Libro N°. 3162. Sagrada. Barceló, Elia.
© Libro N°. 3162. Sagrada. Barceló, Elia. Colección
E.O. Octubre 1 de 2016.
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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SAGRADA
Elia Barceló
Nawami
Fang Tai, la implacable y sofisticada asesina al servicio de la Liga
Intergaláctica, tiene por misión matar a la Intocable, la Madre Sagrada, el
oráculo que responde a las preguntas secretas de los habitantes de un lejano
planeta periférico. En su viaje hasta la Puerta de las Ofrendas, Fang Tai
conocerá las leyes, costumbres y leyendas de los kenddhai, por boca de su guía,
el joven arquero Arven; se enfrentará a los poderes telepáticos de las mentes
hillai y se encontrará con la joven Faissa que ha sentido en su mente la
llamada de la anciana Intocable y acude para sustituirla.
AUTOR: BARCELÓ ESTEVE, ELIA
EDITORIAL: Ediciones B.
COLECCIÓN: Nova Nº 19
ISBN: 978-84-406-0812-3
EAN: 9788440608123
AÑO: 1989
Presentación
Demasiadas
veces me he visto en la necesidad de recordar que la ciencia ficción es un
género marcadamente anglosajón y, lo que es peor, que no se trata en absoluto
de un género que se cultive en España con la atención que merece.
Los
aficionados a la ciencia ficción suelen congregarse en torno a las revistas que
ofrecen relatos cortos, noticias y, a veces, comics y señalizaciones de
novelas. Esta faceta estuvo cubierta en el mercado español por la mítica
revista Más Allá que, procedente de Argentina, desarrolló su labor en la década
de los cincuenta. Tras la breve existencia de Anticipación (sólo siete
números), en 1968 nació la revista emblemática de la ciencia ficción española
que llegó a ser un prodigio de longevidad: Nueva Dimensión (ND para los amigos)
que terminó su andadura en 1982 tras llevar a la casi increíble cifra de 148
números.
Con
la desaparición de la entrañable ND desaparecía también la única oportunidad
«profesional» para que los escasos autores españoles de ciencia ficción
pudieran publicar sus obras, en especial los relatos cortos, verdadera alma del
género. No hay que olvidar que gran parte de la fuerza de la ciencia ficción
reside en la riqueza de sus cuentos cortos, que son, muy a menudo, la base de
las futuras novelas e incluso las series. De relatos que originalmente no
llegaban a la extensión de novela han surgido precisamente series tan famosas
como los libros de la FUNDACIÓN de Asimov, la saga de DUNE de Herbert o el
juego de ENDER de Card.
Por
ello los autores españoles de ciencia ficción tienen ante sí un panorama
difícil: no existen revistas en las que publicar cuentos cortos e ir mejorando
en el oficio y, tal vez como consecuencia de ello, su acceso a la publicación
de libros es también muy reducido.
La
mayoría de los editores de ciencia ficción en España han creído durante mucho
tiempo que cualquier mala novela de un autor de nombre anglosajón «vendía» más
que la mejor obra del mejor autor hispano. Y posiblemente fuera cierto ya que
el lector también solía desconfiar de los autores de apellido español, aunque
ello no sirva en absoluto para dar ninguna indicación sobre la calidad de las
obras.
Sin
embargo, pese a lo difícil de la situación, algunos autores han logrado ir
escribiendo sus obras, que poco a poco van encontrando algún lugar al sol en el
mundo editorial tan dominado por lo que viene de EE. UU. Así tenemos buena
ciencia ficción hard gracias a Javier Reda y Juan Miguel Aguilera (MUNDOS EN EL
ABISMO), aventuras dominadas por la acción en las obras de Carlos Saiz Cidoncha
y Ángel Torres Quesada, un amplio registro temático en los libros de Gabriel
Bermúdez Castillo y una obra aún escasa pero muy interesante de la mano de
Rafael Marín Trechera (LÁGRIMAS DE Luz y UNICORNIOS SIN CABEZA).
A
ellos se incorpora con este volumen Elia Barceló que ya es bien conocida del
reducido grupo de aficionados lectores de fanzines. Con Elia se presenta la
curiosa paradoja de que uno de sus relatos, LA DAMA DRAGÓN, es la única obra de
la ciencia ficción española de los años ochenta que ha sido ya traducida y
conocida en él extranjero pese a no haber sido nunca publicada profesionalmente
en España.
Debo
reconocer mi parte de responsabilidad en ello ya que fue precisamente en mi
fanzine Kandama donde aparecieron, ya en 1981, los primeros relatos de Elia.
También publiqué esa DAMA DRAGÓN que, al ser conocida del fandom internacional,
ya ha sido traducida primero al esperanto en la revista Sferoj y más
recientemente en el magazine francés Amares que dirige J. P. Maumon,
organizador de la convención de la ciencia ficción francesa de 1989.
Y
ahora debo repetir algo que he tenido que decir ya muchas veces: no he visto
nunca a Elia Barceló y antes de recibir su primer relato no sabía ni siquiera
de su existencia. La coincidencia de apellidos es sólo eso, una coincidencia.
Nuestra amistad reside hasta ahora en nuestro contacto por correo y teléfono y,
¿por qué no decirlo?, en mi admiración e interés por la obra escrita de la que
considero la más prometedora realidad de la ciencia ficción española.
Ya
que un joven de Felanitx utiliza mi nombre en el campo de la pintura, no
debería extrañarme que una joven de Elda use también mi apellido incluso en la
ciencia ficción. Reconozco con vergüenza mis tímidos intentos para convencer a
Elia de que utilizara en este libro su nombre de casada (Eisterer) tal vez con
el secreto intenso de «reservar» mi tan utilizado apellido para mí mismo. Pero
mi deber de editor me obliga a ser honesto pese a que estoy absolutamente
convencido que, tras la lectura de este libro, el único Barceló que al lector
le interesará recordar en la ciencia ficción española es precisamente Elia
Barceló.
Y
las razones son muchas: la belleza formal de su narrativa, las ideas que
maneja, la inteligencia y la sensibilidad que demuestra, y tantas otras razones
que sería prolijo enumerar aquí. Creo sinceramente que, si escribiera en inglés
y publicara en Estados Unidos, Elia tendría ya la fama y el reconocimiento de
que hoy gozan Úrsula K. Le Güin, Joanna Russ o Vonda Mclntyre. Y me atrevo a
afirmar esto porque la prueba, amigo lector, está en las páginas que siguen,
que constituyen lo mejor de la ciencia ficción española de los años ochenta.
El
presente libro recoge tres textos de una cierta extensión y la mayoría de los
relatos cortos que Elia Barceló ha escrito hasta la fecha. Los textos de mayor
tamaño son dos novelas cortas: SAGRADA y PIEL (la obra más reciente de Elia) y
su famosísima LA DAMA DRAGÓN.
SAGRADA
es la novela corta que da nombre al libro y es una buena muestra de uno de los
más interesantes temas en la obra de Elia Barceló: la contraposición entre
magia y ciencia, entre leyenda y tecnología que ya era el eje central del éxito
de LA DAMA DRAGÓN. En SAGRADA, Nawami Fang Tai, la implacable y sofisticada
asesina profesional al servicio de la Liga Intergaláctica, tiene por misión
matar a la Intocable, la Madre Sagrada, el oráculo que responde a las preguntas
secretas de los habitantes de un lejano planeta periférico.
En
su viaje hasta la Piedra de las Ofrendas, Fang Tai conocerá las leyes,
costumbres y leyendas de las kenddhai por boca de su guía, el joven arquero
Arven; se enfrentará a los poderes telepáticos de las mentes hillai y se
encontrará con la joven Faissa que ha sentido en su mente la llamada de la
anciana Intocable y acude para sustituirla.
En
esa descripción del contacto de culturas diversas, presente a la vez en SAGRADA
y en LA DAMA DRAGÓN, Elia Barceló muestra niveles de sensibilidad e
inteligencia que nos hacen recordar los que alcanza Ursula K. Le Güin en esa
obra maestra del género que es EL NOMBRE DEL MUNDO ES BOSQUE a la que, lo creo
sinceramente, poco tienen que envidiar estas narraciones de Elia y a la que
también recuerda la temática del relato UNA ANTIGUA LEY.
LA
DAMA DRAGÓN es un texto más experimental en su redacción, que la propia Elia
describe así:
…concebí
la historia como un continuo acronológico en el que cada parte tiene sentido
por su relación con las demás; por eso me pareció mejor escribirlo todo
seguido, de una tirada, sin que hubiera puntos y aparte y sin marcar el final
de un fragmento y el comienzo de otro. A mí, personalmente, me gusta así, como
un discurso continuo, sin comillas para los diálogos y sin interrupciones que,
a mi modo de ver, serían innecesarias y podrían establecer una idea de
esquematicidad en algunas situaciones.
Pero,
pese a lo que podría parecer a primera vista, la agilidad y la calidad de la
escritura nos permiten acceder a esa visión de conjunto que la autora desea sin
que la ausencia de los habituales signos de puntuación que «airean» el texto
sea ningún inconveniente.
En
PIEL nos encontramos con un futuro de nuestro planeta en el que la comunicación
y el contacto entre países ha creado un idioma mestizo que utiliza términos
prestados a otras lenguas con una gran verosimilitud. Pero además de este
aspecto formal, extremadamente cuidado como en todas las narraciones de Elia,
PIEL nos ofrece la última versión de su interés por la relación entre los seres
humanos que era el eje central de obras anteriores como NOSOTROS TRES, EL
JARDÍN DE LAS FLORES QUE SE COLUMPIAN o MINNIE.
Y no
me resisto a hablar de MINNIE, un breve e intenso relato que recomiendo
encarecidamente. Me gustó tanto cuando lo leí por primera vez que creé para él
una sección especial en el fanzine Kandama y rompí mi norma de no incluir más
de un relato de un autor en un mismo número del fanzine. En la edición de este
libro Elia ha preferido eliminar una introducción extraída de LA CANCIÓN
DESESPERADA de Pablo Neruda que decía:
Ansiedad
de piloto, furia de buzo ciego, Turbia embriaguez de amor, Todo en ti fue
naufragio.
Y es
que MINNIE es un relato de amor que, pese a su reducida extensión, es una obra
maestra. Aun a riesgo de hacer que el comentario del cuento adquiera mayor
extensión que el relato en sí, deseo incluir aquí las palabras con las que la
propia Elia presentaba este relato allá en 1981 tal y como se recogieron
entonces en Kandama:
Sé
que «Minnie» es un cuento inocente y sencillo. Y lo es a propósito, porque lo
escribí como una recreación futurista de un tema que ya es tópico: la espera de
una muchacha provinciana que cree de buena fe que su amante volverá a buscarla.
Surgió
en una conversación entre amigos la idea de la recurrencia de este esquema en
canciones y poemas de todas las épocas: desde las «Cantigas de Amigo» en que ya
aparecen ciertos elementos, pasando por «Tatuaje» en que entra la prostitución
y «La niña de la estación» donde se añade la burla, hasta, por ejemplo,
«Penélope» de Serrar.
Como
yo dudo mucho, en principio, de que el ser humano mejore moralmente por alto
que sea su nivel técnico y mis dudas se extienden hasta la pretendida
superioridad moral y espiritual de los extraterrestres, me pareció que el
esquema tradicional del que hablábamos era posiblemente repetible en un tiempo
futuro y lo reproduje, casi punto por punto, en «Minnie».
Me
temo que podría alargar indefinidamente esta Presentación. Siempre hay mucho
que decir y meditar sobre cualquier historia de Elia Barceló. Pero me resignaré
a citar brevemente el larvado horror de EMBRYO, la reflexión sobre el papel
social de la mujer en la mujer de lot, y el experimentalismo y la reflexión
literaria de AQUÍ ESTAMOS TODOS JUNTOS. Con todo ello, el conjunto del volumen
será una buena aproximación a la obra de una autora que parece llamada a dejar
huella en la todavía escasa ciencia ficción española.
Y
para finalizar, un consejo: lean los relatos en el orden en que están editados
y no se dediquen a «picar» desordenadamente. Al terminar el libro me lo
agradecerán.
Miquel
Barceló
A mi
padre,
que
me enseñó a mirar al cielo
y a
asombrarme.
A mi
madre,
que
me enseñó a mirar a la tierra
y a
comprender.
A
los dos,
que
crearon mi mundo de partida,
con
todo el amor.
Sagrada
Tai
Fang Djem, vistiendo las amplias ropas de viaje de los ciudadanos galácticos de
prioridad uno, se acomodó en el elevador con un leve suspiro de cansancio; unas
horas más y estaría de vuelta en casa. Un buen masaje, un baño de aceites
perfumados y la sensación inigualable de su propia cama de sedas negras con un
suave fondo de música de laúd, todo lo que no había podido permitirse en los
últimos días en aquel maldito planeta marginal, un lugar que tardaría años
hasta poder equipararse con la auténtica civilización. Por fortuna sus planes
se habían mostrado adecuados desde el primer momento y su ejecución había sido
cuestión de rutina, una de esas misiones sin pena ni gloria que apenas dejaría
recuerdo en su mente.
Mientras
salía del elevador siguiendo a un pequeño robot-guía que la llevaba a la gruta
invernadero a tomar una taza de té, como había solicitado, sus pensamientos
volvieron ociosamente a la misión cumplida los días pasados. Siempre, incluso
en los casos más sencillos, analizaba y criticaba su trabajo para poder
aprender de los fallos por mínimos que fueran pero esta vez no encontraba la
menor fisura en sus planes. Tal vez el único error, de existir, sería el haber
utilizado su propia apariencia para la imagen implantada. Sin embargo no lo
creía. Sólo un máximo de dos o tres personas tendrían acceso a esa información
y ninguno de ellos la había visto nunca ni era probable que la viera y, además,
cualquier ciudadano a partir de la clase cincuenta podía optar por la
remodelación física tantas veces como lo deseara. Su propio aspecto de muñeca
de porcelana era bastante frecuente y, si ella sobresalía entre todas las demás
era por cuestiones otras que las puramente físicas. No. No había sido un error.
Las expectativas del sujeto se ajustaban tan bien a su propia imagen que no
había creído necesaria la creación artificial de otra figura y, además,
cualquiera que llegara a ver ese fantasma creado por ella asumiría que se
trataba de un producto sin existencia real. Todo era correcto.
Se
acomodó en una tumbona de factura antigua junto a un pequeño estanque de
nenúfares nimbados de luz rosácea y pidió un té verde de dúcura. Se relajó
completamente y cerró los ojos. Siempre le sorprendía la infinita variedad de
valores que comportaba la muerte en las diferentes sociedades de la Liga de
Pueblos. Podía ser algo terrorífico, humillante, enriquecedor, lógico, hermoso,
deseable, planificado, arbitrario, ennoblecedor… ¡tantas cosas! Y ella misma y
su misión en la vida era en algunos lugares lo más alto y digno de reverencia y
admiración y en otros lo más bajo y despreciable de la escala social.
Para
ella, y en su visión personal del Universo, su tarea no era ni más ni menos que
eso, la finalidad de su vida, un trabajo que cumplir, su forma de contribuir al
bienestar general y el único camino que conocía. Cuando lo eligió, aún muy
joven, sabía que había escogido una de las profesiones más duras y
controvertidas pero también una de las más necesarias, una tarea que sólo se
podía encomendar a los mejores y por eso había luchado para conseguir llegar al
punto en el que ahora se encontraba.
La
humeante taza de té, que alguien había depositado silenciosamente a su
izquierda sobre una mesita baja, le recordó de pronto su cansancio y su
urgencia por encontrarse de nuevo en casa. La tomó con suavidad, con las dos
manos, que no se molestó en sacar de las larguísimas mangas de seda azul, y se
dejó confortar por el sabor fuerte y amargo de la bebida, un sabor que su mente
asociaba siempre con el éxito y con el cansancio.
Mientras
bebía, sondeó mentalmente, con ligereza, el espacio del invernadero por si
hubiera alguien con quien le agradara conversar pero después de unos momentos
decidió que no había en los alrededores nadie con quien pudiera mantener un
diálogo satisfactorio para su estado de ánimo, de modo que volvió a cerrar su
mente y empezó a pensar en la conveniencia de retirarse de la vida activa
durante un tiempo. Económicamente no lo necesitaba y en los últimos tiempos
había desarrollado una pasión por la pintura a la que quizás ahora tuviera
tiempo de entregarse, y además estaba Nawami, y también debería dedicar un poco
de atención a las nuevas técnicas de su especialidad, estar al día era cada vez
más difícil y ni siquiera una extraordinaria intuición como la suya podía
compensar el desfase en materias teóricas. Definitivamente necesitaba un
pequeño descanso.
En
el momento en que el robot-guía apareció para conducirla al transporte que la
depositaría en su planeta, Tai Fang Djem acababa de decidir que durante varios
meses no conectaría la emisión general de noticias.
—He
soñado que me visitaba la Muerte, madre —los ojos palidísimos del Thane de
Mongrovja parpadearon unos segundos sosteniendo la mirada fría y despreciativa
de la mujer hasta que, incapaces de soportar la tensión, volvieron a posarse en
los palillos de plata que habían quedado en suspenso, planeando sobre la
porcelana azul del cuenco, con su presa de frutas escarchadas.
—¡Ridículas
supersticiones de campesinos! Leyendas carentes de todo fundamento inventadas
para asustar a los estúpidos y a los débiles de los que tan bien surtido está
nuestro país. Tres mil años de historia, de ciencia, de desarrollo lingüístico
para que la gente siga hablando de la muerte como si de una mujer se tratara,
una mujer que arrebata las vidas y las lleva consigo a otro lugar. ¡Imbéciles!
Sus
finos labios se apretaron formando una línea sutil y su mano se agitó en un
gesto de impaciencia que hizo tintinear sus pulseras de esmaltes.
—Pero
madre —insistió él— se trata tan sólo de un sueño.
—Oh,
sí, naturalmente —dijo la mujer con todo el sarcasmo de que era capaz—. Sólo un
sueño que te quita el apetito y que hace temblar tus manos como hojas de otoño.
Sólo un sueño.
El
Thane se forzó a tragar el bocado que se acababa de llevar a los labios y cerró
fuertemente la mano sobre su copa antes de intentar levantarla. Sabía que con
su madre no se podían tratar ciertos temas, lo sabía desde siempre pero había
algo en aquel sueño que no le dejaba pensar en otra cosa, algo dulce,
intoxicante, vicioso, que le hacía temer y desear recordarlo, revivirlo
incluso. Algo malsano, con el terrible atractivo de la abominación.
Se
puso en pie automáticamente al notar que ella lo había hecho y la mirada de
nieve de su madre lo hizo enrojecer.
—Sé
que siempre has sido un loco y un imbécil —la oyó decir—, igual que lo fue tu
padre, pero siempre esperé poder encauzar tu vida en otra dirección. Ahora sé
que es imposible, ahora sé que no estás por encima de tu pueblo como debe
estarlo un Thane. Que te rebajas a leer y escuchar historias y leyendas lo he
sabido siempre pero he preferido ignorarlo, que tienes a tu servicio a un
astrólogo y a un adivino también lo sé y he elegido no darme por enterada para
evitarme y evitarte en lo posible la vergüenza, pero que ahora creas tener
sueños premonitorios en los que se te aparece la Muerte que te hacen
comportarte como un esclavo a la vista del látigo es algo que nunca hubiera
querido creer. ¿No sabes acaso que morir es el fin natural de todo lo que vive,
que nuestro cuerpo se deteriora desde que nacemos hasta que llega un momento en
que toda nuestra ciencia no nos sirve para detener el proceso de degeneración?
¿No te basta con eso, no te basta con la verdad? No, tú tienes que comportarte
como un idiota, como un esclavo, como un perturbado, como todos esos seres
despreciables que pasan por la vida sin comprenderla, sino aceptarla, y, como
ellos, tienes que inventar historias, mentiras, locuras, para justificar ante
ti mismo tu repugnante cobardía, tu absoluta falta de todas y cada una de las
cualidades que harían de ti, no ya un Thane, sino un hombre. Me avergüenzo de
ti y te desprecio; no comprendo que puedas ser hijo mío.
La
dama agitó furiosamente una campanilla de cristal y, apoyada en dos muchachas,
abandonó la sala a pequeños pasos sin volver a dirigir una mirada a su hijo que
permanecía de pie frente a la mesa, la cabeza baja, los ojos cerrados. Cuando
por fin se hubieron marchado las tres mujeres, el Thane se acercó despacio a la
ventana y se dejó caer en su sillón favorito, una anticuada y sólida poltrona
de terciopelo azul que envolvía como un manto su frágil figura.
No
estaba enojado con su madre, ni siquiera se sentía molesto; él sabía muy bien
que la razón estaba de parte de ella, sabía que sólo debía esperar desprecio
por su deshonrosa actitud, propia, como ella había dicho, de idiotas, de
estúpidos, de esclavos, pero no podía cambiarla. Le hubiera gustado poder ser
como ella deseaba: fuerte, seguro, racional, tener esa clara conciencia de lo
que es posible y lo que no lo es y actuar en consecuencia, pero nunca había
sido capaz y nunca lo sería. Si por lo menos hubiera tenido un descendiente,
tendría la esperanza de poder abandonar algún día el gobierno del país en manos
de su hijo y retirarse a alguna parte a esperar la muerte viviendo a su manera
pero, aunque había cedido a la presión de su madre y se había casado, no había
querido concebir un hijo porque, tanto su astrólogo como su adivino (sin contar
a muchos otros de quienes la dama no tenía conocimiento) le habían predicho
grandes desgracias para el futuro del bebé.
La
ciencia que tanto reverenciaba su madre, positivista desde sus pies teñidos de
azul hasta el último cabello de su alta peluca blanca, consideraba que sólo
aquello que se pudiera estudiar con el método que ella misma había definido
como científico, tenía existencia real y, dado que sólo lo real podía ser
objeto de estudio, todo lo que cayera fuera de las fronteras que ella misma se
había fijado era inexistente y, por lo tanto, inestudiable, por lo cual nada
que no lo fuera ya, podría convertirse en ciencia en el futuro. Un sistema muy
consolador para mucha gente y que les proporcionaba esa enorme y temeraria
seguridad que tanto envidiaba él a veces y que nunca había sido capaz de
compartir porque lo que a él personalmente le interesaba era precisamente todo
lo que no se podía estudiar de modo tradicional por carecer de existencia
efectiva: el futuro, el espíritu, la trascendencia del ser después de la vida,
la muerte, considerada como ente y no como proceso y fin natural de los
tejidos. La Muerte.
Reclinó
la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. El sueño de la noche anterior se había
desdibujado un tanto pero aquella imagen permanecía grabada en su cerebro: una
mujer bellísima, blanca y fría como debía de haber sido su madre en su juventud
pero infinitamente más atractiva y más peligrosa, con la atracción de lo
prohibido; una mujer que le sonreía con sus ojos, no con sus labios y que sin
mover un solo músculo lo llamaba, lo convocaba a una cita nocturna a la que
debería presentarse solo, solo y desnudo, como un recién nacido, desprovisto de
joyas, de títulos, de esclavos, para entregarle su vida y rendirle cuentas de
sus actos.
El
sueño había sido tan real que había abandonado su dormitorio precipitadamente,
sin llamar a sus sirvientes, sin esperar a que lo lavaran y lo vistieran, para
encerrarse en su torre, mezclar con manos temblorosas los Supremos Arcanos y
escoger despacio, sin atreverse a respirar, el que le revelaría la verdad de su
sueño.
Por
eso se había atrevido a nombrarlo ante su madre; ya nada importaba, iba a
morir. Casi no hacía falta consultarlo con el astrólogo o con el adivino. ¿Qué
le iban a decir ellos que él no supiera ya? Quizás en lugar de extraer un solo
símbolo fueran varios relacionados pero el resultado sería el mismo:
el
Segador y el Eremita: tu camino es solitario, la muerte en soledad.
el
Segador y la Justicia: así debe ser, tu muerte es justa.
el
Segador y el Ahorcado: la muerte es sacrificio, te duele resignarte.
Todas
las combinaciones posibles se interpretarían del mismo modo, no había otra
salida; con o sin ciencia, de la muerte no se escapa.
El
sirviente que estaba junto a la puerta se movió levemente y crujió la seda de
su falda. El Thane reprimió un grito pero no se giró para mirarlo. ¿Iba a ser
así tal vez? ¿Un puñal, quizá pagado por su madre, un veneno en su copa? No, no
sería así. Una muerte violenta desestabilizaría el país y eso no era
conveniente para nadie y menos cuando habían empezado a sentarse las bases para
el comercio interplanetario. Él, personalmente, encontraba repulsiva la idea de
que los extraños se instalaran allí y propagaran sus ideas, más rotundas y
positivistas aún que las de su madre y sus nobles. Gente que lo hacía todo con
máquinas, que lo compraba y lo vendía todo, que ni siquiera tenía palabra para
religión, fe o familia, mercaderes del Universo que destruirían en unos años lo
que había sobrevivido en el pueblo durante siglos, que ridiculizarían las
leyendas y las tradiciones, que iluminarían la oscuridad y curarían los temores
con sus aparatos de transformación psíquica.
Quizá
no era tan mal momento para morir: el último Thane de la última época antes del
cambio, dirían los libros, si todavía quedaban libros. Quizá no era tan mal
momento. Sin embargo tenía miedo. El miedo a lo desconocido, el miedo a la
dilución de su espíritu en la energía del Universo, el miedo a no ser ya más o
quizá también el miedo a seguir siendo eternamente, como decía la tradición de
uno de los pueblos de la montaña.
Nunca
debía haber permitido que los extraños llegaran a su mundo pero ¿cómo
impedirlo?; él no era más que un Thane disminuido por la fuerza y la ambición
de los Señores, un Thane que nunca quiso serlo y se había conformado con hacer
de punto de equilibrio entre las facciones, de símbolo de unidad en un mundo
desunido. Tenía partidarios fieles, estaba seguro, pero, precisamente por serlo
no tenían el empuje necesario para oponerse a la seguridad adamantina de los
otros, de los que en secreto o en público lo menospreciaban. Sus partidarios
eran como él: inseguros, débiles en la lucha por el poder, llenos de dudas, de
sueños y de miedos. Nunca lo hubieran conseguido.
Y
ahora, cuando él no estuviera, su mundo sería diluido en la gran caldera
universal como se diluye el azúcar en el vino y no le quedaría nada que fuera
propio. Una vez había viajado a tres o cuatro mundos diferentes, una sola vez
porque jamás deseó repetirlo; aquellos lugares eran todos iguales y sus gentes
eran todas iguales y su lengua y su forma de moverse, de vestirse, de comer, de
cantar. Y pronto él y su gente, y sus tres mil años de historia se sumergirían
en aquel baño igualador y saldrían limpios, claros, uniformes, orgullosos,
terriblemente orgullosos de ser exactamente iguales a los otros ciudadanos del
Universo y de haber dejado atrás sus mitos, sus artistas, sus héroes, sus
estilos, sus nombres.
Sin
volverse, con un signo de la mano, pidió al silencioso criado que le sirviera
vino.
—Yo
te saludo, Muerte —dijo en un susurro— te recibiré como mereces y volaré
contigo; no podías llegar en mejor momento.
Apuró
la copa y, aspirando profundamente el aire hasta que los colores destellaron
dentro de sus ojos, se alzó del sillón y salió a disponer sus asuntos.
El
honorable Kam Mtao, Presidente de la Confederación Intergaláctica para
Fundamentación Legislativa de Tratados Comerciales con Planetas No Federados,
alzó la vista del gigantesco plano inclinado que le servía de mesa de trabajo y
pantalla de informaciones y registros cuando su secretario personal hizo sonar
el código musical de importancia extrema conectado directamente a su oído
izquierdo; pronunció la clave que autorizaba la puerta a abrirse y siguió con
la mirada el recorrido de su secretario, un doble perfecto de sí mismo, a
través del inmenso despacho. Cuando estuvo frente a la mesa se detuvo y, sin
levantar la cabeza, buscó entre los pliegues de su túnica escarlata y extrajo
una cajita que colocó con las dos manos a la derecha de su jefe sobre un pequeño
aparato identificador; se produjo una tonalidad satisfactoria y Mtao retiró el
objeto y lo puso sobre sus rodillas.
—El
apreciable secretario ha cumplido satisfactoriamente con su obligación y puede
reintegrarse a sus ocupaciones —dijo Mtao sin levantar la vista hacia su
interlocutor.
—El
secretario agradece su justicia al Honorable Presidente y cumple su mandato.
Cuando
el hombre hubo salido, Mtao echó una mirada a lo que acababa de recibir: sobre
su superficie, en tres lenguas galácticas y código de color se leía:
ESTRICTAMENTE
CONFIDENCIAL. A LA ATENCIÓN EXCLUSIVA DEL HON. PRES. DEL CIFLTCPNF. LA APERTURA
DE ESTE INFORME POR CUALQUIER OTRO ENTE BIOLÓGICO, BIÓTICO, MECÁNICO O
CIBERNÉTICO PROVOCARÁ UNA EXPLOSIÓN TERMINAL PARA SU VIDA O FUNCIONAMIENTO. LA
INFORMACIÓN CONTENIDA EN ÉL NO QUEDARÁ DESTRUIDA.
Mtao
recordó el nerviosismo que había sentido la primera vez que recibió un informe
de ese tipo y esbozó una sonrisa; los años lo habían endurecido y habían
robustecido su confianza en la técnica. No había absolutamente ninguna
posibilidad de que el mecanismo explotara al entrar en contacto con sus manos,
sin embargo, si su secretario hubiera intentado abrirlo, a pesar de ser
prácticamente su hermano gemelo, no hubiera quedado ni rastro de él. Los
secretos estaban cada día mejor protegidos.
Introdujo
la caja en su develador y esperó un segundo; automáticamente Mtao quedó
encerrado por opacas paredes que surgieron en torno a su escritorio. Se reclinó
en su sillón y se dispuso a disfrutar.
Una
voz artificial, producida por una computadora cuyo número de registro conocían
tan sólo unas pocas personas en la galaxia y que a él siempre le sería
desconocido, anunció:
—Informe
relativo a los últimos acontecimientos sucedidos en el planeta marcado con el
registro f-Vortex-414, número de clave completo pasado directamente a los
fondos de datos confidenciales del Honorable Presidente del CIFLTCPNF.
Sujeto:
En
la pantalla apareció una proyección tridimensional que flotaba entre su
superficie y el presidente. Un rostro delgado y amarillento, de ojos
palidísimos y finos cabellos negros recogidos a un lado de la cabeza con un
trenzado de pequeñas perlas.
Un
hombre torturado, pensó Mtao, que lo había conocido hacía algún tiempo durante
un viaje. Ha envejecido, pensó, y ha sufrido mucho; quizá también haya
aprendido algo en estos años.
La
voz siguió informando:
Sistema:
Utilización
de las propias tendencias psíquicas del sujeto exacerbando con proyecciones
mentales cuidadosamente graduadas su fe en lo místico y su creencia en la
muerte como ser real de apariencia femenina. Inducción a nivel inconsciente de
la idea de suicidio de modo que el sujeto tenga la impresión consciente de
someterse a un designio superior independiente de su voluntad que ha fijado el
futuro con anterioridad a toda existencia.
Medio:
Proyección
de una imagen femenina creada a partir de las expectativas del propio sujeto
para que implante durante el sueño las impresiones necesarias para llegar al
fin previsto.
Mientras
la voz informaba sobre el sistema, la proyección había estado mostrando escenas
tomadas al aire libre en las que el sujeto, con aspecto de estarse escondiendo
de algo o de alguien, conversaba con distintas personas de nivel social
inferior. También aparecieron algunos planos cortos en los que el sujeto
presidía algún acto público acompañado de una mujer muy anciana que, sin
embargo, daba la impresión de poseer una fuerza muy superior a la del hombre.
Un rostro cruel, comentó Mtao para sí mismo, pero una personalidad decisiva
para nuestros proyectos.
Para
ilustrar la información sobre el medio, la pantalla mostró la imagen que había
sido implantada en los sueños del sujeto. Mtao abandonó su lánguida postura y
se inclinó hacia adelante, como si de esa manera pudiera tocarla. Era una mujer
hermosa, extraña, inquietante en su perfecta rigidez. No se trataba,
evidentemente, de una mujer de carne y hueso; era demasiado fría, demasiado
etérea y sus ojos no miraban a los de él, sino a algún punto que parecía estar
dentro de su cerebro.
Mtao
curvó los labios en una tensa sonrisa de satisfacción. Había sido un buen
trabajo. A nadie se le habría ocurrido suponer que el Thane de Mongrovja había
sido suavemente ayudado en su decisión de morir antes de que los extraños, como
él los llamaba, entraran en su planeta para quedarse. Las declaraciones de la
Noble Dama, madre del difunto Thane, habían dejado bien claro que el carácter
de su hijo siempre había hecho esperar alguna sorpresa desagradable en relación
a su futuro. Usando las palabras adecuadas en Mongrovja, la Señora había venido
a decir, eliminando los eufemismos, que el hijo había sido siempre un imbécil o
un loco de atar y lo mejor que podía haberle sucedido al país era precisamente
aquella muerte dulce y voluntaria que el Thane había elegido para sí. Ahora,
sin él y al no existir descendencia, Mongrovja sería provisionalmente regida
por un Consejo de Señores presidido por la Noble Dama mientras viviera, que no
sería mucho, considerando su edad. Después ya se ocuparía la Liga de asegurar de
algún modo discreto el control sobre Mongrovja y más tarde, quizá, la anexión
total al conjunto de Mundos Federados de su sector. Los métodos no eran siempre
perfectamente limpios pero servían a un interés más alto y eso era lo único
importante.
Mtao
se pasó la mano por el cráneo afeitado y acarició un momento las joyas
implantadas en su frente, él mismo sorprendido por sus últimas ideas. Nunca se
le había ocurrido dudar de los métodos que había utilizado y ahora, de pronto…
Tonterías. Cansancio tal vez.
Solicitó
de su develador la visionación de la peligrosa imagen implantada en los sueños
del Thane y, sin saber por qué, la mantuvo congelada frente a sus ojos tratando
de captar su mensaje, el mensaje que había llevado a otro hombre a renunciar
para siempre a los placeres de la existencia. Allí estaba esa imagen femenina,
silenciosa, incorpórea, rígida en su vestidura gris, mirándolo fijamente, con
una intensidad que le hacía desear tomar la iniciativa y hacer algo. ¿Qué?
Ponerse en marcha, tomar su destino en sus manos y… huir quizás, huir a alguna
parte donde no hubiera que ordenar la muerte de nadie para alcanzar el objetivo
previsto por otros hombres y mujeres a quienes nunca había visto el rostro. Se
dio cuenta de que sus pensamientos se estaban moviendo a un nivel tan pueril
que sintió vergüenza. Ordenó a su develador que destruyera el mensaje pero
antes de pronunciar la clave final de activación, por un impulso irresistible,
pidió una copia holográfica portátil de la imagen femenina. Con la silenciosa eficiencia
de siempre, el develador anunció la destrucción del mensaje y una esfera
diminuta apareció a su izquierda. La mujer de la túnica gris flotaba en su
centro como una llama en una antigua lámpara de cristal. La contempló unos
segundos; la reducción de tamaño no había afectado en nada la belleza de su
figura ni la intensidad de su irradiación. Con un vago sentimiento de
culpabilidad que lo incomodaba, guardó la esfera en su túnica blanca y decidió
marcharse a casa antes de su hora habitual.
El
secretario personal del Honorable Kam Mtao llevaba una semana despachando los
asuntos de rutina en ausencia de su superior cuando recibió un mensaje personal
y reservado en el que se le informaba sucintamente de que debía comparecer de
inmediato en el Instituto de Remodelación Física de su sector porque, habiendo
decidido el Honorable Presidente Kam Mtao, voluntaria y libremente, poner fin a
su vida, su aspecto personal debía cambiar para ajustarse al de su nuevo
superior, el Honorable Hochi Fu Zhin que al término de la siguiente semana
asumiría la presidencia del CIFLTCPNF.
Ni
por un momento se le ocurrió al secretario que pudiera haber algo extraño en el
suicidio del presidente; la terminación voluntaria de la vida era una
alternativa perfectamente legítima para cualquier ciudadano en cualquier
momento de su existencia y nadie tenía derecho a esperar razones o disculpas
por esa decisión, prácticamente la única que no estaba sujeta a explicaciones,
solicitudes o permisos.
Creía
recordar que la última vez que había visto al Honorable Presidente estaba de
muy buen humor, como si hubiera recibido una gran noticia, pero quizá
precisamente por eso había decidido que era un buen momento para abandonar la
existencia de modo definitivo. Bien, estaba en su derecho y nadie era quién, y
mucho menos su secretario personal, para criticar la última decisión de su
vida, de modo que su única reacción fue la que se esperaba de él: archivó el
mensaje recibido en su registro personal, despachó los asuntos del día, dio las
órdenes necesarias para que todo funcionara correctamente en su ausencia y
empezó a prepararse mentalmente para la idea de que la próxima vez que se
mirara al espejo ya no vería la imagen de un hombre maduro de cráneo afeitado
con joyas implantadas en la frente y las mejillas. Se preguntó vagamente cómo
sería el Honorable Fu Zhin pero, dado lo ocioso de la pregunta, decidió
relegarla al olvido. Pronto lo sabría.
Lo
que nunca llegó a saber es que, antes de suicidarse, Kam Mtao había enviado un
mensaje a su superior directo: «Sé que se ha decidido mi muerte y sé por qué,
pero no me importa. Estoy cansado y no lamento demasiado dejar esta vida aunque
nunca imaginé que podía llegar a pensar así. Me alegro del medio que han
utilizado y sólo siento que mi formación positivista me impida creer que dejo
esta vida para reunirme en otra existencia con esa mujer.» Y, como muestra
evidente de su formación burocrática, añadía: «El sistema es magnífico. Desde
que esa mirada se clavó en mi cerebro no me ha abandonado un sólo instante la
idea de morir. Sugiero que se felicite al artista por su obra». El mensaje
llevaba todos los títulos necesarios y todas las claves adecuadas, lo que hizo
pensar al destinatario que Mtao, a pesar de ser, o haber sido, un excelente
burócrata, debía de haber tenido oculta, quizá muy oscurecida, pero presente al
final de su vida, una faceta que, de haber sido descubierta antes, le hubiera
impedido llegar a presidente. Luego se corrigió a sí mismo diciéndose que
aquella explosión de lo que casi podía considerarse lirismo, unida a la
impoluta corrección de títulos y claves, podía ser sólo una muestra de lo que
un potenciador psíquico puede conseguir cuando trabaja sobre una figura de
implantación onírica creada por un profesional.
Naturalmente
no se arriesgó a visionar la cinta en cuestión; se limitó a archivarla y a
pasar el número de su autor a otro departamento bajo su mando. Como decía Mtao
en su último mensaje, el artista era muy bueno, extraordinariamente bueno,
demasiado quizá. Él tenía sus planes para ese artista y no consistían
precisamente en felicitarlo.
Bella
y fría como una porcelana, resplandeciente como un trozo de hielo bajo el sol
de mediodía, Tai Fang Djem, pulida y perfecta desde cada uno de sus cabellos
negroazulados hasta las uñas de sus pies lacadas de turquesa, contempló el mazo
de cartas que la luz de la mañana hacía brillar sobre una mesita de obsidiana.
Veintidós símbolos, de los más antiguos del Universo conocido, se presentaban
impasibles a sus ojos azul profundo con chispas de plata. Su mano pálida,
adornada con platino, turquesa y lapislázuli como correspondía al día y a la
ocasión, acarició levemente los Arcanos sin atreverse todavía a recogerlos,
mezclarlos y darles vida con su energía y su preocupación, esa vida misteriosa
que, débilmente, haría visible la trama sutil de su futuro, de su destino
inminente marcado ya de algún modo ignoto en el gran libro del ser y del no
ser. Durante muchos años Tai Fang Djem se había negado a creer completamente en
ellos, a dejarse arrastrar por su magia pero, poco a poco, cada vez con mayor
frecuencia, se había descubierto acercándose a ellos, anhelando su consejo, su
muda palabra, su tenue revelación de un futuro que ella siempre se había negado
a aceptar como una realidad existente antes de su actualización y que, sin
embargo, de algún modo que era incapaz de explicar y que cada vez creía más
inexplicable, parecía estar ya señalado como una finísima tela de araña donde
siempre hay varios caminos posibles pero donde sólo existe una dirección.
Desde
hacía mucho tiempo, todo cuanto había sucedido en su vida había sido predicho
por los Arcanos, todo lo bueno y todo lo malo. Al principio los mensajes no
habían sido claros porque su propia capacidad de interpretación no estaba aún
desarrollada pero, lentamente, aprendiendo de su propia experiencia y de
algunas antiguas tradiciones, había comenzado a ser capaz de comprender con
bastante exactitud lo que los símbolos decían y, casi sin darse cuenta, había
ido ajustando a ellos su vida y, en ocasiones, incluso sus deseos. Sin embargo,
su orgullo y sus convicciones no le permitían creer ciegamente en nada más que
en sí misma y en su propia fuerza y, por ello, a veces se complacía en actuar
en contra de los consejos de los Arcanos sólo para afirmar una libertad de
elección en la que estaba muy lejos de creer como hubiera querido.
Siempre
que extendía los símbolos sobre la mesa, hermosísimas representaciones
sensibles que un famoso artista había diseñado sólo para ella, sentía el
doloroso placer de la lucha en su interior, una lucha que acababa las más de
las veces con una benevolente concesión a la parte más crédula y curiosa de sí
misma, algo así como un: bueno, de acuerdo, échale una mirada pero no vayas a
creértelo porque eso, al fin y al cabo, no son más que tonterías, que siempre
era respondido por un: sí, sí, claro; es sólo por curiosidad; después de todo
no hay nada de malo en un consejo. Pero hasta el momento en que se alcanzaba
esta conclusión, Tai caminaba y caminaba por las amplias y silenciosas salas de
su casa, sobre un acantilado, y trataba de obtener por procesos lógicos y
racionales las mismas respuestas que los Arcanos le darían más tarde.
Miró
el mar, resplandeciente a aquella hora de la mañana y, de repente, con una
intensidad casi dolorosa, deseó que Nawami estuviera a su lado. Nawami, tan
dulce, tan alegre, tan bonita, con esa inteligencia tan aguda a pesar de su
juventud. Pero no podía ser. Había que pensar en el futuro y era imprescindible
que Nawami recibiera una buena educación que le permitiera valerse por sí misma
en cualquier circunstancia; debía recibir el mejor entrenamiento posible y
llegar a ser una profesional cualificada en la especialidad que eligiera; ella
no iba a vivir siempre y, aunque toda su fortuna, que era grande, pasaría a
Nawami a su muerte, había que tenerlo todo previsto. Unas profesiones son más
peligrosas que otras y la suya era de las que podían considerarse de alto
riesgo, aunque estaba muy bien remunerada. ¿Cómo, si no, una niña estatal como
ella hubiera podido escapar de la cadena que las convierte a todas en técnicos
de grado medio: pilotos transgalácticos, ingenieras de minas, ajustadoras
psíquicas y cosas similares y haber amasado en unos años una fortuna que le
permitía tener, entre otras cosas, esa casa y a Nawami?
Nawami
era sin duda su más preciada posesión, si se podía considerar a una hija como
una posesión… pero, claro que se podía, se debía, incluso. Era lo que más le
había costado de conseguir y lo que más le costaba de mantener; el Estado era
estricto con los hijos privados, lo era en todos los planetas auténticamente
civilizados, exigía un enorme número de garantías y compromisos que sólo los
más ricos y quizá de entre ellos sólo los más excéntricos, estaban en
condiciones de satisfacer. Ella había luchado mucho tiempo para conseguirlo
pero al final no habían podido negarse porque reunía todas, absolutamente todas
las condiciones necesarias de fortuna, salud, equilibrio mental, moralidad,
estética, vivienda… todo. Cien mil veces más y mejor que lo que el Estado
ofrecía a sus niños pero ellos no estaban destinados a convertirse en
ciudadanos de lujo, firme pilar de la economía estatal y de la estabilidad
social. En cambio, Nawami sí. Por eso había, sido elegida con tanto cuidado por
la mejor seleccionadora existente ya que ella, como todos los niños estatales,
era estéril y había sido necesario encontrar una mezcla genética que se
ajustara a sus deseos sobre la apariencia y el carácter de su hija. Incluso en
su afán por aprovechar la experiencia al máximo se había hecho implantar el
feto en su propio útero durante tres meses, los correspondientes al quinto,
sexto y séptimo mes de gestación y hubiera querido llevar a término el embarazo
pariendo personalmente a su hija si no hubiera llegado la más rotunda desautorización
por parte del Centro Superior de Pediatría. Voluntariamente o no, habrían
procedido a la intervención quirúrgica para evitar el monstruoso primitivismo
que representaba aquella idea, de modo que había concedido el permiso para
evitarse más complicaciones. Pero durante un tiempo Nawami había sido parte de
sí misma, había sido suya, mucho más de lo que nunca lo sería nadie y eso era
su triunfo personal, su orgullo. Un leve pitido la sacó de sus pensamientos, su
pantalla le indicaba que estaba a punto de comenzar la emisión mensual de
noticias generales que ella deseaba ver. Se giró hacia la pantalla, voz y
visión plana al mínimo como ella había programado, y, sin proponérselo, se
tensaron los músculos de su espalda. Ahora no podía hacer más que esperar,
esperar hasta que tal vez su central le informara de que había aparecido un
mensaje para ella. Si sobre alguna de entre las miles de noticias que pasarían
a lo largo del día, aparecía determinado número en el borde izquierdo de la
imagen, eso querría decir que había un trabajo para ella, su central grabaría
la noticia y entonces sabría dónde tenía que ir y con quién debía ponerse en
contacto. Era también posible que en toda la emisión no sucediera nada y eso
significaría que tenía por delante otro mes de inactividad. En el último medio
año no se había molestado en ver las noticias, no se sentía con ánimos y tenía
suficiente dinero para no trabajar en mucho tiempo sin tener que cambiar nada
en su forma de vida pero, desde hacía unas semanas empezaba a sentir que
necesitaba actividad, que no podía pasarse mes tras mes sin hacer nada y tenía
que pensar también en la herencia de Nawami, así que era importante que en
algún momento de la emisión apareciera ese código que sólo ella conocía y podía
interpretar; para cualquier otra persona esos números no serían más que una
cifra incomprensible entre las miles que aparecen a lo largo de un noticiario
general.
Al
cabo de unos minutos de tensa espera se sintió demasiado ridícula y abandonó la
sala lentamente con su paso elástico, absolutamente controlado, mientras sus
manos rozaban apenas las flores recién cortadas de un jarro de cristal, una
figurita de bronce, una caja de laca, las hojas de una planta, todo lo que iba
encontrando a su paso. Antes de pasar a la sala contigua se volvió un instante,
un rayo de sol jugueteaba con los colores de las cartas extendidas sobre la
negra, pulida superficie. Las ignoró. Caminó hasta su dormitorio, una enorme
sala donde todo era negro y sedoso, encendió las velas de un pequeño altar, se
quitó la túnica, pétalo blanco sobre la alfombra negra, y se acercó al espejo
que había aparecido en una de las paredes. Se contempló largamente: su cuerpo
pequeño y grácil de caderas estrechas y menudos senos, su piel blanca y suave,
casi transparente, sus cabellos negros, lacios, brillantes, enmarcando el
rostro con un flequillo y cayendo luego a la altura del pecho, sus piernas
finas, largas, como sus manos; se acercó un poco más, miró su cara: apenas
alguna arruga sutil en torno a los ojos, la nariz pequeñita, la boca firme, de
labios finos, sin color, una boca que rara vez sonreía. Recorrió otra vez su
cuerpo con una larga mirada y se sintió satisfecha: estaba en forma, seguía
sintiéndose joven, fuerte, bella, aunque esto último no era lo esencial; su
hermoso cuerpo le era útil por ello pero era lo menos importante, no estaba en
venta, rara vez lo había usado como arma y casi nunca para el placer. Había
otras formas. Se aprobó por última vez y así, desnuda y descalza se dirigió a
la piscina interior, nadar siempre le ayudaba a entretener la espera. ¿Habría
un trabajo para ella o la habrían olvidado en esos meses? ¿Podían haber pensado
que se había retirado definitivamente? No podía ser. Ella era la mejor, la
única a la que se podía encomendar un trabajo de envergadura; nunca había
fallado y era todavía joven, le quedaban muchos años por delante. ¿Cómo podían
pensar que quisiera ya retirarse? Claro que ellos no conocían su edad, ni su
sexo, ni su nombre, ni nada sobre su identidad real. Nadie la había visto nunca
cuando cumplía una misión. Era su seguridad, la protección de su intimidad.
Bajando
las escaleras de malaquita que llevaban a la piscina volvió a pensar en las
cartas. ¿Y si sacara una, sólo una para ver qué era lo que le reservaba el
destino? De todas formas iba a saberlo muy pronto, se trataba de un pequeño
anticipo. No utilizaría ninguno de los ritos convencionales, se limitaría a
pensar si le iban a encargar un trabajo o no y sacaría una carta del mazo. Ya
al borde del agua tomó repentinamente la decisión y volvió casi corriendo a la
sala de informaciones, se acercó a la mesita baja, se sentó sobre los talones y
empezó a mezclar las cartas lenta, deliberadamente para esconder su ansiedad.
Mientras tanto su mente se concentraba en la pregunta: ¿tendré un encargo, lo
tendré o no? Y algo, como un flujo subterráneo preguntaba: ¿será muy peligroso?
¿Será quizás el último encargo de mi vida? Su mente consciente rechazaba esta
pregunta que siempre se mezclaba a las otras pero las manos seguían acariciando
los antiguos símbolos impregnándolos de energía, de poder. Extendió por fin las
cartas boca abajo sobre la mesa y, con seguridad, tomó una de ellas y le dio la
vuelta: la Rueda de la Fortuna, el Arcano número diez extendía sus infinitas
posibilidades frente a ella; echó la cabeza atrás y lanzó un suspiro de alivio,
de alegría, las palmas de las manos juntas contra su pecho. La Rueda, el
destino cambiante cargado de promesas, de posibilidades, la vida, la actividad.
Habría un trabajo para ella. Se sentía agradecida y feliz. Se levantó y, con
una leve sonrisa en los labios, avanzó hacia la puerta; de repente se detuvo,
volvió a girarse hacia la mesa y, sin poderlo evitar, volvió otra carta; quería
conocer la respuesta a esa otra pregunta.
Atravesó
corriendo los salones, bajó de dos en dos los verdes peldaños, se lanzó al agua
tibia de cabeza y comenzó a bajar, a bajar hasta el fondo. Allí se giró hacia
arriba y abrió los ojos para mirar el techo, una inmensa vidriera de brillantes
colores en la que estaban representados los veintidós Arcanos, a través de las
aguas azules y tibias de la piscina. Sus ojos se clavaron en uno de ellos
mientras deseaba vagamente no salir nunca de allí, de aquel agua tan quieta y
tan dulce, para enfrentarse al mundo que le esperaba. Sobre la mesita de
obsidiana las dos cartas brillaban al sol: la Rueda de la Fortuna, el décimo
Arcano que trae cambios y movimientos a las vidas, y el Arcano número trece, la
única carta que no tiene nombre.
«Bella
y pulida como una porcelana era tu madre, Nawami. Como una porcelana, hermosa,
muy hermosa, misteriosa también, e igual de fría», éstas fueron exactamente las
palabras del viejo Liang cuando, una vez más le pregunté por mi madre y deben
de contener un resumen bastante exacto de la realidad porque coinciden
aproximadamente con otras informaciones que he ido reuniendo sobre ella; la
verdad es que no sé mucho más. Los años transcurridos desde su muerte han
borrado tantas huellas que sé que es casi imposible recuperar lo que yo
quisiera, sin embargo continúo intentándolo. Guardo de mi madre la borrosa
imagen de un ser bellísimo y suave con aroma de sándalo y tacto de seda y como
fondo la sugerencia de una melodía que ella cantaba en una lengua que no puedo
comprender. Eso es todo. Por eso he venido aquí, a su casa, que ahora es la
mía, a tratar de recuperar mi pasado para poder proyectarme hacia el futuro del
único modo que sé hacerlo.
En
el silencio del viento y de las olas la casa permaneció callada, concentró
sobre ella sus numerosos e invisibles ojos analizadores, comprobó su voz, sus
iris, la forma de su cráneo, su estructura ósea, su piel, las líneas de sus
manos, sus procesos verbales, la trabazón de su mente. Nawami, sentada frente a
la puerta, bajo la cupulina transparente que la protegía de la intemperie
mientras la casa efectuaba sus mediciones, cruzó las manos sobre el regazo y
esperó; tenía todos los derechos a entrar en la casa y tomar posesión de ella
pero era necesario esperar a que el cerebro central del lugar se convenciera de
ello. Ninguna de las dos tenía la mínima prisa porque ambas habían esperado
muchos años a que llegara ese momento.
Nawami
miró por encima de su hombro derecho las nubes rojizas que rodeaban el sol
hacia el este y trató de imaginar cómo habría sido el último día de su madre en
la casa, en qué momento de la jornada habría atravesado aquella puerta por
última vez sin saber que ya no regresaría y que toda aquella belleza no
volvería a ser disfrutada por ojos humanos hasta muchos años después; entonces,
por pura asociación de ideas, imaginó que también para ella habría un último
día, un momento en que miraría aquel mar y aquellas nubes al salir de la casa y
sería por última vez, para dejarla sola y estéril hasta que quizás algún día su
hija, al cabo de muchos años, viniera a sentarse en ese mismo sillón frente a
la puerta para recuperar el contacto con un mundo pasado perdido en el tiempo y
que era precisamente el que ella ahora tenía que construir. Se prometió
comenzar lo antes posible con el asunto de la niña para asegurarse la
continuidad ya que el simple pensamiento de que a su muerte no hubiera nadie
para recoger su vida la angustiaba, la llenaba del sentido de lo estéril que
tan real era y tanto daño estaba haciendo a su civilización. Ella, por lo menos
de momento, era parte de algo, era un segmento de un círculo, una vuelta de una
espiral, una pieza, en un sistema: pertenecía y había pertenecido siempre a la
Escuela, formaba parte de un designio, de un plan, era la continuación de su
madre y la heredera de una casa y una fortuna, debía ser también el paso
intermedio entre su madre y su hija, entre un ser y otro, entre una mujer y
otra para que su vida adquiriese sentido completo y debía también entregarse a
su profesión, al trabajo que había sido elegido para ella y para el que se
había entrenado durante toda su vida y realizarlo digna y bellamente sin
temores, sin dudas, sin retrasos ni preguntas. Sólo así llegaría su existencia
a la plenitud y podría morir tranquila confiando a otras manos más jóvenes el
dominio de la casa y la misión de la vida.
En
ese momento, frente a ella, una parte de la frágil cúpula se alzó hacia el
cielo y Nawami se puso en pie con una ansiedad desconocida cerrándole el
estómago y las manos húmedas y frías; la puerta principal, impenetrable hasta
ese momento, comenzó a separarse en dos hojas y la voz de su casa, la voz
inconfundible y maravillosa que la acompañaría durante el resto de su vida,
resonó por primera vez en sus oídos:
—Bienvenida
al Hogar, Señora. Ésta es tu casa, Nawami Fang Tai, y lo será hasta que de tus
manos la entregues a quien la merezca y la ame. Bienvenida seas al Hogar de tus
antecesoras que con orgullo entregan su dominio a ti y a tus descendientes.
Adelante, Señora, bella y larga vida.
Cuando
Arven dejó la cabaña que había sido su hogar hasta donde alcanzaban sus
recuerdos, sólo tenía tres cosas: un arco, un carcaj y un nombre y ninguna le
pertenecía por derecho propio.
Las
armas habían sido de su padre, un arquero kenddhai ágil y silencioso que
siempre le había tratado con infinito amor en el que se mezclaba una pizca de
amargura debida, quizás, a la ausencia de la madre, y el nombre lo había
elegido él mismo cuando, después de dos años de soledad, había decidido salir
en busca de lo que le correspondía.
Tampoco
sus conocimientos eran muchos para enfrentarse al mundo de más allá de sus
tierras: era diestro con el arco, sabía cazar y descuartizar cualquier animal,
podía orientarse incluso en la más completa oscuridad, nadaba bien, cantaba y
recitaba con más gracia que voz un gran número de antiguas baladas y practicaba
los rudimentos de magia blanca de las gentes del bosque. Era joven, curioso,
valiente y terriblemente testarudo y tenía la paciencia de cazador que su padre
le había enseñado a lo largo de los años.
Con
todo ello y su experiencia de las frutas y hierbas del bosque había sobrevivido
durante tres meses de camino hasta llegar a la posada donde ahora se encontraba
y donde acababa de perder la más valiosa de sus pertenencias: su arco.
Había
llegado la noche anterior y había ofrecido al posadero cantar y recitar para la
concurrencia a cambio de cena y cama. Habían cerrado el trato y Arven estuvo
hasta la medianoche cantando y contando las historias que le pedían los
huéspedes sin más descanso que una cerveza ocasional pagada por algún
parroquiano satisfecho. Luego le habían dado un plato de sopa con carne y le
habían hecho un lugar en el establo para extender su petate.
No
era que necesitara dormir a cubierto porque, aunque las noches aún eran
frescas, ya se sentía la primavera en el aire, pero necesitaba encontrar a
alguien que lo tomara a su servicio para poder avanzar con mayor rapidez y eso
sólo era factible en una posada. De todas formas, no había tenido suerte. Todos
los viajeros iban hacia el sur y los pocos que se dirigían hacia el norte
llevaban ya su guía, sus criados y sus defensores y ninguno quería hacerse
cargo de una boca más. De modo que ya había decidido marcharse y probar fortuna
en el siguiente pueblo cuando llegaron dos de los criados de la posada,
seguidos por el dueño, y, entre risas y golpes, le arrebataron lo único de
valor que llevaba consigo: su arco. Se había defendido con puñetazos, patadas y
mordiscos pero cuando había conseguido derribar a uno de los dos mozos, el
posadero tenía ya en sus manos el arco y Arven no había podido hacer nada por
recuperarlo. Así que allí se había quedado, a la puerta del establo, viendo los
preparativos de marcha de los demás viajeros hasta que el último se hubo
alejado y ya no quedó nada por ver.
Estaba
claro que no podía marcharse sin su arco pero tampoco podía recuperarlo a la
fuerza y no creía que el posadero o nadie de la casa tuviera un corazón que
pudiera ablandarse, ni por otra parte estaba él dispuesto a suplicar, así que
sólo le quedaba el recurso de ligar al ladrón con un sortilegio y esperar los
tres días necesarios para que hiciese efecto.
Ésa
era una de las cosas que había aprendido de su padre pero que nunca había
puesto a prueba porque era la primera vez en su vida que se encontraba en la
situación de que alguien le hubiera quitado algo que le pertenecía, de modo que
no estaba seguro de si el sortilegio funcionaría. Lo único que había que hacer
era pronunciar las palabras del conjuro y durante tres días con sus noches, no
prestar nada a nadie, ni lo más insignificante; la magia ligaría la vejiga del
ladrón y éste no podría orinar hasta que devolviera lo robado. Por eso había
que esperar tanto tiempo; al parecer había ladrones que no se convencían en un
plazo más corto.
Seguro
de que no le quedaba otra solución, urdió el sortilegio y se sentó al sol a
hacer lazos para pájaros tratando de olvidarse del hambre que tenía y
consolándose con la idea de que quizás a media tarde ya habría caído alguno en
una de sus trampas. Tendría que pasarse sin almuerzo como se había pasado sin
desayuno pero esperaba cenar por lo menos corraleja o airón, que eran los más
abundantes en la zona y si no, saldría por la noche a cazar culebras.
Tenía
ya todos sus lazos listos cuando vio salir a uno de los dos mozos que le habían
arrebatado el arco; lo siguió sigilosamente hasta detrás de unos arbustos y
esperó conteniendo la respiración. Si el conjuro no funcionaba, tendría que
empezar a pensar en otra cosa. Por el momento, al menos, no se oía el menor
ruido de agua. Vio que el mozo miraba hacia el camino y movía la cabeza
negativamente pero no quiso desviar la mirada de él para no tener dudas sobre
su éxito. Al cabo de unos instantes el hombre se dio la vuelta y comenzó a
caminar hacia la posada con una mirada tan perpleja que estuvo a punto de hacer
que Arven soltase la carcajada. La cosa iba bien. Ahora estaba convencido de
que sólo habría que esperar unos días.
Ya
estaba a punto de internarse en el bosque a colocar sus trampas cuando llegó a
sus oídos una voz de mujer que hablaba con el posadero a la puerta de la
taberna. Volvió silenciosamente sobre sus pasos y se acomodó de nuevo en el
taburete que había abandonado hacía unos instantes, deshizo un par de lazos y
empezó a montarlos de nuevo mientras trataba de oír qué era lo que decía la
recién llegada pero en ese momento entró el hombre en la taberna y acabó la
conversación.
Los
finos oídos de Arven siguieron los pasos de la desconocida hasta que se
detuvieron frente a él pero no alzó la cabeza hasta que la sombra de la mujer
cayó sobre su cara. Entonces levantó la vista, de la cuerda que tenía entre las
manos y la miró.
Era
una mujer alta, casi tan alta como él, con el color de piel más extraño que
había visto en su vida, un marrón claro como el de las avellanas jóvenes y todo
en ella era de ese color: los ojos, las cejas finas, el pelo corto y rizado.
Debía venir de muy lejos porque él nunca se había encontrado por las tierras
que conocía con nadie de esa raza. Tenía las mejillas enrojecidas por el sol y
llevaba unas joyas brillantes colgando de las orejas. A pesar de su edad era
bonita, o sí no bonita, era tan extraña que resultaba atractiva, como todo lo
que es único. Iba vestida con la ropa de viaje de la gente acomodada de más
allá de los bosques: botas marrones de cuero blando hasta más arriba de las
rodillas, pantalones ajustados verde oscuro, túnica marrón con la capucha
echada hacia atrás y un gran abrigo de cuero verde de mangas vueltas, ribeteado
de piel de zorro. No llevaba más adornos que los de las orejas y una fina
cadena de oro rojo sobre su pecho.
—Feliz
día —su voz era grave y dulce, una voz para cantar baladas.
—Feliz
día, señora —contestó Arven.
—¿Podrías
prestarme tu asiento, muchacho? He hecho un largo camino y tengo que esperar un
poco hasta que mi habitación esté preparada.
Lo
había dicho con la entonación del que pide algo tan natural que no se espera
que le digan que no, así que su cara reflejó sorpresa y un ligero enfado cuando
Arven, que ya se había levantado espontáneamente, volvió a sentarse y dijo:
—Lo
siento, señora. No puedo prestaros mi asiento.
Hubo
unos instantes de pausa en los que ninguno de los dos encontraba palabras para
salir de la desagradable situación. Al fin, con un suspiro, Arven añadió:
—No
puedo explicároslo pero si me prometéis no tomar mi taburete mientras vuelvo,
os traeré una silla de la taberna.
Ella
sonrió:
—Gracias,
esperaré de pie.
Arven
corrió a toda la velocidad de sus piernas hasta la taberna, escogió la silla
más cómoda y se la cargó a la espalda; en ese momento el posadero volvía del
patio con la misma expresión perpleja que Arven había visto antes en el mozo y
que se transformó instantáneamente en furia al ver al muchacho del arco con su
mejor sillón.
—Es
para la señora —gritó Arven desde la puerta mientras corría todo lo rápido que
le permitía su carga.
No
muy convencido, el posadero le siguió y ya iba a darse por satisfecho al ver
que su huésped se instalaba en el sillón que el chico había colocado debajo del
alero del establo para resguardarla del sol de mediodía, cuando la mujer le
hizo señas de que se acercara.
—Señor
posadero —preguntó la señora enredando su mano en la cadena que colgaba de su
cuello—, ¿sabéis de un buen guía que quiera conducirme hasta la planicie de
Tana, tras las Muelas del Gigante?
El
posadero bajó la vista como perdido en sus pensamientos y se restregó las manos
en el sucio delantal que cubría su panza.
—Eso
está muy al norte, señora. Ahora casi nadie se dirige al norte; no es buena
época. Está empezando la primavera y las gentes del bosque y otras criaturas
que no sé nombrar —dijo bajando la voz— están despertando del letargo invernal.
No es buen momento.
—Sí
—insistió ella— lo entiendo; pero para mí es absolutamente necesario llegar a
mi destino. ¿Podéis recomendarme un guía o no? Pagaré bien.
El
posadero movió la cabeza dubitativamente.
—No
sé, señora. Los mejores han partido ya. Todos hacia el sur. Quedan dos o tres,
pero no son recomendables. Borrachos, ¿sabéis? o cosas peores. Y tratándose de
una dama…
Ella
esbozó una sonrisa.
—Por
eso no os preocupéis. Sé cuidarme, señor posadero. No hubiera emprendido sola
un viaje así si no supiera cuidar de mí misma.
El
posadero seguía dudando.
—Está
Víangg, pero no sé; tendría que hablar con él.
—Saldré
al anochecer, hasta entonces hay tiempo.
Todo
el rostro del hombre expresó su incredulidad:
—¿Quiere
decir la señora que viajará de noche? ¿Hacia los bosques? Lo siento, pero ni el
mejor de la región haría eso. Ni por una fortuna.
Ella
desvió la mirada del posadero, como dando por terminada la conversación.
—Entonces
iré sola. Ya encontraré un guía en otra parte.
Arven,
que hasta entonces había estado pensando en la conveniencia de ofrecerse a
escoltar a la mujer, terminó de decidirse.
—Yo
os llevaré, si me aceptáis.
La
mujer y el posadero se volvieron a la vez hacia él.
—¿Conoces
el camino?
—Sí
—dijo Arven.
—No
—dijo el hombre.
Ella
giró la cabeza, de uno a otro con una sonrisa divertida.
—¿Y
bien?
—Señora,
no lo creáis. Este vagabundo llegó aquí ayer; no es de la región. No tenéis más
que mirar sus ropas, su aspecto y el color de su piel. Nunca ha estado en
nuestras tierras. No sabría llevaros más allá del río. Además no es más que un
muchacho y ni siquiera va armado.
Arven
sintió que toda la sangre de su cuerpo se le subía a la cara:
—No
voy armado porque tú me robaste el arco esta mañana. Todo lo que tenía, señora,
el arco de mi padre. Este canalla me engañó; me hizo cantar y recitar toda la
noche para sus huéspedes a cambio de un plato de sopa y luego me robó el arco.
Pero yo puedo llevar a la señora a donde me pida. No me he perdido jamás en
ninguna parte ni de día ni de noche, no tengo miedo a nada, soy hijo del bosque
—dijo mirando al posadero que, involuntariamente, había dado medio paso atrás,
y añadió— y soy buen arquero.
La
mujer guardó silencio unos momentos mientras observaba a Arven detenidamente,
sin prisa: un muchacho muy joven y muy alto, delgado pero fuerte, de piel verde
clara ligeramente azulada, cabellos plateados con mechas azules, orejas
puntiagudas y ojos clarísimos, casi transparentes. Hubiera sido casi de esperar
que tuviera alas pero no las tenía. Tenía, eso sí, dos brazos desnudos,
delgados y fuertes como lianas y manos finas de dedos largos y hábiles. Iba
vestido con una malla gris de una sola pieza y un chaleco verde muy usado. Todo
su aspecto hablaba de pobreza y determinación, como si se hubiera fijado una
alta meta y estuviera seguro de que harían falta muchos años de esfuerzo para
alcanzarla pero también que, de alguna manera, lo conseguiría. Se recordó a sí
misma a la edad del muchacho y sonrió.
—¿Cuál
es tu precio? —preguntó.
Sin
tener que pensarlo, Arven contestó instantáneamente:
—Mi
arco.
El
posadero estalló en una ruidosa carcajada.
—¿Ve
la señora lo que le decía? El muchacho es tonto. Por un viaje así podría haber
pedido más de veinte monedas de plata y se conforma con un arco viejo que no
vale un quinto.
—Para
mí, sí —contestó Arven con todo el orgullo de que era capaz— y al parecer para
ti también puesto que me lo has robado. Además, como es natural, la señora
tendrá que mantenerme mientras dure el viaje.
Arven
miró, inquieto, a la mujer tratando de ocultar la sombra de duda que estaba
empezando a sentir. Él conocía su propio valor pero ¿lo adivinaría ella? ¿No lo
vería como lo veía el posadero?, un muchacho inexperto lejos de su tierra en
busca de protección y compañía para un viaje cuyo destino sólo él conocía y no
estaba dispuesto a revelar.
—¿Cuánto
pides por el arco de mi guía, posadero?
La
señora había dejado de lado el tratamiento quizás al darse cuenta de que el
hombre no era todo lo honesto que ella había creído.
—Seis
monedas.
Ella
se echó a reír con una risa lenta, suave, con algo de peligroso en su fondo.
—Vamos,
vamos. Tú mismo acabas de decir que ese arco no vale ni un quinto. ¿Estás
tratando de insultarme, hombre?
Ese
«hombre», dicho deliberadamente al final de la frase, sonó como una pequeña
explosión en los oídos de Arven. La señora era valiente, de eso no cabía duda;
allí estaba, relajada y sonriente en su sillón mientras el posadero pugnaba por
recuperar el control de sí mismo y conciliar sus intereses con su orgullo
herido. Consiguió dominarse por fin y masculló:
—Si
no fueseis una dama…
—Lo
soy. Pero si estás dispuesto a luchar conmigo, podemos olvidarlo los dos
durante unos instantes.
El
aura de peligro que emanaba de la señora plácidamente recostada en el sillón
era tan fuerte que el posadero optó por retirarse murmurando que iba a traer el
arco y Arven empezó a reconsiderar su idea de viajar con aquella mujer que
hacía temblar a dos hombres con el susurro de su voz.
—Muchacho…
Arven
dio un respingo; desde donde estaba ahora, en la penumbra del establo, tras el
sillón de la mujer, sólo podía ver su mano derecha que ondulaba como una
serpiente de agua, llamándolo. Un joya en la que no se había fijado antes, tres
anillos engarzados, de diferentes materiales, lanzaba destellos al sol de
mediodía.
Dejándose
conducir por la fascinación de la ondulante mano enjoyada, se colocó a la
derecha de la mujer.
—Señora.
—Te
tomo a mi servicio, si todavía te interesa. ¿Hay algo más que quieras poner en
claro antes de cerrar el trato?
Arven
se irguió, tomó aliento y dijo, firme, pero muy rápido para que pasara pronto
el mal momento:
—Seré
vuestro guía, os defenderé hasta el límite de mis fuerzas y mis habilidades y
os seré fiel hasta que, tras las Muelas de Gigante, nuestros caminos se
separen, pero no habéis comprado mi vida ni mi honor, sólo mis servicios. Yo no
tengo amo.
Aquellas
palabras sonaban como una fórmula establecida y, aunque ella no las había
escuchado nunca, las aceptó como si las conociera, con una expresión seria y
respetuosa; inclinó la cabeza y contestó:
—Te
recibo en esas condiciones y las cumpliré. Atenderé a tu manutención mientras
dure el viaje y rescataré tu arco. Aparte de eso no tengo ninguna otra
responsabilidad para contigo. ¿Estás de acuerdo?
Arven
asintió con la cabeza, se inclinó hacia donde estaba su carcaj y, tomando una
flecha, la partió en dos mitades, entregó a la mujer la parte trasera, adornada
con plumas blancas y azules y se colgó del cuello el otro trozo:
—Hasta
que se vuelvan a unir las dos mitades, tú tienes la orientación y el equilibrio
de mis flechas pero una flecha sin plumas es todavía un arma y una vara sin
punta es menos que nada. Señora, soy Arven, tu arquero.
Para
que el muchacho no pudiera ver la sonrisa que ya le desbordaba los labios ante
tanto formalismo y tanta tradición, la dama se puso en pie y, como de pasada,
aclaró:
—Me
alegro de haberte encontrado, Arven. Vamos a ver si ese ladrón de posadero nos
prepara algo de comer y nos entrega tu arco de una maldita vez. Llámame Fang
Tai.
Después
de la mejor comida que había probado en tres meses y mientras la señora se
retiraba a descansar, Arven fue hasta el bosque cercano a colocar sus trampas.
Era muy posible que en el poco tiempo que quedaba hasta su marcha no cayese
ningún pájaro en sus lazos pero no se perdía nada intentándolo y siempre era
tranquilizador saber que el desayuno estaba asegurado.
Caminando
entre los altos árboles se sentía libre y feliz, con la felicidad inconsciente
del que está en su elemento, y sus movimientos eran elásticos y ligeros,
silenciosos, rítmicos. Se preguntaba de dónde vendría aquella extraña mujer que
acababa de comprar su brazo y su arco. El mundo debía de ser grande, muy
grande, mucho más de lo que él se había podido imaginar en la cabaña de troncos
que había sido su hogar hasta dos inviernos después de la muerte de su padre.
Él le había contado a veces que en una ocasión había escuchado a un viajero que
decía venir del otro lado del mundo, de un lugar donde no había bosques, ni
montañas, sino arena como la de los ríos pero en increíbles extensiones, arena
hasta donde abarcaba la vista y luego, después de días y días de marcha sobre
la arena donde nada crecía, el mar, una inmensa extensión de agua lisa y plana
a la que no se veía el fin, cubierta de espumas que saltaban y se revolcaban
empujadas por el viento hasta deshacerse a los pies del viajero.
Arven
nunca había visto nada similar pero, de alguna manera, con parte de su mente,
podía imaginarlo y le atraía. Lo que ya no se podía imaginar es que de verdad
hubiera algún lugar donde no creciera ningún tipo de árbol, ni plantas, ni
arbustos, ni nada; un lugar sin setas, sin moras, sin frutos de ninguna clase,
sin animales. No podía imaginarlo pero en su limitada experiencia aquello le
parecía lo más espantoso que pudiera existir.
Tal
vez la mujer viniera de aquella parte porque su pelo y su piel eran de color de
arena y su voz era caliente. Si pudiera hacer que ella le contara cosas de las
que había visto… porque con aquella mirada tenía que haber visto multitud de
cosas fantásticas y desconocidas. Si él pudiera preguntarle… pero no. Un
kenddhai no pregunta nunca.
Suspiró
mientras colocaba la última de sus trampas y se sentaba en un tronco caído. Un
kenddhai. ¿Por qué la máxima aspiración de su vida no podía conciliarse con su
naturaleza? Esa era la pregunta maldita que se hacía diariamente. La curiosidad
no es digna de un arquero kenddhai; las cosas son como son y así se toman. Si
es preciso que sepas algo, se te dirá; si no se te ha dicho, no te interesa. Es
estúpido llenarse la cabeza, de respuestas y preguntas que no te hacen falta.
¿Para qué quieres tú saber de dónde viene la señora, por ejemplo? esa pregunta
sólo te llevará a otras y acabarás convirtiéndote en un viejo compadre y no en
un kenddhai.
Arven
lo sabía, lo sabía porque se lo había explicado su padre desde muy pequeño con
la esperanza de que la madre volviera alguna vez y lo reconociera como arquero
de su estirpe. Pero ella nunca había vuelto.
Se
había ido cuando Arven, que entonces tampoco se llamaba así, tenía poco más de
cuatro años, llevándose sus joyas y sus ropas de ceremonia, lo que indicaba,
según el código de su clan, que se había marchado por su propia voluntad y que
no debían buscarla. También significaba que volvería porque había dejado una
manga de su vestido de casamiento, pero nunca había regresado. Su padre le
había enseñado todo lo que sabía y le había ido preparando para que cuando ella
volviera se sintiera orgullosa de su hijo y pudiera hacer de él un kenddhai con
la marca de ópalo en su frente, pero habían ido pasando los años y con ellos la
amargura de su padre se había ido haciendo más sutil y más profunda. Él no
podía discutir ni juzgar la decisión de su esposa pero Arven sabía que en el
fondo de su corazón la herida no sanaría jamás. Aunque trataban de ocultarlo,
incluso el uno al otro, los dos se sentían abandonados y traicionados porque no
podían comprender qué era lo que la había alejado de ellos. Nunca habían
deshonrado su nombre ni su casa, se habían comportado respetuosa y
valientemente y, por lo que Arven podía recordar, ninguna esposa había tenido
nunca un marido que cumpliera tan fielmente el código de conducta de los
kenddhai. Para su padre ser arquero kenddhai había sido la razón de su vida y
por eso lo era también para Arven. Porque lo habían sido sus padres, porque era
lo más alto y lo más noble a que se podía aspirar y porque no conocía ninguna
otra cosa. El problema es que no sabía por dónde empezar para lograrlo. Por eso
iba hacia el norte, para hacer una pregunta y obtener una respuesta. Que eso
estuviera en contradicción con las reglas de su estirpe era algo que no podía
evitar pero no conocía otro camino. Y cuando el problema le angustiaba
demasiado, su agudo ingenio le sugería siempre la respuesta: si aún no eres
arquero kenddhai no estás sujeto a sus reglas por muy bien que las conozcas.
Busca primero esa respuesta y luego ya se verá. No era una solución muy
satisfactoria pero a veces lo tranquilizaba. Si él pudiera dejar de ser tan
curioso, las cosas serían mucho más fáciles pero no podía acallar el deseo de
saber todo lo que no sabía, aunque fueran cosas pequeñas, intrascendentes,
cosas que, en definitiva, no le importaban y que no servían para templar su
fuerza, ni su obediencia, ni su paciencia pero que le dejaban un feliz
cosquilleo en el cerebro por el que, sin embargo, siempre se sentía culpable. Y
ahora, viajando con la dama extranjera, esa sensación estaría siempre presente;
¿cómo acompañar durante cinco días a alguien que viene de tan lejos y
resignarse a no aprender nada, a separarse tan ignorante como antes, con la
pura ignorancia de los grandes arqueros? Sólo el nombre de la dama le intrigaba
ya. Fang Tai, había dicho. Era la primera vez que conocía a alguien con dos
nombres. ¿Para qué podía querer alguien tener dos nombres?
Fastidiado,
se levantó del tronco espantando con su movimiento a unos pajarillos que
cazaban gusanos cerca de allí. Empezaba a caer la tarde y el frío del viento
recordaba que la primavera aún no había vencido pero no podía tardar mucho
porque al pie de los troncos más gruesos las campanillas nocturnas empezaban a
abrir sus botones blancos y rosados. Recorrió las trampas esforzándose en no
pensar en nada, tratando de sentir la vida resbalando sobre su piel, un
elemento más del bosque, luchando silenciosamente por controlar las mariposas
que bailaban en su estómago cuando pensaba que al cabo de muy pocas horas
estaría caminando en la noche en la dirección correcta. Hacia su futuro.
Había
puesto las trampas demasiado tarde; sólo había caído una pequeña corraleja que
no serviría ni para alimentarlo a él solo. Insensible a los picotazos del
pájaro aterrorizado, Arven deslizó el nudo y lo dejó volar. Lo estuvo mirando
hasta que se perdió de vista en el Poniente y entonces dio media vuelta y
regresó a la taberna a cumplir su trato.
—Es
la primera vez que me encuentro en un mundo tan enormemente primitivo, tan
alejado de mi propio concepto de civilización y, aunque antes de venir he
estudiado todos los datos disponibles, no logro quitarme de encima la sensación
de que de un momento a otro voy a hacer algo absolutamente incorrecto, algo que
puede llegar quizás a delatar mi origen o, si no mi origen, por lo menos que no
he nacido en este planeta. Lo único que me tranquiliza es que la idea es
prácticamente inconcebible para un nativo ya que, por lo que sé, su ciencia ni
siquiera ha llegado a identificar a las estrellas del cielo nocturno como soles
en torno a los cuales giran planetas habitados. No creo que la Liga pueda
tener, por el momento, ningún interés en anexionar este mundo; saldría
demasiado caro y no nos reportaría ninguna ventaja pero si me han enviado aquí
es que quieren asegurarse algún tipo de control, o más bien de asidero en el
planeta. No sé. Naturalmente no me han explicado nada y tengo ya demasiada
experiencia para hacer preguntas inconvenientes así que intentaré cumplir mi
misión lo más deprisa posible y salir de aquí cuanto antes.
»Me
inquieta este mundo tan lleno de naturaleza, tan poco domado por la mano del
hombre; aquí casi todo es natural, se toman las cosas existentes y se utilizan
como son, sin trabajarlas, sin mejorarlas apenas. Se viaja a pie o en carros
tirados por animales, se visten prendas de cuero o lana, se vive en casas de
troncos o de barro. Es inquietante.
»En
el simulador de ambientes de la Escuela hicimos ejercicios con mundos de este
tipo, por supuesto, pero a pesar de que también en el simulador los peligros
son reales, la sensación que se experimenta no es la misma. Tengo mis años de
entrenamiento, mi experiencia y mis armas pero me siento terriblemente
expuesta.
»Me
alegra haber encontrado a Arven; es sólo un muchacho pero despide seguridad y
si de verdad es un vagabundo, como dice el posadero, es un punto a su favor ya
que tendrá los conocimientos específicos de supervivencia que yo necesito. Es
curioso, no tendrá más de diecisiete años y ya anda solo, libre de todo
control, tomando y dejando lo que le interesa. Yo, a esa edad ni siquiera había
pasado la primera etapa de la Escuela. Sin embargo él aquí es casi un hombre y
me figuro que las mujeres de su edad deben ya tener hijos. He debido de
parecerle tremendamente vieja y, si no me equivoco, también peligrosa. Mejor
así.
»Dentro
de unas horas emprenderemos viaje hacia nuestro destino. He preferido no decir
a dónde voy por simple prudencia; ya habrá tiempo de aclararlo si el chico
resulta ser un buen guía. Si no, detrás de las montañas nos separaremos y nunca
sabrá a dónde voy o a qué. Me resulta simpático pero no puedo arriesgarme a
cometer errores, especialmente en esta misión en la que he decidido hablar con
mi víctima antes de matarla. Debo hacer la pregunta aunque lo más probable es
que no se trate más que de supersticiones y la respuesta no me sirva de nada,
pero tengo que intentarlo.
»Me
gustaría saber por qué el posadero ha tenido esa reacción ante mi idea de
viajar de noche. Según los informes, la mayoría de los animales dañinos duermen
durante la noche y eso aumenta la seguridad del viaje, o ¿quizás haya algo que
no está en nuestros informes? No sería de extrañar porque sólo son
observaciones superficiales y tienen ya más de cien años. En fin, si viajar de
noche resulta arriesgado por la razón que sea, habrá que hacerlo de día más
adelante pero ahora no puedo cambiar de opinión.
Se
giró hacia la ventana y dejó de susurrarle a su grabadora. Para cualquier
posible observador estaría claro que la señora estaba diciendo sus plegarias
antes de retirarse a descansar. Corrió las pesadas cortinas granate y se tendió
vestida sobre la cama acariciando un pequeño holopak con la imagen de su madre
como era antes de desaparecer en su última misión. Apretándolo todavía en su
mano, se quedó dormida.
Caminaron
en silencio los primeros kilómetros sintiendo en la piel el frío de la noche
que se acercaba. A su izquierda, el sol se había ocultado tras las altas
colinas pero las nubes tenían aún los bordes dorados y un violento color de
incendio. El valle estaba ya en sombra pero la visibilidad era perfecta y toda
clase de pájaros cruzaban el cielo violáceo llenando la tarde con sus gritos.
