Libro N°. 3161. Ruta Interior. Hesse, Hermann.
© Libro N°. 3161. Ruta Interior. Hesse, Hermann. Colección
E.O. Octubre 1 de 2016.
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Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
RUTA INTERIOR
Hermann Hesse
ALMA DE NIÑO
Hay momentos en que nuestras acciones -el ir de aquí para allá,
el hacer esto o aquello se desenvuelven de modo tan fácil y libre que nos
parece como si todo pudiera ser de otro modo. En otros momentos, en cambio,
todo aparece como rígido e inmutable, como si nada fuera libre o fácil y hasta
nuestra respiración parece determinada por poderes extraños y por un destino
fatal.
Las acciones llamadas "buenas" y de las cuales
hablamos con placer, corresponden en general a ese tipo "fácil" y son
las que olvidamos rápidamente. En cambio, los actos cu ya evocación nos
molesta, nunca llegamos a olvidarlos. En cierto sentido, son más nuestros que
los otros y llegan a proyectar sombras que se prolongan sobre todos los días de
nuestra vida.
En la casa paterna -grande y luminosa, situada en una calle
también luminosa- se entraba por un alto portal. Apenas entrado, nos envolvía
una penumbra y un frescor, un húmedo aire a piedras; luego nos acogía en su
silencio un vestíbulo alto y lúgubre, cu yo piso de losas rojas subía
ligeramente hasta la escalinata que empezaba muy atrás, en la semioscuridad.
Miles de veces transponíamos el enorme portal sin reparar jamás en la puerta ni
en el umbral, ni en las baldosas ni en la escalera; pero siempre se trataba de
un tránsito a otro mundo: a "nuestro" mundo. El vestíbulo olía a
piedra, era alto y oscuro, y la escalinata en el fondo llevaba desde las
frescas tinieblas hacia la claridad y el luminoso bienestar. Pero siempre se
chocaba primero en la sombría penumbra del vestíbulo con una atmósfera de
dignidad y poder paternal, de castigo y conciencia culpable. ¡Cuántas veces la
atravesaba riendo! Pero días había en que apenas entrado, uno se sentía en el
acto oprimido y quebrantado y buscaba, embargado de miedo, la escalera
libertadora.
Contaba yo once años y regresaba de la escuela en uno de esos
días en los cuales el destino acecha en las esquinas, y en que a cada momento
nos puede ocurrir algo. Es como si el desorden y desequilibrio de nuestra alma
se reflejaran en el mundo que nos rodea, deformándolo. El desasosiego y la
angustia nos oprimen y buscamos y hallamos sus causas fuera de nosotros; el
mundo nos parece mal organizado y tropezamos por doquiera con obstáculos.
Aquél era uno de esos días. Desde la mañana, aunque no había
incurrido en falta alguna, me atormentaba un sentimiento como de conciencia
culpable, procedente quizá de los sueños nocturnos. Durante el desayuno creí
advertir en los rasgos de mi padre una expresión de dolor y reproche. La leche
estaba fría y desabrida. En la clase no me vi en apuros, pero todo me había
parecido triste, inútil y desolador, despertando en mí una sensación de
impotencia y desesperación que se me había hecho familiar, y que me sugería la
idea de que en un tiempo sin término, permaneceríamos constantemente pequeños e
impotentes, prisioneros de esa estúpida y hedionda escuela. Toda la vida se me
antojaba repugnante y contradictoria.
También me había disgustado con mi amigo de entonces. Yo había
trabado amistad con Osear Weber, el hijo del maquinista. En cierta ocasión se
había jactado de que su padre ganaba siete marcos por día, replicándole yo al
azar que el mío ganaba catorce. Impresionado, aceptó el hecho sin discutirlo y
esto fue el principio de nuestra vinculación. Unos días después fundamos con
Weber una sociedad, estableciendo una alcancía común, que nos serviría para
adquirir un revólver, arma maciza con dos caños azulados, que yacía en la
vitrina de un ferretero. Weber me había persuadido de que ahorrando
metódicamente durante un tiempo, pronto podríamos comprarlo. Siempre
disponíamos de algún dinero; a menudo él recibía una moneda por algún mandado o
una propina y a veces se encontraba dinero en la calle u objetos de valor como
herraduras, trocitos de plomo y otras cosas que podían venderse a buen precio.
A las primeras de cambio Weber me entregó una moneda para nuestra alcancía y
eso me convenció de que nuestro proyecto era realizable y de que obtendríamos
buen resultado.
Aquel mediodía, cuando franqueé el umbral de nuestra casa y
penetré en el húmedo y fresco aire olor a sótano, en el que se agitaban mil
oscuras advertencias de cosas y obligaciones molestas e irritantes, mi mente
estaba absorta en mi amigo Oscar Weber. Sentía que no le amaba, aunque su
rostro bonachón semejante al de una lavandera, me resultaba simpático. Lo que
me atraía en él no era su persona sino otra cosa que podría llamar su estado;
algo que tenía en común con casi todos los muchachos de su tipo y de su origen
y que consistía en un desenfadado modo de vivir, un pellejo duro a prueba de
peligros y humillaciones, cierta familiaridad con las pequeñas cuestiones
prácticas de la vida: el dinero, las tiendas, los talleres, las mercancías y
los precios, la cocina, el lavado, etc.
Los muchachos como Weber, que parecían no sentir los golpes en
la escuela y que tenían parientes y amigos entre mozos, cocheros y obreras de
fábrica, se hallaban en el mundo en una posición distinta y más segura que la
mía; también eran más maduros, sabían cuánto ganaba el padre por día y no cabe
duda de que en general conocían aún muchas cosas de las que yo carecía de
experiencia. Se reían de frases y chistes que yo no comprendía. En general
sabían reía de una manera vedada para mí, en una forma sucia y grosera, pero
indiscutiblemente adulta y "masculina". ¿Qué importaba que uno fuera
más inteligente que ellos y lograra mejores notas en la escuela? ¿De qué servía
que uno anduviera mejor vestido y mejor lavado y peinado que ellos? Al
contrario, en estas diferencias estribaba precisamente su ventaja. Me parecía
que los muchachos como Weber podían entrar sin dificultad en el 'mundo"
tal como me lo imaginaba, sumido en romántica y fantástica luz crepuscular,
mientras ese mismo "mundo" permanecía cerrado para mí y cada una de
sus puertas se conquistaba penosamente a través de una infinita serie de
cumpleaños, grados escolares, exámenes y amonestaciones.
Por supuesto que estos muchachos también encontraban herraduras,
monedas y trozos de estaño en las calles, recibían propinas por los recados, en
los comercios se les regalaba toda clase de objetos y así prosperaban en la
vida por los más variados recursos.
Intuía oscuramente que mi amistad hacia Weber y su alcancía,
expresaba sólo mi violenta nostalgia por ese ”mundo”. Lo único que me seducía
en Weber era el secreto que le permitía estar más cerca que yo de los adultos y
vivir en un mundo sin velos, más desnudo y vigoroso que el de mis sueños y
deseos. Presentía que él me decepcionaría y que pese a mis esfuerzos no
lograría arrancarle su secreto y la mágica llave de la vida.
Acababa de despedirme de él y sabía que ahora se dirigía a su
casa, satisfecho y tranquilo, silbando alegremente, sin que le atormentara
ninguna nostalgia o preocupación. Cuando se encontraba con las sirvientas y las
obreras de las fábricas y tenía ocasión de entrever su vida enigmática,
maravillosa o pecaminosa, esto no suponía para él ningún misterio o prodigioso
secreto, ningún peligro, nada de brutal y emocionante; todo le parecía simple,
conocido y familiar, y se hallaba en ese elemento como el pez en el agua. yo,
en cambio, sería siempre un espectador lejano, solitario y vacilante, lleno de
intuiciones, pero falto de seguridad.
¡Ese día la vida carecía para mí de todo! Era un sábado pero
parecía lunes, un lunes tres veces más largo y monótono que los demás días de
la semana. ¡Qué vida más desgraciada y repulsiva, falsa e hipócrita! Los
adultos se conducían como si el mundo fuera perfecto, como si fueran
semidioses. y nosotros, los muchachos, chusma y la hez de la humanidad. De los
maestros, ¡preferible no hablar!... Los niños sentíamos anhelos y ambiciones,
teníamos apasionados y sinceros arranques hacia lo bueno, ya se tratara de
aprender los verbos irregulares griegos, de mantener aseadas las prendas, de
obedecer a los padres y de soportar con heroico silencio los dolores y las
humillaciones. A menudo nos levantábamos llenos de piadoso fervor, para
consagrarnos a Dios y seguir el sendero puro e ideal que lleva a las máximas
alturas, practicar las virtudes, tolerar resignados las maldades, ayudar a
nuestro prójimo... ¡pero eso nunca pasaba de un arranque, de una tentativa, de
un breve e inseguro aleteo! Siempre sucedía que al cabo de unos días, a veces
sólo pocas horas, se presentaba algo inesperado, algo miserable, triste,
vergonzoso. ¡Siempre en medio de las más firmes y nobles resoluciones y
promesas, caíamos de pronto irremediablemente en el pecado y en el mal, en lo
ordinario y lo mediocre! ¿Por qué reconocíamos y sentíamos tan hondamente la
belleza y la justicia de los buenos propósitos, si la vida (incluíamos en este
concepto a los adultos) hedía a trivialidad y estaba organizada para el triunfo
de lo mezquino y lo vulgar? ¿Cómo era posible arrodillarse perpetuamente: de
mañana en el lecho, de noche ante los encendidos cirios, jurando consagrarse a
todo lo hermoso y puro, invocando a Dios y desafiando al mal... para luego,
acaso sólo pocas horas más tarde, traicionar miserablemente esos irrevocables
juramentos e intenciones, dejándose arrastrar a una estúpida carcajada ante el
más vulgar de los chistes escolares? ¿Por que era ello así? ¿Acaso para otros
era distinto? ¿Los héroes romanos y los griegos, los caballeros, los primeros
cristianos, habían sido acaso hombres diferentes, mejores, más perfectos, sin
malos instintos, provistos de algún órgano que me faltaba y que les impedía
caer desde el cielo a una tierra de bajeza, desde lo elevado a lo defectuoso y
vulgar? ¿Acaso desconocían el pecado original, los héroes y los santos? ¿La
bondad y la nobleza de ánimo eran privilegio de unos pocos individuos selectos?
¿Pero si yo no era un elegido, por qué experimentaba ese anhelo hacia todo lo
bello y elevado, esa intensa y vehemente nostalgia por la pureza, la bondad, y
la virtud? ¿No era una burla? ¿Cómo sucedía que en el mundo de Dios un ser
humano, un muchacho era portador de instintos buenos y malos, y debía sufrir y
desesperarse, para servir -infeliz y grotesca criatura- de diversión a un Dios
espectador? ¿Cómo era posible? ¿Pero, entonces, no se convertía el mundo en una
broma diabólica, en algo sólo digno de un escupitajo? ¿ y el mismo Dios no
resultaba sino un monstruo, un insensato, un estúpido y repulsivo bribón? ¡ y
mientras pensaba estas cosas con cierto amargo placer de rebelde, ya mi corazón
temeroso me castigaba haciendo surgir el miedo ante las blasfemias proferidas!
Todavía, después de treinta años, veo con todos sus detalles la
pared, las altas ventanas ciegas que daban al muro vecino difundiendo apenas un
poco de luz, los blancos escalones de abeto, los descansillos, y el pasamanos
liso de madera dura, lustrada por mis vertiginosas Sajadas. Aunque mi infancia
esté tan lejana y me parezca tan incomprensible y fantástica, recuerdo
exactamente el sufrimiento y la contradicción que turbaban entonces mi
felicidad. ya existían en mi corazón infantil los sentimientos que ahora me
embargan: la duda acerca de mi propio valer, un continuo fluctuar entre la
estima de mí mismo y el desaliento, entre un idealismo desdeñoso y una vulgar
voluptuosidad. Entonces consideraba -igual seguía pensando después- estos
rasgos de mi carácter, sea como síntomas de una despreciable enfermedad, sea
como signos de distinción; por momentos creía que por aquel tormentoso camino
Dios quería llevarme a un grado más elevado de aislamiento y profundidad; y
otras veces, en cambio, me parecían simplemente manifestaciones de una
vergonzosa debilidad de carácter, de una neurosis análoga a la que miles de
otros seres arrastran penosamente por la vida.
Si quisiera reducir todos estos sentimientos y su dolorosa
contradicción a un sentimiento fundamental, para designarlo con un único
nombre, no sabría hallar palabra más apropiada que miedo.
Sí; era miedo, miedo e inseguridad lo que experimentaba en las
horas en que veía alterarse mi felicidad infantil; miedo frente al castigo,
miedo frente a mi propia conciencia, miedo frente a las emociones de mi alma
que yo consideraba prohibidas y pecaminosas.
También ese día, mientras subía la escalera gradualmente más
luminosa, y me acercaba a la puerta de vidrio, me volvió a acometer ese
sentimiento angustioso. Comenzaba con una opresión en el bajo vientre que
llegaba hasta la garganta, donde se convertía en sofocación o en náuseas. En
esos momentos, igual que ahora, experimentaba una desagradable vergüenza, el
deseo de que no se me observara, un ansia de estar solo v de ocultarme.
Con esa molesta y nauseabunda sensación, que se confundía con un
verdadero sentimiento delictuoso, llegué al pasillo y al comedor. Sentía que el
diablo andaba suelto y que sucedería algo. Lo sentía con desesperada pasividad,
como un barómetro advierte un cambio de presión atmosférica. ¡Ahí estaba de
nuevo ese aleo indefinible! El demonio se deslizaba por la casa, el pecado
original roía el corazón; detrás de cada pared esperaba gigantesco e invisible,
un espíritu, un padre, un juez.
Aún no sabía nada, era una mera intuición, un amargo
desasosiego. Por lo común en esos instantes lo mejor era caer enfermo, vomitar
y acostarse. Entonces todo pasaba sin daño, acudía mi madre o mi hermana, me
daban una taza de té, me sentía rodeado de cariñosa solicitud y podía llorar o
dormir, para despertarme curado y contento en un mundo transformado, libre y
luminoso.
Mi madre no estaba en el comedor y en la cocina encontré sólo a
la criada. Decidí buscar a mi padre, cu yo estudio se hallaba en el piso
superior, al final de una estrecha escalera. Aunque le temía, a veces, sin
embargo, me hacía bien dirigirme a él, como cuando le pedía perdón. Con mi
madre era más sencillo y más fácil hallar consuelo; pero el consuelo de mi
padre tenía más valor, significaba estar en paz con la conciencia, una
conciliación, una nueva alianza con los poderes del bien. Cuántas veces después
de escenas deplorables, investigaciones, confesiones y castigos, yo había
salido del cuarto de mi padre, bueno y puro, castigado y amonestado, pero lleno
de buenos propósitos, fortalecido por la alianza con el poderoso contra el
enemigo maligno. Decidí llegar hasta él y decirle que no me sentía bien.
Subí la pequeña escalera que conducía al estudio. Esta escalera
con su característico olor a empapelado y el sonido seco de sus peldaños de
madera, livianos y huecos, representaba, aún más que el vestíbulo, un camino
significativo y fatal a la vez. A menudo, obligado por graves motivos había
subido los peldaños, arrastrándome cientos de veces lleno de miedo y
remordimiento, terquedad o ira. y con frecuencia había encontrado liberación y
nueva seguridad. Abajo, en nuestras habitaciones, madre e hijo nos sentíamos a
gusto: allí reinaba una atmósfera apacible; aquí arriba, en cambio, moraban el
poder y el espíritu, aquí estaba el tribunal, el templo, el "reino del
padre".
Un tanto cohibido, como siempre, oprimí el picaporte de forma
anticuada y abría medias la puerta. Inmediatamente me envolvió el familiar olor
del estudio paterno: perfume de libros y tinta mezclado con el aire azulado que
fluía por las ventanas semiabiertas; olor a blancas y limpias cortinas y un
rastro perdido de agua colonia; en el escritorio había una manzana. La
habitación, empero, estaba vacía.
Entré con un sentimiento de desilusión y alivio a la vez.
Amortigüé mis pasos caminando de puntillas, como teníamos que hacerlo cuando mi
padre dormía o tenía jaqueca. Apenas me di cuenta de ello, mi corazón comenzó a
latir violentamente y la angustiosa opresión en el vientre y en la garganta se
hizo más fuerte. Me deslicé lleno de miedo, paso a paso, y ya no me sentía el
inocente visitante que viene a suplicar, sino un intruso. Ya otras veces, en
ausencia de mi padre, me había introducido furtivamente en sus habitaciones,
espiando y explorando su reino secreto y hasta le había sustraído algo en dos
ocasiones.
En el acto me invadió aquel recuerdo y comprendí que se
avecinaba la catástrofe, que sucedería algo, que haría algo prohibido y malo.
Nada de huir. Pensaba, empero, en eso, ansiosa y ardientemente; deseaba
escaparme, bajar las escaleras y refugiarme en mi cuartillo o en el jardín...
Sin embargo sabía que no lo haría, que no podía hacerlo. Ansiaba ardientemente
que mi padre me oyera en la habitación contigua y entrara para romper el
horrible y diabólico hechizo que me fascinaba y dominaba. ¡Ojalá viniera! ¡Que
llegara, así fuera para retarme, pero que llegara antes de ser demasiado tarde!
Tosí para anunciar mi presencia, y al no recibir contestación,
llamé en voz baja: ¡Papá! Todo quedó en silencio, los libros en los estantes
seguían mudos; un postigo de la ventana se movió con el viento, echando un
fugaz reflejo se sol sobre el piso. Nadie llegaba para librarme. y yo mismo
carecía de fuerzas para luchar con el demonio. Un sentimiento de culpabilidad
me oprimía el estómago y me enfriaba la punta de los dedos mientras mi corazón
latía temeroso. Aún no sabia lo que haría. Pero sí sabía que era algo malo.
Me acerqué al escritorio, cogí un libro y leí un título en
inglés que no entendí. Odiaba el inglés, que mis padres usaban cuando querían
que no los entendiésemos o cuando disputaban. En un platillo yacían varios
pequeños objetos: escarbadientes, plumitas de acero, alfileres. Tome dos
plumitas y las guardé en el bolsillo, Dios sabe por qué, pues no las
necesitaba; no me faltaban plumas. Lo hacía obedeciendo a esa presión que casi
me ahogaba, a la necesidad de hacer algo malo, de perjudicarme, de mancharme con
una culpa. Hojeé los papeles de mi padre, vi una carta empezada y leí las
palabras: "Nosotros y los niños estamos bien, gracias a Dios", y
entonces las redondas letras latinas parecieron mirarme como si fueran ojos.
Luego me dirigí a hurtadillas al dormitorio. Ahí estaba el catre
de hierro de mi padre, debajo del cual asomaban sus zapatillas marrones. En la
mesita de luz había un pañuelo. Aspiré la atmósfera paterna de la fresca y
luminosa estancia, que me evocó en el acto la imagen de mi padre, mientras el
respeto y la rebelión se disputaban mi alma abrumada. Por momento le odiaba y
recordaba con maligna satisfacción cómo yacía, en los días de jaqueca,
silencioso y hundido en su bajísimo catre, tieso y estirado cuan largo era, con
un trapo mojado sobre la frente, lanzando continuos suspiros. Intuía que
tampoco él, el poderoso, tenía una vida fácil, y que detrás de su dignidad
también conocía la duda y el temor. Pero mi extraño odio se desvaneció al punto
para convertirse en ternura y compasión. Mientras tanto había abierto uno de
los cajones de la cómoda. Vi sus ropas dispuestas en orden y un frasco del agua
colonia que le agradaba; quise aspirar su aroma, pero estaba herméticamente
cerrado, por lo que volví a colocarlo en su lugar. A su lado advertí una cajita
redonda con pastillas que sabían a regaliz y me puse unas cuantas en la boca.
Experimenté cierta desilusión, pero al mismo tiempo me sentí contento de no
haber hallado y sustraído nada más.
Con un sentimiento de alivio y dispuesto a renunciar y a irme,
abrí jugueteando otro cajón, mientras me proponía colocar de nuevo en su lugar
las dos plumas robadas. Quizá me fuera posible volver atrás y arrepentirme,
arreglarlo y librarme del mal. Acaso la mano de Dios fuera más fuerte que la
tentación...
En eso eché todavía rápidamente un vistazo por la rendija del
cajón apenas abierto. ¡Oh! ¿Por qué no había allí medias, camisas o viejos
diarios? Allí estaba la gran tentación y en el acto me acometió otra vez esa
contracción en el estómago y esa angustia; mis manos comenzaron a temblar y mi
corazón a latir violentamente. En un platillo de mimbre, de factura india,
descubrí algo sorprendente: toda una argolla de higos secos espolvoreados con
azúcar.
La tomé en la mano; ¡qué pesada y magnífica era! Saqué dos o
tres higos, me puse uno en la boca y los otros en los bolsillos. De todos modos
el miedo y la aventura no habían sido en balde. ya que no había encontrado allí
liberación y consuelo, por lo menos no quería irme con las manos vacías. Saqué
tres o cuatro higos más de la argolla, la que apenas perdió peso, y otros aún,
hasta que más de la mitad de los higos desaparecieron en mis bolsillos ya
llenos; arreglé entonces los que quedaban sueltos en el anillo pegajoso para
que no se notara la falta de tantos. Luego, presa de repentino pavor, cerré de
un golpe el cajón, atravesé corriendo las dos habitaciones, bajé la pequeña
escalera y llegué jadeando a mi cuartito, donde me quedé de pie apoyándome en
mi pupitre, con la sensación de que se me doblaban las rodillas y me faltaba la
respiración.
Poco después sonó la campanilla del almuerzo. Con la cabeza
vacía y lleno de desprecio y asco nada mí mismo, metí los higos en mi estante,
ocultándolos detrás de los libros y me dirigí al comedor. Antes de entrar
advertí que mis manos estaban pegajosas de azúcar. Me las lavé en la cocina. En
la sala ya estaban todos reunidos a la mesa. Murmuré un breve "buenos
días"; mi padre pronunció la oración. Y yo me dispuse a tomar mi sopa. No
tenía hambre; cada trago me costaba un esfuerzo. A mi lado se hallaban sentadas
mis hermanas, y enfrente mis padres, todos alegres y satisfechos, y yo entre
ellos como un miserable delincuente aislado e indigno, temiendo hasta las
miradas afables, fresco aún el sabor de los higos en mi boca. ¿Había cerrado yo
la puerta del dormitorio de mi padre? ¿ y el cajón?
Pero ya lo irremediable había ocurrido. Hubiera dado mi mano por
que los higos se encontraran de nuevo arriba, en la cómoda. Resolví tirarlos, o
llevarlos a la escuela para regalarlos. ¡Con tal que desaparecieran, con tal
que no los viera más!
-Tienes mal semblante,- dijo mi padre observándome. Bajé los
ojos sobre mi plato mientras sentía su mirada interrogativa. Ahora se daría
cuenta. Siempre lo comprendía todo. ¿Pero por qué me atormentaba primero con
otras preguntas? ¿No era acaso mejor que me llevara inmediatamente arriba,
aunque me matara a golpes?
-¿Te pasa algo? -inquinó de nuevo.
Mentí, diciéndole que me dolía la cabeza.
-Deberías acostarte un poco luego -dijo él-. ¿Cuántas horas de
clase tienes esta tarde?
-Sólo ejercicios físicos.
-Bueno, no creo que te haga mal. ¡Pero deberías comer algo,
empéñate un poco! ya te pasará.
Le miré de soslayo. Mi madre no dijo nada, pero yo sabía que me
miraba. Apuré mi sopa, luché luego con la carne y las verduras, ayudándome con
dos copas de agua. Nadie habló más. Me dejaron tranquilo. Cuando mi padre
pronunció la oración final: "Señor nuestro, te agradecemos pues eres
piadoso y tu bondad es eterna", me pareció como si un cuchillo ardiente me
separara de las puras y edificantes palabras sagradas, y de todos los que se
encontraban en la mesa. Mis manos unidas para rezar eran una mentira y mi actitud
devota una blasfemia.
Cuando me levanté, mi madre me acarició los cabellos, tocando
por un momento mi frente para ver si tenía fiebre. ¡Cuan amargo era todo esto!
Luego en mi piecita me detuve frente al estante de los libros.
Mis pensamientos de la mañana no me habían engañado; todos los presagios
resultaban ciertos. Era un día de desgracias, el día más infeliz de mi vida.
Ningún ser humano podría soportar algo peor. Si ocurriese una cosa mas grave,
sólo cabía quitarse la vida. En general era preferible estar muerto más bien
que vivir en un mundo donde todo era falso y feo. Permanecí un buen rato
meditando, mientras cogía distraído uno tras otro los higos escondidos,
comiéndomelos casi sin darme cuenta.
De pronto advertí nuestra alcancía que estaba en el borde del
estante. Era una caja de cigarrillos en cu ya tapa, después de clavarla, yo
había tallado una tosca abertura con un cortaplumas. El tajo era grosero e
imperfecto, con astillas salientes. Ni siquiera eso sabía hacerlo bien. Tenía
compañeros que con empeño y paciencia tallaban tan impecablemente, que sus
trabajos parecían ejecutados por un carpintero. yo, en cambio, trabajaba mal,
siempre tenía prisa y jamás llevaba a cabo algo bueno. ya se tratara de talar,
ya de mi caligrafía o de mis dibujos, con cualquier cosa era lo mismo. yo no
servía para nada. y ahora, para colmo, había robado de nuevo. y peor que otras
veces. También las plumitas se hallaban todavía en mi bolsillo. ¿Para qué? ¿Por
qué las había tomado? ¿Por qué tuve que hacerlo? ¿Por qué había de hacer lo que
no se quería?
En la caja de cigarrillos resonaba una sola moneda, la de Osear
Weber. Desde entonces no le habíamos agregado nada. También ese asunto de la
alcancía era una empresa digna de mí. ¡Cualquier cosa que emprendiera carecía
de valor, abortaba de entrada, fracasaba! ¡Que el diablo se llevara esa
estúpida alcancía! No quería verla más.
En los días como ése, el tiempo entre el almuerzo y la hora de
la escuela era siempre fastidioso y no sabía cómo emplearlo. En los días buenos
y pacíficos, constituía un momento hermoso y deseado; lo pasaba le yendo en mi
cuarto alguna historia de indios o me dirigía al punto al patio de la escuela,
donde siempre encontraba compañeros alegres y jugábamos, gritábamos, comamos y
nos acalorábamos hasta que el toque de la campana nos llamaba a la olvidada
"realidad". Pero, ¿con quién podía jugar en días como aquel y cómo
matar el diablo en mi pecho? yo presentía que tenía que llegar el momento,
quizás no fuera hoy, pero sí otra vez, tal vez pronto, en el cual se
pronunciaría mi destino. Bastaba un poco más de temor, un poco más de angustia
y desconcierto para que la copa desbordara y un final horroroso coronara mi
vida. Algún día, un oía como éste, yo me hundiría definitivamente en el mal,
tercamente y con ira, y no pudiendo soportar por más tiempo esa vida sin
sentido, cometería una acción horrenda y decisiva, algo terrible que, sin
embargo, me libraría, que acabaría para siempre con mi miedo y con mis
tormentos. No sabía exactamente qué haría, pero ya más de una vez se habían
agitado en mi mente confusas fantasías y alucinaciones, visiones de delitos con
los que me vengaría del mundo, entregándome y aniquilándome también a mí mismo.
A veces imaginaba que prendería fuego a nuestra casa: veía llamas gigantescas
que devoraban la noche con sus lenguas monstruosas, el incendio extendiéndose a
casas y calles y toda la ciudad ardiendo contra un cielo negro. Otras veces el
crimen que cometía en mis sueños era una venganza contra mi padre, un
asesinato, un horrendo homicidio. yo me comportaría luego como aquel
delincuente, aquel único y verdadero delincuente que había visto conducir por
las calles de nuestra ciudad. Era un asaltante que había sido capturado y
llevado a la comisaría, con las manos esposadas, un sombrero hongo inclinado
sobre la cabeza, y precedido y seguido por policías. Este hombre arrastrado por
las calles, entre un gentío de curiosos, en medio de enjambres de maldiciones,
de bromas malignas y de votos perversos formulados a gritos, no tenía nada de
común con esos pobres diablos asustados, que veía de cuando en cuando
acompañados por un agente y que por lo general eran sólo míseros aprendices de
mendicantes. No, aquél no era un aprendiz, no parecía tímido, amedrentado, ni
lacrimoso, ni se refugiaba en una estúpida sonrisa embarazada, como muchos que
había visto; aquél era un delincuente auténtico, que llevaba audazmente
inclinado el sombrero sobre la obstinada e indómita cabeza; era pálido y
sonreía con silencioso desprecio, y el pueblo que le escupía y escarnecía se
transformaba a su lado en chusma y populacho. yo también grité:
-¡Lo agarraron, que lo cuelguen!
