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Libro N°. 3163. Sahara. Cussler, Clive.

Guillermo Molina Miranda abril 12, 2025

 


© Libro N°. 3163. Sahara. Cussler, Clive. Colección E.O. Octubre 1 de 2016.  

 

Título original: © Sahara. Clive Cussler

Versión Original: © Sahara. Clive Cussler

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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SAHARA

Clive Cussler

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2 de abril de 1865

Richmond, Virginia

 

Parecía flotar sobre la fantasmal niebla nocturna como una amenazadora bestia prehistórica surgiendo del cieno primigenio. Su negra y ominosa silueta se recortaba contra la orilla arbolada. Difusas formas humanas se movían por las cubiertas, iluminadas por la irreal luz amarillenta de las linternas. Por su casco resbalaban gotas de humedad, que terminaban cayendo en la perezosa corriente del río James.

El Texas tiraba de sus amarras con la impaciencia de un sabueso a punto de ser soltado para la caza. Gruesos postigos de hierro cerraban las portillas de sus cañones, y el blindaje de quince centímetros de sus grisáceos costados aparecía intacto. Sólo una bandera blanca y roja, que colgaba fláccidamente del mástil más próximo a la chimenea, lo identificaba como un buque de guerra de la Armada de los Estados Confederados.

Aunque para los de tierra podía parecer feo y achaparrado, para los marinos poseía un carácter y una gracia inconfundibles. Era sólido y mortífero, el último buque de su peculiar diseño dispuesto a zarpar en una travesía hacia su destrucción tras un breve, aunque memorable, estallido de gloria.

En la cubierta de proa, el capitán de fragata Mason Tombs sacó del bolsillo un pañuelo y secó la humedad que empapaba la parte interna del cuello de su uniforme. La operación de carga iba despacio, excesivamente despacio. En su huida hacia mar abierto, el Texas necesitaría hasta el último minuto de oscuridad. El hombre observó con nerviosismo a su tripulación que, entre jadeos y maldiciones, acarreaba cajones de madera por una pasarela para terminar bajándolos por una escotilla de cubierta. Los embalajes, que contenían las actas y los documentos de cuatro años de gobierno, parecían excesivamente pesados. Habían llegado en carretas de mulas, ahora concentradas en el muelle, estrechamente vigiladas por los agotados supervivientes de un destacamento de infantería de Georgia.

Tombs miró, inquieto, en dirección a Richmond, sólo tres kilómetros hacia el norte. Tras la derrota del general Lee por el general Grant en Petersburg, el abatido ejército del Sur se retiraba en dirección a Appomattox, dejando la capital confederada a merced de las tropas unionistas en avance. La evacuación estaba en su momento álgido, y las calles de la ciudad eran un caótico hervidero de tumultos y pillaje. Las explosiones y las llamaradas se sucedían, estremeciendo el suelo e iluminando la noche, a medida que iban siendo incendiados los polvorines y los almacenes de material bélico.

Ambicioso y enérgico, Tombs era considerado uno de los mejores oficiales de la marina de guerra confederada. Era bajo, de atractivo rostro, cabello y cejas castaños, poblada barba rojiza, y había un brillo de pedernal en sus negros ojos aceitunados.

En las batallas de Nueva Orleáns y Memphis estuvo al mando de pequeñas cañoneras. Fue oficial de Artillería en el acorazado Arkansas, y primer oficial en el buque corsario Florida, de infame recuerdo. En todas sus actuaciones, Tombs había demostrado ser un hombre muy peligroso para la Unión. Cuando asumió el mando del Texas, hacía sólo una semana que el barco había salido de los astilleros Rocketts de Richmond tras ser concienzudamente revisado y reforzado a fin de prepararlo para un casi imposible viaje río abajo, a través del fuego de mil cañones unionistas.

Cuando devolvió su atención a las operaciones de carga, ya la última carretera se alejaba del muelle, perdiéndose en la noche. Tombs sacó su reloj, abrió la tapa y alzó la esfera hacia la linterna más próxima.

Las ocho y veinte. Apenas faltaban ocho horas para que amaneciese. Las últimas veinte millas del pasaje infernal, no podrían cubrirse bajo el amparo de la oscuridad.

Un coche abierto, tirado por dos caballos tordos, se detuvo en el muelle, junto al barco. El cochero se mantuvo erguido y sin volverse mientras los dos pasajeros observaban cómo los últimos cajones descendían a la bodega. El más corpulento de los dos hombres, con ropas civiles, parecía desmadejado por la fatiga. Su compañero, que llevaba uniforme de oficial de Marina, vio a Tombs y le hizo señas.

Tombs cruzó la pasarela hasta el muelle, fue al coche y se cuadró.

—Es un honor, almirante Señor secretario. No creí que tendrían tiempo para despedidas.

El almirante Raphael Semmes, famoso por sus hazañas como capitán del buque pirata confederado Alabama y que ahora estaba al mando de la escuadra de cañoneras acorazadas del río James, asintió y sonrió por entre el encerado bigote y la puntiaguda perilla.

—Ni un regimiento de yanquis me hubiese impedido venir a decirle adiós.

Stephen Mallory, secretario de marina de los Estados Confederos, le tendió la mano.

—Con todo lo que nos jugamos con usted, ¿cómo no íbamos a venir a desearle suerte?

—Tengo un buen barco y una valerosa tripulación —dijo Tombs, con firmeza—. Nos abriremos paso.

La sonrisa de Semmes se desvaneció y sus ojos se llenaron de aprensión.

—Si le resulta imposible conseguirlo, debe quemar el barco y hundirlo en la parte más profunda del río, para que nuestros archivos jamás caigan en manos de la Unión.

—Las cargas explosivas están instaladas y montadas —aseguró Tombs a Semmes—. Volaremos el fondo del casco y las cajas lastradas se hundirán en el fango del río. El barco seguirá un buen trecho a toda máquina y se irá a pique cuando esté a una distancia segura.

Mallory movió aprobatoriamente la cabeza.

—Buen plan.

Los dos ocupantes del coche cambiaron una mirada significativa y, tras una incómoda pausa, Semmes dijo:

—Lamento que, en el último minuto, tenga que aumentar la

carga que ya pesa sobre sus hombros; pero debe usted hacerse responsable de un pasajero.

—¿Un pasajero? —repitió torvamente Tombs—. Espero que no sea nadie que aprecie su vida.

—No tiene otra opción —murmuró Mallory.

—¿Dónde está? —preguntó Tombs, mirando en torno—. Vamos a zarpar enseguida.

—Llegara muy pronto —replicó Semmes.

—¿Puedo preguntar de quién se trata?

—Lo reconocerá fácilmente —dijo Mallory—. Y, por si tiene usted que exhibirlo, rece porque el enemigo también lo reconozca.

—No entiendo.

Mallory sonrió por primera vez.

—Ya entenderá, muchacho, ya entenderá.

—Tengo una información que puede resultarle útil —dijo Semmes, cambiando de tema—. Según mis espías, la Unión ha puesto en servicio al que fue nuestro primer acorazado, el Atlanta, capturado hace un año por monitores yanquis. En estos momentos se encuentra patrullando el río, pasado Newport News.

A Tombs se le iluminó el rostro.

—Sí, ya veo. Como el Texas tiene la misma forma y similares dimensiones, en la oscuridad podría tomársele por el Atlanta.

Semmes asintió y le tendió una bandera doblada.

—Las barras y estrellas. La necesitará para la mascarada.

Tombs tomó la bandera de la Unión y se la puso bajo el brazo.

—La mandaré izar cuando lleguemos a las posiciones artilleras de la Unión en Trent's Reach.

—Que tenga usted buena suerte —dijo Semmes—. Lamento que no podamos quedarnos a verlo zarpar, pero el secretario tiene que coger el tren, y yo he de volver con la flota para supervisar su destrucción antes de que los yanquis se nos echen encima.

El secretario de la marina confederada estrechó de nuevo la mano de Tombs.

—El barco antibloqueo Fox le espera frente a Bermuda para recargarle de carbón los pañoles a fin de que pueda usted completar el último tramo de su travesía. Buena fortuna, capitán. En sus manos está la salvación de la causa confederada.

Antes de que Tombs pudiera contestar, Mallory ordenó al cochero que se pusiera en marcha. Tombs alzó la mano en un saludo final y se quedó allí, sin lograr comprender las últimas palabras del secretario. ¿La salvación de la causa confederada? Era algo sin sentido. La guerra estaba perdida. Con Sherman subiendo hacia el norte desde las Carolinas y Grant descendiendo por Virginia como un torrente, el general Lee sería atrapado por las tenazas unionistas y se vería obligado a rendirse en cuestión de días. Muy pronto, Jefferson Davis dejaría de ser presidente de los Estados Confederados para convertirse en un simple fugitivo.

Y era más que probable que, en el plazo de unas breves horas, el Texas se convirtiera en el último barco de la marina de guerra confederada que acabara sus días en combate.

¿Dónde estaba la salvación, aunque el Texas lograse huir? Tombs no hallaba respuesta a tal pregunta. Tenía órdenes de trasladar los archivos del Gobierno a un puerto neutral de su elección, para esperar luego allí la llegada de un emisario con instrucción. ¿Cómo era posible que el éxito en sacar del país unas actas burocráticas fuese a evitar la segura derrota del Sur?

La llegada de su primer oficial, el teniente Ezra Craven, interrumpió sus pensamientos.

—Toda la carga ya está a bordo e instalada, señor —anunció Craven—. ¿Doy la orden de zarpar?

Tombs se volvió.

—Aún no. Esperamos a un pasajero.

Craven, un fornido y brusco escocés, hablaba con una peculiar mezcla de acentos natal y sureño.

—Pues más vale que se dé prisa en llegar.

—¿Está ya listo el jefe de máquinas, O'Hare?

—Tiene las calderas a todo vapor.

—¿Y las dotaciones artilleras?

—En sus puestos.

—Nos mantendremos encerrados hasta toparnos con la flota federal. No podemos correr el riesgo de perder un cañón y una dotación por un tiro casual a través de una portilla.

—A los hombres no les sentará bien presentar la otra mejilla.

—Dígales que vivirán más tiempo si...

Los interrumpió el ruido de unos cascos. Ambos se volvieron. Al cabo de unos instantes, de la oscuridad surgió un jinete confederado.

—¿El capitán de fragata Tombs? —inquirió el oficial, con voz cansada.

—Soy yo —dijo Tombs, adelantándose.

El jinete bajó del caballo y saludó. Estaba cubierto de polvo y parecía exhausto.

—A sus órdenes, señor. Soy el capitán Neville Brown, y se me ha confiado la escolta de su prisionero.

Tombs parpadeó.

—¿Prisionero? Me habían hablado de un pasajero. Brown se encogió de hombros.

—Trátelo como le parezca.

—¿Dónde está? —preguntó Tombs por segunda vez en lo que iba de noche.

—Ahora llega. Yo me he adelantado a mi grupo para no alarmarles.

—Qué bobada —murmuró Craven—. ¿Por qué nos íbamos a alarmar?

La pregunta tuvo su respuesta cuando un coche cerrado apareció en el muelle rodeado por un grupo de jinetes vestidos con el uniforme azul de la Caballería unionista.

Tombs estaba a punto de dar la voz de alerta a sus hombres para que se aprestasen a defenderse de los atacantes, cuando Brown lo tranquilizó:

—Calma capitán. Son buenos patriotas sudistas. Disfrazarnos de yanquis era el único modo de cruzar con seguridad las líneas de la Unión.

Dos de los hombres desmontaron, abrieron la portezuela del coche y ayudaron a salir al pasajero. El hombre que se apeó cansadamente era altísimo, enjuto y poseía una barba que les resultó muy familiar. Llevaba grilletes en muñecas y tobillos. Por unos momentos, miró solemnemente el buque. Luego se volvió e hizo una inclinación hacia Tombs y Craven.

—Buenas noches, caballeros. —Su voz era ligeramente aguda—. ¿Debo suponer que voy a disfrutar de la hospitalidad de la marina de guerra confederada?

Tombs fue incapaz de replicar. El y Craven se quedaron mirando al hombre con incredulidad.

—Dios... —murmuró Craven—. Si es un impostor, lo hace usted magníficamente.

—No —replicó el prisionero—. Le aseguro que soy el auténtico.

—Pero... ¿cómo es posible? —preguntó Tombs, sumido en el desconcierto.

Brown volvió a montar en su caballo.

—No hay tiempo para explicaciones. Debo cruzar con mis hombres el puente Richmond antes de que lo vuelen. Ahora el prisionero es cosa de ustedes.

—¿Y qué se supone que debo hacer con él? —preguntó Tombs.

—Mantenerlo confinado a bordo hasta que reciba órdenes de soltarlo. Eso es cuanto me han ordenado que le diga.

—Es una locura.

—Así es la guerra, capitán —dijo Brown, al tiempo que picaba espuelas. Luego, seguido por su pequeño destacamento de hombres disfrazados de unionistas, desapareció en la noche.

No había más tiempo que perder, ni surgirían nuevas interrupciones que demorasen el viaje del Texas hacia el infierno. Tombs se volvió hacia. Craven.

—Teniente: acompañe a nuestro pasajero a mi camarote y que el jefe de máquinas O'Hare envíe a un mecánico para que le quite los grilletes. No pienso morir como el capitán de un barco de esclavos.

El barbudo sonrió a Tombs.

—Gracias, capitán. Es usted muy amable.

—No me dé las gracias —replicó torvamente Tombs—. Al amanecer, los dos estaremos presentando nuestros respetos al diablo.

Al principio muy lentamente, y luego cada vez más aprisa, el Texas comenzó a navegar río abajo, ayudado por una corriente de dos nudos. El viento no se movía y, salvo por el rumor de los motores, en la noche imperaba el silencio. A la pálida luz de la luna en cuarto menguante, el buque se deslizaba por las negras aguas como un espectro, más sentido que visto, casi una ilusión óptica.

Parecía carecer de sustancia, de solidez. Sólo su movimiento lo delataba, una fantasmal silueta recortándose contra la inmóvil orilla. Diseñado específicamente para una misión, para un viaje, sus armadores habían construido una máquina espléndida, el mejor navío de combate que los confederados habían fletado en los cuatro años de guerra.

Era un barco de dos hélices y dos motores, con cincuenta y ocho metros de eslora, doce de manga y un calado de menos de tres metros y medio. Los costados de su casco, remetidos en un ángulo de treinta grados, estaban cubiertos por un blindaje de quince centímetros de pletina tras la cual había treinta centímetros de algodón comprimido por cincuenta centímetros de roble y pino. El blindaje continuaba bajo la línea de flotación, envolviendo todo el casco.

El Texas sólo llevaba cuatro cañones, pero éstos eran de feroz mordisco. A proa y popa, dos cañones Blakely de cien libras montados sobre pivotes permitían el tiro sesgado, mientras dos de nueve pulgadas y sesenta y cuatro libras cubrían babor v estribor.

A diferencia de otros buques, cuyas máquinas procedían de vapores comerciales desguazados, sus motores eran nuevos, grandes y potentes. Las pesadas calderas se encontraban por debajo de la línea de flotación, y las hélices, de casi tres metros, podían impulsarlo por aguas calmadas a catorce nudos, el equivalente náutico a veinticinco kilómetros por hora, una tremenda velocidad imposible de alcanzar por los demás barcos de su clase, de uno y otro bando.

Tombs estaba orgulloso de su barco, aunque le entristecía que, muy probablemente, su vida iba a ser efímera. Pero estaba decidido a que con él se escribiera un digno epitafio a la gloria de los Estados Confederados.

Desde la cubierta de cañones, ascendió por una escalera hasta la caseta de navegación, una pequeña estructura de la sección delantera de la casamata, con forma de tronco de pirámide. Por una tronera, miró hacia la oscuridad exterior y luego se volvió hacia Leigh Hunt, el primer timonel, que permanecía extrañamente silencioso.

—Iremos a toda máquina hasta llegar al mar, Mr. Hunt. Deberá andarse con ojo para evitar que embarranquemos.

Hunt era un piloto de río que se conocía como la palma de la mano cada curva y recodo del James. Manteniendo la mirada al frente, replicó:

—Con la luz de la luna me basta para ver perfectamente el río.

—A los artilleros yanquis también les alumbra.

—Cierto, pero el gris de nuestros costados se confunde con las sombras de la orilla. No les será fácil distinguirnos.

—Esperémoslo —suspiró Tombs.

Por la escotilla trasera subió al techo de la casamata. El Texas estaba llegando a Drewry's Bluff, donde se encontraba anclada la flota de cañoneras del almirante Semmens. Las tripulaciones de los buques Virginia II, Frederickshurg y Richmond, hermanos del Texas, desoladas ante la perspectiva de tener que volar sus naves, estallaron en súbitos vítores cuando la nave pasó ante ellas, oscureciendo con el humo de su chimenea el brillo de las estrellas. La bandera confederada, ondeando a impulsos de la inercia del barco, constituía una conmovedora imagen a punto de extinguirse para siempre.

Tombs se quitó la gorra y la alzó a modo de saludo. Era consciente de estar viviendo el último sueño, que pronto se convertiría en la pesadilla de una amarga derrota. Pese a todo, constituía un gran momento, digno de ser paladeado. El Texas navegaba hacia la leyenda.

Tan súbitamente como había aparecido, el Texas se perdió tras un recodo del río, dejando su estela como único rastro de su paso.

Un poco más allá de Trent's Reach, donde el Ejército federal había instalado defensas artilleras y una barrera a través del río, Tombs ordenó enarbolar la bandera de los Estados Unidos.

En la casamata, la cubierta de cañones estaba preparada para la acción. Muchos de los hombres, desnudos de cintura para arriba, permanecían junto a sus cañones con pañuelos anudados en la frente. Los oficiales se habían quitado las guerreras y, con los tirantes sobre las camisetas, recorrían pausadamente la cubierta. El cirujano de a bordo repartía torniquetes y enseñaba a los hombres a utilizarlos.

En lugares estratégicos se colocaron cubos contra incendios. Se esparció arena por el suelo para empapar la sangre. Se repartieron pistolas y machetes para prevenir un abordaje. Los fusiles estaban cargados y con las bayonetas caladas. Las portillas que comunicaban con los cuartos de munición bajo la cubierta de cañones estaban abiertas, y preparados los montacargas y poleas para subir los proyectiles y la pólvora.

Impulsado por la corriente, el Texas avanzaba a dieciséis nudos cuando su proa chocó con la empalizada flotante. La nave la atravesó y pasó a aguas libres sin apenas un rasguño en el férreo ariete que remataba su proa.

Un centinela unionista divisó al Texas cuando pasaba y disparó su mosquete.

—¡Alto el fuego, por Dios, alto el fuego! —gritó Tombs, desde el techo de la casamata.

—¿Qué barco es éste? —preguntó una voz desde la orilla.

—¡El Atlanta, idiotas! ¿Es que no reconocéis a vuestros propios buques?

—¿Cuándo pasasteis río arriba?

—Hace una hora. Tenemos orden de patrullar entre la barrera y Cuy Point.

Los centinelas unionistas de la orilla parecieron quedar satisfechos con el embuste y el Texas siguió adelante sin mayores incidentes. Tombs lanzó un suspiro de alivio.

Había tenido la casi total certeza de que su barco recibiría una andanada de cañonazos. Pasado el peligro por el momento, ahora su único temor consistía en que algún receloso oficial enemigo telegrafiase una advertencia a los dos extremos del río.

Veinticuatro kilómetros más allá de la barrera, la suerte de Tombs comenzó a cambiar. Una imponente masa negra se materializó en las sombras, ante ellos.

Anclado junto a la orilla occidental, cargando carbón de una barcaza amarrada a su costado de estribor, se encontraba el monitor unionista Onondaga, con un blindaje de veintiocho centímetros en sus dos torretas y de catorce, en su caso, y con dos potentes cañones Dahlgren de quince pulgadas y ánima lisa y dos Parrot estriados, de ciento cincuenta libras.

El Texas ya estaba sobre ellos cuando un guardiamarina situado en lo alto de la torreta delantera divisó el navío confederado y dio la alarma.

La tripulación interrumpió la operación de carga de carbón para mirar hacia el barco surgido de entre las sombras. El capitán del Onolulaga, John Austin, vaciló unos instantes. Le costaba creer que un buque rebelde hubiera podido llegar tan abajo del río James sin ser descubierto. Su momento de duda le costaría caro. En el momento en que gritaba a sus hombres que montaran los cañones, el Texas rebasaba el barco unionista y se encontraba a un tiro de piedra.

—¡Háganse al pairo o los volamos por los aires! —gritó Austin.

—¡Somos el Atlanta! —replicó Tombs, llevando la ficción hasta el final.

Austin no se dejó engañar, ni siquiera al ver el pabellón unionista en el mástil del intruso. Dio orden de abrir fuego.

La torreta delantera entró en acción demasiado tarde, El Texas ya había pasado de largo, más allá de su ángulo de tiro. Pero los dos Dahlgren de quince pulgadas de la torreta trasera del Onondaga escupieron llamas y humo.

Disparando a bocajarro, los artilleros unionistas no podían fallar, y no lo hicieron. Los cañonazos estremecieron los costados del Texas, alcanzándolo en la parte superior del blindaje de popa. La explosión de metal y astillas abatió a siete hombres.

Casi al mismo tiempo, Tombs gritó una orden por la trampilla del techo. Las portillas de la cubierta se descorrieron, y el Texas disparó sus tres cañones contra la torreta del Onoudaga. Uno de los proyectiles de cien libras entró por una portilla abierta e hizo explosión contra un Dahlgren, produciendo una fuerte llamarada y una gran humareda. En el interior de la torreta hubo una carnicería. Nueve hombres murieron y once resultaron malheridos.

Antes de que los dos barcos pudieran recargar sus cañones, el navío rebelde había vuelto a desvanecerse en la noche y dobló tranquilamente el recodo del río. La torreta delantera del Onondaga hizo dos disparos de despedida a ciegas; pero los proyectiles pasaron al fugitivo Texas por encima.

Sin perder la calma, Tombs llamó al teniente Craven.

—Mr. Craven: no vamos a seguir ocultándonos bajo una bandera enemiga. Tenga la bondad de izar los colores de la Confederación y haga cerrar las portillas de los cañones.

Un joven guardiamarina se apresuró a ir hasta el mástil. Desató sus cables, bajó las barras y estrellas e hizo subir las estrellas y barras diagonales sobre un fondo blanco y rojo.

Craven se reunió con Tombs en lo alto de la casamata.

—Ahora que ya saben quiénes somos —dijo Tombs—, nuestra travesía hasta el mar no va a ser precisamente una excursión. Las baterías de tierra no deben preocuparnos. Su artillería de campaña no tiene potencia para hacerle ni un rasguño a nuestro blindaje.

Tombs hizo una pausa y miró con preocupación hacia el oscuro río ante ellos.

—El mayor peligro son los cañones de la flota federal que nos aguarda en la desembocadura.

Apenas calló, recibieron una andanada de cañonazos desde la orilla.

—Empieza la fiesta —murmuró filosóficamente Craven, antes de bajar a su puesto en la cubierta de cañones.

Tomb permaneció expuesto junto a la caseta del piloto, a fin de guiar el movimiento de su barco entre los navíos federales que pudieran bloquear el río.

Sobre el Texas comenzó a caer una tormenta de cañonazos y fuego de mosquetes. Tombs mantuvo las portillas cerradas, pese a las protestas de sus hombres. Le parecía absurdo poner en peligro a su tripulación y malgastar contra un enemigo invisible pólvora y balas que luego podrían resultar preciosas.

El Texas aguantó las embestidas durante otras dos horas. Con sus motores funcionando a la perfección, la nave rebaso en un par de nudos la velocidad para la que había sido diseñada. Aparecieron varias cañoneras de madera, que dispararon sus piezas y luego emprendieron la persecución. El Texas hizo caso omiso de ellas y las rebasó como si estuvieran ancladas.

De pronto, ante ellos se materializó la familiar silueta del Atlanta, que habla sido anclado de través en el río, bloqueandolo. En cuanto los vigías avistaron al indómito monstruo rebelde que avanzaba hacia ellos, los cañones de estribor no tardaron en asomar.

—Sabían que veníamos —murmuró Tombs.

—¿Lo rodeo, capitán? —preguntó desde el timón el primer piloto Hunt, que hacía gala de una gran sangre fría.

—No, Mr. Hunt —replicó Tombs—. Embístalo por el borde de su popa.

—O sea que vamos a apartarlo del camino —dijo Hunt, con un gesto de comprensión—. Muy bien, señor.

Hunt giró el timón un cuarto, apuntando la proa del Texas contra la popa del Atlanta. Dos proyectiles de ocho pulgadas del antiguo buque confederado impactaron en la casamata, perforando el blindaje y desplazando el respaldo de madera hacia el interior más de un palmo. Tres hombres resultaron heridos por la explosión y las astillas.

La distancia entre ambas naves se fue acortando hasta que al fin el Texas incrustó tres metros de su espolón de proa en el casco del Atlanta. Luego atravesó su cubierta, cortando la cadena del ancla de popa e impulsando a la nave en un arco de noventa grados, al tiempo que su cubierta quedaba por debajo de la superficie del río. El agua entró a raudales por las portillas del buque mientras el Texas pasaba literalmente por encima de él.

La quilla del Atlanta se hundió en el fango del río y el barco quedó de costado. Las hélices del Texas pasaron a pocos centímetros de su casco. Muchos tripulantes del Atlanta pudieron salir por las portillas y escotillas antes de que el buque se fuese a pique, pero al menos veinte hombres se hundieron con él.

Tombs y su buque continuaron su denodada carrera hacia la libertad bajo una lluvia de fuego, dejando atrás a las cañoneras unionistas que lo perseguían. Las líneas telegráficas tendidas a lo largo del río por las fuerzas federales no dejaban de transmitir frenéticas noticias del avance del navío. El caos y la desesperación se iban adueñando de las baterías de tierra y de los buques empeñados en interceptar y hundir al Texas.

Las balas de cañón y la metralla no dejaban de percutir contra el blindaje del buque, con impactos que lo estremecían de proa a popa. Un proyectil de cien libras lanzado por un Dahlgren desde lo alto de un dique en Fort Hudson alcanzó la caseta del piloto, dejando a Hunt aturdido por el golpe y sangrando a causa de los fragmentos de metralla que entraron por la mirilla. No obstante, el hombre permaneció al timón sereno, manteniendo el barco en línea recta por el centro del canal.

El cielo comenzaba a clarear por el este cuando el Texas, tras pasar Newport News, salió al amplio estuario de aguas más profundas en Hampton Roads donde, tres años antes, había tenido lugar la batalla entre el Monitor y el Merriinack.

Parecía como si la flota de la Unión en pleno estuviera esperándolos. Desde su posición en lo alto de la casamata, todo lo que Tombs podía ver era un bosque de mástiles y chimeneas. A la izquierda, fragatas y corbetas fuertemente armadas; a la derecha, monitores y cañoneras. Y, más allá, entre Fortress Monroe y Fort Wool, el estrecho canal que discurría entre dos fortificaciones con inmensa potencia de fuego, bloqueado por el New Ironsides, un formidable velero de blindaje convencional que montaba dieciocho cañones pesados.

Al fin Tombs ordenó que se abrieran las portillas y asomaran los cañones. La pasividad del Texas había llegado a su fin, y ahora la marina federal probaría toda la furia de sus colmillos. Con un clamor de júbilo, los hombres del Texas soltaron y apuntaron sus cañones, va montados. Los suboficiales artilleros se colocaron junto a las piezas, listos para disparar.

Craven recorrió calmadamente el barco, sonriendo a los hombres y bromeando con ellos, ofreciéndoles palabras de aliento y consejo. Tombs bajó y pronunció una breve arenga, llena de pullas al enemigo y de optimismo respecto a la paliza que los aguerridos y avezados sureños estaban a punto de darles a los cobardes yanquis. Luego, con catalejo bajo el brazo, regresó a su puesto junto a la caseta del piloto.

Los artilleros unionistas habían tenido tiempo de sobras para prepararse. Por código de banderas, se dio la señal de disparar en cuanto el Texas se pusiera a tiro. Mirando a través del catalejo, a Tombs le parecía que sus enemigos llenaban todo el horizonte. Reinaba una impresionante calma mientras los lobos se aprestaban a caer sobre su presa en cuanto ésta se metiera en lo que parecía ser una trampa sin salida.

El fornido y barbudo contralmirante Poner, con su gorra de marino firmemente encajada en la cabeza, se encontraba en pie sobre una caja de munición, desde donde dominaba la cubierta de la fragata de madera Brooklvn, su buque insignia, estudiando a las primeras luces del día el humo del navío rebelde que se aproximaba.

—Ahí viene, como un demonio, derecho hacia nosotros —dilo el capitán James Alden, que mandaba el buque insignia de Poner.

—Una valiente y aguerrida nave camino de su tumba —murmuró Porter, mirando el Texas por su catalejo—. Una imagen que no volveremos a ver.

—Ya está casi a tiro —anunció Alden.

—No desperdiciemos munición, Mr. Alden. Diga a sus artilleros que aguarden y aprovechen cada tiro.

A bordo del Texas, Tombs se dirigió a su piloto, que permanecía impertérrito al timón, haciendo caso omiso de la sangre que brotaba de su sien izquierda.

—Hunt, cíñase lo más posible a la línea de fragatas, de modo que los otros vacilen antes de hacer fuego, por temor a alcanzar a sus propios barcos.

El primer barco de ambas líneas era el Brooklvn. Antes de dar la orden de fuego, Tombs aguardó a estar a distancia segura. El Blakely de cien libras emplazado en la proa del Texas dio inicio al combate, lanzando un proyectil que alcanzó al buque unionista en la batayola de proa y fue a estrellarse contra un enorme cañón Parrott, matando a cuantos se encontraban en un radio de tres metros.

El monitor de una sola torre Sauigus abrió fuego contra el Texas con sus Dahlgrens gemelos de quince pulgadas. Ambos tiros quedaron cortos, levantando grandes surtidores de agua. Luego los demás monitores —el Chickasau, que había regresado recientemente de Mobil Bay, donde participó en el encuentro que terminó con la rendición de! poderoso navío con—federado Tenuessee, el Manhattan v el Nahant —hicieron girar sus torres, bajaron sus portillas, y soltaron una tremenda andanada de fuego que azotó furiosamente la casamata del Texas. El resto de la flota los imitó, haciendo hervir el agua en torno al navío rebelde.

A través de la trampilla, Tombs gritó a Craven:

—¡No podemos alcanzar a los monitores! Responda a su fuego sólo con el cañón de estribor. ¡Gire los cañones de proa y popa y dispárelos contra las fragatas!

Craven cumplió la orden de su capitán y en breves segundos el Texas contestó con tres cañonazos que estallaron contra el casco de madera del Brooklin. Uno de los proyectiles alcanzó la sala de máquinas, matando a ocho hombres e hiriendo a doce. Otro se llevó por delante a la dotación de una pieza de ánima lisa de treinta y dos libras. El tercero cayó en la atestada cubierta, aumentando el caos y la sangría.

Todas las piezas del Texas estaban ocupadas en sembrar la destrucción. Los artilleros cargaban y disparaban con mortífera precisión. Apenas necesitaban perder tiempo en apuntar: fallar era imposible, pues los barcos yanquis parecían llenar todo el campo visible desde las portillas.

Las detonaciones estremecían Hampton Roads. Proyectiles de todo tipo cruzaban el aire, desde pesadas balas de cañón hasta tiros de mosquete disparados por infantes de marina federales apostados en los velámenes. Una densa nube de humo no tardó en rodear al Texas, dificultando la visión de los artilleros unionistas, que tenían que disparar contra los fogonazos enemigos, para escuchar luego el metálico sonido de sus proyectiles rebotando en el blindaje.

Tombs pensó que aquello era como navegar por un volcán en erupción.

El Texas dejó atrás al Brooklyn tras lanzar un cañonazo de despedida desde popa que pasó tan cerca del almirante Porter que la succión del aire le corto momentáneamente el aliento. El marino estaba furioso por la facilidad con que el navío rebelde encajaba cuanto el Brooklyn le lanzaba.

—¡Haga señal a la flota de que lo rodee y lo embista! —ordenó el capitán Alden.

Alden obedeció, consciente de las pocas posibilidades de éxito de la maniobra. Todos los oficiales estaban pasmados ante la enorme velocidad del Texas.

—Va demasiado aprisa para que nuestros barcos puedan alcanzarlo de lleno —dijo, pesimista.

—¡Quiero mandar a pique a esos malditos rebeldes! —le espetó Porter.

Alden intentó calmar a su superior:

—Aunque, por un milagro, consiga escapársenos, no sobrevivirá al cañoneo de los fuertes y del New Ironsides.

Como para reforzar tal declaración, los monitores abrieron fuego contra el Texas que, tras rebasar al Brooklyn había quedado frente a la Colorado, la primera fragata de la línea.

Un huracán de muerte azotaba el Texas. La puntería de los artilleros unionistas estaba mejorando. Un par de sólidos proyectiles cayeron cerca del cañón de estribor. El interior de la casamata se llenó de humo mientras un metro de hierro, madera v algodón era empujado hacia el interior. Otro disparo abrió un enorme cráter bajo la chimenea, y luego otro proyectil dio en el mismo lugar exacto, quebrando el ya dañado blindaje y haciendo explosión en el interior de la cubierta de cañones. Los efectos fueron terribles: seis hombres resultaron muertos, y doce heridos, al tiempo que los fragmentos de madera y algodón comenzaban a arder.

—¡Por todos los demonios! —bramó Craven, de pie entre el montón de cuerpos, con el pelo chamuscado, las ropas desgarradas y el brazo izquierdo roto—. ¡Traigan una manguera de la sala de máquinas y apaguen ese maldito fuego!

El jefe de máquinas O'Hare asomó la cabeza por la portilla del cuarto de calderas. Su rostro estaba empapado de sudor y ennegrecido por el hollín.

—¿Ha sido grave? —preguntó, con voz sorprendentemente tranquila.

—No se preocupe —le gritó Craven—. Limítese a mantener los motores en marcha.

—No es fácil. Mis hombres se están desmoronando. Aquí dentro hace un calor infernal.

—Les servirá de preparación, porque es al infierno adonde vamos —le espetó Craven.

Una nueva bofetada de metralla alcanzó la casamata, provocando una ensordecedora explosión que estremeció al Texas hasta la quilla. En realidad, fueron dos impactos, pero tan simultáneos que parecieron uno. El ángulo delantero de babor de la casamata saltó por los aires entre enormes fragmentos de hierro y madera, y la dotación que atendía el Blakely de proa cayó fulminada.

Otro proyectil atravesó el blindaje y fue a estallar en la enfermería del barco, matando al cirujano y a la mitad de los heridos que esperaban atención. La antes inmaculada cubierta de cañones parecía ahora un matadero, negra de pólvora y roja de sangre.

El Texas agonizaba. A medida que se adentraba en el campo de exterminio iba desmoronándose. Sus botes salvavidas habían desaparecido, al igual que los dos mástiles y la chimenea; la casamata no era más que un montón de hierros grotesca—mente retorcidos; tres de sus conductos de vapor estaban corta—dos, y su velocidad había descendido en un tercio.

Pero aún no había llegado su fin. Los motores seguían funcionando, y sus tres cañones continuaban sembrando la muerte entre la flota unionista. Su siguiente andanada de fuego azotó el casco de madera de la Powhatan, una vieja fragata de vapor, de ruedas laterales, haciendo reventar una de sus calderas, devastando el cuarto de máquinas y causando a los unionistas las mayores bajas del día.

Tombs sufría dolorosas heridas. Tenía un fragmento de metralla en un muslo, y un rasguño de bala en el hombro izquierdo. Sin embargo, seguía acuclillado junto a la caseta del piloto, gritándole órdenes a Hunt como un poseso. El holocausto estaba llegando a su fin.

Miró al frente, hacia el New Ironsides, cruzado en el centro del canal, con su formidable artillería apuntada contra el Texas. Luego estudió los cañones de Fortress Monroe y Fort Wool, ya montados y enfilados. No sin gran dolor comprendió que jamás lograrían pasar. Si seguía siendo castigado, el Texas se convertiría en un inerme cascarón, a merced de los monitores yanquis que lo perseguían.

Pensó en su tripulación: hombres a los que ya no les importaban sus vidas, ajenos a cuanto no fuera cargar y disparar sus cañones y mantener la presión en las máquinas. Los supervivientes seguían cumpliendo con su deber, haciendo caso omiso de los muertos.

De repente cesó el cañoneo, que fue sustituido por un silencio sobrecogedor. Tombs apuntó el catalejo a la parte alta del New Ironsides y vio a su capitán, tras un blindado parapeto, observándolo a través de su propio catalejo.

Fue entonces cuando Tombs se fijó en el banco de niebla que se aproximaba por el mar, desde la boca de Chesapeake Bay, más allá de las fortificaciones. Si, por un milagro, lograban alcanzarla y desaparecer bajo su grisácea capa, quedarían a salvo de la jauría de Porten. Tombs recordó el comentario de Mallory acerca de exhibir a su pasajero. A través de la abierta escotilla, gritó:

—Mr. Craven, ¿sigue usted ahí?

Su primer oficial apareció abajo, mirándolo a través de la escotilla. Su rostro cubierto de hollín, sangre y carne quemada, era el de un espectro.

—Sigo aquí, señor, aunque vaya si me gustaría estar en otra parte.

—Recoja de mi camarote al pasajero y súbalo aquí, a la casamata. Y prepare una bandera blanca.

Craven asintió, comprendiendo.

—Como usted diga, señor.

Los dos cañones que quedaban, el de sesenta y cuatro libras de un costado y el Blakely de proa, permanecían silenciosos. Los buques unionistas habían quedado atrás y ya no ofrecían un buen blanco.

Tombs se disponía a jugárselo todo en una apuesta desesperada, que sería la última mano de la partida. Apenas podía mantenerse en pie, y el dolor de sus heridas le resultaba insoportable; pero sus oscuros ojos conservaban el brillo de siempre. Rezó por que los comandantes de los fuertes federales tuvieran sus catalejos apuntados hacia el Texas lo mismo que el capitán del New Irousides.

—Pasaremos entre la popa del New Ironsides y Fort Wool —indicó a Hunt.

—Como desee, señor ——asintió Hunt.

Tombs se volvió y vio al pasajero ascendiendo lentamente por la escalera que conducía al techo de la maltrecha casamata, seguido por Craven, que sostenía el palo de una escoba con un mantel blanco del comedor de oficiales atado a su extremo.

El hombre representaba más edad de la que tenía; pálido y demacrado, su postro mostraba la lúgubre expresión de alguien agotado por años y años de tensiones. Al mirar el ensangrentado uniforme de Tombs, sus ojos hundidos brillaron de preocupación.

—Está usted malherido, capitán. Necesita atención médica. Tombs negó con la cabeza.

—No hay tiempo para eso. Tenga la bondad de subir al techo de la caseta del piloto, de modo que puedan verlo. El prisionero asintió, comprendiendo.

—Ya veo su plan.

Tombs miró hacia el New Ironsides y los fuertes. De una de las baterías de Fortress Monroe brotó una lengua de fuego y después una columna de humo. Se escuchó el silbido de un proyectil, y un blanquiverde surtidor de agua se elevó por los aires unas docenas de metros ante el Texas.

Bruscamente, Tombs empujó a su altísimo compañero hacia la caseta del piloto.

—Dése prisa en subir: ya nos tienen a tiro.

Luego cogió la bandera blanca de manos de Craven y la agitó frenéticamente con su brazo sano.

A bordo del New Ironsides, el capitán Joshua Watkins miraba a través de su catalejo.

—Sacan bandera blanca —dijo, sorprendido.

Su primer oficial, John Crosby, que estaba junto a él, se llevó a los ojos unos binoculares de latón.

—Que me aspen si lo entiendo. ¿Cómo van a rendirse, después de la tunda que acaban de darle a la flota?

De pronto, Watkins, con expresión incrédula separó el catalejo de su ojo y miró la lente para ver si estaba manchada. No lo estaba, asi que volvió a apuntar el aparato hacia el maltrecho navío rebelde.

—Pero... ¿quién demonios...? —El capitán hizo una pausa para enfocar mejor el catalejo—. Dios bendito —murmuró, pasmado— ¿A quién ve subido en la caseta del piloto?

Para alterar la rígida compostura de Crosby hacía falta mucho, pero en esta ocasión su rostro se demudó.

—Parece... Pero es imposible.

Las baterías de Fort Wool abrieron fuego y telones de agua comenzaron a alzarse en torno al Texas, borrándolo de la visión.

Luego el barco apareció entre los surtidores, perseverando en su avance.

Watkins miraba con fascinada fijeza a la alta y enjuta figura en pie sobre la caseta del piloto. Luego la sorpresa dio paso al horror.

—¡Dios, es él! —Bajó el catalejo y se volvió hacia Crosby—. Haga señal a los fuertes de que cesen el fuego. ¡Aprisa!

Los cañones de Fortress Monroe se unieron a los de Fort Wool, lanzando sus proyectiles contra el Texas. La mayoría le pasó por encima, pero dos explotaron contra los restos de su chimenea. Los artilleros unionistas se apresuraron a recargar, deseosos todos ellos de que fuera su cañón el que asestase el golpe de gracia al navío rebelde.

El Texas se encontraba a sólo doscientos metros de distancia cuando los comandantes de los fuertes, obedeciendo la señal de Watkins, hicieron callar a sus cañones. Watkins y Crosby corrieron a la proa del New Irorisides justo a tiempo para ver con claridad a los dos hombres con ensangrentados uniformes de la marina confederada y al hombre alto y barbado, con arrugadas ropas civiles, que, tras observarlos con fijeza, les hizo un cansado y solemne saludo.

Ambos permanecieron en muda y total inmovilidad, plena y terriblemente conscientes de que la imagen que estaban viendo quedaría indeleblemente grabada en sus memorias. Y, pese a las encendidas controversias que posteriormente surgirían al respecto, tanto ellos dos como los otros cientos de hombres apostados en el barco y en las almenas de los fuertes tuvieron siempre la plena certidumbre de quién era el personaje que vieron aquella mañana en lo alto del desarbolado buque rebelde.

Casi un millar de hombres, asombrados e impotentes, vieron cómo el Texas pasaba ante ellos, con humo saliendo de sus portillas y la chamuscada y desgarrada bandera ondeando en el asta. Ni un solo sonido ni un disparo se escucharon mientras el buque entraba en el banco de niebla y se perdía de vista para siempre.

 

 

PERDIDA

 

 

10 de octubre de 1931

 

Sahara Sudoccidental

 

Kitty Mannock tenía la desagradable sensación de estar volando en línea recta hacia la nada. Se encontraba perdida, total y desesperadamente perdida. Durante dos horas, ella y su pequeño y endeble aeroplano habían sido zarandeados por una furiosa tempestad de arena que impedía toda visibilidad del desierto allá abajo. Sola en aquel vacío e invisible cielo, la joven debía combatir los extraños espejismos que parecían surgir de la parda nube en que estaba inmersa.

Kitty echó la cabeza hacia atrás y miró por el parabrisas superior. El brillo anaranjado del sol estaba completamente oscurecido. Luego, quizá por décima vez en otros tantos minutos, bajó la ventanilla lateral y miró por el costado de la carlinga. Hacia abajo tampoco se veía más que la enorme y turbulenta nube. El altímetro marcaba cuatrocientos sesenta metros, altura suficiente para salvar, excepto las más prominentes, la mayoría de las alturas del Adrardes Iforas, prolongación del macizo montañosa Ahaggar, en el desierto del Sáhara.

La joven dependía de sus instrumentos para evitar que el aparato entrase en barrena. Desde que penetró en la cegadora tempestad, en cuatro ocasiones había advertido un descenso en altitud y un creciente cambio de rumbo, señales inequívocas de que comenzaba a picar hacia tierra. Como estaba alerta ante cualquier peligro cada una de las veces pudo enderezar su curso sin problemas, logrando que la aguja de su brújula volviera a un rumbo de ciento ochenta grados sur.

Al principio Kitty había intentado seguir la carretera transahariana, pero la perdió nada más entrar en la tempestad de arena que había surgido súbitamente por el sureste. Incapaz de ver el suelo, desconocía cuál era su deriva, y le era imposible saber hasta qué punto el viento la había desviado de su camino. Giró hacia el oeste, corrigiendo su curso en un vano intento de sortear la tempestad.

No podía hacer más que seguir a través del gran y amenazador océano de arena. Aquél era el tramo que Kitty más temía. Calculaba que aún le quedaban por volar otros seiscientos cincuenta kilómetros hasta llegar a Niamey, capital de Nigeria. Allí recargarla combustible antes de continuar su vuelo, intentando batir el récord de larga distancia, hasta Ciudad del Cabo, en Africa del Sur.

El cansancio comenzaba a entumecerle brazos y piernas. El constante zumbido del motor y su vibración iban haciendo mella en la joven. Desde que despegara del aeródromo de Croydon, suburbio de Londres, llevaba veintisiete horas en el aire. Había volado desde la fría humedad inglesa hasta el seco horno del Sáhara.

Faltaban tres horas para que se hiciera de noche. El viento en contra reducía su velocidad a ciento cuarenta y cinco kilómetros por hora, cincuenta menos de la velocidad de crucero que solía alcanzar su viejo y fiel Fairchild FC—2W, un monoplano de ala alta y carlinga cerrada, impulsado por un motor radial Pratt & Whitney Wasp de cuatrocientos diez caballos de vapor.

El aeroplano de cuatro plazas fue tiempo atrás propiedad de la Pan American—Grace Airways, ocupándose del transporte de correo entre Lima y Santiago. Cuando fue retirado y sustituido por un nuevo modelo de seis plazas, Kitty lo compró e instaló tanques adicionales de combustible en la sección de pasajeros. Más tarde, a fines de 1930, estableció un nuevo récord de distancia, entre Río de Janiero y Madrid, convirtiéndose en la primera mujer en sobrevolar el Atlántico Sur.

Pasó otra hora, durante la cual Kitty siguió esforzándose en mantener, pese al viento, el rumbo planeado. La fina arena se colaba en la cabina e invadía las delicadas membranas de sus ojos y nariz. Se frotó los párpados, pero sólo consiguió aumentar la molestia. Pero aún, dejó de ver. Si perdía la visión y era incapaz de leer los instrumentos, todo habría acabado.

De debajo de su asiento sacó una pequeña cantimplora, destapó y se salpicó agua en el rostro, parpadeando varias veces rápidamente. La arena húmeda resbaló por sus mejillas, secándose en unos instantes por el intenso calor. Aunque recuperó la visión, notaba miles de pequeñas agujas clavadas en sus ojos.

Súbitamente, advirtió algo. Una alteración infinitesimal o el sonido del motor, o quizá, simplemente, un brevísimo y pasajero silencio del viento y el zumbido del aparato, Se inclinó hacia delante y estudió los instrumentos. Todos los relojes tenía lecturas normales. Verificó las válvulas de combustible, hallando cada una de ellas en su posición correcta. Al fin, desecho la preocupación, atribuyéndola a su ofuscación.

Instantes después volvió a producirse el infinitesimal fallo en el sonido. Kitty se puso tensa, y todos sus sentidos se concentraron en el oído. La secuencia entre lo normal y lo anormal iba haciéndose cada vez más rápida. Se le cayó el alma a los pies al advertir lo que ocurría: la bujía de uno de los cilindros estaba fallando. Luego ocurrió lo mismo con las demás. El motor comenzó a ratear broncamente, al tiempo que la aguja del tacómetro corría hacia atrás.

Momentos más tarde, el motor se paró dejando inmóvil la hélice. El brusco cese del zumbido golpeó a Kitty como un mazazo. Sólo se escuchaba el ulular del viento. La joven supo con toda precisión a qué se debía el fallo: la constante lluvia de arena había embozado el carburador.

Tras los primeros instantes de sorpresa y temor, la mujer revisó sus limitadas opciones. Si lograba aterrizar, podría esperar a que pasase la tormenta y, probablemente, reparar la avería. Así que empujó hacia delante la palanca de control a fin de iniciar el descenso y el aeroplano comenzó a estabilizarse. Este no iba a ser su primer aterrizaje forzoso, sino por lo menos el séptimo. En dos de ellos se estrelló y salió del trance sin más que unos cortes y magulladuras. Pero jamás había intentado un aterrizaje con el motor parado y a la escasa luz de una tormenta de arena. Sujetando firmemente la palanca de control con una mano, se puso las gafas de aviación, con la otra bajó la ventanilla lateral y asomó la cabeza al exterior.

La mujer descendió a ciegas, intentando desesperadamente adivinar la configuración del terreno. Aun teniendo la certeza de que casi todo el desierto era razonablemente llano, también sabía de la existencia de barrancos y dunas que podían significar el final del aeroplano, así como de quien lo pilotaba. En los momentos que precedieron a que el baldío terreno se hiciera visible a escasos diez metros del tren de aterrizaje, Kitty le pareció envejecer cinco años.

La arena tenía aspecto de ser lo bastante firme para rodar sobre ella e incluso el terreno parecía invitadoramente liso. Tras estabilizar su curso, el aparato tocó tierra. Las grandes ruedas del Fairchild rebotaron dos o tres veces y luego rodaron sin esfuerzo por la arena, perdiendo velocidad gradualmente. Kitty, que hasta el momento había contenido el aliento, estaba a punto de lanzar un grito de júbilo cuando, en el momento en que se posaba la rueda trasera, el suelo se esfumó delante del aeroplano.

El Fairchild se despeñó por el borde de una quebrada y cayó como una piedra hacia el angosto cauce seco del fondo. Las ruedas se atascaron en la arena v el tren de aterrizaje quedó totalmente destruido. La inercia empujó al aparato a estrellarse con enorme estruendo contra la otra pared del barranco, al tiempo que la hélice se quebraba y el motor se desplazaba hacia atrás, causándole a la mujer la rotura de un tobillo y dislocándole una rodilla. Kitty fue lanzada hacía delante. El cinturón de seguridad hubiera debido sujetarla, pero había olvidado abrochárselo. Golpeó el parabrisas con la cabeza, y se sumió en las sombras de la inconsciencia.

 

La noticia de la desaparición de Kitty Mannock dio la vuelta al mundo. Una operación de búsqueda a gran escala resultaba imposible, y lo que finalmente se hizo fue bastante exiguo. La región del desierto en que Kittv había desaparecido estaba prácticamente deshabitada y casi nadie pasaba por allí. No había un solo avión en un radio de mil quinientos kilómetros. Y sencillamente, en 1931, en el desierto no existían ni los hombres ni el equipo necesarios para una operación de tal envergadura.

A la mañana siguiente a la desaparición de Kitty, una unidad mecanizada de la Legión Extranjera francesa destacada en el oasis de Takaldebey, en lo que entonces era el Sudán francés, emprendió una misión de rescate. Suponiendo que la mujer había caído en algún punto de la carretera transahariana, los legionarios fueron hacia el norte, mientras unos cuantos hombres y un par de autos pertenecientes a una compañía comercial francesa de Tessalit, tomaron la dirección sur.

Dos días más tarde, los dos grupos de rescate se encontraron en la carretera, sin que ninguno hubiera divisado restos del avión ni fogatas. Se desplegaron en un radio de treinta kilómetros a cada lado de la carretera y volvieron a intentarlo. Al cabo de diez días sin encontrar rastro de la aviadora perdida, el jefe del destacamento de legionarios se mostraba francamente pesimista. Nadie podía aguantar diez días sin agua ni comida en el tórrido desierto pensaba. Sin lugar a dudas, Kitty había muerto en el accidente o más tarde, a causa del agotamiento.

En todas partes se celebró un homenaje a la popular pionera de la aviación. Considerada una de las más grandes pilotos femeninas, junto a Amelia Earhart y Amy Johnson, Kitty fue llorada por el mismo mundo que antes había celebrado sus hazañas.

La desaparecida, una hermosa mujer de grandes ojos azules y largo cabello hasta la cintura, era hija de una rica familia de ganaderos de Canberra, Australia. Tras concluir sus estudios en una Universidad femenina, tomó lecciones de vuelo. Sorprendentemente, sus padres la apoyaron en su afición, comprándole un biplano Avro Aviau de segunda mano, de cabina abierta y motor Cirrus de ochenta caballos.

Seis meses más tarde, y en contra de las súplicas familiares, cruzó el Pacífico hasta Hawai, saltando de isla en isla, y aterrizó para ser recibida por las aclamaciones de una multitud que aguardaba ansiosamente su llegada. Agotada, con el rostro quemado por el sol v la camisa y los shorts manchados de aceite, Kitty sonrió y saludó, asombrada por la entusiasta recepción. No tardaría en hacerse mundialmente famosa y ganarse los corazones de millones de personas con sus proezas a través de océanos y continentes.

Aquélla habría sido su última intentona de batir un récord, pues temía el propósito de contraer matrimonio con su novio de siempre, un hacendado australiano vecino de su familia. Una vez su sueño de convertirse en una heroína del aire se habría hecho realidad, el empeño, extrañamente, perdió su atractivo, y Kitty empezó a desear retirarse y formar una familia. Otro problema, común a tantos otros pioneros de la aviación, era el económico: para los pilotos había mucha gloria, pero muy poco dinero.

La joven había estado a punto de cancelar ese último vuelo; pero al fin, tercamente, optó por realizarlo. Y ahora el mundo de la aviación aguardaba la noticia de su rescate con esperanzas que iban debilitándose a medida que pasaban los días.

 

Kitty permaneció inconsciente hasta el amanecer del día siguiente. El sol comenzaba a calcinar el desierto cuando la joven, saliendo de negras profundidades, fijó la mirada en la rota hoja de su hélice. Se le nublaron los ojos y cuando fue a mover la cabeza para disipar la niebla, un fortísimo dolor la acuchilló. Alzó una mano y se tocó la frente. No había sangre; pero sí un enorme chichón. Siguió investigando y descubrió el tobillo fracturado e hinchado dentro de su bota de aviadora y de la rodilla dislocada.

Abrió la portezuela y se apeó trabajosamente del aeroplano. Tras avanzar cojeando unos pasos, Kitty se dejó caer en la arena para evaluar la situación.

Aunque por suerte no se había incendiado, su fiel Fairchild no volvería a volar. Tenía la hélice rota y el motor convertido en un informe amasijo. Sorprendentemente, tanto las alas como el chasis se encontraban intactos, si bien el tren de aterrizaje estaba destrozado.

Las posibilidades de reparar y proseguir el vuelo eran remotas. El segundo problema era establecer su situación. No tenía ni idea de dónde había caído. Se encontraba en lo que en Australia llaman un «billabong»: el cauce de un arroyo por el que sólo corre agua en la estación de lluvias, si bien aquella arena no había visto el agua en cien años.

La tormenta había cesado, pero las paredes de la pequeña sima en que había caído tenían seis o siete metros de altura e impedían la visión. Aún así Kitty no se perdió nada que valiera la pena, pues el panorama era desolador, inhóspito y feo hasta más allá de cualquier descripción.

De pronto sintió una sed abrasadora, así que volvió a la pata coja junto al aparato, y sacó la cantimplora, que era de dos litros y contenía poco más de uno y medio. Consciente de lo ridículamente exigua que era aquella provisión para el desierto, Kitty sólo dio un par de sorbos.

Pronto decidió que permanecer junto al aparato era un suicidio, pues sólo podrían detectar los restos del Fairchild desde un avión que sobrevolara directamente el lugar. Así que había que intentar llegar hasta la carretera o a alguna aldea. Aún temblorosa, se tendió bajo el aparato y se resignó a su destino.

La joven no tardó en descubrir el increíble contraste de temperaturas que se produce en el Sahara. Durante el día se llega a los cincuenta grados centígrados, bajando hasta los cuatro grados durante la noche. El gélido frío nocturno era tan terrible como el calor del día. Kitty escarbó un agujero en la arena, donde se tumbó hecha un ovillo y, entre temblores y escalofríos, logró dormir hasta el alba.

A primera hora del segundo día, antes de que el sol comenzara a pegar fuerte, se consideró con fuerzas suficientes para iniciar sus preparativos de viaje. Con un larguero improvisó una muleta, y se hizo una tosca sombrilla con la tela de un ala. Con la ayuda de una pequeña caja de herramientas, soltó la brújula del tablero de instrumentos, y, pese a sus lesiones, se dispuso a partir en busca de la carretera. Era su única opción.

Reconfortada por el hecho de tener un plan, Kitty cogió el cuaderno de bitácora y comenzó a escribir lo que sería la crónica de sus heroicos esfuerzos por sobrevivir en las peores condiciones imaginables. Comenzó explicando el accidente y haciendo una somera descripción de sus propósitos: seguir hacia el sur por el «billabong» hasta encontrar un modo fácil de salir del barranco. Una vez en terreno abierto, tomaría rumbo sur hasta alcanzar la carretera o toparse con una tribu de nómadas. Tras escribir este breve resumen, la joven arrancó la página y la sujetó al tablero de instrumentos, para prevenir el improbable caso de que descubrieran el avión antes que a ella.

El calor comenzaba a hacerse insoportable y el hecho de que las paredes del barranco reflejaran y magnificaran los rayos del sol, convirtiendo la garganta en un crematorio no mejoraba las cosas. A Kitty le costaba respirar y tuvo que combatir el irrefrenable impulso de beber a grandes tragos la preciosa agua de su cantimplora.

Antes de partir, aún le quedaba algo por hacer. Entre agónicos dolores, se quitó la bota que constreñía su fracturado tobillo, vendándolo con su bufanda. Luego, con la brújula y la cantimplora colgándole del cinturón, sombrilla en alto y apoyándose en la muleta, Kitty se enfrentó a la embestida del sol sahariano y comenzó su renqueante avance por el cauce seco.

 

La búsqueda de Kitty Mannock continuó en forma discontinua a lo largo de los años, pero nunca se halló su cuerpo ni su avión. No apareció la menor pista, ninguna caravana de camellos se tropezó en el desierto con un esqueleto que aún conservase jirones de las ropas de aviador en boga durante los años treinta, ni hubo grupo de nómadas que, en su errante vagar, descubriese el accidentado aeroplano. La total y completa desaparición de Kitty se convirtió en uno de los grandes misterios de la aviación.

Durante décadas, los bulos sobre el destino final de Kitty fueron de todo tipo. Unos dijeron que había sobrevivido pero que padecía amnesia y vivía bajo otra identidad en América del Sur. Incluso hubo muchos convencidos de que una tribu tuareg la había capturado y hecho su esclava. Sólo el vuelo a lo desconocido de Amelia Earhart suscitó mayores especulaciones.

El desierto guardó bien su secreto. La arena fue el sudario de Kitty Mannock. El enigma de su vuelo hacia la nada no sería resuelto hasta más de medio siglo después.

 

 

 

Primera parte

 

FRENESÍ

 

 

5 de mayo de 1996

 

Oasis Asselar, Malí, África

 

 

1

 

 

Tras viajar durante días o semanas por el desierto, sin ver animales ni toparse con ningún ser humano, la civilización, por primitiva o minúscula que sea, constituye una extraordinaria sorpresa. Para los once viajeros y los cinco conductores guía que ocupaban los cinco Land Rover, la visión de una población humana resultó un gran alivio. Sofocados y sucios, agotados tras una semana de recorrer parajes desolados, los aventureros turistas del Safari Transahariano de doce días organizado por la Backworld Explorations, estaban felicísimos ante la perspectiva de ver gente y de disponer de agua suficiente para darse un baño refrescante.

La aldea de Asselar se encontraba en medio de un desolado páramo, en la región del Sáhara Central de un país africano llamado Malí. El villorrio estaba integrado por un grupo de casas de adobe congregadas en torno a un pozo en el cauce de un antiguo río. Diseminadas por los alrededores se encontraban las ruinas de más de un centenar de edificios abandonados. Desde la distancia, el pueblo era casi imposible de distinguir, hasta tal punto se fundían los viejísimos edificios con el árido paisaje.

—Bueno, ahí lo tienen —indicó el comandante lan Fairweather, jefe del safari, al grupo de fatigados y polvorientos turistas que, tras apearse de los Land Rover, se habían congregado en torno a él—. Viéndolo ahora, nadie diría que Asselar constituyó en el pasado una importante encrucijada cultural del Africa Occidental. Durante cinco siglos fue una escala ineludible para las grandes caravanas de mercancías y esclavos procedentes del norte y el este.

—¿Por qué entró en decadencia? —quiso saber una atractiva canadiense que vestía unos minúsculos shorts y una blusa escotada.

—Por una serie de causas tales como: guerras y conquistas (por los moros y los franceses), la abolición de la esclavitud y, principalmente, porque las rutas comerciales se desplazaron hacia el sur y el este, cerca de la costa. El golpe de gracia llegó hace cuarenta años, cuando los pozos comenzaron a secarse. El único que aún abastece la población ha tenido que ser excavado a casi cincuenta metros de profundidad.

—No es exactamente un paraíso —murmuró un recio individuo con acento español.

El comandante Fairweather forzó una sonrisa. Ex oficial de la Marina Real era un hombre alto y flaco, que daba incesantes caladas a un largo cigarrillo con filtro. Por su manera de hablar, escueta y lacónica, parecía como si sus parlamentos estuvieran ensayados.

—En la actualidad, los únicos residentes de Asselar son unas cuantas familias tuareg que han abandonado la tradición nómada. Subsisten gracias a sus rebaños de cabras, a los pequeños cultivos regados a mano con agua del oasis, y a las piedras semipreciosas que encuentran en el desierto, y que, tras pulirlas, llevan en camello a la ciudad de Gao, donde las venden como souvenirs.

Un abogado londinense, impecablemente vestido con un traje de safari color caqui y cubierto por un salacot, señaló hacia la aldea con su bastón de ébano.

—Pues a mí me parece un pueblo abandonado. Creo recordar que el folleto de la agencia decía algo así como que quedaríamos «fascinados por el romántico espectáculo de la música y las danzas nativas de Asselar, a la luz de las hogueras».

—Estoy seguro de que el guía que se nos ha adelantado lo habrá arreglado todo para garantizarles las máximas comodidades y diversión —le aseguró Fairweather, en tono de suficiencia. Miró hacia el ocaso—. Pronto se hará de noche. Será mejor que continuemos hasta la aldea.

—¿Hay hotel? —preguntó la joven canadiense.

Fairweather pareció casi ofendido.

—No, Mrs Lansing: acamparemos en las ruinas próximas a la aldea.

Los turistas lanzaron una especie de gemido colectivo. Habían abrigado esperanzas de encontrar habitaciones con camas blandas y baños privados, lujos que, probablemente, Asselar jamás había conocido.

El grupo volvió a montar en los vehículos, que bajaron por un viejo sendero hasta la llanura fluvial para enfilar luego el camino principal que cruzaba la aldea. Cuanto más se acercaban, más difícil era imaginarse un pasado glorioso: las calles eran estrechos callejones de arena; parecía un pueblo muerto, vencido; ninguna luz brillaba en la oscuridad, ni un solo perro les dedicó un ladrido de bienvenida; en los edificios de adobe no se advertían señales de vida. Era como si los habitantes hubieran recogido sus pertenencias y desaparecido en el desierto.

Fairweather comenzaba a inquietarse. Evidentemente, algo iba mal. No había ni rastro de su compañero. Por un instante le pareció ver a un gran cuadrúpedo metiéndose por una puerta; pero fue algo tan fugaz que lo descartó, pensando que habría sido la sombra de una de los Land Rover en movimiento.

Pensó que su alegre grupo de turistas estaría de pésimo humor aquella noche, y maldijo a los publicitarios que exageraban los atractivos del desierto. «La oportunidad de experimentar, por una vez en la vida, el embrujo de una expedición por las nómadas arenas del Sáhara.» Meneó reprobatoriamente la cabeza. Se apostaría el sueldo de un año a que el redactor del anuncio jamás había pasado de la costa de Dover.

Se encontraban a unos ochenta kilómetros de la carretera transahariana, y a más de doscientos cuarenta de la ciudad de Gao, en el río Níger. El grupo llevaba comida, agua y combustible más que suficientes para el resto del viaje, así que Fairweather tenía abierta la opción de pasar de largo Asselar, caso de surgir algún problema imprevisto. La seguridad de los clientes de la Backworld Explorations era lo primero. En veintiocho años todavía no había perdido a ninguno, descontando al fontanero norteamericano retirado que se puso a molestar a un camello y recibió una coz en la cabeza por su estupidez.

Fairweather se preguntó por qué no se veían cabras ni camellos, y ni siquiera pisadas en la arena de las calles, sólo extrañas marcas de garras y surcos paralelos, que parecían hechos por el arrastre de troncos gemelos. Las pequeñas casas tribales, construidas de piedra y cubiertas de un barro rojizo parecían más maltrechas y destartaladas que la última vez que Fairweather pasó por allí con un safari, hacía menos de dos meses.

Decididamente, algo extraño estaba ocurriendo. Aunque, por alguna razón desconocida, los aldeanos hubieran abandonado el área, su compañero debería haber estado esperándolos. En los muchos años que llevaban juntos en el Sáhara, Ibn Hajib nunca le había fallado. Fairweather decidió que dejaría que los turistas descansaran y se refrescasen un rato en el pozo de la aldea, y luego se adentrarían en el desierto para acampar. Pensó que convenía andarse con ojo, así que de un compartimiento entre los asientos sacó su vieja ametralladora Patchett, de la Marina Real, y se la puso entre las rodillas. A continuación colocó un silenciador Invicta en el extremo del cañón.

—¿Algún problema? —preguntó Mrs. Lansing, que iba con su marido en el Land Rover de Fairweather.

—Es una simple precaución para espantar a los mendigos —mintió Fairweather,

Detuvo el todoterreno, se apeó y fue a advertir a sus chóferes que se anduvieran con ojo. Luego regresó a su vehículo y la comitiva continuó hasta el centro de la aldea a través de un laberinto de arenosas callejas. Al fin se detuvieron bajo una solitaria palmera que se alzaba en el centro de una amplia plaza y cerca del pozo de piedra, cuya boca medía unos cuatro metros de diámetro.

A la agonizante luz de la tarde, Fairweather estudió la arena en torno al pozo. Estaba surcada por las mismas extrañas marcas que había visto en las calles. Miró hacia el fondo del pozo, y apenas pudo ver el pálido reflejo del agua, cuyo alto contenido mineral le daba un sabor metálico y un tinte verdoso. Pese a ello, a lo largo de los siglos había saciado la sed de incontables hombres y animales. A Fairweather no le preocupaba si era o no asimilable por los virginales estómagos de sus clientes: pretendía que la emplearan para lavarse y refrescarse, no para beberla.

Pidió a los conductores que permanecieran alerta y luego enseñó a los turistas a sacar agua con un viejo pellejo de cerdo atado al extremo de una deshilachada soga que subía y bajaba por medio de una manivela. Las músicas y danzas tribales quedaron pronto olvidadas, y los componentes del grupo se dedicaron a reír y salpicarse, como niños en torno a una boca de riego en una calurosa tarde estival. Los hombres se desnudaron de cintura para arriba y se remojaron cara y pecho. Las mujeres optaron por lavarse la cabeza.

Los faros de los Land Rover iluminaban de un modo extraño la cómica escena, proyectando enormes sombras sobre los silentes muros de la aldea. Mientras los sonrientes chóferes se quedaban vigilando, Fairweather caminó un buen trecho por una de las calles y se metió en un edificio contiguo a una mezquita. Los muros eran viejos y mostraban la pátina del tiempo. La puerta conducía a un breve corredor que terminaba en un patio tan lleno de basura y desperdicios que al hombre le costó trabajo pasar sobre ellos.

Con una linterna, alumbró la sala principal de la estructura. Los muros eran de un blanco ceniciento y en los altos techos se veían desnudas vigas de madera similares a las de los edificios típicos de Santa Fe, en el suroeste de Norteamérica. En las paredes había multitud de hornacinas para enseres domésticos, pero todas estaban vacías, y su contenido estaba roto y tirado por el suelo, al igual que los muebles.

Como entre todo aquel desecho había cosas de valor, Fairweather atribuyó el desorden al paso de unos vándalos, quienes se habrían dedicado a destrozar la casa tras la huida de unos moradores que dejaron tras de sí todas sus pertenencias. De pronto, el hombre se fijó en un montón de huesos que había en un rincón del cuarto. Los identificó como humanos y comenzó a sentirse francamento inquieto.

A la movediza luz de la linterna, las sombras creaban extra

ñas ilusiones ópticas. Le pareció ver a un gran animal pasando

frente a una ventana que daba al patio. Quitó el seguro de la Pat

chett impulsado no tanto por el miedo como por la premoni

ción de que una terrible amenaza acechaba entre las sombras.

De pronto, se escuchó un leve ruido detrás de la puerta quedaba a una pequeña terraza. Pisando con cuidado las inmundicias del suelo, Fairweather se aproximó a ella. Si en el otro lado había alguien, ahora guardaba silencio. El hombre sostenía la linterna con una mano mientras con la otra aferraba firmemente la ametralladora. Luego dio una patada a la puerta, que saltó de sus goznes y cayó hacia dentro, levantando una nube de polvo.

Efectivamente: allí había alguien, o quizá fuese mejor decir algo. Por su aspecto maligno y su oscura tez, parecía un demonio escapado del infierno, animalescamente infrahumano. Permanecía a gatas y miraba la linterna con ojos enrojecidos en los que brillaba la locura.

Instintivamente, Fairweather dio un paso atrás. El ser se alzó sobre las rodillas, disponiéndose a abalanzarse sobre él. Sin perder la serenidad, Fairweather, apoyando la culata del arma en los tensos músculos de su estómago, apretó el gatillo de la Patchett, y una ráfaga de proyectiles de nueve milímetros escapó por el cañón produciendo un leve sonido, similar al de restallantes palomitas de maíz.

La bestia lanzó un horrendo estertor y se derrumbó, con el pecho reventado. Fairweather se inclinó sobre el ser caído alumbrándolo con su linterna. El sucísimo cuerpo estaba completamente desnudo. Sus ojos enloquecidos, en las que el rojo intenso había sustituido al blanco, miraban sin ver, desde el rostro de un muchacho no mayor de quince años.

Una oleada de pánico sacudió a Fairweather con fuerza al comprender qué era lo que había dejado las extrañas huellas en las callejas. Debía de haber una colonia completa de tales monstruos arrastrándose a gatas por toda la aldea. Giró sobre sus talones y corrió hacia la plaza. Pero ya era tarde, demasiado tarde.

Una horda de diabólicos y feroces seres surgió de las sombras de la noche y se lanzó contra los desprevenidos turistas congregados en torno al pozo. Antes de que pudieran defenderse o lanzar un grito de alarma, los chóferes fueron devorados por la turba infernal, cuyos miembros, que corrían a gatas como chacales, embistieron luego contra los indefensos turistas, lanzando feroces mordiscos a cuanta carne humana se ponía a su alcance.

A la luz de los faros de los Land Rover, la horrible pesadilla enseguida derivó en un revoltijo de cuerpos ensangrentados; los gritos de terror de los turistas se mezclaban con los feroces alaridos de sus agresores. Tras un agónico chillido, Mrs. Lansing desapareció entre la masa de atacantes. Su marido intentó subirse al techo de uno de los vehículos, pero cayó derribado sobre el polvo, y fue mutilado como un escarabajo por un ejército de hormigas.

El quisquilloso abogado londinense hizo girar la empuñadura de su hueco bastón y sacó de él un corto estoque que procedió a blandir ante sí con todas sus fuerzas, logrando por unos instantes mantener a raya a sus atacantes; pero éstos, que parecían desconocer el miedo, no tardaron en dominarlo.

Las proximidades del pozo eran un hervidero de cuerpos en lucha. El grueso español, cubierto por la sangre de los mordiscos recibidos, intentó huir arrojándose al pozo, pero cuatro de los enloquecidos asesinos se tiraron tras él.

Nada más llegar, Fairweather se acuclilló y comenzó a disparar la Patchett contra los atacantes, cuidado de no alcanzar a ninguno de los suyos. Al no oír los silenciados tiros la honda asesina, no parecía advertir el fuego: la locura o la indiferencia los llevaba a hacer caso omiso del hecho de que una veintena de los suyos habían caído bajo las balas.

Antes de que la Patchett lanzara la última bala de su cargador, Fairweather había abatido a unos treinta energúmenos. Luego tuvo que permanecer, escondido e impotente, viendo como todos sus chóferes y clientes eran salvajemente asesinados. Le parecía imposible que, en el plazo de sólo unos instantes, la plaza se hubiese convertido en semejante matadero.

Dios bendito... —murmuró ahogadamente, viendo con gélido horror a los salvajes lanzándose sobre los cadáveres, poseídos de un frenesí caníbal que los impulsaba a arrancar a bocados la carne de sus víctimas. Fairweather permaneció hipnotizado por la escena, incapaz de hacer nada que no fuese mirar con desorbitados ojos la horrenda carnicería.

Los energúmenos que no estaban descuartizando los cadáveres de los turistas se pusieron a destrozar a pedradas los Land Rover, descargando su vesánica furia contra todo aquello que les resultaba ajeno.

Oculto entre las sombras, Fairweather se sentía responsable hasta la desesperación de las muertes de sus empleados y clientes. No sólo había fracasado en su misión de protegerlos, sino que, sin darse cuenta, los había conducido a un sangriento final. Se maldijo por su impotencia para salvarlos y por su cobardía al no morir con ellos.

Haciendo un gran esfuerzo de voluntad, apartó la mirada de la plaza y echó a correr por las estrechas callejuelas y las ruinas de los alrededores, hasta llegar al desierto. Tenía que salvarse para poder advertir a otros viajeros de la pesadilla que los aguardaba en Asselar. La distancia hasta el pueblo más próximo era excesiva para recorrerla sin agua, así que enfiló la carretera en dirección este, con la esperanza de tropezarse con algún vehículo civil o una patrulla del gobierno antes de morir bajo el sol achicharrante.

Orientándose por la estrella polar, echó a andar a paso rápido por el desierto, consciente de que sus posibilidades de sobrevivir eran prácticamente nulas. Ni una vez se detuvo para mirar atrás. Las terribles imágenes estaban frescas en su cerebro, y en sus oídos aún parecían resonar los gritos de agonía de los moribundos.

 

 

10 mayo, 1996

 

Alejandría, Egipto

 

2

 

La arena de la playa vacía ardía bajo los desnudos pies de Eva Rojas. La mujer permanecía inmóvil, contemplando el Mediterráneo. El agua tenía un tono azul cobalto que se convertía en esmeralda en las zonas menos profundas y en aguamarina allí donde las olas rompían para desplegarse luego sobre la blanca arena.

Eva había recorrido en un coche alquilado los ciento diez kilómetros que la separaban de Alejandría, deteniéndose en una zona desierta de la playa no muy lejos de la ciudad de El Alamein, donde en la Segunda Guerra Mundial, se había librado la gran batalla del desierto. Tras estacionar el coche a un lado de la carretera de la costa, cogió su bolsa de baño y se dirigió a la orilla andando entre las dunas bajas.

Llevaba un bañador de licra encarnado, ceñido con una segunda piel, y se cubría hombros y brazos con una blusa a juego. Su figura era grácil y ligera; su cuerpo firme de miembros esbeltos y bronceados. Su cabello, de un tono rojo dorado, iba recogido en una larga trenza que le llegaba casi hasta la cintura y brillaba a la luz del sol como cobre pulido. De ojos azul pálido, tez suave y prominentes pómulos, Eva tenía treinta y ocho años, pero nadie le hubiera calculado más de treinta. Aunque nunca aparecería en la portada de Vogue, era muy guapa y poseía un especial encanto que atraía a los hombres, incluso a los más jóvenes que ella.

La playa parecía desierta. Eva se detuvo unos instantes mirando a todos lados como una gacela precavida. La única señal de vida visible era un Jeep Cherokee de color turquesa con las letras NUMA (National Underwater and Marine Agency: Agencia Nacional Subacuática y Marítima.) en la portezuela, estacionado unos cien metros camino arriba. No se veía por ninguna parte al dueño del Jeep.

Eva se encaminó hacia el agua, se detuvo a unos metros de la orilla y tendió una toalla de baño. Se quitó el reloj y, antes de guardarlo en la bolsa de baño, miró la hora. Las diez y diez. Tras aplicarse un protector solar del número veinticinco, se tendió boca arriba, lanzó un suspiro y comenzó a absorber el sol africano.

La mujer aún padecía los efectos del cambio de meridianos tras el largo viaje desde San Francisco hasta El Cairo. A ese cansancio se unía el producido por cuatro días de continuadas sesiones de emergencia con médicos y colegas biólogos para estudiar los extraños brotes de desórdenes nerviosos surgidos recientemente en el Sáhara meridional. Habiéndose tomado un descanso de las agotadoras conferencias, únicamente deseaba unas horas de reposo y soledad antes de emprender un viaje de investigación por el desierto. Mientras la brisa marina acariciaba su piel, cerró los ojos y no tardó en quedarse dormida.

Al despertar, consultó su reloj una vez más. Las once y veinte. Una siesta de hora y pico. El protector solar había hecho su efecto, y su piel sólo mostraba un ligero tono sonrosado. Giró hasta quedar boca abajo y echó un vistazo a la playa. Dos hombres con camisas de manga corta y shorts color caqui avanzaban lentamente junto a la orilla, en su dirección. Al notar que ella les observaba, se detuvieron, volviéndose como para mirar un barco que pasaba. Se encontraban a más de doscientos metros de distancia, y Eva no volvió a fijarse en ellos.

De pronto, algo llamó su atención en el mar, a cierta distancia de la orilla. Del agua había surgido una cabeza con el cabello negro. Haciendo visera con una mano, Eva oteó hacia donde un hombre, con gafas de buzo, respirador y aletas, buceaba a solas en las profundas aguas de más allá de la rompiente. Estaría haciendo pesca submarina, pensó la mujer, observando como la cabeza desaparecía de nuevo bajo la superficie, donde permaneció tanto tiempo que ella comenzó a temer que se hubiese ahogado. Pero reapareció y continuó con su pesca. Tras unos minutos, nadó hasta la playa y salió del agua.

Sostenía con una mano un extraño arpón y con la otra un aro de acero inoxidable del que colgaban varios peces, ninguno de los cuales pesaría menos de un kilo.

Pese al intenso bronceado, su rostro viril no tenía rasgos árabes. Su cabello era oscuro, y gotas de agua marina brillaban en el pelo de su pecho. Era alto, recio, con amplios hombros y se movía con elegancia natural. Eva le echó unos cuarenta años.

Al pasar junto a Eva, el hombre le dirigió una mirada. Sus ojos eran de color verde opalino, y se fijaron en la mujer de modo tan directo que pareció como si escrutasen el interior de su mente, hipnotizándola. Eva deseó y temió a un tiempo que él le dijese algo; pero el desconocido se limitó a dirigirle una blanca y devastadora sonrisa y una cortés inclinación, después de lo cual pasó de largo, en dirección a la carretera.

La mujer lo observó hasta verlo desaparecer tras las dunas, en dirección al aparcado Jeep de la NUMA. «¿Qué me pasa?», se preguntó. «Al menos, debí devolverle la sonrisa.» Luego se desentendió, decidiendo que, de todos modos, cualquier aproximación habría sido imposible, pues probablemente el hombre no hablaba inglés. Sin embargo, al recordarlo, los ojos de Eva cobraron un insólito brillo. Pensó que era extraño sentirse joven y turbada por la sonrisa de un desconocido al que nunca volvería a ver.

Le apetecía darse un baño, pero los dos paseantes de la playa estaban ya entre ella y el agua, así que, prudentemente, decidió esperar a que pasaran de largo. Los hombres no tenían las finas facciones de los egipcios, sino la nariz chata, la piel casi negra y el enmarañado cabello rizado de los habitantes de las estribaciones meridionales del Sáhara.

Se detuvieron y, quizá por vigésima vez, miraron furtivamente hacia ambos extremos de la playa. Luego se lanzaron sobre Eva.

—¡Largo! —gritó ella, en una reacción instintiva. Intentó eludirlos, pero uno de ellos con movimientos frenéticos —ojos malignos, poblado bigote y cara de rata—, la agarró brutalmente por el pelo y la obligó a echarse de espaldas. Un escalofrío de terror recorrió el cuerpo de Eva cuando el otro hombre, cuya sádica sonrisa dejaba ver unos dientes manchados de nicotina, se le sentó sobre los muslos. Cara de rata lo hizo sobre su pecho, inmovilizándole los brazos con sus rodillas. Eva quedó totalmente atrapada y a merced de sus atacantes.

Extrañamente, en ninguno de los dos había ni rastro de lujuria. Ni siquiera intentaron desgarrarle el bañador. No actuaban como violadores. Eva lanzó un nuevo grito, alto y penetrante. Pero sólo respondió el rumor de las olas. La playa estaba totalmente desierta.

Luego, cara de rata le apretó boca y nariz con sus manos y comenzó a asfixiarla con calma y premeditación. El peso de su cuerpo sobre el pecho constreñía los pulmones de Eva, aumentando el ahogo.

Bajo el hipnótico ensalmo del terror, Eva comprendió, con horrorizada incredulidad, que intentaban matarla. Intentó gritar de nuevo, pero no pudo. No sentía ningún dolor, sólo un pánico paralizante.

Hizo esfuerzos desesperados por librarse de la presión sobre su rostro; pero tenía las manos y las piernas como cogidas en un cepo. Sus pulmones reclamaban aire con avidez. La visión comenzó a nublársele. Se aferraba desesperadamente a la conciencia; pero notaba que ésta iba desvaneciéndose. Advirtió que el hombre sentado sobre sus muslos miraba por encima de los hombros de su asesino, y se dijo que aquel repugnante rostro sería lo último que vería.

Cuando Eva se asomaba ya al pozo oscuro de la inconsciencia, cerró los ojos e inmediatamente le sobrevino la idea de que aquello era una pesadilla, que desaparecería en cuanto los volviera a abrir. Con un sobrehumano esfuerzo, logró separar los párpados para echar un último vistazo a la realidad.

En efecto: era una pesadilla. De los labios del hombre de manchados dientes había desaparecido la sonrisa. Una varilla de metal le atravesaba las sienes, como una de esas flechas trucadas que se compran en las tiendas de artículos de broma y que parecen atravesar la cabeza de quien se las pone. El asaltante cayó hacia atrás, sobre los pies de la mujer, con los brazos extendidos como un crucificado.

Cara de rata estaba tan absorto en la tarea de asfixiarla que no advirtió lo que le había sucedido a su compañero. Luego, dos grandes manos se cerraron en torno a su cabeza, una agarrándole el mentón y otra la coronilla. La presión sobre la boca y la nariz de Eva desapareció, pues el asesino tuvo que emplear sus manos para librarse de las que le atenazaban la cabeza. Aquello era tan absolutamente inesperado que contribuyó a aumentar la sensación de Eva de que todo no era más que una pesadilla.

Antes de que la negrura le envolviese, escuchó un seco chasquido, como el de alguien mordiendo un cubito de hielo, y tuvo el fugaz vislumbre de los desorbitados ojos del asesino, cuya cabeza había descrito un giro completo de trescientos sesenta grados.

 

 

3

 

Eva despertó sintiendo el calor del sol en el rostro. Podía oír las olas rompiendo sobre la costa africana. Al abrir los ojos, le pareció que estaba ante la visión más maravillosa de su vida.

Gimió y se revolvió, mirando entre párpados entornados la deslumbrante playa y el bello, soleado y pacífico panorama. De pronto, se enderezó sobresaltada, abriendo mucho los ojos, aterrada por el recuerdo del ataque. Pero sus agresores habían desaparecido. ¿Habrían existido realmente? Comenzó a preguntarse si no habrían sido una alucinación.

—Bienvenida dijo una voz masculina. Comenzaba a temer que hubiera entrado usted en coma.

Eva se volvió y miró al sonriente buceador, que se encontraba de rodillas junto a ella.

—¿Dónde están los que intentaron matarme? preguntó, con voz asustada.

—Se fueron con la marea replicó el desconocido, con indiferencia.

—¿Con la marea?

—Me enseñaron que no se debe ensuciar la playa, así que eché sus cuerpos al agua. La última vez que los vi, iban camino de Grecia.

Eva lo miró mientras un escalofrío recorría todo su cuerpo.

—¿Los mató?

—No eran buena gente.

—Los mató... repitió ella, ofuscada y muy pálida, casi a punto de devolver. Es usted un asesino tan desalmado como ellos,

El comprendió que la mujer, en cuyos ojos brillaba la repulsión, estaba bajo los efectos del shock y no razonaba con sensatez. Encogiéndose de hombros, se limitó a decir:

—¿Habría preferido que no interviniese?

El miedo y la repulsión abandonaron lentamente los ojos de Eva, para ser sustituidos por la preocupación. Le costó un minuto asimilar el hecho de que el desconocido la había salvado de una muerte terrible.

—Perdóneme, se lo ruego. Me estoy portando estúpidamente. Le debo la vida y ni siquiera conozco su nombre.

—Me llamo Dick Pitt.

—Y yo Eva Rojas. Se sintió de un modo extraño cuando él, sonriendo cálidamente le tomó una mano entre las suyas. No obstante, en los ojos de Pitt sólo había preocupación, y ello disipó sus inquietudes. —Es usted norteamericano.

—Sí: trabajo para la Agencia Nacional Subacuática y Marítima. Estamos haciendo un estudio arqueológico del río Nilo.

—¿Pero no se había marchado usted antes de que me atacasen?

—Casi, pero sus amigos despertaron mi curiosidad. Me pareció raro que dejaran su coche a un kilómetro y luego caminaran por una playa desierta directos hacia usted. Así que me quedé un rato, a ver qué tramaban.

—Menos mal que es usted receloso.

—¿Tiene idea de por qué intentaron matarla? preguntó Pitt. Serian bandidos de los que asesinan y roban a los turistas.

Pitt negó con la cabeza.

—Su motivo no era el robo. No llevaban armas. El que intentó estrangularla utilizó las manos, en vez de una cuerda o una tela. Y no trataron de violarla. Si hubiesen sido asesinos profesionales, los dos estaríamos muertos. Es muy extraño. Me apostaría el sueldo de un mes a que eran meros sicarios de alguien que desea verla muerta. La siguieron hasta un lugar apartado con la intención de asesinarla, para luego meterle agua salada por la boca y la nariz. Habrían dejado su cadáver en la rompiente, para que pareciera que se había ahogado.

—Eso explica el que intentaran asfixiarla.

Ella sacudió la cabeza, confusa.

—No entiendo nada. Es absurdo, carece totalmente de sentido. No soy más que una bioquímica especializada en los efectos de las materias tóxicas sobre los seres humanos. No tengo enemigos. ¿Por qué iba alguien a querer matarme?

—No tengo ni idea: acabo de conocerla.

Eva se frotó los labios magullados.

—Todo esto es una locura.

—¿Cuánto lleva en Egipto?

—Sólo unos días.

—Debe de haber hecho algo que ha enfurecido a alguien. A los norteafricanos, no, desde luego. Si para algo estoy aquí es para ayudarlos.

El se quedó pensativo mirando la arena.

—Así que no es una turista.

—Vine aquí por trabajo replicó Eva. A la Organización Mundial de la Salud llegaron rumores de que entre los pueblos nómadas del Sahara Meridional se estaban dando graves trastornos físicos y mentales. Formo parte de un equipo internacional de científicos de la ONU que ha venido a investigar el asunto.

—No parece motivo suficiente para asesinarla admitió Pitt.

—Es inexplicable. Mis colegas y yo estamos aquí para salvar vidas. No somos ninguna amenaza.

—¿Cree que la plaga del desierto está causada por toxinas?

—Aún no lo sabemos. No hay datos suficientes para sacar una conclusión. A primera vista, la causa parece ser algún tipo de contaminación, pero su frente es un misterio. En las zonas donde han aparecido los síntomas no se conocen industrias químicas ni vertederos de materiales tóxicos.

—¿Hasta qué punto se halla extendida la enfermedad?

—En los últimos diez días han surgido más de ocho mil casos en Malí y Níger.

Pitt enarcó las cejas.

—Una cantidad increíble para un tiempo tan breve. ¿Cómo saben que la causa no es un virus o una bacteria?

—Ya le he dicho que los motivos son un misterio.

—Es raro que la Prensa no haya dicho nada.

La Organización Mundial de la Salud ha insistido en que la cuestión se mantenga en secreto hasta que se haya determinado su causa. Supongo que para evitar sensacionalismos y que cunda el pánico. Pitt, que no había dejado de echar ocasionales vistazos a su alrededor detectó de pronto un movimiento en las dunas bajas próximas a la carretera.

—¿Qué planes tiene?

—El equipo de científicos al que pertenezco sale mañana hacia el Sahara para comenzar las investigaciones de campo.

—La supongo enterada de que Malí se encuentra al borde de lo que podría ser una sangrienta guerra civil,

Ella se encogió de hombros con indiferencia.

—El Gobierno ha garantizado que en todo momento estaremos estrechamente protegidos. Hizo una pausa y lo miró por un largo momento. ¿Por qué me hace tantas preguntas? Actúa usted como un agente secreto.

Pitt se echó a reír.

—Sólo soy un ingeniero naval curioso, al que no le gustan los que van por ahí intentando asesinar a mujeres bellas. Quizá me confundieran con otra persona.

La mirada de Pitt recorrió el cuerpo de Eva y se detuvo en sus ojos.

Me da la sensación de que no... Súbitamente, Pitt se puso en pie, con la mirada en las dunas. Sus músculos se tensaron. Se inclinó, tomó a Eva por la muñeca y la hizo levantarse. Hora de marcharnos dijo, al tiempo que echaba a correr con ella de la mano.

—Pero... ¿qué hace? preguntó Eva, dando traspiés tras él. Pitt no respondió. El movimiento detrás de las dunas se había convertido en un hilo de humo que iba haciéndose más grande a medida que se elevaba por encima del desierto. Inmediatamente había comprendido que otro asesino, o quizá más, había prendido fuego al coche de Eva, en un intento de retenerlos allí hasta que llegaran refuerzos.

Instantes después, el hombre podía ver las llamas. Si hubiera cogido su arpón... Pero no, no quería engañarse. Un arpón no era arma frente a una pistola. Su única esperanza era que el compañero de los asesinos tampoco estuviese armado y no hubiera visto el Jeep de Pitt.

Atinó en lo primero, pero se equivocó en lo segundo. Al coronar la última duna, Pitt vio que junto a su coche tenía un hombre de tez oscura que sujetaba con una mano un periódico enrollado y ardiendo, como una antorcha. El intruso estaba golpeando el parabrisas del Jeep, cuyo interior, indudablemente, se proponía incendiar. Llevaba una especie de intrincado turbante que le cubría todo el rostro menos los ojos. Su cuerpo estaba envuelto en una amplia túnica que le llegaba hasta los pies, calzados con sandalias. No percibió la proximidad de Pitt, que llegaba con Eva a remolque.

—Pitt se detuvo y susurró al oído de Eva:

Si me ocurre algo malo, corra hasta la carretera y detenga un coche. —Luego gritó: ¡Quieto!

El hombre, sobresaltado, se volvió hacia él, con los amenazadores ojos muy abiertos. Al tiempo que gritaba, Pitt bajó la cabeza y embistió. El hombre tiró contra él el periódico en llamas; pero la cabeza de Pitt ya había impactado contra su pecho, rompiéndole el esternón y astillándole varias costillas. En ese mismo momento, el puño derecho de Pitt salió catapultado contra la ingle del hombre.

En los ojos del instruso, la expresión de amenaza dio paso a la de dolor. Un ahogado gemido salió de entre sus labios al tiempo que todo el aire se le escapaba de los pulmones y perdía el equilibrio, cayendo sobre la arena.

Pitt se inclinó sobre él y rápidamente le registró los bolsillos. No había nada: ni armas, ni documentación, ni siquiera unas monedas o un peine.

La expresión del hombre ya no era de dolor, sino de enorme pánico.

—¿Quién te envía, amigo? preguntó Pitt, agarrándolo por el cuello y sacudiéndolo como un doberman a una rata. La reacción del hombre no fue la que Pitt había esperado. A través de su agónico dolor, el hombre dirigió a Pitt una siniestra mirada. La mirada, pensó el norteamericano, de quien ha conseguido reír el último. Luego el desconocido de tez oscura sonrió, mostrando dos blancas hileras de dentadura en las que faltaba un diente. Abrió ligeramente la boca y luego la cerró con fuerza. Demasiado tarde, Pitt comprendió que su adversario acababa de morder una cápsula de cianuro revestida de goma que había permanecido oculta en un falso diente.

De entre los labios del hombre brotó espuma. La cápsula venenosa era muy potente, y el fin no tardó en llegar. Pitt y Eva observaron impotentes cómo la vida se escapaba del cuerpo del hombre. Al fin sus ojos quedaron abiertos y con la mirada vidriosa, propia de la muerte.

—¿Está...? Eva se interrumpió y volvió a intentarlo.

—¿Está muerto?

—Creo poder decir que ha lanzado su último suspiro replicó Pitt, sin sombra de remordimiento.

Eva buscó apoyo en el brazo de Pitt. Pese al calor africano, tenía las manos frías y temblaba a causa de la tremenda impresión. Hasta ese día, jamás había visto morir a nadie. Comenzó a sentir fuertes náuseas, pero de algún modo se sobrepuso y consiguió controlarlas.

—Pero... ¿por qué se ha matado? murmuró. ¿Con qué objeto?

—Para proteger a otros relacionados con el frustrado intento de asesinarla replicó Pitt.

—¿Había preferido suicidarse antes que hablar? preguntó, incrédula.

—Supongo que era leal a su jefe hasta el fanatismo dijo Pitt, tranquilamente. Pero sospecho que, de no haberse tomado él mismo el cianuro, alguien se lo hubiese hecho tragar tarde o temprano.

Eva meneó la cabeza.

Es una locura. Está usted hablando de una... conspiración.

—Enfréntese a la realidad, querida amiga: alguien se ha tomado un montón de molestias para eliminarla. Pitt la miró fijamente. Eva parecía una pobre niña perdida en unos grandes almacenes. Tiene usted un enemigo que no la quiere en África, así que, si desea continuar viva, le aconsejo que tome el próximo avión hacia Estados Unidos.

Ella parecía ofuscada.

—No: mientras haya gente muriéndose, no lo haré.

—Es usted difícil de convencer.

—Póngase en mi lugar.

—En su lugar, o en el de sus colegas. Puede que también ellos estén en la lista de gente a la que hay que eliminar. Será mejor que volvamos a El Cairo y les pongamos sobre aviso. Si lo que ha ocurrido tiene relación con sus investigaciones, sus vidas corren peligro.

Eva miró el cadáver.

—¿Qué piensa hacer con él?

Pitt se encogió de hombros.

—Echarlo al Mediterráneo con sus amigos. —Una malévola sonrisa se extendió por su rostro—. Me gustaría ver qué cara pone el que ha organizado todo esto cuando se entere de que sus asesinos han desaparecido sin dejar rastro y que usted sigue vivita y coleando.

 

 

4

 

Cuando el grupo de turistas del Safari Transahariano no llegó en la fecha prevista a la legendaria ciudad de Tombuctú, los directores de la sucursal en El Cairo de la Backworld Expeditions comenzaron a temer que algo anduviese mal. Veinticuatro horas más tarde, los pilotos del avión chárter que debía devolver a los turistas a Marrakech, Marruecos, hicieron un vuelo de reconocimiento hacia el norte, pero no vieron ni rastro de los vehículos.

Pasaron tres días en los que, el comandante Fairweather siguió sin dar señales de vida y los temores aumentaron. Se dio aviso al gobierno de Malí, que prestó plena colaboración, enviando patrullas militares de tierra y aire que recorrieron el desierto por la ruta habitual del safari.

Las patrullas comunicaron que la intensa búsqueda de cuatro días, no habían dado ni con los viajeros ni con los Land Rover. Entonces comenzó a cundir el pánico. El piloto de un helicóptero militar que sobrevoló Asselar informó que allí no había más que un pueblo abandonado y muerto.

Luego, al séptimo día, un equipo francés de prospecciones petroleras que se dirigía hacia el sur por la carretera transahariana descubrió al comandante Fairweather. El cielo sobre la pedregosa llanura estaba claro y despejado. El ardiente sol calcinaba la arena, y el aire recalentado distorsionaba y hacía bailar las imágenes. Los geólogos franceses se quedaron atónitos cuando, surgiendo de un espejismo, apareció una figura que corría hacia ellos agitando los brazos y que, al llegar a corta distancia, se desplomó de bruces. El estupefacto conductor del camión «Renault» no logró frenar a tiempo, y tuvo que girar bruscamente el volante para no arrollar al caído. El vehículo se detuvo en medio de una nube de polvo.

Fairweather estaba más muerto que vivo. Sufría una grave deshidratación, el sudor, que se había secado sobre su cuerpo, formaba una fina película de blancos cristales de sal. En cuanto los franceses mojaron sus labios, Fairweather recuperó la conciencia. Cuatro horas más tarde, y después de beber casi ocho litros de agua, Fairweather se hallaba lo suficientemente restablecido para explicar, con la lengua aún estropajosa, su huida de la matanza de Asselar.

Al único francés del equipo que entendía inglés, el relato de Fairweather le pareció la historia de un borracho, pero al mismo tiempo notó que sonaba con urgente convicción. Tras una breve conversación entre ellos, los rescatadores acomodaron a Fairweather en la trasera del camión y tomaron rumbo a la ciudad de Gao, junto al rio Níger. Llegaron al anochecer y se encaminaron directamente al hospital municipal.

Tras asegurarse que dejaban a Fairweather confortablemente acostado y bajo los cuidados de un médico y una enfermera, los franceses decidieron que lo único que les quedaba por hacer era informar a las Fuerzas de Seguridad malienses. Estas les pidieron que redactaran un informe detallado de lo ocurrido, mientras el coronel al mando de la guarnición de Gao informaba a sus superiores en Bamako, la capital.

Para su sorpresa e indignación, los franceses fueron detenidos y encarcelados. A la mañana siguiente, llegó un equipo de investigación procedente de Bamako que los interrogó por separado acerca de su encuentro con Fairweather. Sus repetidas demandas de llamar al Consulado francés fueron desoídas. Cuando los geólogos se negaron a cooperar, el interrogatorio se puso muy desagradable.

Aquellos franceses no fueron las primeras personas que, tras entrar en la dirección de seguridad local, no volvieron a dar señales de vida.

Cuando los supervisores de la compañía petrolera en Marsella dejaron de recibir noticias de su equipo de exploración, empezaron a preocuparse y requirieron a las Fuerzas de Seguridad para una operación de búsqueda. Los malienses simularon rastrear de nuevo el desierto de arriba abajo y finalmente informaron que lo único que habían encontrado era un camión «Renault» de la compañía abandonado.

Los nombres de los geólogos franceses y de los desaparecidos turistas de la Backworld Expeditions pasaron a engrosar las listas de los extranjeros perdidos en el inmenso desierto, y eso fue todo.

 

El doctor Haroun Madani aguardaba en la escalinata del hospital de Gao, bajo el amplio pórtico de ladrillo. Dirigió una inquieta mirada a la calle polvorienta que discurría entre los dilapidados edificios coloniales y las casas de ladrillo y barro de un solo piso. La brisa del norte cubría con un fino manto de arena la ciudad, que tiempo atrás había sido capital de tres grandes imperios y que entonces no era más que una deteriorada reliquia de la época colonial francesa.

Las llamadas a la oración vespertina resonaron en toda la ciudad, procedentes de los altos minaretes que se alzaban por encima de la mezquita. El que convocaba al rezo ya no era el mismo muecín, que en el pasado ascendía por las angostas escaleras de los minaretes y voceaba desde su balcón. Ahora el santón musulmán se quedaba en el suelo, y las plegarias a Alá y al profeta Mahoma llegaban por medio de micrófonos y altavoces.

A corta distancia de la mezquita, una luna creciente se reflejaba sobre el Níger. Amplio, majestuoso, y de corriente mansa y lenta, el río no era más que una sombra de lo que fue. Antaño amplio y profundo, décadas de sequía habían reducido su cauce increíblemente. En el pasado, sus aguas lamieron la base de la mezquita. Ahora la orilla se encontraba a dos manzanas del templo.

El pueblo maliense es el resultado de la combinación de descendientes de franceses y bereberes de piel clara, árabes y moros del desierto de piel más oscuro, y africanos de raza negra. El doctor Madani era negro como el carbón; sus rasgos faciales, eran indiscutiblemente negroides, con separados ojos color ébano y ancha y chata nariz. Se trataba de un hombre corpulento, de cuarenta años largos, de generoso abdomen y rotunda cabeza de mentón cuadrado.

Sus antepasados fueron esclavos mandingo llevados al norte por los marroquíes cuando éstos invadieron el país en 1591. Cuando él era muchacho, sus padres eran agricultores en las fértiles tierras del sur del Níger. Fue criado por un comandante de la Legión Extranjera francesa, quien se ocupó de su educación, hasta que fue enviado a estudiar medicina en París. Las causas y circunstancias de aquella situación jamás se las explicaron.

El médico se puso tenso al divisar los faros amarillos de un viejo automóvil, único en su clase, que se aproximaba. El automóvil avanzaba silenciosamente por la calleja. Su elegante carrocería de color rosamagenta contrastaba extrañamente con las pequeñas y míseras estructuras de barro. Una aureola de dignidad y elegancia rodeaba al sedan Avions Voisin modelo 1936. El diseño del automóvil era el resultado de una extraña combinación de los conceptos aerodinámicos anteriores a la Segunda Guerra Mundial, el arte cubista y de la estética del Frank Lloyd Wright. Obra maestra de la ingeniería automovilística, cuando Malí formaba parte del Africa Occidental francesa había sido propiedad del gobernador general.

Al igual que casi todos los habitantes de Malí, Madani conocía el coche y a su propietario, que suscitaban a su paso la inquietud y el temor. El médico se fijó en que el coche era seguido por una ambulancia militar y comenzó a temerse lo peor. En cuanto el coche se detuvo se adelantó y abrió la portezuela trasera. Un militar de alta graduación, flaco y vestido con un uniforme hecho a medida, se apeó del coche. Las rayas de sus pantalones hubieran podido cortar mantequilla helada. A diferencia de otros líderes africanos, que gustaban de ir cargados de condecoraciones, el general Zateb Kazim sólo llevaba un lazo verde y dorado en el pecho de su guerrera. En la cabeza lucía una versión reducida del litham, el velo añil de los tuaregs. Tenía la tez parda y las facciones marcadas de un moro, y sus ojos eran pequeños puntos de topacio rodeados por blancos océanos. De no ser por la nariz hubiera podido resultar casi atractivo: en vez de recta y bien formada, era porruda y colgante, y caía sobre un poco tupido bigote que invadía los lados de las mejillas.

El general Zateb Kazim parecía un grotesco villano salido de una vieja película de dibujos animados de la «Warner Brothers». No había mejor forma de describirlo.

Rebosante de arrogancia, se quitó pomposamente una imaginaria mota de polvo del uniforme y dirigió una indiferente inclinación al doctor Madani.

—¿Está el hombre listo para el traslado? —preguntó, con voz mesurada.

—Mr. Fairweather está plenamente recuperado de su terrible experiencia —replicó Madani—, y se le ha dado un fuerte sedante, como usted ordenó.

—¿Ha visto o ha hablado con alguien desde que los franceses lo trajeron?

—Fairweather ha sido atendido únicamente por una enfermera de una tribu de Tukulor que sólo habla dialecto fulah y por mí. No ha tenido otros contactos. Siguiendo sus instrucciones, lo alojé en una habitación privada, lejos de los pabellones comunes. Debo añadir que toda prueba de su presencia en el hospital ha sido destruida.

Kazim pareció satisfecho.

—Gracias, doctor. Le agradezco su cooperación.

—¿Me permite preguntarle adónde se lo lleva?

Kazim mostró su sonrisa de calavera.

—A Tebezza.

—iNo es posible! —murmuró sordamente Madani—. No puede llevarlo a las minas de oro de la colonia penal de Tebezza. Sólo a los traidores políticos y a los asesinos se les condena a morir allí. Este hombre es un extranjero. ¿Qué ha hecho para merecer una muerte lenta en las minas?

—Eso bien poco importa.

—¿Qué delito ha cometido?

Kazim miró a Madani como si el doctor fuera un molesto insecto.

—No pregunte —replicó fríamente.

Por la mente de Madani cruzó una terrible sospecha.

—¿Y los franceses que encontraron a Fairweather y lo trajeron?

—Correrán igual suerte.

—En las minas, ninguno durará más de unas pocas semanas.

—Es preferible a ejecutarlos dijo Kazim, con un encogimiento de hombros—. Que inviertan el resto de sus miserables vidas en algo de provecho. Unos montoncitos de oro le vendrán bien a nuestra economía.

—Me parece muy sensato por su parte, mi general —dijo Madani, notando en la boca el sabor a hiel de sus serviles palabras. La sádica autoridad de Kazim para ser juez, jurado y verdugo era un hecho cotidiano de la vida maliense.

—Celebro que esté usted de acuerdo, doctor. —Miró fijamente a Madani, como si éste fuera un prisionero del penal—. En interés de la seguridad de su patria, le aconsejo que olvide a Mr. Fairweather y borre todo recuerdo de su visita,

Madani asintió con la cabeza.

—Como usted diga.

—«Que ningún mal aflija a tu familia ni a tus bienes».

El médico podía leer fácilmente los pensamientos de Kazim. Las palabras del saludo ritual de los nómadas consiguieron el efecto pretendido. Madani tenía una gran familia. Mientras guardase silencio, todos ellos vivirían en paz. La otra opción era algo sobre lo que no le apetecía elucubrar.

Minutos más tarde, Fairweather totalmente inconsciente fue sacado del hospital en camilla y metido en la ambulancia por dos guardias de Kazim. El general se despidió de Madani con un indiferente saludo, y montó en su Avions Voisin.

Mientras los dos vehículos se alejaban en la noche, un escalofrío recorrió las venas del doctor Madani. Por unos momentos, se preguntó de qué terrible tragedia habría sido involuntario partícipe. Luego rezó por no llegar a saberlo nunca.

 

 

5

 

Arrellanado en un sofá de cuero en una suite del hotel «Nilo Hilton», el doctor Frank Hopper escuchaba atentamente. Sentado en un sillón a juego, al otro lado de una mesita baja, Ismail Yerli daba pensativas caladas a su pipa, que mostraba como cazoleta, la cabeza tallada de un enturbantado sultán.

Pese al sonido cosmopolita del intenso tráfico del Cairo, que se filtraba a través de las cerradas ventanas, Eva no conseguía olvidar su escaramuza con la muerte en la playa. Pero la voz del doctor Hopper la sacó de su abstracción, devolviéndola al presente.

—¿Estás segura de que esos hombres intentaban matarte?

—Totalmente —replicó Eva.

—Los describiste como africanos negros —dijo Ismail Yerli. Eva negó con la cabeza.

—No dije que fueran negros, sólo que su piel era oscura. Los rasgos faciales eran más firmes y definidos, como de un cruce de árabes e indios orientales. El que prendió fuego a mi coche llevaba una túnica y una especie de extraño turbante. Lo único que pude verle fueron los ojos, que eran muy negros, y la nariz aquilina.

—¿Cómo era el turbante?

—De algodón y daba varias vueltas a la cabeza.

—Y la barbilla? —preguntó Yerli.

Eva asintió.

—Parecía una tela enormemente larga.

—¿De qué color?

—Azul intenso.

—¿Añil?

—Sí —replicó Eva—. Creo que era añil.

Ismail Yerli se quedó pensando unos instantes. Como coordinador y experto logístico del equipo de la Organización Mundial de la Salud, poseía una gran eficacia y una no menor astucia política. Su hogar estaba en el puerto mediterráneo de Antalya, en Turquía. De sangre kurda, había nacido y crecido en Capadocia, región central de Asia Menor. Tibio musulmán, llevaba años sin entrar en una mezquita. Era flaco y membrudo y, como muchos turcos, tenía una gran mata de pelo negro y pobladas cejas que se le unían sobre la nariz y coronaban un gran bigotazo. Parecía siempre de excelente humor, y su amplia

sempiterna sonrisa ocultaba un carácter sumamente serio.

—Tuaregs —dijo al fin.

Habló tan bajo que Hopper apenas lo oyó.

—¿Cómo? —preguntó.

Yerli miró al canadiense que dirigía el equipo médico. De carácter tranquilo, Hopper decía poco pero escuchaba mucho. Era, pensó el turco, lo contrario de él: fornido, chistoso, de rostro encendido y poblada barba. Lo único que le faltaba para tener aspecto vikingo, a lo Eric el Rojo, era un hacha de guerra y un casco con cuernos. Hombre lleno de recursos, preciso y sosegado, la comunidad científica lo consideraba uno de los dos mejores toxicólogos del mundo.

—Tuaregs —repitió Yerli.

En el pasado habían sido grandes guerreros nómadas del desierto y ganaron importantes batallas contra el ejército francés y el árabe. Se les consideraba también los bandidos románticos por antonomasia. Pero las cosas habían cambiado. En la actualidad, se dedicaban a la cría de cabras y a mendigar en las ciudades de las estribaciones del Sáhara. A diferencia de los musulmanes árabes, los hombres llevaban velo, una tela que, desenrollada, medía más de un metro de largo.

—Pero... ¿por qué iba a desear sacar a Eva de en medio una tribu de nómadas del desierto? —preguntó Hopper, sin dirigirse a nadie en particular—. No se me ocurre ningún motivo.

Yerli meneó vagamente la cabeza.

—Pues parece que, al menos uno de sus miembros no la quería aquí. Y, hemos de tener muy en cuenta esa posibilidad, pues puede que tampoco quieran al resto de los grupos sanitarios que investigan los casos de envenenamiento tóxico que se han producido en el desierto suroccidental.

—A estas alturas del proyecto —dijo Hopper—, ni siquiera sabemos si la contaminación es la culpable. La misteriosa enfermedad podría ser causada por un virus o una bacteria.

Eva asintió con la cabeza.

—Eso fue lo que sugirió Pitt.

—¿Quién? —preguntó Hopper

—Dirk Pitt, mi salvador. Dijo que alguien no me quería en Africa. Sospechaba que los demás científicos también podían estar amenazados de muerte.

Yerli alzó las manos.

—Es increíble: ese hombre cree que nos enfrentamos a la Mafia siciliana.

—Fue una gran suerte que estuviese allí —dijo Hopper. Yerli exhaló una profunda bocanada de su pipa y contempló pensativamente el humo azulado.

—Resulta muy curioso que la única persona que se encontraba en varios kilómetros a la redonda tuviera el valor de hacer frente a un trío de asesinos. Es casi un milagro, o... —hizo una larga pausa— o una presencia premeditada.

En los ojos de Eva brilló el escepticismo.

—Si piensas que fue una trampa, olvídalo, Ismail.

—Quizá todo fuera una comedia para asustarte y hacerte volver a casa.

—Le vi matar a tres hombres con mis propios ojos. Podéis creerme: no fue ninguna comedia.

—¿Has vuelto a tener noticias suyas después de que te dejo en el hotel? —inquirió Hopper.

—Me ha dejado un mensaje en recepción. Invitándome a cenar esta noche.

—Y sigues creyendo que simplemente, era un buen samaritano que pasaba por allí —insistió Yerli.

Sin hacerle caso, Eva se dirigió a Hopper:

—Pitt me dijo que se encontraba en Egipto haciendo un estudio arqueológico del Nilo para la Agencia Nacional Subacuática y Marítima, y no tengo ningún motivo para dudarlo.

Hopper se volvió hacia Yerli.

—No es difícil confirmarlo.

Yerli asintió con la cabeza.

—Tengo un amigo que trabaja para NUMA como biólogo marino. Lo llamaré.

—La pregunta sigue siendo: ¿por qué? —murmuró Hopper, en tono ausente.

Yerli se encogió de hombros.

—Si el intento de asesinato de Eva se debe a una conspiración, ésta puede tener como meta meternos miedo y obligarnos a cancelar nuestra misión.

—Sí; pero tenemos cinco equipos de investigación distintos, cada uno de ellos de seis miembros, que se dirigen al desierto meridional. Se repartirán por cinco naciones, desde Sudán a Mauritania. No somos una imposición. Los distintos gobiernos pidieron ayuda a las Naciones Unidas para encontrar una explicación a la extraña enfermedad que asola sus países. No somos ni intrusos, ni, mucho menos, enemigos indeseados.

Yerli miró a Hopper.

—Olvidas algo, Frank. Hubo un gobierno que no quiso saber nada de nosotros.

Hopper asintió torvamente.

—Cierto. Al presidente Tahir de Malí no le hizo ninguna

gracia la idea de nuestra presencia dentro de sus fronteras.

—Eso fue cosa del general Kazim —dijo Yerli—. Tahir es una marioneta. El auténtico poder del gobierno maliense esta en manos de Zateb Kazim.

—¿Y qué puede tener en contra de unos inofensivos biólogos que sólo intentan salvar vidas?

Yerli volvió las palmas de las manos hacia arriba, en ademán de ignorancia.

—Tal vez nunca lo sepamos.

—Lo que si parece una extraña coincidencia —dijo suavemente Hopper— es que durante el pasado año no han dejado de producirse desapariciones, especialmente de europeos, en las grandes extensiones desérticas del norte de Malí.

—Como ese safari de turistas que sale en todos los titulares —dijo Eva.

—Todavía se desconoce su paradero y qué ha sido de ellos —añadió Yerli.

—No creo que exista ninguna relación entre esa tragedia y el ataque contra Eva —dijo Hopper.

—Pero, si partimos de la base de que, en el asunto de Eva, el villano es el general Kazim, es lógico suponer que sus espías descubrieron que ella era miembro del equipo de estudios biológicos destinado a Malí. Ordenó que la asesinaran para advertirnos a los demás que nos mantuviéramos lejos de sus dominios.

Eva se echó a reír.

—Con esa imaginación tan fértil, Ismail, podrías ganarte la vida como guionista en Hollywood.

Yerli frunció el poblado ceño.

—Creo que deberíamos jugar sobre seguro y mantener al equipo de Malí en el Cairo hasta que este asunto sea plenamente investigado y resuelto.

—Exageras —dijo Hopper a Yerli—. ¿Cuál es tu voto, Eva? ¿Cancelamos la misión, o no?

—Yo estoy dispuesta a correr el riesgo —replicó Eva—. Pero no puedo hablar por los otros miembros del equipo. Hopper asintió, con la mirada en el suelo.

—Pues pediremos voluntarios. No pienso cancelar la misión a Malí habiendo cientos y quizá miles de seres muriéndose de algo que nadie sabe explicar. Yo mismo dirigiré el equipo.

—¡Eso, no, Frank! —exclamó Eva—. ¿Y si sucede lo peor? Eres demasiado valioso. No podemos perderte.

Nuestro deber es informar del asunto a la Policía antes de salir a la buena de Dios insistió Yerli.

—Seamos serios, Ismail dijo Hopper, impaciente. Si vamos a la Policía local, lo más probable es que nos retengan y la misión se demore, como mínimo, un mes. No pienso ponerme a merced de la burocracia local.

—Mis contactos pueden abreviar los trámites burocráticos afirmó Yerli.

No replicó obstinadamente Hopper. Quiero que todos los equipos tomen sus aviones y salgan hacia sus destinos según lo previsto.

Entonces, mañana por la mañana partimos dijo Eva. Hopper asintió con la cabeza.

—Sin líos ni demoras. Mañana por la mañana empieza el espectáculo.

—Puedes estar arriesgando vidas innecesariamente murmuró Yerli.

—No temas: tomaré precauciones.

Yerli miró a Hooper sin comprender.

—¿Precauciones?

—Sí: una conferencia de Prensa. Antes de que partamos, llamaré a todos los corresponsales extranjeros y a todas las agencias de Prensa de El Cairo. Les expondré nuestro proyecto, haciendo especial énfasis en que también visitaremos Malí. Como es natural, mencionaré los posibles riesgos. Luego, con la publicidad internacional que rodeará nuestra presencia en su país, el general Kazim se lo pensará dos veces antes de amenazar las vidas de unos científicos que, pública y notoriamente, llevan a cabo una misión humanitaria.

Yerli lanzó un profundo suspiro.

—Por vuestro bien, espero que así sea.

Eva se acercó al turco y se sentó junto a él.

—Todo irá bien afirmó, tranquilizadora. No nos sucederá nada malo,

—Supongo que nada que yo diga os hará cambiar de idea, ¿verdad?

—Hay miles de vidas en juego —dijo Hopper, con voz firme. Yerli los miró tristemente, y luego asintió con la cabeza, en silenciosa aceptación.

—Entonces... que Alá os proteja, pues, en caso contrario, no viviréis para contarlo.

 

 

6

 

Cuando Eva salió del ascensor, Pitt ya estaba aguardándola en el vestíbulo del hotel. Vestía traje color canela y camisa azul pálido con una ancha corbata de un azul más oscuro.

El hombre miraba distraídamente la concurrencia, entre la que destacaba una egipcia despampanante de cabello color ala de cuervo que lucía un llamativo vestido dorado, e iba del brazo de un hombre que fácilmente la triplicaría en edad,

Pitt la miraba con una curiosidad exenta de deseo cuando Eva apareció tras él y le cogió por el codo.

—¿Le gusta? preguntó sonriente.

Pitt se volvió hacia ella y la miró con los ojos más verdes que la mujer había visto en su vida. Sus labios se fruncieron en una sonrisa levemente maliciosa que a Eva le resultó devastadora.

—Es impresionante.

—¿Su tipo?

—No: prefiero las mujeres discretas e inteligentes.

La voz de Pitt sonó grave y melodiosamente en los oídos de Eva. El hombre desprendía un ligero aroma a colonia masculina clásica, distinta de las que preparan los perfumeros franceses para los modistos famosos.

—Espero que lo diga como cumplido.

—Así es.

Ella se sonrojó e, involuntariamente, bajó la mirada.

Mi vuelo sale mañana a primera hora, así que tendré que retirarme temprano.

«Dios, esto es terrible pensó. Me porto como una chiquilla en su primera cita.»

—Lástima. Iba a proponerle que pasáramos la noche recorriendo todos los centros de iniquidad y pecado de El Cairo. Lugares exóticos desconocidos por el turismo.

—¿Lo dice en serio?

Pitt se echó a reír.

—Pues no —dijo. Lo cierto es que me parece preferible que cenemos en el hotel y permanezcamos lejos de las calles. Sus... «amigos» quizá se propongan volver a intentarlo.

Ella recorrió con la mirada el atestado vestíbulo.

—El hotel está lleno. No sé si encontraremos mesa.

—Tengo una reservada —dijo Pitt, tomándola de la mano y conduciéndola al ascensor que subía hasta el lujoso restaurante situado en el ático del hotel.

Como a la mayor parte de las mujeres, a Eva le gustaban los hombres que decidían por ella. También le gustó el ligero contacto de la mano del hombre en la suya mientras subían hasta el restaurante.

El maitre los condujo a una mesa próxima a una ventana desde la que se veía un espectacular paisaje de El Cairo y el Nilo. Un universo de luces brillaba entre la neblina de la noche. Los puentes sobre el río estaban atestados de coches que hacían sonar sus bocinas, y desembocaban en las calles mezclándose con carros de reparto y carruajes para turistas.

—A no ser que prefiera usted un cóctel —dijo Pitt—, propongo que tomemos vino.

Ella asintió y le dirigió una amplia sonrisa.

—Por mí, estupendo. ¿Qué tal si elige también la comida?

—Me encantan las mujeres con espíritu aventurero —sonrió él. Tras estudiar brevemente la carta de vinos, indicó al maitre—: Una botella de Grenadis Village.

—Excelente, señor —dijo el hombre—. Es uno de nuestros mejores blancos secos.

Pitt procedió a pedir los entrantes: berenjenas en salsa aderezada con semillas de sésamo molidas, un preparado de yogur llamado leban zahatli y una bandeja de verduras en adobo acompañadas por pan de pita.

Una vez les hubieron servido el vino, Pitt alzó su copa.

—Por el éxito y la seguridad de su expedición —brindó—. Ojalá encuentre las respuestas que busca.

—Por el éxito de su estudio en el río —replicó ella, mientras sus copas entrechocaban. Luego, con un brillo de curiosidad en los ojos preguntó—: ¿Qué buscan ustedes exactamente...?

—Viejos barcos hundidos. Uno en particular, una barcaza funeraria.

—Parece fascinante. ¿De alguien que yo conozca?

—Un faraón del Imperio Antiguo llamado Menkaura, o Micerino, si prefiere el nombre griego. Reinó durante la IV Dinastía e hizo construir la menor de las tres pirámides de Gizeh.

—¿No lo enterraron en su pirámide?

—En 1830, un coronel inglés encontró un cuerpo en un sarcófago del interior de la cámara funeraria, pero el análisis de los restos demostró que procedían del período griego o romano.

Llegaron los entrantes que ambos miraron con satisfacción. Mojaron las rodajas de berenjena frita en la salsa de sésamo y comieron con fruición las verduras en adobo. Luego Pitt encargó al camarero el segundo plato.

—¿Por qué suponen que Menkaura yace en el río? —preguntó Eva.

—Hace poco, en una cantera próxima a El Cairo, se descubrió una piedra con inscripciones jeroglíficas que indican que su barca funeraria se incendió y hundió en el río entre Menfis, la vieja capital, y Gizeh. Según lo escrito en la piedra, ni el sarcófago, ni la momia, ni una enorme cantidad de oro que iba con ambos se recuperaron.

Llegó el yogur, denso y cremoso. Eva lo contempló, vacilante.

—Pruébelo —la animó Pitt—. El leban zahadi no sólo la hará olvidar el gusto del yogur americano, sino que, además le ayudara a digerir.

No muy convencida, Eva probó un poco con la punta de su cuchara. Impresionada, siguió degustándolo con buen apetito.

—¿Y qué pasa si encuentran la barca? ¿Se quedarán con el oro?

—Nada de eso. En cuanto nuestros instrumentos de detección dan con un lugar prometedor, marcamos el sitio y entregamos un informe a los arqueólogos del gobierno egipcio que, apenas obtienen los fondos necesarios, comienzan a excavar o, en este caso a dragar.

—¿No están los restos en el fondo del río?

Pitt movió negativamente la cabeza.

—Los restos estarán cubiertos por el cieno de cuarenta cinco siglos.

—¿A qué profundidad cree que se encuentran?

—No se puede saber con precisión. Los registros históricos y geológicos egipcios indican que el cauce principal de la sección del río que estamos investigando se ha desplazado unos cien metros desde el año 2400 antes de Cristo. Si está en tierra firme, cerca de la orilla, podría encontrarse sepultado entre tres y diez metros de arena y barro.

—Me alegro de haberle hecho caso: el yogur está exquisito.

Apareció el camarero con una bandeja plateada y platos ovales en los que sirvió unas brochetas de cordero y cangrejo, preparadas al carbón y acompañadas de un picadillo de carne, arroz, pasas y almendras. Tras consultar con él, no ya atento, sino incluso paternal camarero, Pitt pidió unas cuantas salsas picantes para acompañar.

—¿Y cuál es ese extraño mal que va a investigar en el desierto? preguntó Pitt, mientras les servían los humeantes manjares.

—Los informes que nos llegan de Malí y Nigeria son demasiado vagos para poder decirlo. Han corrido rumores que mencionan los síntomas clásicos del envenenamiento tóxico: defectos de nacimiento, convulsiones o espasmos, coma y muerte. Y también desórdenes sicológicos y comportamientos aberrantes. El cordero está exquisito.

—Pruebe las salsas.

—¿De qué es ésta verde?

—No lo sé muy bien. Es entre dulce y picante. Moje en ella el cangrejo.

—Deliciosa dijo Eva. Todo sabe maravillosamente. Menos esa de color verde espinaca. Tiene un gusto fortísimo.

—Se llama mnoulukevelz. Hay que acostumbrarse a ella. Pero, volviendo a las intoxicaciones... ¿a qué comportamientos aberrantes se refiere?

—Los enfermos se arrancan los cabellos, se dan de cabezazos contra las paredes, ponen las manos sobre el fuego. Corren desnudos y a gatas, como animales, y se comen a sus muertos, como si, de pronto, se hubieran vuelto caníbales. El arroz está delicioso. ¿Cómo se llama?

—Jalta.

—Me gustaría que el chef me diera la receta.

—Creo que eso se podrá arreglar. ¿La he oído bien? ¿Dice que se comen a sus muertos?

—En gran medida, las reacciones dependen de la cultura local replicó Eva, dando cuenta del falta. Por ejemplo: la gente del tercer mundo está más acostumbrada a ver animales muertos que los europeos o los norteamericanos. Nosotros, de cuando en cuando, vemos alguno atropellado en la carretera; pero ellos ven animales desollados colgando en los mercados, o presencian cómo sus padres sacrifican las cabras u ovejas de la tribu. Desde pequeños se les enseña a atrapar y matar conejos, ardillas, o pájaros, y luego a desollarlos para comérselos. Para quienes viven en la pobreza, la visión de la sangre y las vísceras es algo cotidiano. Si quieren sobrevivir, deben matar, Ocurre que si, a lo largo de un extenso período de tiempo, se ingieren pequeñas dosis de toxinas letales que van acumulándose en la sangre, el metabolismo se deteriora. No sólo el cerebro, el corazón el hígado y los intestinos sino también el código genético. Se produce la desintegración de la moral y las pautas de conducta y los individuos dejan de comportarse como seres normales. De pronto, matar a un pariente y comérselo se convierte para ellos en algo tan normal como retorcerle el cuello a una gallina y prepararla para la cena. Esta salsa picante me encanta.

—Es excelente,

—Sobre todo con el jalta. Por otro lado, nosotros, los civilizados occidentales, compramos en los supermercados carne limpiamente cortada y envuelta en plástico. No vemos cómo se sacrifica a las reses con martillos eléctricos, ni cómo degüellan a los cerdos. Nos perdemos lo más divertido. Así que nos limitamos a expresar verbalmente nuestros miedos, ansiedades y penas. No faltan quienes, en un ataque de locura, reaccionan matando a unos cuantos vecinos, pero no se les ocurre comérselos

—¿Qué clase de toxina exótica puede causar esos problemas?

Eva vació su copa y esperó a que el camarero le sirviese más vino.

—No tiene por qué ser exótica. El simple envenenamiento por plomo puede producir extrañas conductas, y también hace que los vasos capilares se rompan y tiñe de rojo el blanco de los ojos

—¿Le queda sitio para un postre? preguntó Pitt.

—Todo está tan bueno, que haré un sitio.

—¿Café o té?

—Café americano.

Pitt hizo una seña al camarero, que se acercó inmediatamente.

Un Ura Ali para la señora, un café americano y uno egipcio.

—¿Qué es un Um Alr? preguntó Eva.

—Pudín caliente de pan con leche, cubierto de piñones. Ayuda a bajar la comida.

—Suena bien.

Pitt se echó para atrás en su silla y miró a la mujer con expresión preocupada.

—Ha dicho que su vuelo sale mañana a primera hora. ¿Insiste en ir a Malí?

—¿Y usted insiste en actuar como mi protector?

—Viajar por el desierto puede resultar letal. El calor no será su único enemigo. Allí hay alguien decidido a acabar con usted y su grupo de buenos samaritanos.

—Y mi caballero de reluciente armadura no estará allí para salvarme —replicó ella, con una nota de sarcasmo—. No conseguirá asustarme. Me sé cuidar.

Pitt la miró, y Eva advirtió en sus ojos un brillo de preocupación.

—No sería usted la primera mujer que pronunció las mismas palabras y acabó en el depósito de cadáveres.

 

En un salón del mismo hotel, el doctor Frank Hopper estaba finalizando una rueda de Prensa bastante concurrida. Un pequeño ejército de corresponsales de periódicos de todo Oriente Medio y los enviados especiales de cuatro agencias de Prensa internacionales, lo asediaban a preguntas bajo la luz de los focos de la televisión egipcia.

—¿Hasta qué punto está extendida la contaminación, doctor Hopper? —preguntó una periodista de la agencia Reuter.

—No lo sabremos hasta que nuestro equipo se encuentre sobre el terreno y podamos estudiar el brote.

Un hombre que sostenía un magnetófono alzó la mano. —¿Cuál es la causa del fenómeno? —preguntó.

Hopper meneó la cabeza.

—Hasta ahora la ignoramos por completo.

—¿Es posible que esté causado por la planta solar de incineración de residuos tóxicos que han montado los franceses en Malí?

Hopper se acercó a un mapa del Sáhara Septentrional que colgaba de una pared y señaló una desolada zona desértica al norte de Malí con el puntero.

La planta francesa se encuentra aquí, en Fort Foureau, a más de doscientos kilómetros de la zona en que se han producido los brotes de contaminación. Demasiado lejos para que sea la causa directa.

Un periodista alemán del Der Spiegel preguntó: ¿No será que los vientos han arrastrado la contaminación? Hopper negó con la cabeza.

—Imposible.

—¿Cómo puede estar tan seguro?

—A lo largo de todo el desarrollo del proyecto, los ingenieros de la Massarde Enterprises de Solaire Energie, que es la propietaria de la instalación, han consultado con mis colegas de la Organización Mundial de la Salud. Puedo asegurarle que todos los residuos nocivos se destruyen mediante energía solar, convirtiéndose en un vapor inofensivo. El control del proceso es permanente. No existen emisiones tóxicas que el viento pueda llevar a cientos de kilómetros.

Un reportero de la televisión egipcia adelantó su micrófono. —¿Cuentan con la colaboración de los gobiernos de los países que van a visitar?

—Casi todos nos han llamado para decirnos que nos recibirán con los brazos abiertos.

—Antes ha comentado usted que el presidente Tahir de Malí no veía con buenos ojos la presencia en el país de su equipo de investigadores.

—Cierto; pero confío en que, una vez estemos allí y demostremos que nuestras intenciones son humanitarias, cambiará de actitud.

—O sea que no considera que está poniendo vidas en peligro al entrometerse en los asuntos del general Tahir.

En la voz de Hopper se hizo perceptible una nota de irritación.

—El auténtico peligro está en las retorcidas mentes de sus asesores. Pretenden que, si no la reconocen oficialmente, la enfermedad desaparecerá.

—¿Considera que su equipo estará seguro viajando por Malí? —preguntó la corresponsal de Reuter.

Hopper sonrió astutamente. Las preguntas tomaban el camino que él esperaba.

—En caso de ocurrir una tragedia, cuento con que ustedes, damas y caballeros de la Prensa, investiguen y hagan que la ira del mundo recaiga sobre los culpables.

 

Tras la cena, Pitt acompañó a Eva hasta la puerta de su habitación. La mujer tuvo dificultad para meter la llave en la cerradura. Estaba nerviosa, insegura. Se dijo que, sin duda, tenía so bradas excusas para invitarlo a pasar. Estaba en deuda con él, y además lo deseaba. Pero a Eva, que cumplía con las reglas de la vieja escuela, le resultaba difícil irse a la cama con cada hombre que manifestaba algún interés por ella, aun cuando se tratase de alguien que le había salvado la vida.

Pitt notó el ligero sonrojo de su compañera y la miró a los ojos, tan azules como el cielo de los mares del sur. Tomándola por los hombros, la atrajo hacia sí. Eva se puso algo tensa, pero no ofreció resistencia.

—Retrasa tu marcha —le pidió el hombre.

Ella apartó el rostro.

—No puedo.

—Quizá no volvamos a vernos.

—Me debo a mi trabajo.

—¿Y cuando estés libre?

—Volveré a casa, en Pacific Grove, California.

—Bonito lugar. Más de una vez he participado con un coche antiguo en el «Concours d'Elegance» de Peeble Beach.

—En verano, es un sitio encantador —dijo Eva, con voz súbitamente trémula.

El sonrió.

—Entonces, nos veremos en la Bahía de Monterrey.

Parecía como si hubiesen hecho amistad en un viaje transoceánico, un breve interludio que plantaba la semilla de su mutua atracción. El la besó suavemente, y luego se echó hacia atrás.

—Cuídate. No quiero perderte.

Luego giró sobre sus talones y fue hacia los ascensores.

 

 

7

 

Durante cien siglos, los pobladores y la vegetación de Egipto han luchado por mantener su precioso asentamiento entre las azules aguas del Nilo y las amarillentas arenas del Sáhara. Con un curso de 6.500 kilómetros desde su nacimiento en Africa Central hasta su desembocadura en el Mediterráneo, el Nilo es el único de los grandes ríos que fluye hacia el norte. Viejo, omnipresente y siempre vivo, el Nilo es algo tan ajeno al árido desierto norteafricano como lo sería a la atmósfera húmeda y sofocante de Venus.

La estación cálida había llegado al río, y el calor procedente del desierto flotaba sobre las aguas como una opresiva manta. El sol del amanecer asomó con ardorosa furia por el horizonte, levantando un ligero viento que parecía salido de la boca de un horno.

La serenidad propia del pasado y la tecnología del presente coincidieron en el río cuando un falucho de vela latina tripulado por cuatro muchachos se cruzó con una esbelta lancha de investigación provista con el más moderno equipo electrónico. Indiferente al calor, los jóvenes rieron y saludaron a la embarcación color turquesa que iba río abajo, en rumbo contrario.

Pitt alzó la vista de la pantalla de alta resolución del sistema de prospección del fondo y devolvió el saludo a través de una amplia portilla. El calor sofocante de fuera no lo molestaba en absoluto. El barco de investigación poseía un excelente sistema de aire acondicionado, y él estaba cómodamente sentado frente a la consola de instrumentos electrónicos, bebiendo un vaso de té helado. Miró unos momentos el falucho, casi envidiando a los jóvenes que lo tripulaban y, al volver la vista al monitor, observó que el escáner detectaba algo sumido en fangoso fondo del río. Al principio no era más que una mancha informe, pero al ser electrónicamente contrastada, la imagen se fue materializando en la silueta de un viejo barco.

—Otro avistamiento —anunció Pitt—. Márcalo con el número noventa y cuatro.

Al Giordino tecleó un código en su consola. Instantáneamente, en la unidad de representación visual apareció la configuración del río y sus orillas. Otro código, y el sistema láser de localización vía satélite marcó con toda precisión el lugar exacto en que se encontraba la imagen con respecto a los diversos puntos del paisaje.

—Número noventa y cuatro situado y anotado —dijo Giordino.

Bajo, moreno y compacto como un bloque de hormigón, Albert Giordino era un hombre de ojos castaños y poblada cabellera negra. Pitt solía pensar que a su compañero sólo le faltaban una florida barba y un saco lleno de juguetes para parecer la versión juvenil de un Papá Noel etrusco.

Era tremendamente rápido, cosa rara en un hombre tan fornido, y podía luchar como un tigre. Sin embargo, pasaba por un auténtico calvario cada vez que debía conversar con una mujer. Pitt y él habían sido compañeros de escuela secundaria, jugaron juntos al fútbol americano en la Academia de Aviación, y participaron en la fase final de la guerra de Vietnam. En determinado punto de sus carreras, a solicitud del almirante James Sandecker, director ejecutivo de la Agencia Nacional Subacuática y Marítima, fueron transferidos a NUMA. De esto hacía ya nueve años, transitoriamente.

Ninguno de los dos podía recordar cuántas veces había salvado la vida del otro, o le había evitado las nocivas consecuencias de alguna tropelía. Sus aventuras sobre y bajo el mar eran legendarias, y les habían reportado una notoriedad que a ninguno de los dos gustaba.

Pitt se echó hacia delante y enfocó una pantalla isométrica digital. El ordenador rotó la imagen tridimensional, mostrando con asombroso detalle el barco hundido. Imagen y dimensiones fueron anotadas y transmitidas a un ordenador central que las comparó con los datos conocidos de antiguos barcos del Nilo. En unos segundos, el ordenador analizó el perfil y dio su respuesta. Al pie de la pantalla aparecieron los datos de construcción del navío.

—Parece que tenemos un barco de carga de la VI Dinastía —leyó Pitt—. Construido entre el 2000 y el 2200 antes de Cristo.

—¿En qué condiciones está? —preguntó Giordino.

—Bastante buenas —replicó Pitt—. Como al resto de los que hemos encontrado, el cieno del fondo lo preserva bien. El casco y el timón están intactos, y distingo el mástil caído sobre cubierta. ¿Cuál es la profundidad?

Giordino estudió su pantalla de datos.

—A dos metros de agua y ocho de limo.

—¿Metales?

—Ninguno que el monitor detecte.

—No es de extrañar, puesto que los egipcios no conocieron el hierro hasta el siglo xii antes de Cristo. ¿Qué dice el escáner no ferroso?

—Casi nada. Algunos accesorios de bronce. Probablemente, es una simple carcasa abandonada.

Pitt estudió la silueta del barco hundido en el río hacía cuarenta siglos.

—Es fascinante: el diseño de sus barcos fue prácticamente el mismo durante tres mil años.

—Ocurre lo mismo con su arte.

Pitt lo miró.

—¿Arte?

—¿No te has fijado que su estilo artístico permaneció sin cambios desde la primera hasta la XIII Dinastía? ——pontificó Giordino—. Hasta las posiciones corporales permanecieron estáticas. Qué demonios: en todo ese tiempo ni siquiera se les ocurrió cómo pintar el ojo humano desde un costado, partiéndolo simplemente por la mitad. Los egipcios fueron los grandes maestros de la tradición.

—¿Dónde te hiciste experto en egiptología?

Giordino, muy en su papel, se encogió de hombros.

—Bueno, uno lee cosas aquí y allá.

Pitt no se dejó engañar. Giordino era un lince para los detalles. Casi nada se le escapaba, como lo demostraba su comentario sobre el arte egipcio, algo que se les pasaba por alto al noventa y nueve por ciento de los turistas y que nunca mencionaban los guías.

Giordino terminó una cerveza e hizo rodar la fría botella sobre su frente. Señaló con el dedo la pantalla del monitor, en la que la imagen del barco hundido comenzaba a desvanecerse.

—Es increíble que, en sólo tres kilómetros y pico de río, hayamos encontrado noventa y tres barcos hundidos, algunos en tres niveles de profundidad.

—No lo es tanto si consideras la cantidad de miles de años que lleva el Nilo siendo una vía de navegación —dijo Pitt, en tono doctoral—. Cualquier nave de la civilización que fuera tenía suerte si duraba veinte años antes de perderse en una tormenta, un incendio o una colisión. Y, normalmente, las que sobrevivían terminaban pudriéndose por negligencia. Entre el delta y Jartum, el Nilo tiene más buques hundidos por kilómetro cuadrado que ningún otro lugar del mundo. Afortunada—mente para los arqueólogos, fueron cubiertos por limo, y éste los preservó. Y muy bien pueden pasar otros mil años antes de que los refloten.

—No hay rastros de carga —dijo Giordino, mirando el monitor por encima del hombro de Pitt—. Como dices, lo más probable es que, una vez rebasado su período de utilidad, sus dueños dejaron que se deteriorara hasta hundirse.

El piloto de la lancha de investigación, Gary Marx, miraba con un ojo la pantalla del sonar y con el otro el río ante sí. Alto y de cristalinos ojos azules, el hombre iba vestido únicamente con shorts, sandalias, y un sombrero de paja. Volviendo a medias la cabeza, dijo:

—Aquí se termina el trayecto río abajo, Dirk.

—Bien —replicó Pitt—. Da media vuelta y sube lo más cerca que puedas de la orilla.

—Ya vamos prácticamente raspando el fondo —dijo Marx, con lógica preocupación—. Si nos arrimamos más, tendremos que sacar la lancha con un tractor.

—No exageres —dijo Pitt—. Simplemente, da la vuelta, acércate a la orilla y procura que el sensor no se enganche en el fondo.

Marx hizo que el barco describiese un giro en U, y lo llevó a no más de cinco o seis metros de la orilla. Casi inmediatamente, los sensores captaron la presencia de otro barco hundido. El ordenador lo identificó como el navío personal de un aristócrata del Imperio Medio, entre el 2040 y el 1786 antes de Cristo.

El casco era más estilizado que el de los navíos de carga, y una cabina ocupaba su puente de popa. En torno a cubierta se veían los restos de una baranda. La parte alta de los postes de apoyo parecía tener grabada la cabeza de un león. Un gran boquete en la parte de babor sugería que se habría hundido tras chocar con otra nave.

Descubrieron otros ocho viejos barcos hundidos bajo el limo antes de que los sensores hicieran el gran hallazgo.

Pitt escrutó la imagen con enorme fijeza, mucho más grande que en las anteriores ocasiones, que se iban formando en su monitor.

—¡Una barcaza real! —exclamó.

—Marcando posición —dijo Giordino—. ¿Lleva un cartel que pone faraón?

—Imagen más bella, no la veremos en nuestras vidas. Echa un vistazo.

El casco era largo, ligeramente achatado por los extremos. El remate de la popa tenía la forma de una cabeza de halcón, representando al dios egipcio Horus, pero faltaba la parte anterior de la proa. El sistema de alta resolución del ordenador reveló que en los costados del casco había más de un millar de jeroglíficos. Se veía también una cabina real ricamente tallada. Del casco aún asomaban restos de remos. El timón, sujeto a un costado de la popa, era enorme, como una monumental pala de canoa. Sin embargo, lo más notable era la gran forma rectangular que reposaba a mitad de la nave, en una plataforma de cubierta que también tenía bajorrelieves.

Ambos hombres contuvieron el aliento mientras el ordenador iba recibiendo los datos con los que luego formó en pantalla el perfil de la nave.

—¡Un sarcófago de piedra! —farfulló Giordino, insólitamente agitado—. Tenemos un sarcófago... —Fue apresuradamente a su consola y miró los indicadores—. El escáner no ferroso muestra grandes cantidades de metal en el área de la cabina y el sarcófago.

—El oro del faraón Menkaura —murmuró Pitt, con aliento entrecortado.