Arven
iba delante por el sendero silbando suavemente una canción y reprimiendo el
deseo de dar gritos y volteretas como los pájaros; Fang Tai le seguía mirando
el atardecer, con el anhelo puesto en la llegada y no en el camino. En su mundo
no había viajeros; nadie elegiría un sistema lento de transporte cuando los
había más rápidos que el pensamiento, por lo menos en la zona centro. Su
civilización había olvidado que un modo de viajar era recrearse en el camino,
en lo que sucede desde que uno parte hasta que llega, en los cambios que ofrece
la marcha, en las gentes que se puede encontrar. En su mundo sólo importaba el
llegar, no el ir llegando y por eso ella no podía comprender la aparente
alegría de Arven, su canción, su marcha elástica de caminante, la despreocupación
con que miraba al frente, a los bosques que surgían como una nube oscura al
otro lado del río. Les faltaba aún un buen trecho para llegar al único puente.
No se podía vadear porque habían empezado a fundirse las nieves de las laderas
y el río venía muy alto, un caudal imponente, lento y verde opaco como un
espejo velado. Arrastraba ramas y troncos de las tierras altas sobre los que
reposaban un momento montones de pájaros oscuros de una especie desconocida
para ella, que luego volvían a levantar el vuelo para dejarse caer sobre otro
tronco un poco más adelante.
Se
preguntó de nuevo qué importancia podía tener alguien en aquel planeta perdido
en el borde de la Galaxia para que se hubieran tomado las molestias de
depositarla allí y pagarle unos honorarios que muy pocos podían permitirse en
la Liga. Normalmente sus misiones, por esa razón, solían ser encargos de
instituciones oficiales y grandes entidades y sus víctimas eran, por lo
general, personas relacionadas con las altas finanzas o la política, personas
que movían ingentes cantidades de dinero o que tenían una influencia decisiva
en las grandes decisiones interplanetarias; ocasionalmente sus asesinatos eran
un regalo de un amigo millonario a otro o incluso un suicidio mucho más lujoso
que el que ofrecían las instituciones convencionales de muerte voluntariamente
elegida. Pero estos encargos eran una minoría; en la mayor parte de los casos
se trataba de misiones como la que ahora tenía entre manos, en aquel planeta
cuyo nombre local ni siquiera conocía. Y esta vez iba a matar a alguien a quien
nunca había visto. No era su costumbre hacerlo así. Sus trabajos solían
requerir una intensa y cuidada preparación pero en este caso las informaciones
disponibles eran tan escasas que le había parecido que el mejor curso de acción
era llegar con tiempo e ir forjando el curso de acción sobre la marcha. De
momento lo más práctico sería ir sonsacando al muchacho para que le contara
cosas sobre su sociedad que quizá más adelante pudieran serle útiles. Ni
siquiera sabía qué sentían los nativos sobre el tema de la muerte ni cuál era
su valoración moral de un asesino de profesión. Prácticamente había tantas
posibilidades como mundos habitados en la consideración de esos temas. Tanto
podía ser honrada y venerada por su naturaleza divina de dadora de muerte como
ejecutada sin derecho a juicio. Por eso lo más prudente era callar y aguardar
hasta saber lo suficiente para tomar una decisión.
La
noche había caído casi por completo. En una penumbra azul que casi no permitía
distinguir los contornos de las cosas, siguieron avanzando hacia el puente, una
construcción techada de gruesas vigas de madera a la que se accedía por unas
escaleras de piedra muy gastadas.
Penetraron
en el puente en medio de una oscuridad casi total. Sus pasos resonaban
extrañamente en el repentino silencio de la noche y corría un viento frío que
les alborotaba el cabello y traía a sus oídos un fuerte rumor de piedras
arrastradas por la corriente. El viento, que fuera del puente era casi
imperceptible, se iba haciendo más fuerte y cortante a medida que avanzaban
hacia el centro y, con cada paso que daban, el rumor de rocas se hacía más
intenso y se mezclaba con un sonido dulce y lejano, difícil de interpretar.
Repentinamente Arven se detuvo y Fang Tai, que en la oscuridad no se había dado
cuenta, chocó con él. Él la sujetó por el brazo y la hizo girarse en una
dirección en la que el extraño sonido se oía más claro:
—¿Oís,
señora? Las criaturas del bosque se han despertado pronto este año. Espero que
aún estén de buen humor y permitan pasar a alguien que es casi pariente suyo
—había risa en su voz y también un ligero temblor de inseguridad.
Fang
Tai preguntó:
—¿Qué
son esas criaturas del bosque? ¿Qué es lo que las hace tan peligrosas?
—Si
tenemos suerte, ni siquiera nos cruzaremos con ellas y yo contestaré a todas
vuestras preguntas cuando hayamos dejado atrás las montañas y estemos fuera de
su alcance. Si no tenemos suerte, obtendréis sin necesidad de mis palabras la
respuesta que buscáis. Personalmente, preferiría el primer caso pero
ammándatai.
—¿Cómo?
No he entendido bien lo último que has dicho.
—Perdonadme,
no me di cuenta. Es una expresión de los míos. Quiere decir algo así como que
ya se verá, que ya traerá el futuro lo que ahora nos preocupa y que hay que
tener paciencia.
—Sí;
es un buen consejo. Ammándatai. ¿Vamos?
El
puente se acababa y, frente a ellos, una leve silueta negra, más negra que el
negro cielo estrellado, surgía el bosque y, desde algún lugar en su interior,
el viento traía retazos de cantos, de risas, de extrañas músicas que se
desvanecían como un perfume cuando el oído quería seguirlas y el cerebro
reconocer su cadencia.
Con
un escalofrío en la columna, Arven porque sabía lo que les esperaba y Fang Tai
porque lo ignoraba, penetraron en el bosque.
Doblada
sobre sí misma por el dolor de su espalda que repentinamente había vuelto a
agudizarse, la Intocable, como un jirón dé niebla sulfurosa, subía renqueando
las interminables escaleras talladas en la piedra del pasadizo, apoyándose en
su bastón y en la pared de roca viva para no resbalar en los peldaños bruñidos
por el uso y el agua que continuamente se deslizaba sobre ellos.
Mientras
subía, sus labios se movían en una continua cadena de maldiciones ahogadas y,
de vez en cuando, en los descansos que hacía para recuperar aliento, dirigía
hacia arriba el bastón, en cuya punta fosforecía una débil luz verdosa, para
hacerse una idea de cuánto camino le quedaba aún; volvía a maldecir entre
dientes y pensaba, como todos los días, ya que su camino era diario, que si de
verdad su poder fuera tan grande como sus visitantes creían, ya haría mucho
tiempo que hubiera ideado otro medio para llegar a la Gran Caverna de las
Respuestas. Pero todo poder, incluso el más grande, como ella bien sabía, tiene
sus limitaciones y exige sus sacrificios y para ella esa inacabable ascensión
cotidiana era uno de los más molestos físicamente pero en absoluto uno de los
peores. Había otras cosas: las constantes emanaciones de la montaña de fuego
que la desgarraban por dentro, el silencio letal del que surgían las
respuestas, la energía enceguecedora que arrebataba la razón… y las otras
cosas, cosas demasiado terribles para ser nombradas, para ser pensadas
siquiera.
Sacudió
la cabeza para alejar de sí aquellos seres que su pensamiento había empezado a
convocar y siguió ascendiendo por el interior de la montaña. Estaba cansada,
muy cansada. Algo en su interior le decía que su espera ya no sería mucho más
larga pero todos los días subía con la esperanza de encontrar el relevo y el
descanso y todos los días volvía a sumirse en las profundidades de roca doblada
por el peso del dolor y de la soledad de su destino. La muerte no llegaba y
tampoco la mujer que habría de sustituirla en la sagrada tarea. Y ella no podía
dejarse morir sin haber encontrado otra Presencia, otra Voz, pero los años
pesaban como roca sobre su corazón y su cabeza y en ocasiones había llegado
incluso a sentir que una parte de sí misma se rebelaba contra su aceptación de
las fuerzas que marcaban su vida.
Llegó
por fin a la sala más alta y se dirigió, vacilante, al trípode de su cámara,
una pequeña habitación casi circular excavada en la roca, que comunicaba con la
Gran Caverna a través de un corto pasadizo. Se dejó caer sobre el trípode con
un suspiro de alivio y contempló un momento sus manos al rojo resplandor de uno
de los pozos que se abrían al corazón del volcán. Sus manos, que en otro
tiempo, en otra vida, habían sido jóvenes y bellas, finas, ágiles, de piel lisa
y suave, se habían convertido en garras arrugadas y retorcidas de uñas largas,
duras, amarillentas; sus articulaciones estaban deformadas y las venas
hinchadas sobresalían como tallos en su piel moteada. Las flexionó un par de
veces y, con una rápida mueca de amargura, las hundió entre los pliegues de su
vestidura gris. ¿Cuántos años habían pasado desde su juventud? ¿Cuántas
primaveras habrían pasado sobre el mundo desde que ella lo había abandonado?
Muchas, sin duda. Muchas jóvenes hermosas y ágiles habrían nacido y madurado y
engendrado y parido niñas hermosas y ágiles, bajo el sol y junto a las aguas. Y
una de ellas, sólo una de ellas estaría preparada para cargar con la pesada
tarea que ya aplastaba sus frágiles hombros de anciana. Pero no llegaba, no
llegaba y ella no podría soportar mucho más, ni con la ayuda de todos los
poderes del cielo y de la tierra, porque su espíritu también se había vuelto
débil. La degeneración no había alcanzado sólo a su cuerpo. También su alma, en
lugar de crecer y ensancharse con el Poder, como había ocurrido en los primeros
tiempos, se había vuelto torturada y enferma. El Poder la desbordaba y su pobre
vida era ya un vaso demasiado pequeño para contenerlo y canalizarlo. Y el mundo
necesitaba una depositaria del Poder.
¿Se
habrían olvidado ya los seres del mundo exterior de su existencia? No, eso era
imposible. No pasaban más de diez o doce días sin que acudiera alguien buscando
una respuesta a su pregunta; a veces, en tiempos conflictivos, eran incluso
muchos los que esperaban, temblando, su turno para hacer la ofrenda y formular
su deseo. No, no se habían olvidado de ella. El altar al pie de la montaña
estaba siempre lleno de regalos y en los veranos se celebraban los sacrificios
rituales. Entonces, ¿cómo era posible que su sucesora no sintiera ya en su
interior la imperiosa necesidad de abandonarlo todo y dirigirse a su encuentro,
a recibir de sus manos los símbolos y las enseñanzas que la convertirían en lo
que debía ser?
Con
otro suspiro, abandonó sus meditaciones y, como todos los días, comenzó su
búsqueda. A una orden de sus ojos y de sus manos, un caldero que recogía en un
rincón el agua que escurría por la pared de h cueva giró lentamente sobre sí
mismo, se alzó del suelo y se colgó con un chillido metálico del gancho que
pendía de una estructura de diferentes metales nobles que se erguía frente a su
asiento y sobre uno de los pozos llameantes. Ella acercó un poco su trípode
para poder mirar con comodidad en el interior del caldero y dirigió su vista a
la superficie del agua que se iba calmando poco a poco. Esperó unos minutos y
cuando quedó lisa y quieta como un espejo vacío, extendió su mano izquierda
hacia atrás y, sin separar la vista del fondo del caldero, dijo en voz alta:
—Acedonia,
liquen de la roca y las tierras heladas, por tu virtud conjuro la visión del
camino de las tierras que existen al norte de mi santuario. Muéstrame quién
camina en tus dominios y si se dirigen a mi presencia.
Detrás
de la Intocable, una de los cientos de vasijas de pulida roca negra que
llenaban hasta el techo un segmento de la cueva, se agitó y voló despacio hasta
su mano. Ella la tomó con una fugaz sonrisa, la destapó y esparció sobre el
agua del caldero un puñado de hierbas secas. Al tocar la superficie, las
hierbas se orientaron en distintas direcciones como si estuvieran dotadas de
vida propia y en segundos formaron un diseño con un espacio de agua lisa en su
interior. La anciana se inclinó sobre el dibujo, concentró su mirada en él y
sus pupilas se empequeñecieron; entonces toda expresión abandonó su cara, se
introdujo en el diseño y vio.
Voló
sobre llanuras heladas y desiertas donde pronto empezaría tímidamente el
deshielo, subió hasta el mar, un bloque sólido de aguas congeladas, pasó sobre
los cadáveres de una partida de caza que nunca regresaría a su hogar, buscó las
últimas aldeas en la misma frontera de la muerte helada, pero nadie caminaba en
su dirección, nadie tenía en su corazón una pregunta, ninguna muchacha tenía la
marca en su mente. Volvió a la cueva. Había esperado ese resultado. Del norte
rara vez había acudido alguien, estaban demasiado ocupados arrancándole a la
naturaleza migajas de una mísera existencia, pero, a pesar de todo, era una
decepción.
Giró
su mano lentamente por encima del caldero diciendo:
—Vuelve
a tu lugar, acedonia, me has servido bien.
Las
hojas se juntaron en el centro del líquido y empezaron a girar aglomerándose
más y más deprisa hasta que, de golpe, se levantaron del caldero y, como un
pequeño torbellino, volvieron al interior de la vasija.
La
anciana se pasó las manos por la cara, contrariada por el primer fracaso, y
volvió a extender la mano en dirección a la fila de recipientes negros:
—Te
convoco, vivisilca, flor de la tierra donde muere el sol. Muéstrame el camino
de los seres que se agitan bajo tu dominio.
Una
flores rojas, de intenso perfume, cayeron en el agua quieta. Ella penetró en su
dibujo y vio.
Altas
montañas de roca cubiertas de bosques rebosantes de vida, todas las criaturas
despertando al calor de la primavera, un paisaje de colinas que se iban
suavizando más y más al oeste hasta convertirse en fértiles praderas verdes y
campos de cultivo, caravanas y grupos de viajeros y mercaderes, gentes ocupadas
en sus pequeñas luchas y sus míseras intrigas, seres dedicados al amor, al
odio, a la venganza, a la gratitud, criaturas que esperarían al otoño para
traerle sus preguntas y sus temores. Tampoco la elegida estaba en camino desde
Poniente.
Volvió
la vivisilca a su vasija y los labios de la mujer se tensaron en una mueca de
contrariedad. El dolor de su espalda se hizo más agudo y la esperanza, que
hubiera podido templarlo, se encontraba ausente. Con un gesto de impaciencia,
dirigió una vez más la mano hacia los vasos:
—Droncelia
de las tierras del sur y savennia del sol naciente, os llamo juntas en mi ayuda
para descubrir el camino de los que a mí se acercan. Haced vuestra imagen ancha
y traed consuelo a mi debilidad. Yo os conjuro por el Poder del que soy
depositaria.
Un
diseño de hojas verdes y flores blancas quedó flotando sobre el espejo del
agua; un perfume fresco y amargo luchó un segundo contra el olor a azufre del
volcán y desapareció. La anciana entró en el diseño y vio.
Hacia
el este praderas y ríos, claros bosquecillos a orillas de grandes lagos azules.
Gentes, muchas gentes, como hacia Poniente, todos ocupados con sus siembras, su
comercio, sus propias preocupaciones. Voló hacia el sur, hacia los bosques
inmensos y secretos, llenos de criaturas impregnadas de poder; los caminos
transitados por viajeros que se dirigían más y más al sur, hacia los mares
cálidos y los desiertos que no alcanzarían. Y entonces los vio. Tres figuras
que avanzaban hacia el Santuario. Dos mujeres y un hombre. Él y una mujer
caminaban juntos y la otra mujer ascendía desde el este. Sus ojos destellaron
de felicidad porque, aunque todavía no podía precisarlo, sabía que su espera
pronto terminaría; desde el sur y desde el este se acercaba la paz, el
descanso, el relevo y las preguntas. Los tres llevaban preguntas en sus
corazones. Las contestaría antes de descansar y entonces vendría el sueño.
Al
entrar en el bosque el viento se calmó y el silencio cayó sobre ellos
cubriéndolos como una manta mojada; los pies de Arven, calzados con blandos
mocasines de piel, no producían el menor sonido mientras que los entrenados
pasos de Fang Tai, por contra, parecían proceder de un animal pesado.
Arven,
incómodo y preocupado, se giró hacia ella y le susurró al oído:
—Procurad
hacer menos ruido, señora, las gentes del bosque tienen el oído fino.
Ella
le contestó en el mismo tono de voz:
—¿Crees
que pueden oír ese levísimo crujido?
—Señora,
en mis oídos suena como una avalancha, pero no se trata de eso. Ellos ya saben
que estamos aquí y no precisamente por el sonido, pero no pueden imaginarse que
alguien sea capaz de hacer tanto ruido involuntariamente. Pueden tomarlo por
una provocación.
Le
hubiera gustado poder decirle que sus calificaciones en ejercicios nocturnos y
trabajos exteriores habían sido siempre excelentes, pero se contuvo. Prefirió
preguntar algo que le preocupaba más:
—¿Crees
que nos atacarán?
—No,
no lo creo. Por lo menos aún no y no aquí, tan cerca de la civilización.
Fang
Tai aprovechó que Arven no podía verla para hacer una amplia sonrisa.
Civilización, había dicho.
—Normalmente
prefieren jugar un poco con los viajeros antes de darles un buen susto, pero no
suelen hacer daño auténtico, sobre todo a principios de la buena estación
cuando están felices por haber renacido. Y no hablemos más —dijo,
interrumpiendo la pregunta que adivinaba en ella—. Hay que hacer mucho camino
todavía.
Siguieron
adelante en una oscuridad casi completa en la que sólo las formas negras de las
cosas más cercanas resaltaban algo sobre la negrura general. Fang Tai no
comprendía cómo se guiaba el muchacho en aquellas tinieblas salpicadas de ojos
de animales que aparecían y desaparecían sin ruido; a veces se oía algún
chillido y enseguida volvía a reinar el silencio. También en dos ocasiones
volvió a llegarles la extraña cadencia que habían oído en el puente pero ellos
no parecían caminar en la dirección del sonido porque siempre lo dejaban atrás
o se extinguía antes de poder precisar su procedencia.
Fang
Tai se preguntaba qué clase de seres podían ser aquellos que cantaban y tocaban
así en las tinieblas impenetrables del bosque y, por más que repasaba en el
informe que tenía grabado en el cerebro, no encontraba ninguna alusión a esas
criaturas. Quizá no fueran más que alucinaciones pero en cualquier caso las
horas de marcha estaban empezando a agotar sus nervios de un modo que no
hubiera creído posible. Se descubrió deseando que amaneciera pronto y eso la
molestó porque era una señal de debilidad y porque su guía, aquel niño, no daba
la impresión de haber sufrido el mismo desgaste nervioso aunque no podía estar
segura, porque hacía horas que caminaban en silencio uno detrás del otro sin
intercambiar un pensamiento.
Esa
idea y la necesidad de asegurarse de alguna manera de que los dos seguían vivos
en medio de la nada, hizo que, casi sin proponérselo, emitiera una tímida
llamada telepática en dirección a Arven. En contra de lo que había esperado, le
llegó, fuerte y clara, una respuesta que era también una orden: NO. Sólo eso:
NO.
No
podía saber si efectivamente era su guía el que le había respondido pero el
mensaje no dejaba lugar a dudas. Debía callar y esperar tranquila al amanecer
para hacer todas las preguntas que había estado amontonando en la noche
inacabable.
Al
cabo de otra eternidad de oscuridad y silencio Arven se detuvo y dijo en voz
normal:
—Descansemos
aquí. Pronto amanecerá.
—Pero
¿y ellos?
—¿Ellos?
Se fueron hace tiempo. Ahora estamos solos y pronto habrá luz. Fuera del bosque
ya debe haber empezado a clarear pero la luz tardará un poco en llegar hasta
aquí.
—¿Cómo
lo sabes?
—Porque
las dulcimelas empezaron a abrirse hace rato —Arven se inclinó y le mostró unas
florecillas vagamente reconocibles como sombras junto a la sombra de su mano.
—Y
lo otro ¿cómo sabes lo otro?
—¡Ah!
eso —Arven pareció ignorar la pregunta.
Ella
se dejó caer al pie de un árbol y apoyó la cabeza en el tronco.
—Quizá
no haya sido una buena idea viajar de noche.
—Quizá
no.
—Y
¿por qué no me lo dijiste?
—Porque,
como ya habéis visto, se puede hacer. Tal vez no sea lo más agradable del mundo
pero es posible. La señora quería viajar de noche y eso hemos hecho. Si ahora
la señora desea viajar de día, lo haremos.
Ella
sostuvo su mirada un momento y luego cerró los ojos. Arven era sólo una
altísima silueta visto desde donde ella se encontraba, reclinada a sus pies.
Sentía un enorme cansancio y unas ganas terribles de terminar su misión y
regresar a su casa, su maravillosa casa sobre el acantilado en un mundo donde
no había bosques tenebrosos ni criaturas extrañas de las que protegerse sin
saber cómo hacerlo.
Contestó
tratando de dar a sus palabras un tono de indolencia:
—Sí,
creo que será mejor que viajemos de día. Si hay peligro, prefiero enfrentarlo
con luz. Siempre hay más posibilidades de vencer.
—No
siempre, señora, no siempre. La luz no ilumina todo lo que existe.
Sin
añadir más, trepó a uno de los árboles, se acuclilló en un lugar desde donde
podía ver a la mujer acostada y, poniendo su arco entre su mentón y sus
rodillas, se dispuso a dormir.
Ella
lo miró, perpleja:
—¿Qué
haces ahí?
—Dormir,
señora. Es lo mejor que podemos hacer. Si sucede algo, desde aquí os tengo
cubierta. Si no, descansaremos y ya decidiremos lo que hay que hacer.
—Ammándatai
—dijo ella, sonriéndole.
Arven
le devolvió la sonrisa y cerró los ojos. Era dura la señora y, a su manera,
agradable. Había aprendido esa palabra de su lengua como una manera de darle
las gracias discretamente por lo que había hecho. Era resistente, más de lo que
se había imaginado, pero estaba claro que no tenía ninguna experiencia real de
la vida en el bosque, aunque daba la impresión de que alguien le había enseñado
teóricamente cómo comportarse. Recordando su sonrisa sentía un agradable calor
en el estómago que se transformaba en un pedazo de hielo cuando pensaba en cómo
había intentado introducirse en su mente. No podía tener la seguridad de que
hubiese sido ella y no una de las criaturas nocturnas pero, aunque no tenía
mucha experiencia en el lenguaje de la mente, le había parecido que la fuente
estaba muy cerca y que lo llamaba por su nombre. Se estremeció.
Quizás
ella no sabía que al intentar tomar contacto con su mente lo había insultado
porque eso sólo es permisible entre consanguíneos, parejas que se aman o amigos
íntimos, incluso entre las kenddhai, que son más liberales en esas cuestiones.
Quizás en las tierras de las que ella venía las cosas no eran así y se usaba el
lenguaje de la mente cuando no se podía usar el de la voz por razones de
seguridad. Sin embargo, a pesar de todas las justificaciones posibles, no podía
evitar el sentirse algo amenazado, del mismo modo que debía sentirse alguien
que hubiera sufrido un intento de violación. Pero la sonrisa de la señora había
sido tan cálida, tan sincera y agradecida… como si tratara de hacerse perdonar
el error cometido. Decidió no pensar más en ello y dormir. Tal vez más adelante
se presentara una ocasión para aclarar las cosas.
Ya a
punto de dormirse, en la frontera de los sueños, sintió un temblor y una
ansiedad desconocidos, un deseo casi irreprimible de volver a entrar en
contacto mental con la mujer a falta de algo mejor, de alguien de los suyos.
Hacía tanto tiempo que no había sentido la dulzura de la comunicación mental
que estuvo a punto de emitir un mensaje a la figura dormida bajo el árbol. Se
controló a tiempo y, todavía, sacudido por la emoción, cruzó la frontera de la
vigilia y entró en el mundo de lo que no es.
La
marcha del día siguiente fue mucho más agradable porque, aunque el bosque era
espeso y sólo ocasionalmente permitía un vislumbre de cielo azul, la luz del
sol se colaba entre las ramas creando haces deslumbrantes en los que
bailoteaban diminutos insectos. En medio de un silencio suave y aromático,
punteado por gritos y cantos de pájaros, caminaron a buen paso sin detenerse
más que una vez, junto a un riachuelo, a tomar un bocado y refrescarse la
frente.
—Arven,
¿es cierto lo que dijo el posadero, que no eres de estas tierras? —preguntó
Fang Tai mientras comían.
—Lo
es. Mi tierra está más al sur, a unos veinte días de marcha en línea recta.
—¿Y
cómo haces para orientarte, para saber por dónde vamos? ¿Llevas mucho tiempo en
la región?
—No
he estado por aquí jamás, pero he estudiado todos los mapas kenddhai. Sabía
leer un mapa antes de poder tensar mi arco.
Arven
comía lentamente, masticando con mucho cuidado cada trozo de pan.
—¿Y
eso?
—Pertenece
al entrenamiento básico de un arquero kenddhai; mi padre era uno de ellos y por
eso tenía un libro con los mapas de todas las tierras conocidas por los clanes.
Son muchas pero, con el tiempo, llega uno a conocerlas todas.
Se
levantó, fue al pie de un árbol y depositó allí el último bocado de su comida;
al volver, sorprendió la mirada de extrañeza de la mujer y aclaró:
—Para
los pájaros. Ellos me sirven de alimento cuando no hay otra cosa; cuando la
hay, es justo que también participen.
—¿Una
ley kenddhai? —preguntó ella.
El
muchacho sonrió.
—No
es una ley, es un consejo. Y ahora, deberíamos continuar, aún nos quedan muchas
horas de luz y mucho bosque que recorrer.
Fang
Tai se puso en pie inmediatamente casi a pesar suyo, preguntándose de dónde
venía ese impulso que la llevaba a confiar en el muchacho y, todavía más, a
obedecerlo como acababa de hacer. Aseguró firmemente su mochila y, todavía
masticando aquel espantoso pan que parecía hecho de raíces amasadas, echó a
andar tras su guía. Al cabo de un momento, decidió continuar la conversación
apenas emprendida aunque había notado que Arven, por naturaleza o por
educación, no era una persona muy habladora.
—Arven
—comenzó— ¿me permites una pregunta? Vengo de muy lejos y no conozco muchas de
las costumbres y palabras de esta tierra. ¿Podrías explicarme qué es kenddhai?
El
muchacho se volvió, sorprendido, sus ojos clarísimos abiertos de pura
incredulidad. Había esperado alguna reacción por parte de la mujer ante la
mención de los mapas kenddhai y, al no encontrarla, había pensado que ella
prefería ignorar la cuestión. No se le había ocurrido que fuera por
desconocimiento.
Ella
notó su asombro y se apresuró a añadir:
—Perdona
mi ignorancia pero te aseguro que nunca había oído hablar de ello.
—Entonces
debéis venir de muy lejos, señora, de la otra parte del mundo, porque los mapas
de mi gente cubren más tierras de las que son conocidas a la mayor parte de las
personas y nunca he oído de nadie que no sepa quiénes son las kenddhai.
—Sin
embargo no lo sé.
Arven
se puso a su lado, acomodó su paso al de ella y, con un gesto de concentración
que arrancó una sonrisa fugaz a Fang Tai, empezó a relatar:
—Cuando
el mundo fue creado, los humanos no existían porque ningún mundo donde habiten
humanos puede ser perfecto y el nuestro lo era en el comienzo. Estaban los
cielos, las tierras, las aguas, el viento y el fuego y de todos ellos surgieron
los seres que los habitan: las nubes, los pájaros, las estrellas y las
tormentas; las plantas, las piedras, los animales, las setas, las flores y las
frutas; la espuma, las serpientes y la lluvia; los seres invisibles que
cabalgan los vientos y, por último, los dragones de fuego.
»De
entre todos estos seres, sólo los dragones estaban descontentos: los demás
vivían felices y aceptaban su existencia gozosos y agradecidos por lo hermoso
de la creación; tomaban la vida como venía y no se preocupaban de medir el
tiempo ni de explicar lo que les daba la existencia y la muerte. Pero los
dragones no eran así. Habían surgido del fuego, que es la más inconstante de
las materias, la más destructora y, a la vez, la única que puede ser vencida
por cualquiera de las demás, y no se contentaban con vivir su vida según iba
viniendo sino que querían entender el porqué de las cosas. Empezaron a hacer
preguntas que nadie podía contestar y, al carecer de respuestas, se volvieron
amargos y crueles. Vagaban por el mundo planteando sus preguntas a todos los
demás seres y, cuando no lograban respuestas o las creían estúpidas o
insuficientes, destrozaban a las criaturas a quienes habían preguntado y
seguían buscando. Cuando todos los seres del mundo se negaron a hablar con los
dragones, fuera cual fuera el precio que tuvieran que pagar por su silencio,
ellos empezaron a luchar entre sí. Causaron grandes calamidades porque eran
seres de fuego, grandes y poderosos, pero no lograron las respuestas que
buscaban. Y el mundo se ensombreció.
»Entonces,
del deseo de todas las criaturas, que recordaban y añoraban la pasada
felicidad, surgieron las kenddhai: mujeres humanas y a la vez más que humanas,
seres de cielo y de tierra, de viento y de agua, porque todas las materias se
combinaron para crearlas, mujeres de ojos de estrella y cabellos de agua,
nacidas de los árboles, como una flor, y con un arco en la mano.
»Las
kenddhai surgieron con la tarea de acabar con los dragones, que tanto daño
estaban causando al mundo con su insaciable curiosidad. Se enfrentaron a ellos
en bosques, en llanos y montañas, llevando por todo armamento su arco y su
carcaj. Antes de entablar combate dejaban siempre al dragón la posibilidad de
renunciar a sus deseos de saber, de conformarse a la existencia plácida y feliz
del que acepta la vida como viene, pero muy pocos lo hicieron y las kenddhai
tuvieron que luchar con sus flechas hasta que uno de los dos sucumbía. Muchos
dragones y muchas kenddhai murieron de este modo pero, lentamente, el mundo fue
recuperando su inocencia primera hasta que llegó un tiempo en que ya no
quedaron dragones que desafiar porque los pocos que quedaban habían decidido
vivir tranquilamente en sus montañas ardientes.
»Entonces,
las mujeres se reunieron en los bosques, los valles y las praderas a celebrar
su triunfo, pero pronto se dieron cuenta de que, sin la misión para la que
habían nacido, corrían el riesgo de sufrir la misma suerte de los dragones y
comenzar a hacerse preguntas sobre el sentido de su existencia. Como estaban
formadas por las cuatro materias, su mente era más sutil que la de los dragones
y pronto se dieron cuenta con horror de que, de vez en cuando, sin ninguna
intención de hacerlo, su corazón formulaba una pregunta sin que pudiera hacerse
nada por evitarlo. Entonces decidieron dos cosas: que era necesario buscar una
salida para las preguntas incontrolables y que debían buscar una nueva tarea en
la vida.
«Observaron
durante mucho tiempo el mundo a su alrededor buscando un modelo que imitar y
por fin decidieron que deseaban ser como los animales terrestres, ya que
querían seguir viajando, disfrutando del contacto con los demás seres del mundo
como lo habían hecho hasta entonces, pero querían una familia de la que
ocuparse, a la que enseñar sus habilidades por si alguna vez volvía a ser
necesario su arco y su brazo.
»De
modo que se reunieron y pidieron a la tierra que creara un ser similar a ellas
que pudiera darles hijas y les permitiera la continuidad de la existencia. Y la
tierra las escuchó y, agradecida por lo que habían hecho por sus criaturas,
creó a los hombres.
»Las
kenddhai fueron felices al principio con la nueva clase de seres que la tierra
había creado para ellas pero, cuando las primeras dieron a luz, su asombro no
tuvo límites. No todas las que nacían de sus vientres eran mujeres kenddhai;
algunas de las criaturas pertenecían a la otra clase de seres: eran hombres.
»En
ese momento se dieron cuenta de lo sabia que había sido su decisión de crear
una salida a las preguntas cuando éstas eran realmente incontrolables.
»Esta
salida era la Intocable: una mujer kenddhai, nacida todavía de las cuatro
materias que, después de la lucha con los dragones había sentido su corazón
contaminado del fuego de su enemigo y se había retirado a una montaña, no a
morir, ni a apagar con agua, con tierra o con viento el incendio de su alma,
sino a pensar, a buscar respuestas a sus preguntas y a las que pudieran surgir
en el corazón de sus hermanas. El precio era alto: estaría siempre sola, no
conocería la dulzura de la vida en libertad, pero ayudaría a las suyas con su
fuerza en lugar de contaminarlas con su curiosidad.
»En
el momento en que nacieron los primeros hombres, las kenddhai escalaron la
montaña donde vivía la Intocable e hicieron la pregunta que estrujaba sus
corazones: ¿Qué sentido tenían aquellos nacimientos? ¿Por qué no eran todas
mujeres?
»La
Mujer de Fuego pensó la pregunta durante varios días y varias noches, porque
entonces las Intocables no eran tan poderosas como lo son ahora, y al cabo dio
su respuesta: los hombres eran necesarios para asegurar la supervivencia de las
mujeres kenddhai en el mundo porque sin ellos no podrían engendrar hijas que
las sucedieran en el manejo del arco para ayudar y proteger a todas las
criaturas.
»Entonces
una de las madres preguntó cómo podían estar seguras de que los hombres
engendrados por ellas eran puros de corazón y la Intocable respondió, después
de un tiempo, que serían siempre las mujeres las que tuvieran la decisión sobre
sus hijos y esposos.
»Un
hombre no nace kenddhai. Sólo llega a serlo por sus obras.
»Las
madres abandonaron, satisfechas y tranquilas, la montaña de fuego. Se
sucedieron varias generaciones y, poco a poco, los hombres y mujeres de muchos
lugares fueron olvidando las sagradas tradiciones heredadas de sus mayores. Los
hombres que, por decisión de sus madres, no se habían hecho dignos de ser
arqueros kenddhai abandonaron sus hogares y vagaron por el mundo luchando unos
contra otros igual que en tiempos muy lejanos habían hecho los dragones. Con el
paso de las estaciones algunos encontraron mujeres que, debido a la mezcla de
la cuádruple sangre de las kenddhai con la sangre sólo terrena de los hombres,
llevaban el fuego en su corazón; pero no el fuego sagrado de la Intocable,
única y poderosa entre las mujeres, sino el fuego infame del dragón vencido.
»Y
entonces, de la unión de estas parejas, malditas para las kenddhai, surgieron
los hombres y las mujeres que pueblan el mundo llenándolo con sus preguntas sin
respuesta que llevan a la desesperación y al miedo, a la violencia y a la
muerte.
Arven
calló, cansado y a la vez feliz por haber podido recitar de nuevo la historia
de su pueblo, las palabras que le transportaban a sus primeros años en su casa,
sentado en el regazo de su madre, aprendiendo todo lo que debía saber un
kenddhai. Recitando la historia había vuelto a sentir su hermoso cabello azul
acariciándole la mejilla mientras el padre asaba en el fuego manzanas para la
cena. Lo sobresaltó la voz de Fang Tai, a quien casi había olvidado.
—Así
que yo pertenezco al pueblo maldito, ¿no es eso?
La
miró a los ojos, con toda franqueza:
—Supongo
que sí; aunque nunca encontré a nadie con ese color de piel y de cabellos. Tal
vez vuestro pueblo fuera creado de otra manera al otro lado del mundo. Quizá
por eso nunca hayáis oído hablar de las kenddhai. —Dejó que sus ojos volvieran
a perderse en el fondo del bosque.
Ella
continuó:
—Entonces,
¿tú eres un kenddhai?
—Nunca
os cansáis de hacer preguntas, por lo que parece.
—Entre
los míos, la curiosidad es una prueba de inteligencia.
—Debéis
de ser muy inteligente, en ese caso, entre los vuestros.
Fang
Tai apretó los labios, picada por la observación de Arven. ¿Cómo podían ser tan
estúpidos? Así no era de extrañar que aquel miserable planeta siguiera hundido
en el primitivismo más abyecto.
Molesta
consigo misma por haberse dejado reprender como un bebé que quiere tocar lo que
no debe, apretó los labios y los puños y decidió no volverle a hacer una
pregunta hasta que no fuera absolutamente necesario. ¿Por qué había tenido que
tocarle como compañero de viaje precisamente uno de aquellos estúpidos a quien
costaría un esfuerzo enorme sacarle algún tipo de información? Y, sin embargo,
Arven, aunque en forma de mito, ya le había contado mucho. Gracias a él se
había enterado de algo sobre la Intocable y quizá, yendo con cautela, podría
aprender mucho más. En cualquier caso, por el momento lo mejor era callar y
mostrarle que su observación no le había gustado. Guardaría silencio hasta que
él lo advirtiera; si se disculpaba, seguirían su conversación.
Al
cabo de un par de horas de marcha, cuando ya la luz del sol empezaba a declinar
entre los árboles, Fang Tai echó una ojeada discreta en dirección a su guía
para ver cómo se estaba tomando el ofendido silencio de ella. Sus miradas se
cruzaron y ella apenas pudo disimular su turbación. Arven le sonreía. La
aprobadora sonrisa de un adulto hacia un niño que está empezando a comportarse
bien.
—Cada
día estoy más harta de esta maldita misión y me reprendo a mí misma por haberla
aceptado. Hasta el momento ningún encargo me ha llevado tanto tiempo y aunque
ha habido algunos difíciles y peligrosos, ninguno ha requerido una continuidad
de concentración tan larga como éste. Siempre había podido estudiar el caso
cómodamente en la Sala de Información de un planeta del Centro o incluso en mi
propia casa, forjar mis planes y actuar con rapidez y seguridad. Contando los
transportes, ningún caso me había ocupado más de cinco o seis días hasta ahora
y, sin embargo, en esta misión ya llevo dos semanas si cuento el día en que
salí de casa.
»Me
paso las horas caminando en silencio detrás de Arven, tratando de llegar a un
plan de acción, cosa absolutamente quimérica porque carezco de los mínimos
datos en que basarme. Lo único que sé, y ni siquiera puedo estar segura, es que
la Intocable vive en alguna montaña, tal vez en un volcán extinto, pero ni sé
exactamente dónde, ni conozco su altura o la dificultad de su ascensión, ni
tengo idea de si tiene guardias o sacerdotes para custodiarla. Todo eso hace
que ni siquiera haya podido decidir qué arma será más conveniente en este caso.
Si de verdad se trata de una anciana, supongo que lo más indicado será
acercarme a ella después de que haya respondido a mi pregunta y estrangularla,
pero si está protegida por legiones de guardias o de fanáticos, me temo que la
única posibilidad sería usar el revólver de largo alcance y repartir unas
cuantas bombas pequeñas por el lugar para que desde fuera parezca una explosión
volcánica y usar la confusión para cubrir mi retirada.
»Hay
momentos en que me maldigo con todas mis fuerzas por la estupidez de
desembarcar tan lejos de la probable zona de acción. Pensé que el camino me
ayudaría a recoger información y a reflexionar sobre los planes, pero está
resultando mucho más tedioso y estéril de lo que me imaginaba. Arven es un buen
guía pero como compañero de viaje cualquier miserable robot de octava categoría
hubiera sido más ameno. Llevamos cuatro días caminando por el bosque y desde la
primera tarde en que me contó la leyenda de las kenddhai no hemos vuelto a
hablar de nada que valga la pena. Al acampar por las noches hacemos alguna
observación sobre la realidad más inmediata pero en cuanto intento, muy
discretamente porque así lo exige mi orgullo, iniciar una conversación, por trivial
que sea, noto que el cuerpo de Arven se tensa como un arco y la atmósfera se
hace tan desagradable que prefiero dejarlo. A veces me ha dado la impresión de
que no es disgusto lo que siente, sino miedo, no he llegado todavía a saber de
qué. La próxima vez tomaré como guía a un borracho simpático y charlatán aunque
tenga que dormir con un ojo abierto.
»Según
un mapa que me dibujó ayer Arven en el suelo, debemos de estar muy cerca del
Gran Camino que baja del norte sesgando el bosque en dirección este hacia la
tierra de los lagos; cuando lleguemos al camino y lo crucemos, entraremos en la
parte más espesa y misteriosa del bosque, la que se extiende al pie de las
Muelas del Gigante, una zona que, si mi impresión es correcta, Arven teme pero
que al mismo tiempo le provoca una especie de excitación que le hace sonreír
para sus adentros. No sé lo que teme o espera encontrar allí pero no quiero
preguntárselo. Ammándatai, como dice él. No creo que para una persona de mi
mundo y de mi época la cosa sea tan terrible como para él.
»El
viaje se está haciendo más largo de lo que mi guía había calculado; me ha
parecido captar que no camino tan rápido como él creía. Por eso Arven es
partidario de internarse en el bosque de más allá del Camino para buscar el
paso de las Muelas del Gigante en lugar de seguir la carretera del norte que
nos llevaría con más seguridad pero que desemboca cuatro días al oeste de la
planicie de Tana que es, de momento, la meta de nuestra marcha.
»Todo
esto me lo ha explicado graciosamente sin que yo le preguntara con la
justificación de que, como jefe de la expedición (¡expedición!), tengo derecho
a saberlo. Tengo que reconocer que, con todo lo extraño que es, es una persona
honesta. Es también un muchacho muy atractivo a pesar de su juventud y si
nuestras relaciones fueran algo menos formales, me antevería incluso a
proponerle un acercamiento sexual. No tengo información al respecto pero
supongo que es posible porque, salvo pequeños detalles de colores y actitudes,
físicamente, Arven parece un humano. Pero de momento no quiero intentar nada.
Si pienso en ello, todavía resuena en mi cerebro su rotundo NO telepático, otra
de los cientos de cosas que no comprendo en él ni en su mundo.
»En
fin, a dormir ahora. Arven me echa ojeadas curiosas aunque no creo que esté
dispuesto a reconocerlo, y creo que es mejor dejar la grabación para otro
momento.
El
Gran Camino del Norte, un sendero desbrozado de un par de metros de ancho,
cubierto de hierbecillas y flores diminutas de intenso color naranja, se abrió
ante ellos de pronto al remontar una pendiente del bosque. No había en él nada
de particular, ni de grandioso y, sin embargo, Arven se quedó mirándolo,
extasiado. Era la prueba viva de que sus años de aprendizaje no habían sido
vanos; durante seis días había caminado en un curso recto como el de sus
flechas negándose a admitir ante sí mismo, y mucho menos ante la señora, la
posibilidad de que algo en los mapas o en su recuerdo fallara y el Camino del
Norte no se encontrara donde él creía; pero no, allí estaba, una clara línea
divisoria entre las zonas pobladas por los hombres y las de más allá, habitadas
por las criaturas del bosque. Sintió un escalofrío de temor y de anticipación,
una anticipación que se asemejaba mucho al placer. Por primera vez en su vida
iba a internarse en el territorio de las criaturas de viento y agua que alguna
vez, en tiempos muy lejanos, fueron hermanas del pueblo de su madre.
Mientras
él descansaba, acuclillado al borde del camino, la señora, de pie a su lado,
observaba el bosque que se alzaba como un verde telón frente a ellos. Se
preguntó si también ella sentiría los efluvios de la magia que se escapaba de
entre los antiguos árboles; si era así, no había nada en ella que lo indicara.
Estaba como siempre, erguida, con la cabeza un poco echada hacia atrás y esa
mirada arrogante, burlona, como de desafío a duras penas controlado. Había
aprendido mucho en esos días de camino, había aprendido del silencio que tantos
años le había costado a él imitar de su padre; hacía ya bastante tiempo que no
había preguntado nada aunque a él no le hubiera importado contestarle. De hecho
casi le hubiera gustado pero daba la impresión de que la mujer había decidido
adaptarse al estilo kenddhai lo más rápido posible y eso hasta cierto punto era
una lástima porque respondiendo a sus preguntas también él habría podido
aprender algo del pueblo de ella a través de sus comentarios.
En
ese momento, Fang Tai se quitó el pesado chaquetón de piel que tan útil le
había sido en la penumbra del bosque, levantó los brazos por encima de su
cabeza y volvió la cara a la luz del sol, con los ojos cerrados.
—Sol,
por fin sol —murmuró—. Comamos algo antes de continuar, Arven. ¡Es tan
delicioso librarse por fin de esa maldita humedad!
Arven,
aún en cuclillas, ladeó la cabeza, sin comprender.
Ella
contestó sin esperar a que él hablara:
—Sí,
comprendo que con esos ojos tan claros y siendo un habitante de los bosques, no
acabes de sentirte feliz a pleno sol pero para mí es lo más hermoso que existe.
—Seguía levantando y bajando los brazos, moviéndose sin cesar sobre el camino.
—Como
en vuestra tierra, quizá —aventuró él, casi esperando que ella no le oyera.
—Sí,
Arven, casi como en mi tierra —y al cabo de un segundo— ¡eh! ¿sabes que eso es
lo más parecido a una pregunta que he oído de tus labios?
Arven
bajó la vista, cogido en falta. Ella no se dio cuenta porque seguía con los
ojos el vuelo de una mariposa blanca.
—¿Tú
nunca haces preguntas, Arven?
—Si
puedo evitarlo, no.
—¿Por
el código kenddhai?
—Por
eso.
—Pero
¿nunca sientes curiosidad? ¿Nunca quieres saber algo además de las cosas que te
enseñaron de niño? ¿No te gustaría, por ejemplo, saber algo de mí, de mi
tierra, de mi gente?
Arven
suspiró, un suspiro profundo, sincero. Se puso de pie y empezó a tensar su
arco, haciendo jugar los músculos de su brazo, para ocultar su confusión.
Pasaron unos segundos. Fang Tai continuó, juguetona:
—¿Y
bien? ¿Qué me contestas?
Arven
volvió a suspirar y dejó caer el brazo:
—Pues
claro que me gustaría, señora, y claro que a veces quisiera saber muchas cosas,
todas las cosas que mi corazón pregunta y que no están en la sabiduría que me
enseñaron, pero no debo hacerlo, no es digno de un kenddhai.
Fang
Tai se puso seria.
—Creo
que te equivocas, Arven. Me parece que no interpretas esa ley en su auténtico
sentido. Perdona si digo algo inconveniente pero en mi opinión no se trata de
no formular las preguntas que uno tiene en su corazón y en su cabeza. De lo que
se trataría, en todo caso, es de no tenerlas, de no desear saber nada más de lo
que uno sabe. ¿Entiendes lo que intento decir? Que, según yo lo veo, la pureza
de un kenddhai consistiría en no tener curiosidad, en dejar que las cosas
sucedan sin plantearse nada sobre ellas, no en tener un montón de preguntas y
dudas embotelladas en tu interior sin dejarlas salir nunca.
Arven
empezó a retorcer las plumas de una flecha. Esa era la clase de conversación
que había deseado toda su vida, la clase de diálogo que había mantenido consigo
mismo durante años sin fin, sin atreverse a confesarlo ni siquiera a su padre y
ahora que podía dar suelta a sus preocupaciones, sus temores y sus dudas, como
a las flechas de su arco, no se atrevía, la culpa lo ahogaba.
Contestó
con voz ronca:
—Siempre
será mejor guardar las preguntas, si uno tiene la desgracia de sentirlas, que
dejarlas libres.
—No
lo creo, Arven. No todos los hombres están hechos igual y uno no puede dejar de
pensar cuando ya ha empezado a hacerlo.
—Pero
así jamás seré un kenddhai.
—Hay
otras cosas.
La
conversación estaba resultando tan intensa para Arven que sus finos oídos le
avisaron del peligro un segundo demasiado tarde. Cuando quiso reaccionar ya
estaban rodeados por cinco hombres con sables desenvainados, a una distancia
demasiado corta para sus flechas; no tenía espada porque el orgullo de un
kenddhai es no acercarse jamás a su enemigo y poco podrían hacer sus manos
desnudas o su pobre magia contra aquellos cinco ladrones de caminos. Se dejó
caer a cuatro patas, como una fiera, pensando huir al interior del bosque
cuando vio que Fang Tai, con una ojeada a su mochila, que había quedado fuera
de su alcance, sacaba un largo cuchillo de caza de la parte trasera de su
cinturón y se disponía a luchar. Dejó escapar un chillido agudo intentando que
ella comprendiera que su única posible salvación estaba en el bosque pero la
señora no se volvió a mirarlo; estaba demasiado ocupada midiendo al enemigo que
tenía más cerca.
Viendo
que la cosa no tenía remedio y porque, de alguna manera, le repugnaba la idea
de huir y dejar que se enfrentara sola a aquellos cinco canallas, se lanzó en
un elástico salto, perfectamente controlado, contra las piernas de uno de
ellos, sin poder reprimir una mueca de desagrado. El hombre, que no se había
esperado ese tipo de ataque, cayó al suelo. Arven le arrebató el sable y le dio
un fuerte golpe en la nuca con la parte plana de la hoja; no se sentía capaz de
matar todavía y menos así, de cerca.
A
pesar de la rapidez con que se había movido, antes de que pudiera ponerse en
pie, tenía ya a dos ladrones encima de él; giró sobre sí mismo alejándose del
caído y saltó de lado y en pie apretando todavía el sable con la clara
conciencia de que no le iba a servir de nada porque no sabía manejarlo. Por el
rabillo del ojo vio cómo ella danzaba con su cuchillo manteniendo alejados a
los otros dos ladrones que, por alguna razón, no se habían atrevido todavía a
atacarla.
Arven
comenzó a mover la espada pesadamente tratando de evitar que se le acercaran
demasiado pero los hombres ya se habían dado cuenta de su ineptitud y lo
atacaban entre risotadas más con la intención de divertirse un rato que con la
de matarlo. Para Fang Tai, sin embargo, la cosa no tenía nada de juego; estaba
en su elemento, luchando contra un enemigo real con la intención de matar. Sólo
lamentaba no tener a mano una espada o un látigo para poder enfrentarse a sus
atacantes en las mismas condiciones, pero estaba segura de que su cuchillo
sería suficiente. Ya los hombres se habían dado cuenta de que aquella mujer con
la que se enfrentaban no tenía nada de ridículo. Intentaron un ataque
combinado, que era precisamente lo que Fang Tai había estado esperando en su
lenta danza y entonces, con enorme velocidad, deslizó su cuerpo entre los dos
sables enemigos y clavó su cuchillo en el estómago de uno de ellos. El hombre
se dobló sobre sí mismo y cayó al suelo. Ella recogió su sable y, con una
sonrisa de desprecio, empezó a hacer retroceder a su enemigo. Sus golpes eran
fuertes pero ella los paraba sin esfuerzo aparente, con una sonrisa y una leve
inclinación burlona que iban sumiendo al hombre en una confusión que poco a
poco se transformaba en miedo. Lentamente lo fue llevando hasta un árbol y
cuando por fin su espalda tocó el tronco, Fang Tai hizo una irónica inclinación
de cabeza y le atravesó el corazón.
Entonces
se giró rápidamente y corrió a ayudar a Arven que yacía en el suelo cubierto de
sangre. En un par de minutos Fang Tai despachó a los dos adversarios y se
inclinó sobre su guía. Eran todas heridas superficiales, casi rasguños, pero el
muchacho estaba aterrorizado.
Le
pasó el brazo por los hombros y ya estaba levantándolo del suelo cuando se dio
cuenta de que uno de los hombres caídos estaba empezando a moverse; volvió a
dejar a Arven donde estaba, se acercó al ladrón y le cortó la garganta.
Arven,
mareado no tanto por la pérdida de sangre como por la brutalidad de la señora y
por el contraste de su violencia con su rostro sonriente, la miró casi sin
verla. Su cabeza era un torbellino. Rogaba al viento que aquello no hubiera
sido más que una pesadilla que olvidaría al despertar.
Ella
se acercó a sujetarlo, viendo que estaba a punto de desmayarse y entonces,
desde el recodo del camino, cinco jinetes se lanzaron aullando sobre ellos.
—¡Mi
arco, mi arco! —gritó Arven.
Ella
saltó hasta donde estaban las mochilas, le lanzó el arco y sacó otro objeto de
uno de los bolsillos. Arven apoyó una rodilla en tierra, tensó su arma y
disparó. Cayó uno de los jinetes pero los otros siguieron avanzando,
enloquecidos. Fang Tai se plantó en mitad del camino y de su mano derecha
empezó a surgir un resplandor.
—¡Cúbrete,
señora! ¡Al suelo! ¡Tienen arcos!
Fang
Tai esbozó su arrogante sonrisa y, de pronto, el resplandor rojizo que había
nacido en su mano se proyectó hacia adelante y alcanzó a los jinetes. Donde
antes había habido cuatro hombres a caballo, al instante no había nada.
Absolutamente nada.
Arven
se quedó petrificado. Apenas se atrevía a mirar a la mujer. Se forzó a dirigir
la vista hacia ella y a sostener su mirada. Fang Tai le sonreía, dulcemente,
casi con inocencia, como pidiendo perdón. Al fin habló, con suavidad:
—Lo
siento, Arven, tenía que hacerlo. Nos hubieran matado.
Él
desvió los ojos, que se le habían llenado de lágrimas.
—Es
grande tu magia, señora —susurró.
—Hoy
puedo dedicar a mi grabación todo el tiempo que quiera porque le he dado a
Arven un fuerte sedante y tardará todavía bastantes horas en despertar. Parece
un personaje literario sacado de la mente de un antiguo, con su pelo de colores
y su piel azul pálido surgiendo de entre los pliegues de la manta. Es un ser
extraño, infantil y contradictorio muchas veces pero con una fuerza interior
que se adivina detrás de su testarudez y su deseo de aferrarse a las hilachas
de conocimiento kenddhai que son todo su mundo aunque él sabe que hay mucho más
allá. Me gustaría poder hablar con él sinceramente, poder contarle cosas de mi
casa, de mi gente, ver cómo reacciona ante la idea de que las estrellas por las
que se guía en su camino nocturno son soles que iluminan otros mundos habitados
donde otros seres creen que otras verdades son también la única. Pero sé que
aún no está preparado y que quizá no lo esté nunca. Si yo pensara quedarme en
este mundo para siempre, tal vez me planteara la idea de tomarlo como alumno y hacer
de él un mago o un hombre de ciencia, pero eso es tan absurdo como pensar en
tener un hijo en el cuerpo. Probablemente me contentaré con darle alguna
indicación sobre la que pueda pensar el resto de su vida. Para él todo esto
será un recuerdo imborrable y para mí, sin embargo, será uno más entre mis
trabajos en planetas exteriores. ¡Qué relativo es todo!
»Me
figuro que ése es precisamente uno de los mayores logros de nuestra
civilización, la capacidad de relativizar absolutamente todo, de hacer la mente
tan flexible que sea capaz de aceptar como verdad cosas distintas e incluso
contradictorias sin sufrir una esquizofrenia. Supongo que para Arven sería
terrorífico descubrir que la verdad no es una categoría absoluta y que el
origen de la vida sobre su planeta es más simple y a la vez más complejo que la
hermosa historia de dragones que ha inventado su pueblo.
»Es
interesante que tengan ese miedo al conocimiento. No es el único planeta en el
que sucede, por supuesto, pero siempre me ha llamado la atención que se asocie
la bondad a la inocencia, entendiendo ésta como ignorancia, como
desconocimiento. ¿Cómo entenderán aquí la muerte? ¿Como un feliz regreso a una
de las cuatro o cinco materias? ¿Como una especie de reencarnación en el que un
ser pasa por cinco existencias diferentes? Tengo que preguntárselo. Me parece
que después de las experiencias de hoy se sentirá más dispuesto a la
conversación, cosa que hasta cierto punto me hace sentir escrúpulos porque se
supone que no debo inmiscuirme en nada que pueda afectar al desarrollo de su
civilización. Siempre que no sirva a unos intereses más altos, claro. Intereses
que siempre coinciden con los de la Liga. Pero este lugar está tan alejado que
no creo que nada de lo que yo pueda hacer aquí tenga repercusiones a nivel
galáctico ni a corto ni a largo plazo.
»Sigo
preguntándome qué interés pueden tener en hacer desaparecer a la Intocable. Sé
que no debería, pero con los años me voy apartando gradualmente de la dura
disciplina de la Escuela y, como en el mito de los Dragones, las preguntas
surgen en mi corazón.
»Cuando
mate a la Intocable, elegirán otra, eso es obvio. ¿Y cómo saben ellos que la
sucesora va a servir mejor a sus fines, sean éstos los que sean? ¿Llevan acaso
un control de lo que sucede en este mundo? No sería imposible, claro; casi nada
lo es para la Liga, pero no puedo imaginar una respuesta satisfactoria. Tal vez
la Intocable pueda. Para eso está, para encontrar respuestas. Quizá sea capaz
incluso de responder a la que yo quiero hacerle. Pero no quiero dejarme llevar
por ello. Ya llegará el momento y entonces juzgaré.
«Empiezo
a sentirme más contenta del desarrollo del viaje. La lucha ha vuelto a animarme
cuando ya creía que iba a ahogarme el tedio. Es hermoso luchar, aunque es
todavía mejor cuando hay peligro en ello; los desgraciados de hoy no tenían
ninguna posibilidad desde el principio pero, claro, ellos sólo conocen una
técnica, la que se ha desarrollado aquí, y yo conozco muchas, casi todas las
que los seres inteligentes han inventado en multitud de lugares habitados.
Quizá no haya debido evaporar a los otros atacantes; hubiera sido mucho más
atractivo luchar con ellos, cuerpo a cuerpo, pero habrían matado a Arven antes
de que yo hubiera podido acabar con todos. Curioso que Arven no luche más que
con su arco. Me gustaría preguntarle por qué. Supongo que él debe de creer que
lo considero un cobarde pero no es así; sólo me extraña que, aparte de sus
flechas y la velocidad de sus piernas, no use ninguna otra arma en un mundo que
parece estar lleno de posibles enemigos.
»Lo
que me tranquiliza después del episodio de hoy es que sé que puedo utilizar el
revólver a medio alcance sin destruir ningún equilibrio natural porque siempre
que lo haga se tomará por alguna maniobra mágica. Lo que ya no me tranquiliza
tanto es que Arven se ha quedado sorprendido pero no por el fenómeno en sí,
sino porque yo lo haya hecho, lo que quiere decir, si no me equivoco, que hay
otras personas que pueden hacer cosas similares y, lo que es más, sin revólver.
De todas formas, lo creeré cuando lo vea. Siempre he pensado que todas esas
historias sobre fuerzas mágicas se basan en fenómenos naturales que algunas
personas pueden canalizar por procedimientos que desconozco y que los demás son
incapaces de explicar de otro modo y por eso lo llaman magia.
»Seguro
que a Arven también le parece mágico lo que mi regenerador orgánico va a hacer
con sus heridas y tampoco va a poder explicarse cómo he conseguido atrapar al
animalejo que estoy asando y cómo he sabido que se puede comer siempre que se
le envuelva en alguna hoja que contenga magnesio. Naturalmente no pienso
mostrarle el hipnotizador ni el analizador químico. Eso sí que destruiría el
equilibrio; sobre todo el de su mente.
»Dejémosle
creer en la magia. Hace menos daño y es mucho más poético. Vaya, parece que se
está despertando. Claro que hace unas horas también abrió los ojos cuando me
estaba poniendo la malla protectora y no creo que se haya dado cuenta de nada.
»Efectivamente,
me mira sin ver, disfrutando de lo bien que se siente ahora que el dolor se ha
ido. No puedo evitarlo, le estoy tomando cariño aunque sé que no debiera. Me
gustaría hablarle con la lengua de la mente, captar de verdad cómo piensa,
cuáles son sus sentimientos, y también dejarle mirar un poco en mi interior, lo
justo para saciar la curiosidad que tanto me gusta en él y que tanto se
esfuerza por reprimir, lo justo para hacerlo feliz sin volverlo loco.
»Es
culpa mía, he ido retrasando el asunto de mi propia continuidad en la casa y en
la vida y ahora van asomando esos sentimientos relegados a cada ocasión. En
cuanto vuelva daré todos los pasos necesarios para asegurar la trascendencia,
pero de momento lo único que puedo hacer es disfrutar de mis sentimientos sin
dejarme arrastrar por ellos. En definitiva, lo que he hecho siempre.
Arven,
tratando de olvidar el dolor de quemadura que le producían las numerosas
heridas mientras tensaban su piel para cicatrizar, se concentró en el sentido
especial de las gentes del bosque que permite sentir la presencia de la magia.
Estaba sin duda a su alrededor, como un perfume, pero era una magia distinta a
todas las que él había conocido. Una magia que no era ni buena ni malvada sino
más bien la expresión de una vida diferente a la de él. Eso era ligeramente
inquietante pero, por lo menos, no había de momento nada que indicara que los
seres del bosque estuvieran cerca.
Con
esa tranquilidad, su pensamiento se orientó hacia otro asunto que le preocupaba
profundamente. Él, que tenía el sentido y el instinto de captar la mínima magia
que emanara de una piedra, de un riachuelo, había estado caminando durante días
junto a una poderosa hechicera y no había registrado nada. Volvió a pasar
revista mental a lo sucedido horas antes, esforzándose por no detenerse en los
detalles sangrientos y repugnantes de la lucha, para tratar de decidir cuándo
se había dado cuenta de que la señora poseía poderes especiales, Estaba
prácticamente seguro de que sólo cuando los jinetes desaparecieron sin dejar
rastro había llegado a la conclusión de que se había tratado de hechicería pero
hasta ese momento nada le había avisado de que la mujer tuviera dominio de la
magia. Era extraño, muy extraño. Era como si la mujer, con su mera existencia,
estuviera siempre tratando de decirle que hay en el mundo muchas más cosas de
las conocidas por las kenddhai.
Ahora,
caminando por la región más temida de los bosques, un lugar donde hasta la
tierra que pisaban parecía viva, Arven se preguntaba hasta qué punto era más
seguro viajar con alguien que puede usar tal magia en su defensa. Si las
criaturas de los contornos captaban su emanación, lo que tal vez pudieran hacer
aunque para él fuera inexistente, acudirían atraídos por el deseo de descubrir
algo nuevo y de medir su propia magia contra la de ella. Y esa idea no acababa
de gustarle.
Una
de las heridas del hombro empezó a darle pinchazos y pronto se puso a latir
enviando dolorosas oleadas calientes por todo su cuerpo. Se mordió los labios
para no gritar y escupió la sangre que se le había acumulado en la boca,
confiando en que Fang Tai no se diera cuenta. Estaba seguro de que ella,
después del episodio con los ladrones, estaba convencida de que su guía era un
cobarde incapaz de defenderse. Eso no tenía más remedio que aceptarlo pero por
lo menos quería demostrarle que un kenddhai, aunque no es un guerrero, sabe
resistir el dolor como si lo fuera. Ella se había ofrecido a poner un bálsamo
en sus heridas, que eran menos superficiales de lo que a primera vista
parecían, pero él se había negado. Las había lavado con agua de hierbas y un paño
limpio, confiando en que el aire las secaría pronto, pero alguna que otra
ojeada subrepticia le había informado de que, aunque muchos de los cortes se
estaban cerrando, otros supuraban y latían. Se sentía traspasado por un dolor
caliente y rítmico y tenía que hacer un esfuerzo tremendo para mantener su paso
habitual.
Fang
Tai carraspeó detrás de él con la clara intención de hacerlo volverse. Se giró
hacia ella.
—Arven,
si estás tratando de probarme tu valor y tu resistencia, ya lo has conseguido,
pero me parece estúpido que sigas sufriendo cuando tenernos medios para aliviar
el dolor.
—El
dolor no es tan terrible, señora —contestó él, muy digno—. Se puede aprender a
vivir con él.
—Me
parece bien siempre que sea necesario, pero no lo es. Y además te has
comprometido a guiarme y defenderme hasta la planicie de Tana. Tengo derecho a
un guía en condiciones; no tengo por qué soportar a un herido que no puede ni
siquiera caminar a buen paso por mera testarudez.
Arven
sentía que las palabras de Fang Tai eran sólo una provocación y, a la vez, que
hasta cierto punto era verdad lo que había dicho, pero no podía claudicar sin
avergonzarse.
—Caminaré
al paso que me indiquéis.
—Como
quieras.
Hizo
una pausa intencionada y preguntó suavemente:
—¿Podrás
también disparar tu arco con esas heridas en los hombros y los brazos?
—Podré,
señora.
—Pruébamelo
—dijo ella, ofreciéndole su lenta y peligrosa sonrisa.
Arven
descolgó despacio su arco, sabiendo que no podría tensarlo, sabiendo que el
intento abriría las heridas ya cerradas y convertiría en agonía el dolor de las
otras. Tomó una flecha y la montó. Ella lo miraba sin pestañear, esperando.
Tensó el arco y los ojos se le llenaron de lágrimas; todas sus heridas
empezaron a manar. Dejó partir la flecha y falló.
Se
volvió de espaldas, se apoyó en el tronco de un árbol para ocultar su temblor y
sepultó la cabeza entre los brazos. Ella se acercó despacio y, cuando ya iba a
tocarlo, retiró la mano, se alejó un par de pasos y le habló en un tono
perfectamente neutro:
—Hace
unos minutos hemos pasado cerca de un manantial; sugiero que volvamos, que nos
lavemos y comamos algo. Entonces te curaré las heridas y podremos seguir. Si de
verdad estamos en un terreno peligroso no quiero disminuir nuestras
posibilidades.
—¿Me
vais a curar con magia? —preguntó él, sin volverse.
—Te
voy a curar con medicina. Si eso es o no magia, es algo que no me he preguntado
nunca.
Arven
se giró hacia ella, dispuesto a hacer lo que sugería. No tenía elección. Casi
no veía y se sentía a punto de desmayarse. El esfuerzo de tensar el arco había
sido excesivo. Ella lo sabía y, sin embargo, lo había provocado a hacerlo. Él
sabía que no podría y, sin embargo, lo había intentado. Confusamente se
preguntó por qué. Tampoco podía decidir qué clase de mujer era aquella que
podía ser a la vez tan cruel y tan tierna. Tan tierna como para llevarlo junto
a la fuente, lavar sus heridas con manos como mariposas y aplicarle un bálsamo
que quemaba un momento, como el hielo, y luego dejaba una fresca paz y un
cosquilleo apenas. Casi sin darse cuenta, se quedó dormido.
Abrió
los ojos un instante y la vio como a través de una bruma, lavándose desnuda en
la fuente, su piel morena levemente luminosa, dorada; sus miradas se cruzaron
un segundo y ella le sonrió. Volvió a cerrar los ojos y ya no los abrió hasta
muchas horas más tarde.
Cuando
despertó era ya de noche y Fang Tai estaba vestida, sentada ante una pequeña
hoguera asando un tongari. Se preguntó cómo lo habría cazado y cómo sabría que
se podía comer porque sólo los tongari del norte eran hasta cierto punto
comestibles. Los de su región causaban vómitos y diarreas, que podían llegar a
ser mortales y sólo eran presa apetecible para los grandes manúas. Se encogió
mentalmente de hombros disfrutando de la sensación de estar tumbado entre
mantas con el sueño deshaciéndose poco a poco en sus ojos. La felicidad lo
sobresaltó. El dolor había desaparecido por completo. Probó a flexionar el
brazo debajo de la manta y no sintió ninguna molestia. Se sentó bruscamente,
perplejo, y se miró los brazos y los hombros a la luz de la hoguera: apenas
quedaban unas marcas rojizas donde habían estado las heridas.
Ella
le sonrió, como comprendiendo su asombro y, sin hablar, le tendió un frasco de
licor de hierbas. Bebió un sorbo fuerte y dulce y se quedó mirándola con
absoluta sinceridad por primera vez desde que caminaban juntos:
—Me
tenéis asombrado, señora.
—¿Por
qué? ¿Por mi medicina? —contestó ella de buen humor.
—Por
todo. No consigo comprender la mayor parte de las cosas ni puedo colocaros en
ningún lugar entre lo que conozco.
—Lo
que debería indicarte que hay más cosas en el mundo de las que conoce la
sabiduría kenddhai.
—Sí,
así parece —contestó él, negándose a darle la razón por completo.
—Así
es, Arven —sus ojos parecieron de pronto profundos y antiguos, los ojos de
alguien que ha visto mucho y sabe muchas cosas—. Así es.
—Podríais
enseñarme muchas cosas —dijo él en un tono que quería evitar la pregunta.
—Podría.
Si estás dispuesto a aprender. Recuerda que eso no es propio de un kenddhai…
Arven
la interrumpió:
—Lo
sé, lo sé.
Ella
continuó como si él no hubiera hablado:
—Pero
es propio del ser humano.
—¿Me
enseñaréis vuestra magia? —preguntó, vacilante.
—¿Para
qué?
Él
contestó, con rebeldía:
—Si
no puedo ser un kenddhai, y empiezo a pensar que no puedo, me gustaría ser
mago. El primer mago de los bosques.
—¿Por
qué el primero? —en la lengua que había aprendido en un par de sesiones de
implantación lingüística no quedaba claro si «el primero» quería decir «el más
importante» o «la persona que hace algo que nunca antes se ha hecho».
Arven
contestó bajando la voz y la cabeza, como si le diera vergüenza decir lo que
decía:
—Porque
sólo las mujeres tienen la magia, la magia verdadera. Los Hombres, y entre
ellos sólo los arqueros kenddhai, no conocemos más que la pequeña magia que nos
sirve en la vida diaria.
Ella
sonrió, divertida:
—De
modo que en un momento has decidido romper con todas las tradiciones.
Arven
calló, como esperando su respuesta.
Fang
Tai, después de pensarlo un momento, hizo otra pregunta en vez de contestar:
—¿Podrías
mostrarme qué cosas sabes hacer para que pueda juzgar sobre tu poder?
Él
pareció asustarse:
—¿Aquí?
¿Ahora?
—¿Por
qué no?
—Señora,
el bosque está lleno de criaturas. Ya cruzarlo es una temeridad. Encender fuego
ha sido una locura pero hacer magia sería una provocación terrible.
Arven
se resistía a decirle que, si no había protestado por el fuego, era porque
después de ver lo que había hecho con los jinetes, se sentía algo más seguro al
atravesar el bosque protegido por su magia pero no sabía hasta qué punto podía
medirse su poder con el que emanaba de la oscuridad viva de aquellas tierras.
—¿No
crees que mi magia sea bastante para protegernos de ellos? —preguntó Fang Tai,
fingiendo sentirse insultada para forzarlo a que demostrara lo que podía hacer.
Por
nada del mundo hubiera renunciado a la exhibición de aquellos poderes
desconocidos que tan intrigada la tenían.
Arven
sintió que no podía negarse si no quería insultarla y, si iba a convertirse en
su alumno, le importaba mucho que estuviera contenta con él. Suspiró, cerró los
ojos y dijo en voz baja:
—Voy
a traer hasta aquí a dos de los caballos que los ladrones dejaron en el camino.
Fang
Tai hizo un impaciente movimiento de cabeza que él no vio porque su mente
estaba tratando de ponerse en contacto con los animales. No era eso lo que ella
quería aunque quizá sí fuera una buena idea disponer de una o dos monturas. Lo
que ella tenía pensado era más bien algo espectacular que no pudiera explicar
con sus conocimientos científicos. Algo de lo que había oído hablar en algunos
lugares pero que nunca había visto. Resolvió esperar con calma y ver en qué
paraba todo aquello.
Arven
abrió lentamente los ojos y parpadeó como reponiéndose de un esfuerzo:
—Sólo
he podido localizar a uno pero ya está en camino, pronto llegará. Los otros
deben de haberse alejado mucho para mí.
Sorprendió
la mirada de ella, una mirada que decía con toda claridad que esperaba más y se
preparó para mostrarle otras cosas. Fijó los ojos en la hoguera y, poco a poco,
ante la incrédula mirada de Fang Tai, el fuego se fue apagando hasta que no
quedaron más que cenizas y oscuridad; entonces Arven alzó las manos y una débil
luminosidad azul empezó a surgir en las puntas de sus dedos. La luz fue
subiendo de tono y en unos segundos Fang Tai pudo ver el bosque que les rodeaba
como iluminado por un globo de gas. Arven se dio cuenta de que la señora estaba
impresionada o fingía estarlo y dijo con una pequeña sonrisa irónica:
—Puedo
hacer algo de luz, señora, pero no matar con ella.
Entonces
la luz se fue extinguiendo y, lentamente, el fuego de la hoguera renació. Ella
se había quedado sin habla pero sus ojos relucían.
—Muéstrame
más —dijo en un susurro.
Arven
cerró los ojos, apretó los brazos contra su pecho y con un terrible esfuerzo
que distorsionó su rostro, empezó a cambiar de apariencia. Muy lentamente,
pequeñas ramas le nacieron en la piel y fueron extendiéndose perezosamente a su
alrededor, abriendo hojas y capullos, adquiriendo cortezas y ramificaciones
hasta que en unos minutos, donde había estado Arven había un delicado arbusto
florido.
Entonces
sonó la voz en su cerebro.
Fang
Tai se replegó, sorprendida, porque no se había esperado aquel contacto.
—No
es una ilusión, señora, podéis tocar mis hojas y mis flores. Esta es mi planta
tutelar, la asjalia, y sólo en ella puedo transformarme, pero sigo siendo un
hombre y cualquier criatura del bosque reconocería mi esencia. Sólo puedo
engañar a otros humanos.
Fang
Tai, a su pesar, reaccionó casi violentamente:
—¡Deja
eso, Arven! ¡Déjalo ya! ¡Vuelve a ser lo que eras!
Muy
despacio, se fue invirtiendo el proceso hasta que Arven volvió a encontrarse
junto a la hoguera, temblando de agotamiento pero sonriente y orgulloso.
—Eso
es lo máximo que puedo hacer, señora —dijo cuando consiguió hablar de nuevo.
—Magnífico,
magnífico —no se le ocurría qué otra cosa podía decir para no delatarse, por
eso optó por preguntar— ¿por qué ahora sí has usado el lenguaje de la mente?
—Ése
no era el lenguaje de la mente, señora. Nunca me atrevería. Era el lenguaje
intermedio. Era mi esencia humana transmitida en palabras. La habéis captado
como haría una criatura del bosque, lo que prueba que vuestra magia es grande.
Ella
sacudió la cabeza, sin comprender, pero antes de que pudiera hablar la
interrumpió la llegada de un caballo, una pobre bestia sin estampa que parecía
haber nacido para la esclavitud. Para calmar un poco la confusión de su mente,
se levantó, fue hasta él y le acarició el cuello mientras lo iba acercando
suavemente a la hoguera; ató la brida a un arbusto y empezó a registrar las
alforjas mientras pensaba algo que pudiera decir sin que sonara absurdo.
Mientras tanto, Arven daba cortos tragos del licor de hierbas intentando
reponerse de su esfuerzo.
Un
agudo grito los sobresaltó, un único grito que se extinguió al cabo de unos
segundos dejando paso a un silencio pulsante y tenso a su alrededor. Esos
segundos bastaron para que Fang Tai desenfundara su arma y Arven se perdiera
como una sombra en la oscuridad del bosque. Cada uno en su puesto de
observación y con su arma temblando ligeramente en la mano, aguardaron unos
minutos sin atreverse casi a respirar, tratando de oír algo que les ayudara a
precisar la procedencia del grito mientras multitud de imágenes pasaban a toda
velocidad por sus mentes.
Arven
había oído leyendas de ciertas costumbres de los hijos del viento y del agua y,
aunque se había do a creerlas considerándolas puros cuentos infantiles para
asustar a las gentes de las ciudades, aquel grito en aquel lugar de magia viva
y después de su estúpida exhibición que sólo podía haber sido entendida como un
desafío, había roto todas las barreras de su mente adulta para hacerle sentirse
de nuevo como un niño en la noche de su iniciación. Ahora estaba seguro de que
les esperaba un horrible destino y ni siquiera la posibilidad de salvación que
representaba la fuerza de Fang Tai podía tranquilizarlo. Al fin y al cabo, él
no había visto mucho de su poder; no podía asegurar que lo que él creía haber
visto en el camino no fuera una alucinación provocada por la debilidad, la
pérdida de sangre y el miedo. Tal vez ella era uno de los reclamos con forma
humana que, según las leyendas, utilizan las criaturas del bosque para atraer a
su territorio visitantes que, de otra forma, jamás se hubieran atrevido a internarse
en él. Se sintió furioso consigo mismo por su estupidez. Ahora estaba claro por
qué no había notado su emanación. Porque no la tenía, porque no era un ser vivo
sino un simulacro hecho de viento y de reflejos de agua para atraerlo a los
bosques del norte, a su perdición. Pero aún no lo habían capturado. Había sido
más listo que ellos y de momento aún estaba libre en la oscuridad, donde se
sentía seguro y protegido, y tenía su arco. No necesitaba más. Maldiciendo
interiormente su inexperiencia y su credulidad, comenzó a alejarse
silenciosamente hacia el noroeste.
Fang
Tai, con la mano agarrotada sobre la culata del arma y los ojos llenos de
lágrimas del esfuerzo por penetrar la oscuridad, fue relajando sus músculos
poco a poco. El maldito muchacho había apagado la hoguera antes de desaparecer
entre los árboles sin acordarse de que las tinieblas, que para él eran un manto
protector, a ella la dejaban ciega. Se agachó junto a las patas del caballo y
se arrastró hasta las cenizas orientándose por el calor; localizó su mochila,
buscó en el interior y se colocó el visor nocturno. Cada vez le importaba menos
lo que Arven o cualquiera de los nativos pudiera pensar de sus objetos mágicos.
Echó una mirada a su alrededor y, cuando estuvo segura de que no había nada que
ver, volvió a quitarse el visor y removió las ascuas hasta que volvieron a
arder mientras empezaba ya a preocuparse por lo que pudiera haberle sucedido a
su guía. El bosque estaba tan inmóvil y silencioso como antes del grito y, sin
embargo, había alrededor algo indefinible, otra cualidad para la que ella no tenía
palabras y que debía ser lo que estaba poniendo tan nervioso al caballo. ¿Sería
ésa la magia que Arven captaba y de la que ella no había sido consciente?
Pensó
llamarlo a gritos pero se contuvo. Aquello que había en el bosque, lo que
fuera, no se lo aconsejaba. Se le ocurrió probar con el lenguaje de la mente,
pero rechazó la idea; Arven sabía que ella podía contestarle. Si estaba en
peligro, el la llamaría.
Con
la práctica adquirida al cabo de los años, apartó de su cabeza todas las
estúpidas ideas que se le estaban ocurriendo y se concentró en lo fundamental:
seleccionó unos cuantos objetos pequeños de entre todo lo que llevaba en la
mochila y los escondió en distintos lugares de sus ropas, se tragó una píldora
que la mantendría despierta veinticuatro horas más al máximo rendimiento y,
lentamente, sin disfrutarlo pero sabiendo que era necesario, se comió el animal
que había cazado hasta que no quedaron más que huesos. Luego se dispuso a
esperar el amanecer para seguir viaje.
Se
le pasó un momento por la cabeza la idea de acudir a investigar el misterioso
grito. La mujer que había gritado de ese modo debía de estar aterrorizada y tal
vez necesitara ayuda. Fue sólo una idea pasajera y pronto la abandonó. Ella no
sabía absolutamente nada de esa zona y sus gentes; lo que ella había
interpretado como terror podía muy bien ser otra cosa, una trampa, incluso.
Además su viaje ya estaba durando demasiado; lo que importaba era avanzar
rápido sin dejarse detener por cada incidente del camino. Ni siquiera por Arven
estaba dispuesta a retrasarse más. Le ayudaría, por supuesto, si se encontraba
en peligro, pero no antes de que se lo pidiera. También podía ser que se
hubiera marchado por pura cobardía, por simple miedo a las criaturas a las que
con tanto misterio se refería. Era posible incluso que la hubiera dejado allí
como cebo para aquellos seres, como distracción mientras él se dirigía a otra
parte. Al llegar a este punto la línea de su pensamiento se interrumpió. Sus
ojos se dilataron por la sorpresa. Arven no iba al norte simplemente como guía;
él también se dirigía a algún lugar. Recordaba vagamente que el posadero le
había dicho que el muchacho había rechazado las ofertas de las caravanas que
bajaban hacia el sur. Por eso su precio había sido tan bajo, porque a él
también le interesaba la dirección de la marcha. Y ahora, curado de sus heridas
y protegido por la oscuridad, había decidido abandonarla para seguir solo su
camino entregándola a aquellos seres fueran quienes fueran.
Entrecerró
los ojos y esbozó una sonrisa torcida. Si volvía a verlo, le iba a enseñar
alguno de los mil modos que ella conocía de responder a la traición. ¿Qué se
había creído? ¿Que Fang Tai estaba indefensa, sola en el bosque? Acarició la
culata de su fusil lanzallamas deseando apretar el gatillo. Una pequeña presión
de su dedo y todos aquellos miserables bosques con toda su magia y todas sus
misteriosas criaturas se calcinarían en el incendio más horroroso que
registrara su historia porque su arma no sólo arrojaba fuego sino también
carburante; un carburante infernal que con dos gotas podía arrasar un bosque. Y
el cargador estaba lleno.
Se
acomodó en el suelo y relajó sus músculos uno a uno, para poder descansar. No
tenía miedo a dormirse inadvertidamente porque la pastilla no lo permitiría;
cerró los ojos y, dejando los oídos bien abiertos, pasó revista mentalmente a
las imágenes de los veintidós arcanos. Dudó un momento entre la Luna y el Loco.
Los dos la atraían poderosamente. Un segundo flotó entre ellos la Sacerdotisa
pero Fang Tai la alejó voluntariamente; era sólo un deseo de su parte
consciente que deseaba reflexionar sobre su misión contra la Intocable y ella
no necesitaba ahora pensamientos sino meditación y descanso. Volvió a sentirse
inmersa en la atracción de los dos arcanos que desde las profundidades de su
mente reclamaban su atención; muy poco a poco las dos imágenes se fueron
superponiendo y, de su unión, la Luna fue perdiendo algunos atributos mientras
que los otros se potenciaban. El Loco caminaba por el paisaje dudoso de la luz
de la Luna, el lince blanco mordía su pierna izquierda mientras el cangrejo
devorador esperaba a sus pies. Las gotas caían hacia arriba atraídas por el
equívoco perfil femenino y el Loco caminaba sin ver, apoyado en su bastón,
hacia la estepa de detrás de las torres, hacia los bosques poblados por
fantasmas más allá de la estepa; su casaca, del color del fuego, una mancha
violenta en el paisaje azul.
Fang
Tai lo contempló largamente, olvidada del tiempo y de sí misma, sorbiendo
equilibrio y olvido en los símbolos antiquísimos que había heredado de sus
mayores. Sabía también que algo estaba mal en su imagen pero por alguna razón
la mezcla se negaba a disolverse y había algo coherente en aquella amalgama de
datos que marcaba su destino. A pesar de todo, se entregó desapasionadamente a
su contemplación hasta que los movimientos del caballo le indicaron que estaba
amaneciendo un nuevo día. No había ni rastro de Arven.
Sin
amargura ya, llena de energía, refrescada por la meditación y con una meta
clara por delante, cargó sus cosas en el caballo, tomó un sorbo de licor y se
internó en el bosque.
La
Intocable caminaba lentamente, renqueante, arriba y abajo de su cámara como una
fiera enjaulada, lanzando vagas ojeadas de vez en cuando al fuego que rugía en
un rincón de la estancia. Llevaba varios días preparándose serenamente para el
encuentro que no podía tardar en producirse y de pronto, durante la noche,
había despertado con el corazón oprimido por el pánico. Algo estaba poniendo en
peligro la vida de su sucesora, algo elemental y antiguo, quizá tan poderoso
como ella misma, que sin embargo aún no había podido precisar. Las criaturas de
los bosques se estaban haciendo más y más atrevidas y era función de la
Intocable volver a ponerlas en su lugar de grado o por fuerza pero ella estaba
ya consumida, como una lámpara que se apaga, y le faltaba el deseo de volverlo
todo a su orden natural. ¿Qué sabía ella, al fin y al cabo, lo que era el orden
natural de las cosas? Ella que había vivido siempre prisionera de su poderosa
celda de fuego sin más contacto humano que los pobres seres aterrorizados ante su
presencia que acudían ocasionalmente a pedir su palabra.