Pero al advertir su andar derecho y orgulloso, el gesto altanero
de sus manos esposadas y la audacia con que llevaba su sombrero hongo como una
fantástica corona sobre el cráneo terco y maligno, al advertir cómo sonreía,
enmudecí. yo también sonreiría y mantendría la cabeza erguida como aquel
delincuente cuando me arrastraran frente al tribunal y a la horca, y cuando la
gente se agolpara a mi alrededor, para injuriarme y zaherirme, nada diría, sólo
los contemplaría con silencioso desprecio.
Y después de la condena, cuando ya muerto me presentara en el
cielo ante el juez supremo, tampoco entonces me doblegaría ni me sometería. No,
aún cuando Dios estuviera rodeado por todos los coros de ángeles y refulgiera
de santidad y dignidad. ¡Qué me condenara, pues! ¡Que me hiciera hervir en
alquitrán! ¡ yo no me disculparía, no me humillaría, no le pediría perdón, no
me arrepentiría! Cuando me preguntara: "¿Hiciste esto o aquello?", yo
contestaría gritando:
-Sí, lo hice; hice todavía más y fue justo que lo hiciera, y
siempre que pueda volveré a hacerlo, una y mil veces. He matado, he prendido
fuego a las casas, porque me divertía y porque quería ofenderte e indignarte.
Sí, porque te odio y te escupo a los pies, Dios. Me has atormentado y vejado,
has creado leyes que nadie puede cumplir, has puesto a los adultos para que nos
envenenen a nosotros los muchachos.
Cuando lograba representarme estos cuadros con todos sus
detalles y creer que realmente podría actuar y hablar así, experimentaba
durante unos instantes una sombría satisfacción. Pero al rato volvían a
asaltarme las dudas: ¿no sería débil, no tendría miedo, no cedería al fin? y
aún en caso de seguir el dictado de mi obstinada voluntad, ¿no encontraría Dios
alguno de sus múltiples recursos, algún engaño de aquellos con los que siempre
logran los adultos y los poderosos salirse, a la postre, con la su ya, para
avergonzarnos, no tomarnos en serio y finalmente humillarnos con el maldito pretexto
de la benevolencia? ¡Oh, que todo terminara de ese modo!
Mis fantasías se sucedían incansablemente; ora triunfaba yo, ora
Dios; tan pronto me elevaba a la categoría de delincuente inflexible como me
rebajaba al grado de niño débil e indefenso.
Estaba frente a la ventana y miraba hada el pequeño patio de la
casa vecina. Allí había unas vigas apoyadas en la pared y un jardincito donde
reverdecían algunas verduras. De pronto unos toques de campana rompieron el
silencio de la tarde, duros y reales en medio de mis visiones; primero fue un
toque cristalino y severo, y luego otro. Eran las dos y yo volvía asustado,
desde mis sueños de angustia a la realidad. Comenzaba la clase de gimnasia y
aún cuando hubiera estado dotado de alas mágicas que me llevaran derecho a la
sala de ejercicios, con todo habría llegado demasiado tarde. ¡También aquí me
perseguía la mala suerte! Pasado mañana habría un llamamiento, amonestaciones,
y castigo. Ya no valía la pena ir; de cualquier modo la cosa no tenía arreglo.
Acaso con una buena excusa, sutil y verosímil, pudiera salvarme; pero en ese
momento, por más que nuestros maestros nos habían educado maravillosamente para
la mentira, no se me ocurría nada aceptable; no me hallaba en condiciones de
mentir, de inventar, de construir. Era mejor faltar a clase. ¿Qué importaba si
a la gran desgracia se le agregaba una pequeña desgracia más? Pero el sonido de
la campana me había despertado paralizando el juego de mi fantasía. De repente
me sentí muy débil; mi cuarto me envolvía con su intensa realidad; el pupitre,
la cama, los cuadros, el estante de los libros, me miraban severamente como
testigos de un mundo en el que era menester vivir y que hoy de nuevo se me
presentaba en extremo hostil y peligroso. ¿Acaso no había perdido la hora de
gimnasia? ¿No había, además, robado, robado miserablemente y no estaban
todavía, detrás de los libros, los higos que aún no había comido? ¿Qué me
importaban ahora el delincuente aquél, el buen Dios y el juicio final? Todo eso
vendría luego, a su tiempo, pero en este momento se hallaban muy lejos, no era
más que estúpidas fantasías.
Lo positivo era que había robado y que el delito podía
descubrirse en cualquier momento. Acaso ahora mismo, mi padre estuviera ya
abriendo el cajón, ahí arriba. y al descubrir mi oprobiosa acción, meditara
ofendido e indignado en el modo de castigarme. Acaso se hallaba ya camino de mi
cuarto y si no huía en el acto, pronto tendría ante mí un rostro severo y sus
antipáticas antiparras. Por supuesto que inmediatamente sabría que yo era el
ladrón. No existían otros delincuentes en la casa; mis hermanas, Dios sabe por
qué, no hacían jamás nada parecido. Pero, él, mi padre ¿por qué ocultaba en su
cómoda semejante rosca de higos?
Abandoné mi piecita y san' por la puerta trasera del jardín. Las
quintas y los prados se extendían bañados por la luz del sol, y las mariposas
revoloteaban en el aire. Sin embargo todo se me antojaba feo y amenazador,
mucho más que a la mañana. ya conocía esa sensación, pero me parecía no haberla
experimentado jamás tan intensamente. El paisaje, con su conciencia tranquila,
me miraba como si
nada hubiera pasado; la ciudad y la iglesia, los prados, el
camino, las flores y las mariposas, todas estas cosas hermosas y alegres que
siempre deleitaban mi vista, me parecían extrañas y alejadas como por arte de
encantamiento. Sí, yo conocía este sentimiento; yo sabía lo que era atravesar
presa de remordimientos una región familiar. Podría volar sobre la pradera la
más rara mariposa y luego venir a posarse a mis pies: todo sería en vano; nada
me produciría placer, ni me daría consuelo. y si el cerezo más soberbio me
ofreciera sus ramas cargadas, tampoco me interesaría, tampoco me haría feliz.
Lo único que importaba era huir, huir del padre, del castigo, de mí mismo, de
mi conciencia, huir sin descanso, hasta que llegar el fin inevitable e
inexorable que yo presumía.
Corría y corría sin detenerme; corrí monte arriba, muy alto,
hasta el bosque, y bajé desde el robledal hasta el molino; crucé la plancha
sobre el río y volví a subir cuesta arriba a través de los bosques. Allí
habíamos instalado nuestro último campamento indio. Allí el año pasado,
mientras mi padre se hallaba de viaje, mi madre había celebrado con nosotros
las Pascuas, escondiendo los huevos en el bosque y entre el pasto. Allí mismo
una vez, durante las vacaciones con mis primos, construí un castillo, cuyos
restos aún podían verse. Por doquiera huellas, por doquiera espejos, desde los
cuales me miraba un muchacho, distinto del que era en ese momento. ¿Podía haber
sido yo aquel chico alegre, contento y agradecido, tan cariñoso con mi madre,
valiente, buen compañero y maravillosamente feliz? ¿De veras había sido yo ese
niño? ¿Cómo pude transformarme así, hasta llegar a ser un muchacho tan distinto
del que era entonces, tan malo y miedoso, y destrozado? Todo estaba igual que
antaño: el bosque y el río, los helechos y las flores, el castillo y los
hormigueros; y sin embargo todo parecía envenenado y desolado. ¿No existía
ningún camino para retornar hacia la felicidad y la inocencia? ¿Jamás podría
ser como antes?
Corría y corría, la frente bañada en sudor. y tras de mí corría
la culpa y la sombra de mi padre, que me perseguía, gigantesca y terrible.
A mi lado pasaban en vertiginosa huida las arboledas, las
pendientes y los bosques, precipitándose al valle. Por fin me detuve en una
altura alejada del sendero y me eché en el pasto mientras mi corazón latía
violentamente; quizás había corrido demasiado cuesta arriba, pero, sin duda,
pronto mejoraría. Ahí abajo se extendían la ciudad y el río; veía la sala de
gimnasia, donde, terminada ya la clase, se dispersaban los alumnos; veía
también el techo alargado de mi casa paterna. Ahí estaba el dormitorio de mi
padre y el cajón del que faltaban los higos. y más abajo mi pequeño cuartito,
donde al volver sería castigado. ¿ y si no regresara?
Sin embargo, sabía que regresaría. Siempre regresaba al hogar,
todas las veces regresaba. Terminaba siempre en la misma forma. No podía
alejarme, no podía irme a África o a Berlín, era pequeño, no poseía dinero,
nadie me ayudaría. ¡Quizás si todos los niños se unieran para apoyarse
mutuamente!... Los niños éramos muy numerosos, había muchos más niños que sus
padres. Pero los niños no eran todos ladrones y delincuentes. Muy pocos eran
como yo. Quizá yo era el único. Pero no, no era el único, sabía muy bien que
estas cosas pasaban a menudo; también un tío nuestro había robado, cuando
muchacho, y cometido muchas travesuras; lo había oído una vez, escuchando a
"hurtadillas una conversación de mis padres, lo que hacía siempre que
deseaba enterarme de algo importante. ¿Pero de qué me servía eso? Aún en el
caso de estar mi tío, tampoco me defendería. Ahora había crecido y se había
convertido en adulto; era pastor y haría causa común con los otros adultos,
abandonándome a mi destino. Así eran todos. Cuando se trataba de nosotros, los
niños, se transformaban en falsos y mentirosos, representaban un papel,
mostrándose distintos de lo que eran. La madre quizás no fuera así. O, por lo
menos, no tanto.
¿Y si de veras no regresara? ¿Podría sucederme algo, podría
romperme el pescuezo o ahogarme o caer bajo un tren? Entonces todo cambiaría.
Me llevarían a casa y todos llorarían, mudos y asustados, todos me
compadecerían; nadie haría cuestión por los higos.
Sabía muy bien que uno podía quitarse la vida. También pensaba
que algún día lo haría, más tarde, cuando sucediera lo peor. Me hubiera venido
bien enfermarme, pero no con una simple tos, sino enfermarme gravemente, como
aquella vez que tuve la escarlatina.
Ya había pasado la clase de gimnasia y la hora durante la cual
me esperaban en casa para el té. Acaso en esos momentos me llamaban y buscaban
en mi pieza, en el jardín, en el patio y en el vestíbulo. Pero si mi padre
había descubierto el robo, no me buscarían, pues ya comprenderían.
No podía continuar tendido en el pasto. El destino no me
olvidaba, me perseguía. Comencé, de nuevo a correr. En el parque pasé, por un
banco que me evocaba algo del pasado, otro recuerdo hermoso y bello, que ahora
me abrasaba como el fuego. Años atrás mi padre me había regalado un cortaplumas
y fuimos a pasear felices y en paz: él se había sentado allí, en ese banco,
mientras yo cortaba una varita entre los arbustos. En mi entusiasmo rompí el
cuchillito nuevo y regresé desesperado. Estaba afligido por la perdida del
cortaplumas y porque esperaba una reprimenda. Pero mi padre se limitó a
sonreír, me palmoteo el hombro y dijo:
-¡Que lástima, pobrecito!
¡Cuánto le amé, en aquel momento y por cuántas cosas lo pedí
perdón en lo profundo de mi ser! Ahora, al evocar el rostro de mi padre, su
voz, su compasión, no sentía un verdadero monstruo por haberle causado tantas
penas mintiéndole y hasta robándole.
Cuando retorné a la ciudad por el puente superior, lejos de
nuestra casa, anochecía ya. Desde un almacén en cu yo interior ardían las
lámparas, salió corriendo un muchacho que se detuvo llamándome por mi nombre.
Era Osear Weber. Ningún encuentro podía caerme peor. De todos modos me contó
que el maestro no había advertido mi ausencia en la clase de gimnasia. Luego no
pregunté dónde había estado.
-En ninguna parte -contesté evasivamente-, no me sentía muy
bien.
Me mantuve lacónico y reservado hasta que al cabo de un rato,
que me indignó por lo largo, Osear Weber comprendió que resultaba molesto.
Entonces se enojó.
-Déjame en paz, -le dije fríamente-, puedo volver solo a casa.
-¿Ah, sí? -gritó él-, ¡ yo también puedo ir solo, mocoso
estúpido! No soy tu bedel, para que lo sepas. ¡Pero antes quisiera que me digas
que pasa con nuestra alcancía! yo puse una moneda y tu nada.
-Tu moneda puedo devolvértela ahora mismo, si temes por ella.
Ojalá no te viera más. ¡Como si alguna vez hubiera aceptado algo tu yo!
-Pero hace poco te gustó tomarla, -replicó , irónicamente,
aunque su voz dejaba entrever la posibilidad de una reconciliación.
Pero yo estaba ya muy excitado e indignado y todo el temor y el
desconcierto acumulados en mi alma estallaron en violencia. ¡Weber no podía
decirme nada! Frente a él tenía la razón de mi parte y la conciencia tranquila.
y yo necesitaba alguien frente a quien sentirme importante, orgulloso y justo.
Todo mi desorden y mi oscuro desequilibrio interno desembocaron en este
recurso. Hice lo que en general evitaba cuidadosamente: me las eche, de niño
bien, insinué, que para mi no representaba un sacrificio renunciar a la amistad
de un chico de la calle. Le dije que ahí acababan para él las diversiones en mi
casa, los juegos con mis juguetes o el comer fresas en mi jardín. Me sentía
encendido y animado: tenía un enemigo, un adversario, un culpable de carne y
hueso a quien podía atacar. Todos mis instintos vitales se concentraron en esta
ira liberadora y bienhechora, en la amarga satisfacción detener un enemigo que
estaba fuera de mí mismo, con quien podía enfrentarme, que me miraba con ojos
desorbitados, sorprendidos e indignados, cu ya voz podía oír, cuyos reproches
podía desdeñar, y a cuyas palabras injuriosas podía replicar con otras peores.
Trabados en un altercado siempre mas violento, bajábamos muy
cerca el uno del otro por la calleja sumida en la penumbra; de vez en cuando
alguien nos miraba desde el umbral de una puerta. yo descargaba sobre el
infeliz Weber toda la ira y el desprecio que sentía contra mí mismo. Cuando me
amenazó con acusarme ante el maestro de gimnasia, experimenté verdadera
voluptuosidad, pues se rebajaba, se portaba como un canalla y esto me
fortalecía en mi posición.
Al llegar a la calle de los carniceros nos fuimos a las manos y
unos curiosos se detuvieron para observar nuestra riña. Nos asestamos muchos
golpes en el vientre y en el rostro, ayudándonos a fuerza de puntapiés. En el
entusiasmo combativo lo olvidé, todo por unos instantes, y aun cuando Weber era
mucho mas fuerte, yo en cambio era más ágil, más inteligente, más ligero y más
arrojado. Acalorados y enfurecidos nos pegábamos con verdadera exasperación.
Cuando Weber, ciego de furor, me desgarro el cuello de la camisa, sentí
deslizarse voluptuosamente una corriente de aire frío por mi pecho encendido.
En medio de los golpes, los empujones y los pisotones, luchando
y estrangulándonos, no cesábamos de insultarnos, injuriar-nos y aniquilarnos
con palabras que crecían en violencia, cada vez más necias y malignas, cada vez
mas extrañas y fantásticas. También en eso yo lo superaba: había mas
refinamiento, mas riqueza poética, mas inventiva en mis injurias. Si él gritaba
"perro", yo le replicaba perro cochino; a la palabra "infame',
yo respondía "Belcebú". Ambos sangrábamos, pero no lo sentíamos;
mientras nuestras palabras expresaban pérfidos deseos e invocaban los más
terribles hechizos, nos recomendábamos mutuamente a la horca; ansiábamos
cuchillos para hundirlos y revolverlos entre las costillas; ultrajábamos
nuestros nombres, nuestros orígenes, nuestros padres.
Era la primera y única vez que yo me aventuraba a fondo y con
pleno fervor en una pelea semejante, con todos los golpes, todas las crueldades
y todas las inventivas del caso. Mas de una vez había asistido a tales escenas
y escuchado con horripilante placer aquellas vulgares y primitivas maldiciones
y palabrotas; ahora las gritaba yo mismo, como si desde antiguo hubiera estado
acostumbrado a oirías y usarlas. Las lágrimas corrían por mis mejillas y la
sangre me llenaba la boca. Pero el mundo era magnífico, tenía sentido; así era
bueno vivir, hacia bien asestar golpes, hacía bien sangrar y hacer sangrar.
Jamás pude hallar en mi memoria el final de esta lucha. En algún
momento terminó, y de pronto me halle, solo en la muda oscuridad, reconocí las
esquinas y los jardines, y advertí que estaba cerca de mi casa. Poco a poco se
desvanecía la ebriedad, poco a poco se acababa el zumbido y el tronaren mi
cerebro. y la realidad se abría paso por mis sentidos. Primeramente mis ojos
empezaron a ver. Ahí estaba la fuente. y ahí el puentecillo. Sangre en mi mano,
vestidos desgarrados, medias caídas, un dolor punzante en la rodilla, otro en
el ojo, sin gorro -todo se hacia presente poco a poco, convirtiéndose en
realidad y explicándome la situación. De repente me sentí profundamente
cansado, mis rodillas se doblaron, mis brazos temblaban y busque tanteando el
apoyo de una pared.
Bueno, ahí estaba nuestra casa. ¡Gracias a Dios! Lo único de que
tenía conciencia en aquel instante era que allí encontraría refugio, paz,
claridad, techo. Con un suspiro de alivio empuje la alta puerta.
E inmediatamente la fresca y húmeda atmósfera de piedras evocó
los recuerdos palpitantes y candentes. ¡Dios mío! Olía a severidad, a le y,
olía a responsabilidad, a padre y a Dios. Había robado. No era un pobre niño
extraviado que volvía por fin a su casa, para hallar
calor y compasión en el regazo de su madre. Era un ladrón, era
un delincuente. Allí arriba no existían para mi ni paz, ni cama, ni sueño, ni
comida, ni cuidados, ni consuelo, ni olvido. A mi solo me esperaban la culpa y
el castigo.
Creo que entonces, por primera vez en mi vida, mientras
atravesaba el vestíbulo envuelto en la oscuridad de la noche y subía
penosamente uno por uno los peldaños de la escalera, respire por momentos el
éter helado de la soledad, el sentido de lo irrevocable, del destino. No veía
posibilidad de salvación, no tenía proyectos, ni siquiera miedo, sólo un frío y
áspero sentimiento traducible en las palabras: "Así debe ser". Me
arrastraba sosteniéndome en la baranda. Frente a la puerta de vidrio tuve
deseos de sentarme por un instante en la escalera, de tomar aliento, para
descansar un rato. Pero no lo hice; no tenía objeto. Había que entrar, era
inevitable. Mientras abría la puerta se me ocurrió pensar que hora seria.
Me detuve en el umbral. Todos estaban sentados a la mesa;
acababan de comer; todavía había un plato con manzanas. Debían ser las ocho.
Nunca había regresado tan tarde sin permiso, jamás había faltado a la cena.
-¡Gracias a Dios que llegas! -exclamó mi madre, vivamente.
Comprendí que había estado preocupada. Se me acercó corriendo y
se detuvo horrorizada al ver mi rostro y los vestidos sucios y rotos. No
pronuncie palabra, no miré a nadie, pero sentí que mi padre y mi madre se
ponían silenciosamente de acuerdo en su actitud para conmigo. Mi padre calló,
pero yo sentía que estaba muy enojado. Mi madre se ocupó de mí, me lavó el
rostro y las manos y me aplicó tela adhesiva; luego me dieron comida. Rodeado
de compasión y solicitud, comí en silencio, profundamente avergonzado, gozando
pese a mi conciencia culpable el calor que me envolvía. Después me mandaron a
la cama. Sin mirarlo, le di la mano a mi padre.
Tendido va en la cama, entro mi madre en la habitación. Sacó mi
ropa de la silla y me puso ropas nuevas para el día siguiente, que era domingo.
Luego empezó a inquirir prudentemente y tuve que referirle mi re yerta. La cosa
le pareció bastante grave, pero no me reprendió; al contrario, quizás se
asombró de que por tal motivo estuviera tan deprimido y medroso. Luego me dejó
solo.
y ahora, pensé yo, ella estará convencida de que todo se ha
arreglado. Ella creerá que he tenido una disputa y recibido mis buenos golpes;
ahora había sangre, pero mañana todo seria olvidado. Nada sabia de lo otro, lo
esencial. Se había mostrado afligida, pero desenvuelta y cariñosa. Sin duda
también mi padre ignoraba aun mi delito.
Me invadió un horrible sentimiento de desilusión. Comprendí que
desde el momento en que pise nuestra casa no había penetra-do y encendido un
solo vehemente deseo. El deseo de que estallara la tormenta, de que se me
pidiera cuentas; de que lo terrible se convirtiera en realidad y cesara el
horrendo miedo a lo que vencía. Estaba
pronto para cualquier cosa, estaba dispuesto a todo. ¡Que mi
padre me castigara severamente, que me pegara y encerrara! ¡Que me hiciera
pasar hambre! ¡Que me echara su maldición y me arrojara a la calle, pero que
acabara la angustia de la expectativa!
y, en cambio, me encontraba de nuevo en mi cama y despierto,
esperando y temblando. Me habían perdonado mis trajes desgarrados, mi ausencia,
el haber faltado a la cena porque estaba fatigado y sangraba, y me compadecían,
pero sobre todo porque ni siquiera sospechaban lo otro, porque solo conocían
mis travesuras, pero ignoraban mi crimen. ¡Naturalmente cuando se descubriera
me tocaría un castigo mucho más terrible! Quizá me mandaran, como me habían
amenazado una vez, a un correccional, donde se comía pan viejo y duro y durante
todos los ratos libres había que cortar leña y limpiar zapatos; donde se dormía
en dormitorios vigilados por guardianes que pegaban con un bastón y que
despertaban a los chicos a las cuatro de la mañana con un chorro de agua fría.
¿O acaso me entregarían a la policía?
De todos modos, viniera lo que viniera, nuevamente debía sufrir
una larga espera. Tenía que soportar todavía ese miedo, seguir con mi secreto,
estremecido ante cualquier mirada o al oír pasos en la casa. Tenía que seguir
sin poder mirar a nadie en la cara.
¿ y si no se llegaba a descubrir mi robo? ¿Si lodo quedaba como
antes? ¿Si hubiera estado atormentándome en vano durante todas esas horas?,
¡Oh!, ¡Si llegara a suceder tal cosa, si fuera posible algo tan fantástico, tan
extraordinario, empezaría una vida completamente nueva, le daría de rodillas
las gracias a Dios y me mostraría digno de tal milagro viviendo por siempre una
vida pura e inmaculada! ¡Entonces triunfaría en lo que tantas veces había
intentado sin éxito; entonces, después de esa desgracia, después de ese
infierno y esas torturas, mi propósito y mi voluntad serían bastante fuertes!
Todo mi serse apoderó de esta esperanza, aferrándose a ella apasionadamente.
Era un consuelo inesperado; el futuro se me presentaba diáfano y luminoso. En
medio de estas fantasías sobrevino por fin el sueño y dormí tranquilo toda la
noche.
El día siguiente era domingo, y ya en la cama saboreó casi como
el sabor de un fruto, esa extraña pero exquisita sensación festiva del domingo,
que me era familiar desde que iba a la escuela. La mañana del domingo era algo
sumamente agradable: se podía dormir a gusto, no había escuela, había la
perspectiva de un buen almuerzo, no olía a maestros ni tinta, y lo más
importante era el mucho tiempo libre que había a disposición de uno. Solo
perturbaban esa sensación feliz, unos matices extraños e insípidos: el culto o
el catecismo, el paseo con la familia, la preocupación por los vestidos
hermosos. Eran como notas falsas que alteraban un sabor puro y exquisito, como
si se comiera al mismo tiempo dos viandas incompatibles, o como esos caramelos
y bizcochos que daban de obsequio en los pequeños almacenes y que conservaban
fatalmente un leve resabio a queso y aceite. Los comía y me gustaban, pero no
eran algo completo y radiante, había que cerrar un ojo. En general el domingo
era un tanto parecido, sobre todo si tenia que ir a la iglesia o a la escuela
dominical, aunque por suerte no era frecuente.
El día de libertad adquiría entonces un aspecto de deber y de
aburrimiento. En los paseos de familia sucedía generalmente algún incidente,
alguna riña con las hermanas, corríamos demasiado o quedábamos rezagados y nos
ensuciábamos los vestidos; casi siempre pasaba algo.
Todo eso no me preocupaba. yo me sentía a gusto. Desde ayer
había transcurrido ya muchísimo tiempo. No es que hubiera olvidado mi
vergonzosa acción; al contrario, la recordé apenas abrí los ojos, luego me
parecía lejana y los temores del día anterior se me hacían remotos e irreales.
ya había expiado mi culpa aunque sólo por mis remordimientos, había vivido una
jornada desgraciada y espantosa. De nuevo me sentía confiado e inocente, y mi
preocupación había desaparecido. El asunto todavía no estaba liquidado del
todo; aún vibraba en mi conciencia cierta amenaza y malestar, del mismo modo
que el hermoso domingo se veía turbado por aquellos pequeños deberes y
disgustos.
Durante el desayuno todos estuvimos de buen humor. Se me dio a
elegir entre la iglesia y la escuela dominical. Como siempre, preferí la
iglesia. Allí, por lo menos se nos dejaba tranquilos y yo podía dar rienda
suelta a mi fantasía; además, la sala alta y solemne con las ventanas
multicolores me parecía a menudo hermosa y venerable. y si con los ojos
semicerrados contemplaba el órgano allá lejos, al fondo de la nave alargada y
crepuscular, se formaban a veces unas imágenes maravillosas; los tubos salientes
del órgano se me antojaban en la penumbra, una luminosa ciudad con cientos de
torres. y con frecuencia, cuando la iglesia no estaba llena, podía leer toda la
hora sin molestias algún libro de cuentos.
Aquel día no lleve ninguno; tampoco intente faltar a la iglesia,
como otras veces. Algo había quedado en mi de la noche anterior; los buenos y
sinceros propósitos no se habían esfumado. y me sentía dispuesto a vivir de
acuerdo y en paz con Dios, con mis padres y con el mundo entero. También mi ira
contra Osear Weber se había desvanecido. Si le hubiera encontrado le habría
acogido con los brazos abiertos.
Empezó el culto y yo también entone los versos del coral, y el
himno "pastor de tus ovejas", que habíamos aprendido en la escuela.
De nuevo advertí cuan distinto era un verso cantado -sobre todo con la lenta y
lánguida cantinela de la iglesia- de la simple lectura o recitación. Un verso
leído era algo completo, tenía un sentido, se componía de frases, pero al
cantarlo se convertía en una sarta de palabras, las frases no llegaba a
formarse, el sentido se perdía; pero las palabras, esas palabras aisladas y arrastradas
en el canto, adquirían una vida extrañamente fuerte e independiente; a veces
una simple sílaba, algo en si incomprensible, se desligaba del conjunto,
asumiendo forma y figuras propias. El verso "pastor de tus ovejas, que no
conoce el sueño" carecía en la cantinela religiosa de toda conexión v
sentido; no permitía evocar ni pastores ni ovejas, ni nada. Sin embargo, no
resultaba aburrido. Algunas palabras, sobre todo ese "sue-e-ño",
adquirían una plenitud tan singular y hermosa, que uno se sentía casi
arrullado; y también el "conoce" sonaba misterioso y lleno, y evocaba
conciencia e interioridad, las cosas oscuras, sensibles y casi desconocidas que
tenemos dentro de nosotros. ¡ y agregado a todo esto, el acompañamiento del
órgano!
