poder vencerlos.
Yáñez
esbozó una ligera sonrisa irónica.
—Confío
en que así será, capitán – dijo —. ¡Ya es hora de acabar con esos peligrosos
salteadores de los mares!
En
aquel momento entraban en el saloncito Tremal-Naik y Damna. El primero se había
puesto un gran turbante, y la muchacha se había echado sobre los hombros un
manto de seda blanca que la envolvía por completo.
—Les
daré a ustedes escolta hasta la playa — dijo el capitán —, aun cuando no hay
nada que temer.
Al
escuchar esta resolución de sir Moreland, Yáñez frunció ligeramente el
entrecejo.
—¿Piensa
llevar gente consigo? — murmuró, bastante contrariado, pero tan bajo que nadie
podía oírle —. ¡Bah! Los reduciremos a la obediencia tan pronto como estemos a
la vista del mar.
Salieron
todos juntos al patio, donde se encontraban los diez piratas alineados y
apoyados en sus carabinas. Cuando vieron aparecer al capitán, presentaron armas
con— tal precisión, que el propio Yáñez quedó asombrado.
—¡Son
hombres fuertes! — dijo sir Moreland, después de haberlos mirado uno por uno —.
¡Vámonos!
Cuatro
de los piratas formaron la vanguardia; detrás se pusieron Yáñez y Tremal-Naik y
en seguida, a corta distancia, Damna con el capitán; en último término iban
otros seis hombres. Los que iban delante llevaban un farol y tres antorchas
para alumbrar el camino, pues el cielo había vuelto a cubrirse con un espeso
velo de bruma que impedía que las estrellas proyectaran esa vaga luz que
despiden principalmente en la límpida atmósfera de las regiones ecuatoriales.
Un
profundo silencio reinaba en la llanura, sobre la cual se elevaba la colina, y
sólo era interrumpido por los pasos ligeros del grupo. Incluso la resaca
parecía haberse calmado, probablemente a causa del reflujo del mar.
Yáñez
iba callado; pero de vez en cuando cambiaba una mirada con Tremal-Naik y le
daba con el codo, como recomendándole la mayor prudencia. Detrás de ellos, el
capitán dirigía a la joven algunas palabras en voz tan baja, que por más que el
portugués aguzaba el oído, no lograba captarlas.
Los
piratas, por su parte, caminaban mudos como peces, con el dedo apoyado en el
gatillo de sus carabinas, y dispuestos a lanzarse sobre el capitán a la primera
orden.
Descendieron
de la colina, y siguieron avanzando por entre las plantaciones. Como la senda
era muy estrecha, Yáñez aprovechó esta circunstancia para alejarse del capitán.
—Es
preciso que estés dispuesto a todo —susurró a Tremal-Naik, tan pronto corno
estuvo seguro de que no podían oírle.
—¿Y
Sandokan? —preguntó en voz baja el hindú.
—Nos
espera dando bordadas.
—¡A
qué riesgos acabas de exponerte, Yáñez!
—Había
que intentar un golpe de audacia, porque sin vosotros no estábamos libres para
dar principio a las hostilidades.
—¿Qué
vas a hacer con el capitán? Te pido su libertad, pues él personalmente no nos
ha tratado como a prisioneros, sino como a huéspedes.
—No
tengo intención alguna de matarle. Asesinarle sería una villanía. ¿Quién es ese
hombre?
—Un
inglés que está al servicio del rajá, y que antes perteneció a la marina
angloindia.
—¿Ese
hombre inglés, con esa piel tan bronceada y con esos ojos tan negros? No; más
bien creo que es angloindio.
—Yo
también he sospechado lo mismo; pero sea lo que fuere, con nosotros se ha
portado como un perfecto caballero.
—¡Silencio,
ya estamos en el mar!
Pocos
minutos después llegaban a la playa, junto al lugar donde se encontraba la
chalupa embarrancada en la arena. A una distancia de tres o cuatro cables,
humeaba la chimenea de la barcaza. El maquinista americano no había perdido el
tiempo.
—¡Empujad
hacia el agua la chalupa! — ordenó Yáñez.
Mientras
cuatro de los piratas ejecutaban la orden, los restantes se habían colocado en
derredor del grupo formado por Tremal-Naik, Damna y el capitán.
Sambigliong
se colocó detrás de este último.
En
cuanto Yáñez vio que la chalupa ya flotaba, se acercó a sir Moreland, que
estaba cerca de Damna y le tendió la mano, diciéndole:
—¡Confíe
usted en mí, capitán! ¡Pondré a salvo los prisioneros!
Mientras
pronunciaba estas palabras le apretó con tal fuerza la mano al angloindio, que
le hizo crujir los dedos y le paralizó el brazo.
Mientras
le tenla cogido de este modo para impedir que desenvainara el sable,
Sambigliong cogió al capitán por la mitad del cuerpo y le echó al suelo.
Sir
Moreland dio un grito de furor.
—¡Ah!
¡Miserables!
Los
piratas se precipitaron sobre él, y en un abrir y cerrar de ojos le ataron las
manos atrás y le quitaron el sable y las pistolas que llevaba al cinto.
En
cuanto pudo ponerse en pie, pues le habían dejado libres las piernas, hizo
ademán de arrojarse sobre Yáñez, que le miraba sonriendo silenciosamente.
—¿Qué
significa esta agresión? — gritó, pálido de ira —. ¿Quién es usted?
Yáñez
se quitó el casco y saludándole con ironía, contestó:
—¡Tengo
el honor de presentarle los saludos de mi amigo el Tigre de Malasia!
—¿Y
quién es usted?
—Yáñez
de Gomara, sir Moreland.
La
sorpresa que le produjo al joven capitán tal revelación fue tan enorme, que
durante algunos instantes no pudo pronunciar ni una sola palabra.
—¡Yáñez!
— exclamó al fin, mirándole casi con terror —. ¡Usted, el compañero del Tigre
de Malasia!
—¡Tengo
ese honor! — repuso el portugués.
El
capitán volvió los ojos hacia Damna. La jovencita no había dado el más ligero
grito, ni hecho el más mínimo movimiento durante aquella agresión imprevista.
Había permanecido inmóvil y silenciosa a cinco pasos del angloindio, aun cuando
su palidez demostraba la angustia que sentía.
—¡Si
se atreve usted, máteme! — dijo, volviéndose hacia Yáñez.
—Caballero,
nos llaman piratas, pero sabemos ser generosos; mucho más generosos que otros —
respondió el portugués —. Si yo hubiese caído en manos del rajá, a estas horas
ya me hubiese fusilado, en cambio, yo, señor, le concedo a usted la vida.
—Que
yo te habría pedido — dijo Tremal-Naik.
—Y
que yo no te hubiera rehusado — añadió Yáñez.
—Entonces,
¿qué es lo que quiere usted hacer conmigo? — preguntó el capitán, apretando los
dientes.
—Dejarle
en libertad, señor, para que regrese a Macrae.
—Es
que tal vez se arrepienta usted de esa generosidad, porque mañana les daré caza
a ustedes con mi barco.
—Y
encontrará en su camino a un adversario digno de usted — contestó Yáñez —. Si
quiere usted esperar a la tripulación de la barcaza, aquí estará dentro de
pocos minutos.
—¿Se
han rendido esos cobardes?
—Los
hemos sorprendido y no podían medirse con nosotros. ¡Capitán, buenas noches y
buena suerte!
—¡Nos
veremos más pronto de lo que usted cree!
—¡Les
esperaremos, sir Moreland! ¡Eh! ¡Embarcaos!
Tremal-Naik
cogió de una mano a Damna, que no había dicho una palabra, y la llevó
dulcemente a la chalupa, donde la hizo sentarse a popa; después se embarcaron
los demás.
Mientras
tanto, el capitán se paseaba nerviosamente por la playa, tratando de romper las
ligaduras que le sujetaban las manos.
La
chalupa se dirigió rápidamente hacia la barcaza, cuya chimenea seguía humeando,
y que tenía encendido el farol de la proa.
Después
de haber estrechado la mano del portugués y de haber dado las gracias con una
sonrisa, Damna habla apoyado un codo en la borda de popa, y miraba, fijamente a
la playa.
El
capitán había cesado de pasear. Erguido sobre una pequeña duna, miraba cómo se
alejaba la chalupa; aunque no era ciertamente la barca lo que miraba.
—Y
bien, Tremal-Naik; ¿qué me dices de este golpe de audacia? — preguntó Yáñez,
riendo.
—¡Que
eres el demonio! — contestó el hindú —. No dudaba de que algún día vendrías a
rescatarnos; pero nunca creí que fuese tan pronto. ¿Cómo habéis sabido que nos
habían conducido a Macrae?
—Lo
supimos en Labuán. Después te contaré todo cuanto ha sucedido desde que os
hicieron prisioneros. Por ahora tan sólo te diré que poseemos uno de los más
poderosos navíos del mundo, y que nos disponemos para hacer la guerra al rajá
de Sarawak y a Inglaterra, porque queremos vengarnos de que nos hayan arrojado
de Mompracem.
—¿Os
atrevéis a tanto?
—Y
además debo añadir otra cosa, que va a dejarte asombrado.
—¿Cuál?
—Que
aquel peregrino que nos dio tanto quehacer era un emisario del hijo de
Suyodhana.
—¿Qué
dices?
—En
cuanto estemos a bordo del buque te lo explicaremos mejor. Ahora dime si
hubieras pensado jamás en que Suyodhana tuviera un hijo.
—Jamás
he oído decir eso; ni tampoco se me habría ocurrido pensarlo, porque el jefe de
los thugs no podía tener mujer. ¡Entonces él ha sido el que desde un principio
nos ha traído esta guerra!
—En
la que le apoyan Inglaterra y el rajá de Sarawak.
—¿Y
cómo es posible que los ingleses dispensen su protección al hijo de un thung
para que venga a luchar contra nosotros, que hemos librado a la India de esa
plaga que la deshonraba?
—Eso
es un misterio que todavía no hemos logrado esclarecer.
—¿Y
dónde está ese hombre?
—Eso
es otro misterio, querido Tremal-Naik. Esperemos a ver si le encontramos para
hacer con él lo que hicimos con su padre. ¡Señor Horward!
La
chalupa había llegado junto a la barcaza, y el americano subió a la cubierta.
—¿Todo
ha salido bien, señor Yáñez?
—Mejor
no era posible. ¿Está la máquina en presión?
—Desde
hace una hora.
—¿Y
los prisioneros?
—Parecen
conejos.
—¡Muchachos,
a bordo!
Ayudó
a subir a Damna a la barcaza y tras ellos subieron todos.
—¡Apresurémonos!
—dijo Yáñez.
Mandó
desatar uno a uno a los indios que componían la tripulación de la barcaza,
deslizó en el bolsillo del sargento un puñado de libras esterlinas y les ordenó
trasladarse a la chalupa mientras les decía:
—El capitán
Moreland os espera en la playa. Saludadle en mi nombre y dadle las gracias por
la barca de vapor que me ha regalado. Señor Horward, a todo vapor.
El
americano hizo silbar la máquina repetidas veces, como si se despidiese
irónicamente de los hombres de la chalupa, y una vez levada el ancla, la
barcaza bogó con rapidez hacia la salida de la bahía.
Yáñez
confió la barra del timón a Sambigliong y se fue hacia la proa para colocarse
junto a Tremal-Naik, que sondeaba atentamente las tinieblas, procurando
descubrir el buque de Sandokan, que debía de estar surcando las aguas a poca
distancia de la costa.
Como
llevaba todas las luces de a bordo apagadas, no resultaba fácil poder
divisarlo.
—Se
habrá ido mar adentro, a no ser que durante mi ausencia haya ocurrido alguna
novedad — dijo Yáñez a Tremal-Naik, que le interrogaba —. Hemos sabido por un
prao que venía a Labuán, que una escuadrilla de cruceros había salido del
puerto de Victoria con la intención de darnos caza.
—¿La
habrá encontrado Sandokan?
—Hubiéramos
oído los cañonazos. Además, Sandokan no es hombre que se deje sorprender, sobre
todo con el barco que ahora posee. ¡Allá veo espumear algo!
¡Es
nuestro buque, no hay duda! ¡Señor Horward, cargue usted las válvulas!
La
barcaza, que funcionaba estupendamente, avanzaba con gran rapidez sobre el
oscuro mar, dejando a popa una estela que a veces era luminosa por efecto de un
principio de fosforescencia.
De
pronto una enorme mole que se deslizaba sobre el agua con un sordo fragor,
apareció ante la chalupa de vapor cortándole el camino, y una voz formidable
gritó:
—¡Apuntad
el cañón de proa!
—¡Alto!
—ordenó Yáñez con rapidez—, ¡Eh, Sandokan, echa la escala! ¡Son los tigres de
Mompracem que vuelven!
La
barcaza, que había moderado la marcha, abordó a la enorme embarcación muy cerca
del costado de estribor, bajo la escala que había descendido de un solo golpe.
CAPÍTULO
III - UN COMBATE TERRIBLE
Sandokan
esperaba a Yáñez y a sus compañeros situado en lo alto de la escala y al lado
de una bellísima jovencita de cutis ligeramente bronceado, facciones dulces y
finas, ojos negrísimos y cabello largo y trenzado con cintas de seda. Vestía el
traje pintoresco de las mujeres de la India.
Algunos
hombres de color aceitunado y con la divisa blanca de la marina de guerra,
alumbraban la escala con grandes linternas.
Yáñez,
que fue el primero que subió a la toldilla, tendió en seguida una mano al
terrible pirata y otra a la joven indostana.
—¿Nada?
— preguntó con ansiedad el Tigre de Malasia
—¡Míralos!
— respondió Yáñez.
Sandokan
profirió un grito y se lanzó hacia Tremal-Naik, mientras que Damna se echaba en
los brazos de la joven indostana, exclamando:
—¡Surama!.
Creí que no volvería a verte más!
—¡A
la cámara, queridos amigos! — dijo Sandokan después de haber abrazado al hindú
y de haber besado a Damna en las mejillas —. ¡Tenemos mil cosas que contaros!
—Un
momento, Sandokan — dijo Yáñez, deteniéndole —. Manda poner la proa al Norte, y
marchemos a poco vapor buscando la segunda boca del Redjang. Hay un leopardo
negro que nos espera allí y que si no le acometemos, estropeará nuestros
planes. Se dice que es muy fuerte.
—¿Un
barco?
—Sí,
que a estas horas estará preparándose para darnos caza.
—¡Ah!
— dijo Sandokan, sin dar demasiada importancia al aviso —. ¡Mañana nos
desembarazaremos de ese importuno!
Llamó
a Sambigliong y al jefe de máquinas, y después de haberles dado algunas
instrucciones, bajó al elegante saloncito de la cámara con Tremal-Naik, Damna y
Surama, que se apoyaba dulcemente en Yáñez, su sahib blanco.
En
cuanto se hubo enterado del éxito de la expedición y le hubo explicado a
Tremal-Naik todo cuanto había sucedido después del combate realizado en las
costas de Borneo, lo de la adquisición del buque americano y la declaración de
guerra lanzada a un tiempo contra la desagradecida Inglaterra y contra el
sobrino de James Brook, añadió:
—Ya
no son las escuadras inglesas, que no tardarán en alcanzarnos, ni la flotilla
del rajá de Sarawak, lo que me inquieta: es el misterio que rodea al hijo de tu
antiguo enemigo, mi querido Tremal-Naik. ¿Dónde se es conde ese hombre, que ha
dado una prueba tan considerable de su poderío, destruyendo tus plantaciones y
tus posesiones por obra del peregrino? ¿Cuándo nos acometerá? ¿Qué es lo que
está tramando? Yo no temo a nadie y, sin embargo, ese hombre, a quien no hemos
visto jamás, que no sabemos dónde se halla ni lo que prepara, me preocupa más
que la presencia de una escuadra inglesa.
—¿No
habéis recogido ninguna noticia acerca de él? — preguntó Tremal-Naik, que
parecía tanto o más preocupado que el formidable pirata.
—Hemos
interrogado durante nuestra caminata hacia el Sur a varias personas y detenido
a algunos veleros de Sarawak; pero no hemos logrado saber dónde está ese
hombre.
—¡No
será un espíritu!
—Alguna
vez habremos de verle la cara — dijo Yáñez —. Si quiere hacer la guerra y
vengar la muerte de su padre, no podrá permanecer escondido eternamente.
—Y
mientras tanto, ¿qué es lo que piensas hacer, Sandokan? —preguntó Tremal-Naik.
—Pues
pienso comenzar las hostilidades dando la bar talla a ese barco que se halla
anclado en la boca del Redjang. ¡Ya que hemos declarado la guerra, demostremos
que la hacemos de veras!
—¿Quiere
usted echarle a pique? —preguntó Damna, en un tono que sobresaltó a Yáñez.
—Le
destruiré, Damna —repuso Sandokan fríamente.
El
portugués, que la miraba con gran atención, vio que palidecía y que un tenue
suspiro se escapaba de su pecho; pero esto fue todo, porque la joven no opuso
la menor objeción a la terrible sentencia de muerte que el formidable pirata
había dictado contra el barco de sir Moreland.
Se
levantaron todos para subir a cubierta. Surama cogió de una mano a Damna y le
dijo:
—Dejemos
a los hombres que hagan lo que tengan que hacer. Vente conmigo a mi camarote.
He mandado que te dispusieran una camita muy linda, porque estaba segura de que
muy pronto volvería a verte.
La
hija de Tremal-Naik contestó sólo con una sonrisa, y la siguió al interior de
la cámara.
Cuando
Sandokan, Tremal-Naik y Yáñez pisaron la cubierta, ya todos los tripulantes se
hallaban en sus puestos de combate, pues Sambigliong habla advertido a los
tigres de Mompracem que el crucero se disponía a acometer a un gran barco
enemigo.
Los
faroles de posición estaban encendidos e iluminadas las baterías, El personal
del timón se había reforzado. Los cuatro grandes cañones de caza, cargados ya y
dispuestos en batería a proa y popa dentro de torres giratorias defendidas por
planchas de hierro de gran espesor, esperaban para lanzar bocanadas de muerte.
Un
golpe de viento dispersó nuevamente las nubes amontonadas en el cielo, y las
arrojó hacia el Sur; las estrellas, que habían reaparecido, difundían una vaga
claridad sobre las negras aguas del amplio golfo de Sarawak y podía
distinguirse, gracias a aquella claridad, cualquier barco, aunque navegara con
las luces apagadas.
El
Rey del Mar marchaba a poca presión, con objeto de no consumir demasiado
combustible, y para economizar todavía más, Sandokan había mandado desplegar
las velas bajas del trinquete y del palo mayor, pues el viento era favorable y
bastante fresco. El pirata, siguiendo los consejos del capitán americano, se
había hecho sumamente ahorrativo en lo referente al consumo del combustible,
puesto que, después de su declaración de guerra, no podía aprovisionarse en
ningún puerto, por cuya causa no utilizó más que las velas en su travesía desde
Labuán al golfo de Sarawak, maniobra muy familiar para sus hombres, aun cuando
muchos de ellos ya habían aprendido también el servicio de las máquinas con los
americanos que permanecieron a bordo.
Yáñez
y Tremal-Naik, apoyados en la amura de proa, en cuya parte alta había defensas
circulares para resguardar a los fusileros miraban atentamente al horizonte, en
tanto que Sandokan efectuaba una visita a las baterías y a los cañones para
comprobar que todo estuviera en orden.
Por
Levante aparecían confusamente las costas, que se elevaban cada vez más,
conforme iban aproximándose al escarpado y altísimo promontorio de Sirik, que
cierra por Occidente el golfo de Sarawak. Aun cuando por aquellos lugares se
encontraba la ciudadela de Redjang, no se veía brillar luz alguna.
De
este modo transcurrió la noche, explorando continuamente sin resultado alguno;
pero apenas comenzó a clarear el día, cuando se oyó de pronto la voz del vigía
instalado en la cruceta del trinquete, que gritaba con toda la fuerza de sus
pulmones:
—¡Humo
a Levante!
Yáñez,
Tremal-Naik y Sandokan subieron rápidamente las escaleras de babor del
trinquete, se elevaron hasta la cofa y en seguida vieron a lo lejos, donde el
mar parecía confundirse con el firmamento, alzarse un pe. nacho de humo en la
límpida y transparente atmósfera matutina
—Viene
de la boca del Redjang —dijo Yáñez —. ¡Apuesto un cigarro contra cien libras
esterlinas a que ése es el barco de sir Moreland!
—¿Has
visto tú ese barco? —preguntó Sandokan a Tremal-Naik.
—No
—contestó el hindú —; pero me dijeron que estaba completando su cargamento de
carbón en la segunda boca del Redjang.
—¡Cómo!
¿Hay allí algún depósito de combustible?
—He
oído hablar de un prao que le enviaban a Sarawak cargado de carbón. En aquella
playa no debe de haber ni siquiera una miserable aldea,
—¡Qué
lástima! —dijo Sandokan
—Pero
también he oído decir que hay uno en la boca del Sarawak, Ese depósito se halla
en una isleta, y allí es donde se aprovisiona la escuadra del rajá.
—¿Quién
te lo ha dicho?
—Sir
Moreland.
—Pues
si ya la escuadra del rajá, también podemos ir nosotros; ¿verdad, Yáñez?
—¡Y
sin tener que pagarlo! —contestó el portugués, que jamás vacilaba por nada —.
Mira ya comienza a verse la proa. Vienen hacía nosotros, Sandokan, y a toda
máquina. También ellos han debido ver el humo de nuestro barco.
Sandokan
sacó del bolsillo un anteojo, lo alargó cuanto era posible, y lo dirigió hacia
la nave, cuyo casco ya comenzaba a verse, incluso a simple vista.
—Efectivamente
–dijo —; es un hermoso buque, parece un crucero de gran tonelaje. Veo muchos
hombres a bordo.
—¿Vienen
hacia nosotros? —preguntó Yáñez.
—Y
creo que a tiro forzado. Tiene miedo de que nos escapemos. ¡No, querido mío, no
tenemos deseos de huir! ¡Aquí vamos a dar comienzo a las hostilidades! ¡Lo
echaremos a pique!
—¡Lo
siento por el capitán! —dijo Tremal-Naik —. ¡Atenúa el daño en obsequio a la
hospitalidad que nos dispensó!
—¡Hospitalidad
dorada, pero sin libertad! —dijo Yáñez.
—¡Preparémonos!
—dijo Sandokan.
Descendieron
a la cubierta, donde se encontraron con Damna y Surama, que subían en aquel
instante de su camarote,
—¿Nos
atacan, sahib mío? —preguntó Surama a Yáñez.
—Y
dentro de poco hará mucho calor aquí, Surama —contestó el portugués.
—Venceremos
nosotros, ¿no es cierto?
—Lo
mismo que vencimos a los thugs de Suyodhana.
—¿Es
el barco de sir Moreland? —preguntó Damna con alguna ansiedad, que no se le
escapó al astuto portugués.
—Lo
suponemos.
En
seguida la cogió de un brazo, y llevándola hacia la torre de proa, le preguntó
sonriendo:
—¿Qué
es eso, Damna? Esta es la tercera vez que al oír hablar del capitán parece que
te conmueves.
—¡Yo!
—exclamó la muchacha, ruborizándose ligeramente —. ¡Se ha equivocado usted,
señor Yáñez!
—¡Por
Júpiter! ¡A lo que parece, la vejez me ha debilitado la vista!
—¡Oh,
no, todavía ve usted muy bien!
—¿Entonces...
?
Damna
volvió la cabeza hacia el mar, fijó la mirada en el barco enemigo, que forzaba
la marcha y dijo:
—¡Es
un gran barco!
—Que
no valdrá tanto como el nuestro —contestó Yáñez.
—Oblíguenle
ustedes a que se rinda en lugar de echarlo a pique. Podría serles útil.
—Si
el que manda ese buque es sir Moreland, no arriará la bandera. Aun cuando sea joven,
ese hombre debe de ser un valiente, y se batirá mientras quede en pie un solo
hombre de su tripulación.
—¿Y
no le van a dar ustedes cuartel?
—Cuando
el barco se hunda, procuraremos salvar a los supervivientes; te lo prometo,
Damna. Retírate al camarote con Surama, que van a empezar a llover granadas.
La
voz potente y sonora como un clarín del Tigre de Malasia, resonó en el puente
en aquel momento:
—¡Jefe
de máquinas, a todo vapor! ¡Dispuestos para hacer fuego de costado! ¡Los
fusileros detrás de las aspilleras!
El
barco enemigo, que debía de poseer máquinas poderosas, se hallaba ya a unos dos
mil metros, y se dirigía en línea recta sobre el Rey del Mar, de los tigres de
Mompracem, cual si tuviese intención de darle un espolonazo, o por lo menos de
abordarle.
Se
trataba de un hermoso crucero. Enarbolaba tres mástiles y tenía dos chimeneas.
Parecía que iba armado de un modo formidable, a juzgar por el número de sus
portas y por los cañones que se velan en la cubierta; pero carecía de torres
blindadas como las que protegían a los tigres de Mompracem.
Detrás
de las amuras y hasta en las cofas, se velan muchos fusileros y varios
oficiales en el puente de mando.
—¡Ah!
—dijo Sandokan, que lo contemplaba tranquilamente —. ¿Quieres ser el primero en
medirte con los tigres de Mompracem? ¡Pues estamos dispuestos a recibirte!
Mientras
las dos jovencitas abandonaban a toda prisa la cubierta y se refugiaban en la
cámara de popa, Yáñez y Tremal-Naik se retiraron a la torrecilla de órdenes,
desde donde podían ponerse en comunicación con el personal de las máquinas.
Los
artilleros americanos, juntamente con los mejores tiradores malayos, esperaban
detrás de sus respectivas piezas, empuñando las correas de hacer fuego.
De
repente resonó en el ámbito del mar una detonación, y una bocanada de fuego
salid de una de las dos piezas de proa del crucero, Se oyó un silbido ronco, y
en seguida se elevó una llama en el borde de la primera torrecilla de babor del
Rey del Mar, mientras que los cascos pasaban silbando por encima de los
fusileros, replegados detrás de la amura.
—¡Una
granada de doce pulgadas! —exclamó Yáñez —. ¡Buen tiro!
Nuevamente
se dejó oír la voz de Sandokan:
—¡Artilleros,
ya no os detengo más!
Relampaguearon
a un mismo tiempo las dos piezas de caza de proa y las de la batería de
estribor, que al encontrarse a tiro, tronaron también con un estruendo tal, que
retembló todo el buque.
El
crucero, que ya había ganado otros quinientos metros y que maniobraba
presentando al enemigo su costado de babor, contestó seguidamente.
Comenzaban
a llover balas y granadas sobre ambos barcos, golpeando rudamente los costados
de hierro, arrancando astillas a los puentes, chamuscando los penoles e
hiriendo a la marinería.
Al
reventar, las granadas lanzaban a lo alto chorros de fuego que amenazaban a
cada instante incendiar la arboladura.
Los
fusileros, a su vez, tendidos detrás de las amuras, habían comenzado a
disparar, menudeando las descargas.
Los
dos barcos se hallaban envueltos por una espesísima nube de humo, surcada a
intervalos por relámpagos, y el estruendo era tan enorme, que apenas podían
oírse las voces de mando.
El
barco americano, mejor protegido, mejor artillado, mucho más rápido y
tripulado, además, por unos hombres que habían encanecido entre el humo de los
combates, llevaba ventaja a su adversario. Su poderosa artillería castigaba de
un modo terrible al crucero, inundándole de fuego y de hierro, demoliendo su
obra muerta, matando a sus hombres y abriéndole en el casco enormes boquetes.
En
vano aquella nave, que había creído aniquilar fácilmente a los piratas de
Mompracem, hacía esfuerzos sobrehumanos para dar la réplica a aquel auténtico
huracán de hierro que caía con horrible estruendo sobre sus puentes, y hacía
considerables estragos entre los artilleros y los fusileros de la cubierta. Sus
balas rebotaban en las planchas metálicas del Rey del Mar, y sus granadas no
lograban destruir las torres blindadas, dentro de las cuales disparaban sobre
seguro los artilleros de Mompracem, bajo la dirección de los jefes de cañón
americanos.
Cuando
Sandokan se percató de la completa inutilidad de los fusileros, tan
indispensables en los praos pero no en esta otra clase de barcos, los mandó que
se retiraran bajo cubierta, ordenando, además, dirigirse al crucero para darle
el último golpe.
El
Rey del Mar, casi incólume, a pesar del furioso e ininterrumpido cañoneo de su
enemigo, se lanzó hacia adelante, describiendo un enorme semicírculo en torno
al crucero del enemigo, que entonces se había detenido.
Cuando
se hallaba a una distancia de cuatrocientos metros aproximadamente, le hizo una
terrible descarga de andanada con las piezas del puente y las de babor,
dejándole raso como un pontón.
Las
dos chimeneas cayeron destrozadas, sobre la cubierta, derribadas por dos
granadas que estallaron en su base.
—¡Esto
se acabó! —dijo Yáñez —. ¡Intimidémosle a la rendición!
—¡Si
es que se rinde! —contestó Sandokan.
Esperó
a que el viento aclarase el humo, y luego mandó izar en el pico del palo mayor
la bandera blanca. La contestación fue una andanada que tiró por tierra a la
mitad de los timones del Rey del Mar.
—¿Es
que no tenéis bastante todavía? —gritó Sandokan —. ¡Echadle a pique! ¡Fuego!
¡Fuego sin piedad!
Inmediatamente
volvió a reanudarse por ambas partes el cañoneo, y siguió en aumento de un modo
espantoso. El Rey del Mar continuaba dando vueltas rápidamente en derredor del
desgraciado crucero, que se deshacía materialmente bajo la lluvia de
proyectiles que le enviaba su enemigo.
El
barco americano lograba maravillas. Parecía un volcán en erupción dispuesto a
destruirlo todo,
Por
su parte, el crucero oponía una resistencia verdaderamente heroica a pesar de
que ya no era otra cosa que un montón de ruinas. Sus dos piezas de cubierta,
desmontadas por aquella granizada de proyectiles ya no contestaban.
El
puente estaba inundado de muertos y de heridos, mezclados con trozos de obra
muerta, con penoles partidos, con pedazos de aparejos y de cordaje, caídos de
la arboladura bajo las descargas de metralla enviadas por Sandokan.
Regueros
de fuego corrían de proa a popa, iluminando el mar de un modo sobrecogedor, y
por los contracantiles de babor y de estribor salían chorros de sangre.
El
barco se deshacía por momentos bajo los golpes furiosos, mortales, del Rey del
Mar.
—¡Basta!
—gritó de pronto Yáñez, que asistía a tanto estrago desde la torre de órdenes
—. ¡Alto el fuego! ¡Al mar las chalupas!
Sandokan,
que contemplaba la escena fría, impasible y terriblemente, se volvió hacía el
portugués y le dijo:
—¿Qué
es lo que ordenas, hermano?
—¡Que
cese la matanza!
El
Tigre de Malasia vaciló durante unos instantes y después repuso:
—¡Tienes
razón: salvemos a los supervivientes! ¡Esos hombres y sobre todo su comandante,
son unos héroes! ¡Rápido! ¡Al agua las chalupas!
CAPÍTULO
IV - SIR MORELAND
La
agonía del crucero había dado comienzo; y era una agonía terrible, espantosa.
Aquel
coloso, completamente envuelto en humo, agotaba inútilmente las escasas fuerzas
que le quedaban, tratando aún de asestar un golpe mortal al formidable
adversario que le había vencido y le disparaba los últimos tiros de su
artillería.
Aquella
espléndida nave, que sería probablemente la unidad más fuerte de la escuadra
del rajá de Sarawak, ya no era más que un informe montón de ruinas, que las
llamas iban devorando lentamente mientras que el agua la invadía por todas
partes para arrastrarla a los profundos abismos marinos.
Sus
flancos, hechos astillas por las granadas y los obuses del potente navío
americano, parecían cribas; sus amuras y mástiles ya no existían; sus baterías
no ofrecían refugio alguno a los últimos supervivientes.
Enormes
llamas irrumpieron a través de las escotillas y de las grietas de cubierta con
furioso ímpetu, y se alargaron espantosamente en medio de un inmenso fragor, y
lanzando al aire nimbos de chispas y densas nubes de humareda, que formaban
como un gigantesco toldo sobre el barco.
El
crucero se hundía poco a poco, cabeceando y, sin embargo, sus artilleros no
cesaban de disparar con las últimas piezas que todavía quedaban en batería y
sus fusileros, que habían quedado reducidos a menos de la mitad, hacían un
fuego vivísimo y saltaban como tigres a través de la cubierta invadida por las
llamas, animándose con salvajes hurras.
A
pesar del fuego de la nave semihundida, fuego mal dirigido a causa de la
excitación de los tiradores, la chalupa de vapor y las tres balleneras del Rey
del Mar habían sido echadas rápidamente al agua para recoger a los últimos
supervivientes en el momento en que el barco se fuese a pique.
Yáñez
tomó el marido de la barcaza, que tripulaban catorce remeros por falta de
tiempo para encender las calderas; Sambigliong mandaba la otra,
—¡Apresúrate,
Yáñez! —había gritado Sandokan.
Damna
y Surama, que habían subido a cubierta al ver que las llamas envolvían a la
desgraciada nave, gritaban:
—¡Sálvelos!
¡Sálvelos usted, señor Yáñez! ¡Que se ahogan!
Las
chalupas emprendieron rápidamente la marcha, dirigiéndose hacia el crucero. Los
pocos hombres que todavía quedaban sobre él, al ver que sus adversarios acudían
en su socorro, cesaron de disparar y empezaron a arrojarse al agua para escapar
de las llamas y evitar el peligro de volar por los aires cuando estallara el
buque.
La
barcaza fue la primera que llegó junto al crucero. Yáñez, sin hacer el más
mínimo caso del humo ni de la lluvia de chispas, subió rápidamente por la
escala que habían echado, y se lanzó hacía el puente de órdenes, seguido por
media docena de malayos.
Ante
todo quería salvar a sir Moreland, si es que le habían respetado las granadas
del Rey del Mar,
Iba
abriéndose paso por entre los fragmentos de toda clase y los cadáveres que
obstruían la cubierta, cuando de pronto hizo explosión la proa, arrojándolos a
todos en el agua.
El
golpe fue tan violento que Yáñez, que había ido a parar cerca de una de las
balleneras, se desvaneció. Afortunadamente, los malayos le vieron caer y
tuvieron tiempo de cogerle casi en el acto y de llevarle a la barcaza que se
había acercado.
Abierto
por la proa, el crucero se iba a pique rápidamente. Sambigliong y los hombres
de la chalupa que habían subido a bordo, descendían a toda prisa, conduciendo a
varios heridos que, con grandes riesgos, habían podido sustraer a las llamas.
La
nave se hundía. Desaparecieron sus amuras y las olas invadieron bruscamente la
cubierta, limpiándola desde popa a proa y apagando de golpe las llamas.
La
barcaza y las balleneras huían a fuerza de remos, mientras que en derredor del
buque se ensanchaba un gigantesco remolino.
La
bandera de Sarawak fue lo último que brilló, iluminada por el sol;
resplandecieron durante un instante sus colores y en seguida desapareció en el
abismo.
¡Todo
había concluido! El crucero descendía entre los mugidos del inmenso vórtice en
busca del insondable fondo del golfo.
Las
cuatro chalupas, que habían huido a tiempo de la succión ejercida por el buque
en su inmersión, que fue cubierto en el acto por una enorme ola que se
extendió, con mil ruidos, sobre la superficie del océano, regresaban
apresuradamente hacia el Rey del Mar, que aguardaba a quinientos metros de
distancia del lugar del desastre.
Las
aguas del golfo se llenaron de restos del barco hundido y de cadáveres. .
Cajas,
barriles y trozos de velamen flotaban en todas direcciones.
Sambigliong
se ocupaba en reanimar al portugués, mientras otros se afanaban en derredor de
un oficial joven, a quien habían salvado en el preciso momento en que el
crucero iba a desaparecer, y que parecía gravemente herido, pues llevaba la
chaqueta empapada en sangre.
Por
fortuna, Yáñez no había sufrido lesión alguna. Lo que le habla aturdido
principalmente fue la Imprevista voladura y el estallido de la explosión.
Efectivamente,
al primer sorbo de ginebra que le hizo beber el malayo, volvió en sí y abrió
los ojos.
—¿Cómo
se siente usted, señor Yáñez? —le preguntó, sobresaltado, Sambigliong.
—Estoy
medio deshecho; pero me parece que no se me ha roto nada —contestó el
portugués, tratando de esbozar una sonrisa —. ¿Y el barco?
—Se
ha ido a pique.
—¿Y
sir Moreland?
—Aquí
viene en la ballenera. Hemos podido salvarle por verdadero milagro.
Yáñez
se levantó sin necesidad de la ayuda del malayo.
El
joven comandante del crucero yacía en el fondo de la barcaza, con el pecho al
descubierto, muy pálido, manchado de sangre y con los ojos cerrados.
—¡Muerto!
—exclamó.
—No,
no está muerto; pero la herida que tiene en el costado debe de ser grave.
—¿Quién
le ha herido? —preguntó Yáñez con ansiedad —. ¿Tú, Sambigliong?
—¿Yo?
¡No, señor Yáñez! La explosión ha sido la que le ha puesto en este estado. Y
probablemente será algún casco de granada el que le haya producido la herida.
—¡Pronto!
¡A bordo!
—Ya
hemos llegado, señor Yáñez.
Las
cuatro chalupas abordaron al Rey del Mar cerca de la escala, que pendía desde
hacía ya algún tiempo.
Hicieron
sitio a la barcaza.
Dos
hombres cogieron con sumo cuidado al comandante de la nave hundida, que seguía
desvanecido y comenzaron a subir con grandes precauciones, seguidos por Yáñez y
catorce marineros del crucero, únicos supervivientes arrebatados a las olas.
Sandokan,
que con tanta impasibilidad había asistido a la destrucción del buque enemigo,
los esperaba en lo alto de la escala.
Al
ver al capitán y a los marineros del rajá, se quitó el turbante y dijo con voz
grave:
—¡Honor
a los valientes!
En
seguida estrechó en silencio la mano de Yáñez.
Damna,
que, junto con Surama, se hallaba a algunos pasos de distancia, muy pálida,
profundamente emocionada por la horrible escena que se había desarrollado ante
sus ojos, se adelantó hacía los marineros que transportaban al desgraciado
comandante.
—¿Ha
muerto? —preguntó con voz abogada.
—No
—contestó Yáñez —; pero según parece la herida es grave.
—¡Ay,
Dios mío! —exclamó la joven.
—¡Silencio!
—dijo Sandokan —. ¡Abrid paso al valor desgraciado! ¡Que lleven al comandante a
mi camarote!
Con
un gesto que no admitía réplica, detuvo a Damna y a Surama, y siguió a los
marineros hasta la cámara, acompañado por Yáñez y Tremal-Naik.
El
médico de a bordo, que era americano y que lo mismo que los maquinistas y los
cabos de cañón, había aceptado las proposiciones que le había hecho Sandokan
para que continuase en el barco hasta que terminase la campaña, acudió
inmediatamente.
—¡Venga
usted, señor Held! —le dijo Sandokan —. ¡Me parece que el comandante del
crucero está muy grave!
—Haremos
cuanto sea posible para salvarle —contestó el americano.
—Cuento
con la ciencia de usted.