—¿Qué fecha tenemos?

—El 2600 antes de Cristo. La época y la configuración encajan —dijo Pitt, sonriendo ampliamente—. Y el análisis del ordenador muestra madera quemada en la parte de proa, lo cual indica que el barco se incendió.

—O sea: acabamos de descubrir la desaparecida barcaza funeraria de Menkaura.

—No seré yo quien te lo discuta —replicó Pitt, con expresión de absoluta euforia.

 

Marx echó el ancla directamente sobre el lugar en que reposaba el barco hundido. Luego, durante las seis horas siguientes, Pitt y Giordino sometieron la barcaza funeral a todo tipo de pruebas y sondas electrónicas, haciendo exhaustivo acopio de datos sobre su ubicación y estado para pasar luego el informe a las autoridades egipcias.

—Dios, cómo me gustaría que pudiéramos meter una cámara en la cabina del sarcófago. —Giordino destapó otra cerveza que, en su agitación, se olvidó de beber.

—Los ataúdes internos del sarcófago deben de estar intactos —dijo Pitt—; pero la humedad probablemente habrá deshecho los restos de la momia. En cuanto a los artefactos... ¿quién sabe? Posiblemente serán equiparables al tesoro de Tutankamon.

—Menkaura era un pez más gordo que Tut. Debió de llevarse al otro barrio un tesoro mucho mayor.

—Nunca llegaremos a saberlo —dijo Pitt, desperezándose—. Estaremos muertos y enterrados antes de que los egipcios encuentren fondos suficientes para sacar la barcaza del fondo del río y exhibirla en el museo de El Cairo.

—Tenemos visita —les advirtió Marx—. Se aproxima una patrullera egipcia río abajo.

—Aquí las noticias vuelan —dijo Giordino incrédulo—. ¿Quién les habrá dado el soplo?

—Será una patrulla de rutina —dijo Pitt—. Pasarán de largo.

—Vienen derechos hacia nosotros —advirtió Marx.

—Vaya con las patrullas de rutina —rezongó Giordino. Pitt se puso en pie y sacó una carpeta de un cajón.

—Sólo vienen a fisgar lo que hacemos. Los recibiré en cubierta con nuestros permisos del departamento de antigüedades.

Cruzó la puerta de la cabina y salió al achicharrante exterior. El ruido de los motores diesel gemelos del barco que se aproximaba cambió, debilitándose cuando la gris patrullera estaba a menos de un metro de distancia.

Pitt se sujetó a la barandilla, pues la estela de la patrullera había mecido levemente la lancha de investigación. Observó cómo dos hombres que vestían el uniforme de la marina egipcia se asomaban por la borda y, con unos largos garfios, detenían su embarcación junto a la de los norteamericanos. Pitt distinguió al capitán dentro de la cabina del timón, y se sintió ligeramente sorprendido, pues el hombre se limitó a alzar la mano en amistoso saludo, sin hacer ningún intento de abordarles. La sorpresa se convirtió en asombro cuando un membrudo hombrecillo saltó de una cubierta a otra y cayó ágilmente frente a él.

Pitt lo miró con incredulidad.

—¡Rudi! ¿De dónde demonios sales?

Rudi Gunn, subdirector de la NUMA, sonrió ampliamente y estrechó la mano de Pitt.

—De Washington. Aterricé en el aeropuerto de El Cairo hace menos de una hora.

—¿Que te trae al Nilo?

—El almirante Sandecker me envía a sacaros a ti y a Al de vuestro proyecto. Un avión de la NUMA nos llevará hasta Port Harcourt, donde el almirante nos espera.

—¿Dónde está Port Harcourt? —quiso saber Pitt.

—Es un puerto del río Níger, en Nigeria.

—¿Y a qué viene tanta prisa? Podriais habérnoslo comunicado vía satélite. ¿Por qué te has tomado la molestia de venir personalmente a decírnoslo?

Gunn hizo un gesto de ignorancia.

—No lo sé. El almirante no me hizo partícipe de los motivos del secreto ni de la urgencia.

Si Rudi Gunn no sabía lo que Sandecker se guardaba en la manga, nadie lo sabía. Era un hombre enjuto, de hombros y caderas estrechos, de lo más competente y un verdadero maestro en logística. Gunn se licenció en Annapolis y fue capitán de fragata en la Marina. Ingresó en la NUMA al mismo tiempo que Pitt y Giordino. Gunn miraba el mundo por los gruesos cristales de sus gafas de concha y hablaba a través de su sempiterna e irónica sonrisa. Giordino siempre pensaba en él como un inspector de Hacienda a punto de desvalijar a un contribuyente.

—Llegas justo a tiempo —dijo Pitt—. Pero protejámonos del calor. Pasa, tengo algo que enseñarte.

Giordino estaba de espaldas a la puerta cuando entraron Pitt y Gunn.

—¿Qué querían ésos? —preguntó, sin volverse.

—Que te cayeras muerto —replicó Gunn, riendo. Giordino se volvió y al reconocer al hombre se llevó una gran sorpresa.

—¡Vaya por Dios! —Se puso en pie y estrechó la mano que Gunn le tendía—. ¿Qué te trae por aquí?

—Vengo a tranferiros a otro proyecto.

—Justo a tiempo.

—Exactamente lo que yo dije —sonrió Pitt.

—¿Qué tal, Mr. Gunn? —saludó Gary Marx, entrando en el cuarto de controles—. Me alegra tenerlo a bordo.

—Hola, Gary.

—¿A mí también se me transfiere?

Gunn negó con la cabeza.

—No: usted se queda aquí. Mañana llegarán Dick White y Stan Shaw para relevar a Dirk y Al.

—Perderán el tiempo —dijo Marx—. Ya hemos terminado. Gunn miró inquisitivamente a Pitt durante un momento, y luego la comprensión asomó a sus ojos.

—¿Habéis encontrado la barcaza funeraria?

—Tuvimos un golpe de suerte —dijo Pitt—. Y sólo al segundo día de trabajo.

—¿Dónde está?

—Bajo tus pies, por así decirlo. Se encuentra nueve metros por debajo de nuestra quilla.

Pitt le mostró el modelo isométrico digital que aparecía en la pantalla del ordenador, y que mostraba en todos sus detalles la embarcación milenaria.

—Es increíble —murrnuró Gunn, pasmado.

—También hemos descubierto y marcado más de un centenar de barcos hundidos que datan de un período entre el 2800 y el 1000 antes de Cristo —anunció Giordino.

—Felicidades para los tres —dijo Gunn cordial—. Lo que habéis conseguido es fantástico. Pasará a los libros de historia. El gobierno egipcio os cubrirá de medallas.

—¿Y de qué nos cubrirá el almirante? —preguntó lacónicamente Giordino.

Gunn apartó la vista del monitor y los miró, con expresión súbitamente seria.

—Sospecho que os va a encargar un trabajito bastante nauseabundo.

—¿No dio ninguna pista? —insistió Pitt.

—Nada que tuviera sentido. —Gunn miró al techo, intentando recordar—. Cuando le pregunté el porqué de las prisas, citó un verso cuyas palabras exactas no recuerdo. Algo referente a la sombra de un barco y unas aguas encantadas que se volvían rojas.

Pitt recitó:

Pero allá donde la sombra del barco reposaba, las encantadas aguas bullían, tiñéndose de un espantoso color rojo.

—Es un fragmento de «La balada del viejo marinero», de Samuel Taylor Coleridge —explicó al terminar.

Gunn miró a Pitt con renovado respeto.

—Ignoraba que fueras un experto en poesía.

Pitt se echó a reír.

—Conozco algunos versos, eso es todo.

—Me pregunto qué planes tendrá Sandecker en su retorcidamente —dijo Giordino—. No es propio del viejo buitre andarse con secretos.

—No —dijo Pitt, con inquietud—. En absoluto.

 

 

8

 

Durante dos horas y media, el helicóptero de la Massarde Enterprises que había despegado de la capital de Malí, Bamako, voló en dirección norte y este sobre la vasta desolación del desierto. Al cabo de ese tiempo, el piloto distinguió en la distancia el brillo del sol sobre unos raíles ferroviarios, redujo altura y comenzó a seguir la vía que, aparentemente, no conducía a ninguna parte.

El ferrocarril, cuyo tendido se había completado hacía sólo un mes, terminaba en la inmensa planta solar de incineración de residuos tóxicos situada en el centro del desierto maliense. La instalación se llamaba Fort Foureau en memoria de un viejo fuerte abandonado de la Legión Extranjera francesa sito en la zona. Desde la planta, el ferrocarril recorría 1600 kilómetros en línea casi recta, cruzando la frontera de Mauritania hasta terminar en el puerto artificial de Cape Tafarit, en el océano Atlántico.

El general Kazim miró por la ventanilla desde el lujoso interior del helicóptero y pudo ver un tren cargado de vacíos contenedores de materias tóxicas arrastrado por dos locomotoras. El tren, tras vaciar su letal cargamento en la planta, volvía a Mauritania.

El hombre sonrió taimadamente, apartó la vista del tren e hizo una seña al auxiliar de vuelo, que volvió a llenar su copa de champán y le ofreció una bandeja de canapés.

Kazirn se dijo que los franceses parecían tener siempre a mano champagne, trufas y paté. El los consideraba una raza estrecha de miras, que había intentado con muy poca convicción levantar un imperio y mantenerlo. Menudo suspiro de alivio debieron de lanzar la mayoría de los franceses cuando se vieron obligados a abandonar sus destacamentos en Africa y Extremo Oriente. En el fondo, le enfurecía que los franceses no hubieran desaparecido de Malí por completo. Pese a que el país africano dejó de ser colonia en 1960, los franceses habían mantenido su influencia y un estrecho control sobre la minería, el transporte y el desarrollo industrial y energético de Malí. Muchos financieros franceses hicieron fuertes inversiones en proyectos malienses; pero quien más hundida tenía la pala de sacar dinero en las arenas del Sáhara era Yves Massarde.

El que tiempos atrás fuera el mago de la agencia económica ultramarina francesa, había aprovechado su puesto para hacerse una fortuna personal, utilizando sus contactos e influencias para comprar y sanear empresas deficitarias de Africa Occidental. Negociador astuto y duro, se rumoreaba que no dudaba en jugar sucio para conseguir sus fines. La fortuna de Massarde se calculaba entre dos y tres mil millones de dólares, y la planta solar de eliminación de residuos tóxicos en el Sáhara era la pieza central de su imperio.

Cuando el helicóptero llegó sobre la extensa planta, el piloto sobrevoló el perímetro para que Kazim pudiera ver bien todo el complejo, con su enorme campo de espejos parabólicos que recogían la energía solar y la enviaban a un punto de concentración en el que se producían temperaturas de hasta cinco mil grados centígrados. Esta energía fotónica era luego dirigida a reactores fotoquímicos que destruían las moléculas de los elementos químicos peligrosos.

Al general, que ya había visto aquello varias veces, le interesaban más los canapés de paté frutado. Acababa de beber su sexta copa de champán Veuve Clicquot Etiqueta Oro cuando el aparato se posó suavemente en el pequeño helipuerto frente al edificio principal de la planta.

Kazim bajó a tierra y saludó a Felix Verenne, el secretario personal de Massarde, que le aguardaba al sol. A Kazim le encantó ver al francés achicharrado.

—Ha sido usted muy amable saliendo a recibirme —dijo en francés; los dientes relucían bajo su bigote.

—¿Ha tenido buen viaje? —preguntó Verenne, atentamente.

—El paté era peor que de costumbre.

Verenne, un cuarentón enjuto y calvo, ocultó con una sonrisa el disgusto que Kazim le producía.

—Me ocuparé de que, en el vuelo de regreso, todo esté a su gusto.

—¿Cómo está Monsieur Massarde?

—Aguardándolo en la sala de juntas.

Verenne abrió el camino hacia el negro edificio solar de tres pisos. Una vez en él, cruzaron un vestíbulo de mármol totalmente desierto salvo por un guardia de seguridad, y montaron en el ascensor, que los condujo hasta un recibidor de paredes forradas de teca que comunicaba con la sala de juntas del despacho de Massarde. Verenne condujo a Kazim a un pequeño estudio lujosamente decorado y señaló un sofá Roche Bobois de cuero.

—Tome asiento, se lo ruego. Monsieur Massarde estará con usted en...

—Ya estoy aquí, Felix —dijo una voz desde una puerta del otro extremo de la sala. Massarde fue hasta Kazim y lo abrazó—. Amigo Zateb: ha sido amabilísimo viniendo.

Yves Massarde tenía ojos azules, cejas negras y cabello rojizo. Su nariz era fina y su mentón cuadrado; el cuerpo era flaco, de caderas escurridas, pero tenía un estómago protuberante. En él, nada parecía a juego. Pero no era su aspecto físico lo que permanecía grabado en la memoria de quienes lo conocían, sino la energía que, como electricidad estática, emanaba de él.

El financiero dirigió una significativa mirada a Verenne, que asintió con una leve inclinación y salió del cuarto, cerrando la puerta detrás de sí.

—Querido Zateb: mis agentes en El Cairo me informan de que su gente fracasó en el intento de asustar a los de la Organización Mundial de la Salud e impedir que vinieran a Malí.

—Un hecho muy lamentable cuyos motivos no están claros —replicó Kazim, con un indiferente encogimiento de hombros.

Massarde dirigió al general una dura mirada.

—Según mis informadores, sus asesinos desaparecieron tras un fallido intento de matar a la doctora Eva Rojas.

—Justo castigo a su impericia e ineficacia.

—¿Los ejecutó usted?

—No tolero fallos —mintió Kazim. El hecho de que sus hombres no hubieran logrado asesinar a Eva, y su extraña desaparición posterior, lo habían frustrado considerablemente. Como represalia, había ordenado la muerte del oficial que planeó el asesinato, acusándolo a él y a los otros de haber traicionado sus órdenes.

Massarde no habría llegado tan alto si no fuese un astuto juez de las personas. Por lo que conocía a Kazim, sospechaba que el hombre pretendía correr un tupido velo sobre el asunto.

—Si tenemos enemigos exteriores, sería un grave error subestimarlos.

—No es nada importante —dijo Kazim, dando el tema por zanjado—. Nuestro secreto está seguro.

—¿Y dice eso cuando un equipo de expertos en contaminación de la ONU aterriza en estos momentos en Gao? No se tome esto a la ligera, Zateb. Si rastrean hasta aquí la fuente de...

—No encontrarán más que sol y arena —lo interrumpió Kazim—. Usted sabe mejor que yo que, sea cual sea el motivo de la extraña enfermedad que asola la zona próxima al Níger, de aquí no procede. No veo la forma como esta planta puede ser responsable de una contaminación que se produce a cientos de kilómetros de aquí.

—Cierto —dijo pensativamente Massarde—. Nuestros sistemas de control demuestran que la incineración de residuos que efectuamos por cubrir las apariencias, cumple las más estrictas normas internacionales de seguridad.

—Entonces, ¿de qué preocuparnos? —Kazim se encogió de hombros.

—De nada, mientras todo se mantenga bajo control.

—Deje que yo me ocupe del equipo de la ONU.

—No haga nada contra sus miembros —se apresuró a advertir Massarde.

—El desierto sabe dar cuenta de los intrusos.

—Mátelos y tanto Malí como la Massarde Enterprises correrán el gravísimo riesgo de que todo se descubra. El jefe de la expedición, el doctor Hopper, convocó en El Cairo una rueda de Prensa en la que llamó la atención sobre la falta de espíritu colaborador que muestra su gobierno. Dejó constancia de su temor a que el equipo encontrara peligros en Malí. Como se le ocurra dispersar sus huesos por el desierto, amigo mío, pronto nos encontraremos con un enjambre de periodistas e investigadores de la ONU husmeando en el proyecto.

—No se mostró usted tan escrupuloso respecto a la eliminación de la doctora Rojas.

—Es cierto, pero iba a ocurrir en nuestro patio trasero y era imposible que se sospechara de nuestra participación en él.

—Ni tampoco se sintió molesto cuando la mitad de sus ingenieros, acompañados por sus esposas, se fueron de excursión a las dunas y se perdieron sin dejar rastro.

—Su desaparición era imprescindible para proteger la segunda fase de nuestra operación.

—Afortunadamente para usted, yo me encargué de solucionar el asunto sin provocar titulares en la Prensa parisiense ni la intervención de agentes gubernamentales franceses.

—Lo hizo usted bien —suspiró Massarde—. Yo no podría prescindir de sus valiosas habilidades. —Como todos sus compatriotas del desierto, Kazim no podía vivir sin escuchar permanentes elogios a su genialidad. Massarde detestaba al general, pero la operación clandestina no podía prescindir de él. Se trataba de un pacto maligno en el que Massarde se llevaba la parte del león. Necesitaba a aquel «excremento de camello», como llamaba a Kazim a sus espaldas. A fin de cuentas el pago de cincuenta mil dólares americanos al mes era una minucia comparado con los dos millones de dólares que Massarde ganaba diariamente con la planta de incineración de residuos tóxicos.

Kazim se acercó al bien surtido bar y se sirvió un coñac.

—Entonces, ¿qué sugiere que hagamos con el doctor Hopper y su equipo?

—El experto en tales asuntos es usted —dijo untuosamente Massarde—Lo dejo de su cuenta.

Kazim enarcó las cejas, indiferente.

—Elemental, amigo mío. Me limitaré a eliminar el problema que han venido a resolver.

Massarde pareció curioso.

—¿Cómo va a conseguirlo?

—Ya he empezado —replicó Kazim—. He enviado a mi brigada personal para que busque, elimine y entierre a todas las víctimas de la contaminación.

—¿Será capaz de matar a su propia gente? —preguntó irónicamente Massarde.

—Al acabar con una plaga que azota mi patria no hago más que cumplir con mi deber patriótico —replicó Kazim, con absoluta indiferencia.

—Utiliza usted métodos un tanto extremos. —Una expresión de preocupación apareció en el rostro del francés—. Se lo advierto, Zateb: no provoque escándalos. Si el mundo llega a descubrir lo que aquí se hace en realidad, un tribunal internacional nos ahorcará a los dos.

—No, si no existen pruebas ni testigos.

—¿Y qué hay de esos enloquecidos monstruos que asesinaron a los turistas en Asselar? ¿También los ha hecho desaparecer?

Kazim le dirigió una dura sonrisa.

—No, se mataron y se devoraron los unos a los otros. Pero hay otras aldeas en las que se da el mismo mal. En caso de que el doctor Hopper y su equipo resulten demasiado molestos, quizá sea posible arreglar que sean testigos presenciales de una matanza parecida.

Massarde no necesitaba más explicaciones. Había leído el informe secreto de Kazim sobre la matanza de Asselar. No le costaba mucho imaginar a unos enloquecidos nómadas tragándose literalmente a los investigadores de la Naciones Unidas, al igual que ha habían hecho con los turistas del safari.

—Un método muy eficaz para eliminar las amenazas —dijo a Kazim—. Además, se ahorran los gastos de entierro.

—En efecto.

—Pero ¿y si alguno sobrevive e intenta regresar a El Cairo? Kazim se encogió de hombros al tiempo que sus finos y pálidos labios se curvaban en una maligna sonrisa.

—Mueran como mueran, sus huesos jamás saldrán del desierto.

 

 

9

 

Diez mil años atrás, por los secos cauces de la república de Malí corrían torrentes de agua, y las áridas llanuras estaban cubiertas de bosques que albergaban cientos de especies vegetales. Las fértiles llanuras y montañas fueron asentamientos humanos mucho antes de que el hombre saliera de la edad de piedra y se convirtiese a la vida de pastoreo. Durante los siete mil años siguientes grandes tribus se dedicaron a la caza de antílopes, elefantes y búfalos al tiempo que trasladaban de una zona de pastos a otra a sus reses de gran cornamenta.

Con el tiempo, el excesivo pastoreo, unido a las menguantes lluvias, produjeron la paulatina desecación del Sáhara, convirtiéndolo en el desnudo desierto actual, que sigue extendiéndose y devorando las más fértiles zonas tropicales del continente africano. Gradualmente, las grandes tribus fueron abandonando la región, dejando atrás una zona desolada y casi totalmente desprovista de agua, en la que sólo han permanecido unas cuantas bandas nómadas.

Tras descubrir la increíble capacidad de resistencia del camello, los romanos conquistaron por primera vez los páramos desérticos, utilizando estos animales para transportar esclavos, oro, marfil, y miles de animales salvajes que terminarían en las ensangrentadas arenas de los circos romanos. Durante ocho siglos, sus caravanas cubrieron el vacío existente entre el Mediterráneo y las orillas del Níger. Y cuando la gloria de Roma se eclipsó, fue el camello el que abrió la frontera sahariana a los invasores bereberes de pálida piel, a quienes siguieron árabes y moros.

Malí constituye el final de una larga serie de poderosos imperios, ya desaparecidos, que dominaron el Africa negra. A principios de la Edad Media, el reino de Ghana extendió grandes rutas de caravanas entre el río Níger, Argelia, y Marruecos. En 1240, Ghana fue destruida por los mandingo del sur, que formaron un imperio aún mayor llamado Malinké, origen del actual nombre de la nación. De nuevo se produjo una época de gran prosperidad, y las ciudades de Gao y Tombuctú llegaron a ser enormemente respetadas como centros de la cultura islámica.

En torno a las fabulosas riquezas que llevaban las caravanas del oro, surgieron múltiples leyendas, y la fama del imperio se extendió por todo Oriente Medio. Pero doscientos años más tarde, el imperio ya había entrado en decadencia, y fue invadido por los tuareg y los fulani, provenientes del norte. Los songhai, que penetraron por el este, se hicieron gradualmente con el control que conservaron hasta que los sultanes de Marruecos enviaron sus ejércitos hasta el Níger y, en 1591, devastaron el imperio. Para cuando, a comienzos del siglo xix, los franceses emprendieron su gran marcha colonial hacia el sur, los antiguos imperios malienses estaban poco menos que olvidados.

A fines de siglo, los franceses convirtieron los territorios de Africa Occidental en lo que fue conocido como el Sudán francés. En 1960, Malí declaró su independencia, redactó una constitución y formó gobierno. El primer presidente de la nación fue derrocado por un grupo de militares conducidos por el teniente Moussa Traore. En 1992, tras varios intentos golpistas que no tuvieron éxito, el presidente (ahora general) Traore fue depuesto por el entonces comandante Zateb Kazim.

Kazim no tardó en darse cuenta de que, como dictador militar, le resultaría imposible obtener ayuda exterior, así que simuló retirarse al tiempo que instalaba al actual presidente Tahir como hombre de paja. Astuto manipulador, Kazim llenó de amigos el parlamento y mantuvo las distancias respecto a la Unión Soviética y Estados Unidos, conservando una estrecha relación con Francia.

Pronto se convirtió en el supervisor de todas las actividades comerciales, tanto nacionales como extranjeras, que tenían lugar en el país, engrosando así sus cuentas bancarias personales en todo el mundo. Emprendió el desarrollo industrial y, pese a instalar estrictos controles aduaneros, obtuvo jugosos beneficios marginales por medio del contrabando. Los sobornos que algunos industriales franceses, como Yves Massarde le pagaban por su colaboración, lo convirtieron pronto en multimillonario. A la luz de la absoluta corrupción de Kazim y de la codicia de sus subalternos, no es de extrañar que Malí llegara a ser uno de los países más pobres del mundo.

 

El Boeing 737 de la ONU viró tan cerca de tierra, que Eva pensó que el borde del ala rozaría los tejados de las casas de adobe y madera. Luego el piloto enderezó el aparato y se dispuso a aterrizar en el primitivo aeropuerto de la legendaria ciudad de Tombuctú, donde tomó tierra sin problemas. Mirando a través de su ventanilla, a Eva le resultaba difícil creer que la mísera ciudad hubiera sido tiempo atrás el centro de las caravanas de los imperios ghanés, malinke y songhai, llegando a tener más de cien mil habitantes. Fundada por nómadas tuareg como campamento provisional en el 1100, se convirtió en uno de los mayores centros mercantiles de Africa Occidental.

A Eva le parecía imposible percibir tan glorioso pasado.

Del antiguo esplendor sólo quedaban tres vetustas mezquitas, y la ciudad aparentaba estar muerta y abandonada. Sus angostas y sinuosas callejas parecían no conducir a sitio alguno.

Hopper no perdió el tiempo. Antes de que el zumbido de los reactores se extinguiese, él ya había saltado a tierra. Un oficial, con el breve tocado color añil de la guardia personal de Kazim, se adelantó a recibirlo, y saludó al investigador de la ONU en inglés, aunque con marcado acento francés.

—El doctor Hopper, supongo.

—Y usted debe de ser Mr. Stanley —replicó Hopper, con su cortante humor habitual.

No hubo sonrisa de respuesta. El oficial maliense dirigió a Hopper una mirada nada amistosa y llena de evidente recelo.

Soy el capitán Mohammed Batutta. Tenga la bondad de acompañarme a la terminal del aeropuerto.

Hopper miró hacia la terminal, que era poco más que una cabaña metálica con ventanas.

—Muy bien, si no hay un sitio mejor —replicó secamente, sin la menor deferencia en la voz.

Fueron directamente a la terminal y entraron en una pequeña oficina en la que hacía un calor de horno y que sólo estaba amueblada por un maltrecho escritorio y dos sillas de madera. Tras el escritorio se sentaba un oficial de mayor graduación que Batutta y que no parecía nada satisfecho. El militar estudió a Hopper por un momento con apenas disimulado desdén.

—Soy el coronel Nouhoum Mansa. ¿Me permite su pasaporte?

Hopper, que iba preparado, le tendió los seis pasaportes que había recogido de entre los miembros de su equipo. Mansa los hojeó desinteresadamente, fijándose sólo en las nacionalidades. Al fin preguntó:

—¿Cuál es el motivo de su visita a Malí?

A Hopper, que había viajado por todo el mundo, no le hacían gracia los formalismos ridículos.

—Creo que usted ya conoce el motivo de nuestra visita.

—Responda a la pregunta.

—Somos miembros de la Organización Mundial de la Salud, entidad dependiente de la ONU, y venimos con la misión de estudiar una epidemia tóxica que, según nuestros informes, se ha declarado en su país.

—En mi país no existe tal epidemia —replicó el coronel, con voz firme.

—Entonces, no creo que le importe que hagamos análisis del aire y del agua en unas cuantas poblaciones ribereñas del Níger escogidas al azar.

En nuestro país no nos gusta que vengan extranjeros buscando fallos y defectos.

Hopper no se arredraba ante estúpidos desplantes de autoridad.

—Hemos venido a salvar vidas. Creí que el general Kazim lo comprendía.

Mansa se desconcertó. El hecho de que Hopper mencionase a Kazim en vez de al presidente Tahir lo cogió desprevenido.

—¿Acaso el general Kazim ha autorizado su visita?

—¿Por qué no le telefonea y se lo pregunta?

Era un farol; pero Hopper no tenía nada que perder.

El coronel Mansa se puso en pie y fue a la puerta.

—Espere aquí —ordenó bruscamente.

Hopper pidió:

—Le ruego diga al general que sus países vecinos han invitado a los científicos de las Naciones Unidas para que los ayuden a localizar la fuente de la contaminación, y que si él se niega a permitir nuestra entrada en Malí, será blanco del desdén de las naciones civilizadas del mundo, ante las que perderá todo prestigio.

Sin responder, Mansa abandonó la sofocante oficina.

Mientras aguardaba, Hopper dirigió al capitán Batutta la más intimidatoria de sus miradas. Batutta la mantuvo durante unos momentos, pero al fin la desvió y comenzó a pasear por la estancia.

A los cinco minutos, Mansa regresó se sentó a su escritorio. Sin decir palabra, selló todos los pasaportes y luego los devolvió a Hopper.

—Tienen permiso para entrar en Malí y llevar a cabo su investigación. Pero tenga la bondad de recordar, doctor, que usted y su gente son meros huéspedes. Nada más. Si hacen comentarios hostiles, o toman parte en alguna acción que vaya en perjuicio de la seguridad nacional, serán expulsados.

—Es usted muy gentil, coronel. Transmita mi agradecimiento al general Kazim por su amable permiso.

—El capitán Batutta y diez de sus hombres los acompañarán para darles protección.

—Me honra disponer de una guardia personal.

—Deberá informarme directamente de cuanto descubra. A este respecto, espero su plena cooperación.

—¿Cómo voy a informarle cuando me encuentre en el interior del país?

—La unidad del capitán llevará el equipo de comunicaciones necesario.

—Supongo que nos llevaremos bien ——dijo altivamente Hopper a Batutta y luego se volvió de nuevo hacia Mansa—. Mi gente y yo necesitaremos un vehículo para el personal, preferiblemente con tracción en las cuatro ruedas y dos camiones para transportar nuestro equipo de laboratorio.

El rostro del coronel Mansa enrojeció.

—Haré que les faciliten vehículos militares.

Hopper se daba perfecta cuenta de que para el coronel era importante salvar la cara y decir la última palabra.

—Gracias, coronel Mansa. Es usted un hombre generoso y honorable. El general Kazim debe de sentirse muy orgulloso por tener a sus órdenes un auténtico guerrero del desierto.

Mansa se retrepó en su silla, con un brillo de triunfo y satisfacción en los ojos.

—Sí: el general ha expresado con frecuencia su gratitud por mis servicios y lealtad.

Concluida la entrevista, Hopper volvió al avión para dirigir la descarga. Mansa lo observó desde la ventana de su oficina, con una leve sonrisa en los labios.

—¿Debo restringir sus investigaciones a las áreas no clasificadas? —preguntó Batutta.

Sin volverse, Mansa negó lentamente con la cabeza. —No: que vaya adonde quieran.

—¿Y si el doctor Hopper encuentra indicios de enfermedad tóxica?

—Da lo mismo. Mientras yo controle sus comunicaciones con el exterior, sus informes serán alterados para demostrar que nuestro país está libre de enfermedades y de residuos peligrosos.

—Pero cuando regresen a la central de su organización...

—Harán públicos sus descubrimientos, desde luego —dijo Mansa. Se volvió y, con tono súbitamente amenazador, concluyó—. Pero tal cosa no ocurrirá si, durante el vuelo de regreso, su avión sufre un trágico accidente.

 

 

10

 

Pitt dormitó intermitentemente durante el vuelo de Egipto a Nigeria. Despertó cuando Rudi Gunn llegó por el pasillo del reactor de la NUMA sujetando firmemente con ambas manos tres tazas de café. Cogiendo una de ellas, Pitt miró a Gunn con resignación fatigada. Su entusiasmo era escaso, pues intuía que las posibilidades de pasarlo bien eran nulas.

—¿En qué lugar de Port Harcourt nos reuniremos con el almirante? —preguntó, sin que el detalle le importara realmente.

—No será exactamente en Port Harcourt —replicó Gunn.

—Pues entonces, ¿dónde?

—Nos espera a bordo de uno de nuestros barcos de investigación, a doscientos kilómetros de la costa.

Pitt miró a Gunn como un sabueso a un zorro acorralado.

—Me ocultas algo, Rudi.

—¿Y Al, no querrá café?

Pitt miró a Giordino, que roncaba pacíficamente.

—Déjalo. No lo despertarías ni con un petardo en la oreja. Gunn tomó asiento al otro lado del pasillo, frente a Pitt.

—No puedo decirte cuáles son las intenciones del almirante Sandecker, porque lo cierto es que no las conozco. Sin embargo, sospecho que tiene algo que ver con un estudio que los biólogos marinos de la NUMA están efectuando en los arrecifes de coral de todo el mundo.

—Conozco el estudio —dijo Pitt —, pero sus resultados llegaron después de que Giordino y yo saliéramos hacia Egipto.

Pitt tenía la tranquilidad de que Gunn terminaría franqueándose con él. Ambos hombres mantenían una fluida relación, pese a las evidentes diferencias en sus formas de ser. Gunn era un intelectual, doctorado en química, economía y oceanografía. Se sentiría como en casa viviendo en una biblioteca anegada de libros, recopilando informes y planificando proyectos de investigación.

Pitt, por su parte, disfrutaba trabajando con las manos especialmente en los automóviles antiguos de su colección de Washington. La aventura era su droga. Se sentía en el paraíso pilotando viejos aeroplanos o navegando en históricas naves destartaladas. Pitt tenía un master en ingeniería y le producía un enorme placer ocuparse de trabajos que a otros les resultaban imposibles. A diferencia de Gunn, era difícil encontrarlo sentado a su escritorio del edificio central de la NUMA, pues prefería las emociones de la exploración submarina en mares desconocidos.

—En resumidas cuentas: lo que ocurre es que los arrecifes se encuentran en peligro y están muriendo a un ritmo sin precedentes —explicó Gunn—. En estos momentos, es uno de los asuntos que más preocupan a los científicos marinos.

—¿En qué mares se manifiesta este fenómeno?

Gunn contempló su taza de café.

—En todos. En el Caribe, desde los cayos de Florida hasta Trinidad, en el Pacífico, desde Hawai a Indonesia; en el mar Rojo; en las costas de Africa...

—¿Y en todas partes sucede al mismo ritmo? —preguntó Pitt. Gunn negó con la cabeza.

—No: varía de lugar en lugar. Parece que donde es más grave es frente a la costa de Africa Occidental.

—Bueno, es sabido que los arrecifes de coral pasan por ciclos en los que dejan de reproducirse y mueren; pero luego vuelven a la normalidad.

—En efecto —asintió Gunn—. Cuando las condiciones vuelvan a la normalidad, los arrecifes se recuperarán. Pero nunca se ha visto un deterioro tan extendido y a un ritmo tan alarmante.

—¿Alguna idea de la causa?

—Dos factores. Uno, el culpable habitual, el calentamiento de las aguas. Las periódicas elevaciones en la temperatura del agua, generalmente producidas por cambios en las corrientes, hacen que los pequeños pólipos de coral expulsen, o vomiten, por así decirlo, las algas de las que se alimentan.

—Los pólipos son esos pequeños bichos con forma de tubo, los restos de cuyos esqueletos forman los arrecifes, ¿no?

—En efecto.

—Más o menos, eso es todo lo que sé del tema —admitió Pitt—. La lucha por la vida de los pólipos de coral no suele salir en los titulares de los periódicos.

—Lo cual es una lástima, teniendo en cuenta que los cambios en el coral son un indicador muy preciso de lo que va a ocurrir con el mar y el clima.

—Muy bien: los pólipos escupen las algas. ¿Y qué? Gunn prosiguió:

—Como las algas son el alimento que nutre a los pólipos y les da sus vivos colores, su pérdida mata al coral de hambre, dejándolo blanco y sin vida. Es un fenómeno que se llama decoloración.

—Que rara vez ocurre en aguas frías.

Gunn miró a Pitt.

—¿Para qué te digo nada, si tú ya lo sabes todo?

—Espero que llegues a la parte interesante.

—Deja que me beba el café antes de que se enfríe.

Se produjo un silencio. En realidad, a Gunn no le apetecía el café, pero le estuvo dando sorbos hasta que Pitt se impacientó.

—Muy bien —dijo Pitt—. Los arrecifes de coral están muriéndose en todo el mundo. ¿Cuál es el segundo factor que contribuye a su extinción?

Gunn removió perezosamente su café con una cucharilla de plástico.

—Una nueva amenaza, sumamente crítica, es la súbita proliferación de espesas algas verdosas que envuelven a los corales como una plaga fuera de control.

—Un momento. Dices que los corales se mueren de hambre porque escupen las algas pese a estar rodeados de ellas.

—Las aguas cálidas dan tanto como quitan. Fomentan la destrucción de los arrecifes y, al mismo tiempo, ayudan al crecimiento de algas que evitan que los alimentos y el sol lleguen al coral. Es como si lo asfixiaran.

Pitt se pasó la mano por el negro cabello.

—Es de esperar que la situación se corrija cuando las aguas se enfríen.

—No ha sucedido —dijo Gunn—. No en el Hemisferio Sur. Y en la próxima década no se espera un descenso en la temperatura del agua.

—¿Crees que se trata de un fenómeno natural o de una consecuencia del efecto invernadero?

—Esa es una posibilidad, al igual que los habituales indicios de contaminación.

—¿No tenéis pruebas concluyentes? —preguntó Pitt.

—Ni yo ni los oceanógrafos de la NUMA tenemos todas las respuestas.

—Los chicos de las probetas siempre tienen teorías —sonrió Pitt.

Gunn le devolvió la sonrisa.

—Nunca me he considerado un «chico de las probetas».

—Más o menos.

—Te gusta mucho meterte con la gente.

—Sólo con los académicos petulantes.

—Muy bien —replicó Gunn—. Aunque no soy ningún Salomón, ya que lo pides, te contaré lo que pienso. Mi teoría sobre la proliferación de algas, como cualquier niño de escuela podría decirte, es que, tras varias generaciones de arrojar a los océanos basura y desechos químicos, se ha alcanzado el punto de saturación. El delicado equilibrio químico de los mares se ha perdido de modo irrecuperable. Se están calentando, y eso vamos a pagarlo todos muy caro, particularmente nuestros nietos.

Pitt nunca había visto a Gunn tan solemne.

—¿Tan mal está la cosa?

—En mi opinión, hemos llegado a un punto sin retorno.

—¿No crees en una posible regresión del fenómeno?

—No —replicó tristemente Gunn—. Los desastrosos efectos de la contaminación marina se han pasado por alto durante demasiado tiempo.

Pitt miró a Gunn. Le producía cierta sorpresa ver al lugarteniente de la NUMA tan abatido y pesimista. El cuadro que pintaba era muy negro; pero Pitt no compartía las agoreras opiniones de su amigo. Los océanos podían encontrarse enfermos; pero distaban de estar desahuciados.

—Tranquilo, Rudi —dijo Pitt, animoso—. Cualquiera que sea la misión que el almirante se guarda en la manga, no creo que vaya a encargarnos a nosotros tres que salvemos los mares del mundo.

Gunn lo miró y le dirigió una pálida sonrisa.

—Nunca intento adivinar las intenciones del almirante.

Si alguno de ellos hubiera sabido, o siquiera supuesto, lo equivocados que estaban, hubieran amenazado al piloto con graves daños físicos si no daba media vuelta al avión y los devolvía a El Cairo de inmediato.

 

El reactor tomó tierra sin percances en la pista de aterrizaje de una compañía petrolera próxima a Port Harcourt. A los pocos minutos se encontraban volando en un helicóptero sobre el golfo de Guinea. Tres cuartos de hora más tarde, el aparato sobrevolaba el Sounder, un barco de investigaciones de la NUMA que Pitt y Giordino conocían bien pues desde él habían dirigido proyectos de investigación en tres ocasiones previas. Construido a un costo de ochenta millones de dólares, el barco de 120 metros estaba dotado de los más sofisticados sistemas sísmicos, de sonar y batimétricos.

El helicóptero giró en torno a la gran grúa que se alzaba en la popa del Sounder y fue a posarse en el helipuerto del barco. Pitt fue el primero en bajar a cubierta, seguido por Gunn. Giordino fue el último en aparecer, caminando como un zombi y dando un recital de bostezos. Varios miembros de la tripulación y del equipo científico del barco los saludaron mientras las hélices del aparato daban sus últimos giros.

Pitt, que conocía bien el Sounder abrió la marcha, ascendiendo por la escalera que conducía a uno de los laboratorios marinos del barco. Pasó por entre estantes en los que se almacenaban los aparatos químicos, y llegó a una sala de reuniones y conferencias. Para tratarse de un buque de investigación, la sala estaba agradablemente amueblada, con una gran mesa de caoba y cómodas butacas de cuero.

Frente a una gran pantalla de retroproyección había un hombre de raza negra, vuelto de espaldas a Pitt y absorto en el diagrama que aparecía en la pantalla. El individuo era por lo menos veinte años mayor que Pitt, y mucho más alto. Su estatura, de no menos de dos metros, le daba el aspecto de un ex jugador de baloncesto.

Pero lo que sobre todo captó la atención de Pitt y sus dos amigos no fueron ni los gráficos de la pantalla ni el altísimo desconocido, sino la otra persona presente en la sala de conferencias: un hombre bajo y menudo, pero no por ello menos imponente, que se apoyaba con una mano en el borde de la mesa mientras con la otra sostenía un enorme cigarro sin encender. El enjuto rostro, los fríos y autoritarios ojos azules, el rojizo pelo canoso y la bien perfilada barba le conferían el aspecto de un almirante retirado que, como sugería el blazer azul con una ancla dorada bordada en el bolsillo superior, es lo que el hombre era exactamente.

El almirante James Sandecker, —el auténtico impulsor de la NUMA—, se enderezó y se adelantó con la mano extendida y una amplia sonrisa en los labios.

—!Dick! Al! —El saludo sonó como si al hombre le sorprendiese la visita—. Os felicito por vuestro descubrimiento de la barca funeraria del faraón. Buen trabajo. Bien hecho. —Se fijó en Gunn, al que dirigió una mera inclinación—. Veo que lograste recogerlos sin problemas, Rudi.

—Como a corderitos camino del matadero —replicó Gunn, con torva sonrisa.

Pitt dirigió a Gunn una escrutadora mirada y luego se volvió hacia Sandecker.

—¿Por qué nos sacó del Nilo con tantísimas prisas? Sandecker se fingió dolido.

—Nada de «hola», ni de «me alegro de verlo». Ni un maldito saludo a vuestro pobre jefe, que ha tenido que cancelar una cena con una distinguida, bella y acaudalada dama de Washington, para volar seis mil kilómetros con el único propósito de felicitaras por vuestro éxito.

—¿Por qué será que esta calurosa felicitación me produce un recelo tan enorme?

Giordino se dejó caer en un sillón y dijo:

—Ya que lo hicimos tan bien, ¿qué le parece un aumento de sueldo, una bonificación, un rápido vuelo a casa y dos semanas de vacaciones pagadas?

En tono indulgente, Sandecker replicó:

—El desfile triunfal por Broadway vendrá luego. Después de que hayáis hecho un crucero de placer por el río Níger.

—¿El Níger? —murmuró Giordino, malhumorado—. No será otra búsqueda de un barco hundido.

—¿Cuándo? —preguntó Pitt.

—Zarpáis al amanecer —replicó Sandecker.

—¿Qué desea exactamente que hagamos?

Sandecker se volvió hacia el gigante, que seguía frente a la pantalla.

—Lo primero es lo primero. Os presento al doctor Darcy Chapman, jefe de toxicología oceánica del Laboratorio Científico Marino Goodwin, de Laguna Beach.

—Caballeros... —dijo Chapman, con una voz tan grave que parecía surgir del fondo de un pozo—. Es un auténtico placer conocerlos. El almirante Sandecker me ha hablado de sus proezas, y me siento sumamente impresionado.

—Usted jugaba con los «Nuggets» de Denver —murmuró Gunn, tras escrutar a Chapman.

—Hasta que las rodillas me fallaron —sonrió Chapman—. Luego me tocó volver a la Universidad para doctorarme en química medioambiental.

Pitt y Gunn cambiaron apretones de manos con Chapman.

Giordino se limitó a dirigirle un vago saludo desde su sillón. Sandecker levantó un teléfono y ordenó que subieran el desayuno.

—Es mejor que nos pongamos cómodos —dijo—. Tenemos mucho que hacer antes de que amanezca.

—O sea, que el trabajo que nos espera es endemoniado— profetizó gravemente Pitt.

—Pues claro que es un trabajo endemoniado —replicó Sandecker. Hizo seña al doctor Chapman, que oprimió un botón del mando a distancia de la pantalla, sobre la cual apareció un mapa coloreado en el que se veía el sinuoso curso de un río—. El Níger. El tercer río más largo de Africa, después del Nilo y el Congo. Extrañamente, nace en la nación de Guinea, a sólo trescientos kilómetros de mar. Pero fluye hacia el noreste y luego hacia el sur durante cuatro mil doscientos kilómetros hasta desaguar en un delta en la costa de Nigeria. Y en algún lugar de su recorrido... En algún lugar recibe una fortísima contaminación que luego arrastra al océano. Allí produce una catástrofe de tal magnitud que... podría significar el fin del mundo.

 

 

11

 

Pitt miró fijamente a Sandecker, inseguro de haber oído bien.

—¿El fin del mundo, almirante? ¿Habla en serio?

—Muy en serio —replicó Sandecker—. Frente a Africa Occidental, el mar se está muriendo, y la plaga, motivada por un contaminante desconocido, no deja de extenderse. La situación puede degenerar en una reacción en cadena potencialmente capaz de destruir hasta el último vestigio de vida marina.

—Lo cual podría conducir a un cambio permanente en el clima del planeta —dijo Gunn.

—Eso es lo de menos —replicó Sandecker—. El resultado final es la extinción de todas las formas de vida terrestres, incluida la nuestra.

Recelosamente, Gunn murmuró:

—¿No estará usted exagerando?

—De exagerar, nada —replicó ácidamente Sandecker—. Eso fue lo que me dijeron los cretinos del Congreso cuando di la alarma y solicité apoyo para aislar y resolver el problema. Están más interesados en conservar el poder y en prometer la luna a cambio de ser reelegidos. Estoy más que harto de sus estúpidos e interminables comités de investigación. Más que harto de su falta de entrañas para tomar medidas que puedan resultar impopulares, y de la forma en que, con sus absurdos gastos, llevan al país a la bancarrota. El sistema bipartidista se ha convertido en una ciénaga de fraudes y falsas promesas. Como ocurrió con el comunismo, el gran experimento de la democracia está carcomido por la corrupción. ¿A quién le importa que los océanos se mueran? Pues a mí, Dios bendito. Y, por salvarlos, estoy dispuesto a llegar hasta donde haga falta.

En los ojos de Sandecker brillaba la frustración, y sus labios estaban fruncidos por la vehemencia. A Pitt le asombró la intensidad de las emociones del hombre, que parecía extrañamente impropia de él.

—En casi todos los ríos del mundo se vierten residuos contaminantes —dijo sosegadamente Pitt, intentando devolver la conversación a sus cauces—. ¿Qué tiene de especial la contaminación del Níger?

—Lo que tiene de especial es que crea un fenómeno vulgarmente conocido como marea roja, que se reproduce y extiende a un ritmo terrorífico.

—Las encantadas aguas bullían, tiñéndose de un espantoso color rojo recordó Pitt.

Sandecker miró a Gunn por un momento y luego otra vez a Pitt.

—Captaste el mensaje —dijo.

—Pero no su significado —admitió Pitt.

—Todos ustedes son buceadores —dijo Chapman—, así que probablemente saben que la marea roja la causan unos seres microscópicos llamados dinoflagelados, minúsculos organismos portadores de un pigmento que, cuando proliferan y forman grandes masas, tiñe las aguas de rojo.

Chapman oprimió un botón del mando a distancia. En la pantalla apareció la imagen de unos extraños microorganismos. El hombre continuó su disertación.

—Las mareas rojas se conocen desde la antigüedad. Supuestamente, Moisés convirtió el Nilo en un río de sangre. Homero y Cicerón también mencionan enrojecimientos del mar, al igual que Darwin durante su viaje en el Beagle. En nuestros tiempos, el fenómeno se ha producido en todas partes del mundo. El más reciente tuvo lugar frente a la costa occidental de México, con el resultado de que murieron literalmente miles de millones de peces, crustáceos y tortugas. Desaparecieron hasta las lapas. Hubo que cerrar más de trescientos kilómetros de playa, y centenares de nativos y turistas murieron por comer peces contaminados por las letales toxinas de que los dinoflagelados son portadores.

—Yo he buceado en mareas rojas sin que me ocurriera nada —dijo Pitt.

—Se trataría de una de las muchas variedades inofensivas —explicó Chapman—. El problema es que nos enfrentamos a una especie mutante recién descubierta que produce las toxinas biológicas más nocivas que se conocen. Cualquier especie marina muere al más mínimo contacto con ellas. Unos cuantos gramos de esa sustancia, adecuadamente disueltos, bastarían para borrar la vida humana del planeta.

—¿Así de potente es el veneno?

Chapman asintió:

—Así de potente.

—Y por si la toxina fuera poco —añadió Sandecker—, los malditos bichos se devoran unos a otros en una orgía de canibalismo marino que hace disminuir drásticamente el nivel de oxígeno en las aguas, por lo que los peces y las algas que hayan logrado sobrevivir acaban muriendo.

—Y aún peor —siguió Chapman—. El setenta por ciento del oxígeno nuevo lo aportan las diatomeas, pequeñas formas vegetales marinas, como las algas. El resto procede de la vegetación terrestre. No creo que sea necesario entrar en un largo discurso acerca de la forma como las diatomeas marinas o los árboles terrestres fabrican oxígeno por medio de la fotosíntesis, ya que todo eso lo aprenderían ustedes en la escuela. La fulminante toxicidad de los dinoflagelados que forman la marea roja, acaba con las diatomeas. Y sin diatomeas no hay oxígeno. La tragedia radica en que damos al oxígeno por descontado, sin pararnos a pensar que un ligero desequilibrio entre la cantidad que crean las plantas y lo que nosotros quemamos en forma de dióxido de carbono, podría convertirse en nuestro certificado de defunción.

—¿Y no es posible que esos bichos se coman unos a otros y desaparezcan? —preguntó Giordino.

Chapman negó con la cabeza.

—Se reproducen a un ritmo tan rápido que por cada muerte hay diez nacimientos.

—Pero las mareas rojas suelen terminar dispersándose —dijo Gunn—. 0 bien se extinguen por completo al entrar en contacto con corrientes de agua más fría.

Sandecker asintió.

—Por desgracia, ésta no una situación normal. Los microoritanismos mutantes a que nos enfrentamos parecen inmunes a esos cambios de temperatura.

—¿Pretende decirnos que no hay ninguna esperanza de que la marea roja africana se disperse y desaparezca?

—Por su propia cuenta, no lo hará —replicó Chapman—. Los dinoflagelados se reproducen a una velocidad vertiginosa. En vez de unos cuantos miles, en cada litro de agua hay hasta doscientos cincuenta millones. Se trata de una proliferación sin precedentes. En estos momentos, no hay forma humana de detenerlos.

—¿No hay ninguna teoría sobre la procedencia de esa mutante marea roja? —preguntó Pitt.

—El agente que produce esta nueva especie de dinoglafelados superprolíficos es desconocido. Pero creemos que hay algo que se vierte en el río Níger que produce la mutación y acelera su ciclo reproductivo.

—Como un atleta que tome esteroides —dijo Giordino.

—O afrodisiacos ——sonrió Gunn.

—O drogas de la fertilidad —apuntó Pitt.

Chapman continuó:

—Si no logramos controlar la situación y esta marea roja se extiende por todos los océanos, cubriendo la superficie con una inmensa capa de dinoflagelados tóxicos, las reservas de oxigeno mundiales disminuirán hasta un nivel tan bajo que la vida desaparecerá de la superficie de la tierra.

Gunn comentó:

—Pone usted las cosas muy feas, doctor Chapman.

—Feas, no: horribles —murmuró Pitt.

—¿No hay ningún producto químico que destruya? —preguntó Giordino.

—¿Un pesticida? —preguntó Chapman—. Sólo conseguiría empeorar las cosas. Es mejor cortar de raíz, y pronto.

—¿Se ha calculado cuánto puede tardar el desastre en producirse?

—A no ser que logremos cortar el flujo de contaminación hacia el mar en el plazo de los próximos cuatro meses, será demasiado tarde. Para entonces, el área de propagación será inmensa y estará fuera de todo control. Además, la marea será autosuficiente, capaz de alimentarse de sí misma, y pasará a sus sucesores el veneno químico que absorbió del Níger. —Hizo una pausa para oprimir un botón del mando a distancia, y un policromo gráfico apareció en la pantalla—. Las proyecciones realizadas por el ordenador indican que, en el plazo de ocho meses, diez a lo sumo, habrá millones de personas muriendo lentamente de asfixia. Debido a su pequeña capacidad pulmonar, los niños serán los primeros en morir, sin siquiera disponer de aire para llorar con la piel azulada antes de caer en un coma irreversible. No será un bonito cuadro para quienes mueran los últimos.

Giordino parecía incrédulo.

—Es casi imposible pensar que a la Tierra se le termine el oxígeno.

Pitt se puso en pie, se acercó a la pantalla y estudió los números que tan fríamente indicaban el tiempo que le quedaba a la humanidad. Luego se volvió hacia Sandecker.

—O sea que usted quiere que Al, Rudi y yo subamos en un barco de investigación por el río Níger y que vayamos analizando muestras de agua hasta que localicemos la fuente de la contaminación que causa la marea roja. Y que luego encontremos una forma de cerrar el grifo.

Sandecker movió afirmativamente la cabeza.

—Mientras aquí, en la NUMA, intentaremos encontrar una sustancia que neutralice la marea roja.

Pitt se acercó a un mapa del río Níger colgado de una pared y lo estudió.

—Y si no encontramos el origen en Nigeria, ¿qué?

—Tendréis que seguir río arriba hasta dar con él.

—Es decir: atravesar Nigeria por el centro, cruzar la parte en que el río separa las naciones de Benin y Níger, para luego entrar en Malí.

—Si es necesario, sí —replicó Sandecker.

—¿Cómo se encuentran esos países, políticamente hablando?

—Debo admitir que en una situación bastante inestable.

—¿Qué entiende por «bastante inestable»?

Sandecker asumió un tono doctoral e inició su disertación:

——Nigeria, cuyos ciento veinte millones de habitantes la convierten en la nación más populosa de Africa, se encuentra en un estado de gran agitación. El nuevo gobierno democrático fue derrocado por los militares el pasado mes, el octavo golpe en veinte años, sin contar las intentonas frustradas. El interior del país se encuentra desgarrado por las habituales guerras étnicas y por el resentimiento entre musulmanes y cristianos. La oposición se dedica a asesinar a funcionarios del gobierno acusándolos de corrupción e irregularidades administrativas.

—Parece un sitio ameno —murmuró Giordino—. Ardo en deseos de oler la pólvora.

Sandecker no le hizo caso.

—La República Popular de Benin está bajo una implacable dictadura. El presidente Ahmed Tougouri ha implantado un régimen de terror, Al otro lado del río, en Níger, el jefe del estado tiene el apoyo del presidente libio, Muamar al-Gadafi, que anda detrás de las minas de uranio del país. El lugar se encuentra en crisis permanentemente. Por todas partes hay guerrillas rebeldes. Os aconsejo que, cuando paséis entre ellas, no os mováis del centro del río.

—¿Y Malí? —quiso saber Pitt.

—El presidente Tahir es un hombre decente; pero se encuentra en manos del general Zateb Kazim, que encabeza un Consejo Militar Supremo de tres miembros que está desangrando al país. Kazim es un tipo muy desagradable y fuera de lo corriente, ya que, pese a ser un dictador, actúa tras la fachada de un gobierno legítimo.

Pitt y Giordino intercambiaron irónicas sonrisas y menearon la cabeza con cansancio.

—¿Os pasa algo? —preguntó Sandecker.

—Así que «un crucero de placer por el río Níger» —dijo Pitt, repitiendo las palabras del almirante—. Sólo tenemos que navegar alegremente por mil kilómetros de río atestados de rebeldes sedientos de sangre emboscados en las orillas, eludir las patrulleras armadas, y conseguir repostar combustible sin que nos fusilen por espías. Y todo ello, al tiempo que recogemos y analizamos muestras de agua. No hay problema, almirante, ninguno en absoluto, salvo el de que la misión es un cochino suicidio.

Sandecker asintió, imperturbable.

—Puede que lo parezca, pero, con un poco de suerte, saldréis de esto sin un rasguño.

—A mí, que me vuelen la cabeza, me parece algo más que un rasguño.

—¿No se ha considerado la posibilidad de utilizar los sensores de algún satélite? —sugirió Gunn.

—No poseen la suficiente precisión —replicó Chapman.

—¿Y un reactor en vuelo rasante? —propuso Giordino.

Chapman negó con la cabeza.

—Lo mismo digo. Arrastrar sensores por el agua a velocidad supersónica no da resultado. Lo sé porque participé en un vuelo para comprobar si el método valía.

—A bordo del Sounder hay laboratorios de primera —dijo Pitt—. ¿Por qué no subir con él por el delta para, al menos, verificar el tipo, la clase y el nivel de la contaminación?

—Lo intentamos —replicó Chapman—, pero una patrullera nigeriana nos obligó a abandonar el río antes de que hubiéramos podido recorrer ni cien kilómetros desde su desembocadura. La distancia era excesiva para hacer un análisis preciso.

—El plan sólo puede llevarse a cabo por medio de una pequeña lancha bien equipada —dijo Sandecker—. Una que pueda salvar los ocasionales rápidos y navegar por aguas poco profundas. No hay otro modo.

—¿Y si nuestro Departamento de Estado se pusiera en contacto con los respectivos gobiernos a fin de conseguir permiso para que un equipo de investigación navegase por el río? Miles de millones de vidas están en juego.

—También se probó. Los nigerianos y los malienses se negaron en redondo. Científicos mar respetados vinieron a Africa Occidental para explicar la situación. Los dirigentes africanos no los creyeron, e incluso se rieron de ellos. En realidad, no puede criticárseles. Sus inteligencias no son exactamente monumentales. No logran pensar a gran escala.

¿Y no ha habido un gran número de muertes entre quienes bebieron el agua contaminada? —preguntó Gunn.

—No. —Sandecker meneó la cabeza—. En el río Níger hay muchas más cosas, además del agente contaminante. Las alcantarillas de todas las poblaciones cercanas a su curso se vacían en él, así que los nativos se abstienen de beber sus aguas. Pitt estudió la perspectiva y no le gustó en absoluto.

—O sea que, para usted, una operación secreta es el único medio posible de localizar la fuente de la contaminación, ¿no?

—En efecto —replicó obstinadamente Sandecker.

—Espero que tenga un plan que haya previsto todas las contingencias.

—Claro que tengo un plan.

—¿Y se puede saber cómo podremos encontrar la fuente de la contaminación y vivir para contarlo? —preguntó sosegadamente Gunn.

—Muy simple. Os haréis pasar por tres acaudalados industriales franceses en viaje de trabajo, que se proponen invertir en Africa Occidental.

Gunn se demudó, Giordino quedó estupefacto, y Pitt se puso furioso y preguntó.

—¿Es eso lo que usted entiende por un plan?

—Sí, señor, y es un magnífico plan —le espetó Sandecker.

—Es una locura. Yo no voy.

—Ni yo tampoco —dijo Giordino—. Parezco tan francés como Al Capone.

—Ni yo —se sumó Gunn.

—Desde luego, no iremos en una lancha lenta y desarmada —afirmó Pitt, tajante.

Sandecker hizo caso omiso del amotinamiento.

—Se me olvidaba hablaros de lo mejor. La lancha. Cuando la veáis, os garantizo que cambiaréis de idea.

 

 

12

 

Si Pitt había soñado con altas prestaciones, estilo, confort y suficiente capacidad de fuego como para enfrentarse a la Sexta Flota estadounidense, encontró todo ello en el barco que Sandecker les había prometido. Un vistazo a sus estilizadas y refinadas líneas, al enorme tamaño de sus motores, y al increíble armamento oculto, bastó para conquistarlo.

Obra maestra de equilibrio dinámico en fibra de vidrio y acero inoxidable, la embarcación se llamaba Calíope, como la musa de la poesía épica. Diseñado por ingenieros de la NUMA y construido bajo el mayor secreto en un astillero de Louisiana, su casco, de dieciocho metros de largo, con bajo centro de gravedad y fondo casi plano, tenía un calado de sólo metro y medio. Era ideal para las poco profundas aguas de la parte alta del Níger. Estaba impulsado por tres motores turbodiesel de doce cilindros en V con los que podía alcanzar una velocidad máxima de setenta nudos. No se regateó nada en su construcción. Era un ejemplar único, construido para una tarea específica.

Pitt se encontraba al timón, disfrutando de la extraordinaria potencia y de la suavidad de navegación del yate superdeportivo, que se deslizaba a treinta nudos por la superficie gris azulada del delta del Níger. El hombre no dejaba de escrutar las aguas ante sí, echando ocasionales vistazos al digitalizado panel de indicadores para verificar la profundidad. Se habían cruzado con una patrullera, pero los tripulantes se limitaron a saludar con inequívoca admiración al yate que planeaba sobre la superficie del río. Un helicóptero del servicio de guardacostas los sobrevoló con curiosidad, y un reactor militar, que a Pitt le pare—ció un Mirage de construcción francesa, descendió para echar un vistazo al barco y prosiguió su vuelo, aparentemente satisfecho. Hasta el momento, todo iba bien. Nadie había intentado darles el alto ni detenerlos.

Abajo, en el espacioso interior, Rudi Gunn estaba sentado en medio de un pequeño pero sofisticadísimo laboratorio, obra de un equipo científico multidisciplinario que incluía versiones miniaturizadas de instrumentos que habían sido elaborados por la NASA para la exploración espacial. El laboratorio no sólo podía analizar el agua, sino también transmitir los resultados vía satélite a un equipo científico de la NUMA que operaba con una base de datos para identificar complejos compuestos químicos.

Gunn, científico de los pies a la cabeza, permanecía ajeno a los peligros que pudieran acechar en el exterior del elegante yate. Totalmente absorto en su tarea, dejaba que Pitt y Giordino se ocupasen de evitarle distracciones o interrupciones.

Giordino estaba a cargo de los motores y el armamento. Para atenuar el rugido de los motores, llevaba unos auriculares conectados a un walkman en el que escuchaba a Harry Connick Jr., interpretando clásicos de jazz. Estaba sentado en un almohadillado banco del cuarto de máquinas, ocupado en desempaquetar varios lanzacohetes portátiles dotados de sus correspondientes proyectiles. El Rapier era una nueva arma polivalente diseñada para enfrentarse a aviones subsónicos, barcos, tanques y bunkers de hormigón. Podía dispararse apoyándolo en el hombro o sobre una monta, incorporado al sistema central de fuego. Giordino estaba disponiendo los lanzacohetes en alojamientos que permitían disparar a través de las blindadas aspilleras de la torreta, en forma de cúpula y situada sobre la sala de máquinas. Para el observador casual, ésta parecía una simple lucerna. La aparentemente inocua superestructora sobresalía un metro largo por encima de la cubierta de popa, y podía girar en un arco de doscientos veinte grados. Tras montar las unidades de lanzadores y guías, e insertar luego los proyectiles en sus tubos, Giordino se dedicó a limpiar y cargar un pequeño arsenal de fusiles automáticos y armas cortas. A continuación, abrió una caja de granadas explosivo-incendiarias y cargó cuidadosamente cuatro de ellas en el cargador de un grueso lanzagranadas automático.

Todos se ocupaban de sus respectivas tareas con la fría eficacia y la absoluta dedicación que asegurarían el éxito de su misión y la propia supervivencia. El almirante Sandecker había escogido a los mejores. Aunque hubiese recorrido todo el país, no habría logrado reunir una tripulación más idónea para conseguir lo casi imposible. Su fe en ellos rayaba en el fanatismo.

Los kilómetros fueron deslizándose bajo la quilla. Las tierras altas del Camerún, y los montes Yoruba que bordeaban la parte sur del río, se alzaban en la neblina producto de la densa humedad. En la orilla, los bosques pluviales alternaban con las arboledas de acacias y los manglares. Pueblos y aldeas iban quedando atrás, mientras la proa del Calíope cortaba el agua dibujando una gran V de espuma.

El tráfico fluvial estaba formado por naves de todo tipo, desde canoas de madera hasta viejos ferrys peligrosamente sobrecargados de pasajeros, pasando por pequeños buques de carga cubiertos de herrumbre de proa a popa, cuyas chimeneas despedían un humo que dispersaba una tenue brisa procedente del norte. Pitt tenía conciencia de que esa placidez no

podía continuar. A la vuelta de cada recodo del río podía acecharles un peligro desconocido capaz de enviarlos al infierno.

A eso del mediodía pasaron bajo el gran puente de mil cuatrocientos metros que salvaba el río y unía a la ciudad portuaria y mercantil de Onitsha con el pueblo agrícola de Asaba. Iglesias católicas se alzaban como centinelas sobre las concurridas calles de Onitsha, flanqueadas de plantas industriales. En los muelles se apiñaban barcos y botes que transportaban alimentos y mercancías río abajo y productos de importación río arriba, desde el delta del Níger.

Pitt estaba concentrado en sortear el tráfico del río, sonriendo para sí mismo ante el indignado agitar de puños y las maldiciones dirigidas al Calíope, que pasaba como una exhalación peligrosamente cerca de pequeños barcos a los que la estela del yate hacía estremecer. Pasado el puerto, se relajó, soltó las manos del timón y flexionó los dedos. Llevaba casi seis horas pilotando y apenas estaba fatigado. Su sillón de control era tan cómodo como el de cualquier alto ejecutivo, y el timón tan suave y ligero como el de más costoso automóvil de lujo.

Apareció Giordino, con una botella de cerveza «Coors» y un sandwich de atún.

—Pensé que te vendría bien un tentempié. No has comido desde que dejamos el Sounder.

—Gracias. El ruido de los motores no me dejaba oír los gruñidos de mi estómago. —Pitt cedió el timón a su amigo y señaló hacia delante—. Ojo con el remolcador que arrastra esas barcazas.

—Tranquilo —replicó Giordino.

—¿Estamos en condiciones de repeler un abordaje? —preguntó Pitt, con una sonrisa.

—Totalmente. ¿Has visto algo sospechoso?

Pitt negó con la cabeza.

—Nos han sobrevolado dos aparatos de la fuerza aérea nigeriana y nos han dirigido amistosos saludos desde un par de patrulleras. Por lo demás, esto parece una tranquila excursión dominical por el río.

—Los burócratas locales deben de haberse tragado la historia que les ha contado el Almirante.

—Esperemos que los de río arriba sean igualmente crédulos. Giordino señaló con un movimiento del pulgar la bandera francesa que ondeaba en popa.

—Me sentiría mucho más a gusto si detrás de nosotros tuviéramos las barras y estrellas, Rambo, a los Broncos de Denver, y a una compañía de marines.

—El acorazado torva tampoco nos vendría mal.

—¿Está fría la cerveza? La metí en la nevera hace sólo una hora.

—Está bien —replicó Pitt, entre dos mordiscos al sandwich—. ¿Qué hay de Rudi? ¿Ha hecho algún descubrimiento asombroso?

Giordino movió negativamente la cabeza.

—Está perdido en el país de nunca jamás de la química. Intenté charlar con él y me mandó a paseo.

—Le haré una visita.

—Giordino bostezó.

—Cuidado, no te vaya a soltar un mordisco.

Pitt se echó a reír y bajó al laboratorio de Gunn. El menudo científico de la NUMA estaba estudiando, con las gafas sobre la frente, unas hojas de papel de impresora. Giordino se había equivocado al juzgar la disposición del hombre, ya que en realidad Gunn estaba de excelente humor.

—¿Hay suerte? —preguntó Pitt.

—Este condenado río es un muestrario de todos los contaminantes conocidos por el hombre y de unos cuantos más —replicó Gunn—. Tiene mucha más polución que el Hudson, el James o el Cayuhoga en sus peores días.

Pitt paseó por la cabina, estudiando el sofisticado equipo que la llenaba de suelo a techo.

—¿Para qué sirven estos chismes tan complicados?

—¿De dónde has sacado la cerveza?

—¿Quieres una?

—Claro.

—Giordino tiene una caja en el refrigerador de la cocina. Aguarda un minuto.

Pitt salió y a los pocos momentos regresó, tendiendo a Gunn una cerveza fría,

Gunn dio un par de tragos, lanzó un suspiro y dijo:

—Muy bien: responderé a tu pregunta. Para nuestra investigación contamos con tres elementos clave. El primero es un microincubador automático. Utilizo esa unidad para poner unas gotas de agua del río en ampollas que contienen muestras de marea roja tomadas en la desembocadura del río. El microincubador registra ópticamente el crecimiento de los dinoflagelados. Al cabo de unas horas, el ordenador me indica la potencia de la mezcla y el ritmo al que proliferan los bichejos. Luego, unos cuantos malabarismos numéricos, y ya tenemos una razonable estimación de lo cerca que nos encontramos de la fuente de nuestro problema.

—Así que la marea roja no procede de Nigeria.

—Las cifras parecen indicar que la causa está más arriba.

Gunn señaló dos cajas cuadradas del tamaño de pequeños televisores con puertas en el lugar donde deberían haber estado las pantallas.

—Estos dos instrumentos sirven para identificar al glóbulo maldito, como yo lo llamo, o a la combinación de glóbulos que causan nuestro problema. El primero es un cromatógrafo—espectrómetro. Para abreviar, te diré que me limito a recoger muestras de agua del río en ampollas y ponerlas en su interior. Después, el sistema extrae automáticamente el contenido y lo analiza. Nuestros ordenadores de a bordo interpretan luego los resultados.

—¿Qué se consigue con ello?

—Identificar contaminantes sintéticos y orgánicos, incluidos disolventes, pesticias, dioxinas, y un montón de otros compuestos químicos. Espero que este chisme descifre las causas de la mutación que produce la marea roja.

—¿Y si el contaminante es un metal?

—Ahí es donde interviene el espectómetro —replicó Gunn, señalando el segundo aparato—. Su cometido es el de identificar automáticamente todos los metales y otros elementos que puedan estar presentes en el agua.

—Los dos aparatos parecen iguales —comentó Pitt.

—Tienen el mismo principio, pero distinta tecnología. También me limito a meter una ampolla con agua del río y a darle al botón de puesta en marcha, repitiendo la maniobra cada dos kilómetros.

—¿Qué has averiguado hasta ahora?

—Gunn se frotó los enrojecidos ojos.

—Que el río Níger arrastra la mitad de los metales conocidos, desde el cobre al mercurio, pasando por el oro, la plata, e incluso el uranio. Todo en concentraciones por encima de lo normal.

—Filtrar toda esa mezcla no debe de ser fácil.

—Por último —continuó Gunn—, los datos son transmitidos vía satélite a la central de NUMA, donde nuestros investigadores revisan mis resultados en sus propios laboratorios, en busca de cualquier detalle que me pueda haber pasado inadvertido.

A Pitt no le cabía en la cabeza que a Gunn pudiera escapársele algo. Su antiguo amigo era algo más que un científico y analista de gran competencia; era un hombre que pensaba fría, clara y constructivamente, un trabajador infatigable que desconocía el significado de la palabra abandonar.

—¿Alguna pista de cuál puede ser el componente tóxico causante del estropicio? —preguntó Pitt.

Gunn terminó la cerveza y la tiró en una caja de cartón que hacía de papelera.

—«Tóxico» es un término relativo. En el mundo de la química no existen componentes tóxicos, sólo niveles tóxicos.

—¿Y...?

—He identificado un montón de contaminantes distintos y de compuestos naturales, tanto metálicos como orgánicos. Detecto estremecedores niveles de contaminación por pesticidas que están prohibidos en Norteamérica, pero que siguen siendo de uso común en el Tercer Mundo. Pero no he logrado aislar los contaminantes químicos sintéticos que hacen volverse locos a los dinoflagelados. De momento, ni siquiera sé lo que busco. Me limito a seguir a los sabuesos.

—Esperaba que ya tuvieras alguna pista —dijo Pitt—. Cuanto más nos adentremos en Africa, más difícil será el regreso, sobre todo si los militares locales deciden meter las narices en el asunto.

—Ve haciéndote a la idea de que quizá no lo encontremos. Tú no sabes la cantidad de compuestos químicos manufacturados que existen. El número supera los siete millones. Sólo en los Estados Unidos, los químicos crean seis mil nuevos cada semana.

—Pero no todos son tóxicos.

—En mayor o menor grado, todos tienen alguna toxicidad. Tragado, aspirado o inyectado en dosis suficientes, todo es tóxico. Hasta el agua puede ser mortal, si bebes la suficiente.

Pitt lo miró.

—Así que no hay absolutos ni garantías.

—En efecto. Únicamente estoy seguro de que no hemos rebasado el lugar en el que muestra plaga del fin del mundo entra en el río. Desde el delta, pasando por las desembocaduras de los ríos Kaduna y Benue, las muestras de agua han producido el frenesí entre los dinoflagelados. Pero no hay un solo indicio de cuál es el villano de la función. La única buena noticia es que he desechado los microorganismos bacteriales como causa posible.

—¿Y cómo lo has hecho?

—Esterilizando las muestras de agua de río. La desaparición de las bacterias no ha reducido en absoluto la proliferación de los malditos bichos.

Pitt dio una ligera palmada en el hombro de Gunn.

—Si alguien le puede echar el lazo, ése eres tú, Rudi.

—Encontraré la causa. —Gunn se quitó las gafas y limpió los cristales— Por extraña, anómala y antinatural que sea, encontraré la causa. Lo prometo.

 

La siguiente tarde se les acabó la suerte, sólo una hora después de cruzar la frontera de Nigeria, en el tramo del río que separa Benin y Níger. Pitt observaba en silencio el curso fluvial, que discurría por entre la húmeda e imponente selva. Nubes grises daban al agua un color plomizo. Ante ellos el río describía una leve curva y parecía hacerles señas, como el dedo huesudo de la muerte.

Giordino, en cuyos ojos se percibían los primeros indicios de fatiga, estaba al timón. Pitt permanecía junto a él, con la atención prendida de un solitario cormorán que planeaba delicadamente sobre el agua, ante ellos. De pronto, el ave agitó las alas y se perdió entre los árboles de la orilla.

Pitt se llevó los prismáticos a los ojos y vio la proa de un barco apareciendo por un recodo del río.

—Los nativos viene de visita —anunció.

—Ya lo veo. —Giordino se, levantó del asiento y se puso una mano sobre los ojos, haciendo visera—. Corrección: lo veo. Son dos.

—Vienen derechos hacia nosotros, con las armas preparadas, y buscando gresca.

—¿Qué bandera traen?

—La de Benin —replicó Pitt—. Por su aspecto, los barcos parecen de construcción rusa. —Dejó los prismáticos y desplegó una carta de reconocimiento de las unidades fluviales y marinas de Africa Occidental—. Es una nave de ataque Riverine, armada con dos cañones gemelos de treinta milímetros y una velocidad de fuego de quinientos disparos por minuto.

—Vaya por Dios —murmuró lacónicamente Giordino. Echó un vistazo al mapa del río—. Cuarenta kilómetros más y saldremos del territorio de Benin para entrar en el de Níger. Con un poco de suerte y los motores a toda marcha, a la hora del almuerzo podemos estar en la frontera.

—Olvida la suerte. Esos tipos no vienen a desearnos buen viaje, ni tampoco parece que vayan a hacernos una inspección de rutina, porque traen sus armas enfiladas contra nosotros.

Giordino miró hacia atrás y señaló al cielo.

—Las cosas se complican. Vienen con un buitre.

Pitt se dio la vuelta y distinguió un helicóptero sobrevolando el río a no más de diez metros sobre el agua.

—Las posibilidades de un encuentro amistoso acaban de evaporarse.

—Esto apesta a encerrona —dijo Giordino sosegadamente. Pitt alertó a Gunn que, tras salir de su cabina electrónica, fue puesto al corriente de la situación.

—Era de esperar —se limitó a decir.

—Nos aguardaban, —dijo Pitt—. Esto no es un encuentro casual. Si lo único que pretenden es encerrarnos y confiscar el barco, lo más probable es que nos ejecuten como espías en cuanto averigüen que somos tan franceses como el trío vocal que acompaña a Bruce Springsteen. No podemos permitir que eso ocurra. Los datos que hemos acumulado desde que entramos en el río deben llegar a manos de Sandecker y Chapman. Esos tipos vienen buscando camorra. No podemos hacernos los inocentes y cooperar. 0 ellos o nosotros.

—Puedo cargarme al helicóptero y, con suerte, al barco más cercano —dijo Giordino—. Pero no puedo eliminar a los tres antes de que uno de ellos nos reduzca a chatarra.

—Muy bien, esto será lo que haremos...

Pitt habló sosegadamente, sin perder de vista las cañoneras que se aproximaban. Explicó su plan, que Giordino y Gunn escucharon con atención. Cuando terminó, miró a ambos.

—¿Alguna objeción? —preguntó.

—Por estos contornos hablan en francés —comentó Gunn—. ¿Qué tal es tu vocabulario?

Pitt se encogió de hombros y dijo:

—Improvisaré como sea.

—Bueno, pues adelante ——dijo Giordino, con la voz tensa por lo que se les venía encima.

Sus amigos eran gente de primera, pensó Pitt, Gunn y Giordino no eran miembros profesionalmente entrenados de un equipo de fuerzas especiales, no; pero en caso de batalla, eran hombres valerosos y competentes, y él no se hubiese sentido más seguro si se encontrase al mando de un destructor portamisiles con una dotación de doscientos hombres.

—Bien —dijo con torcida sonrisa—. Poneos los microauriculares y no dejéis de emitir. Buena suerte.

 

El almirante Pierre Matabu, que se encontraba sobre el puente de la cañonera, miró por unos binoculares el yate de recreo que ascendía por el río. Su actitud era la de un timador contemplando a una víctima fácil. Matabu era bajo, fornido, de treinta y tanto años, y vestía un ostentoso uniforme que él mismo había diseñado. Como jefe de la marina de Benin, cargo que le había conferido su hermano, el presidente Tougori, estaba al mando de una flota formada por cuatrocientos hombres, dos cañoneras fluviales y tres barcos navales de patrulla. Antes de convertirse en almirante había pasado tres años como marinero en un transbordador de río.

El capitán Behanzin Ketou, al mando del navío, se encontraba junto a él, un poco más atrás.

—Tuvo usted una magnífica idea al volar desde la capital para ponerse al mando de la operación, almirante.

Una resplandeciente sonrisa se formó en los labios de Matabu, que dijo:

—Sí. Mi hermano se sentirá felicísimo cuando le obsequie con ese magnífico buque de placer.

—Los franceses han llegado justo cuando usted predijo—. Ketou era alto, delgado y de orgulloso porte—. Su intuición es verdaderamente asombrosa.

—Han sido muy amables al obedecer las órdenes de mis intuiciones —dijo Matabu con gran satisfacción. No mencionó el hecho de que sus agentes le habían tenido permanentemente informado del avance del Caliope desde que el barco entró en el delta. La feliz circunstancia de que se hubiese adentrado en aguas de Benin era un deseo hecho realidad.

—Teniendo un vate tan caro, deben de ser personas muy importantes.

—Son agentes enemigos.

Ketou no pareció muy convencido.

—Para serlo, van en un barco muy llamativo, ¿no cree? Matabu bajó los prismáticos y dirigió una gélida mirada a Ketou.

—No cuestione usted mis informes, capitán. Creáme cuando le digo que esos extranjeros blancos forman parte de una conspiración para saquear las riquezas naturales de nuestro país.

—¿Serán arrestados y sometidos a juicio?

—No. Abordará usted su nave, descubrirá en ella pruebas de su culpabilidad, y procederá a ejecutarlos.

Ketou parpadeó.

—¿Cómo, señor?

—Olvidé comunicarle que tendrá usted el honor de encabezar el grupo de abordaje —anunció pomposamente Matabu.

—Pero, ejecutarlos... —protestó Ketou—. Cuando se enteren de que varios de sus ciudadanos por lo demás, gente influyente, han resultado muertos, los franceses exigirán una investigación. Puede que su hermano no considere...

—Arrojará los cuerpos al río y se abstendrá de cuestionar mis órdenes —interrumpió secamente Matabu.

Ketou cedió:

—Como desee, almirante.

Matabu miró de nuevo por los prismáticos. El yate deportivo, a doscientos metros de distancia reducía la velocidad.

—Disponga a sus hombres para el abordaje. Yo me ocuparé personalmente de dar el alto a los espías y de ordenarles que reciban a su grupo.

Ketou habló con su primer oficial, que, por medio de un megáfono, repitió las órdenes para el capitán de la segunda cañonera. Luego Ketou volvió a fijar su atención en el yate.

—Es extraño —dijo a Matabu—. Aparte del que lleva el timón, no se ve a nadie.

—Los demás cerdos europeos deben de estar abajo, borrachos perdidos. No sospechan nada.

—Es raro que no parezca preocuparlos nuestra presencia, ni el hecho de que nuestras armas los apunten.

—Dispare sólo si intentan escapar —advirtió Matabu—. Quiero capturar el barco intacto.

Ketou enfocó sus prismáticos en Pitt.

—El timonel nos saluda y sonríe.

—Pronto dejará de sonreír —dijo Matabu, mostrando sus dientes de forma amenazadora—. En unos minutos estará muerto.

—Entrad en mi casa, invitó la araña a las tres moscas —murmuró Pitt entre dientes, al tiempo que saludaba y sonreía amplia y falsamente.

—¿Has dicho algo? —preguntó Giordino por el sistema de intercomunicación, desde dentro de la torreta de misiles.

—Hablaba solo.

—Desde las portillas de proa no veo nada —Gunn se encontraba en la parte delantera—. ¿Cuál es mi línea de tiro?

—Prepárate para cargarte a los artilleros del barco que está inmediatamente a estribor cuando yo te lo diga —dijo Pitt.

—¿Y el helicóptero? —preguntó Giordino. Hasta que bajase el escudo de protección de la torreta, no podía ver nada.

Pitt miró el cielo tras el yate.

—A cien metros de nuestra popa, y a unos cincuenta de la superficie del río.

En sus preparativos no cabían las medias tintas. Ninguno de ellos consideraba siquiera la posibilidad de que las cañoneras y el helicóptero benineses los dejaran pasar sin molestarlos. Todos guardaron silencio, dispuestos y resignados a luchar por su vida. Se aproximaban al punto sin retorno a medida que los temores se desvanecían rápidamente. Estaban absoluta y tenazmente decididos a no perder. No eran de los que se sometían mansamente, presentando la otra mejilla. Eran tres máquinas armadas contra una, pero la sorpresa jugaba a su favor.

Pitt colocó el lanzagranadas en un departamento junto a su sillón. Luego puso el motor en una marcha lenta y su vista fue de una cañonera a otra. No prestó atención al helicóptero. Giordino se ocuparía de él en las etapas iniciales del choque. Ahora que ya estaban lo bastante cerca para estudiar a los oficiales benineses, no tardó en llegar a la conclusión de que quien mandaba era el grueso africano vestido con un uniforme que parecía salido de una opereta. Luego, sin pestañear, miró con hipnótica fascinación los ojos del Angel de la Muerte, que le devolvieron la mirada desde el negro extremo de los cañones, apuntados en su totalidad contra ellos.

Pitt ignoraba la identidad del jactancioso oficial que lo miraba desde el puente de la cañonera a través de unos prismáticos. Tampoco le interesaba conocerla. Pero daba gracias a su enemigo por haber cometido un error táctico al no situar a sus dos barcos atravesados en el río, bloqueando el paso del Calíope apuntándolo con todos su cañones.

Cuando el Calíope llegó a la altura de las dos cañoneras, ya detenidas, se situó entre ambas. Pítt redujo la velocidad lo justo para mantenerse un poco por delante. Los cascos de las cañoneras se alzaban como muros a ambos lados del Calíope, a menos de cinco metros de distancia. Desde la cabina, Pitt podía ver casi todos los tripulantes, en actitudes de descanso, provistos sólo de armas cortas que, de momento, permanecían en sus fundas. Los fusiles automáticos brillaban por su ausencia. Parecía como si esperasen turno en una galería de tiro. Pitt miró inocentemente hacia Matabu.

—Bonjour!

Matabu se inclinó sobre la barandilla y, en francés, gritó a Pitt que detuviera su barco y se dispusiese a recibirlos a bordo.

Pitt, que no había entendido ni una palabra, replicó a voces:

—Pouvez—vous me recommander un bon resturant?

—¿Qué ha dicho? —preguntó Giordino a Gunn, por el sistema de intercomunicación.

—Dios Bendito... —gritó Gunn—. Acaba de pedirle al mandamás que le recomiende un buen restaurante.

Las cañoneras empujadas por la corriente, iban quedándose atrás, mientras que Pitt manenía fijo el yate, contrarrestando el impulso de la corriente. Matabu de nuevo ordenó a Pitt que se detuviera y se dispusiese a ser abordado.

Pitt, tenso, intentó parecer amable e inofensivo.

—J'aimerais une bouteille de Martin Ray Chardonnay.

—¿Y ahora qué dice? —preguntó Giordino.

Gunn estaba estupefacto.

—Creo que ha pedido una botella de vino californiano.

—Lo próximo será encargar un «Big Mac» —murmuró Giordino.

—Intenta distraerlos para que la corriente los arrastre.

En la cañonera, los rostros de Matabu y Ketou reflejaban idéntica incomprensión. Pitt habló de nuevo, esta vez en su propio idioma.

—No habló swahili. ¿Pueden repetirlo en inglés?

Crecientemente furioso, Matabu golpeó la baranda. No estaba acostumbrado a la socarrona indiferencia. Respondió en un gutural inglés que Pitt apenas logró descifrar.

—Yo, almirante Pierre Matabu, jefe de Marina Nacional de Benin —anunció pomposamente—. Pare motor y prepárese a inspección. Pare, o doy orden disparar.

Pitt asintió con gran convicción, moviendo aplacadoramente ambos brazos.

—Sí, sí, no dispare. Por favor, no dispare.

Lentamente, la cabina del Calíope iba llegando a la altura de la popa de la cañonera de Matabu. Pitt mantenía entre ambos buques la distancia justa para que nadie, salvo un campeón olímpico, pudiera salvarla de un salto. Dos marineros tiraron cabos a las cubiertas de proa y popa del Calíope, pero Pitt no hizo amago de recogerlos.

—Ate la cuerdas —ordenó Ketou.

—Estamos muy separados —replicó Pitt. Alzó una mano y describió con ella un arco—. Aguarde, que ahora vuelvo.

Sin escapar respuesta, empujó hacia delante el mando y el yate inició un amplio giro de ciento ochenta grados, deteniéndose junto al costado contrario de la cañonera. Ahora ambos barcos estaban en cursos paralelos, con las proas enfiladas río abajo. Con no poca satisfacción, Pitt advirtió que los cañones de treinta milímetros no podían inclinarse lo suficiente para alcanzar la cabina del Calíope.

Matabu miró a Pitt con ojos refulgentes; una sonrisa de triunfo comenzaba a extenderse por sus gruesos labios. Ketou que no compartía la satisfecha expresión de su superior, reflejaba un perceptible recelo.

Con calma, y siempre sonriendo, Pitt esperó hasta que la torreta de Giordino se encontrase directamente en línea con la sala de máquinas del cañonero. Manteniendo una mano sobre el timón, bajó la otra con disimulo y empuñó la culata del lanzagranadas. Luego susurró al micrófono:

—El helicóptero está justo al frente. La cañonera, a estribor. Caballeros: empieza el espectáculo. ¡A por ellos!

En cuanto Pitt acabó de hablar, Giordino bajó el escudo protector de la torreta del cuarto de máquina y disparó un misil rapier que, rápido como un rayo, fue a alcanzar directamente los depósitos de combustible del helicóptero, Gunn apareció por la escotilla de proa, llevando un fusil automático modificado M—16 bajo cada brazo y escupiendo balas que abatieron a los artilleros que manejaban los cañones de treinta milímetros. Pitt apuntó al aire el lanzagranadas y disparó a ciegas la primera de sus granadas explosivo—incendiarias por encima del barco de Matabu. Su intención era alcanzar la segunda cañonera, a la que no podía ver, calculando una trayectoria parabólica que concluiría sobre el blanco elegido. La granada rebotó en un chigre y cayó en el río, explotando bajo el agua con un estampido ensordecedor. El siguiente proyectil también falló, con idéntico resultado.

Matabu no estaba en absoluto preparado para el terrorífico espectáculo que estalló a su alrededor. Le pareció como si el cielo y el aire hubieran entrado en erupción. Sin dar crédito a sus ojos, vio cómo el helicóptero se desintegraba totalmente en una enorme bola de fuego, que fue seguida por una nube de humo en forma de hongo y por una lluvia de ígneos fragmentos sobre el río.

—¡Los malditos blancos nos han engañado! —gritó Ketou, rabioso por haber mordido el anzuelo. Corrió a la batayola y agitó furiosamente el puño contra el Calíope—. ¡Bajen los cañones y disparen! —chilló a los artilleros.

—¡Demasiado tarde! —gritó Matabu, aterrorizado. El almirante, presa del pánico, se acuclilló y quedó inmóvil, contemplando cómo sus hombres se derrumbaban y morían a causa de las balas disparadas por Gunn. Con petrificada incredulidad, miró los cadáveres obscenamente retorcidos que rodeaban los silentes cañones, derrumbados en posiciones fetales, con las entrañas repartidas por cubierta. Matabu, simplemente, no lograba admitir que un barco clandestino, camuflado bajo la inocente apariencia de un yate de recreo que hacía ondear una respetable bandera, poseyera la suficiente potencia de fuego para transformar en una pesadilla su pequeño y confortable mundo. El desconocido que se encontraba a los mandos del barco mortal había convertido la sorpresa en una baza táctica definitiva. Los hombres de Matabu, petrificados por la impresión no conseguían reaccionar. Se agitaban como ganado bajo una tormenta, presa del terror, cayendo sin hacer un disparo. Entonces comprendió, con escalofriante certeza, que iba a morir; se dio cuenta de ello cuando la torreta de popa del yate giró y, a bocajarro, lanzó contra la cañonera otro misil que perforó el casco de madera y, antes de detonar, chocó contra un generador de la sala de máquinas.

Casi en el mismo instante, la tercera granada de Pitt alcanzó su blanco. Milagrosamente, el proyectil hizo impacto en una mampara y rebotó, entrando por una abierta escotilla de la segunda cañonera. En un concierto de explosiones, el barco estalló en llamas, haciendo detonar las municione almacenadas en la santabárbara. Se produjo una enorme nube de humo y una lluvia de fragmentos de madera y metal, piezas de botes salvavidas y cuerpos destrozados. La cañonera dejó de existir de forma estremecedora. La onda expansiva golpeó con un mastodóntico mazazo el barco de Matabu, empujándolo contra el yate y haciendo perder el equilibrio a Pitt.

El misil de Giordino convirtió la sala de máquinas de la cañonera en un holocausto de metales retorcidos y madera astillada. El agua entró a raudales por el inmenso agujero abierto en el fondo, y el barco comenzó a hundirse rápidamente. Todo el interior se convirtió en un ardiente infierno; las llamas salían por todas las portillas. Jirones de negro humo de aceite quemado se elevaron por el aire tropical para luego dispersarse por las orillas arboladas.

Al no ver a nadie en pie alrededor de los cañones ni sobre la cubierta, Gunn disparó contra las dos figuras del puente. Dos balazos rompieron el pecho de Matabu. El hombre se irguió, aferró unos momentos la barandilla de la batayola, mirando la sangre que empapaba su inmaculado uniforme. Luego, lentamente, se derrumbó sobre el puente como un fardo.

Por unos instantes, un desesperado silencio cayó sobre el río. No se oía más que el chasquido de la combustión del petróleo sobre las aguas. Luego, bruscamente, como un alarido procedente de los abismos del infierno, una agónica voz sonó sobre las aguas.

 

 

13

 

—¡Escoria occidental! —gritó Ketou—. Habéis asesinado a mis hombres. —La figura del hombre se recortaba contra el grisáceo cielo. Sangraba por una herida en el hombro, y el desastre a su alrededor le ofuscaba por completo.

Gunn lo miró por encima de los cañones de sus vacíos fusiles. Ketou le devolvió la mirada por unos instantes, y luego la fijó en Pitt, que estaba asomándose por el puente.

—¡Escoria occidental! —repitió Ketou.

Por encima del restallar de las llamas, Pitt replicó:

—¡El juego es el juego, y usted ha perdido! —Después, añadió—: Abandone su barco. Nos acercaremos a recogerlo y...

Como impulsado por un resorte, Ketou se incorporó, subió por una escala y corrió hacia popa. La cañonera estaba escorada hacia babor, y el agua cubría ya la cubierta de cañones.

—Cárgatelo, Rudi —espetó Pía por el micrófono—. Va hacia el cañón de popa.

Sin replicar, Gunn arrojó sus armas, ya inútiles, se zambulló en el compartimento de proa y cogió una escopeta automática Remington TR870. Mientras, Pitt apretó a fondo los aceleradores, girando el timón hacia babor y haciendo que el Calíope describiera un violento viraje que terminó con la proa apuntada río arriba. Las hélices mordieron las aguas, que hirvieron bajo sus aspas, y el Calíope saltó hacia delante como un caballo de carreras saliendo de la jaula de partida.

Sobre el río sólo flotaban el aceite y los restos del naufragio. La cañonera de Ketou iniciaba su último viaje hacia el fondo del río, cuyas aguas inundaban ya su interior, levantando grandes nubes de vapor. Cuando Ketou alcanzó los cañones de treinta milímetros de popa, el agua le llegaba a las rodillas. Hizo girar los cañones hacia el yate que huía y apretó el botón disparador.

—¡Al! —gritó Pitt.

Como respuesta, sonó el zumbido del misil que Giordino acababa de lanzar desde su torreta. Una llameante lengua anaranjada, acompañada de un humo blanco, cruzó el aire en dirección a la cañonera. Pero la brusca maniobra de Pitt al girar el timón y el acelerón del yate habían desviado la puntería de Giordino. El misil pasó por encima de la semihundida cañonera y estalló entre los árboles de la orilla.

Gunn apareció en la cabina, junto a Pitt, apuntó cuidadosamente y comenzó a disparar la Remington contra Ketou. El tiempo pareció ralentizarse mientras las postas impactaban contra el cañón y el capitán africano. Pitt y Gunn estaban demasiado lejos para ver el odio y la desesperación en las negras facciones del hombre. Tampoco llegaron a ver cómo moría, sobre la mira del cañón y con la mano apretando aún el disparador.

Una ráfaga de proyectiles salió zumbando contra el Calíope, al tiempo que Pitt hacía girar bruscamente el yate hacia estribor. Pero la batalla iba a tener un sarcástico final: un muerto conseguía desquitarse de la catastrófica derrota con una precisión estremecedora. Una cortina de agua cayó sobre el yate mientras los proyectiles alcanzaban la base de sustentación sobre la que se alzaban la parabólica de conexión con el satélite, la antena de comunicaciones y el transpondedor de navegación, cuyos fragmentos cayeron al río. El parabrisas de la cabina se hizo añicos. Gunn se tiró de bruces sobre el puente, pero Pitt sólo pudo echarse sobre el timón y acelerar, huyendo de la mortífera granizada. El bramido de los motores tubordiesel les impidió escuchar los impactos de los proyectiles, pero vieron cómo los fragmentos del equipo de comunicaciones saltaban por los aires en torno a ellos.

Luego Giordino corrigio su puntería y lanzó su último misil. De pronto, la popa de la cañonera desapareció entre una nube de humo y llamas. Luego, el barco desapareció bajo las aguas, dejando tras de sí un hervidero de burbujas y una creciente mancha de aceite. El comandante en jefe de la marina de Benin y su flota fluvial habían dejado de existir.

Con gran esfuerzo, Pitt apartó la vista de los restos de la batalla y la dirigió a su barco y a sus amigos. Gunn estaba poniéndose en pie; su calva cabeza sangraba por una herida. Giordino llegó desde la sala de máquinas como quien acaba de salir de una cancha de squash: sudoroso y cansado, pero dispuesto para un nuevo partido. Señalando río arriba, gritó al oído de Pitt:

—Ahora sí que estamos listos.

—Puede que no —replicó Pitt—. A esta velocidad, entraremos en Níger dentro de veinte minutos.

—Esperemos no haber dejado testigos.

—No cuentes con ello. Aunque no haya habido supervivientes, alguien puede haber visto la batalla desde tierra. Gunn tomó a Pitt por el brazo y dijo:

—En cuanto estemos en Níger, reduce velocidad de modo que podamos reanudar la inspección.

—Afirmativo —asintió Pitt. Echó un rápido vistazo al lugar donde habían estado la parabólica y la antena de comunicaciones, y sólo entonces advirtió que habían desaparecido—. Adiós a contactar con el almirante e ínfomarle.

—Y los laboratorios de la NUMA tampoco podrán recibir mis transmisiones de datos ——comentó tristemente Gunn.

—Lástima que no podamos contarles que el crucero de placer por el río se ha convertido en una sangrienta pesadilla —dijo Giordino.

—Como no encontremos otra forma de salir de aquí, estamos listos —dijo Pitt torvamente.

—Me gustaría ver la cara del almirante cuando se entere de que le hemos estropeado su barquito —contentó Giordino, sonriendo ante la idea.

—La verás —aseguró Guni, descendiendo al compartimento de electrónica—. Claro que la veras.

Qué estúpida sangría, pensó Pitt. Al cabo de sólo día y medio de emprender la misión, ya habían matado a no menos de treinta hombres, derribado un helicóptero y hundido dos cañoneras. Y todo en nombre de la salvación de la humanidad, se dijo con sarcasmo. Ya no había posibilidad de retorno. Tenían que encontrar el contaminante antes de que las fuerzas de seguridad de Níger o Malí los detuvieran para siempre. En cualquier caso, sus vidas no valían ni el papel de un dólar falso.

Miró la pequeña antena de radar junto a la cabina. Por suerte, era lo menos dañado. La antena estaba intacta y seguía girando. Sin ella, habría sido un infierno navegar de noche por el río. La pérdida de la unidad de localización vía satélite significaría que tendrían que fijar la posición de la fuente contaminante por medio de puntos de referencia en tierra. Pero estaban ilesos y el barco, aun en buenas condiciones, navegaba a casi setenta nudos. La única preocupación de Pitt en ese momento era evitar el choque con algún tronco u objeto flotante. A tal velocidad, cualquier colisión desfondaría el yate, convirtiéndolo en un amasijo.

Por suerte, el río carecía de obstáculos flotantes, y los cálculos de Pitt fueron sólo ligeramente inexactos. Tardaron únicamente dieciocho minutos en entrar en aguas de la República de Níger, sin divisar, en el cielo o en el agua, a ningún tipo de fuerzas de seguridad. Cuatro horas más tarde echaron amarras en el muelle de abastecimiento de Niamey, la capital. Tras cargar combustible y soportar el clásico asedio de las autoridades de inmigración, fueron autorizados para proseguir el viaje.

 

Mientras el Calíope dejaba atrás los edificios de Niamey y el puente de John F. Kennedy, Giordino comentó, en tono alegre y desenfadado:

—Vamos bien, pues las cosas ya no pueden estar peor.

—De ir bien, nada —dijo Pitt, al timón—. Y las cosas pueden ponerse muchísimo peor.

Giordino lo miró.

—¿A qué viene tanto pesimismo? La gente de por aquí no parece tener nada contra nosotros.

—Todo ha sido demasiado fácil —dijo lentamente Pitt—. En esta parte del mundo, las cosas no son así, y menos después de nuestro altercado con las cañoneras beninesas. ¿No te fijaste en que mientras mostrábamos nuestros pasaportes y los papeles del barco a los de inmigración no vimos ni a un policía ni a un centinela militar?

—Una coincidencia —dijo Giordino, con un encogimiento de hombros—. 0 simple negligencia.

Pitt negó solemnemente con la cabeza.

—Ni lo uno, ni lo otro. Tengo el presentimiento de que alguien juega con nosotros.

—¿Crees que las autoridades de Níger sabían de nuestro encontronazo con la marina de Benin?

—Por estos contornos las noticias vuelan, y estoy seguro de que nos llevan la delantera. Los militares benineses seguro que han alertado al gobierno de Níger.

Esto no convenció a Giordino.

—Entonces, ¿por qué no nos han detenido los burócratas locales?

—No tengo ni idea —replicó Pitt, pensativo.

—¿Sandecker? —sugirió Giordino—. Quizá él haya intervenido.

Pitt negó con la cabeza.

—En Washington, el almirante es un pez gordo; pero aquí ni pincha ni corta.

—Entonces, alguien desea algo que nosotros tenemos.

—Por ahí parecen ir los tiros.

—Pero, ¿qué? —preguntó Giordino, exasperado—. ¿Nuestros datos sobre la contaminación?

—Salvo nosotros tres, Sandecker y Chapman, nadie conoce nuestra misión. A no ser que haya habido un chivatazo, tiene que tratarse de otra cosa.

—¿Cómo qué?

Pitt sonrió.

—Como, por ejemplo, nuestro barco.

—¿El Calíope? —La incredulidad de Giordino era evidente—. Busca una explicación mejor.

—No —dijo tajantemente Pitt—. Piénsalo bien. Un navío altamente especializado, construido en secreto, capaz de hacer setenta nudos y de llevarse por delante a dos cañoneras y un helicóptero en tres minutos. Cualquier jefe militar de África Occidental daría un ojo de la cara por hacerse con él.

—Bien, lo acepto —dijo Giordino a regañadientes—. Pero contéstame a esto: si el Calíope es tan deseable, ¿por qué no lo requisaron los de Níger mientras repostábamos en Niamey?

—Tal vez tuvimos suerte... 0 quizá alguien haya hecho un trato.

—¿Quién?

—Lo ignoro —contestó Pitt.

—¿Por qué?

—No tengo ni idea.

—Entonces... ¿cuándo cae el hacha? —preguntó Giordino.

—Si nos han dejado llegar tan lejos, será que la respuesta se encuentra en Malí.

Giordino miró a Pitt.

—Así que no volveremos por donde vinimos.

—Al hundir la flota de Benin, compramos un pasaje sin regreso.

—Bueno, siempre he creído que, más que en llegar, la diversión está en el viaje.

—Pues la diversión se terminó, si eres tan morboso como para considerarla así. —Pitt miró las orillas del río, en las que la verde vegetación había dado paso a un desnudo paisaje de arbustos, piedra, y tierra rojiza—. A juzgar por el terreno, si esperamos volver a casa alguna vez, tendremos que cambiar el yate por unos camellos.

—Vaya por Dios —gruñó Giordino—. ¿Me ves montado en uno de esos engendros de la naturaleza? Yo soy un hombre razonable, convencido de que Dios creó el caballo sólo para que hiciera bonito en las películas del Oeste.

—Sobreviviremos —dijo Pitt—. Una vez encontremos la fuente de la intoxicación, el almirante removerá cielo y tierra para recuperarnos.

Giordino se volvió y miró sombríamente Níger abajo.

—Así que éste es —dijo lentamente.

—Este es, ¿qué?

—El legendario río de irás y no volverás.

Los labios de Pitt se curvaron en una maliciosa sonrisa.

—Ya que estamos en semejante lugar arriemos la bandera francesa y hagamos ondear la nuestra.

—Tenemos orden de ocultar nuestra nacionalidad —protestó Giordino—No podemos ir haciendo salvajadas bajo las barras y estrellas.

—¿Quién ha hablado de las barras y estrellas?

Giordino comprendió que Pitt se traía algo ente manos.

—Muy bien: ¿bajo qué bandera propones que naveguemos?

—Bajo ésta. —Abrió un cajón y sacó una bandera negra que arrojó a Giordino—. La cogí en una fiesta de disfraces a la que asistí hace un par de meses.

Giordino puso cara de víctima al contemplar la calavera que le sonreía desde el centro del paño rectangular.

—¿Pretendes que icemos la bandera pirata?

—¿Por qué no? —La sorpresa de Pitt por la desazón de Giordino pareció auténtica—. Me parece propio y oportuno que, puesto que vamos a armar la gran zapatiesta, lo hagamos bajo la enseña adecuada.

 

 

14

 

—Bonito grupo internacional de detectores de contaminación estamos hechos —refunfuñó Hopper, mientras observaba el ocaso sobre los lagos y marismas del alto Níger—. Lo único que hemos encontrado es la típica indiferencia tercermundista hacia la higiene.

Eva estaba sentada en una banqueta plegable, frente a una pequeña estufa de petróleo para combatir el frío nocturno.

—He hecho análisis buscando casi todas las toxinas conocidas, y creo he encontrado rastro de ninguna de ellas. Nuestra enfermedad fantasma es sumamente escurridiza.

Junto a ella estaba sentado un hombre de más edad, alto, fuerte, de cabellos grises y mirada inteligente y reflexiva. Natural de Nueva Zelanda, el doctor Warren Grimes era el jefe epidemiólogo del proyecto. Contempló su vaso de soda.

—Yo tampoco he encontrado nada. Cuantos cultivos he observado en un radio de quinientos kilómetros, estaban libres de microorganismos relacionados con la enfermedad.

—¿No habremos pasado algo por alto? —preguntó Hopper, dejándose caer en un acolchado sillón plegable.

Grimes se encogió de hombros.

—Sin víctimas, no puedo hacer entrevistas ni autopsias. Sin víctimas, no puedo obtener muestras de tejidos ni analizar resultados. Necesito datos de referencia para comparar síntomas.

—Si hay alguien muriendo a causa de la contaminación tóxica —dijo Eva—, desde luego no está en las inmediaciones.

Hopper apartó la vista del cielo anaranjado del anochecer y fue a servirse una taza de la tetera que había sobre la estufa.

—Quizá las noticias fueran falsas o exageradas.

—Los informes que recibió la ONU eran muy vagos —le recordó Grimes.

—Puede que, al comenzar a trabajar sin datos fidedignos ni localizaciones exactas, nos hayamos precipitado.

—Creo que nos están ocultando lo que ocurre —dijo de pronto Eva.

Se produjo un silencio. La vista de Hopper fue de Eva a Grimes.

—Si es así, lo hacen muy bien —dijo al fin Grimes.

—Me inclino a pensar lo mismo —dijo Hopper con curiosidad—. Los equipos de Níger, Chad y el Sudán tampoco están consiguiendo resultados.

—Lo cual sugiere que la contaminación está en Malí, y no en las otras naciones —dijo.

—A las víctimas se las puede enterrar —observó Grimes—. Pero los rastros de la contaminación son inocultables. Si estuviera por aquí, la habríamos encontrado. En mi opinión, estamos persiguiendo un fantasma.

Eva lo miró fijamente: sus ojos azules se agrandaban por el reflejo de las llamas de la estufa.

—Si pueden enterrar a las víctimas, también pueden alterar los informes.

—Ajá —asintió Hopper—. En lo que dice Eva puede haber algo de verdad. No confío en Kazim ni en las víboras que lo rodean. Nunca he confiado. ¿Y si hubiesen alterado los informes para mantenernos fuera de juego? ¿Y si la contaminación no se encuentra donde nos han hecho creer que está?

—Es una posibilidad digna de consideración —admitió Grimes—. Nos hemos concentrado en las regiones más húmedas y populosas del país partiendo de la base de que en ellas se daba la mayor incidencia de enfermedad y contaminación.

—¿Adónde iremos desde aquí? —preguntó Eva.

—De regreso a Tombuctú —dijo Hopper con firmeza—. ¿Os fijasteis en la actitud de la gente que interrogamos antes de venir al sur? Todos estaban nerviosos, preocupados. Se les notaba en las caras. Es posible que les hicieran guardar silencio por medio de amenazas.

—Especialmente, los tuaregs del desierto —recordó Grimes.

—Querrás decir que especialmente sus mujeres y niños —añadió Eva—. Se negaron a dejarse examinar.

Hopper sacudió la cabeza.

—La culpa es mía. Fui yo quien tomé la decisión de darle la espalda al desierto. Fue un error. Ahora me doy cuenta.

—Eres un científico, no un adivino —lo consoló Grimes.

—Sí —estuvo de acuerdo Hopper—. Soy un científico, pero detesto que me tomen el pelo.

—Lo que más nos despistó a todos —dijo Eva—, es la obsequiosa actitud del capitán Batutta.

Grimes la miró.

—Es cierto. Has vuelto a dar en el clavo, muchacha. Ahora que lo mencionas, me doy cuenta de que la cooperación de Batutta ha rayado en el servilismo.

—Cierto ——asintió Hopper—. Nos ha permitido ir a donde nos diese la realísima gana, sabiendo que estábamos a cientos de kilómetros del verdadero rastro.

Gimes terminó su soda.

—Será interesante ver su expresión cuando le digas que volvemos al desierto, a comenzar de nuevo partiendo de cero.

—Antes de que yo termine de decirlo, él ya estará contándoselo por radio al coronel Mansa.

—También podríamos mentir —dijo Eva.

—Mentir ¿para qué? —preguntó Hopper.

—Para sacárnoslos a él y a los demás de encima.

—Te escucho —dijo Hopper a Eva.

—Dile a Batutta que damos el proyecto por concluido. Que no hemos encontrado ni rastro de contaminación y que regresamos a Tombuctú para hacer las maletas y volver a casa.

—Perdona, pero no te sigo. ¿Adónde quieres ir a parar?

—Según las apariencias, el equipo renuncia, se retira —explicó Eva—. Batutta, aliviadísimo, nos dice adiós con la mano cuando despegamos. Sólo que no volamos a El Cairo, aterrizamos en el desierto y reiniciamos la operación por nuestra cuenta, sin perros guardianes.

Los dos hombres se tomaron unos segundos para asimilar la propuesta de Eva. Hopper se echó hacia delante, meditando intensamente. En cuanto a Grimes, parecía como si alguien le hubiese propuesto montar en el siguiente cohete a la luna.

—Imposible —dijo al fin Grimes, casi en tono de disculpa—. Un reactor no puede aterrizar en mitad del desierto así como así. Hace falta una pista de por lo menos un kilómetro.

—En el Sahara hay zonas en las que el terreno es totalmente liso por cientos de kilómetros —arguyó Eva.

—Excesivamente arriesgado —replicó tozudamente Grimes—. Si Kazim se enterase, lo pagaríamos caro.

Eva dirigió una fugaz mirada a Grimes y otra más detenida a Hopper, en cuyo rostro detectó el inicio de una sonrisa.

—Es posible —dijo firmemente la mujer.

—Cualquier cosa es posible aunque frecuentemente no sea práctica. —Hopper descargó el puño contra el brazo de su sillón plegable con tal fuerza que casi lo rompió—. Qué demonios: merece la pena intentarlo.

Grimes lo miró fijamente.

—No hablarás en serio.

—Claro que sí. El piloto y la tripulación tendrán la última palabra, naturalmente. Pero con el adecuado incentivo, como por ejemplo una sabrosa gratificación, creo que aceptarán correr el riesgo.

—Olvidas algo —dijo Grimes.

—¿Qué?

—¿Qué transporte utilizaremos una vez en tierra?

Eva señaló con la cabeza hacia el pequeño «Mercedes» todo terreno con plataforma de remolque adosada que les había facilitado el coronel Mansa en Tombuctú.

—El «Mercedes» cabe por el portón de carga.

—Que se encuentra a dos metros del suelo —dijo Grimes—. ¿Cómo piensas subirlo a bordo?

—Montaremos una rampa y subirá rodando —replicó jovialmente Hopper.

—Tendrás que hacerlo delante de las narices de Batutta.

—No es un problema irresoluble.

—El vehículo pertenece al ejército maliense. ¿Cómo vas a justificar su desaparición?

—Rellenando un simple formulario —se encogió de hombros Hopper—. Al coronel Mansa se le dirá que unos ladrones nómadas lo robaron.

—Es una locura —anunció Grimes.

Súbitamente, Hopper se puso en pie.

—Decidido. Empezaremos nuestra pequeña comedia mañana a primera hora. Eva: ocúpate de contarles nuestro plan a los demás científicos. Yo me arrimaré a Batutta y disiparé sus recelos lamentándome como una Magdalena por nuestro fracaso.

—Hablando de nuestro guardián... —dijo Eva, mirando en torno—. ¿Dónde se esconde?

—En ese bonito vehículo de recreo con equipo de comunicaciones —replicó Grimes—. Prácticamente, vive en él.

—Aunque a nosotros nos viene muy bien, es extraño que, cada vez que nos reunimos a hablar, él desaparezca.

—Yo diría que es sumamente cortés por su parte —Grimes se levantó y se desperezó. Dirigió una furtiva mirada al equipo de comunicaciones y, no viendo a Batutta, se sentó de nuevo—. Ni rastro de el. Probablemente estará dentro, viendo programas musicales europeos por la televisión.

—O hablando por radio, informando al coronel Mansa de los últimos chismorreos de nuestro circo científico —dijo Eva.

—No puede tener mucho de lo que informar —rió Hopper—. No se mezcla con nosotros lo suficiente para saber qué diabluras tramamos.

 

El capitán Batutta no estaba informado a su superior, al menos de momento. Se encontraba sentado en el interior de su camioneta, y tenía puestos unos auriculares estéreo conectados a un sistema electrónico de escucha sumamente sensible. El amplificador, montado en el techo del vehículo, estaba dirigido hacia la estufa del campamento. Se echó hacia delante y ajustó el hipersensible detector, ampliando la superficie receptora.

Cada palabra que pronunciaba Eva y sus colegas llegaba sin la más mínima distorsión a los oídos del hombre, cada murmullo y susurro. Naturalmente, todo ello quedaba grabado. Batutta escuchó la conversación hasta que terminó y el trío se separó, Eva para poner al corriente del nuevo plan al resto del equipo, y Hopper y Grimes para ir a estudiar mapas del desierto.

Batutta levantó un teléfono conectado con un satélite de co municaciones que utilizaban conjuntamente varias naciones africanas y marcó un número. Le respondió una voz a mitad de un bostezo.

—Central de Seguridad, distrito de Gao.

—Aquí el capitán Batutta. Póngame con el coronel Mansa.

—Un momento, señor —dijo apresuradamente la voz. Pasaron cinco minutos antes de que Mansa se pusiera al aparato.

—Sí, capitán.

—Los científicos de la ONU planean una estratagema.

—¿Qué clase de estratagema?

—Se proponen informarnos de que no han encontrado ni rastro de la contaminación ni de sus víctimas...

—O sea que el brillante plan del general Kazim para retener—los lejos de las zonas contaminadas ha tenido éxito —le interrumpió Mansa.

—Hasta ahora —dijo Batutta—. Pero ya se han dado cuenta de las intenciones del general. El doctor Hopper se propone anunciar la clausura del proyecto y el regreso de él y su gente a Tombuctú, desde donde saldrán para El Cairo en vuelo charter.

—El general se sentirá muy satisfecho.

—No cuando se entere de que Hopper no tiene la menor intención de salir de Malí.

—¿Cómo dice? —preguntó Mansa.

—Piensan sobornar a los pilotos para que aterricen en el desierto y luego emprenderán una nueva búsqueda de la contaminación por nuestras aldeas nómadas.

Mansa notó como si, de pronto, la boca se le hubiese llenado de arena.

—Eso puede ser desastroso. El general se enfurecerá cuando se entere.

—No es culpa nuestra —se apresuró a decir Batutta.

—Ya conoce usted su ira. Cae lo mismo sobre los inocentes que sobre los culpables.

—Hemos cumplido con nuestro deber —replicó Batutta con aplomo.

—Manténgame informado de los movimientos de Hopper —ordenó Mansa—. Comunicaré personalmente su informe al general.

—¿Se encuentra en Tombuctú?

—No: en Gao. Por suerte, está en el yate de Yves Massarde, que se halla anclado en el muelle, a las afueras. Tomaré un transporte militar y en media hora estaré allí.

—Buena suerte, coronel.

—Vigile a Hopper en todo momento e infórmeme de cualquier cambio de sus planes.

—Como usted ordene.

Mansa colgó y se quedó mirando el teléfono, evaluando las implicaciones del informe de Batutta. De no haberse descubierto su plan, Hopper podría haber encontrado a las víctimas de la contaminación allá en el Sáhara, donde a nadie se le había ocurrido buscar. Lo cual habría sido una calamidad. El capitán Batutta le había salvado de un enorme atolladero, quizá incluso de ser ejecutado bajo apañada acusaciones de traición, que era lo que Kazim solía hacer para eliminar a los oficiales que le desagradaban. Se había librado por los pelos. Si cogía a Kazim de buen humor, quizá lograse un puesto en el Alto Estado Mayor.

Mansa llamó a su ayudante, en el antedespacho, y le ordenó que le preparase su uniforme de gala y un avión. Comenzaba a sentirse inundado por la euforia. Lo que casi había sido una catástrofe se convertiría en la oportunidad de aniquilar a los intrusos extranjeros.

 

Una lancha rápida aguardaba en el muelle, bajo una mezquita, cuando Mansa se apeó del automóvil militar que lo había trasladado desde el aeropuerto. Un marinero de uniforme soltó las amarras de proa y popa y luego saltó a la cabina. Accionó el mando de ignición, y el gran motor marino Citroen V—8 se puso en marcha con un rugido.

El yate de Massarde se mecía en el centro del río, con el ancla de proa echada y sus luces reflejándose en la mansa corriente. En realidad, el yate era una mansión flotante de tres pisos de altura. Su fondo plano le permitía navegar fácilmente arriba y abajo del río durante las temporadas de crecida.

Mansa jamás había estado a bordo; pero había escuchado historias de la gran escalinata con lucerna de cristal que ascendía de la lujosa suite principal hasta el helipuerto; de los diez suntuosos camarotes amueblados con antigüedades francesas; del comedor de alto techo con murales de la época de Luis XIV, sacados de las paredes de un cháteau del Loira; de la sauna, los Jacuzzi, del bar montado sobre una plataforma giratoria, y del sistema electrónico de comunicaciones que conectaba a Massarde con su imperio mundial. Todo ello se unía para convertir a la mansión flotante en algo único y extraordinario.

Al pasar de la lancha a la pasarela del yate, el coronel abrigaba la esperanza de ver el interior del lujoso navío, pero sus ilusiones se esfumaron cuando Kazim salió a recibirlo a cubierta, junto a la pasarela. Sostenía una copa de champán mediada. No hizo amago de ofrecer otra a Mansa.

—Espero que si ha interrumpido mi reunión de negocios con Monsieur Massarde será por motivos tan urgentes como su mensaje daba a entender —dijo fríamente Kazim.

Mansa saludó marcialmente y comenzó a hacer un rápido pero preciso informe, embelleciendo la realidad y puliendo los detalles de lo contado por Batutta sobre el equipo de la OMS, aunque sin mencionar nunca al capitán por su nombre.

Kazim escuchaba con curioso interés. Sus negros ojos miraban sin el brillo de las luces del barco reflejadas en el agua. Una expresión preocupada cruzó por su rostro, aunque no tardó en ser sustituida por una torcida sonrisa.

Al terminar Mansa de hablar, Kazim le preguntó:

—¿Cuándo está previsto que Hopper y su caravana lleguen a Tombuctú?

—Si salen mañana por la mañana, es probable que lleguen a última hora de la tarde.

—Tiempo más que suficiente para que el buen doctor se lleve un buen chasco. —Kazim miró a Mansa gélidamente—. Confío en que se muestre adecuadamente decepcionado y solícito cuando Hopper le anuncie el fracaso de sus investigaciones.

—Actuaré con la mayor diplomacia —aseguró Mansa.

—Su avión y sus tripulantes, ¿continúan en Tombuctú? Mansa asintió.

—Los pilotos se alojan en el hotel «Azalai».

—¿Y Hopper se propone pagarles una gratificación para que aterricen en el desierto, al norte de aquí?

—Sí: eso dijo a los otros.

—Debemos hacernos con el control del aparato.

—¿Desea que soborne a los pilotos, ofreciéndoles más que Hopper?

—Eso sería tirar el dinero —replicó desdeñosamente Kazim—. Mátelos.

Mansa, que casi esperaba la orden, ni rechistó.

—Sí, señor.

—Y sustitúyalos por pilotos de los nuestros que se les asemejen en estatura y rasgos faciales.

—Un plan maestro, mi general.

—Otra cosa: informe al doctor Hopper de que insisto en que el capitán Batutta los acompañe a El Cairo, para actuar en mi nombre ante la Organización Mundial de la Salud. Él supervisará la operación.

—¿Qué órdenes debo dar a nuestra dotación de reemplazo? Con un brillo de maldad en los oscuros ojos, Kazim replicó:

—Ordéneles que aterricen con el doctor Hopper y su grupo en Asselar.

—Asselar. —Sólo pronunciar el nombre hizo que Mansa notara como si la boca se le llenara de ácido—. Hopper y su gente serán asesinados por los salvajes mutantes de Asselar, como ocurrió con los turistas del safari.

—Eso —dijo fríamente Kazim—, que Alá lo decida.

—¿Y si, por algún motivo imprevisto, sobreviven? —Mansa planteó la pregunta con la mayor de las delicadezas.

Una maligna expresión se extendió por el rostro de Kazim, produciendo escalofríos en su interlocutor. Con una astuta sonrisa y un malicioso brillo en los oscuros ojos, el general dijo:

—Para ese caso, siempre está Tebezza.

 

 

SEGUNDA PARTE

 

 

TIERRA MUERTA

 

15 de mayo, 1996

 

Nueva York

 

15

 

En el aeropuerto Floyd Bennet, en la orilla de Jamaica Bay, Nueva York, un hombre con aspecto de hippy de los años sesenta permanecía recostado contra un Jeep Wagoneer estacionado en un extremo de la pista. A través de unos viejos gemelos, miró el avión color turquesa que rodaba entre la tenue niebla matinal y se detuvo a sólo diez metros de distancia. Cuando Sandecker y Chapman se apearon del reactor de la NUMA, el hombre se adelantó para recibirlos.

El almirante se fijó en el coche e hizo un gesto de satisfacción. Detestaba las limusinas e insistía en usar vehículos con tracción a las cuatro ruedas para su transporte personal. Dirigió una breve sonrisa al hombre que, con su coleta y su cazadora Levis, dirigía el inmenso banco informático de datos de la NUMA. De todos los directivos del equipo de Sandecker, Hiram Yaeger era el único que incumplía sin problemas las normas relativas a la indumentaria.

—Gracias por acudir a recogernos, Hiram. Lamento haberte hecho venir desde Washington con tantas prisas.

Yaeger fue hacia él con la mano extendida.

—No se preocupe, almirante. Me vendrá bien estar un tiempo lejos de mis máquinas. —Se volvió hacia el doctor Chapman—. ¿Qué tal el vuelo desde Nigeria, Darcy?

—El techo de la cabina era demasiado bajo, y mi asiento excesivamente angosto —se quejó el altísimo toxicólogo—. Y, para empeorar las cosas, el almirante me ha dejado diez a cuatro jugando al gin rummy.

—Metamos el equipaje en el coche. Tenemos una entrevista en Manhattan.

—¿Concertaste cita con Hala Kamil? —preguntó Sandecker. Yaeger movió afirmativamente la cabeza.

—Telefoneé a la ONU en cuanto supe la hora de llegada del avión. La secretaria general Kamil ha alterado su agenda para recibirnos. A su ayudante le sorprendió que hiciera eso por usted.

Sandecker sonrió.

—Somos viejos amigos.

—Lo recibirá a las diez y media.

El almirante echó un vistazo a su reloj.

—Falta hora y media. Nos da tiempo a tomar un café y desayunar.

—Buena idea —dijo Chapman, entre bostezos—. Me muero de hambre.

Montaron en el Jeep, salieron del aeropuerto y se dirigieron a una cafetería de Coney Island. Una vez en ella, se acomodaron en un reservado. Los atendió una camarera que no quitaba ojo al imponente doctor Chapman.

—¿Qué va a ser, señores?

Chapman pidió una tortilla de pastrami y salami, y Yaeger un croissant. Guardaron silencio, sumidos en sus pensamientos, hasta que la camarera les llevó el café. Sandecker echó un cubito de hielo en su taza para enfriar el líquido y luego se retrepó en su asiento.

—¿Qué dicen tus chismes electrónicos acerca de la marea roja? —preguntó a Yaeger.

—Las proyecciones son bastantes desastrosas —dijo el experto en informática—. Hemos seguido su proliferación mediante fotos del satélite. Su velocidad de crecimiento es alucinante. Es como el viejo cuento en el que empiezas con un centavo, lo doblas cada día y a fin de mes eres multimillonario. La marea roja de Africa Occidental se extiende y dobla de tamaño cada cuatro días. A las cuatro de la madrugada cubría un área de doscientos cuarenta mil kilómetros cuadrados.

—Cerca de cien mil millas cuadradas —dijo Sandecker, traduciendo al viejo sistema de medidas.

—A ese ritmo, en tres o cuatro semanas cubrirá todo el Atlántico Sur —calculó Chapman.

—¿Algún indicio de la causa? —preguntó Yaeger.

—Sólo que, probablemente, se trata de un organometal que produce una mutación en los dinoflagelados que forman el alma de la marea.

—¿Organometal?

—Una combinación de un metal con una sustancia orgánica —explicó Chapman.

—¿Hay algún compuesto que destaque?

—Por ahora, no. Hemos identificado infinidad de contaminantes, pero ninguno de ellos parece ser el responsable. De momento, nuestra única hipótesis es que, no sabemos cómo, un elemento metálico se mezcló con compuestos sintéticos o residuos químicos arrojados al río Níger.

—Incluso podría tratarse de los desechos de un laboratorio biotécnico experimental —sugirió Yaeger.

—En Africa Occidental no hay laboratorios de ese tipo —afirmó categóricamente Sandecker.

—Sea cual sea ese cochino potingue, lo cierto es que actúa como excitante —continuó Chapman—, casi como una hormona, y crea una marea roja mutante con un pasmoso ritmo de crecimiento y de una increíble toxicidad.

Llegó la camarera y en la conversación se produjo una pausa, mientras la mujer les servía el desayuno y volvía a llenar sus tazas de café.

—¿Hay alguna posibilidad de que se trate de una reacción bacterial causada por un vertido de aguas negras? —preguntó Yaeger, al tiempo que miraba tristemente su croissant, que parecía haber sufrido el pisotón de una grasienta bota.

—Las aguas negras sirven de alimento a las algas, lo mismo que el estiércol nutre la vegetación terrestre —dijo Chapman—; pero éste no es el caso. Nos enfrentamos a un desastre ecológico que va mucho más allá de lo que los vertidos del alcantarillado pueden producir.

—0 sea que, mientras nosotros desayunamos —dijo Sandecker—, está formándose una marea roja a cuyo lado la marea negra iraquí de 1991 es como un charquito en las praderas de Kansas.

—Y no podemos hacer nada para detenerla —admitió Chapman—. Sin los necesarios análisis de muestras de agua, sólo puedo teorizar sobre el compuesto químico. Hasta que Rudi Gunn encuentre la aguja en el pajar y averigüe qué o quién la puso allí, tenemos las manos atadas.

—¿Cuáles son las últimas noticias? —preguntó Yaeger.

—Las últimas noticias, ¿de qué? —murmuró Sandecker, entre bocados.

—De nuestros tres amigos del Níger —replicó Yaeger, irritado por la aparente indiferencia de Sandecker—. La transmisión de sus datos telemétricos se cortó súbitamente ayer.

El almirante miró en torno para asegurarse de que nadie más le oía.

—Se vieron envueltos en un pequeño altercado con dos cañoneras y un helicóptero de la marina de Benin.

—¡Un pequeño altercado! —exclamó incrédulamente Yaeger—. ¿Cómo demonios sucedió? ¿Resultaron heridos?

—Suponemos que salieron sanos y salvos —dijo Sandecker, sin comprometerse—. Iban a ser abordados. Si deseaban mantener el proyecto en marcha, su única opción era entrar en combate. Su equipo de comunicaciones debió de resultar averiado durante la batalla.

—Eso explica el fallo en la telemetría —dijo Yaeger, calmándose.

Sandecker prosiguió:

—Fotos satélite de la Agencia Nacional de Seguridad muestran que tras destruir ambos barcos y el helicóptero, prosiguieron la travesía y cruzaron la frontera, entrando en Malí.

Yaeger se hundió en su asiento. De pronto, había perdido el apetito.

—Pues en Malí se quedarán. Se han metido en un callejón sin salida. He leído informes sobre el gobierno maliense. Su líder, un militar, es el que menos respeto siente hacia los derechos humanos en toda África Occidental. En cuanto detengan a Pitt y a los otros, los colgarán de la palmera más próxima.

—Ese es el motivo de nuestra visita a la secretaria general de las Naciones Unidas —dijo Sandecker.

—¿Y qué puede hacer ella?

—La ONU es la única esperanza de salvar a nuestro equipo y de obtener la información que haya conseguido.

—Puede que me equivoque, pero comienzo a sospechar que nuestra investigación en el río Níger no tiene la sanción oficial— comentó Yaeger.

—No logramos convencer a los políticos de que era un asunto de máxima urgencia —dijo Chapman, frustrado—. Insistían una y otra vez en formar un comité especial para estudiar el caso. ¿Se lo imaginan? El mundo al borde de su extinción y lo único que quieren nuestros ilustres gobernantes, democráticamente elegidos, es reunirse y discutir pomposamente apoltronados en sus cómodos sillones. Una pandilla de mequetrefes, eso es lo que son.

Sandecker sonrió ante las palabras de Chapman.

—Lo que Darcy quiere decir es que expusimos la urgencia de la situación al secretario de Estado y a varios líderes del Congreso. Les pedimos que exigieran a las naciones de África Occidental que nos permitiesen analizar el agua de sus ríos. Nuestros admirados políticos nos dijeron que ni hablar.

Yaeger lo miró fijamente.

—Así que, para ahorrarse trámites, envió sin permiso a Pitt, Giordino y Gunn.

—No me quedó otro remedio. El tiempo se acaba. Tuvimos que actuar a espaldas de nuestro propio gobierno. Si el asunto trasciende, acabaré con el culo metido en ácido.

—La cosa está peor de lo que pensaba.

—Por eso necesitamos a la ONU —dijo Chapman—. Sin su cooperación, lo más probable es que Pitt, Giordino y Gunn acaben sus días pudriéndose en una cárcel de Malí.

—Y la información que tan desesperadamente necesitamos desaparecerá con ellos —dijo Sandecker.

Yaeger parecía desolado.

—Los sacrificó, almirante. Premeditadamente, sacrificó usted a nuestros mejores amigos.

Sandecker dirigió a Yaeger una mirada de hielo.

—¿Crees que no me costó una agonía infernal tomar la decisión? Teniendo en cuenta los riesgos, ¿a quién hubieras encomendado el trabajo? ¿A quién habrías enviado Níger arriba?

Antes de responder, Yaeger se frotó las sienes por unos momentos. Al fin, asintió:

—Tiene usted razón, desde luego. Son los mejores. Si alguien puede lograr lo imposible, ése es Pitt.

—Me alegro de que estés de acuerdo —rezongó Sandecker y, tras mirar de nuevo su reloj, dijo—: Vámonos. Puesto que voy a arrodillarme ante ella e implorar como un alma en pena, no quiero hacer esperar a la secretaria general.

 

Hala Kamil, la secretaria general de las Naciones Unidas, de origen egipcio, poseía la belleza y el misterio de Nefertiti. Tenía cuarenta y siete años, ojos color ébano de insondable mirada, largo cabello negro que le llegaba un poco más abajo de los hombros, delicados rasgos faciales y tersa piel. Pese a la gran carga que suponía su prestigioso puesto, la mujer lograba mantener su belleza y aspecto juvenil. Era alta y su bien formada figura se evidenciaba pese a su clásico estilo en el vestir.

Cuando Sandecker y sus amigos entraron en su oficina del edificio de las Naciones Unidas, la mujer se levantó de detrás del escritorio y se adelantó a recibirlos.

—Almirante Sandecker... Cómo me alegro de volverlo a ver.

—El placer es mío, señora secretaria. —A Sandecker, la presencia de una mujer bella lo revitalizaba. Devolvió el firme apretón de manos de la egipcia, añadiendo una inclinación—. Gracias por recibirnos.

—Es usted asombroso, almirante. No ha cambiado nada.

—Usted sí: parece aún más joven.

Ella le dirigió una encantadora sonrisa.

—Dejémonos de cumplidos. Los dos tenemos unas cuantas arruguitas de más. Han pasado varios años.

—Casi cinco. —El hombre se volvió e hizo las presentaciones de Chapman y Yaeger.

Hala no pareció reparar en la estatura de Chapman ni en la indumentaria de Yaeger. Estaba muy acostumbrada a recibir a personas de todos los tamaños y aspectos, procedentes de un centenar de naciones. Con su mano menuda, señaló dos sofás enfrentados.

—Tomen asiento, por favor.

—Seré breve —dijo Sandecker, sin preámbulos. —Necesito su ayuda para un asunto urgente referido a un desastre ambiental que se está produciendo y que amenaza la misma existencia de la raza humana.

Los oscuros ojos de la mujer lo miraron con escepticismo.

—Ésas son palabras muy graves, almirante. Si se trata de otra agorera predicción sobre el efecto invernadero, le advierto que ya soy inmune a ellas.

—Es algo mucho peor —replicó seriamente Sandecker—. Para fin de año, la mayoría de la población mundial habrá dejado de existir.

Hala miró a los tres hombres sentados ante ella. Sus rostros expresaban una grave preocupación. Comenzó a creer en las palabras del almirante; no sabía exactamente por qué, pero conocía a Sandecker lo suficiente para saber que no era dado a los alarmismos, y no andaría anunciando apocalípticas catástrofes a no ser que tuviera pruebas científicas concluyentes.

—Siga —pidió lacónicamente.

Sandecker cedió la palabra a Chapman y Yaeger, que informaron sobre sus descubrimientos sobre la proliferante marea roja. Al cabo de veinte minutos, Hala se excusó y oprimió un botón del intercomunicador de su escritorio.

—Sarah: tenga la bondad de llamar al embajador del Perú, dígale que ha surgido un asunto de gran importancia y que si no le importa celebraremos nuestra entrevista mañana a la misma hora.

—Agradecemos mucho el tiempo y el interés que nos dedica —dijo sinceramente Sandecker.

—¿No quedan dudas acerca del peligro? —preguntó Hala a Chapman.

—Ninguna. Si la marea roja se extiende por los océanos, terminará con el oxígeno necesario para mantener la vida en el mundo.

—Y eso sin tomar en cuenta su toxicidad —añadió Yaeger—, que es seguro que terminará con toda vida marina y con cualquier persona o animal que ingiera el contaminante.

La mujer miró a Sandecker.

—¿Qué me dice de su Congreso, de sus científicos? Supongo que tanto su gobierno como la comunidad ecológica mundial estarán preocupados.

—Claro que lo están —replicó Sandecker—. Hemos presentado nuestras pruebas al presidente y a diversos miembros del Congreso, pero los mecanismos burocráticos son lentos. Varios comités estudian la cuestión. Pero no se toman decisiones. La magnitud de la tragedia se les escapa. No asimilan el hecho de que el tiempo se está acabando.

Chapman dijo:

—Naturalmente, hemos comunicado nuestros informes a los oceanógrafos y a los científicos medioambientales. Pero hasta que logremos identificar la causa exacta de esa plaga de los mares, poco puede hacerse por solucionar el problema.

Hala guardó silencio. Le resultaba difícil asimilar en unos momentos la noticia del inminente apocalipsis. En cierto modo, apenas podía hacer nada. Ser secretaria general de la ONU era como gobernar un reino imaginario. Su cometido consistía en vigilar las diversas funciones pacificadoras y los múltiples programas comerciales y humanitarios. Coordinaba; pero no mandaba. Tras mirar fijamente a Sandecker, dijo:

—Aparte de prometerle la cooperación de la Organización Medioambiental de las Naciones Unidas, no veo qué otra cosa puedo hacer.

El aplomo de Sandecker iba en aumento. Con voz baja y tensa, dijo lentamente:

—En un intento de averiguar las causas de la marea roja, envié a unos hombres para que remontaran el río Níger en un barco y fuesen analizando sus aguas.

Los ojos de Hala se hicieron fríos y penetrantes.

—¿Fue su barco el que hundió las cañoneras beninesas?

—Está usted excelentemente informada.

—Me llegan noticias de casi todo cuanto ocurre en el mundo.

—Sí: fue un barco de la NUMA —admitió Sandecker.

—Le supongo enterado de que el almirante que estaba al mando de la marina de Benin, y que era hermano del presidente de la nación, resultó muerto en la batalla.

—Eso me han dicho.

—Además, tengo entendido que su barco enarbolaba una bandera francesa. Si sus hombres llevaran a cabo un sucio trabajo clandestino bajo una bandera extranjera, eso podría costarles que los africanos los fusilasen como agentes enemigos.

—Mis hombres eran conscientes del peligro, y aun así se presentaron voluntarios. Sabían que, si pretendemos frenar la marea roja antes de que escape a las posibilidades de nuestra tecnología, cada minuto cuenta.

—¿Siguen con vida?

Sandecker movió afirmativamente la cabeza.

—Mis últimas noticias son de hace unas horas. Han seguido buscando el origen de la contaminación más allá de la frontera de Malí y se aproximan a la ciudad de Gao sin que nadie los moleste por el momento.

—¿Quién más de su gobierno está enterado de todo esto? Sandecker movió la cabeza en dirección a Chapman y Yaeger.

—Únicamente nosotros tres y los hombres del barco. Nadie ajeno a la NUMA sabe nada, excepto usted.

—El general Kazim, jefe de la Seguridad maliense, no es ningún estúpido. Estará al corriente de la batalla con las cañoneras de Benin y sus servicios de inteligencia le habrán informado de la entrada de sus hombres en el país. Los arrestará en cuanto echen amarras.

—Ese es, justamente, el motivo por el que estoy aquí, señora secretaria.

Por fin llegamos al fondo de la cuestión, pensó Hala.

—¿Qué quiere de mí, almirante?

—Su ayuda para salvar a mis hombres.

—Suponía que algo de eso iba a pedirme.

—Es vital que, en cuanto descubran el origen de la contaminación, sean rescatados.

—Necesitamos sus informes desesperadamente —dijo Chapman.

—Entonces, lo que realmente desean rescatar son los datos que obran en su poder —dijo Hala, fríamente.

—No tengo por costumbre dejar abandonados a mis hombres —replicó Sandecker, picado.

Hala movió negativamente la cabeza.

—Lo lamento, caballeros. Comprendo su grave problema; pero no puedo arriesgar el prestigio de esta institución haciendo uso indebido de mi autoridad para intervenir en una operación ilegítima, por crucial que sea el asunto.

—¿Ni siquiera tratándose de salvar a Dirk Pitt, Al Giordino y Rudi Gunn?

Hala lo miró fijamente por unos instantes, y luego pareció perderse en el recuerdo unos segundos.

—Empiezo a comprender —dijo suavemente—. Pretende usarme a mí igual que los usó a ellos.

—No pretendo organizar un torneo benéfico de tenis —dijo secamente Sandecker—. Pretendo evitar la pérdida de incontables vidas.

—Dispara usted contra el corazón, ¿no?

—Sólo cuando no me queda otro remedio.

Chapman enarcó las cejas.

—Me temo que no entiendo una palabra.

Hala habló con la mirada perdida.

—Hace cosa de cinco años, los tres hombres que enviaron ustedes al Niger me salvaron de morir a manos de unos terroristas. Y no una vez, sino dos. La primera, en una montaña de Breckenridge, Colorado; la otra, en una mina abandonada próxima a un glaciar, en el estrecho de Magallanes. El almirante Sandecker recurre a mi gratitud para que les devuelva el favor.

—Algo me parece recordar —dijo Yaeger—. Fue durante la búsqueda del tesoro de la Biblioteca de Alejandría, ¿no?

Sandecker se levantó y fue a sentarse junto a la mujer.

—¿Nos ayudará, señora secretaria?

Ella permaneció inmóvil, como una estatua que comenzara lentamente a animarse. Al fin miró fijamente a Sandecker.

—De acuerdo —dijo quedamente—. Le prometo hacer cuanto esté en mi mano por sacar a sus amigos de África Occidental. Sólo espero que no sea demasiado tarde y que continúen con vida.

Sandecker apartó la mirada, pues no deseaba que su interlocutora advirtiera el alivio en sus ojos.

—Muchas gracias, señora secretaria. Estoy en deuda con usted. Completamente en deuda.

 

 

 

16

 

—Ni rastro de vida. —Grimes contemplaba la desolada aldea de Asselar—. Ni siquiera un perro ni una cabra.

—Tiene toda la apariencia de ser un sitio muerto, desde luego —dijo Eva, protegiéndose los ojos contra el sol.

—Más muerto que un sapo aplastado en una autopista —murmuró Hopper, mirando a través de unos prismáticos.

Se encontraban en un pequeño promontorio desde el que se divisaba Asselar. El único rastro de humanos eran las huellas de neumáticos que entraban en la aldea por el noreste. Extrañamente, no había huellas de salida. Mientras contemplaba a través de las ondulaciones del calor las ruinas en torno al centro urbano, a Eva le parecía estar viendo una ciudad abandonada de la antigüedad. Reinaba un extraño silencio que la hacía sentir tensa e inquieta.

Hopper se volvió hacia Batutta.

—Ha sido usted muy amable cooperando con nosotros y permitiéndonos aterrizar aquí, capitán, pero, evidentemente, esto no es más que un pueblo fantasma.

Batutta, sentado al volante del abierto «Mercedes» todoterreno, se encogió inocentemente de hombros.

—Una caravana procedente de las salinas de Taoudenni informó de que en Asselar se daban casos de la enfermedad. ¿Qué más puedo decirles?

—No se pierde nada por echar un vistazo —dijo Grimes. Eva estuvo de acuerdo.

—Para cerciorarnos, deberíamos analizar el agua del pozo.

—Si no les importa ir andando desde aquí —dijo Batutta—, yo regresaré al avión y volveré con el resto de su gente.

—Es usted muy amable, capitán —agradeció Hopper—. Traiga también nuestros equipos, por favor.

Sin una palabra ni un gesto, Batutta partió entre una nube de polvo, y se dirigió por la pedregosa llanura hacia el aparato que había aterrizado en un largo tramo de terreno liso.

—Es curioso que ahora el tipo no pare de ayudarnos —murmuró Grimes.

Eva asintió.

—A mi juicio, se pasa.

—Sí, y la cosa no acaba de hacerme gracia —dijo Grimes, con la vista fija en la silenciosa aldea—. Si esto fuera una película del Oeste, diría que nos están tendiendo una emboscada.

—Con emboscada o sin ella —dijo Hopper, despreocupado—, averigüemos si queda alguien.