Luego vino el cura de la ciudad, para pronunciar el sermón, por
lo común terriblemente largo. yo me esforcé para seguirlo mientras oía flotar
en el aire como un vago campanilleo el timbre de su voz, en el que sólo de vez
en cuando distinguía palabras aladas, precisas y exactas, que yo trataba de
comprender dentro de lo posible. ¡Si hubiera podido sentarme en el coro, en
lugar de tener que estar entre todos aquellos hombros en la galería! En el
coro, donde yo había estado durante los conciertos religiosos, uno podía
hundirse en pesados sillones aislados, como pequeños y seguros edificios
rematados por la bóveda reticulada y graciosa, mientras muy alto, en la pared,
podía contemplarse, ilustrado en suaves colores, el sermón de la montaña, con
su cielo celeste pálido en el que se destacaba la tónica del Salvador en rojo y
azul, produciendo un efecto extraordinariamente delicado.
A veces los bancos de la iglesia, por los que experimentaba
profunda aversión, pues estaban pintados de un insulso color amarillo, siempre
algo pegajosos, crujían desagradablemente. A menudo una mosca se elevaba
zumbando y revoloteaba contra una de las ventanas, cuyos vidrios en arco agudo
tenían pintadas flores en rojo y azul y estrellas verdes. y de pronto, casi sin
darme cuenta, el sermón había terminado y yo me asomaba para ver desaparecer al
párroco en su estrecho y oscuro embudo de caracol. Se cantaba de nuevo, y la
concurrencia, aliviada, se levantaba dirigiéndose a la salida; yo eche, en el
limosnero los cinco céntimos que había traído, cu yo sonido metálico desentonó
en el ambiente solemne y me deje arrastrar hacia la salida por la corriente de
los feligreses.
Entonces llegaba el momento más bello del domingo: las dos horas
entre la iglesia y el almuerzo. El deber estaba cumplido. y la hora de
inmovilidad había despertado en mis ansias de movimiento, de juegos o
caminatas. y también deseos de leer un libro; gozaba de absoluta libertad hasta
el mediodía, cuando sin duda habría algo bueno para comer. Llego de
pensamientos y propósitos afables, emprendí satisfecho y con paso tranquilo el
camino de casa. El mundo estaba bien organizado, se podía vivir en él. Contento
y en paz atravesé el vestíbulo y la escalera.
Mi piecita estaba bañada por el sol. Me ocupé con mi caja de
orugas que el día anterior había descuidado, encontró algunas nuevas crisálidas
y cambie el agua a las plantas.
De pronto se abrió la puerta.
En el primer momento no hice caso. Al cabo de un minuto el
silencio me extrañe; levante la cabeza. Era mi padre. Estaba pálido y parecía
afligido. El saludo se me cortó en la garganta. Inmediatamente comprendí que él
lo sabía. Había venido. Comenzaba el juicio. ¡Nada se había arreglado, nada
estaba expiado y olvidado! El sol palideció y la hermosa mañana de domingo se
hundió como una flor marchita.
Consternado y atónito contemplaba boquiabierto a mi padre. Le
odiaba. ¿Por qué no había venido ayer? Ahora no estaba preparado, no tenía nada
listo, ni siquiera remordimientos y sentimientos de culpabilidad. y además,
¿para qué, guardaba higos en su cómoda?
Se dirigió al estante, buscó detrás de los libros y sacó algunos
higos. Solo quedaban unos pocos. Me miró con una muda y dolorosa pregunta en
los ojos. yo no podía hablar. El sufrimiento y la obstinación me sofocaban.
-¿Qué ha y? -dije por fin a duras penas.
-¿De dónde vienen estos higos? -preguntó él con una voz baja y
contenida, que yo odiaba a muerte.
Empecé inmediatamente a hablar y... a mentir. Conté que había
comprado los higos en una confitería; que era toda una rosca. ¿Quién me había
dado el dinero? El dinero procedía de una alcancía que yo tenía en común con un
amigo. Ambos habíamos puesto ahí todas las moneditas que recibíamos de a poco.
Por lo demás, he aquí la alcancía. Mostré la caja con la rendija. Ahora no
había mas que una moneda de diez, porque ayer habíamos comprado los higos.
Mi padre me escuchó con un semblante tranquilo y gesto contenido
que no me inspiraban confianza.
-¿Cuánto costaron los higos? -preguntó con su voz demasiado
baja.
-Un marco y sesenta.
-¿Dónde los compraste?
-En la confitería.
-¿En cual?
En lo de Haager.
Siguió una pausa. yo tenía en mis manos frías la caja con el
dinero. Todas mis fibras temblaban de frío.
-¿Es verdad? -pregunté de pronto con una amenaza en la voz.
De nuevo comencé a hablar rápidamente. Sí, por supuesto que era
verdad, mi amigo Weber los había comprado. El dinero pertenecía casi todo a
Weber, lo mío era muy poco.
-Toma tu gorro -dijo mi padre-, y vamos juntos a la confitería
de Haager él sabrá si es verdad.
Trató de sonreír. El frío me llegó hasta el corazón y el
estomago. Le precedí y en el pasillo cogí de la percha mi gorro azul. Mi
padre abrió la puerta de vidrio; vi que también 61 llevaba el
sombrero.
¡Un momento, por favor! -dije yo-, tengo que ir al baño.
El asintió. Fui al excusado, me encerré, solo y seguro por un
instante aún. ¡Ojalá hubiera muerto allí mismo!
Esperé un minuto, y otro más. ¿De qué servía? No moría. Era
menester aguantarlo. Abrí y salí. Bajamos la escalera.
Al pasar por el portal se me ocurrió algo bueno. -Pero hoy es
domingo -dije rápidamente-, Haager esta cerrado.
Esta esperanza no duró mas que dos segundos.
-Entonces iremos a su casa -conteste mi padre muy tranquilo-.
Vamos.
y fuimos. Me arregle el gorro, hundí las manos en los bolsillos.
y me esforcé en caminar a su lado como si nada. Pero sabia que toda la gente
comprendía que era un delincuente preso. y trataba de ocultarlo con mil
artificios. Hacía lo posible para respirar calmoso e indiferente; nadie tenía
que ver como se me contraía el pecho. Procuraba aparentar un semblante
sosegado, fingir naturalidad y seguridad. Me detuve para arreglarme una media,
aunque no era necesario, y sonreía sabiendo muy bien que mi sonrisa debía
parecer estúpida y artificial.
Pasamos por el restaurante, por la herrería, por la cochería,
por el puente del ferrocarril. Ahí me había peleado anoche con Weber. Aún me
dolía el ojo. ¡Dios mío! ¡Dios mío!
Caminaba automáticamente, entre desesperados esfuerzos por
mantener un porte digno. Por la calle Adlerscheuer llegamos a la estación.
¡Cuan tranquila e inocente me pareció ayer esa calle! ¡Mejor era no pensar!
¡Adelante! ¡Adelante!
ya estábamos cerca de la casa de Haager. En aquellos pocos
minutos había vivido yo cientos de veces la escena que me esperaba. Llegamos.
Ahora iba a suceder.
Pero ya no pude aguantar más. Me detuve.
-Bueno, ¿qué pasa? -Preguntó mi padre.
-No entraré -conteste en voz baja.
Me miró. Si lo sabía desde un principio, ¿por qué había
representado aquella comedia, que me costaba tantos esfuerzos? No tenía
sentido.
-¿No compraste los higos en la confitería de Haager? - preguntó.
Sacudí la cabeza sin contestar.
-¡Ah, bueno! -replicó con aparente calma-. Entonces podemos
regresar a casa.
Se portaba muy decentemente, me evitaba un escándalo ante la
gente. La calle estaba muy animada; mi padre era saludado a cada paso. ¡Que
farsa! Pero yo no podía estarle agradecido por su consideración.
¡Sí, lo sabía todo! Me hacía bailar, me hacía ejecutar mis
inútiles cabriolas, como se observa a un ratoncillo caído en la trampa antes de
ahogarlo. Cuánto mejor hubiera sido que sin hacerme preguntas inquisitivas me
hubiera golpeado con su bastón en mi insulsa red de mentiras ahogándome de a
poco. Acaso fuera preferible un padre grosero a uno tan fino y justo. Cuando un
padre ebrio o preso de ira pegaba injustamente a sus hijos, tal como lo había
leído en fa bulas y cuentos, el niño no se afectaba interiormente y podía
despreciarlos por mas duros que fueran los golpes. Con mi padre eso era
imposible, era demasiado intachable; ! jamás cometía una injusticia! Frente a
él me sentía siempre pequeño y miserable.
Con los dientes apretados entre en la casa y subí nuevamente a
mi pieza. Mi padre me siguió. Todavía estaba frío y tranquilo, mejor dicho,
fingía estarlo, aunque yo bien sabia que era presa de violento enojo. Comenzó a
hablarme en la forma acostumbrada.
-Quisiera saber que significa esta comedia... ¿Puedes decírmelo?
Comprendí en seguida que tu lindo cuento era toda una mentira. ¿A qué, la
farsa? ¿No te imaginaras que soy tan tonto como para creérmelo?
Seguí apretando los dientes y trague saliva. ¿Por qué, no
acababa de una vez? ¡Como si yo mismo supiera por qué había inventado esta
historia! ¿ y por qué, no lo había confesado inmediatamente mi delito y pedido
perdón? ¡ Cómo si supiera realmente por que robé esos malditos higos! ¿Acaso
quería hacerlo? ¿Acaso lo hice reflexionando y a sabiendas y con motivos? ¿No
estaba arrepentido? ¿No sufría mas que él?
Él esperó mi contestación con un rostro nervioso en el que
reflejaba una forzada paciencia. Por un instante comprendí subconscientemente
con toda claridad la situación aunque no hubiera sabido expresarla con palabras
como lo hago hoy. Había robado porque al llegar necesitado de consuelo a la
pieza de mi padre sufrí una desilusión al encontrarla vacía. No quise robar.
Solo quise espiar un poco, hurgar entre sus cosas, indagar sus secretos,
descubrir algo acerca de él. Así era. Luego vi los higos y robé. Pero me
arrepentí enseguida y pase todo el día entre tormentos y desesperación,
deseando morir, condenándome severamente a mí mismo y concibiendo buenos
propósitos para el futuro. Pero ahora la cosa era distinta. Había apurado hasta
las heces los remordimientos y la amargura; ya no estaba excitado y
experimentaba incomprensibles y gigantescas resistencias hacia mi padre y hada
todo lo que él esperaba y exigía de mí.
Si le hubiera podido decir todo esto me hubiera comprendido.
Pero también los niños, por mas que superen a los adultos en inteligencia, se
hallan sólita ríos y perdidos frente al destino. Terco e inflexible, obstinado
en mi dolor, seguía callando; mientras el se agotaba en palabras, yo observaba
con pena y con extraña y maligna satisfacción a la vez, como todo se complicaba
lentamente; cómo la situación empeoraba, como mi padre sufría y como se iba
desilusionando, cómo apelaba en vano a todo lo mejor de mí mismo.
Cuando me preguntó: -¿De modo que tu robaste los higos? -sólo
pude asentir con la cabeza. Tampoco logre abrir la boca, contestando solamente
con un débil signo de cabeza, cuando me preguntó si lo lamentaba. ¿Cómo podía
hacerme una pregunta tan estúpida, un hombre grande e inteligente como él?
¿Como podía no lamentarlo? ¿Acaso no veía como sufría, como ese asunto me
retorcía las entrañas? ¿Acaso era posible que me alegrara de mi acción y gozara
de esos malditos higos?
Quizás por primera vez en mi vida infantil experimente hasta el
límite de la razón y de lo consciente, hasta que punto la incomprensión puede
separar a dos personas cercanas, que se quieren y que sin embargo se atormentan
y martirizan recíprocamente y toaos los razonamientos sólo vierten aún mas
veneno, creando nuevos tormentos, nuevos dolores, nuevos errores.
¡Basta ya de este asunto! El fin de esta historia fue que yo
pase la tarde del domingo encerrado en la boardilla. El duro castigo perdió
buena parte de su horror, gracias a circunstancias que naturalmente eran mi
secreto. En el oscuro y abandonado desván, había descubierto un cajón cubierto
de polvo, con unos viejos libros, de los cuales algunos no estaban destinados
ciertamente a manos infantiles. y la luz para leer la conseguía alejando una de
las tejas del techo.
Durante la noche de aquel triste domingo mi padre mantuvo, poco
antes de la hora de dormir, un breve coloquio conmigo, que nos reconcilió.
Tendido en la cama tuve la certeza de que me había perdonado del todo y
completamente -mas completamente que yo a él.
KLEIN y WAGNER
Sentado en el expreso, después de la precipitación y las
excitaciones de la fuga, pasada ya la frontera, pasado ya el febril torbellino
de tensiones y acontecimientos, de peligros y emociones, todavía sorprendido de
que todo hubiera salido Bien, Federico Klein pudo sumirse por fin en sus
pensamientos. El tren corría hacia el sur con extraña prisa -ahora que
resultaba innecesaria- arrastrando a toda velocidad a los contados pasajeros,
entre lagos, montes, cascadas y otras maravillas de la naturaleza, a través de
interminables túneles y por sobre puentes oscilantes, que ofrecían un
espectáculo exótico, hermoso y un tanto inútil, evocando imágenes de libros
escolares o de postales, paisajes que uno recuerda hacer visto alguna vez, pero
que no interesan. Estaba ahora en tierra extranjera a la que pertenecería en
adelante; ya no era posible regresar jamás. En cuanto al dinero, todo estaba en
orden: lo llevaba consigo, en billetes de mil, que volvió a guardar, después de
examinarlos, en los bolsillos interiores del saco.
Ansioso de reanimarse repetíase a sí mismo incesantemente la
idea tranquilizadora de que ya no podía sucederle nada, que estaba mas allá de
la frontera y que su pasaporte falso le protegía por el momento de cualquier
persecución y de cualquier sospecha; pero esa hermosa idea era como un pájaro
muerto al que un niño le sopla en las alas. No vivía, no habría los ojos, era
como un trozo de plomo en la mano, no difundía deleite, esplendor, alegría. Mas
de una vez en los últimos días había advertido ese fenómeno extraño: no podía
pensar en lo que quería, no disponía libremente de sus pensamientos; estos
corrían a su antojo, insistiendo pese a su resistencia en imágenes que le
atormentaban. Su cerebro era como un caleidoscopio, en el que una mano extraña
cambiaba sucesivamente las figuras. Acaso se debiera simplemente al largo
insomnio y a la excitación; además, hacía ya mucho tiempo que estaba
terriblemente nervioso. Todo esto era desagradable, y si no lograba encontrar
rápidamente un poco de tranquilidad y de alegría, caería en la desesperación.
Federico Klein palpó su revólver en el bolsillo del tapado. Ese
revólver era una herramienta que formaba parte de su nuevo equipo, de su nuevo
disfraz. Cuan molesto y repulsivo era tener que arrastrar consigo todo aquello,
y sentir que su veneno sutil penetraba hasta en el sueño: un delito, documentos
falsos, el dinero cosido bajo el forro, un revólver, un nombre supuesto. Sabía
a cuentos de
indios, a romanticismo de mal gusto, y tan poco adecuado a ese
buen hombre que era Klein... Lo sentía fatigoso y repugnante, y no le traía ni
alivio ni liberación como tan ansiosamente había esperado. Dios mío, ¿por qué,
había tomado sobre si todo aquello, él, un hombre de casi cuarenta años,
conocido como un honesto funcionario y un tranquilo e inocuo burgués, con
aspiraciones intelectuales, padre de buenos niños? ¿Por que? Comprendió que
debían haber existido un móvil, un impulso y una coacción muy fuertes para
inducir a un hombre como ,1 a lo imposible; también comprendió que sólo cuando
conociera ese impulso y esa fuerza motriz, cuando pusiera de nuevo orden en su
interior, sólo entonces podría respirar aliviado.
Se enderezó violentamente, apretando las sienes con los pulgares
y esforzándose por pensar. No era fácil, pues a causa de las excitaciones, el
cansancio y el insomnio, sentía su cabeza como si estuviera vacía. Pero no
había mas remedio: tenía que pensar. Tenía que buscar y encontrar algo; debía
hallar un nuevo centro de gravitación en sí mismo, en cierto modo debía volver
a conocerse y a comprenderse. De lo contrario, la vida se tomaba intolerable.
Penosamente trató de hilvanar los recuerdos de los últimos días,
como quien junta con una pinza los fragmentos de porcelana, para reparar un
viejo jarrón. Eran fragmentos muy pequeños, no había relación entre ellos,
ninguno recordaba por la forma y el color la estructura del todo. ¡Que
recuerdos! Vio una pequeña caja azul de la que sacaba con mano temblorosa el
sello de su jefe. Vio al viejo empleado de la caja, que le pagó el cheque con
billetes marrones y azules. Se vio hablar en una cabina telefónica, mientras
apoyaba la mano izquierda contra la pared, para no desplomarse. Mejor dicho no
se veía a sí mismo, veía a un hombre que ejecutaba estos actos, a un hombre
extraño que se llamaba Klein y que no era él. Vio como ese hombre quemaba
cartas, escribía cartas. Le vio comer en un restaurante. Le vio inclinarse
sobre la camita de un niño dormido. ¡Dios mío, pero ese no era un extraño, ese
era él, Federico Klein en persona! Si ese había sido él mismo. ¡ y que dolor
aún ahora en el recuerdo! ¡Que dolor ver el rostro del niño dormido, escuchar
su respiración sabiendo que nunca mas volvería a ver abiertos esos queridos
ojos, que nunca mas recibiría un beso de él! ¡Que dolor! ¿Por que ese hombre,
ese Klein se hería a sí mismo de ese modo?
Renunció. No podía componer los fragmentos. El tren se detuvo en
una gran estación extranjera. Golpear de puertas, baúles oscilando frente a las
ventanillas, chillones carteles azules y amarillos, que anunciaban: Hotel
Milano- Hotel Continental. ¿Debía ser prudente? ¿Era necesario? ¿Existía
peligro? Cerró los ojos y quedó un instante como adormecido, pero súbitamente
despertó sobresaltado, abrió los ojos desmesuradamente, y se puso alerta.
¿Dónde estaba? Todavía estaba en la estación. Un momento... ¿Cómo me llamo?,
ensayaba por centésima vez. Bueno: ¿cómo me llamo? Klein. ¡No, al diablo! Nada
de Klein; Klein ya no existe. Tanteó en el bolsillo de su chaleco, en busca de
su pasaporte.
¡Cómo cansaba todo esto! ¡Cuan penoso y terrible papel es el de
delincuente!... Cerró los puños para dominar el cansancio. Nada de eso le
interesaba, en absoluto. Podía prescindir tranquilamente del Hotel Milano, de
la estación, de los changadores. No, se trataba de otra cosa, de algo mucho más
importante. ¿Pero qué era?
Dormitando, mientras el tren emprendía de nuevo su marcha,
volvió a sus pensamientos. Era muy importante: se trataba de seguir viviendo o
no. ¿No sería más sencillo acabar con esa locura absurda y agotadora? ¿Acaso no
llevaba veneno? ¿Opio? ¡Ah, no! Recordó que no había podido conseguir el
veneno. Pero tenía el revólver. Sí, sí. Muy bien. Magnífico.
Dijo 'muy bien" y "magnífico" en voz alta y
también, otras palabras parecidas. De pronto se dio cuenta que hablaba solo y
se estremeció al ver reflejado en el vidrio de la ventanilla su rostro
alterado, el rostro de un desconocido desfigurado por una triste mueca. ¡Dios
mío!, gritó para sus adentros. ¡Dios mío! ¿Qué hacer? ¿Para qué vivir? ¡Quién
pudiera precipitarse de cabeza contra esa monstruosa y pálida imagen, en eso
estúpido cristal opaco, morderlo. y cortarse el cuello con él! Golpear luego el
cráneo en el andén, con un sonido sordo y retumbante y ser arrollado bajo las
ruedas de los numerosos coches, para que todo, entrañas y cerebro, huesos y
corazón y los ojos también, fueran triturados en las vías, reducidos a nada,
borrados. Era lo único deseable, lo único que quizás tuviera todavía sentido.
Con la nariz pegada contra el vidrio, mirando desesperadamente
su imagen, volvió a dormirse. Quizá sólo por unos segundos, quizá por horas
enteras. Su cabeza tambaleaba a derecha e izquierda, pero él no abría los ojos.
Por fin despertó de un sueño cu ya última parte recordaba. Había
soñado que se hallaba sentado en un automóvil que corría a toda velocidad,
subiendo y bajando imprudentemente por las calles de una ciudad extraña. A su
lado iba el conductor. Él le asestó un golpe en el vientre, le arrancó el
volante de las manos y comenzó a guiar a campo traviesa en forma peligrosa y
desenfrenada, pasando muy cerca de caballos y vitrinas, y rozando árboles
mientras una lluvia de chispas se sacudía ante sus ojos. Fue este sueño el que
lo despertó. El golpe en el vientre había sido bueno, todavía se alegraba al
recordarlo. Comenzó a reconstruir y a reflexionar. ¡Cómo corría y silbaba el
coche entre los árboles! ¿Quizá se explicara por el viaje en tren? ¡Pero, aun
en medio del peligro, había sido un placer, una felicidad, una liberación
manejar de tal modo! Sí, era mejor guiar personalmente, aunque fuera a
estrellarse, que dejarse conducir y dirigir siempre por otros.
¿Pero a quien le había dado ese golpe en el vientre? ¿Quién era
el extraño chofer sentado a su lado en el volante del coche? No
podía recordar ni su rostro ni su figura... Era sólo una
sensación, un vago y oscuro sentimiento. ¿Quien podía ser? Sin duda alguien a
quien estimaba, a quien acordaba autoridad en su vida, a quien toleraba por
encima de sí y que sin embargo odiaba secretamente, asestándole al fin de
cuentas un puntapié en el vientre. ¿Quizás era su padre? ¿O uno de sus jefes?
O... ¿o era acaso?...
Klein abrió los ojos sobresaltado. Había encontrado un cabo del
hilo perdido del ovillo. Ahora lo comprendía todo. Olvidó el sueño. Había cosas
más importantes. Ahora entendía, ahora comenzaba a saber, a intuir, a saborear
por que estaba sentado ahí en el expreso, por que ya no se llamaba Klein, por
que había sustraído dinero y falsificado documentos. ¡Por fin, por fin!
Si, era así. ya no tenía sentido ocultárselo a sí mismo. Todo
había sucedido a causa de su mujer, únicamente a causa de su mujer. ¡Que bueno
era saberlo por fin!
Partiendo de esta intuición creyó ver como desde la cima de una
torre, amplios horizontes de vida que desde hacia tiempo se le presentaba
despedazada en mil trozos deshilvanados y sin sentido. Abarcó en largo trecho,
toda la época de su matrimonio y le pareció un largo, fatigoso y monótono
camino por el que se arrastraba entre el polvo un hombre solo cargado de
pesados fardos. Lejanas y ocultas detrás de la cortina de polvo, sabia que
estaban las alturas luminosas y las verdes cimas ondulantes de su juventud. Sí,
había sido joven una vez, y no un joven común; había soñado con grandes
ilusiones, había exigido mucho de la vida y de sí mismo. Pero sólo había
encontrado cargas pesadas y un largo camino polvoriento, calor y rodillas
doloridas. y una perpetua nostalgia muda, pero al acecho en su corazón
marchito. Así había sido su vida.
Miró por la ventanilla. y se sobresaltó. Cuadros insólitos
surgían ante su vista. Estremecido comprendió que se hallaba en el sur. Se
enderezó maravillado. y asomó la cabeza; entonces un nuevo velo se esfumó, y el
enigma de su destino siguió aclarándose. Estaba en el sur. Vio parras creciendo
sobre verdes terrazas, muros parduscos en ruinas, como en los antiguos
grabados. y grandes rosales rojos florecidos. Una pequeña estación con un
hombre italiano, algo terminado en ogno o en ogna. Pasó velozmente ante sus
ojos.
Ahora Klein podía interpretar mejor el barómetro de su destino.
Se alejaba de su matrimonio, de su empleo, de todo lo que había sido hasta
entonces su vida y su hogar. ¡ y se dirigía al sur! Solo entonces comprendió
por que en medio de la precipitación y del entusiasmo de la fuga, había elegido
como meta aquella ciudad de nombre italiano. Había buscado en una lista de
hoteles, sin intención especial, al azar; lo mismo le hubiera dado Amsterdam,
Zurich o Malmö. Pero ahora veía que no se trataba de una casualidad. Se hallaba
en el sur, había atravesado los Alpes, realizado así uno de los más luminosos
sueños de su juventud, de aquella juventud, cu yo recuerdo se desvaneciera y
perdiera en el largo y desolado camino de
una vida sin sentido. Un poder desconocido había determinado que
se cumplieran los dos más ardientes deseos de su vida: la remota y olvidada
nostalgia por el sur y el secreto afán, jamás aclarado y confesado, de huir y
librarse de la esclavitud y la miseria de su vida conyugal. Aquella disputa con
su jefe, aquella inesperada oportunidad para sustraer el dinero, todo eso que
le pareciera tan importante, se reducía ahora a pequeñas coincidencias
insignificantes. No habían sido ellas las que lo determinaron. Simplemente
habían triunfado esos dos grandes deseos de su alma; todo lo demás sólo habían
sido medios y recursos para ese otro fin.
Klein quedó profundamente horrorizado frente a esta nueva
evidencia. Se sentía como un niño que al jugar con fósforos ha prendido fuego a
una casa. Ahora la casa ardía. ¡Dios mío! ¿ y que provecho obtenía? ¿Si lograba
llegar a Sicilia o Constantinopla, acaso ese hecho podría quitarle veinte años
de encima?
Mientras tanto el tren corría y corría, una aldea tras otra
desfilaban ante su vista, todas exóticas y hermosas, como en un álbum ameno,
con todas aquellas lindas cosas que se espera encontrar en el sur y que se
conocen por las postales: puentes de piedra tendidos en armonioso arco por
sobre torrentes y tocas tostadas, muros de viñedos cubiertos de pequeños
heléchos, altos y delgados campaniles, fachadas de iglesias pintadas con vivos
colores o sombreadas por abovedados pórticos con arcos livianos de elegantes
curvas, casa en rojo fuerte con espesas arcadas pintadas de color azul pálido,
frondosos castaños; de vez en cuando negros cipreses, cabras que trepaban, y en
el prado de una casa señorial las primeras palmeras, bajas y de gruesos
troncos. Todo asombroso y como inverosímil, pero en su conjunto
extraordinariamente hermoso y anunciando consuelos. Este sur existía, no era un
cuento de hadas.
Los puentes y cipreses eran sueños realizados de su juventud;
las casas y las palmeras le decían: ya se ha ido lo viejo, ahora empieza algo
nuevo. El aire y los rayos del sol parecían aquí más aromáticos y más fuertes,
la respiración más fácil, la vida más soportable, el revólver menos
imprescindible. y menos urgente el ser destrozado entre las vías del tren.
Quizá pudiera intentarlo. Quizás al final fuera posible vivir.
De nuevo le acometió la postración, y entonces se abandonó con
el ánimo más tranquilo y durmió hasta que sobrevino la noche y le despertó el
nombre sonoro y la pequeña ciudad turística. Bajó deprisa.
Un laca yo en cu yo gorro leyó: "Hotel Milán" le habló
en Alemán; él ordeno una pieza y se hizo dar la dirección. Soñoliento aún,
abandonó tambaleando la galería llena de humo y salió al aire tibio de la
noche.
"Así me había imaginado Honolulú", pensó vagamente.
Un paisaje fantástico e intranquilo, casi sumido en las
tinieblas, se abría ante él, extraño e incompresible. Delante de él el cerro
declinaba escarpado, ahí abajo se extendía profundamente
encajada la ciudad, y desde arriba podía ver las plazas iluminadas. De todas
partes empinados cerros puntiagudos se precipitaban a pico en un fago que se
distinguía por el reflejo de miles y miles de linternas en los muelles.
Un funicular, que disfrazaba lo peligroso con su aspecto de
juguete, bajaba como un canasto por el pozo de mina hasta, la ciudad. En la
pendiente de algunos de los altos picos resplandecían luminosas ventanas
diseminadas hasta la cima en caprichosas hileras, en escalinatas o formando
constelaciones. Abajo, en la ciudad, sobresalían los techos de los grandes
hoteles y entre ellos, negros jardines; una cálida brisa veraniega, careada de
polvo y perfumes, soplaba alegremente en la luz aguda de las linternas. Desde
las centelleantes y confusas tinieblas al borde del lago subían los compases
rítmicos y un tanto ridículos de la música de una banda.