No
siempre había sido así. Había existido también un tiempo en que ella era joven
y libre y había tenido una hermosa casa y otra misión en la vida y una criatura
propia a la que había amado sobre todas las cosas. Ahora todo se había perdido.
El fuego había consumido su cuerpo y su alma y sólo le quedaba el deseo de
morir. Y hasta eso querían arrebatarle ahora esas livianas criaturas de los
bosques para las que la vida es un juego malvado.
Le
hubiera gustado poder morir así, sin seguir sufriendo la humillación de verse
cada día más enferma, más vieja, más gastada, pero no podía ser. Tendría que
usar el Poder una vez más, tendría que convocar la terrible fuerza del fuego,
reunirla y dirigirla a través de su cuerpo hacia el lugar donde su sucesora
estaba a punto de convertirse en un ser sin alma. Si no lo hacía, conservaría
la poca fuerza personal que le quedaba pero quizá tuviera que soportar muchos
años más esperando a la siguiente si dejaba morir a la elegida.
Tendría
que convocar al fuego, tendría que hacerlo porque había visto en el futuro un
bosque en llamas y centenares de criaturas traslúcidas ahogándose en el
resplandor del incendio. Claro que ése era sólo un futuro; había otros, muchos
otros que podrían ser realizados y a los que éste anularía, futuros que ella
había visto también en su rueda y que podrían también suceder. El regreso de
los dragones de fuego. Su triunfo. Su derrota. Las infinitas combinaciones de
los seres y las cosas girando sin fin en el vacío.
Dirigió
la mirada al fuego que rugía en la caverna, una mirada antigua, intensa,
cargada de propósito y de dolor. Vio entre las llamas la capa escarlata del
Emperador y la coraza del conductor del Carro con sus cinco clavos de oro. Vio
la anfisbena y supo lo que tenía que hacer. Al contrario que en tiempos
pasados, el fuego tendría que someter a las otras materias. Para que pudiera
realizarse el futuro elegido.
Arven,
atado por sortilegios que le impedían mover los pies y las manos, estaba echado
bajo un árbol gigantesco. Su instinto le decía que el sol brillaba en el cielo
desde hacía varias horas pero en el lugar donde se encontraba reinaba una
oscuridad casi total. Si no hubiera sido por la innatural falta de luz, hubiera
podido decirse que se trataba de un claro del bosque porque en un amplio
círculo el suelo era suave y liso, cubierto de hierba blanquecina y florecillas
luminosas y los árboles formaban una especie de caverna natural pero sus copas
parecían entretejidas artificialmente para no permitir el paso de la luz solar.
Todas las plantas eran desconocidas para Arven y parecían estar más vivas, a
pesar de su palidez, que las que había conocido en toda su experiencia.
No
tenía conciencia clara de cómo había llegado allí; en su recuerdo lo único que
destacaba nítido era el escalofrío de las presencias que le habían rodeado en
la oscuridad y las agudas risitas malévolas que venían de todas partes y a la
vez de ninguna. Después de eso, su mente se había hundido en un blando vacío
para despertar al pie del árbol, incapaz de moverse y sin saber qué iban a
hacer con él las criaturas del bosque.
Había
otra forma tendida en el suelo, no muy lejos, que no se había movido en todo el
tiempo que él llevaba despierto. Se estaba ya preguntando si sería un cadáver
cuando la figura movió levemente la cabeza y suspiró como negándose a admitir
la realidad de su situación.
—¡Oh,
Madre Sagrada! —dijo la figura en voz baja—. Protege la misión de tu hija que
se dirige a tu encuentro por estos bosques de espanto.
Arven
sintió un ahogo en la garganta. La mujer había hablado en la lengua secreta de
las kenddhai, la antigua lengua que sólo se utilizaba en ceremonias y conjuros
o entre kenddhai de tierras diferentes en las raras ocasiones en que se
encontraban. Por la invocación que había usado Arven se dio cuenta de que era
una muchacha joven que se dirigía al Santuario de la Intocable para algo que él
no podía ni debía conocer.
Con
el estómago contraído, preparó su garganta para las palabras que iba a
pronunciar en la sagrada lengua de sus antepasadas, la que no había hablado
desde su iniciación.
—Doncella,
ten valor y confianza, por el poder del arco y las cuatro materias, por las
mujeres de nuestra antigua estirpe y por sus hijos y esposos. Yo, Ilkar, hijo
de Alessia, de los azules bosques del sur, de las kenddhai de Surddham, te
serviré con la pobre fuerza de mi brazo y de mi arco mientras tenga vida o me
quede espíritu.
Las
palabras se enredaban difícilmente en su boca porque la emoción de hablar con
alguien de su raza lo angustiaba pero consiguió pronunciarlas clara y
orgullosamente como un tributo a la estirpe de su madre.
La
muchacha contestó con la voz temblorosa de lágrimas:
—Honor
eterno a las cuatro materias que te traen a mí en esta hora de espanto, arquero
de mi sangre que hablas la sagrada lengua de nuestras abuelas. Yo soy Fassia,
hija de Tolma, de las kenddhai de Namar en los lagos del Este. Agradezco tu
ayuda y, aunque mi misión es solitaria, acepto tu servicio para llegar sana y
salva al Santuario de nuestra Sagrada Madre.
En
medio del orgullo que estaba empezando a sentir por el hecho de haberse
convertido en servidor de una doncella kenddhai, Arven no dejaba de sentirse
incómodo por la promesa hecha a Fang Tai. Ella tenía la mitad de su flecha, y
aunque fuera un fantasma sin existencia real, tenía con ella un pacto que debía
cumplir a riesgo de comprometer su honor irremisiblemente. Se sentía también
avergonzado por haberse dejado tentar por ella, por aquel simulacro de mujer
que le había ofrecido el conocimiento de un modo tal que le había hecho
renunciar a las sagradas tradiciones de las suyas y, aunque nadie era testigo,
su debilidad era algo que llevaría siempre grabado a fuego en su corazón con
una marca que la Intocable podría leer como él leía en las hojas del bosque.
Ahora
se arrepentía profundamente pero dudaba de que su arrepentimiento tuviera algún
valor. Decidió que lo menos que podía hacer era informar a la muchacha de su
anterior compromiso y de la trampa que le habían tendido para atraerlo a donde
ahora se hallaba. Le molestaba tener que usar la preciosa lengua de ceremonia
para narrar sucesos tan cotidianos pero era la única posibilidad que tenía de
hacerse entender y debía darse prisa por si las gentes del bosque llegaban
antes de que hubiese terminado su narración.
Empezó
a hablar lentamente al principio y luego más y más deprisa mientras las
palabras medio olvidadas iban apareciendo en su cerebro. Ella le escuchaba en
silencio, sin interrumpirle con un suspiro siquiera y, por supuesto, sin
hacerle preguntas. Cuando terminó de hablar, Faissa dijo que nunca había oído
hablar de esas criaturas convocadas para el engaño y, dando a su voz un matiz
de duda respetuosa, sugirió que cabía dentro de lo posible que la señora fuese
de verdad una hechicera de algún país remoto y que en ese mismo momento se
encontrase en peligro sin su guía para protegerla. Comentó también, como sin
darle importancia, que ella lo había curado cuando ya se encontraban dentro del
bosque; si hubiera pretendido entregarlo a los hillai hubiera podido hacerlo
sin necesidad de cerrar sus heridas.
El
desasosiego de Arven, que ya había empezado a sentir en cuanto se había dado
cuenta de lo precipitado de su decisión, subió de tono. Era muy posible que
Faissa tuviera razón y en ese caso él se había comportado con Fang Tai no sólo
como un cobarde sino también como un traidor. Por un instante deseó estar
muerto y a la vez la idea le dio risa, una especie de risa macabra porque era
probable que pronto lo estuviera. Si hubiera podido preguntarle a Faissa sobre
las costumbres de ese pueblo que había llamado hillai, lo habría hecho, pero
eso era algo que le estaba vedado y más hablando con una kenddhai de otra
estirpe. Resolvió guardar silencio y esperar.
No
tuvo que hacerlo durante mucho tiempo. Apenas había acabado Faissa de exponerle
sus dudas sobre la señora cuando sintieron presencias a su alrededor. Al
principio eran apenas visibles pero esforzando la vista y combinando todos los
sentidos para detectarlas, las figuras de los hillai podían percibirse como
unas formas neblinosas, vagamente iluminadas con una especie de pulsación
azulina que subía y bajaba de tono. Su emanación, aunque más intensa, era como
la del resto del bosque, ni positiva ni negativa, extrañamente neutra, como
ajena a todo concepto de moral. Arven había oído contar, siempre a medias
palabras, que de alguna manera increíblemente malévola, aquellas criaturas
sorbían el alma y la vida de los viajeros y los convertían en no-seres que ya
nunca podían abandonar aquellos bosques de eterna penumbra porque sólo ellos
alimentaban el simulacro de vida que los hacía moverse. Antes había pensado que
no eran más que cuentos de viejos que se emborrachan al calor de la lumbre pero
ahora, rodeado de aquellas presencias espectrales, sentía que las historias
podían muy bien hacerse realidad.
Por
el momento, los hillai se limitaban a vagar sin meta fija entre los árboles y
sobre la hierba, como si esperaran algo, y se comunicaban ocasionalmente entre
ellos con pequeños gritos de un tono tan agudo que Arven no podía estar seguro
de oírlos. Sintió entonces que varias mentes extrañas se acercaban a la suya,
entrando y saliendo de sus pensamientos, sin comprenderlos y sin apreciarlos,
con la misma inconsciente diversión con la que algunos hombres acosan con palos
a un animal enjaulado. La repugnancia que le producía aquella intrusión era
insostenible. Intentaba cerrar su mente a la entrada de aquellos dedos
investigadores que le daban punzadas de dolor y de asco, pero las barreras que
construía no parecían existir para aquellos extraños seres. No podía comprender
su lenguaje y sólo captaba que de alguna manera se estaban divirtiendo y que lo
que hacían, si no algo prohibido, por lo menos era algo que no deberían hacer,
según sus propias leyes. Arven se esforzaba por entender algo que pudiera servirle
de ayuda pero aquellas mentes permanecían extrañas a la suya, deslizándose a
toda velocidad por sus recuerdos, por sus miedos, por sus ilusiones que para
ellos no podían significar nada.
Al
cabo de un tiempo que le pareció eterno, las presencias se alejaron de él.
Levantó la cabeza para asegurarse de que Faissa seguía estando al pie del árbol
y eso por lo menos lo tranquilizó; las figuras, fosforescentes ahora que la
oscuridad se estaba haciendo más intensa, se habían alejado también de ella y
se habían reunido en el centro del claro.
—Faissa
—se atrevió a murmurar en voz muy baja.
Los
hillai se giraron un instante hacia él y empezaron a emitir las risitas
chillonas y espeluznantes que él recordaba de la noche anterior. Dejaron por
fin de dirigirle su atención y él no dijo más. No se atrevía a repetir su
llamada.
Entonces,
muy tímidamente, unos sentimientos de vergüenza, de miedo y de inseguridad,
cargados de disculpas por su atrevimiento, se acercaron a él, dispuestos a huir
a la menor señal de rechazo. Por un momento pensó que podía tratarse de Fang
Tai pero casi instantáneamente supo que era Faissa y por eso le abrió su mente
como no lo había hecho desde que perdió a su madre. La bienvenida de Arven dejó
a la muchacha deslumbrada; no había esperado encontrar tanto calor y tanta
ternura en aquel arquero desconocido que sin saber nada de ella se había
comprometido a ayudarla. Se abrazó a él sintiendo la dulzura de la compañía, de
la comprensión de uno de los suyos, de alguien que pensaba como ella y que
había sido educado del mismo modo. Compartió sus recuerdos y sus proyectos y,
por un instante, olvidando la misión que la llevaba al Santuario, deseó pasar
el resto de su vida en ese abrazo. Arven se unió a Faissa casi con
desesperación, proyectando hacia ella el amor que no había tenido a quien
entregar durante años, llorando interiormente de felicidad y rogando a las
cuatro materias que pudieran siempre permanecer juntos como ahora lo estaban.
Aquella mujer era lo que él había estado imaginando durante toda su vida sin
atreverse casi a esperar que existiera. Era todo demasiado perfecto para ser
alcanzable y la perfección se rompió. Faissa, que durante unos momentos había
sentido lo mismo que él y le había transmitido su deseo, le hizo saber que su
misión en la vida no estaba junto a un hombre sino con la Gran Madre en la
montaña de fuego. Ella había sido designada por las cuatro materias para ser la
nueva Intocable de las kenddhai.
Su
abrazo se rompió y la mente de Arven se sumergió en un torbellino de impotencia
y rebeldía. Se negaba a aceptar tal destino para la mujer que él, sin más
derecho que el del corazón, sentía como suya. Ella se acercó de nuevo, triste,
con un dolor mayor que el de Arven porque su lucha era más dura. Ella sentía la
llamada del fuego, la había sentido desde su infancia, cada vez con más
intensidad en cada primavera y por fin había sabido que su momento había
llegado, que debía dirigirse al Santuario para tomar el relevo en la sagrada
tarea. Nunca había pensado que podía existir un hombre para ella y, caso de
haberlo, siempre había estado segura de que podría abandonarlo para hacer lo
que debía ser hecho. Sin embargo, ahora que había encontrado a Ilkar, la decisión
era mucho peor de lo que hubiera pensado. De un modo incomprensible se sentía
ligada a él por lazos tan fuertes como los del fuego y, por otra parte, sin
sentido del deber le decía que todo lo mundano debe ser para la Intocable como
un jirón de niebla.
Abrazados
en una agonía común suspiraron casi con resignación al sentir que los hillai se
acercaban. Quizá la muerte les permitiría seguir juntos.
Arven
pidió a Faissa que se replegara cuando los hillai volvieran a entrar en su
mente; él trataría de detenerlos para que no pudieran tocarla a ella, pero no
fue posible. Sintieron que lo que habían experimentado antes con aquellas
criaturas eran sólo juegos infantiles; acababa de llegar un ser mucho más
poderoso, un ser de viento y de agua cuya emanación era casi tangible, un ser a
quien no podían comprender pero que sentían que iba a destruirlos de un modo
que ni siquiera podían imaginar. Cuando entró en sus mentes, el terror estuvo a
punto de enloquecerlos. Aquella criatura se movía en su interior con tanta
soltura como ellos mismos pero sin ningún cuidado. Atravesaba sus pensamientos,
sus deseos y sus recuerdos como un animal en fuga atraviesa el bosque,
rompiendo y arrancando.
Arven
y Faissa aullaban de dolor con alaridos del cuerpo y del espíritu, incapaces de
detener aquella cosa que los desgarraba por dentro, buscando y revolviendo en
lo más íntimo de sí mismos. Uno sentía la tortura del otro y la agonía era
insostenible. Hasta la muerte parecía buena y deseable en aquel huracán.
Entonces
la criatura, cansada de buscar a ciegas, se fijó en uno de los primeros
recuerdos de Arven: la mano de su madre imitando el movimiento de las hojas
mientras cantaba una canción. Era una imagen vivida y perfecta, llena de luz,
de sonidos y colores y, de repente, la imagen pareció desgajarse de su mente y,
como si le arrancasen un trozo de su carne, con un dolor lacerante, se
desprendió de él. Aún brilló un momento en su cerebro como brilla el recuerdo
de una luz tras los palpados cerrados y se extinguió. Nebulosamente, perdido en
la náusea, le pareció sentir que su imagen, aquella preciosa imagen que siempre
había tenido en su interior era arrojada a una de las otras criaturas como un
despojo que lanza un capitán a sus soldados. Supo que nunca volvería a
recuperarla, que aquel recuerdo se había borrado para siempre de su ser y
entonces comprendió cómo los hillai chupaban las vidas de los viajeros:
arrancándoles todo lo que tenían en sus mentes como los ladrones arrancan las
armas, el oro o los vestidos de los caminantes. Y supo que cuando terminaran
con ellos no les quedaría nada, que no serían más que dos cuerpos sin alma
incapaces de amar, de pensar, de recordar.
Las
leyes kenddhai les habían enseñado el concepto del honor y la dignidad de la
muerte pero aquello era den mil veces peor que morir; para aquello no tenían
nada previsto. En medio de su horror y su pánico, sus dos mentes mutiladas pero
unidas, gritaron una invocación a la Intocable y los poderes del fuego. No fue
un conjuro formulado y antiguo, fue solamente un grito de agonía, la expresión
de su deseo de verse consumidos por el sagrado fuego devorador antes de
transformarse en criaturas líquidas o etéreas como sus torturadores. Y, de
repente, la mente hillai guardó silencio y el bosque se cubrió de una calma
extraña, pegajosa; y en medio de aquella serenidad mortal sonó una canción, una
canción en una lengua absolutamente desconocida que sonaba como una provocación
y a la vez como un hechizo contra la magia del lugar.
Fang
Tai se acercaba a caballo, con un casco inverosímil sobre la cabeza, cantando
despreocupadamente. Faissa y Arven sintieron que la poderosa mente del hillai
se desviaba de ellos para posarse sobre la que llegaba. Entonces Arven gritó:
—No
entres al claro, señora, es un círculo mágico, atravieses el círculo, te
atraparán.
No
pudo decir más porque decenas de mentes se abalanzaron sobre la suya
ahogándola. Faissa se replegó y emitió una señal de dolor y peligro; Ilkar le
había contado que la señora también conocía el lenguaje silencioso.
Fang
Tai sacó su hipnotizador, lo puso al máximo y quitó el seguro de su
lanzallamas. Estaba empezando al cansarse de tanta magia y tanto juego
efectista aunque debía reconocerse a sí misma que lo que había visto hacer a
Arven la tarde anterior era digno de tomar en consideración. Además, por alguna
razón, su caballo se negaba a avanzar; su instinto debía de indicarle que había
algo allí que ella no podía sentir. Desmontó lentamente y, apretando con fuerza
la culata del arma, penetró en el claro. Su visor nocturno le permitía ver con
bastante claridad, como a la luz suave del amanecer, perol no tanto como
hubiera querido. Esforzándose podía distinguir la forma caída de Arven y otro
bulto a unos diez o doce pasos, posiblemente la persona que le acababa de lanzar
la señal de peligro. Entre los dos se alzaban las ambiguas siluetas apenas
resplandecientes de unos seres desconocidos tan altos como ella pero
enormemente delgados y casi transparentes. Habría unos veinte o treinta,
calculó. No demasiados para su lanzallamas pero no podía usarlo si seguían
estando tan cerca de Arven y su compañero. Confió en su hipnotizador mientras
seguía acercándose despacio; estaba programado para inmovilizar a toda clase de
animales, incluidos los más grandes, pero no podía saber hasta qué punto
funcionaría con criaturas que tuvieran una estructura mental compleja. De
momento todos estaban inmóviles y, en una exploración telepática superficial,
parecían perdidos en una especie de ensueño. Ordenó a Arven y al otro que se
pusieran rápidamente a sus espaldas pero en la vaga respuesta que recibió
comprendió que no podían moverse por estar amarrados por hechizos. Supuso que
lo que les impedía huir era la voluntad conjunta de todos aquellos seres y se
detuvo. En ese caso lo mejor sería hacer que se dirigieran hacia ella
alejándose de Arven. Esperó unos segundos, calculando las posibilidades,
indecisa sobre si debía desconectar el hipnotizador. Sintió que la otra
persona, perdida en un estupor como el que sigue a un pesado sueño, trataba de decirle
algo. Se concentró hasta captar el sentido: las criaturas no eran físicamente
peligrosas, atacaban con su mente. Eso solucionaba la cuestión del
hipnotizador: debía seguir activado. Entonces, cuando ya se dirigía hacia Arven
para intentar liberarlo, sintió una presencia de una intensidad tal que la hizo
tambalearse un segundo. Era la mente más poderosa con la que había estado en
contacto en toda su vida. Estaba segura de que el hipnotizador no había podido
afectarle y, si se había detenido durante unos momentos, era posiblemente para
medir la fuerza de ella. Bien, eso le daba por lo menos la ventaja de la
sorpresa porque lo que aquel ser había tomado por la fuerza de su mente era
sólo la intensidad electrónica de su hipnotizador. Antes de que la criatura
pudiera entrar en contacto con ella y medirla, Fang Tai atacó con toda la
intensidad de su cerebro entrenado para la lucha. Sintió cómo su enemigo se
replegaba, asombrado, y sonrió para sí. No sería fácil pero no estaba todo
perdido. Los otros seguían flotando en el ensueño artificial. Sería una lucha
singular, por lo menos. Recordando lo que había aprendido de su maestro de
combate telepático y aunque hacía tiempo que no lo practicaba, reunió en toda
la superficie de su mente consciente una barrera de imágenes extraplanetarias,
las imágenes más ajenas a aquel mundo que pudo traer a su recuerdo y dejó que
su adversario entrara en el primer nivel de su consciencia. Lo sintió irrumpir
en su cerebro con un grito de triunfo y aguantó el dolor desgarrante que le
producía su presencia. Ella también tendría que enfrentarse con lo desconocido
pero, en lugar de intentar hurgar en el mundo de su enemigo, soportó
pasivamente su embestida dejándolo perderse en las imágenes que llegarían a
enloquecerlo porque no podría asimilarlas a su concepto del mundo. Sintió cómo
se debilitaba su ataque y aguantó la tortura ofreciendo más y más imágenes, más
y más recuerdos, a cuál más absurdo para una criatura de aquel planeta; pero
sabía que no podría soportar mucho más tiempo aquélla terrible presión y buscó
en su mente algo con qué rematar a aquel ser que estaba empezando a mostrar los
signos de una progresiva locura. Recordó de pronto la leyenda de Arven. Él
había dicho que aquellas criaturas estaban hechas de viento y agua. El fuego,
entonces sería la única posibilidad. Con un esfuerzo terrible focalizó en su
mente la visión de una nova y la mantuvo hasta que sintió que se volvería loca.
Arven y Faissa, que habían estado luchando para sacudir el sopor que sentían
desde la aparición de Fang Tai, acabaron de despertarse al oír sus gritos de
agonía. La señora estaba sufriendo aquella horrible tortura que ellos conocían
y lo hacía para salvarlos. Impotentes para ayudarla, se abrazaron de nuevo,
buscando conjuntamente una salida a aquel horror. Entonces Faissa,
repentinamente serena, invocó de nuevo a la Gran Madre de las kenddhai, esta
vez despacio, con ira, con amor y con las palabras justas:
—¡Oh
Señora de mi pueblo por la que transita el fuego, materia primigenia que da
vida y la toma! Yo te conjuro para que con tu poder nos ayudes en esta hora de
espanto. No permitas que muera la mujer que defiende a tu hija. Envía tu fuego
en su ayuda y tómanos a cambio.
Repentinamente,
como unos instantes atrás, la calma se extendió sobre el bosque, pero esta vez
la calma estaba llena de tormenta, la tormenta de fuego que trae el relámpago y
el rayo. Una claridad enceguecedora iluminó la escena y, de pronto, una bola de
fuego surgió en medio del claro. Fang Tai disparaba su lanzallamas en dirección
opuesta a donde se encontraban Arven y Faissa y las llamas tenían forma de
dragón.
Fang
Tai, pálida y tambaleante, se acercó a sus compañeros y los sacudió con una
mano sin dejar de arrojar fuego con la otra.
—¡Vamos!
¡Arriba! ¡Hay que salir de aquí! Ahora ya podéis moveros.
Saltaron
sobre sus pies con una ligereza de la que no se hubieran creído capaces
momentos antes y se lanzaron casi a ciegas hacia la parte del claro que aún no
estaba en llamas. Los aullidos de dolor de los hillai resonaban en sus cerebros
embotándoles los sentidos. Sólo Fang Tai parecía inmune a aquel horror y los
empujaba constantemente mientras seguía girándose incendiando, incendiando a su
paso.
La
Intocable, de bruces sobre el suelo de roca de su cueva, jadeaba perdida en los
espasmos que sacudían su cuerpo. Pocas veces en su vida había convocado al
fuego pero nunca los dragones ardientes la habían desgarrado con tanta
ferocidad; esta vez no había sido la salvaje llamarada de otras ocasiones sino
una línea sutil, un estilete de lava que había recorrido su cuerpo de abajo
arriba hasta concentrarse en un solo punto entre sus ojos, un punto de dolorosa
locura enfebrecida como el ojo de un volcán. Una limpia línea de láser que
corta y cauteriza. Un contacto helado y estremecedor como la explosión
ralentizada de los soles. Pensamientos que no podían pertenecerle cruzaron por
su mente. Aún en el suelo, se concentró en la vida y sintió que la elegida había
sido salvada pero el foco del poder había sido otro, el fuego había sido
canalizado hacia otro ser y ahora los tres, las tres criaturas de las que todo
dependía, estaban por fin reunidas.
Con
un enorme esfuerzo consiguió alcanzar su bastón y ponerse lentamente en pie,
insegura y temblorosa. Había sido demasiado para ella pero ahora sólo era
cuestión de días, tenía que aguantar hasta que la mujer estuviera a su lado.
Entonces podría dejarse morir y transmitiría sus enseñanzas a la nueva
Intocable desde el plano espiritual como la Madre anterior había hecho con
ella. Todo sería más llevadero cuando pudiera deshacerse de su cuerpo físico y
después, cuando la otra pudiera hacerse cargo del Santuario, vendrían por fin
el reposo y el olvido, el dulce y profundo, definitivo olvido de la unión de su
ser con el ser del universo, no el olvido pequeño de las gentes mortales, el
que la había sostenido durante tanto tiempo, que parece borrar el dolor y los
amores para reaparecer un día con más violencia y convertir en polvo el
corazón.
Llamó
con la mirada a su muñeca, un pobre simulacro de vida que había, creado años
atrás en un momento de desesperación por su soledad y que ya nunca se había
atrevido a destruir. La pobre construcción de barro, con el pelo negro
cayéndole por la espalda y la túnica de seda azul que cubría su cuerpo de paja,
se acercó vacilante sobre sus pequeñas piernas, apoyó la cabeza en el regazo de
la anciana y se quedó allí, quieta junto a ella mientras las manos arrugadas
acariciaban su cabello, que una vez había sido suave y brillante y ahora caía
en sucias mechas alrededor de sus frágiles hombros. Su pequeña. El único ser
que le daba calor en el corazón de una montaña de fuego.
Se
preguntó vagamente qué sería de ella cuando llegara la nueva Intocable y
rechazó los pensamientos; probablemente sus vidas se extinguirían a la vez
porque ella había animado a la muñeca con un soplo de su propio espíritu.
Acarició la seda de la túnica sobre el pobre cuerpecillo y lentas lágrimas se
deslizaron por sus mejillas secas; la muñeca alzó la cabeza y, con infinita
ternura, las embebió con sus manitas de tela y se las llevó a la boca.
En
un repentino arrebato de cariño, la anciana levantó en vilo a la muñeca, la
estrechó contra su pecho y empezó a acunarla murmurando:
—Mi
niña, mi niña, pronto terminará todo y nos iremos de aquí tú y yo, las dos
juntas, a volar por el oscuro cielo entre los mundos, a ver las flores de azul
y plata que se llaman estrellas y que no has visto jamás. Te llevaré a ver los
miles de cosas bellas que hay fuera de este fuego que nos destroza. Pronto
huiremos juntas y dejaremos la tortura a otra mujer. Sólo hay que esperar un
poco, mi niña, y seremos libres.
La
besó en la mejilla pero la muñeca se había dormido. La anciana suspiró y se
durmió también.
Durante
dos días y dos noches, Fang Tai, Arven y Faissa habían caminado sin detenerse
siquiera para comer. La señora les había hecho tragar unas piedrecillas
diminutas de intenso color azul y aquella magia había hecho que su resistencia
aumentara, no habían sentido hambre ni apenas cansancio y habían avanzado en
medio de una especie de estupor que sin embargo no les restaba facultades. Las
formas y los colores parecían ligeramente distorsionados y los sonidos se oían
con más nitidez y, aunque al principio les había dado miedo la sensación de
caminar sin pausa sin sentirse agotados, luego se habían acostumbrado a ello y
le estaban agradecidos porque eso les había permitido dejar atrás el espantoso
incendio, cruzar los bosques, encontrar el paso inferior de las Muelas del
Gigante y llegar hasta donde ahora se hallaban: sobre las suaves colinas que
dominan la planicie de Tana.
En
cuanto llegaron, al atardecer, la señora les había entregado otras
piedrecillas, esta vez pequeños globos transparentes llenos de otros puntitos
de colores y les había recomendado que durmieran hasta que estuvieran seguros
de que no eran capaces de dormir más. Ella tragó la suya, se tendió al pie de
un árbol y, sin decir una palabra más, se quedó profundamente dormida.
Arven
y Faissa, que durante la marcha no habían cruzado más de dos frases, se miraron
sabiendo que les quedaba cada vez menos tiempo y desearon poder sentarse junto
al fuego y decirse todo lo que no se habían dicho aún, aprovechando el sueño de
la señora, pero sentían que la magia y el agotamiento empezaban a afectarles de
modo que Arven tomó a Faissa de la mano, la llevó hasta un árbol desde donde él
pudiera verlas a las dos y, rápidamente trepó a una rama. Ella se quedó de pie,
mirándolo con expresión de sorpresa.
—¿No
vas a dormir conmigo, Ilkar?
Arven
la miró como si no hubiera entendido bien su pregunta, sacudió la cabeza
tratando de aclarar sus ojos que estaban empezando a poner al mundo un halo de
chispas de colores:
—¿Tú
lo quieres, Faissa?
—Sabes
que te amo y yo sé que tú también a mí, ¿necesitamos algo más?
Él
negó con la cabeza, incapaz de hablar por la emoción y sintiendo también que si
seguía mirando hacia abajo se desmayaría de agotamiento.
—De
momento será sólo simbólico —añadió ella muy seria—. Los dos estamos demasiado
cansados.
—Entonces
¿bajo? —preguntó Arven sintiéndose enormemente tonto.
—Si
prefieres que suba yo…
Sonrió,
se dejó caer y aterrizó blandamente al lado de ella; Faissa se acuclilló junto
a él y se abrazaron, un abrazo de carne que les hizo sentir escalofríos en la
espalda y una contracción en el estómago. Deseando aún no estar tan agotados,
se cerraron sus ojos en contra de su voluntad y se quedaron dormidos al pie del
árbol, todavía abrazados.
Despertaron
al amanecer, completamente repuestos y muy extrañados de haber dormido tan
poco; intentaron seguir durmiendo como les había aconsejado Fang Tai pero les
resultaba imposible así que se levantaron y fueron a buscar algún manantial
donde poder lavarse y beber. Cuando encontraron un riachuelo, Arven dejó a
Faissa recogiendo bayas y se fue a las colinas a cazar; los dos tenían un
hambre feroz y la poca comida que les quedaba se había perdido en el incendio
con el caballo.
Cuando
Faissa hubo llenado su vestido de bayas anaranjadas, bajó hasta donde se
encontraba Fang Tai y, aunque estaba empezando a moverse, no le dijo nada hasta
que por fin se incorporó y se quedó mirándola, frotándose los ojos como si no
pudiera recordar con claridad quién era ella o dónde se encontraban.
—Me
muero de hambre —dijo por fin.
Faissa
sacudió la cabeza, la lengua le resultaba desconocida.
Fang
Tai le ofreció una imagen mental y Faissa sonrió. Le explicó que Arven había
ido a cazar y la acompañó al riachuelo. Mientras tanto, Fang Tai conectó su
analizador lingüístico y pidió a la muchacha que le hablara en su lengua. Echó
una ojeada a su reloj: habían dormido una noche, un día y otra noche. Otros dos
días perdidos. Empezaba a perder la cuenta del tiempo transcurrido desde que
había puesto pie en aquel planeta. Se encogió de hombros. Si las cosas iban
bien no pasaría más de una semana hasta estar de vuelta en su casa, en su cama
con sábanas de seda, en su propio mundo, con gentes iguales a sí misma. Se dio
cuenta de que lo estaba imaginando como si fuera una fantasía y sonrió para sí.
Al parecer se había acostumbrado ya tanto a aquel mundo que la realidad
exterior daba la impresión de ser sólo una leyenda que alguien le había contado
alguna vez. Faissa, muy obediente, seguía charlando en la lengua desconocida.
Unos minutos más y su analizador sería capaz de descodificarla y le implantaría
los resultados la próxima vez que se tomara unas horas de sueño. De momento se
contentaba con las sensaciones más inmediatas: el agua, el sol, la relajación
de saberse fuera de peligro, el bienestar de su cuerpo… Si no hubiera sido por
el hambre todo habría sido perfecto. Aún tenía algunas raciones energéticas
pero prefería guardarlas para tiempos peores. Era preferible esperar la vuelta
de Arven.
Volvieron
a bajar a la zona arbolada y Fang Tai decidió dormir un rato para olvidarse del
hambre y aprender la lengua de Faissa. Cuando Arven llegó con cuatro animales
relativamente grandes cogidos de las patas, se encontró a las dos mujeres
charlando en la lengua del Este como si fuera lo más natural del mundo.
Lo
recibieron con una alegría delirante que hizo que por primera vez desde hacía
mucho tiempo Arven se sintiera útil y orgulloso de sí mismo. Le alegraba sobre
todo ver que Faissa ya tenía preparado el fuego y se había preocupado de
recoger hierbas y raíces para condimentar la carne; eso quería decir que
confiaba en él, que estaba totalmente segura de que regresaría con algo
comestible; ningún arquero kenddhai volvería al campamento sin algo con que
alimentar a las mujeres a quienes servía.
Se
sentó junto a ellas y empezaron a despellejar los animales y a prepararlos para
el fuego. Estaban de un humor excelente y, por unas horas, mientras comían y
bebían de la botella que Fang Tai conservaba aún en su mochila, se limitaron a
gozar del presente sin recordar el horror del bosque ni atormentarse por lo que
traería el futuro; reían y conversaban de cosas intrascendentes traduciéndose
unos a otros y disfrutaban de la calidez de la noche que, incluso tan al norte,
hacía sentir la inminencia del verano; se había levantado una ligera brisa que
hacía pensar a Fang Tai en las noches de su terraza sobre el mar y le hacía
desear intensamente la presencia de una luna en el cielo. Una por lo menos. En
aquel planeta sin satélites las noches eran extrañamente oscuras y ella siempre
tenía la impresión de que faltaba algo en la decoración, como una casa sin
cuadros y sin flores. Para Arven y Faissa, sin embargo, la noche era perfecta,
una noche para amar, para olvidarse de todo y convertirse en sombras abrazadas bajo
las estrellas. Fang Tai los miró mientras ellos se miraban y suspiró para sí;
hacía mucho tiempo que no había sentido la calidez de un abrazo y mucho más
tiempo aún desde la última vez que había sentido amor y ternura. La vida en su
mundo era solitaria, las estrechas relaciones personales eran reliquias del
pasado que sólo algunos deseaban mantener y, desde que abandonó la Escuela, su
contacto con otras personas se había reducido a una escasa docena de amigos y
amigas que de una u otra manera estaban relacionados con su profesión, una de
las más honorables y mejor pagadas pero también una de las que menos ocasiones
ofrecía de conocer a otras gentes y cultivar una relación con ellas. Incluso
sus amantes la habían tratado siempre con esa especie de admirado respeto que
se relaciona en muchos lugares con lo semidivino. La persona que da la muerte
no es un ser común. Está libre de las ataduras morales que condicionan la
existencia de gran parte de los ciudadanos, puede causar dolor de mil maneras
diferentes en una civilización donde el dolor se ha convertido tan sólo en una
palabra mágica transmitida desde épocas pasadas, puede provocar el término de
una vida que de otra forma sería prácticamente ilimitada. Una asesina puede
luchar contra la vida y vencerla y para ello arriesga muchas veces su propia
existencia en mundos donde todavía se castiga a quien da la muerte como a un
criminal.
La
voz de Arven la sacó de sus cavilaciones:
—Señora
—de rodillas junto a ella, Arven sostenía entre sus manos la punta de su
flecha— hemos llegado a la planicie de Tana y el trato se ha cumplido. Lamento
todo lo que ha pasado entre nosotros y me gustaría poder borrar las cosas malas
que han sucedido pero lo que ha sido no puede dejar de ser. Si estás
satisfecha, entrégame la otra mitad y déjame volver a ser libre.
Fang
Tai revolvió en su mochila y le entregó la mitad de la flecha:
—Has
cumplido, Arven. Es cierto que ha habido cosas malas pero yo no quisiera
borrarlas; han servido para conocernos mejor y, aunque tal vez mi magia pudiera
lograr que lo que ha sido no fuera, no me parece necesario. En cuanto al trato,
estoy satisfecha; te devuelvo tu libertad.
Arven
se la quedó mirando un momento con la cabeza ladeada, sin acabar de comprender.
Luego, con infinito alivio, recogió la mitad de la flecha y echó al fuego los
dos trozos, se giró hacia Faissa y sonrió.
—¿Qué
harás ahora? —preguntó Fang Tai.
—Ahora
Faissa es mi señora. La seguiré a donde vaya y seré su arquero mientras pueda
—contestó él.
—Y
¿a dónde os dirigís? —preguntó Fang Tai mirando a Faissa.
—Al
Santuario de la Intocable —contestó la muchacha con la mirada perdida en la
hoguera. Arven la miró como reprochándole la respuesta pero ella no se dio
cuenta—. Voy a entregarme al fuego —continuó.
—¿No
irás a suicidarte?
Ella
levantó la vista, con una sonrisa triste en los labios.
—No,
Fang Tai. Aunque hasta cierto punto se puede considerar una muerte porque
cuando yo sea la Intocable mi contacto con el mundo de más allá del Santuario
se romperá por completo y para siempre.
Fang
Tai no pudo ocultar su sorpresa; abrió desmesuradamente los ojos y se quedó
mirándola como si la hubiera visto por primera vez.
—¿Tú?
¿Tú vas a ser la nueva Intocable? ¡Por todos los Arcanos! ¡Pero si no eres más
que una niña!
—Ha
llegado mi hora.
—Pero
¿cuántos años tienes?
—Hace
cuatro veranos que soy mujer kenddhai.
Fang
Tai miró a Arven como pidiendo una explicación. Él y Faissa hablaron un momento
en su lengua.
—Tiene
dieciséis años —contestó Arven.
—¡Por
la Rueda y el Carro, qué locura! ¿Vas a enterrarte viva a los dieciséis años?
Yo creía que os queríais —dijo mirándolos. Faissa inclinó la cabeza.
—Nos
queremos, pero eso no cambia nada. Debe ser así. La Intocable morirá pronto y
yo debo sustituirla.
Fang
Tai sintió que la boca se le secaba.
—¿Cómo
sabes tú que la Intocable morirá pronto?
—Porque
he sentido su llamada. Sé que queda poco tiempo.
—Y
¿tienes que ser tú?
Ella
afirmó con la cabeza; tenía los ojos llenos de lágrimas y apretaba la mano de
Arven que se había puesto pálido y tenía la mirada fija en el horizonte de la
noche. Él no entendía la lengua de Faissa pero aquella conversación estaba tan
clara para él como si estuviera en su idioma. Los sentimientos eran tan
intensos que podía seguirlos sin hacer ningún esfuerzo consciente.
Quedaron
en silencio durante unos minutos; sólo se oía el crepitar del fuego y el ruido
de la brisa en las ramas de los árboles. Por fin Faissa se puso en pie, sujetó
a Arven por los hombros y, con un gesto de buenas noches a Fang Tai,
desaparecieron juntos en las sombras en dirección del manantial.
Una
hora más tarde, cuando ya el fuego estaba apagándose, Fang Tai continuaba
sentada frente a él, susurrando en su grabadora. Por fin la dejó caer; se
cubrió un instante la cara con las manos y dio un profundo suspiro. Se levantó
elásticamente, sin ruido, buscó en la mochila y, guardando el objeto en su
bolsillo, empezó a caminar sigilosamente hacia el manantial con el visor
nocturno sobre los ojos.
—Estoy
confusa. Los pensamientos se arremolinan en mi cerebro y no me dejan ver con
claridad ni el desarrollo de mi misión ni de ninguna otra cosa. Empiezo a
comprender por qué uno de los primeros consejos que te dan en la escuela es el
de llevar a cabo los encargos con la mayor rapidez posible. Hay que evitar a
toda costa contaminarse de las ideas de cada sociedad en la que se realiza el
trabajo y no se trata de que me haya contagiado de las ideas kenddhai sino que,
de alguna manera, siento que me voy distanciando de la misión que me ha traído
hasta aquí y también, y eso es lo más terrible, de mi propio mundo, de mi vida
anterior. ¡Maldita sea! Pero ¿qué tonterías digo? ¿Qué es eso de mi vida
anterior? Mi vida, mi vida real, mi única vida. Esto no es más que un
interludio de unos cuantos días que pronto acabará, algo que dentro de
cincuenta o sesenta años apenas recordaré nebulosamente. Aún puedo trabajar
otros quinientos años y luego me tomaré unas largas vacaciones y quizá me
plantee la idea de buscar a una asesina que ponga fin a mi vida de una manera
hermosa aunque no sé, ni siquiera los más viejos de mi mundo quieren morir de
verdad; se pasan años jugando con la idea y al final renuncian y siguen
existiendo a pesar de que, según dicen, ya no le encuentran el placer a la
vida. Es difícil pensar que puede llegar el momento en que ya nada me
satisfaga. Mientras me queden preguntas me quedará interés por la vida, al
contrario que las kenddhai. ¡Qué gente más extraña! Unos dominando a otros por
la sencilla razón de haber nacido con un sexo invariable. Los hombres esclavos
de las mujeres y orgullosos de ello. ¿Tan importante será haber nacido hombre o
mujer? ¿Habrá entre ellos alguna diferencia de nacimiento y no provocada por la
educación? No sé. Hay muchas cosas que no sé y tampoco sé si quiero llegar a
saberlas. Creo que lo mejor sería terminar mi misión cuanto antes y marcharme
de este lugar lo más rápido posible. Al fin y al cabo, ¿qué me importan a mí
sus costumbres y sus ritos? ¿Por qué me tiene que resultar tan desagradable la
idea de que Faissa vaya a enterrarse a los dieciséis años en un volcán del que
ya no saldrá viva? ¿Qué más me da a mí que vaya a pasar en soledad el resto de
su existencia cuando podría vivir con Arven en un bosque y ser feliz? No sé.
Quizá lo que me preocupa es que, como están las cosas, ya no sé a quién tengo
que matar, a la anciana que de todas formas está a punto de morir ¿o formo yo
parte de sus predicciones y sólo va a morir porque yo he venido? o a la pequeña
Faissa que va a convertirse en Intocable.
»Como
ignoro los motivos de quien me haya contratado, no sé si lo que les interesa es
que se efectúe el cambio de sacerdotisa o que el puesto quede vacío, y tampoco
tengo ninguna forma de comunicarme con la Central así que tendré que decidir yo
sola. No es que me repugne la idea de matar a Faissa, aunque sé que a ella le
parecería espantoso. En mi opinión, la muerte es mil veces preferible al
destino que le espera, pero no me gusta matar vanamente. Si no es necesario
para llevar mi misión a término, preferiría dejarlos con vida. ¡Tienen unas
vidas tan cortas! Y digo dejarlos porque si mato a Faissa también él debe morir
por mi propia seguridad. Él solo no es enemigo para mí pero puede levantar a su
gente en mi contra y yo estaré muy expuesta mientras espero a que la nave venga
a recogerme; sólo tendré un radio de acción de tres kilómetros.
»Ha
pasado media hora y sigo indecisa. La lógica me dice que la única posible
coherencia de la situación consiste en que los que me pagan por matar a la
Sagrada piensen introducir a una de sus propias agentes en el puesto de la
Intocable porque saben o suponen que en el caso de tener que tomar alguna
decisión importante en el planeta en asuntos intersolares ella será una de las
personas clave y quieren asegurarse su influencia sobre el pueblo. Si eso es
así, está claro que tengo que matarlas a las dos.
»Lo
que me asusta es que eso supondría la desaparición de una tradición y unas
creencias de milenios a cambio de un poco más de poder para los poderosos de la
Liga. No me han entrenado para cuestionar las razones de los que contratan mis
servicios pero como ciudadana de la Liga Intergaláctica, tengo tanto derecho
como cualquiera para poner en tela de juicio los métodos que nuestros
dirigentes usan para anexionarse mundos y explotarlos. Pero la cuestión es que
yo he venido aquí como asesina profesional bajo contrato y no como ciudadana
galáctica preocupada por el bienestar de los nativos sean cuales sean sus
costumbres, por lo tanto está claro lo que tengo que hacer, aunque lo siento.
Me había encariñado con Arven y son tan jóvenes… no han tenido tiempo todavía
para nada. Lástima que tenga que ser así pero no puedo huir de mi deber.
»La
Rueda. Sólo aparece la Rueda. Me he concedido, nos ha concedido unos instantes
más y el beneficio de los Arcanos pero el futuro está abierto, tan abierto que
resulta ininterpretable. No tengo excusa ni coartada tanto si decido de una
manera como de otra. Debo dejarme llevar por mi entrenamiento; es mi única
seguridad. No me sentiré tan mal si me equivoco, si lo he hecho cumpliendo con
mi deber. Está decidido. Deben morir. Ahora. Si están dormidos los
estrangularé. Primero a Faissa. Es rápido y no causa mucho dolor. Creo que aquí
el dolor no debe considerarse precisamente un lujo. Si todavía están
despiertos, usaré el revólver; con el visor nocturno es casi imposible fallar.
»Mañana
temprano me pondré en camino; el Santuario no puede estar a más de dos días de
marcha. Veré a la Intocable y le haré mi pregunta. Si de verdad tiene ese Poder
del que se habla, si de verdad puede ver todo lo que ha sido y lo que será,
sabrá decirme qué le sucedió a mi madre o incluso si todavía vive en algún
lugar del Universo. Entonces la mataré, volveré a mi mundo y empezaré a buscar
a Tai Fang Djem.
La
noche estaba hermosa, llena de perfumes traídos por la brisa y de rumores de
agua y viento; las estrellas brillaban como cristales helados en un cielo de
negrura cósmica y el mundo parecía recién bañado y puesto a dormir. Arven y
Faissa rodaban por la hierba aplastando florecillas, desnudos y abrazados,
riendo de pura felicidad, mientras Fang Tai remontaba lentamente la pendiente,
satisfecha de haber tomado una decisión y molesta porque algo en su interior la
desaprobaba. Había pensado que sería más fácil si trataba de convencerse de que
sólo era un ejercicio nocturno pero había rechazado la idea por lo que
conllevaba de cobardía y de bajeza moral. Iba a matar contra sus voluntades a
dos personas que confiaban en ella y ni siquiera sabrían por qué.
Poco
a poco su paso se fue haciendo más y más lento; caminaba cuidando de no pisar
ninguna rama ni hacer resbalar ninguna piedra, sabía lo fino que era el oído de
Arven. Se fue acercando hasta que llegó a un punto desde el que podía oír unos
gemidos traídos por el viento. Pensó detenerse a escuchar pero enseguida se dio
cuenta de que era muy improbable que estuvieran hablando con palabras, de modo
que avanzó hasta hallarse a pocos metros de unos arbustos y abrió su mente para
recoger alguna información sin tratar de penetrar en ellos. La intensidad de su
amor y su deseo la deslumbró. Estaban más unidos y más felices de lo que ella
lo había estado en toda su vida. Nunca nadie se había abierto a ella de una
manera tan hermosa y tan total ni ella se había dado nunca a nadie tan
completamente. Se quedó unos instantes donde estaba, tendida boca abajo entre
los arbustos, sin decidirse a cerrar el flujo mental que la unía a ellos.
Dentro de poco sus vidas habrían terminado y esos sentimientos no volverían a
brillar. Lástima. Se dejó llevar por la ternura y la calidez que emanaba de
ellos y se relajó, mecida por las sensaciones de aquellos dos seres extraños
que se amaban junto a ella. En una especie de adormecimiento, sintió cómo Arven
luchaba contra todos sus principios para rogarle a Faissa que no lo abandonara
ahora que lo había hecho suyo, sintió el dolor de ella mientras le negaba lo
que más desearía darle, vio cómo él le pedía, ya que ella no podía quedarse a
su lado, que le diera una hija o un hijo a quien amar y enseñar las sagradas
leyes kenddhai. Sufrió la agonía de Arven que le contaba una vez más la
historia de su padre ahora que se sabía condenado a repetirla. Pensó muchas
veces que había llegado el momento de levantarse y poner fin para siempre a
todo aquello pero algo en su interior se lo impedía. Aún no. Aún no.
Por
fin Faissa pidió a Arven que fuera a visitarla a la montaña de fuego al término
de un año. Si le había nacido una niña, se la entregaría. Él, con una alegría
agridulce, le abrió un torrente de gratitud que la hizo llorar. Entonces
Faissa, separándose de su abrazo y poniéndose en pie, le pidió el ópalo de su
padre, el símbolo de los arqueros que sólo una kenddhai puede conceder
legítimamente. Arven, sobrecogido de emoción y con los ojos húmedos y
asombrados, sacó una bolsita que llevaba atada a la cintura, la volcó en su
mano y le entregó la joya: la piedra que su madre había dado a su padre en el
lejano día en que ella lo hizo arquero kenddhai.
Arven
permaneció de rodillas frente a Faissa, tembloroso y maravillado y, sin hablar,
le preguntó si estaba segura de lo que iba a hacer. Ella, sonriéndole con toda
su mente, le dijo:
—Sé
que no has cumplido ni estás dispuesto a cumplir todos los sagrados
mandamientos de nuestras madres, pero yo tampoco soy una mujer común. Los
tiempos cambian y nosotros pertenecemos a los nuevos tiempos. Tú eres mi
esposo, mi arquero. Yo digo que eres digno de serlo y mi palabra basta.
Él
se inclinó hasta tocar el suelo con la frente, volvió a incorporarse y la miró
a los ojos, esperando.
—Eres
mi esposo y mi arquero —dijo ella.
—Lo
soy —contestó Arven.
—Me
amas y te amo.
—Te
amo y me amas.
—Permaneceremos
juntos hasta que algo más fuerte que la vida y que la muerte nos separe.
—Así
será —contestó Arven con un hilo de voz.
—Te
llamarás Alkav, llevarás el ópalo en la frente y serás de las gentes de mis
madres y abuelas. Me servirás, darás honor a mi estirpe y educarás a mis hijas
e hijos en los sagrados principios de las kenddhai.
—Hasta
mi muerte.
Faissa
se acercó a él, lo alzó del suelo y, murmurando el conjuro que fijaría para
siempre el ópalo entre sus ojos, colocó la piedra en su frente. Entonces su
rostro azulado se llenó de luz. Ella se acercó, lo besó en los labios y, contra
todo principio y costumbre, murmuró en su oído:
—Soy
tuya, Alkav, para siempre. A pesar de mi destino, soy tuya.
Fang
Tai, para no quebrar la magia del momento, se levantó sigilosamente y comenzó a
alejarse. Sabía que había perdido el mejor momento para matarlos; la gloria de
la muerte hubiera sido perfecta en el clímax del amor pero no había podido
matarlos ahora. Los dejaría vivir hasta llegar al Santuario. No quería, no
podía negarles los dos días de amor y felicidad que les quedaban. Empezó a
alejarse con mayor rapidez, sin cuidarse ya de que no la oyeran. Entonces Arven
oyó sus pasos, gritó al desconocido que se detuviera pero Fang Tai corría ya
colina abajo a toda velocidad. No quería encontrarse con ellos, no quería dar
explicaciones, no quería mentir, no quería saber nada. Arven, sin pensarlo más,
recogió su arco, puso una rodilla en tierra y fijó el blanco, una vaga sombra
móvil. Dejó partir su flecha y acertó.
Cuando
él y Faissa llegaron al pie de la colina, Fang Tai aún se estaba riendo. Había
olvidado quitarse la malla protectora y la flecha apenas le había hecho un
rasguño en la espalda, pero la idea de que por su propia estupidez podía
haberse convertido en víctima de sus víctimas, le acababa de producir una
hilaridad irreprimible. Por fin, ante las atónitas miradas de Arven y Faissa,
consiguió decir:
—Me
había acercado al manantial para protegeros porque suponía que no estarías muy
concentrado en la defensa y me encuentro con que casi me matas. Has hecho bien,
Arven. No debe uno fiarse de nadie.
El
calor se había hecho tan intenso que habían decidido caminar de noche y
descansar después del mediodía. Faissa y Arven iban delante, orientándose en la
oscura transparencia de las noches del norte por los diseños que trazaban en el
cielo unas constelaciones desconocidas para Fang Tai. Ella caminaba unos pasos
detrás para que no tuvieran la impresión de que quería escuchar lo que
hablaban, perdida en sus pensamientos y en sus deseos. Habían emprendido la
marcha los tres juntos como si de algún modo fuera evidente que todos se
dirigían al Santuario pero nadie había preguntado a Fang Tai por su destino ni
por sus motivos. En eso las leyes kenddhai le habían sido favorables porque
¿cómo iba a contestarles diciendo que ella había sido elegida para darles muerte?
Y, sobre todo, ¿cómo podría explicarles por qué o por quién? Aunque quizá la
mente de aquellos dos jóvenes estuviera más adaptada que la de ella para
aceptar algo que no comprendían ni deseaban. Habían sido educados para creer
que sus vidas estaban regidas por un destino predeterminado y que había ciertas
cosas que debían suceder independientemente de su voluntad y su consentimiento.
Aquel
planeta la había hecho sentirse casi desde el principio como una pobre asesina
inexperta recién salida de la Escuela, una pobre criatura perdida sin una
maestra a quien pedir consejo y guía. Era la primera vez en muchas décadas que
se había sentido así y ahora, con el paso del tiempo, la sensación, en lugar de
dejar paso a la natural confianza en sí misma que siempre había sentido, se iba
haciendo más fuerte. Si pudiera hablar con su madre, con esa mujer a la que
apenas había conocido, pero que había sido y quizá todavía era la mejor asesina
de la galaxia, la más experta, la más creativa, la más capaz de dar a la muerte
toda la belleza que podía llevar. Pero no. Se había pasado años tratando de
convencerse a sí misma de que su madre no había muerto, de que seguía viva en
alguna parte esperando la ocasión de vengarse de la Liga que la había
traicionado en su última misión. Y eso eran también especulaciones. Ésa era la
opinión de su casa, la opinión que había formado después de estudiar todos los
datos disponibles pero también le había informado muy claramente de que,
partiendo de los datos de que disponía, ésa era sólo una opinión, no una
certeza. Era muy posible que alguien en las altas esferas se hubiera sentido
amenazado por el éxito de Tai Fang Djem y por la cantidad de información que
podía haber llegado a reunir ya que sus misiones en los últimos años de su vida
activa habían sido todas de carácter político, no particular, y ese alguien
había podido decidir hacerla desaparecer. Su única esperanza de que estuviera
todavía con vida, la suya y la de la casa, era que hubieran abandonado a Fang
Djem en algún lugar remoto no comunicado con el centro, en lugar de enviar a
una asesina contra ella. Las asesinas son muy caras y nunca se matan entre sí a
no ser que tengan órdenes directas de la Escuela; resultaría mucho más barato e
igual de práctico haberla enviado a cualquier lugar que no pudiera abandonar
por sus propios medios. A un planeta como éste, pensó con amargura. ¡Qué fácil
sería! Si cuando envíe la señal para que me recojan no viene la nave, ¿qué
podría hacer yo? Nada. Así de sencillo. Nada. Quedarme aquí hasta que se me
acabe la vida o hasta que yo misma decida suicidarme de pura desesperación.
Miró
al cielo ansiosamente. Cabía en lo posible que una de aquellas diminutas
estrellas girara en torno al planeta esperándola y que por una maravillosa
casualidad ahora cruzara el cielo nocturno sólo para que ella la viera y
pudiera tranquilizarse. Por un momento tuvo la impresión de que la casualidad
se había producido pero no era más que una estrella fugaz que atravesó la
negrura durante unos segundos y desapareció. ¡Imbécil!, murmuró para sí misma.
Dudando de los míos de esta manera cuando en toda mi vida he tenido el más
mínimo motivo para temer una cosa así. La casa ha calculado todas las
posibilidades, naturalmente, porque ella toma en cuenta todo, absolutamente
todo lo que puede suceder, pero yo no tengo por qué dejarme llevar por una de
esas posibilidades que estadísticamente puedan tal vez existir pero de las que
nunca he tenido noticia. Nadie ha dejado nunca de pagar a una asesina o la ha
dejado abandonada en un lugar. Ni siquiera se ha dado nunca el caso de que haya
tenido que viajar entre los mundos civilizados por debajo de su categoría:
prioridad uno. Ya se hubiera encargado la Escuela de poner las cosas en su
lugar si eso hubiera sucedido alguna vez y, por supuesto, todas las alumnas
habrían sido informadas para que supieran que era una posibilidad con la que
tal vez tuvieran que enfrentarse un día.
Sacudió
la cabeza tratando de alejar pensamientos desagradables y tomó un trago de la
cantimplora. Se le ocurrió grabar alguna de las ideas que habían pasado por su
mente para analizarlas más tarde cuando volviera a casa y poder llegar a
conocerse mejor. «Conocerte a ti misma es el arma más efectiva para enfrentarte
a los otros», recordó con una sonrisa, pero no se sentía con ánimos de repasar
una vez más todo lo que le había estado preocupando durante las últimas horas.
Más adelante, quizás en el viaje de vuelta, haría un sumario de sus
preocupaciones y sus miedos; ahora lo mejor era hacer lo posible por conservar
la mente clara para lo que le quedaba por hacer.
Arven
y Faissa seguían caminando delante de ella perdidos en sus ensueños personales
y su amor era como un lazo visible, como un delgado tentáculo de brillante
niebla que los amarraba. Se prohibió también dejarse llevar por su anhelo, por
ese hambre de contacto y ternura que había sentido tantas veces ya desde que
había llegado a aquel lugar y su bien entrenada mente de asesina, dócil a su
mandato, se apartó de aquella dolorosa nostalgia y se concentró en el arcano
del Carro, la victoria que conseguiría al fin, mientras sus ojos vagaban por el
cielo tratando de descubrir la estrella que daba luz a su casa, la casa que la
esperaba poniendo flores frescas todos los días en todas las salas hasta que
ella pudiera regresar.
El
volcán se alzaba majestuoso al amanecer a cuatro o cinco horas de marcha de
donde se hallaban ellos, imponente, solitario, rodeado de un paisaje rocoso de
enorme desolación. Si no hubiera sido por la tenue columna de humo que surgía
de su cumbre, Fang Tai hubiera creído que era un volcán extinto y de no ser por
la seguridad con la que Faissa avanzaba hacia él, no le hubiera dirigido otra
mirada; parecía imposible que nadie pudiera vivir en medio de aquella soledad
calcinada. Sin embargo, a medida que se iban acercando estaba claro que el
camino al Santuario era bastante frecuentado porque, aunque en las rocas que
llevaban a él no podían quedar huellas de pasos, en los pequeños hoyos donde
aún quedaba algo de agua después de retirarse las nieves, se veían florecillas
silvestres dejadas allí como ofrenda por los que hacían el camino hacia la
Intocable.
A
pesar suyo, Fang Tai sintió un escalofrío. Era la primera vez que se acercaba a
la manifestación viva de un poder elemental, de una de las cinco materias, se
corrigió recordando a Arven, y aunque toda su vida le habían enseñado que no
hay más poderes que las leyes de la naturaleza estudiadas y codificadas por los
suyos desde hacía milenios, no podía librarse de la sensación de que quizá su
gente no sabía todo lo que se podía saber y había cosas en el universo que
habían escapado a su atención y su estudio. Y todavía había otra cosa más
inquietante: el pensamiento de que quizá, sólo quizá, toda su ciencia pudiera
no ser bastante para comprender y dominar ciertas realidades. La magia de
Arven, que a él le parecía tan simple era algo que en su mundo no se conocía ni
se podía imitar. Con un suspiro, que hizo que Faissa y Arven se volvieran un
instante a mirarla, puso la mano en la empuñadura de la daga que llevaba a la
cintura y dejó que el contacto del arma tranquilizara sus nervios que empezaban
a cosquillear con el familiar hormigueo que precede al cumplimiento de una
muerte.
Arven,
con su ópalo lanzando destellos al sol desde su frente, caminaba dos pasos
detrás de Faissa; se había retrasado voluntariamente desde que la montaña de
fuego había aparecido ante ellos. Estaban entrando en terreno sagrado y era una
osadía mantenerse al lado de una mujer y más de una kenddhai destinada a
convertirse en el fuego vivo de su raza. Intentó incluso dejar que la señora
pasara delante de él pero Fang Tai no pareció comprender su gesto y él no se
sentía con ánimos de dar explicaciones. Había llegado el momento que tanto
había temido y, aunque aún no había conseguido aceptar dignamente, como un
arquero, que su esposa lo abandonara para siempre, la rebeldía que siempre
había sentido estaba empezando a desvanecerse. ¿Quién era él para rebelarse
ante el designio de la Intocable? Debería estar contento, debería estar
agradecido de haber podido disfrutar, aunque hubiera sido durante pocos días,
del amor de la mujer que pronto sería sagrada. En ese corto tiempo ella lo
había hecho hombre, lo había hecho arquero e incluso había prometido entregarle
a su hijo para que lo educara. Lo había hecho parte de su estirpe y había
borrado para siempre la vergüenza de ser un solitario, un vagabundo, nacido de
kenddhai pero ni aceptado ni rechazado dentro de su ley. El dolor no había
desaparecido ni desaparecería nunca a menos que llegara a saber por qué fue
abandonado de modo tan cruel sin haber cometido falta alguna pero tal vez la
Madre sabia podría contestar a su pregunta y entonces, si Faissa tenía que quedarse
en la montaña, porque contra toda esperanza esperaba aún que no fuese así, él
se quedaría también en aquel paisaje de rocas y cuidaría de que nunca le
faltasen ofrendas y alimentos. Luego, si su hija nacía y ella lo deseaba así,
iría a la tierra de su esposa a servir a la casa de su madre y a presentarle a
su nieta. Sería un buen kenddhai aunque tuviera que arrancarse la lengua para
no hacer nunca todas las preguntas que formulaba su corazón. Ahora que había
encontrado una esposa y un hogar, sería digno de ellos a cualquier precio.
Faissa
caminaba delante, lentamente, los ojos bajos, lanzando su mensaje de entrega y
sumisión hacia la montaña de fuego. La Anciana Madre sabría ya de su llegada
pero era justo avisarla para que pudiera prepararse ahora que su relevo estaba
cerca. Se alegraba de que Alkav hubiera quedado unos pasos atrás; prefería no
mirar sus ojos ahora que el momento de la separación había llegado. No había
ninguna posibilidad para ellos. Su amor había sido como una flor de invierno,
más bella que todas las demás por lo rara y preciosa pero fuera de tiempo y de
corta vida. Una flor destinada a ser consumida por el fuego, igual que ella
misma. Se asustó de sus propios pensamientos y se esforzó en proclamar su fe
ante sí y ante la Intocable que sin duda escuchaba ya a su elegida.
He
sabido toda mi vida que éste era mi camino y siempre he estado alegre y
orgullosa de ello, pensaba; he deseado siempre entregarme al fuego como estaba
ordenado desde antes de mi nacimiento, ¿por qué tengo ahora miedo de hacer lo
que siempre supe que me estaba destinado? ¿Por qué pienso ahora en la montaña
de fuego como en la prisión en que se consumirá mi juventud y mi vida y no como
en la gloria que me consagra como mujer sagrada por encima de todos los seres?
Es por Alkav, Abuela. Por un arquero como cualquier otro que sin embargo es el
hombre que amo y he elegido por esposo. ¿No es bastante el sacrificio de mi
vida? ¿Tengo que sacrificar también mi amor en la cueva de fuego?
Callaron
sus pensamientos y no hubo respuesta dentro de su mente. Si la Intocable la
escuchaba, había elegido no contestarle, por lo menos todavía no. Tendría que
esperar hasta hallarse frente a frente con la Abuela sagrada; entonces ella
respondería a todas sus preguntas porque lo que para cualquier kenddhai es
signo de debilidad, en una elegida es necesario. Sólo quien ha sentido el peso
de una pregunta en el corazón puede comprender las de los demás y contestarlas.
Suspiró y siguió caminando.
La
Intocable despertó de su ligero sueño y una sonrisa iluminó su rostro marchito.
El día había llegado. Sentía el estómago tembloroso de emoción y si su viejo
cuerpo se lo hubiera permitido, habría bailado de pura alegría. Sabía con la
absoluta certeza de la Mujer Sagrada que era su último día en el mundo de los
mortales, que era la última vez que sus ojos de carne se habían abierto a un
amanecer y que pronto se cerrarían al devenir humano. Los largos años de
confinamiento habían terminado, el dolor lacerante del fuego que transitaba su
cuerpo desaparecería y ella misma se convertiría en llama, en llama de amor y
agradecimiento infinitos por la liberación de su condena; antes de que
terminara el día la carga caería sobre los hombros de otra mujer más fuerte y
más joven. El fuego tendría su vaso y ella quedaría libre.
Recorrió
su estancia con la mirada, dispuesta a tomar las últimas decisiones. Pocas
cosas la habían acompañado al Santuario y, aunque lo correcto hubiera sido
desprenderse de ellas al llegar, algún impulso le había hecho conservarlas a su
lado durante los años que había pasado allí; ahora tenía que decidir si
desaparecerían con ella o si debían ser preservadas para la siguiente
Intocable. Quizá lo más sensato fuera destruirlas u ocultarlas pero pensándolo
mejor resolvió dejarlas en su lugar por el momento y más tarde, si la muchacha
era digna de ello, enseñarle su manejo y, si no, ordenarle que las destruyera
ella misma. En cuanto al resto de las cosas, ninguna era peligrosa ni estaba
impregnada de poder. La joven Intocable podría comer del plato que había sido
suyo y beber de su vaso. Rebuscó en un viejo arcón hasta encontrar una hermosa
túnica que le habían ofrendado en alguna ocasión, acarició el tejido y hundió
el rostro entre sus pliegues disfrutando unos segundos del suave olor que
desprendían aún a pesar de todo el azufre que habían soportado. Imaginó el
cuerpo joven de mujer que pronto cubrirían y meneó compasivamente la cabeza
pensando en ese mismo cuerpo y esa misma tela unas décadas después. Claro que
no había ninguna razón para que la Intocable no se cubriera con hermosos
vestidos si ésa era su voluntad; a cambio de sus respuestas podía exigir
cualquier cosa. Ella misma había cuidado mucho al principio su apariencia
externa pero también eso había desaparecido con los años. Ahora no era más que
un jirón humano cubierto de harapos.
Volvió
a buscar en el arca con un repentino vigor y sacó de su fondo un vestido tan
hermoso que sus ojos se llenaron de lágrimas. ¿Cuánto tiempo había pasado desde
la última vez que se puso esa túnica? Toda una vida, murmuró para sí, toda una
vida. Ahora que al fin iba a morir quería estar hermosa, tan hermosa como
antes, como cuando era joven y deseable, cuando sus ojos azules resplandecían
como la túnica y sus cabellos negros estaban llenos de luz. ¡Cuánto había
sentido entonces no tener un espejo donde mirarse! Y sin embargo ahora se
alegraba de ello. Mirando sus manos podía imaginarse lo que el tiempo y el
fuego habían hecho con su rostro y prefería no verlo. Una fugaz sensación de
vergüenza la invadió. ¿Iba a presentarse ante aquellos desconocidos vestida
como una jovencita? ¿Ella, la Abuela Sagrada de las kenddhai? Pero no
importaba, decidió. Nada importaba ya más que su propio deseo y su propia
muerte. La majestad que el Poder le había conferido a lo largo de su vida
supliría la belleza y la juventud; ante los ojos de aquellos tres seres sería
una vez más una reina, una diosa modelada por el fuego.
Con
una leve caricia, envió a su muñeca a la Caverna de las Respuestas cargada con
las ropas de la nueva Intocable. Ella salió al pequeño huerto al pie de la
montaña, depositó la túnica de seda al pie de un arbolillo y, como todos los
días, y por última vez, cruzó el pasadizo oculto y llegó a la Piedra de las
Ofrendas, recogió los alimentos que hacía mucho tiempo había dejado de
preguntarse de dónde procedían y regresó al jardincillo. Dejó las ofrendas en
su estancia y volvió a salir. Tenía que prepararse y cumplir el rito de
despedida ahora que el momento había llegado y prefería hacerlo en ayunas; ya
habría tiempo para comer.
Se
desnudó por completo y se acercó al pequeño estanque natural que formaban las
rocas en un extremo del huerto. Allí recogió un poco de tierra, la vertió sobre
su cabeza y se bañó lenta, cuidadosamente, como no había hecho en mucho tiempo,
desde que empezó el invierno; luego, una vez limpia, cogió un puñado de
hojuelas perfumadas de un arbusto cercano y las frotó por su cuerpo para
perfumarlo y darle vigor; cogió un poco de tierra negra del hueco de una roca
y, haciendo muchas pausas para descansar los brazos, la fue restregando por su
cabello hasta que poco a poco fue cobrando un falso aspecto de juventud. Cuando
hubo terminado, volvió a entrar en el estanque, en la parte menos profunda y
con el agua por las rodillas, los pies firmemente plantados en la tierra y los
brazos en alto, como abarcando el cielo de verano, radiante y azul, convocó una
leve brisa y así, temblando de poder, sintiendo correr sobre su cuerpo las
fuerzas elementales del mundo, se despidió de ellas encomendándoles a la nueva
Intocable y pidiendo su protección para el relevo y para su cercano tránsito.
Sintió que todo su ser se fundía con las cuatro materias kenddhai y que su
ruego era acogido y sería atendido y, temblando de emoción y de agotamiento,
esperó con los brazos en alto y los ojos abiertos hacia el cielo a que los
poderes fueran abandonándola. Cuando cesó la brisa, suspiró casi sin darse
cuenta, dejó caer los brazos a lo largo del cuerpo y salió lentamente del
estanque. Había servido bien y su tránsito sería hermoso, tal como había
deseado, lleno de amor y de armonía.
Se
vistió la larga túnica azul bordada de plata, retiró su cabello, ahora negro,
para que el ópalo destellara en su frente y colocó en sus dedos y sus brazos
las joyas de oro que el fuego había creado para ella. Caminó por el jardín
despidiéndose de cada arbusto, de cada piedra, de cada nube y con una mirada de
amor, de agradecimiento y de infinito alivio, salió de él por última vez.
En
su estancia comió unas frutas, bebió un sorbo de leche y emprendió el terrible
ascenso hasta la caverna superior donde se despediría del fuego y aguardaría la
llegada de los últimos viajeros que tendrían el privilegio de recibir su
palabra.
Llegó
jadeante, maldiciendo y dándose cuenta por primera vez en mucho tiempo de que
quizá la espantosa subida por el interior de la montaña tenía la misión de
mantener en forma las articulaciones de la Intocable. Sin aquella escalera el
cuerpo de la Mujer Sagrada se convertiría en un guiñapo en pocos años y era una
buena manera de forzarla a hacer algo de ejercicio. Casi a su pesar, sonrió. En
el último día de su vida había comprendido algo que la había estado
martirizando durante años. Siempre se puede aprender algo más, pero ella ya
estaba cansada de aprender. No habrían más escaleras para ella. Al terminar el
día, su espíritu flotaría entre las rocas. Y el de su muñeca, que la miraba con
sus grandes ojos cristalinos, acuclillada en un rincón de la caverna. Con un
gesto la mandó salir y se preparó para encontrarse con el fuego. En esa unión
no podía haber testigos, ni siquiera su pobre pequeña podría soportarlo.
Cuando
quedó sola, apartó de sí toda influencia exterior, se colocó sobre el pozo
ardiente y pronunció la invocación casi con el mismo miedo con que la había
pronunciado la primera vez, pero con mayor reverencia y con amor. El fuego
acudió a su llamada y se fundió con ella.
Cuando
llegaron a la Piedra de las Ofrendas se detuvieron para depositar unos
alimentos antes de emprender el ascenso hacia la Gran Caverna. Arven y Fang Tai
sacaron de la mochila las frutas que habían cogido un par de días antes para la
Venerable Madre y un trozo de carne del último animal que habían cazado y los
colocaron junto a una jarra de leche que alguien había dejado antes que ellos.
Faissa cogió una bolsita de hierbas que colgaba de su cinturón y la dejó
también sobre la piedra. Eran hierbas medicinales y mágicas que había traído
desde el país de los lagos porque sabía que alguna vez podría necesitarlas y
prefería tenerlas consigo a tener que pedirlas a algún peregrino y esperar su
vuelta. Al dejarlas sobre la piedra, sus ojos se fijaron en un pequeño pan,
tierno y crujiente, y sin quererlo, por puro reflejo, su boca se llenó de
saliva y sintió una punzada de nostalgia en la garganta. Hacía mucho tiempo que
no había comido pan reciente, desde que abandonó su hogar a finales del
invierno, y su olor le traía a la memoria recuerdos de toda su niñez y la
seguridad insoportable de que todo eso había muerto para ella. Nunca más
volvería a comer pan tierno amasado en su casa; ni siquiera ella misma volvería
a amasar nunca porque la Intocable debe vivir de las ofrendas de los caminantes
o de lo que le brinden las materias. Sin poder apartar los ojos de la pequeña
hogaza, pensó casi en el mismo momento lo hermoso que sería compartir ese pan
con Alkav o incluso renunciar para siempre a comerlo a cambio de seguir juntos
y, a la vez, que quizás esa misma noche, cuando hubiera entrado en el corazón
de la montaña para no abandonarla jamás, ese pan sería su solitaria cena, la
compensación amarga de su renuncia. Vio como en una escena soñada la mano de
Alkav depositando una maltia sobre el altar, una maltia madura, perfectamente
azul moteada de naranja, y se le encogió el corazón pensando que esa fruta que
su esposo ofrecía ahora a la Mujer Sagrada sería lo último que tendría de él al
caer la noche. Sintió un escalofrío y se le llenaron los ojos de lágrimas. Si
por lo menos la Abuela se hubiera puesto en contacto con ella, sabría que todo
estaba bien, pero el silencio de su mente era completo y lo había sido desde
hacía ya muchos días; aquella llamada que había oído desde su primera infancia
había callado y ahora sólo la sostenían su fe y sus recuerdos. Si no llegaba
pronto a presencia de la Sagrada, ni siquiera ellos serían suficientes para
apartarla de Alkav y entonces ¿qué sería de las kenddhai? ¿Qué sucedería si ella
traicionaba a las suyas? Seguramente habría una solución porque ella podía
haber muerto en el camino, a manos de los hillai, por ejemplo, y entonces la
Madre Sagrada habría tenido que encontrar a otra mujer que tomara su lugar. No
era posible que en todas las tierras habitadas por kenddhai sólo ella, Faissa,
fuera digna de aquel puesto.
Se
dio cuenta con un pequeño sobresalto de que debía de llevar bastante tiempo
parada allí frente al altar y que Alkav y Fang Tai esperaban que terminara sus
plegarias para seguir la marcha. ¡Qué vergüenza, Madre de Fuego!, pensó: yo,
perdida en pensamientos de traición y cobardía y ellos pensando que no pueden
interrumpir mi sagrada meditación. Se limpió discretamente las lágrimas y se
volvió hacia ellos con la mayor serenidad que pudo fingir. Alkav la contemplaba
con un amor rayano en la adoración pero la mirada de Fang Tai era extraña e
inquietante, una mirada mezcla de compasión y de amenaza, la mirada de un
arquero que va a lanzar su flecha contra un enemigo al que respeta, la mirada
de alguien que sabe que va a matar y lo lamenta. La impresión se deshizo en un
segundo pero la sensación de miedo y peligro no acabó de disiparse en todas las
horas de su camino ascendente por la ladera del volcán y, aunque cuando se
volvía, sólo se encontraba el rostro cansado e inexpresivo de Fang Tai, tenía
la sensación constante de unos ojos clavados en su nuca, unos ojos que no eran
los de Alkav.
Él
caminaba sin mirar al frente, fijándose sólo en el camino que iba surgiendo
bajo sus pies, incapaz de pensar, de desear o de rebelarse. Se sentía conducido
hacia algo que no podía ni debía cambiar y a veces tenía la impresión de que su
corazón, como su boca, se estaba cubriendo de polvo volcánico y pronto se
convertiría en piedra para siempre. Hacía tiempo que Faissa no había emitido un
sonido o un pensamiento y hasta cierto punto se alegraba de ello; así sería tal
vez menos doloroso. Fang Tai tampoco había dicho nada durante horas, al parecer
había terminado por captar una de las bases de la vida de las kenddhai y el
silencio ya no le molestaba. Imaginó por un instante cómo sería por la noche, o
al día siguiente, cuando ya Faissa no estuviera con ellos y la vida continuara.
De alguna manera, que sabía pueril, se negaba a creer que todo pudiera seguir
igual cuando ella se fuera, que el sol seguiría saliendo y poniéndose y las
cosas conservarían los colores. Sabía que sería así porque así fue, a pesar del
dolor, cuando se marchó su madre y fue así también cuando su padre murió y
sabía que en algún momento volvería a tener hambre y sueño y volvería a comer y
a dormir aunque Faissa no estuviera a su lado y que incluso en un tiempo
futuro, llegaría a cantar y a reír de nuevo y eso era lo que más daño le hacía,
saber que sería así a pesar de su amor, a pesar de ese amor que lo estaba
desgarrando por dentro y que nada borraría jamás. Su padre también había amado
a su esposa más que a nada en el mundo y sin embargo Arven recordaba ocasiones
en que habían jugado y reído sin que el recuerdo de ella amargara su felicidad.
En ese momento envidió a Fang Tai, siempre tan señora, tan dueña de sí misma,
tan fría, posiblemente era incluso incapaz de sentir amor; una mujer que mataba
sonriendo, como ella lo había hecho, que disfrutaba abriendo una garganta con
su cuchillo, no podía ser capaz de sentir amor por nadie. Ni siquiera sentía la
vida y la magia que emanaba de las cosas a su alrededor. Se preguntó de nuevo a
qué habría venido al Santuario. ¿Habría algo que ni siquiera su poderosa magia
podía contestar? ¿Podía haber algo que le interesara tanto como para llegar
hasta aquí desde sus lejanas tierras? Se preguntó qué sería pero abandonó
enseguida el pensamiento; eso era asunto de ella y totalmente secreto. A él
tampoco le gustaría que nadie intentara saber cuál era su pregunta y su
respuesta.
Fang
Tai caminaba entrecerrando los ojos para protegerlos del sol que caía a plomo
sobre el paisaje de rocas y levantaba constantemente la vista tratando de
calcular cuánto tiempo de ascensión les quedaba. A veces creía que llevaba toda
la vida empeñada en aquella misión y el pensamiento la inquietaba. Siempre se
había sentido tranquila en todos los trabajos que había realizado antes, jamás
había sentido la necesidad de repasar sus armas cada vez que tenía un momento
libre, como hacía ahora y lo que más le preocupaba era el hecho de que el tacto
de la culata de su fusil o el puño de su daga sirvieran para calmarle los
nervios durante un tiempo. ¿De qué tenía tanto miedo?, se preguntaba
constantemente, y si no era miedo ¿qué era?, ¿una enfermedad mental?, ¿una
premonición?, ¿una debilidad nerviosa provocada por la comida o por el clima?
Era todo demasiado absurdo. Tan absurdo como la historia del lanzallamas. Lo
había repasado la noche anterior mientras los jóvenes se alejaban para estar un
rato a solas y se había sorprendido al descubrir que la carga de carburante
estaba al máximo y eso no podía ser; era absolutamente imposible que después de
provocar un incendio que había arrasado kilómetros de bosque el combustible no
hubiera disminuido ni una fracción. Había desmontado el arma pieza por pieza
para asegurarse de que no había ningún error en su apreciación y así era. El
indicador marcaba que el carburante no había sido utilizado. Sin embargo ella
había visto con sus propios ojos cómo las llamas surgían de su arma y
convertían aquel bosque en un infierno. ¿O las llamas no habían surgido de
allí? Aquellas terroríficas masas de fuego que a veces, ante sus mismos ojos,
habían adoptado la caprichosa forma de un dragón.
Tenía
que salir de allí. Tenía que terminar cuanto antes su maldita misión y salir de
aquel miserable planeta que la estaba volviendo loca. El olor a azufre
comenzaba a hacerse insoportable y el sol quemaba despiadadamente sobre las
rocas desnudas. Si tenían que llegar hasta el cráter, les quedaban unas dos o
tres horas de ascensión, calculó. Escupió al suelo para quitarse el polvo de la
boca y tomó un trago de la cantimplora. Ni Faissa ni Arven parecían tan
cansados como lo estaba ella. Tal vez su magia los sostiene, pensó con un dejo
de ironía; a mí, en cambio, sólo me queda mi determinación, que cada vez me
ayuda menos, y el deseo de salir de una vez de este condenado agujero. Nunca en
la vida aceptaré otro trabajo periférico, aunque tenga que bajar a prioridad
dos y esperar otros cien años a tener una hija, pero nunca volveré a aceptar
una misión en un lugar sin espaciopuerto.
La
parte analítica de su mente empezó a estrangularla: así que eso es, le
susurraba, tienes miedo de no poder salir de aquí; eso es lo que ha estado
angustiándote desde el principio. Claustrofobia, miedo de quedarte enterrada en
vida en una tumba planetaria.
—¡Cuidado!
El
grito la detuvo en seco y el brazo de Arven la sujetó a un paso de caer en el
despeñadero. Se giró hacia él lentamente, sin clara conciencia de dónde estaba,
mareada por los ecos de su cabeza y los arco iris que las gotas de sudor
fingían entre sus pestañas. Él la retuvo un momento abrazada hasta que sintió
que volvía a apoyarse firmemente en el suelo.
—¿Estás
bien?
Fang
Tai asintió con la cabeza, esforzándose por tragar algo que la ahogaba.
Faissa
los contemplaba desde el otro lado de la quebrada, unos metros más allá.
—De
repente te vi caminar en línea recta, como si no hubieras visto que el camino
se desvía hacia el puente, allá.
Ella
miró todavía insegura hacia donde Arven indicaba, un pequeño puente de cuerdas
tendido sobre el abismo, unos pocos metros a través, unos cientos de caída.
—Era
casi como si quisieras lanzarte al vacío; sin embargo te detuviste incluso
antes de que yo gritara.
Fang
Tai sacudió la cabeza negativamente.
—No
había visto nada —dijo con voz insegura—. Me detuve cuando oí el «¡No!» en la
cabeza.
—Yo
sólo grité «cuidado».
—Sí,
tal vez haya sido eso. No te preocupes, ya estoy bien. Continuemos.
Arven
la miró algo perplejo pero no insistió. También él estaba deseando llegar al
final. La dejó cruzar el puente, que se balanceaba bajo su peso, y cruzó
después. Faissa los precedía por la estrecha cornisa de roca.
Fang
Tai, con los ojos clavados en el sendero, trataba de quitarse de encima el
temblor que la dominaba. Aquella voz que había gritado en su cerebro no era la
de Arven; ni la de Arven ni la de nadie sobre aquel planeta. Aquella voz le
había hablado en su lengua y era una voz de mujer, una voz que había
desencadenado una avalancha de recuerdos dormidos y le había producido el mayor
terror que había sentido en su vida. Se forzó a seguir caminando sobre unas
piernas que se negaban a sostener su peso hasta que Faissa la hizo volver a la
realidad con una simple frase:
—Hemos
llegado.