Entraron
en el camarote, donde habían ya depositado a sir Moreland sobre el rico lecho
del pirata.
—Esperad
en el corredor hasta que yo os avise —dijo Sandokan a los dos marineros —, y
decid a los enfermeros que estén preparados para venir en cuanto se les llame.
El
médico desnudó completamente a sir Moreland. No tenía más que una herida en un
costado; pero era horrible,
El
proyectil que se la causó, probablemente un casco de granada, había magullado y
rasgado la carne, formando un hondo surco, que tenía más de veinte centímetros
de largo.
La
sangre se escapaba a borbotones por la herida, amenazando con desangrar
rápidamente a aquel desdichado,
—¿Qué
pina usted, señor Held? —preguntó Yáñez, mirándole como sí quisiera adivinar su
pensamiento.
—La
herida es más dolorosa que grave —respondió el médico —. Ha perdido mucha
sangre; pero este inglés es robusto.
—¿Puede
usted asegurarme que curará?
—Aseguro
a usted que no corre peligro la vida de este hombre.
Sandokan
permaneció unos momentos silencioso, mirando el cadavérico rostro del inglés;
después, y como si hablara consigo mismo, dijo:
—¡Es
mejor así! Ese hombre puede resultarnos útil algún día.
Iba
a salir de la habitación cuando el herido exhaló de pronto un profundo suspiro,
al que siguió un gemido ronco.
El
doctor habla puesto sus manos sobre la herida para unir sus bordes, y cuando
sintió aquella presión, el comandante del crucero se estremeció; después abrió
los ojos.
Echó
en derredor una mirada opaca, deteniéndola primero en el doctor y luego sobre
Yáñez, que estaba al otro lado de la cama.
Abrió
los labios y murmuró apenas con voz casi imperceptible:
—¡Usted!
—¡No
hable, sir Moreland, no hable! —dijo el portugués. ¡Se lo prohibe el doctor!
El
comandante hizo un gesto negativo con la cabeza, y haciendo acopio de todas sus
fuerzas, añadió con voz más clara, aunque muy fatigosa:
—Mi...
espada... está... en mi... barco...
—No
se la hubiera aceptado a usted, caballero —dijo Sandokan —. Lo que siento es
que se haya ido a pique con el barco y que por eso no pueda devolvérsela. ¡Es
usted un valiente y le estimo como se merece!
Haciendo
un heroico y supremo esfuerzo, el joven levantó su diestra y se la tendió a su
adversario, que la estrechó suavemente.
—¿Y
mis... hombres...? —volvió a decir sir Moreland, mientras su rostro se le
contraía de nuevo.
—Los
hemos salvado. ¡Pero basta! ¡No se fatigue usted!
—¡Gracias!
—murmuró el herido.
Se
desplomó y cerró los ojos nuevamente; había vuelto a desmayarse.
—¡Ahora
le toca a usted, doctor! —dijo Sandokan.
—No
dude que le cuidaré y que me tomaré tanto cuidado con él como si se tratase de
un hijo de usted. ¡A ver, que vengan los enfermeros!
Mientras
éstos entraban llevando desinfectantes, rollos de algodón fenicado y varios
frascos, Sandokan, con Yáñez y Tremal-Naik, subían lentamente la escalera y
volvían a la cubierta.
Damna,
que los esperaba en la puerta de la cámara, se acercó al portugués.
—¡Señor
Yáñez! —susurró, procurando que la voz le saliera firme.
El
portugués se quedó mirándola unos instantes sin contestar, y finalmente le
estrechó la mano en silencio.
—¿Se
salvará? —le murmuró con angustia Damna.
—Así
lo espero —repuso Yáñez —. ¿Te interesa mucho ese joven, Damna?
—¡Es
un valiente!
—¡Sí,
y algo más también!
—Si
se cura, ¿le retendrán ustedes prisionero?
—Veremos
qué es lo que decide Sandokan; pero es probable.
Damna
se alejó con Surama, que se había separado un poco, y Yáñez fue al encuentro de
Sandokan, que hablaba animadamente con Tremal-Naik.
—¿Qué
opinas de ese joven? —le preguntó.
—¿Es
el que mandaba el fuerte de Macrae?
—Sí
—contestaron a un tiempo Yáñez y Tremal-Naik.
—¡Pues
es un hombre valeroso! —dijo Sandokan —. Para nosotros ha sido una verdadera
suerte que haya caído en nuestras manos. Si el rajá tuviese medía docena tan
sólo de hombres como él, nos darían muchísimo quehacer. No debe de ser inglés
de pura sangre, es demasiado oscuro el color de su piel.
—Me
ha dicho que solamente su madre era inglesa —dijo Tremal-Naik —. Formaba parte,
según creo, de la marina inglesa. Eso me contó una noche. Tenía el grado de
teniente.
—¿Y
qué es lo que vamos a hacer con él? —preguntó Yáñez.
—Le
tendremos como huésped —contestó Sandokan —. Pudiera sernos útil el día menos
pensado. En cuanto a los demás prisioneros, haré que se embarquen en una
chalupa, y los dejaré en libertad para que se vayan a cualquier punto de la
costa.
—Y
ahora, ¿adónde diriges tus miras? —preguntó Tremal-Naik.
—Yáñez
y yo hemos trazado ya nuestro plan de guerra –repuso Sandokan —. Nuestro primer
y principal cuidado es no dejamos sorprender por la escuadra de Sarawak ni por
las inglesas. Seguramente que procurarán reunirse para deshacernos de un solo
golpe; pero sí encontramos el medio de tener carbón siempre que lo necesitemos,
con la velocidad que puede alcanzar el Rey del Mar, podemos reírnos del rajá y
también del gobernador de Labuán.
—Por
eso os aconsejo que, ante todo y sin dar tiempo a que se reúnan las dos
escuadras, deis un golpe de mano contra los depósitos de carbón que hay en la
boca del Sarawak —dijo Tremal-Naik.
—Precisamente
eso es lo que vamos a intentar —respondió Sandokan —. Después iremos a destruir
los depósitos que los ingleses poseen en la isleta de Mangalum. Una vez que
ellos no tengan posibilidad de abastecerse, nosotros quedaremos en condiciones
de superioridad con respecto a unos y a otros, y libres para arrojarnos sobre
las líneas de navegación y dar un golpe mortal al comercio de los ingleses con
el Japón y con China. ¿Aprobáis esta idea?
—Sí
—contestaron Yáñez y Tremal-Naik.
—Pero
además tengo otra idea —continuó Sandokan, después de un breve silencio —.
Tengo el proyecto de insurreccionar a los dayakos de Sarawak. Conservamos
todavía entre ellos muy buenos amigos, que son precisa, mente los que nos
ayudaron a derrotar a James Brook. Estando nosotros en el mar y aquellos
terribles cortacabezas a la espalda, ni el rajá ni el hijo de Suyodhana se
encontrarán seguramente muy a gusto.
—¿Crees
que el hijo del jefe de los thugs se hallará con el rajá?
—No
estoy seguro —respondió Sandokan.
—Ni
yo tampoco —añadió Yáñez.
—¿Has
enviado el Mariana a alguna parte? —preguntó el hindú.
—Nos
espera en el cabo Taniong—Datu, cargado de carbón, municiones y armas.
—¿Habrá
llegado ya?
—Eso
supongo.
—En
ese caso vamos a Sarawak.
CAPÍTULO
V - A LA CAZA DEL REY DEL MAR
Unos
minutos más tarde, los supervivientes del crucero eran embarcados en una
chalupa provista de víveres en abundancia para que pudiesen negar hasta Redjang
sin correr el riesgo de pasar hambre, Por su parte, el Rey del Mar se lanzó a
través del golfo de Sarawak con la proa puesta hacia el sur.
En
el mar reinaba una calma casi absoluta; sólo de tarde en tarde soplaba la
brisa, que en aquellas latitudes parece de fuego, y todos los veleros la temen
porque suelen quedarse casi inmóviles durante largas semanas. De tarde en
tarde, una anchísima ondulación que procedía del Este, engrosaba gradualmente,
y después de pasar bajo el crucero al que imprimía una brusca sacudida, iba a
perderse en la dirección opuesta.
Cuando
había pasado aquella enorme ola procedente de las lejanas costas de las islas
de Sonda, el océano volvía a recobrar su anterior inmovilidad.
En
ninguno de los cuatro puntos cardinales se vela buque alguno. En cambio,
abundaban los pájaros de los trópicos, voladores Incansables, que, a veces, se
encuentran a centenares de millas de la costa. Eran, en su mayor parte,
Priafinus ciscercus, especie de procelarios, los cuales —cosa verdaderamente
extraña — llevan casi siempre cogidos a las plumas del abdomen cangrejitos de
mar y pequeñísimos moluscos, obligándolos a vivir en el aire a pesar suyo. Sin
embargo, parece que no se encuentran muy a disgusto en aquellos viajes, aéreos,
porque no se advierte en ellos sufrimiento alguno.
De
vez en cuando aparecían entre dos aguas, a un metro escaso de profundidad,
largas filas de magníficas medusas en forma de paraguas transparentes, que se
dejaban transportar blandamente por el flujo y el reflujo. Otras veces
marchaban delante del barco, rápidos como flechas, los Prontoporsas, que son
los delfines más pequeños de la especie, armados con un pico larguísimo y las
espléndidas doradas, cuyas escamas parecen pintadas de azul y oro, enemigos
terribles de los peces voladores, y que cuando van a morir pierden sus colores
y se vuelven grises.
El
Rey del Mar bogaba rápidamente; hacía más de doce nudos y marchaba en línea
recta hacia la costa de Sarawak, con objeto de destruir los depósitos de carbón
de la escuadra del rajá.
Era
realmente un barco soberbio, dotado de extraordinarias cualidades marineras, a
pesar de su coraza, de sus torres y de su artillería; en suma, un corsario
completamente moderno: el único probablemente que podía atreverse a emprender
aquella audaz correría contra la poderosa flota inglesa, sin hallar un puerto
en que poder refugiarse.
—Y
bien, Tremal-Naik —dijo Sandokan, que salía en aquel momento a la cubierta,
después de haber hecho una ligera visita a sir Moreland —; ¿qué me dices de
nuestro Rey del Mar?
—Que
es el crucero mejor y el más poderoso que he visto: ¡una verdadera maravilla!
—contestó —el hindú, visiblemente entusiasmado.
—Sí,
los americanos son magníficos constructores. Hace veinte años tenían que
recurrir al extranjero para crear su propia escuadra, y ahora tienen mejores
astilleros que nadie. En la actualidad, sus navíos son sólidos y poderosos. Con
éste, yo te aseguro que hemos de proporcionarles muchos dolores de cabeza a
nuestros enemigos.
—¿Y
si Inglaterra te echase encima los mejores barcos de su marina? ¿Has pensado en
eso, Sandokan?
—Los
haremos correr, querido —contestó el Tigre de Malasia —. El océano es muy
grande y nuestro buque el más veloz. Además, habrá transportes ingleses a
quienes podamos atacar y privar de combustible. No creas que tengo la
presunción de poder sostener indefinidamente esta lucha; pero antes de que
llegue el día en que, por una u otra causa, deba terminarse, habremos causado a
nuestros enemigos daños tan grandes, que lamentarán habernos arrojado de
nuestra isla.
Encendió
su magnífico narguillé, se cogió a un brazo del hindú, y después de haber
paseado durante algunos minutos desde la rueda del timón hasta la torre de
popa, dijo:
—¿Sabes
que el capitán va mejorando?
—¿Sir
Moreland? —preguntó Tremal-Naik.
—Sí,
a pesar de lo horrible de la herida, tiene una fiebre muy ligera, El señor Held
está asombrado, y yo creo que con razón. ¡Qué fibra tan magnífica tiene ese
hombre!
—¿Te
ha reconocido?
—Sí,
—Debe
de haberse quedado estupefacto al verse en nuestras manos. Seguramente que no
creía que iba a encontrarse tan pronto con sus antiguos prisioneros. ¿Duerme?
—Sí,
y muy tranquilamente por cierto.
—¿No
te estorbará ese hombre?
—Pudiera
suceder que sí; pero tengo algunos proyectos acerca de él.
—¿Cuáles?
—Todavía
no lo sé —dijo Sandokan —, Ya pensaré en que podrá sernos útil, Ante todo
procuraremos hacernos amigos suyos. Yo creo que nos debe algún reconocimiento
por haberle salvado de la muerte.
—Adivino
lo que piensas —dijo Tremal-Naik —; esperas que te proporcione algunas noticias
acerca del hijo de Suyodhana.
—Pues
sí, realmente —confesó Sandokan —, Combatir a un enemigo desconocido que no se
sabe dónde se encuentra ni qué está tramando, es para inquietar a cualquiera.
¡Bah! Un día u otro saldrá del misterio en que se envuelve y se nos mostrará, y
ese día el Tigre devorará también al tigrecito de la India.
En
aquel momento apareció el doctor Held en la puerta de la cámara,
El
americano que, como hemos dicho, habla aceptado las proposiciones que le
hiciera Sandokan, las cuales podían costarle la vida, era un arrogante joven de
veintiséis o veintiocho años, de estatura elevada, delgado, de mirada
inteligente, frente amplia, rostro tan rosado como el de una jovencita, y
llevaba la barba rubia cortada en punta.
—¿Qué
nos dice usted, señor Held? —le preguntó Sandokan, yendo solícitamente a su
encuentro.
—Que
ya puedo responder de la curación del prisionero —respondió el médico —; dentro
de quince días tendremos a nuestro hombre perfectamente bien. ¡Esos angloindios
tienen una piel muy dura!
La
conversación fue interrumpida por la campana que anunciaba la comida.
—¡A
la mesa, de lo contrario, Yáñez se impacientará! —dijo Sandokan.
Mientras
tanto, el Rey del Mar continuaba su marcha hacía el Suroeste.
El
océano continuaba desierto, pues la zona que recorría el barco apenas era
frecuentada por veleros y vapores, los cuales remontaban generalmente más al
Norte o más al Sur, unos para evitar las zonas de calma absoluta y los otros
los bancos submarinos, que abundan extraordinariamente en las —cercanías de las
costas de Borneo.
De
vez en cuando bandadas de volátiles se posaban en las cofas de los mástiles y
tomaban posesión de ellas, permitiendo que los marineros se les acercasen sin
demostrar por ello la menor inquietud.
Aquellos
pájaros pertenecían a la especie de las aves procelarias gigantes, de plumas
oscuras, llamados quebrantahuesos. Son pescadores empedernidos y poseen un pico
tan agudo y tan fuerte que les permite hacer frente a los peces de mayores
dimensiones, a los cuales matan hiriéndoles en la cabeza,
También
algún que otro magnífico albatro solía revolotear en torno de la nave, el cual
saludaba a la tripulación lanzando su peculiar gruñido, muy semejante al de un
cerdo, y atravesaba la toldilla sin apresurarse, a pesar de los tiros que le
disparaban los malayos.
Como
caza, esos pájaros son detestables; porque sí bien miden de punta a punta de
sus alas tres metros y medio, su cuerpo no llega a pesar más allá de ocho o
diez kilogramos sin contar, además, conque su carne es coriácea y se halla
impregnada de un olor desagradable.
Cuando
se les ve en el aire, son dignos de admiración por su vuelo maravilloso.
Durante algunos instantes permanecían casi inmóviles encima del crucero,
haciendo vibrar de una manera apenas perceptible sus gigantescas alas; en
seguida partían como rayos, se abatían sobre el mar y en un abrir y cerrar de
ojos pescaban pequeños cefalópodos y calamares, que son su comida preferida
No
faltaban presas para aquellos avidísimos volátiles porque las agrias de esa
parte del océano son extraordinariamente ricas en pescados, cosa que contentaba
también a los marineros, que se las ingeniaban para cogerlos, a pesar de la
velocidad con que marchaba el buque, utilizando para ello pequeñas redes.
Luego, la pesca servía para aumentar el menú de a bordo.
Por
otra parte, bogaban casi en la superficie bandadas de doradas, delfines
pequeños y serpientes de mar de un metro de largo, de forma cilíndrica, piel
oscura y negra, y cola amarilla; también flotaban multitud de trotones,
pescados tan extraños, que casi siempre navegan con el vientre hacia arriba, y
que se hinchan a placer hasta tomar la forma de una bola.
Los
trotones subían a millares desde las profundidades del océano, mostrando las
agudas espinas que los recubren por completo, y que les proporcionan una gran
semejanza con los erizos terrestres; pero sus colores son diferentes, pues los
hay blancos, violáceos y manchados de negro. Por en medio de los trotones y con
los tentáculos extendidos para aprovechar el menor soplo de aire, desfilaban
largas hileras de nautilos.
De
vez en cuando un movimiento de terror dispersaba a tantos habitantes del océano
tropical. Las doradas desaparecían precipitadamente; los trotones se
desinflaban con gran rapidez y se dejaban ir al fondo; los nautilos replegaban
sus tentáculos, volvían su concha en la que navegaban como en pequeños barcos y
se sumergían.
Todo
aquello era debido a que aparecía en medio de ellos un enemigo terrible, de
voracidad insaciable, que abría su formidable boca, erizada de unos dientes tan
agudos como los de los tigres: ese enemigo es el charcharios, un pez—perro de
cinco o seis metros de largo. Su imprevista aparición sembraba el terror. El
charcharios es temido incluso por el hombre.
Con
la rapidez del relámpago se tragaba los peces que se hablan retrasado un
instante en su huida: luego desaparecía en seguida, precedido siempre por su
piloto, que es un lindísimo pescadito de piel azul y púrpura, con estrías
negras, de unos veinticinco centímetros de largo, y que sirve de guía a su
terrible patrono y protector.
Una
vez el peligro había desaparecido, volvían a reaparecer las doradas
jugueteando, los trotones subían a la superficie convertidos de nuevo en una
bola, y las espléndidas conchas ribeteadas de nácar de los nautilos,
enderezaban de nuevo sus ocho tentáculos, ligeramente redondeados por las
puntas.
Yáñez
y Sandokan entraron hacia el anochecer en el camarote donde estaba el
angloindio, y comprobaron con satisfacción que el herido se encontraba bastante
mejor que por la mañana.
La
fiebre casi había desaparecido y la herida, sabiamente cuidada por el hábil
americano, apenas sangraba.
Cuando
entraron, sir Moreland estaba hablando con voz bastante clara con el señor
Held, y le pedía noticias acerca del poder del buque corsario.
Cuando
los vio entrar, el angloindio hizo un esfuerzo para sentarse; pero Sandokan se
lo impidió con un gesto.
—No,
sir Moreland –dijo —, está usted demasiado débil y por ahora debe abstenerse de
hacer el más mínimo esfuerzo. ¿No es cierto, mi querido Held?
—Podría
volver a abrirse la herida —contestó el doctor —. Ya sabe usted, sir, que le he
prohibido todo movimiento.
El
prisionero tendió la mano al médico, a Yáñez y a Sandokan y les dijo:
—Muchas
gracias, señores, por haberme salvado; aun cuando yo hubiera preferido irme a
pique con mi barco en compañía de mis desgraciados marineros.
—Un marinero
siempre tiene mil ocasiones de morir — contestó Yáñez, sonriendo —. Todavía no
ha concluido la guerra, puesto que para nosotros apenas ha comenzado.
Una
nube oscureció la frente del angloindio.
—Yo
creía que había terminado la misión de ustedes con el rescate de aquella
jovencita y de su padre.
—Para
eso no hubiese comprado yo un barco del poder de éste —dijo Sandokan —; con mis
praos me hubiera bastado.
—¿De
modo que continuarán ustedes haciendo el corso?
—Indudablemente;
mientras haya un solo hombre y un solo cañón disponibles.
—Les
admiro a ustedes, señores; pero imagino que esas correrías van a terminar
pronto. El rajá e Inglaterra les perseguirán con sus escuadras. ¿Cómo van
ustedes a poder resistir tales ataques? Les faltará a ustedes el carbón y se
verán en la precisión de rendirse o de hacerse echar a pique después de una
resistencia inútil.
—¡Ya
lo veremos!
Sandokan
cambió bruscamente de tono y le preguntó:
—¿Cómo
se encuentra usted, sir Moreland?
—Relativamente
bien; el doctor me ha asegurado que dentro de unos días podré levantarme.
—Tendré
un gran placer en verle a usted paseando por el puente de mi barco.
—¿De
modo —dijo sonriendo el angloindio — que cuentan ustedes con retenerme
prisionero?
—Aunque
quisiera devolverle la, libertad, no podría hacerlo en este momento, porque
estamos muy lejos de la costa.
—¿Vamos
hacia el Norte?
—No,
sir Moreland; al contrarío: vamos hacía el Sur. Tengo ganas de ver la boca del
Sarawak.
—Lo
comprendo perfectamente, Pretenden ustedes asaltar los depósitos de carbón del
rajá.
—Todavía
no lo sé,
—Señor
Sandokan, si usted me lo permite, desearía que me explicara usted una cosa.
—Hable
usted, sir Moreland —contestó el Tigre de Malasia —, Después, si a su vez me lo
permite usted, le liaré algunas preguntas.
—Lo
que deseo saber es por qué ha envuelto usted también en esta guerra al rajá de
Sarawak.
—Porque
estamos convencidos de que es el protector del hombre misterioso que ha lanzado
contra nosotros a los ingleses de Labuán, y que en un mes tan sólo nos ha
causado tantos perjuicios.
—¿Y
quién es ese hombre?
Sandokan
clavó en el angloindio una agudísima mirada, como si quisiera leer en el fondo
de su corazón y después dijo:
—Es
imposible que usted, que pertenece a la marina del rajá, no le haya conocido.
Sir
Moreland permaneció silencioso durante algunos instantes.
—No
—dijo finalmente —, no he visto nunca al hombre a quien usted alude. Sin
embargo, he oído contar que un individuo misterioso que, según parece, posee
riquezas fabulosas, ha visitado al rajá, poniendo a su disposición hombres y
barcos para vengar a James Brook.
—Un
indostano, ¿no es cierto?
—No
lo sé —contestó sir Moreland —, porque no lo he visto jamás.
—¿Y
ese hombre ha sido el que ha lanzado contra nosotros al rajá y a los ingleses?
—Así
me lo han contado.
—¿El
hijo de un jefe famoso de los thugs de la India?
—Eso
no lo sé.
—¿Quiere
medirse con los tigres de Mompracem?
—Y
según creo, está seguro de vencerlos.
—¡Caerá,
como cayó su padre y como ha caído toda su secta! —dijo Sandokan.
En
los negros ojos del angloindio brilló un relámpago. De nuevo quedó silencioso,
como si un pensamiento repentino le turbase; después dijo:
—¡El
porvenir lo dirá!
Y
cambiando bruscamente de conversación, preguntó:
—¿Siguen
a bordo aquel indostano y su hija?
—Ya
no nos separaremos de ellos, porque su suerte está ligada a la nuestra
—contestó Sandokan.
Sir
Moreland lanzó un suspiro y dejó caer la cabeza sobre la almohada.
—Descanse
usted tranquilo —le dijo Sandokan —. Esta noche no sucederá nada,
Salid
del camarote acompañado por Yáñez, y ambos subieron a la cubierta; Surama y
Damna estaban tomando el fresco y charlando con Tremal-Naik.
Al
ver a Yáñez, Damna se apresuró a interrogarle con la mirada.
—¡Todo
va bien! —le susurró el portugués, con su acostumbrada sonrisa.
—¿Podré
visitarle?
—Mañana
nada te impedirá que lo hagas sí...
Un
grito del vigía instalado en la cofa del trinquete le cortó la frase,
—¡Humo
en el horizonte! ¡Al Oeste!
Aquel
grito hizo ponerse en pie de un salto a Sandokan, que acababa de tomar asiento
al lado de Tremal-Naik, y toda la tripulación corrió a la cubierta.
Sobre
el cielo, todavía iluminado por el sol, que no había terminado de ocultarse, se
elevaba una sutilísima columna de humo que se destacaba perfectamente en la
límpida y tranquila atmósfera.
—¿Será
algún barco de guerra que venga en busca de nosotros —preguntó Yáñez — o un pacífico
vapor, que vaya con rumbo a Sarawak?
—Más
bien creo que sea un barco de guerra —dijo Sandokan, que había dirigido el
anteojo hacía aquella mancha de humo —. ¡Ah! Parece que se aleja hacía el
Oeste: el humo se ha replegado hacia nosotros.
—¿Creéis
que nos haya descubierto? —preguntó Tremal-Naik, que se había reunido con
ellos.
—Igual
que nosotros nos hemos dado cuenta de su presencia, lo mismo puede haberles
sucedido a ellos; habrán visto el humo de nuestro barco.
—Tengo
una sospecha —dijo Yáñez.
—¿Cuál?
—Que
sea un barco explorador.
—Es
posible, Yáñez —contestó Sandokan.
—¿Y
qué es lo que piensas hacer?
—Seguirle
a distancia. Mañana al amanecer nos pondremos en su persecución, y tanto peor
para él si pertenece a la escuadra del rajá o de Labuán. Pasaremos la noche en
la cubierta.
Las
sombras de la noche caían rápidamente, y las tinieblas impidieron que pudiera
seguirse viendo aquel penacho de humo; pero el Rey del Mar había puesto la proa
a Poniente para seguirle en su ruta.
Estaba
seguro de poder alcanzarle con sus poderosas máquinas antes de que amaneciese,
y de capturarlo o de echarlo a pique con su formidable artillería.
Se
acordó que permaneciese sobre cubierta la guardia franca, como medida de
precaución, pues podría darse el caso de que, durante la noche, ocurriesen
graves acontecimientos.
—¡A
doce nudos! —ordenó Sandokan —. ¡Le seguiremos de cerca!
La
noche era espléndida; una verdadera noche de los trópicos, llena de fascinación
y de encantos, como tan sólo puedan darse en aquellas regiones de calma casi
perpetua.
A
pesar de que el sol había desaparecido ya desde hacia algunas horas, parecía
como si hubiera dejado tras de sí un rastro de luz, porque la oscuridad no era
completa en el firmamento. Una vaga claridad, una transparencia increíble
reinaba allá arriba, proyectándose en las aguas del océano, y permitía que los
marineros de cuarto pudieran ver a larga distancia.
Las
aguas parecían, a trechos, como si fuesen de fuego. Desde los profundos abismos
marinos subían las medusas a legiones, y las magníficas anémonas abrían y
extendían sus brillantes corolas rosáceas, blancas, azules, amarillas y
violeta, ondeando blandamente sus franjas fulgurantes.
En
medio de aquellas oleadas de luz submarina se deslizaban de vez en cuando
grandes monstruos que esparcían el terror y la confusión entre los moluscos.
Unas
veces eran charcharios, escualos hambrientos y siempre peligrosos; otras eran
gigantescos calamares con pico de papagayo, ojos glaucos y fijos y los
tentáculos cubiertos de ventosas. En cambio, en otras ocasiones aparecía sobre
la superficie una masa gigantesca, lanzaba a lo alto chorros enormes y volvía a
caer con un golpe sordo y profundo.
Era
un ballenato con el dorso negro y verdusco, de unos quince metros de longitud;
cetáceo bastante común en los mares tropicales, a pesar de la encarnizada
persecución con que los acosan los barcos balleneros.
Aun
cuando el día había sido bastante fatigoso y, por lo menos en apariencia, no
amenazaba ningún nuevo peligro al buque, Sandokan y Yáñez no se retiraron a
dormir. Y no era, ciertamente, para gozar de aquella magnífica noche, ni para
admirar los fulgores de las anémonas, espectáculo, por otra parte, al que ya
estaban habituados los antiguos navegantes de los mares de Malasia.
Un
secreto temor les retenía en el puente. Paseaban con cierto nerviosismo,
deteniéndose con frecuencia para mirar hacia Poniente.
Aquel
humo les preocupaba mucho, pues temían que fuese el de un barco destacado de
alguna escuadrilla.
—¿Has
visto algo? —preguntó Yáñez a Sandokan, a eso de la medianoche, al ver que se
detenía por enésima vez y dirigía el anteojo hacia el Oeste.
—Juraría
que hace algunos minutos había visto brillar un punto blanco muy luminoso en la
dirección por donde desapareció el penacho de humo —contestó, pensativo, el
Tigre.
—¿Sería
el farol del trinquete de ese barco, o una estrella?
—No,
Yáñez, ni una cosa ni otra.
—¿Crees
que no nos andará buscando la escuadra de Labuán? Ten por seguro que no
permanecerá tranquilamente en el puerto de Victoria, después de nuestra
declaración de guerra. Pero con la velocidad que podemos alcanzar, no nos será
difícil dejarla a nuestras espaldas.
—Y
el carbón se nos acabará muy pronto —contestó Sandokan —; nuestras carboneras
están ya medio vacías.
—Las
llenaremos por cuenta del rajá.
—Si
podemos llegar hasta la boca del Sarawak.
—¿Qué
es lo que temes?
Sandokan
no respondió. Continuaba mirando siempre hacia el Poniente, recorriendo con la
vista toda la línea del horizonte.
De
pronto bajó el anteojo.
—¡Un
relámpago! —dijo.
—¿Dónde,
Sandokan?
—Ha
brillado en la dirección que tomó aquel barco.
Me
parece que ha sido un relámpago de luz eléctrica.
—Sí,
señor —afirmó el americano Horward, que había salido un momento de la sala de
máquinas —. También yo lo he visto.
—Entonces,
¿ese barco estará comunicándose con otro? —preguntó Yáñez.
—Eso
es lo que temo —respondió Sandokan —. Afortunadamente, el horizonte está muy
claro y en seguida podemos distinguir al enemigo.
—Señor
Horward, hágame usted el favor de dar orden en la máquina para que fuercen la
marcha a catorce nudos. Tengo curiosidad de saber quién es el que puede navegar
con nosotros.
Acababa
de transmitir la orden al americano, cuando volvió a brillar de nuevo un
relámpago en la dirección del primero. Una lámpara eléctrica de gran potencia
había proyectado sobre el océano un amplísimo haz luminoso.
Un
instante después, una sutil columnilla de humo se elevó en el horizonte.
—¡Un
cohete! —dijo Yáñez —. Se trata de dos barcos que se comunican entre sí, y uno
~ de ellos debe de ser el que huyó al acercarnos nosotros. Está indicando el
rumbo que llevamos. .
—Señor
Sandokan —dijo el americano — si no me engaño, veo deslizarse por el océano un
punto negro. Ahora atraviesa una franja de agua fosforescente.
—¡Un
punto! Entonces no puede tratarse de un barco.
—Y a
lo que parece, marcha con una velocidad extraordinaria.
—¿Será
alguna chalupa de vapor?
Asestó
nuevamente el anteojo y lo mantuvo en posición horizontal durante algunos
minutos. El punto negro, que se agrandaba rápidamente, había atravesado la zona
fosforescente, confundiéndose con el color oscuro del agua; pero se acercaba a
otra formada por millares de nautilos, anémonas y medusas.
—Me
parece una gran chalupa de vapor —dijo Sandokan —, y no está a más de dos mil
metros de distancia. ¡La enviaremos a que haga compañía a las medusas!
¡Nostramo Sloher!
CAPÍTULO
VI - LOS MISTERIOS DE SIR MORELAND
Un
viejo cabo de cañón, de larga barba canosa y espaldas cuadradas se adelantó,
marchando con ese peculiarísimo balanceo de los viejos lobos de mar.
—El
capitán que nos ha vendido este barco me ha dicho que eres un artillero famoso
—dijo Sandokan, mientras el nostramo se quitaba de la boca un pedazo de cigarro
que estaba masticando, después de lo cual saludó gravemente.
—Los
ojos todavía los tengo buenos, comandante —contestó el viejo.
—¿Serías
capaz de enviar una bala a aquel curioso que trata de aproximarse a nosotros?
Si le alcanzas y le echas a pique, tendrás cien dólares de premio.
—No
necesito más, comandante, sino que mande usted detenerse al Rey del Mar durante
unos cinco minutos.
—Te
pido un tiro de maestro.
—¡Probaremos,
comandante!
El
punto negro, que se había convertido ya en una raya muy visible, entraba
entonces en la segunda zona fosforescente.
—¿Lo
ves? —le preguntó Sandokan.
—Debe
de ser una de esas máquinas que han inventado mis compatriotas y que llevan un
torpedo fijo en el asta –dijo el viejo —. Si se acercan son peligrosos.
—¡A
tu puesto!
Yáñez
había dado la orden de echar atrás.
El
Rey del Mar anduvo todavía unos doscientos metros, a pesar de que la hélice
funcionaba en sentido contrario; en seguida se detuvo y conservó una
inmovilidad absoluta, pues el océano estaba como una auténtica balsa.
El
cabo de cañón se había colocado ya detrás de una de las grandes piezas.
En
la toldilla de la nave reinaba un silencio profundo. Todos esperaban aquel
disparo llenos de ansiedad, y tenían fijos los ojos en la chalupa, la cual
bogaba a todo vapor por enmedio de la fosforescencia, aunque procuraba
acercarse al crucero sin ser descubierta.
De
repente rompió el silencio un grito que salió de la torre:
—¡Pronto!
La
pequeña embarcación de vapor se encontraba en aquellos instantes a unos mil
quinientos metros de distancia del Rey del Mar. Su casco negro se dibujaba
claramente sobre la luminosa superficie de las aguas.
Retumbó
una detonación y un relámpago iluminó al mismo tiempo las tinieblas.
Durante
algunos instantes se oyó por el aire un ronco silbido, que fue debilitándose
rápidamente. El proyectil de buen calibre se alejaba rozando las ondas.
De
repente resonó otra detonación a larga distancia. En la chalupa torpedera se
elevó una llamarada, seguida de un haz de chispas.
Casi
en el mismo momento se apagó bruscamente la fosforescencia. Los nautilos, las
medusas y las anémonas, asustados por aquel estruendo, desaparecieron
prontamente en las misteriosas profundidades del mar.
—¡Tocada!
—gritó Sandokan.
Un
grito de triunfo estalló a bordo del crucero. El veterano artillero, con aire
risueño, se adelantó hacia Sandokan.
—Comandante
—le dijo —, he ganado mis cien dólares.
—¡No,
doscientos! —replicó el Tigre de Malasia.
Luego
dio algunos pasos hacia adelante, exclamando:
—¡Lo
sospechaba! ¡Está bien! ¡Os haré correr!
Algunos
puntos luminosos, que apenas se distinguían, aparecieron en el horizonte un
momento después de la inmersión de los moluscos fosforescentes.
Para
los avezados ojos de aquellos marinos, envejecidos sobre el océano, no eran
estrellas, sino faroles de barco; y probablemente, barcos de guerra lanzados
sobre la pista del Rey del Mar.
—¿Será
la escuadra del rajá o la de Labuán? —había preguntado Yáñez.
—Me,
parece que esos barcos vienen del Septentrión —contestó Sandokan —. Apostaría a
que la escuadra inglesa trata de reunirse con la de Sarawak. Alguien ha debido
decirles que estamos recorriendo estos mares, y se han dedicado a perseguirnos.
—Eso
destruye nuestros proyectos.
—Es
cierto, Yáñez, porque nos veremos forzados a huir hacia el norte. El Rey del
Mar es poderoso; pero no tanto que pueda hacer frente a una escuadra.
—¿Qué
es lo que te propones hacer?
—Dejar
para una ocasión más oportuna la destrucción de los depósitos de carbón de
Sarawak, y remontarnos hasta el cabo Taniong—Datu, con objeto de encontrar al
Mariana, y en seguida echarnos sobre las líneas de navegación antes de
proveernos de combustible en Monzalm. En cuanto la escuadra vaya a buscarnos a
los parajes de Labuán, volveremos para ajustar las cuentas al rajá y al hijo de
Suyodhana.
—¡Has
nacido para ser un gran almirante! —dijo Yáñez, riendo.
—¿Apruebas
mí proyecto?
—Por
completo. ¿Y el Mariana?
—Le
enviaremos a la boca del Redjang para que nos espere allí, y encargaremos que
armen a nuestros amigos los dayakos.
—¡Ahora
boguemos pronto, hermanito! ¡Los barcos se aproximan!
—¡Señor
Horward! —gritó Sandokan —. ¡A toda máquina!
—Iremos
a tiro forzado, comandante —contestó el americano.
El
Rey del Mar había vuelto a emprender su carrera. Montones de carbón llovieron
sobre los hornos, y las máquinas funcionaron de un modo rabioso, imprimiendo al
casco un sonoro trepidar.
Todos
habían subido a cubierta, incluso Damna y Surama. Podía darse el caso de que de
un instante a otro se encontrara el crucero con algún buque destacado en
exploración hacia Levante, y todos querían estar dispuestos para la lucha.
Sin
embargo, en aquella dirección no se veía brillar ninguna luz.
Sandokan,
Yáñez y Tremal-Naik, de pie en el puente de órdenes, miraban con gran atención
los puntos luminosos que ahora parecían haber cambiado de posición. Era que los
comandante de los buques ingleses, al darse cuenta de que el corsario huía
hacia el Norte, cambiaron de rumbo con la esperanza de capturarle.
Pero
la distancia entre ambos, en lugar de disminuir, aumentaba de minuto en minuto
y, aun cuando forzaban la máquina, aquellos barcos no podían navegar a la misma
velocidad que el corsario.
Después
de una carrera furiosa que duró más de una hora, los puntos luminosos fueron
haciéndose casi invisibles.
—Creo
que ya es tiempo de que volvamos a tomar de nuevo nuestro rumbo hacia el
Noroeste —dijo Sandokan a Yáñez —. Los ingleses continuarán su persecución
siempre hacia el Norte.
Mandó
apagar todos los faroles, y el Rey del Mar, después de describir una gran
curva, se dirigió otra vez hacia el Noroeste.
La
maniobra obtuvo el resultado que se esperaba, puesto que, durante algunos
minutos se vio brillar los faroles de los otros barcos en los confines del
horizonte, y luego desaparecieron en seguida.
—¡Vamos!
–dijo Yáñez muy satisfecho —. ¡Todo va bien! ¡Creo que podemos irnos a dormir
durante algunas horas! ¡Nos hemos ganado el descanso!
Cuando
despuntaba el día, el mar estaba completa mente desierto. No se veía más que a
los pájaros marinos revoloteando sobre las olas que agitaba la brisa matutina.
El
Rey del Mar había reducido su marcha a ocho nudos. A cada momento que pasaba se
hacía más preciado el combustible.
Sandokan
subió a cubierta, coincidiendo con los primeros rayos del sol. Todavía estaba
algo inquieto, aunque ya no abrigaba la menor duda respecto al resultado
obtenido con la maniobra de la noche anterior.
—Les
hemos engañado completamente —dijo Yáñez, que, acompañado de Damna, se había
reunido con él —. Llegaremos hasta el cabo Taniong sin que tengamos ningún mal
tropiezo. A propósito, ¿qué habrá pensado sir Moreland del cañonazo que hemos
disparado esta noche?
—Me
dijo el doctor Held que se había sobresaltado mucho por temor de que hubiéramos
echado a pique algún barco —contestó Yáñez.
—Vamos
a verle.
—¿Me
permiten ustedes que vaya yo también? —preguntó Damna.
—No
veo ningún inconveniente —respondió Sandokan —. Por el contrario, él se
alegrará de volver a ver a su bella prisionera. ¡Vamos, muchacha!
—Esa
visita le producirá mucha alegría... y a ti también —añadió Yáñez en voz baja,
acercándose a la joven.
Cuando
entraron en el camarote, sir Moreland ya había despertado y estaba charlando
con el médico.