El hombre echó a andar a largas zancadas montículo abajo, sin que pareciera afectarlo el sol del mediodía ni el calor que emanaba del rocoso suelo. Tras vacilar unos instantes, Eva y Grimes lo siguieron.

Diez minutos más tarde entraban en el dédalo de callejas de Asselar. Las angostas calles podían ser cualquier cosa, menos un monumento a la limpieza. El trío tuvo que zigzaguear en torno a las pilas de basura e inmundicias humanas que parecían cubrir hasta el último metro cuadrado del lugar. De pronto, un cambio de brisa les llevó el fétido olor de la carne descompuesta. A cada paso que daban, el hedor se hacía más y más insoportable y parecía emanar del interior de las casas.

Sin entrar en ninguna de las viviendas llegaron hasta la plaza mayor. Allí se encontraron con la más horripilante de las visiones. Ninguno de ellos, ni en la más dantesca de sus pesadillas, había visto antes tal horror: por todas partes había restos de esqueletos humanos, calaveras alineadas, como expuestas para la venta y, colgando del gran árbol central de la plaza, renegridos jirones de pieles y visceras humanas en torno a los cuales zumbaban negras nubes de moscas.

Lo primero que pensó Eva fue que aquello era el panorama después de una batalla. Casi inmediatamente descartó semejante idea pues no justificaba la colocación de las calaveras ni los trozos de carne pendientes del árbol. Allí había ocurrido algo que iba mucho más allá de las atrocidades de unos soldados sedientos de sangre o de unos bandidos del desierto. Y esto se hizo aún más evidente cuando la mujer se inclinó para recoger un hueso, que reconoció como un húmero, el hueso del brazo. Al observarlo bien, un escalofrío recorrió su cuerpo: en él se veían muescas y melladuras que Eva identificó inmediata y correctamente: eran marcas de dientes humanos.

—Canibalismo —murmuró, estupefacta.

El zumbido de las moscas y el susurro de Eva parecieron aumentar la macabra quietud de la aldea.

Suavemente, Grimes le quitó el hueso de las manos y lo examinó.

—Es cierto —dijo a Hopper—. Unos malditos energúmenos se han comido a estos pobres diablos.

—A juzgar por el hedor —dijo Hopper, arrugando la nariz—, algunos aún no se han convertido en esqueletos. Aguardadme aquí. Echaré un vistazo dentro de las casas, por si doy con uno vivo.

Grimes no estaba nada tranquilo.

—No me parece que aquí reciban muy bien a los extraños —dijo—. Propongo una rápida retirada hacia el avión antes de que pasemos a formar parte del menú del día.

—Bobadas —bufó Hopper—. Nos enfrentamos a un caso extremo de comportamiento anómalo, que muy bien podría estar causado por el contaminante tóxico que buscamos. No pienso irme hasta llegar al fondo de la cuestión.

—Estoy contigo —dijo Eva, resuelta.

Grimes se encogió de hombros con resignación. Era un hombre a la antigua usanza y no iba a permitir que una mujer lo tomara por un cobarde.

—De acuerdo: iré con vosotros.

Hopper lo palmeó en la espalda.

—Bravo, Grimes. Será un honor estar contigo en el mismo plato de carne guisada.

La primera casa en la que entraron, cuyas paredes eran poco más que piedras amontonadas y sostenidas con barro seco, contenía los cuerpos de un hombre y una mujer, que llevaban muertos al menos una semana. El calor ya había secado sus tejidos y la piel aparecía tirante y apergaminada. Tras un breve examen de los cadáveres, Hopper determinó que la muerte no había sido inmediata, producto de un rápido veneno, sino lenta y precedida de terribles sufrimientos.

—Sin un examen patológico, poco se puede decir —comentó Hopper.

Con expresión calmada e imperturbable, Grimes dijo:

—Esta gente lleva muerta algún tiempo. Me sería más fácil conseguir respuestas claras si encontrásemos víctimas más recientes.

A Eva, aquellas palabras le sonaron tremendamente frías y clínicas. La mujer se estremeció, no tanto a causa de los cadáveres, como por la visión de un montón de pequeños huesos y calaveras en un rincón de la oscura casa. No pudo evitar preguntarse si la pareja no habría matado y devorado a sus propios hijos. La idea era tan aborrecible que prefirió no pensar en ella. Salió del edificio y se metió en una casa del otro lado de la calle.

Atravesó una puerta más ornamentada que las otras y que conducía a un patio en forma de L, despejado y limpio, casi insultante por comparación con los otros, llenos de inmundicias. Allí el hedor era particularmente fuerte. Humedeció un pañuelo con agua de la cantimplora colgada de su cinturón, se lo puso en la nariz y, cautelosamente, fue de una habitación a otra. Las paredes eran de un color blanco de tiza, y los techos altos, de vigas vistas. Había bastante luz, procedente de las múltiples ventanas que se abrían al patio.

Era una de las mayores casas de la aldea y, a juzgar por sus buenos muebles, que permanecían intactos y en pie, a diferencia de los destrozados y desparramados de las otras casas Eva pensó que probablemente su dueño había sido algún comerciante local. Cautelosamente, traspuso el umbral de un gran cuarto rectangular que resultó ser la cocina. La mujer se estremeció y quedó inmóvil, contemplando con enorme disgusto el macabro montón de putrefactos miembros humanos que había en el suelo.

Luchó por contener sus crecientes náuseas, sintiéndose de pronto vacía y asustada. Al huir de la espantosa visión, entró en un dormitorio, donde el impacto fue aún más fuerte. Quedó paralizada, con la vista fija en el hombre que yacía en la cama, aparentemente descansado, con los ojos muy abiertos. Su cabeza reposaba en una almohada y tenía los brazos caídos a los costados, con las palmas de las manos vueltas hacia arriba. Sus ojos diabólicos, en los que el rojo había sustituido al blanco, miraban a Eva sin verla. Por un instante terrible, la mujer pensó que el hombre estaba vivo. Pero ni su pecho se movía al ritmo de la respiración ni los ojos parpadeaban.

Eva se quedó allí plantada, con la vista fija en el cadáver, durante lo que le pareció una eternidad. Al fin, hizo acopio de valor, se acercó a la cama y, con las puntas de los dedos, tocó la arteria carótida del yacente. No había pulso. Probó a levantarle un brazo. El rigor mortis apenas había agarrotado los músculos. Eva se enderezó al escuchar pisadas tras ella. Al volverse, vio a Hopper y a Grimes.

Los dos hombres de acercaron y contemplaron el cadáver. Bruscamente, Hopper se echó a reír.

—Bueno, Grimes: si querías una víctima reciente para hacerle la autopsia, aquí la tienes.

 

Una vez hubo transportado a todos los científicos de la ONU y sus equipos portátiles, Batutta estacionó el «Mercedes» junto al avión. Bajo el sol implacable, el interior de la carlinga y de la cabina de pasajeros se había convertido en un horno, por lo que los tripulantes estaban resguardados bajo la sombra de un ala. Aunque en presencia de los científicos los hombres habían actuado como civiles, ahora se cuadraron ante el capitán y lo saludaron militarmente.

—¿Queda alguien en el aparato? —preguntó Batutta. El primer piloto negó con la cabeza.

—Usted se ha llevado al último. El avión está vacío. Batutta sonrió al piloto, que llevaba el uniforme de las líneas aéreas con galones en la manga.

—Buena actuación, teniente Djemaa. El doctor Hopper se tragó el anzuelo. Han logrado convencerlo de que eran ustedes la tripulación de reserva.

—Se lo agradezco, capitán. Y también, se lo agradezco a mi madre, que era surafricana y me enseñó inglés.

—Debo usar la radio para hablar con el coronel Mansa.

—Si me acompaña a la cabina, le sintonizaré la frecuencia.

Entrar en la carlinga del aparato fue como introducirse en un cubo de plomo fundido. Aunque el teniente Djemaa había dejado abiertas las ventanillas laterales para que corriese el aire, el calor cortó el aliento de Batutta, que estuvo sufriendo los ardores del infierno mientras el disfrazado piloto de las fuerzas aéreas malienses llamaba a la central del coronel Mansa. Una vez establecido el contacto, Djemaa entregó el micrófono a su superior y, con gran alivio, salió de la sofocante cabina.

—Aquí Halcón Uno. Cambio.

—Lo escucho, capitán —replicó la voz familiar de Mansa—. Prescinda de la clave. No creo que haya agentes enemigos a la escucha. ¿Cuál es la situación?

—Todos los nativos de Asselar están muertos. Los occidentales actúan libremente en el lugar. Repito: todos los nativos están muertos.

—Esos malditos caníbales se comieron unos a otros, ¿no?

—Sí, coronel, hasta la última mujer y el último niño. El doctor Hopper y su gente creen que fueron envenenados.

—¿Tienen pruebas?

—Aún no. En estos momentos están analizando el agua del pozo y haciendo autopsias a las víctimas.

—Da lo mismo. Sígales la corriente. En cuanto acaben con sus experimentos, que el avión los lleve a Tebezza. El general Kazim les ha organizado una fiesta de bienvenida.

A Batutta no le costaba imaginar lo que el general había preparado para Hopper. Detestaba al corpulento canadiense; los detestaba a todos ellos.

—Me ocuparé de que lleguen en buen estado.

—Cumpla su misión, capitán, y creo poder prometerle un ascenso.

—Gracias, coronel. Cambio y fuera.

Grimes se instaló en la casa donde Eva había descubierto el hombre muerto en el dormitorio. Era la mayor y más limpia de todas las de la aldea. Hizo la autopsia al cadáver mientras Eva efectuaba pruebas de sangre. Hopper analizó muestras de los pozos que contenían las escasas reservas de agua de la aldea. Los otros miembros del equipo se dedicaron a analizar tejidos y huesos de una selección hecha al azar de los cadáveres. En un almacén próximo al centro urbano encontraron los maltrechos Land Rover del safari cuyos miembros habían sido asesinados. Pusieron a los coches en funcionamiento para trasladar pertrechos entre la aldea y el avión, mientras el capitán Batutta iba de un lado a otro, sin hacer nada particularmente útil.

Como la fetidez procedente de los muertos era excesiva para dormir, trabajaron sin parar toda la noche y no pararon hasta el anochecer siguiente. Entonces se reunieron en torno al avión. Tras un breve sueño y una cena a base de carne enlatada, el equipo de la OMS se congregó en torno a una estufa de petróleo para protegerse de las severas temperaturas, que habían descendido treinta y cinco grados en relación con el día. Batutta hizo de anfitrión, preparándoles un fuerte té africano, y escuchando atentamente mientras todos cambiaban impresiones relajadamente.

Hopper aspiró una bocanada de su pipa e hizo señas a Warren Grimes.

—Empieza tú, Warren, y cuéntanos qué averiguaste al examinar al único cadáver decente que encontramos.

Grimes cogió la tablilla que le tendía uno de sus ayudantes, y la estudió por un momento bajo la luz de una linterna Coleman.

—En todos mis años de experiencia, jamás había visto tantas complicaciones en un humano. Coloración rojiza de los ojos, tanto del blanco como del iris. La piel presenta un encendido tinte cobrizo. Bazo hipertrofiado. Coágulos sanguíneos en las venas del corazón, el cerebro y las extremidades. Riñones dañados. Graves lesiones en el hígado y el páncreas. Hemoglobina muy alta. Degeneración de los tejidos grasos. No es de extrañar que se volvieran locos y se comieran unos a otros. Todos esos desórdenes mezclados pueden producir cualquier sicosis descontrolada.

—¿Descontrolada? —preguntó Eva.

—Al empeorar sus condiciones, sobre todo las cerebrales, las víctimas perdieron la razón y un paroxismo se apoderó de ellas, como evidencian los indicios de canibalismo. En mi humilde opinión, es un milagro que el hombre viviera tanto.

—¿Cuál es tu diagnóstico? —preguntó Hopper.

—Muerte por policitemia vera fulminante, una enfermedad de origen desconocido cuyos síntomas son el incremento de los glóbulos rojos y la hemoglobina de la circulación sanguínea. En este caso, una infusión masiva de glóbulos rojos produjo daños irreparables en la víctima. Y como el organismo no creó suficientes coagulantes para causar una trombosis, en todo el cuerpo se produjeron hemorragias, especialmente visibles en la piel y los ojos. Como si le hubieran inyectado dosis masivas de vitamina B doce que, como sabéis, es fundamental para el desarrollo de los glóbulos rojos.

Hopper se volvió hacia Eva.

—Tú hiciste las pruebas de sangre. ¿Qué hay de las células en sí mismas? ¿Mantenían su forma normal, lisa, redondeada y con el centro ligeramente achatado?

Eva movió negativamente la cabeza.

—No: eran distintas a cuantas he visto anteriormente. Casi triangulares, con proyecciones radiales. Como Grimes ha dicho, su número era increíblemente alto. Un adulto normal tiene alrededor de cinco millones doscientos mil glóbulos rojos por milímetro cúbico de sangre. Nuestra víctima tenía el triple.

Grimes dijo:

—Debo añadir que también descubrí rastros de envenenamiento por arsénico, y eso también lo hubiese matado tarde o temprano.

Eva asintió.

—Confirmo el diagnóstico de Warren. En las muestras de sangre encontré concentraciones de arsénico por encima de lo normal. Y el nivel de cobalto también era excesivo,

—¿Cobalto? —Hopper se enderezó en su sillón plegable.

—No es sorprendente —dijo Grimes—. La vitamina B doce contiene casi un cuatro y medio por ciento de cobalto.

—Vuestras averiguaciones respaldan los resultados que obtuve al analizar los pozos comunales —dijo Hopper—, Un solo vaso de agua contiene suficiente arsénico y cobalto como para matar a un camello.

Con la mirada en las llamas de la estufa, Eva dijo:

—La corriente subterránea debe de haber encontrado a su paso un depósito geológico de cobalto y arsénico.

—Si no recuerdo mal lo que aprendí en las clases de geología de la Universidad —dijo Hopper—, un arseniuro muy corriente es la niquelina, mineral frecuentemente asociado al cobalto.

—Eso no es más que la punta del iceberg —previno Grimes—. La combinación de ambos elementos no puede ser responsable de esta catástrofe. Otra sustancia o compuesto que se nos ha escapado actuó como catalizador, junto al cobalto y el arsénico, aumentando los niveles de toxicidad más allá de lo tolerable, y causó la proliferación de glóbulos rojos.

—Y a su vez mutándolas —añadió Eva.

—No deseo enmarañar aún más el misterio —dijo Hopper—; pero mis análisis descubrieron otra cosa: altísimos niveles de radiactividad.

—Interesante —dijo tibiamente Grimes—. Pero, en todo caso, la exposición a altos niveles de radiación hubiera reducido la cantidad de glóbulos rojos. En mis exámenes no vi nada que se relacionase con los efectos crónicos de la radiactividad.

—¿Y si la radiación ha penetrado recientemente en el agua del pozo? —sugirió Eva.

—Es muy posible —admitió Grimes—. Pero seguimos ante el enigma de cuál fue la sustancia asesina.

Hopper se encogió de hombros.

—Nuestros medios son limitados —dijo—. Si nos enfrentamos a una nueva cepa bacterial, a una combinación de elementos químicos exóticos, quizá aquí no nos resulte posible identificar plenamente las causas. Tendremos que llevar las muestras a nuestros laboratorios de París.

—Un subproducto sintético —murmuró pensativamente Eva. Luego, abarcando el desierto con un amplio ademán, preguntó—: ¿De dónde ha podido salir? De estos contornos no, desde luego.

—¿De la planta de eliminación de residuos tóxicos en Fort Foureau? —sugirió Grimes.

Hopper estudió la cazoleta de su pipa.

—Eso está doscientos kilómetros al noroeste. Demasiado lejos para que, a pesar de los vientos dominantes, un elemento contaminador llegue hasta aquí y se deposite en los pozos del pueblo. Y eso no explica los altos niveles de radiactividad. Las instalaciones de Fort Foureau no procesan desechos radiactivos. Además, los materiales peligrosos son incinerados, así que no es posible que penetren en una vía subterránea de agua y lleguen hasta aquí sin que el terreno absorba parte del veneno químico.

—Muy bien —dijo Eva—. ¿Cuál es nuestro siguiente paso?

—Recoger y volar a El Cairo y luego a París con nuestras muestras. También nos llevaremos el cadáver. Bien envuelto y conservado en un lugar fresco, se mantendrá decentemente hasta que lleguemos a El Cairo y podamos meterlo en hielo.

Eva asintió.

—Estoy de acuerdo. Cuanto antes efectuemos nuestras investigaciones en las condiciones adecuadas, mejor.

Hopper se volvió hacia Batutta. El militar había permanecido en silencio, simulando indiferencia mientras un magnetófono escondido bajo su camisa grababa hasta la última palabra.

—Capitán Batutta...

—Doctor Hopper...

—Hemos decidido emprender vuelo hacia Egipto a primera hora de la mañana. ¿Le parece bien?

Batutta mostró una amplia sonrisa y se retorció un extremo del bigote.

—Lamentablemente, yo me tendré que quedar para informar a mis superiores de lo ocurrido en la aldea. Ustedes pueden continuar hasta El Cairo.

—No podemos dejarlo aquí.

—Los Land Rover tienen combustible más que suficiente. Usaré uno de ellos para llegar a Tombuctú.

—Es un trayecto de cuatrocientos kilómetros. ¿Conoce la ruta?

—Nací y me crié en el desierto —dijo Batutta—. Saldré al amanecer y a la caída de la noche estaré en Tombuctú.

—Quizá nuestro cambio de planes le cree dificultades con el coronel Mansa —sugirió Grimes.

—Recibí órdenes de colaborar en todo con ustedes —dijo paternalmente Batutta—. No se preocupen. Lo único que lamento es no poder acompañarlos a El Cairo.

—Entonces, cuestión resuelta —dijo Hopper, poniéndose en pie—. A primera hora, cargaremos nuestro equipo y saldremos hacia Egipto.

La reunión se disolvió y los científicos se dirigieron a sus tiendas; pero Batutta se quedó junto a la estufa. Desconectó el oculto magnetófono y luego alzó una linterna y la hizo parpadear dos veces en dirección a la carlinga del avión. Un minuto más tarde, apareció el primer piloto por la escalerilla, que se dirigió hacia Batutta.

—¿Qué desea? preguntó.

—Los cerdos extranjeros se marchan mañana replico Batutta.

—Debo radiar a Tebezza la noticia de nuestra llegada.

—No olvide decirles que preparen al doctor Hopper y a su gente la recepción que merecen.

El piloto hizo una mueca de desagrado.

—Tebezza es mal sitio. En cuanto deje a los pasajeros, no pienso pasar allí ni un minuto más del imprescindible.

—Sus órdenes son regresar al aeropuerto de Bamako dijo Batutta.

—Lo haré con gusto. Tras una breve inclinación de cabeza, el piloto se despidió: Buenas noches, capitán.

Eva, que volvía de un corto paseo para disfrutar de la frescura nocturna, y del espectáculo del cielo tachonado de estrellas, pudo ver cómo el piloto volvía al avión, dejando a Batutta junto a la estufa.

«Demasiado servicial y ansioso por complacernos se dijo la mujer. Habrá problemas.» Sacudió la cabeza, como para alejar sus pensamientos. «Ya estás otra vez con tu suspicacia femenina» ¿Qué podía hacer el capitán para detenerlos? Una vez en el aire, ya no habría posibilidad de regresar. Estarían libres del horror, camino de una sociedad más abierta y amistosa. La tranquilizaba saber que jamás regresaría. Sin embargo, algo en su interior le aconsejaba no sentirse excesivamente segura.

 

 

17

 

—¿Cuánto tiempo llevan pisándonos los talones? preguntó Giordino, frotándose los ojos para limpiarlos de tres horas de sueño, y fijando luego la vista en la imagen que aparecía en la pantalla de radar.

—Los divisé hace unos setenta y cinco kilómetros, en cuanto entramos en territorio de Malí replicó Pitt, que permanecía a un lado del timón, manejando distraídamente la rueda con la mano derecha.

—¿Pudiste echarle un vistazo a su armamento?

—No: el barco estaba oculto en un afluente del río, cien metros arriba. Advertí un reflejo en el radar de superficie que me pareció sospechoso. En cuanto pasamos de largo, ellos salieron al cauce principal y comenzaron a seguirnos.

—Podría ser una simple patrulla de rutina.

—Las patrullas de rutina no se esconden bajo redes de camuflaje.

Giordino estudió la escala de distancia en el radar.

—No intentan acercársenos.

—Aguardan su momento.

—Pobrecita cañonera dijo Giordino, apesadumbrado. No sabe que dentro de poco subirá a la gran planta desguazadora del cielo.

—Lamento comunicarte que hay otras complicaciones dijo lentamente Pitt. La cañonera no es el único sabueso que nos sigue.

—¿Vienen más amigos?

—Los militares malienses han tendido la alfombra de bienvenida de acero. Pitt alzó la mirada hacia el azul cielo de la tarde, en el que no se veía ni una nube. Por el este hay una escuadrilla de cazarreactores que no deja de sobrevolarnos.

Giordino los detectó inmediatamente. El ardiente sol refulgía sobre las cúpulas de sus carlingas,

—Son cazas franceses Mirage. El último modelo, perfeccionado. Hay seis... No, siete, y están a menos de seis kilómetros.

Pitt se volvió y señaló hacia el otro lado del río, en dirección oeste.

—¿Ves esa nube de polvo tras las colinas de la orilla? La produce un convoy de vehículos blindados.

—¿Cuántos? pregunté Giordino, haciendo un inventario mentalmente de los misiles que le quedaban.

—Cuando pasaron por un trecho de terreno despejado, pude contar cuatro.

—¿No son tanques?

—Vamos a treinta nudos. Los tanques no podrían seguirnos a esa velocidad.

—Esta vez no le daremos ninguna sorpresa a nadie —dijo Giordino, realista. La fama de nuestros mordiscos nos ha precedido.

—Deducción bastante obvia, a juzgar por su falta de ganas de ponérsenos a tiro.

—Lo que me pregunto es cuándo decidirá ese fulano... ¿Cómo se llama?

—¿Zateb Kazim?

—El que sea dijo Giordino, con un indiferente encogimiento de hombros. ¿Cuándo dará la orden de ataque?

—Si es más listo que el almirante de opereta beninés, y lo que quiere es confiscar el Calíope para su propio deleite, cuanto tiene que hacer es esperar. Al final se nos terminará el río.

—Y el combustible.

—En efecto.

Pitt guardó silencio y contempló el ancho y perezoso Niger que serpenteaba por la arenosa llanura. El dorado sol se encaminaba hacia el horizonte, y cigüeñas blancas y azules aleteaban por el cielo o paseaban por las charcas con sus zancas como palillos. Una bancada de percas del Nilo, sobresaltada por el paso del yate, saltó por el aire y brilló sobre las aguas como unos minúsculos fuegos artificiales. Una pequeña embarcación de remo y vela se cruzó con ellos en dirección contraria. Algunos de los tripulantes dormían a la sombra de una toldilla, sobre la carga de sacos de arroz, mientras otros empujaban la nave con sus pértigas. Todo parecía sereno y pintoresco. Resultaba difícil creer que la muerte y la destrucción acechasen río arriba.

Giordino sacó a Pitt de su ensimismamiento:

—¿No mencionaste que la mujer que conociste en Egipto pensaba venir a Malí?

Pitt asintió.

—Forma parte del equipo de la Organización Mundial de la Salud. Venían a Malí para investigar una extraña epidemia que se había desatado en los pueblos del desierto.

—Lástima que no puedas encontrarte con ella sonrió Giordino. Podrías sentarte a su lado bajo la luna del desierto, susurrarle al oído tus hazañas, y analizar arena.

—Si ésa es tu idea de una cita romántica, no me extraña que te vaya como te va con las mujeres.

—¿De qué otra forma se conquista a una geóloga?

—No es geóloga, sino bioquímica lo corrigió Pitt. —De pronto, Giordino cambió a un tono más serio.

—¿No se te ha ocurrido que ella y sus colegas científicos pueden andar buscando la misma toxina que nosotros?

—Reconozco que la idea se me ha pasado por la cabeza. En aquel momento apareció Rudi Gunn, procedente de su laboratorio, ojeroso pero con una amplia sonrisa en los labios.

—Lo conseguí anunció triunfalmente.

Giordino lo miró, sin comprender.

—Conseguiste, ¿qué?

Gunn no respondió, pero mantuvo su sonrisa.

Pitt comprendió casi inmediatamente.

—¿Lo has descubierto?

—¿El elemento que provoca las mareas rojas? murmuró Giordino.

Gunn asintió.

Pitt le estrechó calurosamente la mano.

—Felicidades, Rudi.

—Estaba a punto de tirar la toalla dijo Gunn; pero mi propio descuido me dio la clave. Había pasado cientos de muestras de agua por el cromatógrafo gaseoso, y no había revisado el interior del aparato con la frecuencia debida. Cuando al final eché un vistazo a los resultados, encontré una película de cobalto en el interior de la columna de pruebas del instrumento. Me dejó pasmado ver que un metal aparecía mezclado con contaminantes sintéticos orgánicos, y conseguía llegar hasta el cromatógrafo gaseoso. Tras muchos experimentos, modificaciones y pruebas, identifiqué un compuesto organometálico exótico en el que se combinan el cobalto y un aminoácido sintético alterado.

Giordino se encogió de hombros.

—Todo eso me suena a chino. ¿Qué es un aminoácido?

—El material de que están hechas las proteínas.

—¿Cómo llegó hasta el río? preguntó Pitt.

—Lo ignoro replicó Gunn. Mi teoría es que el aminoácido sintético procede de un laboratorio de ingeniería biotécnica cuyos desechos se arrojan en el lugar de origen junto a vertidos químicos y nucleares. Considero muy remota la posibilidad de que la mezcla que provoca las mareas rojas se produzca espontáneamente a su llegada al mar. Creo que todo se forma en el mismo sitio.

—¿Podría tratarse de un vertedero en el que también hubiera desechos nucleares?

Gunn movió afirmativamente la cabeza.

—Estoy encontrando lecturas muy altas de radiación en el agua. Se trata sólo de otra parte de la polución general, y no está relacionada con las cualidades de nuestro contaminante, pero existe una conexión definida.

En vez de contestar, Pitt echó un vistazo a la pantalla de radar, en la que, a popa, seguía viéndose la imagen de la cañonera, que parecía algo más lejos que antes. Miró hacia arriba, en busca de los cazarreactores. Seguían recorriendo perezosamente el cielo, ahorrando combustible y manteniendolo al Calíope vigilado a distancia. La parte del río en que se encontraban tenía varios kilómetros de ancho, y la nube de polvo de los vehículos blindados no era visible.

—Nuestra misión está cumplida sólo a medias dijo—. Lo siguiente es localizar el punto en que la toxina entra en el Níger. Por lo visto, los malienses no tienen prisa por hostigarnos. Así que continuaremos nuestra investigación río arriba e intentaremos resolver el misterio en su totalidad antes de que la cosa se ponga fea de veras.

—Nuestro sistema de comunicaciones está kaput —dijo Giordino—. ¿Cómo transmitiremos los resultados a Chapman y Sandecker?

—Algo se me ocurrirá.

Gunn, que confiaba ciegamente en Pitt, asintió en silencio y volvió a su laboratorio.

Pitt entregó el timón a Giordino, fue a tenderse en una estera bajo la toldilla de la cabina y se dispuso a recuperar parte del sueño perdido.

Cuando despertó, el anaranjado disco solar se encontraba a un tercio de distancia del horizonte y, sin embargo, el aire parecía mucho más caliente. Un rápido vistazo al radar le mostró que la cañonera seguía pegada a su popa, pero los cazarreactores estaban regresando a su base para repostar. Pitt pensó que sus guardianes se sentían muy confiados. Debían de creer que lo tenían en el bote. ¿Por qué si no iba a marcharse la escuadrilla sin ser relevada por otra?

Se levantó y desperezó. Giordino le tendió una taza de café. Esto te despertará. Buen café egipcio con un poso de barro.

—¿Cuánto tiempo he estado en brazos de Morfeo?

—Has estado muerto para el mundo durante un poco más de dos horas.

—¿Hemos pasado Gao?

—Dejamos atrás la ciudad hace unos cincuenta kilómetros. Te perdiste el espectáculo de una mansión flotante desde la que un montón de bellezas en bikini me saludaron y echaron besos,

—Me tomas el pelo.

Giordino alzó solemnemente una mano.

—Palabra de boy scout. En mi vida había visto una mansión flotante más suntuosa.

—¿Y Rudi? ¿Sigue encontrando altos niveles de toxinas? Giordino asintió con la cabeza.

—Dice que la concentración aumenta a cada kilómetro.

—Debemos de estar cerca.

—El cree que, prácticamente, nos encontramos sobre el lugar del vertido.

Por un brevísimo instante, una lucecita brilló en el fondo de los ojos de Pitt; algo así como el reflejo una idea creada en el interior de su cerebro. Giordino conocía la expresión y su significado: Pitt se había separado del mundo con destino desconocido. Lo que sus opalinos ojos veían en aquellos momentos nada tenía que ver con la realidad del presente,

Giordino lo miró con curiosidad,

—No me gusta esa expresión.

Piti volvió a la tierra.

—Sólo estaba pensando en la forma de mantener al Calíope fuera del alcance de un maldito déspota que lo ambiciona para sus orgías de sexo y alcohol...

—¿Y cómo piensas borrar el brillo de codicia de los ojos de Kazim?

Pitt sonrió como lo haria el villano ladrón de Oliver Twist Fagin, reencarnado.

Mediante una sucia treta que echará por tierra todas sus esperanzas.

 

Poco antes del ocaso, Gunn llamó desde abajo.

—Hemos llegado a aguas limpias. Mis instrumentos ya no detectan contaminación.

Inmediatamente, Pitt y Giordino se asomaron por la borda y escrutaron ambas orillas. En aquel punto, el río doblaba un ligero recodo. No se veían aldeas ni caminos. Sólo desolación lisa y desnuda, extendiéndose por los cuatro horizontes.

—Esto está tan desierto como una axila depilada —murmuró Giordino.

Apareció Gunn y echó una mirada hacia popa.

—¿Se ve algo?

—Juzga por ti mismo —dijo Giordino, abarcando el paisaje con amplio ademán—. Nada de nada. Sólo arena.

—Hacia el este hay algo —dijo Pitt, señalando un amplio barranco que dividía la orilla—. Tiempo atrás debió de llevar agua.

—Pero hace mucho —dijo Gunn—. Parece como si, en siglos más húmedos, hubiera sido un afluente del Níger.

Giordino estudió solemnemente el viejo cauce.

—Rudi debe de haberse puesto un videojuego. Por aquí no hay ningún sitio por el que pueda entrar la contaminación.

—Gira en redondo y demos otra vuelta, para verificar mis datos de nuevo —dijo Gunn.

Pitt obedeció, e hizo varios recorridos arriba y abajo, como si estuviera segando una pradera, comenzando cerca de una orilla y desplazándose en cada trayecto más cerca de la contraria, hasta que la quilla rozó con el fondo del río. A través del radar detectaron que la cañonera a sus espaldas se había detenido. Probablemente, su capitán estaría preguntándose qué se proponía la tripulación del Calíope.

Tras la última maniobra, Gunn asomo la cabeza por la portilla.

—Os juro por lo más sagrado que la más alta concentración de toxinas se encuentra en la boca de esa cañada de la orilla este.

Todos miraron sin mucha convicción hacia el seco cauce, cuyo pedregoso fondo conducía a una hilera de bajas dunas que se alzaban en el páramo. Todos guardaban silencio. Pitt puso los mandos en punto muerto y dejó que el yate se deslizase con la corriente.

—¿Dices que más allá de este lugar no hay rastros de residuos tóxicos? preguntó Pitt.

—Ninguno —fue la tajante respuesta de Gunn—. La concentración sube hasta las nubes frente al barranco y luego se esfuma.

—Quizá se trate de un subproducto natural del terreno —aventuró Giordino.

—El maldito compuesto no es un producto natural —murmuró Gunn—. Te lo garantizo.

—¿Y si se tratara del desagüe subterráneo de una planta química oculta por las dunas? —sugirió Pitt

Gunn se encogió de hombros.

—Eso no podemos saberlo sin investigar más a fondo. Hasta aquí podemos llegar. Hemos cumplido con nuestra parte del trato. Ahora, el resto del trabajo les corresponde a los especialistas en contaminación.

Pitt miró más allá de la popa del barco, donde la cañonera se había hecho visible de nuevo.

Parece que a nuestros sabuesos les pica la curiosidad. No hemos estado muy acertados al dejarles ver nuestras maniobras. Será mejor que sigamos adelante, como si estuviéramos disfrutando del paisaje.

—Menudo paisaje —rezongó Giordino—. Comparado con esto, el Valle de la Muerte es un paraíso terrenal.

Pitt empujo los aceleradores al tiempo que el Calíope alzaba la proa y reiniciaba el avance con un suave zumbido de sus motores. En menos de dos minutos, la cañonera maliense se quedó atrás, perdiéndose de vista. Ahora, pensó Pitt, empieza lo bueno de verdad.

 

 

18

 

Arrellanado en un sillón de cuero, el general Kazim presidía la mesa de conferencias a la que también se sentaban dos ministros del gobierno de Malí y su jefe del Alto Estado Mayor militar. Tanto las pinturas modernas que colgaban de las paredes forradas de seda como la gruesa moqueta daban a la sala de reuniones el aspecto de una lujosa oficina ubicada en un edificio moderno. Los únicos detalles que contradecían esta primera impresión eran el techo abovedado y el amortiguado zumbido de los reactores.

El impecablemente acondicionado Airbus Industrie A300 era uno de los muchos regalos que Yves Massarde había hecho a Kazim, quien, en compensación, permitía al industrial francés efectuar sus vastas operaciones en el país sin preocuparse por nimiedades como las leyes y las restricciones gubernamentales. Si Massarde pedía, Kazim otorgaba... siempre y cuando sus cuentas en el extranjero fueran engrosándose y él siguiera recibiendo regalos y caprichos.

Aparte de servir como medio de transporte privado para el general y sus amigos, el Aerobus estaba provisto de un completo equipo electrónico que oficialmente lo convertía en centro militar de mando y comunicaciones, puro formulismo para cubrir las apariencias y esquivar las críticas de corrupción que lanzaba en el parlamento la minúscula pero ruidosa oposición al gobierno del presidente Tahir.

Kazim escuchaba en silencio mientras su jefe de Estado Mayor, el coronel Sghir Cheik, hacía un detallado informe sobre la destrucción del helicóptero y las cañoneras de Benin. Luego tendió al general dos fotografías del superyate en su trayecto río arriba.

—En la primera foto —indicó Cheik—, el yate enarbola la enseña tricolor francesa. Pero desde que entró en nuestra nación, navega bajo bandera pirata.

—¿Qué tontería es ésa? —preguntó Kazim.

—No lo sabemos —confesó Cheik—. El embajador francés asegura que ni él ni su gobierno saben nada del barco, y que éste no se halla inscrito como propiedad francesa. En cuanto a la bandera pirata, es todo un enigma.

—Por lo menos se sabrá de dónde ha salido el yate.

—Nuestros servicios de inteligencia no han logrado averiguar quién lo fabricó ni cuál es su país de origen. Por su estilo y diseño no parece proceder de ninguno de los grandes astilleros de Europa ni de América.

—Quizá sea japonés o chino —sugirió Messaoud Djerma, el ministro de Asuntos Exteriores.

Cheik se acarició la afilada barba y se ajustó sus costosas gafas de cristales tintados.

—Nuestros agentes también han hecho indagaciones en los astilleros de Japón, Hong Kong y Taiwam que diseñan yates de primera, con velocidades que superan los cincuenta kilómetros por hora. En ninguno de ellos tenían noticia de un barco así.

Incrédulamente, Kazim preguntó:

—¿Es posible que no se sepa nada acerca de esta intrusión?

—Nada. —Cheik alzó las manos—. Es como si Alá hubiera soltado el barco desde el cielo.

—Un yate de inofensivo aspecto, que cambia de banderas como una mujer de vestidos, sube por el río Níger, destruye a la mitad de la marina de Benin y a su almirante, entra en nuestras aguas sin molestarse en detenerse para el control aduanero y de inmigración, y usted me dice que nuestros servicios de información no logran averiguar ni siquiera la nacionalidad del constructor ni del propietario. —Kazim sacudió reprobatoriamente la cabeza—. Increíble.

—Lo siento, mi general —dijo nerviosamente Cheik. Sus ojos miopes eludieron la gélida mirada de Kazim—. Tal vez si se me hubiese permitido enviar un agente al muelle de Niamey...

—Bastante costó sobornar a los agentes nigerienses para que hicieran la vista gorda cuando el yate amarró para repostar. Lo último que necesitábamos era que un torpe agente provocase un problema internacional.

—¿Han respondido al contacto por radio? —preguntó Djerma.

Cheik negó con la cabeza.

—Nuestras llamadas han quedado sin respuesta. Han hecho caso omiso de todas las comunicaciones.

—Pero... En el sagrado nombre de Alá, ¿qué es lo que quieren? —preguntó Seyni Gashi. El jefe del Consejo Militar de Kazim se parecía más a un tratante de camellos que a un soldado—. ¿Cuál es su misión?

—Al parecer, ése es un misterio cuya solución rebasa la capacidad intelectual de mis agentes —dijo Kazim, destemplado.

—Puesto que se encuentra en nuestro territorio —dijo Djerma, el ministro de Asuntos Exteriores—, ¿por qué no nos limitamos a abordar el yate y tomar posesión de él?

—El almirante Matabu lo intentó y ahora yace en el fondo del río.

—El barco lleva lanzamisiles —apuntó Cheik—. Sumamente eficaces, a juzgar por los resultados.

—Es indiscutible que tenemos la suficiente potencia de fuego para...

—El barco y sus tripulantes están atrapados en el Níger y no tienen escapatoria —interrumpió Kazim—. No pueden dar media vuelta y navegar mil kilómetros hasta el océano. Deben darse cuenta de que cualquier intento de fuga hará que nuestros aviones de caza y nuestra artillería de tierra los destruyan. Esperaremos a ver qué hacen. Y cuando se les acabe el combustible, su única esperanza de sobrevivir será rindiéndose. Entonces todas nuestras preguntas recibirán respuesta.

—¿Podremos persuadir a los tripulantes de que revelen su misión? —quiso saber Djerma.

—Claro que sí —replicó apresuradamente Cheik—. Su misión y mucho más.

Por la puerta de la cabina apareció el copiloto que, al tiempo que se cuadraba, anunció:

—Estamos sobrevolando el barco, señor.

—Así que al fin podremos ver el enigma con nuestros propios ojos —dijo Kazim—. Dígale al piloto que nos lo muestre lo mejor posible.

 

El agotamiento y la decepción por no haber localizado con exactitud la fuente de la toxina habían disminuido la capacidad de atención de Pitt, que normalmente era agudísima. El hombre hacía lo posible por no pensar en las tenazas de acero que estaban cerrándose sobre el Calíope.

Giordino fue el primero en oír el zumbido de motores y alzó la vista. Un avión volaba a menos de doscientos metros por encima del río, con sus luces de posición parpadeando en el atardecer. Al aproximarse más, el aparato resultó ser un gran reactor de pasajeros con los colores malienses pintados en el fuselaje. Si lo normal hubiera sido que llevara una escolta de dos o tres cazas, a aquel avión lo protegían más de veinte. Al principio pareció como si el piloto se propusiera lanzarse contra el río y embestir al Calíope, pero a dos kilómetros de distancia remontó el vuelo y comenzó a describir círculos, acercándose al navío en lenta espiral. Los aparatos de escolta se quedaron más arriba, sobrevolando el lugar y describiendo grandes ochos en el cielo.

Cuando el reactor —en cuyo morro Pitt ya había advertido la gran cúpula de radar que lo identificaba como un centro de mando aéreo —estuvo a menos de cien metros, las ventanillas dejaron ver los rostros de los mirones, que parecían no perder detalle del superyate.

Pitt lanzó un largo y silencioso suspiro y, tras agitar los brazos en señal de saludo, hizo una teatral inclinación. —Adelante, amigos, pasen y vean al barco pirata con su alegre banda de ratas de río. Disfruten del espectáculo, pero no toquen la mercancía, porque podrían hacerse daño.

—Y que lo digas. —Con un pie en la escalerilla que conducía a la sala de máquinas, dispuesto a abalanzarse sobre su lanzamisiles, Giordino observaba el avión con mirada belicosa—. A la mínima, lo rompo, lo destrozo, y lo hago fosfatina.

Gunn, repantigado en una silla de cubierta, se quitó la gorra y saludó con ella a los mirones del aire.

—A no ser que conozcas un método para hacernos invisibles, sugiero que no los irritemos. Una cosa es estar en inferioridad de condiciones, y otra muy distinta suicidarse.

—Llevamos las de perder, eso es indiscutible —dijo Pitt, sacudiéndose los restos de cansancio—. Hagamos lo que hagamos, da lo mismo. Tienen potencia de fuego suficiente para convertir al Calíope en astillas.

Gunn escrutó las orillas y el paisaje desnudo más allá.

—Sería inútil amarrar e intentar salir por piernas. En un terreno tan abierto, no duraríamos ni cincuenta metros.

—¿Qué hacemos pues? —preguntó Giordino.

—¿Rendirnos y confiar en nuestra suerte? —sugirió Gunn, sin mucha convicción.

—Hasta una rata acorralada puede morder y correr —dijo Pitt—. Propongo un último acto de desafío, quizá inútil, pero... qué diablos. Les haremos un feo gesto con los puños, aceleraremos a fondo, y a correr. Si se ponen desagradables, los convertiremos en carne de cementerio.

—Lo más probable es que sean ellos quienes lo hagan con nosotros —se lamentó Giordino.

—¿Hablas en serio, Pitt? —preguntó Gunn, incrédulo.

—Nunca he hablado más en serio —dijo enfáticamente Pitt—. El amigo Pitt no tiene las menores ganas de morirse. Kazim sobornó a las autoridades de Níger para que nos permitieran entrar en Malí, e hizo eso porque se muere de ganas de echarle el guante al yate. Parto de la base de que lo quiere intacto, sin un rasguño.

—Te lo vas a jugar todo a la carta perdedora —advirtió Gunn—. Derriba uno solo de sus aviones y Kazim nos sacudirá con todo lo que tiene, que no es poco.

—En eso confío.

—Hablas como si te hubieras vuelto loco —dijo Giordino, receloso.

—No olvidéis los datos sobre la contaminación —dijo pacientemente Pitt—. Ellos son el motivo de que estemos aquí, ¿no?

—No hace falta que nos lo recuerdes —dijo Gunn, comenzando a ver un destello de luz en las aparentemente irrazonables palabras de Pitt—. ¿Qué es lo que bulle en tu malvada sesera?

—Aunque no me hace ninguna gracia destrozar un bonito yate en perfecto estado, una maniobra de distracción puede ser el único medio por el que uno de nosotros logre escapar de Africa y haga llegar a Sandecker y Chapman los resultados de nuestras investigaciones.

—Parece que no ha perdido la razón del todo —admitió Giordino—. Sigue hablando.

—Muy sencillo —dijo Pitt—. Dentro de una hora se hará de noche. Daremos media vuelta y nos acercaremos a Gao cuanto podamos, antes de que Kazim se canse del juego. Rudi se tirará por la borda y nadará hasta la orilla. Luego, tú y yo comenzaremos con los fuegos artificiales y saldremos disparados río abajo como una vestal perseguida por las hordas bárbaras.

—La cañonera que nos sigue quizá tenga algo que decir al respecto, ¿no crees? —le recordó Gunn.

—Eso es una minucia. Si mis previsiones son correctas, pasaremos frente a sus narices sin darles tiempo a reaccionar. Antes de que sus tripulantes se den cuenta, nos habremos perdido de vista.

Giordino lo miró por encima de sus gafas de sol.

—Suena remotamente posible. En cuanto empiece la juerga, los malienses no advertirán que en el agua hay un nadador.

—¿Por qué yo? —preguntó Gunn—. ¿Por qué no uno de vosotros?

—Porque tú eres el más cualificado —explicó Pitt—. Eres inteligente, astuto y escurridizo. Si alguien puede colarse en el aeropuerto de Gao, subir a un avión y salir del país, ése eres tú. Además, eres el único que sabe de química. Nadie mejor para desentrañar el secreto de la sustancia tóxica y de la forma como entra en el río.

—Podríamos intentar llegar a nuestra Embajada en Bamako, la capital.

—Imposible. Bamako está a seiscientos kilómetros.

—Lo que dice Dirk es razonable —estuvo de acuerdo Giordino—. Si él y yo uniéramos nuestros conocimientos de química, no lograríamos ni la fórmula del jabón.

—No voy a permitir que sacrifiquéis vuestras vidas por mí mientras yo escapo —insistió Gunn.

—Déjate de bobadas —replicó Giordino—. Sabes perfectamente que ni Dirk ni yo planeamos cometer un suicidio ritual.

—Se volvió hacia Pitt—. ¿A que no?

—Ni por asomo —dijo Pitt, arrogante—. Una vez hayamos cubierto la huida de Rudi, dispondremos el Calíope de modo que Kazim jamás pueda disfrutar de sus lujos. Luego, nosostros también abandonaremos el barco y emprenderemos un safari por el desierto para descubrir la fuente de la toxina.

—¿Que haremos qué? —Giordino estaba estupefacto—. ¿Un safari...?

—Tienes el don de pintar las cosas facilísimas —dijo Gunn. —¿...por el desierto? —seguía Giordino.

—Un paseíto nunca ha hecho daño a nadie —dijo Pitt, jovial.

—Está claro que me equivocaba —gimió Giordino—. Quiere que nos autodestruyamos.

—En efecto —sonrió Pitt—. Autodestrucción es la palabra mágica.

 

 

19

 

Pitt echó un último vistazo a los aviones, que seguían sobrevolando ociosamente. No habían mostrado ninguna intención de atacar, ni era de prever que lo hiciesen ahora. En cuanto el Calíope iniciase su carrera río abajo, Pitt no podría perder tiempo observándolos. Ir a setenta nudos por un río desconocido entre las sombras de la noche requeriría de toda su concentración.

Su mirada fue de los aviones a la enorme bandera izada en el mástil que sirviera de sustentación a la destrozada antena parabólica. En un compartimiento del yate había encontrado una gran enseña con las barras y estrellas, que puso en lugar del pequeño pabellón pirata enarbolado hasta entonces. La bandera norteamericana medía casi dos metros, pero, en el seco e inmóvil aire de la noche, permanecía fláccidamente enrollada alrededor del mástil.

Miró hacia la cúpula de popa, cuyas portillas se encontraban echadas. Giordino no estaba preparándose para lanzar los seis cohetes que le quedaban sino que los estaba disponiendo en torno a los depósitos de combustible antes de conectarles un temporizadordetonador. Pitt sabía que Gunn también se encontraba abajo, metiendo en un envoltorio de plástico las cintas con los datos analíticos de las muestras de agua. Luego guardaría el envoltorio en una pequeña mochila, con las provisiones y el equipo de supervivencia.

Pitt dirigió su atención al radar, grabando en su mente la posición de la cañonera. Le resultaba sorprendentemente fácil sacudirse los tentáculos del cansancio. Ahora que la suerte estaba definitivamente echada, la adrenalina inundaba su corriente sanguínea.

Aspiró profundamente, empujó hasta el fondo el triple acelerador e hizo girar la rueda del timón hasta el tope de estribor.

Para los que observaban desde las alturas, fue como si el Calíope saltara de la superficie del río y diese media vuelta en el aire. Luego, rodeado por una cortina de agua y espuma, salió disparado río abajo. Su proa asomaba fuera del agua como la punta de un sable, y la popa, que se mantenía bien hundida, producía con sus hélices una enorme turbulencia en el río.

La velocidad del barco hizo que la bandera norteamericana se agitase al viento. Pitt sabía de sobra que hacer ondear la enseña nacional durante una misión secreta e ilegal en territorio extranjero contravenía todas las normas. El departamento de Estado pondría el grito en el cielo cuando los malienses presentaran sus indignadas protestas. Sólo Dios sabía las escandalizadas reacciones produciría en la Casa Blanca. Pero, lisa y llanamente, todo eso a Pitt le importaba un comino.

Los dados ya estaban echados. El negro sendero de agua parecía llamar a la embarcación hacía su seno. Sobre la lisa superficie sólo se veía el reflejo de las estrellas, y Pitt no confiaba en su visión nocturna para mantenerse en la parte honda del cauce. Si embarrancaba a esa velocidad, el barco se desintegraría. Los ojos del hombre iban una y otra vez de la pantalla del radar al indicador de profundidad y luego al negro río ante él.

No perdió tiempo en echar ni un vistazo al velocímetro, cuya aguja rebasaba los setenta nudos. Tampoco necesitaba mirar los tacómetros para saber que todos los indicadores estaban en la zona roja. El Caliope como un purasangre que galopa hacia la muerte, estaba rindiendo al máximo en su último viaje. Era como si el yate supiera que jamás regresaría a su puerto de origen.

La cañonera maliense se desplazó casi al centro de la pantalla de radar. Pitt escrutó las sombras y apenas pudo distinguir la achaparrada silueta del buque poniéndose de costado en un intento de bloquearle el paso. Aunque tenía las luces apagadas, Pitt no dudó ni por un instante que todos los cañones del barco apuntaban hacia ellos.

Decidió fintar a estribor y girar bruscamente a babor para desorientar a los artilleros. Luego pasaría de largo frente a la proa del buque. La ventaja estaba de parte de los malienses; pero Pitt se lo apostaba todo a que Kazim no estaba dispuesto a destruir uno de los mejores y más rápidos yates del mundo. El general no tenía prisa, pues aún disponía de un cómodo margen de varios cientos de kilómetros para detener al barco fugitivo.

Pitt plantó firmemente los pies en cubierta y se aferró a la rueda del timón, preparándose para los bruscos virajes. Por algún oscuro motivo, el rugido de los motores turbodiesel así como el ulular del viento en sus oídos le recordaban el último acto del Crepúsculo de los dioses de Wagner. Lo único que faltaba eran los truenos y relámpagos.

Y los truenos y relámpagos llegaron finalmente.

La cañonera abrió fuego, una ardiente andanada cruzó ensordecedoramente la noche y una letal lluvia de proyectiles se abatió sobre el Calíope.

A bordo del avión de mando, Kazirn contemplaba estupefacto el inesperado ataque. Luego la ira lo dominó.

—¿Quién le ha dicho al capitán de la cañonera que abra fuego? —exigió saber.

Cheik estaba anonadado.

—Habrá actuado por propia iniciativa.

—¡Ordénele que cese inmediatamente el fuego! ¡Quiero ese barco intacto!

—Sí, señor —dijo Cheik, saltando de su sillón y corriendo a la cabina de comunicaciones del aparato.

—¡Idiota! —exclamó Kazim, con el rostro congestionado por la furia—. Mis instrucciones eran claras: nada de combatir si yo no lo ordenaba. Que el capitán y sus oficiales sean ejecutados por desobedecer mis ordenes.

Messaoud Djerma, ministro de Asuntos Exteriores, miró a Kazim con desaprobación.

—Esa es una medida extremadamente dura...

Kazim lo interrumpió con una llameante mirada.

—¡No para quienes me desobedecen!

Ante la mirada asesina de su superior, Djerma se achicó. Nadie que tuviese familia se atrevía a enfrentarse con Kazim. Los que cuestionaban las decisiones del general tendían a desaparecer como si jamás hubiesen existido.

Muy lentamente, Kazim apartó la vista de Djerma y volvió a fijarla en la acción que tenía lugar en el río.

 

Los mortíferos proyectiles trazadores perforaron como rayos la desierta negrura de la noche y, cruzando las aguas, fueron a caer en el río, a babor del Calíope. Fue como si una docena de cañones hicieran fuego a la vez, levantando enormes surtidores de espuma. Luego los artilleros afinaron su puntería, y las balas, disparadas casi a bocajarro, comenzaron a percutir contra el ahora indefenso yate. Grandes boquetes aparecieron en la proa y la cubierta delantera. Los proyectiles hubieran atravesado fácilmente el barco, que carecía de blindaje, si unos rollos de cuerda de nylon y la cadena del ancla de proa no hubieran absorbido todos los impactos.

No hubo tiempo para esquivar la andanada inicial, ni siquiera para reaccionar. Cogido totalmente por sorpresa, Pitt se agachó instintivamente y, en el mismo movimiento, hizo girar desesperadamente el timón para eludir el fuego devastador. El Calíope obedeció y, por unos instantes, quedó a salvo, hasta que los artilleros volvieron a corregir su puntería y las anaranjadas llamaradas cruzaron el río de nuevo. Otra granizada de plomo se abatió contra el casco de acero y la superestructura de fibra de vidrio del yate.

Humo y llamas surgían de la parte de proa, donde las balas trazadoras habían incendiado el nylon. El panel de instrumentos estalló en pedazos. Milagrosamente, el proyectil no alcanzó a Pitt; pero éste notó que algo húmedo le corría por la mejilla. Maldijo su estupidez al pensar que los malienses no destruirían al Calíope Lamentada profundamente haber ordenado a Giordino que retirase los misiles de sus lanzadores y los colocara en torno a los depósitos de combustible. Un solo cohete en la sala de máquinas enemiga, y la cañonera hubiese saltado por los aires, con todos sus tripulantes convertidos en canapés para los peces.

Se encontraba tan cerca del otro barco que, de haber mirado, a la luz de los fogonazos hubiese podido ver la hora en su viejo reloj Doxa sumergible.

Giró bruscamente la rueda del timón, haciendo que el maltrecho yate se deslizase a sólo un par de metros de la proa de la cañonera. Luego pasó de largo, y su estela meció al otro barco, desviando el tiro de los cañones, cuyos proyectiles pasaron inofensivamente por encima y se perdieron en la noche.

De pronto, las andanadas de la cañonera cesaron. Pitt no se detuvo a analizar los motivos de la tregua. Mantuvo un zigzagueante curso hasta que la cañonera hubo quedado bien atrás. Sólo cuando tuvo la certeza de que estaban fuera de tiro, y tras echar un vistazo a la pantalla de radar, aún en buen funcionamiento, y ver que en ella no aparecían aviones atacantes, se relajó y lanzó un profundo suspiro de alivio.

Junto a él apareció Giordino, con rostro preocupado.

—¿Estás bien?

—Furioso conmigo mismo por haber hecho el idiota. ¿Qué tal vosotros?

—Algo magullados. Con tu salvaje forma de conducir, nos has sacudido como si estuviéramos dentro de una coctelera. En uno de los virajes, Rudi se ha dado un golpetazo tremendo en la cabeza; pero eso no le impide apagar el incendio de proa.

—Chico duro.

Giordino dirigió el haz de una linterna contra el rostro de Pitt.

—¿Sabías que tienes un pedazo de cristal en tu fea cara? Pitt levantó una mano de la rueda y se rozó la mejilla, en la que se había clavado un fragmento de vidrio.

—Tú lo ves mejor que yo. Quítamelo.

Sujetando la linterna con los dientes, e iluminando con ella el rostro de Pitt, Giordino cogió la punta del cristal entre el pulgar y el índice y tiró de ella suavemente hasta sacarla.

—Es mayor de lo que pensaba —dijo antes de tirarla al río. Luego, con ayuda de un maletín de primeros auxilios que sacó de un armario de la cabina, dio tres puntos a la herida y la vendó mientras Pitt seguía sin sacar la vista del río y los instrumentos. Concluida la cura, Giordino se echó para atrás y admiró su trabajo.

—Listo. Otra brillante operación en el heroico currículum del doctor Albert Giordino, cirujano del desierto.

Pitt advirtió entre las sombras el tenue brillo de una linterna. Giró la rueda del timón para sortear una pequeña barca de vela que navegaba en la oscuridad. Luego preguntó a Giordino:

—¿Y cuál es tu siguiente contribución a los anales de la medicina?

—Presentarte la minuta, naturalmente.

—Te mandaré un cheque por correo.

Gunn subió, apretándose un cubito de hielo contra un chichón de la coronilla.

—Al almirante se le romperá el corazón cuando sepa lo que hemos hecho con su barco.

—Yo creo que, en el fondo, nunca esperó volver a verlo —especuló Giordino.

—¿Apagaste el fuego? —preguntó Pitt a Gunn.

—Aún quedan rescoldos; pero, en cuanto me limpie los pulmones de humo, le daré otro golpe de extintor.

—¿Alguna vía de agua?

Gunn movió negativamente la cabeza.

—Todos los impactos los hemos recibido por encima de la línea de flotación. La sentina está seca.

—¿Siguen los aviones por ahí arriba? En el radar sólo veo uno.

Giordino alzó la vista al cielo.

—El más grande sigue sin quitarnos ojo —confirmó—. Está demasiado oscuro para ver los cazas, y tampoco se les oye; pero mis huesos me dicen que aún andan merodeando por los contornos.

—¿Cuánto falta para Gao? —preguntó Gunn.

—Setenta y cinco u ochenta kilómetros —calculó Pitt—. Incluso a la velocidad a la que vamos, aún tardaremos una hora o más en ver las luces de la ciudad.

—Siempre y cuando los tipos de ahí arriba nos dejen en paz —dijo Giordino, alzando la voz para que se le oyese por encima del ruido del viento y los motores.

Gunn señaló el aparato portátil de radio.

—Quizá nos convenga darles conversación.

Pitt sonrió en las sombras.

—Sí: creo que ha llegado el momento de atender llamadas.

—¿Por qué no? —estuvo de acuerdo Giordino—. Siento curiosidad por oír lo que tengan que decirnos.

—Hablando, hablando, quizá ganemos el tiempo que necesitamos para llenar a Gao —comentó Gunn—. Aún queda un buen trecho.

Pitt dejó que Giordino se hiciera cargo del timón, subió el volumen del receptor, a fin de que todos pudieran oír la conversación por encima del ruido y habló al micrófono.

—Buenas noches —saludó amablemente—. ¿En qué puedo servirlos?

Tras una breve pausa, sonó una voz en francés.

—Cómo odio esto —murmuró Giordino.

Mirando hacia el avión, Pitt replicó:

—Non parley vous francais.

Gunn frunció el entrecejo.

—¿Sabes lo que has dicho?

Pitt lo miró inocentemente.

—Que no hablo francés —replicó.

—Vous es usted —lo aleccionó Gunn—. Acabas de decirle que él no habla francés.

—Seguro que me ha entendido.

La voz sonó de nuevo por el altavoz.

—Hablo su idioma.

—Espléndido —replicó Pitt—. Cuente.

—Identifiquese.

—Usted primero.

—De acuerdo: soy el general Zateb Kazim, jefe del Consejo Supremo Militar de Malí.

Pitt se volvió y miró a Giordino y Gunn.

—El jefazo en persona.

—Siempre soñé con tener una charla con una celebridad —dijo sarcásticamente Giordino—. Pero nunca pensé que la cosa ocurriría en mitad de la nada.

—Identifiquese —repitió Kazim—. ¿Está usted al mando de un barco norteamericano?

—Soy Edward Teach, capitán del Queen Anne's Revenge. Secamente, Kazim replicó:

—Estudié en la Universidad de Princeton, estoy familiarizado con la historia del pirata Barbanegra, y conozco su verdadero nombre, y el de su buque. Tenga la bondad de dejarse de bromas y rinda su barco.

—¿Y si tengo otros planes?

—Usted y su tripulación serán destruidos por los cazabombarderos de las fuerzas aéreas malienses.

—Si tienen tan buena puntería como las cañoneras, no hay motivo para preocuparse —se burló Pitt.

—No juegue conmigo —advirtió torvamente Kazim—. ¿Quiénes son ustedes y qué hacen en mi país?

—¿Me creería si le dijese que somos un grupo de amigos en excursión de pesca?

—¡Deténganse y entreguen inmediatamente su barco! —espetó Kazim.

—No, no creo que hagamos tal cosa —replicó gentilmente Pitt.

—Entonces, usted y su tripulación morirán.

—Y usted se quedará sin un barco único en el mundo. Un fuera serie. Supongo que ya conoce alguna de sus peculiaridades.

Se produjo un largo silencio. Pitt comprendió que el tiro había dado en el blanco.

—He leído los informes sobre el pequeño altercado que tuvieron con mi difunto amigo, el almirante Matabu. Conozco a la perfección la capacidad de fuego de su barco.

—Entonces ya sabe que podríamos haber maridado la cañonera al fondo del río.

—Lamento que les dispararan. Fue contra mis ordenes.

—También podríamos borrar del cielo su bonito avión —faroleó Pitt.

Kazim, que no era ningún estúpido, ya había considerado tal posibilidad.

—Si yo muero, ustedes mueren. ¿Qué ganamos?

—Déme tiempo para meditar sobre eso... ¿Qué tal hasta llegar a Gao?

—Soy hombre generoso —dijo Kazim, haciendo gala de una insólita paciencia—. Pero una vez en Gao se detendrán y echarán amarras en el muelle del ferry. Si insisten en su estúpido intento de huir, mis aviones los mandarán al infierno de los infieles.

—Comprendido, general. Pone usted las cosas claras como el cristal. —Pitt desconectó la radio y sonrió de oreja a oreja—. Me encanta llegar a acuerdos mutuamente satisfactorios.

 

Cuando las luces de Gao fueron visibles entre las sombras, a menos de cinco kilómetros, Pitt sustituyó a Giordino al frente de los mandos e hizo señas a Gunn.

—Prepárate para el chapuzón, Rudi.

Gunn dirigió una mirada dubitativa al agua, que se deslizaba a casi setenta y cinco nudos.

—A esta velocidad, ni hablar.

—Tranquilo —lo calmó Pitt—. Reduciré por un momento a diez nudos. Tu te tiras por el lado contrario al del avión y, en cuanto hayas saltado, aceleraré de nuevo. —Volviéndose hacia Giordino, añadió—: Dale conversación a Kazim y manténlo entretenido.

Giordino tomó el micrófono y habló con voz turbia.

—¿Podría repetir sus condiciones, general?

—Cesen en su absurdo intento de huir, entreguen el barco en Gao, y vivirán. Esas son las condiciones.

Mientras Kazim hablaba, Pitt condujo al Calíope cerca de la orilla en la que estaba la ciudad. En la cabina, la tensión podía palparse. Pitt se dijo que Gunn debía saltar antes de que las luces de Gao revelaran la presencia de un cuerpo en el agua. El hombre estaba nervioso, y no sin motivo. Debía evitar que su maniobra suscitase el recelo de los malienses. El indicador de profundidad mostraba que el fondo estaba ya a pocos metros. Echó los aceleradores para atrás, haciendo que la quilla del Calíope se hundiese en el agua. La velocidad se redujo tan bruscamente que Pitt se vio lanzado contra el salpicadero de la cabina.

—¡Ya! —gritó a Gunn—. Al agua, y suerte.

Sin una palabra de despedida, el menudo científico de la NUMA agarró fuertemente las correas de su mochila y se dejó caer por la borda, desapareciendo en las oscuras aguas. Casi instantáneamente, Pitt volvió a presionar los aceleradores hasta el tope.

Giordino miró hacia popa, pero Gunn había desaparecido

en el negro río. Con la tranquilidad de que su amigo estaba a

salvo, nadando los cincuenta metros que lo separaban de la ori

lla, el hombre reanudó su conversación con el general Kazim.

—Si nos promete un salvoconducto para salir del país, el barco, o lo que queda de él, después de los saludos que nos envió su cañonera, es suyo.

Kazim no pareció sospechar nada del brusco descenso de la velocidad del yate.

—Acepto —dijo mansamente.

—No nos apetece nada morir bajo una andanada de fuego en un río contaminado.

—Sabia decisión —replicó Kazim. Aunque su tono era sobrio y educado, en él se percibía una nota de hostilidad y triunfo—. Lo cierto es que no tienen ustedes más alternativa.

A Pitt lo embargó la desoladora sensación de que había abusado de la suerte. Ni a él ni a Giordino podía caberles duda alguna de que la intención de Kazim era matarlos y arrojar luego sus cadáveres a los buitres. Había posibilidades de que los malienses no hubiesen reparado en la fuga de Gunn, y también posibilidades de que él y Giordino sobreviviesen; pero eran ínfimas, tan pequeñas que ningún tahúr que se respetase apostaría un solo centavo por ellas.

Su plan, si así podía llamarse, les proporcionaría unas cuantas horas más, eso era todo. Comenzó a maldecir su estupidez por haber creído que podrían salir bien parados.

Pero instantes más tarde la salvación, imprevista e inimaginable, hizo su aparición en la noche.

 

 

20

 

Giordino tocó a Pitt en el hombro y señaló río abajo.

—¿Ves ese resplandor ahí al fondo, a la derecha? Es la fastuosa mansión flotante de la que te hablé. La que pasamos a la ida. Es un auténtico yate de multimillonario, con helicóptero y un enjambre de simpáticas mujeres.

—¿Crees que también tendrá un sistema de comunicaciones vía satélite con el que contactar con Washington?

—No me sorprendería que tuviera hasta télex.

Pitt se volvió hacia Giordino y le sonrió.

—Ya que nuestra agenda no está muy apretada, ¿te parece que le hagamos una visita?

Giordino se echó a reir y lo palmeó en la espalda. —Montaré el detonador.

—Con treinta segundos bastará.

—Hecho.

Giordino devolvió el micrófono a Pitt y bajó a la sala de máquinas. Reapareció casi inmediatamente, mientras Pitt programaba el curso del barco en el ordenador y conectaba el piloto automático. Por suerte, se encontraban en un tramo ancho y recto del río, y el Calíope podría navegar por su cuenta un buen trecho después de que ellos lo abandonaran.

—¿Listo? —preguntó Pitt a Giordino.

Cuando tú digas.

—Hablando de decir... —Pitt se llevó el micrófono a los labios—. General Kazim...

—¿Sí?

—He cambiado de idea. No le damos el barco. Que lo pase usted bien.

Giordino sonrió.

—Me gusta tu estilo.

Pitt arrojó la radio por la borda y aguardó a que el Calíope estuviese a la altura de la casa flotante. Entonces echó para atrás los aceleradores.

En cuanto la velocidad se redujo a veinte nudos, gritó: —¡Ya!

Giordino no se lo hizo repetir. Corrió por la cubierta posterior y se echó al agua desde popa. Cayó en el centro de la estela dejada por el barco, y su chapuzón pasó inadvertido entre el torbellino de espuma. Pitt sólo se demoró lo suficiente para dejar los aceleradores en todo avante, y luego saltó por un costado, haciéndose un ovillo. El impacto le cortó la respiración. Pitt tuvo buen cuidado de no tragar ni un sorbo de la contaminadísima agua. Las cosas ya estaban bastante mal como para empeorarlas con una intoxicación.

Asomó la cabeza fuera del agua para ver cómo el Calíope se perdía a toda máquina entre las sombras, con la velocidad y el ruido de un tren expreso. Era un barco abandonado al que sólo le quedaban unos instantes de existencia. Pitt se mantuvo inmóvil, con la vista en el barco, esperando a que los misiles y los depósitos de combustible detonaran. No tuvo que aguardar mucho. Incluso a la distancia de más de un kilómetro, la explosión fue ensordecedora, y la onda de choque, transmitida a través del agua, le estremeció de arriba a abajo. Una inmensa bola anaranjada se levantó sobre el río. El fiel Calíope voló en mil pedazos. En medio minuto, la noche devoró las llamas y no quedó ni rastro del hermoso yate.

Una vez el ruido de los motores y el estruendo de la explosión, se extinguieron sobre el río se hizo un extraño silencio, sólo roto por el zumbido del avión de Kazim y las lejanas notas de un piano que sonaba en la mansión flotante.

Giordino apareció junto a él.

—¿Nadando? Yo creía que eras capaz de caminar sobre las aguas.

—Sólo lo hago en ocasiones muy señaladas.

Giordino señaló hacia el cielo.

—¿Crees que los engañamos?

—De momento, puede; pero no tardarán en olérselo todo.

—¿Nos colamos en la fiesta?

—Desde luego —replicó Pitt, comenzando a bracear.

Mientras nadaba, estudió la mansión flotante. Era ésta el barco perfecto para la navegación fluvial. Su calado no debía de ser muy superior a los dos metros, y tanto su diseño como su forma recordó a Pitt los viejos barcos de ruedas del Mississippi, como el famoso Robert E. Lee, sólo que carecía de ruedas, y la superestructura era mucho más moderna. La cabina del piloto, situada en la parte delantera de la cubierta superior, era especialmente similar. De estar construido para alta mar, con un casco adecuado para las travesías oceánicas, habría caído en la categoría de megayate. Estudió el esbelto helicóptero posado a mitad de la cubierta de popa, el acristalado atrio de tres niveles, lleno de plantas tropicales, y el bosque de antenas electrónicas que se alzaba junto a la caseta del timón. La increíble mansión flotante era una fantasía hecha realidad.

Cuando se encontraban a veinte metros del portalón del navío, apareció la cañonera maliense, navegando río abajo a toda máquina. En su cubierta, Pitt vislumbró las sombras de los oficiales. Todos miraban hacia donde se había producido la explosión del yate, y no prestaban atención al agua de su alrededor. También vio a un grupo de tripulantes en proa, y no necesitó ser adivino para saber que estaban escrutando el oscuro río en busca de supervivientes, al tiempo que empuñaban armas automáticas con los seguros quitados.

En una rápida ojeada antes de sumergirse en el río, bajo la estela de la cañonera, Pitt vio cómo los pasajeros de la mansión flotante aparecían de pronto en la cubierta de paseo. Hablaban excitadamente entre ellos, y señalaban hacia el lugar en que el Calíope había dejado de existir. Todo el barco, así como el agua que lo rodeaba, estaban fuertemente iluminados por focos montados en la cubierta superior. Pitt salió de nuevo a la superficie y se mantuvo a flote inmóvil, al borde de la zona de luz.

—Hasta aquí podemos llegar sin que nos detecten —susurró a Giordino, que flotaba tranquilamente de espaldas junto a él.

—Entonces, ¿no haremos una aparición espectacular?

—Las reglas de la discreción recomiendan que primero comuniquemos al almirante Sandecker nuestra situación y luego irrumpamos en la fiesta.

—Como siempre, tienes razón, oh maestro —asintió Giordino—. El dueño puede tomarnos por lo que somos: asaltantes nocturnos; y encadenarnos con grilletes, lo cual sin duda hará en cualquier caso.

—Calculo que son unos veinte metros. ¿Cómo andas de fuelle?

—Puedo contener la respiración tanto tiempo como tú.

Pitt hizo varias aspiraciones profundas, expulsando el aire con fuerza para purgarse los pulmones de dióxido de carbono. Luego inhaló al máximo y se sumergió en el río.

Sabiendo que Giordino lo seguía, buceó hasta tres metros de profundidad y luego comenzó a nadar contra la corriente en dirección al costado del barco. Advertía que iba aproximándose gracias a la creciente luz de la superficie. De pronto, entró en una zona de sombra y comprendió que ya estaba pegado al buque. Alzó una mano para evitar golpearse la cabeza y ascendió hasta tocar el aluminio del casco, recubierto por una tenue película de limo.

Sacó la cabeza del agua, aspiró el aire nocturno y miró hacia arriba. Salvo por unas manos apoyadas en la barandilla, sólo dos metros más arriba, no podía ver a los pasajeros, ni tampoco podían ellos verlo a él, a no ser que asomasen el cuerpo y mirasen directamente hacia abajo. Era imposible abordar el barco por el portalón sin ser vistos. Giordino apareció en la superficie e inmediatamente se hizo cargo de la situación.

Silenciosamente, Pitt señaló hacia debajo del barco. Separó las manos, indicando la profundidad del calado. Giordino asintió, comprendiendo, y ambos volvieron a llenarse los pulmones de aire, se sumergieron y bucearon bajo el casco. La manga era tan ancha que tardaron casi un minuto en salir a la superficie por el lado contrario.

Las cubiertas de babor estaban vacías y sin vida. Todos se encontraban en estribor, atraídos por la destrucción del Calíope. Del costado de la nave colgaba un paragolpes de goma que Pitt y Giordino utilizaron para subir a bordo. Pitt se detuvo unos segundos para hacerse una idea de la distribución de la mansión flotante. Estaban en la cubierta a la que daban las suites de los invitados. Así pues debían ir más arriba. Seguido por Giordino, Pitt subió por una escalera hasta la siguiente cubierta. Tras echar un rápido vistazo por una portilla que daba a un comedor del tamaño y la elegancia de un restaurante de lujo, continuaron ascendiendo hasta la cubierta que estaba inmediatamente debajo de la cabina del piloto.

Pitt entornó sigilosamente una puerta y por la rendija pudo ver un lujosísimo salón decorado en tonos amarillos y dorados. Todo era vidrio, metales primorosamente trabajados, y cuero. Una de las paredes estaba ocupada por un elegante y bien dotado bar.

No se veía al barman, que debía de estar con los demás, de mirón. Sin embargo, sentada a un pequeño piano de cola, había una mujer rubia, de largas y desnudas piernas, estrecha cintura y piel bronceada. Llevaba un mínimo vestido negro, provocativamente ceñido. Estaba tocando y cantando con voz aguardentosa una más que discutible versión de «La última vez que vi París». Sobre el piano había cuatro copas de martini vacías, que sin duda eran la causa de la pésima calidad de su recital. Al ver aparecer a Pitt y a Giordino se interrumpió para mirarlos con brumosa curiosidad.

—¿De qué cubo de basura os habéis escapado? —farfulló.

Pitt miró hacia el espejo de detrás del bar y pudo verse a él y a Giordino, dos hombres que vestían mojados shorts y camisetas, con los cabellos pegados a la cabeza, y que llevaban más de una semana sin afeitarse. Se dijo que no podía reprocharle a la mujer que los mirase como a dos ratas ahogadas. Se llevó un dedo a los labios, en petición de silencio, tomó una mano de la mujer y la besó y luego cruzó una puerta que daba a un corredor.

Giordino se detuvo junto a la rubia, a quien dirigió una lujuriosa mirada y un guiño. Luego le susurró al oído:

—Me llamo Al, te amo y volveré.

Luego, también él salió.

El corredor parecía prolongarse hasta el infinito. A ambos lados se abrían pasillos. El lugar era un auténtico laberinto que no podía por menos de intimidar a los recién llegados. Si, desde fuera, la mansión flotante parecía grande, una vez dentro resultaba monumental.

—No nos vendrían mal un par de motos y un mapa de carreteras —murmuró Giordino.

—Si este barco fuera mío —dijo Pitt—, tendría mi despacho en la parte superior delantera, para disfrutar de la vista.

—Quiero casarme con la pianista.

—Déjalo para luego —murmuró cansadamente Pitt—. Sigamos adelante y vayamos echándole un vistazo a las puertas.

Identificar los departamentos resultó fácil. Todas las puertas tenían elegantes placas que anunciaban la pieza a la que daban. Como Pitt había supuesto, en la del fondo del corredor se leía: Mr. Massarde. Despacho privado.

—Debe de ser el dueño de este palacio flotante —dijo Giordino.

Sin responder, Pitt abrió la puerta. Cualquier director ejecutivo de cualquier gran empresa occidental se hubiera puesto verde de envidia ante aquel despacho. La pieza principal del mobiliario era una gran mesa de conferencias de estilo español, una costosísima antigüedad rodeada por diez sillones primorosamente tapizados por artesanos navajos. Increíblemente, el decorado y los adornos de las paredes también procedían del suroeste de Estados Unidos. A Pitt le costó creer que se encontraba en un barco anclado en pleno continente africano. Junto al enorme escritorio de madera noble, había en un espléndido bargueño del siglo xix, que albergaba un completo equipo de comunicaciones.

La pieza estaba vacía así que Pitt no perdió un minuto. Cruzó rápidamente hasta la consola telefónica, se sentó ante ella, y estudió por unos momentos la compleja serie de botones y diales. Luego comenzó a teclear. Una vez marcados los prefijos del país y la ciudad, añadió el número directo de Sandecker y quedó a la espera. La consola emitió una serie de clics y clacs, que fueron sucedidos de diez segundos de silencio y, al fin del peculiar sonido de llamada de un teléfono norteamericano.

Tras una docena de llamadas, seguía sin haber respuesta.

—Dios bendito, ¿por qué no contesta? dijo Pitt, exasperado.

Hay una diferencia de cinco horas con Washington. Quizá el almirante esté almorzando.

Pitt negó con la cabeza.

—Sandecker, jamás. En situaciones de crisis, ni come. Giordino entreabrió la puerta y miró al exterior. Volvió a cerrarla y dijo:

—Más vale que se dé prisa en contestar. Los del barco han descubierto el reguero de agua que hemos dejado a nuestro paso y vienen hacia aquí.

—Manténlos a raya dijo Pitt.

—¿Y si traen armas?

—Preocúpate por eso cuando llegue el momento. Giordino miró las muestras de arte indio repartidas por la estancia.

—Y me dice que los mantenga a raya rezongó. Custer en Little Bighorn, ése soy yo.

Al fin, por el altavoz sonó una voz femenina.

—Despacho del almirante Sandecker.

Pitt arrancó el microteléfono de su horquilla.

—¿Julie?

A Julie Wolff, la secretaria privada de Sandecker, se le cortó el aliento.

—Pero, Mister Pitt... ¿es usted?

—El mismo.

—Gracias a Dios que siguen vivos. En la NUMA están preocupadísimos. —¿Mr. Giordino y Mr. Gunn se encuentran bien? —Perfectamente. ¿Anda por ahí el almirante?

Está reunido con un equipo táctico de la ONU, estudiando el modo de sacarlos a ustedes de Malí. Ahora mismo lo llamo.

Al cabo de menos de un minuto se oyó la voz de Sandecker, a la vez que sonaba el primer golpetazo en la puerta.

—¿Dick?

—No tengo tiempo para hacerle un extenso informe de la situación, almirante. Por favor, conecte la grabadora.

—Está conectada.

Rudi descubrió al malvado químico. Tiene todos los informes y se dirige hacia el aeropuerto de Gao, donde espera poder colarse como polizón en algún vuelo que salga del país. Hemos localizado el lugar en que el compuesto entra en el Níger. La situación exacta figura en los informes de Rudi. Lo malo es que la fuente originaria se encuentra en un lugar desconocido del desierto, hacia el norte. Al y yo nos hemos quedado para intentar localizarla. Por cierto, hemos destruido el Calíope...

Los nativos se ponen pesados gritó Giordino, desde el otro extremo del despacho. Mantenía la puerta cerrada con su considerable musculatura, pero poco a poco los que empujaban desde fuera iban ganando terreno.

—¿Dónde estáis? preguntó Sandecker.

—¿Ha oído usted hablar de un ricachón llamado Massarde?

—Sí: Yves Massarde. Es un financiero francés.

Antes de que Pitt pudiera contestar, la puerta cedió y, como si se tratara de la delantera de un equipo de rugby, seis tripulantes se abalanzaron en el interior del despacho. Giordino tumbó a los tres primeros antes de que una pila de cuerpos se amontonase sobre él.

Somos huéspedes sin invitación en la casa flotante de Massarde dijo apresuradamente Pitt. Lo siento, almirante: ahora le tengo que dejar. Parsimoniosamente, Pitt colgó el microteléfono, giró el sillón y miró al hombre que acababa de entrar y se dirigía hacia él sorteando la mélée.

Yves Massarde iba elegantemente vestido, con un smoking de blanca chaqueta en cuyo ojal lucía una rosa amarilla y una mano metida en un bolsillo. Tras rodear el montón de luchadores que intentaban inmovilizar a Giordino, fue a detenerse ante Pitt, al que miró por entre la nube de humo azul procedente del cigarrillo «Gauloise Bleu» que colgaba de la comisura de sus labios. Vio cómo un individuo, sentado a su escritorio personal con los brazos cruzados, lo miraba con irónica y desafiante sonrisa. Massarde, buen juez de las personas, inmediatamente comprendió que se encontraba frente a alguien astuto y peligroso.

—Buenas noches dijo cortésmente Pitt.

—¿Americano o inglés? preguntó Massarde.

—Americano.

—¿Qué hace en mi barco?

Los firmes labios seguían sonriendo levemente.

—Necesitaba urgentemente usar su teléfono. Espero que mi amigo y yo no lo hayamos molestado. Con mucho gusto le abonaré el importe de la llamada y los daños que haya sufrido la puerta.

Podrían haber pedido permiso, para subir a bordo y usar el teléfono, como unos caballeros habrían hecho. —El tono de su voz indicaba claramente que Massarde consideraba a los norteamericanos rústicos cowboys.

—Con nuestro aspecto, y siendo unos perfectos desconocidos que aparecen súbitamente en la noche, ¿nos habría invitado a pasar a su despacho privado?

Massarde meditó sobre ello y luego sonrió.

—No, probablemente, no. Tiene usted razón.

Pitt cogió una pluma de un antiguo tintero y escribió algo en un block, arrancó la página, se levantó del escritorio y, una vez lo hubo rodeado, le tendió la nota a Massarde.

—Puede enviar la factura a esta dirección. Ha sido un placer charlar con usted; pero ahora debemos seguir nuestro camino.

La mano de Massarde asomó por el bolsillo armada con una pequeña pistola automática cuyo cañón apuntó a la frente de Pitt.

—Debo insistir en que se queden y disfruten de mi hospitalidad hasta que los entregue a las fuerzas de seguridad malienses.

A Giordino ya lo habían inmovilizado y obligado a ponerse en pie. Un ojo se le estaba hinchando y la nariz le sangraba.

—¿Nos va a poner grilletes? —preguntó a Massarde.

El francés lo estudió como si Giordino fuera el oso de un zoo.

—Sí: creo que ésa será una medida adecuada.

Giordino miró a Pitt.

—¿Ves? —murmuró hoscamente—. Te lo dije.

 

 

21

 

Sandecker regresó a la sala de conferencias del edificio central de la NUMA y se sentó con una expresión optimista que no estaba en su rostro diez minutos atrás.

—Viven —anunció lacónicamente.

A la mesa, cuyo tablero estaba cubierto por un gran mapa del Sáhara Occidental y por una serie de informes sobre las fuerzas militares y policiales de Malí, se sentaban dos hombres que miraron a Sandecker y asintieron aprobadoramente.

—Entonces continuaremos con la operación de rescate según lo planeado —dijo el mayor de los dos, un individuo de repeinados cabellos grises y ojos que brillaban como topacios desde un rostro grande y redondo.

El general Hugo Bock era un hombre de amplias miras que elaboraba sus planes con coherencia. Poseedor de múltiples habilidades, era un luchador nato. Bock era comandante en jefe de una fuerza de seguridad muy poco conocida llamada UNICRATT, siglas del United Nations International Critical Response and Tactical Team. El equipo estaba compuesto por combatientes extraordinariamente capacitados y de gran experiencia, procedentes de nueve países, y que efectuaban para la ONU misiones que jamás se divulgaban. Bock había tenido una brillante carrera en el ejército alemán, prestando servicios de asesor en países del Tercer Mundo azotados por guerras revolucionarias o conflictos fronterizos.

Su lugarteniente era el coronel Marcel Levant, condecoradísimo veterano de la Legión Extranjera Francesa. Un aura anticuadamente aristocrática lo rodeaba. Graduado en Saint Cyr, la más prestigiosa academia militar de Francia, había actuado en todo el mundo, y fue un héroe de la corta guerra del desierto iraquí de 1991. Su rostro resultaba inteligente, incluso atractivo. Aunque tenía casi treinta y seis años, su delgadez, el largo cabello castaño, el enorme pero bien recortado bigote y los grandes ojos grises le daban el aspecto de un universitario recién graduado.

—¿Los tiene localizados? —preguntó Levant a Sandecker.

—En efecto —replicó Sandecker—. Uno de ellos intenta meterse en algún avión que salga del aeropuerto de Gao. Los otros dos se encuentran en una casa flotante del río Níger, propiedad de Yves Massarde.

Al oír ese hombre, Levant arqueó las cejas.

—Vaya, el Escorpión.

—¿Lo conoces? —preguntó Bock.

—Sólo de oídas. Yves Massarde es un especulador internacional cuya fortuna se calcula en unos dos mil millones de dólares norteamericanos. Lo llaman el Escorpión porque varios de sus rivales y socios desaparecieron misteriosamente dejándolo como único propietario de grandes, y muy rentables, corporaciones. Se le tiene por un hombre implacable, y es un permanente engorro para el gobierno francés. Sus amigos no podrían haber elegido una compañía peor.

—¿Se dedica a actividades delictivas? —preguntó Sandecker.

—Sin duda, pero no deja pruebas que permitan llevarlo a los tribunales. Según mis amigos de la Interpol, su expediente tiene más de un metro de grosor.

Bock murmuró:

—Con toda la gente que hay en el Sahara, ¿cómo se tropezaron sus amigos con él?

Encogiéndose cansadamente de hombros, Sandecker replicó:

—Si conociesen a Dirk Pitt y a Al Giordino, lo comprenderían.

—Continúo sin explicarme por qué la secretaria general Kamil aprobó una operación para sacar de Malí a los de la NUMA —dijo Bock—. Las misiones de nuestro equipo sólo se emprenden bajo el máximo secreto y en situaciones de crisis internacional. No entiendo por qué salvar las vidas de tres investigadores de la NUMA es tan crucial.

Sandecker miró a Bock a los ojos fijamente.

—Créame cuando le digo que nunca tendrá usted una misión más importante que ésta. Los datos científicos que esos hombres han reunido en Africa Occidental deben llegar cuanto antes a los laboratorios de Washington. Por alguna estúpida razón que sólo Dios conoce, nuestro Gobierno no quiere verse implicado. Afortunadamente, Hala Kamil comprendió la urgencia del caso y dio el visto bueno a la misión,

—¿Puede saberse de qué clase de datos se trata? —preguntó Levant a Sandecker.

El almirante negó con la cabeza.

—Imposible.

—¿Es una materia clasificada que afecta sólo a Estados Unidos?

—No: afecta hasta al último hombre, mujer y niño del planeta.

Block y Levant cambiaron miradas de desconcierto. Tras una pausa, Bock se volvió de nuevo hacia Sandecker.

—Acaba de decir que sus hombres se han separado. Ese factor compromete gravemente el éxito de la misión. Dividir nuestras fuerzas implica un grave riesgo.

¿Está diciéndome que no puede salvar a todos mis hombres? —preguntó incrédulamente Sandecker.

Levant explicó:

—Lo que el general Bock dice es que, si emprendemos simultáneamente dos misiones, los riesgos se duplican. El factor sorpresa se reduce a la mitad. Por ejemplo: tenemos muchas más posibilidades de éxito concentrando nuestro esfuerzo en sacar a los dos hombres que se encuentran en la casa flotante de Massarde, porque no es de esperar que allí haya guardias fuertemente armados. Además, podemos determinar la localización exacta. En el aeropuerto, la cosa es distinta. No tenemos idea del lugar en que su hombre...

—Rudi Gunn —aclaró Sandecker—. Se llama Rudi Gunn.

—No sabemos dónde se esconde Gunn —continuó Levant—. Nuestro equipo tendría que perder un tiempo precioso en buscarlo. Además, el aeropuerto se usa tanto para fines civiles como militares. Hay vigilancia las veinticuatro horas del día. Para huir de Malí utilizando Gao como puerta de salida hace falta una suerte inmensa. Si lo que se quiere es salir vivo y de una pieza, claro.

—¿Me piden que elija?

Levant explicó:

—En previsión de los imponderables que puedan surgir, debemos determinar qué misión es la prioritaria y cuál es la secundaria.

Bock miró a Sandecker.

—Usted decide, almirante.

Sandecker miró el mapa de Malí extendido sobre la mesa, fijándose en la roja línea sobre el río Níger que marcaba el recorrido del Calíope. En realidad, pocas eran sus dudas acerca de la decisión correcta. Los análisis químicos eran lo fundamental. No obstante, en su cabeza resonaban obsesivamente las palabras de Pitt, diciéndole que se quedarían atrás, continuando la busca de la fuente de la contaminación. Sacó de una cigarrera de piel uno de sus puros exclusivos y lo encendió lentamente. Durante un largo momento, miró la marca que señalaba la ciudad de Gao. Luego volvió a enfrentarse a Bock y Levant.

—El rescate prioritario es el de Gunn —dijo Sandecker, tajante.

Bock asintió con la cabeza.

—Muy bien.

Pero... ¿cómo podemos tener la certeza de que Gunn no ha conseguido ya introducirse en un avión y salir del país? preguntó Sandecker.

Mi equipo ya ha consultado los horarios dijo Levant. El próximo vuelo con destino al extranjero despegará de Gao dentro de cuatro días, siempre que no se cancele, lo cual no es nada infrecuente.

Cuatro días... murmuró Sandecker, desolado. Gunn no puede esconderse durante tanto tiempo. Veinticuatro horas a lo sumo... si pasa más tiempo seguro que las fuerzas de seguridad malienses lo atrapan.

A no ser que tenga aspecto de nativo y hable árabe o francés dijo Levant.

Pues no, nada de eso dijo Sandecker.

Bock tocó el mapa de Malí con el índice.

El coronel Levant y un equipo táctico de cuarenta hombres pueden estar en Gao en el plazo de doce horas.

Podemos, pero no lo haremos advirtió Levant. En doce horas estará amaneciendo en Malí.

Es cierto, no había caído en ello reconoció Bock. No puedo arriesgar a mi gente en una acción diurna.

Sandecker comentó amargamente.

Cuanto más esperemos, más probabilidades habrá de que detengan a Gunn y lo ejecuten.

Le prometo que mis hombres y yo haremos todo lo posible por rescatar a su agente dijo solemnemente Levant; pero no a costa de arriesgar vidas inútilmente.

No fracasen. Sandecker miró a Levant con fijeza. La información que posee es vital para la supervivencia de todos.

Bock sopesó con evidente escepticismo aquellas palabras. Luego su expresión se hizo dura.

Queda usted advertido, almirante: sancionada o no por la secretaria general de las Naciones Unidas, si esta misión resulta un fiasco en el que una veintena de mis hombres muere por intentar salvar a uno de los suyos, más vale que haya una buena razón que lo justifique, o le juro que alguien tendrá que vérselas conmigo personalmente.

La identidad del alguien en cuestión quedó meridianamente clara. Sandecker ni pestañeó. Un amigo que le debía favores le había pasado copia del expediente del UNICRATT de Bock. Entre las otras fuerzas especiales, formadas a su vez por agentes duros y avezados, eran conocidos como los «unilocos». No temían a la muerte, eran intrépidos en el combate y desconocedores de la clemencia, y pocos los superaban en el oficio de matar. Cada uno actuaba como agente de su propia nación y se daba por hecho que todos pasaban informes referentes a las actividades secretas de la ONU. El almirante había leído un perfil sicológico del general Block y conocía a la perfección el terreno que pisaba.

Sandecker se echó hacia delante en su asiento y dirigió a Bock una mirada granítica.

Ahora escúcheme, mequetrefe. Me importa un carajo cuántos hombres pierda sacando a Gunn de Malí. Rescátelo, y punto. Y si mete la pata, despídase de su culo.

Bock no lo golpeó. Sus ojos, bajo cejas que eran densas matas de pelo gris, parecían los de un oso dispuesto a devorar a un corderillo. Doblaba en tamaño al almirante, por lo que una pelea entre ambos hubiese durado lo que un suspiro. De pronto, el corpulento alemán, relajándose, se echó a reír.

Ahora que ya nos conocemos, ¿qué tal si vamos al grano y entre los dos trazamos un plan a toda prueba?

Sandecker sonrió y, lentamente, se retrepó en su sillón y tendió a Bock uno de sus mastodónticos cigarros.

Es un placer hacer negocios con usted, general. Esperemos que nuestra asociación resulte provechosa.

 

Hala Kamil acababa de salir de una recepción dada en su honor por el embajador de la India en las Naciones Unidas, y permanecía en la escalinata del «Hotel Waldorf Astoria», aguardando. Caía una ligera lluvia. Un gran «Lincoln» negro se detuvo junto al bordillo, y la mujer, bajo el paraguas del portero, caminó hasta él, recogió la falda de su vestido y, con grácil movimiento, montó en la limusina.

Ismail Yerli, que estaba sentado en el interior, tomó la mano de la mujer y la besó.

Lamento que nos tengamos que encontrar así se disculpó; pero no conviene que nos vean juntos.

Hala lo miraba con ojos radiantes.

Ha pasado mucho tiempo, Ismail. Últimamente, has hecho todo lo posible por eludirme.

Él miró hacia el compartimento del chófer, cerciorándose de que el cristal de separación estaba alzado.

—Consideré que lo mejor que podía hacer por ti era esfumarme. Has trabajado mucho y llegado demasiado lejos para perderlo todo a causa de un escándalo.

—Habríamos sido discretos —dijo Hala en voz baja. Yerli negó con la cabeza.

—Las aventuras amorosas de los hombre públicos suelen ser pasadas por alto. Pero tratándose de una mujer en tu posición... Tanto la Prensa seria como la de chismorreo harían pedacitos con tu imagen en todos los países del mundo.

—Sigo sintiendo un gran afecto por ti, Ismail.

El puso su mano sobre las de ella.

—Y yo por ti; pero... contigo, a la ONU le tocó la lotería. No quiero ser el causante de tu caída.

—Y, por consiguiente, hiciste mutis —dijo Hala, cada vez más dolida—. Muy noble por tu parte.

—En efecto —replicó él sin un titubeo—. Para evitar que los medios de comunicación pregonaran a los cuatro vientos que la secretaria general de las Naciones Unidas era amante de un agente secreto francés infiltrado en la Organización Mundial de la Salud. A mis superiores de la Segunda División del Comité Nacional de Defensa tampoco les haría la menor gracia que se me desenmascarase.

—Si hasta ahora hemos logrado mantener lo nuestro en secreto, ¿por qué no continuar?

—Si alguien busca, acaba encontrando. La primera norma de un buen agente es operar en la sombra, sin pasarse de visible ni de furtivo. Al enamorarme de ti puse en peligro mi cobertura en la ONU. Si los británicos, los norteamericanos o los chinos llegan a tener la más leve sospecha de lo que hay entre nosotros, sus equipos de investigación no pararán hasta tener gruesos expedientes llenos de sórdidos detalles. Y luego utilizarían esos expedientes para obtener de ti tratos de favor.

—Aún no lo han hecho —dijo Hala, animosa.

—Ni lo harán —afirmó Yerli, tajante—. Por eso no debemos volver a vernos, salvo en el edificio de las Naciones Unidas.

Hala volvió la cabeza y miró a través de la ventanilla salpicada por la lluvia.

—Entonces, ¿qué haces aquí?

Antes de responder, Yerli tomo aliento.

—Necesito un favor —dijo.

—¿Es algo referido a la ONU, o a tus patrones franceses?

—A ambos.

Hala notó que algo en su interior se revolvía.

—Sólo me quieres para utilizarme, Ismail. Utilizas mis sentimientos en beneficio de tus jueguecitos de espionaje. Eres un cerdo sin escrúpulos.

El no replicó.

Tal como esperaba, Hala terminó cediendo:

—¿Qué quieres de mí?

Yerli fue al grano:

—Hay un equipo de epidemiólogos de la OMS investigando brotes de una extraña enfermedad en el desierto de Malí. Hala asintió:

—Conozco el proyecto. Me informaron de él hace unos días. El doctor Frank Hopper dirige el equipo,

—Así es.

—El doctor Hopper es un científico muy respetado. ¿Qué tienes tu que ver con su misión?

—Coordino los viajes y me ocupo de la logística, la comida, el transporte, el equipo de laboratorio, y cosas así.

—Aún no me has dicho lo que deseas.

—Quiero que hagas volver inmediatamente al doctor Hopper y a sus investigadores.

Ella lo miró, sorprendida,

—¿Por qué me pides eso?

—Porque corren un gran peligro. Se de buena tinta que van a ser asesinados por terroristas africanos.

—No te creo.

—Es cierto —dijo él con cara seria—. Colocarán una bomba en su avión, para que estalle sobre el desierto.

—Pero... ¿para qué clase de monstruos trabajas? —preguntó Hala con voz alterada—. ¿Por que acudes a mí? ¿Por qué no has avisado directamente al doctor Hopper?

—Lo he intentado; pero Hopper no responde a las comunicaciones.

—¿No puedes convencer a las autoridades de Malí para que le transmitan la amenaza y le ofrezcan protección?

Yerli se encogió de hombros.

—El general Kazim los considera intrusos indeseables, y su seguridad le importa muy poco.

—Para creer realmente que sólo se trata de una amenaza de bomba, tendría que ser una tonta.

Él la miró fijamente.

—Confía en mi, Hala. Lo único que me preocupa es salvar al doctor Hopper y a su gente.

Hala deseaba creerle, pero en el fondo de su corazón sabía que el hombre estaba mintiendo.

—Parece como si últimamente todo el mundo anduviese buscando fuentes de contaminación en Malí. Y como si todos necesitasen salvación y evacuación inmediatas.

Yerli pareció intrigado, pero no dijo nada, esperando que ella se explicase.

—El almirante Sandecker, de la Agencia Nacional Subacuática y Marítima estadounidense vino a pedirme mi apoyo para utilizar al UNICRATT a fin de rescatar a tres de sus hombres, que corren el riesgo de caer en manos de las fuerzas de seguridad malienses.

—¿Los norteamericanos están en Malí buscando fuentes de contaminación?

—En efecto. Aparentemente, era una operación secreta, pero los militares de Malí los interceptaron.

—¿Están detenidos?

—Hace unas horas, todavía no lo estaban.

—¿En qué lugar exacto investigan?

Yerli parecía inquieto. Hala podía advertir una nota de tensión en su voz.

—En el río Níger.

Yerli la aferró por el brazo y le dirigió una intensa mirada.

—Necesito saber más.

Hala notó que un escalofrío recorría su cuerpo.

—Buscan el lugar de origen del compuesto químico responsable de la marea roja que asola las costas de Africa.

—He leído sobre el asunto en los periódicos. Sigue.

—Según me dijeron, han utilizado un barco con equipos de análisis químico para rastrear el sitio donde la contaminación entra en el río.

—¿Y lo han encontrado?

—Según el almirante Sandecker, han rastreado hasta Gao, en Malí.

Yerli no parecía convencido.

—Tiene que tratarse de una maniobra de desinformación. Todo eso debe de ser la tapadera de otra cosa.

Ella negó con la cabeza.

—Al contrario que tú, el almirante no se gana la vida mintiendo.

—¿Dices que la NUMA está detrás de esa operación? Hila asintió con la cabeza.

—¿No la CIA, ni otra agencia secreta estadounidense? La mujer sonrió irónicamente.

—¿Quieres decir que de tus astutos informantes en África Occidental no tenían ni idea de que los norteamericanos estaban operando bajo sus narices?

—No seas absurda. Malí es un país paupérrimo. ¿Qué secretos de interés para los estadounidenses puede tener?

—Algo habrá. Cuéntamelo tú.

Yerli, confuso, tardó en contestar.

—Nada... nada en absoluto. —Golpeó en el cristal de separación e hizo señas al chófer para que se detuviese junto al bordillo.

El conductor frenó frente a un gran edificio de oficinas.

—¿Es ésta una separación definitiva? —En la voz de la mujer, el desprecio era evidente.

Yerli se volvió hacia ella.

—Lo siento de veras. ¿Podrás perdonarme?

Sintiéndose inmensamente dolida, Hala negó con la cabeza.

—No, Ismail, ni te perdonaré ni volveremos a vernos. Espero encontrar tu carta de renuncia sobre mi escritorio mañana al mediodía. De lo contrario, haré que te expulsen de la ONU.

—¿No estás siendo demasiado dura?

Hala ya había decidido el camino a seguir.

—A ti, la Organización Mundial de la Salud no te importa nada. Ni siquiera eres medianamente leal a los franceses. Lo único que te preocupa son tus propios intereses financieros. —Se echó hacia delante y abrió la portezuela—. ¡Ahora, lárgate!

Sin decir más, Yerli se apeó y se quedó inmóvil en la acera. Hala, con lágrimas en los ojos, cerró la portezuela. Mientras se alejaba en el coche, no miró atrás ni una sola vez.

Yerli habría querido sentir remordimientos o tristeza, pero era excesivamente profesional. Hala tenía razón al decir que la había utilizado. Su amor siempre fue falso. Lo único que existió fue la atracción sexual. Se había tratado simplemente de una misión más. Pero como tantas otras mujeres, Hala se sentía atraída por los hombres de actitud distante que la trataban con indiferencia, y no pudo evitar enamorarse de él. Y sólo ahora se daba cuenta del alto precio que iba a pagar por ello.

Yerli entró en el bar del «Hotel Algonquin», pidió una copa y fue al teléfono público. Marcó un número y esperó.

—¿Sí?

Bajó la voz y, en tono confidencial, dijo:

—Tengo noticias vitales para Mister Massarde.

—¿Desde dónde llama?

—Desde las ruinas de Pérgamo.

—¿Eso es en Turquía?

—En efecto —Yerli desconfiaba de los teléfonos y odiaba lo que, en su opinión, eran absurdos códigos infantiles—. Estoy en el bar del «Hotel Algonquin». ¿Cuánto tardará en llegar?

—Digamos una hora.

—De acuerdo.

Yerli colgó pensativamente. Se preguntaba qué podían saber los norteamericanos sobre la operación de Massarde en el desierto de Fort Foureau. ¿Tendrían los servicios de inteligencia algún indicio de cuáles eran las auténticas actividades de la planta de eliminación de residuos tóxicos y estarían intentando averiguar la verdad? Si lo conseguían, las consecuencias serían desastrosas, y la menos grave de ellas sería la caída del actual gobierno francés.

 

 

22

 

A su espalda, la densa oscuridad; frente a él, las desperdigadas luces callejeras de Gao. A Gunn aún le quedaban diez metros por nadar cuando sus pies tocaron el blando fondo del río. Lentamente, apoyando las manos en el cieno, se incorporó y fue cautelosamente hasta la orilla. Una vez en ella, permaneció inmóvil y a la escucha, intentando penetrar con la mirada las sombras de la noche.

La ribera ascendía en un ángulo de diez grados, concluyendo en un pequeño muro de piedras que bordeaba un camino. Avanzó a gatas por la arena, agradeciendo el calor que despedía en sus húmedos brazos y piernas. Se detuvo y se tumbó por unos momentos, consciente de que, para cualquier observador, él no era más que una sombra informe en la noche. Tenía la pierna derecha acalambrada, y notaba los brazos cansados y pesados.

Se echó la mano a la espalda y tocó la mochila, pues temía que se hubiese desprendido tras golpear el agua como una bala de cañón; pero no: las correas seguían firmemente ceñidas a sus hombros.

Semincorporándose, corrió agachado hasta el muro, a cuyo pie se arrodilló. Cautelosamente, miró por encima y estudió el camino, que estaba vacío, aunque una calle mal empedrada que lo cruzaba en diagonal y conducía a la ciudad mostraba cierto tráfico de peatones. Por el rabillo del ojo distinguió una pequeña luz en lo alto de una casa. Miró hacia arriba: en el tejado había un hombre encendiendo un cigarrillo. Había otras difusas figuras, algunas iluminadas por linternas, charlando con los vecinos de tejados contiguos. Gunn pensó que debían de salir de sus casas como los topos, para disfrutar del fresco de la noche.

Estudió el tráfico de peatones, intentando encontrar un sentido a sus movimientos. La gente parecía flotar silenciosamente arriba y abajo de la calle, envuelta en ropas ondulantes que les daban un cierto aire espectral. Gunn se soltó la mochila, la abrió y sacó una sábana azul. Rasgó parte de ella y se fabricó una tosca chilaba, una holgada túnica de amplias mangas y capucha. Se dijo que si bien no ganaría un concurso local de elegancia, con esas ropas le ayudarían a pasar inadvertido en las calles mal iluminadas. Consideró la idea de quitarse las gafas, pero optó por no hacerlo y en vez de ello, se puso la capucha de forma que las ocultara: era miope y sin ellas no veía un autobús a veinte metros.

Bajo la chilaba ocultó la mochila, poniéndosela en la parte

delantera, como un protuberante estómago. Luego se sentó en

el muro, pasó las piernas sobre él y comenzó a andar por la calle, uniéndose a los ciudadanos de Gao en su paseo vespertino.

Tras caminar un par de cientos de metros, llegó a una calle

principal, por la que transitaban algunos viejos taxis, dilapidados autobuses, unas cuantas motos y un enjambre de bicicletas.

Pensó que sería estupendo limitarse a coger un taxi hasta el

aeropuerto; pero eso significaría llamar la atención, Antes de abandonar el barco había estudiado un mapa de la zona y sabía que el aeropuerto estaba unos kilómetros al sur de la ciudad. Consideró la idea de robar una bicicleta; pero la desechó en seguida: el robo sería denunciado y él no quería hacer nada que llamase la atención. Si la Policía y las fuerzas de seguridad no sospechaban que había un extranjero ilegal vagando entre ellos, no habría motivo para buscarlo.

Gunn caminó pausadamente por el centro de la ciudad, pasando por la plaza del mercado, por el decrépito «Hotel Atlantide» y ante los puestos de las arcadas frente al hotel, en los que los vendedores pregonaban sus mercancías. Los olores eran cualquier cosa menos agradables, y Gunn agradeció que una ligera brisa los dispersara hacia el desierto. Los rótulos callejeros brillaban por su ausencia, pero el hombre logró orientarse echando ocasionales vistazos a la estrella polar.

Los viandantes vestían en colores verdes, azules y amarillos. Los hombres llevaban chilaba o caftán, y sólo unos cuantos vestían a la moda occidental. Pocos llevaban la cabeza descubierta. La mayoría de los hombres lucía tocados de tela azul. Las mujeres se cubrían con elegantes túnicas o largos vestidos floreados, y casi ninguna iba con velo.

Todos parloteaban sin parar en tonos extrañamente bajos. Por doquier se veían niños correteando t no había dos que fueran igual vestidos. A Gunn le producía gran extrañeza tanta actividad social en medio de la miseria. Era como si nadie les hubiera notificado a los malienses que eran pobres.

Cabizbajo y cubierto con la capucha para ocultar la blancura de su piel, Gunn se mezcló entre la multitud, encaminándose a la parte más concurrida de la ciudad. Nadie lo detuvo para hacerle preguntas incómodas. Si de pronto lo detuvieran e interrogasen, diría que era un turista que viajaba a pie a lo largo del Níger; pero no dedicó mucho tiempo a considerar la idea. El peligro de que lo detuviese alguien que anduviera buscando específicamente a un norteamericano ilegal era nulo.

Pasó ante una señal con una flecha y la silueta de un avión. Su camino hacia el aeropuerto estaba siendo más fácil de lo que esperaba. La suerte aún no lo había abandonado.

Tras cruzar la zona residencial más rica, llegó a los suburbios. Desde que salió del río, lo perseguía la impresión de que al caer la noche, en las arenosas calles de Gao aparecían invisibles horrores, como si el lugar estuviese saturado por la sangre y la violencia de siglos. Caminando por las oscuras callejuelas semi-desiertas, la imaginación se le disparó. Le parecía que las gentes sentadas frente a sus cochambrosas viviendas le dirigían miradas llenas de recelo v hostilidad.

Se metió por un angosto y desierto callejón y se detuvo para sacar su revólver de la mochila, un viejo Smith & Wesson del 38, modelo Bodvguard y de corto cañón que perteneciera a su padre. El instinto le decía que aquellos no eran paraderos por los que deambular indefenso si uno deseaba ver la luz del siguiente día.

Pasó un camión arrastrando un remolque coro ladrillos. Advirtiendo que el vehículo llevaba su mismo camino, Gunn arrojó toda su cautela anterior al viento del desierto. Echó a correr y se montó en la trasera del vehículo, acomodándose boca abajo sobre los ladrillos, por encima de la cabina del camión.

El olor a diesel del tubo de escape constituyó un alivio tras el hedor de la ciudad. Desde su observatorio en lo alto del camión, Gunn distinguió un par de parpadeantes luces rojas a cosa de dos kilómetros más adelante. A medida que el vehículo iba aproximándose, el hombre pudo ver unos cuantos focos montados en el edificio de la terminal y en un par de hangares. El campo de aterrizaje se encontraba a oscuras.

Menudo aeropuerto, se dijo. Cuando las pistas no están en uso, apagan las luces.

Los faros del camión alumbraron un bache en la carretera y el conductor redujo velocidad. Gunn aprovechó para saltar al suelo. El vehículo se perdió entre las sombras sin que el chófer llegara advertir que había llevado a un pasajero. Gunn continuó derecho hasta llegar a un camino lateral asfaltado en el que un cartel de madera anunciaba en tres idiomas la proximidad del Aeropuerto Internacional de Gao.

——Internacional —leyó Gunn en voz alta—. Qué bien suena eso.

Caminó por el arcén de la carretera de acceso, dispuesto a tirarse en la cuneta si aparecía algún vehículo. No fue necesario. El terminal del aeropuerto estaba a oscuras, y el estacionamiento vacío por completo. Al ver las instalaciones de cerca, sus esperanzas se vinieron abajo. Había visto almacenes abandonados de mejor aspecto que la estructura de madera con oxidado techo metálico que hacía de terminal. Debía de hacer falta mucho coraje para subir a la cercana torre de control y trabajar en ella, pues se alzaba sobre unos soportes metálicos totalmente oxidados y corroídos. Rodeando el edificio, llegó a la pista de despegue, totalmente a oscuras y sin actividad. Al otro lado del campo, iluminados por focos, había ocho cazarreactores y un avión de transporte.

Divisó también dos guardias armados en el exterior de una garita. Uno dormitaba en una silla y el otro fumaba apoyado en la pared. Magnífico, pensó Gunn, realmente magnífico. Ahora tenía que vérselas con los militares.

Gunn miró el dial de su reloj sumergible Chronosport, que marcaba las once y veinte. De pronto, se sintió cansado. Después de todo aquel trayecto, no encontraba más que un aeropuerto abandonado, que parecía no haber visto ni el aterrizaje ni el despegue de un vuelo comercial en varias semanas. Y, por si eso fuera poco, el campo estaba vigilado por miembros de la fuerza aérea maliense. Era imposible saber cuánto aguantaría antes de que lo descubriesen o muriera de inanición.

Se resignó a una larga espera. Era inútil andar merodeando a la luz del día, así que avanzó cien metros en el desierto hasta encontrar una caseta medio derrumbada. Se metió en ella v se ocultó tapándose con varias tablas medio podridas. Tal vez el lugar estuviera lleno de hormigas o escorpiones, pero se sentía excesivamente agotado para preocuparse.

A los treinta segundos, ya se había dormido.

 

Pitt y Giordino estaban confinados en la sentina de la mansión flotante, por debajo de las pesadas placas metálicas sobre las que se asentaban los motores y el generador del barco. Les habían puesto en las muñecas unos grilletes cuyas cortas cadenas estaban amarradas a un conducto de vapor. Por encima de ellos paseaba un guarda armado con una metralleta. En el reducto, el calor era inmenso y la huida imposible. Su suerte estaba echada: en poco tiempo, el francés los entregaría a las fuerzas del general Kazim, y eso marcaría el fin de sus existencias.

En la sentina, la atmósfera era sofocante, casi irrespirable. Los dos amigos sudaban copiosamente a causa del calor húmedo que emanaba del conducto al que estaban esposados. A cada segundo, el tormento se hacía más insoportable. Tras dos horas en aquel infernal agujero, Giordino estaba exhausto, al borde del desmayo. La humedad era peor que la del más tórrido baño turco, y la deshidratación estaba enloqueciéndolo de sed.

Giordino miró a su intrépido compañero para ver cómo encajaba el tormento. Pitt no manifestaba ningún tipo de reacción. Tenía el rostro cubierto de sudor, pero su expresión era plácida, pensativa mientras contemplaba una serie de llaves inglesas colgadas del mamparo delantero. Le era imposible llegar a ellas, pues la cadena de sus muñecas no podía deslizarse por la tubería, una abrazadera sujeta a la pared, que hacía de tope se lo impedía. Mentalmente, midió lo que le faltaba para alcanzar las llaves. De cuando en cuando escuchaba los movimientos del guarda y luego volvía su atención a las herramientas.

—En bonito lío nos has metido, Stanley —dijo Giordino, imitando la voz de Oliver Hardy.

—Lo siento, Olí, todo ha sido en bien de la humanidad —replicó Pitt con una sonrisa.

—¿Crees que Rudi lo habrá conseguido?

—Si se ha andado con ojo y no ha perdido la calma, no tiene por qué haber terminado como nosotros.

—¿Qué puede ganar ese ricacho francés haciéndonos sudar la gota gorda? —murmuró Giordino, quitándose el sudor de la cara con el brazo.

—Ni idea —replicó Pitt—, Pero supongo que no tardaremos en enterarnos de por qué nos ha metido en este agujero en vez de entregarnos a los gendarmes.

—Debe de ser un auténtico cascarrabias, si se ha puesto así sólo porque usáramos el teléfono.

—Fue culpa mía —dijo Pitt, con los ojos burlones—. Debí llamar a cobro revertido.

—Bueno, no podías saber lo tacaño que es el tipo.

Pitt miró a Giordino con profunda admiración. Le maravillaba que, aun a punto de desmayarse, el fornido italiano no perdiese el humor.

Durante los minutos siguientes, Pitt olvidó la estrecha celda, el calor de horno y el peligro que los acechaba. Se centró en estudiar las posibilidades de fuga. Por el momento, cualquier optimismo era absurdo. Entre los dos, no reunían fuerza suficiente para romper las cadenas y ni él ni Giordino tenían con qué forzar las cerraduras de sus grilletes.

Por su cabeza desfiló una docena de planes alternativos, ninguno de los cuales era posible salvo que se dieran determinadas circunstancias. El principal inconveniente eran las cadenas. De un modo u otro, había que soltarlas de la tubería. Sin conseguir esto previamente, lo demás era inviable.

De repente, el guardián levantó una de las placas metálicas y la hizo girar sobre sus bisagras, interrumpiendo la gimnasia mental de Pitt. A continuación sacó una llave y les abrió los grilletes. En la sala de máquinas había cuatro tripulantes. Entre todos, hicieron incorporarse a Pitt y Giordino, los sacaron de la sala de máquinas y, tras hacerlos subir por unas escaleras, se encontraron en un enmoquetado corredor, frente a una puerta de madera noble. Uno de ellos llamó con los nudillos, la puerta se abrió y los dos prisioneros fueron empujados al interior.

Yves Massarde estaba sentado en un largo sofá de cuero; fumaba un fino cigarro y sostenía una copa de coñac. Un hombre de piel oscura vestido de militar ocupaba un sillón cercano, con una copa de champán en la mano. Ninguno de ellos se levantó. Pitt y Giordino se quedaron allí plantados, descalzos y en camiseta y shorts, chorreando sudor y humedad.

—¿Estas son las piltrafas que sacó usted del río? —preguntó el militar, mirándolos curiosamente con fríos y vacíos ojos negros.

—En realidad, subieron a bordo sin invitación —replicó Massarde—. Cuando los atrapé estaban usando mi teléfono.

—¿Cree que lograron enviar un mensaje?

Massarde asintió con la cabeza.

—No llegué a tiempo de impedírselo.

El militar dejó su copa en una mesita, se levantó y cruzó la estancia hasta quedar frente a Pitt. Era más alto que Giordino, pero unos quince centímetros menos que Pitt.

—¿Cuál de vosotros habló por radio conmigo en el río? —preguntó.

Pitt enarco las cejas.

—Usted debe de ser el general Kazim.

—Así es.

—Lo cual demuestra que no se puede juzgar a la gente por su voz. Lo imaginaba como Rodolfo Valentino, y resulta ser la viva imagen de Willie Comadreja...

El rostro de Kazim se contorsionó en una máscara de furioso odio, y su bota salió disparada contra la ingle de Pitt. El pésimamente intencionado golpe llevaba detrás toda la fuerza de Kazim. Pitt se hizo a un lado y, con la celeridad del rayo, atrapó la bota en el aire y la inmovilizó. La expresión del general pasó del odio al sobresalto.

Pitt no se movió ni soltó la pierna de Kazim, manteniéndolo a la pata coja por unos momentos. Luego, muy lentamente, empujó al enfurecido militar hacia atrás, hasta hacerlo caer en el sillón.

El silencio y la estupefacción reinaban en la sala. Kazim parecía demudado. Llevaba más de una década siendo un virtual dictador y estaba tan acostumbrado a que la gente se achicara y retorciese ante él que, de momento, no supo cómo reaccionar ante tan humillante agresión física. Se le aceleró la respiración, sus labios se crisparon en una fina línea blanca y su rostro se contrajo de pura ira. Sólo los ojos siguieron negros, fríos y vacíos.

Lenta y deliberadamente desenfundó su pistola. Con frío distanciamiento, Pitt advirtió que se trataba de una vieja Beretta NATO de nueve milímetros, modelo 92SB. Sin prisa, Kazim quitó el seguro del arma y apuntó el cañón hacia Pitt, mientras una sádica sonrisa se le iba formando bajo el poblado bigote.

Pitt miró de reojo a Giordino y advirtió que su amigo estaba tenso, dispuesto a saltar sobre Kazim. Luego su mirada se posó en la mano del general que sostenía el arma, esperando el menor movimiento del índice sobre el gatillo para saltar hacia la derecha. Aquélla hubiera sido una buena oportunidad para intentar la fuga, pero Pitt se daba cuenta de que, al llevar a Kazim hasta aquellos extremos, había perdido toda posibilidad. Lógicamente, el militar sabía manejar un arma, y disparando a quemarropa era imposible que fallase. Pitt se sabía capaz de moverse con bastante rapidez para esquivar el primer tiro, pero Kazim corregiría su puntería y dispararía a herir, primero contra una rodilla, luego contra la otra. Los malignos ojos del general no le presagiaban una muerte rápida.

Una fracción de segundo antes de que empezaran los tiros, Massarde alzó elegantemente una mano y habló con firmeza:

—Querido general: le ruego que no utilice mi salón como patíbulo. Sus ejecuciones, celébrelas en otra parte.

—El alto va a morir —dijo Kazim en un susurro silbante y fulminando a Pitt con sus negros ojos.

—A su tiempo, querido compañero —dijo Massarde, indiferente al tiempo que se servía otro coñac. Tenga la bondad de contenerse. No lo digo por el americano, sino por la alfombra, que es una pieza única. Sería un crimen mancharla de sangre.

—Le compraré una nueva —gruñó Kazim.

—En mi opinión, lo que nuestro amigo desea es una muerte rápida e indolora. Es evidente que su intención era enfurecerlo para morir de un tiro, y no tras una larga y agónica tortura.

La pistola bajó muy lentamente y Kazim sonrió como una hiena.

—Ha leído usted sus pensamientos. Eso es justamente lo que el caballero deseaba.

Massarde se encogió de hombros.

—Hay que ir paso a paso. Estos hombres ocultan algo, algo vital. Si pudiéramos persuadirlos de que hablaran, quizá tanto usted como yo saldríamos beneficiados.

Kazim se levantó del sillón, fue hasta Giordino y alzó de nuevo la automática, esta vez apuntando contra la oreja derecha del italiano.

—Veamos si ahora eres más parlanchín que cuando ibas en el barco.

Giordino no se alteró.

—¿Qué barco? —preguntó, con el inocente tono de un sacerdote en el confesionario.

—El que abandonasteis minutos antes de que volara por los aires.

—Ah, se refiere a ese barco.

—¿Cuál era vuestra misión? ¿Por qué subisteis por el Níger hasta Malí?

—Estamos investigando los hábitos migratorios del pez matabúfalos, y seguíamos a una bancada para ver qué hacía...

—¿Cómo explicas las armas del yate?

—¿Armas...? ¿Dice armas...? —Giordino era la estampa viva del desconcierto—. No sé de qué me habla.

—¿Has olvidado vuestro encuentro con las patrulleras de Benin?

Giordino sacudió la cabeza.

—Lo siento: nada de lo que dice me suena.

—Unas horas en las cámaras de interrogatorio de mi central en Bamako quizá te refresquen la memoria.

—No se trata de un sitio saludable para los extranjeros que no cooperan, se lo aseguro —apuntó Massarde.

—No intentes engañar al general —dijo Pitt a Giordino—. Dile la verdad.

Giordino se volvió y miró a Pitt con incredulidad.

—¿Estás loco?

—Quizá tú soportes la tortura. Yo, no. Sólo pensar en el dolor me enferma. Si tú no le cuentas al general Kazim lo que quiere saber, lo haré yo.

—Tu amigo es un hombre sensato —dijo Kazim—. Harías bien atendiendo su consejo.

Por un brevísimo instante, la incredulidad desapareció del rostro del italiano, para volver inmediatamente, esta vez acompañada por la ira.

—¡Maldito gusano...! ¡Sucio traidor...!

El chorro de insultos se cortó cuando Kazim golpeó con la pistola el rostro de Giordino, haciéndole una brecha en la barbilla. El hombre retrocedió un par de pasos, se detuvo, y luego cargó como un toro bravo. Kazim alzó la automática y la apuntó al entrecejo de Giordino.

Ya estamos, pensó fríamente Pitt, a quien el arranque de su compañero le había cogido por sorpresa. Rápidamente, se colocó entre Kazim y Giordino, agarrando a su amigo por los brazos e inmovilizándolo al tiempo que gritaba:

—¡Cálmate, por Dios!

Subrepticiamente, Massarde oprimió el botón de una pequeña consola próxima al sofá. Antes de que nadie hablase o hiciera otro movimiento, un pequeño ejército de tripulantes irrumpió en la sala y, en un abrir y cerrar de ojos, tiraron al suelo a Pitt y a Giordino. Pitt apenas alcanzó a ver el alud, se dejó caer sin ofrecer resistencia, consciente de que no valía la pena oponerse y deseando reservar fuerzas. Giordino, en cambio, se debatió como un loco, llenando la sala de maldiciones e insultos.

—Llévense de nuevo a ese hombre a la sentina —gritó Massarde, poniéndose en pie y señalando a Giordino.

Pitt notó que desaparecía la presión de su cuerpo, al tiempo que los guardas se concentraban en someter al pataleante Giordino. Uno de ellos sacó una corta cachiporra y los golpeó en la sien. Tras soltar un gruñido, a Giordino se le acabaron las ganas de pelea. Se desmoronó, los guardas lo cogieron por las axilas y lo arrastraron fuera de la sala.

Kazim enfiló la automática contra Pitt, que seguía caído en el suelo.

—Dado que prefieres la charla cordial a la tortura, ¿qué tal si empiezas por decirme tu verdadero nombre?

Pitt se incorporó y dijo:

—Pitt. Dirk Pitt.

—¿Debo creerte? —Es un nombre tan bueno como cualquier otro.

Kazim se volvió a Massarde.

—¿Los hizo registrar? El francés asintió con la cabeza.

—No llevaban credenciales ni documentos de ningún tipo.

Con una máscara de repugnancia por cara, Kazim miró a Pitt.

—Tal vez te sea posible explicarme por qué entrasteis en Malí sin pasaporte.

—Desde luego, general —se apresuró a decir Pitt—. Mi compañero y yo somos arqueólogos. Una fundación francesa nos encomendó la misión de buscar en el río Níger restos de antiguas naves hundidas. Nuestros pasaportes se perdieron cuando el barco en que íbamos fue destruido por una de sus patrulleras.

—Después de dos horas de confinamiento en una cámara de vapor, dos verdaderos arqueólogos estarían sollozando como niños. Resultáis demasiado duros, intrépidos y arrogantes para ser otra cosa que agentes enemigos...

—¿Qué fundación es ésa? —intervino Massarde.

—La Sociedad Francesa de Exploraciones Históricas —replicó Pitt.

—Jamás he oído hablar de ella.

Pitt separó las manos, en ademán de impotencia.

—¿Qué puedo decir?

—¿Desde cuándo van los arqueólogos en un superyate equipado con lanzacohetes y armas automáticas? —preguntó sarcásticamente Kazim.

—Eran una protección contra piratas o terroristas —sonrió estúpidamente Pitt.

En aquel momento alguien llamó a la puerta. Entró uno de los hombres de Massarde, que le tendió un mensaje.

—¿Hay contestación, señor? Tras echar un vistazo al papel, Massarde asintió: —Exprese al remitente mi felicitación y dígale que continúe

con sus investigaciones. Una vez el tripulante hubo salido, Kazim preguntó: —¿Buenas noticias?

—Sumamente interesantes —murmuró Massarde—. Es una comunicación de mi agente en las Naciones Unidas. Al parecer, estos hombres pertenecen a la Agencia Nacional Subacuática y Marítima de Washington. Su misión era localizar la fuente de una contaminación química que se origina en el Níger y que, al entrar en el mar, produce una rápida proliferación de las mareas rojas.

Kazim hizo un desdeñoso gesto de escepticismo.

—Eso es una simple fachada. Estaban husmeando en busca de algo más importante que la polución. Me atrevería a decir que petróleo.

—Lo mismo opina mi agente en Nueva York. Él sugirió que podía tratarse de una tapadera, pero su fuente de información no lo creía así.

Kazim miró recelosamente a Massarde.

—Espero que no se trate de un escape de las instalaciones de Fort Foureau.

—No, claro que no —replicó Massarde sin vacilar—. La planta está demasiado lejos para afectar al Níger. Sólo puede tratarse de uno de sus múltiples proyectos clandestinos, de esos que no tiene usted a bien revelarme.

La expresión de Kazim se hizo opaca y sin vida.

—Si alguien es responsable de contaminar Malí, querido amigo, ése es usted.

—Imposible replicó tajantemente Massarde. Luego se volvió hacia Pitt—. ¿Le resulta interesante esta conversación, Mr. Pitt?

—No entiendo nada de lo que dicen.

—Usted y su amigo deben de ser hombres muy valiosos.

—La verdad es que no. En estos momentos somos prisioneros corrientes y molientes.

—¿Qué entiende por valiosos? —quiso saber Kazim.

—Según mi agente, la ONU va a mandar un equipo táctico especial para rescatarlos.

Por un segundo, Kazim pareció estupefacto; pero no tardó en recuperar la compostura.

—¿Una fuerza especial va a venir hasta aquí? —preguntó. —Probablemente ya está en camino, puesto que Mr. Pitt logró comunicarse con su superior. —Massarde echó un nuevo vistazo al mensaje. Mi agente afirma que se trata del almirante James Sandecker.

Tras el sofocante calor de la sentina, el aire acondicionado de la elegante sala hacía castañear los dientes a Pitt; pero entonces el hombre sintió un escalofrío de distinta índole. Estupefacto ante el hecho de que Massarde conociese todos los detalles de la misión, trató de imaginar quién podía haberlos traicionado, pero no se le ocurrió ningún nombre. Haciendo un esfuerzo, comentó:

—Parece que no hay forma de engañarlos.

— Vaya, vaya... Ahora que hemos sido descubiertos ya no nos mostramos tan ingeniosos, ¿eh? —Kazim se sirvió otra copa del excelente champán de Massarde. Luego miró a Pitt—. ¿Dónde planeabais encontraros con la fuerza de la ONU?

Pitt intentaba dar la impresión de sufrir amnesia. Estaba en un callejón sin salida. El aeropuerto de Gao era un punto de recogida excesivamente obvio. Bajo ningún concepto quería poner en peligro a Gunn, pero decidió arriesgarse, apostando porque Kazim fuera tan torpe como parecía.

—En el aeropuerto de Gao. Aterrizarán al amanecer. Debíamos esperarlos en el extremo oeste de la pista.

Tras mirar fijamente a Pitt por unos momentos, Kazim lanzó contra su frente el cañón de la Beretta.

—!Mientes! —le espetó.

Pitt apartó la cabeza y se cubrió el rostro con los brazos.

—Es verdad. Lo juro.

—Mientes —repitió Kazim—. La pista de Gao va de norte a sur. No hay extremo oeste.

Pitt lanzó un largo suspiro y sacudió lentamente la cabeza.

—Supongo que es inútil que me resista. Tarde o temprano, me sacaría la verdad.

—Desgraciadamente para ti, tengo métodos para conseguirlo.

—Muy bien —dijo Pitt—. Lo que el almirante Sandecker nos ordenó fue que, tras destruir el barco, nos dirigiéramos a una amplia cañada situada veinte kilómetros al sur de Gao. Allí nos recogería un helicóptero procedente de Níger.

—¿Cuál es la señal para la recogida?

—No era necesaria ninguna señal. La cañada está rodeada por el desierto. Se me dijo que el helicóptero inspeccionaría la zona con sus faros de aterrizaje hasta encontrarnos.

—¿Y la hora?

—Las cuatro de la madrugada.

Kazim le dirigió una larga y pensativa mirada, tras la cual, dijo ominosamente:

—Si has vuelto a mentirme, lo lamentarás.

Kazim enfundó la Beretta y se volvió a Massarde.

—No hay tiempo que perder. Debo preparar una ceremonia de bienvenida.

—Querido Zateb: lo mejor que puede hacer es mantenerse apartado de la ONU. Estoy absolutamente en contra de atacar a su equipo táctico. Si no encuentran a Pitt y a su amigo, regresarán a Nigeria. Derribando el helicóptero y matando a sus pasajeros sólo conseguirá meterse en un avispero.

—Van a invadir mi país.

—Eso es una nadería —replicó Massarde.— El orgullo nacional no es propio de usted. Satisfacer sus ansias de sangre puede costarle la pérdida de ayudas y subvenciones para sus... digamos inicuos proyectos. Que se marchen como vinieron.

Kazim sonrió torcidamente y lanzó una seca risa desprovista de humor.

—Amigo Yves... Me quita usted todas las alegrías.

—Pero le meto millones de francos en los bolsillos.

—Sí, eso también —admitió Kazim.

Massarde señaló a Pitt con un movimiento de cabeza.

—Además, para divertirse ya tiene a éste y a su amigo. Estoy seguro de que le contarán cuanto desee saber.

—Antes del mediodía ya habrán soltado cuanto sepan.

—Estoy seguro de que así será.

—Gracias por ablandarlos, haciéndolos cocerse al vapor de la sentina.

—Ha sido un placer. —Massarde fue hasta una puerta lateral—. Ahora, si me disculpan, debo atender a mis huéspedes, a quienes ya he tenido demasiado tiempo abandonados.

—Un último favor —dijo Kazim.

—Desde luego.

—Retenga a los señores Pitt y Giordino en su baño de vapor durante un tiempo. Antes de trasladarlos a mi central de Gao, querría que sudasen un poco más, de modo que cualquier resto de hostilidad se evapore.

—Como desee —asintió Massarde— Diré a mis hombres que devuelvan a Mr. Pitt a la sentina.

—Amigo Yves: le agradezco que los capturase y me los haya entregado. Le estoy sumamente reconocido.

Massarde le dirigió una inclinación de cabeza.

—Ha sido un placer.

Antes de que la puerta se cerrara tras el francés, Kazim devolvió su atención a Pitt. Sus negros ojos relucían como pavesas. Pitt sólo recordaba otra ocasión en la que hubiera visto tanto y tan reconcentrado odio en el rostro de un ser humano.

—Disfruta de tu estancia en el horno de la sentina, amigo Pitt. Después, sufrirás, y sufrirás mucho más de lo que has soñado en tus más terribles pesadillas.

Si Kazim esperaba que Pitt temblase de miedo, no lo consiguió. Muy al contrario: Pitt parecía increíblemente calmado, y su cara mostraba la plácida expresión de quien ha conseguido el premio máximo en una tragaperras. Pitt se regocijaba interiormente porque, sin darse cuenta, el general había apartado el obstáculo que frustraba sus planes de fuga. La puerta de la jaula estaba entornada y Pitt se escurriría por la rendija.

 

 

23

 

Eva se sentía demasiado tensa para poder dormir, así que fue la primera del grupo en advertir que el aparato descendía. Aunque los pilotos realizaron la maniobra con gran suavidad, se dio cuenta de la reducción de potencia de los motores y, cuando notó la presión en los oídos, supo que el avión había perdido altura.

Al mirar por la ventanilla lo único que vio fue oscuridad. En el desierto no se distinguía luz alguna. Una mirada a su reloj le indicó que pasaban diez minutos de la medianoche. Hacía sólo hora y media que, tras cargar el equipo y las muestras de contaminación, el aparato había despegado de aquella tumba llamada Asselar.

Permaneció tranquilamente en su asiento, pensando que quizá los pilotos estaban cambiando el curso y por ello perdían altitud. Pero la sensación en el estómago le indicaba que el aparato seguía bajando.

Eva se levantó y fue hasta el fondo de la cabina, donde Hopper se había exiliado para poder fumar su pipa. Llegó junto a su asiento y, tocándolo en el hombro, lo despertó.

—Frank, algo anda mal.

Hopper, que tenía el sueño ligero abrió los ojos casi al momento y los fijó en ella inquisitivamente.

—¿Cómo dices?

—El avión está bajando. Creo que vamos a aterrizar.

—Bobadas —replicó él—. Faltan cinco horas para El Cairo.

—Lo sé, pero he notado que los motores reducían potencia.

—Probablemente los pilotos quieren ahorrar combustible.

—Perdemos altitud. Estoy segura.

Ante la seriedad del tono de Eva, Hopper se enderezó y aguzó el oído para escuchar los motores. Luego, apoyando el codo en el reposabrazos, miró al fondo del corredor de la cabina de pasajeros.

—Creo que tienes razón. Parece que el morro está algo inclinado.

Eva señaló hacia la carlinga.

—Durante el vuelo, la puerta de los pilotos ha estado abierta. Ahora la tienen cerrada.

—Un poco extraño sí parece; pero no creo que debamos alarmarnos. —Echó a un lado la manta que cubría su largo cuerpo, y se puso en pie con rigidez—. Sin embargo, no está de más echar un vistazo.

Eva lo siguió por el pasillo hasta la puerta de la carlinga. Hopper intentó hacer girar el tirador y la preocupación nubló su rostro.

—La maldita puerta está cerrada —dijo. Golpeó el panel, pero no hubo otra respuesta que un leve aumento en el ángulo de descenso—. Aquí está pasando algo muy raro. Será mejor que despiertes a los otros.

Eva recorrió el pasillo, y fue despertándolos a todos. Grimes fue el primero en llegar junto a Hopper.

—¿Por qué aterrizamos? —preguntó.

—No tengo ni idea, y los pilotos no están nada comunicativos.

—Quizás están intentando un aterrizaje de emergencia. —De ser así, se lo guardan para ellos.

Eva miró por una ventanilla. Escrutando las sombras, logró ver un pequeño grupo de luces amarillas varios kilómetros por delante del avión.

—Hay unas luces —anunció.

—Podríamos echar la puerta abajo —sugirió Grimes.

—¿Para qué? —replicó Hopper—. Si se proponen aterrizar, no podemos evitarlo. Ninguno de nosotros sabe pilotar un avión.

—Entonces, sólo nos queda volver a nuestros asientos y abrocharnos los cinturones —dijo Eva.

Apenas acabó de hablar, las luces de aterrizaje se encendieron, iluminando el desnudo desierto. Bajó el tren de aterrizaje y el avión viró para enfilar la pista, aún invisible. Para cuando todos los miembros del equipo estuvieron amarrados a sus asientos, los neumáticos golpearon la arena apisonada y los motores rugieron al entrar en funcionamiento los frenos de aire. La lisa superficie de la pista sin asfaltar producía suficiente roce como para que el avión se detuviera sin que los pilotos necesitasen hacer uso de los frenos. El avión rodó hasta unas luces cercanas a la pista y se detuvo.

—¿Qué será esto? —murmuró Eva.

—Pronto lo averiguaremos —dijo Hopper yendo hacia la carlinga, decidido a echar la puerta abajo. Pero antes de que llegara la puerta se abrió y apareció el piloto—.

—¿A qué viene esta escala? —preguntó el científico—. ¿Hay algún problema mecánico?

—Aquí se apean ustedes —dijo lentamente el piloto.

—¿De qué habla? Debe usted llevarnos hasta El Cairo.

—Tengo órdenes de dejarlos en Tebezza.

—Este es un avión fletado por la ONU. Se los contrató para conducirnos a cualquier destino que les indicáramos, y Tebezza, o como quiera que se llame, no es uno de ellos.

—Considérelo una escala no programada —replicó obstinadamente el piloto.

—No puede usted soltarnos en mitad del desierto así como así. ¿Cómo vamos a llegar hasta El Cairo?

—No se preocupe: está arreglado.

—¿Y qué me dice de nuestro equipo?

—Lo guardaremos cuidadosamente.

—Las muestras deben llegar cuanto antes al laboratorio de la Organización Mundial de la Salud en París.

—Eso no es de mi incumbencia. Recojan sus efectos personales y desembarquen, hagan el favor.

Dejando plantado a Hopper, el piloto siguió su camino hasta el final de la cabina, donde desbloqueó la puerta exterior y pulsó un gran interruptor. Mientras las bombas hidráulicas gemían, la parte posterior del suelo de la cabina descendió lentamente, para convertirse en una escalera hasta la pista. Luego el piloto alzó el gran revólver que había estado ocultado detrás y amenazó con él a los estupefactos científicos.

—¡Bajen del avión ahora mismo! —ordenó, destemplado.

Hopper se adelantó hasta quedar casi nariz con nariz con el piloto, haciendo caso omiso del revólver apretado contra su estómago.

—¿Quién es usted y por qué hace esto?

—Soy el teniente Abubakar Babanandi, de las Fuerzas Aéreas maliense, y actúo por orden de mis superiores.

—¿Y se puede saber quiénes son esos superiores?

—El Consejo Supremo Militar de Malí.

—Querrá decir el general Kazim. El es quien corta el bacalao por estos contornos, y...

Hopper se cortó y lanzó un gemido. El cañón del revólver acababa de golpearlo en la ingle.

—Le ruego que no cause problemas, doctor. Abandone el avión, o lo mato aquí mismo.

Eva tomó a Hopper por el brazo.

—Haz lo que dice, Frank. El orgullo puede costarte la vida.

Hopper oscilaba sobre sus pies, con las manos apretadas contra la ingle. Babanandi parecía frío y duro, pero en sus ojos Eva detectaba más miedo que hostilidad. Sin decir más, el teniente empujó a Hopper hacia la escalera.

—Le aconsejo que se dé prisa.

Veinte segundos más tarde, apoyado en Eva, Hopper descendía al suelo y miraba en torno.

Seis o siete hombres, con los rostros semiocultos por el añil velo de los tuaregs, se aproximaron y formaron un semicírculo en torno a Hopper. Todos eran altos y amenazadores, y vestían largas y holgadas túnicas negras. Llevaban sables al cinto y sostenían fusiles automáticos, que apuntaban contra el pecho de Hopper.

Un hombre y una mujer se aproximaron. El hombre era alto y flaco. Lo único de su cuerpo que se veía eran las manos, de piel blanca, y los ojos, que atisbaban a través de la abertura de su litham. Su túnica era de color púrpura encendido, pero el velo que llevaba era blanco. La coronilla de Hopper apenas llegaba al hombro del desconocido.

Lo acompañaba una mujer cuya complexión recordaba la de un camión de grava con el remolque cargado a tope. Llevaba un sucio y holgado vestido que apenas le cubría las rodillas, revelando piernas gruesas como postes telegráficos. A diferencia del resto del grupo, ella llevaba la cabeza descubierta. Aunque era de tez tan oscura como la de los africanos meridionales, y de pelo rizado, tenía pómulos prominentes, barbilla redonda, y nariz afilada. Los ojos eran pequeños, redondos y brillantes, y la boca le ocupaba casi la mitad del rostro. Su expresión, fría y sádica, era realzada por la rota nariz y las cicatrices de su frente. El suyo era un rostro que, en el pasado, había sufrido graves malos tratos. Con una mano, sostenía un látigo rematado por un pequeño nudo. Miró a Hopper como una torturadora de la Inquisición tomando medidas a su siguiente víctima antes de meterla en la virgen de hierro.

—¿Qué lugar es éste? —preguntó Hopper, sin más presentación.

—Tebezza —replicó el tipo alto.

—Eso ya me lo han dicho; pero, ¿qué es Tebezza? La respuesta se produjo en inglés, en el que Hopper detectó acento de Irlanda del Norte.

—Tebezza es el lugar donde el desierto termina y el infierno comienza. Aquí, los prisioneros y los esclavos trabajan en las minas de oro.

—0 sea: un sitio parecido a las salinas de Taoudenni —dijo Hopper, sin perder de vista los fusiles que lo apuntaban—. ¿Les importa apartar esas armas?

—Son necesarias, Mr. Hopper.

—No deben preocuparse. No hemos venido a robar su... —Hopper se cortó a mitad de frase. Abrió mucho los ojos y el rostro se le demudó. Cuando volvió a hablar, lo hizo en un susurro lleno de asombro—: ¿Conoce mi nombre?

—En efecto. Lo estábamos esperando.

—¿Quién es usted?

—Me llamo Selig O'Bannion. Soy el ingeniero jefe de estas minas. —Señaló a su gruesa compañera con un movimiento de cabeza—. Ella es mi ayudante y se llama Melika, que significa reina. Usted y su gente estarán a sus órdenes.

Se produjo un silencio de casi diez segundos turbado sólo por el suave zumbido de las turbinas del avión. Al fin Hopper farfulló:

—¿Órdenes? ¿De qué demonios habla?

—Han sido ustedes mandados aquí por cortesía del general Zateb Kazim. Es su expreso deseo que trabajen en las minas.

—¡Esto es un secuestro! —exclamó Hopper desalentado. O'Bannion meneó pacientemente la cabeza.

—De secuestro, nada doctor Hopper. Usted y su equipo científico de la ONU no están sujetos a rescate, ni serán tratados como rehenes. Se les ha condenado a trabajar en las minas de Tebezza, sacando oro para la Tesorería Nacional de Malí.

—¡Está usted más loco que una ca...! —comenzó Hopper, pero un latigazo asestado contra su rostro por Melika lo hizo callar.