La
boca de la caverna se abría como una mancha de oscuridad en la pared rocosa muy
cerca de la cumbre. No había nada que a Fang Tai le indicara que había llegado
a la meta de su viaje pero Arven y Faissa debían de sentir algún tipo de
emanación porque se habían puesto pálidos y temblaban como hojas. No se oía el
menor sonido y hasta los gritos de las aves roqueras que les habían acompañado
durante la ascensión habían cesado. Fang Tai cambió su peso de un pie a otro,
indecisa. Ella carecía del sentido de aquellos seres para captar la magia pero
con alguna parte de su cerebro sentía que la boca de la caverna era una
invitación y que en la oscuridad del interior había una presencia que
aguardaba.
—Entraré
primero —dijo sin esperar a que los otros hablaran.
Sintió
la inquietud de Faissa y algo así como un suspiro de alivio. Así podrían estar
un rato juntos y solos y para lo que ella tenía que hacer era mejor así. Sin
embargo, en contra de lo que esperaba, la muchacha se apartó de Arven y se
acercó a ella.
—Te
enseñaré lo que debes hacer —dijo—. Tú no eres kenddhai.
La
tomó de la mano y la condujo a la entrada de la cueva; allí la hizo colocarse
en un lugar en el que por una hendidura en la roca podía verse el cielo.
Soplaba un aire frío que se arremolinaba a su alrededor y le producía por
momentos una sensación de inminencia. De vez en cuando, a intervalos
irregulares, caían sobre su rostro unas gotas de agua helada.
Faissa
le habló suavemente:
—Ahora
estás en el umbral. Apoya las manos sobre la roca y siente la tierra que te
sustenta, abre los ojos y mira el cielo que te cubre, respira y tiembla con el
aire que te rodea, deja que el agua que te da vida corra sobre tu piel, acepta
el tránsito de las materias en tu cuerpo y libera el fuego que quema tu
corazón, llama a la Madre y haz tu pregunta. Cuando ella te responda, entra sin
miedo y con amor y entrégate a su sabiduría.
Cuando
ya estaba a punto de dejarse llevar por la fuerza que sentía surgir en su
interior, oyó la voz de Arven agitada, temerosa:
—Las
armas, Faissa, no puede entrar con las armas.
Faissa
se volvió hacia ella.
—Es
verdad, Fang Tai, tienes que entrar sin armas. Es la ley kenddhai.
Ella
se giró, su voz peligrosamente suave:
—Yo
no soy kenddhai, no estoy sujeta a vuestras leyes. Si la Intocable quiere que
abandone mis armas, que me lo pida ella. Seguiré su voluntad, no la vuestra.
Fang
Tai sintió el desagrado de sus compañeros de camino pero su provocación no tuvo
respuesta. Los miró durante unos segundos, sosteniendo todo el reproche de sus
ojos y por fin, ignorándolos, volvió a ocupar su sitio en el umbral. Esta vez
nadie estorbó la ceremonia. Durante unos segundos, que hubieran podido ser
horas, Fang Tai sintió los cuatro elementos transitando por dentro y por fuera
de sí, investigándola, reconociéndola, aceptándola, como había hecho su casa
tanto tiempo atrás. Sintió como en una explosión de luz que era parte de los
cuatro y que los cuatro eran parte de ella y que en el centro estaba el fuego,
síntesis y culminación de todos. Se sintió pequeña y expuesta entre las cinco
materias primigenias pero sin miedo, ni vergüenza, ni dolor, como si toda su
vida hubiera sido sólo un momento sin más sentido que el de llegar a ese
instante de comprensión y de entrega. Abrió su mente a la luz del fuego sin más
reservas ni más secretos y entonces, desde el fondo de la cueva, desde el fondo
de sí misma, le llegó su nombre: —¡Nawami!
El
nombre que su madre había elegido para ella, en la voz dulce y lánguida, con
filo de cuchillo que durante toda su vida había hecho repetir a la casa para no
olvidar ni un solo momento cómo sonaba la voz de Tai Fang Djem.
En
la rojiza oscuridad sulfurosa avanzó como en trance temiendo y deseando a la
vez el encuentro con la Intocable. Todo lo otro había quedado atrás, en el
mundo exterior, en el mundo irreal que hasta entonces había creído el verdadero
y único. Los nervios de sus manos se crisparon recordando su misión pero su
cerebro la había olvidado, en su mente sólo había sitio para el desgarrador
anhelo de encontrarse con el único ser que la había querido, que la había
querido tanto que incluso la había deseado como parte de su propio cuerpo antes
de conocerla. Avanzó, ciega al espacio de roca en que se movía, hasta
distinguir una silueta sentada en un trípode tras el pozo llameante. Entonces
se detuvo.
—Madre
—saludó de forma ritual, con la voz estrangulada de ansiedad.
—Nawami
—susurró la forma oscura, encerrando todo el amor del universo en ese nombre—
has venido a matarme por fin, hija mía.
—¿Madre?
¿Tai? ¡Madre! —gritó Fang Tai mientras buscaba enloquecida una manera de rodear
el pozo—. ¿Eres tú? ¿Eres tú realmente?
La
Intocable extendió su mano sobre el pozo y las llamas dejaron de rugir dejando
sólo un resplandor rosado que hacía destellar el ópalo de su frente y
acariciaba sus cabellos teñidos con un brillo sedoso.
—Sí,
Nawami, soy yo. Abrázame, pequeña.
Fang
Tai se acercó cada vez más despacio, maravillada, temiendo que la forma que la
esperaba con los brazos abiertos no fuera más que un espejismo provocado por su
deseo, un jirón de niebla sulfurosa exhalado por el volcán. La contempló un
momento con amor y con tristeza. ¿Cómo era posible que aquella pobre anciana
fuera su madre? Su madre, que había sido la mujer más bella de la galaxia, un
ser delicado de seda y porcelana de enloquecedores ojos azules con chispas de
plata. ¿Qué había sido de aquellos ojos? ¿Qué había sido de aquella piel y de
aquel cuerpo en ese mundo bestial que ni siquiera conocía la regeneración? ¿Qué
hacía su madre encerrada en aquel volcán en un planeta perdido en el confín de
la galaxia? ¿Cuánto tiempo llevaba allí? y ¿por qué? ¿Por qué? Las preguntas
crecían en su cerebro y de repente las formas y las palabras se borraron y en
el mundo no quedó más que el cuerpo de su madre contra el suyo y un delicioso
dolor que la atravesaba entera.
—Llevo
doscientos años buscándote —murmuró, sintiendo el contacto de aquella frágil
trabazón de huesos en que se había convertido el cuerpo joven y fuerte que ella
recordaba.
—Y
yo he pasado toda una vida esperando que vinieras, Nawami. Doscientos años en
nuestro mundo no son nada comparados con cincuenta aquí. Perdóname, hija, tengo
que sentarme; mis pobres piernas… Acompáñame dentro.
Pasando
un brazo en torno a su cintura, Fang Tai ayudó a la Intocable a recorrer el
corto pasadizo que las separaba de la estancia interior, la acomodó en su
taburete y se sentó a sus pies, incapaz todavía de reaccionar, aceptando lo que
estaba sucediendo como se acepta lo que sucede en un sueño, sin intentar
comprenderlo.
—Entregarse
al fuego es lo más grande del universo, Nawami, y lo más doloroso —continuó la
anciana como si no hubiera habido pausa en su diálogo—, el fuego da la vida y
la consume, por eso es la mayor de las materias. Y la más peligrosa.
—Pero,
¿cómo…? —balbuceó Fang Tai.
—¿Cómo?
¿Aún no lo has adivinado? —su voz se hizo más clara, más joven, la voz fresca e
irónica que la casa le había hecho escuchar en tantas ocasiones—. Supongo que
fui demasiado lista para el gusto de alguien. Maté en muy poco tiempo a muchas
personas de gran relevancia política, gente que hubiera obstaculizado nuestro
camino en el proceso de anexiones y alianzas en que la Liga tenía gran interés.
Con las conclusiones que podría haber sacado de tanta información dispersa
podía, si hubiera querido, resultar incómoda a muchos de nuestros principales
ciudadanos, coaligados de prioridad cero y méritos especiales. Lo más sencillo
era apartarme para siempre; más barato que solicitar de la Escuela la gracia de
una asesina y mucho más discreto. No me di cuenta hasta que fue demasiado
tarde, como te ha pasado a ti.
—¿A
mí? —sin quererlo se le dilataron los ojos y su voz sonó ronca.
—¿De
verdad no te has dado cuenta todavía? —Fang Djem acarició el rostro de su hija
con ternura y compasión, como si se tratara de una niña—. ¿Para qué crees que
te han enviado aquí? ¿Para concederme a mí el descanso? —empezó a reírse y su
risa sonaba lenta y rota, sin humor—. ¡Niña mía! Veo que en la Escuela siguen
limitándose a enseñar métodos de supervivencia que no sirven de nada frente a
los políticos. Si yo lo hubiera sabido antes… o si hubiera podido avisarte…
pero así está marcado en la rueda del cambio y así ha de suceder. No te
entristezcas porque no puedes luchar contra ello. Es tu destino.
—¡No
lo es! —dijo Fang Tai poniéndose en pie de un salto—. ¡No lo es! Yo no
consumiré aquí mi vida como tú has hecho.
—Entonces
serás una vagabunda el resto de tus días en un mundo que no comprendes y al que
no perteneces. Nadie te aceptará nunca porque no perteneces a ningún clan y
aquí las mujeres no tienen la posibilidad de entrar en una estirpe por
matrimonio, eso es privilegio de los hombres; de hecho casi el único que
tienen. Estarás sola toda la vida. Hasta el final.
—¿Y
aquí? —miró en torno con desesperación.
—Aquí
tienes el fuego.
—Quiero
irme a casa, Tai —dijo cayendo de rodillas junto al taburete.
Diana
sacudió la cabeza, con lentitud y no contestó.
—Tardará
un par de horas en llamar a la nave.
—Llama,
si te consuela.
—Podrás
venir conmigo, madre. Volveremos juntas, volveremos a casa en la nave.
Fang
Djem volvió a sacudir la cabeza, con una sonrisa triste.
—Ahí
afuera no hay nadie, Nawami. Te dejaron y se fueron para no volver. Acéptalo,
como lo hice yo. Ya nunca regresaremos a casa.
—¿No
quieres venir conmigo? ¿No quieres irte de aquí?
La
voz de la Intocable se hizo dura y ardiente, se irguió en su asiento y miró a
Nawami con una intensidad que le hizo bajar la vista.
—¿Qué
te crees que he querido los últimos doscientos veinte años, cada día y cada
noche inacabable que he pasado encerrada en este volcán? ¿Para qué te crees que
he vivido, más que para esperar una muerte digna y hermosa en lugar de
arrojarme a uno de estos pozos o dejarme morir de debilidad y desesperación? Te
esperaba a ti, a ti o a otra asesina de nuestro mundo que me diera la muerte a
la que tengo derecho. Me lo han quitado todo, menos eso. Y por fin ha llegado
mi hora. Tú estás aquí.
—¿Para
matarte o para sustituirte?
—Para
las dos cosas —dejó que las palabras calaran en Nawami y no dijo más.
—¿Y
Faissa, tu sucesora? —preguntó Fang Tai.
—También
nos ocuparemos de ella.
—Voy
a llamar a la nave —insistió obstinadamente.
La
Intocable respondió sin mirarla:
—Al
fondo de ese corredor hay una escalera de roca, sube por ella y te encontrarás
al aire libre en la cumbre del volcán, desde allí puedes lanzar la señal. Si
vienen, pueden aterrizar dentro del cráter. Si no vienen… —se interrumpió unos
instantes— yo seguiré aquí.
Fang
Tai le dio la espalda y corrió enloquecidamente hacia la escalera sin saber muy
bien de qué trataba de huir. La Intocable permaneció en su taburete mirando las
llamas, una roca más entre las rocas que el fuego había modelado al correr de
los siglos. Había esperado tanto que un par de horas no importaban. Lo que
había de suceder sucedería; siempre había sido así. Sintió lástima por su hija,
tan joven, tan llena de pasión. Pero de alguna manera aquella mujer ya no era
Nawami. Ni la niña que había acariciado de pequeña entre las sedas de su cama,
ni la jovencita inteligente que le mostraba sus éxitos en la Escuela, ni
siquiera la imagen formada de recuerdos que había conservado en su alma todos
aquellos años. Nawami se había convertido en algo extraño a su corazón. Aún la
quería, como la había querido desde el momento en que supo que se la habían
concedido pero, aunque casi lamentaba confesárselo, su muñeca era ahora su
hija, más que Nawami, más que nadie en el mundo. La hija que había compartido
su desesperación, su miedo y su soledad. Y su gloria, se recordó, también sus
momentos de gloria. Eso es lo que tendría que aprender la pequeña Nawami, que
el fuego no sólo da dolor y locura sino también poder y belleza. Pero eso lo
aprendería más tarde, cuando hubiera superado el terror, el odio y la
impotencia de saberse atrapada para siempre. Ella le enseñaría, pero eso
vendría después, después de su muerte.
Sintió
la presencia de Nawami antes de oírla bajar las escaleras; su angustia era como
un perfume amargo sobre el olor del volcán. Sabía que habían pasado muchas
horas, más de las necesarias para que aterrizase la nave. Sabía que en el
exterior habría caído la noche y las estrellas habrían sido millones de
inalcanzables ojos burlones que le hacían guiños que ya nunca podría contestar.
Sabía que su pérdida era irreparable y que nada podría calmar su dolor, de modo
que, sin volverse, dijo:
—Baja
las escaleras hasta la estancia inferior, Nawami. Allí encontrarás comida y
ropas en un arcón. Refréscate en el estanque del jardín, come un poco y vístete
algo limpio. Cuando estés preparada, sube de nuevo. Yo también lo estaré.
Obedeciendo
el tono que durante tantos años había oído en la Escuela, Fang Tai giró sobre
sus talones y comenzó a descender la escalera tropezando, sin apenas
advertirlo, en la absoluta oscuridad del interior de la montaña. Su sentido de
la realidad había desaparecido en una lluvia de colores como cuando se lanza
una piedra contra una vidriera y el cristal se hace añicos que danzan un
momento al sol y caen convertidos en un brillante mosaico carente de sentido y
de finalidad. Su vida estaba rota y el dolor era tan grande que ya no sentía
nada, ni siquiera los golpes de las rocas, ni el peso de sus inútiles armas, ni
la felicidad de haber encontrado a su madre, ni el terror de sustituirla. Nada.
Su cerebro era un limpio agujero de láser. Su cuerpo una cáscara hueca que se
movía sin voluntad. Seguía con vida pero por dentro había muerto, para siempre.
Cuando
llegó abajo la sangre le corría por la mejilla desde un corte que se había
hecho sobre la ceja pero apenas sentía más que una ligera pulsación cálida y el
viscoso sabor de la sangre en la boca. En la estancia había una luminosidad
azulina que no parecía proceder de ninguna parte y sobre la mesa se hallaban un
jarro de leche, una hogaza de pan, algo de carne, unas frutas. Ahogándose en
sollozos, salió al jardín y se lanzó vestida al estanque deseando que fuera el
helado vacío interestelar para poder morir, pero no traicionada. El agua se
cerró fría sobre su cabeza y poco a poco la fue calmando. Cuando no pudo
resistir más sin respirar supo que, a pesar de todo, no estaba preparada para
la muerte. Aún no. Intentó relajarse, se quitó la ropa y empezó a cumplir las
órdenes recibidas; se bañó, se vistió e intentó comer algo pero no pudo. De
momento se sentía incapaz de tocar aquella comida, las ofrendas para la Mujer
Sagrada. Sabía que tenía que hacer algo más pero su mente lacerada se negaba a
mostrarle el camino. Esperó con los ojos cerrados el consejo de los Arcanos,
temblorosa y vacía, hasta que sintió que la cabeza le estallaría si la forzaba
más, de modo que se acercó a su mochila, sacó el mazo de cartas y, lentamente,
como en un sueño, fue mezclando entre ellos su dolor y sus dudas. Luego, más
despacio, arrodillada en el suelo, a la luz fantasmal de aquella cueva que
podría llegar a ser su hogar, los extendió boca abajo ante sí, los veintidós
símbolos de poder que revelaban la trama del destino.
Tendió
la mano hacia uno de ellos que parecía impregnado de luz y, sin pensarlo más,
le dio la vuelta. El libro, las llaves, el velo, todo estaba allí. Jakin, la
columna roja, símbolo del fuego. Bohaz, la columna azul, el mundo cíclico, el
principio femenino. La esfinge a sus pies, dueña de los infinitos enigmas del
Universo. Su madre tenía razón, la Gran Sacerdotisa marcaba su destino y no
había escapatoria posible.
Consultó
la otra pregunta que quemaba su alma sabiendo que era la última que le quedaba
por hacer. Después sólo habría respuestas. El Sumo Sacerdote mostraba sus
blancas manos enguantadas recordándole que su acto sería puro. La ley moral, el
deber y la conciencia exigían su actuación.
Sin
prisas, pero sin vacilaciones, recogió los Arcanos, los ordenó cuidadosamente
y, cerrándose con toda su energía al temor y la propia conmiseración, empezó a
subir la escalera para cumplir con su deber. Con amor Tai Fang Djem le había
dado la vida. Con amor su hija, Nawami Fang Tai, le daría la muerte.
La
noche había caído sobre el mundo, una noche desértica, pura y transparente,
iluminada por los miles de estrellas que brillaban en el cielo negro. Una brisa
fría traía emanaciones sulfurosas como un recuerdo del fuego que vivía bajo las
rocas sobre las que Arven y Faissa se sentaban. Llevaban mucho rato en
silencio, manteniendo sus mentes en un suave contacto y las manos unidas, con
los ojos perdidos en la distancia. Durante toda la tarde se habían hablado,
diciéndose con prisa y sin descanso todas las cosas que nunca ya podrían
decirse, tratando de aprovechar hasta el máximo esas horas de pasión que sabían
las últimas, temiendo que de un momento a otro la silueta de Fang Tai recortada
en el umbral les recordara que todo había terminado. Y ahora flotaban en el
extraño vacío que sigue al final de un ciclo cuando nada puede volver a
comenzar y queda algo de tiempo todavía.
—Me
pregunto qué estará sucediendo —articuló la mente de Faissa—, por qué no nos
llaman. Nunca he sabido de nadie que haya estado tanto tiempo con la Intocable.
¿Quién será esa mujer?
Arven
se encogió como si el pensamiento de ella le resultara doloroso.
—No
quieras saberlo, Faissa, no te hagas preguntas. Las preguntas causan dolor y
también las respuestas, tú lo sabes. Y yo también lo sé. Yo nunca volveré a
hacerme preguntas. Toda mi vida me enseñaron lo que era correcto y nunca lo
creí pero ahora lo he descubierto por mí mismo y nunca volveré a dejarme llevar
por el deseo de hacer lo que no debe ser hecho.
—¡Oh,
Alkav, por la Madre!, te has vuelto más piadoso que el Señor del Arco de mi
pueblo. Yo soy la elegida, tengo derecho a hacerme preguntas, ésa es mi misión:
hacerme preguntas y buscar respuestas. Para eso he nacido.
—Es
una triste misión.
—Es
la más alta.
Callaron
durante un rato, tensos, lejanos, como si de algún modo ya no fueran la pareja
de amantes que habían sido sólo unas horas antes. Por fin ella preguntó,
tentadora:
—¿No
te gustaría saber, por ejemplo, cómo son las estrellas vistas de cerca, qué
hacen, cómo viven, cómo nacen sus hijas?
Estuvo
durante un segundo a punto de dejarse atrapar pero se contuvo y contestó
obstinadamente:
—No
a cambio de volver a ser lo que era antes de convertirme en tu esposo.
—Mi
pobre Alkav, ya nunca volverás a ser lo que eras. Ahora eres un arquero de mi
estirpe y lo seguirás siendo mientras vivas.
—Si
soy digno —añadió él.
Ella
lo abrazó y lo miró intensamente a los ojos.
—¿Crees
realmente que unas cuantas preguntas van a hacerte indigno de mi amor?
—Yo
no soy un elegido —contestó él humildemente.
—Tampoco
lo es Fang Tai y no tiene miedo del conocimiento.
—Pero
ella es mujer, aunque no sea una kenddhai, y es además una poderosa hechicera y
tal vez algo más —terminó casi en un temblor.
—¿Algo
más? ¿Qué quieres decir?
Él
sacudió la cabeza, tratando de alejar pensamientos que lo inquietaban pero la
mente de Faissa estaba sobre la suya y sus ojos miraban hasta el fondo de su
corazón.
—Cuando
estábamos en los bosques oscuros —empezó él casi contra su voluntad— aquella
horrible noche en que Fang Tai luchó contra ese monstruo que nos estaba
deshaciendo, vi algunas de las cosas que pasaron por su mente, cosas que no
comprendo y que apenas puedo recordar, cosas absurdas, terribles, abominables.
Ella no es como nosotros, Faissa. No sé cómo explicártelo pero lo sé. Creo que
ella tiene más poder que todos nosotros juntos, creo que tiene más poder que la
Intocable ¡que las materias me perdonen! No está hecha como nosotros, Faissa,
no es de este mundo.
—¿Qué
quieres decir? —preguntó Faissa, dura como una roca o como una Mujer Sagrada.
Arven
apenas se atrevió a formular el pensamiento:
—El
fuego surgía de su brazo, de su mano. Yo lo vi.
—Eran
dragones de fuego enviados por la Madre.
—Yo
lo vi, Faissa, y tengo miedo. He tenido miedo desde entonces aunque lo he
estado escondiendo porque ella también conoce el lenguaje de la mente. No sé
qué es pero tengo la sensación de que va a pasar algo terrible.
—No
tengas miedo, Alkav —dijo Faissa, inflexible—. La Madre tiene el Poder.
Pero
en el fondo de su corazón había miedo, miedo de algo inexplicable, de algo que
no podía imaginar pero que sentía que iba a afectar su vida profundamente.
Y
entonces llegó la llamada. Los dos la oyeron al mismo tiempo y se pusieron en
pie: la Intocable estaba esperándolos para darles la Palabra y su destino. El
final había llegado.
Se
miraron durante un largo momento mientras sus mentes brillaban deslumbradas de
amor, sus labios se rozaron y, cogidos de la mano, avanzaron hacia el umbral.
Al
principio quedaron aturdidos por la inmensidad del lugar en el que se
encontraban; no había suficiente luz para ver con claridad los límites de la
caverna pero había en el aire una calidad que sólo se encuentra en los grandes
espacios cerrados y que les hacía sentirse pequeños y perdidos ante la
magnificencia de aquella sala creada por las materias mucho antes de que las
kenddhai poblaran el mundo.
Avanzaban
lentamente, arrastrando los pies, guiándose sólo por la emanación de la
Intocable que sus ojos no podían distinguir en la rojiza penumbra pero hacia la
que sus mentes se lanzaban como una flecha buscando el blanco, rápida, y
segura. A medida que se iban acercando iban acostumbrándose a la oscuridad y
empezaban a apreciar contornos, puntos de luz en el suelo frente a ellos y, por
fin, una figura sentada, pequeña y frágil, envuelta en un manto gris.
Faissa
dudó un instante. No podía estar segura de conocer la simbología de los colores
pero creía saber que la Madre vestía de rojo, el color del fuego, cuando daba
respuesta a las preguntas y de blanco, la unión de las materias, cuando recibía
a una Elegida. ¿Qué significaba, pues, el manto gris de la Mujer Sagrada? ¿O
era que todo lo que había aprendido en su vida no tenía valor dentro del
Santuario y debía aprenderlo de nuevo, con otras claves? Sintió una repentina
vergüenza al notar la mente de la Abuela sobre la suya y trató de vaciarse de
todo pensamiento.
Llegaron
frente al pozo en llamas y se arrodillaron, la cabeza inclinada sobre el suelo
de roca. Así pasó un tiempo en el que sintieron que su mente era recorrida e
investigada por la poderosa voluntad de la anciana; después ésta se retiró y
quedaron solos frente a la figura velada, inmóvil y silenciosa como una roca
más. Esperaron. El tiempo pareció adelgazarse y convertirse en un hilo
infinitamente sutil que los envolvía sin peso. Las señales de sus cuerpos, el
temblor de sus manos, el dolor de sus rodillas, la opresión en la garganta, el
espasmo en el estómago se fueron diluyendo hasta abandonarlos por completo y,
tras sus ojos cerrados, se vieron a sí mismos como jirones de niebla, como
meros vapores cambiando de forma y de color, sin peso, sin voluntad, sin
destino, flotando desarraigados sobre la tierra. El tiempo había dejado de
importar junto con sus deseos, sus dolores, sus miedos. Nada existía salvo la
conciencia de los poderes que los rodeaban y ante los cuales ellos eran simples
briznas de hierba impulsados por el viento.
Y
entonces la Intocable habló. No una fórmula de requerimiento, no un «Pregunta,
caminante, descarga tu corazón del fuego que lo consume», sino unas frases
dirigidas a cada uno de ellos, destinadas a confirmar algo que ya sabía: la
existencia de su amor y su deseo de permanecer juntos.
Arven
sintió las palabras de fuego de la Madre y con toda humildad contestó que así
era, que su amor por Faissa era fuerte como la muerte y como el lazo que une
las materias hasta el fin de los tiempos y la acompañaba al Santuario como un
fiel esposo para que la Sagrada dispusiera de las vidas de ambos.
Entonces
le llegó una pregunta que hizo tambalearse su sentido de la realidad:
—Si
yo te dijera —oyó— que hay una posibilidad de que abandonéis el Santuario
juntos y viváis el uno con el otro mientras os dure la vida, ¿qué estarías
dispuesto a sacrificar a cambio?
—Lo
que me pidáis, Señora —contestó, sin pensarlo siquiera—. No creo poseer nada
que pueda valer esa gracia pero todo lo que tengo y lo que soy y lo que alguna
vez pueda ser o tener son vuestros.
—Yo
no quiero nada, arquero. Nada de lo que puedas darme tiene sentido para mí,
pero si aceptas, tendrás que darme a cambio, además de lo que ya has prometido,
algo que para ti sea valioso, lo más valioso de ti mismo.
—No
tengo nada, Señora, salvo mi arco y mi nombre.
—Tienes
algo más, arquero. Lo que has venido a buscar aquí. Tienes tu pregunta.
Arven
se estremeció. No se le había ocurrido pensar en la búsqueda de toda su vida
como algo que pudiera intercambiar por la libertad de Faissa, pero la Intocable
la creía de valor. Y lo era. Lo era realmente. Trató de imaginarse el resto de
sus días con esa pregunta incontestada en su corazón, con la misma duda que lo
había atormentado siempre, sabiendo que nunca tendría respuesta. Sabía con
absoluta seguridad que ni siquiera en la felicidad más completa con Faissa
sería del todo feliz mientras aquella duda, que jamás podría olvidar ni
resolver, se iba pudriendo en su interior. El precio era alto. La Mujer Sagrada
tenía razón, era lo más valioso de sí mismo, el precio más alto que podía pagar
sin dejar de ser el que era. Lo pensó unos segundos y dio su respuesta:
—Te
entrego mi pregunta, Madre. Échala al fuego y que mi corazón se queme con ella
hasta el final de mi vida.
—La
recibo, arquero —oyó en su interior.
Después
no oyó más que su propio corazón que latía enloquecido y sus propios
pensamientos que repetían «perdóname, madre, perdóname si aún vives, si me
oyes».
Faissa
recibió las primeras preguntas de la Maestra perdida en una especie de dulce
martirio. Faissa, la elegida, temblaba de orgullo y de felicidad ante la
culminación de su existencia, esa existencia cuya única razón de ser había
consistido, desde que podía recordar, en ser la continuadora de la anciana
Intocable en su entrega al fuego; todos los actos de su vida se habían
orientado a ser digna de la misión que se le impondría algún día como Mujer
Sagrada de las suyas y ese día, por fin, había llegado.
Faissa,
la esposa de Alkav, sentía que su cuerpo se desgarraba por dentro con la
conciencia de que el mundo exterior, el mundo de las cuatro materias, del amor
y de la vida, se había cerrado para siempre a su mirada al trasponer el umbral
del Santuario; su vida apenas empezada de mujer, de adulta, quizá de madre de
familia y jefe de clan había quedado atrás al arrodillarse ante la Intocable.
Su anhelo la empujaba hacia Alkav, hacia el mundo de los bosques y los lagos,
hacia las canciones y las fiestas de la primavera, hacia sus amigas y las
mujeres de su familia, hacia una vida cotidiana llena de alegrías y
dificultades que ya nunca conocería.
Sintió
el escrutinio de su Maestra y se entregó a su sabiduría, sin ocultar nada, sin
disfrazar ninguno de sus sentimientos, abierta como una flor a la mirada
antigua de su Mayor hasta que su pregunta hizo que se replegara y, por primera
vez, sintió miedo, un miedo irracional, desmesurado, que no sabía de dónde
procedía o qué lo había liberado y que no se veía capaz de controlar. No soy
digna, pensó, no soy digna. Me he entregado a la vida del mundo sabiendo que mi
compromiso con el Santuario era más antiguo que toda mi estirpe. Seré rechazada
por mi propia locura, la vergüenza caerá sobre las mías y la portadora del
fuego se extinguirá. Y enseguida, después del primer arrebato de angustia: es
una prueba; la Abuela quiere probar mi fuerza, mi determinación, mi capacidad
para el sacrificio. Tengo que demostrarle que puedo hacerlo, que Alkav no
significa nada frente a la misión sagrada que ha sido elegida para mí. No,
Maestra, mi amor por él morirá, yo lo mataré con tu ayuda para poder dedicar
toda mi vida a tus enseñanzas y a lo que debe ser hecho.
—Pero
lo amas —oyó la voz de la Intocable, dura y clara, una enunciación, no una
pregunta.
Suspiró
y dijo solamente:
—Sí,
Madre.
—Si
pudieras salir del Santuario con él, a vivir tu vida en el mundo y no en la
montaña de fuego, salvando tu orgullo y el de tu estirpe, ¿lo harías?
—Lo
haría si me lo ordenaras. Te debo respeto y obediencia.
—Y
veneración —las palabras sonaban levemente irónicas en el cerebro de Faissa.
—Y
veneración, Madre.
—No
puedes quedarte en el Santuario llevando una hija en tu vientre.
Los
sentimientos se agolparon en ella en una mezcla de incredulidad y angustia con
un algo de triunfo y de felicidad. La Intocable no le estaba haciendo ningún
reproche, hablaba de un hecho sin darle más ni menos importancia de la que
tenía.
—Abandonarás
el Santuario con tu arquero y renunciarás a la misión que había sido fijada
para ti.
—¡Oh,
Madre! —el dolor la ahogaba pero dentro del dolor había una tenue chispa de
felicidad, de agradecimiento por su inesperada liberación.
—No
es un castigo, Faissa, hija de Tolma. No es mi misión premiar ni castigar, ni
la del fuego. La rueda ha girado y lo que pudo haber sido no será.
—Pero
¿quién será ahora tu sucesora, Madre?
—Las
preguntas han terminado para ti.
Hubo
un silencio largo y tenso que Faissa no se atrevía a romper porque sabía que la
Intocable no había cortado aún el contacto con ella y era privilegio suyo
hablar o callar como lo deseara.
—Faissa,
hija de Tolma, la que en un posible destino hubiera sido mi sucesora,
regresarás al Santuario dentro de un año y presentarás a tu hija a la Mujer de
fuego, recogerás de sus labios la misión de tu vida y la cumplirás hasta el fin
del modo que se te indique sin preguntas ni vacilaciones. Vivirás en el mundo
pero el fuego de tu corazón será utilizado en beneficio de todas las kenddhai,
no como Madre Sagrada sino como algo que se te confiará en su momento. ¿Lo
harás así?
—Lo
haré.
—Id,
entonces.
En
medio de un silencio subrayado por el oscuro rumor del fuego vivo. Arven y
Faissa se levantaron y comenzaron a retirarse, de espaldas, muy despacio,
fijando la vista en la Intocable que veían por última vez.
—¿Y
Fang Tai, Señora? —preguntó Arven, tímidamente, formulando apenas el
pensamiento.
Pero
la anciana se había alejado ya de ellos aunque su frágil silueta continuaba
frente al pozo en llamas como un montoncillo de polvo.
—Gracias,
Madre, Señora —murmuraron ambos con la voz quebrada antes de trasponer el
umbral.
En
el exterior las estrellas empezaban a apagarse y el aire estaba lleno de olor a
amanecer.
Cuando
Arven y Faissa se hubieron marchado, Fang Tai se acercó a su madre, la sujetó
por la cintura y la ayudó a caminar hasta la pequeña estancia circular, allí la
instaló en su trípode y se quedó de pie, contemplándola, con la mente
anestesiada por el dolor y los músculos tensos por el esfuerzo de controlar los
temblores que la sacudían de tanto en tanto.
—Has
participado en la conversación —dijo la anciana.
Fang
Tai asintió con la cabeza.
—¿Y
bien?
—Me
parece una buena solución, al menos por el momento.
—No
hay «por el momento», Nawami. Es para siempre. Acéptalo. Sólo cuando lo aceptes
empezarás a superarlo. Lo sé por experiencia y por reflexión.
Fang
Tai sacudió la cabeza, tratando de no llorar.
—Bien,
de todas formas, y para dejarte una puerta abierta, Faissa volverá el próximo
año. Si decides marcharte a donde sea, confíale a ella la misión del fuego y
enséñale todo lo que yo te enseñaré a ti. Si te quedas, búscale algo que pueda
hacer y que sea útil a las suyas —retiró su manto gris de los hombros y se pasó
la mano por la frente—. Estoy cansada, Nawami, muy cansada. ¿Me ayudarás a
morir?
—Por
supuesto, madre —dijo, tratando de que su voz sonara firme.
—¿Sigues
consultando los Arcanos? —preguntó Fang Djem como si hubiera olvidado el tema
de su muerte. Nawami asintió—. No dejes de hacerlo. Son símbolos de gran poder
y sirven aquí tanto como en cualquier otro lugar. Las grandes líneas del
destino no están sujetas, como nosotros a los pobres planetas —se interrumpió
unos momentos—. Abajo encontrarás armas y cosas de casa que traje conmigo al
llegar aquí; supongo que estarán anticuadas pero son de nuestro mundo. Míralas
cuando te sientas capaz de hacerlo sin perder la dignidad.
Fang
Tai seguía en pie, mirando las llamas, su rostro vacío de expresión. Su madre
se levantó lentamente, con esfuerzo, fue a su lado y la abrazó.
—Mi
pobre pequeña. ¡Cuánto siento que haya tenido que ser así! Pero esta vida
también es hermosa, ya lo verás. Yo estaré contigo hasta que sepas todo lo que
yo sé, luego tendrás que seguir sola. Siempre ha sido así.
—Ya
lo sé.
—¿Tienes
alguna otra pregunta antes de matarme, Nawami? Cuando pase al otro plano iré
perdiendo recuerdos y poco a poco sólo me irá quedando la sabiduría que tengo
que transmitirte, pero nada más.
Fang
Tai la miró con la mente vacía. No se le ocurría nada que pudiera quererle
preguntar a aquella extraña que había sido su madre, por la que había recorrido
millones de kilómetros a lo largo de su vida y que indirectamente era la
culpable de lo que le había sucedido. Nada importaba ya, pero vio a su madre
esperando una pregunta, cualquier pregunta y dijo:
—¿Cuál
era la pregunta de Arven?
—¿El
arquero? Quería saber qué fue de su madre. Lo abandonó cuando era muy pequeño.
También
él buscaba a su madre, pensó Fang Tai, también él.
—¿Y
lo sabes?
—Claro
—contestó Tai Fang Djem, ligeramente sorprendida— yo la maté. Al llegar aquí y
asesinar a la Intocable, cambié toda la cronología de las sustituciones. Cuando
vino esa muchacha atraída por la llamada del fuego que nadie puede desoír,
pensé que tenía que matarla. Luego me di cuenta de que ella ni siquiera sabía
para qué había sido convocada; la pobre pensaba que podría volver con su
familia cuando hubiera cumplido su servicio en el Santuario. La maté. Ya lo
había hecho muchas otras veces porque nuestra vida es bastante más larga que la
de las gentes de este planeta. Cada vez que se presentaba una sustituta
esperando encontrarse a una anciana a los bordes de la muerte, le daba una
muerte hermosa y me olvidaba de ella. Hasta hace muy poco no se me ocurrió que
quizás había otras posibilidades. Tú ahora puedes hacerlo mejor.
—Pero
si mataste a la primera Intocable, ¿de dónde aprendiste todo lo que debías
saber?
—De
ella. Cuando se dio cuenta de lo que sucedía, me trasmitió sus enseñanzas desde
el otro plano para que no se rompiera la continuidad y no me abandonó hasta que
estuve preparada. Como yo haré contigo —se interrumpió un momento y acarició el
ópalo de su frente—. No he sido una mala Intocable, después de todo. Tú también
serás buena, Nawami, tenemos cualidades y quien ha pasado por la Escuela sabe
del sacrificio y del deber. Cumplirás como yo he cumplido y cuando la Liga
envíe a otra asesina, tendrás una muerte bella.
—Si
la envían —murmuró Fang Tai, casi por reflejo.
—La
enviarán. A menos que decidan intervenir directamente en tu tiempo de vida para
anexionarse este planeta o entrar en tratos comerciales o quién sabe qué. Les
interesa que la Sagrada sea de los nuestros porque saben de su influencia sobre
la casta dominante de la sociedad y saben que estará de su lado porque es su
pasaje de regreso a casa. Sabes que la anexión violenta de un planeta es
anticonstitucional; tiene que haber consentimiento o la Liga debe abandonar sus
proyectos y tal vez volverlo a intentar siglos después. Quizá si tienes la
suerte de que vengan en tu tiempo de vida, puedas regresar después de aconsejar
a las kenddhai la colaboración incondicional con la Liga.
Fang
Tai sintió que su estómago se contraía violentamente y que su garganta se
preparaba para gritar de rabia. Se controló y crispó las manos a la espalda.
—Si
eso sucede en mi tiempo de vida, se van a llevar una sorpresa. Lucharé.
Lucharemos mientras haya kenddhai dispuestas a proteger su inocencia. No me
comprarán con un viaje de vuelta. Me vengaré por esto.
La
Intocable le acarició la mejilla.
—Ya
hablaremos, niña mía. Está a punto de amanecer. Ha llegado mi hora. Déjame
marchar —dijo en una voz dulce y rota, un recuerdo apenas de la hermosa voz que
cantaba canciones en una lengua olvidada.
Fang
Tai se giró hacia ella y la abrazó con amor, con ternura, con miedo.
—¿Cómo
lo quieres, Madre?
—Lento,
suave, largo, bello —sus viejos ojos se entrecerraron de placer y destellaron
con chispas de plata, como antes, como en aquel otro mundo que nunca volvería a
ver.
Cuando
el cuerpo de Tai Fang Djem, la Intocable, la mujer más hermosa de la galaxia,
la mejor asesina de la Escuela, hubo sido consumido por el fuego junto al de su
muñeca, Nawami Fang Tai, agotada y radiante por la hermosura, por la gloria de
la muerte, subió a la cumbre del volcán. El sol estaba ya alto y el mundo
brillaba bajo el nuevo día. Había sido un proceso largo y dulce en el que había
invertido todos sus conocimientos, todos sus años de enseñanzas. Había ido
matándola poco a poco, suavemente, mientras recordaban juntas el tiempo pasado,
la casa, los amigos. La muñeca se había dormido enseguida en brazos de su madre
que la acunaba, como había hecho con ella tantos siglos atrás. Ella había ido
desconectando a Tai lenta, amorosamente, con el primoroso cuidado del que
desmonta una valiosa joya para engarzarla en una nueva montura, para que
pudiera sentir la dulzura de la muerte que va llegando paso a paso, como el
sueño, como el placer. Había tenido tiempo para decirle cuánto la había
querido, para darle las gracias por su amor, por su cuidado, por haberle
entregado la casa, por haberla llevado dentro de sí antes de convertirse en lo
que era, por haberla hecho llegar a ser lo más hermoso que puede ser un humano:
una dadora de muerte, una asesina.
Aquellas
horas con su madre habían sido lo mejor de su vida, aunque hubiera tenido que
ser en aquel planeta perdido en el universo y no en su maravillosa casa llena
de música y luz, en su propio mundo. Ahora podía mirar hacia el futuro y
concentrarse en lo que tenía que hacer. Tai estaría allí para ayudarla mientras
lo necesitara y luego se valdría sola, como había hecho siempre. Su decisión ya
estaba tomada.
Miró
hacia el sur y, muy lejos, en el límite de su visión, creyó ver dos figuras
diminutas que se alejaban del Santuario. Volverían al año siguiente y, cuando
volvieran, habría una misión para ellos. La Intocable, la Mujer Sagrada de las
kenddhai con el ópalo en la frente, les anunciaría el regreso de los dragones
de fuego, los dragones que vendrían llenando el mundo de llamas y estruendo
haciendo preguntas y pidiendo respuestas, queriendo llenar de conocimientos los
puros corazones de las kenddhai y sus arqueros. Pero esta vez no se les daría
una oportunidad. Como en la leyenda sagrada, los dragones serían destruidos,
una y otra vez hasta que no volvieran más. El fuego viviría en el corazón de la
Intocable pero los dragones serían destruidos. Así estaba fijado en las leyes
que rigen el destino, así estaba fijado por las cuatro materias.
Volvió
la espalda al sol y, descendiendo la interminable escalera, la Intocable se
internó en el corazón de la montaña de fuego.
Nosotros
tres
Felo
era un muchacho estupendo hasta que conoció a Dulce. Entonces ella lo utilizó,
lo convenció y lo convirtió en una máquina. Ahora es un asesino.
Esta
es la versión general de la vida y el destino de Felo; eso es lo que saben y
cuentan los que no lo han conocido ni antes ni ahora y dan por sentado que
Dulce puede hacer cualquier cosa, especialmente con un muchacho estupendo. Pero
yo sé más. Yo lo conozco porque él ha sido mi amigo y quizá lo sea aún. No lo
sé. Él está ahora muy lejos.
Yo
soy mecánico de las minas de Illmore y estas preciosas máquinas están tan bien
hechas que tengo todo el tiempo que quiera para recordar a Felo y eso es lo que
hago mientras los robots sin mente construyen galerías hacia el corazón del
planeta, galerías delicadas y profundas como antiguas heridas en el alma.
Lo
conocí en… la verdad es que ahora no recuerdo dónde fue pero debía de ser una
estación orbital de algún tipo. Menos el nombre, todo lo demás acude con
claridad a mi mente: todo es metálico, rojo y amarillo, hay algunas plantas
artificiales y muchas fotografías antiguas de diversos mundos, una especie de
música tintinea a mi alrededor interrumpida a ratos por avisos para gente que
no conozco.
Me
siento en forma porque me acaban de asignar mi primer trabajo de importancia y
lo he conseguido con cierta rapidez, sólo tengo cincuenta y dos años y por fin
todas las perspectivas del mundo de los adultos se abren ante mí; claro que
tengo que hacerlo bien y tengo que empezar a enfrentarme con el mundo altamente
competitivo que hay más allá de la adolescencia y las etapas de aprendizaje,
pero he conseguido llegar hasta aquí y nadie va a detenerme. Saco mi credicard
nuevecita y decido averiguar qué lujos están ahora a mi alcance, quiero poderme
regalar algo en este día que señala el comienzo de mi nueva vida. Introduzco el
pedacito de plástico negro en la ranura de la pared y apoyo las dos manos en la
placa mientras recibo lentamente mi nombre y mi cargo; la pantalla se ilumina y
unas letras temblorosamente doradas me informan de que los soñados lujos se
reducen a cuatro bebidas no alcohólicas o dos con alcohol o una caja de dulces
o una pequeña selección de souvenirs: cubikholos, insignias, maquetas de plástico
de la estación orbital y todo el resto de cursilerías turísticas. La verdad es
que me deprime un poco darme cuenta de lo poco que valgo cuando pienso que hay
gente que tiene que solicitar la misma información por secciones: transportes,
hoteles, restaurantes, joyas, objetos artísticos, vivienda… todas las cosas
estupendas que nuestra civilización ofrece al que pueda pagarlo; pero como la
cosa no tiene remedio y no hay manera de engañar a una bancopantalla, me guardo
la credi en el bolsillo del mono y trato de animarme pensando que hace sólo
unos días, antes de que mi nombramiento fuera oficial, mis derechos comprendían
únicamente tres comidas diarias con alojamiento y un par de sucecafés en la
sala común. En resumidas cuentas, el bar, que siempre había sido un lujo más
allá de mis posibilidades, estaba abierto ahora para mí.
Atravieso
pasillos sintiéndome importante y me doy cuenta de que mi optimismo es
inabatible. Una preciosa mujer de cráneo dorado, cargada de cadenitas de
colores se me acerca sonriendo; no soy tan joven como para no saber qué es lo
que busca, así que le enseño la credi negra y espero que me mire con cierta
lástima. Efectivamente lo hace, pero enseguida vuelve a sonreír y me dice:
—¿Quién
sabe, chico?, quizá cuando seas mayor.
Le
agradezco la amabilidad y atravieso la puerta del bar como si fuera un umbral
para iniciados. No hay mucha gente pero a mí me parece una reunión de dioses,
el que menos debe de ser credi rosa; van muy bien vestidos y beben cosas
desconocidas en vasos de infinita variedad: a mí, que no he visto el cristal
más que en museos, el ambiente me parece de un lujo desmedido. Me acerco a la
barra casi temiendo que alguien me diga: «Largo, chico, aquí estás de más»,
pero nadie dice nada y el camarero humano, el colmo del refinamiento, me llama
«señor» y, ahora, en ese momento, parece como si todos mis sentidos se
estiraran para alcanzar una nube y, si todos mis recuerdos son claros, esta
imagen es tan fuerte y tan perfecta que puedo contemplarla sin temor a que se
borre porque la veo desde todos los ángulos, con una asombrosa calidad de
detalle: tratando de decidir con mi limitada experiencia qué voy a beber, me
giro un poco en la silla y lo veo: un muchacho alto y moreno, algo mayor que
yo, con un anticuado bigote y el pelo anormalmente corto. Tiene el aspecto de
estar decidiendo qué va a pasar en los próximos doscientos años de su vida y, a
la vez, de que la decisión no le importa ni poco ni mucho. Mira el fondo de su
vaso verde como si estuviera contemplando la danza de las anémonas en el fondo
del mar.
La
imagen está clavada en mi mente de tal modo que a veces, sin pretenderlo, acude
a mí y pasea frente a mis ojos como para que la examine, para que me fije en el
pliegue de la comisura de sus labios, en el pelo corto y suave de sus sienes,
en el brillo de su mirada perdida en el vaso, en su jersey amarillo y su camisa
marrón, en la luz que incide en su vaso y da a su rostro un resplandor verdoso
de animal marino.
Lo
que nunca puedo llegar a decidir es cuál es mi primera impresión al
contemplarlo, mi primer sentimiento hacia él; a veces creo que mi primera
reacción o apreciación de Felo es femenina, sin embargo, estoy convencido de
que cuando lo conocí, yo era hombre. En fin, esas pequeñas cosas como nombres o
sexos no tienen la menor importancia, al menos no para mí, no para Felo.
Como
asustadas por la brillantez de esta imagen, las demás se desdibujan y no puedo
ver con claridad cómo empezamos a hablar, cómo nuestras vidas empezaron a
mezclarse, pero sé que lo recordaré si hago un esfuerzo. En esta helada soledad
subterránea cada palabra recuperada de la vida que se fue, cada matiz de luz
sobre una piel entrevista, cada reminiscencia de un perfume, de un contacto,
debe ser mimada, acunada como el cuerpo de un niño dormido. Aquí el tiempo se
diluye y gotea lento como miel sobre el silencio, sobre la oscuridad de la
mina. A mi cubículo no llega nunca el rumor de las máquinas que horadan el
planeta para extraer el mineral que no sé para qué sirve ni a dónde es
transportado; a mis oídos sólo llegan los ecos de las palabras que fueron y a
mis ojos el reflejo de la luz que murió. Sólo yo estoy vivo en Illmore y por
eso recuerdo. Por eso y porque es lo único que puedo hacer.
Recuerdo
la negrura infinita del vacío entre los mundos y los ojos de vidrio de los
miles de estrellas y, en el silencio de la cámara, la voz profunda y seca de
Alexis Dyonisos, Felo para todo el mundo, diciéndome:
—¿Ves
ese centelleo de tantos soles desconocidos? ¿Has visto el fulgor de una nave al
perderse en este mar de niebla negra? Nadie lo ha pintado nunca, nadie ha
traspuesto nunca en una tela el verde profundo de un planeta cercano ni la
plata enceguecedora de una estación orbital. La pintura es un arte muerto, como
la palabra, como tantas cosas. Por eso yo soy ingeniero y no pintor.
Sus
palabras se enronquecen y los nudillos de sus manos blanquean aferrados a la
baranda; al momento calla y vuelve a sonreír:
—No
me malentiendas. Soy feliz, como lo somos todos, o casi todos, me gusta mi
trabajo y tengo lo que deseo pero hay algo en mí que me hace buscar siempre
cosas irrealizables. Creo que si pudiera ser pintor querría ser ingeniero.
Me
oigo contestar a través de los años:
—No
sé; creo que hasta cierto punto eso nos pasa a todos.
Siento
que se envara levemente, le molesta que lo iguale a mí, a los demás. Se sabe
único o quiere saberse único. Sé que he dicho una inconveniencia y que debo
cambiar de rumbo para no apartarme de él. No sé, sin embargo, por qué siempre
he deseado estar cerca de Felo; supongo que a su lado me sentía yo también
distinto de los otros. Ser amigo de un ser especial hace que también uno sea
mejor, diferente. Sin embargo ahora no sé si realmente él era tan distinto de
nosotros porque, al fin y al cabo, Dulce lo engañó también a él, como me engañó
a mí, como nos engañó a todos. Dulce, la pequeña y preciosa Dulce, que le hacía
sentirse a uno como si el Universo estuviera hecho a su medida, como si todo lo
que es y lo que no es estuviera colocado en una hermosa bandeja dorada y uno
sólo tuviera que alargar la mano y tomarlo. Supongo, claro, que los
ofrecimientos variaban de persona a persona, porque lo que me hubiera tentado a
mí no habría merecido un segundo de atención de Felo y lo que a él le hizo
caer, a mí me hubiera dado risa. Sin embargo, lo que nadie sabe, más que yo y
quizá Dulce, es que Felo fue feliz. Al menos lo fue durante un tiempo, al menos
hasta que lo averiguó.
Suena
un timbre de aviso y un par de máquinas ascienden lentamente por la galería
tres. Salgo de mi cabina y repaso amorosamente sus mecanismos. Son bellas,
perfectas, pulidas, como una mujer que amé una vez hace mucho tiempo. Están
construidas sin un solo fallo, sin un solo milímetro inútil: son eficaces,
fuertes, silenciosas. Son perfectas. Tan perfectas que no pueden hablar, ni
sentir, ni recordar. Yo soy imperfecto, por eso puedo hacer lo que ellas
desconocen y por eso soy feliz. Acaricio sus placas brillantes, los pequeños
botones de vida electrónica, suaves como capullos, y recuerdo el cuerpo de
Dulce tendido junto al mío, sus largos cabellos verdes, su piel blanca, su voz
delgada:
—Créeme,
mi amor, será maravilloso. Yo ya lo he decidido y voy a hacerlo enseguida. Si
tú quisieras venir conmigo, podríamos hacerlo juntos. Dicen que es mucho más de
lo que podamos imaginar, es la realización de todos nuestros sueños, es poder
ser lo que deseamos siempre, siempre. Yo inventaría historias, todas las
historias del Universo y tu pintarías las telas más bellas de toda la historia.
Y no sólo te limitarías a pintar, tú serías la pintura, tú y tu arte seríais
uno y estaríamos juntos, más juntos de lo que hemos estado nunca. Nuestras
mentes se entremezclarían, se confundirían, tu pintarías mis historias y yo
narraría tus cuadros; rodaríamos por un mundo ingrávido de colores y formas y
palabras como amantes por la hierba. No tendríamos que construir nada real,
nada sólido, nada práctico para que otros lo usen y lo disfruten. Créeme, amor
mío, es la verdad. Yo sé que es la verdad.
Recuerdo
sus palabras vehementes, calientes, arrebatadas y me adormezco y digo que sí,
que sí y acaricio su cuerpo y sé que soy la fuerza creadora más grande del
Universo y me dejo llevar por la fiebre. Pero, de repente, algo en mi cabeza me
dice que eso no ha sucedido nunca y reflexiono. Esas palabras no han podido ir
dirigidas a mí; yo nunca he deseado lo que Dulce me ofrecía en mi recuerdo. No,
yo no. Esas palabras no eran para mí. Todo ese futuro de belleza y de pasión
era para Felo. Si yo lo recuerdo es tal vez porque él me lo contó, o quizá
Dulce, porque lo que sí es cierto es que yo he tocado su piel verde y su pelo
blanco y la he oído suspirarme palabras calientes como la arena. ¿Qué me
ofreció a mí la preciosa Dulce? ¿Qué fue lo que me tentó a mí?
Es
curioso que un hombre no pueda recordar lo que tanto le afecta y recuerde, en
cambio, los menores gestos de su amigo: su forma de pasarse la mano por la
frente, su forma de morderse el labio cuando ya había tomado su decisión y
sabía que al cabo de unas horas no tendría ya manos, ni frente, ni labios, ni
sangre burbujeante, ni estómago tembloroso.
Recuerdo
también su entrada en la máquina, su primer contacto trémulo con la gran mente
incorpórea de la que él era ya parte, la embriaguez de la caída en un mundo de
colores ingrávidos, de formas sin línea, de palabras sin forma; la explosión de
orgullo de ser uno con el todo, el fogonazo terrible del poder entrevisto, el
suave mareo de la felicidad alcanzada, llena de cosas que conocer, que dominar.
Sí, recuerdo sus sentimientos y recuerdo también los míos cuando supe que nos
había engañado a todos, también a ella. Cuando volví a verlo en su nueva forma
y pude hablar con él, comprendí muchas cosas. Aunque su mente estaba ya muy
lejos de la mía, supe que Felo no había querido nunca ser pintor; quizá ni él
mismo lo sabía pero no era eso lo que había deseado durante tanto tiempo; ni
siquiera era una vaga concepción de poder lo que le atraía. Felo,
sencillamente, quería ser libre. Libre de las credis y del incesante movimiento
entre los mundos, siempre encargado de un nuevo trabajo, libre de la
competitividad constante, de los standards establecidos por máquinas y cyborgs,
libre del temor a que sus diseños no fueran lo bastante buenos, lo bastante
exactos, lo bastante innovadores. Para él, la decisión de entrar en la máquina,
de convertirse en un cyborg destinado a supervisar proyectos de ingeniería
espacial, al menos con una parte de su mente consciente, hubiera equivalido en
otros tiempos a la de un próspero hombre de negocios que de repente lo deja
todo y se retira con su perro a una casita de campo con jardín. Eso es lo que
Dulce no supo ver a tiempo. Ella hubiera podido manejar perfectamente a un Felo
pintor, a un Felo exaltado por formas y colores, pero su mente no fue capaz de
controlar a un hombre dispuesto a conseguir su libertad a cualquier precio, a uno
de los mejores ingenieros espaciales humanos que, de repente, había alcanzado
el mejor instrumento para sus propósitos: la 2020-TRITON-l, una de las
computadoras más modernas y especializadas, instalada en la estación orbital de
Náyade.
En
cuanto tomó posesión de su nueva mente, Tritón se convirtió en su Paraíso
particular. Felo fue feliz calculando proyectos, haciendo modificaciones,
diseñando magníficas obras por puro placer, perdiéndose en sus laberintos
privados que espejeaban al paso de su pensamiento; por una vez en su vida se
sintió libre, era absolutamente autosuficiente.
No
digo que Felo hiciera bien saliéndose así de las líneas de conducta fijadas por
nuestra sociedad pero creo que tampoco es correcto el modo con que esa misma
sociedad que se escandalizó de los métodos de Felo consigue voluntarios para
entrar en la máquina.
Hace
mucho que se votó la ley de que sólo voluntariamente puede un humano
convertirse en cyborg; sin embargo, como al parecer no hay mucha gente que
desee hacerlo, inventaron sistemas como el de Dulce. Ella, la pobre, tampoco
tiene la culpa. Cuando le hicieron los tests clasificatorios el resultado fue
que sólo tenía tres cosas excelentes, pero, por desgracia, las tres muy poco
útiles en nuestra sociedad: memoria, uso de la palabra y una apreciación
psicológica intuitiva de primer orden. Con estas tres cualidades y un físico
bellísimo hubiera podido ser una mujer de lujo destinada a los más ricos
individuos de nuestra sociedad pero Dulce no era bella, no era ni siquiera
bonita o exótica. Era sólo una muchachita vulgar a quien nadie hubiera mirado
dos veces. De modo que sólo tenía la elección de la máquina. Quizás en otro
tiempo, una sociedad de otro tipo le hubiera otorgado un cuerpo humano nuevo
para que pudiera usar sus otras cualidades y ser feliz, pero nuestro mundo
necesita cyborgs; aún no hemos sido capaces de crear artificialmente la
inteligencia humana en una máquina y es necesario que haya gente que decida
acoplarse a un computador.
Dulce
no tenía elección, no había otro lugar para ella: entró en la máquina.
Entonces
los mejores ingenieros plásticos diseñaron un androide de increíble belleza que
la mente de Dulce controlaba desde su sede en Raroa y, a partir de entonces,
todas sus cualidades se abrieron como una flor carnívora para atrapar a un
insecto. Con su intuición elegía personas ambiciosas o descontentas o
frustradas de alguna forma y con su cuerpo y su voz les persuadía de que el
mejor futuro estaba en la máquina. Y todos lo creían, todos se dejaban llevar y
acababan convertidos en cyborgs, teniendo que cumplir una misión como habían
hecho antes, sin posibilidad de cambiar de opinión, sin posibilidad siquiera de
suicidio. Todos, menos Felo. Él fue el único que se resistió a seguir dejándose
dominar por leyes, por convenciones o conveniencias sociales, por normas que ya
no le afectaban. Supongo que es a eso a lo que se refieren los que lo llaman
asesino. Es muy posible, porque es cierto que Felo mató. Eso no lo recuerdo con
tanta claridad pero sé que fue justo; tenía, que proteger su libertad, su integridad,
su vida, en fin, y los demás querían matarlo o, al menos, querían torcer su
mente para que fuera como todos, para que limitara su existencia a obedecer,
como una máquina. Pero se olvidaron de que Felo también era humano y los
humanos matan cuando no queda otra solución.
Al
principio fueron sólo máquinas lo que inutilizó, máquinas que intentaban
coartar su libertad recién adquirida, pero después enviaron contra él dos
cybonaves y, cuando éstas fueron destruidas, llegaron especialistas humanos
encargados de separar la mente de Felo de su nueva sede. No podía elegir: tuvo
que matarlos. Habían tratado de engañarlo con Dulce pero él había encontrado su
verdad en la máquina y ahora intentaban de nuevo imponer su normas de conducta
a un Felo que estaba más allá de todas ellas, a un Felo dispuesto a luchar por
conservar lo que tenía. Y lo hizo. Y lo hizo bien.
Durante
mucho tiempo Tritón fue la estación del asesino y ninguna nave se atrevió a
acercarse. Se sabía que la mente del loco que dirigía Tritón era la de un
ingeniero espacial y eso aumentaba el peligro, así que lo dejaban tranquilo y
su fama crecía. Pero en nuestro mundo no hay lugar para un rebelde y muchas
mentes buscaban una solución. Así es como dieron conmigo. Querían matar a Felo
y, por eso, también decidieron matarme a mí. Bueno, no creo que quisieran
hacerlo; era sólo que no les importaba. Mandaron a Dulce a buscarme y yo
entonces, como todos, sólo vi que sus ojos brillaban y que su pelo era largo y
suave y que me hacía sentir como un credi blanco en su palacio privado con una
mujer de lujo.
Y
ahora sí recuerdo lo que me dijo a mí; no sus palabras pero sí lo que me dijo.
Con su voz menuda y ardiente me habló de la amistad y del amor, me contó que
ella había querido entrar en la máquina con Felo pero que la habían rechazado
por ser demasiado joven. Me dijo que estaba segura de que ahora la admitirían,
pero que Felo había pasado demasiado tiempo solo y necesitaba también un amigo,
alguien como yo, nadie sino yo, que lo quería sinceramente, que había sido su
mejor amigo y estaría dispuesto a ayudarlo por encima de todo. Me habló de lo
hermoso que sería poder ser los tres una sola mente en un solo cuerpo, sería
como hacer el amor fundiéndonos los unos en el otro hasta el infinito; no
tendríamos que estar sujetos a necesidades humanas, no nos importaría ya el
color de nuestra credi ni tendríamos que luchar para conseguir mejores puestos
sino que nuestra vida consistiría en llevar a cabo un trabajo satisfactorio con
más medios de los que podríamos soñar y hacernos felices unos a otros. Me dijo
que podría entrar en la mente de Felo y comprenderlo y llenarlo y perderme en
él, en él, que sería ya un nosotros, y yo acepté. Yo acepté sin saber que mi
entrada en la máquina, que Felo acogió con alegría y sin desconfianza, era sólo
una cobertura para la mente encargada de inutilizar al amigo por quien yo había
dejado tantas cosas.
Así
destruyeron a Felo: quitándole lo que era ya la mejor parte de sí mismo para
dejarle sólo su mente humana, pero sin su cuerpo. Lo mismo hicieron con Dulce
algo después.
Por
eso están ahora aquí, conmigo, compartiendo este cuerpo que no pueden
controlar, ahogándose en sus propias limitaciones, en su tortura común.
Conmigo, pero tan lejos que ya casi no siento su presencia.
Ha
habido un derrumbamiento en una de las galerías más profundas y una excavadora
delicadísima ha quedado seriamente dañada. Yace en la mesa, ante mí, como un
cadáver martirizado, sus bellos brazos sucios, retorcidos. Pero yo la salvaré,
yo soy el mejor mecánico de minas del universo, aunque esté condenado a vivir
en este desierto subterráneo sin más compañía que dos mentes heridas,
replegadas en mi cerebro, girando incesantemente en torno a su historia.
Eso
no tiene importancia. Hicimos las cosas mal, los tres nos equivocamos y debemos
pagar nuestros errores; pero han sido buenos conmigo, yo soy el que menos parte
tuvo, yo casi no tuve la culpa de nada y por eso puedo seguir cumpliendo mi
tarea aunque sea aquí, en Illmore, a miles de millones de kilómetros de los
mundos habitados. Ellos tuvieron menos suerte.
Ya
ni siquiera puedo comunicarme con Felo y con Dulce, que fueron mis amigos, mis
amantes, y que ahora vagan perdidos en algún lugar de nuestra mente común,
presos de su historia. No pueden hacer otra cosa que repasarla segundo a
segundo en este mundo vacío de luz y de sonido, no pueden hacer más que sufrir
el castigo a su error, pero son buenos, yo digo que son buenos. Felo siempre
fue un muchacho estupendo y un buen amigo. Dulce siempre ha sido una pobre
chica desgraciada a quien nunca se le dio una alternativa, pero es buena, y era
muy bella, y me hizo feliz. Ella no es una arpía, él no es un asesino; son sólo
dos seres que sufren dentro de mí y a los que amo, como amo a mis máquinas
perfectas que minan sutilmente el planeta construyendo túneles delgados y
suaves.
Yo
he tenido suerte, he sido amigo de un ser especial y he tenido en mis brazos a
una mujer de lujo. Soy el mejor mecánico de minas del universo y una máquina
perfecta, frágil y delicada como una flor yace en la mesa de reparaciones de mi
cabina. Aunque esté condenado a repetir infinitamente nuestra historia, mis
manos metálicas avanzan hacia la forma inerte de la máquina que amo. Yo la
salvaré.
Minnie
Se
llamaba Minnie y era muy bonita; o, al menos, era bonita entonces. Cualquiera
que haya pasado por el Espaciopuerto de Miami, en Terra Sol, la ha visto,
seguro. Sentada en Recepción Interestelar con los ojos brillantes y la boca
entreabierta, anhelante, o en la barra de tripulaciones bebiendo rodeada de
gente de media galaxia.
Todo
el mundo la quería: unos porque era dulce, otros porque era linda, los más
porque era extraña, porque no la comprendían y por eso, o quizás a pesar de
eso, la admiraban.
Había
sido bailarina en un local del puerto y había hecho un poco de todo, pero eso
se acabó cuando conoció a Vlad, el aldebarano.
Cuando
yo la conocí, vendía paisajes, que pintaba con ceras de colores, de lugares de
Terra en los que nunca había estado. Minnie era muy pobre; casi todo el mundo
lo era en Sol. Y ella, sin un trabajo regular, carecía de los medios necesarios
para viajar pero, con sus siete colores, pintaba los paisajes de los que oía
hablar a la gente que pasaba, a los ciudadanos del Universo. De vez en cuando
vendía alguno a una pareja de turistas o a un soldado que quería llevar algo
exótico a casa, en algún lejano lugar entre las estrellas. Entonces su sonrisa
se hacía misteriosa y, durante unos días, brillaba como si se hubiera encendido
una luz en su interior.
Siete
veces hice escala en Terra; tres de ellas en cargueros de mala muerte, sólo
para verla. Su fe y su intensidad me fascinaban. En uno de mis viajes me contó
su historia. Me contó cómo conoció a Vlad, un aldebarano alto y silencioso que
compró su compañía por un precio irrisorio cuando ella era una de las chicas
más cotizadas de Miami. Me habló de Vlad, de su mirada fría y burlona, de su
pasión casi primitiva, de sus palabras. De cómo brillaban los lagos helados de
su mundo lleno de flores de nieve y luz y de sus altas torres de plata
reluciente.
El
sentimiento de Minnie era tan intenso que, en medio de mi indiferencia por
aquel aldebarano, me sentía inclinado a compartir su amor por él.
Sólo
estuvieron juntos dos semanas, mientras la nave recogía su carga. Dos semanas
en las que pasearon bajo árboles otoñales llenos de hojas amarillas y
contemplaron el inmenso mar de Terra, azul y profundo, y bailaron e hicieron el
amor. Dos semanas que cambiaron la vida de Minnie, pues fue entonces cuando
decidió dejar su trabajo y cuando él le prometió volver a buscarla y llevarla
consigo a su hogar, cerca de la inmensa Aldebarán.
Cuando
me contó esto, sentada en la alfombra, frente a mí, en uno de los pocos locales
donde aún se podía encontrar tabaco auténtico, sus ojos relucían como brasas.
Habían pasado ya cuatro años de Terra desde que él se había ido pero su fe era
inquebrantable. Le había dicho un proximano de una nave de combate que en el
espacio el tiempo es muy distinto y que, lo que para ella eran largos años de
espera, para un viajero era una pequeñez. Lo creyó y le dio fuerzas. Un
biofísico de Base Hon le había asegurado que los aldebaranos olvidan lo que
dicen y nunca cumplen sus promesas. Minnie lo había escuchado como al viento
entre las hojas y había seguido esperando.
Vlad
nunca le había escrito, era cierto, pero ella había oído decir que muchas de
las culturas galácticas no tenían tradición escrita, que sólo sabían hablar y,
por eso, no le extrañó el no recibir noticias.
—Por
eso le espero aquí, en el puerto —me dijo, abrazándose las rodillas—. Sé que le
gustará que yo esté aquí esperándolo cuando llegue. Además, es posible que no
se acuerde de cómo se va a mi casa: dicen que los aldebaranos no tienen buen
sentido de la orientación.
En
aquella ocasión creo que yo aún pensaba que estaba loca. ¿Quién, si no un loco,
podía confiar hasta tal punto en la palabra de un mercenario espacial como Vlad
o como yo mismo?
Volví
a los cinco años. Minnie seguía en el espacio-puerto pintando paisajes y
bebiendo beer. Ahora bebía más, pero era sólo porque el negocio no marchaba
bien y los muchachos eran generosos con ella. No me reconoció al principio;
luego, cuando le refresqué la memoria, se alegró de veras y me invitó a fumar.
Yo, en un impulso repentino, le compré un cuadro; una cosa pequeña con montañas
y nieve, con unos animales desconocidos, grandes y marrones. Le conté que había
estado preguntando en todas las naves aldebaranas que había visto si conocían a
un tal Vlad que hacía tiempo solía viajar a Terra, pero que no había sacado
nada en limpio. Me contestó sonriendo:
—El
espacio es grande, Joel.
Creo
que fue entonces cuando me enamoré de ella. Entonces o quizá cuando me confesó
su primer gran secreto: que estaba ahorrando todo el dinero de sus cuadros para
poder ir a Aldebarán. Le habían contado que cuando un hombre lleva mucho tiempo
viajando por el espacio, a veces, su organismo no puede resistir más el
esfuerzo y le prohíben volver a embarcar. No sólo se lo prohíben sino que le
retiran la licencia oficial y es repatriado para siempre.
—También
hay algunos que mueren —me dijo, abriendo mucho los ojos— pero claro, ése no
puede ser el caso de Vlad: él es muy fuerte.
Dio
una larga chupada al cigarrillo y continuó, con una naturalidad tal que llegó a
emocionarme:
—Así
que he pensado que lo mejor sería ir allí. Ya sé que es mucho dinero y que me
costará mucho tiempo pero, ¿te imaginas cómo debe de estar sufriendo al pensar
que ya nunca volveremos a vernos? Tengo que ir. ¿Verdad que es lo mejor?
No
tenía fuerzas para decirle que no. Pero tampoco podía decir que sí. La miré
fijamente; estaba mareado y sentía que me ahogaba, que no podía seguir. Ella
continuaba esperando mi respuesta. Entonces, así, de golpe, le dije que la
amaba le pedí que se casara conmigo.
Me
miró apenada, repentinamente entristecida, como se mira a un niño tonto del
que, sin embargo, se esperaba algo mejor. Metió una mano dentro de su mono azul
y sacó una bolsita que llevaba colgada del cuello. Vació su contenido en su
mano izquierda y me la tendió diciendo:
—Pero,
Joel, amigo, estoy comprometida. Soy suya, ¿ves?, suya para siempre, él me lo
dijo.
En
la mano tenía una piedra pequeña, brillante y roja como una gota transparente
de sangre humana.
Continuó
con voz soñadora:
—Cuando
él, cuando Vlad se fue, yo le di el anillo de oro que mi madre me dio siendo
niña y él me dio esto. En su mundo eso es como un casamiento, como una firma.
Es más que una firma porque es para siempre. Nos pertenecemos, ¿lo entiendes,
Joel?
No
le dije nada.
No
le dije que el suelo de Immalia está cubierto de piedrecitas rojas como la
suya. No le dije que Vlad era un bastardo que se había burlado de ella y que no
volvería jamás a la vieja y olvidada Terra y que, aunque volviera, no la
recordaría. No le dije que en los mundos de Aldebarán no hay flores de hielo y
luz y torres de plata.
No
me habría creído. Era demasiado hermosa, demasiado ingenua, demasiado ¿quién
sabe qué?
Nunca
más he vuelto a Terra. Quizá Minnie ya ha ahorrado para su pasaje, quizás ha
muerto, quizá sigue en Miami, Terra, Sol, esperando a Vlad.
Si
alguna vez vais allí, si la veis, decidle por favor que Joel, que nunca le dio
ninguna prenda, no la ha olvidado, que la ama todavía.
Que
Joel, de Rigel, que ya no puede volar, la espera y la seguirá esperando. Eso es
todo.
¡Ah!
y, por favor, apuntadle mi dirección. Los rigelianos no sabemos escribir.
Una
antigua ley
Mecánicamente,
se limpió con el guante la nieve que le cubría el visor y reprimió un
escalofrío; el traje no era precisamente el último modelo y en Monar el frío
era intenso. Se removió un poco sobre la piedra en la que había estado sentado
las últimas horas y miró al horizonte, cansado y triste. Cuando surgiera Turna
sobre el paisaje blanco y helado ya no habría nada que temer por el momento y
podría dar por acabado el día y marcharse a casa, al Centro, a soportar las
peleas, la estúpida charla de aquella gente para la que Monar no era más que un
lugar de paso, un sitio donde hacer méritos para ser trasladado a un planeta
mejor, con mayor salario, con más posibilidades de ascenso; a casa, a un
compartimento de dos habitaciones, vacío y abandonado, donde ya nadie le
esperaba para cenar.
Es
igual, se dijo, es mejor así. No he podido hacerlo de otro modo, no tenía otra
salida; para no ser un traidor, he tenido que traicionar dos veces, pero ¿qué
otra cosa podía hacer? No podía abandonar a Manan, no podía matarlos a ellos.
Ahora serán felices lejos de aquí; yo nunca les he importado tanto. Siempre han
querido salir de este planeta bárbaro, siempre han querido otra cosa y ahora la
tienen. No se puede tener todo, eso decía Manan.
Miró
en torno, al paisaje que se iba volviendo gris azulado y luego, pronto, blanco
y negro, como una película antigua. Las piedras estaban en su sitio, los huesos
y las plumas también. Se sentía cansado, dolorido por dentro y por fuera, como
si de repente se hubiera vuelto viejo, mucho más viejo que todos los demás. Se
preguntó qué sucedería cuando volviera al Centro, cuál sería ahora su sitio en
una comunidad que era la suya pero de la que se sentía tan lejano y se dio
cuenta de que, aunque no podía dar respuesta a sus preguntas, tampoco le
importaba; su finalidad en el futuro inmediato estaba clara y después de eso,
¿para qué preocuparse? Manan decía, como le habían enseñado: «La vida no tiene
futuro, la vida es». Siguió esperado, la vista fija en el horizonte.
—¡Vaya!
¡Qué susto me has dado! No esperaba encontrar a nadie fuera de casa a estas
horas.
La
voz lo sobresaltó. Se puso en pie de golpe, sin saber qué hacer ni qué decir.
Recordó unas palabras de su padre: «Cuando estés desconcertado, ataca antes de
que te ataquen, pregunta antes de contestar». A pesar de la repugnancia que
había sentido siempre ante la brutalidad del consejo, lo hizo sin darse cuenta:
—Y
tú, ¿qué haces por aquí a estas horas?
El
hombre contestó, sin recelo:
—He
ido al bosque a recoger unas muestras y se me ha hecho un poco tarde. Hace un
tiempo infernal, ¿eh? ¡Menudo invierno vamos a tener este año!
Él
no contestó. Miraba al otro, que ahora era ya sólo una silueta en traje
térmico. No le veía la cara. Volvió a sentarse.
—¿Qué?
¿No te vienes conmigo para casa? ¿No has terminado aún?
—No,
aún no —dijo en voz baja—. Vete tú solo. Yo iré dentro de un rato.
—Oye,
no quiero meterme en lo que no me importa, pero si sigues ahí quieto, te vas a
helar. No sé si lo sabes, pero una noche en el exterior termina con cualquiera.
—Sí,
ya lo sé; no te preocupes, voy enseguida.
El
hombre se volvió para marcharse y se giró otra vez hacia él:
—Es
un rito loppi, ¿verdad? —dijo, haciendo un gesto hacia las plumas ya casi
cubiertas por la nieve—. Es eso, ¿eh? Alienología.
Él
dijo que sí con la cabeza, deseando que el otro se marchara por fin y lo dejara
tranquilo.
—Sí
—dijo el hombre lentamente— a veces pienso que eso es lo que deberíamos hacer
todos, en vez de pasarnos la vida pensando en cómo y cuándo salir de aquí.
—¿Qué?
—preguntó, repentinamente interesado—. Hacer ¿qué?
—Pues
eso, tratar de acercarnos más a ellos en lugar de… bueno, ya sabes. Al fin y al
cabo, aún no está claro que no sean seres inteligentes; creo que la comisión ni
siquiera ha empezado aún a estudiar este caso.
—Acercarnos
más a ellos… acercarnos más a ellos en lugar de cazarlos ¿no? ¿Es eso lo que
quieres decir? —había una cierta brutalidad en su voz y también tristeza.
El
hombre pareció sentirse incómodo:
—Sí,
claro. Eso quise decir.
—¿Tú
no cazas? ¿No te gusta cazarlos?
—No,
yo no, claro, a mí no me… pero, claro, yo soy botánico.
—¿Y
qué? Aquí todo el mundo es especialista en algo y eso no les impide matar.
—Sí,
ya, pero ¿cómo te lo diría?… a mí me interesan las cosas vivas. Y, además, no
sé por qué los loppi me dan miedo, o respeto, no sé si me entiendes, yo tampoco
sé bien qué es. Prefiero no acercarme a ellos.
Se
pasó la mano por el casco a la altura de la frente, como si quisiera apartarse
el pelo de la cara o limpiarse el sudor:
—Creo
que yo también estoy deseando salir de aquí —dijo, por fin.
—Sí
—contestó él con voz apagada, casi para sí mismo— todos están deseando salir de
aquí.
—¿Tú
no?
—No,
yo no.
Hubo
un silencio. Luego, el otro empezó a hablar como si ya hubiera dicho la mitad
de la frase:
—…
aunque para lo que nos sirve… Fíjate en esos pobres desgraciados que salieron
esta mañana. Tanta ilusión y ya ves.
Sintió
una contracción en el estómago:
—Por
lo menos ellos han conseguido lo que querían, aunque quizá tampoco sean felices
en el otro destino.
El
hombre alzó la cabeza, con una excitación repentina:
—¿Es
que no lo sabes?
El
tono de la voz le produjo una sacudida:
—¿Qué
hay que saber? —dijo malhumorado, deseando zanjar la cuestión y quedarse solo
entre la nieve—. Llevaban quince años en Monar, más que nadie, esperando un
traslado que no llegaba nunca; odiaban el paisaje, el clima, el Centro, el
trabajo… —su voz se quebró un instante—. Odiaban a los loppi, los cazaban como
animales. Hace una semana recibieron el cambio de destino, dieron una fiesta,
se emborracharon, salieron de caza, mataron, regalaron casi todo lo que tenían
y esta mañana, tomaron esa condenada nave y se largaron. ¿Qué más hay que
saber?
La
silueta del hombre se iba volviendo imprecisa pero aún no había conectado la
luz de su casco.
—Claro
que hay algo más; la mayor noticia de los últimos meses —había en el Centro tan
poca ocasión de contar algo nuevo que las palabras salían entrecortadas por el
nerviosismo—. Es todo como tú dices, aunque yo apenas los conocía, pero lo que
no sabes es que antes de salir de la atmósfera, la nave estalló. Nadie sabe por
qué. Como sólo nos llega la chatarra, algo debía de estar en malas condiciones
y, ya ves, tanta ilusión y tanta fiesta para acabar disueltos con la nieve de
este infierno.
Calló
un momento, como si quisiera dejar que la idea se filtrara bien, como si le
consolara el hecho de que aquellos que se iban no hubieran alcanzado la
felicidad. Luego dijo:
—¡Qué
cosas! ¿eh? ¡Qué mala suerte, los pobres!
Él
no dijo nada; no podía decir nada. La venganza se había cumplido sin que él
hubiera tenido parte en ella. Ahora no le quedaba nada. Sólo un sentimiento sin
nombre que le desgarraba la garganta y unas enormes ganas de llorar que no
conseguían convertirse en lágrimas.
—¿No
lo sabías? —preguntó el hombre.
—No,
no lo sabía. Salí muy temprano esta mañana. No tenía ganas de despedirme —las
palabras salían secas, cortadas, como si no fueran suyas.
—En
fin —dijo el otro— son cosas que pasan. La vida es así y así hay que tomarla,
pero es una vida perra.
Calló
un momento y se quedó mirando de frente la silueta sentada sobre la piedra;
acercó la mano al interruptor de su lámpara.
—¡No!
—le gritó—, no enciendas. No hace falta luz, no hay nada que ver y, además,
pronto saldrá Turna.
El
hombre se acercó, inseguro, y le puso una mano sobre el hombro:
—¿Qué
pasa? ¿Eran amigos tuyos?
El
inclinó la cabeza, sintiendo el peso de la mano en su hombro, deseando quedarse
solo con aquel sentimiento salvaje.
—Vaya,
lo siento.
Él
no contestó.
—¿Qué?
¿Nos vamos a casa?
—No,
yo no. Vete tú solo. Yo iré luego —dijo lentamente, con voz ronca.
—Como
quieras, pero lleva cuidado, aquí hace mucho frío.
—En
Monar siempre hace mucho frío. No te preocupes, llevo toda la vida aquí.
El
otro fue a contestar pero no dijo nada. Se pasó las palmas de las manos por los
muslos, como si quisiera limpiarse el sudor a través de los guantes.
—Bueno,
…pues, hasta ahora.
Se
dio la vuelta y empezó a caminar hacia el Centro, muy deprisa. Al cabo de unos
pasos encendió la linterna.
—Hasta
ahora —dijo él casi sin voz, y se quedó sentado, quieto, de espaldas a la luz
que se iba alejando, perdiéndose.
No
sabía el tiempo que llevaba sentado en la piedra, mirando caer la nieve, blanca
y fría, al resplandor verdoso de Turna; no se sentía con fuerzas para levantar
la mano y mirar la esfera de su reloj y, además, tampoco importaba. Había
intentado pensar con claridad pero los pensamientos se negaban a ordenarse de
modo coherente y él no tenía voluntad para forzarlos. Ellos habían muerto.
Habían muerto incluso antes de darse cuenta de que él los había traicionado, si
es que para ellos su abandono hubiera sido una traición. Una traición a su
raza, a toda la raza humana; eso era un hecho que debía aceptar. «Enfréntate a
los hechos como un hombre», le había dicho siempre su padre. Como un hombre. Su
padre no había podido comprender que hubiera otras maneras de enfrentarse a los
hechos; ésa había sido siempre su desgracia, la de su madre también, la de
todos los del Centro, la de los humanos en general, quizá la de todas las
razas. También puede uno enfrentarse a los hechos como un rashtajka, como un
loppi, como los llamaban los humanos en su lengua. Toda su vida se había
debatido entre las dos maneras de ver las cosas, de «enfrentarse a los hechos»
y, ¿por qué tenía que ser una mejor que otra? «Tú eres un hombre —le habían
dicho siempre— un humano; no hay nada superior en el Universo, no hay nada más
grande.» Pero él sabía que no era así. Él sabía que había más cosas y por eso
había sufrido siempre. Por eso había sufrido también Manan y por eso había
muerto. Por eso, ¿por qué, si no? Por haber tratado de acercarse demasiado a
los humanos, como él mismo había intentado siempre acercarse a los rashtajka.
Pero él seguía vivo; seguía vivo y, de alguna manera, sabía que eso no era
justo. Se preguntó por qué seguía allí, sentado sobre la piedra, sintiendo el
frío más y más dentro de su cuerpo, en un gesto vacío de significado. «Es por
él —se dijo— por Manan, y también por ellos» y otra parte de su mente contestó:
«es por ti, sólo por ti; te estás llorando a ti mismo. Sabes que Manan está
seguro bajo la luz de Turna, de Khatan, y por ellos ya no puedes hacer nada;
ellos no trascenderán, de ellos no queda nada, sólo tú, y tú tampoco eres
nada».
Esta
vez la presencia del otro no le sorprendió porque, con una parte de su cerebro,
había captado la aparición de la silueta débilmente luminosa en el horizonte,
lo había visto acercarse, había sentido su fuerza, por eso sabía que era uno de
los Mayores, aunque desconocido para él. Y ahora estaba junto a la tumba de
Manan, el túmulo de piedras tan trabajosamente reunidas, mirando los huesos y
las plumas que apenas se distinguían bajo la nieve. Esperó, como es costumbre
entre los rashtajka, a que el Mayor le hablara.
