Libro N°. 3163. Sahara. Cussler, Clive.
© Libro N°. 3163. Sahara. Cussler, Clive. Colección
E.O. Octubre 1 de 2016.
Título original: © Sahara. Clive Cussler
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
SAHARA
Clive Cussler
2 de abril de 1865
Richmond, Virginia
Parecía flotar sobre la fantasmal niebla nocturna como una
amenazadora bestia prehistórica surgiendo del cieno primigenio. Su negra y
ominosa silueta se recortaba contra la orilla arbolada. Difusas formas humanas
se movían por las cubiertas, iluminadas por la irreal luz amarillenta de las
linternas. Por su casco resbalaban gotas de humedad, que terminaban cayendo en
la perezosa corriente del río James.
El Texas tiraba de sus amarras con la impaciencia de un sabueso
a punto de ser soltado para la caza. Gruesos postigos de hierro cerraban las
portillas de sus cañones, y el blindaje de quince centímetros de sus grisáceos
costados aparecía intacto. Sólo una bandera blanca y roja, que colgaba
fláccidamente del mástil más próximo a la chimenea, lo identificaba como un
buque de guerra de la Armada de los Estados Confederados.
Aunque para los de tierra podía parecer feo y achaparrado, para
los marinos poseía un carácter y una gracia inconfundibles. Era sólido y
mortífero, el último buque de su peculiar diseño dispuesto a zarpar en una
travesía hacia su destrucción tras un breve, aunque memorable, estallido de
gloria.
En la cubierta de proa, el capitán de fragata Mason Tombs sacó
del bolsillo un pañuelo y secó la humedad que empapaba la parte interna del
cuello de su uniforme. La operación de carga iba despacio, excesivamente
despacio. En su huida hacia mar abierto, el Texas necesitaría hasta el último
minuto de oscuridad. El hombre observó con nerviosismo a su tripulación que,
entre jadeos y maldiciones, acarreaba cajones de madera por una pasarela para
terminar bajándolos por una escotilla de cubierta. Los embalajes, que contenían
las actas y los documentos de cuatro años de gobierno, parecían excesivamente
pesados. Habían llegado en carretas de mulas, ahora concentradas en el muelle,
estrechamente vigiladas por los agotados supervivientes de un destacamento de
infantería de Georgia.
Tombs miró, inquieto, en dirección a Richmond, sólo tres
kilómetros hacia el norte. Tras la derrota del general Lee por el general Grant
en Petersburg, el abatido ejército del Sur se retiraba en dirección a
Appomattox, dejando la capital confederada a merced de las tropas unionistas en
avance. La evacuación estaba en su momento álgido, y las calles de la ciudad
eran un caótico hervidero de tumultos y pillaje. Las explosiones y las
llamaradas se sucedían, estremeciendo el suelo e iluminando la noche, a medida
que iban siendo incendiados los polvorines y los almacenes de material bélico.
Ambicioso y enérgico, Tombs era considerado uno de los mejores
oficiales de la marina de guerra confederada. Era bajo, de atractivo rostro,
cabello y cejas castaños, poblada barba rojiza, y había un brillo de pedernal
en sus negros ojos aceitunados.
En las batallas de Nueva Orleáns y Memphis estuvo al mando de
pequeñas cañoneras. Fue oficial de Artillería en el acorazado Arkansas, y
primer oficial en el buque corsario Florida, de infame recuerdo. En todas sus
actuaciones, Tombs había demostrado ser un hombre muy peligroso para la Unión.
Cuando asumió el mando del Texas, hacía sólo una semana que el barco había
salido de los astilleros Rocketts de Richmond tras ser concienzudamente
revisado y reforzado a fin de prepararlo para un casi imposible viaje río
abajo, a través del fuego de mil cañones unionistas.
Cuando devolvió su atención a las operaciones de carga, ya la
última carretera se alejaba del muelle, perdiéndose en la noche. Tombs sacó su
reloj, abrió la tapa y alzó la esfera hacia la linterna más próxima.
Las ocho y veinte. Apenas faltaban ocho horas para que
amaneciese. Las últimas veinte millas del pasaje infernal, no podrían cubrirse
bajo el amparo de la oscuridad.
Un coche abierto, tirado por dos caballos tordos, se detuvo en
el muelle, junto al barco. El cochero se mantuvo erguido y sin volverse
mientras los dos pasajeros observaban cómo los últimos cajones descendían a la
bodega. El más corpulento de los dos hombres, con ropas civiles, parecía
desmadejado por la fatiga. Su compañero, que llevaba uniforme de oficial de
Marina, vio a Tombs y le hizo señas.
Tombs cruzó la pasarela hasta el muelle, fue al coche y se
cuadró.
—Es un honor, almirante Señor secretario. No creí que tendrían
tiempo para despedidas.
El almirante Raphael Semmes, famoso por sus hazañas como capitán
del buque pirata confederado Alabama y que ahora estaba al mando de la escuadra
de cañoneras acorazadas del río James, asintió y sonrió por entre el encerado
bigote y la puntiaguda perilla.
—Ni un regimiento de yanquis me hubiese impedido venir a decirle
adiós.
Stephen Mallory, secretario de marina de los Estados Confederos,
le tendió la mano.
—Con todo lo que nos jugamos con usted, ¿cómo no íbamos a venir
a desearle suerte?
—Tengo un buen barco y una valerosa tripulación —dijo Tombs, con
firmeza—. Nos abriremos paso.
La sonrisa de Semmes se desvaneció y sus ojos se llenaron de
aprensión.
—Si le resulta imposible conseguirlo, debe quemar el barco y
hundirlo en la parte más profunda del río, para que nuestros archivos jamás
caigan en manos de la Unión.
—Las cargas explosivas están instaladas y montadas —aseguró
Tombs a Semmes—. Volaremos el fondo del casco y las cajas lastradas se hundirán
en el fango del río. El barco seguirá un buen trecho a toda máquina y se irá a
pique cuando esté a una distancia segura.
Mallory movió aprobatoriamente la cabeza.
—Buen plan.
Los dos ocupantes del coche cambiaron una mirada significativa
y, tras una incómoda pausa, Semmes dijo:
—Lamento que, en el último minuto, tenga que aumentar la
carga que ya pesa sobre sus hombros; pero debe usted hacerse
responsable de un pasajero.
—¿Un pasajero? —repitió torvamente Tombs—. Espero que no sea
nadie que aprecie su vida.
—No tiene otra opción —murmuró Mallory.
—¿Dónde está? —preguntó Tombs, mirando en torno—. Vamos a zarpar
enseguida.
—Llegara muy pronto —replicó Semmes.
—¿Puedo preguntar de quién se trata?
—Lo reconocerá fácilmente —dijo Mallory—. Y, por si tiene usted
que exhibirlo, rece porque el enemigo también lo reconozca.
—No entiendo.
Mallory sonrió por primera vez.
—Ya entenderá, muchacho, ya entenderá.
—Tengo una información que puede resultarle útil —dijo Semmes,
cambiando de tema—. Según mis espías, la Unión ha puesto en servicio al que fue
nuestro primer acorazado, el Atlanta, capturado hace un año por monitores
yanquis. En estos momentos se encuentra patrullando el río, pasado Newport
News.
A Tombs se le iluminó el rostro.
—Sí, ya veo. Como el Texas tiene la misma forma y similares
dimensiones, en la oscuridad podría tomársele por el Atlanta.
Semmes asintió y le tendió una bandera doblada.
—Las barras y estrellas. La necesitará para la mascarada.
Tombs tomó la bandera de la Unión y se la puso bajo el brazo.
—La mandaré izar cuando lleguemos a las posiciones artilleras de
la Unión en Trent's Reach.
—Que tenga usted buena suerte —dijo Semmes—. Lamento que no
podamos quedarnos a verlo zarpar, pero el secretario tiene que coger el tren, y
yo he de volver con la flota para supervisar su destrucción antes de que los
yanquis se nos echen encima.
El secretario de la marina confederada estrechó de nuevo la mano
de Tombs.
—El barco antibloqueo Fox le espera frente a Bermuda para
recargarle de carbón los pañoles a fin de que pueda usted completar el último
tramo de su travesía. Buena fortuna, capitán. En sus manos está la salvación de
la causa confederada.
Antes de que Tombs pudiera contestar, Mallory ordenó al cochero
que se pusiera en marcha. Tombs alzó la mano en un saludo final y se quedó
allí, sin lograr comprender las últimas palabras del secretario. ¿La salvación
de la causa confederada? Era algo sin sentido. La guerra estaba perdida. Con
Sherman subiendo hacia el norte desde las Carolinas y Grant descendiendo por
Virginia como un torrente, el general Lee sería atrapado por las tenazas
unionistas y se vería obligado a rendirse en cuestión de días. Muy pronto,
Jefferson Davis dejaría de ser presidente de los Estados Confederados para
convertirse en un simple fugitivo.
Y era más que probable que, en el plazo de unas breves horas, el
Texas se convirtiera en el último barco de la marina de guerra confederada que
acabara sus días en combate.
¿Dónde estaba la salvación, aunque el Texas lograse huir? Tombs
no hallaba respuesta a tal pregunta. Tenía órdenes de trasladar los archivos
del Gobierno a un puerto neutral de su elección, para esperar luego allí la
llegada de un emisario con instrucción. ¿Cómo era posible que el éxito en sacar
del país unas actas burocráticas fuese a evitar la segura derrota del Sur?
La llegada de su primer oficial, el teniente Ezra Craven,
interrumpió sus pensamientos.
—Toda la carga ya está a bordo e instalada, señor —anunció
Craven—. ¿Doy la orden de zarpar?
Tombs se volvió.
—Aún no. Esperamos a un pasajero.
Craven, un fornido y brusco escocés, hablaba con una peculiar
mezcla de acentos natal y sureño.
—Pues más vale que se dé prisa en llegar.
—¿Está ya listo el jefe de máquinas, O'Hare?
—Tiene las calderas a todo vapor.
—¿Y las dotaciones artilleras?
—En sus puestos.
—Nos mantendremos encerrados hasta toparnos con la flota
federal. No podemos correr el riesgo de perder un cañón y una dotación por un
tiro casual a través de una portilla.
—A los hombres no les sentará bien presentar la otra mejilla.
—Dígales que vivirán más tiempo si...
Los interrumpió el ruido de unos cascos. Ambos se volvieron. Al
cabo de unos instantes, de la oscuridad surgió un jinete confederado.
—¿El capitán de fragata Tombs? —inquirió el oficial, con voz
cansada.
—Soy yo —dijo Tombs, adelantándose.
El jinete bajó del caballo y saludó. Estaba cubierto de polvo y
parecía exhausto.
—A sus órdenes, señor. Soy el capitán Neville Brown, y se me ha
confiado la escolta de su prisionero.
Tombs parpadeó.
—¿Prisionero? Me habían hablado de un pasajero. Brown se encogió
de hombros.
—Trátelo como le parezca.
—¿Dónde está? —preguntó Tombs por segunda vez en lo que iba de
noche.
—Ahora llega. Yo me he adelantado a mi grupo para no alarmarles.
—Qué bobada —murmuró Craven—. ¿Por qué nos íbamos a alarmar?
La pregunta tuvo su respuesta cuando un coche cerrado apareció
en el muelle rodeado por un grupo de jinetes vestidos con el uniforme azul de
la Caballería unionista.
Tombs estaba a punto de dar la voz de alerta a sus hombres para
que se aprestasen a defenderse de los atacantes, cuando Brown lo tranquilizó:
—Calma capitán. Son buenos patriotas sudistas. Disfrazarnos de
yanquis era el único modo de cruzar con seguridad las líneas de la Unión.
Dos de los hombres desmontaron, abrieron la portezuela del coche
y ayudaron a salir al pasajero. El hombre que se apeó cansadamente era
altísimo, enjuto y poseía una barba que les resultó muy familiar. Llevaba
grilletes en muñecas y tobillos. Por unos momentos, miró solemnemente el buque.
Luego se volvió e hizo una inclinación hacia Tombs y Craven.
—Buenas noches, caballeros. —Su voz era ligeramente aguda—.
¿Debo suponer que voy a disfrutar de la hospitalidad de la marina de guerra
confederada?
Tombs fue incapaz de replicar. El y Craven se quedaron mirando
al hombre con incredulidad.
—Dios... —murmuró Craven—. Si es un impostor, lo hace usted
magníficamente.
—No —replicó el prisionero—. Le aseguro que soy el auténtico.
—Pero... ¿cómo es posible? —preguntó Tombs, sumido en el
desconcierto.
Brown volvió a montar en su caballo.
—No hay tiempo para explicaciones. Debo cruzar con mis hombres
el puente Richmond antes de que lo vuelen. Ahora el prisionero es cosa de
ustedes.
—¿Y qué se supone que debo hacer con él? —preguntó Tombs.
—Mantenerlo confinado a bordo hasta que reciba órdenes de
soltarlo. Eso es cuanto me han ordenado que le diga.
—Es una locura.
—Así es la guerra, capitán —dijo Brown, al tiempo que picaba
espuelas. Luego, seguido por su pequeño destacamento de hombres disfrazados de
unionistas, desapareció en la noche.
No había más tiempo que perder, ni surgirían nuevas
interrupciones que demorasen el viaje del Texas hacia el infierno. Tombs se
volvió hacia. Craven.
—Teniente: acompañe a nuestro pasajero a mi camarote y que el
jefe de máquinas O'Hare envíe a un mecánico para que le quite los grilletes. No
pienso morir como el capitán de un barco de esclavos.
El barbudo sonrió a Tombs.
—Gracias, capitán. Es usted muy amable.
—No me dé las gracias —replicó torvamente Tombs—. Al amanecer,
los dos estaremos presentando nuestros respetos al diablo.
Al principio muy lentamente, y luego cada vez más aprisa, el
Texas comenzó a navegar río abajo, ayudado por una corriente de dos nudos. El
viento no se movía y, salvo por el rumor de los motores, en la noche imperaba
el silencio. A la pálida luz de la luna en cuarto menguante, el buque se
deslizaba por las negras aguas como un espectro, más sentido que visto, casi
una ilusión óptica.
Parecía carecer de sustancia, de solidez. Sólo su movimiento lo
delataba, una fantasmal silueta recortándose contra la inmóvil orilla. Diseñado
específicamente para una misión, para un viaje, sus armadores habían construido
una máquina espléndida, el mejor navío de combate que los confederados habían
fletado en los cuatro años de guerra.
Era un barco de dos hélices y dos motores, con cincuenta y ocho
metros de eslora, doce de manga y un calado de menos de tres metros y medio.
Los costados de su casco, remetidos en un ángulo de treinta grados, estaban
cubiertos por un blindaje de quince centímetros de pletina tras la cual había
treinta centímetros de algodón comprimido por cincuenta centímetros de roble y
pino. El blindaje continuaba bajo la línea de flotación, envolviendo todo el
casco.
El Texas sólo llevaba cuatro cañones, pero éstos eran de feroz
mordisco. A proa y popa, dos cañones Blakely de cien libras montados sobre
pivotes permitían el tiro sesgado, mientras dos de nueve pulgadas y sesenta y
cuatro libras cubrían babor v estribor.
A diferencia de otros buques, cuyas máquinas procedían de
vapores comerciales desguazados, sus motores eran nuevos, grandes y potentes.
Las pesadas calderas se encontraban por debajo de la línea de flotación, y las
hélices, de casi tres metros, podían impulsarlo por aguas calmadas a catorce
nudos, el equivalente náutico a veinticinco kilómetros por hora, una tremenda
velocidad imposible de alcanzar por los demás barcos de su clase, de uno y otro
bando.
Tombs estaba orgulloso de su barco, aunque le entristecía que,
muy probablemente, su vida iba a ser efímera. Pero estaba decidido a que con él
se escribiera un digno epitafio a la gloria de los Estados Confederados.
Desde la cubierta de cañones, ascendió por una escalera hasta la
caseta de navegación, una pequeña estructura de la sección delantera de la
casamata, con forma de tronco de pirámide. Por una tronera, miró hacia la
oscuridad exterior y luego se volvió hacia Leigh Hunt, el primer timonel, que
permanecía extrañamente silencioso.
—Iremos a toda máquina hasta llegar al mar, Mr. Hunt. Deberá
andarse con ojo para evitar que embarranquemos.
Hunt era un piloto de río que se conocía como la palma de la
mano cada curva y recodo del James. Manteniendo la mirada al frente, replicó:
—Con la luz de la luna me basta para ver perfectamente el río.
—A los artilleros yanquis también les alumbra.
—Cierto, pero el gris de nuestros costados se confunde con las
sombras de la orilla. No les será fácil distinguirnos.
—Esperémoslo —suspiró Tombs.
Por la escotilla trasera subió al techo de la casamata. El Texas
estaba llegando a Drewry's Bluff, donde se encontraba anclada la flota de
cañoneras del almirante Semmens. Las tripulaciones de los buques Virginia II,
Frederickshurg y Richmond, hermanos del Texas, desoladas ante la perspectiva de
tener que volar sus naves, estallaron en súbitos vítores cuando la nave pasó
ante ellas, oscureciendo con el humo de su chimenea el brillo de las estrellas.
La bandera confederada, ondeando a impulsos de la inercia del barco, constituía
una conmovedora imagen a punto de extinguirse para siempre.
Tombs se quitó la gorra y la alzó a modo de saludo. Era
consciente de estar viviendo el último sueño, que pronto se convertiría en la
pesadilla de una amarga derrota. Pese a todo, constituía un gran momento, digno
de ser paladeado. El Texas navegaba hacia la leyenda.
Tan súbitamente como había aparecido, el Texas se perdió tras un
recodo del río, dejando su estela como único rastro de su paso.
Un poco más allá de Trent's Reach, donde el Ejército federal
había instalado defensas artilleras y una barrera a través del río, Tombs
ordenó enarbolar la bandera de los Estados Unidos.
En la casamata, la cubierta de cañones estaba preparada para la
acción. Muchos de los hombres, desnudos de cintura para arriba, permanecían
junto a sus cañones con pañuelos anudados en la frente. Los oficiales se habían
quitado las guerreras y, con los tirantes sobre las camisetas, recorrían
pausadamente la cubierta. El cirujano de a bordo repartía torniquetes y
enseñaba a los hombres a utilizarlos.
En lugares estratégicos se colocaron cubos contra incendios. Se
esparció arena por el suelo para empapar la sangre. Se repartieron pistolas y
machetes para prevenir un abordaje. Los fusiles estaban cargados y con las
bayonetas caladas. Las portillas que comunicaban con los cuartos de munición
bajo la cubierta de cañones estaban abiertas, y preparados los montacargas y
poleas para subir los proyectiles y la pólvora.
Impulsado por la corriente, el Texas avanzaba a dieciséis nudos
cuando su proa chocó con la empalizada flotante. La nave la atravesó y pasó a
aguas libres sin apenas un rasguño en el férreo ariete que remataba su proa.
Un centinela unionista divisó al Texas cuando pasaba y disparó
su mosquete.
—¡Alto el fuego, por Dios, alto el fuego! —gritó Tombs, desde el
techo de la casamata.
—¿Qué barco es éste? —preguntó una voz desde la orilla.
—¡El Atlanta, idiotas! ¿Es que no reconocéis a vuestros propios
buques?
—¿Cuándo pasasteis río arriba?
—Hace una hora. Tenemos orden de patrullar entre la barrera y
Cuy Point.
Los centinelas unionistas de la orilla parecieron quedar
satisfechos con el embuste y el Texas siguió adelante sin mayores incidentes.
Tombs lanzó un suspiro de alivio.
Había tenido la casi total certeza de que su barco recibiría una
andanada de cañonazos. Pasado el peligro por el momento, ahora su único temor
consistía en que algún receloso oficial enemigo telegrafiase una advertencia a
los dos extremos del río.
Veinticuatro kilómetros más allá de la barrera, la suerte de
Tombs comenzó a cambiar. Una imponente masa negra se materializó en las
sombras, ante ellos.
Anclado junto a la orilla occidental, cargando carbón de una
barcaza amarrada a su costado de estribor, se encontraba el monitor unionista
Onondaga, con un blindaje de veintiocho centímetros en sus dos torretas y de
catorce, en su caso, y con dos potentes cañones Dahlgren de quince pulgadas y
ánima lisa y dos Parrot estriados, de ciento cincuenta libras.
El Texas ya estaba sobre ellos cuando un guardiamarina situado
en lo alto de la torreta delantera divisó el navío confederado y dio la alarma.
La tripulación interrumpió la operación de carga de carbón para
mirar hacia el barco surgido de entre las sombras. El capitán del Onolulaga,
John Austin, vaciló unos instantes. Le costaba creer que un buque rebelde
hubiera podido llegar tan abajo del río James sin ser descubierto. Su momento
de duda le costaría caro. En el momento en que gritaba a sus hombres que
montaran los cañones, el Texas rebasaba el barco unionista y se encontraba a un
tiro de piedra.
—¡Háganse al pairo o los volamos por los aires! —gritó Austin.
—¡Somos el Atlanta! —replicó Tombs, llevando la ficción hasta el
final.
Austin no se dejó engañar, ni siquiera al ver el pabellón
unionista en el mástil del intruso. Dio orden de abrir fuego.
La torreta delantera entró en acción demasiado tarde, El Texas
ya había pasado de largo, más allá de su ángulo de tiro. Pero los dos Dahlgren
de quince pulgadas de la torreta trasera del Onondaga escupieron llamas y humo.
Disparando a bocajarro, los artilleros unionistas no podían
fallar, y no lo hicieron. Los cañonazos estremecieron los costados del Texas,
alcanzándolo en la parte superior del blindaje de popa. La explosión de metal y
astillas abatió a siete hombres.
Casi al mismo tiempo, Tombs gritó una orden por la trampilla del
techo. Las portillas de la cubierta se descorrieron, y el Texas disparó sus
tres cañones contra la torreta del Onoudaga. Uno de los proyectiles de cien
libras entró por una portilla abierta e hizo explosión contra un Dahlgren,
produciendo una fuerte llamarada y una gran humareda. En el interior de la
torreta hubo una carnicería. Nueve hombres murieron y once resultaron
malheridos.
Antes de que los dos barcos pudieran recargar sus cañones, el
navío rebelde había vuelto a desvanecerse en la noche y dobló tranquilamente el
recodo del río. La torreta delantera del Onondaga hizo dos disparos de
despedida a ciegas; pero los proyectiles pasaron al fugitivo Texas por encima.
Sin perder la calma, Tombs llamó al teniente Craven.
—Mr. Craven: no vamos a seguir ocultándonos bajo una bandera
enemiga. Tenga la bondad de izar los colores de la Confederación y haga cerrar
las portillas de los cañones.
Un joven guardiamarina se apresuró a ir hasta el mástil. Desató
sus cables, bajó las barras y estrellas e hizo subir las estrellas y barras
diagonales sobre un fondo blanco y rojo.
Craven se reunió con Tombs en lo alto de la casamata.
—Ahora que ya saben quiénes somos —dijo Tombs—, nuestra travesía
hasta el mar no va a ser precisamente una excursión. Las baterías de tierra no
deben preocuparnos. Su artillería de campaña no tiene potencia para hacerle ni
un rasguño a nuestro blindaje.
Tombs hizo una pausa y miró con preocupación hacia el oscuro río
ante ellos.
—El mayor peligro son los cañones de la flota federal que nos
aguarda en la desembocadura.
Apenas calló, recibieron una andanada de cañonazos desde la
orilla.
—Empieza la fiesta —murmuró filosóficamente Craven, antes de
bajar a su puesto en la cubierta de cañones.
Tomb permaneció expuesto junto a la caseta del piloto, a fin de
guiar el movimiento de su barco entre los navíos federales que pudieran
bloquear el río.
Sobre el Texas comenzó a caer una tormenta de cañonazos y fuego
de mosquetes. Tombs mantuvo las portillas cerradas, pese a las protestas de sus
hombres. Le parecía absurdo poner en peligro a su tripulación y malgastar
contra un enemigo invisible pólvora y balas que luego podrían resultar
preciosas.
El Texas aguantó las embestidas durante otras dos horas. Con sus
motores funcionando a la perfección, la nave rebaso en un par de nudos la
velocidad para la que había sido diseñada. Aparecieron varias cañoneras de
madera, que dispararon sus piezas y luego emprendieron la persecución. El Texas
hizo caso omiso de ellas y las rebasó como si estuvieran ancladas.
De pronto, ante ellos se materializó la familiar silueta del
Atlanta, que habla sido anclado de través en el río, bloqueandolo. En cuanto
los vigías avistaron al indómito monstruo rebelde que avanzaba hacia ellos, los
cañones de estribor no tardaron en asomar.
—Sabían que veníamos —murmuró Tombs.
—¿Lo rodeo, capitán? —preguntó desde el timón el primer piloto
Hunt, que hacía gala de una gran sangre fría.
—No, Mr. Hunt —replicó Tombs—. Embístalo por el borde de su
popa.
—O sea que vamos a apartarlo del camino —dijo Hunt, con un gesto
de comprensión—. Muy bien, señor.
Hunt giró el timón un cuarto, apuntando la proa del Texas contra
la popa del Atlanta. Dos proyectiles de ocho pulgadas del antiguo buque
confederado impactaron en la casamata, perforando el blindaje y desplazando el
respaldo de madera hacia el interior más de un palmo. Tres hombres resultaron
heridos por la explosión y las astillas.
La distancia entre ambas naves se fue acortando hasta que al fin
el Texas incrustó tres metros de su espolón de proa en el casco del Atlanta.
Luego atravesó su cubierta, cortando la cadena del ancla de popa e impulsando a
la nave en un arco de noventa grados, al tiempo que su cubierta quedaba por
debajo de la superficie del río. El agua entró a raudales por las portillas del
buque mientras el Texas pasaba literalmente por encima de él.
La quilla del Atlanta se hundió en el fango del río y el barco
quedó de costado. Las hélices del Texas pasaron a pocos centímetros de su
casco. Muchos tripulantes del Atlanta pudieron salir por las portillas y
escotillas antes de que el buque se fuese a pique, pero al menos veinte hombres
se hundieron con él.
Tombs y su buque continuaron su denodada carrera hacia la
libertad bajo una lluvia de fuego, dejando atrás a las cañoneras unionistas que
lo perseguían. Las líneas telegráficas tendidas a lo largo del río por las
fuerzas federales no dejaban de transmitir frenéticas noticias del avance del
navío. El caos y la desesperación se iban adueñando de las baterías de tierra y
de los buques empeñados en interceptar y hundir al Texas.
Las balas de cañón y la metralla no dejaban de percutir contra
el blindaje del buque, con impactos que lo estremecían de proa a popa. Un
proyectil de cien libras lanzado por un Dahlgren desde lo alto de un dique en
Fort Hudson alcanzó la caseta del piloto, dejando a Hunt aturdido por el golpe
y sangrando a causa de los fragmentos de metralla que entraron por la mirilla.
No obstante, el hombre permaneció al timón sereno, manteniendo el barco en
línea recta por el centro del canal.
El cielo comenzaba a clarear por el este cuando el Texas, tras
pasar Newport News, salió al amplio estuario de aguas más profundas en Hampton
Roads donde, tres años antes, había tenido lugar la batalla entre el Monitor y
el Merriinack.
Parecía como si la flota de la Unión en pleno estuviera
esperándolos. Desde su posición en lo alto de la casamata, todo lo que Tombs
podía ver era un bosque de mástiles y chimeneas. A la izquierda, fragatas y
corbetas fuertemente armadas; a la derecha, monitores y cañoneras. Y, más allá,
entre Fortress Monroe y Fort Wool, el estrecho canal que discurría entre dos
fortificaciones con inmensa potencia de fuego, bloqueado por el New Ironsides,
un formidable velero de blindaje convencional que montaba dieciocho cañones
pesados.
Al fin Tombs ordenó que se abrieran las portillas y asomaran los
cañones. La pasividad del Texas había llegado a su fin, y ahora la marina
federal probaría toda la furia de sus colmillos. Con un clamor de júbilo, los
hombres del Texas soltaron y apuntaron sus cañones, va montados. Los
suboficiales artilleros se colocaron junto a las piezas, listos para disparar.
Craven recorrió calmadamente el barco, sonriendo a los hombres y
bromeando con ellos, ofreciéndoles palabras de aliento y consejo. Tombs bajó y
pronunció una breve arenga, llena de pullas al enemigo y de optimismo respecto
a la paliza que los aguerridos y avezados sureños estaban a punto de darles a
los cobardes yanquis. Luego, con catalejo bajo el brazo, regresó a su puesto
junto a la caseta del piloto.
Los artilleros unionistas habían tenido tiempo de sobras para
prepararse. Por código de banderas, se dio la señal de disparar en cuanto el
Texas se pusiera a tiro. Mirando a través del catalejo, a Tombs le parecía que
sus enemigos llenaban todo el horizonte. Reinaba una impresionante calma
mientras los lobos se aprestaban a caer sobre su presa en cuanto ésta se
metiera en lo que parecía ser una trampa sin salida.
El fornido y barbudo contralmirante Poner, con su gorra de
marino firmemente encajada en la cabeza, se encontraba en pie sobre una caja de
munición, desde donde dominaba la cubierta de la fragata de madera Brooklvn, su
buque insignia, estudiando a las primeras luces del día el humo del navío
rebelde que se aproximaba.
—Ahí viene, como un demonio, derecho hacia nosotros —dilo el
capitán James Alden, que mandaba el buque insignia de Poner.
—Una valiente y aguerrida nave camino de su tumba —murmuró
Porter, mirando el Texas por su catalejo—. Una imagen que no volveremos a ver.
—Ya está casi a tiro —anunció Alden.
—No desperdiciemos munición, Mr. Alden. Diga a sus artilleros
que aguarden y aprovechen cada tiro.
A bordo del Texas, Tombs se dirigió a su piloto, que permanecía
impertérrito al timón, haciendo caso omiso de la sangre que brotaba de su sien
izquierda.
—Hunt, cíñase lo más posible a la línea de fragatas, de modo que
los otros vacilen antes de hacer fuego, por temor a alcanzar a sus propios
barcos.
El primer barco de ambas líneas era el Brooklvn. Antes de dar la
orden de fuego, Tombs aguardó a estar a distancia segura. El Blakely de cien
libras emplazado en la proa del Texas dio inicio al combate, lanzando un
proyectil que alcanzó al buque unionista en la batayola de proa y fue a
estrellarse contra un enorme cañón Parrott, matando a cuantos se encontraban en
un radio de tres metros.
El monitor de una sola torre Sauigus abrió fuego contra el Texas
con sus Dahlgrens gemelos de quince pulgadas. Ambos tiros quedaron cortos,
levantando grandes surtidores de agua. Luego los demás monitores —el Chickasau,
que había regresado recientemente de Mobil Bay, donde participó en el encuentro
que terminó con la rendición de! poderoso navío con—federado Tenuessee, el
Manhattan v el Nahant —hicieron girar sus torres, bajaron sus portillas, y
soltaron una tremenda andanada de fuego que azotó furiosamente la casamata del
Texas. El resto de la flota los imitó, haciendo hervir el agua en torno al
navío rebelde.
A través de la trampilla, Tombs gritó a Craven:
—¡No podemos alcanzar a los monitores! Responda a su fuego sólo
con el cañón de estribor. ¡Gire los cañones de proa y popa y dispárelos contra
las fragatas!
Craven cumplió la orden de su capitán y en breves segundos el
Texas contestó con tres cañonazos que estallaron contra el casco de madera del
Brooklin. Uno de los proyectiles alcanzó la sala de máquinas, matando a ocho
hombres e hiriendo a doce. Otro se llevó por delante a la dotación de una pieza
de ánima lisa de treinta y dos libras. El tercero cayó en la atestada cubierta,
aumentando el caos y la sangría.
Todas las piezas del Texas estaban ocupadas en sembrar la
destrucción. Los artilleros cargaban y disparaban con mortífera precisión.
Apenas necesitaban perder tiempo en apuntar: fallar era imposible, pues los
barcos yanquis parecían llenar todo el campo visible desde las portillas.
Las detonaciones estremecían Hampton Roads. Proyectiles de todo
tipo cruzaban el aire, desde pesadas balas de cañón hasta tiros de mosquete
disparados por infantes de marina federales apostados en los velámenes. Una
densa nube de humo no tardó en rodear al Texas, dificultando la visión de los
artilleros unionistas, que tenían que disparar contra los fogonazos enemigos,
para escuchar luego el metálico sonido de sus proyectiles rebotando en el
blindaje.
Tombs pensó que aquello era como navegar por un volcán en
erupción.
El Texas dejó atrás al Brooklyn tras lanzar un cañonazo de
despedida desde popa que pasó tan cerca del almirante Porter que la succión del
aire le corto momentáneamente el aliento. El marino estaba furioso por la
facilidad con que el navío rebelde encajaba cuanto el Brooklyn le lanzaba.
—¡Haga señal a la flota de que lo rodee y lo embista! —ordenó el
capitán Alden.
Alden obedeció, consciente de las pocas posibilidades de éxito
de la maniobra. Todos los oficiales estaban pasmados ante la enorme velocidad
del Texas.
—Va demasiado aprisa para que nuestros barcos puedan alcanzarlo
de lleno —dijo, pesimista.
—¡Quiero mandar a pique a esos malditos rebeldes! —le espetó
Porter.
Alden intentó calmar a su superior:
—Aunque, por un milagro, consiga escapársenos, no sobrevivirá al
cañoneo de los fuertes y del New Ironsides.
Como para reforzar tal declaración, los monitores abrieron fuego
contra el Texas que, tras rebasar al Brooklyn había quedado frente a la
Colorado, la primera fragata de la línea.
Un huracán de muerte azotaba el Texas. La puntería de los
artilleros unionistas estaba mejorando. Un par de sólidos proyectiles cayeron
cerca del cañón de estribor. El interior de la casamata se llenó de humo
mientras un metro de hierro, madera v algodón era empujado hacia el interior.
Otro disparo abrió un enorme cráter bajo la chimenea, y luego otro proyectil
dio en el mismo lugar exacto, quebrando el ya dañado blindaje y haciendo
explosión en el interior de la cubierta de cañones. Los efectos fueron terribles:
seis hombres resultaron muertos, y doce heridos, al tiempo que los fragmentos
de madera y algodón comenzaban a arder.
—¡Por todos los demonios! —bramó Craven, de pie entre el montón
de cuerpos, con el pelo chamuscado, las ropas desgarradas y el brazo izquierdo
roto—. ¡Traigan una manguera de la sala de máquinas y apaguen ese maldito
fuego!
El jefe de máquinas O'Hare asomó la cabeza por la portilla del
cuarto de calderas. Su rostro estaba empapado de sudor y ennegrecido por el
hollín.
—¿Ha sido grave? —preguntó, con voz sorprendentemente tranquila.
—No se preocupe —le gritó Craven—. Limítese a mantener los
motores en marcha.
—No es fácil. Mis hombres se están desmoronando. Aquí dentro
hace un calor infernal.
—Les servirá de preparación, porque es al infierno adonde vamos
—le espetó Craven.
Una nueva bofetada de metralla alcanzó la casamata, provocando
una ensordecedora explosión que estremeció al Texas hasta la quilla. En
realidad, fueron dos impactos, pero tan simultáneos que parecieron uno. El
ángulo delantero de babor de la casamata saltó por los aires entre enormes
fragmentos de hierro y madera, y la dotación que atendía el Blakely de proa
cayó fulminada.
Otro proyectil atravesó el blindaje y fue a estallar en la
enfermería del barco, matando al cirujano y a la mitad de los heridos que
esperaban atención. La antes inmaculada cubierta de cañones parecía ahora un
matadero, negra de pólvora y roja de sangre.
El Texas agonizaba. A medida que se adentraba en el campo de
exterminio iba desmoronándose. Sus botes salvavidas habían desaparecido, al
igual que los dos mástiles y la chimenea; la casamata no era más que un montón
de hierros grotesca—mente retorcidos; tres de sus conductos de vapor estaban
corta—dos, y su velocidad había descendido en un tercio.
Pero aún no había llegado su fin. Los motores seguían
funcionando, y sus tres cañones continuaban sembrando la muerte entre la flota
unionista. Su siguiente andanada de fuego azotó el casco de madera de la
Powhatan, una vieja fragata de vapor, de ruedas laterales, haciendo reventar
una de sus calderas, devastando el cuarto de máquinas y causando a los
unionistas las mayores bajas del día.
Tombs sufría dolorosas heridas. Tenía un fragmento de metralla
en un muslo, y un rasguño de bala en el hombro izquierdo. Sin embargo, seguía
acuclillado junto a la caseta del piloto, gritándole órdenes a Hunt como un
poseso. El holocausto estaba llegando a su fin.
Miró al frente, hacia el New Ironsides, cruzado en el centro del
canal, con su formidable artillería apuntada contra el Texas. Luego estudió los
cañones de Fortress Monroe y Fort Wool, ya montados y enfilados. No sin gran
dolor comprendió que jamás lograrían pasar. Si seguía siendo castigado, el
Texas se convertiría en un inerme cascarón, a merced de los monitores yanquis
que lo perseguían.
Pensó en su tripulación: hombres a los que ya no les importaban
sus vidas, ajenos a cuanto no fuera cargar y disparar sus cañones y mantener la
presión en las máquinas. Los supervivientes seguían cumpliendo con su deber,
haciendo caso omiso de los muertos.
De repente cesó el cañoneo, que fue sustituido por un silencio
sobrecogedor. Tombs apuntó el catalejo a la parte alta del New Ironsides y vio
a su capitán, tras un blindado parapeto, observándolo a través de su propio
catalejo.
Fue entonces cuando Tombs se fijó en el banco de niebla que se
aproximaba por el mar, desde la boca de Chesapeake Bay, más allá de las
fortificaciones. Si, por un milagro, lograban alcanzarla y desaparecer bajo su
grisácea capa, quedarían a salvo de la jauría de Porten. Tombs recordó el
comentario de Mallory acerca de exhibir a su pasajero. A través de la abierta
escotilla, gritó:
—Mr. Craven, ¿sigue usted ahí?
Su primer oficial apareció abajo, mirándolo a través de la
escotilla. Su rostro cubierto de hollín, sangre y carne quemada, era el de un
espectro.
—Sigo aquí, señor, aunque vaya si me gustaría estar en otra
parte.
—Recoja de mi camarote al pasajero y súbalo aquí, a la casamata.
Y prepare una bandera blanca.
Craven asintió, comprendiendo.
—Como usted diga, señor.
Los dos cañones que quedaban, el de sesenta y cuatro libras de
un costado y el Blakely de proa, permanecían silenciosos. Los buques unionistas
habían quedado atrás y ya no ofrecían un buen blanco.
Tombs se disponía a jugárselo todo en una apuesta desesperada,
que sería la última mano de la partida. Apenas podía mantenerse en pie, y el
dolor de sus heridas le resultaba insoportable; pero sus oscuros ojos
conservaban el brillo de siempre. Rezó por que los comandantes de los fuertes
federales tuvieran sus catalejos apuntados hacia el Texas lo mismo que el
capitán del New Irousides.
—Pasaremos entre la popa del New Ironsides y Fort Wool —indicó a
Hunt.
—Como desee, señor ——asintió Hunt.
Tombs se volvió y vio al pasajero ascendiendo lentamente por la
escalera que conducía al techo de la maltrecha casamata, seguido por Craven,
que sostenía el palo de una escoba con un mantel blanco del comedor de
oficiales atado a su extremo.
El hombre representaba más edad de la que tenía; pálido y
demacrado, su postro mostraba la lúgubre expresión de alguien agotado por años
y años de tensiones. Al mirar el ensangrentado uniforme de Tombs, sus ojos
hundidos brillaron de preocupación.
—Está usted malherido, capitán. Necesita atención médica. Tombs
negó con la cabeza.
—No hay tiempo para eso. Tenga la bondad de subir al techo de la
caseta del piloto, de modo que puedan verlo. El prisionero asintió,
comprendiendo.
—Ya veo su plan.
Tombs miró hacia el New Ironsides y los fuertes. De una de las
baterías de Fortress Monroe brotó una lengua de fuego y después una columna de
humo. Se escuchó el silbido de un proyectil, y un blanquiverde surtidor de agua
se elevó por los aires unas docenas de metros ante el Texas.
Bruscamente, Tombs empujó a su altísimo compañero hacia la
caseta del piloto.
—Dése prisa en subir: ya nos tienen a tiro.
Luego cogió la bandera blanca de manos de Craven y la agitó
frenéticamente con su brazo sano.
A bordo del New Ironsides, el capitán Joshua Watkins miraba a
través de su catalejo.
—Sacan bandera blanca —dijo, sorprendido.
Su primer oficial, John Crosby, que estaba junto a él, se llevó
a los ojos unos binoculares de latón.
—Que me aspen si lo entiendo. ¿Cómo van a rendirse, después de
la tunda que acaban de darle a la flota?
De pronto, Watkins, con expresión incrédula separó el catalejo
de su ojo y miró la lente para ver si estaba manchada. No lo estaba, asi que
volvió a apuntar el aparato hacia el maltrecho navío rebelde.
—Pero... ¿quién demonios...? —El capitán hizo una pausa para
enfocar mejor el catalejo—. Dios bendito —murmuró, pasmado— ¿A quién ve subido
en la caseta del piloto?
Para alterar la rígida compostura de Crosby hacía falta mucho,
pero en esta ocasión su rostro se demudó.
—Parece... Pero es imposible.
Las baterías de Fort Wool abrieron fuego y telones de agua
comenzaron a alzarse en torno al Texas, borrándolo de la visión.
Luego el barco apareció entre los surtidores, perseverando en su
avance.
Watkins miraba con fascinada fijeza a la alta y enjuta figura en
pie sobre la caseta del piloto. Luego la sorpresa dio paso al horror.
—¡Dios, es él! —Bajó el catalejo y se volvió hacia Crosby—. Haga
señal a los fuertes de que cesen el fuego. ¡Aprisa!
Los cañones de Fortress Monroe se unieron a los de Fort Wool,
lanzando sus proyectiles contra el Texas. La mayoría le pasó por encima, pero
dos explotaron contra los restos de su chimenea. Los artilleros unionistas se
apresuraron a recargar, deseosos todos ellos de que fuera su cañón el que
asestase el golpe de gracia al navío rebelde.
El Texas se encontraba a sólo doscientos metros de distancia
cuando los comandantes de los fuertes, obedeciendo la señal de Watkins,
hicieron callar a sus cañones. Watkins y Crosby corrieron a la proa del New
Irorisides justo a tiempo para ver con claridad a los dos hombres con
ensangrentados uniformes de la marina confederada y al hombre alto y barbado,
con arrugadas ropas civiles, que, tras observarlos con fijeza, les hizo un
cansado y solemne saludo.
Ambos permanecieron en muda y total inmovilidad, plena y
terriblemente conscientes de que la imagen que estaban viendo quedaría
indeleblemente grabada en sus memorias. Y, pese a las encendidas controversias
que posteriormente surgirían al respecto, tanto ellos dos como los otros
cientos de hombres apostados en el barco y en las almenas de los fuertes
tuvieron siempre la plena certidumbre de quién era el personaje que vieron
aquella mañana en lo alto del desarbolado buque rebelde.
Casi un millar de hombres, asombrados e impotentes, vieron cómo
el Texas pasaba ante ellos, con humo saliendo de sus portillas y la chamuscada
y desgarrada bandera ondeando en el asta. Ni un solo sonido ni un disparo se
escucharon mientras el buque entraba en el banco de niebla y se perdía de vista
para siempre.
PERDIDA
10 de octubre de 1931
Sahara Sudoccidental
Kitty Mannock tenía la desagradable sensación de estar volando
en línea recta hacia la nada. Se encontraba perdida, total y desesperadamente
perdida. Durante dos horas, ella y su pequeño y endeble aeroplano habían sido
zarandeados por una furiosa tempestad de arena que impedía toda visibilidad del
desierto allá abajo. Sola en aquel vacío e invisible cielo, la joven debía
combatir los extraños espejismos que parecían surgir de la parda nube en que
estaba inmersa.
Kitty echó la cabeza hacia atrás y miró por el parabrisas
superior. El brillo anaranjado del sol estaba completamente oscurecido. Luego,
quizá por décima vez en otros tantos minutos, bajó la ventanilla lateral y miró
por el costado de la carlinga. Hacia abajo tampoco se veía más que la enorme y
turbulenta nube. El altímetro marcaba cuatrocientos sesenta metros, altura
suficiente para salvar, excepto las más prominentes, la mayoría de las alturas
del Adrardes Iforas, prolongación del macizo montañosa Ahaggar, en el desierto
del Sáhara.
La joven dependía de sus instrumentos para evitar que el aparato
entrase en barrena. Desde que penetró en la cegadora tempestad, en cuatro
ocasiones había advertido un descenso en altitud y un creciente cambio de
rumbo, señales inequívocas de que comenzaba a picar hacia tierra. Como estaba
alerta ante cualquier peligro cada una de las veces pudo enderezar su curso sin
problemas, logrando que la aguja de su brújula volviera a un rumbo de ciento
ochenta grados sur.
Al principio Kitty había intentado seguir la carretera
transahariana, pero la perdió nada más entrar en la tempestad de arena que
había surgido súbitamente por el sureste. Incapaz de ver el suelo, desconocía
cuál era su deriva, y le era imposible saber hasta qué punto el viento la había
desviado de su camino. Giró hacia el oeste, corrigiendo su curso en un vano
intento de sortear la tempestad.
No podía hacer más que seguir a través del gran y amenazador
océano de arena. Aquél era el tramo que Kitty más temía. Calculaba que aún le
quedaban por volar otros seiscientos cincuenta kilómetros hasta llegar a
Niamey, capital de Nigeria. Allí recargarla combustible antes de continuar su
vuelo, intentando batir el récord de larga distancia, hasta Ciudad del Cabo, en
Africa del Sur.
El cansancio comenzaba a entumecerle brazos y piernas. El
constante zumbido del motor y su vibración iban haciendo mella en la joven.
Desde que despegara del aeródromo de Croydon, suburbio de Londres, llevaba
veintisiete horas en el aire. Había volado desde la fría humedad inglesa hasta
el seco horno del Sáhara.
Faltaban tres horas para que se hiciera de noche. El viento en
contra reducía su velocidad a ciento cuarenta y cinco kilómetros por hora,
cincuenta menos de la velocidad de crucero que solía alcanzar su viejo y fiel
Fairchild FC—2W, un monoplano de ala alta y carlinga cerrada, impulsado por un
motor radial Pratt & Whitney Wasp de cuatrocientos diez caballos de vapor.
El aeroplano de cuatro plazas fue tiempo atrás propiedad de la
Pan American—Grace Airways, ocupándose del transporte de correo entre Lima y
Santiago. Cuando fue retirado y sustituido por un nuevo modelo de seis plazas,
Kitty lo compró e instaló tanques adicionales de combustible en la sección de
pasajeros. Más tarde, a fines de 1930, estableció un nuevo récord de distancia,
entre Río de Janiero y Madrid, convirtiéndose en la primera mujer en sobrevolar
el Atlántico Sur.
Pasó otra hora, durante la cual Kitty siguió esforzándose en
mantener, pese al viento, el rumbo planeado. La fina arena se colaba en la
cabina e invadía las delicadas membranas de sus ojos y nariz. Se frotó los
párpados, pero sólo consiguió aumentar la molestia. Pero aún, dejó de ver. Si
perdía la visión y era incapaz de leer los instrumentos, todo habría acabado.
De debajo de su asiento sacó una pequeña cantimplora, destapó y
se salpicó agua en el rostro, parpadeando varias veces rápidamente. La arena
húmeda resbaló por sus mejillas, secándose en unos instantes por el intenso
calor. Aunque recuperó la visión, notaba miles de pequeñas agujas clavadas en
sus ojos.
Súbitamente, advirtió algo. Una alteración infinitesimal o el
sonido del motor, o quizá, simplemente, un brevísimo y pasajero silencio del
viento y el zumbido del aparato, Se inclinó hacia delante y estudió los
instrumentos. Todos los relojes tenía lecturas normales. Verificó las válvulas
de combustible, hallando cada una de ellas en su posición correcta. Al fin,
desecho la preocupación, atribuyéndola a su ofuscación.
Instantes después volvió a producirse el infinitesimal fallo en
el sonido. Kitty se puso tensa, y todos sus sentidos se concentraron en el
oído. La secuencia entre lo normal y lo anormal iba haciéndose cada vez más
rápida. Se le cayó el alma a los pies al advertir lo que ocurría: la bujía de
uno de los cilindros estaba fallando. Luego ocurrió lo mismo con las demás. El
motor comenzó a ratear broncamente, al tiempo que la aguja del tacómetro corría
hacia atrás.
Momentos más tarde, el motor se paró dejando inmóvil la hélice.
El brusco cese del zumbido golpeó a Kitty como un mazazo. Sólo se escuchaba el
ulular del viento. La joven supo con toda precisión a qué se debía el fallo: la
constante lluvia de arena había embozado el carburador.
Tras los primeros instantes de sorpresa y temor, la mujer revisó
sus limitadas opciones. Si lograba aterrizar, podría esperar a que pasase la
tormenta y, probablemente, reparar la avería. Así que empujó hacia delante la
palanca de control a fin de iniciar el descenso y el aeroplano comenzó a
estabilizarse. Este no iba a ser su primer aterrizaje forzoso, sino por lo
menos el séptimo. En dos de ellos se estrelló y salió del trance sin más que
unos cortes y magulladuras. Pero jamás había intentado un aterrizaje con el
motor parado y a la escasa luz de una tormenta de arena. Sujetando firmemente
la palanca de control con una mano, se puso las gafas de aviación, con la otra
bajó la ventanilla lateral y asomó la cabeza al exterior.
La mujer descendió a ciegas, intentando desesperadamente
adivinar la configuración del terreno. Aun teniendo la certeza de que casi todo
el desierto era razonablemente llano, también sabía de la existencia de
barrancos y dunas que podían significar el final del aeroplano, así como de
quien lo pilotaba. En los momentos que precedieron a que el baldío terreno se
hiciera visible a escasos diez metros del tren de aterrizaje, Kitty le pareció
envejecer cinco años.
La arena tenía aspecto de ser lo bastante firme para rodar sobre
ella e incluso el terreno parecía invitadoramente liso. Tras estabilizar su
curso, el aparato tocó tierra. Las grandes ruedas del Fairchild rebotaron dos o
tres veces y luego rodaron sin esfuerzo por la arena, perdiendo velocidad
gradualmente. Kitty, que hasta el momento había contenido el aliento, estaba a
punto de lanzar un grito de júbilo cuando, en el momento en que se posaba la
rueda trasera, el suelo se esfumó delante del aeroplano.
El Fairchild se despeñó por el borde de una quebrada y cayó como
una piedra hacia el angosto cauce seco del fondo. Las ruedas se atascaron en la
arena v el tren de aterrizaje quedó totalmente destruido. La inercia empujó al
aparato a estrellarse con enorme estruendo contra la otra pared del barranco,
al tiempo que la hélice se quebraba y el motor se desplazaba hacia atrás,
causándole a la mujer la rotura de un tobillo y dislocándole una rodilla. Kitty
fue lanzada hacía delante. El cinturón de seguridad hubiera debido sujetarla,
pero había olvidado abrochárselo. Golpeó el parabrisas con la cabeza, y se
sumió en las sombras de la inconsciencia.
La noticia de la desaparición de Kitty Mannock dio la vuelta al
mundo. Una operación de búsqueda a gran escala resultaba imposible, y lo que
finalmente se hizo fue bastante exiguo. La región del desierto en que Kittv
había desaparecido estaba prácticamente deshabitada y casi nadie pasaba por
allí. No había un solo avión en un radio de mil quinientos kilómetros. Y
sencillamente, en 1931, en el desierto no existían ni los hombres ni el equipo
necesarios para una operación de tal envergadura.
A la mañana siguiente a la desaparición de Kitty, una unidad
mecanizada de la Legión Extranjera francesa destacada en el oasis de
Takaldebey, en lo que entonces era el Sudán francés, emprendió una misión de
rescate. Suponiendo que la mujer había caído en algún punto de la carretera
transahariana, los legionarios fueron hacia el norte, mientras unos cuantos
hombres y un par de autos pertenecientes a una compañía comercial francesa de
Tessalit, tomaron la dirección sur.
Dos días más tarde, los dos grupos de rescate se encontraron en
la carretera, sin que ninguno hubiera divisado restos del avión ni fogatas. Se
desplegaron en un radio de treinta kilómetros a cada lado de la carretera y
volvieron a intentarlo. Al cabo de diez días sin encontrar rastro de la
aviadora perdida, el jefe del destacamento de legionarios se mostraba
francamente pesimista. Nadie podía aguantar diez días sin agua ni comida en el
tórrido desierto pensaba. Sin lugar a dudas, Kitty había muerto en el accidente
o más tarde, a causa del agotamiento.
En todas partes se celebró un homenaje a la popular pionera de
la aviación. Considerada una de las más grandes pilotos femeninas, junto a
Amelia Earhart y Amy Johnson, Kitty fue llorada por el mismo mundo que antes
había celebrado sus hazañas.
La desaparecida, una hermosa mujer de grandes ojos azules y
largo cabello hasta la cintura, era hija de una rica familia de ganaderos de
Canberra, Australia. Tras concluir sus estudios en una Universidad femenina,
tomó lecciones de vuelo. Sorprendentemente, sus padres la apoyaron en su
afición, comprándole un biplano Avro Aviau de segunda mano, de cabina abierta y
motor Cirrus de ochenta caballos.
Seis meses más tarde, y en contra de las súplicas familiares,
cruzó el Pacífico hasta Hawai, saltando de isla en isla, y aterrizó para ser
recibida por las aclamaciones de una multitud que aguardaba ansiosamente su
llegada. Agotada, con el rostro quemado por el sol v la camisa y los shorts
manchados de aceite, Kitty sonrió y saludó, asombrada por la entusiasta
recepción. No tardaría en hacerse mundialmente famosa y ganarse los corazones
de millones de personas con sus proezas a través de océanos y continentes.
Aquélla habría sido su última intentona de batir un récord, pues
temía el propósito de contraer matrimonio con su novio de siempre, un hacendado
australiano vecino de su familia. Una vez su sueño de convertirse en una
heroína del aire se habría hecho realidad, el empeño, extrañamente, perdió su
atractivo, y Kitty empezó a desear retirarse y formar una familia. Otro
problema, común a tantos otros pioneros de la aviación, era el económico: para
los pilotos había mucha gloria, pero muy poco dinero.
La joven había estado a punto de cancelar ese último vuelo; pero
al fin, tercamente, optó por realizarlo. Y ahora el mundo de la aviación
aguardaba la noticia de su rescate con esperanzas que iban debilitándose a
medida que pasaban los días.
Kitty permaneció inconsciente hasta el amanecer del día
siguiente. El sol comenzaba a calcinar el desierto cuando la joven, saliendo de
negras profundidades, fijó la mirada en la rota hoja de su hélice. Se le
nublaron los ojos y cuando fue a mover la cabeza para disipar la niebla, un
fortísimo dolor la acuchilló. Alzó una mano y se tocó la frente. No había
sangre; pero sí un enorme chichón. Siguió investigando y descubrió el tobillo
fracturado e hinchado dentro de su bota de aviadora y de la rodilla dislocada.
Abrió la portezuela y se apeó trabajosamente del aeroplano. Tras
avanzar cojeando unos pasos, Kitty se dejó caer en la arena para evaluar la
situación.
Aunque por suerte no se había incendiado, su fiel Fairchild no
volvería a volar. Tenía la hélice rota y el motor convertido en un informe
amasijo. Sorprendentemente, tanto las alas como el chasis se encontraban
intactos, si bien el tren de aterrizaje estaba destrozado.
Las posibilidades de reparar y proseguir el vuelo eran remotas.
El segundo problema era establecer su situación. No tenía ni idea de dónde
había caído. Se encontraba en lo que en Australia llaman un «billabong»: el
cauce de un arroyo por el que sólo corre agua en la estación de lluvias, si
bien aquella arena no había visto el agua en cien años.
La tormenta había cesado, pero las paredes de la pequeña sima en
que había caído tenían seis o siete metros de altura e impedían la visión. Aún
así Kitty no se perdió nada que valiera la pena, pues el panorama era
desolador, inhóspito y feo hasta más allá de cualquier descripción.
De pronto sintió una sed abrasadora, así que volvió a la pata
coja junto al aparato, y sacó la cantimplora, que era de dos litros y contenía
poco más de uno y medio. Consciente de lo ridículamente exigua que era aquella
provisión para el desierto, Kitty sólo dio un par de sorbos.
Pronto decidió que permanecer junto al aparato era un suicidio,
pues sólo podrían detectar los restos del Fairchild desde un avión que
sobrevolara directamente el lugar. Así que había que intentar llegar hasta la
carretera o a alguna aldea. Aún temblorosa, se tendió bajo el aparato y se
resignó a su destino.
La joven no tardó en descubrir el increíble contraste de
temperaturas que se produce en el Sahara. Durante el día se llega a los
cincuenta grados centígrados, bajando hasta los cuatro grados durante la noche.
El gélido frío nocturno era tan terrible como el calor del día. Kitty escarbó
un agujero en la arena, donde se tumbó hecha un ovillo y, entre temblores y
escalofríos, logró dormir hasta el alba.
A primera hora del segundo día, antes de que el sol comenzara a
pegar fuerte, se consideró con fuerzas suficientes para iniciar sus
preparativos de viaje. Con un larguero improvisó una muleta, y se hizo una
tosca sombrilla con la tela de un ala. Con la ayuda de una pequeña caja de
herramientas, soltó la brújula del tablero de instrumentos, y, pese a sus
lesiones, se dispuso a partir en busca de la carretera. Era su única opción.
Reconfortada por el hecho de tener un plan, Kitty cogió el
cuaderno de bitácora y comenzó a escribir lo que sería la crónica de sus
heroicos esfuerzos por sobrevivir en las peores condiciones imaginables.
Comenzó explicando el accidente y haciendo una somera descripción de sus
propósitos: seguir hacia el sur por el «billabong» hasta encontrar un modo
fácil de salir del barranco. Una vez en terreno abierto, tomaría rumbo sur
hasta alcanzar la carretera o toparse con una tribu de nómadas. Tras escribir
este breve resumen, la joven arrancó la página y la sujetó al tablero de
instrumentos, para prevenir el improbable caso de que descubrieran el avión
antes que a ella.
El calor comenzaba a hacerse insoportable y el hecho de que las
paredes del barranco reflejaran y magnificaran los rayos del sol, convirtiendo
la garganta en un crematorio no mejoraba las cosas. A Kitty le costaba respirar
y tuvo que combatir el irrefrenable impulso de beber a grandes tragos la
preciosa agua de su cantimplora.
Antes de partir, aún le quedaba algo por hacer. Entre agónicos
dolores, se quitó la bota que constreñía su fracturado tobillo, vendándolo con
su bufanda. Luego, con la brújula y la cantimplora colgándole del cinturón,
sombrilla en alto y apoyándose en la muleta, Kitty se enfrentó a la embestida
del sol sahariano y comenzó su renqueante avance por el cauce seco.
La búsqueda de Kitty Mannock continuó en forma discontinua a lo
largo de los años, pero nunca se halló su cuerpo ni su avión. No apareció la
menor pista, ninguna caravana de camellos se tropezó en el desierto con un
esqueleto que aún conservase jirones de las ropas de aviador en boga durante
los años treinta, ni hubo grupo de nómadas que, en su errante vagar,
descubriese el accidentado aeroplano. La total y completa desaparición de Kitty
se convirtió en uno de los grandes misterios de la aviación.
Durante décadas, los bulos sobre el destino final de Kitty
fueron de todo tipo. Unos dijeron que había sobrevivido pero que padecía
amnesia y vivía bajo otra identidad en América del Sur. Incluso hubo muchos
convencidos de que una tribu tuareg la había capturado y hecho su esclava. Sólo
el vuelo a lo desconocido de Amelia Earhart suscitó mayores especulaciones.
El desierto guardó bien su secreto. La arena fue el sudario de
Kitty Mannock. El enigma de su vuelo hacia la nada no sería resuelto hasta más
de medio siglo después.
Primera parte
FRENESÍ
5 de mayo de 1996
Oasis Asselar, Malí, África
1
Tras viajar durante días o semanas por el desierto, sin ver
animales ni toparse con ningún ser humano, la civilización, por primitiva o
minúscula que sea, constituye una extraordinaria sorpresa. Para los once
viajeros y los cinco conductores guía que ocupaban los cinco Land Rover, la
visión de una población humana resultó un gran alivio. Sofocados y sucios,
agotados tras una semana de recorrer parajes desolados, los aventureros
turistas del Safari Transahariano de doce días organizado por la Backworld
Explorations, estaban felicísimos ante la perspectiva de ver gente y de
disponer de agua suficiente para darse un baño refrescante.
La aldea de Asselar se encontraba en medio de un desolado
páramo, en la región del Sáhara Central de un país africano llamado Malí. El
villorrio estaba integrado por un grupo de casas de adobe congregadas en torno
a un pozo en el cauce de un antiguo río. Diseminadas por los alrededores se
encontraban las ruinas de más de un centenar de edificios abandonados. Desde la
distancia, el pueblo era casi imposible de distinguir, hasta tal punto se
fundían los viejísimos edificios con el árido paisaje.
—Bueno, ahí lo tienen —indicó el comandante lan Fairweather,
jefe del safari, al grupo de fatigados y polvorientos turistas que, tras
apearse de los Land Rover, se habían congregado en torno a él—. Viéndolo ahora,
nadie diría que Asselar constituyó en el pasado una importante encrucijada
cultural del Africa Occidental. Durante cinco siglos fue una escala ineludible
para las grandes caravanas de mercancías y esclavos procedentes del norte y el
este.
—¿Por qué entró en decadencia? —quiso saber una atractiva
canadiense que vestía unos minúsculos shorts y una blusa escotada.
—Por una serie de causas tales como: guerras y conquistas (por
los moros y los franceses), la abolición de la esclavitud y, principalmente,
porque las rutas comerciales se desplazaron hacia el sur y el este, cerca de la
costa. El golpe de gracia llegó hace cuarenta años, cuando los pozos comenzaron
a secarse. El único que aún abastece la población ha tenido que ser excavado a
casi cincuenta metros de profundidad.
—No es exactamente un paraíso —murmuró un recio individuo con
acento español.
El comandante Fairweather forzó una sonrisa. Ex oficial de la
Marina Real era un hombre alto y flaco, que daba incesantes caladas a un largo
cigarrillo con filtro. Por su manera de hablar, escueta y lacónica, parecía
como si sus parlamentos estuvieran ensayados.
—En la actualidad, los únicos residentes de Asselar son unas
cuantas familias tuareg que han abandonado la tradición nómada. Subsisten
gracias a sus rebaños de cabras, a los pequeños cultivos regados a mano con
agua del oasis, y a las piedras semipreciosas que encuentran en el desierto, y
que, tras pulirlas, llevan en camello a la ciudad de Gao, donde las venden como
souvenirs.
Un abogado londinense, impecablemente vestido con un traje de
safari color caqui y cubierto por un salacot, señaló hacia la aldea con su
bastón de ébano.
—Pues a mí me parece un pueblo abandonado. Creo recordar que el
folleto de la agencia decía algo así como que quedaríamos «fascinados por el
romántico espectáculo de la música y las danzas nativas de Asselar, a la luz de
las hogueras».
—Estoy seguro de que el guía que se nos ha adelantado lo habrá
arreglado todo para garantizarles las máximas comodidades y diversión —le
aseguró Fairweather, en tono de suficiencia. Miró hacia el ocaso—. Pronto se
hará de noche. Será mejor que continuemos hasta la aldea.
—¿Hay hotel? —preguntó la joven canadiense.
Fairweather pareció casi ofendido.
—No, Mrs Lansing: acamparemos en las ruinas próximas a la aldea.
Los turistas lanzaron una especie de gemido colectivo. Habían
abrigado esperanzas de encontrar habitaciones con camas blandas y baños
privados, lujos que, probablemente, Asselar jamás había conocido.
El grupo volvió a montar en los vehículos, que bajaron por un
viejo sendero hasta la llanura fluvial para enfilar luego el camino principal
que cruzaba la aldea. Cuanto más se acercaban, más difícil era imaginarse un
pasado glorioso: las calles eran estrechos callejones de arena; parecía un
pueblo muerto, vencido; ninguna luz brillaba en la oscuridad, ni un solo perro
les dedicó un ladrido de bienvenida; en los edificios de adobe no se advertían
señales de vida. Era como si los habitantes hubieran recogido sus pertenencias
y desaparecido en el desierto.
Fairweather comenzaba a inquietarse. Evidentemente, algo iba
mal. No había ni rastro de su compañero. Por un instante le pareció ver a un
gran cuadrúpedo metiéndose por una puerta; pero fue algo tan fugaz que lo
descartó, pensando que habría sido la sombra de una de los Land Rover en
movimiento.
Pensó que su alegre grupo de turistas estaría de pésimo humor
aquella noche, y maldijo a los publicitarios que exageraban los atractivos del
desierto. «La oportunidad de experimentar, por una vez en la vida, el embrujo
de una expedición por las nómadas arenas del Sáhara.» Meneó reprobatoriamente
la cabeza. Se apostaría el sueldo de un año a que el redactor del anuncio jamás
había pasado de la costa de Dover.
Se encontraban a unos ochenta kilómetros de la carretera
transahariana, y a más de doscientos cuarenta de la ciudad de Gao, en el río
Níger. El grupo llevaba comida, agua y combustible más que suficientes para el
resto del viaje, así que Fairweather tenía abierta la opción de pasar de largo
Asselar, caso de surgir algún problema imprevisto. La seguridad de los clientes
de la Backworld Explorations era lo primero. En veintiocho años todavía no
había perdido a ninguno, descontando al fontanero norteamericano retirado que
se puso a molestar a un camello y recibió una coz en la cabeza por su
estupidez.
Fairweather se preguntó por qué no se veían cabras ni camellos,
y ni siquiera pisadas en la arena de las calles, sólo extrañas marcas de garras
y surcos paralelos, que parecían hechos por el arrastre de troncos gemelos. Las
pequeñas casas tribales, construidas de piedra y cubiertas de un barro rojizo
parecían más maltrechas y destartaladas que la última vez que Fairweather pasó
por allí con un safari, hacía menos de dos meses.
Decididamente, algo extraño estaba ocurriendo. Aunque, por
alguna razón desconocida, los aldeanos hubieran abandonado el área, su
compañero debería haber estado esperándolos. En los muchos años que llevaban
juntos en el Sáhara, Ibn Hajib nunca le había fallado. Fairweather decidió que
dejaría que los turistas descansaran y se refrescasen un rato en el pozo de la
aldea, y luego se adentrarían en el desierto para acampar. Pensó que convenía
andarse con ojo, así que de un compartimiento entre los asientos sacó su vieja
ametralladora Patchett, de la Marina Real, y se la puso entre las rodillas. A
continuación colocó un silenciador Invicta en el extremo del cañón.
—¿Algún problema? —preguntó Mrs. Lansing, que iba con su marido
en el Land Rover de Fairweather.
—Es una simple precaución para espantar a los mendigos —mintió
Fairweather,
Detuvo el todoterreno, se apeó y fue a advertir a sus chóferes
que se anduvieran con ojo. Luego regresó a su vehículo y la comitiva continuó
hasta el centro de la aldea a través de un laberinto de arenosas callejas. Al
fin se detuvieron bajo una solitaria palmera que se alzaba en el centro de una
amplia plaza y cerca del pozo de piedra, cuya boca medía unos cuatro metros de
diámetro.
A la agonizante luz de la tarde, Fairweather estudió la arena en
torno al pozo. Estaba surcada por las mismas extrañas marcas que había visto en
las calles. Miró hacia el fondo del pozo, y apenas pudo ver el pálido reflejo
del agua, cuyo alto contenido mineral le daba un sabor metálico y un tinte
verdoso. Pese a ello, a lo largo de los siglos había saciado la sed de
incontables hombres y animales. A Fairweather no le preocupaba si era o no
asimilable por los virginales estómagos de sus clientes: pretendía que la
emplearan para lavarse y refrescarse, no para beberla.
Pidió a los conductores que permanecieran alerta y luego enseñó
a los turistas a sacar agua con un viejo pellejo de cerdo atado al extremo de
una deshilachada soga que subía y bajaba por medio de una manivela. Las músicas
y danzas tribales quedaron pronto olvidadas, y los componentes del grupo se
dedicaron a reír y salpicarse, como niños en torno a una boca de riego en una
calurosa tarde estival. Los hombres se desnudaron de cintura para arriba y se
remojaron cara y pecho. Las mujeres optaron por lavarse la cabeza.
Los faros de los Land Rover iluminaban de un modo extraño la
cómica escena, proyectando enormes sombras sobre los silentes muros de la
aldea. Mientras los sonrientes chóferes se quedaban vigilando, Fairweather
caminó un buen trecho por una de las calles y se metió en un edificio contiguo
a una mezquita. Los muros eran viejos y mostraban la pátina del tiempo. La
puerta conducía a un breve corredor que terminaba en un patio tan lleno de
basura y desperdicios que al hombre le costó trabajo pasar sobre ellos.
Con una linterna, alumbró la sala principal de la estructura.
Los muros eran de un blanco ceniciento y en los altos techos se veían desnudas
vigas de madera similares a las de los edificios típicos de Santa Fe, en el
suroeste de Norteamérica. En las paredes había multitud de hornacinas para
enseres domésticos, pero todas estaban vacías, y su contenido estaba roto y
tirado por el suelo, al igual que los muebles.
Como entre todo aquel desecho había cosas de valor, Fairweather
atribuyó el desorden al paso de unos vándalos, quienes se habrían dedicado a
destrozar la casa tras la huida de unos moradores que dejaron tras de sí todas
sus pertenencias. De pronto, el hombre se fijó en un montón de huesos que había
en un rincón del cuarto. Los identificó como humanos y comenzó a sentirse
francamento inquieto.
A la movediza luz de la linterna, las sombras creaban extra
ñas ilusiones ópticas. Le pareció ver a un gran animal pasando
frente a una ventana que daba al patio. Quitó el seguro de la
Pat
chett impulsado no tanto por el miedo como por la premoni
ción de que una terrible amenaza acechaba entre las sombras.
De pronto, se escuchó un leve ruido detrás de la puerta quedaba
a una pequeña terraza. Pisando con cuidado las inmundicias del suelo,
Fairweather se aproximó a ella. Si en el otro lado había alguien, ahora
guardaba silencio. El hombre sostenía la linterna con una mano mientras con la
otra aferraba firmemente la ametralladora. Luego dio una patada a la puerta,
que saltó de sus goznes y cayó hacia dentro, levantando una nube de polvo.
Efectivamente: allí había alguien, o quizá fuese mejor decir
algo. Por su aspecto maligno y su oscura tez, parecía un demonio escapado del
infierno, animalescamente infrahumano. Permanecía a gatas y miraba la linterna
con ojos enrojecidos en los que brillaba la locura.
Instintivamente, Fairweather dio un paso atrás. El ser se alzó
sobre las rodillas, disponiéndose a abalanzarse sobre él. Sin perder la
serenidad, Fairweather, apoyando la culata del arma en los tensos músculos de
su estómago, apretó el gatillo de la Patchett, y una ráfaga de proyectiles de
nueve milímetros escapó por el cañón produciendo un leve sonido, similar al de
restallantes palomitas de maíz.
La bestia lanzó un horrendo estertor y se derrumbó, con el pecho
reventado. Fairweather se inclinó sobre el ser caído alumbrándolo con su
linterna. El sucísimo cuerpo estaba completamente desnudo. Sus ojos
enloquecidos, en las que el rojo intenso había sustituido al blanco, miraban
sin ver, desde el rostro de un muchacho no mayor de quince años.
Una oleada de pánico sacudió a Fairweather con fuerza al
comprender qué era lo que había dejado las extrañas huellas en las callejas.
Debía de haber una colonia completa de tales monstruos arrastrándose a gatas
por toda la aldea. Giró sobre sus talones y corrió hacia la plaza. Pero ya era
tarde, demasiado tarde.
Una horda de diabólicos y feroces seres surgió de las sombras de
la noche y se lanzó contra los desprevenidos turistas congregados en torno al
pozo. Antes de que pudieran defenderse o lanzar un grito de alarma, los
chóferes fueron devorados por la turba infernal, cuyos miembros, que corrían a
gatas como chacales, embistieron luego contra los indefensos turistas, lanzando
feroces mordiscos a cuanta carne humana se ponía a su alcance.
A la luz de los faros de los Land Rover, la horrible pesadilla
enseguida derivó en un revoltijo de cuerpos ensangrentados; los gritos de
terror de los turistas se mezclaban con los feroces alaridos de sus agresores.
Tras un agónico chillido, Mrs. Lansing desapareció entre la masa de atacantes.
Su marido intentó subirse al techo de uno de los vehículos, pero cayó derribado
sobre el polvo, y fue mutilado como un escarabajo por un ejército de hormigas.
El quisquilloso abogado londinense hizo girar la empuñadura de
su hueco bastón y sacó de él un corto estoque que procedió a blandir ante sí
con todas sus fuerzas, logrando por unos instantes mantener a raya a sus
atacantes; pero éstos, que parecían desconocer el miedo, no tardaron en
dominarlo.
Las proximidades del pozo eran un hervidero de cuerpos en lucha.
El grueso español, cubierto por la sangre de los mordiscos recibidos, intentó
huir arrojándose al pozo, pero cuatro de los enloquecidos asesinos se tiraron
tras él.
Nada más llegar, Fairweather se acuclilló y comenzó a disparar
la Patchett contra los atacantes, cuidado de no alcanzar a ninguno de los
suyos. Al no oír los silenciados tiros la honda asesina, no parecía advertir el
fuego: la locura o la indiferencia los llevaba a hacer caso omiso del hecho de
que una veintena de los suyos habían caído bajo las balas.
Antes de que la Patchett lanzara la última bala de su cargador,
Fairweather había abatido a unos treinta energúmenos. Luego tuvo que
permanecer, escondido e impotente, viendo como todos sus chóferes y clientes
eran salvajemente asesinados. Le parecía imposible que, en el plazo de sólo
unos instantes, la plaza se hubiese convertido en semejante matadero.
Dios bendito... —murmuró ahogadamente, viendo con gélido horror
a los salvajes lanzándose sobre los cadáveres, poseídos de un frenesí caníbal
que los impulsaba a arrancar a bocados la carne de sus víctimas. Fairweather
permaneció hipnotizado por la escena, incapaz de hacer nada que no fuese mirar
con desorbitados ojos la horrenda carnicería.
Los energúmenos que no estaban descuartizando los cadáveres de
los turistas se pusieron a destrozar a pedradas los Land Rover, descargando su
vesánica furia contra todo aquello que les resultaba ajeno.
Oculto entre las sombras, Fairweather se sentía responsable
hasta la desesperación de las muertes de sus empleados y clientes. No sólo
había fracasado en su misión de protegerlos, sino que, sin darse cuenta, los
había conducido a un sangriento final. Se maldijo por su impotencia para
salvarlos y por su cobardía al no morir con ellos.
Haciendo un gran esfuerzo de voluntad, apartó la mirada de la
plaza y echó a correr por las estrechas callejuelas y las ruinas de los
alrededores, hasta llegar al desierto. Tenía que salvarse para poder advertir a
otros viajeros de la pesadilla que los aguardaba en Asselar. La distancia hasta
el pueblo más próximo era excesiva para recorrerla sin agua, así que enfiló la
carretera en dirección este, con la esperanza de tropezarse con algún vehículo
civil o una patrulla del gobierno antes de morir bajo el sol achicharrante.
Orientándose por la estrella polar, echó a andar a paso rápido
por el desierto, consciente de que sus posibilidades de sobrevivir eran
prácticamente nulas. Ni una vez se detuvo para mirar atrás. Las terribles
imágenes estaban frescas en su cerebro, y en sus oídos aún parecían resonar los
gritos de agonía de los moribundos.
10 mayo, 1996
Alejandría, Egipto
2
La arena de la playa vacía ardía bajo los desnudos pies de Eva
Rojas. La mujer permanecía inmóvil, contemplando el Mediterráneo. El agua tenía
un tono azul cobalto que se convertía en esmeralda en las zonas menos profundas
y en aguamarina allí donde las olas rompían para desplegarse luego sobre la
blanca arena.
Eva había recorrido en un coche alquilado los ciento diez
kilómetros que la separaban de Alejandría, deteniéndose en una zona desierta de
la playa no muy lejos de la ciudad de El Alamein, donde en la Segunda Guerra
Mundial, se había librado la gran batalla del desierto. Tras estacionar el
coche a un lado de la carretera de la costa, cogió su bolsa de baño y se
dirigió a la orilla andando entre las dunas bajas.
Llevaba un bañador de licra encarnado, ceñido con una segunda
piel, y se cubría hombros y brazos con una blusa a juego. Su figura era grácil
y ligera; su cuerpo firme de miembros esbeltos y bronceados. Su cabello, de un
tono rojo dorado, iba recogido en una larga trenza que le llegaba casi hasta la
cintura y brillaba a la luz del sol como cobre pulido. De ojos azul pálido, tez
suave y prominentes pómulos, Eva tenía treinta y ocho años, pero nadie le
hubiera calculado más de treinta. Aunque nunca aparecería en la portada de
Vogue, era muy guapa y poseía un especial encanto que atraía a los hombres,
incluso a los más jóvenes que ella.
La playa parecía desierta. Eva se detuvo unos instantes mirando
a todos lados como una gacela precavida. La única señal de vida visible era un
Jeep Cherokee de color turquesa con las letras NUMA (National Underwater and
Marine Agency: Agencia Nacional Subacuática y Marítima.) en la portezuela,
estacionado unos cien metros camino arriba. No se veía por ninguna parte al
dueño del Jeep.
Eva se encaminó hacia el agua, se detuvo a unos metros de la
orilla y tendió una toalla de baño. Se quitó el reloj y, antes de guardarlo en
la bolsa de baño, miró la hora. Las diez y diez. Tras aplicarse un protector
solar del número veinticinco, se tendió boca arriba, lanzó un suspiro y comenzó
a absorber el sol africano.
La mujer aún padecía los efectos del cambio de meridianos tras
el largo viaje desde San Francisco hasta El Cairo. A ese cansancio se unía el
producido por cuatro días de continuadas sesiones de emergencia con médicos y
colegas biólogos para estudiar los extraños brotes de desórdenes nerviosos
surgidos recientemente en el Sáhara meridional. Habiéndose tomado un descanso
de las agotadoras conferencias, únicamente deseaba unas horas de reposo y
soledad antes de emprender un viaje de investigación por el desierto. Mientras
la brisa marina acariciaba su piel, cerró los ojos y no tardó en quedarse
dormida.
Al despertar, consultó su reloj una vez más. Las once y veinte.
Una siesta de hora y pico. El protector solar había hecho su efecto, y su piel
sólo mostraba un ligero tono sonrosado. Giró hasta quedar boca abajo y echó un
vistazo a la playa. Dos hombres con camisas de manga corta y shorts color caqui
avanzaban lentamente junto a la orilla, en su dirección. Al notar que ella les
observaba, se detuvieron, volviéndose como para mirar un barco que pasaba. Se
encontraban a más de doscientos metros de distancia, y Eva no volvió a fijarse
en ellos.
De pronto, algo llamó su atención en el mar, a cierta distancia
de la orilla. Del agua había surgido una cabeza con el cabello negro. Haciendo
visera con una mano, Eva oteó hacia donde un hombre, con gafas de buzo,
respirador y aletas, buceaba a solas en las profundas aguas de más allá de la
rompiente. Estaría haciendo pesca submarina, pensó la mujer, observando como la
cabeza desaparecía de nuevo bajo la superficie, donde permaneció tanto tiempo
que ella comenzó a temer que se hubiese ahogado. Pero reapareció y continuó con
su pesca. Tras unos minutos, nadó hasta la playa y salió del agua.
Sostenía con una mano un extraño arpón y con la otra un aro de
acero inoxidable del que colgaban varios peces, ninguno de los cuales pesaría
menos de un kilo.
Pese al intenso bronceado, su rostro viril no tenía rasgos
árabes. Su cabello era oscuro, y gotas de agua marina brillaban en el pelo de
su pecho. Era alto, recio, con amplios hombros y se movía con elegancia
natural. Eva le echó unos cuarenta años.
Al pasar junto a Eva, el hombre le dirigió una mirada. Sus ojos
eran de color verde opalino, y se fijaron en la mujer de modo tan directo que
pareció como si escrutasen el interior de su mente, hipnotizándola. Eva deseó y
temió a un tiempo que él le dijese algo; pero el desconocido se limitó a
dirigirle una blanca y devastadora sonrisa y una cortés inclinación, después de
lo cual pasó de largo, en dirección a la carretera.
La mujer lo observó hasta verlo desaparecer tras las dunas, en
dirección al aparcado Jeep de la NUMA. «¿Qué me pasa?», se preguntó. «Al menos,
debí devolverle la sonrisa.» Luego se desentendió, decidiendo que, de todos
modos, cualquier aproximación habría sido imposible, pues probablemente el
hombre no hablaba inglés. Sin embargo, al recordarlo, los ojos de Eva cobraron
un insólito brillo. Pensó que era extraño sentirse joven y turbada por la
sonrisa de un desconocido al que nunca volvería a ver.
Le apetecía darse un baño, pero los dos paseantes de la playa
estaban ya entre ella y el agua, así que, prudentemente, decidió esperar a que
pasaran de largo. Los hombres no tenían las finas facciones de los egipcios,
sino la nariz chata, la piel casi negra y el enmarañado cabello rizado de los
habitantes de las estribaciones meridionales del Sáhara.
Se detuvieron y, quizá por vigésima vez, miraron furtivamente
hacia ambos extremos de la playa. Luego se lanzaron sobre Eva.
—¡Largo! —gritó ella, en una reacción instintiva. Intentó
eludirlos, pero uno de ellos con movimientos frenéticos —ojos malignos, poblado
bigote y cara de rata—, la agarró brutalmente por el pelo y la obligó a echarse
de espaldas. Un escalofrío de terror recorrió el cuerpo de Eva cuando el otro
hombre, cuya sádica sonrisa dejaba ver unos dientes manchados de nicotina, se
le sentó sobre los muslos. Cara de rata lo hizo sobre su pecho, inmovilizándole
los brazos con sus rodillas. Eva quedó totalmente atrapada y a merced de sus
atacantes.
Extrañamente, en ninguno de los dos había ni rastro de lujuria.
Ni siquiera intentaron desgarrarle el bañador. No actuaban como violadores. Eva
lanzó un nuevo grito, alto y penetrante. Pero sólo respondió el rumor de las
olas. La playa estaba totalmente desierta.
Luego, cara de rata le apretó boca y nariz con sus manos y
comenzó a asfixiarla con calma y premeditación. El peso de su cuerpo sobre el
pecho constreñía los pulmones de Eva, aumentando el ahogo.
Bajo el hipnótico ensalmo del terror, Eva comprendió, con
horrorizada incredulidad, que intentaban matarla. Intentó gritar de nuevo, pero
no pudo. No sentía ningún dolor, sólo un pánico paralizante.
Hizo esfuerzos desesperados por librarse de la presión sobre su
rostro; pero tenía las manos y las piernas como cogidas en un cepo. Sus
pulmones reclamaban aire con avidez. La visión comenzó a nublársele. Se
aferraba desesperadamente a la conciencia; pero notaba que ésta iba
desvaneciéndose. Advirtió que el hombre sentado sobre sus muslos miraba por
encima de los hombros de su asesino, y se dijo que aquel repugnante rostro
sería lo último que vería.
Cuando Eva se asomaba ya al pozo oscuro de la inconsciencia,
cerró los ojos e inmediatamente le sobrevino la idea de que aquello era una
pesadilla, que desaparecería en cuanto los volviera a abrir. Con un sobrehumano
esfuerzo, logró separar los párpados para echar un último vistazo a la
realidad.
En efecto: era una pesadilla. De los labios del hombre de
manchados dientes había desaparecido la sonrisa. Una varilla de metal le
atravesaba las sienes, como una de esas flechas trucadas que se compran en las
tiendas de artículos de broma y que parecen atravesar la cabeza de quien se las
pone. El asaltante cayó hacia atrás, sobre los pies de la mujer, con los brazos
extendidos como un crucificado.
Cara de rata estaba tan absorto en la tarea de asfixiarla que no
advirtió lo que le había sucedido a su compañero. Luego, dos grandes manos se
cerraron en torno a su cabeza, una agarrándole el mentón y otra la coronilla.
La presión sobre la boca y la nariz de Eva desapareció, pues el asesino tuvo
que emplear sus manos para librarse de las que le atenazaban la cabeza. Aquello
era tan absolutamente inesperado que contribuyó a aumentar la sensación de Eva
de que todo no era más que una pesadilla.
Antes de que la negrura le envolviese, escuchó un seco
chasquido, como el de alguien mordiendo un cubito de hielo, y tuvo el fugaz
vislumbre de los desorbitados ojos del asesino, cuya cabeza había descrito un
giro completo de trescientos sesenta grados.
3
Eva despertó sintiendo el calor del sol en el rostro. Podía oír
las olas rompiendo sobre la costa africana. Al abrir los ojos, le pareció que
estaba ante la visión más maravillosa de su vida.
Gimió y se revolvió, mirando entre párpados entornados la
deslumbrante playa y el bello, soleado y pacífico panorama. De pronto, se
enderezó sobresaltada, abriendo mucho los ojos, aterrada por el recuerdo del
ataque. Pero sus agresores habían desaparecido. ¿Habrían existido realmente?
Comenzó a preguntarse si no habrían sido una alucinación.
—Bienvenida dijo una voz masculina. Comenzaba a temer que
hubiera entrado usted en coma.
Eva se volvió y miró al sonriente buceador, que se encontraba de
rodillas junto a ella.
—¿Dónde están los que intentaron matarme? preguntó, con voz
asustada.
—Se fueron con la marea replicó el desconocido, con
indiferencia.
—¿Con la marea?
—Me enseñaron que no se debe ensuciar la playa, así que eché sus
cuerpos al agua. La última vez que los vi, iban camino de Grecia.
Eva lo miró mientras un escalofrío recorría todo su cuerpo.
—¿Los mató?
—No eran buena gente.
—Los mató... repitió ella, ofuscada y muy pálida, casi a punto
de devolver. Es usted un asesino tan desalmado como ellos,
El comprendió que la mujer, en cuyos ojos brillaba la repulsión,
estaba bajo los efectos del shock y no razonaba con sensatez. Encogiéndose de
hombros, se limitó a decir:
—¿Habría preferido que no interviniese?
El miedo y la repulsión abandonaron lentamente los ojos de Eva,
para ser sustituidos por la preocupación. Le costó un minuto asimilar el hecho
de que el desconocido la había salvado de una muerte terrible.
—Perdóneme, se lo ruego. Me estoy portando estúpidamente. Le
debo la vida y ni siquiera conozco su nombre.
—Me llamo Dick Pitt.
—Y yo Eva Rojas. Se sintió de un modo extraño cuando él,
sonriendo cálidamente le tomó una mano entre las suyas. No obstante, en los
ojos de Pitt sólo había preocupación, y ello disipó sus inquietudes. —Es usted
norteamericano.
—Sí: trabajo para la Agencia Nacional Subacuática y Marítima.
Estamos haciendo un estudio arqueológico del río Nilo.
—¿Pero no se había marchado usted antes de que me atacasen?
—Casi, pero sus amigos despertaron mi curiosidad. Me pareció
raro que dejaran su coche a un kilómetro y luego caminaran por una playa
desierta directos hacia usted. Así que me quedé un rato, a ver qué tramaban.
—Menos mal que es usted receloso.
—¿Tiene idea de por qué intentaron matarla? preguntó Pitt.
Serian bandidos de los que asesinan y roban a los turistas.
Pitt negó con la cabeza.
—Su motivo no era el robo. No llevaban armas. El que intentó
estrangularla utilizó las manos, en vez de una cuerda o una tela. Y no trataron
de violarla. Si hubiesen sido asesinos profesionales, los dos estaríamos
muertos. Es muy extraño. Me apostaría el sueldo de un mes a que eran meros
sicarios de alguien que desea verla muerta. La siguieron hasta un lugar
apartado con la intención de asesinarla, para luego meterle agua salada por la
boca y la nariz. Habrían dejado su cadáver en la rompiente, para que pareciera
que se había ahogado.
—Eso explica el que intentaran asfixiarla.
Ella sacudió la cabeza, confusa.
—No entiendo nada. Es absurdo, carece totalmente de sentido. No
soy más que una bioquímica especializada en los efectos de las materias tóxicas
sobre los seres humanos. No tengo enemigos. ¿Por qué iba alguien a querer
matarme?
—No tengo ni idea: acabo de conocerla.
Eva se frotó los labios magullados.
—Todo esto es una locura.
—¿Cuánto lleva en Egipto?
—Sólo unos días.
—Debe de haber hecho algo que ha enfurecido a alguien. A los
norteafricanos, no, desde luego. Si para algo estoy aquí es para ayudarlos.
El se quedó pensativo mirando la arena.
—Así que no es una turista.
—Vine aquí por trabajo replicó Eva. A la Organización Mundial de
la Salud llegaron rumores de que entre los pueblos nómadas del Sahara
Meridional se estaban dando graves trastornos físicos y mentales. Formo parte
de un equipo internacional de científicos de la ONU que ha venido a investigar
el asunto.
—No parece motivo suficiente para asesinarla admitió Pitt.
—Es inexplicable. Mis colegas y yo estamos aquí para salvar
vidas. No somos ninguna amenaza.
—¿Cree que la plaga del desierto está causada por toxinas?
—Aún no lo sabemos. No hay datos suficientes para sacar una
conclusión. A primera vista, la causa parece ser algún tipo de contaminación,
pero su frente es un misterio. En las zonas donde han aparecido los síntomas no
se conocen industrias químicas ni vertederos de materiales tóxicos.
—¿Hasta qué punto se halla extendida la enfermedad?
—En los últimos diez días han surgido más de ocho mil casos en
Malí y Níger.
Pitt enarcó las cejas.
—Una cantidad increíble para un tiempo tan breve. ¿Cómo saben
que la causa no es un virus o una bacteria?
—Ya le he dicho que los motivos son un misterio.
—Es raro que la Prensa no haya dicho nada.
La Organización Mundial de la Salud ha insistido en que la
cuestión se mantenga en secreto hasta que se haya determinado su causa. Supongo
que para evitar sensacionalismos y que cunda el pánico. Pitt, que no había
dejado de echar ocasionales vistazos a su alrededor detectó de pronto un
movimiento en las dunas bajas próximas a la carretera.
—¿Qué planes tiene?
—El equipo de científicos al que pertenezco sale mañana hacia el
Sahara para comenzar las investigaciones de campo.
—La supongo enterada de que Malí se encuentra al borde de lo que
podría ser una sangrienta guerra civil,
Ella se encogió de hombros con indiferencia.
—El Gobierno ha garantizado que en todo momento estaremos
estrechamente protegidos. Hizo una pausa y lo miró por un largo momento. ¿Por
qué me hace tantas preguntas? Actúa usted como un agente secreto.
Pitt se echó a reír.
—Sólo soy un ingeniero naval curioso, al que no le gustan los
que van por ahí intentando asesinar a mujeres bellas. Quizá me confundieran con
otra persona.
La mirada de Pitt recorrió el cuerpo de Eva y se detuvo en sus
ojos.
Me da la sensación de que no... Súbitamente, Pitt se puso en
pie, con la mirada en las dunas. Sus músculos se tensaron. Se inclinó, tomó a
Eva por la muñeca y la hizo levantarse. Hora de marcharnos dijo, al tiempo que
echaba a correr con ella de la mano.
—Pero... ¿qué hace? preguntó Eva, dando traspiés tras él. Pitt
no respondió. El movimiento detrás de las dunas se había convertido en un hilo
de humo que iba haciéndose más grande a medida que se elevaba por encima del
desierto. Inmediatamente había comprendido que otro asesino, o quizá más, había
prendido fuego al coche de Eva, en un intento de retenerlos allí hasta que
llegaran refuerzos.
Instantes después, el hombre podía ver las llamas. Si hubiera
cogido su arpón... Pero no, no quería engañarse. Un arpón no era arma frente a
una pistola. Su única esperanza era que el compañero de los asesinos tampoco
estuviese armado y no hubiera visto el Jeep de Pitt.
Atinó en lo primero, pero se equivocó en lo segundo. Al coronar
la última duna, Pitt vio que junto a su coche tenía un hombre de tez oscura que
sujetaba con una mano un periódico enrollado y ardiendo, como una antorcha. El
intruso estaba golpeando el parabrisas del Jeep, cuyo interior, indudablemente,
se proponía incendiar. Llevaba una especie de intrincado turbante que le cubría
todo el rostro menos los ojos. Su cuerpo estaba envuelto en una amplia túnica
que le llegaba hasta los pies, calzados con sandalias. No percibió la
proximidad de Pitt, que llegaba con Eva a remolque.
—Pitt se detuvo y susurró al oído de Eva:
Si me ocurre algo malo, corra hasta la carretera y detenga un
coche. —Luego gritó: ¡Quieto!
El hombre, sobresaltado, se volvió hacia él, con los
amenazadores ojos muy abiertos. Al tiempo que gritaba, Pitt bajó la cabeza y
embistió. El hombre tiró contra él el periódico en llamas; pero la cabeza de
Pitt ya había impactado contra su pecho, rompiéndole el esternón y astillándole
varias costillas. En ese mismo momento, el puño derecho de Pitt salió
catapultado contra la ingle del hombre.
En los ojos del instruso, la expresión de amenaza dio paso a la
de dolor. Un ahogado gemido salió de entre sus labios al tiempo que todo el
aire se le escapaba de los pulmones y perdía el equilibrio, cayendo sobre la
arena.
Pitt se inclinó sobre él y rápidamente le registró los
bolsillos. No había nada: ni armas, ni documentación, ni siquiera unas monedas
o un peine.
La expresión del hombre ya no era de dolor, sino de enorme
pánico.
—¿Quién te envía, amigo? preguntó Pitt, agarrándolo por el
cuello y sacudiéndolo como un doberman a una rata. La reacción del hombre no
fue la que Pitt había esperado. A través de su agónico dolor, el hombre dirigió
a Pitt una siniestra mirada. La mirada, pensó el norteamericano, de quien ha
conseguido reír el último. Luego el desconocido de tez oscura sonrió, mostrando
dos blancas hileras de dentadura en las que faltaba un diente. Abrió
ligeramente la boca y luego la cerró con fuerza. Demasiado tarde, Pitt
comprendió que su adversario acababa de morder una cápsula de cianuro revestida
de goma que había permanecido oculta en un falso diente.
De entre los labios del hombre brotó espuma. La cápsula venenosa
era muy potente, y el fin no tardó en llegar. Pitt y Eva observaron impotentes
cómo la vida se escapaba del cuerpo del hombre. Al fin sus ojos quedaron
abiertos y con la mirada vidriosa, propia de la muerte.
—¿Está...? Eva se interrumpió y volvió a intentarlo.
—¿Está muerto?
—Creo poder decir que ha lanzado su último suspiro replicó Pitt,
sin sombra de remordimiento.
Eva buscó apoyo en el brazo de Pitt. Pese al calor africano,
tenía las manos frías y temblaba a causa de la tremenda impresión. Hasta ese
día, jamás había visto morir a nadie. Comenzó a sentir fuertes náuseas, pero de
algún modo se sobrepuso y consiguió controlarlas.
—Pero... ¿por qué se ha matado? murmuró. ¿Con qué objeto?
—Para proteger a otros relacionados con el frustrado intento de
asesinarla replicó Pitt.
—¿Había preferido suicidarse antes que hablar? preguntó,
incrédula.
—Supongo que era leal a su jefe hasta el fanatismo dijo Pitt,
tranquilamente. Pero sospecho que, de no haberse tomado él mismo el cianuro,
alguien se lo hubiese hecho tragar tarde o temprano.
Eva meneó la cabeza.
Es una locura. Está usted hablando de una... conspiración.
—Enfréntese a la realidad, querida amiga: alguien se ha tomado
un montón de molestias para eliminarla. Pitt la miró fijamente. Eva parecía una
pobre niña perdida en unos grandes almacenes. Tiene usted un enemigo que no la
quiere en África, así que, si desea continuar viva, le aconsejo que tome el
próximo avión hacia Estados Unidos.
Ella parecía ofuscada.
—No: mientras haya gente muriéndose, no lo haré.
—Es usted difícil de convencer.
—Póngase en mi lugar.
—En su lugar, o en el de sus colegas. Puede que también ellos
estén en la lista de gente a la que hay que eliminar. Será mejor que volvamos a
El Cairo y les pongamos sobre aviso. Si lo que ha ocurrido tiene relación con
sus investigaciones, sus vidas corren peligro.
Eva miró el cadáver.
—¿Qué piensa hacer con él?
Pitt se encogió de hombros.
—Echarlo al Mediterráneo con sus amigos. —Una malévola sonrisa
se extendió por su rostro—. Me gustaría ver qué cara pone el que ha organizado
todo esto cuando se entere de que sus asesinos han desaparecido sin dejar
rastro y que usted sigue vivita y coleando.
4
Cuando el grupo de turistas del Safari Transahariano no llegó en
la fecha prevista a la legendaria ciudad de Tombuctú, los directores de la
sucursal en El Cairo de la Backworld Expeditions comenzaron a temer que algo
anduviese mal. Veinticuatro horas más tarde, los pilotos del avión chárter que
debía devolver a los turistas a Marrakech, Marruecos, hicieron un vuelo de
reconocimiento hacia el norte, pero no vieron ni rastro de los vehículos.
Pasaron tres días en los que, el comandante Fairweather siguió
sin dar señales de vida y los temores aumentaron. Se dio aviso al gobierno de
Malí, que prestó plena colaboración, enviando patrullas militares de tierra y
aire que recorrieron el desierto por la ruta habitual del safari.
Las patrullas comunicaron que la intensa búsqueda de cuatro
días, no habían dado ni con los viajeros ni con los Land Rover. Entonces
comenzó a cundir el pánico. El piloto de un helicóptero militar que sobrevoló
Asselar informó que allí no había más que un pueblo abandonado y muerto.
Luego, al séptimo día, un equipo francés de prospecciones
petroleras que se dirigía hacia el sur por la carretera transahariana descubrió
al comandante Fairweather. El cielo sobre la pedregosa llanura estaba claro y
despejado. El ardiente sol calcinaba la arena, y el aire recalentado
distorsionaba y hacía bailar las imágenes. Los geólogos franceses se quedaron
atónitos cuando, surgiendo de un espejismo, apareció una figura que corría
hacia ellos agitando los brazos y que, al llegar a corta distancia, se desplomó
de bruces. El estupefacto conductor del camión «Renault» no logró frenar a
tiempo, y tuvo que girar bruscamente el volante para no arrollar al caído. El
vehículo se detuvo en medio de una nube de polvo.
Fairweather estaba más muerto que vivo. Sufría una grave
deshidratación, el sudor, que se había secado sobre su cuerpo, formaba una fina
película de blancos cristales de sal. En cuanto los franceses mojaron sus
labios, Fairweather recuperó la conciencia. Cuatro horas más tarde, y después
de beber casi ocho litros de agua, Fairweather se hallaba lo suficientemente
restablecido para explicar, con la lengua aún estropajosa, su huida de la
matanza de Asselar.
Al único francés del equipo que entendía inglés, el relato de
Fairweather le pareció la historia de un borracho, pero al mismo tiempo notó
que sonaba con urgente convicción. Tras una breve conversación entre ellos, los
rescatadores acomodaron a Fairweather en la trasera del camión y tomaron rumbo
a la ciudad de Gao, junto al rio Níger. Llegaron al anochecer y se encaminaron
directamente al hospital municipal.
Tras asegurarse que dejaban a Fairweather confortablemente
acostado y bajo los cuidados de un médico y una enfermera, los franceses
decidieron que lo único que les quedaba por hacer era informar a las Fuerzas de
Seguridad malienses. Estas les pidieron que redactaran un informe detallado de
lo ocurrido, mientras el coronel al mando de la guarnición de Gao informaba a
sus superiores en Bamako, la capital.
Para su sorpresa e indignación, los franceses fueron detenidos y
encarcelados. A la mañana siguiente, llegó un equipo de investigación
procedente de Bamako que los interrogó por separado acerca de su encuentro con
Fairweather. Sus repetidas demandas de llamar al Consulado francés fueron
desoídas. Cuando los geólogos se negaron a cooperar, el interrogatorio se puso
muy desagradable.
Aquellos franceses no fueron las primeras personas que, tras
entrar en la dirección de seguridad local, no volvieron a dar señales de vida.
Cuando los supervisores de la compañía petrolera en Marsella
dejaron de recibir noticias de su equipo de exploración, empezaron a
preocuparse y requirieron a las Fuerzas de Seguridad para una operación de
búsqueda. Los malienses simularon rastrear de nuevo el desierto de arriba abajo
y finalmente informaron que lo único que habían encontrado era un camión
«Renault» de la compañía abandonado.
Los nombres de los geólogos franceses y de los desaparecidos
turistas de la Backworld Expeditions pasaron a engrosar las listas de los
extranjeros perdidos en el inmenso desierto, y eso fue todo.
El doctor Haroun Madani aguardaba en la escalinata del hospital
de Gao, bajo el amplio pórtico de ladrillo. Dirigió una inquieta mirada a la
calle polvorienta que discurría entre los dilapidados edificios coloniales y
las casas de ladrillo y barro de un solo piso. La brisa del norte cubría con un
fino manto de arena la ciudad, que tiempo atrás había sido capital de tres
grandes imperios y que entonces no era más que una deteriorada reliquia de la
época colonial francesa.
Las llamadas a la oración vespertina resonaron en toda la
ciudad, procedentes de los altos minaretes que se alzaban por encima de la
mezquita. El que convocaba al rezo ya no era el mismo muecín, que en el pasado
ascendía por las angostas escaleras de los minaretes y voceaba desde su balcón.
Ahora el santón musulmán se quedaba en el suelo, y las plegarias a Alá y al
profeta Mahoma llegaban por medio de micrófonos y altavoces.
A corta distancia de la mezquita, una luna creciente se
reflejaba sobre el Níger. Amplio, majestuoso, y de corriente mansa y lenta, el
río no era más que una sombra de lo que fue. Antaño amplio y profundo, décadas
de sequía habían reducido su cauce increíblemente. En el pasado, sus aguas
lamieron la base de la mezquita. Ahora la orilla se encontraba a dos manzanas
del templo.
El pueblo maliense es el resultado de la combinación de
descendientes de franceses y bereberes de piel clara, árabes y moros del
desierto de piel más oscuro, y africanos de raza negra. El doctor Madani era
negro como el carbón; sus rasgos faciales, eran indiscutiblemente negroides,
con separados ojos color ébano y ancha y chata nariz. Se trataba de un hombre
corpulento, de cuarenta años largos, de generoso abdomen y rotunda cabeza de
mentón cuadrado.
Sus antepasados fueron esclavos mandingo llevados al norte por
los marroquíes cuando éstos invadieron el país en 1591. Cuando él era muchacho,
sus padres eran agricultores en las fértiles tierras del sur del Níger. Fue
criado por un comandante de la Legión Extranjera francesa, quien se ocupó de su
educación, hasta que fue enviado a estudiar medicina en París. Las causas y
circunstancias de aquella situación jamás se las explicaron.
El médico se puso tenso al divisar los faros amarillos de un
viejo automóvil, único en su clase, que se aproximaba. El automóvil avanzaba
silenciosamente por la calleja. Su elegante carrocería de color rosamagenta
contrastaba extrañamente con las pequeñas y míseras estructuras de barro. Una
aureola de dignidad y elegancia rodeaba al sedan Avions Voisin modelo 1936. El
diseño del automóvil era el resultado de una extraña combinación de los
conceptos aerodinámicos anteriores a la Segunda Guerra Mundial, el arte cubista
y de la estética del Frank Lloyd Wright. Obra maestra de la ingeniería
automovilística, cuando Malí formaba parte del Africa Occidental francesa había
sido propiedad del gobernador general.
Al igual que casi todos los habitantes de Malí, Madani conocía
el coche y a su propietario, que suscitaban a su paso la inquietud y el temor.
El médico se fijó en que el coche era seguido por una ambulancia militar y
comenzó a temerse lo peor. En cuanto el coche se detuvo se adelantó y abrió la
portezuela trasera. Un militar de alta graduación, flaco y vestido con un
uniforme hecho a medida, se apeó del coche. Las rayas de sus pantalones
hubieran podido cortar mantequilla helada. A diferencia de otros líderes
africanos, que gustaban de ir cargados de condecoraciones, el general Zateb
Kazim sólo llevaba un lazo verde y dorado en el pecho de su guerrera. En la
cabeza lucía una versión reducida del litham, el velo añil de los tuaregs.
Tenía la tez parda y las facciones marcadas de un moro, y sus ojos eran
pequeños puntos de topacio rodeados por blancos océanos. De no ser por la nariz
hubiera podido resultar casi atractivo: en vez de recta y bien formada, era
porruda y colgante, y caía sobre un poco tupido bigote que invadía los lados de
las mejillas.
El general Zateb Kazim parecía un grotesco villano salido de una
vieja película de dibujos animados de la «Warner Brothers». No había mejor
forma de describirlo.
Rebosante de arrogancia, se quitó pomposamente una imaginaria
mota de polvo del uniforme y dirigió una indiferente inclinación al doctor
Madani.
—¿Está el hombre listo para el traslado? —preguntó, con voz
mesurada.
—Mr. Fairweather está plenamente recuperado de su terrible
experiencia —replicó Madani—, y se le ha dado un fuerte sedante, como usted
ordenó.
—¿Ha visto o ha hablado con alguien desde que los franceses lo
trajeron?
—Fairweather ha sido atendido únicamente por una enfermera de
una tribu de Tukulor que sólo habla dialecto fulah y por mí. No ha tenido otros
contactos. Siguiendo sus instrucciones, lo alojé en una habitación privada,
lejos de los pabellones comunes. Debo añadir que toda prueba de su presencia en
el hospital ha sido destruida.
Kazim pareció satisfecho.
—Gracias, doctor. Le agradezco su cooperación.
—¿Me permite preguntarle adónde se lo lleva?
Kazim mostró su sonrisa de calavera.
—A Tebezza.
—iNo es posible! —murmuró sordamente Madani—. No puede llevarlo
a las minas de oro de la colonia penal de Tebezza. Sólo a los traidores
políticos y a los asesinos se les condena a morir allí. Este hombre es un
extranjero. ¿Qué ha hecho para merecer una muerte lenta en las minas?
—Eso bien poco importa.
—¿Qué delito ha cometido?
Kazim miró a Madani como si el doctor fuera un molesto insecto.
—No pregunte —replicó fríamente.
Por la mente de Madani cruzó una terrible sospecha.
—¿Y los franceses que encontraron a Fairweather y lo trajeron?
—Correrán igual suerte.
—En las minas, ninguno durará más de unas pocas semanas.
—Es preferible a ejecutarlos dijo Kazim, con un encogimiento de
hombros—. Que inviertan el resto de sus miserables vidas en algo de provecho.
Unos montoncitos de oro le vendrán bien a nuestra economía.
—Me parece muy sensato por su parte, mi general —dijo Madani,
notando en la boca el sabor a hiel de sus serviles palabras. La sádica
autoridad de Kazim para ser juez, jurado y verdugo era un hecho cotidiano de la
vida maliense.
—Celebro que esté usted de acuerdo, doctor. —Miró fijamente a
Madani, como si éste fuera un prisionero del penal—. En interés de la seguridad
de su patria, le aconsejo que olvide a Mr. Fairweather y borre todo recuerdo de
su visita,
Madani asintió con la cabeza.
—Como usted diga.
—«Que ningún mal aflija a tu familia ni a tus bienes».
El médico podía leer fácilmente los pensamientos de Kazim. Las
palabras del saludo ritual de los nómadas consiguieron el efecto pretendido.
Madani tenía una gran familia. Mientras guardase silencio, todos ellos vivirían
en paz. La otra opción era algo sobre lo que no le apetecía elucubrar.
Minutos más tarde, Fairweather totalmente inconsciente fue
sacado del hospital en camilla y metido en la ambulancia por dos guardias de
Kazim. El general se despidió de Madani con un indiferente saludo, y montó en
su Avions Voisin.
Mientras los dos vehículos se alejaban en la noche, un
escalofrío recorrió las venas del doctor Madani. Por unos momentos, se preguntó
de qué terrible tragedia habría sido involuntario partícipe. Luego rezó por no
llegar a saberlo nunca.
5
Arrellanado en un sofá de cuero en una suite del hotel «Nilo
Hilton», el doctor Frank Hopper escuchaba atentamente. Sentado en un sillón a
juego, al otro lado de una mesita baja, Ismail Yerli daba pensativas caladas a
su pipa, que mostraba como cazoleta, la cabeza tallada de un enturbantado
sultán.
Pese al sonido cosmopolita del intenso tráfico del Cairo, que se
filtraba a través de las cerradas ventanas, Eva no conseguía olvidar su
escaramuza con la muerte en la playa. Pero la voz del doctor Hopper la sacó de
su abstracción, devolviéndola al presente.
—¿Estás segura de que esos hombres intentaban matarte?
—Totalmente —replicó Eva.
—Los describiste como africanos negros —dijo Ismail Yerli. Eva
negó con la cabeza.
—No dije que fueran negros, sólo que su piel era oscura. Los
rasgos faciales eran más firmes y definidos, como de un cruce de árabes e
indios orientales. El que prendió fuego a mi coche llevaba una túnica y una
especie de extraño turbante. Lo único que pude verle fueron los ojos, que eran
muy negros, y la nariz aquilina.
—¿Cómo era el turbante?
—De algodón y daba varias vueltas a la cabeza.
—Y la barbilla? —preguntó Yerli.
Eva asintió.
—Parecía una tela enormemente larga.
—¿De qué color?
—Azul intenso.
—¿Añil?
—Sí —replicó Eva—. Creo que era añil.
Ismail Yerli se quedó pensando unos instantes. Como coordinador
y experto logístico del equipo de la Organización Mundial de la Salud, poseía
una gran eficacia y una no menor astucia política. Su hogar estaba en el puerto
mediterráneo de Antalya, en Turquía. De sangre kurda, había nacido y crecido en
Capadocia, región central de Asia Menor. Tibio musulmán, llevaba años sin
entrar en una mezquita. Era flaco y membrudo y, como muchos turcos, tenía una
gran mata de pelo negro y pobladas cejas que se le unían sobre la nariz y
coronaban un gran bigotazo. Parecía siempre de excelente humor, y su amplia
sempiterna sonrisa ocultaba un carácter sumamente serio.
—Tuaregs —dijo al fin.
Habló tan bajo que Hopper apenas lo oyó.
—¿Cómo? —preguntó.
Yerli miró al canadiense que dirigía el equipo médico. De
carácter tranquilo, Hopper decía poco pero escuchaba mucho. Era, pensó el
turco, lo contrario de él: fornido, chistoso, de rostro encendido y poblada
barba. Lo único que le faltaba para tener aspecto vikingo, a lo Eric el Rojo,
era un hacha de guerra y un casco con cuernos. Hombre lleno de recursos,
preciso y sosegado, la comunidad científica lo consideraba uno de los dos
mejores toxicólogos del mundo.
—Tuaregs —repitió Yerli.
En el pasado habían sido grandes guerreros nómadas del desierto
y ganaron importantes batallas contra el ejército francés y el árabe. Se les
consideraba también los bandidos románticos por antonomasia. Pero las cosas
habían cambiado. En la actualidad, se dedicaban a la cría de cabras y a
mendigar en las ciudades de las estribaciones del Sáhara. A diferencia de los
musulmanes árabes, los hombres llevaban velo, una tela que, desenrollada, medía
más de un metro de largo.
—Pero... ¿por qué iba a desear sacar a Eva de en medio una tribu
de nómadas del desierto? —preguntó Hopper, sin dirigirse a nadie en
particular—. No se me ocurre ningún motivo.
Yerli meneó vagamente la cabeza.
—Pues parece que, al menos uno de sus miembros no la quería
aquí. Y, hemos de tener muy en cuenta esa posibilidad, pues puede que tampoco
quieran al resto de los grupos sanitarios que investigan los casos de
envenenamiento tóxico que se han producido en el desierto suroccidental.
—A estas alturas del proyecto —dijo Hopper—, ni siquiera sabemos
si la contaminación es la culpable. La misteriosa enfermedad podría ser causada
por un virus o una bacteria.
Eva asintió con la cabeza.
—Eso fue lo que sugirió Pitt.
—¿Quién? —preguntó Hopper
—Dirk Pitt, mi salvador. Dijo que alguien no me quería en
Africa. Sospechaba que los demás científicos también podían estar amenazados de
muerte.
Yerli alzó las manos.
—Es increíble: ese hombre cree que nos enfrentamos a la Mafia
siciliana.
—Fue una gran suerte que estuviese allí —dijo Hopper. Yerli
exhaló una profunda bocanada de su pipa y contempló pensativamente el humo
azulado.
—Resulta muy curioso que la única persona que se encontraba en
varios kilómetros a la redonda tuviera el valor de hacer frente a un trío de
asesinos. Es casi un milagro, o... —hizo una larga pausa— o una presencia
premeditada.
En los ojos de Eva brilló el escepticismo.
—Si piensas que fue una trampa, olvídalo, Ismail.
—Quizá todo fuera una comedia para asustarte y hacerte volver a
casa.
—Le vi matar a tres hombres con mis propios ojos. Podéis
creerme: no fue ninguna comedia.
—¿Has vuelto a tener noticias suyas después de que te dejo en el
hotel? —inquirió Hopper.
—Me ha dejado un mensaje en recepción. Invitándome a cenar esta
noche.
—Y sigues creyendo que simplemente, era un buen samaritano que
pasaba por allí —insistió Yerli.
Sin hacerle caso, Eva se dirigió a Hopper:
—Pitt me dijo que se encontraba en Egipto haciendo un estudio
arqueológico del Nilo para la Agencia Nacional Subacuática y Marítima, y no
tengo ningún motivo para dudarlo.
Hopper se volvió hacia Yerli.
—No es difícil confirmarlo.
Yerli asintió con la cabeza.
—Tengo un amigo que trabaja para NUMA como biólogo marino. Lo
llamaré.
—La pregunta sigue siendo: ¿por qué? —murmuró Hopper, en tono
ausente.
Yerli se encogió de hombros.
—Si el intento de asesinato de Eva se debe a una conspiración,
ésta puede tener como meta meternos miedo y obligarnos a cancelar nuestra
misión.
—Sí; pero tenemos cinco equipos de investigación distintos, cada
uno de ellos de seis miembros, que se dirigen al desierto meridional. Se
repartirán por cinco naciones, desde Sudán a Mauritania. No somos una
imposición. Los distintos gobiernos pidieron ayuda a las Naciones Unidas para
encontrar una explicación a la extraña enfermedad que asola sus países. No
somos ni intrusos, ni, mucho menos, enemigos indeseados.
Yerli miró a Hopper.
—Olvidas algo, Frank. Hubo un gobierno que no quiso saber nada
de nosotros.
Hopper asintió torvamente.
—Cierto. Al presidente Tahir de Malí no le hizo ninguna
gracia la idea de nuestra presencia dentro de sus fronteras.
—Eso fue cosa del general Kazim —dijo Yerli—. Tahir es una
marioneta. El auténtico poder del gobierno maliense esta en manos de Zateb
Kazim.
—¿Y qué puede tener en contra de unos inofensivos biólogos que
sólo intentan salvar vidas?
Yerli volvió las palmas de las manos hacia arriba, en ademán de
ignorancia.
—Tal vez nunca lo sepamos.
—Lo que si parece una extraña coincidencia —dijo suavemente
Hopper— es que durante el pasado año no han dejado de producirse
desapariciones, especialmente de europeos, en las grandes extensiones
desérticas del norte de Malí.
—Como ese safari de turistas que sale en todos los titulares
—dijo Eva.
—Todavía se desconoce su paradero y qué ha sido de ellos —añadió
Yerli.
—No creo que exista ninguna relación entre esa tragedia y el
ataque contra Eva —dijo Hopper.
—Pero, si partimos de la base de que, en el asunto de Eva, el
villano es el general Kazim, es lógico suponer que sus espías descubrieron que
ella era miembro del equipo de estudios biológicos destinado a Malí. Ordenó que
la asesinaran para advertirnos a los demás que nos mantuviéramos lejos de sus
dominios.
Eva se echó a reír.
—Con esa imaginación tan fértil, Ismail, podrías ganarte la vida
como guionista en Hollywood.
Yerli frunció el poblado ceño.
—Creo que deberíamos jugar sobre seguro y mantener al equipo de
Malí en el Cairo hasta que este asunto sea plenamente investigado y resuelto.
—Exageras —dijo Hopper a Yerli—. ¿Cuál es tu voto, Eva?
¿Cancelamos la misión, o no?
—Yo estoy dispuesta a correr el riesgo —replicó Eva—. Pero no
puedo hablar por los otros miembros del equipo. Hopper asintió, con la mirada
en el suelo.
—Pues pediremos voluntarios. No pienso cancelar la misión a Malí
habiendo cientos y quizá miles de seres muriéndose de algo que nadie sabe
explicar. Yo mismo dirigiré el equipo.
—¡Eso, no, Frank! —exclamó Eva—. ¿Y si sucede lo peor? Eres
demasiado valioso. No podemos perderte.
Nuestro deber es informar del asunto a la Policía antes de salir
a la buena de Dios insistió Yerli.
—Seamos serios, Ismail dijo Hopper, impaciente. Si vamos a la
Policía local, lo más probable es que nos retengan y la misión se demore, como
mínimo, un mes. No pienso ponerme a merced de la burocracia local.
—Mis contactos pueden abreviar los trámites burocráticos afirmó
Yerli.
No replicó obstinadamente Hopper. Quiero que todos los equipos
tomen sus aviones y salgan hacia sus destinos según lo previsto.
Entonces, mañana por la mañana partimos dijo Eva. Hopper asintió
con la cabeza.
—Sin líos ni demoras. Mañana por la mañana empieza el
espectáculo.
—Puedes estar arriesgando vidas innecesariamente murmuró Yerli.
—No temas: tomaré precauciones.
Yerli miró a Hooper sin comprender.
—¿Precauciones?
—Sí: una conferencia de Prensa. Antes de que partamos, llamaré a
todos los corresponsales extranjeros y a todas las agencias de Prensa de El
Cairo. Les expondré nuestro proyecto, haciendo especial énfasis en que también
visitaremos Malí. Como es natural, mencionaré los posibles riesgos. Luego, con
la publicidad internacional que rodeará nuestra presencia en su país, el
general Kazim se lo pensará dos veces antes de amenazar las vidas de unos
científicos que, pública y notoriamente, llevan a cabo una misión humanitaria.
Yerli lanzó un profundo suspiro.
—Por vuestro bien, espero que así sea.
Eva se acercó al turco y se sentó junto a él.
—Todo irá bien afirmó, tranquilizadora. No nos sucederá nada
malo,
—Supongo que nada que yo diga os hará cambiar de idea, ¿verdad?
—Hay miles de vidas en juego —dijo Hopper, con voz firme. Yerli
los miró tristemente, y luego asintió con la cabeza, en silenciosa aceptación.
—Entonces... que Alá os proteja, pues, en caso contrario, no
viviréis para contarlo.
6
Cuando Eva salió del ascensor, Pitt ya estaba aguardándola en el
vestíbulo del hotel. Vestía traje color canela y camisa azul pálido con una
ancha corbata de un azul más oscuro.
El hombre miraba distraídamente la concurrencia, entre la que
destacaba una egipcia despampanante de cabello color ala de cuervo que lucía un
llamativo vestido dorado, e iba del brazo de un hombre que fácilmente la
triplicaría en edad,
Pitt la miraba con una curiosidad exenta de deseo cuando Eva
apareció tras él y le cogió por el codo.
—¿Le gusta? preguntó sonriente.
Pitt se volvió hacia ella y la miró con los ojos más verdes que
la mujer había visto en su vida. Sus labios se fruncieron en una sonrisa
levemente maliciosa que a Eva le resultó devastadora.
—Es impresionante.
—¿Su tipo?
—No: prefiero las mujeres discretas e inteligentes.
La voz de Pitt sonó grave y melodiosamente en los oídos de Eva.
El hombre desprendía un ligero aroma a colonia masculina clásica, distinta de
las que preparan los perfumeros franceses para los modistos famosos.
—Espero que lo diga como cumplido.
—Así es.
Ella se sonrojó e, involuntariamente, bajó la mirada.
Mi vuelo sale mañana a primera hora, así que tendré que
retirarme temprano.
«Dios, esto es terrible pensó. Me porto como una chiquilla en su
primera cita.»
—Lástima. Iba a proponerle que pasáramos la noche recorriendo
todos los centros de iniquidad y pecado de El Cairo. Lugares exóticos
desconocidos por el turismo.
—¿Lo dice en serio?
Pitt se echó a reír.
—Pues no —dijo. Lo cierto es que me parece preferible que
cenemos en el hotel y permanezcamos lejos de las calles. Sus... «amigos» quizá
se propongan volver a intentarlo.
Ella recorrió con la mirada el atestado vestíbulo.
—El hotel está lleno. No sé si encontraremos mesa.
—Tengo una reservada —dijo Pitt, tomándola de la mano y
conduciéndola al ascensor que subía hasta el lujoso restaurante situado en el
ático del hotel.
Como a la mayor parte de las mujeres, a Eva le gustaban los
hombres que decidían por ella. También le gustó el ligero contacto de la mano
del hombre en la suya mientras subían hasta el restaurante.
El maitre los condujo a una mesa próxima a una ventana desde la
que se veía un espectacular paisaje de El Cairo y el Nilo. Un universo de luces
brillaba entre la neblina de la noche. Los puentes sobre el río estaban
atestados de coches que hacían sonar sus bocinas, y desembocaban en las calles
mezclándose con carros de reparto y carruajes para turistas.
—A no ser que prefiera usted un cóctel —dijo Pitt—, propongo que
tomemos vino.
Ella asintió y le dirigió una amplia sonrisa.
—Por mí, estupendo. ¿Qué tal si elige también la comida?
—Me encantan las mujeres con espíritu aventurero —sonrió él.
Tras estudiar brevemente la carta de vinos, indicó al maitre—: Una botella de
Grenadis Village.
—Excelente, señor —dijo el hombre—. Es uno de nuestros mejores
blancos secos.
Pitt procedió a pedir los entrantes: berenjenas en salsa
aderezada con semillas de sésamo molidas, un preparado de yogur llamado leban
zahatli y una bandeja de verduras en adobo acompañadas por pan de pita.
Una vez les hubieron servido el vino, Pitt alzó su copa.
—Por el éxito y la seguridad de su expedición —brindó—. Ojalá
encuentre las respuestas que busca.
—Por el éxito de su estudio en el río —replicó ella, mientras
sus copas entrechocaban. Luego, con un brillo de curiosidad en los ojos
preguntó—: ¿Qué buscan ustedes exactamente...?
—Viejos barcos hundidos. Uno en particular, una barcaza
funeraria.
—Parece fascinante. ¿De alguien que yo conozca?
—Un faraón del Imperio Antiguo llamado Menkaura, o Micerino, si
prefiere el nombre griego. Reinó durante la IV Dinastía e hizo construir la
menor de las tres pirámides de Gizeh.
—¿No lo enterraron en su pirámide?
—En 1830, un coronel inglés encontró un cuerpo en un sarcófago
del interior de la cámara funeraria, pero el análisis de los restos demostró
que procedían del período griego o romano.
Llegaron los entrantes que ambos miraron con satisfacción.
Mojaron las rodajas de berenjena frita en la salsa de sésamo y comieron con
fruición las verduras en adobo. Luego Pitt encargó al camarero el segundo
plato.
—¿Por qué suponen que Menkaura yace en el río? —preguntó Eva.
—Hace poco, en una cantera próxima a El Cairo, se descubrió una
piedra con inscripciones jeroglíficas que indican que su barca funeraria se
incendió y hundió en el río entre Menfis, la vieja capital, y Gizeh. Según lo
escrito en la piedra, ni el sarcófago, ni la momia, ni una enorme cantidad de
oro que iba con ambos se recuperaron.
Llegó el yogur, denso y cremoso. Eva lo contempló, vacilante.
—Pruébelo —la animó Pitt—. El leban zahadi no sólo la hará
olvidar el gusto del yogur americano, sino que, además le ayudara a digerir.
No muy convencida, Eva probó un poco con la punta de su cuchara.
Impresionada, siguió degustándolo con buen apetito.
—¿Y qué pasa si encuentran la barca? ¿Se quedarán con el oro?
—Nada de eso. En cuanto nuestros instrumentos de detección dan
con un lugar prometedor, marcamos el sitio y entregamos un informe a los
arqueólogos del gobierno egipcio que, apenas obtienen los fondos necesarios,
comienzan a excavar o, en este caso a dragar.
—¿No están los restos en el fondo del río?
Pitt movió negativamente la cabeza.
—Los restos estarán cubiertos por el cieno de cuarenta cinco
siglos.
—¿A qué profundidad cree que se encuentran?
—No se puede saber con precisión. Los registros históricos y
geológicos egipcios indican que el cauce principal de la sección del río que
estamos investigando se ha desplazado unos cien metros desde el año 2400 antes
de Cristo. Si está en tierra firme, cerca de la orilla, podría encontrarse
sepultado entre tres y diez metros de arena y barro.
—Me alegro de haberle hecho caso: el yogur está exquisito.
Apareció el camarero con una bandeja plateada y platos ovales en
los que sirvió unas brochetas de cordero y cangrejo, preparadas al carbón y
acompañadas de un picadillo de carne, arroz, pasas y almendras. Tras consultar
con él, no ya atento, sino incluso paternal camarero, Pitt pidió unas cuantas
salsas picantes para acompañar.
—¿Y cuál es ese extraño mal que va a investigar en el desierto?
preguntó Pitt, mientras les servían los humeantes manjares.
—Los informes que nos llegan de Malí y Nigeria son demasiado
vagos para poder decirlo. Han corrido rumores que mencionan los síntomas
clásicos del envenenamiento tóxico: defectos de nacimiento, convulsiones o
espasmos, coma y muerte. Y también desórdenes sicológicos y comportamientos
aberrantes. El cordero está exquisito.
—Pruebe las salsas.
—¿De qué es ésta verde?
—No lo sé muy bien. Es entre dulce y picante. Moje en ella el
cangrejo.
—Deliciosa dijo Eva. Todo sabe maravillosamente. Menos esa de
color verde espinaca. Tiene un gusto fortísimo.
—Se llama mnoulukevelz. Hay que acostumbrarse a ella. Pero,
volviendo a las intoxicaciones... ¿a qué comportamientos aberrantes se refiere?
—Los enfermos se arrancan los cabellos, se dan de cabezazos
contra las paredes, ponen las manos sobre el fuego. Corren desnudos y a gatas,
como animales, y se comen a sus muertos, como si, de pronto, se hubieran vuelto
caníbales. El arroz está delicioso. ¿Cómo se llama?
—Jalta.
—Me gustaría que el chef me diera la receta.
—Creo que eso se podrá arreglar. ¿La he oído bien? ¿Dice que se
comen a sus muertos?
—En gran medida, las reacciones dependen de la cultura local
replicó Eva, dando cuenta del falta. Por ejemplo: la gente del tercer mundo
está más acostumbrada a ver animales muertos que los europeos o los
norteamericanos. Nosotros, de cuando en cuando, vemos alguno atropellado en la
carretera; pero ellos ven animales desollados colgando en los mercados, o
presencian cómo sus padres sacrifican las cabras u ovejas de la tribu. Desde
pequeños se les enseña a atrapar y matar conejos, ardillas, o pájaros, y luego
a desollarlos para comérselos. Para quienes viven en la pobreza, la visión de
la sangre y las vísceras es algo cotidiano. Si quieren sobrevivir, deben matar,
Ocurre que si, a lo largo de un extenso período de tiempo, se ingieren pequeñas
dosis de toxinas letales que van acumulándose en la sangre, el metabolismo se
deteriora. No sólo el cerebro, el corazón el hígado y los intestinos sino
también el código genético. Se produce la desintegración de la moral y las
pautas de conducta y los individuos dejan de comportarse como seres normales.
De pronto, matar a un pariente y comérselo se convierte para ellos en algo tan
normal como retorcerle el cuello a una gallina y prepararla para la cena. Esta
salsa picante me encanta.
—Es excelente,
—Sobre todo con el jalta. Por otro lado, nosotros, los
civilizados occidentales, compramos en los supermercados carne limpiamente
cortada y envuelta en plástico. No vemos cómo se sacrifica a las reses con
martillos eléctricos, ni cómo degüellan a los cerdos. Nos perdemos lo más
divertido. Así que nos limitamos a expresar verbalmente nuestros miedos,
ansiedades y penas. No faltan quienes, en un ataque de locura, reaccionan
matando a unos cuantos vecinos, pero no se les ocurre comérselos
—¿Qué clase de toxina exótica puede causar esos problemas?
Eva vació su copa y esperó a que el camarero le sirviese más
vino.
—No tiene por qué ser exótica. El simple envenenamiento por
plomo puede producir extrañas conductas, y también hace que los vasos capilares
se rompan y tiñe de rojo el blanco de los ojos
—¿Le queda sitio para un postre? preguntó Pitt.
—Todo está tan bueno, que haré un sitio.
—¿Café o té?
—Café americano.
Pitt hizo una seña al camarero, que se acercó inmediatamente.
Un Ura Ali para la señora, un café americano y uno egipcio.
—¿Qué es un Um Alr? preguntó Eva.
—Pudín caliente de pan con leche, cubierto de piñones. Ayuda a
bajar la comida.
—Suena bien.
Pitt se echó para atrás en su silla y miró a la mujer con
expresión preocupada.
—Ha dicho que su vuelo sale mañana a primera hora. ¿Insiste en
ir a Malí?
—¿Y usted insiste en actuar como mi protector?
—Viajar por el desierto puede resultar letal. El calor no será
su único enemigo. Allí hay alguien decidido a acabar con usted y su grupo de
buenos samaritanos.
—Y mi caballero de reluciente armadura no estará allí para
salvarme —replicó ella, con una nota de sarcasmo—. No conseguirá asustarme. Me
sé cuidar.
Pitt la miró, y Eva advirtió en sus ojos un brillo de
preocupación.
—No sería usted la primera mujer que pronunció las mismas
palabras y acabó en el depósito de cadáveres.
En un salón del mismo hotel, el doctor Frank Hopper estaba
finalizando una rueda de Prensa bastante concurrida. Un pequeño ejército de
corresponsales de periódicos de todo Oriente Medio y los enviados especiales de
cuatro agencias de Prensa internacionales, lo asediaban a preguntas bajo la luz
de los focos de la televisión egipcia.
—¿Hasta qué punto está extendida la contaminación, doctor
Hopper? —preguntó una periodista de la agencia Reuter.
—No lo sabremos hasta que nuestro equipo se encuentre sobre el
terreno y podamos estudiar el brote.
Un hombre que sostenía un magnetófono alzó la mano. —¿Cuál es la
causa del fenómeno? —preguntó.
Hopper meneó la cabeza.
—Hasta ahora la ignoramos por completo.
—¿Es posible que esté causado por la planta solar de
incineración de residuos tóxicos que han montado los franceses en Malí?
Hopper se acercó a un mapa del Sáhara Septentrional que colgaba
de una pared y señaló una desolada zona desértica al norte de Malí con el
puntero.
La planta francesa se encuentra aquí, en Fort Foureau, a más de
doscientos kilómetros de la zona en que se han producido los brotes de
contaminación. Demasiado lejos para que sea la causa directa.
Un periodista alemán del Der Spiegel preguntó: ¿No será que los
vientos han arrastrado la contaminación? Hopper negó con la cabeza.
—Imposible.
—¿Cómo puede estar tan seguro?
—A lo largo de todo el desarrollo del proyecto, los ingenieros
de la Massarde Enterprises de Solaire Energie, que es la propietaria de la
instalación, han consultado con mis colegas de la Organización Mundial de la
Salud. Puedo asegurarle que todos los residuos nocivos se destruyen mediante
energía solar, convirtiéndose en un vapor inofensivo. El control del proceso es
permanente. No existen emisiones tóxicas que el viento pueda llevar a cientos
de kilómetros.
Un reportero de la televisión egipcia adelantó su micrófono.
—¿Cuentan con la colaboración de los gobiernos de los países que van a visitar?
—Casi todos nos han llamado para decirnos que nos recibirán con
los brazos abiertos.
—Antes ha comentado usted que el presidente Tahir de Malí no
veía con buenos ojos la presencia en el país de su equipo de investigadores.
—Cierto; pero confío en que, una vez estemos allí y demostremos
que nuestras intenciones son humanitarias, cambiará de actitud.
—O sea que no considera que está poniendo vidas en peligro al
entrometerse en los asuntos del general Tahir.
En la voz de Hopper se hizo perceptible una nota de irritación.
—El auténtico peligro está en las retorcidas mentes de sus
asesores. Pretenden que, si no la reconocen oficialmente, la enfermedad
desaparecerá.
—¿Considera que su equipo estará seguro viajando por Malí?
—preguntó la corresponsal de Reuter.
Hopper sonrió astutamente. Las preguntas tomaban el camino que
él esperaba.
—En caso de ocurrir una tragedia, cuento con que ustedes, damas
y caballeros de la Prensa, investiguen y hagan que la ira del mundo recaiga
sobre los culpables.
Tras la cena, Pitt acompañó a Eva hasta la puerta de su
habitación. La mujer tuvo dificultad para meter la llave en la cerradura.
Estaba nerviosa, insegura. Se dijo que, sin duda, tenía so bradas excusas para
invitarlo a pasar. Estaba en deuda con él, y además lo deseaba. Pero a Eva, que
cumplía con las reglas de la vieja escuela, le resultaba difícil irse a la cama
con cada hombre que manifestaba algún interés por ella, aun cuando se tratase
de alguien que le había salvado la vida.
Pitt notó el ligero sonrojo de su compañera y la miró a los
ojos, tan azules como el cielo de los mares del sur. Tomándola por los hombros,
la atrajo hacia sí. Eva se puso algo tensa, pero no ofreció resistencia.
—Retrasa tu marcha —le pidió el hombre.
Ella apartó el rostro.
—No puedo.
—Quizá no volvamos a vernos.
—Me debo a mi trabajo.
—¿Y cuando estés libre?
—Volveré a casa, en Pacific Grove, California.
—Bonito lugar. Más de una vez he participado con un coche
antiguo en el «Concours d'Elegance» de Peeble Beach.
—En verano, es un sitio encantador —dijo Eva, con voz
súbitamente trémula.
El sonrió.
—Entonces, nos veremos en la Bahía de Monterrey.
Parecía como si hubiesen hecho amistad en un viaje
transoceánico, un breve interludio que plantaba la semilla de su mutua
atracción. El la besó suavemente, y luego se echó hacia atrás.
—Cuídate. No quiero perderte.
Luego giró sobre sus talones y fue hacia los ascensores.
7
Durante cien siglos, los pobladores y la vegetación de Egipto
han luchado por mantener su precioso asentamiento entre las azules aguas del
Nilo y las amarillentas arenas del Sáhara. Con un curso de 6.500 kilómetros
desde su nacimiento en Africa Central hasta su desembocadura en el
Mediterráneo, el Nilo es el único de los grandes ríos que fluye hacia el norte.
Viejo, omnipresente y siempre vivo, el Nilo es algo tan ajeno al árido desierto
norteafricano como lo sería a la atmósfera húmeda y sofocante de Venus.
La estación cálida había llegado al río, y el calor procedente
del desierto flotaba sobre las aguas como una opresiva manta. El sol del
amanecer asomó con ardorosa furia por el horizonte, levantando un ligero viento
que parecía salido de la boca de un horno.
La serenidad propia del pasado y la tecnología del presente
coincidieron en el río cuando un falucho de vela latina tripulado por cuatro
muchachos se cruzó con una esbelta lancha de investigación provista con el más
moderno equipo electrónico. Indiferente al calor, los jóvenes rieron y
saludaron a la embarcación color turquesa que iba río abajo, en rumbo
contrario.
Pitt alzó la vista de la pantalla de alta resolución del sistema
de prospección del fondo y devolvió el saludo a través de una amplia portilla.
El calor sofocante de fuera no lo molestaba en absoluto. El barco de
investigación poseía un excelente sistema de aire acondicionado, y él estaba
cómodamente sentado frente a la consola de instrumentos electrónicos, bebiendo
un vaso de té helado. Miró unos momentos el falucho, casi envidiando a los
jóvenes que lo tripulaban y, al volver la vista al monitor, observó que el
escáner detectaba algo sumido en fangoso fondo del río. Al principio no era más
que una mancha informe, pero al ser electrónicamente contrastada, la imagen se
fue materializando en la silueta de un viejo barco.
—Otro avistamiento —anunció Pitt—. Márcalo con el número noventa
y cuatro.
Al Giordino tecleó un código en su consola. Instantáneamente, en
la unidad de representación visual apareció la configuración del río y sus
orillas. Otro código, y el sistema láser de localización vía satélite marcó con
toda precisión el lugar exacto en que se encontraba la imagen con respecto a
los diversos puntos del paisaje.
—Número noventa y cuatro situado y anotado —dijo Giordino.
Bajo, moreno y compacto como un bloque de hormigón, Albert
Giordino era un hombre de ojos castaños y poblada cabellera negra. Pitt solía
pensar que a su compañero sólo le faltaban una florida barba y un saco lleno de
juguetes para parecer la versión juvenil de un Papá Noel etrusco.
Era tremendamente rápido, cosa rara en un hombre tan fornido, y
podía luchar como un tigre. Sin embargo, pasaba por un auténtico calvario cada
vez que debía conversar con una mujer. Pitt y él habían sido compañeros de
escuela secundaria, jugaron juntos al fútbol americano en la Academia de
Aviación, y participaron en la fase final de la guerra de Vietnam. En
determinado punto de sus carreras, a solicitud del almirante James Sandecker,
director ejecutivo de la Agencia Nacional Subacuática y Marítima, fueron transferidos
a NUMA. De esto hacía ya nueve años, transitoriamente.
Ninguno de los dos podía recordar cuántas veces había salvado la
vida del otro, o le había evitado las nocivas consecuencias de alguna tropelía.
Sus aventuras sobre y bajo el mar eran legendarias, y les habían reportado una
notoriedad que a ninguno de los dos gustaba.
Pitt se echó hacia delante y enfocó una pantalla isométrica
digital. El ordenador rotó la imagen tridimensional, mostrando con asombroso
detalle el barco hundido. Imagen y dimensiones fueron anotadas y transmitidas a
un ordenador central que las comparó con los datos conocidos de antiguos barcos
del Nilo. En unos segundos, el ordenador analizó el perfil y dio su respuesta.
Al pie de la pantalla aparecieron los datos de construcción del navío.
—Parece que tenemos un barco de carga de la VI Dinastía —leyó
Pitt—. Construido entre el 2000 y el 2200 antes de Cristo.
—¿En qué condiciones está? —preguntó Giordino.
—Bastante buenas —replicó Pitt—. Como al resto de los que hemos
encontrado, el cieno del fondo lo preserva bien. El casco y el timón están
intactos, y distingo el mástil caído sobre cubierta. ¿Cuál es la profundidad?
Giordino estudió su pantalla de datos.
—A dos metros de agua y ocho de limo.
—¿Metales?
—Ninguno que el monitor detecte.
—No es de extrañar, puesto que los egipcios no conocieron el
hierro hasta el siglo xii antes de Cristo. ¿Qué dice el escáner no ferroso?
—Casi nada. Algunos accesorios de bronce. Probablemente, es una
simple carcasa abandonada.
Pitt estudió la silueta del barco hundido en el río hacía
cuarenta siglos.
—Es fascinante: el diseño de sus barcos fue prácticamente el
mismo durante tres mil años.
—Ocurre lo mismo con su arte.
Pitt lo miró.
—¿Arte?
—¿No te has fijado que su estilo artístico permaneció sin
cambios desde la primera hasta la XIII Dinastía? ——pontificó Giordino—. Hasta
las posiciones corporales permanecieron estáticas. Qué demonios: en todo ese
tiempo ni siquiera se les ocurrió cómo pintar el ojo humano desde un costado,
partiéndolo simplemente por la mitad. Los egipcios fueron los grandes maestros
de la tradición.
—¿Dónde te hiciste experto en egiptología?
Giordino, muy en su papel, se encogió de hombros.
—Bueno, uno lee cosas aquí y allá.
Pitt no se dejó engañar. Giordino era un lince para los
detalles. Casi nada se le escapaba, como lo demostraba su comentario sobre el
arte egipcio, algo que se les pasaba por alto al noventa y nueve por ciento de
los turistas y que nunca mencionaban los guías.
Giordino terminó una cerveza e hizo rodar la fría botella sobre
su frente. Señaló con el dedo la pantalla del monitor, en la que la imagen del
barco hundido comenzaba a desvanecerse.
—Es increíble que, en sólo tres kilómetros y pico de río,
hayamos encontrado noventa y tres barcos hundidos, algunos en tres niveles de
profundidad.
—No lo es tanto si consideras la cantidad de miles de años que
lleva el Nilo siendo una vía de navegación —dijo Pitt, en tono doctoral—.
Cualquier nave de la civilización que fuera tenía suerte si duraba veinte años
antes de perderse en una tormenta, un incendio o una colisión. Y, normalmente,
las que sobrevivían terminaban pudriéndose por negligencia. Entre el delta y
Jartum, el Nilo tiene más buques hundidos por kilómetro cuadrado que ningún
otro lugar del mundo. Afortunada—mente para los arqueólogos, fueron cubiertos
por limo, y éste los preservó. Y muy bien pueden pasar otros mil años antes de
que los refloten.
—No hay rastros de carga —dijo Giordino, mirando el monitor por
encima del hombro de Pitt—. Como dices, lo más probable es que, una vez
rebasado su período de utilidad, sus dueños dejaron que se deteriorara hasta
hundirse.
El piloto de la lancha de investigación, Gary Marx, miraba con
un ojo la pantalla del sonar y con el otro el río ante sí. Alto y de
cristalinos ojos azules, el hombre iba vestido únicamente con shorts,
sandalias, y un sombrero de paja. Volviendo a medias la cabeza, dijo:
—Aquí se termina el trayecto río abajo, Dirk.
—Bien —replicó Pitt—. Da media vuelta y sube lo más cerca que
puedas de la orilla.
—Ya vamos prácticamente raspando el fondo —dijo Marx, con lógica
preocupación—. Si nos arrimamos más, tendremos que sacar la lancha con un
tractor.
—No exageres —dijo Pitt—. Simplemente, da la vuelta, acércate a
la orilla y procura que el sensor no se enganche en el fondo.
Marx hizo que el barco describiese un giro en U, y lo llevó a no
más de cinco o seis metros de la orilla. Casi inmediatamente, los sensores
captaron la presencia de otro barco hundido. El ordenador lo identificó como el
navío personal de un aristócrata del Imperio Medio, entre el 2040 y el 1786
antes de Cristo.
El casco era más estilizado que el de los navíos de carga, y una
cabina ocupaba su puente de popa. En torno a cubierta se veían los restos de
una baranda. La parte alta de los postes de apoyo parecía tener grabada la
cabeza de un león. Un gran boquete en la parte de babor sugería que se habría
hundido tras chocar con otra nave.
Descubrieron otros ocho viejos barcos hundidos bajo el limo
antes de que los sensores hicieran el gran hallazgo.
Pitt escrutó la imagen con enorme fijeza, mucho más grande que
en las anteriores ocasiones, que se iban formando en su monitor.
—¡Una barcaza real! —exclamó.
—Marcando posición —dijo Giordino—. ¿Lleva un cartel que pone
faraón?
—Imagen más bella, no la veremos en nuestras vidas. Echa un
vistazo.
El casco era largo, ligeramente achatado por los extremos. El
remate de la popa tenía la forma de una cabeza de halcón, representando al dios
egipcio Horus, pero faltaba la parte anterior de la proa. El sistema de alta
resolución del ordenador reveló que en los costados del casco había más de un
millar de jeroglíficos. Se veía también una cabina real ricamente tallada. Del
casco aún asomaban restos de remos. El timón, sujeto a un costado de la popa,
era enorme, como una monumental pala de canoa. Sin embargo, lo más notable era
la gran forma rectangular que reposaba a mitad de la nave, en una plataforma de
cubierta que también tenía bajorrelieves.
Ambos hombres contuvieron el aliento mientras el ordenador iba
recibiendo los datos con los que luego formó en pantalla el perfil de la nave.
—¡Un sarcófago de piedra! —farfulló Giordino, insólitamente
agitado—. Tenemos un sarcófago... —Fue apresuradamente a su consola y miró los
indicadores—. El escáner no ferroso muestra grandes cantidades de metal en el
área de la cabina y el sarcófago.