—Esta es tu primera lección de esclavo, cerdo inmundo —dijo la inmensa mujer, mientras Hopper se llevaba la mano al hematoma que comenzaba a formársele en la mejilla—. A partir de ahora, sólo hablarás cuando se te ordene.

Melika alzó el látigo para golpear de nuevo a Hopper, pero O'Bannion retuvo su brazo.

—Calma, mujer. Dale tiempo para que se haga a la idea.

El irlandés miró a los otros científicos, que habían bajado por la escalera y formaban grupo en torno a Hopper. El desconcierto y el terror comenzaba a aflorar en sus ojos.

—Los quiero en perfectas condiciones para su primer día de trabajo.

De mala gana, Melika bajó el látigo.

—Estás ablandándote, Selig. No son de porcelana.

—Es usted norteamericana —dijo Eva. Melika sonrió.

—En efecto, querida. Durante diez años, fui jefa de guardas de la Penitenciaria Femenina de Corona, California. Y, te lo digo por experiencia, aquí no somos más duros que allí.

—Melika dedica especial atención a las obreras —dijo O'Bannion—. Estoy seguro de que hará que se sienta usted como un miembro más de la familia.

—¿Obligan a las mujeres a trabajar en las minas? —preguntó incrédulamente Hopper.

—Tenemos a unas cuantas, y también a sus hijos —replicó O'Bannion, sin pestañear.

—¡Eso es una flagrante violación de los derechos humanos! —exclamó furiosamente Eva.

Melika miró a O'Bannion con maligna expresión.

—¿Puedo?

Él asintió con la cabeza.

—Puedes.

La mujerona pegó con la punta del mango del látigo en el estómago de Eva, haciéndola doblarse. Luego la golpeó en la nuca. Eva se hubiese derrumbado de no haberla sostenido Hopper por la cintura.

—Pronto aprenderán que cualquier resistencia, incluso la verbal, es inútil —dijo O'Bannion—. Más vale que cooperen. Así el tiempo que les queda en este mundo les resultará más llevadero.

Hopper se quedó boquiabierto.

—Somos respetables científicos de la Organización Mundial de la Salud. No puede ejecutarnos a su capricho.

—¿Ejecutarlos, mi buen doctor? Nada de eso. Tan sólo pretendemos que mueran de agotamiento.

 

 

24

 

Todo se desarrolló exactamente como Pitt esperaba. Cuando el guarda lo empujó de nuevo al interior de la sofocante sentina, junto a Giordino, se mostró sumiso y cooperador, alzando las manos para que el guarda pudiera asegurar la cadena de sus grilletes en torno a la tubería de vapor. Pero esta vez Pitt puso las muñecas al otro lado del perno de amarre de la tubería. Tras asegurarse de que Pitt volvía a estar sólidamente encadenado, el guarda dejó caer ruidosamente la trampilla sobre los prisioneros, que de nuevo quedaron encerrados en el húmedo horno de la sentina.

Giordino, sentado en un charco de humedad, se frotaba la nuca. Entre la densa neblina, Pitt apenas lograba distinguirlo.

—¿Cómo te ha ido? —preguntó Giordino.

—Massarde y Kazim son uña y carne. Están metidos juntos en algo turbio. Massarde le paga al general ciertos favores. Eso es evidente; pero no logré enterarme de mucho más.

—Siguiente pregunta.

—Dispara.

—¿Cómo saldremos de este samovar?

Pitt alzó las manos y sonrió.

—Con un simple giro de muñeca.

Como ahora estaba sujeto al otro tramo de la tubería, Pitt deslizó su cadena por el conducto hasta alcanzar el mamparo al que estaban sujetas las llaves inglesas. Cogió una y la probó en el amarre de la tubería al mamparo. Era demasiado grande, pero la siguiente llave encajó. Aferrando el mango, empujó. La oxidada tuerca no cedió. Pitt descansó un momento y luego, apoyando los pies contra un bastidor de acero, agarró la llave con ambas manos y tiró con todas sus fuerzas. Tras ofrecer una tenaz resistencia, la tuerca giró un cuarto de vuelta, operación que requirió de toda la potencia muscular del hombre. Vencida la inicial resistencia, cada giro posterior resultó más fácil. Cuando al fin la tuerca estuvo casi suelta, Pitt se detuvo, vol—viéndose hacia Giordino.

—Bueno, ya está a punto de soltarse. Con un poco de suerte, lo que conduce será vapor a baja presión para la calefacción de los camarotes. Si no, sabremos lo que siente una langosta al caer en la olla. Y, en cualquier caso, el vapor que salga será suficiente para asfixiarnos como no salgamos de aquí a toda velocidad.

Giordino se acuclilló, quedando con la húmeda coronilla pegada a la placa metálica de arriba.

—Pon el guarda a mi alcance, y yo me ocupo del resto.

Pitt asintió sin decir palabra y dio los últimos giros a la tuerca, hasta dejarla libre. Luego utilizó la cadena de sus grilletes para tirar de la tubería con todas sus fuerzas. Al soltarse la tubería, salió un chorro de vapor que llenó el reducido espacio de la sentina. En unos segundos, la ardiente niebla se hizo tan espesa que Pitt y Giordino se perdieron de vista el uno al otro. Con un rápido movimiento, Pitt pasó su cadena por el extremo suelto de la tubería, sin evitar escaldarse las manos.

Al unísono, él y Giordino comenzaron a gritar y a golpear contra las placas de arriba. El súbito silbido del vapor así como su aparición por entre las junturas de las placas metálicas. Sobresaltó al guarda, que actuó según lo previsto por Pitt y levantó la trampilla. Una nube de vapor lo envolvió, al tiempo que las invisibles manos de Pitt lo agarraban y lo hacían caer al fondo de la asfixiante sentina. El guarda cayó de cabeza, se golpeó la mandíbula con el bastidor y quedó fuera de combate.

Inmediatamente, Pitt arrancó el fusil automático de las manos del inconsciente guarda, cuyos bolsillos registró rápidamente Giordino, no tardando en encontrar las llaves de sus grilletes. Mientras su compañero se liberaba las muñecas, Pitt subió ágilmente a la cubierta de la sala de máquinas, donde permaneció en cuclillas, moviendo en abanico el fusil. El lugar estaba vacío. El único tripulante de guardia había sido su vigilante.

Pitt se volvió hacia la sentina y, limpiándose el sudor de la frente, preguntó.

—¿Vienes?

Desde el interior de la blanca nube de la sentina, Giordino replicó:

—Saquemos al guarda. El pobre diablo no tiene por qué morirse aquí.

A tientas, Pitt tendió las manos y sacó al inconsciente guarda, dejándolo sobre el suelo de la sala de máquinas. Luego ayudó a salir a Giordino del infernal agujero. Una mueca crispó su rostro a causa del dolor que le producían las quemaduras de las manos. Mirándolas, Giordino comentó:

—Parecen camarones cocidos.

—Me las escaldé cuando pasé la cadena por el extremo de la

tubería.

—Deberíamos vendarlas con algo.

—No hay tiempo. —Alzó las muñecas esposadas—. ¿Me haces el honor?

Rápidamente, Giordino le abrió los grilletes y, antes de echársela al bolsillo, mostró la llave.

—La guardaré como recuerdo. No sabemos cuándo volverán a arrestarnos.

—Según están las cosas, en cualquier momento —murmuró Pitt—. Los invitados de Massarde, sobre todo las mujeres con vestidos escotados, no tardarán en quejarse por la falta de calefacción. Enviarán a alguien para arreglarla y descubrirán que nos hemos largado.

—Entonces ha llegado el momento de hacer un rápido y discreto mutis.

—Sobre todo, discreto.

Pitt fue hasta una compuerta, la abrió y asomó la cabeza a una cubierta de estribor de la mansión flotante. Acercándose a la baranda, miró hacia arriba. A través de las grandes ventanas panorámicas podía verse a los invitados, vestidos de noche, bebiendo y charlando, ajenos a la tortura que Pitt y Giordino habían padecido en la sala de máquinas, casi directamente bajo sus pies.

Hizo señas a Giordino de que lo siguiera, y ambos avanzaron sigilosamente por cubierta, agachándose al pasar frente a los ojos de buey que daban a los alojamientos de la tripulación. Al fin llegaron a una escalera, a cuyo pie se detuvieron y se quedaron mirando hacia arriba. Nítidamente visible bajo la luz de los focos que lo alumbraban, estaba el helicóptero privado de Massarde, amarrado al pequeño helipuerto encima del salón principal. El aparato, pintado de rojo y blanco, no parecía estar vigilado.

—La carroza nos aguarda —dijo Pitt.

—Siempre es mejor que nadar —estuvo de acuerdo Giordino—. Si el franchute hubiera sabido que sus huéspedes eran dos antiguos pilotos militares, no hubiera dejado desprotegido su juguete.

—Su error ha sido nuestra suerte —comentó Pitt.

Subió la escalera, examinó la cubierta y atisbó por las cercanas portillas. Nadie del interior parecía interesado en lo que ocurría fuera. Silenciosamente, cruzó la cubierta, abrió la portezuela del helicóptero y montó en el aparato. Antes de seguir a Pitt, Giordino retiró las cuñas de las ruedas y soltó los cables de amarre. Luego entró en la carlina y ocupó el asiento derecho.

—A ver qué tenemos aquí —dijo Giordino, estudiando el panel de instrumentos.

—Es un Ecureuil francés, de doble turbina —replicó Pitt—. El modelo no lo sé; así que tendremos que pilotar a ojo: despegamos, nos largamos y listo.

El motor tardó un par de preciosos minutos en calentarse, pero cuando Pitt soltó el freno y los rotores comenzaron a girar, aún no había sonado ninguna alarma. Las palas adquirieron velocidad hasta alcanzar el régimen de revoluciones necesario para el despegue. La fuerza centrífuga estremeció al aparato sobre sus ruedas. Como todos los pilotos avezados, Pitt no necesitaba traducir las indicaciones en francés de los instrumentos, válvulas e interruptores del panel. Sabía lo que indicaban. Los controles eran universales y no le crearon el menor problema.

Apareció un tripulante, que miró con curiosidad a través del amplio parabrisas. Giordino le hizo un saludo con la mano y sonrió ampliamente. El hombre se quedó parado, con la indecisión pintada en el rostro.

—El tipo no tiene ni idea de quiénes somos —dijo Giordino.

—¿Va armado?

—No; pero sus amigos que vienen cargando escaleras arriba no parecen nada cordiales.

—Hora de irse.

—Todas las luces están en verde.

Pitt no perdió más tiempo. Conteniendo la respiración, hizo elevarse el helicóptero unos metros sobre el puente antes de bajar ligeramente el morro e iniciar el vuelo horizontal. La mansión flotante quedó atrás, un ascua de luz sobre las negras aguas. Cuando estuvieron a distancia segura, Pitt estabilizó la altura a unos diez metros y tomó curso río abajo.

—¿Adónde vamos? —preguntó Giordino.

—Al sitio donde Rudi detectó que la contaminación entraba en el río.

—¿No vamos un poco despistados? El sitio que dices está a más de cien kilómetros en dirección contraria.

—Es una simple finta para despistar a la jauría. En cuanto estemos a distancia segura de Gao, daré media vuelta y volaremos sobre el desierto hasta regresar al río, treinta kilómetros o así más arriba.

—¿Y por qué no vamos hasta el aeropuerto, recogemos a Rudi y salimos zumbando del país?

—Por varias razones —replicó Pitt, señalando uno de los indicadores—. En primer lugar, sólo tenemos combustible para unos doscientos kilómetros. En segundo, en cuanto Massarde y su amigo Kazim den la alarma, los cazarreactores malienses saldrán a buscarnos, nos localizarán con sus radares y, o bien nos obligarán a aterrizar, o nos harán pedazos en el aire. No creo que eso tarde más de quince minutos en ocurrir. Y, en tercer lugar, Kazim cree que sólo éramos tu y yo. Cuanta más distancia logremos poner entre nosotros y Rudi, más posibilidades tiene él de escapar con las muestras.

—¿Todas esas cosas se te ocurren así, de repente, o es que desciendes de una larga estirpe de profetas?

—Considérame un simple futurólogo aficionado.

—Deberías poner una caseta de adivino en las ferias.

—En el barco, logré sacarte del baño de vapor, ¿no? Giordino tenía sus dudas:

—Y ahora vamos a volar a través del Sahara hasta que se nos agote el combustible. Luego caminaremos por el mayor desierto del mundo buscando un no sabemos qué tóxico hasta que muramos o los malienses nos echen el guante y nos conviertan en carnaza para sus salas de tortura.

—Realmente, puesto a pintar las cosas negras, eres un as —replicó sardónicamente Pitt.

—Pues corrígeme en lo que esté equivocado.

—De acuerdo —asintió Pitt—. En cuanto lleguemos al lugar en que la contaminación entra en el río, nos desharemos del helicóptero.

Giordino lo miró.

—¿Echándolo al Níger?

—Has captado la idea.

—¿Pretendes que nos demos otro chapuzón en ese apestoso río? —El italiano meneó la cabeza y con convicción dijo—: Estás más chiflado que el Pájaro Loco.

—Cada palabra, una perla; cada movimiento, un acto sublime —dijo altivamente Pitt y, más en serio, añadió—: Todos los aparatos que los malienses logren poner en el aire estarán buscando a este pájaro. Si lo sepultamos bajo las aguas, no tendrán un sitio desde el que iniciar nuestra búsqueda. Lo último que Kazim espera de nosotros es que tomemos dirección norte, hacia la desolación del desierto, para buscar la fuente de la contaminación tóxica.

—Sibilino, ésa es la palabra que mejor te cuadra.

Pitt echó mano a un mapa colocado junto a su asiento. —Pilota tú mientras yo fijo el curso.

—Ya lo tengo —dijo Giordino, haciéndose con los controles.

—Sube hasta cien metros, mantén el curso sobre el río durante diez minutos y luego fija un rumbo de dos, seis, cero grados.

Giordino siguió las instrucciones de Pitt, y estabilizó el aparato a cien metros antes de mirar abajo. La superficie del río era apenas visible.

—Menos mal que las estrellas se reflejan en el agua, ya que en caso contrario no tendría ni idea de adónde demonios voy.

—Antes de virar, vigila que no haya sombras en el horizonte. No tendría gracia que nos hiciéramos chatarra contra un monte.

Al cabo de veinte minutos, tras rodear Gao, estaban ya cerca de su destino. El rápido helicóptero de Massarde cruzaba el cielo nocturno como un fantasma, sin luces de navegación. Giordino pilotaba diestramente mientras Pitt iba fijando el curso. Bajo ellos, la superficie del desierto era plana y anónima, con sólo las sombras de algunas rocas o pequeños promontorios. Resultó casi un alivio volver a divisar las negras aguas del río Níger.

—¿Qué son esas luces a estribor? —preguntó Giordino. Sin alzar la vista del mapa, Pitt replicó:

—Supongo que Bourem, un pueblo que pasamos en el barco poco antes de entrar en aguas no contaminadas.

—¿Dónde soltamos el pájaro?

—Un poco más arriba, donde ni el habitante de Bourem con mejor oído pueda escuchar la caída.

—¿Alguna razón en particular para escoger este sitio? —preguntó recelosamente Giordino.

—Es sábado por la noche. ¿Qué tal un paseíto por el pueblo, para ver el ambiente?

Giordino abrió la boca para replicar adecuadamente, desistió, y volvió a concentrarse en pilotar el helicóptero sin perder de vista los indicadores del panel de instrumentos. Al llegar al centro del río, redujo velocidad.

—¿Tienes tu flotador de goma? —preguntó.

—Jamas voy a ninguna parte sin él —replicó Pitt—. Baja.

A dos metros del agua, Giordino apagó los motores mientras Pitt desconectaba el sistema eléctrico y las válvulas de combustible. El bello helicóptero de Yves Massarde aleteó como una mariposa herida y luego cayó al agua con un sordo chapuzón. Se mantuvo a flote lo suficiente para que Pitt y Giordino abriesen las portezuelas y saltaran lo más lejos posible, a fin de no ser alcanzados por los rotores, que aún giraban lentamente. Cuando el agua llegó a las abiertas portezuelas y anegó el interior, el aparato se deslizó bajo la negra superficie del río con un gran suspiro, producto del aire al salir de la carlinga.

Nadie lo oyó caer, ni nadie lo vio hundirse desde la orilla. Desapareció como el Calíope, posándose en el suave cieno del fondo del río que algún día llegaría a cubrirlo por completo, convirtiéndose en su húmedo sarcófago.

 

 

25

 

Aunque no se trataba exactamente del bar del «Hotel Beverly Hills», para quienes se habían tenido que echar dos veces a un río, se habían cocido en un baño de vapor, y tenían los pies deshechos tras dos horas de caminar por el desierto en la oscuridad, ningún oasis hubiera resultado un refugio más acogedor. Pitt pensó que jamás un tugurio ofreció mejor aspecto.

Tuvieron la sensación de entrar en una cueva. Las toscas paredes eran de barro, y el suelo de tierra. Una larga tabla apoyada en dos pilas de ladrillos servía de barra, y estaba tan combada que daba la sensación de que cualquier vaso que se dejase en ella se deslizaría inmediatamente hasta el centro. Tras la decrépita barra, habían unos estantes con diversos artilugios para preparar café y té y, junto a ellos, cinco botellas de licor de desconocidas etiquetas y en diversos grados de consumición. Pitt supuso que debían de estar reservadas para los escasos turistas que se aventurasen hasta el lugar, pues a los musulmanes les estaba vedado el consumo de alcohol.

Contra una pared, una pequeña estufa proveía un cierto grado de calor y un aroma que, aunque de momento ni Pitt ni Giordino lograron identificarlo, era de estiércol de camello. Las sillas parecían provenir de un almacén del Ejército de Salvación: no había dos iguales. Las mesas no eran mucho mejores, oscurecidas por el humo, con innumerables quemaduras de cigarrillos e inscripciones a navaja que se remontaban a la época colonial francesa. Dos desnudas bombillas que colgaban de una viga aportaban la única iluminación del angosto antro. Brillaban difusamente, alimentadas por la electricidad del insuficiente generador diesel que abastecía a la población.

Seguido por Giordino, Pitt se sentó a una mesa vacía y desvió su atención del local a la clientela. Le alivió comprobar que ninguno de los presentes vestía uniforme. Todos los parroquianos eran gente de la localidad: barqueros y pescadores del Níger, aldeanos, y unos cuantos individuos con aspecto de agricultores. No había mujeres. Algunos bebían cerveza, pero el resto daba sorbos a pequeñas tazas de café o té. Tras una indiferente ojeada a los recién llegados, todos volvieron a sus conversaciones o a sus partidas de un juego similar al dominó.

Echándose hacia delante en su silla, Giordino murmuró:

—¿Es ésta tu idea de una noche de juerga en la ciudad?

—En una tormenta, cualquier puerto vale —replicó Pitt.

El que evidentemente era el propietario, un atezado individuo de leonina cabellera e inmenso bigote, salió de detrás la barra y se aproximó a la mesa, deteniéndose junto a ella y, sin decir palabra, esperó a que fueran los recién llegados quienes hablasen.

Alzando dos dedos, Pitt pidió:

—Cerveza.

El dueño asintió y volvió a la barra. Giordino observó cómo el hombre sacaba dos botellas de cerveza alemana de un maltrecho frigorífico metálico y luego preguntó a Pitt:

—¿Te importa explicarme cómo vamos a pagar?

Pitt sonrió e, inclinándose, se quitó su Nike izquierda y sacó algo de la suela. Luego, con fría y escrutadora mirada, sus ojos recorrieron el antro. Ninguno de los parroquianos mostraba el menor interés ni en él ni en Giordino. Cautamente, abrió las manos, de modo que sólo Giordino pudiera ver que escondía entre sus palmas un buen fajo de dinero maliense.

—Confederación de francos africanofranceses —dijo en voz baja—. Al almirante no se le escapa una.

—Es cierto que Sandecker pensó en todo —reconoció Giordino—. Pero... ¿por qué te dio el dinero a ti en vez de a mí? —Tengo los pies más grandes.

El dueño regresó y, tras dejar ante ellos las dos cervezas, gruñó:

—Dix francs.

Pitt le tendió un billete que el hombre alzó hacia una de las bombillas y estudió atentamente. Luego pasó su grasiento pulgar por el papel y, viendo que la tinta no se corría, asintió y volvió a su puesto.

Giordino comentó:

—Te ha pedido diez francos y tú le has dado veinte. Si nos toman por alegres derrochadores, lo más probable es que, al salir, nos asalte la mitad de la población.

—Ésa es la idea —dijo Pitt—. Si le damos tiempo, el timador del pueblo no tardará en olfatearnos y venir a por nosotros.

—¿Y qué falta nos hace un timador?

—Necesitamos un medio de transporte.

—Antes que eso, yo necesito una buena cena. Tengo más hambre que un oso recién salido de la hibernación.

—Si te apetece, puedes probar la comida de aquí —dijo Pitt—. Yo prefiero morir de inanición.

Cuando iban por su tercera cerveza, en el tugurio entró un joven de no más de dieciocho años. Era alto, flaco y ligeramente encorvado. Tenía el rostro ovalado y ojos grandes y tristes. Su piel era casi negra y el cabello tupido y encrespado. Llevaba camiseta amarilla y pantalones caqui bajo una especie de abierta túnica de algodón blanco. Tras un rápido vistazo a la concurrencia, el muchacho se fijó en Pitt y Giordino.

—La paciencia, virtud del mendigo, tiene siempre su recompensa —murmuró Pitt—. Aquí llega nuestra salvación.

El joven se detuvo junto a la mesa y les dirigió una inclinación.

—Bonsoir. —Buenas noches —replicó Pitt.

Los melancólicos ojos se abrieron un poco más.

—¿Son ustedes ingleses?

—Neozelandeses —mintió Pitt.

—Me llamo Mohammed Digna. Quizá pueda ayudar a los caballeros a cambiar su dinero.

—Tenemos moneda local —replicó Pitt, con un encogimiento de hombros.

—¿Necesitan un guía, a alguien que los ayude en los problemas que puedan tener con la aduana, la Policía o los funcionarios del gobierno?

—No, no creo. —Pitt señaló con la mano una silla vacía—. ¿Tomas algo con nosotros?

—Sí, muchas gracias. —Digna dijo unas palabras en francés al dueño y luego se sentó.

—Hablas muy bien el inglés —dijo Giordino.

—Fui al colegio en Gao y luego a la Universidad en Bamako, donde acabé siendo el primero de mi clase —anunció orgullosamente—. Hablo cuatro idiomas, contando mi lengua bambara nativa. Francés, inglés y alemán.

—Pues en eso me ganas —dijo Giordino—. Yo sólo hablo inglés, y no muy bien.

—¿A qué te dedicas? —preguntó Pitt.

—Mi padre es el cacique de una aldea próxima. Yo administro sus propiedades y me ocupo de su negocio de exportación.

—Y, sin embargo, frecuentas los bares y ofreces tus servicios a los turistas —murmuró recelosamente Giordino.

—Me gusta tratar con extranjeros, porque así tengo oportunidad de practicar mis idiomas —replicó Digna, sin una vacilación.

Se acercó el dueño y dejó una taza de té frente a Digna.

—¿Y cómo transporta tu padre sus productos? —preguntó Pitt.

—Tiene una pequeña flota de camiones «Renault».

—¿Sería posible alquilarle uno? —quiso saber Pitt.

—¿Desea transportar mercancías?

—No. A mi amigo y a mí nos gustaría hacer una excursión por el norte, para ver el gran desierto antes de regresar a Nueva Zelanda.

Digna sacudió levemente la cabeza.

—Imposible. Esta tarde, los camiones de mi padre salieron para Mopti con telas y productos agrícolas. Además, para viajar por el desierto, los extranjeros necesitan salvoconductos especiales.

Pitt se volvió hacia Giordino con la tristeza de la decepción pintada en el rostro.

—Qué lástima. Y pensar que hemos cruzado medio mundo para ver a los nómadas del desierto a lomos de sus camellos...

—No podré volver a mirarle a la cara a mi vieja y canosa madre —gimió Giordino—. La pobre se ha pasado toda la vida ahorrando para que yo pudiera ver lo que es la vida en el Sahara.

Pitt dio una palmada sobre la mesa y se puso en pie.

—Bueno, ya es hora de regresar a nuestro hotel en Tombuctú.

—¿Los caballeros tienen un automóvil? —preguntó Digna.

—No.

—¿Cómo piensan ir desde aquí a Tombuctú?

—En autobús —replicó Giordino en tono vacilante, casi como preguntándolo.

—¿Se refiere a un camión que lleve pasajeros?

—Exacto —dijo Giordino.

—Hasta mañana al mediodía no encontrarán ningún transporte que los lleve a Tombuctú —anunció Digna.

—En Bourem tiene que haber algún vehículo que podamos alquilar —dijo Pitt, volviendo a sentarse.

—Bourem es una aldea pobre. Sus habitantes, o caminan, o van en moto. Muy pocas familias pueden permitirse tener automóviles que no estén reparándose constantemente. En estos momentos, el único vehículo del pueblo que se encuentra en perfectas condiciones es el coche privado del general Zateb Kazim.

Fue como si Digna agitase un trapo rojo ante dos toros bravos. El mismo pensamiento cruzó por las mentes de Pitt y Giordino, que se crisparon por un momento y tras cambiar significativas miradas, se relajaron.

—¿Y qué hace aquí su coche, si ayer mismo vimos al general en Gao?

—El general va a casi todas partes en helicóptero o avión militar —replicó Digna—. Pero los recorridos entre ciudades y aldeas le gusta hacerlos en su coche. Su chófer conducía por la nueva carretera de Bamako a Gao cuando, a unos kilómetros de aquí, el coche sufrió una avería. Hubo que remolcarlo hasta Bourem para que lo reparasen.

—¿Y ya está listo? —inquirió Pitt con indiferencia, tras dar un sorbo de cerveza.

—El mecánico del pueblo terminó de arreglarlo a última hora de esta tarde. Una roca había rajado el radiador.

—¿Ha regresado el chófer a Gao? —preguntó despreocupadamente Giordino.

Digna negó con la cabeza.

—La carretera de aquí a Gao todavía está en obras. Conducir por ella de noche resulta peligroso. No quiso correr el riesgo de estropear de nuevo el coche del general Kazim. Piensa marcharse a primera hora de la mañana.

Pitt lo miró con extrañeza.

—¿Cómo sabes tanto?

Digna sonrió orgullosamente.

—Mi padre es el dueño del taller de coches y yo superviso su funcionamiento. El chófer y yo hemos cenado juntos.

—¿Dónde está ahora el chófer?

—Durmiendo en casa de mi padre.

Pitt cambió el tema de la charla hacia la industria local.

—¿Hay por aquí alguna fábrica de productos químicos? —preguntó.

Digna se echó a reír.

—Bourem es demasiado pobre para fabricar cuanto no sean tejidos o productos artesanales.

—¿Tampoco hay un vertedero de desechos nocivos?

—En Fort Foureau, pero eso está cientos de kilómetros más hacia el norte.

Se produjo un breve silencio tras el cual, súbitamente, Digna preguntó:

—¿Cuánto dinero llevan?

—La verdad es que no lo he contado —replicó Pitt, sin mentir.

Pitt observó que Giordino lo miraba de un modo extraño y luego señalaba con una leve inclinación hacia cuatro hombres sentados a la mesa de un rincón. Al mirarlos, advirtió que todos desviaban la vista bruscamente. Aquello tenía que ser una trampa, decidió. Miró al propietario, que estaba acodado en la barra, leyendo un periódico, y lo descartó como uno de los potenciales asaltantes. Un vistazo al resto de la concurrencia le bastó para llegar a la conclusión de que su único interés estaba en charlar unos con otros. Eran cinco contra dos, proporción que a Pitt no le pareció poco ventajosa.

Pitt acabó su cerveza y se puso en pie.

—Hora de irse.

—Recuerdos a tu padre —dijo Giordino, estrechando la mano de Digna.

La sonrisa del joven maliense no se alteró, pero sus ojos brillaron con dureza.

—No se pueden marchar.

—No te preocupes por nosotros —sonrió Giordino—. Dormiremos en la carretera.

—Denme su dinero —pidió suavemente Digna.

—El hijo de un cacique mendigando dinero —dijo reprobatoriamente Pitt—. Tu padre debería avergonzarse de ti.

—No me ofendan —dijo fríamente Digna—. Denme todo lo que llevan, o su sangre encharcará el suelo.

Actuando como si la confrontación no fuese con él, Giordino fue hacia un rincón del bar. Los cuatro hombres se habían levantado y parecían esperar una seña de Digna, seña que nunca llegó. Los malienses parecían desconcertados por la absoluta falta de temor que manifestaban sus potenciales víctimas.

Pitt se echó hacia delante, hasta que su rostro estuvo a pocos centímetros del de Digna.

—¿Sabes lo que mi amigo y yo hacemos con la escoria como tú?

—No se puede insultar a Mohammed Digna y sobrevivir —dijo desdeñosamente el joven.

—Lo que hacemos —siguió Pitt con calma— es enterrarlos con una loncha de jamón en la boca.

Para un musulmán devoto, lo más aborrecible del mundo es el contacto con el cerdo, al que consideran la más inmunda de las criaturas. La simple idea de pasar la eternidad de la 'tumba con siquiera el más minúsculo trozo de jamón en la boca es suficiente para causarle las peores pesadillas. Pitt sabía que la amenaza era tan terrible como una estaca de madera contra el pecho de un vampiro.

Durante cinco segundos completos, Digna permaneció inmóvil, emitiendo sonidos guturales, como si estuvieran estrangulándolo. Presa de incontrolable furia, los músculos del rostro se le crisparon en una mueca que le dejó al descubierto los dientes. Luego se puso en pie de un salto y sacó un largo cuchillo de debajo de su túnica.

Pero su reacción llegó con un par de segundos de retraso.

El puño de Pitt golpeó la mandíbula de Digna como un pistón. El maliense cayó totalmente fuera de combate sobre la mesa en la que unos hombres jugaban al dominó y se derrumbó como un fardo en el suelo rodeado de tazas y fichas. Los sicarios de Digna se lanzaron al unísono contra Pitt, rodeándolo. Tres de ellos esgrimían curvos puñales de aspecto peligroso; el cuarto blandía un hacha.

Pitt cogió su silla y la descargó contra el primero de sus asaltantes, rompiéndole el brazo y el hombro derechos. Sonó un alarido de dolor y la confusión se hizo dueña del antro. Los sobresaltados clientes, presa del pánico, se lanzaron atropelladamente hacia la puerta buscando la seguridad del exterior. De los labios del asaltante que blandía el hacha salió un agónico gemido: una botella de whisky certeramente lanzada por Giordino le había alcanzado con gran fuerza en pleno rostro.

Pitt alzó la mesa sobre su cabeza sosteniéndola por dos patas. En el mismo instante se oyó un ruido de vidrios rotos y Giordino se colocó junto a él, agarrando una botella rota por el gollete.

Los atacantes se detuvieron en seco. Ahora eran dos contra dos. Desconcertados, miraron a sus dos amigos: uno de rodillas, gimiendo y sujetándose el brazo fracturado; el otro sentado en el suelo, cubriéndose con las manos el rostro ensangrentado. Tras otra mirada, ésta vez dirigida a su noqueado jefe, los dos hombres comenzaron a retroceder hacia la puerta, desapareciendo en un abrir y cerrar de ojos.

—Como ejercicio, no ha sido gran cosa —murmuró Giordino—. En las calles de Nueva York, estos tipos no durarían ni cinco minutos.

—Vigila la puerta —dijo Pitt. Se volvió hacia el dueño, que, imperturbable, seguía abstraído en su periódico, como si aquellas reyertas formaran parte de las atracciones nocturnas de su local—. Le garage? —preguntó.

El propietario alzó la cabeza, se atusó el bigote y, sin decir palabra, señaló con el pulgar hacia la pared sur del bar. Pitt dejó unos billetes en la combada barra para pagar los desperfectos y dijo:

—Merci.

—Este es un sitio al que se le coge cariño —dijo Giordino—. Casi me da pena irme.

—Pues guarda su imagen en tu recuerdo para siempre. —Pitt miró su reloj—. Faltan cuatro horas para que amanezca. Larguémonos antes de que suene la alarma.

Salieron del tugurio y recorrieron cautelosamente las calles, escondiéndose entre las sombras y asomando la cabeza por cada esquina antes de doblarla. Pitt se daba cuenta de que tales precauciones eran en gran medida excesivas: la casi total ausencia de luces callejeras y las oscuras casas que albergaban a los habitantes dormidos los protegían de suscitar sospechas.

Llegaron a uno de los edificios de adobe más grandes de la aldea. Similar a un almacén, tenía una gran arcada metálica en la parte delantera y doble puerta en la posterior. El patio trasero, que estaba rodeado por una cerca de alambre, parecía un cementerio de automóviles. Aparcados en fila había tres decenas de viejos coches, de los que sólo quedaban las carrocerías y los chasis. En un rincón del patio, junto a varios bidones de aceite, había un montón de ruedas y motores oxidados. Apoyados contra la pared, se veían transmisores y diferenciales. El suelo estaba empapado por el aceite de motor de muchos años.

Una de las puertas del cercado sólo estaba sujeta por una cuerda. Con una piedra afilada, Giordino la cortó y entraron en el patio. A paso de lobo, avanzaron hacia las puertas, atentos a cualquier sonido que denotase la presencia de un perro guardián y escrutando las sombras en busca de indicios de un sistema de alarma, aunque, según dedujo Pitt, en aquel sitio poco había que temer de los ladrones. En el pueblo habían tan pocos coches privados que cualquiera que robase un repuesto habría sido inmediatamente detectado.

La doble puerta estaba cerrada con un viejo candado oxidado. Giordino lo atenazó con sus enormes manazas y dio un fuerte tirón. La armella quedó libre. El italiano miró a Pitt, sonriente.

—En realidad, no ha sido nada. Era un chisme viejo y oxidado.

—Si por un milagro salimos vivos de ésta, te propondré para una medalla —prometió Pitt.

Entornaron la puerta lo suficiente para entrar. Un extremo del garaje estaba ocupado por un foso de reparaciones. Había una pequeña oficina y un cuarto lleno de herramientas y aparatos. El resto del espacio disponible lo ocupaban tres coches y un par de camiones en diversos estados de desmantelamiento. Pero lo que llamó la atención de Pitt fue el coche situado en el centro del garaje. Metió la mano por la ventanilla abierta de uno de los camiones y encendió los faros. La luz iluminó un viejo automóvil anterior a la Segunda Guerra Mundial, de elegantes líneas y carrocería pintada de un vivo color rosa—magenta.

—Dios bendito —murmuró Pitt—. Un Avions Voisin.

—¿Un qué?

—Un Voisin. Fabricado entre 1919 y 1939 por Gabriel Voisin. Es un coche sumamente difícil de encontrar.

Giordino examinó el vehículo de parachoques a parachoques. Se trataba de un coche único, muy distinto a los demás. Se fijó en los extraños tiradores de las puertas, los tres limpiaparabrisas del cristal delantero, los cromados soportes que unían los guardabarros con el radiador, que estaba coronado por una gran figura alada.

—Es un chisme muy raro —opinó el italiano tras la inspección.

 

—No lo menosprecies, porque esta elegante reliquia es nuestro pasaje de salida de este lugar.

Pitt se puso al volante, que estaba situado a la derecha, y se retrepó en el asiento delantero, tapizado al estilo art déco. En el contacto había una sola llave. Pitt le dio la vuelta y contempló cómo la aguja de combustible se desplazaba hasta marcar completo. Luego oprimió el botón que activaba el motor eléctrico situado bajo el radiador y que servía tanto de starter como de generador. El motor se puso en marcha sin apenas emitir un sonido. Las únicas indicaciones de que se encontraba en funcionamiento fue un «pop» casi inaudible y una tenue nube de humo que salió por el tubo de escape.

Impresionado, Giordino comentó:

—Desde luego, el viejo cachivache no puede ser más silencioso.

—A diferencia de los coches modernos, que en su mayoría llevan válvulas de vástago —dijo Pitt—, este tiene un motor Knight con válvulas de camisa que, ya en su tiempo, tenía fama de silencioso.

Giordino contempló el coche antiguo con mal disimulado escepticismo.

—¿Realmente piensas recorrer el Sahara montado en esta reliquia?

—Tiene el depósito lleno, y es preferible a ir en camello. Busca recipientes limpios y llénalos de agua. De paso mira si hay algo de comer.

—Lo dudo mucho —replicó Giordino, dirigiendo una mirada de desaliento al destartalado garaje—. No creo que en este establecimiento tengan máquinas expendedoras de refrescos ni de golosinas.

—Haz lo que puedas.

Pitt abrió la puerta trasera del edificio y la verja para permitir el paso del vehículo. Luego inspeccionó el coche para cerciorarse de que los niveles de agua y aceite estaban al máximo, y comprobar que las ruedas, particularmente la de repuesto, tenían suficiente aire.

Apareció Giordino, con media caja de refrescos de fabricación local, y varios bidones de plástico llenos de agua.

—Por unos días, no pasaremos sed, pero en lo que respecta a la gastronomía, sólo he encontrado dos latas de sardinas y una sustancia gomosa que parece algún tipo de dulce.

—Déjalo todo en el portaequipajes y larguémonos de una vez.

Giordino hizo lo que su amigo le decía y montó en el asiento del pasajero al tiempo que Pitt metía la primera, oprimía el acelerador e iba soltando el embrague. El sexagenario Voisin avanzó lenta y silenciosamente.

Sorteando con cuidado los coches desguazados, Pitt salió del patio y se metió por un callejón que los condujo a un estrecho camino de tierra que iba en dirección oeste, paralelo al río Níger. Enfiló la pista y siguió las huellas de rodadas sin rebasar los veinticinco kilómetros por hora hasta que hubieron perdido de vista la población. Sólo entonces encendió las luces y aceleró.

—No nos vendría mal un mapa de carreteras —dijo Giordino.

—Uno de senderos de camello nos vendría mejor. No podemos arriesgarnos a usar la carretera principal.

—Mientras este camino siga junto al río, no vamos mal.

—En cuanto lleguemos a la cañada en la que los instrumentos de Gunn detectaron la contaminación, nos meteremos por ella y la seguiremos.

—Detestaría estar presente cuando el chófer le diga a Kazim que han robado el coche que es todo su orgullo y la alegría de su vida.

—El general y Massarde pensarán que nos dirigimos a la frontera más próxima, o sea la de Níger —dijo Pitt, confiado—. Lo último que esperan de nosotros es que nos encaminemos hacia el centro del desierto.

—Debo admitir que el viaje no acaba de seducirme —gruñó Giordino.

A Pitt tampoco. El suyo era un proyecto disparatado que muy difícilmente les permitiría llegar hasta una edad avanzada. Los faros mostraban un terreno liso, con pequeñas piedras desperdigadas, y algún que otro arbusto cuya sombra se deslizaba en la noche como la de un fantasma.

Pitt pensó que era un lugar muy solitario para morir.

 

 

26

 

El sol se levantó con ganas de calentar, y a las diez de la mañana la temperatura ya era de treinta y dos grados. Soplaba un ligero viento del sur que resultaba una relativa bendición para Rudi Gunn. La brisa le refrescaba la piel sudorosa, pero también le llenaba de arena la nariz y los oídos. Para defenderse de ella, se ajustó mejor la capucha de su improvisada chilaba y se caló las gafas de sol para protegerse los ojos. De la mochila sacó una botella de plástico con agua, y la medió de un sorbo. Cerca del terminal había visto un grifo goteante, así que ya no necesitaba racionarla.

El aeropuerto parecía tan muerto como la noche anterior. Había habido un cambio de guardia de los militares; pero en los hangares y en las pistas seguía sin verse la menor actividad. Observó cómo un hombre se montaba en una moto en la parte de la terminal destinada al público, iba hasta la torre de control y subía a ella. Gunn vio en aquello un buen presagio. Nadie en su sano juicio se encerraría en una cabina de cristal elevada a pleno sol, a no ser que estuviera prevista la llegada de un avión.

Sobre el nido de Gunn en la arena sobrevolaba un halcón. El hombre lo contempló durante unos momentos antes de colocar cautelosamente unos tableros por encima de su cabeza para protegerse del sol. Luego volvió a estudiar el aeropuerto. En la pista, frente a la terminal, se había detenido un camión, del cual se apearon dos hombres que comenzaron a descargar unas cuñas de madera, dejándolas sobre el asfalto para bloquear las ruedas del avión tras el aterrizaje. Mentalmente, Gunn comenzó a trazar la mejor ruta hasta el sitio en que el aparato se estacionaría. Fijó la ruta en su cerebro, escogiendo las oquedades y los matorrales que podían ofrecerle protección.

Luego se echó para atrás, dispuesto a soportar el calor cada vez mayor y escrutó el cielo. El halcón se había lanzado sobre un chorlito que revoloteaba en las cercanías del río. Unas cuantas nubes algodonosas flotaban en el inmenso cielo azul. Se preguntó cómo lograban, no ya sobrevivir, sino siquiera existir en aquella asfixiante atmósfera. Tan absorto estaba en la contemplación de las nubes que al principio no escuchó el ligero zumbido que señalaba la proximidad de un reactor. Luego, un destello captó su atención, y Gunn se incorporó. El sol se había reflejado en una pequeña mota del cielo. Permaneció vigilante, hasta que el destello volvió a producirse, esta vez más cerca del desnudo horizonte. Era un avión aproximándose para aterrizar, pero aún estaba demasiado lejos para ser identificable. Dedujo que debía de ser un vuelo comercial, pues de lo contrario no habrían preparado los calzos en la parte civil del aeropuerto.

Apartó los maderos que lo protegían del sol, se colocó la mochila y se puso en cuclillas, dispuesto a iniciar su furtiva carrera. Con el corazón latiéndole desacompasadamente por la ansiedad, escrutó el cielo cegador hasta que el aparato estuvo a un kilómetro de distancia. Tras unos segundos que se le hicieron eternos, al fin pudo distinguir de qué avión se trataba: era un aerobús civil francés, con las franjas color verde claro y oscuro distintivas de la aerolínea Air Afrique.

El piloto enderezó apenas llegó al extremo de la pista, tocó tierra y frenó. Luego el aerobús rodó hasta detenerse frente a la terminal. Las turbinas siguieron funcionando mientras dos operarios de tierra colocaban los calzos bajo las ruedas y luego empujaban una escalera móvil hasta la puerta principal del aparato.

Los dos operarios permanecieron al pie de la escalera, esperando la salida de los pasajeros; pero la puerta tardó en abrirse. Gunn inició su carrera hacia la pista. Cuando hubo cubierto los primeros cincuenta metros, se detuvo tras una pequeña acacia y estudió de nuevo la aeronave.

Cuando al fin se abrió la puerta de pasajeros apareció una azafata que, tras descender por la escalera, rebasó a los dos operarios malienses sin dirigirles ni una mirada y siguió hacia la torre de control. Los malienses apartaron la mirada del aparato y siguieron a la mujer con evidente curiosidad. Cuando llegó a la base de la torre, la azafata abrió el bolso que le colgaba del hombro, sacó unos alicates y, parsimoniosamente, procedió a cortar los cables de alimentación y comunicaciones que conectaban el equipo del controlador con la terminal. Luego hizo una señal a los del avión.

Bruscamente, de la parte posterior del fuselaje bajó una rampa, al tiempo que comenzaba a sonar el fuerte zumbido de un aparato automotriz. De pronto, procedente de la tripa del aparato, apareció lo que a Gunn le pareció un enorme «buggy» de playa que descendió por la rampa y, al llegar al suelo, hizo un cerrado viraje y se dirigió hacia la caseta de guardia situada en la parte militar del aeropuerto.

Tiempo atrás, Gunn formó parte del equipo de asistencia de Pitt y Giordino en una carrera campo a través en Arizona, pero nunca había visto un todoterreno como aquél. Carecía de chasis, y su armazón era un conglomerado de soportes tubulares en torno a un superpotente motor Rodeck V—8, de nueve mil centímetros cúbicos, de los usados en los vehículos de carreras «dragster» norteamericanos. El conductor ocupaba una pequeña cabina en la parte delantera del vehículo; inmediatamente detrás estaba el motor, situado en el centro. Por encima del chófer se encontraba un artillero con una ametralladora tipo Vulcan de seis cañones y ominoso aspecto. Sobre el eje trasero iba otro artillero, éste con una ametralladora Stoner 63 de 5,56 milímetros que cubría la parte posterior. Gunn recordó que durante la guerra del desierto, estos vehículos se habían demostrado muy eficaces para las fuerzas especiales norteamericanas que perseguían las líneas irraquíes.

Tras el peligroso «buggy», por la rampa descendió un pelotón de hombres armados hasta los dientes y vestidos con un uniforme desconocido. Rápidamente, los recién llegados dominaron a los estupefactos operarios malienses de tierra y se hicieron con el edificio de la terminal.

Los dos guardas de las fuerzas Aéreas malienses que se encontraban en la parte militar del aeropuerto observaron, atónitos, cómo el extraño vehículo avanzaba como una exhalación hacia ellos. Hasta que el «buggy» estuvo a menos de cien metros de ellos, no comprendieron la enorme amenaza que aquello suponía. Alzaron sus armas para disparar, pero fueron abatidos por una rápida ráfaga de la Vulcan delantera.

Después el conductor viró bruscamente y ambos artilleros concentraron su fuego en los ocho cazarreactores malienses estacionados sobre la pista. Los aparatos, que en caso de alerta hubieran estado dispersos, permanecían alineados en dos limpias filas, como en espera de inspección. Las poderosas armas del vehículo descargaron su fuego contra ellos, que fueron estallando en llamas uno tras otro. En breves instantes, lo que fueran esbeltos aviones se habían convertido en masas de fuego y humo.

Gunn observaba el drama, totalmente estupefacto, ocultándose tras la débil acacia como si fuese un búnker de hormigón. La operación, en total, no había durado más de seis minutos. El armado todoterreno volvió al aerobús, estacionándose frente a la entrada de la terminal. Luego, en la escalinata del avión apareció un hombre con uniforme de oficial llevando lo que a Gunn le pareció un megáfono, cosa que, en efecto, lo era. El oficial se lo llevó a los labios y su voz resonó por encima del estruendo de la destrucción que tenía lugar en el otro lado del aeropuerto.

—¡Mr. Gunn! ¡Salga de donde esté! ¡Disponemos de poco tiempo!

Gunn estaba pasmado. Vaciló, temeroso de que se tratara de alguna intrincada trampa. Rápidamente desechó la idea por estúpida. El general Kazim no destruiría su fuerza aérea sólo para capturar a un hombre. Sin embargo, seguía sin apetecerle ponerse al alcance de tan formidable potencia de fuego.

—¡Mr. Gunn! —sonó de nuevo la atronadora voz del oficial—. ¡Si me escucha, le ruego que se dé prisa, o nos veremos obligados a marcharnos sin usted!

Aquel era todo el acicate que Gunn precisaba. Saltó de detrás de la acacia y corrió por el desigual terreno hacia el avión, agitando las manos y gritando como un loco.

—¡Esperen! ¡Ya voy, va voy!

El desconocido oficial del megáfono comenzó a pasear de arriba abajo por la pista, como si fuera un pasajero impaciente exasperado por el retraso de un vuelo. Cuando Gunn llegó a la carrera y se detuvo ante él, estudió al científico de la NUMA como si éste fuese un pordiosero.

—Buenos días. ¿Es usted Rudi Gunn?

—Lo soy —replicó el jadeante Gunn—. ¿Y usted quién es? —El coronel Marcel Levant.

Gunn contempló con admiración a la fuerza de élite que con admirable rapidez se había dispuesto en torno al avión, montando guardia. Tenían todo el aspecto de ser un montón de tipos duros a quienes matar les importaba un ardite.

—¿Qué grupo es éste?

—Un equipo táctico de las Naciones Unidas —replicó Levant.

—¿Cómo sabían mi nombre y dónde encontrarme?

—El almirante James Sandecker recibió una comunicación de alguien llamado Dick Pitt, según la cual usted estaba oculto en las proximidades del aeropuerto, era muy urgente que se le evacuase.

—¿Lo envía el almirante?

—Con el visto bueno de la secretaria general —replicó Levant—. ¿Cómo puedo estar seguro de que es usted Rudi. Gunn?

Gunn abarcó con un ademán el desolado paisaje que los rodeaba.

—¿Cuántos Rudi Gunn cree usted que andan por estos contornos aguardando su llamada?

—¿No tiene documentos, algo que lo identifique?

—Probablemente, mis documentos personales se encuentran en el fondo del río Níger. Tendrá que fiarse de mi palabra. Levant entregó el megáfono a un ayudante y señaló hacia el aparato.

—Retirada y embarque —dijo secamente. Luego se volvió de nuevo hacia Gunn y lo miró con evidente falta de cordialidad—. Suba al avión, Mr. Gunn. No podemos perder tiempo charlando.

—¿Adónde me llevan?

Levant lanzó al cielo una mirada de irritación y dijo:

—A París. Desde allí volará en el Concorde hasta Washington, donde cierto número de personas importantes espera ansiosamente recibir su informe. Eso es cuanto necesita usted saber. Ahora, muévase. El tiempo apremia.

—¿A qué tantas prisas? —preguntó Gunn—. Evidentemente, ha destruido usted su fuerza aérea.

—Me terno que era sólo una escuadrilla. Existen otras tres, estacionadas en torno a Bamako, la capital. En cuanto reciban la alerta despegarán y pueden cazarnos antes de que abandonemos el espacio aéreo maliense.

El «buggy» armado había vuelto al interior del aparato, y las fuerzas de tierra lo siguieron con celeridad. La azafata, que tan valerosamente había cortado los cables de la torre de control, tomó a Gunn por un brazo y lo condujo escaleras arriba.

—No tenemos departamento de primera clase con exquisiteces culinarias y champán, Mr. Gunn —dijo animosamente la mujer—. Pero hay cerveza fría y sandwiches.

—No se hace usted idea de lo bien que suena eso —sonrió Gunn.

Aunque debería haber sentido un gran alivio, Gunn sintió un fuerte aguijonazo de angustia mientras ascendía por la escalera. Si estaba escapando sano y salvo hacia la seguridad, era gracias a Pitt y Giordino. Ellos se habían sacrificado para salvarlo. Se preguntó cómo demonios habrían podido encontrar una radio y establecer contacto con Sandecker.

Cometían una insensatez quedándose en aquella tierra calcinada, pensó el hombre. Su obstinación en encontrar la fuente del contaminante rayaba en la locura. Kazim los perseguiría con sus fuerzas de seguridad en pleno. Sí el desierto no los devoraba, lo harían los malienses.

Antes de entrar en el aparato vaciló, dio media vuelta y contempló la horrible desolación de arena y rocas. Desde lo alto de la escalera podía ver claramente el río Níger, poco más de un kilómetro hacia el oeste.

¿Dónde estarían ahora? ¿Y en qué estado?

Sacudió la cabeza y entró en la cabina. El aire acondicionado golpeó su cuerpo sudoroso como una fresca ola. Los ojos aún se le estaban adaptando a la penumbra del interior cuando el avión despegó, tras pasar ante los cazarreactores incendiados.

El coronel Levant se sentó junto a Gunn eludió la expresión lóbrega de su rostro.

—No parece usted nada feliz por salir de este atolladero. Gunn apartó la vista de la ventanilla.

—Pensaba en los hombres que dejo atrás.

—¿Pitt y Giordino eran amigos suyos?

—De muchos años.

—¿Por qué no han venido con usted?

—Tenían que terminar un trabajo.

Levant sacudió la cabeza, sin comprender.

—Pues, o son muy valerosos, o son muy estúpidos.

—Estúpidos, no. De estúpidos no tienen nada.

—Pues, indudablemente, acabarán en el infierno.

—Usted no los conoce. —Gunn consiguió forzar una sonrisa y, con renovada confianza, afirmó—: Si alguien puede entrar en el infierno y salir de él llevando en la mano un tequila con hielo, ése es Dick Pitt.

 

 

27

 

Cuando Massarde saltó de su lancha al muelle, seis soldados de élite de la guardia personal del general Kazim se cuadraron, y un comandante se adelantó y saludó marcialmente.

—¿Monsieur Massarde?

—¿Qué ocurre?

—El general Kazim ha solicitado que lo lleve inmediatamente a su presencia.

—¿Sabe el general que debo dirigirme a Fort Foureau y no deseo alterar mis planes de viaje?

El comandante asintió cortésmente.

—Creo que si desea entrevistarse con usted es por motivos sumamente urgentes.

Massarde se encogió resignadamente de hombros e indicó al comandante que abriese el camino.

—Después de usted —dijo.

El comandante asintió y dio una breve orden a un sargento. Luego se encaminó hacia un gran almacén junto al muelle. Massarde lo siguió, flanqueado por la guardia de seguridad.

—Por aquí, tenga la bondad —dijo el comandante, indicando un callejón que hacía esquina con el almacén.

Allí, protegido por una nutrida guardia armada, había un camión «Mercedes—Benz» con un remolque que albergaba la vivienda y el centro de mando móvil del general Kazim. Precedido por el comandante, Massarde subió unos peldaños y cruzó una puerta que se cerró tras él.

—El general Kazim se encuentra en su despacho —dijo el comandante, abriendo otra puerta y haciéndose a un lado.

Tras el calor del exterior el despacho era como un iglú. Kazim debía de tener el aire acondicionado al máximo, pensó Massarde. Las cortinas de las ventanas con cristales a prueba de balas estaban corridas, y el francés permaneció unos momentos inmóvil, hasta que sus ojos se acostumbraron a la penumbra.

—Pase y siéntese, Yves —dijo Kazim, sentado a su escritorio, tras colgar uno de sus cuatro teléfonos.

Massarde sonrió y continuó de pie.

—¿A qué viene tanta protección? ¿Acaso espera un atentado? Kazim devolvió la sonrisa.

—En vista de lo ocurrido durante las últimas horas, aumentar las medidas de seguridad es una medida sensata.

—¿Han encontrado mi helicóptero? —preguntó Massarde, yendo al grano.

—Aún no.

—¿Cómo puede perderse un helicóptero en el desierto? Sólo tenía combustible para media hora.

—Según parece, los dos norteamericanos que usted dejó escapar...

—Mi mansión flotante no está acondicionada para retener prisioneros —lo interrumpió Massarde—. Debió usted hacerse cargo de ellos cuando tuvo la oportunidad.

Kazim lo miró fijamente.

—Sea como sea, amigo mío, el caso es que hubo errores. Al parecer, tras robar su helicóptero, los agentes de la NUMA volaron hasta Bourem, donde tengo razones para creer que hundieron el aparato en el río, fueron caminando hasta el pueblo y allí robaron mi coche.

—¿Su viejo Voisin?

—Sí —admitió secamente Kazim—. Los gusanos yanquis se llevaron mi magnífico automóvil antiguo.

—¿Y aún no ha encontrado el coche ni ha apresado a los dos hombres?

—No.

Massarde se sentó al fin. La ira por la pérdida de su helicóptero se mezclaba ahora con la malévola satisfacción que le producía el robo del precioso automóvil de Kazim.

—¿Qué pasó con la cita que se suponía tenían esos individuos con un helicóptero al sur de Gao?

—Lamento decir que me engañaron. La fuerza que embosqué veinte kilómetros al sur esperó en vano, y mis radares no detectaron la presencia de ningún aparato. Donde sí apareció una fuerza de rescate fue en el aeropuerto de Gao, en un avión comercial.

—¿No estaban sobre alerta?

—No parecía ser una cuestión de seguridad nacional —replicó Kazim—. Una hora antes del amanecer, la gente de Air Afrique en Gao fue informada de que uno de sus aparatos iba a hacer una escala no programada para que un grupo de turistas visitara la ciudad y realizara un breve recorrido por el río.

—¿Y los de la aerolínea se lo tragaron? —preguntó incrédulamente Massarde.

—¿Por qué iban a recelar? Hicieron una llamada de verificación rutinaria a la central de la compañía en Argel, y allí se lo confirmaron.

—¿Qué ocurrió luego?

—Según el controlador y el equipo de tierra del aeropuerto, el aparato, que llevaba el distintivo de Air Afrique, se identificó adecuadamente antes de aterrizar. Pero, una vez en tierra, y tras rodar hasta la terminal, de su interior salió un destacamento armado junto con un vehículo de ataque y, sin darles oportunidad de defenderse, abatieron a los guardas de seguridad del sector militar del campo. Luego, el vehículo armado destruyó una escuadrilla completa de mis cazarreactores. Ocho aviones en total.

—Sí, las explosiones despertaron a todos los que estábamos en mi mansión flotante —dijo Massarde—. Vimos el humo sobre el aeropuerto y creímos que un avión se había estrellado.

—Pues no, no se trató de nada tan normal —gruñó Kazim.

—¿Pudieron los de tierra identificar a la fuerza de asalto?

—Los atacantes llevaban extraños uniformes, sin distintivos ni insignias.

—¿Cuántos de los suyos resultaron muertos?

—Por fortuna, sólo dos guardias de seguridad. El resto del personal de la base, el equipo de mantenimiento y los pilotos, se encontraban de permiso por una festividad religiosa.

Massarde se puso serio.

—Esto no es una simple intrusión para encontrar un contaminante, sino que parece más bien un ataque de las fuerzas rebeldes de la oposición, que son más astutas y tienen más poder del que usted les reconoce.

Kazim rechazó la idea con gesto desdeñoso.

—Sólo son unos cuantos tuaregs que luchan con espadas y a lomos de camello. No es exactamente lo que se dice una fuerza especial sumamente experta y dotada de armas modernas.

—¿Habrán contratado mercenarios?

—¿Con qué dinero? —Kazim meneó la cabeza—. No, ha sido un plan minuciosamente trazado y ejecutado por profesionales. La destrucción de los cazas fue sólo para eliminar la posibilidad de que un contra ataque frustrara su huida tras recoger a uno de los agentes de la NUMA.

Massarde dirigió una mirada de reproche a Kazim.

—Ese es un detalle que había olvidado mencionarme, ¿no?

—Los de tierra informaron que el jefe de los atacantes llamó por un megáfono a un tal Gunn, que salió de su escondite en el desierto y se reunió con ellos. Una vez el hombre estuvo a bordo, el aparato despegó y tomó rumbo noroeste, en dirección a Argelia.

—Parece el argumento de una película de serie B.

—No se haga el gracioso, Yves. —El tono de Kazim era suave, aunque contenía una nota de crispación—. Los hechos apuntan a la existencia de una trama que va mas allá de una simple prospección petrolera. Creo firmemente que tanto sus intereses como los míos están amenazados por fuerzas exteriores.

A Massarde le costaba admitir totalmente la teoría de Kazim. La mínima confianza que se otorgaban mutuamente se basaba en el respeto que cada uno sentía hacia la astucia del otro, y en un temor saludable a sus respectivos poderes. El francés sentía un gran recelo hacia los juegos que Kazim se traía entre manos, unos juegos que sólo podían terminar mal para el general. Massarde miraba a los ojos de un chacal al tiempo que Kazim miraba a los ojos de un zorro.

—¿Qué le ha hecho llegar a esa curiosa conclusión? —preguntó sarcásticamente Massarde.

—Ahora sabemos que en el barco que explotó en el río había tres hombres. Sospecho que la voladura fue sólo una maniobra para despistarnos. Dos de ellos subieron a bordo de su mansión flotante mientras el tercero, que debía de ser el tal Gunn, nadaba hasta la orilla y se encaminaba al aeropuerto.

—El ataque y la evacuación parecen magistralmente concebidos para coincidir con la recogida de ese Gunn.

—Todo se hizo con enorme rapidez porque fue planeado y ejecutado por profesionales de primera —replico lentamente Kazim—. La fuerza de asalto recibió noticia de la hora y el lugar en que se encontraría Gunn. Con toda probabilidad, quien dio el aviso fue el agente que se hacía llamar Dick Pitt.

—¿Cómo puede estar seguro de eso?

Kazim se encogió de hombros.

—Es una hipótesis bien meditada. —Miró fijo a Massarde—. Olvida usted que Pitt utilizó su sistema de comunicaciones vía satélite para llamar a su superior, el almirante James Sandecker. Por eso él y Giordino abordaron su barco.

—Eso no explica qué Pitt y Giordino no intentaran huir con Gunn.

—Evidentemente, usted los descubrió antes de que pudieran tirarse al río y reunirse con su compañero en el aeropuerto.

—Entonces, ¿por qué no usaron mi helicóptero para escapar? La frontera de Nigeria está sólo a ciento cincuenta kilómetros. Con el combustible que llevaba el aparato, casi habrían podido llegar a ella. Lo que es una insensatez es volar al interior del país, hundir el aparato y luego robar un viejo coche. En esa zona no hay puentes que crucen el río, así que es imposible que vayan hacia la frontera sur. ¿Adónde pueden dirigirse?

Los ojos de hurón de Kazim miraron con fijeza al francés.

—Quizá vayan donde nadie espera que lo hagan.

Massarde frunció el entrecejo.

—¿Al norte, adentrándose en el desierto?

—¿Dónde, si no?

—Es absurdo.

—Si se le ocurre una explicación mejor, démela. Massarde meneó escépticamente la cabeza.

—¿Por qué iban dos hombres a robar un coche de sesenta años y a meterse con él en el desierto más ancho del mundo? Sería un suicidio.

—Hasta ahora, todos sus actos han sido inexplicables —admitió Kazim—. Lo único cierto es que ambos se encuentran en una misión clandestina; pero no estamos seguros de lo que buscan.

—¿Algún secreto? —sugirió Massarde.

Kazim negó con la cabeza.

—Tengo la plena certeza de que la CIA está al corriente de todos mis asuntos militares clasificados. Malí carece de proyectos secretos que interesen a ninguna nación extranjera, ni siquiera a las que tienen fronteras con nosotros.

—Yo no diría tanto.

Kazim miró a Massarde con curiosidad.

—¿A qué se refiere?

—A Fort Foureau y Tebezza.

Kazim consideró si era posible que la planta de eliminación de residuos tóxicos y las minas de oro estuvieran relacionadas con los intrusos. Le dio vueltas al asunto y no encontró ninguna explicación.

—Si tales fueran sus objetivos, ¿por qué iban a andar esos hombres merodeando trescientos kilómetros más al sur?

—Lo ignoro; pero mi agente en las Naciones Unidas aseguraba que iban en busca de la fuente de una contaminación química que se origina en el Níger y que, al llegar al océano, causa la proliferación de las mareas rojas.

—Cuentos para camuflar su auténtica misión —dijo Kazim.

—Que muy bien podría ser la penetración en Fort Foureau, y la denuncia de los atentados contra los derechos humanos que se producen en Tebezza —aventuró seriamente Massarde.

Kazim, nada convencido, quedó momentáneamente en silencio.

El francés prosiguió:

—Supongamos que, cuando lo evacuaron, Gunn era portador de informes vitales. ¿Por qué si no iba a montarse una operación de rescate tan compleja mientras Pitt y Giordino tomaban dirección norte, hacia nuestros proyectos conjuntos?

—Lo sabremos cuando los capture —dijo Kazim, con voz crispada por la ira—. He hecho que todas mis unidades militares y policiales disponibles bloqueen las carreteras y caminos de camellos que salen del país. También he ordenado a la fuerza aérea que efectúe vuelos de reconocimiento sobre la parte septentrional del desierto. Me propongo no dejar ni un cabo sin atar.

—Acertada decisión.

—Sin provisiones, en el calor del desierto no durarán ni dos días.

—Confío en sus métodos, Zateb. Espero que mañana a estas horas, Pitt y Giordino se encuentren en una de sus celdas de interrogatorio.

—Espero conseguirlo incluso antes.

—Me tranquiliza usted —sonrió Massarde.

Pero, instintivamente, el francés sabía que Pitt y Giordino no eran piezas fáciles de cazar.

 

El capitán Batutta se cuadró y saludó al coronel Mansa, el cual se limitó a devolver el saludo con ademán indiferente.

—Los científicos de la ONU ya están prisioneros en Tebezza —informó el capitán.

Una leve sonrisa curvó los labios de Mansa.

—Supongo que O'Bannion y Melika se alegrarán de haber obtenido nuevos trabajadores para las minas.

Por el rostro de Batutta cruzó una sombra de desagrado. —La tal Melika es una bruja atroz. Compadezco al hombre que se ponga al alcance de su látigo.

—Y a la mujer —añadió Mansa—. En lo referente a castigos, Melika no hace distinciones. Antes de cuatro meses, tanto el doctor Hopper como el resto sus compañeros yacerán bajo las arenas del desierto.

—No creo que el general Kazim derrame ni una lágrima por ellos.

Se abrió la puerta y apareció el teniente Djemaa, el miembro de las Fuerzas Aéreas malienses que pilotaba el avión de la ONU. El hombre se cuadró ante Mansa y éste le dirigió una escrutadora mirada.

—¿Ha salido todo según lo previsto?

Djemaa sonrió.

—Sí, señor. Volamos de regreso a Asselar, desenterramos el número necesario de cadáveres y los cargarnos en el avión. Luego volvimos al norte, donde mi copiloto y yo saltamos en paracaídas sobre la zona designada del desierto Tanezrouft, a cien kilómetros del sendero de camellos más próximo.

—¿Se incendió el avión tras estrellarse? —preguntó Mansa.

—Sí, señor.

—¿Inspeccionó personalmente los restos?

Djemaa asintió.

—Una vez llegó el vehículo mandado por usted al desierto para recogernos, nos dirigimos al lugar en que el avión había caído. Yo había dispuesto los mandos de modo que el aparato cayera en vertical. Explotó al hacer impacto, causando un cráter de casi diez metros. Salvo por los motores, del avión no quedó ni una pieza mayor que una caja de zapatos.

Por el rostro de Mansa se extendió una sonrisa satisfecha.

—El general Kazim se sentirá feliz. Usted y su copiloto pueden esperar ascensos. —El coronel se volvió hacia Djemaa—. Y usted, teniente, estará al mando de la operación de búsqueda para localizar el avión de Hopper.

Djemaa pareció desconcertado.

—¿Para qué voy a dirigir una búsqueda, si sé perfectamente dónde está?

—¿Por que cree que llenamos de cadáveres el avión?

—El capitán Batutta no me informó de los pormenores del plan.

—Nos encargaremos de la humanitaria tarea de localizar los restos —explicó Mansa—. Luego los entregaremos a los expertos internacionales en accidentes de vuelo, que no tendrán elementos suficientes para identificar los restos ni averiguar las causas del accidente. —Dirigió una severa mirada a Djemaa—. Siempre y cuando el teniente haya hecho bien su trabajo, claro.

—Yo personalmente rescaté la caja negra —aseguró Djenraa.

—Espléndido. Ahora ya podemos comenzar a alardear ante la Prensa internacional de la preocupación de nuestro país por la desaparición de los científicos. Y luego manifestaremos nuestro profundo pesar por su muerte.

 

 

28

 

El calor de la tarde era sofocante, y el brillo del sol y su reflejo en la calcinada planicie de rocas y arena resultaba cegador para Pitt, que no llevaba gafas oscuras. El hombre estaba sentado en el fondo de un barranco, a la sombra del Avions Voisin. Además de las provisiones conseguidas en el garaje de Bourem, lo único que él y su compañero tenían era lo que llevaban puesto.

Giordino con ayuda de las herramientas que habían encontrado en la maleta del coche, estaba ocupado en sacar el tubo de escape y el silenciador, a fin de evitar que ambos rozaran con el suelo. Previamente habían reducido la presión de los neumáticos con objeto de obtener un mejor agarre sobre la arena. Hasta el momento, el viejo Voisin se movía por el paisaje inhóspito como lo haría una antigua reina de la belleza por el Bronx de Nueva York: con estilo, pero lamentablemente fuera de lugar.

Habían viajado durante la fresca noche, a la luz de las estrellas, avanzando casi a tientas por la desnuda inmensidad a no más de diez kilómetros por hora, deteniéndose cada sesenta minutos para levantar el capó y permitir que el motor se enfriase.

Encender los faros era impensable, ya que hubiesen sido detectados por cualquier avión, por alto que volase. Muy a menudo, el pasajero tenía que ir caminando por delante del coche, para examinar el terreno. En una ocasión habían estado a punto de despeñarse por una quebrada, y en otras dos tuvieron que cavar y empujar para sacar el vehículo de tramos de arena blanda.

Al no disponer de brújula ni mapa, debían guiarse por las estrellas en su avance por el cauce seco que, desde el Níger, subía hacia el norte, adentrándose cada vez más en el desierto. Durante el día se escondían en barrancos y cañadas, cubriendo el coche con una capa de arena y matojos, de forma que se confundiese con la superficie del desierto y, visto desde el aire, pareciera un pequeño promontorio coronado por restos de vegetación reseca.

—¿Qué prefieres: un vaso de refrescante agua mineral del Sáhara, o un trago burbujeante de cocacola en versión maliense? —preguntó sonriente Giordino, mostrando una botella del refresco local y una taza del líquido caliente y sulfuroso procedente de los bidones hallados en el garaje.

—No aguanto el sabor —dijo Pitt, cogiendo la taza y arrugando la nariz—, pero debemos beber al menos tres litros cada veinticuatro horas.

—¿No sería mejor racionar la bebida?

—Mientras tengamos suficientes reservas, no. Si nos limitamos a beber un sorbito de cuando en cuando, sólo conseguiremos acelerar la deshidratación. Es mejor que bebamos hasta saciar nuestra sed. Cuando se nos terminen las reservas, ya nos preocuparemos.

—¿Qué tal una sardina exquisita para cenar?

—Se me hace la boca agua.

—Lo único que nos falta para acompañarla es una ensalada César.

—La ensalada César lleva anchoas, no sardinas.

—Jamás he logrado distinguir unas de otras.

Tras paladear su sardina, Giordino se chupó los dedos. —Me veo como un idiota, plantado en mitad del desierto y comiendo pescado.

Pitt sonrió:

—Y que no nos falte, porque... —Se cortó y se quedó a la escucha.

—¿Oyes algo? —preguntó Giordino.

—Un avión. —Pitt se colocó las manos tras las orejas—. A juzgar por el sonido, es un reactor en vuelo bajo.

Subió a rastras por el talud del barranco, hasta alcanzar el borde superior, donde se colocó tras un arbusto de taray, de modo que la sombra de éste ocultara su cuerpo. Desde ahí, comenzó una lenta y meticulosa inspección.

El lejano zumbido de las turbinas sonaba ya con toda claridad. Pitt escrutó el deslumbrante cielo azul, sin ver nada al principio. Pero cuando bajó la vista detectó un movimiento sobre el terreno árido, a unos tres kilómetros hacia el sur. Pitt lo identificó como un viejo Phantom de fabricación norteamericana, con el distintivo de las Fuerzas Aéreas malienses, que volaba a menos de cien metros del suelo. Era una especie de enorme buitre provisto de plumas de camuflaje, que sobrevolaba el desnudo paisaje describiendo lentos círculos, como si un sexto sentido le indicase la proximidad de una presa fácil.

—¿Lo ves? —preguntó Giordino.

—Es un Phantom F—4 —replicó Pitt.

—¿En qué dirección va?

—Viene del sur y vuela en círculos.

—¿Nos habrá visto?

Pitt se volvió y miró hacia el coche, a cuyo parachoques posterior habían atado unas ramas de palmera para que borrasen las rodadas. Las huellas paralelas de los neumáticos que surcaban el centro del barranco eran prácticamente invisibles.

—Desde un helicóptero podrían ver nuestro rastro, pero desde un reactor no, porque el piloto no tiene visión inmediata por debajo de su aparato y, si quiere ver algo, necesita picar. Además, vuela demasiado de prisa y demasiado bajo para detectar un tenue rastro de rodadas.

El rugiente reactor iba en dirección al barranco, y ya estaba lo bastante cerca para que su pintura de camuflaje se distinguiera contra el impoluto azul del cielo. Giordino se deslizó bajo el coche, y Pitt escondió la cabeza y los hombros entre las ramas del arbusto, observando como el Phantom describía un amplio círculo, inspeccionando el aparentemente mundo vacío y desolado del Sáhara.

Pitt, tenso, contuvo el aliento. El avión se disponía a pasar justo sobre el barranco. Al hacerlo, formó un remolino de aire que levantó nubes de arena. Pitt notó en su cuerpo el azote doloroso del calor de las turbinas. El aparato pasó tan cerca de ellos que Pitt pensó que con un tiro de piedra podría alcanzar el fuselaje. Luego se marchó.

Mientras observaba alejarse el Phantom el hombre se imaginó lo peor; pero no: el aparato continuó su lento vuelo en círculos, como si el piloto no hubiera detectado nada de interés. Pitt lo siguió mirando hasta que se perdió de vista más allá del horizonte. Pitt continuó vigilando unos minutos más, no fuera a ser que el piloto hubiera visto algo sospechoso y estuviera dando un rodeo para sobrevolar de nuevo la zona y coger a su presa de improviso.

Pero el sonido de lag turbinas del reactor terminó perdiéndose en la lejanía. El desierto volvió a quedar muerto y silencioso.

Pitt descendió por el talud y volvió a ponerse a la sombra del Viosin, de debajo del cual salió Giordino.

—Por poco —dijo, librándose del pelotón de hormigas que había invadido su brazo.

Pitt cogió una pequeña rama y comenzó a hacer trazos en la arena con ella.

—Una de dos: o no engañamos a Kazim al tomar dirección norte, o bien el tipo no quiere correr ningún riesgo.

—Debe de estar subiéndose por las paredes al no poder encontrar un coche de colores tan detonantes en el desierto —dijo Giordino.

—No creo que esté dando saltos de alegría —asintió Pitt.

—Seguro que casi le dio un infarto cuando supo que su precioso automóvil había desaparecido —rió Giordino—. Apuesto a que sabe que nosotros somos los culpables.

Pitt alzó una mano en visera y miró hacia el oeste. El sol estaba ya muy bajo.

—Dentro de una hora será de noche y podremos seguir.

—¿Qué aspecto tiene el terreno por delante?

—Más allá de este barranco, el cauce sigue siendo llano, con piedras y algunos promontorios. Podremos rodar bien por él, siempre que andemos con ojo para evitar que el canto de alguna piedra nos raje una rueda.

—¿Cuánto crees que hemos recorrido desde que salimos de Bourem?

—Según el odómetro, ciento dieciséis kilómetros, pero a vuelo de pájaro no creo que sean más de noventa.

—Y seguimos sin encontrar rastros de instalaciones químicas ni de vertederos.

—Ni siquiera hemos visto un bidón vacío.

—La verdad es que seguir adelante me parece inútil —dijo Giordino—. Es imposible que un vertido químico viaje noventa kilómetros por un cauce seco hasta llegar al Níger.

—Es verdad que parece una causa perdida, sí —reconoció Pitt.

—Podríamos hacer el intento de llegar hasta la frontera de Argelia.

Pitt sacudió negativamente la cabeza.

—No tenemos bastante gasolina. Para llegar a la carretera transahariana, deberíamos hacer a pie los últimos doscientos kilómetros. Y luego tendría que darse la suerte de que pasara un coche y nos devolviera a la civilización. Moriríamos de agotamiento antes de cubrir la mitad de ese recorrido.

—Entonces, ¿qué opciones tenemos?

—Seguir adelante.

—¿Hasta dónde?

—Hasta encontrar lo que buscamos, aunque ello implique volver sobre nuestros pasos.

—Sea como sea, terminaremos ensuciando el paisaje con nuestros huesos.

—Al menos, conseguiremos descartar esta parte del desierto como posible origen de la contaminación. —Pitt hablaba con frialdad y mirando al suelo, como intentando conjurar una visión.

Giordino lo miró.

—Con todo lo que hemos pasado juntos a lo largo de los años, es una vergüenza que acabemos nuestros días en el sobaco del mundo.

Pitt le dirigió una sonrisa.

—La vieja de la guadaña aún no ha aparecido.

Giordino insistió en su pesimismo:

—En la Prensa, nuestro obituario va a ser de lo más ridículo.

—¿Por qué?

—Imagínate: dos científicos de la Agencia Nacional Sub-acuática y Marítima desaparecidos en el desierto y presuntamente muertos. ¿Quién, en su sano juicio, se creería una cosa tan...? ¿No has oído nada?

Pitt se levantó.

—Sí —dijo.

—Hay alguien que canta en inglés. Dios mío... Quizás ya estamos muertos.

Permanecieron el uno junto al otro, a la luz del atardecer, escuchando una voz masculina cada vez más próxima que cantaba lo que reconocieron como «Mi querida Clementina», una vieja canción de los mineros norteamericanos.

—You are lost and sone forever, dreadfl sorry Clementine

—Viene hacia el barranco —murmuró Giordino, aferrando una gran llave inglesa.

Pitt recogió varias piedras para usarlas como proyectiles. Silenciosamente, los dos hombres se apostaron en cuclillas detrás del automóvil, dispuestos a atacar, esperando que, a la vuelta de un recodo del barranco, apareciera quienquiera que fuese.

—In a cavern, in a canyon, excavating for a mine...

Un hombre llevando por la rienda a un animal apareció en el barranco, y dejó de cantar en cuanto vio algo tan inesperado como un coche semicubierto por la arena en medio del desierto. Arrastrando a la renuente bestia, se acercó al vehículo, más intrigado que sorprendido. Se detuvo junto al coche y comenzó a quitar la arena del techo.

Pitt y Giordino se levantaron lentamente y quedaron frente al desconocido, mirándolo como si fuera un ser de otro planete. Era evidente que no se trataba de un tuareg conduciendo un camello por su desolada tierra natal. Aquella aparición era por completo incongruente en el Sáhara. No sólo estaba totalmente fuera de lugar, sino también de época.

—Tal vez la dama de la guadaña haya dejado de ser una dama y de llevar guadaña —murmuró Giordino.

El hombre vestía como un viejo buscador de oro del Oeste norteamericano. Llevaba un viejo sombrero Stetson y pantalones vaqueros sotenidos por unos tirantes y con las perneras metidas en el interior de unas botas de cuero. Un gran pañuelo rojo le cubría la parte inferior del rostro, dándole aspecto de salteador de caminos.

El animal que lo seguía no era un camello, sino un burro, que llevaba a lomos una carga de provisiones casi tan voluminosa como su cuerpo; mantas, cantimploras, latas de comida, un pico, una pala y una carabina Winchester.

Pasmado, Giordino murmuró:

—Lo sabía. Hemos muerto e ido a Disneylandia.

El desconocido se bajó el pañuelo, revelando una barba y un bigote blancos. Tenía los ojos verdes, casi tanto como los de Pitt. Sus cejas hacían juego con la barba, pero el cabello que asomaba bajo el Stetson era entrecano. Era alto, aproximadamente de la estatura de Pitt y algo grueso. Sus labios se fruncieron en una cordial sonrisa.

—Sería estupendo que hablasen mi idioma, amigos —dijo cordialmente—. Un poco de charla me vendría de perlas.

 

 

29

 

Pitt y Giordino cambiaron una mirada de incredulidad y

luego volvieron a fijarse en el viejo minero, convencidos de que se habían vuelto completamente locos.

—¿De dónde demonios sale usted? —farfulló Giordino.

—Lo mismo podría preguntarles yo —replicó el desconocido que, tras echar un vistazo a la arena que recubría el Voisin, preguntó—: ¿Son los hombres que el avión andaba buscando?

—¿Por qué quiere saberlo? —preguntó Pitt.

—Miren: si no les apetece hablar, mejor sigo mi camino. Como el intruso no tenía el menor aspecto de ser un nómada, y habida cuenta de que, por su modo de hablar y por su indumentaria parecía un compatriota, Pitt optó por confiar en él.

—Me llamo Dick Pitt, y mi amigo es Al Giordino. Efectivamente: los malienses nos buscan.

El viejo se encogió de hombros.

—No me sorprende. Por estos contornos, los extranjeros no son bien recibidos. —Dirigió una curiosa mirada al Voisin—.

¿Cómo han logrado llegar hasta aquí en coche? No hay ninguna carretera.

—No fue fácil, amigo...

El desconocido se acercó, tendiendo una mano callosa. —Todo el mundo me llama Chico.

Estrechando la mano, Pitt sonrió:

—¿Y como es que alguien de su edad recibe un nombre así?

—Hace muchos años, cuando regresaba de alguno de mis viajes de prospección, lo primero que hacía era visitar mi cantina favorita de Jerome, Arizona. En cuanto me veían aparecer, mis amigos me saludaban gritando: «Vaya, ya está otra vez aquí el Chico». Y con «Chico» me quedé.

Giordino contemplaba al compañero de Chico.

—No parece que éste sea el lugar del mundo más adecuado para una mula. ¿No sería más práctico un camello?

Con perceptible irritación, Chico replicó:

—En primer lugar, Mister Periwinkle no es una mula, sino un burro. Los camellos pueden ir más lejos y aguantar más tiempo sin agua, pero el burro también es un animal del desierto. Hace ocho años, encontré a Mister Periwinkle vagando por Nevada. Lo domestiqué y, cuando decidí venir al Sahara, lo traje conmigo. No tiene el carácter inmundo de los camellos, come menos, y soporta la misma carga. Además, como su lomo está cerca del suelo, resulta más fácil cargarlo.

Recogiendo velas, Giordino dijo:

—Admirable animal.

—Parecen ustedes a punto de irse, cosa que lamento, pues me agradaría que charláramos un rato tranquilamente. Llevo tres semanas sin ver a nadie. El último con quien me crucé era un árabe que llevaba dos camellos para venderlos en Tombuctú. Lo que menos podía esperar en esta parte del mundo era encontrarme con dos paisanos.

Giordino miró a Pitt.

—No estaría de más que nos quedáramos un rato. El caballero parece una buena fuente de información sobre el territorio.

Pitt asintió, abrió la portezuela trasera del Voisin y señaló el interior con un gesto de invitación.

—¿Le apetece descansar un rato?

Chico miró los asientos de cuero del coche como si estuvieran tapizados en oro.

—Ya ni recuerdo la última vez que me senté en blando. Les estoy sumamente agradecido. —Entró en el coche, se retrepó en el asiento trasero y lanzó un suspiro de satisfacción.

—Sólo tenemos una lata de sardinas; pero estaremos encantados de compartirla con usted —ofreció Giordino, haciendo gala de una generosidad amable que para Pitt resultó totalmente nueva.

—Ni hablar: la cena corre de mi cuenta. Tengo comida concentrada a espuertas, y los invitó con mucho gusto. ¿No les apetece un buen estofado de buey?

Pitt sonrió.

—No sabe cómo le agradecemos la invitación. Le verdad es que las sardinas no son exactamente nuestro bocado favorito en el desierto.

—Podemos acompañar el estofado con nuestros refrescos —sugirió Giordino.

—¿Refrescos? —preguntó Chico—. ¿Qué tal andan de agua? —Tenemos para unos días —replicó Giordino.

—Si necesitan más, a cosa de quince kilómetros hacia el norte hay un pozo. Puedo indicarles dónde.

—Le agradecemos cualquier ayuda que pueda prestarnos —dijo Pitt.

—No sabe hasta qué punto —añadió Giordino.

 

Pese a que el sol se había ocultado tras el horizonte la luz del crepúsculo aún iluminaba el cielo. Con la proximidad de la noche, el aire volvía a ser respirable. Chico había trabado las patas de Mister Periwinkle, y ahora el burro estaba ramoneando los matojos que crecían en lo alto de una duna. Mientras, su propietario añadió agua al estofado de buey concentrado y, para alivio de Pitt, lo calentó, junto con unos bollos, en un pequeño hornillo Coleman. Si Kazim enviaba un avión a buscarlos por la noche, una hoguera, por pequeña que fuese, habría delatado inmediatamente su posición. El viejo minero también aportó los platos y cubiertos de estaño.

Mientras rebañaba con un bollo los restos del estofado, Pitt decidió que aquél era el manjar más exquisito que había probado en su vida. Era asombroso que una simple comida pudiera restablecer hasta tal punto su optimismo. Terminada la cena, Chico sacó una botella de whisky de centeno Old Overhotl que fue pasando de mano en mano.

—¿Qué tal si ahora me cuentan qué demonios hacen ustedes en lo peor del Sahara en un coche que debe de ser tan viejo como yo?

—Buscamos la fuente de un elemento tóxico que, tras contaminar el río Níger, llega hasta el Atlántico —replicó Pitt sin irse por las ramas.

—Eso es nuevo. ¿Y cuál puede ser la procedencia del contaminante?

—Una planta química, o un vertedero tóxico.

Chico movió negativamente la cabeza.

—Por estos contornos no encontrarán nada de eso.

—¿No hay ningún gran edificio en esta parte del Sáhara? —preguntó Giordino.

—No se me ocurre ninguno, salvo en Fort Foureau, pero eso está muy hacia el noroeste.

—¿La planta solar de eliminación de residuos tóxicos? Chico movió afirmativamente la cabeza.

—Un sitio grande de verdad. Mister Periwinkle y yo pasamos por allí hace cosa de seis meses. Nos echaron. Había guardas por todas partes. Parecía como si estuvieran construyendo bombas nucleares en secreto.

Pitt dio un sorbo de whisky y notó la reconfortante quemazón desde la garganta al estómago. Luego pasó la botella a Giordino.

—Fort Foureau no puede ser: está demasiado lejos del Níger. Chico quedó en silencio por unos momentos y al fin miró a Pitt con un brillo extraño en los ojos.

—Podría ser la salina del Oued Zarit.

Echándose hacia delante, Pitt repitió:

—¿El Oued Zarit?

—Es un legendario río que fluyó por Malí hasta hace ciento treinta años, cuando comenzó a hundirse en la arena. Los nómadas locales, entre los cuales me incluyo, creen que el Oued Zarit sigue su curso bajo tierra, hasta desembocar en el Níger.

—Como un acuífero.

—¿Un qué?

—Un estrato geológico permeable que conduce el agua —replicó Pitt—. Normalmente discurre por entre capas de grava o a través de cavernas.

—Lo único que sé es que, si uno cava suficientemente hondo en el viejo cauce, acaba encontrando agua.

—Nunca había oído que un río pudiera desaparecer y continuar fluyendo bajo tierra —dijo Giordino.

—No es tan raro —explicó Chico—. Antes de desaguar en un lago, casi todo el curso del río Mojave discurre bajo el desierto del Mojave, en California. Se cuenta que un buscador encontró una sima que descendía más de cien metros, hasta el río subterráneo donde, según la historia, halló varias toneladas de oro de aluvión.

Pitt se volvió hacia Giordino y lo miró fijamente.

—¿Qué piensas?

—Parece como si nuestro único candidato posible fuese Fort Foureau —replicó sobriamente Giordino.

—Aunque suena descabellado, una corriente subterránea que fuese desde la planta solar de eliminación de residuos tóxicos hasta el Níger podría ser el vehículo que transporta la contaminación.

Chico señaló el barranco en que se encontraban.

—Supongo que saben que esta cañada desemboca en el antiguo cauce.

—Lo sabemos —dijo Pitt—. Fuimos por él durante casi toda la pasada noche. Durante el día, hemos permanecido ocultos en este barranco para evitar que las patrullas malienses dieran con nosotros.

—Parece que, hasta ahora, han logrado esquivarlas.

—¿Y cuál es su historia? —preguntó Giordino a Chico, tendiéndole el whisky—. ¿Anda buscando oro?

Antes de responder, Chico estudió por un momento la etiqueta de la botella, como sopesando si revelaba o no el motivo de su presencia. Luego, con un encogimiento de hombros, dijo:

—Supongo que no me hará ningún daño contárselo. Lo que busco no es exactamente un filón, sino un barco hundido.

Pitt lo miró con evidente recelo.

—¿Un barco hundido...? ¿Aquí, en mitad del Sáhara?

—Un barco de guerra de los Estados Confederados de América, para ser exacto.

Pitt y Giordino se lo quedaron mirando, estupefactos, y con un deseo inconfesable de que entre las herramientas del Voisin figurase una camisa de fuerza. Ambos contemplaron con fijeza a Chico. Aunque ya era casi de noche, pudieron ver que la expresión del hombre era de total seriedad.

Pitt dijo al fin con escepticismo:

—Aún a riesgo de parecer estúpido, ¿puedo preguntarle cómo llegó hasta aquí un barco de la Guerra de Secesión?

Chico dio un largo trago de la botella y se limpió la boca con la manga de su camisa. Luego desplegó una manta sobre la arena, se tumbó y se puso las manos tras la nuca.

—Ocurrió en abril de 1865, la semana antes de que Lee se rindiese ante Grant. A unos kilómetros de Richmond, Virginia, en el navío confederado Texas se cargaron los archivos del agonizante Gobierno confederado. Eso fue al menos lo que dijeron, que eran documentos y papeles; pero en realidad se trataba de oro.

—¿Está seguro de que eso no es un mito, como suele ocurrir con las historias de tesoros? —preguntó Pitt.

—Poco antes de su muerte, el propio presidente Jefferson Davis declaró que el oro de la tesorería de los Estados Confederados se cargó en plena noche a bordo del Texas. El y su gabinete pretendían sacarlo de Norteamérica burlando el bloqueo yanqui. Luego, una vez tuvieran el oro fuera, formarían un nuevo gobierno en el exilio y continuarían la guerra.

—Pero a Davis lo capturaron e hicieron prisionero —dijo Pitt.

Chico asintió con la cabeza.

—La Confederación murió, para no resucitar jamás.

—¿Y el Texas?

—Tras un infernal descenso por el río James, enfrentándose a la mitad de la flota unionista y pasando ante los fuertes de Hampton Roads, el Texas llegó a Chespeake Bay y huyó por el Atlántico. Lo último que se vio de él fue cómo se desvanecía entre un banco de niebla.

—¿Y usted cree que el Texas cruzó el océano y se metió por el Niger? —preguntó Pitt.

—En efecto —replicó Chico con firmeza—. He recogido testimonios contemporáneos de colonos franceses y de nativos que hablan de un monstruo sin velas que pasó frente a las aldeas de la orilla. La descripción del barco así como las fechas en que fue visto me hacen tener la certeza de que era el Texas.

—¿Cómo podría un barco de guerra subir por el Níger sin embarrancar? —preguntó Giordino.

—Eso fue antes de que comenzara el siglo de sequía. Por entonces, en esta parte del desierto llovía, y el Níger era mucho más profundo que ahora. Uno de sus afluentes era el Oued Zarit, que por entonces tenía un curso de mil kilómetros, desde los montes Ahaggar, al noreste de aquí, hasta el Níger. Según crónicas de exploradores y militares franceses, tenía profundidad suficiente para permitir la navegación de grandes barcos. Mi teoría es que el Texas entró en el Oued Zarit desde el Níger y luego, cuando el nivel de las aguas bajó a causa de la proximidad del verano, embarrancó y quedó varado.

—Aunque las aguas fueran profundas, parece imposible que un pesado barco de guerra llegase hasta tan lejos del mar.

—El Texas fue construido para navegar por el río James. Su fondo era plano y muy poco calado. Sortear los recodos de un río no suponía un problema para él. Lo verdaderamente milagroso fue que pudiera cruzar el océano abierto y capear sus tormentas sin hundirse, como ocurrió con el Monitor.

—En aquella época, un barco podría haber llegado a un montón de lugares despoblados de las costas de América del Norte y Centroamérica —dijo Pitt—. ¿Por qué iban a correr el riesgo de perder el oro en una travesía transoceánica y luego en otra fluvial por un país desconocido?

Del bolsillo de su camisa, Chico sacó la colilla de un cigarro que procedió a encender con una cerilla de madera.

—Tiene que admitir que a los yanquis jamás se les habría ocurrido buscar el Texas en un río de Africa, a mil quinientos kilómetros de la costa.

—Eso, desde luego; pero..., resulta bastante inverosímil, ¿no?

—Estoy contigo —dijo Giordino—. ¿A qué tanta desesperación? No podían reconstruir su gobierno en mitad de un desierto.

Pitt miró pensativamente a Chico.

—Detrás de un viaje tan peligroso debía haber algo más que el deseo de salvar el oro.

—Circularon ciertos rumores... —Aunque el tono del viejo no llegaba a ser evasivo, el cambio en su voz fue evidente—. Según esas historias, cuando el Texas salió de Richmond, Lincoln iba a bordo.

—¿Abraham Lincoln? —preguntó incrédulamente Giordino. Chico asintió en silencio y tendió la botella a Pitt, que la rechazó con un ademán, al tiempo que preguntaba: —¿A quién se le ocurrió semejante patraña?

—A su muerte en Charleston, Carolina del Sur, en 1908, cierto capitán de la caballería confederada llamado Neville Brown confió a su médico que sus tropas capturaron a Lincoln y lo condujeron a bordo del Texas.

—Chifladuras del moribundo —murmuró Giordino, cuya incredulidad era evidente—. Lincoln tuvo que tomar el Concorde para llegar a tiempo de ser asesinado por John Wilkes Booth en el teatro Ford.

—No conozco la historia completa —admitió Chico.

—Es un relato intrigante, pero descabellado —dijo Pitt—. Muy difícil de creer.

—Lo de Lincoln no puedo garantizarlo; pero me jugaría a Mister Periwinkle y todos mis ahorros a que tanto el Texas como los huesos de su tripulación y el oro se encuentran enterrados bajo la arena de estos contornos. Llevo cinco años vagando por el desierto en busca de los restos, y por Dios que los encontraré o moriré en el intento.

Pitt miró al viejo buscador con simpatía y respeto. Rara vez había visto tal firmeza y decisión en un hombre. La certeza que animaba a Chico le recordaba al viejo minero de El tesoro de Sierra Madre.

—Y, si el barco está enterrado bajo una duna, ¿cómo piensa dar con él?

—Tengo un buen detector de metales, un Fisher 1265X.

—Espero que la suerte lo conduzca hasta el Texas y que en él encuentre todo lo que espera —replicó Pitt, que no supo qué más añadir.

Chico permaneció varios segundos tumbado silenciosamente en su manta, inmerso en sus pensamientos. Al fin Giordino dijo:

—O reemprendemos la marcha, o amanecerá y no habremos recorrido ni un metro.

Veinte minutos más tarde, el motor del Voisin ya estaba en funcionamiento y Pitt y Giordino se despedían de Chico y Mr. Periwinkle. El viejo minero los persuadió de que aceptaran varios paquetes de comida concentrada. También les trazó un tosco mapa del antiguo río, marcando en él los hitos más notables y el único pozo próximo a la senda que conducía a la planta de eliminación de residuos tóxicos de Fort Foureau.

—¿A qué distancia está?

Chico se encogió de hombros.

—A unos ciento ochenta kilómetros —dijo, añadiendo luego—: Espero que den con lo que buscan, amigos.

Pitt le estrechó la mano y sonrió:

—Lo mismo digo. —Subió al coche y se puso tras el volante, sintiéndose casi triste por separarse del viejo. Giordino se retrasó unos momentos para despedirse. —Gracias por su hospitalidad.

—Me alegro de haberles sido de ayuda.

—Hace rato que quiero decírselo: me resulta usted vagamente familiar.

—Pues no lo entiendo. No creo que nos hayamos visto antes.

—¿Le molestaría decirme su verdadero nombre?

—En absoluto. No me molesto con facilidad. Es un nombre extraño, que apenas uso.

Giordino aguardó pacientemente a que el otro siguiera.

—Me llamo Clive Cussler.

Giordino sonrió.

—En efecto: es un nombre extraño.

Luego se metió en el coche y se sentó junto a Pitt. Cuando el Voisin se puso en marcha, Giordino se volvió para dirigir un último saludo a Chico, pero el viejo y su fiel burro va se habían perdido en la oscuridad de la noche.

 

 

T E R C E R A P A R T E

 

SECRETOS DEL DESIERTO

 

 

18 de mayo de 1996,Washington, D.C.

 

 

30

 

El Concorde de Air France aterrizó en el Aeropuerto Dulles y rodó hasta un anónimo hangar del gobierno estadounidense cercano a los terminales de carga. Aunque el cielo se encontraba cubierto, la pista estaba seca, sin rastros de lluvia. Aferrando aún su mochila como si formara parte de su cuerpo, Gunn salió casi inmediatamente del esbelto aparato y, tras bajar por la escalera móvil, montó en un sedan «Ford» negro conducido por un policía metropolitano uniformado que lo había estado esperando. Enseguida el coche, con la sirena y las luces en funcionamiento, salió a toda velocidad hacia la central de la NUMA en Washington.

Sentado en la parte trasera del coche policial, Gunn se sentía como un delincuente. Al cruzar el puente Rochambeau Memorial, se fijó en que el río Potomac tenía un aspecto insólitamente verdoso y plomizo. Los peatones estaban ya inmunizados a las luces giratorias y a las sirenas, y no prestaron la menor atención al raudo «Ford».

El chófer no se detuvo en la entrada principal, sino que, con las ruedas chirriando, metió el coche por un callejón contiguo al edificio de la NUMA, bajo por una rampa que conducía al garaje situado bajó el vestíbulo principal y detuvo el «Ford» ante un ascensor. Dos guardas uniformados se adelantaron, abrieron la portezuela y acompañaron a Gunn en el ascensor hasta el cuarto piso de la agencia. Tras recorrer una corta distancia por el pasillo, se detuvieron y abrieron la puerta que conducía a la gran sala de conferencias de la NUMA, dotada de los más modernos sistemas de representación visual.

Varias personas de uno y otro sexo se sentaban en torno a la gran mesa de caoba, todas pendientes del doctor Chapman, que se encontraba a mitad de una disertación, frente a una pantalla en la que aparecía la zona ecuatorial del Océano Atlántico, frente a las costas de Africa Occidental.

Al entrar Gunn, en la sala se hizo un completo silencio. El almirante Sandecker se levantó y fue presuroso a recibirlo, como si se tratara de un hermano que acabase de sobrevivir a un trasplante de higado.

—Gracias a Dios que lograste escapar —dijo, dando muestras de una emoción insólita en él—. ¿Qué tal el vuelo desde París?

—Me sentí como un deportado, yo solito en el Concorde.

—Como no había aviones militares disponibles, contratar el Concorde fue el método más expeditivo de traerte hasta aquí cuanto antes.

—Mientras los contribuyentes no se enteren, me parece muy bien.

—Si supieran que su propia superviviencia está en juego, no creo que se quejasen.

Sandecker presentó a Gunn a cuantos se encontraban en la sala de conferencias.

—Con tres excepciones, creo que los conoces a todos.

El doctor Chapman e Hiram Yaeger se adelantaron para estrechar la mano a Gunn, dando muestras de su satisfacción por verlo. El hombre fue presentado a la doctora Muriel Hoag, directora de biología marina de la NUMA, y al doctor Evan Holland, el experto medioambiental de la agencia.

Muriel Hoag era alta y parecía una modelo al borde de la inanición. Llevaba el cabello negro recogido en un moño apretado, y sus ojos pardos miraban a través de unas gafas redondas. No llevaba maquillaje, cosa que a Gunn le pareció normal. Ni el mejor salón de belleza de Beverly Hills hubiera podido hacer nada por mejorar el aspecto de la mujer.

Evan Holland era un químico medioambiental que parecía un basset hound contemplando una rana en su plato de comida. Tenía las orejas dos tallas más grandes que la cabeza, y su nariz era corta, de punta redondeada. Miraba al mundo con ojos que eran dos mares de melancolía. El aspecto de Holland era engañoso, pues se trataba de uno de los mejores expertos del mundo en el terreno de la contaminación.

Gunn ya conocía a los otros dos hombres: Chip Webster, analista de datos vía satélite de la NUMA, y Keith Hodge, el director de oceanografía de la agencia.

Gunn se dirigió a Sandecker:

—Alguien se tomó un montón de molestias para evacuarme de Malí.

—Hala Kamil en persona dio su autorización para utilizar un equipo táctico de la ONU.

—El que mandaba la operación, un tal coronel Levant, no pareció nada feliz por verme.

—Tanto a él como a su jefe, el general Bock, nos costó un poco convencerlos —admitió Sandecker—. Pero cuando comprendieron la importancia que tenían los informes de que eres portador, se decidieron a cooperar plenamente.

—Montaron una operación realmente magnífica —dijo Gunn—. Es asombroso que pudieran planearla y ejecutarla de la noche a la mañana.

Si Gunn pensaba que Sandecker iba a ponerlo al corriente de los detalles, quedó defraudado. La impaciencia se reflejaba hasta en la última arruga del rostro del almirante. Había una bandeja con café y bollos que a Gunn no le fueron ofrecidos. Tomándolo por un brazo, Sandecker lo condujo a un sillón situado en el extremo de la larga mesa de conferencias.

—Vayamos al grano —dijo bruscamente Sandecker—. Todos estamos impacientes por escuchar lo que has descubierto acerca del compuesto que provoca la explosión de mareas rojas.

Gunn tomó asiento, abrió la mochila y comenzó a vaciar su contenido. Con todo cuidado, desempaquetó los frascos que contenían las muestras de agua y los dejó sobre un paño. A continuación sacó los diskettes informáticos y los dejó a un lado. Luego alzó la vista.

—Aquí están las muestras de agua y los resultados que obtuve con los instrumentos y ordenadores de a bordo. Un golpe de suerte me permitió identificar el estimulador de mareas rojas como un compuesto organometálico sumamente insólito, formado por la combinación de un aminoácido sintético con cobalto. También encontré rastros de radiación en el agua, pero no creo que esto tenga relación directa con el impacto del contaminante sobre la marea roja.

—Teniendo en cuenta los impedimentos y obstáculos que os pusieron los africanos occidentales —dijo Chapman—, es milagroso que fueras capaz de encontrar la clave del fenómeno.

—Por suerte, los instrumentos no resultaron dañados tras el encontronazo con la marina de Benin.

Con una leve sonrisa, Sandecker comentó:

—Después de que destruyerais la mitad de la marina de Benin y un helicóptero, la CIA nos preguntó si sabíamos algo respecto a una operación pirata en Malí.

—¿Qué les dijo?

—Mentiras. Sigue, por favor.

—Lo que sí resultó dañado por los disparos de las cañoneras fue el sistema de transmisión de datos —continuó Gunn—, y eso me impidió enviar mis resultados a la red informática de Hiram Yaeger.

—Mientras Hiram verifica los datos analíticos, a mí me gustaría someter las muestras de agua a nuevos análisis —dijo Chapman.

Yaeger fue junto a Gunn y, delicadamente, cogió los diskettes.

—Como no puedo aportar nada a esta conversación, será mejor que me ponga a trabajar —dijo Yaeger.

En cuanto el mago de la informática hubo salido, Gunn miró con fijeza a Chapman.

—Yo verifiqué dos y tres veces los resultados. Espero que su laboratorio y Hiram confirmen mis conclusiones.

Chapman advirtió la tensión en el tono de Gunn.

—Créeme: ni por un instante cuestiono tus análisis ni tus conclusiones. Tú, Pitt y Giordino hicisteis un trabajo fantástico. Gracias a vuestros esfuerzos, ya sabemos a qué nos enfrentamos. Ahora el presidente puede utilizar toda su fuerza para obligar a Malí a que corte la contaminación en su origen. Eso nos dará tiempo para encontrar el modo de neutralizar sus efectos e impedir que las mareas rojas continúen extendiéndose.

—De todas maneras, no descorchemos el champán ni cortemos la tarta todavía —advirtió seriamente Gunn—. Aunque hemos localizado el lugar donde el compuesto entra en el río e identificado sus propiedades, aún desconocemos cuál es su origen exacto.

Los dedos de Sandecker tabalearon sobre la mesa. Dirigiéndose al resto de los presentes, explicó:

—Pitt me dio la mala noticia antes de que se interrumpiera su comunicación. Dispénsenme por no haberles pasado el dato, pero contaba con que una inspección vía satélite aportase la pieza que falta.

Muriel Hoag miró a Gunn directamente a los ojos.

—No me explico que lograsen rastrear el compuesto a lo largo de mil kilómetros de agua, y luego lo perdieran en tierra firme.

—No es tan raro —replicó Gunn a la defensiva—. Tras rebasar el punto de máxima concentración, las lecturas del contaminante bajaron drásticamente, y los instrumentos pasaron a detectar únicamente los residuos comúnmente conocidos. Hicimos varios recorridos arriba y abajo para confirmarlo. También efectuamos observaciones visuales en todas direcciones. Ni en la orilla ni tierra adentro había vertederos tóxicos, ni almacenes químicos, ni fábricas, ni edificios: nada. Sólo el desierto.

—Quizá por aquellos contornos había habido antes un vertedero —aventuró Holland.

—No observamos indicios de ninguna excavación —replicó Gunn.

—¿Hay alguna posibilidad de que la toxina fuese obra de la madre naturaleza? —preguntó Chip Webster.

Muriel Hoag sonrió.

—Si los análisis confirman que, como dice Mr. Gunn, se trata de un aminoácido sintético, sólo puede proceder de un laboratorio biotécnico. La madre naturaleza no tuvo nada que ver. Y, no sabemos cómo ni dónde, el aminoácido vertido se mezcló con ingredientes químicos que contenían cobalto. No sería la primera vez que una mezcla accidental produce un compuesto previamente desconocido.

—Pero... ¿cómo demonios va a surgir así, de buenas a primeras, un compuesto tan exótico en pleno Sáhara? —se preguntó Chip Webster.

—¿Y cómo va a llegar al océano, donde actúa sobre los dinoflagelados como si fuera un esteroide? —añadió Holland.

Sandecker miró a Keith Hodge.

—¿Cuáles son los últimos informes sobre la proliferación de la marea roja?

El oceanógrafo era un sesentón de ojos pardos, que parecían no pestañear nunca, rostro alargado y pómulos prominentes. Con el ropaje adecuado habría parecido recién salido de una pintura del siglo XVIII.

—En los últimos cuatro días, la marea se ha incrementado en un treinta por ciento. Me temo que tiene una velocidad de reproducción que supera las previsiones más pesimistas.

—Pero si el doctor Chapman encuentra un neutralizador de la contaminación, y si damos con el lugar de origen y cortamos el vertido, ¿podremos entonces controlar la expansión de la marea?

—Más vale que nos demos prisa —replicó Hodge—. Con su actual velocidad de proliferación, la marea no tardará más de un mes en comenzar a alimentarse de sí misma, sin necesitar estímulos procedentes del Níger.

—¡Habíamos previsto el triple de ese tiempo! —protestó Muriel Hoag.

Hodge se encogió de hombros.

—Cuando se enfrenta uno a lo desconocido, lo único seguro es la incertidumbre.

Sandecker hizo girar su sillón y miró la foto ampliada de Malí que había sido tomada desde un satélite y en ese momento se proyectaba en una de las paredes.

—¿Dónde entra el compuesto en el río? —preguntó a Gunn.

Gunn se levantó y fue hasta la imagen. Cogió un lápiz y, sobre la blanca superficie de proyección, trazó un círculo en torno a una pequeña zona del río Níger.

—Aquí, a la altura de un cauce seco que en tiempo atrás desembocaba en el Níger.

Chip Webster accionó los mandos de una pequeña consola, y amplificó la zona marcada por Gunn.

—No se advierten estructuras ni indicios de población. Y tampoco se ven excavaciones ni montículos indicadores de que, en el pasado, hubiera un vertedero tóxico en la zona.

—Es un enigma, no cabe duda —murmuró Chapman—. ¿De dónde demonios sale ese maldito veneno?

—Pitt y Giordino siguen intentando averiguarlo —les recordó Gunn.

—¿Hay noticias recientes de cómo o dónde están? —preguntó Hodge.

—Lo último fue la llamada de Pitt desde el barco de Yves Massarde —replicó Sandecker.

Hodge alzó la vista de su cuaderno de notas.

—¿Yves Massarde? No me diga que nos enfrentamos a ese indeseable.

—¿Lo conoce?

Hodge asintió.

—Nuestros caminos se cruzaron hace cuatro años, a causa de un grave vertido químico en el Mediterráneo, frente a la costa española. Uno de sus barcos, que transportaba hacia un vertedero argelino ciertos desechos químicos carcinógenos llamados PCB, se partió y hundió durante una tormenta. Personalmente, considero que tal hundimiento no fue sino un fraude a la compañía de seguros, aderezado con un vertido ilegal de residuos. Resultó que las autoridades argelinas jamás habían tenido ninguna intención de aceptar tales desechos. Massarde mintió, manipuló y utilizó todas las triquiñuelas legales posibles para eludir sus responsabilidades en la catástrofe. Es uno de esos tipos a los que, si les das la mano, más vale que al retirarla te cuentes los dedos.

Gunn se volvió hacia Webster.

—Los satélites espía pueden leer el texto de un periódico desde el espacio. ¿Por qué no hacemos que uno orbite sobre el desierto al norte de Gao en busca de Pitt y Giordino?

Webster negó con la cabeza.

—Imposible. Los contactos que tengo allí me dicen que la Agencia Nacional de Seguridad tiene a sus mejores ojos en el cielo dedicados a vigilar los nuevos lanzamientos de cohetes de los chinos, la guerra civil en Ucrania y los choques fronterizos entre Siria e Irak. No pueden cedernos el uso de sus satélites espía para encontrar a unos civiles en el desierto del Sáhara. Sólo puedo disponer del último modelo de Geo Sat, pero es dudoso que logre distinguir formas humanas contra el desigual terreno de un desierto como el Sáhara.

—¿No serían visibles si estuvieran en una duna? —preguntó Chapman.

Webster negó con la cabeza.

—Nadie en su sano juicio caminaría por las blandas dunas del desierto. Hasta lo nómadas dan un rodeo para evitarlas.

Errar por un mar de dunas significa la muerte segura. Pitt y Giordino tienen la suficiente sensatez para huir de ellas como de la peste.

—Pero sí realizará una inspección y una búsqueda —insistió Sandecker.

Webster asintió. Era bastante calvo, el cuello apenas le asomaba por la camisa y su protuberante estómago, que le desbordaba el cinturón, lo habría convertido en un buen candidato para representar el «antes» en el anuncio de un producto de adelgazamiento.

—En el Pentágono tengo a un buen amigo que es analista de alto nivel, y experto en inspecciones del desierto vía satélite. Creo que podré liarlo para que examine nuestras fotos del Geo Sat con sus ordenadores más sofisticados.

—Le agradezco su apoyo —dijo sinceramente Sandecker.

—Si están allí, y es humanamente posible encontrarlos, ellos lo harán —le prometió Webster.

—¿Ha captado su satélite algún indicio del avión que transportaba al equipo científico de investigación epidemiológica? —preguntó Muriel.

—Me temo que no. En la última pasada sobre Malí, únicamente se veía una pequeña nube de humo alzándose en un extremo del campo cubierto por nuestra cámara. Es de esperar que en la próxima órbita obtengamos una imagen más nítida. Puede tratarse simplemente de la fogata de unos nómadas.

—En esa parte del Sáhara no hay madera suficiente para encender una fogata —dijo solemnemente Sandecker. Gunn parecía desconcertado.

—¿De qué equipo de investigación hablan?

—Es un grupo de científicos perteneciente a la Organización Mundial de la Salud que se encontraba de misión en Malí —explicó Muriel—. Investigaban un brote de extrañas enfermedades que se había dado en algunas aldeas del desierto. Su avión desapareció entre Malí y El Cairo.

—¿Había una mujer en el equipo? ¿Una bioquímica?

—Una doctora llamada Eva Rojas era la bioquímica del grupo —replicó Muriel—. Trabajé con ella en Haití.

—¿La conocías? —preguntó Sandecker a Gunn.

—Yo no, pero Pitt sí. Cenó con ella en El Cairo.

—Quizá sea preferible que Dick no se entere —dijo Sandecker—. Bastante problemas debe de tener para seguir con vida. Maldita la falta que le hace recibir malas noticias.

—Aún no ha habido confirmación de que el avión se estrellase —dijo Holland, sin perder la esperanza.

En el mismo tono, Muriel comentó:

—Puede que se vieran obligados a hacer un aterrizaje forzoso en el desierto y hayan sobrevivido.

Webster meneó la cabeza.

—No debemos hacernos ilusiones. Creo que tras este asunto están las sucias manos del general Zateb Kazim.

—Poco antes de que yo me lanzase al río —recordó Gunn—Pitt y Giordino tuvieron una conversación por radio con el general. Tuve la sensación de que era un tipo de cuidado.

—Es tan implacable como el peor tirano de Oriente Medio —dijo Sandecker—. Es prácticamente imposible tratar con él. No acepta reunirse, y ni siquiera hablar con nuestros diplomáticos del Departamento de Estado, a no ser que pongan en sus manos un buen cheque de ayuda internacional.

Muriel añadió:

—Hace caso omiso de las Naciones Unidas y rechaza todo socorro humanitario para su pueblo.

Webster estuvo de acuerdo:

—Cualquier activista pro derechos humanos que cometa la insensatez de ir a Malí a protestar, simplemente desaparece.

—El y Massarde son compinches —dijo Hodge—. Entre uno y otro han expoliado al país, reduciéndolo a la más absoluta miseria.

La expresión de Sandecker se endureció.

—No es asunto nuestro. Si no detenemos la marea roja, desaparecerá Malí, Africa Occidental y el resto de los países de la tierra. En estos momentos, eso es lo único que importa.

Chapman intervino.

—Ahora que ya tenemos unos datos a los que echar el diente, lo mejor es que aunemos nuestros esfuerzos y capacidades para encontrar una solución.

—Que sea pronto —dijo Sandecker, frunciendo el entrecejo—. Si en el plazo de treinta días a partir de hoy mismo no encontramos un remedio, no tendremos una segunda oportunidad.

 

 

31

 

Una fresca brisa estremecía las hojas de los árboles de Palisades, sobre el río Hudson. A través de unos prismáticos, Ismail Yerli observaba un pequeño pájaro azul grisáceo posado en una rama. El turco parecía absorto en la contemplación del ave y al mismo tiempo ajeno a la presencia de un hombre a su espalda. En realidad, llevaba un par de minutos sin quitar ojo al que se aproximaba.

—Un trepatroncos de pecho blanco —dijo el desconocido, un hombre alto y atractivo que lucía una costosa chaqueta de cuero. Se sentó sobre una piedra plana próxima a Yerli. Llevaba el pelo rubio rojizo muy repeinado, con la raya a la izquierda, y sus ojos azulados miraban con indiferencia hacia el pájaro.

—Por el negro intenso de su nuca, parece una hembra —dijo Yerli, sin bajar los prismáticos.

—Probablemente, el macho anda cerca. Quizá esté cuidando del nido.

—Muy atinado, Burdeos —dijo Yerli, utilizando el nombre clave del otro—. No sabía que fueras aficionado a los pájaros.

—No lo soy. ¿Qué puedo hacer por ti, Pérgamo?

—Fuiste tú quien solicitó esta entrevista.

—Pero no pretendía que fuera en el bosque, con un frío de los demonios —dijo Burdeos.

—En mi opinión, las citas en un restaurante de lujo no son lo más adecuado para las actividades secretas.

—No me acostumbro a actuar en las sombras ni a vivir en tugurios —dijo secamente Burdeos.

—Las ostentaciones no convienen.

—Mi cometido es proteger los intereses de un hombre que, permítaseme añadirlo, me paga sumamente bien. A no ser que sospechen que soy un espía, no es de esperar que los del FBI me tengan vigilado. Y, habida cuenta que nuestro trabajo (o, al menos, el mío) no tiene nada que ver con robar secretos clasificados norteamericanos, no entiendo muy bien por qué tengo que vivir mezclado con la chusma pestilente.

El desdén que Burdeos sentía hacia el trabajo de espionaje no agradaba a Yerli. Extrañamente, aunque se conocían de antiguo y, a lo largo de los años, habían trabajado frecuentemente juntos al servicio de Yves Massarde, ninguno de los dos conocía el verdadero nombre del otro, ni jamás había hecho nada por averiguarlo. Burdeos era el director de espionaje industrial de la Massarde Enterprises en los Estados Unidos. Yerli, al que el otro sólo conocía como Pérgamo, le pasaba frecuentemente informes vitales para los proyectos internacionales de Massarde. Semejante situación era tolerada por los superiores del turco debido a las buenas relaciones que Massarde mantenía con varios ministros franceses.

—Te estás volviendo descuidado, amigo mío.

Burdeos se encogió de hombros.

—Estoy harto de tratar con zafios norteamericanos. Nueva York es una cloaca. El país, dividido por la diversidad racial y ética, está desintegrándose. Algún día se repetirá aquí lo que ya está sucediendo en Rusia y en los países de la Commonwealth. Ansío regresar a Francia, la única nación auténticamente civilizada del mundo.

—Me dicen que uno de los hombres de la NUMA logró huir de Malí —dijo Yerli, cambiando bruscamente de tema.

—El idiota de Kazim lo dejó escapar de entre sus dedos —replicó Burdeos.

—¿No pasaste mi aviso a Massarde?

—Claro que le avisé. Y él, a su vez, alertó al general Kazim. Mister Massarde detuvo a otros dos hombres en su mansión flotante; pero Kazim, con toda su excepcional brillantez, fue demasiado estúpido para localizar el tercer agente, que huyó y fue evacuado por el equipo táctico de la ONU.

—¿Qué piensa Mister Massarde de la situación? —preguntó Yerli.

—El grave riesgo de que se produzca una investigación internacional sobre su proyecto en Fort Foureau no lo tiene nada contento.

—Se trata de algo muy grave. La posible clausura de Fort Foureau pone en peligro el programa nuclear francés.

—Míster Massarde es consciente del problema —replicó amargamente Burdeos.

—¿Qué hay de los científicos de la Organización Mundial de la Salud cuyo avión ha desaparecido?

—Esa fue una de las mejores ideas de Kazim —replicó Burdeos—. Simuló que el aparato se había estrellado en mitad del desierto.

—¿Simuló? Yo previne a Hala Kamil de lo que, según entendí, era un verdadero atentado con bomba para destruir al aparato con Hopper y su equipo dentro.

—Fue un ligero cambio en tu plan para espantar a otros posibles investigadores de la OMS —dijo Burdeos—. El avión, efectivamente, se estrelló, pero los cuerpos que iban a bordo no eran los del doctor Hopper y el resto.

—¿Siguen con vida?

—Para el caso, como si estuvieran muertos. Kazim los mandó a Tebezza.

Yerli meneó la cabeza.

—Hubiera sido preferible que muriesen rápidamente, y no en las minas de Tebezza, convertidos en esclavos famélicos. —Hizo una pausa para pensar y añadió—: Creo que Kazim ha cometido un error,

—El secreto de lo que ha ocurrido en realidad está bien guardado —dijo Burdeos, indiferente—. Nadie escapa de Tebezza. Entran en las minas y allí se quedan.

Yerli sacó un kleenex del bolsillo de su abrigo y se puso a limpiar las lentes de sus prismáticos.

—¿Descubrió Hopper algo que pudiera resultar perjudicial para el proyecto de Fort Foureau?

—De haberse conocido su informe, se hubiera renovado el interés del público, lo cual habría provocado una investigación más a fondo —dijo Burdeos.

—¿Qué se sabe del agente de la NUMA que fue evacuado?

—Se llama Gunn, y es director adjunto de la Agencia Nacional Subacuática y Marítima.

—Un tipo influyente —dijo Yerli.

—En efecto.

—¿Dónde está en estos momentos? —preguntó Yerli.

—Rastreamos el avión que lo evacuó hasta París, donde Gunn abordó un Concorde que lo condujo a Washington, desde cuyo aeropuerto fue llevado directamente a la central de la NUMA. Según mis fuentes, hace cuarenta minutos continuaba dentro del edificio.

—¿Sabemos si sacó de Malí informes cruciales?

—Cualquier información que obtuviera acerca del río Níger, si es que obtuvo alguna, es un misterio para nosotros. Pero Mister Massarde confía en que no averiguó nada que pusiera en peligro a Fort Foureau.

—No creo que Kazim haya tenido problemas para hacer hablar a los otros dos norteamericanos.

—Cuando salía para venir a reunirme contigo —dijo Burdeos—, recibí la noticia de que, lamentablemente, también ellos han escapado.

Yerli miró a Burdeos con súbita irritación.

—¿Quién metió la pata?

Burdeos se encogió de hombros.

—La identidad del culpable no importa. No es asunto nuestro. Lo que importa es que continúan en el país y tienen pocas posibilidades de escapar por la frontera. En cuestión de horas, habrán caído en la operación de búsqueda montada por Kazim.

—Yo tendría que volar a Washington y hacer indagaciones en la NUMA. Actuando debidamente, quizá descubriese si en todo esto hay algo más que una simple investigación sobre contaminantes.

—Olvida eso de momento —dijo fríamente Burdeos—. Mister Massarde tiene otros planes para ti.

—¿Los ha consultado con mis superiores en el Departamento de Defensa Nacional?

—En el plazo de una hora te llegará la autorización oficial para partir fuera del país en misión especial.

Sin decir nada, Yerli continuó mirando a través de los prismáticos al pájaro, que seguía picoteando la corteza del árbol.

—¿Qué planes tiene Massarde? —preguntó al fin.

—Te quiere en Malí, haciendo de enlace con el general Kazim.

Yerli no reaccionó y cuando habló lo hizo con los prismáticos en los ojos.

—Hace años, estuve ocho meses destinado en el Sudán. Un sitio espantoso, aunque la gente era simpática.

—A las seis de esta tarde debes abordar uno de los reactores de la Massarde Enterprises que te espera en el aeropuerto La Guardia —dijo Burdeos.

—Así que debo hacer de niñera de Kazim para evitar que cometa nuevas tonterías.

Burdeos asintió con la cabeza.

—Lo que está en juego es demasiado importante para permitir que ese loco campe por sus respetos.

Yerli devolvió los prismáticos a su funda y se colgó ésta del hombro.

—Una vez soñé que moría en el desierto —murmuró—. Rezo a Alá porque sólo se tratara de eso... de un sueño.

 

En el interior de una oficina sin ventanas en una zona del Pentágono escasamente concurrida, el comandante de Aviación Tom Greenwald colgó el teléfono después de notificar a su esposa que llegaría tarde a cenar. Tras un breve descanso, apartó sus pensamientos del análisis de las fotos satélite tomadas a las luchas entre unidades del ejército chino y las fuerzas demócratas rebeldes, y se concentró en el trabajo que se le había encomendado.

Las fotos que Chip Webster, de la NUMA, había tomado con las cámaras del GeoSat y le había enviado por correo especial, fueron procesadas y cargadas en el sofisticado equipo militar de representación y realce visuales. Una vez estuvo todo listo, Greenwald se retrepó en un cómodo sillón en cuyo brazo había un completo panel de mandos. Abrió una lata de Pepsi Light y comenzó a accionar los mandos de la consola, con la vista fija en un monitor de televisión del tamaño de una pequeña pantalla de cine.

Las fotos del GeoSat recordaban las viejas imágenes del «espía en el cielo» de treinta años atrás. El GeoSat, destinado únicamente a la inspección geológica e hidrológica, no se acercaba ni con mucho a la detalladísima precisión visual que conseguían los nuevos satélites espía Pyramider y Houdini, puestos en órbita por los transbordadores espaciales. No obstante, constituía una inmensa mejora con relación al viejo LandSat, que estuvo más de veinte años trazando el mapa de la Tierra. Las cámaras del nuevo modelo podían penetrar la oscuridad y atravesar las nubes e incluso el humo.

Greenwald fue haciendo ajustes y correcciones a medida que las fotos, que mostraban distintas secciones del desierto septentrional de Malí, desfilaban por la pantalla y eran electrónicamente realzadas. Pronto surgieron pequeñas manchas que eran aviones en vuelo, y también apareció una caravana de camellos que recorría el desierto desde las salinas de Taoudenni hacia Tombuctú.

A medida que la zona fotografiada se iba desplazando hacia el norte del Níger, adentrándose en el Azaouad (una desértica región del Sáhara en la que sólo había desoladas dunas), Greenwald encontró cada vez menos indicios de presencia humana. Detectó huesos de animales, probablemente camellos, repartidos en torno a pozos aislados, pero una persona de píe era muy difícil de captar, incluso para aquel sofisticado equipo electrónico.

Al cabo de casi una hora, Greenwald se frotó los ojos cansados y se masajeó las sienes. No había encontrado ni rastro de los dos hombres que le habían encargado buscar, a pesar, de haber inspeccionado con todo detenimiento —y sin ningún éxito— las fotos de la zona que, según Webster, los dos fugitivos podían haber cubierto a pie.

Finalizada su contribución a la causa, Greenwald estaba a punto de dar la jornada por concluida y volver a casa con su esposa cuando decidió probar por última vez. La experiencia de años le había enseñado que lo que se busca casi nunca está donde se espera. Cargó las fotos que el satélite había tomado del interior del Azaouad, y les echó una rápida ojeada.

El desolado panorama parecía tan vacío como el mar Muerto.

Casi se le escapó, y se le hubiera escapado de no ser por la extraña sensación de que un pequeño objeto del paisaje no encajaba con el entorno. Habría podido pasar por una roca o una pequeña duna, pero la forma no tenía la irregularidad de un producto de la naturaleza. Las líneas eran rectas y bien definidas. La mano del técnico se movió sobre los mandos, agrandando y realzando el objeto.

Greenwald comprendió que había dado con algo y, dada su larga experiencia, difícilmente podía engañarse. Durante la guerra con Irak, el comandante había alcanzado una fama casi legendaria por su infalible don para detectar tanques, cañones y búnkeres camuflados por el enemigo.

—Un coche —murmuró para sí—. Un coche cubierto por arena para ocultar su presencia.

Tras un estudio más minucioso, logró distinguir dos pequeñas motas junto al coche. Greenwald habría pagado por que las imágenes frente a él procedieran de un satélite militar, en las cuales podría haber visto la hora que marcaban los relojes de pulsera de las dos motas. Pero el GeoSat no estaba diseñado para obtener tanto detalle. Afinando al máximo, lo único discernible era que se trataba de dos personas.

Greenwald se retrepó en su sillón y permaneció unos momentos saboreando su triunfo. Luego fue a un escritorio próximo y marcó un teléfono. Aguardó pacientemente, con la esperanza de no escuchar una voz grabada pidiéndole que dejare el mensaje. Tras la cuarta señal sonó la voz jadeante de un hombre.

—Dígame...

—¿Chip?

—Sí. ¿Eres Tom?

—¿Has estado corriendo?

—Mi mujer y yo estábamos en el patio, charlando con los vecinos —explicó Webster—. Cuando escuché el teléfono, vine a todo correr.

—He descubierto algo que te interesará.

—¿Has encontrado a mis dos hombres en las fotos del GeoSat?

—Se encuentran unos cien kilómetros más al norte de lo que tú calculabas —dijo Greenwald.

Se produjo una pausa.

—¿No serán un par de nómadas? —preguntó Webster—. En cuarenta y ocho horas, mis hombres no pueden haber caminado toda esa distancia por el horno del desierto.

—No caminaron: condujeron.

—¿Quires decir que tienen un coche? —preguntó Webster, sorprendido.

—Es difícil precisar los detalles. Supongo que durante el día lo camuflan cubriéndolo de arena, y conducen por la noche. Tienen que ser tus dos amigos. ¿Qué otros iban a jugar al escondite en un lugar donde la hierba no crece?

—¿Puedes distinguir si se dirigen a la frontera?

—No, a no ser que tengan un desastroso sentido de la orientación. Están en el centro justo de Malí. La frontera más próxima se encuentra a trescientos cincuenta kilómetros. Webster se tomó su tiempo antes de responder.

—Tienen que ser Pitt y Giordino; pero... ¿de dónde diablos sacarían el coche?

—Parecen hombres de recursos.

—Debieron haber abandonado hace tiempo la busca de la fuente de la contaminación. ¿Qué locura les habrá entrado? Se trataba de una pregunta a la que Greenwald no podía responder.

—Puede que te llamen desde Fort Foureau —sugirió, medio en serio, medio en broma,

—¿Se dirigen hacia la instalación solar francesa de eliminación de residuos tóxicos?

—Sólo cincuenta kilómetros los separan de ella. Y es el único sitio civilizado de los contornos.

—Gracias, Tom ——dijo sinceramente Webster—. Te debo un favor. ¿Qué tal si salimos a cenar con nuestras respectivas?

—Por mí, estupendo. Escoge el restaurante y dime fecha y hora.

Tras colgar el teléfono Greenwald devolvió su atención al difuso objeto y a las dos motas que estaban junto a él.

—Debéis de estar locos, muchachos —dijo a la sala vacía.

Luego desconectó los aparatos y emprendió el regreso a casa.

 

Parte 2

Tras asomar por el horizonte, el sol del amanecer arrojó una ola de calor al desierto, como si se hubiese abierto la puerta de un horno, El fresco de la noche se desvaneció como por ensalmo. Dos cuervos que volaban por el cielo opresivo detectaron un elemento que rompía la desolación del paisaje y comenzaron a volar en círculos, en la esperanza de dar con algo que echarse al estómago. Una inspección más próxima les reveló que, puesto que no eran más que dos humanos, no se trataba de nada alimenticio, así que reemprendieron vuelo hacia el norte.

Pitt, tumbado en lo alto de una pequeña duna y casi cubierto por la arena, contempló a los dos pájaros por unos momentos. Luego devolvió su atención a la inmensa planta solar de eliminación de residuos de Fort Foureau. Era un lugar irreal. No se trataba de una simple obra de la tecnología; era también una empresa próspera y productiva rodeada por una tierra que había muerto mucho tiempo atrás, bajo la embestida de la sequía y el calor.

Pitt escuchó un leve deslizamiento en la arena. Se dio la vuelta y vio a Giordino, que se aproximaba reptando como un lagarto.

—¿Disfrutando del paisaje? —preguntó, avanzando hacia Pitt.

—Ven a echar un vistazo. Te garantizo que quedarás impresionado.

—En estos momentos, lo único que me impresionaría es una playa de bonitas y frescas olas.

—Que no se te vean los rizos —dijo Pitt—. Recortándose contra el blanco amarillento de las dunas, una madeja de pelo negro destaca como una mofeta en lo alto de un poste.

Giordino sonrió como el tonto del pueblo y se echó un puñado de arena en el pelo. Se colocó junto a Pitt y miró por encima del borde de la duna.

—Vaya, vaya... —murmuró, pasmado—. Es como una ciudad en la luna...

—El paisaje lunar, ahí está —admitió Pitt—, pero falta la cúpula de plástico recubriendo la ciudad.

—Es tan grande como Disney World.

—Yo calculo unos veinte kilómetros cuadrados.

—Llega el tren —anunció Giordino, señalando una larga hilera de vagones arrastrada por cuatro locomotoras diesel—. Parece que los negocios van viento en popa.

—El tren de la «papilla tóxica Massarde» —murmuró Pitt—. Por lo menos son ciento veinte vagones cargados de basura venenosa.

Con un movimiento, Giordino señaló hacia el enorme campo cubierto por infinidad de grandes pantallas con forma de palangana, en cuyas cóncavas superficies rebotaban los rayos del sol como si de un mar de espejos se tratase.

—Parecen reflectores solares.

—Concentradores —dijo Pitt—. Recogen la radiación solar y la concentran, produciendo un calor inmenso y enormes intensidades protónicas. Luego la energia radiante se dirige al interior de un reactor químico que destruye totalmente los residuos tóxicos.

—El sabelotodo de siempre —comentó Giordino—. ¿Desde cuándo eres experto en rayos solares?

—Salí con una chica que era ingeniera en el Instituto de Energía Solar. Me invitó a una visita guiada por sus instalaciones. Eso fue hace años, cuando aún estaban intentando encontrar el modo de utilizar la tecnología térmica solar para eliminar residuos industriales tóxicos. Parece que Massarde ha perfeccionado la técnica.

—Hay algo que se me escapa —dijo Giordino.

—¿Qué cosa?

—El motivo de todo este tinglado. ¿A qué viene levantar esta catedral a la higiene en mitad del arenal más grande del mundo? Ello multiplica los gastos y los problemas. Yo la habría construido lo más cerca posible de algún centro industrial importante. Sólo transportar la bazofia a través de medio océano y de mil seiscientos kilómetros de desierto debe de costar un ojo de la cara.

—Una observación sumamente perspicaz —admitió Pitt—. A mí también me intriga. Si Fort Foureau es, como dicen, una obra maestra de la eliminación de residuos tóxicos, y los expertos la consideran el no va más de la seguridad, es absurdo no haberla construido en un lugar más accesible.

—¿Sigues creyendo que es la responsable de la contaminación del Níger? —preguntó Giordino.

—No hemos encontrado otra fuente posible.

—Lo que contó el viejo buscador de oro sobre un río subterráneo podría muy bien ser la solución.

—Pero tiene un fallo —dijo Pitt.

—Tú siempre buscándole tres pies al gato —rezongó Giordino.

—La teoría del río subterráneo me parece verosímil. Lo que no me trago es lo de la filtración contaminante.

—Estoy contigo —asintió Giordino—. ¿Qué puede filtrarse si, supuestamente, lo que hacen es incinerar la basura?

—Exacto.

—Entonces, Fort Foureau no es lo que dicen.

—Según yo veo las cosas, no.

Giordino se volvió hacia él y lo miró recelosamente.

—Espero que no estarás pensando en que nos presentemos ahí como si fuéramos un par de bomberos de visita.

—Me atrae más el estilo de los gatos.

—¿Cómo propones que entremos? ¿Llegamos con el coche hasta la verja y pedimos unos pases de visitante?

Pitt señaló hacia la hilera de vagones que estaba metiéndose en una vía muerta paralela a un largo andén de carga en el interior de la instalación.

—Saltemos al tren —dijo.

—¿Y cómo salimos? —preguntó recelosamente Giordino.

—Con el depósito de gasolina casi vacío comprenderás que despedirnos de Malí y perdernos conduciendo hacia el ocaso no entraba en mis planes. Tornaremos el expreso de Mauritania.

Giordino puso cara de asco.

—¿Me ofreces un viajecito de lujo en unos vagones que han transportado toneladas de productos contaminantes? Soy muy joven para convertirme en fango tóxico.

Pitt se encogió de hombros y sonrió.

—Sólo debes tener cuidado de no tocar nada.

Giordino meneó la cabeza, exasperado.

—¿Te has parado a considerar los obstáculos?

—Los obstáculos se saltan.

—¿Te refieres a la cerca electrificada, a los guardas con perros doberman, a los coches patrulla armados y a las torres de focos, que iluminarán el sitio como un estadio de béisbol?

—Vaya por Dios... ¿por qué tenías que recordármelo? Tras unos instantes de reflexión, Giordino dijo:

—Es muy raro que protejan una planta incineradora como si fuese un arsenal nuclear.

—Razón de más para inspeccionar la instalación —dijo sosegadamente Pitt.

—¿No hay ninguna posibilidad de que cambies de idea y nos volvamos para casa mientras seguimos formando un equipo?

—Buscad y encontraréis.

Giordino alzó los brazos, exasperado.

—Estás más loco que el viejo buscador de oro y su descabellada historia de que en el desierto hay enterrado un barco de la Confederación que tiene a Abraham Lincoln como timonel.

—Efectivamente: el viejo y yo tenemos mucho en común —dijo Pitt, indiferente. Giró hacia un lado y señaló una estructura que se alzaba unos seis kilómetros hacia el oeste, a corta distancia de las vías férreas—. ¿Ves ese viejo fuerte abandonado?

Giordino asintió con la cabeza.

—¿Ese que parece salido de Beau Geste, y al que sólo le faltan Gary Cooper y unos cuantos legionarios franceses en las almenas?

—Sí, lo veo.

—De él recibió su nombre Fort Foureau —dijo Pitt—. Sus muros sólo están a cien metros de las vías del tren. En cuanto oscurezca, lo utilizaremos para escondernos hasta que podamos saltar a un tren.

—No sé si te has dado cuenta, pero a la velocidad que va el tren, ni un vagabundo profesional podría subirse.

—Prudencia y paciencia —recomendó Pitt—. Las locomotoras comienzan a aminorar poco antes de llegar al viejo fuerte. Luego, cuando entran en eso que parece una estación de seguridad, van a paso de tortuga.

Giordino estudió la estación que el tren debía atravesar para entrar en el cogollo de la instalación.

—Me apuesto un dólar contra un centavo a que un ejército de guardas inspecciona cada vagón de carga.

—No creo que hagan el registro con demasiado entusiasmo. Examinar más de cien vagones cargados con bidones de residuos tóxicos no es el tipo de trabajo al que un hombre moderadamente cuerdo se dedique en cuerpo y alma. Además, ¿quién sería tan estúpido como para subirse de polizón en un tren así?

—Tú eres el único que se me ocurre —dijo secamente Giordino.

—Si tienes un plan mejor para salvar la cerca electrificada, los doberman, los focos y los coches patrulla, soy todo oídos.

Giordino dirigió a Pitt una larga, solemne y exasperada mirada. De repente se tensó y volvió la cabeza hacia el cielo, en dirección al sonido de un helicóptero que se aproximaba.

Pitt también miró. El aparato procedía del sur e iba a pasar directamente sobre ellos. No era un helicóptero militar, sino un elegante modelo civil que llevaba el nombre de la Massarde Enterprises pintado en el fuselaje.

—¡Maldita sea! —exclamó Giordino. Miró hacia el montón de arena en el que estaba semienterrado el Voisin—. Un poco más bajo y el aire de los rotores volará la arena de encima del coche.

—Sólo si pasa directamente sobre él —dijo Pitt—. Entiérrate y no te muevas.

Un ojo alerta los hubiera visto, pues habría advertido la extraña forma del montículo de arena; pero el piloto estaba concentrado en el hilipuerto próximo a los edificios principales de la instalación. No miró hacía abajo y no pudo ver los dos cuerpos semienterrados en lo alto de la duna. El único pasajero del helicóptero, enfrascado en el estudio de un informe financiero, ni siquiera miró por la ventanilla.

El aparato pasó por encima de ellos, giró ligeramente, y descendió hacia el helipuerto, donde acabó posándose. Segundos más tarde, el rotor se detuvo, la puerta de la cabina se abrió y apareció un hombre. Incluso a medio kilómetro y sin prismáticos, Pitt dedujo correctamente la identidad del individuo que caminaba con paso firme hacia el edificio principal.

—Parece que nuestro amigo nos persigue —dijo.

Giordino se protegió los ojos con las manos y forzó la mirada.

—Está demasiado lejos para decirlo con seguridad, pero creo que tienes razón. Lástima que no venga con la pianista de la mansión flotante.

—¿No puedes quitártela de la cabeza?

Giordino miró a Pitt francamente dolido.

—¿Y por qué iba a hacer semejante cosa?

—Ni siquiera sabes cómo se llama.

—El amor todo lo vence —dijo obstinadamente Giordino.

—Entonces, vence tus amorosas inquietudes y descansemos hasta la noche. Tenemos que coger un tren.

 

Condujeron el coche a través del cauce seco, por el que en el pasado había fluido el Oued Zarit, dejando atrás el pozo descrito por el viejo buscador de oro. Los refrescos se les habían terminado y no les quedaban más que dos litros de agua, que se dividieron y bebieron para evitar la deshidratación, con la esperanza de que en la instalación habría algún grifo o fuente.

Tras aparcar el Voisin en un pequeño barranco a cosa de un kilómetro del fuerte abandonado cercano a las vías, se metieron parcialmente debajo del coche y se enterraron en la arena, con lo cual lograron una relativa protección contra el calor asfixiante. Giordino cayó enseguida en un profundo sueño, pero Pitt estaba excesivamente preocupado para dormir.

La noche cae rápidamente sobre el desierto, y el crepúsculo que precede a las sombras es muy breve. Reinaba una extraña inquietud, sólo perturbada por los ligeros chasquidos del motor del Voisin al enfriarse. El aire seco del desierto se desprendió del calor y de la arena acumulados durante el día, acrecentando el fulgor de las estrellas que tachonaban un cielo de obsidiana. Se veían con tal claridad y nitidez que a Pitt le era posible distinguir las estrellas rojas de las azules y verdes. Nunca, ni siquiera en alta mar, había visto un espectáculo cósmico semejante.

Tras cubrir el coche de arena por última vez, lo dejaron en el barranco y emprendieron la caminata hasta el fuerte a la luz de las estrellas cuidando de borrar las huellas de sus pisadas con una hoja de palmera. Dejaron atrás el viejo cementerio de la Legión, y rodearon los muros de diez metros de altura hasta llegar a la puerta principal, cuyas gigantescas hojas, sólidas y blanqueadas por el sol, se encontraban ligeramente entornadas. Las traspusieron y se encontraron en el oscuro y desierto patio de la entrada.

No era necesaria mucha imaginación para ver formado a un cuerpo de legionarios franceses, con sus chaquetas azules, sus bombachos blancos y sus peculiares kepis, dispuestos a salir en una incursión por el desierto abrasador contra las hordas de tuaregs.

Comparado con otras fortificaciones similares de la Legión, el destacamento era más bien pequeño. Los muros, que tenían una longitud aproximada de treinta metros, formaban un cuadrado perfecto. Su grosor en la base era de más de tres metros y

en la parte alta había almenas para proteger a los vigilantes. La

dotación del fuerte no debía de superar los cincuenta hombres.

En el interior reinaban los habituales signos del abandono.

Tanto el patio como distintas dependencias estaban repletos de

desperdicios, dejados primero por los franceses al retirarse y después por los nómadas que utilizaban la fortificación para protegerse de las tormentas de arena. Contra una pared se amontonaban los materiales abandonados por los obreros durante la construcción del ferrocarril: traviesas de hormigón, diversas herramientas, varios bidones de diesel, y una carretilla elevadora sorprendentemente bien conservada.

—¿Te apetecería estar un año destinado aquí? —murmuró Giordino.

—Ni un año, ni una semana —replicó Pitt, tras una mirada circular al fuerte.