Cuando
vio a Damna, que iba detrás de Sandokan y de Yáñez, la mirada del angloindio se
animó vivamente, y por algunos instantes no pudo apartar los ojos de la joven.
—¡Usted,
señorita! –exclamó —. ¡Qué feliz me hace el volver a verla!
—¿Cómo
se encuentra usted, sir Moreland? —preguntó Damna, ruborizándose.
—¡Oh!
La herida va cicatrizándose rápidamente; ¿no es verdad, doctor?
—Dentro
de ocho o diez días estará cerrada por completo —respondió el americano —. Es
una curación verdaderamente milagrosa.
—Hubiera
preferido no verle herido, sir Moreland —dijo Damna.
—Entonces
no me hubiera visto usted aquí —respondió el angloindio. Me hubiera dejado
hundir con mi barco al lado de la bandera de mi patria.
—Pues
me alegro de que hayan podido salvarle de la muerte.
El
joven capitán la miró sonriendo y después dijo:
—Muchas
gracias, señorita; pero...
—Pero,
¿qué? ¿Qué es lo que quiere usted decir, sir Moreland?
—Que
también estaría yo más contento si hubiera salvado mi buque y mis marineros.
¡Ah señorita, no esperaba que fuese derrotado por los protectores de usted de
un modo tan desastroso! Y, sin embargo, puede usted creerlo, no lamento mi
prisión.
—Sir
Moreland —dijo Sandokan —, ¿no sabe usted que esta noche pasada por poco nos
sorprenden los barcos ingleses?
—¿La
escuadrilla de Labuán? —preguntó, emociona, do, el herido.
—Supongo
que seria ella; pero hemos logrado engafiarla y aludir con facilidad el
peligro.
—No
imagine usted que siempre haya de tener la misma fortuna —dijo el angloindio.
Un día cualquiera, probablemente el menos pensado, se encontrará delante de un
hombre que no le dará cuartel.
—¿Alude
usted al hijo de Suyodhana? —preguntó Sandokan.
—No
puedo darle más explicaciones. Es un secreto que no puedo violar —contestó el
angloindio.
—No
puede ser ningún otro salvo él —dijo Yáñez —, aun cuando haya afirmado usted
que no sabía nada de ese obstinado y misterioso adversario.
Sir
Moreland pareció no haber oído a Yáñez; estaba mirando a Damna con expresión de
angustia.
Sandokan,
Yáñez y la joven permanecieron hablando todavía durante algunos minutos en el
camarote, cambiando algunas palabras con el médico.
Pero
antes de que la joven se marchara, sir Moreland le dijo, mirándola con cierta
tristeza:
—Señorita,
espero que volveré a verla pronto, y que no me mirará usted siempre como a un
enemigo.
En
cuanto la joven hubo salido, el angloindio, que había permanecido largo tiempo
sentado, mirando fijamente a la puerta del camarote y con los brazos cruzados
sobre el pecho en actitud pensativa, dijo al doctor, después de lanzar un
profundo suspiro:
—¡Qué
cosa tan triste es la guerra! ¡Siembra el odio, incluso entre corazones que
podían latir al unísono, animados por un mismo afecto!
—Y
el de usted hubiera latido mucho, ¿verdad, sir Moreland? —dijo el americano,
sonriendo.
—¡Sí,
doctor! ¡Lo confieso!
—Por
la señorita Damna, ¿no es eso?
—¿Por
qué he de ocultarlo?
—Es
una joven muy bella y muy animosa, digna de su padre y de usted.
—¡Y
que nunca será mía! —dijo sir Moreland, con acento extraño —. ¡El destino ha
abierto entre nosotros y sin que en ello tengamos la menor— culpa, un abismo
que nada logrará salvar!
—¿Por
qué motivo? —preguntó el doctor Held, asombrado por el tono con que había
hablado el herido, y en el cual parecía advertirse una gran angustia y un odio
profundo —. Estos hombres son enemigos del rajá y de los ingleses; pero no de
usted.
Sir
Moreland miró al americano sin contestarle; pero su rostro tenía una expresión
tan terrible, que le llamó vivamente la atención.
—Cualquiera
diría que en la vida de usted hay algún secreto —dijo el americano.
—¡Maldigo
al destino, eso es todo! —contestó el joven con voz sorda.
Luego,
cambiando de tono, preguntó bruscamente:
—Doctor,
¿adónde nos conduce el comandante?
—Por
ahora vamos hacía el Noroeste.
—¿A
Sarawak? ¿Querrá desembarcarme?
—Qué,
¿lo sentirla usted?
—Tal
vez sí.
—¿Por
alejarse de la señorita Damna?
—Por
otros motivos más graves —contestó el angloindio.
—¿Cuáles
si no es una indiscreción mi pregunta?
—Porque
el rajá me enviará de nuevo contra ustedes, y probablemente me estará reservado
asestarles un golpe mortal y echar a pique a la mujer a quien amo —dijo sir
Moreland.
—Ese
día puede ser que aún tarde mucho en llegar.
—Yo
creo lo contrarío, porque el barco de ustedes no va a poder estar en el mar
eternamente, y no siempre encontrará medio de proveerse de víveres, de
municiones y de combustible, máxime no contando con un solo puerto amigo.
—¡Sir,
el océano es inmenso!
—Es
cierto; pero cuando diez, veinte navíos les encierren a ustedes en un círculo
de hierro, ¿qué esperanza les quedará? Admiro la audacia de estos piratas de
Malasia, como admiro su buque, una obra maestra de la ingeniería naval; pero
permítame usted que dude del buen éxito de la empresa que están realizando. No
niego que podrán causar graves daños a la marina mercante inglesa, muchos
disgustos al rajá, siendo como es el Rey del Mar el barco más rápido que quizá
exista y también el mejor armado; pero no por eso ha de durar mucho tiempo este
estado de cosas.
—Estos
formidables corsarios, sir Moreland, no tienen la pretensión de mantener en
jaque durante muchos años a las escuadras inglesas. Saben muy bien la suerte
que les espera, y no ignoran que un día cualquiera, sus cadáveres irán a dormir
el eterno sueño en las tenebrosas profundidades del mar, o en el fondo de
cualquier abismo.
—¿Y
lo sabe también la señorita Damna? —preguntó, estremeciéndose, el angloindio.
—Lo
supongo, sir Moreland.
—¡Ah!
¡No! ¡Desembárquela usted! ¡Sálvela!
—Es
imposible. Aquí combaten su padre y sus protectores, a los cuales, según tengo
entendido, les debe la vida y no los abandonará —contestó el americano.
Sir
Moreland se pasó una mano por la frente y dijo, como si hablara consigo mismo:
—¡Sería
mejor que las escuadras nos echaran a pique a todos! ¡Por lo menos habríamos
terminado y yo no oiría ya más el grito de la sangre que clama venganza!
CAPÍTULO
VII - EN EL MAR DE LA SONDA
El
Rey del Mar, que había navegado siempre a poca velocidad con objeto de
economizar el precioso combustible, negaba seis días más tarde al cabo
Taniong—Datu, vasto promontorio que cierra el golfo por Poniente, o, por mejor
decir, el mar de Sarawak.
El
Mariana ya se encontraba allí, escondido en una pequeña rada resguardada por
elevadísimas escolleras que hacían Invisible el barco para los que pasaban de
largo.
Lo
gobernaba uno de los piratas más viejos de Mompracem, que había tomado parte en
todos las empresas del Tigre de Malasia y de su compañero Yáñez; un hombre muy
fiel y de un valor extraordinario como guerrero y como marino.
De
acuerdo con las órdenes que había recibido, nevaba un buen cargamento de armas
y municiones para aprovisionar al Rey del Mar, en caso de que tuviera necesidad
de ellas; pero en lo tocante a carbón apenas había podido reunir unas treinta
toneladas, porque después de la declaración de guerra de Sandokan, los ingleses
de Labuán habían monopolizado todo el combustible que había en Bruni, capital
del sultanato de Borneo.
Aquella
partida de carbón apenas era suficiente para mantener al barco durante un par
de días, y aun así, navegando a muy pequeña velocidad; sin embargo, se embarcó
rápidamente en las carboneras.
Con
el temor de que los persiguiesen, Sandokan se apresuró a dar las últimas
órdenes al comandante del Mariana. Debía dirigirse sin titubear a Sedang,
remontar el río hasta la ciudad del mismo nombre, fingiéndose una tranquila
embarcación mercantil que arbolaba bandera holandesa, verse con los jefes de
los dayakos que tomaron parte en la expulsión de James Brook, tío del actual
rajá, proporcionarles armas y municiones, hacer atacar a hierro y a fuego las
fronteras del Estado, y en seguida ir a esperar al Rey del Mar en la boca del
río.
Algunas
horas más tarde y mientras el Mariana se disponía para salir a la vela, el
crucero se alejaba de Taniong—Datu para continuar su ruta con velocidad
moderada hacia el noroeste, a fin de llegar a Mangalum para proveerse en
abundancia en aquel depósito carbonífero, destinado a los buques que hacen la
travesía directa en los mares de la China.
Al
cabo de siete días, habiendo navegado siempre con muy poca rapidez para no
encontrarse sin carbón en el caso de un encuentro con cualquiera de las
escuadras enemigas, el Rey del Mar, que se había mantenido continuamente
bastante alejado de la costa, pasaba a través del banco de Vernon. Aquel mismo
día, sir Moreland, sostenido por el doctor, hizo su primera aparición en el
puente.
Todavía
estaba muy pálido y algo débil; pero la herida se le había cicatrizado casi por
completo, gracias a su constitución robusta y a los asiduos cuidados del médico
americano.
Era
una mañana hermosa y no excesivamente cálida. Soplaba del sur una ligera brisa
fresca que rizaba la inmensa superficie del mar de la Sonda, y que susurraba
dulcemente entre las escotillas y el cordaje metálico del crucero.
Numerosas
bandadas de pájaros, la mayor parte de ellos de los llamados pedreros, que son
unas aves marinas dotadas de pasmosa agilidad y cuyo vuelo es ligerísimo,
revoloteaban sobre el barco, juntamente con los Phoebetrie fuliginoso, los más
pequeños de la familia de los diomedeos, persiguiendo a los peces voladores que
las voraces doradas arrojaban de su elemento, obligándolos a volar largo trecho
sobre las olas para ponerse a salvo.
Cuando
vio aparecer al angloindio apoyado en el brazo del doctor, Yáñez, que estaba
paseando por el puente al lado de Surama, se apresuró a ir a su encuentro.
—¡Vaya,
ya le veo a usted restablecido! —le dijo —. ¡Crea que me alegro mucho, sir
Moreland! A los hombres de mar les hace más provecho el aire libre del puente
que el del camarote.
—¡Sí,
señor Yáñez, ya estoy bien, gracias a los cuidados y a las atenciones de este
buen doctor! —respondió el capitán.
—Desde
este instante puede usted considerarse, no como nuestro prisionero, sino como
nuestro huésped. Está usted en completa libertad para hacer lo que mejor le
plazca e ir donde más le acomode. Para usted nuestro barco no tiene secretos.
—¿Y
no teme usted que pueda abusar de su generosidad?
—No,
porque le creo a usted un caballero.
—Piense
usted en que cualquier día nos encontraremos frente a frente como enemigos
terribles.
—Entonces
combatiremos con lealtad.
—¡Ah,
eso sí, señor Yáñez! —dijo sir Moreland, con cierta aspereza.
Después
de haber pronunciado estas palabras, de haber echado una larga ojeada sobre la
superficie del mar y de haber aspirado afanosamente el aire marino, dijo:
—Han
salido ustedes de la región cálida. Esta brisa es del Norte. ¿Dónde estamos si
no hay inconveniente en que lo sepa?
—Muy
lejos de Sarawak.
—¿Huyen
ustedes de los lugares que frecuentan los barcos del rajá?
—Por
ahora sí, porque tenemos que renovar nuestras provisiones.
—Entonces,
¿tienen ustedes puertos amigos?
—No,
ciertamente. A nosotros nos bastan los de los enemigos para aprovisionarnos
—contestó sonriendo el portugués —. Sir Moreland, colóquese usted donde crea
que puede aspirar mejor esta hermosa brisa.
El
angloindio se inclinó para dar las gracias y subió a la toldilla de la cámara,
donde habla visto a Damna, sentada en una mecedora colocada bajo el toldo
extendido a la altura de las guías.
La
joven fingía leer un libro; pero no había dejado de mirar al capitán a través
de sus largas pestañas.
—Señorita
Damna —dijo Moreland, acercándose a la muchacha —, ¿me permite usted que me
siente a su lado?
—Le
esperaba a usted —contestó la hija de Tremal-Naik, ruborizándose ligeramente —.
Estará usted mejor aquí que en el camarote. Allí hace calor.
El
doctor Held ofreció una silla al convaleciente, encendió un cigarro y fue a
reunirse con Yáñez que, juntamente con Surama, se divertía en mirar los saltos
que daban los pobres peces voladores, perseguidos en el mar por las doradas y
por los pájaros marinos en el aire.
El
angloindio permaneció silencioso durante algunos Instantes mirando a la joven
en aquellos momentos más hermosa que nunca; finalmente, dijo con voz en la que
se advertía una vibración extraña:
—¡Qué
felicidad encontrarme aquí después de tantos días de encierro, y al lado de
usted todavía, cuando ya pensaba que no volverla a verla, después de su fuga de
Redjang! ¡Me la jugó usted de veras, señorita!
—¿No
me ha guardado usted rencor, sir Moreland, por haberle engañado?
—Ninguno,
señorita; estaba usted en su derecho de recurrir a cualquier ardid para
recobrar su libertad. Sin embargo, yo hubiera preferido tenerla prisionera,
—¿Por
qué?
—No
lo sé; me sentía feliz estando cerca de usted.
El
capitán exhaló un largo suspiro y después añadió, con voz triste:
—¡Y,
sin embargo, el destino me impondrá el deber de olvidarla!
—Sí,
sir Moreland; será preciso Inclinarse ante la adversidad del destino.
—Todavía
no sé —repuso el capitán— lo que haré para romper con los decretos de los
hados.
—No
olvide usted, sir, que entre nosotros está la guerra, y que ésta nos separará
para siempre. ¿Qué dirían mí padre, Yáñez y Sandokan, si supieran que aceptaba
la mano de uno de sus enemigos? ¿Y qué dirían las gentes de usted, cuyo odio
hacia nosotros es todavía más profundo, más encarnizado, más despiadado? ¿Ha
pensado usted en eso, sir Moreland? Usted, uno de los más brillantes oficiales
de la marina del rajá, a quien su patria ha armado para que nos suprima sin
misericordia, ¿podría casarse con la protegida de los piratas de Mompracem?
Comprenda usted que es completamente imposible, que es un sueño que jamás se
convertirá en realidad, porque el abismo que nos se para es demasiado profundo.
—Nuestro
amor colmaría ese abismo, porque el amor no tiene patria.
—Quisiera
que así fuese —dijo Damna tristemente —. Sir Moreland, olvídeme usted. El día
en que recobre usted su libertad, olvídese de mí; vuelva usted al mar, y
obedezca a la voz del deber, que le obliga a exterminamos. Olvide que en este
barco se encuentra una muchacha a quien ha querido, y sin misericordia haga
tronar la artillería contra nosotros, y échenos a pique o háganos saltar por
los aires. Nuestro destino está escrito con letras de sangre en el gran libro
de la vida, y todos estamos dispuestos a afrontarlo.
—¡Yo,
matarla a usted! —exclamó el angloindio —. ¡A todos los demás, sí, pero a
usted, no!
Las
palabras «los demás» las había pronunciado con tal acento de odio, que Damna le
miró con espanto.
—¡Cualquiera
diría que tiene usted secretos rencores contra Yáñez y Sandokan, y también
contra mi padre!
Sir
Moreland se mordió los labios, como si se hubiera arrepentido de haber
pronunciado aquellas palabras, y contestó en seguida:
—Un
capitán no puede perdonar a los que le han vencido y han hundido su barco. Yo
estoy deshonrado, y necesito el desquite, sea cuando sea.
—¿Y
los ahogaría usted a todos? —preguntó Damna, horrorizada.
—¡Hubiera
sido mejor que yo me hubiera hundido con mi nave! –dijo el capitán, rehuyendo
la pregunta de la joven —. ¡No volvería a oír ese grito terrible que me
persigue!
—¿Qué
es lo que usted está diciendo, sir Moreland? —¡Nada! —respondió el angloindio,
con voz sorda —. ¡Nada, señorita Damna! ¡Divagaba!
Se
levantó y empezó a pasear agitadamente, como si ya no sintiese los dolores que
debía de producirle la herida, todavía no cicatrizada por completo.
El
doctor Held, que se encontraba allí cerca, al verle tan agitado, se le acercó.
—¡No,
sir Moreland! —le dijo —. Esos esfuerzos pueden acarrearle graves
consecuencias, y por ahora le prohibo que los haga. ¡Todavía está usted bajo mi
autoridad!
—¿Qué
importa que vuelva a abrirse la herida? —dijo el angloindio —. ¡Desearía que la
vida se me escapase por ella! ¡Así, por lo menos, todo habría terminado!
—No
se lamente usted de que le hayamos salvado, sir —dijo el médico, cogiéndole del
brazo y llevándoselo hacia la cámara —. ¿Quién puede decir lo que la suerte le
tiene reservado?
—¡Amarguras,
nada más que amarguras! —contestó el capitán.
—Sin
embargo, ayer parecía que estaba usted contento de hallarse todavía vivo.
El
angloindio no respondió y se dejó conducir al camarote, pues se había levantado
un viento muy fresco.
El
Rey del Mar continuaba su ruta hacia el Norte, sosteniendo siempre una
velocidad de siete nudos.
Al
mediodía, Yáñez y Sandokan tomaron la altura, y vieron que los separaba de
Mangalum una distancia de ciento cincuenta millas; distancia que podían
recorrer en poco más de veinticuatro horas, sin tener que forzar la máquina.
Ambos
tenían prisa por llegar, pues el tiempo tendía a descomponerse rápidamente, a
pesar de haber amanecido un día magnífico.
Aparecieron
unos cirros blanquecinos hacia el Sur, que se iban ensanchando y avanzaban
lentamente: eran la vanguardia de nubes mucho más densas, y a los dos piratas
no les agradaba la perspectiva de dejarse sorprender por un huracán en aquellos
parajes llenos de bancos y de escolleras aisladas.
Efectivamente,
el mar de la Sonda, tan abierto a los vientos fríos del Sur y del Oeste, es uno
de los peores para los navegantes, porque se forman en él olas tan gigantescas,
que ni en el propio océano Pacífico se ven de tales dimensiones.
Por
otra parte, Mangalum no podía ofrecer un refugio seguro a un barco de gran
porte, pues no contaba más que con una rada muy pequeña, suficiente tan sólo
para los praos.
Los
temores de los dos viejos lobos de mar, muy pronto se vieron confirmados.
Por
la tarde, el sol desapareció entre un espeso velo de vapores de color muy
oscuro, y la brisa se había trocado en un viento fuerte y bastante fresco.
La
calma que hasta entonces había reinado, en el mar, se había turbado; de vez en
cuando, largas oleadas procedentes del Sur, se estrellaban contra el crucero
mugiendo sordamente, y le levantaban, imprimiéndole una brusca sacudida.
—Mañana
tendremos mar gruesa —dijo Yáñez al doctor Held, que había vuelto a subir a la
cubierta —. Si se desencadena el huracán, el Rey del Mar va a bailar de un modo
terrible. Yo he cruzado ya estos parajes y sé lo terribles que son cuando
soplan los vientos del Sur y del Oeste.
—Creo
que se levantan olas verdaderamente monstruosas, ¿verdad, señor Yáñez?
—De
quince metros, y hasta, a veces, incluso alcanzan una altura de dieciocho
metros; y su longitud es inconmensurable.
—Pero
Mangalum no debe de estar muy lejos ya.
—Es
preciso rodear la isla y alejarse de ella, mi querido señor Held. Mangalum no
es más que un gran escollo, y las otras dos isletas que lo flanquean, dos
puntas rocosas.
—En
ese caso, será una vida poco envidiable, la de sus habitantes. Y, sin embargo,
no parece que estén descontentos de su tierra, aun cuando se hallan poco menos
que aislados del resto del mundo, pues lo único que ven, y sólo de cuando en
cuando, es algún que otro barco que va a aprovisionarse de carbón.
—Y
son tan pocos los buques que entran en la rada de Mangalum, que el depósito de
combustible sólo se renueva cada dos o tres años.
—Dicen
que es la colonia más pequeña que existe en el globo.
—Es
cierto, doctor; su población no excede de cien personas. El año pasado no eran
más que noventa y nueve. Claro que hace años llegó a haber hasta ciento
veinticinco.
—¿Y
por qué ha disminuido?
—Por
efecto de un tremendo huracán que arrojó las olas a través de la isla, las
cuales asolaron muchas casas y arrastraron a varios de sus habitantes.
—Y
los supervivientes, ¿por qué no abandonaron la isla?
—Porque,
a pesar de lo Ingrata y poco segura que es aquella tierra, la quieren; por otra
parte, en ningún otro lugar podrían gozar de la libertad de la que disfrutan en
su Isla. Aun cuando pertenecen a diferentes razas, pues los hay Ingleses,
americanos, malayos, burgueses de Madagascar y chinos, todos viven en perfecta
armonía y bajo un régimen de Igualdad absoluta. Se puede decir que esos isleños
han resuelto a su satisfacción el famoso problema social, pues practican algo
parecido al comunismo, Su jefe es el habitante más viejo de la Isla, pero sus
poderes son limitados. Todos trabajan para la comunidad, se instruyen unos a
otros y no conocen el valor de la moneda, que para ellos es solamente una
curiosidad. Hasta las mujeres, que están en mayor número que los hombres, se
han dedicado a los trabajos masculinos, con objeto de evitar el peligro que
podría acarrear el que se desequilibrase la producción y el consumo.
—¡Entonces,
es una isla maravillosa! —exclamó el doctor.
—Considerándola
desde cierto punto de vista, es admirable, en efecto —dijo Yáñez.
—¿Hace
muchos años que está poblada?
—Desde
mil ochocientos diez. Antes no había más habitantes que grandes bandadas de
pájaros marinos. Un desertor Inglés llamado Granvil fue el primero que, en
unión de otro compañero suyo y de un americano, arribó a esta isla. Como era
más fuerte que sus compañeros, se proclamó a sí mismo rey de la Mangalum y de
los dos islotes vecinos. Sin embargo, el cargo que se había adjudicado no le
sirvió para gran cosa, porque cuando, en mil ochocientos dieciocho, el Gobierno
inglés envió un barco para que tomara posesión de la isla, solamente vivía el
americano. Este poseía mucho oro, mercancía totalmente inútil entre aquellas
rocas, y que, en cambio, en su patria le hubiera proporcionado grandes goces;
pero cuando le invitaron a que regresase a América, se negó terminantemente.
Poco más tarde empezaron a desembarcar malayos, burgueses e ingleses. Y en mil
ochocientos sesenta y cinco, la población aumentó de golpe, pues un corsario
americano que durante la guerra de Secesión había hecho cuarenta prisioneros,
los desembarcó en la isla. Aquel aumento inesperado hizo durísima la vida de
los isleños, pues el buque corsario se olvidó de desembarcar, al mismo tiempo
que los hombres, víveres, A pesar de ello, la colonia fue prosperando poco a
poco, y continuó aumentado. Probablemente, a estas horas, el señor Griell, que
es el actual gobernador de la isla, tiene más de un centenar de administrados.
—¡Un
reyezuelo!
—Que
rige bien su reino, sobre todo desde que recibió la visita de un almirante de
la escuadra inglesa de la China, que le invistió con el poder supremo por
encargo de la reina de Inglaterra.
—¡Sería
cosa de haber visto los honores que habrán rendido al almirante!
—No,
señor Held; los honores los tuvo que hacer él, ofreciendo a la colonia un
banquete pantagruélico, que aún recuerdan con gran placer los glotones de la
isla; y al banquete siguieron muchos regalos, entre ellos el de una bandera
inglesa, que Griell conserva.
—Ardo
en deseos de ver ese reinecito. Supongo que nos dispensarán una buena acogida
—dijo el doctor.
—Lo
dudo —respondió Yáñez —, porque a esos isleños no les interesa que disminuya su
provisión de carbón, que ellos consumen en gran parte, Sin embargo, lograremos
calmarlos, teniendo, como tenemos, argumentos muy persuasivos. Estamos en
guerra y se la haremos, sin excepción alguna, a todos los súbditos ingleses.
CAPÍTULO
VIII - LA ISLA DE MANGALUM
Las
olas batieron, durante toda la noche, con furioso ímpetu, los costados del
buque.
El
viento había ido en aumento, aunque todavía su violencia no era tanta como para
que dificultara la navegación de aquel poderoso barco, dotado de magníficas
condiciones marineras, a pesar del enorme peso de su artillería gruesa y de las
torres blindadas.
A la
mañana siguiente, el tiempo tenía un cariz más amenazador, Las olas se sucedían
furiosas, con las crestas llenas de espuma, y produciendo un sordo fragor al
romperse con estruendo contra el espolón del barco.
Al
pasar por encima de la cresta de las olas, el viento levantaba verdaderas
cortinas de agua, que recorrían el océano danzando de un modo desordenado, y
que al chocar contra la arboladura y las torres del crucero, se deshacían en
lluvia.
Grandes
nubarrones cubrían el cielo, interceptando por completo la luz del sol y
proyectando una sombra tétrica sobre el mar.
Los
pájaros marinos, verdaderas aves de los temporales, se solazaban por entre las
olas, dejándose conducir por el viento, y saludaban a la tempestad con gritos
ensordecedores.
Los
albatros corrían a ras del agua y de repente se elevaban, describiendo
vertiginosos círculos; los quebrantahuesos atravesaban las montañas de agua que
rodaban por el océano, y volteaban en el aire los llamados fragatas.
Pero
el Rey del Mar afrontaba admirablemente el huracán, remontando con facilidad
las olas que le asaltaban por la proa, y que mugían y bramaban a sus costados.
Sandokan
y Yáñez dieron orden a Horward para que activase los fuegos de las calderas,
con objeto de poder llegar a Mangalum antes de que el huracán se desencadenase,
porque entonces seria peligrosísimo intentar la arribada.
Durante
la tarde estalló la borrasca con verdadero furor, y todavía no se divisaba el
pico de la isla.
La
prudencia aconsejaba internarse en el mar, pues de este modo el crucero no se
expondría al peligro de que el viento lo arrojase contra una roca.
—Esperaremos
a que esto se calme para acercamos a Mangalum —dijo Sandokan —; todavía tenemos
combustible para un par de días.
El
Rey del Mar había puesto la proa a Poniente, pues en aquella dirección no había
bancos ni escollos, El huracán le batía entonces con inaudita violencia, y le
imprimía espantosas sacudidas.
Todo
el mundo estaba en la cubierta, incluso Damna y sir Moreland.
Las
olas, que semejaban montañas, se volcaban encima del crucero, lanzando mugidos
ensordecedores, oponiéndose a su marcha y amenazando con llevarle muy lejos de
la ruta que seguía.
—Es
una borrasca terrible —dijo sir Moreland a Damna, que se resguardaba entre la
torre de popa y la amura del coffedarm —. Su barco tiene que luchar mucho para
poder mantenerse.
—¿Qué?
¿Hay peligro de ir a pique? —preguntó la joven, sin que en su voz pudiera
advertirse el menor indicio de miedo.
—Por
ahora no, señorita. El Rey del Mar es un barco a prueba de escollos, y no puede
deshacerlo ninguna ola.
—Sin
embargo, ¡qué gigantescas son!
—Enormes,
señorita. Precisamente en estos parajes alcanzan una altura espantosa. Retírese
usted, éste no es su sitio, señorita. Aquí se corre inminente peligro.
—Sí
los demás lo afrontan, ¿por qué he de huir yo?
—Son
hombres de mar. Retírese usted, señorita, por que ahora el crucero se dispone a
virar de bordo, las olas van a barrer la popa, y alguna podría llegar hasta la
torre.
—¡Me
causa tanta pena no poder admirar este huracán en el apogeo de su terrible
cólera! ¡Ah! ¡Qué espectáculo! ¡Mire usted, sir Moreland, mire usted qué olas!
¡Parece que van a envolvernos y a arrastrarnos! ¡Espere usted un minuto más!
—¡Cuidado,
señorita! ¡Las olas asaltan la popa! ¿Lo ve usted?
El
Rey del Mar, que luchaba por alejarse mar adentro, se encontraba con frecuencia
con la hélice fuera del agua, y parecía una minúscula cáscara de nuez, Saltaba
sobre aquellas montañas líquidas dando tales bandazos, que hacían temer que
perdiese estabilidad en el momento menos pensado; otras veces caía en el
abismo, en el cual parecía que se hundía para siempre.
Los
golpes de mar se sucedían sin tregua y barrían la toldilla, con grave peligro
para los marineros, a quienes arrojaban contra la obra muerta, y algunas veces,
incluso los arrastraba.
Yáñez
y Sandokan miraban Impasibles aquellos furores de la naturaleza. Aferrados al
pasamanos del puente, tranquilos, inmutables, daban las órdenes con voz tan
tranquila como de ordinario.
Tenían
absoluta confianza en su barco, y no dudaban que habían de salir Incólumes de
la tormenta.
Por
otra parte, habían adoptado todas las precauciones posibles para poder
afrontarla ventajosamente.
Redoblaron
el personal de máquinas y el del timón, hicieron reforzar los cabos de las
chalupas, atar la artillería ligera, asegurar la gruesa y cerrar todas las
puertas, escotillas, etc., para que no entrase en el interior del barco ni una
gota de agua.
El
Rey del Mar estuvo afrontando valerosamente durante toda la noche las iras del
huracán, sin alejarse demasiado de los parajes de Mangalum; hacía el mediodía
del día siguiente, el viento se calmó, y el barco volvió a tomar su primitiva
ruta.
El
cielo, sin embargo, seguía amenazador, y todo hacía temer que la tempestad
tendría, más tarde, una segunda parte.
—Apresurémonos,
para poder aprovechar estos momentos de relativa calma –dijo Sandokan a Yáñez y
a Tremal-Naik —. Las carboneras están casi vacías y seria una grave imprudencia
dejarse alcanzar por otro huracán con los fuegos medio apagados.
Ya
no debían de estar muy lejos de la isla, porque el Rey del Mar, sosteniéndose
aguas adentro por temor de ser arrojado contra aquella tierra o contra las
escolleras que la rodeaban, no se había acercado mucho a las costas del Oeste.
A
eso de las diez de la mañana se desgajaron las masas de vapores que aborregaban
el cielo, y una montaña se dibujó claramente en el horizonte.
—¿Es
Mangalum? —preguntó Tremal-Naik a Yáñez, que la miraba con el anteojo.
—Sí
—respondió el portugués —. Apresuremos la marcha, y haremos rabiar a esos
Isleños y a su minúsculo gobernador.
El
Rey del Mar aumentó la velocidad de la marcha, consumiendo las últimas
toneladas de carbón. La montaña Iba agrandándose a ojos vistas. Era una gran
ondulación del terreno, cubierta por una vegetación muy espesa y verdeante, y
en su base y en un repliegue de la costa se veía el puertecito.
—Dentro
de dos horas llegaremos —dijo Yáñez al hindú.
El
portugués no se había engañado; todavía no era mediodía cuando el Rey del Mar
se encontró frente a la pequeña rada, en cuya playa se velan grupos de cabañas
y barcas en seco.
—¡Arrojad
el escandallo! —gritó Sandokan —. A ver sí tenemos agua suficiente para entrar.
Sambigliong,
junto con varios marineros provistos de sondas, había Ido a proa para medir la
profundidad de las aguas, mientras que el Rey del Mar moderaba rápidamente su
velocidad.
Cuando
vieron aparecer aquel enorme barco, los habitantes de la Isla, en su mayoría
pertenecientes a la raza blanca, se apresuraron a salir de sus cabañas y,
creyéndole Inglés, fueron corriendo a enarbolar en la antena de señales la
preciosa bandera que les habla regalado el almirante del mar Amarillo.
Eran
unos cincuenta, entre hombres, mujeres y niños, éstos saltaban alegremente por
los montones de algas gigantescas que cubrían las orillas de la minúscula
bahía, creyendo tal vez que iban a ser nuevamente obsequiados con otro banquete
digno de Gargantúa, como el que les ofreciera el almirante británico.
Después
de haber recomendado a los timoneles que tuvieran siempre al Rey del Mar al
largo de la playa, Sandokan dio orden de echar al agua la chalupa de vapor y
las dos balleneras mayores, pues las olas seguían siendo muy fuertes.
—Veo
el carbón —dijo.
—Y
yo los bueyes que están paciendo en los cercados —contestó el portugués.
—Me
parece que la carrera que hemos dado no habrá sido en balde —añadió el Tigre de
Malasia —. Por lo menos aquí no habrá que temer que hagan resistencia.
En
las chalupas había ya treinta malayos armados con fusiles y kampilangs, el
embarque había sido muy dificultoso, a causa del fuerte oleaje.
El
Rey del Mar se colocó de través; en seguida se echó una buena cantidad de
aceite bajo viento y contra viento, lográndose obtener así una calma relativa.
El
agua se encalmó en el trozo comprendido entre el buque y la isla, y el
desembarco pudo efectuarse con facilidad.
Por
mandato de Yáñez, la chalupa de vapor tomó a remolque las dos balleneras y se
dirigió rápidamente hacia la playa, en la cual se abría una pequeña cuenca
llena de algas, que daba paso a otra más amplia y completamente limpia.
La
travesía había sido efectuada en cinco minutos.
Yáñez,
que asumid el mando de la expedición, fue el primero que desembarcó entre la
minúscula población de Isleños, y preguntó por el gobernador.
—Soy
yo, señor —contestó un viejo que vestía un traje de tambor mayor del ejército
Inglés, por lo solemne de las circunstancias —. Soy muy feliz en ver y saludar
a un capitán de Su Majestad la reina de Inglaterra.
—Señor
gobernador, la reina de Inglaterra no tiene nada que ver con nosotros
—respondió el portugués, mientras sus hombres desembarcaban y cargaban sus
fusiles —. Quiero decir que no soy representante del imperio británico.
—¿Qué
es lo que dice usted, señor? —exclamó el viejo, inquieto.
—Según
parece, no tiene usted noticias frescas del lo que ocurre en el mundo.
—Por
aquí no viene más que algún que otro barco, y no han vuelto a dejarse ver los
almirantes ingleses.
—Entonces,
tengo el disgusto de informar a usted que nosotros estarnos en guerra con
Inglaterra, por cuya razón debe usted considerarnos como a enemigos.
—¿Y
vienen ustedes a conquistar la isla? —exclamó el gobernador, palideciendo —.
¿Quiénes son ustedes? ¿Holandeses, quizá?
—Nosotros
somos los tigres de Mompracem.
—He
oído hablar vagamente de ustedes.
—¡Tanto
mejor! Pero puede usted tranquilizarse: no tenemos intención de destruirle, y
mucho menos de apoderarnos de su isla, señor Griell.
—Entonces,
¿qué es lo que desean? —preguntó, temblando, el gobernador.
—¿Es
cierto que los ingleses tienen aquí un pequeño depósito de carbón?
—Sí,
señor; pero nosotros no podemos disponer de él, sino el Gobierno de la Gran
Bretaña; por lo tanto, comprenderá usted que no puedo tocarlo, sin antes haber
recibido una orden del Almirantazgo.
—Esa
orden haré que se la den más tarde —respondió Yáñez —. Ese carbón, que no puede
usted defender, es nuestro por derecho de guerra; y si quiere usted evitarse
perjuicios, es necesario que dentro de una hora me traigan agua dulce y
víveres; de lo contrario, una vez haya pasado ese plazo de tiempo, mis hombres
destruirán las viviendas y las plantaciones de todos ustedes.
—¡Señor!
—exclamó el pobre gobernador —. ¡Protesto contra esa violencia!
—Debía
usted de protestar contra el Almirantazgo, que no ha pensado en enviar aquí una
escuadra para defenderlos —dijo Yáñez, con voz seca —. ¡Vamos, aquí espero,
reloj en mano!
—¡Es
un acto de piratería!
—Llámelo
usted como quiera, porque a mí me tiene sin cuidado. ¡Que se retiren todos, o
mis hombres harán fuego!
Esta
amenaza, formulada en lengua inglesa, obtuvo un resultado inmediato. Los
isleños, que ya miraban de través a los corsarios, ante el temor de que,
efectivamente, les hiciesen una descarga, se dispersaron en seguida, yendo a
refugiarse en sus viviendas.
Unicamente
el gobernador, por el prestigio de su dignidad, se retiró el último, llamando a
consejo a tres o cuatro colonos ancianos, que serían, probablemente, los
personajes más influyentes y respetados de la isla.
Sin
tomarse el trabajo de esperar las decisiones del gobernador, Yáñez se dirigió
hacia el depósito de carbón, que se hallaba situado en el extremo de la bahía
bajo un gran cobertizo.
Habría
acumuladas allí, por lo menos, seiscientas toneladas de combustible, provisión
nada despreciable; pero su transbordo habla de exigir mucho tiempo.
Regresaron
a bordo dos chalupas, con objeto de conducir a tierra a otros ochenta hombres
de refuerzo, y comenzó el acarreo, a pesar de lo pésimo del tiempo y de los
furiosos aguaceros que se sucedían a cada cuarto de hora.
Mientras
que los malayos y los dayakos trabajaban de un modo febril, Yáñez, que se habla
sentado bajo el cobertizo, contaba los minutos reloj en mano y con el
cigarrillo entre los labios, resuelto a tomar una determinación violenta.
Reunió
cerca de sí una docena de fusileros que no esperaban más que una orden para
entrar a saco en las viviendas de los isleños y destruir sus plantaciones.
Pero
no había transcurrido todavía la hora, cuando aparecieron algunos colonos
conduciendo hacía la bahía unas cincuenta cabras y otras tantas ovejas,
animales todos ellos de buen aspecto y hermosa raza, con los cuales se podrían
hacer soberbios filetes.
Los
precedía el gobernador, acompañado por sus consejeros. El pobre hombre tenía un
aspecto muy afligido; pero también manifestaba la cólera que le embargaba.
—Señor
—dijo, acercándose a Yáñez —, cedo ante la fuerza; pero haré presente mi queja
al Almirantazgo.
En
lugar de contestarle, el portugués sacó de su cartera un talón y se lo dio.
—¿Qué
es esto? —preguntó, sorprendido, el gobernador.
—Es
un cheque de quinientas libras esterlinas, que puede usted cobrar o hacer que
se lo cobren en Pontianak, donde residen nuestros banqueros. Esos animales
pertenecen a sus administrados, y se los pagamos; el carbón pertenece al
Gobierno inglés, y se lo cogemos. Ahora déjenos usted tranquilos y no vuelva a
ocuparse de nosotros.
—Hubiera
preferido quedarme con mis animales, que nos son bastante más útiles que el
dinero de usted —respondió, irritado, el gobernador.
Probablemente,
no serían sólo esas palabras las que hubiera querido decirle, si hubiera
podido; pero al ver que los fusileros levantaban sus armas, se alejó
prudentemente, seguido de sus consejeros.
Mientras
tanto, desembarcaron más hombres con chalupas; y como entre el Rey del Mar y la
playa las aguas estaban bastante tranquilas, pues el buque se oponía, con su
mole, al embate de las olas, la operación de estibar el combustible prosiguió
con actividad febril.