Que fuera Honolulú, Méjico o Italia, ¿qué le importaba a él? Era
tierra extraña, era un nuevo mundo, un nuevo aire. y aun cuando le
desconcertara, infundiéndole una secreta angustia, olía, sin embargo, a éxtasis
y a olvido. y a nuevos sentimientos desconocidos.
Una de las calles parecía conducir a las afueras; se encaminó
por ella, indolentemente, pasando junto a galpones y vehículos de carga vacíos,
junto a pequeñas casitas suburbanas, donde resonaban voces sonoras hablando
fuerte en italiano y cerca del patio de una posada donde se escuchaban las
notas estridentes de una mandolina. En la última casa cantaba una muchacha; una
ola de armoniosas melodías le oprimió el corazón, advirtió con alegría que
comprendía muchas palabras y hasta pudo retener en la memoria el estribillo:
"Mammá non vuole, papá nemmeno,
Come faremo a fare l’ "amor".
Evocaba sueños de juventud. Siguió caminando automáticamente,
adentrándose, seducido, en la cálida noche, llena del canto de los grillos. Al
llegar a un viñedo se detuvo extasiado: una rueda de pequeñas lucecitas verdes
resplandecían, un verdadero fuego de artificio llenaba el aire y la alta hierba
perfumada; millones de asteroides bailaban como ebrios. Era un enjambre de
luciérnagas, que volaban lentas y silenciosas como fantasmas por la cálida
noche estremecida. La atmósfera estival, la tierra misma parecían desintegrarse
fantásticamente en figuras luminosas, en cientos de pequeñas constelaciones
móviles.
Largo rato permaneció el forastero arrobado por el hechizo de
ese espectáculo singular, olvidado de las angustias de su viaje y de la
angustiosa historia de su vida. ¿De veras existía una realidad? ¿Existían
negocios y policías? ¿Asesores y cotizaciones? ¿ y una estación a diez minutos
de distancia?
Lentamente emprendió el regreso a la ciudad, el pobre fugitivo
que por breves instantes había trocado su vida por un cuento de hadas. Entrevió
la luz de los faroles. La gente le gritaba palabras que no comprendía. Árboles
que no conocía levantaban sus ramas en flor una iglesia de piedra colgaba sobre
el abismo con una terraza a vertiginosa altura; calles claras, interrumpidas
por escalinatas, bajaban a la pequeña ciudad como torrentes de la montaña.
Encontró su hotel y al entrar en el sobrio local, con el
vestíbulo y escalera fuertemente iluminados, se desvaneció su embriaguez, y
volvió a dominarle la: angustia primera, su maldición, su signo de Caín. Se
deslizó cohibido ante las miradas vigilantes y escrutadoras del conserje, del
mozo, del ascensorista, de los huéspedes del hotel, para refugiarse en el
rincón más solitario del restaurante. Pidió con voz débil la lista de los
platos y leyó con suma atención los precios como si fuera todavía pobre y debiera
preocuparse por el gasto; ordenó un plato económico, se reanimó
artificialmente con media botella de Bordeaux, que no le gustó, y se sintió
feliz cuando por fin estuvo tendido, a puertas cerradas, en su mísera y pequeña
habitación. Al rato concilio el sueño y durmió profunda y ávidamente, pero sólo
dos o tres horas. En plena noche despertase nuevamente.
Volviendo desde los abismos del subconsciente, miraba con ojos
aterrorizados la penumbra hostil sin tener noción del lugar donde se hallaba,
con el sofocante sentimiento de culpabilidad, de haber olvidado u omitido algo
importante. Tanteando confundido en la oscuridad buscó un conmutador y prendió
la luz. El pequeño cuarto apareció de pronto iluminado desagradablemente,
extraño, desolado, sin sentido. ¿Dónde estaba? Los sillones de terciopelo le
observaban casi malignamente. Todo parecía mirarle fría e interrogativamente.
En eso se rió en el espejo y leyó en su rostro lo que había olvidado. Sí, ahora
recordaba. Jamás había tenido antes un rostro parecido, nunca tuvo esos ojos,
esas arrugas, ni eso color. Era una cara nueva, que ya descubriera otra vez, al
reflejarse en un cristal, hacia no sabia cuanto tiempo, en medio del drama de
los últimos insensatos días. No era su rostro, el rostro bueno, silencioso,
paciente de Federico Klein. Era el rostro de un hombre marcado, en el que el
destino imprimiera un nuevo signo, una cara más vieja y más joven que la de
otrora, una mascara animada, empero, por una ardiente vida interior. Rostros
así no gustaban a nadie.
Ahí estaba con su rostro marcado, solo en el cuarto de un hotel
del sur. En su hogar lejano dormían sus niños que él abandonara. Jamás volvería
a verlos dormidos, jamás los vería despertar, jamás oiría sus voces. Nunca más
tomaría agua de la copa sobre su mesita de luz, donde al lado de la lámpara
yacía el correo y un libro, y arriba en la pared los retratos de sus padres. En
cambio fijaba sus ojos desmesurados en ese espejo de un hotel de viajeros,
sobre el rostro lúgubre y angustiado del delincuente Klein, mientras los
muebles de terciopelo lo miraban fríos y malignos y todo era distinto y todo
estaba mal. ¡Si su padre hubiera vivido todo aquello! Jamas, desde sus años
juveniles, Klein había podido entregarse tan directamente y en absoluta soledad
a sus sentimientos; jamás se había hallado así en tierra extraña, desnudo bajo
los rayos verticales del inexorable sol del destino. Siempre había estado
ocupado con algo que no era su propia persona; siempre tuvo cosas que hacer,
múltiples preocupaciones; ora se trataba de dinero, ora de un ascenso en el
empleo, o de la paz familiar o de asuntos de escuela y de enfermedades
infantiles; siempre le habían ocupado los grandes y santos deberes del
ciudadano, del esposo, del padre; él se había sacrificado por ellos, viviendo
bajo su sombra y su protección y su vida había adquirido gracias a ellos
justificación y sentido. Ahora se encontraba de pronto suspendido en el
universo, solo y en plena desnudez frente al sol y a la luna, envuelto en una
atmósfera sutil y helada.
Lo más asombroso era que no había sido arrastrado a esa triste y
peligrosa situación por algún terremoto, por algún dios o demonio, sino por sí
mismo. ¡El había sido! Su propia acción le había arrojado allí, colocándolo
solitario y perdido en medio del infinito extraño. Todo había germinado y
crecido en su propio corazón, el delito y la rebelión, el repudio de los
deberes sagrados, el aislamiento y quizás el suicidio. También otros vivían
horrores y trastornos por guerras e incendios por accidentes o por la maldad
ajena, pero él, el delincuente Klein, no podía apelar a nada semejante, no
podía disculparse con nada, no podía hacer responsable a nadie; cuanto más,
acaso a su mujer. ¡Sí, ella sí; ella podía y tenía que compartir toda la
responsabilidad, podía denunciarla algún día, cuando se le pidieran cuentas!
Sintió nacer una gran ira y de pronto recordó algo, algo
mortífero que le abrasaba como fuego, una mañana de visiones y vivencias. Tenía
relación con el sueño del automóvil y con el golpe que le asestara en el
vientre a su enemigo.
Era un sentimiento o una fantasía, un estado de animo sin-gular
y morboso, una tentación, una insensata apetencia o como se quiera designarlo.
Era la representación o visión de un terrible hecho sangriento que él cometía,
matando a su mujer, a sus hijos y quitándose luego la vida. Mientras el espejo
seguía mostrándole su rostro marcado, sus perturbadas facciones de delincuente,
se acordó que una vez, muchísimas veces, debía haber visto aquel cuádruple
homicidio y acaso muchas veces mas debía haberse defendido desesperadamente
contra una horrible y demente obsesión, como la que se le presentaba ahora. y
precisamente entonces habían comenzado las ideas, los sueños y los estados de
angustia y tormento, que luego con el tiempo lo llevarían al robo y a la fuga.
Acaso no le había ahuyentado de su casa la aversión creciente que experimentaba
contra su esposa y su vida conyugal, sino el temor de cometer algún día aquel
crimen mucho más espantoso: matarlos a todos, degollarlos,
verlos bañados en su propia sangre. Además aquella
representación tenía un precedente. Le había acometido por momentos como un
ligero vértigo, como una sensación de desplomarse. ¡Pero la idea del asesinato
se remontaba a un acontecimiento especial! ¡Era increíble . que solo ahora se
diera cuenta!
Cuando se le presentó por primera vez la idea obsesiva de la
matanza de su familia, cu ya diabólica visión le lleno de mortal horror, acudió
a él también, sarcásticamente, un pequeño recuerdo. Años atrás, cuando su vida
era aun can di da y casi feliz, hablaba cierta vez con sus colegas del crimen
atroz perpetrado por un maestro de la Alemania meridional cu yo nombre
comenzaba con la letra W. (Por el momento no lograba recordarlo). Ese hombre
había degollado en forma horrible y sangrienta a toda su familia, intentando
suicidarse luego. Se había planteado la cuestión de hasta que punto podía
hablarse de responsabilidades un caso así y de como correspondía interpretar y
explicar semejante acción, semejante explosión de horrible bestialidad humana.
Él, Klein, se había mostrado mas excitado de lo necesario, atacó muy
violentamente a su colega, que quería explicar el homicidio por motivos
psicológicos. Declaró que frente a crimen tan horrendo la única actitud posible
para un hombre decente era la indignación y el aborrecimiento; que semejante
hecho de sangre solo podía surgir en el cerebro de un demonio y que para un
delincuente de tal calaña no existía castigo, pena o tortura que fueran
bastante severos y graves. Aun hoy recordaba exactamente la mesa en torno a la
cual estaban reunidos y la mirada asombrada y un tanto crítica con que le rozó,
después de ese arrebato de indignación, aquel colega mas avanzado en años.
Cuando por primera vez se vio en aquella horrenda fantasía como
asesino de los suyos, retrocediendo estremecido frente a esa representación,
recordó súbitamente aquella remota discusión acerca del homicida W. y cosa
rara: aunque hubiera podido jurar que entonces había expresado con absoluta
sinceridad su más profunda convicción, ahora una voz en su interior se burlaba
de él y le gritaba: " ya entonces, ya entonces, hace muchos años, cuando
se hablaba del maestro W., tú habías comprendido, comprendido y aprobado
interiormente su acción, y tu exagerada indigestión y acaloramiento, procedían
precisamente del hecho de que el pedante y el hipócrita que ha y en ti querían
sofocar la voz del corazón". ¡Los terribles castigos y torturas que invocó
para el homicida conyugal y las palabras de horror con que señaló la acción
estaban dirigidos contra sí mismo, contra el germen del delito, que sin duda ya
dormitaba en él! Su profunda cólera en aquella ocasión se debía en realidad a
que él se veía a sí mismo como el acusado del hecho sangriento y por eso
trataba de salvar su conciencia acumulando sobre él los mas graves castigos y
sentencias. Como si en esa forma, ensañándose contra sí mismo, pudiera castigar
o apagar el germen de delincuencia oculto en su interior.
Hasta aquí llegó Klein con sus pensamientos y sintió que se
trataba de algo importante: de su misma vida. Sin embargo le era terriblemente
penoso hilvanar y ordenar todos aquellos recuerdos e ideas. Un ultimo y fugaz
atisbo de un conocimiento libertador sucumbió al cansancio y a la repugnancia
por toda su situación. Se levantó, se lavó el rostro, paseo descalzo por la
pieza hasta que sintió ido y pensó que ahora dormiría.
Pero el sueño no vino. yacía entregado inexorablemente a merced
de sus sentimientos, todos desagradables, dolorosos y humillantes: el odio a su
mujer, la piedad por su persona, el desconcierto, la necesidad de
explicaciones, disculpas y motivos de consuelo. Como el consuelo no venía, y el
camino hacia la comprensión penetraba tan profunda y despiadadamente en las
fragosidades mas intimas y peligrosas de sus recuerdos y como tampoco podía
conciliar el sueño, paso el resto de la noche en un estado que jamás experimentara
en grado tan agudo. Todos los odiosos sentimientos que disputaban en su alma
convergieron en una horrible y asfixiaste angustia, en diabólica pesadilla que
oprimía el corazón y los pulmones, y que aumentaba, incesantemente hasta el
límite máximo de lo tolerable. Sabía lo que era el miedo, mas aún, lo había
frecuentado en las últimas semanas y días. ¡Pero jamás lo había sentido
apretarlo así la garganta! No podía librarse de pensar obsesivamente en las
cosas mas insignificantes, en una llave olvidada, en la cuenta del hotel,
creándose montañas de preocupaciones inútiles y angustiosas. La pregunta de su
aquel mísero cuartito costaría mas de tres francos y medio de si aquel mísero
cuartito costaría mas de tres francos y medio mas de una hora el aliento. Sin
embargo, comprendía perfectamente la inopia de estos pensamientos y trataba de
calmarse y exhortarse a la cordura, como se hace con un niño obstinado
intentaba persuadirse de la absoluta inconsistencia de sus preocupaciones,
¡pero en vano, todo era en vano! Al contrario, detrás de estos consuelos
asomaba una espacio de trágico sarcasmo que le decía que hasta esa
intranquilidad no era mas que comedia, como su indignación de entonces costra
el asesino W. Comprendía muy bien que esa angustia mortal, esa horrible
sensación de extrangulamiento y de temor a morir asfixiado, no procedía de la
preocupación por el dinero o de otras causas parecidas. Detrás de ello acechaba
algo peor, algo mas serio, ¿pero que era? Sin duda algo relacionado con el
maestro sanguinario, con sus propios deseos de homicidio, con todo lo morboso y
desequilibrado que había en él. ¿Pero cómo podría descubrirlo? ¿Cómo llegar a
las raíces y causas más hondas? Ahí en su fuero interno no existía ningún punto
que no sangrara, que no estuviera enfermo y podrido. Sentía que no podría
soportar por mucho tiempo una existencia tal. Si seguía en ese estado, sobre
todo si tenía que pasar mas noche, como aquella, enloquecería o terminaría por
quitarse la vida.
Ansioso se enderezó en la cama, decidido a agotar y analizar
hasta el fondo su situación, para acabar de una vez. Pero era siempre lo mismo:
estaba ahí solitario y desamparado, febricitante, con una dolorosa opresión al
corazón, presa de angustia mortal y solo frente al destino, como un pájaro
frente a la serpiente, fascinado y roído por el miedo. Ahora sabía que el
destino no procedía desde fuera, sino que crecía en la propia alma. Si no
hallaba un medio para defenderse, sería devorado por él; paso a paso le
perseguía el miedo, ese horrendo miedo, que desplazaba a la razón, paso a paso,
hasta un fin que ya sentía cercano.
¡Cuan bueno sería poder comprender; quizás significara la
Salvación! No había agotado hasta el fin el conocimiento de su situación y de
lo que había ocurrido en su interior. Al contrario, estaba apenas en los
comienzos, lo sentía muy bien. Si pudiera hacer un esfuerzo y abarcarlo todo,
ordenarlo y meditarlo, acaso encontrase el hilo perdido. Todo aquello
adquiriría una figura, esa ultima reacción era demasiado para él, superaba sus
fuerzas; simplemente no podía. Cuanto más interesaba pensar con claridad, tanto
peor le resultaba; en lugar de recuerdos y explicaciones, encontraba el vacío,
no se le ocurría nada, y mientras tanto lo aumentaba de nuevo el miedo
espantoso de haber olvidado acaso precisamente lo más importante. Hurgaba y
buscaba en su memoria como un viajero nervioso que revuelve todos sus bolsillos
y sus baúles en busca del boleto, que acaso tiene en la cinta del sombrero o
hasta en la mano. ¿Pero de que le servía ese "acaso"?
¿No había tenido una hora antes una intuición no había hallado
un indicio? ¿Pero cual era, cual era? Lo había olvidado, no podía encontrarlo
de nuevo. Desesperado se golpeó las sienes con los puños. Dios mío, ¿por qué no
me haces encontrar la llave? ¡No me dejes perecer así, en forma tan miserable,
tan estúpida, tan triste! Todo su pasado desfilaba frente a él, desgarrado como
nubes empujadas por el viento, en millones de imágenes entrecruzadas y
sobrepuestas, irreconocible y sarcásticas, evocando todas algo: ¿pero qué?
¿Que? De pronto sus labios pronunciaron el nombre "Wagner". Dijo
inconscientemente: Wagner..., Wagner. ¿De dónde venía ese nombre? ¿De la
profundidad de que pozo subía? ¿Que significaba? ¿Quién era Wagner? ¿Wagner? Se
obstino en ese nombre. Representaba; una tarea, un problema; era mejor
permanecer suspendido en la informe nada. ¿Quién era Wagner? ¿Que me importa
Wagner? ¿Por que mis labios, esos labios contraídos en mi rostro de delincuente
pronuncian en medio de la noche ese nombre: Wagner? Se concentró. Mil cosas
surgieron en su mente. Pensó en Lohengrin y en su posición equívoca frente al
músico Wagner. Primero, a los veinte años, lo había amado con delirio. Mas
tarde sintió desconfianza y con el andar del tiempo encontró una cantidad de objeciones
y reparos en su contra. Había criticado a Wagner y acaso esas críticas no se
dirigieran tanto contra Ricardo Wagner como contra su antigua adoración por él.
¡Ah, ah!, estaba atrapado de nuevo. ¿No había descubierto un engaño, una
pequeña
mentira, una inmundicia? Si, si, todo eso aparecía a la luz: la
vida intachable del funcionario y esposo Federico Klein no era por cierto
intachable y limpia; en todos los escondrijos había un perro enterrado. Si,
también con Wagner había pasado lo mismo. Federico Klein juzgaba severamente y
odiaba al compositor Ricardo Wagner. ¿Por que? Porque Federico Klein no podía
perdonarse a sí mismo el haber venerado en sus años mozos a ese Wagner. En
Wagner perseguía su propia adoración juvenil, su propia juventud, su propio
amor. ¿Pero por que? Porque la juventud, el amor y Wagner le recordaban
desagradablemente algo perdido, o que por lo menos no amaba de veras y
bastante. y no sólo contra Wagner procedió así el honesto empleado Klein. ¡El
señor Klein era un hombre honrado, pero detrás de su probidad se ocultaban
indecencias e infamias! Sí, hablando sinceramente: ¿cuantos pensamientos
secretos no había tenido que ocultar frente a sí mismo? ¡Cuantas miradas a las
lindas muchachas en la calle! ¡Cuánto envidiaba a las parejas de amantes que
encontraba por la noche en su camino, al volver del empleo al lado de su mujer!
¡ y las ideas de homicidio! ¿No había dirigido acaso también contra aquel
maestro de escuela el odio, que hubiera debido orientar contra su propia persona?...
Se estremeció. ¡Otro punto de contacto! ¡Pero si el maestro
asesino se llamaba Wagner! ¡Ahí estaba el núcleo esencial! Wagner... así se
llamaba aquel monstruo, aquel loco criminal que matara a toda su familia. Por
lo visto; toda su vida desde hacia años, estuvo relacionado con eso Wagner.
¿Acaso no le habrá seguido por todas partes esta sombra siniestra?
Gracias a Dios había vuelto a encontrar el cabo de la madeja.
Una vez, en tiempos pasados y mejores había protestado con ira e indignación
contra aquel Wagner, concitando sobre él los castigos más crueles. y sin
embargo mas tarde, sin acordarse siquiera de Wagner, había tenido él también la
misma idea; se había visto a sí mismo, como en una especie de visión, quitando
la vida a su mujer y a sus hijos.
¿No era acaso algo bien comprensible? ¿No era fácil llegar a un
punto en que la responsabilidad por la existencia de los hijos resultara
insoportable e igualmente insoportable el propio ser y la propia existencia,
formados tan sólo de error, culpa y tormento?
Suspirando se obligó a analizar hasta el fondo este pensamiento.
Ahora le parecía seguro que ya entonces, cuando se enteró por primera vez del
asesinato de Wagner, lo había comprendido y aprobado sólo como posibilidad. ya
entonces, tantos años atrás, cuando aun creía amar a su esposa y confiaba en el
amor de ella, lo mas intimo de su ser había comprendido al maestro Wagner,
aprobando secretamente su horrible sacrificio humano. Todo lo que dijo no había
sido mas que la opinión de su intelecto, no la de su corazón. Su corazón -donde
estaban las hondas raíces de las que surgía el destino- había tenido siempre
otra opinión, había comprendido y justificado el crimen. Siempre había habido
dos Federico Klein, uno visible y otro oculto, un funcionario y un delincuente,
un padre de familia y un asesino.
En otro tiempo se había inclinado por el yo "mejor",
por el funcionario y hombre honesto, por el esposo y buen ciudadano. Jamás
había aprobado su oculta opinión interior, ni siquiera la había conocido. ¡ y
sin embargo esa voz interna lo había guiado imperceptiblemente, convirtiéndole
al final en fugitivo y proscrito!
Retuvo agradado este pensamiento. Por lo menos tenía cierta
lógica, era razonable. Sin duda no era suficiente, lo más importante quedaba
todavía en las tinieblas, pero había conquistado cierto grado de claridad, un
poco de verdad. y, la verdad era lo único que importaba. ¡Con tal que no
perdiera de nuevo ese pequeño cabo de hilo!
Entre sueño y vigilia, enfurecido por el agotamiento, oscilando
en el límite entre el pensamiento y el ensueño perdió cientos de veces el hilo,
y cientos de veces volvió a encontrarlo. Hasta que amaneció y el ruido de la
calle subió hasta sus ventanas.
II
Por la mañana Klein recorrió la ciudad. Pasó por un hotel, cu yo
jardín le gustó, se hizo mostrar las habitaciones y alquilo una. Solo al
alejarse se lo ocurrió leer el nombre de la casa y vio, escrito: Hotel
Continental. ¿No le resultaba familiar ese nombre? ¿No había sido
predeterminado? ¿Igual que el del Hotel Milano? Pronto, sin embargo, renunció a
buscar relaciones, sintiéndose satisfecho de la atmósfera de rareza, de azar,
de enigmáticas relaciones en que parecía haber caído su vida.
Poco a poco volvía el hechizo del día anterior. Qué bueno,
hallarse en el sur, pensé agradecido. Había sido bien dirigido. Sin ese gentil
encanto por doquiera, sin estos tranquilos paseos y esta posibilidad de olvido,
hubiera estado hora tras hora a la merced de sus terribles ideas obsesivas,
acabando en la desesperación. Aquí, en cambio, podía vegetar largas horas
entregado a un agradable cansancio, libre de obsesiones, libre de angustias,
sin pensar siquiera, y esto le hacia bien. Qué bueno que existiera el sur y que
bueno habérselo prescrito a sí mismo. El sur hacía más fácil la vida.
Consolaba. Aturdía
También a la luz del día el paisaje parecía inverosímil y
fantástico, las montañas todas demasiado cercanas. y empinadas. y demasiado
altas como si hubieran sido crearlas por algún pintor extravagante. Pero todo
lo cercano y lo pequeño era extraordinariamente hermoso: un árbol, un trecho de
costa, una casa de agradables y alegres colores, un muro de jardín, un estrecho
campo de maíz bajo una verde parra, pequeño y cuidado como un jardín. Todo era
lindo y ameno, alegre y hospitalario, esparcía salud y confianza. Ese pequeño
paisaje gentil y confortable con sus habitantes serenos era digno de amarse.
Poder andar algo: ¡qué alivio debía ser!
Con la apasionada voluntad de olvidar y perderse, el pobre
atormentado vagaba extasiado por ese mundo extraño huyendo de los sentimientos
de terror y de miedo en acecho. Llegó a las afueras, a la plácida campiña
labrada con tanto celo. No le recordaba el campo y los labriegos de su patria,
sino más bien a Homero y los romanos; halló algo antiguo, culto y primitivo a
la vez, una ingenuidad y madurez, que el norte no poseía. Las pequeñas capillas
y los postes de vivos colores, desmoronados en parte y casi todos adornados por
los niños con flores campestres, que se elevaban a lo largo de los senderos, en
honor de los santos, parecían tener el mismo sentido y el mismo origen anímico,
llevaban implícita la misma intención que los pequeños templos y santuarios de
los antiguos, que adoraban en todo bosque, fuente o monte una divinidad y cu ya
serena piedad olía a pan, vino y salud. Regresó a la ciudad, corrió bajo
sonoros pórticos, camino hasta cansarse por ásperos empedrados, curioseó en
tiendas y talleres, compró diarios italianos, sin leerlos y llegó por fin. ya
fatigado, a un espléndido parque a orilla del lago. Aquí se paseaban los
turistas o leían sentados en los bancos donde enormes y vetustos árboles se
doblaban enamorados de sus imágenes reflejadas en el agua verdosa, que ellos
cubrían con su sombra oscura. Una flora inverosímil, árboles serpientes y
árboles peluca, alcornoques y otras rarezas crecían insolentes, temerosos o
melancólicos en los prados llenos de flores, mientras a su frente, en la lejana
orilla, se dibujaban blancas y rosadas, luminosas aldeas y casitas.
Estaba acurrucado en un banco y a punto de dormirse, cuando le
despertó un paso elástico y firme. Una mujer, una muchacha, con un vestido muy
corto del que salían unas piernas hermosas cubiertas por delgadas medias
caladas y calzada con altas botas rojizas, pasó rápidamente a su lado, con
vigorosos y rítmicos pasos, erguida y soberbia, elegante, orgullosa, con un
rostro frío, de labios muy pintados y un alto y tupido peinado de luminoso
amarillo metálico. Su mirada le rozó por un instante, segura y tasadora como
las del portero y del ascensorista del hotel y continuo indiferente su camino.
Sin duda tiene razón, pensé Klein, no soy un hombre al que se
presta atención. Una mujer así no mira a un tipo como yo. Sin embargo, la
brevedad y frialdad de su mirada le hirió secretamente, se sintió juzgado y
desdeñado por alguien que solo advertía lo superficial y exterior de su persona
y desde las profundidades de su persona surgieron espinas y armas para
defenderse de ella. Olvidó en el
acto que su fino y animado zapato, su paso elástico y seguro, su
pierna ajustada en la delgada media de seda le habían atraído y gustado durante
un momento. Se había esfumado el crujir, de su vestido y el sutil perfume que
evocaba su cabello y su piel y pisoteado y destruido el hermoso y dulce soplo
de sexualidad y amor que le había rozado. En cambio se agolpaban de nuevo los
recuerdos. ¡Cuántas veces había visto criaturas así, muchachas jóvenes, seguras
y arrogantes, así fueran prostitutas o vanidosas damas de sociedad; cuántas
veces se había sentido indignado por su desvergonzada provocación, irritado por
su seguridad, asqueado por su fría y trivial ostentación! ¡Cuantas veces, en
excursiones o restaurantes urbanos había compartido con entusiasmo la indignación
de su esposa por tales criaturas desprovistas de femineidad y recato!
Estiro las piernas malhumorado. ¡Esa mujer le había echado a
perder su buen humor! ¡Se sentía indignado, irritado, ofendido; sabía que si
volvía a pasar aquella de los cabellos amarillos y le miraba de nuevo, él
enrojecería y se sentiría ridículo e inferior con su traje, su sombrero, sus
zapatos, su rostro, su cabello y su barba! ¡Al diablo! ¡Si sus cabellos
amarillos eran un escándalo! Eran falsos, cabellos así no existían. y además,
estaba pintada. ¡Cómo podía un ser humano prestarse a pintar así sus labios!
Cosas de negros; gente como esa caminaba como si el mundo le perteneciera;
poseían el porte, la seguridad, la insolencia. y destruían la alegría de las
personas decentes.
Con los sentimientos de disgusto, enfado y timidez en
ebullición, surgió de nuevo una oleada de recuerdos del pasado, iluminados de
pronto por una idea desagradable: ¡te refieres a tu mujer, le das la razón a
ella, te subordinas a ella! Por un instante pasó vagamente: soy un estúpido al
considerarme todavía entre la "gente decente", yo no pertenezco mas a
ella, igual que esa mujer amarilla soy de un mundo donde lo decente y lo
indecente no tienen significado, donde cada cual trata de vivir como mejor
puede su difícil vida. Por un instante sintió que su desprecio por esa mujer
amarilla no era menos superficial y falso que su vieja indignación por el
maestro asesino Wagner y su aversión por el otro Wagner, cu ya música le
pareciera demasiado sensual. Por el lapso de un segundo su corazón sepultado,
su yo perdido asomó a la conciencia diciéndole con su certera sabiduría que
toda indignación, toda ira, todo desprecio no es mas que un error y una
puerilidad que recae sobre el pobre diablo que desprecia.