El tiempo transcurría con exasperante lentitud mientras esperaban la llegada de un tren. Las probabilidades de que el compuesto químico descubierto por Gunn como causante de la proliferación de mareas rojas procediera de una filtración de la planta de eliminación de residuos no sólo eran buenas, eran casi excelentes. Después de su encontronazo con Massarde, Pitt sabía que una llamada a la puerta y una amistosa solicitud para inspeccionar las instalaciones no serían recibidas con los brazos abiertos y un cordial apretón de manos. No tenían otra opción que entrar a escondidas y encontrar pruebas irrefutables.

Algo muy siniestro estaba ocurriendo en Fort Foureau. Según todas las apariencias, el lugar era una contribución a la batalla contra los millones de toneladas de residuos tóxicos que se producían en el mundo año tras año. Pero rasquemos la superficie, pensó Pitt, y veremos qué hay debajo.

Estaba diciéndose que sus posibilidades de cruzar la estación de seguridad y salir de ella vivos eran mínimas, cuando se oyó un sonido a cierta distancia. Giordino salió de su duermevela.

Sin decir palabra, se miraron y se pusieron en pie.

—Un tren que entra —dijo Giordino.

Pitt alzó su reloj Doxa de submarinista y estudió las manecillas luminosas.

—Las once y media. Nos sobra tiempo para hacer la inspección y largarnos antes del amanecer.

—Siempre y cuando haya un tren que salga —recordó cautelosamente Giordino.

—Hasta ahora, han estado entrando y saliendo cada tres horas justas. Como Mussolini, Massarde consigue que los trenes lleguen a tiempo. —Tras sacudirse la arena, Pitt anunció—: Larguémonos ya, no vayamos a quedarnos plantados en la vía.

—A mí no me importaría.

—Camina agachado —advirtió Pitt—. El desierto refleja la luz de las estrellas, y entre el fuerte y las vías no hay más que terreno abierto.

—Me deslizaré por la noche como un murciélago —aseguró Giordino—; pero, ¿qué pasa si un perro de enormes fauces o un vigilante con una inmensa pistola tienen ideas distintas a las nuestras?

—Demostraremos que, como sospechamos, Fort Foureau no es más que una fachada —dijo Pitt con firmeza—. Aunque sea a costa de sacrificar al otro, uno de los dos tiene que escapar y poner a Sandecker sobre alerta.

Giordino miró pensativamente a Pitt sin decir palabra. Luego se escuchó la sirena de la locomotora diesel en cabeza, anunciando su próxima llegada a la estación de seguridad. El italiano señaló hacia las vías y dijo:

—Démonos prisa.

Pitt asintió en silencio. Luego cruzaron las puertas del fuerte y corrieron hacia las vías del tren.

 

 

33

 

Un camión «Renault» yacía abandonado a mitad de camino entre el fuerte y las vías. Cuanto podía aprovecharse de la carrocería y el chasis había desaparecido hacía ya tiempo. Un mercader emprendedor había arramblado con neumáticos, llantas, motor, transmisión, diferencial, y hasta con el parabrisas y las portezuelas. Luego lo llevó todo a lomos de camello a Gao o a Tombuctú y lo vendió como repuestos o chatarra.

Para Pitt y Giordino, escondidos tras el camión para evitar que los iluminase el potente faro de la locomotora diesel, la desolación que transmitía un objeto usado y luego abandonado resulta abrumadora; pero, por otra parte, era un sitio perfecto para esconderse del largo tren de carga que se acercaba.

El faro giratorio montado sobre la locomotora barría el desierto, iluminando cada roca y cada hoja de marchita hierba en un kilómetro a la redonda. Los dos hombres permanecieron a cubierto de la luz hasta que las locomotoras pasaron delante de ellos a una velocidad que, según Pitt calculó, no sería menos de cincuenta kilómetros por hora. En seguida empezaron a frenar, preparándose para entrar en la estación de seguridad. Pitt aguardó pacientemente mientras los vagones desfilaban ante él. Para cuando los últimos llegaran a la altura del camión desguazado, la velocidad se habría reducido a unos quince kilómetros por hora, lo cual les permitiría correr junto al tren y abordarlo.

Dejaron su seguro escondite y cubrieron a la carrera los pocos metros que los separaban del tendido. Al alcanzarlo esperaron en cuclillas, viendo pasar los vagones plataforma que transportaban enormes contenedores móviles hacia Fort Foureau.

El vagón de cola era ya visible. No se trataba de un furgón

normal para la dotación del tren, sino de un vagón blindado

con ametralladoras de grueso calibre montadas en torretas y manejadas por guardias de seguridad de la corporación. Pitt pensó que Massarde tenía montado un tinglado completísimo. Probablemente, los guardas eran mercenarios profesionales que cobraban sueldos muy por encima de lo normal.

¿Por qué unas medidas de seguridad tan extremas? La mayoría de los gobiernos consideraba los desechos químicos como un engorro. Un acto de sabotaje o un vertido accidental en mitad del desierto hubiera pasado casi inadvertido para la Prensa, incluso para los movimientos ecologistas mundiales. ¿De quién protegían la carga? Desde luego, no de los bandidos, ni tampoco de los terroristas.

Si Pitt hubiera conocido un poco más a Massarde, su conclusión habría sido que el magnate francés jugaba con dos barajas: financiaba por un lado a los rebeldes malienses y por el otro cubría de dinero a Kazim.

—Montemos en el penúltimo vagón por delante del furgón blindado —dijo Pitt a Giordino—. Abordar el último sería demasiado arriesgado: cualquier guardia un poco atento podría descubrirnos.

Giordino movió afirmativamente la cabeza.

—Estoy contigo. Lo más probable es que los vagones más próximos a los vigilantes no los registren tan meticulosamente como los más alejados.

Se pusieron en pie y comenzaron a correr junto al tendido. Pitt había calculado mal la velocidad: el tren corría casi el doble que ellos. Ya no podían pararse ni desistir. Si se apartaban del tren, los guardas los verían a la luz de los faros de la parte posterior del furgón blindado, que proyectaban un semicírculo de luz sobre las ruedas y las vías.

Corrieron como galgos. De los dos Pitt era el más alto y tenía los brazos más largos. Al engancharse a una escalerilla, se vio lanzado hacia delante y, aprovechando la inercia, saltó al vagón.

Giordino tendió los brazos, pero la escalerilla trasera se le escapó por unos centímetros. El suelo del tendido férreo era de grava, por lo que resultaba difícil correr sobre ella. Giró la cabeza para echar un vistazo hacia atrás. Al escapársele el vagón elegido, su única esperanza consistía en montar en el inmediatamente anterior al que transportaba a los guardas.

La escalerilla que iba desde el vagón plataforma hasta lo alto del contenedor se aproximaba a una velocidad que a Giordino le pareció supersónica. Echó un vistazo a las ruedas de acero, que giraban sobre los raíles angustiosamente cerca. Aquélla era su última oportunidad. Si fallaba, o caería bajo las ruedas, o sería tiroteado por los guardas. Ninguna de ambas posibilidades le resultaba atractiva.

Al agarrar un peldaño con ambas manos, la fuerza del tren lo levantó sobre sus pies. Se aferró desesperadamente, agitando las piernas en su esfuerzo por encaramarse. Soltó la mano izquierda y la usó para atenazarse al peldaño superior. Luego hizo lo mismo con la derecha, con lo que pudo doblar las rodillas, alzar los pies en el aire y encontrar apoyo en el peldaño superior.

Pitt permaneció unos segundos inmóvil para recuperar el aliento antes de gatear a lo alto del contenedor. Hasta que se giró, no advirtió que Giordino no estaba dónde debería haber estado: ascendiendo por la escalerilla del mismo vagón. Miró hacia abajo y vio una sombra aferrada al costado del vagón de atrás, así como la blanca mancha del crispado rostro de Giordino.

Con una angustia impotente, Pitt observó por unos segundos cómo Giordino permanecía colgado de la escalerilla del contenedor, agitándose con cada movimiento del vagón. Volvió la cabeza y miró hacia la cabecera del tren. La locomotora delantera se encontraba a sólo un kilómetro de la estación de seguridad. Luego, un apremiante sexto sentido hizo que Pitt mirase hacia atrás. Lo que vio le dejó helado.

Un vigilante se encontraba en la pequeña plataforma que sobresalía de la parte trasera del furgón blindado. Estaba de pie, con las manos en la baranda y la mirada en el desierto que iba quedando atrás. A Pitt le pareció que el hombre estaba absorto, pensando en algo lejano, quizá en una chica. Con sólo que se volviera y mirase hacia abajo, Giordino estaría acabado.

El guarda se enderezó, giró sobre sus talones y volvió a la fresca comodidad del interior del furgón.

Giordino no perdió más tiempo: trepó por la escalerilla hasta lo alto del contenedor, donde se tumbó, jadeando y con el cuerpo apretado contra el techo. En el aire, aún sofocante, se percibía el olor del escape de los motores diesel. Tras quitarse el sudor de la frente, miró hacia Pitt, en el vagón inmediata—mente anterior.

—¡Salta hasta aquí! —gritó Pitt, por encima del ruido del tren.

Poniéndose a gatas cautelosamente, Giordino bajó la mirada hacia el difuso borrón de las traviesas y los raíles que pasaban bajo las ruedas del tren. Tras unos instantes para reunir valor, se puso en pie, tomó carrerilla y se lanzó. Saltó por encima del hueco de separación entre los dos vagones y aún le sobró medio metro. Al caer sobre el techo del contenedor, buscó una mano que lo ayudase, pero no encontró ninguna.

Confiando plenamente en la agilidad de su compañero, Pitt estaba estudiando cuidadosamente el acondicionador de aire instalado en lo alto del contenedor para que evitar que los desechos químicos, altamente combustibles, hicieran ignición a causa del extremado calor del viaje a través del desierto. Se trataba de un potentísimo modelo, especialmente diseñado para combatir temperaturas abrasadoras. Su compresor era alimentado por un pequeño motor de gas, que dejaba escapar el humo a través de un tubo provisto de silenciador.

Las luces de la estación de seguridad estaban cada vez más cerca. Pitt intentaba idear una forma de evitar que los descubrieran. No le parecía probable que los vigilantes fuesen examinando vagón por vagón del mismo modo en que la Policía ferroviaria, durante la Depresión de los años treinta, recorrían los convoyes en busca de vagabundos y polizones. Tampoco era probable que los vigilantes de Massarde utilizaran perros, ya que, por sensible que fuera el olfato de éstos, no podrían distinguir el olor humano entre la peste de los desechos y el diesel.

Cámaras de televisión, decidió Pitt. El tren pasaría simplemente ante una serie de cámaras manipuladas desde el interior del edificio. No cabía duda de que Yves Massarde había recurrido a la más moderna tecnología de seguridad.

—¿Tienes algo para soltar tornillos? —preguntó, sin volverse hacia Giordino, que se le etaba aproximando.

—¿Me pides un destornillador? —preguntó incrédulamente Giordino.

—Quiero soltar este gran panel del acondicionador de aire.

Giordino echó mano al bolsillo, casi totalmente vacíos tras el registro de los hombres de Massarde a bordo de la mansión flotante. Lo único que encontró fue una moneda de veinticinco centavos y otra de diez. Las tendió a Pitt.

—Dadas las prisas, esto es lo máximo que puedo hacer por ti. Pasando rápidamente la mano por un gran panel del acondicionador de aire, Pitt encontró las cabezas de los tornillos que lo mantenían en su lugar. Contó diez y afortundamente no eran de estrella, sino de ranura. No estaba seguro de poder soltarlos a tiempo. La moneda de veinticinco era demasiado grande, pero la de diez encajaba a la perfección. Febrilmente, comenzó a hacer girar los tornillos.

—Realmente éste es el momento adecuado para ponerse a reparar un acondicionador de aire —comentó Giordino, intrigado.

—Parto de la base de que los vigilantes usan cámaras de televisión para detectar la presencia en el tren de polizones como nosotros. Estando aquí arriba, seguro que nos descubren. Nuestra única posibilidad de entrar sin ser vistos es escondernos tras este panel, que es bastante grande para ocultarnos a ambos.

El tren había reducido la marcha, y la mitad de los vagones estaban ya en el andén de carga, al otro lado de la estación de seguridad.

—Date toda prisa que puedas —recomendó nerviosamente Giordino.

Pitt meneó la cabeza para sacudirse las gotas de sudor que le caían sobre los ojos y siguió dando vueltas a la moneda. El vagón se acercaba inexorablemente hacia las cámaras de televisión. Tres cuartas partes del tren habían pasado ya a través de ellas, y aún quedaban tres tornillos por soltar.

Sólo dos, luego uno. El vagón siguiente ya estaba entrando en la estación. Desesperado, Pitt agarró el enorme panel con ambas manos y logró soltarlo, arrancando el último tornillo de su sujeción.

—Rápido: siéntate con la espalda contra el acondicionador ordenó a Giordino.

—¿Crees que así engañaremos a alguien? —preguntó el otro, nada convencido.

—Los monitores de televisión son bidimensionales. Mientras nos enfoquen de frente, daremos el pego a cualquiera que mire.

El vagón entró muy despacio en un blanco y árido túnel con cámaras de televisión situadas adecuadamente para examinar las plataformas, los costados y el techo. Pitt sujetó el panel con las yemas de los dedos, en vez de agarrarlo por los bordes con toda la mano, lo cual implicaría el riesgo de que el guarda de vigilancia ante los monitores los viese. La tapadera improvisada no era el colmo de la sutileza, pero lo máximo a que se enfrentaban era a un guarda aburrido por la monotonía de contemplar una inacabable sucesión de vagones de carga en un panel de monitores de televisión. Era como verse obligado a contemplar cien repeticiones de un mismo programa en diez pantallas diferentes: la mente se ofuscaba y terminaba cayendo en una especie de trance hipnótico.

Permanecieron allí acurrucados, esperando que comenzaran a sonar timbres y sirenas, pero no sonó ninguna alarma. Rebasado el túnel, el vagón salió de nuevo al cielo nocturno y fue arrastrado hasta un desviadero situado junto a un largo muelle de carga en el que había grandes grúas móviles que se desplazaban sobre carriles paralelos.

Giordino volvió a enjugarse el sudor.

—Hermano... Espero no tener que pasar por otra como ésta —dijo.

Pitt sonrió, palmeó amistosamente el hombro de su compañero, y se volvió hacia la parte trasera del tren.

—No cantes victoria aún. Nuestros amigos siguen con nosotros.

Permanecieron inmóviles en el techo del vagón, sujetando el panel del acondicionador, mientras el furgón blindado de los guardas era desenganchado y apartado por una pequeña locomotora eléctrica. Las cuatro locomotoras diesel también soltaron sus enganches traseros y se dirigieron hacia una línea muerta en la que había una larga fila de vagones vacíos aguardando para emprender el regreso al puerto de Mauritania.

Momentáneamente seguros, Pitt y Giordino se quedaron donde estaban, aguardando pacientemente a que ocurriese algo. El andén estaba iluminado por grandes lámparas de arco y parecía totalmente desprovisto de vida. Unos vehículos de extraño aspecto permanecían estacionados en una larga hilera. Cada uno tenía cuatro ruedas sin neumáticos, una plataforma de transporte y poco más, salvo una pequeña unidad cuadrada en la parte delantera con faros y una protuberante lente enfocada hacia delante.

Cuando estaba a punto de volver a colocar el panel en su sitio, Pitt captó un movimiento por encima de su cabeza. Afortundamente, vio la cámara de televisión montada en lo alto de un poste del andén antes de que terminara su giro de inspección y pudiera detectarlos. Un rápido vistazo al andén le permitió descubrir otras cuatro iguales.

—Quieto —previno a su compañero—. Tienen aparatos de detección por todas partes.

Volvieron a ocultarse tras el panel y, mientras intentaban decidir cuál sería su próximo movimiento, los faros de las grúas móviles se encendieron súbitamente mientras sus motores eléctricos empezaban a zumbar. Las grúas carecían de cabina para el operario, pues eran manipuladas por control remoto desde un centro de mando situado en el interior de las instalaciones. Se deslizaron a lo largo del tren, dejando caer sobre cada vagón unos ejes metálicos que se encajaban en unas ranuras de los bordes superiores de los contenedores. Luego, tras un breve claxonazo, las grúas alzaban los enormes contenedores de sus vagones y los depositaban sobre las plataformas de los vehículos estacionados, luego retiraban los ejes de sujeción e iban a por el siguiente contenedor.

Los dos hombres permanecieron en su escondite. Una grúa se acercó a su contenedor, bajó los ejes de sujeción y lo levantó. A Pitt le impresionó la precisión de toda la maniobra, en la que no intervenía para nada la presencia humana. Una vez el contenedor estuvo en la plataforma del camión, se escuchó un zumbido, y el vehículo rodó silenciosamente por el andén hasta una rampa en espiral que descendía bajo tierra.

—¿Quién conduce? —murmuró Giordino.

—Un robot controlado a distancia —replicó Pitt.

Rápidamente, los dos hombres volvieron a colocar el panel, que sujetaron con sólo un par de tornillos. A continuación, fueron a gatas hasta el borde del contenedor y estudiaron el entorno.

En voz baja, Giordino comentó:

—La verdad es que en mi vida había visto tanta eficacia.

Pitt tuvo que admitir que era una visión intrigante. La rampa en espiral, un verdadero prodigio de ingeniería, ahondaba hasta las entrañas mismas del desierto. Calculó que el transporte y su carga habían bajado ya más de cien metros bajo el suelo, pasando por cuatro niveles distintos que se adentraban en la tierra hasta perderse de vista.

Pitt estudió los grandes carteles que había sobre los pasadizos, identificados por signos y por terminología en francés. Los niveles superiores estaban destinados a desechos biológicos; los inferiores, a desechos químicos. Pitt comenzó a preguntarse cuál era la carga del contenedor en el que se encontraban.

El misterio se intensificaba por momentos. ¿Por qué un reactor dedicado a incinerar desechos tenía que estar tan oculto bajo tierra? A su juicio, el emplazamiento lógico habría sido en la superficie, cerca de los concentradores solares.

La rampa desembocó finalmente en una inmensa caverna cuyos límites se perdían de vista. El techo tenía unos quince metros de altura, y de la gruta salían una serie de túneles excavados en la roca, que se extendían en todas direcciones, como los radios de una rueda. A Pitt le dio la impresión de que una caverna natural había sido expandida por medio de un inmenso trabajo humano de excavación.

Todos los sentidos de Pitt estaban alerta. Seguía sorprendiéndole la total ausencia de seres humanos: ni obreros, ni operarios de las máquinas. Cada uno de los movimientos que se producían en lo que sin duda era una cueva-almacén estaba accionado por control remoto. Su transportador eléctrico, como una hormiga obrera, siguió al que lo precedía y se metió por uno de los túneles, marcado por una señal roja con una línea negra diagonal. De arriba llegaban sonidos y ecos diversos.

—Debe de ser un vertedero —dijo Giordino, señalando los vehículos que iban en dirección contraria, con las puertas de sus contenedores abiertas, revelando el interior vacío.

Tras recorrer casi un kilómetro, el camión comenzó a reducir la velocidad, y los ruidos se hicieron más intensos. Volvió un recodo y penetró en una enorme cámara, llena del suelo al techo de contenedores cúbicos de cemento, pintados todos ellos de amarillo y con marcas negras. Una máquina robot descargaba los bidones de los contenedores y los almacenaba en el mar de otros contenedores que se alzaba hacia lo alto de la caverna.

Pitt apretó los dientes. Sus ojos lo miraban todo con creciente inquietud, y de pronto deseó estar en cualquier otro sitio que no fuera aquella cámara subterránea de los horrores.

Los bidones estaban marcados con el signo de la radiactividad. El y Giordino habían tropezado con el secreto del Fort Foureau, una colosal cámara subterránea de almacenamiento de desechos nucleares.

 

Tras echar un largo vistazo al monitor de televisión, Massarde meneó la cabeza asombrado y, volviéndose hacia su secretario, Felix Verenne, murmuró:

—Esos hombres son increíbles.

—¿Cómo han podido eludir las medidas de seguridad? —preguntó Verenne.

—Del mismo modo que huyeron de mi mansión flotante, robaron el coche del general Kazim y condujeron por medio Sahara. Mediante la astucia y la perseverancia.

—¿Los dejamos encerrados en la cámara de almacenamiento hasta que la radiactividad los mate?

Massarde lo meditó unos momentos y al fin meneó negativamente la cabeza.

—No: que los guardas de seguridad vayan a detenerlos. Luego, que los duchen para quitarles la contaminación, y los traigan aquí. Antes de acabar con él, me gustaría tener una charla con Mister Pitt.

 

 

34

 

Los guardas de seguridad de Massarde iban a apresarlos veinte minutos más tarde. Una vez estuvieron en la cueva-almacén, y tras bajarse del techo del contenedor, Pitt y Giordino se metieron en el vacío interior del mismo, de modo que, cuando el vehículo transportador volvió a la superficie, ellos iban dentro. Lamentablemente, una cámara oculta de televisión captó su maniobra.

Momentos antes de que el contenedor fuese cargado sobre un vagón de plataforma, su puerta se abrió súbitamente. No tuvieron oportunidad de ofrecer resistencia ni de intentar la huida; fue una sorpresa total y bien coordinada.

Pitt los contó y eran diez, diez hombres armados con ametralladoras que apuntaban a los dos desarmados polizones en el interior del contenedor. Pitt sintió que la amarga cuchillada del fracaso le traspasaba. Podía notar el acre sabor de la derrota en el paladar. Ser descubierto y detenido por Massarde una vez fue un error de cálculo; dos veces ya rozaba la estupidez. Miró fijamente a los guardas sin sentir miedo, sólo furia por haber caído en la trampa. Se maldijo por no haber estado más alerta.

Lo único que podían hacer era ganar tiempo y esperar que no los ejecutaran antes de que surgiera otra oportunidad de huir, por remota que fuera. Lentamente, Pitt y Giordino alzaron las manos y se las pusieron tras las nucas.

—Perdonen la intrusión —dijo Pitt suavemente—. Buscábamos el baño.

—No íbamos a orinarnos encima —añadió Giordino.

—¡Silencio los dos! —La orden salió de labios de un oficial de seguridad de replanchado uniforme y gorra militar francesa. El tono era seco y frío, y las palabras fueron dichas en un inglés casi exento de acento francés—. Sé que son ustedes peligrosos. Abandonen cualquier esperanza de huir. Mis hombres no tienen orden de herir a los fugitivos.

—¿A qué viene tanto escándalo? —preguntó inocentemente Giordino—. Ni que hubiéramos robado un bidón de toxinas usadas...

El oficial no hizo caso del comentario.

—Identifiquense.

Tras mirarlo fijamente, Pitt replicó:

—Yo soy Rocky, y mi amigo...

—Bullwinkle —concluyó Giordino.

Una crispada sonrisa curvó los labios del oficial.

—Indudablemente, son nombres más apropiados que Dirk Pitt y Albert Giordino.

—Si ya lo sabía, ¿para qué pregunta? —dijo Pitt.

—Mister Massarde los aguarda.

—«Lo último que esperan de nosotros es que nos encaminemos hacia el centro del desierto» —dijo burlonamente Giordino, evocando las palabras de Pitt en Bourem—. Menudo profeta estás tu hecho.

Pitt se encogió levemente de hombros.

—Me equivoqué de guión, eso es todo.

—¿Cómo lograron eludir nuestras medidas de seguridad? —preguntó el oficial.

—Vinimos en el tren —replicó Pitt, sin esforzarse por ocultar la realidad.

—Una vez cargados, los contenedores se cierran con combinación. No pudieron forzar la entrada en uno con el tren en marcha.

—Debería decirle a quien se encargue de las cámaras de televisión que estudie los acondicionadores de aire del techo. Sólo fue cosa de quitar un panel y utilizarlo como tapadera.

—¿Ah, sí? —preguntó el capitán Brunone, sumamente interesado—. Muy astutos. Haré que su sistema de entrada conste en nuestro manual de seguridad.

—Me siento muy halagado —sonrió Pitt.

El oficial entornó los párpados.

—No será por mucho tiempo, se lo aseguro. —Sacó una radio portátil y habló por ella—. ¿Mister Massarde?

—Aquí estoy —dijo la voz de Massarde por el altavoz.

—Soy el capitán Charles Brunone, señor, jefe de seguridad.

—¿Qué hay de Pitt y Giordino?

—Aquí los tengo.

—¿Opusieron resistencia?

—No, señor: se entregaron pacíficamente.

—Tráigalos a mi oficina, capitán.

—Sí, señor, en cuanto se les descontamine.

Pitt preguntó a Brunone:

—¿Serviría de algo decir que lo sentimos y no lo haremos más?

—Parece que los norteamericanos nunca pierden el humor —dijo fríamente Brunone—. Podrán disculparse personalmente ante Mister Massarde; pero, dado que destruyeron su helicóptero, yo, en su lugar, no esperaría mucha compasión.

 

Yves Massarde, que no sonreía con frecuencia, lo hizo cuando Pitt y Giordino fueron escoltados al interior de su enorme oficina. Retrepado en su costoso sillón de cuero, con los codos en los reposabrazos, y los dedos entrelazados bajo la barbilla, mostraba la expresión satisfecha de un empresario de pompas fúnebres tras una epidemia de tifus.

Felix Verenne se encontraba junto a una ventana desde la que se divisaba todo el complejo. En marcado contraste con su superior, su expresión era seria y desdeñosa.

—Magnífico trabajo, capitán Brunone —dijo con expresión plácida Massarde—. Los ha atrapado ilesos e intactos. —Estudió a los dos hombres en pie ante él, vestidos con limpios monos blancos que realzaban su bronceado y su espléndida condición fisica. Mentalmente, tomó nota de su aparente despreocupación, la misma de que habían hecho gala en la mansión flotante—. Así que se han mostrado cooperadores.

—Como escolares camino de clase —dijo Brunone—. Han hecho cuanto se les ha ordenado.

—Muy sensato por su parte —murmuró aprobadoramente Massarde. Se levantó del sillón, rodeó el escritorio y quedó frente a Pitt—. Lo felicito por su travesía del desierto. El general Kazim decía que no durarían ustedes ni dos días. Notable proeza haber llegado tan lejos y tan de prisa por un territorio hostil.

Amablemente, Pitt replicó:

—El general Kazim es el último hombre en cuyas predicciones yo confiaría.

—Robó usted mi helicóptero y lo hundió en el río, Mister Pitt. Se arrepentirá de ello.

—En su barco nos dio usted un trato inmundo, y le pagamos con la misma moneda.

—¿Y el valioso automóvil antiguo del general Kazim? —El motor se gripó, así que lo quemamos —mintió Pitt.

—Parece tener usted la fea costumbre de destruir valiosas propiedades ajenas.

—De niño, rompía todos mis juguetes —dijo Pitt, indiferente—. Mi padre se subía por las paredes.

—Yo puedo comprarme otro helicóptero, pero el general Kazim no podrá sustituir su Avions Voisin. Disfrute del tiempo que le queda antes de que los sádicos esbirros del general le apliquen su tratamiento en la cámara de torturas.

—Yo, por suerte, soy masoquista —comentó Giordino, imperturbable.

Por un instante, Massarde pareció divertido; luego su expresión se tornó curiosa y preguntó:

—¿Qué poderoso motivo los ha impulsado a cruzar medio Sahara hasta Fort Foureau?

—Nos fue usted tan simpático en su mansión flotante, que decidimos hacerle otra visita...

La mano de Massarde salió disparada y golpeó con fuerza el rostro de Pitt. El gran diamante del anillo del francés dejó un trazo rojo en la mejilla del otro. Al recibir el revés, la cabeza de Pitt se movió, pero sus pies siguieron firmemente plantados en la alfombra.

—¿Significa esto que me reta usted a un duelo? —murmuró el norteamericano, con crispada sonrisa.

—No: lo que significa es que lo voy a meter lentamente en un bidón de ácido nítrico hasta que hable.

Pitt miró a Giordino, de nuevo a Massarde y al fin se encogió de hombros.

—Muy bien, Massarde: tiene usted una fuga.

Massarde frunció el entrecejo.

—Especifique.

—Sus residuos tóxicos, los compuestos químicos que supuestamente incinera, se filtran hasta una corriente subterránea que fluye bajo el cauce de un viejo río, y contaminan todos los pozos entre Fort Foureau y el Níger. Luego siguen por el río, hasta llegar al Atlántico, donde producen un desastre de tales dimensiones que terminará acabando con toda la vida marina. Y eso es sólo el comienzo. Al seguir el viejo cauce, hemos comprobado que tiempo atrás pasó directamente bajo Fort Foureau.

—Estamos a casi cuatrocientos kilómetros del Níger —dijo Verenne—. Es imposible que el agua fluya hasta tan lejos bajo el desierto.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Pitt—. Fort Foureau es la única instalación de Malí que recibe desechos químicos y biológicos. El compuesto responsable del problema sólo puede salir de aquí. Ahora, después de saber que usted almacena los desechos en vez de incinerarlos, ya no tengo ninguna duda.

La irritación estremeció las comisuras de los labios de Massarde.

—Lo que dice no es del todo exacto, Mr. Pitt. Si incineramos desechos en Fort Foureau. Buena parte de ellos, a decir verdad. Acompáñeme a la habitación de al lado y se lo mostraré.

El capitán Brunone se echó para atrás e indicó a Pitt y Giordino que siguieran a Massarde.

El financiero los condujo a través de un corredor hasta una sala en cuyo centro había una maqueta en sección de la planta solar de eliminación de residuos tóxicos de Fort Foureau. El modelo era tan detallado y minucioso que contemplarlo equivalía a mirar las instalaciones reales desde un helicóptero.

—¿Esto responde a la realidad, o es imaginario? —preguntó Pitt.

—Lo que ve es una representación exacta —aseguró Massarde.

—Ya veo que va a darnos una conferencia rigurosa y exacta sobre el modo como operan las instalaciones.

—Una conferencia que podrán llevarse ustedes a la tumba —dijo reprobatoriamente Massarde. Tomó un largo puntero de marfil y señaló con él un gran campo en la parte sur del proyecto, que estaba cubierto de enormes módulos planos orientados hacia el sol—. Nos autoabastecemos totalmente de energía. Producimos nuestra propia electricidad con este sistema reticular fotovoltaico de módulos solares de células de placa plana hechas de silicona policristalina que se extiende sobre un campo de cuatro kilómetros cuadrados. ¿Está usted familiarizado con la tecnología fotovoltaica?

—Sé que se está convirtiendo en la fuente de energía más barata del mundo —replicó Pitt—. Según tengo entendido, la fotovoltaica es una tecnología solar que convierte directamente los rayos del sol en energía eléctrica.

—En efecto —dijo Massarde—. Cuando la luz del sol, o lo que los científicos llaman energía fotónica solar, alcanza la superficie de estas células tras recorrer un trayecto de ciento quince millones de kilómetros desde el sol, se produce un flujo de electricidad suficiente para alimentar tres instalaciones como ésta, caso de que deseáramos ampliar. —Hizo una pausa y dirigió el puntero a una estructura próxima al campo de módulos—. Este edificio alberga los generadores alimentados por la energía procedente del campo modular y el subsistema de baterías en el que se almacena la electricidad para uso nocturno o para los días en que el sol no brilla, que en esta parte del Sahara son rarísimos.

—Un sistema de producción eléctrica muy eficiente —dijo Pitt—. Pero su campo de concentradores solares no funciona con la misma efectividad.

Massarde miró pensativamente a Pitt, preguntándose cómo era posible que aquel hombre siempre pareciera ir un paso por delante de él. Movió el puntero hacia un campo contiguo al de células solares, en el que estaban los concentradores parabólicos que Pitt había observado el día anterior.

—Funciona —replicó gélidamente Massarde—. Mi sistema heliotecnológico para la destrucción de residuos tóxicos es el más avanzado de todas las naciones industrializadas. El campo de superconcentradores produce una energía equivalente a ochenta mil soles. Ese inmenso calor se deriva hacia el primero de dos reactores de cuarzo. —Massarde hizo una pausa para tocar con el puntero un edificio en miniatura—. Ese primer reactor, a una temperatura de novecientos cincuenta grados centígrados, descompone los desechos tóxicos en elementos químicos inofensivos. El segundo, a temperaturas en torno a los mil doscientos grados, incinera hasta el último residuo infinitesimal que pueda quedar. La destrucción de cualquier elemento tóxico creado por el hombre es total y absoluta.

Pitt miró a Massarde con expresión entre admirativa y recelosa.

—Todo eso suena muy razonable y definitivo. Pero si su planta de destoxificación es un prodigio de la tecnología más avanzada, ¿por qué oculta bajo tierra millones de toneladas de desechos?

—Muy pocas personas son conscientes del inmenso número de productos químicos que existen en el mundo. Hay más de siete millones de compuestos creados por el hombre. Y cada semana se crean otros diez millares. Al ritmo actual, en el mundo se acumulan cada año más de dos mil millones de toneladas de basura química. Sólo Estados Unidos produce trescientos millones; y entre Europa y Rusia suman el doble. Esa cantidad se duplica ampliamente cuando contamos América del Sur, África, Japón y China. Parte de esa enorme masa se quema en incineradores; la mayoría se arroja ilegalmente en vertederos o en el mar. No tiene sitio adonde ir. Aquí, en el Sáhara, lejos de las grandes ciudades y de los terrenos agrícolas, he construido un lugar seguro para que las industrias internacionales tengan donde mandar sus residuos tóxicos. En la actualidad, Fort Foureau puede destruir anualmente más de cuatrocientos millones de toneladas de desperdicios químicos. Pero no me es posible destruirlos en su totalidad, al menos no hasta que se completen mis proyectos de destoxificación en el desierto del Gobi y en Australia, que procesarán los desechos procedentes de China y otras naciones de Extremo Oriente. Por si le interesa, también tengo una instalación en Estados Unidos a la que sólo le faltan dos semanas para ponerse en funcionamiento.

—Todo eso está muy bien; pero no es excusa para que usted entierre lo que no puede destruir, y cobre por ello. Massarde asintió con la cabeza.

—Optimización de costos, Mr. Pitt. Es más barato esconder los residuos que destruirlos.

—Y aplica usted esa misma lógica a los residuos nucleares —dijo acusadoramente Pitt.

—Basura es basura. En cuanto a los seres humanos respecta, la única diferencia entre lo nuclear y lo tóxico es que lo primero mata por radiación, y lo segundo por envenenamiento.

—Enterrar, olvidar, y que el diablo se ocupe de las consecuencias, ¿no?

Massarde se encogió indiferentemente de hombros.

—Algo hay que hacer. Mi país tiene el programa energético nuclear mayor del mundo, y su número de centrales eléctricas atómicas sólo es superado por Estados Unidos. Ya existen dos cementerios nucleares, uno en Soulaines, y el otro en La Manche. Infortunadamente, ninguno de ambos estaba diseñado para eliminar desechos de alta intensidad ni larga vida. El plutonio 239, por ejemplo, tiene una duración media de veinticuatro mil años. Otros elementos radiactivos tienen cien veces esa vida. No existe sistema contenedor que dure más de diez o veinte años. Como ya ha descubierto en su clandestina expedición a nuestra cueva-almacén, aquí se reciben y procesan los desechos de alta intensidad.

—O sea que, pese a su santurrón discurso acerca de la forma de tratar los desechos, esta planta de destoxificación solar no es más que una tapadera.

Massarde sonrió levemente.

—En cierto modo, sí. Pero, como ya le he explicado, también destruimos gran cantidad de desechos.

—Para salvar las apariencias —dijo Pitt, fría y tajantemente—. Reconozco que tiene usted mérito, Massarde. No sé cómo ha logrado construir estas instalaciones de pacotilla sin que las agencias internacionales de inteligencia se enterasen. ¿Cómo se las arregló para eludir la vigilancia de los satélites espía mientras excavaba sus cavernas de almacenamiento?

—En realidad, fue muy simple —replicó el francés con arrogancia—. Una vez construido el ferrocarril para traer a los obreros y los materiales de construcción, las excavaciones comenzaron bajo el primer edificio que se construyó. La tierra sobrante fue cargada en secreto en los contenedores ferroviarios vacíos que regresaban a Mauritania, donde se utilizó para obras de relleno en la ciudad portuaria de esa nación, proyecto que, debo reconocerlo, también resultó sumamente provechoso.

—Muy astuto. Le pagan por los desechos que entran y por la arena y las rocas que salen.

—¿Por qué limitarse a una ganancia, si se pueden conseguir dos? —comentó filosóficamente Massarde.

—Nadie se entera y nadie se queja —dijo Pitt—. Nada de agencias de protección del medio ambiente que amenacen con clausurar sus instalaciones, ni de clamores internacionales por contaminar las corrientes de agua subterránea. Nadie cuestiona sus métodos operativos, y las corporaciones que producen los desechos, menos que nadie, puesto que se sienten satisfechísimas de desembarazarse de ellos al precio que sea.

La inexpresiva mirada de Verenne se posó en Pitt.

—En lo que respecta a salvar el medio ambiente, pocos son los santos que practican lo que predican. Todos son culpables, Mr. Pitt. Todos los que disfrutan de los beneficios de los compuestos químicos, desde la gasolina hasta los plásticos, pasando por las purificadoras de agua y los conservantes alimenticios. En este caso, el jurado está secretamente de acuerdo con el culpable. No hay hombre ni organización capaz de controlar y destruir el monstruo. Es un Frankenstein que se autorreproduce y ya es demasiado tarde para matarlo.

—Así que empeoran ustedes las cosas y se aprovechan de la situación. En vez de una solución, esto no es más que una estafa.

—¿Una estafa?

—Sí, puesto que se evitan los gastos de construir contenedores de contaminantes duraderos, y de excavar cámaras de depósito subterráneas situadas varios kilómetros bajo tierra, en formaciones geológicas estables, por debajo de donde fluyen las corrientes subterráneas. —Pitt apartó la vista de Verenne y la volvió hacia Massarde—. Es usted un desaprensivo, que cobra precios exorbitantes por unos servicios pésimos y que, a la larga, ponen vidas en peligro.

Massarde enrojeció, pero era un maestro en el arte de controlar su furia.

—El riesgo de que una filtración tóxica dentro de cincuenta o cien años mate a unos cuantos nativos harapientos carece de toda importancia.

—Para usted, es fácil decirlo —replicó despectivamente Pitt—. Pero la filtración se produce ya, y hay nómadas que están muriendo ahora mismo, mientras hablamos. Y, dejando eso aparte, lo que usted ha hecho aquí podría afectar a todas las formas vivientes que existen sobre la tierra.

La acusación de ser potencialmente responsable de la muerte del planeta no hizo mella en el francés; pero la alusión a los nómadas muertos le recordó algo.

—¿Están ustedes relacionados con el doctor Frank Hopper y el equipo de la OMS?

—No: Giordino y yo actuamos por nuestra cuenta.

—Pero sabe usted de la existencia de ese equipo, ¿no? Pitt asintió con la cabeza.

—Si eso le hace feliz, le diré que conozco a la bioquímica del grupo.

—La doctora Eva Rojas —dijo lentamente Massarde, pendiente del efecto de sus palabras.

Pitt advirtió la trampa de Massarde; pero, no teniendo nada que perder, decidió seguirle la corriente.

—En efecto.

Massarde no había conseguido su enorme fortuna jugando a la lotería. Pese a ser también maestro del engaño y la intriga, su gran don era la perspicacia.

—Aventuraré otra hipótesis. Usted fue quien la salvó de los asesinos del general Kazim, en las afueras de El Cairo.

—Sí: fortuitamente, me encontraba en las proximidades. Se equivocó usted de carrera, Massarde. Habría sido un excelente quiromántico.

Massarde comenzaba a cansarse de aquella confrontación. No estaba acostumbrado al trato desdeñoso. Un hombre cuyo trabajo cotidiano consistía en manejar un inmenso imperio financiero no podía perder el tiempo con un par de intrusos indeseables. Aquello era una simple molestia de la que debían ocuparse sus subalternos. Dirigiéndose a Verenne, anunció:

—La charla ha terminado. Ocúpese de que el general Kazim se haga cargo de estos dos individuos.

El pétreo rostro de Verenne se animó al fin con una sonrisa de víbora.

—Será un placer.

El capitán Brunone no estaba hecho de la misma pasta que Massarde y Verenne. Formado en el ejército francés, podía haber renunciado a la carrera castrense por una paga que era el triple de la que recibía como militar, pero aún conservaba vestigios de dignidad.

—Excúseme, Mr. Massarde; pero al general Kazim yo no le entregaría ni un perro rabioso. Estos hombres son culpables de entrar ilegalmente en las instalaciones, pero no merecen ser torturados hasta la muerte por unos bárbaros ignorantes.

Massarde consideró la cuestión por unos momentos.

—Muy cierto, muy cierto —dijo, extrañamente contemporizador—. No debemos ponernos al mismo nivel que el general y sus sicarios. —Con un extraño brillo en los ojos, añadió—: Transpórtelos a las minas de oro de Tebezza. Así Mr. Pitt y su amiga la doctora Rojas podrán disfrutar de su mutua compañía mientras cavan en los pozos.

—¿Y qué hay de Kazim? —preguntó Verenne—. Se sentirá estafado si no puede hacerles pagar a estos hombres la destrucción de su automóvil.

—Da lo mismo —replicó Massarde con tal despreocupación—. Para cuando descubra su paradero, ya estarán muertos.

 

 

35

 

El presidente miró a Sandecker, sentado frente a él, al otro lado del escritorio. En su despacho oval.

—¿Por qué no fui informado antes de este asunto?

—Se me dijo que era un asunto de escasa prioridad que no justificaba alterar su apretada agenda.

El presidente miró hacia Earl Willover, jefe de personal de la Casa Blanca.

—¿Es eso cierto?

El aludido, un cincuentón calvo, con gafas y gran bigote rojizo, se removió en su sillón, se echó hacia delante y miró fijamente a Sandecker.

—Presenté la teoría de las mareas rojas a los miembros del consejo nacional de ciencia. Ellos no consideraron que se tratase de una amenaza mundial.

—Entonces, ¿cómo explican la increíble proliferación que se está produciendo en medio del Atlántico?

Willover mantuvo sin pestañear la mirada del presidente.

—Reputados oceanógrafos consideran que nos encontramos ante un fenómeno transitorio, y que, como ha ocurrido en el pasado, pronto comenzará a dispersarse.

Willover dirigía el Ejecutivo como Horacio el Tuerto, en la antigua Roma, defendió el puente Sublicio del ataque etrusco. Muy pocos lograban llegar al despacho oval, y pocos escapaban a la ira de Willover caso de prolongar excesivamente su visita, o de tener la audacia de contradecir al presidente y de discutir sus decisiones. Excusado es decir que casi todos los miembros del Congreso aborrecían la tierra donde pisaba el jefe de personal.

El presidente miró las fotos satélite del Atlántico extendidas sobre su escritorio.

—A mí me parece bastante claro que éste es un fenómeno que no puede pasarse por alto.

—Normalmente, dejada a sus propios recursos, la marea roja desaparecería —explicó Sandecker—. Pero está siendo alimentada por un aminoácido sintético mezclado con cobalto, procedente de la costa occidental de Africa, que estimula el crecimiento de la marea hasta alcanzar proporciones increíbles.

El presidente, antiguo senador por Montana, se sentía más cómodo en la silla de montar que detrás de un escritorio. Era alto y enjuto, de brillantes ojos azules y hablaba arrastrando levemente las palabras. A todos los hombres los llamaba «señor» y a todas las mujeres «señora». Siempre que lograba escapar de Washington, se dirigía a su rancho, situado en las proximidades del último campo de batalla de Custer, en el río Yellowstone.

—Si la amenaza es tan seria como usted dice, el mundo entero corre peligro.

—Si hemos pecado de algo, es de optimistas —dijo Sandecker—. El peligro potencial es aún mayor de lo que creíamos. Nuestros expertos en informática han revisado sus previsiones y han concluido que, a no ser que detengamos la proliferación, a finales del próximo año, o puede que antes, todas las formas de vida terrestre se extinguirán por falta de oxígeno. Antes de la primavera, los océanos habrán muerto.

—Es ridículo —comentó desdeñosamente Willover—. Lo siento, almirante, pero éste es un caso clarísimo de catastrofismo infundado.

Sandecker atravesó a Willover con la mirada.

—No soy catastrofista, y la inminencia de la aniquilación es un hecho probado. No se trata de los riesgos potenciales de la disminución de la capa de ozono y sus efectos sobre el cáncer de piel en los dos próximos siglos. No hablo de catástrofes geológicas, ni de epidemias desconocidas, ni de holocaustos nucleares, ni de meteoros que chocan contra la Tierra. A no ser que el azote de la marea roja se detenga rápidamente, chupará el oxígeno de la atmósfera, provocando la muerte de todos los seres vivos que moran sobre la superficie del planeta.

—Pinta usted un cuadro muy tétrico, señor —dijo el presidente—. Me resulta casi imposible visualizarlo.

—Pongámoslo así, señor presidente: de ser usted reelegido, lo más probable es que no llegue al final de su mandato. Y no tendrá un sucesor, porque no quedará nadie para votar por él.

Willover no se tragaba la historia.

—Vamos, almirante, ¿por qué no se envuelve en una sábana y se pone a recorrer las calles con un cartel anunciando que el mundo se acaba esta medianoche? Pensar que, de aquí a un año se habrá producido la total extinción de la humanidad debido a los excesos fornicatorios de unos organismos microscópicos es ir demasiado lejos.

—Los hechos hablan por sí mismos —dijo pacientemente Sandecker.

—Los plazos que menciona suenan a la típica táctica para infundir miedo —replicó Willover—. Aún en el caso de que esté usted en lo cierto, nuestros científicos contarán con tiempo suficiente para encontrar una solución.

—Tiempo es justamente lo que nos falta. Permítanme una simplificación ilustrativa. Imaginen que la marea roja dobla su tamaño cada semana. De permitir que siga reproduciéndose, cubrirá la totalidad de los mares en cien semanas. Y como la historia siempre se repite, los gobiernos del mundo relegarán el problema hasta que la mitad de los océanos esté cubierta. Sólo entonces empezarán a tomar medidas drásticas para eliminar la marea roja. Lo que les pregunto, señor presidente y Mr. Willover, es en qué semana cubrirá la marea todos los océanos, y de cuánto tiempo se dispondrá para evitar la catástrofe mundial.

El presidente y Willover cruzaron miradas de desconcierto.

—No tengo ni idea.

—Ni yo —dijo Willover.

—La respuesta es que la mitad de los mares quedará cubierta en noventa y nueve semanas, y sólo se dispondrá de una semana para actuar.

Ante tan horrenda posibilidad, el presidente consideró la amenaza con renovado respeto.

—Creo que ambos comprendemos lo que dice, almirante.

—La marea roja no muestra la menor tendencia a extinguirse —continuó Sandecker—. Ya sabemos qué la causa, lo cual es un paso en la dirección adecuada. El siguiente problema es cómo cortar la contaminación en su fuente, y luego buscar otro compuesto que la detenga, o que, al menos, reduzca su ritmo de crecimiento.

—Disculpe, señor presidente, pero la entrevista debe concluir. Tiene usted un almuerzo con los jefes de la mayoría y la minoría del senado.

—Que esperen —dijo el presidente, irritado—. ¿Tienen ustedes localizada la procedencia de ese compuesto, almirante? Sandecker movió negativamente la cabeza.

—Aún no, pero sospechamos que viaja por una corriente subterránea hasta el Níger, y que su origen está en la planta solar de eliminación de residuos tóxicos que los franceses tienen en el Sahara.

—¿Cómo podemos estar seguros?

—Mi director de Proyectos Especiales y su hombre de confianza se encuentran en estos momentos en el interior de Fort Foureau.

—¿Está en contacto con ellos?

Sandecker, tras una vacilación, replicó:

—No, no exactamente.

—Entonces, ¿cómo lo sabe? —lo presionó Willover.

—Fotos satélite de los servicios de inteligencia los identificaron penetrando en las instalaciones a bordo de un tren cargado de desechos tóxicos.

—Su director de Proyectos Especiales... —murmuró el presidente—. ¿Se refiere a Dick Pitt?

—A él y a Al Giordino.

El presidente se quedó por unos momentos con la mirada perdida en el recuerdo. Luego sonrió.

—Pitt es el hombre que nos salvó de la amenaza del coche bomba nuclear de Kaiten.

—El mismo.

—¿No será él el responsable de la debacle de la marina de Benin en el río Níger? —preguntó Willover.

—Sí; pero el culpable soy yo —dijo Sandecker—. Como mis advertencias fueron desoídas, y no obtuve apoyo ni de su gente ni del Pentágono, envié Níger arriba a Pitt y a dos de los mejores hombres de la NUMA para que localizaran el origen del contaminante.

Furiosamente, Willover estalló:

—¿Ordenó una operación no autorizada en un país extranjero?

—Y también persuadí a Hala Kamil de que enviara a Malí a un equipo táctico de la ONU para que rescatara y trajese hasta aquí a mi jefe científico con los datos que había obtenido.

—Ha puesto usted en peligro toda nuestra política africana.

—No sabía que tuviéramos una política africana —replicó belicosamente Sandecker, a quien Willover no inspiraba el más mínimo temor.

—Se ha pasado usted de la raya, almirante. Esto podría tener serias repercusiones en su carrera.

Sandecker no era de los que se achican ante una pelea.

—Me debo a mi Dios, mi patria y mi presidente. Usted y mi carrera figuran en el octogésimo sexto lugar de mi lista.

El presidente intervino:

—Caballeros, caballeros... —Su ceñuda expresión era más histriónica que airada. Secretamente, le divertían los altercados verbales entre sus asesores y los miembros de su gabinete—. No quiero más fricciones entre ustedes. Estoy persuadido de que nos enfrentamos a una realidad desastrosa, y más vale que aunemos esfuerzos para encontrar una solución.

Willover lanzó un exasperado suspiro.

—Naturalmente, seguiré sus instrucciones.

Sosegadamente, Sandecker dijo:

—Mientras no tenga que desgañitarme para que me oigan, y logre el apoyo suficiente para detener la amenaza, conmigo no tendrá usted problemas.

—¿Qué nos aconseja hacer? —preguntó el presidente.

—Mis científicos de la NUMA trabajan día y noche buscando una fórmula que neutralice o acabe con la marea roja sin trastornar el equilibrio ecológico marino. Si Pitt demuestra que la contaminación procede efectivamente de Fort Foureau, usted mismo decidirá qué medios deben utilizarse para clausurar la instalación, señor presidente.

Tras una pausa, Willover dijo lentamente:

—Aunque por un momento supongamos ciertas las catastró

ficas predicciones del almirante, no será sencillo clausurar unilateralmente unas multimillonarias instalaciones que son propiedad de inversionistas franceses y se hallan en una nación soberana como Malí.

—Si ordenase que las Fuerzas Aéreas arrasaran el lugar, tendríamos que dar muchas y muy comprometidas explicaciones —admitió el presidente.

Willover advirtió:

—Le recomiendo cautela, señor presidente. Nos podemos meter en un terreno lleno de arenas movedizas.

El presidente miró a Sandecker.

—¿Qué hay de los científicos de otras naciones? ¿Conocen el problema?

—No en toda su extensión —replicó el almirante—. Aún no.

—¿Qué fue lo que los puso a ustedes sobre alerta?

—Hace sólo doce días, uno de los expertos en corrientes oceánicas de la NUMA estaba estudiando unas fotos tomadas por el SeaSat cuando advirtió la zona insólitamente grande que cubría la marea roja, e hizo cálculos sobre su proliferación. Horrorizado por la increíble velocidad a la que aumentaba, me comunicó lo que ocurría de inmediato. Tras meditarlo cuidadosamente, decidí no hacerlo público hasta que pudiéramos controlar la situación.

—No tenía usted derecho a actuar por su cuenta y riesgo —le reprochó Willover.

Sandecker se encogió indiferentemente de hombros.

—Washington hizo oídos sordos a mis advertencias, así que no tuve más remedio que tomar mis propias medidas.

—¿Qué acciones inmediatas propone? —preguntó el presidente.

—Por el momento, lo único que podemos hacer es seguir recogiendo datos. La secretaria general Kamil ha accedido a convocar una reunión a puerta cerrada de los más eminentes oceanógrafos mundiales en la central de la ONU en Nueva York. Me ha invitado a que exponga la situación y organice un comité internacional de científicos marinos para coordinar esfuerzos y compartir información mientras se busca un remedio.

—Tiene usted carta blanca, almirante. Le ruego me comunique cualquier novedad en todo momento, sea de día o de noche. —Volviéndose hacia Willover, el presidente siguió—: Notifique lo que ocurre a Doug Oates, en el Departamento de Estado, y a mi Consejo Nacional de Seguridad. Si el origen está en Fort Foureau y las naciones responsables no cooperan, tendremos que ser nosotros quienes vayamos al lugar y lo ocupemos.

Willover se puso en pie.

—Señor presidente: recomiendo con toda energía que obremos con paciencia y cautela. Estoy convencido de que esa epidemia marina, o como quiera llamarla, terminará desapareciendo por sí misma, y lo mismo opinan muchos científicos cuyo criterio respeto.

Sin quitar ojo a Willover, el presidente replicó.

—Confío en el almirante Sandecker. En todo el tiempo que llevo en Washington, jamás le he visto cometer un error.

—Gracias, señor presidente —dijo Sandecker—. Hay otro asunto que requiere nuestra atención.

—¿Cuál?

—Cómo he dicho, Pitt y su compañero, Al Giordino, se han introducido en Fort Foureau. Caso de que sean apresados por los malienses o por las fuerzas de seguridad francesas, su rescate resultará esencial. Necesitamos la información que tienen en su poder.

Willover no se daba por vencido:

—Señor presidente: le ruego considere las desastrosas consecuencias políticas que tendría una intervención de las Fuerzas Aéreas Especiales o de un Equipo Delta en una misión de rescate en el desierto. Si la operación es un fracaso, y la Prensa internacional se entera...

El presidente asintió pensativamente.

—En eso estoy de acuerdo con Earl. Lo siento, almirante, pero tendremos que recurrir a otro medio para salvar a sus hombres.

—¿No dice que al agente que tenía los datos sobre la contaminación en el Níger fue rescatado por una fuerza de la ONU? —preguntó Willover.

—Hala Kamil fue de gran ayuda al ordenar que un Equipo Internacional Táctico y de Respuesta Crítica de la ONU llevase a cabo la misión.

—Entonces, si Pitt y Giordino son detenidos, tendrá que convencer a Kamil de que vuelva a hacerlo.

El presidente murmuró:

—Si enviara a soldados norteamericanos a sembrar el desierto de cadáveres franceses, Dios sabe que sería crucificado.

La decepción se reflejó en el rostro de Sandecker.

—Dudo mucho de poder convencerla de que envíe de nuevo al equipo.

—Yo mismo haré la solicitud —prometió el presidente.

—No puede salirse siempre con la suya, almirante —dijo secamente Willover.

Sandecker lanzó un cansado suspiro. Las horribles consecuencias de la proliferación de la marea roja no habían sido captadas en toda su magnitud. A medida que pasaban las horas, su misión se hacía más dura, opresiva y frustrante. Se levantó y miró al presidente y a Willover.

—Prepárense para lo peor porque si no detenemos la marea roja antes de que alcance el Atlántico Norte y se extienda por los océanos Pacífico e Índico, nuestra extinción será irremediable.

Sin decir más, Sandecker giró sobre sus talones y abandonó el despacho.

 

Tom Greenwald estaba en su oficina, ocupado en realzar electrónicamente las imágenes recibidas del satélite espía Pyramider, cuya órbita había desviado ligeramente desde tierra para que pasara sobre la sección del Sahara donde detectó el coche y las figuras de Pitt y Giordino en las fotos del viejo GeoSat. Ninguno de sus superiores le había dado permiso, pero mientras pudiera devolver el satélite a la observación de la guerra civil en Ucrania tras otro par de pasadas, nadie advertiría lo ocurrido. Además, la lucha se había reducido a escaramuzas aisladas, y las imágenes del satélite sólo interesaban al vicepresidente. El Consejo Nacional de Seguridad Presidencial tenía otras preocupaciones, como el plan nuclear secreto japonés.

Greenwald se saltaba las órdenes impulsado sólo por la curiosidad. Deseaba ver imágenes más precisas de los dos hombres que anteriormente había descubierto abordando un tren para entrar en Fort Foureau. Ahora, por medio del Pyramider, podía efectuar una identificación exacta. Lo que vio fue un trágico cambio en la situación.

La nitidez de las fotos era pasmosa. En ellas se veía a los dos hombres siendo conducidos bajo vigilancia hacia un helicóptero. Pudo verificar sus identidades cotejando las fotos de ambos que Chip Webster le había entregado tras sacarlas de los archivos de la NUMA. Las imágenes, tomadas desde varios cientos de kilómetros de altitud., mostraban la captura de Pitt y Giordino.

Se levantó, fue a su escritorio y marcó un teléfono. Tras dos timbrazos, contestó Chip Webster desde la NUMA.

—Diga...

—¿Chip? Soy Tom Greenwald.

—¿Tienes algo para mí, Tom?

—Malas noticias. Han capturado a vuestros hombres.

—Maldita sea... No era eso lo que esperaba oír.

—Tengo excelentes fotos de ellos en el momento en que son metidos en un helicóptero, encadenados y rodeados por una docena de vigilantes armados.

—¿Pudiste discernir adónde se dirigía el helicóptero? —preguntó Webster.

—No puedo decirlo con exactitud, porque mi satélite se perdió de vista al minuto siguiente de despegar el aparato; pero sospecho que tomó dirección noreste.

—¿Adentrándose en el desierto?

—Así parece —replicó Greenwald—. Puede que el piloto, tras un rodeo, tomara una dirección distinta; pero eso es imposible de verificar.

—Al almirante Sandecker no le van a gustar estas novedades.

—Sigo pendiente de ellos —dijo Greenwald—. Si averiguo algo más, te llamo inmediatamente.

—Gracias, Tom. Esta vez sí que te debo un gran favor. Greenwald, tras colgar, contempló la imagen del monitor y, para sí, murmuró:

—Pobres diablos. No me gustaría estar en sus pellejos.

 

 

36

 

En Tebezza, el comité de bienvenida brillaba por su ausencia. Era evidente que ni Pitt ni Giordino eran considerados merecedores de una recepción por parte de los dignatarios locales. En lugar de éstos, dos tuaregs que empuñaban fusiles automáticos los recibieron silenciosamente mientras un tercero les ponía grilletes en las muñecas y los tobillos. Las cadenas, que parecían muy usadas, daban la impresión de haber pasado por diversos dueños.

De mala manera, Pitt y Giordino fueron obligados a subir en la parte de atrás de una camioneta «Renault», que fue conducida por uno de los tuaregs, mientras los otros dos iban atrás, con los fusiles sobre las piernas, vigilando a los prisioneros a través de las aberturas de sus lithams de color añil.

El motor se puso en marcha y la camioneta comenzó a alejarse. Pitt apenas prestó atención a sus vigilantes. El helicóptero que los había transportado desde Fort Foureau se elevó en el aire sofocante e inició el viaje de regreso. Pitt empezó a sopesar las posibilidades que tenían de escapar. Estudió el paisaje a su alrededor. No se veían alambradas, ni casetas de vigilancia. Las medidas de seguridad eran innecesarias: nadie estaba tan loco como para intentar recorrer cuatrocientos kilómetros de desierto con los grilletes puestos. La fuga parecía imposible, sin embargo Pitt no se dejó desanimar por completo. Las posibilidades de huir eran escasas; pero no nulas.

Cruzaban el desierto más puro, donde nada crecía. Únicamente se veían pardas dunas separadas por pequeños valles de brillante arena blanca, con la excepción de una meseta rocosa que se alzaba sobre la planicie del desierto. Era una región traidora que, pese a todo, poseía una belleza muy difícil de describir. A Pitt le recordó las imágenes de una vieja película, La canción del desierto.

Mientras la camioneta avanzaba, Pitt examinó el paisaje más próximo. El camino, si podía recibir tal nombre, estaba constituido por unas simples rodadas que iban hacia la meseta. Sobre el terreno desnudo no se alzaba ninguna construcción, ni se veía vehículo o equipo algunos. Ningún indicio de actividades mineras. El hombre comenzó a preguntarse si el oro de Tebezza no sería también una fábula.

Al cabo de veinte minutos, la camioneta redujo velocidad y se metió por un estrecho desfiladero que se adentraba en la meseta. Allí la arena era tan fina que prisioneros y guardas tuvieron que apearse y empujar el vehículo hasta un terreno más firme. Tras recorrer casi un kilómetro, se metieron en una cueva cuya pequeña entrada apenas permitía el paso de la camioneta, la cual enfiló luego una larga galería excavada en la roca.

El vehículo se detuvo frente a un túnel brillantemente iluminado. Los vigilantes saltaron al suelo y, señalando con los cañones de sus armas, indicaron a los prisioneros que se apearan. Pitt y Giordino obedecieron trabajosamente, a causa de los grilletes que obstaculizaban sus movimientos. Los guardas los empujaron hacia el túnel, por el que avanzaron agradeciendo la fresca atmósfera subterránea que tanto contrastaba con el sofocante calor exterior.

La galería se convirtió en un corredor de paredes estriadas y suelo de baldosas vitrificadas. Pasaron frente a varias arcadas excavadas en la roca y provistas de viejas puertas de madera labrada. Los guardas se detuvieron ante una de ellas, situada al extremo del corredor, la abrieron y los empujaron al interior. Atónitos, Pitt y Giordino pisaron la gruesa moqueta azul de una sala de recepción tan lujosa como la que podía encontrarse en cualquier próspera empresa de la Quinta Avenida neoyorquina. Las paredes eran de color azul pálido, a tono con la moqueta, y estaban decoradas con fotos de impresionantes amaneceres y ocasos en el desierto. La iluminación procedía de lámparas de cromo con pantallas grises.

En el centro de la sala había un escritorio de madera de acacia con un tresillo a juego de cuero gris. En los rincones traseros, como haciendo guardia en la entrada del santuario, se alzaban dos estatuas de bronce de un hombre y una mujer tuaregs en aguerridas poses. En la habitación, el aire era fresco, pero no húmedo ni maloliente. A Pitt le pareció advertir fragancia de azahar.

Al escritorio estaba sentada una mujer de gran belleza, brillantes ojos gris púrpura y largo cabello negro que le caía tras el respaldo de la silla. Sus rasgos faciales eran mediterráneos, aunque Pitt no logró discernir la nacionalidad exacta. La mujer alzó la mirada y estudió por un momento a los dos hombres con indiferencia, como si se tratara de viajantes de comercio. Luego se levantó, revelando una escultural figura envuelta en una túnica parecida a un sari indio, abrió la puerta flanqueada por las dos estatuas, y los invitó a pasar con un ademán.

Entraron en una gran cámara de alto techo abovedado y cuatro paredes cubiertas de librerías excavadas en la roca. Toda la estancia, que había sido tallada al tiempo que era excavada no era sino una gigantesca escultura. Un enorme escritorio en forma de herradura surgía de la roca, como si formase parte del suelo. La mesa estaba cubierta de planos y diagramas de ingeniería. Ante el escritorio había dos largos bancos de piedra, separados por una mesita baja minuciosamente tallada. Aparte de los libros y los papeles, el único objeto que no estaba tallado en la roca, era una maqueta de una galería de mina sostenida por puntales de madera y situada en un extremo de la estancia.

Al fondo de la habitación, de pie junto a la librería, había un hombre altísimo, absorto en un libro procedente de un estante. Vestía la túnica púrpura de los nómadas, con un blanco litham en torno a la cabeza. Bajo la túnica asomaban un par de discordantes botas vaqueras de piel de serpiente. Pitt y Giordino tuvieron que aguardar unos momentos, hasta que el hombre se volvió hacia ellos y les dirigió una breve mirada. Luego devolvió su atención a las páginas del libro, como si sus visitantes se hubieran marchado.

—Bonito sitio tiene usted aquí —comentó Giordino, y su voz resonó en las paredes de piedra—. Debe de haberle costado un dineral.

—No le vendrían mal unas ventanas —dijo Pitt, echando un vistazo a las librerías. Luego miró hacia arriba—. Una lucerna alegraría la decoración.

O'Bannion devolvió el libro a su lugar y los miró con divertida curiosidad.

—Para llegar a la superficie y la luz del sol habría que perforar ciento veinte metros de roca. El gasto no merece la pena. Tengo mejores trabajos para mis obreros.

—¿Obreros, o esclavos? —preguntó Pitt.

O'Bannion se encogió levemente de hombros.

—Esclavos, obreros, prisioneros... En Tebezza todos son lo mismo.

O'Bannion se aproximó a ellos. Pitt nunca había estado tan cerca de alguien que le sacara casi medio metro. Para mirar a los ojos de su captor tenía que echar la cabeza completamente para atrás.

—Supongo que nosotros somos los últimos fichajes de su equipo de forzados.

—Imagino que Mr. Massarde ya les informó de que cavar en las minas es mucho menos doloroso que ser torturados por los sicarios del general Kazim. Deberían estar agradecidos.

—Supongo que la libertad condicional aquí no se estila, Mr....

—Me llamo Selig O'Bannion. Dirijo las actividades de la mina. Y no, no hay libertad condicional. En las minas se entra; pero no se sale.

—¿Ni siquiera para el entierro? — preguntó Giordino, sin el rnás mínimo atisbo de temor.

—Tenemos un panteón subterráneo para los que sucumben —replicó O'Bannion.

—Es usted un asesino, como Kazim —dijo Pitt—. 0 peor.

Haciendo caso omiso del insulto, O'Bannion comentó:

—He leído sobre sus proezas submarinas, Mr. Pitt. Será sumamente agradable tener a alguien con un intelecto capaz de compararse con el mío. Su estudio sobre minería submarina me pareció particularmente interesante. De cuando en cuando, debemos cenar juntos para que me explique sus operaciones de ingeniería subacuática.

El rostro de Pitt mostró una gélida expresión.

—¿Apenas he llegado a la cárcel y ya me ofrece privilegios? No, muchas gracias: prefiero cenar con un camello.

Los labios de O'Bannion se curvaron levemente en una mueca.

—Como guste, Mr. Pitt. Quizá cambie de opinión al cabo de unos días de trabajar a las órdenes de Melika.

—¿De quién?

—Mi capataz. Es de una crueldad muy poco común. Ustedes dos están en magnífica forma física. Supongo que para la próxima vez que nos veamos, ella los habrá convertido en sumisas piltrafas humanas.

—¿Es una mujer? —preguntó curiosamente Giordino.

—Como no hay otra.

Pitt no dijo nada. El mundo entero conocía las infames salinas del Sáhara. Se habían convertido en el paradigma del trabajo duro e inhumano. Pero una mina de oro virtualmente desconocida y provista de mano de obra esclava era toda una novedad. Sin duda, el general Kazim obtenía su parte en los beneficios, pero la operación tenía el infamante sello de Yves Massarde. El proyecto de destoxificación pseudo solar, la mina de oro, y sabía Dios cuántas cosas más. Allí se estaba jugando una partida sin límites que como los tentáculos de un pulpo, se extendía en todas direcciones, una partida internacional en la que no sólo el dinero estaba en juego, sino también un poder inconmensurable.

O'Bannion fue hasta su escritorio y oprimió un botón. Se abrió la puerta y entraron los dos guardas, que fueron a colocarse detrás de cada uno de los cautivos. Giordino miró a Pitt, en espera de una seña o una mirada que indicase un ataque coordinado contra los guardas. Giordino no hubiese dudado en lanzarse contra un rinoceronte si Pitt se lo hubiera pedido. Pero Pitt permaneció rígidamente inmóvil, como si el contacto de los grilletes en sus tobillos y muñecas hubiera anestesiado su instinto de conservación. Por encima de todo, debía concentrar su ingenio en buscar el modo de hacer llegar a Sandecker el secreto de Fort Foureau. 0 lo conseguía, o moriría en el intento.

—Me gustaría saber para quién trabajo —dijo Pitt.

—¿Acaso no está enterado? —preguntó gélidamente O'Bannion.

—¿Massarde y su compinche Kazim?

—Dos de tres, no está mal.

—¿Quién es el tercero?

—Pues yo, naturalmente —replicó O'Bannion—. Se trata de un arreglo sumamente satisfactorio. La Massarde Enterprises facilita el equipo y negocia la venta del oro. Kazim aporta los obreros, y yo dirijo la explotación, lo cual es muy justo, ya que fui el que descubrió la veta de oro.

—¿Y qué porcentaje recibe el pueblo de Malí?

—El cero por ciento, desde luego. ¿Qué haría una nación de mendigos si de pronto la cubriesen de oro? 0 lo derrocharían, o dejarían que se lo quitasen los inversores extranjeros, que se conocen todos los trucos para sacar partido de la miseria de los pueblos. No, Mister Pitt: los pobres están muy bien como están.

—¿Les ha explicado su filosofía a los malienses? O'Bannion parecía mortalmente aburrido.

—Si todos fuéramos ricos, el mundo sería un lugar tedioso. Pitt continuó indagando:

—¿Cuántos hombres mueren aquí anualmente?

—Según. Unas veces doscientos, otras trescientos. Depende de las epidemias y de los accidentes. La verdad es que no llevo la cuenta.

—Es asombroso que los obreros no se declaren en huelga —comentó inútilmente Giordino.

—El que no trabaja, no come —dijo O'Bannion con un encogimiento de hombros—. Aparte de que Melika mantiene el orden arrancándoles la piel a latigazos a los que se muestran rebeldes.

—Manejar un pico y una pala no se me da nada bien —informó Giordino.

—No tardará en convertirse en un experto. En caso contrario, o si crea usted problemas, se le transferirá a la sección de extracción. —O'Bannion consultó su reloj—. Aún les queda tiempo para trabajar las quince horas que dura la jornada laboral.

—No hemos comido nada desde ayer —se quejó Pitt.

—Ni comerán nada hoy. —O'Bannion hizo una seña a los guardas antes de volver con sus libros—. Lleváoslos.

Los tuaregs los hicieron salir de la sala. Aparte de la recepcionista y de dos hombres con monos marrones y cascos con lámparas de minero que hablaban en francés al tiempo que observaban con una lupa un fragmento de mineral, no vieron a nadie en su camino hasta el ascensor. El suelo enmoquetado y las paredes cromadas de éste recordaban a los que suelen verse en los edificios de oficinas. Se abrieron las puertas y el ascensorista, un tuareg, les indicó que entraran. Las puertas volvieron a cerrarse y el zumbido del motor reverberó en las paredes del pozo al tiempo que descendían.

Pese a que el ascensor bajó rápidamente, el trayecto se hizo interminable. Pasaron frente a negras cavernas cuyas aperturas circulares marcaban la entrada a las galerías superiores. Tras descender lo que según cálculos de Pitt no sería menos de un kilómetro, la cabina comenzó a perder velocidad y al fin se detuvo. El ascensorista abrió la puerta, revelando un estrecho túnel horizontal que se adentraba en la roca. Los dos guardas los escoltaron hasta una pesada puerta de hierro. Uno de ellos se sacó un aro de llaves de la túnica, seleccionó una y la hizo girar en la cerradura. Empujaron a Pitt y Giordino contra la puerta, de modo que ésta se abriese. En el interior había un túnel mucho más grande, con estrechas vías en el suelo. Los guardas cerraron la puerta y los dejaron allí plantados.

De modo rutinario, Giordino inspeccionó la puerta. Medía cinco centímetros largos de ancho y la parte interna carecía de tirador, mostrando sólo el ojo de la cerradura.

—A no ser que robemos la llave, no utilizaremos esta salida —dijo el italiano.

—No es para uso de los obreros, sino sólo para O'Bannion y sus amigotes —dijo Pitt.

—Entonces tendremos que encontrar otro camino. Evidentemente, el mineral lo sacan por un sitio distinto.

Pitt miró pensativamente la puerta.

—Ni hablar. 0 salimos en el ascensor, o nada.

Antes de que Giordino pudiera contestar se escuchó el zumbido de un motor y el traqueteo de unas ruedas metálicas sobre los raíles. Apareció una pequeña locomotora eléctrica que arrastraba una fila de vacías vagonetas y se detuvo ante ellos. Tras apearse del asiento de conducción una mujer negra se enfrentó a los dos hombres.

Pitt jamás le había echado la vista encima a una mujer con un cuerpo tan ancho como largo. Decidió que era la tipa más fea que había visto en su vida. Parecía salida de las gárgolas de una catedral gótica. Su mano derecha sostenía un látigo de cuero que parecía formar parte de su cuerpo. Sin articular palabra, fue hasta Pitt.

—Soy Melika, capataz de las minas. Debéis obedecer mis órdenes sin jamás cuestionarlas. ¿Entendido?

Pitt sonrió.

—Recibir órdenes de un sapo con problemas de obesidad es una experiencia nueva para mi.

Vio cómo el látigo cruzaba el aire, pero no logró esquivar ni detener el golpe, que, tras darle en la mejilla le hizo ver las estrellas y retroceder hasta apoyarse en un puntal de madera. Estuvo a punto de perder el conocimiento. Pese al tremendo dolor, logró murmurar:

—Al parecer hoy todo el mundo se pirra por sacudirme.

—Ha sido una breve lección de disciplina —replicó la mujer.

A continuación, con movimiento inesperadamente rápido para alguien de su peso, Melika lanzó el látigo contra la cabeza de Giordino. Pero no fue lo bastante veloz. A diferencia de Pitt, Giordino estaba sobre aviso y agarró la muñeca de la mujer como en un cepo, deteniendo el látigo a mitad de camino. Lentamente, como si echaran un pulso, los dos brazos temblaron, poniendo en juego la máxima potencia de sus músculos.

Melika, que tenía el vigor de un buey, nunca imaginó que un hombre pudiera sujetarla con tal fuerza. La sorpresa brilló en sus ojos, para ser sustituida por la incredulidad y luego la furia. Con la otra mano, Giordino le quitó el látigo como quien quita un palo de la boca de un perro, y lo tiró al interior de una de las vagonetas.

—Sucia escoria —susurró la negra—. Pagarás por esto. Giordino sonrió y le lanzó un beso.

—Las relaciones de amor odio son las que más me gustan.

Su arrogancia fue su perdición. No advirtió el cambio en los ojos de la negra, ni la rodilla que subía catapultada hacia su ingle. Al recibir el golpe, Giordino soltó la muñeca y cayó de rodillas y encogido sobre sí mismo, estremecido por un agónico y silencioso dolor.

Melika sonrió satánicamente.

—Estúpidos. Os habéis condenado a un infierno que no podéis ni imaginar. —No perdió más tiempo en charlar. Tras recuperar el látigo, señaló con él hacia una de las vacías vagonetas y pronunció una sola palabra—: Subid.

Cinco minutos más tarde, el tren se detuvo y luego retrocedió por una galería. Una hilera de luces colocadas en puntales se perdía en la oscuridad. Parecía una excavación reciente. Por encima del ruido del tren se oían voces de hombres, y al cabo de poco rato fueron visibles las lámparas en los cascos de los obreros, que eran vigilados por guardas tuaregs provistos de látigos y fusiles. Canturreaban con voces roncas y cansadas. Todos eran africanos: unos, tribeños del sur, otros, habitantes del desierto. Los zombies de las películas de terror tenían mejor aspecto que aquellos pobres cadáveres vivientes. Se movían lentamente, arrastrando los pies. La mayor parte sólo vestía shorts harapientos. El sudor y el polvo de roca cubría sus cuerpos. Tanto sus ojos vidriosos como las costillas que se les marcaban en el pecho eran indicio de la subalimentación que padecían. Todos mostraban marcas de latigazos, y a muchos les faltaban dedos; unos pocos tenían sucios vendajes en los muñones de lo que en otro tiempo fueron manos. Su débil cantilena fue extinguiéndose a medida que el tren se alejaba.

Las vías terminaban ante un montón de rocas recién explosionadas. Melika desenganchó la locomotora.

—¡Fuera! —ordenó.

Pitt echó una mano a Giordino para salir de la vagoneta y lo ayudó a mantenerse en pie mientras ambos miraban ferozmente a la obesa capataz de los esclavos. Los gruesos labios de la negra se curvaron en una cruel sonrisa.

—Pronto seréis como la escoria que acabáis de ver.

—Deberías repartir entre ellos vitaminas y garfios —dijo el pálido Giordino, enderezándose.

Melika alzó el látigo y lo descargó contra el pecho de Giordino, que no pestañeó ni retrocedió. La negra pensó que aquellos hombres aún no estaban acobardados; en cuestión de días ella se encargaría de reducirlos a la más animalesca de las sumisiones.

—Los barreneros sufren accidentes —dijo, imperturbable—. Las mutilaciones y pérdidas de miembros son habituales.

—Recuérdame que no se me ocurra presentarme voluntario —dijo Pitt.

—Cargad esas rocas en las vagonetas. Cuando acabéis, se os dará comida y cama. Un guarda vendrá de cuando en cuando y, como os encuentre dormidos, trabajaréis horas extras.

Pitt vaciló, con una pregunta en la punta de la lengua; pero optó por tragársela. Debían andarse con tiento. El y Giordino contemplaron las toneladas de mineral apiladas al extremo de la galería y luego se miraron. Parecía una tarea imposible por extenuante. Dos hombres con grilletes no tardarían menos de cuarenta y ocho horas en finalizarla.

Melika se subió a la locomotora eléctrica y señaló hacia una cámara de televisión montada sobre el travesaño de dos puntales.

—No perdáis tiempo pensando en escapar. Estáis bajo vigilancia permanente. Sólo dos hombres lograron salir de las minas. Los nómadas encontraron sus esqueletos.

Tras lanzar una risotada de bruja, se alejó en la locomotora. Los dos amigos se quedaron mirándola hasta que hubo desaparecido. Entonces Giordino alzó las manos y las dejó caer a los costados.

—¡Pues estamos listos! —murmuró tristemente, tras contar las treinta y cinco vagonetas vacías.

Pitt alzó la cadena que unía los grilletes de sus manos con los de sus tobillos, y se dirigió a un gran montón de maderos que aguardaban para apuntalar el túnel a medida que iba siendo excavado. Midió un madero y a continuación hizo lo mismo con una vagoneta. Luego asintió con la cabeza, satisfecho.

—En seis horas habremos terminado el trabajo. Giordino le dirigió una aviesa mirada.

—Si lo dices en serio, deberías apuntarte a un curso de física elemental.

—Usaré un truquito que aprendí un verano de mi época de estudiante, recogiendo frambuesas.

—Espero que logres darle el pego a la cámara de vigilancia —gruñó Giordino.

Pitt sonrió insidiosamente. —Fíjate y aprende.

 

 

37

 

Como Melika había anunciado, los guardas entraron y salieron con total irregularidad. Rara vez se quedaron más de un minuto, tras cerciorarse de que los dos prisioneros estaban cargando febrilmente el mineral, como si intentaran batir un récord. En seis horas y media, las treinta y cinco vagonetas aparecían llenas hasta los topes.

Giordino se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra un madero.

—Cargas dieciséis toneladas y ¿qué has logrado? canturreó.

—Ser un día más viejo y estar más endeudado —terminó Pitt.

—O sea que así es como recogías frambuesas. Pitt se sentó junto a Giordino y sonrió.

—Un verano, un compañero de Universidad y yo hicimos un viaje por todo el país y paramos en una granja de Oregón que estaba buscando recolectores de frambuesas. Pensamos que sería un buen modo de conseguir dinero para gasolina, así que pedimos trabajo. Pagaban a razón de cincuenta centavos la canasta, en cada una de las cuales, si no recuerdo mal, cabían unas ocho cajas pequeñas. Lo que no sabíamos era que las frambuesas son mucho más menudas que las fresas. Trabajando a pleno rendimiento, tardábamos una eternidad en llenar una canasta.

—Así que llenasteis los fondos de tierra y pusisteis encima una pequeña capa de frambuesas. Pitt se echó a reír.

—Y, aun así, sólo sacábamos treinta y seis centavos por cada hora.

—¿Qué crees que ocurrirá cuando esa fulana se dé cuenta de que hemos colocado maderos como falsos fondos en las vagonetas y que luego las hemos rellenado con unas cuantas rocas, para que parecieran llenas hasta los topes?

—No creo que se sienta nada feliz.

—Lo de tirar un puñado de polvo al objetivo de la cámara de televisión para enturbiar nuestras imágenes fue un bonito detalle. Los vigilantes no se han dado ni cuenta.

—Al menos, con esta pequeña treta hemos conseguido preservar nuestras fuerzas por algún tiempo.

—Tengo tanta sed que podría beber polvo.

—O conseguimos agua pronto, o no estaremos en forma para intentar la huida.

Giordino estudió las cadenas de sus grilletes así como, los raíles sobre los que descansaban las vagonetas.

—Me pregunto si podríamos cortar nuestras cadenas poniéndolas en las vías y haciendo pasar una vagoneta sobre ellas.

—La idea se me ocurrió hace cinco horas —dijo Pitt—. Los eslabones son demasiado gruesos. Para romperlos, necesitaríamos una locomotora diesel como las del Union Pacific.

—Cómo odio a los aguafiestas —rezongó Giordino.

Despreocupadamente, Pitt cogió una pieza de mineral y la estudió bajo las luces colgantes.

—Aunque no soy geólogo, diría que eso es cuarzo aurífero y, a juzgar por los granos y escamas de la roca, procede de una veta bastante rica.

—Massarde debe de invertir la parte que le toca en ampliar su sórdido imperio.

Pitt negó con la cabeza.

—No lo creo. Supongo que, para evitarse problemas de impuestos, se abstendrá de convertir el oro en dinero. Apuesto que lo lleva en lingotes a algún sitio. Y, como es francés, yo diría que se trata de alguna de las Islas de la Sociedad.

—¿Tahití?

—O Bora Bora, o Moorea. Sólo Massarde, o su compinche, el tal Verenne, lo sabrán a ciencia cierta.

—Quizá cuando salgamos de aquí podamos ir a los Mares del Sur en busca de tesoros...

De pronto Pitt se enderezó y se llevó un dedo a los labios, en señal de silencio.

—Se acerca un guarda —anunció.

Giordino aguzó el oído y miró hacia el fondo de la galería, pero el vigilante aún no era visible.

—Fue muy astuto por tu parte tirar gravilla al otro lado del recodo. Así se puede oír el sonido de las pisadas antes de que ellos aparezcan.

—Simulemos trabajar.

Se pusieron en pie y comenzaron a apilar rocas sobre las que ya llenaban las vagonetas. Doblando el recodo, apareció un guarda tuareg, que estuvo un minuto observándolos. Cuando se disponía a dar media vuelta para continuar su ronda, Pitt le gritó:

—Eh, amigo: ya estamos listos. Mira: todo cargado. Se terminó la jornada.

—Tráenos comida y agua —añadió Giordino.

La mirada del guarda fue de Pitt a la fila de vagonetas cargadas. Recelosamente, recorrió el tren de extremo a extremo. Luego miró el gran montón de rocas que continuaba sobre el suelo de la galería y se rascó la cabeza a través de su litham. Al fin se encogió de hombros y, con un movimiento de su fusil, indicó a Pitt y Giordino que se dirigieran hacia la entrada del túnel.

—Parece que la gente no es muy locuaz por estos contornos —gruñó Giordino.

—Eso hace más difícil sobornarla.

Una vez en el túnel principal, siguieron las vías hasta una larga pendiente excavada en las entrañas de la roca. Apareció un tren de mineral conducido por un guarda, y tuvieron que pegarse a la pared para dejarle paso. Al poco tiempo llegaron a una gran caverna en la que cuatro pares de vías procedentes de otras galerías confluían ante un gran montacargas, con capacidad para cuatro vagonetas.

—¿Adónde llevan el mineral? —preguntó Giordino.

—Supongo que a un nivel superior, donde lo convierten en polvo y extraen el oro para refinarlo.

Los guardas los condujeron hasta una inmensa puerta de hierro montada sobre bisagras igualmente enormes, que no pesaría menos de media tonelada y que evidentemente estaba destinada a guardar algo más que gallinas. Frente a ella montaban guardia otros dos tuaregs, que asintieron y, haciendo uso de todas sus fuerzas, abrieron la puerta. Luego, silenciosamente, indicaron a Pitt y Giordino que pasaran. Un vigilante les entregó dos mugrientas tazas de estaño que contenían un líquido turbio.

Pitt miró la taza y luego al guarda.

—Qué exquisitez: consomé de agua con vómitos de murciélago.

El guarda no entendió las palabras, pero sí la furiosa expresión en el rostro de Pitt. Le cogió la taza, tiró el líquido al suelo y empujó a Pitt al interior de la cámara.

—Eso te enseñará que a caballo regalado no se le mira el diente —dijo Giordino con una amplia sonrisa, tras la cual procedió a vaciar igualmente el contenido de su taza en el suelo.

Su nuevo hogar media diez metros de ancho por treinta de largo, y estaba iluminado por cuatro pequeñas bombillas. A lo largo de ambas paredes había dos filas de literas cuádruples. La mazmorra, pues no era otra cosa, carecía de ventilación y la fetidez debida al hacinamiento era espantosa. Los únicos servicios sanitarios eran unos cuantos agujeros excavados en la roca junto a la pared del fondo. En el centro había dos largas mesas para comer con toscos bancos de madera. Pitt calculó que el pestilente calabozo no albergaría a menos de trescientas personas.

Los cuerpos tumbados en las literas más próximas parecían poco menos que comatosos. Sus rostros eran tan inexpresivos como berzas. Veinte hombres se apelotonaban en torno a la mesa, metiendo las manos en un puchero común con una avidez de gusanos depauperados. Ninguna de las caras mostraba temor ni preocupación, pues, debido al agotamiento y el hambre, todos estaban más allá de las emociones normales. Se movían mecánicamente, como cadáveres animados. Sus muertos ojos únicamente expresaban derrota y sumisión. Mientras Pitt y Giordino se abrían paso por entre aquel mar de miserias humanas, nadie les dirigió ni una mirada.

—El ambiente no es exactamente el de una feria —murmuró Giordino.

—No parece que los principios humanitarios estén muy en boga por aquí —dijo Pitt, asqueado—. Esto es aún peor de lo que imaginaba.

—Mucho peor convino Giordino, llevándose una mano a la nariz intentando en vano protegerse de la fetidez—. El agujero negro de Calcuta era una suite de lujo comparado con esto.

—¿Te apetece comer?

Giordino hizo una mueca de repulsión al contemplar los restos de bazofia que quedaban en el fondo del puchero. —Mi apetito acaba de declararse en quiebra.

El aire casi irrespirable y la falta de ventilación en la caverna que hacía de mazmorra elevaba a niveles insoportables el calor y la humedad procedente de los cuerpos apiñados. Sin embargo Pitt sintió de pronto un gélido escalofrío, como si estuviera en lo alto de un glaciar. Por un momento, su rebeldía y su ira se desvanecieron, junto con el horror y el sufrimiento. Acababa de reconocer a una figura inclinada sobre el camastro inferior de una litera situada contra la pared derecha de la cueva. Corrió hacia allí y se arrodilló junto a una mujer que atendía a una niña enferma.

—Eva —dijo suavemente.

La mujer, pese a que estaba exhausta por el trabajo y la falta de alimentos, y tenía el rostro pálido y lleno de arañazos y verdugones, le dirigió una mirada en la que aún resplandecía el coraje.

—¿Qué quiere?

—Eva: soy Dick.

—Déjeme en paz —dijo ella, sin reconocerlo—. Esta chiquilla está terriblemente enferma.

El le tomó una mano entre las suyas y se acercó más.

—Mírame. Soy Dick Pitt.

Eva lo reconoció y lo miró con ojos como platos. —Pero Dick... ¿eres realmente tú?

El hombre la besó y acarició las heridas de su rostro.

—Si no lo soy, alguien nos está gastando una broma muy cruel a ambos.

Giordino apareció junto a Pitt.

—¿Amiga tuya?

Pitt asintió con la cabeza.

—Es la doctora Eva Rojas, la dama que conocí en El Cairo.

—¿Cómo ha llegado hasta aquí? —quiso saber Giordino, sorprendido.

—Sí, ¿cómo ha sido? —preguntó Pitt.

—El general Kazim secuestró nuestro avión y nos envió aquí, a trabajar en las minas.

—Pero, ¿por qué? inquirió Pitt. ¿Qué tenía contra vosotros?

—Nuestro equipo de la OMS, bajo la supervisión del doctor Frank Hopper, estaba a punto de identificar un contaminante tóxico causante de muchas muertes en las aldeas del desierto. En el momento del secuestro, regresábamos a El Cairo con muestras biológicas que nos proponíamos analizar.

Pitt miró a Giordino.

—Massarde nos preguntó si trabajábamos con el doctor Hopper y su grupo.

Giordino asintió.

—Lo recuerdo. Ya debía de saber que Kazim los tenía presos aquí.

Eva pasó un pañuelo húmedo por la frente de la niña y, súbitamente, apoyó la cabeza contra el pecho de Pitt al tiempo que estallaba en sollozos.

—¿Por qué viniste a Malí? Ahora morirás, como todos nosotros.

—Tenemos una cita, ¿recuerdas?

Pendiente de Eva, Pitt no vio a los tres hombres que, tras avanzar cautelosamente hacia ellos por entre los camastros, los rodearon. El líder era un hombretón de rostro encendido y crespa barba. Los otros dos parecían macilentos y exhaustos. Todos mostraban marcas de latigazos en el pecho y en la espalda. Sus expresiones amenazadoras hicieron sonreír a Giordino. Su estado físico era tan patético que el hombre tenía la certeza de poder tumbarlos a los tres sin que ni siquiera se le alterase la respiración.

—¿Te están molestando? preguntó el de la barba a Eva, con tono protector.

—No, no, en absoluto murmuró Eva. Este es Dirk Pitt, el que me salvó la vida en Egipto.

—¿El hombre de la NUMA?

—El mismo replicó Pitt. Y, señalando a su compañero añadió: Este es mi amigo Al Giordino.

Bien sabe Dios que es un auténtico placer. Soy Frank Hopper, y el macilento individuo de mi izquierda es Warren Grimes.

En El Cairo, Eva me habló mucho de ustedes. Lamento infinito que nos conozcamos en unas circunstancias tan penosas. Hopper se fijó en los profundos cortes que Pitt tenía en ambas mejillas y luego se tocó la cicatriz que tenía en su propio rostro. Parece que los dos hemos enfurecido a Melika.

—Melika sólo es responsable de la herida izquierda. La derecha la conseguí en otra parte.

El tercer hombre se adelantó y, extendiendo una mano, se presentó:

—Soy el comandante Ian Fairweather.

Pitt le estrechó la mano.

—¿Británico?

Fairweather asintió con la cabeza.

—De Liverpool.

—¿Cómo llegó usted hasta aquí?

—Mi trabajo consiste en llevar a turistas en safaris por el Sahara. El grupo a mi cargo fue asesinado por unos aldeanos enloquecidos. Escapé milagrosamente con vida y, tras un penoso recorrido por el desierto, fui rescatado y hospitalizado en Gao. El general Zateb Kazim me arrestó para que no pudiese contar lo que había visto y me envió aquí.

Hopper explicó:

—Hicimos estudios patológicos de los aldeanos a los que el comandante Fairweather se refiere. Todos murieron envenenados por un compuesto químico desconocido.

—Es un aminoácido sintético mezclado con cobalto dijo Pitt.

Hopper y Grimes parecieron particularmente asombrados.

—¿Cómo, cómo dice? preguntó Grimes.

—El contaminante tóxico que está sembrando la muerte y la enfermedad por todo Malí es un compuesto organometálico formado por la mezcla de un aminoácido sintético con cobalto.

—¿Cómo puede estar seguro? preguntó Hopper. Mientras su equipo investigaba en el desierto, el mío rastreaba el río Níger.

Y lograron identificar el compuesto dijo Hopper, con súbita expresión de optimismo.

Rápidamente, Pitt explicó el asunto de la marea roja, su expedición río arriba, y la presunta huida de Rudi Gunn con los datos.

—Gracias a Dios que lograron sacar del país los resultados murmuró Hopper.

—¿Dónde está el origen de la contaminación? —preguntó Grimes.

—En Fort Foureau —contestó Giordino.

—Imposible —murmuró incrédulamente Grimes—. Fort Foureau está a cientos de kilómetros de los lugares en los que se produjeron las intoxicaciones.

—El compuesto viaja por las corrientes de agua subterránea —aclaró Pitt—. Antes de ser capturados, Al y yo echamos un vistazo al interior de las instalaciones. Gran cantidad de desechos nucleares, así como un número de residuos tóxicos diez veces superior al que se incinera, son almacenados en cuevas, desde donde se filtran a las corrientes subterráneas.

—Las organizaciones mundiales de protección medioambiental tienen que enterarse de eso —exclamó Grimes—. El peligro que un vertedero tóxico del tamaño de Fort Foureau supone es incalculable.

—Basta de charla —dijo Hopper—. El tiempo es oro. Hemos de acelerar los planes de fuga para estos hombres.

—¿Y que me dice de ustedes?

—No estamos en condiciones de cruzar el desierto. El trabajo en las minas, unido a la escasez de agua y comida y el sueño acumulado de semanas nos tienen agotados y sin reservas. No lo conseguiríamos. Así que optamos por hacer lo único que podíamos: guardar alimentos y rezar por que llegara alguien en buen estado físico, como ustedes.

Pitt miró a Eva.

—No puedo abandonarla.

—Entonces, quédese y muera con nosotros —replicó bruscamente Grimes—. Es usted la única esperanza de los que estamos en este agujero.

Eva aferró la mano de Pitt.

—Debes irte, y en seguida —rogó—. Antes de que sea demasiado tarde.

—Eva tiene razón —dijo Fairweather—. Cuarenta y ocho horas en las minas, y se acabó. Mírenos. Estamos agotados. Ninguno de nosotros podría recorrer ni cinco kilómetros por el desierto.

Pitt se quedó con la mirada fija en el sucio suelo. ¿Cuánto creen que podremos recorrer Al y yo sin agua?

Llegaríamos veinte o treinta kilómetros más allá que ustedes, eso sería todo.

—Sólo hemos guardado provisiones para un hombre —dijo Hopper—. Decidan quién lo intenta y quién se queda. Pitt meneó negativamente la cabeza.

—Al y yo vamos juntos.

—Dos hombres no llegarán lo bastante lejos para conseguir ayuda.

—¿De qué distancia hablamos? —preguntó Giordino.

—La carretera transahariana se encuentra unos cuatrocientos kilómetros al este de aquí, atravesando la frontera de Argelia —replicó Fairweather—. Después de los primeros trescientos, habrá que confiar en la suerte para el resto del camino.

Una vez en la carretera, podrán detener algún vehículo que pase.

Pitt sacudió la cabeza, como si no hubiera oído bien a Fairweather.

—Creo que me he perdido algo. Ha olvidado explicar cómo se salvan los primeros trescientos kilómetros.

—Cuando lleguen a la superficie, robarán uno de los camiones de O'Bannion, con el que podrán recorrer esa distancia.

—¿No le parece un exceso de optimismo? —preguntó Pitt—. ¿Y si el depósito de gasolina está vacío?

—En el desierto, ningún vehículo tiene el tanque vacío —afirmó tajantemente Fairweather.

—O sea que lo único que tenemos que hacer es salir de aquí, apretar el botón de un ascensor, subir a la superficie, robar un camión y emprender el viaje alegremente —se mofó Giordino—. Pan comido.

Hopper sonrió:

—¿Tienen un plan mejor?

Pitt se echó a reír.

—Para ser sinceros, no tenemos ni un bosquejo.

—Debemos darnos prisa —advirtió Fairweather—. Antes de una hora Melika estará aquí para devolvernos a la mina. Pitt miró en torno.

—¿Todos ustedes cargan y barrenan mineral? Grimes respondió:

—Los prisioneros políticos, entre los cuales nos contamos, cavan y cargan el mineral después de que la roca ha sido barrenada. Los prisioneros comunes trabajan en los niveles en que se tritura la roca y se refina el mineral. También hacen de barreneros. Ninguno de esos pobres diablos dura mucho. Si no vuelan en una de las explosiones, mueren a causa del mercurio y el cianuro que se utilizan para amalgamar y refinar el oro.

—¿Cuántos extranjeros hay en total?

—Del equipo inicial de seis, quedamos cinco. Una fue asesinada por Melika a latigazos.

—¿Una mujer?

Hopper asintió.

—La doctora Marie Victor, una gran mujer y una de las mejores fisiólogas europeas. —La jovial expresión de Hopper se había esfumado—. Fue la tercera muerte desde que llegamos. Melika también asesinó a dos de las esposas de los ingenieros franceses de Fort Foureau. —Hizo una pausa y miró tristemente a la demacrada niña del jergón—. Los niños son quienes más sufren, y no podemos hacer nada por ellos.

Fairweather señaló a un grupo congregado en torno a tres de las literas. Habían cuatro mujeres y ocho hombres. Una de las mujeres sostenía a un bebé contra su pecho.

—¡Dios mío! —susurró Pitt—. Claro, por supuesto. Massarde no iba a permitir que los ingenieros que construyeron Fort Foureau volvieran a Francia y contasen la verdad.

—¿Cuántas mujeres y niños hay en total? —preguntó Giordino.

—El cómputo actual es de nueve mujeres con cuatro niños pequeños —replicó Fairweather.

—¿No te das cuenta, Dirk? —dijo Eva con suavidad—. Cuanto antes huyáis y consigáis ayuda, más vidas salvaréis.

Pitt no necesitó más para convencerse. Se volvió hacia Hopper y Fairweather y dijo:

—Muy bien: escuchemos su plan.

 

 

38

 

Era un plan lleno de lagunas, la maquinación de hombres desesperados con pocos recursos o ninguno, esquemático hasta lo indecible; pero al mismo tiempo, era lo bastante descabellado como para tener éxito.

Una hora más tarde, Melika y sus guardas entraron en la mazmorra subterránea y obligaron a los obreros esclavos a formar en la cámara principal antes de dirigirse a sus puestos en las galerías. A Pitt le pareció que la negra encontraba un sádico placer en lanzar su látigo a diestro y siniestro sobre la indefensa masa de carne humana, maldiciendo y maltratando por igual a hombres y mujeres que parecían recién salidos de ataúdes.

—Esa bruja no se cansa de regalar cicatrices a los desvalidos —dijo Hopper entre dientes.

—Melika significa reina, y ella misma se dio el nombre —explicó Grimes a Pitt y Giordino—. Pero nosotros la llamamos la malvada bruja del oeste, porque fue matrona en una prisión femenina de Estados Unidos.

Pitt murmuró:

—Si ahora les parece desagradable, aguarden a que descubra las vagonetas que Al y yo cubrimos con una capa de rocas.

Flanqueado por Giordino y Hopper, Pitt tomó a Eva por la cintura y la condujo hacia el exterior. Melika reconoció a Pitt y fue hasta él, se detuvo y luego miró amenazadoramente a Eva. La capataz sonrió, sabiendo que no lograría enfurecerlo golpeándolo a él; pero sí descargando el látigo contra Eva.

Alzó el brazo para hacerlo, pero Giordino se interpuso, y el látigo produjo un estremecedor sonido al golpear contra el tenso bíceps del hombre.

Salvo por el rojo verdugón que se formó en su brazo y del que comenzó a rezumar sangre, Giordino no manifestó ninguna reacción ante un golpe que hubiera dejado gimiendo de dolor a cualquier hombre normal. Sin un parpadeo, dirigió a Melika una fría mirada.

—Creí que tenía más fuerza —dijo Giordino.

Un mortal silencio se hizo entre los trabajadores, que contuvieron el aliento en espera de la tormenta que indudablemente iba a producirse. Pasaron cinco segundos, en los que pareció que el tiempo se hubiera congelado. Melika permaneció estupefacta ante el inesperado alarde de arrogancia, hasta que al fin comenzó a enrojecer de pura ira. Incapaz de afrontar el ridículo, reaccionó como una osa herida, y alzó el brazo para descargar de nuevo el látigo contra Giordino.

—¡Quieta! —gritó una imperiosa voz desde la puerta. Melika giró en redondo. Selig O'Bannion se encontraba en el umbral de la mazmorra, un gigante entre pigmeos. La mujer mantuvo el látigo en el aire unos momentos antes de bajarlo, dirigiendo a O'Bannion una furiosa mirada de humillación. Sus ojos eran rojos tizones de resentimiento, como los de un matón callejero amonestado frente a sus víctimas por el policía del barrio.

—No hagas nada contra Pitt y Giordino —ordenó O'Bannion—. Los quiero vivos durante el mayor tiempo posible, de modo que puedan transportar a los otros a la cámara mortuaria.

—¿Y qué gracia le encuentra a eso?

O'Bannion rió suavemente.

—Doblegar físicamente a Pitt me produciría una satisfacción minúscula —afirmó—. Convertir su mente en una temblorosa gelatina será una feliz experiencia para los dos. Quiero que, durante los próximos diez turnos, su trabajo sea el más ligero.

De muy mala gana, Melika inclinó obedientemente la cabeza. O'Bannion se montó en una locomotora y partió en un recorrido de inspección por las galerías.

—¡Fuera, maldita escoria! —gruñó la negra, alzando el ensangrentado látigo por encima de su cabeza.

Pitt sostuvo a Eva, que apenas era capaz de tenerse en pie, y la condujo hasta el lugar donde los trabajadores se estaban congregando.

—Al y yo conseguiremos escapar —prometió a la mujer—. Pero tú debes aguantar hasta que regresemos con una fuerza armada para rescatarte a ti y a todos estos pobres desgraciados.

—Ahora tengo una razón para vivir —dijo suavemente Eva—. Te esperaré.

Pitt la besó suavemente en los labios y en las magulladuras del rostro. Luego se volvió hacia Hopper, Grimes y Fairweather, que habían formado un cerco protector en torno a ellos.

—Cuídenla.

—Lo haremos —aseguró Hopper.

Fairweather se acercó a Pitt y le dijo:

—Preferiría que se atuviera a nuestro plan original. Esconderse en una de las vagonetas que suben hacia la planta procesadora es más seguro que lo que usted propone.

Pitt sacudió la cabeza.

—Tendríamos que pasar por el nivel de trituración del mineral, y luego por las áreas de refinado y recuperación antes de llegar a la superficie. Las posibilidades estarían en nuestra contra. Me parece mucho más práctico subir en el ascensor privado hasta las oficinas de los ingenieros.

—Si hay opción entre escabullirse por la puerta trasera o salir pavoneándose por la delantera, él siempre escogerá la ostentación —se quejó Giordino.

—¿Tiene usted una idea aproximada del número de guardas armados? —Pitt dirigió la pregunta a Fairweather porque el jefe de safaris llevaba en las minas más tiempo que Hopper y los suyos.

—¿Una idea aproximada? —Fairweather caviló unos instantes—. Entre veinte y veinticinco. Los ingenieros también van armados y he contado seis, además de O'Bannion.

Grimes pasó dos pequeños envases a Giordino, que los escondió bajo su desgarrada camisa.

—Es toda el agua que hemos podido recoger. Todos han dado parte de su ración. Sólo hemos conseguido algo menos de dos litros. Lamento que no sea más.

Insólitamente emocionado por el sacrificio, Giordino puso ambas manos sobre los hombros de Grimes.

—Lo agradecemos en lo que vale. Muchas gracias.

—¿Y la dinamita? —preguntó Pitt a Fairweather.

—Aquí está —dijo Hopper, pasando a Pitt un pequeño cartucho explosivo con un fulminante—. Uno de los barreneros lo sacó escondido en un zapato.

—Dos últimas cosas —dijo Fairweather—. Una lima para romper sus cadenas, robada por Grimes de la caja de herramientas de una locomotora. Y un plano de las galerías, en el que están indicados los emplazamientos de las cámaras de vigilancia. En la parte de atrás he dibujado un tosco mapa de la región que deberán cruzar hasta que lleguen a la carretera transahariana.

—Si alguien conoce el desierto, ése es Ian —afirmó Hopper.

—Se lo agradezco —dijo Pitt, cuyos ojos, cosa rarísima en él, comenzaban a humedecerse—. Haremos todo lo posible para regresar con ayuda.

Hopper pasó su enorme brazo sobre los hombros de Pitt.

—Nuestros corazones y nuestras plegarias los acompañarán. Fairweather le estrechó la mano.

—Recuerde que deben sortear las dunas. No intenten cruzarlas: se quedarían atascados y morirían.

—Buena suerte —se limitó a decir Grimes. Un guarda se aproximó para separar a Pitt y Giordino del resto con la culata de su fusil. Sin hacerle caso, Pitt se inclinó y dio a Eva un beso de despedida.

—No te olvides —dijo—. Tú, y yo, y la bahía de Monterrey.

—Me pondré mi mejor vestido —sonrió valerosamente Eva.

Antes de que Pitt pudiera decir más, el guarda lo apartó de

un empujón. Al llegar al túnel de salida, el hombre se volvió

para hacer una última seña de despedida, pero ella y los otros

se habían perdido ya entre la masa de trabajadores y guardas.

 

El guarda condujo a Pitt y Giordino a la galería en la que habían estado cargando mineral unas horas antes, y allí los dejó. Sobre las vías había otro tren de vagonetas vacías, y en el suelo un nuevo montón de rocas recién excavadas.

—Yo haré ver que estoy compitiendo por el premio de empleado del mes mientras tú trabajas en tus cadenas fuera del campo que cubre la cámara —dijo Pitt.

El hombre comenzó a echar rocas en las vagonetas mientras Giordino atacaba sus cadenas con la lima que Grimes le había facilitado.

Por suerte, el hierro era viejo y de calidad ínfima. La lima mordió rápidamente los eslabones, y Giordino deslizó la rota cadena por los aros de sus grilletes, liberando brazos y

piernas.

—Te toca —dijo.

Pitt apoyó su cadena en el borde de una vagoneta y se puso a la tarea. En menos de diez minutos ya había conseguido limar uno de los eslabones.

—Más tarde nos ocuparemos de los grilletes, pero al menos ya podemos bailar y batir palmas.

Giordino hizo girar la cadena por encima de su cabeza, como el rotor de un helicóptero.

—¿Quién se ocupa del guarda, tú o yo?

—Tú —replicó Pitt, volviendo a pasar por sus grilletes la cadena rota—. Yo lo engañaré.

Media hora más tarde el crujido de la grava anunció la proximidad del guarda. Pitt arrancó el cable de alimentación de la cámara de televisión. Esta vez, los guardas que aparecieron doblando el recodo fueron dos, ambos tuaregs, que avanzaban cada uno por un lado de las vías, con los fusiles en posición de disparo. A través de las aberturas de los lithams, los ojos parecían fríos e implacables.

—Se acercan dos —susurró Giordino—. Y no parece que vengan a hacernos una visita amistosa.

El guarda de la derecha se acercó a Pitt y lo golpeó en el pecho con la punta de su fusil, para hostigarlo. La única reacción del norteamericano fue un ligero alzamiento de cejas.

—Cómo me alegro de veros —dijo Pitt, sonriendo mansamente al tiempo que retrocedía un paso.

Era imprescindible moverse con celeridad, antes de que los guardas advirtieran que estaban a punto de ser atacados. Apenas terminó de hablar, Pitt dio un manotazo al arma, que se soltó de la mano del guarda. Luego, con impecable puntería, lanzó una piedra, que alcanzó al tuareg en plena frente. El guarda cayo cuan largo era sobre las vías.

Durante un instante que se hizo eterno, el segundo tuareg miró con incredulidad a su compañero caído. En Tebezza jamás se había dado el caso de que un trabajador esclavo atacase a un vigilante, y la sorpresa lo dejó ofuscado por unos momentos. Luego, comprendiendo que su vida estaba en peligro, salió del ensalmo y alzó el arma para disparar.

Pitt se lanzó al suelo, tendiendo desesperadamente los brazos hacia el fusil del guarda caído. Por el rabillo del ojo vio como una cadena igual que la cuerda de saltar de una niña pasaba por encima de la cabeza del tuareg, y luego a su amigo agarrotando con ella la garganta del guarda. Los poderosos brazos de Giordino alzaron del suelo al tuareg, que pataleaba furiosamente en el aire. El arma cayó sobre las vías mientras su propietario, en un vano intento de soltarse, atenazaba la cadena que estaba ahogándolo.

Cuando el pataleo se hubo reducido a un leve temblor, Giordino soltó la cadena y el guarda, a sólo dos jadeos de la muerte, cayó al suelo junto a su compañero inconsciente. Después, Giordino recogió el arma y dirigió su cañón hacia el fondo de la galería.

—Hemos sido muy benévolos al no matarlos —murmuró.

—Es sólo una suspensión temporal de la condena —dijo Pitt—. Cuando Melika sepa que nos han dejado escapar, estos dos se encontrarán trabajando codo con codo con la gente a la que han maltratado y torturado.

—No podemos dejarlos aquí, para que los vea el primero que llegue.

—Mételos en una vagoneta y cúbrelos con rocas. No tardarán menos de dos horas en despertarse, y para entonces nosotros ya

estaremos viajando por el desierto

—Siempre que el técnico no se dé excesiva prisa en venir a reparar la cámara.

Mientras Giordino escondía a los guardas, Pitt consultó el plano de las galería que Fairweather había dibujado. Sin una brújula, volver sobre sus pasos hasta el ascensor privado de los ingenieros fiándose sólo de la memoria era imposible, habida cuenta el dédalo de túneles y galería que se abrían en todas direcciones.

Tras dar por finalizada su tarea, Giordino cogió los fusiles automáticos y los estudió.

—Bonitos ejemplares —comentó—. Calibre cinco cincuenta y seis milímetros, de fabricación francesa, para uso militar, todo plástico y fibra de vidrio.

—De ser posible, abstengámonos de disparar —recomendó Pitt—. Hemos de ser discretos, si no queremos que Melika se entere antes de tiempo.

Una vez fuera de la galería a la que estaban destinados, se dirigieron hacia el extremo del túnel principal, teniendo buen cuidado de eludir las cámaras marcadas en el mapa de Fairweather. Avanzaron cincuenta metros, hasta llegar a otra caverna, sin que nadie les diera el alto ni los atacara. En aquel primer tramo de su fuga, estuvieron totalmente solos.

Siguieron las vías que, partiendo del ascensor, horas antes habían recorrido hacia el interior de la mina deteniéndose en cada cruce para que Pitt consultara el mapa. Cada segundo perdido parecía durar años.

—¿Tienes idea de dónde estamos? —preguntó Giordino en un susurro.

—Ojalá hubiese ido dejando un reguero de miguitas de pan al entrar —dijo Pitt, sosteniendo el mapa junto a una polvorienta bombilla.

De pronto, sonó el traqueteo de unas ruedas metálicas sobre los rieles, anunciando la proximidad de un tren de mineral que avanzaba desde la parte posterior del túnel.

—Llega carga —anunció Giordino.

Pitt señaló hacia una fisura natural de la roca situada a diez

metros, al otro lado de las vías. —Metámonos ahí hasta que pase.

Se lanzaron hacia la fisura y, de pronto, se pararon en seco. Por la abertura salía una terrible pestilencia, un hedor insoportablemente nauseabundo. No sin enorme aprensión, se introdujeron por la grieta hasta llegar a una gran cámara. Pitt tenía la sensación de entrar en una húmeda catacumba. La cámara estaba totalmente a oscuras, pero el norteamericano tanteó la pared hasta encontrar un interruptor eléctrico. Una luz fantasmal iluminó la inmensa caverna.

Aquello era una catacumba, un cementerio subterráneo. Habían tropezado con la cámara mortuoria en la que O'Bannion y Melika almacenaban los cadáveres de los trabajadores que habían sido apaleados, subalimentados y obligados a trabajar hasta reventar. Para ellos, la muerte había sido un piadoso indulto. A causa de la sequedad del aire, los cuerpos apenas estaban descompuestos. Los enterramientos se habían hecho sin la menor ceremonia. Los rígidos cuerpos estaban amontonados como leños, en pilas de a treinta. Era una visión espantosa, macabra, contra natural.

—Dios bendito —murmuró Giordino—. Aquí dentro debe de haber más de mil fiambres.

Pitt notó cómo la ira le iba invadiendo.

—Muy práctico —dijo entre dientes—. Así O'Bannion y Melika no tienen que molestarse en cavar tumbas.

Ante los ojos de Pitt pasó una visión esternecedora. Eva, el doctor Hopper y los demás estaban amontonados como aquellos cadáveres, con los ciegos ojos fijos en el techo de rocas. Cerró los párpados, pero la imagen permaneció.

Sólo cuando el tren de mineral pasó traqueteando ante la entrada de la cripta logró Pitt librarse de la terrible visión. Al hablar, lo hizo con una voz tan ronca que le costó reconocer como propia.

—Vayamos hacia arriba.

Mientras el sonido del tren se alejaba, los dos hombres se asomaron por la fisura de la catacumba, cerciorándose de que no había guardas a la vista. El túnel estaba desierto. Corrieron hacia una galería lateral que, según el mapa de Fairweather, era un atajo hacia el ascensor de los ingenieros. Y entonces tuvieron un increíble golpe de suerte. La galería, que estaba encharcada por el agua, tenía el suelo cubierto por un enrejado de madera. Pitt arrancó una de las placas del enrejado y miró casi entusiasmado el charco bajo ella.

—Barra libre —dijo—. Bebe hasta hartarte, así podremos reservar el agua que nos dio Hopper.

—No hacía falta que me lo dijeras —Giordino se arrodilló y, haciendo cuenco con las manos, comenzó a beber la fresca agua.

Bebieron hasta saciarse y, cuando estaban volviendo a colocar el enrejado de madera, a sus espaldas, escucharon rumor de voces y entrechocar de cadenas provinentes del fondo del túnel.

—Se acerca un grupo de trabajo —murmuró Giordino.

Prosiguieron apresuradamente sintiéndose refrescados y optimistas. Un minuto después llegaron a la puerta de hierro que conducía al ascensor. Giordino metió en el ojo de la cerradura el cartucho de dinamita y conectó el fulminante. Luego retrocedió, mientras Pitt cogía una piedra y la lanzaba contra el fulminante. Falló.

—Imagina que estás en una caseta de feria e intentas ganar una botella de champán —sugirió Giordino.

—Esperemos que la detonación no alerte a los guardas ni al ascensorista —dijo Pitt, recogiendo otra piedra.

—Creerán que es el eco de un barreno.

Esta vez, el lanzamiento de Pitt fue atinado. Alcanzó el fulminante, que hizo detonar la dinamita. Sonó una ahogada explosión al tiempo que la cerradura se soltaba. Los dos hombres se lanzaron hacia la puerta, la abrieron y pasaron al corto pasillo que conducía hasta el ascensor.

—¿Y si para llamar al ascensor hay una clave especial? —preguntó Giordino.

—Es un poco tarde para pensar en eso —gruñó Pitt—. Tendremos que usar nuestra propia clave.

Se adelantó hasta el ascensor, pensó unos momentos y luego apretó el botón de llamada una vez, luego dos, después tres y, tras una pausa, otras dos.

A través de la puerta, escucharon chasquidos de interruptores y el zumbido del motor eléctrico. La cabina comenzó a descender desde un nivel superior.

—Debes de ser adivino —dijo Giordino, sonriendo.

—Confié en que, salvo una llamada continua, cualquier combinación serviría.

Al cabo de medio minuto cesó el zumbido y las puertas se descorrieron. El ascensorista, que iba provisto de un arma, miró hacia fuera y no vio a nadie. Asomó la cabeza con curiosidad y fue noqueado en la nuca con la culata del fusil de Pitt. Rápidamente, Giordino arrastró al ascensorista al interior de la cabina. Luego Pitt cerró las puertas.

—Todos a bordo para un trayecto sin escalas hasta las oficinas —anunció Pitt, apretando el botón superior del panel.

—¿No haremos una excursión por las zonas de trituración y refinado?

—Sólo si insistes.

—Paso —gruñó Giordino, mientras la cabina comenzaba su ascenso.

Los dos hombres permanecieron codo con codo en el reducido ascensor, observando el parpadeo de las luces indicadoras sobre el panel de botones al tiempo que se preguntaban si no serían recibidos por un ejército de tuaregs dispuestos a convertirlos en sendos coladores. Cesó el zumbido y el ascensor se detuvo con suavidad.

Pitt aprestó su arma e hizo señas a Giordino.

—Preparado.

Al abrirse la puerta, nadie los recibió con una lluvia de balas por el corredor caminaban un ingeniero y un guarda, bien era cierto, pero iban de espaldas al ascensor y absortos en su charla.

—Da la sensación de que quieren que nos vayamos —murmuró Giordino.

—No tientes a la suerte —dijo secamente Pitt—. Aún no hemos escapado.

Como no había donde esconder al ascensorista, Pitt oprimió el botón del nivel más bajo y lo envió hacia las profundidades dentro de la cabina. Siguieron al guarda y al ingeniero, manteniéndose fuera de su vista, hasta que los dos hombres de O'Bannion desaparecieron por una de las viejas puertas de madera labrada.

El corredor estaba tan desierto como cuando los guardas los condujeron por él menos de cuarenta y ocho horas antes. Con las armas enfiladas hacia delante, avanzaron en paralelo hasta llegar al túnel que daba a la galería en la que estaban aparcados los camiones. La entrada estaba vigilada por un tuareg sentado en una silla plegable. Como no esperaba problemas de las oficinas ni de los alojamientos de los ingenieros, el hombre estaba fumando una pipa mientras leía el Corán.

Pitt y Giordino se detuvieron para tomar aliento y miraron hacia atrás, por donde habían venido. No había nadie a sus espaldas. Se volvieron para inspeccionar el tramo final de su huida. Eran cincuenta metros de terreno abierto, y no se veían indicios de cámaras de vigilancia.

—Yo corro más que tú —susurró Pitt, al tiempo que entregaba su arma a Giordino—. Si el guarda me descubre antes de que llegue a su altura, Túmbalo de un tiro.

—Pero no te interpongas en mi línea de fuego —recomendó Giordino.

Pitt se quitó las botas y se acuclilló, en posición de salida de velocista, afianzando firmemente los pies en el suelo de roca. Luego se lanzó a la carrera. Pitt sabía que estaba corriendo un terrible riesgo. Aunque sus pies, cubiertos sólo por los calcetines, apenas hacían ruido, las condiciones acústicas del túnel amplificaban el sonido de sus pisadas. El guarda no lo oyó hasta que Pitt hubo recorrido cuarenta metros. Entonces el tuareg se volvió y, estupefacto y sin poder reaccionar, contempló como un obrero esclavo cargaba contra él. La lentitud de reflejos del centinela supuso la salvación de Pitt. El cañón de la ametralladora comenzaba a alzarse en el momento en que el cuerpo de Pitt hizo impacto contra el del guarda, cuyos ojos se abrieron como platos en una expresión de incredulidad que se convirtió en agónica cuando su cabeza chocó contra la pared de roca. Luego cayó en redondo, perdiendo el sentido.

Pitt permaneció en el suelo junto al inconsciente tuareg por unos instantes tumbado de espaldas e intentando recuperar el aliento. Giordino se aproximó y le dirigió una mirada.

—La carrera no ha estado mal para un casi cuarentón —dijo, tendiendo la mano y ayudando a Pitt a levantarse.

—En mi vida volveré a intentar algo así —prometió Pitt—. Jamás de los jamases.

De nuevo en pie, se calzó las botas que su amigo le tendía, y echó una mirada a la larga galería subterránea. Junto al estrecho túnel que conducía al desfiladero había aparcados dos camiones «Renault». Luego miró al tuareg en el suelo y dijo a Giordino:

—Tú que eres joven y fuerte, llévalo al camión más próximo y échalo en la parte trasera. Nos lo llevamos. Si aparece alguien y nota su ausencia, creerá que se aburrió, dejó su puesto y se fue a dar un paseo.

Con toda facilidad, Giordino se echó el guarda al hombro y lo depositó en la trasera del primer camión, al tiempo que Pitt montaba en la cabina y verificaba los instrumentos del salpicadero. No había llave de encendido, pero el mando de contacto funcionó sin ella. Como Fairweather había pronosticado, la aguja de la gasolina señalaba completo. Hizo girar del todo el contacto y el motor cobró vida inmediatamente.

—¿Hay reloj en el salpicadero? —preguntó Giordino. Tras un rápido vistazo, Pitt negó con la cabeza.

—Este es un modelo barato, sin accesorios extras. ¿Por qué lo preguntas?

—Los malditos tuaregs se quedaron con mi reloj, y he perdido el sentido del tiempo.

Pitt se quitó una bota y sacó su reloj sumergible Doxa de su escondite bajo la suela. Tras colocárselo en la muñeca, mostró la esfera a Giordino.

—Es la una y veinte de la noche.

—No hay nada como madrugar.

Pitt metió primera, fue soltando el embrague y enfiló el camión hacia el túnel de salida, avanzando a paso de tortuga de modo que el sonido del escape no anunciase su proximidad a quienes pudieran estar al otro extremo del túnel.

Las paredes casi rozaban los costados del camión, pero a Pitt le importaba muy poco rayar la pintura. Lo que sí le preocupaba era el ruido de los rasponazos, que podía delatar su presencia.

Una vez fuera, en el angosto desfiladero, cambió de marcha, pisó a fondo el acelerador y encendió los faros. El «Renault» salió disparado por el fondo del barranco, botando sobre el terreno y dejando tras de sí una densa estela de polvo.

Pitt recordaba la ubicación de los tramos de arena suelta en los que el camión se había atascado durante la ida. Cuando lo obligaron a bajarse para empujar, tomó mentalmente nota de los detalles del terreno circundante, y ahora conducía el camión decididamente y a toda marcha, pasando como una exhalación sobre tramos en los que, de ir más despacio, las ruedas habrían encallado.

No se deleitó olfateando el aroma de libertad en que se había convertido para él el frío aire nocturno, ni se entretuvo en echar un vistazo a las estrellas. Cada kilómetro que lograran poner entre ellos y sus perseguidores era de oro, cada minuto precioso. Condujo como un endemoniado, forzando el camión hasta sus límites máximos.

Giordino ni se quejó ni le pidió que fuera más despacio. Con absoluta fe en Pitt, apoyó los pies contra el salpicadero, y se agarró al fondo de su asiento, soportando el traqueteo con los dientes apretados y la mirada fija en las apenas discernibles huellas de rodadas que avanzaban por entre las paredes del cañón.

De pronto, los faros alumbraron terreno abierto y el camión se encontró en pleno desierto. Sólo entonces miró Pitt hacia el firmamento, localizó la estrella polar, y enfiló el camión hacia el oeste.

Habían cruzado el punto sin regreso, en una intentona suicida cuyas posibilidades de éxito eran tan remotas que el fracaso parecía asegurado. Pero Pitt estaba dispuesto a todo. No se detendrían hasta encontrar agua o ayuda.

Ante ellos aguardaban cuatrocientos kilómetros de desierto, retadores, ominosos y mortíferos. La carrera para sobrevivir había comenzado.

 

 

39

 

Durante las cinco horas de oscuridad que quedaban, Pitt condujo el camión por un impresionante mar de arena en el que no parecía que transcurriera el tiempo. Aquélla era una región sin términos medios, de noches gélidas y días abrasadores, donde la potencia de los rayos solares era aumentada por la diáfana atmósfera y la arena asfixiante. Parecían encontrarse en un universo distinto.

Recorrían una parte del Sáhara llamada el Tanezrouft, doscientos mil kilómetros cuadrados de tierra grotescamente inhóspita sólo quebrada por unas cuantas escarpaduras y algún ocasional mar de dunas, que se desplazaban inexorablemente a través de la planicie, como fantasmales ejércitos de espectros cubiertos por blancos sudarios.

Aquello era el desierto puro y duro, sin una sola brizna de vegetación.

Y, sin embargo, había vida. La luz de los faros revelaba mariposas revoloteando en el aire de la noche. Un par de cuervos, los basureros del desierto, alzaron el vuelo ante la presencia del camión y se alejaron entre graznidos. Grandes escarabajos negros corrían por las dunas huyendo de los neumáticos, al igual que algún que otro escorpión o lagarto.

A Pitt no dejaba de intimidarle el vacío circundante, los centenares de kilómetros que les quedaban por recorrer, el hambre, la sed y las privaciones que seguramente los esperaban. Su único consuelo era el implacable funcionamiento del motor del «Renault», que no había tenido ni un problema desde que abandonaron las minas. Su doble tracción les permitió salvar zonas de terreno blando en las que Pitt tuvo la casi certeza de que se atascarían. En cuatro ocasiones se vio obligado a remontar en primera inclinados taludes de arena suelta, o a remontar barreras aparentemente insalvables; pero el recio «Renault» superó gallardamente todas las pruebas.

Ni una vez se detuvieron para estirar las piernas. Ya andarían bastante cuando abandonaran el camión. Incluso hicieron sus necesidades sin detenerse.

—¿A qué distancia estamos de Tebezza? —preguntó Giordino. Pitt echó un vistazo al odómetro.

—A ciento dos kilómetros.

Giordino lo miró recelosamente.

—O has tomado un atajo equivocado, o vamos en círculos. A estas alturas ya deberíamos llevar lo menos doscientos kilómetros. A no ser que estemos perdidos, claro.

—No: seguimos el rumbo correcto —dijo Pitt con seguridad—. La culpa es de las indicaciones de Fairweather, que nos dio las distancias a vuelo de pájaro. Y los pájaros no necesitan, como nosotros, dar rodeos de cuarenta kilómetros para eludir barrancos o sortear dunas.

Giordino se removió, incómodo.

—Te extrañará, pero la idea de tener que caminar por tierra de nadie cien kilómetros más de lo que pensábamos no acaba de gustarme.

—No es una perspectiva agradable —estuvo de acuerdo Pitt. —Pronto se hará de día y perderemos la orientación de las estrellas.

—No la necesitamos. Acabo de recordar las instrucciones del Manual de supervivencia del ejército sobre cómo hacer una brújula rudimentaria.

—Me alegra saberlo —bostezó Giordino—. ¿Cómo andamos de combustible?

—Queda algo más de medio depósito.

Giordino se dio la vuelta y miró hacia el tuareg que permanecía maniatado en la plataforma del camión.

—Nuestro amigo no parece nada contento.

—Aunque aún no lo sabe, es nuestro seguro para evadir la persecución —replicó Pitt.

—Tú y tu malévolo cerebro, siempre maquinando.

Pitt miró brevemente a la luna en menguante. La hubiese preferido llena, pero agradecía la escasa luz con que alumbraba el desolado terreno. Cambió de marcha y forzó la vista para escrutar el suelo desigual que revelaban los faros. Luego, súbitamente, el desierto se alisó y comenzó a brillar como si lo poblaran millares de luciérnagas.

Acababan de entrar en un inmenso lago seco cuyos depósitos cristalinos reflejaban como irisados prismas la luz de los faros. Pitt puso la directa y disfrutó de la reconfortante sensación que producía correr por una superficie firme y lisa a casi noventa kilómetros por hora.

El desierto parecía extenderse hasta el infinito y las primeras estrellas de la mañana iban cayendo bajo el horizonte como si el mundo fuese plano y su borde se hubiera roto. El cielo parecía cerrarse en torno a ellos como las cuatro paredes de una pequeña alcoba. Una agobiante sensación de desorientación se apoderó de Pitt. Sin embargo, seguía en el mismo paralelo que pasaba sobre La Habana, en Cuba, así que la Osa Mayor continuaba sobre el horizonte. La Estrella Polar era su constante referencia para localizar una estrella que marcase el este e ir en esa dirección.

Las horas transcurrieron monótonamente, y el lago de cristal dio paso a una zona de montículos pedregosos. Pitt jamás había experimentado una sensación de monotonía tan agobiante. El único alivio era un pequeño monte situado a su izquierda que se alzaba como una isla en el centro de un mar árido e inmenso.

Giordino se puso tras el volante cuando el sol surgió por el horizonte como disparado por un cañón, colocándose en lo alto, donde parecería permanecer inmóvil durante toda la jornada hasta desplomarse como una piedra al anochecer. En el desierto las sombras, o se alargaban hasta perderse en la distancia, o no existían. No había término medio.

Una hora después del amanecer, Pitt hizo que Giordino detuviera el camión, se apeó y buscó en la trasera hasta encontrar un trozo de tubería de casi un metro de largo. Bajó al suelo y lo hundió en la arena hasta que se mantuvo vertical. Pitt cogió dos piedras y colocó una al extremo de la sombra que arrojaba el tubo.

Desde la sombra del camión, y tras observar los movimientos de su amigo, Giordino preguntó:

—¿Qué haces? ¿Construir la brújula del pobre?

—Fíjate en el maestro, y aprende.

Pitt fue junto a Giordino y, tras unos doce minutos de espera, marcó con la segunda piedra la distancia recorrida por las sombras. A continuación trazó una línea recta entre ambas marcas, y la extendió medio metro más allá. Luego se colocó con la punta del pie izquierdo tocando la primera roca, y la del pie derecho en el extremo de la línea. Alzó el brazo izquierdo, señaló hacia delante y anunció:

—El norte está por ahí. —Luego alzó lateralmente el brazo derecho—. Y por ahí, el este y la carretera transahariana.

Giordino se acercó a Pitt y, poniéndose tras su brazo derecho extendido, miró más allá de éste y anunció:

—En esa dirección hay una duna que podemos usar corno referencia.

Siguieron adelante, repitiendo la maniobra a cada hora. A eso de las nueve comenzó a soplar un viento del sureste, el cual arremolinó la arena en nubes que reducían la visibilidad a menos de doscientos metros. Llegadas las diez, el sofocante viento había aumentado y penetraba en la cabina del camión, pese a que los cristales de las ventanillas estaban subidos. Agitados por el viento, los remolinos de arena giraban en el aire como enloquecidos derviches.

El mercurio del termómetro subía y bajaba a saltos de can

guro. Aquel día la temperatura se elevó de quince a treinta y

cinco grados centígrados en tres horas, alcanzando su cenit

—cuarenta y seis grados— en el momento más caluroso de la

tarde. Pitt y Giordino tenían la sensación de conducir por el inte-

rior de un horno. Sólo la brisa generada por la rápida marcha del

camión a través del árido desierto, les procuraba algún alivio.

La aguja del indicador de temperatura permanecía constan

temente a un milímetro de la zona roja que marcaba el punto

de ebullición, pero del radiador no salía vapor alguno. Ahora se detenían cada treinta minutos, y Pitt repetía la maniobra para orientarse a la precaria luz que se filtraba entre las nubes de arena.

Abrió uno de los envases de agua y lo ofreció a Giordino.

—Hora de refrescarse el gaznate.

—¿Cuánto? —preguntó Giordino.

—La mitad. Nos bebemos medio litro cada uno, y dejamos un litro para mañana.

Manejando el volante con las rodillas, Giordino se echó al coleto su parte de agua y luego devolvió la botella a Pitt.

—A estas alturas, O'Bannion ya debe de haber enviado a su jauría a perseguirnos.

—Dado que ellos van en camiones como éste, poco pueden acercársenos, a no ser que lleven al volante a un campeón de Fórmula Uno. La única ventaja es que ellos llevan reservas de combustible que les permitirán continuar la persecución después de que nuestro camión se quede seco.

—¿Cómo no se nos ocurrió cargar reservas?

—No había bidones de combustible en las cercanías del estacionamiento de camiones. Lo miré. Los deben de tener en otra parte, y no había tiempo para registros.

Reduciendo la marcha para remontar una pequeña duna, Giordino comentó:

—Quizá O'Bannion mande un abejorro a por nosotros.

—Sólo puede conseguir un helicóptero de Fort Foureau o pedírselo a los militares, y sospecho que a los últimos a quienes O'Bannion quiere recurrir es a Kazim y Massarde. Ese irlandés sabe la poquísima gracia que les hará a sus dos compinches enterarse de que sus enemigos públicos número uno y dos han logrado huir a las pocas horas de ser confiados a su tierna y amorosa custodia.

—¿Crees que O'Bannion y los suyos nos cazarán antes de que logremos cruzar la frontera de Argelia?

—Para una persecución, una tempestad de arena implica las mismas dificultades que una de nieve. —Pitt señaló con el pulgar hacia su espalda—. No quedan huellas.

Giordino miró por el retrovisor lateral y vio cómo el viento azotaba la arena por la que el camión acababa de pasar, borrando las rodadas. El vehículo avanzaba por el mar del desierto como un barco sin estela. El hombre se retrepó en su asiento y lanzó un suspiro de satisfacción.

—Entonces, la vida es bella.

—No te olvides tan de prisa de O'Bannion. Si ellos llegan a la carretera transahariana antes que nosotros y comienzan a patrullarla de arriba abajo hasta que aparezcamos, se acabó la función.

Pitt acabó el agua de la botella y la tiró a la trasera del camión, donde el tuareg, recuperada la conciencia, permanecía acurrucado en un rincón de la caja, mirando con ojos muy abiertos a los ocupantes de la cabina.

—¿Cuánta gasolina queda? —preguntó Pitt.

—Unas gotas.

—Ha llegado el momento de efectuar una maniobra de despiste. Da media vuelta, enfila el camión hacia el oeste, y para.

Giordino hizo exactamente lo que su amigo le pedía y, completada la maniobra, pisó el freno.

—¿Y ahora a pie?

—Y ahora a pie. Pero antes, pongamos al guarda delante y registremos el camión en busca de cualquier cosa útil, como trapos con los que cubrirnos la cabeza para evitar la insolación.

Una extraña combinación de temor y odio ardía en los ojos del guarda mientras lo colocaban en el asiento delantero. Hicieron jirones su túnica y su tocado para atarlo fuertemente de modo que no llegara a tocar el volante con las manos ni los pedales con los pies.

Del registro del camión sólo obtuvieron la recompensa de unos trapos manchados de aceite y un par de toallas que Pitt y Giordino convirtieron en turbantes. Los fusiles quedaron enterrados en la arena. Luego Pitt inmovilizó el volante, de modo que las ruedas permaneciesen rectas, puso segunda y se tiró del camión. El fiel «Renault» saltó hacia delante llevándose a su inmovilizado pasajero en dirección a Tebezza. El traqueteante vehículo no tardó en perderse entre una nube de arena.

—Le das más posibilidades de sobrevivir de las que él nos hubiera dado a nosotros —protestó Giordino.

—Quizá sí, quizá no —replicó ambiguamente Pitt.

—¿Cuánto crees que tendremos que caminar?

—Unos ciento ochenta kilómetros —replicó Pitt, como quien habla de un breve paseo.

—Y todo eso, con un solo litro de agua —rezongó Giordino. Tras dirigir una mirada melancólica a las turbulentas arenas que tenía ante sí, anunció—: Mi pobre osamente terminará blanqueándose bajo el sol del desierto.

—Míralo por el lado bueno —recomendó Pitt, ajustándose el tosco turbante—. Puedes respirar aire puro, disfrutar del silencio, comunicarte con la naturaleza. Nada de contaminación, ni tráfico, ni muchedumbres... ¿Qué podría ser más tonificante para el alma?

—Una cerveza fría, una hamburguesa, y un buen baño —suspiró Giordino.

Pitt alzó cuatro dedos.

—En cuatro días lograrás todos tus deseos.

—¿Qué tal se te da la supervivencia en el desierto? —preguntó esperanzadamente Giordino.

—Cuando tenía doce años y era Boy Scout, pasé un fin de semana en el desierto del Mojave.

Giordino meneó la cabeza lóbregamente.

—Entonces, no hay por qué preocuparse.

Pitt volvió a hacer su maniobra de orientación y luego, usando como bastón el trozo de tubería, hizo frente al viento y la arena y echó a andar en dirección a lo que previamente había establecido como el este. Giordino lo siguió, agarrando con una mano el cinturón de Pitt para no separarse y perderse entre la inmensa nube de arena que de pronto los había rodeado.

 

 

40

 

La reunión a puerta cerrada en el edificio de la ONU comenzó a las diez de la mañana y se prolongó hasta bien pasada la medianoche. Veinticinco de los más destacados oceanógrafos y meteorólogos del mundo, junto con otros treinta biólogos, toxicólogos y expertos en contaminación, escucharon las breves palabras de presentación de Hala Kamil y luego al almirante Sandecker, quien dio el pistoletazo de salida a las conversaciones al revelar el alcance del desastre ecológico.

Luego Sandecker presentó al doctor Darcy Chapman, quien leyó un informe sobre la constitución bioquímica de las prolíficas mareas rojas. Lo siguió Rudi Gunn, que dio los últimos informes sobre la contaminación. Hiram Yaeger puso broche al capítulo inforrnativo de la reunión mostrando fotos satélite de la creciente marea y facilitando datos sobre sus proyecciones de crecimiento.

A las dos de la tarde, Yaeger volvió a su asiento y Sandecker ocupó de nuevo el podio. Reinaba un profundo silencio que en nada se parecía al ambiente de enfrentamientos y discusiones que se produce normalmente en las reuniones de científicos. Por fortuna, doce de los presentes tenían noticia previa del extraordinario desarrollo de las mareas, y ya habían emprendido sus propios estudios. Nombraron un portavoz que anunció unas conclusiones totalmente en consonancia con los datos recogidos por los hombres de la NUMA. Los pocos que hasta el momento se habían negado a aceptar la inminente catástrofe, cambiaron de tesitura y pasaron a respaldar las duras tesis expuestas por Sandecker.

La parte final de la reunión se dedicó a formar comités y equipos de investigación que intercambiarían informes y cooperarían entre sí con la meta común de poner freno al peligro que amenazaba con extinguir a la raza humana.

Aun a sabiendas de que era un ruego inútil, Hala Kamil volvió al podio y suplicó a los científicos que no hablaran con la Prensa hasta que la situación estuviese mínimamente controlada. Lo último que necesitaban, dijo a los reunidos, era una ola de pánico de alcance mundial.

Kamil clausuró la reunión anunciando la fecha de la siguiente, en que se procesarían nuevos datos e informaría sobre los avances que fueran consiguiéndose hacia una solución. No hubo los habituales aplausos de cortesía. Los científicos desfilaron por los pasillos hablando con voces insólitamente bajas, cambiando opiniones sobre el problema desde sus respectivas especialidades.

Sandecker se dejó caer cansadamente en un sillón del proscenio. Su rostro, lleno de arrugas, parecía fatigado, pero de él emanaba un aura de voluntad y determinación. Al fin había logrado abrir brecha; y se acabó el tener que suplicar a oídos sordos y hostiles.

—Ha hecho usted una magnífica presentación —dijo Kamil. Sandecker se incorporó a medias al tiempo que la mujer se sentaba junto a él.

—Espero que consiguiese lo que pretendía.

Hala asintió con una sonrisa.

—Ha impulsado usted a los mejores cerebros de las ciencias marinas y medioambientales a descubrir una solución antes de que sea demasiado tarde.

—Los he informado; impulsarlos es mucho decir. Ella negó con la cabeza.

—Se equivoca, almirante. Todos ellos comprendieron la urgencia de la situación. Al salir, llevaban escrita en el rostro la determinación de acabar con la amenaza.

—Nada de todo esto habría ocurrido de no ser por usted.

Hizo falta la intuición femenina para reconocer el peligro.

—Lo que a mí me parecía evidente, a otros les resultaba absurdo —dijo sosegadamente Hala.

—Ahora que las discusiones y polémicas han terminado, y podemos concentrarnos en la busca de un remedio, me siento mucho mejor.

—El siguiente problema es cómo mantener el secreto; aunque hagamos los que hagamos, la historia será del dominio público antes de cuarenta y ocho horas.

—Es prácticamente inevitable que nos invada un ejército de periodistas —convino Sandecker—. Los científicos no tienen fama precisamente de mantener la boca cerrada.

Hala recorrió con la vista el auditorio vacío. El espíritu de cooperación superaba a todo lo que ella había visto hasta entonces en la Asamblea General. Quizá a fin de cuentas sí existiese futuro para un mundo dividido en tantas etnias, culturas y lenguas diferentes.

—¿Qué piensa hacer ahora? —preguntó la mujer. Sandecker se encogió de hombros.

—Sacar de Malí a Pitt y Giordino.

—¿Cuánto hace de que los arrestaron en la planta solar?

—Cuatro días.

—¿Ha sabido algo de ellos?

—Lamentablemente, no. En esa zona del mundo nuestros servicios de inteligencia no son gran cosa. No tenemos ni idea de adónde los han conducido.

—Si se encuentran en manos de Kazim, temo lo peor. Incapaz de plantearse siquiera la posibilidad de la muerte de Pitt y Giordino, Sandecker cambió de tema.

—¿Se ha detectado algún indicio de sabotaje en las muertes de los miembros del equipo médico de la OMS?

Hala tardó en responder.

—Aún están examinando los restos del avión —dijo al fin—. Sin embargo, según los informes preliminares, no hay pruebas de que el accidente lo causase una bomba. Hasta el momento, es un misterio.

—No hubo supervivientes.

—No: el doctor Hopper y su equipo resultaron muertos, junto con toda la tripulación.

—Es difícil creer que Kazim no tenga nada que ver.

—Ese hombre es un malvado —dijo Hala, con expresión sombría y pensativa—. Yo también lo creo responsable de esas muertes. El doctor Hopper debió de descubrir algo sobre la plaga que asola Malí, algo que Kazim no podía permitir que trascendiera a la opinión pública mundial ni, mucho menos, a los gobiernos extranjeros que le prestan ayuda.

—Esperemos que Pitt y Giordino tengan las respuestas. Hala miró a Sandecker con simpatía.

—Debe usted enfrentarse a la posibilidad de que ya los hayan ejecutado por orden de Kazim.

Del rostro de Sandecker desapareció todo atisbo de cansancio, y una leve sonrisa se extendió por sus labios. Lentamente, dijo:

—No. Jamás aceptaré la muerte de Pitt. No hasta que yo mismo identifique el cadáver. Se las ha visto en otras similares, y siempre ha demostrado una pasmosa habilidad para escapar de la muerte.

Hala tomó la mano de Sandecker.