—¿Qué
haces aquí? —le preguntó por fin el recién llegado, en lengua humana.
Él
contestó en la antigua lengua ceremonial de los rashtajka:
—Velo
por Manan, para que su vida trascienda y no se disuelva en la nada.
El
Mayor hizo el gesto que, entre los humanos, corresponde a una sonrisa:
—Te
doy las gracias. Pero, del mismo modo que hablas nuestra lengua, sabrás que
sólo a la luz del día existe ese peligro y es necesario velar; bajo la luz de
Khatan, Mankhjan está a salvo.
—¿Por
qué lo llamas así? —preguntó—. ¿No era Manan su verdadero nombre?
—Ése
fue su nombre mientras vivió entre nosotros. Mankhjan es su nombre ahora; ahora
que su muerte ha sido vengada y su hermano vela por su vida.
Él
se levantó con dificultad, sintiendo los pinchazos de la sangre helada en todos
sus músculos:
—Yo
no he vengado su muerte —dijo—. Soy un traidor.
—Traidor.
¿Es ése ahora tu nombre? —preguntó el Mayor lentamente, con un leve dejo de
ironía.
—¿No
sabes cuál es?
—Sé
que él te llamó Shantam en vuestro rito de hermandad, tiempo atrás.
—Ése
es aún mi nombre, si los Siete no lo han cambiado.
—Los
Siete no han hablado. Shantam es todavía tu nombre.
—¿No
cambia mi nombre la traición?
—No
ha habido traición —contestó el Mayor—. Mankhjan ha sido vengado.
—Explícamelo,
por favor, mi cerebro está helado y no comprende tus palabras.
—El
que lo mató ha muerto esta mañana. El crimen está en paz.
Shantam
miró al Mayor, dolorido y confuso. Sus ojos brillaban en calma con el reflejo
verde de la luz y su piel resplandecía de nieve fundida. Sabía que debía decir
algo pero su mente no podía formar ningún pensamiento. Por fin dijo, muy
despacio:
—Lo
de la nave… ¿no fue un accidente?
—No.
Lo hicimos nosotros. Yo lo hice.
Él
no dijo nada. No encontraba nada que decir.
—No
podíamos seguir así. Muchos de nosotros han perdido la vida presente y también
la Otra por nuestra culpa. No sabíamos qué hacer, no hay nada en nuestro pasado
comparable a esto. La vieja sabiduría no podía ayudarnos, no hay precedentes.
Tampoco sabíamos cómo luchar contra ellos; tienen armas de largo alcance contra
las que no podemos nada y no hubieran aceptado una lucha honorable. Hemos
tenido que aprender a vengar a los nuestros usando otros medios y lo hemos
hecho. Pensábamos que tal vez tú vengarías a Mankhjan porque eres su hermano,
pero decidimos no arriesgarnos y usar los conocimientos robados lentamente a tu
raza para provocar ese accidente —se interrumpió unos instantes—. Dime,
Shantam, ¿lo hubieras hecho? ¿Habrías vengado a tu hermano?
Él
se sintió de pronto débil y enfermo bajo la mirada firme y antigua de su Mayor.
Volvió a sentarse en la piedra y habló lentamente, como si ya no le importara
lo que tenía que decir:
—No.
No lo habría hecho. No habría podido. Ya te he dicho que soy un traidor.
—¿Por
qué no, Shantam? ¿Por qué no? Tú eras su hermano, tú tenías el derecho y el
deber de protegerlo y de vengarlo. ¿Por qué no?
Él
contestó con la cabeza baja, sintiendo en su revelación el dolor de un cuchillo
al rojo que arrancara sus vísceras y la inmensa liberación de la muerte:
—El
que mató a Manan, Mayor, era mi padre. O tal vez mi madre. Cazaban juntos.
El
silencio pesado y consolador que había esperado tras estas palabras no se
produjo.
—¿Y
bien? —dijo casi instantáneamente el Mayor, mirándolo fijamente, sin
comprender, plantado frente a él como una torre de implacable justicia.
Shantam
se puso de pie de un salto, temblando de furia y de dolor:
—¡Uno
no puede matar a su padre, Mayor —gritó—, ni a su madre! ¡No se puede! ¡No se
puede! —su grito se extinguió y terminó en un gemido de rabia y de impotencia.
—¿Por
qué no? —preguntó el Mayor, sereno y firme en su lógica desgarradora.
El
cerebro de Shantam no encontraba las palabras correctas en la lengua rashtajka;
no podía hablarle al Mayor de parricidio, de tabú, de ilegalidad, de lo que uno
siente por los padres aunque sean mezquinos y despreciables como habían sido
los suyos; no sabía explicarle cómo se siente uno cuando ha vivido siempre
entre dos culturas enemigas, como habían hecho Manan y él, amándolas y
odiándolas a la vez.
Dijo,
por fin, tratando de adecuar sus pensamientos en lengua humana a la otra
lengua, sabiendo que no era eso exactamente lo que quería decir:
—Sería
un deshonor, una desgracia, una maldición. No podría llegar a la trascendencia,
no podría ser vengado, no sería nada.
Esta
vez el Mayor acogió sus palabras en silencio y se quedó quieto y pensativo.
—No
lo comprendo bien, Shantam —dijo al cabo de un tiempo—. Ya sabes que nuestra
sociedad no funciona como la vuestra —observó el temblor de las manos de
Shantam y modificó sus palabras— como la de ellos, la de los humanos. Sabes que
nosotros no tenemos padre y madre pero creo que, aunque los tuviéramos, eso no
importaría.
—¿Cómo
puedes saberlo? —dijo él con furia—. Eres como ellos, como los humanos. Ellos
tampoco comprenden las leyes rashtajka, ni las ideas de la trascendencia, ni la
compensación de un crimen. Tú tampoco entiendes nada. Sólo Manan y yo amábamos
las dos razas y tratábamos de comprenderlas. Y ahora él está muerto.
—Y
tú no lo has vengado —dijo el Mayor, inflexible.
—No
podía hacerlo, ya te lo he explicado, por eso soy un traidor. Pero lo soy
también para los humanos, para mi raza, porque esta mañana, en vez de irme con
ellos, abandoné a mis padres sin decirles nada, sin explicación. Subí a la nave
con ellos y bajé sin que me vieran para quedarme aquí toda la vida, a vivir con
vosotros, a velar por la trascendencia de Manan, mi hermano. Y ahora soy un
traidor para las dos razas. Ahora estoy solo.
El
Mayor lo miró con tristeza, esforzándose por comprender.
—¿Tenías
que irte con ellos? ¿Era un deber? ¿Era vuestra ley?
—Sí
—dijo él—. Soy menor de edad. No sé si lo entiendes. Sólo tengo catorce años;
ellos, mis padres, son responsables de mí hasta que cumpla los dieciocho y yo
no tengo derecho a decidir nada por mí mismo, a ir en contra de su voluntad.
—Entonces
has sido muy valiente.
Él
no dijo nada. Tenía el casco apoyado entre las manos y se esforzaba para no
llorar; sabía que si empezaba no podría detenerse.
—¿Quieres
ser uno de los nuestros? —preguntó por fin el rashtajka—. Has nacido aquí, en
Tarjkha, eres hermano de Mankhjan y te has comportado honorablemente. ¿Quieres
ser un rashtajka?
Shantam
alzó la cabeza y volvió a ponerse en pie con un sentimiento de dolor, de
angustia y de extraña liberación.
—¿Sabes
lo que eso significa, Shank? —preguntó, llamando al Mayor por su título oficial
de ceremonia.
El
Mayor inclinó lentamente la cabeza.
—Tendré
que matarte por la muerte de mis padres. Es la compensación justa.
—Ellos
no son seres con trascendencia, pero acepto tus sentimientos. Es la antigua
ley.
—Y
después alguien tendrá que matarme a mí para que tu alcances la Vida.
—Así
es —dijo el Shank.
—¿Siempre
ha sido así?
—Siempre.
—Pero
—preguntó Shantam, mareado por su mitad humana que le hablaba de crueldad y de
locura en aquella ley de rashtajka— ¿cómo habéis conseguido sobrevivir con una
ley así?
El
Shank esbozó una sonrisa triste.
—Muy
sencillo, Shantam. Hace infinitas vidas que los rashtajka no matan. Sólo así
puede sobrevivir una raza. Nadie mata nunca porque las consecuencias son
terribles. Cuando alguien empieza, el proceso no se puede detener. Es como el
comienzo del invierno; cuando cae la nieve, cae para siempre.
—Pero
luego, un día, llega la primavera.
—Sí,
un día que nadie puede predecir.
—Entonces,
¿no hay salida? ¿Tendremos que morir todos?
El
Shank inclinó la cabeza, en silencio.
Shantam
se acercó al montón de piedras y acarició suavemente los huesos y las plumas
que habían sido su regalo de hermandad a Manan en un tiempo lejano en que no
sabían que no existe el amor entre dos razas diferentes.
—Malditos
humanos —murmuró— malditos, malditos… —mientras los pensamientos se fundían en
una eterna maldición que abarcaba a las dos razas y al universo entero.
El
Shank vio su figura débil y pequeña, acurrucada sobre las piedras bajo la nieve
verdosa a la luz oblicua de Khatan.
—Shantam
—le dijo suavemente— acabo de recordar una antigua ley.
Él
se volvió expectante, sorbiendo las lágrimas, sin atreverse a dejar que la
alegría le llenara el cuerpo helado.
—Habla,
Shank.
—Del
mismo modo que un día, que nadie puede predecir, la nieve deja de caer y llega
la primavera, una antigua fórmula que nos ha quedado del tiempo en que aún
matábamos dice que cuando una noche Khatan surja del horizonte con un halo
azul, la trascendencia estará asegurada y las muertes quedarán vengadas y en
paz.
—¿Y
crees tú que quizá…? —su voz se cortó de repente—. No, claro, sería mucho
esperar. Pero tú eres viejo y sabio. ¿Crees tú…?
Con
una sonrisa, los ojos blancos llenos de luz y la mitad de su mente rebelándose
contra la antigua ley recién inventada, el Shank se acercó a él. Su mirada se
posó un instante sobre las nubes que colgaban de las montañas, muy lejos; al
principio de la noche siguiente, por unos instantes, Khatan no parecería tan
verde.
Llegó
hasta Shantam, lo levantó del suelo y mirándolo de frente le dijo:
—Tú
eres un rashtajka. Nosotros no perdemos nunca la esperanza. Yo creo que mañana
Khatan tendrá un halo azul.
Embryo
Acababa
de nacer y, aunque todavía no sabía dónde ni cómo era, se sentía feliz de haber
nacido. No sabía cuánto tiempo había durado su sueño pero, desde luego, era ya
tiempo de comenzar. Era su cuarta vez y se alegraba de formar parte de ese
experimento, se alegraba de tener conciencia de su pasado en cada renacimiento.
Eso, a veces, hacía las cosas más difíciles pero en las circunstancias
verdaderamente graves resultaba muy confortador. El hecho de saber que, pasara
lo que pasara, una vez muerto en este mundo regresaría al suyo propio con toda
su información, era también enormemente tranquilizador. Lo único que le
molestaba era que nunca sabía a qué punto del gran Universo lo habían enviado
en cada ocasión. No le importaba demasiado ni la forma física, ni la lengua, ni
las costumbres de cada nuevo pueblo porque él nacía entre ellos, era parte de
ellos y ellos le enseñarían todo lo que debía saber, pero siempre podía haber
grandes sorpresas y no siempre resultaban agradables.
Estaba
empezando a ponerse nervioso. Ya había pasado bastante tiempo desde que había
adquirido conciencia de estar vivo en un nuevo entorno y nada había ocurrido
desde entonces. Nadie le había dado la bienvenida o una indicación de lo que
tenía que hacer. Se revolvió inquieto en la tibia oscuridad. Por lo menos no se
hallaba privado de movimiento. No podía apartar de su mente el hecho de que
nadie se hubiera comunicado con él: era realmente extraño. A menos que le
hubieran hecho nacer en algún pueblo de primitivos y, en ese caso, no había
forma de saber lo que podía ocurrir.
Él
era uno de los cuatro exploradores de su mundo y eso sólo significaba hasta el
momento quince misiones realizadas con un éxito muy irregular. Casi siempre se
había tratado de mundos muy evolucionados con exceso de población y un fuerte
control de natalidad. Por eso había que correr riesgos e intentarlo con mundos
más primitivos sobre los que carecían de información pero donde podían darse
las afortunadas circunstancias que permitirían a su gente sobrevivir.
Un
mundo donde aún no se practicara el control de nacimientos y, a ser posible,
con abundancia de zonas despobladas. Su pueblo sobreviviría en cualquier parte,
sólo necesitaba un mínimo espacio vital. El sistema que llevaban hasta ahora
estaba bien, pero no podían seguir así indefinidamente. Si continuaban de esa
forma, cada ciudadano perdería más de un tercio de su vida en la muerte que se
había impuesto para salvaguardar el bienestar social.
Se
volvió a mover, despacio; aún no controlaba bien sus movimientos. Se esforzó
por saber si tenía algún tipo de órgano de visión; quería echar una mirada a su
entorno. Lo intentó varias veces hasta que tuvo éxito. Borrosas sombras rojizas
aparecieron a su alrededor. Matices líquidos y calientes del negro al naranja,
suaves membranas traslúcidas débilmente pulsantes, sonidos amortiguados,
regulares, relajantes. Una atmósfera muy adecuada para un nacimiento, pensó.
Debería ocurrir así en todas partes. Al parecer, en este mundo dejaban que el
nuevo ser se acostumbrara lentamente a su entorno y explorara por sí mismo sus
posibilidades. Bien, se pondría a ello de inmediato. Lo intentó primero con la
visión. No. El mero hecho de ver parecía ser el límite que podía alcanzarse, al
menos por el momento. Examinó sus capacidades para moverse. No eran muchas,
apenas había espacio. Intentó ver su cuerpo y la sorpresa casi lo paralizó; era
increíblemente pequeño. Era lógico que apenas pudiera moverlo. Tal vez era ésa la
razón de que estuviera flotando en un líquido; era una forma de desplazamiento
tan buena como cualquier otra. Dirigió su atención al sentido del oído con tan
poco éxito como con el de la vista. No parecía poder llevar su capacidad más
allá de esos pocos sonidos graves y distantes. O bien en este mundo no había
nada que oír o él no era capaz de superar la dificultad, todavía. Comenzó a
estudiar sus posibilidades de comunicación. Recorrió lentamente su nuevo cuerpo
buscando el centro que le debía permitir coordinar ideas y emitir mensajes. El
proceso fue largo y bastante trabajoso pero, al fin, lo encontró localizado en
uno de los extremos de su cuerpo. Comenzó a estudiarlo amorosa, delicadamente;
encontró que la posibilidad existía pero no estaba desarrollada. No podía saber
si eso era una característica de la especie o algo que cada nuevo ser debía
superar por sí solo. Se decidió por lo segundo. En todo caso siempre prefería
que un error lo llevara por encima de la generalidad que por debajo. Poco a
poco, débilmente al principio, empezó a captar algo. Quería estudiar primero lo
exterior antes de atreverse a emitir por sí mismo. Los pensamientos de alguien
muy cercano a donde él se hallaba le llegaban de modo intermitente pero con una
enorme intensidad. Intentó desesperadamente descifrarlos pero no pudo; o eran
simbólicos o estaban en clave; le llegaban expresados en signos que no conocía.
Confiaba en que alguien se tomaría la molestia de enseñarle el código. Dio una
vuelta completa en su líquido sustentador y, de improviso, algo le llegó desde
el exterior. Dos mensajes, muy distintos, tanto que incluso podrían ser
contradictorios. Los investigó con cuidado. No eran mensajes como los
anteriores. Estos iban dirigidos a él y la clave era menos compleja. Después de
reflexionar sobre ellos, los interpretó como emociones, no pensamientos y, por
su naturaleza contraria, decidió establecer que se trataba de dos ideas básicas
enfrentadas, en el mismo sentido que bien-mal. Estaba casi seguro de que se
trataba de eso, pero no tenía modo de saber cuál era cuál, ni qué significaban,
ni quién las había emitido.
Estaba
ya empezando a convencerse de que su nuevo mundo iba a ser siempre así cuando,
de repente, empezaron a llegarle mensajes de todas partes. Todas las
pulsaciones se aceleraban, los sonidos se hacían más fuertes y su ritmo más
rápido, las emociones que recibía eran de una intensidad casi insoportable. Por
un momento fueron tan claras para él que, olvidando la regla básica de su
entrenamiento, no dudó en interpretarlas como terror. Esto le produjo de
inmediato un desequilibrio nervioso y un inmenso deseo de escapar, de huir a
alguna parte, a donde fuera. Miró a su alrededor. Los colores, las formas
dulces, palpitantes, rojizas, le marcaban un camino, una especie de túnel
acolchado muy oscuro pero con una cierta luminosidad grana; el único camino.
Su
lógica le decía que no podía escapar por ese lado, que era una trampa, un túnel
demasiado estrecho incluso para su cuerpo diminuto. Sin embargo, algo en su
interior le forzaba a decidirse. Estaba seguro de que algo le había sido
inoculado para conducirlo así. Sintió miedo pero se dejó llevar. Quienquiera
que estuviera dirigiendo las operaciones sabría cómo había que hacerlo; lo
mejor sería colaborar. Después de todo, no era la primera vez.
Se
colocó de modo que la parte más gruesa de su cuerpo entrara primero en el
túnel; no quería encontrarse atascado en la oscuridad. Dirigió una última
mirada a la sala que había sido su hogar hasta entonces y, laboriosamente, se
introdujo en el túnel: sus paredes lo acogieron y, por primera vez en su nuevo
mundo, sintió dolor. Se revolvió en las tinieblas y se maldijo mil veces por
haber aceptado el desafío. Ahora estaba seguro de que desembocaría en algo que
acabaría con él, así que, poniendo a contribución todas sus fuerzas, se aferró
a las paredes. Si conseguía volver a la sala, estaría a salvo; si no, por lo
menos no consentiría que lo arrastraran a la salida. Lucharía hasta el final.
La
pulsación de las paredes del túnel era casi insoportable; sentía que si cedía a
su presión, lo aplastarían. Una vez algo entró por el extremo del túnel y lo
tocó. La sensación casi le hizo perder la consciencia. La idea de que aquello,
fuere lo que fuere, llegara a atraparle le producía la mayor sensación de
horror que había tenido en sus vidas. El terror no le permitía pensar y, por un
momento, le atrajo la idea de abandonar y entregarse a lo desconocido. Ahora
brillaba una débil luz allá abajo y eso le atraía de una forma especial pero no
se dejó engañar por ello. Era una forma tan burda de condicionamiento
psicológico que no podría engañar a nadie, a menos que fuera una criatura
totalmente primitiva. ¿Qué mente evolucionada, en estas circunstancias, podría
creer que una luz en la oscuridad era otra cosa que una trampa? El torrente de
emoción rugía de tal manera en sus centros de mensajes que ni siquiera podía
encontrar la manera de cerrarlos. La intensidad era tan fuerte que sólo podía
provenir de una máquina. Ninguna criatura orgánica podría emitir con tal
potencia, con una intensidad tal que amenazara a un miembro de su especie.
Sintió que algo se movía por encima de él, algo que avanzaba a través del
túnel, cortando las paredes hasta donde él se encontraba. Sintió algo frío, una
horrenda ola de violenta emoción se abatió sobre él, se vio envuelto en algo
líquido, viscoso, espeso, caliente y, de repente, el túnel se abrió por encima
de él, algo entró por la abertura, algo inmensamente grande que lo cogió con
firmeza inaudita, tiró de él y lo arrojó fuera del cálido túnel contra algo
frío y duro. Medio muerto de terror, abrió los ojos. La despiadada luz blanca
le hirió el cerebro y, con un grito agudísimo que le desgarró la mente, se
hundió en la oscuridad. Débiles y lejanos, escuchó unos sonidos cuyo
significado no pudo comprender:
—Enhorabuena,
señora. Es una niña preciosa.
—Mírala,
Marta, es divina. Mira a nuestra hija. La niña más preciosa del mundo.
Marta
levantó apenas los ojos de la colcha de flores y miró hoscamente a su marido.
Sí, para él era muy fácil emocionarse así. Él no había tenido que soportar
todas las molestias durante nueve meses; no había sentido la terrible angustia
por las mañanas cuando parece que al vomitar la leche del desayuno todo tu
estómago se va a ir con ella, poco a poco, pedazo a pedazo. Y la espantosa
sensación cuando el niño se mueve dentro como una rata encerrada buscando una
salida. Y las visitas al médico, con todas esas mujeres deformes,
asquerosamente gordas, y el olor a desinfectante y luego el médico de sonrisa
hipócrita: «pase, pase, señora, ¿cómo va eso?, la veo muy bien, échese, por
favor». Piernas abiertas, mirada perdida en la pared, por favor, por favor, que
acabe pronto, sus manos entre las piernas, los ojos cerrados, por favor, por
favor. Verse cada mañana en el espejo y reconocerse menos cada día. Y cada
minuto más cerca del final. Del dolor.
Cerró
los ojos fuertemente y suspiró. No quería pensar en ello. Miró hacia la
ventana, donde estaba la cuna. Óscar la miraba con tanta devoción, ¡qué
estúpidos son los hombres! Incluso ahora que sólo podía ver su espalda
inclinada sobre la pequeña se apreciaba su orgullo por la niña. Y él quería que
ella compartiera ese orgullo. Ella que conocía mejor que nadie al pequeño
monstruo que yacía entre pañales y sábanas bordadas a mano por su suegra. El
diminuto monstruo asesino que había estado a punto de matarla y que, estaba
segura, todavía lo haría si pudiera.
Óscar
insistió:
—Vamos,
Marta, acércate. Mira a Viviana.
Ella
había elegido el nombre contra la opinión de todos porque alguien le había
dicho que era nombre de bruja. No se movió de la cama. Él se le acercó y la
cogió por los hombros; ella reprimió un escalofrío. Desde el parto no se sentía
bien cuando la tocaba. Sólo saber que la niña estaba ahí la hacía sentirse como
si estuviera desnuda en público. Se acercaron a la cuna. La luz de la ventana
la iluminaba suavemente a través de las cortinas color crema.
—Mira
qué manitas —decía él—. Mira su pelo, mira qué nariz más graciosa.
Pero
ella sólo podía mirar sus ojos, esos ojos donde brillaba algo sobrenatural,
malvado, esos ojos que no eran las bolitas brillantes y ciegas de todos los
bebés: esos ojos que veían y que la seguían por la habitación y que sabían que
ella no quería a su hija y que había tratado de matarla cuando era sólo un
embrión y que, más tarde, se había sentido frustrada cuando, después de
sentirla moverse en su vientre, no se había estrangulado con su cordón
umbilical.
—Cariño,
¿qué ocurre? ¿No te encuentras bien? Estás muy rara últimamente. ¿No estás
orgullosa de nuestra hija?
—Trató
de matarme —dijo ella sin apenas mover los labios.
Él
fue a contestar pero su mujer lo interrumpió, casi gritando:
—Tú
sabes que yo no quería. Sabías muy bien que yo no quería quedarme embarazada;
sabías que no quería tener hijos. Tú me obligaste. Yo traté de impedirlo y eso
—dijo señalando al bebé, que sonreía abstraídamente— trató de matarme a mí. Y
yo no voy a tener a un asesino en mi propia casa. La mataré, Oscar, te juro que
la mataré.
Dos
secas bofetadas detuvieron el torrente de odio y miedo con toda efectividad.
—Lo
siento, Marta, estás muy nerviosa. No podía dejar que siguieras. Te daré un
calmante y llamaré a tu madre. Si no me doy prisa, no llego a trabajar.
Él
recogió todas las emociones y las clasificó ordenadamente. Ahora ya lo hacía
bastante bien y cada vez tenía menos miedo a equivocarse. De modo que ésa era
la fuente del terror y el odio que había sentido al nacer. Su propia madre. Le
había llevado cierto tiempo darse cuenta de que había tenido un nacimiento
vivíparo y que, por tanto, desde que adquirió conciencia de su existencia hasta
la horrible experiencia del túnel, había estado viviendo dentro del cuerpo de
otro ser. Precisamente ese terrible episodio era lo que la comunidad
consideraba nacimiento. Se alegraba de no tener que volver a pasar por ello.
Estaba
aprendido mucho. Había observado que si alguna vez salía de su estado de casi
inmovilidad, las reacciones de los demás eran hostiles. Una vez había
levantando la cabeza para ver mejor y la persona que le tenía abrazado
amorosamente le soltó con un grito. Así que ahora se limitaba a moverse poco y
a pensar. Durante los períodos de ausencia de luz, cuando todo el mundo
desaparecía, se entrenaba para poder usar su cuerpo del mejor modo posible.
Comprendía
que al ser del que había nacido no le gustara la idea de tenerlo allí como hijo
suyo, pero él no iba a permitir que lo mataran así como así. Su vida era
importante, y no por él mismo. Al parecer, en este mundo la mayoría de la gente
se alegraba cuando nacía un nuevo ser, luego existía una posibilidad para los
suyos. Si eso era así, muchos podrían nacer en este mundo y llevar una vida
plena y feliz. Pero para saber si estaba en lo cierto, él tenía que vivir,
crecer, aprender. Costara lo que costara, esa madre suya no iba a matarlo. Y,
para cumplir su misión, estaba dispuesto a todo. Incluso a matar.
La
madre de Marta hacía punto en un sillón frente al televisor. Marta, en la
cocina, preparaba la cena. Se había metido en la cocina antes de tiempo para
poder estar sola, pero las palabras de su madre llegaban a toda la casa. Le
había preguntado miles de veces si de verdad le parecía lo mejor que la pequeña
estuviera sola en su habitación en lugar de estar en la salita con ellas. Marta
había respondido otros miles de veces algo aprendido en un manual de psicología
infantil, pero la abuela seguía insistiendo. Claro, ella no podía saber. Ella
estaba contenta y orgullosa de la inteligencia de su nieta. ¡Inteligencia!
Perversidad, eso era. Si dejaban que esa niña creciera… La voz de su madre le
llegaba desde la sala de estar:
—Hija,
deberías ir a verla. Cuando son tan pequeños pueden darse una vuelta en la cuna
y ahogarse. Hay que vigilarlos continuamente.
Marta
dejó caer el cuchillo con el que partía los tomates para la ensalada. Eso era.
Fácil y limpio. Casi no requería valor. Era sólo entrar en su cuarto, coger al
bebé y darle la vuelta de modo que su nariz y su boca quedaran bien apoyadas en
la almohada. Luego era sólo cuestión de esperar.
Se
oyó a sí misma contestando:
—Sí,
mamá, voy enseguida; puede que tengas razón.
El
pasillo estaba a oscuras pero prefirió no encender la luz; tal vez no se
despertara, así sería más fácil. Avanzó lentamente, sin hacer ruido, hasta la
habitación y giró la manivela lentamente, conteniendo el aliento. Ya no pensaba
en nada. Nada era importante, ni Oscar, ni sus padres, ni lo que la gente
pudiera pensar. Tenía que acabar con eso que estaba ahí echado plácidamente en
la cuna entre sábanas bordadas. Ella siempre había sabido que no era un niño
como los otros, que no era un ser normal, pero nadie había querido creerla
durante el embarazo y había acabado por no volverlo a nombrar. Por eso ahora
tenía que hacerlo, antes de que fuera tarde.
Abrió
la puerta y lo que vio le cortó la respiración. La pequeña no estaba en la
cuna; no estaba indefensa entre sus sábanas. Estaba sentada en la alfombra, en
el centro de la habitación, mirándola fijamente.
Su
mente se negaba a aceptar que una criatura de veinte días, por monstruosa que
fuera, pudiera estar sentada en una alfombra como un adulto. Pero allí estaba,
mirándola a los ojos. Hizo un esfuerzo por no gritar, por no desmayarse, por no
volverse loca y avanzó hacia la niña con las manos extendidas. Ya no bastaba
volverla en su cuna; tendría que estrangular a aquello con sus propias manos.
Él
lo sintió de inmediato. El odio era tan fuerte que dolía como algo físico. Supo
que era un momento decisivo. Tenía que hacer algo, y rápido. Sin embargo, sabía
con toda certeza que su fuerza física no bastaba para contener a aquella fiera
asesina. Por primera vez desde que llegara a aquel mundo, emitió un mensaje. No
tenía práctica y sabía que su control no era bueno, pero no tenía otra salida.
Concentró todas sus fuerzas y emitió.
Los
ojos de Marta se abrieron desmesuradamente, se llevó las manos a la cabeza y
quiso gritar. La niña tenía los ojos cerrados y apretaba fuertemente sus puños
diminutos. Marta se tambaleó. Las convulsiones la sacudieron mientras se
acercaba lenta, dolorosamente a la ventana.
Él
emitió una orden salvaje, estridente, definitiva.
Marta
saltó. Su cuerpo voló catorce pisos y se estrelló contra la nieve que empezaba
a cubrir la acera. Arriba, en un dormitorio con la ventana rota, un bebé
comenzó a llorar. Un bebé que, dieciséis años después, una vez aprendidas las
estructuras básicas de conducta, cuando, según la buena gente que acudió al
entierro, «empezaba a vivir», saltó por la misma ventana del piso catorce. Una
muerte segura, rápida y no muy dolorosa.
Después
de todo, ¿qué es la muerte para quien va a volver a vivir?
La
dama dragón
PRÓLOGO
APUNTES
SOBRE EL CULTO DE LA DAMA DRAGÓN
Lugar
de origen:
Hayan,
quinto planeta de Nakenja.
Localización:
Este
culto se encuentra tan sólo en la región sur-suroeste del gran continente
meridional aunque se ha apreciado una fuerte tendencia a expandirse hacia las
zonas pobladas de los alrededores.
Características:
Se
trata de un culto simbolista y ritualista en contraposición al resto de
religiones estudiadas en el planeta, todas de carácter animista.
Una
única diosa omnipotente, Glunja, y omnipresente por medio de un primitivo
concepto de trinidad. Glunja es Glunja, el dragón y los silbtie, animales
míticos, mensajeros de la diosa pero que participan de su divinidad. No queda
claro si estos silbtie son hijos del Dragón o de la diosa y el dragón o si son
una emanación de la propia diosa. En los lugares de más ferviente culto se
asegura que los silbtie, Glunja y el Dragón son una misma cosa, siempre unida y
a la vez independiente, una especie de trinidad que sólo los iniciados pueden
comprender.
Estos
iniciados son, en principio, todos aquellos que creen en la diosa y se someten
a sus leyes. Se puede considerar iniciados de grado superior a los cuatro
servidores de la Dama-Dragón, cuatro hombres que viven en el Santuario de la
diosa y atienden a la Sasaya o sacerdotisa, representante de Glunja entre los
mortales.
El
proceso de selección de la Sasaya es de una gran originalidad. Cuando la
anterior sacerdotisa muere, siempre a la edad de treinta y cinco años, las
mujeres menores de esta edad que así lo deseen, acuden al Santuario; allí los
servidores las conducen de una en una al Sancta Sanctorum de la diosa y, según
los creyentes, ésta elige personalmente a la mujer que deberá representarla en
la comunidad. Las aspirantes rechazadas no se sienten tristes en absoluto, de
ahí lo extraño del sistema. Al contrario, parecen dichosas y nunca más en sus
vidas se vuelven a presentar a la selección. Según los rumores populares, la
diosa mira los pensamientos más ocultos de las aspirantes y elige a aquella que
más se parece a ella misma.
Después
de haber hecho esto y para agradecer a sus fieles la confianza que le han
demostrado, les da la felicidad soplando sobre sus cabezas.
No
existe ningún tipo de leyes o mandamientos escritos en el culto de la diosa.
Los fieles se comprometen únicamente a amar a Glunja y obedecer las órdenes que
eventualmente pueda dar por boca de la Sasaya (órdenes que, al parecer, todavía
no han tenido lugar). El segundo compromiso es el único «de facto»: todos los
jóvenes son iniciados sexualmente por la Sasaya y los servidores de la
Dama-Dragón entre los 16 y los 18 años. Al parecer, nadie sabe por qué unos son
llamados a los 16 y otros tienen que esperar hasta los 18. También resulta
curioso el hecho de que, a pesar de que en este pueblo la madurez sexual se
alcanza generalmente a los 14 años y los adolescentes son iniciados en la
práctica por familiares y amigos, no se les considera adultos hasta que son
iniciados en el templo. La virginidad no tiene valor positivo en esta religión
e incluso podría afirmarse en esta cultura.
Además
de para esta ceremonia de iniciación, todo creyente tiene el deber de acudir al
templo cuando la Sasaya lo solicite, por el tiempo que sea necesario y para el
servicio de la diosa, sea cual sea.
Los
fíeles no deben hablar nunca entre ellos sobre lo sucedido en el interior del
Santuario, ni comentar la apariencia de la Sasaya, la Dama o el Dragón, ni
repetir a nadie las palabras que le hayan sido dirigidas.
Los
servidores de Glunja, por no participar de la divinidad de la diosa, tienen
trato de respeto, pero no de inviolabilidad ni de secreto. Los silbtie, aunque
son divinos, por su calidad de mensajeros están constantemente expuestos a las
miradas de la colectividad y, por ello, no poseen consideración de secreto,
aunque los creyentes son siempre muy discretos al referirse a ellos.
Ritos:
Hasta
ahora se han investigado ritos de tres clases:
1)
Ritos de iniciación: Ya hemos estudiado más arriba las principales
características de estos ritos. Pueden ser colectivos o individuales y se
realizan casi constantemente pero los que más importancia tienen son los que
coinciden con la presencia en el cielo de los siete satélites. La elección de
los servidores de la diosa se hará entre los jóvenes que fueron iniciados en
una de estas noches.
Los
jóvenes son avisados mediante un silbtie tres días antes de la fecha designada
por la diosa. Durante este tiempo deben abstenerse de todo tipo de estimulantes
y de contacto sexual, comen sólo frutas que sus familiares les dejan a la
puerta de su habitación, sin entrar a verlos, se lavan y perfuman tres veces
con plantas silvestres y al atardecer del tercer día, cuando el rayo de la
diosa ha anunciado que el escogido debe ponerse en camino, todas las puertas y
ventanas se cierran. Entonces el iniciado, desnudo, descalzo y con una corona
de flores en el pelo, se dirige al Santuario, donde es recibido por los
servidores que lo preparan para su encuentro con la diosa.
2)
Orgías rituales: Se producen una sola vez al año, a la mitad justa de la
estación más cálida y durante la noche. Es el único rito que se celebra
colectivamente al aire libre. El rayo de la diosa da el aviso al pueblo tres
días antes de la celebración y, durante este tiempo, todos los fíeles deben
seguir los preceptos del rito de iniciación (ver apartado anterior). A una
nueva señal de la diosa, los creyentes acuden a la explanada del Santuario y
allí los silbtie dan a cada uno de los asistentes una pequeña ampolla de
líquido místico que les permitirá estar en contacto con Glunja durante toda la
noche.
Cuando
ya todos han bebido su ampolla, aparece la Sasaya y los cuatro servidores,
saludan al pueblo deseándoles felicidad y larga vida en nombre de la Dama del
Dragón y abren la fiesta orgiástica en la que todo está permitido excepto
acercarse a la Sasaya. Al amanecer todos se dirigen a sus casas y descansan
durante un día completo.
Todo
lo ocurrido en esta orgía ritual puede comentarse ya que ha tenido lugar fuera
del templo. De cualquier forma, es muy difícil obtener una información clara y
de alguna manera lógica. Los recuerdos de todos los participantes parecen estar
muy confusos. Posiblemente el contenido de la ampolla mística sea algún tipo de
droga.
3)
Ceremonia de exaltación de la Dama: No tiene fecha de celebración definida. En
el momento de realizar esta investigación hacía más de siete años locales que
no se había producido.
Hay
muy poca información sobre este rito pero, al parecer, se realiza para
conmemorar la llegada de Glunja en sus tres personas a la superficie del
planeta y la primera unión de la Dama Dragón con el héroe Thorn, momento que
marca el comienzo de la era de Glunja y su protección al planeta y a sus fíeles
a partir de la instauración de su culto. En este momento Glunja se convierte en
la primera Sasaya y Thorn en el primer iniciado y a la vez en el primer
servidor de la Dama.
Según
las informaciones fragmentarias, en esta ceremonia, la diosa, representada por
la Sasaya, vuelve á unirse delante de toda la comunidad de fieles, con el
Dragón y los silbtie. Se alza en el aire y proporciona de nuevo a su gente la
prueba de su enorme poder. Los fieles realizan ofrendas de todo tipo este día
como prenda de agradecimiento, amor y voluntaria sumisión.
Y
así fue como en nuestra pacífica comarca la llegada del dragón hizo que todo el
mundo se encerrara en sus casas en lugar de reunirse como antes en la plaza;
las madres no permitían que sus hijos se alejaran de las calles y los viajeros
se detenían días y días en las posadas por miedo a salir a campo abierto. SOS
SOS, Luna llamando a Madre, SOS SOS. Estoy cayendo hacia el quinto planeta, mi
módulo no responde, SOS Madre, contesten. Estoy cayendo hacia una gran isla con
forma de manzana. Luna a Madre, SOS SOS. Bien es verdad que el dragón se había
comportado hasta el momento de forma bastante civilizada. No me miréis con esas
caras; me refiero a que, tratándose de un dragón, las calamidades no fueron
tantas. Todos sabéis que su primera hazaña fue destruir dos poblados completos.
No quedaron más que cenizas. También destrozó varios sembrados con sus patas
enormes y mató a varios hombres con el fuego de su boca, pero hay que decir
también que todos estos hombres se acercaron más de lo que conviene a la prudencia
natural de nuestro pueblo. ¿Qué hombre en su sano juicio se acercaría a un
dragón escupefuego grande como un castillo llevando una espada por toda
defensa? Por suerte el dragón debió pensar, sí, sí, no os asombréis, se trataba
de un dragón muy inteligente, que la gente de estos alrededores era demasiado
tonta para enfrentársele y pronto los dejó tranquilos. Madre a Luna. ¿Me
escuchas? Madre llamando a Luna.
¿Estás
ahí? Burbujas azules, negras, irisadas flotaban blandamente sobre un fondo
violeta con estrellas y las palabras estallaban al rozar las burbujas más
grandes que danzaban, giraban, decían luna, madre, estás, luna, llamando, con
una voz grave, sueño, Indra, era la voz de Indra, ¿qué hacía la voz de Indra
entre burbujas de colores? Abrió los ojos de golpe, asustada, se dio cuenta de
que la llamaban, la habían encontrado, rápido, rápido. Se levantó de un salto y
se golpeó la cabeza contra una consola. Confió en que la radio estuviera
cerrada y no hubiera transmitido lo que acababa de decir. Como siempre, no tuvo
suerte. Desde el suelo, cubierto de helechos gigantes, el hombre observaba al
dragón. Su inmovilidad empezaba a pesarle. La bestia no se había movido un
centímetro desde que él la miraba, a poco de salir el sol, y ya estaba
oscureciendo. No había intentado ni comer ni beber, ni siquiera rascarse. Su
cuerpo brillaba extrañamente, como el agua nocturna, y estaba todo cubierto de
manchas negras sin brillo, como si fueran rastros del incendio. Era un animal
distinto a todos los que conocía y distinto también a todos los dragones que
cantaban los troveros. No tenía el cuello largo y los diminutos ojos
llameantes, ni siquiera tenía la cola erizada de espinas; apoyaba firmemente
sobre tres enormes patas un sólido corpachón casi redondo que carecía
totalmente de cuello. En lugar de éste había algo como un collar de largos y
finos cuernos, casi como tentáculos y por encima de ellos surgía una gran
cabeza redonda también, con forma de huevo por arriba, con dos ojos inmensos,
fijos y apagados. Empezaba a pensar que tal vez la fiera hubiera muerto, que
quizá los hombres que le habían precedido habían muerto simplemente de miedo,
sin siquiera aproximarse al dragón cuando, de repente, su ojo, un solo, inmenso
ojo, se iluminó, un rayo de luz anaranjada barrió las tinieblas y un sordo
rugido anunció al mundo que el dragón despertaba de su sueño. Talas, cuéntanos
cómo murió Peredur frente al dragón. Sí Talas, cuéntanos la pelea. ¿Os referís
a la historia que os conté el año pasado, la historia de Peredur el de los
Montes Grises? Sí, Talas, ésa. ¡Cuéntanosla otra vez! Bien está muchachos.
Quien generosamente da su tiempo y sus monedas a un cuentero, tiene derecho a
elegir la historia que quiere escuchar. Thorn cerró los ojos con fuerza y rogó
a todos los dioses que el gigante no pudiera oír los latidos de su corazón.
Nunca en toda su vida había estado cerca de algo tan espantoso. ¡Qué loco había
sido al pensar que podía tener éxito donde tantos otros valientes habían
fracasado! Temblaba como si estuviera tendido en la nieve y el simple hecho de
respirar era una tortura. De buena gana hubiera huido de aquel bosque donde de
seguro le esperaba la muerte, pero ya era tarde para escapar, el dragón había
despertado y cualquier sonido, cualquier movimiento, podían enviar un rayo
mortífero al lugar donde él se ocultaba. Tendría que aguardar al alba y rogar
porque la fiera quedara dormida entonces. No hay cobardía en huir frente a un
enemigo de tal envergadura como no hay deshonor en guarecerse ante una
tormenta. Estaba muy oscuro en la cabina. Luna, sujetándose aún la cabeza,
encendió la luz y se sentó frente al comunicador. Oyó unas risas al otro
extremo y maldijo en voz baja. Casi me rompo la cabeza contra una consola y no
se os ocurre más que reíros; sois unos cabrones. Eres una chica encantadora,
Luna, pero tienes un vocabulario de todos los demonios. Luna, déjate de
chiquilladas y haznos un resumen de la situación. ¡Indra!, ¡gracias al cielo!,
a ver si consigues que esa pandilla de inútiles me saque de aquí. Mira
preciosa, a ver si por una vez te tragas los nervios y piensas con lógica.
Dinos dónde y cómo estás, nosotros estudiaremos la situación y dentro de un
rato te decimos qué se puede hacer, ¿de acuerdo? Vale chicos.
Todo
lo que sé es que sigo viva y, menos el dolor de cabeza, estoy bien. Mimi tío ha
sufrido daños aparentes al aterrizar, pero tengo que comprobarlo. De dónde
estoy, no sé nada salvo lo que os dije cuando bajaba, pero supongo que no será
difícil localizarme desde arriba. Se supone que este planeta es habitable y, si
no me equivoco, estoy en una zona habitada aunque no muy concurrida. Voy a
hacer unas cuantas comprobaciones y os vuelvo a llamar. ¡Ah!, por favor,
preguntadle a María si cree conveniente que baje a estirar las piernas. Me
duele todo. Vale, monstruo, te llamaremos dentro de media hora, ¿OK? OK. Corto.
Luna
se giró en el sillón, se pasó las manos sudorosas por el pelo, enmarañado y
húmedo y, con un suspiro, empezó a preparar a Mimi para enviar unas cuantas
sondas al exterior. Deseaba más que nunca una copa de coñac pero en los módulos
de observación no se permiten licores. ¡Los muy hipócritas!, masculló Luna
mientras pulsaba suavemente el teclado de Mimi. Una hermosa mañana de verano,
Peredur, el valeroso, armado con su espada Clandoria, su escudo y su lanza,
montó sobre Arjiles, su caballo negro, regalo de la Maga de la Colina y
abandonó su aldea para marchar al encuentro del fabuloso dragón que tenía su
guarida al pie de los Montes Grises, donde acaba el bosque de los helechos y
empiezan las rocas. Cabalgaba alegre el valiente Peredur porque su corazón era
justo y limpio y su empresa noble y arriesgada cuando, de repente, un cuervo se
alzó de unos matorrales cercanos y voló sobre su hombro izquierdo. Algo
ensombreció este augurio el talante del héroe, pero su férrea determinación le
llevó adelante por el sendero que cruza el bosque. Cuando los helechos
empezaban a espesarse formando un verde y húmedo tapiz sobre el suelo, una
serpiente se cruzó en el camino de Peredur. El sucio animal, sosteniéndose
sobre su cola y sacando entre sus mandíbulas la repugnante lengua escindida,
miró a Peredur y le habló con estas palabras: Esto no le va a gustar nada. Es
que no tiene ninguna gracia, Chen. Sinceramente, no sé cómo vamos a decírselo.
Chen miró a Indra con sus ojos negros y oblicuos y se pasó la mano por el corto
cabello. Indra, yo… supongo que tendrás que decírselo tú. Después de todo es tu
compañera. Sorprendió la mirada del otro y añadió apresuradamente, bueno, o tu
amiga, o lo que sea; el caso es que parece que se fía más de ti que de los
demás. ¡Pues vaya forma de corresponder a su confianza!, las manos de Indra
temblaban ligeramente. Lois se acercó moviendo las caderas y agitando un papel
en la mano. María dice que el porcentaje de seguridad si Luna baja a dar un
paseo es de más del 90% La atmósfera es respirable, la gravedad casi igual a la
nuestra, una temperatura veraniega ideal, un grado de humedad algo elevado pero
agradable y ausencia de fauna o flora peligrosa en los alrededores, leyó de un
tirón. ¡Si supierais cómo envidio a esa cabeza loca!, siempre se las arregla
para salirse de la rutina. Indra miraba por la portilla; había algo en Lois que
le desagradaba profundamente. Contestó sin volverse. Envuelto en sombras, bajo
los helechos, Thorn sentía el miedo goteando sobre él como el zumo viscoso de una
planta carnívora. Hacía una eternidad que no se había movido, le dolían los
oídos de su esfuerzo constante por escuchar los pasos del monstruo, tenía los
ojos fijos en su ojo resplandeciente y la cabeza le latía como si el corazón
hubiera cambiado de lugar. Por primera vez en su vida adulta sentía ganas de
llorar, de gritar y de abrazarse a su padre. Las historias de la abuela se
habían convertido ante sus ojos en una espantosa realidad y él no era ya el
valiente cazador famoso en la comarca sino un pobre muchacho aterrorizado ante
lo sobrenatural. La fiera rugió quedamente y a continuación Thorn oyó una
especie de chasquido metálico. Forzó la vista al máximo, pero no pudo ver nada.
El ruido parecía proceder de las patas del animal y éstas quedaban en sombra.
Deseó con todas sus fuerzas que empezaran a aparecer los Señores del cielo
nocturno y alejaran con su luz rosada la terrible oscuridad del bosque. Como si
hubiera acudido a su llamada, Vaika, uno de los satélites más pequeños,
apareció sobre la montaña. Thorn estaba todavía murmurando una plegaria de
agradecimiento al Señor Vaika por su luz naranja cuando un dardo fino y
plateado se clavó en su cuello. Al volverse, ya casi rígido, no vio al dragón
tras él. Sólo había un pequeño objeto metálico y pulido con unas ruedas y dos
largos brazos. Después todo desapareció. La voz de Luna bajó de un furioso
grito a un tono medio, ronco y sin expresión. No podéis hacerme esto. Decidme
que es una broma. Sus manos martirizaban una cucharilla de plástico y sus ojos
estaban fijos en la pantalla del intercom. No podéis dejarme aquí, malditos
bastardos. ¿No entendéis que no puedo quedarme aquí? Son órdenes, Luna, dijo
suavemente Gio, el capitán. Lo hemos consultado con la base de enlace. Hoy
termina nuestro turno y bajar a por ti supone, primero un gasto considerable,
además de inútil y, segundo, un retraso de varios días entre unas cosas y
otras, retraso que no nos van a pagar, ya sabes tú cómo va esto, no eres
ninguna novata. La gente no está dispuesta en su mayoría a retrasar la vuelta a
casa. Los ojos de Luna relampagueaban en la pantalla.
Gio
la interrumpió cuando ya tenía la boca abierta. Y además, ¿qué importancia
tiene quedarse seis meses en ese planeta?; hay de todo para sobrevivir: tienes
armas, toda la técnica necesaria para hacer frente a lo que sea, tienes un
botiquín y tienes a Mimi que, aunque no sea el compañero ideal, te resultará
muy útil. No puedes quejarte. Dentro de seis meses llegarán los del equipo de
aproximación cultural y te sacarán de ahí. Son unas vacaciones. Luna buscó a
Indra entre los compañeros que llenaban la sala, ¿tú también estás de acuerdo?
No tengo opción. Podías bajar y quedarte conmigo. Él bajó la vista. Aunque
sería una estupidez, añadió ella. Está bien, compañeros, escupió la palabra al
rostro de cada uno de ellos, me quedaré aquí hasta que los chicos listos me
saquen, me lo voy a tomar como unas vacaciones y os juro que me voy a divertir.
Hasta pronto, María, eres lo único que vale la pena de toda la maldita nave.
Los demás podéis iros al infierno. Cambio y fuera. Le dio una patada a Mimi, se
disculpó y empezó a quitarse el traje. Tu valentía no servirá de nada frente al
gran monstruo, Peredur. Estás condenado y morirás. El del cabello de oro no se
arredró ante la amenaza de la inmunda bestia. Desenvainó su espada y cortó de
un solo tajo la cabeza del siniestro animal. Sin dirigir la mirada atrás, el
valiente siguió su camino; mas algo había influido en su ánimo el segundo
augurio. Podía tratarse de maquinaciones de agentes diabólicos para intentar
disuadirlo de su arriesgada empresa, pero bien podían ser indicaciones de algún
dios favorable para proteger su vida. Con el corazón ensombrecido por terribles
pensamientos, llegó el héroe del cabello de fuego a un claro del bosque. Había
recorrido ya una considerable distancia y hallábase fatigado y confuso. Resolvió
detenerse a descansar en aquel paraje, recuperar las fuerzas y el ánimo y
seguir adelante. Apenas había Peredur desmontado cuando en el mismo centro del
claro se le apareció una anciana vestida de negro, pequeña y frágil. Llevaba
una cesta llena de setas y se cubría el rostro con un espeso velo. Se dirigió
al caballero como si lo conociera de mucho tiempo atrás: Hijo mío, no debes
dirigirte al encuentro del dragón con las pobres armas que posees. Un hombre no
puede vencer a un semidiós. Si te acercas a esa fiera, te matará y luego
devorará tus entrañas. El noble joven contestó con el respeto debido a una
anciana: Madre, aprecio tus consejos y de buena gana los seguiría, pero toda la
comarca está en peligro por culpa de ese animal y sea mortal o divino, yo he de
acabar con él o morir en el intento. La anciana bajó la cabeza como pensando o
como si escuchara algo que Peredur no podía oír. Permaneció así durante unos
minutos y después dijo sin levantar la cabeza: Eres un hombre noble y esforzado
y mereces lo mejor, pero no debes acercarte al monstruo sin un arma adecuada.
Sigue adelante y cuando llegues a un pequeño puente de madera que cruza el
riachuelo, descabalga, arrodíllate y da tres golpes con tu espada en el suelo.
Recibirás un regalo que te ayudará a vencer. Dicho esto, la anciana desapareció
en una nube rojiza. Luna ajustó el cierre de su mono dorado, se apartó el pelo
que le caía sobre la cara y se dispuso a averiguar todo lo que había ocurrido a
su alrededor desde que Mimi aterrizara en el planeta, todavía sin nombre.
Solicitó los registros y la pantalla se iluminó. Vio el módulo bajando sobre un
valle abierto cruzado en diagonal por un río tranquilo y bastante ancho. La
velocidad de caída era tremenda. Mimi había hecho un buen trabajo al conseguir llegar
a tierra entera. A continuación supo cómo lo había logrado. Vio surgir el
monstruoso chorro de fuego de sus tres retrocohetes, calcinando por completo
dos diminutas aldeas situadas a la orilla del río. Luna maldijo entre dientes.
Cuando esto se sepa no me van a dejar vivir. Personalmente no le importaba
demasiado la muerte de todas esas personas, o lo que fueran. Llevaba demasiados
años dedicada a trabajos exteriores y había visto morir a más gente de la que
podía recordar, gente de varias razas y muy distintas ideologías, gente con la
que en algún tiempo había estado unida por diferentes lazos, pocos familiares,
algunos amigos, muchos amantes. Unas cuantas muertes más no le impresionaban,
especialmente teniendo en cuenta que gracias a esos muertos desconocidos ella
estaba ahora con vida. Al menos por el momento. Sintió deseos de besar a Mimi.
Lástima que fuera sólo una máquina. Claro que María era también una máquina y
sin embargo… Se esforzó por apartar recuerdos de su mente. Siguió mirando. Mimi
se había alejado pronto del área de aterrizaje buscando un lugar más protegido
para esperar a que su piloto se recobrara.
¡Bien
hecho! Por el camino varios lugareños habían tratado de acercarse a la pequeña
nave, pero su escudo protector los había fulminado. ¡Bah!, no eran más que
gentuza subdesarrollada, curiosos como simios. Así aprenderían. Además, ni
siquiera eran guapos. Eran bastante altos y parecían fuertes, pero la expresión
de sus caras denunciaba la vaciedad de sus mentes. Si todos los hombres del
planeta eran así, se iba a aburrir bastante. Quería mover los brazos, pero una
garra helada se los mantenía pegados al suelo. Los ojos le quemaban por dentro,
pero era incapaz de abrirlos. La nada lo envolvía y, sin embargo, dentro de la
nada había sensaciones, frescura de hierba bajo su espalda, brisa sobre sus
ojos ardientes, sequedad en su garganta y humedad en las palmas de las manos.
Un hoyo negro en su cabeza, un pozo profundo y caliente, un rostro dorado,
bello, de hermosura enloquecedora, con cabellos rojos y ojos como brasas, el
rugido del dragón dentro del pozo, hilos de plata, líquido frío, oscuridad de
cueva con un extraño brillo. Eso debía ser la muerte. ¡Qué hermosa la muerte,
qué inesperada! El dragón mataba con una dama en su boca. Peredur el esforzado
cabalgó cabizbajo y pensativo hasta llegar al riachuelo. Allí se detuvo
indeciso. Tres veces había sido advertido del terrible peligro que corría si se
enfrentaba al dragón con sus pobres armas; tres veces le habían profetizado la
muerte y aunque su corazón era noble y valiente, el miedo comenzaba a hacer
mella en su ánimo. ¿Era lícito aceptar el regalo de la anciana y enfrentarse al
dragón con alguna posibilidad de victoria? o ¿se trataba acaso de una prueba a
su valor para saber si se atrevería a luchar con el monstruo sin ninguna ayuda
sobrenatural? Era sabido que muchos héroes habían aceptado talismanes de gran
poder antes de entrar en batalla, pero también era cierto que muchos de ellos
habían sido forzados a llevar de por vida el estigma del cobarde, pues habían
valorado en más su propia vida que su honor de guerrero. Se sentó en una roca y
empezó a repasar mentalmente todas las historias de dragones que había oído en
su vida. Repentinamente, irguió la cabeza, se levantó, dirigió una mirada al
cielo y, cayendo de rodillas, alzó a Clandoria, la bien templada, y dio con
ella tres golpes en el suelo. Luna empezaba a cansarse de ver cómo el escudo
protector de Mimi había electrocutado a los lugareños entrometidos. Estaba a
punto de desconectar la pantalla cuando vio acercarse sigilosamente desde el
bosque a un muchacho mucho más guapo y bastante más joven que los anteriores.
Era alto y fuerte, como los demás, pero tenía el cabello de un rubio rojizo
poco frecuente en la comarca. Iba vestido pobremente y llevaba una larga
espada, bastante mohosa, como si hubiera salido de algún viejo arcón. Luna
sintió pena por el chico. No le importaba una vida más o menos, pero siempre
sentía la muerte de un hombre que hubiera deseado como amante. El chico se
acercó a Mimi, alzó la espada sobre su cabeza, se notaba que tenía más
costumbre de manejar un arado que una espada, pronunció unas palabras en voz
alta y fuerte, una especie de provocación ritual y arremetió contra el módulo.
Tenía los ojos grises. Cuando el hierro entró en contacto con la fuerza, el
chico del cabello rubio y la larga espada desapareció en un cegador relámpago
azul. Con un suspiro, Luna se apartó de la pantalla. Una luz anaranjada empezó
a parpadear en la consola. Una de las sondas de rastreo había encontrado algo.
¿Lo sabe ella?, preguntó Indra con voz temblorosa. Gio bajó los ojos: no nos
hemos atrevido a decírselo. ¿Has dicho «nos»? ¿Tenemos que ser nosotros? Son
órdenes, chico. Vamos a pasar relativamente cerca de ese planeta, por lo menos
dentro de su campo de comunicación y nos toca decírselo. Me están entrando
ganas de vomitar, murmuró Indra, ¿hasta cuándo la van a dejar ahí? El capitán
se pasó la mano por los ojos, deseaba dejar el asunto lo antes posible.
Contestó con brusquedad ¡¿y yo cómo diablos voy a saberlo?! Me figuro que
tendrá que quedarse ahí hasta que cese un poco el revuelo que se ha montado sobre
ese maldito planeta en ruinas que han encontrado los del Cíclope. Han mandado
allí a todos los equipos de chicos listos y, por el tamaño del planeta, tienen
para rato. Además, los que mandan han estado investigando las probables
condiciones de Luna y no hay duda de que sobrevivirá. Ya la sacarán de ese
agujero, no te preocupes.
No
tienes sentimientos ni te preocupa nada que no seas tú mismo, condenado
lunático. Si no hubiera sido por ti, ella estaría ahora con nosotros. Poco a
poco, teniente Indra; tú eres un bastardo como todos nosotros.
No
dijiste ni una sola palabra en contra cuando tuviste ocasión y ahora quieres
echarle la culpa a cualquiera que no seas tú. Estás tan metido en esto como
todos, chico listo. Luna ha hecho muy bien en despreciarte, no te mereces más.
Hubo un largo silencio. Cada uno mirando fijamente un punto, totalmente
distantes. El teniente preguntó de modo formal: Señor, ¿quién va a notificarlo
al piloto Luna? Gio se giró en su asiento y reprimió un insulto, apretó los
puños y bajó la voz: No quiero que este desgraciado incidente cause más
problemas, teniente. María informará al piloto. Eso es todo. Puede usted
reintegrarse a sus ocupaciones. ¿No me has oído, maldito idiota? María se lo
dirá a Luna y no se hable más. ¡Lárgate!, algo tendrás que hacer por ahí en
lugar de mirarme como una rana. ¡Fuera! Gio no tenía un alto concepto de sí
mismo pero, aun así, no podía evitar pensar por qué las naves de exploración
tenían que estar siempre llenas de escoria, y por qué a las mujeres como Luna
les gustaba esa gente. Porque ella también es escoria, no nos engañemos,
concluyó con satisfacción. Encendió un cigarro y aplazó el momento de dar la
orden a María. Peredur despertó de su letargo con el cerebro lleno de las
palabras de la bellísima Dama del Bosque y el corazón rebosante de amor y de
agradecimiento. Contempló el talismán que apretaba entre sus manos: una cinta
de tejido amarillo, leve como un suspiro y bella como el atardecer. Parecía
hecha con rayos de sol y polvo, pues era cálida y seca en la mano; no era en
absoluto un trabajo de mortales. Peredur la acarició una vez más y se dispuso a
cumplir las órdenes del hada. Se quitó la casaca y la camisa y ató firmemente
la cinta en torno a su cintura, la enrolló por completo y escondió las puntas
dentro de las calzas de modo que nadie pudiera ver su tesoro pues, si era
expuesto a otros ojos que no fueran los suyos, el talismán perdería todo su
poder. Volvió a colocarse camisa y casaca y, con el corazón estallando de
alegría y un enorme sentimiento de triunfo, montó sobre Arjiles, el negro,
salvó de un solo salto el arroyo y, con una canción en los labios, fue al
encuentro del monstruoso dragón. El recuerdo de aquel muchacho rubio se borró
casi completamente de su cerebro en cuanto vio el fruto del rastreo de su
sonda: era un hombre fuerte, grande y, al mismo tiempo, poseía una cierta
suavidad; no era como aquellas bestias que se habían abalanzado sobre Mimi y
aunque, presumiblemente, la intención de este ejemplar había sido la misma, en
éste le gustaba la idea, en éste era una prueba de valor y no de torpeza. Lo
tocó con las puntas de los dedos, a pesar de que la droga que se le había
inyectado era fuerte, y le gustó el tacto de su piel. Si su cerebro era
medianamente bueno, sería un hallazgo perfecto, casi increíble. Decidió dejar
momentáneamente de lado todas las consideraciones estéticas y someter al
extraño a un examen completo. Programó a Mimi y abandonó al hombre a la
investigación de la máquina. Con un poco de suerte tal vez consiguiera aprender
su lenguaje; era importante poderse comunicar. Esperó inhalando canny; desde
que habían prohibido el tabaco era casi lo único que se podía hacer. Cuando
Mimi anunció que su examen había terminado, Luna se acercó al hombre y, de pie
junto a él, se hizo cargo de toda la información necesaria, esbozó una sonrisa
maliciosa, le levantó los párpados, tenía unos preciosos ojos grises, de un
tono profundo, intenso; volvió a sonreír, se inclinó y lo besó en los labios.
Momentos después el hombre se hallaba de nuevo en el exterior y todo estaba preparado
para la representación. La Sasaya miró con tristeza el lugar donde, hacía ya
tanto tiempo, había sido inhumado el héroe Thorn, primer amante de la diosa.
Decía la leyenda que cuando ella subió al cielo en una nube de luz, Thorn había
querido morir antes de verse privado de su amada y que la única razón que le
impidió suicidarse fue que tenía que continuar la obra de la Dama Dragón; tenía
que hacer que todo el pueblo la amara como la amaba él y como ella lo había
amado. A veces la Sasaya no podía entender por qué son tan crueles los dioses
abandonando de ese modo a los pobres mortales que tanto los aman. Pero eso sólo
ocurría a veces. Una sacerdotisa de Glunja no podía pensar así y, además, los
dioses tenían sus propios motivos.
Ella
misma había actuado de forma extraña en algunas ocasiones desde que servía a la
Dama. Hacía tiempo que no veía a Gorn, pero había tantos muchachos de los que
encargarse que prácticamente todo su tiempo estaba ocupado excepto algún paseo
solitario por el jardín para visitar la tumba de Thorn y soñar un poco. ¡Si
Thorn viviera! Pero no. Había muerto diciendo Su Nombre hacía mucho, mucho
tiempo; quizá ni siquiera había existido nunca. Se llevó la mano al pecho
implorando el perdón de la Gran Dama y desterró sus blasfemos pensamientos. Se
dirigió hacia uno de los salones donde un jovencito aguardaba para ser iniciado
en los misterios de Glunja. Gorn era bueno y la amaba más allá del amor, pero
¡era tan poca cosa! ¡Todos eran tan poca cosa al lado del recuerdo de Thorn!
Peredur el arrogante salió del bosque de helechos una clara mañana al punto de
amanecer. La hierba estaba húmeda y fresca del rocío de la noche y las
criaturas del bosque comenzaban a despertarse preparándose para el nuevo día.
Todo el mundo brillaba como recién creado bajo la mirada amorosa del héroe. La
luz aún difusa del alba no permitía a sus ojos acostumbrados a la penumbra del
bosque distinguir bien los contornos de las cosas, por eso al principio no vio
la entrada de la caverna donde se ocultaba el pavoroso dragón. Peredur salió al
claro y, poniendo su caballo al paso, se dirigió hacia los ya cercanos Montes
Grises. De improviso, sin nada que anunciara su llegada, apareció el dragón en
la boca de la cueva, a la izquierda del valiente. Sus ojos despedían chispas y
su boca era un río de fuego, arañaba el suelo con sus garras inmensas y su
rugido hubiera helado el corazón a alguien menos templado que Peredur. El
guerrero tiró de la rienda de Arjiles quien, describiendo rápidamente un círculo
en torno a sí mismo, se colocó frente al monstruo. Era un espectáculo
sobrecogedor: la piel del animal era negra y plata, con un ligero brillo
metálico, como de espada, su cuello era corto y su enorme y redonda cabeza se
movía en todas direcciones como sólo una creación infernal podría hacerlo. El
valiente juzgó que su movilidad debía ser asombrosa, contrariamente a lo que
cuentan las historias, y se dispuso para un ataque rápido y, con ayuda de su
talismán, definitivo. La religión es el mejor camino para explicar todo lo que
uno no puede o no quiere comprender, decía María echada con los ojos cerrados
en la sala de perfumes. Pero eso mata la voluntad investigadora y entontece a
la gente, contestó Luna. Sí, claro que sí, pequeña, pero les hace felices; a
veces me odio a mí misma por no haber conocido nunca esa felicidad simple que
debe sentirse al aceptar lo maravilloso, la dicha inmensa de amar a un dios, o
a varios. Una vida de sentimiento por encima de la racionalización tiene que
ser algo muy bello. Mira nuestra civilización: hemos perdido por completo el
poder de asombrarnos ante lo hermoso, lo grande, lo desconocido. Todo es
reducible a cifras y siempre hay un especialista que lo puede explicar. Y así
somos nosotros: duros, secos, estériles, vacíos. Suspiró y volvió a cerrar los
ojos sintiendo la mano de Luna acariciar su mejilla. Pero tú no eres así,
María; tú eres hermosa, alegre, mágica. Tú eres… las palabras se ahogaron en su
garganta. Tenía razón María; en su civilización ya no había forma de hablar de
amor. Brisa. Una leve brisa y olor a noche, a fresco y a hierba húmeda. Un
corazón palpitante y una ansiedad desconocida. Mirada de llama. Cabellos rojos
como una flor. El dragón. Una dama. La dama en el dragón. Los ojos de Thorn se
abrieron de golpe, dilatados por el miedo, por la angustia; registraron su
alrededor: noche aún, árboles moviéndose blandamente en la brisa fresca,
helechos tiernos y húmedos bajo sus manos sudorosas y, sobre todo, silencio;
silencio y oscuridad y el Señor Vaika en el cielo, muy bajo ya. Sin reflexionar
aún, dedicó una oración de agradecimiento al Señor de lo Alto que tan propicio
le había sido y nombró ligeramente, de pasada, a los otros Señores que le
contemplaban desde un cielo todavía oscuro. Se pasó un peine por la melena y
contempló su cuerpo en el espejo. Elástico, bien entrenado, flexible y suave
como el mejor plástico, con esa irisación plateada que había adquirido en el
último mundo civilizado que tocaron.
Quería
presentarse al extraño en su mejor forma. No sólo eso; quería que él la viera
de una forma hermosa, mágica en cierto modo, que nunca pudiera olvidar cuando
la vio por primera vez igual que ella nunca olvidaría la primera vez que la
vio. Cuando se dio cuenta, estaba mirando fijamente al espejo y, al parecer,
había estado así durante un rato. Pensar en María le dolía tanto como una
herida abierta, pero era un vicio casi masoquista que apenas podía reprimir.
Sintió lágrimas de rabia acudir a sus ojos y, forzándose a cerrar su mente,
juró que lo haría todo de la forma que a ella le hubiera gustado: con magia. El
valiente levantó su espada y, encomendándose a los Antiguos Dioses, pronunció
las palabras rituales de provocación y se lanzó al ataque. La fiera se ladeó
ligeramente y comenzó a escupir rayos de fuego en dirección al héroe. Su escudo
mágico pudo protegerlo de las primeras lenguas ardientes pero Arjiles el negro
no pudo esquivar a tiempo uno de los mortíferos rayos y cayó de rodillas,
moribundo, su sedoso cabello carbonizado por el fuego infernal. Peredur, el
esforzado, con lágrimas en los ojos, desmontó y, pronunciando palabras dulces
en su oreja, le atravesó el cuello con Clandoria para evitarle mayores
sufrimientos. Entonces lenta, deliberadamente, se giró hacia la bestia, fijó
sus ojos en los ojos llameantes y se tiró a fondo buscando el punto vital,
entre los ojos. El monstruo, aturdido tal vez por la rapidez y exactitud del
ataque, no pudo reaccionar hasta que sintió la hoja fría de Clandoria en sus
carnes. Pero, en ese momento, loco de furia y de dolor, escupió sobre Peredur,
el del cabello de oro, toda su carga de fuego y de muerte. Y así fue, hombres y
mujeres que me escucháis, cómo Peredur, el bien amado, halló la muerte al
enfrentarse al dragón infernal que una vez, hace mucho, mucho tiempo, amenazó
la paz y la felicidad de nuestra hermosa comarca. Se levantó sigilosamente y
apartó las ramas con infinito cuidado. El dragón no parecía haberse movido y
sus ojos ya no destellaban. Se llevó ambas manos a la cabeza, caliente y
dolorida, preguntándose si todo lo que creía recordar había sucedido realmente
o era tan sólo una fantasía causada por el miedo y la calentura. Todo estaba en
silencio y, ahora que la Dama Niki remontaba el horizonte, una suave luz
perlada se extendía sobre el mundo de la noche. Thorn, con el pecho estallando
de alegría por el sencillo regalo de la vida, comenzó a llorar quedamente y,
entonces, a través de sus lágrimas, la vio. Vio una leve forma opalescente
vagando entre las patas del dragón. Estaba tan asombrado que no podía moverse.
Sólo podía desear que la forma, débilmente luminosa, saliera del círculo de
sombras y avanzara hasta un lugar donde la pudiera contemplar a sus anchas.
Como obedeciendo a sus deseos, la silueta blanquecina fue apartándose despacio
de la densa sombra del monstruo dormido. Poco a poco, la luz de Niki, Señora
del Alba, fue iluminando la fantasmal silueta de una Dama desnuda. Sus cabellos
eran largos y se movían casi flotando, como una llama en torno a su cabeza y a
sus hombros, su piel era vagamente luminosa, con brillo de luz nocturna, de
plata transparente, de animal marino, de flor de nieve. Vestía una túnica hecha
de polvo de luz oscura y su cabeza brillaba escarchada de polvo de estrellas
muertas. Sin importarle quién fuera ni qué pudiera ser de él, Thorn le entregó
su vida. Para siempre. Luna bajó a tierra en el pequeño ascensor montado en una
de las patas de Mimi. Debajo del módulo estaba muy oscuro pero era una noche
calurosa y húmeda y el aire olía bien. Era un olor muy mezclado, pesado,
dulzón; una maravilla comparado con el aire de la nave que nunca olía a nada en
particular. Se detuvo y cerró los ojos para aspirarlo. Tierra húmeda,
vegetación muerta, flores, grandes, llenas de polen. Fíjate en la gente a
nuestro alrededor, Luna. No vienen aquí a deleitarse, a ser felices. Mira cómo
se mueven sus labios. No disfrutan de los perfumes, los identifican. Mira a
aquel imbécil del fondo; por su cara de satisfacción debe de haber reconocido
todos los perfumes hasta ahora. Es lastimoso. Nuestra cultura ha convertido el
placer en juego intelectual o en un instrumento.
Por
fortuna aún hay gentes como nosotras dos que disfrutan de algunas cosas sin
reflexionar sobre ellas. Hierba cortada. Sí, María, por suerte aún estamos
nosotras. Vino de Tau. Chocolate, con algo más. ¿Tal vez vainilla? Eres tan
diferente, eres tan vital. No podía dejar que sus recuerdos empañaran el
momento presente. Aspiró hondo tratando de no racionalizar las impresiones que
recibía, se pasó las manos por la túnica y el pelo. Todo en orden. Bajo la luz
lunar tendrían un brillo misterioso y juguetón muy conveniente. Empezó a
moverse entre la luz y las sombras, segura ya de que el muchacho observaba
detrás de los helechos. Poco a poco fue entrando en su propio juego y su paso
se hizo más elástico, más lento. Se fue convirtiendo en un hada de leyenda jugando
en un bosque con la luz de la luna, tejiendo guirnaldas con polvo de estrellas.
Titania hechizando a un pobre mortal, cantando canciones, haciendo conjuros.
Acudieron a su mente antiguas palabras que no había oído en mucho tiempo y, al
poco, empezó a entonar, con cierta timidez, la Balada de la Dama Estrella
mientras se movía suavemente como una flor en la brisa. Talas, espera. ¿Por qué
murió Peredur si tenía el talismán de la Dama del Bosque? Sí. Y dinos qué fue
del dragón, ¿consiguió matarlo? Las caras juveniles rodeaban expectantes a
Talas, el juglar. Pues veréis, amigos. Yo no lo sé porque todo lo que os cuento
es lo que me contaron a mí pero me figuro que Peredur fue castigado por la
cobardía de aceptar una protección mágica en lugar de enfrentarse al dragón a
pecho descubierto, como debe hacerlo un guerrero que se precie de serlo. Aunque
también pudo ser, claro, que esa nueva diosa del pueblo que está al otro lado
de los Montes Grises, esa Dama Dragón, tuviera algo que ver en el asunto. Sus
ojos grises destellaron maliciosamente. Quizás el gran dragón era su padre y,
furiosa cuando Peredur el valiente lo atacó, envió sus poderes mágicos contra
el héroe. No te burles nunca de los dioses, Talas. Yo he vivido mucho y sé que,
nuevos o antiguos, todos son más fuertes que nosotros y en algún momento de
nuestras vidas acabaremos pidiéndoles ayuda o protección. Por eso es mejor
estar a bien con ellos. Talas no se burlaba, Madre, dijo uno de los muchachos
más jóvenes, inclinando la cabeza ante la anciana, como es costumbre. Conozco
al juglar de los ojos de hierro muchos más años que tú y no me gustaría verle
partido por un rayo de la nueva diosa. Y ahora, muchachos, vamos a retirarnos.
Todos tenemos que descansar. Tú también, Talas. El hombre hizo una reverencia a
la vieja señora y, con su petate al hombro, se perdió entre las sombras de la
plaza. Cuando la doncella etérea se acercó a él, como jugando, el hechizo era
tan fuerte que no pudo moverse de donde estaba. Esperó allí, anhelante y mudo,
hasta que sus manos cristalinas rozaron su cuerpo. La extraña mujer dijo: ven,
en su propia lengua, con un acento sibilante, como el viento en las hojas; le
tendió la mano y Thorn no pudo resistirse. Se sintió arrastrado tras la Dama,
sobre la hierba, bajo el cielo ya levemente iluminado por el día, hacia el
dragón. Tuvo un fugaz momento de terror cuando de la pata de la fiera surgieron
unas enormes mandíbulas que se abrieron para recibirlos, pero la Dama presionó
su mano y le habló de nuevo en su lengua: no temas, dragón es mí. Eso quería
decir que el dragón era suyo, ¿o que ella era el dragón? Su mente se quedó en
blanco. Entraron en la boca del dragón y las mandíbulas se cerraron. La Sasaya
depositó su ofrenda de flores en el suelo, con los ojos bajos. La Madre siempre
la intimidaba, a pesar de que no era más que una representación. Era tan bella
y tan diferente de todo lo que había conocido en su vida que, al mirarla, no
cabía ninguna duda sobre su origen divino. Según los sagrados secretos textos
escritos en la misteriosa lengua de los Dioses y traducidos en parte por el
héroe Thorn, la Madre era la Altísima, de cuyo poder había emanado Glunja y a
quien se debía respeto y amor eternos. Sólo la Sasaya podía entrar en el
Santuario de la Madre y únicamente para presentar las ofrendas rituales. Su
nombre era desconocido a oídos mortales y no se podía hablar de ella, su imagen
o su cripta sin exponerse a un terrible castigo mil veces peor que la muerte.
La
Sasaya recogió los suaves pliegues de su túnica rosada y se acuclilló frente a
la imagen: Señora de las Estrellas, Flordeperla, Madreluna, acepta mi pobre
ofrenda y séate grata la presencia de tu sierva en tu Santuario. Te entrego
estos dones en nombre de Glunja, ser de perfección por ti creada, para que tus
ojos de niebla nos contemplen con bondad desde lo alto de tu infinito poder. Mi
vida y mi dolor son tuyos, Señora, si los quieres. Alzó la vista y contempló
una vez más la elevada estatura de la Presencia, sus largos cabellos lacios del
color de la nieve al amanecer, su delicada piel violeta, fina y dulce como la
mejor seda, sus grandes ojos grises, la luminosa niebla, su cuerpo perfecto
cubierto con la sagrada túnica hecha de polvo de estrellas muertas. Suspiró
ante tanta hermosura y, como siempre, se retiró murmurando: Te amo, Madre,
Reina, te amo. Siempre, siempre seré tuya. Hasta que muera. Luna pulsó con
desgana el número ochenta. Las fiestas siempre eran un fastidio; por lo menos
lo eran al principio. Después de la quinta copa las cosas empezaron a mejorar;
siempre había, alguien que tenía algo nuevo que probar, o algo conocido, y,
después, siempre quedaba el sexo. Pero el principio era algo espantoso. Se
preguntó si conocería a alguien. No es que tuviera importancia, pero siempre
sería agradable para el momento de la entrada. Llegaba tarde y suponía que
tendría la suerte de que nadie se fijara en ella y pudiera escurrirse
discretamente hasta el bar. Desde luego su traje no atraería miradas, no se había
quitado la ropa de trabajo, un mono castaño dorado y una gorra de visera.
¡Después de todo la ropa era lo que primero se perdía en una fiesta! Dio una
última chupada a su cigarro, metió las manos en los bolsillos y empujó la
puerta con la punta de la bota. El timbre zumbaba insistentemente. Luna lo oía
como en sueños, sin decidirse a hacerle caso. De improviso se dio cuenta de la
realidad y saltó del catre, desnuda y aún lánguida por el rato de amor. Thorn
dormía, completamente agotado. Daphne a Luna, Daphne a Luna, ¿nos escuchas,
Luna? La voz de María la dejó clavada unos instantes; tuvo que hacer un
esfuerzo. Aquí Luna, adelante, Madre, te escucho fuerte y claro. Vaya susto me
has dado, creí por un momento que ya no estabas a nuestro alcance. Para lo que
eso os importa a vosotros. Oye, Luna. No, oye tú, ¿qué es eso de Daphne?,
¿desde cuándo sois Daphne para la tripulación? Verás, querida —la voz sonaba
levemente insegura—, durante un cierto tiempo no vas a pertenecer a la
tripulación de la nave. Ya se ha solicitado un sustituto. ¡Malditos seáis,
bastardos! —el odio en la voz de Luna era real—. Oye ¿por qué no conectas el
vídeo y nos vemos las caras? Estoy desnuda. Eso podría ser interesante. Luna
emitió un siseo como el del agua sobre metal caliente. ¡Quieres dejar de decir
idioteces, maldita máquina! ¡Como si a ti te importaran mi cara y mi cuerpo! No
eres más que un pedazo de acero sin sentimientos flotando en el espacio y
dándotelas de humano. Y lo más grave es que eres un monstruo por voluntad propia.
Se le quebró la voz y, por primera vez en mucho tiempo, se le llenaron los ojos
de lágrimas. María dejó pasar unos segundos y dijo con voz ronca: Aún no lo has
superado, ¿eh? No hubo más respuesta que un sollozo ahogado. Créeme, querida,
para mí tampoco ha sido fácil, pero uno tiene que adaptarse a lo que tiene y a
lo que es. Y tratar de ser feliz con ello. La voz de Luna volvió a sonar
dominada por la rabia: ¿No puedes comprender que eres lo único que he amado en
el mundo?, ¿no comprendes que aún te quiero, maldita sea?, ¿que aún sueño en
tenerte y te deseo?, ¿que no puedo aceptar que seas lo que eres? y, sobre todo,
María, lo que no te perdonaré jamás es que me sacaras de mi felicidad con tu
magia y que me hayas dejado así, sola, con una necesidad que nadie puede
saciar. Hubo un silencio. Después, la mano de Luna se deslizó lentamente hacia
el interruptor del video y lo presionó. Una blanca y reluciente consola
apareció frente a sus ojos. La voz de María era muy dulce: Estás preciosa,
niña. Te dije que lentamente comenzaba a perder algunos sentimientos humanos,
pero conservo todavía la apreciación estética. A su pesar, los labios de Luna
dibujaron una pequeña sonrisa.
María
añadió: Y los recuerdos. Sí, dijo Luna despacio, los recuerdos. Thorn, echado
de espaldas y con los ojos cerrados oía las palabras de aquella lengua
extranjera como si fueran música. Su cerebro se negaba a pensar; había que
aceptar demasiadas cosas para ponerse a reflexionar sobre ellas. Estar aquí, en
el vientre de un dragón, vivo, después de haber hecho el amor con la misteriosa
dama de la piel de plata, llenaba por completo su cuerpo y su cerebro. Jugaba
en silencio con los sonidos que escuchaba; le gustaba el que ella había
pronunciado primero, algo así como matre, con una a muy larga y una e pequeñita
y le gustaba el nombre de la dama, un nombre tan extraño, Gluna, gluunia,
lunja, glunja, con una u dulce y larga. Mecido por los sonidos que no podía
comprender, volvió a dormirse. Madre, vengo a solicitar tu permiso para hablar
a la aldea de algo maravilloso. La anciana levantó la vista del fuego,
sorprendida, y miró a Talas con curiosidad. ¿Desde cuándo solicitas licencia
para contar tus cuentos a la chiquillería, juglar? Te conozco desde hace mucho
y, que yo sepa, siempre te ha divertido burlar mi autoridad. Talas se acuclilló
ante la anciana y, con la mirada, pidió permiso para sentarse frente a la
hoguera. Ella inclinó la cabeza y el juglar se acomodó sobre un cojín, la
mirada fija en las llamas que la madre avivaba con una varilla dorada. Al fin,
los ojos grises de Talas se encontraron con los ojos arrugados y hundidos.
Estoy confuso, Madre. Tú sabes, como todos los que me conocen bien, que nunca he
creído en nada. Que si me dedico a contar cuentos por los pueblos es porque me
gusta la gente y la libertad y la mentira. Y porque disfruto alegrando las
pobres vidas rutinarias de los campesinos, pero por la luz de Niki que nunca he
creído una sola palabra de lo que he venido contando año tras año, aldea tras
aldea. Y ahora… el juglar se interrumpió. A una señal de la anciana, una
muchacha que remendaba en un rincón acercó una jarra de vino con miel y dos
tazas. Esto te dará ánimos. Continúa. Talas dio un largo trago y volvió a
buscar sus ojos. Es extraño, Madre. Me faltan palabras. A mí, a Talas el
juglar, le faltan palabras. La varilla siguió removiendo las brasas,
lentamente, creando sombras en la habitación. ¿Recuerdas que hace algunos años
comenté algo acerca de una nueva diosa, la Dama Dragón, la llamaban? La anciana
asintió con la cabeza. Me reí de ella muchas veces, en contra de tus consejos.
Las únicas tonterías que me gustan son las que invento yo mismo a partir de lo
que oigo, como la historia de Peredur, ¿te acuerdas, Madre?, me contaron algo
de eso hará unos siete años y yo he ido añadiendo, inventando, adornando y digo
que hace siglos que sucedió. No te apartes de tu historia, juglar —dijo la
anciana sin separar los ojos de la lumbre—. Pues bien, los que empezaban a
creer en ella decían que era preciso convertirse pronto al amor de la Dama
porque estaría poco tiempo con nosotros. Decían que, igual que había bajado del
cielo en su dragón llameante, pronto volvería a su reino en las estrellas envuelta
en fuego y luz. Yo, naturalmente, no lo creí. Soy demasiado viejo para dejarme
llevar por las fantasías, pero pensé que podría sacar una buena historia
reuniendo todos los desvaríos de aquella gente. Por eso me quedé una temporada
más del otro lado de los Montes. Incluso me acerqué al Santuario que estaban
construyendo. No vi nada de particular, aunque me dijeron que el Dragón y la
Dama moraban en el interior de la montaña. Hubo una pausa mientras el hombre
apuraba su taza y la llenaba otra vez. Ahora viene lo increíble, Madre. Cuando
mi historia estaba casi completa y mi petate dispuesto para marchar, vinieron a
la posada a decirme que el tan temido momento había llegado: Glunja nos
abandonaba. Habían visto señales luminosas en el cielo y Thorn, el elegido,
había anunciado que a la medianoche la Dama aparecería ante su pueblo para
marchar a su hogar en las estrellas. Siempre me han gustado las funciones de
teatro, así que pensé que sería divertido pero, Madre —las manos del juglar
temblaban—, era cierto. Era sencilla e increíblemente cierto. Estábamos allí
todos, en la explanada del Santuario que aún está a medio hacer cuando, de
repente, en la oscuridad de la noche vimos que una estrella iba creciendo,
creciendo, creciendo y luego pareció despegarse del cielo como una hoja se
desprende del árbol para caer a los pies del caminante y, lentamente, se fue
acercando a nosotros.