—El oro del faraón Menkaura —murmuró Pitt, con aliento
entrecortado.
—¿Qué fecha tenemos?
—El 2600 antes de Cristo. La época y la configuración encajan
—dijo Pitt, sonriendo ampliamente—. Y el análisis del ordenador muestra madera
quemada en la parte de proa, lo cual indica que el barco se incendió.
—O sea: acabamos de descubrir la desaparecida barcaza funeraria
de Menkaura.
—No seré yo quien te lo discuta —replicó Pitt, con expresión de
absoluta euforia.
Marx echó el ancla directamente sobre el lugar en que reposaba
el barco hundido. Luego, durante las seis horas siguientes, Pitt y Giordino
sometieron la barcaza funeral a todo tipo de pruebas y sondas electrónicas,
haciendo exhaustivo acopio de datos sobre su ubicación y estado para pasar
luego el informe a las autoridades egipcias.
—Dios, cómo me gustaría que pudiéramos meter una cámara en la
cabina del sarcófago. —Giordino destapó otra cerveza que, en su agitación, se
olvidó de beber.
—Los ataúdes internos del sarcófago deben de estar intactos
—dijo Pitt—; pero la humedad probablemente habrá deshecho los restos de la
momia. En cuanto a los artefactos... ¿quién sabe? Posiblemente serán
equiparables al tesoro de Tutankamon.
—Menkaura era un pez más gordo que Tut. Debió de llevarse al
otro barrio un tesoro mucho mayor.
—Nunca llegaremos a saberlo —dijo Pitt, desperezándose—.
Estaremos muertos y enterrados antes de que los egipcios encuentren fondos
suficientes para sacar la barcaza del fondo del río y exhibirla en el museo de
El Cairo.
—Tenemos visita —les advirtió Marx—. Se aproxima una patrullera
egipcia río abajo.
—Aquí las noticias vuelan —dijo Giordino incrédulo—. ¿Quién les
habrá dado el soplo?
—Será una patrulla de rutina —dijo Pitt—. Pasarán de largo.
—Vienen derechos hacia nosotros —advirtió Marx.
—Vaya con las patrullas de rutina —rezongó Giordino. Pitt se
puso en pie y sacó una carpeta de un cajón.
—Sólo vienen a fisgar lo que hacemos. Los recibiré en cubierta
con nuestros permisos del departamento de antigüedades.
Cruzó la puerta de la cabina y salió al achicharrante exterior.
El ruido de los motores diesel gemelos del barco que se aproximaba cambió,
debilitándose cuando la gris patrullera estaba a menos de un metro de
distancia.
Pitt se sujetó a la barandilla, pues la estela de la patrullera
había mecido levemente la lancha de investigación. Observó cómo dos hombres que
vestían el uniforme de la marina egipcia se asomaban por la borda y, con unos
largos garfios, detenían su embarcación junto a la de los norteamericanos. Pitt
distinguió al capitán dentro de la cabina del timón, y se sintió ligeramente
sorprendido, pues el hombre se limitó a alzar la mano en amistoso saludo, sin
hacer ningún intento de abordarles. La sorpresa se convirtió en asombro cuando
un membrudo hombrecillo saltó de una cubierta a otra y cayó ágilmente frente a
él.
Pitt lo miró con incredulidad.
—¡Rudi! ¿De dónde demonios sales?
Rudi Gunn, subdirector de la NUMA, sonrió ampliamente y estrechó
la mano de Pitt.
—De Washington. Aterricé en el aeropuerto de El Cairo hace menos
de una hora.
—¿Que te trae al Nilo?
—El almirante Sandecker me envía a sacaros a ti y a Al de
vuestro proyecto. Un avión de la NUMA nos llevará hasta Port Harcourt, donde el
almirante nos espera.
—¿Dónde está Port Harcourt? —quiso saber Pitt.
—Es un puerto del río Níger, en Nigeria.
—¿Y a qué viene tanta prisa? Podriais habérnoslo comunicado vía
satélite. ¿Por qué te has tomado la molestia de venir personalmente a
decírnoslo?
Gunn hizo un gesto de ignorancia.
—No lo sé. El almirante no me hizo partícipe de los motivos del
secreto ni de la urgencia.
Si Rudi Gunn no sabía lo que Sandecker se guardaba en la manga,
nadie lo sabía. Era un hombre enjuto, de hombros y caderas estrechos, de lo más
competente y un verdadero maestro en logística. Gunn se licenció en Annapolis y
fue capitán de fragata en la Marina. Ingresó en la NUMA al mismo tiempo que
Pitt y Giordino. Gunn miraba el mundo por los gruesos cristales de sus gafas de
concha y hablaba a través de su sempiterna e irónica sonrisa. Giordino siempre
pensaba en él como un inspector de Hacienda a punto de desvalijar a un
contribuyente.
—Llegas justo a tiempo —dijo Pitt—. Pero protejámonos del calor.
Pasa, tengo algo que enseñarte.
Giordino estaba de espaldas a la puerta cuando entraron Pitt y
Gunn.
—¿Qué querían ésos? —preguntó, sin volverse.
—Que te cayeras muerto —replicó Gunn, riendo. Giordino se volvió
y al reconocer al hombre se llevó una gran sorpresa.
—¡Vaya por Dios! —Se puso en pie y estrechó la mano que Gunn le
tendía—. ¿Qué te trae por aquí?
—Vengo a tranferiros a otro proyecto.
—Justo a tiempo.
—Exactamente lo que yo dije —sonrió Pitt.
—¿Qué tal, Mr. Gunn? —saludó Gary Marx, entrando en el cuarto de
controles—. Me alegra tenerlo a bordo.
—Hola, Gary.
—¿A mí también se me transfiere?
Gunn negó con la cabeza.
—No: usted se queda aquí. Mañana llegarán Dick White y Stan Shaw
para relevar a Dirk y Al.
—Perderán el tiempo —dijo Marx—. Ya hemos terminado. Gunn miró
inquisitivamente a Pitt durante un momento, y luego la comprensión asomó a sus
ojos.
—¿Habéis encontrado la barcaza funeraria?
—Tuvimos un golpe de suerte —dijo Pitt—. Y sólo al segundo día
de trabajo.
—¿Dónde está?
—Bajo tus pies, por así decirlo. Se encuentra nueve metros por
debajo de nuestra quilla.
Pitt le mostró el modelo isométrico digital que aparecía en la
pantalla del ordenador, y que mostraba en todos sus detalles la embarcación
milenaria.
—Es increíble —murrnuró Gunn, pasmado.
—También hemos descubierto y marcado más de un centenar de
barcos hundidos que datan de un período entre el 2800 y el 1000 antes de Cristo
—anunció Giordino.
—Felicidades para los tres —dijo Gunn cordial—. Lo que habéis
conseguido es fantástico. Pasará a los libros de historia. El gobierno egipcio
os cubrirá de medallas.
—¿Y de qué nos cubrirá el almirante? —preguntó lacónicamente
Giordino.
Gunn apartó la vista del monitor y los miró, con expresión
súbitamente seria.
—Sospecho que os va a encargar un trabajito bastante
nauseabundo.
—¿No dio ninguna pista? —insistió Pitt.
—Nada que tuviera sentido. —Gunn miró al techo, intentando
recordar—. Cuando le pregunté el porqué de las prisas, citó un verso cuyas
palabras exactas no recuerdo. Algo referente a la sombra de un barco y unas
aguas encantadas que se volvían rojas.
Pitt recitó:
Pero allá donde la sombra del barco reposaba, las encantadas
aguas bullían, tiñéndose de un espantoso color rojo.
—Es un fragmento de «La balada del viejo marinero», de Samuel
Taylor Coleridge —explicó al terminar.
Gunn miró a Pitt con renovado respeto.
—Ignoraba que fueras un experto en poesía.
Pitt se echó a reír.
—Conozco algunos versos, eso es todo.
—Me pregunto qué planes tendrá Sandecker en su retorcidamente
—dijo Giordino—. No es propio del viejo buitre andarse con secretos.
—No —dijo Pitt, con inquietud—. En absoluto.
8
Durante dos horas y media, el helicóptero de la Massarde Enterprises
que había despegado de la capital de Malí, Bamako, voló en dirección norte y
este sobre la vasta desolación del desierto. Al cabo de ese tiempo, el piloto
distinguió en la distancia el brillo del sol sobre unos raíles ferroviarios,
redujo altura y comenzó a seguir la vía que, aparentemente, no conducía a
ninguna parte.
El ferrocarril, cuyo tendido se había completado hacía sólo un
mes, terminaba en la inmensa planta solar de incineración de residuos tóxicos
situada en el centro del desierto maliense. La instalación se llamaba Fort
Foureau en memoria de un viejo fuerte abandonado de la Legión Extranjera
francesa sito en la zona. Desde la planta, el ferrocarril recorría 1600
kilómetros en línea casi recta, cruzando la frontera de Mauritania hasta
terminar en el puerto artificial de Cape Tafarit, en el océano Atlántico.
El general Kazim miró por la ventanilla desde el lujoso interior
del helicóptero y pudo ver un tren cargado de vacíos contenedores de materias
tóxicas arrastrado por dos locomotoras. El tren, tras vaciar su letal
cargamento en la planta, volvía a Mauritania.
El hombre sonrió taimadamente, apartó la vista del tren e hizo
una seña al auxiliar de vuelo, que volvió a llenar su copa de champán y le
ofreció una bandeja de canapés.
Kazirn se dijo que los franceses parecían tener siempre a mano
champagne, trufas y paté. El los consideraba una raza estrecha de miras, que
había intentado con muy poca convicción levantar un imperio y mantenerlo.
Menudo suspiro de alivio debieron de lanzar la mayoría de los franceses cuando
se vieron obligados a abandonar sus destacamentos en Africa y Extremo Oriente.
En el fondo, le enfurecía que los franceses no hubieran desaparecido de Malí
por completo. Pese a que el país africano dejó de ser colonia en 1960, los
franceses habían mantenido su influencia y un estrecho control sobre la
minería, el transporte y el desarrollo industrial y energético de Malí. Muchos
financieros franceses hicieron fuertes inversiones en proyectos malienses; pero
quien más hundida tenía la pala de sacar dinero en las arenas del Sáhara era
Yves Massarde.
El que tiempos atrás fuera el mago de la agencia económica
ultramarina francesa, había aprovechado su puesto para hacerse una fortuna
personal, utilizando sus contactos e influencias para comprar y sanear empresas
deficitarias de Africa Occidental. Negociador astuto y duro, se rumoreaba que
no dudaba en jugar sucio para conseguir sus fines. La fortuna de Massarde se
calculaba entre dos y tres mil millones de dólares, y la planta solar de
eliminación de residuos tóxicos en el Sáhara era la pieza central de su
imperio.
Cuando el helicóptero llegó sobre la extensa planta, el piloto
sobrevoló el perímetro para que Kazim pudiera ver bien todo el complejo, con su
enorme campo de espejos parabólicos que recogían la energía solar y la enviaban
a un punto de concentración en el que se producían temperaturas de hasta cinco
mil grados centígrados. Esta energía fotónica era luego dirigida a reactores
fotoquímicos que destruían las moléculas de los elementos químicos peligrosos.
Al general, que ya había visto aquello varias veces, le
interesaban más los canapés de paté frutado. Acababa de beber su sexta copa de
champán Veuve Clicquot Etiqueta Oro cuando el aparato se posó suavemente en el
pequeño helipuerto frente al edificio principal de la planta.
Kazim bajó a tierra y saludó a Felix Verenne, el secretario
personal de Massarde, que le aguardaba al sol. A Kazim le encantó ver al
francés achicharrado.
—Ha sido usted muy amable saliendo a recibirme —dijo en francés;
los dientes relucían bajo su bigote.
—¿Ha tenido buen viaje? —preguntó Verenne, atentamente.
—El paté era peor que de costumbre.
Verenne, un cuarentón enjuto y calvo, ocultó con una sonrisa el
disgusto que Kazim le producía.
—Me ocuparé de que, en el vuelo de regreso, todo esté a su
gusto.
—¿Cómo está Monsieur Massarde?
—Aguardándolo en la sala de juntas.
Verenne abrió el camino hacia el negro edificio solar de tres
pisos. Una vez en él, cruzaron un vestíbulo de mármol totalmente desierto salvo
por un guardia de seguridad, y montaron en el ascensor, que los condujo hasta
un recibidor de paredes forradas de teca que comunicaba con la sala de juntas
del despacho de Massarde. Verenne condujo a Kazim a un pequeño estudio
lujosamente decorado y señaló un sofá Roche Bobois de cuero.
—Tome asiento, se lo ruego. Monsieur Massarde estará con usted
en...
—Ya estoy aquí, Felix —dijo una voz desde una puerta del otro
extremo de la sala. Massarde fue hasta Kazim y lo abrazó—. Amigo Zateb: ha sido
amabilísimo viniendo.
Yves Massarde tenía ojos azules, cejas negras y cabello rojizo.
Su nariz era fina y su mentón cuadrado; el cuerpo era flaco, de caderas
escurridas, pero tenía un estómago protuberante. En él, nada parecía a juego.
Pero no era su aspecto físico lo que permanecía grabado en la memoria de
quienes lo conocían, sino la energía que, como electricidad estática, emanaba
de él.
El financiero dirigió una significativa mirada a Verenne, que
asintió con una leve inclinación y salió del cuarto, cerrando la puerta detrás
de sí.
—Querido Zateb: mis agentes en El Cairo me informan de que su
gente fracasó en el intento de asustar a los de la Organización Mundial de la
Salud e impedir que vinieran a Malí.
—Un hecho muy lamentable cuyos motivos no están claros —replicó
Kazim, con un indiferente encogimiento de hombros.
Massarde dirigió al general una dura mirada.
—Según mis informadores, sus asesinos desaparecieron tras un
fallido intento de matar a la doctora Eva Rojas.
—Justo castigo a su impericia e ineficacia.
—¿Los ejecutó usted?
—No tolero fallos —mintió Kazim. El hecho de que sus hombres no
hubieran logrado asesinar a Eva, y su extraña desaparición posterior, lo habían
frustrado considerablemente. Como represalia, había ordenado la muerte del
oficial que planeó el asesinato, acusándolo a él y a los otros de haber
traicionado sus órdenes.
Massarde no habría llegado tan alto si no fuese un astuto juez
de las personas. Por lo que conocía a Kazim, sospechaba que el hombre pretendía
correr un tupido velo sobre el asunto.
—Si tenemos enemigos exteriores, sería un grave error
subestimarlos.
—No es nada importante —dijo Kazim, dando el tema por zanjado—.
Nuestro secreto está seguro.
—¿Y dice eso cuando un equipo de expertos en contaminación de la
ONU aterriza en estos momentos en Gao? No se tome esto a la ligera, Zateb. Si
rastrean hasta aquí la fuente de...
—No encontrarán más que sol y arena —lo interrumpió Kazim—.
Usted sabe mejor que yo que, sea cual sea el motivo de la extraña enfermedad
que asola la zona próxima al Níger, de aquí no procede. No veo la forma como
esta planta puede ser responsable de una contaminación que se produce a cientos
de kilómetros de aquí.
—Cierto —dijo pensativamente Massarde—. Nuestros sistemas de
control demuestran que la incineración de residuos que efectuamos por cubrir
las apariencias, cumple las más estrictas normas internacionales de seguridad.
—Entonces, ¿de qué preocuparnos? —Kazim se encogió de hombros.
—De nada, mientras todo se mantenga bajo control.
—Deje que yo me ocupe del equipo de la ONU.
—No haga nada contra sus miembros —se apresuró a advertir
Massarde.
—El desierto sabe dar cuenta de los intrusos.
—Mátelos y tanto Malí como la Massarde Enterprises correrán el
gravísimo riesgo de que todo se descubra. El jefe de la expedición, el doctor
Hopper, convocó en El Cairo una rueda de Prensa en la que llamó la atención
sobre la falta de espíritu colaborador que muestra su gobierno. Dejó constancia
de su temor a que el equipo encontrara peligros en Malí. Como se le ocurra
dispersar sus huesos por el desierto, amigo mío, pronto nos encontraremos con
un enjambre de periodistas e investigadores de la ONU husmeando en el proyecto.
—No se mostró usted tan escrupuloso respecto a la eliminación de
la doctora Rojas.
—Es cierto, pero iba a ocurrir en nuestro patio trasero y era
imposible que se sospechara de nuestra participación en él.
—Ni tampoco se sintió molesto cuando la mitad de sus ingenieros,
acompañados por sus esposas, se fueron de excursión a las dunas y se perdieron
sin dejar rastro.
—Su desaparición era imprescindible para proteger la segunda
fase de nuestra operación.
—Afortunadamente para usted, yo me encargué de solucionar el
asunto sin provocar titulares en la Prensa parisiense ni la intervención de
agentes gubernamentales franceses.
—Lo hizo usted bien —suspiró Massarde—. Yo no podría prescindir
de sus valiosas habilidades. —Como todos sus compatriotas del desierto, Kazim
no podía vivir sin escuchar permanentes elogios a su genialidad. Massarde
detestaba al general, pero la operación clandestina no podía prescindir de él.
Se trataba de un pacto maligno en el que Massarde se llevaba la parte del león.
Necesitaba a aquel «excremento de camello», como llamaba a Kazim a sus
espaldas. A fin de cuentas el pago de cincuenta mil dólares americanos al mes
era una minucia comparado con los dos millones de dólares que Massarde ganaba
diariamente con la planta de incineración de residuos tóxicos.
Kazim se acercó al bien surtido bar y se sirvió un coñac.
—Entonces, ¿qué sugiere que hagamos con el doctor Hopper y su
equipo?
—El experto en tales asuntos es usted —dijo untuosamente
Massarde—Lo dejo de su cuenta.
Kazim enarcó las cejas, indiferente.
—Elemental, amigo mío. Me limitaré a eliminar el problema que
han venido a resolver.
Massarde pareció curioso.
—¿Cómo va a conseguirlo?
—Ya he empezado —replicó Kazim—. He enviado a mi brigada
personal para que busque, elimine y entierre a todas las víctimas de la
contaminación.
—¿Será capaz de matar a su propia gente? —preguntó irónicamente
Massarde.
—Al acabar con una plaga que azota mi patria no hago más que
cumplir con mi deber patriótico —replicó Kazim, con absoluta indiferencia.
—Utiliza usted métodos un tanto extremos. —Una expresión de
preocupación apareció en el rostro del francés—. Se lo advierto, Zateb: no
provoque escándalos. Si el mundo llega a descubrir lo que aquí se hace en
realidad, un tribunal internacional nos ahorcará a los dos.
—No, si no existen pruebas ni testigos.
—¿Y qué hay de esos enloquecidos monstruos que asesinaron a los
turistas en Asselar? ¿También los ha hecho desaparecer?
Kazim le dirigió una dura sonrisa.
—No, se mataron y se devoraron los unos a los otros. Pero hay
otras aldeas en las que se da el mismo mal. En caso de que el doctor Hopper y
su equipo resulten demasiado molestos, quizá sea posible arreglar que sean
testigos presenciales de una matanza parecida.
Massarde no necesitaba más explicaciones. Había leído el informe
secreto de Kazim sobre la matanza de Asselar. No le costaba mucho imaginar a
unos enloquecidos nómadas tragándose literalmente a los investigadores de la
Naciones Unidas, al igual que ha habían hecho con los turistas del safari.
—Un método muy eficaz para eliminar las amenazas —dijo a Kazim—.
Además, se ahorran los gastos de entierro.
—En efecto.
—Pero ¿y si alguno sobrevive e intenta regresar a El Cairo?
Kazim se encogió de hombros al tiempo que sus finos y pálidos labios se
curvaban en una maligna sonrisa.
—Mueran como mueran, sus huesos jamás saldrán del desierto.
9
Diez mil años atrás, por los secos cauces de la república de
Malí corrían torrentes de agua, y las áridas llanuras estaban cubiertas de
bosques que albergaban cientos de especies vegetales. Las fértiles llanuras y
montañas fueron asentamientos humanos mucho antes de que el hombre saliera de
la edad de piedra y se convirtiese a la vida de pastoreo. Durante los siete mil
años siguientes grandes tribus se dedicaron a la caza de antílopes, elefantes y
búfalos al tiempo que trasladaban de una zona de pastos a otra a sus reses de
gran cornamenta.
Con el tiempo, el excesivo pastoreo, unido a las menguantes
lluvias, produjeron la paulatina desecación del Sáhara, convirtiéndolo en el
desnudo desierto actual, que sigue extendiéndose y devorando las más fértiles
zonas tropicales del continente africano. Gradualmente, las grandes tribus
fueron abandonando la región, dejando atrás una zona desolada y casi totalmente
desprovista de agua, en la que sólo han permanecido unas cuantas bandas
nómadas.
Tras descubrir la increíble capacidad de resistencia del
camello, los romanos conquistaron por primera vez los páramos desérticos,
utilizando estos animales para transportar esclavos, oro, marfil, y miles de
animales salvajes que terminarían en las ensangrentadas arenas de los circos
romanos. Durante ocho siglos, sus caravanas cubrieron el vacío existente entre
el Mediterráneo y las orillas del Níger. Y cuando la gloria de Roma se eclipsó,
fue el camello el que abrió la frontera sahariana a los invasores bereberes de
pálida piel, a quienes siguieron árabes y moros.
Malí constituye el final de una larga serie de poderosos
imperios, ya desaparecidos, que dominaron el Africa negra. A principios de la
Edad Media, el reino de Ghana extendió grandes rutas de caravanas entre el río
Níger, Argelia, y Marruecos. En 1240, Ghana fue destruida por los mandingo del
sur, que formaron un imperio aún mayor llamado Malinké, origen del actual
nombre de la nación. De nuevo se produjo una época de gran prosperidad, y las
ciudades de Gao y Tombuctú llegaron a ser enormemente respetadas como centros
de la cultura islámica.
En torno a las fabulosas riquezas que llevaban las caravanas del
oro, surgieron múltiples leyendas, y la fama del imperio se extendió por todo
Oriente Medio. Pero doscientos años más tarde, el imperio ya había entrado en
decadencia, y fue invadido por los tuareg y los fulani, provenientes del norte.
Los songhai, que penetraron por el este, se hicieron gradualmente con el
control que conservaron hasta que los sultanes de Marruecos enviaron sus
ejércitos hasta el Níger y, en 1591, devastaron el imperio. Para cuando, a
comienzos del siglo xix, los franceses emprendieron su gran marcha colonial
hacia el sur, los antiguos imperios malienses estaban poco menos que olvidados.
A fines de siglo, los franceses convirtieron los territorios de
Africa Occidental en lo que fue conocido como el Sudán francés. En 1960, Malí
declaró su independencia, redactó una constitución y formó gobierno. El primer
presidente de la nación fue derrocado por un grupo de militares conducidos por
el teniente Moussa Traore. En 1992, tras varios intentos golpistas que no
tuvieron éxito, el presidente (ahora general) Traore fue depuesto por el
entonces comandante Zateb Kazim.
Kazim no tardó en darse cuenta de que, como dictador militar, le
resultaría imposible obtener ayuda exterior, así que simuló retirarse al tiempo
que instalaba al actual presidente Tahir como hombre de paja. Astuto
manipulador, Kazim llenó de amigos el parlamento y mantuvo las distancias
respecto a la Unión Soviética y Estados Unidos, conservando una estrecha
relación con Francia.
Pronto se convirtió en el supervisor de todas las actividades
comerciales, tanto nacionales como extranjeras, que tenían lugar en el país,
engrosando así sus cuentas bancarias personales en todo el mundo. Emprendió el
desarrollo industrial y, pese a instalar estrictos controles aduaneros, obtuvo
jugosos beneficios marginales por medio del contrabando. Los sobornos que
algunos industriales franceses, como Yves Massarde le pagaban por su
colaboración, lo convirtieron pronto en multimillonario. A la luz de la absoluta
corrupción de Kazim y de la codicia de sus subalternos, no es de extrañar que
Malí llegara a ser uno de los países más pobres del mundo.
El Boeing 737 de la ONU viró tan cerca de tierra, que Eva pensó
que el borde del ala rozaría los tejados de las casas de adobe y madera. Luego
el piloto enderezó el aparato y se dispuso a aterrizar en el primitivo
aeropuerto de la legendaria ciudad de Tombuctú, donde tomó tierra sin
problemas. Mirando a través de su ventanilla, a Eva le resultaba difícil creer
que la mísera ciudad hubiera sido tiempo atrás el centro de las caravanas de
los imperios ghanés, malinke y songhai, llegando a tener más de cien mil
habitantes. Fundada por nómadas tuareg como campamento provisional en el 1100,
se convirtió en uno de los mayores centros mercantiles de Africa Occidental.
A Eva le parecía imposible percibir tan glorioso pasado.
Del antiguo esplendor sólo quedaban tres vetustas mezquitas, y
la ciudad aparentaba estar muerta y abandonada. Sus angostas y sinuosas
callejas parecían no conducir a sitio alguno.
Hopper no perdió el tiempo. Antes de que el zumbido de los
reactores se extinguiese, él ya había saltado a tierra. Un oficial, con el
breve tocado color añil de la guardia personal de Kazim, se adelantó a
recibirlo, y saludó al investigador de la ONU en inglés, aunque con marcado
acento francés.
—El doctor Hopper, supongo.
—Y usted debe de ser Mr. Stanley —replicó Hopper, con su
cortante humor habitual.
No hubo sonrisa de respuesta. El oficial maliense dirigió a
Hopper una mirada nada amistosa y llena de evidente recelo.
Soy el capitán Mohammed Batutta. Tenga la bondad de acompañarme
a la terminal del aeropuerto.
Hopper miró hacia la terminal, que era poco más que una cabaña
metálica con ventanas.
—Muy bien, si no hay un sitio mejor —replicó secamente, sin la
menor deferencia en la voz.
Fueron directamente a la terminal y entraron en una pequeña
oficina en la que hacía un calor de horno y que sólo estaba amueblada por un
maltrecho escritorio y dos sillas de madera. Tras el escritorio se sentaba un
oficial de mayor graduación que Batutta y que no parecía nada satisfecho. El
militar estudió a Hopper por un momento con apenas disimulado desdén.
—Soy el coronel Nouhoum Mansa. ¿Me permite su pasaporte?
Hopper, que iba preparado, le tendió los seis pasaportes que
había recogido de entre los miembros de su equipo. Mansa los hojeó
desinteresadamente, fijándose sólo en las nacionalidades. Al fin preguntó:
—¿Cuál es el motivo de su visita a Malí?
A Hopper, que había viajado por todo el mundo, no le hacían
gracia los formalismos ridículos.
—Creo que usted ya conoce el motivo de nuestra visita.
—Responda a la pregunta.
—Somos miembros de la Organización Mundial de la Salud, entidad
dependiente de la ONU, y venimos con la misión de estudiar una epidemia tóxica
que, según nuestros informes, se ha declarado en su país.
—En mi país no existe tal epidemia —replicó el coronel, con voz
firme.
—Entonces, no creo que le importe que hagamos análisis del aire
y del agua en unas cuantas poblaciones ribereñas del Níger escogidas al azar.
En nuestro país no nos gusta que vengan extranjeros buscando
fallos y defectos.
Hopper no se arredraba ante estúpidos desplantes de autoridad.
—Hemos venido a salvar vidas. Creí que el general Kazim lo
comprendía.
Mansa se desconcertó. El hecho de que Hopper mencionase a Kazim
en vez de al presidente Tahir lo cogió desprevenido.
—¿Acaso el general Kazim ha autorizado su visita?
—¿Por qué no le telefonea y se lo pregunta?
Era un farol; pero Hopper no tenía nada que perder.
El coronel Mansa se puso en pie y fue a la puerta.
—Espere aquí —ordenó bruscamente.
Hopper pidió:
—Le ruego diga al general que sus países vecinos han invitado a
los científicos de las Naciones Unidas para que los ayuden a localizar la
fuente de la contaminación, y que si él se niega a permitir nuestra entrada en
Malí, será blanco del desdén de las naciones civilizadas del mundo, ante las
que perderá todo prestigio.
Sin responder, Mansa abandonó la sofocante oficina.
Mientras aguardaba, Hopper dirigió al capitán Batutta la más
intimidatoria de sus miradas. Batutta la mantuvo durante unos momentos, pero al
fin la desvió y comenzó a pasear por la estancia.
A los cinco minutos, Mansa regresó se sentó a su escritorio. Sin
decir palabra, selló todos los pasaportes y luego los devolvió a Hopper.
—Tienen permiso para entrar en Malí y llevar a cabo su
investigación. Pero tenga la bondad de recordar, doctor, que usted y su gente
son meros huéspedes. Nada más. Si hacen comentarios hostiles, o toman parte en
alguna acción que vaya en perjuicio de la seguridad nacional, serán expulsados.
—Es usted muy gentil, coronel. Transmita mi agradecimiento al
general Kazim por su amable permiso.
—El capitán Batutta y diez de sus hombres los acompañarán para
darles protección.
—Me honra disponer de una guardia personal.
—Deberá informarme directamente de cuanto descubra. A este
respecto, espero su plena cooperación.
—¿Cómo voy a informarle cuando me encuentre en el interior del
país?
—La unidad del capitán llevará el equipo de comunicaciones
necesario.
—Supongo que nos llevaremos bien ——dijo altivamente Hopper a
Batutta y luego se volvió de nuevo hacia Mansa—. Mi gente y yo necesitaremos un
vehículo para el personal, preferiblemente con tracción en las cuatro ruedas y
dos camiones para transportar nuestro equipo de laboratorio.
El rostro del coronel Mansa enrojeció.
—Haré que les faciliten vehículos militares.
Hopper se daba perfecta cuenta de que para el coronel era
importante salvar la cara y decir la última palabra.
—Gracias, coronel Mansa. Es usted un hombre generoso y
honorable. El general Kazim debe de sentirse muy orgulloso por tener a sus
órdenes un auténtico guerrero del desierto.
Mansa se retrepó en su silla, con un brillo de triunfo y
satisfacción en los ojos.
—Sí: el general ha expresado con frecuencia su gratitud por mis
servicios y lealtad.
Concluida la entrevista, Hopper volvió al avión para dirigir la
descarga. Mansa lo observó desde la ventana de su oficina, con una leve sonrisa
en los labios.
—¿Debo restringir sus investigaciones a las áreas no
clasificadas? —preguntó Batutta.
Sin volverse, Mansa negó lentamente con la cabeza. —No: que vaya
adonde quieran.
—¿Y si el doctor Hopper encuentra indicios de enfermedad tóxica?
—Da lo mismo. Mientras yo controle sus comunicaciones con el
exterior, sus informes serán alterados para demostrar que nuestro país está
libre de enfermedades y de residuos peligrosos.
—Pero cuando regresen a la central de su organización...
—Harán públicos sus descubrimientos, desde luego —dijo Mansa. Se
volvió y, con tono súbitamente amenazador, concluyó—. Pero tal cosa no ocurrirá
si, durante el vuelo de regreso, su avión sufre un trágico accidente.
10
Pitt dormitó intermitentemente durante el vuelo de Egipto a
Nigeria. Despertó cuando Rudi Gunn llegó por el pasillo del reactor de la NUMA
sujetando firmemente con ambas manos tres tazas de café. Cogiendo una de ellas,
Pitt miró a Gunn con resignación fatigada. Su entusiasmo era escaso, pues
intuía que las posibilidades de pasarlo bien eran nulas.
—¿En qué lugar de Port Harcourt nos reuniremos con el almirante?
—preguntó, sin que el detalle le importara realmente.
—No será exactamente en Port Harcourt —replicó Gunn.
—Pues entonces, ¿dónde?
—Nos espera a bordo de uno de nuestros barcos de investigación,
a doscientos kilómetros de la costa.
Pitt miró a Gunn como un sabueso a un zorro acorralado.
—Me ocultas algo, Rudi.
—¿Y Al, no querrá café?
Pitt miró a Giordino, que roncaba pacíficamente.
—Déjalo. No lo despertarías ni con un petardo en la oreja. Gunn
tomó asiento al otro lado del pasillo, frente a Pitt.
—No puedo decirte cuáles son las intenciones del almirante
Sandecker, porque lo cierto es que no las conozco. Sin embargo, sospecho que
tiene algo que ver con un estudio que los biólogos marinos de la NUMA están
efectuando en los arrecifes de coral de todo el mundo.
—Conozco el estudio —dijo Pitt —, pero sus resultados llegaron
después de que Giordino y yo saliéramos hacia Egipto.
Pitt tenía la tranquilidad de que Gunn terminaría franqueándose
con él. Ambos hombres mantenían una fluida relación, pese a las evidentes
diferencias en sus formas de ser. Gunn era un intelectual, doctorado en
química, economía y oceanografía. Se sentiría como en casa viviendo en una
biblioteca anegada de libros, recopilando informes y planificando proyectos de
investigación.
Pitt, por su parte, disfrutaba trabajando con las manos
especialmente en los automóviles antiguos de su colección de Washington. La
aventura era su droga. Se sentía en el paraíso pilotando viejos aeroplanos o
navegando en históricas naves destartaladas. Pitt tenía un master en ingeniería
y le producía un enorme placer ocuparse de trabajos que a otros les resultaban
imposibles. A diferencia de Gunn, era difícil encontrarlo sentado a su
escritorio del edificio central de la NUMA, pues prefería las emociones de la
exploración submarina en mares desconocidos.
—En resumidas cuentas: lo que ocurre es que los arrecifes se
encuentran en peligro y están muriendo a un ritmo sin precedentes —explicó
Gunn—. En estos momentos, es uno de los asuntos que más preocupan a los
científicos marinos.
—¿En qué mares se manifiesta este fenómeno?
Gunn contempló su taza de café.
—En todos. En el Caribe, desde los cayos de Florida hasta
Trinidad, en el Pacífico, desde Hawai a Indonesia; en el mar Rojo; en las
costas de Africa...
—¿Y en todas partes sucede al mismo ritmo? —preguntó Pitt. Gunn
negó con la cabeza.
—No: varía de lugar en lugar. Parece que donde es más grave es
frente a la costa de Africa Occidental.
—Bueno, es sabido que los arrecifes de coral pasan por ciclos en
los que dejan de reproducirse y mueren; pero luego vuelven a la normalidad.
—En efecto —asintió Gunn—. Cuando las condiciones vuelvan a la
normalidad, los arrecifes se recuperarán. Pero nunca se ha visto un deterioro
tan extendido y a un ritmo tan alarmante.
—¿Alguna idea de la causa?
—Dos factores. Uno, el culpable habitual, el calentamiento de
las aguas. Las periódicas elevaciones en la temperatura del agua, generalmente
producidas por cambios en las corrientes, hacen que los pequeños pólipos de
coral expulsen, o vomiten, por así decirlo, las algas de las que se alimentan.
—Los pólipos son esos pequeños bichos con forma de tubo, los
restos de cuyos esqueletos forman los arrecifes, ¿no?
—En efecto.
—Más o menos, eso es todo lo que sé del tema —admitió Pitt—. La
lucha por la vida de los pólipos de coral no suele salir en los titulares de
los periódicos.
—Lo cual es una lástima, teniendo en cuenta que los cambios en
el coral son un indicador muy preciso de lo que va a ocurrir con el mar y el
clima.
—Muy bien: los pólipos escupen las algas. ¿Y qué? Gunn
prosiguió:
—Como las algas son el alimento que nutre a los pólipos y les da
sus vivos colores, su pérdida mata al coral de hambre, dejándolo blanco y sin
vida. Es un fenómeno que se llama decoloración.
—Que rara vez ocurre en aguas frías.
Gunn miró a Pitt.
—¿Para qué te digo nada, si tú ya lo sabes todo?
—Espero que llegues a la parte interesante.
—Deja que me beba el café antes de que se enfríe.
Se produjo un silencio. En realidad, a Gunn no le apetecía el
café, pero le estuvo dando sorbos hasta que Pitt se impacientó.
—Muy bien —dijo Pitt—. Los arrecifes de coral están muriéndose
en todo el mundo. ¿Cuál es el segundo factor que contribuye a su extinción?
Gunn removió perezosamente su café con una cucharilla de
plástico.
—Una nueva amenaza, sumamente crítica, es la súbita
proliferación de espesas algas verdosas que envuelven a los corales como una
plaga fuera de control.
—Un momento. Dices que los corales se mueren de hambre porque
escupen las algas pese a estar rodeados de ellas.
—Las aguas cálidas dan tanto como quitan. Fomentan la
destrucción de los arrecifes y, al mismo tiempo, ayudan al crecimiento de algas
que evitan que los alimentos y el sol lleguen al coral. Es como si lo
asfixiaran.
Pitt se pasó la mano por el negro cabello.
—Es de esperar que la situación se corrija cuando las aguas se
enfríen.
—No ha sucedido —dijo Gunn—. No en el Hemisferio Sur. Y en la
próxima década no se espera un descenso en la temperatura del agua.
—¿Crees que se trata de un fenómeno natural o de una
consecuencia del efecto invernadero?
—Esa es una posibilidad, al igual que los habituales indicios de
contaminación.
—¿No tenéis pruebas concluyentes? —preguntó Pitt.
—Ni yo ni los oceanógrafos de la NUMA tenemos todas las
respuestas.
—Los chicos de las probetas siempre tienen teorías —sonrió Pitt.
Gunn le devolvió la sonrisa.
—Nunca me he considerado un «chico de las probetas».
—Más o menos.
—Te gusta mucho meterte con la gente.
—Sólo con los académicos petulantes.
—Muy bien —replicó Gunn—. Aunque no soy ningún Salomón, ya que
lo pides, te contaré lo que pienso. Mi teoría sobre la proliferación de algas,
como cualquier niño de escuela podría decirte, es que, tras varias generaciones
de arrojar a los océanos basura y desechos químicos, se ha alcanzado el punto
de saturación. El delicado equilibrio químico de los mares se ha perdido de
modo irrecuperable. Se están calentando, y eso vamos a pagarlo todos muy caro,
particularmente nuestros nietos.
Pitt nunca había visto a Gunn tan solemne.
—¿Tan mal está la cosa?
—En mi opinión, hemos llegado a un punto sin retorno.
—¿No crees en una posible regresión del fenómeno?
—No —replicó tristemente Gunn—. Los desastrosos efectos de la
contaminación marina se han pasado por alto durante demasiado tiempo.
Pitt miró a Gunn. Le producía cierta sorpresa ver al
lugarteniente de la NUMA tan abatido y pesimista. El cuadro que pintaba era muy
negro; pero Pitt no compartía las agoreras opiniones de su amigo. Los océanos
podían encontrarse enfermos; pero distaban de estar desahuciados.
—Tranquilo, Rudi —dijo Pitt, animoso—. Cualquiera que sea la
misión que el almirante se guarda en la manga, no creo que vaya a encargarnos a
nosotros tres que salvemos los mares del mundo.
Gunn lo miró y le dirigió una pálida sonrisa.
—Nunca intento adivinar las intenciones del almirante.
Si alguno de ellos hubiera sabido, o siquiera supuesto, lo
equivocados que estaban, hubieran amenazado al piloto con graves daños físicos
si no daba media vuelta al avión y los devolvía a El Cairo de inmediato.
El reactor tomó tierra sin percances en la pista de aterrizaje
de una compañía petrolera próxima a Port Harcourt. A los pocos minutos se
encontraban volando en un helicóptero sobre el golfo de Guinea. Tres cuartos de
hora más tarde, el aparato sobrevolaba el Sounder, un barco de investigaciones
de la NUMA que Pitt y Giordino conocían bien pues desde él habían dirigido
proyectos de investigación en tres ocasiones previas. Construido a un costo de
ochenta millones de dólares, el barco de 120 metros estaba dotado de los más
sofisticados sistemas sísmicos, de sonar y batimétricos.
El helicóptero giró en torno a la gran grúa que se alzaba en la
popa del Sounder y fue a posarse en el helipuerto del barco. Pitt fue el
primero en bajar a cubierta, seguido por Gunn. Giordino fue el último en
aparecer, caminando como un zombi y dando un recital de bostezos. Varios
miembros de la tripulación y del equipo científico del barco los saludaron
mientras las hélices del aparato daban sus últimos giros.
Pitt, que conocía bien el Sounder abrió la marcha, ascendiendo
por la escalera que conducía a uno de los laboratorios marinos del barco. Pasó
por entre estantes en los que se almacenaban los aparatos químicos, y llegó a
una sala de reuniones y conferencias. Para tratarse de un buque de
investigación, la sala estaba agradablemente amueblada, con una gran mesa de
caoba y cómodas butacas de cuero.
Frente a una gran pantalla de retroproyección había un hombre de
raza negra, vuelto de espaldas a Pitt y absorto en el diagrama que aparecía en
la pantalla. El individuo era por lo menos veinte años mayor que Pitt, y mucho
más alto. Su estatura, de no menos de dos metros, le daba el aspecto de un ex
jugador de baloncesto.
Pero lo que sobre todo captó la atención de Pitt y sus dos
amigos no fueron ni los gráficos de la pantalla ni el altísimo desconocido,
sino la otra persona presente en la sala de conferencias: un hombre bajo y
menudo, pero no por ello menos imponente, que se apoyaba con una mano en el
borde de la mesa mientras con la otra sostenía un enorme cigarro sin encender.
El enjuto rostro, los fríos y autoritarios ojos azules, el rojizo pelo canoso y
la bien perfilada barba le conferían el aspecto de un almirante retirado que,
como sugería el blazer azul con una ancla dorada bordada en el bolsillo
superior, es lo que el hombre era exactamente.
El almirante James Sandecker, —el auténtico impulsor de la
NUMA—, se enderezó y se adelantó con la mano extendida y una amplia sonrisa en
los labios.
—!Dick! Al! —El saludo sonó como si al hombre le sorprendiese la
visita—. Os felicito por vuestro descubrimiento de la barca funeraria del
faraón. Buen trabajo. Bien hecho. —Se fijó en Gunn, al que dirigió una mera
inclinación—. Veo que lograste recogerlos sin problemas, Rudi.
—Como a corderitos camino del matadero —replicó Gunn, con torva
sonrisa.
Pitt dirigió a Gunn una escrutadora mirada y luego se volvió
hacia Sandecker.
—¿Por qué nos sacó del Nilo con tantísimas prisas? Sandecker se
fingió dolido.
—Nada de «hola», ni de «me alegro de verlo». Ni un maldito
saludo a vuestro pobre jefe, que ha tenido que cancelar una cena con una
distinguida, bella y acaudalada dama de Washington, para volar seis mil
kilómetros con el único propósito de felicitaras por vuestro éxito.
—¿Por qué será que esta calurosa felicitación me produce un
recelo tan enorme?
Giordino se dejó caer en un sillón y dijo:
—Ya que lo hicimos tan bien, ¿qué le parece un aumento de
sueldo, una bonificación, un rápido vuelo a casa y dos semanas de vacaciones
pagadas?
En tono indulgente, Sandecker replicó:
—El desfile triunfal por Broadway vendrá luego. Después de que
hayáis hecho un crucero de placer por el río Níger.
—¿El Níger? —murmuró Giordino, malhumorado—. No será otra
búsqueda de un barco hundido.
—¿Cuándo? —preguntó Pitt.
—Zarpáis al amanecer —replicó Sandecker.
—¿Qué desea exactamente que hagamos?
Sandecker se volvió hacia el gigante, que seguía frente a la
pantalla.
—Lo primero es lo primero. Os presento al doctor Darcy Chapman,
jefe de toxicología oceánica del Laboratorio Científico Marino Goodwin, de
Laguna Beach.
—Caballeros... —dijo Chapman, con una voz tan grave que parecía
surgir del fondo de un pozo—. Es un auténtico placer conocerlos. El almirante
Sandecker me ha hablado de sus proezas, y me siento sumamente impresionado.
—Usted jugaba con los «Nuggets» de Denver —murmuró Gunn, tras
escrutar a Chapman.
—Hasta que las rodillas me fallaron —sonrió Chapman—. Luego me
tocó volver a la Universidad para doctorarme en química medioambiental.
Pitt y Gunn cambiaron apretones de manos con Chapman.
Giordino se limitó a dirigirle un vago saludo desde su sillón.
Sandecker levantó un teléfono y ordenó que subieran el desayuno.
—Es mejor que nos pongamos cómodos —dijo—. Tenemos mucho que
hacer antes de que amanezca.
—O sea, que el trabajo que nos espera es endemoniado— profetizó
gravemente Pitt.
—Pues claro que es un trabajo endemoniado —replicó Sandecker.
Hizo seña al doctor Chapman, que oprimió un botón del mando a distancia de la
pantalla, sobre la cual apareció un mapa coloreado en el que se veía el sinuoso
curso de un río—. El Níger. El tercer río más largo de Africa, después del Nilo
y el Congo. Extrañamente, nace en la nación de Guinea, a sólo trescientos
kilómetros de mar. Pero fluye hacia el noreste y luego hacia el sur durante
cuatro mil doscientos kilómetros hasta desaguar en un delta en la costa de
Nigeria. Y en algún lugar de su recorrido... En algún lugar recibe una
fortísima contaminación que luego arrastra al océano. Allí produce una
catástrofe de tal magnitud que... podría significar el fin del mundo.
11
Pitt miró fijamente a Sandecker, inseguro de haber oído bien.
—¿El fin del mundo, almirante? ¿Habla en serio?
—Muy en serio —replicó Sandecker—. Frente a Africa Occidental,
el mar se está muriendo, y la plaga, motivada por un contaminante desconocido,
no deja de extenderse. La situación puede degenerar en una reacción en cadena
potencialmente capaz de destruir hasta el último vestigio de vida marina.
—Lo cual podría conducir a un cambio permanente en el clima del
planeta —dijo Gunn.
—Eso es lo de menos —replicó Sandecker—. El resultado final es
la extinción de todas las formas de vida terrestres, incluida la nuestra.
Recelosamente, Gunn murmuró:
—¿No estará usted exagerando?
—De exagerar, nada —replicó ácidamente Sandecker—. Eso fue lo
que me dijeron los cretinos del Congreso cuando di la alarma y solicité apoyo
para aislar y resolver el problema. Están más interesados en conservar el poder
y en prometer la luna a cambio de ser reelegidos. Estoy más que harto de sus
estúpidos e interminables comités de investigación. Más que harto de su falta
de entrañas para tomar medidas que puedan resultar impopulares, y de la forma
en que, con sus absurdos gastos, llevan al país a la bancarrota. El sistema
bipartidista se ha convertido en una ciénaga de fraudes y falsas promesas. Como
ocurrió con el comunismo, el gran experimento de la democracia está carcomido
por la corrupción. ¿A quién le importa que los océanos se mueran? Pues a mí, Dios
bendito. Y, por salvarlos, estoy dispuesto a llegar hasta donde haga falta.
En los ojos de Sandecker brillaba la frustración, y sus labios
estaban fruncidos por la vehemencia. A Pitt le asombró la intensidad de las
emociones del hombre, que parecía extrañamente impropia de él.
—En casi todos los ríos del mundo se vierten residuos
contaminantes —dijo sosegadamente Pitt, intentando devolver la conversación a
sus cauces—. ¿Qué tiene de especial la contaminación del Níger?
—Lo que tiene de especial es que crea un fenómeno vulgarmente
conocido como marea roja, que se reproduce y extiende a un ritmo terrorífico.
—Las encantadas aguas bullían, tiñéndose de un espantoso color
rojo recordó Pitt.
Sandecker miró a Gunn por un momento y luego otra vez a Pitt.
—Captaste el mensaje —dijo.
—Pero no su significado —admitió Pitt.
—Todos ustedes son buceadores —dijo Chapman—, así que
probablemente saben que la marea roja la causan unos seres microscópicos
llamados dinoflagelados, minúsculos organismos portadores de un pigmento que,
cuando proliferan y forman grandes masas, tiñe las aguas de rojo.
Chapman oprimió un botón del mando a distancia. En la pantalla
apareció la imagen de unos extraños microorganismos. El hombre continuó su
disertación.
—Las mareas rojas se conocen desde la antigüedad. Supuestamente,
Moisés convirtió el Nilo en un río de sangre. Homero y Cicerón también
mencionan enrojecimientos del mar, al igual que Darwin durante su viaje en el
Beagle. En nuestros tiempos, el fenómeno se ha producido en todas partes del
mundo. El más reciente tuvo lugar frente a la costa occidental de México, con
el resultado de que murieron literalmente miles de millones de peces,
crustáceos y tortugas. Desaparecieron hasta las lapas. Hubo que cerrar más de
trescientos kilómetros de playa, y centenares de nativos y turistas murieron
por comer peces contaminados por las letales toxinas de que los dinoflagelados
son portadores.
—Yo he buceado en mareas rojas sin que me ocurriera nada —dijo
Pitt.
—Se trataría de una de las muchas variedades inofensivas
—explicó Chapman—. El problema es que nos enfrentamos a una especie mutante
recién descubierta que produce las toxinas biológicas más nocivas que se
conocen. Cualquier especie marina muere al más mínimo contacto con ellas. Unos
cuantos gramos de esa sustancia, adecuadamente disueltos, bastarían para borrar
la vida humana del planeta.
—¿Así de potente es el veneno?
Chapman asintió:
—Así de potente.
—Y por si la toxina fuera poco —añadió Sandecker—, los malditos
bichos se devoran unos a otros en una orgía de canibalismo marino que hace
disminuir drásticamente el nivel de oxígeno en las aguas, por lo que los peces
y las algas que hayan logrado sobrevivir acaban muriendo.
—Y aún peor —siguió Chapman—. El setenta por ciento del oxígeno
nuevo lo aportan las diatomeas, pequeñas formas vegetales marinas, como las
algas. El resto procede de la vegetación terrestre. No creo que sea necesario
entrar en un largo discurso acerca de la forma como las diatomeas marinas o los
árboles terrestres fabrican oxígeno por medio de la fotosíntesis, ya que todo
eso lo aprenderían ustedes en la escuela. La fulminante toxicidad de los
dinoflagelados que forman la marea roja, acaba con las diatomeas. Y sin
diatomeas no hay oxígeno. La tragedia radica en que damos al oxígeno por
descontado, sin pararnos a pensar que un ligero desequilibrio entre la cantidad
que crean las plantas y lo que nosotros quemamos en forma de dióxido de
carbono, podría convertirse en nuestro certificado de defunción.
—¿Y no es posible que esos bichos se coman unos a otros y
desaparezcan? —preguntó Giordino.
Chapman negó con la cabeza.
—Se reproducen a un ritmo tan rápido que por cada muerte hay
diez nacimientos.
—Pero las mareas rojas suelen terminar dispersándose —dijo
Gunn—. 0 bien se extinguen por completo al entrar en contacto con corrientes de
agua más fría.
Sandecker asintió.
—Por desgracia, ésta no una situación normal. Los
microoritanismos mutantes a que nos enfrentamos parecen inmunes a esos cambios
de temperatura.
—¿Pretende decirnos que no hay ninguna esperanza de que la marea
roja africana se disperse y desaparezca?
—Por su propia cuenta, no lo hará —replicó Chapman—. Los
dinoflagelados se reproducen a una velocidad vertiginosa. En vez de unos
cuantos miles, en cada litro de agua hay hasta doscientos cincuenta millones.
Se trata de una proliferación sin precedentes. En estos momentos, no hay forma
humana de detenerlos.
—¿No hay ninguna teoría sobre la procedencia de esa mutante
marea roja? —preguntó Pitt.
—El agente que produce esta nueva especie de dinoglafelados
superprolíficos es desconocido. Pero creemos que hay algo que se vierte en el
río Níger que produce la mutación y acelera su ciclo reproductivo.
—Como un atleta que tome esteroides —dijo Giordino.
—O afrodisiacos ——sonrió Gunn.
—O drogas de la fertilidad —apuntó Pitt.
Chapman continuó:
—Si no logramos controlar la situación y esta marea roja se
extiende por todos los océanos, cubriendo la superficie con una inmensa capa de
dinoflagelados tóxicos, las reservas de oxigeno mundiales disminuirán hasta un
nivel tan bajo que la vida desaparecerá de la superficie de la tierra.
Gunn comentó:
—Pone usted las cosas muy feas, doctor Chapman.
—Feas, no: horribles —murmuró Pitt.
—¿No hay ningún producto químico que destruya? —preguntó
Giordino.
—¿Un pesticida? —preguntó Chapman—. Sólo conseguiría empeorar
las cosas. Es mejor cortar de raíz, y pronto.
—¿Se ha calculado cuánto puede tardar el desastre en producirse?
—A no ser que logremos cortar el flujo de contaminación hacia el
mar en el plazo de los próximos cuatro meses, será demasiado tarde. Para
entonces, el área de propagación será inmensa y estará fuera de todo control.
Además, la marea será autosuficiente, capaz de alimentarse de sí misma, y
pasará a sus sucesores el veneno químico que absorbió del Níger. —Hizo una
pausa para oprimir un botón del mando a distancia, y un policromo gráfico
apareció en la pantalla—. Las proyecciones realizadas por el ordenador indican
que, en el plazo de ocho meses, diez a lo sumo, habrá millones de personas
muriendo lentamente de asfixia. Debido a su pequeña capacidad pulmonar, los
niños serán los primeros en morir, sin siquiera disponer de aire para llorar
con la piel azulada antes de caer en un coma irreversible. No será un bonito
cuadro para quienes mueran los últimos.
Giordino parecía incrédulo.
—Es casi imposible pensar que a la Tierra se le termine el
oxígeno.
Pitt se puso en pie, se acercó a la pantalla y estudió los
números que tan fríamente indicaban el tiempo que le quedaba a la humanidad.
Luego se volvió hacia Sandecker.
—O sea que usted quiere que Al, Rudi y yo subamos en un barco de
investigación por el río Níger y que vayamos analizando muestras de agua hasta
que localicemos la fuente de la contaminación que causa la marea roja. Y que
luego encontremos una forma de cerrar el grifo.
Sandecker movió afirmativamente la cabeza.
—Mientras aquí, en la NUMA, intentaremos encontrar una sustancia
que neutralice la marea roja.
Pitt se acercó a un mapa del río Níger colgado de una pared y lo
estudió.
—Y si no encontramos el origen en Nigeria, ¿qué?
—Tendréis que seguir río arriba hasta dar con él.
—Es decir: atravesar Nigeria por el centro, cruzar la parte en
que el río separa las naciones de Benin y Níger, para luego entrar en Malí.
—Si es necesario, sí —replicó Sandecker.
—¿Cómo se encuentran esos países, políticamente hablando?
—Debo admitir que en una situación bastante inestable.
—¿Qué entiende por «bastante inestable»?
Sandecker asumió un tono doctoral e inició su disertación:
——Nigeria, cuyos ciento veinte millones de habitantes la
convierten en la nación más populosa de Africa, se encuentra en un estado de
gran agitación. El nuevo gobierno democrático fue derrocado por los militares
el pasado mes, el octavo golpe en veinte años, sin contar las intentonas
frustradas. El interior del país se encuentra desgarrado por las habituales
guerras étnicas y por el resentimiento entre musulmanes y cristianos. La
oposición se dedica a asesinar a funcionarios del gobierno acusándolos de corrupción
e irregularidades administrativas.
—Parece un sitio ameno —murmuró Giordino—. Ardo en deseos de
oler la pólvora.
Sandecker no le hizo caso.
—La República Popular de Benin está bajo una implacable
dictadura. El presidente Ahmed Tougouri ha implantado un régimen de terror, Al
otro lado del río, en Níger, el jefe del estado tiene el apoyo del presidente
libio, Muamar al-Gadafi, que anda detrás de las minas de uranio del país. El
lugar se encuentra en crisis permanentemente. Por todas partes hay guerrillas
rebeldes. Os aconsejo que, cuando paséis entre ellas, no os mováis del centro
del río.
—¿Y Malí? —quiso saber Pitt.
—El presidente Tahir es un hombre decente; pero se encuentra en
manos del general Zateb Kazim, que encabeza un Consejo Militar Supremo de tres
miembros que está desangrando al país. Kazim es un tipo muy desagradable y
fuera de lo corriente, ya que, pese a ser un dictador, actúa tras la fachada de
un gobierno legítimo.
Pitt y Giordino intercambiaron irónicas sonrisas y menearon la
cabeza con cansancio.
—¿Os pasa algo? —preguntó Sandecker.
—Así que «un crucero de placer por el río Níger» —dijo Pitt,
repitiendo las palabras del almirante—. Sólo tenemos que navegar alegremente
por mil kilómetros de río atestados de rebeldes sedientos de sangre emboscados
en las orillas, eludir las patrulleras armadas, y conseguir repostar
combustible sin que nos fusilen por espías. Y todo ello, al tiempo que
recogemos y analizamos muestras de agua. No hay problema, almirante, ninguno en
absoluto, salvo el de que la misión es un cochino suicidio.
Sandecker asintió, imperturbable.
—Puede que lo parezca, pero, con un poco de suerte, saldréis de
esto sin un rasguño.
—A mí, que me vuelen la cabeza, me parece algo más que un
rasguño.
—¿No se ha considerado la posibilidad de utilizar los sensores
de algún satélite? —sugirió Gunn.
—No poseen la suficiente precisión —replicó Chapman.
—¿Y un reactor en vuelo rasante? —propuso Giordino.
Chapman negó con la cabeza.
—Lo mismo digo. Arrastrar sensores por el agua a velocidad
supersónica no da resultado. Lo sé porque participé en un vuelo para comprobar
si el método valía.
—A bordo del Sounder hay laboratorios de primera —dijo Pitt—.
¿Por qué no subir con él por el delta para, al menos, verificar el tipo, la
clase y el nivel de la contaminación?
—Lo intentamos —replicó Chapman—, pero una patrullera nigeriana
nos obligó a abandonar el río antes de que hubiéramos podido recorrer ni cien
kilómetros desde su desembocadura. La distancia era excesiva para hacer un
análisis preciso.
—El plan sólo puede llevarse a cabo por medio de una pequeña
lancha bien equipada —dijo Sandecker—. Una que pueda salvar los ocasionales
rápidos y navegar por aguas poco profundas. No hay otro modo.
—¿Y si nuestro Departamento de Estado se pusiera en contacto con
los respectivos gobiernos a fin de conseguir permiso para que un equipo de
investigación navegase por el río? Miles de millones de vidas están en juego.
—También se probó. Los nigerianos y los malienses se negaron en
redondo. Científicos mar respetados vinieron a Africa Occidental para explicar
la situación. Los dirigentes africanos no los creyeron, e incluso se rieron de
ellos. En realidad, no puede criticárseles. Sus inteligencias no son
exactamente monumentales. No logran pensar a gran escala.
¿Y no ha habido un gran número de muertes entre quienes bebieron
el agua contaminada? —preguntó Gunn.
—No. —Sandecker meneó la cabeza—. En el río Níger hay muchas más
cosas, además del agente contaminante. Las alcantarillas de todas las
poblaciones cercanas a su curso se vacían en él, así que los nativos se
abstienen de beber sus aguas. Pitt estudió la perspectiva y no le gustó en
absoluto.
—O sea que, para usted, una operación secreta es el único medio
posible de localizar la fuente de la contaminación, ¿no?
—En efecto —replicó obstinadamente Sandecker.
—Espero que tenga un plan que haya previsto todas las
contingencias.
—Claro que tengo un plan.
—¿Y se puede saber cómo podremos encontrar la fuente de la
contaminación y vivir para contarlo? —preguntó sosegadamente Gunn.
—Muy simple. Os haréis pasar por tres acaudalados industriales
franceses en viaje de trabajo, que se proponen invertir en Africa Occidental.
Gunn se demudó, Giordino quedó estupefacto, y Pitt se puso
furioso y preguntó.
—¿Es eso lo que usted entiende por un plan?
—Sí, señor, y es un magnífico plan —le espetó Sandecker.
—Es una locura. Yo no voy.
—Ni yo tampoco —dijo Giordino—. Parezco tan francés como Al
Capone.
—Ni yo —se sumó Gunn.
—Desde luego, no iremos en una lancha lenta y desarmada —afirmó
Pitt, tajante.
Sandecker hizo caso omiso del amotinamiento.
—Se me olvidaba hablaros de lo mejor. La lancha. Cuando la
veáis, os garantizo que cambiaréis de idea.
12
Si Pitt había soñado con altas prestaciones, estilo, confort y
suficiente capacidad de fuego como para enfrentarse a la Sexta Flota
estadounidense, encontró todo ello en el barco que Sandecker les había
prometido. Un vistazo a sus estilizadas y refinadas líneas, al enorme tamaño de
sus motores, y al increíble armamento oculto, bastó para conquistarlo.
Obra maestra de equilibrio dinámico en fibra de vidrio y acero
inoxidable, la embarcación se llamaba Calíope, como la musa de la poesía épica.
Diseñado por ingenieros de la NUMA y construido bajo el mayor secreto en un
astillero de Louisiana, su casco, de dieciocho metros de largo, con bajo centro
de gravedad y fondo casi plano, tenía un calado de sólo metro y medio. Era
ideal para las poco profundas aguas de la parte alta del Níger. Estaba
impulsado por tres motores turbodiesel de doce cilindros en V con los que podía
alcanzar una velocidad máxima de setenta nudos. No se regateó nada en su
construcción. Era un ejemplar único, construido para una tarea específica.
Pitt se encontraba al timón, disfrutando de la extraordinaria
potencia y de la suavidad de navegación del yate superdeportivo, que se
deslizaba a treinta nudos por la superficie gris azulada del delta del Níger.
El hombre no dejaba de escrutar las aguas ante sí, echando ocasionales vistazos
al digitalizado panel de indicadores para verificar la profundidad. Se habían
cruzado con una patrullera, pero los tripulantes se limitaron a saludar con
inequívoca admiración al yate que planeaba sobre la superficie del río. Un
helicóptero del servicio de guardacostas los sobrevoló con curiosidad, y un
reactor militar, que a Pitt le pare—ció un Mirage de construcción francesa,
descendió para echar un vistazo al barco y prosiguió su vuelo, aparentemente
satisfecho. Hasta el momento, todo iba bien. Nadie había intentado darles el
alto ni detenerlos.
Abajo, en el espacioso interior, Rudi Gunn estaba sentado en
medio de un pequeño pero sofisticadísimo laboratorio, obra de un equipo
científico multidisciplinario que incluía versiones miniaturizadas de
instrumentos que habían sido elaborados por la NASA para la exploración
espacial. El laboratorio no sólo podía analizar el agua, sino también
transmitir los resultados vía satélite a un equipo científico de la NUMA que
operaba con una base de datos para identificar complejos compuestos químicos.
Gunn, científico de los pies a la cabeza, permanecía ajeno a los
peligros que pudieran acechar en el exterior del elegante yate. Totalmente
absorto en su tarea, dejaba que Pitt y Giordino se ocupasen de evitarle
distracciones o interrupciones.
Giordino estaba a cargo de los motores y el armamento. Para
atenuar el rugido de los motores, llevaba unos auriculares conectados a un
walkman en el que escuchaba a Harry Connick Jr., interpretando clásicos de
jazz. Estaba sentado en un almohadillado banco del cuarto de máquinas, ocupado
en desempaquetar varios lanzacohetes portátiles dotados de sus correspondientes
proyectiles. El Rapier era una nueva arma polivalente diseñada para enfrentarse
a aviones subsónicos, barcos, tanques y bunkers de hormigón. Podía dispararse
apoyándolo en el hombro o sobre una monta, incorporado al sistema central de
fuego. Giordino estaba disponiendo los lanzacohetes en alojamientos que
permitían disparar a través de las blindadas aspilleras de la torreta, en forma
de cúpula y situada sobre la sala de máquinas. Para el observador casual, ésta
parecía una simple lucerna. La aparentemente inocua superestructora sobresalía
un metro largo por encima de la cubierta de popa, y podía girar en un arco de
doscientos veinte grados. Tras montar las unidades de lanzadores y guías, e
insertar luego los proyectiles en sus tubos, Giordino se dedicó a limpiar y
cargar un pequeño arsenal de fusiles automáticos y armas cortas. A
continuación, abrió una caja de granadas explosivo-incendiarias y cargó
cuidadosamente cuatro de ellas en el cargador de un grueso lanzagranadas
automático.
Todos se ocupaban de sus respectivas tareas con la fría eficacia
y la absoluta dedicación que asegurarían el éxito de su misión y la propia
supervivencia. El almirante Sandecker había escogido a los mejores. Aunque
hubiese recorrido todo el país, no habría logrado reunir una tripulación más
idónea para conseguir lo casi imposible. Su fe en ellos rayaba en el fanatismo.
Los kilómetros fueron deslizándose bajo la quilla. Las tierras
altas del Camerún, y los montes Yoruba que bordeaban la parte sur del río, se
alzaban en la neblina producto de la densa humedad. En la orilla, los bosques
pluviales alternaban con las arboledas de acacias y los manglares. Pueblos y
aldeas iban quedando atrás, mientras la proa del Calíope cortaba el agua
dibujando una gran V de espuma.
El tráfico fluvial estaba formado por naves de todo tipo, desde
canoas de madera hasta viejos ferrys peligrosamente sobrecargados de pasajeros,
pasando por pequeños buques de carga cubiertos de herrumbre de proa a popa,
cuyas chimeneas despedían un humo que dispersaba una tenue brisa procedente del
norte. Pitt tenía conciencia de que esa placidez no
podía continuar. A la vuelta de cada recodo del río podía
acecharles un peligro desconocido capaz de enviarlos al infierno.
A eso del mediodía pasaron bajo el gran puente de mil
cuatrocientos metros que salvaba el río y unía a la ciudad portuaria y
mercantil de Onitsha con el pueblo agrícola de Asaba. Iglesias católicas se
alzaban como centinelas sobre las concurridas calles de Onitsha, flanqueadas de
plantas industriales. En los muelles se apiñaban barcos y botes que
transportaban alimentos y mercancías río abajo y productos de importación río
arriba, desde el delta del Níger.
Pitt estaba concentrado en sortear el tráfico del río, sonriendo
para sí mismo ante el indignado agitar de puños y las maldiciones dirigidas al
Calíope, que pasaba como una exhalación peligrosamente cerca de pequeños barcos
a los que la estela del yate hacía estremecer. Pasado el puerto, se relajó,
soltó las manos del timón y flexionó los dedos. Llevaba casi seis horas
pilotando y apenas estaba fatigado. Su sillón de control era tan cómodo como el
de cualquier alto ejecutivo, y el timón tan suave y ligero como el de más
costoso automóvil de lujo.
Apareció Giordino, con una botella de cerveza «Coors» y un
sandwich de atún.
—Pensé que te vendría bien un tentempié. No has comido desde que
dejamos el Sounder.
—Gracias. El ruido de los motores no me dejaba oír los gruñidos
de mi estómago. —Pitt cedió el timón a su amigo y señaló hacia delante—. Ojo
con el remolcador que arrastra esas barcazas.
—Tranquilo —replicó Giordino.
—¿Estamos en condiciones de repeler un abordaje? —preguntó Pitt,
con una sonrisa.
—Totalmente. ¿Has visto algo sospechoso?
Pitt negó con la cabeza.
—Nos han sobrevolado dos aparatos de la fuerza aérea nigeriana y
nos han dirigido amistosos saludos desde un par de patrulleras. Por lo demás,
esto parece una tranquila excursión dominical por el río.
—Los burócratas locales deben de haberse tragado la historia que
les ha contado el Almirante.
—Esperemos que los de río arriba sean igualmente crédulos.
Giordino señaló con un movimiento del pulgar la bandera francesa que ondeaba en
popa.
—Me sentiría mucho más a gusto si detrás de nosotros tuviéramos
las barras y estrellas, Rambo, a los Broncos de Denver, y a una compañía de
marines.
—El acorazado torva tampoco nos vendría mal.
—¿Está fría la cerveza? La metí en la nevera hace sólo una hora.
—Está bien —replicó Pitt, entre dos mordiscos al sandwich—. ¿Qué
hay de Rudi? ¿Ha hecho algún descubrimiento asombroso?
Giordino movió negativamente la cabeza.
—Está perdido en el país de nunca jamás de la química. Intenté
charlar con él y me mandó a paseo.
—Le haré una visita.
—Giordino bostezó.
—Cuidado, no te vaya a soltar un mordisco.
Pitt se echó a reír y bajó al laboratorio de Gunn. El menudo
científico de la NUMA estaba estudiando, con las gafas sobre la frente, unas
hojas de papel de impresora. Giordino se había equivocado al juzgar la
disposición del hombre, ya que en realidad Gunn estaba de excelente humor.
—¿Hay suerte? —preguntó Pitt.
—Este condenado río es un muestrario de todos los contaminantes
conocidos por el hombre y de unos cuantos más —replicó Gunn—. Tiene mucha más
polución que el Hudson, el James o el Cayuhoga en sus peores días.
Pitt paseó por la cabina, estudiando el sofisticado equipo que
la llenaba de suelo a techo.
—¿Para qué sirven estos chismes tan complicados?
—¿De dónde has sacado la cerveza?
—¿Quieres una?
—Claro.
—Giordino tiene una caja en el refrigerador de la cocina.
Aguarda un minuto.
Pitt salió y a los pocos momentos regresó, tendiendo a Gunn una
cerveza fría,
Gunn dio un par de tragos, lanzó un suspiro y dijo:
—Muy bien: responderé a tu pregunta. Para nuestra investigación
contamos con tres elementos clave. El primero es un microincubador automático.
Utilizo esa unidad para poner unas gotas de agua del río en ampollas que
contienen muestras de marea roja tomadas en la desembocadura del río. El
microincubador registra ópticamente el crecimiento de los dinoflagelados. Al
cabo de unas horas, el ordenador me indica la potencia de la mezcla y el ritmo
al que proliferan los bichejos. Luego, unos cuantos malabarismos numéricos, y
ya tenemos una razonable estimación de lo cerca que nos encontramos de la
fuente de nuestro problema.
—Así que la marea roja no procede de Nigeria.
—Las cifras parecen indicar que la causa está más arriba.
Gunn señaló dos cajas cuadradas del tamaño de pequeños
televisores con puertas en el lugar donde deberían haber estado las pantallas.
—Estos dos instrumentos sirven para identificar al glóbulo
maldito, como yo lo llamo, o a la combinación de glóbulos que causan nuestro
problema. El primero es un cromatógrafo—espectrómetro. Para abreviar, te diré
que me limito a recoger muestras de agua del río en ampollas y ponerlas en su
interior. Después, el sistema extrae automáticamente el contenido y lo analiza.
Nuestros ordenadores de a bordo interpretan luego los resultados.
—¿Qué se consigue con ello?
—Identificar contaminantes sintéticos y orgánicos, incluidos
disolventes, pesticias, dioxinas, y un montón de otros compuestos químicos.
Espero que este chisme descifre las causas de la mutación que produce la marea
roja.
—¿Y si el contaminante es un metal?
—Ahí es donde interviene el espectómetro —replicó Gunn,
señalando el segundo aparato—. Su cometido es el de identificar automáticamente
todos los metales y otros elementos que puedan estar presentes en el agua.
—Los dos aparatos parecen iguales —comentó Pitt.
—Tienen el mismo principio, pero distinta tecnología. También me
limito a meter una ampolla con agua del río y a darle al botón de puesta en
marcha, repitiendo la maniobra cada dos kilómetros.
—¿Qué has averiguado hasta ahora?
—Gunn se frotó los enrojecidos ojos.
—Que el río Níger arrastra la mitad de los metales conocidos,
desde el cobre al mercurio, pasando por el oro, la plata, e incluso el uranio.
Todo en concentraciones por encima de lo normal.
—Filtrar toda esa mezcla no debe de ser fácil.
—Por último —continuó Gunn—, los datos son transmitidos vía
satélite a la central de NUMA, donde nuestros investigadores revisan mis
resultados en sus propios laboratorios, en busca de cualquier detalle que me
pueda haber pasado inadvertido.
A Pitt no le cabía en la cabeza que a Gunn pudiera escapársele
algo. Su antiguo amigo era algo más que un científico y analista de gran
competencia; era un hombre que pensaba fría, clara y constructivamente, un
trabajador infatigable que desconocía el significado de la palabra abandonar.
—¿Alguna pista de cuál puede ser el componente tóxico causante
del estropicio? —preguntó Pitt.
Gunn terminó la cerveza y la tiró en una caja de cartón que
hacía de papelera.
—«Tóxico» es un término relativo. En el mundo de la química no
existen componentes tóxicos, sólo niveles tóxicos.
—¿Y...?
—He identificado un montón de contaminantes distintos y de
compuestos naturales, tanto metálicos como orgánicos. Detecto estremecedores
niveles de contaminación por pesticidas que están prohibidos en Norteamérica,
pero que siguen siendo de uso común en el Tercer Mundo. Pero no he logrado
aislar los contaminantes químicos sintéticos que hacen volverse locos a los
dinoflagelados. De momento, ni siquiera sé lo que busco. Me limito a seguir a
los sabuesos.
—Esperaba que ya tuvieras alguna pista —dijo Pitt—. Cuanto más
nos adentremos en Africa, más difícil será el regreso, sobre todo si los
militares locales deciden meter las narices en el asunto.
—Ve haciéndote a la idea de que quizá no lo encontremos. Tú no
sabes la cantidad de compuestos químicos manufacturados que existen. El número
supera los siete millones. Sólo en los Estados Unidos, los químicos crean seis
mil nuevos cada semana.
—Pero no todos son tóxicos.
—En mayor o menor grado, todos tienen alguna toxicidad. Tragado,
aspirado o inyectado en dosis suficientes, todo es tóxico. Hasta el agua puede
ser mortal, si bebes la suficiente.
Pitt lo miró.
—Así que no hay absolutos ni garantías.
—En efecto. Únicamente estoy seguro de que no hemos rebasado el
lugar en el que muestra plaga del fin del mundo entra en el río. Desde el
delta, pasando por las desembocaduras de los ríos Kaduna y Benue, las muestras
de agua han producido el frenesí entre los dinoflagelados. Pero no hay un solo
indicio de cuál es el villano de la función. La única buena noticia es que he
desechado los microorganismos bacteriales como causa posible.
—¿Y cómo lo has hecho?
—Esterilizando las muestras de agua de río. La desaparición de
las bacterias no ha reducido en absoluto la proliferación de los malditos
bichos.
Pitt dio una ligera palmada en el hombro de Gunn.
—Si alguien le puede echar el lazo, ése eres tú, Rudi.
—Encontraré la causa. —Gunn se quitó las gafas y limpió los
cristales— Por extraña, anómala y antinatural que sea, encontraré la causa. Lo
prometo.
La siguiente tarde se les acabó la suerte, sólo una hora después
de cruzar la frontera de Nigeria, en el tramo del río que separa Benin y Níger.
Pitt observaba en silencio el curso fluvial, que discurría por entre la húmeda
e imponente selva. Nubes grises daban al agua un color plomizo. Ante ellos el
río describía una leve curva y parecía hacerles señas, como el dedo huesudo de
la muerte.
Giordino, en cuyos ojos se percibían los primeros indicios de
fatiga, estaba al timón. Pitt permanecía junto a él, con la atención prendida
de un solitario cormorán que planeaba delicadamente sobre el agua, ante ellos.
De pronto, el ave agitó las alas y se perdió entre los árboles de la orilla.
Pitt se llevó los prismáticos a los ojos y vio la proa de un
barco apareciendo por un recodo del río.
—Los nativos viene de visita —anunció.
—Ya lo veo. —Giordino se, levantó del asiento y se puso una mano
sobre los ojos, haciendo visera—. Corrección: lo veo. Son dos.
—Vienen derechos hacia nosotros, con las armas preparadas, y
buscando gresca.
—¿Qué bandera traen?
—La de Benin —replicó Pitt—. Por su aspecto, los barcos parecen
de construcción rusa. —Dejó los prismáticos y desplegó una carta de
reconocimiento de las unidades fluviales y marinas de Africa Occidental—. Es
una nave de ataque Riverine, armada con dos cañones gemelos de treinta
milímetros y una velocidad de fuego de quinientos disparos por minuto.
—Vaya por Dios —murmuró lacónicamente Giordino. Echó un vistazo
al mapa del río—. Cuarenta kilómetros más y saldremos del territorio de Benin
para entrar en el de Níger. Con un poco de suerte y los motores a toda marcha,
a la hora del almuerzo podemos estar en la frontera.
—Olvida la suerte. Esos tipos no vienen a desearnos buen viaje,
ni tampoco parece que vayan a hacernos una inspección de rutina, porque traen
sus armas enfiladas contra nosotros.
Giordino miró hacia atrás y señaló al cielo.
—Las cosas se complican. Vienen con un buitre.
Pitt se dio la vuelta y distinguió un helicóptero sobrevolando
el río a no más de diez metros sobre el agua.
—Las posibilidades de un encuentro amistoso acaban de
evaporarse.
—Esto apesta a encerrona —dijo Giordino sosegadamente. Pitt
alertó a Gunn que, tras salir de su cabina electrónica, fue puesto al corriente
de la situación.
—Era de esperar —se limitó a decir.
—Nos aguardaban, —dijo Pitt—. Esto no es un encuentro casual. Si
lo único que pretenden es encerrarnos y confiscar el barco, lo más probable es
que nos ejecuten como espías en cuanto averigüen que somos tan franceses como
el trío vocal que acompaña a Bruce Springsteen. No podemos permitir que eso
ocurra. Los datos que hemos acumulado desde que entramos en el río deben llegar
a manos de Sandecker y Chapman. Esos tipos vienen buscando camorra. No podemos
hacernos los inocentes y cooperar. 0 ellos o nosotros.
—Puedo cargarme al helicóptero y, con suerte, al barco más
cercano —dijo Giordino—. Pero no puedo eliminar a los tres antes de que uno de
ellos nos reduzca a chatarra.
—Muy bien, esto será lo que haremos...
Pitt habló sosegadamente, sin perder de vista las cañoneras que
se aproximaban. Explicó su plan, que Giordino y Gunn escucharon con atención.
Cuando terminó, miró a ambos.
—¿Alguna objeción? —preguntó.
—Por estos contornos hablan en francés —comentó Gunn—. ¿Qué tal
es tu vocabulario?
Pitt se encogió de hombros y dijo:
—Improvisaré como sea.
—Bueno, pues adelante ——dijo Giordino, con la voz tensa por lo
que se les venía encima.
Sus amigos eran gente de primera, pensó Pitt, Gunn y Giordino no
eran miembros profesionalmente entrenados de un equipo de fuerzas especiales,
no; pero en caso de batalla, eran hombres valerosos y competentes, y él no se
hubiese sentido más seguro si se encontrase al mando de un destructor
portamisiles con una dotación de doscientos hombres.
—Bien —dijo con torcida sonrisa—. Poneos los microauriculares y
no dejéis de emitir. Buena suerte.
El almirante Pierre Matabu, que se encontraba sobre el puente de
la cañonera, miró por unos binoculares el yate de recreo que ascendía por el
río. Su actitud era la de un timador contemplando a una víctima fácil. Matabu
era bajo, fornido, de treinta y tanto años, y vestía un ostentoso uniforme que
él mismo había diseñado. Como jefe de la marina de Benin, cargo que le había
conferido su hermano, el presidente Tougori, estaba al mando de una flota
formada por cuatrocientos hombres, dos cañoneras fluviales y tres barcos
navales de patrulla. Antes de convertirse en almirante había pasado tres años
como marinero en un transbordador de río.
El capitán Behanzin Ketou, al mando del navío, se encontraba
junto a él, un poco más atrás.
—Tuvo usted una magnífica idea al volar desde la capital para
ponerse al mando de la operación, almirante.
Una resplandeciente sonrisa se formó en los labios de Matabu,
que dijo:
—Sí. Mi hermano se sentirá felicísimo cuando le obsequie con ese
magnífico buque de placer.
—Los franceses han llegado justo cuando usted predijo—. Ketou
era alto, delgado y de orgulloso porte—. Su intuición es verdaderamente
asombrosa.
—Han sido muy amables al obedecer las órdenes de mis intuiciones
—dijo Matabu con gran satisfacción. No mencionó el hecho de que sus agentes le
habían tenido permanentemente informado del avance del Caliope desde que el
barco entró en el delta. La feliz circunstancia de que se hubiese adentrado en
aguas de Benin era un deseo hecho realidad.
—Teniendo un vate tan caro, deben de ser personas muy
importantes.
—Son agentes enemigos.
Ketou no pareció muy convencido.
—Para serlo, van en un barco muy llamativo, ¿no cree? Matabu
bajó los prismáticos y dirigió una gélida mirada a Ketou.
—No cuestione usted mis informes, capitán. Creáme cuando le digo
que esos extranjeros blancos forman parte de una conspiración para saquear las
riquezas naturales de nuestro país.
—¿Serán arrestados y sometidos a juicio?
—No. Abordará usted su nave, descubrirá en ella pruebas de su
culpabilidad, y procederá a ejecutarlos.
Ketou parpadeó.
—¿Cómo, señor?
—Olvidé comunicarle que tendrá usted el honor de encabezar el
grupo de abordaje —anunció pomposamente Matabu.
—Pero, ejecutarlos... —protestó Ketou—. Cuando se enteren de que
varios de sus ciudadanos por lo demás, gente influyente, han resultado muertos,
los franceses exigirán una investigación. Puede que su hermano no considere...
—Arrojará los cuerpos al río y se abstendrá de cuestionar mis
órdenes —interrumpió secamente Matabu.
Ketou cedió:
—Como desee, almirante.
Matabu miró de nuevo por los prismáticos. El yate deportivo, a
doscientos metros de distancia reducía la velocidad.
—Disponga a sus hombres para el abordaje. Yo me ocuparé
personalmente de dar el alto a los espías y de ordenarles que reciban a su
grupo.
Ketou habló con su primer oficial, que, por medio de un
megáfono, repitió las órdenes para el capitán de la segunda cañonera. Luego
Ketou volvió a fijar su atención en el yate.
—Es extraño —dijo a Matabu—. Aparte del que lleva el timón, no
se ve a nadie.
—Los demás cerdos europeos deben de estar abajo, borrachos
perdidos. No sospechan nada.
—Es raro que no parezca preocuparlos nuestra presencia, ni el
hecho de que nuestras armas los apunten.
—Dispare sólo si intentan escapar —advirtió Matabu—. Quiero
capturar el barco intacto.
Ketou enfocó sus prismáticos en Pitt.
—El timonel nos saluda y sonríe.
—Pronto dejará de sonreír —dijo Matabu, mostrando sus dientes de
forma amenazadora—. En unos minutos estará muerto.
—Entrad en mi casa, invitó la araña a las tres moscas —murmuró
Pitt entre dientes, al tiempo que saludaba y sonreía amplia y falsamente.
—¿Has dicho algo? —preguntó Giordino por el sistema de
intercomunicación, desde dentro de la torreta de misiles.
—Hablaba solo.
—Desde las portillas de proa no veo nada —Gunn se encontraba en
la parte delantera—. ¿Cuál es mi línea de tiro?
—Prepárate para cargarte a los artilleros del barco que está
inmediatamente a estribor cuando yo te lo diga —dijo Pitt.
—¿Y el helicóptero? —preguntó Giordino. Hasta que bajase el
escudo de protección de la torreta, no podía ver nada.
Pitt miró el cielo tras el yate.
—A cien metros de nuestra popa, y a unos cincuenta de la
superficie del río.
En sus preparativos no cabían las medias tintas. Ninguno de
ellos consideraba siquiera la posibilidad de que las cañoneras y el helicóptero
benineses los dejaran pasar sin molestarlos. Todos guardaron silencio,
dispuestos y resignados a luchar por su vida. Se aproximaban al punto sin
retorno a medida que los temores se desvanecían rápidamente. Estaban absoluta y
tenazmente decididos a no perder. No eran de los que se sometían mansamente,
presentando la otra mejilla. Eran tres máquinas armadas contra una, pero la
sorpresa jugaba a su favor.
Pitt colocó el lanzagranadas en un departamento junto a su
sillón. Luego puso el motor en una marcha lenta y su vista fue de una cañonera
a otra. No prestó atención al helicóptero. Giordino se ocuparía de él en las
etapas iniciales del choque. Ahora que ya estaban lo bastante cerca para
estudiar a los oficiales benineses, no tardó en llegar a la conclusión de que
quien mandaba era el grueso africano vestido con un uniforme que parecía salido
de una opereta. Luego, sin pestañear, miró con hipnótica fascinación los ojos
del Angel de la Muerte, que le devolvieron la mirada desde el negro extremo de
los cañones, apuntados en su totalidad contra ellos.
Pitt ignoraba la identidad del jactancioso oficial que lo miraba
desde el puente de la cañonera a través de unos prismáticos. Tampoco le
interesaba conocerla. Pero daba gracias a su enemigo por haber cometido un
error táctico al no situar a sus dos barcos atravesados en el río, bloqueando
el paso del Calíope apuntándolo con todos su cañones.
Cuando el Calíope llegó a la altura de las dos cañoneras, ya
detenidas, se situó entre ambas. Pítt redujo la velocidad lo justo para
mantenerse un poco por delante. Los cascos de las cañoneras se alzaban como
muros a ambos lados del Calíope, a menos de cinco metros de distancia. Desde la
cabina, Pitt podía ver casi todos los tripulantes, en actitudes de descanso,
provistos sólo de armas cortas que, de momento, permanecían en sus fundas. Los
fusiles automáticos brillaban por su ausencia. Parecía como si esperasen turno
en una galería de tiro. Pitt miró inocentemente hacia Matabu.
—Bonjour!
Matabu se inclinó sobre la barandilla y, en francés, gritó a
Pitt que detuviera su barco y se dispusiese a recibirlos a bordo.
Pitt, que no había entendido ni una palabra, replicó a voces:
—Pouvez—vous me recommander un bon resturant?
—¿Qué ha dicho? —preguntó Giordino a Gunn, por el sistema de
intercomunicación.
—Dios Bendito... —gritó Gunn—. Acaba de pedirle al mandamás que
le recomiende un buen restaurante.
Las cañoneras empujadas por la corriente, iban quedándose atrás,
mientras que Pitt manenía fijo el yate, contrarrestando el impulso de la
corriente. Matabu de nuevo ordenó a Pitt que se detuviera y se dispusiese a ser
abordado.
Pitt, tenso, intentó parecer amable e inofensivo.
—J'aimerais une bouteille de Martin Ray Chardonnay.
—¿Y ahora qué dice? —preguntó Giordino.
Gunn estaba estupefacto.
—Creo que ha pedido una botella de vino californiano.
—Lo próximo será encargar un «Big Mac» —murmuró Giordino.
—Intenta distraerlos para que la corriente los arrastre.
En la cañonera, los rostros de Matabu y Ketou reflejaban
idéntica incomprensión. Pitt habló de nuevo, esta vez en su propio idioma.
—No habló swahili. ¿Pueden repetirlo en inglés?
Crecientemente furioso, Matabu golpeó la baranda. No estaba
acostumbrado a la socarrona indiferencia. Respondió en un gutural inglés que
Pitt apenas logró descifrar.
—Yo, almirante Pierre Matabu, jefe de Marina Nacional de Benin
—anunció pomposamente—. Pare motor y prepárese a inspección. Pare, o doy orden
disparar.
Pitt asintió con gran convicción, moviendo aplacadoramente ambos
brazos.
—Sí, sí, no dispare. Por favor, no dispare.
Lentamente, la cabina del Calíope iba llegando a la altura de la
popa de la cañonera de Matabu. Pitt mantenía entre ambos buques la distancia
justa para que nadie, salvo un campeón olímpico, pudiera salvarla de un salto.
Dos marineros tiraron cabos a las cubiertas de proa y popa del Calíope, pero
Pitt no hizo amago de recogerlos.
—Ate la cuerdas —ordenó Ketou.
—Estamos muy separados —replicó Pitt. Alzó una mano y describió
con ella un arco—. Aguarde, que ahora vuelvo.
Sin escapar respuesta, empujó hacia delante el mando y el yate
inició un amplio giro de ciento ochenta grados, deteniéndose junto al costado
contrario de la cañonera. Ahora ambos barcos estaban en cursos paralelos, con
las proas enfiladas río abajo. Con no poca satisfacción, Pitt advirtió que los
cañones de treinta milímetros no podían inclinarse lo suficiente para alcanzar
la cabina del Calíope.
Matabu miró a Pitt con ojos refulgentes; una sonrisa de triunfo
comenzaba a extenderse por sus gruesos labios. Ketou que no compartía la
satisfecha expresión de su superior, reflejaba un perceptible recelo.
Con calma, y siempre sonriendo, Pitt esperó hasta que la torreta
de Giordino se encontrase directamente en línea con la sala de máquinas del
cañonero. Manteniendo una mano sobre el timón, bajó la otra con disimulo y
empuñó la culata del lanzagranadas. Luego susurró al micrófono:
—El helicóptero está justo al frente. La cañonera, a estribor.
Caballeros: empieza el espectáculo. ¡A por ellos!
En cuanto Pitt acabó de hablar, Giordino bajó el escudo
protector de la torreta del cuarto de máquina y disparó un misil rapier que,
rápido como un rayo, fue a alcanzar directamente los depósitos de combustible
del helicóptero, Gunn apareció por la escotilla de proa, llevando un fusil
automático modificado M—16 bajo cada brazo y escupiendo balas que abatieron a
los artilleros que manejaban los cañones de treinta milímetros. Pitt apuntó al
aire el lanzagranadas y disparó a ciegas la primera de sus granadas explosivo—incendiarias
por encima del barco de Matabu. Su intención era alcanzar la segunda cañonera,
a la que no podía ver, calculando una trayectoria parabólica que concluiría
sobre el blanco elegido. La granada rebotó en un chigre y cayó en el río, explotando
bajo el agua con un estampido ensordecedor. El siguiente proyectil también
falló, con idéntico resultado.
Matabu no estaba en absoluto preparado para el terrorífico
espectáculo que estalló a su alrededor. Le pareció como si el cielo y el aire
hubieran entrado en erupción. Sin dar crédito a sus ojos, vio cómo el
helicóptero se desintegraba totalmente en una enorme bola de fuego, que fue
seguida por una nube de humo en forma de hongo y por una lluvia de ígneos
fragmentos sobre el río.
—¡Los malditos blancos nos han engañado! —gritó Ketou, rabioso
por haber mordido el anzuelo. Corrió a la batayola y agitó furiosamente el puño
contra el Calíope—. ¡Bajen los cañones y disparen! —chilló a los artilleros.
—¡Demasiado tarde! —gritó Matabu, aterrorizado. El almirante,
presa del pánico, se acuclilló y quedó inmóvil, contemplando cómo sus hombres
se derrumbaban y morían a causa de las balas disparadas por Gunn. Con
petrificada incredulidad, miró los cadáveres obscenamente retorcidos que
rodeaban los silentes cañones, derrumbados en posiciones fetales, con las
entrañas repartidas por cubierta. Matabu, simplemente, no lograba admitir que
un barco clandestino, camuflado bajo la inocente apariencia de un yate de recreo
que hacía ondear una respetable bandera, poseyera la suficiente potencia de
fuego para transformar en una pesadilla su pequeño y confortable mundo. El
desconocido que se encontraba a los mandos del barco mortal había convertido la
sorpresa en una baza táctica definitiva. Los hombres de Matabu, petrificados
por la impresión no conseguían reaccionar. Se agitaban como ganado bajo una
tormenta, presa del terror, cayendo sin hacer un disparo. Entonces comprendió,
con escalofriante certeza, que iba a morir; se dio cuenta de ello cuando la
torreta de popa del yate giró y, a bocajarro, lanzó contra la cañonera otro
misil que perforó el casco de madera y, antes de detonar, chocó contra un
generador de la sala de máquinas.
Casi en el mismo instante, la tercera granada de Pitt alcanzó su
blanco. Milagrosamente, el proyectil hizo impacto en una mampara y rebotó,
entrando por una abierta escotilla de la segunda cañonera. En un concierto de
explosiones, el barco estalló en llamas, haciendo detonar las municione
almacenadas en la santabárbara. Se produjo una enorme nube de humo y una lluvia
de fragmentos de madera y metal, piezas de botes salvavidas y cuerpos
destrozados. La cañonera dejó de existir de forma estremecedora. La onda
expansiva golpeó con un mastodóntico mazazo el barco de Matabu, empujándolo
contra el yate y haciendo perder el equilibrio a Pitt.
El misil de Giordino convirtió la sala de máquinas de la
cañonera en un holocausto de metales retorcidos y madera astillada. El agua
entró a raudales por el inmenso agujero abierto en el fondo, y el barco comenzó
a hundirse rápidamente. Todo el interior se convirtió en un ardiente infierno;
las llamas salían por todas las portillas. Jirones de negro humo de aceite
quemado se elevaron por el aire tropical para luego dispersarse por las orillas
arboladas.
Al no ver a nadie en pie alrededor de los cañones ni sobre la
cubierta, Gunn disparó contra las dos figuras del puente. Dos balazos rompieron
el pecho de Matabu. El hombre se irguió, aferró unos momentos la barandilla de
la batayola, mirando la sangre que empapaba su inmaculado uniforme. Luego,
lentamente, se derrumbó sobre el puente como un fardo.
Por unos instantes, un desesperado silencio cayó sobre el río.
No se oía más que el chasquido de la combustión del petróleo sobre las aguas.
Luego, bruscamente, como un alarido procedente de los abismos del infierno, una
agónica voz sonó sobre las aguas.
13
—¡Escoria occidental! —gritó Ketou—. Habéis asesinado a mis
hombres. —La figura del hombre se recortaba contra el grisáceo cielo. Sangraba
por una herida en el hombro, y el desastre a su alrededor le ofuscaba por
completo.
Gunn lo miró por encima de los cañones de sus vacíos fusiles.
Ketou le devolvió la mirada por unos instantes, y luego la fijó en Pitt, que
estaba asomándose por el puente.
—¡Escoria occidental! —repitió Ketou.
Por encima del restallar de las llamas, Pitt replicó:
—¡El juego es el juego, y usted ha perdido! —Después, añadió—:
Abandone su barco. Nos acercaremos a recogerlo y...
Como impulsado por un resorte, Ketou se incorporó, subió por una
escala y corrió hacia popa. La cañonera estaba escorada hacia babor, y el agua
cubría ya la cubierta de cañones.
—Cárgatelo, Rudi —espetó Pía por el micrófono—. Va hacia el
cañón de popa.
Sin replicar, Gunn arrojó sus armas, ya inútiles, se zambulló en
el compartimento de proa y cogió una escopeta automática Remington TR870.
Mientras, Pitt apretó a fondo los aceleradores, girando el timón hacia babor y
haciendo que el Calíope describiera un violento viraje que terminó con la proa
apuntada río arriba. Las hélices mordieron las aguas, que hirvieron bajo sus
aspas, y el Calíope saltó hacia delante como un caballo de carreras saliendo de
la jaula de partida.
Sobre el río sólo flotaban el aceite y los restos del naufragio.
La cañonera de Ketou iniciaba su último viaje hacia el fondo del río, cuyas
aguas inundaban ya su interior, levantando grandes nubes de vapor. Cuando Ketou
alcanzó los cañones de treinta milímetros de popa, el agua le llegaba a las
rodillas. Hizo girar los cañones hacia el yate que huía y apretó el botón
disparador.
—¡Al! —gritó Pitt.
Como respuesta, sonó el zumbido del misil que Giordino acababa
de lanzar desde su torreta. Una llameante lengua anaranjada, acompañada de un
humo blanco, cruzó el aire en dirección a la cañonera. Pero la brusca maniobra
de Pitt al girar el timón y el acelerón del yate habían desviado la puntería de
Giordino. El misil pasó por encima de la semihundida cañonera y estalló entre
los árboles de la orilla.
Gunn apareció en la cabina, junto a Pitt, apuntó cuidadosamente
y comenzó a disparar la Remington contra Ketou. El tiempo pareció ralentizarse
mientras las postas impactaban contra el cañón y el capitán africano. Pitt y
Gunn estaban demasiado lejos para ver el odio y la desesperación en las negras
facciones del hombre. Tampoco llegaron a ver cómo moría, sobre la mira del
cañón y con la mano apretando aún el disparador.
Una ráfaga de proyectiles salió zumbando contra el Calíope, al
tiempo que Pitt hacía girar bruscamente el yate hacia estribor. Pero la batalla
iba a tener un sarcástico final: un muerto conseguía desquitarse de la
catastrófica derrota con una precisión estremecedora. Una cortina de agua cayó
sobre el yate mientras los proyectiles alcanzaban la base de sustentación sobre
la que se alzaban la parabólica de conexión con el satélite, la antena de
comunicaciones y el transpondedor de navegación, cuyos fragmentos cayeron al
río. El parabrisas de la cabina se hizo añicos. Gunn se tiró de bruces sobre el
puente, pero Pitt sólo pudo echarse sobre el timón y acelerar, huyendo de la
mortífera granizada. El bramido de los motores tubordiesel les impidió escuchar
los impactos de los proyectiles, pero vieron cómo los fragmentos del equipo de
comunicaciones saltaban por los aires en torno a ellos.
Luego Giordino corrigio su puntería y lanzó su último misil. De
pronto, la popa de la cañonera desapareció entre una nube de humo y llamas.
Luego, el barco desapareció bajo las aguas, dejando tras de sí un hervidero de
burbujas y una creciente mancha de aceite. El comandante en jefe de la marina
de Benin y su flota fluvial habían dejado de existir.
Con gran esfuerzo, Pitt apartó la vista de los restos de la
batalla y la dirigió a su barco y a sus amigos. Gunn estaba poniéndose en pie;
su calva cabeza sangraba por una herida. Giordino llegó desde la sala de
máquinas como quien acaba de salir de una cancha de squash: sudoroso y cansado,
pero dispuesto para un nuevo partido. Señalando río arriba, gritó al oído de
Pitt:
—Ahora sí que estamos listos.
—Puede que no —replicó Pitt—. A esta velocidad, entraremos en
Níger dentro de veinte minutos.
—Esperemos no haber dejado testigos.
—No cuentes con ello. Aunque no haya habido supervivientes,
alguien puede haber visto la batalla desde tierra. Gunn tomó a Pitt por el
brazo y dijo:
—En cuanto estemos en Níger, reduce velocidad de modo que
podamos reanudar la inspección.
—Afirmativo —asintió Pitt. Echó un rápido vistazo al lugar donde
habían estado la parabólica y la antena de comunicaciones, y sólo entonces
advirtió que habían desaparecido—. Adiós a contactar con el almirante e
ínfomarle.
—Y los laboratorios de la NUMA tampoco podrán recibir mis
transmisiones de datos ——comentó tristemente Gunn.
—Lástima que no podamos contarles que el crucero de placer por
el río se ha convertido en una sangrienta pesadilla —dijo Giordino.
—Como no encontremos otra forma de salir de aquí, estamos listos
—dijo Pitt torvamente.
—Me gustaría ver la cara del almirante cuando se entere de que
le hemos estropeado su barquito —contentó Giordino, sonriendo ante la idea.
—La verás —aseguró Guni, descendiendo al compartimento de
electrónica—. Claro que la veras.
Qué estúpida sangría, pensó Pitt. Al cabo de sólo día y medio de
emprender la misión, ya habían matado a no menos de treinta hombres, derribado
un helicóptero y hundido dos cañoneras. Y todo en nombre de la salvación de la
humanidad, se dijo con sarcasmo. Ya no había posibilidad de retorno. Tenían que
encontrar el contaminante antes de que las fuerzas de seguridad de Níger o Malí
los detuvieran para siempre. En cualquier caso, sus vidas no valían ni el papel
de un dólar falso.
Miró la pequeña antena de radar junto a la cabina. Por suerte,
era lo menos dañado. La antena estaba intacta y seguía girando. Sin ella,
habría sido un infierno navegar de noche por el río. La pérdida de la unidad de
localización vía satélite significaría que tendrían que fijar la posición de la
fuente contaminante por medio de puntos de referencia en tierra. Pero estaban
ilesos y el barco, aun en buenas condiciones, navegaba a casi setenta nudos. La
única preocupación de Pitt en ese momento era evitar el choque con algún tronco
u objeto flotante. A tal velocidad, cualquier colisión desfondaría el yate,
convirtiéndolo en un amasijo.
Por suerte, el río carecía de obstáculos flotantes, y los
cálculos de Pitt fueron sólo ligeramente inexactos. Tardaron únicamente
dieciocho minutos en entrar en aguas de la República de Níger, sin divisar, en
el cielo o en el agua, a ningún tipo de fuerzas de seguridad. Cuatro horas más
tarde echaron amarras en el muelle de abastecimiento de Niamey, la capital.
Tras cargar combustible y soportar el clásico asedio de las autoridades de
inmigración, fueron autorizados para proseguir el viaje.
Mientras el Calíope dejaba atrás los edificios de Niamey y el
puente de John F. Kennedy, Giordino comentó, en tono alegre y desenfadado:
—Vamos bien, pues las cosas ya no pueden estar peor.
—De ir bien, nada —dijo Pitt, al timón—. Y las cosas pueden
ponerse muchísimo peor.
Giordino lo miró.
—¿A qué viene tanto pesimismo? La gente de por aquí no parece
tener nada contra nosotros.
—Todo ha sido demasiado fácil —dijo lentamente Pitt—. En esta
parte del mundo, las cosas no son así, y menos después de nuestro altercado con
las cañoneras beninesas. ¿No te fijaste en que mientras mostrábamos nuestros
pasaportes y los papeles del barco a los de inmigración no vimos ni a un
policía ni a un centinela militar?
—Una coincidencia —dijo Giordino, con un encogimiento de
hombros—. 0 simple negligencia.
Pitt negó solemnemente con la cabeza.
—Ni lo uno, ni lo otro. Tengo el presentimiento de que alguien
juega con nosotros.
—¿Crees que las autoridades de Níger sabían de nuestro
encontronazo con la marina de Benin?
—Por estos contornos las noticias vuelan, y estoy seguro de que nos
llevan la delantera. Los militares benineses seguro que han alertado al
gobierno de Níger.
Esto no convenció a Giordino.
—Entonces, ¿por qué no nos han detenido los burócratas locales?
—No tengo ni idea —replicó Pitt, pensativo.
—¿Sandecker? —sugirió Giordino—. Quizá él haya intervenido.
Pitt negó con la cabeza.
—En Washington, el almirante es un pez gordo; pero aquí ni
pincha ni corta.
—Entonces, alguien desea algo que nosotros tenemos.
—Por ahí parecen ir los tiros.
—Pero, ¿qué? —preguntó Giordino, exasperado—. ¿Nuestros datos
sobre la contaminación?
—Salvo nosotros tres, Sandecker y Chapman, nadie conoce nuestra
misión. A no ser que haya habido un chivatazo, tiene que tratarse de otra cosa.
—¿Cómo qué?
Pitt sonrió.
—Como, por ejemplo, nuestro barco.
—¿El Calíope? —La incredulidad de Giordino era evidente—. Busca
una explicación mejor.
—No —dijo tajantemente Pitt—. Piénsalo bien. Un navío altamente
especializado, construido en secreto, capaz de hacer setenta nudos y de
llevarse por delante a dos cañoneras y un helicóptero en tres minutos.
Cualquier jefe militar de África Occidental daría un ojo de la cara por hacerse
con él.
—Bien, lo acepto —dijo Giordino a regañadientes—. Pero
contéstame a esto: si el Calíope es tan deseable, ¿por qué no lo requisaron los
de Níger mientras repostábamos en Niamey?
—Tal vez tuvimos suerte... 0 quizá alguien haya hecho un trato.
—¿Quién?
—Lo ignoro —contestó Pitt.
—¿Por qué?
—No tengo ni idea.
—Entonces... ¿cuándo cae el hacha? —preguntó Giordino.
—Si nos han dejado llegar tan lejos, será que la respuesta se
encuentra en Malí.
Giordino miró a Pitt.
—Así que no volveremos por donde vinimos.
—Al hundir la flota de Benin, compramos un pasaje sin regreso.
—Bueno, siempre he creído que, más que en llegar, la diversión
está en el viaje.
—Pues la diversión se terminó, si eres tan morboso como para
considerarla así. —Pitt miró las orillas del río, en las que la verde
vegetación había dado paso a un desnudo paisaje de arbustos, piedra, y tierra
rojiza—. A juzgar por el terreno, si esperamos volver a casa alguna vez,
tendremos que cambiar el yate por unos camellos.
—Vaya por Dios —gruñó Giordino—. ¿Me ves montado en uno de esos
engendros de la naturaleza? Yo soy un hombre razonable, convencido de que Dios
creó el caballo sólo para que hiciera bonito en las películas del Oeste.
—Sobreviviremos —dijo Pitt—. Una vez encontremos la fuente de la
intoxicación, el almirante removerá cielo y tierra para recuperarnos.
Giordino se volvió y miró sombríamente Níger abajo.
—Así que éste es —dijo lentamente.
—Este es, ¿qué?
—El legendario río de irás y no volverás.
Los labios de Pitt se curvaron en una maliciosa sonrisa.
—Ya que estamos en semejante lugar arriemos la bandera francesa
y hagamos ondear la nuestra.
—Tenemos orden de ocultar nuestra nacionalidad —protestó
Giordino—No podemos ir haciendo salvajadas bajo las barras y estrellas.
—¿Quién ha hablado de las barras y estrellas?
Giordino comprendió que Pitt se traía algo ente manos.
—Muy bien: ¿bajo qué bandera propones que naveguemos?
—Bajo ésta. —Abrió un cajón y sacó una bandera negra que arrojó
a Giordino—. La cogí en una fiesta de disfraces a la que asistí hace un par de
meses.
Giordino puso cara de víctima al contemplar la calavera que le
sonreía desde el centro del paño rectangular.
—¿Pretendes que icemos la bandera pirata?
—¿Por qué no? —La sorpresa de Pitt por la desazón de Giordino
pareció auténtica—. Me parece propio y oportuno que, puesto que vamos a armar
la gran zapatiesta, lo hagamos bajo la enseña adecuada.
14
—Bonito grupo internacional de detectores de contaminación
estamos hechos —refunfuñó Hopper, mientras observaba el ocaso sobre los lagos y
marismas del alto Níger—. Lo único que hemos encontrado es la típica
indiferencia tercermundista hacia la higiene.
Eva estaba sentada en una banqueta plegable, frente a una
pequeña estufa de petróleo para combatir el frío nocturno.
—He hecho análisis buscando casi todas las toxinas conocidas, y
creo he encontrado rastro de ninguna de ellas. Nuestra enfermedad fantasma es sumamente
escurridiza.
Junto a ella estaba sentado un hombre de más edad, alto, fuerte,
de cabellos grises y mirada inteligente y reflexiva. Natural de Nueva Zelanda,
el doctor Warren Grimes era el jefe epidemiólogo del proyecto. Contempló su
vaso de soda.
—Yo tampoco he encontrado nada. Cuantos cultivos he observado en
un radio de quinientos kilómetros, estaban libres de microorganismos
relacionados con la enfermedad.
—¿No habremos pasado algo por alto? —preguntó Hopper, dejándose
caer en un acolchado sillón plegable.
Grimes se encogió de hombros.
—Sin víctimas, no puedo hacer entrevistas ni autopsias. Sin
víctimas, no puedo obtener muestras de tejidos ni analizar resultados. Necesito
datos de referencia para comparar síntomas.
—Si hay alguien muriendo a causa de la contaminación tóxica
—dijo Eva—, desde luego no está en las inmediaciones.
Hopper apartó la vista del cielo anaranjado del anochecer y fue
a servirse una taza de la tetera que había sobre la estufa.
—Quizá las noticias fueran falsas o exageradas.
—Los informes que recibió la ONU eran muy vagos —le recordó
Grimes.
—Puede que, al comenzar a trabajar sin datos fidedignos ni
localizaciones exactas, nos hayamos precipitado.
—Creo que nos están ocultando lo que ocurre —dijo de pronto Eva.
Se produjo un silencio. La vista de Hopper fue de Eva a Grimes.
—Si es así, lo hacen muy bien —dijo al fin Grimes.
—Me inclino a pensar lo mismo —dijo Hopper con curiosidad—. Los
equipos de Níger, Chad y el Sudán tampoco están consiguiendo resultados.
—Lo cual sugiere que la contaminación está en Malí, y no en las
otras naciones —dijo.
—A las víctimas se las puede enterrar —observó Grimes—. Pero los
rastros de la contaminación son inocultables. Si estuviera por aquí, la
habríamos encontrado. En mi opinión, estamos persiguiendo un fantasma.
Eva lo miró fijamente: sus ojos azules se agrandaban por el
reflejo de las llamas de la estufa.
—Si pueden enterrar a las víctimas, también pueden alterar los
informes.
—Ajá —asintió Hopper—. En lo que dice Eva puede haber algo de
verdad. No confío en Kazim ni en las víboras que lo rodean. Nunca he confiado.
¿Y si hubiesen alterado los informes para mantenernos fuera de juego? ¿Y si la
contaminación no se encuentra donde nos han hecho creer que está?
—Es una posibilidad digna de consideración —admitió Grimes—. Nos
hemos concentrado en las regiones más húmedas y populosas del país partiendo de
la base de que en ellas se daba la mayor incidencia de enfermedad y
contaminación.
—¿Adónde iremos desde aquí? —preguntó Eva.
—De regreso a Tombuctú —dijo Hopper con firmeza—. ¿Os fijasteis
en la actitud de la gente que interrogamos antes de venir al sur? Todos estaban
nerviosos, preocupados. Se les notaba en las caras. Es posible que les hicieran
guardar silencio por medio de amenazas.
—Especialmente, los tuaregs del desierto —recordó Grimes.
—Querrás decir que especialmente sus mujeres y niños —añadió
Eva—. Se negaron a dejarse examinar.
Hopper sacudió la cabeza.
—La culpa es mía. Fui yo quien tomé la decisión de darle la
espalda al desierto. Fue un error. Ahora me doy cuenta.
—Eres un científico, no un adivino —lo consoló Grimes.
—Sí —estuvo de acuerdo Hopper—. Soy un científico, pero detesto
que me tomen el pelo.
—Lo que más nos despistó a todos —dijo Eva—, es la obsequiosa
actitud del capitán Batutta.
Grimes la miró.
—Es cierto. Has vuelto a dar en el clavo, muchacha. Ahora que lo
mencionas, me doy cuenta de que la cooperación de Batutta ha rayado en el
servilismo.
—Cierto ——asintió Hopper—. Nos ha permitido ir a donde nos diese
la realísima gana, sabiendo que estábamos a cientos de kilómetros del verdadero
rastro.
Gimes terminó su soda.
—Será interesante ver su expresión cuando le digas que volvemos
al desierto, a comenzar de nuevo partiendo de cero.
—Antes de que yo termine de decirlo, él ya estará contándoselo
por radio al coronel Mansa.
—También podríamos mentir —dijo Eva.
—Mentir ¿para qué? —preguntó Hopper.
—Para sacárnoslos a él y a los demás de encima.
—Te escucho —dijo Hopper a Eva.
—Dile a Batutta que damos el proyecto por concluido. Que no
hemos encontrado ni rastro de contaminación y que regresamos a Tombuctú para
hacer las maletas y volver a casa.
—Perdona, pero no te sigo. ¿Adónde quieres ir a parar?
—Según las apariencias, el equipo renuncia, se retira —explicó
Eva—. Batutta, aliviadísimo, nos dice adiós con la mano cuando despegamos. Sólo
que no volamos a El Cairo, aterrizamos en el desierto y reiniciamos la
operación por nuestra cuenta, sin perros guardianes.
Los dos hombres se tomaron unos segundos para asimilar la
propuesta de Eva. Hopper se echó hacia delante, meditando intensamente. En
cuanto a Grimes, parecía como si alguien le hubiese propuesto montar en el
siguiente cohete a la luna.
—Imposible —dijo al fin Grimes, casi en tono de disculpa—. Un
reactor no puede aterrizar en mitad del desierto así como así. Hace falta una
pista de por lo menos un kilómetro.
—En el Sahara hay zonas en las que el terreno es totalmente liso
por cientos de kilómetros —arguyó Eva.
—Excesivamente arriesgado —replicó tozudamente Grimes—. Si Kazim
se enterase, lo pagaríamos caro.
Eva dirigió una fugaz mirada a Grimes y otra más detenida a
Hopper, en cuyo rostro detectó el inicio de una sonrisa.
—Es posible —dijo firmemente la mujer.
—Cualquier cosa es posible aunque frecuentemente no sea
práctica. —Hopper descargó el puño contra el brazo de su sillón plegable con
tal fuerza que casi lo rompió—. Qué demonios: merece la pena intentarlo.
Grimes lo miró fijamente.
—No hablarás en serio.
—Claro que sí. El piloto y la tripulación tendrán la última
palabra, naturalmente. Pero con el adecuado incentivo, como por ejemplo una
sabrosa gratificación, creo que aceptarán correr el riesgo.
—Olvidas algo —dijo Grimes.
—¿Qué?
—¿Qué transporte utilizaremos una vez en tierra?
Eva señaló con la cabeza hacia el pequeño «Mercedes» todo
terreno con plataforma de remolque adosada que les había facilitado el coronel
Mansa en Tombuctú.
—El «Mercedes» cabe por el portón de carga.
—Que se encuentra a dos metros del suelo —dijo Grimes—. ¿Cómo
piensas subirlo a bordo?
—Montaremos una rampa y subirá rodando —replicó jovialmente
Hopper.
—Tendrás que hacerlo delante de las narices de Batutta.
—No es un problema irresoluble.
—El vehículo pertenece al ejército maliense. ¿Cómo vas a
justificar su desaparición?
—Rellenando un simple formulario —se encogió de hombros Hopper—.
Al coronel Mansa se le dirá que unos ladrones nómadas lo robaron.
—Es una locura —anunció Grimes.
Súbitamente, Hopper se puso en pie.
—Decidido. Empezaremos nuestra pequeña comedia mañana a primera
hora. Eva: ocúpate de contarles nuestro plan a los demás científicos. Yo me
arrimaré a Batutta y disiparé sus recelos lamentándome como una Magdalena por
nuestro fracaso.
—Hablando de nuestro guardián... —dijo Eva, mirando en torno—.
¿Dónde se esconde?
—En ese bonito vehículo de recreo con equipo de comunicaciones
—replicó Grimes—. Prácticamente, vive en él.
—Aunque a nosotros nos viene muy bien, es extraño que, cada vez
que nos reunimos a hablar, él desaparezca.
—Yo diría que es sumamente cortés por su parte —Grimes se
levantó y se desperezó. Dirigió una furtiva mirada al equipo de comunicaciones
y, no viendo a Batutta, se sentó de nuevo—. Ni rastro de el. Probablemente
estará dentro, viendo programas musicales europeos por la televisión.
—O hablando por radio, informando al coronel Mansa de los
últimos chismorreos de nuestro circo científico —dijo Eva.
—No puede tener mucho de lo que informar —rió Hopper—. No se
mezcla con nosotros lo suficiente para saber qué diabluras tramamos.
El capitán Batutta no estaba informado a su superior, al menos
de momento. Se encontraba sentado en el interior de su camioneta, y tenía
puestos unos auriculares estéreo conectados a un sistema electrónico de escucha
sumamente sensible. El amplificador, montado en el techo del vehículo, estaba
dirigido hacia la estufa del campamento. Se echó hacia delante y ajustó el
hipersensible detector, ampliando la superficie receptora.
Cada palabra que pronunciaba Eva y sus colegas llegaba sin la
más mínima distorsión a los oídos del hombre, cada murmullo y susurro.
Naturalmente, todo ello quedaba grabado. Batutta escuchó la conversación hasta
que terminó y el trío se separó, Eva para poner al corriente del nuevo plan al
resto del equipo, y Hopper y Grimes para ir a estudiar mapas del desierto.
Batutta levantó un teléfono conectado con un satélite de co
municaciones que utilizaban conjuntamente varias naciones africanas y marcó un
número. Le respondió una voz a mitad de un bostezo.
—Central de Seguridad, distrito de Gao.
—Aquí el capitán Batutta. Póngame con el coronel Mansa.
—Un momento, señor —dijo apresuradamente la voz. Pasaron cinco
minutos antes de que Mansa se pusiera al aparato.
—Sí, capitán.
—Los científicos de la ONU planean una estratagema.
—¿Qué clase de estratagema?
—Se proponen informarnos de que no han encontrado ni rastro de
la contaminación ni de sus víctimas...
—O sea que el brillante plan del general Kazim para retener—los
lejos de las zonas contaminadas ha tenido éxito —le interrumpió Mansa.
—Hasta ahora —dijo Batutta—. Pero ya se han dado cuenta de las
intenciones del general. El doctor Hopper se propone anunciar la clausura del
proyecto y el regreso de él y su gente a Tombuctú, desde donde saldrán para El
Cairo en vuelo charter.
—El general se sentirá muy satisfecho.
—No cuando se entere de que Hopper no tiene la menor intención
de salir de Malí.
—¿Cómo dice? —preguntó Mansa.
—Piensan sobornar a los pilotos para que aterricen en el
desierto y luego emprenderán una nueva búsqueda de la contaminación por
nuestras aldeas nómadas.
Mansa notó como si, de pronto, la boca se le hubiese llenado de
arena.
—Eso puede ser desastroso. El general se enfurecerá cuando se
entere.
—No es culpa nuestra —se apresuró a decir Batutta.
—Ya conoce usted su ira. Cae lo mismo sobre los inocentes que
sobre los culpables.
—Hemos cumplido con nuestro deber —replicó Batutta con aplomo.
—Manténgame informado de los movimientos de Hopper —ordenó
Mansa—. Comunicaré personalmente su informe al general.
—¿Se encuentra en Tombuctú?
—No: en Gao. Por suerte, está en el yate de Yves Massarde, que
se halla anclado en el muelle, a las afueras. Tomaré un transporte militar y en
media hora estaré allí.
—Buena suerte, coronel.
—Vigile a Hopper en todo momento e infórmeme de cualquier cambio
de sus planes.
—Como usted ordene.
Mansa colgó y se quedó mirando el teléfono, evaluando las
implicaciones del informe de Batutta. De no haberse descubierto su plan, Hopper
podría haber encontrado a las víctimas de la contaminación allá en el Sáhara,
donde a nadie se le había ocurrido buscar. Lo cual habría sido una calamidad.
El capitán Batutta le había salvado de un enorme atolladero, quizá incluso de
ser ejecutado bajo apañada acusaciones de traición, que era lo que Kazim solía
hacer para eliminar a los oficiales que le desagradaban. Se había librado por
los pelos. Si cogía a Kazim de buen humor, quizá lograse un puesto en el Alto
Estado Mayor.
Mansa llamó a su ayudante, en el antedespacho, y le ordenó que
le preparase su uniforme de gala y un avión. Comenzaba a sentirse inundado por
la euforia. Lo que casi había sido una catástrofe se convertiría en la
oportunidad de aniquilar a los intrusos extranjeros.
Una lancha rápida aguardaba en el muelle, bajo una mezquita,
cuando Mansa se apeó del automóvil militar que lo había trasladado desde el
aeropuerto. Un marinero de uniforme soltó las amarras de proa y popa y luego
saltó a la cabina. Accionó el mando de ignición, y el gran motor marino Citroen
V—8 se puso en marcha con un rugido.
El yate de Massarde se mecía en el centro del río, con el ancla
de proa echada y sus luces reflejándose en la mansa corriente. En realidad, el
yate era una mansión flotante de tres pisos de altura. Su fondo plano le
permitía navegar fácilmente arriba y abajo del río durante las temporadas de
crecida.
Mansa jamás había estado a bordo; pero había escuchado historias
de la gran escalinata con lucerna de cristal que ascendía de la lujosa suite
principal hasta el helipuerto; de los diez suntuosos camarotes amueblados con
antigüedades francesas; del comedor de alto techo con murales de la época de
Luis XIV, sacados de las paredes de un cháteau del Loira; de la sauna, los
Jacuzzi, del bar montado sobre una plataforma giratoria, y del sistema
electrónico de comunicaciones que conectaba a Massarde con su imperio mundial.
Todo ello se unía para convertir a la mansión flotante en algo único y
extraordinario.
Al pasar de la lancha a la pasarela del yate, el coronel
abrigaba la esperanza de ver el interior del lujoso navío, pero sus ilusiones
se esfumaron cuando Kazim salió a recibirlo a cubierta, junto a la pasarela.
Sostenía una copa de champán mediada. No hizo amago de ofrecer otra a Mansa.
—Espero que si ha interrumpido mi reunión de negocios con
Monsieur Massarde será por motivos tan urgentes como su mensaje daba a entender
—dijo fríamente Kazim.
Mansa saludó marcialmente y comenzó a hacer un rápido pero
preciso informe, embelleciendo la realidad y puliendo los detalles de lo
contado por Batutta sobre el equipo de la OMS, aunque sin mencionar nunca al
capitán por su nombre.
Kazim escuchaba con curioso interés. Sus negros ojos miraban sin
el brillo de las luces del barco reflejadas en el agua. Una expresión
preocupada cruzó por su rostro, aunque no tardó en ser sustituida por una
torcida sonrisa.
Al terminar Mansa de hablar, Kazim le preguntó:
—¿Cuándo está previsto que Hopper y su caravana lleguen a
Tombuctú?
—Si salen mañana por la mañana, es probable que lleguen a última
hora de la tarde.
—Tiempo más que suficiente para que el buen doctor se lleve un
buen chasco. —Kazim miró a Mansa gélidamente—. Confío en que se muestre
adecuadamente decepcionado y solícito cuando Hopper le anuncie el fracaso de
sus investigaciones.
—Actuaré con la mayor diplomacia —aseguró Mansa.
—Su avión y sus tripulantes, ¿continúan en Tombuctú? Mansa
asintió.
—Los pilotos se alojan en el hotel «Azalai».
—¿Y Hopper se propone pagarles una gratificación para que
aterricen en el desierto, al norte de aquí?
—Sí: eso dijo a los otros.
—Debemos hacernos con el control del aparato.
—¿Desea que soborne a los pilotos, ofreciéndoles más que Hopper?
—Eso sería tirar el dinero —replicó desdeñosamente Kazim—.
Mátelos.
Mansa, que casi esperaba la orden, ni rechistó.
—Sí, señor.
—Y sustitúyalos por pilotos de los nuestros que se les asemejen
en estatura y rasgos faciales.
—Un plan maestro, mi general.
—Otra cosa: informe al doctor Hopper de que insisto en que el
capitán Batutta los acompañe a El Cairo, para actuar en mi nombre ante la
Organización Mundial de la Salud. Él supervisará la operación.
—¿Qué órdenes debo dar a nuestra dotación de reemplazo? Con un
brillo de maldad en los oscuros ojos, Kazim replicó:
—Ordéneles que aterricen con el doctor Hopper y su grupo en
Asselar.
—Asselar. —Sólo pronunciar el nombre hizo que Mansa notara como
si la boca se le llenara de ácido—. Hopper y su gente serán asesinados por los
salvajes mutantes de Asselar, como ocurrió con los turistas del safari.
—Eso —dijo fríamente Kazim—, que Alá lo decida.
—¿Y si, por algún motivo imprevisto, sobreviven? —Mansa planteó
la pregunta con la mayor de las delicadezas.
Una maligna expresión se extendió por el rostro de Kazim,
produciendo escalofríos en su interlocutor. Con una astuta sonrisa y un
malicioso brillo en los oscuros ojos, el general dijo:
—Para ese caso, siempre está Tebezza.
SEGUNDA PARTE
TIERRA MUERTA
15 de mayo, 1996
Nueva York
15
En el aeropuerto Floyd Bennet, en la orilla de Jamaica Bay,
Nueva York, un hombre con aspecto de hippy de los años sesenta permanecía
recostado contra un Jeep Wagoneer estacionado en un extremo de la pista. A
través de unos viejos gemelos, miró el avión color turquesa que rodaba entre la
tenue niebla matinal y se detuvo a sólo diez metros de distancia. Cuando
Sandecker y Chapman se apearon del reactor de la NUMA, el hombre se adelantó
para recibirlos.
El almirante se fijó en el coche e hizo un gesto de
satisfacción. Detestaba las limusinas e insistía en usar vehículos con tracción
a las cuatro ruedas para su transporte personal. Dirigió una breve sonrisa al
hombre que, con su coleta y su cazadora Levis, dirigía el inmenso banco
informático de datos de la NUMA. De todos los directivos del equipo de
Sandecker, Hiram Yaeger era el único que incumplía sin problemas las normas
relativas a la indumentaria.
—Gracias por acudir a recogernos, Hiram. Lamento haberte hecho
venir desde Washington con tantas prisas.
Yaeger fue hacia él con la mano extendida.
—No se preocupe, almirante. Me vendrá bien estar un tiempo lejos
de mis máquinas. —Se volvió hacia el doctor Chapman—. ¿Qué tal el vuelo desde
Nigeria, Darcy?
—El techo de la cabina era demasiado bajo, y mi asiento
excesivamente angosto —se quejó el altísimo toxicólogo—. Y, para empeorar las
cosas, el almirante me ha dejado diez a cuatro jugando al gin rummy.
—Metamos el equipaje en el coche. Tenemos una entrevista en
Manhattan.
—¿Concertaste cita con Hala Kamil? —preguntó Sandecker. Yaeger
movió afirmativamente la cabeza.
—Telefoneé a la ONU en cuanto supe la hora de llegada del avión.
La secretaria general Kamil ha alterado su agenda para recibirnos. A su
ayudante le sorprendió que hiciera eso por usted.
Sandecker sonrió.
—Somos viejos amigos.
—Lo recibirá a las diez y media.
El almirante echó un vistazo a su reloj.
—Falta hora y media. Nos da tiempo a tomar un café y desayunar.
—Buena idea —dijo Chapman, entre bostezos—. Me muero de hambre.
Montaron en el Jeep, salieron del aeropuerto y se dirigieron a
una cafetería de Coney Island. Una vez en ella, se acomodaron en un reservado.
Los atendió una camarera que no quitaba ojo al imponente doctor Chapman.
—¿Qué va a ser, señores?
Chapman pidió una tortilla de pastrami y salami, y Yaeger un
croissant. Guardaron silencio, sumidos en sus pensamientos, hasta que la
camarera les llevó el café. Sandecker echó un cubito de hielo en su taza para
enfriar el líquido y luego se retrepó en su asiento.
—¿Qué dicen tus chismes electrónicos acerca de la marea roja?
—preguntó a Yaeger.
—Las proyecciones son bastantes desastrosas —dijo el experto en
informática—. Hemos seguido su proliferación mediante fotos del satélite. Su
velocidad de crecimiento es alucinante. Es como el viejo cuento en el que
empiezas con un centavo, lo doblas cada día y a fin de mes eres
multimillonario. La marea roja de Africa Occidental se extiende y dobla de
tamaño cada cuatro días. A las cuatro de la madrugada cubría un área de
doscientos cuarenta mil kilómetros cuadrados.
—Cerca de cien mil millas cuadradas —dijo Sandecker, traduciendo
al viejo sistema de medidas.
—A ese ritmo, en tres o cuatro semanas cubrirá todo el Atlántico
Sur —calculó Chapman.
—¿Algún indicio de la causa? —preguntó Yaeger.
—Sólo que, probablemente, se trata de un organometal que produce
una mutación en los dinoflagelados que forman el alma de la marea.
—¿Organometal?
—Una combinación de un metal con una sustancia orgánica —explicó
Chapman.
—¿Hay algún compuesto que destaque?
—Por ahora, no. Hemos identificado infinidad de contaminantes,
pero ninguno de ellos parece ser el responsable. De momento, nuestra única
hipótesis es que, no sabemos cómo, un elemento metálico se mezcló con
compuestos sintéticos o residuos químicos arrojados al río Níger.
—Incluso podría tratarse de los desechos de un laboratorio
biotécnico experimental —sugirió Yaeger.
—En Africa Occidental no hay laboratorios de ese tipo —afirmó
categóricamente Sandecker.
—Sea cual sea ese cochino potingue, lo cierto es que actúa como
excitante —continuó Chapman—, casi como una hormona, y crea una marea roja
mutante con un pasmoso ritmo de crecimiento y de una increíble toxicidad.
Llegó la camarera y en la conversación se produjo una pausa,
mientras la mujer les servía el desayuno y volvía a llenar sus tazas de café.
—¿Hay alguna posibilidad de que se trate de una reacción
bacterial causada por un vertido de aguas negras? —preguntó Yaeger, al tiempo
que miraba tristemente su croissant, que parecía haber sufrido el pisotón de
una grasienta bota.
—Las aguas negras sirven de alimento a las algas, lo mismo que
el estiércol nutre la vegetación terrestre —dijo Chapman—; pero éste no es el
caso. Nos enfrentamos a un desastre ecológico que va mucho más allá de lo que
los vertidos del alcantarillado pueden producir.
—0 sea que, mientras nosotros desayunamos —dijo Sandecker—, está
formándose una marea roja a cuyo lado la marea negra iraquí de 1991 es como un
charquito en las praderas de Kansas.
—Y no podemos hacer nada para detenerla —admitió Chapman—. Sin
los necesarios análisis de muestras de agua, sólo puedo teorizar sobre el
compuesto químico. Hasta que Rudi Gunn encuentre la aguja en el pajar y
averigüe qué o quién la puso allí, tenemos las manos atadas.
—¿Cuáles son las últimas noticias? —preguntó Yaeger.
—Las últimas noticias, ¿de qué? —murmuró Sandecker, entre
bocados.
—De nuestros tres amigos del Níger —replicó Yaeger, irritado por
la aparente indiferencia de Sandecker—. La transmisión de sus datos
telemétricos se cortó súbitamente ayer.
El almirante miró en torno para asegurarse de que nadie más le
oía.
—Se vieron envueltos en un pequeño altercado con dos cañoneras y
un helicóptero de la marina de Benin.
—¡Un pequeño altercado! —exclamó incrédulamente Yaeger—. ¿Cómo
demonios sucedió? ¿Resultaron heridos?
—Suponemos que salieron sanos y salvos —dijo Sandecker, sin
comprometerse—. Iban a ser abordados. Si deseaban mantener el proyecto en
marcha, su única opción era entrar en combate. Su equipo de comunicaciones
debió de resultar averiado durante la batalla.
—Eso explica el fallo en la telemetría —dijo Yaeger, calmándose.
Sandecker prosiguió:
—Fotos satélite de la Agencia Nacional de Seguridad muestran que
tras destruir ambos barcos y el helicóptero, prosiguieron la travesía y
cruzaron la frontera, entrando en Malí.
Yaeger se hundió en su asiento. De pronto, había perdido el
apetito.
—Pues en Malí se quedarán. Se han metido en un callejón sin
salida. He leído informes sobre el gobierno maliense. Su líder, un militar, es
el que menos respeto siente hacia los derechos humanos en toda África
Occidental. En cuanto detengan a Pitt y a los otros, los colgarán de la palmera
más próxima.
—Ese es el motivo de nuestra visita a la secretaria general de
las Naciones Unidas —dijo Sandecker.
—¿Y qué puede hacer ella?
—La ONU es la única esperanza de salvar a nuestro equipo y de
obtener la información que haya conseguido.
—Puede que me equivoque, pero comienzo a sospechar que nuestra
investigación en el río Níger no tiene la sanción oficial— comentó Yaeger.
—No logramos convencer a los políticos de que era un asunto de
máxima urgencia —dijo Chapman, frustrado—. Insistían una y otra vez en formar
un comité especial para estudiar el caso. ¿Se lo imaginan? El mundo al borde de
su extinción y lo único que quieren nuestros ilustres gobernantes,
democráticamente elegidos, es reunirse y discutir pomposamente apoltronados en
sus cómodos sillones. Una pandilla de mequetrefes, eso es lo que son.
Sandecker sonrió ante las palabras de Chapman.
—Lo que Darcy quiere decir es que expusimos la urgencia de la
situación al secretario de Estado y a varios líderes del Congreso. Les pedimos
que exigieran a las naciones de África Occidental que nos permitiesen analizar
el agua de sus ríos. Nuestros admirados políticos nos dijeron que ni hablar.
Yaeger lo miró fijamente.
—Así que, para ahorrarse trámites, envió sin permiso a Pitt,
Giordino y Gunn.
—No me quedó otro remedio. El tiempo se acaba. Tuvimos que
actuar a espaldas de nuestro propio gobierno. Si el asunto trasciende, acabaré
con el culo metido en ácido.
—La cosa está peor de lo que pensaba.
—Por eso necesitamos a la ONU —dijo Chapman—. Sin su
cooperación, lo más probable es que Pitt, Giordino y Gunn acaben sus días
pudriéndose en una cárcel de Malí.
—Y la información que tan desesperadamente necesitamos
desaparecerá con ellos —dijo Sandecker.
Yaeger parecía desolado.
—Los sacrificó, almirante. Premeditadamente, sacrificó usted a nuestros
mejores amigos.
Sandecker dirigió a Yaeger una mirada de hielo.
—¿Crees que no me costó una agonía infernal tomar la decisión?
Teniendo en cuenta los riesgos, ¿a quién hubieras encomendado el trabajo? ¿A
quién habrías enviado Níger arriba?
Antes de responder, Yaeger se frotó las sienes por unos
momentos. Al fin, asintió:
—Tiene usted razón, desde luego. Son los mejores. Si alguien
puede lograr lo imposible, ése es Pitt.
—Me alegro de que estés de acuerdo —rezongó Sandecker y, tras
mirar de nuevo su reloj, dijo—: Vámonos. Puesto que voy a arrodillarme ante
ella e implorar como un alma en pena, no quiero hacer esperar a la secretaria
general.
Hala Kamil, la secretaria general de las Naciones Unidas, de
origen egipcio, poseía la belleza y el misterio de Nefertiti. Tenía cuarenta y
siete años, ojos color ébano de insondable mirada, largo cabello negro que le
llegaba un poco más abajo de los hombros, delicados rasgos faciales y tersa
piel. Pese a la gran carga que suponía su prestigioso puesto, la mujer lograba
mantener su belleza y aspecto juvenil. Era alta y su bien formada figura se
evidenciaba pese a su clásico estilo en el vestir.
Cuando Sandecker y sus amigos entraron en su oficina del
edificio de las Naciones Unidas, la mujer se levantó de detrás del escritorio y
se adelantó a recibirlos.
—Almirante Sandecker... Cómo me alegro de volverlo a ver.
—El placer es mío, señora secretaria. —A Sandecker, la presencia
de una mujer bella lo revitalizaba. Devolvió el firme apretón de manos de la
egipcia, añadiendo una inclinación—. Gracias por recibirnos.
—Es usted asombroso, almirante. No ha cambiado nada.
—Usted sí: parece aún más joven.
Ella le dirigió una encantadora sonrisa.
—Dejémonos de cumplidos. Los dos tenemos unas cuantas arruguitas
de más. Han pasado varios años.
—Casi cinco. —El hombre se volvió e hizo las presentaciones de
Chapman y Yaeger.
Hala no pareció reparar en la estatura de Chapman ni en la
indumentaria de Yaeger. Estaba muy acostumbrada a recibir a personas de todos
los tamaños y aspectos, procedentes de un centenar de naciones. Con su mano
menuda, señaló dos sofás enfrentados.
—Tomen asiento, por favor.
—Seré breve —dijo Sandecker, sin preámbulos. —Necesito su ayuda
para un asunto urgente referido a un desastre ambiental que se está produciendo
y que amenaza la misma existencia de la raza humana.
Los oscuros ojos de la mujer lo miraron con escepticismo.
—Ésas son palabras muy graves, almirante. Si se trata de otra
agorera predicción sobre el efecto invernadero, le advierto que ya soy inmune a
ellas.
—Es algo mucho peor —replicó seriamente Sandecker—. Para fin de
año, la mayoría de la población mundial habrá dejado de existir.
Hala miró a los tres hombres sentados ante ella. Sus rostros
expresaban una grave preocupación. Comenzó a creer en las palabras del
almirante; no sabía exactamente por qué, pero conocía a Sandecker lo suficiente
para saber que no era dado a los alarmismos, y no andaría anunciando
apocalípticas catástrofes a no ser que tuviera pruebas científicas
concluyentes.
—Siga —pidió lacónicamente.
Sandecker cedió la palabra a Chapman y Yaeger, que informaron
sobre sus descubrimientos sobre la proliferante marea roja. Al cabo de veinte
minutos, Hala se excusó y oprimió un botón del intercomunicador de su
escritorio.
—Sarah: tenga la bondad de llamar al embajador del Perú, dígale
que ha surgido un asunto de gran importancia y que si no le importa
celebraremos nuestra entrevista mañana a la misma hora.
—Agradecemos mucho el tiempo y el interés que nos dedica —dijo
sinceramente Sandecker.
—¿No quedan dudas acerca del peligro? —preguntó Hala a Chapman.
—Ninguna. Si la marea roja se extiende por los océanos,
terminará con el oxígeno necesario para mantener la vida en el mundo.
—Y eso sin tomar en cuenta su toxicidad —añadió Yaeger—, que es
seguro que terminará con toda vida marina y con cualquier persona o animal que
ingiera el contaminante.
La mujer miró a Sandecker.
—¿Qué me dice de su Congreso, de sus científicos? Supongo que
tanto su gobierno como la comunidad ecológica mundial estarán preocupados.
—Claro que lo están —replicó Sandecker—. Hemos presentado
nuestras pruebas al presidente y a diversos miembros del Congreso, pero los
mecanismos burocráticos son lentos. Varios comités estudian la cuestión. Pero
no se toman decisiones. La magnitud de la tragedia se les escapa. No asimilan
el hecho de que el tiempo se está acabando.
Chapman dijo:
—Naturalmente, hemos comunicado nuestros informes a los
oceanógrafos y a los científicos medioambientales. Pero hasta que logremos
identificar la causa exacta de esa plaga de los mares, poco puede hacerse por
solucionar el problema.
Hala guardó silencio. Le resultaba difícil asimilar en unos
momentos la noticia del inminente apocalipsis. En cierto modo, apenas podía
hacer nada. Ser secretaria general de la ONU era como gobernar un reino
imaginario. Su cometido consistía en vigilar las diversas funciones
pacificadoras y los múltiples programas comerciales y humanitarios. Coordinaba;
pero no mandaba. Tras mirar fijamente a Sandecker, dijo:
—Aparte de prometerle la cooperación de la Organización
Medioambiental de las Naciones Unidas, no veo qué otra cosa puedo hacer.
El aplomo de Sandecker iba en aumento. Con voz baja y tensa,
dijo lentamente:
—En un intento de averiguar las causas de la marea roja, envié a
unos hombres para que remontaran el río Níger en un barco y fuesen analizando
sus aguas.
Los ojos de Hala se hicieron fríos y penetrantes.
—¿Fue su barco el que hundió las cañoneras beninesas?
—Está usted excelentemente informada.
—Me llegan noticias de casi todo cuanto ocurre en el mundo.
—Sí: fue un barco de la NUMA —admitió Sandecker.
—Le supongo enterado de que el almirante que estaba al mando de
la marina de Benin, y que era hermano del presidente de la nación, resultó
muerto en la batalla.
—Eso me han dicho.
—Además, tengo entendido que su barco enarbolaba una bandera
francesa. Si sus hombres llevaran a cabo un sucio trabajo clandestino bajo una
bandera extranjera, eso podría costarles que los africanos los fusilasen como
agentes enemigos.
—Mis hombres eran conscientes del peligro, y aun así se
presentaron voluntarios. Sabían que, si pretendemos frenar la marea roja antes
de que escape a las posibilidades de nuestra tecnología, cada minuto cuenta.
—¿Siguen con vida?
Sandecker movió afirmativamente la cabeza.
—Mis últimas noticias son de hace unas horas. Han seguido
buscando el origen de la contaminación más allá de la frontera de Malí y se
aproximan a la ciudad de Gao sin que nadie los moleste por el momento.
—¿Quién más de su gobierno está enterado de todo esto? Sandecker
movió la cabeza en dirección a Chapman y Yaeger.
—Únicamente nosotros tres y los hombres del barco. Nadie ajeno a
la NUMA sabe nada, excepto usted.
—El general Kazim, jefe de la Seguridad maliense, no es ningún
estúpido. Estará al corriente de la batalla con las cañoneras de Benin y sus
servicios de inteligencia le habrán informado de la entrada de sus hombres en
el país. Los arrestará en cuanto echen amarras.
—Ese es, justamente, el motivo por el que estoy aquí, señora
secretaria.
Por fin llegamos al fondo de la cuestión, pensó Hala.
—¿Qué quiere de mí, almirante?
—Su ayuda para salvar a mis hombres.
—Suponía que algo de eso iba a pedirme.
—Es vital que, en cuanto descubran el origen de la
contaminación, sean rescatados.
—Necesitamos sus informes desesperadamente —dijo Chapman.
—Entonces, lo que realmente desean rescatar son los datos que
obran en su poder —dijo Hala, fríamente.
—No tengo por costumbre dejar abandonados a mis hombres —replicó
Sandecker, picado.
Hala movió negativamente la cabeza.
—Lo lamento, caballeros. Comprendo su grave problema; pero no
puedo arriesgar el prestigio de esta institución haciendo uso indebido de mi
autoridad para intervenir en una operación ilegítima, por crucial que sea el
asunto.
—¿Ni siquiera tratándose de salvar a Dirk Pitt, Al Giordino y
Rudi Gunn?
Hala lo miró fijamente por unos instantes, y luego pareció
perderse en el recuerdo unos segundos.
—Empiezo a comprender —dijo suavemente—. Pretende usarme a mí
igual que los usó a ellos.
—No pretendo organizar un torneo benéfico de tenis —dijo
secamente Sandecker—. Pretendo evitar la pérdida de incontables vidas.
—Dispara usted contra el corazón, ¿no?
—Sólo cuando no me queda otro remedio.
Chapman enarcó las cejas.
—Me temo que no entiendo una palabra.
Hala habló con la mirada perdida.
—Hace cosa de cinco años, los tres hombres que enviaron ustedes
al Niger me salvaron de morir a manos de unos terroristas. Y no una vez, sino
dos. La primera, en una montaña de Breckenridge, Colorado; la otra, en una mina
abandonada próxima a un glaciar, en el estrecho de Magallanes. El almirante
Sandecker recurre a mi gratitud para que les devuelva el favor.
—Algo me parece recordar —dijo Yaeger—. Fue durante la búsqueda
del tesoro de la Biblioteca de Alejandría, ¿no?
Sandecker se levantó y fue a sentarse junto a la mujer.
—¿Nos ayudará, señora secretaria?
Ella permaneció inmóvil, como una estatua que comenzara
lentamente a animarse. Al fin miró fijamente a Sandecker.
—De acuerdo —dijo quedamente—. Le prometo hacer cuanto esté en
mi mano por sacar a sus amigos de África Occidental. Sólo espero que no sea
demasiado tarde y que continúen con vida.
Sandecker apartó la mirada, pues no deseaba que su interlocutora
advirtiera el alivio en sus ojos.
—Muchas gracias, señora secretaria. Estoy en deuda con usted.
Completamente en deuda.
16
—Ni rastro de vida. —Grimes contemplaba la desolada aldea de
Asselar—. Ni siquiera un perro ni una cabra.
—Tiene toda la apariencia de ser un sitio muerto, desde luego
—dijo Eva, protegiéndose los ojos contra el sol.
—Más muerto que un sapo aplastado en una autopista —murmuró
Hopper, mirando a través de unos prismáticos.
Se encontraban en un pequeño promontorio desde el que se
divisaba Asselar. El único rastro de humanos eran las huellas de neumáticos que
entraban en la aldea por el noreste. Extrañamente, no había huellas de salida.
Mientras contemplaba a través de las ondulaciones del calor las ruinas en torno
al centro urbano, a Eva le parecía estar viendo una ciudad abandonada de la
antigüedad. Reinaba un extraño silencio que la hacía sentir tensa e inquieta.
Hopper se volvió hacia Batutta.
—Ha sido usted muy amable cooperando con nosotros y
permitiéndonos aterrizar aquí, capitán, pero, evidentemente, esto no es más que
un pueblo fantasma.
Batutta, sentado al volante del abierto «Mercedes» todoterreno,
se encogió inocentemente de hombros.
—Una caravana procedente de las salinas de Taoudenni informó de
que en Asselar se daban casos de la enfermedad. ¿Qué más puedo decirles?
—No se pierde nada por echar un vistazo —dijo Grimes. Eva estuvo
de acuerdo.
—Para cerciorarnos, deberíamos analizar el agua del pozo.
—Si no les importa ir andando desde aquí —dijo Batutta—, yo
regresaré al avión y volveré con el resto de su gente.
—Es usted muy amable, capitán —agradeció Hopper—. Traiga también
nuestros equipos, por favor.
Sin una palabra ni un gesto, Batutta partió entre una nube de
polvo, y se dirigió por la pedregosa llanura hacia el aparato que había
aterrizado en un largo tramo de terreno liso.
—Es curioso que ahora el tipo no pare de ayudarnos —murmuró
Grimes.
Eva asintió.
—A mi juicio, se pasa.
—Sí, y la cosa no acaba de hacerme gracia —dijo Grimes, con la
vista fija en la silenciosa aldea—. Si esto fuera una película del Oeste, diría
que nos están tendiendo una emboscada.
—Con emboscada o sin ella —dijo Hopper, despreocupado—,
averigüemos si queda alguien.