Ese sentido bueno y sabio le sugirió también que se hallaba de
nuevo frente a un misterio cu ya interpretación poseía para 61 una importancia
vital, que esa prostituta o dama mundana, ese perfume de elegancia, seducción y
sexo no le repugnaban ni ofendían en absoluto, sino que se trataba de juicios
que 61 se había imaginado e inculcado por temor a su verdadera naturaleza, por
temor a Wagner, por temor a la bestia o al diablo que pudiera descubrir dentro
de si él día que desechara las cadenas y los disfraces de sus costumbres
burgueses. Como un destello nació en él. Una risa, una risa irónica, que se
apagó en el acto. Sin embargo triunfó el sentimiento de desagrado. Era terrible
que todo despertar, toda excitación y todo pensamiento le hiriesen infaliblemente
donde era débil y susceptible de sufrir. Ahora se hallaba nuevamente de lleno
en su malograda vida y tenía que luchar con su mujer, con su delito, con su
desesperanza en, lo fuero. Le invadió de nuevo el miedo, el yo omnisciente se
hundió como un suspiro que nadie escucha. ¡Qué fortuna! No, la mujer amarilla
no tenía ninguna culpa de ello. Todo lo que él sentía contra ella, no la hería
a ella, solo le lastimaba a él.
Se levantó y empezó a correr. Antes creía a menudo que llevaba
una vida mas bien solitaria y se había adjudicado con algo de vanidad cierta
resignaría filosofía, por lo que pasaba entre sus colegas por un erudito, un
lector, un espíritu cultivado. ¡Dios mío, jamás había estado solo! Hablaba con
sus colegas, con su esposa, con los niños, con toda clase de gente y así pasara
el día y las preocupaciones se hacían insoportables. y aun se estaba solo,
aquella no era la soledad. Participaba de las opiniones, los temores, las
alegrías, los consuelos de mucha gente, de todo un mundo. Siempre le había
rodeado, penetrado hasta su interior el espíritu de la comunidad. Aun en épocas
de soledad, de dolor, de resignación nunca había dejado de pertenecer a un
grupo, multitud, asociación protectora, al mundo de los decentes, de los
ordenados y honestos. Solo ahora probaba la soledad. La flecha lanzada volvía a
caer sobre él mismo, cualquier motivo de consuelo resultaba inútil toda huida
de la angustia le conducía de nuevo a ese mundo con el que había roto, que se
le había desmoronado y escapado. Todo lo que había sido bueno y justo durante
su vida. ya no lo era más. Tenia que volverlo a descubrir solo, sin ayuda de
nadie. ¿ y que era lo que encontraba en sí mismo, sino desorden y
desgarramiento?
Un automóvil que evitó apenas, desvió sus pensamientos, dándole
un nuevo impulso; sintió vacío y vértigo en su cerebro falto de sueño.
"Automóvil", dijo o pensó, sin comprender su significado. Por un
instante cerró los ojos, presa de súbita debilidad, y vio de nuevo un Cuadro
que le pareció familiar, que le evocaba algo y animo otra vez sus pensamientos.
Se vio sentado en un automóvil que manejaba él mismo: era un sueño que había
tenido en cierta ocasión. Soñó que después de arrojar al conductor y apoderarse
del volante había experimentado una sensación de liberación y triunfo. Existía
en algún rincón un consuelo, aunque era difícil hallarlo. Pero existía.
Existía, aun cuando sólo fuera en la fantasía, la tranquilizadora posibilidad
de manejar solo su vehículo, de arrojar del asiento a otros conductores. y
aunque el vehículo diera brincos y subiera a la acera o se llevara por delante
casas y hombres, de todos modos era delicioso y mucho mejor que viajar siempre
bajo la protección de un conductor extraño. y permanecer eternamente niño.
¡Un niño! Sonrió. Recordó que siendo niño y adolescente a veces
maldijo y odió su nombre Klein . Ahora no se llamaba más así. ¿No significaba
eso algo? ¿No era una analogía, un símbolo? Había dejado de ser pequeño y niño.
y de hacerse conducir por otros.
En el hotel bebió con la comida un buen vino suave, que había
ordenado al azar y cu yo nombre se propuso retener. Muy pocas cosas había que
ayudaban, que consolaban y aliviaban la vida; era muy imposible conocer esas
contadas cosas. Ese vino era una de ellas junto con la atmósfera y el paisaje
meridional. ¿ y que más? ¿Había otras? Sí, también pensar era algo consolador,
que hacia bien y ayudaba a vivir. Pero no siempre era así: había una manera de
pensar que era un tormento y llevaba a la locura. Existía un pensar que hurgaba
¿olorosamente en lo irremediable y provocaba desesperación y asco por la vida.
Pero había otra especie de pensar que 61 tenía que buscar y aprender. ¿Aunque
acaso significaba realmente pensar? No; era mas bien un estado de animo, una
disposición interna, que duraba sólo por momentos y quedaba destruida por
cualquier esfuerzo de "querer" pensar. En ese maravilloso estado
surgían ideas, visiones, fantasías, intuiciones de tipo especial. El pensamiento
(o sueño) del automóvil pertenecía a esa especie buena y consola-dora. y
también el súbito recuerdo del asesino Wagner y de aquella remota conversación
con sus colegas. También aquella extraña relación con su nombre Klein. Durante
estos pensamientos, ocurría que el miedo y el horrible malestar cedían por
momentos a un súbito sentimiento de seguridad: le parecía que todo estaba
arreglado, se sentía fuerte y orgulloso en su soledad; superaba el pasado,
esperaba sin temor la próxima hora.
¡Tenía que comprenderlo, era algo que había que penetrar y
aprender! Estaría a salvo si lograba hallar a menudo pensamientos como
aquellos, si lograba cultivarlos y producirlos. y meditaba, meditaba. Posó la
tarde sin advertirlo; las horas se deslizaban como en un sueño. y quizá
realmente dormía. ¿Pero que importaba eso? Sus pensamientos no dejaban de girar
en torno a ese misterio. Reflexionó mucho y penosamente sobre su encuentro con
aquella rubia. ¿Que significaba? ¿Por que ese encuentro fugaz, por que el
cruzar por un breve segundo su mirada con una mujer extraña, hermosa pero
antipática, le resultaba durante horas y horas fuente de pensamientos,
sentimientos, emociones, recuerdos, penas y reproches? ¿A que se debía?
¿También a otros les sucedían cosas así? ¿ y por que, la figura, el andar, la
pierna, el zapato y la media de la rubia le habían seducido por un instante? ¿
y por que su fría mirada tasadora le había provocado tan inmediata desilusión?
¿Por qué esa mirada fatal no solo le había desilusionado y despertado de su
breve fascinación erótica, sino también le había ofendí do y rebajado ante sus
propios ojos? ¿Por qué, aquella mirada había evocado en él palabras y recuer-
dos que pertenecían a su mundo pasado, palabras que ya no tenían
sentido, motivos en los que ya no creía? Había movilizado contra aquella dama
amarilla y su molesta mirada, juicios de su mujer, palabras de sus colegas,
pensamientos y opiniones de su antiguo yo, del desaparecido burgués y
funcionario Klein; había sentido la necesidad de justificarse con todos los
medios a su alcance frente a aquella mirada, y había tenido que admitir que
todas sus angustias no eran mas que viejas monedas fuera de circulación. Solo
por un instante había experimentado de nuevo aquella disposición de animo tan
agradable, solo por un breve segundo había desechado interiormente aquellas
molestas consideraciones y llegado a un juicio mejor. Durante un momento pensó:
mis pensamientos contra la rubia son estúpidos e indignos; esta sometida al
destino igual que yo; Dios la ama como me ama a mí.
¿De dónde procedía aquella voz tan suave? ¿Dónde hallada de
nuevo, como atraerla de nuevo, en que rama se posaba aquel pájaro a risco y
raro? Aquella voz anunciaba la verdad y la verdad significaba alivio,
salvación, refugio. Aquella voz se dejaba oír cuando el corazón estaba de
acuerdo con el destino, cuando uno se amaba a sí mismo; era la voz de Dios o la
voz del propio yo más ínfimo y auténtico, que estaba mas allá de las mentiras,
las excusas y las comedias.
Al despertar en su pieza de un breve sueño, cogió un pequeño
volumen de Schopenhauer que yacía en la mesita y que por lo general le
acompañaba en sus viajes. Lo abría a ciegas y leyó un párrafo:
"Si miramos atrás hacia nuestra vida pasada, y
especialmente si consideramos nuestros pasos en falso y sus consecuencias, pasa
que no alcanzamos a comprender cómo pudimos hacer tal cosa o cómo pudimos
emitir de hacer otra; casi parece que un poder extraño hubiera guiado nuestros
pasos, Goethe dice en Egmont "El hombre cree dirigir su vida y
determinarse a sí mismo; pero en realidad es su destino el que atrae, de modo
irresistible, a lo mas intimo de su ser".
¿No era algo que le interesaba, que estaba en estrecha relación
con sus pensamientos de aquel día? Siguió le yendo ávidamente pero no encontró
nada más; las líneas y frases siguientes no le conmovieron. Dejó el libro, miró
el reloj, vio que estaba parado por faltarle cuerda, se levantó, echó una
mirada afuera y advirtió que ya anochecía.
Se sentía agotado como después de un intenso esfuerzo
intelectual pero no era un cansancio desagradable y estéril, sino lleno de
sentido, como después de un trabajo inútil. Habré, dormido mas de una hora,
pensó, acercándose al espejo para peinarse. ¡Se sentía extrañamente libre y
contento y en el espejo se vio sonreír! Su rostro pálido y extenuado, que desde
hacía mucho sólo viera contraído y desorientado, descansaba en una suave v
apacible sonrisa.
Bajó al restaurante; en alguna de las mesas ya no se servía la
cena. ¿Pero acaso no acababa de comer? Que importaba; tenía
ganas de hacerlo de nuevo. Consultó al mozo y ordeno una buena comida.
-¿No le gustaría ir a Castiglione esta noche? -le preguntó el
mozo, mientras le servía la lista. Hará el viaje una lancha del hotel.
Klein agradeció sacudiendo la cabeza. No, esta clase de
excursiones en común no eran para él. ¿Castiglione? ya había oído hablar de ese
paraje. Era un lugar de diversión con un casino; algo como un pequeño Monte
Cabo. ¡Dios mío! ¿Qué, diablos haría allí?
Mientras esperaba el café eligió de entre el ramo de flores que
estaba en un jarrón de cristal una pequeña rosa blanca y se la puso en el ojal.
Desde una mesa vecina le llegó el perfume de un cigarro recién encendido. Ah,
si, iba a pedir también un buen cigarro.
Salió y comenzó a pasearse indeciso ante la puerta. Le hubiera
gustado volver a aquella región campestre donde la noche anterior el canto de
la italiana y la fantástica danza de las luciérnagas le habían hecho sentir por
primera vez la dulce realidad del sur. Pero también le atraía el parque, las
mansas aguas a la sombra de las ramas, los árboles raros; y ahora si llegara a
encontrar de nuevo a la mujer de cabellos amarillos, sufría mirada no le
irritada ni rebajaría. Pero... ¡Cuan lejano parecía el día de ayer! ¡Cuan
familiar le resultaba ese país del sur! ¡Cuántas cosas había vivido, pensado,
aprendido!
Echó a andar indolentemente por una calle amplia, envuelto en
una suave brisa estival. Las noticias nocturnas revoloteaban en torno a las
linternas recién encendidas; diligentes comerciantes cerraban a altas horas sus
negocios y colocaban los barrotes de hierro; muchos niños jugaban todavía en la
calle, corriendo por la acera entre las mesitas de los cafés, donde se servían
café negro y limonadas. En un nicho en la pared sonreía una imagen de María,
iluminada por la luz de una bujía. También en los bancos a orillas del lago
reinaba animación; la gente reía, disputaba, cantaba, y en el agua oscilaban
todavía algunos botes con remeros en mangas de camisa y muchachas con blusas
blancas.
Klein encontró sin dificultad el camino del parque, pero el
portal estaba cerrado. Detrás de la alta reja de hierro se extendía la negra y
muda oscuridad arbolada, extraña y cargada de noche y sueño. Permaneció largo
rato contemplándola. Luego sonrió al descubrir sólo entonces, el secreto deseo
que le había empujado hasta allí, frente a esa puerta cerrada. Bueno, era
indiferente, podía pasársela también sin el parque.
Se sentó en un banco a orillas del lago mirando tranquilamente
la gente que pasaba. Abrió un diario italiano e intentó leer a la luz de la
linterna. No comprendía todo, pero cada frase que lograba traducir le
proporcionaba placer. Poco a poco comenzó a despreocuparse de lo gramatical
para prestar atención al sonido. y descubrió con cierto asombro que el articulo
era una violenta y exacerbada diatriba contra su pueblo y su patria. ¡Que
extraño, pensó, que exista todavía todo esto! ¡Los italianos hablan de nuestro
pueblo ni más ni menos como nuestros diarios siempre lo hicieron respecto a
Italia, nos condenan con la misma actitud, igualmente indignados, igualmente
convencidos de su derecho y del error lejano! Era raro que el odio y los
crueles juicios de ese periódico no le afectaran ni le irritaran. ¿O acaso le
indignaban? No; ¿para que? Todo eso era el modo de ser y de expresarse de un
mundo al que ya no pertenecía. y aunque aquel mundo hubiese sido el mejor, el
mas justo y honesto de los mundos, lo mismo ya no era el su yo.
Dejó el diario en el banco y siguió andando. Desde un jardín,
entre el follaje de rosales en flor llegaba el reflejo de cientos de luces
multicolores. Vio gente que entraba, se unió a ella, vio una caja, empleados,
una pared con carteles. En medio del jardín se abría una sala sin paredes, un
gran techado de carpa, del que colgaban todas aquellas lámparas multicolores.
Varias mesitas de hierro, ocupadas en parte llenaban la sala al aire libre. En
el fondo se elevaba un pequeño y estrecho escenario de vivaces colores en
plata, verde y rosa, que resplandecía con la fuerte luz de los reflectores.
Debajo del proscenio vio unos músicos, una pequeña orquesta. La flauta emitía
sus notas claras y aladas en la calurosa noche multicolor; del oboe fluía
satisfacción y plenitud; el violoncelo musitaba bajo, inquieto y cálido. En el
escenario, un anciano cantaba cómicos estribillos; su boca pintada reía
artificialmente, en su cráneo calvo y preocupado se reflejaba la luz de las
candilejas.
Klein, que no había buscado algo semejante, en el primer momento
experimentó cierta desilusión, asumió una actitud de crítica y sintió retornar
su antigua aversión a estar sentado y solo en medio de una muchedumbre elegante
y contenta; le pareció que esa alegría artificial desentonaba con aquella noche
perfumada. Sin embargo, se sentó y la luz que emanaba de las suaves lámparas
multicolores le concilio pronto; era como un velo mágico tendido sobre la sala
abierta. La música llegaba llena de ternura e intimidad mezclada con el perfume
de las rosas. Gente contenta y bien vestida, de sereno humor, ocupaba las
mesitas del jardín; por encima de las tazas, las botellas y los baldecitos de
hielo, se entreveían rostros blanquecinos y chillones sombreros de mujeres
suavemente velados y como empolvados por las apagadas luces coloreadas; y el
hielo amarillento y rosado en las copas, y los cálices con limonada roja, verde
y amarilla, conferían una nota festiva y exquisita al conjunto.
Nadie escuchaba al cómico. El mísero anciano, indiferente y
solitario en su escenario, cantaba lo que había aprendido, mientras la luz
exuberante, iluminaba su pobre figura. Terminada su canción pareció feliz de
poder irse. Dos o tres personas sentadas mas adelante aplaudieron al viejo. El
cantor se retiro y reapareció al rato en el jardín, sentándose en una de las
mesitas junto a la orquesta. Una joven le sirvió agua, y al hacerlo se levantó
un poco. Klein la miró. Era la mujer de cabello amarillo.
Entonces se oyó el sonido agudo y prolongado de una campanilla,
y se produjo un movimiento en la sala. Muchos salieron dejando los sombreros y
abrigos. También la mesita junto a la orquesta se desocupó y la rubia se fue
con los otros. Su melena brilló todavía como un punto claro en la penumbra el
jardín. En su mesa quedó solo el viejo cantante.
Klein se sobrepuso y se le acercó. Saludó amablemente al anciano
y este le contestó con un movimiento de cabeza.
-¿Podría decirme qué, significa este campanilleo? preguntó
Klein.
-Es la pausa -contestó el cómico.
-¿ y donde se ha ido la gente?
-A jugar. Ha y media hora de pausa, que aprovechan para jugar en
el casino.
-Muchas gracias. No sabía que aquí también había banca de juego.
-Algo insignificante. Para niños; una apuesta máxima de cinco
francos.
-Muchas gracias.
Se descubrió y se volvió. De pronto se le ocurrió que podía
preguntarle al viejo quien era la rubia. Él sin duda la conocía.
Dudó por un instante teniendo todavía el sombrero en la mano.
Luego se fue. ¿Que quería? ¿Que le importaba esa mujer? Sin embargo sabia que
le importaba. Era sólo timidez, obcecación, inhibición. Sintió surgir de nuevo
una pequeña ola de descontento, como una nubecita en el horizonte. Volvían las
dificultades, se sentía de nuevo cohibido, esclavo, y descontento de sí mismo.
Era mejor regresar a casa. ¿Qué hacía allí entre la gente alegre? No pertenecía
ella.
Un mozo que le pidió que pagara le sacó de sus pensamientos.
-¿No puede esperar hasta que llame? -le preguntó irritado.
-Disculpe creí que el señor se quería ir. A mi nadie me
reembolsa si alguien se me escapa.
Klein le dio mas propina de lo necesario.
Al salir de la sala vio a la rubia que regresaba por el jardín.
Se detuvo y esperó que pasara a su lado. Caminaba erguida, con pasos firmes,
livianos y elásticos. Su mirada fría se cruzo con la su ya sin reconocerlo. Vio
su rostro bien iluminado, un rostro tranquilo e inteligente, firme y pálido, un
poco harto, la boca pintada de color rojo sangre, los ojos grises y
perspicaces, las orejas hermosas y bien formadas en las que centelleaban
piedras verdes y ovaladas. Iba ataviada de seda blanca; su cuello esbelto con
sombras opalinas, estaba rodeado por una delgada cadenita de piedras verdes.
La miró, excitado interiormente y con sentimientos
contradictorios. Había algo en ella que le seducía, que le hablaba de felicidad
e intimidad, que olía a carne y cabellos y belleza cuidada, y había algo mas
que repelía, que parecía falso y dejaba presentir desilusiones. Era la antigua
inquina, resultado de la educación y practicada durante toda una vida, contra
todo lo que juzgaba prostitución, contra la intencionada exhibición de la
hermosura, contra la evocación abierta de lo sexual y de la lucha amorosa.
Comprendía muy bien que la contradicción era interna, existía dentro de él. Ahí
estaba de nuevo Wagner, ahí estaba de nuevo el mundo de lo hermoso pero sin
disciplina, de lo gracioso sin disimulo, sin timidez, sin conciencia culpable.
Llevaba adentro un enemigo que le vedaba el paraíso.
Ahora los mozos sacaban algunas mesas en la sala para formar un
espacio vacío. Parte de los huéspedes aun no había regresado.
"Quédate", exigía un secreto deseo en ese hombre
solitario. Preveía la noche que fe esperaba si se iba en ese momento. Una noche
como la pasada, o quizás mucho peor. Insomnio, pesadillas, desesperación y
tormento, y además el rugir de los sentidos, el recuerdo de la cadena de
piedras verdes sobre el seno blanco y perlado de aquella mujer. Quizá estaba
muy cerca del instante en que la vida le resultara insoportable. y sin embargo,
por más extraño que fuera, le gustaba vivir. ¿Acaso no era cierto? ¿Estaría allí,
de lo contrario? ¿Habría abandonado a su mujer, habría quemado los puentes,
habría puesto en movimiento toda esa máquina maligna y complicada, se habría
infligido tantas puñaladas en su propia carne y por fin habría venido hasta esa
legión del Sur, si no hubiera tenido apego a la vida, si no hubiesen existido
en él deseos para el futuro? ¿Acaso no lo había sentido en forma tan precisa y
maravillosa al beber aquel vinillo y frente al parque cerrado y en el banco
junto al muelle?
Se quedó y encontró libre una mesa al lado de aquella donde
estaban sentados el cantante y la rubia. Eran seis o siete personas reunidas,
que por lo visto estacan como en su casa, formando parte de aquella
representación y diversión. El no desviaba los ojos de ella, y observó que
demostraban familiaridad con los huéspedes habitantes de aquel jardín. También
conocían a los de la orquesta, que de vez en cuando se acercaban a la mesa o
los llamaban por sus nombres de pila. Hablaban alemán, francés e italiano entremezclados.
Klein observaba a la muchacha de pelo amarillo. Permanecía seria
y fría; aún no la había visto sonreír; su rostro contenido parecía inmutable.
Pudo advertir que ocupaba un lugar preponderante, en la tertulia; que los
hombres y las jóvenes asumían con ella, un tono de amistosa consideración. Oye
también su nombre: Teresina. Se preguntó si era hermosa, si en realidad le
gustaba. No podía comentar. Sin duda su figura y su andar eran hermosos. y de
una hermosura poco común; y también su postura cuando estaba sentada, y los
movimientos de sus manos muy cuidadas. Sin embargo, le intrigaba e irritaba la
silenciosa frialdad de su rostro y de su mirada, la seguridad y tranquilidad de
su fisonomía, su imperturbabilidad como de mascara. Parecía un ser dotado de un
cielo propio y de un infierno propio, que nadie podía competir con él. También
en aquella alma que parecía dura, reacia. y quizás orgullosa y hasta mala,
debían existir el deseo y la pasión, ¿Cuales eran las sensaciones que le
gustaban y que buscaba y de cuales huía? ¿Cuales eran sus debilidades, sus .
secretos? ¿Cómo era cuando reía, cuando dormía, cuando lloraba y cuando besaba?
¿Por qué ocupaba aquella mujer durante todo el día sus
pensamientos, obligándolo a observarla, a estudiarla, a temerla, a indignarse,
pese a que ni siquiera sabia aún si le gustaba o no?
¿Acaso representaba para él una meta, un destino? ¿Un poder
oculto le empujaba hacia ella, como lo guiara a las regiones meridionales? ¿Un
instinto innato, la dirección de su sino, un ansia inconsciente, ignorada
durante toda la vida? ¿Acaso ese encuentro estaba predestinado? ¿Era su
fatalidad?
Escuchando ávidamente pudo captar en medio de la animada charla
un fragmento de conversación. Oyó que decía a un jovencito hermoso, ágil y
elegante, con negros cabellos ondulados y rostro liso:
-Me gustaría jugar de nuevo de veras, no aquí, por bombones,
sino en Castiglione o en Monte Cario.
Ahora sabía algo de ella. Se sintió divertido por haberla
seguido y espiado. Acechando desde afuera, aquel hombre extraño había podido a
través de una pequeña ventana echar un breve vistazo sobre su alma. Tenía
deseos. También ella estaba atormentada por ansias, ansias por algo excitante y
peligroso, algo en que uno se podía perder. Estaba contento de saberlo. ¿Qué
era ese Castiglione? ¿No había oído ya hablar de ego? ¿Pero cuando? ¿Dónde?
Lo mismo daba: ahora no podía pensar. De nuevo, como más de una
vez durante esos extraños días, tuvo la sensación de que todo lo que hacía,
oía, veía y pensaba era necesario y lleno de significación, que un guía le
conducía, que largas y remotas series de causas daban ahora sus frutos. Que
maduraban pronto los frutos. Era bueno que sucediera así.
Por un instante, le invadió nuevamente un sentimiento de
frialdad, de tranquilidad y seguridad del corazón, maravilloso y delicioso para
quien conoce el miedo y la angustia. Recordó un episodio de su infancia. Una
vez, entre compañeros de escuela se había planteado la cuestión de cómo harían
los equilibristas para sostenerse tan seguros y tranquilos en la cuerda. y uno
de los muchachos dijo:
-Si trazas con la tiza una línea en el piso de tu pieza, es tan
difícil pisar exactamente en ella como caminar sobre la cuerda más delgada. y
sin embargo uno lo hace tranquilamente porque no ha y peligro. Si te imaginas
que se trata sólo de una raya de tiza y que el aire a los costados es el piso,
podrás caminar seguro sobre cualquier cuerda.
¡Cuan hermoso era aquello! ¿Pero no le sucedía a él lo
contrario? ¿Su incapacidad para caminar tranquilo y seguro sobre tierra firme
no se debía, acaso, a que la tornaba por una cuerda floja?
Se sentía íntimamente feliz de que pudiera ocurrírsele pensar en
ideas tan consoladoras, de que estas dormitaban en él, revelándose poco a poco.
Todo lo fundamental vivía dentro de uno mismo; nadie podía ayudar a otro desde
afuera. Con tal de no vivir en guerra consigo mismo, con tal de vivir en el
amor y la confianza de sí mismo..., entonces nada era imposible. Se podría
bailar en la cuerda y hasta se podía volar.
Ausente y olvidado de todo, con la cabeza apoyada en la mano y
agachado por encima de la mesa, se entregó por un rato a estos pensamientos,
tanteando por blandos y resbaladizos senderos del alma como un cazador o un
explorador. En ese momento la rubia levantó la vista y le miró. Su mirada fue
breve, pero escudriño atentamente su rostro, y después que él la hubo percibido
y devuelto, sintió que surgía algo como estimación, simpatía y afinidad. Esta
vez su mirada no le hirió, no le ofendió. Ella no había mirado a sus vestidos y
sus modales, su peinado y sus manos, sino penetrado en él, descubriendo lo
autentico, lo inmutable y misterioso dentro de él, lo único, lo divino: el
destino.
Le pidió disculpas para sus adentros por todo lo amargo y feo
que había pensado de ella. Pero no, no tenia por qué pedir perdón. Todas las
cosas malas y estúpidas que pensara y sintiera contra ella, iban dirigidas a su
propia persona y no a ella. No, no, todo estaba bien.
De pronto, la música empezó a tocar de nuevo, arrancándole
sobresaltado de sus reflexiones. La orquesta entonó los primeros compases de
una danza. Pero el escenario quedó oscuro y vado, mientras los ojos de los
concurrentes se dirigían al espacio libre en medio de la sala. Adivinó que se
iba a bailar.
Miró hacia la mesa vecina y vio que la rubia y el jovencito
afeitado y elegante se levantaban. Sonrió interiormente al advertir las
resistencias que sentía contra ese joven, cómo admitía sólo a regañadientes su
elegancia sus buenos modales, la hermosura de su rostro y de sus cabellos. El
joven le tendió la mano y la condujo al cuadrado vado; otra pareja también se
adelantó y ambas comenzaron a bailar un tango con elegancia, seguridad y
gracia. El no entendía de estas cosas, pero inmediatamente se dio cuenta de que
Teresina bailaba maravillosamente. Vio que hacía algo que comprendía y
dominaba, algo que era inherente a su naturaleza y que manifestaba
espontáneamente. También el joven de cabellos ondulados bailaba bien, los dos
formaban una buena pareja. Su danza hablaba a los espectadores de cosas
agradables, luminosas, sencillas y alegres. Sus manos entrelazadas se tocaban
ligeramente, sus rodillas, sus brazos, sus pies y sus cuerpos cumplían dóciles
y armoniosos ese ejercicio vigoroso y suave. Su danza expresaba felicidad y
alegría, lujo, vida cómoda y arte de vivir. Expresaba también amor y
sexualidad, pero no en forma violenta y abrazadora, sino con pleno equilibrio y
gracia. Representaba al danzar frente a la gente rica todo lo bello que había
en la vida de aquellos y que no podrían expresar o quizá ni siquiera sentir sin
su ayuda. Estos bailarines de profesión eran una especie de substituto para la
buena sociedad. Aquellos que no sabían bailar con tanta perfección y gracia,
que no podían gozar plenamente el agradable juego de sus vidas pagaban a esos
jóvenes para que en su danza les recordaran cuan bella era la vida.