Todos
rivalizaban en apresuramiento. Mar afuera, las olas se encrespaban por
momentos, deshaciéndose con rabia contra los escollos; el tiempo, por su parte,
no tendía a aclarar ni mucho menos, y el embarque de aquella masa de
combustible requería muchas horas de trabajo.
Montañas
y más montañas de carbón iban cayendo en la carbonera durante todo el día y
buena parte de la noche. Al día siguiente fue Tremal-Naik a relevar a Yáñez. El
mar se había calmado un tanto, aun cuando el tiempo seguía amenazador, y el
portugués propuso a sir Moreland hacer una correría por una de las isletas que
flanqueaban a Mangalum, con objeto de cazar pájaros marinos. Como Surama se
hallaba indispuesta a causa de un mareo, propuso a Damna que les acompañara,
tanto más cuanto que la joven era una gran cazadora.
Después
de almorzar, el angloindio, el portugués y la muchacha, armados con escopetas,
se embarcaron en una ballenera pequeña y se dirigieron a la isleta de Poniente,
que era un enorme escollo cuya cumbre alcanzaba una altura de setecientos u
ochocientos pies, y que caía, como cortada a pico, sobre las aguas, por tres de
sus vertientes.
En
los salientes de las rocas se velan revoloteando miles de pájaros. La mayor
parte de ellos eran albatros blancos y negros, que, a pesar de que viven juntos
en los islotes desiertos, se hallan separados según el color de sus plumas, Sin
embargo, no faltaban otras muchas clases de aves marinas, mucho más apreciadas
desde el punto de vista culinario.
Yáñez
dirigía la chalupa, y en menos de media hora aproaron en la base del escollo y
en una playa de algunos centenares de metros.
Una
vez atada la embarcación detrás de una línea de rocas que la resguardaba de las
acometidas de las olas, Damna y los dos cazadores treparon por los costados del
gran peñasco, y comenzaron a disparar sobre las espesas bandadas de pájaros,
que revoloteaban en tal cantidad sobre sus cabezas, que algunas veces llegaban
a oscurecer la luz del sol.
Albatros
blancos y negros, quebrantahuesos, los llamados gavieros y gaviotas caían por
docenas en la playa, las demás aves ni siquiera se tomaban el trabajo de
abandonar las altas grietas en las cuales habían anidado.
La
cacería se prolongó hasta muy cerca de la puesta del sol, con gran satisfacción
por parte de sir Moreland, que también era un magnífico tirador; pero como
estaba la mar gruesa y se había levantado un viento violentísimo, decidieron
emprender la vuelta rápidamente.
Iban
ya a embarcarse, cuando oyeron la sirena del crucero que silbaba con
insistencia.
—Nos
llaman —dijo Yáñez —. Ya han terminado de cargar, y el Rey del Mar se dispone
para marcharse.
Pero
de pronto arrugó el entrecejo, al ver que las olas se estrellaban en el escollo
con una violencia terrible.
—¿Habremos
cometido una imprudencia en tardar tanto? —se preguntó —. ¡Qué movido está el
mar!
—¡Apresurémonos,
señor Yáñez! —dijo sir Moreland, mirando a Damna con inquietud.
—¡Me
parece que ya a costarnos trabajo poder llegar a bordo!
La
sirena del crucero continuaba silbando, y se veía a los marineros que les
hacían señales.
—Parece
que nos indican que no salgamos a mar abierto —dijo Yáñez —. ¿Estará peor de lo
que creíamos del otro lado de las escolleras? ¡Bah! ¡Hagamos la prueba!
Agarró
los remos y lanzó resueltamente a la chalupa fuera de la minúscula ensenada;
pero apenas rebasaron la línea de los escollos, una ola enorme, una verdadera
montaña de agua, cayó sobre ellos, y por poco los echa a pique.
Casi
en aquel mismo instante vieron que el crucero, acometido por otra oleada más
grande, todavía procedente del Sur, salía bruscamente empujado hacia la
embocadura de la rada de Mangalum. El terrible golpe de mar debía de haber roto
la cadena del ancla.
—¡Señor
Yáñez! —gritó Damna, llena de espanto —. ¡El Rey del Mar huye!
Nuevas
montañas de agua se debatían con furor entre la isla y el crucero, al propio
tiempo que la noche caía rápidamente.
—Volvámonos,
señor Yáñez —dijo sir Moreland —. El crucero ha sido arrastrado hacia afuera
y...
No
concluyó la frase. Una enorme ola que se precipitó sobre la chalupa, la volcó y
arrojó a todos al agua.
Rápido
como el pensamiento, Yáñez se abalanzó al salvavidas que iba atado al banco de
popa, y sujetó a Damna por un brazo.
Apenas
hubo pasado la ola, vio que también el angloindio se sostenía cogido al otro
salvavidas de proa.
—¡Sir
Moreland! —gritó, ¡Ayúdeme usted!
Damna
se le habla escapado de entre las manos, pero el traje azul que vestía la joven
volvió a aparecer a poca distancia de ambos.
El
portugués, que era un nadador formidable, se puso en un par de brazadas al lado
de la muchacha, llegando a tiempo de agarrar el vestido.
—¡Sir,
ayúdeme usted! —repitió, con voz ahogada.
El
capitán parecía que habla recobrado de golpe todas sus fuerzas en aquel
instante supremo.
Mientras
con la mano izquierda apretaba el salvavidas, con el brazo derecho suspendió a
la joven por el cuello y le levantó la cabeza.
—¡Señorita,
agárrese usted bien! ¡Estamos aquí el señor Yáñez y yo! ¡La salvaremos!
Al
sentirse cogida y suspendida, Damna abrió los ojos. Estaba pálida como un Brío,
y su mirada expresaba un terror profundo.
Al
ver el salvavidas que el angloindio empujaba hacia ella, se aferró a él con una
gran energía.
—¡Usted,
sir!... —balbució.
—¡Y
yo también, Damna! —dijo Yáñez —. ¡No te sueltes! ¡Cuidado! ¡Nos embiste otra
ola!
—¡Una
cuerda! —gritó el capitán —. ¡Ate usted el salvavidas!
—¡Mi
cinturón! —contestó el portugués —. ¡Usted! ¡Tómelo usted! ¡Cuidado!.... ¡la
ola!...
El
angloindio ató con una rapidez realmente prodigiosa los dos anillos de corcho.
Apenas había hecho el nudo, cuando se les echó encima una ola gigantesca.
Instintivamente,
los dos hombres apretaron contra sí a la muchacha, y la sostuvieron con un
brazo.
De
pronto se sintieron arrebatados; después, lanzados a lo alto entre torbellinos
de espuma que los cegaban, y, por último, precipitados en una espantosa sima
que parecía no tener fondo.
—¡Señor
Yáñez!... ¡Sir Moreland! —gritó la joven —. ¿A dónde descendemos?
—¡Animo,
señorita! —respondió el capitán —. ¡La tierra no está lejos y las olas nos
empujan! ¡Ya vuelve a elevamos otra ola!
—El
islote se halla frente a nosotros y a menos de quinientos metros —dijo Yáñez —.
Sir Moreland, ¿podrá usted resistir?
—Así
lo espero —respondió el capitán.
—¿Y
su herida?
—¡No
se preocupe usted por ella! Está bien fajada y casi cerrada. ¡Otra ola!
Efectivamente,
otra ola los cogió por debajo, los levantó casi hasta tocar las nubes, y volvió
a precipitarlos con vertiginosa rapidez.
—¡Dios
mío, qué golpes! —dijo Damna.
—¡No
deje usted el salvavidas! —dijo el capitán —. ¡Nuestra salvación depende de
estos anillos de corcho!
—¿Se
ve todavía el Rey del Mar?
—Ha
desaparecido, empujado por el huracán —contestó Yáñez —. Pero no tengas
cuidado, Sandokan y Tremal-Naik no han de abandonamos. ¡Aquí está el escollo!
¿No iremos a parar contra las rocas? Sir Moreland, no se deje usted arrastrar.
El
capitán no contestó. Miraba hacia el enorme escollo, cuya cumbre aparecía
cubierta de nubes tempestuosas.
De
pronto lanzó un grito de alegría.
—¡La
calma, el aceite! —exclamó —. ¡Brahma nos protege!
¿Se
había vuelto loco el angloindio? No, sir Moreland había visto bien.
Delante
de ellos se calmaban las olas repentinamente.
Durante
el embarque del carbón, Sandokan había mandado derramar en derredor del buque
algunos barriles de aceite para tranquilizar las aguas y que pudiesen abordar
las chalupas cargadas de combustible.
Aquella
materia oleosa, empujada por alguna corriente se había acumulado delante del
terrible escolio, formando una zona brillante de varios kilómetros de longitud
y de algunos cables de anchura.
Bien
conocida es la propiedad milagrosa que tienen las materias grasas para
apaciguar las olas enfurecidas. Con algunos barriles hay, a menudo, suficiente
para obtener una calma relativa en derredor del barco, pues el aceite tiende a
extenderse mucho.
El
que la tripulación del Rey del Mar había derramado en aquellas catorce o quince
horas fue bastante para establecer una relativa calma entre las tres islas.
—¡Sí,
el aceite! —contestó Yáñez —. ¡Otra ola, y llegaremos a la zona pacífica!
Una nueva
ola llegaba mugiendo y bramando. Tenía una altura de unos quince metros, por lo
menos, y su cresta estaba llena de espuma. Su longitud alcanzaba varias millas.
Cogió
a los náufragos, los elevó huta la cumbre, y en seguida los arrojó hacia
adelante; pero apenas penetró en la zona oleaginosa, perdió de repente su
ímpetu y se deslizó bajo el aceite, transformándose como por arte de
encantamiento en una larga ondulación, privada ya de toda violencia.
—¡Estamos
a salvo! —gritó el portugués —. ¡Sir Moreland, un esfuerzo más, y llegaremos al
islote!
El
angloindio le miró sin abrir la boca. Estaba muy pálido, y de sus labios salía
un ronco silbido.
Probablemente
había vuelto a abrírsele la herida recién cerrada, con los esfuerzos incesantes
que había llevado a cabo, y también por lo prolongado de su estancia en el
agua. Sus fuerzas se agotaban a ojos vistas.
—¡Sir
—dijo Damna, que se dio cuenta inmediatamente de lo que sucedía —, usted está
enfermo!
—¡No
es nada!... La herida... —contestó el capitán, con voz apagada —. ¡Bah!
¡Resistiré.. cerca de usted.... señorita!... ¡La tierra... está... allí!...
Las
oleadas que siguieron les empujaron con suavidad hacia el escollo, cuya
imponente mole se alzaba gigantesca a menos de un cable de distancia.
Si
el océano estaba más o menos tranquilo en el espacio adonde había llegado la
grasa, más allá estaba hecho una furia.
Las
olas se sucedían las unas a las otras con horrísono fragor, y sobre los
náufragos rugía el viento con rabia sin igual, en competencia con los truenos
que retumbaban por todo el ámbito.
Los
náufragos estaban ya casi a cubierto de los furores de la borrasca, y se
dirigían siempre hacia el centro de la mancha de aceite, abriéndose paso por
entre enormes aglomeraciones de algas.
—¡Salgamos
pronto de aquí, sir Moreland! —dijo Yáñez, que nadaba con gran vigor,
remolcando los dos salvavidas —. ¡Estas aguas saturadas de aceite van a dejar
nuestras ropas en un estado lastimoso! ¡Parecemos balleneros o cazadores de
focas!
—¡Sí,
apresurémonos! —contestó Damna —. ¡Sir Moreland ya no puede más!
—¡Cierto,
no puedo negarlo! —respondió el angloindio, que se movía fatigosamente.
—Otro
menos robusto y menos enérgico que usted, se hubiera ido al fondo a estas horas
—dijo Yáñez.
—¡Ah!
¡Siento las algas bajo mis pies! ¡Dejémonos llevar por las olas!
Su
buena suerte los había empujado hacia la playa donde habían estado cazando por
la tarde.
Algunos
montones de hierbas marinas de las llamadas por los isleños beccalumgas
asomaban por entre las hendiduras de las rocas; más arriba no había nada: las
peñas, de color negruzco, estaban desnudas por completo, y parecía como si las
hubiesen teñido torrentes de pez que descendieran de la cumbre.
Los
tres náufragos fueron a caer dulcemente en la tierra arenosa, empujados por la
última ola, Ya era tiempo: sir Moreland estaba a punto de soltarse.
Yáñez
ayudó a Damna a subir a la playa, ~ pues el angloindio apenas tenía fuerzas
para moverse.
—¡Los
salvavidas! —balbució sir Moreland.
—¡Ah,
sí! ¡Es cierto! –contestó Yáñez —. ¡Son demasiado útiles para dejar que se
pierdan!
Volvió
a descender a la playa y los sacó a la arena.
—¿Cómo
se siente usted, sir Moreland? —preguntó Damna, con solicitud.
—Un
poco débil, señorita; pero todo pasará. Afortunadamente, la herida no ha vuelto
a abrirse.
—Busquemos
un lugar donde resguardarnos —dijo Yáñez —. Con este huracán, que cada vez se
hace más violento, el Rey del Mar no podrá volver en seguida.
—¿Correrá
algún peligro, señor Yáñez?
—No
lo creo, Damna. Resistirá maravillosamente esta segunda prueba. Por fortuna, ha
completado a tiempo su provisión de combustible.
—¿De
modo que nos veremos precisados a pasar aquí la noche? —dijo Damna.
—Nadie
vendrá a importunarnos; en estas rocas no habrá panteras negras. Refugiémonos
en este saliente, y esperemos a que amanezca.
El
portugués cogió una brazada de algas y se dirigió hacia una roca cuya cima
ofrecía un refugio bastante grande para estar a cubierto los tres náufragos.
Sir
Moreland y Damna le siguieron, llevando cada uno, a su vez, otra brazada de
algas, para tener un asiento menos duro que el que podía proporcionarles el
áspero peñasco.
CAPÍTULO
IX - LA TRAICIÓN DE LOS COLONOS
Durante
toda la noche, el huracán siguió rugiendo con inusitada violencia, acompañado
de una lluvia torrencial que semejaba un verdadero diluvio, y el agua,
corriendo a lo largo de los flancos del gigantesco escollo, se precipitaba en
la playa en forma de pequeñas cascadas, empapando a los tres náufragos.
Los
truenos eran ensordecedores; retumbaban entre las nubes tempestuosas, y en lo
alto de la cumbre del islote se oía rugir el viento con inusitado furor.
La
zona de mar comprendida entre las tres Islas estaba espantosamente embravecida.
Montañas de agua se volcaban incesantemente sobre la playa, mugiendo en
derredor de la escollera, saltando, cabalgando unas sobre otras. La espuma,
Impulsada por las ráfagas de viento, llegaba hasta debajo de la peña donde se
habían refugiado los tres náufragos, con gran disgusto de Damna.
—¡Qué
noche más espantosa! —decía la joven —. ¿Qué le habrá sucedido a nuestro barco?
¿Podrá el señor Sandokan hacer frente a la tempestad? ¿Qué opina usted, sir
Moreland, usted que también es marino?
—Que
el barco no corre peligro alguno —contestó el angloindio —. Habrá sido empujado
bastante lejos, probablemente, y el Tigre de Malasia se habrá visto forzado a
ponerse a la capa para huir del huracán. Esta es la región de las tempestades.
—Así,
pues, ¿no sabemos cuándo podré volver a ver a mi padre?
—En
estos parajes, los huracanes son muy violentos, pero, en cambio, no duran mucho
tiempo —dijo Yáñez —. Sin embargo, los hay tan furiosos, tan enormes, que
muchas veces, ni los mismos barcos de vapor pueden resistirlos. Después de
todo, aquí no se está muy mal, noches peores he pasado. ¡Lo peor es que mis
cigarros se han puesto inservibles! ¡Bah, ya me resarciré de este ayuno!
—Señor
Yáñez —dijo el angloindio —, ¿nos habrán visto arribar los isleños?
—Es
probable.
—¿No
ha pensado usted que pueden venir a hacernos prisioneros para vengarse de
nosotros, por el carbón que les han cogido?
—¡Por
Júpiter! —exclamó el portugués —. ¡Hace usted que me preocupe, sir Moreland!
También podría usted llamarlos, en calidad de súbdito inglés, y ordenar que me
detuviesen. Estaría usted en su derecho, siendo, como es, enemigo nuestro.
El
angloindio le miró sin responder, y por último dijo, secamente:
—Yo
no haré eso, señor Yáñez. Por hoy debo estarle reconocido, lo que me pesa
bastante, pero no por ello he de olvidarlo.
—Otro
que no fuese como usted, no desperdiciaría una ocasión como ésta.
—Ocasión
que no sería muy oportuna, porque no tardaría el Rey del Mar en venir a
libertarle y tomar una dura venganza.
—¡Eso
sí que no lo dudo! —respondió, riendo, el portugués —. En fin, dejemos esta
conversación y procure usted descansar. Está usted más fatigado que yo, y la
noche va a ser larga.
Efectivamente,
Damna y el angloindio tenían gran necesidad de reposo; y, a pesar de los
rugidos del mar y de los formidables estampidos de los truenos, no tardaron en
caer rendidos sobre las algas.
Yáñez,
que era de complexión más robusta y estaba más acostumbrado a las vigilias,
permaneció de guardia.
De
cuando en cuando se levantaba, y sin hacer el menor caso del diluvio que cala y
de las oleadas de espuma que las ondas arrojaban sobre la roca, descendía hasta
la playa para mirar al mar.
Esperaba
que de un momento a otro verla lucir entre las tinieblas los faroles del
crucero; pero su esperanza se desvanecía siempre. Entre aquel caos de aguas
rugientes no aparecía ningún punto luminoso.
Cuando
la luz de los relámpagos no iluminaba el horizonte, aquella masa líquida
parecía negra, como si los torrentes que caían de las nubes fuesen de
alquitrán.
Cuando
el amanecer ya estaba próximo, comenzó a ceder un tanto la tempestad,
alejándose hacía el Este, es decir, en la dirección seguida por el crucero. El
viento había amainado, aun cuando siguiera oyéndosele bramar en la cumbre de
aquel gigantesco escollo.
También
las olas comenzaban a decrecer, y ya no se rompían en las rocas con la furia
con que lo habían hecho durante la noche.
Suponiendo
Yáñez que Damna y el angloindio seguirían durmiendo, salió del refugio en busca
de algo conque desayunarse.
«Nos
contentaremos con huevos de pájaros marinos —pensó —. Después de todo, no son
tan malos como se cree».
En
una especie de plataforma que se extendía a unos cuarenta metros de altura,
había visto algunos nidos de pájaros; el portugués comenzó a trepar por las
grietas y resaltos que hacían accesible por aquel lado el colosal escollo, por
lo menos hasta cierta altura.
Habla
ascendido ya unos quince metros, cuando de improviso llegaron hasta él unos
gritos que parecían venir de lejos.
Presa
de repentina Inquietud, Yáñez se volvió rápidamente, agarrándose con fuerza a
la punta de una roca.
Una
larguísima chalupa montada por media docena de isleños entraba en aquel momento
en la minúscula rada.
—¡Por
Júpiter! —exclamó, al mismo tiempo que se dejaba escurrir roca abajo —. ¡Nos
han estropeado la combinación! ¿Cuánto apostamos a que me hacen pagar el
carbón, metiéndome una onza de plomo en la cabeza?
En
cuanto estuvo abajo, se precipitó en el refugio, gritando:
—¡En
pie, sir Moreland!
—¿Ha
llegado el Rey del Mar? —preguntaron a un tiempo el capitán y Damna.
—Lo
que ha llegado ha sido otra cosa muy distinta —respondió Yáñez —, ¡Son los
isleños, que van a desembarcar!
—¿Nos
han visto? —preguntó sir Moreland.
—Esto
temo, porque yo estaba hace un momento en lo alto de las rocas.
—¿Y
dónde están? —preguntó Damna.
—Remontando
la escollera: dentro de un momento los veremos aquí.
—¿Nos
harán prisioneros?
—Es
probable —respondió el angloindio, en cuyos ojos brilló una luz extraña.
—Voy
a espiarlos —dijo Yáñez, metiéndose entre las dunas.
—Sir
Moreland —dijo Damna, en cuanto ambos se quedaron solos, y viéndole un tanto
pensativo —, ¿se vengarán esos isleños en el señor Yáñez?
—No
lo dudo: le harán pagar caro el carbón.
—Pero
usted, que viste el uniforme británico, podrá salvarle.
—¡Yo!
—dijo el angloindio, como si le causara asombro lo que acababa de oír.
—¡Qué!
¿No se opondrá usted a que le apresen?
Sir
Moreland cruzó los brazos y se quedó mirando a Damna. Su frente se había
nublado, su rostro tomó una expresión de dureza casi salvaje y brilló en sus
ojos un fuego sombrío.
—¡No
hará usted eso, sir Moreland! —repitió la muchacha —. ¡No olvide usted que ese
hombre le ha salvado de la muerte, y que le ha tratado, no como a un enemigo,
sino corno a un huésped!
El
capitán continuaba callado; parecía librarse en su corazón un áspero combate, a
juzgar por las diversas emociones que se reflejaban en su rostro.
—¡Es
un enemigo! —dijo, finalmente, con voz sorda.
—¡Sir
Moreland! ¡No me obligue a perderle el cariño que le profeso! Yo también debo
al señor Yáñez la vida y la de mi padre...
El
angloindio hizo un gesto que parecía una explosión de cólera, pero en seguida
lo reprimió.
—¡Sea!
–dijo —. ¡De ese modo no tendré que agradecerle nada!
Luego
salid del refugio, y lleno de una airada agitación, iba murmurando con tétrico
acento:
—¡Algún
día lograré encontrarle frente a frente!
En
aquel momento desembarcaban los hombres de la chalupa, que eran todos de raza
blanca e iban armados con fusiles. Entre ellos figuraba uno de los consejeros
del gobernador.
Uno
de los isleños, que debía de haber visto a Yáñez, remontó la duna detrás de la
cual trataba de ocultarse el portugués, y gritó con voz amenazadora:
—¡Es
inútil que te escondas, corsario! ¡Sal de ahí!
El
portugués no se hizo repetir la invitación, y se levantó, diciendo con aire de
burla:
—¡Buenos
días, señor mío, y muchas gracias por esta visita tan matutina!
—¡Tienes
una frescura sin límites, ladrón! —dijo el isleño —. ¿No eres tú uno de los que
se nos han llevado el carbón?
—¡Un
ladrón! ¡Un ladrón de carbón! —exclamó el portugués —. ¿Qué quieres decir? ¡No
te entiendo!
—¿No
formaba usted parte de la tripulación de aquel barco pirata?
—¿Qué
piratas? Yo soy un náufrago, y no he robado nunca nada a nadie. Soy un hombre
honrado, un caballero.
—¡No,
usted debe de ser uno de aquellos ladrones!
Una
voz que parecía muy indignada se dejó oír en aquel momento desde detrás de la
duna: era sir Moreland, que llegaba casi corriendo.
—¿Es
a nosotros a quienes llama usted ladrones? —gritó —. ¿Quién es usted para
atreverse a ofender a un capitán de la marina angloindia y del rajá de Sarawak?
Cuando
el isleño vio aparecer aquel nuevo personaje que vestía el uniforme de
comandante, aun cuando se hallaba en un estado muy deplorable, después del baño
en las olas de aceite, se quedó mudo.
—¿Qué
es lo que quiere usted? ¿Por qué nos amenaza? —preguntó el angloindio,
simulando una viva indignación.
—¡Un
capitán inglés! —exclamó, por fin, el isleño —. ¿Qué lío es éste?
Hizo
portavoz con las manos, y Volviéndose hacia la playa, gritó:
—¡Eh!
¡Compañeros! ¡Venid acá!
Otros
cinco hombres, también armados con fusiles viejos de los que se cargaban por la
boca, corrieron hacia la duna en actitud amenazadora; pero al ver a sir
Moreland, bajaron en seguida las armas y se quitaron los sombreros de tela
encerada.
—Capitán
—interrogó el jefe —, ¿cuándo ha arribado usted?
—Anoche,
junto con mi hermana y este compañero mío. Nos hemos librado de un naufragio
espantoso —contestó sir Moreland.
—Los
conduciremos a Mangalum, y allí tendrán ustedes hospitalidad. Además, no
estarán ustedes mucho tiempo entre nosotros.
—Qué,
¿debe arribar pronto algún barco?
—Hemos
visto un pequeño buque de guerra, que parece inglés, hacia las costas
septentrionales de la isla. Pero el huracán que se desencadenó en cuanto se
marcharon los piratas, ha debido de empujarlo hacia alta mar.
—¿Cuándo
le han visto ustedes?
—Ayer
tarde, un poco antes de la puesta del sol. ¿Seria quizá el de usted?
—No,
el mío se ha ido a pique a cuarenta millas de distancia de aquí, algunas horas
antes de que apareciese el otro.
—¿Iba
usted persiguiendo al corsario?
—Sí.
—¡Qué
desgracia! ¡Si hubiera usted llegado primero, no se hubieran atrevido a
importunamos aquellos ladrones!
—Ya
volveremos a perseguirlos.
—Pero,
perdóneme usted, capitán: ¿dice usted que este hombre es amigo suyo?
—Y
es cierto —contestó sir Moreland —. Se salvó junto conmigo y con mi hermana.
—Pues
se parece a uno de aquellos ladrones,
—Este
hombre es un honrado negociante de Labuán.
—¡Ah!
—dijo el jefe de la chalupa.
Durante
esta conversación, Damna se había acercado al grupo. Al verla, los isleños la
saludaron cortésmente, y la ayudaron a embarcarse. Yáñez, que había permanecido
impasible, se colocó a proa, y en vano intentaba encender un cigarro.
Sin
embargo, aquella tranquilidad era sólo aparente, pues le preocupaba mucho la
inminencia de la arribada de aquel pequeño barco de guerra avistado por los
isleños.
«¡Se
enreda el asunto! —pensaba —. Este angloindio tomará el desquite, de eso no hay
duda, y me conducirá en calidad de prisionero a ese barco, si no es que me
sucede algo peor. ¡Además, estos isleños me miran con unos ojos!... ¡Dudo mucho
de que hayan creído la historieta de sir Moreland!»
A
todo esto, la chalupa se había alejado de la playa. Cuatro hombres empuñaban
los remos, el quinto se puso a proa al lado de Yáñez, y el jefe tomó la barra
del timón.
Este
último era un hermoso viejo, muy barbudo y bronceado. Yáñez le reconoció como
uno de los cuatro consejeros del gobernador,
No
se equivocaba, porque el isleño fijaba de cuando en cuando sobre él, con
verdadera obstinación, sus ojos azules, Sin embargo, hasta entonces no había
dado muestra alguna de desconfianza, ni tampoco respecto a Damna; antes al
contrario, le había ofrecido el puesto de honor a popa, y le echó su chaqueta
de tela encerada sobre los hombros.
Fuera
de la ensenada, el mar estaba muy agitado todavía, Frecuentes olas levantaban
la chalupa bruscamente, sacudiéndola de un modo brutal, y precipitándola de
improviso en el vacío.
Sin
embargo, los remeros, luchando con denodado esfuerzo, y sin desfallecer ante el
ímpetu de la marejada, luchaban con los remos. Eran todos hombres muy robustos,
y acostumbrados a aquellas tareas, casi diarias, en derredor de sus islas,
batidas por los vientos impetuosos del Sur.
Una vez
fuera de las escolleras, izaron una pequeña vela triangular y, mejor
equilibrada, la chalupa bogó con —mucha velocidad hacia Mangalum, que no estaba
ya muy lejos.
Durante
el viaje, los isleños no pronunciaron una sola palabra. El jefe miraba con
frecuencia de soslayo a los tres supuestos náufragos, deteniendo los ojos de un
modo especial en Yáñez.
La
travesía se realizó con toda felicidad, aun cuando ya cerca de Mangalum arreció
el ímpetu de las olas; por fin, después de mediodía, la chalupa se detuvo en la
extremidad del puertecito.
—Desciendan
ustedes —dijo el jefe, ayudando a Damna —. Aquí estarán mejor que en las rocas
del islote.
Pronunció
estas palabras con un acento casi burlón, que no se le escapó a Yáñez.
—¡Este
viejo tunante debe de haberme reconocido! —murmuró el portugués —, ¡Si el Rey
del Mar no vuelve pronto, me parece que la aventura no va a terminar muy bien
para mí, y, por su parte, sir Moreland se ha metido en un verdadero lío!
También
el angloindio debía de haberse dado cuenta de que había jugado una mala carta,
porque parecía muy preocupado.
Los
isleños dejaron en seco la chalupa para que no pudiera arrastrarla la resaca,
que se hacía sentir con gran violencia aun dentro de la pequeña ensenada; se
echaron los fusiles al hombro, y acercándose rápidamente a los náufragos, los
rodearon.
—¿A
dónde nos conducen ustedes? —preguntó sir Moreland, que a cada momento aparecía
más Inquieto.
—A
mi casa —respondió el jefe.
No
había salido ningún isleño de sus viviendas, las cuales se velan escalonadas a
lo largo del declive. Probablemente, no se habían percatado del regreso de la
chalupa y preferían estar en el interior de sus cabañas, pues comenzaba a
llover otra vez.
El
jefe atravesó una especie de plaza y condujo a los náufragos a una casita de
bonita apariencia, parte de ella construida con madera y parte con piedra. En
lo alto de su tejado, que terminaba en punta, flameaba una tela roja, resto,
probablemente, de una bandera inglesa.
Abrió
la puerta de la casa e invitó a entrar al angloindio, a Damna y a Yáñez; en
seguida, mientras sus hombres armaban precipitadamente sus fusiles, se volvió
hacia un viejo que estaba fumando en un ángulo de la habitación, cerca de una
ventana, y le preguntó, indicándole a Yáñez:
—Señor
gobernador, ¿conoce usted a este hombre? Mírele bien, y dígame si no es uno de
los que robaron la provisión de carbón que nos confiara el Gobierno inglés.
—¡Ah,
bribón! —exclamó, furioso, el portugués.
El
viejo se levantó rápidamente.
—¡Sí,
es uno de ellos! —gritó el gobernador.
—¡Ahora
no te nos escaparás, y haremos que te ahorquen los marineros ingleses en el
mástil más alto de sus barcos! ¡Pirata!
—¡Yo,
pirata! —exclamó Yáñez, levantando el puño.
Sir
Moreland se interpuso rápidamente.
—Un
capitán de Su Majestad la reina de Inglaterra no puede permitir que en su
presencia se cometa violencia alguna. Señor gobernador, este hombre es un
corsario, y no un pirata.
El
viejo, que hasta entonces no se había dado cuenta de la presencia del
angloindio, le miró con estupor.
—¿Quién
es usted? —preguntó.
—Vea
usted el traje que llevo y las insignias de mi graduación.
—¿Ha
arribado el barco de usted?
—Mi
barco se ha ido a pique frente a Mangalum, después de un combate terrible con
el corsario.
—¿No
pertenece usted al barco que hemos visto ayer tarde?
—No,
porque ayer fui llevado por las olas a las escolleras del islote.
—¿En
compañía de este hombre? —preguntó el gobernador, cuyo asombro iba en aumento.
—Sí,
juntamente con él y con esta señorita, a quienes hemos salvado del huracán.
—¡Y
usted, un capitán inglés, estaba en compañía de los corsarios! ¡Vaya, vaya! ¡Es
usted un comediante muy hábil, pero yo no soy tan tonto que vaya a hacer caso
de su cháchara!
—Primero
nos contó que había naufragado —dijo uno de los isleños.
—Afirmo
a ustedes por mi honor que soy James Moreland, capitán de la marina angloindia,
ahora al servicio del rajá de Sarawak —dijo el joven comandante.
—Pruébelo
usted, y entonces lo creeré.
—Ahora
no puedo dar ninguna prueba, porque mi barco se ha ido a pique.
—¿Y
este hombre? ¿Cómo se encuentra con usted, cuando hace dos días estaba con los
piratas?
—Porque
se salvó conmigo en una chalupa durante el abordaje, y mientras el buque
corsario lo empujaba al océano, mi barco se hundía.
—Me
parece que es usted el jefe de esos piratas, metido en la piel de un inglés.
—¡Viejo!
—gritó Yáñez —. ¿Quiere terminar de llamarnos piratas? ¡Este señor es un
capitán angloindio!
—¡Ustedes
son piratas!
—¿Qué
es lo que te he quitado?
—El
carbón.
—¡No
era tuyo, era del Gobierno!
—¡Y
los animales!
—¡Que
te han sido pagados! —replicó Yáñez, perdiendo ya la calma —. Todavía tienes en
el bolsillo, estoy seguro de ello, el cheque sobre Pontianak; y cuenta que
hubiéramos podido llevarnos todos tus animales sin darte una sola libra
esterlina.
—¿Y
cree usted por eso que voy a dejarlos ir? —dijo el gobernador, con una sonrisa
irónica —. El buque inglés no tardará en arribar, y entonces ya veremos cómo se
las componen con su comandante. ¡Espero que he de verlos bailar la última danza
con una buena cuerda al cuello!
—¡Y
yo le digo a usted que, al menos por lo que a mí se refiere, habrá de pedirme
mil perdones! —dijo sir Moreland, que también comenzaba a irritarse —. Y le
advierto, entretanto, que si tocan un solo cabello de esta señora o de este
hombre, ¡palabra de James Moreland que mando bombardear esta aldea por los
cañones ingleses!
—¡Bien,
bien! —dijo el gobernador, riendo —. Pero mientras eso suceda, serán ustedes
nuestros prisioneros por derecho de guerra. ¡Ah, señores piratas: pagaréis el
carbón que nos había confiado el Gobierno inglés, y otra vez los animales! ¡No
se engaña así come así a un hombre como yo!
—¡Bien,
ya lo veremos! —dijo sir Moreland —. Pero vaya usted a indicar al barco de
guerra, sí es que todavía está a la vista, que tiene que hacerle importantes
comunicaciones.
—¡No
parece sino que tengan mucha prisa en que los ahorquen! —respondió el
gobernador —. ¡Haré lo posible por darles gusto!
Se
volvió hacía sus súbditos, que habían asistido al coloquio, apoyados en sus
fusiles, y les dijo:
—Os
lo confío; tened cuidado de que no se escapen, Esto nos hará ganar un premio y,
además, el reconocimiento del Gobierno inglés. Llevadlos al almacén, y cerrad
con llave. ¡Vamos! —dijo el jefe, empujando duramente a Yáñez hacia la puerta
—. ¡Por ahora ha terminado la comedia!
El
angloindio, el portugués y Damna se dejaron conducir sin oponer la menor
resistencia, pues sabían que sería del todo inútil e incluso peligroso, con
aquellos hombres rudos y brutales. Atravesaron nuevamente la plaza, y los
introdujeron en una maciza construcción de piedra que servía de almacén a los
colonos.
Era
un cuadrilátero de unos cincuenta metros de longitud, entonces casi vacío, pues
no había en él más que montones de pescado seco y barriles que contenían,
probablemente, aceite o grasa, El techo estaba sostenido por gruesas pilastras
de piedra arrancadas de las salinas de la isla.
—¿Tienen
ustedes hambre? —preguntó el gobernador.
—No
me desagradaría tomar un bocadito antes de que me ahorquen —dijo Yáñez,
burlonamente.
—¡Hasta
luego! Les advierto que a la primera tentativa de fuga, hacemos fuego sobre
ustedes.
Y
dicho esto, cerraron la puerta, atrancándola por fuera.
Sir
Moreland, Yáñez y Damna, ésta menos asustada de lo que pudiera creerse, se
miraron casi sonriendo.
—¿Qué
me dice usted de, esta aventura, sir Moreland? —preguntó la joven.
—Que
si realmente ese barco inglés está cruzando las aguas de la isla, concluirá
pronto —respondió el capitán.
—Para
usted, pero no para nosotros.
—¿Y
por qué, señorita?
—En
cuanto los de usted sepan que somos corsarios, ¿no nos ahorcarán?
—O
por lo menos nos conducirán a Labuán para ser juzgados —dijo Yáñez —. Cosa que
agradaría bastante a aquel gobernador, que tiene contra mí antiguos rencores.
—Procuraré
evitar que eso suceda —respondió el capitán —. Sería peligroso, especialmente
para el señor De Gomara.
—Vamos
a ponerle a usted en un grave compromiso, sir Moreland —dijo Damna.
—No
lo creo, señorita. ¿Quién me dice que el comandante de ese barco no sea amigo
mío? En ese caso, nos entenderíamos fácilmente. El señor De Gomara se ha
portado conmigo como un caballero, y yo no he de serio menos que él.
—¿Ha
olvidado usted la aventura nocturna de Redjang?
—Una
astucia de guerra, señorita, por la cual no conservo rencor alguno a usted ni a
sus protectores.
—¡Es
usted muy bueno, sir Moreland!
—No
soy mejor ni peor que los demás. ¡Ah!
De
pronto resonó un cañonazo que hizo retemblar las paredes del almacén.
—¡Un
barco de guerra! —exclamó el angloindio.
—¿Será
el Rey del Mar o el buque que esperan los isleños? —preguntó Yáñez.
—¡Pronto
lo sabremos!
Ambos
se lanzaron hacía la puerta, y la golpearon, gritando:
—¡Abrid!
¡Queremos ver desembarcar a los ingleses!
—¡Silencio!
—tronó una voz amenazadora —. ¡Si fuerzan ustedes la puerta, hago fuego!
CAPÍTULO
X - EL REGRESO DEL REY DEL MAR
Después
del cañonazo se oyeron unos clamores ensordecedores y varios disparos de fusil.
Pero no eran gritos de guerra, sino de alegría, señal evidente de que no se
trataba del Rey del Mar, sino de la nave inglesa avistada anteriormente.
Yáñez
y sir Moreland intentaron trepar hasta el techo, donde había algo semejante a
un ventilador, pero tuvieron que desistir de su empeño a causa de lo elevado de
aquellos muros.
—¡Bah!
—dijo el angloindio —. Será una espera de pocos minutos.
—¿Se
tratará de un barco perteneciente a la flotilla de Labuán? —preguntó Yáñez.
—Lo
supongo. Parece que mis compatriotas han desembarcado: ¿no oye usted esos
hurras?
—Sí,
es la población que los saluda.
—Dentro
de algunos momentos, la comedia se cambiará en farsa, con gran asombro por
parte de ese estúpido gobernador, que se ha empeñado en no creer que soy un
capitán auténtico. Los gritos se acercan: mis compatriotas vienen a
felicitarnos.
—En
cambio, los isleños supondrán que vienen en nuestra busca para ahorcamos —dijo
Damna.
—¡Son
capaces de haber preparado las cuerdas! —dijo Yáñez, bromeando.
Se
escuchó un rumor de voces muy cerca de la puerta, un momento después, las
traviesas que la sujetaban cayeron al suelo, y un torrente de luz inundó el
almacén.
En
el umbral apareció el gobernador, junto con un hombre todavía joven, de larga
barba rubia y ojos azules, que vestía el uniforme de teniente de la marina.
Detrás
de ellos iba un pelotón de marineros armados con la bayoneta calada y rodeados
por muchos isleños.
—¡Aquí
están los piratas! —gritó el viejo, señalando a los prisioneros —. ¡Merecen
diez brazas de cuerda bien enjabonada! ¡Préndalos usted!