El hombre echó a andar a largas zancadas montículo abajo, sin
que pareciera afectarlo el sol del mediodía ni el calor que emanaba del rocoso
suelo. Tras vacilar unos instantes, Eva y Grimes lo siguieron.
Diez minutos más tarde entraban en el dédalo de callejas de
Asselar. Las angostas calles podían ser cualquier cosa, menos un monumento a la
limpieza. El trío tuvo que zigzaguear en torno a las pilas de basura e
inmundicias humanas que parecían cubrir hasta el último metro cuadrado del
lugar. De pronto, un cambio de brisa les llevó el fétido olor de la carne
descompuesta. A cada paso que daban, el hedor se hacía más y más insoportable y
parecía emanar del interior de las casas.
Sin entrar en ninguna de las viviendas llegaron hasta la plaza
mayor. Allí se encontraron con la más horripilante de las visiones. Ninguno de
ellos, ni en la más dantesca de sus pesadillas, había visto antes tal horror:
por todas partes había restos de esqueletos humanos, calaveras alineadas, como
expuestas para la venta y, colgando del gran árbol central de la plaza,
renegridos jirones de pieles y visceras humanas en torno a los cuales zumbaban
negras nubes de moscas.
Lo primero que pensó Eva fue que aquello era el panorama después
de una batalla. Casi inmediatamente descartó semejante idea pues no justificaba
la colocación de las calaveras ni los trozos de carne pendientes del árbol.
Allí había ocurrido algo que iba mucho más allá de las atrocidades de unos
soldados sedientos de sangre o de unos bandidos del desierto. Y esto se hizo
aún más evidente cuando la mujer se inclinó para recoger un hueso, que
reconoció como un húmero, el hueso del brazo. Al observarlo bien, un escalofrío
recorrió su cuerpo: en él se veían muescas y melladuras que Eva identificó
inmediata y correctamente: eran marcas de dientes humanos.
—Canibalismo —murmuró, estupefacta.
El zumbido de las moscas y el susurro de Eva parecieron aumentar
la macabra quietud de la aldea.
Suavemente, Grimes le quitó el hueso de las manos y lo examinó.
—Es cierto —dijo a Hopper—. Unos malditos energúmenos se han
comido a estos pobres diablos.
—A juzgar por el hedor —dijo Hopper, arrugando la nariz—,
algunos aún no se han convertido en esqueletos. Aguardadme aquí. Echaré un
vistazo dentro de las casas, por si doy con uno vivo.
Grimes no estaba nada tranquilo.
—No me parece que aquí reciban muy bien a los extraños —dijo—.
Propongo una rápida retirada hacia el avión antes de que pasemos a formar parte
del menú del día.
—Bobadas —bufó Hopper—. Nos enfrentamos a un caso extremo de
comportamiento anómalo, que muy bien podría estar causado por el contaminante
tóxico que buscamos. No pienso irme hasta llegar al fondo de la cuestión.
—Estoy contigo —dijo Eva, resuelta.
Grimes se encogió de hombros con resignación. Era un hombre a la
antigua usanza y no iba a permitir que una mujer lo tomara por un cobarde.
—De acuerdo: iré con vosotros.
Hopper lo palmeó en la espalda.
—Bravo, Grimes. Será un honor estar contigo en el mismo plato de
carne guisada.
La primera casa en la que entraron, cuyas paredes eran poco más
que piedras amontonadas y sostenidas con barro seco, contenía los cuerpos de un
hombre y una mujer, que llevaban muertos al menos una semana. El calor ya había
secado sus tejidos y la piel aparecía tirante y apergaminada. Tras un breve
examen de los cadáveres, Hopper determinó que la muerte no había sido
inmediata, producto de un rápido veneno, sino lenta y precedida de terribles
sufrimientos.
—Sin un examen patológico, poco se puede decir —comentó Hopper.
Con expresión calmada e imperturbable, Grimes dijo:
—Esta gente lleva muerta algún tiempo. Me sería más fácil
conseguir respuestas claras si encontrásemos víctimas más recientes.
A Eva, aquellas palabras le sonaron tremendamente frías y
clínicas. La mujer se estremeció, no tanto a causa de los cadáveres, como por
la visión de un montón de pequeños huesos y calaveras en un rincón de la oscura
casa. No pudo evitar preguntarse si la pareja no habría matado y devorado a sus
propios hijos. La idea era tan aborrecible que prefirió no pensar en ella.
Salió del edificio y se metió en una casa del otro lado de la calle.
Atravesó una puerta más ornamentada que las otras y que conducía
a un patio en forma de L, despejado y limpio, casi insultante por comparación
con los otros, llenos de inmundicias. Allí el hedor era particularmente fuerte.
Humedeció un pañuelo con agua de la cantimplora colgada de su cinturón, se lo
puso en la nariz y, cautelosamente, fue de una habitación a otra. Las paredes
eran de un color blanco de tiza, y los techos altos, de vigas vistas. Había
bastante luz, procedente de las múltiples ventanas que se abrían al patio.
Era una de las mayores casas de la aldea y, a juzgar por sus
buenos muebles, que permanecían intactos y en pie, a diferencia de los
destrozados y desparramados de las otras casas Eva pensó que probablemente su
dueño había sido algún comerciante local. Cautelosamente, traspuso el umbral de
un gran cuarto rectangular que resultó ser la cocina. La mujer se estremeció y
quedó inmóvil, contemplando con enorme disgusto el macabro montón de
putrefactos miembros humanos que había en el suelo.
Luchó por contener sus crecientes náuseas, sintiéndose de pronto
vacía y asustada. Al huir de la espantosa visión, entró en un dormitorio, donde
el impacto fue aún más fuerte. Quedó paralizada, con la vista fija en el hombre
que yacía en la cama, aparentemente descansado, con los ojos muy abiertos. Su
cabeza reposaba en una almohada y tenía los brazos caídos a los costados, con
las palmas de las manos vueltas hacia arriba. Sus ojos diabólicos, en los que
el rojo había sustituido al blanco, miraban a Eva sin verla. Por un instante
terrible, la mujer pensó que el hombre estaba vivo. Pero ni su pecho se movía
al ritmo de la respiración ni los ojos parpadeaban.
Eva se quedó allí plantada, con la vista fija en el cadáver,
durante lo que le pareció una eternidad. Al fin, hizo acopio de valor, se
acercó a la cama y, con las puntas de los dedos, tocó la arteria carótida del
yacente. No había pulso. Probó a levantarle un brazo. El rigor mortis apenas
había agarrotado los músculos. Eva se enderezó al escuchar pisadas tras ella.
Al volverse, vio a Hopper y a Grimes.
Los dos hombres de acercaron y contemplaron el cadáver.
Bruscamente, Hopper se echó a reír.
—Bueno, Grimes: si querías una víctima reciente para hacerle la
autopsia, aquí la tienes.
Una vez hubo transportado a todos los científicos de la ONU y
sus equipos portátiles, Batutta estacionó el «Mercedes» junto al avión. Bajo el
sol implacable, el interior de la carlinga y de la cabina de pasajeros se había
convertido en un horno, por lo que los tripulantes estaban resguardados bajo la
sombra de un ala. Aunque en presencia de los científicos los hombres habían
actuado como civiles, ahora se cuadraron ante el capitán y lo saludaron
militarmente.
—¿Queda alguien en el aparato? —preguntó Batutta. El primer
piloto negó con la cabeza.
—Usted se ha llevado al último. El avión está vacío. Batutta
sonrió al piloto, que llevaba el uniforme de las líneas aéreas con galones en
la manga.
—Buena actuación, teniente Djemaa. El doctor Hopper se tragó el
anzuelo. Han logrado convencerlo de que eran ustedes la tripulación de reserva.
—Se lo agradezco, capitán. Y también, se lo agradezco a mi
madre, que era surafricana y me enseñó inglés.
—Debo usar la radio para hablar con el coronel Mansa.
—Si me acompaña a la cabina, le sintonizaré la frecuencia.
Entrar en la carlinga del aparato fue como introducirse en un
cubo de plomo fundido. Aunque el teniente Djemaa había dejado abiertas las
ventanillas laterales para que corriese el aire, el calor cortó el aliento de
Batutta, que estuvo sufriendo los ardores del infierno mientras el disfrazado
piloto de las fuerzas aéreas malienses llamaba a la central del coronel Mansa.
Una vez establecido el contacto, Djemaa entregó el micrófono a su superior y,
con gran alivio, salió de la sofocante cabina.
—Aquí Halcón Uno. Cambio.
—Lo escucho, capitán —replicó la voz familiar de Mansa—.
Prescinda de la clave. No creo que haya agentes enemigos a la escucha. ¿Cuál es
la situación?
—Todos los nativos de Asselar están muertos. Los occidentales
actúan libremente en el lugar. Repito: todos los nativos están muertos.
—Esos malditos caníbales se comieron unos a otros, ¿no?
—Sí, coronel, hasta la última mujer y el último niño. El doctor
Hopper y su gente creen que fueron envenenados.
—¿Tienen pruebas?
—Aún no. En estos momentos están analizando el agua del pozo y
haciendo autopsias a las víctimas.
—Da lo mismo. Sígales la corriente. En cuanto acaben con sus
experimentos, que el avión los lleve a Tebezza. El general Kazim les ha
organizado una fiesta de bienvenida.
A Batutta no le costaba imaginar lo que el general había
preparado para Hopper. Detestaba al corpulento canadiense; los detestaba a
todos ellos.
—Me ocuparé de que lleguen en buen estado.
—Cumpla su misión, capitán, y creo poder prometerle un ascenso.
—Gracias, coronel. Cambio y fuera.
Grimes se instaló en la casa donde Eva había descubierto el
hombre muerto en el dormitorio. Era la mayor y más limpia de todas las de la
aldea. Hizo la autopsia al cadáver mientras Eva efectuaba pruebas de sangre.
Hopper analizó muestras de los pozos que contenían las escasas reservas de agua
de la aldea. Los otros miembros del equipo se dedicaron a analizar tejidos y
huesos de una selección hecha al azar de los cadáveres. En un almacén próximo
al centro urbano encontraron los maltrechos Land Rover del safari cuyos
miembros habían sido asesinados. Pusieron a los coches en funcionamiento para
trasladar pertrechos entre la aldea y el avión, mientras el capitán Batutta iba
de un lado a otro, sin hacer nada particularmente útil.
Como la fetidez procedente de los muertos era excesiva para
dormir, trabajaron sin parar toda la noche y no pararon hasta el anochecer
siguiente. Entonces se reunieron en torno al avión. Tras un breve sueño y una
cena a base de carne enlatada, el equipo de la OMS se congregó en torno a una
estufa de petróleo para protegerse de las severas temperaturas, que habían
descendido treinta y cinco grados en relación con el día. Batutta hizo de
anfitrión, preparándoles un fuerte té africano, y escuchando atentamente
mientras todos cambiaban impresiones relajadamente.
Hopper aspiró una bocanada de su pipa e hizo señas a Warren
Grimes.
—Empieza tú, Warren, y cuéntanos qué averiguaste al examinar al
único cadáver decente que encontramos.
Grimes cogió la tablilla que le tendía uno de sus ayudantes, y
la estudió por un momento bajo la luz de una linterna Coleman.
—En todos mis años de experiencia, jamás había visto tantas
complicaciones en un humano. Coloración rojiza de los ojos, tanto del blanco
como del iris. La piel presenta un encendido tinte cobrizo. Bazo hipertrofiado.
Coágulos sanguíneos en las venas del corazón, el cerebro y las extremidades.
Riñones dañados. Graves lesiones en el hígado y el páncreas. Hemoglobina muy
alta. Degeneración de los tejidos grasos. No es de extrañar que se volvieran
locos y se comieran unos a otros. Todos esos desórdenes mezclados pueden
producir cualquier sicosis descontrolada.
—¿Descontrolada? —preguntó Eva.
—Al empeorar sus condiciones, sobre todo las cerebrales, las
víctimas perdieron la razón y un paroxismo se apoderó de ellas, como evidencian
los indicios de canibalismo. En mi humilde opinión, es un milagro que el hombre
viviera tanto.
—¿Cuál es tu diagnóstico? —preguntó Hopper.
—Muerte por policitemia vera fulminante, una enfermedad de
origen desconocido cuyos síntomas son el incremento de los glóbulos rojos y la
hemoglobina de la circulación sanguínea. En este caso, una infusión masiva de
glóbulos rojos produjo daños irreparables en la víctima. Y como el organismo no
creó suficientes coagulantes para causar una trombosis, en todo el cuerpo se
produjeron hemorragias, especialmente visibles en la piel y los ojos. Como si
le hubieran inyectado dosis masivas de vitamina B doce que, como sabéis, es
fundamental para el desarrollo de los glóbulos rojos.
Hopper se volvió hacia Eva.
—Tú hiciste las pruebas de sangre. ¿Qué hay de las células en sí
mismas? ¿Mantenían su forma normal, lisa, redondeada y con el centro
ligeramente achatado?
Eva movió negativamente la cabeza.
—No: eran distintas a cuantas he visto anteriormente. Casi
triangulares, con proyecciones radiales. Como Grimes ha dicho, su número era
increíblemente alto. Un adulto normal tiene alrededor de cinco millones
doscientos mil glóbulos rojos por milímetro cúbico de sangre. Nuestra víctima
tenía el triple.
Grimes dijo:
—Debo añadir que también descubrí rastros de envenenamiento por
arsénico, y eso también lo hubiese matado tarde o temprano.
Eva asintió.
—Confirmo el diagnóstico de Warren. En las muestras de sangre
encontré concentraciones de arsénico por encima de lo normal. Y el nivel de
cobalto también era excesivo,
—¿Cobalto? —Hopper se enderezó en su sillón plegable.
—No es sorprendente —dijo Grimes—. La vitamina B doce contiene
casi un cuatro y medio por ciento de cobalto.
—Vuestras averiguaciones respaldan los resultados que obtuve al
analizar los pozos comunales —dijo Hopper—, Un solo vaso de agua contiene
suficiente arsénico y cobalto como para matar a un camello.
Con la mirada en las llamas de la estufa, Eva dijo:
—La corriente subterránea debe de haber encontrado a su paso un
depósito geológico de cobalto y arsénico.
—Si no recuerdo mal lo que aprendí en las clases de geología de
la Universidad —dijo Hopper—, un arseniuro muy corriente es la niquelina,
mineral frecuentemente asociado al cobalto.
—Eso no es más que la punta del iceberg —previno Grimes—. La
combinación de ambos elementos no puede ser responsable de esta catástrofe.
Otra sustancia o compuesto que se nos ha escapado actuó como catalizador, junto
al cobalto y el arsénico, aumentando los niveles de toxicidad más allá de lo
tolerable, y causó la proliferación de glóbulos rojos.
—Y a su vez mutándolas —añadió Eva.
—No deseo enmarañar aún más el misterio —dijo Hopper—; pero mis
análisis descubrieron otra cosa: altísimos niveles de radiactividad.
—Interesante —dijo tibiamente Grimes—. Pero, en todo caso, la
exposición a altos niveles de radiación hubiera reducido la cantidad de
glóbulos rojos. En mis exámenes no vi nada que se relacionase con los efectos
crónicos de la radiactividad.
—¿Y si la radiación ha penetrado recientemente en el agua del
pozo? —sugirió Eva.
—Es muy posible —admitió Grimes—. Pero seguimos ante el enigma
de cuál fue la sustancia asesina.
Hopper se encogió de hombros.
—Nuestros medios son limitados —dijo—. Si nos enfrentamos a una
nueva cepa bacterial, a una combinación de elementos químicos exóticos, quizá
aquí no nos resulte posible identificar plenamente las causas. Tendremos que
llevar las muestras a nuestros laboratorios de París.
—Un subproducto sintético —murmuró pensativamente Eva. Luego,
abarcando el desierto con un amplio ademán, preguntó—: ¿De dónde ha podido
salir? De estos contornos no, desde luego.
—¿De la planta de eliminación de residuos tóxicos en Fort
Foureau? —sugirió Grimes.
Hopper estudió la cazoleta de su pipa.
—Eso está doscientos kilómetros al noroeste. Demasiado lejos
para que, a pesar de los vientos dominantes, un elemento contaminador llegue
hasta aquí y se deposite en los pozos del pueblo. Y eso no explica los altos
niveles de radiactividad. Las instalaciones de Fort Foureau no procesan
desechos radiactivos. Además, los materiales peligrosos son incinerados, así
que no es posible que penetren en una vía subterránea de agua y lleguen hasta
aquí sin que el terreno absorba parte del veneno químico.
—Muy bien —dijo Eva—. ¿Cuál es nuestro siguiente paso?
—Recoger y volar a El Cairo y luego a París con nuestras
muestras. También nos llevaremos el cadáver. Bien envuelto y conservado en un
lugar fresco, se mantendrá decentemente hasta que lleguemos a El Cairo y
podamos meterlo en hielo.
Eva asintió.
—Estoy de acuerdo. Cuanto antes efectuemos nuestras
investigaciones en las condiciones adecuadas, mejor.
Hopper se volvió hacia Batutta. El militar había permanecido en
silencio, simulando indiferencia mientras un magnetófono escondido bajo su
camisa grababa hasta la última palabra.
—Capitán Batutta...
—Doctor Hopper...
—Hemos decidido emprender vuelo hacia Egipto a primera hora de
la mañana. ¿Le parece bien?
Batutta mostró una amplia sonrisa y se retorció un extremo del
bigote.
—Lamentablemente, yo me tendré que quedar para informar a mis
superiores de lo ocurrido en la aldea. Ustedes pueden continuar hasta El Cairo.
—No podemos dejarlo aquí.
—Los Land Rover tienen combustible más que suficiente. Usaré uno
de ellos para llegar a Tombuctú.
—Es un trayecto de cuatrocientos kilómetros. ¿Conoce la ruta?
—Nací y me crié en el desierto —dijo Batutta—. Saldré al
amanecer y a la caída de la noche estaré en Tombuctú.
—Quizá nuestro cambio de planes le cree dificultades con el
coronel Mansa —sugirió Grimes.
—Recibí órdenes de colaborar en todo con ustedes —dijo
paternalmente Batutta—. No se preocupen. Lo único que lamento es no poder
acompañarlos a El Cairo.
—Entonces, cuestión resuelta —dijo Hopper, poniéndose en pie—. A
primera hora, cargaremos nuestro equipo y saldremos hacia Egipto.
La reunión se disolvió y los científicos se dirigieron a sus
tiendas; pero Batutta se quedó junto a la estufa. Desconectó el oculto
magnetófono y luego alzó una linterna y la hizo parpadear dos veces en
dirección a la carlinga del avión. Un minuto más tarde, apareció el primer
piloto por la escalerilla, que se dirigió hacia Batutta.
—¿Qué desea? preguntó.
—Los cerdos extranjeros se marchan mañana replico Batutta.
—Debo radiar a Tebezza la noticia de nuestra llegada.
—No olvide decirles que preparen al doctor Hopper y a su gente
la recepción que merecen.
El piloto hizo una mueca de desagrado.
—Tebezza es mal sitio. En cuanto deje a los pasajeros, no pienso
pasar allí ni un minuto más del imprescindible.
—Sus órdenes son regresar al aeropuerto de Bamako dijo Batutta.
—Lo haré con gusto. Tras una breve inclinación de cabeza, el
piloto se despidió: Buenas noches, capitán.
Eva, que volvía de un corto paseo para disfrutar de la frescura
nocturna, y del espectáculo del cielo tachonado de estrellas, pudo ver cómo el
piloto volvía al avión, dejando a Batutta junto a la estufa.
«Demasiado servicial y ansioso por complacernos se dijo la
mujer. Habrá problemas.» Sacudió la cabeza, como para alejar sus pensamientos.
«Ya estás otra vez con tu suspicacia femenina» ¿Qué podía hacer el capitán para
detenerlos? Una vez en el aire, ya no habría posibilidad de regresar. Estarían
libres del horror, camino de una sociedad más abierta y amistosa. La
tranquilizaba saber que jamás regresaría. Sin embargo, algo en su interior le
aconsejaba no sentirse excesivamente segura.
17
—¿Cuánto tiempo llevan pisándonos los talones? preguntó
Giordino, frotándose los ojos para limpiarlos de tres horas de sueño, y fijando
luego la vista en la imagen que aparecía en la pantalla de radar.
—Los divisé hace unos setenta y cinco kilómetros, en cuanto
entramos en territorio de Malí replicó Pitt, que permanecía a un lado del
timón, manejando distraídamente la rueda con la mano derecha.
—¿Pudiste echarle un vistazo a su armamento?
—No: el barco estaba oculto en un afluente del río, cien metros
arriba. Advertí un reflejo en el radar de superficie que me pareció sospechoso.
En cuanto pasamos de largo, ellos salieron al cauce principal y comenzaron a
seguirnos.
—Podría ser una simple patrulla de rutina.
—Las patrullas de rutina no se esconden bajo redes de camuflaje.
Giordino estudió la escala de distancia en el radar.
—No intentan acercársenos.
—Aguardan su momento.
—Pobrecita cañonera dijo Giordino, apesadumbrado. No sabe que
dentro de poco subirá a la gran planta desguazadora del cielo.
—Lamento comunicarte que hay otras complicaciones dijo
lentamente Pitt. La cañonera no es el único sabueso que nos sigue.
—¿Vienen más amigos?
—Los militares malienses han tendido la alfombra de bienvenida
de acero. Pitt alzó la mirada hacia el azul cielo de la tarde, en el que no se
veía ni una nube. Por el este hay una escuadrilla de cazarreactores que no deja
de sobrevolarnos.
Giordino los detectó inmediatamente. El ardiente sol refulgía
sobre las cúpulas de sus carlingas,
—Son cazas franceses Mirage. El último modelo, perfeccionado.
Hay seis... No, siete, y están a menos de seis kilómetros.
Pitt se volvió y señaló hacia el otro lado del río, en dirección
oeste.
—¿Ves esa nube de polvo tras las colinas de la orilla? La
produce un convoy de vehículos blindados.
—¿Cuántos? pregunté Giordino, haciendo un inventario mentalmente
de los misiles que le quedaban.
—Cuando pasaron por un trecho de terreno despejado, pude contar
cuatro.
—¿No son tanques?
—Vamos a treinta nudos. Los tanques no podrían seguirnos a esa
velocidad.
—Esta vez no le daremos ninguna sorpresa a nadie —dijo Giordino,
realista. La fama de nuestros mordiscos nos ha precedido.
—Deducción bastante obvia, a juzgar por su falta de ganas de
ponérsenos a tiro.
—Lo que me pregunto es cuándo decidirá ese fulano... ¿Cómo se
llama?
—¿Zateb Kazim?
—El que sea dijo Giordino, con un indiferente encogimiento de
hombros. ¿Cuándo dará la orden de ataque?
—Si es más listo que el almirante de opereta beninés, y lo que
quiere es confiscar el Calíope para su propio deleite, cuanto tiene que hacer
es esperar. Al final se nos terminará el río.
—Y el combustible.
—En efecto.
Pitt guardó silencio y contempló el ancho y perezoso Niger que
serpenteaba por la arenosa llanura. El dorado sol se encaminaba hacia el
horizonte, y cigüeñas blancas y azules aleteaban por el cielo o paseaban por
las charcas con sus zancas como palillos. Una bancada de percas del Nilo,
sobresaltada por el paso del yate, saltó por el aire y brilló sobre las aguas
como unos minúsculos fuegos artificiales. Una pequeña embarcación de remo y
vela se cruzó con ellos en dirección contraria. Algunos de los tripulantes
dormían a la sombra de una toldilla, sobre la carga de sacos de arroz, mientras
otros empujaban la nave con sus pértigas. Todo parecía sereno y pintoresco.
Resultaba difícil creer que la muerte y la destrucción acechasen río arriba.
Giordino sacó a Pitt de su ensimismamiento:
—¿No mencionaste que la mujer que conociste en Egipto pensaba
venir a Malí?
Pitt asintió.
—Forma parte del equipo de la Organización Mundial de la Salud.
Venían a Malí para investigar una extraña epidemia que se había desatado en los
pueblos del desierto.
—Lástima que no puedas encontrarte con ella sonrió Giordino.
Podrías sentarte a su lado bajo la luna del desierto, susurrarle al oído tus
hazañas, y analizar arena.
—Si ésa es tu idea de una cita romántica, no me extraña que te
vaya como te va con las mujeres.
—¿De qué otra forma se conquista a una geóloga?
—No es geóloga, sino bioquímica lo corrigió Pitt. —De pronto,
Giordino cambió a un tono más serio.
—¿No se te ha ocurrido que ella y sus colegas científicos pueden
andar buscando la misma toxina que nosotros?
—Reconozco que la idea se me ha pasado por la cabeza. En aquel
momento apareció Rudi Gunn, procedente de su laboratorio, ojeroso pero con una
amplia sonrisa en los labios.
—Lo conseguí anunció triunfalmente.
Giordino lo miró, sin comprender.
—Conseguiste, ¿qué?
Gunn no respondió, pero mantuvo su sonrisa.
Pitt comprendió casi inmediatamente.
—¿Lo has descubierto?
—¿El elemento que provoca las mareas rojas? murmuró Giordino.
Gunn asintió.
Pitt le estrechó calurosamente la mano.
—Felicidades, Rudi.
—Estaba a punto de tirar la toalla dijo Gunn; pero mi propio
descuido me dio la clave. Había pasado cientos de muestras de agua por el
cromatógrafo gaseoso, y no había revisado el interior del aparato con la
frecuencia debida. Cuando al final eché un vistazo a los resultados, encontré
una película de cobalto en el interior de la columna de pruebas del
instrumento. Me dejó pasmado ver que un metal aparecía mezclado con
contaminantes sintéticos orgánicos, y conseguía llegar hasta el cromatógrafo
gaseoso. Tras muchos experimentos, modificaciones y pruebas, identifiqué un
compuesto organometálico exótico en el que se combinan el cobalto y un
aminoácido sintético alterado.
Giordino se encogió de hombros.
—Todo eso me suena a chino. ¿Qué es un aminoácido?
—El material de que están hechas las proteínas.
—¿Cómo llegó hasta el río? preguntó Pitt.
—Lo ignoro replicó Gunn. Mi teoría es que el aminoácido
sintético procede de un laboratorio de ingeniería biotécnica cuyos desechos se
arrojan en el lugar de origen junto a vertidos químicos y nucleares. Considero
muy remota la posibilidad de que la mezcla que provoca las mareas rojas se
produzca espontáneamente a su llegada al mar. Creo que todo se forma en el
mismo sitio.
—¿Podría tratarse de un vertedero en el que también hubiera
desechos nucleares?
Gunn movió afirmativamente la cabeza.
—Estoy encontrando lecturas muy altas de radiación en el agua.
Se trata sólo de otra parte de la polución general, y no está relacionada con
las cualidades de nuestro contaminante, pero existe una conexión definida.
En vez de contestar, Pitt echó un vistazo a la pantalla de
radar, en la que, a popa, seguía viéndose la imagen de la cañonera, que parecía
algo más lejos que antes. Miró hacia arriba, en busca de los cazarreactores.
Seguían recorriendo perezosamente el cielo, ahorrando combustible y
manteniendolo al Calíope vigilado a distancia. La parte del río en que se
encontraban tenía varios kilómetros de ancho, y la nube de polvo de los
vehículos blindados no era visible.
—Nuestra misión está cumplida sólo a medias dijo—. Lo siguiente
es localizar el punto en que la toxina entra en el Níger. Por lo visto, los
malienses no tienen prisa por hostigarnos. Así que continuaremos nuestra
investigación río arriba e intentaremos resolver el misterio en su totalidad
antes de que la cosa se ponga fea de veras.
—Nuestro sistema de comunicaciones está kaput —dijo Giordino—.
¿Cómo transmitiremos los resultados a Chapman y Sandecker?
—Algo se me ocurrirá.
Gunn, que confiaba ciegamente en Pitt, asintió en silencio y
volvió a su laboratorio.
Pitt entregó el timón a Giordino, fue a tenderse en una estera
bajo la toldilla de la cabina y se dispuso a recuperar parte del sueño perdido.
Cuando despertó, el anaranjado disco solar se encontraba a un
tercio de distancia del horizonte y, sin embargo, el aire parecía mucho más
caliente. Un rápido vistazo al radar le mostró que la cañonera seguía pegada a
su popa, pero los cazarreactores estaban regresando a su base para repostar.
Pitt pensó que sus guardianes se sentían muy confiados. Debían de creer que lo
tenían en el bote. ¿Por qué si no iba a marcharse la escuadrilla sin ser
relevada por otra?
Se levantó y desperezó. Giordino le tendió una taza de café.
Esto te despertará. Buen café egipcio con un poso de barro.
—¿Cuánto tiempo he estado en brazos de Morfeo?
—Has estado muerto para el mundo durante un poco más de dos
horas.
—¿Hemos pasado Gao?
—Dejamos atrás la ciudad hace unos cincuenta kilómetros. Te
perdiste el espectáculo de una mansión flotante desde la que un montón de
bellezas en bikini me saludaron y echaron besos,
—Me tomas el pelo.
Giordino alzó solemnemente una mano.
—Palabra de boy scout. En mi vida había visto una mansión
flotante más suntuosa.
—¿Y Rudi? ¿Sigue encontrando altos niveles de toxinas? Giordino
asintió con la cabeza.
—Dice que la concentración aumenta a cada kilómetro.
—Debemos de estar cerca.
—El cree que, prácticamente, nos encontramos sobre el lugar del
vertido.
Por un brevísimo instante, una lucecita brilló en el fondo de
los ojos de Pitt; algo así como el reflejo una idea creada en el interior de su
cerebro. Giordino conocía la expresión y su significado: Pitt se había separado
del mundo con destino desconocido. Lo que sus opalinos ojos veían en aquellos
momentos nada tenía que ver con la realidad del presente,
Giordino lo miró con curiosidad,
—No me gusta esa expresión.
Piti volvió a la tierra.
—Sólo estaba pensando en la forma de mantener al Calíope fuera
del alcance de un maldito déspota que lo ambiciona para sus orgías de sexo y
alcohol...
—¿Y cómo piensas borrar el brillo de codicia de los ojos de
Kazim?
Pitt sonrió como lo haria el villano ladrón de Oliver Twist
Fagin, reencarnado.
Mediante una sucia treta que echará por tierra todas sus
esperanzas.
Poco antes del ocaso, Gunn llamó desde abajo.
—Hemos llegado a aguas limpias. Mis instrumentos ya no detectan
contaminación.
Inmediatamente, Pitt y Giordino se asomaron por la borda y
escrutaron ambas orillas. En aquel punto, el río doblaba un ligero recodo. No
se veían aldeas ni caminos. Sólo desolación lisa y desnuda, extendiéndose por
los cuatro horizontes.
—Esto está tan desierto como una axila depilada —murmuró
Giordino.
Apareció Gunn y echó una mirada hacia popa.
—¿Se ve algo?
—Juzga por ti mismo —dijo Giordino, abarcando el paisaje con
amplio ademán—. Nada de nada. Sólo arena.
—Hacia el este hay algo —dijo Pitt, señalando un amplio barranco
que dividía la orilla—. Tiempo atrás debió de llevar agua.
—Pero hace mucho —dijo Gunn—. Parece como si, en siglos más
húmedos, hubiera sido un afluente del Níger.
Giordino estudió solemnemente el viejo cauce.
—Rudi debe de haberse puesto un videojuego. Por aquí no hay
ningún sitio por el que pueda entrar la contaminación.
—Gira en redondo y demos otra vuelta, para verificar mis datos
de nuevo —dijo Gunn.
Pitt obedeció, e hizo varios recorridos arriba y abajo, como si
estuviera segando una pradera, comenzando cerca de una orilla y desplazándose
en cada trayecto más cerca de la contraria, hasta que la quilla rozó con el
fondo del río. A través del radar detectaron que la cañonera a sus espaldas se
había detenido. Probablemente, su capitán estaría preguntándose qué se proponía
la tripulación del Calíope.
Tras la última maniobra, Gunn asomo la cabeza por la portilla.
—Os juro por lo más sagrado que la más alta concentración de
toxinas se encuentra en la boca de esa cañada de la orilla este.
Todos miraron sin mucha convicción hacia el seco cauce, cuyo
pedregoso fondo conducía a una hilera de bajas dunas que se alzaban en el
páramo. Todos guardaban silencio. Pitt puso los mandos en punto muerto y dejó
que el yate se deslizase con la corriente.
—¿Dices que más allá de este lugar no hay rastros de residuos
tóxicos? preguntó Pitt.
—Ninguno —fue la tajante respuesta de Gunn—. La concentración
sube hasta las nubes frente al barranco y luego se esfuma.
—Quizá se trate de un subproducto natural del terreno —aventuró
Giordino.
—El maldito compuesto no es un producto natural —murmuró Gunn—.
Te lo garantizo.
—¿Y si se tratara del desagüe subterráneo de una planta química
oculta por las dunas? —sugirió Pitt
Gunn se encogió de hombros.
—Eso no podemos saberlo sin investigar más a fondo. Hasta aquí
podemos llegar. Hemos cumplido con nuestra parte del trato. Ahora, el resto del
trabajo les corresponde a los especialistas en contaminación.
Pitt miró más allá de la popa del barco, donde la cañonera se
había hecho visible de nuevo.
Parece que a nuestros sabuesos les pica la curiosidad. No hemos
estado muy acertados al dejarles ver nuestras maniobras. Será mejor que sigamos
adelante, como si estuviéramos disfrutando del paisaje.
—Menudo paisaje —rezongó Giordino—. Comparado con esto, el Valle
de la Muerte es un paraíso terrenal.
Pitt empujo los aceleradores al tiempo que el Calíope alzaba la
proa y reiniciaba el avance con un suave zumbido de sus motores. En menos de
dos minutos, la cañonera maliense se quedó atrás, perdiéndose de vista. Ahora,
pensó Pitt, empieza lo bueno de verdad.
18
Arrellanado en un sillón de cuero, el general Kazim presidía la
mesa de conferencias a la que también se sentaban dos ministros del gobierno de
Malí y su jefe del Alto Estado Mayor militar. Tanto las pinturas modernas que
colgaban de las paredes forradas de seda como la gruesa moqueta daban a la sala
de reuniones el aspecto de una lujosa oficina ubicada en un edificio moderno.
Los únicos detalles que contradecían esta primera impresión eran el techo
abovedado y el amortiguado zumbido de los reactores.
El impecablemente acondicionado Airbus Industrie A300 era uno de
los muchos regalos que Yves Massarde había hecho a Kazim, quien, en
compensación, permitía al industrial francés efectuar sus vastas operaciones en
el país sin preocuparse por nimiedades como las leyes y las restricciones
gubernamentales. Si Massarde pedía, Kazim otorgaba... siempre y cuando sus
cuentas en el extranjero fueran engrosándose y él siguiera recibiendo regalos y
caprichos.
Aparte de servir como medio de transporte privado para el
general y sus amigos, el Aerobus estaba provisto de un completo equipo
electrónico que oficialmente lo convertía en centro militar de mando y
comunicaciones, puro formulismo para cubrir las apariencias y esquivar las
críticas de corrupción que lanzaba en el parlamento la minúscula pero ruidosa
oposición al gobierno del presidente Tahir.
Kazim escuchaba en silencio mientras su jefe de Estado Mayor, el
coronel Sghir Cheik, hacía un detallado informe sobre la destrucción del
helicóptero y las cañoneras de Benin. Luego tendió al general dos fotografías
del superyate en su trayecto río arriba.
—En la primera foto —indicó Cheik—, el yate enarbola la enseña
tricolor francesa. Pero desde que entró en nuestra nación, navega bajo bandera
pirata.
—¿Qué tontería es ésa? —preguntó Kazim.
—No lo sabemos —confesó Cheik—. El embajador francés asegura que
ni él ni su gobierno saben nada del barco, y que éste no se halla inscrito como
propiedad francesa. En cuanto a la bandera pirata, es todo un enigma.
—Por lo menos se sabrá de dónde ha salido el yate.
—Nuestros servicios de inteligencia no han logrado averiguar
quién lo fabricó ni cuál es su país de origen. Por su estilo y diseño no parece
proceder de ninguno de los grandes astilleros de Europa ni de América.
—Quizá sea japonés o chino —sugirió Messaoud Djerma, el ministro
de Asuntos Exteriores.
Cheik se acarició la afilada barba y se ajustó sus costosas
gafas de cristales tintados.
—Nuestros agentes también han hecho indagaciones en los
astilleros de Japón, Hong Kong y Taiwam que diseñan yates de primera, con
velocidades que superan los cincuenta kilómetros por hora. En ninguno de ellos
tenían noticia de un barco así.
Incrédulamente, Kazim preguntó:
—¿Es posible que no se sepa nada acerca de esta intrusión?
—Nada. —Cheik alzó las manos—. Es como si Alá hubiera soltado el
barco desde el cielo.
—Un yate de inofensivo aspecto, que cambia de banderas como una
mujer de vestidos, sube por el río Níger, destruye a la mitad de la marina de
Benin y a su almirante, entra en nuestras aguas sin molestarse en detenerse
para el control aduanero y de inmigración, y usted me dice que nuestros
servicios de información no logran averiguar ni siquiera la nacionalidad del
constructor ni del propietario. —Kazim sacudió reprobatoriamente la cabeza—.
Increíble.
—Lo siento, mi general —dijo nerviosamente Cheik. Sus ojos
miopes eludieron la gélida mirada de Kazim—. Tal vez si se me hubiese permitido
enviar un agente al muelle de Niamey...
—Bastante costó sobornar a los agentes nigerienses para que
hicieran la vista gorda cuando el yate amarró para repostar. Lo último que
necesitábamos era que un torpe agente provocase un problema internacional.
—¿Han respondido al contacto por radio? —preguntó Djerma.
Cheik negó con la cabeza.
—Nuestras llamadas han quedado sin respuesta. Han hecho caso
omiso de todas las comunicaciones.
—Pero... En el sagrado nombre de Alá, ¿qué es lo que quieren?
—preguntó Seyni Gashi. El jefe del Consejo Militar de Kazim se parecía más a un
tratante de camellos que a un soldado—. ¿Cuál es su misión?
—Al parecer, ése es un misterio cuya solución rebasa la
capacidad intelectual de mis agentes —dijo Kazim, destemplado.
—Puesto que se encuentra en nuestro territorio —dijo Djerma, el
ministro de Asuntos Exteriores—, ¿por qué no nos limitamos a abordar el yate y
tomar posesión de él?
—El almirante Matabu lo intentó y ahora yace en el fondo del
río.
—El barco lleva lanzamisiles —apuntó Cheik—. Sumamente eficaces,
a juzgar por los resultados.
—Es indiscutible que tenemos la suficiente potencia de fuego
para...
—El barco y sus tripulantes están atrapados en el Níger y no
tienen escapatoria —interrumpió Kazim—. No pueden dar media vuelta y navegar
mil kilómetros hasta el océano. Deben darse cuenta de que cualquier intento de
fuga hará que nuestros aviones de caza y nuestra artillería de tierra los
destruyan. Esperaremos a ver qué hacen. Y cuando se les acabe el combustible,
su única esperanza de sobrevivir será rindiéndose. Entonces todas nuestras
preguntas recibirán respuesta.
—¿Podremos persuadir a los tripulantes de que revelen su misión?
—quiso saber Djerma.
—Claro que sí —replicó apresuradamente Cheik—. Su misión y mucho
más.
Por la puerta de la cabina apareció el copiloto que, al tiempo
que se cuadraba, anunció:
—Estamos sobrevolando el barco, señor.
—Así que al fin podremos ver el enigma con nuestros propios ojos
—dijo Kazim—. Dígale al piloto que nos lo muestre lo mejor posible.
El agotamiento y la decepción por no haber localizado con
exactitud la fuente de la toxina habían disminuido la capacidad de atención de
Pitt, que normalmente era agudísima. El hombre hacía lo posible por no pensar
en las tenazas de acero que estaban cerrándose sobre el Calíope.
Giordino fue el primero en oír el zumbido de motores y alzó la
vista. Un avión volaba a menos de doscientos metros por encima del río, con sus
luces de posición parpadeando en el atardecer. Al aproximarse más, el aparato
resultó ser un gran reactor de pasajeros con los colores malienses pintados en
el fuselaje. Si lo normal hubiera sido que llevara una escolta de dos o tres
cazas, a aquel avión lo protegían más de veinte. Al principio pareció como si
el piloto se propusiera lanzarse contra el río y embestir al Calíope, pero a
dos kilómetros de distancia remontó el vuelo y comenzó a describir círculos,
acercándose al navío en lenta espiral. Los aparatos de escolta se quedaron más
arriba, sobrevolando el lugar y describiendo grandes ochos en el cielo.
Cuando el reactor —en cuyo morro Pitt ya había advertido la gran
cúpula de radar que lo identificaba como un centro de mando aéreo —estuvo a
menos de cien metros, las ventanillas dejaron ver los rostros de los mirones,
que parecían no perder detalle del superyate.
Pitt lanzó un largo y silencioso suspiro y, tras agitar los
brazos en señal de saludo, hizo una teatral inclinación. —Adelante, amigos,
pasen y vean al barco pirata con su alegre banda de ratas de río. Disfruten del
espectáculo, pero no toquen la mercancía, porque podrían hacerse daño.
—Y que lo digas. —Con un pie en la escalerilla que conducía a la
sala de máquinas, dispuesto a abalanzarse sobre su lanzamisiles, Giordino
observaba el avión con mirada belicosa—. A la mínima, lo rompo, lo destrozo, y
lo hago fosfatina.
Gunn, repantigado en una silla de cubierta, se quitó la gorra y
saludó con ella a los mirones del aire.
—A no ser que conozcas un método para hacernos invisibles,
sugiero que no los irritemos. Una cosa es estar en inferioridad de condiciones,
y otra muy distinta suicidarse.
—Llevamos las de perder, eso es indiscutible —dijo Pitt,
sacudiéndose los restos de cansancio—. Hagamos lo que hagamos, da lo mismo.
Tienen potencia de fuego suficiente para convertir al Calíope en astillas.
Gunn escrutó las orillas y el paisaje desnudo más allá.
—Sería inútil amarrar e intentar salir por piernas. En un
terreno tan abierto, no duraríamos ni cincuenta metros.
—¿Qué hacemos pues? —preguntó Giordino.
—¿Rendirnos y confiar en nuestra suerte? —sugirió Gunn, sin
mucha convicción.
—Hasta una rata acorralada puede morder y correr —dijo Pitt—.
Propongo un último acto de desafío, quizá inútil, pero... qué diablos. Les
haremos un feo gesto con los puños, aceleraremos a fondo, y a correr. Si se
ponen desagradables, los convertiremos en carne de cementerio.
—Lo más probable es que sean ellos quienes lo hagan con nosotros
—se lamentó Giordino.
—¿Hablas en serio, Pitt? —preguntó Gunn, incrédulo.
—Nunca he hablado más en serio —dijo enfáticamente Pitt—. El
amigo Pitt no tiene las menores ganas de morirse. Kazim sobornó a las
autoridades de Níger para que nos permitieran entrar en Malí, e hizo eso porque
se muere de ganas de echarle el guante al yate. Parto de la base de que lo
quiere intacto, sin un rasguño.
—Te lo vas a jugar todo a la carta perdedora —advirtió Gunn—.
Derriba uno solo de sus aviones y Kazim nos sacudirá con todo lo que tiene, que
no es poco.
—En eso confío.
—Hablas como si te hubieras vuelto loco —dijo Giordino,
receloso.
—No olvidéis los datos sobre la contaminación —dijo
pacientemente Pitt—. Ellos son el motivo de que estemos aquí, ¿no?
—No hace falta que nos lo recuerdes —dijo Gunn, comenzando a ver
un destello de luz en las aparentemente irrazonables palabras de Pitt—. ¿Qué es
lo que bulle en tu malvada sesera?
—Aunque no me hace ninguna gracia destrozar un bonito yate en
perfecto estado, una maniobra de distracción puede ser el único medio por el
que uno de nosotros logre escapar de Africa y haga llegar a Sandecker y Chapman
los resultados de nuestras investigaciones.
—Parece que no ha perdido la razón del todo —admitió Giordino—.
Sigue hablando.
—Muy sencillo —dijo Pitt—. Dentro de una hora se hará de noche.
Daremos media vuelta y nos acercaremos a Gao cuanto podamos, antes de que Kazim
se canse del juego. Rudi se tirará por la borda y nadará hasta la orilla.
Luego, tú y yo comenzaremos con los fuegos artificiales y saldremos disparados
río abajo como una vestal perseguida por las hordas bárbaras.
—La cañonera que nos sigue quizá tenga algo que decir al
respecto, ¿no crees? —le recordó Gunn.
—Eso es una minucia. Si mis previsiones son correctas, pasaremos
frente a sus narices sin darles tiempo a reaccionar. Antes de que sus
tripulantes se den cuenta, nos habremos perdido de vista.
Giordino lo miró por encima de sus gafas de sol.
—Suena remotamente posible. En cuanto empiece la juerga, los
malienses no advertirán que en el agua hay un nadador.
—¿Por qué yo? —preguntó Gunn—. ¿Por qué no uno de vosotros?
—Porque tú eres el más cualificado —explicó Pitt—. Eres
inteligente, astuto y escurridizo. Si alguien puede colarse en el aeropuerto de
Gao, subir a un avión y salir del país, ése eres tú. Además, eres el único que
sabe de química. Nadie mejor para desentrañar el secreto de la sustancia tóxica
y de la forma como entra en el río.
—Podríamos intentar llegar a nuestra Embajada en Bamako, la
capital.
—Imposible. Bamako está a seiscientos kilómetros.
—Lo que dice Dirk es razonable —estuvo de acuerdo Giordino—. Si
él y yo uniéramos nuestros conocimientos de química, no lograríamos ni la
fórmula del jabón.
—No voy a permitir que sacrifiquéis vuestras vidas por mí
mientras yo escapo —insistió Gunn.
—Déjate de bobadas —replicó Giordino—. Sabes perfectamente que
ni Dirk ni yo planeamos cometer un suicidio ritual.
—Se volvió hacia Pitt—. ¿A que no?
—Ni por asomo —dijo Pitt, arrogante—. Una vez hayamos cubierto
la huida de Rudi, dispondremos el Calíope de modo que Kazim jamás pueda
disfrutar de sus lujos. Luego, nosostros también abandonaremos el barco y
emprenderemos un safari por el desierto para descubrir la fuente de la toxina.
—¿Que haremos qué? —Giordino estaba estupefacto—. ¿Un safari...?
—Tienes el don de pintar las cosas facilísimas —dijo Gunn.
—¿...por el desierto? —seguía Giordino.
—Un paseíto nunca ha hecho daño a nadie —dijo Pitt, jovial.
—Está claro que me equivocaba —gimió Giordino—. Quiere que nos
autodestruyamos.
—En efecto —sonrió Pitt—. Autodestrucción es la palabra mágica.
19
Pitt echó un último vistazo a los aviones, que seguían
sobrevolando ociosamente. No habían mostrado ninguna intención de atacar, ni
era de prever que lo hiciesen ahora. En cuanto el Calíope iniciase su carrera
río abajo, Pitt no podría perder tiempo observándolos. Ir a setenta nudos por
un río desconocido entre las sombras de la noche requeriría de toda su
concentración.
Su mirada fue de los aviones a la enorme bandera izada en el
mástil que sirviera de sustentación a la destrozada antena parabólica. En un
compartimiento del yate había encontrado una gran enseña con las barras y
estrellas, que puso en lugar del pequeño pabellón pirata enarbolado hasta
entonces. La bandera norteamericana medía casi dos metros, pero, en el seco e
inmóvil aire de la noche, permanecía fláccidamente enrollada alrededor del
mástil.
Miró hacia la cúpula de popa, cuyas portillas se encontraban
echadas. Giordino no estaba preparándose para lanzar los seis cohetes que le
quedaban sino que los estaba disponiendo en torno a los depósitos de
combustible antes de conectarles un temporizadordetonador. Pitt sabía que Gunn
también se encontraba abajo, metiendo en un envoltorio de plástico las cintas
con los datos analíticos de las muestras de agua. Luego guardaría el envoltorio
en una pequeña mochila, con las provisiones y el equipo de supervivencia.
Pitt dirigió su atención al radar, grabando en su mente la
posición de la cañonera. Le resultaba sorprendentemente fácil sacudirse los
tentáculos del cansancio. Ahora que la suerte estaba definitivamente echada, la
adrenalina inundaba su corriente sanguínea.
Aspiró profundamente, empujó hasta el fondo el triple acelerador
e hizo girar la rueda del timón hasta el tope de estribor.
Para los que observaban desde las alturas, fue como si el
Calíope saltara de la superficie del río y diese media vuelta en el aire.
Luego, rodeado por una cortina de agua y espuma, salió disparado río abajo. Su
proa asomaba fuera del agua como la punta de un sable, y la popa, que se
mantenía bien hundida, producía con sus hélices una enorme turbulencia en el
río.
La velocidad del barco hizo que la bandera norteamericana se
agitase al viento. Pitt sabía de sobra que hacer ondear la enseña nacional
durante una misión secreta e ilegal en territorio extranjero contravenía todas
las normas. El departamento de Estado pondría el grito en el cielo cuando los
malienses presentaran sus indignadas protestas. Sólo Dios sabía las
escandalizadas reacciones produciría en la Casa Blanca. Pero, lisa y
llanamente, todo eso a Pitt le importaba un comino.
Los dados ya estaban echados. El negro sendero de agua parecía
llamar a la embarcación hacía su seno. Sobre la lisa superficie sólo se veía el
reflejo de las estrellas, y Pitt no confiaba en su visión nocturna para
mantenerse en la parte honda del cauce. Si embarrancaba a esa velocidad, el
barco se desintegraría. Los ojos del hombre iban una y otra vez de la pantalla
del radar al indicador de profundidad y luego al negro río ante él.
No perdió tiempo en echar ni un vistazo al velocímetro, cuya
aguja rebasaba los setenta nudos. Tampoco necesitaba mirar los tacómetros para
saber que todos los indicadores estaban en la zona roja. El Caliope como un
purasangre que galopa hacia la muerte, estaba rindiendo al máximo en su último
viaje. Era como si el yate supiera que jamás regresaría a su puerto de origen.
La cañonera maliense se desplazó casi al centro de la pantalla
de radar. Pitt escrutó las sombras y apenas pudo distinguir la achaparrada
silueta del buque poniéndose de costado en un intento de bloquearle el paso.
Aunque tenía las luces apagadas, Pitt no dudó ni por un instante que todos los
cañones del barco apuntaban hacia ellos.
Decidió fintar a estribor y girar bruscamente a babor para
desorientar a los artilleros. Luego pasaría de largo frente a la proa del
buque. La ventaja estaba de parte de los malienses; pero Pitt se lo apostaba
todo a que Kazim no estaba dispuesto a destruir uno de los mejores y más
rápidos yates del mundo. El general no tenía prisa, pues aún disponía de un
cómodo margen de varios cientos de kilómetros para detener al barco fugitivo.
Pitt plantó firmemente los pies en cubierta y se aferró a la
rueda del timón, preparándose para los bruscos virajes. Por algún oscuro
motivo, el rugido de los motores turbodiesel así como el ulular del viento en
sus oídos le recordaban el último acto del Crepúsculo de los dioses de Wagner.
Lo único que faltaba eran los truenos y relámpagos.
Y los truenos y relámpagos llegaron finalmente.
La cañonera abrió fuego, una ardiente andanada cruzó
ensordecedoramente la noche y una letal lluvia de proyectiles se abatió sobre
el Calíope.
A bordo del avión de mando, Kazirn contemplaba estupefacto el
inesperado ataque. Luego la ira lo dominó.
—¿Quién le ha dicho al capitán de la cañonera que abra fuego?
—exigió saber.
Cheik estaba anonadado.
—Habrá actuado por propia iniciativa.
—¡Ordénele que cese inmediatamente el fuego! ¡Quiero ese barco
intacto!
—Sí, señor —dijo Cheik, saltando de su sillón y corriendo a la
cabina de comunicaciones del aparato.
—¡Idiota! —exclamó Kazim, con el rostro congestionado por la
furia—. Mis instrucciones eran claras: nada de combatir si yo no lo ordenaba.
Que el capitán y sus oficiales sean ejecutados por desobedecer mis ordenes.
Messaoud Djerma, ministro de Asuntos Exteriores, miró a Kazim
con desaprobación.
—Esa es una medida extremadamente dura...
Kazim lo interrumpió con una llameante mirada.
—¡No para quienes me desobedecen!
Ante la mirada asesina de su superior, Djerma se achicó. Nadie
que tuviese familia se atrevía a enfrentarse con Kazim. Los que cuestionaban
las decisiones del general tendían a desaparecer como si jamás hubiesen
existido.
Muy lentamente, Kazim apartó la vista de Djerma y volvió a
fijarla en la acción que tenía lugar en el río.
Los mortíferos proyectiles trazadores perforaron como rayos la
desierta negrura de la noche y, cruzando las aguas, fueron a caer en el río, a
babor del Calíope. Fue como si una docena de cañones hicieran fuego a la vez,
levantando enormes surtidores de espuma. Luego los artilleros afinaron su
puntería, y las balas, disparadas casi a bocajarro, comenzaron a percutir
contra el ahora indefenso yate. Grandes boquetes aparecieron en la proa y la
cubierta delantera. Los proyectiles hubieran atravesado fácilmente el barco,
que carecía de blindaje, si unos rollos de cuerda de nylon y la cadena del
ancla de proa no hubieran absorbido todos los impactos.
No hubo tiempo para esquivar la andanada inicial, ni siquiera
para reaccionar. Cogido totalmente por sorpresa, Pitt se agachó instintivamente
y, en el mismo movimiento, hizo girar desesperadamente el timón para eludir el
fuego devastador. El Calíope obedeció y, por unos instantes, quedó a salvo,
hasta que los artilleros volvieron a corregir su puntería y las anaranjadas
llamaradas cruzaron el río de nuevo. Otra granizada de plomo se abatió contra
el casco de acero y la superestructura de fibra de vidrio del yate.
Humo y llamas surgían de la parte de proa, donde las balas
trazadoras habían incendiado el nylon. El panel de instrumentos estalló en
pedazos. Milagrosamente, el proyectil no alcanzó a Pitt; pero éste notó que
algo húmedo le corría por la mejilla. Maldijo su estupidez al pensar que los
malienses no destruirían al Calíope Lamentada profundamente haber ordenado a
Giordino que retirase los misiles de sus lanzadores y los colocara en torno a
los depósitos de combustible. Un solo cohete en la sala de máquinas enemiga, y
la cañonera hubiese saltado por los aires, con todos sus tripulantes
convertidos en canapés para los peces.
Se encontraba tan cerca del otro barco que, de haber mirado, a
la luz de los fogonazos hubiese podido ver la hora en su viejo reloj Doxa
sumergible.
Giró bruscamente la rueda del timón, haciendo que el maltrecho
yate se deslizase a sólo un par de metros de la proa de la cañonera. Luego pasó
de largo, y su estela meció al otro barco, desviando el tiro de los cañones,
cuyos proyectiles pasaron inofensivamente por encima y se perdieron en la
noche.
De pronto, las andanadas de la cañonera cesaron. Pitt no se
detuvo a analizar los motivos de la tregua. Mantuvo un zigzagueante curso hasta
que la cañonera hubo quedado bien atrás. Sólo cuando tuvo la certeza de que
estaban fuera de tiro, y tras echar un vistazo a la pantalla de radar, aún en
buen funcionamiento, y ver que en ella no aparecían aviones atacantes, se
relajó y lanzó un profundo suspiro de alivio.
Junto a él apareció Giordino, con rostro preocupado.
—¿Estás bien?
—Furioso conmigo mismo por haber hecho el idiota. ¿Qué tal
vosotros?
—Algo magullados. Con tu salvaje forma de conducir, nos has
sacudido como si estuviéramos dentro de una coctelera. En uno de los virajes,
Rudi se ha dado un golpetazo tremendo en la cabeza; pero eso no le impide
apagar el incendio de proa.
—Chico duro.
Giordino dirigió el haz de una linterna contra el rostro de
Pitt.
—¿Sabías que tienes un pedazo de cristal en tu fea cara? Pitt
levantó una mano de la rueda y se rozó la mejilla, en la que se había clavado
un fragmento de vidrio.
—Tú lo ves mejor que yo. Quítamelo.
Sujetando la linterna con los dientes, e iluminando con ella el
rostro de Pitt, Giordino cogió la punta del cristal entre el pulgar y el índice
y tiró de ella suavemente hasta sacarla.
—Es mayor de lo que pensaba —dijo antes de tirarla al río.
Luego, con ayuda de un maletín de primeros auxilios que sacó de un armario de
la cabina, dio tres puntos a la herida y la vendó mientras Pitt seguía sin
sacar la vista del río y los instrumentos. Concluida la cura, Giordino se echó
para atrás y admiró su trabajo.
—Listo. Otra brillante operación en el heroico currículum del
doctor Albert Giordino, cirujano del desierto.
Pitt advirtió entre las sombras el tenue brillo de una linterna.
Giró la rueda del timón para sortear una pequeña barca de vela que navegaba en
la oscuridad. Luego preguntó a Giordino:
—¿Y cuál es tu siguiente contribución a los anales de la
medicina?
—Presentarte la minuta, naturalmente.
—Te mandaré un cheque por correo.
Gunn subió, apretándose un cubito de hielo contra un chichón de
la coronilla.
—Al almirante se le romperá el corazón cuando sepa lo que hemos
hecho con su barco.
—Yo creo que, en el fondo, nunca esperó volver a verlo —especuló
Giordino.
—¿Apagaste el fuego? —preguntó Pitt a Gunn.
—Aún quedan rescoldos; pero, en cuanto me limpie los pulmones de
humo, le daré otro golpe de extintor.
—¿Alguna vía de agua?
Gunn movió negativamente la cabeza.
—Todos los impactos los hemos recibido por encima de la línea de
flotación. La sentina está seca.
—¿Siguen los aviones por ahí arriba? En el radar sólo veo uno.
Giordino alzó la vista al cielo.
—El más grande sigue sin quitarnos ojo —confirmó—. Está
demasiado oscuro para ver los cazas, y tampoco se les oye; pero mis huesos me
dicen que aún andan merodeando por los contornos.
—¿Cuánto falta para Gao? —preguntó Gunn.
—Setenta y cinco u ochenta kilómetros —calculó Pitt—. Incluso a
la velocidad a la que vamos, aún tardaremos una hora o más en ver las luces de
la ciudad.
—Siempre y cuando los tipos de ahí arriba nos dejen en paz —dijo
Giordino, alzando la voz para que se le oyese por encima del ruido del viento y
los motores.
Gunn señaló el aparato portátil de radio.
—Quizá nos convenga darles conversación.
Pitt sonrió en las sombras.
—Sí: creo que ha llegado el momento de atender llamadas.
—¿Por qué no? —estuvo de acuerdo Giordino—. Siento curiosidad
por oír lo que tengan que decirnos.
—Hablando, hablando, quizá ganemos el tiempo que necesitamos
para llenar a Gao —comentó Gunn—. Aún queda un buen trecho.
Pitt dejó que Giordino se hiciera cargo del timón, subió el
volumen del receptor, a fin de que todos pudieran oír la conversación por
encima del ruido y habló al micrófono.
—Buenas noches —saludó amablemente—. ¿En qué puedo servirlos?
Tras una breve pausa, sonó una voz en francés.
—Cómo odio esto —murmuró Giordino.
Mirando hacia el avión, Pitt replicó:
—Non parley vous francais.
Gunn frunció el entrecejo.
—¿Sabes lo que has dicho?
Pitt lo miró inocentemente.
—Que no hablo francés —replicó.
—Vous es usted —lo aleccionó Gunn—. Acabas de decirle que él no
habla francés.
—Seguro que me ha entendido.
La voz sonó de nuevo por el altavoz.
—Hablo su idioma.
—Espléndido —replicó Pitt—. Cuente.
—Identifiquese.
—Usted primero.
—De acuerdo: soy el general Zateb Kazim, jefe del Consejo
Supremo Militar de Malí.
Pitt se volvió y miró a Giordino y Gunn.
—El jefazo en persona.
—Siempre soñé con tener una charla con una celebridad —dijo
sarcásticamente Giordino—. Pero nunca pensé que la cosa ocurriría en mitad de
la nada.
—Identifiquese —repitió Kazim—. ¿Está usted al mando de un barco
norteamericano?
—Soy Edward Teach, capitán del Queen Anne's Revenge. Secamente,
Kazim replicó:
—Estudié en la Universidad de Princeton, estoy familiarizado con
la historia del pirata Barbanegra, y conozco su verdadero nombre, y el de su
buque. Tenga la bondad de dejarse de bromas y rinda su barco.
—¿Y si tengo otros planes?
—Usted y su tripulación serán destruidos por los cazabombarderos
de las fuerzas aéreas malienses.
—Si tienen tan buena puntería como las cañoneras, no hay motivo
para preocuparse —se burló Pitt.
—No juegue conmigo —advirtió torvamente Kazim—. ¿Quiénes son
ustedes y qué hacen en mi país?
—¿Me creería si le dijese que somos un grupo de amigos en
excursión de pesca?
—¡Deténganse y entreguen inmediatamente su barco! —espetó Kazim.
—No, no creo que hagamos tal cosa —replicó gentilmente Pitt.
—Entonces, usted y su tripulación morirán.
—Y usted se quedará sin un barco único en el mundo. Un fuera
serie. Supongo que ya conoce alguna de sus peculiaridades.
Se produjo un largo silencio. Pitt comprendió que el tiro había
dado en el blanco.
—He leído los informes sobre el pequeño altercado que tuvieron
con mi difunto amigo, el almirante Matabu. Conozco a la perfección la capacidad
de fuego de su barco.
—Entonces ya sabe que podríamos haber maridado la cañonera al
fondo del río.
—Lamento que les dispararan. Fue contra mis ordenes.
—También podríamos borrar del cielo su bonito avión —faroleó
Pitt.
Kazim, que no era ningún estúpido, ya había considerado tal
posibilidad.
—Si yo muero, ustedes mueren. ¿Qué ganamos?
—Déme tiempo para meditar sobre eso... ¿Qué tal hasta llegar a
Gao?
—Soy hombre generoso —dijo Kazim, haciendo gala de una insólita
paciencia—. Pero una vez en Gao se detendrán y echarán amarras en el muelle del
ferry. Si insisten en su estúpido intento de huir, mis aviones los mandarán al
infierno de los infieles.
—Comprendido, general. Pone usted las cosas claras como el
cristal. —Pitt desconectó la radio y sonrió de oreja a oreja—. Me encanta
llegar a acuerdos mutuamente satisfactorios.
Cuando las luces de Gao fueron visibles entre las sombras, a
menos de cinco kilómetros, Pitt sustituyó a Giordino al frente de los mandos e
hizo señas a Gunn.
—Prepárate para el chapuzón, Rudi.
Gunn dirigió una mirada dubitativa al agua, que se deslizaba a
casi setenta y cinco nudos.
—A esta velocidad, ni hablar.
—Tranquilo —lo calmó Pitt—. Reduciré por un momento a diez
nudos. Tu te tiras por el lado contrario al del avión y, en cuanto hayas
saltado, aceleraré de nuevo. —Volviéndose hacia Giordino, añadió—: Dale
conversación a Kazim y manténlo entretenido.
Giordino tomó el micrófono y habló con voz turbia.
—¿Podría repetir sus condiciones, general?
—Cesen en su absurdo intento de huir, entreguen el barco en Gao,
y vivirán. Esas son las condiciones.
Mientras Kazim hablaba, Pitt condujo al Calíope cerca de la
orilla en la que estaba la ciudad. En la cabina, la tensión podía palparse.
Pitt se dijo que Gunn debía saltar antes de que las luces de Gao revelaran la
presencia de un cuerpo en el agua. El hombre estaba nervioso, y no sin motivo.
Debía evitar que su maniobra suscitase el recelo de los malienses. El indicador
de profundidad mostraba que el fondo estaba ya a pocos metros. Echó los
aceleradores para atrás, haciendo que la quilla del Calíope se hundiese en el
agua. La velocidad se redujo tan bruscamente que Pitt se vio lanzado contra el
salpicadero de la cabina.
—¡Ya! —gritó a Gunn—. Al agua, y suerte.
Sin una palabra de despedida, el menudo científico de la NUMA
agarró fuertemente las correas de su mochila y se dejó caer por la borda,
desapareciendo en las oscuras aguas. Casi instantáneamente, Pitt volvió a
presionar los aceleradores hasta el tope.
Giordino miró hacia popa, pero Gunn había desaparecido
en el negro río. Con la tranquilidad de que su amigo estaba a
salvo, nadando los cincuenta metros que lo separaban de la ori
lla, el hombre reanudó su conversación con el general Kazim.
—Si nos promete un salvoconducto para salir del país, el barco,
o lo que queda de él, después de los saludos que nos envió su cañonera, es
suyo.
Kazim no pareció sospechar nada del brusco descenso de la
velocidad del yate.
—Acepto —dijo mansamente.
—No nos apetece nada morir bajo una andanada de fuego en un río
contaminado.
—Sabia decisión —replicó Kazim. Aunque su tono era sobrio y
educado, en él se percibía una nota de hostilidad y triunfo—. Lo cierto es que
no tienen ustedes más alternativa.
A Pitt lo embargó la desoladora sensación de que había abusado
de la suerte. Ni a él ni a Giordino podía caberles duda alguna de que la
intención de Kazim era matarlos y arrojar luego sus cadáveres a los buitres.
Había posibilidades de que los malienses no hubiesen reparado en la fuga de
Gunn, y también posibilidades de que él y Giordino sobreviviesen; pero eran
ínfimas, tan pequeñas que ningún tahúr que se respetase apostaría un solo
centavo por ellas.
Su plan, si así podía llamarse, les proporcionaría unas cuantas
horas más, eso era todo. Comenzó a maldecir su estupidez por haber creído que
podrían salir bien parados.
Pero instantes más tarde la salvación, imprevista e
inimaginable, hizo su aparición en la noche.
20
Giordino tocó a Pitt en el hombro y señaló río abajo.
—¿Ves ese resplandor ahí al fondo, a la derecha? Es la fastuosa
mansión flotante de la que te hablé. La que pasamos a la ida. Es un auténtico
yate de multimillonario, con helicóptero y un enjambre de simpáticas mujeres.
—¿Crees que también tendrá un sistema de comunicaciones vía
satélite con el que contactar con Washington?
—No me sorprendería que tuviera hasta télex.
Pitt se volvió hacia Giordino y le sonrió.
—Ya que nuestra agenda no está muy apretada, ¿te parece que le
hagamos una visita?
Giordino se echó a reir y lo palmeó en la espalda. —Montaré el
detonador.
—Con treinta segundos bastará.
—Hecho.
Giordino devolvió el micrófono a Pitt y bajó a la sala de
máquinas. Reapareció casi inmediatamente, mientras Pitt programaba el curso del
barco en el ordenador y conectaba el piloto automático. Por suerte, se
encontraban en un tramo ancho y recto del río, y el Calíope podría navegar por
su cuenta un buen trecho después de que ellos lo abandonaran.
—¿Listo? —preguntó Pitt a Giordino.
Cuando tú digas.
—Hablando de decir... —Pitt se llevó el micrófono a los labios—.
General Kazim...
—¿Sí?
—He cambiado de idea. No le damos el barco. Que lo pase usted
bien.
Giordino sonrió.
—Me gusta tu estilo.
Pitt arrojó la radio por la borda y aguardó a que el Calíope
estuviese a la altura de la casa flotante. Entonces echó para atrás los
aceleradores.
En cuanto la velocidad se redujo a veinte nudos, gritó: —¡Ya!
Giordino no se lo hizo repetir. Corrió por la cubierta posterior
y se echó al agua desde popa. Cayó en el centro de la estela dejada por el
barco, y su chapuzón pasó inadvertido entre el torbellino de espuma. Pitt sólo
se demoró lo suficiente para dejar los aceleradores en todo avante, y luego
saltó por un costado, haciéndose un ovillo. El impacto le cortó la respiración.
Pitt tuvo buen cuidado de no tragar ni un sorbo de la contaminadísima agua. Las
cosas ya estaban bastante mal como para empeorarlas con una intoxicación.
Asomó la cabeza fuera del agua para ver cómo el Calíope se
perdía a toda máquina entre las sombras, con la velocidad y el ruido de un tren
expreso. Era un barco abandonado al que sólo le quedaban unos instantes de
existencia. Pitt se mantuvo inmóvil, con la vista en el barco, esperando a que
los misiles y los depósitos de combustible detonaran. No tuvo que aguardar
mucho. Incluso a la distancia de más de un kilómetro, la explosión fue
ensordecedora, y la onda de choque, transmitida a través del agua, le estremeció
de arriba a abajo. Una inmensa bola anaranjada se levantó sobre el río. El fiel
Calíope voló en mil pedazos. En medio minuto, la noche devoró las llamas y no
quedó ni rastro del hermoso yate.
Una vez el ruido de los motores y el estruendo de la explosión,
se extinguieron sobre el río se hizo un extraño silencio, sólo roto por el
zumbido del avión de Kazim y las lejanas notas de un piano que sonaba en la
mansión flotante.
Giordino apareció junto a él.
—¿Nadando? Yo creía que eras capaz de caminar sobre las aguas.
—Sólo lo hago en ocasiones muy señaladas.
Giordino señaló hacia el cielo.
—¿Crees que los engañamos?
—De momento, puede; pero no tardarán en olérselo todo.
—¿Nos colamos en la fiesta?
—Desde luego —replicó Pitt, comenzando a bracear.
Mientras nadaba, estudió la mansión flotante. Era ésta el barco
perfecto para la navegación fluvial. Su calado no debía de ser muy superior a
los dos metros, y tanto su diseño como su forma recordó a Pitt los viejos
barcos de ruedas del Mississippi, como el famoso Robert E. Lee, sólo que
carecía de ruedas, y la superestructura era mucho más moderna. La cabina del
piloto, situada en la parte delantera de la cubierta superior, era
especialmente similar. De estar construido para alta mar, con un casco adecuado
para las travesías oceánicas, habría caído en la categoría de megayate. Estudió
el esbelto helicóptero posado a mitad de la cubierta de popa, el acristalado
atrio de tres niveles, lleno de plantas tropicales, y el bosque de antenas
electrónicas que se alzaba junto a la caseta del timón. La increíble mansión
flotante era una fantasía hecha realidad.
Cuando se encontraban a veinte metros del portalón del navío,
apareció la cañonera maliense, navegando río abajo a toda máquina. En su
cubierta, Pitt vislumbró las sombras de los oficiales. Todos miraban hacia
donde se había producido la explosión del yate, y no prestaban atención al agua
de su alrededor. También vio a un grupo de tripulantes en proa, y no necesitó
ser adivino para saber que estaban escrutando el oscuro río en busca de
supervivientes, al tiempo que empuñaban armas automáticas con los seguros
quitados.
En una rápida ojeada antes de sumergirse en el río, bajo la
estela de la cañonera, Pitt vio cómo los pasajeros de la mansión flotante
aparecían de pronto en la cubierta de paseo. Hablaban excitadamente entre
ellos, y señalaban hacia el lugar en que el Calíope había dejado de existir.
Todo el barco, así como el agua que lo rodeaba, estaban fuertemente iluminados
por focos montados en la cubierta superior. Pitt salió de nuevo a la superficie
y se mantuvo a flote inmóvil, al borde de la zona de luz.
—Hasta aquí podemos llegar sin que nos detecten —susurró a
Giordino, que flotaba tranquilamente de espaldas junto a él.
—Entonces, ¿no haremos una aparición espectacular?
—Las reglas de la discreción recomiendan que primero
comuniquemos al almirante Sandecker nuestra situación y luego irrumpamos en la
fiesta.
—Como siempre, tienes razón, oh maestro —asintió Giordino—. El
dueño puede tomarnos por lo que somos: asaltantes nocturnos; y encadenarnos con
grilletes, lo cual sin duda hará en cualquier caso.
—Calculo que son unos veinte metros. ¿Cómo andas de fuelle?
—Puedo contener la respiración tanto tiempo como tú.
Pitt hizo varias aspiraciones profundas, expulsando el aire con
fuerza para purgarse los pulmones de dióxido de carbono. Luego inhaló al máximo
y se sumergió en el río.
Sabiendo que Giordino lo seguía, buceó hasta tres metros de
profundidad y luego comenzó a nadar contra la corriente en dirección al costado
del barco. Advertía que iba aproximándose gracias a la creciente luz de la
superficie. De pronto, entró en una zona de sombra y comprendió que ya estaba
pegado al buque. Alzó una mano para evitar golpearse la cabeza y ascendió hasta
tocar el aluminio del casco, recubierto por una tenue película de limo.
Sacó la cabeza del agua, aspiró el aire nocturno y miró hacia
arriba. Salvo por unas manos apoyadas en la barandilla, sólo dos metros más
arriba, no podía ver a los pasajeros, ni tampoco podían ellos verlo a él, a no
ser que asomasen el cuerpo y mirasen directamente hacia abajo. Era imposible
abordar el barco por el portalón sin ser vistos. Giordino apareció en la
superficie e inmediatamente se hizo cargo de la situación.
Silenciosamente, Pitt señaló hacia debajo del barco. Separó las
manos, indicando la profundidad del calado. Giordino asintió, comprendiendo, y
ambos volvieron a llenarse los pulmones de aire, se sumergieron y bucearon bajo
el casco. La manga era tan ancha que tardaron casi un minuto en salir a la
superficie por el lado contrario.
Las cubiertas de babor estaban vacías y sin vida. Todos se
encontraban en estribor, atraídos por la destrucción del Calíope. Del costado
de la nave colgaba un paragolpes de goma que Pitt y Giordino utilizaron para
subir a bordo. Pitt se detuvo unos segundos para hacerse una idea de la
distribución de la mansión flotante. Estaban en la cubierta a la que daban las
suites de los invitados. Así pues debían ir más arriba. Seguido por Giordino,
Pitt subió por una escalera hasta la siguiente cubierta. Tras echar un rápido
vistazo por una portilla que daba a un comedor del tamaño y la elegancia de un
restaurante de lujo, continuaron ascendiendo hasta la cubierta que estaba
inmediatamente debajo de la cabina del piloto.
Pitt entornó sigilosamente una puerta y por la rendija pudo ver
un lujosísimo salón decorado en tonos amarillos y dorados. Todo era vidrio,
metales primorosamente trabajados, y cuero. Una de las paredes estaba ocupada
por un elegante y bien dotado bar.
No se veía al barman, que debía de estar con los demás, de
mirón. Sin embargo, sentada a un pequeño piano de cola, había una mujer rubia,
de largas y desnudas piernas, estrecha cintura y piel bronceada. Llevaba un
mínimo vestido negro, provocativamente ceñido. Estaba tocando y cantando con
voz aguardentosa una más que discutible versión de «La última vez que vi
París». Sobre el piano había cuatro copas de martini vacías, que sin duda eran
la causa de la pésima calidad de su recital. Al ver aparecer a Pitt y a
Giordino se interrumpió para mirarlos con brumosa curiosidad.
—¿De qué cubo de basura os habéis escapado? —farfulló.
Pitt miró hacia el espejo de detrás del bar y pudo verse a él y
a Giordino, dos hombres que vestían mojados shorts y camisetas, con los
cabellos pegados a la cabeza, y que llevaban más de una semana sin afeitarse.
Se dijo que no podía reprocharle a la mujer que los mirase como a dos ratas
ahogadas. Se llevó un dedo a los labios, en petición de silencio, tomó una mano
de la mujer y la besó y luego cruzó una puerta que daba a un corredor.
Giordino se detuvo junto a la rubia, a quien dirigió una
lujuriosa mirada y un guiño. Luego le susurró al oído:
—Me llamo Al, te amo y volveré.
Luego, también él salió.
El corredor parecía prolongarse hasta el infinito. A ambos lados
se abrían pasillos. El lugar era un auténtico laberinto que no podía por menos
de intimidar a los recién llegados. Si, desde fuera, la mansión flotante
parecía grande, una vez dentro resultaba monumental.
—No nos vendrían mal un par de motos y un mapa de carreteras
—murmuró Giordino.
—Si este barco fuera mío —dijo Pitt—, tendría mi despacho en la
parte superior delantera, para disfrutar de la vista.
—Quiero casarme con la pianista.
—Déjalo para luego —murmuró cansadamente Pitt—. Sigamos adelante
y vayamos echándole un vistazo a las puertas.
Identificar los departamentos resultó fácil. Todas las puertas
tenían elegantes placas que anunciaban la pieza a la que daban. Como Pitt había
supuesto, en la del fondo del corredor se leía: Mr. Massarde. Despacho privado.
—Debe de ser el dueño de este palacio flotante —dijo Giordino.
Sin responder, Pitt abrió la puerta. Cualquier director
ejecutivo de cualquier gran empresa occidental se hubiera puesto verde de
envidia ante aquel despacho. La pieza principal del mobiliario era una gran
mesa de conferencias de estilo español, una costosísima antigüedad rodeada por
diez sillones primorosamente tapizados por artesanos navajos. Increíblemente,
el decorado y los adornos de las paredes también procedían del suroeste de
Estados Unidos. A Pitt le costó creer que se encontraba en un barco anclado en
pleno continente africano. Junto al enorme escritorio de madera noble, había en
un espléndido bargueño del siglo xix, que albergaba un completo equipo de
comunicaciones.
La pieza estaba vacía así que Pitt no perdió un minuto. Cruzó
rápidamente hasta la consola telefónica, se sentó ante ella, y estudió por unos
momentos la compleja serie de botones y diales. Luego comenzó a teclear. Una
vez marcados los prefijos del país y la ciudad, añadió el número directo de
Sandecker y quedó a la espera. La consola emitió una serie de clics y clacs,
que fueron sucedidos de diez segundos de silencio y, al fin del peculiar sonido
de llamada de un teléfono norteamericano.
Tras una docena de llamadas, seguía sin haber respuesta.
—Dios bendito, ¿por qué no contesta? dijo Pitt, exasperado.
Hay una diferencia de cinco horas con Washington. Quizá el
almirante esté almorzando.
Pitt negó con la cabeza.
—Sandecker, jamás. En situaciones de crisis, ni come. Giordino
entreabrió la puerta y miró al exterior. Volvió a cerrarla y dijo:
—Más vale que se dé prisa en contestar. Los del barco han
descubierto el reguero de agua que hemos dejado a nuestro paso y vienen hacia
aquí.
—Manténlos a raya dijo Pitt.
—¿Y si traen armas?
—Preocúpate por eso cuando llegue el momento. Giordino miró las
muestras de arte indio repartidas por la estancia.
—Y me dice que los mantenga a raya rezongó. Custer en Little
Bighorn, ése soy yo.
Al fin, por el altavoz sonó una voz femenina.
—Despacho del almirante Sandecker.
Pitt arrancó el microteléfono de su horquilla.
—¿Julie?
A Julie Wolff, la secretaria privada de Sandecker, se le cortó
el aliento.
—Pero, Mister Pitt... ¿es usted?
—El mismo.
—Gracias a Dios que siguen vivos. En la NUMA están
preocupadísimos. —¿Mr. Giordino y Mr. Gunn se encuentran bien? —Perfectamente.
¿Anda por ahí el almirante?
Está reunido con un equipo táctico de la ONU, estudiando el modo
de sacarlos a ustedes de Malí. Ahora mismo lo llamo.
Al cabo de menos de un minuto se oyó la voz de Sandecker, a la
vez que sonaba el primer golpetazo en la puerta.
—¿Dick?
—No tengo tiempo para hacerle un extenso informe de la
situación, almirante. Por favor, conecte la grabadora.
—Está conectada.
Rudi descubrió al malvado químico. Tiene todos los informes y se
dirige hacia el aeropuerto de Gao, donde espera poder colarse como polizón en
algún vuelo que salga del país. Hemos localizado el lugar en que el compuesto
entra en el Níger. La situación exacta figura en los informes de Rudi. Lo malo
es que la fuente originaria se encuentra en un lugar desconocido del desierto,
hacia el norte. Al y yo nos hemos quedado para intentar localizarla. Por
cierto, hemos destruido el Calíope...
Los nativos se ponen pesados gritó Giordino, desde el otro
extremo del despacho. Mantenía la puerta cerrada con su considerable
musculatura, pero poco a poco los que empujaban desde fuera iban ganando
terreno.
—¿Dónde estáis? preguntó Sandecker.
—¿Ha oído usted hablar de un ricachón llamado Massarde?
—Sí: Yves Massarde. Es un financiero francés.
Antes de que Pitt pudiera contestar, la puerta cedió y, como si
se tratara de la delantera de un equipo de rugby, seis tripulantes se
abalanzaron en el interior del despacho. Giordino tumbó a los tres primeros
antes de que una pila de cuerpos se amontonase sobre él.
Somos huéspedes sin invitación en la casa flotante de Massarde
dijo apresuradamente Pitt. Lo siento, almirante: ahora le tengo que dejar.
Parsimoniosamente, Pitt colgó el microteléfono, giró el sillón y miró al hombre
que acababa de entrar y se dirigía hacia él sorteando la mélée.
Yves Massarde iba elegantemente vestido, con un smoking de
blanca chaqueta en cuyo ojal lucía una rosa amarilla y una mano metida en un
bolsillo. Tras rodear el montón de luchadores que intentaban inmovilizar a
Giordino, fue a detenerse ante Pitt, al que miró por entre la nube de humo azul
procedente del cigarrillo «Gauloise Bleu» que colgaba de la comisura de sus
labios. Vio cómo un individuo, sentado a su escritorio personal con los brazos
cruzados, lo miraba con irónica y desafiante sonrisa. Massarde, buen juez de
las personas, inmediatamente comprendió que se encontraba frente a alguien
astuto y peligroso.
—Buenas noches dijo cortésmente Pitt.
—¿Americano o inglés? preguntó Massarde.
—Americano.
—¿Qué hace en mi barco?
Los firmes labios seguían sonriendo levemente.
—Necesitaba urgentemente usar su teléfono. Espero que mi amigo y
yo no lo hayamos molestado. Con mucho gusto le abonaré el importe de la llamada
y los daños que haya sufrido la puerta.
Podrían haber pedido permiso, para subir a bordo y usar el
teléfono, como unos caballeros habrían hecho. —El tono de su voz indicaba
claramente que Massarde consideraba a los norteamericanos rústicos cowboys.
—Con nuestro aspecto, y siendo unos perfectos desconocidos que
aparecen súbitamente en la noche, ¿nos habría invitado a pasar a su despacho
privado?
Massarde meditó sobre ello y luego sonrió.
—No, probablemente, no. Tiene usted razón.
Pitt cogió una pluma de un antiguo tintero y escribió algo en un
block, arrancó la página, se levantó del escritorio y, una vez lo hubo rodeado,
le tendió la nota a Massarde.
—Puede enviar la factura a esta dirección. Ha sido un placer
charlar con usted; pero ahora debemos seguir nuestro camino.
La mano de Massarde asomó por el bolsillo armada con una pequeña
pistola automática cuyo cañón apuntó a la frente de Pitt.
—Debo insistir en que se queden y disfruten de mi hospitalidad
hasta que los entregue a las fuerzas de seguridad malienses.
A Giordino ya lo habían inmovilizado y obligado a ponerse en
pie. Un ojo se le estaba hinchando y la nariz le sangraba.
—¿Nos va a poner grilletes? —preguntó a Massarde.
El francés lo estudió como si Giordino fuera el oso de un zoo.
—Sí: creo que ésa será una medida adecuada.
Giordino miró a Pitt.
—¿Ves? —murmuró hoscamente—. Te lo dije.
21
Sandecker regresó a la sala de conferencias del edificio central
de la NUMA y se sentó con una expresión optimista que no estaba en su rostro
diez minutos atrás.
—Viven —anunció lacónicamente.
A la mesa, cuyo tablero estaba cubierto por un gran mapa del
Sáhara Occidental y por una serie de informes sobre las fuerzas militares y
policiales de Malí, se sentaban dos hombres que miraron a Sandecker y
asintieron aprobadoramente.
—Entonces continuaremos con la operación de rescate según lo
planeado —dijo el mayor de los dos, un individuo de repeinados cabellos grises
y ojos que brillaban como topacios desde un rostro grande y redondo.
El general Hugo Bock era un hombre de amplias miras que
elaboraba sus planes con coherencia. Poseedor de múltiples habilidades, era un
luchador nato. Bock era comandante en jefe de una fuerza de seguridad muy poco
conocida llamada UNICRATT, siglas del United Nations International Critical
Response and Tactical Team. El equipo estaba compuesto por combatientes
extraordinariamente capacitados y de gran experiencia, procedentes de nueve
países, y que efectuaban para la ONU misiones que jamás se divulgaban. Bock
había tenido una brillante carrera en el ejército alemán, prestando servicios
de asesor en países del Tercer Mundo azotados por guerras revolucionarias o
conflictos fronterizos.
Su lugarteniente era el coronel Marcel Levant, condecoradísimo
veterano de la Legión Extranjera Francesa. Un aura anticuadamente aristocrática
lo rodeaba. Graduado en Saint Cyr, la más prestigiosa academia militar de
Francia, había actuado en todo el mundo, y fue un héroe de la corta guerra del
desierto iraquí de 1991. Su rostro resultaba inteligente, incluso atractivo.
Aunque tenía casi treinta y seis años, su delgadez, el largo cabello castaño,
el enorme pero bien recortado bigote y los grandes ojos grises le daban el
aspecto de un universitario recién graduado.
—¿Los tiene localizados? —preguntó Levant a Sandecker.
—En efecto —replicó Sandecker—. Uno de ellos intenta meterse en
algún avión que salga del aeropuerto de Gao. Los otros dos se encuentran en una
casa flotante del río Níger, propiedad de Yves Massarde.
Al oír ese hombre, Levant arqueó las cejas.
—Vaya, el Escorpión.
—¿Lo conoces? —preguntó Bock.
—Sólo de oídas. Yves Massarde es un especulador internacional
cuya fortuna se calcula en unos dos mil millones de dólares norteamericanos. Lo
llaman el Escorpión porque varios de sus rivales y socios desaparecieron
misteriosamente dejándolo como único propietario de grandes, y muy rentables,
corporaciones. Se le tiene por un hombre implacable, y es un permanente engorro
para el gobierno francés. Sus amigos no podrían haber elegido una compañía
peor.
—¿Se dedica a actividades delictivas? —preguntó Sandecker.
—Sin duda, pero no deja pruebas que permitan llevarlo a los
tribunales. Según mis amigos de la Interpol, su expediente tiene más de un
metro de grosor.
Bock murmuró:
—Con toda la gente que hay en el Sahara, ¿cómo se tropezaron sus
amigos con él?
Encogiéndose cansadamente de hombros, Sandecker replicó:
—Si conociesen a Dirk Pitt y a Al Giordino, lo comprenderían.
—Continúo sin explicarme por qué la secretaria general Kamil
aprobó una operación para sacar de Malí a los de la NUMA —dijo Bock—. Las
misiones de nuestro equipo sólo se emprenden bajo el máximo secreto y en
situaciones de crisis internacional. No entiendo por qué salvar las vidas de
tres investigadores de la NUMA es tan crucial.
Sandecker miró a Bock a los ojos fijamente.
—Créame cuando le digo que nunca tendrá usted una misión más
importante que ésta. Los datos científicos que esos hombres han reunido en
Africa Occidental deben llegar cuanto antes a los laboratorios de Washington.
Por alguna estúpida razón que sólo Dios conoce, nuestro Gobierno no quiere
verse implicado. Afortunadamente, Hala Kamil comprendió la urgencia del caso y
dio el visto bueno a la misión,
—¿Puede saberse de qué clase de datos se trata? —preguntó Levant
a Sandecker.
El almirante negó con la cabeza.
—Imposible.
—¿Es una materia clasificada que afecta sólo a Estados Unidos?
—No: afecta hasta al último hombre, mujer y niño del planeta.
Block y Levant cambiaron miradas de desconcierto. Tras una
pausa, Bock se volvió de nuevo hacia Sandecker.
—Acaba de decir que sus hombres se han separado. Ese factor
compromete gravemente el éxito de la misión. Dividir nuestras fuerzas implica
un grave riesgo.
¿Está diciéndome que no puede salvar a todos mis hombres?
—preguntó incrédulamente Sandecker.
Levant explicó:
—Lo que el general Bock dice es que, si emprendemos
simultáneamente dos misiones, los riesgos se duplican. El factor sorpresa se
reduce a la mitad. Por ejemplo: tenemos muchas más posibilidades de éxito
concentrando nuestro esfuerzo en sacar a los dos hombres que se encuentran en
la casa flotante de Massarde, porque no es de esperar que allí haya guardias
fuertemente armados. Además, podemos determinar la localización exacta. En el
aeropuerto, la cosa es distinta. No tenemos idea del lugar en que su hombre...
—Rudi Gunn —aclaró Sandecker—. Se llama Rudi Gunn.
—No sabemos dónde se esconde Gunn —continuó Levant—. Nuestro
equipo tendría que perder un tiempo precioso en buscarlo. Además, el aeropuerto
se usa tanto para fines civiles como militares. Hay vigilancia las veinticuatro
horas del día. Para huir de Malí utilizando Gao como puerta de salida hace
falta una suerte inmensa. Si lo que se quiere es salir vivo y de una pieza,
claro.
—¿Me piden que elija?
Levant explicó:
—En previsión de los imponderables que puedan surgir, debemos
determinar qué misión es la prioritaria y cuál es la secundaria.
Bock miró a Sandecker.
—Usted decide, almirante.
Sandecker miró el mapa de Malí extendido sobre la mesa,
fijándose en la roja línea sobre el río Níger que marcaba el recorrido del
Calíope. En realidad, pocas eran sus dudas acerca de la decisión correcta. Los
análisis químicos eran lo fundamental. No obstante, en su cabeza resonaban
obsesivamente las palabras de Pitt, diciéndole que se quedarían atrás,
continuando la busca de la fuente de la contaminación. Sacó de una cigarrera de
piel uno de sus puros exclusivos y lo encendió lentamente. Durante un largo momento,
miró la marca que señalaba la ciudad de Gao. Luego volvió a enfrentarse a Bock
y Levant.
—El rescate prioritario es el de Gunn —dijo Sandecker, tajante.
Bock asintió con la cabeza.
—Muy bien.
Pero... ¿cómo podemos tener la certeza de que Gunn no ha
conseguido ya introducirse en un avión y salir del país? preguntó Sandecker.
Mi equipo ya ha consultado los horarios dijo Levant. El próximo
vuelo con destino al extranjero despegará de Gao dentro de cuatro días, siempre
que no se cancele, lo cual no es nada infrecuente.
Cuatro días... murmuró Sandecker, desolado. Gunn no puede
esconderse durante tanto tiempo. Veinticuatro horas a lo sumo... si pasa más
tiempo seguro que las fuerzas de seguridad malienses lo atrapan.
A no ser que tenga aspecto de nativo y hable árabe o francés
dijo Levant.
Pues no, nada de eso dijo Sandecker.
Bock tocó el mapa de Malí con el índice.
El coronel Levant y un equipo táctico de cuarenta hombres pueden
estar en Gao en el plazo de doce horas.
Podemos, pero no lo haremos advirtió Levant. En doce horas
estará amaneciendo en Malí.
Es cierto, no había caído en ello reconoció Bock. No puedo
arriesgar a mi gente en una acción diurna.
Sandecker comentó amargamente.
Cuanto más esperemos, más probabilidades habrá de que detengan a
Gunn y lo ejecuten.
Le prometo que mis hombres y yo haremos todo lo posible por
rescatar a su agente dijo solemnemente Levant; pero no a costa de arriesgar
vidas inútilmente.
No fracasen. Sandecker miró a Levant con fijeza. La información
que posee es vital para la supervivencia de todos.
Bock sopesó con evidente escepticismo aquellas palabras. Luego
su expresión se hizo dura.
Queda usted advertido, almirante: sancionada o no por la
secretaria general de las Naciones Unidas, si esta misión resulta un fiasco en
el que una veintena de mis hombres muere por intentar salvar a uno de los
suyos, más vale que haya una buena razón que lo justifique, o le juro que
alguien tendrá que vérselas conmigo personalmente.
La identidad del alguien en cuestión quedó meridianamente clara.
Sandecker ni pestañeó. Un amigo que le debía favores le había pasado copia del
expediente del UNICRATT de Bock. Entre las otras fuerzas especiales, formadas a
su vez por agentes duros y avezados, eran conocidos como los «unilocos». No
temían a la muerte, eran intrépidos en el combate y desconocedores de la
clemencia, y pocos los superaban en el oficio de matar. Cada uno actuaba como
agente de su propia nación y se daba por hecho que todos pasaban informes
referentes a las actividades secretas de la ONU. El almirante había leído un
perfil sicológico del general Block y conocía a la perfección el terreno que
pisaba.
Sandecker se echó hacia delante en su asiento y dirigió a Bock
una mirada granítica.
Ahora escúcheme, mequetrefe. Me importa un carajo cuántos
hombres pierda sacando a Gunn de Malí. Rescátelo, y punto. Y si mete la pata,
despídase de su culo.
Bock no lo golpeó. Sus ojos, bajo cejas que eran densas matas de
pelo gris, parecían los de un oso dispuesto a devorar a un corderillo. Doblaba
en tamaño al almirante, por lo que una pelea entre ambos hubiese durado lo que
un suspiro. De pronto, el corpulento alemán, relajándose, se echó a reír.
Ahora que ya nos conocemos, ¿qué tal si vamos al grano y entre
los dos trazamos un plan a toda prueba?
Sandecker sonrió y, lentamente, se retrepó en su sillón y tendió
a Bock uno de sus mastodónticos cigarros.
Es un placer hacer negocios con usted, general. Esperemos que
nuestra asociación resulte provechosa.
Hala Kamil acababa de salir de una recepción dada en su honor
por el embajador de la India en las Naciones Unidas, y permanecía en la
escalinata del «Hotel Waldorf Astoria», aguardando. Caía una ligera lluvia. Un
gran «Lincoln» negro se detuvo junto al bordillo, y la mujer, bajo el paraguas
del portero, caminó hasta él, recogió la falda de su vestido y, con grácil
movimiento, montó en la limusina.
Ismail Yerli, que estaba sentado en el interior, tomó la mano de
la mujer y la besó.
Lamento que nos tengamos que encontrar así se disculpó; pero no
conviene que nos vean juntos.
Hala lo miraba con ojos radiantes.
Ha pasado mucho tiempo, Ismail. Últimamente, has hecho todo lo
posible por eludirme.
Él miró hacia el compartimento del chófer, cerciorándose de que
el cristal de separación estaba alzado.
—Consideré que lo mejor que podía hacer por ti era esfumarme.
Has trabajado mucho y llegado demasiado lejos para perderlo todo a causa de un
escándalo.
—Habríamos sido discretos —dijo Hala en voz baja. Yerli negó con
la cabeza.
—Las aventuras amorosas de los hombre públicos suelen ser
pasadas por alto. Pero tratándose de una mujer en tu posición... Tanto la
Prensa seria como la de chismorreo harían pedacitos con tu imagen en todos los
países del mundo.
—Sigo sintiendo un gran afecto por ti, Ismail.
El puso su mano sobre las de ella.
—Y yo por ti; pero... contigo, a la ONU le tocó la lotería. No
quiero ser el causante de tu caída.
—Y, por consiguiente, hiciste mutis —dijo Hala, cada vez más
dolida—. Muy noble por tu parte.
—En efecto —replicó él sin un titubeo—. Para evitar que los
medios de comunicación pregonaran a los cuatro vientos que la secretaria
general de las Naciones Unidas era amante de un agente secreto francés
infiltrado en la Organización Mundial de la Salud. A mis superiores de la
Segunda División del Comité Nacional de Defensa tampoco les haría la menor
gracia que se me desenmascarase.
—Si hasta ahora hemos logrado mantener lo nuestro en secreto,
¿por qué no continuar?
—Si alguien busca, acaba encontrando. La primera norma de un
buen agente es operar en la sombra, sin pasarse de visible ni de furtivo. Al
enamorarme de ti puse en peligro mi cobertura en la ONU. Si los británicos, los
norteamericanos o los chinos llegan a tener la más leve sospecha de lo que hay
entre nosotros, sus equipos de investigación no pararán hasta tener gruesos
expedientes llenos de sórdidos detalles. Y luego utilizarían esos expedientes
para obtener de ti tratos de favor.
—Aún no lo han hecho —dijo Hala, animosa.
—Ni lo harán —afirmó Yerli, tajante—. Por eso no debemos volver
a vernos, salvo en el edificio de las Naciones Unidas.
Hala volvió la cabeza y miró a través de la ventanilla salpicada
por la lluvia.
—Entonces, ¿qué haces aquí?
Antes de responder, Yerli tomo aliento.
—Necesito un favor —dijo.
—¿Es algo referido a la ONU, o a tus patrones franceses?
—A ambos.
Hala notó que algo en su interior se revolvía.
—Sólo me quieres para utilizarme, Ismail. Utilizas mis
sentimientos en beneficio de tus jueguecitos de espionaje. Eres un cerdo sin
escrúpulos.
El no replicó.
Tal como esperaba, Hala terminó cediendo:
—¿Qué quieres de mí?
Yerli fue al grano:
—Hay un equipo de epidemiólogos de la OMS investigando brotes de
una extraña enfermedad en el desierto de Malí. Hala asintió:
—Conozco el proyecto. Me informaron de él hace unos días. El
doctor Frank Hopper dirige el equipo,
—Así es.
—El doctor Hopper es un científico muy respetado. ¿Qué tienes tu
que ver con su misión?
—Coordino los viajes y me ocupo de la logística, la comida, el
transporte, el equipo de laboratorio, y cosas así.
—Aún no me has dicho lo que deseas.
—Quiero que hagas volver inmediatamente al doctor Hopper y a sus
investigadores.
Ella lo miró, sorprendida,
—¿Por qué me pides eso?
—Porque corren un gran peligro. Se de buena tinta que van a ser
asesinados por terroristas africanos.
—No te creo.
—Es cierto —dijo él con cara seria—. Colocarán una bomba en su
avión, para que estalle sobre el desierto.
—Pero... ¿para qué clase de monstruos trabajas? —preguntó Hala
con voz alterada—. ¿Por que acudes a mí? ¿Por qué no has avisado directamente
al doctor Hopper?
—Lo he intentado; pero Hopper no responde a las comunicaciones.
—¿No puedes convencer a las autoridades de Malí para que le
transmitan la amenaza y le ofrezcan protección?
Yerli se encogió de hombros.
—El general Kazim los considera intrusos indeseables, y su
seguridad le importa muy poco.
—Para creer realmente que sólo se trata de una amenaza de bomba,
tendría que ser una tonta.
Él la miró fijamente.
—Confía en mi, Hala. Lo único que me preocupa es salvar al
doctor Hopper y a su gente.
Hala deseaba creerle, pero en el fondo de su corazón sabía que
el hombre estaba mintiendo.
—Parece como si últimamente todo el mundo anduviese buscando
fuentes de contaminación en Malí. Y como si todos necesitasen salvación y
evacuación inmediatas.
Yerli pareció intrigado, pero no dijo nada, esperando que ella
se explicase.
—El almirante Sandecker, de la Agencia Nacional Subacuática y
Marítima estadounidense vino a pedirme mi apoyo para utilizar al UNICRATT a fin
de rescatar a tres de sus hombres, que corren el riesgo de caer en manos de las
fuerzas de seguridad malienses.
—¿Los norteamericanos están en Malí buscando fuentes de
contaminación?
—En efecto. Aparentemente, era una operación secreta, pero los
militares de Malí los interceptaron.
—¿Están detenidos?
—Hace unas horas, todavía no lo estaban.
—¿En qué lugar exacto investigan?
Yerli parecía inquieto. Hala podía advertir una nota de tensión
en su voz.
—En el río Níger.
Yerli la aferró por el brazo y le dirigió una intensa mirada.
—Necesito saber más.
Hala notó que un escalofrío recorría su cuerpo.
—Buscan el lugar de origen del compuesto químico responsable de
la marea roja que asola las costas de Africa.
—He leído sobre el asunto en los periódicos. Sigue.
—Según me dijeron, han utilizado un barco con equipos de
análisis químico para rastrear el sitio donde la contaminación entra en el río.
—¿Y lo han encontrado?
—Según el almirante Sandecker, han rastreado hasta Gao, en Malí.
Yerli no parecía convencido.
—Tiene que tratarse de una maniobra de desinformación. Todo eso
debe de ser la tapadera de otra cosa.
Ella negó con la cabeza.
—Al contrario que tú, el almirante no se gana la vida mintiendo.
—¿Dices que la NUMA está detrás de esa operación? Hila asintió
con la cabeza.
—¿No la CIA, ni otra agencia secreta estadounidense? La mujer
sonrió irónicamente.
—¿Quieres decir que de tus astutos informantes en África
Occidental no tenían ni idea de que los norteamericanos estaban operando bajo
sus narices?
—No seas absurda. Malí es un país paupérrimo. ¿Qué secretos de
interés para los estadounidenses puede tener?
—Algo habrá. Cuéntamelo tú.
Yerli, confuso, tardó en contestar.
—Nada... nada en absoluto. —Golpeó en el cristal de separación e
hizo señas al chófer para que se detuviese junto al bordillo.
El conductor frenó frente a un gran edificio de oficinas.
—¿Es ésta una separación definitiva? —En la voz de la mujer, el
desprecio era evidente.
Yerli se volvió hacia ella.
—Lo siento de veras. ¿Podrás perdonarme?
Sintiéndose inmensamente dolida, Hala negó con la cabeza.
—No, Ismail, ni te perdonaré ni volveremos a vernos. Espero
encontrar tu carta de renuncia sobre mi escritorio mañana al mediodía. De lo
contrario, haré que te expulsen de la ONU.
—¿No estás siendo demasiado dura?
Hala ya había decidido el camino a seguir.
—A ti, la Organización Mundial de la Salud no te importa nada.
Ni siquiera eres medianamente leal a los franceses. Lo único que te preocupa
son tus propios intereses financieros. —Se echó hacia delante y abrió la
portezuela—. ¡Ahora, lárgate!
Sin decir más, Yerli se apeó y se quedó inmóvil en la acera.
Hala, con lágrimas en los ojos, cerró la portezuela. Mientras se alejaba en el
coche, no miró atrás ni una sola vez.
Yerli habría querido sentir remordimientos o tristeza, pero era excesivamente
profesional. Hala tenía razón al decir que la había utilizado. Su amor siempre
fue falso. Lo único que existió fue la atracción sexual. Se había tratado
simplemente de una misión más. Pero como tantas otras mujeres, Hala se sentía
atraída por los hombres de actitud distante que la trataban con indiferencia, y
no pudo evitar enamorarse de él. Y sólo ahora se daba cuenta del alto precio
que iba a pagar por ello.
Yerli entró en el bar del «Hotel Algonquin», pidió una copa y
fue al teléfono público. Marcó un número y esperó.
—¿Sí?
Bajó la voz y, en tono confidencial, dijo:
—Tengo noticias vitales para Mister Massarde.
—¿Desde dónde llama?
—Desde las ruinas de Pérgamo.
—¿Eso es en Turquía?
—En efecto —Yerli desconfiaba de los teléfonos y odiaba lo que,
en su opinión, eran absurdos códigos infantiles—. Estoy en el bar del «Hotel
Algonquin». ¿Cuánto tardará en llegar?
—Digamos una hora.
—De acuerdo.
Yerli colgó pensativamente. Se preguntaba qué podían saber los
norteamericanos sobre la operación de Massarde en el desierto de Fort Foureau.
¿Tendrían los servicios de inteligencia algún indicio de cuáles eran las
auténticas actividades de la planta de eliminación de residuos tóxicos y
estarían intentando averiguar la verdad? Si lo conseguían, las consecuencias
serían desastrosas, y la menos grave de ellas sería la caída del actual
gobierno francés.
22
A su espalda, la densa oscuridad; frente a él, las desperdigadas
luces callejeras de Gao. A Gunn aún le quedaban diez metros por nadar cuando
sus pies tocaron el blando fondo del río. Lentamente, apoyando las manos en el
cieno, se incorporó y fue cautelosamente hasta la orilla. Una vez en ella,
permaneció inmóvil y a la escucha, intentando penetrar con la mirada las
sombras de la noche.
La ribera ascendía en un ángulo de diez grados, concluyendo en
un pequeño muro de piedras que bordeaba un camino. Avanzó a gatas por la arena,
agradeciendo el calor que despedía en sus húmedos brazos y piernas. Se detuvo y
se tumbó por unos momentos, consciente de que, para cualquier observador, él no
era más que una sombra informe en la noche. Tenía la pierna derecha
acalambrada, y notaba los brazos cansados y pesados.
Se echó la mano a la espalda y tocó la mochila, pues temía que
se hubiese desprendido tras golpear el agua como una bala de cañón; pero no:
las correas seguían firmemente ceñidas a sus hombros.
Semincorporándose, corrió agachado hasta el muro, a cuyo pie se
arrodilló. Cautelosamente, miró por encima y estudió el camino, que estaba
vacío, aunque una calle mal empedrada que lo cruzaba en diagonal y conducía a
la ciudad mostraba cierto tráfico de peatones. Por el rabillo del ojo
distinguió una pequeña luz en lo alto de una casa. Miró hacia arriba: en el
tejado había un hombre encendiendo un cigarrillo. Había otras difusas figuras,
algunas iluminadas por linternas, charlando con los vecinos de tejados
contiguos. Gunn pensó que debían de salir de sus casas como los topos, para
disfrutar del fresco de la noche.
Estudió el tráfico de peatones, intentando encontrar un sentido
a sus movimientos. La gente parecía flotar silenciosamente arriba y abajo de la
calle, envuelta en ropas ondulantes que les daban un cierto aire espectral.
Gunn se soltó la mochila, la abrió y sacó una sábana azul. Rasgó parte de ella
y se fabricó una tosca chilaba, una holgada túnica de amplias mangas y capucha.
Se dijo que si bien no ganaría un concurso local de elegancia, con esas ropas
le ayudarían a pasar inadvertido en las calles mal iluminadas. Consideró la
idea de quitarse las gafas, pero optó por no hacerlo y en vez de ello, se puso
la capucha de forma que las ocultara: era miope y sin ellas no veía un autobús
a veinte metros.
Bajo la chilaba ocultó la mochila, poniéndosela en la parte
delantera, como un protuberante estómago. Luego se sentó en
el muro, pasó las piernas sobre él y comenzó a andar por la
calle, uniéndose a los ciudadanos de Gao en su paseo vespertino.
Tras caminar un par de cientos de metros, llegó a una calle
principal, por la que transitaban algunos viejos taxis,
dilapidados autobuses, unas cuantas motos y un enjambre de bicicletas.
Pensó que sería estupendo limitarse a coger un taxi hasta el
aeropuerto; pero eso significaría llamar la atención, Antes de
abandonar el barco había estudiado un mapa de la zona y sabía que el aeropuerto
estaba unos kilómetros al sur de la ciudad. Consideró la idea de robar una
bicicleta; pero la desechó en seguida: el robo sería denunciado y él no quería
hacer nada que llamase la atención. Si la Policía y las fuerzas de seguridad no
sospechaban que había un extranjero ilegal vagando entre ellos, no habría
motivo para buscarlo.
Gunn caminó pausadamente por el centro de la ciudad, pasando por
la plaza del mercado, por el decrépito «Hotel Atlantide» y ante los puestos de
las arcadas frente al hotel, en los que los vendedores pregonaban sus
mercancías. Los olores eran cualquier cosa menos agradables, y Gunn agradeció
que una ligera brisa los dispersara hacia el desierto. Los rótulos callejeros
brillaban por su ausencia, pero el hombre logró orientarse echando ocasionales
vistazos a la estrella polar.
Los viandantes vestían en colores verdes, azules y amarillos.
Los hombres llevaban chilaba o caftán, y sólo unos cuantos vestían a la moda
occidental. Pocos llevaban la cabeza descubierta. La mayoría de los hombres
lucía tocados de tela azul. Las mujeres se cubrían con elegantes túnicas o
largos vestidos floreados, y casi ninguna iba con velo.
Todos parloteaban sin parar en tonos extrañamente bajos. Por
doquier se veían niños correteando t no había dos que fueran igual vestidos. A
Gunn le producía gran extrañeza tanta actividad social en medio de la miseria.
Era como si nadie les hubiera notificado a los malienses que eran pobres.
Cabizbajo y cubierto con la capucha para ocultar la blancura de
su piel, Gunn se mezcló entre la multitud, encaminándose a la parte más
concurrida de la ciudad. Nadie lo detuvo para hacerle preguntas incómodas. Si
de pronto lo detuvieran e interrogasen, diría que era un turista que viajaba a
pie a lo largo del Níger; pero no dedicó mucho tiempo a considerar la idea. El
peligro de que lo detuviese alguien que anduviera buscando específicamente a un
norteamericano ilegal era nulo.
Pasó ante una señal con una flecha y la silueta de un avión. Su
camino hacia el aeropuerto estaba siendo más fácil de lo que esperaba. La
suerte aún no lo había abandonado.
Tras cruzar la zona residencial más rica, llegó a los suburbios.
Desde que salió del río, lo perseguía la impresión de que al caer la noche, en
las arenosas calles de Gao aparecían invisibles horrores, como si el lugar
estuviese saturado por la sangre y la violencia de siglos. Caminando por las
oscuras callejuelas semi-desiertas, la imaginación se le disparó. Le parecía
que las gentes sentadas frente a sus cochambrosas viviendas le dirigían miradas
llenas de recelo v hostilidad.
Se metió por un angosto y desierto callejón y se detuvo para
sacar su revólver de la mochila, un viejo Smith & Wesson del 38, modelo
Bodvguard y de corto cañón que perteneciera a su padre. El instinto le decía
que aquellos no eran paraderos por los que deambular indefenso si uno deseaba
ver la luz del siguiente día.
Pasó un camión arrastrando un remolque coro ladrillos.
Advirtiendo que el vehículo llevaba su mismo camino, Gunn arrojó toda su
cautela anterior al viento del desierto. Echó a correr y se montó en la trasera
del vehículo, acomodándose boca abajo sobre los ladrillos, por encima de la
cabina del camión.
El olor a diesel del tubo de escape constituyó un alivio tras el
hedor de la ciudad. Desde su observatorio en lo alto del camión, Gunn
distinguió un par de parpadeantes luces rojas a cosa de dos kilómetros más
adelante. A medida que el vehículo iba aproximándose, el hombre pudo ver unos
cuantos focos montados en el edificio de la terminal y en un par de hangares.
El campo de aterrizaje se encontraba a oscuras.
Menudo aeropuerto, se dijo. Cuando las pistas no están en uso,
apagan las luces.
Los faros del camión alumbraron un bache en la carretera y el
conductor redujo velocidad. Gunn aprovechó para saltar al suelo. El vehículo se
perdió entre las sombras sin que el chófer llegara advertir que había llevado a
un pasajero. Gunn continuó derecho hasta llegar a un camino lateral asfaltado
en el que un cartel de madera anunciaba en tres idiomas la proximidad del
Aeropuerto Internacional de Gao.
——Internacional —leyó Gunn en voz alta—. Qué bien suena eso.
Caminó por el arcén de la carretera de acceso, dispuesto a
tirarse en la cuneta si aparecía algún vehículo. No fue necesario. El terminal
del aeropuerto estaba a oscuras, y el estacionamiento vacío por completo. Al
ver las instalaciones de cerca, sus esperanzas se vinieron abajo. Había visto
almacenes abandonados de mejor aspecto que la estructura de madera con oxidado
techo metálico que hacía de terminal. Debía de hacer falta mucho coraje para
subir a la cercana torre de control y trabajar en ella, pues se alzaba sobre
unos soportes metálicos totalmente oxidados y corroídos. Rodeando el edificio,
llegó a la pista de despegue, totalmente a oscuras y sin actividad. Al otro
lado del campo, iluminados por focos, había ocho cazarreactores y un avión de
transporte.
Divisó también dos guardias armados en el exterior de una
garita. Uno dormitaba en una silla y el otro fumaba apoyado en la pared.
Magnífico, pensó Gunn, realmente magnífico. Ahora tenía que vérselas con los
militares.
Gunn miró el dial de su reloj sumergible Chronosport, que
marcaba las once y veinte. De pronto, se sintió cansado. Después de todo aquel
trayecto, no encontraba más que un aeropuerto abandonado, que parecía no haber
visto ni el aterrizaje ni el despegue de un vuelo comercial en varias semanas.
Y, por si eso fuera poco, el campo estaba vigilado por miembros de la fuerza
aérea maliense. Era imposible saber cuánto aguantaría antes de que lo
descubriesen o muriera de inanición.
Se resignó a una larga espera. Era inútil andar merodeando a la
luz del día, así que avanzó cien metros en el desierto hasta encontrar una
caseta medio derrumbada. Se metió en ella v se ocultó tapándose con varias
tablas medio podridas. Tal vez el lugar estuviera lleno de hormigas o
escorpiones, pero se sentía excesivamente agotado para preocuparse.
A los treinta segundos, ya se había dormido.
Pitt y Giordino estaban confinados en la sentina de la mansión
flotante, por debajo de las pesadas placas metálicas sobre las que se asentaban
los motores y el generador del barco. Les habían puesto en las muñecas unos
grilletes cuyas cortas cadenas estaban amarradas a un conducto de vapor. Por
encima de ellos paseaba un guarda armado con una metralleta. En el reducto, el
calor era inmenso y la huida imposible. Su suerte estaba echada: en poco
tiempo, el francés los entregaría a las fuerzas del general Kazim, y eso
marcaría el fin de sus existencias.
En la sentina, la atmósfera era sofocante, casi irrespirable.
Los dos amigos sudaban copiosamente a causa del calor húmedo que emanaba del
conducto al que estaban esposados. A cada segundo, el tormento se hacía más
insoportable. Tras dos horas en aquel infernal agujero, Giordino estaba
exhausto, al borde del desmayo. La humedad era peor que la del más tórrido baño
turco, y la deshidratación estaba enloqueciéndolo de sed.
Giordino miró a su intrépido compañero para ver cómo encajaba el
tormento. Pitt no manifestaba ningún tipo de reacción. Tenía el rostro cubierto
de sudor, pero su expresión era plácida, pensativa mientras contemplaba una
serie de llaves inglesas colgadas del mamparo delantero. Le era imposible
llegar a ellas, pues la cadena de sus muñecas no podía deslizarse por la
tubería, una abrazadera sujeta a la pared, que hacía de tope se lo impedía.
Mentalmente, midió lo que le faltaba para alcanzar las llaves. De cuando en
cuando escuchaba los movimientos del guarda y luego volvía su atención a las
herramientas.
—En bonito lío nos has metido, Stanley —dijo Giordino, imitando
la voz de Oliver Hardy.
—Lo siento, Olí, todo ha sido en bien de la humanidad —replicó
Pitt con una sonrisa.
—¿Crees que Rudi lo habrá conseguido?
—Si se ha andado con ojo y no ha perdido la calma, no tiene por
qué haber terminado como nosotros.
—¿Qué puede ganar ese ricacho francés haciéndonos sudar la gota
gorda? —murmuró Giordino, quitándose el sudor de la cara con el brazo.
—Ni idea —replicó Pitt—, Pero supongo que no tardaremos en
enterarnos de por qué nos ha metido en este agujero en vez de entregarnos a los
gendarmes.
—Debe de ser un auténtico cascarrabias, si se ha puesto así sólo
porque usáramos el teléfono.
—Fue culpa mía —dijo Pitt, con los ojos burlones—. Debí llamar a
cobro revertido.
—Bueno, no podías saber lo tacaño que es el tipo.
Pitt miró a Giordino con profunda admiración. Le maravillaba
que, aun a punto de desmayarse, el fornido italiano no perdiese el humor.
Durante los minutos siguientes, Pitt olvidó la estrecha celda,
el calor de horno y el peligro que los acechaba. Se centró en estudiar las
posibilidades de fuga. Por el momento, cualquier optimismo era absurdo. Entre
los dos, no reunían fuerza suficiente para romper las cadenas y ni él ni
Giordino tenían con qué forzar las cerraduras de sus grilletes.
Por su cabeza desfiló una docena de planes alternativos, ninguno
de los cuales era posible salvo que se dieran determinadas circunstancias. El
principal inconveniente eran las cadenas. De un modo u otro, había que
soltarlas de la tubería. Sin conseguir esto previamente, lo demás era inviable.
De repente, el guardián levantó una de las placas metálicas y la
hizo girar sobre sus bisagras, interrumpiendo la gimnasia mental de Pitt. A
continuación sacó una llave y les abrió los grilletes. En la sala de máquinas
había cuatro tripulantes. Entre todos, hicieron incorporarse a Pitt y Giordino,
los sacaron de la sala de máquinas y, tras hacerlos subir por unas escaleras,
se encontraron en un enmoquetado corredor, frente a una puerta de madera noble.
Uno de ellos llamó con los nudillos, la puerta se abrió y los dos prisioneros
fueron empujados al interior.
Yves Massarde estaba sentado en un largo sofá de cuero; fumaba
un fino cigarro y sostenía una copa de coñac. Un hombre de piel oscura vestido
de militar ocupaba un sillón cercano, con una copa de champán en la mano.
Ninguno de ellos se levantó. Pitt y Giordino se quedaron allí plantados,
descalzos y en camiseta y shorts, chorreando sudor y humedad.
—¿Estas son las piltrafas que sacó usted del río? —preguntó el
militar, mirándolos curiosamente con fríos y vacíos ojos negros.
—En realidad, subieron a bordo sin invitación —replicó
Massarde—. Cuando los atrapé estaban usando mi teléfono.
—¿Cree que lograron enviar un mensaje?
Massarde asintió con la cabeza.
—No llegué a tiempo de impedírselo.
El militar dejó su copa en una mesita, se levantó y cruzó la
estancia hasta quedar frente a Pitt. Era más alto que Giordino, pero unos
quince centímetros menos que Pitt.
—¿Cuál de vosotros habló por radio conmigo en el río? —preguntó.
Pitt enarco las cejas.
—Usted debe de ser el general Kazim.
—Así es.
—Lo cual demuestra que no se puede juzgar a la gente por su voz.
Lo imaginaba como Rodolfo Valentino, y resulta ser la viva imagen de Willie
Comadreja...
El rostro de Kazim se contorsionó en una máscara de furioso
odio, y su bota salió disparada contra la ingle de Pitt. El pésimamente
intencionado golpe llevaba detrás toda la fuerza de Kazim. Pitt se hizo a un
lado y, con la celeridad del rayo, atrapó la bota en el aire y la inmovilizó.
La expresión del general pasó del odio al sobresalto.
Pitt no se movió ni soltó la pierna de Kazim, manteniéndolo a la
pata coja por unos momentos. Luego, muy lentamente, empujó al enfurecido
militar hacia atrás, hasta hacerlo caer en el sillón.
El silencio y la estupefacción reinaban en la sala. Kazim
parecía demudado. Llevaba más de una década siendo un virtual dictador y estaba
tan acostumbrado a que la gente se achicara y retorciese ante él que, de
momento, no supo cómo reaccionar ante tan humillante agresión física. Se le
aceleró la respiración, sus labios se crisparon en una fina línea blanca y su
rostro se contrajo de pura ira. Sólo los ojos siguieron negros, fríos y vacíos.
Lenta y deliberadamente desenfundó su pistola. Con frío
distanciamiento, Pitt advirtió que se trataba de una vieja Beretta NATO de
nueve milímetros, modelo 92SB. Sin prisa, Kazim quitó el seguro del arma y
apuntó el cañón hacia Pitt, mientras una sádica sonrisa se le iba formando bajo
el poblado bigote.
Pitt miró de reojo a Giordino y advirtió que su amigo estaba
tenso, dispuesto a saltar sobre Kazim. Luego su mirada se posó en la mano del
general que sostenía el arma, esperando el menor movimiento del índice sobre el
gatillo para saltar hacia la derecha. Aquélla hubiera sido una buena
oportunidad para intentar la fuga, pero Pitt se daba cuenta de que, al llevar a
Kazim hasta aquellos extremos, había perdido toda posibilidad. Lógicamente, el
militar sabía manejar un arma, y disparando a quemarropa era imposible que
fallase. Pitt se sabía capaz de moverse con bastante rapidez para esquivar el
primer tiro, pero Kazim corregiría su puntería y dispararía a herir, primero
contra una rodilla, luego contra la otra. Los malignos ojos del general no le
presagiaban una muerte rápida.
Una fracción de segundo antes de que empezaran los tiros,
Massarde alzó elegantemente una mano y habló con firmeza:
—Querido general: le ruego que no utilice mi salón como
patíbulo. Sus ejecuciones, celébrelas en otra parte.
—El alto va a morir —dijo Kazim en un susurro silbante y
fulminando a Pitt con sus negros ojos.
—A su tiempo, querido compañero —dijo Massarde, indiferente al
tiempo que se servía otro coñac. Tenga la bondad de contenerse. No lo digo por
el americano, sino por la alfombra, que es una pieza única. Sería un crimen
mancharla de sangre.
—Le compraré una nueva —gruñó Kazim.
—En mi opinión, lo que nuestro amigo desea es una muerte rápida
e indolora. Es evidente que su intención era enfurecerlo para morir de un tiro,
y no tras una larga y agónica tortura.
La pistola bajó muy lentamente y Kazim sonrió como una hiena.
—Ha leído usted sus pensamientos. Eso es justamente lo que el
caballero deseaba.
Massarde se encogió de hombros.
—Hay que ir paso a paso. Estos hombres ocultan algo, algo vital.
Si pudiéramos persuadirlos de que hablaran, quizá tanto usted como yo
saldríamos beneficiados.
Kazim se levantó del sillón, fue hasta Giordino y alzó de nuevo
la automática, esta vez apuntando contra la oreja derecha del italiano.
—Veamos si ahora eres más parlanchín que cuando ibas en el
barco.
Giordino no se alteró.
—¿Qué barco? —preguntó, con el inocente tono de un sacerdote en
el confesionario.
—El que abandonasteis minutos antes de que volara por los aires.
—Ah, se refiere a ese barco.
—¿Cuál era vuestra misión? ¿Por qué subisteis por el Níger hasta
Malí?
—Estamos investigando los hábitos migratorios del pez
matabúfalos, y seguíamos a una bancada para ver qué hacía...
—¿Cómo explicas las armas del yate?
—¿Armas...? ¿Dice armas...? —Giordino era la estampa viva del
desconcierto—. No sé de qué me habla.
—¿Has olvidado vuestro encuentro con las patrulleras de Benin?
Giordino sacudió la cabeza.
—Lo siento: nada de lo que dice me suena.
—Unas horas en las cámaras de interrogatorio de mi central en
Bamako quizá te refresquen la memoria.
—No se trata de un sitio saludable para los extranjeros que no
cooperan, se lo aseguro —apuntó Massarde.
—No intentes engañar al general —dijo Pitt a Giordino—. Dile la
verdad.
Giordino se volvió y miró a Pitt con incredulidad.
—¿Estás loco?
—Quizá tú soportes la tortura. Yo, no. Sólo pensar en el dolor
me enferma. Si tú no le cuentas al general Kazim lo que quiere saber, lo haré
yo.
—Tu amigo es un hombre sensato —dijo Kazim—. Harías bien
atendiendo su consejo.
Por un brevísimo instante, la incredulidad desapareció del
rostro del italiano, para volver inmediatamente, esta vez acompañada por la
ira.
—¡Maldito gusano...! ¡Sucio traidor...!
El chorro de insultos se cortó cuando Kazim golpeó con la
pistola el rostro de Giordino, haciéndole una brecha en la barbilla. El hombre
retrocedió un par de pasos, se detuvo, y luego cargó como un toro bravo. Kazim
alzó la automática y la apuntó al entrecejo de Giordino.
Ya estamos, pensó fríamente Pitt, a quien el arranque de su
compañero le había cogido por sorpresa. Rápidamente, se colocó entre Kazim y
Giordino, agarrando a su amigo por los brazos e inmovilizándolo al tiempo que
gritaba:
—¡Cálmate, por Dios!
Subrepticiamente, Massarde oprimió el botón de una pequeña
consola próxima al sofá. Antes de que nadie hablase o hiciera otro movimiento,
un pequeño ejército de tripulantes irrumpió en la sala y, en un abrir y cerrar
de ojos, tiraron al suelo a Pitt y a Giordino. Pitt apenas alcanzó a ver el
alud, se dejó caer sin ofrecer resistencia, consciente de que no valía la pena
oponerse y deseando reservar fuerzas. Giordino, en cambio, se debatió como un
loco, llenando la sala de maldiciones e insultos.
—Llévense de nuevo a ese hombre a la sentina —gritó Massarde,
poniéndose en pie y señalando a Giordino.
Pitt notó que desaparecía la presión de su cuerpo, al tiempo que
los guardas se concentraban en someter al pataleante Giordino. Uno de ellos
sacó una corta cachiporra y los golpeó en la sien. Tras soltar un gruñido, a
Giordino se le acabaron las ganas de pelea. Se desmoronó, los guardas lo
cogieron por las axilas y lo arrastraron fuera de la sala.
Kazim enfiló la automática contra Pitt, que seguía caído en el
suelo.
—Dado que prefieres la charla cordial a la tortura, ¿qué tal si
empiezas por decirme tu verdadero nombre?
Pitt se incorporó y dijo:
—Pitt. Dirk Pitt.
—¿Debo creerte? —Es un nombre tan bueno como cualquier otro.
Kazim se volvió a Massarde.
—¿Los hizo registrar? El francés asintió con la cabeza.
—No llevaban credenciales ni documentos de ningún tipo.
Con una máscara de repugnancia por cara, Kazim miró a Pitt.
—Tal vez te sea posible explicarme por qué entrasteis en Malí
sin pasaporte.
—Desde luego, general —se apresuró a decir Pitt—. Mi compañero y
yo somos arqueólogos. Una fundación francesa nos encomendó la misión de buscar
en el río Níger restos de antiguas naves hundidas. Nuestros pasaportes se
perdieron cuando el barco en que íbamos fue destruido por una de sus
patrulleras.
—Después de dos horas de confinamiento en una cámara de vapor,
dos verdaderos arqueólogos estarían sollozando como niños. Resultáis demasiado
duros, intrépidos y arrogantes para ser otra cosa que agentes enemigos...
—¿Qué fundación es ésa? —intervino Massarde.
—La Sociedad Francesa de Exploraciones Históricas —replicó Pitt.
—Jamás he oído hablar de ella.
Pitt separó las manos, en ademán de impotencia.
—¿Qué puedo decir?
—¿Desde cuándo van los arqueólogos en un superyate equipado con
lanzacohetes y armas automáticas? —preguntó sarcásticamente Kazim.
—Eran una protección contra piratas o terroristas —sonrió
estúpidamente Pitt.
En aquel momento alguien llamó a la puerta. Entró uno de los
hombres de Massarde, que le tendió un mensaje.
—¿Hay contestación, señor? Tras echar un vistazo al papel,
Massarde asintió: —Exprese al remitente mi felicitación y dígale que continúe
con sus investigaciones. Una vez el tripulante hubo salido,
Kazim preguntó: —¿Buenas noticias?
—Sumamente interesantes —murmuró Massarde—. Es una comunicación
de mi agente en las Naciones Unidas. Al parecer, estos hombres pertenecen a la
Agencia Nacional Subacuática y Marítima de Washington. Su misión era localizar
la fuente de una contaminación química que se origina en el Níger y que, al
entrar en el mar, produce una rápida proliferación de las mareas rojas.
Kazim hizo un desdeñoso gesto de escepticismo.
—Eso es una simple fachada. Estaban husmeando en busca de algo
más importante que la polución. Me atrevería a decir que petróleo.
—Lo mismo opina mi agente en Nueva York. Él sugirió que podía
tratarse de una tapadera, pero su fuente de información no lo creía así.
Kazim miró recelosamente a Massarde.
—Espero que no se trate de un escape de las instalaciones de
Fort Foureau.
—No, claro que no —replicó Massarde sin vacilar—. La planta está
demasiado lejos para afectar al Níger. Sólo puede tratarse de uno de sus
múltiples proyectos clandestinos, de esos que no tiene usted a bien revelarme.
La expresión de Kazim se hizo opaca y sin vida.
—Si alguien es responsable de contaminar Malí, querido amigo,
ése es usted.
—Imposible replicó tajantemente Massarde. Luego se volvió hacia
Pitt—. ¿Le resulta interesante esta conversación, Mr. Pitt?
—No entiendo nada de lo que dicen.
—Usted y su amigo deben de ser hombres muy valiosos.
—La verdad es que no. En estos momentos somos prisioneros
corrientes y molientes.
—¿Qué entiende por valiosos? —quiso saber Kazim.
—Según mi agente, la ONU va a mandar un equipo táctico especial
para rescatarlos.
Por un segundo, Kazim pareció estupefacto; pero no tardó en
recuperar la compostura.
—¿Una fuerza especial va a venir hasta aquí? —preguntó.
—Probablemente ya está en camino, puesto que Mr. Pitt logró comunicarse con su
superior. —Massarde echó un nuevo vistazo al mensaje. Mi agente afirma que se
trata del almirante James Sandecker.
Tras el sofocante calor de la sentina, el aire acondicionado de
la elegante sala hacía castañear los dientes a Pitt; pero entonces el hombre
sintió un escalofrío de distinta índole. Estupefacto ante el hecho de que
Massarde conociese todos los detalles de la misión, trató de imaginar quién
podía haberlos traicionado, pero no se le ocurrió ningún nombre. Haciendo un
esfuerzo, comentó:
—Parece que no hay forma de engañarlos.
— Vaya, vaya... Ahora que hemos sido descubiertos ya no nos
mostramos tan ingeniosos, ¿eh? —Kazim se sirvió otra copa del excelente champán
de Massarde. Luego miró a Pitt—. ¿Dónde planeabais encontraros con la fuerza de
la ONU?
Pitt intentaba dar la impresión de sufrir amnesia. Estaba en un
callejón sin salida. El aeropuerto de Gao era un punto de recogida
excesivamente obvio. Bajo ningún concepto quería poner en peligro a Gunn, pero
decidió arriesgarse, apostando porque Kazim fuera tan torpe como parecía.
—En el aeropuerto de Gao. Aterrizarán al amanecer. Debíamos
esperarlos en el extremo oeste de la pista.
Tras mirar fijamente a Pitt por unos momentos, Kazim lanzó
contra su frente el cañón de la Beretta.
—!Mientes! —le espetó.
Pitt apartó la cabeza y se cubrió el rostro con los brazos.
—Es verdad. Lo juro.
—Mientes —repitió Kazim—. La pista de Gao va de norte a sur. No
hay extremo oeste.
Pitt lanzó un largo suspiro y sacudió lentamente la cabeza.
—Supongo que es inútil que me resista. Tarde o temprano, me
sacaría la verdad.
—Desgraciadamente para ti, tengo métodos para conseguirlo.
—Muy bien —dijo Pitt—. Lo que el almirante Sandecker nos ordenó
fue que, tras destruir el barco, nos dirigiéramos a una amplia cañada situada
veinte kilómetros al sur de Gao. Allí nos recogería un helicóptero procedente
de Níger.
—¿Cuál es la señal para la recogida?
—No era necesaria ninguna señal. La cañada está rodeada por el
desierto. Se me dijo que el helicóptero inspeccionaría la zona con sus faros de
aterrizaje hasta encontrarnos.
—¿Y la hora?
—Las cuatro de la madrugada.
Kazim le dirigió una larga y pensativa mirada, tras la cual,
dijo ominosamente:
—Si has vuelto a mentirme, lo lamentarás.
Kazim enfundó la Beretta y se volvió a Massarde.
—No hay tiempo que perder. Debo preparar una ceremonia de
bienvenida.
—Querido Zateb: lo mejor que puede hacer es mantenerse apartado
de la ONU. Estoy absolutamente en contra de atacar a su equipo táctico. Si no
encuentran a Pitt y a su amigo, regresarán a Nigeria. Derribando el helicóptero
y matando a sus pasajeros sólo conseguirá meterse en un avispero.
—Van a invadir mi país.
—Eso es una nadería —replicó Massarde.— El orgullo nacional no
es propio de usted. Satisfacer sus ansias de sangre puede costarle la pérdida
de ayudas y subvenciones para sus... digamos inicuos proyectos. Que se marchen
como vinieron.
Kazim sonrió torcidamente y lanzó una seca risa desprovista de
humor.
—Amigo Yves... Me quita usted todas las alegrías.
—Pero le meto millones de francos en los bolsillos.
—Sí, eso también —admitió Kazim.
Massarde señaló a Pitt con un movimiento de cabeza.
—Además, para divertirse ya tiene a éste y a su amigo. Estoy
seguro de que le contarán cuanto desee saber.
—Antes del mediodía ya habrán soltado cuanto sepan.
—Estoy seguro de que así será.
—Gracias por ablandarlos, haciéndolos cocerse al vapor de la
sentina.
—Ha sido un placer. —Massarde fue hasta una puerta lateral—.
Ahora, si me disculpan, debo atender a mis huéspedes, a quienes ya he tenido
demasiado tiempo abandonados.
—Un último favor —dijo Kazim.
—Desde luego.
—Retenga a los señores Pitt y Giordino en su baño de vapor
durante un tiempo. Antes de trasladarlos a mi central de Gao, querría que
sudasen un poco más, de modo que cualquier resto de hostilidad se evapore.
—Como desee —asintió Massarde— Diré a mis hombres que devuelvan
a Mr. Pitt a la sentina.
—Amigo Yves: le agradezco que los capturase y me los haya
entregado. Le estoy sumamente reconocido.
Massarde le dirigió una inclinación de cabeza.
—Ha sido un placer.
Antes de que la puerta se cerrara tras el francés, Kazim
devolvió su atención a Pitt. Sus negros ojos relucían como pavesas. Pitt sólo
recordaba otra ocasión en la que hubiera visto tanto y tan reconcentrado odio
en el rostro de un ser humano.
—Disfruta de tu estancia en el horno de la sentina, amigo Pitt.
Después, sufrirás, y sufrirás mucho más de lo que has soñado en tus más
terribles pesadillas.
Si Kazim esperaba que Pitt temblase de miedo, no lo consiguió.
Muy al contrario: Pitt parecía increíblemente calmado, y su cara mostraba la
plácida expresión de quien ha conseguido el premio máximo en una tragaperras.
Pitt se regocijaba interiormente porque, sin darse cuenta, el general había
apartado el obstáculo que frustraba sus planes de fuga. La puerta de la jaula
estaba entornada y Pitt se escurriría por la rendija.
23
Eva se sentía demasiado tensa para poder dormir, así que fue la
primera del grupo en advertir que el aparato descendía. Aunque los pilotos
realizaron la maniobra con gran suavidad, se dio cuenta de la reducción de
potencia de los motores y, cuando notó la presión en los oídos, supo que el
avión había perdido altura.
Al mirar por la ventanilla lo único que vio fue oscuridad. En el
desierto no se distinguía luz alguna. Una mirada a su reloj le indicó que
pasaban diez minutos de la medianoche. Hacía sólo hora y media que, tras cargar
el equipo y las muestras de contaminación, el aparato había despegado de
aquella tumba llamada Asselar.
Permaneció tranquilamente en su asiento, pensando que quizá los
pilotos estaban cambiando el curso y por ello perdían altitud. Pero la
sensación en el estómago le indicaba que el aparato seguía bajando.
Eva se levantó y fue hasta el fondo de la cabina, donde Hopper
se había exiliado para poder fumar su pipa. Llegó junto a su asiento y,
tocándolo en el hombro, lo despertó.
—Frank, algo anda mal.
Hopper, que tenía el sueño ligero abrió los ojos casi al momento
y los fijó en ella inquisitivamente.
—¿Cómo dices?
—El avión está bajando. Creo que vamos a aterrizar.
—Bobadas —replicó él—. Faltan cinco horas para El Cairo.
—Lo sé, pero he notado que los motores reducían potencia.
—Probablemente los pilotos quieren ahorrar combustible.
—Perdemos altitud. Estoy segura.
Ante la seriedad del tono de Eva, Hopper se enderezó y aguzó el
oído para escuchar los motores. Luego, apoyando el codo en el reposabrazos,
miró al fondo del corredor de la cabina de pasajeros.
—Creo que tienes razón. Parece que el morro está algo inclinado.
Eva señaló hacia la carlinga.
—Durante el vuelo, la puerta de los pilotos ha estado abierta.
Ahora la tienen cerrada.
—Un poco extraño sí parece; pero no creo que debamos alarmarnos.
—Echó a un lado la manta que cubría su largo cuerpo, y se puso en pie con
rigidez—. Sin embargo, no está de más echar un vistazo.
Eva lo siguió por el pasillo hasta la puerta de la carlinga.
Hopper intentó hacer girar el tirador y la preocupación nubló su rostro.
—La maldita puerta está cerrada —dijo. Golpeó el panel, pero no
hubo otra respuesta que un leve aumento en el ángulo de descenso—. Aquí está
pasando algo muy raro. Será mejor que despiertes a los otros.
Eva recorrió el pasillo, y fue despertándolos a todos. Grimes
fue el primero en llegar junto a Hopper.
—¿Por qué aterrizamos? —preguntó.
—No tengo ni idea, y los pilotos no están nada comunicativos.
—Quizás están intentando un aterrizaje de emergencia. —De ser
así, se lo guardan para ellos.
Eva miró por una ventanilla. Escrutando las sombras, logró ver
un pequeño grupo de luces amarillas varios kilómetros por delante del avión.
—Hay unas luces —anunció.
—Podríamos echar la puerta abajo —sugirió Grimes.
—¿Para qué? —replicó Hopper—. Si se proponen aterrizar, no
podemos evitarlo. Ninguno de nosotros sabe pilotar un avión.
—Entonces, sólo nos queda volver a nuestros asientos y
abrocharnos los cinturones —dijo Eva.
Apenas acabó de hablar, las luces de aterrizaje se encendieron,
iluminando el desnudo desierto. Bajó el tren de aterrizaje y el avión viró para
enfilar la pista, aún invisible. Para cuando todos los miembros del equipo
estuvieron amarrados a sus asientos, los neumáticos golpearon la arena
apisonada y los motores rugieron al entrar en funcionamiento los frenos de
aire. La lisa superficie de la pista sin asfaltar producía suficiente roce como
para que el avión se detuviera sin que los pilotos necesitasen hacer uso de los
frenos. El avión rodó hasta unas luces cercanas a la pista y se detuvo.
—¿Qué será esto? —murmuró Eva.
—Pronto lo averiguaremos —dijo Hopper yendo hacia la carlinga,
decidido a echar la puerta abajo. Pero antes de que llegara la puerta se abrió
y apareció el piloto—.
—¿A qué viene esta escala? —preguntó el científico—. ¿Hay algún
problema mecánico?
—Aquí se apean ustedes —dijo lentamente el piloto.
—¿De qué habla? Debe usted llevarnos hasta El Cairo.
—Tengo órdenes de dejarlos en Tebezza.
—Este es un avión fletado por la ONU. Se los contrató para
conducirnos a cualquier destino que les indicáramos, y Tebezza, o como quiera
que se llame, no es uno de ellos.
—Considérelo una escala no programada —replicó obstinadamente el
piloto.
—No puede usted soltarnos en mitad del desierto así como así.
¿Cómo vamos a llegar hasta El Cairo?
—No se preocupe: está arreglado.
—¿Y qué me dice de nuestro equipo?
—Lo guardaremos cuidadosamente.
—Las muestras deben llegar cuanto antes al laboratorio de la
Organización Mundial de la Salud en París.
—Eso no es de mi incumbencia. Recojan sus efectos personales y
desembarquen, hagan el favor.
Dejando plantado a Hopper, el piloto siguió su camino hasta el
final de la cabina, donde desbloqueó la puerta exterior y pulsó un gran
interruptor. Mientras las bombas hidráulicas gemían, la parte posterior del
suelo de la cabina descendió lentamente, para convertirse en una escalera hasta
la pista. Luego el piloto alzó el gran revólver que había estado ocultado
detrás y amenazó con él a los estupefactos científicos.
—¡Bajen del avión ahora mismo! —ordenó, destemplado.
Hopper se adelantó hasta quedar casi nariz con nariz con el
piloto, haciendo caso omiso del revólver apretado contra su estómago.
—¿Quién es usted y por qué hace esto?
—Soy el teniente Abubakar Babanandi, de las Fuerzas Aéreas
maliense, y actúo por orden de mis superiores.
—¿Y se puede saber quiénes son esos superiores?
—El Consejo Supremo Militar de Malí.
—Querrá decir el general Kazim. El es quien corta el bacalao por
estos contornos, y...
Hopper se cortó y lanzó un gemido. El cañón del revólver acababa
de golpearlo en la ingle.
—Le ruego que no cause problemas, doctor. Abandone el avión, o
lo mato aquí mismo.
Eva tomó a Hopper por el brazo.
—Haz lo que dice, Frank. El orgullo puede costarte la vida.
Hopper oscilaba sobre sus pies, con las manos apretadas contra
la ingle. Babanandi parecía frío y duro, pero en sus ojos Eva detectaba más
miedo que hostilidad. Sin decir más, el teniente empujó a Hopper hacia la
escalera.
—Le aconsejo que se dé prisa.
Veinte segundos más tarde, apoyado en Eva, Hopper descendía al
suelo y miraba en torno.
Seis o siete hombres, con los rostros semiocultos por el añil
velo de los tuaregs, se aproximaron y formaron un semicírculo en torno a
Hopper. Todos eran altos y amenazadores, y vestían largas y holgadas túnicas
negras. Llevaban sables al cinto y sostenían fusiles automáticos, que apuntaban
contra el pecho de Hopper.
Un hombre y una mujer se aproximaron. El hombre era alto y
flaco. Lo único de su cuerpo que se veía eran las manos, de piel blanca, y los
ojos, que atisbaban a través de la abertura de su litham. Su túnica era de
color púrpura encendido, pero el velo que llevaba era blanco. La coronilla de
Hopper apenas llegaba al hombro del desconocido.
Lo acompañaba una mujer cuya complexión recordaba la de un
camión de grava con el remolque cargado a tope. Llevaba un sucio y holgado
vestido que apenas le cubría las rodillas, revelando piernas gruesas como
postes telegráficos. A diferencia del resto del grupo, ella llevaba la cabeza
descubierta. Aunque era de tez tan oscura como la de los africanos
meridionales, y de pelo rizado, tenía pómulos prominentes, barbilla redonda, y
nariz afilada. Los ojos eran pequeños, redondos y brillantes, y la boca le ocupaba
casi la mitad del rostro. Su expresión, fría y sádica, era realzada por la rota
nariz y las cicatrices de su frente. El suyo era un rostro que, en el pasado,
había sufrido graves malos tratos. Con una mano, sostenía un látigo rematado
por un pequeño nudo. Miró a Hopper como una torturadora de la Inquisición
tomando medidas a su siguiente víctima antes de meterla en la virgen de hierro.
—¿Qué lugar es éste? —preguntó Hopper, sin más presentación.
—Tebezza —replicó el tipo alto.
—Eso ya me lo han dicho; pero, ¿qué es Tebezza? La respuesta se
produjo en inglés, en el que Hopper detectó acento de Irlanda del Norte.
—Tebezza es el lugar donde el desierto termina y el infierno
comienza. Aquí, los prisioneros y los esclavos trabajan en las minas de oro.
—0 sea: un sitio parecido a las salinas de Taoudenni —dijo
Hopper, sin perder de vista los fusiles que lo apuntaban—. ¿Les importa apartar
esas armas?
—Son necesarias, Mr. Hopper.
—No deben preocuparse. No hemos venido a robar su... —Hopper se
cortó a mitad de frase. Abrió mucho los ojos y el rostro se le demudó. Cuando
volvió a hablar, lo hizo en un susurro lleno de asombro—: ¿Conoce mi nombre?
—En efecto. Lo estábamos esperando.
—¿Quién es usted?
—Me llamo Selig O'Bannion. Soy el ingeniero jefe de estas minas.
—Señaló a su gruesa compañera con un movimiento de cabeza—. Ella es mi ayudante
y se llama Melika, que significa reina. Usted y su gente estarán a sus órdenes.
Se produjo un silencio de casi diez segundos turbado sólo por el
suave zumbido de las turbinas del avión. Al fin Hopper farfulló:
—¿Órdenes? ¿De qué demonios habla?
—Han sido ustedes mandados aquí por cortesía del general Zateb
Kazim. Es su expreso deseo que trabajen en las minas.
—¡Esto es un secuestro! —exclamó Hopper desalentado. O'Bannion
meneó pacientemente la cabeza.
—De secuestro, nada doctor Hopper. Usted y su equipo científico
de la ONU no están sujetos a rescate, ni serán tratados como rehenes. Se les ha
condenado a trabajar en las minas de Tebezza, sacando oro para la Tesorería
Nacional de Malí.
—¡Está usted más loco que una ca...! —comenzó Hopper, pero un
latigazo asestado contra su rostro por Melika lo hizo callar.