Pero había algo más. No se hacían representar sólo la
des-preocupación y serena suficiencia de sus vidas, sino que en esa danza
evocaban la naturalidad incontaminada de los sentimientos y de los sentidos. En
medio de sus existencias colmadas de pereza y hago, oscilando entre el trabajo
febril, las diversiones desenfrenadas y los forzados reposos en sanatorios,
contemplaban sonriendo, con necia y secreta emoción, la danza de aquellas
hermosas criaturas como quien mira una dulce primavera de la vida, un lejano
paraíso que se ha perdido, del que solo se habla a los niños en los días de
fiesta, en el que casi no se cree mas y que sin embargo ocupa con ardientes
deseos los sueños de la noche.
y durante la danza el rostro de la rubia sufrió un cambio que
Federico Klein observó con sumo deleite. Poco a poco e imperceptiblemente, como
una aurora rosada sobre un ciclo matutino, por su rostro serio y frío fue
extendiéndose una sonrisa siempre más feliz, siempre más cálida. Con la mirada
fija en el vacío, sonreía como si despertara, como si sólo a través del baile
se fría naturaleza hubiera alcanzado plenamente el calor de la Vida. También el
bailarín sonreía y también la otra parecía, los cuatro rostros parecían
encantadores, aunque un tanto marmóreos e impersonales, pero el de Teresina era
el mas bello y el más misterioso; nadie sonreía como ella, tan intacta, tan
feliz en su propia euforia interna. Él la observaba profundamente conmovido,
trémulo como ame el descubrimiento de un tesoro escondido.
-!Que cabellos magníficos! -Exclamó alguien a su lado.
El recordó cómo había despreciado y puesto en duda esos
maravillosos cabellos de color de oro.
El tango terminó y Klein vio a Teresina inmóvil por un instante
junto a su compañero, que sostenía todavía con los dedos su mano izquierda a la
altura del nombro. y vio cómo se esfumaba lentamente el hechizo que todavía
brillaba en su rostro. Se oyeron apagados aplausos y todos siguieron con la
vista a la pareja mientras regresaba con pasos elásticos a su mesa.
La danza siguiente, que empezó después de una breve pausa, fue
ejecutada por una sola pareja, la de Teresina y su hermoso compañero. Era un
número de fantasía, una pequeña y complicada composición, casi una pantomima,
que cada uno de los bailarines representaba independientemente y que sólo en
los momentos culminantes y en el vivacísimo y agitado final se convertía en una
danza de a dos.
Teresina se deslizaba, con los ojos llenos de felicidad, tan
extasiada y ferviente, y seguía tan dichosa con sus livianos miembros las
caricias de la música, que todos callaban, contemplándola mudos y absortos. La
danza terminó con un arrebatado remolino, durante el cual la bailarina y su
compañero se tocaban solo con las manos y las puntas de los pies, inclinados
hacia atrás, gritando violentamente como en un bacanal.
Durante la ejecución de este número, todos tenían la impresión
de que en sus movimientos y pasos, en su separación y reunión, en el renovado
perder y recobrar del equilibrio, los dos bailarines representaban emociones
familiares a todos y profundamente ansiadas, pero que sólo pocos seres felices
experimentan tan sencilla, intensa y sinceramente: la euforia del hombre sano,
el aumento de su placer por el amor al próximo, el confiado acuerdo con la
propia naturaleza, la sumisión tranquila a los deseos, sueños y puerilidades
del corazón. Muchos lamentaron melancólicamente por un instante que existiera
tanta contradicción y desacuerdo entre la vida y los deseos, que la vida no
fuera una danza, sino un penoso y jadeante arrastrarse bajo pesos y cargas que
al fin uno mismo se había impuesto libremente.
Federico Klein veía su vida, mientras seguía la danza, a través
de los años pasados como a través de un túnel, en cu yo extremo se extendía,
verde y resplandeciente al sol, su juventud perdida, al sentir simple y fuerte,
la confiada disposición a la felicidad; todo esto se hallaba ahora de nuevo
extrañamente cercano, a un paso casi, como atraído y reflejado por arte de
encantamiento.
Ahora Teresina pasó a su lado, la beatifica sonrisa de la danza
iluminando aún su semblante. El se sintió sacudido por el placer y por una
fervorosa devoción. y como si la hubiera llamado, ella lo miró de pronto
entrañablemente, todavía sin despertar, el alma todavía llena de felicidad,
todavía en los labios la dulce sonrisa. También él le sonrió, sonrió al reflejo
de aquella felicidad que le mostraba a través del túnel oscuro ese avatar de
los años perdidos.
Al mismo tiempo se levanto y le tendió la mano como un viejo
amigo, sin pronunciar palabra. La bailarina la tomó y la retuvo un momento en
la su ya, sin detenerse. Él la siguió; en la mesa del artista le ofrecieron
lugar y así se halló sentado junto a Teresina, muy cerca de su cuello opalino,
rodeado por las verdes piedras resplandecientes.
No participó en la conversación, de la que entendía muy poco.
Detrás de la cabeza de Teresina, distinguía bajo las linternas ardientes del
jardín tos rosales en flor, rosas como bolas oscuras en las que revoloteaban de
vez en cuando unas luciérnagas. Sus pensamientos descansaban. ¿No tenía nada en
que pensar? Las bolas de las rosas ondeaban suavemente en la brisa nocturna.
Teresina estaba a su lado, en su oreja reinaba la verde esmeralda. El mundo se
le antojaba hermoso y agradable.
Entonces Teresina apoyó la mano en su brazo.
-Tendremos que hablar. Pero no aquí. Ahora recuerdo que le he
visto también en el parque. Mañana le esperaré allí a la misma hora. Esto y
cansada y tengo que ir a dormir. Es preferible que se va ya . usted ahora mismo
antes de que mis colegas le pidan dinero prestado.
Un mozo pasó corriendo y ella le detuvo.
-Eugenio, el señor quiere pagar.
Él pagó, le dio la mano, se descubrió y se alejó en dirección al
río. Sin saber a dónde iba. No hubiera podido acostarse en su cuartito de
hotel. Siguió por la costanera a través de la ciudad y los suburbios, hasta que
terminaron los bancos y los jardines. Entonces se sentó en el muelle,
canturreando estrofas de olvidadas canciones de sus años juveniles. Permaneció
así hasta que refrescó y los empinados motores parecieron lejanos y hostiles.
Entonces, sombrero en mano emprendió el regreso.
Un portero soñoliento le abrió la puerta.
-Sí, es un poco tarde -dijo Klein, dándole un franco.
-Oh, no importa, estamos acostumbrados. No es usted el último,
Tampoco ha vuelto la lancha desde Castiglione.
III
Cuando Klein llegó al parque la bailarina le esperaba ya. Se
paseaba con su paso elástico por los senderos del jardín y apareció de pronto
en el umbroso borde de un bosquecillo.
Teresina le examinó atentamente con sus claros ojos grises; su
rostro estaba serio y un tanto impaciente.
Enseguida empezó a hablar, mientras iban andando.
-¿Puede explicarme lo que pasó ayer? ¿Cómo fue que nos cruzamos
tantas veces? Estuve pensando en ello. Ayer le vi dos veces en el jardín del
casino. La primera vez estaba usted parado en la salida y me miró; parecía
usted aburrido o irritado y cuando yo le vi me dije: a ese le encontré ya en el
parque. No me causó usted buena impresión y me esforcé por olvidarle. Luego le
vi de nuevo un cuarto de hora mas tarde. Estaba usted sentado en la mesa vecina
y parecía tan distraigo que no advertí en seguida que era el mismo de antes. y
después de la danza surgió de pronto frente a mí y me tendió la mano oyó se la
di a usted, ya no recuerdo bien. ¿Que pasó? Tiene que saberlo usted. ¡De todos
modos espero que no ha ya venido para declarárseme!
Terminó la ultima frase con una mirada imperativa.
-No sé -contestó Klein-, no vine con intenciones determinadas.
La amo desde ayer, pero no necesitamos hablar de ello.
-Sí, hablamos de lo otro. Ayer durante un instante hubo entre
nosotros algo que me preocupo y me asustó, como si tuviéramos cierta afinidad o
algo en común. ¿Que es? y lo que más me interesa: ¿que significa la
transformación que sufrió usted? ¿Cómo es posible que en el lapso de una hora
usted pudiera tener dos rostros tan distintos? Parecía un hombre que ha vivido
algo muy importante.
-¿Qué aspecto tenía? -preguntó Klein infantilmente.
-Oh, primero parecía un señor de edad, pedante y algo amargado.
Un burgués, un nombre acostumbrado a descargar sobre otros el descontento de su
propia incapacidad.
Él la escuchó con ansioso interés y asintió vivamente.
- y luego -continuó ella-, luego..., bueno, eso no se puede
expresar facilmente. Usted estaba un tanto encorvado; cuando yo le vi, pensé en
el primer momento: ¡Dios mío, que posturas más tristes tienen esos pedantes!
Apoyaba usted la cabeza en la mano y daba una impresión muy extraña: parecía
como si fuera usted el único hombre en el mundo, como si le fuera indiferente
cualquier cosa que sucediera con usted y con el mundo. Su rostro era como una
mascara, horriblemente triste e indiferente...
Se interrumpió, como si buscara las palabras, pero no dijo nada
más.
-Tiene razón -observó Klein modestamente-. Lo ha comprendido tan
bien que debiera asombrarme. Me ha leído como una carta. Pero en realidad es
natural y justo que es, viera todo esto.
-¿Natural? ¿Por que?
-Porque durante la danza usted expresa, aunque bajo forma
distinta, exactamente lo mismo. Cuando baila, Teresina, y también en otros
momentos, usted es como un árbol o una montaña o un animal o también como una
estrella absorta, completamente sola, ansiando ser simplemente lo que es, sin
preocuparse de parecer buena o mala. ¿Acaso no es lo mismo que usted advirtió
en mi?
Ella lo observó atentamente sin contestar.
-¡Que hombre raro es usted! -opinó luego hesitando--.
¿ y cómo es usted? ¿Es realmente así como parecía? ¿De veras le
es indiferente lo que le pueda ocurrir?
-Sí, pero no siempre. A menudo tengo miedo. Pero después vuelve
ese estado agradable, el miedo desaparece y entonces todo me es indiferente.
Entonces uno es fuerte. Indiferente no es quizá la palabra justa: mas bien todo
se torna delicioso y bienvenida, sea lo que sea.
-Por un momento creí posible que usted fuera un delincuente.
-También eso podría ser. y hasta es verosímil. Uno dice
"delincuente'', y afirma con ello la idea de un acto prohibido.
Pero él, el delincuente, no ha hecho mas que manifestar solo lo
que lleva dentro. Mire, he aquí la semejanza que existía entre nosotros: ambos
de vez en cuando, en contados momentos, actuamos según lo que somos realmente.
Esto es tan excepcional, que la mayoría de los hombres ni siquiera lo
experimentan jamás. yo tampoco lo conocía; decía, pensaba, hacia, vivía solo lo
extraño, solo lo aprendido, solo lo bueno y lo justo; hasta que un día se
acabo. No lo . aguanté más, tuve que huir; lo bueno ya no era bueno; lo justo
ya no era justo; la vida se me hizo insoportable. Sin embargo, deseo poder
vivir; hasta amo la vida a pesar de los tormentos que trae.
-¿Quiere decirme como se llamaba y quien es usted?
•So y el que usted ve, y nada más. No tengo nombre, ni titulo,
ni profesión. Tuve que abandonarlo todo. Un buen día después de toda una vida
honesta y laboriosa, abandone el nido, no hace mucho de esto. y ahorra tengo
que parecer o aprender a volar. El mundo no me interesa mas, esto y
completamente solo.
-¿Estuvo usted internado? -Le preguntó ella un tanto embarazada.
-¿Cree usted que esto y loco? No. Aunque esto también sería
posible-. y entonces quedo absorto en la contemplación de sus propias ideas.
-Cuando se habla -continuó con cierta intranquilidad-, hasta lo
más sencillo se hace complicado e incomprensible. ¡No deberíamos hablar de
ello! y es que solo habla cuando no se quiere comprender.
-¿Que quiere decir? yo deseo de veras comprender. ¡Créame! Me
interesa muchísimo.
Él sonrió animado.
-Sí, sí. Usted quiere entretenerse. Ha experimentado algo y
quiere hablar de ello. Pero eso no sirve de nada. La palabra es el camino
seguro para las falsas interpretaciones, para nacerlo todo trivial y desolado.
No, usted no me quiere comprender y tampoco quiere comprender a sí misma. Solo
desea recobrar la tranquilidad frente a la advertencia que ha sentido. Quiere
acabar conmigo y con la advertencia, encontrando un rotulo para ubicarse. Va
tanteando, busca el delincuente o al enfermo mental, una palabra, quiere
conocer mi ocupación y nombre. Pero esto solo aleja de la comprensión, es puro
engaño, querida señorita, es un mal sustituto de la comprensión, es mas bien
una fuga frente al deseo de comprender, frente a la necesidad de comprender.
Se interrumpió, pasándose con gesto atormentado la mano por los
ojos; luego sonrió, como si se le ocurriera de nuevo algo agradable.
-Mire -continuó-, cuando ayer experimentamos durante un instante
el mismo sentimiento, no dijimos nada, no preguntamos, ni pensamos nada, nos
dimos la mano inesperadamente y todo estaba bien. Ahora, en cambio..., ahora
hablamos y pensamos y buscamos explicaciones.... y lo que era tan sencillo se
ha hecho extraño e incomprensible. y sin embargo usted podría comprenderme tan
fácilmente como yo a usted.
-¿Usted cree comprenderme tan bien?
-Sí, naturalmente. yo se como vive. Pero sé que vive como viví
yo también, como lo hacen todos, casi siempre en la oscuridad, pasando de largo
frente a sí mismos, corriendo tras un fin, un deber, una intención. Casi todos
los hombres viven así, el mundo entero sufre de esta enfermedad y perecerá por
ella. Pero a veces, durante la danza, por ejemplo, la intención o el deber se
le escapan y usted vive de repente en forma distinta. Se siente de pronto como
si estuviera sola en el mundo o como si mañana pudiera estar muerta. y entonces
se revela todo lo que usted es realmente. Cuando baila hasta contagia a los
otros. y este es su secreto.
Ella comenzó a andar mas rápidamente. Solo se detuvo al llegar a
una terraza saliente sobre el lago.
-¡Que extraño es usted! -Opinó ella-, algunas cosas puedo
comprenderlas. Pero..., ¿qué quiere en realidad de mí?
Él bajó la cabeza con aire afligido.
-Esta acostumbrada a que todos quieran algo de usted. Pero yo,
Teresina, no quiero nada que usted mismo no desee y no quiera nacer de buena
gana. Que yo la ame puede serle indiferente. La felicidad no consiste en ser
amado. Cáela hombre se ama a sí mismo y sin embargo la mayoría se atormenta
durante toda la vida. No, (a felicidad no estriba en ser amado. ¡Pero amar, eso
si es la felicidad!
-Me gustaría complacerle en algo, si pudiera -dijo Teresina
lentamente, casi compasiva.
-Sí, puede. Permítame realizarle un deseo.
-¡Ah! ¡Que puede saber usted de mis deseos!
-Es cierto, no debiera tener ninguno. Posee la llave del
paraíso: su danza. Sin embargo, sé que tiene deseos y me alegra, y ahora
piense: aquí ha y alguien que se sentirá dichoso de cumplir cualquier deseo su
yo.
Teresina reflexionó. Sus ojos atentos cambiaron de expresión,
volviendo a su acostumbrada frialdad, ¿Que podía ser de ella? Como no encontró
nada, inquirió prudentemente:
-Mi primer deseo seria que usted fuera sincero conmigo. Dígame
quien le ha hablado de mí.
-Nadie. Jamás hable con persona alguna acerca de usted. Lo que
se es muy poco y me he enterado de ello por usted misma. Ayer oí que decía
cuanto le gustaría jugar en Castiglione.
-Con que estuvo espiándome -dijo en poco alterada.
-Sí, naturalmente, y aturdimiento porque no esta siempre de
acuerdo consigo misma.
-Oh, no; no soy tan romántica como usted opina. No busco
aturdimiento en el juego, sino dinero. Quisiera ser rica alguna vez o por lo
menos estar libre de preocupaciones, sin tener que venderme. Eso es todo.
-Parece tan auténtico lo que dice, y sin embargo no lo creo.
¡Pero sea como quiera! En el fondo usted sabe muy bien que Jamás
necesita venderse. ¡Dejemos eso, sin embargo! ¡Si le hace falta
dinero, para jugar o para otra cosa, acéptelo de mí! Paseo mas de lo necesario
y además no me interesa.
Nuevamente asumió Teresina una actitud reservada.
-jSi apenas le conozco! ¿Cómo quiere que tome su dinero?
El se estremeció como herido, tomo su sombrero y se levanto.
-¿Qué le pasa? -Exclamó Teresina.
-Nada, nada, ¡permítame que me va ya! Hemos hablado demasiado,
demasiado. Jamás habría que hablar tanto.
y se escapó sin despedirse, corriendo por la arboleda, como
arrastrado por la desesperación. La bailarina lo siguió con la vista entre
múltiples sentimientos contradictorios, sinceramente asombrada de su actitud y
de la propia.
Él, empero, no huía por desesperación, sino por no poder
soportar ansia y plenitud tan intensas. De pronto le fue imposible pronunciar
una palabra mas o escuchar una palabra más; tenía que estar solo, sintió la
necesidad de hallarse solo, de pensar, de espiarse, de pertenecerse a sí mismo.
A él también la conversación con Teresina le había asombrado y arrebatado; las
palabras le habían salido sin querer, presa de una necesidad imperiosa, casi
sofocante, de comunicar sus experiencias y sus pensamientos, de formarlos,
expresarlos, evocarlos. Cada palabra que se oía decir le causaba sorpresa, pero
también sentía como se enredaba en aleo que ya no era sencillo y justo, como
trataba inútilmente de explicar lo inconcebible. y de pronto le resulto
intolerable y tuvo que acabar.
Pero ahora, mientras trataba de recordar el último cuarto de
hora, se sentía feliz y agradecido. Era un progreso, un paso hacia la
liberación, una afirmación de sí mismo.
El equívoco en que había caído todo su mundo habitual, le había
agotado y atormentado terriblemente. Había vivido un milagro al comprobar que
la vida adquiere su mayor sentido precisfimente cuando perdemos todos los
sentidos y significados. Pero siempre le había atormentado la duda de que estas
experiencias no fueran realmente esenciales, que no fueran mas que pequeñas
encrespadas casuales en la superficie de una mente exhausta y enferma,
desvaríos, fluctuaciones nerviosas. Ahora, ayer y hoy, había emanado de él,
transformándolo y atrayendo a otro ser humano. ¡Su soledad estaba rota, amaba
de nuevo, existía alguien a quien quería servir y hacer feliz, podía sonreír de
nuevo, oír de nuevo!
Una oleada de dolor y voluptuosidad penetró cada fibra su ya,
sintió dentro de sí una plenitud de sentimientos que le hizo estremecer, una
nueva vida se henchía en él como una marea, todo le parecía nuevo e
incomprensible. Todo lo veía con otros ojos: árboles en una calle, burbujas
plateadas en el lago, un perro huyendo, los ciclistas..., y todo era extraño,
fantástico, casi demasiado hermoso, todo como nuevito y recién salido de la
juguetería del buen Dios,
todo solo para él, Federico Klein, y él también existiendo solo
para sentir vibrar en si esa corriente de milagro. Dolor y alegría. Por
doquiera belleza, hasta en los montículos de inmundicia al margen de camino;
por todas partes profundo sufrimiento; por todas partes Dios Sí, eso era Dios y
así lo había sentido y buscado en tiempos ya remotos, cuando era un muchacho,
siempre que estaba "Dios" y "omnipotencia". ¡Oh, corazón,
no te quiebres de tanta felicidad!
De todos los olvidados pozos de su vida surgían de nuevo un
sinnúmero de recuerdos liberados: su noviazgo, los vestidos que llevara cuando
niño, las mañanas de domingo en su época de estudiante convergiendo todo en
torno a un punto central: la figura de su mujer, su madre, el asesino Wagner,
Teresina. Recordaba pasajes de escritores clásicos y proverbios latinos, que le
habían conmovido cuando era escolar, e ingenuos versos sentimentales de aires
populares. Sentía la muerte de su madre. Todo lo que Jamás percibiera con el
ojo o el oído a través de hombres o libros, con placer o dolor, y que luego
había hundido dentro de sí, parecía haber vuelto a un mismo tiempo, revuelto y
agitado como un torbellino, sin orden, pero lleno de sentido, importante y
significativo; nada, nada se había perdido.
Su estado se convirtió en un tormento, un tormento que no podía
distinguiese de la suprema voluptuosidad. Su corazón latía violentamente, los
ojos se le llenaban de lágrimas. Sentía que se hallaba al borde de la locura,
pero sabia que no enloquecía. Contemplaba esta nueva región del alma que era la
demencia, asombrado y extático como en otro tiempo había mirado al lago, al
cielo: también ahora todo aparecía fantástico, armonioso y lleno de sentido.
Comprendió por que en las creencias de antiquísimos pueblos civilizados la
locura se consideraba sagrada. Lo penetraba todo, todo le hablaba, todo se le
revelaba. ¡No había palabras capaces de expresar todo eso, era absurdo querer
condensarlo y comprenderlo con palabras! Bastaba tener el corazón abierto,
estar dispuesto: entonces podía entrar en nosotros cualquier objeto. y hasta el
mundo entero en interminable desfile como en un arca de Noé, para que uno
pudiera poseerlo, entenderlo. y llegar a confundirse con él.
Una profunda tristeza lo invadió de pronto. ¡Ojalá pudieran
todos los hombres comprender y experimentar lo que él sentía! ¡Oh, Dios mío,
como vivían despreocupados, como se pecaba desenfrenadamente; cómo se sufría
ciega y desesperadamente! ¡Ayer todavía se había indignado contra Teresina!
¡Ayer todavía odiaba a su mujer, acusándola y haciéndola responsable por todo
el sufrimiento de su vida! ¡Cuan triste, cuan estúpido, cuan desconsolado! y
sin embargo, todo era tan sencillo, tan bueno, tan lleno de sentido en cuanto
se lo consideraba desde adentro, en cuando se descubría detrás de cada objeto
la esencia ultima, él, Dios.
Así empezaba un camino hacia nuevos jardines de representaciones
y nuevos bosques de imágenes. Si se dirigía al futuro en este estado de alma,
sentía surgir exuberantes sueños de felicidad,
para él y para todos. No necesitaba lamentar, ni acusar, ni
condenar su vida pasada, sorda y corrompida, sino renovarla y transformarla en
lo contrario, para que adquiera nuevo sentido, y se llenara de alegría, de
bondad y de amor. La gracia que había recibido tenía que reflejarse y actuar en
otros. Recordó versículos de la Biblia y todo lo ' que había de santos y
piadosos elegidos. Con todos había sucedido lo mismo. Todos habían llegado a la
conversión e iluminación como él, a través de caminos ásperos y tenebrosos, con
cobardía y angustioso temor. "En el mundo tenéis miedo", había dicho
Jesús a sus discípulos. Pero el que supero el miedo no sirve mas en el mundo,
sino en Dios, en el reino eterno.
Así lo habían enseñado todos los sabios del mundo, Buda y
Schopenhauer jesús y los griegos. Existía solo una sabiduría, solo una fe, solo
una filosofía: el saber de Dios en nosotros. ¡Cuan torcido y falso era todo lo
que se enseñaba en las escuelas, en las iglesias, en los libros y en las
ciencias!
El espíritu de Klein volaba serenamente por las regiones de su
mundo interior, de su saber, de su cultura. También aquí como en su vida
exterior, había bienes y tesoros y fuentes de sabiduría, pero todo aislado,
muerto, sin valor. Ahora, bajo la luz del saber, surgía del caos el orden, el
sentido y la forma; empezaba la creación, la síntesis vital, la armonía entre
(os opuestos. Las sentencias nacidas del espíritu de contemplación se hacían
evidentes y comprensibles, lo oscuro se aclaraba; hasta la tabla de multiplicar
se convertía en un credo místico. También ese mundo interior hallábase
vivificado y ardiente de amor. Las obras de arte que amara en sus años mozos
volvían con nuevo hechizo. Vio que el mágico misterio del arte se abría con la
misma llave. El arte no era sino la contemplación del mundo en el estado de
gracia y de iluminación; el arte revelaba a Dios detrás de cada objeto.
Con el alma encendida Klein vagaba extasía do por el mundo.
Cada árbol participaba de un hechizo, levantando sus ramas con
mas gracia el cielo, o colgando mas suavemente hacia la tierra, todo era
símbolo y revelación. Sombras de nubes, violáceas y transparentes se perseguían
en la superficie del lago, estremeciéndose en dulce ternura. Cada piedra yacía
llena de sentido al lado de su sombra. Tan hermoso y profundo, tan sagrado y
digno de amor le parecía el mundo, como nunca antes lo fuera, salvo quizás en
los años impregnados de misterio y leyendas, de la primera infancia. "Si
no volveréis a ser como los niños..." y pensó: yo he vuelto a la niñez, he
entrado en el reino de los cielos.
Cuando empezó a sentir cansancio y hambre se encontraba lejos de
la ciudad. Entonces recordó de donde venia, todo lo sucedido, y que se había
separado de Teresina sin despedirse. En el próximo pueblo busco una posada. Lo
atrajo una pequeña y rústica cantina con una mesa de madera clavada en el suelo
en medio de un jardincito, bajo la sombra de un cerezo. Pidió comida, pero solo
había pan
y vino. Pidió una sopa, o huevos, o jamón. No, ahí no había nada
de eso. Nadie comía allí esas cosas en tiempos de carestía. Trató primero con
la posadera, luego con una abuelita, que zurcía ropa sentada en el umbral de
piedra de la casa. Se sentó en el jardín, debajo del árbol de espesas sombras,
a comer pan y fuente vino tinto. En la quinta vecina, ocultas detrás del
follaje de la viña y de las ropas tendidas, oyó cantar dos voces de muchachas.
De repente una palabra le sacudió en lo mas intimo sin que pudiera retenerla y
se repitió luego en el segundo verso: era el nombre de Teresina. La canción, un
estribillo semicómico, hablaba de una Teresina. Ahora pudo entender:
"la sua mamma alla fínestra
Con una voce serpentina:
viene a casa, o Teresina,
Lasc'andar quel traditor!
¡Teresina! ¡Cómo la amaba! ¡Cuan divino era poder amar!
Apoyó la cabeza en la mesa, dormitando. Durmiendo y despertando
varias veces llego la noche. La posadera se paro frente a la mesa, pidió otro
tazón de vino y le pregunto por aquella canción. Ella contestó amablemente,
trajo el vino y se quedo mirándolo. El se hizo recitar toda la canción; sobre
todo le gusto la estrofa,
lo non sonó un traditore
E en memo lusinghero,
lo sono filio d 'un ricco signore,
Sono venuto per fare l' amore. (1)
1 yo no soy traidor - ni tampoco engañador - soy hijo de un rico
señor - y he venido a hacer el amor.
La posadera le dijo que ahora podría servirle una sopa, pues de
todos modos iba a cocinar para el marido que no tardaría en llegar.
Comió sopa de verdura con pan. y cuando llegó el posadero los
últimos rayos del sol ya se apagaban rojizos sobre los grises techos de piedra.
Pregunto si tenían una pieza disponible y le ofrecieron una especie de celda
con toscos muros de ladrillos desnudos. La acepto. Jamás había dormido en un
cuarto como aquel. Le parecía una guarida de ladrones de algún drama. Atravesó
el pueblo sumido en 'a Penumbra; en un pequeño almacén encontró chocolate y lo
distribuyo entre los niños, que llenaban las calles en enjambres. Los chicos lo
seguían; los padres le saludaban; todos le deseaban buenas noches; él
contestaba a todos, saludaba a todos, viejos y jóvenes,
sentados en el umbral y en los escalones de sus casas.