El
teniente, asombrado, en lugar de ordenar a los marineros que avanzasen, se
precipitó hacía sir Moreland con los, brazos abiertos y gritando:
—¡Comandante!
¿Es posible? ¡Usted todavía vivo! ¡Yo estoy soñando!
—¡No,
mi querido Leyland! –exclamó sir Moreland —. ¡Soy yo misma, en carne y hueso!
¡Abráceme usted, amigo mío!
Mientras,
el teniente y el capitán se precipitaban uno en brazos del otro, el gobernador,
completamente aturdido por aquel inesperado golpe teatral, se rascaba
furiosamente la cabeza repitiendo:
—¡Pero
si es un aliado de los piratas! ¡Mírelo usted bien, señor teniente! ¡También,
pretende engañarle a usted!
Sin
hacer el menor caso de las protestas del viejo ni. de las imprecaciones ni de
los gritos de asombro de los isleños, el teniente había preguntado:
—¿Cómo
es que se encuentra usted aquí, capitán, cuando todos le creíamos sepultado con
su barco? ¡Porque esto se halla a una gran distancia de Sarawak!
—¿No
se lo haz contada los marineros que dejó en libertad el corsario?
—Sí,
pero nadie quiso creer lo que decían.
—Señor
Leyland, ¿qué es lo que ha venido a buscar usted aquí?
—El
corsario.
—Ha
llegado usted demasiado tarde, y, además, le aconsejo que no mida usted sus
fuerzas con ese buque. Es preciso bastante más que un crucero. ¿Quiere usted
que le dé un consejo de amigo? Salga pronto, de aquí y evite encontrarse con el
Rey del Mar de los tigres de Mompracem. Vámonos a bordo, y allí se lo contaré
todo; pero antes déjeme que le presente a dos amigos: la señorita Damna Praat y
su hermano.
Al
ver que el teniente tendía la mano al portugués, el gobernador saltó como una
bomba:
—¡Es
un engaño! —gritó —. ¡Ese es el pirata que nos había robado! ¡Ahórquelo usted!
—¡Silencio,
vieja comadreja! —dijo sir Moreland —. ¡Esos asuntos no le importan a usted!
¡El carbón no era de su propiedad!
—¿Y
nuestros animales?
—Mande
usted cobrar el cheque en Pontianak —dijo con ironía Yáñez.
—Pero,
¿qué historia es ésa, capitán? —preguntó el teniente.
—Más
tarde le daré a usted mayores explicaciones —contestó sir Moreland —. Haga
usted que sus marineros protejan a esta señorita y a su hermano.
—¡Ahórquelos
usted! —bramaba el gobernador, enfurecido —. ¡Todos ellos son piratas!
—¡Silencio!
—gritó, ya impaciente, el oficial —. Si estos señores son piratas, como usted
afirma, ya los juzgará un consejo de guerra. ¡Marineros, haced el cuadro, y a
bordo en seguida!
—¡Señor
teniente! —gritó el viejo.
—¡Basta!
¡Se le Juzgará! ¡Adelante, en línea cerrada!
Los
marineros, que eran unos treinta, todos ellos muy bien equipados, cerraron
filas en derredor de sir Moreland, Yáñez y la muchacha, y descendieron hacia la
playa seguidos por el gobernador y el pueblo, que comentaba desfavorablemente
la conducta del teniente, creyendo de buena fe que quería proteger a unos
vulgares piratas.
En
la ensenada había tres chalupas, mar afuera se veía un hermoso crucero de
pequeñas dimensiones, todo pintado de negro, que navegaba lentamente entre los
dos promontorios.
El
capitán, el teniente, Yáñez y Damna se embarcaron en la mayor de las chalupas
junto con diez marineros, y el resto de los hombres, en las otras dos.
En
pocos minutos recorrieron la distancia y abordaron a la escala de estribor, que
había quedado tendida. —Capitán —dijo el teniente, en cuanto sir Moreland hubo
puesto pie en la cubierta, siendo saludado por los estrepitosos hurras de la
tripulación —, pongo mi barco a su completa disposición.
—No
deseo mas que un camarote para mí y otro para cada uno de mis compañeros,
Después que usted me haya oído dirá sí ha de tratárseles como a prisioneros de
guerra. Señorita Damna, y usted, señor De Gomara, espérenme un momento.
La
embarcación volvió a emprender la marcha, y el capitán y el teniente
descendieron a la cámara, donde sostuvieron una prolongada conversación.
Cuando
regresaron, sir Moreland aparecía sonriente, como si estuviera muy contento.
—Señorita,
señor De Gornara —dijo, acercándose a ellos —, no irán ustedes a Labuán, porque
el buque tiene que detenerse irremisiblemente en Sarawak.
—¿Y
allí nos entregará al rajá? —preguntó Yáñez.
—Eso
es todo cuanto podemos hacer, aunque, yo hubiera deseado otra cosa —replicó el
capitán, dando un suspiro.
—¿Qué
es lo que dice usted, sir Moreland? —preguntó Damna.
El
angloindio movió la cabeza sin contestar, y ofreciendo el brazo a la joven, la
condujo hacia la popa, y le dijo, presa de cierta agitación:
—¡Quisiera
arrancar a usted una promesa, señorita!
—¿Cuál,
sir Moreland? —preguntó Damna.
—¡Que
no vuelva usted a embarcarse en el Rey del Mar!
—¿Estoy
prisionera?
—El
rajá la pondrá en libertad en seguida.
—Es
imposible, sir, allí está mi padre y tengo por seguro que no abandonará el Rey
del Mar. Su suerte está unida a la de los últimos piratas de Mompracem.
—Debe
usted pensar que cualquier día me encontrará de nuevo frente al barco de
Sandokan, y que, probablemente, tendré que echarlo a pique y matarlos a todos,
incluso a usted misma; ¡yo, que daría por usted toda mí sangre! ¿Qué decide
usted, señorita Damna?
—Dejemos
que la suerte lo disponga todo, sir Moreland —contestó la joven.
—¡Y,
sin embargo, usted me ama!
—Si
—murmuró la muchacha, con voz tan tenue, que parecía un suspiro.
—¿Jura
usted que no me olvidará?
—¡Se
lo juro!
—Tengo
confianza en nuestro destino, Damna.
—En
cambio, yo terno que haya de sernos fatal a los dos. Nuestro cariño ha nacido
bajo el signo de una mala estrella, sir Moreland, lo presiento.
—¡No
hable usted así, Damna!
—¿Qué
quiere usted, sir Moreland? Veo nuestro porvenir muy oscuro, Me parece que no
tardará mucho en suceder la catástrofe que nos amenaza. Esta guerra será
también fatal para nosotros.
—Usted
puede evitar ese riesgo, Damna, peligro que se esconde en los abismos del
Atlántico,
—¿Cómo
puedo evitarlo?
—Ya
se lo he dicho: abandonando a su suerte al Rey del Mar.
—No,
sir Moreland; mientras ondee la bandera de los tigres de Mompracem, Damna, la
protegida de Sandokan y de Yáñez no abandonará su barco.
—¿No
sabe usted que esos hombres están condenados a perecer? Los mejores y más
poderosos barcos de la marina inglesa vendrán muy pronto a estos mares, y
despedazarán al corsario. Huirá, vencerá tal vez en otra batalla; pero, más
pronto o más tarde, sucumbirá bajo nuestra artillería.
—Ya
se lo he dicho a usted, y vuelvo a repetírselo una vez más, nosotros sabremos
morir como los valientes, al grito de ¡viva Mompracem!
—¡Es
usted bella y animosa como una verdadera heroína! —exclamó sir Moreland,
mirándola con admiración —. ¡Ese río de sangre será fatal para todos!
Yáñez
se acercó en aquel momento, precipitadamente.
—¡Sir
Moreland! –exclamó —. Viene hacia nosotros un barco de vapor; ya ha sido visto
por el comandante.
—¿Será
el Rey del Mar? —exclamó Damna.
—Se
sospecha que sea un barco de guerra. Mire usted: los marineros se preparan para
combatir.
La
frente de sir Moreland se oscureció, y sobre su rostro se extendió una intensa
palidez.
—¡El
Rey del Mar! —murmuró, con voz sorda —. ¡Viene a destrozar mi felicidad!
Se
le aproximó el teniente, que llevaba un anteojo en la mano.
—Sir
James, si no me equivoco, se dirige hacia nosotros un buque de alto bordo.
—¿Será
alguno de los nuestros? —preguntó el capitán.
—No,
porque viene del Nordeste, y nuestra escuadrilla se ha dirigido hacia Sarawak,
con la esperanza de encontrar al corsario en el camino.
Apareció
en el horizonte un punto negro coronado por dos grandes columnas de humo, que
se agrandaba cada vez más. Al parecer, se dirigía a toda velocidad hacia el
grupo de las islas de Mangalum.
Sir
Moreland habla enfocado el anteojo, y miraba con gran atención. De pronto se le
escapó de las manos aquel instrumento de óptica.
—¡El
Rey del Mar! —exclamó con voz ronca, mientras miraba tristemente a Damna.
—¡Sandokan!
—dijo Yáñez —. ¡Por esta vez todavía no me ahorcarán!
—¿Es
el corsario? —preguntó el teniente.
—¡Sí!
—respondió sir Moreland.
—¡Le
daremos la batalla y lo hundiremos! —añadió el teniente.
—¡Qué!
¿Quiere usted irse a pique? Porque, si usted pelea, dentro de muy pocos minutos
este barco y su tripulación estarán en el fondo del mar de la Sonda. Es
preciso, algo más que un crucero de tercera clase para hacer frente a ese buque
el más moderno, el más rápido y el más poderoso de cuantos existen.
—Sin
embargo, yo no me dejo capturar sin combatir —contestó el teniente.
—Ni
tampoco pretendo yo eso, amigo mío: espero que podremos evitarlo, porque si no,
serían desastrosas para nosotros las consecuencias.
—¿Y
cómo lo vamos a hacer?
—Mande
usted echar una chalupa al agua, y déjeme que vaya antes a parlamentar con el
Tigre de Malasia.
Usted
perderá los dos prisioneros, y yo perderé mucho más, se lo juro a usted, pero
se salvarán este barco y sus tripulantes.
—A
sus órdenes, sir James.
Mientras
los marineros echaban al agua una ballenera, el Rey del Mar, que corría con una
velocidad de doce nudos, se echaba encima del crucero.
Ya
habla apuntado los poderosos cañones de la torre de proa, y se preparaba a
cubrir de balas y metralla a su minúsculo enemigo para echarlo a pique a la
primera andanada.
El
larguísimo gallardete de combate había sido izado y ondeaba en el mástil de
proa, al propio tiempo que en la popa se izaba la bandera roja de Mompracem,
adornada con una cabeza de tigre.
Al
ver que el crucero inglés se detenía, que enarbolaba una bandera blanca y
echaba al agua una chalupa, Sandokan ordenó que diesen contravapor, y se detuvo
también a unos mil doscientos metros del enemigo.
—¡Parece
que los ingleses no se sienten lo bastante fuertes para pelear con nosotros!
—dijo a Tremal-Naik, que se había reunido con él en la torrecilla.
—¿Querrá
rendirse? ¿Qué es lo que vamos a hacer con ese barco?
—Le
cogeremos la artillería y las municiones, y además, el carbón —contestó
Sandokan —. Podrían servir a nuestros amigos los dayakos de Sarawak.
Y al
cabo de unos instantes, añadió:
—Aunque
me desagradaría perder el tiempo. Tenemos que ir en busca de Yáñez y de Damna.
—¿Crees
que todavía los encontraremos en el escollo? —preguntó, lleno de angustia,
Tremal-Naik.
—No
lo dudo. Los he visto arribar antes de que la oscuridad envolviera aquel
islote. ¡Oh! ¡Un capitán en la ballenera! ¿Vendrá a entregar su espada?
¡Hubiera preferido un combate, para aplicar ese afán que me invade de
destruirlo todo!
—¿Es
posible? —dijo en aquel momento Sambigliong, que había apuntado un anteojo
hacia la chalupa —. ¡Tigre de Malasia, o yo me equivoco, o es él realmente!
¡Mire usted! ¡Mire usted!
—¿Qué
es lo que has visto?
—¡Es
él! ¡Le digo a usted que es él!
—Pero,
¿quién?
—¡Sir
Moreland!
—¿Moreland?
—exclamó Sandokan, palideciendo, y a continuación enrojeció vivamente, mientras
que un relámpago de esperanza iluminó sus ojos —. ¡Moreland a bordo de aquel
buque! Entonces, Yáñez, Damna... ¿Cómo pueden encontrarse ahí? ¡Es imposible!
Tú te has equivocado, Sambigliong.
—¡No,
señor! ¡Mírele usted! ¡Nos ha visto, y nos saluda, agitando la gorra!
Sandokan
se lanzó fuera de la torrecilla, exhalando un grito de gozo.
—¡Sí!
¡Es él, sir Moreland!
La
ballenera avanzaba rápidamente al impulso de doce remeros.
El
angloindio, de pie en la popa y sin abandonar la barra del timón, seguía
saludando.
—¡Abajo
la escala! —gritó Sandokan.
Apenas
había sido ejecutada la orden, cuando abordó la ballenera. Sir Moreland subió a
bordo con rapidez, y dijo con cierta frialdad:
—Tengo
mucho gusto en volver a ver a ustedes, señores, y en poder darles una noticia
que me agradecerán bastante.
—¿Yáñez,
Damna? —gritaron a un tiempo Sandokan y Tremal-Naik.
—Están
a bordo de aquel barco.
—¿Y
por qué no los ha traído usted? —preguntó Sandokan, arrugando el entrecejo.
El
angloindio, que había adoptado un aire sumamente grave y que hablaba casi
imperiosamente, contestó:
—Vengo
para entablar negociaciones, señores.
—¿Qué
quiere usted decir?
—Que
el comandante de ese barco les entregará a ustedes el señor Yáñez y la señorita
Damna, con la condición de que ustedes dejen tranquilo su buque, el cual, como
pueden ver, no tiene fuerzas para medirse con el Rey del Mar.
Sandokan
tuvo un momento de vacilación, y finalmente contestó:
—De
acuerdo, sir Moreland; ya sabré encontrarlo más adelante.
—Ordene
usted que bajen la bandera de combate. De ese modo, el comandante comprenderá
que ha aceptado usted su proposición, y enviará en seguida a los prisioneros.
Sandokan
hizo una seña a Sambigliong, y pocos momentos después el gallardete descendía
sobre la cubierta. Casi en el mismo instante en que esto sucedía, se destacó
del costado del crucero una segunda chalupa: en ella iban Yáñez y Damna.
—Sir
Moreland —dijo Sandokan —, ¿dónde recogió a ustedes ese buque?
—En
Mangalum —respondió el angloindio, sin apartar los ojos de la chalupa, que se
acercaba a gran velocidad.
—¿Se
habían salvado ustedes en el escollo?
—Sí
—contestó secamente el capitán, que parecía haber perdido su habitual
cordialidad y hallarse inmerso en profundas cavilaciones.
Poco
después llegaba la segunda chalupa. Yáñez y Damna subieron precipitadamente la
escala, y cayeron el uno en brazos de Sandokan y la segunda en los de su padre.
Sir
Moreland; muy pálido, miraba tristemente aquella escena. Cuando se separaron,
se volvió hacia el Tigre de Malasia, y le preguntó:
—Y
ahora, ¿seguirá usted reteniéndome prisionero?
—No,
sir Moreland, es usted completamente libre. Vuélvase a bordo de ese buque
—contestó Yáñez.
Sandokan
no pudo ocultar un gesto de asombro. No creía, ni mucho menos, que fuese
aquélla la contestación que debía darse al angloindio, sin embargo, no replicó.
—Señores
—dijo entonces el capitán, con voz grave y mirando fijamente a Sandokan y a
Yáñez —, espero que volveremos a vemos pronto; pero entonces, como enemigos
encarnizados.
—Le
esperaremos a usted —respondió fríamente Sandokan.
Sir
Moreland se aproximó a Damna y le tendió la mano, diciendo con triste acento:
—¡Que
Brahma, Sivah y Visnú la protejan, señorita!
La
muchacha, que estaba profundamente conmovida, le estrechó la mano sin articular
una sola palabra. Parecía como si tuviese un nudo en la garganta.
El
angloindio fingió no ver las manos que le alargaban Yáñez, Sandokan y
Tremal-Naik, en vez de ello, saludó militarmente, y descendió a toda prisa la
escala sin volver la vista atrás.
No
obstante, cuando la chalupa que le conducía hacia el crucero pasó por delante
de la proa del Rey del Mar, levantó la cabeza, y al ver a Damna y a Surama en
el castillo, las saludó con el pañuelo.
—Yáñez
—dijo Sandokan, llevándose a un lado al portugués —, ¿por qué le has dejado
marchar? ¡Podía habernos sido muy útil como prisionero!
—Y
un grave peligro para Damna —respondió Yáñez —. ¡Se aman!
—¡Me
lo había figurado! Es un hermoso y valiente joven. Como Damna tiene también
sangre angloindia en sus venas... Quizá después de la contienda...
Se
quedó unos instantes como abstraído en un profundo pensamiento y luego añadió:
—Debemos
comenzar ya las hostilidades; vámonos hacia las líneas ordinarias de
navegación, y mientras la escuadra nos sigue buscando en las aguas de Sarawak,
procuraremos causar a nuestros adversarios los mayores perjuicios posibles.
CAPÍTULO
XI - EL CRUCERO DEL REY DEL MAR
Cuarenta
y ocho horas más tarde, el Rey del Mar; que había reemprendido su ruta rumbo a
Poniente, para esperar al pairo a los barcos que venían de la India, de las grandes
islas de Java y de Sumatra, y que se dirigían directamente por los mares de la
China y del Japón, avistó un penacho de humo a unas quinientas; millas de
distancia del grupo de las Burguram.
—¡Barco
de vapor! —dijo Kammamuri, que estaba de guardia en la cofa del trinquete.
Sandokan,
que en aquel momento se hallaba comiendo con sus amigos y con el jefe de las
máquinas, se apresuró a subir al puente, al mismo tiempo que ordenaba:
—¡Reavivad
los fuegos! ¡Los artilleros, a los cañones de las torres!
Toda
la tripulación subió a la cubierta, sin excluir la guardia franca, pues nadie
podía suponer con qué clase de barco iba a tener que vérselas el Rey del Mar.
Como
el crucero se encontraba todavía a muy poca distancia de las islas de Borneo,
podía darse el caso de que se topara de improviso y de manos a boca con algún
buque de guerra que se encaminase hacia Labuán o hacia Sarawak.
El
Tigre de Malasia escudriñaba el océano utilizando un anteojo de gran alcance.
Por el momento no se vela más que una columna de humo que se destacaba en el
luminoso horizonte; pero el barco no debía de tardar en aparecer, pues el Rey
del Mar Iba a su encuentro con una velocidad de doce nudos.
—¿Qué
es, Sandokan? —preguntó Tremal-Naik, que se le había acercado.
—¡Un
poco de paciencia, querido mío! —contestó el formidable pirata.
—¿Y
si ese barco no es inglés?
—Se
le saluda y se le deja marchar, pues no vamos a ponernos en guerra con el mundo
entero.
—¿Lo
ves?
—Ahora
comienzo a distinguirle, y me parece que es un vapor mercante, porque no veo el
gallardete rojo de los buques de guerra. Ya se destaca en el horizonte la
arboladura. Bastará disparar un cañonazo sin bala para detenerle. Ordena que
Sambigliong disponga cuatro chalupas con algunas ametralladoras, y que se armen
sesenta hombres.
—¿Le
abordaremos? —preguntó Kammamuri.
—Si
es inglés, como supongo, sí. Nuestro crucero empieza mejor de lo que
esperábamos, teniendo en cuenta los pocos días que hace que hemos dado
principio a las hostilidades.
La
distancia se acortaba rápidamente, pues el Rey del Mar aumentaba la velocidad,
con objeto de estar en condiciones de impedir la fuga al vapor, que parecía de
muy buena marcha.
Los
hombres de vigía en la plataforma reconocieron la bandera desplegada en el asta
de popa, y la noticia fue saludada con un grito de júbilo.
—¡No
me había equivocado! —dijo Sandokan —. ¡Ese barco es inglés!
Inspeccionó
rápidamente las chalupas, que ya habían bajado hasta las portas, y los sesenta
hombres que debían ocuparlas; en seguida dio la orden de dirigir el crucero
sobre el vapor de modo que le atajase el camino.
Aquel
barco, probablemente, procedía de los puertos de la India. Era un gran vapor de
más de dos mil toneladas, con dos mástiles y dos chimeneas.
Sobre
la toldilla había una multitud de gente que se agolpaba en la obra muerta,
atraída por la presencia de aquel buque de guerra que con tanta velocidad se
dirigía hacia ellos.
En
cuanto estuvieron a unos mil metros de distancia, Sandokan mandó desplegar su
bandera en el palo de mesana y disparar un cañonazo sin bala, lo cual
significaba: «¡Deteneos!»
Al
oír aquella intimidación Inesperada, se produjo gran confusión a bordo del
vapor. Viose a los marinos y a los pasajeros correr hacia la proa, y sus gritos
llegaban claramente hasta el buque corsario.
La
vista de aquella bandera, tan conocida en los mares de Malasia, debió de
producir en todos una Impresión enorme, y mucho más porque el Rey del Mar
continuaba corriendo como si quisiera pasar por ojo al pobre barco.
Durante
algunos minutos se vio que el buque viraba unas veces hacia babor, otras sobre
estribor, como si dudara acerca del camino que debía emprender; pero una bala,
disparada por una de las piezas de caza, y que pasó silbando sordamente sobre
la toldilla, los decidió a detenerse.
—¡Máquinas
atrás! —ordenó Sandokan —. ¡Al agua las chalupas, y a sus puestos los hombres
de desembarco! ¡Tú, Yáñez, encárgate del mando!
El
portugués se ciñó el sable que le había llevado Sambigliong, se puso en el
cinto las pistolas, y descendió en la chalupa más grande, tomando asiento junto
a Tremal-Naik.
El
vapor se había detenido a ochocientos metros de distancia, considerando inútil
toda resistencia contra aquel crucero formidable, que con una sola descarga le
hubiera echado a pique.
Los
pasajeros, agolpados en la toldilla, proferían gritos ensordecedores, creyendo
que había llegado su última hora.
Las
cuatro chalupas, tripuladas por los sesenta hombres, armados con carabinas y
kampilangs, se pusieron rápidamente en marcha en dirección al vapor, mientras
que los artilleros del Rey del Mar apuntaban dos piezas de las torres de babor,
dispuestos a hacer fuego al menor indicio de resistencia por parte de los
Ingleses.
Cuando
las chalupas se hubieron aproximado al vapor, y estaban a una distancia de
trescientos pasos, Yáñez ordenó imperiosamente a los marinos Ingleses que
bajasen la escala, amenazando con hacer fuego si no le obedecían.
A
bordo hubo unos momentos de confusión y de duda. Aparecieron en las bordas
algunos marineros armados de fusiles, como si tuviesen intención de oponer
resistencia; pero los, furiosos gritos de los pasajeros, que no querían, como
es de suponer, exponerse al peligro de que la formidable artillería del
corsario los echase a pique, les obligaron a retirarse, y la escala descendió
de un solo golpe.
Yáñez,
seguido de Tremal-Naik, Kammamuri y doce hombres, se lanzó, hacia la
plataforma, desenvainando su sable inmediatamente.
El
capitán del barco le esperaba rodeado de sus oficiales, mientras que los
pasajeros, que serían aproximadamente unos cincuenta, se agolpaban detrás,
mudos y aterrorizados.
El
capitán era un hombre arrogante, de alta estatura, rostro enérgico y bronceado
por el sol de los trópicos, con el pelo negro y la barba rizada; en fin, un
tipo soberbio de marino.
Al
ver aparecer a Yáñez con el sable desenvainado, palideció, y en seguida arrugó
el entrecejo.
—¿A
qué debo el honor de esta visita? —preguntó, con voz temblorosa por la ira.
—¿Ha
visto usted los colores de nuestra bandera? —preguntó a su vez el portugués,
tras un gesto irónico de saludo.
—Sé
que los piratas de Mompracem tenían en otro tiempo un estandarte rojo con una
cabeza de tigre.
—Entonces
me permitirá usted que le notifique que esos piratas han declarado la guerra a
la nación de ustedes y al rajá de Sarawak.
—Me
habían asegurado que ya no hacían el corso.
—Y
es verdad, señor mío; pero el Gobierno de ustedes ha provocado a los tigres de
Mompracem, y éstos han vuelto a tomar las armas.
—En
conclusión, ¿qué es lo que quiere usted?
—Concederles
veinte minutos para que puedan embarcarse en las chalupas, y echar a pique este
barco.
—¡Eso
es un acto de piratería!
—Llámelo
usted como mejor le plazca; eso no me importa —respondió Yáñez —. ¡U obedecen
ustedes, o se ahogan! ¡Ustedes escogerán!
—Concédame
usted algunos minutos para que pueda, consultar con mis oficiales.
—No
le concedo más que veinte; una vez hayan transcurrido, nos retiraremos y el
crucero abrirá fuego, estén ustedes a bordo o no. Apresúrense, porque tenemos
prisa.
El
capitán, que hacía grandes esfuerzos por dominarse, llamó a consejo a sus
subordinados; casi en seguida dio las órdenes para echar las chalupas al mar, y
mandó descender, ante todo, a los pasajeros.
—Cedo
a la fuerza, porque no puedo oponer resistencia —dijo a Yáñez —; pero apenas
hayamos llegado a Natuna o a Banguram, daré parte telegráficamente al
gobernador de Singapoore.
—Nadie
se lo impedirá a usted —contestó Yáñez —. Mientras tanto, debo hacerle observar
que ya van diez minutos transcurridos y que permito que los pasajeros y la
tripulación se lleven consigo cuanto posean.
—¿Y
la cala de a bordo?
—Nosotros
no sabríamos qué hacer con ella; si a usted le desagrada perderla, puede
llevársela.
Mientras
tanto, los marineros habían echado al agua todas las lanchas, después de
haberlas provisto de víveres por varios días, remos y velas.
El
capitán dio la orden de embarco, y éste comenzó, haciendo bajar primero a las
mujeres y después a los demás pasajeros. Los últimos en embarcarse fueron los
oficiales, que llevaban los papeles de a bordo y la caja.
—¡Inglaterra
vengará este acto de piratería! —dijo el capitán del vapor, que estaba muy
conmovido.
Yáñez
saludó sin replicar.
En
cuanto el barco quedó desierto, los malayos de las barcas subieron a bordo,
mientras que las chalupas de vapor del Rey del Mar se acercaban rápidamente,
Se
abrieron las carboneras con objeto de sacar el combustible, que era muy escaso,
porque el vapor debía hacer escala en Saigón para renovar sus provisiones, y
comenzó a toda prisa la faena.
Dos
horas después, los malayos abandonaban, a su vez, el buque. Todavía estaban a
la vístalas chalupas que conducían a la tripulación y a los pasajeros.
—¡Dos
cañonazos en la línea de flotación! —ordenó Sandokan.
Poco
después, dos granadas hundían el costado de babor del buque, abriéndole dos
enormes brechas, a través de las cuales se precipitó el elemento líquido.
Al
cabo de cuatro minutos desaparecía la nave en los abismos del mar de la Sonda,
produciéndose una explosión tremenda al estallar sus calderas. El Rey del Mar
volvió a emprender su crucero, y se alejó hacía el Sudoeste.
A la
mañana siguiente, un velero inglés sufría la misma suerte, después de haberle
tomado una parte de su cargamento, que consistía en pescado seco, y que iba
consignado a los puertos de Hainán. Igual fin tuvieron otros buques de vapor y
de vela, que fueron a hacerse mutua compañía en los profundos abismos del
océano.
El
crucero batía las líneas de navegación sin que nadie se lo estorbase, llevando
el corso desde las costas de Borneo hasta dar vista a la isla de Anaba,
atajando en su camino a los barcos que procedían del estrecho de Malaca
directamente, de los mares de la China y del Japón.
Ya
habrían echado a pique a cañonazos otros treinta barcos, causando enormes
pérdidas a las compañías navieras, cuando un día, un prao bornés anunció a
aquellos terribles destructores que había visto en aguas de Natuna una escuadra
compuesta de varios buques de guerra.
Probablemente,
se trataba de la de Singapoore, enviada para cañonear al buque corsario. Aquel
mismo día se reunieron en consejo Sandokan, Yáñez, Tremal-Naik y el ingeniero
Horward, quienes decidieron suspender el crucero y dirigirse sin vacilar a
Sarawak en busca del Mariana, que debía de estar esperándolos en la boca del
Sedán.
Además,
sus amigos y antiguos aliados los dayakos debían de haber comenzado ya a
invadir el sultanato; por lo tanto, aquél era el momento preciso para atacar
por mar al rajá y hacerle pagar cara su cooperación en la conquista de
Mompracem.
En
vista de esta determinación, el Rey del Mar, que tenía llenas las carboneras y
llevaba también gran cantidad de combustible en la estiba, hizo rumbo hacia el
Sudeste, pues antes quería Sandokan cerciorarse de si los ingleses seguían
todavía en su isla.
Ordenó
que pusieran el máximo de velocidad en la máquina, y el crucero devoraba las
millas. Durante cuarenta y ocho horas navegó hacia Borneo, sin tener un mal
encuentro, a pesar de que todos estaban seguros de que por aquellos mares, y
con objeto de sorprenderlos, cruzaba una gran escuadra.
Hacia
la puesta del sol del segundo día, llegaba el Rey del Mar a la vista de
Mompracem, el antiguo refugio de los tigres de Malasia.
Sandokan
y Yáñez, profundamente emocionados, volvieron a ver su isla, desde la cual, y
con sólo sus praos, habían hecho temblar durante largos años al poderoso
leopardo inglés.
Cuando
se acercaron al cabo oriental, en que se abría una rada pequeña, ya la noche
había cerrado hacía algunas horas; pero la espléndida luz de la luna permitía
distinguir la gran roca en que había ondeado orgullosamente en otros días la
terrible bandera del Tigre de Malasia.
La
casa que sirvió de refugio a los dos jefes piratas, ya no se veía. En su lugar,
se alzaba un fortín, probablemente bien artillado, para impedir que los últimos
tigres, errantes por el mar, intentasen la reconquista de su madriguera. En el
fondo de la rada se distinguían también confusamente obras de defensa,
bastiones y elevados recintos.
Apoyado
en la borda de popa, sin decir palabra, con los ojos turbados y ensombrecido el
rostro, Sandokan miraba su antigua morada; por la expresión de su semblante, se
adivinaba fácilmente que su corazón sangraba en aquellos momentos.
Yáñez,
que estaba a su lado, le puso una mano en la espalda y le dijo:
—El
día menos pensado la reconquistaremos, ¿verdad, Sandokan?
—¡Sí!
—contestó el pirata, tendiendo el puño a la Isla de un modo amenazador —. ¡Sí!
¡Y ese día los arrojaremos a todos al mar, pero sin misericordia!
Volvió
la mirada hacia el océano, que brillaba bajo los rayos de la luna.
—¡De
nuevo vuelve a acometerme un deseo furioso de destrucción! –dijo —. ¡Delante de
mí veo sangre!
Casi
en aquel mismo instante, se oyeron unos gritos procedentes de la proa:
—¡Allí!
¡Allí! ¡Miren ustedes!
Sandokan
y Yáñez se precipitaron hacia la amura de babor, al ver que los hombres de
guardia se lanzaban a través de la toldilla.
—¡Faroles!
—exclamó el portugués.
—¡La
sangre que buscaba! —gritó Sandokan, en cuyo corazón parecían haberse
despertado de golpe sus antiguos instintos de ferocidad.
Hacia
levante, y en dirección de la isla Romades, tuyas cumbres ya se divisaban,
aparecieron distintamente, y casi a flor de agua, seis puntos luminosos verdes
y rojos, y en lo alto, otros dos blancos.
—Son
dos barcos de vapor —dijo Yáñez —, y apostaría a que vienen de Labuán.
—¡Tanto
peor para ellos! —contestó Sandokan, tendiendo la mano hacia aquellos puntos
luminosos —. ¡Pagarán lo de Mompracem! ¡Da orden para que activen los fuegos!
—¿Qué
es lo que quieres hacer, Sandokan? —preguntó el portugués, impresionado por la
luz siniestra que brillaba en los negros ojos de aquel hombre terrible.
—¡Echar
a pique a esos barcos con toda la gente que llevan!
—Sandokan,
no olvidemos que no somos piratas, sino corsarios. Además, todavía no sabemos
si esos barcos son de guerra o mercantes, y si enarbolan o no bandera inglesa.
En
lugar de responder, el Tigre de Malasia mandó apagar las luces, llamar «¡todos
a cubierta!» y dirigir el crucero sobre los dos barcos.
A
las once, el Rey del Mar viraba de bordo a unos quinientos metros de distancia
de los dos vapores, los cuales, completamente ajenos al tremendo peligro que
les amenazaba, navegaban a cuarto de máquina y muy cerca el uno del otro.
—Parecen
dos transportes —dijo Yáñez —. ¡Escucha, Sandokan!
En
los entrepuentes, que aparecían iluminados, estallaba un ruido de tamboriles,
notas de cornetín y canelones. Aprovechando aquella noche espléndida y la
tranquilidad del océano, los soldados se divertían. El viento; que soplaba del
septentrión, llevaba aquellos rumores hasta el Rey del Mar.
—Son
soldados ingleses de Labuán, que regresan a la patria —dijo Yáñez —. ¿Oyes,
Sandokan? Esas canciones que hemos oído también en las campamentos ingleses de
la India durante el sitio de Delhi.
—¡Sí,
soldados! —repuso el Tigre de Malasia con acento extraño —. ¡Bien! ¡Saludan a
la lejana patria, pero va a caer la muerte sobre ellos!
—¡No
hables así, amigo mío!
—Pero,
¿no piensas que esos hombres me han arrojado de la isla, después de haber hecho
una matanza entre mis valientes?
Se
habla erguido completamente; tenía el rostro inflamado por una terrible cólera,
y sus ojos llameaban. El antiguo pirata, el temerario Tigre de Malasia, que
durante tantos años había ensangrentado las aguas de aquellos mares, volvía a
despertarse.
—¡Sí,
reíd, cantad, bailad, ésas son danzas fúnebres! ¡Mañana, apenas amanezca, se
helará la risa en vuestros labios! ¡Os habéis olvidado demasiado pronto de mi
pequeño pueblo, a quienes sorprendisteis y degollasteis en las playas de mi
isla! ¡Pero aquí está su vengador, espiándoos!
El
Rey del Mar, que ya había virado de bordo, seguía silenciosamente a los das
barcos, sosteniéndose siempre a una distancia de una milla.
A
aquéllos ya no les era posible huir, pues no podían competir en velocidad con
un buque de tal potencia. Quizá si navegaran en aguas de las islas Romades que
estaban muy cerca, podrían conseguir algo, sin embargo, aun en ese caso, no
hubieran logrado salvarse todos.
Inclinado
sobre la borda, Sandokan no les quitaba ojo. Parecía tranquilo, pero debían de
atormentarle pensamientos terribles de destrucción, de sangre, de venganza.
—¿Quién
me impediría —dijo, de pronto — caer como una tromba sobre esos barcos, y a
golpes de espolón, enviarlos hechos pedazos al fondo del mar? ¡El océano guarda
muy bien los secretos que se le confían, y jamás se sabría nada!
—Por
humanidad, no lo harás, Sandokan —dijo Yáñez.
—¡Humanidad!
¡Es una palabra que carece de sentido, cuando se está en guerra! ¿Acaso se
acordaron ellos de esta palabra cuando decretaban a sangre fría la conquista de
nuestra isla y el exterminio de nuestro pequeño pueblo? ¿Qué es lo que hoy
queda de los tigres de Mompracem, de aquellos tigres que tan gran servicio
prestaron a esos ingleses, librándolos de la infame secta de los thugs? ¡El
reconocimiento de los voraces salteadores de los mares es ése! ¡Nos han
arrebatado a traición nuestra isla, asaltándonos por la noche con fuerzas diez
veces superiores, como si fuésemos bestias feroces! ¡Y eres tú, Yáñez, quien
habla de humanidad! ¿Crees que si mañana cayera sobre nosotros o sobre nuestros
praos una escuadra inglesa nos respetaría? ¡No, nos echarla a pique,
enviándonos a dormir el sueño eterno en los abismos del mar de Malasia!
—Sandokan,
nosotros podríamos defendernos, disputar la victoria, mientras que esos dos
barcos no pueden oponer nada a nuestra artillería poderosa y al espolón de
nuestra nave.
—¡Es
verdad, señor Yáñez! —dijo una voz detrás de ellos.
Sandokan
se volvió rápidamente, y se encontró ante Damna.
—Tú
lo apruebas porque...
No
terminó la frase, que debía de aludir a los amores de la joven con el
angloindio.
—¡Que
procuren defenderse ellos también, Damna! –añadió.
—No
podrían hacerlo, señor Sandokan —replicó la joven —. En esos barcos es probable
que vayan quinientos o seiscientos pobres muchachos que suspiran por el momento
de volver a ver su patria y abrazar a sus ancianos padres ¡No haga usted llorar
a tantas madres, usted, que ha sido siempre tan generoso!
—¡Mis
hombres, los viejos tigres de Mompracem, han llorado la noche que los arrojaron
de su isla! —dijo Sandokan, reprimiendo su ira —. ¡Que lloren también las
mujeres inglesas!
Sandokan
se apartó de la borda y volvió hacía las dos torres de popa, de cuyas
boca—portas salían las extremidades de dos grandes cañones de caza que
amenazaban al horizonte.
Iba
a abrir la boca para ordenar que se hiciese fuego con aquellos dos monstruos de
bronce, cuando Damna, en aquel preciso instante, puso una mano sobre los labios
del terrible pirata.
—¿Qué
es lo que va usted a mandar, mí generoso protector? —preguntó la angloindia.
—¡Voy
a dar la orden de muerte! ¡Quiero que esos cantos de alegría se truequen en un
grito de angustia! ¡Quiero que el mar abra sus abismos para tragarse a los
conquistadores de mi isla!
—¡Eso
no lo hará usted, señor Sandokan! —dijo Damna, con voz firme —. Piense usted
que cualquier día puede verse acometido por fuerzas superiores a las suyas y
ser vencido. ¿A quién respetarán entonces los vencedores?
—Además,
no debes olvidar, Sandokan —añadió Yáñez, con voz grave —, que llevamos a bordo
a dos muchachas: Surama, la primera y única mujer a quien he amado, y esta
joven, por salvar a la cual emprendimos contra los thugs una guerra en la que
tuvimos que hacer prodigios. Si ahora haces eso, ni siquiera ellas podrían
sustraerse a la ira de nuestros vencedores, ¿O es que quieres también hacerlas
nuestras cómplices en este acto inhumano?
El
Tigre de Malasia se había cruzado de brazos, y miraba ya a Damna, ya a Surama,
que se acercaba lentamente en aquel instante. La luz terrible que pocos
momentos antes brillaba en sus ojos, fue apagándose poco a poco.
De
pronto, sin decir una palabra, tendió a Yáñez la mano, sacudió dos o tres veces
la cabeza, y en seguida se puso a pasear, deteniéndose de cuando en cuando para
mirar a los barcos, que continuaban su rumbo, pasando a la vista de las islas
Romades.