—Recemos por que siga siendo así.

 

Felix Verenne, que aguardaba en el aeropuerto de Gao, saludó a Ismail Yerli cuando éste bajaba por la escalerilla del avión.

—Bienvenido a Malí —dijo, tendiéndole la mano—. Creo que ya estuvo aquí hace años.

Yerli no sonrió al estrechar la mano del otro.

—Lamento el retraso, pero el avión de la Massarde Enterprises que envió a recogerme en París tuvo problemas mecánicos.

—Eso me dijeron. Hubiese enviado otro avión; pero usted ya había salido en un vuelo de Air Afrique.

—Tenía la impresión de que Mr. Massarde me quería aquí lo antes posible —dijo Yerli.

—Verenne asintió con la cabeza.

—¿Le informó Burdeos de cuál sería su misión?

—Como es natural, tengo noticia de las investigaciones inoportunas que han llevado a cabo las Naciones Unidas y la Agencia Nacional Subacuática y Marítima, pero lo único que insinuó Burdeos fue que mi trabajo consistirla en hacer de niñera de Kazim e impedir que el general interfiriese en las operaciones de Mr. Massarde.

—Ese idiota no ha dejado de meter la pata en todo este asunto de la contaminación. Es un milagro que la Prensa internacional todavía no se haya olido lo que ocurre.

—¿Están muertos Hopper y su equipo?

—Como si lo estuvieran. Están trabajando como esclavos en unas minas de oro secretas que Mr. Massarde tiene en la parte más remota del Sáhara.

—¿Y los agentes de la NUMA?

—Fueron igualmente capturados y enviados a las minas.

—Entonces, Mr. Massarde y usted tienen la situación bajo control dijo Yerli.

—Por ese motivo lo mandó llamar Mr. Massarde. Para evitar que Kazim cometa nuevos desatinos.

—¿Adónde debo ir ahora? preguntó Yerli.

—A Fort Foureau, donde Mr. Massarde le dará instrucciones personalmente. Luego usted será presentado al general como el as de ases de los servicios de inteligencia. A Kazirn le fascinan las novelas de espionaje, y caerá en la tentación de contratarlo, ignorante de que usted informará a Massarde de cada uno de sus movimientos.

—¿A qué distancia está Fort Foureau?

—A dos horas en helicóptero. Vayamos a recoger su equipaje.

Como esos japoneses que dirigen sus negocios sin vender los productos manufacturados de las naciones que saquean, Massarde sólo contrataba ingenieros y obreros cualificados franceses, del mismo modo que solo usaba equipos y transportes fabricados en Francia. Buena muestra de ello era el helicóptero Ecureuil que los aguardaba, y que era gemelo del que Pitt y Giordino hundieron en el Níger. Verenne hizo que el copiloto recogiese las maletas de Yerli y las subiera a bordo.

Una vez el francés y el turco estuvieron acomodados en confortables sillones de cuero, un auxiliar de vuelo les sirvió canapés y champan.

—Cuánto lujo comentó Yerli. ¿Siempre extienden la alfombra roja ante todos los visitantes?

—Ordenes de Mr. Massarde, que aborrece la costumbre yanqui de ofrecer refrescos, cerveza y cacahuetes replicó estiradamente Verenne. Según él, como franceses, estamos obligados a demostrar un refinamiento acorde con el de nuestra cultura e independientemente de la clase o condición de los visitantes.

Yerli alzó su copa de champán.

—Por Yves Massarde, y por que nunca deje de ser generoso.

—Por nuestro jefe dijo Verenne. Por que su esplendidez hacia quienes le son leales no cese jamás.

Encogiéndose de hombros con indiferencia, Yerli vació su copa y la tendió para que se la volvieran a llenar.

—¿Cómo siguen sus operaciones en Fort Foureau? ¿Algún problema por culpa de los grupos ecologistas?

—Lo cierto es que no. Se encuentran en una especie de dilema. Aplauden nuestro sistema de energía solar autosuficiente, y a la vez les aterran las consecuencias que para el aire del desierto puede tener la incineración de residuos tóxicos.

Yerli estudió las burbujas de su copa de champán.

—¿Tiene usted la certeza de que el secreto de Fort Foureau está seguro? ¿Qué pasa si los gobiernos europeos y americanos se enteran de lo que ocurre allí realmente?

Verenne se echó a reír.

—¿Habla usted en broma? La inmensa mayoría de los gobiernos del mundo industrializado está encantada de conseguir librarse de su basura tóxica secretamente y sin que el asunto se airee. En privado, hemos recibido las bendiciones de los burócratas y los empresarios de plantas químicas y nucleares de todo el mundo.

—¿Están en el secreto? preguntó Yerli, sorprendido. Verenne lo miró con divertida sonrisa.

—¿Quiénes cree que son los clientes de Massarde?

 

 

41

Tras abandonar el camión, Pitt y Giordino caminaron con el calor de la tarde y el frío de la noche, deseosos de avanzar lo máximo posible mientras aún estuvieran razonablemente frescos. Sólo al amanecer se detuvieron finalmente a descansar. Enterrándose en la arena durante el día, se protegieron del sol abrasador al tiempo que reducían la pérdida de agua de sus organismos. La ligera presión de la arena también producía un cierto alivio en sus cansados músculos.

En aquella primera jornada de su caminata, habían avanzado cuarenta y ocho kilómetros hacia su meta. En realidad, anduvieron más, ya que debían ir sorteando las dunas. La segunda noche emprendieron viaje antes del ocaso, de forma que Pitt pudo fijar su curso por medio de la tubería hasta que aparecieron las estrellas. Al amanecer del siguiente día, la carretera transahariana estaba otros cuarenta y dos kilómetros más cerca. Antes de meterse bajo la manta de arena, se bebieron las últimas gotas de agua que les quedaban. A partir de aquel momento, y hasta que encontraran nuevas reservas, sus cuerpos comenzarían a deshidratarse y morir.

La tercera noche de su viaje tuvieron que cruzar una barrera de dunas que se perdía de vista a derecha e izquierda. Aunque amenazadoras, las dunas eran de una gran belleza. Sus superficies, delicadas y lisas, estaban esculpidas por un viento inquieto, que formaba en ellas minúsculas ondulaciones en permanente movimiento. Pitt no tardó en aprender sus secretos. Tras una suave ladera, la duna solía caer casi a pico por el lado contrario. Los dos hombres caminaban justo por el borde de las crestas, para evitar hundirse en las blandas arenas. Si esto resultaba demasiado difícil, caminaban por los pequeños valles entre las dunas, donde la arena era más firme.

Al cuarto día, las dunas fueron haciéndose más bajas, para convertirse al fin en una amplia llanura arenosa, monótona y calcinada. El sol caía sobre la reseca llanura como el martillo de un herrero sobre un hierro al rojo vivo. Aunque caminar por una superficie llana era un alivio, el avance seguía resultando difícil. Dos tipos de ondulaciones cubrían el terreno arenoso.

Unas eran pequeñas, y no presentaban problema alguno. Pero otras estrías, más grandes, estaban separadas unas de otras por el espacio de un paso, lo cual creaba un efecto de fatiga similar al que produce caminar por las traviesas de un tendido férreo.

Las caminatas se fueron haciendo más cortas, y las paradas para descansar más largas y frecuentes. Avanzaban en silencio, con las cabezas bajas. El hablar sólo conseguía resecarles más la boca. Eran prisioneros de la arena, se encontraban cautivos en una jaula cuyas rejas eran la distancia. En el paisaje pocos rasgos distintivos había salvo por los picos de sierra de una baja cordillera rocosa que a Pitt le recordó el espinazo de un dinosaurio muerto. En aquel territorio cada kilómetros era idéntico al anterior, y el tiempo carecía de significado.

Al cabo de veinte kilómetros, la llanura concluyó al pie de una meseta. Pese a que el sol estaba a punto de salir, deliberaron y decidieron subir hasta la cima antes de iniciar el reposo diurno. Cuatro horas más tarde, cuando al fin llegaron arriba, el sol ya estaba alto. El esfuerzo había agotado sus escasas reservas. Los corazones, tras la agónica escalada, les latían desacompasadamente, tenían las piernas inmensamente doloridas, y jadeaban a más no poder.

Pitt, exhausto, temía sentarse por miedo a no poder levantarse. Tembloroso, se mantuvo en pie al borde de la meseta, y miró en torno, como un capitán en el puente de mando de su buque. Si allá abajo la llanura no era más que un erial anónimo, la superficie de la meseta parecía una grotesca pesadilla achicharrada por el sol. Hacia el este, en la dirección en que se dirigían, se alzaba un mar de piedras rojas y negras, entre las cuales surgían, como obeliscos, oxidadas excrecencias de mineral de hierro. Era como contemplar una ciudad destruida siglos ha por una explosión nuclear.

—¿Cómo se llama esta parte del infierno? —preguntó Giordino con voz rasposa.

Pitt sacó el mapa de Fairweather, ya muy arrugado y comenzando a romperse, y lo alisó sobre una rodilla.

—Aparece en el mapa, pero no figura su nombre. —Entonces, a partir de este momento, será conocido como «La joroba de Giordino».

Los labios resecos de Pitt se curvaron en una sonrisa.

—Si deseas registrar el nombre, lo único que tienes que hacer es presentar una instancia al Instituto Geológico Internacional.

Giordino se dejó caer en el terreno rocoso y miró inexpresivamente la meseta.

—¿Cuánto hemos recorrido?

—Unos ciento veinte kilómetros.

—Aún faltan sesenta para la carretera transahariana.

—A no ser que nos tropecemos con los efectos de la ley de Pitt.

—¿Qué ley es ésa?

—Quien sigue el mapa hecho por otro, siempre tiene que caminar veinte kilómetros más de lo que piensa.

—¿Está seguro de que no nos hemos desviado del camino? Pitt negó con la cabeza.

—De lo que estoy seguro es de que no hemos viajado en línea recta.

—Entonces, ¿cuánto nos falta?

—Calculo que otros ochenta kilómetros.

Giordino miró a Pitt con ojos hundidos e irritados por la fatiga. Sus labios estaban resecos e hinchados.

—Ya llevamos recorridos más de cien kilómetros sin probaragua.

—A mí me han parecido mil replicó roncamente Pitt.

—Bien murmuró Giordino. Creo mi deber expresar un pensamiento que me preocupa. No puedo seguir.

Pitt alzó la vista del mapa.

—Nunca pensé que te oiría decir algo así.

—Hasta ahora, nunca había experimentado la sed de un modo tan total y agónico. Ya no es un sentimiento, sino una obsesión permanente.

—Dos noches más, y bailaremos en la carretera transahariana.

Giordino meneó la cabeza tristemente.

—No te engañes. No tenemos fuerzas para recorrer otros ochenta kilómetros sin agua, con este calor, y casi totalmente deshidratados.

Pitt estaba obsesionado por la visión de Eva esclavizada en las minas y recibiendo los latigazos de Melika.

—Si no alcanzamos nuestra meta, todos morirán.

—No se puede sacar sangre de una piedra dijo Giordino. Es un milagro que hayamos llegado tan lejos sin...

El italiano se cortó y, enderezándose, hizo pantalla con la mano y señaló con gran excitación hacia una pila de enormes rocas.

Mira dijo. Ahí, entre esas piedras... ¿no parece la entrada de una caverna?

Pitt miró hacia donde indicaba su compañero. En efecto: entre las rocas se vía una pequeña abertura negra. Tomó la mano de Giordino y lo ayudó a levantarse.

—¿Lo ves? Nuestra suerte ya está cambiando. No hay nada como una bonita fresca cueva para descansar durante la parte más calurosa del día.

El calor, que se reflejaba en las rocas y en las excrecencias de mineral de hierro, era asfixiante. Los dos amigos se sentían como si estuvieran caminando por el rescoldo de una barbacoa. Desprovistos de gafas de sol, teman que entornar los párpados y cubrírselos con la tela de sus turbantes improvisados. No lograban ver más allá de unos metros ante ellos.

Tuvieron que subir por una pila de piedras sueltas hasta la entrada de la cueva, sin tocar las rocas con las manos para evitar quemarse. En el suelo de la entrada se hablan acumulado grandes cantidades de arena. Se arrodillaron y comenzaron a apartarla. Si bien Pitt tuvo que agacharse para entrar en la caverna, Giordino pudo hacerlo totalmente erguido.

No necesitaron esperar a que sus ojos se acostumbraran a la penumbra, porque no la había. La caverna no había sido socavada por la erosión del viento y el agua. Durante un gran movimiento sísmico del paleozoico, grandes cantidades de rocas se desplomaron unas sobre otras, formando una caverna hueca cuyo interior iluminaban los rayos del sol que se filtraban por los resquicios entre piedra y piedra.

Pitt se adentró en la caverna y, de pronto, vio dos grandes figuras humanas alzándose sobre él. Sobresaltado, retrocedió un paso, chocando con su amigo.

—Acabas de pisarme gruñó Giordino.

—Lo siento dijo Pitt. Y, señalando una lisa pared en la que una figura estaba a punto de alancear un búfalo, añadió. No esperaba compañía.

Giordino miró por encima del hombro de su compañero hacia la figura de la lanza, estupefacto por encontrar pinturas rupestres en un lugar tan desolado. Lentamente, recorrió con la mirada la enorme exhibición de arte prehistórico y antiguo, en la que estaban representados varios siglos de estilos artísticos pertenecientes a culturas sucesivas.

—¿Son... reales? murmuró.

Pitt se acercó a las misteriosas pinturas rupestres y examinó una figura de tres metros de alto; llevaba una máscara y de su cabeza y hombros surgían flores. La sed y la fatiga se desvanecieron con la sorpresa.

Las pinturas son auténticas, desde luego. Desearía ser arqueólogo para poder interpretar los diversos estilos y culturas. Las primeras son las del fondo de la cueva, y las de culturas sucesivas avanzan hacia la entrada por orden cronológico, hasta los tiempos más recientes.

—¿Cómo lo sabes?

Hace entre diez y doce mil años, el Sahara tenía un clima tropical húmedo. La vegetación florecía y el lugar era infinitamente más habitable que ahora. Señaló hacia un grupo de figuras que rodeaban y lanzaban jabalinas contra un gigantesco búfalo de grandes cuernos. Esta debe de ser de las primeras pinturas, porque muestra a unos cazadores matando a un búfalo del tamaño de un elefante, un animal que lleva siglos extinguido.

Pitt fue hasta otra representación que cubría varios metros cuadrados de pared.

—Aquí puedes ver pastores con ganado dijo, señalando las imágenes con las manos. El pastoreo comenzó en torno al año cinco mil antes de Cristo. El estilo es más tardío, la composición más creativa y hay mayor lujo de detalles.

—Un hipopótamo dijo Giordino, contemplando un dibujo colosal que cubría una roca plana por entero. Debe de hacer mucho que no hay bichos así por estos contornos.

—Por lo menos, tres mil años. Es difícil imaginar que en tiempos esta zona fue un vergel que albergaba todo tipo de vida, desde avestruces hasta antílopes y jirafas.

Avanzaron a lo largo de la pared, y sobre la roca fue desplegándose las sucesivas etapas de la vida en el Sáhara.

Parece que a partir de aquí los artistas dejaron de pintar ganado y vegetación observó Giordino.

—Con el paso del tiempo, las lluvias cesaron y la tierra se comenzó a secar explicó Pitt, recordando lo aprendido en un remoto curso de historia antigua. Al cabo de cuatro mil años de pastoreo descontrolado, la vegetación desapareció y se consolidó el proceso de desertización.

Giordino se alejó del fondo de la caverna y se detuvo frente a otra pintura cercana a la entrada.

—Aquí hay una carrera de cuadrigas.

—Pueblos procedentes del Mediterráneo introdujeron los caballos y la rueda hacia el mil antes de Cristo explicó Pitt. Lo que no sabía era que hubieran llegado hasta tan adentro en el desierto.

—¿Y qué viene luego, profesor?

—El periodo de los camellos —replicó Pitt, deteniéndose frente a la pintura de una caravana en la que se veía una sinuosa fila formada por no menos de sesenta camellos. Llegaron a Egipto tras la conquista persa del 525 antes de Cristo. Gracias al camello, las caravanas romanas pudieron salvar el desierto entre la costa y Tombuctú. Debido a su enorme resistencia, los camellos han seguido aquí desde entonces.

Las pinturas de un periodo más reciente mostraban también camellos; pero el estilo era más tosco y rudimentario que los anteriores. Pitt se detuvo frente a otra serie de pinturas de aquella fabulosa pinacoteca de arte antiguo, estudiando la reproducción de una batalla minuciosamente labrada en la roca, y pintada luego de un magnífico tono rojo ocre. Barbados guerreros blandían escudos y espadas en el aire y, junto a otros que montaban en cuadrigas, cargaban contra un ejército de arqueros negros cuyas flechas caían como lluvia desde el cielo.

—Muy bien, sabelotodo, —explica esto dijo Giordino.

Pitt se acercó a la pintura señalada por su amigo y, durante unos segundos la miró, estupefacto. Las imágenes estaban dibujadas con un estilo lineal, infantil. Un barco flotaba en un río lleno de peces y cocodrilos. Era difícil imaginar que el infierno del exterior de la cueva había sido en el pasado una fértil región donde los cocodrilos nadaban en lo que ahora no eran más que secos cauces.

Se acercó más, con la incredulidad en la mirada. Lo que le llamaba la atención no eran lo cocodrilos ni los peces, sino el barco flotando entre las líneas que indicaban la corriente de un río. Podría tratarse de una nave egipcia, sólo que el diseño era totalmente distinto, mucho más moderno. La forma sobre el agua era una pirámide truncada, una pirámide con la punta rebanada y paralela a la base. Tubos redondos salían de sus costados. Unas cuantas figura permanecían en diversas posiciones sobre la cubierta, bajo lo que parecía una gran bandera agitada por la brisa. La reproducción del barco se extendía a lo largo de casi cuatro metros por la rugosa superficie de la pared rocosa.

—Un barco rebelde —dijo Pitt con incredulidad—. Un barco de la marina de los Estados Confederados.

—No puede ser, aquí no —dijo Giordino, estupefacto.

—Puede ser y es —dijo tajantemente Pitt—. El viejo buscador de oro nos habló de él.

—Entonces, no era un mito.

—Los artistas locales no pudieron pintar algo que no habían visto. Si incluso el pendón de batalla confederado que lleva es el correcto, el que se adoptó a fines de la Guerra de Secesión.

—Quizá fue pintado por un antiguo marino confederado que pasó por estos contornos después de la guerra.

—No hubiese copiado el estilo del arte africano. En esta pintura no hay la más mínima influencia occidental.

—¿Y qué me dices de las dos figuras que hay sobre la casamata? —preguntó Giordino.

—Evidentemente, uno es un oficial naval. Quizás, el capitán.

—Y el otro... —murmuró Giordino, con incredulidad. Pitt examinó detenidamente la figura situada junto al capitán.

—¿Tú quién crees que es? —preguntó.

—Yo tengo los ojos quemados por el sol y no me fío de ellos. Esperaba que tú me lo dijeras.

Pitt se esforzó en poner mentalmente en orden unos hechos que escapaban por completo a su compresión.

—No sé quién sería el pintor —murmuró, presa de la más absoluta fascinación—; pero el caso es que no pudo pintar a nadie más parecido a Abraham Lincoln.

 

 

42

 

Tras resposar todo el día en la fresca cueva, Pitt y Giordino estaban reanimados, hasta el punto de sentirse físicamente capaces de hacer un último esfuerzo y cruzar sin parar el tramo final de tierra hostil y desolada hasta llegar a la carretera transahariana. Los pensamientos y especulaciones en torno al legendario barco rebelde en el desierto quedaron temporalmente relegados a un segundo término. Lo importante era prepararse mentalmente para el casi invencible calvario.

A última hora de la tarde, Pitt salió de la cueva al inclemente sol del exterior, a fin de colocar la tubería y utilizarla de nuevo como brújula. Tras unos minutos en aquel horno, se sintió derretir al igual que la cera de una vela. Como referencia a la que dirigirse durante el primer trecho de su caminata, escogió una gran roca que se alzaba en el horizonte, a unos cinco kilómetros hacia el este.

Cuando volvió al fresco interior de la cueva de los murales, no necesitó sentir el agotamiento ni la angustia para tomar conciencia de lo débiles que estaban. Todas sus miserias se reflejaban en los hundidos ojos de Giordino, en sus ropas mugrientas, en su pelo revuelto, pero especialmente en su expresión, que era la de un hombre que ha llegado al final de su resistencia.

Aunque se habían enfrentado juntos a incontables peligros, Pitt jamás había visto la derrota pintada en el rostro de su compañero. La tensión sicológica estaba sobreponiéndose a la resistencia física. Giordino era pragmático hasta la médula. Recibía los golpes y los reveses con su peculiar obstinación, embistiendo contra ellos de frente. A diferencia de Pitt, él no lograba hacer uso de su imaginación para contrarrestar la tortura de la sed y la atroz angustia de un cuerpo que clamaba por descanso, alimento y agua. Giordino no era capaz de sumirse en un mundo imaginario en el que el tormento y la desesperación eran sustituidos por piscinas, frescas bebidas tropicales y mesas llenas de todo tipo de exquisiteces gastronómicas.

Pitt se daba cuenta de que aquella noche era la última. Para derrotar al desierto en su juego mortífero, debían redoblar su determinación de sobrevivir. Otras veinticuatro horas sin agua, y estarían acabados. No les quedaría vigor para continuar, Pitt sentía con aprensión atenazadora los más de cincuenta kilómetros que les separaban de la carretera transahariana.

Concedió a Giordino otra hora de reposo antes de despertarlo de su profundo sueño.

—Si queremos recorrer una distancia sustancial antes del amanecer, debemos partir ahora.

Giordino entreabrió los ojos y se sentó en el suelo.

—¿Por qué no nos lo tomamos con un poco de calma y nos quedamos aquí otro día?

—Hay demasiados hombres, mujeres y niños esperando a que nosotros nos salvemos y podamos volver para rescatarlos. Cada minuto cuenta.

La fugaz visión de las mujeres maltratadas y los niños asustados de las minas de Tebezza bastó para sacar a Giordino de las densas nieblas del sueño y hacer que se pusiera trabajosamente en pie. Luego, a instancias de Pitt, los dos dedicaron unos minutos a hacer ejercicios de calentamiento, para soltar sus entumecidos músculos y sus rígidas articulaciones. Tras un último vistazo a las asombrosas pinturas rupestres, así como a la imagen del barco rebelde, salieron a la desolada y enorme superficie de la meseta. Pitt iba abriendo el camino, en dirección a la roca que había tomado como referencia.

La suerte estaba echada. Salvo por las breves paradas de descanso, tenían que seguir incesantemente hasta alcanzar la carretera y detener algún vehículo que pasara, en la esperanza de que su conductor tuviese abundantes reservas de agua. A pesar de todo, del asfixiante calor, de la arena que el viento lanzaba contra su piel reseca, y del terreno, tenían que seguir, hasta reventar o hasta encontrar ayuda.

Concluido su infernal trabajo del día, el sol se ocultó, y una henchida media luna tomó su lugar. No se movía ni un soplo de aire; la calma y el silencio eran totales. El desolado paisaje parecía extenderse hasta el infinito, y las rocas, que sobresalían del terreno como huesos de dinosaurio, aún ardían por el calor almacenado durante el día. Nada se movía, salvo las sombras, que se alargaban tras las rocas como espectros cobrando vida a la fantasmal luz del ocaso.

Caminaron durante siete horas. La roca que empezaron tomando como punto de referencia quedó atrás, y la noche fue haciéndose más y más fría. Débiles y exhaustos, Pitt y Giordino comenzaron a temblar incontrolablemente. Las extremas subidas y bajadas en la temperatura se asemejaban a los cambios estacionales: el día era el verano, el anochecer el otoño, la medianoche el invierno, y la madrugada la primavera.

El terreno había ido cambiando tan gradualmente que no advirtieron que las rocas y las excrecencias de mineral de hierro se habían ido haciendo más pequeñas, hasta desaparecer completamente. Pitt sólo se dio cuenta de que ya no estaban en la meseta cuando se detuvo para orientarse por medio de las estrellas. Entonces advirtió que se encontraban en una llanura surcada por una serie de wadis, o cauces secos, socavados por antiguos ríos u avenidas olvidadas.

La fatiga hacía que su avance fuera cada vez más lento. El cansancio, el puro agotamiento, eran como pesos que se veían obligados a cargar sobre los hombros. Daban un paso tras otro, incesantemente, y su calvario se hacía mayor con cada metro recorrido. Sin embargo, no cejaron en su lenta y trabajosa marcha hacia el este. Tan débiles estaban que, tras las paradas de descanso, apenas les era posible ponerse en pie y reiniciar la brega.

Para seguir la marcha, Pitt se acicateaba con imágenes de O'Bannion y Melika maltratando a las mujeres y niños de aquella mina infernal. Imaginaba el látigo de Melika descargándose salvajemente sobre sus hambrientas y agotadas víctimas. ¿Cuántas muertes se habrían producido desde su fuga? ¿Se encontraría Eva en la cámara mortuoria? Hubiese podido desechar tan desagradables pensamientos, pero en vez de hacerlo se regodeó en ellos, ya que eran el único medio de sacar del fondo de su ser todas las reservas de coraje. Haciendo caso omiso del sufrimiento, seguía adelante con la fría inexorabilidad de una máquina.

No lograba recordar la última vez que escupió. Aunque para aliviar la agobiante sed chupaba pequeños guijarros, ya se le había olvidado lo que era tener saliva en la boca. La lengua se le había hinchado como una esponja seca, y parecía como si la hubieran limpiado con alumbre; pero, sorprendentemente, lograba tragar.

Habían reducido la pérdida de líquidos por el sudor caminando al frío de la noche y conservando las camisas puestas durante el día, de ese modo reducían la evaporación del sudor sin perder del todo sus propiedades refrescantes. Pero se daba cuenta de que sus cuerpos estaban gravemente faltos de sal, lo cual contribuía a debilitar su estado.

Pitt usó todos los trucos para sobrevivir en el desierto que le vinieron a la memoria, incluyendo respirar por la nariz para evitar la pérdida de agua, y hablar muy poco y sólo en los momentos de descanso.

Llegaron a un estrecho río de arena que discurría por un valle de pedregosos montículos. Siguieron el cauce hasta que éste tomó rumbo norte, y entonces ascendieron por su orilla y continuaron en su ruta. Amanecía cuando Pitt se detuvo para consultar una vez más el mapa de Fairweather. El tosco dibujo indicaba un enorme lago seco que se extendía casi sin interrupción hasta la carretera transahariana. Aunque sabía que el terreno llano era más fácil de recorrer, lo único que Pitt veía frente a sí era un entorno asesino, un abierto holocausto en el que no existía la sombra.

No podían descansar durante el atroz calor diurno. El terreno era demasiado duro para semienterrarse bajo su superficie. Debían seguir adelante y soportar un calor con mordedura de llama viva. Ya el sol ascendía por el cielo, anunciando otro día de tortura achicharrante.

De pronto el sol quedó tapado por unas nubes y durante casi dos horas los dos hombres disfrutaron de una bienvenida tregua en su tormento. Luego desaparecieron las nubes y regresó el sol, más abrasador que nunca. Llegado el mediodía, a Pitt y Giordino no les quedaban más que unas hebras de vida. Si el calor del día no acababa con ellos, el intenso frío de la larga noche lo haría.

De pronto llegaron al borde de un profundo barranco cuyas paredes caían a pico hasta la superficie de un cauce seco situado siete metros por debajo de la superficie del lago seco, al que cortaba como si se tratara de un canal artificial. Al ir mirando sus propios pies, Pitt casi cayó por el borde. Se detuvo con un respingo y miró con desesperación la inesperada barrera. Ya no le quedaban fuerzas para bajar por un talud y ascender por el contrario. Giordino llegó junto a él y se derrumbó como un fardo.

Mirando el cañón que cortaba el lago seco y la vacía inmensidad más allá, Pitt comprendió que su épica batalla por la supervivencia había concluido. Sólo habían recorrido treinta kilómetros por lo que aún les quedaban otros cincuenta.

Giordino alzó la cabeza hacia Pitt, que seguía en pie, aunque vacilando perceptiblemente, mirando hacia oriente mientras en su imaginación se representaba una meta tan atormentadoramente próxima como imposible de alcanzar.

Pese al hambre, la sed y la fatiga, el aspecto de Pitt era impresionante. El rostro arrugado y severo, su gran estatura, los penetrantes ojos opalinos, su nariz aquilina, la cabeza, envuelta en una polvorienta toalla blanca a través de la cual asomaban mechones de su cabello negro ondulado... Nada de ello le daba el aspecto de un hombre derrotado e irremisiblemente condenado a muerte.

Barrió con la mirada el fondo del barranco y quedó petrificado. Un ceño de incredulidad comenzó a formarse sobre los ojos, semiocultos por el turbante.

—Creo que me he vuelto loco —murmuró.

Giordino se encogió de hombros.

—A mi me pasó hace veinte kilómetros.

—Juraría que estoy viendo... —Pitt meneó lentamente la cabeza y se frotó los ojos—. Tiene que ser un espejismo.

Giordino miró hacia el fondo del paisaje, donde las ondas de calor formaban un lejano mar de temblorosas aguas. La ilusoria imagen de lo que tan desesperadamente ansiaba fue más de lo que el hombre podía soportar y apartó la mirada.

—¿Lo ves? —preguntó Pitt.

—Con los ojos cerrados —dijo estropajosamente Giordino—. Veo un bar lleno de chicas que me ofrecen grandes jarras de cerveza fría como el hielo.

—Hablo en serio.

—Y yo también. Pero si te refieres a ese ilusorio lago que se ve al fondo del desierto, olvídalo.

—No —replicó lacónicamente Pitt—. Me refiero al avión que hay en el fondo del barranco.

Al principio, Giordino pensó que su amigo había perdido efectivamente la razón, pero con gran trabajo se arrastró hasta el borde del barranco y miró hacia donde Pitt señalaba.

En el desierto, las cosas construidas por el hombre no se desintegran ni se pudren. El peor efecto es el que produce la arena al percutir sobre el metal. Lo que en el fondo del barranco había era un avión accidentado, sin apenas óxido y ni siquiera polvo. Parecía un viejo monoplano de ala alta. Debía de llevar varias décadas en su soledad lisiada.

Pitt preguntó.

—¿Lo ves, o realmente me he vuelto loco?

—No lo creo, a no ser que a mí me haya dado la misma locura —dijo Giordino asombrado—. Parece un avión de verdad, no cabe duda.

—Entonces debe de ser auténtico.

Pitt ayudó a Giordino a ponerse en pie, y ambos fueron por el borde del barranco hasta encontrarse directamente sobre los restos del aparato. Asombrosamente, la tela del fuselaje y las alas estaban intactas, y los números de identificación eran perfectamente legibles. La hélice de aluminio se había destrozado al estrellarse contra el talud, y el motor radial era un amasijo de piezas retorcidas que se había remetido parcialmente en la carlinga. Salvo por eso, y por el roto tren de aterrizaje, el avión no tenía más daños. Se fijaron también en las marcas del terreno que indicaban el lugar por donde el avión cayó al fondo del barranco.

—¿Cuánto llevará ahí? —preguntó Giordino.

—Cincuenta o sesenta años —replicó Pitt.

—El piloto debió de sobrevivir e irse.

—No sobrevivió —dijo Pitt—. Bajo el ala de babor asoman unas piernas.

Giordino miró hacia el ala izquierda, bajo la cual se veía una vieja bota de cordones, al extremo de unos pantalones caqui.

—¿Crees que le importará que vayamos a hacerle compañía? El tipo tiene la única sombra de todos estos contornos.

—En eso mismo estaba pensando yo —dijo Pitt, dejándose caer por el borde del barranco. Se deslizó de espaldas por la inclinada pendiente, con las rodillas alzadas y usando los pies como frenos.

Giordino bajó junto a él y, entre una nube de polvo y piedras sueltas, ambos llegaron al mismo tiempo al fondo del barranco. Como les había ocurrido en la cueva al descubrir las pinturas, mientras se ponían en pie y avanzaban hacia el añoso cadáver del piloto, dejaron de sentir el horrible tormento de la sed.

La arena había cubierto la parte inferior de la figura que yacía con la espalda recostada en el fuselaje del avión. Junto a uno de los pies, desprovisto de bota, yacía una tosca muleta improvisada con el bastidor de un ala. A poca distancia estaba también la brújula del aparato, semienterrada en la arena.

El piloto estaba asombrosamente bien conservado. La combinación de calor feroz y gélido frío había momificado el cuerpo, y la única piel visible era oscura y de textura lisa, como cuero. En el rostro aún era perceptible una expresión de paz y tranquilidad, y las manos, rígidas tras más de sesenta años de inmovilidad, se encontraban pacíficamente cruzadas sobre el estómago. Sobre una pierna yacía un casquete de cuero y unas gafas iguales a las usadas por los pioneros de la aviación. Sobre los hombros del cadáver caía una densa mata de negro pelo, marchito y ajado tras tantos años de capear los elementos.

—Dios bendito... —murmuró Giordino, pasmado—. Es una mujer.

—De alrededor de treinta años —observó Pitt—. Debió de ser muy bonita.

—¿Quién demonios sería? —jadeó Giordino con curiosidad.

Pitt rodeó el cuerpo y soltó un paquete envuelto en hule que había atado al tirador de la puerta de la carlinga. Abrió cuidadosamente el hule, que resultó encerrar el cuaderno de bitácora. Levantó la tapa y leyó la primera página.

—Kitty Mannock —dijo en voz alta.

—¿Kitty, qué?

—Mannock, una famosa aviadora. Australiana, si no recuerdo mal. Su desaparición se convirtió en uno de los grandes misterios de la aviación, superado sólo por el de Amelia Earhart.

—¿Cómo llegó hasta aquí? —preguntó Giordino, que no lograba apartar los ojos del cadáver.

—Intentaba batir un récord de distancia entre Londres y Ciudad del Cabo. Tras su desaparición, las fuerzas militares francesas destacadas en el Sáhara efectuaron una búsqueda concienzuda, pero no encontraron rastro de ella ni de su avión.

—Tuvo mala suerte de despeñarse por el único barranco que hay en cien kilómetros. De haber aterrizado en la superficie del lago, la hubieran visto fácilmente desde el aire.

Pitt fue pasando las hojas del cuaderno de bitácora hasta llegar a la parte en blanco.

—Se estrelló el 10 de octubre de 1931. La última anotación es del 20 de octubre.

—Sobrevivió diez días —murmuró Giordino, admirado—. Kitty Mannock debió de ser toda una mujer. —Se tendió bajo la sombra del ala y suspiró cansadamente por entre sus labios resecos e hinchados—. Al fin, al cabo de tanto tiempo, va a tener compañía.

Pitt no lo escuchó, pues toda su atención estaba prendida en una ocurrencia descabellada. Guardó el cuaderno de bitácora en un bolsillo del pantalón y comenzó a examinar los restos del aparato. No prestó atención al motor, centrando su interés en el tren de aterrizaje. Aunque los amarres se habían roto a causa del impacto, las llantas se encontraban intactas, y los neumáticos apenas estaban resquebrajados. La rueda pequeña de cola también parecía en buenas condiciones.

A continuación estudió las alas. La de babor había sufrido pequeños daños y, al parecer, Kitty había arrancado de ella un gran trozo de tela. Sin embargo, el ala izquierda se encontraba en sorprendente buen estado. La tela que cubría el costillar del fuselaje estaba endurecida y resquebrajada, pero no se había deshecho bajo los embates del frío y el calor extremos. Absorto en sus pensamientos, rozó con la mano la parte frontal de la carlinga, y la retiró vivamente al sentir el aguijonazo del dolor. El metal estaba tan caliente como el fondo de una sartén. Dentro del fuselaje encontró una pequeña caja de herramientas, que incluía una sierra de metales de tamaño reducido, un equipo de reparación de neumáticos y una bomba manual de aire.

Permaneció inmóvil, absorto, sin que pareciera afectarle el tórrido calor del sol. Tenía el rostro sumido, el cuerpo reseco y agotado. Debería encontrarse inmovilizado en la cama de un hospital, entubado y recibiendo fluidos. La vieja de la capa y la guadaña se encontraba a punto de tocar con un huesudo dedo en el hombro de Pitt. Pero él seguía cavilando metódicamente, sopesando pros y contras.

Y, allí y entonces, decidió que no iba a morir.

Yendo hasta donde se encontraba Giordino, le preguntó:

—¿Has leído El vuelo del Phoenix de Ellerston Trevor? Giordino lo miró con el ceño fruncido.

—No; pero vi la película de James Stewart. ¿Por qué? Si crees que puedes hacer que esta chatarra vuele, estás para que te encierren.

—Nada de volar —replicó tranquilamente Pitt—. He revisado el avión y creo que, desguazándolo, podemos construir un velero de tierra.

—Construir un velero de tierra —repitió Giordino, exasperado—. Claro que sí, y podemos ponerle bar, y salón de baile...

—Wind surfing sobre ruedas, eso es todo —continuó Pitt, sordo al sarcasmo de Giordino.

—¿Y qué pretendes utilizar como vela?

—Un ala del aparato. Básicamente, se trata de una superficie sustentadora elíptica. Ponla de pie, con la punta hacia lo alto, y ya tienes una vela.

—No nos quedan fuerzas —protestó Giordino—. Un trabajo como el que propones nos llevaría días.

—No: horas. El ala de estribor está en buen estado, y tiene la tela intacta. La sección central del fuselaje entre la cabina y la cola podemos utilizarla como casco. Con los montantes y largueros podemos fabricar una base de sustentación que, con sólo acoplarle las ruedas delanteras y la trasera, podemos convertir en un gran triciclo. Y disponemos de cable suficiente para montar un sistema de control de la vela y el timón.

—¿Con qué herramientas?

—En la carlinga hay una caja llena. No son las más idóneas, pero servirán.

Giordino meneó la cabeza lenta y reflexivamente. Lo más fácil del mundo hubiera sido desechar la idea de Pitt como una mera alucinación, tumbarse en el suelo y dejar que la muerte lo transportase pacíficamente al olvido. Pero en su interior había un corazón perseverante y un cerebro que no moriría sin combatir primero. Con el esfuerzo que un agonizante haría para alzar una pesada carga, logró ponerse en pie y habló con palabras apenas inteligibles a causa de la fatiga y la sobreexposición al calor.

—No nos quedemos aquí plantados, compadeciéndonos de nosotros mismos. Tú quita los amarres del ala y yo desmontaré las ruedas.

 

 

 

43

 

A la sombra de un ala, Pitt dibujó el velero de tierra que se proponía construir utilizando los restos del viejo avión. Se trataba de un plan increíblemente simple, ideado en una tumba del desierto por hombres que estaban muertos, pero que se negaban a aceptarlo. Para construir el velero, deberían sacar fuerzas de la nada.

Los veleros de tierra no eran nada nuevo. Los chinos ya los usaban hace dos mil años. Y también los holandeses, que ponían velas a pesados carromatos con los que trasladaban pequeños ejércitos. Los trabajadores ferroviarios norteamericanos construían vagonetas con velas para recorrer con ellas los tendidos férreos de las llanuras. A comienzos del siglo xx, los europeos convirtieron esta práctica en un deporte de sus playas de recreo. Después de eso, sólo hizo falta que pasaran unos años para que los aficionados al automóvil del sur de California, que conducían sus coches reformados por los secos lagos del desierto del Mojave, recogieran la idea. Con el tiempo, llegaron a organizar carreras que atrajeron participantes de todo el mundo, en las que se conseguían velocidades próximas a los ciento cincuenta kilómetros por hora.

Utilizando las herramientas halladas en la carlinga, Pitt y Giordino hicieron los trabajos más ligeros durante el sofocante calor de la tarde, dejando los más pesados para el anochecer. Tratándose de hombres que tenían como pasatiempo favorito la restauración de coches y aviones antiguos, trabajaron con rapidez y eficacia, sin apenas desperdiciar esfuerzos, a fin de conservar la poca energía que les quedaba.

Los dos amigos trabajaron febrilmente para conseguir su objetivo, sin pararse a descansar y sin apenas hablar, ya que sus lenguas hinchadas y bocas resecas lo hacían difícil. La luna iluminaba sus actividades, lanzando sus sombras contra la pared del barranco.

Respetuosamente, se abstuvieron de tocar el cadáver de Kitty Mannock, trabajando en torno a él sin manifestar ninguna emoción, dirigiéndose a veces a la difunta como si estuviera viva, pues sus mentes, trastornadas por la sed, entraban y salían de un confuso limbo en el que todo se mezclaba y confundía.

Giordino se ocupó de soltar las dos ruedas grandes de aterrizaje y la pequeña de cola. Luego limpió la suciedad de los rodamientos y los lubrificó con los residuos que quedaban en el filtro de aceite del motor. Los viejos neumáticos estaban estriados y resecos por el sol. Conservaban la forma, pero era imposible conseguir que retuvieran el aire, así que Giordino quitó las cámaras, llenó de arena las cubiertas y volvió a montarlas en las llantas.

A continuación, con los costillares del ala dañada, construyó la base de sustentación para las ruedas. Cuando terminó, con la sierra de metales cortó los largueros longitudinales que unían el fuselaje central con el mamparo de detrás de la carlinga. Luego hizo lo mismo con la sección de cola. Tras soltar la sección central del cuerpo del aparato, colocó los largueros bajo la parte anterior de la carlinga, y sujetó a ellos las dos ruedas de aterrizaje mayores, que quedaron a una distancia de dos metros y medio del fuselaje. El extremo opuesto, que había estado unido a la sección de cola, era ahora la parte delantera del velero, otorgándole un aspecto primitivamente aerodinámico. El toque final a lo que se había convertido en el casco de la nave fue la construcción de un larguero a cuyo extremo se fijó la rueda pequeña, que quedó tres metros por delante del improvisado vehículo.

Mientras Giordino se ocupaba del casco, Pitt se concentró en la vela. Tras soltar el ala del fuselaje, alisó los alerones y flaps, y prolongó el eje principal del ala hasta una posición vertical, situaron el mástil en el centro del casco y lo montaron, trabajo que no resultó excesivamente pesado debido a la ligereza de la tela y los listones de madera reseca. Con todo ello, crearon una vela giratoria. Luego, Pitt usó los cables de control del aparato para que hicieran de guías de las ruedas laterales montadas por Giordino. Después, improvisó una especie de timón, cuyo cable iba desde el interior del casco hasta la pequeña rueda delantera. Por último, organizó un cordaje para controlar los giros de la vela.

Como toque final, quitaron los asientos del avión y los colocaron en tándem en la cabina del velero. Pitt también instaló la brújula del aparato junto al extremo del cordaje del timón. El tubo que había utilizado como brújula hasta entonces fue atado al mástil, como un amuleto de la buena suerte.

A las tres de la madrugada acabaron el trabajo y se derrumbaron como fardos en el suelo. Quedaron allí, temblando de frío y contemplando su obra maestra.

—Jamás volará —murmuró Giordino, totalmente agotado.

—Lo único que tiene que hacer es deslizarse por el desierto.

—¿Ya has pensado cómo vamos a sacarlo del fondo del barranco?

—Cincuenta metros más abajo hay una especie de rampa natural por la que podremos subir el velero hasta la superficie del lago seco.

—Si apenas podemos recorrer esa distancia, ¿cómo vamos a arrastrarlo hasta allí? Además, no tenemos la menor garantía de que funcione.

—Sólo necesitamos un poco de viento —dijo Pitt, con voz apenas audible—. Y, si los seis últimos días nos sirven de indicio, a ese respecto no vamos a tener problema alguno.

—Nada como perseguir el sueño imposible.

—Funcionará —afirmó resueltamente Pitt.

—¿Cuánto crees que pesa?

—Ciento cincuenta o ciento sesenta kilos.

—¿Cómo lo llamamos? —preguntó Giordino.

—¿Llamarlo?

—Algún nombre debemos ponerle.

Pitt señaló hacia cl cadáver de la aviadora.

—Si logramos salir de esta olla a presión, a ella se lo deberemos. ¿Qué te parece llamarlo Kitty Mannock?

—Perfecto.

Tras un rato más de charla vaga y errática, no tardaron en sumirse en un sueño reparador.

Los rayos del sol achicharrante comenzaban a iluminar el fondo del barranco cuando al fin despertaron. Sólo ponerse en pie requirió de un enorme esfuerzo de voluntad. Tras despedirse silenciosamente de Kitty, se dirigieron al velero, a cuya parte delantera Pitt ató dos cuerdas. Luego tendió una a Giordino.

—¿Te sientes capaz?

—Claro que no —farfulló Giordino.

Pese al dolor que le producían los labios resecos y sangrantes, Pitt logró sonreír. Sus ojos buscaron en los de Giordino el brillo indicador de que saldrían de aquello. El brillo estaba allí, pero apenas era perceptible.

—Te echo una carrera hasta arriba.

Giordino osciló como un borracho en un vendaval, pero guiñó un ojo y, retadoramente, dijo:

—Morderás mi polvo, patán.

Tras ello, se echó su cable al hombro, tiró de él y cayó de bruces al suelo.

El velero de tierra se deslizó con la facilidad de un carrito de la compra sobre el suelo de un supermercado, y estuvo a punto de atropellarlo.

Giordino, estupefacto, miró a Pitt con ojos enrojecidos.

—Cristo bendito... Se mueve con la ligereza de una pluma.

—Es lógico: lo fabricaron dos expertos mecánicos.

Sin más conversación, empujaron el improvisado velero por el centro del cauce seco, hasta llegar a una rampa que subía hasta la superficie del lago en un ángulo de treinta grados. Aunque sólo se trataba de una ascensión de siete metros, para hombres que hacía sólo dieciocho horas se encontraban al borde de la tumba, la cima del talud era como la del monte Everest. No habían esperado sobrevivir a otra noche y, sin embargo, allí estaban, enfrentados a lo que, con toda seguridad, era el obstáculo final, el que marcaba la diferencia entre la vida y la muerte.

Pitt fue el primero en intentarlo, mientras Giordino descansaba. Se ató uno de los cables de arrastre a la cintura y comenzó a gatear por el talud como una hormiga borracha, avanzando sólo unos centímetros por vez. Su cuerpo era una máquina quemada que obedecía las órdenes de un cerebro que casi había perdido todo contacto con la realidad. Sus afligidos músculos protestaron con mensajes de agonía. Los brazos y las piernas se dieron por vencidos al principio de la escalada, pero él los obligó a seguir. Tenía los ojos inyectados en sangre y semicerrados por la fatiga, una expresión de inmenso sufrimiento en el rostro, los pulmones aspiraban el aire en dolorosas bocanadas y, ante el esfuerzo sobrehumano, el corazón le latía como una taladradora neumática.

No podía permitirse parar. Si él y Giordino morían, todos los infortunados esclavos de Tebezza morirían también, sin que nadie llegara a conocer cuál había sido su auténtico destino. No podía abandonar, derrumbarse y expirar, no en el momento en que estaban tan cerca de darle el gran chasco a la vieja de la guadaña. Apretó los dientes en un paroxismo de tenacidad, y siguió ascendiendo.

Giordino intentó darle ánimos, pero cuanto salió de su garganta fue un susurro inaudible.

Al fin, las manos de Pitt alcanzaron el borde superior del talud y el hombre, en un último y supremo esfuerzo, llegó a la seca superficie del lago, donde se tumbó como una sombra jadeante. No percibía nada más que su ronca y jadeante respiración, y los latidos del corazón, que amenazaba con salírsele del pecho.

Nunca supo cuánto tiempo permaneció tirado al sol ardiente. Recuperó la conciencia cuando el ritmo de su pulso y de su respiración se acercaban a lo normal. Al fin, se puso a gatas, y miró hacia Giordino, abajo. El hombre que estaba confortablemente sentado a la sombra del velero de tierra, logró dirigirle un leve saludo con la mano.

—¿Listo para subir? —preguntó Pitt.

Giordino asintió cansadamente, cogió el cable de arrastre y se tumbó de bruces sobre el talud, comenzando a reptar lentamente cuesta arriba. Pitt se pasó su extremo del cable sobre el hombro y ayudó a su amigo con el simple peso de su cuerpo, sin añadir otro esfuerzo. Cuatro minutos más tarde, medio reptando, medio arrastrado por Pitt, Giordino llegó arriba y quedó sobre el suelo como un pez pescado tras una enconada lucha con el anzuelo y el sedal.

—Y ahora viene lo divertido —murmuró débilmente Pitt.

—No seré capaz —jadeó Giordino.

Pitt lo miró. Giordino parecía ya muerto. Tenía los ojos cerrados y la barba de diez días blanqueada por el polvo. Si no podía ayudar a sacar el velero del barranco, ambos morirían aquel día.

Pitt se arrodilló junto a él y lo cacheteó.

—No me abandones ahora —susurró, apremiante—. ¿Cómo esperas tener un romance con la maravillosa pianista de Massarde si no mueves el culo y empujas?

Giordino abrió los ojos y se pasó una mano por las mejillas polvorientas. Con un supremo esfuerzo de voluntad, se puso en pie y osciló como un borracho. Miró a Pitt sin la menor malicia y, pese a su maltrecho estado, logró sonreír.

—Detesto ser tan predecible —dijo.

Como dos macilentos animales de tiro, cogieron los cables de arrastre y comenzaron a empujar hacia delante. Sus débiles cuerpos apenas les permitían dar unos pasos torpes; pero el peso combinado de ambos fue haciendo subir poco a poco el velero por el talud. Ambos hombres tenían las cabezas bajas, las espaldas encorvadas y los cerebros nublados por el delirio de la sed. El avance era lastimosamente lento.

No tardaron en caer de rodillas; pero siguieron arrastrándose hacia delante. Giordino advirtió que las manos de Pitt sangraban en torno al cable, que le había quemado las palmas; pero el hombre parecía totalmente ajeno al dolor.

De pronto, los cables se aflojaron, y el improvisado velero de tierra alcanzó la plana superficie del lecho seco del lago y siguió hacia ellos, golpeándolos. Por fortuna, Pitt había tenido la previsión de atar los amarres de la vela de forma que ahora su borde de salida apuntaba directamente en la dirección en que soplaba la breve brisa, sin generar ningún empuje.

Tras soltar los cables de arrastre, Pitt ayudó a su amigo a subir al fuselaje. Giordino se desmoronó como un saco de patatas sobre el asiento delantero. Luego Pitt tiró un puñado de arena al aire para ver la dirección del viento. Soplaba del noroeste.

Había llegado el momento de la verdad. Miró a Giordino, el cual hizo un vago movimiento hacia delante con la mano y, con débil susurro, dijo:

—Ponlo en marcha.

Pitt se apoyó en la parte trasera del fuselaje y empujó el velero hasta ponerlo lentamente en movimiento sobre la arena. Tras unos pasos, el hombre saltó al asiento posterior. El viento soplaba por sotavento, tras su hombro izquierdo. Pitt soltó el cable de escota y movió la caña del timón de modo que el vehículo se moviese con el viento. Recogió la escota a medida que el aire fue impulsando con más fuerza el velero y el Kitty Mannock comenzó a moverse por su cuenta, tomando rápidamente velocidad mientras Pitt recogía más cable.

Echó un vistazo a la brújula y, tras la lectura, marcó el curso. En su interior el agotamiento y el entusiasmo se mezclaban. Hizo girar leventemente la vela, y pronto, entre una nube de polvo, el velero de tierra comenzó a surcar el fondo del lago seco en un glorioso silencio y a una velocidad de casi sesenta kilómetros por hora.

La emoción no tardó en convertirse en algo próximo al pánico cuando Pitt, en una precipitada maniobra de corrección de curso, hizo que la rueda de barlovento se levantara del suelo, haciendo lo que los aficionados al lana surfing llaman hiking. Había movido la vela demasiado contra el viento, aumentando el arrastre. De modo que tuvo que corregir el curso, para evitar que el velero volcase, lo cual habría supuesto un desastre, pues a ninguno de los dos ocupantes le quedaban fuerzas para enderezarlo.

Cuando ya el accidente era casi inevitable, Pitt soltó los cables de escota y giró suavemente la caña del timón, haciendo que el vehículo girase hacia barlovento. Mantuvo el curso y la rueda levantada volvió a posarse en el suelo.

Pitt había navegado en pequeños barcos de vela cuando era niño en Newport Beach, California, pero jamás había ido a aquella velocidad. Mientras se apartaba del viento en un amplio ángulo de bordada de cuarenta y cinco grados, comenzó a corregir con los cables de escota la dirección de la enorme vela. Una rápida ojeada a la brújula le indicó que debía tomar un nuevo curso en zigzag hacia el este.

Comenzando a sentirse más confiado, se tuvo que contener para no rebasar el límite de velocidad que separa la rapidez del accidente. No es que fuese a acobardarse a esas alturas del curso, pero la prudencia insistía en recordarle que el Kitty Mannock no era el más estable de los veleros de tierra, y que se mantenía de una pieza gracias a cables y alambres que tenían más de sesenta años.

Se retrepó en su asiento y permaneció sin quitar ojo a los remolinos de polvo que recorrían el desolado lago. Una súbita racha de viento y volcarían irremediablemente. Pitt se daba cuenta de que dependían de la suerte. Si tropezaban con otro barranco invisible, o con una roca que rompiese uno de los bastidores, o se producía cualquiera de las posibles docenas de catástrofes, todo habría acabado para ellos.

Entre patinazos y bandazos, el Kitty Mannock cruzaba el lago seco a una velocidad de la que Pitt había considerado incapaz a su improvisado velero. Los granos de arena lo golpeaban en el rostro con la fuerza de perdigones. Un creciente viento de cola hizo que alcanzaran los ochenta y cinco kilómetros por hora. Tras marchar a paso de tortuga por el desierto durante días, ahora parecía como si fuesen en un reactor en vuelo rasante. Contra toda esperanza, Pitt esperó que el Kitty Mannock se mantuviese de una pieza.

Al cabo de media hora, los irritados ojos de Pitt comenzaron a escrutar el anónimo paisaje en busca de algún punto de referencia. Su preocupación en ese momento era pasar de largo la carretera transahariana sin reconocerla, lo cual no era nada dificil, pues únicamente se trataba de una vaga senda que recorría el inmenso arenal de norte a sur. Si la rebasaban inadvertidamente, se encaminarían directamente a la inmensidad del desierto, y allí se perderían para siempre.

No se veían señales de vehículos, y el terreno comenzaba a estar de nuevo sembrado de dunas bajas. Pitt se preguntó si ya habrían cruzado la frontera de Argelia. No había forma de averiguarlo. Las grandes caravanas que habían marchado entre el antaño fértil valle del Níger y el Mediterráneo, con sus cargamentos de oro, marfil y esclavos, había desaparecido en la noche de los tiempos, sin dejar el menor rastro. Lo único que ocasionalmente pasaba por aquel erial olvidado de la mano de Dios eran algunos coches con turistas, camiones que transportaban repuestos y mercancías, y vehículos militares que patrullaban por la zona.

De haber sabido que en realidad la nítida línea roja que indicaba la carretera en los mapas no existía como tal, y era sólo un producto de la imaginación de los cartógrafos, Pitt se hubiera sentido enormemente frustrado. Los únicos indicadores reales, si se tenía la suerte de detectarlos, eran diseminados huesos de animales, algún vehículo abandonado y desguazado, huellas de rodadas que el viento no había borrado, y una serie de viejos bidones colocados a intervalos de cuatro kilómetros, si es que los nómadas no los habían cogido para usarlos o revenderlos en Gao.

De pronto, a su derecha, cerca del horizonte, Pitt vio un objeto manufacturado, una oscura mota en plena ola de calor. Giordino también lo vio y señaló hacia él, en su primer indicio de vida desde que el velero de tierra había emprendido la marcha. El aire era claro y diáfano como el cristal. Ya habían abandonado el lago seco, y del suelo no se alzaba ni una mota de polvo. Lograron identificar el objeto como los restos de un abandonado autobús «Volkswagen» al que se había despojado de todas sus partes, salvo el chasis y el fuselaje. Sólo quedaba el cascarón, en cuyo costado se leía una inscripción irónica: «¿Dónde está Lawrence de Arabia cuando se le necesita?»

Con la certidumbre de haber alcanzado la carretera, Pitt fijó un nuevo curso hacia el norte. El terreno se había vuelto arenoso, con tramos de grava. Ocasionalmente, cruzaban sobre arenas sueltas; pero el poco peso del velero evitó que encallaran en ellas.

Al cabo de diez minutos, Pitt detectó un lejano bidón. Ahora tenía la plena certeza de que iban por la carretera, de modo que comenzó una serie de viradas de dos kilómetros hacia el norte y Argelia.

Giordino no se movía. Pitt se echó hacia delante y lo tocó en el hombro, pero la única reacción del hombre fue dejar caer la cabeza hacia delante, hasta que la barbilla reposó contra el pecho. Giordino había perdido el conocimiento, lo cual era el preámbulo de la muerte. Pitt hubiera querido gritar o sacudir a su amigo; pero no halló fuerzas para hacerlo. Notaba como las sombras se iban cerrando en torno a su ámbito de visión, y sabía que estaba a sólo unos minutos de perder totalmente el conocimiento.

Le pareció oír el lejano zumbido de un motor; pero, al no ver nada, lo atribuyó al delirio. El sonido se hizo más fuerte, y al

fin logró reconocerlo como el de un motor diesel; pero siguió sin ver nada. Estaba ya persuadido de que el fin había llegado para él.

Entonces sonó un fuerte bocinazo. Pitt movió débilmente la cabeza hacia un lado. Rodando junto a ellos había un enorme camión Bedford, de construcción británica, arrastrando un gran remolque. El conductor, un árabe, miraba a las dos figuras del velero de tierra con curiosidad y amplia sonrisa. Sin que Pitt se diera cuenta, el camión, que venía por detrás, se había puesto a su lado.

El chófer se asomó por la ventanilla y, haciendo bocina con una mano, gritó:

—¿Necesitan ayuda?

Pitt sólo consiguió asentir débilmente con la cabeza.

Lo que no había previsto era cómo parar el velero. Hizo un débil intento de frenar con la vela, pero lo único que consiguió fue que el vehículo diera media vuelta sobre sí mismo. Luego, una racha de viento azotó la vela del peor modo, y el Kittv Mannock volcó. Mientras el velero se hacía astillas, los cuerpos de Pitt y Giordino salieron lanzados por el aire, cayendo sobre la arena como monigotes inarticulados.

El chófer árabe detuvo su camión junto a ellos. Saltó de la cabina y se dirigió a los dos hombres inconscientes. Inmediatamente, reconoció los indicios de deshidratación y regresó corriendo al camión, para volver con cuatro botellas de plástico llenas de agua.

En cuanto notó el contacto del agua contra su rostro, Pitt salió del negro hoyo de oscuridad en que se había hundido. Abrió los labios y el agua comenzó a entrarle en la boca. La transformación fue milagrosa. Un minuto antes estaba medio muerto y al siguiente, tras echarse al coleto más de siete litros de agua, volvió a convertirse en un ser humano en foma razonablemente satisfactoria.

El cuerpo reseco de Giordino también había retornado a la vida. Parecía imposible que, con sólo engullir una saludable cantidad de líquido, regresaran de la muerte segura.

El árabe también les ofreció tabletas de sal y unos dátiles secos. El hombre, que se cubría con una gorra de béisbol, tenía un rostro moreno e inteligente. Puesto en cuclillas, observó con interés la resurrección de los dos hombres.

—¿Vienes ustedes en esa máquina desde Gao? —preguntó

Pitt meneó negativamente la cabeza.

—Desde Fort Foureau —mintió. Aún no tenía la certeza de encontrarse en Argelia. Ni tampoco podía confiar en que el conductor del camión no los entregase al destacamento de Policía más próximo si se enteraba de que eran fugitivos de Tebezza—. ¿Dónde estamos exactamente?

—En mitad del desierto del Tanezrouft.

—Pero... ¿en qué país?

—Pues en Argelia, naturalmente. ¿Dónde creían estar?

—En cualquier sitio, menos en Malí.

El árabe puso mala cara.

—En Malí hay mala gente. Y mal gobierno. Matan a muchos.

—¿A qué distancia está el teléfono más próximo? —preguntó Pitt.

—Adrar se encuentra trescientos cincuenta kilómetros hacia el norte. Allí tienen comunicaciones.

—¿Es una aldea?

—No. Adrar es una gran ciudad, de mucho pogreso. Tienen aeropuerto, y un servicio regular de pasajeros hasta Argel.

—¿Va usted en esa dirección?

—Sí. Entregué un cargamento de conservas en Gao, y ahora regreso a Argel.

—¿Puede llevarnos hasta Adrar?

—Será un honor.

Pitt miró al chófer y sonrió.

—¿Cómo se llama usted, amigo?

—Ben Hadi.

Pitt estrechó cálidamente la mano del otro y dijo con voz suave:

—Aunque usted no lo sepa, amigo Ben Hadi, al salvarnos, también ha salvado centenares de otras vidas.

 

 

 

CUARTA PARTE

 

ECOS DE EL ÁLAMO

 

26 mayo, 1996 Washington, D.C.

 

 

44

 

—¡Están fuera! —gritó Hiram Yaeger, irrumpiendo en el despacho de Sandecker con Rudi Gunn pisándole los talones.

Sandecker, absorto en el presupuesto de un proyecto submarino, alzó la mirada inexpresivamente.

—¿Fuera?

—Dick y Al. Han cruzado la frontera y se encuentran en Argelia.

De pronto Sandecker adoptó la expresión de un niño al que acaban de comunicarle la llegada de Papá Noel.

—¿Cómo lo sabéis?

—Telefonearon desde el aeropuerto de una ciudad del desierto llamada Adrar —replicó Gunn—. Aunque la línea estaba mal, logramos entenderles que iban a tomar un vuelo comercial hasta Argel. Cuando lleguen, volverán a llamarnos desde nuestra Embajada.

—¿Dijeron algo más?

Gunn miró a Yaeger.

—Tú fuiste el primero que habló con Dick.

—Se le oía fatal —dijo Yaeger—. El sistema telefónico del desierto argelino no es mucho más que unas cuantas latas atadas con un cordel. Si lo oí correctamente, creo que insistió en que solicitara usted que un Equipo de Fuerzas Especiales volviese con él a Malí.

—¿Explicó por qué? —preguntó Sandecker con curiosidad. —Lo poco que pude entender entre las interferencias me pareció bastante absurdo.

—¿Absurdo, en qué sentido? —quiso saber Sandecker. —Dijo algo de rescatar a mujeres y niños de una mina de oro. Su tono era muy urgente y angustiado.

—Carece totalmente de sentido —dijo Gunn.

Sandecker miró a Yaeger.

—¿Reveló Dick cómo lograron escapar de Malí?

Yaeger parecía un hombre perdido en un laberinto.

—No me haga mucho caso, almirante, pero juraría que dijo que cruzaron el desierto en un velero con una mujer llamada Kitti Manning o Manncock.

Sandecker se retrepó en su sillón y sonrió resignadamente.

—Conociendo a Pitt y Giordino como los conozco, no me extrañaría nada. —De pronto, frunció los párpados y preguntó intrigado—. ¿No sería Kitty Mannock?

—Ya le digo que no se oía bien; pero... sí, es muy posible.

—Kitty Mannock fue una famosa aviadora de los años veinte

—explicó Sandecker—. Batió varios récords de velocidad y distancia antes de desaparecer en el Sáhara. Creo que fue en 1931.

—¿Y qué puede tener que ver con Pitt y Giordino? —se preguntó Yaeger en voz alta.

—No tengo ni idea —dijo Sandecker.

Gunn consultó su reloj.

—Averigüé la distancia aérea entre Adrar y Argel. Son poco más de mil doscientos kilómetros. Si en estos momentos están volando, tendremos noticias de ellos en más o menos hora y media.

—Ordenen a nuestro departamento de comunicaciones que abran línea directa con la Embajada estadounidense en Argelia

—dijo el almirante—. Y que se cercioren de que es segura. Si Pitt y Giordino han descubierto datos cruciales sobre la contaminación que provoca la marea roja, no quiero que la noticia trascienda a los medios de comunicación.

 

Cuando llegó la llamada de Pitt por la red mundial de comunicaciones de la NUMA, Sandecker y los otros, incluido el doctor Chapman, estaban reunidos en torno a una consola telefónica. Esta grababa la conversación y amplificaba la voz de Pitt por un sistema de altavoces, de modo que todos pudieran hablar sin micrófonos ni audífonos.

En un preciso informe, que duró una hora aproximada, Pitt respondió a casi todas las preguntas que se habían ido acumulando durante los últimos noventa minutos. Todos permanecieron escuchando atentamente y tomando notas mientras el hombre relataba los terribles sucesos y las pruebas espantosas por las que él y Giordino habían pasado desde que se separaron de Gunn en el río Níger. Las actividades ilegales de Fort Foureau fueron descritas al detalle. La revelación de que el doctor Hopper y los científicos de la Organización Mundial de la Salud se encontraban con vida y brutalmente esclavizados en las minas de Tebezza los dejó estupefactos, así como el enterarse de que los ingenieros franceses de Massarde, sus esposas e hijos, más una veintena de otros extranjeros secuestrados, aparte los prisioneros políticos del general Kazim estaban en la misma situación. Terminó su informe con el accidental y afortunado hallazgo de Kitty Mannock y su viejo avión. Ninguno de los oyentes pudo contener la sonrisa al oírle relatar la construcción del velero de tierra.

Al fin, los hombres sentados en torno a la consola comprendieron por qué Pitt pedía regresar a Malí con una fuerza armada. La denuncia de las horribles e inhumanas condiciones imperantes en las minas de oro de Tebezza los dejó abrumados. Pero lo que más les sobrecogió fue enterarse del secreto almacenamiento subterráneo de desechos nucleares y tóxicos en Fort Foureau. Saber que la supuesta planta de incineración de residuos tóxicos tecnológicamente puntera, no era más que un fraude, nubló de preocupación el rostro de todos los presentes, pues nadie pudo dejar de preguntarse cuántas plantas similares de la Massarde Enterprises repartidas por todo el mundo hacían lo mismo.

A continuación, Pitt los puso al corriente de la criminal sociedad que formaban Yves Massarde y Zateb Kazim. Repitió detalladamente cuanto había oído durante sus conversaciones con Massarde y O'Bannion.

Luego el doctor Chapman comenzó con las preguntas:

—¿Tiene la certeza de que Fort Foureau es la fuente de la contaminación que poduce la marea roja?

—Aunque ni Giordino ni yo somos expertos en hidrología subterránea —replicó Pitt—, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que los desechos tóxicos que, en vez de ser incinerados, son escondidos bajo el desierto, se filtran a las corrientes subterráneas. Desde allí, fluyen bajo un viejo cauce hasta el Níger.

—¿Cómo es posible que se hicieran grandes excavaciones subterráneas sin que los inspectores internacionales del medio ambiente lo supiesen? —preguntó Yaeger.

—¿O sin que las fotos satélite las descubrieran? —añadió Gunn.

—La clave está en el ferrocarril y los contenedores —replicó Pitt—. Las excavaciones no comenzaron durante la construcción del reactor solar ni de los campos fotovoltaicos y concentradores, sino después de que se erigiese un gran edificio que actuara de tapadera a las operaciones. La tierra excavada era metida luego en los contenedores de los trenes que regresaban a Mauritania. Por lo que Al y yo pudimos discernir, Massarde aprovechó grutas naturales ya existentes.

Todos guardaron silencio por unos instantes, hasta que Chapman dijo.

—Cuando este asunto salga a relucir, el escándalo y las investigaciones serán interminables.

—¿Tenéis pruebas fehacientes? —preguntó Gunn a Pitt.

—Únicamente sabemos lo que vimos en el lugar y lo que contó Massarde. Lamento no poderos ofrecer más.

—Habéis hecho un trabajo excelente —dijo Chapman—. Gracias a vosotros, la fuente del contaminante ya no es un enigma, y podemos actuar en el empeño de cortar la filtración a las aguas subterráneas.

—Eso es más fácil decirlo que hacerlo —le recordó Sandecker—. Dick y Al nos han pasado una inmensa patata caliente.

—El almirante tiene razón —dijo Gunn—. No podemos presentarnos así como así en Fort Foureau y clausurar las instalaciones. Yves Massarde es un hombre poderoso y acaudalado, que mantiene fuertes conexiones con el general Kazim y está muy bien relacionado con los más altos estamentos del gobiernos francés...

—Y con otro montón de poderosísimos hombres de negocios y altos funcionarios —añadió Gunn.

—Massarde es una consideración secundaria —interrumpió Pitt—. Lo más importante es liberar a esa pobre gente de Tebezza antes de que muera.

—¿Hay entre los prisioneros algún norteamericano?

—La doctora Eva Rojas es ciudadana estadounidense.

—¿Es la única persona de nuestra nacionalidad?

—Sí, hasta dónde yo sé.

—Si ningún presidente se ha atrevido a intervenir en el Líbano para liberar a nuestros rehenes, es sumamente improbable que nuestro actual presidente envíe un Equipo de Fuerzas Especiales para salvar a una sola norteamericana.

—No se pierde nada por pedirlo —propuso Pitt.

—Cuando le pedí que os rescataran a ti y a Giordino, ya me dijo que no.

—Hala Kamil nos ha prestado el Equipo Internacional Táctico y de Respuesta Crítica de la ONU —dijo Gunn—. No creo que niegue la autorización para salvar a sus propios científicos.

—Hala Kamil es una dama de principios —dijo Sandecker convencido—. Con más ideales que la mayor parte de los hombres que conozco. Podemos confiar en que logre que el coronel Bock envíe de nuevo a Malí al coronel Levant y a sus hombres.

—En las minas, la gente muere como ratas —dijo Pitt, con una crispación en la voz que advirtieron todos sus oyentes—. Sólo Dios sabe cuántos más han sido asesinados desde que Al y yo nos fugamos. Cada minuto cuenta.

—Hablaré con la secretaria general y se lo contaré todo —prometió Sandecker—. Si Levant actúa tan rápidamente como lo hizo cuando salvó a Rudi, sospecho que podrás explicarle personalmente la situación dentro de muy pocas horas.

Al cabo de noventa minutos de la llamada de Sandecker a Hala Kamil y al general Bock, el coronel Levant junto con sus hombres y equipo, ya se encontraban sobrevolando el Atlántico, camino de una base aérea francesa situada en las proximidades de Argel.

 

El general Hugo Bock ordenó los mapas y las fotos satélite que tenía sobre el escritorio y cogió una vieja lupa que le había regalado su abuelo cuando era niño y coleccionaba sellos. La había conservado como amuleto durante toda su carrera militar y todavía la tenía. El cristal de la lente perfectamente pulido, sin una falla, aumentaba las imágenes sin distorsionar los bordes en absoluto.

Bebió un sorbo de café y comenzó a examinar los pequeños círculos que había marcado en los mapas y fotos y que indicaban la situación aproximada de Tebezza. Aunque la descripción del lugar donde se encontraba la mina, hecha por Pitt y enviada por Sandecker a Bock por fax, era una mera aproximación, la mirada del general no tardó en detectar la pista de aterrizaje y el difuso camino que, a través del estrecho cañón, cruzaba la alta meseta rocosa.

Pensó que el tal Pitt era un tipo muy observador. Parecía como si hubiera memorizado todos los puntos significativos que vio durante su épica travesía del desierto hasta Argelia, y que luego los hubiera proyectado al revés en su mente hasta la entrada de la mina.

Bock comenzó a estudiar el terreno en torno a la mina, y nada de lo que vio le gustó. La misión de rescatar a Gunn en el aeropuerto de Gao había sido relativamente sencilla. Procedente de una base militar egipcia cercana a El Cairo, la fuerza de la ONU sólo tuvo que aterrizar, tomar el aeropuerto, rescatar a Gunn y despegar. Tebezza era un hueso mucho más duro de roer.

El equipo de Levant tendría que aterrizar en la pista del desierto, viajar casi veinte kilómetros hasta la entrada de la mina, asaltarla y asegurar el laberinto de túneles y cavernas, volver a la pista transportando a Dios sabía cuántos prisioneros, cargarlos a todos a bordo, y despegar.

El gran peligro radicaba en que deberían pasar demasiado tiempo en tierra. Los aparatos de transporte serían un blanco fácil para la fuerza aérea de Kazim. Los cuarenta kilómetros del viaje de ida y vuelta por un mal camino del desierto unido al tiempo que se perdería en él, aumentaba considerablemente las posibilidades de fracaso.

El éxito del ataque no podía basarse sólo en la exactitud cronométrica. Un número excesivo de variables desconocidas intervenía a su vez. Evitar toda comunicación con el exterior resultaba de una importancia vital. Bock no encontraba modo de que la operación pudiera cumplirse en menos de hora y media. Si tenía dos horas de duración, el desastre era seguro.

Descargó un fuerte puñetazo sobre el escritorio y murmuró para sí:

—¡Maldita sea! No hay tiempo para preparativos ni para hacer planes. ¡Una misión de emergencia para salvar vidas! Demonios, probablemente perderemos más de las que salvemos.

Tras considerar la operación desde todos los ángulos, Bock lanzó un suspiro y marcó un número en el teléfono de su escritorio. El secretario de Hala Kamil le pasó inmediatamente la comunicación a ésta.

—Sí, general —saludó Hala—. No esperaba tener noticias suyas tan pronto. ¿Algún problema con la misión de rescate?

—Lamento decir que unos cuantos, señora secretaria. Esta vez, la tarea rebasa nuestras posibilidades. El coronel Levant necesitará respaldo.

—Autorizaré cuantas fuerzas adicionales de la ONU necesiten.

—Carecemos de reservas —explicó Bock—. Mis fuerzas restantes están en misión de seguridad en la frontera sirio—israelí, o efectuando operaciones civiles de rescate en las revueltas y motines de la India. El coronel Levant deberá contar con un respaldo de fuera de la ONU.

Se produjo un silencio mientras Hala ordenaba sus ideas.

—Se trata de un problema muy difícil —dijo al fin—. No sé a quién recurrir.

—¿Qué tal le parecen los norteamericanos?

—A diferencia de sus predecesores, el nuevo presidente muestra una gran renuencia a interferir en los asuntos del Tercer Mundo. De hecho, fue el quien me pidió que le autorizase a usted a salvar a los dos hombres de la NUMA.

—¿Por qué no fui informado? —preguntó Bock.

—El almirante Sandecker no pudo facilitarnos datos de su paradero exacto. Mientras esperábamos pistas, ellos escaparon por su cuenta, haciendo innecesaria una misión de rescate.

—Lo de Tebezza no va a ser fácil ni seguro —comentó Bock torvamente.

—¿Puede garantizarme el éxito? —preguntó Hala.

—Confio en la habilidad de mis hombres, señora secretaria; pero no puedo garantizar nada. Mucho me temo que el costo en vidas será alto.

—No podemos quedarnos cruzados de brazos —dijo solemnemente Hala—. El doctor Hopper y su equipo científico son miembros de la ONU. Tenemos el deber de salvar a nuestra gente.

—Estoy de acuerdo —dijo Bock—. Pero me sentiría más seguro si contáramos con un contingente de respaldo, para el caso de que el coronel Levant se viese cercado por fuerzas militares malienses.

—Quizá los británicos o los franceses se muestren mejor dispuestos...

—Los norteamericanos pueden montar una operación de respuesta más rápida —la interrumpió Bock—. Si la decisión estuviese en mi mano, pediría su Fuerza Delta.

Hala quedó en silencio, sin querer comprometerse. Sabía que el jefe ejecutivo de los Estados Unidos se mostraría tenaz en su deseo de no comprometerse.

—Hablaré con el presidente y le expondré nuestro caso—dijo Hala, resignada—. Es todo lo que puedo hacer.

—Entonces informaré al coronel Levant de que no puede permitirse errores tácticos, ni esperar ayuda externa.

—Quizá la suerte lo acompañen.

Bock aspiró profundamente sintiendo en la espalda un escalofrío de aprensión.

—Señora secretaria: siempre que he confiado en la suerte, algo terrible ha sucedido.

 

St. Julien Perlmutter se encontraba en su inmensa biblioteca, que albergaba millares de libros, casi todos dispuestos en estanterías de caoba barnizadas, salvo unos, que estaban diseminados sobre la alfombra persa, o amontonados en un viejo escritorio de persiana. Vestía su indumentaria habitual: bata de cachemir sobre pijama de seda, y estaba sentado en su sillón, con los pies sobre el escritorio, leyendo un manuscrito del siglo xvi.

Perlmutter era un famoso erudito en historia marítima. Su variadísima colección de obras sobre barcos y el mar estaba considerada la mejor del mundo. Los directores de museos de todo el país hubieran dado un ojo de la cara o un cheque en blanco a cambio de aquella inmensa biblioteca. Pero, salvo para obtener libros raros que añadir a su colección, poco le importaba el dinero a un hombre que había heredado cincuenta millones de dólares.

Su amor a la investigación superaba con mucho a su amor por las mujeres. Si alguien podía apasionarse por dar una conferencia sobre cualquier naufragio, ése era St. Julien Perlmutter. Tarde o temprano, todos los investigadores o cazadores de tesoros de Europa y América terminaban llamando a su puerta en busca de asesoría y consejo.

Su pantagruélica constitución —pesaba más de ciento ochenta kilos—, era producto de la mejor comida y bebida así como de la total ausencia de cualquier ejercicio que no fuera el de coger un libro y pasar sus páginas. Tenía ojos azul cielo de gran vivacidad y su rubicundo rostro estaba semioculto por una enorme barba gris.

Sonó el teléfono, y Perlmutter tuvo que apartar una pila de libros abiertos para alcanzarlo.

—Perlmutter al habla.

—Soy Dick Pitt, Julien.

—Dick, muchacho... Cuánto tiempo sin oír tu voz.

—No creo que hayan sido más de tres semanas.

—¿Quién cuenta las horas cuando está sobre la pista de un naufragio? rió Perlmutter.

—Desde luego, ni tú ni yo.

—¿Por qué no te acercas por aquí y degustamos juntos mis famosas Crépes Perlmutter?

—Mucho me temo que, para cuando llegase, ya estarían frías —replicó Pitt.

—¿Dónde estás?

—En Argel.

Perlmutter bufó despectivamente.

—¿Y qué haces en un sitio tan espantoso?

—Entre otras cosas, estoy interesado en un naufragio.

—¿En la costa africana del Mediterráneo?

—No: en el desierto del Sáhara.

Perlmutter, que conocía bien a Pitt, sabía cuando éste bromeaba.

—La leyenda de un barco en el desierto, cerca del golfo de California me es familiar, pero no sé nada de uno en el desierto del Sahara.

—Me he tropezado con tres fuentes que hacían referencia a él —explicó Pitt—. Una era un viejo buscador de tesoros norteamericano que andaba tras un buque confederado llamado el Texas. Aseguraba que el barco subió por un río actualmente seco y se perdió en la arena. Supuestamente, transportaba el oro de la tesorería confederada.

Perlmutter se echó a reír.

—¿Qué clase de hierba del desierto fumaba el tipo?

—También aseguraba que Lincoln iba a bordo.

—Acabas de cruzar la línea que separa lo absurdo de lo ridículo.

—Por extraño que te parezca, lo creí. Y luego encontré otras dos referencias a la leyenda. Una era una vieja pintura rupestre de una cueva, que mostraba lo que no podía ser sino un buque confederado. La otra era una referencia a un avistamiento que encontré en el cuaderno de bitácora del avión de Kitty Mannock.

—Un momento —dijo escépticamente Perlmutter—. ¿El avión de quién?

—De Kitty Mannock.

—¡La encontraste! Dios bendito, si desapareció hace más de sesenta años. ¿Realmente diste con el lugar donde se estrelló?

—Mientras cruzábamos en desierto, Al Giordino y yo tropezamos con su cadáver y los restos de su aparato en un barranco escondido.

—¡Felicidades! —estalló Perlmutter—. Habéis aclarado uno de los grandes misterios de la aviación.

—Pura suerte —admitió Pitt.

—¿Quién paga esta llamada?

—La Embajada norteamericana en Argel.

—En tal caso, aguarda un momento que ahora vuelvo.

Perlmutter levantó su enorme masa del sillón, fue hasta una estantería y examinó su contenido durante unos segundos. Tras encontrar el libro que buscaba, lo cogió, volvió con él al escritorio, lo hojeó unos momentos y luego volvió a ponerse al teléfono.

—¿Dices que el barco se llamaba Texas?

—Eso es.

—Un buque ariete blindado —recitó Perlmutter—. Se construyó en los astilleros Rocketts de Richmond, y lo botaron en marzo de 1865, un mes antes del final de la guerra. Tenía cincuenta y ocho metros de eslora y doce de manga. Dos motores, dos hélices, tres metros y pico de calado, y un blindaje de quince centímetros. Sus piezas de artillería eran dos Blakely de cien libras y dos cañones de nueve pulgadas y sesenta y cuatro libras. Velocidad, catorce nudos.

—Muy potente para su época.

—En efecto. Doblaba en velocidad a cualquier otro buque blindado de la Unión o de la Confederación.

—¿Cuál es su historia?

—Bastante breve. Su primera y única misión de combate fue un épico descenso por el río James, a través de toda una flota unionista y pasando entre lo fuertes de Hampton Roads. Llegó al Atlántico en muy mal estado, escapó, y no se le volvió a ver.

—Entonces, su desaparición fue una realidad —dijo Pitt.

—Sí; pero en ella no hubo nada raro. Como todos los barcos confederados de su tipo, fue construido para misiones fluviales y portuarias. Por lo que resultaría sumamente inseguro en una travesía transoceánica. La hipótesis más aceptada es que se hundió durante una tormenta.

—¿Crees posible que cruzase el océano hasta Africa Occidental y subiera por el río Níger?

—El Atlanta es el único buque confederado de esa clase que intentó navegar por mar abierto. Fue capturado durante una batalla con dos monitores unionistas en Wassaw Sound, Georgia. Un año después de la guerra, el rey de Haití lo compró con la intención de incorporarlo a su marina. Zarpó de Chesapeake Bay con rumbo al Caribe y desapareció. Los tripulantes que habían navegado en él aseguraban que hacía agua incluso con buen tiempo.

—No obstante, el viejo buscador juraba que tanto los colonos frances como los nativos africanos contaban historias de un monstruo de hierro sin velas que navegaba Níger arriba.

—¿Quieres que lo verifique?

—¿Podrías?

—Ya me tienes enganchado —dijo Perlmutter—. Además hay otro enigma que aumenta el interés del Texas.

—¿De qué se trata?

—Tengo en mis manos la biblia de los barcos de la Guerra de Secesión —replicó lentamente Perlmutter—. Todos los buques llevan diversas referencias que añaden información adicional. El pobre Texas no tiene ni una sola referencia. Es como si alguien se hubiera propuesto que permaneciese en el olvido.

 

 

45

 

Pitt y Giordino abandonaron discretamente la Embajada norteamericana por el vestíbulo de la sección de pasaportes, salieron a la calle y detuvieron un taxi. Pitt le dio al chófer una dirección en francés que le había anotado un ayudante de la Embajada, y el coche comenzó el recorrido por las calles de la ciudad, pasando por entre sus pintorescas mezquitas y minaretes. El taxista que les tocó en suerte era un energúmeno que constantemente hacía sonar su claxon, maldecía a los peatones y se quejaba del intenso y caótico tráfico, que mal discurría por entre semáforos y policías indiferentes muy poco interesados en controlar aquel desbarajuste.

En la calle principal, que corría paralela a los muelles, el chófer giró hacia el sur y se dirigió a las afueras, donde se detuvo frente a ellos un sedan diesel «Peugeot 604» de las Fuerzas Aéreas francesas. Montaron en la parte de atrás y, antes de que Giordino pudiera cerrar la puerta, el conductor, sin dirigirles ni una mirada, aceleró callejón abajo.

Diez kilómetros más adelante, el coche se detuvo ante la entrada de un aeródromo militar. En la garita de guardia ondeaba la bandera tricolor. El centinela echó un vistazo al «Peugeot», hizo un gesto de asentimiento y lo dejó pasar saludándolo al modo francés, con la palma hacia el exterior. Al llegar a la pista, el chófer se detuvo e insertó el asta de un gallardete en una ranura de la parte delantera izquierda del coche.

—No me digas nada, a ver si lo adivino —dijo Giordino—. Somos los grandes mariscales del desfile.

Pitt se echó a reír.

—¿Has olvidado tus días en las Fuerzas Aéreas? Todo vehículo que cruce la línea de vuelo debe llevar un banderín de autorización.

El «Peugeot» pasó frente a una larga hilera de cazas de ala delta Mirage 2000, atendidos por sus dotaciones de tierra. Un extremo de la línea de vuelo estaba ocupado por una escuadrilla de helicópteros Super Puma AS—332, que parecían haber sido diseñados por un Flash Gordon miope. Construidos para transportar misiles aire a tierra, carecían del habitual aspecto asesino de casi todos los otros helicópteros de ataque.

El coche se metió por el extremo desierto de una pista secundaria y se detuvo. Pitt y su amigo permanecieron dentro, a la espera. Giordino no tardó en dormirse, confortado por el aire acondicionado del coche, mientras Pitt hojeaba un ejemplar de Wall Street Journal que había recogido en la Embajada.

Quince minutos más tarde un gran aerobús tomó tierra por el oeste. Ni Pitt ni Giordino advirtieron que el aparato se aproximaba hasta que oyeron el chirriar de sus ruedas sobre el asfalto de la pista. Giordino despertó y Pitt dobló el periódico. El avión frenó antes de girar ciento ochenta grados. En cuanto las enormes ruedas se detuvieron, el chófer puso el «Peugeot» en marcha y lo condujo hasta unos cinco metros de la parte trasera del aparato.

El aerobús acababa de recibir una capa de pintura de camuflaje para el desierto, bajo la cual se advertía la sombra de las anteriores marcas de identificación. Una mujer, vestida con el uniforme de combate y un brazalete con el distintivo de la ONU cruzado por una espada, salió de la panza del aparato por una trampilla, entre las enormes ruedas del tren de aterrizaje. Fue rápidamente hacia el «Peugeot» y abrió la portezuela trasera.

—Síganme, por favor —pidió en un inglés con marcado acento español.

Mientras el coche se alejaba, la componente del equipo táctico de la ONU los condujo hasta el avión, en el que subieron. Entraron por la zona inferior de carga del aerobús, y se dirigieron hacia una angosta escalera que ascendía a la cabina principal.

Giordino se detuvo a contemplar los tres vehículos de transporte de personal, bajos y achaparrados, formados en hilera. Luego estudió con fascinación el «buggy» fuertemente armado que se había empleado para rescatar a Gunn en Gao.

—Si participases en una carrera de autocross con ese chisme, ningún rival se atrevería a pasarte —comentó admirado.

—Tiene un aspecto formidable, desde luego —estuvo de acuerdo Pitt.

Cuando llegaron a la cabina principal, encontraron a un oficial esperándolos que fue hacia ellos y se presentó.

—Soy el capitán Pembroke—Smythe. Me alegro mucho de verlos. El coronel Levant los espera en la sala de planificación. Al oír el acento del capitán, Giordino comentó:

—Evidentemente, es usted inglés.

—En efecto: somos un grupo de lo más variado —dijo jovialmente Pembroke—Smythe, al tiempo que señalaba con el extremo de un junquillo las tres docenas de hombres y mujeres dedicados a limpiar y montar armas y equipo—. A algún alma imaginativa se le ocurrió que la ONU debía contar con su propia unidad táctica dispuesta a, por así decirlo, ir a los berenjenales en los que los gobiernos internacionales temían meterse. Hay quien nos llama guerreros secretos. Cada uno ha sido minuciosamente adiestrado por las fuerzas especiales de su país de origen. Todos somos voluntarios. Algunos son permanentes, y otros sólo estamos de servicio durante un año.

Esa gente formaba uno de los grupos más eficientes y avezados que Pitt había visto. Endurecidos por el ejercicio y un adiestramiento brutal, eran profesionales silenciosos y concienzudos, poseedores de la eficacia y la inteligencia imprescindibles en las misiones secretas. A Pitt no le hubiera gustado encontrarse con ninguno de ellos —ni de ellas—, en un callejón oscuro.

Pembroke—Smythe los hizo pasar a un compartimento que albergaba el centro de mando del aparato. Se trataba de un área espaciosa, llena de equipo electrónico. Un operario se encargaba de las comunicaciones, mientras otro estaba ante un ordenador, programando los datos para la inminente operación en Tebezza.

El coronel Levant salió de detrás de un escritorio y recibió en la puerta a Pitt y a Giordino. El militar no sabía con qué se iba a encontrar. Había leído extensos dosieres sobre ambos hombres, facilitados por el Servicio Internacional de Inteligencia de las Naciones Unidas, y no podía por menos de sentirse impresionado por sus historiales. La lectura de un resumen de sus peripecias en el desierto tras huir de Tebezza le llenó de admiración.

Inicialmente, Levant había expresado grandes reservas ante la idea de llevar consigo a Pitt y Giordino, pero no tardó en comprender que, si no contaba con ellos para guiarlos en las galerías de las minas, la operación correría un grave riesgo. Los dos hombres estaban muy delgados y requemados por el sol, pero, por lo demás, su aspecto era sorprendemente saludable y vigoroso. Mientras les estrechaba la mano, el francés dijo:

—He leído sobre sus hazañas, caballeros, y sentía grandes deseos de conocerlos. Soy el coronel Marcel Levant.

—Soy Dirk Pitt, y el feo individuo que me acompaña es mi amigo Al Giordino.

—Tras leer el informe sobre sus andanzas en el desierto, esperaba que los subieran en camilla. Me satisface verlos en forma tan espléndida.

—Los líquidos, las vitaminas y el ejercicio obran milagros —replicó Pitt sonriendo.

—Y la diversión bajo el sol, también —murmuró Giordino. En lugar de responder al irónico comentario, Levant se dirigió a Pembroke—Smythe:

—Capitán: avise a los hombres y ordene al piloto que se prepare para despegar inmediatamente. —Luego devolvió su atención a los hombres que tenía enfrente— Si lo que ustedes dicen en correcto, el tiempo no se mide en minutos, sino en vidas. Podemos estudiar los detalles de la misión durante el vuelo.

Pitt asintió, totalmente de acuerdo:

—Será lo más práctico.

Levant consultó su reloj.

—El vuelo durará algo más de cuatro horas. Tenemos el tiempo muy justo. Como deseamos efectuar el asalto durante el periodo de descanso de los prisioneros, hemos de ser puntuales. Si llegamos demasiado pronto o demasiado tarde, esa pobre gente estará repartida por las galerías de la mina, y no podremos encontrarlos y reunirlos antes de nuestra hora prevista para la retirada.

—Llegaremos a Tebezza en plena noche.

—Más o menos, a las cero horas.

—¿Piensa tomar tierra con las luces de aterrizaje? —preguntó Pitt incrédulamente—. Si lo que quiere es que todos se enteren de nuestra llegada, puede añadir fuegos artificiales.

Levant se retorció un extremo del bigote, ademán que Pitt iba a ver frecuentemente repetido en las siguientes diez horas.

—Aterrizaremos a oscuras. Y, antes de que empiece con las explicaciones, será mejor que se sienten y se ajusten los cinturones.

Como para enfatizar sus palabras, en aquel momento sonó el zumbido, extrañamente amortiguado, de los motores. El gran aerobús comenzó a acelerar silenciosamente por la pista.

A Giordino, Levant le parecía demasiado pomposo y arrogante, así que lo trató con cortés indiferencia. Pitt, por su parte, reconocía a un profesional experto y avezado cuando lo veía. También captó en el coronel un soterrado respeto que a Giordino se le escapaba.

Durante el despegue, Pitt hizo un comentario sobre lo silenciosos que eran los motores.

—El escape de las turbinas lleva silenciadores especiales —explicó Levant.

—Funcionan bien —comentó admirado Pitt—. Cuando aterrizaron, no oí nada hasta que las ruedas tocaron tierra.

—Tómelo como una medida más de sigilo para aterrizajes clandestinos en lugares donde no somos bienvenidos.

—¿También aterrizan sin luces?

—En efecto —asintió Levant.

—¿Dispone el piloto de un equipo de visión nocturna sofisticado?

—No, Mr. Pitt, nada de sofisticaciones. Cuatro de mis hombres saltarán en paracaídas sobre la pista de Tebezza, se harán con ella, y luego colocarán una serie de luces infrarrojas que señalarán la pista a nuestro piloto.

—Una vez en tierra —comentó Pitt, pensativo—, no será tarea fácil recorrer el terreno entre la pista y la entrada de la mina en plena oscuridad.

—Ese es el menor de nuestros problemas —replicó Levant sombríamente.

El avión ascendía gradualmente, girando hacia el sur. El francés soltó su cinturón y se dirigió a una mesa sobre la que había una foto satélite de la meseta situada sobre la mina. Cogió un lápiz y señaló la foto.

—Aterrizar con helicópteros en lo alto de la meseta y bajar luego por las paredes del cañón haciendo rappel hasta la entrada de la mina habría simplificado enormemente nuestro problema, aumentando además el factor sorpresa. Por desgracia, existen otras consideraciones.

—Comprendo el dilema —dijo Pitt—. Un viaje de ida y vuelta a Tebezza rebasa la autonomía de vuelo de un helicóptero, y situar depósitos de combustible a lo largo del desierto habría supuesto una demora adicional.

—De treinta y dos horas, según nuestros cálculos. Consideramos la posibilidad de cubrir el trayecto a saltos con una escuadrilla de helicópteros, transportando en unos aparatos a los hombres y al equipo, y en otros reservas de combustible. Pero ese plan también implicaba complicaciones.

—Demasiado complejo y lento —dijo Giordino.

—El factor velocidad también favorecía el uso del aerobús —siguió Levant—. Otra de las ventajas que tiene utilizar un avión en vez de una escuadrilla de helicópteros es la de que podemos llevar nuestros propios medios de transporte. También nos permite disponer de espacio para atender médicamente a bordo a la gran cantidad de personas que, según su informe, necesita cuidados sanitarios urgentes.

—¿De cuántos miembros consta su equipo de asalto? —preguntó Pitt.

—Treinta y ocho combatientes y dos médicos —replicó Levant—. Una vez aterricemos, cuatro se quedarán montando guardia en el avión. El equipo médico acompañará a la fuerza principal, para atender a los prisioneros.

—Eso no dejará mucho espacio en sus vehículos de personal. No sé si cabrán todos.

—Si parte de mi gente va en los techos y sujeta a los costados, podremos evacuar a cuarenta prisioneros.

—Quizá no queden tantos con vida —dijo seriamente Pitt.

—Haremos todo lo posible por los que queden —aseguró Levant.

—¿Y los malienses? —preguntó Pitt—. Los prisioneros políticos y los enemigos del general Kazim. ¿Qué será de ellos? Levant se encogió de hombros.

—Tendrán que quedarse. Les abriremos todas las despensas de las minas, y dispondrán de las armas de los guardas. Aparte de eso, poco podemos hacer por ellos. Quedarán a su suerte.

—Kazim es un sádico. Cuando se entere de que sus más preciados prisioneros han huido, puede ordenar la ejecución masiva de los otros.

—Tengo órdenes concretas —dijo sencillamente Levant—. Y esas órdenes no incluyen salvar a los presos locales.

Pitt contempló la ampliada foto del desierto en torno a la meseta de Tebezza.

—O sea, que lo que se propone es aterrizar en el aerobús en plena noche en una pista del desierto, recorrer una carretera que ya en pleno día es difícil de seguir, asaltar la mina, llevarse a todos los prisioneros extranjeros, y luego regresar a la pista y despegar hacia Argel. ¿No cree que, dadas las limitaciones de nuestros medios, quizá estemos mordiendo más de lo que podemos tragar?

Levant no vio en los comentarios de Pitt ni desaprobación ni sarcasmo.

—Como suele decirse, Mr. Pitt, no hay más cera que la que arde.

—No dudo de la capacidad de lucha de su gente, coronel. Pero había esperado una fuerza mayor y mejor dotada.

Lamento que la ONU no dedique a su Equipo Táctico y de Respuesta Crítica fondos suficientes para dotarlo de amplias tropas y equipo ultrasofisticado como el que posee la mayoría de las fuerzas especiales. Nuestro presupuesto es escaso, y no podemos salirnos de él.

—Pero... ¿por qué un equipo UNICRATT? —preguntó con curiosidad Pitt—. ¿Por qué no un comando británico, o de la Legión Extranjera francesa, o de las Fuerzas Especiales norteamericanas?

—Porque ningún país, ni siquiera el suyo, quería correr el riesgo de mancharse las manos con esta misión —explicó cansadamente Levant—. De ahí que la secretaria general Kamil ofreciera nuestros servicios.

El nombre de la secretaria evocó en la memoria de Pitt el cálido recuerdo de un interludio con Hala Kamil a bordo de un barco, en el estrecho de Magallanes. Había ocurrido dos años atrás, durante la búsqueda del tesoro de la Biblioteca de Alejandría.

Levant captó la mirada ensoñadora y Giordino, que conocía la historia, sonrió. Pitt advirtió sus expresiones y devolvió su atención al mapa satélite.

—Hay un fallo.

—Hay varios —dijo Levant, ecuánime—. Pero todos son superables.

—Salvo dos.

—¿Que son...?

—Desconocemos la ubicación del centro de comunicaciones y de monitores de seguridad de O'Bannion. Si no logramos detenerlo a tiempo, y él se pone en contacto con las fuerzas de Kazim, no tendremos ni la menor posibilidad de regresar a Argel: el general enviará contra nosotros a una escuadrilla de sus cazas, que nos hará pedazos.

—Entonces, debemos entrar y salir de la mina en el plazo de cuarenta minutos —dijo Levant—. No es imposible, en el caso de que la mayor parte de los cautivos puedan llegar a la superficie por su propio pie. Si hay muchos que necesiten ser transportados, perderemos un tiempo crucial.

En ese momento, apareció el capitán Pembroke—Smythe procedente de la cocina del avión con una bandeja de café y sandwiches.

—Nuestra comida, si no exquisita, al menos es alimenticia —dijo con buen humor—. Pueden escoger: pollo o atún. Pitt miró a Levant y sonrió.

—Parece que lo de que su presupuesto es escaso no lo dijo usted en broma.

 

Mientras el aerobús sobrevolaba el negro mar del desierto, Pitt y Giordino dibujaron de memoria grandes esquemas de los diversos niveles de la mina. A Levant le asombró la precisión de sus recuerdos. Aunque carecían de memoria fotográfica, era asombrosa la enorme cantidad de detalles que recordaban.

Levant y otros dos oficiales interrogaron a los hombres de la NUMA en profundidad, repitiendo las preguntas hasta tres o cuatro veces en la esperanza de obtener detalles observados y luego olvidados. La senda hasta el cañón, la distribución general de la mina, las armas de los guardas.... Todo fue repasado una y otra vez.

Los datos fueron almacenados en ordenadores, y los bosquejos de la mina programados en tres dimensiones. No pasaron nada por alto. La predicción meteorológica para las próximas horas, el tiempo de vuelo de los cazarreactores de Kazim desde Gao, planes y caminos alternativos de fuga en el caso de que el aerobús fuera destruido en tierra. Se trazó un plan para cada posible contigencia.

Una hora antes de llegar a Tebezza, Levant reunió a su pequeño grupo de hombres y mujeres en la cabina principal. Pitt inició el informe describiendo a la fuerza de vigilancia: el número de sus componentes, su clase de armas, y añadiendo observaciones sobre su actitud indolente, derivada de vivir y trabajar en pleno desierto.

A Pitt le siguió Giordino, que les hizo una descripción de los distintos niveles de la mina, ayudándose con los grandes bosquejos situados sobre un gran atril.

Pembroke—Smythe dividió en cuatro unidades el equipo táctico de la ONU que iba a efectuar el ataque, y repartió mapas individuales de las galerías subterráneas impresos por el ordenador. Levant puso el broche a la reunión instruyendo a los equipos sobre sus distintas misiones.

—En primer lugar pido disculpas por nuestra falta de información —comenzó—. Nunca hemos emprendido una misión tan peligrosa con tan pocos datos. Probablemente, los mapas de la mina que acaban de recibir, sólo muestran menos de una quinta parte de los túneles y pozos que realmente existen. Hemos de golpear con rapidez y dureza, y ganar las oficinas y los alojamientos de los guardas. Una vez eliminada la resistencia, recogeremos a los prisioneros e iniciaremos la retirada. El encuentro final será en la caverna de acceso y cuando se cumplan los cuarenta minutos justos de entrar. ¿Alguna pregunta?

Se alzó una mano y un hombre situado en la parte delantera preguntó con acento eslavo.

—¿Por qué cuarenta minutos, coronel?

—Si tardamos más, cabo Wadilinski, los cazarreactores malienses más próximos tendrán tiempo de seguirnos y derribarnos antes de que regresamos a Argelia. Parto de la presunción de que la mayoría de los cautivos podrían llegar a nuestros transportes sin ayuda. Si hemos de transportar a muchos, habrá demora.

Se alzó otra mano.

—¿Qué pasa si nos perdemos en la mina y no llegamos a tiempo al encuentro final?

—En ese caso, se quedarán atrás —replicó Levant, sin inmutarse—. ¿Algo más?

—¿Podemos quedarnos con el oro que encontremos? La pregunta, formulada por un fornido individuo del fondo, fue seguida por un coro de risas.

—Serán registrados a fondo al final de la misión —replicó jovial Pembroke—Smythe—. Y todo el oro que se encuentre irá a parar a mi cuenta personal en Suiza.

—¿A las mujeres también nos registrarán?

El inglés lanzó una seductora mirada a la que había hablado. —Especialmente a ellas.

Aunque su expresión seria no se alteró. Levant agradeció aquellas bromas que relajaban la tensión en el ambiente. Una vez extinguidas las risas, dijo:

—Ahora que ya sabemos adónde irá a parar el botín, resumamos. Yo mandaré la primera unidad, y Mr. Pitt será nuestro guía. Limpiaremos las oficinas del nivel superior antes de descender a la mina y liberar a los cautivos. La unidad dos, bajo el mando del capitán Pembroke—Smythe y conducida por Mr. Giordino, bajará en el ascensor y ganará los alojamientos de los guardas. El teniente Steinholm estará a cargo de la unidad tres, que irá detrás como refuerzo y tomará posiciones defensivas en las entradas de las galerías laterales del túnel principal, para evitar que nos flanqueen. La unidad cuatro, mandada por el teniente Morrison ganará los niveles de recuperación y refinado de mineral. Salvo el equipo médico, los demás se quedarán vigilando la pista. Si tienen alguna otra pregunta que hacer formúlensela a sus comandantes de unidad.

Levant hizo una pausa y miró los rostros reunidos a su alrededor.

—Lamento que hayamos dispuesto de tan poco tiempo para preparar esta operación, pero estoy seguro de que podemos conseguir lo que pretendemos. No en vano nuestro equipo, en sus seis últimas misiones, ha salido victorioso sin sufrir ni una sola baja mortal. Si os enfrentáis a lo inesperado, improvisad. Hemos de entrar, liberar a los cautivos, y salir rápidamente, antes de que las Fuerzas Aéreas malienses tenga tiempo de perseguirnos. Fin del discurso. Buena suerte a todos.

Luego Levant giró sobre sus talones y se dirigió a su compartimento de mando.

 

 

46

 

Tras recibir los datos del sistema de triangulación por satélite el ordenador de a bordo marcó el curso del piloto automático, colocando al aerobús justo por encima de la meseta de Tebezza. El piloto efectuó una ligera corrección en las coordenadas, y el avión no tardó en estar sobre la pista de aterrizaje,que aparecía en el monitor de sonar—radar como una desnuda franja en el desierto.

Las puertas posteriores de la sección de carga se abrieron, y cuatro de los miembros del comando de Levant se colocaron al borde del negro vacío. Veinte segundos más tarde sonó un zumbido y los cuatro se lanzaron hacia delante, desapareciendo en la oscuridad. Las puertas se cerraron y el avión voló en círcurlos durante doce minutos antes de iniciar la maniobra de aterrizaje.

El piloto miraba a través de lentes de visión nocturna mientras el copiloto, sin perder de vista el panel de instrumentos, examinaba el desierto a través de unas gafas bifocales especialmente tintadas que le permitían detectar las luces infrarrojas colocadas por las paracaidistas.

—Veo terreno despejado —anunció el piloto.

El copiloto negó con la cabeza. Por el lado de estribor divisaba cuatro luces parpadeando al unísono.

—Esa es una pista secundaria, para aviones ligeros. La principal está medio kilómetro a estribor.

—Bien, la tengo: tren abajo.

El copiloto accionó una palanca y las ruedas se colocaron en posición.

—Tren de aterrizaje bajado y fijo.

—¿Cómo logran los pilotos de los helicópteros Apache no hacerse pedazos contra el suelo? —murmuró el piloto—. Esto es como mirar por dos tubos gemelos de papel higiénico llenos de niebla verdosa.

El copiloto estaba demasiado ocupado verificando la velocidad aerodinámica y la altitud, y efectuando correcciones en el curso, para replicar.

Las grandes ruedas golpearon sobre la arena y la grava, levantando una nube de polvo que hizo palidecer el brillo de las estrellas detrás del aparato. Las turbinas fueron sorprendentemente silenciosas. Luego, el piloto aplicó los frenos y el aerobús se detuvo a menos de cien metros del final de la pista.

Aún no se había posado el polvo levantado por el aparato cuando la rampa posterior bajó y los vehículos descendieron por ella. Se colocaron en formación de convoy, con el «buggy» de ataque delante. A continuación salieron los seis hombres del equipo de seguridad que se quedarían allí y se distribuyeron en torno al aparato. Fueron seguidos por la fuerza principal, que rápidamente abordó los vehículos de transporte de personal. El jefe del equipo de paracaidistas corrió hacia el coronel Levant en cuanto éste puso un pie en el suelo e informó al mismo tiempo que se cuadraba:

—La zona está desierta, señor. No hay señales de guardias ni de vigilancia electrónica alguna.

—¿Hay alguna instalación?

—Sólo un pequeño edificio de ladrillo que contiene herramientas y bidones de gasóleo para automóviles y de combustible para reactores. ¿Lo destruimos?

—Espere a que regresemos de la mina.

—Hizo un gesto hacia las sombras en torno a él—. ¿Mr. Pitt...?

—Coronel...

—Mr. Giordino me comentó que ha participado usted en carreras de autocross.

—Así es, señor.

Levant le indicó el asiento de conductor del vehículo de ataque y le tendió unos lentes de visión nocturna.

—Usted conoce el camino a la mina. Tome el volante y condúzcanos. —Se volvió hacia otra figura que aguardaba en las sombras—. Capitán Pembroke—Smythe...

—Señor...

—Emprendemos la marcha. Vaya en el último vehículo y vigile, sobre todo el cielo. No quiero correr el riesgo de un ataque de la aviación.

—Me mantendré ojo avizor —aseguró Pembroke—Smythe.

Si el equipo UNICRATT disponía de un presupuesto reducido, Pitt no pudo por menos de preguntarse qué clase de equipo increíblemente exótico utilizarían las Fuerzas Especiales estadounidenses, que contaban con fondos ilimitados. Todos los componentes del equipo de Levant, incluidos Pitt y Giordino, llevaban ropas de combate de color gris y negro resistentes al fuego, chalecos antibalas, lentes protectores nocturnos, y cascos provistos de equipos de comunicación en miniatura. En cuanto a las armas, llevaban metralletas Heckler & Koch MP5.

Pitt dirigió un saludo a Giordino, que estaba montando junto al conductor del vehículo de detrás. Luego se acomodó en su exiguo asiento, con la cabeza bajo la ametralladora Vulcan de seis cañones. Se puso los lentes y ajustó la mirada a la súbita magnificación luminosa que daba al desierto el aspecto de la superficie verdosa de un planeta remoto. Señalando hacia el noroeste, indicó:

—El camino hacia la mina comienza unos treinta metros a nuestra derecha.

Levant asintió y luego se volvió para confirmar que todo sus hombres ocupaban ya los vehículos y estaban listos para partir. Movió un brazo en señal de avance y luego palmeó a Pitt en el hombro.

—El tiempo vuela, Mr. Pitt. Pongámonos en marcha.

Pitt aceleró y, rápidamente, fue cambiando las marchas de la caja de cinco velocidades del «buggy». Este saltó hacia delante, seguido por los tres vehículos de transporte de personal. El terreno se deslizaba raudamente bajo las pesadas ruedas que levantaban a su paso una gran cantidad de arena obligando a la fila de vehículos que les seguían a abrirse en V, para escapar de la nube cegadora. Al cabo de unos momentos, tanto los vehículos como sus ocupantes estaban cubiertos por una película de fino polvo gris—parduzco.

—¿Qué velocidad alcanza? —preguntó Pitt a Levant.

—Sobre firme liso, doscientos diez por hora.

—No está mal, considerando su falta de aerodinámica y su enorme peso.

—Los SEAL de la marina norteamericana propusieron usarlo en la guerra del desierto contra Irak.

Pitt dio con el codo a Levant.

—Diga a sus conductores que vamos a girar treinta grados a la izquierda y luego seguiremos en línea recta durante unos ocho kilómetros.

Levant dio la orden por su sistema de comunicaciones, y en un momento los transportes giraban en formación, siguiendo al buggy.

No había casi nada memorable en el sendero apenas visible que unía la pista de aterrizaje al cañón socavado en la meseta. Pitt confiaba por un lado en su memoria y por otro en su vista. Cruzar el desierto como una exhalación en plena noche era toda una prueba para los nervios. No había forma de saber con certeza lo que había tras la siguiente cuesta, o si se había desviado del camino y estaba conduciendo al convoy hacia una insondable sima. Sólo algún tramo ocasional en el que el viento no había borrado las rodadas le indicaba que seguía en la dirección correcta.

Echó una mirada de reojo a Levant. El coronel permanecía relajado e increíblemente tranquilo. Si la loca carrera de Pitt entre las tinieblas le producía algún temor, no lo dejaba traslucir en absoluto. Sólo denotaba alguna preocupación cuando se volvía para verificar que los tres vehículos de personal continuaban a su espalda.

La meseta se alzaba ante ellos, ocultando con su inmensa mole la parte inferior del telón de estrellas. Cuatro minutos más tarde, Pitt se sintió invadido por una oleada de alivio: enfrente de él podía ver la entrada del sinuoso cañón que, como un inmenso hachazo, dividía las negras paredes de la meseta. Redujo la marcha y se detuvo.

—La cueva de entrada que conduce a la caverna de estacionamiento se encuentra a sólo un kilómetro —dijo a Levant—. ¿Quiere enviar por delante a un grupo de reconocimiento que vaya a pie?

Levant negó con la cabeza.

—Siga adelante más despacio, Mr. Pitt. Aún a riesgo de delatar nuestra proximidad, entraremos con los vehículos para ahorrar tiempo. ¿Le parece bien?

—¿Por qué no? Nadie nos espera. Si los centinelas de O'Bannion nos detectan, creerán que transportamos una nueva remesa de prisioneros enviada por Kazim y Massarde.

Pitt puso de nuevo en movimiento el buggy, al que siguieron los otros vehículos en columna. Sólo apretaba el acelerador cuando comenzaba a perder tracción sobre la arena. Iba en tercera velocidad y con el motor poco más que al ralentí. La columna avanzaba a paso de tortuga por entre las perpendiculares paredes del cañón. Los silenciadores, especialmente adaptados a estos vehículos, no podían amortiguar totalmente el sonido de los escapes, y el latido de los motores resonaba suavemente contra las rocas. El aire nocturno era fresco y sólo soplaba un viento leve, pero de las paredes del cañón aún emanaba el recuerdo del calor diurno.

De pronto, la entrada de la cueva se abrió en la oscuridad frente a la comitiva. Pitt condujo el «buggy», a través de los angostos muros de piedra, hasta la galería principal, coo si fuese lo más normal del mundo. El interior sólo estaba iluminado por las luces procedentes del túnel de las oficinas, y se encontraba vacío salvo por un camión «Renault» y el guarda de seguridad que ya conocían.

El tuareg, vestido con túnica y turbante, dirigió una mirada indiferente, que contenía más curiosidad que recelo, a los vehículos que se aproximaban. Sólo cuando el «buggy» estuvo a pocos metros comenzó a recelar. Empuñó la ametralladora que le colgaba del hombro y en el momento en que la alzaba para apuntar Levant le alcanzó entre los ojos con un disparo de su Beretta con silenciador.

—Buen tiro —comentó lacónicamente Pitt, al tiempo que detenía el vehículo de ataque.

Levant consultó su reloj.

—Gracias a usted, Mr. Pitt, hemos llegado con doce minutos de antelación.

El coronel bajó del «buggy» e hizo una serie de ademanes. Rápida y silenciosamente, los miembros del equipo táctico de la ONU saltaron al suelo, formaron de inmediato en sus respectivas unidades, y comenzaron el avance por el túnel. Una vez en el corredor de paredes estriadas y suelo de baldosas, los hombres de Levant iniciaron su entrada silenciosa por las grandes puertas al tiempo que detenían a los sobresaltados ingenieros de O'Bannion. Mientras, Giordino condujo a las otras tres unidades tácticas hacia el montacargas principal, marcado en el mapa de Fairweather, y que conducía a los niveles inferiores.

Cuatro de los facinerosos ingenieros de minas de O'Bannion fueron sorprendidos en torno a una mesa, jugando al póquer. Antes de que pudieran reaccionar ante la súbita aparición de hombres vestidos con trajes de camuflaje y armados, que los rodearon y apuntaron contra sus cabezas los cañones de sus armas, los sorprendidos jugadores se vieron maniatados, amordazados y encerrados en un almacén.

Silenciosamente, ejerciendo sólo la presión indispensable, Levant abrió la puerta marcada como cuarto de monitores y entró en una sala cuya única iluminación procedía de una batería de monitores de televisión en los que aparecían diversas partes de la mina. Un europeo estaba sentado en una silla giratoria, de espaldas a la puerta. Llevaba una camisa de diseño y bermudas. Fumaba tranquila y relajadamente un fino cigarro mientras echaba mecánicos vistazos a las imágenes transmitidas por las videocámaradas repartidas por las galerías.

El reflejo en la pantalla de un monitor apagado los traicionó. Alertado por la imagen de unos individuos que entraban en la habitación a su espalda, el hombre se movió ligeramente a la izquierda y tendió casualmente la mano hacia una hilera de botones rojos. Demasiado tarde, Levant saltó hacia el hombre y le asestó un golpe salvaje con su Heckler & Koch. El guarda de seguridad se desmoronó en la silla y luego cayó de bruces sobre la consola, al tiempo en que una alarma comenzaba a atronar en toda la mina.

—¡Maldita sea! —exclamó Levant, furioso—. Se acabó el factor sorpresa.

Apartó el cuerpo del guarda y lanzó una ráfaga de su ametralladora contra la consola de mandos, de cuyas destrozadas conexiones saltaron chispas eléctricas y humo. El clamor de la sirena cesó bruscamente.

Pitt corría pasillo abajo, pateando todas las puertas, hasta que abrió la que daba al centro de comunicaciones. La operadora, una bella mujer de facciones árabes, no se acobardó ante la brusca intrusión y ni siquiera alzó la vista de su equipo de radio al notar cómo Pitt se le aproximaba. Alertada por la sirena, estaba hablando rápidamente en francés por el micrófono del casco que ceñía su largo pelo negro. Pitt se abalanzó sobre ella y la noqueó con un puñetazo en la nuca. Pero, como le ocurrió a Levant con el de los monitores, también él llegó demasiado tarde. Antes de caer inconsciente, la operaria había transmitido la alarma a las fuerzas de seguridad del general Kazim.

—Fallé —dijo Pitt a Levant cuando éste irrumpió en la sala—. No pude evitar que enviara un mensaje.

Inmediatamente, Levant se hizo con la situación. Volviéndose, gritó:

—¡Sargento Chauvel!

—¡Señor! —Bajo el pesado traje de combate, era casi imposible darse cuenta de que se trataba de una mujer sargento.

—Póngase a la radio —ordenó Levant en francés—, y diga a los malienses que la alarma se debió a un cortocircuito. Que no hay ninguna emergencia. Y, por el amor de Dios, convénzalos de que no emprendan ninguna acción de respuesta.

—Sí, señor —dijo resueltamente Chauvel. Luego, de un empujón, quitó de en medio a la anterior operadora y ocupó su lugar.

—La oficina de O'Bannion está al final del pasillo —dijo Pitt. Apartó a Levant, echó a correr pasillo abajo y no se detuvo hasta que su hombro golpeó la puerta. Como ésta no tenía el cerrojo echado, el hombre entró en tromba en el antedespacho.

 

La recepcionista de bellos ojos y cabello hasta las nalgas permanecía tranquilamente sentada a su escritorio, sosteniendo con ambas manos una pistola automática de aspecto peligroso. El impulso con que Pitt había irrumpido en la habitación le hizo cruzar la sala, pasar por encima del escritorio y estrellarse contra la mujer. Ambos cayeron en un confuso reguño sobre la moqueta azul, no sin que antes ella hiciera dos disparos contra el chaleco antibalas de Pitt.

Pitt sintió como si le hubieran asestado dos mazazos en el pecho. Aunque los golpes lo habían dejado momentáneamente sin resuello, en modo alguno lo habían noqueado. La recepcionista intentaba desenredarse mientras gritaba en un idioma desconocido lo que Pitt no le cupo duda que se trataba de obscenidades. Hizo otro disparo, que pasó sobre el hombro del norteamericano, rebotó en el techo y acabó alcanzando una pintura. El hombre le quitó la pistola de entre las manos, la obligó a levantarse y la tiró sobre un sofá.

Se dio la vuelta y, pasando entre las estatuas de los tuaregs, hizo girar el tirador de la puerta del despacho de O'Bannion. Estaba cerrada. Alzó la pistola que le había quitado a la recepcionista, la puso contra la cerradura y oprimió el gatillo tres veces. Al resonar en la roca, los estampidos fueron ensordecedores, pero en ese momento la cautela era ya innecesaria.

O'Bannion estaba recostado contra su escritorio, con las manos extendidas sobre el tablero. Parecía esperar la llegada del jefe ejecutivo de una corporación de la competencia. Los ojos, enmarcados por la apertura del litham, mostraban una expresión altiva, sin rastro de temor. Pero en cuanto Pitt entró en el cuarto y se quitó el casco, relucieron de asombro.

—Espero no llegar tarde para la cena, O'Bannion. Porque, si no recuerdo mal, expresó usted el deseo de cenar conmigo.

—¡Usted! —susurró O'Bannion. Lo que el litham dejaba ver de su rostro palideció perceptiblemente.

—Una pesadilla hecha realidad, ¿no? —sonrió torcidamente Pitt—. Y vengo con unos amigos a los que no les gustan nada los sádicos que esclavizan y asesinan a mujeres y niños.

—No puede usted estar vivo. Nadie cruza el desierto sin agua.

—Pues Giordino y yo lo hicimos.—Uno de los aparatos de inspección del general Kazim encontró el camión volcado en un wadi muy al oeste de la carre—tera transahariana. No pudieron llegar a ella a pie.

—¿Qué le pasó al guarda que dejamos atado al volante?

—Estaba vivo; pero en seguida lo fusilaron por dejarlos escapar.

—Por estos contornos, la muerte es moneda de libre curso. En los ojos de O'Bannion decrecía la sorpresa por momentos, sin que asomara el miedo.

—¿Ha venido a rescatar a su gente, o a robar el oro? Pitt le dirigió una mirada pétrea.

—Acierta en lo primero y se equivoca en lo segundo. Además, nos proponemos sacarles a usted y a su escoria de los negocios. Permanentemente.

—Su comando ha invadido una nación soberana. Carecen ustedes de derechos en Malí, y del mismo modo no tienen jurisdicción sobre mí ni sobre la mina.

—¡Dios bendito! ¿Habla usted de jurisdicciones? ¿Qué me dice de los derechos de todo aquellos a quienes usted esclavizó y asesinó?

O'Bannion se encogió de hombros.

—De todas maneras, el general Kazim los hubiese ejecutado a casi todos ellos.

—¿Qué le impidió darles un trato humano? —inquirió Pitt.

—Tebezza no es un balneario ni una playa de moda. Estamos aquí para sacar oro.

—En beneficio de usted, Massarde y Kazim.

—Sí. Nuestros fines son lucrativos. ¿Y qué?

La fría e inicua actitud de O'Bannion hizo que en el interior de Pitt se abriesen las compuertas de la ira, dando paso a las terribles imágenes mentales de los sufrimientos padecidos por incontables hombres, mujeres y niños. Imágenes de los cadáveres apilados en la cripta subterránea; el recuerdo de Melika flagelando a los indefensos trabajadores con su látigo ensangrentado; la convicción de que tres hombres enfermos de codicia eran los causantes de infinitos dolores y angustias se abalanzaron en su memoria. Avanzó hasta O'Bannion, alzó su ametralladora y le descargó un culatazo en la parte del velo que le cubría la boca.

Por un largo rato, Pitt contempló al ingeniero de minas irlandés vestido de nómada que yacía inconsciente sobre la moqueta, con un torrente de sangre empapándole el velo. Luego se inclinó, se echó al irlandés al hombro y salió al pasillo, donde se encontró con Levant.

—¿0'Bannion? —preguntó el coronel.

Pitt asintió con la cabeza.

—Tuvo un accidente.

—Eso parece.

—¿Cuál es nuestra posición?

—La unidad cuatro ha ganado los niveles de refinado. Las unidades dos y tres encuentran poca resistencia por parte de los guardas. Parece que son más diestros en golpear a pobre gente indefensa que en luchar con profesionales encallecidos.

—El ascensor para los ingenieros que baja a la mina es por aquí —dijo Pitt, señalando hacia un pasillo lateral.

Pitt, Levant y los miembros de la primera unidad que no estaban vigilando a los ingenieros y oficinistas de O'Bannion bajaron en la elegante cabina del ascensor hasta el nivel principal, salieron y fueron hasta una puerta de hierro descuajeringada y con la cerradura volada.

—Alguien se nos ha adelantado —murmuró Levant. —Giordino y yo la dinamitamos al escapar —explicó Pitt. —Parece que no les dio tiempo a repararla.

En algún lugar del fondo de la mina resonó un seco restallar de detonaciones. Pitt pasó el aún inerte cuerpo de O'Bannion a un miembro musculoso del comando, y echó a correr galería abajo, en dirección a la caverna que albergaba a los prisioneros.

Alcanzaron la cámara central sin hallar resistencia y se reunieron con miembros de la segunda unidad, quienes estaban desarmando a unos guardas de O'Bannion que permanecían temerosamente con las manos tras la nuca. Giordino y dos miembros del equipo táctico habían volado la cerradura y estaban empujando la gran puerta de hierro que daba a la mazmorra subterránea de los esclavos. Al divisar a Levant, Pembroke—Smythe corrió hacia él y le informó.

—Hemos hechos prisioneros a dieciséis guardas, coronel. Un par de ellos escaparon por las galerías de la mina. Siete cometieron el error de resistirse y han muerto. Nosotros sólo tenemos dos heridos, ninguno de ellos grave.

—Debemos apresurarnos —dijo Levant—. Lamentablemente, antes de que pudiéramos cortar las comunicaciones lograron transmitir la alerta.

Pitt se colocó junto a Giordino, ayudándolo a empujar la puerta.

—Ya era hora de que aparecieses —dijo Giordino. —Me entretuve charlando con O'Bannion.

—¿Qué necesita ahora ese irlandés, un médico, o un enterrador?

—De momento, un dentista —replicó Pitt.

—¿Has visto a Melika?

—En las oficinas no había ni rastro de ella.

—Yo la encontraré —masculló Giordino, mascando con furia las palabras—. Esa es para mí.

La puerta salió al fin de sus goznes, y el equipo táctico entró en la caverna. Aunque, por propia experiencia, Pitt y Giordino conocían lo que les aguardaba allí, no por ello dejó de enfermarles el cuadro al que se enfrentaron. Los comandos se quedaron petrificados, pálidos y descompuestos ante el insoportable hedor y el indescriptible panorama de sufrimientos que se abría ante sus ojos. Incluso Levant y Pembroke—Smythe permanecieron paralizados unos momentos antes de reunir el valor suficiente para entrar.

—Dios bendito —murmuró Smythe—. Esto parece Auschwitz o Dachau.

Pitt se abrió paso por entre la masa de obnubilados cautivos, a quienes el trabajo agotador y el hambre daba aspecto de cadáveres vivientes. Encontró al doctor Hopper sentado en un camastro, con la mirada fija y sin ver, y las ropas colgándole como andrajos del cuerpo castigado. Al reconocer a Pitt, el hombre sonrió ampliamente, se levantó con dificultad y lo abrazó.

—Gracias a Dios que usted y Al lo consiguieron. Es un milagro.

—Lamento haber tardado tanto —dijo Pitt.

—Eva nunca perdió la fe en usted —dijo Hopper, con voz ahogada por la emoción—. Sabía que usted volvería.

Pitt miró en torno.

—¿Dónde está?

Hopper señaló hacia un jergón.

—Han llegado justo a tiempo. Eva se encuentra en muy mal estado.

Pitt fue hacia donde Hopper indicaba y se arrodilló junto a la inmóvil forma que yacía en uno de los camastros inferiores. La tristeza empañaba las facciones del hombre. No podía creer lo mucho que Eva se había deteriorado en una semana. La tomó por los hombros y la sacudió con suavidad.

—Eva... He vuelto a por ti.

Ella se removió, abrió los ojos turbios y lo miró sin verlo. —Por favor... Déjeme dormir un poco más —murmuró.

—Ya estás a salvo. Te sacaré de aquí.

La mujer lo reconoció al fin y los ojos se le anegaron de lágrimas.

—Sabía que vendrías a buscarme... A buscarnos a todos.

—Por poco no lo conseguimos.

Ella lo miró a los ojos y sonrió valerosamente.

—Ni por un momento dudé de ti.

Pitt la besó, larga, suave y tiernamente.

 

El equipo médico de Levant se puso inmediatamente a atender a los cautivos mientras las unidades de combate comenzaban a evacuar a los que podían valerse por sí mismos y llegar al nivel superior, donde montaban en los vehículos de transporte de personal. Como habían temido, la operación se demoró debido a que muchos estaban excesivamente debilitados para moverse por sí mismos, y hubo que transportarlos.

Tras cerciorarse de que Eva y las demás mujeres y niños eran atendidos e iban camino de la superficie, Pitt le pidió a uno de los expertos en demoliciones de Levant una bolsa de explosivos plásticos y fue con él hasta O'Bannion, quien ya había recuperado el conocimiento y estaba sentado junto a una vagoneta de mineral, bajo la atenta vigilancia de una componente del comando.

—Vamos, O'Bannion —ordenó Pitt—. Demos un paseo.

El litham del irlandés que se había soltado y caído revelaba su rostro surcado de cicatrices y totalmente desfigurado en un accidente con un barreno durante la época que se dedicó a la minería en Brasil. La sangre que le manaba por la boca, y los dos dientes que le faltaban a causa del culatazo que le había asestado Pitt, aumentaban su grotesca apariencia.

—¿Adónde? —preguntó hoscamente O'Bannion, a través de los labios tumefactos.

—A rendir honores a los difuntos.

La vigilante se apartó y Pitt obligó bruscamente a O'Bannion a ponerse en pie. Luego lo empujó a lo largo del tendido férreo en dirección a la cripta funeraria. Durante el camino, ninguno de los dos habló. De vez en cuando rodeaban el cuerpo de un guarda tuareg que había cometido el error de resistirse a la fuerza de asalto de Levant. Cuando llegaron a la caverna mortuoria, O'Bannion se detuvo, pero Pitt, fríamente, lo empujó al interior.

O'Bannion se volvió hacia Pitt y lo miró con ojos que continuaban siendo altivos.

—¿Para qué me ha traído aquí? ¿Para soltarme un sermón sobre la crueldad con que he tratado a mi prójimo antes de ejecutarme?

—En absoluto —replicó sosegadamente Pitt—. La moraleja es evidente sin necesidad de sermones y, además, no voy a ejecutarlo. Eso sería demasiado rápido, demasiado limpio. Un fugaz ramalazo de dolor, y luego la nada. No: usted merece una muerte más apropiada.

Por primera vez, en los ojos de O'Bannion se reflejó un brillo de temor.

—¿Qué piensa hacer?

Con el cañón de su arma, Pitt señaló las pilas de cadáveres.

—Voy a darle tiempo para reflexionar sobre su codicia y brutalidad.

O'Bannion pareció confuso.

—¿Por qué? Está pero que muy equivocado si cree que voy a derramar lágrimas de arrepentimiento e implorar piedad.

Pitt miró la fila de cadáveres y se fijó en la frágil y esquelética forma de una niña de no más de diez años que los miraba con sus ojos ciegos. La furia estalló en el interior del norteamericano, que necesitó un inmenso esfuerzo para controlar su ira y su necesidad de venganza.

—Va usted a morir, O'Bannion; pero lentamente, padeciendo la misma agonía de sed y hambre que usted impuso a los infortunados aquí presentes. Para cuando sus amigos Kazim y Massarde lo encuentren, si es que se molestan en buscarlo, usted se habrá reunido con todas sus víctimas.

—¡Pégueme un tiro! ¡Máteme ya! —pidió O'Bannion con voz desgarrada.

Los labios de Pitt se curvaron en una sonrisa fría como el hielo y no dijo nada más. Empujó a O'Bannion con el cañón del arma, obligándole a retirarse hasta el fondo de la caverna. Luego fue al túnel de entrada, colocó los explosivos plásticos en distintos intervalos, y activó los temporizadores. Tras dirigir un último y despectivo saludo a O'Bannion, corrió a la galería y se acuclilló detrás de un tren de mineral.

Sonaron cuatro estruendosas detonaciones, separadas por fracciones de segundo. Procedente del túnel de entrada a la cripta un conjunto de piedras, polvo y fragmentos de puntales salió a la galería principal. Las explosiones resonaron en toda la mina durante un largo rato y luego se hizo un silencio tétrico. Pitt comenzó a maldecirse a sí mismo, temiendo haber colocado mal los explosivos; pero en aquel momento escuchó un rumor leve que no tardó convertirse en un enorme estruendo cuando el techo del túnel se derrumbó bajo toneladas de roca, dejando sellada la entrada de la cámara mortuoria.

Una vez el polvo comenzó a posarse, Pitt se colgó el arma del hombre y, silbando tranquilamente, echó a caminar por el tendido del tren minero hacia la zona de evacuación.

 

Giordino escuchó un ruido y luego captó un movimiento en un túnel a su izquierda. Recorrió los raíles hasta llegar a una solitaria vagoneta vacía. Pegándose a la pared, avanzó silenciosamente, cuidando de no mover ninguna piedra con sus botas. Luego, con rapidez felina, saltó sobre los raíles y metió el cañón de su ametralladora en la vagoneta.

—¡Suelta el arma! —gritó.

Cogido por sorpresa, el guarda tuareg se levantó lentamente del fondo de la vagoneta, sosteniendo su ametralladora sobre la cabeza. No hablaba inglés y no entendió las palabras de Giordino, pero sabía cuándo una causa estaba perdida. Al notar el cañón del arma golpeándole captó el mensaje y tiró su ametralladora por el borde de la vagoneta.

—¡Melika! —masculló Giordino.

El guarda sacudió la cabeza, pero Giordino captó el abyecto terror que reflejaban sus ojos. Puso el cañón del arma contra los labios del guarda y lo empujó al interior de su boca, al tiempo que curvaba el dedo sobre el gatillo.

—¡Melika! —farfulló el otro con dificultad a causa del metálico cañón que tenía metido casi hasta la garganta. Giordino retiró el arma.

—¿Dónde está Melika? —preguntó amenazadoramente.

El guarda parecía temer tanto a Melika como a Giordino. Con ojos como platos, señaló en silencio hacia el fondo del túnel. Giordino le indicó que saliera a la galería principal.

—Vuelve a la caverna grande. ¿Entiendes?

El tuareg, con las manos tras la nuca, hizo una inclinación y retrocedió hacia donde se le indicaba, tropezando y cayendo sobre los raíles en su premura por obedecer. Giordino giró sobre sus talones y, cautelosamente, siguió por el oscuro túnel que se abría ante él, esperando a cada paso una ráfaga de ametralladora.

Reinaba un silencio mortal, sólo roto por el sonido de sus pisadas sobre las traviesas. Por dos veces se detuvo, pues todos sus sentidos lo alertaban de la inminencia del peligro. Llegó a un recodo de la galería y se detuvo. Al fondo brillaba una luz tenue. También se percibía una sombra y el sonido de rocas contra rocas. De uno de los múltiples bolsillos de su uniforme de combate sacó un pequeño espejo de señales y lo deslizó más allá de uno de los puntales.

Al final del túnel, Melika trabajaba febrilmente, amontonando rocas para formar un falso fondo en que ocultarse. Estaba vuelta de espaldas a Giordino, si bien a más de diez metros y con una ametralladora a su alcance apoyada contra la pared de la mina. Melika trabajaba sin tomar precaución alguna, confiando en el guarda que Giordino acababa de desarmar. El italiano podía plantarse en mitad del túnel y abatirla a balazos antes de que ella advirtiese su presencia; pero sus planes no incluían una muerte rápida para Melika.

Giordino dobló el recodo y fue hacia Melika a paso de lobo. Cualquier sonido que su avance pudiera producir quedaba ahogado por el ruido de las rocas que iban siendo presurosamente amontonadas por la negra. Cuando llegó lo bastante cerca, el hombre cogió la ametralladora apoyada en la pared y la arrojó hacia atrás por encima del hombro.

Melika se dio la vuelta, tardó un par de segundos en asimilar la situación, y luego embistió contra Giordino blandiendo aún su mortífero látigo. Desgraciadamente para ella, el elemento sorpresa no existía. Giordino ni pestañeó. Con una máscara de fría implacabilidad pintada en el rostro, apretó el gatillo tranquilamente y le voló las rodillas a la mujer.

La venganza imperaba sobre el resto de las emociones de Giordino. Melika era peor que la más cruel alimaña. Sólo por gusto, había torturado y asesinado. Incluso ahora, que yacía grotescamente retorcida y con las piernas formando ángulos absurdos, lo miraba con ojos henchidos de odio y le mostraba los dientes como una fiera. Un vesánico sadismo que brotaba de lo más hondo de su ser ahogaba el dolor lacerante. Gruñó a Giordino como una bestia herida y se esforzó en alcanzarlo con su látigo al tiempo que profería las más viles obscenidades.

Sin alterarse, Giordino retrocedió un paso y observó con expresión irónica los esfuerzos de la otra.

—Este es un mundo violente e implacable —dijo plácidamente—, pero lo será un poco menos en cuanto tú lo abandones, lo cual está a punto de ocurrir.

—¡Maldito cabrón de mierda! —le espetó Melika—. ¿Qué sabes tú de la violencia del mundo? Nunca has vivido entre la mugre, ni has padecido mis tormentos y miserias.

La expresión de Giordino era tan dura como las pétreas paredes de la mina.

—Eso no te autorizaba para torturar a los demás. Como juez y verdugo, no me interesan los problemas de tu vida. Quizá hayas tenido tus razones para llegar a ser lo que eres. En mi opinión, naciste enferma. Has dejado a tu paso un reguero de víctimas inocentes. No hay motivo para que sigas viva.

Melika no suplicó. El odio y la maldad que albergaba en su interior le salió por la boca en la forma de un torrente de insultos, obscenidades y blasfemias. Con gran parsimonia, Giordino le pegó dos balazos en el estómago. El par de ojos llameantes lanzaron su última mirada, que sólo pudo ver la indiferente expresión de Giordino. Luego quedaron vacíos y el cuerpo descomunal pareció aplastarse más contra el suelo del túnel.

Giordino la miró durante unos segundos y luego musitó la estrofa de una canción de «El mago de Oz»:

—Ding, dong, la bruja murió...

 

 

47

 

—El recuento final es de veinticinco —informó Pembroke—Smythe a Levant—. Catorce hombres, ocho mujeres y tres niños. Todos medio muertos por el agotamiento.

—Hay una mujer y un niño menos que cuando Giordino y yo huimos de aquí —dijo Pitt furioso.

Levant miró a los cautivos liberados que estaban subiendo a los vehículos de personal y luego echó un vistazo al reloj.

—Llevamos dieciséis minutos de retraso sobre lo previsto —dijo, impaciente—. Apresure las cosas cuanto pueda, capitán. Debemos irnos.

—En un santiamén estaremos dispuestos para largarnos —dijo Pembroke—Smythe. Fue hacia los vehículos e instó a darse prisa a los miembros del equipo táctico que estaban ocupándose de la evacuación.

—¿Y su amigo Giordino? —preguntó Levant a Pitt—. Si no aparece pronto, se quedará aquí.

—Tenía cierto trabajo que hacer.

—Si logra salir del alboroto que reina en los niveles inferiores puede considerarse un hombre con suerte. Después de que los prisioneros se hayan hecho con las despensas y los depósitos de agua, han comenzado su venganza contra los guardas. Los últimos en retirarse informan que abajo está teniendo lugar una matanza.

—No puede reprochárseles, después de todo lo que han soportado —dijo Pitt pensativo.

—Me siento culpable por abandonarlos —admitió Levant—. Pero si no nos vamos cuanto antes, pronto comenzarán a aparecer por los montacargas. Si tenemos que enfrentarnos a ellos para evitar que se monten en nuestros vehículos, nos harán pasar un verdadero mal rato.

Giordino apareció corriendo por el pasillo de las oficinas, y pasó frente a los seis comandos que vigilaban la entrada a la caverna. Parecía muy satisfecho y dirigió una sonrisa a Pitt y Levant.

—Gracias por esperarme.

—No es usted la razón de nuestro retraso —replicó Levant seriamente.

—¿Y Melika? —preguntó Pitt.

Giordino mostró el látigo que se había llevado consigo.

—Firmando en el registro de recepción del infierno. ¿Y O'Bannion?

—Montando guardia en el depósito de cadáveres.

—Listos para irnos —gritó Smythe, instalado en uno de los vehículos.

Levant se volvió hacia Pitt.

—¿Tendrá la bondad de conducirnos de nuevo a la pista?

—Pitt fue a echar un rápido vistazo a Eva, y le asombró su rápida recuperación. Había bebido más de tres litros de agua y devorado la comida rápida que le facilitó el equipo médico de la ONU. Hopper, Grimes y Fairweather también parecía haber resucitado. Luego Pitt corrió al buggy de combate y se colocó en el asiento del conductor.

El equipo de retaguardia montó en el último vehículo justo en el momento en que los prisioneros salían al exterior de la mina. Llegaron demasiado tarde y, cruelmente decepcionados, sólo pudieron ver cómo la fuerza especial que los había salvado de una muerte brutal se perdía en la noche, abandonándolos a un destino incierto.

 

Considerando que la cautela era ya innecesaria, Pitt inició la travesía del cañón a toda velocidad. Tras encender los faros del vehículo de asalto, mantuvo el acelerador apretado a fondo. A instancias del coronel Levant dejó atrás a los vehículos de personal. Ellos se adelantarían para supervisar los preparativos de una rápida retirada en el avión. Giordino conducía a la cabeza de la comitiva y, una vez el «buggy» de Pitt se hubo perdido de vista, no le costó seguir sus claras rodadas sobre la tierra del camino.

Durante el viaje de regreso, Levant se mostró sumamente inquieto. No dejaba de mirar su reloj con nerviosismo inequívoco. Le inquietaba el retraso de más de veinte minutos que llevaban sobre el horario previsto. Cuando sólo faltaban cinco kilómetros, comenzó a tranquilizarse. El cielo estaba despejado, sin aviones a la vista. Empezó a sentir un atisbo de optimismo. Quizá a fin de cuentas las fuerzas de seguridad de Kazim se hubieran dejado engañar por la mentira de la sargento Chauvel acerca de que la señal de alarma se había debido a un accidente.

Sus ilusiones no tardaron en desmoronarse.

De repente, por encima del rumor amortiguado del escape del «buggy» se escuchó el inconfundible sonido de unas turbinas, y el cielo nocturno fue alumbrado por las luces de navegación de un reactor. Inmediatamente, Levant comenzó a dar órdenes por radio para que el equipo de vuelo y la unidad de seguridad se apartasen del aerobús y se pusieran a cubierto.

Pitt pisó el freno demostrando unos rapidísimos reflejos y, tras derrapar con las cuatro ruedas, el buggy se detuvo detrás

de una duna baja. El hombre soltó las manos del volante y miró hacia el reactor inoportuno.

—Creo que hemos llamado la atención mucho más de lo que nos convenía.

—Probablemente, Kazim habrá enviado un solo aparato de reconocimiento para cerciorarse de que la alarma no ha sido debida a un ataque auténtico. —Levant habló con voz firme, pero su expresión era la de un hombre sumamente preocupado.

—Si el piloto esperase algún problema, no se presentaría tan campante, con las luces de vuelo encendidas.

Levant contempló sombríamente cómo el cazarreactor sobrevolaba el aerobús situado en un extremo de la pista de aterrizaje.

—Mucho me temo que está informando de la presencia de un aparato desconocido y solicitando instrucciones sobre si atacarlo o no.

El suspense no duró mucho. El cazarreactor, que Levant identificó como un Mirage francés, de pronto picó hacia la pista, enfilando su láser—guía contra el aerobús, que se encontraba en tierra, indefenso como una vaca ante un cañón.

—¡Va a atacar! —exclamó Pitt.

—¡Fuego! —gritó Levant al hombre sentado tras ellos, inclinado sobre la ametralladora Vulcan de múltiples cañones—. ¡Derríbelo!