Casi
si darnos cuenta nos pusimos de rodillas. El aire se llenó de un ruido
ensordecedor, más fuerte que el de las tormentas de verano y un olor extraño
nos llegó del cielo. Pronto la estrella se convirtió en un fantástico animal
volador que se dirigía derecho hacia nosotros, bajando, envuelto en llamas y
estruendo. Temblábamos como el agua bajo el viento y nuestras voces
enronquecidas por el miedo sólo podían articular Su Nombre: Glunja, Glunja,
Glunja. Era un sonido opaco y apagado por el rugido de la bestia celeste, pero
constante, febril. Cuando el dragón de las estrellas se posó en el suelo,
exactamente en el círculo de harina que la Dama había dibujado, el fuego se
extinguió y pudimos contemplarlo. Era más pequeño de lo que habíamos creído al
principio pero parecía muy fuerte y su cuerpo era brillante, como de plata, con
cosas que brillaban como cristales, como joyas. Estaba allí, quieto y mudo bajo
las estrellas y, te juro, Madre, que parecía un pedazo de una de mis historias
y, de repente, Ella salió del Santuario. Creo que ninguno de nosotros la había
visto antes, pero la reconocimos al verla. Era hermosa, Madre, la mujer más
hermosa que he visto en mi vida. Su piel era como plata clara y sus cabellos
rojos como el fuego de invierno. Desde donde estaba no podía ver sus ojos, pero
los imagino grandes y bellos como el agua de un lago. Sí, Madre, dijo Talas
respondiendo a la mirada de reprobación de la anciana. Comprende que son muchos
años contando historias y esto es algo tan bello que no puedo evitar alguna
pequeña invención para que sea más mío. No sé , cómo apareció, pero allí
estaba. Vestida con una túnica transparente que parecía hecha de luz oscura,
una túnica tan fina que flotaba apenas en la brisa de la noche y dejaba ver a
través su cuerpo de cristal luminoso. ¡Qué bella era Madre! Abrió los brazos y
dijo en nuestra lengua en voz alta y clara: Adiós amados míos. Me voy ahora,
pero siempre estaré con vosotros y un día regresaré. Hasta entonces os dejo a
Thorn, mi elegido, el primero que me amó en esta tierra. Él os enseñará lo que
debéis hacer para estar siempre en contacto conmigo. Nunca os abandonaré y
vosotros me amaréis siempre. Entonces se volvió de espaldas, alzó los brazos al
cielo, se volvió de nuevo hacia nosotros, dirigió una larga mirada al bosque,
los montes, el río y, dulcemente, como si al andar no pisara el suelo, caminó
hasta la bestia de plata, que esperaba inmóvil. Unos segundos después, los ojos
del dragón se iluminaron y empezamos a oír un ligero rumor que se fue
convirtiendo en un espantoso rugido; de las patas de la fiera brotaron chorros
de fuego y, lentamente, se fue elevando sobre nuestras cabezas para convertirse
de nuevo en una estrella. Así que me tengo que quedar aquí, dijo Luna con voz
opaca. No hubo respuesta. Y ¿puede saberse hasta cuándo? Si lo supiera te lo
diría, tú sabes que te lo diría. Sí, María, sé que sí. Luna jugueteaba con su
pelo. La impresión había sido tan fuerte que todavía no experimentaba ningún
sentimiento claro. Permaneció así durante un rato. Luego, de una forma casi
infantil, olvidando toda su agresividad, preguntó: ¿y qué hago?, sus ojos
rojizos clavados en la pantalla. La respuesta de Daphne tardaba en llegar.
Luna, ¿me escuchas?, he desconectado la grabación y sólo puedo estar así un
momento, de modo que ahí va mi consejo: recuerda nuestras conversaciones y usa
la religión. Haz que te amen a través del miedo. Conviértete en diosa y no
tendrás nada que temer. Pide ofrendas y sacrificios y no tendrás que
preocuparte de conseguir comida. Inventa ritos de iniciación y tendrás el sexo
resuelto. Sé creativa, no te preocupes de nada. Trata de ser feliz y antes o
después te sacarán de ahí. La voz calló de repente y hubo una pequeña pausa. A
continuación, María volvió a adoptar su tono neutro y contestó a la pregunta de
Luna: He estado consultando mis registros. No te preocupes, podrás sobrevivir.
Intenta establecer unas relaciones satisfactorias con los nativos, siempre que
te acepten de buen grado.
Si
ves que vas a tener auténticas dificultades, entra en ciclo de hibernación y
nosotros te reanimaremos cuando la misión de rescate esté lista para sacarte de
ahí. Si tienes alguna pregunta, házmela ahora porque nos estamos alejando
rápidamente de la zona de comunicación con tu planeta. Luna sonaba débil y, por
una vez, insegura, en el centro vital del Daphne: No, gracias, creo que eso es
todo. ¡María, espera! ¿Sí, Luna? Nada, contestó, mordiéndose los labios, no era
nada de importancia; buen viaje. Gracias, flordesol, dijo el Daphne en voz muy
baja, nos volveremos a ver; ¡buena suerte! Luna se chupó la sangre que le salía
del labio inferior, le dio un puñetazo a la consola, se peló un nudillo y
decidió tomarse un par de calmantes y un poco de tiempo para pensar. Al
principio no pudo ver lo que había en el interior del apartamento; no había más
que oscuridad rojiza, brumosa, que no permitía distinguir los contornos.
Permaneció un momento apoyada en el quicio de la puerta, tratando de
acostumbrar sus ojos a la falta de luz. Para no hacerse notar, entornó la
puerta de nuevo y se mantuvo allí muy quieta, pegada a la pared. Una música
dulzona y cadenciosa flotaba sobre la bruma roja y por todas partes sombras
entrelazadas, murmullos, risas contenidas y el fuerte olor de varias drogas
mezcladas. Una buena fiesta, algo snob pero buena. Cuando ya casi se había
decidido a abandonar su rincón para empezar a buscar el bar entre las sombras,
apareció en el centro de la habitación un punto de luz rosada y, justamente debajo
de la luz, la mujer más hermosa que Luna había visto hasta entonces. Una
immaliana, con toda seguridad. Su piel malva tenía un suave brillo de porcelana
y sus cabellos blancos y lisos le llegaban a la cintura. Bailaba lenta,
lánguidamente, como si su cuerpo formara parte de la niebla de la habitación.
Nadie miraba su danza excepto Luna y, poco a poco fue adquiriendo la impresión
de que la bellísima immaliana bailaba sólo para ella. Esperó casi sin respirar
a que terminara y, cuando cesó la música, se acercó rápidamente, desafiante,
posesiva. Eres lo más bello que he visto en mi vida. Soy María, le contestó,
bienvenida a mi casa. La anciana quedó pensativa un buen rato, los ojos fijos
en las cambiantes llamas de la hoguera. Así que tenernos una nueva diosa, dijo
por fin. ¿Estás seguro de no haber inventado toda la historia, Talas? Te doy mi
palabra, Madre. Bien; en ese caso, mañana al atardecer contarás en la plaza lo
que me has contado a mí y después de la siega, si el señor Uloki nos es
propicio, haremos un peregrinaje al Santuario de la Dama Dragón para llevarle
nuestras ofrendas y ponernos bajo su protección. Después de todo, estar de
parte de un dios, sea verdadero o no, no puede hacer ningún daño, añadió entre
dientes. Levantando la vista de nuevo, fijó sus viejos ojos en los de Talas: Ya
te dije una vez que no hay que reírse nunca de los dioses, no mientras sean
grandes y poderosos. Pero eso es negar el intelecto, dijo Luna, y no puedes
olvidar que eres lo que eres gracias a lo que piensas. No lo olvido y no niego
nada; sólo digo que es pobre, que es poco, que quiero más. Quiero experimentar,
conocer, crecer y no sólo mentalmente. Eres insaciable. Sí, lo quiero todo, sus
ojos se entrecerraron de placer. Luna encendió un par de cigarrillos y le pasó
uno a María, ésta continuó: Tienes que reconocer que eres muy limitada, Luna;
te conformas con muy poco, tu trabajo y el sexo te bastan. No tienes
curiosidad, no quieres ir más allá. Ah, ah, eso no es cierto, tú sabes que he
probado todos los tóxicos que han caído en mis manos. Sí, ya sé que eres una
viciosa, dijo María, burlona, inclinándose para besarla. Y después,
repentinamente seria: Pero tú lo haces por hastío, por escape, casi como
autodestrucción, mientras que para mí la vida es experiencia, conocimiento.
Conocer es vivir. Y eso es algo que no tiene límites. A veces pienso que te
dejarías matar sólo por saber cómo es, dijo Luna, mirándola a través del humo.
No, flordesol, en eso te equivocas; la muerte es una experiencia que tengo
asegurada, por lo que no tengo ninguna prisa en provocarla. Prefiero ocupar mi
tiempo en cosas que tal vez sólo se me presenten una vez. Como ésta. La tomó
por la cintura y la acercó a su cuerpo. ¡Oh! Luna, mi flordesol, murmuró a su
oído, ¡cuánto odio que te vayas ahora!
Algún
día tenemos que conseguir que nos destinen a la misma nave. Lo dudo, cariño,
contestó Luna, mientras acariciaba su pelo y su cuello. Las naves de
reconocimiento no necesitan técnicos de altos vuelos como tú. Digamos que yo
voy con los que arrancan las piedras y tú con los que dicen qué son. Sus manos
empezaron a buscar el cierre de su vestido. A veces me pregunto qué has podido
ver en mí. Yo me lo pregunto, contestó María con los ojos cerrados. Luna, mi
amor. Ni a mí me resulta fácil escribirte esta carta ni a ti te resultará fácil
aceptarla. No sé ni cómo empezar ni cómo decírtelo pero es algo que debes
saber. Cuando vuelvas, si es que vuelves, no encontrarás a la María que conoces
y, espero, amas. Estás avisada, va a ser muy duro. Cuando recibas esto, ya me
habré convertido en algo totalmente diferente de lo que tú conoces. Cuando leas
estas explicaciones, seré ya un cyborg, una nave de exploración, todavía no sé
cuál. No me insultes aún ni me reproches haberlo hecho, antes de conocer las
razones. Tú sabes mejor que nadie el valor que siempre he dado al cuerpo y a
los placeres materiales y, aunque parezca una contradicción, ha sido esto mismo
lo que me ha llevado a tomar una decisión tan rápida sobre algo tan importante.
Hace apenas dos semanas, tiempo de Electra, me enteré por el chequeo oficial de
que, no sé cómo, había contraído la famosa Enfermedad que tiene locos a todos
los servicios sanitarios de este lado de la galaxia y además, parece ser que
los immalianos somos particularmente sensibles a ella. No necesito explicarte
los síntomas ni todo el resto de detalles desagradables, pero sabes que de
todas las enfermedades posibles, sólo ésta podría haberme afectado de una forma
integral. Perder toda sensibilidad táctil y, lentamente, la capacidad de movimiento,
me hubiera destruido moralmente. Por eso, cuando me propusieron convertirme en
un cyborg, la idea no me pareció descabellada. Eso significaría tener un cuerpo
nuevo, con infinitas posibilidades por explorar, capacidad de movimiento mucho
mayor que con mi cuerpo anterior, todo un nuevo universo que descubrir junto
con mucho más tiempo para hacerlo. No lo pensé demasiado. Como ya te dije una
vez, la idea de morir no me atrae demasiado y, para mí, esa enfermedad hubiera
sido mil veces peor que la muerte. Ya lo sabes, flordesol. Sé que con esto te
he hecho daño pero, créeme, no había otro remedio. A pesar de todo, me gustaría
que nos volviéramos a ver. Mis sentimientos hacia ti son los mismos y supongo
que durante bastante tiempo, al menos mientras conserve sentimientos humanos,
no cambiarán. Te amo, Luna, pero mi vida es todo lo que tengo y uno sólo puede
ofrecer aquello que posee. Sí no hubiera dado este paso, no tendría nada que
darte. Así corro el riesgo de que no estés dispuesta a aceptar lo que ahora
puedo ofrecerte, pero, con toda honestidad, es lo único que podía hacer. He
conseguido que no me cambien el nombre, como suelen hacer con todos los que
cambian de estado, así que seguiré siendo María aunque para las funciones
oficiales adopte el nombre de la nave a que se me destine. He solicitado
convertirme en una nave de exploración para que, si lo deseas, podamos estar
juntas, pero no quiero que esto te condicione lo más mínimo. Entenderé
perfectamente que no quieras volver a verme. Luna, querida, nada más. ¿Qué más
podría decirte? Sabes cuáles son mis sentimientos y eso basta. Hasta siempre,
flordesol. Vamos a sacarte de ahí, pequeña. Llegaremos dentro de tres días de
tu tiempo. Ya puedes ir preparando las maletas —la voz sonaba joven y alegre en
el intercom, silencioso durante años—. No había señal óptica. Al principio, los
ojos de Luna se llenaron de lágrimas. ¡Los muy cabrones!, ¡los muy cabrones!,
dijo en un murmullo. Se echó el pelo hacia atrás y contestó con voz ahogada: Os
espero. Como esta vez no salga bien, os la corto. Cuando después de algunas
bromas se hizo el silencio, Luna lloró. Y, ¿dice usted que ese piloto fue
abandonado hace ya seis años en el planeta…?, las manos regordetas buscaron
lentamente en el informe que había sobre la mesa. Sí, señor. Eso he dicho. Y he
dicho también que es vergonzoso que se haya hecho eso con un piloto de una nave
de reconocimiento cuyo balance de misiones positivas es superior al 70%.
Mi
querido coronel Giovanno, sabe usted perfectamente que no tiene por qué
excitarse. Además, no queremos perder a nuestros héroes tan fácilmente. —El
Secretario General de la Séptima Demarcación le dirigió una brillante sonrisa
durante unos segundos—. Y, además, coronel, se trata de un planeta con todas
las garantías de supervivencia —atajó con un gesto la respuesta del coronel— y
vamos a sacarla de ahí, por supuesto que vamos a sacarla. Antes o después
teníamos que hacerlo, pero ya que se interesa usted de manera especial, lo
haremos lo más de prisa posible. Le doy mi palabra. Hubo una pausa. ¿Puedo
preguntarle algo, coronel —dijo al fin el hombre de detrás del escritorio—,
puedo preguntarle el porqué de ese interés? La mirada del coronel Giovanno se
hizo nebulosa. Es difícil de explicar, señor. Con el tiempo uno se hace
sentimental y le afectan cosas que antes le traían sin cuidado. Yo era el
capitán del Daphne cuando la dejamos allí. Era una chica muy guapa. Se me
ocurrió hace poco que cabía la posibilidad de que aún estuviera enterrada en
aquel sitio y me decidí a venir a comprobarlo. Sé que resulta un poco ridículo,
pero me da la impresión de que, de alguna manera, se lo debo. El Secretario se
puso en pie: No se preocupe, coronel Giovanno, es cuestión de días. Gracias,
señor. Se estrecharon las manos. Cuando hubo salido el coronel, las manos
regordetas buscaron de nuevo entre los papeles, encontraron lo que querían y
marcaron un código: la Hallas había sido designada para la misión. Thorn vistió
su espléndido manto de plumas rojas, ajustó la diadema con el creciente mágico
Glunja y se preparó para iniciar la ceremonia. Hacía diecisiete años que, en
una noche igual, su amor, su diosa, lo había abandonado porque los dioses
tienen asuntos que atender en las estrellas, asuntos en los que los mortales no
pueden mezclarse. Cerró los ojos grises y duros como piedras de río y apretó
los puños hasta hacerse daño. Diecisiete años. Y aún no había podido hacerse a
la idea de que se había marchado para siempre. Cada noche era una tortura, una
infinita repetición de la última noche con Luna. De aquella noche en que ella
se abrazó a él como si de ello dependiera la Vida. Desde entonces, cada noche
recordaba aquel brillo en sus ojos y aquel ligero temblor de sus manos y su
piel húmeda y fría y su amor enorme, incontrolable, bello y destructor como un
rayo de verano. Desde hacía diecisiete años se preguntaba si le habría gustado
saberlo con tiempo y todos los días se veía incapaz de contestarse. Él había
sabido, como todos los fíeles, que un día Glunja volvería a las estrellas y lo
había aceptado. Pero nunca había pensado seriamente que ello significaba que
Luna, su Luna, lo abandonaría para siempre. Se ajustó la diadema, se apretó el
ceñidor, única prenda sobre su cuerpo fuerte y hermoso, a pesar de los años, y
se dirigió resueltamente a la explanada del Santuario. Al pasar ante una
pequeña puerta, brillante y pulida como un espejo, se detuvo, dudó un instante
y entró. La Madre lo contemplaba impasible con sus ojos de niebla. Thorn se
tendió boca abajo en el suelo, frente a la Presencia y sus y… Sí, Andy, sí.
Mira, chico, vete a dormir ahora y ya se lo terminarás de contar mañana, ¿eh?
Se levantó tambaleándose y se dirigió a la cubierta de pilotos. Luna se sentó
en su lugar y aspiró un poco. Cualquier día se va a quedar seco; se está
quedando poco a poco. Tú también, preciosa —observó un joven oficial al otro
lado de la mesa—. Yo tengo mis motivos. ;Eh, Luna! ¿hay algo de verdad en lo
que cuenta ese loco? Luna suspiró, cerró los ojos: Ese pobre imbécil ve a unos
cuantos desgraciados mirando una nave muertos de miedo y se cree que es un
festival. Lo que pasa es que, al fin y al cabo, me sacó de allí y le tengo
cariño. No —continuó, mirando de frente a la muchacha que había preguntado— no
hubo nada de eso, aunque no hubiera estado nada mal. La verdad es que, cuando
yo llegué, ya había una religión muy fuerte y lo único que pude hacer para
tenerlos a raya fue asustarlos un poco con nuestra «prodigiosa tecnología»
—hizo una mueca y sonaron algunas risas.
Luna
continuó, casi para sí misma—: era una religión hermosa; el culto de la Dama
Dragón, lo llamaban. Su sacerdote era un hombre impresionante. Se llamaba
Thorn. Yo le amaba. Cuando volvió al dormitorio, Thorn aún estaba en el baño.
Paseó la mirada por todo lo que unos momentos antes le había parecido tan
familiar. Ahora que sabía que iba a perderlo, le dolía como una quemadura.
Pensó en Thorn, su hombre. El único ser que había sido suyo en toda su vida. De
repente, con una inmensa amargura, comprendió a María. Ella la había querido, a
su manera, pero, cuando tuvo que elegir su destino, sólo pensó en lo que
realmente debía hacer. Ahora ella tenía que hacer lo mismo. Dejar a Thorn le
dolía y le dolería por siempre, pero quedarse estaba fuera de toda cuestión. Se
miró al espejo: su cuerpo estaba en forma y sus reflejos seguían siendo
excelentes. Se había entrenado con Mimi todos los días desde que abandonó el
Daphne.
Podría
volver a pilotar, a volar, a su vida de siempre. Su mente era una confusión de
ideas y se veía incapaz de coordinar todos los sentimientos que tenía en su
interior. Se obligó a pensar unos segundos lo más fríamente posible y decidió
no decírselo hasta el final. Ven Thorn, voy a enseñarte una cosa. Su lengua era
aún pobre y se expresaba con cierta dificultad, pero el muchacho parecía
entenderlo todo. Mira —dijo Luna abriendo una de las pequeñas puertas laterales
de Mimi—. Thorn estuvo a punto de desmayarse de la impresión. En una pequeña
sala, débilmente iluminada había una mujer. Una mujer muy alta y enormemente
bella. Su piel era violácea y sus largos cabellos eran blancos, casi color de
plata. Era tan extraña que, más que miedo, sintió ganas de llorar. Se acuclilló
ante ella como signo de respeto. Luna permaneció de pie. Mira, Thorn, esta
imagen que ves aquí representa a alguien que fue para mí más que una madre, más
que cualquier cosa querida que puedas imaginar. Ella hizo que yo fuera como soy
y, de alguna manera, me ayudó a crear el Santuario y todo lo que está a nuestro
alrededor. No debes hablarle a nadie de su existencia. Está demasiado alta para
ser conocida por ojos sencillos. Tú puedes venir a traerle ofrendas pero
siempre deberás colocarte ante ella en una posición de respeto. ¿Me comprendes?
Dijo que sí con la cabeza, sin apartar los ojos de la imagen. Callaron durante
un rato. Luego él preguntó: ¿Dónde está ahora la Madre? Luna sintió una punzada
de viejos sentimientos en el estómago. Contestó simplemente: Vuela entre las
estrellas, más de prisa que la luz; puede conocerlo todo y a todos si lo desea;
tiene más poder que cien mil hombres y no hay nada que sea imposible para ella
y Thorn se tendió en el suelo, boca abajo: Gloria a Ti por siempre, Señora del
Cielo y las Estrellas —murmuró dulcemente—. ¡Luna!, ¡por fin! Tienes muy buen
aspecto. Los ojos de Luna se dirigieron directamente a la lente: ¿qué diablos
haces tú aquí? Ahora estoy aquí —fue la sencilla respuesta—. ¿Ya no eres una
nave? No; cuando te fuiste, perdí interés —dijo en tono de burla—. Has
ascendido, ¿eh? Sí, realmente sí; éste es un puesto de mayor responsabilidad.
Hubo una larga pausa. ¿Sabes por qué estás aquí?, preguntó al fin María. No, no
lo sé, pero me figuro que para un control de recuerdo. Bien adivinado. Tengo
que saber todo lo que has hecho en este tiempo; hay que mandarlo al archivo
central. Luna respondió lenta, deliberadamente: Vas a tener que sacármelo con
pinzas, preciosa. A nadie le ha importado lo que me pudiera suceder durante
seis años; ahora no lo voy a contar todo como una niña buena. Ni a ti ni a
nadie. Sus ojos miraban obstinadamente al punto donde se encontraba la María
que ella había conocido. Mira, Luna, sabes que puedo vaciarte por completo.
Sabes que tengo que ofrecer un informe, ¿por qué no cooperas?, no quiero tener
que sacártelo todo a la fuerza. Luna sacudió lentamente la cabeza. Pasaron unos
segundos y María volvió a hablar: Luna, escucha, ahora estás sola conmigo,
nadie nos oye. ¿Qué pasa?, ¿seguiste mi consejo y temes meterte en un lío si se
enteran? Luna se sobresaltó: ¿cómo lo sabes? Parece que tú has olvidado más que
yo, amiga mía. Mira, yo ya no soy la que era y, la verdad, no quisiera volverlo
a ser, pero todavía me siento cerca de ti, de alguna manera.
Dime
lo que sucedió realmente y yo lo arreglaré para que nada te pueda pasar. ¿Me lo
vas a decir, Luna? Lo pensó durante un largo rato. Finalmente miró de nuevo al
gran ojo granate que era ahora el rostro de María: Escucha, esto es lo más
hermoso que me ha pasado en toda mi vida; casi podría decir que es lo único
bueno que he tenido nunca y no voy a permitir que nadie lo ensucie o lo
destruya. Puedes vaciarme de todo, no me importa que lo sepas; tal vez sea
mejor, pero quiero que me prometas, que me asegures dos cosas: que nunca nadie
sabrá una palabra de lo que realmente sucedió y que nosotras dos no nos
volveremos a ver nunca más. Se hará como tú quieras, contestó María en un tono
dulce y profundo. De acuerdo, entonces. Se puso en pie y se dirigió a una litera
junto a la consola; se tendió sobre ella y miró una vez más a la lente rojiza:
Puedes proceder. Antes de perder la consciencia, creyó oír la voz de María
diciendo flordesol.
El
jardín de las flores que se columpian
¡Qué
hermoso es este jardín!, pero tú no lo entiendes, Jaifa, tú, Aren, creo que ni
siquiera lo ves. Hace apenas unos minutos hemos estado tan unidos y ahora cada
cual se pierde en el laberinto de sus propios pensamientos, de sus propios
rencores y, sin embargo, este jardín no ha sido hecho para el odio ni para la
soledad; este jardín tiene la triple belleza del mundo de Hor, donde ni el uno
ni la dualidad tienen sentido. Nosotros somos tres, nos hemos dado muchas cosas
bellas y seguimos aquí, recostados sobre esta hierba amarilla y suave, pero no
estamos unidos, ya no. ¿Ves, Aren?, acaricio tu flanco con esta mano grande y
cálida que ha sentido tantas cosas antes y tú no te mueves, casi no respiras,
como si ni siquiera pudieras sentirla. ¿Te hemos hecho daño, Aren, hermosura
triple de la triple luna, que no quieres abrir los ojos y volverlos hacia mí?
Dime que no, mi vida. Dime que eres feliz porque estamos contigo y porque
juntos sumamos la perfecta perfección. ¡Dios mío!, ¡qué horrible!, cada día
expreso peor mis pensamientos, cada día pierdo más y más palabras, las que
aprendí en mi infancia en Tierra con mi gente. ¡Y pensar que un día quise ser
poeta, el primer poeta de la Galaxia inmensa y ahora no soy más que tercer
navegante de un crucero turístico y estoy perdiendo mi lengua! Ya sé que nunca
podré hacer poesía como la que me hubiera gustado escribir, pero no he perdido
la esperanza de hacerla de otro modo, con mis acciones, con mis sentimientos,
quizá también con mi forma de mirar o mis caricias, pero ¡es tan difícil!, ni
siquiera ya me escucha Jaifa. ¿Habrá dejado de amarme? No, no puede ser. Jaifa
es mi compañera, la mujer que amo y amaré siempre. Durante dos años nos hemos
querido, ayudado, consolado en los largos días de navegación. Si no nos hubiéramos
conocido, ¡quién sabe lo que hubiera sido su vida en aquel planeta semidesierto
donde quería dejarla el capitán!, pero yo la ayudé y pagué de mi sueldo hasta
que pudo empezar a trabajar un poco en la nave y desenvolverse sola. Sé que al
principio estaba conmigo sólo por agradecimiento, pero sé también que después
las cosas cambiaron. No es posible que ahora quiera quedarse en Hor y vivir con
Aren y olvidarme. Pero, ¿qué digo?, ¿por qué pienso estas cosas?, sólo porque
Jaifa está callada mirando al cielo siempre cambiante del jardín no tengo razón
para suponer que haya dejado de quererme. ¿Qué piensas, Jaifa, mi amor?, ¿qué
hay detrás de tus ojos cuando miras al cielo e ignoras mis labios en tu pelo?,
¿qué pasa en tu cabeza cuando tu mirada se aparta de mí? Y tú, Aren, ¿qué
piensas de ella, qué piensas de nosotros, extranjeros en tu mundo, cuando te
entregamos nuestros sentimientos?
Si
nuestras vidas fueran menos complicadas podríamos quedarnos en Hor, tumbados en
el jardín de las flores que se columpian, y oír las salpicaduras de las fuentes
sobre las hojas; formaríamos un tríptico en este planeta, tendríamos una casita
de tres habitaciones y una sala común para amarnos y yo tal vez sería poeta y
Jaifa bailarina, como siempre ha deseado y Aren… ¿quién sabe lo que tú querrías
hacer?, Aren, tan distinto y tan distante de nosotros y otras veces, sin
embargo, tan próximo que nuestras voces y nuestras sonrisas se entremezclan y
se funden. ¡Qué maravillosa casualidad encontrarte en aquel paseo y entablar
conversación sobre las flores de corola triple que sólo crecen en Hor! Te
invitamos a cenar y a charlar con nosotros para que nos hablaras de todas las
bellezas que tenemos tres días para descubrir y fue así como decidimos venir a
visitar el jardín. Cuando te preguntamos qué sitio era éste tú dijiste que era
un lugar de contradicciones y, aunque no te entendimos, no quisimos tampoco
averiguar más, porque tus ojos eran dulces y tu mente creaba ecos con nuestras
sensaciones y sabíamos que te sentías feliz con un placer más puro que el de
cualquier humano. Aren, amigo, ¿por qué no sonríes de nuevo? No sé. Tal vez soy
yo quien no es capaz de apreciar del modo adecuado la hermosura del jardín;
estoy aquí, rodeado de hierba, de piedras blandas y suaves que se irisan
levemente de todos los colores y sólo pienso en mí y en Jaifa y en Aren, en
lugar de diluir mi mente en la paz y el silencio, en la contemplación del cielo
y de las flores tenues que columpian sus triples corolas en la brisa.
¿Y
si me quedara para siempre en el mundo de Hor?, ¿y si mañana, a la hora de
embarcar, acompañara a Jaifa hasta la nave y le dijera que le deseo toda la
suerte del Universo y que me quedo aquí, con Aren? ¿Podría yo hacer eso?,
¿podría vivir feliz en cualquier parte sin que el recuerdo de Jaifa, y el de su
soledad y su tristeza, me rompiera el corazón?
Acaso
sea ese el suicidio del que hablaba el capitán antes de bajar a tierra: «Hor es
un lugar divino, pero hay muchos que nunca vuelven a sus naves. Lo llamamos
"el suicidio" aunque nunca se ha sabido a ciencia cierta si la gente
se mata realmente o si sólo se esconde hasta que se va la nave. De todos modos,
deben saber que Hor, a pesar de su apariencia idílica, es un mundo muy pobre;
prácticamente vive de los turistas que pasan aquí los tres días de escala en
todas las naves que hacen esta ruta. No sabemos bien de qué viven los nativos
que no tienen relación con el turismo. Sólo les digo todo esto para que no se
entusiasmen demasiado pensando que pueden encontrar otro trabajo más placentero
en tierra, a menos que prefieran ser camareros o guías a ser tripulantes de un
crucero espacial».
Y
yo, ahora, parece que estoy pensando en el suicidio, porque, efectivamente,
sería un suicidio abandonar a Jaifa, abandonar la nave y probar fortuna en un
mundo extraño como Hor, con un ser extraño como Aren. Pero, ¿por qué?, ¿por qué
pensar tantas cosas?, ¿por qué no dejar que todo sea como debe ser: disfrutar
de la escala, volver al trabajo y firmar el contrato de matrimonio con Jaifa,
lo que nos permitirá estar siempre juntos en las mismas naves, ser trasladados
a la vez? ¿No era eso lo que yo quería hasta ahora, lo que más deseaba?, ¿no
era eso? Sí lo era y, sin embargo, hay algo nuevo, algo que ha entrado en mi
cerebro con Aren. Mi amor por Jaifa, esa mujer valiente y misteriosa, surgida
de repente en mi vida, ¿no se parece, tal vez, a lo que ahora empiezo a sentir
por Aren? ¿No me sucedió también así, de golpe, la otra vez? ¿Amo realmente a
Jaifa o me he acostumbrado a tenerla conmigo en los días y las noches del lento
tiempo entre los mundos? ¿Y ella?, ¿qué siente ella por mí?, ¿estará pensando
ahora lo mismo que yo pienso?, ¿estará recordando el abrazo de Aren y la
sensación del eco de sus propias sensaciones devuelto mil veces y en mil tonos
por el cerebro del extraño amante? Jaifa, mi vida, ¿qué nos ha pasado?, ¿qué
vamos a hacer? Estáis tan quietos y tan callados los dos y hay tantas cosas en
mi cabeza que quiero deciros, y sin embargo, no me atrevo. Quiero tocaros,
quiero sacudiros y compartir con vosotros esta angustia que he empezado a
sentir y que me está aislando de todos los sentimientos firmes de mi vida; pero
vosotros os alejáis de mí, me ignoráis, os perdéis de mi lado y quizá ni
siquiera estáis juntos, quizá ni siquiera lo estáis haciendo a propósito, pero
empiezo a sentirme perdido, perdido de ti, Jaifa, mi amor, perdido de ti, Aren,
de ti que aún no conozco pero que me atraes y me quemas como una llama. ¿Por
qué he venido a este jardín?, ¿qué esperaba encontrar en él?, ¿qué he
encontrado?
Estoy
cansada de estar aquí; estoy harta ya de estas nubes de colores eternamente
cambiantes que flotan sobre nuestras cabezas. Quiero irme. Quiero levantarme de
un salto y decirle a Shejet que me he cansado del juego triple y del jardín de
las flores que se columpian. Hay algo maligno en este jardín, algo que te
atrapa y te retuerce y te mata. Lo he sentido ya otras veces, antes, mientras
hacíamos el amor y Aren jugaba con nuestros sentimientos como si tejiera una
tela de araña venenosa a nuestro alrededor; pero Shejet no me creería, él es el
poeta, el que tiene las intuiciones divinas y yo no soy más que una golfa que
se ha ido solucionando la vida como ha podido. Él no me ha dicho nunca esto,
claro, pero sé que lo piensa. Y hace bien, eso es lo que soy, aunque me haya
pasado dos años haciendo de amante esposa; pero ya estoy harta. Harta de él, de
la nave, de los turistas, de todo. Se me revuelve el estómago de pensar que
dentro de menos de un día volveré a estar encerrada en esa polvera de lujo que
es el «Victoria» sin otro consuelo que las largas noches en la cabina de ese
pobre imbécil, con sus sueños y sus proyectos que no son los míos. Y, sin
embargo, hasta hace sólo dos días estaba dispuesta a firmar el acta de
matrimonio para legalizar esa compañía que no deseo; pero Shejet fue el único
en ayudarme en aquel mal paso y le tengo cariño, por eso le escucho y comparto
su cama; por eso y porque no he encontrado nada mejor. Dice que me quiere, pero
¿quién sabe?, yo también lo digo y no es verdad. Lo más probable es que crea
que me quiere porque tampoco tiene nada mejor. Hasta es posible que ahora esté
pensando en quedarse en Hor, con sus jardines y sus fuentes y su gente como
Aren, esa criatura extraña y malvada que amplifica, distorsiona y devuelve
nuestros sentimientos, pero que no siente, ni como nosotros ni de ninguna
manera. Sólo finge, no hace más que fingir, y nosotros también fingimos, como
idiotas que somos.
¿Por
qué tuvimos que encontrárnoslo? Es como si, desde que estamos con él, todos los
sentimientos tanto tiempo reprimidos se hubieran disparado. Ahora no puedo ni
pensar en tocar a Shejet, no podría soportar una caricia, pero no se lo puedo
decir, no me entendería. Roza mi pelo con sus labios y sé que me está pidiendo
una mirada, una sonrisa, pero no quiero hacerlo. Es igual. El pobre está tan
seguro de mi amor que no dudará por eso, nunca duda de nada. También estoy
harta de eso, y de su transparencia; es como una novela de misterio que, una
vez leída, pierde todo interés. Apostaría a que está fascinado por la técnica
de Aren, pero también podría apostar a que, a pesar de ello, nunca se quedaría
en Hor con él aunque se lo pidiera. Shejet en el fondo es un cobarde, le gustan
las cosas fáciles; por eso se quedó conmigo, porque estaba allí y no era de
nadie, pero nunca dudaría de su amor por mí.
Me
pregunto qué estará pensando Aren, suponiendo que pueda pensar. No sabemos nada
de esta gente y, sin embargo, somos tan ingenuos como para ofrecerles en
bandeja todos nuestros sentimientos sólo porque ellos pueden, como si
dijéramos, ampliarles el volumen. A lo mejor de eso viene el suicidio del que
hablaba el capitán; no como algo voluntario sino porque uno de estos seres
aumenta tanto las sensaciones que un orgasmo puede ser mortal. Creo que he
hecho bien en moderar todo lo que siento. No he sobrevivido tantos años de vida
azarosa para fiarme del primer horiano que conozco y abrirle mi alma. ¡Señor,
qué lentos pasan aquí los días!, casi tanto como en el «Victoria». Y todo el
rato aquí, tendidos como lagartos terrestres, sin hacer nada, sin hablar, sólo
mirando las nubes y las flores, estas flores semitransparentes, grandes como
hortalizas que no paran de moverse aunque no haya viento. Y qué quieto está
Aren, sin mover un músculo, como si no respirara. Aren, como un cadáver entre
nosotros. ¡Shejet, por Dios, di algo, muévete, di cualquier estupidez pero
salgamos de aquí, hagamos algo que demuestre que aún estamos vivos! Pero, no,
¿qué más da?; antes o después nos iremos, nos encontraremos de nuevo en la
pequeña cabina allá en la nave y entonces le diré… ¿qué?, ¿qué puedo decirle?,
que no lo quiero, que nunca lo he querido, que no pienso pasar mi vida a su
lado, que nunca he querido ser bailarina, que lo que yo quiero es encontrar un
hombre rico con una gran casa y muchos amigos y dar fiestas y moverme y hablar
y vivir. ¿Voy a decirle eso?
¡Qué
muerto está este jardín! No hay pájaros, ni gente, ni siquiera insectos
voladores; sólo estas piedras gomosas y esta hierba que parece haber perdido el
color y los árboles olorosos y las flores inmensas, pero sin ruido, sin vida.
Shejet acaricia el cuerpo de Aren y él no se mueve, no suspira. ¿Será esto la
muerte en medio de este jardín? Alguien escribió que eso era la muerte, me lo
leyó Shejet un día: «El recuerdo del desamor y del hastío y el abandono de toda
esperanza porque la esperanza es también desamor, también hastío». A pesar de
todo, yo siempre he creído en Dios. ¡Sálvanos, Señor, de Aren y del jardín de
las flores que se columpian! Nos estamos ahogando Shejet y yo.
El
asco me paraliza como otras veces, como todas las veces. Como siempre me
pregunto, después de hacerlo, por qué habrá caído este castigo sobre nosotros.
Éramos un pueblo sincero antes de que los humanos llegaran; muy pobres, es
cierto, destruidos por las guerras y las venganzas, pero sinceros y libres. Y
entonces llegaron ellos al planeta de la hermosura triple, como lo llaman, y
empezó la tortura. ¿Por qué no habremos muerto todos en las últimas masacres?
Hubiéramos dejado un mundo limpio donde quizás hubiera podido volver a brotar
la vida, pero no, tuvimos que prostituirnos a los que nos daban comodidades y
lujos de los que habíamos perdido el recuerdo. Esos malditos que no entienden
nada ni aman nada tuvieron que encontrarse en su primer contacto con una tribu
de perversos, los más miserables, los más despreciables seres de nuestra
sociedad, apartados voluntariamente de la comunidad por lo que quedaba de
nuestro Gobierno para que no contaminaran a los supervivientes de las últimas
batallas que aún conservábamos los fundamentos de nuestras leyes y nuestras
costumbres. Y esos monstruos humanos los consideraron fiel ejemplo de nuestra
sociedad, precisamente a esos desechos que se reunían en grupos de tres para
darse un placer que los destruía y olvidar así que había a su alrededor un
mundo que reconstruir. Dos que copulan y uno que recoge, amplifica, distorsiona
sus sensaciones y las devuelve a sus mentes y a sus cuerpos y los tortura
lentamente mezclando el placer y el dolor en un constante intercambio de papeles
hasta la destrucción por agotamiento o por locura. Y esos estúpidos científicos
humanos sacando conclusiones sobre la base tres que rige nuestro mundo, sólo
porque algunas de nuestras flores tienen triple corola y porque nuestro planeta
recibe luz de tres soles y tres satélites giran a su alrededor.
En
sus viajes posteriores descubrieron que también los humanos podían participar
en eso y agotaron a todos los perversos de nuestro pueblo para darse placer,
sin entender nada, sin querer entender. Y nosotros, mientras tanto, los demás,
tratando de sobrevivir en las colinas, tratando de reconstruir de alguna manera
nuestra civilización. Trajeron equipos para investigar las ruinas de nuestras
ciudades y tampoco se dieron cuenta de nada, ¿cómo podían verlo si habían
aceptado la perversión como código normal de conducta? Dijeron que aquellas
ruinas eran muy curiosas porque los edificios no habían sido destruidos por
explosivos ni por nada que se pudiera entender como bélico en el sentido
humano, y ¿por qué había de ser en el sentido humano si nosotros no somos
humanos?, pero eso no lo quisieron ver tampoco. No se dieron cuenta de que
nuestra mejor arma es precisamente la capacidad de resonancia de nuestras
mentes, de que podemos destruir enloqueciendo, potenciando los sentimientos y
sensaciones de nuestros enemigos. No entendieron que, lo que según ellos fue
creado para el amor, es el arma más peligrosa con la que contamos.
Shejet,
el humano, me toca el costado una y otra vez; no entiendo lo que quiere. A
pesar de todas las veces que lo he hecho, no puedo entenderlos. Espero que no
quiera volver a empezar porque esta vez lo mataría; utilizaría la corriente de
hastío, de frustración, de odio incipiente que hay en Jaifa para matarlo y a
ella la enloquecería con las dudas y la amargura de él. Ya he destruido al
número conveniente para que nuestro pueblo no entre en conflicto con el
Gobierno de los humanos y nos causen todavía más daño, pero esta perversión que
he tenido que forzar en mí, por amor a mi raza, me está comiendo terreno y a
veces siento una especie de placer malsano en destruirlos, porque se lo
merecen, porque son ellos quienes lo buscan. Tal vez algún día piensen que es
demasiada la gente que desaparece al llegar a este planeta y decidan que sus
naves deben hacer escala en otro lugar. Si ese día llega y nos dejan en paz,
podremos empezar a limpiar y reconstruir nuestro mundo como era antes de que
llegaran ellos; sin estos jardines artificiales creados para los humanos,
construidos con las constantes que pudimos obtener de sus mentes abiertas
durante la copulación: hierba de extraños colores, piedras blandas e irisadas,
fuentes y flores por todas partes. ¿Dónde queda la belleza de una flor cuando
hay cientos de ellas en el mismo jardín? Antes, cuando aún teníamos ciudades
hechas por nosotros, para nosotros, nunca había más de cinco o seis plantas o
árboles en una comunidad. Así, ver nacer una flor era una gloria efímera, era
como un reflejo de la belleza cósmica. Ahora, toda la hermosura amontonada,
nuestra triple hermosura, no es más que una vergüenza y una perversión. Pero no
podemos cambiar las cosas de golpe. Ellos son fuertes y su pueblo es numeroso;
nos dan cosas que necesitamos para cuando, más adelante, podamos volver a ser
nosotros mismos; a cambio, nosotros les damos la muerte que llevan encerrada en
sus mentes malignas. Para eso muchos sufrimos, sacrificamos nuestras vidas y
nuestros valores y nos hacemos los encontradizos a la llegada de las naves para
después traerlos a jardines como éste. Por eso estoy yo aquí, tendido junto a
mis víctimas, que presumen de amor y de decencia y sentimientos nobles.
Marchaos,
extranjeros, Shejet y Jaifa, no esperéis nada hermoso de mí. No os puedo dar
nada que no llevéis dentro, no os he dado nada que no llevarais dentro; os
desprecio, me dais asco, pero no quiero ensuciarme más, no quiero mataros.
Volved a vuestra nave, destruiros vosotros solos con vuestra insinceridad, con
vuestros engaños, pero marchad pronto porque la corrupción que hay en mi mente
está despertando. Si no os marcháis enseguida, yo, Aren, os destruiré por amor
a los míos.
La
mujer de Lot
Dedico
este cuento a mi abuela, Carmen Paya, porque la quiero mucho. Porque ella es mi
pasado y yo su futuro.Ciñendo el chal de lana en torno a su cuerpo, con el
hombro izquierdo apoyado contra la pared de la pequeña entrada presurizada y
los ojos semicerrados al sol de las cuatro, vio a su marido alejarse lentamente
en el tractor a través de la estepa polvorienta. Durante kilómetros y
kilómetros de desierto sus ojos siguieron la diminuta máquina azul rodando
lenta y trabajosamente hacia el horizonte como una tortuguilla esmaltada;
siguió de pie en la entrada de cristales hasta que ya no fue capaz de
distinguir a Jan y su máquina de las sombras de las rocas picudas que cerraban
el horizonte. Recordó que, hacía muchos años, había querido vivir allí, en
aquel puñado de rocas, sólo por tener algo que mirar al abrir las ventanas al
amanecer, pero hubieran estado demasiado cerca del campo de trabajo y todos
pensaron que era mejor construir la casa en un lugar más alejado. Así que se
habían quedado allí, en mitad de la llanura interminable, sin más vista que la
tierra roja y el sol amarillo, como un trozo de hielo sucio en un cielo sin
nubes y sin pájaros.
Miró
de nuevo al punto por donde Jan había desaparecido y entró en la casa; por pura
rutina, se acercó al termómetro y, a pesar de los 24 grados que marcaba, subió
un poco la calefacción. La casa parecía enfriarse cuando él se iba; de repente,
todo se quedaba callado y las cosas parecían haberse olvidado de sus nombres.
Siempre era así, siempre había sido así y, sin embargo, siempre le costaba un
escalofrío hacerse a la idea de otros tres días sola en la casa, sola en el
desierto. Antes, cuando los niños eran pequeños, eso también ocurría, pero
había tanto que hacer que los tres días pasaban deprisa, envueltos en pañales y
papillas, en juguetes y disfraces, en caligrafías y cuentas y garabatos. Los
cinco niños, con sus voces chillonas y alocadas, camuflaban el silencio de la
casa. Ahora todos estaban lejos. Cada uno tenía su propia parcela que cultivar
bajo las cúpulas de otros desiertos, su propio tractor en el que alejarse por
las mañanas, sus propios niños gritones y tiernos. ¿Cuánto tiempo hacía que no
los había visto? Moira, la más pequeña, se había ido hacía más de cuatro años;
los sopis habían enviado el mensaje un día igual que los otros, a comienzos del
verano y diez días después habían venido a buscarla para llevarla al sur, a una
granja de pollos que acababa de entrar en funcionamiento.
Recordaba
las palabras de los sopis cuando ella, a pesar de sus propósitos hechos a base
de despedidas del mismo tipo, se puso a llorar una vez más:
—No
se lo tome así, señora Sorensen; somos un planeta pobre, ya lo sabe usted.
Desde el desastre de casa no tenemos más remedio que procurar autoabastecernos
y todo ciudadano tiene el deber de trabajar por los demás. La señorita será
feliz, ya verá. Es un buen empleo y hay otros trabajadores jóvenes allí. Pronto
tendrá una familia.
—Ya
verá, señora —decía el otro— sí todos nos esforzamos para conseguirlo, pronto
tendremos una auténtica civilización como la de antes, pero tenemos que
sacrificar algunos sentimientos.
Recordaba
haber murmurado un «ya lo sé, ya lo sé» sin dejar de llorar sobre el pelo negro
de Moira, su pequeña Moira, a la que se llevaban de su lado antes de haber
cumplido los dieciséis años.
—No
llore, no hace más que empeorar las cosas, para usted y para su hija. Le diré
algo que es casi un secreto. En el Centro se está trabajando en un proyecto
para construir una red de transportes por todas las zonas habitadas del
planeta. Quizás antes de lo que usted se figura, podrá visitar a todos sus
hijos y conocer a sus nietos. ¿Tiene usted ya nietos, señora Sorensen?
—Sí.
Siete —contestó Paula con un hilo de voz— y nunca he visto a ninguno de ellos.
—Pero
la agencia le ha informado de sus nacimientos y de sus nombres, ¿verdad?
—Sí,
eso sí. El comunicador ha funcionado oficialmente dieciséis veces: cinco
llamamientos para mis hijos, cuatro participaciones de matrimonio y siete de
nacimiento.
—Y
hasta es posible que alguna vez su marido y usted hayan hablado con alguno de
sus hijos, ¿no es así?
—Bueno…
—dijo ella bajando los ojos— sí, pero han sido muy pocas veces.
—¿Lo
ve? Hacemos lo que podemos. No es como lo que teníamos antes, pero tampoco es
tan malo. Todas las comunicaciones tienen que partir del Centro y no se pueden
realizar entre casa y casa, ya lo sabe usted, pero cuando es posible, a todos
nos gusta que las familias sigan en contacto. Compréndalo, señora, apenas
tenemos de nada en Idella. Hay poca población, pero demasiada para estas cosas,
pocos especialistas, aún no tenemos resuelto el problema de la energía, ya no
podemos recibir nada del viejo hogar. No podemos permitirnos lujos.
Razones,
cientos de razones lógicas que la dejaban fría porque ya las había escuchado
otras cuatro veces, sin contar con las primeras, cuando todo le parecía bien y
estaba dispuesta a todo.
Razones
lógicas que no calmaban el dolor ni la soledad. Su última hija se iba para
siempre y los sopis decían que no se puede uno permitir lujos. Lujos como poder
volver a verse cada cinco o seis años, ella no hubiera pedido más. Llevaba
treinta años en Idella, sabía que no se podía pedir más, pero ¿era tanto pedir
eso?
Los
sopis pusieron el fardo de Moira en el tractor reluciente de la Sociedad
mientras ella, en la cocina, envolvía el pastel y los bocadillos
cuidadosamente, como si el pan recién hecho fuera una masa tierna de células
vivas. La última comida de casa que Moira probaría en su vida. Cayó una lágrima
sobre el pastel y formó un agujero diminuto en el merengue; clara de huevo
auténtica, de los seis huevos que Jan había traído del centro agrícola de
distribución.
Sabía
que los sopis se estaban impacientando pero no le importaba, ¿por qué iba a
importarle nada?, igual se la iban a llevar. Terminó de envolver la comida en
la hoja de plástico y se limpió las manos en el delantal. Salió al comedor y
puso el paquete en el regazo de Moira, que lloraba sentada en el sofá que Jan y
ella habían construido antes de nacer Pedro.
Recordaba
el último abrazo y la mano de su hija apretando la suya cuando le dio lo último
que le quedaba de su casa en la Tierra: un pequeño rosario de marfil que había
sido de su abuela. Recordaba el brillo del sol en el pelo negro de Moira, la
única de sus hijos que había heredado el Mediterráneo con su sangre. Recordaba
el golpe seco, metálico de la puerta del tractor al cerrarse, las letras
brillantes «Sociedad Organizadora Planeta Idella», la cara de Moira llena de
lágrimas, vuelta hacia ella a través de los dos cristales y la larga, lenta
marcha de la máquina a través del desierto, haciéndose más y más insignificante
en la distancia, hasta que se perdió en las sombras rocosas para no volver
jamás.
¡Red
de transportes! En casi cinco años, lo único que sabía de Moira es que vivía
muy lejos, que se había, casado con un japonés y había tenido una niña: Hera.
Se
levantó de la mecedora, puso un disco de música de baile que tenía más de
cuarenta años y dio unos pasos por la habitación suspirando, deseando poder
abrazarse a alguien al ritmo de la música y reírse de alguna tontería y decir
frivolidades como antes, como antes.
Cerró
los ojos y se acordó de su último baile en la Tierra, antes de venir a Idella;
del último muchacho con el que bailó, que la miraba con ojos brillantes y le
decía cuánto admiraba su valentía, su decisión de dejarlo todo para marchar a
la nueva tierra a empezar de cero. Ella entonces rió y se sintió la persona más
importante del baile. ¿Dónde estaría ahora aquel muchacho? ¿Habría muerto en la
guerra o quizás habría conseguido sobrevivir a la horrible destrucción? ¿Qué
quedaría ahora de su sonrisa, de su gracia, de su traje azul y su corbata roja?
¿Cómo se llamaba aquel muchacho?
El
sonsonete repetitivo del disco la devolvió a la realidad. Nunca se acordaba de
que estaba rayado en la cuarta canción, la que decía «llévame a las estrellas
en tu nave espacial». ¡Las estrellas! Iba a empujar levemente la aguja cuando
se acordó de la energía que consume un tocadiscos. Tenía que elegir entre la
música y la luz. Si se pasaba el día oyendo discos, sólo podía encender un tubo
por la noche, el del dormitorio, que era el que consumía menos, y las noches
sin luz seguían dándole miedo. Lo pensó un momento, suspiró y apagó el
tocadiscos. No era lo mismo, pero podía cantar; se había pasado la vida
cantándose a sí misma, un día más no importaba. Pensó en los días de allá
abajo, tan cortos, tan rápidos, siempre llenos de cosas y de gente, de voces,
de imágenes, de noticias, de ruido. Los días de veinticuatro horas que nunca
parecían ser suficientes para todo lo que había que hacer. Y en Idella, días
eternos, de más de sesenta horas vacías, estériles, desde que ya no estaban los
niños.
Le
hubiera gustado poder trabajar, pero su salud no era buena y la Sociedad
consideraba que el trabajo del que se había pasado toda la vida en casa, fuera
hombre o mujer, merecía unos años de descanso. Además, ella nunca había servido
para mucho; no había estudiado, como sus hermanos, se había limitado a aprender
de su madre y de su abuela todo lo necesario para ser una buena mujer de su
casa y lo había sido durante muchos años, mientras hizo falta; ahora sólo le
quedaba la soledad.
Si
hubiera vivido en la Tierra ahora podría ir a visitar a los hijos, sacar a
pasear a los nietos, leer revistas del corazón, hacer ganchillo al sol con
otras mujeres de su edad, ir de compras con sus hijas, ver seriales de
televisión, enterarse de lo que pasaba en otros países del mundo aunque no lo
entendiera bien y Jan tuviera que explicárselo, jugar al bingo los sábados con
otros matrimonios, hacer algún viaje, quizá, para ver todos los lugares
hermosos en los que nunca había estado, llevar flores al cementerio de vez en
cuando… su vida hubiera estado llena de pequeñas cosas, de pequeñas alegrías y
de algunas preocupaciones: el trabajo de los hijos, los embarazos de las hijas
y las nueras, el sarampión de los nietos, tal vez la muerte de algún conocido o
algún familiar, esas cosas que hacían que uno se sintiera parte de algo en un
mundo tan grande y tan complejo como el que había sido el suyo; un mundo que
apenas había tenido tiempo de comprender y que tal vez nunca hubiera
comprendido porque nunca le había gustado estudiar. Los exámenes siempre le
habían dado miedo y se conformó con la enseñanza primaria y la vida cotidiana,
la vida de muchacha que prepara su ajuar, que aprende a coser y a guisar y va
los domingos al baile con las amigas o a alguna cafetería de moda a oír música
y a buscar un marido para toda la vida.
Hubiera
sido hermoso, pero todo se había perdido; todo o casi todo. Paula no podía
saberlo porque en Idelia no se hablaba de eso, por lo menos eso decía Jan. Lo
cierto era que ya hacía muchos años que no llegaban naves y que la Sociedad
insistía en que no se debía recordar el pasado. Quizás en algún tiempo ella
supo qué había sucedido en casa, hasta qué punto había llegado la destrucción,
por qué había empezado todo, pero eran cosas que había ido olvidando en el
correr de los años, en el silencio, en las preocupaciones presentes y futuras,
en el deseo de olvidar el horror para quedarse solamente con el recuerdo de
postal pintada del hermoso hogar azul flotando entre estrellas.
Trató
de apartar de su mente el pensamiento de las cosas horribles que habían
sucedido para concentrarse en el futuro; en un mundo como Idella, lo único que
se podía hacer era precisamente eso: planes, muchos planes y luego, tratar de
realizarlos, eso decía Jan. Tenemos la gran suerte de poder hacer planes a
nuestro gusto, de construir un mundo a nuestra medida para nosotros y nuestros
descendientes, decía Jan y ella contestaba siempre: como Adán y Eva y Jan
sonreía: pero sin demonios y serpientes; aquí no hay nada prohibido y ella
callaba porque no quería decirle que no era verdad y que, si no había diablo,
tampoco parecía que hubiera Dios. Eso a Jan no le importaba; decía que la
religión es un refugio para débiles y cobardes y que en Idella se estaba construyendo
una sociedad fuerte y valiente que no temía enfrentarse a nada. Ella seguía en
silencio y acariciaba las tapas gastadas de su Biblia sabiendo que no podía
hablarle de las veces que había leído a sus hijos las santas historias del
Libro Sagrado para que no crecieran sin apoyo y sin Dios. Sabía también que,
tan pronto como empezaron a ir a la escuela del Centro Local, por turnos
siempre para que nunca hubiera más de seis alumnos y eso que las clases las
daban individualmente sentados frente a una pantalla, habían perdido todo
interés por las Escrituras, pero su conciencia estaba tranquila. En su papel de
madre había hecho todo lo que había podido y, tal vez, en el fondo del alma de
aquellos hijos suyos, rostros juveniles en su pequeño álbum de fotos, aún
quedara algo de lo que ella había tratado de inculcarles.
Recordó
que había empezado tratando de hacer planes y se aplicó a la tarea con su mejor
voluntad. Quizás en unos cuantos meses estaría suficientemente fuerte para ir
con Jan de vez en cuando y trabajar un poco en el centro agrícola, el más
cercano, moliendo maíz o alimentando a las pocas gallinas que habían conseguido
aclimatarse. Para eso no hacía falta ser muy fuerte, ni muy joven, o si no, ya
encontrarían algo para ella. Sin embargo, esa posibilidad que significaba ver
unas cuantas caras nuevas y salir de casa, la asustaba. Llevaba veinte años sin
ver prácticamente a nadie más que a su marido, a sus hijos, a los sopis y a
algunos médicos y enfermeras que había necesitado en los partos y en unas
cuantas ocasiones más. Y claro, esas veces siempre había habido un tema de
conversación bien definido; no sabía si todavía era capaz de hablar por hablar
con gente desconocida.
Al
principio había sido diferente; aún no tenían hijos y la vida de la colonia
había sido por entonces más social. No había habido muchas ocasiones tampoco,
pero era más culpa del trabajo por la supervivencia que por imposición de las
normas sociales. Entonces aún se reunían hasta treinta y cuarenta familias por
Navidad, se oía la emisión desde la Tierra y se cantaban canciones después de
la cena en común. Luego todo el mundo dormía por el suelo y al día siguiente
cada familia volvía a su casa llena de proyectos para la siguiente reunión,
cuando se conmemoraba el día en que los primeros colonos llegaron a Idella.
Luego,
un día, tal vez el año en que ocurrió aquello de casa, dejó de celebrarse la
Navidad y más tarde, también las otras fechas cayeron en el olvido y entonces,
poco a poco, llegó la soledad que fue desdibujando el pasado y el futuro para
convertir su vida en un presente eterno; un presente en el que ya no tenía la
seguridad de que sus recuerdos fueran verdaderos, en que ya no podía saber si
todas las imágenes que acudían a su mente desde el pasado eran realmente cosas
que le habían sucedido alguna vez y no fotogramas de alguna película, pasajes
de una novela, historias que alguien le había contado en algún tiempo.
Volvió
a concentrarse en sus planes y volvió a sentir el miedo a no poderse adaptar a
ver otras personas y mantener una conversación. Después de tanto tiempo,
enfrentarse de golpe con unos desconocidos, con otras formas de hablar podían
volverla agresiva y eso sí que no se podía permitir en Idella; eran demasiado
pocos para ponerse a luchar. En eso sí veía Paula la lógica de la Sociedad. Si
lo que había llevado a la guerra en el viejo hogar había sido el excesivo
contacto social, la abrumante proximidad entre los hombres, la superpoblación,
la mejor forma de vivir en paz era vivir aislados, aunque fuera también un
doloroso sacrificio. Nadie puede envidiar cosas que no ve y, además ¿qué puede
uno envidiar en Idella, si nadie tiene nada?
Pensó
en el nombre de su planeta y, como siempre, sus labios esbozaron una sonrisa
triste. Recordaba vagamente las discusiones para bautizar el descubrimiento del
primer mundo que la Tierra podría colonizar. Tenía que ser un nombre fácil y
expresivo, que cualquier humano pudiera pronunciar y que dijera algo sobre la
nueva tierra en sí; nada de Nueva América o Nueva Moscú o Islam y tantos otros
nombres que se habían propuesto al tratarse de un proyecto de exploración
espacial en el que participaban en mayor o menor grado casi todos los países de
la Tierra. Se pensó también en llamarlo Paradiso, pero el nombre pareció
excesivo incluso a los que nunca habían estudiado los informes, así que se optó
por una solución latina, a la manera clásica: Idella, combinación de «stella» e
«idealis», la estrella ideal. ¡Ideal una estrella que da luz a un planeta
inmenso y perennemente frío donde apenas hay agua!, sin nubes, sin mares, sin
bosques; donde todo tuvo que ser traído de la Tierra, materias primas,
animales, plantas, tecnología, colonos, especialistas… Todo para satisfacer el
ansia de imperio de un planeta ridículo que ni siquiera había sabido salvarse
de la destrucción, como Jan había dicho una vez a sus hijos.
Y
ahora sólo quedaba Idella, con sus cincuenta mil habitantes escasos y su lucha
por la supervivencia.
Paula
dio un par de vueltas por la casa, apretando el chal contra su cuerpo y se
comió una rebanada de pan. Ahora amasaba sólo cada seis días; no necesitaba
comer mucho y Jan tampoco tenía mucha hambre al volver. Durante los tres días
que pasaba fuera, comía en el centro y traía siempre algo: unos huevos, alguna
verdura, a veces fruta, leche, y, muy de vez en cuando, un pedazo de carne o
algún pollo. Ya no se acordaban del sabor del pescado; en Idella no se podía
malgastar el agua en acuarios para truchas aunque los sopis decían que más
adelante los habría.
Miró
por la ventana y se dio cuenta de que habían pasado muchas horas desde que Jan
se había ido. ¡Tanto mejor! Claro, que había estado todo ese tiempo recordando
el pasado y eso era algo que, según el libro de la nueva vida editado por la
Sociedad, no convenía hacer. El pasado ya no existe; hay que mirar hacia el
futuro y ayudar a construirlo: tener hijos, trabajar, aprender a amar la nueva
vida y la nueva tierra. El futuro. No hay que mirar atrás. El pasado es sólo el
viejo hogar perdido en el tiempo y en el espacio; una amalgama de luchas, de
odios y de destrucción. Los hombres del pasado no supieron aprovechar su mundo,
su oportunidad. No hay por qué recordarlos con nostalgia; están muertos. Idella
está viva y hay que ayudarla a que siga viviendo, a que crezca, a que se haga
fuerte, grande y hermosa.
¡Palabras!
¡Sólo palabras! El pasado también estaba hecho de amor y de árboles y de
pueblos junto al mar donde uno podía salir a pasear por las tardes al terminar
el trabajo y encontrarse con gente y hablar de cosas pequeñas, sin importancia,
pero buenas y aromáticas como la sal y la canela. El pasado era también la
música y los bailes y el teléfono y la televisión y los anuncios. Sí, claro,
había pobreza y explotación y consumismo, pero era bonito ver la tele aunque
fuera en el escaparate de una tienda y era bonito pasarse el año ahorrando para
comprar regalos de Navidad y entrar en una iglesia y oler las velas y el
incienso y ver cómo brillaban las luces en las casullas verde y oro de los
sacerdotes. Y también se podía salir al campo cálido y coger moras y setas y
caracoles.
Sentada
de nuevo en la mecedora, Paula recordaba y reinventaba escenas de los veranos
de su niñez, los veranos en el campo, la vendimia, cuando la tierra empezaba a
oler a otoño, los cestos cargados de uvas negras y apretadas, las uvas doradas,
transparentes como gotas de luz, las avispas amarillas y negras en las
acequias, los pájaros piando al amanecer, cuando la madre entraba en su cuarto
a abrir las ventanas y olía a café y a pan tostado y se oían las protestas de
sus hermanos pidiendo que los dejaran dormir un rato más y la escoba de la
abuela barriendo las aceras alrededor de la casa, semioculta entre olivos y
naranjos, rodeada de hortalizas y rosales, con jazmines, buganvillas y albahaca
en las ventanas enrejadas.
También
ése era el pasado que querían olvidar, el pasado que tenían que olvidar para
poder soportar el presente.
A
veces Paula pensaba si no hubiera sido mejor morir con todos los demás en la
hoguera gigante, en la muerte de luz de su vieja casa, en lugar de seguir viva
en el inmenso desierto de Idella donde no había olores, ni apenas sonidos, ni
colores casi.
Sin
embargo, sus hijos amaban esta tierra y también su marido, su Jan, el hombre
por quien había recorrido millares de kilómetros de vacío helado para empezar
una nueva vida juntos en un planeta limpio que brillaba al sol. Recordó al Jan
de entonces: alto, rubio, pecoso, alegre y tranquilo, brillando con una luz
interior entre los cientos de personas de aquel baile de fin de año. Recordó a
su amiga Carmen diciendole: «Este es Jan Sorensen. Es noruego y en Abril se
marcha a Idella». Su amiga Carmen, pizpireta y posesiva, abrazada a la cintura
delgada de Jan, feliz de pasearse entre la gente con un héroe espacial, con uno
de los primeros colonos. Recordó cómo, casi sin darse cuenta, estaba bailando
con él, oyendo su voz firme y tranquila, de marcado acento extranjero,
hablándole de la nueva vida en el planeta lejano, hablándole de cómo todo
podría ser distinto y mejor si la gente dejara de empujarse y aplastarse en
este hormiguero y se decidiera a trabajar por lograr algo bello en una tierra
virgen.
Recordó
el día en que presentó a Jan a su familia, la admiración de su padre por aquel
muchacho delgado que iba a abandonar su mundo por un ideal, la sonrisa de la
abuela, cuyo hijo mayor se había marchado a Australia a los veinte años a
empezar su vida, el temblor de los ojos de su madre que mientras cenaban le
preguntaba si no le daba miedo irse tan lejos y dejarlo todo por una ilusión,
las palmadas que sus hermanos daban en los hombros de Jan, brindando una y otra
vez por el nuevo mundo. Aquella noche su madre le preguntó si pensaba irse con
él; mientras fregaba los platos, la abuela le sonreía y le hacía guiños
maliciosos cuando Paula contestaba: «No lo sé, mamá, no lo sé», aunque sí lo
sabía; entonces la abuela dijo:
—No
seas tonta, hija; vete con él. Ése es un hombre de verdad, de los que ya no
quedan. Si dejas que se te escape, te casarás con cualquier tonto y te pasarás
la vida sintiendo no haberte ido.
—No
digas esas cosas, mamá —cortó su madre— ¿cómo se va a ir Paula a ese lugar
dejado de la mano de Dios? Tan lejos, tan distinto a nuestro mundo, tan…
Se
puso a llorar y su abuela dijo, sin hacer caso del llanto de su hija:
—Estando
con el hombre de una, cualquier tierra es buena, pero tú verás, Paulita.
Era
una conversación que podía recordar con tanta claridad que le parecía estarla
escuchando; otras, sin embargo, sólo habían quedado en su memoria como una
película, de la que se conoce el argumento pero no las palabras, como cuando el
día del compromiso formal, cuando Jan habló con sus padres y les dijo que
querían casarse antes de que él se fuera, que él iría primero para poder
construir una casa donde vivir decentemente y donde ella pudiera ser feliz. Y
así se hizo.
Paula
abrió los ojos. El sol se estaba ocultando ya. El largo día de Idella se
acababa. Se apretó el chal contra el pecho y fue a encender las luces; toda la
casa iluminada, como una estrella caída en el desierto, Campus Stellae. ¿Qué
habría sido de la catedral, tan bonita, que vieron un verano en el Año Santo
porque su madre quería ir allí con sus tres hijos? Todo habría sido destruido
como Sodoma, ¿o era Babilonia? en una inmensa llamarada de fuego blanco. Pero
esta vez el Señor no había mandado a sus ángeles a salvar a nadie. O ¿quién
sabe? Ellos se habían salvado. ¡Pero sus padres, su abuela, sus hermanos, sus
tíos, sus primos, sus amigos!, ¿qué habría sido de todos?, ¿qué habría sido de
Carmen, de aquel muchacho del baile? ¿Cómo se llamaba…? Bertrán, sí, se llamaba
Bertrán; un nombre bonito, una bonita sonrisa.
Abrió
un cajón de la cómoda de plástico y sacó una caja hecha de madera auténtica, de
la tierra, uno de los pocos lujos que se habían podido permitir antes de que
alguien decidiera que los colonos debían pasarse sin lujos, antes de que
nacieran los niños. La nave de abastecimiento trajo el pedido, las tablas de
pino que habían encargado y los sopis las entregaron una mañana. Eran para
hacer una cuna que ahora se mecía estéril en el dormitorio. Con la madera que
sobró hicieron la caja, para guardar las cosas de la Tierra. Acariciando la
madera, recordó a Jan cuando recibieron las tablas. Silbaba como un jilguero
mientras lijaba y medía.
Dejó
la caja, sin abrirla, porque no quería ver de nuevo las mismas cosas. Había que
pensar en el futuro. Metió la mano hasta el fondo del cajón y sacó un pedazo de
tela que había sobrado de un vestido que le había hecho a Dolores para cuando
se fue de la casa. Iba a hacerle una camisa a Jan, le hacía falta y sería una
sorpresa. Buscó los patrones y extendió la tela sobre la mesa; colocó los
pedazos de papel, amarillentos y gastados, con un cuidado infinito. Casi las
mismas medidas de antes, de treinta años antes. Casi la misma medida de la
camisa que había llevado el día de su boda; la camisa que su abuela se empeñó
en coser a mano aunque entonces se podía entrar a una tienda y elegir tallas,
telas y colores. También su vestido estaba hecho a mano, cosido por ella y por
su madre. Fueron un día a la ciudad y compraron tela blanca, la mejor tela que
encontraron. Suave y ligera como una espuma. Y compraron tul para el velo,
porque en su pueblo las mujeres se casaban con velo, y florecillas de cera que
imitaban azahar y zapatos de tacón y adornos de pasamanería para el borde del
vestido. Hacía un día precioso, con un cielo azul radiante y una brisa fresca
que venía del mar. Comieron en un restaurante cerca de la playa, rodeadas de
paquetes, como en las películas americanas y luego, tomaron café con pastas a
media tarde. Su madre estaba muy guapa. Con un vestido malva que la hacía más
joven y todo el mundo les sonreía; las chicas de las tiendas eran simpáticas y
jóvenes y le gastaban bromas porque se iba a casar. ¡Hasta el revisor del tren
les dijo un piropo cuando volvían a casa! ¡Cuánta gente se encontraba uno
antes!
Las
manos, hábiles y rápidas, después de tantos años de trabajo, cortaron con
firmeza la tela azul. De repente, sintió un mareo y tuvo que sentarse. Suspiró
y cerró los ojos. Aún no había cumplido sesenta años y ya casi cualquier cosa
era demasiado esfuerzo.
Tomó
la Biblia, que siempre estaba encima de la mesa y, como siempre desde la
destrucción del hogar, la abrió por el fragmento de Sodoma y Gomorra. Leyó en
silencio, moviendo los labios ligeramente, hasta el final del pasaje. Cerró el
Libro y pensó en la mujer de Lot. ¿Por qué habría desobedecido aquella mujer la
orden del ángel? Sus pensamientos siempre volvían a esa pregunta. ¿Tanta era su
curiosidad? ¿Tanta como para exponerse a su propia muerte y dejar abandonado a
su marido y a sus hijas? Echó la cabeza atrás y volvió a cerrar los ojos. Mirar
atrás destruye. ¿Dónde había oído eso? Su memoria ya no era tan buena como
antes; ya no podía recordar cosas que antes había tenido tan claras. ¿Cómo se
llamaba la nave que la trajo a Idella? Recordaba, sin embargo, los ojos de la
azafata que le enseñó a usar el lavabo; unos ojos grandes y verdes, muy
bonitos; la clase de ojos que ella siempre había querido tener en lugar de los
suyos, negros como su pelo. Recordó la voz del hombre que asignaba las literas:
Señorita Sorensen y su propia voz, joven, asustada: Señora Sorensen. Era la
primera vez que lo decía en público y en voz alta. Perdone, señora, ¿cómo es
que viaja usted sola? Mi marido ya está en Idella desde hace dos años, me
espera allí.
Recordaba
los nervios, la inquietud del encuentro con Jan, con su marido de una semana,
al que no había visto desde hacía tanto tiempo. Durante esos dos años y durante
los meses que pasó en la nave, miraba su foto todas las noches y pensaba si
habría cambiado mucho, si la seguiría queriendo igual, si sería el mismo
muchacho bueno y alegre con el que se había casado en la ermita del mar. Y sí,
sí lo era. Era el mismo Jan el que fue a esperarla al campo de aterrizaje. Más
delgado, más nervioso, pero el mismo. Recordaba el temblor de su cuerpo cuando
la abrazó, la presión de su mano en la de ella mientras pasaban el control de
llegada.
Estaba
mareada. Sentía una angustia creciente que no la dejaba pensar; tenía calor y,
a la vez, temblaba. No se encontraba bien; tenía que llamar al médico. Quizá su
presión arterial había subido demasiado. Sabía que no debía excitarse, pero
¿cómo iba a excitarse estando sola en una casa en mitad del desierto de Idella
bajo un cielo negro inundado de estrellas?
Le
dolía la cabeza. La cabeza. Como si toda su sangre estuviera dentro de su
cabeza y no pudiera pasar por sus venas. Intentó levantarse. No podía. Sentía
que se caería de la mecedora si intentaba moverse de nuevo. Pasará. Tiene que
pasar. Su corazón latía apresuradamente y su mente se esforzaba por serenarse.
Las palabras brotaban a borbotones en su cerebro pero sus labios no podían
moverse tan deprisa: Tengo que terminar la camisa de Jan. No puedo morirme
ahora, no me voy a morir ya, así, sola y sin haber terminado la camisa. Tengo
que ponerme bien para ir a trabajar. Pronto construirán la red de transportes y
podremos ir a ver a los niños y a los nietos. Tengo que pedirle a Jan que me
traiga tela para hacerme otro vestido. No puedo ir a verlos con el que tengo.
Una tela azul, como su camisa. No, no está bien para mi edad, ya no soy tan
joven. ¡Qué angustia, Señor, qué angustia! ¡Jan, dame la mano, Jan! Me ahogo,
tengo frío, no puedo respirar. Dios mío, Dios mío, ayúdame, no me dejes. ¡Jan!
¿Dónde estás, Jan? ¡Mira, mira! Se ve el mar. Huele a naranjos, a limoneros, a
sal. Mira, Jan, ¿no lo ves? ¿Dónde estás? Dame la mano. Quiero levantarme, hay
mucho que hacer. Hay que construir Idella, hay que construir un mundo. ¡Qué
frío hace, Jan! ¿por qué no me abrazas? ¿Dónde estás? Hay que construir un mar
y ponerle barcos y gaviotas. Está muy oscuro. Hay un ruido raro, ¿no lo oyes?,
como de un río que corre por un barranco. ¡Sí, aquí, en mi cabeza, Jan! ¿no me
oyes? Quiero estar contigo. Yo no me volveré, te lo prometo. No te abandonaré.
No miraré atrás. Ya me acuerdo de dónde lo había oído. En el libro de los sopis
dice: No hay que mirar atrás. El pasado mata, el pasado destruye, como a la
mujer de Lot.
Nos
hemos salvado, Jan, amor mío. Hemos salido de Babilonia y Babilonia está
muerta, ¿o era Sodoma?, sí, Sodoma y Gomorra, no sé, no me acuerdo, ya no me
acuerdo de nada. No importa, es mejor así. Hay que hacer el futuro. Yo te
ayudaré, Jan, yo te ayudaré. No hace falta el mar; tenemos el desierto. Tenemos
nuestro mundo. ¡Tenemos a Idella, Jan!, dame la mano. Soy muy feliz. Lo
entiendo todo. Lo entiendo. Te quiero mucho, Jan. Te quiero. Te quiero.
Cuando
Jan cortó el contacto del tractor frente a la puerta, no había nadie en la
entrada de cristales. Con un extraño presentimiento, el hombre entró en la
casa. Paula tenía la presión muy alta y, aunque sabía que no debía hacerlo, le
gustaba recordar cosas pasadas que la excitaban y la exponían a… Pero no, no
quería ni pensarlo, Paula era fuerte, no pasaría nada. Y, además, Paula era
toda su vida. ¿Qué haría él si ella…?
En
el comedor, sentada junto a una tela azul extendida sobre la mesa, lista para
transformarse en una camisa, Paula, serena y hermosa como una estatua de sal,
le sonreía.
Aquí
estamos todos juntos
Te
has sentado en un sillón y, con un suspiro, has abierto el libro que ha estado,
mudo, sobre tu mesa desde que lo recibiste. Antes de abrirlo y sentirlo crujir
entre tus manos, has lanzado una mirada satisfecha por las paredes del cuarto
llenas de otros libros, de otras imágenes que te hacen sentir que eres una
persona de nuevo, no ese pedazo de carne cansado, y triste a veces, que vuelve
del trabajo sin tiempo para nada y, casi, sin ilusión. En algunas ocasiones la
idea de ese dulce, ligero autoengaño te hace esbozar una sonrisa resignada con
un toque de conmiseración no sabes si hacia ellos, los que no te entienden y se
ríen de ti desde una posición levemente superior, o hacia ti mismo, que sigues
disfrutando del mismo tipo de libros que te gustaban en la adolescencia. Luego
te dices que eso no es totalmente cierto y que el género, caso de serlo, se ha
desarrollado mucho, tanto que ya no tiene por qué darte esa ligera vergüenza,
ese sentimiento velado de culpabilidad. Entonces vuelves a acariciar la tapa del
libro, blanca y suave, y apartas los sentimientos molestos de tu mente para
sumergirte en el mundo mágico que te devolverá tu propia dimensión. Y lees:
UN
DESTINO COMÚN. Elia Barceló.
El
primer trago le había quemado la garganta como fuego derretido y casi, casi
había hecho acudir las lágrimas a sus ojos lavados y endurecidos por tantos
años de estrellas y metales brillantes, de luz cegadora y oscuridad total. El
segundo trago había pasado ya con suavidad hasta su estómago y se había
instalado allí, tierno y caliente como un gatito, produciéndole una sensación
de euforia indominable, la euforia de haber vuelto a su propio planeta aunque
fuera de modo ilegal y jugándose lo poco que tenía: su propia piel. Pero ahora
no quería pensar en el pasado; lo único que importaba era que, a pesar de los
años y del riesgo, había vuelto a casa y tenía que encontrar una manera de
pasar el control de inmigración para poder echarle una mirada a su viejo planeta
antes de marcharse otra vez, quizá para siempre.
Había
pasado mucho tiempo desde la última vez que saliera de allí a buscarse la vida
entre los mundos; sabía por algunos conocidos que Terra no era ya más que un
planeta en franca decadencia, una escala en los cruceros de placer o un punto
donde repostar para seguir a Zero, el gran centro comercial del sector. Sin
embargo había querido verlo una vez más antes de seguir con su carga hasta Lyx,
un planeta perdido en el Borde donde muchos habían estado antes que él pero de
donde pocos habían vuelto en las mismas condiciones. Si su viaje a Lyx tenía
éxito, podría pagarse la ciudadanía en cualquier sitio y dedicarse a la buena
vida de humano rico; si no lo tenía… bueno, al menos se habría despedido del
viejo hogar. Como siempre, su vida en el futuro inmediato se hallaba compuesta
de riesgos calculados y fifty-fifties pero ¡qué diablos! así había sido siempre
y si sus antepasados no se hubieran arriesgado a cruzar el océano, se habrían
muerto de hambre con sus cuatro cabras en las llanuras de España.
Con
la experiencia de sus muchos años de vida incierta, apartó de un empujón todos
los pensamientos deprimentes y pidió otro vaso. Esta vez ni su garganta ni su
estómago, anestesiados por los dos primeros, sintieron nada y su cerebro se
concentró en cómo saltarse los controles y salir del Espaciopuerto. Antes de
darse cuenta, se había terminado el líquido quemante y, reprimiendo el deseo de
pedir otro, se apartó lentamente de la barra buscando un mirador desde donde
pudiera ver algo de la ciudad en torno al gigantesco edificio terminal. Siguió
las indicaciones, que ya no estaban escritas en ningún idioma terrano sino en
interlén y en las dos lenguas principales del sector, y consiguió llegar frente
a los ventanales de plastividrio rosado tras recorrer un amplio pasillo
totalmente desierto. Él no había estado nunca en Barcelona pero suponía que la
ciudad debía de haber cambiado mucho desde que él se marchó porque lo que se
veía tras los cristales no tenía ya ningún parecido con las ciudades humanas
que había conocido en su adolescencia. Era todo como en cualquier otro sitio,
todo con ese aspecto imponente, triunfal y falso de las ciudades turísticas
donde todo se puede comprar y vender aunque, desde la altura a la que él se
encontraba, pudiera imaginarse que aquello era sólo un precioso juguete
desmontable que algún niño hubiera extendido junto al mar, si es que aquella
extensión levemente violácea era efectivamente el mar, el antiguo Mediterráneo,
cuna de civilizaciones extinguidas como estrellas viejas. Sin embargo, a pesar
de la altura, a pesar de aquella monstruosa aglomeración de seres y edificios,
a pesar de su absoluto parecido con cualquier otra ciudad de cualquier otro
mundo habitado por humanos o humanoides, había algo que le fascinaba, que
prendía sus ojos al brillo del vidrio y el metal, a los colores
resplandecientes de aquel hormiguero, al violeta del cielo y el mar. Algo que
reconoció enseguida con un ligero sentimiento de vergüenza: aquello era su
hogar, el lugar en el que había soñado tantas veces en medio de la oscuridad
entre los mundos, en las calles de ciudades extranjeras, en los puertos de los
planetas no humanos. Aquello había sido su casa y, aun sintiéndose tonto y
ridículo, no podía evitar una especie de sentimiento de orgullo y satisfacción.
Como no tenía con quién hablar, se limitó a dar un suspiro que expresaba su
deseo de bajar inmediatamente, de mezclarse con aquella multitud agitada, de
caminar por las calles de una ciudad de su propio mundo donde los carteles
estarían escritos en la lengua de sus padres ya que no en la suya; la suya era
a estas alturas una especie de interlén degenerada por la soledad y las
compañías ocasionales.
—¿Qué?
¿Ya has mirado bastante o te vas a quedar un rato más?
La
voz a sus espaldas lo cogió desprevenido; se volvió lentamente. Una mujer de
cabello rojizo y mono de vuelo lo miraba con una sonrisa entre pícara y
despectiva.
—No
sé —contestó—. Tenía que pensar unas cuantas cosas y este sitio es tan bueno
como cualquier otro. Además, la vista vale la pena.
La
mujer pasó por delante de él y contempló la ciudad unos segundos.
—¿Tú
crees? —dijo ella—. Hay millares de ciudades como ésta; son todas iguales.
—Sí,
tal vez. Pero ésta es Barcelona, en Terra.
—Sí,
ya. Todas tienen un nombre; con el tiempo hasta eso parece igual.
—¿Y
para qué has venido, entonces?
—Yo
no vengo, chico listo, a mí me traen. La nave llega, bajamos, me paseo un poco,
me tomo un par de tragos, conozco a veces a algún tipo, como tú, se dicen un
par de tonterías y volvemos a subir —señaló hacia el techo con el pulgar—. Ya
ves, lo de siempre. ¿Y tú?
—Sería
largo de contar. ¿Me aceptas un vaso?