El
Rey del Mar les seguía continuamente a la misma distancia.
Transcurrió
la noche sin que Sandokan descansara un solo momento. Continuó paseando en la
cubierta por entre las torres, pero ya no volvió a abrir la boca.
Cuando
los primeros albores del nuevo día comenzaron a difundirse por el cielo. Mandó
acelerar la marcha del crucero, y que los artilleros fuesen a ocupar su puesto
de combate.
Por
medio de una rápida maniobra, se puso a distancia de pocos cables de los
barcos, y mandó izar su bandera, apoyando la orden con un cañonazo sin bala.
Agudos
gritos resonaron en los dos transportes, cuyos puentes se cuajaron de soldados,
pálidos de terror.
—¡Arriad
la bandera y rendíos, o de lo contrario, os echo a pique! —les dijo Sandokan,
por medio de señales.
Al
mismo tiempo ordenó apuntar los cañones, dispuesto puesto a que a la orden
siguiese la ejecución de la amenaza.
CAPÍTULO
XII - EN AGUAS DE SARAWAK
Los
dos transportes, que se veían, en, la Imposibilidad de oponer la menor
resistencia, pues tan: sólo poseían piezas de artillería ligera, completamente
inofensivas contra la poderosa coraza del corsario, obedecieron inmediatamente
y bajaron las banderas.
En
la cubierta de aquellos dos barcos, reinaba una confusión indescriptible. Los
soldados, que serían unos trescientos o cuatrocientos, corrían alocados por los
puentes y se agolpaban en derredor de las chalupas, creyendo que el crucero iba
a hundirlos.
—¡Os
concedo dos horas para desocupar los barcos! —dijo el Tigre de Malasia
nuevamente —. ¡Transcurrido ese tiempo, abriré el fuego! ¡Obedeced!
Las
islas Romades se hallaban a unos cuantos kilómetros de distancia, mostrando sus
costas, desiertas por completo y flanqueadas por abundantes bancos de arena y
escolleras.
Los
comandantes de ambos barcos, después de un breve consejo, habían contestado:
—¡Cedemos
ante la fuerza para evitar una matanza inútil!
En
seguida fueron echadas al agua todas las chalupas disponibles, tan cargadas de
soldados, que parecía que iban a hundirse, pues todos se apresuraban a embarcar
por temor a que el corsario rompiese el fuego.
Al
ver que algunos llevaban consigo fusiles, Sandokan, que se mostraba inexorable,
ordenó que los arrojasen al mar o que volviesen a llevarlos a bordo, amenazando
con acribillar en el acto a las embarcaciones — si no era obedecido.
Mientras
el embarque se realizaba entre gritos, imprecaciones, amenazas y disputas, el
Rey del Mar giraba lentamente en derredor de los dos barcos, siempre
apuntándolos con los cañones.
—¿Qué
es lo que vas a hacer con esos transportes? —preguntó Yáñez.
—¡Los
hundiremos! —respondió fríamente Sandokan, ¡El mar está dispuesto a recibirlos!
—¡Qué
lástima no poder remolcarlos hasta cualquier puerto!
—¿A
cuál? ¡No hay ni un solo refugio amigo para los últimos tigres de Mompracem!
¡Cualquiera diría que todos los Estados de Borneo, después de habernos admirado
tanto, tienen miedo del leopardo inglés! Pero no importa; no por eso dejaremos
de hacer lo nuestro. Confiaremos al mar estas presas. ¡Ese, por lo menos, no
nos las devuelve nunca!
—¡Cuántos
tesoros perdidos inútilmente! —respondió Damna.
—¡Así
es la guerra! —contestó con sequedad Sandokan —. Yáñez, manda que echen al agua
las chalupas y que abran los depósitos de carbón. ¡El Rey del Mar tendrá buena
provisión de combustible!
Los
soldados, cuyas embarcaciones habían hecho ya varios viajes, habían acampado
casi todos en la playa más próxima, dispuestos a refugiarse en los bosques en
caso de peligro.
Yáñez
hizo embarcar cincuenta hombres bien arma, dos y les ordenó que ocupasen ambos
transportes, antes, de que terminasen de abandonarlos sus tripulaciones, con
objeto de evitar cualquier traición.
Aquellos
barcos llevarían, probablemente, pólvora a bordo, y los respectivos
comandantes, al marcharse, podrían haber dejado colocadas algunas mechas
encendidas en la santabárbara, y hacer que volasen los transportes, y con ellos
los depósitos de carbón, de que tan necesitados estaban los tigres de
Mompracem.
En
cuanto hubo salido el último inglés, se dirigió a bordo de las dos naves un
nuevo pelotón de malayos al mando de Kammamuri para proceder a la descarga del combustible
y las municiones de guerra.
Los
soldados miraban con ansiedad desde la playa la maniobra de los piratas, y se
mostraban muy asombrados al ver que no tomaban los dos buques a remolque, que
era lo que habían sospechado.
Los
hombres de Sandokan trabajaron febrilmente durante todo el día ocupados en
vaciar las bien provistas carboneras de los dos transportes. Al caer la tarde
ya las habían vaciado casi por completo.
—¡Y
ahora —dijo Sandokan —, mar, toma las presas que te ofrezco! ¡Cuando nosotros
también nos vayamos al fondo, senos clemente!
Antes
de abandonar los dos barcos, los malayos encendieron mechas adheridas a los
barriles de pólvora que habían dejado en la santabárbara.
Sandokan,
Yáñez y Tremal-Naik, se apoyaron en la amura de popa para mirar tranquilamente
a los dos transportes. Delante de ellos hablan colocado un cronómetro.
—¡Tres
minutos! —dijo, de repente, Sandokan, volviéndolo hacia sus compañeros —. ¡El
final!
Un
instante después retumbaba una explosión horrísona, a la que siguió otra a muy
poca distancia, no menos ensordecedora.
Ambas
naves, cuarteadas por las voladuras, se hundían rápidamente, en medio de los
gritos furiosos de los soldados y de las tripulaciones, que contemplaban la
catástrofe desde la costa de la isla.
—¡He
ahí la guerra! —dijo Sandokan, con una sonrisa sarcástica —. ¿La han querido?
¡Qué la paguen! ¡Y esto no es más que el comienzo del drama!
Luego,
volviéndose hacia Yáñez, añadió:
—¡Ahora
vámonos a Sarawak, aquel golfo será el teatro de nuestra futura campaña, y allí
las presas serán más abundantes que aquí! ¡Ya lo veréis!
El
Rey del Mar se alejó rápidamente de las islas Romades, poniendo la proa al Sur.
Con
las carboneras repletas y un sobrecargo en la estiba, podía desafiar a correr a
todos los barcos que los aliados debían de haber reunido en las aguas de
Sarawak.
El
potente crucero, que devoraba las millas, avistó dos días más tarde el cabo
Taniong—Datu y pasé por delante de la misma rada donde se había refugiado el
Mariana. No habiendo encontrado nada en aquel lugar, volvió a emprender, sin la
menor vacilación, la carrera hacia el Sureste para ir a la boca del Sedang.
Sandokan
quería saber, ante todo, si la tripulación de su pequeño buque habla logrado
realizar la misión que le confiara, que, como ya sabemos, consistía en sublevar
y proporcionar armas a sus antiguos aliados los dayakos del interior, que tan
vigorosamente le ayudaron contra James Brooke, el famoso exterminador de los
piratas.
El
Rey del Mar, que no había moderado su marcha, avistaba cuarenta y ocho horas
después el monte Matang, pico colosal que se levanta cerca de la costa de
Poniente de la amplia bahía de Sarawak, y cuya cumbre, llena de verdor, tiene
una elevación de dos mil novecientos sesenta pies. Al día siguiente, el crucero
navegaba por delante de la boca del río que baña la capital del rajá.
Era
el momento de abrir bien los ojos, porque los barcos ingleses o del rajá podían
aparecer de un momento a otro.
La
imprevista aparición del corsario habría sido anunciada, seguramente, a las
autoridades de Sarawak, y, como consecuencia de ello, se lanzarían al mar los
mejores cruceros para proteger, contra una acometida cualquiera, a los barcos
que dejaban el río en dirección a Labuán o a Singapoore, pues allí era fácil
para los audaces piratas de Mompracem, la captura de los buques mercantes.
Se
ordenó una extrema vigilancia a bordo del crucero, los gavieros estaban
constantemente, de día y de noche, en las plataformas superiores, provistos de
anteojos de largo alcance, prontos a lanzar la voz de alarma en el caso de que
apareciese la menor columna de humo sobre el horizonte.
Para
mayor precaución, Yáñez y Sandokan ordenaron que una vez se hubiese puesto el
sol no se encendiese a bordo luz alguna, ni siquiera en los camarotes cuyas
ventanillas daban a los costados exteriores, y mucho menos los faroles
reglamentarios.
Querían
pasar inadvertidos por delante de la boca de Sarawak para que no los siguiesen
en su camino por las costas orientales y realizar las operaciones que se
propusieran sin ninguna clase de entorpecimiento.
Instintivamente
comprendían que los estaban buscando, y que los barcos ingleses y los del rajá,
debían de estar cruzando por aquellos lugares. Quizá también podrían haber
adivinado sus planes, o lo que sería toda, vía peor, haberles informado alguien
de lo que proyectaban.
En
efecto, contra lo que era habitual en ellos, los dos piratas parecían
sumamente, preocupados. Se les veía pasear por el puente durante horas enteras,
y detenerse con frecuencia para sondear el horizonte con ansiedad.
Por
la noche, sobre todo, no abandonaban la cubierta, descansando tan sólo algunas
horas después de salir el sol.
—Sandokan
—dijo Tremal-Naik, cuando ya el Rey del Mar rebasó algunas millas de la segunda
boca de Sarawak —, me parece que estás muy inquieto.
—Sí
—contestó el Tigre de Malasia —, no te lo oculto, querido amigo.
—¿Temes
algún encuentro?
—Estoy
convencido de que me siguen o me preceden, y un marino difícilmente se
equívoca. ¡Se diría que huele a humo de carbón de piedra!
—¿Supones
que nos sigue la escuadra inglesa o la del rajá?
—La
del rajá no me preocupa mucho, porque el único barco que podía medirse con el
mío, yace en el fondo del mar.
—Es
decir, ¿el de sir Moreland?
—Sí,
Tremal-Naik. Los cruceros que posee el rajá son viejos y de segundo orden, y no
valen absolutamente nada como buques de combate. La que me preocupa es la
escuadra de Labuán.
—¿Será
muy fuerte?
—Muy
fuerte, no, pero sí numerosa. Pueden cogernos en medio y damos bastante
trabajo, aun cuando creo que nuestro crucero es lo bastante poderoso como para
medirse también con ella. Inglaterra tiene sus mejores buques en Europa.
—Esos
están muy lejos —dijo Tremal-Naik.
—¿Y
quién me asegura que no haya enviado algunos para darnos caza? Me han dicho que
en la India también los tienen formidables, En cuanto hayan tenido noticias de
los daños que hemos causado a sus compañías de navegación, no dudarán los
ingleses en lanzar sobre estos mares lo mejor de su escuadra en la India.
—¿Y
entonces? —preguntó Tremal-Naik.
—Haremos
lo que podamos —contestó Sandokan —. Si no nos falta el carbón, les haremos
correr mucho.
—¡Siempre
es el carbón nuestro punto negro!
—Di
más bien nuestro lado débil, Tremal-Naik, porque, para nosotros, todos los
puertos están cerrados. Afortunadamente, la marina inglesa es la más numerosa
del mundo, y siempre habremos de encontrar vapores, aun cuando tengamos que ir
a buscarlos en los mares de China. ¡Ah! ¡Viene la niebla! ¡Esto es
verdaderamente una suerte para nosotros, ahora que vamos a pasar frente a las
costas del sultanato!
—¿A
qué distancia estamos de Sedang?
—A
unas doscientas millas. Estas son las aguas más peligrosas. Si esta noche no
tenemos ningún encuentro, mañana hallaremos al Mariana. ¡Tremal-Naik, abramos
los ojos y aumentemos la velocidad!
La
fortuna parecía estar de parte de los últimos tigres de Mompracem, porque en
seguida que se puso el sol, cayó sobre el golfo una niebla muy densa.
Por
lo tanto, el Rey del Mar tenía mayores probabilidades de poder huir de la
persecución que le daban los barcos aliados, en el supuesto de que se hubiesen
movido para sorprenderle.
A
pesar de esto, Yáñez y Tremal-Naik habían dado las órdenes oportunas para que
todo el mundo estuviese preparado. Podía aparecer cualquiera de los enemigos,
empezar la lucha y el ruido de los cañonazos atraer la atención de la escuadra.
El
crucero, que había aumentado su velocidad hasta alcanzar los trece nudos,
marchaba a través de la niebla, cuya densidad iba en aumento.
Sandokan,
Yáñez, Tremal-Naik y el ingeniero americano, estaban sobre la toldilla, cerca
de los timoneles, procurando en vano distinguir algo a través de las oleadas
calientes de la niebla, que de vez en cuando rasgaba el viento.
Los
artilleros se hallaban también en sus puestos, detrás de los monstruosos
cañones y al lado de la artillería ligera, y resguardados por las amuras iban
los malayos y los dayakos.
Todos
callaban, escuchando con gran atención. No se oía otra cosa que los roncos
mugidos del vapor, el de la hélice que batía las aguas y el del espolón que las
hendía.
Ya
debían de haberse alejado unas cincuenta millas de la segunda boca de Sarawak,
cuando, de repente, se oyó silbar una sirena.
—¡Un
barco en exploración que anuncia su presencia a otro! —dijo Yáñez a Sandokan —.
¿Será de guerra o mercante?
—Supongo
que será algún aviso del rajá —respondió el Tigre de Malasia —. ¿Nos
esperarían?
—Manda
poner rumbo hacia Levante.
—Quisiera
saber primero con qué adversario tenemos que luchar.
—Con
esta niebla no me parece cosa fácil, Sandokan —dijo Tremal-Naik —. ¿Cuándo
podremos llegar a la boca del Sedang?
—Dentro
de cinco o seis horas. ¿Ves tú algo, Yáñez?
—Nada
más que niebla —respondió el portugués.
—Pues
nosotros no nos desviaremos. Así es que tanto peor para el que caiga bajo el
espolón de nuestro barco.
Y
acercándose al tubo que comunicaba con la cámara de máquinas, gritó con
poderosa voz:
—¡Señor
Horward! ¡Adelante a toda máquina, a tiro forzado!
El
Rey del Mar continuaba su carrera, aumentando la rapidez.
De
trece nudos por hora había subido a catorce, y todavía no era suficiente. El
Ingeniero americano ordenó elevar la tensión al tiro forzado, con objeto de
llegar a los quince.
Cierto
que el carbón se consumía más rápidamente —, pero todavía tenían bastante
cantidad como para navegar durante algunas semanas, sin verse obligados a
proveerse de combustible.
Transcurrieron
dos horas más. De pronto se iluminó la niebla como si la atravesara un haz de
potente luz.
No
podía ser la luz de la luna, porque era mucho más intensa y brillante, procedía
del este y corría de Norte a Sur, arrancando a las aguas chispas de plata.
—¡Un
reflector eléctrico! —exclamó Yáñez —. ¡Nos buscan!
—¡Sí,
sí, nos buscan! —dijo Tremal-Naik —. ¿Serán muchos?
Sandokan
no había despegado los labios; pero arrugó el entrecejo.
Transcurrieron
unos minutos.
—¡Máquina
atrás! —gritó de pronto el Tigre de Malasia.
El
Rey del Mar, arrastrado por la velocidad adquirida, todavía anduvo unos
doscientos o trescientos metros; pero luego se detuvo, y se dejó mecer por las
amplias oleadas del golfo.
Delante
del crucero había un barco que, probablemente, no estaría solo. Exploraba el
mar, proyectando hacia todos lados un haz de luz eléctrica.
—¿Se
habrá dado cuenta de nuestra presencia, la escuadra de Sarawak? —preguntó
Tremal-Naik.
—Debe
de habernos visto algún velero, o quizá algún prao que haya podido eludir
nuestra vigilancia —dijo Sandokan.
—¿Qué
piensas hacer, Sandokan?
—Por
ahora esperaremos; después pasaremos, aún cuando tengamos que echar a pique
diez barcos a golpes de espolón. El Rey del Mar tiene una proa a prueba de
escollos, y las máquinas son tan sólidas, que no saltarán por un simple
encontronazo.
El
haz luminoso seguía recorriendo lentamente la superficie de las aguas, desde el
Norte hasta el Sur, procurando rasgar la niebla, que, afortunadamente, era muy
densa.
De
improviso y por el lado opuesto, esto es, por la popa del crucero, apareció la
luz de otro reflector e inmediatamente otros dos, uno al Norte y otro al Sur.
De
los labios del portugués, que se hallaba de guardia con los timoneles, se
escapó una sorda imprecación.
—¡Nos
han rodeado perfectamente! ¡Malditos sean esos tiburones! ¡Me parece que dentro
de pocos minutos va a hacer aquí mucho calor!
El
Tigre de Malasia había seguido atentamente la dirección de aquellos haces
luminosos. Su barco se hallaba precisamente en el centro, y todavía no podía
haber sido descubierto, pero tampoco le era posible moverse en ninguna
dirección sin que le vieran.
Llamó
con un gesto a Yáñez y al ingeniero americano.
—Se
trata de forzar el paso —les dijo —. Probablemente delante no tendremos más que
un barco. La carga va bien estibada.
—¿Atacaremos
con el espolón? —preguntó el americano.
—Es
lo que me propongo hacer, señor Horward. Mande usted que se doble el personal
de la máquina.
—Está
bien, comandante —respondió el americano —. Mis compatriotas harían lo mismo en
un caso como éste.
—¿Están
todos los artilleros en sus puestos?
—Si
—contestó Yáñez.
—¡Adelante
a toda máquina! ¡Pasaremos como quiera que sea!
Los
raudales de luz eléctrica seguían cruzándose en todos sentidos, y poco a poco
se hacían más brillantes.
Probablemente,
los que mandaban aquellos barcos debían haber descubierto la enorme mole del
Rey del Mar, y se disponían a acometerle, dirigiéndose hacia un mismo punto.
Se
aproximaba un momento terrible, y, sin embargo, malayos, dayakos y americanos,
conservaban una tranquilidad admirable, en tan supremo instante.
—¡Todo
el mundo a las baterías! —gritó Sandokan, entrando en la torre de mando, junto
con Yáñez y Tremal-Naik.
El
Rey del Mar saltó hacia adelante. Su velocidad aumentaba por momentos, y el
humo, que salía en violentas bocanadas por las dos chimeneas, se desplomaba
sobre los puentes por efecto de la niebla.
Un sonoro
retemblor sacudía toda la nave, los árboles de la hélice doblaban sus
revoluciones y el vapor mugía en las calderas.
Cual
si fuera un gigantesco proyectil, el crucero atravesó la zona luminosa; pero
apenas había vuelto a Introducirse en la oscura niebla, nuevos torrentes de luz
llegaron hasta él.
Los
barcos enemigos se dedicaron a su persecución para darle alcance, y procuraban
encerrarle en un círculo de fuego y de hierro.
Sandokan
estaba impávido, ordenando que el barco corriera siempre hacia el Este.
Retumbaron
algunos cañonazos, y se oyó a los proyectiles rasgar el aire, cuando pasaban
silbando sordamente.
—¡Dispuestos
para el fuego de andanada! —gritó Yáñez.
—¡Por
Júpiter! ¿Y las muchachas?
—Están
resguardadas en la cámara —respondió Tremal-Naik.
—Envía
a alguien para que les diga que no se asusten si perciben un gran golpe —dijo
Sandokan.
Sombras
gigantescas se movían entre la niebla, iluminada continuamente por los
reflectores.
La
escuadra enemiga iba a caer sobre el crucero de los tigres de Mompracem, con el
intento de cortarles el paso.
De
improviso, una mole negra apareció casi de un modo fantasmal ante la proa del
Rey del Mar, y a menos de cuatro cables de distancia. Era ya imposible detener
la marcha del crucero.
—¡Con
el espolón! —gritó Sandokan con voz de trueno.
El
Rey del Mar se precipitaba como un ariete sobre el buque enemigo. Un golpazo
espantoso, seguido de gritos de angustia, retumbó en la niebla, y se repitió
luego hasta perderse en la lejanía del océano.
El espolón
del crucero había penetrado por completo dentro del barco enemigo, abriéndole
una grieta enorme.
El
Rey del Mar se detuvo un momento, inclinándose hacia popa, en tanto que en el
otro buque, atacado y herido de muerte, sonaron varias explosiones. Eran las
calderas, qué acababan de estallar.
—¡Máquina
atrás! —gritó el ingeniero americano.
Se
oyeron a proa unos sordos crujidos, y en seguida el Rey del Mar, dando una
brusca sacudida, libertó al espolón, se hizo atrás y viró sobre babor.
El
buque, que había sido pasado por ojo, se iba a pique rápidamente entre los
clamores y el griterío ensordecedor de su tripulación.
El
Rey del Mar había vuelto a emprender la carrera, pasando por la popa del barco
que se sumergía, y de nuevo se sumergió en medio de la niebla.
Otras
sombras aparecieron por babor y estribor. Los buques de la escuadra,
aprovechando aquel momento de detención forzosa, habían llegado hasta el
corsario, y proyectaban sus reflectores sobre los puentes del fugitivo.
—¡Fuego
acelerado! —ordenó Yáñez.
El
crucero se inflamó como un volcán en erupción, con un horrendo estampido. Las
gigantescas piezas de las torres rompieron el fuego casi simultáneamente,
haciendo retemblar la nave desde la quilla hasta la punta de los mástiles y
lanzando sobre los navíos contrarios sus enormes proyectiles; los cañones de
medio calibre de las baterías siguieron el ejemplo, machacando al adversario.
No
obstante, los perseguidores no parecían asustarse, a pesar de que aquella
tremenda descarga de la artillería gruesa moderna, debía de haberles producido
graves daños, irremediables en un barco pequeño o mal defendido.
Los
relámpagos de los cañonazos menudeaban por todas partes. Los proyectiles y las
granadas se aplastaban o se abrían sobre el sólido blindaje del barco corsario,
o reventaba entre los puentes, lanzando trozos de metal.
Golpeaban
los flancos de babor y estribor, caían a popa y a proa, deslizándose sobre las
planchas de las toldillas y rebotando en los bordes de las torres.
Pero
el Rey del Mar, no por eso se detenía en su marcha; antes al contrario,
contestaba con furia espantosa, enviando balas a diestro y siniestro por la
parte de popa.
Un
barco pequeño que navegaba con velocidad vertiginosa, salió de improviso de
entre la niebla, y con loca temeridad corrió hacia el crucero.
Era
una chalupa grande de vapor que llevaba un asta muy larga en la proa; la
antigua torpedera. Horward, el ingeniero americano, que conocía aquella arma
mortífera, dio un grito:
—¡Cuidado!
¡Tratan de lanzarnos un torpedo!
Sandokan
y Yáñez saltaron fuera de la torre de órdenes. La chalupa, iluminada por los
reflectores eléctricos de los otros barcos, se dirigía velozmente hacia el Rey
del Mar, tratando de alcanzarle; un hombre, el que la tripulaba, iba a proa
detrás del asta.
—¡Sir
Moreland! —gritaron ambos a un tiempo.
Era,
efectivamente, el angloindio, que, impulsado por una loca temeridad, se
proponía aniquilar al crucero.
—¡Detened
esa chalupa! —gritó Sandokan.
—¡No,
que nadie le haga fuego! —dijo Yáñez a su vez.
—¿Qué
es lo que dices, hermano? —preguntó asombrado, el Tigre de Malasia.
—¡No
le matemos! Damna le lloraría siempre. ¡Dejadme hacer a mí!
A
estribor había varías piezas de mediano calibre. Yáñez se dirigió a la más
cercana, que ya hablan apuntado sobre la chalupa, corrigió rápidamente la mira
y en seguida dio un tirón a la correa.
La
chalupa se encontraba ya a unos trescientos metros de distancia, pero ya no iba
a poder seguir al crucero, el proyectil le dio en la popa con una precisión
matemática, y le arrancó a un tiempo el timón y la hélice, obligándola, de este
modo, a detenerse en su veloz carrera.
—¡Buen
viaje, sir Moreland! —gritó con voz irónica el valiente artillero.
El
angloindio hizo un gesto de amenaza, y el viento llevó hasta los tigres de
Mompracem estas palabras:
—¡Dentro
de poco encontraréis al hijo de Suyodhana! ¡Os espera en el golfo!
El
crucero ya habla atravesado la zona luminosa y se refugiaba en la niebla.
Por
última vez descargó sus cañones de caza en dirección de los barcos enemigos,
que no podían competir con su máquina, y desapareció hacia el Este, mientras
los malayos y los dayakos gritaban con voz estentórea:
—¡Viva
el Tigre de Malasia!
CAPÍTULO
XIII - EL DESASTRE DEL MARIANA
La
poderosa nave de los tigres de Mompracem, construida por esos incomparables
ingenieros americanos, justificó, una vez más, su título de invencible, y
demostró estar hecha a prueba de escollos.
A
pesar del tremendo encontronazo que había tenido que soportar al dar aquel
golpe terrible de espolón, resistieron maravillosamente tanto las máquinas como
la proa y lo mismo ocurrió con el blindaje, sobre cuyas planchas cayó la
incesante granizada de tanta artillería.
De
aquel combate habla salido casi incólume, porque, salvo alguna abolladura sin
importancia, sus potentes costados podían volver a sufrir perfectamente otra
prueba. Las víctimas habían sido cuatro: todos ellos artilleros mutilados al
reventar una granada.
El
Rey del Mar no aminoró la marcha. Sabiendo ya de un modo indudable que era
seguido, y suponiendo que los aliados debían de haber adivinado la intención de
aquel crucero, Sandokan y Yáñez querían llegar a la boca del Sedang con una
ventaja de veinticuatro horas, por lo menos para proteger al Mariana y, si era
posible, ponerse al habla con los jefes de los dayakos.
Estaban
seguros de que habían de encontrar al pequeño buque escondido entre las
escolleras, en espera de su llegada.
—Si
el diablo no mete el rabo —dijo Yáñez a Tremal-Naik —, cuando llegue la
escuadra de los aliados, todo estará concluido.
—¿No
dejarán de perseguimos? —preguntó el hindú.
—Procurarán
encerrarnos entre el Sedang y el Redjang para ponernos en el trance de tener
que ir hacia la costa —respondió el portugués —, pero todavía espero que no han
de llegar a tiempo.
—¿Y
si nos encontramos allá abajo con el hijo de Suyodhana? ¿Has oído lo que gritó
sir Moreland?
—Pudiera
ser; pero supongo que ese hombre no tendrá una escuadra bajo sus órdenes.
—¿Y
si la ha armado? Los thugs debían de poseer inmensos tesoros, y los habrá
recogido el hijo de Suyodhana después de la dispersión de la secta.
—Sí,
patrón: inmensos —dijo Kammamuri, que se había acercado en aquel momento —.
Durante mi cautiverio en el subterráneo de Raimangal, pude ver una caverna
llena de barriles colmados de oro. Además, me dijeron que en las principales
casas de banca de la India tenían depositadas sumas incalculables.
—¡Estás
amargándome el cigarro, mi querido Kammamuri! –dijo Yáñez —. ¿El hijo del Tigre
de la India ha podido armar varios barcos? ¡Bah! —exclamó, encogiéndose de
hombros —. ¡Nuestro crucero puede hacer frente a varios a la vez, y le daremos
una lección a ese señor! ¡Por cierto, que ya era hora de que se mostrase y nos
permitiera ver si se parece a su padre!
—¡Qué
lástima que sir Moreland no nos haya proporcionado algunas noticias acerca de
nuestro enemigo! —dijo Tremal-Naik.
—¡Hum!
—dijo Yáñez —. Yo sospecho que ese angloindio está más al servicio del hijo de
Suyodhana que al del rajá de Sarawak.
—Razón
de más para que no se le respete, señor Yáñez —dijo Kammamuri —. Usted debió
dejar que disparasen toda la artillería sobre su chalupa de vapor, en lugar de
tocarle tan sólo.
—¿Qué
quieres? ¡Me daba pena dejar que matasen a ese joven tan valiente! —respondió
Yáñez.
—Y
tan amable y cortés —añadió Tremal-Naik —. Cuando Damna y yo éramos sus
prisioneros, se portó siempre como un verdadero caballero, especialmente con mi
hija.
—¿Desde
el primer momento?
—Desde
el principio, no —contestó el hindú —. Durante los primeros días estuvo
sumamente frío; tanto, que a mentido me miraba de muy mala manera, lo cual me
inspiraba inquietudes y preocupaciones; pero fue cambiando poco a poco.
—¡Ah!
—replicó Yáñez, sonriendo.
Volvió
a encender el cigarro, que se le había apagado, y se dirigió hacia la toldilla
de la cámara, en la cual entraban en aquel momento Damna y Surama.
—¿No
habéis tenido miedo, muchachas? —dijo, mirando especialmente y con cierta
malicia a la hija del hindú.
—¡Gracias,
señor Yáñez! —le susurró Damna, cogiéndole la mano y apretándosela fuertemente.
—¿Qué
es lo que sabes?
—¡Lo
he oído todo!
—Lo
hubieras sentido mucho si le hubiesen matado, ¿verdad, Damna?
—¡Sí!
—suspiró la muchacha —. ¡Es un amor fatal!
—¡Bah!
Cuándo concluya la guerra, buscaremos a ese joven animoso, y..., ¡quién sabe!..
Todo puede terminar bien, y quizá seréis una pareja feliz, pues, por lo que yo
he podido ver, también sir Moreland te quiere con toda su alma.
—Sin
embargo, sahib blanco —dijo Surama —, me han dicho que había intentado volar
nuestro barco.
—Averiarle
gravemente para aprovecharse de la confusión y ver de robar a Damna —dijo Yáñez
—. ¡Oh, tengo por cierto que no hubiera dejado que ella se ahogase! La niebla
se aclara, y veo que por allí comienza a difundirse un poco de luz. Es que
amanece; ahora veremos si todavía llevamos a retaguardia los barcos de los
aliados.
La
niebla, que tan oportunamente había protegido a los tigres de Mompracem,
comenzaba a disiparse, siendo aventada por la brisa matutina.
Cuando
todas aquellas nubes hubieron desaparecido, pudo verse que el océano estaba
desierto.
La
escuadra aliada, comprendiendo que no podía competir con las poderosas máquinas
del Rey del Mar, debía de haberse quedado muy atrás, o emprendido el regreso
hacia la boca del Sarawak.
También
por el Norte aparecía el horizonte limpio, pues el corsario se había apartado
mucho de las costas de Bomeo para que no pudiera distinguirle ningún buque
costero.
No
se veía otra cosa que pájaros marinos, los cuales revoloteaban con ligereza y
velocidad verdaderamente admirables.
El
Rey del Mar siguió durante todo el día su veloz carrera, pues Sandokan no sólo
quería conservar la ventaja taja conseguida, sino aumentarla, con objeto de
tener tiempo para buscar al Mariana.
Antes
de ponerse el sol, el crucero navegaba ya en las aguas que bañan la costa de
Sedang.
—Por
el momento podemos consideramos fuera de peligro —dijo Yáñez a Horward, que, lo
mismo que Damna, contemplaba la puesta del astro diurno.
—Sí,
pero dentro de unos días, probablemente antes de cuarenta y ocho horas, nos
veremos obligados a volver a comenzar la canción —respondió el americano.
—Los
barcos de los aliados no nos dejarán tranquilos.
—Pero,
¡qué puesta de sol tan soberbia! —exclamó en aquel momento Damna.
—Las
que se admiran en estos mares son las más hermosas que pueden contemplarse
—dijo Yáñez —. Donen unas tonalidades que no se ven en ningún otro lugar. Si
están ustedes atentos, verán el famoso rayo verde.
—¡Un
rayo verde! —exclamaron Damna y el americano.
—Y
espléndido, Damna: es un fenómeno maravilloso, que tan sólo se puede — admirar
en los mares de Malasia y en el océano Indico. El cielo está muy puro, y
probablemente, podrás verlo. Espera a que el borde superior del sol esté a
punto de sumergirse,
—¿Es
posible que de todos esos fulgores de incendio pueda surgir un rayo de ese
color? —exclamó.
—Estoy
seguro de no equivocarme; pongan ustedes atención.
El
sol se hundía tras un océano de luces, cuyos colores iban variando poco a poco
por efecto del estado higrométrico de la atmósfera y de la distancia que
separaba al astro del cenit.
Mientras
iba sumergiéndose en el océano, se difundía por el cielo una luz roja y
amarillenta, que adquiría con gran rapidez un tono violáceo que se desvanecía
insensiblemente en un fondo azul grisáceo.
El
borde superior del disco solar estaba a punto de desaparecer, cuando de
improviso surgió un rayo completamente verde, de una belleza tal, que arrancó
sendos gritos de admiración a Damna y al americano.
Durante
algunos instantes se proyectó sobre el agua, y en seguida desapareció de
pronto, a tiempo que el último segmento del astro rey se ocultaba tras la
movible superficie.
—¡Magnífico!
—exclamó Horward.
—¡Soberbio!
—había dicho Damna —. ¡Jamás había visto un rayo de ese color!
—Porque
has recorrido estos mares muy pocas veces —respondió Yáñez.
—¿Y
no puede verse en otros lugares? —preguntó Kammamuri, que se había reunido con
ellos.
—Es
dificilísimo, porque tienen que concurrir condiciones excepcionales de limpieza
y pureza de la atmósfera y solamente en estos parajes se dan con frecuencia. La
campana nos llama a la mesa para cenar. Aprovechemos este momento, ya que
ningún peligro nos amenaza —dijo Yáñez, ofreciendo el brazo a la joven
angloindia.
Dos
horas después de la puesta del sol, el Rey del Mar, que no había disminuido la
velocidad que llevaba, se encontraba frente a la boca del Sedang y a una
distancia de media docena de millas.
—¿Se
habrá escondido el Mariana dentro del río? —preguntó Kammamuri a Yáñez, que
estaba reconociendo la costa con el auxilio de un anteojo.
—No
habrá sido tan mentecato su comandante. Debe de haberse ocultado entre las
escolleras de levante, las cuales forman varios canales. Avanzaremos lentamente
en esta dirección.
El
barco puso proa hacia la boca del río, llegando hasta muy poca distancia de
aquélla; en seguida se dirigió hacia el Este, donde se destacaban largas filas
de escolleras.
Se
encontraban a muy poca distancia de las primeras rocas, que emergían de las
aguas cual minúsculas islillas, cuando retumbaron débilmente en lontananza
algunas detonaciones.
Sandokan,
prevenido en el acto por Kammamuri, se apresuró a subir a la cubierta, junto
con Tremal-Naik y Horward.
Examinaron
con atención el horizonte, mirando en todas direcciones; al alcance de la vista
no aparecía barco alguno de vela ni de vapor. Sin embargo, aquellos disparos
—tres si no estaban equivocados los hombres de guardia — los habían oído todos
ellos. Sandokan manifestó una viva inquietud.
—¿Habrá
sorprendido algún barco a mi viejo Mariana y lo habrá cañoneado? —se preguntó.
—¿Hacia
qué parte se oyeron los disparos?
—Hacia
Occidente —dijo Yáñez, que estaba de guardia.
—¿No
se ha visto antes en esa dirección ninguna columna de humo?
—Nada,
el horizonte estaba purísimo.
—Y
esas detonaciones, ¿eran muy débiles?
—Debilísimas.
—Entonces,
esos cañonazos deben de haberlos disparado a una gran distancia —dijo Horward.
—Si,
teniendo en cuenta que el viento sopla del Este.
—Sandokan
—dijo Tremal-Naik, cuya frente se había oscurecido —, busquemos en seguida al
Mariana.
—Eso
es lo que vamos a hacer —contestó el Tigre de Malasia —. Si no le encontramos
detrás de esa escollera, volveremos hacia el Sedang. Manda que Kammamuri y los
gavieros suban a las cofas con buenos anteojos para que registren el horizonte
cuidadosamente.
El
Rey del Mar continuaba navegando hacia el Este, siguiendo la costa a distancia
de un par de millas para no chocar en algún banco de arena.
Sin
embargo, no aparecía ningún barco.
Una
profunda ansiedad se había apoderado de la tripulación, y especialmente de
Sandokan y de Yáñez. La ausencia del prao, que debía de encontrarse hacía ya
algunos días en aquel paraje, los inquietaba mucho; temían que hubiera sido
descubierto y echado a pique por algún barco enemigo.
El
que se hallaba más enfurecido era Sambigliong, que paseaba y volvía a pasear,
dando vueltas como un loco entre las torres de los grandes cañones, y prometía
hacer pedazos al osado que se hubiera atrevido a abordar al viejo Mariana.
La
carrera del Rey del Mar duró una hora, sin que los gavieros hubieran logrado
descubrir el velero en ninguna dirección. En vista de este resultado, Sandokan
dio orden de virar de bordo y de acercarse a una barrera de escollos altísimos
que formaba un brazo de mar entre éste y la costa.
Todos
tenían el convencimiento de que le había ocurrido una desgracia al pobre barco.
—¡Activad
los fuegos! —ordenó Sandokan —. Si los ingleses llegan a tiempo, les haremos
pagar caro este golpe de mano.
—¿Crees
que la escuadra aliada se nos echará encima? —preguntó Tremal-Naik a Yáñez.
—Le
llevamos, por lo menos, una ventaja de doce horas —contestó el portugués —.
¡Llegará demasiado tarde!
El
buque volaba cual si fuera una gaviota a tiro forzado. En los hornos se
precipitaban toneladas de carbón que desarrollaban un calor tan intenso, que
los mismos maquinistas y fogoneros lo soportaban difícilmente,
La
luna había salido poco después de las once, y la noche era tan clara, que podía
verse perfectamente en la argentada superficie del golfo el más pequeño punto
negro. Sin embargo, los gavieros contestaban siempre negativamente a las
preguntas que de vez en cuando les dirigían.
—¡Nada,
siempre nada! ¡Ningún punto negro se divisaba en el horizonte!
—¿Significarían
aquellos cañonazos la agonía del Mariana? —se preguntaban todos con creciente
angustia.
A
eso de medianoche comenzaron a delinearse las costas orientales del Sedang.
Parecían negrísimas a causa de las imponentes masas de sus bosques seculares.
De
pronto y cuando ya el Rey del Mar había embocado el canal que se abría detrás
de la escollera, resonó una voz en la plataforma del trinquete.
—¡Humo
delante de nosotros!
Yáñez
enfocó el anteojo en aquella dirección.
—¡Un
barco de vapor! —gritó el portugués —. ¡Dos mil metros! ¡Un buen tiro para un
artillero hábil! ¡Detengámosle! ¡Cien rupias a quien le toque!
Todavía
no había terminado la frase, cuando ya el viejo cabo americano de cañón, que
había ganado los doscientos dólares, se colocó detrás de su pieza, bajo la
torrecilla de babor.
Veíase
perfectamente que el vapor trataba de huir. La luna le daba de lleno.
La
distancia era muy respetable; pero el viejo artillero tenía confianza en su
vista y en su cañón.
—¡Ahora
lo arreglaré yo! –dijo —. ¡Las cien rupias van a danzar en mi bolsillo, en
espera de ocasión para comprar una montaña de tabaco y un barril de ginebra!