—Esta es tu primera lección de esclavo, cerdo inmundo —dijo la
inmensa mujer, mientras Hopper se llevaba la mano al hematoma que comenzaba a
formársele en la mejilla—. A partir de ahora, sólo hablarás cuando se te
ordene.
Melika alzó el látigo para golpear de nuevo a Hopper, pero
O'Bannion retuvo su brazo.
—Calma, mujer. Dale tiempo para que se haga a la idea.
El irlandés miró a los otros científicos, que habían bajado por
la escalera y formaban grupo en torno a Hopper. El desconcierto y el terror
comenzaba a aflorar en sus ojos.
—Los quiero en perfectas condiciones para su primer día de
trabajo.
De mala gana, Melika bajó el látigo.
—Estás ablandándote, Selig. No son de porcelana.
—Es usted norteamericana —dijo Eva. Melika sonrió.
—En efecto, querida. Durante diez años, fui jefa de guardas de
la Penitenciaria Femenina de Corona, California. Y, te lo digo por experiencia,
aquí no somos más duros que allí.
—Melika dedica especial atención a las obreras —dijo O'Bannion—.
Estoy seguro de que hará que se sienta usted como un miembro más de la familia.
—¿Obligan a las mujeres a trabajar en las minas? —preguntó
incrédulamente Hopper.
—Tenemos a unas cuantas, y también a sus hijos —replicó
O'Bannion, sin pestañear.
—¡Eso es una flagrante violación de los derechos humanos!
—exclamó furiosamente Eva.
Melika miró a O'Bannion con maligna expresión.
—¿Puedo?
Él asintió con la cabeza.
—Puedes.
La mujerona pegó con la punta del mango del látigo en el
estómago de Eva, haciéndola doblarse. Luego la golpeó en la nuca. Eva se
hubiese derrumbado de no haberla sostenido Hopper por la cintura.
—Pronto aprenderán que cualquier resistencia, incluso la verbal,
es inútil —dijo O'Bannion—. Más vale que cooperen. Así el tiempo que les queda
en este mundo les resultará más llevadero.
Hopper se quedó boquiabierto.
—Somos respetables científicos de la Organización Mundial de la
Salud. No puede ejecutarnos a su capricho.
—¿Ejecutarlos, mi buen doctor? Nada de eso. Tan sólo pretendemos
que mueran de agotamiento.
24
Todo se desarrolló exactamente como Pitt esperaba. Cuando el
guarda lo empujó de nuevo al interior de la sofocante sentina, junto a
Giordino, se mostró sumiso y cooperador, alzando las manos para que el guarda
pudiera asegurar la cadena de sus grilletes en torno a la tubería de vapor.
Pero esta vez Pitt puso las muñecas al otro lado del perno de amarre de la
tubería. Tras asegurarse de que Pitt volvía a estar sólidamente encadenado, el
guarda dejó caer ruidosamente la trampilla sobre los prisioneros, que de nuevo
quedaron encerrados en el húmedo horno de la sentina.
Giordino, sentado en un charco de humedad, se frotaba la nuca.
Entre la densa neblina, Pitt apenas lograba distinguirlo.
—¿Cómo te ha ido? —preguntó Giordino.
—Massarde y Kazim son uña y carne. Están metidos juntos en algo
turbio. Massarde le paga al general ciertos favores. Eso es evidente; pero no
logré enterarme de mucho más.
—Siguiente pregunta.
—Dispara.
—¿Cómo saldremos de este samovar?
Pitt alzó las manos y sonrió.
—Con un simple giro de muñeca.
Como ahora estaba sujeto al otro tramo de la tubería, Pitt
deslizó su cadena por el conducto hasta alcanzar el mamparo al que estaban
sujetas las llaves inglesas. Cogió una y la probó en el amarre de la tubería al
mamparo. Era demasiado grande, pero la siguiente llave encajó. Aferrando el
mango, empujó. La oxidada tuerca no cedió. Pitt descansó un momento y luego,
apoyando los pies contra un bastidor de acero, agarró la llave con ambas manos
y tiró con todas sus fuerzas. Tras ofrecer una tenaz resistencia, la tuerca
giró un cuarto de vuelta, operación que requirió de toda la potencia muscular
del hombre. Vencida la inicial resistencia, cada giro posterior resultó más
fácil. Cuando al fin la tuerca estuvo casi suelta, Pitt se detuvo, vol—viéndose
hacia Giordino.
—Bueno, ya está a punto de soltarse. Con un poco de suerte, lo
que conduce será vapor a baja presión para la calefacción de los camarotes. Si
no, sabremos lo que siente una langosta al caer en la olla. Y, en cualquier
caso, el vapor que salga será suficiente para asfixiarnos como no salgamos de
aquí a toda velocidad.
Giordino se acuclilló, quedando con la húmeda coronilla pegada a
la placa metálica de arriba.
—Pon el guarda a mi alcance, y yo me ocupo del resto.
Pitt asintió sin decir palabra y dio los últimos giros a la
tuerca, hasta dejarla libre. Luego utilizó la cadena de sus grilletes para
tirar de la tubería con todas sus fuerzas. Al soltarse la tubería, salió un
chorro de vapor que llenó el reducido espacio de la sentina. En unos segundos,
la ardiente niebla se hizo tan espesa que Pitt y Giordino se perdieron de vista
el uno al otro. Con un rápido movimiento, Pitt pasó su cadena por el extremo
suelto de la tubería, sin evitar escaldarse las manos.
Al unísono, él y Giordino comenzaron a gritar y a golpear contra
las placas de arriba. El súbito silbido del vapor así como su aparición por
entre las junturas de las placas metálicas. Sobresaltó al guarda, que actuó
según lo previsto por Pitt y levantó la trampilla. Una nube de vapor lo
envolvió, al tiempo que las invisibles manos de Pitt lo agarraban y lo hacían
caer al fondo de la asfixiante sentina. El guarda cayó de cabeza, se golpeó la
mandíbula con el bastidor y quedó fuera de combate.
Inmediatamente, Pitt arrancó el fusil automático de las manos
del inconsciente guarda, cuyos bolsillos registró rápidamente Giordino, no
tardando en encontrar las llaves de sus grilletes. Mientras su compañero se
liberaba las muñecas, Pitt subió ágilmente a la cubierta de la sala de
máquinas, donde permaneció en cuclillas, moviendo en abanico el fusil. El lugar
estaba vacío. El único tripulante de guardia había sido su vigilante.
Pitt se volvió hacia la sentina y, limpiándose el sudor de la
frente, preguntó.
—¿Vienes?
Desde el interior de la blanca nube de la sentina, Giordino
replicó:
—Saquemos al guarda. El pobre diablo no tiene por qué morirse
aquí.
A tientas, Pitt tendió las manos y sacó al inconsciente guarda,
dejándolo sobre el suelo de la sala de máquinas. Luego ayudó a salir a Giordino
del infernal agujero. Una mueca crispó su rostro a causa del dolor que le
producían las quemaduras de las manos. Mirándolas, Giordino comentó:
—Parecen camarones cocidos.
—Me las escaldé cuando pasé la cadena por el extremo de la
tubería.
—Deberíamos vendarlas con algo.
—No hay tiempo. —Alzó las muñecas esposadas—. ¿Me haces el
honor?
Rápidamente, Giordino le abrió los grilletes y, antes de
echársela al bolsillo, mostró la llave.
—La guardaré como recuerdo. No sabemos cuándo volverán a
arrestarnos.
—Según están las cosas, en cualquier momento —murmuró Pitt—. Los
invitados de Massarde, sobre todo las mujeres con vestidos escotados, no
tardarán en quejarse por la falta de calefacción. Enviarán a alguien para
arreglarla y descubrirán que nos hemos largado.
—Entonces ha llegado el momento de hacer un rápido y discreto
mutis.
—Sobre todo, discreto.
Pitt fue hasta una compuerta, la abrió y asomó la cabeza a una
cubierta de estribor de la mansión flotante. Acercándose a la baranda, miró
hacia arriba. A través de las grandes ventanas panorámicas podía verse a los
invitados, vestidos de noche, bebiendo y charlando, ajenos a la tortura que
Pitt y Giordino habían padecido en la sala de máquinas, casi directamente bajo
sus pies.
Hizo señas a Giordino de que lo siguiera, y ambos avanzaron
sigilosamente por cubierta, agachándose al pasar frente a los ojos de buey que
daban a los alojamientos de la tripulación. Al fin llegaron a una escalera, a
cuyo pie se detuvieron y se quedaron mirando hacia arriba. Nítidamente visible
bajo la luz de los focos que lo alumbraban, estaba el helicóptero privado de
Massarde, amarrado al pequeño helipuerto encima del salón principal. El
aparato, pintado de rojo y blanco, no parecía estar vigilado.
—La carroza nos aguarda —dijo Pitt.
—Siempre es mejor que nadar —estuvo de acuerdo Giordino—. Si el
franchute hubiera sabido que sus huéspedes eran dos antiguos pilotos militares,
no hubiera dejado desprotegido su juguete.
—Su error ha sido nuestra suerte —comentó Pitt.
Subió la escalera, examinó la cubierta y atisbó por las cercanas
portillas. Nadie del interior parecía interesado en lo que ocurría fuera.
Silenciosamente, cruzó la cubierta, abrió la portezuela del helicóptero y montó
en el aparato. Antes de seguir a Pitt, Giordino retiró las cuñas de las ruedas
y soltó los cables de amarre. Luego entró en la carlina y ocupó el asiento
derecho.
—A ver qué tenemos aquí —dijo Giordino, estudiando el panel de
instrumentos.
—Es un Ecureuil francés, de doble turbina —replicó Pitt—. El
modelo no lo sé; así que tendremos que pilotar a ojo: despegamos, nos largamos
y listo.
El motor tardó un par de preciosos minutos en calentarse, pero
cuando Pitt soltó el freno y los rotores comenzaron a girar, aún no había
sonado ninguna alarma. Las palas adquirieron velocidad hasta alcanzar el
régimen de revoluciones necesario para el despegue. La fuerza centrífuga
estremeció al aparato sobre sus ruedas. Como todos los pilotos avezados, Pitt
no necesitaba traducir las indicaciones en francés de los instrumentos,
válvulas e interruptores del panel. Sabía lo que indicaban. Los controles eran universales
y no le crearon el menor problema.
Apareció un tripulante, que miró con curiosidad a través del
amplio parabrisas. Giordino le hizo un saludo con la mano y sonrió ampliamente.
El hombre se quedó parado, con la indecisión pintada en el rostro.
—El tipo no tiene ni idea de quiénes somos —dijo Giordino.
—¿Va armado?
—No; pero sus amigos que vienen cargando escaleras arriba no
parecen nada cordiales.
—Hora de irse.
—Todas las luces están en verde.
Pitt no perdió más tiempo. Conteniendo la respiración, hizo
elevarse el helicóptero unos metros sobre el puente antes de bajar ligeramente
el morro e iniciar el vuelo horizontal. La mansión flotante quedó atrás, un
ascua de luz sobre las negras aguas. Cuando estuvieron a distancia segura, Pitt
estabilizó la altura a unos diez metros y tomó curso río abajo.
—¿Adónde vamos? —preguntó Giordino.
—Al sitio donde Rudi detectó que la contaminación entraba en el
río.
—¿No vamos un poco despistados? El sitio que dices está a más de
cien kilómetros en dirección contraria.
—Es una simple finta para despistar a la jauría. En cuanto
estemos a distancia segura de Gao, daré media vuelta y volaremos sobre el
desierto hasta regresar al río, treinta kilómetros o así más arriba.
—¿Y por qué no vamos hasta el aeropuerto, recogemos a Rudi y
salimos zumbando del país?
—Por varias razones —replicó Pitt, señalando uno de los
indicadores—. En primer lugar, sólo tenemos combustible para unos doscientos
kilómetros. En segundo, en cuanto Massarde y su amigo Kazim den la alarma, los
cazarreactores malienses saldrán a buscarnos, nos localizarán con sus radares
y, o bien nos obligarán a aterrizar, o nos harán pedazos en el aire. No creo
que eso tarde más de quince minutos en ocurrir. Y, en tercer lugar, Kazim cree
que sólo éramos tu y yo. Cuanta más distancia logremos poner entre nosotros y
Rudi, más posibilidades tiene él de escapar con las muestras.
—¿Todas esas cosas se te ocurren así, de repente, o es que
desciendes de una larga estirpe de profetas?
—Considérame un simple futurólogo aficionado.
—Deberías poner una caseta de adivino en las ferias.
—En el barco, logré sacarte del baño de vapor, ¿no? Giordino
tenía sus dudas:
—Y ahora vamos a volar a través del Sahara hasta que se nos
agote el combustible. Luego caminaremos por el mayor desierto del mundo
buscando un no sabemos qué tóxico hasta que muramos o los malienses nos echen
el guante y nos conviertan en carnaza para sus salas de tortura.
—Realmente, puesto a pintar las cosas negras, eres un as
—replicó sardónicamente Pitt.
—Pues corrígeme en lo que esté equivocado.
—De acuerdo —asintió Pitt—. En cuanto lleguemos al lugar en que
la contaminación entra en el río, nos desharemos del helicóptero.
Giordino lo miró.
—¿Echándolo al Níger?
—Has captado la idea.
—¿Pretendes que nos demos otro chapuzón en ese apestoso río? —El
italiano meneó la cabeza y con convicción dijo—: Estás más chiflado que el
Pájaro Loco.
—Cada palabra, una perla; cada movimiento, un acto sublime —dijo
altivamente Pitt y, más en serio, añadió—: Todos los aparatos que los malienses
logren poner en el aire estarán buscando a este pájaro. Si lo sepultamos bajo
las aguas, no tendrán un sitio desde el que iniciar nuestra búsqueda. Lo último
que Kazim espera de nosotros es que tomemos dirección norte, hacia la
desolación del desierto, para buscar la fuente de la contaminación tóxica.
—Sibilino, ésa es la palabra que mejor te cuadra.
Pitt echó mano a un mapa colocado junto a su asiento. —Pilota tú
mientras yo fijo el curso.
—Ya lo tengo —dijo Giordino, haciéndose con los controles.
—Sube hasta cien metros, mantén el curso sobre el río durante
diez minutos y luego fija un rumbo de dos, seis, cero grados.
Giordino siguió las instrucciones de Pitt, y estabilizó el
aparato a cien metros antes de mirar abajo. La superficie del río era apenas
visible.
—Menos mal que las estrellas se reflejan en el agua, ya que en
caso contrario no tendría ni idea de adónde demonios voy.
—Antes de virar, vigila que no haya sombras en el horizonte. No
tendría gracia que nos hiciéramos chatarra contra un monte.
Al cabo de veinte minutos, tras rodear Gao, estaban ya cerca de
su destino. El rápido helicóptero de Massarde cruzaba el cielo nocturno como un
fantasma, sin luces de navegación. Giordino pilotaba diestramente mientras Pitt
iba fijando el curso. Bajo ellos, la superficie del desierto era plana y
anónima, con sólo las sombras de algunas rocas o pequeños promontorios. Resultó
casi un alivio volver a divisar las negras aguas del río Níger.
—¿Qué son esas luces a estribor? —preguntó Giordino. Sin alzar
la vista del mapa, Pitt replicó:
—Supongo que Bourem, un pueblo que pasamos en el barco poco
antes de entrar en aguas no contaminadas.
—¿Dónde soltamos el pájaro?
—Un poco más arriba, donde ni el habitante de Bourem con mejor
oído pueda escuchar la caída.
—¿Alguna razón en particular para escoger este sitio? —preguntó
recelosamente Giordino.
—Es sábado por la noche. ¿Qué tal un paseíto por el pueblo, para
ver el ambiente?
Giordino abrió la boca para replicar adecuadamente, desistió, y
volvió a concentrarse en pilotar el helicóptero sin perder de vista los
indicadores del panel de instrumentos. Al llegar al centro del río, redujo
velocidad.
—¿Tienes tu flotador de goma? —preguntó.
—Jamas voy a ninguna parte sin él —replicó Pitt—. Baja.
A dos metros del agua, Giordino apagó los motores mientras Pitt
desconectaba el sistema eléctrico y las válvulas de combustible. El bello
helicóptero de Yves Massarde aleteó como una mariposa herida y luego cayó al
agua con un sordo chapuzón. Se mantuvo a flote lo suficiente para que Pitt y
Giordino abriesen las portezuelas y saltaran lo más lejos posible, a fin de no
ser alcanzados por los rotores, que aún giraban lentamente. Cuando el agua
llegó a las abiertas portezuelas y anegó el interior, el aparato se deslizó
bajo la negra superficie del río con un gran suspiro, producto del aire al
salir de la carlinga.
Nadie lo oyó caer, ni nadie lo vio hundirse desde la orilla.
Desapareció como el Calíope, posándose en el suave cieno del fondo del río que
algún día llegaría a cubrirlo por completo, convirtiéndose en su húmedo
sarcófago.
25
Aunque no se trataba exactamente del bar del «Hotel Beverly
Hills», para quienes se habían tenido que echar dos veces a un río, se habían
cocido en un baño de vapor, y tenían los pies deshechos tras dos horas de
caminar por el desierto en la oscuridad, ningún oasis hubiera resultado un
refugio más acogedor. Pitt pensó que jamás un tugurio ofreció mejor aspecto.
Tuvieron la sensación de entrar en una cueva. Las toscas paredes
eran de barro, y el suelo de tierra. Una larga tabla apoyada en dos pilas de
ladrillos servía de barra, y estaba tan combada que daba la sensación de que
cualquier vaso que se dejase en ella se deslizaría inmediatamente hasta el
centro. Tras la decrépita barra, habían unos estantes con diversos artilugios
para preparar café y té y, junto a ellos, cinco botellas de licor de
desconocidas etiquetas y en diversos grados de consumición. Pitt supuso que
debían de estar reservadas para los escasos turistas que se aventurasen hasta
el lugar, pues a los musulmanes les estaba vedado el consumo de alcohol.
Contra una pared, una pequeña estufa proveía un cierto grado de
calor y un aroma que, aunque de momento ni Pitt ni Giordino lograron
identificarlo, era de estiércol de camello. Las sillas parecían provenir de un
almacén del Ejército de Salvación: no había dos iguales. Las mesas no eran
mucho mejores, oscurecidas por el humo, con innumerables quemaduras de
cigarrillos e inscripciones a navaja que se remontaban a la época colonial
francesa. Dos desnudas bombillas que colgaban de una viga aportaban la única iluminación
del angosto antro. Brillaban difusamente, alimentadas por la electricidad del
insuficiente generador diesel que abastecía a la población.
Seguido por Giordino, Pitt se sentó a una mesa vacía y desvió su
atención del local a la clientela. Le alivió comprobar que ninguno de los
presentes vestía uniforme. Todos los parroquianos eran gente de la localidad:
barqueros y pescadores del Níger, aldeanos, y unos cuantos individuos con
aspecto de agricultores. No había mujeres. Algunos bebían cerveza, pero el
resto daba sorbos a pequeñas tazas de café o té. Tras una indiferente ojeada a
los recién llegados, todos volvieron a sus conversaciones o a sus partidas de
un juego similar al dominó.
Echándose hacia delante en su silla, Giordino murmuró:
—¿Es ésta tu idea de una noche de juerga en la ciudad?
—En una tormenta, cualquier puerto vale —replicó Pitt.
El que evidentemente era el propietario, un atezado individuo de
leonina cabellera e inmenso bigote, salió de detrás la barra y se aproximó a la
mesa, deteniéndose junto a ella y, sin decir palabra, esperó a que fueran los
recién llegados quienes hablasen.
Alzando dos dedos, Pitt pidió:
—Cerveza.
El dueño asintió y volvió a la barra. Giordino observó cómo el
hombre sacaba dos botellas de cerveza alemana de un maltrecho frigorífico
metálico y luego preguntó a Pitt:
—¿Te importa explicarme cómo vamos a pagar?
Pitt sonrió e, inclinándose, se quitó su Nike izquierda y sacó
algo de la suela. Luego, con fría y escrutadora mirada, sus ojos recorrieron el
antro. Ninguno de los parroquianos mostraba el menor interés ni en él ni en
Giordino. Cautamente, abrió las manos, de modo que sólo Giordino pudiera ver
que escondía entre sus palmas un buen fajo de dinero maliense.
—Confederación de francos africanofranceses —dijo en voz baja—.
Al almirante no se le escapa una.
—Es cierto que Sandecker pensó en todo —reconoció Giordino—.
Pero... ¿por qué te dio el dinero a ti en vez de a mí? —Tengo los pies más
grandes.
El dueño regresó y, tras dejar ante ellos las dos cervezas,
gruñó:
—Dix francs.
Pitt le tendió un billete que el hombre alzó hacia una de las
bombillas y estudió atentamente. Luego pasó su grasiento pulgar por el papel y,
viendo que la tinta no se corría, asintió y volvió a su puesto.
Giordino comentó:
—Te ha pedido diez francos y tú le has dado veinte. Si nos toman
por alegres derrochadores, lo más probable es que, al salir, nos asalte la
mitad de la población.
—Ésa es la idea —dijo Pitt—. Si le damos tiempo, el timador del
pueblo no tardará en olfatearnos y venir a por nosotros.
—¿Y qué falta nos hace un timador?
—Necesitamos un medio de transporte.
—Antes que eso, yo necesito una buena cena. Tengo más hambre que
un oso recién salido de la hibernación.
—Si te apetece, puedes probar la comida de aquí —dijo Pitt—. Yo
prefiero morir de inanición.
Cuando iban por su tercera cerveza, en el tugurio entró un joven
de no más de dieciocho años. Era alto, flaco y ligeramente encorvado. Tenía el
rostro ovalado y ojos grandes y tristes. Su piel era casi negra y el cabello
tupido y encrespado. Llevaba camiseta amarilla y pantalones caqui bajo una
especie de abierta túnica de algodón blanco. Tras un rápido vistazo a la
concurrencia, el muchacho se fijó en Pitt y Giordino.
—La paciencia, virtud del mendigo, tiene siempre su recompensa
—murmuró Pitt—. Aquí llega nuestra salvación.
El joven se detuvo junto a la mesa y les dirigió una
inclinación.
—Bonsoir. —Buenas noches —replicó Pitt.
Los melancólicos ojos se abrieron un poco más.
—¿Son ustedes ingleses?
—Neozelandeses —mintió Pitt.
—Me llamo Mohammed Digna. Quizá pueda ayudar a los caballeros a
cambiar su dinero.
—Tenemos moneda local —replicó Pitt, con un encogimiento de
hombros.
—¿Necesitan un guía, a alguien que los ayude en los problemas
que puedan tener con la aduana, la Policía o los funcionarios del gobierno?
—No, no creo. —Pitt señaló con la mano una silla vacía—. ¿Tomas
algo con nosotros?
—Sí, muchas gracias. —Digna dijo unas palabras en francés al
dueño y luego se sentó.
—Hablas muy bien el inglés —dijo Giordino.
—Fui al colegio en Gao y luego a la Universidad en Bamako, donde
acabé siendo el primero de mi clase —anunció orgullosamente—. Hablo cuatro
idiomas, contando mi lengua bambara nativa. Francés, inglés y alemán.
—Pues en eso me ganas —dijo Giordino—. Yo sólo hablo inglés, y
no muy bien.
—¿A qué te dedicas? —preguntó Pitt.
—Mi padre es el cacique de una aldea próxima. Yo administro sus
propiedades y me ocupo de su negocio de exportación.
—Y, sin embargo, frecuentas los bares y ofreces tus servicios a
los turistas —murmuró recelosamente Giordino.
—Me gusta tratar con extranjeros, porque así tengo oportunidad
de practicar mis idiomas —replicó Digna, sin una vacilación.
Se acercó el dueño y dejó una taza de té frente a Digna.
—¿Y cómo transporta tu padre sus productos? —preguntó Pitt.
—Tiene una pequeña flota de camiones «Renault».
—¿Sería posible alquilarle uno? —quiso saber Pitt.
—¿Desea transportar mercancías?
—No. A mi amigo y a mí nos gustaría hacer una excursión por el
norte, para ver el gran desierto antes de regresar a Nueva Zelanda.
Digna sacudió levemente la cabeza.
—Imposible. Esta tarde, los camiones de mi padre salieron para
Mopti con telas y productos agrícolas. Además, para viajar por el desierto, los
extranjeros necesitan salvoconductos especiales.
Pitt se volvió hacia Giordino con la tristeza de la decepción
pintada en el rostro.
—Qué lástima. Y pensar que hemos cruzado medio mundo para ver a
los nómadas del desierto a lomos de sus camellos...
—No podré volver a mirarle a la cara a mi vieja y canosa madre
—gimió Giordino—. La pobre se ha pasado toda la vida ahorrando para que yo
pudiera ver lo que es la vida en el Sahara.
Pitt dio una palmada sobre la mesa y se puso en pie.
—Bueno, ya es hora de regresar a nuestro hotel en Tombuctú.
—¿Los caballeros tienen un automóvil? —preguntó Digna.
—No.
—¿Cómo piensan ir desde aquí a Tombuctú?
—En autobús —replicó Giordino en tono vacilante, casi como
preguntándolo.
—¿Se refiere a un camión que lleve pasajeros?
—Exacto —dijo Giordino.
—Hasta mañana al mediodía no encontrarán ningún transporte que
los lleve a Tombuctú —anunció Digna.
—En Bourem tiene que haber algún vehículo que podamos alquilar
—dijo Pitt, volviendo a sentarse.
—Bourem es una aldea pobre. Sus habitantes, o caminan, o van en
moto. Muy pocas familias pueden permitirse tener automóviles que no estén
reparándose constantemente. En estos momentos, el único vehículo del pueblo que
se encuentra en perfectas condiciones es el coche privado del general Zateb
Kazim.
Fue como si Digna agitase un trapo rojo ante dos toros bravos.
El mismo pensamiento cruzó por las mentes de Pitt y Giordino, que se crisparon
por un momento y tras cambiar significativas miradas, se relajaron.
—¿Y qué hace aquí su coche, si ayer mismo vimos al general en
Gao?
—El general va a casi todas partes en helicóptero o avión
militar —replicó Digna—. Pero los recorridos entre ciudades y aldeas le gusta
hacerlos en su coche. Su chófer conducía por la nueva carretera de Bamako a Gao
cuando, a unos kilómetros de aquí, el coche sufrió una avería. Hubo que
remolcarlo hasta Bourem para que lo reparasen.
—¿Y ya está listo? —inquirió Pitt con indiferencia, tras dar un
sorbo de cerveza.
—El mecánico del pueblo terminó de arreglarlo a última hora de
esta tarde. Una roca había rajado el radiador.
—¿Ha regresado el chófer a Gao? —preguntó despreocupadamente
Giordino.
Digna negó con la cabeza.
—La carretera de aquí a Gao todavía está en obras. Conducir por
ella de noche resulta peligroso. No quiso correr el riesgo de estropear de
nuevo el coche del general Kazim. Piensa marcharse a primera hora de la mañana.
Pitt lo miró con extrañeza.
—¿Cómo sabes tanto?
Digna sonrió orgullosamente.
—Mi padre es el dueño del taller de coches y yo superviso su
funcionamiento. El chófer y yo hemos cenado juntos.
—¿Dónde está ahora el chófer?
—Durmiendo en casa de mi padre.
Pitt cambió el tema de la charla hacia la industria local.
—¿Hay por aquí alguna fábrica de productos químicos? —preguntó.
Digna se echó a reír.
—Bourem es demasiado pobre para fabricar cuanto no sean tejidos
o productos artesanales.
—¿Tampoco hay un vertedero de desechos nocivos?
—En Fort Foureau, pero eso está cientos de kilómetros más hacia
el norte.
Se produjo un breve silencio tras el cual, súbitamente, Digna
preguntó:
—¿Cuánto dinero llevan?
—La verdad es que no lo he contado —replicó Pitt, sin mentir.
Pitt observó que Giordino lo miraba de un modo extraño y luego
señalaba con una leve inclinación hacia cuatro hombres sentados a la mesa de un
rincón. Al mirarlos, advirtió que todos desviaban la vista bruscamente. Aquello
tenía que ser una trampa, decidió. Miró al propietario, que estaba acodado en
la barra, leyendo un periódico, y lo descartó como uno de los potenciales
asaltantes. Un vistazo al resto de la concurrencia le bastó para llegar a la
conclusión de que su único interés estaba en charlar unos con otros. Eran cinco
contra dos, proporción que a Pitt no le pareció poco ventajosa.
Pitt acabó su cerveza y se puso en pie.
—Hora de irse.
—Recuerdos a tu padre —dijo Giordino, estrechando la mano de
Digna.
La sonrisa del joven maliense no se alteró, pero sus ojos
brillaron con dureza.
—No se pueden marchar.
—No te preocupes por nosotros —sonrió Giordino—. Dormiremos en
la carretera.
—Denme su dinero —pidió suavemente Digna.
—El hijo de un cacique mendigando dinero —dijo reprobatoriamente
Pitt—. Tu padre debería avergonzarse de ti.
—No me ofendan —dijo fríamente Digna—. Denme todo lo que llevan,
o su sangre encharcará el suelo.
Actuando como si la confrontación no fuese con él, Giordino fue
hacia un rincón del bar. Los cuatro hombres se habían levantado y parecían
esperar una seña de Digna, seña que nunca llegó. Los malienses parecían
desconcertados por la absoluta falta de temor que manifestaban sus potenciales
víctimas.
Pitt se echó hacia delante, hasta que su rostro estuvo a pocos
centímetros del de Digna.
—¿Sabes lo que mi amigo y yo hacemos con la escoria como tú?
—No se puede insultar a Mohammed Digna y sobrevivir —dijo
desdeñosamente el joven.
—Lo que hacemos —siguió Pitt con calma— es enterrarlos con una
loncha de jamón en la boca.
Para un musulmán devoto, lo más aborrecible del mundo es el
contacto con el cerdo, al que consideran la más inmunda de las criaturas. La
simple idea de pasar la eternidad de la 'tumba con siquiera el más minúsculo
trozo de jamón en la boca es suficiente para causarle las peores pesadillas.
Pitt sabía que la amenaza era tan terrible como una estaca de madera contra el
pecho de un vampiro.
Durante cinco segundos completos, Digna permaneció inmóvil,
emitiendo sonidos guturales, como si estuvieran estrangulándolo. Presa de
incontrolable furia, los músculos del rostro se le crisparon en una mueca que
le dejó al descubierto los dientes. Luego se puso en pie de un salto y sacó un
largo cuchillo de debajo de su túnica.
Pero su reacción llegó con un par de segundos de retraso.
El puño de Pitt golpeó la mandíbula de Digna como un pistón. El
maliense cayó totalmente fuera de combate sobre la mesa en la que unos hombres
jugaban al dominó y se derrumbó como un fardo en el suelo rodeado de tazas y
fichas. Los sicarios de Digna se lanzaron al unísono contra Pitt, rodeándolo.
Tres de ellos esgrimían curvos puñales de aspecto peligroso; el cuarto blandía
un hacha.
Pitt cogió su silla y la descargó contra el primero de sus
asaltantes, rompiéndole el brazo y el hombro derechos. Sonó un alarido de dolor
y la confusión se hizo dueña del antro. Los sobresaltados clientes, presa del
pánico, se lanzaron atropelladamente hacia la puerta buscando la seguridad del
exterior. De los labios del asaltante que blandía el hacha salió un agónico
gemido: una botella de whisky certeramente lanzada por Giordino le había
alcanzado con gran fuerza en pleno rostro.
Pitt alzó la mesa sobre su cabeza sosteniéndola por dos patas.
En el mismo instante se oyó un ruido de vidrios rotos y Giordino se colocó
junto a él, agarrando una botella rota por el gollete.
Los atacantes se detuvieron en seco. Ahora eran dos contra dos.
Desconcertados, miraron a sus dos amigos: uno de rodillas, gimiendo y
sujetándose el brazo fracturado; el otro sentado en el suelo, cubriéndose con
las manos el rostro ensangrentado. Tras otra mirada, ésta vez dirigida a su
noqueado jefe, los dos hombres comenzaron a retroceder hacia la puerta,
desapareciendo en un abrir y cerrar de ojos.
—Como ejercicio, no ha sido gran cosa —murmuró Giordino—. En las
calles de Nueva York, estos tipos no durarían ni cinco minutos.
—Vigila la puerta —dijo Pitt. Se volvió hacia el dueño, que,
imperturbable, seguía abstraído en su periódico, como si aquellas reyertas
formaran parte de las atracciones nocturnas de su local—. Le garage? —preguntó.
El propietario alzó la cabeza, se atusó el bigote y, sin decir
palabra, señaló con el pulgar hacia la pared sur del bar. Pitt dejó unos
billetes en la combada barra para pagar los desperfectos y dijo:
—Merci.
—Este es un sitio al que se le coge cariño —dijo Giordino—. Casi
me da pena irme.
—Pues guarda su imagen en tu recuerdo para siempre. —Pitt miró
su reloj—. Faltan cuatro horas para que amanezca. Larguémonos antes de que
suene la alarma.
Salieron del tugurio y recorrieron cautelosamente las calles,
escondiéndose entre las sombras y asomando la cabeza por cada esquina antes de
doblarla. Pitt se daba cuenta de que tales precauciones eran en gran medida
excesivas: la casi total ausencia de luces callejeras y las oscuras casas que
albergaban a los habitantes dormidos los protegían de suscitar sospechas.
Llegaron a uno de los edificios de adobe más grandes de la
aldea. Similar a un almacén, tenía una gran arcada metálica en la parte
delantera y doble puerta en la posterior. El patio trasero, que estaba rodeado
por una cerca de alambre, parecía un cementerio de automóviles. Aparcados en
fila había tres decenas de viejos coches, de los que sólo quedaban las
carrocerías y los chasis. En un rincón del patio, junto a varios bidones de
aceite, había un montón de ruedas y motores oxidados. Apoyados contra la pared,
se veían transmisores y diferenciales. El suelo estaba empapado por el aceite
de motor de muchos años.
Una de las puertas del cercado sólo estaba sujeta por una
cuerda. Con una piedra afilada, Giordino la cortó y entraron en el patio. A
paso de lobo, avanzaron hacia las puertas, atentos a cualquier sonido que
denotase la presencia de un perro guardián y escrutando las sombras en busca de
indicios de un sistema de alarma, aunque, según dedujo Pitt, en aquel sitio
poco había que temer de los ladrones. En el pueblo habían tan pocos coches
privados que cualquiera que robase un repuesto habría sido inmediatamente
detectado.
La doble puerta estaba cerrada con un viejo candado oxidado.
Giordino lo atenazó con sus enormes manazas y dio un fuerte tirón. La armella
quedó libre. El italiano miró a Pitt, sonriente.
—En realidad, no ha sido nada. Era un chisme viejo y oxidado.
—Si por un milagro salimos vivos de ésta, te propondré para una
medalla —prometió Pitt.
Entornaron la puerta lo suficiente para entrar. Un extremo del
garaje estaba ocupado por un foso de reparaciones. Había una pequeña oficina y
un cuarto lleno de herramientas y aparatos. El resto del espacio disponible lo
ocupaban tres coches y un par de camiones en diversos estados de
desmantelamiento. Pero lo que llamó la atención de Pitt fue el coche situado en
el centro del garaje. Metió la mano por la ventanilla abierta de uno de los
camiones y encendió los faros. La luz iluminó un viejo automóvil anterior a la
Segunda Guerra Mundial, de elegantes líneas y carrocería pintada de un vivo
color rosa—magenta.
—Dios bendito —murmuró Pitt—. Un Avions Voisin.
—¿Un qué?
—Un Voisin. Fabricado entre 1919 y 1939 por Gabriel Voisin. Es
un coche sumamente difícil de encontrar.
Giordino examinó el vehículo de parachoques a parachoques. Se
trataba de un coche único, muy distinto a los demás. Se fijó en los extraños
tiradores de las puertas, los tres limpiaparabrisas del cristal delantero, los
cromados soportes que unían los guardabarros con el radiador, que estaba
coronado por una gran figura alada.
—Es un chisme muy raro —opinó el italiano tras la inspección.
—No lo menosprecies, porque esta elegante reliquia es nuestro
pasaje de salida de este lugar.
Pitt se puso al volante, que estaba situado a la derecha, y se
retrepó en el asiento delantero, tapizado al estilo art déco. En el contacto
había una sola llave. Pitt le dio la vuelta y contempló cómo la aguja de
combustible se desplazaba hasta marcar completo. Luego oprimió el botón que
activaba el motor eléctrico situado bajo el radiador y que servía tanto de
starter como de generador. El motor se puso en marcha sin apenas emitir un
sonido. Las únicas indicaciones de que se encontraba en funcionamiento fue un
«pop» casi inaudible y una tenue nube de humo que salió por el tubo de escape.
Impresionado, Giordino comentó:
—Desde luego, el viejo cachivache no puede ser más silencioso.
—A diferencia de los coches modernos, que en su mayoría llevan
válvulas de vástago —dijo Pitt—, este tiene un motor Knight con válvulas de
camisa que, ya en su tiempo, tenía fama de silencioso.
Giordino contempló el coche antiguo con mal disimulado
escepticismo.
—¿Realmente piensas recorrer el Sahara montado en esta reliquia?
—Tiene el depósito lleno, y es preferible a ir en camello. Busca
recipientes limpios y llénalos de agua. De paso mira si hay algo de comer.
—Lo dudo mucho —replicó Giordino, dirigiendo una mirada de
desaliento al destartalado garaje—. No creo que en este establecimiento tengan
máquinas expendedoras de refrescos ni de golosinas.
—Haz lo que puedas.
Pitt abrió la puerta trasera del edificio y la verja para
permitir el paso del vehículo. Luego inspeccionó el coche para cerciorarse de
que los niveles de agua y aceite estaban al máximo, y comprobar que las ruedas,
particularmente la de repuesto, tenían suficiente aire.
Apareció Giordino, con media caja de refrescos de fabricación
local, y varios bidones de plástico llenos de agua.
—Por unos días, no pasaremos sed, pero en lo que respecta a la
gastronomía, sólo he encontrado dos latas de sardinas y una sustancia gomosa
que parece algún tipo de dulce.
—Déjalo todo en el portaequipajes y larguémonos de una vez.
Giordino hizo lo que su amigo le decía y montó en el asiento del
pasajero al tiempo que Pitt metía la primera, oprimía el acelerador e iba
soltando el embrague. El sexagenario Voisin avanzó lenta y silenciosamente.
Sorteando con cuidado los coches desguazados, Pitt salió del
patio y se metió por un callejón que los condujo a un estrecho camino de tierra
que iba en dirección oeste, paralelo al río Níger. Enfiló la pista y siguió las
huellas de rodadas sin rebasar los veinticinco kilómetros por hora hasta que
hubieron perdido de vista la población. Sólo entonces encendió las luces y
aceleró.
—No nos vendría mal un mapa de carreteras —dijo Giordino.
—Uno de senderos de camello nos vendría mejor. No podemos
arriesgarnos a usar la carretera principal.
—Mientras este camino siga junto al río, no vamos mal.
—En cuanto lleguemos a la cañada en la que los instrumentos de
Gunn detectaron la contaminación, nos meteremos por ella y la seguiremos.
—Detestaría estar presente cuando el chófer le diga a Kazim que
han robado el coche que es todo su orgullo y la alegría de su vida.
—El general y Massarde pensarán que nos dirigimos a la frontera
más próxima, o sea la de Níger —dijo Pitt, confiado—. Lo último que esperan de
nosotros es que nos encaminemos hacia el centro del desierto.
—Debo admitir que el viaje no acaba de seducirme —gruñó
Giordino.
A Pitt tampoco. El suyo era un proyecto disparatado que muy
difícilmente les permitiría llegar hasta una edad avanzada. Los faros mostraban
un terreno liso, con pequeñas piedras desperdigadas, y algún que otro arbusto
cuya sombra se deslizaba en la noche como la de un fantasma.
Pitt pensó que era un lugar muy solitario para morir.
26
El sol se levantó con ganas de calentar, y a las diez de la
mañana la temperatura ya era de treinta y dos grados. Soplaba un ligero viento
del sur que resultaba una relativa bendición para Rudi Gunn. La brisa le
refrescaba la piel sudorosa, pero también le llenaba de arena la nariz y los
oídos. Para defenderse de ella, se ajustó mejor la capucha de su improvisada
chilaba y se caló las gafas de sol para protegerse los ojos. De la mochila sacó
una botella de plástico con agua, y la medió de un sorbo. Cerca del terminal
había visto un grifo goteante, así que ya no necesitaba racionarla.
El aeropuerto parecía tan muerto como la noche anterior. Había
habido un cambio de guardia de los militares; pero en los hangares y en las
pistas seguía sin verse la menor actividad. Observó cómo un hombre se montaba
en una moto en la parte de la terminal destinada al público, iba hasta la torre
de control y subía a ella. Gunn vio en aquello un buen presagio. Nadie en su
sano juicio se encerraría en una cabina de cristal elevada a pleno sol, a no
ser que estuviera prevista la llegada de un avión.
Sobre el nido de Gunn en la arena sobrevolaba un halcón. El
hombre lo contempló durante unos momentos antes de colocar cautelosamente unos
tableros por encima de su cabeza para protegerse del sol. Luego volvió a
estudiar el aeropuerto. En la pista, frente a la terminal, se había detenido un
camión, del cual se apearon dos hombres que comenzaron a descargar unas cuñas
de madera, dejándolas sobre el asfalto para bloquear las ruedas del avión tras
el aterrizaje. Mentalmente, Gunn comenzó a trazar la mejor ruta hasta el sitio
en que el aparato se estacionaría. Fijó la ruta en su cerebro, escogiendo las
oquedades y los matorrales que podían ofrecerle protección.
Luego se echó para atrás, dispuesto a soportar el calor cada vez
mayor y escrutó el cielo. El halcón se había lanzado sobre un chorlito que
revoloteaba en las cercanías del río. Unas cuantas nubes algodonosas flotaban
en el inmenso cielo azul. Se preguntó cómo lograban, no ya sobrevivir, sino
siquiera existir en aquella asfixiante atmósfera. Tan absorto estaba en la
contemplación de las nubes que al principio no escuchó el ligero zumbido que
señalaba la proximidad de un reactor. Luego, un destello captó su atención, y
Gunn se incorporó. El sol se había reflejado en una pequeña mota del cielo.
Permaneció vigilante, hasta que el destello volvió a producirse, esta vez más
cerca del desnudo horizonte. Era un avión aproximándose para aterrizar, pero
aún estaba demasiado lejos para ser identificable. Dedujo que debía de ser un
vuelo comercial, pues de lo contrario no habrían preparado los calzos en la
parte civil del aeropuerto.
Apartó los maderos que lo protegían del sol, se colocó la
mochila y se puso en cuclillas, dispuesto a iniciar su furtiva carrera. Con el
corazón latiéndole desacompasadamente por la ansiedad, escrutó el cielo cegador
hasta que el aparato estuvo a un kilómetro de distancia. Tras unos segundos que
se le hicieron eternos, al fin pudo distinguir de qué avión se trataba: era un
aerobús civil francés, con las franjas color verde claro y oscuro distintivas
de la aerolínea Air Afrique.
El piloto enderezó apenas llegó al extremo de la pista, tocó
tierra y frenó. Luego el aerobús rodó hasta detenerse frente a la terminal. Las
turbinas siguieron funcionando mientras dos operarios de tierra colocaban los
calzos bajo las ruedas y luego empujaban una escalera móvil hasta la puerta
principal del aparato.
Los dos operarios permanecieron al pie de la escalera, esperando
la salida de los pasajeros; pero la puerta tardó en abrirse. Gunn inició su
carrera hacia la pista. Cuando hubo cubierto los primeros cincuenta metros, se
detuvo tras una pequeña acacia y estudió de nuevo la aeronave.
Cuando al fin se abrió la puerta de pasajeros apareció una
azafata que, tras descender por la escalera, rebasó a los dos operarios
malienses sin dirigirles ni una mirada y siguió hacia la torre de control. Los
malienses apartaron la mirada del aparato y siguieron a la mujer con evidente
curiosidad. Cuando llegó a la base de la torre, la azafata abrió el bolso que
le colgaba del hombro, sacó unos alicates y, parsimoniosamente, procedió a
cortar los cables de alimentación y comunicaciones que conectaban el equipo del
controlador con la terminal. Luego hizo una señal a los del avión.
Bruscamente, de la parte posterior del fuselaje bajó una rampa,
al tiempo que comenzaba a sonar el fuerte zumbido de un aparato automotriz. De
pronto, procedente de la tripa del aparato, apareció lo que a Gunn le pareció
un enorme «buggy» de playa que descendió por la rampa y, al llegar al suelo,
hizo un cerrado viraje y se dirigió hacia la caseta de guardia situada en la
parte militar del aeropuerto.
Tiempo atrás, Gunn formó parte del equipo de asistencia de Pitt
y Giordino en una carrera campo a través en Arizona, pero nunca había visto un
todoterreno como aquél. Carecía de chasis, y su armazón era un conglomerado de
soportes tubulares en torno a un superpotente motor Rodeck V—8, de nueve mil
centímetros cúbicos, de los usados en los vehículos de carreras «dragster»
norteamericanos. El conductor ocupaba una pequeña cabina en la parte delantera
del vehículo; inmediatamente detrás estaba el motor, situado en el centro. Por
encima del chófer se encontraba un artillero con una ametralladora tipo Vulcan
de seis cañones y ominoso aspecto. Sobre el eje trasero iba otro artillero,
éste con una ametralladora Stoner 63 de 5,56 milímetros que cubría la parte posterior.
Gunn recordó que durante la guerra del desierto, estos vehículos se habían
demostrado muy eficaces para las fuerzas especiales norteamericanas que
perseguían las líneas irraquíes.
Tras el peligroso «buggy», por la rampa descendió un pelotón de
hombres armados hasta los dientes y vestidos con un uniforme desconocido.
Rápidamente, los recién llegados dominaron a los estupefactos operarios
malienses de tierra y se hicieron con el edificio de la terminal.
Los dos guardas de las fuerzas Aéreas malienses que se
encontraban en la parte militar del aeropuerto observaron, atónitos, cómo el
extraño vehículo avanzaba como una exhalación hacia ellos. Hasta que el «buggy»
estuvo a menos de cien metros de ellos, no comprendieron la enorme amenaza que
aquello suponía. Alzaron sus armas para disparar, pero fueron abatidos por una
rápida ráfaga de la Vulcan delantera.
Después el conductor viró bruscamente y ambos artilleros
concentraron su fuego en los ocho cazarreactores malienses estacionados sobre
la pista. Los aparatos, que en caso de alerta hubieran estado dispersos,
permanecían alineados en dos limpias filas, como en espera de inspección. Las
poderosas armas del vehículo descargaron su fuego contra ellos, que fueron
estallando en llamas uno tras otro. En breves instantes, lo que fueran esbeltos
aviones se habían convertido en masas de fuego y humo.
Gunn observaba el drama, totalmente estupefacto, ocultándose
tras la débil acacia como si fuese un búnker de hormigón. La operación, en
total, no había durado más de seis minutos. El armado todoterreno volvió al
aerobús, estacionándose frente a la entrada de la terminal. Luego, en la
escalinata del avión apareció un hombre con uniforme de oficial llevando lo que
a Gunn le pareció un megáfono, cosa que, en efecto, lo era. El oficial se lo
llevó a los labios y su voz resonó por encima del estruendo de la destrucción
que tenía lugar en el otro lado del aeropuerto.
—¡Mr. Gunn! ¡Salga de donde esté! ¡Disponemos de poco tiempo!
Gunn estaba pasmado. Vaciló, temeroso de que se tratara de
alguna intrincada trampa. Rápidamente desechó la idea por estúpida. El general
Kazim no destruiría su fuerza aérea sólo para capturar a un hombre. Sin
embargo, seguía sin apetecerle ponerse al alcance de tan formidable potencia de
fuego.
—¡Mr. Gunn! —sonó de nuevo la atronadora voz del oficial—. ¡Si
me escucha, le ruego que se dé prisa, o nos veremos obligados a marcharnos sin
usted!
Aquel era todo el acicate que Gunn precisaba. Saltó de detrás de
la acacia y corrió por el desigual terreno hacia el avión, agitando las manos y
gritando como un loco.
—¡Esperen! ¡Ya voy, va voy!
El desconocido oficial del megáfono comenzó a pasear de arriba
abajo por la pista, como si fuera un pasajero impaciente exasperado por el
retraso de un vuelo. Cuando Gunn llegó a la carrera y se detuvo ante él,
estudió al científico de la NUMA como si éste fuese un pordiosero.
—Buenos días. ¿Es usted Rudi Gunn?
—Lo soy —replicó el jadeante Gunn—. ¿Y usted quién es? —El
coronel Marcel Levant.
Gunn contempló con admiración a la fuerza de élite que con
admirable rapidez se había dispuesto en torno al avión, montando guardia.
Tenían todo el aspecto de ser un montón de tipos duros a quienes matar les
importaba un ardite.
—¿Qué grupo es éste?
—Un equipo táctico de las Naciones Unidas —replicó Levant.
—¿Cómo sabían mi nombre y dónde encontrarme?
—El almirante James Sandecker recibió una comunicación de
alguien llamado Dick Pitt, según la cual usted estaba oculto en las
proximidades del aeropuerto, era muy urgente que se le evacuase.
—¿Lo envía el almirante?
—Con el visto bueno de la secretaria general —replicó Levant—.
¿Cómo puedo estar seguro de que es usted Rudi. Gunn?
Gunn abarcó con un ademán el desolado paisaje que los rodeaba.
—¿Cuántos Rudi Gunn cree usted que andan por estos contornos
aguardando su llamada?
—¿No tiene documentos, algo que lo identifique?
—Probablemente, mis documentos personales se encuentran en el
fondo del río Níger. Tendrá que fiarse de mi palabra. Levant entregó el
megáfono a un ayudante y señaló hacia el aparato.
—Retirada y embarque —dijo secamente. Luego se volvió de nuevo
hacia Gunn y lo miró con evidente falta de cordialidad—. Suba al avión, Mr.
Gunn. No podemos perder tiempo charlando.
—¿Adónde me llevan?
Levant lanzó al cielo una mirada de irritación y dijo:
—A París. Desde allí volará en el Concorde hasta Washington,
donde cierto número de personas importantes espera ansiosamente recibir su
informe. Eso es cuanto necesita usted saber. Ahora, muévase. El tiempo apremia.
—¿A qué tantas prisas? —preguntó Gunn—. Evidentemente, ha
destruido usted su fuerza aérea.
—Me terno que era sólo una escuadrilla. Existen otras tres,
estacionadas en torno a Bamako, la capital. En cuanto reciban la alerta
despegarán y pueden cazarnos antes de que abandonemos el espacio aéreo
maliense.
El «buggy» armado había vuelto al interior del aparato, y las
fuerzas de tierra lo siguieron con celeridad. La azafata, que tan valerosamente
había cortado los cables de la torre de control, tomó a Gunn por un brazo y lo
condujo escaleras arriba.
—No tenemos departamento de primera clase con exquisiteces
culinarias y champán, Mr. Gunn —dijo animosamente la mujer—. Pero hay cerveza
fría y sandwiches.
—No se hace usted idea de lo bien que suena eso —sonrió Gunn.
Aunque debería haber sentido un gran alivio, Gunn sintió un
fuerte aguijonazo de angustia mientras ascendía por la escalera. Si estaba
escapando sano y salvo hacia la seguridad, era gracias a Pitt y Giordino. Ellos
se habían sacrificado para salvarlo. Se preguntó cómo demonios habrían podido
encontrar una radio y establecer contacto con Sandecker.
Cometían una insensatez quedándose en aquella tierra calcinada,
pensó el hombre. Su obstinación en encontrar la fuente del contaminante rayaba
en la locura. Kazim los perseguiría con sus fuerzas de seguridad en pleno. Sí
el desierto no los devoraba, lo harían los malienses.
Antes de entrar en el aparato vaciló, dio media vuelta y
contempló la horrible desolación de arena y rocas. Desde lo alto de la escalera
podía ver claramente el río Níger, poco más de un kilómetro hacia el oeste.
¿Dónde estarían ahora? ¿Y en qué estado?
Sacudió la cabeza y entró en la cabina. El aire acondicionado
golpeó su cuerpo sudoroso como una fresca ola. Los ojos aún se le estaban
adaptando a la penumbra del interior cuando el avión despegó, tras pasar ante
los cazarreactores incendiados.
El coronel Levant se sentó junto a Gunn eludió la expresión
lóbrega de su rostro.
—No parece usted nada feliz por salir de este atolladero. Gunn
apartó la vista de la ventanilla.
—Pensaba en los hombres que dejo atrás.
—¿Pitt y Giordino eran amigos suyos?
—De muchos años.
—¿Por qué no han venido con usted?
—Tenían que terminar un trabajo.
Levant sacudió la cabeza, sin comprender.
—Pues, o son muy valerosos, o son muy estúpidos.
—Estúpidos, no. De estúpidos no tienen nada.
—Pues, indudablemente, acabarán en el infierno.
—Usted no los conoce. —Gunn consiguió forzar una sonrisa y, con
renovada confianza, afirmó—: Si alguien puede entrar en el infierno y salir de
él llevando en la mano un tequila con hielo, ése es Dick Pitt.
27
Cuando Massarde saltó de su lancha al muelle, seis soldados de
élite de la guardia personal del general Kazim se cuadraron, y un comandante se
adelantó y saludó marcialmente.
—¿Monsieur Massarde?
—¿Qué ocurre?
—El general Kazim ha solicitado que lo lleve inmediatamente a su
presencia.
—¿Sabe el general que debo dirigirme a Fort Foureau y no deseo
alterar mis planes de viaje?
El comandante asintió cortésmente.
—Creo que si desea entrevistarse con usted es por motivos
sumamente urgentes.
Massarde se encogió resignadamente de hombros e indicó al
comandante que abriese el camino.
—Después de usted —dijo.
El comandante asintió y dio una breve orden a un sargento. Luego
se encaminó hacia un gran almacén junto al muelle. Massarde lo siguió,
flanqueado por la guardia de seguridad.
—Por aquí, tenga la bondad —dijo el comandante, indicando un
callejón que hacía esquina con el almacén.
Allí, protegido por una nutrida guardia armada, había un camión
«Mercedes—Benz» con un remolque que albergaba la vivienda y el centro de mando
móvil del general Kazim. Precedido por el comandante, Massarde subió unos
peldaños y cruzó una puerta que se cerró tras él.
—El general Kazim se encuentra en su despacho —dijo el
comandante, abriendo otra puerta y haciéndose a un lado.
Tras el calor del exterior el despacho era como un iglú. Kazim
debía de tener el aire acondicionado al máximo, pensó Massarde. Las cortinas de
las ventanas con cristales a prueba de balas estaban corridas, y el francés
permaneció unos momentos inmóvil, hasta que sus ojos se acostumbraron a la
penumbra.
—Pase y siéntese, Yves —dijo Kazim, sentado a su escritorio,
tras colgar uno de sus cuatro teléfonos.
Massarde sonrió y continuó de pie.
—¿A qué viene tanta protección? ¿Acaso espera un atentado? Kazim
devolvió la sonrisa.
—En vista de lo ocurrido durante las últimas horas, aumentar las
medidas de seguridad es una medida sensata.
—¿Han encontrado mi helicóptero? —preguntó Massarde, yendo al
grano.
—Aún no.
—¿Cómo puede perderse un helicóptero en el desierto? Sólo tenía
combustible para media hora.
—Según parece, los dos norteamericanos que usted dejó escapar...
—Mi mansión flotante no está acondicionada para retener
prisioneros —lo interrumpió Massarde—. Debió usted hacerse cargo de ellos
cuando tuvo la oportunidad.
Kazim lo miró fijamente.
—Sea como sea, amigo mío, el caso es que hubo errores. Al
parecer, tras robar su helicóptero, los agentes de la NUMA volaron hasta
Bourem, donde tengo razones para creer que hundieron el aparato en el río,
fueron caminando hasta el pueblo y allí robaron mi coche.
—¿Su viejo Voisin?
—Sí —admitió secamente Kazim—. Los gusanos yanquis se llevaron
mi magnífico automóvil antiguo.
—¿Y aún no ha encontrado el coche ni ha apresado a los dos
hombres?
—No.
Massarde se sentó al fin. La ira por la pérdida de su
helicóptero se mezclaba ahora con la malévola satisfacción que le producía el
robo del precioso automóvil de Kazim.
—¿Qué pasó con la cita que se suponía tenían esos individuos con
un helicóptero al sur de Gao?
—Lamento decir que me engañaron. La fuerza que embosqué veinte
kilómetros al sur esperó en vano, y mis radares no detectaron la presencia de
ningún aparato. Donde sí apareció una fuerza de rescate fue en el aeropuerto de
Gao, en un avión comercial.
—¿No estaban sobre alerta?
—No parecía ser una cuestión de seguridad nacional —replicó
Kazim—. Una hora antes del amanecer, la gente de Air Afrique en Gao fue
informada de que uno de sus aparatos iba a hacer una escala no programada para
que un grupo de turistas visitara la ciudad y realizara un breve recorrido por
el río.
—¿Y los de la aerolínea se lo tragaron? —preguntó incrédulamente
Massarde.
—¿Por qué iban a recelar? Hicieron una llamada de verificación
rutinaria a la central de la compañía en Argel, y allí se lo confirmaron.
—¿Qué ocurrió luego?
—Según el controlador y el equipo de tierra del aeropuerto, el
aparato, que llevaba el distintivo de Air Afrique, se identificó adecuadamente
antes de aterrizar. Pero, una vez en tierra, y tras rodar hasta la terminal, de
su interior salió un destacamento armado junto con un vehículo de ataque y, sin
darles oportunidad de defenderse, abatieron a los guardas de seguridad del
sector militar del campo. Luego, el vehículo armado destruyó una escuadrilla
completa de mis cazarreactores. Ocho aviones en total.
—Sí, las explosiones despertaron a todos los que estábamos en mi
mansión flotante —dijo Massarde—. Vimos el humo sobre el aeropuerto y creímos
que un avión se había estrellado.
—Pues no, no se trató de nada tan normal —gruñó Kazim.
—¿Pudieron los de tierra identificar a la fuerza de asalto?
—Los atacantes llevaban extraños uniformes, sin distintivos ni
insignias.
—¿Cuántos de los suyos resultaron muertos?
—Por fortuna, sólo dos guardias de seguridad. El resto del
personal de la base, el equipo de mantenimiento y los pilotos, se encontraban
de permiso por una festividad religiosa.
Massarde se puso serio.
—Esto no es una simple intrusión para encontrar un contaminante,
sino que parece más bien un ataque de las fuerzas rebeldes de la oposición, que
son más astutas y tienen más poder del que usted les reconoce.
Kazim rechazó la idea con gesto desdeñoso.
—Sólo son unos cuantos tuaregs que luchan con espadas y a lomos
de camello. No es exactamente lo que se dice una fuerza especial sumamente
experta y dotada de armas modernas.
—¿Habrán contratado mercenarios?
—¿Con qué dinero? —Kazim meneó la cabeza—. No, ha sido un plan
minuciosamente trazado y ejecutado por profesionales. La destrucción de los
cazas fue sólo para eliminar la posibilidad de que un contra ataque frustrara
su huida tras recoger a uno de los agentes de la NUMA.
Massarde dirigió una mirada de reproche a Kazim.
—Ese es un detalle que había olvidado mencionarme, ¿no?
—Los de tierra informaron que el jefe de los atacantes llamó por
un megáfono a un tal Gunn, que salió de su escondite en el desierto y se reunió
con ellos. Una vez el hombre estuvo a bordo, el aparato despegó y tomó rumbo
noroeste, en dirección a Argelia.
—Parece el argumento de una película de serie B.
—No se haga el gracioso, Yves. —El tono de Kazim era suave,
aunque contenía una nota de crispación—. Los hechos apuntan a la existencia de
una trama que va mas allá de una simple prospección petrolera. Creo firmemente
que tanto sus intereses como los míos están amenazados por fuerzas exteriores.
A Massarde le costaba admitir totalmente la teoría de Kazim. La
mínima confianza que se otorgaban mutuamente se basaba en el respeto que cada
uno sentía hacia la astucia del otro, y en un temor saludable a sus respectivos
poderes. El francés sentía un gran recelo hacia los juegos que Kazim se traía
entre manos, unos juegos que sólo podían terminar mal para el general. Massarde
miraba a los ojos de un chacal al tiempo que Kazim miraba a los ojos de un
zorro.
—¿Qué le ha hecho llegar a esa curiosa conclusión? —preguntó
sarcásticamente Massarde.
—Ahora sabemos que en el barco que explotó en el río había tres
hombres. Sospecho que la voladura fue sólo una maniobra para despistarnos. Dos
de ellos subieron a bordo de su mansión flotante mientras el tercero, que debía
de ser el tal Gunn, nadaba hasta la orilla y se encaminaba al aeropuerto.
—El ataque y la evacuación parecen magistralmente concebidos
para coincidir con la recogida de ese Gunn.
—Todo se hizo con enorme rapidez porque fue planeado y ejecutado
por profesionales de primera —replico lentamente Kazim—. La fuerza de asalto
recibió noticia de la hora y el lugar en que se encontraría Gunn. Con toda
probabilidad, quien dio el aviso fue el agente que se hacía llamar Dick Pitt.
—¿Cómo puede estar seguro de eso?
Kazim se encogió de hombros.
—Es una hipótesis bien meditada. —Miró fijo a Massarde—. Olvida
usted que Pitt utilizó su sistema de comunicaciones vía satélite para llamar a
su superior, el almirante James Sandecker. Por eso él y Giordino abordaron su
barco.
—Eso no explica qué Pitt y Giordino no intentaran huir con Gunn.
—Evidentemente, usted los descubrió antes de que pudieran
tirarse al río y reunirse con su compañero en el aeropuerto.
—Entonces, ¿por qué no usaron mi helicóptero para escapar? La
frontera de Nigeria está sólo a ciento cincuenta kilómetros. Con el combustible
que llevaba el aparato, casi habrían podido llegar a ella. Lo que es una
insensatez es volar al interior del país, hundir el aparato y luego robar un
viejo coche. En esa zona no hay puentes que crucen el río, así que es imposible
que vayan hacia la frontera sur. ¿Adónde pueden dirigirse?
Los ojos de hurón de Kazim miraron con fijeza al francés.
—Quizá vayan donde nadie espera que lo hagan.
Massarde frunció el entrecejo.
—¿Al norte, adentrándose en el desierto?
—¿Dónde, si no?
—Es absurdo.
—Si se le ocurre una explicación mejor, démela. Massarde meneó
escépticamente la cabeza.
—¿Por qué iban dos hombres a robar un coche de sesenta años y a
meterse con él en el desierto más ancho del mundo? Sería un suicidio.
—Hasta ahora, todos sus actos han sido inexplicables —admitió
Kazim—. Lo único cierto es que ambos se encuentran en una misión clandestina;
pero no estamos seguros de lo que buscan.
—¿Algún secreto? —sugirió Massarde.
Kazim negó con la cabeza.
—Tengo la plena certeza de que la CIA está al corriente de todos
mis asuntos militares clasificados. Malí carece de proyectos secretos que
interesen a ninguna nación extranjera, ni siquiera a las que tienen fronteras
con nosotros.
—Yo no diría tanto.
Kazim miró a Massarde con curiosidad.
—¿A qué se refiere?
—A Fort Foureau y Tebezza.
Kazim consideró si era posible que la planta de eliminación de
residuos tóxicos y las minas de oro estuvieran relacionadas con los intrusos.
Le dio vueltas al asunto y no encontró ninguna explicación.
—Si tales fueran sus objetivos, ¿por qué iban a andar esos
hombres merodeando trescientos kilómetros más al sur?
—Lo ignoro; pero mi agente en las Naciones Unidas aseguraba que
iban en busca de la fuente de una contaminación química que se origina en el
Níger y que, al llegar al océano, causa la proliferación de las mareas rojas.
—Cuentos para camuflar su auténtica misión —dijo Kazim.
—Que muy bien podría ser la penetración en Fort Foureau, y la
denuncia de los atentados contra los derechos humanos que se producen en
Tebezza —aventuró seriamente Massarde.
Kazim, nada convencido, quedó momentáneamente en silencio.
El francés prosiguió:
—Supongamos que, cuando lo evacuaron, Gunn era portador de
informes vitales. ¿Por qué si no iba a montarse una operación de rescate tan
compleja mientras Pitt y Giordino tomaban dirección norte, hacia nuestros
proyectos conjuntos?
—Lo sabremos cuando los capture —dijo Kazim, con voz crispada
por la ira—. He hecho que todas mis unidades militares y policiales disponibles
bloqueen las carreteras y caminos de camellos que salen del país. También he
ordenado a la fuerza aérea que efectúe vuelos de reconocimiento sobre la parte
septentrional del desierto. Me propongo no dejar ni un cabo sin atar.
—Acertada decisión.
—Sin provisiones, en el calor del desierto no durarán ni dos
días.
—Confío en sus métodos, Zateb. Espero que mañana a estas horas,
Pitt y Giordino se encuentren en una de sus celdas de interrogatorio.
—Espero conseguirlo incluso antes.
—Me tranquiliza usted —sonrió Massarde.
Pero, instintivamente, el francés sabía que Pitt y Giordino no
eran piezas fáciles de cazar.
El capitán Batutta se cuadró y saludó al coronel Mansa, el cual
se limitó a devolver el saludo con ademán indiferente.
—Los científicos de la ONU ya están prisioneros en Tebezza
—informó el capitán.
Una leve sonrisa curvó los labios de Mansa.
—Supongo que O'Bannion y Melika se alegrarán de haber obtenido
nuevos trabajadores para las minas.
Por el rostro de Batutta cruzó una sombra de desagrado. —La tal
Melika es una bruja atroz. Compadezco al hombre que se ponga al alcance de su
látigo.
—Y a la mujer —añadió Mansa—. En lo referente a castigos, Melika
no hace distinciones. Antes de cuatro meses, tanto el doctor Hopper como el
resto sus compañeros yacerán bajo las arenas del desierto.
—No creo que el general Kazim derrame ni una lágrima por ellos.
Se abrió la puerta y apareció el teniente Djemaa, el miembro de
las Fuerzas Aéreas malienses que pilotaba el avión de la ONU. El hombre se
cuadró ante Mansa y éste le dirigió una escrutadora mirada.
—¿Ha salido todo según lo previsto?
Djemaa sonrió.
—Sí, señor. Volamos de regreso a Asselar, desenterramos el
número necesario de cadáveres y los cargarnos en el avión. Luego volvimos al
norte, donde mi copiloto y yo saltamos en paracaídas sobre la zona designada
del desierto Tanezrouft, a cien kilómetros del sendero de camellos más próximo.
—¿Se incendió el avión tras estrellarse? —preguntó Mansa.
—Sí, señor.
—¿Inspeccionó personalmente los restos?
Djemaa asintió.
—Una vez llegó el vehículo mandado por usted al desierto para
recogernos, nos dirigimos al lugar en que el avión había caído. Yo había
dispuesto los mandos de modo que el aparato cayera en vertical. Explotó al
hacer impacto, causando un cráter de casi diez metros. Salvo por los motores,
del avión no quedó ni una pieza mayor que una caja de zapatos.
Por el rostro de Mansa se extendió una sonrisa satisfecha.
—El general Kazim se sentirá feliz. Usted y su copiloto pueden
esperar ascensos. —El coronel se volvió hacia Djemaa—. Y usted, teniente,
estará al mando de la operación de búsqueda para localizar el avión de Hopper.
Djemaa pareció desconcertado.
—¿Para qué voy a dirigir una búsqueda, si sé perfectamente dónde
está?
—¿Por que cree que llenamos de cadáveres el avión?
—El capitán Batutta no me informó de los pormenores del plan.
—Nos encargaremos de la humanitaria tarea de localizar los
restos —explicó Mansa—. Luego los entregaremos a los expertos internacionales
en accidentes de vuelo, que no tendrán elementos suficientes para identificar
los restos ni averiguar las causas del accidente. —Dirigió una severa mirada a
Djemaa—. Siempre y cuando el teniente haya hecho bien su trabajo, claro.
—Yo personalmente rescaté la caja negra —aseguró Djenraa.
—Espléndido. Ahora ya podemos comenzar a alardear ante la Prensa
internacional de la preocupación de nuestro país por la desaparición de los
científicos. Y luego manifestaremos nuestro profundo pesar por su muerte.
28
El calor de la tarde era sofocante, y el brillo del sol y su
reflejo en la calcinada planicie de rocas y arena resultaba cegador para Pitt,
que no llevaba gafas oscuras. El hombre estaba sentado en el fondo de un
barranco, a la sombra del Avions Voisin. Además de las provisiones conseguidas
en el garaje de Bourem, lo único que él y su compañero tenían era lo que
llevaban puesto.
Giordino con ayuda de las herramientas que habían encontrado en
la maleta del coche, estaba ocupado en sacar el tubo de escape y el
silenciador, a fin de evitar que ambos rozaran con el suelo. Previamente habían
reducido la presión de los neumáticos con objeto de obtener un mejor agarre
sobre la arena. Hasta el momento, el viejo Voisin se movía por el paisaje
inhóspito como lo haría una antigua reina de la belleza por el Bronx de Nueva
York: con estilo, pero lamentablemente fuera de lugar.
Habían viajado durante la fresca noche, a la luz de las
estrellas, avanzando casi a tientas por la desnuda inmensidad a no más de diez
kilómetros por hora, deteniéndose cada sesenta minutos para levantar el capó y
permitir que el motor se enfriase.
Encender los faros era impensable, ya que hubiesen sido
detectados por cualquier avión, por alto que volase. Muy a menudo, el pasajero
tenía que ir caminando por delante del coche, para examinar el terreno. En una
ocasión habían estado a punto de despeñarse por una quebrada, y en otras dos
tuvieron que cavar y empujar para sacar el vehículo de tramos de arena blanda.
Al no disponer de brújula ni mapa, debían guiarse por las
estrellas en su avance por el cauce seco que, desde el Níger, subía hacia el
norte, adentrándose cada vez más en el desierto. Durante el día se escondían en
barrancos y cañadas, cubriendo el coche con una capa de arena y matojos, de
forma que se confundiese con la superficie del desierto y, visto desde el aire,
pareciera un pequeño promontorio coronado por restos de vegetación reseca.
—¿Qué prefieres: un vaso de refrescante agua mineral del Sáhara,
o un trago burbujeante de cocacola en versión maliense? —preguntó sonriente
Giordino, mostrando una botella del refresco local y una taza del líquido
caliente y sulfuroso procedente de los bidones hallados en el garaje.
—No aguanto el sabor —dijo Pitt, cogiendo la taza y arrugando la
nariz—, pero debemos beber al menos tres litros cada veinticuatro horas.
—¿No sería mejor racionar la bebida?
—Mientras tengamos suficientes reservas, no. Si nos limitamos a
beber un sorbito de cuando en cuando, sólo conseguiremos acelerar la
deshidratación. Es mejor que bebamos hasta saciar nuestra sed. Cuando se nos terminen
las reservas, ya nos preocuparemos.
—¿Qué tal una sardina exquisita para cenar?
—Se me hace la boca agua.
—Lo único que nos falta para acompañarla es una ensalada César.
—La ensalada César lleva anchoas, no sardinas.
—Jamás he logrado distinguir unas de otras.
Tras paladear su sardina, Giordino se chupó los dedos. —Me veo
como un idiota, plantado en mitad del desierto y comiendo pescado.
Pitt sonrió:
—Y que no nos falte, porque... —Se cortó y se quedó a la
escucha.
—¿Oyes algo? —preguntó Giordino.
—Un avión. —Pitt se colocó las manos tras las orejas—. A juzgar
por el sonido, es un reactor en vuelo bajo.
Subió a rastras por el talud del barranco, hasta alcanzar el
borde superior, donde se colocó tras un arbusto de taray, de modo que la sombra
de éste ocultara su cuerpo. Desde ahí, comenzó una lenta y meticulosa
inspección.
El lejano zumbido de las turbinas sonaba ya con toda claridad.
Pitt escrutó el deslumbrante cielo azul, sin ver nada al principio. Pero cuando
bajó la vista detectó un movimiento sobre el terreno árido, a unos tres
kilómetros hacia el sur. Pitt lo identificó como un viejo Phantom de
fabricación norteamericana, con el distintivo de las Fuerzas Aéreas malienses,
que volaba a menos de cien metros del suelo. Era una especie de enorme buitre
provisto de plumas de camuflaje, que sobrevolaba el desnudo paisaje describiendo
lentos círculos, como si un sexto sentido le indicase la proximidad de una
presa fácil.
—¿Lo ves? —preguntó Giordino.
—Es un Phantom F—4 —replicó Pitt.
—¿En qué dirección va?
—Viene del sur y vuela en círculos.
—¿Nos habrá visto?
Pitt se volvió y miró hacia el coche, a cuyo parachoques
posterior habían atado unas ramas de palmera para que borrasen las rodadas. Las
huellas paralelas de los neumáticos que surcaban el centro del barranco eran
prácticamente invisibles.
—Desde un helicóptero podrían ver nuestro rastro, pero desde un
reactor no, porque el piloto no tiene visión inmediata por debajo de su aparato
y, si quiere ver algo, necesita picar. Además, vuela demasiado de prisa y
demasiado bajo para detectar un tenue rastro de rodadas.
El rugiente reactor iba en dirección al barranco, y ya estaba lo
bastante cerca para que su pintura de camuflaje se distinguiera contra el
impoluto azul del cielo. Giordino se deslizó bajo el coche, y Pitt escondió la
cabeza y los hombros entre las ramas del arbusto, observando como el Phantom
describía un amplio círculo, inspeccionando el aparentemente mundo vacío y
desolado del Sáhara.
Pitt, tenso, contuvo el aliento. El avión se disponía a pasar
justo sobre el barranco. Al hacerlo, formó un remolino de aire que levantó
nubes de arena. Pitt notó en su cuerpo el azote doloroso del calor de las
turbinas. El aparato pasó tan cerca de ellos que Pitt pensó que con un tiro de
piedra podría alcanzar el fuselaje. Luego se marchó.
Mientras observaba alejarse el Phantom el hombre se imaginó lo
peor; pero no: el aparato continuó su lento vuelo en círculos, como si el
piloto no hubiera detectado nada de interés. Pitt lo siguió mirando hasta que
se perdió de vista más allá del horizonte. Pitt continuó vigilando unos minutos
más, no fuera a ser que el piloto hubiera visto algo sospechoso y estuviera
dando un rodeo para sobrevolar de nuevo la zona y coger a su presa de
improviso.
Pero el sonido de lag turbinas del reactor terminó perdiéndose
en la lejanía. El desierto volvió a quedar muerto y silencioso.
Pitt descendió por el talud y volvió a ponerse a la sombra del
Viosin, de debajo del cual salió Giordino.
—Por poco —dijo, librándose del pelotón de hormigas que había
invadido su brazo.
Pitt cogió una pequeña rama y comenzó a hacer trazos en la arena
con ella.
—Una de dos: o no engañamos a Kazim al tomar dirección norte, o
bien el tipo no quiere correr ningún riesgo.
—Debe de estar subiéndose por las paredes al no poder encontrar
un coche de colores tan detonantes en el desierto —dijo Giordino.
—No creo que esté dando saltos de alegría —asintió Pitt.
—Seguro que casi le dio un infarto cuando supo que su precioso
automóvil había desaparecido —rió Giordino—. Apuesto a que sabe que nosotros
somos los culpables.
Pitt alzó una mano en visera y miró hacia el oeste. El sol
estaba ya muy bajo.
—Dentro de una hora será de noche y podremos seguir.
—¿Qué aspecto tiene el terreno por delante?
—Más allá de este barranco, el cauce sigue siendo llano, con
piedras y algunos promontorios. Podremos rodar bien por él, siempre que andemos
con ojo para evitar que el canto de alguna piedra nos raje una rueda.
—¿Cuánto crees que hemos recorrido desde que salimos de Bourem?
—Según el odómetro, ciento dieciséis kilómetros, pero a vuelo de
pájaro no creo que sean más de noventa.
—Y seguimos sin encontrar rastros de instalaciones químicas ni
de vertederos.
—Ni siquiera hemos visto un bidón vacío.
—La verdad es que seguir adelante me parece inútil —dijo
Giordino—. Es imposible que un vertido químico viaje noventa kilómetros por un
cauce seco hasta llegar al Níger.
—Es verdad que parece una causa perdida, sí —reconoció Pitt.
—Podríamos hacer el intento de llegar hasta la frontera de
Argelia.
Pitt sacudió negativamente la cabeza.
—No tenemos bastante gasolina. Para llegar a la carretera
transahariana, deberíamos hacer a pie los últimos doscientos kilómetros. Y
luego tendría que darse la suerte de que pasara un coche y nos devolviera a la
civilización. Moriríamos de agotamiento antes de cubrir la mitad de ese
recorrido.
—Entonces, ¿qué opciones tenemos?
—Seguir adelante.
—¿Hasta dónde?
—Hasta encontrar lo que buscamos, aunque ello implique volver
sobre nuestros pasos.
—Sea como sea, terminaremos ensuciando el paisaje con nuestros
huesos.
—Al menos, conseguiremos descartar esta parte del desierto como
posible origen de la contaminación. —Pitt hablaba con frialdad y mirando al
suelo, como intentando conjurar una visión.
Giordino lo miró.
—Con todo lo que hemos pasado juntos a lo largo de los años, es
una vergüenza que acabemos nuestros días en el sobaco del mundo.
Pitt le dirigió una sonrisa.
—La vieja de la guadaña aún no ha aparecido.
Giordino insistió en su pesimismo:
—En la Prensa, nuestro obituario va a ser de lo más ridículo.
—¿Por qué?
—Imagínate: dos científicos de la Agencia Nacional Sub-acuática
y Marítima desaparecidos en el desierto y presuntamente muertos. ¿Quién, en su
sano juicio, se creería una cosa tan...? ¿No has oído nada?
Pitt se levantó.
—Sí —dijo.
—Hay alguien que canta en inglés. Dios mío... Quizás ya estamos
muertos.
Permanecieron el uno junto al otro, a la luz del atardecer,
escuchando una voz masculina cada vez más próxima que cantaba lo que
reconocieron como «Mi querida Clementina», una vieja canción de los mineros
norteamericanos.
—You are lost and sone forever, dreadfl sorry Clementine
—Viene hacia el barranco —murmuró Giordino, aferrando una gran
llave inglesa.
Pitt recogió varias piedras para usarlas como proyectiles.
Silenciosamente, los dos hombres se apostaron en cuclillas detrás del
automóvil, dispuestos a atacar, esperando que, a la vuelta de un recodo del
barranco, apareciera quienquiera que fuese.
—In a cavern, in a canyon, excavating for a mine...
Un hombre llevando por la rienda a un animal apareció en el
barranco, y dejó de cantar en cuanto vio algo tan inesperado como un coche
semicubierto por la arena en medio del desierto. Arrastrando a la renuente
bestia, se acercó al vehículo, más intrigado que sorprendido. Se detuvo junto
al coche y comenzó a quitar la arena del techo.
Pitt y Giordino se levantaron lentamente y quedaron frente al
desconocido, mirándolo como si fuera un ser de otro planete. Era evidente que
no se trataba de un tuareg conduciendo un camello por su desolada tierra natal.
Aquella aparición era por completo incongruente en el Sáhara. No sólo estaba
totalmente fuera de lugar, sino también de época.
—Tal vez la dama de la guadaña haya dejado de ser una dama y de
llevar guadaña —murmuró Giordino.
El hombre vestía como un viejo buscador de oro del Oeste
norteamericano. Llevaba un viejo sombrero Stetson y pantalones vaqueros
sotenidos por unos tirantes y con las perneras metidas en el interior de unas
botas de cuero. Un gran pañuelo rojo le cubría la parte inferior del rostro,
dándole aspecto de salteador de caminos.
El animal que lo seguía no era un camello, sino un burro, que
llevaba a lomos una carga de provisiones casi tan voluminosa como su cuerpo;
mantas, cantimploras, latas de comida, un pico, una pala y una carabina
Winchester.
Pasmado, Giordino murmuró:
—Lo sabía. Hemos muerto e ido a Disneylandia.
El desconocido se bajó el pañuelo, revelando una barba y un
bigote blancos. Tenía los ojos verdes, casi tanto como los de Pitt. Sus cejas
hacían juego con la barba, pero el cabello que asomaba bajo el Stetson era
entrecano. Era alto, aproximadamente de la estatura de Pitt y algo grueso. Sus
labios se fruncieron en una cordial sonrisa.
—Sería estupendo que hablasen mi idioma, amigos —dijo
cordialmente—. Un poco de charla me vendría de perlas.
29
Pitt y Giordino cambiaron una mirada de incredulidad y
luego volvieron a fijarse en el viejo minero, convencidos de que
se habían vuelto completamente locos.
—¿De dónde demonios sale usted? —farfulló Giordino.
—Lo mismo podría preguntarles yo —replicó el desconocido que,
tras echar un vistazo a la arena que recubría el Voisin, preguntó—: ¿Son los
hombres que el avión andaba buscando?
—¿Por qué quiere saberlo? —preguntó Pitt.
—Miren: si no les apetece hablar, mejor sigo mi camino. Como el
intruso no tenía el menor aspecto de ser un nómada, y habida cuenta de que, por
su modo de hablar y por su indumentaria parecía un compatriota, Pitt optó por
confiar en él.
—Me llamo Dick Pitt, y mi amigo es Al Giordino. Efectivamente:
los malienses nos buscan.
El viejo se encogió de hombros.
—No me sorprende. Por estos contornos, los extranjeros no son
bien recibidos. —Dirigió una curiosa mirada al Voisin—.
¿Cómo han logrado llegar hasta aquí en coche? No hay ninguna
carretera.
—No fue fácil, amigo...
El desconocido se acercó, tendiendo una mano callosa. —Todo el
mundo me llama Chico.
Estrechando la mano, Pitt sonrió:
—¿Y como es que alguien de su edad recibe un nombre así?
—Hace muchos años, cuando regresaba de alguno de mis viajes de
prospección, lo primero que hacía era visitar mi cantina favorita de Jerome,
Arizona. En cuanto me veían aparecer, mis amigos me saludaban gritando: «Vaya,
ya está otra vez aquí el Chico». Y con «Chico» me quedé.
Giordino contemplaba al compañero de Chico.
—No parece que éste sea el lugar del mundo más adecuado para una
mula. ¿No sería más práctico un camello?
Con perceptible irritación, Chico replicó:
—En primer lugar, Mister Periwinkle no es una mula, sino un
burro. Los camellos pueden ir más lejos y aguantar más tiempo sin agua, pero el
burro también es un animal del desierto. Hace ocho años, encontré a Mister
Periwinkle vagando por Nevada. Lo domestiqué y, cuando decidí venir al Sahara,
lo traje conmigo. No tiene el carácter inmundo de los camellos, come menos, y
soporta la misma carga. Además, como su lomo está cerca del suelo, resulta más
fácil cargarlo.
Recogiendo velas, Giordino dijo:
—Admirable animal.
—Parecen ustedes a punto de irse, cosa que lamento, pues me
agradaría que charláramos un rato tranquilamente. Llevo tres semanas sin ver a
nadie. El último con quien me crucé era un árabe que llevaba dos camellos para
venderlos en Tombuctú. Lo que menos podía esperar en esta parte del mundo era
encontrarme con dos paisanos.
Giordino miró a Pitt.
—No estaría de más que nos quedáramos un rato. El caballero
parece una buena fuente de información sobre el territorio.
Pitt asintió, abrió la portezuela trasera del Voisin y señaló el
interior con un gesto de invitación.
—¿Le apetece descansar un rato?
Chico miró los asientos de cuero del coche como si estuvieran
tapizados en oro.
—Ya ni recuerdo la última vez que me senté en blando. Les estoy
sumamente agradecido. —Entró en el coche, se retrepó en el asiento trasero y
lanzó un suspiro de satisfacción.
—Sólo tenemos una lata de sardinas; pero estaremos encantados de
compartirla con usted —ofreció Giordino, haciendo gala de una generosidad
amable que para Pitt resultó totalmente nueva.
—Ni hablar: la cena corre de mi cuenta. Tengo comida concentrada
a espuertas, y los invitó con mucho gusto. ¿No les apetece un buen estofado de
buey?
Pitt sonrió.
—No sabe cómo le agradecemos la invitación. Le verdad es que las
sardinas no son exactamente nuestro bocado favorito en el desierto.
—Podemos acompañar el estofado con nuestros refrescos —sugirió
Giordino.
—¿Refrescos? —preguntó Chico—. ¿Qué tal andan de agua? —Tenemos
para unos días —replicó Giordino.
—Si necesitan más, a cosa de quince kilómetros hacia el norte
hay un pozo. Puedo indicarles dónde.
—Le agradecemos cualquier ayuda que pueda prestarnos —dijo Pitt.
—No sabe hasta qué punto —añadió Giordino.
Pese a que el sol se había ocultado tras el horizonte la luz del
crepúsculo aún iluminaba el cielo. Con la proximidad de la noche, el aire
volvía a ser respirable. Chico había trabado las patas de Mister Periwinkle, y
ahora el burro estaba ramoneando los matojos que crecían en lo alto de una
duna. Mientras, su propietario añadió agua al estofado de buey concentrado y,
para alivio de Pitt, lo calentó, junto con unos bollos, en un pequeño hornillo
Coleman. Si Kazim enviaba un avión a buscarlos por la noche, una hoguera, por
pequeña que fuese, habría delatado inmediatamente su posición. El viejo minero
también aportó los platos y cubiertos de estaño.
Mientras rebañaba con un bollo los restos del estofado, Pitt
decidió que aquél era el manjar más exquisito que había probado en su vida. Era
asombroso que una simple comida pudiera restablecer hasta tal punto su
optimismo. Terminada la cena, Chico sacó una botella de whisky de centeno Old
Overhotl que fue pasando de mano en mano.
—¿Qué tal si ahora me cuentan qué demonios hacen ustedes en lo
peor del Sahara en un coche que debe de ser tan viejo como yo?
—Buscamos la fuente de un elemento tóxico que, tras contaminar
el río Níger, llega hasta el Atlántico —replicó Pitt sin irse por las ramas.
—Eso es nuevo. ¿Y cuál puede ser la procedencia del
contaminante?
—Una planta química, o un vertedero tóxico.
Chico movió negativamente la cabeza.
—Por estos contornos no encontrarán nada de eso.
—¿No hay ningún gran edificio en esta parte del Sáhara?
—preguntó Giordino.
—No se me ocurre ninguno, salvo en Fort Foureau, pero eso está
muy hacia el noroeste.
—¿La planta solar de eliminación de residuos tóxicos? Chico
movió afirmativamente la cabeza.
—Un sitio grande de verdad. Mister Periwinkle y yo pasamos por
allí hace cosa de seis meses. Nos echaron. Había guardas por todas partes.
Parecía como si estuvieran construyendo bombas nucleares en secreto.
Pitt dio un sorbo de whisky y notó la reconfortante quemazón
desde la garganta al estómago. Luego pasó la botella a Giordino.
—Fort Foureau no puede ser: está demasiado lejos del Níger.
Chico quedó en silencio por unos momentos y al fin miró a Pitt con un brillo extraño
en los ojos.
—Podría ser la salina del Oued Zarit.
Echándose hacia delante, Pitt repitió:
—¿El Oued Zarit?
—Es un legendario río que fluyó por Malí hasta hace ciento
treinta años, cuando comenzó a hundirse en la arena. Los nómadas locales, entre
los cuales me incluyo, creen que el Oued Zarit sigue su curso bajo tierra,
hasta desembocar en el Níger.
—Como un acuífero.
—¿Un qué?
—Un estrato geológico permeable que conduce el agua —replicó
Pitt—. Normalmente discurre por entre capas de grava o a través de cavernas.
—Lo único que sé es que, si uno cava suficientemente hondo en el
viejo cauce, acaba encontrando agua.
—Nunca había oído que un río pudiera desaparecer y continuar
fluyendo bajo tierra —dijo Giordino.
—No es tan raro —explicó Chico—. Antes de desaguar en un lago,
casi todo el curso del río Mojave discurre bajo el desierto del Mojave, en
California. Se cuenta que un buscador encontró una sima que descendía más de
cien metros, hasta el río subterráneo donde, según la historia, halló varias
toneladas de oro de aluvión.
Pitt se volvió hacia Giordino y lo miró fijamente.
—¿Qué piensas?
—Parece como si nuestro único candidato posible fuese Fort
Foureau —replicó sobriamente Giordino.
—Aunque suena descabellado, una corriente subterránea que fuese
desde la planta solar de eliminación de residuos tóxicos hasta el Níger podría
ser el vehículo que transporta la contaminación.
Chico señaló el barranco en que se encontraban.
—Supongo que saben que esta cañada desemboca en el antiguo
cauce.
—Lo sabemos —dijo Pitt—. Fuimos por él durante casi toda la
pasada noche. Durante el día, hemos permanecido ocultos en este barranco para
evitar que las patrullas malienses dieran con nosotros.
—Parece que, hasta ahora, han logrado esquivarlas.
—¿Y cuál es su historia? —preguntó Giordino a Chico, tendiéndole
el whisky—. ¿Anda buscando oro?
Antes de responder, Chico estudió por un momento la etiqueta de
la botella, como sopesando si revelaba o no el motivo de su presencia. Luego,
con un encogimiento de hombros, dijo:
—Supongo que no me hará ningún daño contárselo. Lo que busco no
es exactamente un filón, sino un barco hundido.
Pitt lo miró con evidente recelo.
—¿Un barco hundido...? ¿Aquí, en mitad del Sáhara?
—Un barco de guerra de los Estados Confederados de América, para
ser exacto.
Pitt y Giordino se lo quedaron mirando, estupefactos, y con un
deseo inconfesable de que entre las herramientas del Voisin figurase una camisa
de fuerza. Ambos contemplaron con fijeza a Chico. Aunque ya era casi de noche,
pudieron ver que la expresión del hombre era de total seriedad.
Pitt dijo al fin con escepticismo:
—Aún a riesgo de parecer estúpido, ¿puedo preguntarle cómo llegó
hasta aquí un barco de la Guerra de Secesión?
Chico dio un largo trago de la botella y se limpió la boca con
la manga de su camisa. Luego desplegó una manta sobre la arena, se tumbó y se
puso las manos tras la nuca.
—Ocurrió en abril de 1865, la semana antes de que Lee se
rindiese ante Grant. A unos kilómetros de Richmond, Virginia, en el navío
confederado Texas se cargaron los archivos del agonizante Gobierno confederado.
Eso fue al menos lo que dijeron, que eran documentos y papeles; pero en
realidad se trataba de oro.
—¿Está seguro de que eso no es un mito, como suele ocurrir con
las historias de tesoros? —preguntó Pitt.
—Poco antes de su muerte, el propio presidente Jefferson Davis
declaró que el oro de la tesorería de los Estados Confederados se cargó en
plena noche a bordo del Texas. El y su gabinete pretendían sacarlo de
Norteamérica burlando el bloqueo yanqui. Luego, una vez tuvieran el oro fuera,
formarían un nuevo gobierno en el exilio y continuarían la guerra.
—Pero a Davis lo capturaron e hicieron prisionero —dijo Pitt.
Chico asintió con la cabeza.
—La Confederación murió, para no resucitar jamás.
—¿Y el Texas?
—Tras un infernal descenso por el río James, enfrentándose a la
mitad de la flota unionista y pasando ante los fuertes de Hampton Roads, el
Texas llegó a Chespeake Bay y huyó por el Atlántico. Lo último que se vio de él
fue cómo se desvanecía entre un banco de niebla.
—¿Y usted cree que el Texas cruzó el océano y se metió por el
Niger? —preguntó Pitt.
—En efecto —replicó Chico con firmeza—. He recogido testimonios
contemporáneos de colonos franceses y de nativos que hablan de un monstruo sin
velas que pasó frente a las aldeas de la orilla. La descripción del barco así
como las fechas en que fue visto me hacen tener la certeza de que era el Texas.
—¿Cómo podría un barco de guerra subir por el Níger sin
embarrancar? —preguntó Giordino.
—Eso fue antes de que comenzara el siglo de sequía. Por
entonces, en esta parte del desierto llovía, y el Níger era mucho más profundo
que ahora. Uno de sus afluentes era el Oued Zarit, que por entonces tenía un
curso de mil kilómetros, desde los montes Ahaggar, al noreste de aquí, hasta el
Níger. Según crónicas de exploradores y militares franceses, tenía profundidad
suficiente para permitir la navegación de grandes barcos. Mi teoría es que el
Texas entró en el Oued Zarit desde el Níger y luego, cuando el nivel de las
aguas bajó a causa de la proximidad del verano, embarrancó y quedó varado.
—Aunque las aguas fueran profundas, parece imposible que un
pesado barco de guerra llegase hasta tan lejos del mar.
—El Texas fue construido para navegar por el río James. Su fondo
era plano y muy poco calado. Sortear los recodos de un río no suponía un
problema para él. Lo verdaderamente milagroso fue que pudiera cruzar el océano
abierto y capear sus tormentas sin hundirse, como ocurrió con el Monitor.
—En aquella época, un barco podría haber llegado a un montón de
lugares despoblados de las costas de América del Norte y Centroamérica —dijo
Pitt—. ¿Por qué iban a correr el riesgo de perder el oro en una travesía
transoceánica y luego en otra fluvial por un país desconocido?
Del bolsillo de su camisa, Chico sacó la colilla de un cigarro
que procedió a encender con una cerilla de madera.
—Tiene que admitir que a los yanquis jamás se les habría
ocurrido buscar el Texas en un río de Africa, a mil quinientos kilómetros de la
costa.
—Eso, desde luego; pero..., resulta bastante inverosímil, ¿no?
—Estoy contigo —dijo Giordino—. ¿A qué tanta desesperación? No
podían reconstruir su gobierno en mitad de un desierto.
Pitt miró pensativamente a Chico.
—Detrás de un viaje tan peligroso debía haber algo más que el
deseo de salvar el oro.
—Circularon ciertos rumores... —Aunque el tono del viejo no
llegaba a ser evasivo, el cambio en su voz fue evidente—. Según esas historias,
cuando el Texas salió de Richmond, Lincoln iba a bordo.
—¿Abraham Lincoln? —preguntó incrédulamente Giordino. Chico
asintió en silencio y tendió la botella a Pitt, que la rechazó con un ademán,
al tiempo que preguntaba: —¿A quién se le ocurrió semejante patraña?
—A su muerte en Charleston, Carolina del Sur, en 1908, cierto
capitán de la caballería confederada llamado Neville Brown confió a su médico
que sus tropas capturaron a Lincoln y lo condujeron a bordo del Texas.
—Chifladuras del moribundo —murmuró Giordino, cuya incredulidad
era evidente—. Lincoln tuvo que tomar el Concorde para llegar a tiempo de ser
asesinado por John Wilkes Booth en el teatro Ford.
—No conozco la historia completa —admitió Chico.
—Es un relato intrigante, pero descabellado —dijo Pitt—. Muy
difícil de creer.
—Lo de Lincoln no puedo garantizarlo; pero me jugaría a Mister
Periwinkle y todos mis ahorros a que tanto el Texas como los huesos de su
tripulación y el oro se encuentran enterrados bajo la arena de estos contornos.
Llevo cinco años vagando por el desierto en busca de los restos, y por Dios que
los encontraré o moriré en el intento.
Pitt miró al viejo buscador con simpatía y respeto. Rara vez
había visto tal firmeza y decisión en un hombre. La certeza que animaba a Chico
le recordaba al viejo minero de El tesoro de Sierra Madre.
—Y, si el barco está enterrado bajo una duna, ¿cómo piensa dar
con él?
—Tengo un buen detector de metales, un Fisher 1265X.
—Espero que la suerte lo conduzca hasta el Texas y que en él
encuentre todo lo que espera —replicó Pitt, que no supo qué más añadir.
Chico permaneció varios segundos tumbado silenciosamente en su
manta, inmerso en sus pensamientos. Al fin Giordino dijo:
—O reemprendemos la marcha, o amanecerá y no habremos recorrido
ni un metro.
Veinte minutos más tarde, el motor del Voisin ya estaba en
funcionamiento y Pitt y Giordino se despedían de Chico y Mr. Periwinkle. El
viejo minero los persuadió de que aceptaran varios paquetes de comida
concentrada. También les trazó un tosco mapa del antiguo río, marcando en él
los hitos más notables y el único pozo próximo a la senda que conducía a la
planta de eliminación de residuos tóxicos de Fort Foureau.
—¿A qué distancia está?
Chico se encogió de hombros.
—A unos ciento ochenta kilómetros —dijo, añadiendo luego—:
Espero que den con lo que buscan, amigos.
Pitt le estrechó la mano y sonrió:
—Lo mismo digo. —Subió al coche y se puso tras el volante,
sintiéndose casi triste por separarse del viejo. Giordino se retrasó unos
momentos para despedirse. —Gracias por su hospitalidad.
—Me alegro de haberles sido de ayuda.
—Hace rato que quiero decírselo: me resulta usted vagamente
familiar.
—Pues no lo entiendo. No creo que nos hayamos visto antes.
—¿Le molestaría decirme su verdadero nombre?
—En absoluto. No me molesto con facilidad. Es un nombre extraño,
que apenas uso.
Giordino aguardó pacientemente a que el otro siguiera.
—Me llamo Clive Cussler.
Giordino sonrió.
—En efecto: es un nombre extraño.
Luego se metió en el coche y se sentó junto a Pitt. Cuando el
Voisin se puso en marcha, Giordino se volvió para dirigir un último saludo a Chico,
pero el viejo y su fiel burro va se habían perdido en la oscuridad de la noche.
T E R C E R A P A R T E
SECRETOS DEL DESIERTO
18 de mayo de 1996,Washington, D.C.
30
El Concorde de Air France aterrizó en el Aeropuerto Dulles y
rodó hasta un anónimo hangar del gobierno estadounidense cercano a los
terminales de carga. Aunque el cielo se encontraba cubierto, la pista estaba
seca, sin rastros de lluvia. Aferrando aún su mochila como si formara parte de
su cuerpo, Gunn salió casi inmediatamente del esbelto aparato y, tras bajar por
la escalera móvil, montó en un sedan «Ford» negro conducido por un policía
metropolitano uniformado que lo había estado esperando. Enseguida el coche, con
la sirena y las luces en funcionamiento, salió a toda velocidad hacia la
central de la NUMA en Washington.
Sentado en la parte trasera del coche policial, Gunn se sentía
como un delincuente. Al cruzar el puente Rochambeau Memorial, se fijó en que el
río Potomac tenía un aspecto insólitamente verdoso y plomizo. Los peatones
estaban ya inmunizados a las luces giratorias y a las sirenas, y no prestaron
la menor atención al raudo «Ford».
El chófer no se detuvo en la entrada principal, sino que, con
las ruedas chirriando, metió el coche por un callejón contiguo al edificio de
la NUMA, bajo por una rampa que conducía al garaje situado bajó el vestíbulo
principal y detuvo el «Ford» ante un ascensor. Dos guardas uniformados se
adelantaron, abrieron la portezuela y acompañaron a Gunn en el ascensor hasta
el cuarto piso de la agencia. Tras recorrer una corta distancia por el pasillo,
se detuvieron y abrieron la puerta que conducía a la gran sala de conferencias
de la NUMA, dotada de los más modernos sistemas de representación visual.
Varias personas de uno y otro sexo se sentaban en torno a la
gran mesa de caoba, todas pendientes del doctor Chapman, que se encontraba a
mitad de una disertación, frente a una pantalla en la que aparecía la zona
ecuatorial del Océano Atlántico, frente a las costas de Africa Occidental.
Al entrar Gunn, en la sala se hizo un completo silencio. El
almirante Sandecker se levantó y fue presuroso a recibirlo, como si se tratara
de un hermano que acabase de sobrevivir a un trasplante de higado.
—Gracias a Dios que lograste escapar —dijo, dando muestras de
una emoción insólita en él—. ¿Qué tal el vuelo desde París?
—Me sentí como un deportado, yo solito en el Concorde.
—Como no había aviones militares disponibles, contratar el
Concorde fue el método más expeditivo de traerte hasta aquí cuanto antes.
—Mientras los contribuyentes no se enteren, me parece muy bien.
—Si supieran que su propia superviviencia está en juego, no creo
que se quejasen.
Sandecker presentó a Gunn a cuantos se encontraban en la sala de
conferencias.
—Con tres excepciones, creo que los conoces a todos.
El doctor Chapman e Hiram Yaeger se adelantaron para estrechar
la mano a Gunn, dando muestras de su satisfacción por verlo. El hombre fue
presentado a la doctora Muriel Hoag, directora de biología marina de la NUMA, y
al doctor Evan Holland, el experto medioambiental de la agencia.
Muriel Hoag era alta y parecía una modelo al borde de la
inanición. Llevaba el cabello negro recogido en un moño apretado, y sus ojos
pardos miraban a través de unas gafas redondas. No llevaba maquillaje, cosa que
a Gunn le pareció normal. Ni el mejor salón de belleza de Beverly Hills hubiera
podido hacer nada por mejorar el aspecto de la mujer.
Evan Holland era un químico medioambiental que parecía un basset
hound contemplando una rana en su plato de comida. Tenía las orejas dos tallas
más grandes que la cabeza, y su nariz era corta, de punta redondeada. Miraba al
mundo con ojos que eran dos mares de melancolía. El aspecto de Holland era
engañoso, pues se trataba de uno de los mejores expertos del mundo en el
terreno de la contaminación.
Gunn ya conocía a los otros dos hombres: Chip Webster, analista
de datos vía satélite de la NUMA, y Keith Hodge, el director de oceanografía de
la agencia.
Gunn se dirigió a Sandecker:
—Alguien se tomó un montón de molestias para evacuarme de Malí.
—Hala Kamil en persona dio su autorización para utilizar un
equipo táctico de la ONU.
—El que mandaba la operación, un tal coronel Levant, no pareció
nada feliz por verme.
—Tanto a él como a su jefe, el general Bock, nos costó un poco
convencerlos —admitió Sandecker—. Pero cuando comprendieron la importancia que
tenían los informes de que eres portador, se decidieron a cooperar plenamente.
—Montaron una operación realmente magnífica —dijo Gunn—. Es
asombroso que pudieran planearla y ejecutarla de la noche a la mañana.
Si Gunn pensaba que Sandecker iba a ponerlo al corriente de los
detalles, quedó defraudado. La impaciencia se reflejaba hasta en la última
arruga del rostro del almirante. Había una bandeja con café y bollos que a Gunn
no le fueron ofrecidos. Tomándolo por un brazo, Sandecker lo condujo a un
sillón situado en el extremo de la larga mesa de conferencias.
—Vayamos al grano —dijo bruscamente Sandecker—. Todos estamos
impacientes por escuchar lo que has descubierto acerca del compuesto que
provoca la explosión de mareas rojas.
Gunn tomó asiento, abrió la mochila y comenzó a vaciar su
contenido. Con todo cuidado, desempaquetó los frascos que contenían las
muestras de agua y los dejó sobre un paño. A continuación sacó los diskettes
informáticos y los dejó a un lado. Luego alzó la vista.
—Aquí están las muestras de agua y los resultados que obtuve con
los instrumentos y ordenadores de a bordo. Un golpe de suerte me permitió
identificar el estimulador de mareas rojas como un compuesto organometálico
sumamente insólito, formado por la combinación de un aminoácido sintético con
cobalto. También encontré rastros de radiación en el agua, pero no creo que
esto tenga relación directa con el impacto del contaminante sobre la marea
roja.
—Teniendo en cuenta los impedimentos y obstáculos que os
pusieron los africanos occidentales —dijo Chapman—, es milagroso que fueras
capaz de encontrar la clave del fenómeno.
—Por suerte, los instrumentos no resultaron dañados tras el
encontronazo con la marina de Benin.
Con una leve sonrisa, Sandecker comentó:
—Después de que destruyerais la mitad de la marina de Benin y un
helicóptero, la CIA nos preguntó si sabíamos algo respecto a una operación
pirata en Malí.
—¿Qué les dijo?
—Mentiras. Sigue, por favor.
—Lo que sí resultó dañado por los disparos de las cañoneras fue
el sistema de transmisión de datos —continuó Gunn—, y eso me impidió enviar mis
resultados a la red informática de Hiram Yaeger.
—Mientras Hiram verifica los datos analíticos, a mí me gustaría
someter las muestras de agua a nuevos análisis —dijo Chapman.
Yaeger fue junto a Gunn y, delicadamente, cogió los diskettes.
—Como no puedo aportar nada a esta conversación, será mejor que
me ponga a trabajar —dijo Yaeger.
En cuanto el mago de la informática hubo salido, Gunn miró con
fijeza a Chapman.
—Yo verifiqué dos y tres veces los resultados. Espero que su
laboratorio y Hiram confirmen mis conclusiones.
Chapman advirtió la tensión en el tono de Gunn.
—Créeme: ni por un instante cuestiono tus análisis ni tus conclusiones.
Tú, Pitt y Giordino hicisteis un trabajo fantástico. Gracias a vuestros
esfuerzos, ya sabemos a qué nos enfrentamos. Ahora el presidente puede utilizar
toda su fuerza para obligar a Malí a que corte la contaminación en su origen.
Eso nos dará tiempo para encontrar el modo de neutralizar sus efectos e impedir
que las mareas rojas continúen extendiéndose.
—De todas maneras, no descorchemos el champán ni cortemos la
tarta todavía —advirtió seriamente Gunn—. Aunque hemos localizado el lugar
donde el compuesto entra en el río e identificado sus propiedades, aún
desconocemos cuál es su origen exacto.
Los dedos de Sandecker tabalearon sobre la mesa. Dirigiéndose al
resto de los presentes, explicó:
—Pitt me dio la mala noticia antes de que se interrumpiera su
comunicación. Dispénsenme por no haberles pasado el dato, pero contaba con que
una inspección vía satélite aportase la pieza que falta.
Muriel Hoag miró a Gunn directamente a los ojos.
—No me explico que lograsen rastrear el compuesto a lo largo de
mil kilómetros de agua, y luego lo perdieran en tierra firme.
—No es tan raro —replicó Gunn a la defensiva—. Tras rebasar el
punto de máxima concentración, las lecturas del contaminante bajaron
drásticamente, y los instrumentos pasaron a detectar únicamente los residuos
comúnmente conocidos. Hicimos varios recorridos arriba y abajo para
confirmarlo. También efectuamos observaciones visuales en todas direcciones. Ni
en la orilla ni tierra adentro había vertederos tóxicos, ni almacenes químicos,
ni fábricas, ni edificios: nada. Sólo el desierto.
—Quizá por aquellos contornos había habido antes un vertedero
—aventuró Holland.
—No observamos indicios de ninguna excavación —replicó Gunn.
—¿Hay alguna posibilidad de que la toxina fuese obra de la madre
naturaleza? —preguntó Chip Webster.
Muriel Hoag sonrió.
—Si los análisis confirman que, como dice Mr. Gunn, se trata de
un aminoácido sintético, sólo puede proceder de un laboratorio biotécnico. La
madre naturaleza no tuvo nada que ver. Y, no sabemos cómo ni dónde, el
aminoácido vertido se mezcló con ingredientes químicos que contenían cobalto.
No sería la primera vez que una mezcla accidental produce un compuesto
previamente desconocido.
—Pero... ¿cómo demonios va a surgir así, de buenas a primeras,
un compuesto tan exótico en pleno Sáhara? —se preguntó Chip Webster.
—¿Y cómo va a llegar al océano, donde actúa sobre los
dinoflagelados como si fuera un esteroide? —añadió Holland.
Sandecker miró a Keith Hodge.
—¿Cuáles son los últimos informes sobre la proliferación de la
marea roja?
El oceanógrafo era un sesentón de ojos pardos, que parecían no
pestañear nunca, rostro alargado y pómulos prominentes. Con el ropaje adecuado
habría parecido recién salido de una pintura del siglo XVIII.
—En los últimos cuatro días, la marea se ha incrementado en un
treinta por ciento. Me temo que tiene una velocidad de reproducción que supera
las previsiones más pesimistas.
—Pero si el doctor Chapman encuentra un neutralizador de la
contaminación, y si damos con el lugar de origen y cortamos el vertido,
¿podremos entonces controlar la expansión de la marea?
—Más vale que nos demos prisa —replicó Hodge—. Con su actual
velocidad de proliferación, la marea no tardará más de un mes en comenzar a
alimentarse de sí misma, sin necesitar estímulos procedentes del Níger.
—¡Habíamos previsto el triple de ese tiempo! —protestó Muriel
Hoag.
Hodge se encogió de hombros.
—Cuando se enfrenta uno a lo desconocido, lo único seguro es la
incertidumbre.
Sandecker hizo girar su sillón y miró la foto ampliada de Malí
que había sido tomada desde un satélite y en ese momento se proyectaba en una
de las paredes.
—¿Dónde entra el compuesto en el río? —preguntó a Gunn.
Gunn se levantó y fue hasta la imagen. Cogió un lápiz y, sobre
la blanca superficie de proyección, trazó un círculo en torno a una pequeña
zona del río Níger.
—Aquí, a la altura de un cauce seco que en tiempo atrás
desembocaba en el Níger.
Chip Webster accionó los mandos de una pequeña consola, y
amplificó la zona marcada por Gunn.
—No se advierten estructuras ni indicios de población. Y tampoco
se ven excavaciones ni montículos indicadores de que, en el pasado, hubiera un
vertedero tóxico en la zona.
—Es un enigma, no cabe duda —murmuró Chapman—. ¿De dónde
demonios sale ese maldito veneno?
—Pitt y Giordino siguen intentando averiguarlo —les recordó
Gunn.
—¿Hay noticias recientes de cómo o dónde están? —preguntó Hodge.
—Lo último fue la llamada de Pitt desde el barco de Yves
Massarde —replicó Sandecker.
Hodge alzó la vista de su cuaderno de notas.
—¿Yves Massarde? No me diga que nos enfrentamos a ese
indeseable.
—¿Lo conoce?
Hodge asintió.
—Nuestros caminos se cruzaron hace cuatro años, a causa de un
grave vertido químico en el Mediterráneo, frente a la costa española. Uno de
sus barcos, que transportaba hacia un vertedero argelino ciertos desechos
químicos carcinógenos llamados PCB, se partió y hundió durante una tormenta.
Personalmente, considero que tal hundimiento no fue sino un fraude a la
compañía de seguros, aderezado con un vertido ilegal de residuos. Resultó que
las autoridades argelinas jamás habían tenido ninguna intención de aceptar
tales desechos. Massarde mintió, manipuló y utilizó todas las triquiñuelas
legales posibles para eludir sus responsabilidades en la catástrofe. Es uno de
esos tipos a los que, si les das la mano, más vale que al retirarla te cuentes
los dedos.
Gunn se volvió hacia Webster.
—Los satélites espía pueden leer el texto de un periódico desde
el espacio. ¿Por qué no hacemos que uno orbite sobre el desierto al norte de
Gao en busca de Pitt y Giordino?
Webster negó con la cabeza.
—Imposible. Los contactos que tengo allí me dicen que la Agencia
Nacional de Seguridad tiene a sus mejores ojos en el cielo dedicados a vigilar
los nuevos lanzamientos de cohetes de los chinos, la guerra civil en Ucrania y
los choques fronterizos entre Siria e Irak. No pueden cedernos el uso de sus
satélites espía para encontrar a unos civiles en el desierto del Sáhara. Sólo
puedo disponer del último modelo de Geo Sat, pero es dudoso que logre
distinguir formas humanas contra el desigual terreno de un desierto como el
Sáhara.
—¿No serían visibles si estuvieran en una duna? —preguntó
Chapman.
Webster negó con la cabeza.
—Nadie en su sano juicio caminaría por las blandas dunas del
desierto. Hasta lo nómadas dan un rodeo para evitarlas.
Errar por un mar de dunas significa la muerte segura. Pitt y
Giordino tienen la suficiente sensatez para huir de ellas como de la peste.
—Pero sí realizará una inspección y una búsqueda —insistió
Sandecker.
Webster asintió. Era bastante calvo, el cuello apenas le asomaba
por la camisa y su protuberante estómago, que le desbordaba el cinturón, lo
habría convertido en un buen candidato para representar el «antes» en el
anuncio de un producto de adelgazamiento.
—En el Pentágono tengo a un buen amigo que es analista de alto
nivel, y experto en inspecciones del desierto vía satélite. Creo que podré
liarlo para que examine nuestras fotos del Geo Sat con sus ordenadores más
sofisticados.
—Le agradezco su apoyo —dijo sinceramente Sandecker.
—Si están allí, y es humanamente posible encontrarlos, ellos lo
harán —le prometió Webster.
—¿Ha captado su satélite algún indicio del avión que
transportaba al equipo científico de investigación epidemiológica? —preguntó
Muriel.
—Me temo que no. En la última pasada sobre Malí, únicamente se
veía una pequeña nube de humo alzándose en un extremo del campo cubierto por
nuestra cámara. Es de esperar que en la próxima órbita obtengamos una imagen
más nítida. Puede tratarse simplemente de la fogata de unos nómadas.
—En esa parte del Sáhara no hay madera suficiente para encender
una fogata —dijo solemnemente Sandecker. Gunn parecía desconcertado.
—¿De qué equipo de investigación hablan?
—Es un grupo de científicos perteneciente a la Organización
Mundial de la Salud que se encontraba de misión en Malí —explicó Muriel—.
Investigaban un brote de extrañas enfermedades que se había dado en algunas
aldeas del desierto. Su avión desapareció entre Malí y El Cairo.
—¿Había una mujer en el equipo? ¿Una bioquímica?
—Una doctora llamada Eva Rojas era la bioquímica del grupo
—replicó Muriel—. Trabajé con ella en Haití.
—¿La conocías? —preguntó Sandecker a Gunn.
—Yo no, pero Pitt sí. Cenó con ella en El Cairo.
—Quizá sea preferible que Dick no se entere —dijo Sandecker—.
Bastante problemas debe de tener para seguir con vida. Maldita la falta que le
hace recibir malas noticias.
—Aún no ha habido confirmación de que el avión se estrellase
—dijo Holland, sin perder la esperanza.
En el mismo tono, Muriel comentó:
—Puede que se vieran obligados a hacer un aterrizaje forzoso en
el desierto y hayan sobrevivido.
Webster meneó la cabeza.
—No debemos hacernos ilusiones. Creo que tras este asunto están
las sucias manos del general Zateb Kazim.
—Poco antes de que yo me lanzase al río —recordó Gunn—Pitt y
Giordino tuvieron una conversación por radio con el general. Tuve la sensación
de que era un tipo de cuidado.
—Es tan implacable como el peor tirano de Oriente Medio —dijo
Sandecker—. Es prácticamente imposible tratar con él. No acepta reunirse, y ni
siquiera hablar con nuestros diplomáticos del Departamento de Estado, a no ser
que pongan en sus manos un buen cheque de ayuda internacional.
Muriel añadió:
—Hace caso omiso de las Naciones Unidas y rechaza todo socorro
humanitario para su pueblo.
Webster estuvo de acuerdo:
—Cualquier activista pro derechos humanos que cometa la
insensatez de ir a Malí a protestar, simplemente desaparece.
—El y Massarde son compinches —dijo Hodge—. Entre uno y otro han
expoliado al país, reduciéndolo a la más absoluta miseria.
La expresión de Sandecker se endureció.
—No es asunto nuestro. Si no detenemos la marea roja,
desaparecerá Malí, Africa Occidental y el resto de los países de la tierra. En
estos momentos, eso es lo único que importa.
Chapman intervino.
—Ahora que ya tenemos unos datos a los que echar el diente, lo
mejor es que aunemos nuestros esfuerzos y capacidades para encontrar una
solución.
—Que sea pronto —dijo Sandecker, frunciendo el entrecejo—. Si en
el plazo de treinta días a partir de hoy mismo no encontramos un remedio, no
tendremos una segunda oportunidad.
31
Una fresca brisa estremecía las hojas de los árboles de
Palisades, sobre el río Hudson. A través de unos prismáticos, Ismail Yerli
observaba un pequeño pájaro azul grisáceo posado en una rama. El turco parecía
absorto en la contemplación del ave y al mismo tiempo ajeno a la presencia de
un hombre a su espalda. En realidad, llevaba un par de minutos sin quitar ojo
al que se aproximaba.
—Un trepatroncos de pecho blanco —dijo el desconocido, un hombre
alto y atractivo que lucía una costosa chaqueta de cuero. Se sentó sobre una
piedra plana próxima a Yerli. Llevaba el pelo rubio rojizo muy repeinado, con
la raya a la izquierda, y sus ojos azulados miraban con indiferencia hacia el
pájaro.
—Por el negro intenso de su nuca, parece una hembra —dijo Yerli,
sin bajar los prismáticos.
—Probablemente, el macho anda cerca. Quizá esté cuidando del
nido.
—Muy atinado, Burdeos —dijo Yerli, utilizando el nombre clave
del otro—. No sabía que fueras aficionado a los pájaros.
—No lo soy. ¿Qué puedo hacer por ti, Pérgamo?
—Fuiste tú quien solicitó esta entrevista.
—Pero no pretendía que fuera en el bosque, con un frío de los
demonios —dijo Burdeos.
—En mi opinión, las citas en un restaurante de lujo no son lo
más adecuado para las actividades secretas.
—No me acostumbro a actuar en las sombras ni a vivir en tugurios
—dijo secamente Burdeos.
—Las ostentaciones no convienen.
—Mi cometido es proteger los intereses de un hombre que,
permítaseme añadirlo, me paga sumamente bien. A no ser que sospechen que soy un
espía, no es de esperar que los del FBI me tengan vigilado. Y, habida cuenta
que nuestro trabajo (o, al menos, el mío) no tiene nada que ver con robar
secretos clasificados norteamericanos, no entiendo muy bien por qué tengo que
vivir mezclado con la chusma pestilente.
El desdén que Burdeos sentía hacia el trabajo de espionaje no
agradaba a Yerli. Extrañamente, aunque se conocían de antiguo y, a lo largo de
los años, habían trabajado frecuentemente juntos al servicio de Yves Massarde,
ninguno de los dos conocía el verdadero nombre del otro, ni jamás había hecho
nada por averiguarlo. Burdeos era el director de espionaje industrial de la
Massarde Enterprises en los Estados Unidos. Yerli, al que el otro sólo conocía
como Pérgamo, le pasaba frecuentemente informes vitales para los proyectos
internacionales de Massarde. Semejante situación era tolerada por los
superiores del turco debido a las buenas relaciones que Massarde mantenía con
varios ministros franceses.
—Te estás volviendo descuidado, amigo mío.
Burdeos se encogió de hombros.
—Estoy harto de tratar con zafios norteamericanos. Nueva York es
una cloaca. El país, dividido por la diversidad racial y ética, está
desintegrándose. Algún día se repetirá aquí lo que ya está sucediendo en Rusia
y en los países de la Commonwealth. Ansío regresar a Francia, la única nación
auténticamente civilizada del mundo.
—Me dicen que uno de los hombres de la NUMA logró huir de Malí
—dijo Yerli, cambiando bruscamente de tema.
—El idiota de Kazim lo dejó escapar de entre sus dedos —replicó
Burdeos.
—¿No pasaste mi aviso a Massarde?
—Claro que le avisé. Y él, a su vez, alertó al general Kazim.
Mister Massarde detuvo a otros dos hombres en su mansión flotante; pero Kazim,
con toda su excepcional brillantez, fue demasiado estúpido para localizar el
tercer agente, que huyó y fue evacuado por el equipo táctico de la ONU.
—¿Qué piensa Mister Massarde de la situación? —preguntó Yerli.
—El grave riesgo de que se produzca una investigación
internacional sobre su proyecto en Fort Foureau no lo tiene nada contento.
—Se trata de algo muy grave. La posible clausura de Fort Foureau
pone en peligro el programa nuclear francés.
—Míster Massarde es consciente del problema —replicó amargamente
Burdeos.
—¿Qué hay de los científicos de la Organización Mundial de la
Salud cuyo avión ha desaparecido?
—Esa fue una de las mejores ideas de Kazim —replicó Burdeos—.
Simuló que el aparato se había estrellado en mitad del desierto.
—¿Simuló? Yo previne a Hala Kamil de lo que, según entendí, era
un verdadero atentado con bomba para destruir al aparato con Hopper y su equipo
dentro.
—Fue un ligero cambio en tu plan para espantar a otros posibles
investigadores de la OMS —dijo Burdeos—. El avión, efectivamente, se estrelló,
pero los cuerpos que iban a bordo no eran los del doctor Hopper y el resto.
—¿Siguen con vida?
—Para el caso, como si estuvieran muertos. Kazim los mandó a
Tebezza.
Yerli meneó la cabeza.
—Hubiera sido preferible que muriesen rápidamente, y no en las
minas de Tebezza, convertidos en esclavos famélicos. —Hizo una pausa para
pensar y añadió—: Creo que Kazim ha cometido un error,
—El secreto de lo que ha ocurrido en realidad está bien guardado
—dijo Burdeos, indiferente—. Nadie escapa de Tebezza. Entran en las minas y
allí se quedan.
Yerli sacó un kleenex del bolsillo de su abrigo y se puso a
limpiar las lentes de sus prismáticos.
—¿Descubrió Hopper algo que pudiera resultar perjudicial para el
proyecto de Fort Foureau?
—De haberse conocido su informe, se hubiera renovado el interés
del público, lo cual habría provocado una investigación más a fondo —dijo
Burdeos.
—¿Qué se sabe del agente de la NUMA que fue evacuado?
—Se llama Gunn, y es director adjunto de la Agencia Nacional
Subacuática y Marítima.
—Un tipo influyente —dijo Yerli.
—En efecto.
—¿Dónde está en estos momentos? —preguntó Yerli.
—Rastreamos el avión que lo evacuó hasta París, donde Gunn
abordó un Concorde que lo condujo a Washington, desde cuyo aeropuerto fue
llevado directamente a la central de la NUMA. Según mis fuentes, hace cuarenta
minutos continuaba dentro del edificio.
—¿Sabemos si sacó de Malí informes cruciales?
—Cualquier información que obtuviera acerca del río Níger, si es
que obtuvo alguna, es un misterio para nosotros. Pero Mister Massarde confía en
que no averiguó nada que pusiera en peligro a Fort Foureau.
—No creo que Kazim haya tenido problemas para hacer hablar a los
otros dos norteamericanos.
—Cuando salía para venir a reunirme contigo —dijo Burdeos—,
recibí la noticia de que, lamentablemente, también ellos han escapado.
Yerli miró a Burdeos con súbita irritación.
—¿Quién metió la pata?
Burdeos se encogió de hombros.
—La identidad del culpable no importa. No es asunto nuestro. Lo
que importa es que continúan en el país y tienen pocas posibilidades de escapar
por la frontera. En cuestión de horas, habrán caído en la operación de búsqueda
montada por Kazim.
—Yo tendría que volar a Washington y hacer indagaciones en la
NUMA. Actuando debidamente, quizá descubriese si en todo esto hay algo más que
una simple investigación sobre contaminantes.
—Olvida eso de momento —dijo fríamente Burdeos—. Mister Massarde
tiene otros planes para ti.
—¿Los ha consultado con mis superiores en el Departamento de
Defensa Nacional?
—En el plazo de una hora te llegará la autorización oficial para
partir fuera del país en misión especial.
Sin decir nada, Yerli continuó mirando a través de los
prismáticos al pájaro, que seguía picoteando la corteza del árbol.
—¿Qué planes tiene Massarde? —preguntó al fin.
—Te quiere en Malí, haciendo de enlace con el general Kazim.
Yerli no reaccionó y cuando habló lo hizo con los prismáticos en
los ojos.
—Hace años, estuve ocho meses destinado en el Sudán. Un sitio
espantoso, aunque la gente era simpática.
—A las seis de esta tarde debes abordar uno de los reactores de
la Massarde Enterprises que te espera en el aeropuerto La Guardia —dijo
Burdeos.
—Así que debo hacer de niñera de Kazim para evitar que cometa
nuevas tonterías.
Burdeos asintió con la cabeza.
—Lo que está en juego es demasiado importante para permitir que
ese loco campe por sus respetos.
Yerli devolvió los prismáticos a su funda y se colgó ésta del
hombro.
—Una vez soñé que moría en el desierto —murmuró—. Rezo a Alá
porque sólo se tratara de eso... de un sueño.
En el interior de una oficina sin ventanas en una zona del
Pentágono escasamente concurrida, el comandante de Aviación Tom Greenwald colgó
el teléfono después de notificar a su esposa que llegaría tarde a cenar. Tras
un breve descanso, apartó sus pensamientos del análisis de las fotos satélite
tomadas a las luchas entre unidades del ejército chino y las fuerzas demócratas
rebeldes, y se concentró en el trabajo que se le había encomendado.
Las fotos que Chip Webster, de la NUMA, había tomado con las
cámaras del GeoSat y le había enviado por correo especial, fueron procesadas y
cargadas en el sofisticado equipo militar de representación y realce visuales.
Una vez estuvo todo listo, Greenwald se retrepó en un cómodo sillón en cuyo
brazo había un completo panel de mandos. Abrió una lata de Pepsi Light y
comenzó a accionar los mandos de la consola, con la vista fija en un monitor de
televisión del tamaño de una pequeña pantalla de cine.
Las fotos del GeoSat recordaban las viejas imágenes del «espía
en el cielo» de treinta años atrás. El GeoSat, destinado únicamente a la
inspección geológica e hidrológica, no se acercaba ni con mucho a la
detalladísima precisión visual que conseguían los nuevos satélites espía
Pyramider y Houdini, puestos en órbita por los transbordadores espaciales. No
obstante, constituía una inmensa mejora con relación al viejo LandSat, que
estuvo más de veinte años trazando el mapa de la Tierra. Las cámaras del nuevo
modelo podían penetrar la oscuridad y atravesar las nubes e incluso el humo.
Greenwald fue haciendo ajustes y correcciones a medida que las
fotos, que mostraban distintas secciones del desierto septentrional de Malí,
desfilaban por la pantalla y eran electrónicamente realzadas. Pronto surgieron
pequeñas manchas que eran aviones en vuelo, y también apareció una caravana de
camellos que recorría el desierto desde las salinas de Taoudenni hacia
Tombuctú.
A medida que la zona fotografiada se iba desplazando hacia el
norte del Níger, adentrándose en el Azaouad (una desértica región del Sáhara en
la que sólo había desoladas dunas), Greenwald encontró cada vez menos indicios
de presencia humana. Detectó huesos de animales, probablemente camellos,
repartidos en torno a pozos aislados, pero una persona de píe era muy difícil
de captar, incluso para aquel sofisticado equipo electrónico.
Al cabo de casi una hora, Greenwald se frotó los ojos cansados y
se masajeó las sienes. No había encontrado ni rastro de los dos hombres que le
habían encargado buscar, a pesar, de haber inspeccionado con todo detenimiento
—y sin ningún éxito— las fotos de la zona que, según Webster, los dos fugitivos
podían haber cubierto a pie.
Finalizada su contribución a la causa, Greenwald estaba a punto
de dar la jornada por concluida y volver a casa con su esposa cuando decidió
probar por última vez. La experiencia de años le había enseñado que lo que se
busca casi nunca está donde se espera. Cargó las fotos que el satélite había
tomado del interior del Azaouad, y les echó una rápida ojeada.
El desolado panorama parecía tan vacío como el mar Muerto.
Casi se le escapó, y se le hubiera escapado de no ser por la
extraña sensación de que un pequeño objeto del paisaje no encajaba con el
entorno. Habría podido pasar por una roca o una pequeña duna, pero la forma no
tenía la irregularidad de un producto de la naturaleza. Las líneas eran rectas
y bien definidas. La mano del técnico se movió sobre los mandos, agrandando y
realzando el objeto.
Greenwald comprendió que había dado con algo y, dada su larga
experiencia, difícilmente podía engañarse. Durante la guerra con Irak, el
comandante había alcanzado una fama casi legendaria por su infalible don para
detectar tanques, cañones y búnkeres camuflados por el enemigo.
—Un coche —murmuró para sí—. Un coche cubierto por arena para
ocultar su presencia.
Tras un estudio más minucioso, logró distinguir dos pequeñas
motas junto al coche. Greenwald habría pagado por que las imágenes frente a él
procedieran de un satélite militar, en las cuales podría haber visto la hora
que marcaban los relojes de pulsera de las dos motas. Pero el GeoSat no estaba
diseñado para obtener tanto detalle. Afinando al máximo, lo único discernible
era que se trataba de dos personas.
Greenwald se retrepó en su sillón y permaneció unos momentos
saboreando su triunfo. Luego fue a un escritorio próximo y marcó un teléfono.
Aguardó pacientemente, con la esperanza de no escuchar una voz grabada
pidiéndole que dejare el mensaje. Tras la cuarta señal sonó la voz jadeante de
un hombre.
—Dígame...
—¿Chip?
—Sí. ¿Eres Tom?
—¿Has estado corriendo?
—Mi mujer y yo estábamos en el patio, charlando con los vecinos
—explicó Webster—. Cuando escuché el teléfono, vine a todo correr.
—He descubierto algo que te interesará.
—¿Has encontrado a mis dos hombres en las fotos del GeoSat?
—Se encuentran unos cien kilómetros más al norte de lo que tú
calculabas —dijo Greenwald.
Se produjo una pausa.
—¿No serán un par de nómadas? —preguntó Webster—. En cuarenta y
ocho horas, mis hombres no pueden haber caminado toda esa distancia por el
horno del desierto.
—No caminaron: condujeron.
—¿Quires decir que tienen un coche? —preguntó Webster,
sorprendido.
—Es difícil precisar los detalles. Supongo que durante el día lo
camuflan cubriéndolo de arena, y conducen por la noche. Tienen que ser tus dos
amigos. ¿Qué otros iban a jugar al escondite en un lugar donde la hierba no
crece?
—¿Puedes distinguir si se dirigen a la frontera?
—No, a no ser que tengan un desastroso sentido de la
orientación. Están en el centro justo de Malí. La frontera más próxima se
encuentra a trescientos cincuenta kilómetros. Webster se tomó su tiempo antes
de responder.
—Tienen que ser Pitt y Giordino; pero... ¿de dónde diablos
sacarían el coche?
—Parecen hombres de recursos.
—Debieron haber abandonado hace tiempo la busca de la fuente de
la contaminación. ¿Qué locura les habrá entrado? Se trataba de una pregunta a
la que Greenwald no podía responder.
—Puede que te llamen desde Fort Foureau —sugirió, medio en
serio, medio en broma,
—¿Se dirigen hacia la instalación solar francesa de eliminación
de residuos tóxicos?
—Sólo cincuenta kilómetros los separan de ella. Y es el único
sitio civilizado de los contornos.
—Gracias, Tom ——dijo sinceramente Webster—. Te debo un favor.
¿Qué tal si salimos a cenar con nuestras respectivas?
—Por mí, estupendo. Escoge el restaurante y dime fecha y hora.
Tras colgar el teléfono Greenwald devolvió su atención al difuso
objeto y a las dos motas que estaban junto a él.
—Debéis de estar locos, muchachos —dijo a la sala vacía.
Luego desconectó los aparatos y emprendió el regreso a casa.
Parte 2
Tras asomar por el horizonte, el sol del amanecer arrojó una ola
de calor al desierto, como si se hubiese abierto la puerta de un horno, El
fresco de la noche se desvaneció como por ensalmo. Dos cuervos que volaban por
el cielo opresivo detectaron un elemento que rompía la desolación del paisaje y
comenzaron a volar en círculos, en la esperanza de dar con algo que echarse al
estómago. Una inspección más próxima les reveló que, puesto que no eran más que
dos humanos, no se trataba de nada alimenticio, así que reemprendieron vuelo
hacia el norte.
Pitt, tumbado en lo alto de una pequeña duna y casi cubierto por
la arena, contempló a los dos pájaros por unos momentos. Luego devolvió su
atención a la inmensa planta solar de eliminación de residuos de Fort Foureau.
Era un lugar irreal. No se trataba de una simple obra de la tecnología; era
también una empresa próspera y productiva rodeada por una tierra que había
muerto mucho tiempo atrás, bajo la embestida de la sequía y el calor.
Pitt escuchó un leve deslizamiento en la arena. Se dio la vuelta
y vio a Giordino, que se aproximaba reptando como un lagarto.
—¿Disfrutando del paisaje? —preguntó, avanzando hacia Pitt.
—Ven a echar un vistazo. Te garantizo que quedarás impresionado.
—En estos momentos, lo único que me impresionaría es una playa
de bonitas y frescas olas.
—Que no se te vean los rizos —dijo Pitt—. Recortándose contra el
blanco amarillento de las dunas, una madeja de pelo negro destaca como una
mofeta en lo alto de un poste.
Giordino sonrió como el tonto del pueblo y se echó un puñado de
arena en el pelo. Se colocó junto a Pitt y miró por encima del borde de la
duna.
—Vaya, vaya... —murmuró, pasmado—. Es como una ciudad en la
luna...
—El paisaje lunar, ahí está —admitió Pitt—, pero falta la cúpula
de plástico recubriendo la ciudad.
—Es tan grande como Disney World.
—Yo calculo unos veinte kilómetros cuadrados.
—Llega el tren —anunció Giordino, señalando una larga hilera de
vagones arrastrada por cuatro locomotoras diesel—. Parece que los negocios van
viento en popa.
—El tren de la «papilla tóxica Massarde» —murmuró Pitt—. Por lo
menos son ciento veinte vagones cargados de basura venenosa.
Con un movimiento, Giordino señaló hacia el enorme campo
cubierto por infinidad de grandes pantallas con forma de palangana, en cuyas
cóncavas superficies rebotaban los rayos del sol como si de un mar de espejos
se tratase.
—Parecen reflectores solares.
—Concentradores —dijo Pitt—. Recogen la radiación solar y la
concentran, produciendo un calor inmenso y enormes intensidades protónicas.
Luego la energia radiante se dirige al interior de un reactor químico que
destruye totalmente los residuos tóxicos.
—El sabelotodo de siempre —comentó Giordino—. ¿Desde cuándo eres
experto en rayos solares?
—Salí con una chica que era ingeniera en el Instituto de Energía
Solar. Me invitó a una visita guiada por sus instalaciones. Eso fue hace años,
cuando aún estaban intentando encontrar el modo de utilizar la tecnología
térmica solar para eliminar residuos industriales tóxicos. Parece que Massarde
ha perfeccionado la técnica.
—Hay algo que se me escapa —dijo Giordino.
—¿Qué cosa?
—El motivo de todo este tinglado. ¿A qué viene levantar esta
catedral a la higiene en mitad del arenal más grande del mundo? Ello multiplica
los gastos y los problemas. Yo la habría construido lo más cerca posible de
algún centro industrial importante. Sólo transportar la bazofia a través de
medio océano y de mil seiscientos kilómetros de desierto debe de costar un ojo
de la cara.
—Una observación sumamente perspicaz —admitió Pitt—. A mí
también me intriga. Si Fort Foureau es, como dicen, una obra maestra de la
eliminación de residuos tóxicos, y los expertos la consideran el no va más de
la seguridad, es absurdo no haberla construido en un lugar más accesible.
—¿Sigues creyendo que es la responsable de la contaminación del
Níger? —preguntó Giordino.
—No hemos encontrado otra fuente posible.
—Lo que contó el viejo buscador de oro sobre un río subterráneo
podría muy bien ser la solución.
—Pero tiene un fallo —dijo Pitt.
—Tú siempre buscándole tres pies al gato —rezongó Giordino.
—La teoría del río subterráneo me parece verosímil. Lo que no me
trago es lo de la filtración contaminante.
—Estoy contigo —asintió Giordino—. ¿Qué puede filtrarse si,
supuestamente, lo que hacen es incinerar la basura?
—Exacto.
—Entonces, Fort Foureau no es lo que dicen.
—Según yo veo las cosas, no.
Giordino se volvió hacia él y lo miró recelosamente.
—Espero que no estarás pensando en que nos presentemos ahí como
si fuéramos un par de bomberos de visita.
—Me atrae más el estilo de los gatos.
—¿Cómo propones que entremos? ¿Llegamos con el coche hasta la
verja y pedimos unos pases de visitante?
Pitt señaló hacia la hilera de vagones que estaba metiéndose en
una vía muerta paralela a un largo andén de carga en el interior de la
instalación.
—Saltemos al tren —dijo.
—¿Y cómo salimos? —preguntó recelosamente Giordino.
—Con el depósito de gasolina casi vacío comprenderás que
despedirnos de Malí y perdernos conduciendo hacia el ocaso no entraba en mis
planes. Tornaremos el expreso de Mauritania.
Giordino puso cara de asco.
—¿Me ofreces un viajecito de lujo en unos vagones que han
transportado toneladas de productos contaminantes? Soy muy joven para
convertirme en fango tóxico.
Pitt se encogió de hombros y sonrió.
—Sólo debes tener cuidado de no tocar nada.
Giordino meneó la cabeza, exasperado.
—¿Te has parado a considerar los obstáculos?
—Los obstáculos se saltan.
—¿Te refieres a la cerca electrificada, a los guardas con perros
doberman, a los coches patrulla armados y a las torres de focos, que iluminarán
el sitio como un estadio de béisbol?
—Vaya por Dios... ¿por qué tenías que recordármelo? Tras unos
instantes de reflexión, Giordino dijo:
—Es muy raro que protejan una planta incineradora como si fuese
un arsenal nuclear.
—Razón de más para inspeccionar la instalación —dijo
sosegadamente Pitt.
—¿No hay ninguna posibilidad de que cambies de idea y nos
volvamos para casa mientras seguimos formando un equipo?
—Buscad y encontraréis.
Giordino alzó los brazos, exasperado.
—Estás más loco que el viejo buscador de oro y su descabellada
historia de que en el desierto hay enterrado un barco de la Confederación que
tiene a Abraham Lincoln como timonel.
—Efectivamente: el viejo y yo tenemos mucho en común —dijo Pitt,
indiferente. Giró hacia un lado y señaló una estructura que se alzaba unos seis
kilómetros hacia el oeste, a corta distancia de las vías férreas—. ¿Ves ese
viejo fuerte abandonado?
Giordino asintió con la cabeza.
—¿Ese que parece salido de Beau Geste, y al que sólo le faltan
Gary Cooper y unos cuantos legionarios franceses en las almenas?
—Sí, lo veo.
—De él recibió su nombre Fort Foureau —dijo Pitt—. Sus muros
sólo están a cien metros de las vías del tren. En cuanto oscurezca, lo
utilizaremos para escondernos hasta que podamos saltar a un tren.
—No sé si te has dado cuenta, pero a la velocidad que va el
tren, ni un vagabundo profesional podría subirse.
—Prudencia y paciencia —recomendó Pitt—. Las locomotoras
comienzan a aminorar poco antes de llegar al viejo fuerte. Luego, cuando entran
en eso que parece una estación de seguridad, van a paso de tortuga.
Giordino estudió la estación que el tren debía atravesar para
entrar en el cogollo de la instalación.
—Me apuesto un dólar contra un centavo a que un ejército de
guardas inspecciona cada vagón de carga.
—No creo que hagan el registro con demasiado entusiasmo.
Examinar más de cien vagones cargados con bidones de residuos tóxicos no es el
tipo de trabajo al que un hombre moderadamente cuerdo se dedique en cuerpo y
alma. Además, ¿quién sería tan estúpido como para subirse de polizón en un tren
así?
—Tú eres el único que se me ocurre —dijo secamente Giordino.
—Si tienes un plan mejor para salvar la cerca electrificada, los
doberman, los focos y los coches patrulla, soy todo oídos.
Giordino dirigió a Pitt una larga, solemne y exasperada mirada.
De repente se tensó y volvió la cabeza hacia el cielo, en dirección al sonido
de un helicóptero que se aproximaba.
Pitt también miró. El aparato procedía del sur e iba a pasar
directamente sobre ellos. No era un helicóptero militar, sino un elegante
modelo civil que llevaba el nombre de la Massarde Enterprises pintado en el
fuselaje.
—¡Maldita sea! —exclamó Giordino. Miró hacia el montón de arena
en el que estaba semienterrado el Voisin—. Un poco más bajo y el aire de los
rotores volará la arena de encima del coche.
—Sólo si pasa directamente sobre él —dijo Pitt—. Entiérrate y no
te muevas.
Un ojo alerta los hubiera visto, pues habría advertido la
extraña forma del montículo de arena; pero el piloto estaba concentrado en el
hilipuerto próximo a los edificios principales de la instalación. No miró hacía
abajo y no pudo ver los dos cuerpos semienterrados en lo alto de la duna. El
único pasajero del helicóptero, enfrascado en el estudio de un informe
financiero, ni siquiera miró por la ventanilla.
El aparato pasó por encima de ellos, giró ligeramente, y
descendió hacia el helipuerto, donde acabó posándose. Segundos más tarde, el
rotor se detuvo, la puerta de la cabina se abrió y apareció un hombre. Incluso
a medio kilómetro y sin prismáticos, Pitt dedujo correctamente la identidad del
individuo que caminaba con paso firme hacia el edificio principal.
—Parece que nuestro amigo nos persigue —dijo.
Giordino se protegió los ojos con las manos y forzó la mirada.
—Está demasiado lejos para decirlo con seguridad, pero creo que
tienes razón. Lástima que no venga con la pianista de la mansión flotante.
—¿No puedes quitártela de la cabeza?
Giordino miró a Pitt francamente dolido.
—¿Y por qué iba a hacer semejante cosa?
—Ni siquiera sabes cómo se llama.
—El amor todo lo vence —dijo obstinadamente Giordino.
—Entonces, vence tus amorosas inquietudes y descansemos hasta la
noche. Tenemos que coger un tren.
Condujeron el coche a través del cauce seco, por el que en el
pasado había fluido el Oued Zarit, dejando atrás el pozo descrito por el viejo
buscador de oro. Los refrescos se les habían terminado y no les quedaban más
que dos litros de agua, que se dividieron y bebieron para evitar la
deshidratación, con la esperanza de que en la instalación habría algún grifo o
fuente.
Tras aparcar el Voisin en un pequeño barranco a cosa de un
kilómetro del fuerte abandonado cercano a las vías, se metieron parcialmente
debajo del coche y se enterraron en la arena, con lo cual lograron una relativa
protección contra el calor asfixiante. Giordino cayó enseguida en un profundo
sueño, pero Pitt estaba excesivamente preocupado para dormir.
La noche cae rápidamente sobre el desierto, y el crepúsculo que
precede a las sombras es muy breve. Reinaba una extraña inquietud, sólo
perturbada por los ligeros chasquidos del motor del Voisin al enfriarse. El
aire seco del desierto se desprendió del calor y de la arena acumulados durante
el día, acrecentando el fulgor de las estrellas que tachonaban un cielo de
obsidiana. Se veían con tal claridad y nitidez que a Pitt le era posible
distinguir las estrellas rojas de las azules y verdes. Nunca, ni siquiera en
alta mar, había visto un espectáculo cósmico semejante.
Tras cubrir el coche de arena por última vez, lo dejaron en el
barranco y emprendieron la caminata hasta el fuerte a la luz de las estrellas
cuidando de borrar las huellas de sus pisadas con una hoja de palmera. Dejaron
atrás el viejo cementerio de la Legión, y rodearon los muros de diez metros de
altura hasta llegar a la puerta principal, cuyas gigantescas hojas, sólidas y
blanqueadas por el sol, se encontraban ligeramente entornadas. Las traspusieron
y se encontraron en el oscuro y desierto patio de la entrada.
No era necesaria mucha imaginación para ver formado a un cuerpo
de legionarios franceses, con sus chaquetas azules, sus bombachos blancos y sus
peculiares kepis, dispuestos a salir en una incursión por el desierto abrasador
contra las hordas de tuaregs.
Comparado con otras fortificaciones similares de la Legión, el
destacamento era más bien pequeño. Los muros, que tenían una longitud
aproximada de treinta metros, formaban un cuadrado perfecto. Su grosor en la
base era de más de tres metros y
en la parte alta había almenas para proteger a los vigilantes.
La
dotación del fuerte no debía de superar los cincuenta hombres.
En el interior reinaban los habituales signos del abandono.
Tanto el patio como distintas dependencias estaban repletos de
desperdicios, dejados primero por los franceses al retirarse y
después por los nómadas que utilizaban la fortificación para protegerse de las
tormentas de arena. Contra una pared se amontonaban los materiales abandonados
por los obreros durante la construcción del ferrocarril: traviesas de hormigón,
diversas herramientas, varios bidones de diesel, y una carretilla elevadora
sorprendentemente bien conservada.
—¿Te apetecería estar un año destinado aquí? —murmuró Giordino.
—Ni un año, ni una semana —replicó Pitt, tras una mirada
circular al fuerte.
El tiempo transcurría con exasperante lentitud mientras esperaban
la llegada de un tren. Las probabilidades de que el compuesto químico
descubierto por Gunn como causante de la proliferación de mareas rojas
procediera de una filtración de la planta de eliminación de residuos no sólo
eran buenas, eran casi excelentes. Después de su encontronazo con Massarde,
Pitt sabía que una llamada a la puerta y una amistosa solicitud para
inspeccionar las instalaciones no serían recibidas con los brazos abiertos y un
cordial apretón de manos. No tenían otra opción que entrar a escondidas y
encontrar pruebas irrefutables.