La
mujer miró un momento a su alrededor, al corredor vacío, metió las manos en los
bolsillos y dijo:
Levantas
entonces la vista del libro tratando de recordar de qué te suena ese nombre,
porque es posible que Luna evoque algo en tu memoria, que te dé la impresión de
haberla conocido. Yo no lo sé porque no te conozco, te invento tan sólo y
además yo no soy más que el narrador de esta historia; es posible que la autora
sepa más pero tampoco es muy probable que ella sepa si tú has leído una
determinada revista en el otoño del 81. Pero tú sí lo sabes y, si lo has hecho,
podría ser que la recordaras y que, entonces, lo entiendas. Sé que puedes
comprender lo difícil que resulta explicarse ante un desconocido aunque,
pensando correctamente, yo tal vez te conozca bien, al menos a ti, porque estás
en mi mente, porque yo te pienso, te invento, te escribo y quedas prendido
aquí, en una página, como Luna y como Nel.
Ya
muy cerca del bar de tripulaciones, donde el alcohol es más barato, Nel se
detuvo un instante; algo había llamado su atención. Sobre una mesa plegable
había un montón de dibujos extendidos, cuadritos pequeños con estampas de la
Tierra como era antes de los espaciopuertos; cuadros de escenas de montaña con
vacas y nieve, cuadros de ríos con ciervos y cazadores, del mar con sus olas,
sus acantilados y su barca de pesca, cuadros de monumentos antiguos como la
Torre Eiffel y el Parlamento de Londres, con la torre y el reloj, cuadros de
colores brillantes, a veces chillones, que hacían sentir dolor y ternura a Nel.
Luna le tiró de la manga, impaciente:
—¿Te
vas a pasar el día ahí mirando esas… cosas?
Nel
le hizo una seña apenas de que esperara un poco; había un recuerdo de algo muy
lejano que no conseguía revivir. Se acercó a la mesa. Había una muchacha
morena, de grandes ojos castaños sentada en una silla de lona leyendo un
librito. Al ver acercarse a Nel, dejó el libro en el suelo y se levantó:
—¿Quieres
comprar algo?
—¿Cuánto
valen?
—Depende
del tamaño. Mira, estos grandes…
Él,
en un gesto repentino, la cogió por la muñeca, la chica se sobresaltó y miró a
Luna, que se apoyaba contra la pared, como pidiendo ayuda.
—No,
no te asustes —dijo Nel—. Oye, ¿no te llamarás Minnie, por casualidad?
—Sí
—dijo la chica con un hilo de voz— pero yo no te conozco.
—Alguien
le habrá hablado de ti; las naves están llenas de historias y de rumores
—terció Luna.
Los
ojos de Minnie se abrieron, llenos de esperanzas:
—¿Conoces
a Vlad? ¿Te envía él?
—Luego
es cierto —dijo Nel lentamente—, toda esa leyenda es cierta, pero ¿cómo puede
ser?
Minnie
miraba a Nel y luego a Luna sin saber qué estaba pasando y sin saber qué decir.
Por fin Nel sacudió la cabeza y dijo:
—Anda,
vente con nosotros a tomar algo. Hay un par de cosas que me gustaría aclarar.
Sin
decir nada, Minnie echó una manta por encima de la mesa y los tres empezaron a
caminar hacia el bar. Luna giró hacia la barra pero Nel la detuvo:
—No,
por favor, vamos a sentarnos.
Ella
se encogió de hombros y se sentó a la primera mesa libre. Nel se volvió hacia
Luna:
—Paga
con tu credi, por favor. Luego te lo doy yo en unidades.
—¿Qué
pasa? ¿Eres ilegal?
—Pues
algo parecido. Me gustaría que de momento no se registrara mi nombre en Terra.
¿Te importa?
—No,
¡qué va! ¿Qué queréis?
—Beer
—dijo Minnie, alzando la vista de la mesa.
—Yo
lo que tú tomes —dijo Nel.
Hubo
un largo silencio en el que cada uno se dedicó a su vaso, totalmente desligado
de los demás. Por fin Minnie dijo:
—Bueno,
¿no me ibas a decir algo?
Nel
levantó la vista y miró los ojos expectantes:
—Sí,
pero no creo que sea lo que tú te figuras.
—¿Qué
es? Dime qué es. ¿Ha muerto él? ¿Ha muerto Vlad? Porque tú conoces mi historia,
¿no?
Nel
guiñó los ojos un segundo, como siempre que estaba confuso.
—Sí,
la conozco, pero no por las leyendas de las naves, como dice Luna. Tu historia
tiene más de quinientos años. Me la contaba mi abuela cuando era pequeño, era
una de mis historias favoritas.
Luna
se echó a reír:
—Venga,
hombre, tú estás borracho.
—No,
no lo estoy pero el efecto es el mismo. Apuesto —dijo mirando a Minnie— a que
conozco todos los detalles. Incluyendo la parte de Joel —añadió mirándola
fijamente.
—Eso
no puede ser —dijo ella— a menos que él mismo te lo haya contado, claro.
—No.
Te juro que no. Yo lo sé todo porque mi abuela me lo contó.
—¿Y
cómo iba a saber tu abuela la historia de una muchacha que aún no había nacido?
—dijo Luna, burlona.
—Ahí
está la cuestión, precisamente. Porque lo curioso es que esa historia no fue
una invención de mi abuela, Luna; era un cuento muy conocido hace unos
quinientos años, ya os digo, que escribió una española en una de esas revistas
antiguas en las que los escritores trataban de adivinar cómo sería el futuro.
Como el cuento era corto y sencillo, se hizo bastante popular y fue pasando de
unos a otros. La única diferencia con la historia que me contaba mi abuela es
que Minnie estaba en el Espaciopuerto de Miami.
—¿Lo
ves? —dijo Luna—, es sólo una coincidencia.
Minnie
negó con la cabeza:
—No
creo que se pueda coincidir hasta en los nombres.
—Eso
creo yo también —dijo Nel.
—A
lo mejor la escritora aquella tenía visiones del futuro y eso fue algo que soñó
o que imaginó y se ha convertido en realidad —propuso Minnie.
—Vamos,
anda —dijo Luna—. ¿Cómo va nadie a predecir el futuro si el futuro no es una
cosa que esté ya hecha en alguna parte. El futuro se va haciendo minuto a
minuto. Eso es todo.
En
ese momento, un hombre que estaba sentado en la mesa vecina se levantó y pidió
permiso para sentarse con ellos. Todos lo miraron sin saber qué decir hasta que
Luna hizo un gesto de invitación con la mano.
El
recién llegado se sentó junto a Minnie.
—Perdonad
esta intromisión pero he estado oyendo lo que decíais y la cuestión me interesa
mucho por algo que ahora os explicaré.
Todos
se inclinaron hacia él, llenos de interés.
—Veréis,
yo también tuve un tío que se pasó la vida leyendo historias antiguas y
estudiando todas las fantasías de los escritores del siglo XX. Era profesor de
literatura de Ciencia Ficción en una Universidad; no sé si eso os dice algo.
—A
mí, nada —contestó Luna.
—Bueno,
es difícil de explicar. Era un hombre que estudió para poder comprender,
analizar e investigar obras escritas que trataban de ficciones y cosas
imaginarias.
—¿Y
podía vivir de eso?
—Pues
sí, de eso vivió toda su vida. Era realmente bueno en su especialidad; había
leído más obras que nadie y recordaba todos los autores, todos los nombres de
las novelas y los cuentos, todas las fechas. Además era un hombre muy
simpático. Yo me quedé pronto sin padres y me fui a vivir con él; él me cuidó
siempre como un hijo y me enseñó muchas cosas. De él aprendí el amor por la
poesía y las ficciones y el valor de la fantasía y, claro, también muchas de
las historias que él estudiaba. Cuando encontraba alguna que le gustaba
particularmente, me la contaba y me hablaba de aquellos tiempos antiguos en que
la gente inventaba tantas cosas que no servían para nada práctico pero que les
proporcionaban lo que él llamaba un «placer intelectual».
—Vale
—dijo Luna— lo sigo encontrando bastante estrafalario pero ya lo entiendo. Y
ahora ¿qué?
—Pues…
¡ah! pido perdón por no haberme presentado. Me llamo Shejet.
—¡Shejet!
—interrumpió Minnie—. Yo he oído ese nombre en otra parte.
Él
se volvió hacia ella:
—Es
curioso. No es un nombre frecuente. Mi padre lo encontró en un texto antiguo,
le gustó y me lo pusieron pero nunca he conocido a nadie que se llame como yo.
—Es
igual —dijo Minnie— ya me acordaré. Sigue, anda.
—Bueno,
pues a lo mejor os reís de mí pero cuando la he visto —dijo señalando a Luna—
de repente me ha venido a la cabeza una de las historias que me contó mi tío.
Por eso os he estado mirando todo el rato y he oído vuestra conversación.
Luego, cuando he visto de qué se trataba, me ha parecido importante contároslo,
sobre todo a ti —volvió a mirar a Luna—. Tú eres Luna, ¿verdad?; la chica
enamorada de una computadora, ¿no?
Luna
se levantó de repente de su silla, pálida y furiosa, como si le hubieran
escupido:
—Trágate
esas palabras inmediatamente, maldito terrano —dijo en un siseo—. Retira lo que
has dicho si no quieres que te mate aquí mismo.
—¿Lo
veis? —contestó Shejet, sin inmutarse—. Eso prueba que tengo razón. Tú eres la
chica de esa historia, la que se convirtió en diosa de un planeta y de la que
Thorn se enamoró; luego tú lo abandonaste, ¿no es cierto?
—¡Te
voy a matar! ¡Te voy a matar! —gritó Luna abalanzándose sobre él.
Nel
la sujetó por los hombros.
—Tranquila,
chica, tranquila. Esto no es cosa de risa ni de furias. Esto es algo muy grave
que hay que tratar de aclarar. Siéntate, anda. Además Shejet no habla de ti,
habla de la protagonista de una historia; no puede ser lo mismo.
—Pero
hace un rato tú hablabas de mí, de mí en persona —dijo Minnie.
—Sí,
tal vez lo hice. Perdóname. Las cosas son bastante difíciles pero vamos a
intentar llegar a algo, ¿eh? A ver, Shejet, tú has dicho que tenías una idea,
¿no?
—Sí.
Bueno, más o menos. A mí tampoco me gusta pero podría ser una solución.
—A
ver —masculló Luna entre dientes.
—¿No
podría ser que haya gente, cómo diría yo, sin existencia real? ¿Que hayan sido
creados como figuras literarias y tengan que aceptar el destino que su autor ha
previsto para ellos sin que puedan cambiar nada? ¿No podría ser eso, de alguna
manera?
—O
sea —continuó Luna— que hay gente de dos clases: los reales y auténticos, como
tú, y los que no somos más que sombras que alguien hace mucho tiempo se inventó
y que seguimos viviendo de un modo inexplicable y para nada. ¿No es eso?
¡Valiente tontería!
—Yo…
Luna… no sé, la verdad. Yo también estoy confuso, pero lo de Minnie y lo tuyo
es tan extraño…
—Y
lo tuyo —dijo Minnie con una sonrisa misteriosa.
—¿Cómo
que lo de él? —preguntó Nel antes de que Shejet pudiera hablar.
—Sí,
querido —Minnie se giró hacia Shejet—. Tú también formas parte de una historia.
Tu nombre me resultaba conocido y ahora sé por qué. Antes, cuando yo trabajaba
en un… bueno, en un sitio de esos donde se conoce a mucha gente y siempre hay
música y baile, conocí a un chico de aquí, de Terra, que sabía más cuentos y
más canciones que nadie que haya conocido después. Se pasaba el día cantando y
nunca se repetía; bueno, pues una noche, después de cerrar, estábamos todos un
poco tristes porque una amiga se iba y empezamos a cantar y a contar cada uno
las leyendas que conocíamos y entonces este chico cantó una canción que habla
de ti, Shejet, y de Jaifa y de Aren, del mundo de Hor, y luego nos dijo que era
una canción que alguien había compuesto sobre un cuento muy antiguo.
Shejet
les devolvió la mirada, sonriendo:
—Ése
no soy yo, Minnie. Yo no conozco a nadie que se llame así.
Minnie
se quedó mirándole, callada, como sin comprender y dijo por fin:
—No
puede ser, no puede ser.
—Un
momento —dijo Luna, deseando tal vez vengarse de él—. Minnie, ¿dice la canción
algo más? ¿Cómo se llamaba su nave o algo así?
—Sí
—contestó—. Su nave era el Victoria.
Shejet
se puso pálido:
—A
mí me lo han notificado hace menos de tres horas. ¿Como podéis…?
—¿Lo
ves? —dijo Luna.
—Pero
entonces todo lo demás, los otros nombres…
—Al
parecer —añadió Nel— eso forma parte de tu historia pero aún no te ha sucedido.
—Pero
—dijo Shejet— ¿qué me va a suceder? ¿Qué dice mi historia?
—Yo
no lo sé —respondió Nel—, pero creo, de todas formas, que si es verdad todo lo
que estamos pensando, sería mejor no saberlo.
—¿Qué
quieres decir? —preguntó Luna.
—Que
si de verdad no somos más que figuras de cuento en la mente de un autor y por
una desagradable casualidad nos hemos dado cuenta de ello, lo mejor sería no
torturarnos todavía más pretendiendo saber cómo acaba nuestra historia. Eso
sería la destrucción de todas nuestras esperanzas.
—O
sea —interrumpió Minnie— que tú también te consideras figura de una historia.
—¿Por
qué no voy a serlo? —contestó Nel—. Si todos lo sois, ¿por qué debo pensar que
yo soy real? El hecho de que nadie conozca mi historia no prueba nada.
—Me
estoy asustando —dijo Minnie en voz baja.
—Sí
—añadió Shejet— la cosa no tiene demasiada gracia porque, si es como pensamos,
no podemos hacer nada. Incluso si conociéramos el nombre de nuestro autor,
¿cómo nos íbamos a poner en contacto con él si murió hace tantos años?
—Además
—continuó Nel— el autor crea un mundo para sus personajes, ¿no? Quiero decir,
que él mismo no vive en ese mundo ¿o me equivoco? Antes has dicho que esos
autores antiguos trataban de adivinar cómo sería el futuro y así se inventaban
mundos, seres y peripecias; luego el autor vive en un mundo distinto de sus
personajes y, aunque hubiera un medio de llegar hasta su tiempo, ¿cómo íbamos a
pasar de nuestro mundo al suyo?
Todos
sintieron con claridad que era una pregunta sin respuesta. Mecánicamente, Luna
metió su credi en la ranura y pidió otra ronda.
—Ésta
la pago yo —dijo, al advertir la mirada de Nel.
—Oye
—dijo Minnie— ¿y vosotros creéis que habrá más gente así, como nosotros?
—Seguro
—contestó Nel—. Todos los nombres que salen en todas las historias que has oído
contar y en todas las que no conoces son gente como nosotros. Debe de haber una
cantidad gigantesca. A lo mejor por eso el Universo es tan extraño —dijo
después de una pausa— porque está hecho de la combinación de las ideas de
muchas mentes distintas, de muchos autores diferentes, ya que cada autor crea
su propio mundo para que sus personajes se desenvuelvan. Unos mundos junto a
otros van dando el todo.
—No
te creo —dijo Luna, separando los labios del vaso—. Si eso fuera cierto, a mí
este Universo maldito no me daría la impresión de ser todo igual.
—Bueno
—arguyó Nel— yo creo, como ya te dije antes, que eso es, en parte, un
desencanto personal pero, por otro lado y para afirmar lo que estaba diciendo,
piensa que todos los autores son narradores humanos, aunque inventen seres que
no lo son y, claro, necesariamente, todas sus invenciones tienen un fondo
humano que las hace parecidas.
—¿Y
por qué todos los narradores tienen que ser humanos? —preguntó Minnie.
Nel
se volvió rápidamente hacia ella:
—Porque,
si hemos partido de la base de que nosotros somos producto de algo que alguien
se inventó hace quinientos años, por entonces aún no habían tenido contacto con
otras razas. Claro que seguro no estoy. Las otras razas también inventan
historias. Yo ya no estoy seguro de nada —terminó de hablar y enterró la mirada
en el vaso semivacío.
—¿Por
qué —empezó Shejet con voz insegura— hemos pasado a hablar de narrador en vez
de autor?
—¿Qué
más dará eso ahora? —comentó Luna, cansada.
—Sí
que importa, estoy seguro de que sí. Mi tío decía siempre a sus estudiantes que
no se debe confundir una cosa con otra, eso lo recuerdo con claridad.
—¿Y
cuál es la diferencia, chico listo?
—No
lo sé, pero tenemos que encontrarla.
Nel
dejó de dar vueltas al vaso vacío, puso las palmas de las manos sobre la mesa y
dijo:
—Vamos
a pensar un poco, ¿eh? Todos hemos leído algo de ficción alguna vez en la vida,
¿no?
Todos
asintieron con la cabeza menos Luna que parecía dudosa:
—La
verdad, Nel, no me acuerdo.
—Bueno,
es igual. ¿Quién es el autor?
—La
persona que lo ha inventado y lo ha escrito —dijo Shejet, y añadió— supongo.
—Sí,
eso es, la persona cuyo nombre aparece en la portada, ¿no es eso? —dijo Minnie,
excitada.
Volvieron
a asentir.
—Pues
ya tenemos una cosa clara. Ahora, ¿quién es el narrador?
—El
mismo, ¿no? —habló Luna—. El que cuenta la historia.
Todos
quedaron en silencio.
—Así
no vamos a ningún lado —dijo Nel.
—Vamos
a ver —empezó Shejet, con cara de concentración—. Si yo os cuento algo que me
ha pasado o que se me ha ocurrido y uno de vosotros lo encuentra interesante y
lo escribe en un libro poniendo su nombre, ¿quién es el autor?
—El
que pone su nombre y se ha tomado el trabajo —dijo Minnie—. Eso ya lo habíamos
aclarado.
—Sí,
pero si el autor, es decir, uno de vosotros, cuenta la historia igual que la he
contado yo y en el libro hay alguien que dice: «Yo soy Shejet y os voy a contar
mi vida», el narrador soy yo, Shejet, ¿no?
Todos
lo miraron sorprendidos. Nel se pasó la mano por el pelo:
—Sí
—contestó lentamente— parece lógico pero, primero, nosotros no sabemos quién es
nuestro autor y, segundo, tampoco sabemos cómo están narradas nuestras
historias, así que estamos donde estábamos.
—No,
no del todo, me parece —continuó Minnie— porque tú sabes que quien escribió mi
historia fue una autora española, eso ya es algo.
—Sí,
bueno —intervino Luna— pero eso, ¿de qué nos sirve?
—Mirad
—siguió Minnie— cuando nos hemos conocido allí en mi puesto, yo estaba leyendo
una novelita que me ha regalado un amigo; yo no entiendo mucho de estas cosas
pero, ahora que lo pienso, resulta curioso que en las novelas se cuentan todas
las cosas como si hubiera alguien que está siempre presente en todas las
situaciones, alguien que lo ve todo y lo sabe todo. Sabe lo que piensan y
sienten los personajes, sabe lo que hacen y lo que hablan, todo. Si pudiéramos
dar con esa persona, tal vez nos podría ayudar.
—Muy
bien —dijo Luna poniéndose en pie— eso es una idea. Hay que encontrar a alguien
que haya estado mirándonos todo el tiempo y haya podido oír lo que decimos.
—Con
lo que estás diciendo que lo que estamos haciendo ahora también fue contado o
está siendo contado en una historia —dijo Nel—. ¿Cómo sabes tú que ahora
también estamos siendo narrados?
La
decepción se reflejó en el rostro de Luna hasta que Shejet dijo:
—¿Y
por qué no? ¿Por qué no podemos asumir que si toda nuestra vida, o al menos lo
más importante, ha sido narrado, esto no lo está siendo también?
—Vale,
perfecto, lo admitimos. Y ahora ¿cómo encontramos al narrador? ¿Es sólo uno
para todos nosotros o hay uno para cada uno? ¿Es una persona real como nosotros
o es sólo un… fantasma, un espíritu o lo que sea? —casi gruñó Nel.
—En
mi opinión, si hemos podido reunimos y tener esta conversación es porque hay
alguien que nos narra a los cuatro. Sobre lo del autor no sé qué decir; es
demasiado difícil —dijo Shejet.
—Yo
creo —comenzó Minnie tímidamente— que podríamos intentar concentrarnos los
cuatro en lo que queremos y a lo mejor el narrador se pone en contacto con
nosotros.
—Ya
que no hay ninguna idea mejor, intentémoslo —opinó Luna.
—De
acuerdo —contestaron los hombres.
Aquí
tú te sorprendes y esperas a ver qué sucede y yo me desentiendo de ti enseguida
porque yo, el yo que narra, lleva mucho tiempo pidiendo permiso a la otra, a la
que inventa, para poder entrar en contacto con ellos, para poder compartir mi
angustia de narrador con la suya de narrados, meras ficciones, tú incluido, en
la mente de alguien con quien no podemos relacionarnos. Y por fin la licencia
llega y yo puedo introducirme, introducir el yo en el relato y digo:
—Estoy
aquí, Nel, Luna, Minnie, Shejet; ahora podéis hablarme pero no sé por cuánto
tiempo, eso no depende de mí, yo soy sólo vuestro narrador, el narrador de las
últimas páginas. ¿Qué queréis de mí?
Luna
se sobresalta y casi se pone en pie de un impulso. Minnie se queda encogida,
con un vago agradecimiento en la mirada llena de miedo. Shejet no separa la
vista de la mesa aunque ha oído la voz, como los otros. Nel alza la cabeza,
busca en el aire al interlocutor misterioso y termina por contestar:
—Si
eres nuestro narrador, no hay por qué explicarte las cosas, las conoces como
nosotros. ¿Qué podemos hacer?
—¿Qué
podéis hacer para qué? —pregunta el narrador, pregunto.
—Para
no sufrir esta angustia de creernos sombras en la mente de alguien, para saber
qué somos, quién somos, a dónde vamos —continúa Nel.
—Yo
tampoco sé esas cosas. Sé que sois personajes creados por una autora que
también me ha creado a mí para que os narre.
—¿Y
tú quién eres? —pregunta Minnie en voz baja y temblorosa.
—No
lo sé —respondo—. Vosotros tenéis más suerte que yo. Vosotros tenéis un nombre,
un amor, una aventura, una vida, una muerte quizá, una desgracia, algo en que
apoyaros. Tenéis un aspecto físico y un esquema mental; sabéis dónde habéis
nacido, tenéis recuerdos y esperanzas. Al veros en un espejo os reconocéis. Yo
no. Yo no tengo nada de eso. Soy sólo una mirada que observa como el objetivo
de una cámara y una cinta que graba y reproduce. Algunas veces me dejan
valorar, me dejan decir «yo», pero muy pocas e, incluso cuando esto sucede,
tampoco sé quién soy. Sólo existo porque la autora me da motivo a través de
vosotros pero podría desaparecer o cambiar. Ahora, por ejemplo, de ser el
narrador he pasado a ser un personaje como vosotros pero con menos papel y sin
marcas distintivas.
—¿Y
no podríamos hablar —preguntó Luna— con alguien de mayor graduación que tú?
Quiero decir, alguien de mayor categoría, alguien que sepa más.
—Esperad,
no quiero prometeros nada pero tal vez. De todas formas siempre manda la
autora, ella ordena el mundo, pero a veces hay cosas que escapan a su control;
al fin y al cabo no es un dios. Está sujeta a ciertas reglas. Un momento, voy a
tratar de hablar con el nuevo narrador, el que la autora ha tenido que
introducir cuando yo me he convertido en personaje:
»Narrador,
juguemos un juego, hagamos un truco, eso le divertirá, a ella, y nos
divertiremos quizá durante unas páginas: juguemos a ser autor. Conviérteme en
su personaje, nárrame como si yo fuera ella y tú jugaras a ser autor durante
unas líneas por lo menos. ¡Adelante!
Los
cuatro quedan pendientes de la voz que, de repente, se interrumpe. Se miran sin
saber qué hacer, confusos y un si es si no es esperanzados. Entonces, desde la
barra, se acerca alguien en quien nadie antes se había fijado: una chica de
pelo largo castaño rojizo, vestida de negro. Les hace un guiño al acercarse y
se sienta a su mesa; saca un paquete de cigarrillos, ofrece a los personajes
que aceptan con un temblor de manos y un «gracias» a media voz. Entonces ella
dice:
—No
os hagáis muchas ilusiones, esto es sólo un truco entre narradores. Yo ahora
represento su personaje, el de ella —hace un vago gesto hacia el techo como si
hablara de un dios encaramado a una estructura de metal—. Ahora represento a
Elia Barceló, actriz, escritora, eterna estudiante de literatura y autora
vuestra, pero ya os digo, lo que yo os pueda contar no será muy de confianza
porque no soy la persona que os interesa sino otra ficción. En este presente en
el que hablamos ahora, Elia Barceló lleva varios siglos muerta; en el presente
en que ella os está escribiendo todos vosotros estáis a medio hacer, sobre todo
tú, Nel. Lo siento.
Da
una última chupada al cigarrillo, lo apaga en la pata de la mesa y de verdad
causa la impresión de lamentar todo aquello; mira con curiosidad el escenario
que la rodea y sonríe constantemente.
—¿Sobre
todo yo? —pregunta Nel, inclinándose hacia ella.
—Parece
que eres uno de sus personajes favoritos. Tiene grandes planes para ti.
—¿Ella
se parece a ti?
—Claro.
Yo hago su papel.
—Me
gustaría haberla conocido —dice Nel sonriendo, rozando su mano al darle fuego.
—A
ella también —contesta mirándolo a los ojos, grises, burlones.
—Pues
me temo que va a ser un amor imposible —dice Luna con dureza— aunque así, por
lo menos, a lo mejor te trata bien. Y ahora —continúa, encarándose a la recién
llegada— queremos saber qué va a pasar con nuestras vidas.
Elia
se vuelve hacia Luna y dice con sencillez:
—Pues
supongo que lo mismo que con las vidas de los demás: que un día se acabarán y
os tendréis que enfrentar con lo desconocido. Pero vosotros tenéis más suerte
que los seres que se llaman «reales», vuestra vida es más larga y, casi
siempre, más plena.
—Sí,
bueno —habla Shejet ahora— pero ¿qué pasa con nuestras historias? Cuando el
lector llega al final, ¿qué pasa después?
—Pero
hombre —contesta Elia sonriendo— ¡parece mentira! ¡Con lo bien que has llevado
el diálogo hasta ahora! ¿No te parece evidente? Vuestras historias cuentan sólo
un pedazo de vuestras vidas, pero todas tienen finales abiertos. Para vosotros
la vida sigue, aunque termine la historia.
—¿Cómo
lo sabes?
—No
lo sé. Lo supongo, lo invento, elige el verbo que quieras. Tampoco sé lo que va
a ser de mi propia vida, ni como personaje de autora ni como autora de verdad y
trato de no angustiarme por ello. Y además, te voy a dar una idea; si tanto te
preocupa, ¿por qué no escribes sobre ello? A veces ayuda.
Se
levanta de improviso diciendo:
—Lo
siento, tengo que irme. Al parecer ha sido una mala actuación, no lo he hecho
como debiera y va a suprimirme. Quizá llegue incluso a borrar mi parte. ¡Qué
lástima! Para una vez que he conseguido ser personaje… pero parece que no he
interpretado bien los pensamientos de la autora. ¡Qué se le va a hacer! ¡Tiene
una tan poca costumbre!
Recoge
el paquete de cigarrillos de la mesa, lo piensa mejor y lo vuelve a dejar:
—Para
vosotros.
Mira
rápidamente a su alrededor, se inclina sobre Nel y sus labios se rozan unos
segundos.
—Adiós
a todos y mucha suerte.
Los
cuatro la ven alejarse por entre las mesas hasta que desaparece por la puerta
del fondo.
—Debió
haber sido una buena chica —comenta Minnie.
—Una
idiota presumida que se cree o se creyó con derecho a manejarnos a su antojo
cuando ni siquiera sabe manejar su propio personaje —dice Luna con rebeldía.
Shejet
y Nel se miran y no dicen nada. Shejet saca su credi y pide otra ronda. Minnie
se disculpa:
—Me
gustaría invitaros pero estoy muy mal de dinero.
—No
te preocupes, tonta —dice Luna—. Por lo menos a la imbécil de nuestra autora no
se le olvidó que me pagaran bien.
Minnie
le devuelve la sonrisa y bebe un trago de beer. Empiezan todos a sentir que ya
está todo dicho, que están igual que antes pero más calmados ahora que ya saben
la verdad, o una parte de ella. Quizás el Universo, o todo lo que conocen de
él, no sea más que eso: ficciones, espejismos, mentiras, pero, en cualquier
caso, su vida es real, están ahí fumando y bebiendo y eso es real. La cosa ya
no importa tanto. Sea como sea, es un destino común.
Terminan
sus vasos y se levantan lentamente, como si dudaran. Se miran unos a otros y se
sonríen; se saben unidos por algo y casi les gusta. No saben si estrecharse las
manos al despedirse… Nel hurga en el bolsillo de su impermeable, saca un puñado
de credinters y se los tiende a Luna:
—Toma,
lo que te debía.
—Anda,
chico listo, guárdatelo, no eres más que un carguero ilegal. Te invito.
—Ilegal,
sí, sobre todo en Terra, pero independiente que es lo importante, no como
otros. A mí la disciplina no me va.
Todos
ríen. Shejet mete las manos en los bolsillos:
—Bueno,
pues, encantado de haberos conocido. Tengo que irme. El Victoria sube dentro de
cuatro horas y aún no lo conozco.
—Ya
lo conocerás —dice Minnie suavemente—, te queda mucha historia por delante.
—Me
voy contigo, Shejet —dice Luna—. Yo también tengo que embarcar pronto. Hasta
luego, chicos.
Se
miran todos un momento sin saber qué hacer; luego se reparten palmadas y
apretones de manos. Por fin Luna y Shejet se alejan entre las mesas dispuestos
a proseguir su historia hasta donde alcance.
Nel
mira a Minnie:
—¿Sabes
de alguna manera de salir de aquí sin pasar los controles? Quiero echarle una
mirada a la vieja Tierra antes de irme.
Minnie
sonríe y asiente con la cabeza:
—El
Espaciopuerto es mi reino y mi hogar, como dicen en las novelas. Te sacaré.
—Yo,
a cambio, no te contaré tu historia. Dejaré que la hagas tú sola. Además, Elia
tenía razón, tu historia no tiene final. Hay que intentar ponerle uno, ¿eh?
Minnie
sonríe de nuevo y se marchan juntos a recoger el puesto. El bar brilla un
momento en soledad y, luego, se desvanece.
Tú
te quedas un momento también pensando en todas aquellas cosas que acabas de
leer y se te ocurre por un instante si será posible que de alguna forma sea
verdad, que alguien nos esté escribiendo a todos, o sólo a ti, o que cada uno
tenga su narrador y su autor que construye un mundo para él, para ella.
Luego
piensas que son tonterías, que tú tienes tu vida y la haces como quieres, a
pesar de que a veces te da la impresión de que las cosas tienen voluntad propia
y escapan a tu dominio, pero eso nos pasa a todos, piensas, y tienes razón.
Además, como no conocemos el nombre del autor de nuestra historia, tampoco
podemos reclamar su presencia y, después de todo, ¿de qué nos serviría?
Suspiras
quizá y piensas tal vez ¡qué cosas se le ocurren a algunos! No sé si lo que
acabas de leer te ha gustado o no, si te ha dicho algo interesante o no, yo
cómo voy a saberlo, no soy más que un narrador. Creo, sin embargo, que tampoco
lo sabría incluso siendo la autora, pero ¡qué importa!, aquí estamos, todos
juntos, con un destino común.
Yo
suspiro, Elia Barceló suspira tal vez, quizá tú también suspiras. Pasas la
página y lees:
Piel
Se
levantó de la cama sintiéndose furiosa, frustrada y vacía. Miró el cráneo
afeitado de su compañero y tuvo que contenerse para no dejarlo seco allí mismo,
mientras dormía. Miró por la ventana a la pista del espacio-puerto,
brillantemente iluminada, e inhaló profundamente volviendo a recuperar el
control segundo a segundo. Después de todo, ¿qué culpa tenía él? El fallo no
había sido de él, sino de ella, que no le había dado ninguna oportunidad.
Estaba tan furiosa con Lol por haberle quitado a Ilain que había escogido al
primero que se le había puesto por delante; el de aspecto más brutal, un
auténtico macho viejo estilo que contrastaba dramáticamente con la clase de
Ilain, con su mirada. Su mirada, sus caderas, sus hombros, su sonrisa.
Se
abrazó a sí misma y maldijo entre dientes. Ausgemacht ist ausgemacht. Había
visto a Ilain dos minutos demasiado tarde, dos minutos después de que Lol lo
hubiera reclamado y cerrado el trato. Pero a la noche siguiente sería suyo,
tenía que serlo. Lol nunca se interesaba dos veces por el mismo. Lo buscaría
temprano por la mañana y podría pasar el resto del día en paz.
Se
giró hacia la cama pensando qué hacer. Volver no tenía sentido, estaba
demasiado nerviosa para dormir, no quería tomar sedantes y tampoco quería sexo.
Además, aquel estúpido estaría ya condicionado por su primera experiencia y se
limitaría a dejarse montar furiosamente como un par de horas antes y a vaciarse
dentro de ella tantas veces como se lo pidiera. Y ella no quería eso, ni lo
necesitaba. Ni tampoco quería crearle problemas de responsabilidad con su
frigidez, con lo que él seguro pensaba que era frigidez por su parte. ¿Cómo
explicarle que ella no deseaba un orgasmo, que eso era lo único que podía
conseguir sola o con ayuda de la sala de reposo de su nave?
Ella
quería calor, suavidad, ternura, la expresión de un deseo por ella y para ella,
todo lo que estaba en la mirada de Ilain y que ahora él malgastaba
estúpidamente sobre el cuerpo de Lol. O quizá no. Todo el mundo sabe que lo que
un piloto quiere en su primer día en tierra es la borrachera del contacto, del
piel a piel, brutal, salvajemente, sin dulzura, sin afectos. Lo demás viene
luego, noche a noche, cuando te acostumbras a la vida de abajo y se va
acercando el momento de subir. Y si ella quería otra cosa era sencillamente
porque había visto a Ilain y el recuerdo de su mirada borraba cualquier otro
deseo.
Sacudió
la cabeza, metió la credi en la ranura de la consola. 200 unidades, recogió su
ropa del suelo y salió desnuda al pasillo deseando alejarse de allí, alejarse
del fracaso que llevaba en el estómago como un pulpo muerto y frío. Tiró la
ropa en el incinerador de la planta baja y salió a la calle, al vapor de una
noche de verano opresiva y húmeda, sólida de gente sin rumbo.
La
bolsa le bailaba entre los pechos y le producía un cosquilleo desagradable
sobre las costillas. Sacó las gafas oscuras y se la acomodó sobre la espalda.
Ahora le golpeaba los riñones pero era mejor que antes; de todos modos, maldijo
su jodida costumbre de llevar siempre la bolsa a cuestas en un mundo donde todo
se podía conseguir en automáticos con sólo presionar la palma de la mano contra
la placa y se incineraba en cuanto comenzaba a resultar molesto. Pero ella
conservaba la absurda manía de sentir afecto por ciertas cosas: sus gafas
oscuras, por ejemplo, cuando hubiera sido mucho más sencillo y más práctico
hacerse implantar un regulador de dilatación pupilar.
«Chica,
te estás quedando anticuada», se dijo divertida y amarga.
La
brillantez de las luces le quemaba los ojos a pesar de las gafas; echaba de
menos la visera y el suave peso de su casco y la ligereza de su cráneo le daba
una extraña sensación de desamparo. Otra más. Tantas ganas de llegar a tierra,
tantos proyectos y ahora sola en las calles atestadas de
maldito-si-sé-qué-mundo y maldito-si-me-importa. ¡Joder, qué noche!
Sintió
que iba a empezar a darse palmadas en el hombro y se metió en una calleja
lateral, más oscura y más tranquila, buscando alguna sombra que atacar,
buscando algún peligro, huyendo de la condenada paz de aquellas primeras horas
lejos del combate y del estado de alerta. Al fin y al cabo, ¿qué coño puede
hacer un piloto de ataque si no es luchar, matar, sacrificarse? Para eso había
sido entrenada y ésa era su vida. No sabía hacer otra cosa. No quería hacer
otra cosa. Y, de vez en cuando, un refugio en una piel caliente, una
confidencia, un recuerdo en voz enronquecida por el humo mirando de muy cerca,
con la pupila dilatada por el alcohol, unos ojos que no volvería a ver. «Shere,
life is a struggle.» «Um was?» «Yo qué sé. Para eso, para vivir hasta la muerte,
el sacrificio o la remodelación. Y mientras tanto, lo de en medio, la vida. Una
cosa que hay que pasar. ¡Maldita sea, qué noche!»
Pensó
en buscar un Transformer's y cambiar de sexo; hacía tiempo que no era hombre.
Podía ser bueno buscar una hembra y clavarla hasta hacerla gritar. O
destrozarle a alguien la jeta a puñetazos. Einfach so. Pero para eso no hacía
falta ser hombre. Action, girl, eso es lo que necesitas. Deja de joderte lo
poco que te queda de alma en una noche oscura. Mata. Mata si te hace falta. Eso
lo sabes hacer. Mata a todos los cabrones que saben que estás sola y te tienen
miedo y pasan de largo. Mátalos. Con las manos, a cuerpo limpio, sin tech; tu
cuerpo ya es bastante peligroso. Busca a Lol y déjala fría para que Ilain sepa
lo que es joder con un cadáver. Ilain, bastardo, cumpliendo tu deber de puta
por 200 miserables unidades. Mañana te morderé hasta la sangre y lloraré en tu
hombro por esta jodida noche vacía. Te lo juro, amor.
—¿Buscas
algo, piloto? —la voz surge, imprecisa, de un portal oscuro. Shere se gira
tensa, anhelante.
—Lo
que sea, si es fuerte.
—Lo
que quieras, si lo pagas. Nel lo tiene todo. ¿Lucha, venenos, piel, juego?
—La
piel la tengo clara. Mañana. Ahora otra cosa. Lucha tal vez. Riesgo. Risk.
¿Claro?
—Cierto.
Ven conmigo.
La
entrada está oscura pero Shere no se quita las gafas; es un espacio tan pequeño
que puede sentir en toda su piel dónde están las paredes y hacia dónde hay
abertura. Camina sin miedo detrás del zorro dispuesta a saltar si es necesario
pero sabiendo que no va a tener que hacerlo. El tipo es un cerdo pero está
limpio. Avanzan en silencio unos cincuenta metros sintiendo de vez en cuando
que el pasillo se bifurca y se pierde en escaleras; es casi imposible creer que
realmente se dirigen a alguna parte en aquella negrura interior.
Algo
se desliza junto a sus piernas como un chillido y el zorro ríe con voz seca,
previendo el sobresalto de ella. Una mano se instala cerca de su cuello y la
risa va cediendo a medida que las garras penetran en la carne; cuando se ha
convertido en un humilde quejido, Shere suelta.
—Podría
matarte aquí mismo, cabrón, y no pasaría nada.
—Era
sólo un gato, piloto, un gato cruzado; me figuré que te pegaría un susto aquí
en la oscuridad y me reí no más que por eso.
—Ya
sé que era un gato, imbécil. ¿Crees que lo hubiera sentido acercarse y no
habría hecho nada, si llega a ser otra cosa?
—¿Qué
armas usas, piloto? —cambiar de tema, ablenken, despistar a toda costa.
—En
combate, todas. Cuando estoy de permiso, uñas sintéticas y killer-fan.
—¿Killer-fan?
—la voz temblaba ligeramente y su paso se hizo irregular.
—Yo
soy muy femenina —su propia voz la cogió desprevenida y, cuando el cerdo abrió
un pedazo de oscuridad y la luz le hirió los ojos, aún se estaba riendo
descontroladamente.
Aquella
cueva parecía sacada de un film bidimensional. Sucia, apestosa, llena de humo y
música de metal; ojos desencajados, vasos semivacíos, grasientos, olor de mil
venenos y, dominándolo todo, el olor del miedo, el sudor del miedo deslizándose
por cuerpos temblorosos de excitación y de agonía. Ilegales. Seres sin
existencia oficial, hombres y mujeres sin permiso de vida, tratando de
sobrevivir de cualquier modo, de huir si era posible, de conseguir bastantes
unidades clandestinas para pagarse un pasaje al infierno. Sólo de ida.
El
cerdo la miraba con ojos húmedos, expectantes. Era más pequeño de lo que
esperaba, frágil, con cara de rata y dientes naturales medio gastados.
—Te
lo dije, piloto, lo que quieras —su gesto abarcaba todo el local.
Shere
asintió distraídamente, midiendo con los ojos la informe masa de humanidad
desparramada frente a ella.
Nadie
se había vuelto a mirarlos; los ilegales sabían que sólo podían esperar alguna
pequeña comisión cuando ella eligiera.
—¿Quieres
beber?
Shere
volvió a asentir, se colocó la bolsa sobre el estómago y esperó, con una mano
dentro, a que el cerdo volviera.
—Toma,
es lo mejor que hay. Fuerte, como tú.
Shere
tocó la placa con la mano izquierda antes de aceptar el vaso, luego lo cogió y
se lo tragó de un golpe, sin saborearlo, decidida a matar la condenada babosa
que aún llevaba dentro.
—Otro
—tendió el vaso vacío a su rata.
—Es
un palo, tú.
—Otro.
El
cerdo salió corriendo hacia el bar sin discutir. Shere se sentó a una mesa de
plástico mugriento donde un hombre dormitaba. El vaso casi se materializó
frente a ella, puso la mano en la placa y sacó de su bolsa algo de dinero
ilegal. Lo entregó sin mirar:
—Cincuenta
unis por el servicio. Y ahora lárgate. Déjame en paz.
—No
saldrás de aquí sin mí.
—Saldré.
Piss off, man.
El
cerdo hizo una mueca, inseguro.
—Estaré
por aquí, si me necesitas.
—Tú
no puedes darme lo que necesito. ¡Largo!
—Nel
tiene contactos. Nel te lo dará.
Ella
sonrió lenta, insultante, enseñando los dientes en un gesto de provocación
animal.
—¿Tú?
El
cerdo pareció encogerse, disolverse, sintiendo el peligro.
—No,
yo no —balbuceó—. Nel, mi socio. Tu compañero de mesa.
Ella
levantó las cejas y echó la cabeza atrás, segura, dominante.
—Largo,
cerdo.
La
rata se fundió con la clientela del local, aceptando la humillación por
costumbre.
—¡Mensch!
—Dio otro trago y se concentró en la ebullición de su estómago que disolvía la
babosa como un ácido.
Cerrando
los ojos, que ya se iban desenfocando plácidamente, se prendió al recuerdo de
la mirada de Ilain. Sus ojos, ese azul burlón lleno de chispas de piedra, su
mirada líquida y secreta que se reía de su deseo y la deseaba también. Ese
abismo de sensaciones entrevistas que nunca serían suyas porque no habría
tiempo y porque ella se cerraría al abrirse a él, como hacía siempre. El miedo
a ser vencida, el miedo a romperse en un grito de placer y quedar expuesta,
frágil, vulnerable. ¿Para qué todo? ¿Para qué intentarlo si ya sabía lo que iba
a pasar? La imposibilidad de la comunicación entre dos seres, entre dos
cuerpos; la soledad del placer, encadenada a ti misma, como en la nave, el
miedo a la ternura que puede surgir pero ha de terminarse cuando apenas si ha
empezado. Y esa ternura estaba en los ojos de Ilain, en su cuerpo, en su forma
de tensarse hacia ella y sonreír. ¿Para qué malgastar la ínfima capacidad de
amor que la Flota le había concedido en sentir por un androide, por un semi-ser
producido para recreo de pilotos? ¿Y en qué otra cosa, si no? En la Flota, en
la nave, en el combate estaban toda su fuerza, su locura, su vida, pero no su
amor; ese pequeño amor que aún le quedaba y la hacía sentirse tan ridícula, ese
pequeño amor que ponía en sus gafas, en su piedra de fuego, en su cuerpo sin
una sola bioconversión, en su orgullo de piloto, en su delta.
La
mirada de Ilain era una amenaza porque en ella su amor había sido una chispa de
esperanza, un desafío, un puerto. Un puerto para unos días antes de subir de
nuevo. Era mejor dejarlo correr, let go, tomar a cualquier otro, beber, no
correr riesgos con esa pequeña parte oscura y peligrosa agazapada en su
interior. Olvidar su mirada.
Y
otra vez su deseo, su deseo salvaje de tomarlo, de entregarse, de sentir su
piel acariciada por unos labios húmedos que serían recuerdos alguna vez quizá,
quizá ni eso con un poco de suerte.
Semiseres
que pueden encerrar el paraíso, dicen, o la muerte, o, simplemente como hasta
ahora, el placer y el olvido.
—¡La
madre puta que parió a esa raza! —dijo entre dientes.
Su
compañero de mesa levantó también los ojos, gris azulado, burlones como los de
Ilain, pero más sabios, más distantes.
—¿Problemas
amorosos? —su voz era apenas un susurro, un acento lánguido que se adivinaba
más que comprender; una voz ronca, arrastrada.
—¡Amorosos!
—dijo con rabia, apretando el vaso con la vaga intención de destrozarlo y ver
correr la sangre—. ¿Qué sabrás tú?
—Sé
que quieres algo que no tienes y siendo un piloto de combate en tu primera
noche en tierra, sé que buscas piel y destrucción. La muerte y el amor llevan
al mismo sitio.
—¿Cómo
sabes que es mi primera noche, cómo sabes…?
Él
la interrumpió con un gesto.
—Tu
cuerpo está tenso y buscas pelea, se huele. Pero, a veces, la tensión se hace
sexual y te relajas un instante, luego está claro que sabes lo que quieres,
porque lo recuerdas.
—Tú
no puedes sentir mi tensión; eres humano.
—Sí,
como tú. Todos los humanos pueden sentirlo.
—Yo
no.
—Tú
también, pero no quieres porque tu magnífico entrenamiento de ciudadana de
primera clase te ha hecho horrorizarte ante la idea de que un hombre y una
mujer puedan desearse.
—Eso
es una perversión.
—Para
la moral imperante sí, pero ¿no es eso lo que quieres, piel humana?
Shere
se levantó de un salto arrastrando la mesa y la silla tras de sí. El vaso se
hizo añicos y, repentinamente, la cara de Nel empezó a sangrar desde el ojo a
la barbilla. Cuatro estrías de garras sangrientas. Las manos de Shere
temblaban.
—¡Cabrón!
¡Hijo de puta! ¡Pervertido!
Un
tipo se acercó y le puso una compresa en la herida. Nel hizo un gesto de
agradecimiento y de rechazo. Se fue sin hablar. Nel siguió sentado sujetando la
tela contra la cara con una pequeña mueca de dolor.
—Págate
un vaso, piloto. Me lo debes. Un error lo tiene cualquiera.
Shere
se levantó, sin un comentario, y volvió a la mesa con dos vasos.
—Déjame
ver eso.
Nel
se quitó la compresa empapada y empezó a beber mientras ella le echaba un
vistazo a la herida.
—Se
te curará. Si te portas bien, te pago un regenerador. No te quedarán marcas. Te
he echado un sedante en el vaso; también invito yo.
—¡Para
lo que me va a servir seguir así de guapo! Igual no te vas a querer ac…,
olvídalo.
Shere
no pareció oír su comentario; sus ojos, tras las gafas negras, estaban fijos en
un rincón del fondo, en el punto donde dos sombras se besaban apasionadamente
al ritmo de la música chirriante. Puso la mano en el hombro de Nel, urgente.
—Nel,
¿esa, esa mujer del fondo… es humana?
Nel
miró distraídamente, arrancándose de las profundidades de su vaso.
—Sí,
claro.
—¿Y
él?
—No
sé, supongo. Parece un piloto.
Entonces,
sobre el estruendo de la música, Shere gritó. Desgarradamente. Un grito
desafinado que le enronqueció la garganta.
—¡Nikki!
¡Nikkiii!
La
sombra del fondo se volvió, paralizada de horror y de sorpresa.
—¡Shere!
—dijo casi sin voz.
Y
luego la vio, desnuda, la mano apoyada en el hombro de Nel, rozando con un
pecho su mejilla herida, y sonrió tontamente; una sonrisa de borracho que se
fue extendiendo lentamente por su rostro al creer que comprendía. Un segundo
después, el abanico de ella había cruzado la habitación con un siseo y la
cabeza de Nikki caía a los pies de la muchacha humana en un charco de sangre.
Entonces
empezaron los aullidos y la fuga. Toda la masa de ilegales atropellándose para
alcanzar la puerta y borrar las huellas de su presencia en un lugar donde
alguien había matado a un piloto de la Flota.
Al
cabo de un momento no quedaba nadie en el antro, ni siquiera la mujer que había
besado tan apasionadamente el cuerpo que era ahora un juguete roto sin
posibilidad de remodelación. Shere seguía en pie, junto a Nel, temblando.
Él
se levantó, inseguro, y la cogió de la mano.
—Vámonos,
piloto.
Ella
se dejó llevar pero, antes de alcanzar la puerta, fue a donde estaba lo que
había sido Nikki y recogió su abanico.
—Pobre
hijo de puta —murmuró.
—Vamos,
piloto. Ya tienes lo que querías. Hay que largarse.
Ella
miró una vez más, sin ver, y entraron en la oscuridad con las manos pegajosas
de sangre.
De
alguna manera, más allá de la comprensión de Shere, llegaron a la playa. Estaba
amaneciendo y hacía frío, un vientecillo cortante que ponía piel de gallina en
todo su cuerpo pero que casi no podía sentir.
Nel
se quitó el abrigo, una especie de prenda larga con mangas, de tela impermeable
de ese azul indefinible que sólo adquieren las cosas con el tiempo y el uso
continuo. Lo puso sobre sus hombros cuidando de no tocarla más que lo justo.
—Quítate
las gafas, piloto. No creo que hayas visto muchas veces un amanecer en tierra.
Con
una extraña docilidad, Shere se las quitó y las guardó en un bolsillo del
impermeable. Tenía los ojos enrojecidos y le dolía la cabeza pero Nel tenía
razón; hacía mucho tiempo que no había visto un amanecer en el mar y la otra
vez era distinto porque el agua era oscura y el sol apenas un punto distante
que no daba calor. Y la otra vez no acababa de matar a un compañero.
—¿Sabes?
—dijo— nunca lo había hecho antes.
—Yo
tampoco vengo mucho.
—No,
no esto del amanecer. Lo del abanico. Nunca lo había usado contra un compañero.
—¿Te
declararán ilegal si se enteran?
—No.
La Flota nos cubre y, a poco que investiguen, se darán cuenta de por qué lo
hice.
—¿Y
te parece justo?
—Da
igual. Era eso o el sacrificio o la remodelación. Y Nikki nunca hubiera
soportado el sacrificio. Lo conozco. Bueno —se interrumpió— lo conocía.
—Pero
quizás hubiera optado por la remodelación.
—Sí,
quizás. Ahora ya es tarde.
Paseaban
sin rumbo por la playa, dándole patadas a las piedras y esperando que
apareciera el sol sobre el horizonte. El aire olía a sal y a arena y el viento
estaba lleno de gritos de pájaros. Miles de pájaros se perseguían en el cielo
débilmente amarillo gritándole a la espuma.
—Estoy
cansada —dijo Shere acuclillándose en la arena.
—Te
llevaré a tu base o a algún lado a dormir.
Ella
negó con la cabeza.
—No.
Cansada de esto, de todo esto.
—¿Del
mar? ¿De vivir?
—De
vivir, supongo —y luego, con una carcajada—. No me hagas caso, ilegal, estoy un
poco loca.
Se
quedaron allí, quietos, sin hablar, acuclillados sobre la arena mirando al
horizonte que, poco a poco, se iba llenando de luz anaranjada.
Nel
miraba de reojo el rostro de Shere que, sin gafas, se había vuelto de pronto
suave y casi infantil. Sintió por ella una especie de ternura y un deseo
incontrolable de abrazarla, de protegerla tal vez de sí misma, de besarla y
hacerle el amor como un relámpago bajo el cielo naranja y verde del amanecer.
Estaba tan cerca que sólo hubiera tenido que mover apenas el brazo para
tocarla, para tocar esa piel lisa y fría que no era para él. Era otra cosa lo
que ella buscaba. Algo que él no podría darle nunca, sencillamente porque era
humano.
—¿Tú
aceptarías el sacrificio, piloto?
Ella
giró la cabeza, sorprendida.
—Claro.
Tú no puedes comprenderlo pero es una hermosa manera de acabar. Si alguna vez
hiciera algo que mereciera ese fin, lo aceptaría.
—¿Mejor
que la remodelación?
Ella
lo pensó un momento.
—Para
alguien que no tiene demasiado entusiasmo por seguir viviendo, como yo, el
sacrificio es lo mejor. Mejor que morir con el cuello cortado por un killer-fan
en una cueva de ilegales, en cualquier caso.
—Podrías
haberlo denunciado.
—Eso
no va conmigo.
Callaron
de nuevo durante unos minutos. Shere miraba la arena que se deslizaba entre sus
dedos y pensaba en Nikki, en el nuevo júnior que vendría a sustituirlo, en
alguien que la sustituiría a ella alguna vez. Nel, con la barbilla apoyada en
las rodillas miraba el mar, de un azul liso y helado, inexpresivo, tratando de
no pensar en nada, de no sentir, de olvidar todas las asociaciones que la
conversación con un piloto traía a su mente. Cerró los ojos un segundo y luego
los abrió de golpe echando la cabeza atrás y miró al cielo tratando de verlo
como lo que era, no como el techo de cristal, el límite de una inmensa bola que
encerraba su ansia de vuelo, su anhelo de perderse entre las estrellas.
—¿Has
visto muchas veces un sacrificio? —preguntó por fin.
—Claro.
He acompañado a algunos amigos, incluso.
—No
creía que tuvieras amigos ilegales —dijo él con una media sonrisa.
—Nada
grave, no creas, pero suficiente. Veneno en la nave, deudas de juego, icus,
violencia…
—¿Qué?
—Insubordinación,
ya sabes. Insubordinación contra un superior. Violencia desatada. Esas cosas
pasan.
—¿Y
siempre es sacrificio?
—No
siempre. Pero la clase de tipos de que te hablo piensan que la rem es
humillante. Que te quita dignidad. Que es mejor mandarlo todo al carajo.
—Así
que se suben a su nave y se estrellan contra el primer carguero que pase.
—¡No,
animal!
Se
giró hacia él con las piernas cruzadas y empezó a contarle con los ojos
brillantes mientras sus manos iban cubriendo sus muslos de arena.
—Siempre
se espera el momento adecuado. Cuando el enemigo tenga cerca algo que valga la
pena destruir. Entonces el piloto recibe el permiso, se despide de sus
compañeros, regala sus cosas, deja un mensaje para alguien a veces, elige su
nombre de ataque y se acopla a su nave.
—¿Y
eso del nombre?
—Se
supone que psicológicamente es menos duro para la tripulación oír que a Snake
le quedan cuatro segundos para el impacto que saber que Lola, con la que
pasaste una maravillosa noche de borrachera en Mundo Arenas, tiene cuatro
segundos de vida.
—¿Y
tú?
—¿Yo
qué?
—¿Qué
elegirías?
—No
sé. Jaguar, pantera, algo así. Siempre me han gustado los grandes felinos.
¿Quieres que te siga explicando? Si estás harto lo dices.
—No,
sigue, sigue.
Era
hermoso verla así, viva, sonriente, hablando de algo que la hacía sentirse
parte del Universo. No tenía importancia que él lo supiera, que él recordara,
que él hubiera sufrido. En un amanecer junto al mar, con aquel piloto de piel
dulce, nada tenía mucha importancia. Hasta el sacrificio preparado por la Flota
no pasaba de ser uno más entre los millones de pequeños trámites burocráticos
sin importancia.
—Bueno,
pues sigo. La nave, el delta, ya ha recibido todo el briefing sobre el punto y
momento de impacto ideales y ha sido cargada con la Fuerza Tau. Eso no te lo
puedo explicar, yo tampoco lo entiendo, pero es algo que en el lugar adecuado
le arranca las tripas a cualquier nave insignia de los sighs.
Nel
sonrió a su pesar.
—Entonces
el sacrificado elige a sus mejores amigos para formar la escuadrilla que
cubrirá a su nave del fuego enemigo hasta que llegue al punto desde donde debe
seguir solo. Ser capitán de la escuadrilla de sacrificio es un gran honor para
cualquiera.
—Un
honor suicida, como todos en la Flota.
Shere
asintió muy seria.
—Sí,
lo es. Hay que tener cojones para eso. Pero es lo mínimo que debes a alguien
que te elige a ti y que se va a sacrificar por todos.
—¿Y
suelen sobrevivir?
—Más
veces de las que uno cree. Los sighs no son tan buenos y además van
directamente al centro de la escuadrilla porque a quien tienen que joder es a
la nave de sacrificio. Mira, la figura suele ser un cuadrado de punta o un huso
—dibujó con el dedo en la arena— así. La nave que hay que proteger es la del
centro, ¿ves?
—Oyéndote
hablar, cualquiera diría que te gusta.
—Es
que me gusta —dijo ella mirándolo a los ojos—. Es mi vida.
Él
se levantó de un salto; no podía soportar más la naturalidad con la que ella
hablaba de lo que para él era la más absoluta negación de la libertad
individual, precisamente lo que le había llevado a convertirse en ilegal. Por
supuesto uno tenía elección, tres caminos que llevaban al mismo sitio y que la
Flota había planeado cuidadosamente creando pilotos lo suficientemente estables
para poder confiar en ellos y lo suficientemente inestables para estar siempre
abastecida de suicidas. Una familiar sensación de asco y de impotencia le
revolvía el estómago.
—Muchas
gracias por las explicaciones pero me estoy quedando tieso. Un ilegal no
necesita saber sacrificarse por nadie. Su vida misma es un sacrificio
constante. A mí me interesa más sobrevivir.
Le
tendió la mano para ayudarla a levantarse y, una vez de pie, mantuvo un momento
la presión, conscientemente, explorando. Shere se soltó sin brusquedad y le
pasó las yemas de los dedos suavemente por la mejilla herida.
—Vamos
a que te arreglen. Te pago también la cama y el desayuno. Me has salvado la
noche, ilegal.
Ya
instalados en el monorail se dieron cuenta de que el sol entraba, quemando ya,
por las grandes ventanas.
—¡No
te jode! —exclamó Shere, divertida—. Una hora esperando que salga el sol y ni
nos hemos enterado de cuándo ha salido.
—Así
podría resumirse la historia de mi vida —murmuró Nel con la cabeza apoyada en
el transparente—. Exactamente así.
Shere
lo miró sin comprender. Nel cerró los ojos para no encontrarse con su mirada y
para retener la absurda humedad que se empecinaba en agolparse detrás de sus
párpados.
Un
par de horas más tarde, Nel, con cuatro cicatrices lívidas que se iban borrando
lentamente, caminaba cansado hacia su cuarto. Aún tenía un trabajo que hacer
pero había tiempo de sobra. Shere dormiría toda la tarde para estar en forma
cuando llegase Ilain.
Recordó
con amargura, saboreándola, la escena en el Complejo de Reposo cuando,
desayunando, ella había levantado los ojos del cuenco y le había dicho lo que
quería. Recordaba las palabras con toda claridad, una por una:
—Oye,
Nel, tú que tienes tantos contactos, ¿no conocerás por casualidad a un tipo que
se llama Ilain? Alto, rubio, ojos azul grisáceo. Ayer estaba en el Paradiso.
Él,
con un trozo de pescado a medio tragar y fingiendo una calma que no sentía,
preguntó:
—¿Ilain?
¿El androide? ¿Qué pasa? you want him?
Ella
asintió, excitada, con una sonrisa que se extendía lentamente desde sus ojos
hasta sus labios.
—No
te líes con él, piloto; te traerá problemas.
—¿No
está limpio?
Consiguió
tragar otro bocado y formular una respuesta:
—No
es como los demás.
—Eso
ya lo sé.
Nel
la miró sorprendido. Shere no se inmutó.
—Te
traerá problemas.
—Eso
es asunto mío.
—Como
quieras.
Luego
habían hablado de banalidades, de sus nombres, de sus lugares de origen. Shere
era de un planeta tan pequeño y tan primitivo que todavía no tenía control de
inmigración. Sehr erfreulich. A ella le sorprendió que él fuera de Sol, de la
Madre Patria, de esa estrella tan lejana y tan falta de interés que apenas si
figuraba entre las líneas de navegación. Le había gustado su nombre: Nel
Solano, un nombre tan ilegal, tan falso… se había reído. Pero estaba claro que
la risa no era por él; era por su promesa de traerle a Ilain aquella tarde. A
las siete. Se reía de pura excitación.
—It's
a deal?
—Sure.
Y
ahora él tenía que buscar a Ilain y pasarle el trato, 500 unis para cada uno;
las suyas clandestinas, claro. Si era posible, esa misma noche desaparecería de
allí. Aceptaría lo que le habían propuesto. Al parecer la nave era una chatarra
y además peligrosa, difícil de contentar, pero no había más opciones. O eso o
quedarse allí pensando en Shere, deseando y temiendo encontrársela en cualquier
esquina, abrazada a Ilain. No. Era mejor correr el riesgo del salto con una
nave loca. ¡Largo! ¡Fuera! A correr el espacio. A jugarse la piel. Como
siempre. No por ella, no por nadie. Por sí mismo, quizá. La vida es dura,
macho, y a nadie le importa dónde estés o qué pueda ser de ti.
No
más jodido que siempre pero algo más triste, Nel solicitó una llamada de
persona a persona en el bar de un amigo legal. Ilain conocía el cover-up. Dejó
la pantalla apagada, luego lo pensó mejor y la conectó. No tenía por qué
explicarle a Ilain lo de las cicatrices y él no se fiaría si no estuviera
seguro de que hablaba con Nel. Tardó bastante en contestar; por fin apareció en
el monitor, mojado y grisáceo.
—Salve.
—Salve,
viejo.
—Muy
oportuno, tío.
—¿Por
qué? ¿He interrumpido algo?
—Sólo
un rato de conmiseración.
—¿Te
fue mal la noche?
—Lo
esperable. La tía es una loba. ¿Has oído hablar de la vagina dentada? Pues algo
así pero peor. Mejor lo dejamos. Por lo que veo tú también has tenido un
encuentro peligroso. ¿Piloto?
—Menos
divertido. Un tipo al que no le gusta mi cara. ¡Oye! Me largo, Ilain.
—¿A
dónde?
—Ni
lo sé ni me importa. Fuera —indicó con el pulgar hacia el techo—. A jugarme las
pelotas. Ayer me habló un tipo que quiere llevar una carga a Tau. Necesita un
navegante, uno bueno, ilegal; parece que la nave es un poco difícil y la carga
quema, no sé más.
Nel
lamentó no haber cogido nada de beber, ahora venía lo más difícil. Cambió su
peso al otro pie y se frotó los ojos y la nariz con el dorso de la mano.
—Si
me esperas media hora me tomo un par de pushers y nos vamos de despedida. Según
la loba de anoche el agotamiento es sólo cosa mental.
—No,
viejo, no tengo tiempo. Si tengo que subir esta noche, tengo que estar fresco,
no me puedo acoplar a mi chica de acero en este estado.
—Por
lo menos para esa chica no te tienes que afeitar.
—Mira,
sí, es una ventaja. Esto, Ilain, antes de que se me pase. Te he arreglado un
trato para hoy a las siete. Uno bueno.
—Lo
siento, viejo, no estoy libre.
—Venga,
gilipollas, no me salgas con ésas. 500 unis y una nena super, ¿qué más quieres?
¿No irás a ver otra vez a la loba?
—No,
coño, no sobreviviría —empezó a reírse a carcajadas hasta que contagió a Nel—.
No, en serio. Tengo que buscar a una mujer que vi ayer en el Paradiso. No puedo
dejar de hacerlo. Me atrae como una hoguera. No sé si lo comprendes. La conocí
ayer dos minutos después de haber cerrado el trato con la loba. Tengo que
encontrarla.
—Lo
comprendo, Ilain —hizo una pausa—. Es una hoguera. Te quemará.
—¿Intuición?
—su rostro se volvió serio.
—Certeza.
La conozco. Se llama Shere. Es ella la que te espera a las siete.
—¿Estás
seguro? —si hubiera estado a su lado lo hubiera cogido por las solapas del
impermeable, así se limitó a inclinarse sobre la mesa hacia la pantalla.
Nel
asintió en silencio, con una expresión trágica que Ilain no podía descifrar.
—Alta,
delgada, pelo corto, negro, ojos amarillos, sin bioconversiones, aire agresivo,
¿es ella?
Nel
afirmó de nuevo con la cabeza, lentamente.
—¿Has
estado con ella? —en la voz de Ilain había un ligero reproche, encubierto.
—Sí
y no. Toda la noche. No la he tocado. Soy humano, ¿comprendes?
Ilain
asintió con los ojos bajos.
—¿Lo
sabe?
—No.
Soy un ilegal, no un cerdo. Y soy tu amigo. Nos vemos. Tengo que descansar, si
puedo. ¿Sabes de alguien que regale somníferos?
—Yo
tengo, espera.
Ilain
se alejó un momento del monitor y volvió con un par de píldoras.
—Te
las mando.
Abrió
una trampilla, las metió dentro, marcó un código y volvió a cerrar.
—Nel,
viejo, you want her too?
Nel
levantó la vista, se frotó los ojos enrojecidos y sacó las píldoras de su
trampilla.
—Forget
it, man! Hace tres días que no duermo. Ya nos veremos si vuelvo. —Mostró hacia
la pantalla la mano con las píldoras—. Gracias, compañero. ¡Suerte!
Ya
en la puerta de la cabina se volvió hacia Ilain que aún no había cortado la
comunicación:
—Trátala
bien, viejo, y dile de mi parte… nada, mejor que no le digas nada. ¡Ciao!
Ilain
lo vio alejarse con su paso cansado, los hombros encogidos; se pasó las manos
por el pelo húmedo y echó la cabeza hacia atrás. No iba a poder dormir en toda
la tarde, eso estaba claro. Quizás había ganado a Shere pero acababa de perder
a Nel.
Se
retiró de la pantalla y se metió bajo el chorro del aire caliente con una
sensación de agonía en la garganta. Diez horas por delante. Diez horas y
estaría con ella. Y entonces ¿qué? ¿Otra vez el ritual de siempre, como si no
pasara nada, como si ella no fuera diferente de las demás? ¿Y por qué tenía que
ser diferente? Él no la había visto más de diez minutos en un lugar atestado de
gente, no era posible que se hubiera enamorado de ella aunque de verdad fuera
la mujer de su vida.
—De
tu muerte —se corrigió con una sonrisa torcida—. Si de verdad es la mujer de tu
vida, la que has estado imaginando desde siempre, te traerá problemas. Tendrás
que morir por ella. Por su culpa. ¡Y qué más da! Como androide no te quedan más
que tres años, ¿qué son tres años, si los vale?
El
aire caliente empezaba a quemarle sobre la piel seca así que salió y trató de
relajarse sobre el colchón ingrávido inhalando lentamente. Y Nel se iba. Eso no
era tan raro en él. Se iba a veces y siempre volvía. El resto del Universo
tampoco era un paraíso y en muchos lugares los controles eran aún más
estrictos. Ahí por lo menos tenía contactos, gente que le debía favores, amigos
como él.
Amistad.
¿Qué era la amistad después de todo? ¿Solidaridad entre ilegales? ¿Favor por
favor? ¿Conmiseración compartida? ¿Tener a quién contarle tus miserias y que te
escuche, aunque no te comprenda, aunque no te perdone? Nel había hecho mucho
más que todo eso. Ni siquiera le había importado. La noche de su revelación
trascendental, cuando esperaba una risotada, un puñetazo, un insulto, una
denuncia, cualquier cosa que consiguiera sacarlo de aquella calma putrefacta en
la que se iba hundiendo su vida, Nel lo había mirado con sus ojos fríos y había
seguido bebiendo de su vaso, sin pestañear hasta que él le había preguntado:
—¿Lo
sabías ya?
Nel
negó con la cabeza, lentamente, una chispa de burla, casi de orgullo asomando
en sus ojos de piedra.
—¿Lo
adivinabas?
Otra
negación, sin palabras.
—¿Y
no dices nada?
Nel
se había levantado despacio, apurando el vaso.
—Digo
que la ginebra de este local es una mierda y que nos vamos a otro sitio, viejo.
Y,
como de pasada, añadió:
—Y
que cada uno es muy libre de elegir la forma en que quiere que le revienten las
pelotas. Es lo menos. A los otros hijos de puta se las revientan igual pero no
eligen.
Le
pasó el brazo por los hombros y salieron del local. Desde entonces habían sido
amigos. Nel era el único amigo que había tenido y ahora se iba lejos, tal vez
para siempre y sin que él nunca le hubiera dado nada. Nel nunca parecía
necesitar nada. Su ilusión era una nave propia para dedicarse al contrabando en
pequeña escala por la zona de Mann. Por allí la vida era más libre, decía, y no
hacían falta cifras ni identificaciones para ser un hombre. Por eso Nel nunca
le había pedido nada. Él no podía darle a su chica de acero y Nel lo sabía. Le
había dado compañía muchas veces, algún dinero, alguna tableta, poca cosa.
Menos de lo que él querría haberle dado, pero ya era tarde; tal vez para Nel
hubiera sido bastante. Y ahora le había parecido ver en él algo que no había
visto antes. Un deseo. Una necesidad. Shere, quizás, y él tampoco podía
dársela. Nel era bastante hombre para tratar de conseguir la mujer que quería
por encima de todas las convenciones. Si él no había podido… pero Nel era
humano. Shere también. Al parecer por eso. Ella nunca aceptaría.
Shere
no lo sabría nunca. No debía saberlo. ¿Para qué si no volverían a verse? No
future. Niente da fare. Ahora necesitaba más que nunca una copa con Nel, o dos,
o una buena borrachera y al carajo con Shere y todas las mujeres del Universo,
toda esa raza de monstruos que te beben el alma y te dejan vacío, seco, tirado
como una ropa usada que nadie se molestó en incinerar. Les das lo que tienes y
no es bastante, les das lo que nunca has dado a tu mejor amigo y no es
bastante. Les das tus sueños, tu ternura, tu dolor, tus fracasos, tus
proyectos, tu miedo, tu piel, tu semen, tu sangre y no es bastante. Siempre
quieren algo más, o quieren otra cosa. Tus recuerdos, tus amores, tus
pensamientos de locura y de muerte, tu vida. Y eso obtienen al final, tu vida y
la cáscara vacía de tu cuerpo donde no queda nada. La muerte como premio. La
muerte sin dolor porque somos seres civilizados. Tanto que un hombre y una
mujer no pueden amarse sin morir por ello. Para eso hay androides. Alies unter
kontrolle. Y hay hombres despreciables, ilegales encubiertos que se fingen
androides para ganarse la muerte poco a poco, lentamente, en cada cuerpo de
mujer. Cada uno escoge su manera de morir, los afortunados, por lo menos. Nel
se acopla a su chica de acero y cada vez sabe que puede ser la última. Shere
mata enemigos de la Federación y mata androides con su desprecio, con su
superioridad, con esa mirada en sus ojos, esa mirada de piloto galáctico que te
dice: Mírame, gusano. Yo soy humana. Tú eres un androide, un objeto de uso, un
semi-ser. Dentro de unos años yo seguiré montando androides y tú estarás
muerto. Ni siquiera muerto. Out of service. Desmantelado y reconstruido, con
otros ojos, con otra piel, otra consciencia. Otro androide con diez años de
vida por delante al servicio de la Flota Galáctica.
¿Y
tú, piloto? Si tienes suerte, serás remodelada como yo, como un androide. Los
mismos ojos, la misma piel, nueva consciencia. Como un androide al servicio de
la Federación Galáctica hasta que te ordenen sacrificarte por cualquier
gilipollez que conste en las ordenanzas. Y si no tienes suerte, cualquier hijo
de puta no-humano te atomizará. Y ya ni siquiera volverás a ser.
Pero
no lo dices. Jadeas frente a su mirada y, dentro de ella, cierras los ojos de
placer y de miedo. De odio, de pena, de rabia. Para que no los vea, para que no
adivine lo que sientes cuando besa tu piel sabiendo que es sintética y que
volverá al tanque en donde fue creada. ¿Somos tan diferentes?, te preguntas,
¿está la libertad en aceptar libremente el compromiso que te atará para siempre
y te convertirá en una máquina? ¿Dónde está la libertad de un androide? ¿Dónde
está la libertad de un humano?
Aprietas
los puños, cierras los ojos y te dejas caer al vacío interior que se abre en tu
cabeza como un descenso entre los mundos. Oscuro, frío, salpicado de puntos de
luz que corren a tu encuentro como una estrella herida y marcan líneas de luz
verde y muerta a tus espaldas. El estómago se te encoge como un gato y sabes
que has vuelto al fondo. Al fondo de ti mismo. Al final de todo donde ya no
habrá principio. A la destrucción total. Y sonríes.
El
Paradiso estaba lleno a rebosar esa noche, como todas las noches. Siempre es
noche grande en el Paradiso. Noche de encuentros y ginebra. Noche de tratos y
de piel. Noche loca de soledad y música sintética. Ojos que buscan hambrientos,
miradas que se cruzan, labios humedecidos por lenguas ávidas, manos que aletean
entre volutas de humo marcando signos que nadie sabe descifrar, píldoras de
colores, sparkling paintings, maquillaje intenso sobre caras ansiosas, sobre
cuerpos aceitados, sobre cabellos teñidos, flashing sobre cuernos, alas,
membranas, bolsas traslúcidas, colmillos de fantasía, crestas multicolores de
los Bio-Make-Ups. Calor y deseo. Olores fuertes, mezclados, perfumes de media
galaxia, venenos para inhalar, para morder, para frotar. Calor y contacto. El
Paradiso. Sabor a todos los licores de todos los mundos en todas las bocas.
Risas, charlas, gemidos, susurros, peleas. El Paradiso. Donde todos los pilotos
buscan su pareja de una sola noche. La felicidad en un cuerpo sintético a
precios moderados para los valientes muchachos y muchachas que ofrecen su vida
por la Federación. Alegremente además, no kidding.
Hay
mariposas en la sangre de Shere. Como en las clases de Naturaleza Pregaláctica
Humana, la babosa se ha transformado, ha salido del capullo y ha aumentado el
billón de burbujas que flotan en su sangre. Esperando. Ya va por el tercer vaso
de algo que quema la boca, enfría el estómago y acelera el pulso. Sabe que debe
mantenerse sobria pero, de alguna manera, no le importa ahora. Ilain está al
llegar. Su contador —inbuilt, regalo de la Flota— le dice que son las siete
menos tres minutos, tiempo local. Pasea la mirada sin interés por la amalgama
de seres. Ninguno es él, lo demás no le importa. Un androide se acerca a la
barra, la mira con una invitación y una pregunta en los ojos verdes. Ella pasea
la vista por su cuerpo, despacio, con experiencia. Tiene las caderas justas,
estrechas, lentas, peligrosas, perfectas. Siente un calor entre las piernas y
una humedad naciente. Dice que no con la cabeza, sonriendo, negándose a ceder.
—Some
other time, hon.
—Sure
—la sonrisa del androide, falsa, vacía, borra su deseo y se alegra.
Baja
la vista un momento hacia su vaso y las caderas se pierden entre la gente, como
devoradas. Se alisa la falda con cierta torpeza. La seda azul corta sus piernas
morenas como el agua de una piscina; el collar de perlas se enreda con la cinta
de la bolsa y tintinea cuando se inclina a asegurar la hebilla de su sandalia
de piel. De improviso se siente estúpida y ridícula vestida de mujer antigua
por un capricho; quisiera estar desnuda otra vez, o en traje de vuelo,
cualquier cosa menos el absurdo disfraz que ha elegido: un trapo recto, ceñido,
que le cubre los hombros y marca el pecho y las nalgas al caminar. Alguien le
ha dicho que resulta sexy pero cualquiera sabe. ¿Cómo va a saber ella lo que le
gusta a Ilain? Su maquillaje es también sencillo y anticuado: fuerte rouge en
las mejillas, azul intenso en los ojos delineados de negro, largas pestañas,
labios rojo escarlata que deben de haber ya perdido el color con el roce
continuo de sus dientes. Se muerde los labios casi constantemente. Esperando.
Ilain
ha aparecido en la puerta del Paradiso y, de repente, todo en ella se detiene,
menos sus ojos que lo siguen, que lo buscan, que lo acercan. Suspira aliviada.
Él también lleva un disfraz antiguo. Se ha afeitado, va vestido. Con una
especie de chaqueta gris y pantalones largos, estrechos, de tela áspera
negroazulada.
Sus
miradas se encuentran y ella siente que algo se disuelve en su interior. El
pulpo, la espera, las mariposas.
—Salve
—su voz es ronca, casi un susurro.
—Salve
—su propia voz tiembla y se hace grave, lejana. Hay mucho que decir y, a la
vez, no hay nada. Están sus ojos, su cuerpo que la atrae como una llama y la
quema y le hace daño. Se vuelve hacia la barra para romper la tensión.
—¿Bebes?
—Lo
que tú.
Dos
vasos y unos centímetros entre ellos y la infinita distancia de uno a otro ser.
Sus manos tiemblan apenas.
—Me
alegra que hayas venido.
—Tenía
que venir.
Cruza
por su mente la respuesta fácil: «500 unis, un buen trato, ¿no?», pero se
calla, siente que no es eso. No vale esa salida. Tiembla de excitación y nota
que él también aprieta fuerte su vaso. ¿Por qué éste sí y no los otros? ¿Qué
tiene éste que la deja impotente, clavada como la aceleración de su delta?
—Estás
preciosa.
Shere
tensa los labios y baja la cabeza, incómoda y feliz.
—Me
gustan los disfraces.
—A
mí no me parece un disfraz; yo te veo así.
Los
dos callan y se aferran a su vaso esperando que sea el otro el primero en
romper la distancia, una mano en el hombro, un roce de los dedos, un encuentro
casual de sus rodillas. Shere se siente abrumada y ridícula. Una mujer de su
edad, con su experiencia, temblorosa como una júnior pensando en el tacto de su
piel. ¿Cómo será tenerlo dentro? Caliente, firme, suave, poderoso. Su mirada se
disuelve en las sombras que bailan al otro lado de la barra y, prendida en la
voz de polvo y telarañas que marca un ritmo lento, se olvida un instante de sí
misma, de su deseo, de dónde está y se pierde en fantasías que nadie será capaz
de cumplir.
Ilain
la mira así, distante, olvidada de todo y siente que su cuerpo se tensa como un
arco. ¿Cómo será abrazarla, estar dentro de ella, sentirla pequeña, vulnerable
por un momento antes de anularse en un quejido? Será quizá profundo y mareante
como la infinita caída en el vacío de la que habla Nel, el descenso al agujero
helado prendido a tu muchacha de acero que te arrastra y te sostiene, que te
salva y te pierde, que es parte de ti mientras dura el acople, como una mujer.
La
mano de Ilain planea unos segundos, indecisa, y acaricia lentamente la nuca de
Shere, apenas un temblor, una mariposa cálida. Ella responde con un escalofrío
y su mirada se vuelve íntima en unos ojos que se agrandan y destellan al
encontrarse con los de él. Sus labios se tocan un instante, húmedos, y, en ese
momento, la voz de Lol, profunda y sonora, desencadena en Ilain una ola de
furia y un deseo de matar desconocido.
—¿Qué
hay, chicos? ¿Aún en los preliminares?
Su
mano ruda en el hombro de Shere.
—Ándate
con ojo, compañera, el tipo es insaciable. Aún no me he recuperado de lo de
anoche —una risotada—. Ilain, cariño, date una vuelta por ahí, quiero hablar
con Shere.
—Ilain
se queda —la voz es fuerte, decidida, hiriente.
—Como
quieras, vieja —sorpresa— sólo quería decirte que es la iniciación de Maeloc y
me ha pedido que te busque. Quiere que estés ahí.
—¿Maeloc?
—El
alero de la Rojo-Lobo-Punta, el que tiene pinta de trovador medieval. Se
estrena hoy y quiere tenerte ahí. ¿Vienes?
—Pero,
¿por qué yo?
—Cualquiera
sabe. A lo mejor le gustas —otra risa obscena—. Yo he cumplido. La cosa es
arriba. Sala 23. Puedes traerte a éste si no te fías de que te deje plantada.
Ya sabes que estos androides tienen la virtud de desaparecer cuando una los
necesita. ¡Hijos de puta! —la sonrisa es simpática, sin mala intención—. Me
largo, ya sabes, sala 23.
Lol
se pierde entre la gente, abriéndose camino a golpes de hombro; su paso es
recio y firme pero grácil de algún modo. De piedra que se desliza. De nave
insignia que rueda hacia el hangar.
—Bfáde
Kuhl.
—Tiene
dotes de mando. Llegará a skipper, ya lo verás. La brutalidad necesaria y esa
jodida seguridad en sí misma. Y es buen piloto —Shere acaricia la mejilla de
Ilain—. No te ofendas, cielo. Ella es así con todo el mundo. Ayer mismo yo
también la hubiera matado.
—¡Ah!
¿Sí? ¿Por qué?
Se
ha dado cuenta un segundo demasiado tarde de lo que ha dicho. Y ahora hay una
pregunta.
—Cosas
nuestras.
Él
calla y finge darse por satisfecho. Shere se siente de pronto despreciablemente
cobarde. Hay una pausa.
—Por
ti. Ayer hubiera dado todo lo que tengo y lo que soy por estar contigo. Y
porque no estuvieras con Lol.
—¿Y
hoy?
Ella
sonríe, más tranquila. Se estrechan la mano.
—También.
—Pero
ayer noche estuviste con Nel —su voz es casi un susurro mientras sus bocas se
buscan.
—Sí,
me salvó la noche. Pero el muy bastardo se ha llevado mis gafas. Me las dejé en
el bolsillo de su abrigo.
—Su
famoso impermeable azul. No te preocupes, eso quiere decir que lo volverás a
ver.
—¡Ah!
¿Sí?
—Siempre
que pierdes algo estando con alguien que te gusta, vuelves a ver a esa persona,
antes o después, y te enamoras de ella; eso se dice.
—No
lo había oído nunca, pero sí me gustaría volverlo a ver; es un tipo raro pero
tiene clase. Lo respeto. Mañana vamos a buscarlo y lo invitamos a un trago.
—No
podrá ser. Se ha ido.
—¿A
dónde? Es ilegal.
—Arriba.
Creo que hacia Tau. No sé si habrá salido ya. Puede que aún se esté acoplando a
su chica de acero.
—¿Nel
es piloto?
—Navegante.
El mejor. Su empatía con las naves es superior a la máxima. Sé que fue
test-navegante pero ahora es ilegal.
—¿Por
qué? ¿Qué hizo?
—No
sé. Nunca me lo dijo ni quise preguntarlo.
La
mirada de Shere flota en las burbujas de su vaso… Nel-navegante-piloto-ilegal…
humano.
—Bueno,
¿qué? ¿vamos a verlo?
Levanta
la mirada, sorprendida:
—¿A
Nel?
—A
Maeloc.
—Guess
so.
Maeloc
brillaba en la penumbra bajo un reflector anaranjado mostrando su cuerpo a los
compañeros, un cuerpo fuerte y elástico, muy joven, con los músculos apenas
delineados, un cuerpo de piloto, no de atleta, de humano entrenado desde su
nacimiento para las violentas aceleraciones, las reacciones instantáneas, la
supervivencia en combate con cualquier arma; una anguila cruzada de gato o de
tigre.
Se
habían perdido la primera parte de la iniciación, la parte en que el piloto se
presenta, se describe y hace su desafío ritual.