Pensaba con placer en un cuartucho, ese primitivo refugio mas
parecido a una cueva, donde la cal se despegaba de los muros grisáceos, en los
que no colgaba ningún objeto superfluo, ni cuadros, ni espejos, ni cortinados,
ni adorno alguno. Iba por el pueblo envuelto en la luz crepuscular como en una
mágica aventura; todo resplandecería, todo hablaba de secretas promesas.
Al volver a la hostería, entrevió en la sala de huéspedes,
oscura y vacía, una rendija de luz, y siguiendo esa dirección, llego a la
cocina. Esta se le apareció como una caverna de los cuentos de hada; una luz
escasa y débil se reflejaba en el piso de piedras rojas, perdiéndose en una
cálida y espesa penumbra antes de alcanzar las paredes y el techo, mientras la
negrísima y enorme chimenea colgante era como una fuente inagotable de
tinieblas.
La posadera y la abuelita estaban sentadas juntas, pequeñas y
débiles, con las manos apoyadas en las rodillas, acurrucadas sobre bajos y
humildes banquitos. La mujer más joven lloraba. Nadie prestó atención al recién
llegado. Se sentó en el borde de una mesa, al lado de unos restos de verduras,
entre los que brillaba un cuchillo de estaño sin filo; en las paredes
reverberaban, reflejando la luz, ollas de cobre rojizo. La mujer lloraba y la
anciana le hablaba cuchicheando, en su dialecto; poco a poco entendió que había
ido de nuevo. Klein pregunto a la mujer si el hombre se había pegado, pero no
recibió contestación. Sin darse cuenta empezó a consolarla. Le dijo que el
hombre sin duda regresaría.
-Hoy no, y quizás mañana tampoco -replicó la mujer en tono
cortante.
Él renunció a consolarla; la mujer se enderezó un poco; todos
callaban; el llanto se había apagado. La sencillez del acontecimiento que nadie
comentaba le pareció maravillosa. Habían disputado, habían llorado. Pero ya
había pasado y estaban sentadas en silencio, como esperando. La vida seguiría
su camino. Como niños. Como animales. Con tal que no se hablara, que no se
complicara lo sencillo, con tal de no poner al desnudo el alma.
Klein invitó a la abuelita a hervir café para los tres. Las
mujeres se reanimaron, la vieja echo ramas secas y papel en la chimenea, que
empezó a crepitar, brotando pequeñas lenguas de fuego hasta dar llamaradas
amarillas. En el reflejo del fuego chispeante vio el rostro de la posadera,
iluminando desde abajo, un poco triste, pero ya tranquilo. Tenía los ojos fijos
en el fuego, sus labios se entreabrieron en una sonrisa; de pronto se levanto
se dirigió lentamente hacia el grifo y se lavo las manos.
Luego se sentaron los tres a la mesa y bebieron café negro bien
caliente y una ginebra añeja. Las mujeres estaban animadas; hablaban y hacían
mil preguntas, riendo del modo torpe y cómico de expresarse de Klein. A este le
parecía hallarse allí desde hacia mucho. ¡Era extraordinario cuantas cosas le
ocurrían en aquellos días! Largos periodos de tiempo, épocas enteras de vida,
se sucedían en una sola tarde; cada hora llevaba el cargamento vital máximo.
Por momentos asomaban como relámpagos en el horizonte: era miedo de que pudiera
invadirle el cansancio y el agotamiento, acabando con su capacidad de vivir y
secándolo como cuando el sol evapora una gota en la piedra. En esos momentos
fugaces pero frecuentes, en esos extraños momentos de lucidez, contemplaba su
propia existencia, sentía y veía funcionar su cerebro aceleradamente, en un
trabajo centuplicado como un complicadísimo y precioso aparato, como un
delicado mecanismo de relojería, protegido por una campana de vidrio, al que
bastara un corpúsculo de polvo para alterar.
Le refirieron que el posadero invertía su dinero en negocios
pocos seguros, que pasaba mucho tiempo fuera de casa y mantenía relaciones con
otras mujeres. Niños no tenían. Mientras Klein se esforzaba en buscar las
palabras italianas, para preguntas y respuestas sencillas, el delicado
mecanismo de relojería trabajaba incesantemente, mientras la alcancía luchaba
con los bostezos. Luego subió tanteando por la oscura escalera de piedra de
altos peldaños y entro en su cuarto. Encontró agua en una tinaja de arcilla, se
lavo el rostro, echando de menos por un momento el jabón, las pantuflas y el
pijama, y paso todavía un cuarto de hora apoyado en el alféizar de granito de
la ventana; se desvistió luego del todo y se acostó en la dura cama, cuyas
toscas sabanas de lino le encantaron, despertando una oleada de agradables
sensaciones agrestes. ¿Acaso no sería más digno vivir siempre así, entre cuatro
paredes de piedras, sin trastos ridículos de cortinas y adornos, muebles
inútiles y además accesorios exagerados y bárbaros? Un techo para protegerse de
la lluvia, una simple frazada contra el frío, pan y vino, o leche contra el
hambre, el sol de mañana para despertarnos y a la noche la oscuridad para
adormecernos, ¿acaso necesitaba el hombre algo mas?
Pero apenas apago la luz, desaparecieron la casa, el cuarto, el
pueblo. Se hallaba de nuevo a orillas del lago hablando con Teresina,
esforzándose por evocar la conversación de la mañana, sin poder recordar
exactamente lo que dijera, sin saber siquiera si toda la conversación no había
sido un sueño o una alucinación su ya. Pero se sentía muy a gusto envuelto en
las tinieblas, ¡quien sabe donde despertaría mañana!
Un ruido en la puerta le hizo sobresaltar. Alguien oprimía
suavemente el picaporte; un hilo de la luz se dibujo en la pared, vacilando un
instante. Sorprendido y comprendiendo sin embargo en el acto, miro hacia la
luz, sin despertar todavía a la realidad, entonces la puerta se abrió del todo
y apareció la posadera con una linterna en la mano, descalza, muda. Lo observo
con mirada penetrante; él sonrió y le tendió los brazos, profundamente
asombrado, sin pensar en nada. Ella se acercó y su melena negra descanso a su
lado sobre la áspera almohada.
No pronunciaron palabra. Encendido por su beso la atrajo. El
inesperado contacto y calor de un humano en su pecho, el brazo
fuerte y extraño alrededor de su nuca, le conmovieron en forma singular, ¡qué
calor desconocido hasta entonces para él; cuan extraño y dolorosamente nuevo le
resultaba ese cálido contacto; cómo había estado solo, completamente solo,
cuanto tiempo solo!
Abismos y mares de fuego infernales le habían separado de su
prójimo y ahora venia una criatura desconocida, muda, confiada, necesitaba de
consuelo, una mujer abandonada, como había sido él durante años y años un
hombre intimidado y abandonado. y se colgaba de su cuello y ofrecía y daba,
sorbiendo ávidamente la gota de voluptuosidad en su mísera vida, buscando su
boca embriagada y sin embargo tímida, apoyando su mejilla en la su ya, entre
melancólicas y suaves caricias. El se enderezo por sobre su rostro pálido y
beso sus ojos cerrados pensando: ella cree recibir y no sabe cuanto regala,
busca en mi refugio a su soledad y no sospecha la mía. La veía solo ahora,
después de pasar la velada en la cocina, ciego a su lado. Vio que tenía manos y
dedos finos y largos, hombros hermosos, un rostro en que había mezclados, temor
al destino y una ciega sed infantil y que poseía un conocimiento un tanto
temeroso de pequeños y dulces senderos y practicas ternuras.
También se dio cuenta - y esto lo afligió- de que él seguía
siendo un muchacho, un principiante, en el amor, resignado en su larga e
insípida vida conyugal, tímido y a un tiempo sin inocencia, sensual y agobiado
por sentimientos de culpa. y mientras unía su boca ardiente a la boca y a los
senos de la mujer, mientras percibía su mano cariñosa y casi maternal sobre sus
cabellos, presintió la desilusión y la amarga, sintió que volvía la antigua
angustia y que lo atravesaba, como un helado cuchillo, la idea de que en el
fondo de su ser no fuera apto el amor, que el amor solo pudiera acarrearle
tormentos y malignos hechizos. Antes que se apagaba el breve vértigo de
voluptuosidad, asomaron en su alma el desconcierto y la desconfianza y una
repulsión y casi náuseas por haber sido tomado, en lugar de tomar y conquistar
él mismo.
ya se había ido la mujer sin hacer ruido, llevándose su vela.
Klein quedo a oscuras y en medio de la saciedad momentánea llego lo que ya
previera hacia horas en los relámpagos precursores: el temido instante en que
la música inmensamente rica de su vida no encontrase mas que notas cansadas y
desafinadas, pagando con cansancio y miedo los infinitos sentimientos de
placer. Con el corazón palpitante sentía todos los enemigos en acecho, el
insomnio, la depresión, las pesadillas. El áspero lino le ardía en la piel; por
la ventana entraba la noche lívida. No, no le seria posible permanecer allí y
resistir inerme los sufrimientos que le esperaban. ¡Le acometía de nuevo el
terror y la culpabilidad, la tristeza y la desesperación! ¡Volvía todo lo que
ya superara, todo lo pasado! No, no existía la liberación.
Se vistió deprisa, a oscuras; busco sus zapatos polvorientos
ante la puerta, bajo a hurtadillas y salió de la casa, corriendo desesperado
con sus piernas cansadas, temblorosas por el pueblo nocturno, despreciado por
sí mismo, perseguido por sí mismo, odiado por sí mismo.
IV
Jadeante y desesperado, Klein luchaba con su demonio. Todo lo
nuevo, todo el conocimiento y la liberación que le habían traído los últimos
días fatales, se había concretado en el embriagador torrente de pensamientos y
vivencias del día anterior, formando una ola en cuyas alturas creyó afirmarse
en el instante mismo en que empezaba a descender de ellas. Ahora estaba de
nuevo muy abajo, en el valle, lleno de sombras luchando todavía, con una
secreta esperanza, pero profundamente herido. Durante un día, un breve oía
brillante, había logrado practicar el sencillo arte de vivir como las flores
del campo. Durante un pobre día se había amado a sí mismo, se había sentido
unidad y totalidad armónica, amándose a sí mismo había amado en su persona al
mundo y a Dios, y por doquier había encontrado amor, seguridad, alegría. Si
ayer le hubiera asaltado un bandido, o arrastrado un policía, solo le había
inspirado confianza, concreto, armonía consigo mismo. y ahora, en medio de la
felicidad había vuelto a caer, era de nuevo pequeño y débil. Se juzgaba a sí
mismo, aunque en el fondo sabía que todo juicio es falso e insensato. El mundo
que durante un espléndido día había sido transparente y penetrado por Dios se
le antojaba nuevamente duro y penoso; cada objeto tenia su propio sentido y
cada sentido estaba en contradicción y oposición con los otros. La exaltación
resultaba solo en estado de animo pasajero, el asunto con Teresina una ilusión,
y la ventura en la hostería una historia equivoca y dudosa.
Ahora sabía que esa angustia sofocante desaparecería solo cuando
no se censura a sí mismo, cuando no se criticara y no atormentara sus heridas.
Sabia que todo el dolor, todo lo insensato y lo malo se transformaban en lo
contrario en cuanto los consideraba como Dios, si los examinaba hasta sus más
profundas raíces, que iban mas allá del sufrimiento y del bienestar, mas allá
del bien y del mal. Pero no había ningún remedio, el espíritu maligno lo
dominaba y Dios era nuevamente una bella palabra lejana. Se odiaba y se
despreciaba y ese odio le acometía contra su voluntad y tan inevitablemente
como en otros momentos el amor y la confianza. ¡ y así sucedía siempre!
Volvían obsesivamente todos los amargos pensamientos que ya le
eran familiar desde hacia tiempo, preocupaciones inútiles, temores inútiles,
autoacusaciones inútiles, cu ya insensatez compren día, sufriendo cada vez mas
que ello. Volvió a su mente la siniestra imagen suicida de su viaje (a él le
parecía que habían transcurrido ya meses enteros): ¡que alivio seria
precipitarse de cabeza debajo de un tren! Se perdió en esa idea, aspirándola
ávidamente como si fuera éter: ¡lanzado de cabeza y luego destrozado en
infinitos fragmentos,. arrollado por las ruedas y convertido en polvo! Su dolor
se aferraba y hurgaba en estas visiones, escuchaba, veía y saboreaba el
aniquilamiento completo de Federico Klein, sentía su corazón y su cerebro
desgarrados, salpicados y pisoteados, estrellado su doliente cráneo, salidos de
las órbitas sus doloridos ojos, el hígado aplastado, los cabellos cortados, los
huesos, las rodillas y el mentón pulverizados. Eso debía haber deseado Wagner
cuando ahogo en sangre a su mejor, a sus niños y a sí mismo. ¡Si, eso era!
¡Cómo lo comprendía! El mismo era Wagner, un hombre de buenas disposiciones,
capaz de sentir lo divino y capaz de amar, pero sobrecargado e indeciso en
exceso; demasiado propenso al cansancio y demasiado enterado de sus defectos y
debilidades. ¿Que diablos tenía que hacer en el mundo un hombre como él, un
Wagner, un Klein? Siempre abierto a sus ojos el abismo que lo separaba de Dios,
sintiendo siempre en su propio corazón el desgarramiento del mundo, cansado y
agotado por los eternos y vanos esfuerzos por levantarse hada Dios, que
acababan siempre en desesperadas recaídas. ¿Que otro remedio le quedaba a un
Wagner, a un Klein que el de eliminarse a sí mismo, a su persona y a todo lo
que pudiera recordarla; volver de nuevo al negro regazo de la tierra, del cal
un poder inconcebible hacía surgir en continua serie, el mundo pasajero de las
formas? ¡ No, no existía otra posibilidad! ¡Wagner tenía que irse, Wagner tenía
que morir, Wagner tenía que borrarse del libro de la vida! Quizás fuera inútil
matarse, quizás fuera ridículo. Quizás fuera justo lo que decían del suicidio
los burgueses en su lejano mundo. ¿Pero acaso para un hombre en ese estado
existía siquiera una coso que no fuera inútil, que no fuera ridícula? No, nada.
Era mil veces mejor tirarse de cabeza debajo de las ruedas, sentir estrellares
el cráneo y hundirse voluntariamente en el abismo.
Con las rodillas temblorosas caminaba hora tras hora, sin
descanso. Paso un rato tendido en las vías de un ferrocarril, a cu yo cruce
llegara casualmente; hasta dormito un poco con la cabeza sobre el hierro frío;
despertó olvidado de sus intenciones, se levanto y continuo a andar
tambaleando, con los pies doloridos y el cráneo atormentado, tropezando y
cayendo de vez en cuando, ora herido por una espina, ora liviano sobre alas;
ora luchando a cada paso.
-¡El diablo me esta madurando!- cantaba con vos ronca en la
noche- ¡ser asado en el colmo de los tormentos, hasta tostarse a punto; madurar
como el carozo en el durazno, para poder morir!
Una centella brilló en la oscuridad de su cerebro y a ella se
aferró con toda la vehemencia de su alma desgarrada. Era una idea: la idea
inútil de matarse, de matarse en ese momento, de que no tenía sentido
destrozarse, desgarrarse en fragmentos. En cambio, ¡qué bueno era sufrir para
redimirse, fermentar entre tormentos y lagrimas forjarse entre golpes y
dolores! Entonces le estaría permitido morir, entonces si que la muerte seria
buena, hermosa y llena de sentido, la cosa más dichosa del mundo, más dichosa
que una noche de amor, apagados los ardores volvería en completa entrega al
seno de la madre, para extinguiese, libertarse, nacer de nuevo. Solo una muerte
así, tenía sentido, era una liberación, era un regreso. Una infinita nostalgia
sollozó en su corazón. ¿Dónde estaba el sendero estrecho y difícil, donde
estaba la puerta?
Cuando el cielo comenzó a aclarar y el plúmbeo lago despertó con
los primeros reflejos fríos de plata, el pobre perseguido se halló en un
bosquecillo de castaños muy altos por encima de la ciudad y del lago, entre
helechos y largas enredaderas en flor, húmedas de rocío. Con ojos inexpresivos,
pero sonriendo, miraba el mundo maravilloso. Había llegado al fin de su
extravío anímico; estaba tan cansado que su alma angustiada callaba. ¡ y sobre
todo, la noche había pasado! ¡ Había ganado una lucha, superado un peligro!
Extenuado se desplomo como un muerto entre los helechos y las raíces, con la
cabeza sobre las plantas de mirtilos mientras el mundo se desvanecía ante sus
sentidos. Con los puños cerrados en la hierba, el pecho y la cabeza en la
tierra, se entrego abriendo el sueño, como si fuera el último de su vida.
En un sueño del que luego recordó partes aisladas, vio una
puerta que parecía la entrada de un teatro, en la que colgaba un cartel con
gigantescas letras: decía Lohengrin o Wagner, no era muy claro. Entro. Adentro
había una mujer que se parecía a la posadera de la noche anterior, pero también
su esposa. Su cabeza era deforme y su rostro también estaba desfigurado en una
horrenda mascara. Le invadió una inmensa aversión y Le hundió el cuchillo en el
vientre. Pero detrás de ella como imagen surgida de un espejo, apareció otra
mujer para vengarla y le clavo en el cuello sus garras fuertes y afiladas
tratando de estrangularlo.
Al despertar de esta sueño profundo advirtió sorprendido el
ramaje sobre su cabeza, y aun cuando tuviese los miembros tiesos por el duro
lecho, se sintió sin embargo descansado. Todavía vibraba en él con ligera
angustia el sueño de la noche. ¡Que extraños, ingenuos y primitivos juegos de
la fantasía! -Pensó, sonriendo por un momento, al recordar el portal con la
invitación a entrar en el teatro Wagner. ¡Que ocurrencia representar así su
relación con Wagner! Un sueño rudo pero genial. Siempre daba en el clavo. ¡ y
parecía saberlo todo! ¿Acaso el teatro Wagner no era el mismo?, ¿ese cartel no
era acaso la invitación a introducirse dentro de sí, en la región inexplorada
de su verdadero ser? Wagner era él mismo, Wagner era el asesino y perseguido
dentro de él, pero Wagner era también el compositor, el artista, el genio, el
seductor, la inclinación a la vida alegre, a los placeres de los sentidos, al
lujo; Wagner era el nombre colectivo para todo lo reprimido, para todo lo
insatisfecho en el ex empleado Federico Klein, y Lohengrin, ¿acaso Lohengrin no
era el mismo, Lohengrin, el caballero andante, con una meta misteriosa, el
caballero que a nadie puede revelar su nombre?
Al evocar la mujer y el cuchillo vio por momentos frente a sí su
dormitorio conyugal. Entonces tuvo que pensar en los niños: ¡cómo había podido
olvidarlos! Recordó cuando a la mañana se bajaban de sus camitas, envueltos en
sus diminutas camisas. Tuvo que pensar en sus nombres, sobre todo en Elly, ¡Oh,
los niños! Las lagrimas corrían lentamente por su rostro trasnochado. Movió la
cabeza, se levanto con cierto esfuerzo y comenzó a sacudir las hojas
desconocida en sus brazos, su fuga, su desesperada caminata. Observaba ese
pequeño y alterado capitulo de su vida como un enfermo mira su mano carcomida o
el eczema en su pierna.
Con serena tristeza, todavía las lagrimas brotando de sus ojos,
murmuro quedamente:
-Dios mío, ¿qué te propones conmigo? Entre todos los
pensamientos de la noche, solo había quedado el nostálgico anhelo de madurar,
de regresar al eterno regazo, de ser digno de morir. ¿Cuan largo seria el
camino? ¿Estaría la patria aun muy lejana? ¿Cuantos sufrimientos indecibles
tendría que pasar aun? Se sentía preparado, se entregaba, su corazón estaba
dispuesto: ¡Oh destino, espero tus golpes!
Bajó lentamente los prados y viñedos hacia la ciudad. Se dirigió
a su hotel, se lavo, se peino y cambio de ropa. Fue a comer, bebió un poco de
buen vino y sintió aflojarse agradablemente el cansancio en (os miembros
entumecidos. Pregunto a que hora había danza en el casino y fue para el té de
la tarde.
Cuando entro, Teresina estaba bailando. Vio de nuevo en su
rostro singular sonrisa extasiada y se alegro. Cuando regreso a su mesa y se
sentó a su lado.
-Quisiera invitarla para ir conmigo a Castiglione esta noche -
dijo en voz baja.
Ella reflexionó.
-¿Tiene que ser hoy? -Preguntó luego-. ¿Es tan importante?
-Puedo esperar, pero me angustiaría. ¿Dónde puedo ir a buscarla?
Ella no se resistió a la invitación, dejo que una sonrisa
infantil y de rara hermosura vagara un instante por su rostro receloso y
solitario, semejante a un alegre trozo de empapelado que cuelga en la ultima
pared de una casa quemada y desmoronada.
-¿Dónde estuvo? -Le preguntó curiosa-. Ayer desapareció tan de
repente... Cada vez tiene usted un rostro distinto, hoy también. ¿No será usted
morfinómano?
Él sonrió con una sonrisa amable y distante, que confería un
acento juvenil a su boca y su mente, mientras la fuente y los ojos seguían
rodeados por su corona de espinas.
-Venga por favor a las nueve al restaurante del Hotel Explanade.
Me parece que a las nueve sale una lancha. Pero dígame que hizo ayer.
-Creo que paseé todo el día y también toda la noche. Tuve que
consolar una mujer en un pueblo porque su marido se había escapado. Además, me
empeñe en aprender unas estrofas en italiano que hablan de una Teresina.
-¿Que canción?
-Empieza: Su in cima di quel boschetto,
-Dios mío, ¿ ya conoce usted también esta canción callejera? Si,
es un canto en boga entre las costureras.
- yo lo encuentro muy lindo.
-¿ y también consoló a una mujer?
-Sí, estaba triste porque su marido la había abandonado y porque
Le era infiel.
-¿Ah, sí? ¿Cómo la consoló?
-Vino a mi cuarto para no estar sola. yo la bese y ella se
acostó conmigo.
-¿Era linda?
-No sé, no la miré bien. ¡No, no se ría, no se ría de esto! Fue
algo triste.
Con todo, ella se río.
-¡Que raro es usted! y no cabe duda que no durmió ni un poco.
Así parece por su aspecto.
-Oh, sí, he dormido varias horas en un bosque ahí arriba.
Ella siguió la dirección de su dedo que señalaba el techo y río
muy fuerte.
-¿En una posada?
-No, en el bosque. Entre los mirtilos. ya están casi maduros.
-¿Que extravagante ahora tengo que bailar? El director me llama.
¡Venga, Claudio!
El hermoso bailarín ya estaba detrás de su silla. Comenzó la
música. Terminada la danza, Klein se fue.
A la noche siguiente fue a buscarla puntuosamente y se alegró de
haberse puesto el smoking, pues Teresina llevaba un vestido de fiesta color
violeta con muchos encajes. Parecía una princesa.
En la playa no condujo a Teresina a la lancha del casino. Si no
a un lindo bote particular, que había alquilado para la noche. En la cabina
semiabierta había frazadas para Teresina y flores. Con una curva agudísima la
lancha veloz atravesó el puerto resoplando y alcanzo las aguas extensas del
lago.
ya afuera, envueltos en silencio y tinieblas, Klein dijo:
-Teresina, ¿no le parece una lastima ir allí entre la gente? Si
quiere seguimos viaje sin meta, todo el tiempo que nos guste o nos vamos a un
lindo y tranquilo pueblecito donde beberemos vino y escucharemos a las
muchachas cantando. ¿Que Le parece?
Ella no contestó. Él advirtió la desilusión en su rostro y río.
-Bueno, perdóneme, fue tan solo una idea. Quiero que esté
contenta y se divierta como Le guste. No tengo otro programa. Dentro de diez
minutos estaremos allí.
-¿No le interesa absolutamente el juego? -Preguntó ella.
-Veré, tengo que probar antes. No veo muy claro su significado.
Se puede ganar o perder dinero. Creo que existen emociones más fuertes.
-El dinero por el cual se juega no es meramente dinero. Es un
símbolo que cambia de sentido para cada uno; no se gana o se pierde dinero,
sino los deseos y los sueños que este representa. Para mí, significa la
libertad. Cuando tenga dinero nadie podrá mandarme. Podré vivir como quiero.
Bailar cuando, donde y para quien quiera. Viajar adonde quiera.
-¡Que niña es usted, querida muchacha! -La interrumpió él-. Esa
libertad no existe sino en sus deseos. Cuando mañana sea usted rica, libre e
independiente, quizás se enamore de un tipo que Le quite el dinero o Le corte
el pescuezo una noche.
-¡No diga cosas tan horrendas! Decía que cuando sea rica, quizás
viva mas sencillamente que ahora, pero Le haré por mi gusto, voluntariamente y
sin obligación. ¡Odio cualquier coacción! Cuando apuesto mi dinero, en cada
perdida y en cada ganancia participan todo mis deseos, me juego todo lo que
ansío y que para mí posee un valor. y eso me hace experimentar una emoción poco
común.
Mientras hablaba, Klein la miraba no prestando mucha atención a
sus palabras. Sin darse cuenta comparaba el rostro de Teresina con el de la
mujer con que soñara en el bosque.
Sólo al entrar la lancha en la ensenada de Castiglione,
comprendió que pensaba en eso, pues la vista de la chapa iluminada con el
nombre del lugar evoco violentamente en él el recuerdo de la chapa de su sueño,
con la palabra Lohengrin o Wagner. Se asemejaba a esta, el mismo tamaño de un
gris blancuzco, fuertemente iluminada. ¿Era este el escenario que Le esperaba?
¿Hallaría allí a Wagner? Ahora encontró un parecido entre Teresina y la mujer
del sueño, mejor dicho las mujeres del sueño, una de las cuales él había matado
de una cuchillada, mientras la otra se estrangulaba con sus garras. Se
estremeció horrorizado. ¿Que relación había en todo esto? ¿De nuevo Le guiaban
espíritus desconocidos? ¿ y adonde? ¿ Hacia Wagner? ¿ Al asesino? ¿A la muerte?
Al apearse, Teresina se apoyó en su brazo y tomados del brazo
atravesaron el pintoresco alboroto de los botes amarrados y cruzaron el pueblo
hasta el casino. Todo presentaba ese brillo de irrealidad mitad atrayente y
mitad monótono, propio de las reuniones de codiciosos jugadores cuando se
efectúan en lugares perdidos en medio de tranquilos paisajes. Las casas eran
demasiado grandes y demasiado nuevas, la luz demasiado abundante, las salas
demasiado suntuosas nuevas, la gente demasiado vivaz. El pequeño y tupido
enjambre de hombres ansiosos y satisfechos se apretujaba miedoso entre los
enormes y oscuros perfiles de los montes y el amplio lago apacible como si no
sintiera seguro ni por una hora de su existencia, como si en cualquier momento
pudiera sucederle algo que lo barriera de la tierra. Desde las salas donde se
comía y bebía champaña, llegaban dulces y ardientes notas de violín; en los
escalones entre palmeras y fuentes de agua, resplandecían macetas flores y
vestidos de mujeres; pálidos rostros de hombres en elegante traje de etiqueta,
lacayos de libreas azules con botones dorados, presurosos, solícitos y
experimentados; mujeres perfumadas de pálidos y ardientes rostros meridionales,
hermosos y enfermizos; vigorosas mujeres nórdicas, frescas, enérgicas y seguras
de sí, y viejos señores que parecían salidos de ilustraciones de libros e
Turguenief y de Fontane.
Apenas entraron en las salas, Klein se sintió molesto y cansado.
En el gran salón de la rutera sacó del bolsillo dos billetes de mil.
-¿ Y ahora qué haremos? -preguntó-. ¿Jugaremos en común?
-No, no, no tiene gracia. Cada uno por su cuenta.
Él le dio un billete de mil y le pidió que lo guiara. Al rato se
hallaron frente a una mesa de juego; Klein puso su billete en un numero, la
rueda comenzó a girar. El no tendría nada, solo vio que su apuesta desaparecía
bajo un rastrillo. "Eso no demora", pensó contento. y se dio vuelta
para sonreírle a Teresina. Pero ella ya no estaba a su lado. La vio en otra
mesa: cambiaba su dinero. Se Le acerco. Parecía reflexionar, preocupada y muy
atareada como una ama de casa.