Algo muy siniestro estaba ocurriendo en Fort Foureau. Según
todas las apariencias, el lugar era una contribución a la batalla contra los
millones de toneladas de residuos tóxicos que se producían en el mundo año tras
año. Pero rasquemos la superficie, pensó Pitt, y veremos qué hay debajo.
Estaba diciéndose que sus posibilidades de cruzar la estación de
seguridad y salir de ella vivos eran mínimas, cuando se oyó un sonido a cierta
distancia. Giordino salió de su duermevela.
Sin decir palabra, se miraron y se pusieron en pie.
—Un tren que entra —dijo Giordino.
Pitt alzó su reloj Doxa de submarinista y estudió las manecillas
luminosas.
—Las once y media. Nos sobra tiempo para hacer la inspección y
largarnos antes del amanecer.
—Siempre y cuando haya un tren que salga —recordó cautelosamente
Giordino.
—Hasta ahora, han estado entrando y saliendo cada tres horas
justas. Como Mussolini, Massarde consigue que los trenes lleguen a tiempo.
—Tras sacudirse la arena, Pitt anunció—: Larguémonos ya, no vayamos a quedarnos
plantados en la vía.
—A mí no me importaría.
—Camina agachado —advirtió Pitt—. El desierto refleja la luz de
las estrellas, y entre el fuerte y las vías no hay más que terreno abierto.
—Me deslizaré por la noche como un murciélago —aseguró
Giordino—; pero, ¿qué pasa si un perro de enormes fauces o un vigilante con una
inmensa pistola tienen ideas distintas a las nuestras?
—Demostraremos que, como sospechamos, Fort Foureau no es más que
una fachada —dijo Pitt con firmeza—. Aunque sea a costa de sacrificar al otro,
uno de los dos tiene que escapar y poner a Sandecker sobre alerta.
Giordino miró pensativamente a Pitt sin decir palabra. Luego se
escuchó la sirena de la locomotora diesel en cabeza, anunciando su próxima
llegada a la estación de seguridad. El italiano señaló hacia las vías y dijo:
—Démonos prisa.
Pitt asintió en silencio. Luego cruzaron las puertas del fuerte
y corrieron hacia las vías del tren.
33
Un camión «Renault» yacía abandonado a mitad de camino entre el
fuerte y las vías. Cuanto podía aprovecharse de la carrocería y el chasis había
desaparecido hacía ya tiempo. Un mercader emprendedor había arramblado con
neumáticos, llantas, motor, transmisión, diferencial, y hasta con el parabrisas
y las portezuelas. Luego lo llevó todo a lomos de camello a Gao o a Tombuctú y
lo vendió como repuestos o chatarra.
Para Pitt y Giordino, escondidos tras el camión para evitar que
los iluminase el potente faro de la locomotora diesel, la desolación que
transmitía un objeto usado y luego abandonado resulta abrumadora; pero, por
otra parte, era un sitio perfecto para esconderse del largo tren de carga que
se acercaba.
El faro giratorio montado sobre la locomotora barría el
desierto, iluminando cada roca y cada hoja de marchita hierba en un kilómetro a
la redonda. Los dos hombres permanecieron a cubierto de la luz hasta que las
locomotoras pasaron delante de ellos a una velocidad que, según Pitt calculó,
no sería menos de cincuenta kilómetros por hora. En seguida empezaron a frenar,
preparándose para entrar en la estación de seguridad. Pitt aguardó
pacientemente mientras los vagones desfilaban ante él. Para cuando los últimos
llegaran a la altura del camión desguazado, la velocidad se habría reducido a
unos quince kilómetros por hora, lo cual les permitiría correr junto al tren y
abordarlo.
Dejaron su seguro escondite y cubrieron a la carrera los pocos
metros que los separaban del tendido. Al alcanzarlo esperaron en cuclillas,
viendo pasar los vagones plataforma que transportaban enormes contenedores
móviles hacia Fort Foureau.
El vagón de cola era ya visible. No se trataba de un furgón
normal para la dotación del tren, sino de un vagón blindado
con ametralladoras de grueso calibre montadas en torretas y manejadas
por guardias de seguridad de la corporación. Pitt pensó que Massarde tenía
montado un tinglado completísimo. Probablemente, los guardas eran mercenarios
profesionales que cobraban sueldos muy por encima de lo normal.
¿Por qué unas medidas de seguridad tan extremas? La mayoría de
los gobiernos consideraba los desechos químicos como un engorro. Un acto de
sabotaje o un vertido accidental en mitad del desierto hubiera pasado casi
inadvertido para la Prensa, incluso para los movimientos ecologistas mundiales.
¿De quién protegían la carga? Desde luego, no de los bandidos, ni tampoco de
los terroristas.
Si Pitt hubiera conocido un poco más a Massarde, su conclusión
habría sido que el magnate francés jugaba con dos barajas: financiaba por un
lado a los rebeldes malienses y por el otro cubría de dinero a Kazim.
—Montemos en el penúltimo vagón por delante del furgón blindado
—dijo Pitt a Giordino—. Abordar el último sería demasiado arriesgado: cualquier
guardia un poco atento podría descubrirnos.
Giordino movió afirmativamente la cabeza.
—Estoy contigo. Lo más probable es que los vagones más próximos
a los vigilantes no los registren tan meticulosamente como los más alejados.
Se pusieron en pie y comenzaron a correr junto al tendido. Pitt
había calculado mal la velocidad: el tren corría casi el doble que ellos. Ya no
podían pararse ni desistir. Si se apartaban del tren, los guardas los verían a
la luz de los faros de la parte posterior del furgón blindado, que proyectaban
un semicírculo de luz sobre las ruedas y las vías.
Corrieron como galgos. De los dos Pitt era el más alto y tenía
los brazos más largos. Al engancharse a una escalerilla, se vio lanzado hacia
delante y, aprovechando la inercia, saltó al vagón.
Giordino tendió los brazos, pero la escalerilla trasera se le
escapó por unos centímetros. El suelo del tendido férreo era de grava, por lo
que resultaba difícil correr sobre ella. Giró la cabeza para echar un vistazo
hacia atrás. Al escapársele el vagón elegido, su única esperanza consistía en
montar en el inmediatamente anterior al que transportaba a los guardas.
La escalerilla que iba desde el vagón plataforma hasta lo alto
del contenedor se aproximaba a una velocidad que a Giordino le pareció
supersónica. Echó un vistazo a las ruedas de acero, que giraban sobre los
raíles angustiosamente cerca. Aquélla era su última oportunidad. Si fallaba, o
caería bajo las ruedas, o sería tiroteado por los guardas. Ninguna de ambas
posibilidades le resultaba atractiva.
Al agarrar un peldaño con ambas manos, la fuerza del tren lo
levantó sobre sus pies. Se aferró desesperadamente, agitando las piernas en su
esfuerzo por encaramarse. Soltó la mano izquierda y la usó para atenazarse al
peldaño superior. Luego hizo lo mismo con la derecha, con lo que pudo doblar
las rodillas, alzar los pies en el aire y encontrar apoyo en el peldaño
superior.
Pitt permaneció unos segundos inmóvil para recuperar el aliento
antes de gatear a lo alto del contenedor. Hasta que se giró, no advirtió que
Giordino no estaba dónde debería haber estado: ascendiendo por la escalerilla
del mismo vagón. Miró hacia abajo y vio una sombra aferrada al costado del
vagón de atrás, así como la blanca mancha del crispado rostro de Giordino.
Con una angustia impotente, Pitt observó por unos segundos cómo
Giordino permanecía colgado de la escalerilla del contenedor, agitándose con
cada movimiento del vagón. Volvió la cabeza y miró hacia la cabecera del tren.
La locomotora delantera se encontraba a sólo un kilómetro de la estación de
seguridad. Luego, un apremiante sexto sentido hizo que Pitt mirase hacia atrás.
Lo que vio le dejó helado.
Un vigilante se encontraba en la pequeña plataforma que
sobresalía de la parte trasera del furgón blindado. Estaba de pie, con las
manos en la baranda y la mirada en el desierto que iba quedando atrás. A Pitt
le pareció que el hombre estaba absorto, pensando en algo lejano, quizá en una
chica. Con sólo que se volviera y mirase hacia abajo, Giordino estaría acabado.
El guarda se enderezó, giró sobre sus talones y volvió a la
fresca comodidad del interior del furgón.
Giordino no perdió más tiempo: trepó por la escalerilla hasta lo
alto del contenedor, donde se tumbó, jadeando y con el cuerpo apretado contra
el techo. En el aire, aún sofocante, se percibía el olor del escape de los
motores diesel. Tras quitarse el sudor de la frente, miró hacia Pitt, en el
vagón inmediata—mente anterior.
—¡Salta hasta aquí! —gritó Pitt, por encima del ruido del tren.
Poniéndose a gatas cautelosamente, Giordino bajó la mirada hacia
el difuso borrón de las traviesas y los raíles que pasaban bajo las ruedas del
tren. Tras unos instantes para reunir valor, se puso en pie, tomó carrerilla y
se lanzó. Saltó por encima del hueco de separación entre los dos vagones y aún
le sobró medio metro. Al caer sobre el techo del contenedor, buscó una mano que
lo ayudase, pero no encontró ninguna.
Confiando plenamente en la agilidad de su compañero, Pitt estaba
estudiando cuidadosamente el acondicionador de aire instalado en lo alto del
contenedor para que evitar que los desechos químicos, altamente combustibles,
hicieran ignición a causa del extremado calor del viaje a través del desierto.
Se trataba de un potentísimo modelo, especialmente diseñado para combatir
temperaturas abrasadoras. Su compresor era alimentado por un pequeño motor de
gas, que dejaba escapar el humo a través de un tubo provisto de silenciador.
Las luces de la estación de seguridad estaban cada vez más
cerca. Pitt intentaba idear una forma de evitar que los descubrieran. No le
parecía probable que los vigilantes fuesen examinando vagón por vagón del mismo
modo en que la Policía ferroviaria, durante la Depresión de los años treinta,
recorrían los convoyes en busca de vagabundos y polizones. Tampoco era probable
que los vigilantes de Massarde utilizaran perros, ya que, por sensible que
fuera el olfato de éstos, no podrían distinguir el olor humano entre la peste
de los desechos y el diesel.
Cámaras de televisión, decidió Pitt. El tren pasaría simplemente
ante una serie de cámaras manipuladas desde el interior del edificio. No cabía
duda de que Yves Massarde había recurrido a la más moderna tecnología de
seguridad.
—¿Tienes algo para soltar tornillos? —preguntó, sin volverse
hacia Giordino, que se le etaba aproximando.
—¿Me pides un destornillador? —preguntó incrédulamente Giordino.
—Quiero soltar este gran panel del acondicionador de aire.
Giordino echó mano al bolsillo, casi totalmente vacíos tras el
registro de los hombres de Massarde a bordo de la mansión flotante. Lo único
que encontró fue una moneda de veinticinco centavos y otra de diez. Las tendió
a Pitt.
—Dadas las prisas, esto es lo máximo que puedo hacer por ti.
Pasando rápidamente la mano por un gran panel del acondicionador de aire, Pitt
encontró las cabezas de los tornillos que lo mantenían en su lugar. Contó diez
y afortundamente no eran de estrella, sino de ranura. No estaba seguro de poder
soltarlos a tiempo. La moneda de veinticinco era demasiado grande, pero la de
diez encajaba a la perfección. Febrilmente, comenzó a hacer girar los
tornillos.
—Realmente éste es el momento adecuado para ponerse a reparar un
acondicionador de aire —comentó Giordino, intrigado.
—Parto de la base de que los vigilantes usan cámaras de
televisión para detectar la presencia en el tren de polizones como nosotros.
Estando aquí arriba, seguro que nos descubren. Nuestra única posibilidad de
entrar sin ser vistos es escondernos tras este panel, que es bastante grande
para ocultarnos a ambos.
El tren había reducido la marcha, y la mitad de los vagones
estaban ya en el andén de carga, al otro lado de la estación de seguridad.
—Date toda prisa que puedas —recomendó nerviosamente Giordino.
Pitt meneó la cabeza para sacudirse las gotas de sudor que le
caían sobre los ojos y siguió dando vueltas a la moneda. El vagón se acercaba
inexorablemente hacia las cámaras de televisión. Tres cuartas partes del tren
habían pasado ya a través de ellas, y aún quedaban tres tornillos por soltar.
Sólo dos, luego uno. El vagón siguiente ya estaba entrando en la
estación. Desesperado, Pitt agarró el enorme panel con ambas manos y logró
soltarlo, arrancando el último tornillo de su sujeción.
—Rápido: siéntate con la espalda contra el acondicionador ordenó
a Giordino.
—¿Crees que así engañaremos a alguien? —preguntó el otro, nada
convencido.
—Los monitores de televisión son bidimensionales. Mientras nos
enfoquen de frente, daremos el pego a cualquiera que mire.
El vagón entró muy despacio en un blanco y árido túnel con
cámaras de televisión situadas adecuadamente para examinar las plataformas, los
costados y el techo. Pitt sujetó el panel con las yemas de los dedos, en vez de
agarrarlo por los bordes con toda la mano, lo cual implicaría el riesgo de que
el guarda de vigilancia ante los monitores los viese. La tapadera improvisada
no era el colmo de la sutileza, pero lo máximo a que se enfrentaban era a un
guarda aburrido por la monotonía de contemplar una inacabable sucesión de
vagones de carga en un panel de monitores de televisión. Era como verse
obligado a contemplar cien repeticiones de un mismo programa en diez pantallas
diferentes: la mente se ofuscaba y terminaba cayendo en una especie de trance
hipnótico.
Permanecieron allí acurrucados, esperando que comenzaran a sonar
timbres y sirenas, pero no sonó ninguna alarma. Rebasado el túnel, el vagón
salió de nuevo al cielo nocturno y fue arrastrado hasta un desviadero situado
junto a un largo muelle de carga en el que había grandes grúas móviles que se
desplazaban sobre carriles paralelos.
Giordino volvió a enjugarse el sudor.
—Hermano... Espero no tener que pasar por otra como ésta —dijo.
Pitt sonrió, palmeó amistosamente el hombro de su compañero, y
se volvió hacia la parte trasera del tren.
—No cantes victoria aún. Nuestros amigos siguen con nosotros.
Permanecieron inmóviles en el techo del vagón, sujetando el
panel del acondicionador, mientras el furgón blindado de los guardas era
desenganchado y apartado por una pequeña locomotora eléctrica. Las cuatro
locomotoras diesel también soltaron sus enganches traseros y se dirigieron
hacia una línea muerta en la que había una larga fila de vagones vacíos
aguardando para emprender el regreso al puerto de Mauritania.
Momentáneamente seguros, Pitt y Giordino se quedaron donde
estaban, aguardando pacientemente a que ocurriese algo. El andén estaba
iluminado por grandes lámparas de arco y parecía totalmente desprovisto de
vida. Unos vehículos de extraño aspecto permanecían estacionados en una larga
hilera. Cada uno tenía cuatro ruedas sin neumáticos, una plataforma de
transporte y poco más, salvo una pequeña unidad cuadrada en la parte delantera
con faros y una protuberante lente enfocada hacia delante.
Cuando estaba a punto de volver a colocar el panel en su sitio,
Pitt captó un movimiento por encima de su cabeza. Afortundamente, vio la cámara
de televisión montada en lo alto de un poste del andén antes de que terminara
su giro de inspección y pudiera detectarlos. Un rápido vistazo al andén le
permitió descubrir otras cuatro iguales.
—Quieto —previno a su compañero—. Tienen aparatos de detección
por todas partes.
Volvieron a ocultarse tras el panel y, mientras intentaban
decidir cuál sería su próximo movimiento, los faros de las grúas móviles se
encendieron súbitamente mientras sus motores eléctricos empezaban a zumbar. Las
grúas carecían de cabina para el operario, pues eran manipuladas por control
remoto desde un centro de mando situado en el interior de las instalaciones. Se
deslizaron a lo largo del tren, dejando caer sobre cada vagón unos ejes
metálicos que se encajaban en unas ranuras de los bordes superiores de los
contenedores. Luego, tras un breve claxonazo, las grúas alzaban los enormes
contenedores de sus vagones y los depositaban sobre las plataformas de los
vehículos estacionados, luego retiraban los ejes de sujeción e iban a por el
siguiente contenedor.
Los dos hombres permanecieron en su escondite. Una grúa se
acercó a su contenedor, bajó los ejes de sujeción y lo levantó. A Pitt le
impresionó la precisión de toda la maniobra, en la que no intervenía para nada
la presencia humana. Una vez el contenedor estuvo en la plataforma del camión,
se escuchó un zumbido, y el vehículo rodó silenciosamente por el andén hasta
una rampa en espiral que descendía bajo tierra.
—¿Quién conduce? —murmuró Giordino.
—Un robot controlado a distancia —replicó Pitt.
Rápidamente, los dos hombres volvieron a colocar el panel, que
sujetaron con sólo un par de tornillos. A continuación, fueron a gatas hasta el
borde del contenedor y estudiaron el entorno.
En voz baja, Giordino comentó:
—La verdad es que en mi vida había visto tanta eficacia.
Pitt tuvo que admitir que era una visión intrigante. La rampa en
espiral, un verdadero prodigio de ingeniería, ahondaba hasta las entrañas
mismas del desierto. Calculó que el transporte y su carga habían bajado ya más
de cien metros bajo el suelo, pasando por cuatro niveles distintos que se
adentraban en la tierra hasta perderse de vista.
Pitt estudió los grandes carteles que había sobre los pasadizos,
identificados por signos y por terminología en francés. Los niveles superiores
estaban destinados a desechos biológicos; los inferiores, a desechos químicos.
Pitt comenzó a preguntarse cuál era la carga del contenedor en el que se
encontraban.
El misterio se intensificaba por momentos. ¿Por qué un reactor
dedicado a incinerar desechos tenía que estar tan oculto bajo tierra? A su
juicio, el emplazamiento lógico habría sido en la superficie, cerca de los
concentradores solares.
La rampa desembocó finalmente en una inmensa caverna cuyos
límites se perdían de vista. El techo tenía unos quince metros de altura, y de
la gruta salían una serie de túneles excavados en la roca, que se extendían en
todas direcciones, como los radios de una rueda. A Pitt le dio la impresión de
que una caverna natural había sido expandida por medio de un inmenso trabajo
humano de excavación.
Todos los sentidos de Pitt estaban alerta. Seguía
sorprendiéndole la total ausencia de seres humanos: ni obreros, ni operarios de
las máquinas. Cada uno de los movimientos que se producían en lo que sin duda
era una cueva-almacén estaba accionado por control remoto. Su transportador
eléctrico, como una hormiga obrera, siguió al que lo precedía y se metió por
uno de los túneles, marcado por una señal roja con una línea negra diagonal. De
arriba llegaban sonidos y ecos diversos.
—Debe de ser un vertedero —dijo Giordino, señalando los
vehículos que iban en dirección contraria, con las puertas de sus contenedores
abiertas, revelando el interior vacío.
Tras recorrer casi un kilómetro, el camión comenzó a reducir la
velocidad, y los ruidos se hicieron más intensos. Volvió un recodo y penetró en
una enorme cámara, llena del suelo al techo de contenedores cúbicos de cemento,
pintados todos ellos de amarillo y con marcas negras. Una máquina robot
descargaba los bidones de los contenedores y los almacenaba en el mar de otros
contenedores que se alzaba hacia lo alto de la caverna.
Pitt apretó los dientes. Sus ojos lo miraban todo con creciente
inquietud, y de pronto deseó estar en cualquier otro sitio que no fuera aquella
cámara subterránea de los horrores.
Los bidones estaban marcados con el signo de la radiactividad.
El y Giordino habían tropezado con el secreto del Fort Foureau, una colosal
cámara subterránea de almacenamiento de desechos nucleares.
Tras echar un largo vistazo al monitor de televisión, Massarde
meneó la cabeza asombrado y, volviéndose hacia su secretario, Felix Verenne,
murmuró:
—Esos hombres son increíbles.
—¿Cómo han podido eludir las medidas de seguridad? —preguntó
Verenne.
—Del mismo modo que huyeron de mi mansión flotante, robaron el
coche del general Kazim y condujeron por medio Sahara. Mediante la astucia y la
perseverancia.
—¿Los dejamos encerrados en la cámara de almacenamiento hasta
que la radiactividad los mate?
Massarde lo meditó unos momentos y al fin meneó negativamente la
cabeza.
—No: que los guardas de seguridad vayan a detenerlos. Luego, que
los duchen para quitarles la contaminación, y los traigan aquí. Antes de acabar
con él, me gustaría tener una charla con Mister Pitt.
34
Los guardas de seguridad de Massarde iban a apresarlos veinte
minutos más tarde. Una vez estuvieron en la cueva-almacén, y tras bajarse del
techo del contenedor, Pitt y Giordino se metieron en el vacío interior del
mismo, de modo que, cuando el vehículo transportador volvió a la superficie,
ellos iban dentro. Lamentablemente, una cámara oculta de televisión captó su
maniobra.
Momentos antes de que el contenedor fuese cargado sobre un vagón
de plataforma, su puerta se abrió súbitamente. No tuvieron oportunidad de
ofrecer resistencia ni de intentar la huida; fue una sorpresa total y bien
coordinada.
Pitt los contó y eran diez, diez hombres armados con
ametralladoras que apuntaban a los dos desarmados polizones en el interior del
contenedor. Pitt sintió que la amarga cuchillada del fracaso le traspasaba.
Podía notar el acre sabor de la derrota en el paladar. Ser descubierto y
detenido por Massarde una vez fue un error de cálculo; dos veces ya rozaba la
estupidez. Miró fijamente a los guardas sin sentir miedo, sólo furia por haber
caído en la trampa. Se maldijo por no haber estado más alerta.
Lo único que podían hacer era ganar tiempo y esperar que no los
ejecutaran antes de que surgiera otra oportunidad de huir, por remota que
fuera. Lentamente, Pitt y Giordino alzaron las manos y se las pusieron tras las
nucas.
—Perdonen la intrusión —dijo Pitt suavemente—. Buscábamos el
baño.
—No íbamos a orinarnos encima —añadió Giordino.
—¡Silencio los dos! —La orden salió de labios de un oficial de
seguridad de replanchado uniforme y gorra militar francesa. El tono era seco y
frío, y las palabras fueron dichas en un inglés casi exento de acento francés—.
Sé que son ustedes peligrosos. Abandonen cualquier esperanza de huir. Mis
hombres no tienen orden de herir a los fugitivos.
—¿A qué viene tanto escándalo? —preguntó inocentemente
Giordino—. Ni que hubiéramos robado un bidón de toxinas usadas...
El oficial no hizo caso del comentario.
—Identifiquense.
Tras mirarlo fijamente, Pitt replicó:
—Yo soy Rocky, y mi amigo...
—Bullwinkle —concluyó Giordino.
Una crispada sonrisa curvó los labios del oficial.
—Indudablemente, son nombres más apropiados que Dirk Pitt y
Albert Giordino.
—Si ya lo sabía, ¿para qué pregunta? —dijo Pitt.
—Mister Massarde los aguarda.
—«Lo último que esperan de nosotros es que nos encaminemos hacia
el centro del desierto» —dijo burlonamente Giordino, evocando las palabras de
Pitt en Bourem—. Menudo profeta estás tu hecho.
Pitt se encogió levemente de hombros.
—Me equivoqué de guión, eso es todo.
—¿Cómo lograron eludir nuestras medidas de seguridad? —preguntó
el oficial.
—Vinimos en el tren —replicó Pitt, sin esforzarse por ocultar la
realidad.
—Una vez cargados, los contenedores se cierran con combinación.
No pudieron forzar la entrada en uno con el tren en marcha.
—Debería decirle a quien se encargue de las cámaras de
televisión que estudie los acondicionadores de aire del techo. Sólo fue cosa de
quitar un panel y utilizarlo como tapadera.
—¿Ah, sí? —preguntó el capitán Brunone, sumamente interesado—.
Muy astutos. Haré que su sistema de entrada conste en nuestro manual de
seguridad.
—Me siento muy halagado —sonrió Pitt.
El oficial entornó los párpados.
—No será por mucho tiempo, se lo aseguro. —Sacó una radio
portátil y habló por ella—. ¿Mister Massarde?
—Aquí estoy —dijo la voz de Massarde por el altavoz.
—Soy el capitán Charles Brunone, señor, jefe de seguridad.
—¿Qué hay de Pitt y Giordino?
—Aquí los tengo.
—¿Opusieron resistencia?
—No, señor: se entregaron pacíficamente.
—Tráigalos a mi oficina, capitán.
—Sí, señor, en cuanto se les descontamine.
Pitt preguntó a Brunone:
—¿Serviría de algo decir que lo sentimos y no lo haremos más?
—Parece que los norteamericanos nunca pierden el humor —dijo
fríamente Brunone—. Podrán disculparse personalmente ante Mister Massarde;
pero, dado que destruyeron su helicóptero, yo, en su lugar, no esperaría mucha
compasión.
Yves Massarde, que no sonreía con frecuencia, lo hizo cuando
Pitt y Giordino fueron escoltados al interior de su enorme oficina. Retrepado
en su costoso sillón de cuero, con los codos en los reposabrazos, y los dedos
entrelazados bajo la barbilla, mostraba la expresión satisfecha de un
empresario de pompas fúnebres tras una epidemia de tifus.
Felix Verenne se encontraba junto a una ventana desde la que se
divisaba todo el complejo. En marcado contraste con su superior, su expresión
era seria y desdeñosa.
—Magnífico trabajo, capitán Brunone —dijo con expresión plácida
Massarde—. Los ha atrapado ilesos e intactos. —Estudió a los dos hombres en pie
ante él, vestidos con limpios monos blancos que realzaban su bronceado y su
espléndida condición fisica. Mentalmente, tomó nota de su aparente
despreocupación, la misma de que habían hecho gala en la mansión flotante—. Así
que se han mostrado cooperadores.
—Como escolares camino de clase —dijo Brunone—. Han hecho cuanto
se les ha ordenado.
—Muy sensato por su parte —murmuró aprobadoramente Massarde. Se
levantó del sillón, rodeó el escritorio y quedó frente a Pitt—. Lo felicito por
su travesía del desierto. El general Kazim decía que no durarían ustedes ni dos
días. Notable proeza haber llegado tan lejos y tan de prisa por un territorio
hostil.
Amablemente, Pitt replicó:
—El general Kazim es el último hombre en cuyas predicciones yo
confiaría.
—Robó usted mi helicóptero y lo hundió en el río, Mister Pitt.
Se arrepentirá de ello.
—En su barco nos dio usted un trato inmundo, y le pagamos con la
misma moneda.
—¿Y el valioso automóvil antiguo del general Kazim? —El motor se
gripó, así que lo quemamos —mintió Pitt.
—Parece tener usted la fea costumbre de destruir valiosas
propiedades ajenas.
—De niño, rompía todos mis juguetes —dijo Pitt, indiferente—. Mi
padre se subía por las paredes.
—Yo puedo comprarme otro helicóptero, pero el general Kazim no
podrá sustituir su Avions Voisin. Disfrute del tiempo que le queda antes de que
los sádicos esbirros del general le apliquen su tratamiento en la cámara de
torturas.
—Yo, por suerte, soy masoquista —comentó Giordino,
imperturbable.
Por un instante, Massarde pareció divertido; luego su expresión
se tornó curiosa y preguntó:
—¿Qué poderoso motivo los ha impulsado a cruzar medio Sahara
hasta Fort Foureau?
—Nos fue usted tan simpático en su mansión flotante, que
decidimos hacerle otra visita...
La mano de Massarde salió disparada y golpeó con fuerza el
rostro de Pitt. El gran diamante del anillo del francés dejó un trazo rojo en
la mejilla del otro. Al recibir el revés, la cabeza de Pitt se movió, pero sus
pies siguieron firmemente plantados en la alfombra.
—¿Significa esto que me reta usted a un duelo? —murmuró el
norteamericano, con crispada sonrisa.
—No: lo que significa es que lo voy a meter lentamente en un
bidón de ácido nítrico hasta que hable.
Pitt miró a Giordino, de nuevo a Massarde y al fin se encogió de
hombros.
—Muy bien, Massarde: tiene usted una fuga.
Massarde frunció el entrecejo.
—Especifique.
—Sus residuos tóxicos, los compuestos químicos que supuestamente
incinera, se filtran hasta una corriente subterránea que fluye bajo el cauce de
un viejo río, y contaminan todos los pozos entre Fort Foureau y el Níger. Luego
siguen por el río, hasta llegar al Atlántico, donde producen un desastre de
tales dimensiones que terminará acabando con toda la vida marina. Y eso es sólo
el comienzo. Al seguir el viejo cauce, hemos comprobado que tiempo atrás pasó
directamente bajo Fort Foureau.
—Estamos a casi cuatrocientos kilómetros del Níger —dijo
Verenne—. Es imposible que el agua fluya hasta tan lejos bajo el desierto.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Pitt—. Fort Foureau es la única
instalación de Malí que recibe desechos químicos y biológicos. El compuesto
responsable del problema sólo puede salir de aquí. Ahora, después de saber que
usted almacena los desechos en vez de incinerarlos, ya no tengo ninguna duda.
La irritación estremeció las comisuras de los labios de
Massarde.
—Lo que dice no es del todo exacto, Mr. Pitt. Si incineramos
desechos en Fort Foureau. Buena parte de ellos, a decir verdad. Acompáñeme a la
habitación de al lado y se lo mostraré.
El capitán Brunone se echó para atrás e indicó a Pitt y Giordino
que siguieran a Massarde.
El financiero los condujo a través de un corredor hasta una sala
en cuyo centro había una maqueta en sección de la planta solar de eliminación
de residuos tóxicos de Fort Foureau. El modelo era tan detallado y minucioso
que contemplarlo equivalía a mirar las instalaciones reales desde un
helicóptero.
—¿Esto responde a la realidad, o es imaginario? —preguntó Pitt.
—Lo que ve es una representación exacta —aseguró Massarde.
—Ya veo que va a darnos una conferencia rigurosa y exacta sobre
el modo como operan las instalaciones.
—Una conferencia que podrán llevarse ustedes a la tumba —dijo
reprobatoriamente Massarde. Tomó un largo puntero de marfil y señaló con él un
gran campo en la parte sur del proyecto, que estaba cubierto de enormes módulos
planos orientados hacia el sol—. Nos autoabastecemos totalmente de energía.
Producimos nuestra propia electricidad con este sistema reticular fotovoltaico
de módulos solares de células de placa plana hechas de silicona policristalina
que se extiende sobre un campo de cuatro kilómetros cuadrados. ¿Está usted
familiarizado con la tecnología fotovoltaica?
—Sé que se está convirtiendo en la fuente de energía más barata
del mundo —replicó Pitt—. Según tengo entendido, la fotovoltaica es una
tecnología solar que convierte directamente los rayos del sol en energía
eléctrica.
—En efecto —dijo Massarde—. Cuando la luz del sol, o lo que los
científicos llaman energía fotónica solar, alcanza la superficie de estas
células tras recorrer un trayecto de ciento quince millones de kilómetros desde
el sol, se produce un flujo de electricidad suficiente para alimentar tres
instalaciones como ésta, caso de que deseáramos ampliar. —Hizo una pausa y
dirigió el puntero a una estructura próxima al campo de módulos—. Este edificio
alberga los generadores alimentados por la energía procedente del campo modular
y el subsistema de baterías en el que se almacena la electricidad para uso
nocturno o para los días en que el sol no brilla, que en esta parte del Sahara
son rarísimos.
—Un sistema de producción eléctrica muy eficiente —dijo Pitt—.
Pero su campo de concentradores solares no funciona con la misma efectividad.
Massarde miró pensativamente a Pitt, preguntándose cómo era
posible que aquel hombre siempre pareciera ir un paso por delante de él. Movió
el puntero hacia un campo contiguo al de células solares, en el que estaban los
concentradores parabólicos que Pitt había observado el día anterior.
—Funciona —replicó gélidamente Massarde—. Mi sistema
heliotecnológico para la destrucción de residuos tóxicos es el más avanzado de
todas las naciones industrializadas. El campo de superconcentradores produce
una energía equivalente a ochenta mil soles. Ese inmenso calor se deriva hacia
el primero de dos reactores de cuarzo. —Massarde hizo una pausa para tocar con
el puntero un edificio en miniatura—. Ese primer reactor, a una temperatura de
novecientos cincuenta grados centígrados, descompone los desechos tóxicos en
elementos químicos inofensivos. El segundo, a temperaturas en torno a los mil
doscientos grados, incinera hasta el último residuo infinitesimal que pueda
quedar. La destrucción de cualquier elemento tóxico creado por el hombre es
total y absoluta.
Pitt miró a Massarde con expresión entre admirativa y recelosa.
—Todo eso suena muy razonable y definitivo. Pero si su planta de
destoxificación es un prodigio de la tecnología más avanzada, ¿por qué oculta
bajo tierra millones de toneladas de desechos?
—Muy pocas personas son conscientes del inmenso número de
productos químicos que existen en el mundo. Hay más de siete millones de
compuestos creados por el hombre. Y cada semana se crean otros diez millares.
Al ritmo actual, en el mundo se acumulan cada año más de dos mil millones de
toneladas de basura química. Sólo Estados Unidos produce trescientos millones;
y entre Europa y Rusia suman el doble. Esa cantidad se duplica ampliamente
cuando contamos América del Sur, África, Japón y China. Parte de esa enorme
masa se quema en incineradores; la mayoría se arroja ilegalmente en vertederos
o en el mar. No tiene sitio adonde ir. Aquí, en el Sáhara, lejos de las grandes
ciudades y de los terrenos agrícolas, he construido un lugar seguro para que
las industrias internacionales tengan donde mandar sus residuos tóxicos. En la
actualidad, Fort Foureau puede destruir anualmente más de cuatrocientos
millones de toneladas de desperdicios químicos. Pero no me es posible
destruirlos en su totalidad, al menos no hasta que se completen mis proyectos
de destoxificación en el desierto del Gobi y en Australia, que procesarán los
desechos procedentes de China y otras naciones de Extremo Oriente. Por si le
interesa, también tengo una instalación en Estados Unidos a la que sólo le
faltan dos semanas para ponerse en funcionamiento.
—Todo eso está muy bien; pero no es excusa para que usted
entierre lo que no puede destruir, y cobre por ello. Massarde asintió con la
cabeza.
—Optimización de costos, Mr. Pitt. Es más barato esconder los
residuos que destruirlos.
—Y aplica usted esa misma lógica a los residuos nucleares —dijo
acusadoramente Pitt.
—Basura es basura. En cuanto a los seres humanos respecta, la
única diferencia entre lo nuclear y lo tóxico es que lo primero mata por
radiación, y lo segundo por envenenamiento.
—Enterrar, olvidar, y que el diablo se ocupe de las
consecuencias, ¿no?
Massarde se encogió indiferentemente de hombros.
—Algo hay que hacer. Mi país tiene el programa energético
nuclear mayor del mundo, y su número de centrales eléctricas atómicas sólo es
superado por Estados Unidos. Ya existen dos cementerios nucleares, uno en
Soulaines, y el otro en La Manche. Infortunadamente, ninguno de ambos estaba
diseñado para eliminar desechos de alta intensidad ni larga vida. El plutonio
239, por ejemplo, tiene una duración media de veinticuatro mil años. Otros
elementos radiactivos tienen cien veces esa vida. No existe sistema contenedor
que dure más de diez o veinte años. Como ya ha descubierto en su clandestina
expedición a nuestra cueva-almacén, aquí se reciben y procesan los desechos de
alta intensidad.
—O sea que, pese a su santurrón discurso acerca de la forma de
tratar los desechos, esta planta de destoxificación solar no es más que una
tapadera.
Massarde sonrió levemente.
—En cierto modo, sí. Pero, como ya le he explicado, también
destruimos gran cantidad de desechos.
—Para salvar las apariencias —dijo Pitt, fría y tajantemente—.
Reconozco que tiene usted mérito, Massarde. No sé cómo ha logrado construir
estas instalaciones de pacotilla sin que las agencias internacionales de
inteligencia se enterasen. ¿Cómo se las arregló para eludir la vigilancia de
los satélites espía mientras excavaba sus cavernas de almacenamiento?
—En realidad, fue muy simple —replicó el francés con
arrogancia—. Una vez construido el ferrocarril para traer a los obreros y los
materiales de construcción, las excavaciones comenzaron bajo el primer edificio
que se construyó. La tierra sobrante fue cargada en secreto en los contenedores
ferroviarios vacíos que regresaban a Mauritania, donde se utilizó para obras de
relleno en la ciudad portuaria de esa nación, proyecto que, debo reconocerlo,
también resultó sumamente provechoso.
—Muy astuto. Le pagan por los desechos que entran y por la arena
y las rocas que salen.
—¿Por qué limitarse a una ganancia, si se pueden conseguir dos?
—comentó filosóficamente Massarde.
—Nadie se entera y nadie se queja —dijo Pitt—. Nada de agencias
de protección del medio ambiente que amenacen con clausurar sus instalaciones,
ni de clamores internacionales por contaminar las corrientes de agua
subterránea. Nadie cuestiona sus métodos operativos, y las corporaciones que
producen los desechos, menos que nadie, puesto que se sienten satisfechísimas
de desembarazarse de ellos al precio que sea.
La inexpresiva mirada de Verenne se posó en Pitt.
—En lo que respecta a salvar el medio ambiente, pocos son los
santos que practican lo que predican. Todos son culpables, Mr. Pitt. Todos los
que disfrutan de los beneficios de los compuestos químicos, desde la gasolina
hasta los plásticos, pasando por las purificadoras de agua y los conservantes
alimenticios. En este caso, el jurado está secretamente de acuerdo con el
culpable. No hay hombre ni organización capaz de controlar y destruir el
monstruo. Es un Frankenstein que se autorreproduce y ya es demasiado tarde para
matarlo.
—Así que empeoran ustedes las cosas y se aprovechan de la
situación. En vez de una solución, esto no es más que una estafa.
—¿Una estafa?
—Sí, puesto que se evitan los gastos de construir contenedores
de contaminantes duraderos, y de excavar cámaras de depósito subterráneas
situadas varios kilómetros bajo tierra, en formaciones geológicas estables, por
debajo de donde fluyen las corrientes subterráneas. —Pitt apartó la vista de
Verenne y la volvió hacia Massarde—. Es usted un desaprensivo, que cobra
precios exorbitantes por unos servicios pésimos y que, a la larga, ponen vidas
en peligro.
Massarde enrojeció, pero era un maestro en el arte de controlar
su furia.
—El riesgo de que una filtración tóxica dentro de cincuenta o
cien años mate a unos cuantos nativos harapientos carece de toda importancia.
—Para usted, es fácil decirlo —replicó despectivamente Pitt—.
Pero la filtración se produce ya, y hay nómadas que están muriendo ahora mismo,
mientras hablamos. Y, dejando eso aparte, lo que usted ha hecho aquí podría
afectar a todas las formas vivientes que existen sobre la tierra.
La acusación de ser potencialmente responsable de la muerte del
planeta no hizo mella en el francés; pero la alusión a los nómadas muertos le
recordó algo.
—¿Están ustedes relacionados con el doctor Frank Hopper y el
equipo de la OMS?
—No: Giordino y yo actuamos por nuestra cuenta.
—Pero sabe usted de la existencia de ese equipo, ¿no? Pitt
asintió con la cabeza.
—Si eso le hace feliz, le diré que conozco a la bioquímica del
grupo.
—La doctora Eva Rojas —dijo lentamente Massarde, pendiente del
efecto de sus palabras.
Pitt advirtió la trampa de Massarde; pero, no teniendo nada que
perder, decidió seguirle la corriente.
—En efecto.
Massarde no había conseguido su enorme fortuna jugando a la
lotería. Pese a ser también maestro del engaño y la intriga, su gran don era la
perspicacia.
—Aventuraré otra hipótesis. Usted fue quien la salvó de los
asesinos del general Kazim, en las afueras de El Cairo.
—Sí: fortuitamente, me encontraba en las proximidades. Se
equivocó usted de carrera, Massarde. Habría sido un excelente quiromántico.
Massarde comenzaba a cansarse de aquella confrontación. No
estaba acostumbrado al trato desdeñoso. Un hombre cuyo trabajo cotidiano
consistía en manejar un inmenso imperio financiero no podía perder el tiempo
con un par de intrusos indeseables. Aquello era una simple molestia de la que
debían ocuparse sus subalternos. Dirigiéndose a Verenne, anunció:
—La charla ha terminado. Ocúpese de que el general Kazim se haga
cargo de estos dos individuos.
El pétreo rostro de Verenne se animó al fin con una sonrisa de
víbora.
—Será un placer.
El capitán Brunone no estaba hecho de la misma pasta que
Massarde y Verenne. Formado en el ejército francés, podía haber renunciado a la
carrera castrense por una paga que era el triple de la que recibía como
militar, pero aún conservaba vestigios de dignidad.
—Excúseme, Mr. Massarde; pero al general Kazim yo no le
entregaría ni un perro rabioso. Estos hombres son culpables de entrar
ilegalmente en las instalaciones, pero no merecen ser torturados hasta la
muerte por unos bárbaros ignorantes.
Massarde consideró la cuestión por unos momentos.
—Muy cierto, muy cierto —dijo, extrañamente contemporizador—. No
debemos ponernos al mismo nivel que el general y sus sicarios. —Con un extraño
brillo en los ojos, añadió—: Transpórtelos a las minas de oro de Tebezza. Así
Mr. Pitt y su amiga la doctora Rojas podrán disfrutar de su mutua compañía
mientras cavan en los pozos.
—¿Y qué hay de Kazim? —preguntó Verenne—. Se sentirá estafado si
no puede hacerles pagar a estos hombres la destrucción de su automóvil.
—Da lo mismo —replicó Massarde con tal despreocupación—. Para
cuando descubra su paradero, ya estarán muertos.
35
El presidente miró a Sandecker, sentado frente a él, al otro
lado del escritorio. En su despacho oval.
—¿Por qué no fui informado antes de este asunto?
—Se me dijo que era un asunto de escasa prioridad que no
justificaba alterar su apretada agenda.
El presidente miró hacia Earl Willover, jefe de personal de la
Casa Blanca.
—¿Es eso cierto?
El aludido, un cincuentón calvo, con gafas y gran bigote rojizo,
se removió en su sillón, se echó hacia delante y miró fijamente a Sandecker.
—Presenté la teoría de las mareas rojas a los miembros del consejo
nacional de ciencia. Ellos no consideraron que se tratase de una amenaza
mundial.
—Entonces, ¿cómo explican la increíble proliferación que se está
produciendo en medio del Atlántico?
Willover mantuvo sin pestañear la mirada del presidente.
—Reputados oceanógrafos consideran que nos encontramos ante un
fenómeno transitorio, y que, como ha ocurrido en el pasado, pronto comenzará a
dispersarse.
Willover dirigía el Ejecutivo como Horacio el Tuerto, en la
antigua Roma, defendió el puente Sublicio del ataque etrusco. Muy pocos
lograban llegar al despacho oval, y pocos escapaban a la ira de Willover caso
de prolongar excesivamente su visita, o de tener la audacia de contradecir al
presidente y de discutir sus decisiones. Excusado es decir que casi todos los
miembros del Congreso aborrecían la tierra donde pisaba el jefe de personal.
El presidente miró las fotos satélite del Atlántico extendidas
sobre su escritorio.
—A mí me parece bastante claro que éste es un fenómeno que no
puede pasarse por alto.
—Normalmente, dejada a sus propios recursos, la marea roja
desaparecería —explicó Sandecker—. Pero está siendo alimentada por un
aminoácido sintético mezclado con cobalto, procedente de la costa occidental de
Africa, que estimula el crecimiento de la marea hasta alcanzar proporciones
increíbles.
El presidente, antiguo senador por Montana, se sentía más cómodo
en la silla de montar que detrás de un escritorio. Era alto y enjuto, de
brillantes ojos azules y hablaba arrastrando levemente las palabras. A todos
los hombres los llamaba «señor» y a todas las mujeres «señora». Siempre que
lograba escapar de Washington, se dirigía a su rancho, situado en las
proximidades del último campo de batalla de Custer, en el río Yellowstone.
—Si la amenaza es tan seria como usted dice, el mundo entero
corre peligro.
—Si hemos pecado de algo, es de optimistas —dijo Sandecker—. El
peligro potencial es aún mayor de lo que creíamos. Nuestros expertos en
informática han revisado sus previsiones y han concluido que, a no ser que
detengamos la proliferación, a finales del próximo año, o puede que antes,
todas las formas de vida terrestre se extinguirán por falta de oxígeno. Antes
de la primavera, los océanos habrán muerto.
—Es ridículo —comentó desdeñosamente Willover—. Lo siento,
almirante, pero éste es un caso clarísimo de catastrofismo infundado.
Sandecker atravesó a Willover con la mirada.
—No soy catastrofista, y la inminencia de la aniquilación es un
hecho probado. No se trata de los riesgos potenciales de la disminución de la
capa de ozono y sus efectos sobre el cáncer de piel en los dos próximos siglos.
No hablo de catástrofes geológicas, ni de epidemias desconocidas, ni de
holocaustos nucleares, ni de meteoros que chocan contra la Tierra. A no ser que
el azote de la marea roja se detenga rápidamente, chupará el oxígeno de la
atmósfera, provocando la muerte de todos los seres vivos que moran sobre la
superficie del planeta.
—Pinta usted un cuadro muy tétrico, señor —dijo el presidente—.
Me resulta casi imposible visualizarlo.
—Pongámoslo así, señor presidente: de ser usted reelegido, lo
más probable es que no llegue al final de su mandato. Y no tendrá un sucesor,
porque no quedará nadie para votar por él.
Willover no se tragaba la historia.
—Vamos, almirante, ¿por qué no se envuelve en una sábana y se
pone a recorrer las calles con un cartel anunciando que el mundo se acaba esta
medianoche? Pensar que, de aquí a un año se habrá producido la total extinción
de la humanidad debido a los excesos fornicatorios de unos organismos
microscópicos es ir demasiado lejos.
—Los hechos hablan por sí mismos —dijo pacientemente Sandecker.
—Los plazos que menciona suenan a la típica táctica para
infundir miedo —replicó Willover—. Aún en el caso de que esté usted en lo
cierto, nuestros científicos contarán con tiempo suficiente para encontrar una
solución.
—Tiempo es justamente lo que nos falta. Permítanme una
simplificación ilustrativa. Imaginen que la marea roja dobla su tamaño cada
semana. De permitir que siga reproduciéndose, cubrirá la totalidad de los mares
en cien semanas. Y como la historia siempre se repite, los gobiernos del mundo
relegarán el problema hasta que la mitad de los océanos esté cubierta. Sólo
entonces empezarán a tomar medidas drásticas para eliminar la marea roja. Lo
que les pregunto, señor presidente y Mr. Willover, es en qué semana cubrirá la
marea todos los océanos, y de cuánto tiempo se dispondrá para evitar la
catástrofe mundial.
El presidente y Willover cruzaron miradas de desconcierto.
—No tengo ni idea.
—Ni yo —dijo Willover.
—La respuesta es que la mitad de los mares quedará cubierta en
noventa y nueve semanas, y sólo se dispondrá de una semana para actuar.
Ante tan horrenda posibilidad, el presidente consideró la
amenaza con renovado respeto.
—Creo que ambos comprendemos lo que dice, almirante.
—La marea roja no muestra la menor tendencia a extinguirse
—continuó Sandecker—. Ya sabemos qué la causa, lo cual es un paso en la
dirección adecuada. El siguiente problema es cómo cortar la contaminación en su
fuente, y luego buscar otro compuesto que la detenga, o que, al menos, reduzca
su ritmo de crecimiento.
—Disculpe, señor presidente, pero la entrevista debe concluir.
Tiene usted un almuerzo con los jefes de la mayoría y la minoría del senado.
—Que esperen —dijo el presidente, irritado—. ¿Tienen ustedes
localizada la procedencia de ese compuesto, almirante? Sandecker movió
negativamente la cabeza.
—Aún no, pero sospechamos que viaja por una corriente
subterránea hasta el Níger, y que su origen está en la planta solar de
eliminación de residuos tóxicos que los franceses tienen en el Sahara.
—¿Cómo podemos estar seguros?
—Mi director de Proyectos Especiales y su hombre de confianza se
encuentran en estos momentos en el interior de Fort Foureau.
—¿Está en contacto con ellos?
Sandecker, tras una vacilación, replicó:
—No, no exactamente.
—Entonces, ¿cómo lo sabe? —lo presionó Willover.
—Fotos satélite de los servicios de inteligencia los
identificaron penetrando en las instalaciones a bordo de un tren cargado de
desechos tóxicos.
—Su director de Proyectos Especiales... —murmuró el presidente—.
¿Se refiere a Dick Pitt?
—A él y a Al Giordino.
El presidente se quedó por unos momentos con la mirada perdida
en el recuerdo. Luego sonrió.
—Pitt es el hombre que nos salvó de la amenaza del coche bomba
nuclear de Kaiten.
—El mismo.
—¿No será él el responsable de la debacle de la marina de Benin
en el río Níger? —preguntó Willover.
—Sí; pero el culpable soy yo —dijo Sandecker—. Como mis
advertencias fueron desoídas, y no obtuve apoyo ni de su gente ni del
Pentágono, envié Níger arriba a Pitt y a dos de los mejores hombres de la NUMA
para que localizaran el origen del contaminante.
Furiosamente, Willover estalló:
—¿Ordenó una operación no autorizada en un país extranjero?
—Y también persuadí a Hala Kamil de que enviara a Malí a un
equipo táctico de la ONU para que rescatara y trajese hasta aquí a mi jefe
científico con los datos que había obtenido.
—Ha puesto usted en peligro toda nuestra política africana.
—No sabía que tuviéramos una política africana —replicó
belicosamente Sandecker, a quien Willover no inspiraba el más mínimo temor.
—Se ha pasado usted de la raya, almirante. Esto podría tener
serias repercusiones en su carrera.
Sandecker no era de los que se achican ante una pelea.
—Me debo a mi Dios, mi patria y mi presidente. Usted y mi
carrera figuran en el octogésimo sexto lugar de mi lista.
El presidente intervino:
—Caballeros, caballeros... —Su ceñuda expresión era más
histriónica que airada. Secretamente, le divertían los altercados verbales
entre sus asesores y los miembros de su gabinete—. No quiero más fricciones
entre ustedes. Estoy persuadido de que nos enfrentamos a una realidad
desastrosa, y más vale que aunemos esfuerzos para encontrar una solución.
Willover lanzó un exasperado suspiro.
—Naturalmente, seguiré sus instrucciones.
Sosegadamente, Sandecker dijo:
—Mientras no tenga que desgañitarme para que me oigan, y logre
el apoyo suficiente para detener la amenaza, conmigo no tendrá usted problemas.
—¿Qué nos aconseja hacer? —preguntó el presidente.
—Mis científicos de la NUMA trabajan día y noche buscando una
fórmula que neutralice o acabe con la marea roja sin trastornar el equilibrio
ecológico marino. Si Pitt demuestra que la contaminación procede efectivamente
de Fort Foureau, usted mismo decidirá qué medios deben utilizarse para
clausurar la instalación, señor presidente.
Tras una pausa, Willover dijo lentamente:
—Aunque por un momento supongamos ciertas las catastró
ficas predicciones del almirante, no será sencillo clausurar
unilateralmente unas multimillonarias instalaciones que son propiedad de
inversionistas franceses y se hallan en una nación soberana como Malí.
—Si ordenase que las Fuerzas Aéreas arrasaran el lugar,
tendríamos que dar muchas y muy comprometidas explicaciones —admitió el
presidente.
Willover advirtió:
—Le recomiendo cautela, señor presidente. Nos podemos meter en
un terreno lleno de arenas movedizas.
El presidente miró a Sandecker.
—¿Qué hay de los científicos de otras naciones? ¿Conocen el
problema?
—No en toda su extensión —replicó el almirante—. Aún no.
—¿Qué fue lo que los puso a ustedes sobre alerta?
—Hace sólo doce días, uno de los expertos en corrientes
oceánicas de la NUMA estaba estudiando unas fotos tomadas por el SeaSat cuando
advirtió la zona insólitamente grande que cubría la marea roja, e hizo cálculos
sobre su proliferación. Horrorizado por la increíble velocidad a la que
aumentaba, me comunicó lo que ocurría de inmediato. Tras meditarlo
cuidadosamente, decidí no hacerlo público hasta que pudiéramos controlar la
situación.
—No tenía usted derecho a actuar por su cuenta y riesgo —le
reprochó Willover.
Sandecker se encogió indiferentemente de hombros.
—Washington hizo oídos sordos a mis advertencias, así que no
tuve más remedio que tomar mis propias medidas.
—¿Qué acciones inmediatas propone? —preguntó el presidente.
—Por el momento, lo único que podemos hacer es seguir recogiendo
datos. La secretaria general Kamil ha accedido a convocar una reunión a puerta
cerrada de los más eminentes oceanógrafos mundiales en la central de la ONU en
Nueva York. Me ha invitado a que exponga la situación y organice un comité
internacional de científicos marinos para coordinar esfuerzos y compartir
información mientras se busca un remedio.
—Tiene usted carta blanca, almirante. Le ruego me comunique
cualquier novedad en todo momento, sea de día o de noche. —Volviéndose hacia
Willover, el presidente siguió—: Notifique lo que ocurre a Doug Oates, en el
Departamento de Estado, y a mi Consejo Nacional de Seguridad. Si el origen está
en Fort Foureau y las naciones responsables no cooperan, tendremos que ser
nosotros quienes vayamos al lugar y lo ocupemos.
Willover se puso en pie.
—Señor presidente: recomiendo con toda energía que obremos con
paciencia y cautela. Estoy convencido de que esa epidemia marina, o como quiera
llamarla, terminará desapareciendo por sí misma, y lo mismo opinan muchos
científicos cuyo criterio respeto.
Sin quitar ojo a Willover, el presidente replicó.
—Confío en el almirante Sandecker. En todo el tiempo que llevo
en Washington, jamás le he visto cometer un error.
—Gracias, señor presidente —dijo Sandecker—. Hay otro asunto que
requiere nuestra atención.
—¿Cuál?
—Cómo he dicho, Pitt y su compañero, Al Giordino, se han
introducido en Fort Foureau. Caso de que sean apresados por los malienses o por
las fuerzas de seguridad francesas, su rescate resultará esencial. Necesitamos
la información que tienen en su poder.
Willover no se daba por vencido:
—Señor presidente: le ruego considere las desastrosas
consecuencias políticas que tendría una intervención de las Fuerzas Aéreas
Especiales o de un Equipo Delta en una misión de rescate en el desierto. Si la
operación es un fracaso, y la Prensa internacional se entera...
El presidente asintió pensativamente.
—En eso estoy de acuerdo con Earl. Lo siento, almirante, pero
tendremos que recurrir a otro medio para salvar a sus hombres.
—¿No dice que al agente que tenía los datos sobre la
contaminación en el Níger fue rescatado por una fuerza de la ONU? —preguntó
Willover.
—Hala Kamil fue de gran ayuda al ordenar que un Equipo
Internacional Táctico y de Respuesta Crítica de la ONU llevase a cabo la
misión.
—Entonces, si Pitt y Giordino son detenidos, tendrá que
convencer a Kamil de que vuelva a hacerlo.
El presidente murmuró:
—Si enviara a soldados norteamericanos a sembrar el desierto de
cadáveres franceses, Dios sabe que sería crucificado.
La decepción se reflejó en el rostro de Sandecker.
—Dudo mucho de poder convencerla de que envíe de nuevo al
equipo.
—Yo mismo haré la solicitud —prometió el presidente.
—No puede salirse siempre con la suya, almirante —dijo secamente
Willover.
Sandecker lanzó un cansado suspiro. Las horribles consecuencias
de la proliferación de la marea roja no habían sido captadas en toda su
magnitud. A medida que pasaban las horas, su misión se hacía más dura, opresiva
y frustrante. Se levantó y miró al presidente y a Willover.
—Prepárense para lo peor porque si no detenemos la marea roja
antes de que alcance el Atlántico Norte y se extienda por los océanos Pacífico
e Índico, nuestra extinción será irremediable.
Sin decir más, Sandecker giró sobre sus talones y abandonó el
despacho.
Tom Greenwald estaba en su oficina, ocupado en realzar
electrónicamente las imágenes recibidas del satélite espía Pyramider, cuya
órbita había desviado ligeramente desde tierra para que pasara sobre la sección
del Sahara donde detectó el coche y las figuras de Pitt y Giordino en las fotos
del viejo GeoSat. Ninguno de sus superiores le había dado permiso, pero
mientras pudiera devolver el satélite a la observación de la guerra civil en
Ucrania tras otro par de pasadas, nadie advertiría lo ocurrido. Además, la
lucha se había reducido a escaramuzas aisladas, y las imágenes del satélite
sólo interesaban al vicepresidente. El Consejo Nacional de Seguridad
Presidencial tenía otras preocupaciones, como el plan nuclear secreto japonés.
Greenwald se saltaba las órdenes impulsado sólo por la
curiosidad. Deseaba ver imágenes más precisas de los dos hombres que
anteriormente había descubierto abordando un tren para entrar en Fort Foureau.
Ahora, por medio del Pyramider, podía efectuar una identificación exacta. Lo
que vio fue un trágico cambio en la situación.
La nitidez de las fotos era pasmosa. En ellas se veía a los dos
hombres siendo conducidos bajo vigilancia hacia un helicóptero. Pudo verificar
sus identidades cotejando las fotos de ambos que Chip Webster le había
entregado tras sacarlas de los archivos de la NUMA. Las imágenes, tomadas desde
varios cientos de kilómetros de altitud., mostraban la captura de Pitt y
Giordino.
Se levantó, fue a su escritorio y marcó un teléfono. Tras dos
timbrazos, contestó Chip Webster desde la NUMA.
—Diga...
—¿Chip? Soy Tom Greenwald.
—¿Tienes algo para mí, Tom?
—Malas noticias. Han capturado a vuestros hombres.
—Maldita sea... No era eso lo que esperaba oír.
—Tengo excelentes fotos de ellos en el momento en que son
metidos en un helicóptero, encadenados y rodeados por una docena de vigilantes
armados.
—¿Pudiste discernir adónde se dirigía el helicóptero? —preguntó
Webster.
—No puedo decirlo con exactitud, porque mi satélite se perdió de
vista al minuto siguiente de despegar el aparato; pero sospecho que tomó
dirección noreste.
—¿Adentrándose en el desierto?
—Así parece —replicó Greenwald—. Puede que el piloto, tras un
rodeo, tomara una dirección distinta; pero eso es imposible de verificar.
—Al almirante Sandecker no le van a gustar estas novedades.
—Sigo pendiente de ellos —dijo Greenwald—. Si averiguo algo más,
te llamo inmediatamente.
—Gracias, Tom. Esta vez sí que te debo un gran favor. Greenwald,
tras colgar, contempló la imagen del monitor y, para sí, murmuró:
—Pobres diablos. No me gustaría estar en sus pellejos.
36
En Tebezza, el comité de bienvenida brillaba por su ausencia.
Era evidente que ni Pitt ni Giordino eran considerados merecedores de una
recepción por parte de los dignatarios locales. En lugar de éstos, dos tuaregs
que empuñaban fusiles automáticos los recibieron silenciosamente mientras un
tercero les ponía grilletes en las muñecas y los tobillos. Las cadenas, que
parecían muy usadas, daban la impresión de haber pasado por diversos dueños.
De mala manera, Pitt y Giordino fueron obligados a subir en la
parte de atrás de una camioneta «Renault», que fue conducida por uno de los
tuaregs, mientras los otros dos iban atrás, con los fusiles sobre las piernas,
vigilando a los prisioneros a través de las aberturas de sus lithams de color
añil.
El motor se puso en marcha y la camioneta comenzó a alejarse.
Pitt apenas prestó atención a sus vigilantes. El helicóptero que los había
transportado desde Fort Foureau se elevó en el aire sofocante e inició el viaje
de regreso. Pitt empezó a sopesar las posibilidades que tenían de escapar.
Estudió el paisaje a su alrededor. No se veían alambradas, ni casetas de
vigilancia. Las medidas de seguridad eran innecesarias: nadie estaba tan loco
como para intentar recorrer cuatrocientos kilómetros de desierto con los
grilletes puestos. La fuga parecía imposible, sin embargo Pitt no se dejó
desanimar por completo. Las posibilidades de huir eran escasas; pero no nulas.
Cruzaban el desierto más puro, donde nada crecía. Únicamente se
veían pardas dunas separadas por pequeños valles de brillante arena blanca, con
la excepción de una meseta rocosa que se alzaba sobre la planicie del desierto.
Era una región traidora que, pese a todo, poseía una belleza muy difícil de
describir. A Pitt le recordó las imágenes de una vieja película, La canción del
desierto.
Mientras la camioneta avanzaba, Pitt examinó el paisaje más
próximo. El camino, si podía recibir tal nombre, estaba constituido por unas
simples rodadas que iban hacia la meseta. Sobre el terreno desnudo no se alzaba
ninguna construcción, ni se veía vehículo o equipo algunos. Ningún indicio de
actividades mineras. El hombre comenzó a preguntarse si el oro de Tebezza no
sería también una fábula.
Al cabo de veinte minutos, la camioneta redujo velocidad y se
metió por un estrecho desfiladero que se adentraba en la meseta. Allí la arena
era tan fina que prisioneros y guardas tuvieron que apearse y empujar el
vehículo hasta un terreno más firme. Tras recorrer casi un kilómetro, se
metieron en una cueva cuya pequeña entrada apenas permitía el paso de la
camioneta, la cual enfiló luego una larga galería excavada en la roca.
El vehículo se detuvo frente a un túnel brillantemente
iluminado. Los vigilantes saltaron al suelo y, señalando con los cañones de sus
armas, indicaron a los prisioneros que se apearan. Pitt y Giordino obedecieron
trabajosamente, a causa de los grilletes que obstaculizaban sus movimientos.
Los guardas los empujaron hacia el túnel, por el que avanzaron agradeciendo la
fresca atmósfera subterránea que tanto contrastaba con el sofocante calor
exterior.
La galería se convirtió en un corredor de paredes estriadas y
suelo de baldosas vitrificadas. Pasaron frente a varias arcadas excavadas en la
roca y provistas de viejas puertas de madera labrada. Los guardas se detuvieron
ante una de ellas, situada al extremo del corredor, la abrieron y los empujaron
al interior. Atónitos, Pitt y Giordino pisaron la gruesa moqueta azul de una
sala de recepción tan lujosa como la que podía encontrarse en cualquier
próspera empresa de la Quinta Avenida neoyorquina. Las paredes eran de color
azul pálido, a tono con la moqueta, y estaban decoradas con fotos de
impresionantes amaneceres y ocasos en el desierto. La iluminación procedía de
lámparas de cromo con pantallas grises.
En el centro de la sala había un escritorio de madera de acacia
con un tresillo a juego de cuero gris. En los rincones traseros, como haciendo
guardia en la entrada del santuario, se alzaban dos estatuas de bronce de un
hombre y una mujer tuaregs en aguerridas poses. En la habitación, el aire era
fresco, pero no húmedo ni maloliente. A Pitt le pareció advertir fragancia de
azahar.
Al escritorio estaba sentada una mujer de gran belleza,
brillantes ojos gris púrpura y largo cabello negro que le caía tras el respaldo
de la silla. Sus rasgos faciales eran mediterráneos, aunque Pitt no logró
discernir la nacionalidad exacta. La mujer alzó la mirada y estudió por un
momento a los dos hombres con indiferencia, como si se tratara de viajantes de
comercio. Luego se levantó, revelando una escultural figura envuelta en una
túnica parecida a un sari indio, abrió la puerta flanqueada por las dos estatuas,
y los invitó a pasar con un ademán.
Entraron en una gran cámara de alto techo abovedado y cuatro
paredes cubiertas de librerías excavadas en la roca. Toda la estancia, que
había sido tallada al tiempo que era excavada no era sino una gigantesca
escultura. Un enorme escritorio en forma de herradura surgía de la roca, como
si formase parte del suelo. La mesa estaba cubierta de planos y diagramas de
ingeniería. Ante el escritorio había dos largos bancos de piedra, separados por
una mesita baja minuciosamente tallada. Aparte de los libros y los papeles, el
único objeto que no estaba tallado en la roca, era una maqueta de una galería
de mina sostenida por puntales de madera y situada en un extremo de la
estancia.
Al fondo de la habitación, de pie junto a la librería, había un
hombre altísimo, absorto en un libro procedente de un estante. Vestía la túnica
púrpura de los nómadas, con un blanco litham en torno a la cabeza. Bajo la
túnica asomaban un par de discordantes botas vaqueras de piel de serpiente.
Pitt y Giordino tuvieron que aguardar unos momentos, hasta que el hombre se
volvió hacia ellos y les dirigió una breve mirada. Luego devolvió su atención a
las páginas del libro, como si sus visitantes se hubieran marchado.
—Bonito sitio tiene usted aquí —comentó Giordino, y su voz
resonó en las paredes de piedra—. Debe de haberle costado un dineral.
—No le vendrían mal unas ventanas —dijo Pitt, echando un vistazo
a las librerías. Luego miró hacia arriba—. Una lucerna alegraría la decoración.
O'Bannion devolvió el libro a su lugar y los miró con divertida
curiosidad.
—Para llegar a la superficie y la luz del sol habría que
perforar ciento veinte metros de roca. El gasto no merece la pena. Tengo
mejores trabajos para mis obreros.
—¿Obreros, o esclavos? —preguntó Pitt.
O'Bannion se encogió levemente de hombros.
—Esclavos, obreros, prisioneros... En Tebezza todos son lo
mismo.
O'Bannion se aproximó a ellos. Pitt nunca había estado tan cerca
de alguien que le sacara casi medio metro. Para mirar a los ojos de su captor
tenía que echar la cabeza completamente para atrás.
—Supongo que nosotros somos los últimos fichajes de su equipo de
forzados.
—Imagino que Mr. Massarde ya les informó de que cavar en las
minas es mucho menos doloroso que ser torturados por los sicarios del general
Kazim. Deberían estar agradecidos.
—Supongo que la libertad condicional aquí no se estila, Mr....
—Me llamo Selig O'Bannion. Dirijo las actividades de la mina. Y
no, no hay libertad condicional. En las minas se entra; pero no se sale.
—¿Ni siquiera para el entierro? — preguntó Giordino, sin el rnás
mínimo atisbo de temor.
—Tenemos un panteón subterráneo para los que sucumben —replicó
O'Bannion.
—Es usted un asesino, como Kazim —dijo Pitt—. 0 peor.
Haciendo caso omiso del insulto, O'Bannion comentó:
—He leído sobre sus proezas submarinas, Mr. Pitt. Será sumamente
agradable tener a alguien con un intelecto capaz de compararse con el mío. Su
estudio sobre minería submarina me pareció particularmente interesante. De
cuando en cuando, debemos cenar juntos para que me explique sus operaciones de
ingeniería subacuática.
El rostro de Pitt mostró una gélida expresión.
—¿Apenas he llegado a la cárcel y ya me ofrece privilegios? No,
muchas gracias: prefiero cenar con un camello.
Los labios de O'Bannion se curvaron levemente en una mueca.
—Como guste, Mr. Pitt. Quizá cambie de opinión al cabo de unos
días de trabajar a las órdenes de Melika.
—¿De quién?
—Mi capataz. Es de una crueldad muy poco común. Ustedes dos
están en magnífica forma física. Supongo que para la próxima vez que nos
veamos, ella los habrá convertido en sumisas piltrafas humanas.
—¿Es una mujer? —preguntó curiosamente Giordino.
—Como no hay otra.
Pitt no dijo nada. El mundo entero conocía las infames salinas
del Sáhara. Se habían convertido en el paradigma del trabajo duro e inhumano.
Pero una mina de oro virtualmente desconocida y provista de mano de obra
esclava era toda una novedad. Sin duda, el general Kazim obtenía su parte en
los beneficios, pero la operación tenía el infamante sello de Yves Massarde. El
proyecto de destoxificación pseudo solar, la mina de oro, y sabía Dios cuántas
cosas más. Allí se estaba jugando una partida sin límites que como los
tentáculos de un pulpo, se extendía en todas direcciones, una partida
internacional en la que no sólo el dinero estaba en juego, sino también un
poder inconmensurable.
O'Bannion fue hasta su escritorio y oprimió un botón. Se abrió
la puerta y entraron los dos guardas, que fueron a colocarse detrás de cada uno
de los cautivos. Giordino miró a Pitt, en espera de una seña o una mirada que
indicase un ataque coordinado contra los guardas. Giordino no hubiese dudado en
lanzarse contra un rinoceronte si Pitt se lo hubiera pedido. Pero Pitt
permaneció rígidamente inmóvil, como si el contacto de los grilletes en sus
tobillos y muñecas hubiera anestesiado su instinto de conservación. Por encima
de todo, debía concentrar su ingenio en buscar el modo de hacer llegar a
Sandecker el secreto de Fort Foureau. 0 lo conseguía, o moriría en el intento.
—Me gustaría saber para quién trabajo —dijo Pitt.
—¿Acaso no está enterado? —preguntó gélidamente O'Bannion.
—¿Massarde y su compinche Kazim?
—Dos de tres, no está mal.
—¿Quién es el tercero?
—Pues yo, naturalmente —replicó O'Bannion—. Se trata de un
arreglo sumamente satisfactorio. La Massarde Enterprises facilita el equipo y
negocia la venta del oro. Kazim aporta los obreros, y yo dirijo la explotación,
lo cual es muy justo, ya que fui el que descubrió la veta de oro.
—¿Y qué porcentaje recibe el pueblo de Malí?
—El cero por ciento, desde luego. ¿Qué haría una nación de
mendigos si de pronto la cubriesen de oro? 0 lo derrocharían, o dejarían que se
lo quitasen los inversores extranjeros, que se conocen todos los trucos para
sacar partido de la miseria de los pueblos. No, Mister Pitt: los pobres están
muy bien como están.
—¿Les ha explicado su filosofía a los malienses? O'Bannion
parecía mortalmente aburrido.
—Si todos fuéramos ricos, el mundo sería un lugar tedioso. Pitt
continuó indagando:
—¿Cuántos hombres mueren aquí anualmente?
—Según. Unas veces doscientos, otras trescientos. Depende de las
epidemias y de los accidentes. La verdad es que no llevo la cuenta.
—Es asombroso que los obreros no se declaren en huelga —comentó
inútilmente Giordino.
—El que no trabaja, no come —dijo O'Bannion con un encogimiento
de hombros—. Aparte de que Melika mantiene el orden arrancándoles la piel a
latigazos a los que se muestran rebeldes.
—Manejar un pico y una pala no se me da nada bien —informó
Giordino.
—No tardará en convertirse en un experto. En caso contrario, o
si crea usted problemas, se le transferirá a la sección de extracción.
—O'Bannion consultó su reloj—. Aún les queda tiempo para trabajar las quince
horas que dura la jornada laboral.
—No hemos comido nada desde ayer —se quejó Pitt.
—Ni comerán nada hoy. —O'Bannion hizo una seña a los guardas
antes de volver con sus libros—. Lleváoslos.
Los tuaregs los hicieron salir de la sala. Aparte de la
recepcionista y de dos hombres con monos marrones y cascos con lámparas de
minero que hablaban en francés al tiempo que observaban con una lupa un
fragmento de mineral, no vieron a nadie en su camino hasta el ascensor. El
suelo enmoquetado y las paredes cromadas de éste recordaban a los que suelen
verse en los edificios de oficinas. Se abrieron las puertas y el ascensorista,
un tuareg, les indicó que entraran. Las puertas volvieron a cerrarse y el
zumbido del motor reverberó en las paredes del pozo al tiempo que descendían.
Pese a que el ascensor bajó rápidamente, el trayecto se hizo
interminable. Pasaron frente a negras cavernas cuyas aperturas circulares
marcaban la entrada a las galerías superiores. Tras descender lo que según
cálculos de Pitt no sería menos de un kilómetro, la cabina comenzó a perder
velocidad y al fin se detuvo. El ascensorista abrió la puerta, revelando un
estrecho túnel horizontal que se adentraba en la roca. Los dos guardas los
escoltaron hasta una pesada puerta de hierro. Uno de ellos se sacó un aro de
llaves de la túnica, seleccionó una y la hizo girar en la cerradura. Empujaron
a Pitt y Giordino contra la puerta, de modo que ésta se abriese. En el interior
había un túnel mucho más grande, con estrechas vías en el suelo. Los guardas
cerraron la puerta y los dejaron allí plantados.
De modo rutinario, Giordino inspeccionó la puerta. Medía cinco
centímetros largos de ancho y la parte interna carecía de tirador, mostrando
sólo el ojo de la cerradura.
—A no ser que robemos la llave, no utilizaremos esta salida
—dijo el italiano.
—No es para uso de los obreros, sino sólo para O'Bannion y sus
amigotes —dijo Pitt.
—Entonces tendremos que encontrar otro camino. Evidentemente, el
mineral lo sacan por un sitio distinto.
Pitt miró pensativamente la puerta.
—Ni hablar. 0 salimos en el ascensor, o nada.
Antes de que Giordino pudiera contestar se escuchó el zumbido de
un motor y el traqueteo de unas ruedas metálicas sobre los raíles. Apareció una
pequeña locomotora eléctrica que arrastraba una fila de vacías vagonetas y se
detuvo ante ellos. Tras apearse del asiento de conducción una mujer negra se
enfrentó a los dos hombres.
Pitt jamás le había echado la vista encima a una mujer con un
cuerpo tan ancho como largo. Decidió que era la tipa más fea que había visto en
su vida. Parecía salida de las gárgolas de una catedral gótica. Su mano derecha
sostenía un látigo de cuero que parecía formar parte de su cuerpo. Sin
articular palabra, fue hasta Pitt.
—Soy Melika, capataz de las minas. Debéis obedecer mis órdenes
sin jamás cuestionarlas. ¿Entendido?
Pitt sonrió.
—Recibir órdenes de un sapo con problemas de obesidad es una
experiencia nueva para mi.
Vio cómo el látigo cruzaba el aire, pero no logró esquivar ni
detener el golpe, que, tras darle en la mejilla le hizo ver las estrellas y
retroceder hasta apoyarse en un puntal de madera. Estuvo a punto de perder el
conocimiento. Pese al tremendo dolor, logró murmurar:
—Al parecer hoy todo el mundo se pirra por sacudirme.
—Ha sido una breve lección de disciplina —replicó la mujer.
A continuación, con movimiento inesperadamente rápido para
alguien de su peso, Melika lanzó el látigo contra la cabeza de Giordino. Pero
no fue lo bastante veloz. A diferencia de Pitt, Giordino estaba sobre aviso y
agarró la muñeca de la mujer como en un cepo, deteniendo el látigo a mitad de
camino. Lentamente, como si echaran un pulso, los dos brazos temblaron,
poniendo en juego la máxima potencia de sus músculos.
Melika, que tenía el vigor de un buey, nunca imaginó que un
hombre pudiera sujetarla con tal fuerza. La sorpresa brilló en sus ojos, para
ser sustituida por la incredulidad y luego la furia. Con la otra mano, Giordino
le quitó el látigo como quien quita un palo de la boca de un perro, y lo tiró
al interior de una de las vagonetas.
—Sucia escoria —susurró la negra—. Pagarás por esto. Giordino
sonrió y le lanzó un beso.
—Las relaciones de amor odio son las que más me gustan.
Su arrogancia fue su perdición. No advirtió el cambio en los
ojos de la negra, ni la rodilla que subía catapultada hacia su ingle. Al
recibir el golpe, Giordino soltó la muñeca y cayó de rodillas y encogido sobre
sí mismo, estremecido por un agónico y silencioso dolor.
Melika sonrió satánicamente.
—Estúpidos. Os habéis condenado a un infierno que no podéis ni
imaginar. —No perdió más tiempo en charlar. Tras recuperar el látigo, señaló
con él hacia una de las vacías vagonetas y pronunció una sola palabra—: Subid.
Cinco minutos más tarde, el tren se detuvo y luego retrocedió
por una galería. Una hilera de luces colocadas en puntales se perdía en la
oscuridad. Parecía una excavación reciente. Por encima del ruido del tren se
oían voces de hombres, y al cabo de poco rato fueron visibles las lámparas en
los cascos de los obreros, que eran vigilados por guardas tuaregs provistos de
látigos y fusiles. Canturreaban con voces roncas y cansadas. Todos eran
africanos: unos, tribeños del sur, otros, habitantes del desierto. Los zombies
de las películas de terror tenían mejor aspecto que aquellos pobres cadáveres
vivientes. Se movían lentamente, arrastrando los pies. La mayor parte sólo
vestía shorts harapientos. El sudor y el polvo de roca cubría sus cuerpos.
Tanto sus ojos vidriosos como las costillas que se les marcaban en el pecho
eran indicio de la subalimentación que padecían. Todos mostraban marcas de
latigazos, y a muchos les faltaban dedos; unos pocos tenían sucios vendajes en
los muñones de lo que en otro tiempo fueron manos. Su débil cantilena fue
extinguiéndose a medida que el tren se alejaba.
Las vías terminaban ante un montón de rocas recién
explosionadas. Melika desenganchó la locomotora.
—¡Fuera! —ordenó.
Pitt echó una mano a Giordino para salir de la vagoneta y lo
ayudó a mantenerse en pie mientras ambos miraban ferozmente a la obesa capataz
de los esclavos. Los gruesos labios de la negra se curvaron en una cruel
sonrisa.
—Pronto seréis como la escoria que acabáis de ver.
—Deberías repartir entre ellos vitaminas y garfios —dijo el
pálido Giordino, enderezándose.
Melika alzó el látigo y lo descargó contra el pecho de Giordino,
que no pestañeó ni retrocedió. La negra pensó que aquellos hombres aún no
estaban acobardados; en cuestión de días ella se encargaría de reducirlos a la
más animalesca de las sumisiones.
—Los barreneros sufren accidentes —dijo, imperturbable—. Las
mutilaciones y pérdidas de miembros son habituales.
—Recuérdame que no se me ocurra presentarme voluntario —dijo
Pitt.
—Cargad esas rocas en las vagonetas. Cuando acabéis, se os dará
comida y cama. Un guarda vendrá de cuando en cuando y, como os encuentre
dormidos, trabajaréis horas extras.
Pitt vaciló, con una pregunta en la punta de la lengua; pero
optó por tragársela. Debían andarse con tiento. El y Giordino contemplaron las
toneladas de mineral apiladas al extremo de la galería y luego se miraron.
Parecía una tarea imposible por extenuante. Dos hombres con grilletes no
tardarían menos de cuarenta y ocho horas en finalizarla.
Melika se subió a la locomotora eléctrica y señaló hacia una
cámara de televisión montada sobre el travesaño de dos puntales.
—No perdáis tiempo pensando en escapar. Estáis bajo vigilancia
permanente. Sólo dos hombres lograron salir de las minas. Los nómadas
encontraron sus esqueletos.
Tras lanzar una risotada de bruja, se alejó en la locomotora.
Los dos amigos se quedaron mirándola hasta que hubo desaparecido. Entonces
Giordino alzó las manos y las dejó caer a los costados.
—¡Pues estamos listos! —murmuró tristemente, tras contar las
treinta y cinco vagonetas vacías.
Pitt alzó la cadena que unía los grilletes de sus manos con los
de sus tobillos, y se dirigió a un gran montón de maderos que aguardaban para
apuntalar el túnel a medida que iba siendo excavado. Midió un madero y a
continuación hizo lo mismo con una vagoneta. Luego asintió con la cabeza,
satisfecho.
—En seis horas habremos terminado el trabajo. Giordino le
dirigió una aviesa mirada.
—Si lo dices en serio, deberías apuntarte a un curso de física
elemental.
—Usaré un truquito que aprendí un verano de mi época de
estudiante, recogiendo frambuesas.
—Espero que logres darle el pego a la cámara de vigilancia
—gruñó Giordino.
Pitt sonrió insidiosamente. —Fíjate y aprende.
37
Como Melika había anunciado, los guardas entraron y salieron con
total irregularidad. Rara vez se quedaron más de un minuto, tras cerciorarse de
que los dos prisioneros estaban cargando febrilmente el mineral, como si
intentaran batir un récord. En seis horas y media, las treinta y cinco
vagonetas aparecían llenas hasta los topes.
Giordino se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra un
madero.
—Cargas dieciséis toneladas y ¿qué has logrado? canturreó.
—Ser un día más viejo y estar más endeudado —terminó Pitt.
—O sea que así es como recogías frambuesas. Pitt se sentó junto
a Giordino y sonrió.
—Un verano, un compañero de Universidad y yo hicimos un viaje
por todo el país y paramos en una granja de Oregón que estaba buscando
recolectores de frambuesas. Pensamos que sería un buen modo de conseguir dinero
para gasolina, así que pedimos trabajo. Pagaban a razón de cincuenta centavos
la canasta, en cada una de las cuales, si no recuerdo mal, cabían unas ocho
cajas pequeñas. Lo que no sabíamos era que las frambuesas son mucho más menudas
que las fresas. Trabajando a pleno rendimiento, tardábamos una eternidad en llenar
una canasta.
—Así que llenasteis los fondos de tierra y pusisteis encima una
pequeña capa de frambuesas. Pitt se echó a reír.
—Y, aun así, sólo sacábamos treinta y seis centavos por cada
hora.
—¿Qué crees que ocurrirá cuando esa fulana se dé cuenta de que
hemos colocado maderos como falsos fondos en las vagonetas y que luego las
hemos rellenado con unas cuantas rocas, para que parecieran llenas hasta los
topes?
—No creo que se sienta nada feliz.
—Lo de tirar un puñado de polvo al objetivo de la cámara de
televisión para enturbiar nuestras imágenes fue un bonito detalle. Los
vigilantes no se han dado ni cuenta.
—Al menos, con esta pequeña treta hemos conseguido preservar
nuestras fuerzas por algún tiempo.
—Tengo tanta sed que podría beber polvo.
—O conseguimos agua pronto, o no estaremos en forma para
intentar la huida.
Giordino estudió las cadenas de sus grilletes así como, los
raíles sobre los que descansaban las vagonetas.
—Me pregunto si podríamos cortar nuestras cadenas poniéndolas en
las vías y haciendo pasar una vagoneta sobre ellas.
—La idea se me ocurrió hace cinco horas —dijo Pitt—. Los
eslabones son demasiado gruesos. Para romperlos, necesitaríamos una locomotora
diesel como las del Union Pacific.
—Cómo odio a los aguafiestas —rezongó Giordino.
Despreocupadamente, Pitt cogió una pieza de mineral y la estudió
bajo las luces colgantes.
—Aunque no soy geólogo, diría que eso es cuarzo aurífero y, a
juzgar por los granos y escamas de la roca, procede de una veta bastante rica.
—Massarde debe de invertir la parte que le toca en ampliar su
sórdido imperio.
Pitt negó con la cabeza.
—No lo creo. Supongo que, para evitarse problemas de impuestos,
se abstendrá de convertir el oro en dinero. Apuesto que lo lleva en lingotes a
algún sitio. Y, como es francés, yo diría que se trata de alguna de las Islas
de la Sociedad.
—¿Tahití?
—O Bora Bora, o Moorea. Sólo Massarde, o su compinche, el tal
Verenne, lo sabrán a ciencia cierta.
—Quizá cuando salgamos de aquí podamos ir a los Mares del Sur en
busca de tesoros...
De pronto Pitt se enderezó y se llevó un dedo a los labios, en
señal de silencio.
—Se acerca un guarda —anunció.
Giordino aguzó el oído y miró hacia el fondo de la galería, pero
el vigilante aún no era visible.
—Fue muy astuto por tu parte tirar gravilla al otro lado del
recodo. Así se puede oír el sonido de las pisadas antes de que ellos aparezcan.
—Simulemos trabajar.
Se pusieron en pie y comenzaron a apilar rocas sobre las que ya
llenaban las vagonetas. Doblando el recodo, apareció un guarda tuareg, que
estuvo un minuto observándolos. Cuando se disponía a dar media vuelta para
continuar su ronda, Pitt le gritó:
—Eh, amigo: ya estamos listos. Mira: todo cargado. Se terminó la
jornada.
—Tráenos comida y agua —añadió Giordino.
La mirada del guarda fue de Pitt a la fila de vagonetas
cargadas. Recelosamente, recorrió el tren de extremo a extremo. Luego miró el
gran montón de rocas que continuaba sobre el suelo de la galería y se rascó la
cabeza a través de su litham. Al fin se encogió de hombros y, con un movimiento
de su fusil, indicó a Pitt y Giordino que se dirigieran hacia la entrada del
túnel.
—Parece que la gente no es muy locuaz por estos contornos —gruñó
Giordino.
—Eso hace más difícil sobornarla.
Una vez en el túnel principal, siguieron las vías hasta una
larga pendiente excavada en las entrañas de la roca. Apareció un tren de
mineral conducido por un guarda, y tuvieron que pegarse a la pared para dejarle
paso. Al poco tiempo llegaron a una gran caverna en la que cuatro pares de vías
procedentes de otras galerías confluían ante un gran montacargas, con capacidad
para cuatro vagonetas.
—¿Adónde llevan el mineral? —preguntó Giordino.
—Supongo que a un nivel superior, donde lo convierten en polvo y
extraen el oro para refinarlo.
Los guardas los condujeron hasta una inmensa puerta de hierro
montada sobre bisagras igualmente enormes, que no pesaría menos de media
tonelada y que evidentemente estaba destinada a guardar algo más que gallinas.
Frente a ella montaban guardia otros dos tuaregs, que asintieron y, haciendo
uso de todas sus fuerzas, abrieron la puerta. Luego, silenciosamente, indicaron
a Pitt y Giordino que pasaran. Un vigilante les entregó dos mugrientas tazas de
estaño que contenían un líquido turbio.
Pitt miró la taza y luego al guarda.
—Qué exquisitez: consomé de agua con vómitos de murciélago.
El guarda no entendió las palabras, pero sí la furiosa expresión
en el rostro de Pitt. Le cogió la taza, tiró el líquido al suelo y empujó a
Pitt al interior de la cámara.
—Eso te enseñará que a caballo regalado no se le mira el diente
—dijo Giordino con una amplia sonrisa, tras la cual procedió a vaciar
igualmente el contenido de su taza en el suelo.
Su nuevo hogar media diez metros de ancho por treinta de largo,
y estaba iluminado por cuatro pequeñas bombillas. A lo largo de ambas paredes
había dos filas de literas cuádruples. La mazmorra, pues no era otra cosa,
carecía de ventilación y la fetidez debida al hacinamiento era espantosa. Los
únicos servicios sanitarios eran unos cuantos agujeros excavados en la roca
junto a la pared del fondo. En el centro había dos largas mesas para comer con
toscos bancos de madera. Pitt calculó que el pestilente calabozo no albergaría
a menos de trescientas personas.
Los cuerpos tumbados en las literas más próximas parecían poco
menos que comatosos. Sus rostros eran tan inexpresivos como berzas. Veinte
hombres se apelotonaban en torno a la mesa, metiendo las manos en un puchero
común con una avidez de gusanos depauperados. Ninguna de las caras mostraba
temor ni preocupación, pues, debido al agotamiento y el hambre, todos estaban
más allá de las emociones normales. Se movían mecánicamente, como cadáveres
animados. Sus muertos ojos únicamente expresaban derrota y sumisión. Mientras
Pitt y Giordino se abrían paso por entre aquel mar de miserias humanas, nadie
les dirigió ni una mirada.
—El ambiente no es exactamente el de una feria —murmuró
Giordino.
—No parece que los principios humanitarios estén muy en boga por
aquí —dijo Pitt, asqueado—. Esto es aún peor de lo que imaginaba.
—Mucho peor convino Giordino, llevándose una mano a la nariz
intentando en vano protegerse de la fetidez—. El agujero negro de Calcuta era
una suite de lujo comparado con esto.
—¿Te apetece comer?
Giordino hizo una mueca de repulsión al contemplar los restos de
bazofia que quedaban en el fondo del puchero. —Mi apetito acaba de declararse
en quiebra.
El aire casi irrespirable y la falta de ventilación en la
caverna que hacía de mazmorra elevaba a niveles insoportables el calor y la
humedad procedente de los cuerpos apiñados. Sin embargo Pitt sintió de pronto
un gélido escalofrío, como si estuviera en lo alto de un glaciar. Por un
momento, su rebeldía y su ira se desvanecieron, junto con el horror y el
sufrimiento. Acababa de reconocer a una figura inclinada sobre el camastro
inferior de una litera situada contra la pared derecha de la cueva. Corrió hacia
allí y se arrodilló junto a una mujer que atendía a una niña enferma.
—Eva —dijo suavemente.
La mujer, pese a que estaba exhausta por el trabajo y la falta
de alimentos, y tenía el rostro pálido y lleno de arañazos y verdugones, le
dirigió una mirada en la que aún resplandecía el coraje.
—¿Qué quiere?
—Eva: soy Dick.
—Déjeme en paz —dijo ella, sin reconocerlo—. Esta chiquilla está
terriblemente enferma.
El le tomó una mano entre las suyas y se acercó más.
—Mírame. Soy Dick Pitt.
Eva lo reconoció y lo miró con ojos como platos. —Pero Dick...
¿eres realmente tú?
El hombre la besó y acarició las heridas de su rostro.
—Si no lo soy, alguien nos está gastando una broma muy cruel a
ambos.
Giordino apareció junto a Pitt.
—¿Amiga tuya?
Pitt asintió con la cabeza.
—Es la doctora Eva Rojas, la dama que conocí en El Cairo.
—¿Cómo ha llegado hasta aquí? —quiso saber Giordino,
sorprendido.
—Sí, ¿cómo ha sido? —preguntó Pitt.
—El general Kazim secuestró nuestro avión y nos envió aquí, a
trabajar en las minas.
—Pero, ¿por qué? inquirió Pitt. ¿Qué tenía contra vosotros?
—Nuestro equipo de la OMS, bajo la supervisión del doctor Frank
Hopper, estaba a punto de identificar un contaminante tóxico causante de muchas
muertes en las aldeas del desierto. En el momento del secuestro, regresábamos a
El Cairo con muestras biológicas que nos proponíamos analizar.
Pitt miró a Giordino.
—Massarde nos preguntó si trabajábamos con el doctor Hopper y su
grupo.
Giordino asintió.
—Lo recuerdo. Ya debía de saber que Kazim los tenía presos aquí.
Eva pasó un pañuelo húmedo por la frente de la niña y,
súbitamente, apoyó la cabeza contra el pecho de Pitt al tiempo que estallaba en
sollozos.
—¿Por qué viniste a Malí? Ahora morirás, como todos nosotros.
—Tenemos una cita, ¿recuerdas?
Pendiente de Eva, Pitt no vio a los tres hombres que, tras
avanzar cautelosamente hacia ellos por entre los camastros, los rodearon. El
líder era un hombretón de rostro encendido y crespa barba. Los otros dos
parecían macilentos y exhaustos. Todos mostraban marcas de latigazos en el
pecho y en la espalda. Sus expresiones amenazadoras hicieron sonreír a
Giordino. Su estado físico era tan patético que el hombre tenía la certeza de
poder tumbarlos a los tres sin que ni siquiera se le alterase la respiración.
—¿Te están molestando? preguntó el de la barba a Eva, con tono
protector.
—No, no, en absoluto murmuró Eva. Este es Dirk Pitt, el que me
salvó la vida en Egipto.
—¿El hombre de la NUMA?
—El mismo replicó Pitt. Y, señalando a su compañero añadió: Este
es mi amigo Al Giordino.
Bien sabe Dios que es un auténtico placer. Soy Frank Hopper, y
el macilento individuo de mi izquierda es Warren Grimes.
En El Cairo, Eva me habló mucho de ustedes. Lamento infinito que
nos conozcamos en unas circunstancias tan penosas. Hopper se fijó en los
profundos cortes que Pitt tenía en ambas mejillas y luego se tocó la cicatriz
que tenía en su propio rostro. Parece que los dos hemos enfurecido a Melika.
—Melika sólo es responsable de la herida izquierda. La derecha
la conseguí en otra parte.
El tercer hombre se adelantó y, extendiendo una mano, se
presentó:
—Soy el comandante Ian Fairweather.
Pitt le estrechó la mano.
—¿Británico?
Fairweather asintió con la cabeza.
—De Liverpool.
—¿Cómo llegó usted hasta aquí?
—Mi trabajo consiste en llevar a turistas en safaris por el
Sahara. El grupo a mi cargo fue asesinado por unos aldeanos enloquecidos.
Escapé milagrosamente con vida y, tras un penoso recorrido por el desierto, fui
rescatado y hospitalizado en Gao. El general Zateb Kazim me arrestó para que no
pudiese contar lo que había visto y me envió aquí.
Hopper explicó:
—Hicimos estudios patológicos de los aldeanos a los que el
comandante Fairweather se refiere. Todos murieron envenenados por un compuesto
químico desconocido.
—Es un aminoácido sintético mezclado con cobalto dijo Pitt.
Hopper y Grimes parecieron particularmente asombrados.
—¿Cómo, cómo dice? preguntó Grimes.
—El contaminante tóxico que está sembrando la muerte y la
enfermedad por todo Malí es un compuesto organometálico formado por la mezcla
de un aminoácido sintético con cobalto.
—¿Cómo puede estar seguro? preguntó Hopper. Mientras su equipo
investigaba en el desierto, el mío rastreaba el río Níger.
Y lograron identificar el compuesto dijo Hopper, con súbita
expresión de optimismo.
Rápidamente, Pitt explicó el asunto de la marea roja, su
expedición río arriba, y la presunta huida de Rudi Gunn con los datos.
—Gracias a Dios que lograron sacar del país los resultados
murmuró Hopper.
—¿Dónde está el origen de la contaminación? —preguntó Grimes.
—En Fort Foureau —contestó Giordino.
—Imposible —murmuró incrédulamente Grimes—. Fort Foureau está a
cientos de kilómetros de los lugares en los que se produjeron las
intoxicaciones.
—El compuesto viaja por las corrientes de agua subterránea
—aclaró Pitt—. Antes de ser capturados, Al y yo echamos un vistazo al interior
de las instalaciones. Gran cantidad de desechos nucleares, así como un número
de residuos tóxicos diez veces superior al que se incinera, son almacenados en
cuevas, desde donde se filtran a las corrientes subterráneas.
—Las organizaciones mundiales de protección medioambiental
tienen que enterarse de eso —exclamó Grimes—. El peligro que un vertedero
tóxico del tamaño de Fort Foureau supone es incalculable.
—Basta de charla —dijo Hopper—. El tiempo es oro. Hemos de
acelerar los planes de fuga para estos hombres.
—¿Y que me dice de ustedes?
—No estamos en condiciones de cruzar el desierto. El trabajo en
las minas, unido a la escasez de agua y comida y el sueño acumulado de semanas
nos tienen agotados y sin reservas. No lo conseguiríamos. Así que optamos por
hacer lo único que podíamos: guardar alimentos y rezar por que llegara alguien
en buen estado físico, como ustedes.
Pitt miró a Eva.
—No puedo abandonarla.
—Entonces, quédese y muera con nosotros —replicó bruscamente
Grimes—. Es usted la única esperanza de los que estamos en este agujero.
Eva aferró la mano de Pitt.
—Debes irte, y en seguida —rogó—. Antes de que sea demasiado
tarde.
—Eva tiene razón —dijo Fairweather—. Cuarenta y ocho horas en
las minas, y se acabó. Mírenos. Estamos agotados. Ninguno de nosotros podría
recorrer ni cinco kilómetros por el desierto.
Pitt se quedó con la mirada fija en el sucio suelo. ¿Cuánto
creen que podremos recorrer Al y yo sin agua?
Llegaríamos veinte o treinta kilómetros más allá que ustedes,
eso sería todo.
—Sólo hemos guardado provisiones para un hombre —dijo Hopper—.
Decidan quién lo intenta y quién se queda. Pitt meneó negativamente la cabeza.
—Al y yo vamos juntos.
—Dos hombres no llegarán lo bastante lejos para conseguir ayuda.
—¿De qué distancia hablamos? —preguntó Giordino.
—La carretera transahariana se encuentra unos cuatrocientos
kilómetros al este de aquí, atravesando la frontera de Argelia —replicó
Fairweather—. Después de los primeros trescientos, habrá que confiar en la
suerte para el resto del camino.
Una vez en la carretera, podrán detener algún vehículo que pase.
Pitt sacudió la cabeza, como si no hubiera oído bien a
Fairweather.
—Creo que me he perdido algo. Ha olvidado explicar cómo se
salvan los primeros trescientos kilómetros.
—Cuando lleguen a la superficie, robarán uno de los camiones de
O'Bannion, con el que podrán recorrer esa distancia.
—¿No le parece un exceso de optimismo? —preguntó Pitt—. ¿Y si el
depósito de gasolina está vacío?
—En el desierto, ningún vehículo tiene el tanque vacío —afirmó
tajantemente Fairweather.
—O sea que lo único que tenemos que hacer es salir de aquí,
apretar el botón de un ascensor, subir a la superficie, robar un camión y
emprender el viaje alegremente —se mofó Giordino—. Pan comido.
Hopper sonrió:
—¿Tienen un plan mejor?
Pitt se echó a reír.
—Para ser sinceros, no tenemos ni un bosquejo.
—Debemos darnos prisa —advirtió Fairweather—. Antes de una hora
Melika estará aquí para devolvernos a la mina. Pitt miró en torno.
—¿Todos ustedes cargan y barrenan mineral? Grimes respondió:
—Los prisioneros políticos, entre los cuales nos contamos, cavan
y cargan el mineral después de que la roca ha sido barrenada. Los prisioneros
comunes trabajan en los niveles en que se tritura la roca y se refina el
mineral. También hacen de barreneros. Ninguno de esos pobres diablos dura
mucho. Si no vuelan en una de las explosiones, mueren a causa del mercurio y el
cianuro que se utilizan para amalgamar y refinar el oro.
—¿Cuántos extranjeros hay en total?
—Del equipo inicial de seis, quedamos cinco. Una fue asesinada
por Melika a latigazos.
—¿Una mujer?
Hopper asintió.
—La doctora Marie Victor, una gran mujer y una de las mejores
fisiólogas europeas. —La jovial expresión de Hopper se había esfumado—. Fue la
tercera muerte desde que llegamos. Melika también asesinó a dos de las esposas
de los ingenieros franceses de Fort Foureau. —Hizo una pausa y miró tristemente
a la demacrada niña del jergón—. Los niños son quienes más sufren, y no podemos
hacer nada por ellos.
Fairweather señaló a un grupo congregado en torno a tres de las
literas. Habían cuatro mujeres y ocho hombres. Una de las mujeres sostenía a un
bebé contra su pecho.
—¡Dios mío! —susurró Pitt—. Claro, por supuesto. Massarde no iba
a permitir que los ingenieros que construyeron Fort Foureau volvieran a Francia
y contasen la verdad.
—¿Cuántas mujeres y niños hay en total? —preguntó Giordino.
—El cómputo actual es de nueve mujeres con cuatro niños pequeños
—replicó Fairweather.
—¿No te das cuenta, Dirk? —dijo Eva con suavidad—. Cuanto antes
huyáis y consigáis ayuda, más vidas salvaréis.
Pitt no necesitó más para convencerse. Se volvió hacia Hopper y
Fairweather y dijo:
—Muy bien: escuchemos su plan.
38
Era un plan lleno de lagunas, la maquinación de hombres
desesperados con pocos recursos o ninguno, esquemático hasta lo indecible; pero
al mismo tiempo, era lo bastante descabellado como para tener éxito.
Una hora más tarde, Melika y sus guardas entraron en la mazmorra
subterránea y obligaron a los obreros esclavos a formar en la cámara principal
antes de dirigirse a sus puestos en las galerías. A Pitt le pareció que la
negra encontraba un sádico placer en lanzar su látigo a diestro y siniestro
sobre la indefensa masa de carne humana, maldiciendo y maltratando por igual a
hombres y mujeres que parecían recién salidos de ataúdes.
—Esa bruja no se cansa de regalar cicatrices a los desvalidos
—dijo Hopper entre dientes.
—Melika significa reina, y ella misma se dio el nombre —explicó
Grimes a Pitt y Giordino—. Pero nosotros la llamamos la malvada bruja del
oeste, porque fue matrona en una prisión femenina de Estados Unidos.
Pitt murmuró:
—Si ahora les parece desagradable, aguarden a que descubra las
vagonetas que Al y yo cubrimos con una capa de rocas.
Flanqueado por Giordino y Hopper, Pitt tomó a Eva por la cintura
y la condujo hacia el exterior. Melika reconoció a Pitt y fue hasta él, se
detuvo y luego miró amenazadoramente a Eva. La capataz sonrió, sabiendo que no
lograría enfurecerlo golpeándolo a él; pero sí descargando el látigo contra
Eva.
Alzó el brazo para hacerlo, pero Giordino se interpuso, y el
látigo produjo un estremecedor sonido al golpear contra el tenso bíceps del
hombre.
Salvo por el rojo verdugón que se formó en su brazo y del que
comenzó a rezumar sangre, Giordino no manifestó ninguna reacción ante un golpe
que hubiera dejado gimiendo de dolor a cualquier hombre normal. Sin un
parpadeo, dirigió a Melika una fría mirada.
—Creí que tenía más fuerza —dijo Giordino.
Un mortal silencio se hizo entre los trabajadores, que
contuvieron el aliento en espera de la tormenta que indudablemente iba a
producirse. Pasaron cinco segundos, en los que pareció que el tiempo se hubiera
congelado. Melika permaneció estupefacta ante el inesperado alarde de
arrogancia, hasta que al fin comenzó a enrojecer de pura ira. Incapaz de
afrontar el ridículo, reaccionó como una osa herida, y alzó el brazo para
descargar de nuevo el látigo contra Giordino.
—¡Quieta! —gritó una imperiosa voz desde la puerta. Melika giró
en redondo. Selig O'Bannion se encontraba en el umbral de la mazmorra, un
gigante entre pigmeos. La mujer mantuvo el látigo en el aire unos momentos
antes de bajarlo, dirigiendo a O'Bannion una furiosa mirada de humillación. Sus
ojos eran rojos tizones de resentimiento, como los de un matón callejero
amonestado frente a sus víctimas por el policía del barrio.
—No hagas nada contra Pitt y Giordino —ordenó O'Bannion—. Los
quiero vivos durante el mayor tiempo posible, de modo que puedan transportar a
los otros a la cámara mortuaria.
—¿Y qué gracia le encuentra a eso?
O'Bannion rió suavemente.
—Doblegar físicamente a Pitt me produciría una satisfacción
minúscula —afirmó—. Convertir su mente en una temblorosa gelatina será una
feliz experiencia para los dos. Quiero que, durante los próximos diez turnos,
su trabajo sea el más ligero.
De muy mala gana, Melika inclinó obedientemente la cabeza.
O'Bannion se montó en una locomotora y partió en un recorrido de inspección por
las galerías.
—¡Fuera, maldita escoria! —gruñó la negra, alzando el
ensangrentado látigo por encima de su cabeza.
Pitt sostuvo a Eva, que apenas era capaz de tenerse en pie, y la
condujo hasta el lugar donde los trabajadores se estaban congregando.
—Al y yo conseguiremos escapar —prometió a la mujer—. Pero tú
debes aguantar hasta que regresemos con una fuerza armada para rescatarte a ti
y a todos estos pobres desgraciados.
—Ahora tengo una razón para vivir —dijo suavemente Eva—. Te
esperaré.
Pitt la besó suavemente en los labios y en las magulladuras del
rostro. Luego se volvió hacia Hopper, Grimes y Fairweather, que habían formado
un cerco protector en torno a ellos.
—Cuídenla.
—Lo haremos —aseguró Hopper.
Fairweather se acercó a Pitt y le dijo:
—Preferiría que se atuviera a nuestro plan original. Esconderse
en una de las vagonetas que suben hacia la planta procesadora es más seguro que
lo que usted propone.
Pitt sacudió la cabeza.
—Tendríamos que pasar por el nivel de trituración del mineral, y
luego por las áreas de refinado y recuperación antes de llegar a la superficie.
Las posibilidades estarían en nuestra contra. Me parece mucho más práctico
subir en el ascensor privado hasta las oficinas de los ingenieros.
—Si hay opción entre escabullirse por la puerta trasera o salir
pavoneándose por la delantera, él siempre escogerá la ostentación —se quejó
Giordino.
—¿Tiene usted una idea aproximada del número de guardas armados?
—Pitt dirigió la pregunta a Fairweather porque el jefe de safaris llevaba en
las minas más tiempo que Hopper y los suyos.
—¿Una idea aproximada? —Fairweather caviló unos instantes—.
Entre veinte y veinticinco. Los ingenieros también van armados y he contado
seis, además de O'Bannion.
Grimes pasó dos pequeños envases a Giordino, que los escondió
bajo su desgarrada camisa.
—Es toda el agua que hemos podido recoger. Todos han dado parte
de su ración. Sólo hemos conseguido algo menos de dos litros. Lamento que no
sea más.
Insólitamente emocionado por el sacrificio, Giordino puso ambas
manos sobre los hombros de Grimes.
—Lo agradecemos en lo que vale. Muchas gracias.
—¿Y la dinamita? —preguntó Pitt a Fairweather.
—Aquí está —dijo Hopper, pasando a Pitt un pequeño cartucho
explosivo con un fulminante—. Uno de los barreneros lo sacó escondido en un
zapato.
—Dos últimas cosas —dijo Fairweather—. Una lima para romper sus
cadenas, robada por Grimes de la caja de herramientas de una locomotora. Y un
plano de las galerías, en el que están indicados los emplazamientos de las
cámaras de vigilancia. En la parte de atrás he dibujado un tosco mapa de la
región que deberán cruzar hasta que lleguen a la carretera transahariana.
—Si alguien conoce el desierto, ése es Ian —afirmó Hopper.
—Se lo agradezco —dijo Pitt, cuyos ojos, cosa rarísima en él,
comenzaban a humedecerse—. Haremos todo lo posible para regresar con ayuda.
Hopper pasó su enorme brazo sobre los hombros de Pitt.
—Nuestros corazones y nuestras plegarias los acompañarán.
Fairweather le estrechó la mano.
—Recuerde que deben sortear las dunas. No intenten cruzarlas: se
quedarían atascados y morirían.
—Buena suerte —se limitó a decir Grimes. Un guarda se aproximó
para separar a Pitt y Giordino del resto con la culata de su fusil. Sin hacerle
caso, Pitt se inclinó y dio a Eva un beso de despedida.
—No te olvides —dijo—. Tú, y yo, y la bahía de Monterrey.
—Me pondré mi mejor vestido —sonrió valerosamente Eva.
Antes de que Pitt pudiera decir más, el guarda lo apartó de
un empujón. Al llegar al túnel de salida, el hombre se volvió
para hacer una última seña de despedida, pero ella y los otros
se habían perdido ya entre la masa de trabajadores y guardas.
El guarda condujo a Pitt y Giordino a la galería en la que
habían estado cargando mineral unas horas antes, y allí los dejó. Sobre las
vías había otro tren de vagonetas vacías, y en el suelo un nuevo montón de
rocas recién excavadas.
—Yo haré ver que estoy compitiendo por el premio de empleado del
mes mientras tú trabajas en tus cadenas fuera del campo que cubre la cámara
—dijo Pitt.
El hombre comenzó a echar rocas en las vagonetas mientras
Giordino atacaba sus cadenas con la lima que Grimes le había facilitado.
Por suerte, el hierro era viejo y de calidad ínfima. La lima
mordió rápidamente los eslabones, y Giordino deslizó la rota cadena por los
aros de sus grilletes, liberando brazos y
piernas.
—Te toca —dijo.
Pitt apoyó su cadena en el borde de una vagoneta y se puso a la
tarea. En menos de diez minutos ya había conseguido limar uno de los eslabones.
—Más tarde nos ocuparemos de los grilletes, pero al menos ya
podemos bailar y batir palmas.
Giordino hizo girar la cadena por encima de su cabeza, como el
rotor de un helicóptero.
—¿Quién se ocupa del guarda, tú o yo?
—Tú —replicó Pitt, volviendo a pasar por sus grilletes la cadena
rota—. Yo lo engañaré.
Media hora más tarde el crujido de la grava anunció la
proximidad del guarda. Pitt arrancó el cable de alimentación de la cámara de
televisión. Esta vez, los guardas que aparecieron doblando el recodo fueron
dos, ambos tuaregs, que avanzaban cada uno por un lado de las vías, con los
fusiles en posición de disparo. A través de las aberturas de los lithams, los
ojos parecían fríos e implacables.
—Se acercan dos —susurró Giordino—. Y no parece que vengan a
hacernos una visita amistosa.
El guarda de la derecha se acercó a Pitt y lo golpeó en el pecho
con la punta de su fusil, para hostigarlo. La única reacción del norteamericano
fue un ligero alzamiento de cejas.
—Cómo me alegro de veros —dijo Pitt, sonriendo mansamente al
tiempo que retrocedía un paso.
Era imprescindible moverse con celeridad, antes de que los
guardas advirtieran que estaban a punto de ser atacados. Apenas terminó de
hablar, Pitt dio un manotazo al arma, que se soltó de la mano del guarda.
Luego, con impecable puntería, lanzó una piedra, que alcanzó al tuareg en plena
frente. El guarda cayo cuan largo era sobre las vías.
Durante un instante que se hizo eterno, el segundo tuareg miró
con incredulidad a su compañero caído. En Tebezza jamás se había dado el caso
de que un trabajador esclavo atacase a un vigilante, y la sorpresa lo dejó
ofuscado por unos momentos. Luego, comprendiendo que su vida estaba en peligro,
salió del ensalmo y alzó el arma para disparar.
Pitt se lanzó al suelo, tendiendo desesperadamente los brazos
hacia el fusil del guarda caído. Por el rabillo del ojo vio como una cadena
igual que la cuerda de saltar de una niña pasaba por encima de la cabeza del
tuareg, y luego a su amigo agarrotando con ella la garganta del guarda. Los
poderosos brazos de Giordino alzaron del suelo al tuareg, que pataleaba
furiosamente en el aire. El arma cayó sobre las vías mientras su propietario,
en un vano intento de soltarse, atenazaba la cadena que estaba ahogándolo.
Cuando el pataleo se hubo reducido a un leve temblor, Giordino
soltó la cadena y el guarda, a sólo dos jadeos de la muerte, cayó al suelo
junto a su compañero inconsciente. Después, Giordino recogió el arma y dirigió
su cañón hacia el fondo de la galería.
—Hemos sido muy benévolos al no matarlos —murmuró.
—Es sólo una suspensión temporal de la condena —dijo Pitt—.
Cuando Melika sepa que nos han dejado escapar, estos dos se encontrarán
trabajando codo con codo con la gente a la que han maltratado y torturado.
—No podemos dejarlos aquí, para que los vea el primero que
llegue.
—Mételos en una vagoneta y cúbrelos con rocas. No tardarán menos
de dos horas en despertarse, y para entonces nosotros ya
estaremos viajando por el desierto
—Siempre que el técnico no se dé excesiva prisa en venir a
reparar la cámara.
Mientras Giordino escondía a los guardas, Pitt consultó el plano
de las galería que Fairweather había dibujado. Sin una brújula, volver sobre
sus pasos hasta el ascensor privado de los ingenieros fiándose sólo de la
memoria era imposible, habida cuenta el dédalo de túneles y galería que se
abrían en todas direcciones.
Tras dar por finalizada su tarea, Giordino cogió los fusiles
automáticos y los estudió.
—Bonitos ejemplares —comentó—. Calibre cinco cincuenta y seis
milímetros, de fabricación francesa, para uso militar, todo plástico y fibra de
vidrio.
—De ser posible, abstengámonos de disparar —recomendó Pitt—.
Hemos de ser discretos, si no queremos que Melika se entere antes de tiempo.
Una vez fuera de la galería a la que estaban destinados, se
dirigieron hacia el extremo del túnel principal, teniendo buen cuidado de
eludir las cámaras marcadas en el mapa de Fairweather. Avanzaron cincuenta
metros, hasta llegar a otra caverna, sin que nadie les diera el alto ni los
atacara. En aquel primer tramo de su fuga, estuvieron totalmente solos.
Siguieron las vías que, partiendo del ascensor, horas antes
habían recorrido hacia el interior de la mina deteniéndose en cada cruce para
que Pitt consultara el mapa. Cada segundo perdido parecía durar años.
—¿Tienes idea de dónde estamos? —preguntó Giordino en un
susurro.
—Ojalá hubiese ido dejando un reguero de miguitas de pan al
entrar —dijo Pitt, sosteniendo el mapa junto a una polvorienta bombilla.
De pronto, sonó el traqueteo de unas ruedas metálicas sobre los
rieles, anunciando la proximidad de un tren de mineral que avanzaba desde la
parte posterior del túnel.
—Llega carga —anunció Giordino.
Pitt señaló hacia una fisura natural de la roca situada a diez
metros, al otro lado de las vías. —Metámonos ahí hasta que pase.
Se lanzaron hacia la fisura y, de pronto, se pararon en seco.
Por la abertura salía una terrible pestilencia, un hedor insoportablemente
nauseabundo. No sin enorme aprensión, se introdujeron por la grieta hasta
llegar a una gran cámara. Pitt tenía la sensación de entrar en una húmeda
catacumba. La cámara estaba totalmente a oscuras, pero el norteamericano tanteó
la pared hasta encontrar un interruptor eléctrico. Una luz fantasmal iluminó la
inmensa caverna.
Aquello era una catacumba, un cementerio subterráneo. Habían
tropezado con la cámara mortuoria en la que O'Bannion y Melika almacenaban los
cadáveres de los trabajadores que habían sido apaleados, subalimentados y
obligados a trabajar hasta reventar. Para ellos, la muerte había sido un
piadoso indulto. A causa de la sequedad del aire, los cuerpos apenas estaban
descompuestos. Los enterramientos se habían hecho sin la menor ceremonia. Los
rígidos cuerpos estaban amontonados como leños, en pilas de a treinta. Era una
visión espantosa, macabra, contra natural.
—Dios bendito —murmuró Giordino—. Aquí dentro debe de haber más
de mil fiambres.
Pitt notó cómo la ira le iba invadiendo.
—Muy práctico —dijo entre dientes—. Así O'Bannion y Melika no
tienen que molestarse en cavar tumbas.
Ante los ojos de Pitt pasó una visión esternecedora. Eva, el
doctor Hopper y los demás estaban amontonados como aquellos cadáveres, con los
ciegos ojos fijos en el techo de rocas. Cerró los párpados, pero la imagen
permaneció.
Sólo cuando el tren de mineral pasó traqueteando ante la entrada
de la cripta logró Pitt librarse de la terrible visión. Al hablar, lo hizo con
una voz tan ronca que le costó reconocer como propia.
—Vayamos hacia arriba.
Mientras el sonido del tren se alejaba, los dos hombres se
asomaron por la fisura de la catacumba, cerciorándose de que no había guardas a
la vista. El túnel estaba desierto. Corrieron hacia una galería lateral que,
según el mapa de Fairweather, era un atajo hacia el ascensor de los ingenieros.
Y entonces tuvieron un increíble golpe de suerte. La galería, que estaba
encharcada por el agua, tenía el suelo cubierto por un enrejado de madera. Pitt
arrancó una de las placas del enrejado y miró casi entusiasmado el charco bajo
ella.
—Barra libre —dijo—. Bebe hasta hartarte, así podremos reservar
el agua que nos dio Hopper.
—No hacía falta que me lo dijeras —Giordino se arrodilló y,
haciendo cuenco con las manos, comenzó a beber la fresca agua.
Bebieron hasta saciarse y, cuando estaban volviendo a colocar el
enrejado de madera, a sus espaldas, escucharon rumor de voces y entrechocar de
cadenas provinentes del fondo del túnel.
—Se acerca un grupo de trabajo —murmuró Giordino.
Prosiguieron apresuradamente sintiéndose refrescados y
optimistas. Un minuto después llegaron a la puerta de hierro que conducía al
ascensor. Giordino metió en el ojo de la cerradura el cartucho de dinamita y
conectó el fulminante. Luego retrocedió, mientras Pitt cogía una piedra y la
lanzaba contra el fulminante. Falló.
—Imagina que estás en una caseta de feria e intentas ganar una
botella de champán —sugirió Giordino.
—Esperemos que la detonación no alerte a los guardas ni al
ascensorista —dijo Pitt, recogiendo otra piedra.
—Creerán que es el eco de un barreno.
Esta vez, el lanzamiento de Pitt fue atinado. Alcanzó el
fulminante, que hizo detonar la dinamita. Sonó una ahogada explosión al tiempo
que la cerradura se soltaba. Los dos hombres se lanzaron hacia la puerta, la
abrieron y pasaron al corto pasillo que conducía hasta el ascensor.
—¿Y si para llamar al ascensor hay una clave especial? —preguntó
Giordino.
—Es un poco tarde para pensar en eso —gruñó Pitt—. Tendremos que
usar nuestra propia clave.
Se adelantó hasta el ascensor, pensó unos momentos y luego
apretó el botón de llamada una vez, luego dos, después tres y, tras una pausa,
otras dos.
A través de la puerta, escucharon chasquidos de interruptores y
el zumbido del motor eléctrico. La cabina comenzó a descender desde un nivel
superior.
—Debes de ser adivino —dijo Giordino, sonriendo.
—Confié en que, salvo una llamada continua, cualquier
combinación serviría.
Al cabo de medio minuto cesó el zumbido y las puertas se
descorrieron. El ascensorista, que iba provisto de un arma, miró hacia fuera y
no vio a nadie. Asomó la cabeza con curiosidad y fue noqueado en la nuca con la
culata del fusil de Pitt. Rápidamente, Giordino arrastró al ascensorista al
interior de la cabina. Luego Pitt cerró las puertas.
—Todos a bordo para un trayecto sin escalas hasta las oficinas
—anunció Pitt, apretando el botón superior del panel.
—¿No haremos una excursión por las zonas de trituración y
refinado?
—Sólo si insistes.
—Paso —gruñó Giordino, mientras la cabina comenzaba su ascenso.
Los dos hombres permanecieron codo con codo en el reducido
ascensor, observando el parpadeo de las luces indicadoras sobre el panel de
botones al tiempo que se preguntaban si no serían recibidos por un ejército de
tuaregs dispuestos a convertirlos en sendos coladores. Cesó el zumbido y el
ascensor se detuvo con suavidad.
Pitt aprestó su arma e hizo señas a Giordino.
—Preparado.
Al abrirse la puerta, nadie los recibió con una lluvia de balas
por el corredor caminaban un ingeniero y un guarda, bien era cierto, pero iban
de espaldas al ascensor y absortos en su charla.
—Da la sensación de que quieren que nos vayamos —murmuró
Giordino.
—No tientes a la suerte —dijo secamente Pitt—. Aún no hemos
escapado.
Como no había donde esconder al ascensorista, Pitt oprimió el
botón del nivel más bajo y lo envió hacia las profundidades dentro de la
cabina. Siguieron al guarda y al ingeniero, manteniéndose fuera de su vista,
hasta que los dos hombres de O'Bannion desaparecieron por una de las viejas
puertas de madera labrada.
El corredor estaba tan desierto como cuando los guardas los
condujeron por él menos de cuarenta y ocho horas antes. Con las armas enfiladas
hacia delante, avanzaron en paralelo hasta llegar al túnel que daba a la
galería en la que estaban aparcados los camiones. La entrada estaba vigilada
por un tuareg sentado en una silla plegable. Como no esperaba problemas de las
oficinas ni de los alojamientos de los ingenieros, el hombre estaba fumando una
pipa mientras leía el Corán.
Pitt y Giordino se detuvieron para tomar aliento y miraron hacia
atrás, por donde habían venido. No había nadie a sus espaldas. Se volvieron
para inspeccionar el tramo final de su huida. Eran cincuenta metros de terreno
abierto, y no se veían indicios de cámaras de vigilancia.
—Yo corro más que tú —susurró Pitt, al tiempo que entregaba su
arma a Giordino—. Si el guarda me descubre antes de que llegue a su altura,
Túmbalo de un tiro.
—Pero no te interpongas en mi línea de fuego —recomendó
Giordino.
Pitt se quitó las botas y se acuclilló, en posición de salida de
velocista, afianzando firmemente los pies en el suelo de roca. Luego se lanzó a
la carrera. Pitt sabía que estaba corriendo un terrible riesgo. Aunque sus
pies, cubiertos sólo por los calcetines, apenas hacían ruido, las condiciones
acústicas del túnel amplificaban el sonido de sus pisadas. El guarda no lo oyó
hasta que Pitt hubo recorrido cuarenta metros. Entonces el tuareg se volvió y,
estupefacto y sin poder reaccionar, contempló como un obrero esclavo cargaba
contra él. La lentitud de reflejos del centinela supuso la salvación de Pitt.
El cañón de la ametralladora comenzaba a alzarse en el momento en que el cuerpo
de Pitt hizo impacto contra el del guarda, cuyos ojos se abrieron como platos
en una expresión de incredulidad que se convirtió en agónica cuando su cabeza
chocó contra la pared de roca. Luego cayó en redondo, perdiendo el sentido.
Pitt permaneció en el suelo junto al inconsciente tuareg por
unos instantes tumbado de espaldas e intentando recuperar el aliento. Giordino
se aproximó y le dirigió una mirada.
—La carrera no ha estado mal para un casi cuarentón —dijo,
tendiendo la mano y ayudando a Pitt a levantarse.
—En mi vida volveré a intentar algo así —prometió Pitt—. Jamás
de los jamases.
De nuevo en pie, se calzó las botas que su amigo le tendía, y
echó una mirada a la larga galería subterránea. Junto al estrecho túnel que
conducía al desfiladero había aparcados dos camiones «Renault». Luego miró al
tuareg en el suelo y dijo a Giordino:
—Tú que eres joven y fuerte, llévalo al camión más próximo y
échalo en la parte trasera. Nos lo llevamos. Si aparece alguien y nota su
ausencia, creerá que se aburrió, dejó su puesto y se fue a dar un paseo.
Con toda facilidad, Giordino se echó el guarda al hombro y lo
depositó en la trasera del primer camión, al tiempo que Pitt montaba en la
cabina y verificaba los instrumentos del salpicadero. No había llave de
encendido, pero el mando de contacto funcionó sin ella. Como Fairweather había
pronosticado, la aguja de la gasolina señalaba completo. Hizo girar del todo el
contacto y el motor cobró vida inmediatamente.
—¿Hay reloj en el salpicadero? —preguntó Giordino. Tras un
rápido vistazo, Pitt negó con la cabeza.
—Este es un modelo barato, sin accesorios extras. ¿Por qué lo
preguntas?
—Los malditos tuaregs se quedaron con mi reloj, y he perdido el
sentido del tiempo.
Pitt se quitó una bota y sacó su reloj sumergible Doxa de su
escondite bajo la suela. Tras colocárselo en la muñeca, mostró la esfera a
Giordino.
—Es la una y veinte de la noche.
—No hay nada como madrugar.
Pitt metió primera, fue soltando el embrague y enfiló el camión
hacia el túnel de salida, avanzando a paso de tortuga de modo que el sonido del
escape no anunciase su proximidad a quienes pudieran estar al otro extremo del
túnel.
Las paredes casi rozaban los costados del camión, pero a Pitt le
importaba muy poco rayar la pintura. Lo que sí le preocupaba era el ruido de
los rasponazos, que podía delatar su presencia.
Una vez fuera, en el angosto desfiladero, cambió de marcha, pisó
a fondo el acelerador y encendió los faros. El «Renault» salió disparado por el
fondo del barranco, botando sobre el terreno y dejando tras de sí una densa
estela de polvo.
Pitt recordaba la ubicación de los tramos de arena suelta en los
que el camión se había atascado durante la ida. Cuando lo obligaron a bajarse
para empujar, tomó mentalmente nota de los detalles del terreno circundante, y
ahora conducía el camión decididamente y a toda marcha, pasando como una
exhalación sobre tramos en los que, de ir más despacio, las ruedas habrían
encallado.
No se deleitó olfateando el aroma de libertad en que se había
convertido para él el frío aire nocturno, ni se entretuvo en echar un vistazo a
las estrellas. Cada kilómetro que lograran poner entre ellos y sus
perseguidores era de oro, cada minuto precioso. Condujo como un endemoniado,
forzando el camión hasta sus límites máximos.
Giordino ni se quejó ni le pidió que fuera más despacio. Con
absoluta fe en Pitt, apoyó los pies contra el salpicadero, y se agarró al fondo
de su asiento, soportando el traqueteo con los dientes apretados y la mirada
fija en las apenas discernibles huellas de rodadas que avanzaban por entre las
paredes del cañón.
De pronto, los faros alumbraron terreno abierto y el camión se
encontró en pleno desierto. Sólo entonces miró Pitt hacia el firmamento,
localizó la estrella polar, y enfiló el camión hacia el oeste.
Habían cruzado el punto sin regreso, en una intentona suicida
cuyas posibilidades de éxito eran tan remotas que el fracaso parecía asegurado.
Pero Pitt estaba dispuesto a todo. No se detendrían hasta encontrar agua o
ayuda.
Ante ellos aguardaban cuatrocientos kilómetros de desierto,
retadores, ominosos y mortíferos. La carrera para sobrevivir había comenzado.
39
Durante las cinco horas de oscuridad que quedaban, Pitt condujo
el camión por un impresionante mar de arena en el que no parecía que
transcurriera el tiempo. Aquélla era una región sin términos medios, de noches
gélidas y días abrasadores, donde la potencia de los rayos solares era
aumentada por la diáfana atmósfera y la arena asfixiante. Parecían encontrarse
en un universo distinto.
Recorrían una parte del Sáhara llamada el Tanezrouft, doscientos
mil kilómetros cuadrados de tierra grotescamente inhóspita sólo quebrada por
unas cuantas escarpaduras y algún ocasional mar de dunas, que se desplazaban
inexorablemente a través de la planicie, como fantasmales ejércitos de
espectros cubiertos por blancos sudarios.
Aquello era el desierto puro y duro, sin una sola brizna de
vegetación.
Y, sin embargo, había vida. La luz de los faros revelaba
mariposas revoloteando en el aire de la noche. Un par de cuervos, los basureros
del desierto, alzaron el vuelo ante la presencia del camión y se alejaron entre
graznidos. Grandes escarabajos negros corrían por las dunas huyendo de los
neumáticos, al igual que algún que otro escorpión o lagarto.
A Pitt no dejaba de intimidarle el vacío circundante, los
centenares de kilómetros que les quedaban por recorrer, el hambre, la sed y las
privaciones que seguramente los esperaban. Su único consuelo era el implacable
funcionamiento del motor del «Renault», que no había tenido ni un problema
desde que abandonaron las minas. Su doble tracción les permitió salvar zonas de
terreno blando en las que Pitt tuvo la casi certeza de que se atascarían. En
cuatro ocasiones se vio obligado a remontar en primera inclinados taludes de
arena suelta, o a remontar barreras aparentemente insalvables; pero el recio
«Renault» superó gallardamente todas las pruebas.
Ni una vez se detuvieron para estirar las piernas. Ya andarían
bastante cuando abandonaran el camión. Incluso hicieron sus necesidades sin
detenerse.
—¿A qué distancia estamos de Tebezza? —preguntó Giordino. Pitt
echó un vistazo al odómetro.
—A ciento dos kilómetros.
Giordino lo miró recelosamente.
—O has tomado un atajo equivocado, o vamos en círculos. A estas
alturas ya deberíamos llevar lo menos doscientos kilómetros. A no ser que
estemos perdidos, claro.
—No: seguimos el rumbo correcto —dijo Pitt con seguridad—. La
culpa es de las indicaciones de Fairweather, que nos dio las distancias a vuelo
de pájaro. Y los pájaros no necesitan, como nosotros, dar rodeos de cuarenta
kilómetros para eludir barrancos o sortear dunas.
Giordino se removió, incómodo.
—Te extrañará, pero la idea de tener que caminar por tierra de
nadie cien kilómetros más de lo que pensábamos no acaba de gustarme.
—No es una perspectiva agradable —estuvo de acuerdo Pitt.
—Pronto se hará de día y perderemos la orientación de las estrellas.
—No la necesitamos. Acabo de recordar las instrucciones del
Manual de supervivencia del ejército sobre cómo hacer una brújula rudimentaria.
—Me alegra saberlo —bostezó Giordino—. ¿Cómo andamos de
combustible?
—Queda algo más de medio depósito.
Giordino se dio la vuelta y miró hacia el tuareg que permanecía
maniatado en la plataforma del camión.
—Nuestro amigo no parece nada contento.
—Aunque aún no lo sabe, es nuestro seguro para evadir la
persecución —replicó Pitt.
—Tú y tu malévolo cerebro, siempre maquinando.
Pitt miró brevemente a la luna en menguante. La hubiese
preferido llena, pero agradecía la escasa luz con que alumbraba el desolado
terreno. Cambió de marcha y forzó la vista para escrutar el suelo desigual que
revelaban los faros. Luego, súbitamente, el desierto se alisó y comenzó a
brillar como si lo poblaran millares de luciérnagas.
Acababan de entrar en un inmenso lago seco cuyos depósitos
cristalinos reflejaban como irisados prismas la luz de los faros. Pitt puso la
directa y disfrutó de la reconfortante sensación que producía correr por una
superficie firme y lisa a casi noventa kilómetros por hora.
El desierto parecía extenderse hasta el infinito y las primeras
estrellas de la mañana iban cayendo bajo el horizonte como si el mundo fuese
plano y su borde se hubiera roto. El cielo parecía cerrarse en torno a ellos
como las cuatro paredes de una pequeña alcoba. Una agobiante sensación de
desorientación se apoderó de Pitt. Sin embargo, seguía en el mismo paralelo que
pasaba sobre La Habana, en Cuba, así que la Osa Mayor continuaba sobre el
horizonte. La Estrella Polar era su constante referencia para localizar una
estrella que marcase el este e ir en esa dirección.
Las horas transcurrieron monótonamente, y el lago de cristal dio
paso a una zona de montículos pedregosos. Pitt jamás había experimentado una
sensación de monotonía tan agobiante. El único alivio era un pequeño monte
situado a su izquierda que se alzaba como una isla en el centro de un mar árido
e inmenso.
Giordino se puso tras el volante cuando el sol surgió por el
horizonte como disparado por un cañón, colocándose en lo alto, donde parecería
permanecer inmóvil durante toda la jornada hasta desplomarse como una piedra al
anochecer. En el desierto las sombras, o se alargaban hasta perderse en la
distancia, o no existían. No había término medio.
Una hora después del amanecer, Pitt hizo que Giordino detuviera
el camión, se apeó y buscó en la trasera hasta encontrar un trozo de tubería de
casi un metro de largo. Bajó al suelo y lo hundió en la arena hasta que se
mantuvo vertical. Pitt cogió dos piedras y colocó una al extremo de la sombra
que arrojaba el tubo.
Desde la sombra del camión, y tras observar los movimientos de
su amigo, Giordino preguntó:
—¿Qué haces? ¿Construir la brújula del pobre?
—Fíjate en el maestro, y aprende.
Pitt fue junto a Giordino y, tras unos doce minutos de espera,
marcó con la segunda piedra la distancia recorrida por las sombras. A
continuación trazó una línea recta entre ambas marcas, y la extendió medio
metro más allá. Luego se colocó con la punta del pie izquierdo tocando la
primera roca, y la del pie derecho en el extremo de la línea. Alzó el brazo
izquierdo, señaló hacia delante y anunció:
—El norte está por ahí. —Luego alzó lateralmente el brazo
derecho—. Y por ahí, el este y la carretera transahariana.
Giordino se acercó a Pitt y, poniéndose tras su brazo derecho
extendido, miró más allá de éste y anunció:
—En esa dirección hay una duna que podemos usar corno
referencia.
Siguieron adelante, repitiendo la maniobra a cada hora. A eso de
las nueve comenzó a soplar un viento del sureste, el cual arremolinó la arena
en nubes que reducían la visibilidad a menos de doscientos metros. Llegadas las
diez, el sofocante viento había aumentado y penetraba en la cabina del camión,
pese a que los cristales de las ventanillas estaban subidos. Agitados por el
viento, los remolinos de arena giraban en el aire como enloquecidos derviches.
El mercurio del termómetro subía y bajaba a saltos de can
guro. Aquel día la temperatura se elevó de quince a treinta y
cinco grados centígrados en tres horas, alcanzando su cenit
—cuarenta y seis grados— en el momento más caluroso de la
tarde. Pitt y Giordino tenían la sensación de conducir por el
inte-
rior de un horno. Sólo la brisa generada por la rápida marcha
del
camión a través del árido desierto, les procuraba algún alivio.
La aguja del indicador de temperatura permanecía constan
temente a un milímetro de la zona roja que marcaba el punto
de ebullición, pero del radiador no salía vapor alguno. Ahora se
detenían cada treinta minutos, y Pitt repetía la maniobra para orientarse a la
precaria luz que se filtraba entre las nubes de arena.
Abrió uno de los envases de agua y lo ofreció a Giordino.
—Hora de refrescarse el gaznate.
—¿Cuánto? —preguntó Giordino.
—La mitad. Nos bebemos medio litro cada uno, y dejamos un litro
para mañana.
Manejando el volante con las rodillas, Giordino se echó al
coleto su parte de agua y luego devolvió la botella a Pitt.
—A estas alturas, O'Bannion ya debe de haber enviado a su jauría
a perseguirnos.
—Dado que ellos van en camiones como éste, poco pueden
acercársenos, a no ser que lleven al volante a un campeón de Fórmula Uno. La
única ventaja es que ellos llevan reservas de combustible que les permitirán
continuar la persecución después de que nuestro camión se quede seco.
—¿Cómo no se nos ocurrió cargar reservas?
—No había bidones de combustible en las cercanías del
estacionamiento de camiones. Lo miré. Los deben de tener en otra parte, y no
había tiempo para registros.
Reduciendo la marcha para remontar una pequeña duna, Giordino
comentó:
—Quizá O'Bannion mande un abejorro a por nosotros.
—Sólo puede conseguir un helicóptero de Fort Foureau o pedírselo
a los militares, y sospecho que a los últimos a quienes O'Bannion quiere
recurrir es a Kazim y Massarde. Ese irlandés sabe la poquísima gracia que les
hará a sus dos compinches enterarse de que sus enemigos públicos número uno y
dos han logrado huir a las pocas horas de ser confiados a su tierna y amorosa
custodia.
—¿Crees que O'Bannion y los suyos nos cazarán antes de que
logremos cruzar la frontera de Argelia?
—Para una persecución, una tempestad de arena implica las mismas
dificultades que una de nieve. —Pitt señaló con el pulgar hacia su espalda—. No
quedan huellas.
Giordino miró por el retrovisor lateral y vio cómo el viento
azotaba la arena por la que el camión acababa de pasar, borrando las rodadas.
El vehículo avanzaba por el mar del desierto como un barco sin estela. El
hombre se retrepó en su asiento y lanzó un suspiro de satisfacción.
—Entonces, la vida es bella.
—No te olvides tan de prisa de O'Bannion. Si ellos llegan a la
carretera transahariana antes que nosotros y comienzan a patrullarla de arriba
abajo hasta que aparezcamos, se acabó la función.
Pitt acabó el agua de la botella y la tiró a la trasera del
camión, donde el tuareg, recuperada la conciencia, permanecía acurrucado en un
rincón de la caja, mirando con ojos muy abiertos a los ocupantes de la cabina.
—¿Cuánta gasolina queda? —preguntó Pitt.
—Unas gotas.
—Ha llegado el momento de efectuar una maniobra de despiste. Da
media vuelta, enfila el camión hacia el oeste, y para.
Giordino hizo exactamente lo que su amigo le pedía y, completada
la maniobra, pisó el freno.
—¿Y ahora a pie?
—Y ahora a pie. Pero antes, pongamos al guarda delante y
registremos el camión en busca de cualquier cosa útil, como trapos con los que
cubrirnos la cabeza para evitar la insolación.
Una extraña combinación de temor y odio ardía en los ojos del
guarda mientras lo colocaban en el asiento delantero. Hicieron jirones su
túnica y su tocado para atarlo fuertemente de modo que no llegara a tocar el
volante con las manos ni los pedales con los pies.
Del registro del camión sólo obtuvieron la recompensa de unos
trapos manchados de aceite y un par de toallas que Pitt y Giordino convirtieron
en turbantes. Los fusiles quedaron enterrados en la arena. Luego Pitt
inmovilizó el volante, de modo que las ruedas permaneciesen rectas, puso
segunda y se tiró del camión. El fiel «Renault» saltó hacia delante llevándose
a su inmovilizado pasajero en dirección a Tebezza. El traqueteante vehículo no
tardó en perderse entre una nube de arena.
—Le das más posibilidades de sobrevivir de las que él nos
hubiera dado a nosotros —protestó Giordino.
—Quizá sí, quizá no —replicó ambiguamente Pitt.
—¿Cuánto crees que tendremos que caminar?
—Unos ciento ochenta kilómetros —replicó Pitt, como quien habla
de un breve paseo.
—Y todo eso, con un solo litro de agua —rezongó Giordino. Tras
dirigir una mirada melancólica a las turbulentas arenas que tenía ante sí,
anunció—: Mi pobre osamente terminará blanqueándose bajo el sol del desierto.
—Míralo por el lado bueno —recomendó Pitt, ajustándose el tosco
turbante—. Puedes respirar aire puro, disfrutar del silencio, comunicarte con
la naturaleza. Nada de contaminación, ni tráfico, ni muchedumbres... ¿Qué
podría ser más tonificante para el alma?
—Una cerveza fría, una hamburguesa, y un buen baño —suspiró
Giordino.
Pitt alzó cuatro dedos.
—En cuatro días lograrás todos tus deseos.
—¿Qué tal se te da la supervivencia en el desierto? —preguntó
esperanzadamente Giordino.
—Cuando tenía doce años y era Boy Scout, pasé un fin de semana
en el desierto del Mojave.
Giordino meneó la cabeza lóbregamente.
—Entonces, no hay por qué preocuparse.
Pitt volvió a hacer su maniobra de orientación y luego, usando
como bastón el trozo de tubería, hizo frente al viento y la arena y echó a
andar en dirección a lo que previamente había establecido como el este.
Giordino lo siguió, agarrando con una mano el cinturón de Pitt para no
separarse y perderse entre la inmensa nube de arena que de pronto los había
rodeado.
40
La reunión a puerta cerrada en el edificio de la ONU comenzó a
las diez de la mañana y se prolongó hasta bien pasada la medianoche.
Veinticinco de los más destacados oceanógrafos y meteorólogos del mundo, junto
con otros treinta biólogos, toxicólogos y expertos en contaminación, escucharon
las breves palabras de presentación de Hala Kamil y luego al almirante
Sandecker, quien dio el pistoletazo de salida a las conversaciones al revelar
el alcance del desastre ecológico.
Luego Sandecker presentó al doctor Darcy Chapman, quien leyó un
informe sobre la constitución bioquímica de las prolíficas mareas rojas. Lo
siguió Rudi Gunn, que dio los últimos informes sobre la contaminación. Hiram
Yaeger puso broche al capítulo inforrnativo de la reunión mostrando fotos
satélite de la creciente marea y facilitando datos sobre sus proyecciones de
crecimiento.
A las dos de la tarde, Yaeger volvió a su asiento y Sandecker
ocupó de nuevo el podio. Reinaba un profundo silencio que en nada se parecía al
ambiente de enfrentamientos y discusiones que se produce normalmente en las
reuniones de científicos. Por fortuna, doce de los presentes tenían noticia
previa del extraordinario desarrollo de las mareas, y ya habían emprendido sus
propios estudios. Nombraron un portavoz que anunció unas conclusiones
totalmente en consonancia con los datos recogidos por los hombres de la NUMA.
Los pocos que hasta el momento se habían negado a aceptar la inminente
catástrofe, cambiaron de tesitura y pasaron a respaldar las duras tesis
expuestas por Sandecker.
La parte final de la reunión se dedicó a formar comités y
equipos de investigación que intercambiarían informes y cooperarían entre sí
con la meta común de poner freno al peligro que amenazaba con extinguir a la
raza humana.
Aun a sabiendas de que era un ruego inútil, Hala Kamil volvió al
podio y suplicó a los científicos que no hablaran con la Prensa hasta que la
situación estuviese mínimamente controlada. Lo último que necesitaban, dijo a
los reunidos, era una ola de pánico de alcance mundial.
Kamil clausuró la reunión anunciando la fecha de la siguiente,
en que se procesarían nuevos datos e informaría sobre los avances que fueran
consiguiéndose hacia una solución. No hubo los habituales aplausos de cortesía.
Los científicos desfilaron por los pasillos hablando con voces insólitamente
bajas, cambiando opiniones sobre el problema desde sus respectivas
especialidades.
Sandecker se dejó caer cansadamente en un sillón del proscenio.
Su rostro, lleno de arrugas, parecía fatigado, pero de él emanaba un aura de
voluntad y determinación. Al fin había logrado abrir brecha; y se acabó el
tener que suplicar a oídos sordos y hostiles.
—Ha hecho usted una magnífica presentación —dijo Kamil.
Sandecker se incorporó a medias al tiempo que la mujer se sentaba junto a él.
—Espero que consiguiese lo que pretendía.
Hala asintió con una sonrisa.
—Ha impulsado usted a los mejores cerebros de las ciencias
marinas y medioambientales a descubrir una solución antes de que sea demasiado
tarde.
—Los he informado; impulsarlos es mucho decir. Ella negó con la
cabeza.
—Se equivoca, almirante. Todos ellos comprendieron la urgencia
de la situación. Al salir, llevaban escrita en el rostro la determinación de
acabar con la amenaza.
—Nada de todo esto habría ocurrido de no ser por usted.
Hizo falta la intuición femenina para reconocer el peligro.
—Lo que a mí me parecía evidente, a otros les resultaba absurdo
—dijo sosegadamente Hala.
—Ahora que las discusiones y polémicas han terminado, y podemos
concentrarnos en la busca de un remedio, me siento mucho mejor.
—El siguiente problema es cómo mantener el secreto; aunque
hagamos los que hagamos, la historia será del dominio público antes de cuarenta
y ocho horas.
—Es prácticamente inevitable que nos invada un ejército de
periodistas —convino Sandecker—. Los científicos no tienen fama precisamente de
mantener la boca cerrada.
Hala recorrió con la vista el auditorio vacío. El espíritu de
cooperación superaba a todo lo que ella había visto hasta entonces en la
Asamblea General. Quizá a fin de cuentas sí existiese futuro para un mundo
dividido en tantas etnias, culturas y lenguas diferentes.
—¿Qué piensa hacer ahora? —preguntó la mujer. Sandecker se
encogió de hombros.
—Sacar de Malí a Pitt y Giordino.
—¿Cuánto hace de que los arrestaron en la planta solar?
—Cuatro días.
—¿Ha sabido algo de ellos?
—Lamentablemente, no. En esa zona del mundo nuestros servicios
de inteligencia no son gran cosa. No tenemos ni idea de adónde los han
conducido.
—Si se encuentran en manos de Kazim, temo lo peor. Incapaz de
plantearse siquiera la posibilidad de la muerte de Pitt y Giordino, Sandecker
cambió de tema.
—¿Se ha detectado algún indicio de sabotaje en las muertes de
los miembros del equipo médico de la OMS?
Hala tardó en responder.
—Aún están examinando los restos del avión —dijo al fin—. Sin
embargo, según los informes preliminares, no hay pruebas de que el accidente lo
causase una bomba. Hasta el momento, es un misterio.
—No hubo supervivientes.
—No: el doctor Hopper y su equipo resultaron muertos, junto con
toda la tripulación.
—Es difícil creer que Kazim no tenga nada que ver.
—Ese hombre es un malvado —dijo Hala, con expresión sombría y
pensativa—. Yo también lo creo responsable de esas muertes. El doctor Hopper
debió de descubrir algo sobre la plaga que asola Malí, algo que Kazim no podía
permitir que trascendiera a la opinión pública mundial ni, mucho menos, a los
gobiernos extranjeros que le prestan ayuda.
—Esperemos que Pitt y Giordino tengan las respuestas. Hala miró
a Sandecker con simpatía.
—Debe usted enfrentarse a la posibilidad de que ya los hayan
ejecutado por orden de Kazim.
Del rostro de Sandecker desapareció todo atisbo de cansancio, y
una leve sonrisa se extendió por sus labios. Lentamente, dijo:
—No. Jamás aceptaré la muerte de Pitt. No hasta que yo mismo
identifique el cadáver. Se las ha visto en otras similares, y siempre ha
demostrado una pasmosa habilidad para escapar de la muerte.
Hala tomó la mano de Sandecker.
—Recemos por que siga siendo así.
Felix Verenne, que aguardaba en el aeropuerto de Gao, saludó a
Ismail Yerli cuando éste bajaba por la escalerilla del avión.