Aguardó
a que el buque pasara junto a la proa del crucero, e hizo fuego rápidamente.
¿Había
dado en el blanco, causando al enemigo un grave daño, o había fallado? Fue imposible
saberlo, porque casi en el mismo instante, desapareció el barco detrás de un
obstáculo que la distancia no había permitido distinguir, y que no se sabía si
era una escollera o un islote.
El
Rey del Mar se habla lanzado en su persecución, moderando, sin embargo, la
marcha, porque corría el peligro de encontrarse en el momento menos pensado
ante uno de tantos bancos arenosos como se extienden en las proximidades de las
bocas del Sedang.
A un
kilómetro de distancia de la costa, Sandokan ordenó que se sondara.
Como
no conocía del todo bien aquellos lugares, no se atrevía a avanzar el crucero
por miedo a varar.
Sin
embargo, el buque contra el cual disparó el americano, había desaparecido.
Probablemente habría aprovechado alguna de las escolleras que se extendían
hacia el Norte para internarse en un canal y alejarse o buscar refugio en
cualquier seno o ensenada.
En
su segunda carrera, el Rey del Mar debía de haberse remontado mucho hacia
levante del río Sedang, porque Yáñez y Sandokan decidieron abandonar al
fugitivo, el cual sería, probablemente, muy débil, cuando no se atrevía a
hacerles frente y viraron hacia Poniente para seguir buscando al Mariana.
Les
asaltó la duda de si el prao, para sustraerse a la persecución, habría buscado
también algún escondrijo, o se habría arrojado sobre la costa.
Hacía
un cuarto, de hora que marchaban a poca velocidad, continuando la búsqueda del
prao, cuando cerca de una escollera apareció una masa negruzca con unas velas
muy altas y todavía desplegadas.
—¡Nave
a la costa! —gritaron los vigías de las cofas.
—Debe
de ser nuestro Mariana —gritó Yáñez —. ¡Por fin!
El
Rey del Mar viró rápidamente de borda y avanzó con lentitud hacia la escollera.
En seguida se precipitaron todos a la proa para ver mejor aquel barco, cuya
inmovilidad les produjo no poca inquietud; tanto más, cuanto que parecía estar
adherido a las rocas.
Le
enfocaron con un reflector eléctrico, iluminándole como si fuese pleno día;
pero, cosa extraña, a pesar de eso nadie apareció sobre la cubierta.
—¡Disparad
tres cohetes! —ordenó Yáñez —. Si hay gente a bordo, seguramente contestarán.
—¿Será
el Mariana? —preguntó Tremal-Naik, que participaba de los temores de los dos
comandantes.
—Todavía
no puedo decírtelo —respondió el portugués —, aun cuando las velas son como las
de un prao grande o las de un griong.
—Tengo
una duda. Ese barco se habrá echado sobre la escollera y embarrancado en la
arena para huir de algún cañoneo de los ingleses. ¿No crees, Tremal-Naik?
—Sí.
—Temo
que hayas adivinado.
—¿Y
la tripulación? No se ve a nadie.
—Y
nadie contesta —dijo Sandokan, que se había acercado, mientras que Kammamuri y
Sambigliong lanzaban los cohetes, que estallaron en el aire, despidiendo
multitud de chispas multicolores.
—Entonces
es que los ingleses han hecho prisionera a la tripulación —dijo Tremal-Naik.
—Pues
nosotros iremos a libertarla, aun cuando haya que perseguir a ese barco hasta
dentro del río Sedang. Manda echar al agua una chalupa, y vamos a ver si ese
prao es, en efecto, el Mariana.
El
crucero había moderado aún más la marcha, por el temor constante de encontrarse
ante un bajo fondo.
Los
escandallos no daban más que doce metros de profundidad, y el fondo tendía a
elevarse rápidamente.
La
gran chalupa de vapor cayó al agua, y Sandokan, Yáñez y Tremal-Naik, con veinte
malayos armados, tomaron asiento en ella y se dirigieron hacia la escollera.
El
Rey del Mar había virado de bordo, volviendo un poco mar adentro, porque el
oleaje era en aquellos lugares bastante fuerte.
La
escollera no distaba más que unos quinientos o seiscientos metros. Estaba
compuesta por una larga fila de rocas de color muy oscuro, cortada en forma de
sierra y con los costados carcomidos y corroídos por la eterna erosión de las
olas.
El
barco había embarrancado hacia la punta septentrional, y por fuerza del
encontronazo, que debía de haber sido violentísimo, se había replegado sobre un
flanco, sosteniéndose con las barcazas contra una roca tan elevada como la
arboladura.
Temiendo
una sorpresa, Sandokan mandó a diez de sus hombres que preparasen los fusiles;
hecho esto, se dirigió la chalupa hacia una caleta rodeada por un cinturón de
escollos, y cuyas aguas permanecían tranquilas.
Quedaron
seis marineros de guardia en la embarcación, y con los otros se acercó al
barco.
—¡El
Mariana! —gritó de pronto, con acento de dolor.
El
desgraciado velero, ya fuera por causa de una falsa maniobra, o bien porque
había sido lanzado a propósito, se había reventado contra la punta de la
escollera de una forma tan brusca, que se podía dar por perdido.
Las
agudas rocas le habían deshecho el casco, produciéndole una grieta tan enorme,
que entraban libremente por ella las olas hasta la bodega.
—¡En
qué estado encontramos a este pobre barco! —exclamó Yáñez, que no estaba menos
conmovido que el Tigre de Malasia —. ¿Qué será lo que le habrá obligado a
echarse sobre esta escollera? ¿Y dónde está su tripulación?
—Allí,
en el costado de babor, hay una escala de cuerda —dijo Tremal-Naik —. ¡Subamos!
—¡Preparad
las armas! —ordenó Sandokan —. ¡Pudiera suceder que hubiese ingleses a bordo!
—¡Ya
estamos! —dijo Yáñez.
Y
subió el primero; tras él, Sandokan, y luego todos los demás, que llevaban
montados los fusiles y las pistolas.
En
él barco reinaba un silencio de muerte, pero ¡qué desorden en la toldilla! Allí
se veían cajas y barriles abiertos, bombardas y fusiles tirados, y en la proa
un enorme agujero que parecía producido por alguna granada.
La
escotilla grande estaba descorrida, y allá abajo, en las profundidades de la
bodega, mugía el agua sordamente.
—No
hay nadie —dijo Yáñez.
«¿Qué
les habrá sucedido a mis hombres?» —se preguntó Sandokan con ansiedad — ¿Y la
carga que tenía la nave? Porque me parece que la estiba ha sido vaciada».
En
aquel momento y desde la cumbre del escollo en el cual se apoyaba el Mariana,
gritó una voz:
—¡El
capitán!
Sandokan
y Yáñez levantaron vivamente la cabeza, en tanto que los malayos, por
precaución, armaban las carabinas.
Un
hombre de tez oscura y medio desnudo, descendía a grandes saltos por las rocas,
llevando en la mano un parang, cuya larga hoja brillaba intensamente, herida
por los rayos de la luna.
En
pocos instantes llegó hasta la amura de babor, y saltó en la cubierta,
diciendo:
—¡Capitán,
le esperaba!
—¡Tú,
Sakkadama! —exclamaron a un tiempo Yáñez y Tremal-Naik, reconociendo en él al
piloto del Mariana.
—¿Qué
ha sucedido aquí? —preguntó Sandokan.
—Ayer
tarde nos sorprendió un barco de vapor, y nos obligó a arrojarnos sobre esta
escollera, con lo cual se abrieron dos boquetes bajo la línea de flotación.
Huyó al ver el crucero.
—¿Y
ha saqueado el Mariana?
—Sí,
Tigre de Malasia, Se llevaron las armas y las municiones.
—¿Y
tus compañeros dónde están?
—Han
pasado el Sedang.
—¿Y
tú te has quedado?
—No
había sitio en la chalupa, porque la otra la deshizo un cañonazo.
—¿No
os habéis puesto al habla con los dayakos?
—Sí
–contestó el piloto —, hace ocho días, pero no hemos podido hacer nada. El
rajá, sospechando de ellos, hizo prender a bastantes, y a los demás los ha
desterrado fuera de la frontera.
—¡Maldición!
—exclamó Yáñez —. ¡Esta es una noticia que no esperaba! ¡Adiós esperanzas!
—Hemos
tardado demasiado —dijo Sandokan —, y el rajá se ha prevenido.
—¿Y
ahora qué vamos a hacer, Sandokan?
—No
nos queda otro recurso que luchar en el mar —contestó el Tigre de Malasia —.
Volveremos hacia el Norte, ya que el grueso de la flota aliada se encuentra en
las aguas de Sarawak, y reanudaremos la guerra contra los buques mercantes,
causando los mayores daños posibles a las compañías de navegación. ¡Si es
preciso, iremos hasta los mares de China! ¡Amigos, a bordo¡ ¡No perdamos el
tiempo!
Ya
se disponían a descender a la chalupa, cuando oyeron un cañonazo disparado a
bordo del Rey del Mar.
Sandokan
dio un salto.
—¿Habrán
visto la escuadra de los aliados? —preguntó.
—Lo
supongo —contestó Yáñez —. Veo que dirige la proa hacia nosotros.
—¡Mirad!
—gritó Tremal-Naik.
Una
luz vivísima iluminaba el horizonte por el oeste, unos minutos antes
completamente oscuro.
La
escuadra aliada, compuesta de media docena de barcos, se dirigía velozmente
hacia el crucero, a fin de impedirle salir a alta mar.
—¡Pronto!
¡A bordo! —gritó el Tigre de Malasia.
Se
dejaron escurrir por la cuerda uno tras otro, y la chalupa salid a toda
velocidad hacia el Rey del Mar, que, por su parte, iba a su encuentro.
Aun
cuando estaban muy lejos, los barcos enemigos habían roto el fuego, y los
cañonazos sucedían unos a otros, algunos proyectiles cayeron a pocos metros de
ambas embarcaciones. Tardarían muy pocos minutos m llegar a su destino las
balas y las granadas.
El
Rey del Mar estaba ya a dos o tres cables, y maniobró de modo que pudo proteger
a la chalupa contra los disparos de la artillería adversaria, oponiendo a los
proyectiles sus resistentes costados. De un solo golpe descendió la escala.
El
ingeniero Horward, Damna, Surama y Kammamuri salieron a la torrecilla de popa,
gritando:
—¡Pronto!
¡Pronto! ¡Suban ustedes!
Algunos
marineros habían calado ya los palangres para izar la chalupa.
Yáñez,
Sandokan, Tremal-Naik y sus compañeros se lanzaron por la escala, después de
haber asegurado los ganchos.
—¡Por
fin! —exclamó el americano —. ¡Creí que no llegaban ustedes a tiempo!
—¡Los
artilleros a sus puestos! —gritó Sandokan —. ¡Dobles timoneles a la rueda!
—¡Vamos
a tener trabajo para desembarazamos de la escuadra, pero somos fuertes y
veloces! —dijo Yáñez.
CAPÍTULO
XIV - EL «DEMONIO DE LA GUERRA»
Una
vez hubo sido embarcada la chalupa rápidamente, el Rey del Mar viró de bordo a
toda prisa, y se lanzó hacia el Norte para no meterse entre las escolleras que
se prolongaban en dirección de Poniente.
La
escuadra aliada corría a todo vapor, con la esperanza de cortarle el paso, y
forzaba las máquinas cuanto podía para llegar a tiempo.
Pero
entre todos aquellos barcos de tipo anticuado y que se pudrían en las
estaciones de ultramar, no había ninguno que pudiera competir con el rapidísimo
crucero, el cual marchaba a tiro forzado, ni tampoco con su poderosísima
artillería, que en aquella época era la última palabra.
Los
proyectiles llovían sobre el puente del corsario y golpeaban contra las torres,
produciendo un ruido ensordecedor y despidiendo altas llamaradas; pero todo
esto apenas producía efecto alguno en el blindaje.
El
barco de los tigres de Mompracem contestaba con igual energía. Sus grandes
cañones de caza tronaban sin cesar, hiriendo gravemente a los adversarios,
demasiado débiles para medirse con él.
Yáñez,
con el inseparable cigarro entre los labios, y Sandokan, sombrío e inmóvil,
presenciaban tranquilamente aquel terrible espectáculo, sin que un solo músculo
de su fisonomía se alterase. Tan sólo cuando algún proyectil daba de lleno en
un barco enemigo, manifestaban su satisfacción con una chupada más vigorosa el
primero, y con un simple movimiento de cabeza el segundo. A bordo, el estruendo
era espantoso.
Torrentes
de fuego salían por las aspilleras de las torrecillas y por los contracantiles
de las baterías; nubes de humo envolvían los costados del poderoso buque.
El
Rey del Mar huía con rapidez de vértigo, sustrayéndose al temible cerco en que
quería encerrarle la escuadra y dejando tras de sí columnas de humo y de
chispas.
El
crucero pasó, como si fuera un proyectil, por entre dos barcos que pretendían
cogerle, disparándoles dos tremendas andanadas y protegiéndose con las dos
piezas de popa.
La
escuadra aliada, impotente, por su menor velocidad, de cazarle, se iba quedando
a retaguardia, aun cuando navegaba a todo lo que daban sus máquinas. Las bayas
ya no llegaban hasta el puente del crucero.
Cuando
ya los tigres de Mompracem se creían a salvo, de detrás de una alta muralla de
escollos, vieron a salir a todo vapor cuatro soberbios cruceros de tanto bordo
cada uno como el propio Rey del Mar.
—¡Mil
diablos! —exclamó Sandokan —. ¿De dónde han salido esos navíos? ¡Yáñez! ¡Manda
que pongan la proa al Norte!
Los
cuatro cruceros se habían lanzado sobre el Rey del Mar, pero, desgraciadamente
para ellos, hablan aparecido demasiado tarde para tomar parte activa en el
combate.
—¡Un
momento antes y no sé cómo nos las hubiéramos arreglado! –dijo Yáñez, que les
observaba a través de la aspillera de la torre de órdenes.
—Pero
ahora, señor Yáñez, se quedarán a popa —dijo el ingeniero americano, que
también los miraba con gran atención —. En cuanto a armamento, quizá puedan
competir con nosotros, pero no en potencia de máquina, ganamos terreno a ojos
vistas, y dentro de seis horas ya no los veremos.
—¿De
quién serán esos barcos tan hermosos? —preguntó Tremal-Naik.
—No
veo ondear ninguna bandera en su arboladura.
—Supongo
que serán ingleses —respondió Yáñez —.
Puede
ser que pertenezcan a la escuadra angloindia. Antes no se veían en Labuán
barcos tan modernos.
—Y,
según parece, no piensan dejarnos —dijo Sandokan, que volvía a entrar en la
torre en aquel momento —, Por fortuna, estamos fuera del alcance de su
artillería. Esperaremos a que caiga la noche para hacer una falsa maniobra y
doblar hacia Occidente. Saldremos de las costas de Labuán.
—¿Acaso
piensan estas gentes que intentamos dar un golpe de mano en esa isla? —preguntó
Yáñez.
—O
en Mompracem —contestó Sandokan —. ¡Qué lástima tener que consumir tanto carbón
para sostener esta velocidad!
—Por
ahora, bastante hacemos con obligarlos a correr; después ya nos proveeremos a
costa de los vapores mercantes.
El
Rey del Mar continuaba su veloz carrera a tiro forzado, La escuadra de los
aliados que intentó rodearle cerca de los escollos, se hallaba ya fuera de la
vista; tan sólo los cuatro cruceros, a pesar de que iban perdiendo camino
progresivamente, continuaban la persecución con renovada energía.
También
sus máquinas debían de ser potentes, porque cuando empezó a amanecer, el Rey
del Mar no había logrado adelantarles más que una milla, y había engullido
cantidades inmensas de carbón. Como desde un principio les llevaba cuatro
millas de ventaja, se sostenía fuera del alcance de su artillería, que en
aquella época no podía disparar a esa distancia.
Al
mediodía aún no había cesado la caza; pero ya se había ganado otra milla.
Yáñez,
que no había dejado la cubierta ni un solo instante, iba a bajar al comedor,
cuando Damna se le acercó.
La
joven parecía muy preocupada y muy triste.
—Señor
Yáñez —le dijo, deteniéndole —, ¿le ha visto usted?
—¿A
quién? —preguntó el portugués, aun cuando habla comprendido qué era lo que le preguntaba
la muchacha.
—¡A
sir Moreland!
—No,
Damna, no le he visto en ninguno de los puentes de mando de la escuadra de los
aliados.
La
joven palideció.
—¿Habrá
muerto? —preguntó, al cabo de un instante,
—¿Y
por qué iba a haber muerto? No ha peleado contra nosotros; y cuando le estropeé
su chalupa de vapor, estaba tan vivo como yo.
—¿Vendrá
en alguno de esos cuatro barcos?
—Tampoco
le he visto en ninguno de ellos. He mirado atentamente los puentes con el
anteojo, y no u he visto.
—Pues,
a pesar de eso, mi corazón me dice que viene en uno de esos cruceros.
Yáñez
sonrió sin responder, y, ofreciéndole el brazo, la condujo al comedor.
Por
la tarde todavía se divisaban los cruceros, pero ya a una distancia de doce
millas.
A
pesar de que sus chimeneas vomitaban torrentes de humo, seguían perdiendo
camino.
A
medianoche, el Rey del Mar, que no había encendido las luces, viró bruscamente
de bordo, dirigiéndose hacia Poniente, en dirección del cabo Taniong—Datu, para
meterse de nuevo en el mar de la Sonda.
Era
necesario proveerse de carbón, y sin tener puertos amigos y sin la ayuda del
Mariana no había otra esperanza ni otro recurso que tomárselo a los barcos
ingleses, los cuales no habrían interrumpido, seguramente, sus acostumbrados
viajes.
Después
de haberse asegurado de que ya no se veían los cruceros, Sandokan mandó reducir
la velocidad del buque para economizar el combustible, ya que ignoraba cuándo
podría renovar su provisión, que empezaba a ser otra vez muy escasa.
Dos
días después avistaban el cabo Taniong—Datu, y el Rey del Mar prosiguió su
camino hacia el Noroeste, confiando que en aquella dirección podría sorprender
a algún vapor procedente de Singapoore o de los puertos de Java y de Sumatra;
pero durante los primeros días que siguieron no se vio humo alguno en el
horizonte.
Había
que tener en cuenta que en todas las islas del mar de la Sonda se había corrido
la voz de que recorría aquellos parajes un buque corsario, y los vapores
ingleses no se habían atrevido a salir de los puertos, en espera de que la
escuadra de Labuán le echara a pique o le capturase.
Aun
cuando estaban muy preocupados, pues no ignoraban que de la abundancia de
carbón dependía el poder estar siempre a salvo, Sandokan y Yáñez no eran
hombres que desesperasen fácilmente.
Todavía
podían marchar a poca velocidad durante trescientas o cuatrocientas millas, e
ir, si era preciso, hasta los mares de China meridional, y si hubiesen querido,
intentar todavía un buen golpe de mano.
Pero,
al menos por el momento, no tenían propósito de alejarse mucho de las costas de
Borneo. Por otra parte, la escuadra inglesa de extremo Oriente debía de haberse
puesto ya en movimiento para capturarlos, y no querían hacerle frente con tan
escasa provisión de combustible.
—Esperemos
—había dicho Sandokan a Tremal-Naik, que le interrogaba acerca de sus planes —.
No nos conviene dejar de momento estos parajes y rebasar las islas Natuna y
Bungaram. Sé muy bien que allá encontraríamos barcos que apresar, pero tampoco
aquí me faltará qué hacer.
—¿Qué
es lo que esperas aquí? Se diría que aguardas algo.
—Algo
espero, efectivamente —contestó Sandokan, con una sonrisa misteriosa —. ¡Deseo
matar dos pájaros de un tiro!
—Hace
ya cuatro días que hemos dejado las aguas de Sarawak.
—Para
nosotros no tiene valor el tiempo. Por lo tanto, esperemos.
—¿Y
si aquellos cruceros continúan su persecución?
—Es
verdad —respondió Sandokan —, pero, ¿detrás de quién? Estoy seguro de que los
he engañado completamente, y dudo mucho que volvamos a encontrarlos por ahora
en nuestro camino.
Durante
cuarenta y ocho horas continuó el Rey del Mar navegando hacia el Noroeste,
sosteniéndose muy alejado de las costas de Borneo. Avistó de nuevo las islas
Natuna y Bungaram, y dobló hacia Levante, pues ambos comandantes deseaban hacer
rumbo a Bruni, capital del sultanato de Borneo, porque sabían que de vez en
cuando frecuentaban aquellas aguas los vapores ingleses.
No
podían equivocarse. Hacía quince horas que habían avistado las islas, cuando en
el límpido horizonte se perfiló un gran barco. Era un steamer de dos chimeneas
y tambores, que marchaba en dirección de Bruni, seguramente con objeto de hacer
allí escala antes de volver a salir para los mares de China.
La
bandera roja que ondeaba en la popa confirmó las esperanzas de Yáñez y
Sandokan, que parecían tantear el buque desde lejos.
El
steamer se hizo cargo de la presencia del crucero y de los colores de sus
insignias, y aun cuando al principio continuó su rumbo hacia el Nordeste, viró
de pronto de bordo con gran rapidez, lanzándose hacia Levante, esperando
encontrar refugio en cualquier bahía de Borneo.
Antes
de salir de los puertos de la India, el comandante debía de haber recibido
aviso acerca de la presencia de un corsario malayo en los mares de la Sonda, y
por eso se dio a la fuga, evitando la lucha a toda costa.
A
pesar de que el steamer corría cuanto podía, forzando la máquina al máximo, a
juzgar por los torrentes de humo que vomitaban sus chimeneas, el Rey del Mar le
alcanzó por medio de una habilísima maniobra, y le disparó primero un cañonazo
de pólvora sola, y después otro con bala para hacerle comprender que estaba
resuelto a hundirle.
Al
ver que no le obedecía y que aumentaba la velocidad, le disparó con una de las
piezas de caza un cañonazo que le deshizo la toldilla de cámara.
Un
momento después, el buque izaba un bandera blanca en el pico del trinquete y
acortaba la velocidad.
—¡Tiene
arrestos, ese comandante! —dijo Yáñez, mientras echaban al agua las chalupas —.
Desgraciadamente, no podemos ser generosos, y ese magnífico vapor irá a
reunirse con los otros en el fondo del mar de Malasia.
Descendió
a la lancha de vapor y se dirigió al steamer, seguido por cinco chalupas
montadas por setenta hombres, entre malayos y dayakos.
El
steamer se había detenido a unos diez cables del Rey del Mar, Era un soberbio
buque, en el que iban muchos pasajeros, que, mudos, aterrados, esperaban
ansiosamente a que abordaran los corsarios. El capitán, rodeado de sus
oficiales, no había abandonado el puente.
Yáñez
fue el primero en subir a bordo. Atravesó por entre la multitud allí reunida, y
se dirigió hacia el puente de órdenes, y una vez allí, le dijo al capitán del
steamer, que no se había movido para Ir a su encuentro:
—Señor,
no es usted muy cortés con un hombre que hubiera podido cañonearle.
—Hágalo
usted, si así le place —contestó, fríamente, el capitán —. Yo no me opongo,
pero piense usted, sin embargo, que a bordo de mi barco hay más de quinientas
personas, entre ellas muchas mujeres, muchos niños y muchos hombres que no son
Ingleses.
—¿Tiene
usted suficientes chalupas para que quepan todos, incluso la tripulación?
—Sí.
—La
costa de Borneo no está lejos, y el mar no da por ahora señales de alborotarse.
Mande usted embarcar a todos y váyanse, porque el vapor, desde ahora, no
pertenece a nadie más que a mí.
—Mis
marineros y los pasajeros son dueños de abandonar el barco; yo me quedaré aquí,
suceda lo que suceda —dijo el inglés —. ¡Yo no cedo ante los piratas de
Mompracem!
—¡Ah!
¿Sabe usted quiénes somos? ¡Magnífico! ¡Le echaremos a usted a pique con el
barco!
—¡Qué!
¿Lo hundirán ustedes?
—Señores,
les concedo dos horas, y aquí espero reloj en mano.
—Repito
que yo no saldré del barco —respondió con obstinación el inglés —. ¡Quiero
hundirme con él!
—Si
no le sacamos a usted por la fuerza del puente de órdenes —dijo Yáñez,
impaciente.
El
portugués iba a volverse hacia sus gentes, que ayudaban a los marineros del
vapor a echar las chalupas al agua, cuando vio que se dirigía hacia él un
hombre pequeño, zambo, con la barba cuidadosamente afeitada, y que resguardaba
los ojos tras unas antiparras ahumadas.
—Comandante
—le dijo el desconocido, quitándose rápidamente el sombrero y desabrochándose
una larga zamarra de paño oscuro, la cual no parecía molestarle, a pesar del
intenso calor que hacía —. ¿Es usted uno de esos famosos piratas de Malasia?
—Uno
de los jefes —contestó Yáñez, mirando con curiosidad a aquel hombrecillo
panzudo y patizambo.
—Entonces,
me llevará usted consigo, porque yo estaba tratando de buscar un barco que me
llevase a Mompracem.
—Nosotros
no vamos a esa isla; pero debo decirle que no embarcamos más que hombres de mar
y de guerra.
—Yo
deseo ir con ustedes para combatir a los ingleses. Conozco, señor, todas las
maravillosas empresas y aventuras que han realizado ustedes.
—¡Usted!
—exclamó Yáñez, con acento burlón.
—¿Usted
no sabe quién soy yo?
—No.
—Pues
soy el demonio de la guerra, o, si así le parece mejor, el doctor Paddy
O'Brien, de Filadelfia, en fin, un hombre que podrá causar grandes perjuicios a
los ingleses. He aquí por qué no me negará usted el que me embarque en su
crucero, juntamente con mi equipaje. Prestaré a ustedes preciosos servicios, no
lo dude; tan grandes, que asombrarán al mundo entero, y que también le harán
temblar.
CAPÍTULO
XV - EL ÚLTIMO CRUCERO
Yáñez
escuchó pacientemente a aquel hombrecillo que se proponía conmover al mundo,
mirándole con una curiosidad no exenta de ironía, y se preguntaba si, en
efecto, tendría delante de sí algún hombre de ciencia poseedor de un formidable
secreto, o a un loco.
Cuando
vio que el portugués no se decidía a contestar, y adivinando lo que pensaba, el
desconocido le dijo:
—Usted
imagina que el doctor Paddy O'Brien tiene trastornado el cerebro, ¿no es
cierto, señor? O que, por lo menos, tiene ganas de divertirse. No, comandante,
no; yo he logrado hacer un descubrimiento prodigioso, que producirá terribles
resultados.
—Continúe
usted —dijo flemáticamente Yáñez, porque aquello comenzaba a divertirle.
—¿Sabe
usted que he encontrado el medio de encender la lámpara eléctrica sin necesidad
de hilo? En Chicago he realizado experimentos extraordinarios y a distancias de
tres y cuatro mil metros.
—Esas
experiencias me interesan poco, mi querido señor Paddy O'Brien. Para deshacer a
nuestros adversarios nos bastan nuestros cañones.
—¿Y
qué haría usted si yo le dijese que también he encontrado el medio de incendiar
a cierta distancia los barriles de pólvora?
—¡Ah!
—exclamó Yáñez, sacando del bolsillo un cigarro, y encendiéndolo seguidamente
—. ¡Eso es, en verdad, un descubrimiento asombroso, admirable!
—Le
parece a usted inverosímil, ¿verdad, comandante? —dijo el hombre de ciencia.
—No
lo he experimentado todavía, y, por lo tanto, no debo creer ni dejar de creer.
—Y
ahora, ¿consentirá usted en embarcarme? Si usted rehusa, desembarcaré en Bruni,
e iré a ofrecer a los ingleses mi secreto.
—Ya
que —tiene usted ganas de hacer una excursión a través de los mares de Malasia
a bordo del Rey del Mar, no me opongo. Pero va usted a ser testigo de cosas
tremendas que le pondrán la carne de gallina en más de una ocasión. Además, le
advierto que le colocaremos a usted bajo la guardia de hombres fieles e
incorruptibles hasta el Instante en que se experimente su asombroso,
maravilloso y terrible descubrimiento. No se sabe nunca... En un momento de mal
humor podría ocurrírsele a usted hacer la prueba contra nosotros y volarnos la
santabárbara,
—¡Puede
usted hacer lo que quiera!
—¡Ah!
Y el equipaje de usted quedará secuestrado, porque, seguramente, contendrá el
secreto de esa diablura espantosa, y yo mismo lo vigilaré.
—No
me opongo.
—Y
todavía debo añadir algo más: mandaré torcer ex profeso una buena cuerda para
ahorcarle sin contemplaciones si, por casualidad, le asaltara el deseo de
intentar algo en contra nuestra. ¿Me ha comprendido usted, señor demonio de la
guerra?
—Perfectamente
—respondió el americano.
—¿Acepta
usted en estas condiciones?
—Acepto,
comandante.
—Pero
no diga a nadie que es usted pariente de Belcebú: nuestros hombres son gente
resuelta y animosa; pero podrían asustarse si supieran que he embarcado al
demonio de la guerra. ¡Doctor, mande usted a buscar su equipaje!
Mientras
se sucedía esta extraña conversación, los pasajeros habían abandonado el
steamer, agolpándose atropelladamente en las chalupas, en las cuales se habían
embarcado víveres suficientes para poder llegar a las costas de Borneo sin
correr el peligro de tener que soportar el hambre y la sed.
Sin
embargo, no se habían alejado mucho, esperando a su capitán; pero éste seguía
negándose obstinadamente en salir del barco, a pesar de los ruegos de su
oficiales y de las intimidaciones de Yáñez y de sus hombres.
En
vez de ello, aquel valiente marino se había sentado tranquilamente en una
mecedora que mandó subir al puente de órdenes, y se había puesto a fumar su
pipa con una colma que dejó asombrados incluso a los malayos.
Ante
la amenaza de Yáñez de hacerle embarcar a viva fuerza, contestó con un simple
encogimiento de hombros.
Admirado
ante aquella presencia de ánimo, y antes de dirigirse a sus hombres para que
obligaran al capitán a deponer su actitud, el portugués mandó aviso a Sandokan
de lo que sucedía.
—¡Ah!.
¿No quiere abandonar su barco? —respondió el Tigre de Malasia, que estaba a una
distancia que permitía hacerse oír —. ¡Pues que se quede, ya que así lo desea!
Ordenó
a las chalupas que se alejasen en seguida, amenazándolas con echarlas a pique,
y no volvió a preocuparse de aquel hombre.
—¿Y
dejaremos que vuele con su barco? —preguntó Yáñez.
—Ahora
exploremos las carboneras, que deben de estar casi vacías, pues ese barco
estaba a punto de terminar su viaje. Te envío un refuerzo de cien hombres, con
objeto de no perder demasiado tiempo. Nos encontramos demasiado cerca de Bruni,
y podrían sorprendernos.
Tal
como Sandokan había previsto, las carboneras del steamer estaban punto menos
que agotadas, porque el buque debía volver a aprovisionarse de combustible en
Bruni antes de proseguir su camino para los mares de China.
No
quedaban más que unas cuantas toneladas de carbón, cantidad absolutamente
Insuficiente para completar las provisiones del Rey del Mar, que había
consumido demasiado durante su precipitada huida.
Sin
embargo, fueron necesarias cuatro horas para transportarlo al crucero,
Juntamente con una cantidad considerable de víveres y la caja de a bordo, que
se hallaba muy repleta.
Durante
el saqueo, el capitán inglés no dejó su puesto ni hizo movimiento alguno para
protestar.
Continué
fumando con una calma realmente admirable, e incluso se dignó aceptar un vaso
de whisky que Yáñez le ofreció, y lo sorbió lentamente con tranquilidad
perfecta.
En
cuanto se hubieron alejado las últimas chalupas cargadas de carbón, Yáñez se
acercó al Inglés, y luego de haberle saludado cordialmente, le dijo:
—Señor,
nosotros hemos terminado.
—Pues,
entonces, también a mí me toca acabar de vivir —respondió el comandante del
steamer.
—Pongo
a disposición de usted mi yole, que irá bien abastecido de víveres, y asimismo
una vela para que pueda usted reunirse con las chalupas antes de que lleguen a
la costa. Mire usted: la brisa es favorable, porque sopla del Oeste.
—Ya
he dicho que yo no abandono mi barco, y sostengo mi palabra. Hace seis años que
vengo gobernando este steamer a través del océano, y le quiero demasiado para
abandonarlo; si ha de irse al fondo, yo me Irá con él.
—Por
lo menos, dígame qué muerte es la que prefiere. Pensaba hacerle saltar poniendo
fuego a una tonelada de pólvora; pero si a usted le parece mejor que le echemos
a pique con una bala de cañón... Se verá hundirse con lentitud y pudiera usted
arrepentirse antes de que haga explosión bajo las olas.
—Eso
me es indiferente, haga usted lo que mejor lo plazca.
—¡Adiós,
señor! ¡Es usted un valiente!
—¡Adiós,
comandante, y buena suerte! —respondió el Inglés, con ironía —. ¡Ah! ¡Tengo que
pedir a usted un favor!
—Diga
usted.
—Que,
si tiene usted ocasión, haga saber a los armadores de, Bombay que Jolin Koope
ha muerto, como un verdadero hombre de mar, a bordo de su barco.
—Lo
haré; se lo prometo. Dentro de diez minutos tendré el honor de cañonearle.
—Para
entonces ya habré terminado de fumar mi pipa.
Se
separaron. Yáñez descendió inmediatamente a la ballenera, que le aguardaba bajo
la escala, y el inglés, siempre impasible, volvió a sentarse en la mecedora,
después de haber izado la bandera inglesa.
—¿Y
ése no quiere moverse? —preguntó Sandokan, en cuanto Yáñez puso el pie en la
cubierta del crucero.
—Es
un terco digno de ser admirado —respondió el portugués —. Quiere irse a pique
con su buque. ¿Lo consentirás?
—Todavía
no nos hemos puesto en marcha —dijo Sandokan, sonriendo.
Se
acercó a la popa, donde se encontraba el viejo artillero americano apoyado en
una de las torrecillas, y le susurró al oído algunas palabras.
Poco
después, el crucero viraba de bordo, avanzando a poca máquina en dirección del
steamer. El inglés seguía fumando, en espera del cañonazo que había de hundir
su barco.
Sandokan
se dirigió a la proa y le miró sonriendo.
El
Rey del Mar, guiado por Sandokan, pasó a treinta pasos de la popa del vapor, y
aminoró la marcha.
Entonces,
Sandokan cogió el portavoz y gritó al inglés:
—Señor,
quisiera pedir a usted un favor, Si tiene usted ocasión de volver a ver a sus
armadores, dígales que los tigres de Mompracem han respetado su barco porque lo
mandaba un valiente. ¡Buena suerte!
Después,
mientras la bandera de Mompracem saludaba al inglés, se alejó velozmente hacia
el Septentrión.
***
El
astuto y prudente Sandokan no quiso entretenerse demasiado en aquellos parajes
tan próximos a Labuán, temiendo caer entre la escuadra de la colonia y los
cuatro cruceros, los cuales deberían de estar buscándole encarnizadamente, así,
pues, tomó el partido de dirigirse hacia las costas septentrionales de Borneo,
para echarse sobre los barcos procedentes de Australia.
Era
imposible, o por lo menos muy difícil, que los ingleses llegasen a imaginar que
se hubiera alejado tanto del golfo de Sarawak.
Además,
estaba seguro de que podría sorprender algunos barcos australianos antes de que
los armadores suspendieran los viajes.
Como
deseaba permanecer por completo ignorado, se alejó de las rutas seguidas
ordinariamente por los barcos, y de repente apareció un día a cuarenta millas
de la punta septentrional de Borneo.
Fue
un crucero que duró sólo seis días y, sin embargo, ¡cuántos, desastres sufrió
la marina mercante inglesa en tan breve tiempo! Dos vapores y tres veleros
cayeron en manos de los implacables tigres de Mompracem, y sufrieron la misma
suerte que los que habían sido capturados en el mar de Malasia.
Las
tripulaciones y los pasajeros quedaban en libertad para ponerse a salvo en las
costas de las islas más próximas, pero los barcos eran hundidos,
invariablemente, con sus respectivos cargamentos casi íntegros.
Tuvieron
noticia, por algunos praos, que la escuadra de los mares de China, alarmada por
tantas capturas, estaba reuniéndose; en vista de estas nuevas, el Rey del Mar
con las carboneras bien repletas, volvió de nuevo a tomar rumbo hacia el
interior del océano, y descendió hacia el Sur.
Sandokan
y Yáñez querían ir a destruir los magníficos steamers que hacían el servicio
entre la India y la baja Conchinchina.
Sandokan
se hallaba nuevamente dominado por la terrible ansia de hundir, y parecía que
resucitaba el sanguinario pirata de otros tiempos. Sabiendo que más pronto o
más tarde había de encontrarse frente a alguna de las poderosas escuadras que
el Almirantazgo había lanzado tras él, quería dar un golpe mortal al comercio
inglés, y asombrar al mundo con su audacia.
—Nuestros
días están contados —había dicho a Yáñez y a Tremal-Naik —. Dentro de algunos
meses ya no encontraremos ningún barco inglés que nos provea de combustible.
Mientras tanto, aprovechémonos; después sucederá lo que nos haya decretado la
suerte.
—Encontraremos
otros barcos que nos aprovisionarán —había dicho Yáñez —, porque obligaremos a
los de otras nacionalidades a que nos vendan el carbón, aun cuando haya que
recurrir a la violencia.
—¿Y
después?
—¿No
estoy yo aquí para después? —dijo detrás de ellos una voz como de gallina
clueca —. ¡Mi asombroso invento destruirá todos cuantos barcos traten de
acometernos!
Era
el doctor Paddy O'Brien, de Filadelfia, el demonio de la guerra, de quien hasta
entonces nadie se había acordado.
—¡Ah!
¿Es usted? –dijo Yáñez, sonriendo un poco burlonamente —. ¿Usted, que en el
momento del peligro, detendrá los proyectiles que lancen contra nosotros?
—No,
señor; usted se equivoca: yo no detendré los proyectiles —contestó vivamente el
hombrecillo —. Lo que haré será volar los polvorines de los buques que nos
acometan. Mi aparato no fallará.
—Tengo
la convicción de que eso es posible —dijo en aquel momento el ingeniero Horward
—. M compatriota me ha explicado en qué consiste su invento, y aun cuando la
cosa parezca increíble, creo que, en efecto, puede hacer volar los buques que
nos persigan.
—Ya
lo veremos –dijo Sandokan, con acento de duda.
—Sí
continuamos bajando hacía el Sur, el mejor día nos encontraremos con nuestros
adversarios. Para entonces debe usted tener dispuesta su maravillosa máquina,
señor Paddy.
El
Rey del Mar siguió, durante dos das más, su ruta hacia el Sur y enderezando la
proa mar adentro, sin que lograse descubrir ni un solo vapor en ninguna
dirección.
Los
armadores debían de haber dado ya las órdenes oportunas para que se detuviesen
sus barcos en los puertos de las islas de la Sonda, con objeto de no exponerlos
al riesgo de que los echase a pique el audaz corsario, que hasta entonces, con
sus rápidas correrías y con sus desapariciones súbitas, había podido huir de la
caza que le daban las escuadras.