El artillero siguió al caza maliense con la vista, ajustó la mira por ordenador y, en cuanto hubo establecido el ángulo y la distancia, accionó el mecanismo de fuego. Como las ametralladora de Gatling del siglo xix, los seis cañones de la Vulcan giraron vertiginosamente al tiempo que miles de proyectiles de veinte milímetros perforaban el cielo nocturno. Los proyectiles comenzaron a percutir contra el Mirage en el mismísimo instante en que el piloto soltaba dos misiles contra el indefenso aerobús de tierra.

El desierto se convirtió en un infierno de fuego y estruendo cuando ambos aparatos estallaron simultáneamente en dos enormes bolas ígneas. El caza, convertido en una brillante esfera naranja, continuó en su ángulo de descenso hasta estrellarse contra el suelo haciéndose pedazos. Lo que antes había sido un aerobús, no era más que una masa de llamas de la que se desprendía una nube de humo negro que ascendía por el cielo, palideciendo el brillo de las estrellas.

Pitt observó hipnotizado cómo lo que hacía sólo unos segundos eran dos aviones sólidos e intactos se habían convertido de pronto en llamas y humo. El y Levant se apearon del buggy y se quedaron inmóviles contemplando el espectáculo. Pitt observó la expresión derrotada en el rostro de Levant.

—¡Maldita sea! —exclamó el francés—. Ha ocurrido exactamente lo que temía. Estamos atrapados y sin la menor posibilidad de que nos rescaten.

—Kazim no tardará en sospechar que una fuerza extranjera ha vuelto a invadir su territorio —añadió sombríamente Pitt—. Mandará a todos sus aviones a Tebezza para que hagan pedazos a nuestros helicópteros de apoyo antes de que puedan recogernos.

—No tenemos más alternativa que dirigirnos hacia la frontera —admitió Levant.

—Jamás llegaríamos. Aun en el caso de que los aviones de Kazim no lograran usarnos como diana, o de que sus fuerzas de seguridad no consiguieran alcanzarnos u hostigarnos a lo largo de todo el camino, nuestros vehículos se quedarían sin combustible mucho antes de que pudiéramos reunirnos con una fuerza de ayuda. Quizá unos cuantos de sus comandos, los más endurecidos, sobreviviesen, pero la pobre gente que acabamos de rescatar de la muerte en las minas, perecería con toda seguridad en el desierto. Lo sé por experiencia.

—Usted se vio obligado a tomar dirección este, hacia la carretera transahariana —recordó Levant a Pitt—. Eso fueron cerca de cuatrocientos kilómetros. Yendo hacia el norte, sólo tendríamos que recorrer doscientos cuarenta kilómetros hasta Argelia, donde nos uniríamos a los refuerzos procedentes de Argel. Tenemos combustible de sobra para cubrir esa distancia.

—Olvida usted lo mucho que se juegan Kazim y Massarde con la mina de Tebezza —dijo Pitt, mirando fijamente a Levant—. Harán todo lo necesario para mantener sus atrocidades en secreto.

—¿Cree que se atrevería a atacarnos en Argelia...?

—Nuestra operación de rescate los ha convertido en hombres desesperados —interrumpió Pitt—. Algo tan insignificante como una frontera no les impedirá ordenar ataques aéreos en una zona desértica de Argelia. En cuanto reduzcan nuestros efectivos y derriben o pongan en fuga a los helicópteros de rescate, mandarán contra nosotros a sus fuerzas de seguridad para que nos aniquilen. No pueden permitirse que haya un solo superviviente que escape y revele sus inhumanas actividades.

Con el rostro teñido por la luz anaranjada del holocausto, Levant miró a Pitt.

—¿No aprueba mi plan de emergencia?

—Tengo cierta aversión a tomar los caminos obvios.

—Explíquese.

—Me sobran motivos para creer que Kazim no se detendrá por una simple frontera.

—¿Y qué propone? —preguntó pacientemente Levant.

—Tomar dirección sur, hasta el tendido férreo de Fort Foureau —replicó lacónicamente Pitt—. Luego secuestramos un tren hasta Mauritania. Si jugamos bien nuestras cartas, Kazim no se enterará de nada hasta que llegemos al mar, en Port Etienne.

—Propone que nos metamos en la boca del lobo —murmuró escépticamente Levant—. Y lo dice como si fuese lo más sencillo del mundo.

—De aquí a la planta de residuos tóxicos de Fort Foureau hay un terreno casi totalmente llano, con sólo algunas dunas ocasionales. Si mantenemos una velocidad media de cincuenta kilómetros por hora, podemos llegar al tendido antes del amanecer y con combustible de sobra.

—¿Y después? Estaremos expuestos a cualquier ataque.

—Hasta que anochezca, nos esconderemos en un viejo fortín de la Legión Extranjera. Luego detendremos a un tren que vaya hacia Mauritania y subiremos a bordo.

—El fuerte al que se refiere es el viejo Fort Foureau. Fue abandonado al acabar la Segunda Guerra Mundial. Lo visité en una ocasión.

—El mismo.

—Sería un suicidio emprender un viaje entre las dunas sin conocer el terreno —arguyó Levant.

—Uno de los prisioneros que hemos rescatado es un guía turístico profesional. Conoce el desierto de Malí mejor que un nómada.

Por unos momentos, Levant devolvió su atención al aerobús en llamas, considerando mentalmente los pros y los contras de la proposición de Pitt. Puesto en el lugar del general Kazim, él también esperaría que su presa corriera hacia el norte, en dirección a la frontera más próxima. E igualmente emplearía a todas las fuerzas de que dispusiera para intentar bloquearla. Llegó a la conclusión de que Pitt estaba en lo cierto. Escapar hacia Argelia era un suicidio. Kazim no cejaría en su persecución hasta que todos estuviesen muertos. Quizá tomando la dirección contraria desorientasen al general y a Massarde durante el tiempo suficiente para que el equipo táctico se pusiera a salvo.

—Creo que no se lo he comentado, Mr. Pitt; pero, cuando era miembro de la Legión Extranjera, pasé ocho años en el desierto.

—No, coronel, no me había contado usted nada sobre eso.

—Los nómadas relatan la leyenda de un león que recibió un lanzazo en un costado, abandonó la selva y cruzó a nado el río Níger a fin de morir en la cálida arena del desierto.

—¿Tiene esa historia alguna moraleja?

—No, realmente, no.

—Entonces, ¿por qué la menciona?

Levant se volvió hacia los vehículos de personal, que se estaban aproximando y se detuvieron tras el «buggy». Luego el francés se volvió de nuevo hacia Pitt y sonrió.

—La menciono porque voy a confiar en su criterio, Mr. Pitt. Tomaremos dirección sur, hacia el ferrocarril.

 

 

48

 

A las once de la noche, Kazim entró en el despacho de Massarde, se sirvió una ginebra con hielo y se sentó en un sillón. Sólo entonces se molestó el francés en alzar la mirada y hacer caso del general.

—He sido informado de su inesperada visita, Zateb —dijo Massarde—. ¿Qué le trae por Fort Foureau a estas horas de la noche?

Kazim hizo girar en su vaso los cubitos de hielo y los contempló por unos momentos.

—Consideré preferible decírselo en persona.

—Decirme, ¿qué? —preguntó Massarde, impaciente.

—Tebezza ha sido atacada. Massarde frunció el entrecejo.

—¿De qué habla?

—A eso de las nueve, mi sección de comunicaciones recibió una llamada de emergencia del sistema de seguridad de la mina —explicó Kazim—. Minutos más tarde, la operadora radiofónica de Tebezza anuncio que había sido una falsa alarma debida, según dijo, a un cortocircuito eléctrico.

—Parece verosímil.

—Sólo superficialmente. No me fío de los accidentes. Ordené que uno de mis cazas hiciera un vuelo de reconocimiento sobre la zona. El piloto informó que un reactor de transporte se encontraba estacionado en la pista de Tebezza. Debo añadir que se trataba del mismo tipo de aerobús francés que rescató al norteamericano del aeropuerto de Gao.

Massarde, súbitamente preocupado, frunció el entrecejo.

—¿Estaba su piloto seguro de ello?

Kazim asintió con la cabeza.

—Como en Tebezza no puede aterrizar ningún avión sin mi permiso, ordené a mi piloto que lo destruyera. El obedeció y lanzó el ataque. En el mismo instante en que anunciaba que había alcanzado el objetivo, su radio se quedó muda.

—Pero, por Dios, hombre... Podría haberse tratado de un avión comercial que se había visto obligado a hacer un aterrizaje de emergencia.

—Los aviones comerciales no vuelan sin identificación. —Creo que exagera usted sus temores.

—Explíqueme entonces por qué el piloto no regresó a su base.

—Fallo mecánico —replicó Massarde, con un encogimiento de hombros—. Pudo tener cualquier tipo de problema.

—Yo tiendo a creer que fue derribado por el contingente que atacó la mina.

—No tiene la certeza de que haya sido así.

—Pese a todo, he mandado a la zona una escuadrilla de cazas, y también he enviado a una fuerza de élite en helicópteros para que investigue la situación.

—¿Qué hay de O'Bannion? —preguntó Massarde—. ¿Se ha puesto en comunicación con usted?

—Ni él, ni nadie. A los cuarenta minutos de notificar la falsa alarma, todas las comunicaciones con Tebezza quedaron cortadas.

Massarde recapacitó sobre el informe de Kazim; pero no logró encontrar ninguna respuesta.

—¿Por qué iban a atacar las minas? —preguntó al fin—. ¿Con qué motivo?

—Por el oro —replicó Kazim.

—Robar mineral aurífero sería una estupidez. En cuanto está procesado, el oro puro lo enviamos a nuestro escondite del Pacífico Sur. El último envío fue hace dos días. Si una banda de ladrones quisiera robarlo, lo habría intentado durante el transporte.

—Por el momento, carezco de teorías —confesó Kazim. Miró su reloj—. En estos momentos, mis fuerzas deben estar aterrizando en la meseta que hay sobre la mina. Antes de una hora comenzaremos a tener respuestas.

—Si lo que dice es cierto, algo muy extraño está ocurriendo allá —murmuró Massarde.

—Hemos de considerar la posibilidad de que el mismo comando de las Naciones Unidas que asaltó la base aérea de Gao sea responsable del ataque a Tebezza.

—Gao fue una operación distinta. ¿Por qué iban a volver, esta vez a Tebezza? ¿Por orden de quién?

Kazim acabó su ginebra y se sirvió otra.

—¿Hala Kamil? Quizá le llegara la noticia del secuestro del doctor Hopper y su equipo, y envió a su equipo táctico para rescatarlos.

Massarde sacudió negativamente la cabeza.

—Imposible, a no ser que sus hombres hablasen. —Mis hombres saben que el precio de traicionarme es la

muerte —dijo fríamente Kazim—. Si hubo una filtración, los responsables son los suyos.

Massarde dirigió a Kazim una mirada apaciguadora.

—Es una tontería que discutamos. No podemos variar el pasado; pero el futuro sí podemos controlarlo.

—¿Cómo?

—Su piloto dijo que había alcanzado el avión comercial.

—Fueron sus últimas palabras.

—Entonces podemos deducir que se ha eliminado el único medio de escape del que la fuerza atacante disponía para salir de Malí.

—Siempre que los daños del aparato fueran lo bastante severos.

Levantándose, Massarde se volvió hacia el gran mapa topográfico del Sáhara que ocupaba la pared de detrás de su escritorio.

—Si usted fuese el jefe de los atacantes y su avión hubiera sido destruido, ¿cómo valoraría su situación?

—Como prácticamente desesperada.

—¿Cuáles serían sus opciones?

Kazim se acercó al mapa y lo tocó con su vaso.

—No hay más que una: dirigirse a la frontera argelina.

—¿Pueden conseguirlo? —preguntó Massarde.

—Suponiendo que sus vehículos estén intactos y tengan combustible, pueden llegar a Argelia al amanecer. Massarde lo miró fijamente.

—¿Le sería posible destruirlos antes de que alcancen la frontera?

—Nuestros sistemas de combate nocturno son limitados. Podría hostigarlos, pero para acabar con ellos necesito luz diurna.

—Y para cuando la haya será demasiado tarde.

Kazim tomó un cigarro de un humidificador de cerámica, lo encendió y dio un sorbo a su ginebra.

—Seamos prácticos. Eso es el Tanezrouft, la parte más desolada y remota del Sáhara. Los militares argelinos muy raramente envían patrullas a la zona deshabitada próxima a la frontera. ¿Por qué iban a hacerlo? No tienen querellas con Malí, ni nosotros con ellos. Mis fuerzas pueden adentrarse ciento cincuenta kilómetros en el país vecino sin ser detectadas.

Massarde dirigió una penetrante mirada a Kazim.

—Si resultara ser una misión de rescate de la ONU, no puede permitirse que escape ni la gente de Hopper, ni mis ingenieros y sus familias. Con sólo uno que se salve y cuente lo de Fort Foureau o lo de Tebezza, usted y yo estaremos acabados como socios comerciales.

Una sonrisa comenzó a formarse en los labios del general.

—No se preocupe, amigo Yves. Las cosas nos van demasiado bien para permitir que unos cuantos samaritanos indiscretos nos quiten la alfombra de debajo de los pies. Le prometo que mañana al mediodía todos ellos, hasta el último, serán carnaza para los buitres.

 

Una vez Kazim se hubo ido, Massarde habló brevemente por el intercomunicador y segundos más tarde Ismail Yerli entró en la estancia.

—¿Ha presenciado la entrevista por el monitor? —preguntó el francés.

Yerli asintió con la cabeza.

—Es asombroso que un hombre pueda ser a la vez tan astuto y tan estúpido.

—Es una descripción bastante acertada de Kazim. Supongo que se da usted cuenta de que no le será fácil mantenerlo bajo control —dijo Massarde.

—¿Cuándo espera el general que me una a su séquito? —Se lo presentaré esta noche, durante la cena que voy a dar en honor del presidente Tahir.

—¿Está seguro de que Kazim asistirá, estando Tebezza en una situación tan crítica?

Massarde sonrió.

—El gran león de Malí nunca está excesivamente ocupado para asistir a una cena de gala dada por un francés.

 

Sentado en la pequeña oficina del edificio de la ONU en Nueva York que le servía de centro de mando, el general Bock acabó de leer el informe enviado por el coronel Levant a través de un satélite de comunicaciones de las Naciones Unidas. Una expresión grave invadía su añoso rostro cuando levantó un teléfono de seguridad y llamó al número privado de Sandecker. Respondió el contestador automático, en el que Bock dejó un lacónico mensaje. A los ocho minutos, el almirante devolvió la llamada.

—Acabo de recibir un informe muy desagradable del coronel Levant —anunció Bock.

—¿Cuál es la situación? —quiso saber Sandecker.

—Un caza de las Fuerzas Aéreas malienses destruyó su avión de transporte cuando estaba posado. Se encuentran aislados y atrapados.

—¿Cómo fue la operación de rescate en la mina?

—Según lo previsto. Todos los extranjeros que seguían con vida fueron puestos bajo cuidados médicos y evacuados. Levant informó que sus bajas eran mínimas.

—¿Se encuentran en estos momentos bajo ataque?

—Aún no; pero la llegada de fuerzas del general Kazim sólo es cuestión de tiempo.

—¿Tienen alguna ruta de fuga alternativa?

—El coronel se mostró tajante al decir que su única esperanza era alcanzar la frontera de Argelia antes del amanecer.

—Como elección, no es gran cosa —dijo Sandecker torvamente.

—Sospecho que era una pista falsa.

—¿Por qué lo dice?

—Envió su informe por una frecuencia abierta —dijo Bock—. Es seguro que el sistema de comunicaciones de Kazim lo interceptó.

Sandecker hizo una pausa para tomar unas notas.

—¿Cree que el coronel Levant tomará una ruta distinta a la anunciada?

—Esperaba que usted me lo dijese —dijo Bock.

—La clarividencia no es exactamente mi especialidad.

—El informe de Levant incluía un mensaje para usted de su agente, el tal Pitt.

—Dick. —En la voz de Sandecker se percibió una súbita nota de calidez, y un toque de admiración. Pitt siempre lograba sacarse un as de la manga—. ¿Cuál era el mensaje?

—Se lo leo: «Digan al almirante que cuando regrese a Washington lo llevaré a ver cantar en el bar ATS a Judy, la amiga de Harvey». ¿De qué se trata, de una broma o algo así?

—Dick no es aficionado a las bromas —dijo Sandecker tajante—. Intenta decirnos algo en clave.

—¿Conoce usted al tal Harvey? —preguntó Bock.

—El nombre no me suena —murmuró Sandecker—. Nunca oí a Pitt mencionar a nadie llamado Harvey.

—¿Existe en Washington un bar llamado ATS en el que actúe una cantante llamada Judy? —quiso saber Bock.

—Yo, al menos, no lo conozco —replicó Sandecker, intentando encontrar una pista que diera significado al mensaje—. Y la única cantante llamada Judy que conozco es...

La respuesta impactó a Sandecker con la contundencia de una bofetada. El código elemental, de una ingeniosa simplicidad, era obvio para cualquier viejo cinéfilo como el almirante. Debió suponerlo, debió adivinar que Pitt haría uso de aquella afición. Se echó a reír.

—No le veo la gracia —dijo secamente Bock.

—No se dirigen hacia la frontera de Argelia —afirmó Sandecker triunfalmente.

—¿Cómo dice?

—El contingente del coronel Levant se dirige al sur, hacia el ferrocarril que va desde el mar a Fort Foureau.

—¿Puedo saber cómo ha llegado a tal conclusión? —preguntó Bock con suspicacia.

—Dirk nos ha transmitido una adivinanza que Kazim no podrá resolver. Judy, la cantante, es Judy Garland, y Harvey alude a una película que ella protagonizó, llamada Las chicas Harvey.

—¿Y cómo encaja en eso lo del bar ATS?

—No es un bar, sino una canción. La principal canción que Judy Garland cantaba en la película. Se llamaba El Atchison. Topeka y Santa Fe. El nombre de un ferrocarril.

Lentamente, Bock dijo.

—Eso explica por qué Levant envió un mensaje que podía ser fácilmente interceptado por los esbirros de Kazim. Los confundió, haciéndoles creer que se dirigía hacia el norte y Argelia.

—Cuando lo cierto es que van en la dirección opuesta —concluyó Sandecker.

—Levant debe de haber llegado a la acertada conclusión de que cruzar la frontera entre Malí y Argelia no les garantiza ninguna seguridad. Los tiranos implacables como Kazim no sienten el menor respeto hacia las leyes internacionales. Seguirá a nuestra gente hasta acabar con ella.

—La siguiente pregunta es qué harán tras llegar al ferrocarril.

—Quizá secuestren un tren —sugirió Bock.

—Posiblemente; pero... ¿en pleno día?

—El mensaje de Pitt continúa.

—Dígamelo, por favor.

—La parte siguiente dice: «Informe también al almirante de que Gary, Ray y Bob irán a casa de Brian para divertirse un rato.» ¿Puede descifrarlo?

Tras un momento de reflexión, Sandecker replicó.

—Si Pitt continúa utilizando el código cinematográfico, entonces Gary debe de ser Gary Cooper. Y supongo que al mencionar a Ray se refiere a Ray Milland.

—¿Recuerda alguna película en la que actuasen juntos?

—Claro que sí —replicó Sandecker, exultante—. Está claro como el agua. Ambos trabajaron con Robert Preston y Brian Donlevy en una película de aventuras de 1939 llamada Beau Geste.

—La vi de muchacho —dijo Bock—. Era la historia de tres hermanos que se alistan en la Legión Extranjera francesa.

—La referencia a la casa de Brian sugiere un fuerte.

—No creo que se trate de la planta de destoxificación de Fort Foureau. Es el último sitio al que Levant se dirigiría.

—¿Existe algún otro fuerte en la zona? —preguntó Sandecker.

Bock hizo una pausa para consultar sus mapas.

—Sí: un viejo destacamento legionario unos kilómetros al oeste de la planta. En realidad, se trata del fuerte que dio nombre a las instalaciones.

—Al parecer, piensan ocultarse allí hasta la noche.

—Es lo que yo haría, si me encontrase en el lugar de Levant.

—Necesitarán ayuda —dijo Sandecker.

—Ese es precisamente el motivo de que lo haya llamado —dijo Bock, yendo al grano—. Debe convencer al presidente de que envíe un grupo de fuerzas especiales para que ayude a Levant y a los cautivos liberados a salir del territorio del general Kazim.

—¿Ha hablado de esto con la secretaria general Kamil? —preguntó Sandecker—. El presidente le hace más caso a ella que a mí.

—Por desgracia, ha tenido que acudir urgentemente a una conferencia que se celebra en Moscú. Dadas las prisas, es usted el único al que puedo recurrir.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

—Prácticamente, ninguno —dijo Bock—. En la parte del desierto donde se encuentran amanecerá dentro de un par de horas.

—Haré lo que pueda —prometió Sandecker—. Sólo espero que el presidente aún no se haya acostado. En caso contrario, me costará Dios y ayuda conseguir que sus ayudantes lo despierten.

 

 

49

 

—¿Cómo que pretende ver al presidente? —preguntó airadamente Willover—. ¿A estas hora de la noche? ¿Acaso está usted loco?

Sandecker miró al jefe de personal del presidente, pulcramente vestido con un traje de espiga en cuyos pantalones sólo quedaba un leve vestigio de las rayas. Sandecker se preguntó si Willover abandonaba alguna vez su despacho, y si dormiría de pie.

—Confíe en mi palabra, Earl: no estaría aquí si no se tratase de algo muy urgente.

—No despertaré al presidente a menos que nos enfrentemos a una crisis internacional que ponga en peligro la seguridad del país.

Hasta el momento, Sandecker había conseguido contenerse, pero ya comenzaba a hartarse.

—Muy bien: dígale que en la planta baja de la Casa Blanca hay un contribuyente y votante que está que muerde.

—Lo que está es loco.

—Lo suficiente como para irrumpir en su dormitorio y despertarlo yo mismo.

Willover parecía al borde de la apoplejía.

—¡Inténtelo, y haré que el Servicio Secreto lo detenga!

—Un montón de inocentes, entre ellos mujeres y niños, morirán si el presidente no actúa de inmediato.

—Escucho esta vieja historia cada día de la semana —repuso desdeñosamente Willover.

—Y hace chistes sobre las víctimas, ¿a que sí?

Al fin a Willover se le terminó la paciencia.

—Tiene usted respuesta para todo, ¿verdad, almirante de opereta? Puedo terminar con usted en cuanto me lo proponga. ¿Entendido?

Sandecker se acercó tanto a Willover que pudo advertir el aliento a mentol de éste.

—Atienda, Earl. Un día el mandato del presidente concluirá, y usted volverá a ser un ciudadano corriente y moliente. Entonces llamaré a su puerta y le arrancaré el hígado.

—No me extrañaría nada que lo hiciese —comentó una voz familiar.

Sandecker y Willover se volvieron. El presidente estaba en el umbral, en pijama y bata, y sostenía en una mano una bandeja de canapés de la que estaba picando.

—Bajé para comer un bocado y me pareció escuchar voces acaloradas. —Miró fijamente a Sandecker—. ¿Por qué no me cuenta de qué se trata, almirante?

Willover se interpuso entre Sandecker y su jefe.

—Por favor, señor... Se trata de algo sin importancia.

—¿Por qué no deja que sea yo quien lo juzgue, Earl? Muy bien, almirante: suéltelo.

—Primero, señor presidente, quisiera saber si está usted informado de los últimos acontecimientos que se han producido en la operación de Fort Foureau.

Tras una mirada a Willover, el presidente dijo:

—Sé que sus dos hombres, Pitt y Giordino, lograron escapar a Argelia, y que aportaron informes cruciales referentes a la corrupta e inescrupulosa forma en que Yves Massarde maneja la planta de incineración de residuos tóxicos.

—¿Puedo preguntarle qué medidas piensa tomar...? Fue Willover el que contestó:

—Hemos convocado a un tribunal medioambiental formado por representantes europeos y norteafricanos, para que se reúna y discuta un plan de acción.

—Entonces, no piensan hacer... Si no recuerdo mal, señor presidente, fue usted quien dijo que «tendremos que ser nosotros quienes vayamos al lugar y lo ocupemos».

—Sí; pero ahora se han impuesto criterios más moderados —dijo el presidente, señalando a Willover con un movimiento de cabeza.

—O sea que incluso ahora, que existen pruebas concluyentes de que son los elementos químicos procedentes de Fort Foureau los que causan la expansión de la marea roja, todo lo que se piensa hacer es sentarse a hablar del tema, ¿no? —comentó Sandecker, controlando a duras penas su exasperación.

—Ya discutiremos el asunto en otro momento —dijo el presidente, disponiéndose a volver a su dormitorio, en la parte alta de la Casa Blanca—. Earl le dará a usted cita.

—¿Le ha informado Earl sobre la mina de oro de Tebezza? —preguntó súbitamente Sandecker.

El presidente vaciló y meneó la cabeza, extrañado.

—No, el nombre no me suena.

—Tras ser capturados en Fort Foureau —siguió Sandecker—, a Pitt y Giordino se les condujo a otra de las siniestras empresas del general Kazim e Yves Massarde, una mina de oro apenas conocida en la que miembros de la oposición y disidentes políticos son esclavizados y obligados a trabajar hasta la muerte en las condiciones más inhumanas y bárbaras. Entre ellos se encontraban varios ingenieros franceses y sus familias, a quienes Massarde encarceló para que no pudieran regresar a su país y poner al descubierto el fraude de Fort Foureau. Mis hombres también encontraron a los miembros del equipo de la OMS que, supuestamente, murieron en un accidente de aviación. Todos estaban en pésimas condiciones a causa del trabajo brutal y la escasez de alimentos.

El presidente dirigió a Willover una mirada fría.

—Al parecer, se me mantiene en la ignorancia respecto a ciertos asuntos.

—Intento mantener una cierta escala de prioridades en mi trabajo —se justificó apresuradamente Willover.

—¿Adónde nos conduce todo esto? —preguntó el presidente a Sandecker.

—Como era inútil solicitar de usted una fuerza especial —continuó Sandecker—, Hala Kamil acudió de nuevo en nuestra ayuda y nos ofreció el Equipo de Respuesta Crítica de las Naciones Unidas. Con la guía de Pitt y Giordino, el coronel Levant y su contingente aterrizaron en el desierto, cerca de la mina, efectuaron su incursión con éxito, y rescataron a veinticinco extranjeros, hombres, mujeres y niños...

—¿Había niños trabajando en las minas? —interrumpió el presidente.

Sandecker asintió con la cabeza.

—Los hijos de los ingenieros franceses y sus esposas. También había una norteamericana, la doctora Eva Rojas, miembro del equipo de la Organización Mundial de la Salud.

—Si la incursión tuvo éxito, ¿cuál es ese problema tan urgente? —quiso saber Willover.

—Un cazarreactor de las Fuerzas Aéreas malienses destruyó el avión en el que había ido desde Argelia a Tebezza. Todo el contingente, más los cautivos rescatados, se encuentran aislados en mitad de Malí. Sólo es cuestión de horas que los militares de Kazim los encuentren y ataquen.

—Pinta usted un cuadro muy negro —dijo seriamente el presidente—. ¿No existe forma de que lleguen a la frontera argelina?

—Si existiera, no serviría de nada —explicó Sandecker—. Kazim estaría dispuesto a tener un altercado con el gobierno argelino con tal de que no se denunciaran las atrocidades de Tebezza ni los peligros de Fort Foureau. Enviaría a sus fuerzas al interior de Argelia para destruirlos y garantizar su silencio.

El presidente se quedó pensativo, con los ojos puestos en los canapés que ya no comía. Lo que acababa de contarle Sandecker tenía tal número de implicaciones que no podía pasarse por alto, como sabía que Willover iba a aconsejarle. No se sentía capaz de permanecer con los brazos cruzados mientras un déspota a la antigua asesinaba a extranjeros inocentes.

—Kazim es tan malo como Sadam Hussein —murmuró el presidente. Luego, volviéndose hacia Willover, añadió—: Esta vez no voy a esconderme bajo las sábanas, Earl. Hay demasiadas vidas en peligro, incluidas las de tres norteamericanos. Tenemos que echar una mano.

—Pero, señor presidente... —comenzó Willover.

—Hable con el general Halverson, del Comando de Fuerzas Especiales de Tampa. Prepárelo para una operación inmediata. —El presidente miró a Sandecker—. ¿A quién sugiere para coordinarla, almirante?

—Al general Bock, jefe del Equipo Internacional Táctico y de Respuesta Crítica de la ONU. Está en contacto con el coronel Levant y puede tener al general Halverson permanentemente informado del desarrollo de la situación.

El presidente dejó los canapés sobre un aparador y puso las manos sobre los hombros de Willover.

—Aprecio sus consejos Earl, pero esta vez tengo que actuar. Podemos matar dos pájaros de un tiro y cargar sólo con la mitad de las consecuencias si las cosas salen mal. Quiero que nuestras Fuerzas Especiales entren secretamente en Malí, rescaten al Equipo Táctico de la ONU y a los prisioneros. Y luego que salgan como alma que lleva el diablo antes de que Kazim y Massarde se den cuenta de lo ocurrido. Quizá más tarde se nos ocurra cómo neutralizar el proyecto de Fort Foureau.

—Cuente con todo mi apoyo señor presidente —dijo Sandecker, sonriendo ampliamente.

—Supongo que nada que yo diga le hará cambiar de idea —dijo Willover.

—No, Earl —replicó el presidente, recogiendo su plato de canapés—. Cerraremos los ojos y lo apostaremos todo a una jugada.

—¿Y si perdemos?

—No perderemos.

Willover lo miró con curiosidad.

—¿Por qué no, señor?

La sonrisa del presidente compitió con la de Sandecker.

—Porque yo reparto las cartas, y tengo plena confianza en la capacidad de nuestras Fuerzas Especiales para enviar a colillas como Kazim y Massarde a la cloaca que les corresponde.

 

Varias millas al oeste de Washington D.C., en la región agrícola de Maryland, una gran colina se alza por encima de las granjas de los alrededores. Los automovilistas que al pasar advierten la anomalía piensan que se trata de un simple capricho geológico. Casi ninguno sabe que la colina se formó con la tierra excavada en secreto para construir un centro de mando y refugio para los políticos y jefes militares de la capital en tiempos de la Segunda Guerra Mundial.

El trabajo no se detuvo durante la guerra fría, y las instalaciones subterráneas fueron aumentando hasta convertirse en un inmenso almacén de archivos y artefactos nacionales, que se remontaban a la llegada de los primeros pioneros asentados en la costa oriental a comienzos del siglo xvii. El espacio interior es tan inmenso que no se mide en metros ni hectáreas, sino en kilómetros cuadrados. Los pocos que saben de su existencia lo conocen como DSA (Depósito de Salvaguardia de Archivos).

En la interminable acumulación de cajones hay enterrados miles de secretos. Por extrañas razones que sólo conoce un escaso y selecto número de burócratas, secciones enteras del depósito guardan material y objetos clasificados que nunca conocerán la luz pública. Los huesos de Amelia Earhart y de su navegante, Fred Noonan, y actas japonesas sobre la ejecución de ambos en Saipan; los dosieres secretos sobre las conspiraciones que acabaron con los asesinatos de ambos Kennedy; las pruebas de los sabotajes soviéticos que causaron los accidentes del cohete y el transbordador espacial norteamericanos, y de las represalias en Chernobyl; películas trucadas sobre el falso alunizaje del Apolo, y mucho, mucho más... Todo estaba archivado, almacenado, y destinado al secreto eterno.

Como St. Julien Perlmutter no conducía, fue en taxi hasta la pequeña población de Forestville, en Maryland. Aguardó en el banco de una parada de autobús durante casi media hora, hasta que al fin acudió a recogerlo una camioneta Dodge.

—¿Mister Perlmutter? —preguntó el chófer, un agente de seguridad gubernamental que llevaba las consabidas gafas oscuras de espejo.

—El mismo.

—Suba, por favor.

Perlmutter lo hizo, pensando que todo aquel subterfugio era infantil.

—¿No quiere ver mi permiso de conducir? —preguntó ácidamente.

El chófer, un afroamericano de piel parda, movió negativamente la cabeza.

—No hace falta. En todo el pueblo no hay otra persona que encaje con su descripción.

—¿Tiene usted nombre?

—Ernie Nelson.

—¿A qué agencia pertenece? ¿Seguridad Nacional, FBI, Secretos Especiales?

—No estoy autorizado para decirlo —repitió oficialmente Nelson.

—¿No me venda los ojos?

Nelson sacudió negativamente la cabeza.

—No es necesario. Dado que su solicitud para investigar en archivos históricos fue aprobada por el presidente, y que en tiempos fue usted portador de una acreditación de seguridad BetaQ, creo que podemos confiar en que no revelará nada de lo que hoy vea.

—Si hubiera investigado más a fondo en mi expediente, sabría que ésta es mi cuarta visita de investigación al DSA.

El agente no respondió, y guardó silencio durante el resto del trayecto. Se desvió de la carretera general y se metió por una lateral hasta llegar a una barrera de seguridad donde, tras mostrar sus credenciales, entró. Pasaron por otras dos garitas de guardia antes de que el camino los condujera a una estructura similar a un granero situada en el centro de una granja con cerdos, gallinas, y ropa tendida a secar. Una vez dentro del granero, bajaron por una amplia rampa de hormigón que conducía al subsuelo. Finalmente llegaron a una estación de seguridad en la que el agente aparcó el coche.

Perlmutter conocía la rutina. Se apeó del coche y se dirigió a un vehículo eléctrico, similar a un carrito de golf, que lo aguardaba. Un archivero restaurador, que vestía una bata blanca de laboratorio, estrechó la mano de Perlmutter, al tiempo que se presentaba:

—Frank Moore. Me alegro de volverlo a ver.

—Es un placer, Frank. ¿Cuánto tiempo hacía?

—Tres años desde la última vez que estuvo por aquí. Entonces investigaba sobre el Sakito Maru.

—Ah, sí: el buque de carga y pasaje japonés que fue hundido por el submarino norteamericano Trout.

—Creo recordar que llevaba al Japón cohetes alemanes V Dos.

—Tiene buena memoria.

—La refresqué mientras echaba una vistazo a los registros de sus anteriores visitas —admitió Moore—. ¿Qué le trae por aquí esta vez?

—La Guerra de Secesión norteamericana —replicó Perlmutter—. Me gustaría estudiar cualquier dosier que pueda arrojar alguna luz sobre la misteriosa desaparición de un barco fluvial blindado de la Confederación.

—Parece interesante. —Moore señaló un asiento del coche eléctrico—. Los registros y artefactos de la Guerra de Secesión se encuentran en unos edificios situados a unos dos kilómetros de aquí.

Tras un último control de seguridad y una breve charla con el responsable de la institución, Perlmutter firmó una declaración comprometiéndose a no publicar nada de lo que averiguase sin permiso del Gobierno. Luego, él y Moore, aún en el coche eléctrico, pasaron ante un pequeño grupo de empleados que estaba descargando recuerdos que los visitantes habían dejado en el Monumento a los Caídos en Vietnam. Fotografías, viejas botas y uniformes militares, botones, relojes y anillos de boda, chapas de identificación, muñecos... Cada objeto era catalogado, etiquetado, metido en una bolsa de plástico y colocado en alguna de las inmensas estanterías.

El Gobierno no tiraba nada.

Aunque en sus visitas anteriores ya había visto parte de las instalaciones subterráneas, Perlmutter no pudo evitar sentirse asombrado por las increíbles dimensiones del lugar y el mar de cajones apilados, llenos de papeles y viejos artefactos, en gran medida procedentes del extranjero. Sólo la sección nazi ocupaba un espacio equivalente al de cuatro estadios de fútbol.

Los archivos de la Guerra de Secesión ocupaban cuatro edificios de tres pisos cuyos techos tenían quince metros de altura. Formando ordenadas filas frente a las estructuras, había distintos tipos de cañones usados en la contienda que parecían nuevos y listos para entrar en combate. Estaban montados en armones en los que aún se veían las huellas de los disparos y la metralleta. También se exhibían inmensos cañones navales de barcos tan famosos como el Hartford, el Kearsage, el Carondelet, y el Merriinack.

—Los registros se guardan en el Edificio A —explicó Moore—. Los Edificios B, C y D albergan armas, uniformes, instrumental médico y mobiliario que en tiempos pertenecieron a Lincoln, Jefferson Davis, Lee, Grant, y otros protagonistas de la guerra entre los Estados.

Se apearon del vehículo y entraron en el Edificio A. La planta baja estaba ocupada por un mar de archivadores.

—Los documentos relativos a la Confederación están aquí —dijo Moore, abarcando con un ademán la amplísima sala—. Los de la Unión ocupan el segundo y el tercer piso. ¿Por dónde desea empezar?

—Por cualquier cosa que tanga que ver con el Texas. Moore hojeó un directorio que había cogido del vehículo.

—Los registros navales confederados se guardan en los ficheros azules del fondo de la sala.

Pese a que nadie había examinado los archivos en años, o, en algunos casos, nunca desde que fueron almacenados, el polvo era sorprendentemente escaso. Moore ayudó a Perlmutter a localizar un paquete que contenía los datos conocidos sobre el malhadado buque.

Moore señaló una mesa y una silla.

—Póngase cómodo. Ya conoce las normas referentes al cuidado de los archivos, y sabe que debo permanecer cerca para supervisar sus investigaciones.

—Conozco perfectamente las reglas —asintió Perlmutter.

Moore consultó su reloj.

—Su permiso para investigar en el DSA finaliza dentro de ocho horas. Luego debemos volver a la oficina central, desde donde será usted devuelto a Forestville. ¿Entendido?

Perlmutter asintió con la cabeza.

—Será mejor que me ponga a trabajar —dijo.

—Adelante, y buena suerte —deseó Moore.

Al cabo de media hora, y tras inspeccionar dos grandes ficheros grises de metal, Perlmutter encontró una vieja carpeta amarilla que contenía información sobre el buque de vapor confederado Texas. Los papeles del interior revelaron muy pocos datos históricos desconocidos o inéditos. Especificaciones sobre la construcción del buque, informes de testigos sobre su aspecto, un bosquejo realizado por el ingeniero que lo diseñó, y una lista de sus oficiales y tripulantes. También había varios relatos contemporáneos sobre la batalla que el Texas libró contra la marina unionista durante su histórico descenso por el río James hasta el mar. De uno de los artículos, escrito por un periodista del Norte que iba a bordo de un monitor unionista que recibió impactos del Texas, habían sido cortadas dos líneas. Intrigado, Perlmutter se preguntó la causa de la mutilación. Era la primera vez en toda su experiencia de investigador sobre la marina de la Guerra de Secesión que tropezaba con vestigios de la tijera de un censor.

Luego encontró un quebradizo recorte de periódico y lo desdobló cuidadosamente sobre la mesa. Era la declaración que un tal Clarence Beecher hizo a un periodista británico en su lecho de muerte en un pequeño hospital de York. Beecher aseguraba ser el único superviviente del misteriosamente desaparecido buque Texas de la Confederación. Al final, Beecher, describía el viaje a través del Atlántico y el ascenso por un gran río africano. El barco recorrió tranquilamente cientos de millas, atravesando orillas selváticas antes de llegar a un gran desierto. Como el timonel no conocía el río, se metió en un afluente en vez de continuar por el cauce principal. Antes de que el capitán se diera cuenta del error, navegaron durante dos días y dos noches. Cuando intentaron dar media vuelta para regresar al río, el barco encalló, y no hubo forma de sacarlo de allí.

No sin deliberar previamente, los oficiales decidieron esperar a que pasara el verano y las lluvias volvieran a elevar el nivel del río. A bordo llevaban algo de comida y el río facilitaría el agua que necesitaran. El capitán también compró alimentos a tribus de tuaregs que pasaban, pagándolos con oro. En dos ocasiones, grandes partidas de bandidos del desierto cometieron el error de intentar asaltar el navío encallado, y saquear sus aparentemente inacabables reservas de oro.

Llegado agosto, el tifus, la malaria y la dieta escasa habían hecho estragos en la tripulación, y sólo sobrevivían dos oficiales, el presidente y diez marineros.

Perlmutter se detuvo y se quedó con la vista perdida. ¿Quién era ese presidente al que Beecher se refería? La alusión no podía ser más intrigante.

Beecher continuaba declarando que se le escogió a él y a otros cuatro hombres armados para que fueran a buscar ayuda del mundo exterior en uno de los botes de remos del barco. El único que, por los pelos, logró llegar vivo al río Níger fue el propio Beecher. Una vez fue atendido y devuelto a la vida por los miembros de una factoría comercial británica, le otorgaron un pasaje gratis a Inglaterra, donde con el tiempo se casó y se instaló como granjero en la región de Yorkshire. Beecher decía que nunca volvió a su Estado natal de Georgia porque estaba seguro de que lo ahorcarían como responsable del terrible delito cometido por el Texas. Tal era su temor, que hasta que no se encontró a las puertas de la muerte, no había hablado del asunto con nadie.

Después de que el ex marino exhalase su último suspiro, tanto el médico como la esposa del difunto desecharon la historia, creyéndola el desvarío de un moribundo. Aparentemente, el director del diario sólo había publicado el artículo porque era un día sin apenas noticias y faltaban textos para completar el periódico.

Perlmutter leyó el artículo por segunda vez. Le hubiera gustado aceptarlo como fidedigno pese a la incredulidad de la esposa y el médico, pero una rápida consulta de la lista de tripulantes reveló que no había ningún Clarence Beecher presente durante la revista que se efectuó antes de que el Texas abandonase el astillero de Richmond, Virginia. Lanzó un suspiro y cerró la carpeta.

—Ya tengo todo lo que puedo encontrar aquí —anunció a Moore—. Ahora me gustaría buscar en los archivos de la marina unionista.

Moore devolvió los archivadores a sus respectivos gabinetes y condujo al visitante por una escalera de metal hasta el segundo piso.

—¿Qué fechas le interesan? —preguntó.

—Abril de 1865.

Se dirigieron a su nuevo destino por angostos pasillos que discurrían entre inmensas pilas de gabinetes amontonados. Moore, que llevaba una escalera de mano por si Perlmutter deseaba consultar documentos situados en la estratosfera, lo condujo hasta el archivo adecuado.

Perlmutter comenzó su investigación metódicamente, empezando por el 2 de abril de 1865, fecha en la que el Texas fue botado en el astillero de Richmond. El hombre tenía su propio sistema de investigación, y pocos lo superaban a la hora de detectar pistas. Su método era la tenacidad y un don innato para separar el grano de la paja.

Comenzó con los informes oficiales de la batalla. Una vez los hubo leído todos, siguió con los relatos de testigos civiles que habían presenciado la batalla desde las orillas del río James, y con los de los tripulantes de barcos unionistas. En el plazo de dos horas repasó los contenidos de casi sesenta cartas y quince diarios. Iba tomando notas en un gran block, siempre bajo la vigilante mirada de Frank Moore que, pese a que se fiaba de Perlmutter, no podía bajar la guardia, pues había atrapado a demasiados respetables eruditos intentando sustraer documentos históricos.

Una vez Perlmutter encontró el hilo, no dejó de tirar de él hasta sacar el ovillo. Datos en apariencia insignificantes lo condujeron a una revelación tras otra, desenredando una historia que parecía demasiado increíble para ser real. Al fin, cuando ya no pudo avanzar más, hizo una seña a Moore.

—¿Cuánto tiempo me queda?

—Dos horas y diez minutos.

—Aquí ya he terminado.

—¿Qué desea consultar ahora?

—La correspondencia privada y cualquier documento que haya sobre Edwin McMasters Stanton.

Moore asintió con la cabeza.

—El irascible secretario de Guerra de Lincoln. No sé lo que tendremos sobre él. Sus papeles no han sido catalogados en su totalidad. Pero lo que sea estará arriba, en el piso reservado a los documentos gubernamentales estadounidenses.

El material sobre Stanton era voluminoso, y ocupaba diez gabinetes completos. Perlmutter trabajó a conciencia, haciendo sólo una pausa para ir al baño. Sus ojos recorrieron los documentos tan rápido como pudieron y no sin gran sorpresa, Perlmutter encontró muy poco sobre la relación de Stanton con Lincoln durante la parte final de la guerra. La poca simpatía que el secretario de Guerra sentía hacia su presidente era un hecho bien conocido, así como que Stanton había destruido cierto número de páginas del diario del asesino de Lincoln, John Wilkes Booth, incluidos diversos documentos relacionados con los cómplices de Booth. Para gran frustración de los historiadores, Stanton, deliberadamente, había dejado muchas preguntas sin responder en torno al asesinato del presidente en el teatro Ford.

De repente, cuando sólo le quedaban cuarenta minutos de tiempo, Perlmutter dio en el blanco.

En el fondo de un gabinete, el hombre encontró un viejo paquete amarillento que aún mantenía intacto el sello de lacre. Perlmutter contempló la cuidadosa caligrafía de la fecha: 9 de julio de 1865, es decir, dos días después de que, en el patio de la prisión Arsenal de Washington, fuesen ahorcados los cómplices de Booth: Mary Surratt, Lewis Paine, David Herold, y George Atzerodt. Bajo la fecha había escritas las siguientes palabras: «No abrir hasta que hayan transcurrido cien años de mi muerte.» La firma era la de Edwin M. Stanton,

Perlmutter se sentó a una mesa, rompió el sello, abrió el paquete y, con un retraso de treinta y un años respecto a la fecha fijada por Stanton, comenzó a leer los papeles.

A medida que leía, iba sintiéndose transportado hacia atrás en el tiempo. Pese a la baja temperatura de las instalaciones subterráneas, gotas de sudor comenzaron a perlarle la frente. Cuarenta minutos más tarde, cuando terminó y dejó a un lado el último papel, sus manos temblaban. Lanzó un profundo y silencioso suspiro y meneó muy lentamente la cabeza.

—Dios mío... —murmuró.

Desde el otro lado de la mesa, Moore lo miró:

—¿Ha encontrado algo interesante?

Perlmutter no respondió. Se quedó mirando el montón de viejos papeles, murmurando «Dios mío» una y otra vez.

 

 

50

 

Ocultos tras la cresta de una duna, contemplaban los vacíos raíles tendidos en la arena como espectrales vías hacia la nada. Los únicos indicios de vida que rompían la oscuridad previa al amanecer eran las lejanas luces de la planta de Fort Foureau. Al otro lado de las vías, a menos de un kilómetro hacia el oeste, la sombra del fuerte abandonado de la Legión Extranjera se recortaba contra el cielo negro, como el tétrico castillo de una película de terror.

Su huida desesperada a través del desierto se desarrolló sin percances: no habían sido detectados ni tuvieron, problemas mecánicos. Los cautivos habían sufrido los fuertes traqueteos apenas mitigados por la dura suspensión de los camiones, pero se sentían tan felices por estar libres, que nadie se quejó. Fairweather los condujo sin vacilar una sola vez por la vieja ruta de camellos que comunicaba las viejas salinas de Taoudenni con Tombuctú. Gracias a su conocimiento del terreno y al empleo de una brújula prestada, guió al convoy hasta el ferrocarril, en las proximidades de Fort Foureau.

En un momento del viaje, Pitt y Levant se detuvieron y pudieron detectar los sonidos de unos helicópteros escoltados por cazarreactores. Los aparatos se dirigían hacia el norte, en dirección a Tebezza y la frontera argelina. Como Pitt había predicho, los pilotos de las Fuerzas Aéreas malienses sobrevolaron el convoy sin darse cuenta de que la presa que buscaban se encontraba justo debajo de ellos.

—Espléndido trabajo, Mr. Fairweather —lo felicitó Levant—. Nos ha guiado usted perfectamente, trayéndonos justo adónde queríamos.

—Instinto —sonrió Fairweather—. Mero instinto mezclado con algo de suerte.

—Será mejor que crucemos las vías y nos dirijamos al fuerte —dijo Pitt—. Dentro de una hora se hará de día y sólo tenemos ese tiempo para ocultar los vehículos.

Como extrañas criaturas nocturnas, el buggy y los transportes de personal rodaron sobre el tendido férreo, botando sobre las traviesas de hormigón, hasta llegar a la altura del fuerte.

Tras rebasar el abandonado camión «Renault» en el que él y Giordino se habían ocultado antes de montarse en el tren que iba hacia Fort Foureau, Pitt giró y se detuvo ante la entrada del antiguo destacamento. Las grandes puertas de madera seguían ligeramente entornadas, tal como las habían dejado una semana atrás. Levant hizo que un grupo de sus hombres las abriera, permitiendo que el convoy entrase en el patio de la entrada.

—Si me permite una sugerencia, coronel —dijo Pitt, con sumo tacto—, convendría que unos cuantos de sus hombres borraran las rodadas que van desde el tendido férreo hasta el fuerte. Así cualquier mente suspicaz, podrá pensar que un convoy de vehículos militares malienses llegó por el desierto y luego continuó por el lecho de las vías, en dirección a la planta eliminadora de residuos tóxicos.

—Buena idea —dijo Levant—. Así creerán que fue una de sus propias patrullas.

PembrokeSmythe, Giordino y otros oficiales de Levant, se reunieron en torno a éste para recibir órdenes.

—Nuestra primera prioridad es camuflar los camiones y encontrar cobijo para las mujeres y niños —dijo Levant—. Luego, preparar el fuerte para un posible ataque de los malienses, que quizás se den cuenta de que están persiguiendo fantasmas y detecten algún rastro de nuestras rodadas que el viento no haya borrado.

—¿Cuándo cree que nos retiraremos de aquí, señor? —preguntó un oficial que hablaba con acento sueco.

Levant miró a Pitt.

—¿Qué dice usted, Mr. Pitt?

—Una vez se haga de noche, detendremos al primer tren que salga y lo tomaremos prestado.

—Los trenes disponen de sistemas de comunicación —dijo PembrokeSmythe—. El conductor dará la alarma si intentamos arrebatarle su tren.

—Y, una vez sobre aviso, los malienses bloquearán el tendido —añadió el oficial sueco.

—No piensen más en ello —dijo Pitt, en tono de reproche—. Déjenlo todo de cuenta del viejo Jesse James Pitt y de Butch Casidy Giordino. Llevamos practicando el viejo arte del secuestro silencioso de trenes desde hace... —Miró a Giordino—. ¿Cuánto, Al?

—Al menos una semana, desde el jueves pasado —replicó Giordino.

PembrokeSmythe dirigió una mirada melancólica a Levant.

—Sería conveniente que aumentáramos las primas de nuestros seguros de vida.

—Ya es demasiado tarde para eso —dijo Levant, inspeccionando el oscuro interior del fuerte—. Estos muros no fueron construidos para resistir misiles ni artillería pesada. Las fuerzas de Kazim pueden reducir este lugar a escombros en sólo media hora. Así que, para evitar problemas, debe seguir pareciendo un lugar abandonado.

—Esta vez, los malienses no van a enfrentarse a civiles indefensos —dijo resueltamente PembrokeSmythe—. En dos kilómetros a la redonda, el terreno es plano como un campo de críquet. Una fuerza de ataque carecería de cobertura. Los que sobreviviésemos a un ataque aéreo haríamos que Kazim pagara un alto precio antes de ocupar este sitio.

—Recemos por que no tenga carros blindados en la zona —le recordó Giordino.

—Que se coloquen vigías en las almenas —ordenó Levant—. Luego busquemos la entrada a una cámara subterránea. Recuerdo que cuando estuve aquí de visita había un arsenal bajo tierra.

No tardaron en encontrar unas escaleras, situadas bajo una trampilla de los alojamientos, que conducían a dos pequeñas estancias. Salvo por unas cuantas cajas metálicas que tiempo atrás contuvieron cargadores de balas de fusil, ambas estaban vacías. Los cautivos de Tebezza fueron inmediatamente acomodados allí, dando gracias por estar a salvo del traqueteo de los transportes de personal y de nuevo en tierra firme. El equipo médico los instaló con toda la comodidad posible, y atendió a los más graves.

Los vehículos del equipo táctico fueron rápidamente escondidos y camuflados de modo que parecieran montones de desechos. Cuando el sol arrojó sus primeros rayos contra los muros, el viejo fortín había recuperado su aspecto de abandono. A partir de ese momento Levant se enfrentaba a dos grandes problemas: que fueran descubiertos antes de la noche, y la vulnerabilidad de su posición frente a un ataque aéreo. No se sentía nada seguro. Una vez descubiertos, no tenían adónde ir. Los guardas, ya situados en las almenas, contemplaron cómo un tren salía de la planta en dirección a Mauritania. Todos desearon estar en él.

Pitt examinó lo que en el pasado había sido un garaje, y que ahora tenía el techo hundido. Inspeccionó una docena de bidones de gasóleo medio enterrados bajo una pila de basura. Los golpeó, advirtiendo que seis de ellos se encontraban casi llenos. Estaba desenroscando sus tapas cuando apareció Giordino.

—¿Te propones hacer un fuego? —preguntó.

—No sería mala idea, en el caso de que nos atacasen vehículos blindados —dijo Pitt—. Las tropas de la ONU perdieron sus lanzamisiles antitanque cuando su avión fue destruido.

—Los obreros que trabajaron en la construcción del ferrocarril, debieron dejar aquí el gasóleo.

Pitt metió un dedo por el orificio de unos de los bidones y luego lo alzó en el aire.

—Tan puro como el día en que salió de la refinería.

—¿Nos sirve de algo, aparte de para hacer cócteles Molotov? —preguntó Giordino, con expresión dubitativa—. ¿O lo quieres para calentarlo y, al estilo de los caballeros de antaño, arrojárselo al enemigo cuando intente escalar las murallas?

—Caliente, caliente.

Giordino sonrió torcidamente ante la broma.

—Cinco hombres y un niño no podrían levantar uno de esos bidones lleno y llevarlo hasta las almenas.

—¿Alguna vez has visto una catapulta de torsión?

—No, que yo recuerde —gruñó Giordino—. ¿Te parecerá una estupidez por mi parte pedirte que me la dibujes?

Para sorpresa de su amigo, Pitt hizo justamente lo que se le pedía. Se acuclilló, sacó un puñal de doble filo de la funda de una pernera, y comenzó a trazar un diagrama sobre el polvo del suelo. Aunque el diseño era tosco, Giordino reconoció lo que proyectaba Pitt. Una vez hubo concluido, Pitt alzó la vista.

—¿Crees que podemos construirla?

—¿Por qué no? —dijo Giordino—. En el fortín hay vigas de sobra, y los vehículos de personal llevan rollos de cable de nylon para escalar y remolcar en casos de emergencia. La única pega, según mi opinión, es encontrar algo que facilite la torsión.

—¿Qué tal las ballestas de los ejes traseros de los vehículos?

Tras una breve reflexión, Giordino movió afirmativamente la cabeza.

—Puede que valgan. Cristo, sí: servirán perfectamente. Estudiando su bosquejo, Pitt comentó:

—Probablemente sea una pérdida de tiempo. No hay razón para temer que aparezca alguna de las patrullas de Kazim y nos descubra antes de que llegue nuestro tren.

—Faltan once horas para que caiga la noche. Será algo con lo que entretenernos.

Pitt se dirigió hacia la puerta.

—Tú comienza a montar las partes. Yo antes tengo que hacer algo. Vuelvo más tarde.

Pitt pasó junto a un grupo de hombres que estaba reforzando las puertas de la entrada principal y rodeó los muros del fortín, teniendo buen cuidado de borrar sus pisadas. Bajó a un angosto barranco, por cuyo fondo caminó hasta llegar a un montón de arena que se alzaba junto a uno de los taludes.

El Avions Voisin se conservaba intacto en su tranquila soledad.

Casi toda la arena con la que él y Giordino lo habían cubierto había volado, pero quedaba la suficiente para evitar que una patrulla aérea de Kazim lo detectase. Abrió la portezuela, se colocó tras el volante, y oprimió el botón de encendido. Casi inmediatamente, el motor comenzó a funcionar a un silencioso ralentí.

Pitt permaneció allí sentado unos minutos, admirando el milagro de la técnica que era aquel coche. Luego apagó el encendido, se apeó, y volvió a cubrir de arena la carrocería.

 

Una vez hubo descendido por las escaleras que conducían al arsenal, Pitt advirtió de inmediato que Eva se estaba recuperando, aunque seguía pálida y macilenta, y sus ropas se encontraban raídas y sucias. Estaba ayudando a dar de comer a un niño al que su madre sostenía en brazos. La mujer miró a Pitt con fortaleza y determinación renovadas.

—¿Cómo está el chico? —preguntó él.

—En cuanto tome algo sólido y vitaminas, lo tendremos jugando al fútbol.

El padre del muchacho, uno de los ingenieros franceses que participaron en el proyecto de Fort Foureau, se acercó a estrechar la mano de Pitt. El hombre parecía un espantapájaros. Calzaba toscas sandalias de cuero, tenía la camisa rota y manchada, y los pantalones sostenidos por una cuerda anudada.

Una poblada barba negra le ocultaba medio rostro y llevaba un gran vendaje en un lado de la cabeza.

—Soy Louis Monteux.

—Dirk Pitt.

—En nombre de mi esposa e hijo... —comenzó débilmente el francés—. No tengo palabras para expresarle nuestra gratitud por habernos salvado la vida.

—Aún no estamos fuera de Malí —le recordó Pitt.

—Una muerte rápida es preferible a seguir en Tebezza.

—Mañana a estas horas estaremos fuera del alcance del general Kazim le aseguró Pitt.

—Kazim e Yves Massarde —dijo Monteux, escupiendo las palabras—. Dos asesinos de primera categoría.

—Supongo que el motivo por el que Massarde los envió a usted y a su familia a Tebezza fue para impedirles que hablasen de la fraudulenta operación de Fort Foureau.

—Sí. Cuando se concluyó el proyecto, los científicos e ingenieros que habían participado en su diseño y construcción, descubrieron que Massarde planeaba aceptar muchos más desechos tóxicos de los que la planta podía procesar.

—¿Cuál era su trabajo?

—Diseñar el reactor termal para la destrucción de los residuos y supervisar su construcción.

—Y funciona.

Monteux asintió orgullosamente.

—Pues claro. Y muy bien. Se trata del sistema de destoxificación mayor y más eficaz que actualmente existe en el mundo. En el terreno de la tecnología solar, Fort Foureau es insuperable.

—Entonces, ¿en qué se torció Massarde? ¿Por qué gastar cientos de millones de dólares en tecnología punta sólo para usarlo como tapadera a fin de enterrar secretamente trenes enteros de desechos nucleares?

—Alemania, Ruisa, China, Estados Unidos... Medio mundo está hasta el cuello de residuos nucleares de alto nivel, la pasta violentamente radiactiva que queda de las barras alimentadoras del reactor tras ser reprocesadas, y el material fisionable procedente de la producción de bombas nucleares. Esto, aunque sólo representen menos de un uno por ciento de toda la basura nuclear, suponen miles de toneladas que no tienen adónde ir. Massarde ofrecía incinerarlas en su totalidad.

—Pero algunos gobiernos han construido vertederos nucleares...

—Escasos y tardíos —dijo Monteux, con un encogimiento de hombros—El nuevo cementerio nuclear francés de Soulaines estaba casi completo cuando se terminó. Luego tenemos la planta de la Reserva Handford en Richland, Washington. Los tanques que debían almacenar desechos líquidos de alto nivel durante cincuenta años, comenzaron a tener escapes a los veinte. Casi dos millones de litros de desperdicios altamente radiactivos han llegado al suelo y contaminado las corrientes subterráneas.

—Un bonito negocio —dijo pensativamente Pitt—. Massarde llega a acuerdos bajo mano con gobiernos y corporaciones que están desesperadas por deshacerse de sus residuos tóxicos. Como Fort Foureau, en el Sahara Occidental, parecía el vertedero ideal, se asocia con Zateb Kazim para asegurarse contra protestas nacionales y extranjeras. Luego, cobra precios exorbitantes y, so pretexto de incinerarlos, entierra los desechos en el centro del erial más inútil del planeta.

—Aunque simple, es una descripción, bastante precisa. Pero... ¿cómo sabe tanto?

—Mi amigo y yo penetramos en la cámara subterránea de almacenamiento y vimos los contenedores de residuos nucleares.

—El doctor Hopper nos dijo que habían sido capturados en el interior de la planta.

—¿Cree usted, Mr. Monteux, que Massarde podría haber construido una planta realmente, beneficiosa y de toda confianza en Fort Foureau, en la que se hubieran podido procesar todos los residuos que llegaran?

—Desde luego —dijo el ingeniero—. Si hubiera excavado cámaras de almacenamiento a dos kilómetros de profundidad, en formaciones rocosas estables, inmunes a las actividades sísmicas, lo hubieran hecho santo. Pero Massarde es un hombre de negocios implacable y sin escrúpulos, al que sólo interesan los beneficios. Es un enfermo, no sólo adicto, al poder, sino también al dinero, que envía a un escondite secreto en alguna parte.

—¿Sabía que lo que se filtra al agua del subsuelo son desechos químicos? —preguntó Pitt.

—¿Químicos?

—Tengo entendido que el compuesto responsable de miles de muertes que se han producido en esta parte del desierto está formado por un aminoácido sintético y cobalto.

—No sabemos nada de lo ocurrido desde nuestra llegada a Tebezza —dijo Monteux. Y, estremeciéndose perceptiblemente añadió—: Dios, esto es más horrible de lo que nunca imaginé. Pero lo peor aún está por venir. Massarde ha utilizado contenedores de baja calidad para almacenar los desechos nucleares y tóxicos. La cámara de almacenamiento y todo el terreno en muchos kilómetros a la redonda quedarán empapados de muerte líquida. Es sólo cuestión de tiempo.

—Hay algo más que usted no sabe —dijo Pitt—. El compuesto químico se filtra hasta las corrientes subterráneas y llega al río Níger, por el que, corriente abajo, alcanza el océano, y allí produce una explosión de mareas rojas que está consumiendo toda la vida y el oxígeno del agua.

Monteux, abrumado por la noticia, se pasó las manos por el rostro.

—¿Qué hemos hecho? De saber que Massarde estaba metido en una operación chapucera y peligrosa, ninguno de nosotros se hubiera prestado a colaborar.

Pitt miró escrutadoramente a Monteux.

—Pero cuando se inició la construcción, ustedes ya debieron de sospechar los verdaderos planes de Massarde.

Monteux negó con la cabeza.

—Todos los que estábamos prisioneros en Tebezza éramos consultores y contratistas ajenos al proyecto. Sólo estábamos implicados en el diseño y la construcción del campo fotovoltaico y del reactor termal. Apenas hacíamos caso de las excavaciones, que eran un proyecto completamente separado de la Massarde Enterprises.

—¿Cuándo comenzaron ustedes a sospechar?

—Al principio, no sospechábamos nada. Si alguien, por simple curiosidad, preguntaban a los obreros de Massarde, ellos contestaban que la excavación era para almacenar temporalmente los residuos hasta su destoxificación. El acceso a la zona sólo estaba permitido al equipo de excavación subterránea. Sólo cuando el proyecto estaba casi terminado comenzamos a ver más allá de las apariencias.

—¿Qué fue lo que al fin delató a Massarde? —preguntó Pitt.

—Cuando se realizaron satisfactoriamente las pruebas de operación del reactor termal, todos supimos que las excavaciones cesarían. Por aquel entonces comenzaron a llegar los materiales tóxicos en el ferrocarril que Massarde había construido con mano de obra barata facilitada por el general Kazim. Una noche, un ingeniero que trabajaba en los colectores solares parabólicos robó una chapa de acceso y llegó a la cámara de almacenamiento. Descubrió que las excavaciones no habían cesado, y que la tierra sobrante era metida subrepticiamente en los contenedores llegados con los residuos tóxicos. También vio cuevas llenas de bidones con residuos nucleares.

Pitt asintió con la cabeza.

—Mi amigo y yo también descubrimos esos secretos, sin darnos cuenta de que estábamos saliendo en el programa de televisión privado de Massarde.

—Antes de que pudieran detenerlo, el ingeniero regresó a nuestros alojamientos e hizo circular la noticia. Poco después, cuantos no éramos miembros de la Massarde Enterprises, junto con nuestras familias, fuimos detenidos y enviados a Tebezza para evitar que el secreto trascendiera a Francia.

—¿Cómo se justificó la súbita desaparición de todos ustedes?

—Con una historia falsa sobre un desastre sobrevenido en la planta, un incendio que nos mató a todos. El gobierno francés ordenó una investigación formal, pero Kazim negó la entrada en Malí a los extranjeros, asegurando que su gobierno esclarecería lo sucedido. Naturalmente, no se hizo nada y se informó que las cenizas de nuestros supuestos cadáveres habían sido diseminadas en el desierto tras la adecuada ceremonia.

El tono verde de los ojos de Pitt se hizo más intenso.

—Massarde es muy meticuloso; pero ha cometido varios errores.

—¿Errores? —preguntó Monteux —curioso.

—Ha dejado viva a demasiada gente.

—Cuando usted fue capturado, tendría oportunidad de conocerlo.

Pitt acarició con un dedo una de las cicatrices que surcaban sus mejillas.

—Tiene mal carácter, lo sé por experiencia.

Monteux sonrió.

—Si sólo le hizo ese regalito, considérese afortunado. Cuando nos reunió para leernos nuestra sentencia de muerte como esclavos en las minas, una mujer se resistió y escupió a Massarde en la cara. El, con toda calma, sacó una pistola y le pegó un tiro entre los ojos, delante de su marido y de su hija de diez años.

—Cuanto más sé de ese individuo, menos simpático me resulta —comento Pitt con frialdad.

—He oído decir que esta noche intentaremos capturar un tren y huir en él hacia Mauritania.

Pitt asintió con la cabeza.

—Ese es el plan, siempre que los militares malienses no nos descubran antes.

—Hemos hablado entre nosotros —dijo solemnemente Monteux—. Nadie está dispuesto a volver a Tebezza. Todos preferimos morir. Hemos hecho el pacto de matar a nuestras esposas e hijos antes que permitir su regreso a la tortura de las minas.

Pitt miró a Monteux y luego a las mujeres y niños que reposaban en el suelo del arsenal. Su curtido rostro reflejó una mezcla de piedad e ira. Luego, dijo suavemente:

—Esperemos no tener que llegar a eso.

 

Eva estaba excesivamente fatigada para dormir. Miró a los ojos de Pitt y propuso:

—¿Qué tal si damos un paseo por el sol?

—No está permitido caminar en terreno abierto. El fortín debe parecer abandonado para cualquier tren o avión que pase.

—Hemos pasado toda la noche viajando, y he estado casi dos semanas encerrada bajo tierra. ¿No habrá ninguna forma de que pueda ver el sol?

Sin decir nada, Pitt mostró su mejor sonrisa de pirata, tomó a Eva en sus brazos y la llevó hasta el patio de la entrada. Sin detenerse, subió a la plataforma que daba a las almenas y sólo entonces posó a la mujer en el suelo.

El sol cegó a Eva por unos momentos, de modo que no advirtió que se acercaba un comando femenino que estaba de vigía.

—Deben permanecer abajo y no hacerse visibles —dijo—. Son órdenes del coronel Levant.

—Un par de minutos —suplicó Pitt—. Mi amiga lleva mucho tiempo sin ver un cielo azul.

La combatiente quizá pareciese dura como el acero en su traje de faena lleno de munición y armas, pero poseía el doble de compasión y comprensión que cualquier hombre. Un simple vistazo a la macilenta mujer que se recostaba en Pitt bastó para suavizarla.

—Dos minutos —dijo con la más tenue de las sonrisas—. Luego deben volver abajo.

—Gracias —dijo Eva—. No sabe cómo se lo agradezco.

La temperatura aún no era asfixiante cuando Pitt y Eva miraron desde su atalaya más allá de las cercanas vías hacia el inmenso y desolado territorio del norte. Extrañamente, y pese a que era Pitt y no Eva quien había estado a punto de perecer en aquellos parajes, sólo él captaba la extraña magnificencia del paraje.

—Me muero de ganas de volver a ver el mar —dijo Eva.

—¿Buceas? —preguntó él.

—No: sólo nado.

—La vida marina de Monterrey es muy variada. Entre una selva de algas nadan peces bellísimos, y hay formaciones rocosas increíbles, especialmente en la costa de Carmel, hacia Big Sur. Cuando lleguemos allí te enseñaré a bucear con botella de oxígeno.

—Me muero de ganas.

Cerró los ojos y volvió la cabeza hacia el sol, bañándose en sus rayos. Las mejillas se le colorearon al influjo del calor. El la miró, viendo su enorme belleza a través de los estragos del calvario pasado. Los vigías estacionados en las almenas parecieron dejar de existir. Deseaba tomarla en sus brazos, olvidar los peligros, olvidarlo todo menos este momento, y besarla.

Y lo hizo.

Por un largo momento, ella se le abrazó estrechamente al cuello y le devolvió el beso. El la enlazó por la cintura, haciéndola ponerse de puntillas. Ninguno de los dos supo cuánto tiempo estuvieron así.

Al fin ella se separó y le miró a los ojos verdes opalinos sintiendo debilidad, excitación y amor, todo en una sola y vertiginosa emoción. Lentamente, susurró:

—Desde aquella cena en El Cairo, supe que jamás podría resistirme a ti.

—Y yo que pensé que nunca volvería a verte... —dijo Pitt suavemente.

—¿Regresarás a Washington una vez hayamos huido? —Eva lo preguntó como si el éxito de la fuga estuviese garantizado. El, sin soltarla, se encogió de hombros.

—Seguro que me necesitarán para trabajar en el control de la marea roja. Y tú, un buen descanso, ¿y qué? ¿Otra misión humanitaria a un país subdesarrollado para combatir alguna epidemia?

—Es mi tarea —murmuró Eva—. Salvar vidas es lo único que he querido hacer desde que era pequeña.

—Pero eso no deja mucho tiempo para el amor.

—Ambos somos prisioneros de nuestros trabajos. La vigía se acercó a ellos.

—Ya deben ponerse a cubierto —dijo, con cierto embarazo—. Todas las precauciones son pocas, ¿no les parece?

Eva tomó el rostro de Pitt entre sus manos y obligó al hombre a mirarla.

—¿Me considerarás una chica fácil si te digo que te deseo? Él sonrió.

—Soy pieza fácil para las chicas fáciles.

Eva, burlonamente, hizo como si se atusara el pelo y se ajustase las rotas y sucias ropas.

—¿Incluso para las que llevan dos semanas sin bañarse y están huesudas como un famélico gato callejero?

—Pues no sé; pero más de una mujer sucia y huesuda ha logrado sacar al animal que hay en mí.

Sin más palabras, Pitt la condujo al patio de la entrada y se metieron por una puerta que daba a un pequeño cuarto contiguo a lo que en tiempos fue la cocina y el comedor. Salvo por un barril de clavos, el lugar estaba vacío. No se veía a nadie. Pitt la dejó allí durante un minuto y regresó con dos mantas que procedió a tender sobre el suelo polvoriento. Luego fue a cerrar la puerta.

Cuando volvieron a fundirse en un abrazo, apenas podían verse, pues la única luz era la que entraba por el resquicio inferior de la puerta.

—Lamento no poder ofrecerte champán ni una cama king sine.

Eva arregló las mantas lo más primorosamente que pudo y luego miró las viriles facciones de Pitt.

—Cerraré los ojos e imaginaré que estoy con mi bello amante en la más lujosa suite del mejor hotel de San Francisco. Pitt la besó y rió suavemente.

—Señora mía: tienes una imaginación prodigiosa.

 

 

51

 

Felix Verenne, secretario personal de Massarde, entró en el despacho de su jefe.

—Llama Ismail Yerli, desde el cuartel general de Kazim. Massarde asintió y descolgó el teléfono.

—Sí, Ismail, espero que tenga buenas noticias.

—Lamento decirle que las noticias son todo menos buenas, Míster Massarde.

—¿Ha detenido Kazim a la unidad de combate de la ONU?

—No: aún la está buscando. Tal como pensábamos su avión fue destruido, pero ellos se han desvanecido en el desierto.

—¿No pueden las patrullas seguir su rastro? —preguntó Massarde, irritado.

—El viento del desierto lo ha borrado —replicó Yerli, sin perder la calma—Todo vestigio de su paso ha desaparecido.

—¿Cuál es la situación en la mina?

—Los prisioneros se amotinaron, mataron a los guardas, destruyeron el equipo y saquearon las oficinas. Los ingenieros también han muerto. La mina tardará seis meses en volver a su funcionamiento normal.

—¿Qué hay de O'Bannion?

—Desaparecido. No hay rastro de su cuerpo. A la que mis hombres sí encontraron fue a su sádica ayudante.

—¿Una norteamericana llamada Melika?

—Los prisioneros se desahogaron mutilando su cadáver, que está casi irreconocible.

—Los asaltantes deben de haber detenido a O'Bannion para que informe contra nosotros —sugirió Massarde.

—Aún es pronto para decirlo —replicó Yerli—. Los esbirros de Kazim apenas han empezado a interrogar a los prisioneros. Otra noticia que tengo y que no le hará a usted ninguna gracia, es que los dos norteamericanos, Pitt y Giordino, fueron reconocidos por uno de los guardas supervivientes. No sé cómo, huyeron de la mina hace más de una semana, llegaron a Argelia, y regresaron con el contingente de la ONU.

Massarde se quedó estupefacto.

—Dios mío, eso significa que llegaron a Argel e hicieron contacto con el exterior.

—Lo mismo pensé yo.

—¿Por qué no nos informó O'Bannion de la huida?

—Evidentemente, por miedo a su reacción y la de Kazim. Lo que resulta un misterio es cómo esos dos hombres lograron recorrer más de cuatrocientos kilómetros de desierto sin comida ni agua.

—Si han denunciado a sus superiores en Washington lo de la mina con trabajadores esclavos, también les habrán revelado el secreto de Fort Foureau.

—No tienen pruebas de nada —le recordó Yerli—. Ningún tribunal internacional se tomará en serio la declaración de dos extranjeros que cruzaron ilegalmente las fronteras de países soberanos y cometieron actos criminales contra el gobierno maliense.

—Pero la planta será asediada por corresponsales de Prensa e investigadores medioambientales de todo el mundo.

—No hay que preocuparse. Aconsejaré a Kazim que cierre las fronteras a todos los extranjeros y que expulse a cuantos pretendan husmear por aquí.

Intentando permanecer calmado, Massarde dijo:

—Olvida a los ingenieros y científicos franceses que contraté para construir el proyecto y a los que luego encerré en Tebezza. En cuanto estén a salvo, contarán su secuestro y encarcelamiento. Y, lo que aún es peor, denunciarán nuestro vertedero ilegal de desechos tóxicos. La Massarde Enterprises recibirá ataques por todos los frentes, y yo me veré ante acusaciones criminales en todos los países en que tengo sucursales o proyectos en marcha.

—Nadie sobrevivirá para testificar —dijo Yerli, como si emitiera una conclusión predeterminada.

—¿Cuál es el siguiente paso? —preguntó Massarde.

—Ni las patrullas terrestre de Kazim ni las aéreas han encontrado indicios de que los fugitivos hayan cruzado a Argelia. Eso significa que continúan en Malí, ocultos y esperando que los rescaten.

—Cosa que las fuerzas de Kazim evitarán.

—Desde luego.

—¿Podrían haber tomado dirección oeste, hacia Mauritania? Yerli meneó la cabeza.

—No. Entre ellos y la primera aldea con agua hay más de mil kilómetros. Además, tampoco podían llevar combustible para cubrir tal distancia.

—Hay que detenerlos, Ismail —dio Massarde, sin ocultar un toque de desesperación—. Deben ser exterminados.

—Y lo serán —prometió Yerli—. Le doy mi palabra de que no saldrán de Malí. Daremos caza hasta al último de ellos. Quizá puedan engañar a Kazim; pero no a mí.

 

El Haj Ali permanecía sentado en la arena, a la sombra de su camello, esperando el paso de un tren. Había recorrido más de doscientos kilómetros desde su pueblo de Araouane para ver la maravilla del ferrocarril, que le había descrito un inglés que pasó llevando a un grupo de turistas por el desierto.

Como regalo por su decimocuarto cumpleaños, el padre de Ali le había dado permiso para, con uno de los dos camellos de la familia, un espléndido animal blanco, viajar hasta los relucientes raíles y contemplar con sus propios ojos al enorme monstruo de acero. Aunque había visto automóviles y distantes aviones en el cielo, otras maravillas, como las cámaras, las radios y los televisores, eran un misterio para él. Pero ver una locomotora, y quizá incluso tocarla, lo convertiría en la envidia de todos los muchachos y muchachas de la aldea.

Mientras esperaba, bebía té y comía dulces. Al cabo de tres horas, y como no aparecía ningún tren, montó en su camello y, siguiendo las vías, se dirigió hacia la planta de Fort Foureau. Así podría hablar a su familia de los inmensos edificios que se alzaban en el desierto.

Al pasar entre el abandonado fortín de la Legión Extranjera, rodeado de alto muros, aislado y solitario, se apartó de los raíles y, por simple curiosidad, fue hacia la entrada. Las grandes puertas, blanqueadas por el sol, estaban firmemente cerradas. Se bajó del camello y lo condujo en torno a los muros, buscando alguna abertura por la que entrar, pero sólo encontró barro y piedras, así que desistió y regresó a la vía.

Miró hacia el oeste, intrigado por la forma en que los plateados raíles se perdían en la distancia y parecían rizarse bajo las olas de calor que se levantaban de las ardientes arenas. De pronto vio algo flotando ante él y aumentando de tamaño a medida que se aproximaba. Excitadamente, pensó que se trataba del gran monstruo de acero.

Pero cuando el objeto estuvo más cerca, Ali pudo ver que era demasiado pequeño para tratarse de una locomotora. Luego distinguió a dos hombres montados en él, como si se tratase de un automóvil abierto rodando sobre las vías. Ali se apartó del tendido y permaneció junto a su camello mientras la vagoneta de motor que transportaba a dos empleados que estaban inspeccionando las vías se detenía frente a él.

Uno de los guardavías era un extranjero blanco. El otro, un moro de oscura piel, lo saludó.

—Sallarn al laikum.

—Al laikum el sallam —replicó Ali.

—¿De dónde eres, muchacho? —preguntó el moro en la lengua beréber de los tuaregs.

—De Araouane, y he venido a ver el monstruo de acero.

—Has recorrido un largo camino.

—El viaje ha sido fácil —se jactó Ali.

—Tienes un excelente camello.

—Mi padre me prestó el mejor.

El moro consultó su reloj de oro.

—No tendrás que esperar mucho. El tren de Mauritania pasará dentro de cuarenta y cinco minutos.

—Gracias. Esperaré.

—¿Viste algo interesante dentro del viejo fuerte?

Ali movió negativamente la cabeza.

—No pude entrar. Las puertas están cerradas.

Los dos guardavías cambiaron miradas de extrañeza y conversaron entre ellos en francés por unos momentos. Luego el moro preguntó:

—¿Estás seguro? El fuerte siempre está abierto. Allí es dónde guardamos las traviesas y el equipo para reparar el tendido.

—No miento. Véanlo ustedes mismos.

El moro bajó de la vagoneta y fue hasta la fachada del fortín. Regresó minutos más tarde y habló al blanco en francés a su compañero.

—El chico tiene razón. Las puertas principales están cerradas por dentro.

El guardavías francés se puso serio.

—Debemos seguir hasta la planta e informar sobre ello. El moro asintió con la cabeza y volvió a montar en la vagoneta. Dirigió a Ali un saludo con la mano.

—Cuando llegue el tren, no te quedes cerca de la vía, y sujeta bien a tu camello.

La vagoneta a motor se alejó por las vías en dirección a las instalaciones de la planta incineradora. Tras ellos quedó Ali junto a su camello, que con su mirada estoica perdida en el horizonte, escupió en la vía.

 

El coronel Marcel Levant comprendió que no podía impedir que el muchacho nómada y el guardavías inspeccionasen el exterior del fortín. Silenciosas y amenzadoras, una docena de invisibles ametralladoras habían estado apuntadas hacia los curiosos. Hubiera sido fácil abatirlos y meterlos luego en el fuerte, pero Levant no tenía estómago para matar a civiles inocentes, así que se salvaron.

—¿Qué le parece, señor? —preguntó PembrokeSmythe, mientras la vagoneta se dirigía por los rieles hacia la estación de seguridad de la planta.

Levant estudió al muchacho y a su camello con ojos fruncidos, como los de un francotirador. El chico y el animal seguían descansando junto a los rieles, esperando el paso del tren.

—Si los de la vagoneta le cuentan a los guardas de seguridad de Massarde que el fuerte está cerrado, una patrulla armada vendrá a investigar.

PembrokeSmythe consultó su reloj.

—Faltan siete horas largas para la noche. Esperemos que sean lentos en reaccionar.

—¿Ha habido noticias del general Bock? —preguntó Levant.

—Hemos perdido el contacto. La radio se averió durante el viaje desde Tebezza y por culpa del continuo traqueteo, y sus circuitos están dañados. No podemos transmitir, y además, la recepción es débil. El último mensaje del general nos llegó demasiado turbio para ser adecuadamente descodificado. Lo único que el operador pudo entresacar fue algo referente a una fuerza especial de operaciones norteamericana que enlazaría con nosotros en Mauritania.

Levant miró incrédulamente a PembrokeSmythe.

—Así que vienen los norteamericanos, pero ¿sólo hasta Mauritania? Dios bendito, eso está a trescientos kilómetros de aquí. ¿De qué demonios van a servirnos en Mauritania si nos atacan antes de cruzar la frontera?

PembrokeSmythe se encogió de hombros impotente.

—El mensaje era confuso, señor. El operador de radio hizo lo que pudo. Quizá entendiese mal.

—¿No puede acoplar de algún modo la radio a nuestra red de comunicaciones de combate?

PembrokeSmythe negó con la cabeza.

—Ya se le ha ocurrido; pero los sistemas no son compatibles.

—Ni siquiera sabemos si el almirante Sandecker descifró adecuadamente la clave de Pitt —dijo Levant con cansancio—. Así que Bock puede imaginarse tanto que estamos vagando en círculos por el desierto como dirigiéndonos hacia Argelia.

—Yo prefiero ser optimista, señor.

Levant meneó la cabeza con pesar y se recostó contra un muro.

—No tenemos posibilidad de huir. Carecemos del combustible necesario. Es casi seguro que los malienses acabarían con nosotros si estuviéramos en terreno abierto. No tenemos contacto con el mundo exterior. Me temo que muchos de nosotros moriremos en esta ratonera, PembrokeSmythe.

—Mírelo por el lado bueno, coronel. Con un poco de suerte los norteamericanos se presentarán aquí para rescatarnos, como el Séptimo de Caballería del general Custer.

—¡Vaya por Dios! —gimió Levant—. ¿Por qué tenía que mencionar precisamente a Custer?

Giordino estaba tumbado de espaldas bajo uno de los vehículos de transporte de personal, soltando una ballesta del chasis cuando las botas y las piernas de Pitt aparecieron en su reducido campo de visión.

—¿Dónde has estado? —gruñó, mientras desenroscaba una tuerca.

—Atendiendo a los débiles y enfermos —replicó jovialmente Pitt.

—Pues ahora ocúpate de construir el armazón de tu extravagante cómolollames. Puedes utilizar las vigas del techo del alojamiento de oficiales. Aunque están secas, son fuertes.

—Veo que has estado muy ocupado.

—Lástima que tú no puedas decir lo mismo —se quejó Giordino—. Y ya puedes ir pensando cómo demonios vas a sujetar tu invento.

Pitt dejó en el suelo, a la vista de Giordino, un pequeño barril lleno de clavos.

—Problema resuelto. En la cocina encontré clavos.

—¿En la cocina?

—En un cuarto contiguo a la cocina —se corrigió Pitt.

Giordino salió de debajo del vehículo y estudió a Pitt. Con la mirada, que fue desde las botas descordadas hasta el uniforme de combate semiabierto y el cabello revuelto. Cuando al fin habló, lo hizo con evidente sarcasmo.

—Seguro que no fuiste allí solo, ni a buscar clavos.

 

 

52

 

Cuando, procedente de Fort Foureau, llegó el informe de los dos guardavías, el comandante Sid Ahmed Gowan, jefe personal de inteligencia de Kazim, le echó un rápido vistazo y lo dejó de lado, sin ver en él nada interesante, ni encontrar razón alguna para pasárselo a aquel turco entrometido, el tal Ismail Yerli.

A Gowan no se le ocurrió establecer una conexión entre un fuerte abandonado y una escurridiza presa supuestamente situada cuatrocientos kilómetros más al norte. El hombre decidió que los trabajadores ferroviarios que aseguraban que el fortín estaba cerrado por dentro no eran más que un par de empleados que intentaban congraciarse con sus jefes.

Pero a medida que fueron transcurriendo las horas sin que se encontrara ni rastro de la fuerza de la ONU, el comandante Gowan echó un nuevo vistazo al informe y sus sospechas comenzaron a crecer. Era un hombre metódico, joven y muy inteligente, el único oficial de las fuerzas de seguridad del general Kazim que se había educado en Europa, graduándose en St. Cyr, la primera academia militar de Francia. Comenzó a ver la posibilidad de apuntarse un tanto ante su jefe y de dejar en ridículo a Yerli como especialista en inteligencia.

Levantó el teléfono y llamó al jefe de las fuerzas aéreas malienses para solicitar un reconocimiento aéreo del desierto al sur de Tebezza, a fin de detectar sobre todo rodadas de vehículos en la arena. Como precaución adicional, también ordenó que se detuviese todos los trenes que fueran a entrar o salir de la planta. Gowan se dijo que, si la fuerza de la ONU había cruzado efectivamente el desierto hacia el sur sin ser observada, quizá se hubiese escondido el viejo fuerte de la Legión Extranjera durante las horas de luz. Como era casi seguro que sus vehículos andarían escasos de combustible, lo más probable era que esperasen a la noche para intentar capturar un tren con destino a Mauritania.

Lo único que Gowan necesitaba para confirmar su corazonada era un avistamiento aéreo de rodadas recientes entre Tebezza y el ferrocarril. Seguro de encontrarse sobre la pista correcta, llamó a Kazim y le explicó su nueva propuesta para la operación de búsqueda.

 

Dentro del fortín, el sufrimiento más duro de sobrellevar era el que implicaba el factor tiempo. Todos contaban los minutos que faltaban para la noche. Cada hora que pasaba sin indicios de un ataque era como un precioso regalo. Pero hacia las cuatro de la tarde, Levant tuvo la plena certeza de que algo iba terriblemente mal.

Se encontraba en las almenas, estudiando a través de unos prismáticos la planta de Fort Foureau, cuando se le acercó PembrokeSmythe, seguido por Pitt.

—¿Me mandó llamar, coronel? —preguntó Pitt.

Sin bajar los prismáticos, Levant contestó:

—Cuando usted y Mr. Giordino se introdujeron en la planta, ¿cronometraron las salidas y las entradas de los trenes?

—Sí, alternaban. Entraba uno a las tres horas de la salida del anterior.

Levant bajó los prismáticos y miró a Pitt.

—Entonces, ¿cómo interpreta el hecho de que en cuatro horas y media no ha aparecido ningún tren?

—Algún problema en las vías, un descarrilamiento, fallo del equipo... Puede haber mil causas que justifiquen un retraso en el horario.

—¿Cree realmente eso?

—Ni por un momento.

—Entonces, ¿qué opina? —insistió Levant.

Pitt contempló los vacíos raíles que pasaban frente al viejo fortín.

—Si tuviera que apostar un año de sueldo, diría que nos han descubierto.

—¿Cree que han detenido los trenes para evitar que escapemos?

Pitt movió afirmativamente la cabeza.

—Era razonable suponer que, una vez Kazim averiguara el rumbo que tomamos, y sus patrullas detectaran las rodadas de nuestros vehículos yendo en dirección sur, hacia el tendido ferroviario, comprendería que nuestro propósito es secuestrar un tren.

—Los malienses son más listos de lo que yo pensaba —admitió Levant—. Ahora estamos atrapados y sin posibilidades de comunicarnos con el general Bock.

PembrokeSmythe carraspeó.

—Si me lo permite, señor, quisiera presentarme voluntario para salir a escape en dirección a la frontera a fin de reunirme con el equipo norteamericano de Fuerzas Especiales y traerlo hasta aquí.

Levant dirigió una ceñuda mirada a su subalterno.

—Sería un suicidio.

—O nuestra única oportunidad de salvación. Yendo en el vehículo rápido de ataque, puedo plantarme en la frontera antes de seis horas.

—Peca de optimista, capitán —lo corrigió Pitt—. Yo he conducido por esta parte del desierto. Yendo a toda velocidad por una superficie aparentemente firme y plana, de pronto puede despeñarse por un barranco de quince metros. E ir atravesando las dunas es impensable. Yo diría que, en el mejor de los casos, llegaría usted a Mauritania a última hora de mañana por la mañana.

—Pienso ir en línea recta por el tendido férreo.

—Imposible. Las patrullas de Kazim lo alcanzarían antes de que hubiese recorrido cincuenta kilómetros. Y eso si no han puesto barreras en la vía.

—¿Olvida nuestra escasez de combustible? —añadió Levant—. Con el que tenemos, no cubriría usted ni un tercio del camino.

—Podemos coger el que aún queda en los depósitos de los vehículos de personal —dijo PembrokeSmythe, sin darse por vencido.

—Correría usted un gran riesgo —dijo Pitt. PembrokeSmythe se encogió de hombros.

—El riesgo es la sal de la vida.

—No puede ir solo —dijo Levant.

 

—Un cruce nocturno del desierto a alta velocidad puede ser sumamente peligroso —advirtió Pitt—. Necesitará un copiloto y un navegante.

—No propongo una travesía solitaria —afirmó PembrokeSmythe.

—¿En quién ha pensado?

Smythe dirigió una sonriente mirada al alto hombre de la NUMA.

—En Mr. Pitt o en su amigo Giordino, pues ambos ya han aprobado un curso intensivo de supervivencia en el desierto.

—Un civil no será de gran ayuda en un enfrentamiento con las patrullas de Kazim —advirtió Levant.

—Me propongo aligerar el vehículo de asalto quitándole el blindaje y el armamento. Llevaremos una rueda de repuesto, herramientas, agua para veinticuatro horas, y armas cortas.

Con su habitual parsimonia, Levant reflexionó cuidadosamente sobre el arriesgado plan de PembrokeSmythe. Luego asintió con la cabeza.

—Muy bien, capitán. Que preparen el vehículo.

—Sí, señor.

—Sin embargo, hay otra cosa.

—¿Señor...?

—Lamento frustrar sus planes; pero no puedo prescindir de sus servicios como lugarteniente. Tendrá que mandar a alguien en su lugar. Propongo al teniente Steinholm. Si no recuerdo mal, en una ocasión participó en el Raylle de Monte Carlo.

PembrokeSmythe ni siquiera intentó ocultar su decepción. Pareció a punto de decir algo, pero en vez de ello, sin una sola protesta, se cuadró y a, toda prisa, bajó la escalera hasta el patio de la entrada.

Levant miró a su compañero.

—Tendrá usted que presentarse voluntario, Mr. Pitt. Carezco de autoridad para ordenarle que vaya.

—Coronel... —replicó Pitt con una sonrisa apenas perceptible—, durante la última semana, he sido perseguido por todo el Sahara, he estado a milímetros de morir de sed, han disparado contra mí, me han cocido como a una langosta, y me han sacudido en la cara todos los indeseables con los que me he tropezado. El amigo Pitt ya ha tenido bastante. Aquí me quedo. Al Giordino acompañará al teniente Steinholm.

Levant sonrió.

—Es usted un cuentista, Mr. Pitt, un cuentista de tomo y lomo. Sabe tan bien como yo que permanecer aquí significa una muerte segura. Dar a su amigo la oportunidad de escapar es un noble gesto. Le respeto profundamente por ello.

—Los gestos nobles no son mi especialidad. Lo que ocurre es que no me gusta dejar trabajos sin acabar.

Levant miró hacia la extraña máquina que estaba tomando forma junto a uno de los muros.

—Se refiere a su catapulta.

—En realidad, es una especie de ballesta de muelles.

—¿Cree realmente que servirá de algo contra unos vehículos blindados?

—Sí, claro que servirá —dijo Pitt, en tono de total confianza—. Lo que está por ver es si servirá bien o mal.

 

Poco después del crepúsculo fueron retirados los sacos terreros y las improvisadas obstrucciones de la entrada principal del fuerte, y sus grandes puertas se abrieron. El teniente Steinholm, un austríaco grande, rubio y atractivo, se colocó tras el volante y recibió las últimas instrucciones de PembrokeSmythe.

Giordino, que se encontraba junto al buggy semidesguazado, se despedía de Pitt y Eva.

—Hasta la vista, viejo —dijo a Pitt, con una sonrisa forzada—. Deberías ir tú y no yo.

Pitt dio a Giordino un rápido y fuerte abrazo.

—Cuidado con los baches.

—Steinholm y yo volveremos para el almuerzo, con pizzas y cerveza.

Las palabras carecían de sentido. Ninguno de los dos hombres dudaba ni por un segundo que, para el mediodía del día siguiente, el fuerte y todos los que se escondían en el no serían más que un recuerdo.

—Tendré una luz en la ventana —dijo Pitt.

Eva besó a Giordino levemente en la mejilla y le tendió un pequeño paquete envuelto en plástico.

—Un tentempié para el camino.

—Gracias. —Giordino se dio la vuelta para ocultar sus ojos humedecidos. La sonrisa desapareció de su rostro y en su lugar se instaló una expresión de inmensa tristeza. Montó en el vehículo de ataque y dijo a Steinholm—. Pisa a fondo.

El teniente asintió, puso la primera y clavó el acelerador en el suelo. El buggy saltó hacia delante, cruzó como una exhalación las puertas del fuerte y se alejó en el desierto bañado por la anaranjada luz del cielo occidental, dejando tras de sí una estela de polvo.

Giordino se volvió en su asiento y miró hacia atrás. Pitt estaba en el exterior de la puerta, rodeando con un brazo la cintura de Eva. Alzó una mano en señal de despedida. Todavía percibía la animosa sonrisa de Pitt cuando el polvo levantado por el vehículo le borró toda visión.

Por un largo minuto, todos contemplaron cómo se alejaba el buggy. Mientras el vehículo se convertía en una lejana mota, las reacciones de los sitiados, iban desde el desaliento hasta la resignación. Todas sus esperanzas de sobrevivir iban con Giordino y Steinholm. Luego Levant dio una orden, y los comandos cerraron y atrancaron las grandes puertas por última vez.

 

 

El comandante Gowan recibió el informe que esperaba de una patrulla de helicópteros que siguió las rodadas del convoy de Levant hasta que desaparecieron en la línea férrea. Al llegar la noche se suspendió la búsqueda. Los pocos aviones de las Fuerza Aérea maliense dotados con equipo de visión nocturna estaban en reparación. Pero Gowan no necesitaba más misiones de reconocimiento y búsqueda. Sabía dónde se ocultaba su presa. Llamó a Kazim y le confirmó sus suposiciones. Encantado, Kazim lo ascendió en el acto a coronel, y le prometió una condecoración por servicios destacados.

La participación de Gowan en las operaciones había terminado. Encendió un cigarro, apoyó los pies en el escritorio, y se sirvió una copa de costoso coñac Remy Martin, que guardaba en el escritorio para las ocasiones especiales. Y ésta, sin duda, era una ocasión especial.

Desgraciadamente para su comandante en jefe, el general Kazim, las agudas dotes de percepción y deducción de Gowan ya no volverían a emplearse en la operación. Justo cuando Kazim necesitaba más a su jefe de inteligencia, el recién nombrado coronel se marchó a su villa junto al Níger para reunirse con su amante francesa, ajeno a la tormenta que estaba fraguándose en el desierto.

Massarde estaba al teléfono, escuchando por boca de Yerli el informe de última hora sobre el desarrollo de la búsqueda.

—Los tenemos —anunció triunfalmente Yerli, apropiándose del mérito del intuitivo comandante Gowan—. Pensaron que podían despistarnos tomando una ruta inversa a la previsible y dirigiéndose hacia el interior, pero a mí no me engañaron. En estos momentos se encuentran atrapados en el abandonado fortín de la Legión, muy cerca de donde usted está.

—Me alegra mucho oír eso —dijo Massarde, lanzando un gran suspiro. ¿Qué planea Kazim?

—De entrada, exigir la rendición.

—¿Y si se rinden?

—Someterá a juicio a los comandos y a sus oficiales por invadir el país. Una vez convictos, se les mantendrá como rehenes a cambio de concesiones económicas de las Naciones Unidas. A los prisioneros de Tebezza se les conducirá a las mazmorras de interrogatorio, donde recibirán su merecido.

—No —dijo Massarde—. Eso no es lo que yo quiero. La única solución es destruirlos a todos, y cuanto antes. No debe quedar nadie con vida para hablar. No podemos permitirnos más complicaciones. Insisto en que persuada a Kazim de que acabe con este asunto inmediatamente.

La exigencia fue tan tajante y brusca que Yerli, desconcertado, se quedó mudo por unos instantes. Al fin, dijo:

—Muy bien... Haré cuanto pueda por convencer a Kazim de que lance el ataque a primera hora de la mañana con sus cazarreactores, seguidos por unidades de asalto transportadas en helicóptero. Por fortuna, en las proximidades están haciendo maniobras tres compañías de infantería y cuatro tanques pesados.

—¿No puede asaltar el fuerte esta noche?

—Necesitará tiempo para reunir sus fuerzas y coordinar un ataque, y no podrá hacerlo hasta el amanecer.

—Cerciórese de que Kazim hace todo lo necesario para evitar que Pitt y Giordino escapen de nuevo.

—Ese fue el motivo por el que tomé la precaución de detener todos los trenes de Mauritania, tanto los que entraban como los que salían —mintió Yerli.

—¿Dónde se encuentra usted ahora?

—En Gao, a punto de abordar el avión de mando que tan generosamente regaló usted a Kazim. El general piensa supervisar personalmente el asalto.

—Recuérdelo, Yerli —dijo Massarde. Con toda la paciencia que pudo reunir—. Nada de prisioneros.

 

 

53

 

 

Llegaron poco después de las seis de la mañana. Los miembros del equipo táctico de la ONU estaban exhaustos tras cavar profundas trincheras junto a la base de los muros, pero todos se encontraban alerta y dispuestos a resistir. La mayoría estaban metidos en sus agujeros, como topos, en previsión del esperado ataque aéreo. En el arsenal subterráneo, los médicos montaron un hospital de campaña, en el que los ingenieros franceses y sus familias se acurrucaron en el suelo, bajo viejas mesas y muebles, para protegerse de los cascotes que pudieran caer del techo. En las almenas del fortín, únicamente protegidos por los parapetos y por sacos terreros apresuradamente amontonados, sólo quedaban Levant, PembrokeSmythe, y la dotación de la ametralladora Vulcan que antes estuvo en el buggy de ataque.

Los cazarreactores fueron oídos antes que vistos, e inmediatamente se dio la alarma.

En vez de ponerse a cubierto, Pitt siguió con su catapulta, haciendo frenéticos ajustes de última hora. Las ballestas de camión, montadas verticalmente en el interior de un complicado armazón de vigas de madera, estaban dobladas casi por la mitad por el sistema hidráulico de la carretilla elevadora, hallada con el resto de los materiales ferroviarios. Acoplada a los comprimidos resortes había una plancha acanalada sobre la cual se había colocado un bidón medio lleno de gasóleo, con agujeros en la parte superior. Tras ayudar a Pitt a montar su estrambótico invento, los hombres de Levant se separaron de él. Recelaban de que el bidón de gasóleo, en lugar de ser arrojado por encima del muro, reventara dentro del fortín y abrasara a cuantos se encontraban en el patio.

Levant se arrodilló tras el parapeto, con la espalda protegida por un montón de sacos terreros y escrutó en el cielo despejado. Localizó los aviones y los estudió a través de sus prismáticos. Los aparatos volaban en círculo, a no más de quinientos metros sobre el desierto, y sólo tres kilómetros al sur del fuerte. El francés advirtió que los malienses no tomaban la menor precaución contra posibles misiles tierra-aire. Aparentemente, partían de la base de que el fuerte carecía de medios efectivos para defenderse de un ataque.

Como muchos líderes militares tercermundistas, que preferían lo aparente a lo práctico, Kazim había comprado a los franceses unos rápidos cazas Mirage más por hacer ostentación de ellos que para utilizarlos en combate. Teniendo poco que temer de sus países vecinos, mucho más débiles, las fuerzas militares de Kazim se habían creado sobre todo para halagar su ego y para meterle el miedo en el cuerpo a cualquier posible revolucionario.

La fuerza de ataque maliense estaba respaldada por una flotilla de helicópteros con armamento ligero, cuyos únicos cometidos eran las misiones de reconocimiento y el transporte de tropas de asalto. Sólo los cazas podían lanzar misiles capaces de dejar fuera de combate a un tanque o derribar fortificaciones. Pero los pilotos carecían de las nuevas bombas guiadas por láser, de modo que debían apuntar y guiar manualmente sus anticuados misiles tácticos contra el objetivo.

—Capitán PembrokeSmythe: permanezca junto a la dotación de la Vulcan —dijo Levant por el micrófono de su casco.

—Estoy con Madeleine y listo para abrir fuego —respondió el inglés, desde el emplazamiento artillero del muro opuesto.

—¿Madeleine?

—La dotación se ha encariñado con la ametralladora, señor, y la ha bautizado con el nombre de una muchacha de cuyos favores disfrutaron en Argelia.

—Pues procure que Madeleine no se encasquille.

—Sí, señor.

—Deje que el primer avión efectúe su ataque. Luego abátalo por detrás cuando haya pasado de largo. Si calcula bien, luego tendrá usted tiempo de girar ciento ochenta grados el ángulo de tiro y disparar contra el siguiente aparato antes de que suelte sus misiles.

—Muy bien, señor.

En ese mismo instante, el primer Mirage rompió la formación, descendió a setenta y cinco metros y, sin tomar ninguna precaución contra el posible fuego de tierra, se lanzó al ataque. El piloto no era ningún as. Llegó demasiado despacio y disparó tarde sus dos misiles.

Impulsado por un motor monofásico de combustible sólido, el primer misil pasó sobre el fuerte y su potente cabeza explosiva detonó de modo inofensivo contra la arena del desierto. El segundo explotó contra el muro norte, en cuya parte alta hizo un boquete de dos metros, salpicando de cascotes todo el patio de la entrada.

El artillero de la Vulcan siguió el vuelo rasante del caza y, cuando pasó sobre el fortín, abrió fuego. La ametralladora de seis cañones giratorios, dispuesta para disparar mil proyectiles por minuto, (su máximo eran dos mil) escupió una andanada de proyectiles de veinte milímetros contra el expuesto aparato, una de cuyas alas se soltó tan limpiamente como si la hubiese rebanado un bisturí de cirujano. El Mirage quedó boca abajo y fue a estrellarse contra el suelo.

Inmediatamente, Madeleine giró ciento ochenta grados y volvió a disparar. Su chorro de balas alcanzó de frente al segundo caza. Se produjo una negra nube y el caza explotó en llamas y se desintegró, alcanzando alguno de sus pedazos la parte exterior de los muros.

El siguiente piloto, presa del pánico, lanzó sus misiles demasiado pronto y se retiró. Con divertida expresión, Levant observó cómo dos explosiones gemelas abrían sendos cráteres más de doscientos metros por delante del fuerte. Al verse privada de su líder, la escuadrilla interrumpió el ataque y comenzó a volar en círculos fuera del alcance de Madeleine.

—Buena puntería —felicitó Levant a la dotación de la Vulcan—. Ahora que ya saben que mordemos, lanzarán sus misiles desde una distancia mayor y con menor precisión.

—Sólo nos quedan seiscientos proyectiles —informó PembrokeSmythe.

—Consérvelos por ahora y haga que sus hombres se pongan a cubierto. Dejaremos que nos vapuleen durante un rato. Tarde o temprano abandonarán las precauciones y volverán a acercársenos.

 

Kazim escuchó cómo sus pilotos hablaban excitadamente unos con otros por la radio, y presenció la debacle inicial por el sistema de vídeotelefoto de los monitores del centro de mando. Los pilotos, con la autoconfianza mermada tras su primer combate real con un enemigo que respondía a sus disparos, farfullaban confusamente por la radio, como niños asustados suplicando instrucciones.

Con el rostro congestionado por la ira, Kazim entró en la cabina de comunicaciones y comenzó a gritar por la radio:

—iCobardes! Os habla el general Kazim. Vosotros, los aviadores, sois mi brazo derecho, los ejecutores de mi justicia. ¡Atacad! Aquel que no demuestre coraje, será ejecutado en cuanto aterrice, y toda su familia irá a la cárcel.

Faltos de adiestramiento, y sobrados de vanidad, los pilotos malienses estaban más hechos a pavonearse por las calles y perseguir chicas bonitas que a enfrentarse a un enemigo dispuesto a matarlos. Los franceses habían hecho un meritorio esfuerzo por modernizar a los nómadas del desierto, enseñándoles tácticas de combate aéreo, pero las costumbres ancestrales y los viejos modos estaban demasiado acendrados en ellos y no les permitían ser combatientes eficaces.

Espoleados por las palabras de Kazim, y más temerosos de su ira que de los proyectiles y la metralla que habían acabado con su líder y con su lugarteniente, reanudaron el ataque de muy mala gana. De uno en uno fueron lanzándose contra los aún enhiestos e imponentes muros del viejo fortín de la Legión Extranjera.

 

Como si se considerase «inabatible», Levant, erguido en las almenas, observaba el ataque con la calma del espectador de un partido de tenis. Los dos primeros cazas dispararon sus misiles y se retiraron rápidamente, antes de ponerse a tiro del fuerte. Los cohetes pasaron altos y fueron a explosionar al otro de las vías.

Llegaban por todos los lados, en maniobras absurdas e impredecibles. Su asalto debiera haber sido metódico y organizado, concentrándose en arrasar uno de los muros en vez de atacar caprichosamente el fortín desde la dirección que mejor les venía. Al cabo de un rato de cesar el fuego enemigo, la puntería de los pilotos mejoró, y el fuerte comenzó a recibir devastadores impactos. Enormes boquetes se abrieron en los muros, que comenzaron a derrumbarse.

Luego, según lo previsto por Levant, los pilotos se confiaron, haciéndose más osados y acercándose cada vez más para lanzar sus misiles. El francés se levantó de su pequeño puesto de mando y se sacudió el polvo del uniforme de combate.

—¿Alguna baja, capitán PembrokeSmythe?

—No se me ha informado de ninguna, coronel.

—Llegó la hora de que Madeleine y sus amigos vuelvan a ganarse el sueldo.

—La dotación ya está en sus puestos, señor.

—Si los administra bien, le quedan suficientes proyectiles para derribar a otros dos pajarracos.

La cosa resultó más fácil de lo que era de prever: dos de los aviones avanzaban en vuelo rasante hacia el fuerte con las puntas de alas tocándose. La Vulcan giró hacia ellos y abrió fuego. Al principio pareció que los artilleros habían fallado. Luego se produjo una llamarada y del Mirage de estribor surgió una negra nube de humo. El avión no estalló, ni pareció que el piloto perdiera el control. Simplemente, el morro descendió en leve ángulo y el caza picó hasta estrellarse contra la arena.

Madeleine giró hacia el caza de babor y escupió centenares de lenguas de fuego. Segundos más tarde, el último de los proyectiles salió por los cañones giratorios y el arma quedó súbitamente muda, pero no sin antes haber convertido en chatarra el segundo caza. Piezas del aparato saltaron por los aires, incluida la cúpula de la carlinga.

Extrañamente, no hubo humo ni fuego. El Mirage se desplomó en el desierto, rebotó y fue a estrellarse contra el muro oriental del fuerte, estallando con ensordecedor estruendo y lanzando piedras y llameantes restos sobre el patio de la entrada, en el que el alojamiento de oficiales se vino abajo. Los sitiados sintieron como si el viejo y cansado fortín hubiera sido alzado por los aires.

Pitt fue zarandeado y arrojado al suelo por la onda expansiva. Parecía como si la detonación se hubiese producido directamente sobre su cabeza, cuando en realidad procedía del extremo opuesto del fuerte. Le costaba respirar, como si tratara de aspirar en el vacío.

Logró ponerse de rodillas, tosiendo a causa del polvo que saturaba el aire del fortín. Su primera preocupación fue la catapulta, pero ésta seguía indemne entre la nube de polvo. Luego se fijó en un cuerpo que yacía en el suelo junto a él.

—Dios... mío... —murmuró trabajosamente el hombre.

Fue entonces cuando Pitt reconoció a PembrokeSmythe, a quien la explosión había hecho caer de las almenas. El norteamericano se acercó a gatas y miró al caído, que tenía los ojos cerrados. Su único indicio visible de vida era el latir del pulso en el cuello.

—¿Cómo se encuentra? —A Pitt no se le ocurrió otra cosa que preguntar.

—Sin resuello, y con la espalda fastidiada —murmuró entre dientes PembrokeSmythe.

Pitt contempló la sección del muro que se había derrumbado.

—Ha sido toda una caída. No veo sangre, ni huesos que parezcan rotos. ¿Puedes mover las piernas?

PembrokeSmythe logró alzar las rodillas y agitar los pies.

—Al menos, mi espinazo sigue de una pieza. —Luego alzó una mano y señaló algo al otro lado del patio.

El polvo había comenzado a posarse, y la expresión del inglés se tornó desolada al ver el gran montón de escombros que había sepultado a varios de sus hombres.

—¡Desentierre a esos pobres! —suplicó—. ¡Desentiérrelos, por el amor de Dios!

Pitt contempló el muro destrozado y caído. Lo que fuera un imponente bastión de hormigón y piedra se había vuelto un inmenso montón de cascotes. Nadie que se hallase bajo la pared derribada podría haber sobrevivido, y los que, por encontrarse en sus trincheras, pudieran seguir con vida, no tardarían en morir de asfixia. Con un escalofrío de horror, Pitt comprendió que sólo un equipo de construcción bien equipado podría sacar a tiempo a los enterrados.

Antes de que pudiera reaccionar, otra andanada de misiles alcanzó el fuerte, arrasando la cocina y el comedor. Las vigas del techo no tardaron en arder, provocando una columna de humo que se elevó en el aire sofocante de la mañana. Ahora los muros tenían el aspecto de haber recibido los golpes de una maza mastodóntica manejada por un gigante. La pared norte era la que menos daños habían sufrido e, increíblemente, la puerta principal seguía intacta. Pero los otros tres muros estaban seriamente dañados y con grandes melladuras en su parte superior.

Habiendo perdido cuatro de sus aviones, agotada su reserva de misiles, y escasos de combustible, los cazarreactores que quedaban se reagruparon y emprendieron el regreso a su base. Los comandos de la ONU supervivientes salieron de sus refugios bajo tierra como muertos de sus tumbas y, desesperadamente, comenzaron a quitar los cascotes amontonados sobre sus camaradas. A pesar de tan frenéticos esfuerzos, no había la menor posibilidad de rescatar a los sepultados usando sólo las manos.

Levant bajó de las almenas y comenzó a dar órdenes. Los heridos fueron trasladados al arsenal subterráneo, donde el equipo médico, auxiliado por Eva y las demás mujeres, se encontraba listo para recibirlos.

Los rostros de los hombres y mujeres del Equipo Táctico se conviertieron en máscaras de angustia cuando Levant dio orden de que dejaran de excavar bajo el muro y fueran a cubrir las brechas abiertas por los misiles. Levant compartía el pesar de sus subalternos, pero su responsabilidad era para con los vivos. Por los muertos ya no había nada que se pudiera hacer.

Pese al terrible dolor que le producía su espalda, el infatigable PembrokeSmythe iba con su sonrisa de un lado a otro del fuerte, haciendo una lista de las bajas y pronunciando palabras de aliento. Aunque la muerte y el horror los rodeaba por todas partes, el inglés intentaba poner una nota de humor que mitigase aquel calvario.

Se contaron seis muertos y tres heridos con graves fracturas. Siete hombres con heridas y magulladuras regresaron a sus puestos tras recibir una cura de urgencia. Analizando la situación, el coronel Levant se dijo que podría haber sido peor. Pero sabía que los ataques aéreos sólo constituían el primer acto. Tras un breve descanso, se dio paso al segundo: el muro sur recibió el impacto del proyectil de uno de los cuatro tanques que avanzaban hacia el fuerte desde una distancia de dos kilómetros. Luego, las defensas recibieron otros cuatro impactos de idéntica procedencia.

Rápidamente, Levant se subió al montón de escombros que antes fuera uno de los muros y enfiló sus prismáticos hacia los carros de combate.

—Son tanques franceses AMX30, que disparan proyectiles de bala SS11 anunció con calma a Pitt y PembrokeSmythe—. Nos ablandarán un poco antes de lanzar contra nosotros su infantería.

Pitt contempló la maltrecha fortaleza a su alrededor. —No queda mucho que ablandar —murmuró lacónico. Levant bajó los prismáticos y se volvió hacia Pembroke Smythe, que se encontraba junto a él, encorvado como un nonagenario.

—Que todos se refugien en el arsenal. Dejaremos un vigía arriba y capearemos la tormenta desde allí abajo.

—¿Y qué pasará cuando esos tanques llamen a nuestra puerta? preguntó Pitt.

—Entonces le tocará entrar en juego a su catapulta —dijo Pembroke Smythe, pesimista. Es lo único que tenemos contra esos malditos cacharros.

Pitt sonrió torvamente.

—Parece que he hecho de usted un creyente, capitán.

Pitt se sintió orgulloso de sus dotes de actor, pues había logrado disimular la enorme desazón que lo invadía. No tenía ni la más remota idea de si su medieval aparato antitanque cumpliría el propósito para el que había sido construido.

 

 

54

 

Cuatrocientos kilómetros al oeste, el amanecer llegó en el mayor de los silencios; no había ni un soplo de viento que removiese las arenas desoladas. El único sonido procedía del motor del «buggy» de ataque, que corría por el desierto como una hormiga negra sobre la playa.

Giordino estaba estudiando el ordenador del vehículo, que sustraía de la distancia recorrida en línea recta las desviaciones a las que se habían visto obligados para rodear barrancos infranqueables y un gran mar de dunas. En dos ocasiones tuvieron que retroceder más de veinte kilómetros antes de regresar a su curso.

Según los números digitales que aparecieron en la pequeña pantalla, Giordino y Steinholm habían tardado casi doce horas en recorrer los cuatrocientos kilómetros que separaban Fort Foureau de la frontera mauritana. Mantenerse lejos del tendido férreo les había costado un tiempo precioso. Pero era mucho lo que estaba en juego para arriesgarse a un encuentro con las patrullas armadas que vigilaban las vías, o a ser detectados y hechos pedazos por algún cazarreactor maliense.

El último tercio del viaje fue sobre terreno firrile salpicado por rocas a las que los granos de arena impulsados por el viento habían pulido como cantos rodados. El tamaño de las rocas iba desde el de una canica hasta el de un balón de fútbol. Todas ellas convertían la conducción en una pesadilla, pero en ningún momento se les pasó por la cabeza bajar la velocidad. Recorrieron el terreno irregular a una media constante de noventa kilómetros por hora, soportando los estremecedores botes y traqueteos con estoica determinación.

La forma de superar el cansancio y los sufrimientos era pensar en lo que estaría ocurriéndoles a los hombres y mujeres que dejaron atrás. A Giordino y Steinholm les constaba que su única posibilidad de sobrevivir se basaba en que ellos encontrasen al Comando de Fuerzas de Operaciones Especiales norteamericano, y que lo hicieran cuanto antes, pues de lo contrario no sería posible que el contingente de rescate llegara al fuerte antes de que Kazirn matase a todos los sitiados. La promesa de regresar para el almuerzo agobiaba a Giordino, pues las posibilidades de conseguirlo eran cada vez más remotas.

—¿Cuánto falta para la frontera? preguntó Steinholm en inglés, con el acento de Arnold Schwarzenegger.

—No hay forma de saberlo —replicó Giordino. En pleno desierto no erigen carteles de bienvenida. Por lo que yo sé, ya la hemos cruzado.

Al menos, hay luz suficiente para ver adónde nos dirigimos.

—Sí, pero eso también ayudará a los malienses a descubrirnos.

Voto por tomar rumbo norte, en dirección al ferrocarril dijo Steinholm. Estamos casi sin combustible. Treinta kilómetros más, y nos tocará andar.

De acuerdo, me has convencido, Giordino consultó de nuevo el ordenador e indicó la brújula montada sobre el panel de instrumentos. Toma un rumbo de cincuenta grados al noroeste y vayamos en diagonal hasta cruzar el tendido. Eso nos dará unos cuantos kilómetros de más, por si aún no estamos en Mauritania.

El momento de la verdad sonrió Steinholm. Pisó a fondo el acelerador y las ruedas levantaron surtidores de piedras y arena. Giró el volante y lanzó al buggy por el desierto en dirección al ferrocarril de Massarde.

 

 

A las once regresaron los cazarreactores, y sus misiles continuaron devastando el ya maltrecho fortín. Al finalizar las incursiones aéreas de bombardeo, los cuatro carros blindados tomaron el relevo, por lo que no dejaron de sonar los estampidos de las explosiones en el desierto. Para los sitiados, la devastación era incesante, y aumentó cuando las fuerzas de tierra de Kazim se desplazaron hasta trescientos rnetros del fuerte y comenzaron a machacar las ruinas con fuego de morteros y francotiradores.

Aquella concentración de fuego no se parecía a nada de lo que la Legión Extranjera francesa experimentó en sus enfrentamientos con los tuaregs durante los cien años que estuvieron ocupando el Africa Occidental. Los proyectiles caían uno tras otro, y sus detonaciones se mezclaban en un continuo e interminable trueno. Los restos de los muros seguían siendo pulverizados por los constantes impactos que lanzaban a lo alto piedras, cascotes y arena. El viejo fortín era una sombra de lo que fue en su origen. Parecía una ruina de la antigüedad.

 

El avión de mando del general Kazim había aterrizado en un cercano lago seco. Acompañado por su jefe de Estado Mayor, el coronel Sghir Cheik, e Ismail Yerli, fue recibido por el capitán Mohammed Batutta. El capitán los condujo a un cuatro por cuatro que los llevó hasta el puesto de combate establecido por su comandante de campo, el coronel Nouhoum Mansa. Este se adelantó para recibirlos.

—¿Los tiene totalmente cercados? —quiso saber Kazim.

—Sí, general —replicó inmediatamente Mansa—. Mi plan consiste en ir cerrando nuestras filas en torno al fuerte hasta el ataque final.

—¿Ha intentado persuadir al equipo de la ONU de que se rinda?

—En cuatro ocasiones. Y cada vez su líder, un tal coronel Levant, se ha negado tajantemente.

Una cínica sonrisa se extendió por los labios de Kazim.

—Si insisten en morir, les ayudaremos.

—No pueden quedar muchos —comentó Yerli, mirando por un telescopio montado sobre un trípode—. El fuerte parece un colador. Todos deben de estar sepultados bajo los cascotes de los muros.

—Mis hombres están ansiosos de combatir —dijo Mansa—. Todos desean dar satisfacción a su bienamado líder. Kazim pareció satisfecho.

—Y tendrán oportunidad de hacerlo. Dé la orden de atacar el fuerte dentro de una hora.

 

El martilleo, era incesante. Del techo del arsenal subterráneo, ahora atestado por casi sesenta comandos y civiles, comenzaban a desprenderse fragmentos de piedra y escayola que caían sobre la masa de gente allí encerrada.

Eva se encontraba en cuclillas junto a la escalera, vendándole el hombro a una combatiente que había recibido varios pequeños impactos de metralla. En ese momento, en la entrada superior hizo explosión un proyectil de mortero, Eva protegió con su cuerpo a la combatiente, pero ello le costó recibir un alud de rocas y cascotes. Perdió el conocimiento y más tarde, al despertar, se encontró tendida en el suelo, con el resto de los heridos.

Mientras uno de los médicos la atendía, Pitt, con el rostro cansado cubierto de sudor y la crecida barba blanqueada por el polvo, permanecía junto a ella, sujetándole la mano y mostrando una cariñosa sonrisa en los labios.

—Bienvenida —dijo—. Cuando la escalera se derrumbó sobre ti nos diste un buen susto.

—¿Estamos atrapados? —murmuró ella.

—No: cuando llegue el momento, podremos salir.

—Está tan oscuro...

—El capitán PembrokeSmvthe y sus hombres han excavado un orificio de salida del tamaño justo para permitirnos respirar. No deja entrar luz; pero tampoco metralla.

—Me siento entumecida. Es raro no experimentar ningún dolor.

El médico, un joven escocés pelirrojo, le dirigió una sonrisa.

—Le he administrado fuertes sedantes. No podía correr el riesgo de que despertara mientras le estaba arreglando sus bonitos huesos.

—¿Cómo estoy?

—Salvo por el hecho de que tiene el hombro y el brazo derecho rotos, una o varias costillas hundidas (sin una radiografía me es imposible precisar), la tibia y el tobillo izquierdo fracturados, más infinidad de magulladuras y posibles heridas internas, está usted perfectamente.

—Es usted sincero —dijo Eva, sonriendo valerosamente ante el irónico parte médico.

El escocés la palmeó en el brazo bueno.

—Disculpe la franqueza, que tal vez le resulte brutal, pero creo preferible que conozca la realidad objetiva de su estado.

—Se lo agradezco —dijo ella débilmente.

—Dos meses de descanso, y podrá usted cruzar a nado el Canal de la Mancha.

—Creo que me conformaré con las piscinas climatizadas, muchas gracias.

PembrokeSmythe, infatigable, iba por el arsenal animando a todos. Se acercó y se puso de rodillas junto a Eva.

—Según parece, es usted lo que se llama una dama de hierro, doctora Rojas.

—Acaban de decirme que sobreviviré.

—Pero durante algún tiempo deberá abstenerse del sexo salvaje y desenfrenado —se mofó Pitt.

—Espero estar presente cuando se recupere —dijo PembrokeSmythe, con libidinosa expresión.

Eva no pudo sonreír ante la broma del capitán, ya que antes de que éste la acabara, ella volvió a perder la conciencia.

Pitt y PembrokeSmythe la miraron y luego se miraron entre sí. De sus expresiones había desaparecido todo rastro de humor. El capitán señaló la pistola automática que colgaba de la axila izquierda de Pitt y suavemente, dijo:

—Espero que, cuando llegue el momento, le hará usted el último servicio.

Pitt asintió solemnemente y prometió:

—Me ocuparé de ella.

Se acercó Levant, ceñudo y cansado. Sabía que su gente no podía aguantar aquel castigo durante mucho más tiempo. El peso añadido de tener que presenciar los sufrimientos de las mujeres y los niños estaba resquebrajando su espíritu, duro y profesional. Detestaba ver a los cautivos y a su querido Equipo Táctico sometidos a semejante tormento. Lo que mayor aprensión le producía era el asalto que seguiría a la conclusión del bombardeo, y ver cómo los malienses mataban y violaban a diestro y siniestro.

Calculaba que las fuerzas que los asediaban estarían formadas por entre mil y mil quinientos hombres. El número de los suyos capaces de combatir se había reducido a veintinueve, Pitt incluido. Y luego estaban los cuatro tanques. No tenía ni idea de cuánto podrían resistir. Una hora, quizá dos, probablemente menos. Darían la batalla, eso era seguro. Extrañamente, el bombardeo había actuado en su favor. Casi todos los cascotes de los muros habían caído hacia afuera, y a las tropas asaltantes les resultaría difícil pasar sobre ellos.

—El cabo Wadilinski informa que los malienses han formado y comienzan a avanzar —dijo Levant a PembrokeSmythe—. El asalto es inminente. Amplíen el acceso a las escaleras y que su gente esté lista para salir en cuanto cese el fuego.

—A sus órdenes, coronel.

Levant se volvió hacia Pitt.

—Bueno, Mr. Pitt: creo que ha llegado la hora de probar su invento.

Pitt se levantó y se estiró.

—Es milagroso que no se haya convertido en astillas.

—Hace unos minutos subí a echar un vistazo y seguía intacta, junto a una sección del muro que aún se mantenía en pie.

—Fantástico. —Tras una pausa para reflexionar, Pitt preguntó—: ¿Le importa decirme cuál fue su respuesta a la solicitud de rendición de Kazim?

—Lo mismo que respondimos los franceses en Waterloo y Camerone: merde.

—Ya. —Tras un suspiro, Pitt comentó—: Nunca pensé que el amigo Pitt terminaría como Davy Crockett y Jim Bowie en El Alamo.

—Teniendo en cuenta nuestro pequeño número y la capacidad de fuego del enemigo —dijo Levant—, tiendo a creer que nuestras posibilidades de sobrevivir no son mejores que las que ellos tuvieron. Probablemente, son incluso peores.

De pronto, tan bruscamente como si hubieran echado una enorme manta sobre el arsenal subterráneo, se hizo el silencio. Todos quedaron inmóviles mirando hacia el techo, como intentando ver a través de tres metros de roca y arena.

Después de seis horas de martilleo y de encierro, los miembros del equipo táctico que aún podían valerse y luchar apartaron los cascotes que sellaban la entrada, salieron al sol achicharrante, dispersándose entre las ruinas. Encontraron el fortín prácticamente irreconocible. Parecía como si por él hubiera pasado un equipo de demolición. Nubes de negro humo surgían de los incendiados vehículos de transporte de personal, y las edificaciones habían sido casi totalmente arrasadas. Entre los montones de piedras, los proyectiles zumbaban y rebotaban como enloquecidas avispas.

Los miembros del equipo de la ONU sudaban a causa del calor sahariano, estaban sucios, hambrientos y exhaustos; pero no estaban asustados en absoluto y se sentían infernalmente furiosos tras aguantar cruzados de brazos el masivo ataque maliense. Escasos de todo, menos de ardor combativo, ocuparon sus posiciones defensivas con la fría determinación de hacer que sus atacantes pagaran un alto precio por acabar con ellos.

—Cuando dé la orden, abran fuego, mantenido y certero —ordenó Levant por la radio de su casco.

 

El plan de batalla de Kazim, ridículamente simple, consistía en que los tanques se abrieran paso por la maltrecha puerta del muro norte mientras las tropas de asalto cargaban desde todas direcciones. Hasta el último de los 1470 hombres que tenia a su mando entrarían en combate. No se mantendría ningún contingente de reserva.

—Quiero una victoria completa y sin cuartel —dijo Kazim a sus oficiales—. Disparen contra cualquier comando de la ONU que intente escapar.

—¿No haremos prisioneros? —preguntó el coronel Cheik, sorprendido—¿Lo considera prudente, general?

—¿Algún problema, querido amigo?

—La comunidad internacional puede tomar graves represalias contra nosotros cuando se entere de que hemos exterminado a una fuerza completa de las Naciones Unidas.

Kazim se irguió altivamente.

—No permitiré que las incursiones hostiles contra nuestro territorio queden impunes. El mundo tiene que saber que a los malienses no se nos puede tratar como a sabandijas del desierto.

—Coincido con el general —dijo inmediatamente Yerli—. Los enemigos de su nación deben ser destruidos.

Kazim era presa de una excitación apenas contenida. Nunca había entrado en combate con sus tropas. Su rápido ascenso al poder lo había conseguido valiéndose de arteras manipulaciones. Hasta la fecha, apenas había hecho algo más que ordenar a otros que mataran a los que ofrecían alguna oposición. Ahora se veía a sí mismo como un gran guerrero a punto de aniquilar a los infieles.

—Que se inicie el avance —ordenó. Éste es un momento histórico. Cargamos contra el enemigo.

 

Las tropas de asalto se desplegaron por el desierto en la clásica formación de ataque marcada por los manuales militares: echándose cuerpo a tierra para cubrir con su fuego el avance de otros miembros de la fuerza, y levantándose luego para seguir adelante. La primera oleada de tropas de élite comenzó a lanzar gritos de batalla al llegar a doscientos metros del fortín sin recibir fuego enemigo. Por delante de ellos, los tanques, en vez de desplegarse en abanico, avanzaban en irregular formación.

Pitt decidió probar primero con el tanque que cerraba la marcha. Con ayuda de cinco hombres, sacaron la catapulta de debajo de los escombros y la arrastraron hasta una zona abierta. En las antiguas máquinas contra los asedios, la tensión la hubiese facilitado un entrelazado de cuerda y una rueda de enrollado. Pero el invento de Pitt usaba la carretilla elevadora, tumbada horizontalmente para tensar las ballestas por medio de su horquilla. En la pala del aparato fue colocado un bidón de gasóleo con perforaciones en la parte superior. Junto a la catapulta había otros cinco bidones, que constituían el total de proyectiles a disposición de Pitt.

El hombre accionó el encendido de la carretilla, cuyo motor tardó en prender.

—Vamos, pequeña... —murmuró Pitt—. No me falles ahora...

Tras un par de petardeos, el motor se puso en marcha y por el escape comenzó a salir una leve columna de humo.

Antes, durante la oscuridad previa al amanecer, Levant había salido y colocado estacas en la arena en torno al perímetro del fuerte como referencia para abrir fuego. Esperar a ver el blanco de los ojos del enemigo hubiera significado la muerte segura. La relación de fuerzas estaba excesivamente desequilibrada para permitir la lucha cuerpo a cuerpo. Levant colocó sus estacas a setenta y cinco metros de los muros derrumbados.

Ahora el Equipo Táctico se encontraba dispuesto para el combate, y todos los ojos estaban fijos en Pitt. Si no lograban detener a los tanques, los sitiados se convertirían en una presa fácil para la fuerza de asalto maliense.

Con un cuchillo, Pitt hizo una marca de referencia en el punto donde los extremos de las ballestas dobladas tocaban la plancha de lanzamiento, a modo de indicador para juzgar la relación entre tensión y distancia. Luego se subió en una de las vigas de soporte y miró de nuevo hacia los tanques.

—¿Hacia cuál apunta? —preguntó Levant.

Pitt señaló hacia el tanque retrasado en el extremo izquierdo de la línea.

—Me propongo comenzar por atrás y seguir hacia delante.

—De modo que los tanques del frente no sepan lo que ocurre a su espalda —murmuró Levant—. Esperemos que dé resultado.

El sol abrasador flameaba en la masa acorazada de los tanques. Seguros de que no iban a encontrar más que cadáveres, los comandantes de los carros blindados y sus conductores avanzaban con las escotillas abiertas, mientras sus cañones regaban con proyectiles los pocos muros que aún se mantenían en pie.

Cuando ya casi podía distinguir las facciones del conductor del tanque que iba en cabeza, Pitt encendió una antorcha y la acercó al gasóleo que rezumaba del bidón perforado. Inmediatamente surgieron las llamas. Pitt clavó la antorcha en la arena y tiró del cable que soltaba el pseudo gatillo que había improvisado con el tirador de una puerta. La cuerda tensa que retenía las dobladas ballestas del camión se soltó, permitiéndolas volver a su posición.

El bidón llameante voló como un meteoro por encima de los muros destrozados y pasó por encima del tanque trasero, yendo a explosionar contra la arena, a considerable distancia de su blanco.

Pitt estaba estupefacto.

—Esto va mejor de lo que nunca imaginé —anunció.

—Cincuenta metros menos, y diez a la derecha —anunció PembrokeSmythe, con la indiferencia de quien comenta un partido de fútbol.

Mientras los hombres de Levant colocaban otro bidón, Pitt hizo una nueva marca en la plancha lanzadora para ajustar la distancia, y luego volvió a utilizar el motor de la carretilla para doblar de nuevo las ballestas. Aplicó la antorcha, accionó el mecanismo de disparo, y otro improvisado proyectil cruzó el aire.

El segundo bidón cayó unos metros por delante del tanque trasero, rebotó y luego rodó hasta quedar entre las orugas, donde hizo explosión. Instantáneamente, el carro blindado se vio envuelto en llamas. Los miembros de la dotación, ansiosos por abandonar el vehículo, se pelearon por salir a través de las escotillas. Sólo dos lo consiguieron.

Pitt no perdió tiempo en corregir la puntería. Otro bidón fue colocado en la plancha y lanzado contra los tanques. Esta vez el hombre obtuvo un blanco perfecto. El bidón describió un arco sobre los muros y cayó en plena torreta del siguiente tanque, donde hizo explosión, convirtiendo el vehículo en un llameante incinerador.

—¡Funciona, este trasto funciona de veras! —exclamó Pitt con júbilo.

—¡Genial, amigo, simplemente genial! exclamó el normalmente reservado PembrokeSmythe—. Les ha sacudido a esos malditos justo donde más les duele.

Pitt y los comandos no necesitaron que se les jalease para colocar un nuevo bidón en la catapulta. Levant se subió al único muro que permanecía intacto e inspeccionó el campo de batalla. La inesperada destrucción de dos de los tanques de Kazim había detenido momentáneamente el avance. El francés estaba muy satisfecho con el éxito inicial de la máquina de Pitt, pero sabía que sólo con que un tanque sobreviviese y alcanzara el fortín, los sitiados seguirían condenados a muerte.

Pitt disparó el cuarto bidón, cuya trayectoria fue atinada; pero el comandante del tanque, habiendo advertido el feroz ataque procedente del fortín, ordenó al conductor que zigzaguease. Su cautela fue recompensada, y el bidón cayó cuatro metros detrás de la oruga izquierda. El improvisado proyectil estalló, pero sus llamas sólo alcanzaron una parte de la cola del tanque, y el monstruo siguió avanzando hacia el fuerte.

Para los comandos, apostados entre los montones de cascotes, la horda de malienses que avanzaba era como una marabunta. Eran tantos, y avanzaban en filas tan apretadas, que fallar sería casi imposible. Los malienses, lanzando cada cual su propio grito de guerra, avanzaban sin dejar de disparar.

La primera oleada estaba a escasos metros de las estacas plantadas por Levant como referencia, pero el francés aguardó unos momentos antes de dar la orden de fuego, en la esperanza de que Pitt lograse acabar con los dos tanques restantes. Su deseo se hizo realidad. Anticipando la siguiente reacción del comandante del carro blindado, Pitt ajustó adecuadamente la ballesta y su quinto bidón llameante cayó casi en la mirilla del conductor.

Una sábana de fuego cubrió toda la parte delantera del carro blindado que, de pronto, inesperadamente, reventó. El avance se detuvo en seco, y todos miraron con asombro como la torreta del tanque saltaba por los aires, e iba a caer sobre la arena del desierto, como la cabeza de un dinosaurio.

A Pitt ya sólo le quedaba un bidón. El esfuerzo y el calor achicharrante lo habían dejado extenuado, al borde del derrumbamiento físico. Respiraba con grandes jadeos y el corazón le latía enloquecido por el esfuerzo de colocar los pesados bidones en la plancha de lanzamiento y mover la catapulta para cada tiro.

El inmenso tanque de sesenta toneladas avanzaba por entre el polvo y el humo como un inmenso dragón buscando víctimas para devorarlas. Se veía al comandante dando instrucciones al conductor y ordenando a su artillero que comenzara a disparar la ametralladora.

Todos en el fuerte contuvieron la respiración mientras Pitt enfilaba la catapulta. Muchos pensaron que el final ya había llegado. Aquél era el postrer disparo, el último de los bidones de gasóleo.

Pitt se sentía como un futbolista lanzando el último penalty del final de una prórroga. Pero el peso de lo que estaba en juego lo atenazaba. Si fallaba, muchos morirían, incluido él mismo y los niños refugiados en el arsenal.

El tanque avanzaba en línea recta, sin que su comandante probara ninguna acción evasiva. Estaba tan cerca que Pitt tuvo que alzar la parte trasera de la ballesta para bajar más la plancha de lanzamiento. Disparó y cruzó los dedos.

El artillero del tanque disparó en ese mismo instante. En una fantástica y absurda coincidencia, el grueso proyectil y el llameante bidón se encontraron en el aire.

En su nerviosismo, el artillero del tanque había lanzado un proyectil de carga hueca que atravesó limpiamente el bidón, haciendo que una gran sábana de ardiente combustible se extendiera sobre todo el tanque. Inmediatamente, el monstruo de acero se vio envuelto en un telón de llamas. Presa del pánico, el conductor puso marcha atrás, en un vano intento de huir del holocausto y sólo logró chocar con el incendiado vehículo de detrás. Los dos grandes vehículos blindados quedaron enganchados y no tardaron en formar una inmensa hoguera de la que surgieron enormes llamaradas al detonar las municiones y los depósitos de combustible.

Los «hurras» de los comandos se alzaron por encima del fuego atacante. Una vez el improvisado artilugio bélico de Pitt hubo disipado sus más negras expectativas, la moral estaba en su punto álgido, y todos sentían la absoluta determinación de no cejar en la batalla. En aquellos momentos, en el viejo y maltratado Fort Foureau, el miedo no existía.

—Seleccionen sus blancos y abran fuego —ordenó Levant, en el más formal de sus tonos—. Ahora nos toca a nosotros hacer que ellos lo pasen mal.

 

 

55

 

Giordino estaba contemplando la larga línea que formaban sobre el tendido férreo cuatro largos trenes detenidos cuando, de pronto, todo se esfumó bajo una súbita tempestad de arena. En un instante, la visibilidad se redujo de veinte kilómetros a cincuenta metros.

—¿Tú qué crees? —preguntó Steinholm, que conducía cuidadosamente el «buggy» en tercera velocidad, intentado ahorrar las últimas gotas del precioso combustible—. ¿Estamos en Mauritania?

—Ojalá lo supiera —admitió Giordino—. Al parecer, Massarde ha hecho que se detuvieran todos los trenes que entran, pero no puedo discernir en qué lado de la frontera se encuentran.

—¿Qué dice el ordenador de navegación?

Las cifras parecen indicar que cruzamos la frontera hace diez kilómetros.

—Entonces quizá debamos correr el riesgo de aproximarnos al tendido.

Mientras hablaba, Steinholm condujo el «buggy» por entre dos grandes rocas, coronó un pequeño montículo e inmediatamente después detuvo el vehículo en seco. Ambos hombres lo oyeron en el mismo instante. Pese al ulular del viento, el sonido era inconfundible. Era un zumbido débil, sin embargo no se prestaba a dobles interpretaciones. A cada segundo se hacía más claro, hasta parecer encontrarse sobre ellos.

Apresuradamente, Steinholm giró el volante y pisó el acelerador a fondo, haciendo que el vehículo de ataque girase rápida y bruscamente, hasta quedar enfilado en la dirección opuesta. De repente, el motor rateó y se paró, agotada hasta la última gota de combustible. Los dos hombres permanecieron inmóviles en el interior del vehículo inmóvil.

—Parece que se acabó la diversión —dijo torvamente Giordino.

Deben de habernos detectado en sus radares y vienen directamente hacia nosotros se lamentó Steinholm, dando un furioso puñetazo contra el volante.

Por entre la parda cortina de arena y polvo, ante ellos, como un inmenso y salvaje insecto procedente de otro planeta, se materializó un helicóptero que se mantenía a dos metros del suelo. Encontrarse frente a un cañón Chain de treinta milímetros, ante dos lanzadores con treinta y ocho proyectiles de ochenta milímetros, y ocho misiles antitanque guiados por láser era una experiencia sumamente traumática. Giordino y Steinholm permanecieron inmóviles en sus asientos, dispuestos para lo peor.

Pero, en vez de la andanada de fuego prevista, lo que surgió del helicóptero fue una figura que, según apreciaron a medida que se aproximaba, vestía un uniforme de combate para el desierto, provisto de aparatos de alta tecnología. En la cabeza llevaba un casco cubierto por tela de camuflaje, y en el rostro una máscara antigás. Sostenía alzada una ametralladora que parecía un apéndice de sus manos.

Se detuvo junto al «buggy» y miró por un largo momento a Giordino y Steinholm. Luego se quitó la máscara y preguntó: ¿De dónde demonios salís, muchachos?

 

Una vez acabó con la catapulta, Pitt cogió un par de ametralladoras de dos combatientes heridos y se colocó en una especie de bastión que se había construido con piedras amontonadas. Los nómadas del desierto uniformados lo impresionaron. Era hombres corpulentos, que corrían zigzagueando hacia el fuerte con una agilidad fantástica. Cuanto más se aproximaban sin encontrar resistencia, más osados se volvían.

Superados en una proporción de cincuenta a uno, los miembros del contingente de la ONU no podían albergar esperanzas de resistir hasta que llegaran refuerzos. En esta ocasión, la suerte no daría ningún vuelco, y los más débiles serían los perdedores. Pitt se sentía como debieron sentirse los defensores de El Alamo. Cuando Levant dio la orden de fuego, el norteamericano apuntó y oprimió el gatillo.

La primera oleada de asaltantes malienses fue recibida por una feroz lluvia de disparos que cortó en seco el avance. Resultaban un blanco fácil en un terreno llano y carente de refugios naturales. Atrincherados entre las ruinas, los combatientes de la ONU disparaban con calma y mortal precisión. Los atacantes caían como moscas antes de advertir de dónde venían los tiros. En el plazo de veinte minutos, más de doscientos setenta y cinco hombres yacían muertos y heridos en torno al fortín.

La segunda oleada tropezó con los cadáveres de la primera, vaciló ante el fortísimo castigo que diezmaba su contingente, y al fin retrocedió. Nadie, ni siquiera sus oficiales, habían esperado encontrar una resistencia tan enconada. El plan improvisado de Kazim se disolvió en el caos. Sus fuerzas comenzaron a ser presa del pánico hasta el punto que muchos de la retaguardia disparaban ciegamente contra sus compañeros de vanguardia.

Los malienses comenzaron a huir en desbandada, como animales escapando de un incendio forestal. Sólo unos pocos valientes lo hacían andando hacia atrás, sin perder la calma, y disparando contra todo lo que remotamente se pareciese a la cabeza de un defensor. Treinta de los atacantes intentaron refugiarse tras los incendiados carros de combate, pero PembrokeSmythe, que esperaba la maniobra, concentró sobre ellos el fuego y los abatió.