—Bienvenido a Malí —dijo, tendiéndole la mano—. Creo que ya
estuvo aquí hace años.
Yerli no sonrió al estrechar la mano del otro.
—Lamento el retraso, pero el avión de la Massarde Enterprises
que envió a recogerme en París tuvo problemas mecánicos.
—Eso me dijeron. Hubiese enviado otro avión; pero usted ya había
salido en un vuelo de Air Afrique.
—Tenía la impresión de que Mr. Massarde me quería aquí lo antes
posible —dijo Yerli.
—Verenne asintió con la cabeza.
—¿Le informó Burdeos de cuál sería su misión?
—Como es natural, tengo noticia de las investigaciones
inoportunas que han llevado a cabo las Naciones Unidas y la Agencia Nacional
Subacuática y Marítima, pero lo único que insinuó Burdeos fue que mi trabajo
consistirla en hacer de niñera de Kazim e impedir que el general interfiriese
en las operaciones de Mr. Massarde.
—Ese idiota no ha dejado de meter la pata en todo este asunto de
la contaminación. Es un milagro que la Prensa internacional todavía no se haya
olido lo que ocurre.
—¿Están muertos Hopper y su equipo?
—Como si lo estuvieran. Están trabajando como esclavos en unas
minas de oro secretas que Mr. Massarde tiene en la parte más remota del Sáhara.
—¿Y los agentes de la NUMA?
—Fueron igualmente capturados y enviados a las minas.
—Entonces, Mr. Massarde y usted tienen la situación bajo control
dijo Yerli.
—Por ese motivo lo mandó llamar Mr. Massarde. Para evitar que
Kazim cometa nuevos desatinos.
—¿Adónde debo ir ahora? preguntó Yerli.
—A Fort Foureau, donde Mr. Massarde le dará instrucciones
personalmente. Luego usted será presentado al general como el as de ases de los
servicios de inteligencia. A Kazirn le fascinan las novelas de espionaje, y
caerá en la tentación de contratarlo, ignorante de que usted informará a
Massarde de cada uno de sus movimientos.
—¿A qué distancia está Fort Foureau?
—A dos horas en helicóptero. Vayamos a recoger su equipaje.
Como esos japoneses que dirigen sus negocios sin vender los
productos manufacturados de las naciones que saquean, Massarde sólo contrataba
ingenieros y obreros cualificados franceses, del mismo modo que solo usaba
equipos y transportes fabricados en Francia. Buena muestra de ello era el
helicóptero Ecureuil que los aguardaba, y que era gemelo del que Pitt y
Giordino hundieron en el Níger. Verenne hizo que el copiloto recogiese las
maletas de Yerli y las subiera a bordo.
Una vez el francés y el turco estuvieron acomodados en
confortables sillones de cuero, un auxiliar de vuelo les sirvió canapés y
champan.
—Cuánto lujo comentó Yerli. ¿Siempre extienden la alfombra roja
ante todos los visitantes?
—Ordenes de Mr. Massarde, que aborrece la costumbre yanqui de
ofrecer refrescos, cerveza y cacahuetes replicó estiradamente Verenne. Según
él, como franceses, estamos obligados a demostrar un refinamiento acorde con el
de nuestra cultura e independientemente de la clase o condición de los
visitantes.
Yerli alzó su copa de champán.
—Por Yves Massarde, y por que nunca deje de ser generoso.
—Por nuestro jefe dijo Verenne. Por que su esplendidez hacia
quienes le son leales no cese jamás.
Encogiéndose de hombros con indiferencia, Yerli vació su copa y
la tendió para que se la volvieran a llenar.
—¿Cómo siguen sus operaciones en Fort Foureau? ¿Algún problema
por culpa de los grupos ecologistas?
—Lo cierto es que no. Se encuentran en una especie de dilema.
Aplauden nuestro sistema de energía solar autosuficiente, y a la vez les
aterran las consecuencias que para el aire del desierto puede tener la
incineración de residuos tóxicos.
Yerli estudió las burbujas de su copa de champán.
—¿Tiene usted la certeza de que el secreto de Fort Foureau está
seguro? ¿Qué pasa si los gobiernos europeos y americanos se enteran de lo que
ocurre allí realmente?
Verenne se echó a reír.
—¿Habla usted en broma? La inmensa mayoría de los gobiernos del
mundo industrializado está encantada de conseguir librarse de su basura tóxica
secretamente y sin que el asunto se airee. En privado, hemos recibido las
bendiciones de los burócratas y los empresarios de plantas químicas y nucleares
de todo el mundo.
—¿Están en el secreto? preguntó Yerli, sorprendido. Verenne lo
miró con divertida sonrisa.
—¿Quiénes cree que son los clientes de Massarde?
41
Tras abandonar el camión, Pitt y Giordino caminaron con el calor
de la tarde y el frío de la noche, deseosos de avanzar lo máximo posible
mientras aún estuvieran razonablemente frescos. Sólo al amanecer se detuvieron
finalmente a descansar. Enterrándose en la arena durante el día, se protegieron
del sol abrasador al tiempo que reducían la pérdida de agua de sus organismos.
La ligera presión de la arena también producía un cierto alivio en sus cansados
músculos.
En aquella primera jornada de su caminata, habían avanzado
cuarenta y ocho kilómetros hacia su meta. En realidad, anduvieron más, ya que
debían ir sorteando las dunas. La segunda noche emprendieron viaje antes del
ocaso, de forma que Pitt pudo fijar su curso por medio de la tubería hasta que
aparecieron las estrellas. Al amanecer del siguiente día, la carretera
transahariana estaba otros cuarenta y dos kilómetros más cerca. Antes de
meterse bajo la manta de arena, se bebieron las últimas gotas de agua que les
quedaban. A partir de aquel momento, y hasta que encontraran nuevas reservas,
sus cuerpos comenzarían a deshidratarse y morir.
La tercera noche de su viaje tuvieron que cruzar una barrera de
dunas que se perdía de vista a derecha e izquierda. Aunque amenazadoras, las
dunas eran de una gran belleza. Sus superficies, delicadas y lisas, estaban
esculpidas por un viento inquieto, que formaba en ellas minúsculas ondulaciones
en permanente movimiento. Pitt no tardó en aprender sus secretos. Tras una
suave ladera, la duna solía caer casi a pico por el lado contrario. Los dos
hombres caminaban justo por el borde de las crestas, para evitar hundirse en
las blandas arenas. Si esto resultaba demasiado difícil, caminaban por los
pequeños valles entre las dunas, donde la arena era más firme.
Al cuarto día, las dunas fueron haciéndose más bajas, para
convertirse al fin en una amplia llanura arenosa, monótona y calcinada. El sol
caía sobre la reseca llanura como el martillo de un herrero sobre un hierro al
rojo vivo. Aunque caminar por una superficie llana era un alivio, el avance
seguía resultando difícil. Dos tipos de ondulaciones cubrían el terreno
arenoso.
Unas eran pequeñas, y no presentaban problema alguno. Pero otras
estrías, más grandes, estaban separadas unas de otras por el espacio de un
paso, lo cual creaba un efecto de fatiga similar al que produce caminar por las
traviesas de un tendido férreo.
Las caminatas se fueron haciendo más cortas, y las paradas para
descansar más largas y frecuentes. Avanzaban en silencio, con las cabezas
bajas. El hablar sólo conseguía resecarles más la boca. Eran prisioneros de la
arena, se encontraban cautivos en una jaula cuyas rejas eran la distancia. En
el paisaje pocos rasgos distintivos había salvo por los picos de sierra de una
baja cordillera rocosa que a Pitt le recordó el espinazo de un dinosaurio
muerto. En aquel territorio cada kilómetros era idéntico al anterior, y el
tiempo carecía de significado.
Al cabo de veinte kilómetros, la llanura concluyó al pie de una
meseta. Pese a que el sol estaba a punto de salir, deliberaron y decidieron
subir hasta la cima antes de iniciar el reposo diurno. Cuatro horas más tarde,
cuando al fin llegaron arriba, el sol ya estaba alto. El esfuerzo había agotado
sus escasas reservas. Los corazones, tras la agónica escalada, les latían
desacompasadamente, tenían las piernas inmensamente doloridas, y jadeaban a más
no poder.
Pitt, exhausto, temía sentarse por miedo a no poder levantarse.
Tembloroso, se mantuvo en pie al borde de la meseta, y miró en torno, como un
capitán en el puente de mando de su buque. Si allá abajo la llanura no era más
que un erial anónimo, la superficie de la meseta parecía una grotesca pesadilla
achicharrada por el sol. Hacia el este, en la dirección en que se dirigían, se
alzaba un mar de piedras rojas y negras, entre las cuales surgían, como
obeliscos, oxidadas excrecencias de mineral de hierro. Era como contemplar una
ciudad destruida siglos ha por una explosión nuclear.
—¿Cómo se llama esta parte del infierno? —preguntó Giordino con
voz rasposa.
Pitt sacó el mapa de Fairweather, ya muy arrugado y comenzando a
romperse, y lo alisó sobre una rodilla.
—Aparece en el mapa, pero no figura su nombre. —Entonces, a
partir de este momento, será conocido como «La joroba de Giordino».
Los labios resecos de Pitt se curvaron en una sonrisa.
—Si deseas registrar el nombre, lo único que tienes que hacer es
presentar una instancia al Instituto Geológico Internacional.
Giordino se dejó caer en el terreno rocoso y miró
inexpresivamente la meseta.
—¿Cuánto hemos recorrido?
—Unos ciento veinte kilómetros.
—Aún faltan sesenta para la carretera transahariana.
—A no ser que nos tropecemos con los efectos de la ley de Pitt.
—¿Qué ley es ésa?
—Quien sigue el mapa hecho por otro, siempre tiene que caminar
veinte kilómetros más de lo que piensa.
—¿Está seguro de que no nos hemos desviado del camino? Pitt negó
con la cabeza.
—De lo que estoy seguro es de que no hemos viajado en línea
recta.
—Entonces, ¿cuánto nos falta?
—Calculo que otros ochenta kilómetros.
Giordino miró a Pitt con ojos hundidos e irritados por la
fatiga. Sus labios estaban resecos e hinchados.
—Ya llevamos recorridos más de cien kilómetros sin probaragua.
—A mí me han parecido mil replicó roncamente Pitt.
—Bien murmuró Giordino. Creo mi deber expresar un pensamiento
que me preocupa. No puedo seguir.
Pitt alzó la vista del mapa.
—Nunca pensé que te oiría decir algo así.
—Hasta ahora, nunca había experimentado la sed de un modo tan
total y agónico. Ya no es un sentimiento, sino una obsesión permanente.
—Dos noches más, y bailaremos en la carretera transahariana.
Giordino meneó la cabeza tristemente.
—No te engañes. No tenemos fuerzas para recorrer otros ochenta
kilómetros sin agua, con este calor, y casi totalmente deshidratados.
Pitt estaba obsesionado por la visión de Eva esclavizada en las
minas y recibiendo los latigazos de Melika.
—Si no alcanzamos nuestra meta, todos morirán.
—No se puede sacar sangre de una piedra dijo Giordino. Es un
milagro que hayamos llegado tan lejos sin...
El italiano se cortó y, enderezándose, hizo pantalla con la mano
y señaló con gran excitación hacia una pila de enormes rocas.
Mira dijo. Ahí, entre esas piedras... ¿no parece la entrada de
una caverna?
Pitt miró hacia donde indicaba su compañero. En efecto: entre
las rocas se vía una pequeña abertura negra. Tomó la mano de Giordino y lo
ayudó a levantarse.
—¿Lo ves? Nuestra suerte ya está cambiando. No hay nada como una
bonita fresca cueva para descansar durante la parte más calurosa del día.
El calor, que se reflejaba en las rocas y en las excrecencias de
mineral de hierro, era asfixiante. Los dos amigos se sentían como si estuvieran
caminando por el rescoldo de una barbacoa. Desprovistos de gafas de sol, teman
que entornar los párpados y cubrírselos con la tela de sus turbantes
improvisados. No lograban ver más allá de unos metros ante ellos.
Tuvieron que subir por una pila de piedras sueltas hasta la
entrada de la cueva, sin tocar las rocas con las manos para evitar quemarse. En
el suelo de la entrada se hablan acumulado grandes cantidades de arena. Se
arrodillaron y comenzaron a apartarla. Si bien Pitt tuvo que agacharse para
entrar en la caverna, Giordino pudo hacerlo totalmente erguido.
No necesitaron esperar a que sus ojos se acostumbraran a la
penumbra, porque no la había. La caverna no había sido socavada por la erosión
del viento y el agua. Durante un gran movimiento sísmico del paleozoico,
grandes cantidades de rocas se desplomaron unas sobre otras, formando una
caverna hueca cuyo interior iluminaban los rayos del sol que se filtraban por
los resquicios entre piedra y piedra.
Pitt se adentró en la caverna y, de pronto, vio dos grandes
figuras humanas alzándose sobre él. Sobresaltado, retrocedió un paso, chocando
con su amigo.
—Acabas de pisarme gruñó Giordino.
—Lo siento dijo Pitt. Y, señalando una lisa pared en la que una
figura estaba a punto de alancear un búfalo, añadió. No esperaba compañía.
Giordino miró por encima del hombro de su compañero hacia la
figura de la lanza, estupefacto por encontrar pinturas rupestres en un lugar
tan desolado. Lentamente, recorrió con la mirada la enorme exhibición de arte
prehistórico y antiguo, en la que estaban representados varios siglos de
estilos artísticos pertenecientes a culturas sucesivas.
—¿Son... reales? murmuró.
Pitt se acercó a las misteriosas pinturas rupestres y examinó
una figura de tres metros de alto; llevaba una máscara y de su cabeza y hombros
surgían flores. La sed y la fatiga se desvanecieron con la sorpresa.
Las pinturas son auténticas, desde luego. Desearía ser
arqueólogo para poder interpretar los diversos estilos y culturas. Las primeras
son las del fondo de la cueva, y las de culturas sucesivas avanzan hacia la
entrada por orden cronológico, hasta los tiempos más recientes.
—¿Cómo lo sabes?
Hace entre diez y doce mil años, el Sahara tenía un clima
tropical húmedo. La vegetación florecía y el lugar era infinitamente más
habitable que ahora. Señaló hacia un grupo de figuras que rodeaban y lanzaban
jabalinas contra un gigantesco búfalo de grandes cuernos. Esta debe de ser de
las primeras pinturas, porque muestra a unos cazadores matando a un búfalo del
tamaño de un elefante, un animal que lleva siglos extinguido.
Pitt fue hasta otra representación que cubría varios metros
cuadrados de pared.
—Aquí puedes ver pastores con ganado dijo, señalando las
imágenes con las manos. El pastoreo comenzó en torno al año cinco mil antes de
Cristo. El estilo es más tardío, la composición más creativa y hay mayor lujo
de detalles.
—Un hipopótamo dijo Giordino, contemplando un dibujo colosal que
cubría una roca plana por entero. Debe de hacer mucho que no hay bichos así por
estos contornos.
—Por lo menos, tres mil años. Es difícil imaginar que en tiempos
esta zona fue un vergel que albergaba todo tipo de vida, desde avestruces hasta
antílopes y jirafas.
Avanzaron a lo largo de la pared, y sobre la roca fue
desplegándose las sucesivas etapas de la vida en el Sáhara.
Parece que a partir de aquí los artistas dejaron de pintar
ganado y vegetación observó Giordino.
—Con el paso del tiempo, las lluvias cesaron y la tierra se
comenzó a secar explicó Pitt, recordando lo aprendido en un remoto curso de
historia antigua. Al cabo de cuatro mil años de pastoreo descontrolado, la
vegetación desapareció y se consolidó el proceso de desertización.
Giordino se alejó del fondo de la caverna y se detuvo frente a
otra pintura cercana a la entrada.
—Aquí hay una carrera de cuadrigas.
—Pueblos procedentes del Mediterráneo introdujeron los caballos
y la rueda hacia el mil antes de Cristo explicó Pitt. Lo que no sabía era que
hubieran llegado hasta tan adentro en el desierto.
—¿Y qué viene luego, profesor?
—El periodo de los camellos —replicó Pitt, deteniéndose frente a
la pintura de una caravana en la que se veía una sinuosa fila formada por no
menos de sesenta camellos. Llegaron a Egipto tras la conquista persa del 525
antes de Cristo. Gracias al camello, las caravanas romanas pudieron salvar el
desierto entre la costa y Tombuctú. Debido a su enorme resistencia, los
camellos han seguido aquí desde entonces.
Las pinturas de un periodo más reciente mostraban también
camellos; pero el estilo era más tosco y rudimentario que los anteriores. Pitt
se detuvo frente a otra serie de pinturas de aquella fabulosa pinacoteca de
arte antiguo, estudiando la reproducción de una batalla minuciosamente labrada
en la roca, y pintada luego de un magnífico tono rojo ocre. Barbados guerreros
blandían escudos y espadas en el aire y, junto a otros que montaban en
cuadrigas, cargaban contra un ejército de arqueros negros cuyas flechas caían
como lluvia desde el cielo.
—Muy bien, sabelotodo, —explica esto dijo Giordino.
Pitt se acercó a la pintura señalada por su amigo y, durante
unos segundos la miró, estupefacto. Las imágenes estaban dibujadas con un
estilo lineal, infantil. Un barco flotaba en un río lleno de peces y
cocodrilos. Era difícil imaginar que el infierno del exterior de la cueva había
sido en el pasado una fértil región donde los cocodrilos nadaban en lo que
ahora no eran más que secos cauces.
Se acercó más, con la incredulidad en la mirada. Lo que le
llamaba la atención no eran lo cocodrilos ni los peces, sino el barco flotando
entre las líneas que indicaban la corriente de un río. Podría tratarse de una
nave egipcia, sólo que el diseño era totalmente distinto, mucho más moderno. La
forma sobre el agua era una pirámide truncada, una pirámide con la punta
rebanada y paralela a la base. Tubos redondos salían de sus costados. Unas
cuantas figura permanecían en diversas posiciones sobre la cubierta, bajo lo
que parecía una gran bandera agitada por la brisa. La reproducción del barco se
extendía a lo largo de casi cuatro metros por la rugosa superficie de la pared
rocosa.
—Un barco rebelde —dijo Pitt con incredulidad—. Un barco de la
marina de los Estados Confederados.
—No puede ser, aquí no —dijo Giordino, estupefacto.
—Puede ser y es —dijo tajantemente Pitt—. El viejo buscador de
oro nos habló de él.
—Entonces, no era un mito.
—Los artistas locales no pudieron pintar algo que no habían
visto. Si incluso el pendón de batalla confederado que lleva es el correcto, el
que se adoptó a fines de la Guerra de Secesión.
—Quizá fue pintado por un antiguo marino confederado que pasó
por estos contornos después de la guerra.
—No hubiese copiado el estilo del arte africano. En esta pintura
no hay la más mínima influencia occidental.
—¿Y qué me dices de las dos figuras que hay sobre la casamata?
—preguntó Giordino.
—Evidentemente, uno es un oficial naval. Quizás, el capitán.
—Y el otro... —murmuró Giordino, con incredulidad. Pitt examinó
detenidamente la figura situada junto al capitán.
—¿Tú quién crees que es? —preguntó.
—Yo tengo los ojos quemados por el sol y no me fío de ellos.
Esperaba que tú me lo dijeras.
Pitt se esforzó en poner mentalmente en orden unos hechos que
escapaban por completo a su compresión.
—No sé quién sería el pintor —murmuró, presa de la más absoluta
fascinación—; pero el caso es que no pudo pintar a nadie más parecido a Abraham
Lincoln.
42
Tras resposar todo el día en la fresca cueva, Pitt y Giordino
estaban reanimados, hasta el punto de sentirse físicamente capaces de hacer un
último esfuerzo y cruzar sin parar el tramo final de tierra hostil y desolada
hasta llegar a la carretera transahariana. Los pensamientos y especulaciones en
torno al legendario barco rebelde en el desierto quedaron temporalmente
relegados a un segundo término. Lo importante era prepararse mentalmente para
el casi invencible calvario.
A última hora de la tarde, Pitt salió de la cueva al inclemente
sol del exterior, a fin de colocar la tubería y utilizarla de nuevo como
brújula. Tras unos minutos en aquel horno, se sintió derretir al igual que la
cera de una vela. Como referencia a la que dirigirse durante el primer trecho
de su caminata, escogió una gran roca que se alzaba en el horizonte, a unos
cinco kilómetros hacia el este.
Cuando volvió al fresco interior de la cueva de los murales, no
necesitó sentir el agotamiento ni la angustia para tomar conciencia de lo
débiles que estaban. Todas sus miserias se reflejaban en los hundidos ojos de
Giordino, en sus ropas mugrientas, en su pelo revuelto, pero especialmente en
su expresión, que era la de un hombre que ha llegado al final de su
resistencia.
Aunque se habían enfrentado juntos a incontables peligros, Pitt
jamás había visto la derrota pintada en el rostro de su compañero. La tensión
sicológica estaba sobreponiéndose a la resistencia física. Giordino era
pragmático hasta la médula. Recibía los golpes y los reveses con su peculiar
obstinación, embistiendo contra ellos de frente. A diferencia de Pitt, él no
lograba hacer uso de su imaginación para contrarrestar la tortura de la sed y
la atroz angustia de un cuerpo que clamaba por descanso, alimento y agua.
Giordino no era capaz de sumirse en un mundo imaginario en el que el tormento y
la desesperación eran sustituidos por piscinas, frescas bebidas tropicales y
mesas llenas de todo tipo de exquisiteces gastronómicas.
Pitt se daba cuenta de que aquella noche era la última. Para
derrotar al desierto en su juego mortífero, debían redoblar su determinación de
sobrevivir. Otras veinticuatro horas sin agua, y estarían acabados. No les
quedaría vigor para continuar, Pitt sentía con aprensión atenazadora los más de
cincuenta kilómetros que les separaban de la carretera transahariana.
Concedió a Giordino otra hora de reposo antes de despertarlo de
su profundo sueño.
—Si queremos recorrer una distancia sustancial antes del
amanecer, debemos partir ahora.
Giordino entreabrió los ojos y se sentó en el suelo.
—¿Por qué no nos lo tomamos con un poco de calma y nos quedamos
aquí otro día?
—Hay demasiados hombres, mujeres y niños esperando a que
nosotros nos salvemos y podamos volver para rescatarlos. Cada minuto cuenta.
La fugaz visión de las mujeres maltratadas y los niños asustados
de las minas de Tebezza bastó para sacar a Giordino de las densas nieblas del
sueño y hacer que se pusiera trabajosamente en pie. Luego, a instancias de
Pitt, los dos dedicaron unos minutos a hacer ejercicios de calentamiento, para
soltar sus entumecidos músculos y sus rígidas articulaciones. Tras un último
vistazo a las asombrosas pinturas rupestres, así como a la imagen del barco
rebelde, salieron a la desolada y enorme superficie de la meseta. Pitt iba
abriendo el camino, en dirección a la roca que había tomado como referencia.
La suerte estaba echada. Salvo por las breves paradas de
descanso, tenían que seguir incesantemente hasta alcanzar la carretera y
detener algún vehículo que pasara, en la esperanza de que su conductor tuviese
abundantes reservas de agua. A pesar de todo, del asfixiante calor, de la arena
que el viento lanzaba contra su piel reseca, y del terreno, tenían que seguir,
hasta reventar o hasta encontrar ayuda.
Concluido su infernal trabajo del día, el sol se ocultó, y una
henchida media luna tomó su lugar. No se movía ni un soplo de aire; la calma y
el silencio eran totales. El desolado paisaje parecía extenderse hasta el
infinito, y las rocas, que sobresalían del terreno como huesos de dinosaurio,
aún ardían por el calor almacenado durante el día. Nada se movía, salvo las
sombras, que se alargaban tras las rocas como espectros cobrando vida a la
fantasmal luz del ocaso.
Caminaron durante siete horas. La roca que empezaron tomando
como punto de referencia quedó atrás, y la noche fue haciéndose más y más fría.
Débiles y exhaustos, Pitt y Giordino comenzaron a temblar incontrolablemente.
Las extremas subidas y bajadas en la temperatura se asemejaban a los cambios
estacionales: el día era el verano, el anochecer el otoño, la medianoche el
invierno, y la madrugada la primavera.
El terreno había ido cambiando tan gradualmente que no
advirtieron que las rocas y las excrecencias de mineral de hierro se habían ido
haciendo más pequeñas, hasta desaparecer completamente. Pitt sólo se dio cuenta
de que ya no estaban en la meseta cuando se detuvo para orientarse por medio de
las estrellas. Entonces advirtió que se encontraban en una llanura surcada por
una serie de wadis, o cauces secos, socavados por antiguos ríos u avenidas
olvidadas.
La fatiga hacía que su avance fuera cada vez más lento. El
cansancio, el puro agotamiento, eran como pesos que se veían obligados a cargar
sobre los hombros. Daban un paso tras otro, incesantemente, y su calvario se
hacía mayor con cada metro recorrido. Sin embargo, no cejaron en su lenta y
trabajosa marcha hacia el este. Tan débiles estaban que, tras las paradas de
descanso, apenas les era posible ponerse en pie y reiniciar la brega.
Para seguir la marcha, Pitt se acicateaba con imágenes de
O'Bannion y Melika maltratando a las mujeres y niños de aquella mina infernal.
Imaginaba el látigo de Melika descargándose salvajemente sobre sus hambrientas
y agotadas víctimas. ¿Cuántas muertes se habrían producido desde su fuga? ¿Se
encontraría Eva en la cámara mortuoria? Hubiese podido desechar tan
desagradables pensamientos, pero en vez de hacerlo se regodeó en ellos, ya que
eran el único medio de sacar del fondo de su ser todas las reservas de coraje.
Haciendo caso omiso del sufrimiento, seguía adelante con la fría inexorabilidad
de una máquina.
No lograba recordar la última vez que escupió. Aunque para
aliviar la agobiante sed chupaba pequeños guijarros, ya se le había olvidado lo
que era tener saliva en la boca. La lengua se le había hinchado como una
esponja seca, y parecía como si la hubieran limpiado con alumbre; pero,
sorprendentemente, lograba tragar.
Habían reducido la pérdida de líquidos por el sudor caminando al
frío de la noche y conservando las camisas puestas durante el día, de ese modo
reducían la evaporación del sudor sin perder del todo sus propiedades
refrescantes. Pero se daba cuenta de que sus cuerpos estaban gravemente faltos
de sal, lo cual contribuía a debilitar su estado.
Pitt usó todos los trucos para sobrevivir en el desierto que le
vinieron a la memoria, incluyendo respirar por la nariz para evitar la pérdida
de agua, y hablar muy poco y sólo en los momentos de descanso.
Llegaron a un estrecho río de arena que discurría por un valle
de pedregosos montículos. Siguieron el cauce hasta que éste tomó rumbo norte, y
entonces ascendieron por su orilla y continuaron en su ruta. Amanecía cuando
Pitt se detuvo para consultar una vez más el mapa de Fairweather. El tosco
dibujo indicaba un enorme lago seco que se extendía casi sin interrupción hasta
la carretera transahariana. Aunque sabía que el terreno llano era más fácil de
recorrer, lo único que Pitt veía frente a sí era un entorno asesino, un abierto
holocausto en el que no existía la sombra.
No podían descansar durante el atroz calor diurno. El terreno
era demasiado duro para semienterrarse bajo su superficie. Debían seguir
adelante y soportar un calor con mordedura de llama viva. Ya el sol ascendía
por el cielo, anunciando otro día de tortura achicharrante.
De pronto el sol quedó tapado por unas nubes y durante casi dos
horas los dos hombres disfrutaron de una bienvenida tregua en su tormento.
Luego desaparecieron las nubes y regresó el sol, más abrasador que nunca.
Llegado el mediodía, a Pitt y Giordino no les quedaban más que unas hebras de
vida. Si el calor del día no acababa con ellos, el intenso frío de la larga
noche lo haría.
De pronto llegaron al borde de un profundo barranco cuyas
paredes caían a pico hasta la superficie de un cauce seco situado siete metros
por debajo de la superficie del lago seco, al que cortaba como si se tratara de
un canal artificial. Al ir mirando sus propios pies, Pitt casi cayó por el
borde. Se detuvo con un respingo y miró con desesperación la inesperada
barrera. Ya no le quedaban fuerzas para bajar por un talud y ascender por el
contrario. Giordino llegó junto a él y se derrumbó como un fardo.
Mirando el cañón que cortaba el lago seco y la vacía inmensidad
más allá, Pitt comprendió que su épica batalla por la supervivencia había
concluido. Sólo habían recorrido treinta kilómetros por lo que aún les quedaban
otros cincuenta.
Giordino alzó la cabeza hacia Pitt, que seguía en pie, aunque
vacilando perceptiblemente, mirando hacia oriente mientras en su imaginación se
representaba una meta tan atormentadoramente próxima como imposible de
alcanzar.
Pese al hambre, la sed y la fatiga, el aspecto de Pitt era
impresionante. El rostro arrugado y severo, su gran estatura, los penetrantes
ojos opalinos, su nariz aquilina, la cabeza, envuelta en una polvorienta toalla
blanca a través de la cual asomaban mechones de su cabello negro ondulado...
Nada de ello le daba el aspecto de un hombre derrotado e irremisiblemente
condenado a muerte.
Barrió con la mirada el fondo del barranco y quedó petrificado.
Un ceño de incredulidad comenzó a formarse sobre los ojos, semiocultos por el
turbante.
—Creo que me he vuelto loco —murmuró.
Giordino se encogió de hombros.
—A mi me pasó hace veinte kilómetros.
—Juraría que estoy viendo... —Pitt meneó lentamente la cabeza y
se frotó los ojos—. Tiene que ser un espejismo.
Giordino miró hacia el fondo del paisaje, donde las ondas de
calor formaban un lejano mar de temblorosas aguas. La ilusoria imagen de lo que
tan desesperadamente ansiaba fue más de lo que el hombre podía soportar y
apartó la mirada.
—¿Lo ves? —preguntó Pitt.
—Con los ojos cerrados —dijo estropajosamente Giordino—. Veo un
bar lleno de chicas que me ofrecen grandes jarras de cerveza fría como el
hielo.
—Hablo en serio.
—Y yo también. Pero si te refieres a ese ilusorio lago que se ve
al fondo del desierto, olvídalo.
—No —replicó lacónicamente Pitt—. Me refiero al avión que hay en
el fondo del barranco.
Al principio, Giordino pensó que su amigo había perdido
efectivamente la razón, pero con gran trabajo se arrastró hasta el borde del
barranco y miró hacia donde Pitt señalaba.
En el desierto, las cosas construidas por el hombre no se
desintegran ni se pudren. El peor efecto es el que produce la arena al percutir
sobre el metal. Lo que en el fondo del barranco había era un avión accidentado,
sin apenas óxido y ni siquiera polvo. Parecía un viejo monoplano de ala alta.
Debía de llevar varias décadas en su soledad lisiada.
Pitt preguntó.
—¿Lo ves, o realmente me he vuelto loco?
—No lo creo, a no ser que a mí me haya dado la misma locura
—dijo Giordino asombrado—. Parece un avión de verdad, no cabe duda.
—Entonces debe de ser auténtico.
Pitt ayudó a Giordino a ponerse en pie, y ambos fueron por el
borde del barranco hasta encontrarse directamente sobre los restos del aparato.
Asombrosamente, la tela del fuselaje y las alas estaban intactas, y los números
de identificación eran perfectamente legibles. La hélice de aluminio se había
destrozado al estrellarse contra el talud, y el motor radial era un amasijo de
piezas retorcidas que se había remetido parcialmente en la carlinga. Salvo por
eso, y por el roto tren de aterrizaje, el avión no tenía más daños. Se fijaron
también en las marcas del terreno que indicaban el lugar por donde el avión
cayó al fondo del barranco.
—¿Cuánto llevará ahí? —preguntó Giordino.
—Cincuenta o sesenta años —replicó Pitt.
—El piloto debió de sobrevivir e irse.
—No sobrevivió —dijo Pitt—. Bajo el ala de babor asoman unas
piernas.
Giordino miró hacia el ala izquierda, bajo la cual se veía una
vieja bota de cordones, al extremo de unos pantalones caqui.
—¿Crees que le importará que vayamos a hacerle compañía? El tipo
tiene la única sombra de todos estos contornos.
—En eso mismo estaba pensando yo —dijo Pitt, dejándose caer por
el borde del barranco. Se deslizó de espaldas por la inclinada pendiente, con
las rodillas alzadas y usando los pies como frenos.
Giordino bajó junto a él y, entre una nube de polvo y piedras
sueltas, ambos llegaron al mismo tiempo al fondo del barranco. Como les había
ocurrido en la cueva al descubrir las pinturas, mientras se ponían en pie y
avanzaban hacia el añoso cadáver del piloto, dejaron de sentir el horrible
tormento de la sed.
La arena había cubierto la parte inferior de la figura que yacía
con la espalda recostada en el fuselaje del avión. Junto a uno de los pies,
desprovisto de bota, yacía una tosca muleta improvisada con el bastidor de un
ala. A poca distancia estaba también la brújula del aparato, semienterrada en
la arena.
El piloto estaba asombrosamente bien conservado. La combinación
de calor feroz y gélido frío había momificado el cuerpo, y la única piel
visible era oscura y de textura lisa, como cuero. En el rostro aún era
perceptible una expresión de paz y tranquilidad, y las manos, rígidas tras más
de sesenta años de inmovilidad, se encontraban pacíficamente cruzadas sobre el
estómago. Sobre una pierna yacía un casquete de cuero y unas gafas iguales a
las usadas por los pioneros de la aviación. Sobre los hombros del cadáver caía
una densa mata de negro pelo, marchito y ajado tras tantos años de capear los
elementos.
—Dios bendito... —murmuró Giordino, pasmado—. Es una mujer.
—De alrededor de treinta años —observó Pitt—. Debió de ser muy
bonita.
—¿Quién demonios sería? —jadeó Giordino con curiosidad.
Pitt rodeó el cuerpo y soltó un paquete envuelto en hule que
había atado al tirador de la puerta de la carlinga. Abrió cuidadosamente el
hule, que resultó encerrar el cuaderno de bitácora. Levantó la tapa y leyó la
primera página.
—Kitty Mannock —dijo en voz alta.
—¿Kitty, qué?
—Mannock, una famosa aviadora. Australiana, si no recuerdo mal.
Su desaparición se convirtió en uno de los grandes misterios de la aviación,
superado sólo por el de Amelia Earhart.
—¿Cómo llegó hasta aquí? —preguntó Giordino, que no lograba
apartar los ojos del cadáver.
—Intentaba batir un récord de distancia entre Londres y Ciudad
del Cabo. Tras su desaparición, las fuerzas militares francesas destacadas en
el Sáhara efectuaron una búsqueda concienzuda, pero no encontraron rastro de
ella ni de su avión.
—Tuvo mala suerte de despeñarse por el único barranco que hay en
cien kilómetros. De haber aterrizado en la superficie del lago, la hubieran
visto fácilmente desde el aire.
Pitt fue pasando las hojas del cuaderno de bitácora hasta llegar
a la parte en blanco.
—Se estrelló el 10 de octubre de 1931. La última anotación es
del 20 de octubre.
—Sobrevivió diez días —murmuró Giordino, admirado—. Kitty
Mannock debió de ser toda una mujer. —Se tendió bajo la sombra del ala y
suspiró cansadamente por entre sus labios resecos e hinchados—. Al fin, al cabo
de tanto tiempo, va a tener compañía.
Pitt no lo escuchó, pues toda su atención estaba prendida en una
ocurrencia descabellada. Guardó el cuaderno de bitácora en un bolsillo del
pantalón y comenzó a examinar los restos del aparato. No prestó atención al
motor, centrando su interés en el tren de aterrizaje. Aunque los amarres se
habían roto a causa del impacto, las llantas se encontraban intactas, y los
neumáticos apenas estaban resquebrajados. La rueda pequeña de cola también
parecía en buenas condiciones.
A continuación estudió las alas. La de babor había sufrido
pequeños daños y, al parecer, Kitty había arrancado de ella un gran trozo de
tela. Sin embargo, el ala izquierda se encontraba en sorprendente buen estado.
La tela que cubría el costillar del fuselaje estaba endurecida y resquebrajada,
pero no se había deshecho bajo los embates del frío y el calor extremos.
Absorto en sus pensamientos, rozó con la mano la parte frontal de la carlinga,
y la retiró vivamente al sentir el aguijonazo del dolor. El metal estaba tan
caliente como el fondo de una sartén. Dentro del fuselaje encontró una pequeña
caja de herramientas, que incluía una sierra de metales de tamaño reducido, un
equipo de reparación de neumáticos y una bomba manual de aire.
Permaneció inmóvil, absorto, sin que pareciera afectarle el
tórrido calor del sol. Tenía el rostro sumido, el cuerpo reseco y agotado.
Debería encontrarse inmovilizado en la cama de un hospital, entubado y
recibiendo fluidos. La vieja de la capa y la guadaña se encontraba a punto de
tocar con un huesudo dedo en el hombro de Pitt. Pero él seguía cavilando
metódicamente, sopesando pros y contras.
Y, allí y entonces, decidió que no iba a morir.
Yendo hasta donde se encontraba Giordino, le preguntó:
—¿Has leído El vuelo del Phoenix de Ellerston Trevor? Giordino
lo miró con el ceño fruncido.
—No; pero vi la película de James Stewart. ¿Por qué? Si crees
que puedes hacer que esta chatarra vuele, estás para que te encierren.
—Nada de volar —replicó tranquilamente Pitt—. He revisado el
avión y creo que, desguazándolo, podemos construir un velero de tierra.
—Construir un velero de tierra —repitió Giordino, exasperado—.
Claro que sí, y podemos ponerle bar, y salón de baile...
—Wind surfing sobre ruedas, eso es todo —continuó Pitt, sordo al
sarcasmo de Giordino.
—¿Y qué pretendes utilizar como vela?
—Un ala del aparato. Básicamente, se trata de una superficie
sustentadora elíptica. Ponla de pie, con la punta hacia lo alto, y ya tienes
una vela.
—No nos quedan fuerzas —protestó Giordino—. Un trabajo como el
que propones nos llevaría días.
—No: horas. El ala de estribor está en buen estado, y tiene la
tela intacta. La sección central del fuselaje entre la cabina y la cola podemos
utilizarla como casco. Con los montantes y largueros podemos fabricar una base
de sustentación que, con sólo acoplarle las ruedas delanteras y la trasera,
podemos convertir en un gran triciclo. Y disponemos de cable suficiente para
montar un sistema de control de la vela y el timón.
—¿Con qué herramientas?
—En la carlinga hay una caja llena. No son las más idóneas, pero
servirán.
Giordino meneó la cabeza lenta y reflexivamente. Lo más fácil
del mundo hubiera sido desechar la idea de Pitt como una mera alucinación,
tumbarse en el suelo y dejar que la muerte lo transportase pacíficamente al
olvido. Pero en su interior había un corazón perseverante y un cerebro que no
moriría sin combatir primero. Con el esfuerzo que un agonizante haría para
alzar una pesada carga, logró ponerse en pie y habló con palabras apenas
inteligibles a causa de la fatiga y la sobreexposición al calor.
—No nos quedemos aquí plantados, compadeciéndonos de nosotros
mismos. Tú quita los amarres del ala y yo desmontaré las ruedas.
43
A la sombra de un ala, Pitt dibujó el velero de tierra que se
proponía construir utilizando los restos del viejo avión. Se trataba de un plan
increíblemente simple, ideado en una tumba del desierto por hombres que estaban
muertos, pero que se negaban a aceptarlo. Para construir el velero, deberían
sacar fuerzas de la nada.
Los veleros de tierra no eran nada nuevo. Los chinos ya los
usaban hace dos mil años. Y también los holandeses, que ponían velas a pesados
carromatos con los que trasladaban pequeños ejércitos. Los trabajadores
ferroviarios norteamericanos construían vagonetas con velas para recorrer con
ellas los tendidos férreos de las llanuras. A comienzos del siglo xx, los
europeos convirtieron esta práctica en un deporte de sus playas de recreo.
Después de eso, sólo hizo falta que pasaran unos años para que los aficionados
al automóvil del sur de California, que conducían sus coches reformados por los
secos lagos del desierto del Mojave, recogieran la idea. Con el tiempo,
llegaron a organizar carreras que atrajeron participantes de todo el mundo, en
las que se conseguían velocidades próximas a los ciento cincuenta kilómetros
por hora.
Utilizando las herramientas halladas en la carlinga, Pitt y
Giordino hicieron los trabajos más ligeros durante el sofocante calor de la
tarde, dejando los más pesados para el anochecer. Tratándose de hombres que
tenían como pasatiempo favorito la restauración de coches y aviones antiguos,
trabajaron con rapidez y eficacia, sin apenas desperdiciar esfuerzos, a fin de
conservar la poca energía que les quedaba.
Los dos amigos trabajaron febrilmente para conseguir su
objetivo, sin pararse a descansar y sin apenas hablar, ya que sus lenguas
hinchadas y bocas resecas lo hacían difícil. La luna iluminaba sus actividades,
lanzando sus sombras contra la pared del barranco.
Respetuosamente, se abstuvieron de tocar el cadáver de Kitty
Mannock, trabajando en torno a él sin manifestar ninguna emoción, dirigiéndose
a veces a la difunta como si estuviera viva, pues sus mentes, trastornadas por
la sed, entraban y salían de un confuso limbo en el que todo se mezclaba y
confundía.
Giordino se ocupó de soltar las dos ruedas grandes de aterrizaje
y la pequeña de cola. Luego limpió la suciedad de los rodamientos y los
lubrificó con los residuos que quedaban en el filtro de aceite del motor. Los
viejos neumáticos estaban estriados y resecos por el sol. Conservaban la forma,
pero era imposible conseguir que retuvieran el aire, así que Giordino quitó las
cámaras, llenó de arena las cubiertas y volvió a montarlas en las llantas.
A continuación, con los costillares del ala dañada, construyó la
base de sustentación para las ruedas. Cuando terminó, con la sierra de metales
cortó los largueros longitudinales que unían el fuselaje central con el mamparo
de detrás de la carlinga. Luego hizo lo mismo con la sección de cola. Tras
soltar la sección central del cuerpo del aparato, colocó los largueros bajo la
parte anterior de la carlinga, y sujetó a ellos las dos ruedas de aterrizaje
mayores, que quedaron a una distancia de dos metros y medio del fuselaje. El
extremo opuesto, que había estado unido a la sección de cola, era ahora la
parte delantera del velero, otorgándole un aspecto primitivamente aerodinámico.
El toque final a lo que se había convertido en el casco de la nave fue la construcción
de un larguero a cuyo extremo se fijó la rueda pequeña, que quedó tres metros
por delante del improvisado vehículo.
Mientras Giordino se ocupaba del casco, Pitt se concentró en la
vela. Tras soltar el ala del fuselaje, alisó los alerones y flaps, y prolongó
el eje principal del ala hasta una posición vertical, situaron el mástil en el
centro del casco y lo montaron, trabajo que no resultó excesivamente pesado
debido a la ligereza de la tela y los listones de madera reseca. Con todo ello,
crearon una vela giratoria. Luego, Pitt usó los cables de control del aparato
para que hicieran de guías de las ruedas laterales montadas por Giordino.
Después, improvisó una especie de timón, cuyo cable iba desde el interior del
casco hasta la pequeña rueda delantera. Por último, organizó un cordaje para
controlar los giros de la vela.
Como toque final, quitaron los asientos del avión y los
colocaron en tándem en la cabina del velero. Pitt también instaló la brújula
del aparato junto al extremo del cordaje del timón. El tubo que había utilizado
como brújula hasta entonces fue atado al mástil, como un amuleto de la buena
suerte.
A las tres de la madrugada acabaron el trabajo y se derrumbaron
como fardos en el suelo. Quedaron allí, temblando de frío y contemplando su
obra maestra.
—Jamás volará —murmuró Giordino, totalmente agotado.
—Lo único que tiene que hacer es deslizarse por el desierto.
—¿Ya has pensado cómo vamos a sacarlo del fondo del barranco?
—Cincuenta metros más abajo hay una especie de rampa natural por
la que podremos subir el velero hasta la superficie del lago seco.
—Si apenas podemos recorrer esa distancia, ¿cómo vamos a
arrastrarlo hasta allí? Además, no tenemos la menor garantía de que funcione.
—Sólo necesitamos un poco de viento —dijo Pitt, con voz apenas
audible—. Y, si los seis últimos días nos sirven de indicio, a ese respecto no
vamos a tener problema alguno.
—Nada como perseguir el sueño imposible.
—Funcionará —afirmó resueltamente Pitt.
—¿Cuánto crees que pesa?
—Ciento cincuenta o ciento sesenta kilos.
—¿Cómo lo llamamos? —preguntó Giordino.
—¿Llamarlo?
—Algún nombre debemos ponerle.
Pitt señaló hacia cl cadáver de la aviadora.
—Si logramos salir de esta olla a presión, a ella se lo deberemos.
¿Qué te parece llamarlo Kitty Mannock?
—Perfecto.
Tras un rato más de charla vaga y errática, no tardaron en
sumirse en un sueño reparador.
Los rayos del sol achicharrante comenzaban a iluminar el fondo
del barranco cuando al fin despertaron. Sólo ponerse en pie requirió de un
enorme esfuerzo de voluntad. Tras despedirse silenciosamente de Kitty, se
dirigieron al velero, a cuya parte delantera Pitt ató dos cuerdas. Luego tendió
una a Giordino.
—¿Te sientes capaz?
—Claro que no —farfulló Giordino.
Pese al dolor que le producían los labios resecos y sangrantes,
Pitt logró sonreír. Sus ojos buscaron en los de Giordino el brillo indicador de
que saldrían de aquello. El brillo estaba allí, pero apenas era perceptible.
—Te echo una carrera hasta arriba.
Giordino osciló como un borracho en un vendaval, pero guiñó un
ojo y, retadoramente, dijo:
—Morderás mi polvo, patán.
Tras ello, se echó su cable al hombro, tiró de él y cayó de
bruces al suelo.
El velero de tierra se deslizó con la facilidad de un carrito de
la compra sobre el suelo de un supermercado, y estuvo a punto de atropellarlo.
Giordino, estupefacto, miró a Pitt con ojos enrojecidos.
—Cristo bendito... Se mueve con la ligereza de una pluma.
—Es lógico: lo fabricaron dos expertos mecánicos.
Sin más conversación, empujaron el improvisado velero por el
centro del cauce seco, hasta llegar a una rampa que subía hasta la superficie
del lago en un ángulo de treinta grados. Aunque sólo se trataba de una
ascensión de siete metros, para hombres que hacía sólo dieciocho horas se
encontraban al borde de la tumba, la cima del talud era como la del monte
Everest. No habían esperado sobrevivir a otra noche y, sin embargo, allí
estaban, enfrentados a lo que, con toda seguridad, era el obstáculo final, el
que marcaba la diferencia entre la vida y la muerte.
Pitt fue el primero en intentarlo, mientras Giordino descansaba.
Se ató uno de los cables de arrastre a la cintura y comenzó a gatear por el
talud como una hormiga borracha, avanzando sólo unos centímetros por vez. Su
cuerpo era una máquina quemada que obedecía las órdenes de un cerebro que casi
había perdido todo contacto con la realidad. Sus afligidos músculos protestaron
con mensajes de agonía. Los brazos y las piernas se dieron por vencidos al
principio de la escalada, pero él los obligó a seguir. Tenía los ojos
inyectados en sangre y semicerrados por la fatiga, una expresión de inmenso
sufrimiento en el rostro, los pulmones aspiraban el aire en dolorosas bocanadas
y, ante el esfuerzo sobrehumano, el corazón le latía como una taladradora
neumática.
No podía permitirse parar. Si él y Giordino morían, todos los
infortunados esclavos de Tebezza morirían también, sin que nadie llegara a
conocer cuál había sido su auténtico destino. No podía abandonar, derrumbarse y
expirar, no en el momento en que estaban tan cerca de darle el gran chasco a la
vieja de la guadaña. Apretó los dientes en un paroxismo de tenacidad, y siguió
ascendiendo.
Giordino intentó darle ánimos, pero cuanto salió de su garganta
fue un susurro inaudible.
Al fin, las manos de Pitt alcanzaron el borde superior del talud
y el hombre, en un último y supremo esfuerzo, llegó a la seca superficie del
lago, donde se tumbó como una sombra jadeante. No percibía nada más que su
ronca y jadeante respiración, y los latidos del corazón, que amenazaba con
salírsele del pecho.
Nunca supo cuánto tiempo permaneció tirado al sol ardiente.
Recuperó la conciencia cuando el ritmo de su pulso y de su respiración se
acercaban a lo normal. Al fin, se puso a gatas, y miró hacia Giordino, abajo.
El hombre que estaba confortablemente sentado a la sombra del velero de tierra,
logró dirigirle un leve saludo con la mano.
—¿Listo para subir? —preguntó Pitt.
Giordino asintió cansadamente, cogió el cable de arrastre y se
tumbó de bruces sobre el talud, comenzando a reptar lentamente cuesta arriba.
Pitt se pasó su extremo del cable sobre el hombro y ayudó a su amigo con el
simple peso de su cuerpo, sin añadir otro esfuerzo. Cuatro minutos más tarde,
medio reptando, medio arrastrado por Pitt, Giordino llegó arriba y quedó sobre
el suelo como un pez pescado tras una enconada lucha con el anzuelo y el sedal.
—Y ahora viene lo divertido —murmuró débilmente Pitt.
—No seré capaz —jadeó Giordino.
Pitt lo miró. Giordino parecía ya muerto. Tenía los ojos
cerrados y la barba de diez días blanqueada por el polvo. Si no podía ayudar a
sacar el velero del barranco, ambos morirían aquel día.
Pitt se arrodilló junto a él y lo cacheteó.
—No me abandones ahora —susurró, apremiante—. ¿Cómo esperas
tener un romance con la maravillosa pianista de Massarde si no mueves el culo y
empujas?
Giordino abrió los ojos y se pasó una mano por las mejillas
polvorientas. Con un supremo esfuerzo de voluntad, se puso en pie y osciló como
un borracho. Miró a Pitt sin la menor malicia y, pese a su maltrecho estado,
logró sonreír.
—Detesto ser tan predecible —dijo.
Como dos macilentos animales de tiro, cogieron los cables de
arrastre y comenzaron a empujar hacia delante. Sus débiles cuerpos apenas les
permitían dar unos pasos torpes; pero el peso combinado de ambos fue haciendo
subir poco a poco el velero por el talud. Ambos hombres tenían las cabezas
bajas, las espaldas encorvadas y los cerebros nublados por el delirio de la
sed. El avance era lastimosamente lento.
No tardaron en caer de rodillas; pero siguieron arrastrándose
hacia delante. Giordino advirtió que las manos de Pitt sangraban en torno al
cable, que le había quemado las palmas; pero el hombre parecía totalmente ajeno
al dolor.
De pronto, los cables se aflojaron, y el improvisado velero de
tierra alcanzó la plana superficie del lecho seco del lago y siguió hacia
ellos, golpeándolos. Por fortuna, Pitt había tenido la previsión de atar los
amarres de la vela de forma que ahora su borde de salida apuntaba directamente
en la dirección en que soplaba la breve brisa, sin generar ningún empuje.
Tras soltar los cables de arrastre, Pitt ayudó a su amigo a
subir al fuselaje. Giordino se desmoronó como un saco de patatas sobre el
asiento delantero. Luego Pitt tiró un puñado de arena al aire para ver la
dirección del viento. Soplaba del noroeste.
Había llegado el momento de la verdad. Miró a Giordino, el cual
hizo un vago movimiento hacia delante con la mano y, con débil susurro, dijo:
—Ponlo en marcha.
Pitt se apoyó en la parte trasera del fuselaje y empujó el
velero hasta ponerlo lentamente en movimiento sobre la arena. Tras unos pasos,
el hombre saltó al asiento posterior. El viento soplaba por sotavento, tras su
hombro izquierdo. Pitt soltó el cable de escota y movió la caña del timón de
modo que el vehículo se moviese con el viento. Recogió la escota a medida que
el aire fue impulsando con más fuerza el velero y el Kitty Mannock comenzó a
moverse por su cuenta, tomando rápidamente velocidad mientras Pitt recogía más
cable.
Echó un vistazo a la brújula y, tras la lectura, marcó el curso.
En su interior el agotamiento y el entusiasmo se mezclaban. Hizo girar
leventemente la vela, y pronto, entre una nube de polvo, el velero de tierra
comenzó a surcar el fondo del lago seco en un glorioso silencio y a una
velocidad de casi sesenta kilómetros por hora.
La emoción no tardó en convertirse en algo próximo al pánico
cuando Pitt, en una precipitada maniobra de corrección de curso, hizo que la
rueda de barlovento se levantara del suelo, haciendo lo que los aficionados al
lana surfing llaman hiking. Había movido la vela demasiado contra el viento,
aumentando el arrastre. De modo que tuvo que corregir el curso, para evitar que
el velero volcase, lo cual habría supuesto un desastre, pues a ninguno de los
dos ocupantes le quedaban fuerzas para enderezarlo.
Cuando ya el accidente era casi inevitable, Pitt soltó los
cables de escota y giró suavemente la caña del timón, haciendo que el vehículo
girase hacia barlovento. Mantuvo el curso y la rueda levantada volvió a posarse
en el suelo.
Pitt había navegado en pequeños barcos de vela cuando era niño
en Newport Beach, California, pero jamás había ido a aquella velocidad.
Mientras se apartaba del viento en un amplio ángulo de bordada de cuarenta y
cinco grados, comenzó a corregir con los cables de escota la dirección de la
enorme vela. Una rápida ojeada a la brújula le indicó que debía tomar un nuevo
curso en zigzag hacia el este.
Comenzando a sentirse más confiado, se tuvo que contener para no
rebasar el límite de velocidad que separa la rapidez del accidente. No es que
fuese a acobardarse a esas alturas del curso, pero la prudencia insistía en
recordarle que el Kitty Mannock no era el más estable de los veleros de tierra,
y que se mantenía de una pieza gracias a cables y alambres que tenían más de
sesenta años.
Se retrepó en su asiento y permaneció sin quitar ojo a los
remolinos de polvo que recorrían el desolado lago. Una súbita racha de viento y
volcarían irremediablemente. Pitt se daba cuenta de que dependían de la suerte.
Si tropezaban con otro barranco invisible, o con una roca que rompiese uno de
los bastidores, o se producía cualquiera de las posibles docenas de
catástrofes, todo habría acabado para ellos.
Entre patinazos y bandazos, el Kitty Mannock cruzaba el lago
seco a una velocidad de la que Pitt había considerado incapaz a su improvisado
velero. Los granos de arena lo golpeaban en el rostro con la fuerza de
perdigones. Un creciente viento de cola hizo que alcanzaran los ochenta y cinco
kilómetros por hora. Tras marchar a paso de tortuga por el desierto durante
días, ahora parecía como si fuesen en un reactor en vuelo rasante. Contra toda
esperanza, Pitt esperó que el Kitty Mannock se mantuviese de una pieza.
Al cabo de media hora, los irritados ojos de Pitt comenzaron a
escrutar el anónimo paisaje en busca de algún punto de referencia. Su
preocupación en ese momento era pasar de largo la carretera transahariana sin
reconocerla, lo cual no era nada dificil, pues únicamente se trataba de una
vaga senda que recorría el inmenso arenal de norte a sur. Si la rebasaban
inadvertidamente, se encaminarían directamente a la inmensidad del desierto, y
allí se perderían para siempre.
No se veían señales de vehículos, y el terreno comenzaba a estar
de nuevo sembrado de dunas bajas. Pitt se preguntó si ya habrían cruzado la
frontera de Argelia. No había forma de averiguarlo. Las grandes caravanas que
habían marchado entre el antaño fértil valle del Níger y el Mediterráneo, con
sus cargamentos de oro, marfil y esclavos, había desaparecido en la noche de
los tiempos, sin dejar el menor rastro. Lo único que ocasionalmente pasaba por
aquel erial olvidado de la mano de Dios eran algunos coches con turistas,
camiones que transportaban repuestos y mercancías, y vehículos militares que
patrullaban por la zona.
De haber sabido que en realidad la nítida línea roja que
indicaba la carretera en los mapas no existía como tal, y era sólo un producto
de la imaginación de los cartógrafos, Pitt se hubiera sentido enormemente
frustrado. Los únicos indicadores reales, si se tenía la suerte de detectarlos,
eran diseminados huesos de animales, algún vehículo abandonado y desguazado,
huellas de rodadas que el viento no había borrado, y una serie de viejos
bidones colocados a intervalos de cuatro kilómetros, si es que los nómadas no
los habían cogido para usarlos o revenderlos en Gao.
De pronto, a su derecha, cerca del horizonte, Pitt vio un objeto
manufacturado, una oscura mota en plena ola de calor. Giordino también lo vio y
señaló hacia él, en su primer indicio de vida desde que el velero de tierra
había emprendido la marcha. El aire era claro y diáfano como el cristal. Ya
habían abandonado el lago seco, y del suelo no se alzaba ni una mota de polvo.
Lograron identificar el objeto como los restos de un abandonado autobús
«Volkswagen» al que se había despojado de todas sus partes, salvo el chasis y
el fuselaje. Sólo quedaba el cascarón, en cuyo costado se leía una inscripción
irónica: «¿Dónde está Lawrence de Arabia cuando se le necesita?»
Con la certidumbre de haber alcanzado la carretera, Pitt fijó un
nuevo curso hacia el norte. El terreno se había vuelto arenoso, con tramos de
grava. Ocasionalmente, cruzaban sobre arenas sueltas; pero el poco peso del
velero evitó que encallaran en ellas.
Al cabo de diez minutos, Pitt detectó un lejano bidón. Ahora
tenía la plena certeza de que iban por la carretera, de modo que comenzó una
serie de viradas de dos kilómetros hacia el norte y Argelia.
Giordino no se movía. Pitt se echó hacia delante y lo tocó en el
hombro, pero la única reacción del hombre fue dejar caer la cabeza hacia
delante, hasta que la barbilla reposó contra el pecho. Giordino había perdido
el conocimiento, lo cual era el preámbulo de la muerte. Pitt hubiera querido
gritar o sacudir a su amigo; pero no halló fuerzas para hacerlo. Notaba como
las sombras se iban cerrando en torno a su ámbito de visión, y sabía que estaba
a sólo unos minutos de perder totalmente el conocimiento.
Le pareció oír el lejano zumbido de un motor; pero, al no ver
nada, lo atribuyó al delirio. El sonido se hizo más fuerte, y al
fin logró reconocerlo como el de un motor diesel; pero siguió
sin ver nada. Estaba ya persuadido de que el fin había llegado para él.
Entonces sonó un fuerte bocinazo. Pitt movió débilmente la
cabeza hacia un lado. Rodando junto a ellos había un enorme camión Bedford, de
construcción británica, arrastrando un gran remolque. El conductor, un árabe,
miraba a las dos figuras del velero de tierra con curiosidad y amplia sonrisa.
Sin que Pitt se diera cuenta, el camión, que venía por detrás, se había puesto
a su lado.
El chófer se asomó por la ventanilla y, haciendo bocina con una
mano, gritó:
—¿Necesitan ayuda?
Pitt sólo consiguió asentir débilmente con la cabeza.
Lo que no había previsto era cómo parar el velero. Hizo un débil
intento de frenar con la vela, pero lo único que consiguió fue que el vehículo
diera media vuelta sobre sí mismo. Luego, una racha de viento azotó la vela del
peor modo, y el Kittv Mannock volcó. Mientras el velero se hacía astillas, los
cuerpos de Pitt y Giordino salieron lanzados por el aire, cayendo sobre la
arena como monigotes inarticulados.
El chófer árabe detuvo su camión junto a ellos. Saltó de la
cabina y se dirigió a los dos hombres inconscientes. Inmediatamente, reconoció
los indicios de deshidratación y regresó corriendo al camión, para volver con
cuatro botellas de plástico llenas de agua.
En cuanto notó el contacto del agua contra su rostro, Pitt salió
del negro hoyo de oscuridad en que se había hundido. Abrió los labios y el agua
comenzó a entrarle en la boca. La transformación fue milagrosa. Un minuto antes
estaba medio muerto y al siguiente, tras echarse al coleto más de siete litros
de agua, volvió a convertirse en un ser humano en foma razonablemente
satisfactoria.
El cuerpo reseco de Giordino también había retornado a la vida.
Parecía imposible que, con sólo engullir una saludable cantidad de líquido,
regresaran de la muerte segura.
El árabe también les ofreció tabletas de sal y unos dátiles
secos. El hombre, que se cubría con una gorra de béisbol, tenía un rostro
moreno e inteligente. Puesto en cuclillas, observó con interés la resurrección
de los dos hombres.
—¿Vienes ustedes en esa máquina desde Gao? —preguntó
Pitt meneó negativamente la cabeza.
—Desde Fort Foureau —mintió. Aún no tenía la certeza de
encontrarse en Argelia. Ni tampoco podía confiar en que el conductor del camión
no los entregase al destacamento de Policía más próximo si se enteraba de que
eran fugitivos de Tebezza—. ¿Dónde estamos exactamente?
—En mitad del desierto del Tanezrouft.
—Pero... ¿en qué país?
—Pues en Argelia, naturalmente. ¿Dónde creían estar?
—En cualquier sitio, menos en Malí.
El árabe puso mala cara.
—En Malí hay mala gente. Y mal gobierno. Matan a muchos.
—¿A qué distancia está el teléfono más próximo? —preguntó Pitt.
—Adrar se encuentra trescientos cincuenta kilómetros hacia el
norte. Allí tienen comunicaciones.
—¿Es una aldea?
—No. Adrar es una gran ciudad, de mucho pogreso. Tienen
aeropuerto, y un servicio regular de pasajeros hasta Argel.
—¿Va usted en esa dirección?
—Sí. Entregué un cargamento de conservas en Gao, y ahora regreso
a Argel.
—¿Puede llevarnos hasta Adrar?
—Será un honor.
Pitt miró al chófer y sonrió.
—¿Cómo se llama usted, amigo?
—Ben Hadi.
Pitt estrechó cálidamente la mano del otro y dijo con voz suave:
—Aunque usted no lo sepa, amigo Ben Hadi, al salvarnos, también
ha salvado centenares de otras vidas.
CUARTA PARTE
ECOS DE EL ÁLAMO
26 mayo, 1996 Washington, D.C.
44
—¡Están fuera! —gritó Hiram Yaeger, irrumpiendo en el despacho
de Sandecker con Rudi Gunn pisándole los talones.
Sandecker, absorto en el presupuesto de un proyecto submarino,
alzó la mirada inexpresivamente.
—¿Fuera?
—Dick y Al. Han cruzado la frontera y se encuentran en Argelia.
De pronto Sandecker adoptó la expresión de un niño al que acaban
de comunicarle la llegada de Papá Noel.
—¿Cómo lo sabéis?
—Telefonearon desde el aeropuerto de una ciudad del desierto
llamada Adrar —replicó Gunn—. Aunque la línea estaba mal, logramos entenderles
que iban a tomar un vuelo comercial hasta Argel. Cuando lleguen, volverán a
llamarnos desde nuestra Embajada.
—¿Dijeron algo más?
Gunn miró a Yaeger.
—Tú fuiste el primero que habló con Dick.
—Se le oía fatal —dijo Yaeger—. El sistema telefónico del
desierto argelino no es mucho más que unas cuantas latas atadas con un cordel.
Si lo oí correctamente, creo que insistió en que solicitara usted que un Equipo
de Fuerzas Especiales volviese con él a Malí.
—¿Explicó por qué? —preguntó Sandecker con curiosidad. —Lo poco
que pude entender entre las interferencias me pareció bastante absurdo.
—¿Absurdo, en qué sentido? —quiso saber Sandecker. —Dijo algo de
rescatar a mujeres y niños de una mina de oro. Su tono era muy urgente y
angustiado.
—Carece totalmente de sentido —dijo Gunn.
Sandecker miró a Yaeger.
—¿Reveló Dick cómo lograron escapar de Malí?
Yaeger parecía un hombre perdido en un laberinto.
—No me haga mucho caso, almirante, pero juraría que dijo que
cruzaron el desierto en un velero con una mujer llamada Kitti Manning o
Manncock.
Sandecker se retrepó en su sillón y sonrió resignadamente.
—Conociendo a Pitt y Giordino como los conozco, no me extrañaría
nada. —De pronto, frunció los párpados y preguntó intrigado—. ¿No sería Kitty
Mannock?
—Ya le digo que no se oía bien; pero... sí, es muy posible.
—Kitty Mannock fue una famosa aviadora de los años veinte
—explicó Sandecker—. Batió varios récords de velocidad y
distancia antes de desaparecer en el Sáhara. Creo que fue en 1931.
—¿Y qué puede tener que ver con Pitt y Giordino? —se preguntó
Yaeger en voz alta.
—No tengo ni idea —dijo Sandecker.
Gunn consultó su reloj.
—Averigüé la distancia aérea entre Adrar y Argel. Son poco más
de mil doscientos kilómetros. Si en estos momentos están volando, tendremos
noticias de ellos en más o menos hora y media.
—Ordenen a nuestro departamento de comunicaciones que abran
línea directa con la Embajada estadounidense en Argelia
—dijo el almirante—. Y que se cercioren de que es segura. Si
Pitt y Giordino han descubierto datos cruciales sobre la contaminación que
provoca la marea roja, no quiero que la noticia trascienda a los medios de
comunicación.
Cuando llegó la llamada de Pitt por la red mundial de
comunicaciones de la NUMA, Sandecker y los otros, incluido el doctor Chapman,
estaban reunidos en torno a una consola telefónica. Esta grababa la
conversación y amplificaba la voz de Pitt por un sistema de altavoces, de modo
que todos pudieran hablar sin micrófonos ni audífonos.
En un preciso informe, que duró una hora aproximada, Pitt
respondió a casi todas las preguntas que se habían ido acumulando durante los
últimos noventa minutos. Todos permanecieron escuchando atentamente y tomando
notas mientras el hombre relataba los terribles sucesos y las pruebas
espantosas por las que él y Giordino habían pasado desde que se separaron de
Gunn en el río Níger. Las actividades ilegales de Fort Foureau fueron descritas
al detalle. La revelación de que el doctor Hopper y los científicos de la
Organización Mundial de la Salud se encontraban con vida y brutalmente
esclavizados en las minas de Tebezza los dejó estupefactos, así como el
enterarse de que los ingenieros franceses de Massarde, sus esposas e hijos, más
una veintena de otros extranjeros secuestrados, aparte los prisioneros
políticos del general Kazim estaban en la misma situación. Terminó su informe
con el accidental y afortunado hallazgo de Kitty Mannock y su viejo avión.
Ninguno de los oyentes pudo contener la sonrisa al oírle relatar la
construcción del velero de tierra.
Al fin, los hombres sentados en torno a la consola comprendieron
por qué Pitt pedía regresar a Malí con una fuerza armada. La denuncia de las
horribles e inhumanas condiciones imperantes en las minas de oro de Tebezza los
dejó abrumados. Pero lo que más les sobrecogió fue enterarse del secreto
almacenamiento subterráneo de desechos nucleares y tóxicos en Fort Foureau.
Saber que la supuesta planta de incineración de residuos tóxicos
tecnológicamente puntera, no era más que un fraude, nubló de preocupación el
rostro de todos los presentes, pues nadie pudo dejar de preguntarse cuántas
plantas similares de la Massarde Enterprises repartidas por todo el mundo
hacían lo mismo.
A continuación, Pitt los puso al corriente de la criminal
sociedad que formaban Yves Massarde y Zateb Kazim. Repitió detalladamente
cuanto había oído durante sus conversaciones con Massarde y O'Bannion.
Luego el doctor Chapman comenzó con las preguntas:
—¿Tiene la certeza de que Fort Foureau es la fuente de la
contaminación que poduce la marea roja?
—Aunque ni Giordino ni yo somos expertos en hidrología
subterránea —replicó Pitt—, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que los
desechos tóxicos que, en vez de ser incinerados, son escondidos bajo el
desierto, se filtran a las corrientes subterráneas. Desde allí, fluyen bajo un
viejo cauce hasta el Níger.
—¿Cómo es posible que se hicieran grandes excavaciones
subterráneas sin que los inspectores internacionales del medio ambiente lo
supiesen? —preguntó Yaeger.
—¿O sin que las fotos satélite las descubrieran? —añadió Gunn.
—La clave está en el ferrocarril y los contenedores —replicó
Pitt—. Las excavaciones no comenzaron durante la construcción del reactor solar
ni de los campos fotovoltaicos y concentradores, sino después de que se
erigiese un gran edificio que actuara de tapadera a las operaciones. La tierra
excavada era metida luego en los contenedores de los trenes que regresaban a
Mauritania. Por lo que Al y yo pudimos discernir, Massarde aprovechó grutas
naturales ya existentes.
Todos guardaron silencio por unos instantes, hasta que Chapman
dijo.
—Cuando este asunto salga a relucir, el escándalo y las
investigaciones serán interminables.
—¿Tenéis pruebas fehacientes? —preguntó Gunn a Pitt.
—Únicamente sabemos lo que vimos en el lugar y lo que contó
Massarde. Lamento no poderos ofrecer más.
—Habéis hecho un trabajo excelente —dijo Chapman—. Gracias a
vosotros, la fuente del contaminante ya no es un enigma, y podemos actuar en el
empeño de cortar la filtración a las aguas subterráneas.
—Eso es más fácil decirlo que hacerlo —le recordó Sandecker—.
Dick y Al nos han pasado una inmensa patata caliente.
—El almirante tiene razón —dijo Gunn—. No podemos presentarnos
así como así en Fort Foureau y clausurar las instalaciones. Yves Massarde es un
hombre poderoso y acaudalado, que mantiene fuertes conexiones con el general
Kazim y está muy bien relacionado con los más altos estamentos del gobiernos
francés...
—Y con otro montón de poderosísimos hombres de negocios y altos
funcionarios —añadió Gunn.
—Massarde es una consideración secundaria —interrumpió Pitt—. Lo
más importante es liberar a esa pobre gente de Tebezza antes de que muera.
—¿Hay entre los prisioneros algún norteamericano?
—La doctora Eva Rojas es ciudadana estadounidense.
—¿Es la única persona de nuestra nacionalidad?
—Sí, hasta dónde yo sé.
—Si ningún presidente se ha atrevido a intervenir en el Líbano
para liberar a nuestros rehenes, es sumamente improbable que nuestro actual
presidente envíe un Equipo de Fuerzas Especiales para salvar a una sola
norteamericana.
—No se pierde nada por pedirlo —propuso Pitt.
—Cuando le pedí que os rescataran a ti y a Giordino, ya me dijo
que no.
—Hala Kamil nos ha prestado el Equipo Internacional Táctico y de
Respuesta Crítica de la ONU —dijo Gunn—. No creo que niegue la autorización
para salvar a sus propios científicos.
—Hala Kamil es una dama de principios —dijo Sandecker
convencido—. Con más ideales que la mayor parte de los hombres que conozco.
Podemos confiar en que logre que el coronel Bock envíe de nuevo a Malí al
coronel Levant y a sus hombres.
—En las minas, la gente muere como ratas —dijo Pitt, con una
crispación en la voz que advirtieron todos sus oyentes—. Sólo Dios sabe cuántos
más han sido asesinados desde que Al y yo nos fugamos. Cada minuto cuenta.
—Hablaré con la secretaria general y se lo contaré todo
—prometió Sandecker—. Si Levant actúa tan rápidamente como lo hizo cuando salvó
a Rudi, sospecho que podrás explicarle personalmente la situación dentro de muy
pocas horas.
Al cabo de noventa minutos de la llamada de Sandecker a Hala
Kamil y al general Bock, el coronel Levant junto con sus hombres y equipo, ya
se encontraban sobrevolando el Atlántico, camino de una base aérea francesa
situada en las proximidades de Argel.
El general Hugo Bock ordenó los mapas y las fotos satélite que
tenía sobre el escritorio y cogió una vieja lupa que le había regalado su
abuelo cuando era niño y coleccionaba sellos. La había conservado como amuleto
durante toda su carrera militar y todavía la tenía. El cristal de la lente
perfectamente pulido, sin una falla, aumentaba las imágenes sin distorsionar
los bordes en absoluto.
Bebió un sorbo de café y comenzó a examinar los pequeños
círculos que había marcado en los mapas y fotos y que indicaban la situación
aproximada de Tebezza. Aunque la descripción del lugar donde se encontraba la
mina, hecha por Pitt y enviada por Sandecker a Bock por fax, era una mera
aproximación, la mirada del general no tardó en detectar la pista de aterrizaje
y el difuso camino que, a través del estrecho cañón, cruzaba la alta meseta
rocosa.
Pensó que el tal Pitt era un tipo muy observador. Parecía como
si hubiera memorizado todos los puntos significativos que vio durante su épica
travesía del desierto hasta Argelia, y que luego los hubiera proyectado al
revés en su mente hasta la entrada de la mina.
Bock comenzó a estudiar el terreno en torno a la mina, y nada de
lo que vio le gustó. La misión de rescatar a Gunn en el aeropuerto de Gao había
sido relativamente sencilla. Procedente de una base militar egipcia cercana a
El Cairo, la fuerza de la ONU sólo tuvo que aterrizar, tomar el aeropuerto,
rescatar a Gunn y despegar. Tebezza era un hueso mucho más duro de roer.
El equipo de Levant tendría que aterrizar en la pista del
desierto, viajar casi veinte kilómetros hasta la entrada de la mina, asaltarla
y asegurar el laberinto de túneles y cavernas, volver a la pista transportando
a Dios sabía cuántos prisioneros, cargarlos a todos a bordo, y despegar.
El gran peligro radicaba en que deberían pasar demasiado tiempo
en tierra. Los aparatos de transporte serían un blanco fácil para la fuerza
aérea de Kazim. Los cuarenta kilómetros del viaje de ida y vuelta por un mal
camino del desierto unido al tiempo que se perdería en él, aumentaba
considerablemente las posibilidades de fracaso.
El éxito del ataque no podía basarse sólo en la exactitud
cronométrica. Un número excesivo de variables desconocidas intervenía a su vez.
Evitar toda comunicación con el exterior resultaba de una importancia vital.
Bock no encontraba modo de que la operación pudiera cumplirse en menos de hora
y media. Si tenía dos horas de duración, el desastre era seguro.
Descargó un fuerte puñetazo sobre el escritorio y murmuró para
sí:
—¡Maldita sea! No hay tiempo para preparativos ni para hacer
planes. ¡Una misión de emergencia para salvar vidas! Demonios, probablemente
perderemos más de las que salvemos.
Tras considerar la operación desde todos los ángulos, Bock lanzó
un suspiro y marcó un número en el teléfono de su escritorio. El secretario de
Hala Kamil le pasó inmediatamente la comunicación a ésta.
—Sí, general —saludó Hala—. No esperaba tener noticias suyas tan
pronto. ¿Algún problema con la misión de rescate?
—Lamento decir que unos cuantos, señora secretaria. Esta vez, la
tarea rebasa nuestras posibilidades. El coronel Levant necesitará respaldo.
—Autorizaré cuantas fuerzas adicionales de la ONU necesiten.
—Carecemos de reservas —explicó Bock—. Mis fuerzas restantes
están en misión de seguridad en la frontera sirio—israelí, o efectuando
operaciones civiles de rescate en las revueltas y motines de la India. El
coronel Levant deberá contar con un respaldo de fuera de la ONU.
Se produjo un silencio mientras Hala ordenaba sus ideas.
—Se trata de un problema muy difícil —dijo al fin—. No sé a
quién recurrir.
—¿Qué tal le parecen los norteamericanos?
—A diferencia de sus predecesores, el nuevo presidente muestra
una gran renuencia a interferir en los asuntos del Tercer Mundo. De hecho, fue
el quien me pidió que le autorizase a usted a salvar a los dos hombres de la
NUMA.
—¿Por qué no fui informado? —preguntó Bock.
—El almirante Sandecker no pudo facilitarnos datos de su
paradero exacto. Mientras esperábamos pistas, ellos escaparon por su cuenta,
haciendo innecesaria una misión de rescate.
—Lo de Tebezza no va a ser fácil ni seguro —comentó Bock
torvamente.
—¿Puede garantizarme el éxito? —preguntó Hala.
—Confio en la habilidad de mis hombres, señora secretaria; pero
no puedo garantizar nada. Mucho me temo que el costo en vidas será alto.
—No podemos quedarnos cruzados de brazos —dijo solemnemente
Hala—. El doctor Hopper y su equipo científico son miembros de la ONU. Tenemos
el deber de salvar a nuestra gente.
—Estoy de acuerdo —dijo Bock—. Pero me sentiría más seguro si
contáramos con un contingente de respaldo, para el caso de que el coronel
Levant se viese cercado por fuerzas militares malienses.
—Quizá los británicos o los franceses se muestren mejor
dispuestos...
—Los norteamericanos pueden montar una operación de respuesta
más rápida —la interrumpió Bock—. Si la decisión estuviese en mi mano, pediría
su Fuerza Delta.
Hala quedó en silencio, sin querer comprometerse. Sabía que el
jefe ejecutivo de los Estados Unidos se mostraría tenaz en su deseo de no
comprometerse.
—Hablaré con el presidente y le expondré nuestro caso—dijo Hala,
resignada—. Es todo lo que puedo hacer.
—Entonces informaré al coronel Levant de que no puede permitirse
errores tácticos, ni esperar ayuda externa.
—Quizá la suerte lo acompañen.
Bock aspiró profundamente sintiendo en la espalda un escalofrío
de aprensión.
—Señora secretaria: siempre que he confiado en la suerte, algo
terrible ha sucedido.
St. Julien Perlmutter se encontraba en su inmensa biblioteca,
que albergaba millares de libros, casi todos dispuestos en estanterías de caoba
barnizadas, salvo unos, que estaban diseminados sobre la alfombra persa, o
amontonados en un viejo escritorio de persiana. Vestía su indumentaria
habitual: bata de cachemir sobre pijama de seda, y estaba sentado en su sillón,
con los pies sobre el escritorio, leyendo un manuscrito del siglo xvi.
Perlmutter era un famoso erudito en historia marítima. Su
variadísima colección de obras sobre barcos y el mar estaba considerada la
mejor del mundo. Los directores de museos de todo el país hubieran dado un ojo
de la cara o un cheque en blanco a cambio de aquella inmensa biblioteca. Pero,
salvo para obtener libros raros que añadir a su colección, poco le importaba el
dinero a un hombre que había heredado cincuenta millones de dólares.
Su amor a la investigación superaba con mucho a su amor por las
mujeres. Si alguien podía apasionarse por dar una conferencia sobre cualquier
naufragio, ése era St. Julien Perlmutter. Tarde o temprano, todos los
investigadores o cazadores de tesoros de Europa y América terminaban llamando a
su puerta en busca de asesoría y consejo.
Su pantagruélica constitución —pesaba más de ciento ochenta
kilos—, era producto de la mejor comida y bebida así como de la total ausencia
de cualquier ejercicio que no fuera el de coger un libro y pasar sus páginas.
Tenía ojos azul cielo de gran vivacidad y su rubicundo rostro estaba semioculto
por una enorme barba gris.
Sonó el teléfono, y Perlmutter tuvo que apartar una pila de
libros abiertos para alcanzarlo.
—Perlmutter al habla.
—Soy Dick Pitt, Julien.
—Dick, muchacho... Cuánto tiempo sin oír tu voz.
—No creo que hayan sido más de tres semanas.
—¿Quién cuenta las horas cuando está sobre la pista de un
naufragio? rió Perlmutter.
—Desde luego, ni tú ni yo.
—¿Por qué no te acercas por aquí y degustamos juntos mis famosas
Crépes Perlmutter?
—Mucho me temo que, para cuando llegase, ya estarían frías
—replicó Pitt.
—¿Dónde estás?
—En Argel.
Perlmutter bufó despectivamente.
—¿Y qué haces en un sitio tan espantoso?
—Entre otras cosas, estoy interesado en un naufragio.
—¿En la costa africana del Mediterráneo?
—No: en el desierto del Sáhara.
Perlmutter, que conocía bien a Pitt, sabía cuando éste bromeaba.
—La leyenda de un barco en el desierto, cerca del golfo de
California me es familiar, pero no sé nada de uno en el desierto del Sahara.
—Me he tropezado con tres fuentes que hacían referencia a él
—explicó Pitt—. Una era un viejo buscador de tesoros norteamericano que andaba
tras un buque confederado llamado el Texas. Aseguraba que el barco subió por un
río actualmente seco y se perdió en la arena. Supuestamente, transportaba el
oro de la tesorería confederada.
Perlmutter se echó a reír.
—¿Qué clase de hierba del desierto fumaba el tipo?
—También aseguraba que Lincoln iba a bordo.
—Acabas de cruzar la línea que separa lo absurdo de lo ridículo.
—Por extraño que te parezca, lo creí. Y luego encontré otras dos
referencias a la leyenda. Una era una vieja pintura rupestre de una cueva, que
mostraba lo que no podía ser sino un buque confederado. La otra era una
referencia a un avistamiento que encontré en el cuaderno de bitácora del avión
de Kitty Mannock.
—Un momento —dijo escépticamente Perlmutter—. ¿El avión de
quién?
—De Kitty Mannock.
—¡La encontraste! Dios bendito, si desapareció hace más de
sesenta años. ¿Realmente diste con el lugar donde se estrelló?
—Mientras cruzábamos en desierto, Al Giordino y yo tropezamos
con su cadáver y los restos de su aparato en un barranco escondido.
—¡Felicidades! —estalló Perlmutter—. Habéis aclarado uno de los
grandes misterios de la aviación.
—Pura suerte —admitió Pitt.
—¿Quién paga esta llamada?
—La Embajada norteamericana en Argel.
—En tal caso, aguarda un momento que ahora vuelvo.
Perlmutter levantó su enorme masa del sillón, fue hasta una
estantería y examinó su contenido durante unos segundos. Tras encontrar el
libro que buscaba, lo cogió, volvió con él al escritorio, lo hojeó unos
momentos y luego volvió a ponerse al teléfono.
—¿Dices que el barco se llamaba Texas?
—Eso es.
—Un buque ariete blindado —recitó Perlmutter—. Se construyó en
los astilleros Rocketts de Richmond, y lo botaron en marzo de 1865, un mes
antes del final de la guerra. Tenía cincuenta y ocho metros de eslora y doce de
manga. Dos motores, dos hélices, tres metros y pico de calado, y un blindaje de
quince centímetros. Sus piezas de artillería eran dos Blakely de cien libras y
dos cañones de nueve pulgadas y sesenta y cuatro libras. Velocidad, catorce
nudos.
—Muy potente para su época.
—En efecto. Doblaba en velocidad a cualquier otro buque blindado
de la Unión o de la Confederación.
—¿Cuál es su historia?
—Bastante breve. Su primera y única misión de combate fue un
épico descenso por el río James, a través de toda una flota unionista y pasando
entre lo fuertes de Hampton Roads. Llegó al Atlántico en muy mal estado,
escapó, y no se le volvió a ver.
—Entonces, su desaparición fue una realidad —dijo Pitt.
—Sí; pero en ella no hubo nada raro. Como todos los barcos
confederados de su tipo, fue construido para misiones fluviales y portuarias.
Por lo que resultaría sumamente inseguro en una travesía transoceánica. La
hipótesis más aceptada es que se hundió durante una tormenta.
—¿Crees posible que cruzase el océano hasta Africa Occidental y
subiera por el río Níger?
—El Atlanta es el único buque confederado de esa clase que
intentó navegar por mar abierto. Fue capturado durante una batalla con dos
monitores unionistas en Wassaw Sound, Georgia. Un año después de la guerra, el
rey de Haití lo compró con la intención de incorporarlo a su marina. Zarpó de
Chesapeake Bay con rumbo al Caribe y desapareció. Los tripulantes que habían
navegado en él aseguraban que hacía agua incluso con buen tiempo.
—No obstante, el viejo buscador juraba que tanto los colonos
frances como los nativos africanos contaban historias de un monstruo de hierro
sin velas que navegaba Níger arriba.
—¿Quieres que lo verifique?
—¿Podrías?
—Ya me tienes enganchado —dijo Perlmutter—. Además hay otro
enigma que aumenta el interés del Texas.
—¿De qué se trata?
—Tengo en mis manos la biblia de los barcos de la Guerra de
Secesión —replicó lentamente Perlmutter—. Todos los buques llevan diversas
referencias que añaden información adicional. El pobre Texas no tiene ni una
sola referencia. Es como si alguien se hubiera propuesto que permaneciese en el
olvido.
45
Pitt y Giordino abandonaron discretamente la Embajada
norteamericana por el vestíbulo de la sección de pasaportes, salieron a la
calle y detuvieron un taxi. Pitt le dio al chófer una dirección en francés que
le había anotado un ayudante de la Embajada, y el coche comenzó el recorrido
por las calles de la ciudad, pasando por entre sus pintorescas mezquitas y
minaretes. El taxista que les tocó en suerte era un energúmeno que
constantemente hacía sonar su claxon, maldecía a los peatones y se quejaba del
intenso y caótico tráfico, que mal discurría por entre semáforos y policías
indiferentes muy poco interesados en controlar aquel desbarajuste.
En la calle principal, que corría paralela a los muelles, el
chófer giró hacia el sur y se dirigió a las afueras, donde se detuvo frente a
ellos un sedan diesel «Peugeot 604» de las Fuerzas Aéreas francesas. Montaron
en la parte de atrás y, antes de que Giordino pudiera cerrar la puerta, el
conductor, sin dirigirles ni una mirada, aceleró callejón abajo.
Diez kilómetros más adelante, el coche se detuvo ante la entrada
de un aeródromo militar. En la garita de guardia ondeaba la bandera tricolor.
El centinela echó un vistazo al «Peugeot», hizo un gesto de asentimiento y lo
dejó pasar saludándolo al modo francés, con la palma hacia el exterior. Al
llegar a la pista, el chófer se detuvo e insertó el asta de un gallardete en
una ranura de la parte delantera izquierda del coche.
—No me digas nada, a ver si lo adivino —dijo Giordino—. Somos
los grandes mariscales del desfile.
Pitt se echó a reír.
—¿Has olvidado tus días en las Fuerzas Aéreas? Todo vehículo que
cruce la línea de vuelo debe llevar un banderín de autorización.
El «Peugeot» pasó frente a una larga hilera de cazas de ala
delta Mirage 2000, atendidos por sus dotaciones de tierra. Un extremo de la
línea de vuelo estaba ocupado por una escuadrilla de helicópteros Super Puma
AS—332, que parecían haber sido diseñados por un Flash Gordon miope.
Construidos para transportar misiles aire a tierra, carecían del habitual
aspecto asesino de casi todos los otros helicópteros de ataque.
El coche se metió por el extremo desierto de una pista
secundaria y se detuvo. Pitt y su amigo permanecieron dentro, a la espera. Giordino
no tardó en dormirse, confortado por el aire acondicionado del coche, mientras
Pitt hojeaba un ejemplar de Wall Street Journal que había recogido en la
Embajada.
Quince minutos más tarde un gran aerobús tomó tierra por el
oeste. Ni Pitt ni Giordino advirtieron que el aparato se aproximaba hasta que
oyeron el chirriar de sus ruedas sobre el asfalto de la pista. Giordino
despertó y Pitt dobló el periódico. El avión frenó antes de girar ciento
ochenta grados. En cuanto las enormes ruedas se detuvieron, el chófer puso el
«Peugeot» en marcha y lo condujo hasta unos cinco metros de la parte trasera
del aparato.
El aerobús acababa de recibir una capa de pintura de camuflaje
para el desierto, bajo la cual se advertía la sombra de las anteriores marcas
de identificación. Una mujer, vestida con el uniforme de combate y un brazalete
con el distintivo de la ONU cruzado por una espada, salió de la panza del
aparato por una trampilla, entre las enormes ruedas del tren de aterrizaje. Fue
rápidamente hacia el «Peugeot» y abrió la portezuela trasera.
—Síganme, por favor —pidió en un inglés con marcado acento
español.
Mientras el coche se alejaba, la componente del equipo táctico
de la ONU los condujo hasta el avión, en el que subieron. Entraron por la zona
inferior de carga del aerobús, y se dirigieron hacia una angosta escalera que
ascendía a la cabina principal.
Giordino se detuvo a contemplar los tres vehículos de transporte
de personal, bajos y achaparrados, formados en hilera. Luego estudió con
fascinación el «buggy» fuertemente armado que se había empleado para rescatar a
Gunn en Gao.
—Si participases en una carrera de autocross con ese chisme,
ningún rival se atrevería a pasarte —comentó admirado.
—Tiene un aspecto formidable, desde luego —estuvo de acuerdo
Pitt.
Cuando llegaron a la cabina principal, encontraron a un oficial
esperándolos que fue hacia ellos y se presentó.
—Soy el capitán Pembroke—Smythe. Me alegro mucho de verlos. El
coronel Levant los espera en la sala de planificación. Al oír el acento del
capitán, Giordino comentó:
—Evidentemente, es usted inglés.
—En efecto: somos un grupo de lo más variado —dijo jovialmente
Pembroke—Smythe, al tiempo que señalaba con el extremo de un junquillo las tres
docenas de hombres y mujeres dedicados a limpiar y montar armas y equipo—. A
algún alma imaginativa se le ocurrió que la ONU debía contar con su propia
unidad táctica dispuesta a, por así decirlo, ir a los berenjenales en los que
los gobiernos internacionales temían meterse. Hay quien nos llama guerreros
secretos. Cada uno ha sido minuciosamente adiestrado por las fuerzas especiales
de su país de origen. Todos somos voluntarios. Algunos son permanentes, y otros
sólo estamos de servicio durante un año.
Esa gente formaba uno de los grupos más eficientes y avezados
que Pitt había visto. Endurecidos por el ejercicio y un adiestramiento brutal,
eran profesionales silenciosos y concienzudos, poseedores de la eficacia y la
inteligencia imprescindibles en las misiones secretas. A Pitt no le hubiera
gustado encontrarse con ninguno de ellos —ni de ellas—, en un callejón oscuro.
Pembroke—Smythe los hizo pasar a un compartimento que albergaba
el centro de mando del aparato. Se trataba de un área espaciosa, llena de
equipo electrónico. Un operario se encargaba de las comunicaciones, mientras
otro estaba ante un ordenador, programando los datos para la inminente
operación en Tebezza.
El coronel Levant salió de detrás de un escritorio y recibió en
la puerta a Pitt y a Giordino. El militar no sabía con qué se iba a encontrar.
Había leído extensos dosieres sobre ambos hombres, facilitados por el Servicio
Internacional de Inteligencia de las Naciones Unidas, y no podía por menos de
sentirse impresionado por sus historiales. La lectura de un resumen de sus
peripecias en el desierto tras huir de Tebezza le llenó de admiración.
Inicialmente, Levant había expresado grandes reservas ante la
idea de llevar consigo a Pitt y Giordino, pero no tardó en comprender que, si
no contaba con ellos para guiarlos en las galerías de las minas, la operación
correría un grave riesgo. Los dos hombres estaban muy delgados y requemados por
el sol, pero, por lo demás, su aspecto era sorprendemente saludable y vigoroso.
Mientras les estrechaba la mano, el francés dijo:
—He leído sobre sus hazañas, caballeros, y sentía grandes deseos
de conocerlos. Soy el coronel Marcel Levant.
—Soy Dirk Pitt, y el feo individuo que me acompaña es mi amigo
Al Giordino.
—Tras leer el informe sobre sus andanzas en el desierto,
esperaba que los subieran en camilla. Me satisface verlos en forma tan
espléndida.
—Los líquidos, las vitaminas y el ejercicio obran milagros
—replicó Pitt sonriendo.
—Y la diversión bajo el sol, también —murmuró Giordino. En lugar
de responder al irónico comentario, Levant se dirigió a Pembroke—Smythe:
—Capitán: avise a los hombres y ordene al piloto que se prepare
para despegar inmediatamente. —Luego devolvió su atención a los hombres que
tenía enfrente— Si lo que ustedes dicen en correcto, el tiempo no se mide en
minutos, sino en vidas. Podemos estudiar los detalles de la misión durante el
vuelo.
Pitt asintió, totalmente de acuerdo:
—Será lo más práctico.
Levant consultó su reloj.
—El vuelo durará algo más de cuatro horas. Tenemos el tiempo muy
justo. Como deseamos efectuar el asalto durante el periodo de descanso de los
prisioneros, hemos de ser puntuales. Si llegamos demasiado pronto o demasiado
tarde, esa pobre gente estará repartida por las galerías de la mina, y no
podremos encontrarlos y reunirlos antes de nuestra hora prevista para la
retirada.
—Llegaremos a Tebezza en plena noche.
—Más o menos, a las cero horas.
—¿Piensa tomar tierra con las luces de aterrizaje? —preguntó
Pitt incrédulamente—. Si lo que quiere es que todos se enteren de nuestra
llegada, puede añadir fuegos artificiales.
Levant se retorció un extremo del bigote, ademán que Pitt iba a
ver frecuentemente repetido en las siguientes diez horas.
—Aterrizaremos a oscuras. Y, antes de que empiece con las
explicaciones, será mejor que se sienten y se ajusten los cinturones.
Como para enfatizar sus palabras, en aquel momento sonó el
zumbido, extrañamente amortiguado, de los motores. El gran aerobús comenzó a
acelerar silenciosamente por la pista.
A Giordino, Levant le parecía demasiado pomposo y arrogante, así
que lo trató con cortés indiferencia. Pitt, por su parte, reconocía a un
profesional experto y avezado cuando lo veía. También captó en el coronel un
soterrado respeto que a Giordino se le escapaba.
Durante el despegue, Pitt hizo un comentario sobre lo
silenciosos que eran los motores.
—El escape de las turbinas lleva silenciadores especiales
—explicó Levant.
—Funcionan bien —comentó admirado Pitt—. Cuando aterrizaron, no
oí nada hasta que las ruedas tocaron tierra.
—Tómelo como una medida más de sigilo para aterrizajes
clandestinos en lugares donde no somos bienvenidos.
—¿También aterrizan sin luces?
—En efecto —asintió Levant.
—¿Dispone el piloto de un equipo de visión nocturna sofisticado?
—No, Mr. Pitt, nada de sofisticaciones. Cuatro de mis hombres
saltarán en paracaídas sobre la pista de Tebezza, se harán con ella, y luego
colocarán una serie de luces infrarrojas que señalarán la pista a nuestro
piloto.
—Una vez en tierra —comentó Pitt, pensativo—, no será tarea
fácil recorrer el terreno entre la pista y la entrada de la mina en plena
oscuridad.
—Ese es el menor de nuestros problemas —replicó Levant
sombríamente.
El avión ascendía gradualmente, girando hacia el sur. El francés
soltó su cinturón y se dirigió a una mesa sobre la que había una foto satélite
de la meseta situada sobre la mina. Cogió un lápiz y señaló la foto.
—Aterrizar con helicópteros en lo alto de la meseta y bajar
luego por las paredes del cañón haciendo rappel hasta la entrada de la mina
habría simplificado enormemente nuestro problema, aumentando además el factor
sorpresa. Por desgracia, existen otras consideraciones.
—Comprendo el dilema —dijo Pitt—. Un viaje de ida y vuelta a
Tebezza rebasa la autonomía de vuelo de un helicóptero, y situar depósitos de
combustible a lo largo del desierto habría supuesto una demora adicional.
—De treinta y dos horas, según nuestros cálculos. Consideramos
la posibilidad de cubrir el trayecto a saltos con una escuadrilla de
helicópteros, transportando en unos aparatos a los hombres y al equipo, y en
otros reservas de combustible. Pero ese plan también implicaba complicaciones.
—Demasiado complejo y lento —dijo Giordino.
—El factor velocidad también favorecía el uso del aerobús
—siguió Levant—. Otra de las ventajas que tiene utilizar un avión en vez de una
escuadrilla de helicópteros es la de que podemos llevar nuestros propios medios
de transporte. También nos permite disponer de espacio para atender médicamente
a bordo a la gran cantidad de personas que, según su informe, necesita cuidados
sanitarios urgentes.
—¿De cuántos miembros consta su equipo de asalto? —preguntó
Pitt.
—Treinta y ocho combatientes y dos médicos —replicó Levant—. Una
vez aterricemos, cuatro se quedarán montando guardia en el avión. El equipo
médico acompañará a la fuerza principal, para atender a los prisioneros.
—Eso no dejará mucho espacio en sus vehículos de personal. No sé
si cabrán todos.
—Si parte de mi gente va en los techos y sujeta a los costados,
podremos evacuar a cuarenta prisioneros.
—Quizá no queden tantos con vida —dijo seriamente Pitt.
—Haremos todo lo posible por los que queden —aseguró Levant.
—¿Y los malienses? —preguntó Pitt—. Los prisioneros políticos y
los enemigos del general Kazim. ¿Qué será de ellos? Levant se encogió de
hombros.
—Tendrán que quedarse. Les abriremos todas las despensas de las
minas, y dispondrán de las armas de los guardas. Aparte de eso, poco podemos
hacer por ellos. Quedarán a su suerte.
—Kazim es un sádico. Cuando se entere de que sus más preciados
prisioneros han huido, puede ordenar la ejecución masiva de los otros.
—Tengo órdenes concretas —dijo sencillamente Levant—. Y esas
órdenes no incluyen salvar a los presos locales.
Pitt contempló la ampliada foto del desierto en torno a la
meseta de Tebezza.
—O sea, que lo que se propone es aterrizar en el aerobús en
plena noche en una pista del desierto, recorrer una carretera que ya en pleno
día es difícil de seguir, asaltar la mina, llevarse a todos los prisioneros
extranjeros, y luego regresar a la pista y despegar hacia Argel. ¿No cree que,
dadas las limitaciones de nuestros medios, quizá estemos mordiendo más de lo
que podemos tragar?
Levant no vio en los comentarios de Pitt ni desaprobación ni
sarcasmo.
—Como suele decirse, Mr. Pitt, no hay más cera que la que arde.
—No dudo de la capacidad de lucha de su gente, coronel. Pero
había esperado una fuerza mayor y mejor dotada.
Lamento que la ONU no dedique a su Equipo Táctico y de Respuesta
Crítica fondos suficientes para dotarlo de amplias tropas y equipo
ultrasofisticado como el que posee la mayoría de las fuerzas especiales.
Nuestro presupuesto es escaso, y no podemos salirnos de él.
—Pero... ¿por qué un equipo UNICRATT? —preguntó con curiosidad
Pitt—. ¿Por qué no un comando británico, o de la Legión Extranjera francesa, o
de las Fuerzas Especiales norteamericanas?
—Porque ningún país, ni siquiera el suyo, quería correr el
riesgo de mancharse las manos con esta misión —explicó cansadamente Levant—. De
ahí que la secretaria general Kamil ofreciera nuestros servicios.
El nombre de la secretaria evocó en la memoria de Pitt el cálido
recuerdo de un interludio con Hala Kamil a bordo de un barco, en el estrecho de
Magallanes. Había ocurrido dos años atrás, durante la búsqueda del tesoro de la
Biblioteca de Alejandría.
Levant captó la mirada ensoñadora y Giordino, que conocía la
historia, sonrió. Pitt advirtió sus expresiones y devolvió su atención al mapa
satélite.
—Hay un fallo.
—Hay varios —dijo Levant, ecuánime—. Pero todos son superables.
—Salvo dos.
—¿Que son...?
—Desconocemos la ubicación del centro de comunicaciones y de
monitores de seguridad de O'Bannion. Si no logramos detenerlo a tiempo, y él se
pone en contacto con las fuerzas de Kazim, no tendremos ni la menor posibilidad
de regresar a Argel: el general enviará contra nosotros a una escuadrilla de
sus cazas, que nos hará pedazos.
—Entonces, debemos entrar y salir de la mina en el plazo de
cuarenta minutos —dijo Levant—. No es imposible, en el caso de que la mayor
parte de los cautivos puedan llegar a la superficie por su propio pie. Si hay
muchos que necesiten ser transportados, perderemos un tiempo crucial.
En ese momento, apareció el capitán Pembroke—Smythe procedente
de la cocina del avión con una bandeja de café y sandwiches.
—Nuestra comida, si no exquisita, al menos es alimenticia —dijo
con buen humor—. Pueden escoger: pollo o atún. Pitt miró a Levant y sonrió.
—Parece que lo de que su presupuesto es escaso no lo dijo usted
en broma.
Mientras el aerobús sobrevolaba el negro mar del desierto, Pitt
y Giordino dibujaron de memoria grandes esquemas de los diversos niveles de la
mina. A Levant le asombró la precisión de sus recuerdos. Aunque carecían de
memoria fotográfica, era asombrosa la enorme cantidad de detalles que
recordaban.
Levant y otros dos oficiales interrogaron a los hombres de la
NUMA en profundidad, repitiendo las preguntas hasta tres o cuatro veces en la
esperanza de obtener detalles observados y luego olvidados. La senda hasta el
cañón, la distribución general de la mina, las armas de los guardas.... Todo
fue repasado una y otra vez.
Los datos fueron almacenados en ordenadores, y los bosquejos de
la mina programados en tres dimensiones. No pasaron nada por alto. La
predicción meteorológica para las próximas horas, el tiempo de vuelo de los
cazarreactores de Kazim desde Gao, planes y caminos alternativos de fuga en el
caso de que el aerobús fuera destruido en tierra. Se trazó un plan para cada
posible contigencia.
Una hora antes de llegar a Tebezza, Levant reunió a su pequeño
grupo de hombres y mujeres en la cabina principal. Pitt inició el informe
describiendo a la fuerza de vigilancia: el número de sus componentes, su clase
de armas, y añadiendo observaciones sobre su actitud indolente, derivada de
vivir y trabajar en pleno desierto.
A Pitt le siguió Giordino, que les hizo una descripción de los
distintos niveles de la mina, ayudándose con los grandes bosquejos situados
sobre un gran atril.
Pembroke—Smythe dividió en cuatro unidades el equipo táctico de
la ONU que iba a efectuar el ataque, y repartió mapas individuales de las
galerías subterráneas impresos por el ordenador. Levant puso el broche a la
reunión instruyendo a los equipos sobre sus distintas misiones.
—En primer lugar pido disculpas por nuestra falta de información
—comenzó—. Nunca hemos emprendido una misión tan peligrosa con tan pocos datos.
Probablemente, los mapas de la mina que acaban de recibir, sólo muestran menos
de una quinta parte de los túneles y pozos que realmente existen. Hemos de
golpear con rapidez y dureza, y ganar las oficinas y los alojamientos de los
guardas. Una vez eliminada la resistencia, recogeremos a los prisioneros e
iniciaremos la retirada. El encuentro final será en la caverna de acceso y
cuando se cumplan los cuarenta minutos justos de entrar. ¿Alguna pregunta?
Se alzó una mano y un hombre situado en la parte delantera
preguntó con acento eslavo.
—¿Por qué cuarenta minutos, coronel?
—Si tardamos más, cabo Wadilinski, los cazarreactores malienses
más próximos tendrán tiempo de seguirnos y derribarnos antes de que regresamos
a Argelia. Parto de la presunción de que la mayoría de los cautivos podrían
llegar a nuestros transportes sin ayuda. Si hemos de transportar a muchos,
habrá demora.
Se alzó otra mano.
—¿Qué pasa si nos perdemos en la mina y no llegamos a tiempo al
encuentro final?
—En ese caso, se quedarán atrás —replicó Levant, sin inmutarse—.
¿Algo más?
—¿Podemos quedarnos con el oro que encontremos? La pregunta,
formulada por un fornido individuo del fondo, fue seguida por un coro de risas.
—Serán registrados a fondo al final de la misión —replicó jovial
Pembroke—Smythe—. Y todo el oro que se encuentre irá a parar a mi cuenta
personal en Suiza.
—¿A las mujeres también nos registrarán?
El inglés lanzó una seductora mirada a la que había hablado.
—Especialmente a ellas.
Aunque su expresión seria no se alteró. Levant agradeció
aquellas bromas que relajaban la tensión en el ambiente. Una vez extinguidas
las risas, dijo:
—Ahora que ya sabemos adónde irá a parar el botín, resumamos. Yo
mandaré la primera unidad, y Mr. Pitt será nuestro guía. Limpiaremos las
oficinas del nivel superior antes de descender a la mina y liberar a los
cautivos. La unidad dos, bajo el mando del capitán Pembroke—Smythe y conducida
por Mr. Giordino, bajará en el ascensor y ganará los alojamientos de los
guardas. El teniente Steinholm estará a cargo de la unidad tres, que irá detrás
como refuerzo y tomará posiciones defensivas en las entradas de las galerías
laterales del túnel principal, para evitar que nos flanqueen. La unidad cuatro,
mandada por el teniente Morrison ganará los niveles de recuperación y refinado
de mineral. Salvo el equipo médico, los demás se quedarán vigilando la pista.
Si tienen alguna otra pregunta que hacer formúlensela a sus comandantes de
unidad.
Levant hizo una pausa y miró los rostros reunidos a su
alrededor.
—Lamento que hayamos dispuesto de tan poco tiempo para preparar
esta operación, pero estoy seguro de que podemos conseguir lo que pretendemos.
No en vano nuestro equipo, en sus seis últimas misiones, ha salido victorioso
sin sufrir ni una sola baja mortal. Si os enfrentáis a lo inesperado,
improvisad. Hemos de entrar, liberar a los cautivos, y salir rápidamente, antes
de que las Fuerzas Aéreas malienses tenga tiempo de perseguirnos. Fin del
discurso. Buena suerte a todos.
Luego Levant giró sobre sus talones y se dirigió a su
compartimento de mando.
46
Tras recibir los datos del sistema de triangulación por satélite
el ordenador de a bordo marcó el curso del piloto automático, colocando al
aerobús justo por encima de la meseta de Tebezza. El piloto efectuó una ligera
corrección en las coordenadas, y el avión no tardó en estar sobre la pista de
aterrizaje,que aparecía en el monitor de sonar—radar como una desnuda franja en
el desierto.
Las puertas posteriores de la sección de carga se abrieron, y
cuatro de los miembros del comando de Levant se colocaron al borde del negro
vacío. Veinte segundos más tarde sonó un zumbido y los cuatro se lanzaron hacia
delante, desapareciendo en la oscuridad. Las puertas se cerraron y el avión
voló en círcurlos durante doce minutos antes de iniciar la maniobra de
aterrizaje.
El piloto miraba a través de lentes de visión nocturna mientras
el copiloto, sin perder de vista el panel de instrumentos, examinaba el
desierto a través de unas gafas bifocales especialmente tintadas que le
permitían detectar las luces infrarrojas colocadas por las paracaidistas.
—Veo terreno despejado —anunció el piloto.
El copiloto negó con la cabeza. Por el lado de estribor divisaba
cuatro luces parpadeando al unísono.
—Esa es una pista secundaria, para aviones ligeros. La principal
está medio kilómetro a estribor.
—Bien, la tengo: tren abajo.
El copiloto accionó una palanca y las ruedas se colocaron en
posición.
—Tren de aterrizaje bajado y fijo.
—¿Cómo logran los pilotos de los helicópteros Apache no hacerse
pedazos contra el suelo? —murmuró el piloto—. Esto es como mirar por dos tubos
gemelos de papel higiénico llenos de niebla verdosa.
El copiloto estaba demasiado ocupado verificando la velocidad
aerodinámica y la altitud, y efectuando correcciones en el curso, para
replicar.
Las grandes ruedas golpearon sobre la arena y la grava,
levantando una nube de polvo que hizo palidecer el brillo de las estrellas
detrás del aparato. Las turbinas fueron sorprendentemente silenciosas. Luego,
el piloto aplicó los frenos y el aerobús se detuvo a menos de cien metros del
final de la pista.
Aún no se había posado el polvo levantado por el aparato cuando
la rampa posterior bajó y los vehículos descendieron por ella. Se colocaron en
formación de convoy, con el «buggy» de ataque delante. A continuación salieron
los seis hombres del equipo de seguridad que se quedarían allí y se
distribuyeron en torno al aparato. Fueron seguidos por la fuerza principal, que
rápidamente abordó los vehículos de transporte de personal. El jefe del equipo
de paracaidistas corrió hacia el coronel Levant en cuanto éste puso un pie en
el suelo e informó al mismo tiempo que se cuadraba:
—La zona está desierta, señor. No hay señales de guardias ni de
vigilancia electrónica alguna.
—¿Hay alguna instalación?
—Sólo un pequeño edificio de ladrillo que contiene herramientas
y bidones de gasóleo para automóviles y de combustible para reactores. ¿Lo
destruimos?
—Espere a que regresemos de la mina.
—Hizo un gesto hacia las sombras en torno a él—. ¿Mr. Pitt...?
—Coronel...
—Mr. Giordino me comentó que ha participado usted en carreras de
autocross.
—Así es, señor.
Levant le indicó el asiento de conductor del vehículo de ataque
y le tendió unos lentes de visión nocturna.
—Usted conoce el camino a la mina. Tome el volante y
condúzcanos. —Se volvió hacia otra figura que aguardaba en las sombras—.
Capitán Pembroke—Smythe...
—Señor...
—Emprendemos la marcha. Vaya en el último vehículo y vigile,
sobre todo el cielo. No quiero correr el riesgo de un ataque de la aviación.
—Me mantendré ojo avizor —aseguró Pembroke—Smythe.
Si el equipo UNICRATT disponía de un presupuesto reducido, Pitt
no pudo por menos de preguntarse qué clase de equipo increíblemente exótico
utilizarían las Fuerzas Especiales estadounidenses, que contaban con fondos
ilimitados. Todos los componentes del equipo de Levant, incluidos Pitt y
Giordino, llevaban ropas de combate de color gris y negro resistentes al fuego,
chalecos antibalas, lentes protectores nocturnos, y cascos provistos de equipos
de comunicación en miniatura. En cuanto a las armas, llevaban metralletas
Heckler & Koch MP5.
Pitt dirigió un saludo a Giordino, que estaba montando junto al
conductor del vehículo de detrás. Luego se acomodó en su exiguo asiento, con la
cabeza bajo la ametralladora Vulcan de seis cañones. Se puso los lentes y
ajustó la mirada a la súbita magnificación luminosa que daba al desierto el
aspecto de la superficie verdosa de un planeta remoto. Señalando hacia el
noroeste, indicó:
—El camino hacia la mina comienza unos treinta metros a nuestra
derecha.
Levant asintió y luego se volvió para confirmar que todo sus
hombres ocupaban ya los vehículos y estaban listos para partir. Movió un brazo
en señal de avance y luego palmeó a Pitt en el hombro.
—El tiempo vuela, Mr. Pitt. Pongámonos en marcha.
Pitt aceleró y, rápidamente, fue cambiando las marchas de la
caja de cinco velocidades del «buggy». Este saltó hacia delante, seguido por
los tres vehículos de transporte de personal. El terreno se deslizaba
raudamente bajo las pesadas ruedas que levantaban a su paso una gran cantidad
de arena obligando a la fila de vehículos que les seguían a abrirse en V, para
escapar de la nube cegadora. Al cabo de unos momentos, tanto los vehículos como
sus ocupantes estaban cubiertos por una película de fino polvo gris—parduzco.
—¿Qué velocidad alcanza? —preguntó Pitt a Levant.
—Sobre firme liso, doscientos diez por hora.
—No está mal, considerando su falta de aerodinámica y su enorme
peso.
—Los SEAL de la marina norteamericana propusieron usarlo en la
guerra del desierto contra Irak.
Pitt dio con el codo a Levant.
—Diga a sus conductores que vamos a girar treinta grados a la
izquierda y luego seguiremos en línea recta durante unos ocho kilómetros.
Levant dio la orden por su sistema de comunicaciones, y en un
momento los transportes giraban en formación, siguiendo al buggy.
No había casi nada memorable en el sendero apenas visible que
unía la pista de aterrizaje al cañón socavado en la meseta. Pitt confiaba por
un lado en su memoria y por otro en su vista. Cruzar el desierto como una
exhalación en plena noche era toda una prueba para los nervios. No había forma
de saber con certeza lo que había tras la siguiente cuesta, o si se había
desviado del camino y estaba conduciendo al convoy hacia una insondable sima.
Sólo algún tramo ocasional en el que el viento no había borrado las rodadas le
indicaba que seguía en la dirección correcta.
Echó una mirada de reojo a Levant. El coronel permanecía
relajado e increíblemente tranquilo. Si la loca carrera de Pitt entre las
tinieblas le producía algún temor, no lo dejaba traslucir en absoluto. Sólo
denotaba alguna preocupación cuando se volvía para verificar que los tres
vehículos de personal continuaban a su espalda.
La meseta se alzaba ante ellos, ocultando con su inmensa mole la
parte inferior del telón de estrellas. Cuatro minutos más tarde, Pitt se sintió
invadido por una oleada de alivio: enfrente de él podía ver la entrada del
sinuoso cañón que, como un inmenso hachazo, dividía las negras paredes de la
meseta. Redujo la marcha y se detuvo.
—La cueva de entrada que conduce a la caverna de estacionamiento
se encuentra a sólo un kilómetro —dijo a Levant—. ¿Quiere enviar por delante a
un grupo de reconocimiento que vaya a pie?
Levant negó con la cabeza.
—Siga adelante más despacio, Mr. Pitt. Aún a riesgo de delatar
nuestra proximidad, entraremos con los vehículos para ahorrar tiempo. ¿Le
parece bien?
—¿Por qué no? Nadie nos espera. Si los centinelas de O'Bannion
nos detectan, creerán que transportamos una nueva remesa de prisioneros enviada
por Kazim y Massarde.
Pitt puso de nuevo en movimiento el buggy, al que siguieron los
otros vehículos en columna. Sólo apretaba el acelerador cuando comenzaba a
perder tracción sobre la arena. Iba en tercera velocidad y con el motor poco
más que al ralentí. La columna avanzaba a paso de tortuga por entre las
perpendiculares paredes del cañón. Los silenciadores, especialmente adaptados a
estos vehículos, no podían amortiguar totalmente el sonido de los escapes, y el
latido de los motores resonaba suavemente contra las rocas. El aire nocturno
era fresco y sólo soplaba un viento leve, pero de las paredes del cañón aún
emanaba el recuerdo del calor diurno.
De pronto, la entrada de la cueva se abrió en la oscuridad
frente a la comitiva. Pitt condujo el «buggy», a través de los angostos muros
de piedra, hasta la galería principal, coo si fuese lo más normal del mundo. El
interior sólo estaba iluminado por las luces procedentes del túnel de las
oficinas, y se encontraba vacío salvo por un camión «Renault» y el guarda de
seguridad que ya conocían.
El tuareg, vestido con túnica y turbante, dirigió una mirada
indiferente, que contenía más curiosidad que recelo, a los vehículos que se
aproximaban. Sólo cuando el «buggy» estuvo a pocos metros comenzó a recelar.
Empuñó la ametralladora que le colgaba del hombro y en el momento en que la
alzaba para apuntar Levant le alcanzó entre los ojos con un disparo de su
Beretta con silenciador.
—Buen tiro —comentó lacónicamente Pitt, al tiempo que detenía el
vehículo de ataque.
Levant consultó su reloj.
—Gracias a usted, Mr. Pitt, hemos llegado con doce minutos de
antelación.
El coronel bajó del «buggy» e hizo una serie de ademanes. Rápida
y silenciosamente, los miembros del equipo táctico de la ONU saltaron al suelo,
formaron de inmediato en sus respectivas unidades, y comenzaron el avance por
el túnel. Una vez en el corredor de paredes estriadas y suelo de baldosas, los
hombres de Levant iniciaron su entrada silenciosa por las grandes puertas al
tiempo que detenían a los sobresaltados ingenieros de O'Bannion. Mientras,
Giordino condujo a las otras tres unidades tácticas hacia el montacargas
principal, marcado en el mapa de Fairweather, y que conducía a los niveles
inferiores.
Cuatro de los facinerosos ingenieros de minas de O'Bannion
fueron sorprendidos en torno a una mesa, jugando al póquer. Antes de que
pudieran reaccionar ante la súbita aparición de hombres vestidos con trajes de
camuflaje y armados, que los rodearon y apuntaron contra sus cabezas los
cañones de sus armas, los sorprendidos jugadores se vieron maniatados,
amordazados y encerrados en un almacén.
Silenciosamente, ejerciendo sólo la presión indispensable,
Levant abrió la puerta marcada como cuarto de monitores y entró en una sala
cuya única iluminación procedía de una batería de monitores de televisión en
los que aparecían diversas partes de la mina. Un europeo estaba sentado en una
silla giratoria, de espaldas a la puerta. Llevaba una camisa de diseño y
bermudas. Fumaba tranquila y relajadamente un fino cigarro mientras echaba
mecánicos vistazos a las imágenes transmitidas por las videocámaradas repartidas
por las galerías.
El reflejo en la pantalla de un monitor apagado los traicionó.
Alertado por la imagen de unos individuos que entraban en la habitación a su
espalda, el hombre se movió ligeramente a la izquierda y tendió casualmente la
mano hacia una hilera de botones rojos. Demasiado tarde, Levant saltó hacia el
hombre y le asestó un golpe salvaje con su Heckler & Koch. El guarda de
seguridad se desmoronó en la silla y luego cayó de bruces sobre la consola, al
tiempo en que una alarma comenzaba a atronar en toda la mina.
—¡Maldita sea! —exclamó Levant, furioso—. Se acabó el factor
sorpresa.
Apartó el cuerpo del guarda y lanzó una ráfaga de su
ametralladora contra la consola de mandos, de cuyas destrozadas conexiones
saltaron chispas eléctricas y humo. El clamor de la sirena cesó bruscamente.
Pitt corría pasillo abajo, pateando todas las puertas, hasta que
abrió la que daba al centro de comunicaciones. La operadora, una bella mujer de
facciones árabes, no se acobardó ante la brusca intrusión y ni siquiera alzó la
vista de su equipo de radio al notar cómo Pitt se le aproximaba. Alertada por
la sirena, estaba hablando rápidamente en francés por el micrófono del casco
que ceñía su largo pelo negro. Pitt se abalanzó sobre ella y la noqueó con un
puñetazo en la nuca. Pero, como le ocurrió a Levant con el de los monitores,
también él llegó demasiado tarde. Antes de caer inconsciente, la operaria había
transmitido la alarma a las fuerzas de seguridad del general Kazim.
—Fallé —dijo Pitt a Levant cuando éste irrumpió en la sala—. No
pude evitar que enviara un mensaje.
Inmediatamente, Levant se hizo con la situación. Volviéndose,
gritó:
—¡Sargento Chauvel!
—¡Señor! —Bajo el pesado traje de combate, era casi imposible
darse cuenta de que se trataba de una mujer sargento.
—Póngase a la radio —ordenó Levant en francés—, y diga a los
malienses que la alarma se debió a un cortocircuito. Que no hay ninguna
emergencia. Y, por el amor de Dios, convénzalos de que no emprendan ninguna
acción de respuesta.
—Sí, señor —dijo resueltamente Chauvel. Luego, de un empujón,
quitó de en medio a la anterior operadora y ocupó su lugar.
—La oficina de O'Bannion está al final del pasillo —dijo Pitt.
Apartó a Levant, echó a correr pasillo abajo y no se detuvo hasta que su hombro
golpeó la puerta. Como ésta no tenía el cerrojo echado, el hombre entró en
tromba en el antedespacho.
La recepcionista de bellos ojos y cabello hasta las nalgas
permanecía tranquilamente sentada a su escritorio, sosteniendo con ambas manos
una pistola automática de aspecto peligroso. El impulso con que Pitt había
irrumpido en la habitación le hizo cruzar la sala, pasar por encima del
escritorio y estrellarse contra la mujer. Ambos cayeron en un confuso reguño
sobre la moqueta azul, no sin que antes ella hiciera dos disparos contra el
chaleco antibalas de Pitt.
Pitt sintió como si le hubieran asestado dos mazazos en el
pecho. Aunque los golpes lo habían dejado momentáneamente sin resuello, en modo
alguno lo habían noqueado. La recepcionista intentaba desenredarse mientras
gritaba en un idioma desconocido lo que Pitt no le cupo duda que se trataba de
obscenidades. Hizo otro disparo, que pasó sobre el hombro del norteamericano,
rebotó en el techo y acabó alcanzando una pintura. El hombre le quitó la
pistola de entre las manos, la obligó a levantarse y la tiró sobre un sofá.
Se dio la vuelta y, pasando entre las estatuas de los tuaregs,
hizo girar el tirador de la puerta del despacho de O'Bannion. Estaba cerrada.
Alzó la pistola que le había quitado a la recepcionista, la puso contra la
cerradura y oprimió el gatillo tres veces. Al resonar en la roca, los
estampidos fueron ensordecedores, pero en ese momento la cautela era ya
innecesaria.
O'Bannion estaba recostado contra su escritorio, con las manos
extendidas sobre el tablero. Parecía esperar la llegada del jefe ejecutivo de
una corporación de la competencia. Los ojos, enmarcados por la apertura del
litham, mostraban una expresión altiva, sin rastro de temor. Pero en cuanto
Pitt entró en el cuarto y se quitó el casco, relucieron de asombro.
—Espero no llegar tarde para la cena, O'Bannion. Porque, si no
recuerdo mal, expresó usted el deseo de cenar conmigo.
—¡Usted! —susurró O'Bannion. Lo que el litham dejaba ver de su
rostro palideció perceptiblemente.
—Una pesadilla hecha realidad, ¿no? —sonrió torcidamente Pitt—.
Y vengo con unos amigos a los que no les gustan nada los sádicos que esclavizan
y asesinan a mujeres y niños.
—No puede usted estar vivo. Nadie cruza el desierto sin agua.
—Pues Giordino y yo lo hicimos.—Uno de los aparatos de
inspección del general Kazim encontró el camión volcado en un wadi muy al oeste
de la carre—tera transahariana. No pudieron llegar a ella a pie.
—¿Qué le pasó al guarda que dejamos atado al volante?
—Estaba vivo; pero en seguida lo fusilaron por dejarlos escapar.
—Por estos contornos, la muerte es moneda de libre curso. En los
ojos de O'Bannion decrecía la sorpresa por momentos, sin que asomara el miedo.
—¿Ha venido a rescatar a su gente, o a robar el oro? Pitt le
dirigió una mirada pétrea.
—Acierta en lo primero y se equivoca en lo segundo. Además, nos
proponemos sacarles a usted y a su escoria de los negocios. Permanentemente.
—Su comando ha invadido una nación soberana. Carecen ustedes de
derechos en Malí, y del mismo modo no tienen jurisdicción sobre mí ni sobre la
mina.
—¡Dios bendito! ¿Habla usted de jurisdicciones? ¿Qué me dice de
los derechos de todo aquellos a quienes usted esclavizó y asesinó?
O'Bannion se encogió de hombros.
—De todas maneras, el general Kazim los hubiese ejecutado a casi
todos ellos.
—¿Qué le impidió darles un trato humano? —inquirió Pitt.
—Tebezza no es un balneario ni una playa de moda. Estamos aquí
para sacar oro.
—En beneficio de usted, Massarde y Kazim.
—Sí. Nuestros fines son lucrativos. ¿Y qué?
La fría e inicua actitud de O'Bannion hizo que en el interior de
Pitt se abriesen las compuertas de la ira, dando paso a las terribles imágenes
mentales de los sufrimientos padecidos por incontables hombres, mujeres y
niños. Imágenes de los cadáveres apilados en la cripta subterránea; el recuerdo
de Melika flagelando a los indefensos trabajadores con su látigo ensangrentado;
la convicción de que tres hombres enfermos de codicia eran los causantes de
infinitos dolores y angustias se abalanzaron en su memoria. Avanzó hasta
O'Bannion, alzó su ametralladora y le descargó un culatazo en la parte del velo
que le cubría la boca.
Por un largo rato, Pitt contempló al ingeniero de minas irlandés
vestido de nómada que yacía inconsciente sobre la moqueta, con un torrente de
sangre empapándole el velo. Luego se inclinó, se echó al irlandés al hombro y
salió al pasillo, donde se encontró con Levant.
—¿0'Bannion? —preguntó el coronel.
Pitt asintió con la cabeza.
—Tuvo un accidente.
—Eso parece.
—¿Cuál es nuestra posición?
—La unidad cuatro ha ganado los niveles de refinado. Las
unidades dos y tres encuentran poca resistencia por parte de los guardas.
Parece que son más diestros en golpear a pobre gente indefensa que en luchar
con profesionales encallecidos.
—El ascensor para los ingenieros que baja a la mina es por aquí
—dijo Pitt, señalando hacia un pasillo lateral.
Pitt, Levant y los miembros de la primera unidad que no estaban
vigilando a los ingenieros y oficinistas de O'Bannion bajaron en la elegante
cabina del ascensor hasta el nivel principal, salieron y fueron hasta una
puerta de hierro descuajeringada y con la cerradura volada.
—Alguien se nos ha adelantado —murmuró Levant. —Giordino y yo la
dinamitamos al escapar —explicó Pitt. —Parece que no les dio tiempo a
repararla.
En algún lugar del fondo de la mina resonó un seco restallar de
detonaciones. Pitt pasó el aún inerte cuerpo de O'Bannion a un miembro
musculoso del comando, y echó a correr galería abajo, en dirección a la caverna
que albergaba a los prisioneros.
Alcanzaron la cámara central sin hallar resistencia y se
reunieron con miembros de la segunda unidad, quienes estaban desarmando a unos
guardas de O'Bannion que permanecían temerosamente con las manos tras la nuca.
Giordino y dos miembros del equipo táctico habían volado la cerradura y estaban
empujando la gran puerta de hierro que daba a la mazmorra subterránea de los
esclavos. Al divisar a Levant, Pembroke—Smythe corrió hacia él y le informó.
—Hemos hechos prisioneros a dieciséis guardas, coronel. Un par
de ellos escaparon por las galerías de la mina. Siete cometieron el error de
resistirse y han muerto. Nosotros sólo tenemos dos heridos, ninguno de ellos
grave.
—Debemos apresurarnos —dijo Levant—. Lamentablemente, antes de
que pudiéramos cortar las comunicaciones lograron transmitir la alerta.
Pitt se colocó junto a Giordino, ayudándolo a empujar la puerta.
—Ya era hora de que aparecieses —dijo Giordino. —Me entretuve
charlando con O'Bannion.
—¿Qué necesita ahora ese irlandés, un médico, o un enterrador?
—De momento, un dentista —replicó Pitt.
—¿Has visto a Melika?
—En las oficinas no había ni rastro de ella.
—Yo la encontraré —masculló Giordino, mascando con furia las
palabras—. Esa es para mí.
La puerta salió al fin de sus goznes, y el equipo táctico entró
en la caverna. Aunque, por propia experiencia, Pitt y Giordino conocían lo que
les aguardaba allí, no por ello dejó de enfermarles el cuadro al que se
enfrentaron. Los comandos se quedaron petrificados, pálidos y descompuestos
ante el insoportable hedor y el indescriptible panorama de sufrimientos que se
abría ante sus ojos. Incluso Levant y Pembroke—Smythe permanecieron paralizados
unos momentos antes de reunir el valor suficiente para entrar.
—Dios bendito —murmuró Smythe—. Esto parece Auschwitz o Dachau.
Pitt se abrió paso por entre la masa de obnubilados cautivos, a
quienes el trabajo agotador y el hambre daba aspecto de cadáveres vivientes.
Encontró al doctor Hopper sentado en un camastro, con la mirada fija y sin ver,
y las ropas colgándole como andrajos del cuerpo castigado. Al reconocer a Pitt,
el hombre sonrió ampliamente, se levantó con dificultad y lo abrazó.
—Gracias a Dios que usted y Al lo consiguieron. Es un milagro.
—Lamento haber tardado tanto —dijo Pitt.
—Eva nunca perdió la fe en usted —dijo Hopper, con voz ahogada
por la emoción—. Sabía que usted volvería.
Pitt miró en torno.
—¿Dónde está?
Hopper señaló hacia un jergón.
—Han llegado justo a tiempo. Eva se encuentra en muy mal estado.
Pitt fue hacia donde Hopper indicaba y se arrodilló junto a la
inmóvil forma que yacía en uno de los camastros inferiores. La tristeza
empañaba las facciones del hombre. No podía creer lo mucho que Eva se había
deteriorado en una semana. La tomó por los hombros y la sacudió con suavidad.
—Eva... He vuelto a por ti.
Ella se removió, abrió los ojos turbios y lo miró sin verlo.
—Por favor... Déjeme dormir un poco más —murmuró.
—Ya estás a salvo. Te sacaré de aquí.
La mujer lo reconoció al fin y los ojos se le anegaron de
lágrimas.
—Sabía que vendrías a buscarme... A buscarnos a todos.
—Por poco no lo conseguimos.
Ella lo miró a los ojos y sonrió valerosamente.
—Ni por un momento dudé de ti.
Pitt la besó, larga, suave y tiernamente.
El equipo médico de Levant se puso inmediatamente a atender a
los cautivos mientras las unidades de combate comenzaban a evacuar a los que
podían valerse por sí mismos y llegar al nivel superior, donde montaban en los
vehículos de transporte de personal. Como habían temido, la operación se demoró
debido a que muchos estaban excesivamente debilitados para moverse por sí
mismos, y hubo que transportarlos.
Tras cerciorarse de que Eva y las demás mujeres y niños eran
atendidos e iban camino de la superficie, Pitt le pidió a uno de los expertos
en demoliciones de Levant una bolsa de explosivos plásticos y fue con él hasta
O'Bannion, quien ya había recuperado el conocimiento y estaba sentado junto a
una vagoneta de mineral, bajo la atenta vigilancia de una componente del
comando.
—Vamos, O'Bannion —ordenó Pitt—. Demos un paseo.
El litham del irlandés que se había soltado y caído revelaba su
rostro surcado de cicatrices y totalmente desfigurado en un accidente con un
barreno durante la época que se dedicó a la minería en Brasil. La sangre que le
manaba por la boca, y los dos dientes que le faltaban a causa del culatazo que
le había asestado Pitt, aumentaban su grotesca apariencia.
—¿Adónde? —preguntó hoscamente O'Bannion, a través de los labios
tumefactos.
—A rendir honores a los difuntos.
La vigilante se apartó y Pitt obligó bruscamente a O'Bannion a
ponerse en pie. Luego lo empujó a lo largo del tendido férreo en dirección a la
cripta funeraria. Durante el camino, ninguno de los dos habló. De vez en cuando
rodeaban el cuerpo de un guarda tuareg que había cometido el error de
resistirse a la fuerza de asalto de Levant. Cuando llegaron a la caverna
mortuoria, O'Bannion se detuvo, pero Pitt, fríamente, lo empujó al interior.
O'Bannion se volvió hacia Pitt y lo miró con ojos que
continuaban siendo altivos.
—¿Para qué me ha traído aquí? ¿Para soltarme un sermón sobre la
crueldad con que he tratado a mi prójimo antes de ejecutarme?
—En absoluto —replicó sosegadamente Pitt—. La moraleja es
evidente sin necesidad de sermones y, además, no voy a ejecutarlo. Eso sería
demasiado rápido, demasiado limpio. Un fugaz ramalazo de dolor, y luego la
nada. No: usted merece una muerte más apropiada.
Por primera vez, en los ojos de O'Bannion se reflejó un brillo
de temor.
—¿Qué piensa hacer?
Con el cañón de su arma, Pitt señaló las pilas de cadáveres.
—Voy a darle tiempo para reflexionar sobre su codicia y
brutalidad.
O'Bannion pareció confuso.
—¿Por qué? Está pero que muy equivocado si cree que voy a
derramar lágrimas de arrepentimiento e implorar piedad.
Pitt miró la fila de cadáveres y se fijó en la frágil y
esquelética forma de una niña de no más de diez años que los miraba con sus
ojos ciegos. La furia estalló en el interior del norteamericano, que necesitó
un inmenso esfuerzo para controlar su ira y su necesidad de venganza.
—Va usted a morir, O'Bannion; pero lentamente, padeciendo la
misma agonía de sed y hambre que usted impuso a los infortunados aquí
presentes. Para cuando sus amigos Kazim y Massarde lo encuentren, si es que se
molestan en buscarlo, usted se habrá reunido con todas sus víctimas.
—¡Pégueme un tiro! ¡Máteme ya! —pidió O'Bannion con voz
desgarrada.
Los labios de Pitt se curvaron en una sonrisa fría como el hielo
y no dijo nada más. Empujó a O'Bannion con el cañón del arma, obligándole a
retirarse hasta el fondo de la caverna. Luego fue al túnel de entrada, colocó
los explosivos plásticos en distintos intervalos, y activó los temporizadores.
Tras dirigir un último y despectivo saludo a O'Bannion, corrió a la galería y
se acuclilló detrás de un tren de mineral.
Sonaron cuatro estruendosas detonaciones, separadas por
fracciones de segundo. Procedente del túnel de entrada a la cripta un conjunto
de piedras, polvo y fragmentos de puntales salió a la galería principal. Las
explosiones resonaron en toda la mina durante un largo rato y luego se hizo un
silencio tétrico. Pitt comenzó a maldecirse a sí mismo, temiendo haber colocado
mal los explosivos; pero en aquel momento escuchó un rumor leve que no tardó
convertirse en un enorme estruendo cuando el techo del túnel se derrumbó bajo
toneladas de roca, dejando sellada la entrada de la cámara mortuoria.
Una vez el polvo comenzó a posarse, Pitt se colgó el arma del
hombre y, silbando tranquilamente, echó a caminar por el tendido del tren
minero hacia la zona de evacuación.
Giordino escuchó un ruido y luego captó un movimiento en un
túnel a su izquierda. Recorrió los raíles hasta llegar a una solitaria vagoneta
vacía. Pegándose a la pared, avanzó silenciosamente, cuidando de no mover
ninguna piedra con sus botas. Luego, con rapidez felina, saltó sobre los raíles
y metió el cañón de su ametralladora en la vagoneta.
—¡Suelta el arma! —gritó.
Cogido por sorpresa, el guarda tuareg se levantó lentamente del
fondo de la vagoneta, sosteniendo su ametralladora sobre la cabeza. No hablaba
inglés y no entendió las palabras de Giordino, pero sabía cuándo una causa
estaba perdida. Al notar el cañón del arma golpeándole captó el mensaje y tiró
su ametralladora por el borde de la vagoneta.
—¡Melika! —masculló Giordino.
El guarda sacudió la cabeza, pero Giordino captó el abyecto
terror que reflejaban sus ojos. Puso el cañón del arma contra los labios del
guarda y lo empujó al interior de su boca, al tiempo que curvaba el dedo sobre
el gatillo.
—¡Melika! —farfulló el otro con dificultad a causa del metálico
cañón que tenía metido casi hasta la garganta. Giordino retiró el arma.
—¿Dónde está Melika? —preguntó amenazadoramente.
El guarda parecía temer tanto a Melika como a Giordino. Con ojos
como platos, señaló en silencio hacia el fondo del túnel. Giordino le indicó
que saliera a la galería principal.
—Vuelve a la caverna grande. ¿Entiendes?
El tuareg, con las manos tras la nuca, hizo una inclinación y
retrocedió hacia donde se le indicaba, tropezando y cayendo sobre los raíles en
su premura por obedecer. Giordino giró sobre sus talones y, cautelosamente,
siguió por el oscuro túnel que se abría ante él, esperando a cada paso una
ráfaga de ametralladora.
Reinaba un silencio mortal, sólo roto por el sonido de sus
pisadas sobre las traviesas. Por dos veces se detuvo, pues todos sus sentidos
lo alertaban de la inminencia del peligro. Llegó a un recodo de la galería y se
detuvo. Al fondo brillaba una luz tenue. También se percibía una sombra y el
sonido de rocas contra rocas. De uno de los múltiples bolsillos de su uniforme
de combate sacó un pequeño espejo de señales y lo deslizó más allá de uno de
los puntales.
Al final del túnel, Melika trabajaba febrilmente, amontonando
rocas para formar un falso fondo en que ocultarse. Estaba vuelta de espaldas a
Giordino, si bien a más de diez metros y con una ametralladora a su alcance
apoyada contra la pared de la mina. Melika trabajaba sin tomar precaución
alguna, confiando en el guarda que Giordino acababa de desarmar. El italiano
podía plantarse en mitad del túnel y abatirla a balazos antes de que ella
advirtiese su presencia; pero sus planes no incluían una muerte rápida para
Melika.
Giordino dobló el recodo y fue hacia Melika a paso de lobo.
Cualquier sonido que su avance pudiera producir quedaba ahogado por el ruido de
las rocas que iban siendo presurosamente amontonadas por la negra. Cuando llegó
lo bastante cerca, el hombre cogió la ametralladora apoyada en la pared y la
arrojó hacia atrás por encima del hombro.
Melika se dio la vuelta, tardó un par de segundos en asimilar la
situación, y luego embistió contra Giordino blandiendo aún su mortífero látigo.
Desgraciadamente para ella, el elemento sorpresa no existía. Giordino ni
pestañeó. Con una máscara de fría implacabilidad pintada en el rostro, apretó
el gatillo tranquilamente y le voló las rodillas a la mujer.
La venganza imperaba sobre el resto de las emociones de
Giordino. Melika era peor que la más cruel alimaña. Sólo por gusto, había
torturado y asesinado. Incluso ahora, que yacía grotescamente retorcida y con
las piernas formando ángulos absurdos, lo miraba con ojos henchidos de odio y
le mostraba los dientes como una fiera. Un vesánico sadismo que brotaba de lo
más hondo de su ser ahogaba el dolor lacerante. Gruñó a Giordino como una
bestia herida y se esforzó en alcanzarlo con su látigo al tiempo que profería
las más viles obscenidades.
Sin alterarse, Giordino retrocedió un paso y observó con
expresión irónica los esfuerzos de la otra.
—Este es un mundo violente e implacable —dijo plácidamente—,
pero lo será un poco menos en cuanto tú lo abandones, lo cual está a punto de
ocurrir.
—¡Maldito cabrón de mierda! —le espetó Melika—. ¿Qué sabes tú de
la violencia del mundo? Nunca has vivido entre la mugre, ni has padecido mis
tormentos y miserias.
La expresión de Giordino era tan dura como las pétreas paredes
de la mina.
—Eso no te autorizaba para torturar a los demás. Como juez y
verdugo, no me interesan los problemas de tu vida. Quizá hayas tenido tus
razones para llegar a ser lo que eres. En mi opinión, naciste enferma. Has
dejado a tu paso un reguero de víctimas inocentes. No hay motivo para que sigas
viva.
Melika no suplicó. El odio y la maldad que albergaba en su
interior le salió por la boca en la forma de un torrente de insultos,
obscenidades y blasfemias. Con gran parsimonia, Giordino le pegó dos balazos en
el estómago. El par de ojos llameantes lanzaron su última mirada, que sólo pudo
ver la indiferente expresión de Giordino. Luego quedaron vacíos y el cuerpo
descomunal pareció aplastarse más contra el suelo del túnel.
Giordino la miró durante unos segundos y luego musitó la estrofa
de una canción de «El mago de Oz»:
—Ding, dong, la bruja murió...
47
—El recuento final es de veinticinco —informó Pembroke—Smythe a
Levant—. Catorce hombres, ocho mujeres y tres niños. Todos medio muertos por el
agotamiento.
—Hay una mujer y un niño menos que cuando Giordino y yo huimos
de aquí —dijo Pitt furioso.
Levant miró a los cautivos liberados que estaban subiendo a los
vehículos de personal y luego echó un vistazo al reloj.
—Llevamos dieciséis minutos de retraso sobre lo previsto —dijo,
impaciente—. Apresure las cosas cuanto pueda, capitán. Debemos irnos.
—En un santiamén estaremos dispuestos para largarnos —dijo
Pembroke—Smythe. Fue hacia los vehículos e instó a darse prisa a los miembros
del equipo táctico que estaban ocupándose de la evacuación.
—¿Y su amigo Giordino? —preguntó Levant a Pitt—. Si no aparece
pronto, se quedará aquí.
—Tenía cierto trabajo que hacer.
—Si logra salir del alboroto que reina en los niveles inferiores
puede considerarse un hombre con suerte. Después de que los prisioneros se
hayan hecho con las despensas y los depósitos de agua, han comenzado su
venganza contra los guardas. Los últimos en retirarse informan que abajo está
teniendo lugar una matanza.
—No puede reprochárseles, después de todo lo que han soportado
—dijo Pitt pensativo.
—Me siento culpable por abandonarlos —admitió Levant—. Pero si
no nos vamos cuanto antes, pronto comenzarán a aparecer por los montacargas. Si
tenemos que enfrentarnos a ellos para evitar que se monten en nuestros
vehículos, nos harán pasar un verdadero mal rato.
Giordino apareció corriendo por el pasillo de las oficinas, y
pasó frente a los seis comandos que vigilaban la entrada a la caverna. Parecía
muy satisfecho y dirigió una sonrisa a Pitt y Levant.
—Gracias por esperarme.
—No es usted la razón de nuestro retraso —replicó Levant
seriamente.
—¿Y Melika? —preguntó Pitt.
Giordino mostró el látigo que se había llevado consigo.
—Firmando en el registro de recepción del infierno. ¿Y
O'Bannion?
—Montando guardia en el depósito de cadáveres.
—Listos para irnos —gritó Smythe, instalado en uno de los
vehículos.
Levant se volvió hacia Pitt.
—¿Tendrá la bondad de conducirnos de nuevo a la pista?
—Pitt fue a echar un rápido vistazo a Eva, y le asombró su
rápida recuperación. Había bebido más de tres litros de agua y devorado la
comida rápida que le facilitó el equipo médico de la ONU. Hopper, Grimes y
Fairweather también parecía haber resucitado. Luego Pitt corrió al buggy de
combate y se colocó en el asiento del conductor.
El equipo de retaguardia montó en el último vehículo justo en el
momento en que los prisioneros salían al exterior de la mina. Llegaron
demasiado tarde y, cruelmente decepcionados, sólo pudieron ver cómo la fuerza
especial que los había salvado de una muerte brutal se perdía en la noche,
abandonándolos a un destino incierto.
Considerando que la cautela era ya innecesaria, Pitt inició la
travesía del cañón a toda velocidad. Tras encender los faros del vehículo de
asalto, mantuvo el acelerador apretado a fondo. A instancias del coronel Levant
dejó atrás a los vehículos de personal. Ellos se adelantarían para supervisar
los preparativos de una rápida retirada en el avión. Giordino conducía a la
cabeza de la comitiva y, una vez el «buggy» de Pitt se hubo perdido de vista,
no le costó seguir sus claras rodadas sobre la tierra del camino.
Durante el viaje de regreso, Levant se mostró sumamente
inquieto. No dejaba de mirar su reloj con nerviosismo inequívoco. Le inquietaba
el retraso de más de veinte minutos que llevaban sobre el horario previsto.
Cuando sólo faltaban cinco kilómetros, comenzó a tranquilizarse. El cielo
estaba despejado, sin aviones a la vista. Empezó a sentir un atisbo de
optimismo. Quizá a fin de cuentas las fuerzas de seguridad de Kazim se hubieran
dejado engañar por la mentira de la sargento Chauvel acerca de que la señal de
alarma se había debido a un accidente.
Sus ilusiones no tardaron en desmoronarse.
De repente, por encima del rumor amortiguado del escape del
«buggy» se escuchó el inconfundible sonido de unas turbinas, y el cielo
nocturno fue alumbrado por las luces de navegación de un reactor.
Inmediatamente, Levant comenzó a dar órdenes por radio para que el equipo de
vuelo y la unidad de seguridad se apartasen del aerobús y se pusieran a
cubierto.
Pitt pisó el freno demostrando unos rapidísimos reflejos y, tras
derrapar con las cuatro ruedas, el buggy se detuvo detrás
de una duna baja. El hombre soltó las manos del volante y miró
hacia el reactor inoportuno.
—Creo que hemos llamado la atención mucho más de lo que nos
convenía.
—Probablemente, Kazim habrá enviado un solo aparato de
reconocimiento para cerciorarse de que la alarma no ha sido debida a un ataque
auténtico. —Levant habló con voz firme, pero su expresión era la de un hombre
sumamente preocupado.
—Si el piloto esperase algún problema, no se presentaría tan
campante, con las luces de vuelo encendidas.
Levant contempló sombríamente cómo el cazarreactor sobrevolaba
el aerobús situado en un extremo de la pista de aterrizaje.
—Mucho me temo que está informando de la presencia de un aparato
desconocido y solicitando instrucciones sobre si atacarlo o no.
El suspense no duró mucho. El cazarreactor, que Levant
identificó como un Mirage francés, de pronto picó hacia la pista, enfilando su
láser—guía contra el aerobús, que se encontraba en tierra, indefenso como una
vaca ante un cañón.
—¡Va a atacar! —exclamó Pitt.
—¡Fuego! —gritó Levant al hombre sentado tras ellos, inclinado
sobre la ametralladora Vulcan de múltiples cañones—. ¡Derríbelo!