La
interrupción de las líneas de navegación debía causar a los ingleses unas,
enormes pérdidas.
—¿Qué
le acontecería al Rey del Mar tan pronto como desapareciese en las ardientes
bocas de sus hornos última tonelada de carbón?
—No
se me ocurrió pensar que el arma que yo manejaba tuviese doble filo —murmuró un
día Sandokan —, uno para los ingleses, y otro para mí.
Habían
recorrido ya quinientas millas y el Rey del Mar se acercaba a las costas de
Malaca, sin que hubiese asomado ningún barco inglés. Ciertamente habían visto
algunos buques; pero alemanes, italianos, franceses y holandeses; barcos que
constituían más bien un peligro, porque podían notificar al Almirantazgo el
rumbo del corsario, por temor a que éste cualquier día se revolviese contra
ellos.
Sandokan
y Yáñez comenzaban a preocuparse. Comprendían instintivamente que para El Rey
del Mar, los días estaban contados, y que el círculo de hierro iba a
estrecharse en torno de los últimos tigres de Mompracem.
Con
frecuencia los sorprendía Kammamuri y Tremal-Naik con la frente pensativa y la
mirada torva. Otras veces los velan, mirando largamente a Damna y a Surama, y
luego movían la cabeza tristemente, como si sintieran remordimientos por
haberlas embarcado para envolverlas en una catástrofe tremenda, de la cual ya
no dudaban.
—Oye,
muchacha —dijo un día Yáñez, mientras Damna contemplaba el horizonte,
enrojecido por últimos rayos del sol poniente, como sí esperase ver aparecer
por aquella parte del horizonte al hombre que amaba —, ¿tienes miedo a la
muerte?
—¿Por
qué me hace usted esa pregunta, señor Yáñez? —Interrogó la joven angloindia,
sonriendo con tristeza.
—Porque
me parece que va a sonar pronto nuestra última hora.
—¡Cuándo
mueran ustedes, nosotras les seguiremos a los abismos del mar! —respondió
Damna.
—¡Sí,
yo no dejaré al sahib blanco que me ama! —dijo Surama, mirando dulcemente al
portugués.
—Sin
embargo, quiero libraros de la muerte antes de que os toque con sus alas
heladas, y Sandokan piensa como yo. Nosotros corremos ahora hacía Malaca, y
podemos sacrificar las últimas provisiones de carbón para dejaros en aquellas
playas.
Damna
y Surama hicieron con la cabeza un enérgico signo negativo.
—¡No!
—dijo la primera, con voz resuelta —. ¡Yo no quiero dejar a mi padre ni a
ustedes suceda lo que sea!
—¡Ni
yo me separaré de ti, sahib blanco, a quien debo la libertad y la vida! —dijo
Surama.
—Piensa,
Damna, que algún día podrás ser una esposa feliz, uniéndote a un hombre que te
ama con pasión y a quien yo estimo en lo que vale.
—¡A
estas horas, sir Moreland ya me habrá olvidado! —respondió la muchacha,
lanzando un profundo suspiro.
—Piensa
también que de un momento a otro puede caer sobre nosotros la escuadra de los
aliados, y encerrarnos en un círculo de fuego; y piensa, además, que eres
mujer.
—¡No,
señor Yáñez! —dijo Damna, más fieramente —. ¡Nosotras no abandonaremos a
ustedes! ¿Verdad, Surama?
—¡Yo
seré muy feliz muriendo al lado de mi sahib blanco! —contestó la aludida.
Yáñez
la acarició con una mano la larga cabellera negra, y después dijo:
—¡Bah!...
¡Quizá!... Todavía no estamos vencidos.
CAPÍTULO
XVI - EL HIJO DE SUYODHANA
No,
los últimos tigres de Mompracem no habían sido vencidos todavía; pero estaban
amenazados de serlo en un breve plazo, pues no sabían ya dónde proveerse del
combustible que les era tan necesario, lo mismo que la pólvora.
El
carbón disminuía a ojos vistas; las carboneras estaban casi vacías; la
esperanza de encontrar algún barco se alejaba cada vez más. Era preciso tomar
una resolución suprema, y Sandokan y Yáñez la tomaron inmediatamente, de
acuerdo con Tremal-Naik y el ingeniero americano.
De
mutuo acuerdo decidieron dirigirse sin vacilar a la Isla de Gala, en la cual se
habían reunido los praos en espera de que terminara la guerra, no con la
esperanza de poder aprovisionarse allí de combustible, sino para tener siquiera
el apoyo de aquellos veleros en el momento supremo, y al mismo tiempo para
enviar a algunos a cargar en Bruni.
Como
se trataba de pequeñas embarcaciones mercantiles que podían enarbolar cualquier
bandera, nadie les pondría obstáculos porque quisieran embarcar carbón.
La
dificultad estribaba en poder llegar hasta la isla, que estaba a más de
cuatrocientas millas de distancia, antes de que la escuadra aliada, que ya
debía de haberse alejado de las aguas de Sarawak, cayese sobre el Rey del Mar y
le sorprendiera con los fuegos medio apagados, obligándole a aceptar un combate
con fuerzas enormemente superiores.
Por
el momento no parecía que les amenazase tan gran peligro, porque un giong que
procedía del Sur les habla dicho por la mañana que no había visto barco alguno
de guerra en las aguas de Labuán ni en las de Bruni.
Terminado
aquel breve consejo, el Rey del Mar se puso en seguida con rumbo hacia el
Nordeste, debiendo pasar muy lejos de Mompracem, y sostenerse a Poniente de los
dos grandes bancos de Samarang y de Vernon.
Para
hacer la máxima economía posible de carbón, se apagaron la mitad de los fuegos;
de este modo el crucero caminaba solamente con una velocidad de seis nudos por
hora.
Sandokan,
que estaba más nervioso que Yáñez, se sentía, además, de un pésimo humor.
Se
le veía pasear horas enteras por la pasarela de órdenes, escrutando con gran
ansiedad el horizonte, poseído de una preocupación cada vez mayor. Ya no era el
hombre tranquilo e impasible de otros tiempos, seguro de su barco y de su
artillería, que se reía de los peligros y que los afrontaba con la sonrisa en
los labios, fumando filosóficamente.
Varias
veces al día bajaba a las carboneras, ya casi agotadas, se detenía ante los
hornos, ante aquellas bocas hambrientas que pedían alimento con insistencia, y
experimentaba en el corazón unas terribles opresiones, cada vez que los
fogoneros precipitaban entre las llamas casi moribundas, paletadas de
combustible.
Cuando
salían de allí, su frente aparecía tempestuosa y sombría, y de nuevo se ponía a
pasear, con aire taciturno durante largo tiempo entre las torres de popa y de
proa, con los brazos cruzados e inclinada la cabeza, y sin dirigir la palabra a
nadie.
Tan
sólo doscientas treinta millas separaban al Rey del Mar de las costas
occidentales de Borneo, cuando comenzó a esparcirse a bordo una grave noticia.
Un
pequeño velero que había sido interrogado dio una respuesta que hizo temblar a
toda la gente del corsario.
—¡Cruceros
ingleses al Suroeste!
—¿Cuántos?
—Dos.
—¿Cuándo
los habéis encontrado?
—Ayer
tarde.
Era
preciso huir. Aquellos dos barcos debían de ser la vanguardia de alguna
escuadra; podían llegar de un momento a otro, y descubrir al Rey del Mar.
—¡Quememos
las últimas reservas de combustible! —había dicho Sandokan a Yáñez.
—¿Y
después?
—¡Estaremos
dispuestos para combatir!
El
Rey del Mar apresuró la marcha. Huía a toda prisa, haciendo doce nudos por
hora, sacrificando las últimas toneladas de combustible, con una pequeña
esperanza: la de encontrar algún buque mercante y quitarle el carbón antes de
que llegase la escuadra.
A
bordo se habían redoblado los vigías. Hombres de ojos de lince vigilaban en las
cofas.
Mientras
tanto, Sandokan había dado la orden de prepararse para la batalla, que, según
todas las probabilidades, debía ser la última, a menos que se realizara algún
milagro.
Faltaban
todavía ciento cuarenta millas; la velocidad disminuía, las carboneras estaban
vacías y las calderas se enfriaban de minuto en minuto.
Se
aproximaba el momento terrible, y, sin embargo, a bordo todos estaban
tranquilos, porque hacía mucho tiempo que habían hecho el sacrificio de sus
vidas. Nadie temía a la muerte que les amenazaba, y miraban impasibles las
aguas que se convertirían para ellos en una sepultura.
Solamente
lamentaban una cosa: morir lejos de Mompracem.
A
las ocho de la noche, el Rey del Mar se detuvo casi encima de la gran cuenca
del Vernon. Todo cuanto podía desarrollar calor había sido devorado por los
implacables hornos de las máquinas.
Los
barriles de alquitrán, las cajas de cáñamo empapado en licores, las materias
grasas de la despensa, los muebles de las salas; en fin, hasta las hamacas y
los efectos dé los tripulantes.
Si
hubieran podido transformar las paredes metálicas del barco en otro tanto
combustible, aquellos hombres no hubieran dudado en arrojarlas al fuego, con
tal de llegar hasta las costas de Borneo, todavía muy lejanas,
Al
notar que el buque se detenía, Sandokan se había ido directamente hacia la
popa, más sombría que nunca, y allí sé apoyó en la borda.
No
había dicho una sola palabra ni hecho demostración alguna. Encendió la pipa, y
fumó con más furia que de costumbre, fijando los ojos en el horizonte, que se
envolvía rápidamente en tinieblas.
Yáñez
imitó a Sandokan.
De
aquella parte venía el peligro, y lo presentían acercarse, terrible,
formidable, abrumador, implacable.
La
oscuridad se había hecho completa y teñía las aguas de un color casi negro. En
el cielo había muy pocas estrellas; apenas se veían por entre los jirones de
nubes que surgían al impulso de la brisa del mar.
A
bordo reinaba un silencio profundo desde que la máquina había dejado de
funcionar, y, sin embargo, los doscientos cincuenta hombres que componían la
tripulación del crucero, estaban en la cubierta; unos sobre las amuras, otros
detrás de los gigantescos cañones de las torres; pero ninguno hablaba.
A
eso de la medianoche, Tremal-Naik se acercó a Sandokan, que no había abandonado
su puesto.
—Amigo
mío —le dijo —, ¿qué es lo que nos falta hacer?
—¡Prepararnos
para morir! —contestó el Tigre de Malasia con voz tranquila.
—Yo
estoy dispuesto, ¿y las muchachas?
En
lugar de responderle, Sandokan extendió la mano derecha hacia el Oeste y dijo:
—Allí
están, ¿los ves?
—¿Quiénes,
Sandokan?
—Los
barcos enemigos.
—¡Ya!
—murmuró el hindú, que no pudo reprimir un estremecimiento.
—Corren
hacia aquí como fieras para aniquilar a los últimos tigres de Malasia. Sus
miradas ya están fijas en nosotros.
Tremal-Naik
miró en la dirección indicada, en tanto que los hombres de guardia gritaban:
—
¡Barcos a popa!
Brillaban
varios puntos allá en el horizonte, que se iban agrandando rápidamente.
—¿Están
dispuestos nuestros hombres? —preguntó Sandokan.
—Sí
—contestó Yáñez, que estaba cerca de él.
—¿Y
las muchachas? —preguntó, temblando ligeramente.
—Están
tranquilas.
—¡Quisiera
salvarlas!
—¿Y
qué es lo que debemos hacer para conseguirlo?
—Embarcarlas
en una chalupa y alejarlas de aquí antes de que nos rodeen los barcos enemigos.
—Se
negarán, me han jurado que si tenemos que morir, ellas se irán a pique con
nosotros.
—¡Aquí
está la muerte!
—La
esperan.
—¡Sálvalas,
Yáñez!
—Te
repito que no quieren dejarnos, no insistas.
—¡Bien,
sea! ¡Si morimos no caeremos sin habernos vengado! ¡A mí, tigres de Mompracem!
Los
barcos enemigos corrían a toda máquina, formando un amplio semicírculo, que más
tarde debía cerrarse para coger en medio al Rey del Mar y enviar1c roto,
deshecho por las innumerables bocas de sus cañones, al fondo del océano.
Sandokan
y Yáñez, que al llegar el momento supremo del peligro habían vuelto a recobrar
su calina habitual, daban las órdenes con voz tranquila.
En
cuanto vieron que sus hombres estaban todos en sus correspondientes puestos de
combate, subieron a la pasarela de mando,
En
el palo de popa hicieron enarbolar la bandera roja con la cabeza de tigre en el
centro.
Varios
haces de luz procedentes de los barcos enemigos, que habían encendido sus
potentes reflectores, se concentraron sobre el Rey del Mar, iluminándolo como
si fuese de día.
—¡Sí,
miradnos, somos nosotros! —dijo Sandokan.
Cuatro
grandes buques de vapor, sin duda alguna los más poderosos de la escuadra de
los aliados, se habían colocado silenciosamente en semicírculo alrededor del
crucero, al que amenazaron con su artillería. Sin embargo, no dispararon ningún
cañonazo.
Esperaban
a que fuese de día para empezar la lucha suprema, o para intimidar la
rendición; palabra que no existía en la lengua del activo pirata
Damna
se había acercado en silencio a la borda de popa. Estaba muy pálida, pero
tranquila, como toda la tripulación.
Su
mirada vagaba con insistencia de un barco al otro. ¿Qué buscaba? No se podía
dudar: a sir Moreland.
Una
voz interior le decía que el hombre amado debía de estar cerca, en uno de
aquellos poderosos acorazados que iban a demoler al impotente Rey del Mar.
Mientras
tanto, los buques aliados, que habían apagado los reflectores eléctricos,
giraban lentamente alrededor del crucero, estrechando cada vez más el cerco.
Desfilaban corno fantasmas de una noche tenebrosa, y parecía que sus faroles,
cual ojos llameantes, se clavaban de un modo sangriento sobre su víctima.
Sin
embargo, no estaban al alcance de la artillería gruesa. Seguros ya de que no se
les escapaban los tigres de Mompracem, no se apresuraban a acercarse demasiado.
A
eso de las dos de la mañana, Sandokan y Yáñez, que no habían abandonado su
puesto, descendieron lentamente de la pasarela y se dirigieron hacia el centro
del barco. Estaban como siempre, fríos e impasibles.
Se
acercaron a Tremal-Naik, que se había apoyado en un cabrestante y seguía con
una mirada llena de inquietud a su hija, que vagaba como un fantasma por el
castillo de popa,
—Amigo
—le dijo Sandokan con acento triste —, aquí se hundirán mañana en el abismo los
últimos tigres de Mompracem.
Tremal-Naik
sintió un estremecimiento y levantó vivamente la cabeza.
—¿Crees
que esos cruceros podrán vencer a un barco tan poderoso como el tuyo?
—preguntó.
—Son
los cuatro grandes cruceros que trataron de apresarnos en la bahía de Sarawak.
Estarnos seguros de que no nos equivocamos.
—¿Y
podrán hundir a tu Rey del Mar?
—Estoy
completamente convencido de ello,
—Y
yo también —dijo Yáñez —. Esos buques deber, de tener una artillería
formidable, y, además, son cuatro.
—Y
nosotros no podemos movernos —añadió Sandokan.
—En
resumen, ¿qué es lo que queréis decirme? —preguntó el hindú.
—Proponerte
que te vayas a bordo de uno de esos barcos y que te rindas, llevándote a tu
hija y a Surama.
Tremal-Naik
se enderezó, haciendo un gesto de sorpresa y de dolor al propio tiempo.
—¡Yo,
alejarme de vosotros! —exclamó —. ¡Oh, no, nunca! ¡Si mueren aquí los últimos
tigres de Mompracem, a quienes debo la vida y tanta gratitud, morirán también
el antiguo cazador de jaguares negros y su hija!
—Pero
yo debo advertirte que tu hija ama y es amada por un hombre que podría hacerla
feliz —dijo Sandokan.
—Sir
Moreland, ¿no es cierto? —dijo Tremal-Naik —. ¡Ya me había dado cuenta! ¿Habéis
dicho a Damna el grave peligro que corremos?
—Sí
—respondió Yáñez.
—¿Y
qué os ha contestado?
—Que
no abandonará nuestro barco.
—¡No
podía contestar de otro modo! —añadió el hindú con orgullo —. ¡No desmiente su
sangre! ¡Si el destino ha señalado nuestro fin, que se cumpla el destino!
Se
estrecharon las manos, y los tres se dirigieron hacia el puente de órdenes.
De
pronto, Yáñez se detuvo y dio un grito:
—¡Qué
estúpido! ¡Y yo que le había olvidado!
—¿A
quién? —preguntaron a un tiempo Sandokan y Tremal-Naik.
—¡Al
demonio de la guerra!
Una
loca esperanza había renacido en el cerebro del portugués. En aquel momento se
acordó del hombre, de ciencia americano, de Paddy O'Brien, a quien llevaban
como prisionero en uno de los camarotes de proa, y vigilado noche y día.
Descendió
rápidamente bajo cubierta, atravesó el corredor, y se detuvo ante la pequeña
habitación que ocupaba el hombrecillo.
—¡Despierta
al prisionero! —dijo al malayo de guardia.
—Ya
está en pie, señor Yáñez.
El
portugués abrió la puerta y penetró en el camarote. Paddy O'Brien estaba
sentado delante de una mesilla, y parecía sumergido en un cálculo muy
intrincado, con las narices sobre un montón de papeles cubiertos materialmente
de cifras.
—¿Es
usted, señor de Gomara? —dijo el doctor, sujetándose los anteojos —. ¿Qué
viento le trae a usted por aquí? Hacia mucho tiempo que no le veía, y
esperábale a usted.
—Doctor
—dijo el portugués sin andarse con preámbulos —. Los barcos enemigos nos han
rodeado, y estamos a punto de que nos echen a pique,
—¡Ah!
—dijo el americano, sin desconcertarse lo más mínimo.
—Usted
me ha dicho que posee un secreto terrible...
—Y
confirmo lo dicho.
—Pues
ha llegado el momento de experimentar ese secreto, señor demonio de la guerra.
—Mande
usted que suban mis cajas a cubierta.
—¿No
hará usted saltar nuestro barco en lugar de los del enemigo? —preguntó Yáñez,
un poco inquieto.
—Saltaría
yo también lo mismo que usted, y por ahora no tengo ganas de morir —respondió
el doctor —. Señor de Gomara, aprovechemos estos momentos de calma,
Subieron
a cubierta, y los marineros, por su parte, llevaron las cajas del doctor.
—Allí
están los buques aliados —dijo Sandokan, acercándose al hombrecillo,
—Sí,
ya veo que nos han rodeado —respondió Paddy O'Brien, arrugando el entrecejo —.
¡Ese barco es el que va a saltar primero!
Un
pequeño crucero que en un principio no había sido visto, se destacó del grueso
de la escuadra, y comenzó a dar vueltas alrededor del Rey del Mar, pero
manteniéndose siempre a una distancia de dos o tres mil metros. ¿Iba a hacer un
reconocimiento o a provocar el fuego de los piratas de Mompracem?
Paddy
O'Brien hizo abrir sus cajas, que contenían aparatos eléctricos, totalmente
incomprensibles para Yáñez y Sandokan.
Examinó
con sumo cuidado cada objeto, sin apresurarse, antes al contrario, con mucha
calma, como quien está seguro de lo que tiene que hacer, y después, volviéndose
hacia Yáñez, que le vigilaba, teniendo su mano derecha apoyada en la culata de
la pistola, le dijo:
—¡Cuando
usted quiera!
—¡Haga
usted funcionar su aparato!
—Sobre
aquel buque que pasa por estribor: ¡saltará en el acto! —dijo Paddy fríamente.
Por
el interior de todos los marinos que rodeaban al americano corrió un fuerte
estremecimiento. Aquel hombre tan pequeño, ¿sería capaz de realizar el milagro
que anunciaba?
—¡Atención!
—gritó de pronto el demonio de la guerra.
Apenas
había pronunciado esta palabra, cuando un relámpago deslumbrador rompió
bruscamente las tinieblas, seguido de una espantosa detonación.
Una
enorme columna de agua se alzó en torno al pequeño crucero, mientras que una
tempestad de astillas y fragmentos caía por todas partes.
Un
inmenso griterío, salido de centenares de pechos, resonó lúgubremente en los
aires, y se extinguió súbitamente.
El
barco había hecho explosión, y se hundía con rapidez, pues tenla los costados
abiertos.
En
aquel mismo instante reventaba una granada sobre el puente del Rey del Mar,
entre el aparato y Paddy O’Brien. El americano dio un grito y cayó casi a los
pies de Yáñez, el cual había escapado milagrosamente de los cascos del
proyectil.
—¡Doctor!
—dijo el portugués, precipitándose hacia él.
—El...
el... apa... —murmuró el desgraciado inventor, agitando los brazos con un
movimiento desesperado.
Se
llevó las manos al pecho para contener la sangre que se le escapaba por una
horrible herida.
Sandokan
se había lanzado hacia las cajas.
Al
verlas dio un grito de desesperación.
La
granada había destrozado el aparato, haciendo añicos las pilas.
Yáñez
levantó dulcemente la cabeza al americano.
—¡Señor
O'Brien! —dijo, mientras que un sollozo le oprimía la garganta.
El
herido abrió los ojos, y los fijó en el portugués.
—¡Esto...
ha... con... clui... clui... cluido! —dijo roncamente. Con su mano llena de
sangre estrechó la de Yáñez; después, apoyando un codo en el suelo, como para
sostenerse, volvió a caer.
—¡Muerto!
—dijo tristemente Yáñez.
—¡He
aquí la primera víctima! —respondió Sandokan.
Yáñez
depositó sobre la toldilla al desgraciado inventor, le cerré los ojos, le
cubrió con una lona, y en seguida, irguiéndose fieramente, dijo.
—¡Todo
ha terminado! ¡Aquí morirán los últimos tigres de Mompracem! ¡Tremal-Naik,
Damna y Surama, a mi torre, y vosotros a vuestros cañones! ¡Nuestra vida está
ahora en las manos de Dios!
—¡A
vuestros sitios de combate! —gritó Sandokan —, ¡Demostremos cómo saben morir
los piratas de Malasia!
El
alba, un alba de color de rosa que anunciaba un día magnífico, rasgaba
rápidamente las tinieblas.
Del
crucero más próximo partió un disparo sin bala, intimidando a la rendición.
Por
su parte, Sandokan mandó izar la bandera roja en señal de combate.
En
lugar de romper el fuego, el crucero enemigo hizo señales con las banderas,
cuyo significado era:
«Antes
de que comience el fuego, enviad a las dos jóvenes a mi bordo. Sir Moreland
responde de sus vidas».
—¡Ah!
—exclamó Yáñez —. ¡Tenemos delante al angloindio! ¡Procuraremos echar a pique
también a ese barco! ¡Damna! ¡Surama!
Las
dos muchachas salieron a la torrecilla.
—Os
proponen que os pongáis a salvo en aquellos barcos —dijo Sandokan.
—¡Nunca!
—contestaron enérgicamente las dos jóvenes.
—¡Pensadlo
bien!
—¡No!
—dijo Damna —. ¡Yo no quiero dejar a ustedes ni a mí padre!
—Comunicad
la respuesta —ordenó Yáñez.
Un
contramaestre americano la señaló en seguida.
Entonces
se vieron izar lentamente sobre los mástiles de guerra de los cuatro cruceros,
cuatro banderas negras, Un golpe de viento las tendió, y pudo distinguirse en
medio de ellas y recortada en amarillo, una figura monstruosa con cuatro
brazos, sosteniendo en las manos extraños emblemas.
Un
grito de asombro y de furor al propio tiempo, se escapó de los labios de Yáñez,
de Sandokan y de Tremal-Naik, Acababan de reconocer la enseña de los thugs, de
la secta de los estranguladores de la India,
¿Acaso
eran aquellos barcos del hijo de Suyodhana, de su implacable e invisible
enemigo? Las banderas parecían confirmarlo.
Un
profundo silencio reinó a bordo del Rey del Mar, tal había sido el estupor que
invadió a todos. Pero en seguida lo rompió bruscamente la voz metálica de
Sandokan, que gritó:
—¡Fuego!
¡Fuego! ¡Fuego!
Espantosas
detonaciones cubrieron sus últimas palabras. Las granadas llovían por todas
partes sobre el Rey del Mar, que el imperceptible flujo de las aguas iba
llevando hacía el banco de Vernon.
Un
huracán de hierro y de acero salía de cada una de las grandes piezas de la
cubierta y de las de mediano calibre de las baterías; pero no iban dirigidas
sobre el puente del Rey del Mar, donde, dentro de la torrecilla blindada
estaban Damna y Surama.
Aquellas
masas de metal batían tan sólo los costados del crucero, cual si los artilleros
hubiesen recibido orden de respetar a las muchachas, a los dos comandantes y a
Tremal-Naik, que estaban con ellas.
En
cambio, contra las torres que protegían a los grandes cañones de caza, lanzaban
sin cesar granadas, tratando de desmontarlos y de cuartear las gruesas planchas
de hierro de los parapetos.
El
Rey del Mar se defendía de un modo terrible. Era como un volcán, que llameaba
por todas partes. Los últimos tigres de Mompracem estaban resueltos por
completo a hacer pagar muy cara la victoria a sus potentes enemigos.
Con
los grandes obuses batían en brecha a los barcos adversarios, causándoles
grandes daños en los puentes, cuarteándoles las chimeneas y abriendo enormes
agujeros en las planchas de la coraza. En medio de aquel retumbar incesante y
ensordecedor, se podía escuchar la voz formidable de Sandokan, que gritaba de
vez en cuando:
—¡Fuego,
tigres de Mompracem! ¡Destruid! ¡Matad!
Pero,
¿cuánto tiempo iba a poder resistir el Rey del Mar los terribles disparos de
tantas bocas de fuego? Sus costados, aun cuando de una solidez extraordinaria,
empezaron a ceder al cabo de media hora de estar recibiendo por cientos las
balas y las granadas; sus cañones habían sido desmontados uno a uno y reducidos
al silencio. Sus torres, a excepción de la de mando, siempre respetada,
empezaban ya a desmoronarse bajo aquella lluvia de granadas, y en las baterías,
los muertos eran ya muy numerosos.
Sandokan
y Yáñez, encerrados en la torrecilla, contemplaban aquel terrible espectáculo,
con una tranquila serenidad. El primero se mordía de vez en cuando los labios
hasta hacerse sangre; el segundo fumaba flemáticamente su eterno cigarrillo;
tan sólo parecía conmoverse cuando sus miradas se encontraban con las de
Surama.
Damna,
que estaba sentada en un ángulo, sobre un rollo de cuerdas y al lado de
Tremal-Naik, con las manos en los oídos para atenuar el ruido de los cañonazos,
miraba al vacío.
De
improviso, el Rey del Mar dio un salto de popa a proa, como si hubiese sido
levantado por una fuerza desconocida, y una columna enorme de agua cayó sobre
la cubierta, arrebatando cuanto en ella había. Retembló todo el casco cual si
se abriese, o como si estallaran las municiones de la santabárbara.
Horward,
muy pálido, se precipitó dentro de la torrecilla. El ingeniero americano gritó:
—¡Acaban
de disparar un torpedo! ¡Nos vamos al fondo!
De
las baterías se elevaron unos gritos salvajes, que se confundieron con los
últimos disparos de las dos piezas de caza de la cubierta, todavía en servicio.
En
los cuatro cruceros enemigos cesó de repente el fuego.
Sandokan
dirigió una mirada llena de tristeza a sus dos, camaradas, y después dijo:
—¡Ha
llegado el momento supremo! ¡Ya está abierta la tumba para los últimos tigres
de Mompracem!
Levantó
a Damna, y salid de la torrecilla, seguido de Yáñez, de Tremal-Naik y de
Surema, y se detuvo en la parte de afuera para contemplar su barco.
¡Pobre
Rey del Mar! La magnífica nave que había resistido tantas pruebas y que,
parecía invencible, ya no era más que un pontón que se iba a pique.
Sus
torres quedaron destruidas por el huracán de proyectiles lanzados contra ellas;
sus cañones estaban casi todos desmontados, el puente se hallaba cuarteado, y
los costados parecían cribas con enormes agujeros.
Oleadas
de humo salían de las escotillas, de las cuales surgían negros de pólvora y
empapados de sangre, los hombres de las baterías.
—¡Al
mar una chalupa! —ordenó Sandokan.
No
había más que una, que por milagro escapó ilesa de los tiros del enemigo.
Algunos malayos la arriaron precipitadamente, mientras otros bajaban la escala.
—¡Primero
tú con las muchachas, Tremal-Naik! —dijo Sandokan.
—No
os cuidéis de nosotros. Las tripulaciones de los cruceros vienen a recogernos.
Efectivamente,
de los costados de los buques victoriosos se destacaron varias embarcaciones
que acudían a fuerza de remos, En la primera iba sir Moreland, el cual agitaba
un pañuelo blanco.
La
chalupa en que iban las dos muchachas, Tremal-Naik, Kammamuri y cuatro remeros,
se alejó del Rey del Mar, porque el buque se iba hundiendo.
—¡Y
ahora —dijo Sandokan, con un gesto admirable —, abajo, envuelto en mi bandera!
¡Ven, Yáñez, todo ha concluido!
—¡Bah!
—dijo el portugués, echando al aire una bocanada de humo —. ¡No se puede vivir
indefinidamente!
Atravesaron
el puente, obstruido por multitud de fragmentos de granadas y de balas, y
subieron por la escala del árbol militar, deteniéndose en la plataforma
Desde
lejos, Tremal-Naik, Damna y Surama les hacían señas para que se echasen al
agua. Contestaron con una sonrisa, y les saludaron agitando la mano.
Después,
Sandokan, cogiendo su bandera roja y tremolándola sobre su cabeza, se envolvió
entre sus pliegues, diciendo:
—¡Así
es como muere el Tigre de Malasia!
Debajo
de ellos, los últimos tigrecillos de Mompracem, que eran aproximadamente un
centenar, heridos la mayor parte, esperaban impasibles y silenciosos, con los
ojos fijos en los dos jefes, a que los absorbiese la vorágine, el gran vórtice.
El
Rey del Mar se hundía con lentitud, vibrando ligeramente, y en e, fondo de la
estiba se oía mugir el agua de un modo sordo y profundo.
Las
chalupas de los cruceros hacían esfuerzos desesperados para llegar a tiempo de
recoger aquellos náufragos, que se entregaban voluntariamente a la muerte. La
de sir Moreland era la primera y perseguía a la chalupa en la que iban
Tremal-Naik y las dos muchachas, que volvían del barco, pues sir Moreland
comprendió la resolución desesperada que habían adoptado sus antiguos amigos.
Sandokan,
siempre envuelto en su bandera, los miraba impasible y con la sonrisa en los
labios.
Yáñez,
con el ceño un poco fruncido, turnaba con la calma de costumbre su último
cigarrillo.
Cuando
las aguas comenzaron a invadir la cubierta, el portugués dejó caer el cigarro
casi consumido, diciendo:
—¡Anda
a esperarme en el fondo del mar!
De
pronto, cuando parecía que ya el casco debía sumergirse por completo, cesó
bruscamente el descenso. El flujo que había empujado al buque hacia el Este, lo
llevó hasta encima del banco de Vernon, recorriendo más espacio del que se
supusiera, y la quilla, corno era lógico, tocó en el fondo.
En
el instante mismo en que las dos chalupas, una montada por sir Moreland y seis
remeros indostanos, y la otra por Tremal-Naik y las muchachas con los remeros
malayos, llegaban debajo de la escala de babor, el casco del Rey del Mar se
inclinaba dulcemente hacia estribor, acostándose sobre el flanco.
Cuando
sir Moreland vio que el barco quedaba inmóvil, se apresuró a subir al puente,
seguido por Tremal-Naik y las dos muchachas.
Yáñez
se había vuelto hacia Sandokan, cuyo rostro se nubló.
—¡Ni
siquiera nos quiere la muerte! —le dijo —. ¿Qué es lo que vas a hacer?
—¡Vayamos
a conocer al hijo del Tigre de la India! —dijo, poniendo la diestra en la
empuñadura de oro de su kriss —. ¡Que tenga cuidado, porque el Tigre de Malasia
también podría matar al tigrecito!
Se
desembarazó de la bandera, bajó lentamente la escalerilla con la misma majestad
con que un rey desciende las gradas de un trono, y se detuvo delante de sir
Moreland, diciéndole:
—Y
bien, ¿qué pretende usted hacer con nosotros?
El
angloindio, que estaba sumamente conmovido, se quitó la gorra para saludar a
los dos héroes piratas, y en seguida dijo noblemente:
—Ante
todo, señores, permítanme ustedes una palabra.
Cogió
de una mano a Damna, que había subido a bordo con Surama, y conduciéndola ante
Tremal-Naik, le dijo:
—Yo
la amo y ella también me ama. No podría vivir sin su hija de usted, y bien
saben los númenes de la India cuánto he hecho por olvidarla, Seque usted con
una palabra el río de sangre que de usted me separa, para que el grito terrible
de mí asesinado padre se apague para siempre. ¡Ayer noche se me apareció su
ánima, y me ha dicho que les perdonase a todos!
—Pero,
¿qué es lo que dice usted, sir Moreland? ¿De qué padre habla usted? —preguntó
el angustiado Tremal-Naik.
—Damna,
¿me ama usted? —preguntó sir Moreland, sin contestar al hindú.
—¡Sí,
muchísimo! —respondió la joven, ruborizándose y bajando los ojos.
—¡La
guerra ha terminado entre nosotros! —dijo sir Moreland —. ¡La mancha de sangre
ha sido borrada! ¡Tremal-Naik, bendiga usted a sus hijos!
—Pero,
¿quién es usted? —gritaron a un tiempo Yáñez, Sandokan y Tremal-Naik.
—¡Yo
soy el hijo de Suyodhana! ¡Vengan ustedes! ¡Ahora son mis huéspedes!
CONCLUSIÓN
Veinte
minutos después, los cuatro cruceros abandonaban las proximidades del banco de
Vernon, en el fango del cual iba enterrándose, poco a poco, el casco del
valeroso Rey del Mar.
A
bordo del mayor de aquéllos se habían embarcado todos los supervivientes, entre
los que figuraban Kammamuri, Sambigliong y el ingeniero Horward, y en el salón
de la cámara se reunieron Tremal-Naik, las dos jóvenes, los dos jefes piratas y
el hijo de Suyodhana.
Una
viva ansiedad, no exenta de una enorme curiosidad, parecía haberse apoderado de
todo el mundo. Las miradas estaban fijas en el tigrecillo de la India, a quien,
hasta entonces, habían considerado como un oficial de la marina angloindia.
Sir
Moreland se sentó al lado de Damna.
—Debo
a ustedes unas explicaciones —dijo el hijo del terrible jefe de los thugs —,
que no les desagradará conocer, ni siquiera a Damna, y que servirán para
disculpar la guerra, tan larga y tan obstinada, que he venido haciéndoles.
»Hasta
que llegué a la edad de veinticinco años, no me informó mi preceptor, un
indostano de gran saber y de alto rango, de que no era el hijo de un oficial
angloindio, como hasta entonces me había hecho creer, sino del jefe de la secta
de los thugs, que se había casado en secreto con una señora inglesa, que murió
al darme a luz.
»Confiado
a los cuidados de una familia de la tierra de Gales, establecida desde hacía
muchos en Benares, como si fuese yo, en efecto, huérfano de un oficial de la
compañía de la India y educado a la inglesa, ustedes comprenderán fácilmente la
terrible impresión que sufriría cuando, al cumplir los veinticinco años, me
dieron la noticia de que era hijo del jefe de una secta execrada por todos los
hombres honrados.
»En
el testamento que dejó mi padre, por el que me hacía dueño de ciento sesenta
millones de rupias depositados en las casas de banca de Bombay, me imponía el
deber de vengar la muerte del Tigre de la India. Largo tiempo estuve dudando,
pueden ustedes creerme; pero, al fin, la voz de la sangre se impuso, y aun
cuando me repugnase la idea de convertirme en vengador de aquella secta, yo,
que entonces era oficial de la marina angloindia, me dejé vencer, sobre todo
por la terrible influencia ejercida en mi por mi preceptor.
»Conocía
toda la historia; sabía dónde tenían ustedes su refugio, y me preparé para la
guerra, mandando construir cinco poderosos barcos. Como sabía que el Gobierno
inglés vivía en continua zozobra por causa de ustedes, que eran vecinos
demasiado próximos a Labuán y que el rajá de Sarawak, el sobrino de James
Brook, esperaba, a su vez, la ocasión para vengar a su tío, me apresuré a
ofrecer mí ayuda y mis barcos al gobernador de la colonia.
»Quería
apoderarme de todos ustedes para vengar la muerte de mi padre; y mientras me
preparaba en el mar, mi preceptor, fingiéndose peregrino de La Meca, sublevaba
a los dayakos del Kabataun.
»Afortunadamente,
el amor produjo en mí un cambio radical. Poco a poco se fue extinguiendo el
odio que sentía contra ustedes. Los ojos de esta muchacha ejercieron sobre mí
una fascinación ideal, y me hicieron ver con horror la enormidad del delito que
estaba a punto de cometer, al querer vengar a aquella secta sanguinaria,
reprobada por todas las gentes de bien.
»Hace
ya muchas noches que no he vuelto a oír el terrible grito de venganza de mi
padre. Quizá se haya aplacado su ánima. Que me perdone, pero yo, hombre
civilizado, no puedo ser el vengador de los thugs de la India. ¡Señor Yáñez,
Tigre de Malasia, están ustedes en libertad, juntamente con todos sus hombres!
Yo solo los he vencido, y, por lo tanto, yo solo tengo el derecho de
condenarlos o de absolverlos, y los absuelvo.
El
hijo del thung permaneció inmóvil durante un momento y después, volviéndose
hacia Tremal-Naik, le dijo:
—¿Quiere
usted ser mi padre?
—¡Sí!
—contestó el hindú —. ¡Sed felices, hijos míos, y que jamás vuelva a turbarse
la paz ahora que los thugs ya no existen!
Con
un movimiento simultáneo, el angloindio y Damna se arrojaron en los brazos
abiertos de Tremal-Naik.
Kammamuri,
que había bajado silenciosamente la cabeza, lloraba emocionado en un ángulo de
la salita.
—Señor
Yáñez, señor Sandokan —dijo sir Moreland —, ¿adónde quieren ustedes que los
conduzca? Nosotros volveremos a la India; ¿y ustedes?
El
Tigre de Malasia se quedó un momento pensativo, y finalmente respondió:
—Mompracem
ya está perdida, pero en Gala tenemos nuestros praos y nuestros hombres, y allí
contamos con amigos muy leales. Llévenos usted a esa isla, si no le causa
molestia. Fundaremos allí una nueva colonia, lejos de las amenazas de los
ingleses.
Después
de una breve pausa, continuó:
—Quizá
volvamos a vernos en la India algún día. Hace tiempo que vengo acariciando un
sueño.
—¿Cuál?
—preguntaron Tremal-Naik, Damna y sir Moreland.
Sandokan
fijó la mirada en Surama y respondió:
—Tú
eres hija del rajá, y te han robado el puesto que te pertenecía. ¿Por qué,
muchacha, no hemos de darte un trono para compartirlo con Yáñez, que dentro de
pocos días será tu marido? ¡Ya hablaremos de eso, mi buena Surama!
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