Al cabo de una hora de comenzar, el asalto cesó y el restallar de los disparos dejó de oírse; pero entonces comenzaron a escucharse los gritos de los heridos y los gemidos de los agonizantes. Los combatientes de la ONU se sintieron primero estupefactos y luego indignados al ver que los malienses no hacían el menor esfuerzo por recuperar a sus caídos. Ignoraban que Kazim, furioso, había dado órdenes de dejar a los heridos que sufrieran bajo el sol achicharrante del Sáhara.

Entre las ruinas del fuerte, los comandos comenzaron a salir poco a poco de sus agujeros e iniciaron el recuento, que al final resultó de un muerto y tres heridos, dos de ellos graves.

—Yo diría que les hemos dado una buena tunda —comentó PembrokeSmythe a Levant.

—Volverán —le recordó Levant.

—Al menos, hemos reducido algo la diferencia.

—Y ellos —dijo Pitt, ofreciendo al coronel un trago de su cantimplora—. Contamos con cuatro hombres menos para repeler el siguiente ataque, mientras Kazim puede conseguir refuerzos.

—Míster Pitt está en lo cierto —asintió Levant—. He observado varios helicópteros que traían dos compañías de soldados.

—¿Cuándo cree que volverán a intentarlo? —pregunto Pitt al francés.

El coronel miró hacia el sol haciendo visera con la mano.

—Yo diría que en la parte más tórrida del día. Sus hombres están aclimatados al calor y nosotros no. Antes de ordenar el próximo asalto, Kazim dejará que nos friamos unas horas.

—Ya han olido la sangre —dijo Pitt—. La próxima vez no habrá forma de detenerlos.

—No —dijo Levant, con el rostro macilento por la fatiga—. Supongo que no la habrá.

 

Rojo de furia, Giordino preguntó:

—¿Qué quiere decir eso de que no irá a por ellos?

El coronel Gus Hargrove no estaba acostumbrado a que se le cuestionase, y mucho menos a que lo hiciera un gallito civil al que sacaba una cabeza. Comandante de una fuerza secreta Ranger de ataque, Hargrove era un curtido soldado profesional que había dirigido asaltos en helicóptero en Vietnam, Granada, Panamá e Irak. Duro y astuto, era igualmente respetado por sus jefes y subordinados. Sus ojos azules tenían el brillo del acero templado. De la boca le colgaba permanentemente un cigarro que sólo se quitaba para escupir.

—Parece usted no entenderlo, Mr. Giordano.

—Giordino.

—Como sea —murmuró Hargrove, indiferente—. Ha habido una fuga de información, probablemente en las Naciones Unidaas. Los malienses estaban esperando a que entrásemos en su espacio aéreo. Mientras nosotros hablamos, la mitad de sus aviones está patrullando al otro lado de la frontera. Por si no lo sabe, el helicóptero Apache es una gran plataforma lanzamisiles, pero no tiene nada que hacer ante los cazarreactores Mirage. Y, mucho menos, durante el día. Sin una escuadrilla de cazas Stealth que nos dé escolta, no nos será posible partir hasta el anochecer. Sólo entonces podremos aprovechar la ventaja de volar por terrenos bajos y barrancos, sin ser detectados por sus radares. ¿Capta la idea?

—Muchos hombres, mujeres y niños morirán si no llega usted a Fort Foureau en el plazo de unas pocas horas.

—Estando el enemigo sobre aviso, que mi unidad pretendiese llegar hasta los sitiados en pleno día y sin escolta de protección, sería extemporáneo e inoperante —afirmó categóricamente Hargrove—. Si en estos momentos intentamos cruzar a Malí desde Mauritania, mis cuatro helicópteros serán derribados al cabo de menos de cincuenta kilómetros de cruzar la frontera. ¿Puede usted decirme, señor, de qué les servirá eso a sus amigos sitiados en el fortín?

Recostado contra la pared, Giordino se encogió de hombros.

—Reprimenda aceptada. Lo siento, coronel. No era consciente de su situación.

Hargrove se suavizó.

—Comprendo su angustia, pero, dado que nuestra presencia ha sido delatada y que los malienses aguardan ansiosos la oportunidad de acabar con nosotros, mucho me temo que rescatar a su gente está fuera de toda consideración.

Giordino notó como si una tenaza le estrujara las tripas. Se apartó de Hargrove y su vista vagó por el desierto. La tempestad de arena había pasado, y en la lejanía eran visibles, los trenes detenidos en las vías.

Se volvió de nuevo hacia el militar.

—¿Cuántos hombres tiene a sus órdenes?

—Sin contar a las dotaciones de los helicópteros, tengo una fuerza de ochenta combatientes.

Giordino abrió mucho los ojos.

—¿Ochenta hombres contra la mitad de las Fuerzas de Seguridad malienses?

Hargrove sonrió, se quitó el cigarro de los labios y escupió.

—Sí; pero poseemos suficiente potencia de fuego como para arrasar la mitad del Africa Occidental.

—Suponga que pudiera cruzar el desierto hasta Fort Foureau sin que lo detectasen.

—Siempre estoy abierto a un buen plan.

—¿Qué ha pasado con los trenes que se dirigen hacia Fort Foureau?

—¿Han podido cruzar la frontera?

Hargrove negó con la cabeza.

—Envié a un jefe de grupo a verificar la situación. Me informó de que las tripulaciones de los trenes habían recibido orden radiofónica de detenerse en la frontera entre Mauritania y Malí. El conductor del primer tren dijo que no se movería hasta que el superintendente del sistema ferroviario se lo ordenase.

—¿Con qué efectivos cuenta el puesto fronterizo maliense?

Con unos diez o doce guardas.

—¿Sería usted capaz de ponerlos fuera de combate antes de que diesen la alarma?

Maquinalmente, los ojos de Hargrove recorrieron el convoy ferroviario, deteniéndose en los cinco vagones plataforma y en las cubiertas de lona que protegían los nuevos vehículos de carga destinados a Fort Foureau. Después, el militar miró hacia la caseta del puesto fronterizo maliense, situado junto a las vías. Al fin, volviéndose hacia Giordino, preguntó:

—¿Era John Wayne capaz de montar a caballo?

—Podemos plantarnos allí en dos horas y media dijo Giordino. Tres a lo sumo.

Hargrove se quitó el cigarro de entre los labios y lo contempló.

—Ya veo por dónde va. Lo último que el general Kazim espera es que mi contingente se presente a bordo de un tren.

—Monte a sus hombres en los contenedores. Colocaremos los helicópteros, cubiertos por lonas, en los vagones plataforma. Si alcanza el objetivo antes de que Kazim capte onda, obtendremos una excelente oportunidad de rescatar a los civiles y a la gente del coronel Levant y de plantarnos de nuevo en Mauritania antes de que los malienses tengan tiempo de preguntarse qué ha ocurrido.

Hargrove se sentía atraído por el plan de Giordino; pero tenía sus dudas.

—¿Y si uno de los pilotos de Kazim ve a un tren desobedeciendo las órdenes y decide volarlo por los aires?

—Ni el propio Kazim se atrevería a destruir uno de los trenes de Ives Massarde sin tener pruebas concluyentes de que había sido secuestrado.

Hargrove paseó arriba y abajo. La osadía del plan era lo que más le atraía. La velocidad era esencial. Decidió jugarse la carrera en la intentona.

—Muy bien dijo lacónico. Iniciemos la loca marcha hacia el fortín.

 

El general Zateb Kazim echaba espumarajos de ira por no haber logrado terminar con Levant y el pequeño grupo que defendía el viejo fortín de la Legión Extranjera. Presa de la histeria, insultó y maldijo a sus oficiales, como un niño al que le han quitado sus juguetes. Abofeteó a dos de ellos y, en un par de ocasiones, ordenó que todos fueran ejecutados. Ambas veces, su jefe de Estado Mayor, el coronel Cheik, logró disuadirlo. Descompuesto, Kazim contempló la vergonzosa retirada de sus tropas, y exigió que volvieran a formar inmediatamente para un segundo asalto.

Temeroso de la ira de Kazim, el coronel Mansa se metió con su coche entre las fuerzas en retirada, gritando e insultando a sus oficiales, enfrentándolos a la vergüenza del hecho de que mil seiscientos hombres no lograsen imponerse a un mermado puñado de sitiados. Voceó órdenes de que reagrupasen sus compañías para hacer un nuevo intento. A fin de que todos asimilaran el mensaje de que el fracaso no sería tolerado, Mansa ordenó ejecutar en el acto a diez hombres que habían intentado desertar en plena batalla.

En vez de atacar el fuerte en oleadas circulares, Kazim concentró sus fuerzas en una columna masiva. Los refuerzos quedaron en retaguardia, con orden de disparar a cualquier soldado de delante que rompiera filas para huir. La única orden de Kazim que pasó de boca en boca y de compañía fue: «Lucha, o muere.»

A los dos de la tarde, las fuerzas malienses ya estaban reagrupadas y listas para la señal. Contemplando aquellas hoscas y atemorizadas tropas, cualquier buen comandante hubiese mandado abortar el ataque. Kazim no era un líder al que sus hombres amaran lo suficiente como para morir por él. Pero mientras miraban los cadáveres sembrados en torno al fuerte, la ira, poco a poco, iba sustituyendo en ellos al miedo a la muerte.

Silenciosamente, se juraron entre ellos que, esta vez, los defensores de Fort Foureau acabarían en la tumba.

 

 

56

 

En un increíble alarde de indiferencia hacia las balas de los francotiradores, PembrokeSmythe permanecía bajo el tórrido sol sentado en un cayado de cazador —un bastón a cuyo extremo se abre un asiento plegable de lona—, observando cómo las fuerzas malienses formaban para el asalto.

—Parece que esos desgraciados vienen otra vez —informó a Levant y a Pitt.

Varias bengalas estallaron en el aire, marcando el inicio del avance. En esta ocasión no actuaban bajo fuego de cobertura, como habían hecho en las anteriores. Los malienses marchaban a paso ligero directos hacia el fortín. Los gritos de guerra emitidos por dos mil gargantas llenaron el aire del desierto.

Pitt se sentía como el actor de una compañía teatral en gira enfrentado a un público hostil.

—No es exactamente un alarde de imaginación táctica —dijo, en pie junto a Levant y PembrokeSmythe, contemplando el avance de la columna—. Pero pueden conseguir lo que pretenden.

PembrokeSmythe asintió con la cabeza.

—Kazim usa a sus hombres a modo de apisonadora.

—Buena suerte, caballeros —dijo Levant, con una triste sonrisa—. Quizá nos veamos en el infierno.

—Más calor que aquí, no creo que haga —sonrió Pitt. El coronel se volvió hacia PembrokeSmythe. —Redisponga a nuestras unidades para rechazar un único ataque frontal. Luego, fuego a discreción.

PembrokeSmythe le estrechó la mano a Pitt y comenzó a transmitir personalmente las órdenes a sus hombres. Levant se colocó en lo alto del único muro que quedaba en pie, y Pitt regresó a su pequeño bastión entre los escombros. Las balas comenzaban a caer de nuevo sobre el fortín, rebotando en las piedras demolidas.

La vanguardia de la fuerza atacante se extendía en un frente de cincuenta metros. Con los refuerzos, su número ascendía a casi mil ochocientos hombres. Kazim los lanzó contra la parte del fuerte más castigada por los bombardeos aéreos y el fuego de morteros. Se trataba del muro norte, en el que se abría la maltrecha puerta principal.

A los hombres de retaguardia los animaba la certeza de que seguirían vivos para entrar en el fuerte. Los de delante tenían ideas distintas. Ninguno esperaba cruzar aquel mortal espacio abierto y sobrevivir. Sabían que no podían esperar clemencia. Ni de los enemigos que tenían delante, ni de sus propias fuerzas de retaguardia.

En la primera fila de avance comenzaron a abrirse brechas en cuanto los escasos defensores del fortín abrieron fuego. Pero los malienses continuaron su ataque frontal, saltando sobre los caídos en la primera oleada. Esta vez no habría forma de detenerlos: los atacantes podían oler el sangriento aroma de la victoria.

Pitt, como en sueños, apuntaba y disparaba cortas ráfagas contra los asaltantes. Apuntar y disparar, apuntar y disparar, luego extraer y recargar. Le daba la sensación de que aquella rutina venía durando desde siempre, cuando en realidad sólo habían pasado diez minutos desde el inicio del ataque.

Una bomba de mortero estalló a su espalda. Kazim había dispuesto que se mantuviese el bombardeo hasta que su vanguardia entrase en el fortín. Pitt notaba el silbido de la metralla, hasta sentía la ligera brisa que dejaba a su paso. Los malienses estaban ya tan cerca que llenaba toda su línea de tiro.

Las bombas de mortero caían incesantemente, en una tempestad de fuego que no cesó hasta que el primer contingente llegó a las ruinas de los muros y los hombres comenzaron a escalar las pilas de cascotes. Aquél era el punto donde resultaban más vulnerables. Los soldados de vanguardia fueron abatidos por el desesperado fuego de los defensores. No había donde cubrirse, y no podían escalar las montañas de piedras demolidas y, al mismo tiempo, disparar contra objetivos que no se dejaban ver.

Los defensores, por otra parte, no podían fallar. Al coronar las ruinas del muro, los malienses se encontraban con una lluvia de balas que barrió a la primera fila de avance cuando se encontraba a cien metros del fortín, y a la segunda cuando alcanzó la sombra del antiguo destacamento legionario. Luego cayó la tercera fila. A lo largo de todo el muro norte, los atacantes y sus oficiales gritaban y caían como chinches. No obstante, su masivo fuego, aunque errático, no podía por menos de producir algunas bajas en los defensores.

Simplemente los asaltantes eran demasiados para que pudieran ser detenidos por el equipo de la ONU, cuyo fuego fue haciéndose menos nutrido a medida que los comandos iban cayendo muertos o heridos.

Levant se daba cuenta de que sólo faltaban unos momentos para el desastre final.

—¡Aniquiladlos! gritaba al micrófono de su casco. ¡Que no crucen el muro!

Aunque parecía imposible, de pronto la tempestad de fuego procedente de los defensores arreció, obligando a la columna maliense a detenerse. Pitt, que se había quedado sin municiones, arrojaba granadas tan rápidamente como podía activarlas. Las explosiones producían el caos en la masa atacante, que comenzó a retroceder. Los malienses estaban atónitos, y apenas lograban creer que alguien pudiera luchar con una ira y una ferocidad semejantes. Necesitaron de toda la determinación y el coraje de que eran capaces para atravesar los astillados restos de la puerta principal.

Los comandos abandonaron sus agujeros, disparando desde la ladera al tiempo que se retiraban por el patio de la entrada, rodeando los vehículos de personal incendiados. Frente a las ruinas de lo que fueron alojamientos de la tropa y los oficiales del fortín, formaron una nueva línea defensiva. El polvo y el humo reducían la visibilidad a menos de cinco metros. El atronador tiroteo ahogaba los gritos de los heridos.

Las terribles bajas sufridas por los malienses hubieran destrozado la moral de cualquier fuerza atacante, pero los soldados seguían llegando al fuerte como una incontenible marea humana. La primera compañía que logró rebasar el muro quedó al descubierto en el patio y fue aniquilada mientras sus componentes buscaban inútilmente a algún defensor contra el que disparar.

En el interior de los alojamientos derruidos, PembrokeSmythe hizo un primer recuento de bajas mientras los escasos heridos a los que se había podido rescatar eran bajados al arsenal. Sólo Pitt y doce comandos seguían en condiciones de seguir luchando. El coronel Levant había desaparecido. Fue visto por última vez mientras disparaba desde lo alto del muro y la horda atacante atravesaba los restos de la puerta principal.

Al reconocer a Pitt, PembrokeSmythe le dirigió una sonrisa resplandeciente.

—Tiene usted un aspecto absolutamente horroroso, amigo —dijo, refiriéndose a las manchas de sangre que estaban formándose en el uniforme de combate de Pitt, a la altura del hombro y el brazo izquierdos. La sangre también le manaba de una herida en la mejilla causada por una piedra.

—Usted tampoco es el vivo retrato de la salud replicó Pitt, señalando la fea herida en la cadera de PembrokeSmythe.

—¿Cómo anda de munición?

Pitt alzó la ametralladora que le quedaba y la dejó caer al suelo.

—No tengo. Sólo me quedan dos granadas.

PembrokeSmythe le tendió una ametralladora enemiga.

—Será mejor que baje al arsenal. Nosotros nos quedaremos aquí y resistiremos hasta que usted termine de... No tuvo ánimos para concluir la frase y se quedó mirando al suelo.

—Les hemos hecho mucho daño dijo Pitt, al tiempo que sacaba el cargador y contaba las balas que contenía. Son como perros rabiosos, sedientos de venganza. A los que encuentren con vida, se lo harían pasar muy mal.

—Las mujeres y los niños no pueden caer de nuevo en manos de Kazim.

—No sufrirán prometió Pitt.

PembrokeSmythe alzó la vista y contempló la desolación que reflejaban los ojos de Pitt.

—Adiós, Mr. Pitt. Ha sido un gran honor conocerlo. Mientras el huracán de balas volvía a soplar, Pitt, estrechó la mano del inglés.

—Lo mismo digo, capitán.

Pitt dio media vuelta y bajó hasta el arsenal por la escalera semiderruida. Hopper y Fairweather lo vieron al mismo tiempo y se aproximaron a él.

—¿Quién va ganando? pregunto Hopper.

Pitt meneó la cabeza.

—Los nuestros, no.

Es absurdo esperar la muerte con los brazos cruzados —dijo Fairweather—, Prefiero pelear. ¿Por casualidad no le sobra un arma?

—A mí también me vendría bien una —añadió Hopper. Pitt tendió la ametralladora a Fairweather.

—Lo siento: además de mi automática, es todo lo que tengo. Arriba hay montones de armas, pero tendrá que quitarle una al cadáver de un maliense.

—Excelente idea —exclamó Hooper. Dando una gran palmada en la espalda a Pitt, añadió—: Buena suerte, muchacho. Ocúpese de Eva.

—Se lo prometo.

Fairweather le dirigió una inclinación.

—Ha sido un placer conocerlo, amigo.

Los dos hombres se dirigieron hacia arriba y al combate. Mientras, una doctora que estaba junto a un herido se levantó e hizo señas a Pitt.

—¿Cómo va todo? —preguntó.

—Prepárese para lo peor —replicó sosegadamente Pitt.

—¿Cuándo será?

—El capitán Pembroke—Smythe y los restos de su equipo están arriba, defendiendo el último bastión. El fin llegará en diez o quince minutos.

—¿Y esta pobre gente? —La doctora señaló a los heridos diseminados por el suelo del arsenal.

—Los malienses no tendrán ninguna compasión —replicó gravemente Pitt.

Los ojos de la mujer se dilataron ligeramente.

—¿No hacen prisioneros?

El meneó la cabeza.

—No parece que vayan a hacerlos.

—¿Y... las mujeres y los niños?

Pitt no respondió, pero su expresión angustiada lo dijo todo. La doctora hizo un valeroso intento de sonreír.

—Vaya... Supongo que los que aún somos capaces de apretar un gatillo, nos iremos con un estampido.

Pitt la tomó por los hombros durante unos momentos, y luego la soltó. Ella sonrió valerosamente y se dirigió hacia sus compañeros médicos para pasarles la noticia. Antes de que Pitt pudiera dirigirse hacia donde yacía Eva, el ingeniero francés, Louis Monteux, lo abordó.

—Mr. Pitt...—Monteux...

—¿Ha llegado el momento?

—Sí, eso me temo.

—¿Cuántas balas carga su pistola?

—Diez, pero tengo otro cargador con cuatro.

—Para las mujeres y niños, sólo necesitamos once —susurró Monteux, tendiendo la mano hacia el arma.

—Se la daré en cuanto me ocupe de la doctora Rojas —dijo Pitt, con sosegada firmeza.

Los ecos del combate arreciaban. Monteux miró hacia arriba y dijo:

—No se demore.

Pitt se apartó del francés y fue a sentarse en el suelo de piedra, junto a Eva, que estaba despierta y lo miró con una inconfundible expresión de afecto y preocupación.

—Te han herido... Estás lleno de sangre.

El se encogió de hombros.

—Se me olvidó tirarme al suelo cuando estalló la granada. —Me alegro tanto de que estés aquí... Comenzaba a preguntarme si volvería a verte.

—Espero que ya hayas seleccionado un vestido para nuestra cita —dijo Pitt, pasándole un brazo por los hombros y moviéndola con suavidad hasta que su cabeza reposó sobre la pierna de él. Por detrás, sin que ella lo viera, el hombre desenfundó la pistola automática y colocó el extremo del cañón a unos centímetros de la sien derecha de Eva.

—También he seleccionado restaurante... —Eva se interrumpió y volvió la cabeza, como a la escucha—. ¿Has oído?

—¿El qué?

—No estoy segura. Me ha parecido un silbato...

Pitt pensó que los sedantes hacían delirar a la mujer. Era imposible oír nada por encima del fragor de la batalla. Su dedo comenzó a curvarse sobre el gatillo.

—No oigo nada —dijo.

—Escucha bien... Ahí está otra vez.

Los ojos de Eva se abrieron más, reflejando una extraña anticipación. Pitt, haciendo de tripas corazón, decidió acabar de una vez con aquello. Se inclinó para besarla en los labios y distraerla, al tiempo que su dedo empezaba a apretar de nuevo el gatillo.

Ella intentó alzar la cabeza.

—Es imposible que no lo oigas...

—Adiós, mi amor...

—¡Es la sirena de un tren! —exclamó con visible excitación —Es Al, que ha regresado.

Pitt separó el dedo del gatillo y volvió la cabeza hacia el extremo superior de la escalera. Entonces, sobre el esporádico tiroteo, lo oyó. No era una sirena, sino el lejano claxon neumático de una locomotora diesel.

 

Mientras el tren avanzaba raudamente hacia el lugar del combate, Giordino permanecía junto al conductor, tirando como loco de la cuerda del claxon neumático. El hombre no apartaba la vista del fuerte. Apenas lograba reconocer la demolida estructura que iba agrandándose en el parabrisas de la locomotora a medida que se acercaban. Ante la evidente devastación y los jirones de humo negro que se alzaban al cielo, el hombre sintió cómo el corazón se le hacía pedazos. Según todas las apariencias, las fuerzas de socorro llegaban demasiado tarde.

Hargrove contemplaba con fascinación los restos de Fort Foureau. Parecía imposible que nadie lograra sobrevivir a tal devastación. Los muros y parapetos aparecían arrasados, y la fachada, donde había estado la puerta, no era más que un montón de cascotes. Le asombraba la cantidad de cadáveres que regaban los alrededores del fuerte. Los restos de los cuatro tanques lo dejaron estupefacto.

—Dios del cielo... Dieron toda una batalla —murmuró el hombre, impresionado.

Giordino apretó el cañón de una pistola contra la sien del conductor.

—¡Eche los frenos y pare! ¡Ya!

El maquinista, un francés que había conducido el tren de alta velocidad TVG entre París y Lyon hasta que la Massarde Enterprises lo contrató por el doble del salario, aplicó los frenos, deteniendo el tren justo entre el fuerte y el puesto de combate de Kazim.

Con cronométrica precisión, los guerreros de Hargrove saltaron simultáneamente del tren en ambas direcciones. Al caer al suelo ya iban corriendo. Una unidad lanzó un ataque inmediato contra el puesto de mando maliense, cogiendo a Kazim y a su estado mayor totalmente por sorpresa. El resto del contingente comenzó a atacar la retaguardia de los asaltantes malienses. Rápidamente, se retiraron las lonas de los helicópteros Apache que iban asegurados en los vagones plataforma. En un par de minutos, los aparatos ya estaban en el aire y colocándose en posición para disparar sus misiles infernales.

En el súbito y confuso estallido de pánico, Kazim se quedó paralizado al comprender que las Fuerzas Especiales norteamericanas se habían colado por la frontera ante los morros de sus aviones. Totalmente descompuesto por el shock, ni siquiera hizo el intento de organizar una defensa ni de ponerse a cubierto.

Los coroneles Mansa y Cheik agarraron a Kazim uno por cada brazo, lo sacaron en volandas de la tienda donde se encontraba su puesto de combate, y lo metieron en un coche oficial con el capitán Batutta al volante. Ismail Yerli, cuyo instinto de conservación estaba igualmente agudizado, montó junto a Batutta.

En cuanto él y Cheik estuvieron acomodados uno a cada lado de Kazim, Mansa gritó a Batutta:

—¡Larguémonos! ¡En nombre de Alá, póngase en marcha antes de que nos maten!

Batutta no tenía más ganas de morir que sus superiores. A ninguno de los oficiales le producía la menor desazón huir del campo de batalla para salvar sus propios pellejos, dejando a sus hombres abandonados a su suerte. Aturdido por el terror, Batutta puso primera marcha y pisó el acelerador a fondo. Aunque el vehículo era un cuatro por cuatro, el enloquecido girar de las ruedas sobre la arena blanda impidió que hiciera tracción. Presa del pánico, Batutta aceleró más, consiguiendo únicamente que las ruedas se hundieran hasta los ejes.

De pronto Kazim, que había estado boqueando sin articular palabra, volvió bruscamente a la realidad. Con el rostro contorsionado por el terror, gritó:

—¡Sálvenme! ¡Les ordeno que me salven!

—¡So estúpido! —gritó Mansa a Batutta—. ¡O deja de acelerar, o no saldremos nunca de aquí!

—¡Hago lo que puedo! —replicó Batutta, con la frente bañada en sudor.

Sólo Yerli permanecía inmóvil, aceptando su destino sin inmutarse. Silenciosamente, miró por la ventanilla y contempló cómo, en la forma de un fornido norteamericano con uniforme de combate para el desierto, se avecinaba su propia muerte.

El sargento de primera clase Jason Rasmussen, de Paradise Valley, Arizona, había conducido a su equipo desde el tren hasta las tiendas de campaña de Kazim. Su tarea consistía en tomar la sección de comunicaciones y evitar que los malienses dieran una alarma que se traduciría en un ataque de la aviación. Tenían que entrar y salir con la rapidez con la que «un vampiro mea sangre», según expresó gráficamente Hargrove al darles instrucciones. Si no actuaban con celeridad y los cazarreactores malienses alcanzaban a los helicópteros Apache antes de que éstos llegaran a Mauritana, podían darse por muertos.

Los hombres de Rasmussen apenas encontraron resistencia en los atónitos soldados malienses y lograron sin dificultad su misión de cortar las comunicaciones. De pronto, el sargento se fijó en el coche oficial y echó a correr hacia él. Desde atrás, distinguió tres cabezas en la parte trasera y dos en la delantera. Lo primero que se le ocurrió al ver que el coche estaba atascado en la arena fue hacer prisioneros a los ocupantes. Pero súbitamente, el vehículo saltó hacia delante, alcanzando terreno firme. El conductor, aumento cautamente la velocidad y el coche comenzó a alejares.

Rasmussen alzó su ametralladora y disparó. Sus balas salpicaron las portezuelas y las ventanillas del vehículo. Saltaron fragmentos de cristales, que refulgieron al sol antes de caer sobre la arena. Tras recibir el contenido de dos cargadores, el coche, convertido en un colador, redujo velocidad y se detuvo. Cautelosamente, Rasmussen se acercó al vehículo, donde vio al chófer derrumbado sin vida sobre el volante. El cuerpo de un alto oficial maliense asomaba a medias por una ventanilla, mientras otro oficial había caído del coche y yacía de espaldas contra el suelo, mirando al cielo con ojos ciegos. En el centro del asiento posterior había un tercer hombre que tenía los ojos muy abiertos, como si estuviera mirando un objeto lejano en pleno trance hipnótico. Por contra, el hombre del asiento contiguo al conductor mostraba en su rostro una extraña expresión de paz.

A Rasmussen, el oficial del asiento posterior le pareció una especie de mariscal de tebeo. La pechera de su uniforme estaba cubierta por todo tipo de medallas, cintas y condecoraciones.

Rasmussen no podía creer que aquel individuo fuera el líder de las fuerzas malienses. A través de la portezuela abierta, dio un golpe con la culata de su ametralladora al alto oficial. El cuerpo se deslizó de costado, revelando dos limpios orificios de bala a la altura de la nuca.

El sargento de primera clase Rasmussen verificó el estado de los otros ocupantes del coche. Todos habían sufrido heridas mortales. Rasmussen no tenía ni idea de que había cumplido su misión con creces, por encima de cualquier expectativa. Sin órdenes directas de Kazim o de algún miembro de su Estado Mayor, no había ningún oficial subordinado dispuesto a ordenar un ataque aéreo por su cuenta y riesgo. El solo, un simple sargento de Arizona, había cambiado el rostro de un país del Africa Occidental. Como consecuencia de la muerte de Kazim, un nuevo partido político partidario de la reforma democrática barrería a los viejos líderes malienses y formaría un nuevo gobierno. Un gobierno que no se mostraría nada tolerante con las manipulaciones de carroñeros como Yves Massarde.

Sin darse cuenta de que había cambiado la historia, Rasmussen volvió a cargar su arma y, olvidando a los muertos del interior del coche, regresó junto a sus hombres para ayudarlos a peinar la zona.

Pasarían casi diez días antes de que el general Kazim fuese enterrado en el desierto que había sido testigo de su derrota final. Nadie lo lloró, y la suya fue una tumba anónima.

 

 

57

 

Pitt ascendió corriendo las escaleras del arsenal y se unió a los supervivientes del Equipo Táctico, que habían establecido su último bastión frente a la entrada del subterráneo. Tras una improvisada barricada, disparaban incesantemente contra el patio de entrada. Resistían en aquel mar de devastación y muerte luchando con una ferocidad casi vesánica para evitar que el enemigo ganase el arsenal y asesinara a los civiles y a los heridos antes de que Giordino y las Fuerzas Especiales pudieran intervenir.

Estupefactos ante la tenacidad de los resistentes, que se negaba a claudicar, los diezmados atacantes malienses vieron cómo su avance era, no sólo contenido, si no también repelido cuando Pitt, PembrokeSmythe, Hooper, Fairweather y doce combatientes de la ONU, se lanzaron hacia delante. Eran sólo catorce hombres cargando contra casi un millar. Embistieron contra la aturdida masa, gritando como salidos del averno y disparando a cuanto se movía ante ellos.

Ante la atroz acometida contra sus filas, la masa de malienses se abrió como el mar Rojo ante Moisés. Los soldados huyeron en todas direcciones. Pero no todos fueron presa de un terror paralizante. Unos cuantos, los más valerosos, se arrodillaron y abrieron fuego contra la mortífera cuña humana que estaba arremetiendo contra ellos. Cuatro de los combatientes de la ONU cayeron, pero la inercia empujó a los otros hacia delante, y la lucha degeneró en un combate cuerpo a cuerpo.

Ensordecido por las detonaciones de su propia automática, Pitt vio cómo el grupo de cinco malienses que tenía ante sí caía abatido. No existía posibilidad de retirarse ni de ponerse a cubierto mientras las fuerzas malienses mantuvieran el terreno ganado.

Enfrentado a un muro humano, Pitt vació su pistola y luego la arrojó, al tiempo que era alcanzado en un muslo y se derrumbaba.

En aquel momento, los Rangers del coronel Gus Hargrove entraron en tromba en el fortín y abrieron un mortífero fuego que cogió a las confiadas tropas del finado general Kazim totalmente por sorpresa. Ante Pitt y los otros, la resistencia pareció disolverse no bien los estupefactos malienses advirtieron el fuerte ataque por retaguardia de que estaban siendo objeto. El valor y la sensatez se esfumaron. En un campo de batalla abierto, el resultado habría sido una completa desbandada, pero en el interior del fuerte no había adónde huir. Como obedeciendo a una orden no expresada, los malienses comenzaron a tirar las armas y a ponerse las manos detrás de nuca.

El intenso tiroteo se redujo y finalmente cesó por completo. Sobre el fortín cayó un extraño silencio mientras los hombres de Hargrove se dedicaban a acorralar y desarenar a los malienses. Había algo tétrico e inquietante en la forma súbita en que el combate concluyó.

—¡Dios del Cielo! —murmuró uno de los Rangers al ver la magnitud de la carnicería. Desde el momento en que saltaron del tren y cargaron a través del desierto que separaba el fortín de las vías, habían corrido por una alfombra de muertos y heridos, en algunos casos tan apilados que tuvieron que rodear los montones macabros. Y en el interior de la demolida fortaleza el espectáculo era aún más impresionante pues, entre los cascotes, los cadáveres yacían en pilas de tres y de cuatro. Nadie había visto nunca tanto muertos en un mismo lugar.

Pitt se puso en pie trabajosamente sobre una pierna. Arrancando una manga de su camisa, la anudó en torno al orificio del muslo para cortar la hemorragia. Luego miró hacia PembrokeSmythe, que seguía en pie, pálido y macilento y sufriendo los dolores de sus múltiples heridas.

—Tiene usted peor aspecto que la última vez que lo vi —dijo Pitt.

El capitán miró a Pitt de arriba abajo y se sacudió con indiferencia el polvo de la pechera.

—Pues no crea que a usted le permitirían entrar en el hotel «Savoy» con esa pinta.

Como salido de la tumba, el coronel Levant surgió entre la increíble devastación y fue renqueando hacia Pitt y PembrokeSmythe, utilizando un lanzagranadas a modo de muleta. El casco de Levant había desaparecido, y el brazo izquierdo colgaba flácido a su costado. Sangraba por una herida en el cuero cabelludo y por otra en el tobillo.

Nadie había esperado volverlo a ver con vida. Pitt y PembrokeSmythe le estrecharon solemnemente la mano.

—Me alegro de verlo, coronel —dijo PembrokeSmythe jovialmente—. Lo suponía enterrado bajo el muro.

—Y durante un rato lo estuve. —Levant dirigió una sonrisa a Pitt—. Veo que continúa usted entre nosotros, Mr. Pitt.

—La mala hierba..., ya sabe.

Levant dirigió una mirada contrita al reducido grupo de sus hombres que lo rodeaban y saludaban.

—Parece que hemos sufrido estragos.

—Más han sufrido ellos —replicó torvamente Pitt.

Levant vio que Hargrove y sus lugartenientes se acercaban acompañados por Giordino y Steinholm. El francés se irguió y, volviéndose hacia PembrokeSmythe, ordenó:

—Que formen los hombres, capitán.

A PembrokeSmythe le costó un esfuerzo evitar que la voz le temblara al decir:

—Muy bien, señores... —Se cortó al ver entre los reunidos cómo una cabo ayudaba a mantenerse en pie a un fornido sargento y señora. Formen en línea.

Hargrove se detuvo frente a Levant y los dos coroneles cambiaron saludos. El norteamericano quedó estupefacto al ver el número mermado de combatientes que se habían enfrentado a las fuerzas malienses. El Equipo Internacional Táctico permanecía aguerridamente en formación. Pese a las heridas, todas las miradas reflejaban orgullo. Tanto era el polvo que los cubría, que se asemejaban a estatuas. Tenían los ojos hundidos y enrojecidos, y los macilentos rostros acusaban el calvario por el que acababan de pasar. Los hombres tenían la barba crecida y los uniformes de combate rotos y manchados. Algunos llevaban toscos vendajes empapados en sangre. Y sin embargo, allí estaban: invictos.

—Coronel Jason Hargrove —se presentó— de los Rangers del Ejército estadounidense.

—Coronel Marcel Levant, del Equipo de Respuesta Crítica de las Naciones Unidas.

—Lamento profundamente no haber podido llegar antes —dijo Hargrove.

Levant se encogió de hombros.

—El mero hecho de que hayan llegado, ya es un milagro.

—Ha sido una magnífica resistencia, coronel. Hargrove contempló con incredulidad la destrucción que lo rodeaba, y luego miró a los agotados combatientes formados tras el coronel—. ¿Son todos? —preguntó.

—Sí: todos los que quedan de mi fuerza de combate.

—¿A cuántos tenía bajo su mando?

—Al principio éramos unos cuarenta.

Como en trance, Hargrove saludó de nuevo a Levant.

—Lo felicito por tan gloriosa defensa. Jamás había visto nada parecido.

—En el arsenal subterráneo tenemos a los heridos —informó Levant a Hargrove.

—Según mis noticias, inicialmente conducía usted a mujeres y niños.

—Están con los heridos.

Bruscamente, Hargrove se volvió hacia sus oficiales.

—Que vengan nuestros médicos y se ocupen de esa gente. Rápido: hagan subir a los de abajo y evácuenlos en los helicópteros de transporte. La aviación maliense puede aparecer en cualquier momento.

Giordino se acercó a Pitt, que permanecía a un lado, y lo abrazó.

—Amigo mío... Realmente, llegué a creer que ésta no la contabas.

Pese a su inmensa fatiga y a las oleadas de dolor que le causaba su herida en el muslo, Pitt logró sonreír.

—El diablo y yo no conseguirnos ponernos de acuerdo.

—Lamento no haber llegado dos horas antes.

—Nadie os esperaba por tren.

—Hargrove no podía arriesgar sus helicópteros haciéndolos volar en pleno día a través de las defensas aéreas de Kazim. Pitt miró hacia un Apache que sobrevolaba el fuerte, oteando el horizonte con su sofisticado equipo electrónico en busca de enemigos.

—Conseguisteis llegar sin ser detectados —dijo—. Eso es lo que cuenta.

—¿Y Eva? —preguntó Giordino con temor.

—Viva, pero muy mal herida. El claxon del tren la salvó cuando le faltaban dos segundos para morir.

—¿Tan cerca estuvo de ser asesinada por la chusma de Kazim? —preguntó Giordino —intrigado.

—Quien estuvo a punto de matarla fui yo. —Antes de que Giordino pudiese replicar, Pitt señaló hacia la entrada del arsenal. —Vamos. Se alegrará de ver tu cara de Quasimodo.

La expresión de Giordino se hizo grave ante la visión de los heridos con sus ensangrentados vendajes y tablillas yaciendo en el atestado suelo del arsenal. Lo sorprendió el daño que habían causado las piedras caídas del techo. Pero lo que lo dejó estupefacto fue el increíble silencio. Ninguno de los heridos profería un sonido; ni un solo gemido escapaba de sus labios. En aquel maltrecho sótano, nadie articulaba palabra. Los niños se limitaron a mirar fijamente a Giordino, agotados tras tantas horas de terror ininterrumpido.

Luego, como puestos de acuerdo, todos estallaron en débiles hurras y aplausos. Habían reconocido en Giordino a uno de los dos hombres que fueron a por los refuerzos que acababan de salvarlos. La escena divirtió a Pitt, pues jamás había visto a su amigo actuar con tanta modestia y turbación. Los hombres se acercaban para estrecharle la mano, y las mujeres lo besaban como a un antiguo novio que todavía se ama.

De pronto Giordino divisó a Eva, que alzó la cabeza y le dirigió una amplia sonrisa.

—Al... yo... Yo sabía que regresarías.

El hombre se acuclilló junto a ella, con cuidado de no tocar sus heridas y, torpemente, le palmeó una mano.

—No sabes cómo me alegro de ver que Dirk y tú seguís con vida...

—Tuvimos toda una fiestecita —dijo ella, valerosamente—. Lástima que te la perdieras.

—Me mandaron a por hielo.

Ella miró a los heridos de su alrededor.

—¿No se puede hacer nada por ellos?

—Los médicos de las Fuerzas Especiales viene en camino —explicó Pitt—. Se evacuará a todo el mundo lo antes posible.

Momentos después aparecieron unos Rangers corpulentos y de bronco aspecto que transportaron con todo mimo a los niños y ayudaron a sus madres a llegar al helicóptero de transporte que se había posado en el patio. A continuación, los médicos Ranger, ayudados por sus exhaustos colegas del equipo de la ONU, procedieron a la evacuación de los heridos.

Giordino obtuvo una camilla y, con Pitt renqueando al otro extremo, subieron a Eva al brillante sol de la tarde.

—Nunca creí que el calor del desierto me podría resultar tan agradable —murmuró la herida.

En las abiertas puertas de carga del helicóptero aparecieron dos Rangers que se ocuparon de la camilla.

—A partir de aquí, nosotros cuidaremos de la señorita —dijo uno de ellos.

—Póngala en primera clase —dijo Pitt, con una sonrisa—. Es una dama muy especial.

—¡Eva! —tronó una voz desde el interior del helicóptero.

El doctor Hopper estaba sentado en una camilla. Un vendaje le cubría la mitad del pecho desnudo, y otro un lado del rostro.

—Esperemos que este vuelo tenga un destino más agradable que el último —comentó Hopper.

—Lo felicito, Doc —dijo Pitt—. Me alegro de verlo vivo.

—Me llevé por delante a cuatro, pero luego uno me tumbó con una granada.

—¿Y Fairweather? —preguntó Pitt, que no había vuelto a ver al inglés.

Hopper meneó tristemente la cabeza.

—El no podrá contarlo.

Pitt y Giordino ayudaron a los Rangers a asegurar la camilla de Eva junto a la de Hopper. Luego Pitt acarició el pelo de la mujer.

—Con el doctor Hopper te quedas en buena compañía. Eva miró a Pitt, ansiando de todo corazón que él pudiese tomarla en sus brazos.

—¿Tú no vienes?

—En este viaje, no.

—Pero necesitas atención médica... —protestó ella. —Me quedan algunos asuntos por concluir.

—No puedes quedarte en Malí —le imploró Eva—. No debes. Después de todo lo que ha ocurrido, es una locura.

—Al y yo vinimos a Africa a hacer un trabajo. Aún no lo hemos terminado.

—Entonces... ¿lo nuestro aquí termina? —preguntó ahogadamente la mujer.

—No, no se trata de nada tan definitivo.

—¿Cuándo te volveré a ver?

—Si todo va bien, muy pronto —dijo él, sinceramente. Eva alzó la cabeza y sus ojos brillaron al sol con lágrimas contenidas. Luego lo besó suavemente en la boca.

—Por favor, que sea pronto...

Pitt y Giordino se retiraron. El piloto del helicóptero aumentó las revoluciones y el aparato se elevó del suelo, levantando un polvoriento ciclón en el interior del fuerte.

Pitt y Giordino observaron cómo la aeronave sobrevolaba los caídos muros y luego tomaba dirección oeste.

Giordino se volvió hacia Pitt y señaló las heridas de éste. —Si piensas hacer lo que creo, será mejor que antes te remienden.

Pitt insistió en esperar a que se atendiese a todos los heridos más graves, y sólo entonces permitió que un médico le extrajese la metralla del brazo y el hombro izquierdos, le cosiera el balazo que tenía en el muslo, le pusiera un par de inyecciones para prevenir la infección y otra contra el dolor, y luego lo vendase con cuidado. Después, él y Giordino se despidieron de Levant y Pembroke-Smythe, que iban a ser evacuados con los demás supervivientes del equipo de las Naciones Unidas.

—¿No nos acompañan? —preguntó Levant.

—No podemos dejar que el que está detrás de toda esta absurda matanza salga por piernas como si tal cosa —respondió crípticamente Pitt.

—¿Yves Massarde?

Pitt asintió en silencio.

—Les deseo suerte. —Estrechó las manos de ambos—. Caballeros, lo único que se me ocurre decirles es que les agradezco sus servicios.

—Ha sido un placer, coronel —replicó Giordino, con una sonrisa fanfarrona—. Siempre que nos necesite, llámenos.

—Espero que le den una medalla —dijo Pitt—. No creo que haya nadie que se la tenga más merecida.

Levant contempló la devastación como si buscara algo, viendo quizá mentalmente a los hombres de su comando que yacían bajo las ruinas.

—Espero que los sacrificios sufridos por ambas partes merecieran el terrible precio que se ha pagado en vidas. Pitt se encogió de hombros con cansancio.

—La muerte se paga con dolor y sólo se mide por la profundidad de la sepultura.

El último en subir a bordo fue Pembroke-Smythe, que iba con la cabeza alta y una gloriosa expresión de arrogancia en su atractivo rostro.

—La fiestecita no ha estado mal del todo —dijo—. A ver cuándo la repetimos.

—A partir de ahora, podernos celebrar una reunión anual —murmuró Giordino con sarcasmo.

—Si alguna vez nos encontramos en Londres, el Dom Pérignon corre de mi cuenta —dijo Pembroke-Smythe, imperturbable—. Además, les presentaré a ciertas muchachas maravillosas que, por alguna razón inexplicable, encuentran a los norteamericanos irresistibles.

—¿Nos dará una vuelta en su «Bentley»? —preguntó Pitt.

—¿Cómo sabe que tengo un «Bentley»? —replicó Pembroke-Smythe, con sorpresa.

—Es el coche que le va —sonrió Pitt.

El helicóptero despegó, llevándose a los últimos componentes del equipo de la ONU a Mauritania y a un lugar seguro.

Un joven teniente negro se acercó a los dos hombres. —Disculpen... ¿son ustedes Mr. Pitt y Mr. Giordino? Pitt asintió con la cabeza.

—El coronel Hargrove los espera en el puesto de combate maliense, al otro lado de las vías.

Giordino conocía demasiado a su amigo para ofrecerle un hombro en el que apoyarse, así que Pitt hizo todo el trayecto renqueando y con los dientes apretados a causa del dolor que le producía la herida del muslo. En su rostro demacrado, parcialmente cubierto por un vendaje, los ojos opalinos seguían brillando con determinación.

Las tiendas en las que estuvo instalado el puesto de combate de Kazim tenían lonas de camuflaje; pero su forma evocaba el decorado de una adaptación teatral de Las mil y una noches. Cuando los dos amigos entraron en la tienda principal, el coronel Hargrove, con su sempiterno cigarro a medio consumir entre los labios, se encontraba inclinado sobre una mesa, estudiando los códigos de comunicaciones militares de Kazim.

Sin más preámbulos, Hargrove preguntó:

—¿Alguno de ustedes sabe qué pinta tiene Zateb Kazim?

—Nosotros lo conocemos —replicó Pitt.

—¿Podrían identificarlo?

—Probablemente.

Levant se enderezó y fue hacia la salida de la tienda.

—Acompáñenme. —Los condujo a través de un corto trecho de terreno llano hasta un coche al que los balazos habían dejado como un colador. Se quitó el cigarro, escupió en la arena, y preguntó—: ¿Reconocen a alguno de estos payasos?

Pitt se asomó al interior del coche. Hordas de moscas zumbaban en torno a los cadáveres ensangrentados. Miró a Giordino, que contemplaba el macabro cuadro desde el otro lado. Giordino se limitó a asentir con la cabeza.

Pitt se volvió hacia Hargrove.

—El del centro es el finado general Zateb Kazim.

—¿Seguro? —preguntó Hargrove.

—Totalmente —afirmó Pitt.

—Los demás deben de ser miembros de su Estado Mayor —añadió Giordino.

—Lo felicito, coronel. Ahora, cuanto tiene que hacer es informar al gobierno de Malí que el general se encuentra bajo su custodia y que lo retiene como rehén para asegurarse el regreso de sus hombres a Mauritania.

Hargrove miró a Pitt, sorprendido.

—Pero el tipo es un cadáver.

—Ya; pero, ¿quién lo sabe? Desde luego, no sus subordinados en las Fuerzas de Seguridad malienses.

Hargrove tiró su cigarro y lo hundió en la arena con la bota. Miró hacia el lugar donde se encontraban los cientos de supervivientes de las fuerzas de asalto de Kazim, formando un gran círculo y estrechamente vigilados por los Rangers.

—No veo ningún motivo para que el truco no resulte. Mientras terminamos de evacuar, haré que mi oficial de información se ponga en contacto radiofónico con los malienses.

—Habida cuenta que ya no tenemos que salir de aquí como alma que lleva el diablo, quisiera pedirle algo.

—¿Qué? —preguntó Hargrove.

—Un favor.

—¿Qué puedo hacer por ustedes?

Pitt dirigió una sonrisa a Hargrove, al que sacaba media cabeza.

—Pues... Quisiera que me prestase un helicóptero y a varios de sus mejores hombres, coronel.

 

 

58

 

 

Tras comunicarse con las autoridades malienses y soltarles el embuste de que tenía a Kazim como rehén, Hargrove quedó convencido de que no se tomaría acción militar alguna contra su fuerza en evacuación. Libre ya de inquietudes, el coronel se sintió sumamente divertido cuando el presidente títere de Malí le suplicó que ejecutase al general Kazim.

Pero Hargrove no tenía la menor intención de prestar su helicóptero personal Sikorsky H-76 Eagle, su dotación y seis de sus Rangers a un par de burócratas sabihondos, y mucho menos en una zona de combate. Su única concesión a la solicitud de Pitt fue transmitirla por el capturado sistema de comunicaciones de Kazim al Comando de Operaciones Especiales en Florida, en la certeza de que sus superiores se reirían de ella.

Quedó estupefacto ante la respuesta, que llegó casi inmediatamente. No sólo se concedía la petición, sino que había recibido el visto bueno del propio Presidente.

—Debe de tener usted amigos muy arriba —dijo Hargrove cáustico a Pitt.

—No vamos precisamente de picnic —replicó Pitt, sin poder ocultar su satisfacción—. Aunque usted no esté informado, en esta operación hay en juego mucho más que una mera misión de rescate.

—Bueno, ¿qué se le va a hacer? —suspiró el coronel—. ¿Durante cuánto tiempo necesitará mi helicóptero y a mis hombres?

—Un par de horas.

—¿Y luego?

—Si todo sale según mi plan, le devolveremos su aparato intacto y a sus hombres ilesos.

—¿Y que pasará con Giordino y usted?

—Nos quedaremos atrás.

—No perderé el tiempo preguntándole por qué —dijo Hargrove, meneando la cabeza—. Toda esta operación ha sido un misterio para mí.

—¿Acaso hay alguna operación militar que no lo sea? —comentó seriamente Pitt—. Las repercusiones de lo que usted ha logrado hoy aquí van más allá de cuanto pueda imaginar.

Hargrove alzó inquisitivamente las cejas.

—¿Cree que alguna vez entenderé lo que está usted diciendo?

—Siga la fórmula tradicional para averiguar secretos de Estado: léalo en los periódicos de mañana —dijo Pitt, con una sonrisa irónica en los labios.

Después de desviarse veinte kilómetros de su ruta hasta una aldea abandonada, donde recogieron muestras de agua contaminada del pozo de su plaza, Pitt indicó al piloto del Eagle que se dirigiera sin ninguna prisa hacia la planta destoxificadora de Fort Foureau.

—Que los guardas de seguridad puedan echarle un buen vistazo a nuestro armamento —dijo Pitt al piloto—. No obstante, esté prevenido ante un posible fuego desde tierra.

—El helicóptero privado de Massarde está en el helipuerto, con los rotores girando —observó Giordino—. Parece que nuestro amigo pretende salir rápidamente de viaje.

—Como Kazim está muerto, Massarde no puede conocer aún el resultado final de la lucha —dijo Pitt—, pero es lo bastante astuto como para darse cuenta de que algo ha salido mal.

—Es una lástima que debamos cancelar su viaje —dijo malévolamente Giordino.

—No hay indicios de fuego desde tierra, señor —notificó el piloto a Pitt.

—Muy bien: déjenos en el helipuerto.

—¿No quiere que vayamos con usted? —preguntó un sargento de bronco aspecto.

—Ahora que los guardas de seguridad están adecuadamente impresionados, Al y yo podemos seguir solos. Permanezca en el área unos treinta minutos, como demostración de fuerza para intimidar a cualquier insensato que intente resistirse. Y detenga a ese helicóptero civil si intenta despegar. Luego, en cuanto yo se lo indique, regrese al puesto de mando del coronel Hargrove.

—Los espera un comité de bienvenida —dijo el piloto, señalando hacia el helipuerto.

—Vaya, vaya... —dijo Giordino, frunciendo los párpados para contrarrestar el brillo del sol—. Parece nuestro viejo amigo, el capitán Brunone.

—Y un grupo de sus sicarios —añadió Pitt. Tocó al piloto en el hombro—. Mantenga sus armas apuntadas contra ellos hasta que le hagamos señas de que se marche.

El Eagle descendió hasta medio metro del suelo, mientras el piloto mantenía apuntados los lanzacohetes y el cañón Chain contra la guardia de seguridad. Giordino saltó ágilmente a la pista y luego ayudó a bajar al renqueante Pitt. Ambos se dirigieron hacia Brunone quien, al reconocerlos, dio un respingo y los miró con incredulidad.

—No esperaba volverlos a ver —dijo Brunone.

—Apuesto a que no —murmuró hoscamente Giordino.

Pitt miró fijamente a Brunone. En los ojos del capitán leía algo que a Giordino se le escapaba, una expresión que, en vez de ira o temor, más bien parecía de alivio.

—Parece como si se alegrara de vernos.

—Así es. Me dijeron que nadie había logrado escapar jamás de Tebezza.

—¿Fue usted quien envió allí a los ingenieros de la planta junto a sus esposas e hijos?

Brunone negó solemnemente con la cabeza.

—No: esa tropelía se cometió una semana antes de mi llegada.

—Pero sabía que estaban encarcelados.

—Sólo oí rumores. Traté de investigar el asunto, pero Mr. Massarde lo rodeó de un muro de secreto. Todos los relacionados con aquel delito desaparecieron del proyecto.

—Probablemente, les rebanó el gaznate para garantizar su silencio —dijo Giordino.

—No siente usted mucha simpatía hacia Massarde, ¿verdad? —preguntó Pitt.

—Ese tipo es un cerdo y un ladrón —dijo despectivamente Brunone—. Yo podría contar cosas sobre este proyecto...

—Ya las conocemos —le interrumpió Pitt—. ¿Por qué no dejó el trabajo y regresó a Francia?

Brunone miró fijamente a Pitt.

—Los que dimiten de la Massarde Enterprises son enterrados en el plazo de una semana. Tengo mujer y cinco hijos.

Diciéndose que quien hace un cesto hace ciento, Pitt tuvo la corazonada de que Brunone era de fiar. La colaboración del capitán podía resultar valiosa.

—A partir de este momento, deja usted de ser empleado de Yves Massarde. Ahora trabaja para las Industrias Pitt y Giordino.

Por unos instantes, Brunone reflexionó sobre las palabras de Pitt que, más que una proposición, eran una exposición de los hechos. Miró al helicóptero, cuya capacidad de fuego podía arrasar la mitad de las instalaciones, y luego estudió la resuelta y supremamente confiada expresión de Pitt y Giordino. Al fin, encogiéndose de hombros, dijo:

—Trato hecho.

—¿Y sus guardas de seguridad?

Brunone sonrió por primera vez.

—Mis hombres me son leales. Detestan a Massarde tanto como yo. No protestarán por el cambio de patrón.

—Refuerce su lealtad informándolos de que sus sueldos acaban de doblarse.

—¿Y qué pasara conmigo?

—Juegue bien sus cartas —dijo Pitt—, y será el próximo director gerente de estas instalaciones.

—A eso se le llama un incentivo de primera. Pueden contar con mi plena y absoluta cooperación. ¿Qué quieren que haga?

Con un movimiento de cabeza, Pitt señaló hacia el edificio de administración.

—Empiece por llevarnos ante Massarde, para que podamos darle la patada.

De pronto Brunone vaciló.

—Olvidan ustedes al general Kazim. Él y Massarde son socios. Si ve que se le escapa su parte en el negocio, no creo que se quede con los brazos cruzados.

—Zateb Kazim ya no es un problema —le aseguró Pitt.

—¿Y eso? ¿Cuál es la actual situación del general?

—¿Quiere saber cuál es su situación? —replicó Giordino en tono zumbón—. La última vez que lo vemos estaba rodeado de moscas.

 

Massarde permanecía tranquilamente sentado a su inmenso escritorio. Lo único que sus penetrantes ojos azules reflejaban era un tenue desagrado, como si la súbita aparición de Pitt y Giordino no fuera más que una molestia pasajera. Verenne con el rostro transformado en una mueca de disgusto permanecía tras él, como un discípulo leal.

—Como las furias vengadoras de la mitología griega, no deja usted de atosigarme —dijo Massarde a Pitt filosóficamente—. Hasta parece recién salido de averno.

En la pared de detrás del escritorio había un gran espejo antiguo, con un barroco marco dorado y rematado por dos querubines. Mirándose en él, Pitt se dijo que la descripción de Massarde era bastante exacta. A diferencia de Giordino, que se encontraba razonablemente limpio e ileso, Pitt tenía el uniforme de combate roto y sucio por el polvo y el humo. A través de los desgarrones de su ropa se veían vendajes en el brazo y el hombro izquierdos y en el muslo derecho. Un corte le atravesaba el rostro desde el pómulo hasta la barbilla. El hombre se dijo que si pudiera encontrar una calle en la que tumbarse podría pasar perfectamente por la víctima de un atropello abandonada.

—Los fantasmas de los asesinados vuelven para atormentar al asesino; no somos más que eso: espectros —dijo Pitt—. Hemos venido a castigarlo por sus crímenes.

—Ahórrese las payasadas —dijo Massarde—. ¿Qué quieren?

—Para empezar, queremos la planta de eliminación de residuos tóxicos de Fort Foureau.

—Quieren la planta —Massarde lo dijo como si se tratase de lo más normal del mundo—. Supongo por su desfachatez que el general Kazim no ha logrado capturar a los fugados de Tebezza.

—Si se refiere a las familias que fueron sometidas por usted a la esclavitud, ha dado en el clavo. En estos momentos, vuelan hacia la libertad gracias a los heroicos sacrificios del Equipo Táctico de la ONU y de la oportuna llegada de un Comando de Fuerzas Especiales norteamericana. Una vez en Francia, denunciarán todos sus desmanes, Massarde: los asesinatos, las horrendas atrocidades de su mina de oro, su operación ilegal de vertido de desechos, que ha causado miles de muertes entre los pobladores del desierto. Con todo ello basta y sobra para convertirlo en el enemigo mundial número uno.

—Mis amigos en Francia me protegerán.

—No cuente con sus conexiones en las alturas del gobierno francés. Una vez estalle el clamor popular, sus actuales amigos ni siquiera admitirán que lo conocen. Luego tendrá el más desagradable de los juicios, y lo mandarán a la Isla del Diablo o al sitio al que los franceses manden ahora a sus delincuentes.

Verenne, agarrado al respaldo del sillón de su jefe, salió en defensa de Massarde:

—Mr. Massarde jamás será sometido a juicio ni enviado a prisión. Es demasiado poderoso, demasiados líderes mundiales son amigos suyos...

—...y están en su nómina —concluyó Giordino, que, a continuación fue al bar y se sirvió una botella de agua mineral.

—Mientras permanezca en Malí, soy intocable —dijo Massarde—. No me costará el menor esfuerzo seguir controlando la Massarde Enterprises desde aquí.

—Me temo que no será posible —dijo Pitt, disponiéndose a entrar a matar—. Sobre todo teniendo en cuenta la oportuna y bien merecida defunción del general Kazim.

Massarde miró a Pitt y crispó perceptiblemente los labios.

—¿Kazim ha muerto?

—Junto con todo su Estado Mayor y la mitad de su ejército. El francés se volvió hacia Brunone.

—¿Qué me dice, capitán? ¿Sus hombres y usted siguen conmigo?

Brunone, negó con la cabeza lentamente.

—No, señor. En vista de los últimos acontecimientos, he decidido aceptar la oferta de Mr. Pitt, que me parece más atractiva.

Massarde exhaló un largo suspiro de derrota.

—¿Para qué demonios quiere el control del proyecto? —preguntó a Pitt.

—Para ponerlo en condiciones e intentar remediar el daño ecológico que usted ha causado.

—Los malienses jamás permitirán que un extraño asuma el control.

—Creo que las autoridades no pondrán muchos obstáculos en cuanto se enteren de que su país recibirá todos los beneficios de la operación. Teniendo en cuenta que Malí es uno de los países más pobres del mundo, ¿cómo van a negarse?

—¿Piensa usted entregar el proyecto de destoxificación solar más avanzado del mundo a un montón de bárbaros ignorantes que lo arruinarán en menos de una año? —preguntó Massarde, sorprendido— Lo echará a perder.

—¿Cree que me he metido en este berenjenal con el ánimo de dar el gran pelotazo financiero? Lo siento, Massarde: aunque somos pocos, a algunos no nos mueve la codicia.

—Es usted un idiota, Pitt —exclamó Massarde, levantándose de su escritorio presa de la ira.

—¡Siéntese! Aún le queda por oír la mejor parte del trato.

—¿Qué otra cosa puede pedirme, además del control de Fort Foureau?

—La fortuna que tiene oculta en las Islas de la Sociedad.

—¿De qué habla? —inquirió furiosamente Massarde.

—Los millones, quizá cientos de millones en activos líquidos que, a lo largo de los años, ha acumulado por medio de sus turbios manejos y sórdidas transacciones comerciales. Es cosa sabida que no confía usted en las instituciones financieras. Tampoco sigue las prácticas de inversión habituales, ni tiene su dinero almacenado en las islas Caimán o las del Canal. Podría haberse retirado hace tiempo, y dedicarse a disfrutar de la vida e invertir en arte, en coches antiguos, o en villas en Italia. O, mejor aún, podría haberse convertido en un filántropo y dedicar su indiscutible talento a obras de caridad. Pero codicia engendra codicia. Le es imposible gastar lo que gana. Por mucho que se tenga, nunca es suficiente. Está demasiado enfermo para vivir como la gente normal. Lo que no invierte en la expansión de la Massarde Enterprises, lo oculta en una isla del Pacífico meridional. ¿Tahití, Moorea, o Bora? Sospecho que debe de ser una de las islas menos pobladas del archipiélago. ¿Me alejo mucho de la verdad, Mr. Massarde?

El francés no aclaró si Pitt estaba lejos o cerca de la verdad.

—Ese es el trato —continuó Pitt—. A cambio de que renuncie a todo control sobre este proyecto y de que revele dónde oculta sus malhabidas ganancias, lo dejaré abordar su helicóptero con su lacayo Verenne, y volar adónde desee.

—Es usted un idiota —le espetó roncamente Verenne—. No tiene autoridad ni fuerza para chantajear a Mr. Massarde.

En ese momento Giordino, a quien nadie prestaba atención hablaba en susurros por un pequeño transmisor de radio desde detrás del bar. La sincronización fue casi perfecta. Sólo transcurrieron unos segundos de silencio antes de que el helicóptero Eagle apareciese súbita y amenazadoramente ante el ventanal con todas sus armas a punto para reducir a escombros la oficina de Massarde.

Pitt señaló la imponente aeronave con un movimiento de cabeza.

—Autoridad, no; fuerza, sí.

Massarde sonrió. No era hombre que se dejara acorralar sin oponer resistencia. No parecía sentir el más mínimo miedo. Se echó hacia delante sobre el escritorio y, sosegadamente, dijo:

—Quédese con la planta si quiere. Sin el respaldo de un déspota como Kazim, los estúpidos del gobierno permitirán que se deteriore y se convierta en una ruina inútil, como ha ocurrido con todos los fragmentos de civilización occidental que han llegado a este desierto dejado de la mano de Dios. Tengo otros proyectos y otras empresas con los que sustituir éste.

—Ya hemos recorrido la mitad del camino —dijo fríamente Giordino.

—En cuanto a mi fortuna, no desperdicie saliva. Lo mío no es de nadie más que mío. Pero en algo sí tiene razón: está en una isla del Pacífico. Usted y un millón más como usted podrían buscarla durante mil años y no la encontrarían.

Pitt se volvió hacia Brunone.

—Capitán: aún quedan unas horas de calor. Por favor: amordace a Mr. Massarde y desnúdelo. Luego tiéndalo despatarrado sobre la arena, con las manos y los tobillos atados a estacas, y déjelo allí.

Massarde se estremeció. No le entraba en la cabeza que pudieran tratarlo con la brutalidad que él solía emplear con la gente.

—¡No puede hacerle eso a Yves Massarde! —dijo, enfurecido—. ¡Por Dios que no...!

Sus palabras fueron interrumpidas por un fuerte revés de la mano de Pitt en pleno rostro.

—Donde las dan las toman, amigo. Aunque por suerte para usted yo no llevo anillo.

Massarde no dijo nada. Por unos momentos permaneció inmóvil, con el rostro convertido en una máscara de odio. Empezaba a palidecer a causa del miedo incipiente. Miró a Pitt y comprendió que no había escapatoria. En el americano no se percibía más que una fría implacabilidad y una absoluta falta de compasión. Las posibilidades de eludir el suplicio eran nulas. Lentamente, se quitó las ropas hasta dejar al descubierto toda la blancura de su cuerpo.

Pitt ordenó:

—Capitán Brunone: cumpla sus órdenes.

—Será un placer, señor —replicó Brunone, evidentemente encantado.

Una vez Massarde estuvo amordazado y amarrado a cuatro estacas bajo el implacable sol del Sahara y sobre el ardiente terreno del exterior del edificio principal, Pitt indicó a Giordino:

—Dale las gracias a los del helicóptero y diles que ya pueden volver con el coronel Hargrove.

Al recibir el mensaje, el piloto de la aeronave hizo una seña de despedida y enfiló su aparato hacia el campo de batalla. Ahora estaban a merced de sus propios recursos, y confiando en que saliera bien algo que tenía muchísimo de farol.

Giordino miró hacia Massarde y luego a Pitt. Con un brillo de curiosidad en los ojos, preguntó:

—¿Por qué la mordaza? —preguntó.

Pitt sonrió.

—Si tú estuvieras ahí fuera, asándote al sol, ¿cuánto ofrecerías a los hombres de Brunone por que te dejaran escapar?

—Un par de millones de dólares o más —replicó Giordino, admirando la sutileza de Pitt.

—Probablemente, más.

—¿De veras crees que hablará?

Pitt meneó negativamente la cabeza.

—No: Massarde sufrirá las torturas del infierno sin revelar el escondite de su fortuna.

—Pero, si él no te lo dice, ¿quién lo hará?

—Su confidente y amigo más íntimo —dijo Pitt, señalando hacia Verenne.

—¡Oigan, maldita sea, yo no se nada! —exclamó Verenne en un grito de desesperación.

—Yo creo que sí. Quizá no sepa la localización exacta, pero podrá proporcionarnos buenas pistas.

El temblor en los ojos y la temerosa expresión de su rostro fueron prueba suficiente de que Verenne conocía el secreto. —Aunque lo supiera, no se lo diría.

—Al... Yo voy a aprovechar los lujosos aposentos de Massarde para darme una ducha. Mientras tanto, ¿por qué no te llevas a nuestro amigo a un despacho vacío y le convences de que nos haga un mapa del escondite secreto de la fortuna de Massarde?

—Me parece estupendo —dijo Giordino—. Llevo casi una semana sin partirle la boca a nadie.

 

 

59

 

Casi dos horas más tarde, tras una ducha y una breve siesta, Pitt volvió a sentirse casi humano. Hasta el agudo dolor de sus heridas era medianamente soportable. Estaba sentado al escritorio de Massarde, con un batín de seda de casi dos tallas menores a la suya y que había encontrado en un armario con ropas suficientes para abrir una boutique de caballero. Cuando estaba registrando los cajones del escritorio, estudiando los papeles y archivos del francés, Giordino apareció por la puerta, empujando por delante a un pálido y desencajado Verenne.

—¿Habéis tenido una charla agradable? —preguntó Pitt. Giordino asintió:

—En una compañía adecuada, el tipo es un gran conversador.

Verenne miraba a su alrededor con ojos desorbitados que parecían haber perdido todo contacto con la realidad. Movía lentamente la cabeza de un lado a otro, como si intentara disipar una niebla en su interior. Parecía al borde del derrumbamiento nervioso.

Pitt estudió a Verenne con curiosidad.

—¿Qué le has hecho? —preguntó a Giordino—. No tiene ni una marca.

—Como he dicho, mantuvimos una animada charla en la que le expliqué detalladamente cómo iba a despedazarlo milímetro a milímetro.

—¿Eso es todo?

—Tiene una gran imaginación. Ni siquiera tuve que ponerle las manos encima.

—¿Reveló en qué isla esconde Massarde su botín?

—Tenías razón en que se trataba de territorio francés, pero se encuentra casi cinco mil kilómetros al noreste de Tahití y dos mil al suroeste de México. Lo que se dice en el culo del mundo.

—No conozco ninguna isla francesa situada en el Pacífico, frente a México.

—En 1979, Francia asumió la administración directa de un islote llamado Clipperton, en memoria del pirata inglés John Clipperton, que lo utilizó como guarida en 1705. Según Verenne, su superficie es de sólo cinco kilómetros cuadrados, y su lugar más elevado es un promontorio de veintiún metros.

—¿Hay habitantes?

Giordino negó con la cabeza.

—No, solo hay unos cuantos cerdos salvajes. Verenne dice que el único vestigio de actividad humana es un faro abandonado del siglo xvii.

—Un faro —dijo lentamente Pitt—. Sólo a un astuto y taimado pirata como Massarde se le ocurriría esconder un tesoro cerca de un faro de una isla desierta en mitad de un oceáno.

—Verenne asegura desconocer el lugar exacto.

El aludido murmuró:

—Cuando anclamos frente a la isla, Mr. Massarde siempre va a tierra solo en un bote, y de noche, para que nadie espíe sus movimientos.

Pitt miró a Giordino.

—¿Crees que dice la verdad?

—¡La digo, lo juro por Dios! —imploró Verenne.

—Quizá sea un cuentista nato —dijo Giordino.

—Digo la verdad. —Las palabras del hombre sonaron como la súplica de un niño—. Dios mío, no quiero que me torturen. No soporto el dolor.

Giordino miró a Verenne con manifiesto recelo.

—También puede tener dotes de actor.

El francés estaba descompuesto.

—¿Cómo puedo conseguir que me crean?

—Dénos información sobre su jefe y me convencerá. Facilítenos datos, nombres y fechas. La identidad de sus víctimas, una relación completa de todos sus negocios sucios... Debe revelar todos los detalles del maléfico imperio de Massarde.

—Si lo hago, él me matará —gimió Verenne, en un espantado susurro.

—No le tocará ni un pelo.

—Claro que lo hará. Ustedes no conocen la inmensidad de su poder.

—Creo que tengo alguna idea —dijo Pitt.

—Por mucho daño que él pueda hacerle, más le haré yo —dijo Giordino amenazador.

Con el rostro cubierto de sudor, Verenne se dejó caer en un sillón, miró a Giordino con temor y luego, algo más esperanzado a Pitt. Aquellos hombres habían despojado a su jefe de toda dignidad, de toda arrogancia. Si deseaba salvar la piel tendría que elegir entre uno y otros.

—Haré lo que me piden —susurró débilmente.

—Repítalo —exigió Pitt.

—Les entregaré todos los papeles e informes sobre la Massarde Enterprises para que los investiguen.

—Incluidos los informes sobre actividades secretas ilegales.

—Les proporcionaré todo lo que no esté en papel o diskette.

Se produjo un breve silencio durante el cual Pitt fue a la ventana y miró adonde yacía Massarde. Incluso a aquella distancia pudo advertir cómo se le había enrojecido la piel. Pitt se acercó a Giordino y le puso una mano en el hombro.

—El tipo es asunto tuyo, Al. Sácale hasta la última brizna de información.

Giordino puso un brazo en torno a Verenne, que dio un respingo.

—Nosotros nos vamos a charlar amistosamente.

—Lo primero es una relación de las personas a las que Massarde ha perjudicado o asesinado —dijo Pitt.

—¿Por algún motivo en particular? —preguntó Giordino con curiosidad.

—Cuando llegue el momento, iremos al islote de Clipperton y, si la búsqueda tiene éxito, me gustaría crear una fundación para invertir el botín de Massarde en compensar a los que perjudicó y a los familiares de aquéllos a quienes mató.

—Míster Massarde jamás permitiría eso —murmuró roncamente Verenne.

—Hablando de nuestro villano favorito —dijo Pitt—, creo que ya ha estado bastante en el horno.

 

Toda la parte delantera del cuerpo de Massarde estaba del color de una langosta. Su piel quemada le producía un dolor lacerante, que anticipaba la caída en grandes tiras que sufriría al día siguiente. Permanecía inmóvil, entre Brunone y otros dos impasibles guardas, con los labios crispados y el rostro enrojecido contorsionado por la ira y el odio.

—Pagarán con la vida lo que me han hecho —les espetó—. Aunque me maten. He tomado precauciones para que algo así no quede sin castigo.

—¿Habla de un equipo de sicarios vengadores? —preguntó secamente Pitt—. Ha sido usted muy previsor. Después de pasar tanto rato tostándose al sol debe de estar cansado y muerto de sed. Por favor, tome asiento. Al, tráele a Mr. Massarde una botella de su agua mineral francesa favorita.

Muy lentamente, y con un gesto de agonía en el rostro, Massarde se acomodó en un blando sillón de cuero. Cuando al fin encontró una posición cómoda, lanzó un profundo suspiro.

—Están locos si creen que van a salirse con la suya. Kazim tenía subalternos muy ambiciosos que rápidamente se colocarán en su puesto, hombres tan inexorables y astutos como él y que, antes del próximo amanecer, enviarán aquí a un contingente de tropas para enterrarlos a ustedes en el desierto.

El financiero cogió la botella de agua que le tendía Giordino

y la vació de un trago. Inmediatamente, Giordino le dio otra.

Pitt no pudo por menos de admirar la sangre fría de Massarde. El hombre actuaba como si tuviese pleno control de la situación.

Tras vaciar la segunda botella, Massarde miró en torno, buscando a su secretario personal.

—¿Dónde está Verenne?

—Muerto —dijo lacónicamente Pitt.

Por primera vez, Massarde pareció auténticamente sorprendido.

—¿Lo han asesinado?

Pitt se encogió de hombros, indiferente.

—Intentó apuñalar a Giordino. Es una estupidez atacar con un abrecartas a un hombre armado.

—¿Fue eso lo que hizo? —preguntó el francés con visible recelo.

—Si quiere, le puedo mostrar el cadáver.

—No parece propio de Verenne. Era un cobarde. Pitt y Giordino intercambiaron una mirada. Verenne ya había comenzado su trabajo de delación y se encontraba bajo vigilancia en una oficina situada dos pisos más abajo. —Quiero hacerle una proposición —dijo Pitt.

—¿Qué puede usted ofrecerme? —replicó despectivamente Massarde.

—He cambiado de idea. Si me promete enmendarse y no volver a delinquir, le dejaré salir de aquí, montar en su helicóptero, y abandonar Malí,

—¿Es una broma?

—En absoluto. He decidido que cuanto antes me libre de su presencia, mejor.

—No hablará usted en serio —dijo Brunone—. Este individuo es una peligrosísima amenaza. En cuanto pueda, se vengará.

—Muy propio de un escorpión. Así es como lo llaman, ¿no, Massarde?

El francés sólo respondió con un hosco silencio.

—¿Estás seguro de lo que haces? —preguntó Giordino.

—Sí, y nada de discusiones —replicó secamente Pitt.

Quiero perder de vista a esta sabandija cuanto antes. Capitán Brunone, acompañe a Massarde a su helicóptero y asegúrese de que se marcha en él.

No sin grandes dificultades, el financiero se puso en pie. La requemada piel le tiraba hasta tal punto que le costaba un agónico esfuerzo mantenerse erguido. Pero, pese al dolor, sonrió. Su cerebro volvía a maquinar.

—Necesitaré varias horas para recoger mis cosas y mis documentos personales.

—Tiene exactamente dos minutos para largarse.

Massarde maldijo y blasfemó groseramente.

—Así no: no me iré sin mis ropas. Por Dios, hombre, tenga un poco de consideración.

—¿Qué sabe usted de consideración? —dijo Pitt fríamente—. Capitán Brunone: saque de aquí a este hijo de puta antes de que lo mate con mis propias manos.

Brunone no tuvo que dar la orden a sus hombres. Se limitó a hacerles una seña, y ellos empujaron al vociferante Yves Massarde al interior del ascensor.

Los tres hombres se acercaron a la ventana y permanecieron allí sin cambiar palabra mientras observaban como el humillado magnate era introducido a empujones en su lujoso helicóptero. La puerta se cerró, los rotores comenzaron a girar y, en menos de cuatro minutos, el aparato ya se había perdido de vista.

—Ha tomado rumbo noroeste —observó Giordino. —Supongo que se dirige a Libia —dijo Brunone—. Y después se irá a por su botín.

—Su destino final carece de importancia —dijo Pitt, ahogando un bostezo.

Brunone parecía totalmente decepcionado.

—Debieron ustedes matarlo.

—¿Para qué molestarse? No le queda ni una semana de vida.

—¿Y eso? —preguntó Brunone asombrado—. Lo han dejado libre. ¿Por qué? El tipo tiene más vidas que un gato, y no creo que vaya a morirse de la insolación

—No; pero morirá. —Pitt se volvió hacia Giordino—. ¿Diste el cambiazo?

Giordino sonrió ampliamente.

—Sin derramar una sola gota.

Brunone pareció confuso.

—¿De qué hablan?

—Si mandé que dejaran a Massarde atado al sol fue porque deseaba que estuviera sediento —explicó Pitt.

—¿Sediento? No entiendo...

—Mi amigo Al vació las botellas de agua mineral y volvió a llenarlas con agua contaminada por los compuestos químicos que se filtran del vertedero subterráneo.

—A eso se le llama justicia poética —dijo Giordino, mostrando las botellas vacías—. Se bebió casi tres litros.

—Se le desintegrarán las entrañas, el cerebro se le hará migas, y enloquecerá. —Pitt habló en un tono gélido y pétrea expresión.

—Entonces, ¿está desahuciado? —preguntó Brunone, atónito.

Pitt asintió.

—Yves Massarde morirá atado a una cama, lanzando alaridos, destrozado interiormente. Lo único que lamento es que sus víctimas no estén presentes para verlo.

 

 

QUINTA PARTE

 

EL TEXAS

 

 

10 junio, 1996, Washington, D.C.

 

 

60

 

Dos semanas después del asedio de Fort Foureau, el almirante Sandecker se encontraba sentado al extremo de una gran mesa de reuniones en una sala de la central de la NUMA, en Washington. Lo acompañaban el doctor Chapman, Hiram Yaeger, y Rudi Gunn. Todos estaban pendientes de un gran monitor de televisión empotrado en la pared.

El almirante señaló con impaciencia la pantalla en negro.

—¿Cuándo salen?

—La imagen del satélite llegará en cualquier momento desde Mauritania —replicó Yaeger, que estaba al teléfono.

Apenas terminó de hablar, en la pantalla se materializó la imagen de Pitt y Giordino, sentados el uno junto al otro detrás de un gran escritorio cubierto de carpetas y papeles. Ambos miraban a cámara.

—¿Nos recibís bien? —preguntó Yaeger.

—Hola, Hiram —replicó Pitt—. Me alegro de verte y escucharte de nuevo.

—Tienes buen aspecto. Aquí, todos están deseosos de hablar contigo.

—Buenos días, Dick —saludó Sandecker—. ¿Cómo van tus heridas?

—Aquí es por la tarde, almirante. Y me voy reponiendo, muchas gracias.

Una vez Pitt hubo cambiado amistosos saludos con Rudi Gunn y el doctor Chapman, el almirante entró en materia, anunciando jovialmente:

—Tenemos buenas noticias. Hace sólo una hora han salido los resultados de un análisis por ordenador de una inspección vía satélite del Atlántico sur. Todas las proyecciones de Yaeger indican que el fenómeno ha perdido impulso y está a punto de detenerse.

—Y justo a tiempo —dijo Gunn—. Ya se ha detectado un descenso del cinco por ciento en las reservas mundiales de oxígeno. Un poco más, y todos habríamos comenzado a sufrir los efectos.

—En todas las naciones del mundo que se han mostrado dispuestas a cooperar, faltaban veinticuatro horas para que se prohibiese el tráfico de automóviles —informó Yaeger—. Se iban a suspender todos los vuelos y cerrar las fábricas. El mundo estaba a unos milímetros de paralizarse.

—Pero nuestros esfuerzos han sido fructíferos —dijo Chapman—. Gracias a Al y a ti, que encontrasteis y quemasteis el lugar de procedencia del aminoácido sintético que estimulaba la explosión demográfica entre los dinoflagelados. Y gracias también a nuestro equipo científico, que descubrió que esos bichos pierden todo interés por reproducirse si se les somete a una dosis de cobre de una molécula por millón.

—¿Se ha detectado una reducción significativa en el índice de contaminación del Níger desde que cortamos el flujo? —preguntó Pitt.

Gunn asintió con la cabeza.

—Casi un treinta por ciento. Subestimé la velocidad de las aguas subterráneas desde la planta de residuos tóxicos hasta el río. A través de la arena y la grava del Sahara, se mueven más rápidamente de lo que calculé al principio.

—¿Cuánto se tardará en alcanzar unos niveles de contaminación seguros?

—El doctor Chapman y yo creemos que pasarán seis meses largos hasta que la contaminación residual deje de llegar al mar.

—Acabar con la fuente del vertido fue el primer paso —explicó Chapman—. Nos dio tiempo extra para fumigar partículas de cobre sobre las zonas de las mareas. Creo poder afirmar que nos hemos salvado de una catástrofe ecológica de proporciones inimaginables.

—Pero la batalla dista de haber concluido —recordó Sandecker—. Estados Unidos sólo produce el cincuenta y ocho por ciento del oxígeno que consume, y que principalmente se crea por el placton del océano Pacífico. Debido al aumento del tráfico aéreo y terrestre y de la continua devastación de los bosques y marismas mundiales, dentro de veinte años comenzaremos a quemar más oxígeno del que crea la naturaleza.

Chapman tomó el relevo al almirante:

—Y seguimos frente al problema del envenenamiento químico de los mares. Nos hemos llevado un buen susto, pero lo que podría haber sido la tragedia de las mareas rojas no ha hecho más que demostrar lo críticamente cerca que puede estar la última inhalación de oxígeno para todos los seres vivos del planeta.

—Quizá a partir de ahora no demos por garantizada nuestra reserva de aire —dijo Pitt.

—Ya han pasado dos semanas desde que os pusisteis al frente de la planta de Fort Foureau —dijo Sandecker—. ¿Cómo están las cosas en estos momentos?

—Pues la verdad es que bastante bien —respondió Giordino—. Hemos cortado la entrada de todos los trenes con desechos y tenemos al incinerador solar funcionando día y noche. En treinta y seis horas más, nos habremos librado de todos los contaminantes industriales que Massarde almacenó en las cuevas subterráneas.

—¿Qué se ha hecho con los desechos nucleares? —preguntó Chapman.

Pitt replicó:

—Una vez los ingenieros franceses que habían supervisado la construcción del proyecto se hubieron repuesto de su calvario en Tebezza, les pedí que volvieran. Accedieron y han formado equipos de trabajo con malienses para continuar excavando las cámaras de almacenamiento hasta una profundidad de mil quinientos metros.

—¿Bastará esa profundidad para que los desechos de alto nivel no afecten a los organismos terrestres? El plutonio 239, por ejemplo, tiene una vida media de veinticuatro mil años. Pitt sonrió.

—Sin saberlo, Massarde escogió el lugar perfecto para enterrar los desechos a mucha profundidad. En esta parte del Sahara, las formaciones geológicas son muy estables. La capa rocosa lleva cientos de millones de año sin sufrir alteraciones. Nos encontramos lejos de la capa superficial y muy por debajo de las corrientes subterráneas. Nadie volverá a tenerse que preocupar nunca por los efectos de los desechos sobre la vida en el planeta.

—¿En qué clase de recipientes se guardarán los desechos dentro de las cámaras subterráneas?

—Los criterios de seguridad impuestos por los expertos franceses son sumamente estrictos. Antes de almacenarlos bajo tierra, los desechos serán metidos en cilindros de acero inoxidable con cemento. Esto será envuelto por una capa de asfalto y hormigón y, por último, en torno a los contenedores y sobre ellos, se echará una gruesa capa de cemento.

Chapman sonrió de oreja a oreja.

—Te felicito, Dick. Has montado un vertedero nuclear de cinco estrellas.

—Hay otra noticia que te interesará —dijo Sandecker—. Unas visitas por sorpresa de expertos internacionales en contaminación detectaron graves deficiencias en las medidas de seguridad de las plantas de desechos de Massarde en los desiertos de Mojave y el Gobi, y nuestro gobierno y el de Mongolia las han clausurado.

—Las instalaciones del interior de Australia también fueron clausuradas —añadió Chapman.

Pitt se retrepó en su asiento y suspiró.

—Me alegro de saber que Massarde ya está fuera del negocio de la destoxificación.

—Hablando del Escorpión —intervino Giordino—. ¿Qué tal está?

—Ayer lo enterraron en Trípoli —replicó Sandecker—. Según agentes de la CIA, poco antes de morir enloqueció e intentó almorzarse a un médico.

—Un final perfecto —murmuró Giordino, sardónico.

—Por cierto —dijo Sandecker—. El presidente os envía saludos y su agradecimiento más cordial. Dice que va a concederos una citación especial al mérito por vuestra hazaña.

Pitt y Giordino se miraron entre sí y se encogieron indiferentemente de hombros.

Sandecker decidió hacer caso omiso de la falta de respeto.

—Quizá os interese saber que, por primera vez en dos décadas, nuestro Departamento de Estado trabaja conjuntamente con el nuevo parlamento maliense. La mejora de relaciones se debe principalmente al hecho de que hayáis entregado todos los beneficios del proyecto al gobierno, para impulsar sus programas sociales.

—Me pareció lo más adecuado, ya que nosotros no podíamos aprovecharnos —dijo Pitt, benévolo.

—¿Hay alguna posibilidad de un golpe militar? —quiso saber Gunn.

—Desaparecido Kazim, su camarilla de altos oficiales se desmembró. Del primero al último, se pusieron de rodillas y juraron sempiterna lealtad a los líderes del nuevo gobierno.

—Ya ha pasado casi un mes desde la última vez que vimos vuestras feas caras en persona —sonrió Sandecker—. El trabajo en el Sáhara ya ha terminado. ¿Cuándo os volveremos a ver por Washington?

—Después de la temporada que hemos pasado aquí, hasta el barullo y el ajetreo de la capital nos parecerán estupendos —murmuró Giordino.

—Una semana de vacaciones nos vendría estupendamente —dijo Pitt seriamente—. Tengo que hacer un envío a casa y ocuparme de ciertas cuestiones personales. Además, hay cierta cuestión histórica que me agradaría investigar aquí, en el desierto.

—¿El Texas?

—¿Cómo lo sabe?

—St. Julien Perlmutter me lo susurró al oído.

—Le agradecería que me hiciese un favor, almirante. Sandecker condescendiente se encogió de hombros. —Supongo que os debo un poco de tiempo libre.

—Por favor: arregle que Julien vuele a Malí cuanto antes. Sandecker miró a Pitt con sarcasmo.

—Julien pesa unos ciento ochenta kilos. No encontrarás un camello capaz de cargar con él.

—Y mucho más difícil te será convencerlo de que camine sobre la arena ardiente y bajo el sol achicharrante —intervino Gunn.

Desde el monitor, Pitt les dirigió una sonrisa irónica.

—O mucho me equivoco, o lo único necesario para que Julien camine veinte pasos por el desierto, es una botella de Chardonnay bien frío.

—Antes de que se me olvide —intervino Sandecker—. Los australianos están entusiasmados por el descubrimiento de Kitty Mannock y su avión. Según los periódicos de Sydney, Giordino y tú sois héroes nacionales.

—¿Piensan recuperar el cadáver y el aparato?

—Un rico hacendado de la ciudad de Kitty ha decidido financiar la operación. Se propone restaurar el avión y exhibirlo en un museo de Melbourne. Mañana un equipo de recuperación llegará al lugar que vosotros señalasteis.

—¿Y Kitty?

—La llegada de su cuerpo se convertirá en una fiesta nacional. El embajador australiano me comentó el éxito con que se está llevando a cabo una colecta para alzar un monumento sobre el lugar elegido para enterrarla.

—Nuestro país también debería contribuir. Especialmente, los Estados del Sur.

—¿Cuál es nuestra relación con ella? —preguntó Sandecker con curiosidad.

—Kitty nos conducirá hasta el Texas —replicó Pitt, totalmente serio.

Sandecker miró con desconcierto a los hombres de la NUMA sentados en torno a la mesa. Luego se volvió de nuevo hacia la imagen de Pitt en el monitor y dijo:

—A todos nos gustaría saber cómo puede conseguir algo así una mujer que lleva muerta sesenta y cinco años.

—En los restos del avión encontré su cuaderno de bitácora —replicó lentamente Pitt—. En él, Kitty describe cómo, en sus últimos días, descubrió una nave, un barco de la Confederación enterrado en el desierto.

 

61

 

—¡Buen Dios! —exclamó Perlmutter, mirando a través del parabrisas del helicóptero a turbina el terreno sin vida que estaban sobrevolando—. ¿Todo esto lo recorristeis a pie?

—En realidad, esta sección del desierto la surcamos en nuestro velero de tierra —replicó Pitt—. Ahora volamos en dirección inversa a la de nuestro recorrido.

Perlmutter había llegado a Argel en un reactor militar, y luego tomó un avión comercial hasta la pequeña ciudad de Adrar, en el desierto del sur de Argelia. Allí, poco después de medianoche, Pitt y Giordino lo recogieron y acompañaron a bordo de un helicóptero que les habían prestado los franceses del equipo constructor de Fort Foureau.

Tras repostar combustible, tomaron rumbo sur, y al poco de amanecer divisaron el velero de tierra, caído de costado, en el mismo sitio donde lo habían dejado después de que el camionero árabe los rescatase. Aterrizaron, desmantelaron la vieja ala, los cables y las ruedas que les habían salvado la vida, y ataron las piezas a los patines de aterrizaje del helicóptero. Luego, con Pitt sentado frente los mandos, despegaron y volaron en dirección al barranco en el que estaba el avión perdido de Kitty Mannock.

Durante el vuelo, Perlmutter fue leyendo la copia hecha por Pitt del cuaderno de bitácora de Kitty. El hombre comentó, admirado:

—Era toda una mujer. En las peores condiciones, con sólo unos sorbos de agua, y teniendo un tobillo roto y una rodilla dislocada, recorrió casi dieciséis kilómetros.

—Y eso fue sólo la ida —le recordó Pitt—. Tras encontrar el barco en el desierto, volvió a su avión.

—Sí, aquí lo dice —replicó Perlmutter, que leyó en voz alta:

 

Miércoles, 14 de octubre. El calor es terrible. Me siento cada vez más débil. Seguí el barranco hacia el sur, hasta que al fin me condujo al amplio cauce seco de un río, calculo que a unas diez millas del avión. Me cuesta mucho dormir, a causa del frío nocturno. Esta tarde encontré un extraño barco semienterrado en el desierto. Creí que se trataba de una alucinación, pero cuando toqué el hierro de su casco comprendí que era real. Entré por la portilla de un viejo cañón y pasé la noche en el interior. Al fin un refugio.

 

Jueves, 15 de octubre. Registré el interior del barco. La oscuridad me impidió ver gran cosa. Encontré los restos de la tripulación. Muy bien conservados. A juzgar por el aspecto de sus uniformes, deben de llevar muertos muchos años. Pasó un avión, pero no vio el barco y yo no pude salir a tiempo de hacerle señas. El aparato iba en dirección al lugar donde tuve el accidente. Aquí nunca me encontrarán, así que he decidido regresar a mi avión, por si ya lo han descubierto. Ahora me doy cuenta de que fue un error ponerme en camino. Aunque encuentren mi avión, no podrán seguir mis huellas en la arena, ya que el viento las habrá borrado. El desierto tiene sus propias reglas de juego y yo no puedo vencerlo.

Perlmutter hizo una pausa y alzó la vista del papel.

—Eso explica por qué encontraste el cuaderno bitácora con las anotaciones de Kitty en el lugar del accidente. Regresó con la vana esperanza de que los aviones de reconocimiento hubieran encontrado su aparato.

—¿Cuál es su última anotación? —preguntó Giordino. Perlmutter volvió una página y continuó leyendo:

 

Domingo, 18 de octubre. Regresé al avión, pero no hay rastro de un equipo de rescate. Mi situación es desesperada. Si me encuentran cuando ya sea demasiado tarde, ruego perdón por el dolor y la preocupación que he causado. Un beso para mis padres. Díganles que intenté morir valerosamente. No puedo seguir escribiendo, pues mi cerebro ya no controla mi mano.

 

Al acabar la lectura, los tres hombres experimentaron una honda sensación de tristeza y melancolía. Todos estaban conmovidos ante la lucha épica de Kitty por sobrevivir. Aunque se trataba de hombres muy duros, les costó un esfuerzo contener las lágrimas.

—Kitty hubiera podido enseñarles a muchos hombres lo que significa la palabra coraje—. Comentó Pitt con voz grave.

Perlmutter asintió con la cabeza.

—Gracias a su entereza, puede que logremos resolver otro gran misterio.

—Nos dio una pista clarísima —admitió Pitt—. Cuanto debemos hacer es seguir el barranco hasta llegar a un viejo cauce seco, y comenzar la búsqueda del barco a partir de allí.

 

Dos horas más tarde, el equipo de rescate australiano que estaba desmontando cuidadosamente los viejos restos del avión de Kitty Mannock detuvo su trabajo al escuchar ruidos de rotores. Momentos después, sobre el barranco en que yacía el aparato, pudieron ver un helicóptero a cuyos patines de aterrizaje estaban sujetos un ala y el tren de aterrizaje del aeroplano. Una sonrisa de satisfacción se extendió por los rostros de todos los australianos.

Manejando con suavidad los controles, Pitt hizo posarse el aparato en el terreno llano que había encima del barranco, evitando así envolver a los trabajadores y su equipo en un tornado de polvo y arena. Cortó el encendido y miró la hora. Eran las nueve menos veinte de la mañana, y faltaban dos horas para el momento más tórrido del día.

St. Julien Perlmutter removió su corpachón en el asiento del copiloto preparándose para salir.

—Yo no estoy hecho para estos cacharros —gruñó, al tiempo que recibía la bofetada del calor sahariano al salir del climatizado interior del helicóptero.

—Caminar es mucho más incómodo —dijo Giordino, echando un vistazo al terreno familiar—. Y créame, lo digo por experiencia.

Un australiano alto y musculoso de rostro curtido subió desde el fondo del barranco y fue hacia ellos.

—Hola. Usted debe de ser Dirk Pitt.

—Yo soy Al Giordino; él es Pitt.

El hombre se dirigió a Pitt.

—Soy Ned Quinn y estoy al mando de la operación de rescate del aeroplano.

—Pitt hizo una mueca cuando la inmensa manaza de Quinn trituró la suya. Frotándose los nudillos, el norteamericano dijo:

—Hemos traído las partes del avión de Kitty Mannock que tomamos prestadas hace unas semanas.

—Se lo agradezco mucho. —La voz de Quinn era rasposa como la lija—Lo de usar el ala para navegar por el desierto fue toda una ocurrencia.

—St. Julien Perlmutter —se autopresentó Perlmutter. Quinn se palmeó el prominente abdomen que sobresalía por encima de los pantalones de trabajo.

—Parece que los dos le damos a la comida y a la bebida, Mister Perlmutter.

—¿No tendrán ustedes por casualidad cerveza australiana?

—¿Le gusta nuestra cerveza?

—En mi casa guardo una caja de Castlemaine, de Brisbane, para las ocasiones especiales.

Sumamente impresionado, Quinn replicó:

—Castlernaine no tenemos; pero puede ofrecerle una botella de Fosters.

—No sabe cuánto se lo agradecería —dijo sinceramente Perlmutter, cuyas glándulas sudoríparas estaban comenzando a rezumar.

Quinn fue hasta la cabina de un camión con remolque de plataforma y, de una nevera portátil, sacó cuatro botellas que luego repartió entre todos.

—¿Cuándo calculan terminar? —preguntó Pitt, abandonando el tema cervecero.

Quinn se volvió hacia la grúa portátil que se disponía a elevar hasta el camión el antiguo aeroplano.

—En dos o tres horas lo tendremos cargado y asegurado, y emprenderemos el regreso a Argelia.

Pitt sacó un envoltorio del bolsillo de su camisa y se lo tendió a Quinn.

—Es el cuaderno de bitácora de Kitty. Lo utilizó para reseñar su último vuelo y sus trágicos días finales. Lo cogí a fin de utilizarlo como referencia para encontrar algo que ella descubrió en sus últimas horas. Supongo que a Kitty no le hubiese importado.

—Estoy seguro de que no —replicó Quinn, señalando con un movimiento de cabeza hacia el ataúd de madera envuelto en la bandera australiana con la cruz de San Jorge y las estrellas de la Cruz del Sur—. Mis compatriotas están en deuda con usted y Míster Giordino por aclarar el misterio de la desaparición de Kitty y lograr que su cuerpo vuelva a casa.

—Lleva demasiado tiempo fuera de ella —dijo suavemente Perlmutter.

—Sí —asintió Quinn, con un matiz de respeto en su rasposa voz—. Sí lo lleva.

Para satisfacción de Perlmutter, antes de despedirse, Quinn insistió en meter en el helicóptero diez botellas de cerveza. Uno por uno, los australianos subieron desde el fondo del barranco para estrechar la mano a Pitt y Giordino y expresarles su más sentido agradecimiento. Una vez el helicóptero a turbinas estuvo en el aire, Pitt describió un círculo en torno al avión, como último homenaje, y luego comenzó a sobrevolar el camino recorrido por Kitty hacia el legendario barco del desierto.

Volando en línea recta sobre el sinuoso barranco que a Kitty le costó recorrer varios días de agonía, el helicóptero llegó al antiguo cauce fluvial en menos de doce minutos. Lo que en el pasado fue un caudaloso río rodeado de una vegetación tupida se había convertido en un ancho v desierto cauce que discurría entre arenas inestables.

—El Oued Zarit —anunció Perlmutter—. Es difícil creer que tiempo atrás fuera una importante vía fluvial.

—Oued Zarit —repitió Pitt—. Así lo llamó el viejo buscador de oro norteamericano. Dijo que había comenzado a secarse hace unos ciento treinta años.

—Cierto. Investigué viejos informes franceses sobre la zona. Cerca de aquí hubo un puerto en el que las caravanas comerciaban con mercaderes que llegaban en sus flotas fluviales. No hay modo de saber cuál fue su emplazamiento, pues la arena lo cubrió poco después de que empezase la inacabable sequía y de que el agua desapareciese bajo la arena.

—La teoría es que el Texas navegó río arriba y quedó atascado al secarse el río —dijo Giordino.

—No se trata de una teoría. En mis investigaciones, encontré la declaración que tal un tal Beecher hizo en su lecho de muerte. Juraba ser el único superviviente de la tripulación del Texas e hizo una detallada descripción del viaje final del barco, a través del Atlántico, y por un afluente del Níger en el que terminó encallado.

—¿Cómo puede estar seguro de que no se trataba del delirio de un agonizante? —preguntó Giordino.

—Su historia era demasiado detallada para no creerla —afirmó tajantemente Perlmutter.

 

 

62

 

Con la vista en el lecho del cauce seco, Pitt redujo la velocidad del helicóptero.

—El buscador también dijo que el Texas llevaba a bordo el oro de la agonizante Confederación.

Perlmutter asintió con la cabeza.

—Beecher también mencionó el oro. Además me facilitó una pista inquietante que me condujo a los papeles secretos y aún por abrir de Edwin Stanton, el secretario de Guerra...

—Parece que tenemos algo —le interrumpió Giordino, señalando hacia abajo a través del parabrisas—. Ahí a la derecha, esa gran duna...

—¿La que tiene en lo alto una enorme roca? —preguntó Perlmutter, cuya voz reflejaba una creciente excitación.

—La misma.

—Prepara el gradiómetro Schonstedt que Julien trajo desde Washington —ordenó Pitt a Giordino—. En cuanto lo tengas listo, sobrevoloré la duna.

Rápidamente, Giordino desempaquetó el detector de metales, verificó las conexiones de la batería, y conectó el lector de mediciones.

—Listo para soltar el sensor.

—Muy bien: voy hacia la duna a una velocidad de diez nudos —replicó Pitt.

Giordino dejó caer el sensor al extremo de un cable conectado al gradiómetro, hasta que quedó colgando diez metros por debajo de la panza de la aeronave. Luego, él y Perlmutter observaron atentamente el dial indicador. A medida que el helicóptero se aproximaba a la duna, la aguja fluctuó y comenzó a sonar un leve zumbido. De pronto, la aguja saltó al otro extremo del dial, cuando, en el sensor, la polaridad magnética pasó del positivo al negativo. Al mismo tiempo, el zumbido se convirtió en un agudo chirrido.

—Marca el máximo —gritó Giordino con júbilo—. Ahí hay una masa de hierro como una catedral.

—Las lecturas podrían proceder de esa gran roca circular que corona la duna —previno Perlmutter—. Por estos contornos, el mineral de hierro abunda.

—¡No es una roca! —exclamó Pitt—. Es la parte alta de una chimenea oxidada.

—Mientras Pitt sobrevolaba la duna, nadie supo decir las palabras adecuadas. Hasta aquel momento todos, en el fondo, ha—

bían dudado de que el barco existiera. Pero ahora cualquier in—certidumbre había desaparecido. —Definitivamente, habían redescubierto al Texas.

 

 

62

 

La primera reacción de alegría y entusiasmo no tardó en ser sustituida por la decepción. Un examen más detenido mostró que, exceptuando los dos metros de chimenea, todo el barco estaba cubierto por la arena. Tardarían días en retirarla a paletadas y, por tanto, en poder llegar al interior.

—Desde que Kitty estuvo aquí hace sesenta y cinco años, la duna ha avanzado hasta cubrir la casamata —murmuró Perlmutter—. El barco está demasiado hundido para que podamos penetrar en él. Para abrir una entrada se necesitaría maquinaria de excavación pesada.

—Yo creo que hay otro modo —dijo Pitt.

Contemplando el descomunal tamaño de la duna, Perlmutter negó con la cabeza.

—A mí me parece imposible.

—Un ventilador —exclamó Giordino, como si se le hubiese encendido una bombilla sobre la cabeza—. Como quitar el polvo a soplidos, sólo que a lo bruto.

—Me has leído el pensamiento —río Pitt—. Colocamos el helicóptero encima, y que el aire de los rotores quite la arena.

—Yo creo que es una idea bastante peregrina —gruñó Perlmutter, pensativo—. No podrás ejercer la suficiente presión hacia abajo para quitar tanta arena; lo único que conseguirás es que el helicóptero ascienda.

—Las laderas de la duna son muy empinadas —apuntó Pitt—. Si podemos rebajar tres metros de la cima, dejaremos al descubierto la parte alta de la casamata.

Giordino se encogió de hombros.

—Por probar, no se pierde nada.

—Lo mismo digo.

Pitt detuvo el helicóptero sobre la duna, aplicando sólo la energía suficiente para mantener el aparato suspendido en el aire. La fuerza del viento de los rotores arremolinó la arena de abajo en un frenético torbellino. Mantuvo el helicóptero en ese lugar durante diez, veinte minutos. No veía nada, pues la artificial tempestad de arena ocultaba totalmente la duna.

—¿Cuánto tiempo vamos a seguir así? —pregruntó Giordino—. Toda esta arena no les está haciendo ningún favor a las turbinas.

—Reventaré los motores si es necesario —replicó Pitt, con la tozudez de una mula.

Perlmutter comenzó a tener visiones de los buitres locales pegándose un festín de diez días con su amplio corpachón. Era totalmente pesimista con respecto a la loca ocurrencia de Pitt y Giordino. No obstante, permaneció en silencio, sin entrometerse.

Al fin, transcurridos treinta minutos, Pitt hizo elevarse el aparato y lo desplazó hacia un lado de la duna. La arena y el polvo comenzaron a posarse bajo la atenta mirada de los tres hombres. Los siguientes minutos se hicieron interminables. De repente Perlmutter lanzó una exclamación por encima del ruido de los rotores.

—¡Lo conseguimos!

—¿Qué ves? —gritó Pitt, cuyo asiento se encontraba en el lado del aparato opuesto a la duna.

—Placas de hierro y remaches de lo que parece la cabina del piloto.

Pitt elevó el aparato para no levantar más arena. La nube había terminado por posarse, dejando al descubierto la caseta del piloto y unos dos metros cuadrados de cubierta por encima de la casamata. Era tan insólito ver un barco hundido en el desierto, que el Texas parecía un monstruoso insecto salido de una película de ciencia ficción.

El helicóptero tomó tierra y diez minutos más tarde, Pitt y Giordino estaban ayudando al jadeante Perlmutter a encaramarse a la parte superior del buque. La cabina del piloto estaba totalmente al descubierto, y a los tres hombres les pareció como si unos ojos les espiaran desde el otro lado de las mirillas.

Sólo había una ligera película de orín sobre la gruesa plancha de hierro que protegía la madera de la casamata. Las huellas de los cañonazos unionistas eran perfectamente visibles en el blindaje.

La escotilla de entrada a la pequeña estructura estaba enealiada, pero ante la fortaleza de Pitt, los músculos de Giordino y el peso de Perlmutter terminó cediendo, no sin un gemido de agonía. Los tres contemplaron la escalera que descendía al interior y se miraron entre sí.

—Creo que el honor te corresponde a ti, Dick, ya que tú nos has traído.

Giordino se quitó su mochila y sacó de ella tres linternas de enorme potencia, capaces de iluminar una cancha de baloncesto. El interior del viejo barco los llamaba, así que Pitt encendió su linterna y comenzó a bajar por la escalera.

La arena que había entrado por las mirillas cubría el suelo hasta la parte alta de las botas de Pitt. El timón permanecía inmóvil, congelado en el tiempo, como aguardando pacientemente a un piloto espectral. Los únicos objetos visibles eran un juego de tubos fónicos de comunicación y un alto taburete caído en un rincón y cubierto de arena. Por un momento, Pitt vaciló ante la escotilla abierta que daba a la cubierta de cañones. Luego aspiró profundamente y se deslizó en la oscuridad de abajo.

En cuanto sus pies hicieron contacto con la madera del suelo, Pitt, en cuclillas, movió la linterna en círculo, iluminando hasta el último rincón del enorme habitáculo. Los grandes cañones Blakely de cien libras, y los dos de nueve pulgadas y sesenta y cuatro libras permanecían semienterrados en la arena que había entrado por las portillas abiertas. Pitt fue hasta uno de los Blakely, que seguía sólidamente montado sobre su enorme soporte de madera. El norteamericano había visto fotos de la Guerra de Secesión tomadas por Mathew Brady, en las que aparecían cañones navales, pero nunca imaginó que tuvieran semejante tamaño. No pudo por menos de sentir una profunda admiración hacia la fortaleza de los hombres que los manejaron.

En la cubierta de cañones la atmósfera era opresiva, pero sorprendentemente fresca. Salvo por los cañones, el lugar estaba también extrañamente vacío. No había cubos contra incendio, ni escobillones, ni proyectiles. Nada ensuciaba el suelo. Era como si hubieran vaciado el barco para una revisión en el dique seco. Pitt se volvió hacia Perlmutter, que bajaba trabajosamente por la escalera, guiado por Giordino.

—Qué raro —dijo Perlmutter, mirando en torno—. ¿Me engaña la vista, o este sitio está tan vacío como un mausoleo?

Pitt sonrió.

—Tu vista está perfectamente.

—Parece que la tripulación hubiera debido dar a esto un cierto aire de vivido —murmuró Giordino.

—Los hombres y los cañones de este puente batieron a media flota unionista —exclamó Perlmutter—. Muchos murieron aquí. Resulta absurdo que no haya ni rastro de su existencia.

Kitty Mannock mencionaba haber visto cadáveres —le recordó Giordino.

—Deben de estar abajo —dijo Pitt. Dirigió el haz de su linterna hacia una escalera que descendía al casco del barco. Sugiero que comencemos por los alojamientos delanteros de la tripulación y luego vayamos hacia atrás, a través de la sala de máquinas y hasta los alojamientos de oficiales, a babor.

Giordino asintió con la cabeza.

—Buena idea.

Avanzaron por la desierta nave en sobrecogido silencio. Saber que se encontraban en el único barco completamente intacto de la Guerra de Secesión, con los restos de la tripulación aún a bordo, producía en ellos un sentimiento casi supersticioso de reverencia. Pitt se sentía como en el interior de una casa encantada.

Cuando llegaron al alojamiento de los tripulantes se detuvieron en seco. El compartimento era un panteón. Había más de cincuenta cadáveres, congelados en las posturas en que los sorprendió la muerte. Muchos fallecieron tumbados en sus catres. Aunque contaban con el agua potable procedente de la menguada corriente del río, los estómagos encogidos de los cadáveres momificados eran un testimonio gráfico del hambre que debieron pasar después de que se les terminase la comida. Unos cuantos estaban de bruces sobre una mesa, otros, caídos en el suelo. Los cuerpos habían sido despojados de casi todas sus ropas. No había ni rastro de sus zapatos, ni de sus baúles, ni de sus pertenencias personales.

—Los dejaron limpios —murmuró Giordino.

—Los tuaregs —dijo Perlmutter—. Beecher contaba que unos bandidos del desierto, como él los llamaba, habían asaltado el barco.

—Debían de ser suicidas para atreverse a atacar con mosquetones y lanzas a un buque de guerra.

—Buscaban el oro. Según Beecher, el capitán utilizó el oro de la tesorería confederada para comprar comida a las tribus del desierto. Probablemente, en cuanto corrió la voz, los tuaregs hicieron un par de frustradas intentonas de asalto contra el barco hasta que espabilaron y decidieron ponerle sitio, cortándoles la comida y los abastecimientos. Luego esperaron a que la tripulación muriese de hambre, tifus o malaria. Cuando desaparecieron todos los indicios de resistencia, los tuaregs subieron a bordo y saquearon el barco, llevándose el oro y todo cuanto pudieron cargar. Después de sufrir el expolio de cada tribu nómada que ha pasado por aquí año tras año, lo único que queda son los cadáveres y los cañones, que eran excesivamente grandes para que se los llevaran.

—Así que podemos olvidar el oro —dijo pensativamente Pitt—. Despareció hace mucho tiempo.

Perlmutter asintió.

—Hoy no nos haremos ricos.

Como seguir en el compartimiento de los muertos no resultaba nada apetecible, siguieron adelante y entraron en la sala de máquinas. Las carboneras seguían llenas de carbón, y junto a las escotillas colgaban palas. Al no haber humedad, apenas se habían producido corrosión, y el latón de las válvulas y los mandos aún relucía tenuemente bajo la luz de las potentísimas linternas. Salvo por el polvo, los motores y calderas parecían encontrarse en perfecto esto de funcionamiento.

El haz de una de las linternas reveló el cadáver de un hombre sentado a un pequeño escritorio, sobre el que había caído de bruces. Aprisionado por una mano, y junto a un tintero que se volcó cuando la muerte le sobrevino, había un papel amarillento. Pitt lo cogió con todo cuidado y lo leyó a la luz de su linterna.

 

He cumplido con mi deber hasta agotar mis fuerzas. Dejo a mis queridas y leales máquinas en perfectas condiciones. Nos han traído fielmente a través del océano, sin fallar una sola vez, y son tan potentes como el día en que fueron instaladas en Richmond. Las lego al próximo jefe de máquinas, para que vuelva a usar este buen barco contra los odiados yanquis. Dios salve a la Confederación.

Angus O'Hare Jefe de máquinas del Texas.

—He aquí un hombre valeroso —dijo aprobadoramente Pitt.

—Ahora ya no los hacen así —estuvo de acuerdo Perlmutter.

Abandonando al jefe de máquinas O'Hare, pasaron entre los motores gemelos y las calderas hasta llegar a un corredor que conducía al comedor de oficiales y a los camarotes, donde encontraron otros cuatro cadáveres desnudos, todos ellos yaciendo en los jergones. Tras echarles un rápido vistazo, los tres hombres siguieron adelante, hasta detenerse ante una puerta de caoba.

—El camarote del capitán —dijo Pitt.

Perlmutter asintió.

—El capitán de fragata Mason Tombs. Por lo que he leído de la audaz lucha del Texas desde Richmond hasta el Atlántico, Tombs debía de ser todo un tipo.

Pitt apartó de su mente un sobrecogimiento de temor, hizo girar el tirador de la puerta y la abrió. De pronto, Perlmutter aferró el brazo de Pitt.

—¡Aguarda!

Pitt miró a Perlmutter, sorprendido.

—¿Por qué? ¿De que tienes miedo?

—Creo que estamos a punto de descubrir algo que sería mejor que permaneciese oculto.

—No puede ser nada peor de lo que ya hemos visto —arguyó Giordino.

—¿Qué nos ocultas, Julien? —quiso saber Pitt.

—Es que... No os dije lo que descubrí en los documentos secretos de Edwin Stanton.

—Ya nos lo contarás luego —murmuró Pitt, impaciente. Apartándose de Perlmutter, dirigió el haz de su linterna hacia el interior traspasando el umbral por fin.

Comparado con los de los barcos de guerra actuales, el camarote parecía pequeño y atestado, pero los barcos fluviales no estaban construidos para largas travesías. En sus recorridos por los ríos y afluentes confederados, rara vez pasaban más de un par de días sin tocar puerto.

Como en los demás camarotes, todos los objetos y muebles que no estaban fijados al barco habían desaparecido. Los tuaregs, que carecían de habilidad para manejar herramientas, habían desechado lo que no estaba suelto. El camarote del capitán conservaba las estanterías y un barómetro empotrado que estaba roto. Sin embargo, por algún motivo inexplicable, y como en el caso del taburete caído en la caseta del piloto, los tuaregs habían dejado atrás una mecedora.

La luz de las linternas reveló dos cadáveres. Uno yacía en un jergón, y el otro parecía dormitar en la mecedora. El del jergón estaba desnudo y tendido de costado, en la posición en que lo dejaron los tuaregs tras despojarlo de sus ropas y arramblar con las de cama y colchón. Una mata de pelo rojizo seguía cubriéndole la cara y el rostro.

Giordino se acercó a Pitt y observó detenidamente al ocupante de la mecedora. Bajo la brillante luz de las linternas, la piel tenía un tono parduzco, y la misma textura de cuero del cadáver de Kitty Mannock. El seco calor del desierto también lo había momificado. El cuerpo continuaba cubierto por una anticuada prenda interior de una sola pieza.

Aunque estaba sentado, se advertía que el hombre había sido muy alto. Tenía barba, y el rostro era sumamente enjuto, de orejas prominentes. Los ojos estaban cerrados, como si simplemente estuviera durmiendo, las cejas pobladas, trazaban una línea extrañamente corta, llegando sólo a los bordes exteriores de los ojos. El pelo y la barba eran negros, con sólo unas pocas canas.

—Este tipo es la viva imagen de Lincoln —comentó casualmente Giordino.

—Es Abraham Lincoln —dijo sobriamente Perlmutter desde el umbral. Poco a poco, se dejó caer hasta el suelo, deslizando la espalda contra la pared, como una ballena posándose en el fondo del mar. Sus ojos, que parecían haber entrado en un trance hipnótico estaban clavados en el cadáver de la mecedora.

Pitt miró a Perlmutter con preocupación y evidente escepticismo.

—Para ser un renombrado historiador, dices cosas muy raras, ¿no te parece?

Giordino se arrodilló junto a Perlmutter y le ofreció una botella de agua.

—Quizá el calor le esté afectando a los sesos, amigo. Perlmutter rechazó el agua con un ademán.

—Dios bendito, yo mismo no lograba creérmelo. Pero lo que dijo en sus papeles secretos el secretario de Guerra de Lincoln, Edwin McMasters Stanton, era la pura verdad.

—¿Qué verdad? —preguntó Pitt, intrigado.

El historiador vaciló y al fin, en un susurro, dijo: —Lincoln no murió asesinado por John Wilkes Booth en el teatro Ford. Está aquí, sentado en esta mecedora.

 

 

63

 

Incapaz de asimilar las últimas palabras, Pitt miró a Perlmutter.

—El asesinato de Lincoln es uno de los acontecimientos mejor documentados de la historia norteamericana. En el teatro había más de un centenar de testigos. ¿Cómo puedes decir que no sucedió?

Perlmutter se encogió ligeramente de hombros.

—El suceso ocurrió como se cuenta, sólo que fue una farsa planeada y montada por Stanton, utilizando a un actor parecido a Lincoln y adecuadamente maquillado. Dos días antes del falso asesinato, los confederados capturaron al verdadero Lincoln y lo llevaron a escondidas a través de las líneas unionistas hasta Richmond, donde lo retuvieron como rehén. Esta parte de la historia está respaldada por otra confesión en el lecho de muerte: la del capitán de la caballería confederada responsable de la captura.

Pitt miró pensativamente a Giordino, y de nuevo a Perlmutter,

—El nombre de ese capitán de la caballería sudista... ¿no sería Neville Brown?

Perlmutter se quedó boquiabierto.

—¿Cómo lo sabes?

—Nos tropezamos con un viejo buscador de tesoros norteamericano que andaba en busca del Texas y de su oro. Nos habló de la historia de Brown.

Giordino parecía inmerso en una pesadilla.

—Creímos que era un cuento chino —dijo.

—Pues no, no lo era —replicó Perlmutter, incapaz de apartar la vista del cadáver—. El responsable del plan de secuestro fue un ayudante del presidente confederado Jefferson Davis. Era un intento desesperado de salvar lo que quedaba del Sur. Grant estaba cerrando el nudo en torno a Richmond, y Sherman marchaba hacia el norte para atacar por retaguardia al ejército de Virginia del general Lee. La guerra estaba perdida y todos los sabían. El odio que existía en el Congreso hacia los Estados secesionistas no era ningún secreto. Davis y su gobierno estaban seguros de que el Norte les haría pagar un inmenso precio en cuanto la derrota de la Confederación se consumase. El ayudante, del que no consta el nombre, hizo la descabellada propuesta de capturar a Lincoln y retenerlo como rehén, a fin de obtener mejores condiciones en la rendición.

—Realmente, no era mala idea —dijo Giordino, sentándose en el suelo para dar un descanso a sus pies.

—Sólo que el viejo y desagradable Edwin Stanton frustró el plan.

—¿Se negó a aceptar el chantaje? —preguntó Pitt.

—No sólo eso —dijo Perlmutter—. En favor de Lincoln hay que decir que había insistido en que Stanton se incorporase a su gabinete como secretario de Guerra. Lo consideraba el mejor dotado para el cargo, pese al hecho de que Stanton detestaba intensamente a Lincoln, al que incluso había calificado de «gorila». Así que, en la captura del presidente, en vez de un desastre, Stanton vio una oportunidad.

—¿Cómo secuestraron a Lincoln?

—Era cosa sabida que el presidente tenía la costumbre de dar un paseo en calesa por los alrededores de Washington casi todos los días. Un contingente de la caballería confederada, que llevaba uniformes unionistas y era mandado por el capitán Brown, atacó a la escolta de Lincoln durante uno de esos paseos, y se llevó al presidente a territorio confederado, al otro lado del río Potomac.

A Pitt le costaba unir todas las piezas. Un acontecimiento histórico en el que hasta entonces había creído como en el Evangelio, se estaba revelando un fraude, y necesitaba hacer uso de toda su fuerza de voluntad para tomarse en serio lo que estaba oyendo.

—¿Cuál fue la reacción inmediata de Stanton al tener noticia del secuestro de Lincoln?

—Para desgracia del presidente, la primera persona a la que los supervivientes de la escolta de Lincoln dieron la noticia fue Stanton. El secretario de Guerra previó el pánico y la indignación que se producirían en el país al saber que el presidente había sido capturado por el enemigo. Rápidamente, cubrió el desastre de una capa de misterio, e inventó una historia que sirviese de tapadera, llegando hasta el extremo de contarle a Mary Todd Lincoln que su marido se encontraba en una visita secreta al cuartel general de Grant, y tardaría varios días en regresar.

—Es difícil creer que no hubiera nadie que se fuera de la lengua —dijo Giordino —con esceptismo.

—Stanton era el hombre más temido de Washington. Si te ordenaba no hablar, o te morías llevándote el secreto a la tumba, o él se ocupaba de que así fuera.

—¿Y la historia no salió a relucir cuando Davis anunció el apresamiento de Lincoln y sus demandas de unos términos de rendición favorables?

—Stanton era astuto. A las pocas horas de la captura de Lincoln, dedujo cuál era el plan confederado. Puso sobre aviso al general unionista al mando de las defensas de Washington, y cuando el emisario de Davis cruzó las líneas de batalla bajo bandera blanca, fue conducido inmediatamente ante Stanton. Ni el vicepresidente Johnson, ni el secretario de Estado William Henry Seward, ni ningún otro miembro del Gabinete tuvieron noticia de lo que ocurría. Secretamente, Stanton rechazó las condiciones del presidente Davis y sugirió que la Confederación le haría un favor a todo el mundo si ahogaba a Lincoln en el río James.

»Al recibir la respuesta de Stanton, Davis quedó abrumado. Podéis imaginar su dilema. Allí está él, con la Confederación derrumbándose a su alrededor. Tiene al líder máximo de la Unión en su poder. Un alto mando del gobierno de Estados Unidos le dice que les importa un bledo, y que, por lo que a ellos respecta, pueden quedarse con Lincoln si quieren. De pronto Davis comenzó a considerar muy posible que los yanquis victoriosos lo ahorcaran. Tenía un gran plan para evitar el derrumbamiento del Sur; pero al mismo tiempo no quería manchar sus manos con la sangre de Lincoln, así que resolvió provisionalmente su dilema ordenando que embarcaran al presidente en el Texas como prisionero. Davis tenía la esperanza de que el buque sorteara el bloqueo de la marina unionista, pusiera a buen recaudo el tesoro de la Confederación y retuviera a Lincoln para utilizarlo como pieza de trueque en futuras negociaciones, una vez estuviera en el poder gente más razonable que Stanton. Lamentablemente, todo salió mal.

—Stanton monta la farsa del asesinato, y el Texas desaparece con toda su tripulación y se le da por perdido —concluyó Pitt.

—En efecto —asintió Perlmutter—. Aunque después de la guerra estuvo preso durante dos años, Jefferson Davis nunca mencionó la captura de Lincoln por miedo a que se desatara la venganza de todo el país contra el Sur, que estaba intentando recuperarse.

—¿Cómo organizó Stanton el asesinato? —preguntó Giordino.

Perlmutter replicó:

—En los anales de Norteamérica quizá no haya historia más extraña que la de la conspiración que, supuestamente, costó la vida a Lincoln. Lo más asombroso es la realidad de los hechos; es que Stanton contratara a John Wilkes Booth para que montara la farsa y actuase en ella. Booth conocía a un actor de la misma estatura y complexión de Lincoln. Stanton confió el secreto al general Grant y juntos divulgaron la mentira de su entrevista con Lincoln aquella tarde, y de que Grant rechazó la invitación de asistir al teatro Ford. Además, los agentes de Stanton drogaron a Mary Todd Lincoln, de modo que cuando el falso presidente apareció para llevarla al teatro Ford, la mujer estaba demasiado aturdida para advertir que no se trataba de su marido, sino de un doble.

»En el teatro, el actor recibió las ovaciones de un público que se encontraba lo bastante lejos del palco presidencial como para no advertir nada raro. Booth cumplió con su papel, disparando realmente contra la nuca del confiado actor, y luego saltó al escenario. Luego, con un pañuelo tapándole la cara para despistar a los mirones, condujeron al pobre impostor al otro lado de la calle, donde murió en una farsa dirigida por Stanton en persona.

—Pero hubo testigos que estuvieron en torno al lecho de muerte del presidente —protestó Pitt—. Médicos militares, miembros del Gabinete, ayudantes de Lincoln...

—Los médicos eran amigos y agentes de Stanton —dijo Perlmutter con cansancio—. Lo que nunca sabremos, porque Stanton no lo contó, es cómo engañaron a los otros.

—¿Y la conspiración para matar al vicepresidente Johnson y al secretario de Estado Seward? ¿También formó parte del plan de Stanton?

—Quitando de en medio a aquellos dos, él hubiera sido el siguiente para acceder a la presidencia. Pero los hombres contratados por Booth fallaron. Aún así, durante las primeras semanas del mandato de Johnson, Stanton actuó como un dictador. El se ocupó de la investigación, del arresto de los conspiradores, y de que el juicio fuese rápido y terminase con ejecuciones. También hizo correr por toda la nación el bulo de que Lincoln había sido asesinado por agentes de Jefferson Davis en un último acto de desesperación de los confederados.

—Y luego Stanton hizo matar a Booth para evitar que hablase —aventuró Pitt.

Perlmutter movió negativamente la cabeza.

—Fue otro hombre el que murió en el famoso granero incendiado. La autopsia y la identificación fueron simples tapaderas. Booth huyó y vivió muchos años hasta que al fin, en 1903, se suicidó en Enid, Oklahoma.

—En algún sitio leí que Stanton había quemado el Diario de Booth —dijo Pitt.

—Es cierto —replicó Perlmutter—. El daño ya estaba hecho. Stanton había creado un clamor de indignación contra el derrotado Sur. Los planes de Lincoln para ayudar a recuperarse a los vencidos fueron enterrados con su doble en una tumba de Springfield, Illinois.

Giordino seguía contemplando el cadáver como si estuviera hipnotizado.

—¿Es posible que esta momia, sentada en una mecedora, dentro de un barco confederado cubierto por una duna, en el centro del Sáhara sea realmente Abraham Lincoln? —preguntó.

—Tengo plena certeza de ello —replicó Perlmutter—. Un examen forense probará su identidad más allá de toda duda. En realidad, supongo que recordaréis que unos ladrones de tumbas forzaron su sepultura; pero fueron detenidos antes de que pudieran robar el cuerpo. Lo que se ocultó fue que los oficiales que prepararon el cadáver para enterrarlo de nuevo descubrieron que se las habían con un sustituto. De Washington llegó la orden de que guardaran absoluto silencio y tomaran medidas para que la tumba no pudiera ser abierta de nuevo. Con la excusa de evitar que otros desalmados violasen la sepultura, sobre los ataúdes de Lincoln y su hijo Tad se vertieron cien toneladas de hormigón. En realidad, se hizo para enterrar todas las pruebas del crimen.

—Supongo que te das cuenta de lo que eso significa, ¿no? —preguntó Pitt.

—¿A qué te refieres?

—Vamos a alterar el pasado —explicó Pitt—. Una vez anunciemos lo que aquí hemos descubierto, el acontecimiento más trágico de la historia de los Estados Unidos será reescrito de modo irrevocable.

Perlmutter miró a Pitt, horrorizado.

—No sabes lo que dices. En el folklore, los libros de historia, las novelas y los poemas norteamericanos, Lincoln es reverenciado como un santo y como un hombre humilde. El asesinato lo convirtió en un mártir al que se rendirá culto durante siglos. Si revelamos la historia del falso asesinato organizado por Stanton, la imagen de Lincoln quedará hecha pedazos, y Norteamérica perderá mucho con ello.

Aunque Pitt estaba agotado su expresión era firme y los ojos le brillaban con resolución.

—No existe hombre más admirado por su honradez que Abraham Lincoln. Nadie lo superó en cuanto al respeto de unos principios morales y éticos. Morir en circunstancias tan turbias y reprobables va contra todos los valores que él representaba. Sus restos se merecen un entierro honesto. Estoy firmemente convencido de que él hubiera deseado que las generaciones futuras del pueblo al que tan fielmente sirvió conocieran la verdad.

—Estoy contigo —afirmó tajantemente Giordino—. Cuando suba el telón de esta farsa, me encontrarás a tu lado.

—Se producirá un clamor enormemente negativo —dijo Perlmutter ahogadamente, como si unas invisibles manos le oprimieran el gaznate—. Por el amor de Dios, Pitt, ¿no te das cuenta? Es preferible que todo este asunto quede en secreto. El país no debe enterarse jamás.

—Hablas como un político arrogante, o un burócrata, de los que juegan a ser Dios y ocultan al pueblo la verdad escudándose en un aberrante concepto de la seguridad nacional, por no mencionar esa tontería de que es algo que va contra los intereses de la nación.

—Así que vas a hacerlo —dijo Perlmutter, con un hilo de voz—. En nombre de la verdad, vas a producir un auténtico terremoto nacional.

—Como los hombres y mujeres del Congreso y la Casa Blanca, subestimas al público norteamericano, Julien. Sabrá encajar el descubrimiento, y la imagen de Lincoln relucirá con más brillo que nunca. Lo siento, amigo mío, no lograrás persuadirme de que me calle.

Perlmutter comprendió que era inútil tratar de disuadir a su amigo. Cruzó las manos sobre su inmenso estómago y lanzó un suspiro.

—De acuerdo: reescribiremos el último capítulo de la Guerra de Secesión y no enfrentaremos juntos al pelotón de fusilamiento.

Pitt contempló la grotesca figura que tenía delante, recorriendo con la vista los larguísimos brazos y piernas, hasta el rostro sereno y cansado. Cuando habló, lo hizo en tono suave y con voz apenas audible.

—Tras permanecer encerrado aquí durante ciento treinta años, creo que ya es hora de que el Honrado Abraham vuelva a casa.

 

 

20 junio, 1996Washington, D.C.

 

 

64

 

Una vez el cadáver fue sacado del Texas y conducido a Washington, la noticia del descubrimiento de Lincoln y de la mentira de Stanton electrificó al mundo. En todas las escuelas de Norteamérica, los niños, como antaño sus abuelos, aprendieron y recitaron la alocución de Gettysburg.

La capital de la nación tiró la casa por la ventana en las celebraciones y ceremonias. El presidente y cuatro ex presidentes rindieron homenaje en la rotonda del Capitolio al ataúd abierto de su remoto predecesor. Los discursos fueron interminables, y los políticos compitieron en citar tanto las frases de Lincoln como las de Carl Sandburg, su principal exégeta.

Los restos mortales del decimosexto presidente no irían a reposar en el cementerio de Springfield. Por orden presidencial, se abrió una tumba ante su famosa estatua de mármol blanco. A nadie, ni siquiera al representante de Illinois en el Congreso, se le ocurrió protestar por la medida.

Se declaró fiesta nacional, y millones de personas de todo el país contemplaron por televisión las celebraciones que tuvieron lugar en Washington. El público permaneció hechizado ante los televisores, contemplando con actitud reverente el rostro del hombre que había conducido al país en sus tiempos más difíciles.

La noticia estuvo en todos los medios desde la mañana hasta la noche, y las programaciones fueron alteradas para darle cabida. Los más prestigiosos presentadores de los informativos se lucieron al máximo describiendo el acontecimiento, mientras otras noticias de calado quedaban relegadas.

En una rara manifestación de consenso, los líderes del Congreso votaron la asignación de fondos para rescatar al Texas y llevarlo de Malí a Washington, donde quedaría permanentemente expuesto al público. Su tripulación fue enterrada en el Cementerio Confederado de Richmond, con gran pompa y mientras una banda interpretaba Dixie.

Kitty Mannock y su avión regresaron a Australia, donde fueron objeto de una entusiasta y tumultuosa recepción. La aviadora recibió sepultura en el Museo Militar de Canberra. Su fiel aeroplano Fairchild, una vez restaurado, sería expuesto junto al Cruz del Sur, el famoso avión de Sir Charles Kingsford—Smith.

Salvo por unas cuantas fotos y algunas gacetillas, las ceremonias en homenaje a Hala Kamil y al almirante Sandecker por haber contribuido a la extinción de la marea roja, pasaron casi totalmente inadvertidas. Entre discurso y discurso, el presidente les hizo entrega de sendas medallas de honor otorgadas por un decreto especial del Congreso. Posteriormente, Hala regresó a Nueva York y a las Naciones Unidas, donde tuvo lugar una sesión especial en su honor. La mujer no pudo evitar estallar en lágrimas al recibir la mayor ovación en los anales de la Asamblea General.

Sandecker regresó tranquilamente a su despacho de la NUMA, siguió haciendo ejercicio en su gimnasio privado y, como si no hubiera pasado nada, comenzó a planear un nuevo proyecto submarino.

El doctor Darcy Chapman y Rudi Gunn fueron propuestos como candidatos para un premio Nobel conjunto, que finalmente no ganaron. Haciendo caso omiso de los clamores sensacionalistas, ambos regresaron al Atlántico Sur para analizar los efectos sobre la vida marina de la gigantesca marea roja. El doctor Frank Hopper se unió a ellos en cuanto, contra el consejo de los médicos salió del hospital. El hombre juró que si estaba ocupado en investigar la marea se recuperaría mucho antes que guardando la cama.

Hiram Yaeger recibió una sustanciosa bonificación de la NUMA y diez días extra de vacaciones pagadas. Se llevó a su familia a Disney World y, mientras su mujer y sus hijos disfrutaban de las atracciones, él asistió a un seminario sobre métodos informáticos de archivo.

Tras cerciorarse de que todos los supervivientes de la ya legendaria batalla de Fort Foureau, así como las familias de los caídos, recibieran medallas al valor y generosos beneficios económicos, el general Hugo Bock decidió dimitir como jefe del Equipo Táctico de la ONU en su momento de mayor éxito. Se retiró a una pequeña aldea de los Alpes bávaros.

Como Pitt había predicho, el coronel Levant fue ascendido a general, recibió una medalla de las Naciones Unidas por sus servicios en favor de la paz, y sustituyó al general Bock al mando del Equipo Táctico.

Tras recuperarse de sus heridas en la casa solariega de su familia en Cornwall, el capital Pembroke—Smythe fue ascendido a comandante y regresó a su antiguo regimiento. Fue recibido por la reina, que le confirió la Orden de Servicios Distinguidos. En la actualidad se encuentra destacado en una unidad especial de comandos.

St. Julien Perlmutter sintió una gran satisfacción al comprobar que, contra su pronóstico, el público norteamericano había encajado perfectamente no sólo la reaparición de su más amado presidente, sino también la revelación del pérfido comportamiento de Edwin Stanton. Perlmutter recibió el homenaje de múltiples organizaciones históricas siendo galardonado con tantas distinciones y premios como para llenar toda una pared de su casa.

Al Giordino logró localizar a la bella pianista que conociera en la mansión flotante de Yves Massarde en el Níger. Por fortuna, la joven estaba soltera y, por alguna razón que al menos a Pitt le resultó inexplicable, Giordino le resultó simpático y aceptó acompañarlo en unas vacaciones para bucear en el mar Rojo.

En cuanto a Dick Pitt y Eva Rojas...

 

 

 

25 junio, 1996, Monterrey, California

 

 

65

 

 

El mes de junio constituía el cenit de la temporada turística en la península de Monterrey. La famosa Avenida de las Diecisiete Millas, entre Monterrey y Carmel, estaba atestada de coches y vehículos de recreo. Los turistas llenaban Cannery Row, comprando unos y disfrutando otros de las delicias de los restaurantes marineros con espléndidas vistas al mar.

Jugaban al golf en Peeble Beach, visitaban Big Sur, y retrataban las puestas de sol desde Point Lobos. Recorrían las bodegas, admiraban los viejos cipreses, y paseaban por las playas, observando con deleite el vuelo de los pelícanos a las estruendosas focas y las olas que rompían.

Después de más de treinta y dos años viviendo en la misma casa de Pacific Grove, los padres de Eva se habían acostumbrado a su espectacular vecindario y no daban importancia al privilegio de vivir en un lugar tan bello de la costa californiana. Sin embargo, cada vez que Eva volvía a casa todo recuperaba su brillo y atractivo. La mujer seguía viendo la península con ojos de adolescente, como una muchacha que contempla por primera vez su primer coche.

Siempre que volvía a casa sacaba a sus padres de su contemplativa y plácida existencia. Sin embargo, este viaje fue distinto. Eva no estaba en condiciones de arrastrarlos a pasear en bicicleta o a nadar en las frescas aguas del Pacífico. Además, lo único que le apetecía era quedarse en casa, presa de la tristeza y la melancolía.

Hacía sólo un par de días que había abandonado el hospital y estaba confinada a una silla de ruedas, recuperándose de las heridas que sufrió en Fort Foureau. Los cuidados y la buena comida habían conseguido que el cuerpo de la joven se recuperase de los estragos del calvario que para ella supuso la estancia en las minas de Tebezza. Incluso había ganado unos kilos de más, que sólo lograría perder mediante el ejercicio una vez las fracturas se uniesen y las escayolas desapareciesen.

Aunque su organismo estaba sanando, su mente se encontraba sumida en la tristeza por la ausencia de noticias de Pitt. La última vez que lo vio fue cuando había sido evacuada a Mauritania desde las ruinas de Fort Foureau, para ser luego trasladada a un hospital de San Francisco. Desde entonces, era como si a Pitt se lo hubiese tragado la tierra. Cuando telefoneó al almirante Sandecker, éste le aseguró que tanto Pitt como Giordino seguían en el Sáhara y no habían regresado a

Washington.

—¿Por qué no me acompañas a jugar al golf? —le preguntó su padre aquella mañana—. Te sentará bien salir de casa. Ella lo miró y no pudo contener una sonrisa al ver el sempiternamente encrespado cabello de su padre.

—No estoy en condiciones de darle a la pelota —replicó.

—Pensé que podía apetecerte montar en el carrito conmigo.

Tras pensarlo por unos momentos, Eva asintió.

—¿Por qué no? —Levantó su brazo sano y meneó los dedos de su pie izquierdo—. Pero sólo si me dejas conducir.

Su madre no dejó de refunfuñar mientras la ayudaba a subir en el «Chrysler» familiar.

—Y como le pase algo a Eva, te vas a enterar de lo que es bueno —amenazó la mujer a su marido.

—Prometo devolverla en el mismo estado en que la encontré —bromeó él.

En el cuarto hoyo del Campo de Golf Municipal de Pacific Grove, cuyas praderas se extendían en torno al faro de Point Pinos, Mr. Rojas lanzó la pelota, y cuando ésta fue a caer en un bunker, el hombre meneó la cabeza y metió el palo en su bolsa.

—Me falta fuerza —murmuró, frustrado.

Sentada al volante del carrito, Eva señaló hacia el banco que había en un cercano mirador colgado sobre el mar.

—¿Te importa que me salte los cinco próximos hoyos, papá?

Hace un día tan bonito que lo que más me apetece es quedarme sentada mirando al mar.

—Como quieras, cariño. Cuando vuelva hacia el club, te recogeré.

El hombre la acomodó lo mejor posible en el banco y luego se alejó en su carrito, seguido por otro en el que iban tres de sus habituales compañeros de golf.

Aunque flotaba una tenue neblina sobre el mar, todo el maravilloso contorno de la costa era perfectamente visible. El océano estaba en calma y las olas se movían tenue y armoniosamente. Eva aspiró el aire saturado de olor marino y contempló con una sonrisa los movimientos de una nutria entre las rocas.

De pronto se oyó el grito de una gaviota. Eva volvió la vista hacia lo alto y giró ligeramente la cabeza, siguiendo el ave; pero lo que sus ojos encontraron fue la figura de un hombre en pie tras el banco.

—Tú, yo, y la bahía de Monterrey —dijo él, suavemente. Por un largo momento, Eva miró atónita a Pitt, que la contemplaba sonriendo con inmenso afecto. En la mujer, la incredulidad dio al fin paso a la dicha. Pitt se sentó junto a ella y la tomó en sus brazos.

—¡Oh, Dick, Dick...! No sabía si vendrías. Temí que entre nosotros todo hubiera terminado...

El la acalló con un largo beso y luego la miró a los ojos, ahora humedecidos por las lágrimas que empezaron a resbalar por las enrojecidas mejillas.

—Debí llamarte; pero... Hasta hace un par de días mi vida ha sido un auténtico caos.

—Estás perdonado —dijo ella, feliz—. Pero... ¿cómo demonios te has enterado de que estaba aquí?

—Tu madre me lo dijo. Simpática mujer. Alquilé un carrito de golf y recorrí las pistas hasta que vi una pobrecilla inválida contemplando el mar melancólicamente.

—Estás loco —exclamó ella, besándolo de nuevo. Pitt la rodeó con sus brazos y la alzó cuidadosamente.

—Ojalá tuviéramos tiempo para quedarnos a mirar las olas; pero debemos irnos. Dios, la verdad es que con tanta escayola, pesas un quintal.

—¿A qué vienen tantas prisas?

—Hemos de hacer el equipaje y tomar un avión —replicó él, depositándola en el carrito de golf.

—¿Avión? ¿Un avión, adónde?

—A una aldea de pescadores en la costa occidental de México.

—¿Vas a llevarme a México? —sonrió ella entre las lágrimas.

—A bordo del barco que he alquilado.

—¿Para hacer un crucero?

—Más o menos —replicó él, sonriente—. Navegaremos hasta un lugar llamado islote de Clipperton, y una vez allí buscaremos un tesoro.

Cuando el carrito estaba llegando al estacionamiento del club, Eva dijo a Pitt:

—Eres el hombre más taimado, trapisondista y fullero que he conocido en mi vi...

La mujer se interrumpió, pues acababan de detenerse junto a un coche de extraño aspecto pintado de color fucsia.

—¿Qué es eso? —preguntó, asombrada.

—Un automóvil.

—Eso ya lo sé; pero... ¿qué clase de automóvil?

—Un Avions Voisin, regalo de mi viejo amigo Zateb Kazim. Ella lo miró con ojos muy abiertos.

—¿Lo hiciste traer desde Malí?

—En un avión de transporte de las Fuerzas Aéreas —replicó él, como sin darle importancia—. El presidente me debía un gran favor, y yo no le pedí más que uno pequeño.

—Pero... Si vamos a coger un avión, ¿dónde piensas dejarlo?

—Convencí a tu madre de que me lo guardara en vuestro garaje hasta el concurso de Peeble Beach, en agosto.

—Eva meneó la cabeza, incrédula.

—Eres incorregible.

Pitt puso las manos dulcemente en torno al rostro de Eva, sonrió, y dijo:

—Por eso soy tan divertido.

 

F I N

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