El artillero siguió al caza maliense con la vista, ajustó la
mira por ordenador y, en cuanto hubo establecido el ángulo y la distancia,
accionó el mecanismo de fuego. Como las ametralladora de Gatling del siglo xix,
los seis cañones de la Vulcan giraron vertiginosamente al tiempo que miles de
proyectiles de veinte milímetros perforaban el cielo nocturno. Los proyectiles
comenzaron a percutir contra el Mirage en el mismísimo instante en que el
piloto soltaba dos misiles contra el indefenso aerobús de tierra.
El desierto se convirtió en un infierno de fuego y estruendo
cuando ambos aparatos estallaron simultáneamente en dos enormes bolas ígneas.
El caza, convertido en una brillante esfera naranja, continuó en su ángulo de
descenso hasta estrellarse contra el suelo haciéndose pedazos. Lo que antes
había sido un aerobús, no era más que una masa de llamas de la que se
desprendía una nube de humo negro que ascendía por el cielo, palideciendo el
brillo de las estrellas.
Pitt observó hipnotizado cómo lo que hacía sólo unos segundos
eran dos aviones sólidos e intactos se habían convertido de pronto en llamas y
humo. El y Levant se apearon del buggy y se quedaron inmóviles contemplando el
espectáculo. Pitt observó la expresión derrotada en el rostro de Levant.
—¡Maldita sea! —exclamó el francés—. Ha ocurrido exactamente lo
que temía. Estamos atrapados y sin la menor posibilidad de que nos rescaten.
—Kazim no tardará en sospechar que una fuerza extranjera ha
vuelto a invadir su territorio —añadió sombríamente Pitt—. Mandará a todos sus
aviones a Tebezza para que hagan pedazos a nuestros helicópteros de apoyo antes
de que puedan recogernos.
—No tenemos más alternativa que dirigirnos hacia la frontera
—admitió Levant.
—Jamás llegaríamos. Aun en el caso de que los aviones de Kazim
no lograran usarnos como diana, o de que sus fuerzas de seguridad no
consiguieran alcanzarnos u hostigarnos a lo largo de todo el camino, nuestros
vehículos se quedarían sin combustible mucho antes de que pudiéramos reunirnos
con una fuerza de ayuda. Quizá unos cuantos de sus comandos, los más
endurecidos, sobreviviesen, pero la pobre gente que acabamos de rescatar de la
muerte en las minas, perecería con toda seguridad en el desierto. Lo sé por
experiencia.
—Usted se vio obligado a tomar dirección este, hacia la
carretera transahariana —recordó Levant a Pitt—. Eso fueron cerca de
cuatrocientos kilómetros. Yendo hacia el norte, sólo tendríamos que recorrer
doscientos cuarenta kilómetros hasta Argelia, donde nos uniríamos a los
refuerzos procedentes de Argel. Tenemos combustible de sobra para cubrir esa
distancia.
—Olvida usted lo mucho que se juegan Kazim y Massarde con la
mina de Tebezza —dijo Pitt, mirando fijamente a Levant—. Harán todo lo
necesario para mantener sus atrocidades en secreto.
—¿Cree que se atrevería a atacarnos en Argelia...?
—Nuestra operación de rescate los ha convertido en hombres
desesperados —interrumpió Pitt—. Algo tan insignificante como una frontera no
les impedirá ordenar ataques aéreos en una zona desértica de Argelia. En cuanto
reduzcan nuestros efectivos y derriben o pongan en fuga a los helicópteros de
rescate, mandarán contra nosotros a sus fuerzas de seguridad para que nos
aniquilen. No pueden permitirse que haya un solo superviviente que escape y
revele sus inhumanas actividades.
Con el rostro teñido por la luz anaranjada del holocausto,
Levant miró a Pitt.
—¿No aprueba mi plan de emergencia?
—Tengo cierta aversión a tomar los caminos obvios.
—Explíquese.
—Me sobran motivos para creer que Kazim no se detendrá por una
simple frontera.
—¿Y qué propone? —preguntó pacientemente Levant.
—Tomar dirección sur, hasta el tendido férreo de Fort Foureau
—replicó lacónicamente Pitt—. Luego secuestramos un tren hasta Mauritania. Si
jugamos bien nuestras cartas, Kazim no se enterará de nada hasta que llegemos
al mar, en Port Etienne.
—Propone que nos metamos en la boca del lobo —murmuró
escépticamente Levant—. Y lo dice como si fuese lo más sencillo del mundo.
—De aquí a la planta de residuos tóxicos de Fort Foureau hay un
terreno casi totalmente llano, con sólo algunas dunas ocasionales. Si
mantenemos una velocidad media de cincuenta kilómetros por hora, podemos llegar
al tendido antes del amanecer y con combustible de sobra.
—¿Y después? Estaremos expuestos a cualquier ataque.
—Hasta que anochezca, nos esconderemos en un viejo fortín de la
Legión Extranjera. Luego detendremos a un tren que vaya hacia Mauritania y
subiremos a bordo.
—El fuerte al que se refiere es el viejo Fort Foureau. Fue
abandonado al acabar la Segunda Guerra Mundial. Lo visité en una ocasión.
—El mismo.
—Sería un suicidio emprender un viaje entre las dunas sin
conocer el terreno —arguyó Levant.
—Uno de los prisioneros que hemos rescatado es un guía turístico
profesional. Conoce el desierto de Malí mejor que un nómada.
Por unos momentos, Levant devolvió su atención al aerobús en
llamas, considerando mentalmente los pros y los contras de la proposición de
Pitt. Puesto en el lugar del general Kazim, él también esperaría que su presa
corriera hacia el norte, en dirección a la frontera más próxima. E igualmente
emplearía a todas las fuerzas de que dispusiera para intentar bloquearla. Llegó
a la conclusión de que Pitt estaba en lo cierto. Escapar hacia Argelia era un
suicidio. Kazim no cejaría en su persecución hasta que todos estuviesen
muertos. Quizá tomando la dirección contraria desorientasen al general y a
Massarde durante el tiempo suficiente para que el equipo táctico se pusiera a
salvo.
—Creo que no se lo he comentado, Mr. Pitt; pero, cuando era
miembro de la Legión Extranjera, pasé ocho años en el desierto.
—No, coronel, no me había contado usted nada sobre eso.
—Los nómadas relatan la leyenda de un león que recibió un
lanzazo en un costado, abandonó la selva y cruzó a nado el río Níger a fin de
morir en la cálida arena del desierto.
—¿Tiene esa historia alguna moraleja?
—No, realmente, no.
—Entonces, ¿por qué la menciona?
Levant se volvió hacia los vehículos de personal, que se estaban
aproximando y se detuvieron tras el «buggy». Luego el francés se volvió de
nuevo hacia Pitt y sonrió.
—La menciono porque voy a confiar en su criterio, Mr. Pitt.
Tomaremos dirección sur, hacia el ferrocarril.
48
A las once de la noche, Kazim entró en el despacho de Massarde,
se sirvió una ginebra con hielo y se sentó en un sillón. Sólo entonces se
molestó el francés en alzar la mirada y hacer caso del general.
—He sido informado de su inesperada visita, Zateb —dijo
Massarde—. ¿Qué le trae por Fort Foureau a estas horas de la noche?
Kazim hizo girar en su vaso los cubitos de hielo y los contempló
por unos momentos.
—Consideré preferible decírselo en persona.
—Decirme, ¿qué? —preguntó Massarde, impaciente.
—Tebezza ha sido atacada. Massarde frunció el entrecejo.
—¿De qué habla?
—A eso de las nueve, mi sección de comunicaciones recibió una
llamada de emergencia del sistema de seguridad de la mina —explicó Kazim—.
Minutos más tarde, la operadora radiofónica de Tebezza anuncio que había sido
una falsa alarma debida, según dijo, a un cortocircuito eléctrico.
—Parece verosímil.
—Sólo superficialmente. No me fío de los accidentes. Ordené que
uno de mis cazas hiciera un vuelo de reconocimiento sobre la zona. El piloto
informó que un reactor de transporte se encontraba estacionado en la pista de
Tebezza. Debo añadir que se trataba del mismo tipo de aerobús francés que
rescató al norteamericano del aeropuerto de Gao.
Massarde, súbitamente preocupado, frunció el entrecejo.
—¿Estaba su piloto seguro de ello?
Kazim asintió con la cabeza.
—Como en Tebezza no puede aterrizar ningún avión sin mi permiso,
ordené a mi piloto que lo destruyera. El obedeció y lanzó el ataque. En el
mismo instante en que anunciaba que había alcanzado el objetivo, su radio se
quedó muda.
—Pero, por Dios, hombre... Podría haberse tratado de un avión
comercial que se había visto obligado a hacer un aterrizaje de emergencia.
—Los aviones comerciales no vuelan sin identificación. —Creo que
exagera usted sus temores.
—Explíqueme entonces por qué el piloto no regresó a su base.
—Fallo mecánico —replicó Massarde, con un encogimiento de
hombros—. Pudo tener cualquier tipo de problema.
—Yo tiendo a creer que fue derribado por el contingente que
atacó la mina.
—No tiene la certeza de que haya sido así.
—Pese a todo, he mandado a la zona una escuadrilla de cazas, y
también he enviado a una fuerza de élite en helicópteros para que investigue la
situación.
—¿Qué hay de O'Bannion? —preguntó Massarde—. ¿Se ha puesto en
comunicación con usted?
—Ni él, ni nadie. A los cuarenta minutos de notificar la falsa
alarma, todas las comunicaciones con Tebezza quedaron cortadas.
Massarde recapacitó sobre el informe de Kazim; pero no logró
encontrar ninguna respuesta.
—¿Por qué iban a atacar las minas? —preguntó al fin—. ¿Con qué
motivo?
—Por el oro —replicó Kazim.
—Robar mineral aurífero sería una estupidez. En cuanto está
procesado, el oro puro lo enviamos a nuestro escondite del Pacífico Sur. El
último envío fue hace dos días. Si una banda de ladrones quisiera robarlo, lo
habría intentado durante el transporte.
—Por el momento, carezco de teorías —confesó Kazim. Miró su
reloj—. En estos momentos, mis fuerzas deben estar aterrizando en la meseta que
hay sobre la mina. Antes de una hora comenzaremos a tener respuestas.
—Si lo que dice es cierto, algo muy extraño está ocurriendo allá
—murmuró Massarde.
—Hemos de considerar la posibilidad de que el mismo comando de
las Naciones Unidas que asaltó la base aérea de Gao sea responsable del ataque
a Tebezza.
—Gao fue una operación distinta. ¿Por qué iban a volver, esta
vez a Tebezza? ¿Por orden de quién?
Kazim acabó su ginebra y se sirvió otra.
—¿Hala Kamil? Quizá le llegara la noticia del secuestro del
doctor Hopper y su equipo, y envió a su equipo táctico para rescatarlos.
Massarde sacudió negativamente la cabeza.
—Imposible, a no ser que sus hombres hablasen. —Mis hombres
saben que el precio de traicionarme es la
muerte —dijo fríamente Kazim—. Si hubo una filtración, los
responsables son los suyos.
Massarde dirigió a Kazim una mirada apaciguadora.
—Es una tontería que discutamos. No podemos variar el pasado;
pero el futuro sí podemos controlarlo.
—¿Cómo?
—Su piloto dijo que había alcanzado el avión comercial.
—Fueron sus últimas palabras.
—Entonces podemos deducir que se ha eliminado el único medio de
escape del que la fuerza atacante disponía para salir de Malí.
—Siempre que los daños del aparato fueran lo bastante severos.
Levantándose, Massarde se volvió hacia el gran mapa topográfico
del Sáhara que ocupaba la pared de detrás de su escritorio.
—Si usted fuese el jefe de los atacantes y su avión hubiera sido
destruido, ¿cómo valoraría su situación?
—Como prácticamente desesperada.
—¿Cuáles serían sus opciones?
Kazim se acercó al mapa y lo tocó con su vaso.
—No hay más que una: dirigirse a la frontera argelina.
—¿Pueden conseguirlo? —preguntó Massarde.
—Suponiendo que sus vehículos estén intactos y tengan
combustible, pueden llegar a Argelia al amanecer. Massarde lo miró fijamente.
—¿Le sería posible destruirlos antes de que alcancen la
frontera?
—Nuestros sistemas de combate nocturno son limitados. Podría
hostigarlos, pero para acabar con ellos necesito luz diurna.
—Y para cuando la haya será demasiado tarde.
Kazim tomó un cigarro de un humidificador de cerámica, lo
encendió y dio un sorbo a su ginebra.
—Seamos prácticos. Eso es el Tanezrouft, la parte más desolada y
remota del Sáhara. Los militares argelinos muy raramente envían patrullas a la
zona deshabitada próxima a la frontera. ¿Por qué iban a hacerlo? No tienen
querellas con Malí, ni nosotros con ellos. Mis fuerzas pueden adentrarse ciento
cincuenta kilómetros en el país vecino sin ser detectadas.
Massarde dirigió una penetrante mirada a Kazim.
—Si resultara ser una misión de rescate de la ONU, no puede
permitirse que escape ni la gente de Hopper, ni mis ingenieros y sus familias.
Con sólo uno que se salve y cuente lo de Fort Foureau o lo de Tebezza, usted y
yo estaremos acabados como socios comerciales.
Una sonrisa comenzó a formarse en los labios del general.
—No se preocupe, amigo Yves. Las cosas nos van demasiado bien
para permitir que unos cuantos samaritanos indiscretos nos quiten la alfombra
de debajo de los pies. Le prometo que mañana al mediodía todos ellos, hasta el
último, serán carnaza para los buitres.
Una vez Kazim se hubo ido, Massarde habló brevemente por el
intercomunicador y segundos más tarde Ismail Yerli entró en la estancia.
—¿Ha presenciado la entrevista por el monitor? —preguntó el
francés.
Yerli asintió con la cabeza.
—Es asombroso que un hombre pueda ser a la vez tan astuto y tan
estúpido.
—Es una descripción bastante acertada de Kazim. Supongo que se
da usted cuenta de que no le será fácil mantenerlo bajo control —dijo Massarde.
—¿Cuándo espera el general que me una a su séquito? —Se lo
presentaré esta noche, durante la cena que voy a dar en honor del presidente
Tahir.
—¿Está seguro de que Kazim asistirá, estando Tebezza en una
situación tan crítica?
Massarde sonrió.
—El gran león de Malí nunca está excesivamente ocupado para
asistir a una cena de gala dada por un francés.
Sentado en la pequeña oficina del edificio de la ONU en Nueva
York que le servía de centro de mando, el general Bock acabó de leer el informe
enviado por el coronel Levant a través de un satélite de comunicaciones de las
Naciones Unidas. Una expresión grave invadía su añoso rostro cuando levantó un
teléfono de seguridad y llamó al número privado de Sandecker. Respondió el
contestador automático, en el que Bock dejó un lacónico mensaje. A los ocho
minutos, el almirante devolvió la llamada.
—Acabo de recibir un informe muy desagradable del coronel Levant
—anunció Bock.
—¿Cuál es la situación? —quiso saber Sandecker.
—Un caza de las Fuerzas Aéreas malienses destruyó su avión de
transporte cuando estaba posado. Se encuentran aislados y atrapados.
—¿Cómo fue la operación de rescate en la mina?
—Según lo previsto. Todos los extranjeros que seguían con vida
fueron puestos bajo cuidados médicos y evacuados. Levant informó que sus bajas
eran mínimas.
—¿Se encuentran en estos momentos bajo ataque?
—Aún no; pero la llegada de fuerzas del general Kazim sólo es
cuestión de tiempo.
—¿Tienen alguna ruta de fuga alternativa?
—El coronel se mostró tajante al decir que su única esperanza
era alcanzar la frontera de Argelia antes del amanecer.
—Como elección, no es gran cosa —dijo Sandecker torvamente.
—Sospecho que era una pista falsa.
—¿Por qué lo dice?
—Envió su informe por una frecuencia abierta —dijo Bock—. Es
seguro que el sistema de comunicaciones de Kazim lo interceptó.
Sandecker hizo una pausa para tomar unas notas.
—¿Cree que el coronel Levant tomará una ruta distinta a la
anunciada?
—Esperaba que usted me lo dijese —dijo Bock.
—La clarividencia no es exactamente mi especialidad.
—El informe de Levant incluía un mensaje para usted de su
agente, el tal Pitt.
—Dick. —En la voz de Sandecker se percibió una súbita nota de
calidez, y un toque de admiración. Pitt siempre lograba sacarse un as de la
manga—. ¿Cuál era el mensaje?
—Se lo leo: «Digan al almirante que cuando regrese a Washington
lo llevaré a ver cantar en el bar ATS a Judy, la amiga de Harvey». ¿De qué se
trata, de una broma o algo así?
—Dick no es aficionado a las bromas —dijo Sandecker tajante—.
Intenta decirnos algo en clave.
—¿Conoce usted al tal Harvey? —preguntó Bock.
—El nombre no me suena —murmuró Sandecker—. Nunca oí a Pitt
mencionar a nadie llamado Harvey.
—¿Existe en Washington un bar llamado ATS en el que actúe una
cantante llamada Judy? —quiso saber Bock.
—Yo, al menos, no lo conozco —replicó Sandecker, intentando
encontrar una pista que diera significado al mensaje—. Y la única cantante
llamada Judy que conozco es...
La respuesta impactó a Sandecker con la contundencia de una
bofetada. El código elemental, de una ingeniosa simplicidad, era obvio para
cualquier viejo cinéfilo como el almirante. Debió suponerlo, debió adivinar que
Pitt haría uso de aquella afición. Se echó a reír.
—No le veo la gracia —dijo secamente Bock.
—No se dirigen hacia la frontera de Argelia —afirmó Sandecker
triunfalmente.
—¿Cómo dice?
—El contingente del coronel Levant se dirige al sur, hacia el
ferrocarril que va desde el mar a Fort Foureau.
—¿Puedo saber cómo ha llegado a tal conclusión? —preguntó Bock
con suspicacia.
—Dirk nos ha transmitido una adivinanza que Kazim no podrá
resolver. Judy, la cantante, es Judy Garland, y Harvey alude a una película que
ella protagonizó, llamada Las chicas Harvey.
—¿Y cómo encaja en eso lo del bar ATS?
—No es un bar, sino una canción. La principal canción que Judy
Garland cantaba en la película. Se llamaba El Atchison. Topeka y Santa Fe. El
nombre de un ferrocarril.
Lentamente, Bock dijo.
—Eso explica por qué Levant envió un mensaje que podía ser
fácilmente interceptado por los esbirros de Kazim. Los confundió, haciéndoles
creer que se dirigía hacia el norte y Argelia.
—Cuando lo cierto es que van en la dirección opuesta —concluyó
Sandecker.
—Levant debe de haber llegado a la acertada conclusión de que
cruzar la frontera entre Malí y Argelia no les garantiza ninguna seguridad. Los
tiranos implacables como Kazim no sienten el menor respeto hacia las leyes
internacionales. Seguirá a nuestra gente hasta acabar con ella.
—La siguiente pregunta es qué harán tras llegar al ferrocarril.
—Quizá secuestren un tren —sugirió Bock.
—Posiblemente; pero... ¿en pleno día?
—El mensaje de Pitt continúa.
—Dígamelo, por favor.
—La parte siguiente dice: «Informe también al almirante de que
Gary, Ray y Bob irán a casa de Brian para divertirse un rato.» ¿Puede
descifrarlo?
Tras un momento de reflexión, Sandecker replicó.
—Si Pitt continúa utilizando el código cinematográfico, entonces
Gary debe de ser Gary Cooper. Y supongo que al mencionar a Ray se refiere a Ray
Milland.
—¿Recuerda alguna película en la que actuasen juntos?
—Claro que sí —replicó Sandecker, exultante—. Está claro como el
agua. Ambos trabajaron con Robert Preston y Brian Donlevy en una película de
aventuras de 1939 llamada Beau Geste.
—La vi de muchacho —dijo Bock—. Era la historia de tres hermanos
que se alistan en la Legión Extranjera francesa.
—La referencia a la casa de Brian sugiere un fuerte.
—No creo que se trate de la planta de destoxificación de Fort
Foureau. Es el último sitio al que Levant se dirigiría.
—¿Existe algún otro fuerte en la zona? —preguntó Sandecker.
Bock hizo una pausa para consultar sus mapas.
—Sí: un viejo destacamento legionario unos kilómetros al oeste
de la planta. En realidad, se trata del fuerte que dio nombre a las
instalaciones.
—Al parecer, piensan ocultarse allí hasta la noche.
—Es lo que yo haría, si me encontrase en el lugar de Levant.
—Necesitarán ayuda —dijo Sandecker.
—Ese es precisamente el motivo de que lo haya llamado —dijo
Bock, yendo al grano—. Debe convencer al presidente de que envíe un grupo de
fuerzas especiales para que ayude a Levant y a los cautivos liberados a salir
del territorio del general Kazim.
—¿Ha hablado de esto con la secretaria general Kamil? —preguntó
Sandecker—. El presidente le hace más caso a ella que a mí.
—Por desgracia, ha tenido que acudir urgentemente a una
conferencia que se celebra en Moscú. Dadas las prisas, es usted el único al que
puedo recurrir.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—Prácticamente, ninguno —dijo Bock—. En la parte del desierto
donde se encuentran amanecerá dentro de un par de horas.
—Haré lo que pueda —prometió Sandecker—. Sólo espero que el
presidente aún no se haya acostado. En caso contrario, me costará Dios y ayuda
conseguir que sus ayudantes lo despierten.
49
—¿Cómo que pretende ver al presidente? —preguntó airadamente
Willover—. ¿A estas hora de la noche? ¿Acaso está usted loco?
Sandecker miró al jefe de personal del presidente, pulcramente
vestido con un traje de espiga en cuyos pantalones sólo quedaba un leve
vestigio de las rayas. Sandecker se preguntó si Willover abandonaba alguna vez
su despacho, y si dormiría de pie.
—Confíe en mi palabra, Earl: no estaría aquí si no se tratase de
algo muy urgente.
—No despertaré al presidente a menos que nos enfrentemos a una
crisis internacional que ponga en peligro la seguridad del país.
Hasta el momento, Sandecker había conseguido contenerse, pero ya
comenzaba a hartarse.
—Muy bien: dígale que en la planta baja de la Casa Blanca hay un
contribuyente y votante que está que muerde.
—Lo que está es loco.
—Lo suficiente como para irrumpir en su dormitorio y despertarlo
yo mismo.
Willover parecía al borde de la apoplejía.
—¡Inténtelo, y haré que el Servicio Secreto lo detenga!
—Un montón de inocentes, entre ellos mujeres y niños, morirán si
el presidente no actúa de inmediato.
—Escucho esta vieja historia cada día de la semana —repuso
desdeñosamente Willover.
—Y hace chistes sobre las víctimas, ¿a que sí?
Al fin a Willover se le terminó la paciencia.
—Tiene usted respuesta para todo, ¿verdad, almirante de opereta?
Puedo terminar con usted en cuanto me lo proponga. ¿Entendido?
Sandecker se acercó tanto a Willover que pudo advertir el
aliento a mentol de éste.
—Atienda, Earl. Un día el mandato del presidente concluirá, y
usted volverá a ser un ciudadano corriente y moliente. Entonces llamaré a su
puerta y le arrancaré el hígado.
—No me extrañaría nada que lo hiciese —comentó una voz familiar.
Sandecker y Willover se volvieron. El presidente estaba en el
umbral, en pijama y bata, y sostenía en una mano una bandeja de canapés de la
que estaba picando.
—Bajé para comer un bocado y me pareció escuchar voces
acaloradas. —Miró fijamente a Sandecker—. ¿Por qué no me cuenta de qué se
trata, almirante?
Willover se interpuso entre Sandecker y su jefe.
—Por favor, señor... Se trata de algo sin importancia.
—¿Por qué no deja que sea yo quien lo juzgue, Earl? Muy bien,
almirante: suéltelo.
—Primero, señor presidente, quisiera saber si está usted
informado de los últimos acontecimientos que se han producido en la operación
de Fort Foureau.
Tras una mirada a Willover, el presidente dijo:
—Sé que sus dos hombres, Pitt y Giordino, lograron escapar a
Argelia, y que aportaron informes cruciales referentes a la corrupta e
inescrupulosa forma en que Yves Massarde maneja la planta de incineración de
residuos tóxicos.
—¿Puedo preguntarle qué medidas piensa tomar...? Fue Willover el
que contestó:
—Hemos convocado a un tribunal medioambiental formado por
representantes europeos y norteafricanos, para que se reúna y discuta un plan
de acción.
—Entonces, no piensan hacer... Si no recuerdo mal, señor
presidente, fue usted quien dijo que «tendremos que ser nosotros quienes
vayamos al lugar y lo ocupemos».
—Sí; pero ahora se han impuesto criterios más moderados —dijo el
presidente, señalando a Willover con un movimiento de cabeza.
—O sea que incluso ahora, que existen pruebas concluyentes de
que son los elementos químicos procedentes de Fort Foureau los que causan la
expansión de la marea roja, todo lo que se piensa hacer es sentarse a hablar
del tema, ¿no? —comentó Sandecker, controlando a duras penas su exasperación.
—Ya discutiremos el asunto en otro momento —dijo el presidente,
disponiéndose a volver a su dormitorio, en la parte alta de la Casa Blanca—.
Earl le dará a usted cita.
—¿Le ha informado Earl sobre la mina de oro de Tebezza?
—preguntó súbitamente Sandecker.
El presidente vaciló y meneó la cabeza, extrañado.
—No, el nombre no me suena.
—Tras ser capturados en Fort Foureau —siguió Sandecker—, a Pitt
y Giordino se les condujo a otra de las siniestras empresas del general Kazim e
Yves Massarde, una mina de oro apenas conocida en la que miembros de la
oposición y disidentes políticos son esclavizados y obligados a trabajar hasta
la muerte en las condiciones más inhumanas y bárbaras. Entre ellos se
encontraban varios ingenieros franceses y sus familias, a quienes Massarde
encarceló para que no pudieran regresar a su país y poner al descubierto el
fraude de Fort Foureau. Mis hombres también encontraron a los miembros del
equipo de la OMS que, supuestamente, murieron en un accidente de aviación.
Todos estaban en pésimas condiciones a causa del trabajo brutal y la escasez de
alimentos.
El presidente dirigió a Willover una mirada fría.
—Al parecer, se me mantiene en la ignorancia respecto a ciertos
asuntos.
—Intento mantener una cierta escala de prioridades en mi trabajo
—se justificó apresuradamente Willover.
—¿Adónde nos conduce todo esto? —preguntó el presidente a
Sandecker.
—Como era inútil solicitar de usted una fuerza especial
—continuó Sandecker—, Hala Kamil acudió de nuevo en nuestra ayuda y nos ofreció
el Equipo de Respuesta Crítica de las Naciones Unidas. Con la guía de Pitt y
Giordino, el coronel Levant y su contingente aterrizaron en el desierto, cerca
de la mina, efectuaron su incursión con éxito, y rescataron a veinticinco
extranjeros, hombres, mujeres y niños...
—¿Había niños trabajando en las minas? —interrumpió el
presidente.
Sandecker asintió con la cabeza.
—Los hijos de los ingenieros franceses y sus esposas. También
había una norteamericana, la doctora Eva Rojas, miembro del equipo de la
Organización Mundial de la Salud.
—Si la incursión tuvo éxito, ¿cuál es ese problema tan urgente?
—quiso saber Willover.
—Un cazarreactor de las Fuerzas Aéreas malienses destruyó el avión
en el que había ido desde Argelia a Tebezza. Todo el contingente, más los
cautivos rescatados, se encuentran aislados en mitad de Malí. Sólo es cuestión
de horas que los militares de Kazim los encuentren y ataquen.
—Pinta usted un cuadro muy negro —dijo seriamente el
presidente—. ¿No existe forma de que lleguen a la frontera argelina?
—Si existiera, no serviría de nada —explicó Sandecker—. Kazim
estaría dispuesto a tener un altercado con el gobierno argelino con tal de que
no se denunciaran las atrocidades de Tebezza ni los peligros de Fort Foureau.
Enviaría a sus fuerzas al interior de Argelia para destruirlos y garantizar su
silencio.
El presidente se quedó pensativo, con los ojos puestos en los
canapés que ya no comía. Lo que acababa de contarle Sandecker tenía tal número
de implicaciones que no podía pasarse por alto, como sabía que Willover iba a
aconsejarle. No se sentía capaz de permanecer con los brazos cruzados mientras
un déspota a la antigua asesinaba a extranjeros inocentes.
—Kazim es tan malo como Sadam Hussein —murmuró el presidente.
Luego, volviéndose hacia Willover, añadió—: Esta vez no voy a esconderme bajo
las sábanas, Earl. Hay demasiadas vidas en peligro, incluidas las de tres
norteamericanos. Tenemos que echar una mano.
—Pero, señor presidente... —comenzó Willover.
—Hable con el general Halverson, del Comando de Fuerzas
Especiales de Tampa. Prepárelo para una operación inmediata. —El presidente
miró a Sandecker—. ¿A quién sugiere para coordinarla, almirante?
—Al general Bock, jefe del Equipo Internacional Táctico y de
Respuesta Crítica de la ONU. Está en contacto con el coronel Levant y puede
tener al general Halverson permanentemente informado del desarrollo de la
situación.
El presidente dejó los canapés sobre un aparador y puso las
manos sobre los hombros de Willover.
—Aprecio sus consejos Earl, pero esta vez tengo que actuar.
Podemos matar dos pájaros de un tiro y cargar sólo con la mitad de las
consecuencias si las cosas salen mal. Quiero que nuestras Fuerzas Especiales
entren secretamente en Malí, rescaten al Equipo Táctico de la ONU y a los
prisioneros. Y luego que salgan como alma que lleva el diablo antes de que
Kazim y Massarde se den cuenta de lo ocurrido. Quizá más tarde se nos ocurra
cómo neutralizar el proyecto de Fort Foureau.
—Cuente con todo mi apoyo señor presidente —dijo Sandecker,
sonriendo ampliamente.
—Supongo que nada que yo diga le hará cambiar de idea —dijo
Willover.
—No, Earl —replicó el presidente, recogiendo su plato de
canapés—. Cerraremos los ojos y lo apostaremos todo a una jugada.
—¿Y si perdemos?
—No perderemos.
Willover lo miró con curiosidad.
—¿Por qué no, señor?
La sonrisa del presidente compitió con la de Sandecker.
—Porque yo reparto las cartas, y tengo plena confianza en la
capacidad de nuestras Fuerzas Especiales para enviar a colillas como Kazim y
Massarde a la cloaca que les corresponde.
Varias millas al oeste de Washington D.C., en la región agrícola
de Maryland, una gran colina se alza por encima de las granjas de los
alrededores. Los automovilistas que al pasar advierten la anomalía piensan que
se trata de un simple capricho geológico. Casi ninguno sabe que la colina se
formó con la tierra excavada en secreto para construir un centro de mando y
refugio para los políticos y jefes militares de la capital en tiempos de la
Segunda Guerra Mundial.
El trabajo no se detuvo durante la guerra fría, y las
instalaciones subterráneas fueron aumentando hasta convertirse en un inmenso
almacén de archivos y artefactos nacionales, que se remontaban a la llegada de
los primeros pioneros asentados en la costa oriental a comienzos del siglo
xvii. El espacio interior es tan inmenso que no se mide en metros ni hectáreas,
sino en kilómetros cuadrados. Los pocos que saben de su existencia lo conocen
como DSA (Depósito de Salvaguardia de Archivos).
En la interminable acumulación de cajones hay enterrados miles
de secretos. Por extrañas razones que sólo conoce un escaso y selecto número de
burócratas, secciones enteras del depósito guardan material y objetos
clasificados que nunca conocerán la luz pública. Los huesos de Amelia Earhart y
de su navegante, Fred Noonan, y actas japonesas sobre la ejecución de ambos en
Saipan; los dosieres secretos sobre las conspiraciones que acabaron con los
asesinatos de ambos Kennedy; las pruebas de los sabotajes soviéticos que
causaron los accidentes del cohete y el transbordador espacial norteamericanos,
y de las represalias en Chernobyl; películas trucadas sobre el falso alunizaje
del Apolo, y mucho, mucho más... Todo estaba archivado, almacenado, y destinado
al secreto eterno.
Como St. Julien Perlmutter no conducía, fue en taxi hasta la
pequeña población de Forestville, en Maryland. Aguardó en el banco de una
parada de autobús durante casi media hora, hasta que al fin acudió a recogerlo
una camioneta Dodge.
—¿Mister Perlmutter? —preguntó el chófer, un agente de seguridad
gubernamental que llevaba las consabidas gafas oscuras de espejo.
—El mismo.
—Suba, por favor.
Perlmutter lo hizo, pensando que todo aquel subterfugio era
infantil.
—¿No quiere ver mi permiso de conducir? —preguntó ácidamente.
El chófer, un afroamericano de piel parda, movió negativamente
la cabeza.
—No hace falta. En todo el pueblo no hay otra persona que encaje
con su descripción.
—¿Tiene usted nombre?
—Ernie Nelson.
—¿A qué agencia pertenece? ¿Seguridad Nacional, FBI, Secretos
Especiales?
—No estoy autorizado para decirlo —repitió oficialmente Nelson.
—¿No me venda los ojos?
Nelson sacudió negativamente la cabeza.
—No es necesario. Dado que su solicitud para investigar en
archivos históricos fue aprobada por el presidente, y que en tiempos fue usted
portador de una acreditación de seguridad BetaQ, creo que podemos confiar en
que no revelará nada de lo que hoy vea.
—Si hubiera investigado más a fondo en mi expediente, sabría que
ésta es mi cuarta visita de investigación al DSA.
El agente no respondió, y guardó silencio durante el resto del
trayecto. Se desvió de la carretera general y se metió por una lateral hasta
llegar a una barrera de seguridad donde, tras mostrar sus credenciales, entró.
Pasaron por otras dos garitas de guardia antes de que el camino los condujera a
una estructura similar a un granero situada en el centro de una granja con
cerdos, gallinas, y ropa tendida a secar. Una vez dentro del granero, bajaron
por una amplia rampa de hormigón que conducía al subsuelo. Finalmente llegaron
a una estación de seguridad en la que el agente aparcó el coche.
Perlmutter conocía la rutina. Se apeó del coche y se dirigió a
un vehículo eléctrico, similar a un carrito de golf, que lo aguardaba. Un
archivero restaurador, que vestía una bata blanca de laboratorio, estrechó la
mano de Perlmutter, al tiempo que se presentaba:
—Frank Moore. Me alegro de volverlo a ver.
—Es un placer, Frank. ¿Cuánto tiempo hacía?
—Tres años desde la última vez que estuvo por aquí. Entonces
investigaba sobre el Sakito Maru.
—Ah, sí: el buque de carga y pasaje japonés que fue hundido por
el submarino norteamericano Trout.
—Creo recordar que llevaba al Japón cohetes alemanes V Dos.
—Tiene buena memoria.
—La refresqué mientras echaba una vistazo a los registros de sus
anteriores visitas —admitió Moore—. ¿Qué le trae por aquí esta vez?
—La Guerra de Secesión norteamericana —replicó Perlmutter—. Me
gustaría estudiar cualquier dosier que pueda arrojar alguna luz sobre la
misteriosa desaparición de un barco fluvial blindado de la Confederación.
—Parece interesante. —Moore señaló un asiento del coche
eléctrico—. Los registros y artefactos de la Guerra de Secesión se encuentran
en unos edificios situados a unos dos kilómetros de aquí.
Tras un último control de seguridad y una breve charla con el
responsable de la institución, Perlmutter firmó una declaración
comprometiéndose a no publicar nada de lo que averiguase sin permiso del
Gobierno. Luego, él y Moore, aún en el coche eléctrico, pasaron ante un pequeño
grupo de empleados que estaba descargando recuerdos que los visitantes habían
dejado en el Monumento a los Caídos en Vietnam. Fotografías, viejas botas y
uniformes militares, botones, relojes y anillos de boda, chapas de identificación,
muñecos... Cada objeto era catalogado, etiquetado, metido en una bolsa de
plástico y colocado en alguna de las inmensas estanterías.
El Gobierno no tiraba nada.
Aunque en sus visitas anteriores ya había visto parte de las instalaciones
subterráneas, Perlmutter no pudo evitar sentirse asombrado por las increíbles
dimensiones del lugar y el mar de cajones apilados, llenos de papeles y viejos
artefactos, en gran medida procedentes del extranjero. Sólo la sección nazi
ocupaba un espacio equivalente al de cuatro estadios de fútbol.
Los archivos de la Guerra de Secesión ocupaban cuatro edificios
de tres pisos cuyos techos tenían quince metros de altura. Formando ordenadas
filas frente a las estructuras, había distintos tipos de cañones usados en la
contienda que parecían nuevos y listos para entrar en combate. Estaban montados
en armones en los que aún se veían las huellas de los disparos y la metralleta.
También se exhibían inmensos cañones navales de barcos tan famosos como el
Hartford, el Kearsage, el Carondelet, y el Merriinack.
—Los registros se guardan en el Edificio A —explicó Moore—. Los
Edificios B, C y D albergan armas, uniformes, instrumental médico y mobiliario
que en tiempos pertenecieron a Lincoln, Jefferson Davis, Lee, Grant, y otros
protagonistas de la guerra entre los Estados.
Se apearon del vehículo y entraron en el Edificio A. La planta
baja estaba ocupada por un mar de archivadores.
—Los documentos relativos a la Confederación están aquí —dijo
Moore, abarcando con un ademán la amplísima sala—. Los de la Unión ocupan el
segundo y el tercer piso. ¿Por dónde desea empezar?
—Por cualquier cosa que tanga que ver con el Texas. Moore hojeó
un directorio que había cogido del vehículo.
—Los registros navales confederados se guardan en los ficheros
azules del fondo de la sala.
Pese a que nadie había examinado los archivos en años, o, en
algunos casos, nunca desde que fueron almacenados, el polvo era
sorprendentemente escaso. Moore ayudó a Perlmutter a localizar un paquete que
contenía los datos conocidos sobre el malhadado buque.
Moore señaló una mesa y una silla.
—Póngase cómodo. Ya conoce las normas referentes al cuidado de
los archivos, y sabe que debo permanecer cerca para supervisar sus
investigaciones.
—Conozco perfectamente las reglas —asintió Perlmutter.
Moore consultó su reloj.
—Su permiso para investigar en el DSA finaliza dentro de ocho
horas. Luego debemos volver a la oficina central, desde donde será usted
devuelto a Forestville. ¿Entendido?
Perlmutter asintió con la cabeza.
—Será mejor que me ponga a trabajar —dijo.
—Adelante, y buena suerte —deseó Moore.
Al cabo de media hora, y tras inspeccionar dos grandes ficheros
grises de metal, Perlmutter encontró una vieja carpeta amarilla que contenía
información sobre el buque de vapor confederado Texas. Los papeles del interior
revelaron muy pocos datos históricos desconocidos o inéditos. Especificaciones
sobre la construcción del buque, informes de testigos sobre su aspecto, un
bosquejo realizado por el ingeniero que lo diseñó, y una lista de sus oficiales
y tripulantes. También había varios relatos contemporáneos sobre la batalla que
el Texas libró contra la marina unionista durante su histórico descenso por el
río James hasta el mar. De uno de los artículos, escrito por un periodista del
Norte que iba a bordo de un monitor unionista que recibió impactos del Texas,
habían sido cortadas dos líneas. Intrigado, Perlmutter se preguntó la causa de
la mutilación. Era la primera vez en toda su experiencia de investigador sobre
la marina de la Guerra de Secesión que tropezaba con vestigios de la tijera de
un censor.
Luego encontró un quebradizo recorte de periódico y lo desdobló
cuidadosamente sobre la mesa. Era la declaración que un tal Clarence Beecher
hizo a un periodista británico en su lecho de muerte en un pequeño hospital de
York. Beecher aseguraba ser el único superviviente del misteriosamente
desaparecido buque Texas de la Confederación. Al final, Beecher, describía el
viaje a través del Atlántico y el ascenso por un gran río africano. El barco
recorrió tranquilamente cientos de millas, atravesando orillas selváticas antes
de llegar a un gran desierto. Como el timonel no conocía el río, se metió en un
afluente en vez de continuar por el cauce principal. Antes de que el capitán se
diera cuenta del error, navegaron durante dos días y dos noches. Cuando
intentaron dar media vuelta para regresar al río, el barco encalló, y no hubo
forma de sacarlo de allí.
No sin deliberar previamente, los oficiales decidieron esperar a
que pasara el verano y las lluvias volvieran a elevar el nivel del río. A bordo
llevaban algo de comida y el río facilitaría el agua que necesitaran. El
capitán también compró alimentos a tribus de tuaregs que pasaban, pagándolos
con oro. En dos ocasiones, grandes partidas de bandidos del desierto cometieron
el error de intentar asaltar el navío encallado, y saquear sus aparentemente
inacabables reservas de oro.
Llegado agosto, el tifus, la malaria y la dieta escasa habían
hecho estragos en la tripulación, y sólo sobrevivían dos oficiales, el
presidente y diez marineros.
Perlmutter se detuvo y se quedó con la vista perdida. ¿Quién era
ese presidente al que Beecher se refería? La alusión no podía ser más
intrigante.
Beecher continuaba declarando que se le escogió a él y a otros
cuatro hombres armados para que fueran a buscar ayuda del mundo exterior en uno
de los botes de remos del barco. El único que, por los pelos, logró llegar vivo
al río Níger fue el propio Beecher. Una vez fue atendido y devuelto a la vida
por los miembros de una factoría comercial británica, le otorgaron un pasaje
gratis a Inglaterra, donde con el tiempo se casó y se instaló como granjero en
la región de Yorkshire. Beecher decía que nunca volvió a su Estado natal de
Georgia porque estaba seguro de que lo ahorcarían como responsable del terrible
delito cometido por el Texas. Tal era su temor, que hasta que no se encontró a
las puertas de la muerte, no había hablado del asunto con nadie.
Después de que el ex marino exhalase su último suspiro, tanto el
médico como la esposa del difunto desecharon la historia, creyéndola el
desvarío de un moribundo. Aparentemente, el director del diario sólo había
publicado el artículo porque era un día sin apenas noticias y faltaban textos
para completar el periódico.
Perlmutter leyó el artículo por segunda vez. Le hubiera gustado
aceptarlo como fidedigno pese a la incredulidad de la esposa y el médico, pero
una rápida consulta de la lista de tripulantes reveló que no había ningún
Clarence Beecher presente durante la revista que se efectuó antes de que el
Texas abandonase el astillero de Richmond, Virginia. Lanzó un suspiro y cerró
la carpeta.
—Ya tengo todo lo que puedo encontrar aquí —anunció a Moore—.
Ahora me gustaría buscar en los archivos de la marina unionista.
Moore devolvió los archivadores a sus respectivos gabinetes y
condujo al visitante por una escalera de metal hasta el segundo piso.
—¿Qué fechas le interesan? —preguntó.
—Abril de 1865.
Se dirigieron a su nuevo destino por angostos pasillos que
discurrían entre inmensas pilas de gabinetes amontonados. Moore, que llevaba
una escalera de mano por si Perlmutter deseaba consultar documentos situados en
la estratosfera, lo condujo hasta el archivo adecuado.
Perlmutter comenzó su investigación metódicamente, empezando por
el 2 de abril de 1865, fecha en la que el Texas fue botado en el astillero de
Richmond. El hombre tenía su propio sistema de investigación, y pocos lo
superaban a la hora de detectar pistas. Su método era la tenacidad y un don
innato para separar el grano de la paja.
Comenzó con los informes oficiales de la batalla. Una vez los
hubo leído todos, siguió con los relatos de testigos civiles que habían
presenciado la batalla desde las orillas del río James, y con los de los
tripulantes de barcos unionistas. En el plazo de dos horas repasó los
contenidos de casi sesenta cartas y quince diarios. Iba tomando notas en un
gran block, siempre bajo la vigilante mirada de Frank Moore que, pese a que se
fiaba de Perlmutter, no podía bajar la guardia, pues había atrapado a demasiados
respetables eruditos intentando sustraer documentos históricos.
Una vez Perlmutter encontró el hilo, no dejó de tirar de él
hasta sacar el ovillo. Datos en apariencia insignificantes lo condujeron a una
revelación tras otra, desenredando una historia que parecía demasiado increíble
para ser real. Al fin, cuando ya no pudo avanzar más, hizo una seña a Moore.
—¿Cuánto tiempo me queda?
—Dos horas y diez minutos.
—Aquí ya he terminado.
—¿Qué desea consultar ahora?
—La correspondencia privada y cualquier documento que haya sobre
Edwin McMasters Stanton.
Moore asintió con la cabeza.
—El irascible secretario de Guerra de Lincoln. No sé lo que
tendremos sobre él. Sus papeles no han sido catalogados en su totalidad. Pero
lo que sea estará arriba, en el piso reservado a los documentos gubernamentales
estadounidenses.
El material sobre Stanton era voluminoso, y ocupaba diez
gabinetes completos. Perlmutter trabajó a conciencia, haciendo sólo una pausa
para ir al baño. Sus ojos recorrieron los documentos tan rápido como pudieron y
no sin gran sorpresa, Perlmutter encontró muy poco sobre la relación de Stanton
con Lincoln durante la parte final de la guerra. La poca simpatía que el
secretario de Guerra sentía hacia su presidente era un hecho bien conocido, así
como que Stanton había destruido cierto número de páginas del diario del
asesino de Lincoln, John Wilkes Booth, incluidos diversos documentos
relacionados con los cómplices de Booth. Para gran frustración de los
historiadores, Stanton, deliberadamente, había dejado muchas preguntas sin
responder en torno al asesinato del presidente en el teatro Ford.
De repente, cuando sólo le quedaban cuarenta minutos de tiempo,
Perlmutter dio en el blanco.
En el fondo de un gabinete, el hombre encontró un viejo paquete
amarillento que aún mantenía intacto el sello de lacre. Perlmutter contempló la
cuidadosa caligrafía de la fecha: 9 de julio de 1865, es decir, dos días
después de que, en el patio de la prisión Arsenal de Washington, fuesen
ahorcados los cómplices de Booth: Mary Surratt, Lewis Paine, David Herold, y
George Atzerodt. Bajo la fecha había escritas las siguientes palabras: «No
abrir hasta que hayan transcurrido cien años de mi muerte.» La firma era la de
Edwin M. Stanton,
Perlmutter se sentó a una mesa, rompió el sello, abrió el
paquete y, con un retraso de treinta y un años respecto a la fecha fijada por
Stanton, comenzó a leer los papeles.
A medida que leía, iba sintiéndose transportado hacia atrás en
el tiempo. Pese a la baja temperatura de las instalaciones subterráneas, gotas
de sudor comenzaron a perlarle la frente. Cuarenta minutos más tarde, cuando
terminó y dejó a un lado el último papel, sus manos temblaban. Lanzó un
profundo y silencioso suspiro y meneó muy lentamente la cabeza.
—Dios mío... —murmuró.
Desde el otro lado de la mesa, Moore lo miró:
—¿Ha encontrado algo interesante?
Perlmutter no respondió. Se quedó mirando el montón de viejos
papeles, murmurando «Dios mío» una y otra vez.
50
Ocultos tras la cresta de una duna, contemplaban los vacíos
raíles tendidos en la arena como espectrales vías hacia la nada. Los únicos
indicios de vida que rompían la oscuridad previa al amanecer eran las lejanas
luces de la planta de Fort Foureau. Al otro lado de las vías, a menos de un kilómetro
hacia el oeste, la sombra del fuerte abandonado de la Legión Extranjera se
recortaba contra el cielo negro, como el tétrico castillo de una película de
terror.
Su huida desesperada a través del desierto se desarrolló sin
percances: no habían sido detectados ni tuvieron, problemas mecánicos. Los
cautivos habían sufrido los fuertes traqueteos apenas mitigados por la dura
suspensión de los camiones, pero se sentían tan felices por estar libres, que
nadie se quejó. Fairweather los condujo sin vacilar una sola vez por la vieja
ruta de camellos que comunicaba las viejas salinas de Taoudenni con Tombuctú.
Gracias a su conocimiento del terreno y al empleo de una brújula prestada, guió
al convoy hasta el ferrocarril, en las proximidades de Fort Foureau.
En un momento del viaje, Pitt y Levant se detuvieron y pudieron
detectar los sonidos de unos helicópteros escoltados por cazarreactores. Los
aparatos se dirigían hacia el norte, en dirección a Tebezza y la frontera
argelina. Como Pitt había predicho, los pilotos de las Fuerzas Aéreas malienses
sobrevolaron el convoy sin darse cuenta de que la presa que buscaban se
encontraba justo debajo de ellos.
—Espléndido trabajo, Mr. Fairweather —lo felicitó Levant—. Nos
ha guiado usted perfectamente, trayéndonos justo adónde queríamos.
—Instinto —sonrió Fairweather—. Mero instinto mezclado con algo
de suerte.
—Será mejor que crucemos las vías y nos dirijamos al fuerte
—dijo Pitt—. Dentro de una hora se hará de día y sólo tenemos ese tiempo para
ocultar los vehículos.
Como extrañas criaturas nocturnas, el buggy y los transportes de
personal rodaron sobre el tendido férreo, botando sobre las traviesas de
hormigón, hasta llegar a la altura del fuerte.
Tras rebasar el abandonado camión «Renault» en el que él y
Giordino se habían ocultado antes de montarse en el tren que iba hacia Fort
Foureau, Pitt giró y se detuvo ante la entrada del antiguo destacamento. Las
grandes puertas de madera seguían ligeramente entornadas, tal como las habían
dejado una semana atrás. Levant hizo que un grupo de sus hombres las abriera,
permitiendo que el convoy entrase en el patio de la entrada.
—Si me permite una sugerencia, coronel —dijo Pitt, con sumo
tacto—, convendría que unos cuantos de sus hombres borraran las rodadas que van
desde el tendido férreo hasta el fuerte. Así cualquier mente suspicaz, podrá
pensar que un convoy de vehículos militares malienses llegó por el desierto y
luego continuó por el lecho de las vías, en dirección a la planta eliminadora
de residuos tóxicos.
—Buena idea —dijo Levant—. Así creerán que fue una de sus
propias patrullas.
PembrokeSmythe, Giordino y otros oficiales de Levant, se
reunieron en torno a éste para recibir órdenes.
—Nuestra primera prioridad es camuflar los camiones y encontrar
cobijo para las mujeres y niños —dijo Levant—. Luego, preparar el fuerte para
un posible ataque de los malienses, que quizás se den cuenta de que están
persiguiendo fantasmas y detecten algún rastro de nuestras rodadas que el
viento no haya borrado.
—¿Cuándo cree que nos retiraremos de aquí, señor? —preguntó un
oficial que hablaba con acento sueco.
Levant miró a Pitt.
—¿Qué dice usted, Mr. Pitt?
—Una vez se haga de noche, detendremos al primer tren que salga
y lo tomaremos prestado.
—Los trenes disponen de sistemas de comunicación —dijo
PembrokeSmythe—. El conductor dará la alarma si intentamos arrebatarle su tren.
—Y, una vez sobre aviso, los malienses bloquearán el tendido
—añadió el oficial sueco.
—No piensen más en ello —dijo Pitt, en tono de reproche—.
Déjenlo todo de cuenta del viejo Jesse James Pitt y de Butch Casidy Giordino.
Llevamos practicando el viejo arte del secuestro silencioso de trenes desde
hace... —Miró a Giordino—. ¿Cuánto, Al?
—Al menos una semana, desde el jueves pasado —replicó Giordino.
PembrokeSmythe dirigió una mirada melancólica a Levant.
—Sería conveniente que aumentáramos las primas de nuestros
seguros de vida.
—Ya es demasiado tarde para eso —dijo Levant, inspeccionando el
oscuro interior del fuerte—. Estos muros no fueron construidos para resistir
misiles ni artillería pesada. Las fuerzas de Kazim pueden reducir este lugar a
escombros en sólo media hora. Así que, para evitar problemas, debe seguir
pareciendo un lugar abandonado.
—Esta vez, los malienses no van a enfrentarse a civiles
indefensos —dijo resueltamente PembrokeSmythe—. En dos kilómetros a la redonda,
el terreno es plano como un campo de críquet. Una fuerza de ataque carecería de
cobertura. Los que sobreviviésemos a un ataque aéreo haríamos que Kazim pagara
un alto precio antes de ocupar este sitio.
—Recemos por que no tenga carros blindados en la zona —le
recordó Giordino.
—Que se coloquen vigías en las almenas —ordenó Levant—. Luego
busquemos la entrada a una cámara subterránea. Recuerdo que cuando estuve aquí
de visita había un arsenal bajo tierra.
No tardaron en encontrar unas escaleras, situadas bajo una
trampilla de los alojamientos, que conducían a dos pequeñas estancias. Salvo
por unas cuantas cajas metálicas que tiempo atrás contuvieron cargadores de
balas de fusil, ambas estaban vacías. Los cautivos de Tebezza fueron
inmediatamente acomodados allí, dando gracias por estar a salvo del traqueteo
de los transportes de personal y de nuevo en tierra firme. El equipo médico los
instaló con toda la comodidad posible, y atendió a los más graves.
Los vehículos del equipo táctico fueron rápidamente escondidos y
camuflados de modo que parecieran montones de desechos. Cuando el sol arrojó
sus primeros rayos contra los muros, el viejo fortín había recuperado su
aspecto de abandono. A partir de ese momento Levant se enfrentaba a dos grandes
problemas: que fueran descubiertos antes de la noche, y la vulnerabilidad de su
posición frente a un ataque aéreo. No se sentía nada seguro. Una vez
descubiertos, no tenían adónde ir. Los guardas, ya situados en las almenas,
contemplaron cómo un tren salía de la planta en dirección a Mauritania. Todos
desearon estar en él.
Pitt examinó lo que en el pasado había sido un garaje, y que
ahora tenía el techo hundido. Inspeccionó una docena de bidones de gasóleo
medio enterrados bajo una pila de basura. Los golpeó, advirtiendo que seis de
ellos se encontraban casi llenos. Estaba desenroscando sus tapas cuando
apareció Giordino.
—¿Te propones hacer un fuego? —preguntó.
—No sería mala idea, en el caso de que nos atacasen vehículos
blindados —dijo Pitt—. Las tropas de la ONU perdieron sus lanzamisiles
antitanque cuando su avión fue destruido.
—Los obreros que trabajaron en la construcción del ferrocarril,
debieron dejar aquí el gasóleo.
Pitt metió un dedo por el orificio de unos de los bidones y
luego lo alzó en el aire.
—Tan puro como el día en que salió de la refinería.
—¿Nos sirve de algo, aparte de para hacer cócteles Molotov?
—preguntó Giordino, con expresión dubitativa—. ¿O lo quieres para calentarlo y,
al estilo de los caballeros de antaño, arrojárselo al enemigo cuando intente
escalar las murallas?
—Caliente, caliente.
Giordino sonrió torcidamente ante la broma.
—Cinco hombres y un niño no podrían levantar uno de esos bidones
lleno y llevarlo hasta las almenas.
—¿Alguna vez has visto una catapulta de torsión?
—No, que yo recuerde —gruñó Giordino—. ¿Te parecerá una
estupidez por mi parte pedirte que me la dibujes?
Para sorpresa de su amigo, Pitt hizo justamente lo que se le
pedía. Se acuclilló, sacó un puñal de doble filo de la funda de una pernera, y
comenzó a trazar un diagrama sobre el polvo del suelo. Aunque el diseño era
tosco, Giordino reconoció lo que proyectaba Pitt. Una vez hubo concluido, Pitt
alzó la vista.
—¿Crees que podemos construirla?
—¿Por qué no? —dijo Giordino—. En el fortín hay vigas de sobra,
y los vehículos de personal llevan rollos de cable de nylon para escalar y
remolcar en casos de emergencia. La única pega, según mi opinión, es encontrar
algo que facilite la torsión.
—¿Qué tal las ballestas de los ejes traseros de los vehículos?
Tras una breve reflexión, Giordino movió afirmativamente la
cabeza.
—Puede que valgan. Cristo, sí: servirán perfectamente.
Estudiando su bosquejo, Pitt comentó:
—Probablemente sea una pérdida de tiempo. No hay razón para
temer que aparezca alguna de las patrullas de Kazim y nos descubra antes de que
llegue nuestro tren.
—Faltan once horas para que caiga la noche. Será algo con lo que
entretenernos.
Pitt se dirigió hacia la puerta.
—Tú comienza a montar las partes. Yo antes tengo que hacer algo.
Vuelvo más tarde.
Pitt pasó junto a un grupo de hombres que estaba reforzando las
puertas de la entrada principal y rodeó los muros del fortín, teniendo buen
cuidado de borrar sus pisadas. Bajó a un angosto barranco, por cuyo fondo
caminó hasta llegar a un montón de arena que se alzaba junto a uno de los
taludes.
El Avions Voisin se conservaba intacto en su tranquila soledad.
Casi toda la arena con la que él y Giordino lo habían cubierto
había volado, pero quedaba la suficiente para evitar que una patrulla aérea de
Kazim lo detectase. Abrió la portezuela, se colocó tras el volante, y oprimió
el botón de encendido. Casi inmediatamente, el motor comenzó a funcionar a un
silencioso ralentí.
Pitt permaneció allí sentado unos minutos, admirando el milagro
de la técnica que era aquel coche. Luego apagó el encendido, se apeó, y volvió
a cubrir de arena la carrocería.
Una vez hubo descendido por las escaleras que conducían al
arsenal, Pitt advirtió de inmediato que Eva se estaba recuperando, aunque
seguía pálida y macilenta, y sus ropas se encontraban raídas y sucias. Estaba
ayudando a dar de comer a un niño al que su madre sostenía en brazos. La mujer
miró a Pitt con fortaleza y determinación renovadas.
—¿Cómo está el chico? —preguntó él.
—En cuanto tome algo sólido y vitaminas, lo tendremos jugando al
fútbol.
El padre del muchacho, uno de los ingenieros franceses que
participaron en el proyecto de Fort Foureau, se acercó a estrechar la mano de
Pitt. El hombre parecía un espantapájaros. Calzaba toscas sandalias de cuero,
tenía la camisa rota y manchada, y los pantalones sostenidos por una cuerda
anudada.
Una poblada barba negra le ocultaba medio rostro y llevaba un
gran vendaje en un lado de la cabeza.
—Soy Louis Monteux.
—Dirk Pitt.
—En nombre de mi esposa e hijo... —comenzó débilmente el
francés—. No tengo palabras para expresarle nuestra gratitud por habernos
salvado la vida.
—Aún no estamos fuera de Malí —le recordó Pitt.
—Una muerte rápida es preferible a seguir en Tebezza.
—Mañana a estas horas estaremos fuera del alcance del general
Kazim le aseguró Pitt.
—Kazim e Yves Massarde —dijo Monteux, escupiendo las palabras—.
Dos asesinos de primera categoría.
—Supongo que el motivo por el que Massarde los envió a usted y a
su familia a Tebezza fue para impedirles que hablasen de la fraudulenta
operación de Fort Foureau.
—Sí. Cuando se concluyó el proyecto, los científicos e
ingenieros que habían participado en su diseño y construcción, descubrieron que
Massarde planeaba aceptar muchos más desechos tóxicos de los que la planta
podía procesar.
—¿Cuál era su trabajo?
—Diseñar el reactor termal para la destrucción de los residuos y
supervisar su construcción.
—Y funciona.
Monteux asintió orgullosamente.
—Pues claro. Y muy bien. Se trata del sistema de destoxificación
mayor y más eficaz que actualmente existe en el mundo. En el terreno de la
tecnología solar, Fort Foureau es insuperable.
—Entonces, ¿en qué se torció Massarde? ¿Por qué gastar cientos
de millones de dólares en tecnología punta sólo para usarlo como tapadera a fin
de enterrar secretamente trenes enteros de desechos nucleares?
—Alemania, Ruisa, China, Estados Unidos... Medio mundo está
hasta el cuello de residuos nucleares de alto nivel, la pasta violentamente
radiactiva que queda de las barras alimentadoras del reactor tras ser
reprocesadas, y el material fisionable procedente de la producción de bombas
nucleares. Esto, aunque sólo representen menos de un uno por ciento de toda la
basura nuclear, suponen miles de toneladas que no tienen adónde ir. Massarde
ofrecía incinerarlas en su totalidad.
—Pero algunos gobiernos han construido vertederos nucleares...
—Escasos y tardíos —dijo Monteux, con un encogimiento de
hombros—El nuevo cementerio nuclear francés de Soulaines estaba casi completo
cuando se terminó. Luego tenemos la planta de la Reserva Handford en Richland,
Washington. Los tanques que debían almacenar desechos líquidos de alto nivel
durante cincuenta años, comenzaron a tener escapes a los veinte. Casi dos
millones de litros de desperdicios altamente radiactivos han llegado al suelo y
contaminado las corrientes subterráneas.
—Un bonito negocio —dijo pensativamente Pitt—. Massarde llega a
acuerdos bajo mano con gobiernos y corporaciones que están desesperadas por
deshacerse de sus residuos tóxicos. Como Fort Foureau, en el Sahara Occidental,
parecía el vertedero ideal, se asocia con Zateb Kazim para asegurarse contra
protestas nacionales y extranjeras. Luego, cobra precios exorbitantes y, so
pretexto de incinerarlos, entierra los desechos en el centro del erial más
inútil del planeta.
—Aunque simple, es una descripción, bastante precisa. Pero...
¿cómo sabe tanto?
—Mi amigo y yo penetramos en la cámara subterránea de
almacenamiento y vimos los contenedores de residuos nucleares.
—El doctor Hopper nos dijo que habían sido capturados en el
interior de la planta.
—¿Cree usted, Mr. Monteux, que Massarde podría haber construido
una planta realmente, beneficiosa y de toda confianza en Fort Foureau, en la
que se hubieran podido procesar todos los residuos que llegaran?
—Desde luego —dijo el ingeniero—. Si hubiera excavado cámaras de
almacenamiento a dos kilómetros de profundidad, en formaciones rocosas
estables, inmunes a las actividades sísmicas, lo hubieran hecho santo. Pero
Massarde es un hombre de negocios implacable y sin escrúpulos, al que sólo
interesan los beneficios. Es un enfermo, no sólo adicto, al poder, sino también
al dinero, que envía a un escondite secreto en alguna parte.
—¿Sabía que lo que se filtra al agua del subsuelo son desechos
químicos? —preguntó Pitt.
—¿Químicos?
—Tengo entendido que el compuesto responsable de miles de
muertes que se han producido en esta parte del desierto está formado por un
aminoácido sintético y cobalto.
—No sabemos nada de lo ocurrido desde nuestra llegada a Tebezza
—dijo Monteux. Y, estremeciéndose perceptiblemente añadió—: Dios, esto es más
horrible de lo que nunca imaginé. Pero lo peor aún está por venir. Massarde ha
utilizado contenedores de baja calidad para almacenar los desechos nucleares y
tóxicos. La cámara de almacenamiento y todo el terreno en muchos kilómetros a
la redonda quedarán empapados de muerte líquida. Es sólo cuestión de tiempo.
—Hay algo más que usted no sabe —dijo Pitt—. El compuesto
químico se filtra hasta las corrientes subterráneas y llega al río Níger, por
el que, corriente abajo, alcanza el océano, y allí produce una explosión de
mareas rojas que está consumiendo toda la vida y el oxígeno del agua.
Monteux, abrumado por la noticia, se pasó las manos por el
rostro.
—¿Qué hemos hecho? De saber que Massarde estaba metido en una
operación chapucera y peligrosa, ninguno de nosotros se hubiera prestado a
colaborar.
Pitt miró escrutadoramente a Monteux.
—Pero cuando se inició la construcción, ustedes ya debieron de
sospechar los verdaderos planes de Massarde.
Monteux negó con la cabeza.
—Todos los que estábamos prisioneros en Tebezza éramos
consultores y contratistas ajenos al proyecto. Sólo estábamos implicados en el
diseño y la construcción del campo fotovoltaico y del reactor termal. Apenas
hacíamos caso de las excavaciones, que eran un proyecto completamente separado
de la Massarde Enterprises.
—¿Cuándo comenzaron ustedes a sospechar?
—Al principio, no sospechábamos nada. Si alguien, por simple
curiosidad, preguntaban a los obreros de Massarde, ellos contestaban que la
excavación era para almacenar temporalmente los residuos hasta su
destoxificación. El acceso a la zona sólo estaba permitido al equipo de
excavación subterránea. Sólo cuando el proyecto estaba casi terminado
comenzamos a ver más allá de las apariencias.
—¿Qué fue lo que al fin delató a Massarde? —preguntó Pitt.
—Cuando se realizaron satisfactoriamente las pruebas de
operación del reactor termal, todos supimos que las excavaciones cesarían. Por
aquel entonces comenzaron a llegar los materiales tóxicos en el ferrocarril que
Massarde había construido con mano de obra barata facilitada por el general
Kazim. Una noche, un ingeniero que trabajaba en los colectores solares
parabólicos robó una chapa de acceso y llegó a la cámara de almacenamiento.
Descubrió que las excavaciones no habían cesado, y que la tierra sobrante era
metida subrepticiamente en los contenedores llegados con los residuos tóxicos.
También vio cuevas llenas de bidones con residuos nucleares.
Pitt asintió con la cabeza.
—Mi amigo y yo también descubrimos esos secretos, sin darnos
cuenta de que estábamos saliendo en el programa de televisión privado de
Massarde.
—Antes de que pudieran detenerlo, el ingeniero regresó a
nuestros alojamientos e hizo circular la noticia. Poco después, cuantos no
éramos miembros de la Massarde Enterprises, junto con nuestras familias, fuimos
detenidos y enviados a Tebezza para evitar que el secreto trascendiera a
Francia.
—¿Cómo se justificó la súbita desaparición de todos ustedes?
—Con una historia falsa sobre un desastre sobrevenido en la
planta, un incendio que nos mató a todos. El gobierno francés ordenó una
investigación formal, pero Kazim negó la entrada en Malí a los extranjeros,
asegurando que su gobierno esclarecería lo sucedido. Naturalmente, no se hizo
nada y se informó que las cenizas de nuestros supuestos cadáveres habían sido
diseminadas en el desierto tras la adecuada ceremonia.
El tono verde de los ojos de Pitt se hizo más intenso.
—Massarde es muy meticuloso; pero ha cometido varios errores.
—¿Errores? —preguntó Monteux —curioso.
—Ha dejado viva a demasiada gente.
—Cuando usted fue capturado, tendría oportunidad de conocerlo.
Pitt acarició con un dedo una de las cicatrices que surcaban sus
mejillas.
—Tiene mal carácter, lo sé por experiencia.
Monteux sonrió.
—Si sólo le hizo ese regalito, considérese afortunado. Cuando
nos reunió para leernos nuestra sentencia de muerte como esclavos en las minas,
una mujer se resistió y escupió a Massarde en la cara. El, con toda calma, sacó
una pistola y le pegó un tiro entre los ojos, delante de su marido y de su hija
de diez años.
—Cuanto más sé de ese individuo, menos simpático me resulta
—comento Pitt con frialdad.
—He oído decir que esta noche intentaremos capturar un tren y
huir en él hacia Mauritania.
Pitt asintió con la cabeza.
—Ese es el plan, siempre que los militares malienses no nos
descubran antes.
—Hemos hablado entre nosotros —dijo solemnemente Monteux—. Nadie
está dispuesto a volver a Tebezza. Todos preferimos morir. Hemos hecho el pacto
de matar a nuestras esposas e hijos antes que permitir su regreso a la tortura
de las minas.
Pitt miró a Monteux y luego a las mujeres y niños que reposaban
en el suelo del arsenal. Su curtido rostro reflejó una mezcla de piedad e ira.
Luego, dijo suavemente:
—Esperemos no tener que llegar a eso.
Eva estaba excesivamente fatigada para dormir. Miró a los ojos
de Pitt y propuso:
—¿Qué tal si damos un paseo por el sol?
—No está permitido caminar en terreno abierto. El fortín debe
parecer abandonado para cualquier tren o avión que pase.
—Hemos pasado toda la noche viajando, y he estado casi dos
semanas encerrada bajo tierra. ¿No habrá ninguna forma de que pueda ver el sol?
Sin decir nada, Pitt mostró su mejor sonrisa de pirata, tomó a
Eva en sus brazos y la llevó hasta el patio de la entrada. Sin detenerse, subió
a la plataforma que daba a las almenas y sólo entonces posó a la mujer en el
suelo.
El sol cegó a Eva por unos momentos, de modo que no advirtió que
se acercaba un comando femenino que estaba de vigía.
—Deben permanecer abajo y no hacerse visibles —dijo—. Son
órdenes del coronel Levant.
—Un par de minutos —suplicó Pitt—. Mi amiga lleva mucho tiempo
sin ver un cielo azul.
La combatiente quizá pareciese dura como el acero en su traje de
faena lleno de munición y armas, pero poseía el doble de compasión y
comprensión que cualquier hombre. Un simple vistazo a la macilenta mujer que se
recostaba en Pitt bastó para suavizarla.
—Dos minutos —dijo con la más tenue de las sonrisas—. Luego
deben volver abajo.
—Gracias —dijo Eva—. No sabe cómo se lo agradezco.
La temperatura aún no era asfixiante cuando Pitt y Eva miraron
desde su atalaya más allá de las cercanas vías hacia el inmenso y desolado
territorio del norte. Extrañamente, y pese a que era Pitt y no Eva quien había
estado a punto de perecer en aquellos parajes, sólo él captaba la extraña
magnificencia del paraje.
—Me muero de ganas de volver a ver el mar —dijo Eva.
—¿Buceas? —preguntó él.
—No: sólo nado.
—La vida marina de Monterrey es muy variada. Entre una selva de
algas nadan peces bellísimos, y hay formaciones rocosas increíbles,
especialmente en la costa de Carmel, hacia Big Sur. Cuando lleguemos allí te
enseñaré a bucear con botella de oxígeno.
—Me muero de ganas.
Cerró los ojos y volvió la cabeza hacia el sol, bañándose en sus
rayos. Las mejillas se le colorearon al influjo del calor. El la miró, viendo
su enorme belleza a través de los estragos del calvario pasado. Los vigías
estacionados en las almenas parecieron dejar de existir. Deseaba tomarla en sus
brazos, olvidar los peligros, olvidarlo todo menos este momento, y besarla.
Y lo hizo.
Por un largo momento, ella se le abrazó estrechamente al cuello
y le devolvió el beso. El la enlazó por la cintura, haciéndola ponerse de
puntillas. Ninguno de los dos supo cuánto tiempo estuvieron así.
Al fin ella se separó y le miró a los ojos verdes opalinos
sintiendo debilidad, excitación y amor, todo en una sola y vertiginosa emoción.
Lentamente, susurró:
—Desde aquella cena en El Cairo, supe que jamás podría
resistirme a ti.
—Y yo que pensé que nunca volvería a verte... —dijo Pitt
suavemente.
—¿Regresarás a Washington una vez hayamos huido? —Eva lo
preguntó como si el éxito de la fuga estuviese garantizado. El, sin soltarla,
se encogió de hombros.
—Seguro que me necesitarán para trabajar en el control de la
marea roja. Y tú, un buen descanso, ¿y qué? ¿Otra misión humanitaria a un país
subdesarrollado para combatir alguna epidemia?
—Es mi tarea —murmuró Eva—. Salvar vidas es lo único que he
querido hacer desde que era pequeña.
—Pero eso no deja mucho tiempo para el amor.
—Ambos somos prisioneros de nuestros trabajos. La vigía se
acercó a ellos.
—Ya deben ponerse a cubierto —dijo, con cierto embarazo—. Todas
las precauciones son pocas, ¿no les parece?
Eva tomó el rostro de Pitt entre sus manos y obligó al hombre a
mirarla.
—¿Me considerarás una chica fácil si te digo que te deseo? Él
sonrió.
—Soy pieza fácil para las chicas fáciles.
Eva, burlonamente, hizo como si se atusara el pelo y se ajustase
las rotas y sucias ropas.
—¿Incluso para las que llevan dos semanas sin bañarse y están
huesudas como un famélico gato callejero?
—Pues no sé; pero más de una mujer sucia y huesuda ha logrado
sacar al animal que hay en mí.
Sin más palabras, Pitt la condujo al patio de la entrada y se
metieron por una puerta que daba a un pequeño cuarto contiguo a lo que en
tiempos fue la cocina y el comedor. Salvo por un barril de clavos, el lugar
estaba vacío. No se veía a nadie. Pitt la dejó allí durante un minuto y regresó
con dos mantas que procedió a tender sobre el suelo polvoriento. Luego fue a
cerrar la puerta.
Cuando volvieron a fundirse en un abrazo, apenas podían verse,
pues la única luz era la que entraba por el resquicio inferior de la puerta.
—Lamento no poder ofrecerte champán ni una cama king sine.
Eva arregló las mantas lo más primorosamente que pudo y luego
miró las viriles facciones de Pitt.
—Cerraré los ojos e imaginaré que estoy con mi bello amante en
la más lujosa suite del mejor hotel de San Francisco. Pitt la besó y rió
suavemente.
—Señora mía: tienes una imaginación prodigiosa.
51
Felix Verenne, secretario personal de Massarde, entró en el
despacho de su jefe.
—Llama Ismail Yerli, desde el cuartel general de Kazim. Massarde
asintió y descolgó el teléfono.
—Sí, Ismail, espero que tenga buenas noticias.
—Lamento decirle que las noticias son todo menos buenas, Míster
Massarde.
—¿Ha detenido Kazim a la unidad de combate de la ONU?
—No: aún la está buscando. Tal como pensábamos su avión fue
destruido, pero ellos se han desvanecido en el desierto.
—¿No pueden las patrullas seguir su rastro? —preguntó Massarde,
irritado.
—El viento del desierto lo ha borrado —replicó Yerli, sin perder
la calma—Todo vestigio de su paso ha desaparecido.
—¿Cuál es la situación en la mina?
—Los prisioneros se amotinaron, mataron a los guardas,
destruyeron el equipo y saquearon las oficinas. Los ingenieros también han
muerto. La mina tardará seis meses en volver a su funcionamiento normal.
—¿Qué hay de O'Bannion?
—Desaparecido. No hay rastro de su cuerpo. A la que mis hombres
sí encontraron fue a su sádica ayudante.
—¿Una norteamericana llamada Melika?
—Los prisioneros se desahogaron mutilando su cadáver, que está
casi irreconocible.
—Los asaltantes deben de haber detenido a O'Bannion para que
informe contra nosotros —sugirió Massarde.
—Aún es pronto para decirlo —replicó Yerli—. Los esbirros de
Kazim apenas han empezado a interrogar a los prisioneros. Otra noticia que
tengo y que no le hará a usted ninguna gracia, es que los dos norteamericanos,
Pitt y Giordino, fueron reconocidos por uno de los guardas supervivientes. No
sé cómo, huyeron de la mina hace más de una semana, llegaron a Argelia, y
regresaron con el contingente de la ONU.
Massarde se quedó estupefacto.
—Dios mío, eso significa que llegaron a Argel e hicieron
contacto con el exterior.
—Lo mismo pensé yo.
—¿Por qué no nos informó O'Bannion de la huida?
—Evidentemente, por miedo a su reacción y la de Kazim. Lo que
resulta un misterio es cómo esos dos hombres lograron recorrer más de
cuatrocientos kilómetros de desierto sin comida ni agua.
—Si han denunciado a sus superiores en Washington lo de la mina
con trabajadores esclavos, también les habrán revelado el secreto de Fort
Foureau.
—No tienen pruebas de nada —le recordó Yerli—. Ningún tribunal
internacional se tomará en serio la declaración de dos extranjeros que cruzaron
ilegalmente las fronteras de países soberanos y cometieron actos criminales
contra el gobierno maliense.
—Pero la planta será asediada por corresponsales de Prensa e
investigadores medioambientales de todo el mundo.
—No hay que preocuparse. Aconsejaré a Kazim que cierre las
fronteras a todos los extranjeros y que expulse a cuantos pretendan husmear por
aquí.
Intentando permanecer calmado, Massarde dijo:
—Olvida a los ingenieros y científicos franceses que contraté
para construir el proyecto y a los que luego encerré en Tebezza. En cuanto
estén a salvo, contarán su secuestro y encarcelamiento. Y, lo que aún es peor,
denunciarán nuestro vertedero ilegal de desechos tóxicos. La Massarde
Enterprises recibirá ataques por todos los frentes, y yo me veré ante
acusaciones criminales en todos los países en que tengo sucursales o proyectos
en marcha.
—Nadie sobrevivirá para testificar —dijo Yerli, como si emitiera
una conclusión predeterminada.
—¿Cuál es el siguiente paso? —preguntó Massarde.
—Ni las patrullas terrestre de Kazim ni las aéreas han
encontrado indicios de que los fugitivos hayan cruzado a Argelia. Eso significa
que continúan en Malí, ocultos y esperando que los rescaten.
—Cosa que las fuerzas de Kazim evitarán.
—Desde luego.
—¿Podrían haber tomado dirección oeste, hacia Mauritania? Yerli
meneó la cabeza.
—No. Entre ellos y la primera aldea con agua hay más de mil
kilómetros. Además, tampoco podían llevar combustible para cubrir tal
distancia.
—Hay que detenerlos, Ismail —dio Massarde, sin ocultar un toque
de desesperación—. Deben ser exterminados.
—Y lo serán —prometió Yerli—. Le doy mi palabra de que no
saldrán de Malí. Daremos caza hasta al último de ellos. Quizá puedan engañar a
Kazim; pero no a mí.
El Haj Ali permanecía sentado en la arena, a la sombra de su
camello, esperando el paso de un tren. Había recorrido más de doscientos
kilómetros desde su pueblo de Araouane para ver la maravilla del ferrocarril,
que le había descrito un inglés que pasó llevando a un grupo de turistas por el
desierto.
Como regalo por su decimocuarto cumpleaños, el padre de Ali le
había dado permiso para, con uno de los dos camellos de la familia, un
espléndido animal blanco, viajar hasta los relucientes raíles y contemplar con
sus propios ojos al enorme monstruo de acero. Aunque había visto automóviles y
distantes aviones en el cielo, otras maravillas, como las cámaras, las radios y
los televisores, eran un misterio para él. Pero ver una locomotora, y quizá
incluso tocarla, lo convertiría en la envidia de todos los muchachos y
muchachas de la aldea.
Mientras esperaba, bebía té y comía dulces. Al cabo de tres
horas, y como no aparecía ningún tren, montó en su camello y, siguiendo las
vías, se dirigió hacia la planta de Fort Foureau. Así podría hablar a su
familia de los inmensos edificios que se alzaban en el desierto.
Al pasar entre el abandonado fortín de la Legión Extranjera,
rodeado de alto muros, aislado y solitario, se apartó de los raíles y, por
simple curiosidad, fue hacia la entrada. Las grandes puertas, blanqueadas por
el sol, estaban firmemente cerradas. Se bajó del camello y lo condujo en torno
a los muros, buscando alguna abertura por la que entrar, pero sólo encontró
barro y piedras, así que desistió y regresó a la vía.
Miró hacia el oeste, intrigado por la forma en que los plateados
raíles se perdían en la distancia y parecían rizarse bajo las olas de calor que
se levantaban de las ardientes arenas. De pronto vio algo flotando ante él y
aumentando de tamaño a medida que se aproximaba. Excitadamente, pensó que se
trataba del gran monstruo de acero.
Pero cuando el objeto estuvo más cerca, Ali pudo ver que era
demasiado pequeño para tratarse de una locomotora. Luego distinguió a dos
hombres montados en él, como si se tratase de un automóvil abierto rodando
sobre las vías. Ali se apartó del tendido y permaneció junto a su camello
mientras la vagoneta de motor que transportaba a dos empleados que estaban
inspeccionando las vías se detenía frente a él.
Uno de los guardavías era un extranjero blanco. El otro, un moro
de oscura piel, lo saludó.
—Sallarn al laikum.
—Al laikum el sallam —replicó Ali.
—¿De dónde eres, muchacho? —preguntó el moro en la lengua
beréber de los tuaregs.
—De Araouane, y he venido a ver el monstruo de acero.
—Has recorrido un largo camino.
—El viaje ha sido fácil —se jactó Ali.
—Tienes un excelente camello.
—Mi padre me prestó el mejor.
El moro consultó su reloj de oro.
—No tendrás que esperar mucho. El tren de Mauritania pasará
dentro de cuarenta y cinco minutos.
—Gracias. Esperaré.
—¿Viste algo interesante dentro del viejo fuerte?
Ali movió negativamente la cabeza.
—No pude entrar. Las puertas están cerradas.
Los dos guardavías cambiaron miradas de extrañeza y conversaron
entre ellos en francés por unos momentos. Luego el moro preguntó:
—¿Estás seguro? El fuerte siempre está abierto. Allí es dónde
guardamos las traviesas y el equipo para reparar el tendido.
—No miento. Véanlo ustedes mismos.
El moro bajó de la vagoneta y fue hasta la fachada del fortín.
Regresó minutos más tarde y habló al blanco en francés a su compañero.
—El chico tiene razón. Las puertas principales están cerradas
por dentro.
El guardavías francés se puso serio.
—Debemos seguir hasta la planta e informar sobre ello. El moro
asintió con la cabeza y volvió a montar en la vagoneta. Dirigió a Ali un saludo
con la mano.
—Cuando llegue el tren, no te quedes cerca de la vía, y sujeta
bien a tu camello.
La vagoneta a motor se alejó por las vías en dirección a las
instalaciones de la planta incineradora. Tras ellos quedó Ali junto a su
camello, que con su mirada estoica perdida en el horizonte, escupió en la vía.
El coronel Marcel Levant comprendió que no podía impedir que el
muchacho nómada y el guardavías inspeccionasen el exterior del fortín.
Silenciosas y amenzadoras, una docena de invisibles ametralladoras habían
estado apuntadas hacia los curiosos. Hubiera sido fácil abatirlos y meterlos
luego en el fuerte, pero Levant no tenía estómago para matar a civiles
inocentes, así que se salvaron.
—¿Qué le parece, señor? —preguntó PembrokeSmythe, mientras la
vagoneta se dirigía por los rieles hacia la estación de seguridad de la planta.
Levant estudió al muchacho y a su camello con ojos fruncidos,
como los de un francotirador. El chico y el animal seguían descansando junto a
los rieles, esperando el paso del tren.
—Si los de la vagoneta le cuentan a los guardas de seguridad de
Massarde que el fuerte está cerrado, una patrulla armada vendrá a investigar.
PembrokeSmythe consultó su reloj.
—Faltan siete horas largas para la noche. Esperemos que sean
lentos en reaccionar.
—¿Ha habido noticias del general Bock? —preguntó Levant.
—Hemos perdido el contacto. La radio se averió durante el viaje
desde Tebezza y por culpa del continuo traqueteo, y sus circuitos están
dañados. No podemos transmitir, y además, la recepción es débil. El último
mensaje del general nos llegó demasiado turbio para ser adecuadamente
descodificado. Lo único que el operador pudo entresacar fue algo referente a
una fuerza especial de operaciones norteamericana que enlazaría con nosotros en
Mauritania.
Levant miró incrédulamente a PembrokeSmythe.
—Así que vienen los norteamericanos, pero ¿sólo hasta
Mauritania? Dios bendito, eso está a trescientos kilómetros de aquí. ¿De qué
demonios van a servirnos en Mauritania si nos atacan antes de cruzar la
frontera?
PembrokeSmythe se encogió de hombros impotente.
—El mensaje era confuso, señor. El operador de radio hizo lo que
pudo. Quizá entendiese mal.
—¿No puede acoplar de algún modo la radio a nuestra red de
comunicaciones de combate?
PembrokeSmythe negó con la cabeza.
—Ya se le ha ocurrido; pero los sistemas no son compatibles.
—Ni siquiera sabemos si el almirante Sandecker descifró
adecuadamente la clave de Pitt —dijo Levant con cansancio—. Así que Bock puede
imaginarse tanto que estamos vagando en círculos por el desierto como
dirigiéndonos hacia Argelia.
—Yo prefiero ser optimista, señor.
Levant meneó la cabeza con pesar y se recostó contra un muro.
—No tenemos posibilidad de huir. Carecemos del combustible
necesario. Es casi seguro que los malienses acabarían con nosotros si
estuviéramos en terreno abierto. No tenemos contacto con el mundo exterior. Me
temo que muchos de nosotros moriremos en esta ratonera, PembrokeSmythe.
—Mírelo por el lado bueno, coronel. Con un poco de suerte los
norteamericanos se presentarán aquí para rescatarnos, como el Séptimo de
Caballería del general Custer.
—¡Vaya por Dios! —gimió Levant—. ¿Por qué tenía que mencionar
precisamente a Custer?
Giordino estaba tumbado de espaldas bajo uno de los vehículos de
transporte de personal, soltando una ballesta del chasis cuando las botas y las
piernas de Pitt aparecieron en su reducido campo de visión.
—¿Dónde has estado? —gruñó, mientras desenroscaba una tuerca.
—Atendiendo a los débiles y enfermos —replicó jovialmente Pitt.
—Pues ahora ocúpate de construir el armazón de tu extravagante
cómolollames. Puedes utilizar las vigas del techo del alojamiento de oficiales.
Aunque están secas, son fuertes.
—Veo que has estado muy ocupado.
—Lástima que tú no puedas decir lo mismo —se quejó Giordino—. Y
ya puedes ir pensando cómo demonios vas a sujetar tu invento.
Pitt dejó en el suelo, a la vista de Giordino, un pequeño barril
lleno de clavos.
—Problema resuelto. En la cocina encontré clavos.
—¿En la cocina?
—En un cuarto contiguo a la cocina —se corrigió Pitt.
Giordino salió de debajo del vehículo y estudió a Pitt. Con la
mirada, que fue desde las botas descordadas hasta el uniforme de combate
semiabierto y el cabello revuelto. Cuando al fin habló, lo hizo con evidente
sarcasmo.
—Seguro que no fuiste allí solo, ni a buscar clavos.
52
Cuando, procedente de Fort Foureau, llegó el informe de los dos
guardavías, el comandante Sid Ahmed Gowan, jefe personal de inteligencia de
Kazim, le echó un rápido vistazo y lo dejó de lado, sin ver en él nada
interesante, ni encontrar razón alguna para pasárselo a aquel turco
entrometido, el tal Ismail Yerli.
A Gowan no se le ocurrió establecer una conexión entre un fuerte
abandonado y una escurridiza presa supuestamente situada cuatrocientos
kilómetros más al norte. El hombre decidió que los trabajadores ferroviarios
que aseguraban que el fortín estaba cerrado por dentro no eran más que un par
de empleados que intentaban congraciarse con sus jefes.
Pero a medida que fueron transcurriendo las horas sin que se
encontrara ni rastro de la fuerza de la ONU, el comandante Gowan echó un nuevo
vistazo al informe y sus sospechas comenzaron a crecer. Era un hombre metódico,
joven y muy inteligente, el único oficial de las fuerzas de seguridad del
general Kazim que se había educado en Europa, graduándose en St. Cyr, la
primera academia militar de Francia. Comenzó a ver la posibilidad de apuntarse
un tanto ante su jefe y de dejar en ridículo a Yerli como especialista en
inteligencia.
Levantó el teléfono y llamó al jefe de las fuerzas aéreas
malienses para solicitar un reconocimiento aéreo del desierto al sur de
Tebezza, a fin de detectar sobre todo rodadas de vehículos en la arena. Como
precaución adicional, también ordenó que se detuviese todos los trenes que
fueran a entrar o salir de la planta. Gowan se dijo que, si la fuerza de la ONU
había cruzado efectivamente el desierto hacia el sur sin ser observada, quizá
se hubiese escondido el viejo fuerte de la Legión Extranjera durante las horas
de luz. Como era casi seguro que sus vehículos andarían escasos de combustible,
lo más probable era que esperasen a la noche para intentar capturar un tren con
destino a Mauritania.
Lo único que Gowan necesitaba para confirmar su corazonada era
un avistamiento aéreo de rodadas recientes entre Tebezza y el ferrocarril.
Seguro de encontrarse sobre la pista correcta, llamó a Kazim y le explicó su
nueva propuesta para la operación de búsqueda.
Dentro del fortín, el sufrimiento más duro de sobrellevar era el
que implicaba el factor tiempo. Todos contaban los minutos que faltaban para la
noche. Cada hora que pasaba sin indicios de un ataque era como un precioso
regalo. Pero hacia las cuatro de la tarde, Levant tuvo la plena certeza de que
algo iba terriblemente mal.
Se encontraba en las almenas, estudiando a través de unos
prismáticos la planta de Fort Foureau, cuando se le acercó PembrokeSmythe,
seguido por Pitt.
—¿Me mandó llamar, coronel? —preguntó Pitt.
Sin bajar los prismáticos, Levant contestó:
—Cuando usted y Mr. Giordino se introdujeron en la planta,
¿cronometraron las salidas y las entradas de los trenes?
—Sí, alternaban. Entraba uno a las tres horas de la salida del
anterior.
Levant bajó los prismáticos y miró a Pitt.
—Entonces, ¿cómo interpreta el hecho de que en cuatro horas y
media no ha aparecido ningún tren?
—Algún problema en las vías, un descarrilamiento, fallo del
equipo... Puede haber mil causas que justifiquen un retraso en el horario.
—¿Cree realmente eso?
—Ni por un momento.
—Entonces, ¿qué opina? —insistió Levant.
Pitt contempló los vacíos raíles que pasaban frente al viejo
fortín.
—Si tuviera que apostar un año de sueldo, diría que nos han
descubierto.
—¿Cree que han detenido los trenes para evitar que escapemos?
Pitt movió afirmativamente la cabeza.
—Era razonable suponer que, una vez Kazim averiguara el rumbo
que tomamos, y sus patrullas detectaran las rodadas de nuestros vehículos yendo
en dirección sur, hacia el tendido ferroviario, comprendería que nuestro
propósito es secuestrar un tren.
—Los malienses son más listos de lo que yo pensaba —admitió
Levant—. Ahora estamos atrapados y sin posibilidades de comunicarnos con el
general Bock.
PembrokeSmythe carraspeó.
—Si me lo permite, señor, quisiera presentarme voluntario para
salir a escape en dirección a la frontera a fin de reunirme con el equipo
norteamericano de Fuerzas Especiales y traerlo hasta aquí.
Levant dirigió una ceñuda mirada a su subalterno.
—Sería un suicidio.
—O nuestra única oportunidad de salvación. Yendo en el vehículo
rápido de ataque, puedo plantarme en la frontera antes de seis horas.
—Peca de optimista, capitán —lo corrigió Pitt—. Yo he conducido
por esta parte del desierto. Yendo a toda velocidad por una superficie
aparentemente firme y plana, de pronto puede despeñarse por un barranco de
quince metros. E ir atravesando las dunas es impensable. Yo diría que, en el
mejor de los casos, llegaría usted a Mauritania a última hora de mañana por la
mañana.
—Pienso ir en línea recta por el tendido férreo.
—Imposible. Las patrullas de Kazim lo alcanzarían antes de que
hubiese recorrido cincuenta kilómetros. Y eso si no han puesto barreras en la
vía.
—¿Olvida nuestra escasez de combustible? —añadió Levant—. Con el
que tenemos, no cubriría usted ni un tercio del camino.
—Podemos coger el que aún queda en los depósitos de los
vehículos de personal —dijo PembrokeSmythe, sin darse por vencido.
—Correría usted un gran riesgo —dijo Pitt. PembrokeSmythe se
encogió de hombros.
—El riesgo es la sal de la vida.
—No puede ir solo —dijo Levant.
—Un cruce nocturno del desierto a alta velocidad puede ser
sumamente peligroso —advirtió Pitt—. Necesitará un copiloto y un navegante.
—No propongo una travesía solitaria —afirmó PembrokeSmythe.
—¿En quién ha pensado?
Smythe dirigió una sonriente mirada al alto hombre de la NUMA.
—En Mr. Pitt o en su amigo Giordino, pues ambos ya han aprobado
un curso intensivo de supervivencia en el desierto.
—Un civil no será de gran ayuda en un enfrentamiento con las
patrullas de Kazim —advirtió Levant.
—Me propongo aligerar el vehículo de asalto quitándole el
blindaje y el armamento. Llevaremos una rueda de repuesto, herramientas, agua
para veinticuatro horas, y armas cortas.
Con su habitual parsimonia, Levant reflexionó cuidadosamente
sobre el arriesgado plan de PembrokeSmythe. Luego asintió con la cabeza.
—Muy bien, capitán. Que preparen el vehículo.
—Sí, señor.
—Sin embargo, hay otra cosa.
—¿Señor...?
—Lamento frustrar sus planes; pero no puedo prescindir de sus
servicios como lugarteniente. Tendrá que mandar a alguien en su lugar. Propongo
al teniente Steinholm. Si no recuerdo mal, en una ocasión participó en el
Raylle de Monte Carlo.
PembrokeSmythe ni siquiera intentó ocultar su decepción. Pareció
a punto de decir algo, pero en vez de ello, sin una sola protesta, se cuadró y
a, toda prisa, bajó la escalera hasta el patio de la entrada.
Levant miró a su compañero.
—Tendrá usted que presentarse voluntario, Mr. Pitt. Carezco de
autoridad para ordenarle que vaya.
—Coronel... —replicó Pitt con una sonrisa apenas perceptible—,
durante la última semana, he sido perseguido por todo el Sahara, he estado a
milímetros de morir de sed, han disparado contra mí, me han cocido como a una
langosta, y me han sacudido en la cara todos los indeseables con los que me he
tropezado. El amigo Pitt ya ha tenido bastante. Aquí me quedo. Al Giordino
acompañará al teniente Steinholm.
Levant sonrió.
—Es usted un cuentista, Mr. Pitt, un cuentista de tomo y lomo.
Sabe tan bien como yo que permanecer aquí significa una muerte segura. Dar a su
amigo la oportunidad de escapar es un noble gesto. Le respeto profundamente por
ello.
—Los gestos nobles no son mi especialidad. Lo que ocurre es que
no me gusta dejar trabajos sin acabar.
Levant miró hacia la extraña máquina que estaba tomando forma
junto a uno de los muros.
—Se refiere a su catapulta.
—En realidad, es una especie de ballesta de muelles.
—¿Cree realmente que servirá de algo contra unos vehículos
blindados?
—Sí, claro que servirá —dijo Pitt, en tono de total confianza—.
Lo que está por ver es si servirá bien o mal.
Poco después del crepúsculo fueron retirados los sacos terreros
y las improvisadas obstrucciones de la entrada principal del fuerte, y sus
grandes puertas se abrieron. El teniente Steinholm, un austríaco grande, rubio
y atractivo, se colocó tras el volante y recibió las últimas instrucciones de
PembrokeSmythe.
Giordino, que se encontraba junto al buggy semidesguazado, se
despedía de Pitt y Eva.
—Hasta la vista, viejo —dijo a Pitt, con una sonrisa forzada—.
Deberías ir tú y no yo.
Pitt dio a Giordino un rápido y fuerte abrazo.
—Cuidado con los baches.
—Steinholm y yo volveremos para el almuerzo, con pizzas y
cerveza.
Las palabras carecían de sentido. Ninguno de los dos hombres
dudaba ni por un segundo que, para el mediodía del día siguiente, el fuerte y
todos los que se escondían en el no serían más que un recuerdo.
—Tendré una luz en la ventana —dijo Pitt.
Eva besó a Giordino levemente en la mejilla y le tendió un
pequeño paquete envuelto en plástico.
—Un tentempié para el camino.
—Gracias. —Giordino se dio la vuelta para ocultar sus ojos
humedecidos. La sonrisa desapareció de su rostro y en su lugar se instaló una
expresión de inmensa tristeza. Montó en el vehículo de ataque y dijo a
Steinholm—. Pisa a fondo.
El teniente asintió, puso la primera y clavó el acelerador en el
suelo. El buggy saltó hacia delante, cruzó como una exhalación las puertas del
fuerte y se alejó en el desierto bañado por la anaranjada luz del cielo
occidental, dejando tras de sí una estela de polvo.
Giordino se volvió en su asiento y miró hacia atrás. Pitt estaba
en el exterior de la puerta, rodeando con un brazo la cintura de Eva. Alzó una
mano en señal de despedida. Todavía percibía la animosa sonrisa de Pitt cuando
el polvo levantado por el vehículo le borró toda visión.
Por un largo minuto, todos contemplaron cómo se alejaba el
buggy. Mientras el vehículo se convertía en una lejana mota, las reacciones de
los sitiados, iban desde el desaliento hasta la resignación. Todas sus
esperanzas de sobrevivir iban con Giordino y Steinholm. Luego Levant dio una
orden, y los comandos cerraron y atrancaron las grandes puertas por última vez.
El comandante Gowan recibió el informe que esperaba de una
patrulla de helicópteros que siguió las rodadas del convoy de Levant hasta que
desaparecieron en la línea férrea. Al llegar la noche se suspendió la búsqueda.
Los pocos aviones de las Fuerza Aérea maliense dotados con equipo de visión
nocturna estaban en reparación. Pero Gowan no necesitaba más misiones de
reconocimiento y búsqueda. Sabía dónde se ocultaba su presa. Llamó a Kazim y le
confirmó sus suposiciones. Encantado, Kazim lo ascendió en el acto a coronel, y
le prometió una condecoración por servicios destacados.
La participación de Gowan en las operaciones había terminado.
Encendió un cigarro, apoyó los pies en el escritorio, y se sirvió una copa de
costoso coñac Remy Martin, que guardaba en el escritorio para las ocasiones
especiales. Y ésta, sin duda, era una ocasión especial.
Desgraciadamente para su comandante en jefe, el general Kazim,
las agudas dotes de percepción y deducción de Gowan ya no volverían a emplearse
en la operación. Justo cuando Kazim necesitaba más a su jefe de inteligencia,
el recién nombrado coronel se marchó a su villa junto al Níger para reunirse
con su amante francesa, ajeno a la tormenta que estaba fraguándose en el
desierto.
Massarde estaba al teléfono, escuchando por boca de Yerli el
informe de última hora sobre el desarrollo de la búsqueda.
—Los tenemos —anunció triunfalmente Yerli, apropiándose del
mérito del intuitivo comandante Gowan—. Pensaron que podían despistarnos
tomando una ruta inversa a la previsible y dirigiéndose hacia el interior, pero
a mí no me engañaron. En estos momentos se encuentran atrapados en el
abandonado fortín de la Legión, muy cerca de donde usted está.
—Me alegra mucho oír eso —dijo Massarde, lanzando un gran
suspiro. ¿Qué planea Kazim?
—De entrada, exigir la rendición.
—¿Y si se rinden?
—Someterá a juicio a los comandos y a sus oficiales por invadir
el país. Una vez convictos, se les mantendrá como rehenes a cambio de
concesiones económicas de las Naciones Unidas. A los prisioneros de Tebezza se
les conducirá a las mazmorras de interrogatorio, donde recibirán su merecido.
—No —dijo Massarde—. Eso no es lo que yo quiero. La única
solución es destruirlos a todos, y cuanto antes. No debe quedar nadie con vida
para hablar. No podemos permitirnos más complicaciones. Insisto en que persuada
a Kazim de que acabe con este asunto inmediatamente.
La exigencia fue tan tajante y brusca que Yerli, desconcertado,
se quedó mudo por unos instantes. Al fin, dijo:
—Muy bien... Haré cuanto pueda por convencer a Kazim de que
lance el ataque a primera hora de la mañana con sus cazarreactores, seguidos
por unidades de asalto transportadas en helicóptero. Por fortuna, en las
proximidades están haciendo maniobras tres compañías de infantería y cuatro
tanques pesados.
—¿No puede asaltar el fuerte esta noche?
—Necesitará tiempo para reunir sus fuerzas y coordinar un
ataque, y no podrá hacerlo hasta el amanecer.
—Cerciórese de que Kazim hace todo lo necesario para evitar que
Pitt y Giordino escapen de nuevo.
—Ese fue el motivo por el que tomé la precaución de detener
todos los trenes de Mauritania, tanto los que entraban como los que salían
—mintió Yerli.
—¿Dónde se encuentra usted ahora?
—En Gao, a punto de abordar el avión de mando que tan
generosamente regaló usted a Kazim. El general piensa supervisar personalmente
el asalto.
—Recuérdelo, Yerli —dijo Massarde. Con toda la paciencia que
pudo reunir—. Nada de prisioneros.
53
Llegaron poco después de las seis de la mañana. Los miembros del
equipo táctico de la ONU estaban exhaustos tras cavar profundas trincheras
junto a la base de los muros, pero todos se encontraban alerta y dispuestos a
resistir. La mayoría estaban metidos en sus agujeros, como topos, en previsión
del esperado ataque aéreo. En el arsenal subterráneo, los médicos montaron un
hospital de campaña, en el que los ingenieros franceses y sus familias se
acurrucaron en el suelo, bajo viejas mesas y muebles, para protegerse de los
cascotes que pudieran caer del techo. En las almenas del fortín, únicamente
protegidos por los parapetos y por sacos terreros apresuradamente amontonados,
sólo quedaban Levant, PembrokeSmythe, y la dotación de la ametralladora Vulcan
que antes estuvo en el buggy de ataque.
Los cazarreactores fueron oídos antes que vistos, e
inmediatamente se dio la alarma.
En vez de ponerse a cubierto, Pitt siguió con su catapulta,
haciendo frenéticos ajustes de última hora. Las ballestas de camión, montadas
verticalmente en el interior de un complicado armazón de vigas de madera,
estaban dobladas casi por la mitad por el sistema hidráulico de la carretilla
elevadora, hallada con el resto de los materiales ferroviarios. Acoplada a los
comprimidos resortes había una plancha acanalada sobre la cual se había
colocado un bidón medio lleno de gasóleo, con agujeros en la parte superior.
Tras ayudar a Pitt a montar su estrambótico invento, los hombres de Levant se
separaron de él. Recelaban de que el bidón de gasóleo, en lugar de ser arrojado
por encima del muro, reventara dentro del fortín y abrasara a cuantos se
encontraban en el patio.
Levant se arrodilló tras el parapeto, con la espalda protegida
por un montón de sacos terreros y escrutó en el cielo despejado. Localizó los
aviones y los estudió a través de sus prismáticos. Los aparatos volaban en
círculo, a no más de quinientos metros sobre el desierto, y sólo tres
kilómetros al sur del fuerte. El francés advirtió que los malienses no tomaban
la menor precaución contra posibles misiles tierra-aire. Aparentemente, partían
de la base de que el fuerte carecía de medios efectivos para defenderse de un
ataque.
Como muchos líderes militares tercermundistas, que preferían lo
aparente a lo práctico, Kazim había comprado a los franceses unos rápidos cazas
Mirage más por hacer ostentación de ellos que para utilizarlos en combate.
Teniendo poco que temer de sus países vecinos, mucho más débiles, las fuerzas
militares de Kazim se habían creado sobre todo para halagar su ego y para
meterle el miedo en el cuerpo a cualquier posible revolucionario.
La fuerza de ataque maliense estaba respaldada por una flotilla
de helicópteros con armamento ligero, cuyos únicos cometidos eran las misiones
de reconocimiento y el transporte de tropas de asalto. Sólo los cazas podían
lanzar misiles capaces de dejar fuera de combate a un tanque o derribar
fortificaciones. Pero los pilotos carecían de las nuevas bombas guiadas por
láser, de modo que debían apuntar y guiar manualmente sus anticuados misiles
tácticos contra el objetivo.
—Capitán PembrokeSmythe: permanezca junto a la dotación de la
Vulcan —dijo Levant por el micrófono de su casco.
—Estoy con Madeleine y listo para abrir fuego —respondió el
inglés, desde el emplazamiento artillero del muro opuesto.
—¿Madeleine?
—La dotación se ha encariñado con la ametralladora, señor, y la
ha bautizado con el nombre de una muchacha de cuyos favores disfrutaron en
Argelia.
—Pues procure que Madeleine no se encasquille.
—Sí, señor.
—Deje que el primer avión efectúe su ataque. Luego abátalo por
detrás cuando haya pasado de largo. Si calcula bien, luego tendrá usted tiempo
de girar ciento ochenta grados el ángulo de tiro y disparar contra el siguiente
aparato antes de que suelte sus misiles.
—Muy bien, señor.
En ese mismo instante, el primer Mirage rompió la formación,
descendió a setenta y cinco metros y, sin tomar ninguna precaución contra el
posible fuego de tierra, se lanzó al ataque. El piloto no era ningún as. Llegó
demasiado despacio y disparó tarde sus dos misiles.
Impulsado por un motor monofásico de combustible sólido, el
primer misil pasó sobre el fuerte y su potente cabeza explosiva detonó de modo
inofensivo contra la arena del desierto. El segundo explotó contra el muro
norte, en cuya parte alta hizo un boquete de dos metros, salpicando de cascotes
todo el patio de la entrada.
El artillero de la Vulcan siguió el vuelo rasante del caza y,
cuando pasó sobre el fortín, abrió fuego. La ametralladora de seis cañones
giratorios, dispuesta para disparar mil proyectiles por minuto, (su máximo eran
dos mil) escupió una andanada de proyectiles de veinte milímetros contra el
expuesto aparato, una de cuyas alas se soltó tan limpiamente como si la hubiese
rebanado un bisturí de cirujano. El Mirage quedó boca abajo y fue a estrellarse
contra el suelo.
Inmediatamente, Madeleine giró ciento ochenta grados y volvió a
disparar. Su chorro de balas alcanzó de frente al segundo caza. Se produjo una
negra nube y el caza explotó en llamas y se desintegró, alcanzando alguno de
sus pedazos la parte exterior de los muros.
El siguiente piloto, presa del pánico, lanzó sus misiles
demasiado pronto y se retiró. Con divertida expresión, Levant observó cómo dos
explosiones gemelas abrían sendos cráteres más de doscientos metros por delante
del fuerte. Al verse privada de su líder, la escuadrilla interrumpió el ataque
y comenzó a volar en círculos fuera del alcance de Madeleine.
—Buena puntería —felicitó Levant a la dotación de la Vulcan—.
Ahora que ya saben que mordemos, lanzarán sus misiles desde una distancia mayor
y con menor precisión.
—Sólo nos quedan seiscientos proyectiles —informó
PembrokeSmythe.
—Consérvelos por ahora y haga que sus hombres se pongan a
cubierto. Dejaremos que nos vapuleen durante un rato. Tarde o temprano
abandonarán las precauciones y volverán a acercársenos.
Kazim escuchó cómo sus pilotos hablaban excitadamente unos con
otros por la radio, y presenció la debacle inicial por el sistema de
vídeotelefoto de los monitores del centro de mando. Los pilotos, con la
autoconfianza mermada tras su primer combate real con un enemigo que respondía
a sus disparos, farfullaban confusamente por la radio, como niños asustados
suplicando instrucciones.
Con el rostro congestionado por la ira, Kazim entró en la cabina
de comunicaciones y comenzó a gritar por la radio:
—iCobardes! Os habla el general Kazim. Vosotros, los aviadores,
sois mi brazo derecho, los ejecutores de mi justicia. ¡Atacad! Aquel que no
demuestre coraje, será ejecutado en cuanto aterrice, y toda su familia irá a la
cárcel.
Faltos de adiestramiento, y sobrados de vanidad, los pilotos
malienses estaban más hechos a pavonearse por las calles y perseguir chicas
bonitas que a enfrentarse a un enemigo dispuesto a matarlos. Los franceses
habían hecho un meritorio esfuerzo por modernizar a los nómadas del desierto,
enseñándoles tácticas de combate aéreo, pero las costumbres ancestrales y los
viejos modos estaban demasiado acendrados en ellos y no les permitían ser
combatientes eficaces.
Espoleados por las palabras de Kazim, y más temerosos de su ira
que de los proyectiles y la metralla que habían acabado con su líder y con su
lugarteniente, reanudaron el ataque de muy mala gana. De uno en uno fueron
lanzándose contra los aún enhiestos e imponentes muros del viejo fortín de la
Legión Extranjera.
Como si se considerase «inabatible», Levant, erguido en las
almenas, observaba el ataque con la calma del espectador de un partido de
tenis. Los dos primeros cazas dispararon sus misiles y se retiraron
rápidamente, antes de ponerse a tiro del fuerte. Los cohetes pasaron altos y
fueron a explosionar al otro de las vías.
Llegaban por todos los lados, en maniobras absurdas e
impredecibles. Su asalto debiera haber sido metódico y organizado,
concentrándose en arrasar uno de los muros en vez de atacar caprichosamente el
fortín desde la dirección que mejor les venía. Al cabo de un rato de cesar el
fuego enemigo, la puntería de los pilotos mejoró, y el fuerte comenzó a recibir
devastadores impactos. Enormes boquetes se abrieron en los muros, que
comenzaron a derrumbarse.
Luego, según lo previsto por Levant, los pilotos se confiaron,
haciéndose más osados y acercándose cada vez más para lanzar sus misiles. El
francés se levantó de su pequeño puesto de mando y se sacudió el polvo del
uniforme de combate.
—¿Alguna baja, capitán PembrokeSmythe?
—No se me ha informado de ninguna, coronel.
—Llegó la hora de que Madeleine y sus amigos vuelvan a ganarse
el sueldo.
—La dotación ya está en sus puestos, señor.
—Si los administra bien, le quedan suficientes proyectiles para
derribar a otros dos pajarracos.
La cosa resultó más fácil de lo que era de prever: dos de los
aviones avanzaban en vuelo rasante hacia el fuerte con las puntas de alas
tocándose. La Vulcan giró hacia ellos y abrió fuego. Al principio pareció que
los artilleros habían fallado. Luego se produjo una llamarada y del Mirage de
estribor surgió una negra nube de humo. El avión no estalló, ni pareció que el
piloto perdiera el control. Simplemente, el morro descendió en leve ángulo y el
caza picó hasta estrellarse contra la arena.
Madeleine giró hacia el caza de babor y escupió centenares de
lenguas de fuego. Segundos más tarde, el último de los proyectiles salió por
los cañones giratorios y el arma quedó súbitamente muda, pero no sin antes
haber convertido en chatarra el segundo caza. Piezas del aparato saltaron por
los aires, incluida la cúpula de la carlinga.
Extrañamente, no hubo humo ni fuego. El Mirage se desplomó en el
desierto, rebotó y fue a estrellarse contra el muro oriental del fuerte,
estallando con ensordecedor estruendo y lanzando piedras y llameantes restos
sobre el patio de la entrada, en el que el alojamiento de oficiales se vino
abajo. Los sitiados sintieron como si el viejo y cansado fortín hubiera sido
alzado por los aires.
Pitt fue zarandeado y arrojado al suelo por la onda expansiva.
Parecía como si la detonación se hubiese producido directamente sobre su
cabeza, cuando en realidad procedía del extremo opuesto del fuerte. Le costaba
respirar, como si tratara de aspirar en el vacío.
Logró ponerse de rodillas, tosiendo a causa del polvo que
saturaba el aire del fortín. Su primera preocupación fue la catapulta, pero
ésta seguía indemne entre la nube de polvo. Luego se fijó en un cuerpo que
yacía en el suelo junto a él.
—Dios... mío... —murmuró trabajosamente el hombre.
Fue entonces cuando Pitt reconoció a PembrokeSmythe, a quien la
explosión había hecho caer de las almenas. El norteamericano se acercó a gatas
y miró al caído, que tenía los ojos cerrados. Su único indicio visible de vida
era el latir del pulso en el cuello.
—¿Cómo se encuentra? —A Pitt no se le ocurrió otra cosa que
preguntar.
—Sin resuello, y con la espalda fastidiada —murmuró entre
dientes PembrokeSmythe.
Pitt contempló la sección del muro que se había derrumbado.
—Ha sido toda una caída. No veo sangre, ni huesos que parezcan
rotos. ¿Puedes mover las piernas?
PembrokeSmythe logró alzar las rodillas y agitar los pies.
—Al menos, mi espinazo sigue de una pieza. —Luego alzó una mano
y señaló algo al otro lado del patio.
El polvo había comenzado a posarse, y la expresión del inglés se
tornó desolada al ver el gran montón de escombros que había sepultado a varios
de sus hombres.
—¡Desentierre a esos pobres! —suplicó—. ¡Desentiérrelos, por el
amor de Dios!
Pitt contempló el muro destrozado y caído. Lo que fuera un
imponente bastión de hormigón y piedra se había vuelto un inmenso montón de
cascotes. Nadie que se hallase bajo la pared derribada podría haber
sobrevivido, y los que, por encontrarse en sus trincheras, pudieran seguir con
vida, no tardarían en morir de asfixia. Con un escalofrío de horror, Pitt
comprendió que sólo un equipo de construcción bien equipado podría sacar a
tiempo a los enterrados.
Antes de que pudiera reaccionar, otra andanada de misiles
alcanzó el fuerte, arrasando la cocina y el comedor. Las vigas del techo no
tardaron en arder, provocando una columna de humo que se elevó en el aire
sofocante de la mañana. Ahora los muros tenían el aspecto de haber recibido los
golpes de una maza mastodóntica manejada por un gigante. La pared norte era la
que menos daños habían sufrido e, increíblemente, la puerta principal seguía
intacta. Pero los otros tres muros estaban seriamente dañados y con grandes
melladuras en su parte superior.
Habiendo perdido cuatro de sus aviones, agotada su reserva de
misiles, y escasos de combustible, los cazarreactores que quedaban se
reagruparon y emprendieron el regreso a su base. Los comandos de la ONU
supervivientes salieron de sus refugios bajo tierra como muertos de sus tumbas
y, desesperadamente, comenzaron a quitar los cascotes amontonados sobre sus
camaradas. A pesar de tan frenéticos esfuerzos, no había la menor posibilidad
de rescatar a los sepultados usando sólo las manos.
Levant bajó de las almenas y comenzó a dar órdenes. Los heridos
fueron trasladados al arsenal subterráneo, donde el equipo médico, auxiliado
por Eva y las demás mujeres, se encontraba listo para recibirlos.
Los rostros de los hombres y mujeres del Equipo Táctico se
conviertieron en máscaras de angustia cuando Levant dio orden de que dejaran de
excavar bajo el muro y fueran a cubrir las brechas abiertas por los misiles.
Levant compartía el pesar de sus subalternos, pero su responsabilidad era para
con los vivos. Por los muertos ya no había nada que se pudiera hacer.
Pese al terrible dolor que le producía su espalda, el
infatigable PembrokeSmythe iba con su sonrisa de un lado a otro del fuerte,
haciendo una lista de las bajas y pronunciando palabras de aliento. Aunque la
muerte y el horror los rodeaba por todas partes, el inglés intentaba poner una
nota de humor que mitigase aquel calvario.
Se contaron seis muertos y tres heridos con graves fracturas.
Siete hombres con heridas y magulladuras regresaron a sus puestos tras recibir
una cura de urgencia. Analizando la situación, el coronel Levant se dijo que
podría haber sido peor. Pero sabía que los ataques aéreos sólo constituían el
primer acto. Tras un breve descanso, se dio paso al segundo: el muro sur
recibió el impacto del proyectil de uno de los cuatro tanques que avanzaban
hacia el fuerte desde una distancia de dos kilómetros. Luego, las defensas
recibieron otros cuatro impactos de idéntica procedencia.
Rápidamente, Levant se subió al montón de escombros que antes
fuera uno de los muros y enfiló sus prismáticos hacia los carros de combate.
—Son tanques franceses AMX30, que disparan proyectiles de bala
SS11 anunció con calma a Pitt y PembrokeSmythe—. Nos ablandarán un poco antes
de lanzar contra nosotros su infantería.
Pitt contempló la maltrecha fortaleza a su alrededor. —No queda
mucho que ablandar —murmuró lacónico. Levant bajó los prismáticos y se volvió
hacia Pembroke Smythe, que se encontraba junto a él, encorvado como un
nonagenario.
—Que todos se refugien en el arsenal. Dejaremos un vigía arriba
y capearemos la tormenta desde allí abajo.
—¿Y qué pasará cuando esos tanques llamen a nuestra puerta?
preguntó Pitt.
—Entonces le tocará entrar en juego a su catapulta —dijo
Pembroke Smythe, pesimista. Es lo único que tenemos contra esos malditos
cacharros.
Pitt sonrió torvamente.
—Parece que he hecho de usted un creyente, capitán.
Pitt se sintió orgulloso de sus dotes de actor, pues había
logrado disimular la enorme desazón que lo invadía. No tenía ni la más remota
idea de si su medieval aparato antitanque cumpliría el propósito para el que
había sido construido.
54
Cuatrocientos kilómetros al oeste, el amanecer llegó en el mayor
de los silencios; no había ni un soplo de viento que removiese las arenas
desoladas. El único sonido procedía del motor del «buggy» de ataque, que corría
por el desierto como una hormiga negra sobre la playa.
Giordino estaba estudiando el ordenador del vehículo, que
sustraía de la distancia recorrida en línea recta las desviaciones a las que se
habían visto obligados para rodear barrancos infranqueables y un gran mar de
dunas. En dos ocasiones tuvieron que retroceder más de veinte kilómetros antes
de regresar a su curso.
Según los números digitales que aparecieron en la pequeña
pantalla, Giordino y Steinholm habían tardado casi doce horas en recorrer los
cuatrocientos kilómetros que separaban Fort Foureau de la frontera mauritana.
Mantenerse lejos del tendido férreo les había costado un tiempo precioso. Pero
era mucho lo que estaba en juego para arriesgarse a un encuentro con las
patrullas armadas que vigilaban las vías, o a ser detectados y hechos pedazos
por algún cazarreactor maliense.
El último tercio del viaje fue sobre terreno firrile salpicado
por rocas a las que los granos de arena impulsados por el viento habían pulido
como cantos rodados. El tamaño de las rocas iba desde el de una canica hasta el
de un balón de fútbol. Todas ellas convertían la conducción en una pesadilla,
pero en ningún momento se les pasó por la cabeza bajar la velocidad.
Recorrieron el terreno irregular a una media constante de noventa kilómetros
por hora, soportando los estremecedores botes y traqueteos con estoica
determinación.
La forma de superar el cansancio y los sufrimientos era pensar
en lo que estaría ocurriéndoles a los hombres y mujeres que dejaron atrás. A
Giordino y Steinholm les constaba que su única posibilidad de sobrevivir se
basaba en que ellos encontrasen al Comando de Fuerzas de Operaciones Especiales
norteamericano, y que lo hicieran cuanto antes, pues de lo contrario no sería
posible que el contingente de rescate llegara al fuerte antes de que Kazirn
matase a todos los sitiados. La promesa de regresar para el almuerzo agobiaba a
Giordino, pues las posibilidades de conseguirlo eran cada vez más remotas.
—¿Cuánto falta para la frontera? preguntó Steinholm en inglés,
con el acento de Arnold Schwarzenegger.
—No hay forma de saberlo —replicó Giordino. En pleno desierto no
erigen carteles de bienvenida. Por lo que yo sé, ya la hemos cruzado.
Al menos, hay luz suficiente para ver adónde nos dirigimos.
—Sí, pero eso también ayudará a los malienses a descubrirnos.
Voto por tomar rumbo norte, en dirección al ferrocarril dijo
Steinholm. Estamos casi sin combustible. Treinta kilómetros más, y nos tocará
andar.
De acuerdo, me has convencido, Giordino consultó de nuevo el
ordenador e indicó la brújula montada sobre el panel de instrumentos. Toma un
rumbo de cincuenta grados al noroeste y vayamos en diagonal hasta cruzar el
tendido. Eso nos dará unos cuantos kilómetros de más, por si aún no estamos en
Mauritania.
El momento de la verdad sonrió Steinholm. Pisó a fondo el
acelerador y las ruedas levantaron surtidores de piedras y arena. Giró el
volante y lanzó al buggy por el desierto en dirección al ferrocarril de
Massarde.
A las once regresaron los cazarreactores, y sus misiles
continuaron devastando el ya maltrecho fortín. Al finalizar las incursiones
aéreas de bombardeo, los cuatro carros blindados tomaron el relevo, por lo que
no dejaron de sonar los estampidos de las explosiones en el desierto. Para los
sitiados, la devastación era incesante, y aumentó cuando las fuerzas de tierra
de Kazim se desplazaron hasta trescientos rnetros del fuerte y comenzaron a
machacar las ruinas con fuego de morteros y francotiradores.
Aquella concentración de fuego no se parecía a nada de lo que la
Legión Extranjera francesa experimentó en sus enfrentamientos con los tuaregs
durante los cien años que estuvieron ocupando el Africa Occidental. Los
proyectiles caían uno tras otro, y sus detonaciones se mezclaban en un continuo
e interminable trueno. Los restos de los muros seguían siendo pulverizados por
los constantes impactos que lanzaban a lo alto piedras, cascotes y arena. El
viejo fortín era una sombra de lo que fue en su origen. Parecía una ruina de la
antigüedad.
El avión de mando del general Kazim había aterrizado en un
cercano lago seco. Acompañado por su jefe de Estado Mayor, el coronel Sghir
Cheik, e Ismail Yerli, fue recibido por el capitán Mohammed Batutta. El capitán
los condujo a un cuatro por cuatro que los llevó hasta el puesto de combate
establecido por su comandante de campo, el coronel Nouhoum Mansa. Este se
adelantó para recibirlos.
—¿Los tiene totalmente cercados? —quiso saber Kazim.
—Sí, general —replicó inmediatamente Mansa—. Mi plan consiste en
ir cerrando nuestras filas en torno al fuerte hasta el ataque final.
—¿Ha intentado persuadir al equipo de la ONU de que se rinda?
—En cuatro ocasiones. Y cada vez su líder, un tal coronel
Levant, se ha negado tajantemente.
Una cínica sonrisa se extendió por los labios de Kazim.
—Si insisten en morir, les ayudaremos.
—No pueden quedar muchos —comentó Yerli, mirando por un
telescopio montado sobre un trípode—. El fuerte parece un colador. Todos deben
de estar sepultados bajo los cascotes de los muros.
—Mis hombres están ansiosos de combatir —dijo Mansa—. Todos
desean dar satisfacción a su bienamado líder. Kazim pareció satisfecho.
—Y tendrán oportunidad de hacerlo. Dé la orden de atacar el
fuerte dentro de una hora.
El martilleo, era incesante. Del techo del arsenal subterráneo,
ahora atestado por casi sesenta comandos y civiles, comenzaban a desprenderse
fragmentos de piedra y escayola que caían sobre la masa de gente allí
encerrada.
Eva se encontraba en cuclillas junto a la escalera, vendándole
el hombro a una combatiente que había recibido varios pequeños impactos de
metralla. En ese momento, en la entrada superior hizo explosión un proyectil de
mortero, Eva protegió con su cuerpo a la combatiente, pero ello le costó
recibir un alud de rocas y cascotes. Perdió el conocimiento y más tarde, al
despertar, se encontró tendida en el suelo, con el resto de los heridos.
Mientras uno de los médicos la atendía, Pitt, con el rostro
cansado cubierto de sudor y la crecida barba blanqueada por el polvo,
permanecía junto a ella, sujetándole la mano y mostrando una cariñosa sonrisa
en los labios.
—Bienvenida —dijo—. Cuando la escalera se derrumbó sobre ti nos
diste un buen susto.
—¿Estamos atrapados? —murmuró ella.
—No: cuando llegue el momento, podremos salir.
—Está tan oscuro...
—El capitán PembrokeSmvthe y sus hombres han excavado un
orificio de salida del tamaño justo para permitirnos respirar. No deja entrar
luz; pero tampoco metralla.
—Me siento entumecida. Es raro no experimentar ningún dolor.
El médico, un joven escocés pelirrojo, le dirigió una sonrisa.
—Le he administrado fuertes sedantes. No podía correr el riesgo
de que despertara mientras le estaba arreglando sus bonitos huesos.
—¿Cómo estoy?
—Salvo por el hecho de que tiene el hombro y el brazo derecho
rotos, una o varias costillas hundidas (sin una radiografía me es imposible
precisar), la tibia y el tobillo izquierdo fracturados, más infinidad de
magulladuras y posibles heridas internas, está usted perfectamente.
—Es usted sincero —dijo Eva, sonriendo valerosamente ante el
irónico parte médico.
El escocés la palmeó en el brazo bueno.
—Disculpe la franqueza, que tal vez le resulte brutal, pero creo
preferible que conozca la realidad objetiva de su estado.
—Se lo agradezco —dijo ella débilmente.
—Dos meses de descanso, y podrá usted cruzar a nado el Canal de
la Mancha.
—Creo que me conformaré con las piscinas climatizadas, muchas
gracias.
PembrokeSmythe, infatigable, iba por el arsenal animando a
todos. Se acercó y se puso de rodillas junto a Eva.
—Según parece, es usted lo que se llama una dama de hierro,
doctora Rojas.
—Acaban de decirme que sobreviviré.
—Pero durante algún tiempo deberá abstenerse del sexo salvaje y
desenfrenado —se mofó Pitt.
—Espero estar presente cuando se recupere —dijo PembrokeSmythe,
con libidinosa expresión.
Eva no pudo sonreír ante la broma del capitán, ya que antes de
que éste la acabara, ella volvió a perder la conciencia.
Pitt y PembrokeSmythe la miraron y luego se miraron entre sí. De
sus expresiones había desaparecido todo rastro de humor. El capitán señaló la
pistola automática que colgaba de la axila izquierda de Pitt y suavemente,
dijo:
—Espero que, cuando llegue el momento, le hará usted el último
servicio.
Pitt asintió solemnemente y prometió:
—Me ocuparé de ella.
Se acercó Levant, ceñudo y cansado. Sabía que su gente no podía
aguantar aquel castigo durante mucho más tiempo. El peso añadido de tener que
presenciar los sufrimientos de las mujeres y los niños estaba resquebrajando su
espíritu, duro y profesional. Detestaba ver a los cautivos y a su querido
Equipo Táctico sometidos a semejante tormento. Lo que mayor aprensión le
producía era el asalto que seguiría a la conclusión del bombardeo, y ver cómo
los malienses mataban y violaban a diestro y siniestro.
Calculaba que las fuerzas que los asediaban estarían formadas
por entre mil y mil quinientos hombres. El número de los suyos capaces de
combatir se había reducido a veintinueve, Pitt incluido. Y luego estaban los
cuatro tanques. No tenía ni idea de cuánto podrían resistir. Una hora, quizá
dos, probablemente menos. Darían la batalla, eso era seguro. Extrañamente, el
bombardeo había actuado en su favor. Casi todos los cascotes de los muros
habían caído hacia afuera, y a las tropas asaltantes les resultaría difícil
pasar sobre ellos.
—El cabo Wadilinski informa que los malienses han formado y
comienzan a avanzar —dijo Levant a PembrokeSmythe—. El asalto es inminente.
Amplíen el acceso a las escaleras y que su gente esté lista para salir en
cuanto cese el fuego.
—A sus órdenes, coronel.
Levant se volvió hacia Pitt.
—Bueno, Mr. Pitt: creo que ha llegado la hora de probar su
invento.
Pitt se levantó y se estiró.
—Es milagroso que no se haya convertido en astillas.
—Hace unos minutos subí a echar un vistazo y seguía intacta,
junto a una sección del muro que aún se mantenía en pie.
—Fantástico. —Tras una pausa para reflexionar, Pitt preguntó—:
¿Le importa decirme cuál fue su respuesta a la solicitud de rendición de Kazim?
—Lo mismo que respondimos los franceses en Waterloo y Camerone:
merde.
—Ya. —Tras un suspiro, Pitt comentó—: Nunca pensé que el amigo
Pitt terminaría como Davy Crockett y Jim Bowie en El Alamo.
—Teniendo en cuenta nuestro pequeño número y la capacidad de
fuego del enemigo —dijo Levant—, tiendo a creer que nuestras posibilidades de
sobrevivir no son mejores que las que ellos tuvieron. Probablemente, son
incluso peores.
De pronto, tan bruscamente como si hubieran echado una enorme
manta sobre el arsenal subterráneo, se hizo el silencio. Todos quedaron
inmóviles mirando hacia el techo, como intentando ver a través de tres metros
de roca y arena.
Después de seis horas de martilleo y de encierro, los miembros
del equipo táctico que aún podían valerse y luchar apartaron los cascotes que
sellaban la entrada, salieron al sol achicharrante, dispersándose entre las
ruinas. Encontraron el fortín prácticamente irreconocible. Parecía como si por
él hubiera pasado un equipo de demolición. Nubes de negro humo surgían de los
incendiados vehículos de transporte de personal, y las edificaciones habían
sido casi totalmente arrasadas. Entre los montones de piedras, los proyectiles
zumbaban y rebotaban como enloquecidas avispas.
Los miembros del equipo de la ONU sudaban a causa del calor
sahariano, estaban sucios, hambrientos y exhaustos; pero no estaban asustados
en absoluto y se sentían infernalmente furiosos tras aguantar cruzados de
brazos el masivo ataque maliense. Escasos de todo, menos de ardor combativo,
ocuparon sus posiciones defensivas con la fría determinación de hacer que sus
atacantes pagaran un alto precio por acabar con ellos.
—Cuando dé la orden, abran fuego, mantenido y certero —ordenó
Levant por la radio de su casco.
El plan de batalla de Kazim, ridículamente simple, consistía en
que los tanques se abrieran paso por la maltrecha puerta del muro norte
mientras las tropas de asalto cargaban desde todas direcciones. Hasta el último
de los 1470 hombres que tenia a su mando entrarían en combate. No se mantendría
ningún contingente de reserva.
—Quiero una victoria completa y sin cuartel —dijo Kazim a sus
oficiales—. Disparen contra cualquier comando de la ONU que intente escapar.
—¿No haremos prisioneros? —preguntó el coronel Cheik,
sorprendido—¿Lo considera prudente, general?
—¿Algún problema, querido amigo?
—La comunidad internacional puede tomar graves represalias
contra nosotros cuando se entere de que hemos exterminado a una fuerza completa
de las Naciones Unidas.
Kazim se irguió altivamente.
—No permitiré que las incursiones hostiles contra nuestro
territorio queden impunes. El mundo tiene que saber que a los malienses no se
nos puede tratar como a sabandijas del desierto.
—Coincido con el general —dijo inmediatamente Yerli—. Los
enemigos de su nación deben ser destruidos.
Kazim era presa de una excitación apenas contenida. Nunca había
entrado en combate con sus tropas. Su rápido ascenso al poder lo había
conseguido valiéndose de arteras manipulaciones. Hasta la fecha, apenas había
hecho algo más que ordenar a otros que mataran a los que ofrecían alguna
oposición. Ahora se veía a sí mismo como un gran guerrero a punto de aniquilar
a los infieles.
—Que se inicie el avance —ordenó. Éste es un momento histórico.
Cargamos contra el enemigo.
Las tropas de asalto se desplegaron por el desierto en la
clásica formación de ataque marcada por los manuales militares: echándose
cuerpo a tierra para cubrir con su fuego el avance de otros miembros de la
fuerza, y levantándose luego para seguir adelante. La primera oleada de tropas
de élite comenzó a lanzar gritos de batalla al llegar a doscientos metros del
fortín sin recibir fuego enemigo. Por delante de ellos, los tanques, en vez de
desplegarse en abanico, avanzaban en irregular formación.
Pitt decidió probar primero con el tanque que cerraba la marcha.
Con ayuda de cinco hombres, sacaron la catapulta de debajo de los escombros y
la arrastraron hasta una zona abierta. En las antiguas máquinas contra los
asedios, la tensión la hubiese facilitado un entrelazado de cuerda y una rueda
de enrollado. Pero el invento de Pitt usaba la carretilla elevadora, tumbada
horizontalmente para tensar las ballestas por medio de su horquilla. En la pala
del aparato fue colocado un bidón de gasóleo con perforaciones en la parte
superior. Junto a la catapulta había otros cinco bidones, que constituían el
total de proyectiles a disposición de Pitt.
El hombre accionó el encendido de la carretilla, cuyo motor
tardó en prender.
—Vamos, pequeña... —murmuró Pitt—. No me falles ahora...
Tras un par de petardeos, el motor se puso en marcha y por el
escape comenzó a salir una leve columna de humo.
Antes, durante la oscuridad previa al amanecer, Levant había
salido y colocado estacas en la arena en torno al perímetro del fuerte como
referencia para abrir fuego. Esperar a ver el blanco de los ojos del enemigo
hubiera significado la muerte segura. La relación de fuerzas estaba
excesivamente desequilibrada para permitir la lucha cuerpo a cuerpo. Levant
colocó sus estacas a setenta y cinco metros de los muros derrumbados.
Ahora el Equipo Táctico se encontraba dispuesto para el combate,
y todos los ojos estaban fijos en Pitt. Si no lograban detener a los tanques,
los sitiados se convertirían en una presa fácil para la fuerza de asalto
maliense.
Con un cuchillo, Pitt hizo una marca de referencia en el punto
donde los extremos de las ballestas dobladas tocaban la plancha de lanzamiento,
a modo de indicador para juzgar la relación entre tensión y distancia. Luego se
subió en una de las vigas de soporte y miró de nuevo hacia los tanques.
—¿Hacia cuál apunta? —preguntó Levant.
Pitt señaló hacia el tanque retrasado en el extremo izquierdo de
la línea.
—Me propongo comenzar por atrás y seguir hacia delante.
—De modo que los tanques del frente no sepan lo que ocurre a su
espalda —murmuró Levant—. Esperemos que dé resultado.
El sol abrasador flameaba en la masa acorazada de los tanques.
Seguros de que no iban a encontrar más que cadáveres, los comandantes de los
carros blindados y sus conductores avanzaban con las escotillas abiertas,
mientras sus cañones regaban con proyectiles los pocos muros que aún se
mantenían en pie.
Cuando ya casi podía distinguir las facciones del conductor del
tanque que iba en cabeza, Pitt encendió una antorcha y la acercó al gasóleo que
rezumaba del bidón perforado. Inmediatamente surgieron las llamas. Pitt clavó
la antorcha en la arena y tiró del cable que soltaba el pseudo gatillo que
había improvisado con el tirador de una puerta. La cuerda tensa que retenía las
dobladas ballestas del camión se soltó, permitiéndolas volver a su posición.
El bidón llameante voló como un meteoro por encima de los muros
destrozados y pasó por encima del tanque trasero, yendo a explosionar contra la
arena, a considerable distancia de su blanco.
Pitt estaba estupefacto.
—Esto va mejor de lo que nunca imaginé —anunció.
—Cincuenta metros menos, y diez a la derecha —anunció
PembrokeSmythe, con la indiferencia de quien comenta un partido de fútbol.
Mientras los hombres de Levant colocaban otro bidón, Pitt hizo
una nueva marca en la plancha lanzadora para ajustar la distancia, y luego
volvió a utilizar el motor de la carretilla para doblar de nuevo las ballestas.
Aplicó la antorcha, accionó el mecanismo de disparo, y otro improvisado
proyectil cruzó el aire.
El segundo bidón cayó unos metros por delante del tanque
trasero, rebotó y luego rodó hasta quedar entre las orugas, donde hizo
explosión. Instantáneamente, el carro blindado se vio envuelto en llamas. Los
miembros de la dotación, ansiosos por abandonar el vehículo, se pelearon por
salir a través de las escotillas. Sólo dos lo consiguieron.
Pitt no perdió tiempo en corregir la puntería. Otro bidón fue
colocado en la plancha y lanzado contra los tanques. Esta vez el hombre obtuvo
un blanco perfecto. El bidón describió un arco sobre los muros y cayó en plena
torreta del siguiente tanque, donde hizo explosión, convirtiendo el vehículo en
un llameante incinerador.
—¡Funciona, este trasto funciona de veras! —exclamó Pitt con
júbilo.
—¡Genial, amigo, simplemente genial! exclamó el normalmente
reservado PembrokeSmythe—. Les ha sacudido a esos malditos justo donde más les
duele.
Pitt y los comandos no necesitaron que se les jalease para
colocar un nuevo bidón en la catapulta. Levant se subió al único muro que
permanecía intacto e inspeccionó el campo de batalla. La inesperada destrucción
de dos de los tanques de Kazim había detenido momentáneamente el avance. El
francés estaba muy satisfecho con el éxito inicial de la máquina de Pitt, pero
sabía que sólo con que un tanque sobreviviese y alcanzara el fortín, los
sitiados seguirían condenados a muerte.
Pitt disparó el cuarto bidón, cuya trayectoria fue atinada; pero
el comandante del tanque, habiendo advertido el feroz ataque procedente del
fortín, ordenó al conductor que zigzaguease. Su cautela fue recompensada, y el
bidón cayó cuatro metros detrás de la oruga izquierda. El improvisado proyectil
estalló, pero sus llamas sólo alcanzaron una parte de la cola del tanque, y el
monstruo siguió avanzando hacia el fuerte.
Para los comandos, apostados entre los montones de cascotes, la
horda de malienses que avanzaba era como una marabunta. Eran tantos, y
avanzaban en filas tan apretadas, que fallar sería casi imposible. Los
malienses, lanzando cada cual su propio grito de guerra, avanzaban sin dejar de
disparar.
La primera oleada estaba a escasos metros de las estacas
plantadas por Levant como referencia, pero el francés aguardó unos momentos
antes de dar la orden de fuego, en la esperanza de que Pitt lograse acabar con
los dos tanques restantes. Su deseo se hizo realidad. Anticipando la siguiente
reacción del comandante del carro blindado, Pitt ajustó adecuadamente la
ballesta y su quinto bidón llameante cayó casi en la mirilla del conductor.
Una sábana de fuego cubrió toda la parte delantera del carro
blindado que, de pronto, inesperadamente, reventó. El avance se detuvo en seco,
y todos miraron con asombro como la torreta del tanque saltaba por los aires, e
iba a caer sobre la arena del desierto, como la cabeza de un dinosaurio.
A Pitt ya sólo le quedaba un bidón. El esfuerzo y el calor
achicharrante lo habían dejado extenuado, al borde del derrumbamiento físico.
Respiraba con grandes jadeos y el corazón le latía enloquecido por el esfuerzo
de colocar los pesados bidones en la plancha de lanzamiento y mover la
catapulta para cada tiro.
El inmenso tanque de sesenta toneladas avanzaba por entre el
polvo y el humo como un inmenso dragón buscando víctimas para devorarlas. Se
veía al comandante dando instrucciones al conductor y ordenando a su artillero
que comenzara a disparar la ametralladora.
Todos en el fuerte contuvieron la respiración mientras Pitt
enfilaba la catapulta. Muchos pensaron que el final ya había llegado. Aquél era
el postrer disparo, el último de los bidones de gasóleo.
Pitt se sentía como un futbolista lanzando el último penalty del
final de una prórroga. Pero el peso de lo que estaba en juego lo atenazaba. Si
fallaba, muchos morirían, incluido él mismo y los niños refugiados en el
arsenal.
El tanque avanzaba en línea recta, sin que su comandante probara
ninguna acción evasiva. Estaba tan cerca que Pitt tuvo que alzar la parte
trasera de la ballesta para bajar más la plancha de lanzamiento. Disparó y
cruzó los dedos.
El artillero del tanque disparó en ese mismo instante. En una
fantástica y absurda coincidencia, el grueso proyectil y el llameante bidón se
encontraron en el aire.
En su nerviosismo, el artillero del tanque había lanzado un
proyectil de carga hueca que atravesó limpiamente el bidón, haciendo que una
gran sábana de ardiente combustible se extendiera sobre todo el tanque.
Inmediatamente, el monstruo de acero se vio envuelto en un telón de llamas.
Presa del pánico, el conductor puso marcha atrás, en un vano intento de huir
del holocausto y sólo logró chocar con el incendiado vehículo de detrás. Los
dos grandes vehículos blindados quedaron enganchados y no tardaron en formar
una inmensa hoguera de la que surgieron enormes llamaradas al detonar las
municiones y los depósitos de combustible.
Los «hurras» de los comandos se alzaron por encima del fuego
atacante. Una vez el improvisado artilugio bélico de Pitt hubo disipado sus más
negras expectativas, la moral estaba en su punto álgido, y todos sentían la
absoluta determinación de no cejar en la batalla. En aquellos momentos, en el
viejo y maltratado Fort Foureau, el miedo no existía.
—Seleccionen sus blancos y abran fuego —ordenó Levant, en el más
formal de sus tonos—. Ahora nos toca a nosotros hacer que ellos lo pasen mal.
55
Giordino estaba contemplando la larga línea que formaban sobre
el tendido férreo cuatro largos trenes detenidos cuando, de pronto, todo se
esfumó bajo una súbita tempestad de arena. En un instante, la visibilidad se
redujo de veinte kilómetros a cincuenta metros.
—¿Tú qué crees? —preguntó Steinholm, que conducía cuidadosamente
el «buggy» en tercera velocidad, intentado ahorrar las últimas gotas del
precioso combustible—. ¿Estamos en Mauritania?
—Ojalá lo supiera —admitió Giordino—. Al parecer, Massarde ha
hecho que se detuvieran todos los trenes que entran, pero no puedo discernir en
qué lado de la frontera se encuentran.
—¿Qué dice el ordenador de navegación?
Las cifras parecen indicar que cruzamos la frontera hace diez
kilómetros.
—Entonces quizá debamos correr el riesgo de aproximarnos al
tendido.
Mientras hablaba, Steinholm condujo el «buggy» por entre dos
grandes rocas, coronó un pequeño montículo e inmediatamente después detuvo el
vehículo en seco. Ambos hombres lo oyeron en el mismo instante. Pese al ulular
del viento, el sonido era inconfundible. Era un zumbido débil, sin embargo no
se prestaba a dobles interpretaciones. A cada segundo se hacía más claro, hasta
parecer encontrarse sobre ellos.
Apresuradamente, Steinholm giró el volante y pisó el acelerador
a fondo, haciendo que el vehículo de ataque girase rápida y bruscamente, hasta
quedar enfilado en la dirección opuesta. De repente, el motor rateó y se paró,
agotada hasta la última gota de combustible. Los dos hombres permanecieron
inmóviles en el interior del vehículo inmóvil.
—Parece que se acabó la diversión —dijo torvamente Giordino.
Deben de habernos detectado en sus radares y vienen directamente
hacia nosotros se lamentó Steinholm, dando un furioso puñetazo contra el
volante.
Por entre la parda cortina de arena y polvo, ante ellos, como un
inmenso y salvaje insecto procedente de otro planeta, se materializó un
helicóptero que se mantenía a dos metros del suelo. Encontrarse frente a un
cañón Chain de treinta milímetros, ante dos lanzadores con treinta y ocho
proyectiles de ochenta milímetros, y ocho misiles antitanque guiados por láser
era una experiencia sumamente traumática. Giordino y Steinholm permanecieron
inmóviles en sus asientos, dispuestos para lo peor.
Pero, en vez de la andanada de fuego prevista, lo que surgió del
helicóptero fue una figura que, según apreciaron a medida que se aproximaba,
vestía un uniforme de combate para el desierto, provisto de aparatos de alta
tecnología. En la cabeza llevaba un casco cubierto por tela de camuflaje, y en
el rostro una máscara antigás. Sostenía alzada una ametralladora que parecía un
apéndice de sus manos.
Se detuvo junto al «buggy» y miró por un largo momento a
Giordino y Steinholm. Luego se quitó la máscara y preguntó: ¿De dónde demonios
salís, muchachos?
Una vez acabó con la catapulta, Pitt cogió un par de
ametralladoras de dos combatientes heridos y se colocó en una especie de
bastión que se había construido con piedras amontonadas. Los nómadas del
desierto uniformados lo impresionaron. Era hombres corpulentos, que corrían
zigzagueando hacia el fuerte con una agilidad fantástica. Cuanto más se
aproximaban sin encontrar resistencia, más osados se volvían.
Superados en una proporción de cincuenta a uno, los miembros del
contingente de la ONU no podían albergar esperanzas de resistir hasta que
llegaran refuerzos. En esta ocasión, la suerte no daría ningún vuelco, y los
más débiles serían los perdedores. Pitt se sentía como debieron sentirse los
defensores de El Alamo. Cuando Levant dio la orden de fuego, el norteamericano
apuntó y oprimió el gatillo.
La primera oleada de asaltantes malienses fue recibida por una
feroz lluvia de disparos que cortó en seco el avance. Resultaban un blanco
fácil en un terreno llano y carente de refugios naturales. Atrincherados entre
las ruinas, los combatientes de la ONU disparaban con calma y mortal precisión.
Los atacantes caían como moscas antes de advertir de dónde venían los tiros. En
el plazo de veinte minutos, más de doscientos setenta y cinco hombres yacían
muertos y heridos en torno al fortín.
La segunda oleada tropezó con los cadáveres de la primera,
vaciló ante el fortísimo castigo que diezmaba su contingente, y al fin
retrocedió. Nadie, ni siquiera sus oficiales, habían esperado encontrar una
resistencia tan enconada. El plan improvisado de Kazim se disolvió en el caos.
Sus fuerzas comenzaron a ser presa del pánico hasta el punto que muchos de la
retaguardia disparaban ciegamente contra sus compañeros de vanguardia.
Los malienses comenzaron a huir en desbandada, como animales
escapando de un incendio forestal. Sólo unos pocos valientes lo hacían andando
hacia atrás, sin perder la calma, y disparando contra todo lo que remotamente
se pareciese a la cabeza de un defensor. Treinta de los atacantes intentaron
refugiarse tras los incendiados carros de combate, pero PembrokeSmythe, que
esperaba la maniobra, concentró sobre ellos el fuego y los abatió.