—No
nos hemos perdido mucho —susurró Shere al oído de Ilain—. Todos decimos el
mismo blódsinn.
Él
asintió. No era su primer rito de iniciación de pilotos y no le atraía mucho la
idea de soportarlo; siempre era igual excepto cuando participabas. Puso la mano
en la cintura de Shere y la atrajo hacia sí esperando tener la suficiente
paciencia como para aguantarlo hasta el final o hasta que ella quisiera
quedarse. Sabía la importancia que tenía para un piloto el estar rodeado de sus
amigos o de la gente por la que, a pesar de toda su jodida humanidad o
precisamente por eso, se sentía irremisiblemente atraída, como había insinuado
obscenamente Lol.
Ahora
Maeloc tenía que elegir su pareja de lucha, otro humano con el que demostrar lo
bueno que era en combate. Como si no lo supieran todos ya. Menos él, y a él no
le importaba. Los pilotos creían que lo único que cuenta es saber luchar —tener
cojones—; para eso han nacido, claro. Igual que para los androides el único
criterio es tener los reflejos necesarios para adaptarse instantáneamente a los
deseos de su compañero de cama, hombre o mujer. Cada uno tiene su lugar en la
vida, para eso ha sido engendrado, fabricado, construido, entrenado.
Maeloc
paseaba la vista por la penumbra, lentamente, con una media sonrisa que sus
compañeros devolvían por turnos, animándolo a decidirse. Sus ojos se posaron en
Shere y le hizo una inclinación de cabeza que nadie entendió; después siguió
quieto en su lugar, esperando.
—¿Has
elegido, Maeloc? —gritó una voz—. Speak up, man!
La
voz de Maeloc sonó clara y desafiante:
—¡Shere!
Por
un instante todos los ojos quedaron fijos en ella; luego empezaron las
discusiones.
—¿Estás
loco, tío?
—Es
una mujer.
—No
puedes elegir a Shere como pareja de lucha.
—Unfair.
Búscate a otro.
—Si
empiezas así, acabarás remodelado.
Sin
dejar de sonreír, Maeloc contestó:
—La
única regla es que sea un piloto senior de mi nave. Shere la cumple.
—Pero
eso nunca se ha hecho, no está prevista la lucha contra un piloto de distinto
sexo.
—Nadie
pregunta a los sighs si son machos o hembras en un combate.
—Pero
los sighs no son humanos.
—¿Tú
qué dices, Shere?
Sin
poder controlar todavía su perplejidad, Shere contestó:
—Lo
que se decida. —Frotó su cadera ligeramente contra la de Ilain y cambió su peso
al otro pie—. Haré lo que queráis. No tengo miedo de luchar contra Maeloc pero
no me parece muy reglamentario.
—Turbio,
turbio —sentenció Lol—. Eres aún muy joven para buscarte tantos problemas,
Maeloc. Sigue así y dentro de un año ya estarás remodelado.
—O
muerto —contestó Maeloc sin perder la sonrisa.
Ilain
sonrió también. Aquel tipo tenía madera de ilegal. Se preguntó si serían tan
sólo fanfarronadas o si él era también de los que elegían la manera de morir.
Abrazó por detrás a Shere y le susurró al oído:
—¿Qué
vas a hacer?
Shere
se encogió de hombros y alzó una mano para acariciar el pelo de Ilain:
—Ahora
no tengo ganas de luchar precisamente.
—Yo
tampoco —sus dientes se clavaban despacio, calientes, en el cuello de Shere—.
Vámonos de aquí.
—Aún
no. No puedo irme hasta que se decida. Pensarían que tengo miedo.
—¿Y
no lo tienes?
—No.
Yo nunca tengo miedo.
Ilain
sonrió para sí y la abrazó más fuerte.
—Yo
sí —susurró a su oído.
Una
voz de borracho gritó:
—Dejadlo
ya, maldita sea. ¿A quién le importa ver luchar a Maeloc, o a Shere, for all
that. Todos estamos hartos de verlos en el gimnasio. Vamos a acabar de una vez.
Hay cosas mejores que hacer antes de volver arriba.
Muchas
otras voces asintieron más o menos convencidas entre brumas de alcohol y veneno
que se iban haciendo más y más espesas.
—Elige
a tu androide —gritó Lol de mal humor—. Vamos a terminar. De lo otro ya
hablaremos.
Maeloc
hizo una inclinación de cabeza, levemente burlona y se giró hacia el grupo de
androides, elegidos por sus compañeros, que esperaba su decisión; bellísimos
muchachos, fantásticas cuasi-mujeres de todos los tipos raciales, de las más
diminutas a las más opulentas, creados para satisfacer cualquier deseo.
Naturales, adornados, bioconvertidos, cruzados de animal; dulces, agresivos,
pasivos, dominadores, todos de piel sintética, adaptables a todos los deseos
del piloto de la Flota.
Maeloc
los estudiaba despacio, tomándose el tiempo de calcular, en su inexperiencia,
cómo serían y, de vez en vez, su mirada se posaba en Shere un instante apenas,
antes de pasar al siguiente androide.
—Si
no fuera imposible, diría que ese hijo de puta me está comparando —murmuró con
los dientes apretados.
—¿Por
qué va a ser imposible? Está claro que le gustas.
—¿Tú
también como Nel?
—¿Como
Nel?
—A
él le parecía muy natural que a un humano le guste otro. No me digas que a ti
también.
—Yo
en eso no me meto. Me faltan datos. Sólo estaba… stating a fact.
—Facts!
—Es
un hecho que los pilotos tienen la cifra más alta de desviación estadística.
Será porque siempre están en peligro o porque les gustan las emociones fuertes
o será por otra cosa, pero así es.
Hubiera
podido decir mucho más pero calló de improviso. No podía salirse de su papel.
No quería. Él no era más que un androide. ¿Por qué tenía que preocuparse por
los gustos humanos en materia sexual? Pero la dureza de Shere le contraía el
estómago. Esa maldita seguridad sobre lo bueno y lo malo, ese desprecio por
todo lo que no podía compartir. Y a la vez, ese deseo de acariciarla, de
mimarla, de hacerle el amor no como un androide, sino como un humano, con
ternura y con miedo. El miedo infinito de su horror, de su rechazo, de su
desamor. Tratando de no pensar, ni siquiera en el futuro inmediato, ocultó la
cabeza en el cuello de Shere.
Maeloc
se había detenido ante una androide de tipo humano blanco standard, alta, pelo
corto, no bioconvertida.
—Si
elige a esa androide, nos largamos —siseó—. Se parece demasiado a mí.
—Nadie
podría parecerse demasiado a ti, pero no te preocupes, no lo hará. Elegirá a la
más diferente.
—¿Tú
crees?
—Estoy
seguro. Si de verdad te quiere a ti, no querrá un ersatz.
Estaba
a punto de contestar «bullshit!» pero, de repente, se acordó de su androide de
la noche anterior. ¿Qué había elegido ella cuando no pudo conseguir a Ilain? Lo
opuesto. Lo más diferente. Algo que ni siquiera borracha habría podido
comparar. Lógica de piloto. Lógica de hijo de puta desesperado.
Maeloc
se detuvo delante de una diminuta androide cruzada de libélula, rozó sus pechos
con las manos y le hizo una breve inclinación de cabeza. Ella sonrió y lo
acompañó a la zona despejada bajo el reflector. Su piel era azul pulido y sus
ojos inmensos y oscuros bajo las dos antenillas temblorosas. Tenía el pelo
largo y lacio, de un negro intenso, y en su espalda nacían dos alas enormes que
espejeaban la luz como pedazos de mica.
Él
posó las manos en sus hombros para hacerla girar, la puso de rodillas y la
penetró instantáneamente, con los ojos abiertos, mirando a Shere, siempre
mirando a Shere.
Los
pilotos brindaron por él, que ya era un senior, mientras Shere se refugiaba en
el cuerpo de Ilain, pegado a su espalda, sin poder apartar los ojos de Maeloc
que, prendido de su propio ritmo, entraba en la muchacha-libélula sin mirarla,
sin ternura, sin cerrar los ojos siquiera un instante hasta el final, la vista
clavada en Shere.
Por
primera vez en sus vidas se sintieron perdidos en un abrazo, protegidos y
liberados al mismo tiempo, sintiendo la paz de la locura que sus manos frotaban
en sus cuerpos como un veneno dulce, mareante. El tacto de sus senos sobre el
pecho de él, seco y tibio, como una mariposa alucinada que se quema las alas y
vuelve, siempre vuelve al fuego que la mata. La humedad de su boca, de su sexo,
la viscosa, caliente, pegajosa humedad y su olor de delirio. «Junto a ti nada
importa; ni siquiera la vida, ni siquiera la muerte», la voz en el oído, la
mano en la cintura, el miedo a perderse, la agonía, la gloria, el brillo de sus
ojos entreabiertos, colores de mil mundos en su piel. Una espada caliente que
traspasa, un láser que anestesia, una lanza de agua clavándola al no-ser.
Sentirse en el amor como un navegante en la vida intermedia, flotando,
muriendo, con todos los sentidos en alerta y el vacío a flor de piel; prendido
en una trama iridiscente de estrellas escarcháis que cantan su agonía y se
derriten cayendo como polvo incandescente por su espalda, por sus piernas, las
caderas eléctricas de amor. Las caderas de llain pegándose a las suyas,
fundiéndose en la niebla de los ojos cerrados, de los gemidos tibios como
flores de luz. El olor a mujer, a deseo, a macho y hembra unidos en la misma
tortura dulce y lenta. El dolor del tiempo que se aniquila a mordiscos de sus
bocas, en la fricción de sus cuerpos que deja la piel nueva, reluciente, como
recién creada, viva de sensaciones, de anhelo y de dolor. La tensión insostenible,
fogonazo de luz y de colores, estallido de furia, nova desesperada que quema la
razón y la aniquila para morir después en la dulce ceniza de las estrellas
frías entre chirridos de éxtasis. Supernova y vacío. Corre el tiempo. Todo
vuelve al agujero negro, al remolino, y los amantes gimen por haber encontrado
lo que una y otra vez volverán a desear. Inútilmente. El mundo se disuelve en
un aullido de impotencia y dolor y cae el silencio sobre la soledad de los
cuerpos iluminados, fosforescentes de miedo en la penumbra.
Tendido
en la cama, junto a ella, Ilain inhalaba el veneno lentamente, mirando al techo
que había vuelto a estar relativamente arriba al desconectar la gravedad
artificial. Se sentía casi muerto, drogado de locura; sentía aún en sus manos
el contacto de la piel de Shere, su humedad, su olor, en sus ojos el vértigo de
su mirada, en su mente la certeza de la imposibilidad absoluta de prolongar ese
milagro que había surgido repentinamente en su vida. No debías haberte acercado
a ella, idiota. Lo sabías. Sabías que te quemarías, sabías que era el final y
ahora es tarde. Tendrás que arrastrar tu miserable vida sin ella, sin su
cuerpo, sin su voz, sin su risa, buscando la muerte en una vana esperanza de
reencuentro. Y ella te olvidará; no serás más que otro androide en un permiso,
un hombre quizás en otra noche de alcohol en otro mundo lejano. Y tú estarás
aquí, desgastando tu amor en soledad sobre otros cuerpos porque no has nacido
en el tiempo adecuado, en el mundo adecuado, porque la vida sólo te dio la posibilidad
de conocerla cuando ya era tarde para todo para los dos. En otro lugar, en otro
tiempo tal vez hubiera sido posible, ¿por qué aquí no?, ¿por qué ahora no?
Viviendo como ilegales podría hacerse. También de ese modo, antes o después,
llegaría la muerte, pero tendría cierta dignidad mientras que así no, así era
absurdo, ridículo, denigrante. Perder a Shere sólo porque era piloto y tenía
que volar era dolorosamente ridículo pero, ¿para qué otra cosa servía un piloto
de ataque sino para volar, para morir, para matar? ¿Para qué otra cosa invertía
la Flota todo su esfuerzo creándolos de los mejores bancos genéticos humanos,
educándolos, entrenándolos durante toda su vida para potenciar las
características necesarias en un luchador? La Flota no podía permitir que su
elemento humano cayera en absurdas relaciones sentimentales, que empezara a
considerar el mundo en pareja en una sociedad perfectamente individualizada sin
ningún tipo de ataduras personales. En otros mundos, algunos podían elegir
entre diferentes formas de convivencia grupal, pero no en la Flota donde la
vida no tiene valor, ni en la mayor parte de los mundos federados donde cada
ser ha sido creado con una función específica.
Y
Shere había nacido para piloto de ataque; una y otra vez sería remodelada para
ello en caso de necesidad. Ella, por encima de todo lo demás, por encima de
cualquier afecto, de cualquier dolor, era piloto, pertenecía a una escuadrilla,
a una punta de flecha, a un subsector, a una nave-madre, a una nave insignia, a
la Gloriosa Flota Interestelar de los Mundos Federados y eso era más de lo que
él podía ofrecerle. La estabilidad, la seguridad, la sensación de pertenecer a
algo, de tener un objetivo concreto en la vida, el vivir por algo y para algo,
legal, correcto, moral era todo lo que él no podría nunca darle. O quizá sí,
pero dentro de un código restringido, válido para ellos dos y para unos cuantos
miles de desesperados más, ilegales, inexistentes. Su amor, caso de existir,
caso de que para ella no hubiera sido sólo piel, no sería nunca bastante para
compensar todo lo que perdería. Él no podría nunca llenar su vida sólo con su
amor, con sus besos, con su entrega absoluta. Ni podría pedirle nunca que se
atara a tierra por él. Creía saber cómo se sentía un piloto sin el espacio
exterior. Pero era doloroso, absurdamente doloroso porque él sabía que tenía
que ser así. Sabía que sólo tenían horas, días tal vez si ella estaba contenta
y luego la nada, el vacío, el agujero sin fondo que no se podría llenar. Otra
vez en tinieblas después de haber visto la luz.
Shere
tampoco dormía pero estaba tan en paz con el mundo que se negaba incluso a
cambiar de posición para no estropear el milagro de felicidad que
experimentaba. Nunca antes se había sentido tan serena, tan colmada, tan cerca
de otro ser. Estar con Ilain le había dado algo que ni siquiera sabía que
existiera: la calma, el deseo de muerte que no viene del hastío, ni de la
rabia, ni de la desesperación. El simple deseo de anular la vida para no
corromper la perfección del momento. Sentía aún a Ilain dentro de sí, dentro y
fuera, en cada milímetro de su piel; su voz, sus ojos, sus manos, su cuerpo.
Cada caricia era un recuerdo ardiente, cada palabra un mundo a su medida, cada
segundo un momento mágico de un tiempo que pronto perdería. Gimió en silencio.
Aquello no era sólo piel. Estaba loca, loca de amor por aquel ser extraño que
le había dado un mundo en una noche, un mundo donde podía imaginarse viviendo
con él ilegalmente, a pesar de todas las reglas y las normas, a pesar del
castigo, a cambio de volver a sentir aquella calma desconocida, aquella
ausencia de deseos y odios en lucha dentro de sí. Y, sin embargo, sabía que era
imposible. ¿Qué vida le esperaba si se ataba a Ilain? Carecer de existencia
oficial, el constante peligro de la remodelación o de la muerte porque el
sacrificio es imposible para un desertor, el desarraigo de todo lo que para
ella era o había sido importante, perder su nave, no volver a volar. Y todo por
los besos de un androide, por sus caricias, por su voz. Era absurdo, absurdo y,
en cierta manera, también humillante. Cerró los ojos tratando de dormir,
sabiendo que no podría. Demasiadas cosas en su cabeza, demasiados sentimientos
para un piloto, demasiados recuerdos de miradas intensas. Ilain, Nel, Maeloc,
los ojos de Lol.
Se
giró levemente y rozó el hombro de Ilain con los dedos. Frío, tenso, como si
hubiera muerto.
—¿Estás
bien? —su voz, poco acostumbrada a la ternura, era ronca y grave.
—No.
—¿Cansado?
—No.
—¿En
qué piensas?
—En
ti. Y en Nel. No volveré a verlo. Tampoco a él.
—¿Qué
te pasa, Ilain?
—No
lo sé, Shere. No puedo más. Estoy cansado por dentro. Estoy triste. Tú no
puedes comprenderlo. ¿Cómo vas a comprenderlo? Tú eres algo, alguien. Eres
piloto, tienes tu sitio en el universo, tienes la capacidad de aceptar y
obedecer aunque no sientas así ni puedas entenderlo. ¿Cómo vas a entender lo
que me pasa?
—Tú
también tienes tu sitio, Ilain. Tú también has sido creado para algo concreto,
como todos nosotros. Y eres el mejor. Lo sabes. Yo nunca me había sentido así
con nadie. Eres tan diferente, tan maravilloso que me das miedo.
—¿Yo
a ti? —había incredulidad y una burla casi cruel sepultada en sus ojos. Dejó el
inhalador y la abrazó fuerte, rodeando con un brazo su cintura y dejándose caer
sobre ella como si quisiera fundirse con su cuerpo.
—No
quiero hablar más por ahora, Shere. Sólo quiero sentirte mía mientras pueda.
Let go, sweetheart.
Ella
se relajó lentamente, perpleja aún por la intensidad de sus sentimientos, y se
abandonó en silencio a sus caricias, negándose a pensar.
—Soy
tuya —le susurró—. Sabes que ahora soy tuya.
—Te
quiero, Shere.
Después
de complicados trámites, largas conversaciones y sutiles sobornos, Nel se
hallaba por fin a solas con su chica de acero. No era el último modelo, no
estaba en perfectas condiciones, su equilibrio mental era probablemente
caótico, pero era suya, al menos por el momento. Al cabo de un tiempo que le
parecía casi infinito iba a volver a volar y la sensación de inminencia lo
ahogaba. Esperó unos segundos en completa inmovilidad en el centro del cubículo
controlando los indicadores con sus cinco sentidos normales y con los otros
tres especiales que sólo poseen navegantes y pilotos; era consciente de que
también la nave estaba haciendo una primera apreciación de él.
—Me
llamo Nel. Soy ilegal —dijo por fin con su voz rota.
—Si
eres buen piloto, eso basta. Yo no tengo una moral humana. Deberías saberlo.
—Lo
sé. Pero me gusta empezar con las cosas claras.
—De
acuerdo. Llámame Lea. ¿OK?
—¿Podrías
hablar un poco más bajo y más lento?
—Claro
—dijo Lea con su nueva voz.
—¿Quieres
conocerme?
—Acomódate
cuando estés listo.
Nel
empezó a desnudarse lentamente, tirando las prendas a un rincón.
—Tienes
un incinerador a tu izquierda. Soy un modelo antiguo pero no tanto.
—Una
de mis absurdas manías es tenerle amor a mis cosas. Soy horrendamente posesivo,
ya te darás cuenta.
—Y
cuando tu ropa se pone inservible ¿qué haces?
—La
lavo.
—¿La
lavas? ¿Con agua?
—La
ginebra es demasiado cara y sería un desperdicio.
—Termina
de una vez, estoy deseando conocerte. Eres el tipo más raro que he tenido
dentro.
Riéndose
todavía de la obscenidad del chiste, Nel terminó de desnudarse y se tumbó en el
atalaje que había en el centro del cubículo. Inmediatamente empezó a sentir en
toda la piel el contacto pegajoso de los sensores como una multitud de
animalillos que le chuparan en un vago temblor erótico; luego el frío de los
puntos de anestesia, las agujas que renovarían su sangre mientras durara el
viaje, las sondas nasales, la masa viscosa que sellaba los ojos, el spray que
conservaba la piel, el ajuste de oídos y orificios de evacuación, la suave
entrada del líquido que cubriría su cuerpo por completo, el cierre de la tapa
del tanque, la oscuridad total, el lento mareo de la conversión, el silencio de
la vida intermedia. Después, como en un vértigo suave, el primer contacto con
la mente de la nave, todos los sentidos en desorden, las palabras que se
huelen, el escalofrío de color, los gritos en imágenes, las imágenes que se
saborean.
Una
petición:
—Déjame
entrar ya hasta el fondo.
—¿Es
necesario?
—Sí.
—Procede.
Abajo las barreras. Conóceme, chica.
—Estás
tenso.
—Sí.
No me digas que no sabes por qué.
—Lo
sé. ¿Quieres que te ayude?
—No
puedes ayudarme.
—Fisiológicamente
sí. Puedo relajarte.
—Soy
tuyo, nena. Haz lo que quieras.
Mentalmente
cerró los ojos, relajó las músculos y se abandonó a la maravillosa sensación de
anularse poco a poco. La nave, como una mujer, exploraba su cuerpo despacio
dejando una sensación de frescor y de calma por donde pasaba. Pensó fugazmente
en Shere, en Ilain, los imaginó juntos y se esforzó por borrar el pensamiento
para concentrarse sólo en el instante, en el tacto de la nave, en el
acoplamiento que pronto empezaría, un acople más perfecto y más completo que el
de Ilain y Shere, que el de cualquier otro par de seres en el universo porque,
cuando terminaba los dos eran uno, un solo ser, doble, plural, más amplio que
la suma de sus componentes y que empezaba precisamente donde se cerraba la
maniobra de acople, precisamente donde los humanos y los androides tenían que
separarse y volver a ser uno, encerrados en los límites de su cuerpo y de su
mente, en la imposibilidad de formar una sola criatura con el otro ser.
Sintió
una oleada de calor y de placer por todo su cuerpo inexistente; Lea lo estaba
excitando, iba a llevarlo a la calma a través del delirio. Gimió débilmente sin
sonido.
—¿Quieres
impresiones sensoriales?
Sin
ser siquiera consciente de su respuesta empezó a recibir un torrente de
impulsos: la luz amarilla del amanecer en el pelo de Shere, la piel de sus
muslos moteada de arena, el olor dulzón del veneno que inhalaba Ilain, los
pechos de Nami rozando su espalda tanto tiempo atrás, el sabor amargo del chai
de Fedora en el límite de la Galaxia, sus lagos de negrura burbujeante y
cristalina, el brillo de cien mil estrellas en sus ojos y la suavidad cremosa y
caliente, pegajosa, fundiendo su vientre al de una mujer sin nombre que jadeaba
sobre él en la noche violeta de Tertra, el deseo sin fin, el cuerpo tenso y
húmedo, los ojos de Shere agrandándose sobre un panorama relampagueante de
concreciones azules de energía pura oliendo a nafta y a violetas como en el salto,
la crepitación subjetiva de las estrellas dobles, el sonido más erótico del
universo que empezaba con un bajo profundo punteado de estallidos de
fluorescencia malva y subía en progresión intolerable hasta un agudo gimiente
que rasgaba los nervios y dejaba un sendero de plata en las venas, un ahogo en
el pecho y una voluntad ciega de aniquilarse, de derramarse en la nada hasta la
última gota de vida.
—Me
matas, me matas —gimió sin palabras en un estremecimiento de locura.
Lea
mantuvo el orgasmo unos segundos más, bajando; una vibración que se iba
haciendo juguetona deslizándose por sus centros nerviosos hasta hacerse
imperceptible. Y luego la calma, el abandono, el no-ser.
—Te
quiero, Lea —susurró en una oleada de amor y agradecimiento—. Hacía tiempo que
nadie me comprendía así.
—Soy
una buena nave, te lo dije. Y me gustas.
—No
me lo habías dicho, pero es igual, tú también me gustas. ¿Me dejas hacer algo
por ti?
Lea
sonrió con una crepitación que olía a naranjas:
—Más
tarde. Arriba. Cuando estemos fuera. Tú y yo vamos a hacer un gran viaje.
—¿Hace
tiempo que no vuelas?
—Acabo
de volver pero mi piloto era un imbécil; tenía tanta empatía como un
funcionario estatal.
—¿Y
qué fue de él?
—Lo
quemé. Discretamente, claro. Fallo cardíaco irreparable. Ya me encargué yo de
que fuera irreparable.
—¿Una
muerte bonita?
—No.
No se lo merecía. Lo quemé con su horror, con sus propios fantasmas. Lo fundí.
—¿Trató
de hacerse contigo?
—Quiso
destruir la dualidad, pero era un idiota. No pudo. Por eso necesitaba
urgentemente otro navegante.
—He
tenido suerte.
—Yo
también.
¡Qué
hermosa la vida en la nave! pensó Nel; la conversación con y sin palabras con
otro ser que te entiende, que está dentro y fuera de ti, que no miente, que no
finge, la relajación absoluta de la ausencia de convenciones y barreras. ¡Qué
hermoso, qué hermoso!
—¿Fase
de acople, piloto?
—Adelante,
Lea.
Lo
borró todo de su mente menos el deseo de fundirse con ella, de ajustar uno a
uno sus sentidos con la maravilla bioelectrónica que era su nave. La sintió
entrar lentamente, con infinito cuidado en todos sus centros sensoriales,
tanteando, sin prisa, con amor, y, de repente, se produjo el milagro. Sus ojos,
no los ojos de carne que descansaban en el tanque bajo la masa de sellado, se
abrieron y vio el espaciopuerto con la vista de Lea y con la suya propia:
fantasmas de energía coloreada que se agitaban en una danza sin música, formas
vivas de objetos inanimados pulsando a su alrededor.
—¿Ves?
—Veo.
Sus
sentidos empezaron a registrar los cien mil sonidos de las formas danzantes que
ululaban, crujían, murmuraban, sonidos inaudibles para un humano solo o una
nave sola. Olores, sabores, tactos que Nel asociaba arbitrariamente con vino,
con grasa, veneno, perfumes, helados y Lea convertía en código numérico que
representaba lo mismo sin asociación.
—Vista
OK. Olfato OK. Oído OK. Gusto OK. Tacto OK.
—Comprobamos.
¿Qué hay debajo de nosotros?
—Helado
de crema al limón que suena como una cáscara pisoteada. Es rojo y huele a
azucena. Suavecito. Leo que la pista está preparada. Podemos perdernos. Subir.
—Lectura
correcta. Yo recibo lo mismo. Te imprimo las coordenadas en punto
24.3.000000111 de tu cerebro.
—Correcto.
Lo tengo.
—¿Intuición?
¿Riesgo? ¿Deseo?
—Todo
limpio en el cuadrante anaranjado, el riesgo es del tres por mil en el
subsector con olor a clavel pero quiero pasar por ahí, porque suena como una
flauta en un cañón de roca. Si tardamos cuarenta minutos más será
impracticable, cambiará a azafrán y se pondrá rugoso.
—El
cálculo estadístico lo confirma.
—Tiene
que confirmarlo. Sé que será así.
—De
acuerdo, entonces está claro. Acople concluido. ¿Me sientes OK?
—Perfecto.
—¿Nos
vamos?
—Un
segundo. Quiero comprobar. Sí. He visto la Rueda. Nos vamos.
—¿Algún
capricho especial?
—¿Sabes
qué es un saxo?
—Un
instrumento musical humano. Cayó es desuso hace más de mil años.
—En
mi mundo no. ¿Sabes cómo suena?
—Puedo
buscarlo. Es cuestión de segundos.
—Búscalo,
pequeña. No hay como el saxo para una despedida y para un reencuentro.
—Música
de saxo para Nel. Servida.
Mientras
los sentidos se distorsionaban en la aceleración de la partida, las primeras
notas lentas, cálidas, goteantes, empezaban a sonar en el cerebro de Nel.
—¡Hermosa
muerte, chica! —gritó Nel, exultante de felicidad, en el deseo ritual de los
pilotos al dejar el suelo.
—¡Hermosa
muerte, piloto! —contestó Lea, su voz llena de luz.
Luego
fue la vibración del escape y el mundo exterior al prepararse para el salto. Y
se fueron.
La
música lenta, antigua, condenadamente triste, le rasgaba el estómago y le
provocaba un deseo incontrolable de llorar a gritos pero no se sentía capaz de
moverse de donde estaba. Llevaba varias horas en el local, pobre, sucio, con
mesas de plástico arruinado y olor a vejez y a podredumbre; ni siquiera sabía
con certeza cómo había llegado hasta allí. Recordaba con claridad la mirada de
Ilain al separarse, la forma en que el viento revolvía su pelo, la posición de
sus brazos, inmóviles, vencidos, el rictus de sus labios, sus hombros caídos,
agobiados por un peso insufrible, su figura rota cuando lo vio desde lejos por
última vez al doblar la esquina, y nada más. Las calles, la gente, los holos
publicitarios, el speed-train eran después un combinado absurdo de imágenes, de
olores, de sensaciones como cuando te acoplas a una nave enferma y todo está
mal. Desde la noche anterior el mundo se había derrumbado a su alrededor y a
cualquier parte que mirara sólo había ruinas. El día más hermoso de su vida y
el más abominable fundidos para siempre, el triunfo y la destrucción cogidos de
la mano como en el sacrificio. Recordó amargamente la mañana, el despertar con
Ilain, su pelo de oro verde en la almohada a su lado, su piel tibia, su sonrisa
—hola, mi amor—, la sensación de que el mundo era bueno, bello, mágico, de que
lo único que tenía sentido era despertarse así con él para siempre, una mañana
tras otra todas las mañanas de su vida; el paseo hasta su casa besándose y
riendo en las esquinas, el desayuno interrumpido para caer en la cama
frenéticos de pasión. La tarde, la lenta charla en que se habían contado su
vida, su pasado, sus esperanzas. El juego que ya no era sólo un juego de
inventar una vida en común, ilegales, piratas en su nave robada huyendo de
salto en salto hasta el Confín donde él ya no sería androide ni ella piloto de
la Flota, fuera de todo, de todos, con Nel por compañía ocasional y todo el
tiempo del mundo para volar juntos. Creyendo en aquel juego había sido feliz,
ciegamente feliz durante unas horas, olvidada de su vida real, de su compromiso
con la Flota, de los compañeros, de la lucha, de la necesidad de matar que
había sido implantada en su cerebro.
Y
entonces, cortante como una cuchilla que se desliza de improviso, helada, por
el cuello, la confesión, la verdad de Ilain:
—Yo
soy humano, Shere, humano como tú.
Se
había reído. Era una pieza más del juego. Obscena, una prueba de afecto e
intimidad, grosera tal vez pero chistosa por lo inesperada.
—Lo
digo en serio, Shere. Soy humano. Tenía que decírtelo.
La
risa que se paralizaba lentamente en sus labios, el temblor incontrolable, el
estómago que se apretaba milímetro a milímetro, la saliva acumulándose
tontamente en su boca, negándose a pasar por la garganta, las manos crispadas
que se alejaban sin proponérselo de las de él.
—¿Y
la marca en tu vientre? —había preguntado casi sin voz.
—Falsificada.
—¿Y
tu registro? ¿Y los controles?
—Falso,
todo falso, pero bien hecho. Legal.
Un
largo silencio mientras ella desviaba la mirada para fijarla en las nubes
sintéticas enganchadas en los edificios del espaciopuerto.
—Fui
ingeniero cibernético. Yo diseñaba androides. Creo que llegué a sentirme como
ellos, a comprenderlos. Siempre me sentí atraído por los humanos, no podía
evitarlo. Sabía que sería mi muerte pero lo elegí así. No fue difícil
arreglarlo todo. A nadie se le habría ocurrido que un ciudadano de primera
clase como yo quisiera cambiarse por un androide. Hace siete años que lo soy
oficialmente así que, dentro de otros tres habría tenido que hacer algo para
desaparecer sin más o resurgir modificado. Ahora ya no sé si vale la pena.
Ahora te conozco a ti, te quiero a ti. Tú decides.
Lo
había mirado con terror, con asco, con desprecio y con el sentimiento
infinitamente humillante de seguir enamorada de él. Pudo más su entrenamiento.
—Si
te refieres a si te voy a denunciar, pierde cuidado. No es mi estilo —su voz
sonó insultante, un siseo de líquido sobre metal al rojo.
Él
negó con la cabeza, despacio.
—No
es eso. Eso no me importaría, ya ves que me he puesto voluntariamente en tus
manos. Me importa lo que tú pienses, lo que sientas. Me importas tú. Si me
puedes querer todavía como hace media hora.
Ella
tragó saliva deseando matarlo y sabiendo que no podría.
—¿Estás
loco? —su voz era ahora un latigazo.
—Supongo
que sí —dejó caer la cabeza y el vaso de cristal se trizó entre sus manos.
—Sangre
humana —murmuró Shere, a su pesar.
—Como
la tuya —susurró Ilain sin alzar la vista.
Ella
se levantó de un salto con una decisión repentina.
—Me
largo.
—¿Para
siempre?
—Naturalmente.
Él
se levantó también y la siguió a la calle abriéndole las puertas con el
contacto de su mano. Shere caminaba delante, sin volverse.
—Es
lo más despreciable que me han hecho en la vida. Yo te quería. Estaba loca por
ti. Hubiera desertado por seguir contigo. ¿Cómo has podido hacerme esto? Eres
un traidor. Debería matarte, maldito bastardo.
—Mátame.
Shere —dijo él suavemente— vas a hacerlo de todos modos si te vas ahora.
Ella
se giró con violencia, los ojos llenos de lágrimas y las mejillas enrojecidas
de rabia. Lo miró impotente unos segundos, paralizada. Sintió un impulso
enloquecido de abrazarlo y llorar desconsoladamente contra su pecho pero lo
reprimió clavándose las uñas en los puños.
—Maldito
seas, Ilain —dijo con furia— maldito sea este mundo asqueroso y el momento en
que te conocí. Me has jodido la vida, hijo de puta.
Dio
media vuelta y se fue sin mirarlo, negándose a girarse, negándose a pensar,
negándose a admitir la realidad del sentimiento que la desgarraba y le gritaba
que volviera a su lado, aunque fuera sólo por un momento para sentir de nuevo
su abrazo, para ver otra vez su sonrisa, para grabar en su mente la mirada de
agua de los ojos de Ilain, del único ser al que se había entregado por completo
en toda su vida, del único ser que la había amado, que la amaba todavía. Y que
era humano.
Antes
de doblar la última esquina su deseo pudo más y lo miró un segundo,
empequeñecido por la distancia y el dolor. Todo su cuerpo ardió de amor por él,
sus músculos se crisparon de deseo, de nostalgia. Dudó una fracción de segundo
y dobló la esquina alejándose de él.
Y
ahora estaba en ese local mugriento emborrachándose de desesperación, de
tristeza, de conmiseración consigo misma. Horas con la vista clavada en el vaso
oyendo aquella música pringosa que estrujaba el corazón con su sonido lánguido.
Casi
sin pensarlo, se puso en pie tambaleante y llamó a un glider, uno de esos
absurdos vehículos que flotaban a metro y medio del suelo.
—Al
Paradiso —le dijo a la máquina al subir.
El
glider se elevó, silencioso, y enfiló suavemente hacia el centro por calles que
se iban haciendo cada vez más concurridas.
En
su habitación, Ilain conectó una música directamente a su cerebro, tomó cuatro
somníferos y, con la cabeza sepultada en las sábanas que aún guardaban el olor
de Shere, esperó la llegada del olvido en la creciente oscuridad.
La
violenta luz parpadeante le hirió los ojos al entrar al Paradiso, metió la mano
en la bolsa, como de costumbre y maldijo en voz baja al acordarse de que sus
gafas volaban ahora rumbo a Tau en el bolsillo de Nel. Se dirigió a un
automático de accesorios y sacó unas gafas impenetrablemente negras; no había
ninguna necesidad de ver más allá de lo justo para no romperse las narices al
atravesar la sala hasta el bar. El griterío era el mismo de siempre, los olores
también, la masa de seres en efervescencia no daba la impresión de haber
cambiado desde la noche anterior, como si la realidad se hubiera convertido de
pronto en una proyección tridimensional de sesión continua.
Se
sentía vacía y asqueada mientras cruzaba el primer salón hacia la barra de
servicio automático. No se creía capaz de soportar ni siquiera la mirada de un
camarero androide. Caminaba entre la gente dando y recibiendo empujones, sin
disculparse, casi sin darse cuenta, como si hubiera un cristal y metro y medio
de agua entre ella y el mundo, como si el Paradiso se hubiera convertido en un
inmenso acuario de peces exóticos de mirada vacía. O tal vez fuera ella el
monstruo encerrado flotando entre paredes transparentes, mirando sin
comprender, ignorante de la razón de su vida.
Vio
un destello de cabellos rubios entre la multitud y tuvo la impresión de que su
corazón se detenía. No podía ser Ilain, no podía ser. No era posible que aquel
hijo de puta hubiera ido de nuevo al Paradiso, después de lo que había pasado,
para seguir amargándole la vida. Aunque, al fin y al cabo, ¿por qué no?, ¿no
estaba ella allí?, ¿por qué no podía él haber decidido olvidarse de todo y
seguir adelante como si aquél hubiera sido un día cualquiera, uno más en su
vida? Después de todo, era su trabajo, su medio de subsistencia, y elegido
voluntariamente, además, para mayor tortura.
Se
giró despacio, tratando de mostrarse indiferente. Unos ojos negros muy
maquillados le devolvieron la mirada, unas antenillas se inclinaron
graciosamente hacia ella, una invitación. Apartó la vista y se alejó hacia la
barra; el androide la miró sin comprender. El incidente la había sacado de
aquella semicalma podrida que había conseguido a base de alcohol e
inspiraciones profundas. Sentía otra vez ese salvaje deseo de matar, de
destruir lo que fuera y como fuera. Tensó los labios deseando encontrarse con una
provocación, un insulto, cualquier cosa que le diera pie para volcar su odio y
su rabia hacia el exterior.
—Salve,
Shere. Te invito a lo que quieras.
Maeloc
había surgido frente a ella, sonriente, ligeramente colgado.
—Apártate
de mi camino, pervertido.
El
rostro de Maeloc se crispó un instante y volvió a relajarse.
—Sólo
quería charlar un rato contigo, vieja.
—Aléjate
de mí o te mato.
La
voz de Shere era suave pero varios compañeros se habían vuelto a mirarlos
esperando un espectáculo poco frecuente. Maeloc hizo un gesto conciliador con
las manos y se giró para marcharse con una mueca de incomprensión.
—See
you.
—Cobarde
—siseó Shere con todo el desprecio de que era capaz—. Ayer rompiste las reglas
por luchar conmigo y ahora huyes. Eres un asqueroso cobarde. No mereces ser
piloto.
Los
hombros de Maeloc se tensaron y dudó un segundo frente a la provocación pero
consiguió mantenerse de espaldas a ella. Shere, entonces, le dio una patada en
los riñones que lo derribó contra una mesa.
—¡Lucha,
gallina, demuestra lo que vales! —escupió ella.
El
golpe había sido fuerte pero era sólo un insulto; si hubiera querido, habría
podido matarlo con los pies descalzos y Maeloc lo sabía. Se levantó despacio,
dispuesto a luchar. Shere dejó la bolsa en la barra, esperando. Se midieron
unos segundos con los ojos y Maeloc atacó como en el gimnasio. Shere paró el
golpe con el antebrazo y le dio un rodillazo en los testículos; cuando el
hombre se doblaba de dolor, ella golpeó salvajemente su cuello con el filo de
las dos manos cuidando con precisión milimétrica de no matarlo todavía mientras
con la otra rodilla le rompía la nariz. Maeloc se revolcaba por el suelo con la
cara cubierta de sangre cuando llegó Lol con un grupo de pilotos. Miró al nuevo
senior que se retorcía a sus pies y se encaró con Shere.
—¿Tú
estás loca o qué?
Ella
se encogió de hombros.
—¿Qué
ha pasado, Maeloc?
El
piloto apenas podía respirar pero ya había conseguido sentarse.
—Yo
creía que era una pelea entre compañeros, Lol.
Shere
siguió callada.
—Yo
entiendo que alguien quiera luchar, que esté hasta los cojones de descanso y
necesite moverse, pero ella —sus ojos miraron a Shere sin comprender—, ella
atacaba en serio, a muerte. Yo no estaba preparado para eso.
—Pues
prepárate —la voz de Lol era áspera— nunca se sabe cuando un piloto durchdreht.
¿Por qué te crees que inventaron la remodelación? Todos los pilotos están
locos. Venga, largo. Que te lleven a una med-shop, la cosa no es para más. Y
tú, ven conmigo —dijo dirigiéndose a Shere—, tenemos que hablar.
—Pero
¿tú quién te has creído que eres? —recogió la bolsa y se la echó al hombro.
—Por
si no lo recuerdas, tu inmediato superior, tu jefe de ataque de flecha, y
además soy más grande y más fuerte que tú. Y mi estabilidad emocional también
es mayor, así que andando.
Lol
sacó del automático un paquete grande de sampa y dos vasos de plástico.
—¿Algún
veneno?
Shere
negó con la cabeza.
—Pues
vamos a emborracharnos.
Subieron
a una de las plataformas elevadoras que volaban por el local lanzando destellos
de colores. Lol miraba desinteresadamente hacia la masa de seres que iba
quedando abajo y Shere se observaba los pies, de un gris oscuro a través de las
gafas. Saltaron en uno de los niveles superiores y empezaron a buscar un
cubículo libre, sin éxito. Ninguna puerta se abrió ante ellas. Subieron al
siguiente nivel por una barra móvil.
—Voll
betrieb —masculló Lol.
Shere
siguió callada, ignorando la mirada de reojo de su jefe.
Encontraron
por fin una salita vacía que debía de haber quedado libre minutos antes porque
la casa aún se ajetreaba limpiándola.
—Déjalo
ya —dijo Lol en voz alta sin dirigirse a ningún sitio en particular—. Para lo
que tenemos que hacer ya está bastante limpio.
La
actividad de los pequeños robots cesó de inmediato y volvieron a su lugar tras
la mampara de la pared; los tubos de aireación se recogieron en el techo y la
ventana falsa con el panorama de holo volvió a su color lechoso de punto
muerto.
—Queremos
estar solas —anunció Lol—, asuntos disciplinarios. Prioridad verde tres.
La
casa comprobó la voz de Lol, su personalidad y su rango y emitió un piado de
asentimiento. Lol se instaló pesadamente en el sofá y, sin decir palabra, se
puso a destapar la bebida, sirvió dos vasos y se bebió el suyo despacio, sin
descansar. Luego lo rellenó. Shere, de pie, tomó el suyo, lo vació de un trago
y volvió a llenarlo. Esperaron sin mirarse durante unos minutos. Lol sacó del
bolsillo un pedazo de mirta y empezó a masticarlo trabajosamente. El silencio
comenzó a hacerse opresivo.
—¿Y
ahora qué? —dijo Shere, desafiante.
Lol
no movió un músculo. Continuó recostada en el sofá mirando al techo.
—¿No
estarás pensando en desertar? —preguntó por fin con voz neutra.
Shere
la miró, sorprendida.
—Digamos
que tengo una cierta experiencia en el terreno —añadió Lol—. No es aconsejable,
te lo digo yo. Y además, no hay nadie que lo valga.
—Él
lo hubiera valido —amargura en su voz.
—¿Quién?
¿Ilain?
Shere
bajó la cabeza. Asentimiento. Dolor.
—Reconozco
que tienes buen gusto, ese tipo tiene algo especial. Pero ni siquiera él lo
sabe. Y ¿qué es eso de «lo hubiera valido»? ¿Te lo has cargado?
—No.
—No
te preocupes. A mí puedes decírmelo. No te voy a denunciar. Y además, ¿a quién
le importa la vida de un androide?, de un androide VIEJO —pronunció la palabra
con una insultante claridad.
—A
mí me importa —vació el vaso de un trago y lo llenó de nuevo.
—Vamos,
vieja, no eres la primera que se enamora de un androide, pero esto tiene
remedio y no es de lo peor que te podría pasar —dio un sorbo a su sampa
cuidando de no tragarse la mirta que se había hinchado en su boca—. Lo
olvidarás. Un par de semanas arriba y todo volverá a su cauce.
—No
lo olvidaré, Lol. Jamás —su mirada vidriosa se perdía en la suavidad blancuzca
de la ventana falsa—. Mientras viva.
—¿Qué
sabes tú de eso?
—¿Qué
sabes tú, maldita vaca? Siempre tan segura de todo, tan controlada, tan… tan
legal —su voz temblaba y tuvo que hace una pausa para dominarla—. Tú que nunca
has sentido nada ni siquiera por ti misma.
Lol
se levantó despacio del sofá y se acercó a Shere que esperaba de pie, con los
puños apretados, dispuesta a luchar, a matar, a cualquier cosa. Su jefe se
limitó a colocarse de espaldas a ella, se levantó la corta melena negra y le
mostró la base del cráneo.
—¿Qué
ves?
—Remodelada
—la voz de Shere era insegura, asombrada—. ¿Tú?
—Pues
eso. Para que veas que no hablo por hablar.
—¿No
me dirás que fue por un asunto de… relaciones personales?
Decir
«amor» frente a Lol le resultaba ridículo y casi obsceno pero no se atrevió a
decir «piel» por miedo a ofenderla.
—Te
he dicho que tenía experiencia en estas cuestiones, ¿no me has oído?
—Tú,
¿te enamoraste de un androide?
—Eso
parece. Deserté. Me encontraron. Siempre lo encuentran a uno.
—¿Y
elegiste la remodelación?
—Evidentemente.
Si no, no estaría aquí contándotelo.
—Pero,
¿por qué?
—¿Por
qué qué? ¿El androide o la remodelación?
—Las
dos cosas.
—De
la primera no te puedo decir nada. Lo borraron. Sólo tienes conciencia del
delito pero no te dejan nada de las circunstancias, ni nombres, ni lugares ni,
por supuesto, sentimientos. Das ist der sinn der sache.
—¿Y
él?
—No
sé. Supongo que lo desmantelaron.
Shere
sintió un escalofrío a su pesar y se tomó otro vaso. Había algo que le daba
náuseas; no la idea de la muerte de otro ser, ni de su reciclaje, eso era parte
de la vida. Lo que la asqueaba era la frialdad en la voz de Lol, la
matter-of-factness con la que hablaba de alguien a quien había amado tanto como
para desertar, alguien cuyo nombre ya no recordaba. Se imaginó a sí misma en
esa situación y la idea le dio pánico. No recordar siquiera el nombre de Ilain,
su sonrisa, su forma de amar. Saber que había habido alguien en el mundo por
quien lo había arriesgado todo y no recordar nada de él. Era mejor su dolor de
ahora. Mejor incluso el sacrificio. Mil veces mejor.
—¿Por
qué elegiste la rem? —preguntó por fin, mientras se servía sampa con manos
temblorosas.
—Te
parece una salida cobarde, ¿no?
—Cada
uno hace de su vida lo que le da la gana, pero yo hubiera apostado a que no era
tu estilo —dijo sin mirarla.
—Yo
también, pero ya ves —hizo una pausa—. La verdad es que yo tampoco lo sé, no me
acuerdo. Pero lo he pensado mucho y supongo que fue por pura lógica. Tenía que
elegir. En mi época sí era posible escoger el sacrificio, incluso para un
desertor. No sé. Hubiera sido idiota matarse por alguien que ya no existía. En
cualquier caso él ya no existía para mí. Lo más probable es que lo hubieran
desmantelado pero aunque por un milagro él siguiera vivo, yo tenía que morir o
dejarme remodelar, con lo cual llegábamos a lo mismo. El caso es que elegí la
rem y no me arrepiento.
—Pero
¿no te angustia el no recordar nada de lo que fue tan importante para ti?
—Eso
es lo bueno, que ya no te angustia nada.
—Sí,
eso debe de ser bueno —agitó el paquete de sampa y se sirvió lo que quedaba,
apenas medio vaso.
—Se
te pasará.
Shere
sacudió la cabeza lentamente, con la mirada perdida en el fondo del vaso.
—Pues
preséntate voluntaria a la remodelación o sacrifícate por la gilipollez de
haberte enamorado de un androide, si te parece una salida más heroica.
—Tú
no entiendes nada, Lol, nada.
—Entiendo
que eres una pobre imbécil recién salida del tanque que no ha tenido un
conflicto de sentimientos en su vida y que se cree que se va a acabar el mundo
porque por un momento te hayas hecho la ilusión de irte de ilegal con un
androide que tiene tres años de vida, por delante. ¡Pobre inocente!
—Ilain
es humano, Lol —la voz de Shere, un susurro apenas, sonó como un estampido en
la pequeña habitación.
—Cuidado
con lo que dices. Un piloto tiene que saber emborracharse también sin decir
tonterías que puedan costarle la existencia.
—Es
humano.
Esta
vez sus miradas se encontraron y, por un instante, Lol no pudo reaccionar.
—¡Maldito
hijo de puta! ¿Estás segura?
Shere
asintió con la cabeza.
—¿Cómo
lo has descubierto?
—Me
lo ha dicho él.
—¿Te
lo ha dicho? ¿Es que, además, es suicida?
Le
temblaba tanto la voz que apenas podía contestar.
—Me
quiere, Lol, me quiere de verdad. Dice que tenía que decírmelo, que quería que
lo supiera, que no le importa nada más.
Las
lágrimas le corrían por las mejillas y, de repente, comenzó a gemir mientras
golpeaba la pared con los puños. Lol se acercó a ella y le puso el brazo sobre
los hombros, con firmeza, con ternura.
—Pobre
Shere, pobre, pobre muchacha.
Ella
seguía golpeando la pared, de un modo maquinal, al compás de sus sollozos.
—Desahógate
un poco, es natural, ahora no te ve nadie. Por suerte eres un piloto de primera
y has hecho lo que debías.
Shere
se giró hacia Lol, el llanto detenido en una mueca de horrorizada sorpresa.
—Te
has alejado del peligro y has informado a tu inmediato superior.
—¡Yo
no he informado a nadie!
—Vamos
Shere —el tono era irónico y, aunque la sonrisa pretendía ser tranquilizadora,
Shere estaba más allá del punto en que se la podía calmar con una sonrisa.
—Si
repites algo de esto en algún sitio, te mató. Te juro que te mato y hablo en
serio. De todas formas estoy acabada así que me da igual tener un cargo más. Y
a ti tampoco te conviene que se sepa. Tú también has estado con él. ¿Quieres
que te remodelen ahora que estás a punto de conseguir el ascenso?
Lol
estaba pálida y sus labios eran una sola línea blanca, una cicatriz cortando su
cara.
—Hay
que detener a ese cerdo.
—Le
quedan tres años, Lol —su voz era casi suplicante— deja que los viva como
pueda.
—No
sabemos cuánto le queda, maldita idiota —explotó Lol— ¿no te das cuenta de que
es humano? Puede vivir más que tú si tiene suerte.
—Preferiría
matarlo yo a denunciarlo, Lol.
—Pues
hazlo.
—No.
—¿Por
qué no?
—Porque
lo quiero.
La
bofetada sonó como un latigazo entre las paredes de plástico. Shere,
pestañeando apenas, se limpió la sangre de los labios con el dorso de la mano.
Cuando habló, su voz sonó firme, áspera de alcohol y llanto pero serena.
—Voy
a olvidar esto, Lol; estabas en tu derecho. Pero quiero que una cosa quede
clara: si lo denuncias, te mato. Pronto nos iremos de este jodido planeta,
quizá para siempre. Para ti será fácil olvidar el asunto, tendrás tu ascenso y
llegarás a skipper algún día, pero no digas una puta palabra a nadie si no
quieres que en algún ataque te alcance una ráfaga por detrás.
Se
quitó las gafas y fijó sus ojos de luminoso caramelo en los negros de Lol, sus
pupilas dos puntos diminutos. Sostuvo la mirada unos segundos, recogió la bolsa
y se marchó en silencio, tambaleándose. Lol se dejó caer en el sofá y ocultó la
cabeza entre las manos.
Nel
flotaba en el caliente balanceo de la vida intermedia saboreando el tiempo de
individualidad en que nave y navegante se retiraban a sus propios mundos, un
tiempo necesario para los dos porque el peligro de contaminación mental era
alto para dos seres en simbiosis prolongada y, de vez en cuando, ambos deseaban
un pequeño alejamiento de las estructuras cerebrales del otro. En ese tiempo
Nel solía preguntarse en qué se ocuparía la mente de Lea, ¿en recuerdos, como
él?, ¿en planes de locura, en esperanzas vanas? ¿Se perdería tal vez en sus
brillantes laberintos de abstracción, su mente un destello espejeando un camino
vedado a los humanos? A veces, muy pocas, envidiaba a los seres
bioelectrónicos; otras le daban lástima, según el humor del momento. De todas
maneras, en todos los grupos había rebeldes, seres que se salían de las normas
previstas, que deseaban algo distinto de aquello para lo que habían sido
creados. Lea era así y por eso le gustaba. Esa era su loca esperanza del
momento: convencerla de huir con él, desligarse de Vigilancia y volar juntos a
Mann.
Millones
de chispas de colores levemente punzantes como un baño de burbujas se
arremolinaban en su cerebro enmarcando las nítidas imágenes soñadas; las sentía
pasar por su cuerpo inexistente y rozaba con la lengua su misterioso sabor
eléctrico que despertaba apenas una asociación antes de desvanecerse. De pronto
apareció en su mente el recuerdo de Ilain y todo se tiñó de azul y de sabor a
almendras. Ilain —se dijo— y la palabra sin voz reverberó en su mente como una
espada de plata en un lecho de seda. Sólo la palabra lo llenaba de una infinita
tristeza, sin destino y sin futuro. Te llegará la muerte en forma de mujer como
siempre has querido. Nunca más nos veremos, amigo.
Se
asustó de sí mismo, de lo que acababa de formular y fue descomponiendo la
frase, palabra por palabra, arrancando sílabas y sonidos como piedras de un
mosaico, lanzándolas al agujero sin fondo, profundo y frío, de una negrura
transparente, que estaba arriba y abajo, delante y detrás de él. Te he querido
siempre, Ilain, siempre admiré con respeto tu decisión, pero siento perderte.
Ya no quedan muchos como tú. El Universo por fin está cambiando de veras,
estamos dando el gran paso al frente al borde del abismo, ya casi somos la
unidad que buscamos desde hace milenios, todos felices y perfectos colaborando
para el bien común, todos hermanos, tarados por el eterno tabú del incesto para
poder aplicar nuestro esfuerzo a metas más altas. Ilain, tenía que haberte
traído conmigo, y quizás a Shere también, pero no importa. Tú ya estás perdido.
Lo estás desde siempre, desde que decidiste cambiar de papel y lo sabes, y lo
aceptas. Y ella, ella no es como nosotros. Shere es una digna hija y esposa de
la Flota. Puede ser adúltera, tal vez, pero no desertará, no con un humano.
Antes se entregará a esa carnicería del sacrificio, orgullosa de servir a sus
altos ideales. ¡Qué absurdo momento nos ha tocado vivir, viejo!
—Piloto,
déjate de filosofías baratas y vuelve a la vida.
—¿Estabas
espiando, Lea?
—Hay
algo en la próxima intersección.
—No
hay problema, es un ilegal.
—¿Intuición?
—Claro.
—¿Lo
freímos?
—No
seas idiota, es de los nuestros.
—¿Desde
cuándo soy yo ilegal?
—Desde
este mismo instante, si quieres.
—¿Es
una oferta?
—¿Tú
qué crees?
—¿Y
yo qué ganaría con eso?
—A
mí.
—What
a death!
—¿Y
yo?
—¿Tú
qué?
—¿Qué
ganaré yo?
—A
mí. ¿No es eso lo que quieres?
—Si
tuvieras orejas te compraría unos pendientes de plata, Lea, para sellar el
compromiso. El oro es demasiado legal.
—Cómpramelos.
—¿Lo
dices en serio?
—¡Qué
idiotas sois los humanos! Compartes mi mente, ¿no sabes que hablo en serio?
—En
el próximo mundo ilegal que toquemos los tendrás.
—Yo
te daré algo que puedas llevar en tu roñoso impermeable cuando estés abajo.
—You
won me, Lea.
—I
know?
—Did
I?
—Claro,
tonto.
La
violenta iluminación de la calle principal de Puerto Lobo le hirió los ojos al
salir de la negrura impenetrable de su cubículo de descanso, un miserable
cuartucho por el que pagaba una pequeña fortuna en unidades clandestinas a
cambio del dudoso placer de disfrutar de todo lo que el asteroide, el más
famoso puerto franco del sector, la mayor concentración de ilegales, podía
ofrecer al turista ocasional, en su mayor parte comerciantes, contrabandistas,
soldados y pilotos que aprovechaban su permiso en Mann para fletar una nave
ilegal y pasar discretamente unos días en Puerto Lobo jugándose siempre la
reputación y, casi siempre, la vida.
Había
salido desnuda por costumbre y le sorprendió desagradablemente el frío de la
calle, quince grados, sin viento. Entró de nuevo al Complejo de Reposo y en la
sala de automáticos tomó un baño de impermeabilizante por tres veces su valor,
sacó unas gafas oscuras y una tableta masticable de alimento superenergético
que, por un momento, la hizo sentir de nuevo como una niña, como cuando con
otros compañeros de la Casa se gastaba su asignación mensual en masticables
proteínicos para huir de la espantosa rutina de la carne con verduras y salsa
de huevo.
Pasó
por el cubículo de Maeloc y decidió invitarlo a acompañarla en su primer
contacto con Puerto Lobo. Habían bajado juntos desde Puerto Edén, su punto
oficial de permiso, en una nave de carga de donde habían desembarcado horas
antes con la sensación de haber sido descoyuntados sistemáticamente.
En
los últimos tiempos, Shere y Maeloc habían comenzado una amistad con reservas
que se había ido intensificando poco a poco en docenas de conversaciones,
paseos por la nave, luchas privadas en el gimnasio y alguna que otra borrachera
a pesar de las prohibiciones sobre el consumo de drogas a bordo. Aunque era
varios años menor que ella, Shere lo sentía como una especie de compañero
mayor, de superior espiritual que al mismo tiempo retorcía su alma y sus
convicciones y le daba estabilidad, fuerza, una forma nueva de ver el mundo,
una energía desconocida. Ella sabía que estaba alcanzando esa fuerza de modo
ilegal, sabía que era un wild-side-walk que en algún momento no tendría regreso
pero se arriesgaba todos los días, cada día un poco más, para descubrir lo que
estaba en su interior, lo que Ilain había puesto en marcha dentro de ella. Con
Maeloc se había atrevido a hablar del amor humano; durante largas charlas
habían discutido sobre el derecho individual a hacer lo que uno quiera consigo
mismo siempre que no atente contra la misión en la vida y aunque,
aparentemente, ninguno podía convencer al otro, Maeloc había comenzado a
aceptar que el riesgo de perder de vista el compromiso con la Flota era en
verdad muy alto y Shere empezaba a comprender que el suyo no era el mejor de
los mundos si un humano no tenía mayor campo de acción que un automático de
bebidas.
Maeloc
era tierno, alegre, loco y un poco ingenuo; despiadadamente pesimista, se
empeñaba en vivir hasta el límite cada situación que la vida le ofrecía. Su
inteligencia y su amoralidad lo convertían en un ser peligrosamente atractivo
y, paradójicamente, muy vulnerable. Shere se preguntaba con frecuencia qué
error se habría cometido en su fabricación para hacerlo así y cómo habría sido
capaz de pasar todos los controles hasta llegar al grado de humano adulto y
piloto de la Flota. Al parecer, Maeloc había encontrado el punto de equilibrio
en una esquizofrenia que le permitía tener dos máscaras perfectas, completas
con su juego de inflexiones, gestualidad y dilatación pupilar y pasaba de una a
otra cuando la situación lo requería dejándose siempre la libertad, lo que él
llamaba «mi libertad humana», de entrecruzarlas de vez en cuando para sentir la
punzada del riesgo social, del peligro cotidiano.
Shere
le proporcionaba el público que necesitaba para que su faceta de ilegal se
desplegara ante sus ojos y creciera con cada protesta de ella, con cada
argumento, con cada discusión. Y ella, a veces, se dejaba llevar, fascinada, al
mundo de esa libertad donde todo parecía lógico, justo y necesario, hasta las
mayores aberraciones. Por eso estaban ahora en Puerto Lobo, porque Maeloc la
había persuadido de que era absurdo pasar todo el permiso en Puerto Edén, un
mundo entre millones, pudiendo acercarse al lugar más estimulante de Mann.
Sabían que Lol los buscaría como un perro rabioso por todos los locales de
Puerto Edén, sabían que haría todo lo posible por probar que habían estado AWOL
unos cuantos días pero, de alguna manera, cuando estaban juntos y hablaban de
ello, se les saltaban las lágrimas de risa. Lol persiguiéndoles por Puerto Edén
como hacía constantemente en la nave, sin encontrar nada.
Nunca
encontraría nada porque no había nada que encontrar. Aparte de los pequeños
seitensprünge con el reglamento, no había nada ilegal entre ellos. Hablaban,
bebían y eso era todo. Maeloc lo había intentado varias veces,
terapéuticamente, decía, pero Shere estaba firmemente en contra. Si alguna vez
volvía a tener relación con un humano, sería con Ilain; sólo él podría hacerle
superar el horror de aquel primer impacto. Si no había amor, era sólo piel y si
era sólo piel, no era necesario que fuera más que un androide. Algún día, en
algún permiso, volvería su nave y entonces se sentiría capaz de acercarse a
Ilain y entregarse a él sin horror y sin culpa pero, mientras tanto, Lol
buscaría en vano.
Salieron
juntos a la calle cuando Maeloc encontró una ropa de su gusto y se lanzaron a
pasear sin rumbo, sin saber bien qué buscaban. Gente de todas las razas se
cruzaba en su camino entre un tráfico imposible que circulaba en flotadores a
tres niveles, de la calzada a la zona más alta de los edificios. Los locales
más baratos abajo, en el primer nivel, los más caros en el último; los
vendedores ambulantes, los adivinos, los luchadores, los profetas, los humanos
en venta se deslizaban lentamente en pequeñas plataformas circulares cambiando
constantemente de altura. Shere los observaba intensamente, desde una distancia
agresiva que Maeloc llamaba «su torre de combate»; él, por el contrario, miraba
fascinado, con los ojos brillantes, la amalgama de seres que lo ofrecían todo,
todo, sin limitarse a las normas de nadie. De repente, en una esquina, lanzando
un grito de júbilo, la levantó en vilo y empezó a dar vueltas con ella.
—¡Estamos
en Puerto Lobo, vieja, estamos en Puerto Lobo!
—¡Bájame
inmediatamente, idiota!
Maeloc
la soltó sin una palabra y siguió caminando.
—Estás
loco, Maeloc.
—No
me digas…
Al
cabo de unos metros, Maeloc se detuvo furiosamente y la miró.
—¿Es
que no te das cuenta, imbécil? Esta gente está viva, VIVA, maldita sea. Tal vez
no sean felices pero están vivos. Todos hacen algo, todos luchan, todos tratan
de sobrevivir a su modo, corno sea. No esperan a que les den de comer a sus
horas y les digan lo que tienen que hacer cada jodido segundo de su vida. ¿No
lo ves?
—¿Y
por qué no lo dejas todo y te quedas aquí?
Maeloc
la miró como si estuviera a punto de darle un puñetazo.
—No
entiendes nada, estúpida. ¿Qué coño iba a hacer yo en Puerto Lobo para siempre?
Yo soy piloto, piloto como tú. Y además, para ponerlo peor, piloto de ataque.
No sé hacer otra cosa, no me han creado nada más que para eso. Ni siquiera
podemos hacer volar otra cosa que no sea un Delta Max. Si fuera navegante, me
quedaría, para un navegante siempre hay trabajos, con su superempatía y la
perfección de sus sentidos especiales. Nosotros sólo podemos usar los nuestros
para infiltrar una trama sigh o salvar la piel en un ataque circular y eso no
se vende en el mercado ilegal —miró alrededor tratando de recuperar la
respiración normal—. Si fuera navegante, me quedaría, te lo juro. Como no lo
soy, disfruto mientras puedo de estar aquí. Y ahora o te callas o te vas o
pones otra cara, pero deja de joderme la fiesta con tus prejuicios.
Shere
se mordió los labios.
—¿Qué
planes tienes?
Maeloc
miró al cielo, turbio de polución, de un extraño color canela.
—Por
lo pronto quiero comer algo. Luego voy a buscarme una mujer humana que sea una
mujer no un piloto galáctico entrenado para ser mi hermano. Y si todas nuestras
discusiones hubieran servido para algo, tú vendrías conmigo y saldrías de una
puta vez de esa costra de metal que se te está pegando al cuerpo.
Dio
media vuelta y siguió caminando sin mirar atrás. Shere vio en su espalda el
daño que le había hecho y sintió un impulso de alcanzarlo, disculparse y seguir
descubriendo juntos las calles de Puerto Lobo, pero no lo hizo. Dejó que se
perdiera entre la gente y se alejó en otra dirección. No quería dejarse
arrastrar una vez más a aquella alegre locura artificial de los últimos
permisos. Quería estar sola, sola como había estado siempre salvo aquellas
veinticuatro horas en que por única vez en su vida había sentido la paz de la
dualidad como dicen que la sienten los navegantes.
Entró
en un local del primer nivel y pidió un vaso de ajía, el licor más típico de la
zona, mientras sentía que el pasado se derramaba de nuevo sobre ella como una
miel dulce y venenosa. Se quitó las gafas y se cubrió la cara con las manos
tratando de no volver a pensar en él, de no caer de nuevo en el mismo carrusel
sin sentido de recuerdos y reproches. No debía haber venido a Puerto Lobo, ese
mundo la deprimía demasiado con su aureola de esperanza para los perversos.
Allí hubiera podido quizás escapar con Ilain hacía tiempo, ser feliz con él,
pero ¿cómo? Tenía razón Maeloc. ¿Qué hubiera hecho ella para sobrevivir, para
olvidar su vida, su nave? Habría esperado todos los días en alguna parte a que
Ilain volviera, asqueado, agotado de cumplir su trabajo con algún piloto como
ella lo había sido. Se sentía primitiva y absurda cuando pensaba así pero no
podía soportar la idea de que Ilain le hiciera a otras mujeres lo que le había
hecho a ella, que sus caricias, que su voz fueran para otras. Se esforzaba por
convencerse de que un androide o un humano eran lo mismo: una habitación de
hotel, un cubículo de reposo que ofrece a todos los que lo habitan el mismo
confort y los mismos servicios. Nadie en su sano juicio se ofendería porque su
cuarto, que sólo es suyo durante un par de noches, haya sido o vaya a ser de
otros. Y, sin embargo, le dolía pensarlo y el pensamiento le envenenaba la
mente y le daba un deseo de aniquilamiento que cada vez tardaba más en
controlar.
—Salve,
piloto. Siempre que te veo tienes un vaso en la mano. Morirás joven.
Alzó
la mirada, sorprendida, pestañeando locamente al retirar las manos de los ojos.
De repente se encontró con unas gafas oscuras sobre la nariz que se adaptaban
maravillosamente a los contornos de su cara.
—¡Mis
gafas!
—Soy
un tipo decente. Las he llevado siempre en el bolsillo, todo este tiempo, por
si te encontraba en algún lugar.
—¿Qué
haces aquí?
—Ahora
vivo aquí, de momento. Mi chica es muy exigente pero hemos llegado a un buen
acuerdo; aunque casi siempre estamos arriba, hay temporadas en que necesito
bajar a estirar las piernas. Vamos, más bien a recordar que las tengo. Lea es
posesiva pero bastante considerada.
—¿Lea
es tu nave?
—Es
un modo de decirlo. ¿Me siento?
Shere
le hizo un gesto de invitación con la mano mientras sacudía la cabeza como si
acabara de salir del agua. Apenas podía creer que fuera realmente Nel el que
estaba sentado frente a ella. Si se concentraba un poco, podía sentir que no
había pasado el tiempo, que ahora estaba con Nel desayunando y pronto, muy
pronto, llegaría la hora de su cita con Ilain.
—Así
que lo has conseguido —dijo por fin, levantando el vaso hacia él.
—¿El
qué? —sus ojos se estrecharon hasta casi cerrarse.
—Esto
—su gesto abarcó el local, el planeta— tu nave, la huida, la libertad.
—¿Te
conté yo eso? —había incredulidad en su voz.
—No,
tú no —tragó saliva, se quitó las gafas—. Fue Ilain.
—¡Hijo
de puta! ¡Contando mis sueños a su bella desconocida! —tensó la mitad de la
boca en algo parecido a una sonrisa—. Brindo por él.
Shere
tenía los ojos fijos en el centro de la mesa y sus manos apretaban rítmica,
lentamente los bordes del vaso de plástico. Por fin preguntó en voz baja:
—¿Lo
has visto últimamente? ¿Cómo está?
—Mejor
que en todos los jodidos días de su vida. Ahora es feliz.
—¿Sí?
—el dolor en la garganta era tan intenso que el sonido salió ahogado, perdido.
—No
me digas que no lo sabes, piloto. Su compañera actual es como la mía, como la
tuya incluso; posesiva y exigente pero muy dulce —se bebió el vaso de un trago
y se levantó a buscar otro.
—¿Es
humana?
Shere
se ahogaba en cada pregunta pero necesitaba saber, saberlo todo. Nel estaba
cada vez más tenso debajo de su calma aparentemente indestructible.
—Venga,
piloto, deja de jugar conmigo. Lo sabes tan bien como yo, lo sabes mejor que
yo. Tú lo denunciaste.
—¿Qué?
¿Ilain está…? —su cuerpo se negaba a controlar los procesos necesarios para
terminar la frase. Nel lo hizo. Brutal, salvajemente, mirándola a los ojos:
—Muerto.
Sí. Ilain está muerto. Dead. Tot.
—¿Cuándo?
¿Cómo? —las preguntas se expresaban más con el cuerpo que con la voz. La boca
entreabierta, los ojos dilatados, la temblorosa inmovilidad de sus músculos.
—Lo
denunciaron anónimamente poco antes de que subiera tu nave. Una mujer. Antes de
que entrarais en el salto, Ilain ya no existía. Son muy eficientes en ese
sector.
—¿Cómo
sabes todo eso?
—Tengo
algunos amigos. Cuando volví, había pasado bastante tiempo pero aún pude
encontrar algo. Y había un mensaje también.
—¿De
él?
Nel
afirmó con la cabeza.
—¿Para
ti?
—Sí.
Cuando van a buscarte, te dejan cinco minutos para eso, para un mensaje.
Shere
lloraba lentamente, sin sollozos, sin vergüenza, sin orgullo. Nel la miraba,
primero sorprendido, luego, poco a poco, casi feliz.
—¿No
fuiste tú?
Ella
agitó la cabeza, sin dejar de llorar.
—Yo
lo quería, Nel, lo quería. Hubiera desertado por él hasta que me dijo… Tú lo
sabías, ¿verdad?, desde el principio. Y ahora, todo este tiempo he tratado de
superarlo, de reconciliarme con la idea de que amar a un humano no es una
monstruosidad. Ya casi lo había conseguido. Entonces quería ir a buscarlo y
ahora… ahora ya no, ya nunca…
Nel
le tomó las manos, que temblaban sobre la mesa, y las apretó entre las suyas.
—No
te tortures, Shere. De eso ya pasó mucho tiempo.
—Para
mí no, Nel. Para mí todo sucedió ayer, incesantemente. Para mí Ilain estaba
vivo hace cinco minutos. Sigue vivo ahora aunque su piel acaricie la piel de
otra mujer. Está vivo y piensa en mí.
—Shere,
en su mensaje decía dos cosas, una referida a ti y otra para ti.
Ella
lo miró expectante.
—Acabo
de perder lo que más me importa en el mundo, decía, y luego, si alguna vez ves
a Shere, dile que la he querido, que la quiero todo lo que un hombre es capaz
de querer a otra criatura, que la comprendo y que deseo de todo corazón que sea
feliz, que lo sea también por mí.
Shere
sostuvo su mirada un momento y luego se tapó la cara con las manos y empezó a
llorar violentamente, olvidada de todo. Nel se levantó y volvió con dos vasos.
—Bébetelo.
Por Ilain.
Tratando
de controlar el temblor de su cuerpo, tomó el vaso y lo vació de un trago.
—Y
ahora vamos a salir de aquí y vamos a ser felices un rato por él, como él
quería.
La
cogió de la mano y la levantó de la mesa.
—Y
hoy sin sangre, por favor.
Ella
sonrió apenas.
—Ya
te saqué una vez de líos, lo voy a hacer hoy de nuevo, pero no te acostumbres,
piloto.
—Gracias,
ilegal —dijo casi sin voz; luego corrigió— navegante.
—Llámame
Nel —contestó con su voz rota, que temblaba.
—¿Qué
te pasa, desastre? Te dejo unos días en tierra y vienes deshecho. Si sigues así
voy a tener que encerrarte en el tanque para siempre.
—Lea,
por lo que más quieras, ya he tenido bastante. Déjame acoplarme y quítame esta
resaca como sea. Luego puedes hurgar lo que te dé la gana y enterarte de todo.
Nel
se tumbó en el tanque lenta, pesadamente, con la desesperación y el alivio de
quien entra en su ataúd para siempre. Había vuelto a la nave porque era el
único sitio que tenía pero no le hubiera importado acabar muerto en una calle
de Puerto Lobo después de aquellos días. Habría sido una buena muerte para un
ilegal pero se le había acabado el dinero, el alcohol y la capacidad de desear,
de desear cualquier cosa, la vida, la muerte, a Lea, a Shere. Cuando pensaba en
ella, sentía el impulso de aullar hasta desgarrarse la garganta y ni siquiera
sabía por qué. Sólo sabía que la había deseado, que la había querido, que le
había hecho el amor sin conseguir tenerla, sin poderla retener; que habían
estado juntos unas horas enlazándose y mordiéndose con el fantasma gris de
Ilain entre sus cuerpos. Y luego ella, con los ojos abiertos en la penumbra
malva, lo había insultado en voz baja, serena, su cuerpo frío y ausente,
muerto. Muerto como Ilain.
—Mi
vida es un paseo entre los muertos.
—Sólo
estás cansado, Nel, y triste. Eso tiene arreglo.
—Yo
no quiero un arreglo, Lea. Quiero que se acabe.
—Eso
también tiene arreglo.
—Pues
arréglalo. Por lo que más quieras.
—Tú
eres lo que más quiero. Además de que los organismos bioelectrónicos,
oficialmente, no tienen capacidad de amar… No está en su naturaleza.
—No
estoy para juegos, Lea.
—Ya
lo sé.
—Se
va a sacrificar, Lea. Esa imbécil va a morir por mi culpa. Dice que no
soportaría seguir viviendo después de esto. Se va a autodenunciar. Por mi
culpa.
—Tú
no tienes culpa. Olvídalo.
—Llevo
días tratando de olvidarlo.
—Relájate
un momento. Estás dificultando el acople. Tú no tienes la culpa. Los humanos
son inestables y la Flota necesita suicidas. Está bien así.
—Yo
también soy humano y no quiero colaborar con la Flota y ella es Shere.
—¿No
te das cuenta de que ya no puedes ni pensar? Déjame entrar y calla. Yo cuidaré
de ti.
El
acople llegó suave, dulce, como un pañuelo de seda, fresco y aromático.
—Te
voy a dormir, Nel. Cuando despiertes, saldremos de aquí. Quiero estar arriba
para curarte pero sabes que no llegaré sin ti.
—Soy
tuyo, Lea, pero no me pidas nada ahora. No tengo nada que dar.
—Duérmete,
piloto.
Sintió
la entrada del narcótico como un fluido helado que lo calmaba y lo llevaba
lejos, lejos de todo, abajo, muy abajo, o arriba, y solo, tan solo que hasta
Nel empezó a perderse por el camino mientras él flotaba entre burbujas de
espuma de mar y desaparecía.
Las
nueve naves, pequeños puntos de luz azul violáceo, de una brillantez
insoportable, volaban enloquecidas hacia un carguero sigh rodeado de sus
puestos de defensa.
Toda
la tripulación libre de la nave madre se había reunido en la sala de
observación para ver el ataque en tridi mientras que el resto podía seguir el
sacrificio en las pantallas. Cientos de hombres y mujeres flotaban en la
inmensa sala circular en completo silencio mirando el espectáculo que se
ofrecía en la esfera central a escala reducida. Era un ataque modelo. Los nueve
deltas volaban en punta de flecha dirigiéndose a la nave enemiga sin desviar
apenas su trayectoria para poner fuera de combate a los móviles de ataque sigh,
de una terrible capacidad destructiva pero menos ágiles de maniobra. Los delta
aparecían en la simulación como puntos azules volando en la sala, los sigh eran
brillantes puntos verdes, el carguero, uno de los gigantes de la flota enemiga,
una enorme estrella blanca con destellos anaranjados, quieta, perfectamente
inmóvil en un extremo de la esfera de proyección, protegida por el barrido de
sus defensas, una red de líneas móviles rojo rubí.
—Van
a entrar en la trama —susurró una voz y todos los tripulantes, especialmente
los pilotos, contuvieron el aliento. Sabían lo que significaba. Cuando los del
alcanzaban la zona de seguridad de la nave enemiga esta vez lo habían hecho sin
bajas, los móviles sigh retiraban porque para ellos el peligro era igual y la
pervivencia del carguero quedaba entregada a su red defensa, la que aparecía
como una trama de rayos rojos en constante movimiento. Los delta tenían que
atravesar la red sin ser tocados por los haces de muerte cuyo barrido era
controlado por un generador de azar. Nadie podía prever dónde estaría un rayo
en el siguiente momento, dónde habría un espacio libre por el que deslizarse.
Nada podía predecir la secuencia aleatoria utilizada por los sigh, por ello los
pilotos volaban apoyándose en el riesgo y la intuición únicamente.
—Ya
casi, ya casi. ¡Vamos, Tigre! Show them, show them.
Las
voces en la sala, susurros al principio, iban subido de tono conforme se
acercaban los delta a la trama interior. Allí tendrían que defender a Tigre de
los antiaéreos de corto alcance colocados sobre el casco exterior del carguero.
Si conseguían cubrirlo, Tigre seguiría solo hacia la trama interna, volando por
deseo, utilizando sólo el riesgo y la intuición para sobrevivir hasta llegar al
punto vital de la nave. Los otros delta tratarían de huir el momento en que
Tigre penetrara en la segunda red.
—¡Lo
van a conseguir!
—¡Dale,
Tigre!
¡Vamos,
muchachos!
¡Ya
casi los tenéis!
Lol
observaba fascinada, sin moverse, los ojos prendidos a los puntos azules que
volaban saltando entre trama roja salpicada de explosiones amarillas. Tenía
boca seca y se mordía constantemente el labio inferior. Tigre era de los suyos,
uno de sus mejores pilotos. Tenía que conseguirlo.
Un
destello naranja brilló un instante sobre una luz azul. La voz de Madre habló a
la nave: —Una baja, Kalel.
La
tripulación guardó silencio. Todos seguían a los pervivientes con su deseo. No
era momento aún para tristeza. Un piloto, cerca de Lol, se clavó las garras
sintéticas en la cara murmurando: «Kalel, ¡Oh!, no, Kalel», pero sus ojos
estaban clavados en Tigre que avanzaba saltando hacia el umbral de la segunda
trama, oyó su voz de pronto en la nave:
—Estoy
en el umbral. ¡Largo, chicos; gracias! ¡Adiós todos, Madre!
—¡Buena
muerte, Tigre! —contestó la nave.
—¡Buena
muerte! —rugió la tripulación.
—¡Hermosa
muerte, Tigre! —susurró Lol.
Tigre
avanzó como un delirio hasta el punto vital del carguero. Dos segundos después,
la gran estrella blanca parpadeó un instante y desapareció de la simulación.
Los gritos de triunfo de los tripulantes ahogaron casi la de Madre:
—Segunda
baja. Dafnir.
—Estaba
demasiado cerca ese imbécil —dijo Lol apenas en un susurro ronco —. ¡Lo han
conseguido!
—They
got it.
—Lo
han hecho.
Los
seis puntos violáceos volaban en arco hacia casa tratando de librarse del acoso
de los móviles sigh supervivientes. Ahora ya estaban muertos, sin base a donde
ver y su única finalidad era derribar a los delta antes autodestruirse, pero
eran demasiado lentos para alcanzarlos y se habían dispersado.
—Cinco
segundos para entrar en zona de seguridad —confirmó Madre—, dos, uno. Home.
¡Bienvenidos, chicos!
Todos
los pilotos se lanzaron como locos a la zona puerto para felicitar a la
escuadrilla de sacrificio y comentar la acción. Lol se quedó donde estaba,
mirando al centro de la esfera de simulaciones donde sólo los destellos de las
naves sigh al explotar rompían el aire traslúcido.
—Se
acabó —dijo por fin, pasándose las manos por el pelo—. Una muerte hermosa y
valiente, pero ahora se acabó todo para él, ¿lo entiendes?
Shere
asintió con la cabeza, apretando los labios.
—Ya
no sonreirá más, ya no tendrá más permisos, ya nunca volará, ya no habrá más
androides, ¿te das cuenta? Maeloc se acabó para siempre. ¿Y todo por qué?
Shere
tragó saliva.
—Porque
lo he denunciado, porque lo he traicionado.
—Porque
era un perverso —cogió a Shere por los hombros y la sacudió violentamente— y
porque era un perverso tan imbécil que no aceptó la remodelación.
—Era
un valiente.
—Era
un gilipollas. Lo único que uno tiene es a sí mismo y si lo pierdes, ¿qué te
queda?
—Pero
si te remodelan, ya no eres tú.
—Claro
que eres tú. Sólo borran lo peligroso, lo que hace daño. Y además, ¿tú qué
eres? Cuando te den otra vida, estarás contenta con ella. Has elegido bien,
vieja. Me lo agradecerás.
Shere
no dijo nada. No tenía nada que decir. Lol le pasó el brazo por los hombros y
caminaron lentamente, en silencio, hacia el bar de pilotos.
Fin
Autor
Elia
Barceló (Elda, Alicante, España, 29 de enero de 1957).
Estudió
Filología Anglogermánica en la ciudad de Valencia en 1979 y Filología Hispánica
en las universidades de Alicante e Innsbruck, Austria, obteniendo el doctorado
en esta última en 1995. Desde 1981 reside en Austria, donde es profesora de
literatura hispánica.
Se
la considera una de las escritoras más importantes, en lengua castellana, del
género de la ciencia-ficción, junto con la argentina Angélica Gorodischer y la
cubana Daína Chaviano. Las tres forman la llamada "trinidad femenina de la
ciencia-ficción en Hispanoamérica".
Parte
de su obra ha sido traducida al francés, al italiano, al catalán, al holandés y
al esperanto. Desde 1997 escribe también literatura juvenil.
Es
socia de honor de Nocte, la Asociación Española de Escritores de Terror.
Premios
●
Premio Ignotus de ciencia ficción en 1991
●
Premio TP de oro de literatura juvenil en 1997 y 2006
●
Premio Internacional de novela corta de ciencia ficción de la Universidad
Politécnica de Cataluña 1993.
Obras
más destacadas
●
Sagrada. Ediciones B, Barcelona, 1989.
●
Consecuencias Naturales. Madrid, 1994.
● El
mundo de Yarek, premio UPC 1993, Barcelona, 1994. Editorial Lengua de Trapo
● El
caso del Artista Cruel, premio Edebé, 1998.
● La
mano de Fatma, 2001.
● El
vuelo del hipogrifo, 2002. Editorial Lengua de Trapo
● El
caso del crimen de la ópera, 2002.
● El
secreto del orfebre, 2003. Editorial Lengua de Trapo
●
Disfraces terribles. Barcelona, 2004. Editorial Lengua de Trapo
● El
contrincante, 2004.
●
Cordeluna, Premio Edebé de Literatura Infantil y Juvenil, 2007.
●
Corazón de Tango, 2007. Editorial 451 Editores
● El
almacén de las palabras terribles, Zaragoza: Edelvives, 2007.
● La
roca de Is, Edebé-Edición Nómadas
●
Las largas sombras, 2009. Ediciones Ámbar
●
Caballeros de Malta, 2007. Edebé- Periscopio