Al cabo de una hora de comenzar, el asalto cesó y el restallar
de los disparos dejó de oírse; pero entonces comenzaron a escucharse los gritos
de los heridos y los gemidos de los agonizantes. Los combatientes de la ONU se
sintieron primero estupefactos y luego indignados al ver que los malienses no
hacían el menor esfuerzo por recuperar a sus caídos. Ignoraban que Kazim,
furioso, había dado órdenes de dejar a los heridos que sufrieran bajo el sol
achicharrante del Sáhara.
Entre las ruinas del fuerte, los comandos comenzaron a salir
poco a poco de sus agujeros e iniciaron el recuento, que al final resultó de un
muerto y tres heridos, dos de ellos graves.
—Yo diría que les hemos dado una buena tunda —comentó
PembrokeSmythe a Levant.
—Volverán —le recordó Levant.
—Al menos, hemos reducido algo la diferencia.
—Y ellos —dijo Pitt, ofreciendo al coronel un trago de su cantimplora—.
Contamos con cuatro hombres menos para repeler el siguiente ataque, mientras
Kazim puede conseguir refuerzos.
—Míster Pitt está en lo cierto —asintió Levant—. He observado
varios helicópteros que traían dos compañías de soldados.
—¿Cuándo cree que volverán a intentarlo? —pregunto Pitt al
francés.
El coronel miró hacia el sol haciendo visera con la mano.
—Yo diría que en la parte más tórrida del día. Sus hombres están
aclimatados al calor y nosotros no. Antes de ordenar el próximo asalto, Kazim
dejará que nos friamos unas horas.
—Ya han olido la sangre —dijo Pitt—. La próxima vez no habrá
forma de detenerlos.
—No —dijo Levant, con el rostro macilento por la fatiga—.
Supongo que no la habrá.
Rojo de furia, Giordino preguntó:
—¿Qué quiere decir eso de que no irá a por ellos?
El coronel Gus Hargrove no estaba acostumbrado a que se le
cuestionase, y mucho menos a que lo hiciera un gallito civil al que sacaba una
cabeza. Comandante de una fuerza secreta Ranger de ataque, Hargrove era un
curtido soldado profesional que había dirigido asaltos en helicóptero en
Vietnam, Granada, Panamá e Irak. Duro y astuto, era igualmente respetado por
sus jefes y subordinados. Sus ojos azules tenían el brillo del acero templado.
De la boca le colgaba permanentemente un cigarro que sólo se quitaba para
escupir.
—Parece usted no entenderlo, Mr. Giordano.
—Giordino.
—Como sea —murmuró Hargrove, indiferente—. Ha habido una fuga de
información, probablemente en las Naciones Unidaas. Los malienses estaban
esperando a que entrásemos en su espacio aéreo. Mientras nosotros hablamos, la
mitad de sus aviones está patrullando al otro lado de la frontera. Por si no lo
sabe, el helicóptero Apache es una gran plataforma lanzamisiles, pero no tiene
nada que hacer ante los cazarreactores Mirage. Y, mucho menos, durante el día.
Sin una escuadrilla de cazas Stealth que nos dé escolta, no nos será posible
partir hasta el anochecer. Sólo entonces podremos aprovechar la ventaja de
volar por terrenos bajos y barrancos, sin ser detectados por sus radares.
¿Capta la idea?
—Muchos hombres, mujeres y niños morirán si no llega usted a
Fort Foureau en el plazo de unas pocas horas.
—Estando el enemigo sobre aviso, que mi unidad pretendiese
llegar hasta los sitiados en pleno día y sin escolta de protección, sería
extemporáneo e inoperante —afirmó categóricamente Hargrove—. Si en estos
momentos intentamos cruzar a Malí desde Mauritania, mis cuatro helicópteros
serán derribados al cabo de menos de cincuenta kilómetros de cruzar la
frontera. ¿Puede usted decirme, señor, de qué les servirá eso a sus amigos
sitiados en el fortín?
Recostado contra la pared, Giordino se encogió de hombros.
—Reprimenda aceptada. Lo siento, coronel. No era consciente de
su situación.
Hargrove se suavizó.
—Comprendo su angustia, pero, dado que nuestra presencia ha sido
delatada y que los malienses aguardan ansiosos la oportunidad de acabar con
nosotros, mucho me temo que rescatar a su gente está fuera de toda
consideración.
Giordino notó como si una tenaza le estrujara las tripas. Se
apartó de Hargrove y su vista vagó por el desierto. La tempestad de arena había
pasado, y en la lejanía eran visibles, los trenes detenidos en las vías.
Se volvió de nuevo hacia el militar.
—¿Cuántos hombres tiene a sus órdenes?
—Sin contar a las dotaciones de los helicópteros, tengo una
fuerza de ochenta combatientes.
Giordino abrió mucho los ojos.
—¿Ochenta hombres contra la mitad de las Fuerzas de Seguridad
malienses?
Hargrove sonrió, se quitó el cigarro de los labios y escupió.
—Sí; pero poseemos suficiente potencia de fuego como para
arrasar la mitad del Africa Occidental.
—Suponga que pudiera cruzar el desierto hasta Fort Foureau sin
que lo detectasen.
—Siempre estoy abierto a un buen plan.
—¿Qué ha pasado con los trenes que se dirigen hacia Fort
Foureau?
—¿Han podido cruzar la frontera?
Hargrove negó con la cabeza.
—Envié a un jefe de grupo a verificar la situación. Me informó
de que las tripulaciones de los trenes habían recibido orden radiofónica de
detenerse en la frontera entre Mauritania y Malí. El conductor del primer tren
dijo que no se movería hasta que el superintendente del sistema ferroviario se
lo ordenase.
—¿Con qué efectivos cuenta el puesto fronterizo maliense?
Con unos diez o doce guardas.
—¿Sería usted capaz de ponerlos fuera de combate antes de que
diesen la alarma?
Maquinalmente, los ojos de Hargrove recorrieron el convoy
ferroviario, deteniéndose en los cinco vagones plataforma y en las cubiertas de
lona que protegían los nuevos vehículos de carga destinados a Fort Foureau.
Después, el militar miró hacia la caseta del puesto fronterizo maliense,
situado junto a las vías. Al fin, volviéndose hacia Giordino, preguntó:
—¿Era John Wayne capaz de montar a caballo?
—Podemos plantarnos allí en dos horas y media dijo Giordino.
Tres a lo sumo.
Hargrove se quitó el cigarro de entre los labios y lo contempló.
—Ya veo por dónde va. Lo último que el general Kazim espera es
que mi contingente se presente a bordo de un tren.
—Monte a sus hombres en los contenedores. Colocaremos los
helicópteros, cubiertos por lonas, en los vagones plataforma. Si alcanza el
objetivo antes de que Kazim capte onda, obtendremos una excelente oportunidad
de rescatar a los civiles y a la gente del coronel Levant y de plantarnos de
nuevo en Mauritania antes de que los malienses tengan tiempo de preguntarse qué
ha ocurrido.
Hargrove se sentía atraído por el plan de Giordino; pero tenía
sus dudas.
—¿Y si uno de los pilotos de Kazim ve a un tren desobedeciendo
las órdenes y decide volarlo por los aires?
—Ni el propio Kazim se atrevería a destruir uno de los trenes de
Ives Massarde sin tener pruebas concluyentes de que había sido secuestrado.
Hargrove paseó arriba y abajo. La osadía del plan era lo que más
le atraía. La velocidad era esencial. Decidió jugarse la carrera en la
intentona.
—Muy bien dijo lacónico. Iniciemos la loca marcha hacia el
fortín.
El general Zateb Kazim echaba espumarajos de ira por no haber
logrado terminar con Levant y el pequeño grupo que defendía el viejo fortín de
la Legión Extranjera. Presa de la histeria, insultó y maldijo a sus oficiales,
como un niño al que le han quitado sus juguetes. Abofeteó a dos de ellos y, en
un par de ocasiones, ordenó que todos fueran ejecutados. Ambas veces, su jefe
de Estado Mayor, el coronel Cheik, logró disuadirlo. Descompuesto, Kazim
contempló la vergonzosa retirada de sus tropas, y exigió que volvieran a formar
inmediatamente para un segundo asalto.
Temeroso de la ira de Kazim, el coronel Mansa se metió con su
coche entre las fuerzas en retirada, gritando e insultando a sus oficiales,
enfrentándolos a la vergüenza del hecho de que mil seiscientos hombres no
lograsen imponerse a un mermado puñado de sitiados. Voceó órdenes de que
reagrupasen sus compañías para hacer un nuevo intento. A fin de que todos
asimilaran el mensaje de que el fracaso no sería tolerado, Mansa ordenó
ejecutar en el acto a diez hombres que habían intentado desertar en plena batalla.
En vez de atacar el fuerte en oleadas circulares, Kazim
concentró sus fuerzas en una columna masiva. Los refuerzos quedaron en
retaguardia, con orden de disparar a cualquier soldado de delante que rompiera
filas para huir. La única orden de Kazim que pasó de boca en boca y de compañía
fue: «Lucha, o muere.»
A los dos de la tarde, las fuerzas malienses ya estaban
reagrupadas y listas para la señal. Contemplando aquellas hoscas y atemorizadas
tropas, cualquier buen comandante hubiese mandado abortar el ataque. Kazim no
era un líder al que sus hombres amaran lo suficiente como para morir por él.
Pero mientras miraban los cadáveres sembrados en torno al fuerte, la ira, poco
a poco, iba sustituyendo en ellos al miedo a la muerte.
Silenciosamente, se juraron entre ellos que, esta vez, los
defensores de Fort Foureau acabarían en la tumba.
56
En un increíble alarde de indiferencia hacia las balas de los
francotiradores, PembrokeSmythe permanecía bajo el tórrido sol sentado en un
cayado de cazador —un bastón a cuyo extremo se abre un asiento plegable de
lona—, observando cómo las fuerzas malienses formaban para el asalto.
—Parece que esos desgraciados vienen otra vez —informó a Levant
y a Pitt.
Varias bengalas estallaron en el aire, marcando el inicio del
avance. En esta ocasión no actuaban bajo fuego de cobertura, como habían hecho
en las anteriores. Los malienses marchaban a paso ligero directos hacia el
fortín. Los gritos de guerra emitidos por dos mil gargantas llenaron el aire
del desierto.
Pitt se sentía como el actor de una compañía teatral en gira
enfrentado a un público hostil.
—No es exactamente un alarde de imaginación táctica —dijo, en
pie junto a Levant y PembrokeSmythe, contemplando el avance de la columna—.
Pero pueden conseguir lo que pretenden.
PembrokeSmythe asintió con la cabeza.
—Kazim usa a sus hombres a modo de apisonadora.
—Buena suerte, caballeros —dijo Levant, con una triste sonrisa—.
Quizá nos veamos en el infierno.
—Más calor que aquí, no creo que haga —sonrió Pitt. El coronel
se volvió hacia PembrokeSmythe. —Redisponga a nuestras unidades para rechazar
un único ataque frontal. Luego, fuego a discreción.
PembrokeSmythe le estrechó la mano a Pitt y comenzó a transmitir
personalmente las órdenes a sus hombres. Levant se colocó en lo alto del único
muro que quedaba en pie, y Pitt regresó a su pequeño bastión entre los
escombros. Las balas comenzaban a caer de nuevo sobre el fortín, rebotando en
las piedras demolidas.
La vanguardia de la fuerza atacante se extendía en un frente de
cincuenta metros. Con los refuerzos, su número ascendía a casi mil ochocientos
hombres. Kazim los lanzó contra la parte del fuerte más castigada por los
bombardeos aéreos y el fuego de morteros. Se trataba del muro norte, en el que
se abría la maltrecha puerta principal.
A los hombres de retaguardia los animaba la certeza de que
seguirían vivos para entrar en el fuerte. Los de delante tenían ideas
distintas. Ninguno esperaba cruzar aquel mortal espacio abierto y sobrevivir.
Sabían que no podían esperar clemencia. Ni de los enemigos que tenían delante,
ni de sus propias fuerzas de retaguardia.
En la primera fila de avance comenzaron a abrirse brechas en
cuanto los escasos defensores del fortín abrieron fuego. Pero los malienses
continuaron su ataque frontal, saltando sobre los caídos en la primera oleada.
Esta vez no habría forma de detenerlos: los atacantes podían oler el sangriento
aroma de la victoria.
Pitt, como en sueños, apuntaba y disparaba cortas ráfagas contra
los asaltantes. Apuntar y disparar, apuntar y disparar, luego extraer y
recargar. Le daba la sensación de que aquella rutina venía durando desde
siempre, cuando en realidad sólo habían pasado diez minutos desde el inicio del
ataque.
Una bomba de mortero estalló a su espalda. Kazim había dispuesto
que se mantuviese el bombardeo hasta que su vanguardia entrase en el fortín.
Pitt notaba el silbido de la metralla, hasta sentía la ligera brisa que dejaba
a su paso. Los malienses estaban ya tan cerca que llenaba toda su línea de
tiro.
Las bombas de mortero caían incesantemente, en una tempestad de
fuego que no cesó hasta que el primer contingente llegó a las ruinas de los
muros y los hombres comenzaron a escalar las pilas de cascotes. Aquél era el
punto donde resultaban más vulnerables. Los soldados de vanguardia fueron
abatidos por el desesperado fuego de los defensores. No había donde cubrirse, y
no podían escalar las montañas de piedras demolidas y, al mismo tiempo,
disparar contra objetivos que no se dejaban ver.
Los defensores, por otra parte, no podían fallar. Al coronar las
ruinas del muro, los malienses se encontraban con una lluvia de balas que
barrió a la primera fila de avance cuando se encontraba a cien metros del
fortín, y a la segunda cuando alcanzó la sombra del antiguo destacamento
legionario. Luego cayó la tercera fila. A lo largo de todo el muro norte, los
atacantes y sus oficiales gritaban y caían como chinches. No obstante, su
masivo fuego, aunque errático, no podía por menos de producir algunas bajas en
los defensores.
Simplemente los asaltantes eran demasiados para que pudieran ser
detenidos por el equipo de la ONU, cuyo fuego fue haciéndose menos nutrido a
medida que los comandos iban cayendo muertos o heridos.
Levant se daba cuenta de que sólo faltaban unos momentos para el
desastre final.
—¡Aniquiladlos! gritaba al micrófono de su casco. ¡Que no crucen
el muro!
Aunque parecía imposible, de pronto la tempestad de fuego
procedente de los defensores arreció, obligando a la columna maliense a
detenerse. Pitt, que se había quedado sin municiones, arrojaba granadas tan
rápidamente como podía activarlas. Las explosiones producían el caos en la masa
atacante, que comenzó a retroceder. Los malienses estaban atónitos, y apenas
lograban creer que alguien pudiera luchar con una ira y una ferocidad
semejantes. Necesitaron de toda la determinación y el coraje de que eran
capaces para atravesar los astillados restos de la puerta principal.
Los comandos abandonaron sus agujeros, disparando desde la
ladera al tiempo que se retiraban por el patio de la entrada, rodeando los
vehículos de personal incendiados. Frente a las ruinas de lo que fueron
alojamientos de la tropa y los oficiales del fortín, formaron una nueva línea
defensiva. El polvo y el humo reducían la visibilidad a menos de cinco metros.
El atronador tiroteo ahogaba los gritos de los heridos.
Las terribles bajas sufridas por los malienses hubieran
destrozado la moral de cualquier fuerza atacante, pero los soldados seguían
llegando al fuerte como una incontenible marea humana. La primera compañía que
logró rebasar el muro quedó al descubierto en el patio y fue aniquilada
mientras sus componentes buscaban inútilmente a algún defensor contra el que
disparar.
En el interior de los alojamientos derruidos, PembrokeSmythe
hizo un primer recuento de bajas mientras los escasos heridos a los que se
había podido rescatar eran bajados al arsenal. Sólo Pitt y doce comandos
seguían en condiciones de seguir luchando. El coronel Levant había
desaparecido. Fue visto por última vez mientras disparaba desde lo alto del
muro y la horda atacante atravesaba los restos de la puerta principal.
Al reconocer a Pitt, PembrokeSmythe le dirigió una sonrisa
resplandeciente.
—Tiene usted un aspecto absolutamente horroroso, amigo —dijo,
refiriéndose a las manchas de sangre que estaban formándose en el uniforme de
combate de Pitt, a la altura del hombro y el brazo izquierdos. La sangre
también le manaba de una herida en la mejilla causada por una piedra.
—Usted tampoco es el vivo retrato de la salud replicó Pitt,
señalando la fea herida en la cadera de PembrokeSmythe.
—¿Cómo anda de munición?
Pitt alzó la ametralladora que le quedaba y la dejó caer al
suelo.
—No tengo. Sólo me quedan dos granadas.
PembrokeSmythe le tendió una ametralladora enemiga.
—Será mejor que baje al arsenal. Nosotros nos quedaremos aquí y
resistiremos hasta que usted termine de... No tuvo ánimos para concluir la
frase y se quedó mirando al suelo.
—Les hemos hecho mucho daño dijo Pitt, al tiempo que sacaba el
cargador y contaba las balas que contenía. Son como perros rabiosos, sedientos
de venganza. A los que encuentren con vida, se lo harían pasar muy mal.
—Las mujeres y los niños no pueden caer de nuevo en manos de
Kazim.
—No sufrirán prometió Pitt.
PembrokeSmythe alzó la vista y contempló la desolación que
reflejaban los ojos de Pitt.
—Adiós, Mr. Pitt. Ha sido un gran honor conocerlo. Mientras el
huracán de balas volvía a soplar, Pitt, estrechó la mano del inglés.
—Lo mismo digo, capitán.
Pitt dio media vuelta y bajó hasta el arsenal por la escalera
semiderruida. Hopper y Fairweather lo vieron al mismo tiempo y se aproximaron a
él.
—¿Quién va ganando? pregunto Hopper.
Pitt meneó la cabeza.
—Los nuestros, no.
Es absurdo esperar la muerte con los brazos cruzados —dijo
Fairweather—, Prefiero pelear. ¿Por casualidad no le sobra un arma?
—A mí también me vendría bien una —añadió Hopper. Pitt tendió la
ametralladora a Fairweather.
—Lo siento: además de mi automática, es todo lo que tengo.
Arriba hay montones de armas, pero tendrá que quitarle una al cadáver de un
maliense.
—Excelente idea —exclamó Hooper. Dando una gran palmada en la
espalda a Pitt, añadió—: Buena suerte, muchacho. Ocúpese de Eva.
—Se lo prometo.
Fairweather le dirigió una inclinación.
—Ha sido un placer conocerlo, amigo.
Los dos hombres se dirigieron hacia arriba y al combate.
Mientras, una doctora que estaba junto a un herido se levantó e hizo señas a
Pitt.
—¿Cómo va todo? —preguntó.
—Prepárese para lo peor —replicó sosegadamente Pitt.
—¿Cuándo será?
—El capitán Pembroke—Smythe y los restos de su equipo están
arriba, defendiendo el último bastión. El fin llegará en diez o quince minutos.
—¿Y esta pobre gente? —La doctora señaló a los heridos
diseminados por el suelo del arsenal.
—Los malienses no tendrán ninguna compasión —replicó gravemente
Pitt.
Los ojos de la mujer se dilataron ligeramente.
—¿No hacen prisioneros?
El meneó la cabeza.
—No parece que vayan a hacerlos.
—¿Y... las mujeres y los niños?
Pitt no respondió, pero su expresión angustiada lo dijo todo. La
doctora hizo un valeroso intento de sonreír.
—Vaya... Supongo que los que aún somos capaces de apretar un
gatillo, nos iremos con un estampido.
Pitt la tomó por los hombros durante unos momentos, y luego la
soltó. Ella sonrió valerosamente y se dirigió hacia sus compañeros médicos para
pasarles la noticia. Antes de que Pitt pudiera dirigirse hacia donde yacía Eva,
el ingeniero francés, Louis Monteux, lo abordó.
—Mr. Pitt...—Monteux...
—¿Ha llegado el momento?
—Sí, eso me temo.
—¿Cuántas balas carga su pistola?
—Diez, pero tengo otro cargador con cuatro.
—Para las mujeres y niños, sólo necesitamos once —susurró
Monteux, tendiendo la mano hacia el arma.
—Se la daré en cuanto me ocupe de la doctora Rojas —dijo Pitt,
con sosegada firmeza.
Los ecos del combate arreciaban. Monteux miró hacia arriba y
dijo:
—No se demore.
Pitt se apartó del francés y fue a sentarse en el suelo de
piedra, junto a Eva, que estaba despierta y lo miró con una inconfundible
expresión de afecto y preocupación.
—Te han herido... Estás lleno de sangre.
El se encogió de hombros.
—Se me olvidó tirarme al suelo cuando estalló la granada. —Me
alegro tanto de que estés aquí... Comenzaba a preguntarme si volvería a verte.
—Espero que ya hayas seleccionado un vestido para nuestra cita
—dijo Pitt, pasándole un brazo por los hombros y moviéndola con suavidad hasta
que su cabeza reposó sobre la pierna de él. Por detrás, sin que ella lo viera,
el hombre desenfundó la pistola automática y colocó el extremo del cañón a unos
centímetros de la sien derecha de Eva.
—También he seleccionado restaurante... —Eva se interrumpió y
volvió la cabeza, como a la escucha—. ¿Has oído?
—¿El qué?
—No estoy segura. Me ha parecido un silbato...
Pitt pensó que los sedantes hacían delirar a la mujer. Era
imposible oír nada por encima del fragor de la batalla. Su dedo comenzó a
curvarse sobre el gatillo.
—No oigo nada —dijo.
—Escucha bien... Ahí está otra vez.
Los ojos de Eva se abrieron más, reflejando una extraña
anticipación. Pitt, haciendo de tripas corazón, decidió acabar de una vez con
aquello. Se inclinó para besarla en los labios y distraerla, al tiempo que su
dedo empezaba a apretar de nuevo el gatillo.
Ella intentó alzar la cabeza.
—Es imposible que no lo oigas...
—Adiós, mi amor...
—¡Es la sirena de un tren! —exclamó con visible excitación —Es
Al, que ha regresado.
Pitt separó el dedo del gatillo y volvió la cabeza hacia el
extremo superior de la escalera. Entonces, sobre el esporádico tiroteo, lo oyó.
No era una sirena, sino el lejano claxon neumático de una locomotora diesel.
Mientras el tren avanzaba raudamente hacia el lugar del combate,
Giordino permanecía junto al conductor, tirando como loco de la cuerda del
claxon neumático. El hombre no apartaba la vista del fuerte. Apenas lograba
reconocer la demolida estructura que iba agrandándose en el parabrisas de la
locomotora a medida que se acercaban. Ante la evidente devastación y los
jirones de humo negro que se alzaban al cielo, el hombre sintió cómo el corazón
se le hacía pedazos. Según todas las apariencias, las fuerzas de socorro
llegaban demasiado tarde.
Hargrove contemplaba con fascinación los restos de Fort Foureau.
Parecía imposible que nadie lograra sobrevivir a tal devastación. Los muros y
parapetos aparecían arrasados, y la fachada, donde había estado la puerta, no
era más que un montón de cascotes. Le asombraba la cantidad de cadáveres que
regaban los alrededores del fuerte. Los restos de los cuatro tanques lo dejaron
estupefacto.
—Dios del cielo... Dieron toda una batalla —murmuró el hombre,
impresionado.
Giordino apretó el cañón de una pistola contra la sien del
conductor.
—¡Eche los frenos y pare! ¡Ya!
El maquinista, un francés que había conducido el tren de alta
velocidad TVG entre París y Lyon hasta que la Massarde Enterprises lo contrató
por el doble del salario, aplicó los frenos, deteniendo el tren justo entre el
fuerte y el puesto de combate de Kazim.
Con cronométrica precisión, los guerreros de Hargrove saltaron
simultáneamente del tren en ambas direcciones. Al caer al suelo ya iban
corriendo. Una unidad lanzó un ataque inmediato contra el puesto de mando
maliense, cogiendo a Kazim y a su estado mayor totalmente por sorpresa. El resto
del contingente comenzó a atacar la retaguardia de los asaltantes malienses.
Rápidamente, se retiraron las lonas de los helicópteros Apache que iban
asegurados en los vagones plataforma. En un par de minutos, los aparatos ya
estaban en el aire y colocándose en posición para disparar sus misiles
infernales.
En el súbito y confuso estallido de pánico, Kazim se quedó
paralizado al comprender que las Fuerzas Especiales norteamericanas se habían
colado por la frontera ante los morros de sus aviones. Totalmente descompuesto
por el shock, ni siquiera hizo el intento de organizar una defensa ni de
ponerse a cubierto.
Los coroneles Mansa y Cheik agarraron a Kazim uno por cada
brazo, lo sacaron en volandas de la tienda donde se encontraba su puesto de
combate, y lo metieron en un coche oficial con el capitán Batutta al volante.
Ismail Yerli, cuyo instinto de conservación estaba igualmente agudizado, montó
junto a Batutta.
En cuanto él y Cheik estuvieron acomodados uno a cada lado de
Kazim, Mansa gritó a Batutta:
—¡Larguémonos! ¡En nombre de Alá, póngase en marcha antes de que
nos maten!
Batutta no tenía más ganas de morir que sus superiores. A
ninguno de los oficiales le producía la menor desazón huir del campo de batalla
para salvar sus propios pellejos, dejando a sus hombres abandonados a su
suerte. Aturdido por el terror, Batutta puso primera marcha y pisó el
acelerador a fondo. Aunque el vehículo era un cuatro por cuatro, el enloquecido
girar de las ruedas sobre la arena blanda impidió que hiciera tracción. Presa
del pánico, Batutta aceleró más, consiguiendo únicamente que las ruedas se
hundieran hasta los ejes.
De pronto Kazim, que había estado boqueando sin articular
palabra, volvió bruscamente a la realidad. Con el rostro contorsionado por el
terror, gritó:
—¡Sálvenme! ¡Les ordeno que me salven!
—¡So estúpido! —gritó Mansa a Batutta—. ¡O deja de acelerar, o
no saldremos nunca de aquí!
—¡Hago lo que puedo! —replicó Batutta, con la frente bañada en
sudor.
Sólo Yerli permanecía inmóvil, aceptando su destino sin
inmutarse. Silenciosamente, miró por la ventanilla y contempló cómo, en la
forma de un fornido norteamericano con uniforme de combate para el desierto, se
avecinaba su propia muerte.
El sargento de primera clase Jason Rasmussen, de Paradise
Valley, Arizona, había conducido a su equipo desde el tren hasta las tiendas de
campaña de Kazim. Su tarea consistía en tomar la sección de comunicaciones y
evitar que los malienses dieran una alarma que se traduciría en un ataque de la
aviación. Tenían que entrar y salir con la rapidez con la que «un vampiro mea
sangre», según expresó gráficamente Hargrove al darles instrucciones. Si no
actuaban con celeridad y los cazarreactores malienses alcanzaban a los
helicópteros Apache antes de que éstos llegaran a Mauritana, podían darse por
muertos.
Los hombres de Rasmussen apenas encontraron resistencia en los
atónitos soldados malienses y lograron sin dificultad su misión de cortar las
comunicaciones. De pronto, el sargento se fijó en el coche oficial y echó a
correr hacia él. Desde atrás, distinguió tres cabezas en la parte trasera y dos
en la delantera. Lo primero que se le ocurrió al ver que el coche estaba
atascado en la arena fue hacer prisioneros a los ocupantes. Pero súbitamente,
el vehículo saltó hacia delante, alcanzando terreno firme. El conductor,
aumento cautamente la velocidad y el coche comenzó a alejares.
Rasmussen alzó su ametralladora y disparó. Sus balas salpicaron
las portezuelas y las ventanillas del vehículo. Saltaron fragmentos de
cristales, que refulgieron al sol antes de caer sobre la arena. Tras recibir el
contenido de dos cargadores, el coche, convertido en un colador, redujo
velocidad y se detuvo. Cautelosamente, Rasmussen se acercó al vehículo, donde
vio al chófer derrumbado sin vida sobre el volante. El cuerpo de un alto
oficial maliense asomaba a medias por una ventanilla, mientras otro oficial
había caído del coche y yacía de espaldas contra el suelo, mirando al cielo con
ojos ciegos. En el centro del asiento posterior había un tercer hombre que
tenía los ojos muy abiertos, como si estuviera mirando un objeto lejano en
pleno trance hipnótico. Por contra, el hombre del asiento contiguo al conductor
mostraba en su rostro una extraña expresión de paz.
A Rasmussen, el oficial del asiento posterior le pareció una
especie de mariscal de tebeo. La pechera de su uniforme estaba cubierta por
todo tipo de medallas, cintas y condecoraciones.
Rasmussen no podía creer que aquel individuo fuera el líder de
las fuerzas malienses. A través de la portezuela abierta, dio un golpe con la
culata de su ametralladora al alto oficial. El cuerpo se deslizó de costado,
revelando dos limpios orificios de bala a la altura de la nuca.
El sargento de primera clase Rasmussen verificó el estado de los
otros ocupantes del coche. Todos habían sufrido heridas mortales. Rasmussen no
tenía ni idea de que había cumplido su misión con creces, por encima de
cualquier expectativa. Sin órdenes directas de Kazim o de algún miembro de su
Estado Mayor, no había ningún oficial subordinado dispuesto a ordenar un ataque
aéreo por su cuenta y riesgo. El solo, un simple sargento de Arizona, había
cambiado el rostro de un país del Africa Occidental. Como consecuencia de la
muerte de Kazim, un nuevo partido político partidario de la reforma democrática
barrería a los viejos líderes malienses y formaría un nuevo gobierno. Un
gobierno que no se mostraría nada tolerante con las manipulaciones de
carroñeros como Yves Massarde.
Sin darse cuenta de que había cambiado la historia, Rasmussen
volvió a cargar su arma y, olvidando a los muertos del interior del coche,
regresó junto a sus hombres para ayudarlos a peinar la zona.
Pasarían casi diez días antes de que el general Kazim fuese
enterrado en el desierto que había sido testigo de su derrota final. Nadie lo
lloró, y la suya fue una tumba anónima.
57
Pitt ascendió corriendo las escaleras del arsenal y se unió a
los supervivientes del Equipo Táctico, que habían establecido su último bastión
frente a la entrada del subterráneo. Tras una improvisada barricada, disparaban
incesantemente contra el patio de entrada. Resistían en aquel mar de
devastación y muerte luchando con una ferocidad casi vesánica para evitar que
el enemigo ganase el arsenal y asesinara a los civiles y a los heridos antes de
que Giordino y las Fuerzas Especiales pudieran intervenir.
Estupefactos ante la tenacidad de los resistentes, que se negaba
a claudicar, los diezmados atacantes malienses vieron cómo su avance era, no
sólo contenido, si no también repelido cuando Pitt, PembrokeSmythe, Hooper,
Fairweather y doce combatientes de la ONU, se lanzaron hacia delante. Eran sólo
catorce hombres cargando contra casi un millar. Embistieron contra la aturdida
masa, gritando como salidos del averno y disparando a cuanto se movía ante
ellos.
Ante la atroz acometida contra sus filas, la masa de malienses
se abrió como el mar Rojo ante Moisés. Los soldados huyeron en todas
direcciones. Pero no todos fueron presa de un terror paralizante. Unos cuantos,
los más valerosos, se arrodillaron y abrieron fuego contra la mortífera cuña
humana que estaba arremetiendo contra ellos. Cuatro de los combatientes de la
ONU cayeron, pero la inercia empujó a los otros hacia delante, y la lucha
degeneró en un combate cuerpo a cuerpo.
Ensordecido por las detonaciones de su propia automática, Pitt
vio cómo el grupo de cinco malienses que tenía ante sí caía abatido. No existía
posibilidad de retirarse ni de ponerse a cubierto mientras las fuerzas
malienses mantuvieran el terreno ganado.
Enfrentado a un muro humano, Pitt vació su pistola y luego la
arrojó, al tiempo que era alcanzado en un muslo y se derrumbaba.
En aquel momento, los Rangers del coronel Gus Hargrove entraron
en tromba en el fortín y abrieron un mortífero fuego que cogió a las confiadas
tropas del finado general Kazim totalmente por sorpresa. Ante Pitt y los otros,
la resistencia pareció disolverse no bien los estupefactos malienses
advirtieron el fuerte ataque por retaguardia de que estaban siendo objeto. El
valor y la sensatez se esfumaron. En un campo de batalla abierto, el resultado
habría sido una completa desbandada, pero en el interior del fuerte no había
adónde huir. Como obedeciendo a una orden no expresada, los malienses
comenzaron a tirar las armas y a ponerse las manos detrás de nuca.
El intenso tiroteo se redujo y finalmente cesó por completo.
Sobre el fortín cayó un extraño silencio mientras los hombres de Hargrove se
dedicaban a acorralar y desarenar a los malienses. Había algo tétrico e
inquietante en la forma súbita en que el combate concluyó.
—¡Dios del Cielo! —murmuró uno de los Rangers al ver la magnitud
de la carnicería. Desde el momento en que saltaron del tren y cargaron a través
del desierto que separaba el fortín de las vías, habían corrido por una
alfombra de muertos y heridos, en algunos casos tan apilados que tuvieron que
rodear los montones macabros. Y en el interior de la demolida fortaleza el
espectáculo era aún más impresionante pues, entre los cascotes, los cadáveres
yacían en pilas de tres y de cuatro. Nadie había visto nunca tanto muertos en
un mismo lugar.
Pitt se puso en pie trabajosamente sobre una pierna. Arrancando
una manga de su camisa, la anudó en torno al orificio del muslo para cortar la
hemorragia. Luego miró hacia PembrokeSmythe, que seguía en pie, pálido y
macilento y sufriendo los dolores de sus múltiples heridas.
—Tiene usted peor aspecto que la última vez que lo vi —dijo
Pitt.
El capitán miró a Pitt de arriba abajo y se sacudió con
indiferencia el polvo de la pechera.
—Pues no crea que a usted le permitirían entrar en el hotel
«Savoy» con esa pinta.
Como salido de la tumba, el coronel Levant surgió entre la
increíble devastación y fue renqueando hacia Pitt y PembrokeSmythe, utilizando
un lanzagranadas a modo de muleta. El casco de Levant había desaparecido, y el
brazo izquierdo colgaba flácido a su costado. Sangraba por una herida en el
cuero cabelludo y por otra en el tobillo.
Nadie había esperado volverlo a ver con vida. Pitt y
PembrokeSmythe le estrecharon solemnemente la mano.
—Me alegro de verlo, coronel —dijo PembrokeSmythe jovialmente—.
Lo suponía enterrado bajo el muro.
—Y durante un rato lo estuve. —Levant dirigió una sonrisa a
Pitt—. Veo que continúa usted entre nosotros, Mr. Pitt.
—La mala hierba..., ya sabe.
Levant dirigió una mirada contrita al reducido grupo de sus
hombres que lo rodeaban y saludaban.
—Parece que hemos sufrido estragos.
—Más han sufrido ellos —replicó torvamente Pitt.
Levant vio que Hargrove y sus lugartenientes se acercaban
acompañados por Giordino y Steinholm. El francés se irguió y, volviéndose hacia
PembrokeSmythe, ordenó:
—Que formen los hombres, capitán.
A PembrokeSmythe le costó un esfuerzo evitar que la voz le
temblara al decir:
—Muy bien, señores... —Se cortó al ver entre los reunidos cómo
una cabo ayudaba a mantenerse en pie a un fornido sargento y señora. Formen en
línea.
Hargrove se detuvo frente a Levant y los dos coroneles cambiaron
saludos. El norteamericano quedó estupefacto al ver el número mermado de
combatientes que se habían enfrentado a las fuerzas malienses. El Equipo
Internacional Táctico permanecía aguerridamente en formación. Pese a las
heridas, todas las miradas reflejaban orgullo. Tanto era el polvo que los
cubría, que se asemejaban a estatuas. Tenían los ojos hundidos y enrojecidos, y
los macilentos rostros acusaban el calvario por el que acababan de pasar. Los
hombres tenían la barba crecida y los uniformes de combate rotos y manchados.
Algunos llevaban toscos vendajes empapados en sangre. Y sin embargo, allí
estaban: invictos.
—Coronel Jason Hargrove —se presentó— de los Rangers del
Ejército estadounidense.
—Coronel Marcel Levant, del Equipo de Respuesta Crítica de las
Naciones Unidas.
—Lamento profundamente no haber podido llegar antes —dijo
Hargrove.
Levant se encogió de hombros.
—El mero hecho de que hayan llegado, ya es un milagro.
—Ha sido una magnífica resistencia, coronel. Hargrove contempló
con incredulidad la destrucción que lo rodeaba, y luego miró a los agotados
combatientes formados tras el coronel—. ¿Son todos? —preguntó.
—Sí: todos los que quedan de mi fuerza de combate.
—¿A cuántos tenía bajo su mando?
—Al principio éramos unos cuarenta.
Como en trance, Hargrove saludó de nuevo a Levant.
—Lo felicito por tan gloriosa defensa. Jamás había visto nada
parecido.
—En el arsenal subterráneo tenemos a los heridos —informó Levant
a Hargrove.
—Según mis noticias, inicialmente conducía usted a mujeres y
niños.
—Están con los heridos.
Bruscamente, Hargrove se volvió hacia sus oficiales.
—Que vengan nuestros médicos y se ocupen de esa gente. Rápido:
hagan subir a los de abajo y evácuenlos en los helicópteros de transporte. La
aviación maliense puede aparecer en cualquier momento.
Giordino se acercó a Pitt, que permanecía a un lado, y lo
abrazó.
—Amigo mío... Realmente, llegué a creer que ésta no la contabas.
Pese a su inmensa fatiga y a las oleadas de dolor que le causaba
su herida en el muslo, Pitt logró sonreír.
—El diablo y yo no conseguirnos ponernos de acuerdo.
—Lamento no haber llegado dos horas antes.
—Nadie os esperaba por tren.
—Hargrove no podía arriesgar sus helicópteros haciéndolos volar
en pleno día a través de las defensas aéreas de Kazim. Pitt miró hacia un
Apache que sobrevolaba el fuerte, oteando el horizonte con su sofisticado
equipo electrónico en busca de enemigos.
—Conseguisteis llegar sin ser detectados —dijo—. Eso es lo que
cuenta.
—¿Y Eva? —preguntó Giordino con temor.
—Viva, pero muy mal herida. El claxon del tren la salvó cuando
le faltaban dos segundos para morir.
—¿Tan cerca estuvo de ser asesinada por la chusma de Kazim?
—preguntó Giordino —intrigado.
—Quien estuvo a punto de matarla fui yo. —Antes de que Giordino
pudiese replicar, Pitt señaló hacia la entrada del arsenal. —Vamos. Se alegrará
de ver tu cara de Quasimodo.
La expresión de Giordino se hizo grave ante la visión de los
heridos con sus ensangrentados vendajes y tablillas yaciendo en el atestado
suelo del arsenal. Lo sorprendió el daño que habían causado las piedras caídas
del techo. Pero lo que lo dejó estupefacto fue el increíble silencio. Ninguno
de los heridos profería un sonido; ni un solo gemido escapaba de sus labios. En
aquel maltrecho sótano, nadie articulaba palabra. Los niños se limitaron a
mirar fijamente a Giordino, agotados tras tantas horas de terror
ininterrumpido.
Luego, como puestos de acuerdo, todos estallaron en débiles
hurras y aplausos. Habían reconocido en Giordino a uno de los dos hombres que
fueron a por los refuerzos que acababan de salvarlos. La escena divirtió a
Pitt, pues jamás había visto a su amigo actuar con tanta modestia y turbación.
Los hombres se acercaban para estrecharle la mano, y las mujeres lo besaban
como a un antiguo novio que todavía se ama.
De pronto Giordino divisó a Eva, que alzó la cabeza y le dirigió
una amplia sonrisa.
—Al... yo... Yo sabía que regresarías.
El hombre se acuclilló junto a ella, con cuidado de no tocar sus
heridas y, torpemente, le palmeó una mano.
—No sabes cómo me alegro de ver que Dirk y tú seguís con vida...
—Tuvimos toda una fiestecita —dijo ella, valerosamente—. Lástima
que te la perdieras.
—Me mandaron a por hielo.
Ella miró a los heridos de su alrededor.
—¿No se puede hacer nada por ellos?
—Los médicos de las Fuerzas Especiales viene en camino —explicó
Pitt—. Se evacuará a todo el mundo lo antes posible.
Momentos después aparecieron unos Rangers corpulentos y de
bronco aspecto que transportaron con todo mimo a los niños y ayudaron a sus
madres a llegar al helicóptero de transporte que se había posado en el patio. A
continuación, los médicos Ranger, ayudados por sus exhaustos colegas del equipo
de la ONU, procedieron a la evacuación de los heridos.
Giordino obtuvo una camilla y, con Pitt renqueando al otro
extremo, subieron a Eva al brillante sol de la tarde.
—Nunca creí que el calor del desierto me podría resultar tan
agradable —murmuró la herida.
En las abiertas puertas de carga del helicóptero aparecieron dos
Rangers que se ocuparon de la camilla.
—A partir de aquí, nosotros cuidaremos de la señorita —dijo uno
de ellos.
—Póngala en primera clase —dijo Pitt, con una sonrisa—. Es una
dama muy especial.
—¡Eva! —tronó una voz desde el interior del helicóptero.
El doctor Hopper estaba sentado en una camilla. Un vendaje le
cubría la mitad del pecho desnudo, y otro un lado del rostro.
—Esperemos que este vuelo tenga un destino más agradable que el
último —comentó Hopper.
—Lo felicito, Doc —dijo Pitt—. Me alegro de verlo vivo.
—Me llevé por delante a cuatro, pero luego uno me tumbó con una
granada.
—¿Y Fairweather? —preguntó Pitt, que no había vuelto a ver al
inglés.
Hopper meneó tristemente la cabeza.
—El no podrá contarlo.
Pitt y Giordino ayudaron a los Rangers a asegurar la camilla de
Eva junto a la de Hopper. Luego Pitt acarició el pelo de la mujer.
—Con el doctor Hopper te quedas en buena compañía. Eva miró a
Pitt, ansiando de todo corazón que él pudiese tomarla en sus brazos.
—¿Tú no vienes?
—En este viaje, no.
—Pero necesitas atención médica... —protestó ella. —Me quedan
algunos asuntos por concluir.
—No puedes quedarte en Malí —le imploró Eva—. No debes. Después
de todo lo que ha ocurrido, es una locura.
—Al y yo vinimos a Africa a hacer un trabajo. Aún no lo hemos
terminado.
—Entonces... ¿lo nuestro aquí termina? —preguntó ahogadamente la
mujer.
—No, no se trata de nada tan definitivo.
—¿Cuándo te volveré a ver?
—Si todo va bien, muy pronto —dijo él, sinceramente. Eva alzó la
cabeza y sus ojos brillaron al sol con lágrimas contenidas. Luego lo besó
suavemente en la boca.
—Por favor, que sea pronto...
Pitt y Giordino se retiraron. El piloto del helicóptero aumentó
las revoluciones y el aparato se elevó del suelo, levantando un polvoriento
ciclón en el interior del fuerte.
Pitt y Giordino observaron cómo la aeronave sobrevolaba los
caídos muros y luego tomaba dirección oeste.
Giordino se volvió hacia Pitt y señaló las heridas de éste. —Si
piensas hacer lo que creo, será mejor que antes te remienden.
Pitt insistió en esperar a que se atendiese a todos los heridos
más graves, y sólo entonces permitió que un médico le extrajese la metralla del
brazo y el hombro izquierdos, le cosiera el balazo que tenía en el muslo, le
pusiera un par de inyecciones para prevenir la infección y otra contra el
dolor, y luego lo vendase con cuidado. Después, él y Giordino se despidieron de
Levant y Pembroke-Smythe, que iban a ser evacuados con los demás supervivientes
del equipo de las Naciones Unidas.
—¿No nos acompañan? —preguntó Levant.
—No podemos dejar que el que está detrás de toda esta absurda
matanza salga por piernas como si tal cosa —respondió crípticamente Pitt.
—¿Yves Massarde?
Pitt asintió en silencio.
—Les deseo suerte. —Estrechó las manos de ambos—. Caballeros, lo
único que se me ocurre decirles es que les agradezco sus servicios.
—Ha sido un placer, coronel —replicó Giordino, con una sonrisa
fanfarrona—. Siempre que nos necesite, llámenos.
—Espero que le den una medalla —dijo Pitt—. No creo que haya
nadie que se la tenga más merecida.
Levant contempló la devastación como si buscara algo, viendo
quizá mentalmente a los hombres de su comando que yacían bajo las ruinas.
—Espero que los sacrificios sufridos por ambas partes merecieran
el terrible precio que se ha pagado en vidas. Pitt se encogió de hombros con
cansancio.
—La muerte se paga con dolor y sólo se mide por la profundidad
de la sepultura.
El último en subir a bordo fue Pembroke-Smythe, que iba con la
cabeza alta y una gloriosa expresión de arrogancia en su atractivo rostro.
—La fiestecita no ha estado mal del todo —dijo—. A ver cuándo la
repetimos.
—A partir de ahora, podernos celebrar una reunión anual —murmuró
Giordino con sarcasmo.
—Si alguna vez nos encontramos en Londres, el Dom Pérignon corre
de mi cuenta —dijo Pembroke-Smythe, imperturbable—. Además, les presentaré a
ciertas muchachas maravillosas que, por alguna razón inexplicable, encuentran a
los norteamericanos irresistibles.
—¿Nos dará una vuelta en su «Bentley»? —preguntó Pitt.
—¿Cómo sabe que tengo un «Bentley»? —replicó Pembroke-Smythe,
con sorpresa.
—Es el coche que le va —sonrió Pitt.
El helicóptero despegó, llevándose a los últimos componentes del
equipo de la ONU a Mauritania y a un lugar seguro.
Un joven teniente negro se acercó a los dos hombres.
—Disculpen... ¿son ustedes Mr. Pitt y Mr. Giordino? Pitt asintió con la cabeza.
—El coronel Hargrove los espera en el puesto de combate
maliense, al otro lado de las vías.
Giordino conocía demasiado a su amigo para ofrecerle un hombro
en el que apoyarse, así que Pitt hizo todo el trayecto renqueando y con los
dientes apretados a causa del dolor que le producía la herida del muslo. En su
rostro demacrado, parcialmente cubierto por un vendaje, los ojos opalinos
seguían brillando con determinación.
Las tiendas en las que estuvo instalado el puesto de combate de
Kazim tenían lonas de camuflaje; pero su forma evocaba el decorado de una
adaptación teatral de Las mil y una noches. Cuando los dos amigos entraron en
la tienda principal, el coronel Hargrove, con su sempiterno cigarro a medio
consumir entre los labios, se encontraba inclinado sobre una mesa, estudiando
los códigos de comunicaciones militares de Kazim.
Sin más preámbulos, Hargrove preguntó:
—¿Alguno de ustedes sabe qué pinta tiene Zateb Kazim?
—Nosotros lo conocemos —replicó Pitt.
—¿Podrían identificarlo?
—Probablemente.
Levant se enderezó y fue hacia la salida de la tienda.
—Acompáñenme. —Los condujo a través de un corto trecho de
terreno llano hasta un coche al que los balazos habían dejado como un colador.
Se quitó el cigarro, escupió en la arena, y preguntó—: ¿Reconocen a alguno de
estos payasos?
Pitt se asomó al interior del coche. Hordas de moscas zumbaban
en torno a los cadáveres ensangrentados. Miró a Giordino, que contemplaba el
macabro cuadro desde el otro lado. Giordino se limitó a asentir con la cabeza.
Pitt se volvió hacia Hargrove.
—El del centro es el finado general Zateb Kazim.
—¿Seguro? —preguntó Hargrove.
—Totalmente —afirmó Pitt.
—Los demás deben de ser miembros de su Estado Mayor —añadió
Giordino.
—Lo felicito, coronel. Ahora, cuanto tiene que hacer es informar
al gobierno de Malí que el general se encuentra bajo su custodia y que lo
retiene como rehén para asegurarse el regreso de sus hombres a Mauritania.
Hargrove miró a Pitt, sorprendido.
—Pero el tipo es un cadáver.
—Ya; pero, ¿quién lo sabe? Desde luego, no sus subordinados en
las Fuerzas de Seguridad malienses.
Hargrove tiró su cigarro y lo hundió en la arena con la bota.
Miró hacia el lugar donde se encontraban los cientos de supervivientes de las
fuerzas de asalto de Kazim, formando un gran círculo y estrechamente vigilados
por los Rangers.
—No veo ningún motivo para que el truco no resulte. Mientras
terminamos de evacuar, haré que mi oficial de información se ponga en contacto
radiofónico con los malienses.
—Habida cuenta que ya no tenemos que salir de aquí como alma que
lleva el diablo, quisiera pedirle algo.
—¿Qué? —preguntó Hargrove.
—Un favor.
—¿Qué puedo hacer por ustedes?
Pitt dirigió una sonrisa a Hargrove, al que sacaba media cabeza.
—Pues... Quisiera que me prestase un helicóptero y a varios de
sus mejores hombres, coronel.
58
Tras comunicarse con las autoridades malienses y soltarles el
embuste de que tenía a Kazim como rehén, Hargrove quedó convencido de que no se
tomaría acción militar alguna contra su fuerza en evacuación. Libre ya de
inquietudes, el coronel se sintió sumamente divertido cuando el presidente
títere de Malí le suplicó que ejecutase al general Kazim.
Pero Hargrove no tenía la menor intención de prestar su
helicóptero personal Sikorsky H-76 Eagle, su dotación y seis de sus Rangers a
un par de burócratas sabihondos, y mucho menos en una zona de combate. Su única
concesión a la solicitud de Pitt fue transmitirla por el capturado sistema de
comunicaciones de Kazim al Comando de Operaciones Especiales en Florida, en la
certeza de que sus superiores se reirían de ella.
Quedó estupefacto ante la respuesta, que llegó casi
inmediatamente. No sólo se concedía la petición, sino que había recibido el
visto bueno del propio Presidente.
—Debe de tener usted amigos muy arriba —dijo Hargrove cáustico a
Pitt.
—No vamos precisamente de picnic —replicó Pitt, sin poder
ocultar su satisfacción—. Aunque usted no esté informado, en esta operación hay
en juego mucho más que una mera misión de rescate.
—Bueno, ¿qué se le va a hacer? —suspiró el coronel—. ¿Durante
cuánto tiempo necesitará mi helicóptero y a mis hombres?
—Un par de horas.
—¿Y luego?
—Si todo sale según mi plan, le devolveremos su aparato intacto
y a sus hombres ilesos.
—¿Y que pasará con Giordino y usted?
—Nos quedaremos atrás.
—No perderé el tiempo preguntándole por qué —dijo Hargrove,
meneando la cabeza—. Toda esta operación ha sido un misterio para mí.
—¿Acaso hay alguna operación militar que no lo sea? —comentó
seriamente Pitt—. Las repercusiones de lo que usted ha logrado hoy aquí van más
allá de cuanto pueda imaginar.
Hargrove alzó inquisitivamente las cejas.
—¿Cree que alguna vez entenderé lo que está usted diciendo?
—Siga la fórmula tradicional para averiguar secretos de Estado:
léalo en los periódicos de mañana —dijo Pitt, con una sonrisa irónica en los
labios.
Después de desviarse veinte kilómetros de su ruta hasta una
aldea abandonada, donde recogieron muestras de agua contaminada del pozo de su
plaza, Pitt indicó al piloto del Eagle que se dirigiera sin ninguna prisa hacia
la planta destoxificadora de Fort Foureau.
—Que los guardas de seguridad puedan echarle un buen vistazo a
nuestro armamento —dijo Pitt al piloto—. No obstante, esté prevenido ante un
posible fuego desde tierra.
—El helicóptero privado de Massarde está en el helipuerto, con
los rotores girando —observó Giordino—. Parece que nuestro amigo pretende salir
rápidamente de viaje.
—Como Kazim está muerto, Massarde no puede conocer aún el
resultado final de la lucha —dijo Pitt—, pero es lo bastante astuto como para
darse cuenta de que algo ha salido mal.
—Es una lástima que debamos cancelar su viaje —dijo
malévolamente Giordino.
—No hay indicios de fuego desde tierra, señor —notificó el
piloto a Pitt.
—Muy bien: déjenos en el helipuerto.
—¿No quiere que vayamos con usted? —preguntó un sargento de
bronco aspecto.
—Ahora que los guardas de seguridad están adecuadamente
impresionados, Al y yo podemos seguir solos. Permanezca en el área unos treinta
minutos, como demostración de fuerza para intimidar a cualquier insensato que
intente resistirse. Y detenga a ese helicóptero civil si intenta despegar.
Luego, en cuanto yo se lo indique, regrese al puesto de mando del coronel
Hargrove.
—Los espera un comité de bienvenida —dijo el piloto, señalando
hacia el helipuerto.
—Vaya, vaya... —dijo Giordino, frunciendo los párpados para
contrarrestar el brillo del sol—. Parece nuestro viejo amigo, el capitán
Brunone.
—Y un grupo de sus sicarios —añadió Pitt. Tocó al piloto en el
hombro—. Mantenga sus armas apuntadas contra ellos hasta que le hagamos señas
de que se marche.
El Eagle descendió hasta medio metro del suelo, mientras el
piloto mantenía apuntados los lanzacohetes y el cañón Chain contra la guardia
de seguridad. Giordino saltó ágilmente a la pista y luego ayudó a bajar al
renqueante Pitt. Ambos se dirigieron hacia Brunone quien, al reconocerlos, dio
un respingo y los miró con incredulidad.
—No esperaba volverlos a ver —dijo Brunone.
—Apuesto a que no —murmuró hoscamente Giordino.
Pitt miró fijamente a Brunone. En los ojos del capitán leía algo
que a Giordino se le escapaba, una expresión que, en vez de ira o temor, más
bien parecía de alivio.
—Parece como si se alegrara de vernos.
—Así es. Me dijeron que nadie había logrado escapar jamás de
Tebezza.
—¿Fue usted quien envió allí a los ingenieros de la planta junto
a sus esposas e hijos?
Brunone negó solemnemente con la cabeza.
—No: esa tropelía se cometió una semana antes de mi llegada.
—Pero sabía que estaban encarcelados.
—Sólo oí rumores. Traté de investigar el asunto, pero Mr.
Massarde lo rodeó de un muro de secreto. Todos los relacionados con aquel
delito desaparecieron del proyecto.
—Probablemente, les rebanó el gaznate para garantizar su
silencio —dijo Giordino.
—No siente usted mucha simpatía hacia Massarde, ¿verdad?
—preguntó Pitt.
—Ese tipo es un cerdo y un ladrón —dijo despectivamente
Brunone—. Yo podría contar cosas sobre este proyecto...
—Ya las conocemos —le interrumpió Pitt—. ¿Por qué no dejó el
trabajo y regresó a Francia?
Brunone miró fijamente a Pitt.
—Los que dimiten de la Massarde Enterprises son enterrados en el
plazo de una semana. Tengo mujer y cinco hijos.
Diciéndose que quien hace un cesto hace ciento, Pitt tuvo la
corazonada de que Brunone era de fiar. La colaboración del capitán podía
resultar valiosa.
—A partir de este momento, deja usted de ser empleado de Yves
Massarde. Ahora trabaja para las Industrias Pitt y Giordino.
Por unos instantes, Brunone reflexionó sobre las palabras de
Pitt que, más que una proposición, eran una exposición de los hechos. Miró al
helicóptero, cuya capacidad de fuego podía arrasar la mitad de las
instalaciones, y luego estudió la resuelta y supremamente confiada expresión de
Pitt y Giordino. Al fin, encogiéndose de hombros, dijo:
—Trato hecho.
—¿Y sus guardas de seguridad?
Brunone sonrió por primera vez.
—Mis hombres me son leales. Detestan a Massarde tanto como yo.
No protestarán por el cambio de patrón.
—Refuerce su lealtad informándolos de que sus sueldos acaban de
doblarse.
—¿Y qué pasara conmigo?
—Juegue bien sus cartas —dijo Pitt—, y será el próximo director
gerente de estas instalaciones.
—A eso se le llama un incentivo de primera. Pueden contar con mi
plena y absoluta cooperación. ¿Qué quieren que haga?
Con un movimiento de cabeza, Pitt señaló hacia el edificio de
administración.
—Empiece por llevarnos ante Massarde, para que podamos darle la
patada.
De pronto Brunone vaciló.
—Olvidan ustedes al general Kazim. Él y Massarde son socios. Si
ve que se le escapa su parte en el negocio, no creo que se quede con los brazos
cruzados.
—Zateb Kazim ya no es un problema —le aseguró Pitt.
—¿Y eso? ¿Cuál es la actual situación del general?
—¿Quiere saber cuál es su situación? —replicó Giordino en tono
zumbón—. La última vez que lo vemos estaba rodeado de moscas.
Massarde permanecía tranquilamente sentado a su inmenso
escritorio. Lo único que sus penetrantes ojos azules reflejaban era un tenue
desagrado, como si la súbita aparición de Pitt y Giordino no fuera más que una
molestia pasajera. Verenne con el rostro transformado en una mueca de disgusto
permanecía tras él, como un discípulo leal.
—Como las furias vengadoras de la mitología griega, no deja
usted de atosigarme —dijo Massarde a Pitt filosóficamente—. Hasta parece recién
salido de averno.
En la pared de detrás del escritorio había un gran espejo
antiguo, con un barroco marco dorado y rematado por dos querubines. Mirándose
en él, Pitt se dijo que la descripción de Massarde era bastante exacta. A
diferencia de Giordino, que se encontraba razonablemente limpio e ileso, Pitt
tenía el uniforme de combate roto y sucio por el polvo y el humo. A través de
los desgarrones de su ropa se veían vendajes en el brazo y el hombro izquierdos
y en el muslo derecho. Un corte le atravesaba el rostro desde el pómulo hasta
la barbilla. El hombre se dijo que si pudiera encontrar una calle en la que
tumbarse podría pasar perfectamente por la víctima de un atropello abandonada.
—Los fantasmas de los asesinados vuelven para atormentar al
asesino; no somos más que eso: espectros —dijo Pitt—. Hemos venido a castigarlo
por sus crímenes.
—Ahórrese las payasadas —dijo Massarde—. ¿Qué quieren?
—Para empezar, queremos la planta de eliminación de residuos
tóxicos de Fort Foureau.
—Quieren la planta —Massarde lo dijo como si se tratase de lo
más normal del mundo—. Supongo por su desfachatez que el general Kazim no ha
logrado capturar a los fugados de Tebezza.
—Si se refiere a las familias que fueron sometidas por usted a
la esclavitud, ha dado en el clavo. En estos momentos, vuelan hacia la libertad
gracias a los heroicos sacrificios del Equipo Táctico de la ONU y de la
oportuna llegada de un Comando de Fuerzas Especiales norteamericana. Una vez en
Francia, denunciarán todos sus desmanes, Massarde: los asesinatos, las
horrendas atrocidades de su mina de oro, su operación ilegal de vertido de
desechos, que ha causado miles de muertes entre los pobladores del desierto.
Con todo ello basta y sobra para convertirlo en el enemigo mundial número uno.
—Mis amigos en Francia me protegerán.
—No cuente con sus conexiones en las alturas del gobierno
francés. Una vez estalle el clamor popular, sus actuales amigos ni siquiera
admitirán que lo conocen. Luego tendrá el más desagradable de los juicios, y lo
mandarán a la Isla del Diablo o al sitio al que los franceses manden ahora a
sus delincuentes.
Verenne, agarrado al respaldo del sillón de su jefe, salió en
defensa de Massarde:
—Mr. Massarde jamás será sometido a juicio ni enviado a prisión.
Es demasiado poderoso, demasiados líderes mundiales son amigos suyos...
—...y están en su nómina —concluyó Giordino, que, a continuación
fue al bar y se sirvió una botella de agua mineral.
—Mientras permanezca en Malí, soy intocable —dijo Massarde—. No
me costará el menor esfuerzo seguir controlando la Massarde Enterprises desde
aquí.
—Me temo que no será posible —dijo Pitt, disponiéndose a entrar
a matar—. Sobre todo teniendo en cuenta la oportuna y bien merecida defunción
del general Kazim.
Massarde miró a Pitt y crispó perceptiblemente los labios.
—¿Kazim ha muerto?
—Junto con todo su Estado Mayor y la mitad de su ejército. El
francés se volvió hacia Brunone.
—¿Qué me dice, capitán? ¿Sus hombres y usted siguen conmigo?
Brunone, negó con la cabeza lentamente.
—No, señor. En vista de los últimos acontecimientos, he decidido
aceptar la oferta de Mr. Pitt, que me parece más atractiva.
Massarde exhaló un largo suspiro de derrota.
—¿Para qué demonios quiere el control del proyecto? —preguntó a
Pitt.
—Para ponerlo en condiciones e intentar remediar el daño
ecológico que usted ha causado.
—Los malienses jamás permitirán que un extraño asuma el control.
—Creo que las autoridades no pondrán muchos obstáculos en cuanto
se enteren de que su país recibirá todos los beneficios de la operación.
Teniendo en cuenta que Malí es uno de los países más pobres del mundo, ¿cómo
van a negarse?
—¿Piensa usted entregar el proyecto de destoxificación solar más
avanzado del mundo a un montón de bárbaros ignorantes que lo arruinarán en
menos de una año? —preguntó Massarde, sorprendido— Lo echará a perder.
—¿Cree que me he metido en este berenjenal con el ánimo de dar
el gran pelotazo financiero? Lo siento, Massarde: aunque somos pocos, a algunos
no nos mueve la codicia.
—Es usted un idiota, Pitt —exclamó Massarde, levantándose de su
escritorio presa de la ira.
—¡Siéntese! Aún le queda por oír la mejor parte del trato.
—¿Qué otra cosa puede pedirme, además del control de Fort
Foureau?
—La fortuna que tiene oculta en las Islas de la Sociedad.
—¿De qué habla? —inquirió furiosamente Massarde.
—Los millones, quizá cientos de millones en activos líquidos
que, a lo largo de los años, ha acumulado por medio de sus turbios manejos y
sórdidas transacciones comerciales. Es cosa sabida que no confía usted en las
instituciones financieras. Tampoco sigue las prácticas de inversión habituales,
ni tiene su dinero almacenado en las islas Caimán o las del Canal. Podría
haberse retirado hace tiempo, y dedicarse a disfrutar de la vida e invertir en
arte, en coches antiguos, o en villas en Italia. O, mejor aún, podría haberse
convertido en un filántropo y dedicar su indiscutible talento a obras de
caridad. Pero codicia engendra codicia. Le es imposible gastar lo que gana. Por
mucho que se tenga, nunca es suficiente. Está demasiado enfermo para vivir como
la gente normal. Lo que no invierte en la expansión de la Massarde Enterprises,
lo oculta en una isla del Pacífico meridional. ¿Tahití, Moorea, o Bora?
Sospecho que debe de ser una de las islas menos pobladas del archipiélago. ¿Me
alejo mucho de la verdad, Mr. Massarde?
El francés no aclaró si Pitt estaba lejos o cerca de la verdad.
—Ese es el trato —continuó Pitt—. A cambio de que renuncie a
todo control sobre este proyecto y de que revele dónde oculta sus malhabidas
ganancias, lo dejaré abordar su helicóptero con su lacayo Verenne, y volar
adónde desee.
—Es usted un idiota —le espetó roncamente Verenne—. No tiene
autoridad ni fuerza para chantajear a Mr. Massarde.
En ese momento Giordino, a quien nadie prestaba atención hablaba
en susurros por un pequeño transmisor de radio desde detrás del bar. La
sincronización fue casi perfecta. Sólo transcurrieron unos segundos de silencio
antes de que el helicóptero Eagle apareciese súbita y amenazadoramente ante el
ventanal con todas sus armas a punto para reducir a escombros la oficina de
Massarde.
Pitt señaló la imponente aeronave con un movimiento de cabeza.
—Autoridad, no; fuerza, sí.
Massarde sonrió. No era hombre que se dejara acorralar sin
oponer resistencia. No parecía sentir el más mínimo miedo. Se echó hacia
delante sobre el escritorio y, sosegadamente, dijo:
—Quédese con la planta si quiere. Sin el respaldo de un déspota
como Kazim, los estúpidos del gobierno permitirán que se deteriore y se
convierta en una ruina inútil, como ha ocurrido con todos los fragmentos de
civilización occidental que han llegado a este desierto dejado de la mano de
Dios. Tengo otros proyectos y otras empresas con los que sustituir éste.
—Ya hemos recorrido la mitad del camino —dijo fríamente
Giordino.
—En cuanto a mi fortuna, no desperdicie saliva. Lo mío no es de
nadie más que mío. Pero en algo sí tiene razón: está en una isla del Pacífico.
Usted y un millón más como usted podrían buscarla durante mil años y no la
encontrarían.
Pitt se volvió hacia Brunone.
—Capitán: aún quedan unas horas de calor. Por favor: amordace a
Mr. Massarde y desnúdelo. Luego tiéndalo despatarrado sobre la arena, con las
manos y los tobillos atados a estacas, y déjelo allí.
Massarde se estremeció. No le entraba en la cabeza que pudieran
tratarlo con la brutalidad que él solía emplear con la gente.
—¡No puede hacerle eso a Yves Massarde! —dijo, enfurecido—. ¡Por
Dios que no...!
Sus palabras fueron interrumpidas por un fuerte revés de la mano
de Pitt en pleno rostro.
—Donde las dan las toman, amigo. Aunque por suerte para usted yo
no llevo anillo.
Massarde no dijo nada. Por unos momentos permaneció inmóvil, con
el rostro convertido en una máscara de odio. Empezaba a palidecer a causa del
miedo incipiente. Miró a Pitt y comprendió que no había escapatoria. En el
americano no se percibía más que una fría implacabilidad y una absoluta falta
de compasión. Las posibilidades de eludir el suplicio eran nulas. Lentamente,
se quitó las ropas hasta dejar al descubierto toda la blancura de su cuerpo.
Pitt ordenó:
—Capitán Brunone: cumpla sus órdenes.
—Será un placer, señor —replicó Brunone, evidentemente
encantado.
Una vez Massarde estuvo amordazado y amarrado a cuatro estacas
bajo el implacable sol del Sahara y sobre el ardiente terreno del exterior del
edificio principal, Pitt indicó a Giordino:
—Dale las gracias a los del helicóptero y diles que ya pueden
volver con el coronel Hargrove.
Al recibir el mensaje, el piloto de la aeronave hizo una seña de
despedida y enfiló su aparato hacia el campo de batalla. Ahora estaban a merced
de sus propios recursos, y confiando en que saliera bien algo que tenía
muchísimo de farol.
Giordino miró hacia Massarde y luego a Pitt. Con un brillo de
curiosidad en los ojos, preguntó:
—¿Por qué la mordaza? —preguntó.
Pitt sonrió.
—Si tú estuvieras ahí fuera, asándote al sol, ¿cuánto ofrecerías
a los hombres de Brunone por que te dejaran escapar?
—Un par de millones de dólares o más —replicó Giordino,
admirando la sutileza de Pitt.
—Probablemente, más.
—¿De veras crees que hablará?
Pitt meneó negativamente la cabeza.
—No: Massarde sufrirá las torturas del infierno sin revelar el
escondite de su fortuna.
—Pero, si él no te lo dice, ¿quién lo hará?
—Su confidente y amigo más íntimo —dijo Pitt, señalando hacia
Verenne.
—¡Oigan, maldita sea, yo no se nada! —exclamó Verenne en un
grito de desesperación.
—Yo creo que sí. Quizá no sepa la localización exacta, pero
podrá proporcionarnos buenas pistas.
El temblor en los ojos y la temerosa expresión de su rostro
fueron prueba suficiente de que Verenne conocía el secreto. —Aunque lo supiera,
no se lo diría.
—Al... Yo voy a aprovechar los lujosos aposentos de Massarde
para darme una ducha. Mientras tanto, ¿por qué no te llevas a nuestro amigo a
un despacho vacío y le convences de que nos haga un mapa del escondite secreto
de la fortuna de Massarde?
—Me parece estupendo —dijo Giordino—. Llevo casi una semana sin
partirle la boca a nadie.
59
Casi dos horas más tarde, tras una ducha y una breve siesta,
Pitt volvió a sentirse casi humano. Hasta el agudo dolor de sus heridas era
medianamente soportable. Estaba sentado al escritorio de Massarde, con un batín
de seda de casi dos tallas menores a la suya y que había encontrado en un
armario con ropas suficientes para abrir una boutique de caballero. Cuando
estaba registrando los cajones del escritorio, estudiando los papeles y
archivos del francés, Giordino apareció por la puerta, empujando por delante a
un pálido y desencajado Verenne.
—¿Habéis tenido una charla agradable? —preguntó Pitt. Giordino
asintió:
—En una compañía adecuada, el tipo es un gran conversador.
Verenne miraba a su alrededor con ojos desorbitados que parecían
haber perdido todo contacto con la realidad. Movía lentamente la cabeza de un
lado a otro, como si intentara disipar una niebla en su interior. Parecía al
borde del derrumbamiento nervioso.
Pitt estudió a Verenne con curiosidad.
—¿Qué le has hecho? —preguntó a Giordino—. No tiene ni una
marca.
—Como he dicho, mantuvimos una animada charla en la que le
expliqué detalladamente cómo iba a despedazarlo milímetro a milímetro.
—¿Eso es todo?
—Tiene una gran imaginación. Ni siquiera tuve que ponerle las
manos encima.
—¿Reveló en qué isla esconde Massarde su botín?
—Tenías razón en que se trataba de territorio francés, pero se
encuentra casi cinco mil kilómetros al noreste de Tahití y dos mil al suroeste
de México. Lo que se dice en el culo del mundo.
—No conozco ninguna isla francesa situada en el Pacífico, frente
a México.
—En 1979, Francia asumió la administración directa de un islote
llamado Clipperton, en memoria del pirata inglés John Clipperton, que lo
utilizó como guarida en 1705. Según Verenne, su superficie es de sólo cinco
kilómetros cuadrados, y su lugar más elevado es un promontorio de veintiún
metros.
—¿Hay habitantes?
Giordino negó con la cabeza.
—No, solo hay unos cuantos cerdos salvajes. Verenne dice que el
único vestigio de actividad humana es un faro abandonado del siglo xvii.
—Un faro —dijo lentamente Pitt—. Sólo a un astuto y taimado
pirata como Massarde se le ocurriría esconder un tesoro cerca de un faro de una
isla desierta en mitad de un oceáno.
—Verenne asegura desconocer el lugar exacto.
El aludido murmuró:
—Cuando anclamos frente a la isla, Mr. Massarde siempre va a
tierra solo en un bote, y de noche, para que nadie espíe sus movimientos.
Pitt miró a Giordino.
—¿Crees que dice la verdad?
—¡La digo, lo juro por Dios! —imploró Verenne.
—Quizá sea un cuentista nato —dijo Giordino.
—Digo la verdad. —Las palabras del hombre sonaron como la
súplica de un niño—. Dios mío, no quiero que me torturen. No soporto el dolor.
Giordino miró a Verenne con manifiesto recelo.
—También puede tener dotes de actor.
El francés estaba descompuesto.
—¿Cómo puedo conseguir que me crean?
—Dénos información sobre su jefe y me convencerá. Facilítenos
datos, nombres y fechas. La identidad de sus víctimas, una relación completa de
todos sus negocios sucios... Debe revelar todos los detalles del maléfico
imperio de Massarde.
—Si lo hago, él me matará —gimió Verenne, en un espantado
susurro.
—No le tocará ni un pelo.
—Claro que lo hará. Ustedes no conocen la inmensidad de su
poder.
—Creo que tengo alguna idea —dijo Pitt.
—Por mucho daño que él pueda hacerle, más le haré yo —dijo
Giordino amenazador.
Con el rostro cubierto de sudor, Verenne se dejó caer en un
sillón, miró a Giordino con temor y luego, algo más esperanzado a Pitt.
Aquellos hombres habían despojado a su jefe de toda dignidad, de toda
arrogancia. Si deseaba salvar la piel tendría que elegir entre uno y otros.
—Haré lo que me piden —susurró débilmente.
—Repítalo —exigió Pitt.
—Les entregaré todos los papeles e informes sobre la Massarde
Enterprises para que los investiguen.
—Incluidos los informes sobre actividades secretas ilegales.
—Les proporcionaré todo lo que no esté en papel o diskette.
Se produjo un breve silencio durante el cual Pitt fue a la
ventana y miró adonde yacía Massarde. Incluso a aquella distancia pudo advertir
cómo se le había enrojecido la piel. Pitt se acercó a Giordino y le puso una
mano en el hombro.
—El tipo es asunto tuyo, Al. Sácale hasta la última brizna de
información.
Giordino puso un brazo en torno a Verenne, que dio un respingo.
—Nosotros nos vamos a charlar amistosamente.
—Lo primero es una relación de las personas a las que Massarde
ha perjudicado o asesinado —dijo Pitt.
—¿Por algún motivo en particular? —preguntó Giordino con
curiosidad.
—Cuando llegue el momento, iremos al islote de Clipperton y, si
la búsqueda tiene éxito, me gustaría crear una fundación para invertir el botín
de Massarde en compensar a los que perjudicó y a los familiares de aquéllos a
quienes mató.
—Míster Massarde jamás permitiría eso —murmuró roncamente
Verenne.
—Hablando de nuestro villano favorito —dijo Pitt—, creo que ya
ha estado bastante en el horno.
Toda la parte delantera del cuerpo de Massarde estaba del color
de una langosta. Su piel quemada le producía un dolor lacerante, que anticipaba
la caída en grandes tiras que sufriría al día siguiente. Permanecía inmóvil,
entre Brunone y otros dos impasibles guardas, con los labios crispados y el
rostro enrojecido contorsionado por la ira y el odio.
—Pagarán con la vida lo que me han hecho —les espetó—. Aunque me
maten. He tomado precauciones para que algo así no quede sin castigo.
—¿Habla de un equipo de sicarios vengadores? —preguntó secamente
Pitt—. Ha sido usted muy previsor. Después de pasar tanto rato tostándose al
sol debe de estar cansado y muerto de sed. Por favor, tome asiento. Al, tráele
a Mr. Massarde una botella de su agua mineral francesa favorita.
Muy lentamente, y con un gesto de agonía en el rostro, Massarde
se acomodó en un blando sillón de cuero. Cuando al fin encontró una posición
cómoda, lanzó un profundo suspiro.
—Están locos si creen que van a salirse con la suya. Kazim tenía
subalternos muy ambiciosos que rápidamente se colocarán en su puesto, hombres
tan inexorables y astutos como él y que, antes del próximo amanecer, enviarán
aquí a un contingente de tropas para enterrarlos a ustedes en el desierto.
El financiero cogió la botella de agua que le tendía Giordino
y la vació de un trago. Inmediatamente, Giordino le dio otra.
Pitt no pudo por menos de admirar la sangre fría de Massarde. El
hombre actuaba como si tuviese pleno control de la situación.
Tras vaciar la segunda botella, Massarde miró en torno, buscando
a su secretario personal.
—¿Dónde está Verenne?
—Muerto —dijo lacónicamente Pitt.
Por primera vez, Massarde pareció auténticamente sorprendido.
—¿Lo han asesinado?
Pitt se encogió de hombros, indiferente.
—Intentó apuñalar a Giordino. Es una estupidez atacar con un
abrecartas a un hombre armado.
—¿Fue eso lo que hizo? —preguntó el francés con visible recelo.
—Si quiere, le puedo mostrar el cadáver.
—No parece propio de Verenne. Era un cobarde. Pitt y Giordino
intercambiaron una mirada. Verenne ya había comenzado su trabajo de delación y
se encontraba bajo vigilancia en una oficina situada dos pisos más abajo.
—Quiero hacerle una proposición —dijo Pitt.
—¿Qué puede usted ofrecerme? —replicó despectivamente Massarde.
—He cambiado de idea. Si me promete enmendarse y no volver a
delinquir, le dejaré salir de aquí, montar en su helicóptero, y abandonar Malí,
—¿Es una broma?
—En absoluto. He decidido que cuanto antes me libre de su
presencia, mejor.
—No hablará usted en serio —dijo Brunone—. Este individuo es una
peligrosísima amenaza. En cuanto pueda, se vengará.
—Muy propio de un escorpión. Así es como lo llaman, ¿no,
Massarde?
El francés sólo respondió con un hosco silencio.
—¿Estás seguro de lo que haces? —preguntó Giordino.
—Sí, y nada de discusiones —replicó secamente Pitt.
Quiero perder de vista a esta sabandija cuanto antes. Capitán
Brunone, acompañe a Massarde a su helicóptero y asegúrese de que se marcha en
él.
No sin grandes dificultades, el financiero se puso en pie. La
requemada piel le tiraba hasta tal punto que le costaba un agónico esfuerzo
mantenerse erguido. Pero, pese al dolor, sonrió. Su cerebro volvía a maquinar.
—Necesitaré varias horas para recoger mis cosas y mis documentos
personales.
—Tiene exactamente dos minutos para largarse.
Massarde maldijo y blasfemó groseramente.
—Así no: no me iré sin mis ropas. Por Dios, hombre, tenga un
poco de consideración.
—¿Qué sabe usted de consideración? —dijo Pitt fríamente—.
Capitán Brunone: saque de aquí a este hijo de puta antes de que lo mate con mis
propias manos.
Brunone no tuvo que dar la orden a sus hombres. Se limitó a
hacerles una seña, y ellos empujaron al vociferante Yves Massarde al interior
del ascensor.
Los tres hombres se acercaron a la ventana y permanecieron allí
sin cambiar palabra mientras observaban como el humillado magnate era
introducido a empujones en su lujoso helicóptero. La puerta se cerró, los
rotores comenzaron a girar y, en menos de cuatro minutos, el aparato ya se
había perdido de vista.
—Ha tomado rumbo noroeste —observó Giordino. —Supongo que se
dirige a Libia —dijo Brunone—. Y después se irá a por su botín.
—Su destino final carece de importancia —dijo Pitt, ahogando un
bostezo.
Brunone parecía totalmente decepcionado.
—Debieron ustedes matarlo.
—¿Para qué molestarse? No le queda ni una semana de vida.
—¿Y eso? —preguntó Brunone asombrado—. Lo han dejado libre. ¿Por
qué? El tipo tiene más vidas que un gato, y no creo que vaya a morirse de la
insolación
—No; pero morirá. —Pitt se volvió hacia Giordino—. ¿Diste el
cambiazo?
Giordino sonrió ampliamente.
—Sin derramar una sola gota.
Brunone pareció confuso.
—¿De qué hablan?
—Si mandé que dejaran a Massarde atado al sol fue porque deseaba
que estuviera sediento —explicó Pitt.
—¿Sediento? No entiendo...
—Mi amigo Al vació las botellas de agua mineral y volvió a
llenarlas con agua contaminada por los compuestos químicos que se filtran del
vertedero subterráneo.
—A eso se le llama justicia poética —dijo Giordino, mostrando
las botellas vacías—. Se bebió casi tres litros.
—Se le desintegrarán las entrañas, el cerebro se le hará migas,
y enloquecerá. —Pitt habló en un tono gélido y pétrea expresión.
—Entonces, ¿está desahuciado? —preguntó Brunone, atónito.
Pitt asintió.
—Yves Massarde morirá atado a una cama, lanzando alaridos,
destrozado interiormente. Lo único que lamento es que sus víctimas no estén
presentes para verlo.
QUINTA PARTE
EL TEXAS
10 junio, 1996, Washington, D.C.
60
Dos semanas después del asedio de Fort Foureau, el almirante
Sandecker se encontraba sentado al extremo de una gran mesa de reuniones en una
sala de la central de la NUMA, en Washington. Lo acompañaban el doctor Chapman,
Hiram Yaeger, y Rudi Gunn. Todos estaban pendientes de un gran monitor de
televisión empotrado en la pared.
El almirante señaló con impaciencia la pantalla en negro.
—¿Cuándo salen?
—La imagen del satélite llegará en cualquier momento desde
Mauritania —replicó Yaeger, que estaba al teléfono.
Apenas terminó de hablar, en la pantalla se materializó la
imagen de Pitt y Giordino, sentados el uno junto al otro detrás de un gran
escritorio cubierto de carpetas y papeles. Ambos miraban a cámara.
—¿Nos recibís bien? —preguntó Yaeger.
—Hola, Hiram —replicó Pitt—. Me alegro de verte y escucharte de
nuevo.
—Tienes buen aspecto. Aquí, todos están deseosos de hablar
contigo.
—Buenos días, Dick —saludó Sandecker—. ¿Cómo van tus heridas?
—Aquí es por la tarde, almirante. Y me voy reponiendo, muchas
gracias.
Una vez Pitt hubo cambiado amistosos saludos con Rudi Gunn y el
doctor Chapman, el almirante entró en materia, anunciando jovialmente:
—Tenemos buenas noticias. Hace sólo una hora han salido los
resultados de un análisis por ordenador de una inspección vía satélite del
Atlántico sur. Todas las proyecciones de Yaeger indican que el fenómeno ha
perdido impulso y está a punto de detenerse.
—Y justo a tiempo —dijo Gunn—. Ya se ha detectado un descenso
del cinco por ciento en las reservas mundiales de oxígeno. Un poco más, y todos
habríamos comenzado a sufrir los efectos.
—En todas las naciones del mundo que se han mostrado dispuestas
a cooperar, faltaban veinticuatro horas para que se prohibiese el tráfico de
automóviles —informó Yaeger—. Se iban a suspender todos los vuelos y cerrar las
fábricas. El mundo estaba a unos milímetros de paralizarse.
—Pero nuestros esfuerzos han sido fructíferos —dijo Chapman—.
Gracias a Al y a ti, que encontrasteis y quemasteis el lugar de procedencia del
aminoácido sintético que estimulaba la explosión demográfica entre los
dinoflagelados. Y gracias también a nuestro equipo científico, que descubrió
que esos bichos pierden todo interés por reproducirse si se les somete a una
dosis de cobre de una molécula por millón.
—¿Se ha detectado una reducción significativa en el índice de
contaminación del Níger desde que cortamos el flujo? —preguntó Pitt.
Gunn asintió con la cabeza.
—Casi un treinta por ciento. Subestimé la velocidad de las aguas
subterráneas desde la planta de residuos tóxicos hasta el río. A través de la
arena y la grava del Sahara, se mueven más rápidamente de lo que calculé al
principio.
—¿Cuánto se tardará en alcanzar unos niveles de contaminación
seguros?
—El doctor Chapman y yo creemos que pasarán seis meses largos
hasta que la contaminación residual deje de llegar al mar.
—Acabar con la fuente del vertido fue el primer paso —explicó
Chapman—. Nos dio tiempo extra para fumigar partículas de cobre sobre las zonas
de las mareas. Creo poder afirmar que nos hemos salvado de una catástrofe
ecológica de proporciones inimaginables.
—Pero la batalla dista de haber concluido —recordó Sandecker—.
Estados Unidos sólo produce el cincuenta y ocho por ciento del oxígeno que
consume, y que principalmente se crea por el placton del océano Pacífico.
Debido al aumento del tráfico aéreo y terrestre y de la continua devastación de
los bosques y marismas mundiales, dentro de veinte años comenzaremos a quemar
más oxígeno del que crea la naturaleza.
Chapman tomó el relevo al almirante:
—Y seguimos frente al problema del envenenamiento químico de los
mares. Nos hemos llevado un buen susto, pero lo que podría haber sido la
tragedia de las mareas rojas no ha hecho más que demostrar lo críticamente
cerca que puede estar la última inhalación de oxígeno para todos los seres
vivos del planeta.
—Quizá a partir de ahora no demos por garantizada nuestra
reserva de aire —dijo Pitt.
—Ya han pasado dos semanas desde que os pusisteis al frente de
la planta de Fort Foureau —dijo Sandecker—. ¿Cómo están las cosas en estos
momentos?
—Pues la verdad es que bastante bien —respondió Giordino—. Hemos
cortado la entrada de todos los trenes con desechos y tenemos al incinerador
solar funcionando día y noche. En treinta y seis horas más, nos habremos
librado de todos los contaminantes industriales que Massarde almacenó en las
cuevas subterráneas.
—¿Qué se ha hecho con los desechos nucleares? —preguntó Chapman.
Pitt replicó:
—Una vez los ingenieros franceses que habían supervisado la
construcción del proyecto se hubieron repuesto de su calvario en Tebezza, les
pedí que volvieran. Accedieron y han formado equipos de trabajo con malienses
para continuar excavando las cámaras de almacenamiento hasta una profundidad de
mil quinientos metros.
—¿Bastará esa profundidad para que los desechos de alto nivel no
afecten a los organismos terrestres? El plutonio 239, por ejemplo, tiene una
vida media de veinticuatro mil años. Pitt sonrió.
—Sin saberlo, Massarde escogió el lugar perfecto para enterrar
los desechos a mucha profundidad. En esta parte del Sahara, las formaciones
geológicas son muy estables. La capa rocosa lleva cientos de millones de año
sin sufrir alteraciones. Nos encontramos lejos de la capa superficial y muy por
debajo de las corrientes subterráneas. Nadie volverá a tenerse que preocupar
nunca por los efectos de los desechos sobre la vida en el planeta.
—¿En qué clase de recipientes se guardarán los desechos dentro
de las cámaras subterráneas?
—Los criterios de seguridad impuestos por los expertos franceses
son sumamente estrictos. Antes de almacenarlos bajo tierra, los desechos serán
metidos en cilindros de acero inoxidable con cemento. Esto será envuelto por
una capa de asfalto y hormigón y, por último, en torno a los contenedores y
sobre ellos, se echará una gruesa capa de cemento.
Chapman sonrió de oreja a oreja.
—Te felicito, Dick. Has montado un vertedero nuclear de cinco
estrellas.
—Hay otra noticia que te interesará —dijo Sandecker—. Unas
visitas por sorpresa de expertos internacionales en contaminación detectaron
graves deficiencias en las medidas de seguridad de las plantas de desechos de
Massarde en los desiertos de Mojave y el Gobi, y nuestro gobierno y el de
Mongolia las han clausurado.
—Las instalaciones del interior de Australia también fueron
clausuradas —añadió Chapman.
Pitt se retrepó en su asiento y suspiró.
—Me alegro de saber que Massarde ya está fuera del negocio de la
destoxificación.
—Hablando del Escorpión —intervino Giordino—. ¿Qué tal está?
—Ayer lo enterraron en Trípoli —replicó Sandecker—. Según
agentes de la CIA, poco antes de morir enloqueció e intentó almorzarse a un
médico.
—Un final perfecto —murmuró Giordino, sardónico.
—Por cierto —dijo Sandecker—. El presidente os envía saludos y
su agradecimiento más cordial. Dice que va a concederos una citación especial
al mérito por vuestra hazaña.
Pitt y Giordino se miraron entre sí y se encogieron
indiferentemente de hombros.
Sandecker decidió hacer caso omiso de la falta de respeto.
—Quizá os interese saber que, por primera vez en dos décadas,
nuestro Departamento de Estado trabaja conjuntamente con el nuevo parlamento
maliense. La mejora de relaciones se debe principalmente al hecho de que hayáis
entregado todos los beneficios del proyecto al gobierno, para impulsar sus
programas sociales.
—Me pareció lo más adecuado, ya que nosotros no podíamos
aprovecharnos —dijo Pitt, benévolo.
—¿Hay alguna posibilidad de un golpe militar? —quiso saber Gunn.
—Desaparecido Kazim, su camarilla de altos oficiales se
desmembró. Del primero al último, se pusieron de rodillas y juraron sempiterna
lealtad a los líderes del nuevo gobierno.
—Ya ha pasado casi un mes desde la última vez que vimos vuestras
feas caras en persona —sonrió Sandecker—. El trabajo en el Sáhara ya ha
terminado. ¿Cuándo os volveremos a ver por Washington?
—Después de la temporada que hemos pasado aquí, hasta el barullo
y el ajetreo de la capital nos parecerán estupendos —murmuró Giordino.
—Una semana de vacaciones nos vendría estupendamente —dijo Pitt
seriamente—. Tengo que hacer un envío a casa y ocuparme de ciertas cuestiones
personales. Además, hay cierta cuestión histórica que me agradaría investigar
aquí, en el desierto.
—¿El Texas?
—¿Cómo lo sabe?
—St. Julien Perlmutter me lo susurró al oído.
—Le agradecería que me hiciese un favor, almirante. Sandecker
condescendiente se encogió de hombros. —Supongo que os debo un poco de tiempo
libre.
—Por favor: arregle que Julien vuele a Malí cuanto antes.
Sandecker miró a Pitt con sarcasmo.
—Julien pesa unos ciento ochenta kilos. No encontrarás un
camello capaz de cargar con él.
—Y mucho más difícil te será convencerlo de que camine sobre la
arena ardiente y bajo el sol achicharrante —intervino Gunn.
Desde el monitor, Pitt les dirigió una sonrisa irónica.
—O mucho me equivoco, o lo único necesario para que Julien
camine veinte pasos por el desierto, es una botella de Chardonnay bien frío.
—Antes de que se me olvide —intervino Sandecker—. Los
australianos están entusiasmados por el descubrimiento de Kitty Mannock y su
avión. Según los periódicos de Sydney, Giordino y tú sois héroes nacionales.
—¿Piensan recuperar el cadáver y el aparato?
—Un rico hacendado de la ciudad de Kitty ha decidido financiar
la operación. Se propone restaurar el avión y exhibirlo en un museo de
Melbourne. Mañana un equipo de recuperación llegará al lugar que vosotros
señalasteis.
—¿Y Kitty?
—La llegada de su cuerpo se convertirá en una fiesta nacional.
El embajador australiano me comentó el éxito con que se está llevando a cabo
una colecta para alzar un monumento sobre el lugar elegido para enterrarla.
—Nuestro país también debería contribuir. Especialmente, los
Estados del Sur.
—¿Cuál es nuestra relación con ella? —preguntó Sandecker con
curiosidad.
—Kitty nos conducirá hasta el Texas —replicó Pitt, totalmente
serio.
Sandecker miró con desconcierto a los hombres de la NUMA
sentados en torno a la mesa. Luego se volvió de nuevo hacia la imagen de Pitt
en el monitor y dijo:
—A todos nos gustaría saber cómo puede conseguir algo así una
mujer que lleva muerta sesenta y cinco años.
—En los restos del avión encontré su cuaderno de bitácora
—replicó lentamente Pitt—. En él, Kitty describe cómo, en sus últimos días,
descubrió una nave, un barco de la Confederación enterrado en el desierto.
61
—¡Buen Dios! —exclamó Perlmutter, mirando a través del
parabrisas del helicóptero a turbina el terreno sin vida que estaban
sobrevolando—. ¿Todo esto lo recorristeis a pie?
—En realidad, esta sección del desierto la surcamos en nuestro
velero de tierra —replicó Pitt—. Ahora volamos en dirección inversa a la de
nuestro recorrido.
Perlmutter había llegado a Argel en un reactor militar, y luego
tomó un avión comercial hasta la pequeña ciudad de Adrar, en el desierto del
sur de Argelia. Allí, poco después de medianoche, Pitt y Giordino lo recogieron
y acompañaron a bordo de un helicóptero que les habían prestado los franceses
del equipo constructor de Fort Foureau.
Tras repostar combustible, tomaron rumbo sur, y al poco de
amanecer divisaron el velero de tierra, caído de costado, en el mismo sitio
donde lo habían dejado después de que el camionero árabe los rescatase.
Aterrizaron, desmantelaron la vieja ala, los cables y las ruedas que les habían
salvado la vida, y ataron las piezas a los patines de aterrizaje del
helicóptero. Luego, con Pitt sentado frente los mandos, despegaron y volaron en
dirección al barranco en el que estaba el avión perdido de Kitty Mannock.
Durante el vuelo, Perlmutter fue leyendo la copia hecha por Pitt
del cuaderno de bitácora de Kitty. El hombre comentó, admirado:
—Era toda una mujer. En las peores condiciones, con sólo unos
sorbos de agua, y teniendo un tobillo roto y una rodilla dislocada, recorrió
casi dieciséis kilómetros.
—Y eso fue sólo la ida —le recordó Pitt—. Tras encontrar el
barco en el desierto, volvió a su avión.
—Sí, aquí lo dice —replicó Perlmutter, que leyó en voz alta:
Miércoles, 14 de octubre. El calor es terrible. Me siento cada
vez más débil. Seguí el barranco hacia el sur, hasta que al fin me condujo al
amplio cauce seco de un río, calculo que a unas diez millas del avión. Me
cuesta mucho dormir, a causa del frío nocturno. Esta tarde encontré un extraño
barco semienterrado en el desierto. Creí que se trataba de una alucinación,
pero cuando toqué el hierro de su casco comprendí que era real. Entré por la
portilla de un viejo cañón y pasé la noche en el interior. Al fin un refugio.
Jueves, 15 de octubre. Registré el interior del barco. La
oscuridad me impidió ver gran cosa. Encontré los restos de la tripulación. Muy
bien conservados. A juzgar por el aspecto de sus uniformes, deben de llevar
muertos muchos años. Pasó un avión, pero no vio el barco y yo no pude salir a
tiempo de hacerle señas. El aparato iba en dirección al lugar donde tuve el
accidente. Aquí nunca me encontrarán, así que he decidido regresar a mi avión,
por si ya lo han descubierto. Ahora me doy cuenta de que fue un error ponerme
en camino. Aunque encuentren mi avión, no podrán seguir mis huellas en la
arena, ya que el viento las habrá borrado. El desierto tiene sus propias reglas
de juego y yo no puedo vencerlo.
Perlmutter hizo una pausa y alzó la vista del papel.
—Eso explica por qué encontraste el cuaderno bitácora con las
anotaciones de Kitty en el lugar del accidente. Regresó con la vana esperanza
de que los aviones de reconocimiento hubieran encontrado su aparato.
—¿Cuál es su última anotación? —preguntó Giordino. Perlmutter
volvió una página y continuó leyendo:
Domingo, 18 de octubre. Regresé al avión, pero no hay rastro de
un equipo de rescate. Mi situación es desesperada. Si me encuentran cuando ya
sea demasiado tarde, ruego perdón por el dolor y la preocupación que he
causado. Un beso para mis padres. Díganles que intenté morir valerosamente. No
puedo seguir escribiendo, pues mi cerebro ya no controla mi mano.
Al acabar la lectura, los tres hombres experimentaron una honda
sensación de tristeza y melancolía. Todos estaban conmovidos ante la lucha
épica de Kitty por sobrevivir. Aunque se trataba de hombres muy duros, les
costó un esfuerzo contener las lágrimas.
—Kitty hubiera podido enseñarles a muchos hombres lo que
significa la palabra coraje—. Comentó Pitt con voz grave.
Perlmutter asintió con la cabeza.
—Gracias a su entereza, puede que logremos resolver otro gran
misterio.
—Nos dio una pista clarísima —admitió Pitt—. Cuanto debemos
hacer es seguir el barranco hasta llegar a un viejo cauce seco, y comenzar la
búsqueda del barco a partir de allí.
Dos horas más tarde, el equipo de rescate australiano que estaba
desmontando cuidadosamente los viejos restos del avión de Kitty Mannock detuvo
su trabajo al escuchar ruidos de rotores. Momentos después, sobre el barranco
en que yacía el aparato, pudieron ver un helicóptero a cuyos patines de
aterrizaje estaban sujetos un ala y el tren de aterrizaje del aeroplano. Una
sonrisa de satisfacción se extendió por los rostros de todos los australianos.
Manejando con suavidad los controles, Pitt hizo posarse el
aparato en el terreno llano que había encima del barranco, evitando así
envolver a los trabajadores y su equipo en un tornado de polvo y arena. Cortó
el encendido y miró la hora. Eran las nueve menos veinte de la mañana, y
faltaban dos horas para el momento más tórrido del día.
St. Julien Perlmutter removió su corpachón en el asiento del
copiloto preparándose para salir.
—Yo no estoy hecho para estos cacharros —gruñó, al tiempo que
recibía la bofetada del calor sahariano al salir del climatizado interior del
helicóptero.
—Caminar es mucho más incómodo —dijo Giordino, echando un
vistazo al terreno familiar—. Y créame, lo digo por experiencia.
Un australiano alto y musculoso de rostro curtido subió desde el
fondo del barranco y fue hacia ellos.
—Hola. Usted debe de ser Dirk Pitt.
—Yo soy Al Giordino; él es Pitt.
El hombre se dirigió a Pitt.
—Soy Ned Quinn y estoy al mando de la operación de rescate del
aeroplano.
—Pitt hizo una mueca cuando la inmensa manaza de Quinn trituró
la suya. Frotándose los nudillos, el norteamericano dijo:
—Hemos traído las partes del avión de Kitty Mannock que tomamos
prestadas hace unas semanas.
—Se lo agradezco mucho. —La voz de Quinn era rasposa como la
lija—Lo de usar el ala para navegar por el desierto fue toda una ocurrencia.
—St. Julien Perlmutter —se autopresentó Perlmutter. Quinn se
palmeó el prominente abdomen que sobresalía por encima de los pantalones de
trabajo.
—Parece que los dos le damos a la comida y a la bebida, Mister
Perlmutter.
—¿No tendrán ustedes por casualidad cerveza australiana?
—¿Le gusta nuestra cerveza?
—En mi casa guardo una caja de Castlemaine, de Brisbane, para
las ocasiones especiales.
Sumamente impresionado, Quinn replicó:
—Castlernaine no tenemos; pero puede ofrecerle una botella de
Fosters.
—No sabe cuánto se lo agradecería —dijo sinceramente Perlmutter,
cuyas glándulas sudoríparas estaban comenzando a rezumar.
Quinn fue hasta la cabina de un camión con remolque de
plataforma y, de una nevera portátil, sacó cuatro botellas que luego repartió
entre todos.
—¿Cuándo calculan terminar? —preguntó Pitt, abandonando el tema
cervecero.
Quinn se volvió hacia la grúa portátil que se disponía a elevar
hasta el camión el antiguo aeroplano.
—En dos o tres horas lo tendremos cargado y asegurado, y
emprenderemos el regreso a Argelia.
Pitt sacó un envoltorio del bolsillo de su camisa y se lo tendió
a Quinn.
—Es el cuaderno de bitácora de Kitty. Lo utilizó para reseñar su
último vuelo y sus trágicos días finales. Lo cogí a fin de utilizarlo como
referencia para encontrar algo que ella descubrió en sus últimas horas. Supongo
que a Kitty no le hubiese importado.
—Estoy seguro de que no —replicó Quinn, señalando con un
movimiento de cabeza hacia el ataúd de madera envuelto en la bandera
australiana con la cruz de San Jorge y las estrellas de la Cruz del Sur—. Mis
compatriotas están en deuda con usted y Míster Giordino por aclarar el misterio
de la desaparición de Kitty y lograr que su cuerpo vuelva a casa.
—Lleva demasiado tiempo fuera de ella —dijo suavemente
Perlmutter.
—Sí —asintió Quinn, con un matiz de respeto en su rasposa voz—.
Sí lo lleva.
Para satisfacción de Perlmutter, antes de despedirse, Quinn
insistió en meter en el helicóptero diez botellas de cerveza. Uno por uno, los
australianos subieron desde el fondo del barranco para estrechar la mano a Pitt
y Giordino y expresarles su más sentido agradecimiento. Una vez el helicóptero
a turbinas estuvo en el aire, Pitt describió un círculo en torno al avión, como
último homenaje, y luego comenzó a sobrevolar el camino recorrido por Kitty
hacia el legendario barco del desierto.
Volando en línea recta sobre el sinuoso barranco que a Kitty le
costó recorrer varios días de agonía, el helicóptero llegó al antiguo cauce
fluvial en menos de doce minutos. Lo que en el pasado fue un caudaloso río
rodeado de una vegetación tupida se había convertido en un ancho v desierto
cauce que discurría entre arenas inestables.
—El Oued Zarit —anunció Perlmutter—. Es difícil creer que tiempo
atrás fuera una importante vía fluvial.
—Oued Zarit —repitió Pitt—. Así lo llamó el viejo buscador de
oro norteamericano. Dijo que había comenzado a secarse hace unos ciento treinta
años.
—Cierto. Investigué viejos informes franceses sobre la zona.
Cerca de aquí hubo un puerto en el que las caravanas comerciaban con mercaderes
que llegaban en sus flotas fluviales. No hay modo de saber cuál fue su
emplazamiento, pues la arena lo cubrió poco después de que empezase la
inacabable sequía y de que el agua desapareciese bajo la arena.
—La teoría es que el Texas navegó río arriba y quedó atascado al
secarse el río —dijo Giordino.
—No se trata de una teoría. En mis investigaciones, encontré la
declaración que tal un tal Beecher hizo en su lecho de muerte. Juraba ser el
único superviviente de la tripulación del Texas e hizo una detallada
descripción del viaje final del barco, a través del Atlántico, y por un
afluente del Níger en el que terminó encallado.
—¿Cómo puede estar seguro de que no se trataba del delirio de un
agonizante? —preguntó Giordino.
—Su historia era demasiado detallada para no creerla —afirmó
tajantemente Perlmutter.
62
Con la vista en el lecho del cauce seco, Pitt redujo la
velocidad del helicóptero.
—El buscador también dijo que el Texas llevaba a bordo el oro de
la agonizante Confederación.
Perlmutter asintió con la cabeza.
—Beecher también mencionó el oro. Además me facilitó una pista
inquietante que me condujo a los papeles secretos y aún por abrir de Edwin
Stanton, el secretario de Guerra...
—Parece que tenemos algo —le interrumpió Giordino, señalando
hacia abajo a través del parabrisas—. Ahí a la derecha, esa gran duna...
—¿La que tiene en lo alto una enorme roca? —preguntó Perlmutter,
cuya voz reflejaba una creciente excitación.
—La misma.
—Prepara el gradiómetro Schonstedt que Julien trajo desde
Washington —ordenó Pitt a Giordino—. En cuanto lo tengas listo, sobrevoloré la
duna.
Rápidamente, Giordino desempaquetó el detector de metales,
verificó las conexiones de la batería, y conectó el lector de mediciones.
—Listo para soltar el sensor.
—Muy bien: voy hacia la duna a una velocidad de diez nudos
—replicó Pitt.
Giordino dejó caer el sensor al extremo de un cable conectado al
gradiómetro, hasta que quedó colgando diez metros por debajo de la panza de la
aeronave. Luego, él y Perlmutter observaron atentamente el dial indicador. A
medida que el helicóptero se aproximaba a la duna, la aguja fluctuó y comenzó a
sonar un leve zumbido. De pronto, la aguja saltó al otro extremo del dial,
cuando, en el sensor, la polaridad magnética pasó del positivo al negativo. Al
mismo tiempo, el zumbido se convirtió en un agudo chirrido.
—Marca el máximo —gritó Giordino con júbilo—. Ahí hay una masa
de hierro como una catedral.
—Las lecturas podrían proceder de esa gran roca circular que
corona la duna —previno Perlmutter—. Por estos contornos, el mineral de hierro
abunda.
—¡No es una roca! —exclamó Pitt—. Es la parte alta de una
chimenea oxidada.
—Mientras Pitt sobrevolaba la duna, nadie supo decir las
palabras adecuadas. Hasta aquel momento todos, en el fondo, ha—
bían dudado de que el barco existiera. Pero ahora cualquier
in—certidumbre había desaparecido. —Definitivamente, habían redescubierto al
Texas.
62
La primera reacción de alegría y entusiasmo no tardó en ser
sustituida por la decepción. Un examen más detenido mostró que, exceptuando los
dos metros de chimenea, todo el barco estaba cubierto por la arena. Tardarían
días en retirarla a paletadas y, por tanto, en poder llegar al interior.
—Desde que Kitty estuvo aquí hace sesenta y cinco años, la duna
ha avanzado hasta cubrir la casamata —murmuró Perlmutter—. El barco está
demasiado hundido para que podamos penetrar en él. Para abrir una entrada se
necesitaría maquinaria de excavación pesada.
—Yo creo que hay otro modo —dijo Pitt.
Contemplando el descomunal tamaño de la duna, Perlmutter negó
con la cabeza.
—A mí me parece imposible.
—Un ventilador —exclamó Giordino, como si se le hubiese
encendido una bombilla sobre la cabeza—. Como quitar el polvo a soplidos, sólo
que a lo bruto.
—Me has leído el pensamiento —río Pitt—. Colocamos el
helicóptero encima, y que el aire de los rotores quite la arena.
—Yo creo que es una idea bastante peregrina —gruñó Perlmutter,
pensativo—. No podrás ejercer la suficiente presión hacia abajo para quitar
tanta arena; lo único que conseguirás es que el helicóptero ascienda.
—Las laderas de la duna son muy empinadas —apuntó Pitt—. Si
podemos rebajar tres metros de la cima, dejaremos al descubierto la parte alta
de la casamata.
Giordino se encogió de hombros.
—Por probar, no se pierde nada.
—Lo mismo digo.
Pitt detuvo el helicóptero sobre la duna, aplicando sólo la
energía suficiente para mantener el aparato suspendido en el aire. La fuerza
del viento de los rotores arremolinó la arena de abajo en un frenético
torbellino. Mantuvo el helicóptero en ese lugar durante diez, veinte minutos.
No veía nada, pues la artificial tempestad de arena ocultaba totalmente la
duna.
—¿Cuánto tiempo vamos a seguir así? —pregruntó Giordino—. Toda
esta arena no les está haciendo ningún favor a las turbinas.
—Reventaré los motores si es necesario —replicó Pitt, con la
tozudez de una mula.
Perlmutter comenzó a tener visiones de los buitres locales
pegándose un festín de diez días con su amplio corpachón. Era totalmente
pesimista con respecto a la loca ocurrencia de Pitt y Giordino. No obstante,
permaneció en silencio, sin entrometerse.
Al fin, transcurridos treinta minutos, Pitt hizo elevarse el
aparato y lo desplazó hacia un lado de la duna. La arena y el polvo comenzaron
a posarse bajo la atenta mirada de los tres hombres. Los siguientes minutos se
hicieron interminables. De repente Perlmutter lanzó una exclamación por encima
del ruido de los rotores.
—¡Lo conseguimos!
—¿Qué ves? —gritó Pitt, cuyo asiento se encontraba en el lado
del aparato opuesto a la duna.
—Placas de hierro y remaches de lo que parece la cabina del
piloto.
Pitt elevó el aparato para no levantar más arena. La nube había
terminado por posarse, dejando al descubierto la caseta del piloto y unos dos
metros cuadrados de cubierta por encima de la casamata. Era tan insólito ver un
barco hundido en el desierto, que el Texas parecía un monstruoso insecto salido
de una película de ciencia ficción.
El helicóptero tomó tierra y diez minutos más tarde, Pitt y
Giordino estaban ayudando al jadeante Perlmutter a encaramarse a la parte
superior del buque. La cabina del piloto estaba totalmente al descubierto, y a
los tres hombres les pareció como si unos ojos les espiaran desde el otro lado
de las mirillas.
Sólo había una ligera película de orín sobre la gruesa plancha
de hierro que protegía la madera de la casamata. Las huellas de los cañonazos
unionistas eran perfectamente visibles en el blindaje.
La escotilla de entrada a la pequeña estructura estaba
enealiada, pero ante la fortaleza de Pitt, los músculos de Giordino y el peso
de Perlmutter terminó cediendo, no sin un gemido de agonía. Los tres
contemplaron la escalera que descendía al interior y se miraron entre sí.
—Creo que el honor te corresponde a ti, Dick, ya que tú nos has
traído.
Giordino se quitó su mochila y sacó de ella tres linternas de
enorme potencia, capaces de iluminar una cancha de baloncesto. El interior del
viejo barco los llamaba, así que Pitt encendió su linterna y comenzó a bajar
por la escalera.
La arena que había entrado por las mirillas cubría el suelo
hasta la parte alta de las botas de Pitt. El timón permanecía inmóvil,
congelado en el tiempo, como aguardando pacientemente a un piloto espectral.
Los únicos objetos visibles eran un juego de tubos fónicos de comunicación y un
alto taburete caído en un rincón y cubierto de arena. Por un momento, Pitt
vaciló ante la escotilla abierta que daba a la cubierta de cañones. Luego
aspiró profundamente y se deslizó en la oscuridad de abajo.
En cuanto sus pies hicieron contacto con la madera del suelo,
Pitt, en cuclillas, movió la linterna en círculo, iluminando hasta el último
rincón del enorme habitáculo. Los grandes cañones Blakely de cien libras, y los
dos de nueve pulgadas y sesenta y cuatro libras permanecían semienterrados en
la arena que había entrado por las portillas abiertas. Pitt fue hasta uno de
los Blakely, que seguía sólidamente montado sobre su enorme soporte de madera.
El norteamericano había visto fotos de la Guerra de Secesión tomadas por Mathew
Brady, en las que aparecían cañones navales, pero nunca imaginó que tuvieran
semejante tamaño. No pudo por menos de sentir una profunda admiración hacia la
fortaleza de los hombres que los manejaron.
En la cubierta de cañones la atmósfera era opresiva, pero
sorprendentemente fresca. Salvo por los cañones, el lugar estaba también
extrañamente vacío. No había cubos contra incendio, ni escobillones, ni
proyectiles. Nada ensuciaba el suelo. Era como si hubieran vaciado el barco
para una revisión en el dique seco. Pitt se volvió hacia Perlmutter, que bajaba
trabajosamente por la escalera, guiado por Giordino.
—Qué raro —dijo Perlmutter, mirando en torno—. ¿Me engaña la
vista, o este sitio está tan vacío como un mausoleo?
Pitt sonrió.
—Tu vista está perfectamente.
—Parece que la tripulación hubiera debido dar a esto un cierto
aire de vivido —murmuró Giordino.
—Los hombres y los cañones de este puente batieron a media flota
unionista —exclamó Perlmutter—. Muchos murieron aquí. Resulta absurdo que no
haya ni rastro de su existencia.
Kitty Mannock mencionaba haber visto cadáveres —le recordó
Giordino.
—Deben de estar abajo —dijo Pitt. Dirigió el haz de su linterna
hacia una escalera que descendía al casco del barco. Sugiero que comencemos por
los alojamientos delanteros de la tripulación y luego vayamos hacia atrás, a
través de la sala de máquinas y hasta los alojamientos de oficiales, a babor.
Giordino asintió con la cabeza.
—Buena idea.
Avanzaron por la desierta nave en sobrecogido silencio. Saber
que se encontraban en el único barco completamente intacto de la Guerra de
Secesión, con los restos de la tripulación aún a bordo, producía en ellos un
sentimiento casi supersticioso de reverencia. Pitt se sentía como en el
interior de una casa encantada.
Cuando llegaron al alojamiento de los tripulantes se detuvieron
en seco. El compartimento era un panteón. Había más de cincuenta cadáveres,
congelados en las posturas en que los sorprendió la muerte. Muchos fallecieron
tumbados en sus catres. Aunque contaban con el agua potable procedente de la
menguada corriente del río, los estómagos encogidos de los cadáveres
momificados eran un testimonio gráfico del hambre que debieron pasar después de
que se les terminase la comida. Unos cuantos estaban de bruces sobre una mesa,
otros, caídos en el suelo. Los cuerpos habían sido despojados de casi todas sus
ropas. No había ni rastro de sus zapatos, ni de sus baúles, ni de sus
pertenencias personales.
—Los dejaron limpios —murmuró Giordino.
—Los tuaregs —dijo Perlmutter—. Beecher contaba que unos
bandidos del desierto, como él los llamaba, habían asaltado el barco.
—Debían de ser suicidas para atreverse a atacar con mosquetones
y lanzas a un buque de guerra.
—Buscaban el oro. Según Beecher, el capitán utilizó el oro de la
tesorería confederada para comprar comida a las tribus del desierto.
Probablemente, en cuanto corrió la voz, los tuaregs hicieron un par de
frustradas intentonas de asalto contra el barco hasta que espabilaron y
decidieron ponerle sitio, cortándoles la comida y los abastecimientos. Luego
esperaron a que la tripulación muriese de hambre, tifus o malaria. Cuando
desaparecieron todos los indicios de resistencia, los tuaregs subieron a bordo
y saquearon el barco, llevándose el oro y todo cuanto pudieron cargar. Después
de sufrir el expolio de cada tribu nómada que ha pasado por aquí año tras año,
lo único que queda son los cadáveres y los cañones, que eran excesivamente
grandes para que se los llevaran.
—Así que podemos olvidar el oro —dijo pensativamente Pitt—.
Despareció hace mucho tiempo.
Perlmutter asintió.
—Hoy no nos haremos ricos.
Como seguir en el compartimiento de los muertos no resultaba
nada apetecible, siguieron adelante y entraron en la sala de máquinas. Las
carboneras seguían llenas de carbón, y junto a las escotillas colgaban palas.
Al no haber humedad, apenas se habían producido corrosión, y el latón de las
válvulas y los mandos aún relucía tenuemente bajo la luz de las potentísimas
linternas. Salvo por el polvo, los motores y calderas parecían encontrarse en
perfecto esto de funcionamiento.
El haz de una de las linternas reveló el cadáver de un hombre
sentado a un pequeño escritorio, sobre el que había caído de bruces.
Aprisionado por una mano, y junto a un tintero que se volcó cuando la muerte le
sobrevino, había un papel amarillento. Pitt lo cogió con todo cuidado y lo leyó
a la luz de su linterna.
He cumplido con mi deber hasta agotar mis fuerzas. Dejo a mis
queridas y leales máquinas en perfectas condiciones. Nos han traído fielmente a
través del océano, sin fallar una sola vez, y son tan potentes como el día en
que fueron instaladas en Richmond. Las lego al próximo jefe de máquinas, para
que vuelva a usar este buen barco contra los odiados yanquis. Dios salve a la
Confederación.
Angus O'Hare Jefe de máquinas del Texas.
—He aquí un hombre valeroso —dijo aprobadoramente Pitt.
—Ahora ya no los hacen así —estuvo de acuerdo Perlmutter.
Abandonando al jefe de máquinas O'Hare, pasaron entre los
motores gemelos y las calderas hasta llegar a un corredor que conducía al
comedor de oficiales y a los camarotes, donde encontraron otros cuatro
cadáveres desnudos, todos ellos yaciendo en los jergones. Tras echarles un
rápido vistazo, los tres hombres siguieron adelante, hasta detenerse ante una
puerta de caoba.
—El camarote del capitán —dijo Pitt.
Perlmutter asintió.
—El capitán de fragata Mason Tombs. Por lo que he leído de la
audaz lucha del Texas desde Richmond hasta el Atlántico, Tombs debía de ser
todo un tipo.
Pitt apartó de su mente un sobrecogimiento de temor, hizo girar
el tirador de la puerta y la abrió. De pronto, Perlmutter aferró el brazo de
Pitt.
—¡Aguarda!
Pitt miró a Perlmutter, sorprendido.
—¿Por qué? ¿De que tienes miedo?
—Creo que estamos a punto de descubrir algo que sería mejor que
permaneciese oculto.
—No puede ser nada peor de lo que ya hemos visto —arguyó
Giordino.
—¿Qué nos ocultas, Julien? —quiso saber Pitt.
—Es que... No os dije lo que descubrí en los documentos secretos
de Edwin Stanton.
—Ya nos lo contarás luego —murmuró Pitt, impaciente. Apartándose
de Perlmutter, dirigió el haz de su linterna hacia el interior traspasando el
umbral por fin.
Comparado con los de los barcos de guerra actuales, el camarote
parecía pequeño y atestado, pero los barcos fluviales no estaban construidos
para largas travesías. En sus recorridos por los ríos y afluentes confederados,
rara vez pasaban más de un par de días sin tocar puerto.
Como en los demás camarotes, todos los objetos y muebles que no
estaban fijados al barco habían desaparecido. Los tuaregs, que carecían de
habilidad para manejar herramientas, habían desechado lo que no estaba suelto.
El camarote del capitán conservaba las estanterías y un barómetro empotrado que
estaba roto. Sin embargo, por algún motivo inexplicable, y como en el caso del
taburete caído en la caseta del piloto, los tuaregs habían dejado atrás una
mecedora.
La luz de las linternas reveló dos cadáveres. Uno yacía en un
jergón, y el otro parecía dormitar en la mecedora. El del jergón estaba desnudo
y tendido de costado, en la posición en que lo dejaron los tuaregs tras
despojarlo de sus ropas y arramblar con las de cama y colchón. Una mata de pelo
rojizo seguía cubriéndole la cara y el rostro.
Giordino se acercó a Pitt y observó detenidamente al ocupante de
la mecedora. Bajo la brillante luz de las linternas, la piel tenía un tono
parduzco, y la misma textura de cuero del cadáver de Kitty Mannock. El seco
calor del desierto también lo había momificado. El cuerpo continuaba cubierto
por una anticuada prenda interior de una sola pieza.
Aunque estaba sentado, se advertía que el hombre había sido muy
alto. Tenía barba, y el rostro era sumamente enjuto, de orejas prominentes. Los
ojos estaban cerrados, como si simplemente estuviera durmiendo, las cejas
pobladas, trazaban una línea extrañamente corta, llegando sólo a los bordes
exteriores de los ojos. El pelo y la barba eran negros, con sólo unas pocas
canas.
—Este tipo es la viva imagen de Lincoln —comentó casualmente
Giordino.
—Es Abraham Lincoln —dijo sobriamente Perlmutter desde el
umbral. Poco a poco, se dejó caer hasta el suelo, deslizando la espalda contra
la pared, como una ballena posándose en el fondo del mar. Sus ojos, que
parecían haber entrado en un trance hipnótico estaban clavados en el cadáver de
la mecedora.
Pitt miró a Perlmutter con preocupación y evidente escepticismo.
—Para ser un renombrado historiador, dices cosas muy raras, ¿no
te parece?
Giordino se arrodilló junto a Perlmutter y le ofreció una
botella de agua.
—Quizá el calor le esté afectando a los sesos, amigo. Perlmutter
rechazó el agua con un ademán.
—Dios bendito, yo mismo no lograba creérmelo. Pero lo que dijo
en sus papeles secretos el secretario de Guerra de Lincoln, Edwin McMasters
Stanton, era la pura verdad.
—¿Qué verdad? —preguntó Pitt, intrigado.
El historiador vaciló y al fin, en un susurro, dijo: —Lincoln no
murió asesinado por John Wilkes Booth en el teatro Ford. Está aquí, sentado en
esta mecedora.
63
Incapaz de asimilar las últimas palabras, Pitt miró a
Perlmutter.
—El asesinato de Lincoln es uno de los acontecimientos mejor documentados
de la historia norteamericana. En el teatro había más de un centenar de
testigos. ¿Cómo puedes decir que no sucedió?
Perlmutter se encogió ligeramente de hombros.
—El suceso ocurrió como se cuenta, sólo que fue una farsa
planeada y montada por Stanton, utilizando a un actor parecido a Lincoln y
adecuadamente maquillado. Dos días antes del falso asesinato, los confederados
capturaron al verdadero Lincoln y lo llevaron a escondidas a través de las
líneas unionistas hasta Richmond, donde lo retuvieron como rehén. Esta parte de
la historia está respaldada por otra confesión en el lecho de muerte: la del
capitán de la caballería confederada responsable de la captura.
Pitt miró pensativamente a Giordino, y de nuevo a Perlmutter,
—El nombre de ese capitán de la caballería sudista... ¿no sería
Neville Brown?
Perlmutter se quedó boquiabierto.
—¿Cómo lo sabes?
—Nos tropezamos con un viejo buscador de tesoros norteamericano
que andaba en busca del Texas y de su oro. Nos habló de la historia de Brown.
Giordino parecía inmerso en una pesadilla.
—Creímos que era un cuento chino —dijo.
—Pues no, no lo era —replicó Perlmutter, incapaz de apartar la
vista del cadáver—. El responsable del plan de secuestro fue un ayudante del
presidente confederado Jefferson Davis. Era un intento desesperado de salvar lo
que quedaba del Sur. Grant estaba cerrando el nudo en torno a Richmond, y
Sherman marchaba hacia el norte para atacar por retaguardia al ejército de
Virginia del general Lee. La guerra estaba perdida y todos los sabían. El odio
que existía en el Congreso hacia los Estados secesionistas no era ningún
secreto. Davis y su gobierno estaban seguros de que el Norte les haría pagar un
inmenso precio en cuanto la derrota de la Confederación se consumase. El
ayudante, del que no consta el nombre, hizo la descabellada propuesta de
capturar a Lincoln y retenerlo como rehén, a fin de obtener mejores condiciones
en la rendición.
—Realmente, no era mala idea —dijo Giordino, sentándose en el
suelo para dar un descanso a sus pies.
—Sólo que el viejo y desagradable Edwin Stanton frustró el plan.
—¿Se negó a aceptar el chantaje? —preguntó Pitt.
—No sólo eso —dijo Perlmutter—. En favor de Lincoln hay que
decir que había insistido en que Stanton se incorporase a su gabinete como
secretario de Guerra. Lo consideraba el mejor dotado para el cargo, pese al
hecho de que Stanton detestaba intensamente a Lincoln, al que incluso había
calificado de «gorila». Así que, en la captura del presidente, en vez de un
desastre, Stanton vio una oportunidad.
—¿Cómo secuestraron a Lincoln?
—Era cosa sabida que el presidente tenía la costumbre de dar un
paseo en calesa por los alrededores de Washington casi todos los días. Un
contingente de la caballería confederada, que llevaba uniformes unionistas y
era mandado por el capitán Brown, atacó a la escolta de Lincoln durante uno de
esos paseos, y se llevó al presidente a territorio confederado, al otro lado
del río Potomac.
A Pitt le costaba unir todas las piezas. Un acontecimiento
histórico en el que hasta entonces había creído como en el Evangelio, se estaba
revelando un fraude, y necesitaba hacer uso de toda su fuerza de voluntad para
tomarse en serio lo que estaba oyendo.
—¿Cuál fue la reacción inmediata de Stanton al tener noticia del
secuestro de Lincoln?
—Para desgracia del presidente, la primera persona a la que los
supervivientes de la escolta de Lincoln dieron la noticia fue Stanton. El
secretario de Guerra previó el pánico y la indignación que se producirían en el
país al saber que el presidente había sido capturado por el enemigo.
Rápidamente, cubrió el desastre de una capa de misterio, e inventó una historia
que sirviese de tapadera, llegando hasta el extremo de contarle a Mary Todd
Lincoln que su marido se encontraba en una visita secreta al cuartel general de
Grant, y tardaría varios días en regresar.
—Es difícil creer que no hubiera nadie que se fuera de la lengua
—dijo Giordino —con esceptismo.
—Stanton era el hombre más temido de Washington. Si te ordenaba
no hablar, o te morías llevándote el secreto a la tumba, o él se ocupaba de que
así fuera.
—¿Y la historia no salió a relucir cuando Davis anunció el
apresamiento de Lincoln y sus demandas de unos términos de rendición
favorables?
—Stanton era astuto. A las pocas horas de la captura de Lincoln,
dedujo cuál era el plan confederado. Puso sobre aviso al general unionista al
mando de las defensas de Washington, y cuando el emisario de Davis cruzó las
líneas de batalla bajo bandera blanca, fue conducido inmediatamente ante
Stanton. Ni el vicepresidente Johnson, ni el secretario de Estado William Henry
Seward, ni ningún otro miembro del Gabinete tuvieron noticia de lo que ocurría.
Secretamente, Stanton rechazó las condiciones del presidente Davis y sugirió
que la Confederación le haría un favor a todo el mundo si ahogaba a Lincoln en
el río James.
»Al recibir la respuesta de Stanton, Davis quedó abrumado.
Podéis imaginar su dilema. Allí está él, con la Confederación derrumbándose a
su alrededor. Tiene al líder máximo de la Unión en su poder. Un alto mando del
gobierno de Estados Unidos le dice que les importa un bledo, y que, por lo que
a ellos respecta, pueden quedarse con Lincoln si quieren. De pronto Davis
comenzó a considerar muy posible que los yanquis victoriosos lo ahorcaran.
Tenía un gran plan para evitar el derrumbamiento del Sur; pero al mismo tiempo
no quería manchar sus manos con la sangre de Lincoln, así que resolvió
provisionalmente su dilema ordenando que embarcaran al presidente en el Texas
como prisionero. Davis tenía la esperanza de que el buque sorteara el bloqueo
de la marina unionista, pusiera a buen recaudo el tesoro de la Confederación y
retuviera a Lincoln para utilizarlo como pieza de trueque en futuras
negociaciones, una vez estuviera en el poder gente más razonable que Stanton.
Lamentablemente, todo salió mal.
—Stanton monta la farsa del asesinato, y el Texas desaparece con
toda su tripulación y se le da por perdido —concluyó Pitt.
—En efecto —asintió Perlmutter—. Aunque después de la guerra
estuvo preso durante dos años, Jefferson Davis nunca mencionó la captura de
Lincoln por miedo a que se desatara la venganza de todo el país contra el Sur,
que estaba intentando recuperarse.
—¿Cómo organizó Stanton el asesinato? —preguntó Giordino.
Perlmutter replicó:
—En los anales de Norteamérica quizá no haya historia más
extraña que la de la conspiración que, supuestamente, costó la vida a Lincoln.
Lo más asombroso es la realidad de los hechos; es que Stanton contratara a John
Wilkes Booth para que montara la farsa y actuase en ella. Booth conocía a un
actor de la misma estatura y complexión de Lincoln. Stanton confió el secreto
al general Grant y juntos divulgaron la mentira de su entrevista con Lincoln
aquella tarde, y de que Grant rechazó la invitación de asistir al teatro Ford.
Además, los agentes de Stanton drogaron a Mary Todd Lincoln, de modo que cuando
el falso presidente apareció para llevarla al teatro Ford, la mujer estaba
demasiado aturdida para advertir que no se trataba de su marido, sino de un
doble.
»En el teatro, el actor recibió las ovaciones de un público que
se encontraba lo bastante lejos del palco presidencial como para no advertir
nada raro. Booth cumplió con su papel, disparando realmente contra la nuca del
confiado actor, y luego saltó al escenario. Luego, con un pañuelo tapándole la
cara para despistar a los mirones, condujeron al pobre impostor al otro lado de
la calle, donde murió en una farsa dirigida por Stanton en persona.
—Pero hubo testigos que estuvieron en torno al lecho de muerte
del presidente —protestó Pitt—. Médicos militares, miembros del Gabinete,
ayudantes de Lincoln...
—Los médicos eran amigos y agentes de Stanton —dijo Perlmutter
con cansancio—. Lo que nunca sabremos, porque Stanton no lo contó, es cómo
engañaron a los otros.
—¿Y la conspiración para matar al vicepresidente Johnson y al
secretario de Estado Seward? ¿También formó parte del plan de Stanton?
—Quitando de en medio a aquellos dos, él hubiera sido el
siguiente para acceder a la presidencia. Pero los hombres contratados por Booth
fallaron. Aún así, durante las primeras semanas del mandato de Johnson, Stanton
actuó como un dictador. El se ocupó de la investigación, del arresto de los
conspiradores, y de que el juicio fuese rápido y terminase con ejecuciones.
También hizo correr por toda la nación el bulo de que Lincoln había sido
asesinado por agentes de Jefferson Davis en un último acto de desesperación de
los confederados.
—Y luego Stanton hizo matar a Booth para evitar que hablase
—aventuró Pitt.
Perlmutter movió negativamente la cabeza.
—Fue otro hombre el que murió en el famoso granero incendiado.
La autopsia y la identificación fueron simples tapaderas. Booth huyó y vivió
muchos años hasta que al fin, en 1903, se suicidó en Enid, Oklahoma.
—En algún sitio leí que Stanton había quemado el Diario de Booth
—dijo Pitt.
—Es cierto —replicó Perlmutter—. El daño ya estaba hecho.
Stanton había creado un clamor de indignación contra el derrotado Sur. Los
planes de Lincoln para ayudar a recuperarse a los vencidos fueron enterrados
con su doble en una tumba de Springfield, Illinois.
Giordino seguía contemplando el cadáver como si estuviera
hipnotizado.
—¿Es posible que esta momia, sentada en una mecedora, dentro de
un barco confederado cubierto por una duna, en el centro del Sáhara sea
realmente Abraham Lincoln? —preguntó.
—Tengo plena certeza de ello —replicó Perlmutter—. Un examen
forense probará su identidad más allá de toda duda. En realidad, supongo que
recordaréis que unos ladrones de tumbas forzaron su sepultura; pero fueron
detenidos antes de que pudieran robar el cuerpo. Lo que se ocultó fue que los
oficiales que prepararon el cadáver para enterrarlo de nuevo descubrieron que
se las habían con un sustituto. De Washington llegó la orden de que guardaran
absoluto silencio y tomaran medidas para que la tumba no pudiera ser abierta de
nuevo. Con la excusa de evitar que otros desalmados violasen la sepultura,
sobre los ataúdes de Lincoln y su hijo Tad se vertieron cien toneladas de
hormigón. En realidad, se hizo para enterrar todas las pruebas del crimen.
—Supongo que te das cuenta de lo que eso significa, ¿no?
—preguntó Pitt.
—¿A qué te refieres?
—Vamos a alterar el pasado —explicó Pitt—. Una vez anunciemos lo
que aquí hemos descubierto, el acontecimiento más trágico de la historia de los
Estados Unidos será reescrito de modo irrevocable.
Perlmutter miró a Pitt, horrorizado.
—No sabes lo que dices. En el folklore, los libros de historia,
las novelas y los poemas norteamericanos, Lincoln es reverenciado como un santo
y como un hombre humilde. El asesinato lo convirtió en un mártir al que se
rendirá culto durante siglos. Si revelamos la historia del falso asesinato
organizado por Stanton, la imagen de Lincoln quedará hecha pedazos, y
Norteamérica perderá mucho con ello.
Aunque Pitt estaba agotado su expresión era firme y los ojos le
brillaban con resolución.
—No existe hombre más admirado por su honradez que Abraham
Lincoln. Nadie lo superó en cuanto al respeto de unos principios morales y
éticos. Morir en circunstancias tan turbias y reprobables va contra todos los
valores que él representaba. Sus restos se merecen un entierro honesto. Estoy
firmemente convencido de que él hubiera deseado que las generaciones futuras
del pueblo al que tan fielmente sirvió conocieran la verdad.
—Estoy contigo —afirmó tajantemente Giordino—. Cuando suba el
telón de esta farsa, me encontrarás a tu lado.
—Se producirá un clamor enormemente negativo —dijo Perlmutter
ahogadamente, como si unas invisibles manos le oprimieran el gaznate—. Por el
amor de Dios, Pitt, ¿no te das cuenta? Es preferible que todo este asunto quede
en secreto. El país no debe enterarse jamás.
—Hablas como un político arrogante, o un burócrata, de los que
juegan a ser Dios y ocultan al pueblo la verdad escudándose en un aberrante
concepto de la seguridad nacional, por no mencionar esa tontería de que es algo
que va contra los intereses de la nación.
—Así que vas a hacerlo —dijo Perlmutter, con un hilo de voz—. En
nombre de la verdad, vas a producir un auténtico terremoto nacional.
—Como los hombres y mujeres del Congreso y la Casa Blanca,
subestimas al público norteamericano, Julien. Sabrá encajar el descubrimiento,
y la imagen de Lincoln relucirá con más brillo que nunca. Lo siento, amigo mío,
no lograrás persuadirme de que me calle.
Perlmutter comprendió que era inútil tratar de disuadir a su
amigo. Cruzó las manos sobre su inmenso estómago y lanzó un suspiro.
—De acuerdo: reescribiremos el último capítulo de la Guerra de
Secesión y no enfrentaremos juntos al pelotón de fusilamiento.
Pitt contempló la grotesca figura que tenía delante, recorriendo
con la vista los larguísimos brazos y piernas, hasta el rostro sereno y
cansado. Cuando habló, lo hizo en tono suave y con voz apenas audible.
—Tras permanecer encerrado aquí durante ciento treinta años,
creo que ya es hora de que el Honrado Abraham vuelva a casa.
20 junio, 1996Washington, D.C.
64
Una vez el cadáver fue sacado del Texas y conducido a
Washington, la noticia del descubrimiento de Lincoln y de la mentira de Stanton
electrificó al mundo. En todas las escuelas de Norteamérica, los niños, como
antaño sus abuelos, aprendieron y recitaron la alocución de Gettysburg.
La capital de la nación tiró la casa por la ventana en las
celebraciones y ceremonias. El presidente y cuatro ex presidentes rindieron
homenaje en la rotonda del Capitolio al ataúd abierto de su remoto predecesor.
Los discursos fueron interminables, y los políticos compitieron en citar tanto
las frases de Lincoln como las de Carl Sandburg, su principal exégeta.
Los restos mortales del decimosexto presidente no irían a
reposar en el cementerio de Springfield. Por orden presidencial, se abrió una
tumba ante su famosa estatua de mármol blanco. A nadie, ni siquiera al
representante de Illinois en el Congreso, se le ocurrió protestar por la
medida.
Se declaró fiesta nacional, y millones de personas de todo el
país contemplaron por televisión las celebraciones que tuvieron lugar en
Washington. El público permaneció hechizado ante los televisores, contemplando
con actitud reverente el rostro del hombre que había conducido al país en sus
tiempos más difíciles.
La noticia estuvo en todos los medios desde la mañana hasta la
noche, y las programaciones fueron alteradas para darle cabida. Los más
prestigiosos presentadores de los informativos se lucieron al máximo
describiendo el acontecimiento, mientras otras noticias de calado quedaban
relegadas.
En una rara manifestación de consenso, los líderes del Congreso
votaron la asignación de fondos para rescatar al Texas y llevarlo de Malí a
Washington, donde quedaría permanentemente expuesto al público. Su tripulación
fue enterrada en el Cementerio Confederado de Richmond, con gran pompa y
mientras una banda interpretaba Dixie.
Kitty Mannock y su avión regresaron a Australia, donde fueron
objeto de una entusiasta y tumultuosa recepción. La aviadora recibió sepultura
en el Museo Militar de Canberra. Su fiel aeroplano Fairchild, una vez
restaurado, sería expuesto junto al Cruz del Sur, el famoso avión de Sir
Charles Kingsford—Smith.
Salvo por unas cuantas fotos y algunas gacetillas, las
ceremonias en homenaje a Hala Kamil y al almirante Sandecker por haber
contribuido a la extinción de la marea roja, pasaron casi totalmente
inadvertidas. Entre discurso y discurso, el presidente les hizo entrega de
sendas medallas de honor otorgadas por un decreto especial del Congreso.
Posteriormente, Hala regresó a Nueva York y a las Naciones Unidas, donde tuvo
lugar una sesión especial en su honor. La mujer no pudo evitar estallar en
lágrimas al recibir la mayor ovación en los anales de la Asamblea General.
Sandecker regresó tranquilamente a su despacho de la NUMA,
siguió haciendo ejercicio en su gimnasio privado y, como si no hubiera pasado
nada, comenzó a planear un nuevo proyecto submarino.
El doctor Darcy Chapman y Rudi Gunn fueron propuestos como
candidatos para un premio Nobel conjunto, que finalmente no ganaron. Haciendo
caso omiso de los clamores sensacionalistas, ambos regresaron al Atlántico Sur
para analizar los efectos sobre la vida marina de la gigantesca marea roja. El
doctor Frank Hopper se unió a ellos en cuanto, contra el consejo de los médicos
salió del hospital. El hombre juró que si estaba ocupado en investigar la marea
se recuperaría mucho antes que guardando la cama.
Hiram Yaeger recibió una sustanciosa bonificación de la NUMA y
diez días extra de vacaciones pagadas. Se llevó a su familia a Disney World y,
mientras su mujer y sus hijos disfrutaban de las atracciones, él asistió a un
seminario sobre métodos informáticos de archivo.
Tras cerciorarse de que todos los supervivientes de la ya
legendaria batalla de Fort Foureau, así como las familias de los caídos,
recibieran medallas al valor y generosos beneficios económicos, el general Hugo
Bock decidió dimitir como jefe del Equipo Táctico de la ONU en su momento de
mayor éxito. Se retiró a una pequeña aldea de los Alpes bávaros.
Como Pitt había predicho, el coronel Levant fue ascendido a
general, recibió una medalla de las Naciones Unidas por sus servicios en favor
de la paz, y sustituyó al general Bock al mando del Equipo Táctico.
Tras recuperarse de sus heridas en la casa solariega de su
familia en Cornwall, el capital Pembroke—Smythe fue ascendido a comandante y
regresó a su antiguo regimiento. Fue recibido por la reina, que le confirió la
Orden de Servicios Distinguidos. En la actualidad se encuentra destacado en una
unidad especial de comandos.
St. Julien Perlmutter sintió una gran satisfacción al comprobar
que, contra su pronóstico, el público norteamericano había encajado
perfectamente no sólo la reaparición de su más amado presidente, sino también
la revelación del pérfido comportamiento de Edwin Stanton. Perlmutter recibió
el homenaje de múltiples organizaciones históricas siendo galardonado con
tantas distinciones y premios como para llenar toda una pared de su casa.
Al Giordino logró localizar a la bella pianista que conociera en
la mansión flotante de Yves Massarde en el Níger. Por fortuna, la joven estaba
soltera y, por alguna razón que al menos a Pitt le resultó inexplicable,
Giordino le resultó simpático y aceptó acompañarlo en unas vacaciones para
bucear en el mar Rojo.
En cuanto a Dick Pitt y Eva Rojas...
25 junio, 1996, Monterrey, California
65
El mes de junio constituía el cenit de la temporada turística en
la península de Monterrey. La famosa Avenida de las Diecisiete Millas, entre
Monterrey y Carmel, estaba atestada de coches y vehículos de recreo. Los
turistas llenaban Cannery Row, comprando unos y disfrutando otros de las
delicias de los restaurantes marineros con espléndidas vistas al mar.
Jugaban al golf en Peeble Beach, visitaban Big Sur, y retrataban
las puestas de sol desde Point Lobos. Recorrían las bodegas, admiraban los
viejos cipreses, y paseaban por las playas, observando con deleite el vuelo de
los pelícanos a las estruendosas focas y las olas que rompían.
Después de más de treinta y dos años viviendo en la misma casa
de Pacific Grove, los padres de Eva se habían acostumbrado a su espectacular
vecindario y no daban importancia al privilegio de vivir en un lugar tan bello
de la costa californiana. Sin embargo, cada vez que Eva volvía a casa todo
recuperaba su brillo y atractivo. La mujer seguía viendo la península con ojos
de adolescente, como una muchacha que contempla por primera vez su primer
coche.
Siempre que volvía a casa sacaba a sus padres de su
contemplativa y plácida existencia. Sin embargo, este viaje fue distinto. Eva
no estaba en condiciones de arrastrarlos a pasear en bicicleta o a nadar en las
frescas aguas del Pacífico. Además, lo único que le apetecía era quedarse en
casa, presa de la tristeza y la melancolía.
Hacía sólo un par de días que había abandonado el hospital y
estaba confinada a una silla de ruedas, recuperándose de las heridas que sufrió
en Fort Foureau. Los cuidados y la buena comida habían conseguido que el cuerpo
de la joven se recuperase de los estragos del calvario que para ella supuso la
estancia en las minas de Tebezza. Incluso había ganado unos kilos de más, que
sólo lograría perder mediante el ejercicio una vez las fracturas se uniesen y
las escayolas desapareciesen.
Aunque su organismo estaba sanando, su mente se encontraba
sumida en la tristeza por la ausencia de noticias de Pitt. La última vez que lo
vio fue cuando había sido evacuada a Mauritania desde las ruinas de Fort
Foureau, para ser luego trasladada a un hospital de San Francisco. Desde
entonces, era como si a Pitt se lo hubiese tragado la tierra. Cuando telefoneó
al almirante Sandecker, éste le aseguró que tanto Pitt como Giordino seguían en
el Sáhara y no habían regresado a
Washington.
—¿Por qué no me acompañas a jugar al golf? —le preguntó su padre
aquella mañana—. Te sentará bien salir de casa. Ella lo miró y no pudo contener
una sonrisa al ver el sempiternamente encrespado cabello de su padre.
—No estoy en condiciones de darle a la pelota —replicó.
—Pensé que podía apetecerte montar en el carrito conmigo.
Tras pensarlo por unos momentos, Eva asintió.
—¿Por qué no? —Levantó su brazo sano y meneó los dedos de su pie
izquierdo—. Pero sólo si me dejas conducir.
Su madre no dejó de refunfuñar mientras la ayudaba a subir en el
«Chrysler» familiar.
—Y como le pase algo a Eva, te vas a enterar de lo que es bueno
—amenazó la mujer a su marido.
—Prometo devolverla en el mismo estado en que la encontré
—bromeó él.
En el cuarto hoyo del Campo de Golf Municipal de Pacific Grove,
cuyas praderas se extendían en torno al faro de Point Pinos, Mr. Rojas lanzó la
pelota, y cuando ésta fue a caer en un bunker, el hombre meneó la cabeza y
metió el palo en su bolsa.
—Me falta fuerza —murmuró, frustrado.
Sentada al volante del carrito, Eva señaló hacia el banco que
había en un cercano mirador colgado sobre el mar.
—¿Te importa que me salte los cinco próximos hoyos, papá?
Hace un día tan bonito que lo que más me apetece es quedarme
sentada mirando al mar.
—Como quieras, cariño. Cuando vuelva hacia el club, te recogeré.
El hombre la acomodó lo mejor posible en el banco y luego se
alejó en su carrito, seguido por otro en el que iban tres de sus habituales
compañeros de golf.
Aunque flotaba una tenue neblina sobre el mar, todo el
maravilloso contorno de la costa era perfectamente visible. El océano estaba en
calma y las olas se movían tenue y armoniosamente. Eva aspiró el aire saturado
de olor marino y contempló con una sonrisa los movimientos de una nutria entre
las rocas.
De pronto se oyó el grito de una gaviota. Eva volvió la vista
hacia lo alto y giró ligeramente la cabeza, siguiendo el ave; pero lo que sus
ojos encontraron fue la figura de un hombre en pie tras el banco.
—Tú, yo, y la bahía de Monterrey —dijo él, suavemente. Por un
largo momento, Eva miró atónita a Pitt, que la contemplaba sonriendo con
inmenso afecto. En la mujer, la incredulidad dio al fin paso a la dicha. Pitt
se sentó junto a ella y la tomó en sus brazos.
—¡Oh, Dick, Dick...! No sabía si vendrías. Temí que entre
nosotros todo hubiera terminado...
El la acalló con un largo beso y luego la miró a los ojos, ahora
humedecidos por las lágrimas que empezaron a resbalar por las enrojecidas
mejillas.
—Debí llamarte; pero... Hasta hace un par de días mi vida ha
sido un auténtico caos.
—Estás perdonado —dijo ella, feliz—. Pero... ¿cómo demonios te
has enterado de que estaba aquí?
—Tu madre me lo dijo. Simpática mujer. Alquilé un carrito de
golf y recorrí las pistas hasta que vi una pobrecilla inválida contemplando el
mar melancólicamente.
—Estás loco —exclamó ella, besándolo de nuevo. Pitt la rodeó con
sus brazos y la alzó cuidadosamente.
—Ojalá tuviéramos tiempo para quedarnos a mirar las olas; pero
debemos irnos. Dios, la verdad es que con tanta escayola, pesas un quintal.
—¿A qué vienen tantas prisas?
—Hemos de hacer el equipaje y tomar un avión —replicó él,
depositándola en el carrito de golf.
—¿Avión? ¿Un avión, adónde?
—A una aldea de pescadores en la costa occidental de México.
—¿Vas a llevarme a México? —sonrió ella entre las lágrimas.
—A bordo del barco que he alquilado.
—¿Para hacer un crucero?
—Más o menos —replicó él, sonriente—. Navegaremos hasta un lugar
llamado islote de Clipperton, y una vez allí buscaremos un tesoro.
Cuando el carrito estaba llegando al estacionamiento del club,
Eva dijo a Pitt:
—Eres el hombre más taimado, trapisondista y fullero que he
conocido en mi vi...
La mujer se interrumpió, pues acababan de detenerse junto a un
coche de extraño aspecto pintado de color fucsia.
—¿Qué es eso? —preguntó, asombrada.
—Un automóvil.
—Eso ya lo sé; pero... ¿qué clase de automóvil?
—Un Avions Voisin, regalo de mi viejo amigo Zateb Kazim. Ella lo
miró con ojos muy abiertos.
—¿Lo hiciste traer desde Malí?
—En un avión de transporte de las Fuerzas Aéreas —replicó él,
como sin darle importancia—. El presidente me debía un gran favor, y yo no le
pedí más que uno pequeño.
—Pero... Si vamos a coger un avión, ¿dónde piensas dejarlo?
—Convencí a tu madre de que me lo guardara en vuestro garaje
hasta el concurso de Peeble Beach, en agosto.
—Eva meneó la cabeza, incrédula.
—Eres incorregible.
Pitt puso las manos dulcemente en torno al rostro de Eva,
sonrió, y dijo:
—Por eso soy tan divertido.
F I N