La siguió hasta una mesa de juego y se quedo a mirar. Conocía
bien el juego y prestaba mucha atención. Apostaba sumas pequeñas, nunca mas de
cincuenta francos por vez, ora en un numero, ora en otro. Gano algunas veces,
guardó los billetes en el bolso con perlas y saco otros billetes.
-¿Cómo anda eso? -Intercaló él-
Ella se mostró irritada por la interrupción.
-¡Oh, déjeme jugar yo lo haré bien.
Al rato cambió de mesa; él la siguió sin que ella lo notara.
Como estaba muy ocupada y no necesitaba su ayuda, se acomodo en un sillón de
cuero junto a la pared. La soledad Le rodeo de nuevo. Se abandonó a sus
meditaciones acerca del sueño. Era muy importante comprenderlo. Acaso no
volviera ya a tener otros sueños como aquel; quizás, igual que en los cuentos
de hadas, fueran advertencias de buenos espíritus: avisaban dos o tres veces,
pero si se permanecía sordo, el destino seguí su curso y ningún poder amigo
intervenía ya para detener la rueda. De cuando en cuando buscaba con la vista
Teresina, la veía parada junto a una mesa o sentada; su cabello rubio y claro
brillaba entre los fracs.
-¡Cuánto tiempo le alcanzan los francos! -pensó aburrido-; yo lo
hice más ligero.
Una vez Le saludo con un signo de cabeza. Otra vez, después de
una hora, vino hacia él, Le encontró abismado y ausente y apoyo la mano en el
brazo.
-¿Qué hace? ¿No juega?
- ya jugué.
-¿Ha perdido?
-Sí. ¡Oh, era poca cosa!
- yo he ganado algo, tome de mi dinero.
-Gracias, hoy no juego más. ¿Esta contenta?
-Sí, es muy lindo. Bueno, ahora lo dejo. ¿O quiere irse ya a
casa?
Volvió al juego; él veía brillar su cabello aquí y allí entre
los hombros de los jugadores. Le llevo una copa de champaña y bebió él también.
Luego se sentó de nuevo en el sillón de cuero junto a la pared.
¿Cómo eran las dos mujeres de su sueño? Se parecían a su esposa
y también a la mujer dé la posada y a Teresina. No conocía a otras mujeres
desde hacia años. A una la había apuñalado, presa de horror por su rostro
deforme e hinchado. Pero la otra lo había atacado por atrás para estrangularlo.
¿De que se trata? ¿Tenía aquello un significado? ¿Habría herido él a su mujer o
ella a él? ¿Parecía por culpa de ella o ella por él? ¿No podía amar a una mujer
sin herirla o sin ser herido por ella? ¿Era una maldición? ¿O era algo general?
¿Les sucedería a todos lo mismo? ¿Todo amor era así?
¿Qué era lo que le unía a la bailarina? ¿Acaso el hecho de
amarla? Había amado a muchas mujeres que nunca se habían enterado de ello. ¿Que
relación existía entre él y esa muchacha que practicaba el juego como un
negocio serio? ¡Cuan infantil era en su entusiasmo, en sus esperanzas; que
sana, ingenua y hambrienta de vida! ¡Sin duda no Le comprendería si conociera
su nostalgia mas intimas, el deseo de morir, el ansia de extinguiese, de
regresar al seno de Dios! Quizás muy pronto Le amaría, quizás viviría con él.
¿Pero seria eso distinto de (a vida con su mujer? ¿No estaría siempre y
eternamente solo con sus pensamientos mas íntimos?
Teresina le interrumpió en sus reflexiones. Se paro frente a él
y Le dio un atado de billetes.
- Guárdeme esto, por favor.
Después de un rato, no sabia si breve o largo, regreso y pidió
de nuevo el dinero.
"Está perdiendo", pensó, "¡Gracias a Dios! ¡Ojalá
termine pronto!"
Poco después de medianoche vino satisfecha y un poco acalorada.
- ya terminé. Pobre, de seguro esta cansado. ¿No vamos a comer
algo antes de regresar?
Comieron en un comedor huevos con jamón y fruta y bebieron
champaña. Klein se despabilo y se reanimo. La bailarina esta transformada,
contenta y dulcemente ebria. Tenía conciencia de su belleza; y sabia que
llevaba hermosos vestidos; sentía las miradas de los hombres que la admiraban
desde las mesas vecinas y también Klein sentía esta transformación, la veía de
nuevo rodeada de gracia v encantador hechizo, oyó de nuevo en su voz el eco
provocativo de la sexualidad, vio de nuevo sus manos blancas y su cuello
perlado sobresalir de entre los encajes.
-¿Al final ganó mucho? -Le preguntó riendo.
-Más o menos; todavía no es el premio gordo. Cerca de cinco mil
francos.
-Bueno, no está mal para empezar.
-Naturalmente continuaré la próxima vez. Pero no es eso lo que
yo quiero. Tendría que venir todo junto, no gota a gota.
El quiso decirle: entonces tampoco debería apostar gota a gota,
sino todo junto", pero no lo dijo y brindo con ella por su gran suerte y
no y continuo charlando.
¡Que hermosa era, que sana y sencilla en su alegría! Una hora
antes estaba en las mesas de juego, severa, preocupada, arrugada, egoísta y
calculadora. Ahora parecía como si Jamás Le hubiera afectado una preocupación,
como si ignorara el dinero, el juego, los negocios, como si solo conociera la
alegría, el lujo y el tranquilo deslizarse en la centelleante superficie de la
vida. ¿Era autentico y verdadero todo eso? ¿Acaso no reía él también, no se
divertía, no solicitaba placer y amor a unos ojos serenos? y sin embargo,
dentro de él había otro que no creía en todo eso, que lo abrevaba con confianza
y sarcasmo.¿A todos los hombres les pasaría lo mismo? Era tan poco lo que se
sabía del hombre, tan desesperadamente poco.
Cientos de fechas de ridículas batallas y nombres de ridículos
viejos reyes se aparecían en las escuelas, y todos los días se leían artículos
sobre los impuestos y sobre los Balcanes, ¡pero del hombre no se sabía nada!
Cuando un timbre no tocaba, cuando una estufa echaba humo, cuando se detenía el
engranaje de una máquina, inmediatamente se sabía como buscar las causas, se
investiga con ahínco, se hallaba fácilmente el desperfecto y se sabía como
repararlo. Pero ese algo en nosotros, ese resorte revive, lo único capaz de
experimentar placer y dolor, ansiar y sentir la felicidad, eso era algo
desconocido, de lo cual no se sabía nada, y cuando enfermaba, no tenía
curación. ¿No era eso una locura?
Mientras bebía y reía con Teresina, en otras regiones de su
alma, asomaban, acercándose y alejándose de la conciencia, subiendo y bajando,
problemas y preguntas pareadas. Todo era dudoso, todo flotaba en la
incertidumbre, esa angustia, esa desesperación en medio de la alegría, ese
tener que pensar y tener que preguntar, le ocurría también a otros hombres o
solamente a él, al estrafalario Klein!
Había una cosa en la cual se diferenciaba de Teresina, en la
cual ella era distinta a él, infantil, primitiva y sana. Como todos los hombres
y también él poco tiempo antes, esta muchacha contaba siempre instintivamente
con el futuro, con un mañana y un pasado, con la duración de la existencia. De
lo contrario, ¿cómo hubiera podido jugar y tomar el dinero tan en serio? En eso
sin duda él era distinto. Detrás de cada sentimiento o idea de él sentía
abierta la puerta que conduce a la nada. Por supuesto padecía miedo, miedo a
muchas cosas, a la locura, a la policía, al insomnio y a la muerte. Pero todo
lo que temía lo deseaba y ansiaba al mismo tiempo; estaba lleno de ardiente
nostalgia y curiosidad por el dolor, por el ocaso, por la persecución, la
locura y la muerte.
-¡Qué mundo extraño! -Murmuró, refiriéndose no al mundo que lo
rodeaba, sino a su mundo interior. Abandonaron charlando la sala y el casino, y
llegaron a la pálida luz de las linternas hasta la dormida orilla del fago,
donde tuvieron que despertar al botero. Paso un rato hasta que la lancha pudo
arrancar y los dos esperaron muy juntos, traslados como por arte de
encantamiento desde la suntuosa luminosidad y la multicolor reunión del casino
al negro silencio de la desierta costa nocturna, con la sonrisa aun prendida en
los labios, ya desembriagados por el fresco de la noche, la necesidad del sueño
y el miedo a la soledad. Ambos sentían lo mismo. Sin darse cuenta se tenían de
la mano, sonriendo desorientados y tímidos en la oscuridad, mientras sus dedos
temblorosos jugueteaban sobre la mano y el brazo del otro. Por fin los llamo el
botero, subieron y apenas sentados en la cabina, él atrajo en un arranque
apasionado la grave y rubia cabeza, cubriéndola de una ardiente explosión de
besos.
Resistiéndose entre un abrazo y otro, se enderezo un poquito y
pregunto:
-¿Volveremos pronto aquí?
El sonrió interiormente en medio de su excitación amorosa. Ella
pensaba ante todo en el juego, quería regresar para continuar su negocio.
-Cuando quieras -contestó galante-, mañana y pasado mañana y
todos los días si quieres.
Pero al sentir juguetear los dedos en su nuca, se estremeció al
recuerdo de la horrenda sensación que experimentara en el sueño, cuando la
mujer vengativa Le clavo las uñas en el cuello.
-Ahora ella debiera matarse inesperadamente, eso seria lo justo
-pensó excitado-, oyó a ella.
Rodeando su pecho con palpitante mano rió para sus adentros. No
hubiera podido distinguieren ese instante el dolor del placer. También su deseo
y su sedienta nostalgia por el abrazo de esa hermosa y fuerte mujer, apenas
podía diferenciarse del temor lo ansiaba como el condenado espera impaciente el
suplido. Existían ambos a la vez, el ardiente deseo y la desconocida
melancolía, ambos abrasaban su pecho, ambos temblaban en felicitantes
centellas, ambos deban calor, ambos mataban.
Teresina se sustrajo suavemente a las caricias demasiado
audaces, tomo sus manos, acerco sus ojos a los suyos y murmuro como ausente.
-¿Qué hombre eres? ¿Por qué te amo? ¿Por qué algo me atrae hacia
ti? ya eres viejo y no eres hermoso. ¿Qué me ocurre? Escucha, creo que eres de
veras un delincuente. Dime, ¿no es cierto? ¿No es robado tu dinero?
-¡No hables, Teresina! -Dijo él, tratando de libertarse-. Todo
dinero es robado, toda propiedad es injusta. ¿Acaso tiene importancia? Somos
todos pecadores, somos todos delincuentes. ya por el hecho de vivir.
¿Importase?
-Dios mío, ¿qué es lo que importa? -Replicó ella con una
sacudida de hombros.
-Es importante que apuremos esta copa -dijo Klein despacio-, es
lo único que importa. Quizás no vuelva mas este instante. ¿Quieres venir
conmigo o puedo ir a tu casa?
-Ven conmigo -susurró ella muy abajo-. Te tengo miedo y sin
embargo necesito estar a tu lado. ¡No me digas tu secreto! ¡No quiero saber
nada!
El apagarse del motor la despertó de su ensueño; se levanto
bruscamente, alisándose los vestidos y el pelo. La lancha atraco sin ruido en
el embarcadero, luces de linternas se reflejaban quedabas en el agua negra. Se
apearon.
-¡Mi cartera! -Gritó Teresina cuando hubo hecho diez pasos y
regresó corriendo al embarcadero, saltó al bote, halló sobre el almohadón su
cartera con el dinero, echó algunas monedas de plata al botero que la mirada
desconfiado y regresó a los brazos de Klein, que la esperaba en el muelle.
V
Repentinamente comenzó el verano, transformando al mundo con dos
días de calor; los bosques parecían calurosas, el sol volaba rápidamente por su
ardiente hemiciclo; rápidas y presurosas lo seguían las estrellas; la vida
abrasaba febrilmente; una silenciosa y ávida prisa recorría el mundo.
Llegó una noche en que la danza de Teresina en el casino fue
interrumpida por una violenta e imprevista tempestad. Las luces se apagaron,
rostros extraviados y contraídos aparecían por entre las blancas llamadas de
los relámpagos; las mujeres chillaban, los mozos gritaban, las ventanas se
sacudían ruidosamente con la tormenta.
Klein condujo en seguida a Teresina a la mesa, donde estaba
sentado con el viejo cómico.
-¡Magnífico! -Dijo él-. Vamos ¿No tiene miedo?
-No, no tengo miedo. Pero tu no debes venir conmigo hoy. Van
tres noches que no duermes y tienes un aspecto horrible. Me acompañaras a casa
y luego iras a dormir al hotel. ¡Toma veronal si lo necesitas! Vives como un
suicida.
Se fueron tomados del brazo, Teresina envuelta en el sobretodo
de un mozo, atravesando la calles vacías y desoladas entre tormenta, relámpagos
y sibilantes remolinos de polvo. Sonoros y alegres restallaban en la opulenta
noche los truenos enredados y de pronto se desencadeno la lluvia, salpicando
con fuerza el empedrado, siempre mas intensa y densa entre los sollozos del
espeso follaje estival bajo el violento aguacero.
Empapados y tiritando llegaron a la casa de la bailarina; Klein
no se fue al hotel nadie hablo mas de ello. Reconfortados entraron al
dormitorio, se quitaron riendo los vestidos mojados, mientras la luz cegadora
de los relámpagos detrás de la ventana hería de cuando en cuando sus ojos;
afuera rugía el viento y la lluvia agitándose entre las acacias.
-Todavía no volvimos a Castiglione -dijo Klein irónica mente-
. ¿Cuando iremos?
- ya regresaremos, no te preocupes. ¿Acaso te aburres? Él la
trajo a su lado, ambos estaban como afiebrados y en su abrazo llameaba todavía
el reflejo de la tormenta. Por la ventana penetraba las oleadas el fresco y
húmedo aire, mezclando al amargo perfume de la hojas y al característico olor a
tierra. Después de la lucha amorosa ambos se durmieron profundamente. Su rostro
demacrado yacía junto al rostro losano de ella; su cabello ralo y reseco al
lado de su melena tupida y reluciente. Afuera, en la noche, la tempestad
desencadenaba sus postreros relámpagos. Hasta que fatigada se atenúo,
durmiéndose y cediendo a una apacible lluvia que fluía silenciosa por los
árboles.
Poco después de la una, Klein, que ya no conocía sueño mas
largo, despertó de una pesada y bochornosa maraña de sueños, con la cabeza
confusa y los ojos abiertos, tratando de acordarse donde estaba. Era de noche;
alguien respiraba a su lado; estaba con Teresina. Se enderezó lentamente. Ahora
volvían los tormentos; de nuevo se veía condenado a yacer hora tras hora con el
dolor y la angustia en el corazón, solo, padeciendo sufrimientos inútiles,
cavilando pensamientos y preocupaciones inútiles. Aun bajo el influjo de la
pesadilla que le había despertado, le dominaban todavía pesados sentimientos de
asco y horror, saciedad y desprecio de si mismo. Buscó tanteando el conmutador
y encendió la luz. La fría luminosidad se desparramo por las blancas almohadas,
las sillas llenas de vestidos, y la pared en que se abría el negro hueco de la
ventana. Sobre el rostro inclinado de Teresina caían las sombras; su cabello y
su nuca resplandecían.
Cuantas veces había visto a su mujer tendida a su lado, mientras
él luchaba con el insomnio, envidiando su sueño, sintiéndose casi burlado por
una sana y satisfecha respiración. 'Jamás se estaba tan absolutamente y
completamente abandonado por su prójimo como cuando este dormía! De nuevo, como
en otros momentos, recordó el cuadro de Jesús sufriendo en el jardín de los
Olivos, sofocado
por angustia mortal, mientras sus discípulos dormían y dormían.
Tiró suavemente de la almohada en que yacía la cabeza durmiente
de Teresina. Entonces pudo ver su rostro, tan extraño en el sueño, tan
concentrado, tan lejano. Un hombro y un pecho estaban descubiertos: debajo de
la sabana se levantaba a oída aliento la suave curva de su vientre. ¡Que raro,
pensó, que en las expresiones de amor, en las poesías, en las cartas amorosas,
se hablase siempre de los dulces labios y mejillas y nunca del vientre y de las
piernas! ¡Hipocresía! ¡ nada mas que hipocresía! Contemplo un buen rato a
Teresina. Cuantas veces le fascinaría y seducida aun con ese hermoso vientre,
ese seno y esos blancos, sanos, fuertes y cuidados brazos y piernas; tomaría de
él goce y placer, para descansar y dormir luego, profundamente, sin dolores,
sin temor, satisfecha y sin sospecha, como duerme un sano animal. y él yacería
a su lado insomne, con los nervios crispados y el corazón lleno de angustia.
¿Cuántas veces más? ¿Por cuánto tiempo más? ¡Oh, no, no duraría ya mucho, unas
pocas veces más, quizás nunca más! Se estremeció. Si, si, ahora lo sabía:
¡nunca más!
Gimiéndose oprimió el pulgar en las órbitas, donde entre el ojo
y la frente animaban esos diabólicos dolores. Sin duda también Wagner, también
el maestro Wagner había padecido estos dolores. Si, si, durante años y años
había sufrido esos dolores monstruosos soportándolos y tolerándolos, creyendo
madurar y acercarse a Dios en sus tormentos, en sus inútiles tormentos. Hasta
que un día no pudo soportarlo mas -como también él, Klein. ya no podía
soportarlo mas. ¡ y los dolores eran lo de menos, pero los pensamientos, los
sueños, las pesadillas! y una noche Wagner se había levantado comprendiendo que
no tenía sentido pasar mas noches así, tan llenas de tormento; que no se
acercaba con ello a Dios; y busco el cuchillo. Quizás fuera inútil, quizás
fuera necio y ridículo de parte de Wagner haber matado. Pero el que no conocía
sus tormentos, el que no había sufrido sus penas, no podía comprenderlo.
Hada poco, en un sueño, el también había apuñalado a una mujer
con un cuchillo, porque sus rostro desfigurado le pareció insoportable.
Naturalmente todo rostro amado parecía desfigurado, alterado, cruel e irritante
cuando ya no mentía, cuando callaba, cuando dormía. Entonces uno penetraba
hasta el fondo y no encontraba amor, como tampoco se hallaba amor en el propio
corazón, cuando se hurgaba en lo profundo. Solo había ansia de vivir y miedo, y
solamente por miedo, por un estúpido e infantil miedo al frío, a la soledad, a
la muerte, los hombres se buscaban, se besaban, se abrazaban, apoyaban la mejilla
en la mejilla ajena, la pierna en otra pierna y echaban nuevos seres al mundo.
Así era. Así se había acercado una vez a su mujer. Así, al principio de su
nuevo camino había venido a él la mujer de un posadero descalza y callada en
una desnuda celda de pierna, empujada por el miedo, por el ansia de vivir, por
la necesidad de consuelo. Los mismos motivos le habían arrastrado hacia
Teresina y a ella hacia él. Siempre la misma desilusión, el camino deseo, el
mismo malentendido. y siempre la misma desilusión, el mismo amargo sufriendo.
Se creía estar cerca de Dios y
setenta a una mujer en los brazos. ¡Se creía haber conquistado
la armonía, mientras solo se había descargado la culpa y la infelicidad sobre
un ser futuro! ¡Se tenía a una mujer en los brazos, se besaba su boca, se
acariciaba su pecho y se engendraba con ella un niño, y un día el niño,
alcanzado por el mismo destino, yacería de nuevo así al lado de una mujer, v al
despertar de la embriaguez, miraría con ojos doloridos el fondo del abismo,
maldiciendo al mundo y a la vida! ¡Era insoportable pensar y comprender todo
esto!
Observó atentamente el rostro de la durmiente, su hombro su seno
y su cabellera rubia. Todo esto lo había entusiasmado y engañado, seduciéndole
y permitiéndole placer y felicidad. Ahora se acababa, ahora se saldaban las
cuentas. Había entrado en el teatro Wagner y comprendido por que todo rostro
aparecía tan alterado e insoportable en cuanto se desvanecía la ilusión.
Klein se levantó de la cama y fue en busca de un cuchillo. Al
rozar la silla arrastro al suelo las medias tostadas de Teresina; en ese
instante recordó fugazmente como la viera la primera vez en el parque y como de
su paso, su zapato y su media estirada había emanado el primer atractivo. Río
por lo bajo, casi con maligna satisfacción; tomo los vestidos de Teresina,
palpándolos pieza por pieza y los dejo caer al suelo. Luego siguió buscando,
por momentos olvidado de todo. En la mesa estaba su sombrero, lo tomo en las
manos, completamente ausente, sintió que estaba mojado y se lo puso en la
cabeza. Se detuvo frente a la ventana mirando en la oscuridad, escuchando el
ruido de la lluvia que evocaba cantos de lejanos tiempos pasados. ¿Que querían
de él la ventana, la noche, la lluvia? ¿Que le importaba ese viejo álbum de la
infancia? De pronto se sobresaltó. Tenía un objeto en la mano y lo miraba. Era
un espejo ovalado con un marco de plata, y en él se reflejaba su rostro, el
rostro de Wagner, un rostro contraído de loco, de rasgos devastados y duros,
excavado por profundas sombras. Era singular que le ocurriera ahora mirarse
tantas veces en un espejo, le parecía que antes, durante decenios enteros Jamás
había contemplado su imagen. También eso pertenecía al teatro Wagner.
Se quedó inmóvil observando el vidrio. Ese rostro del antiguo
Federico Klein estaba acabado y desgastado, había cumplido su misión, cada
arruga pedía a gritos su aniquilamiento. Ese rostro tenía que desaparecer,
tenía que ser borrado. Era muy viejo ese rostro, mucha mentira, mucho engaño y
mucho polvo v lluvia habían corrido por él. Una vez había sido liso y hermoso;
él lo había cuidado y amado regocijándose y odiándolo también a menudo. ¿Por
que? ya no podía comprenderlo.
¿Y por que se hallaba ahora de noche en esta pequeña habitación
extraña con un espejo en la mano y un sombrero empapado en la cabeza, como un
pobre bufón? ¿Que le sucedía? ¿Que quería? Se sentó en el borde de la mesa.
¿Que quería? ¿Que buscaba? ¡Si, había buscado algo, algo muy importante! ¡Ah,
sí! Un cuchillo. Violentamente sacudido saltó y corrió a la cama. ¡Se inclinó
sobre ella, donde yacía la muchacha dormida entre sus rubios cabellos
desparramados por la almohada! ¡Aun vivía! ¡Todavía no lo había hecho! El
horror heló sus miembros. ¡Dios mío, ahora había llegado a ese punto! Ahora
ocurriría lo que siempre y siempre presintiera en sus horas mas terribles.
¡Ahora él, Wagner, estaba junto a la cama de una mujer dormida y buscaba un
cuchillo! No, no quería. No, no estaba loco. ¡Gracias a Dios no estaba loco!
¡Oh, ahora todo se arreglaría.
Cuando quiso acercase de nuevo a la cama, sintió algo blando
debajo de sus pies. Era la ropa de Teresina, las medias, el vestido gris perla.
Los levanto cuidadosamente y los colgó en la silla.
Luego apagó la luz y salió del cuarto. En la calle la lluvia
goteaba silenciosa y fresca, ni una luz, ni un hombre, ni un ruido; solamente
la lluvia. Levanto la cabeza dejando que el agua le mojara la frente y las
mejillas. No se veía ni un pedazo de cielo. ¡Que negro estaba todo! ¡Cómo le
hubiera gustado ver una estrella!
Atravesó tranquilo las calles, empapándose en la lluvia. Ni un
hombre, ni un perro le salió al encuentro, el mundo estaba muerto. A orillas
del lago fue de bote en bote, pero todos estaban tirados en la playa y
asegurados con gruesas cadenas. Recién en las afueras encontró uno cu ya cuerda
estaba flotando y pudo desatarla. Lo soltó y tomo los remos. Pronto desapareció
la costa, perdiéndose en la bruma como si nunca hubiese existido; en el mundo
no había mas que gris y negro y lluvia, lago y cielo gris, aguas sin fin en el
lago gris y aguas en el cielo gris.
Afuera, muy adentro en el lago, retiro los remos. Había el
momento y se sentía satisfecho. Antes, en las ocasiones en que había creído
inevitable tener que morir, siempre había dudado postergándolo para el día
siguiente, haciendo una ultima tentativa para seguir viviendo. Ahora no quedaba
nada de eso. El no era mas que su pequeño bote, esa pequeña vida su ya,
artificialmente limita da y asegurada, pero alrededor se extendía la inmensidad
gris y eso era el mundo, eso era el todo y Dios, y dejarse caer en eso no era
pesado, era fácil y alegre.
Se sentó en el borde del bote con las piernas hacia afuera, sus
pies tocaban el agua. Se inclino despacio, se inclino mas y mas hasta que el
apoyo se le escapo suavemente. ya estaba en el Todo. Los pocos segundos que
vivió todavía a partir de ese instante fueron mas cargados de vivencia que los
cuarenta años que vivió antes de llegar a esa meta.
En el momento en que cayó, durante esa fracción de segundo en
que estuvo suspendido entre el borde del barco y el agua, comprendió que
cometía un suicidio, una puerilidad, una cosa que no era mala pero bastante
estúpida. Lo patético de querer morir y lo patético de la muerte se
desmoronaban, eran puro énfasis. No era necesario morir, ahora la muerte ya no
era necesaria. La deseaba, era hermosa y bienvenida, pero no era necesaria.
Desde ese instante, breve como un relámpago, en el que, con todo su querer, con
la renuncia a todo querer y con absoluto abandono se dejo caer del bote en los
brazos de Dios, desde ese instante la muerte perdía todo significado. Todo era
tan sencillo, todo era tan maravillosamente fácil. ya no existían mas abismos
ni dificulta-
des. El secreto desidia en dejarse caer. Esa idea ilumino su ser
como conclusión de toda su vida: ¡dejarse caer! Cuando uno se abandonaba,
entregándose, renunciando a todo apoyo y sostén, para escuchar solamente la voz
de su propio corazón, todo estaba ganado, ya no existían el. miedo y el
peligro.
Había alcanzado lo único grande, el único valor posible:
¡dejarse caer! No hubiera sido necesario caer en el agua y en la muerte, lo
mismo hubiera podido dejarse caer en la vida. Pero no le haría falta suicidarse
ni andar por extravagantes rodeos, ni pasar por penosas y crueles locuras, pues
habría superado el miedo.
¡Oh, idea maravillosa; una vida sin miedo! Vencer el miedo, he
ahí la felicidad, la liberación. Durante su vida entera había padecido angustia
y ahora que la muerte le iba estrangulando no sentía mas ni miedo, ni horror,
solo sonrisa, liberación, conformidad. De pronto comprendió lo que era el miedo
y que solamente podía ser superado por el que penetraba su significado. Se
sentía miedo a mil cosas, a los dolores, a los jueces, a la soledad, al frío, a
la demencia, a la muerte. Especialmente a eso, a la muerte. Pero eran solo
mascaras y disfraces. En realidad, se temía solamente una cosa; dejarse caer,
el salto en lo incierto, ese pequeño salto por sobre todas seguridades que
existían. El que se había entregado una vez, una única vez, el que había
practicado la gran confianza, encomendándose al destino, aquel estaba
libertado. No obedecía mas a las leyes de la tierra, había caído en el universo
y giraba al lado de los astros. Así era. Tan sencillo que cualquier niño podía
comprenderlo, cualquier niño podía saberlo.
No lo pensó como lo piensan los pensamientos, sino lo vivió, lo
sintió, lo palpo, olió y saboreo. Saboreaba, olía, veía y comprendía lo que era
la vida. Veía la creación y el fin del mundo. Como dos ejércitos eternamente en
marcha, en movimiento continuo, sin fin. El mundo nacía y moría constantemente.
Cada vida era un habito emitido por Dios. Cada muerte era un hálito absorbido
por Dios. Quien había comprendido a no resistirse, a dejarse caer, moría
fácilmente, y fácilmente nacía. Pero el que se revelaba padecía el miedo y
moría y nada con dificultad. En la brumosa oscuridad de la lluvia, sobre el
lago nocturno, el naufrago veía reflejado y representando el drama del mundo:
soles y estrellas subían y bajaban en perpetua rotación; coros de hombres y
animales, espíritus y ángeles, mudos, cantando, gritando, ejércitos de seres
que marchaban unos contra otros, desconociéndose y odiándose, odia nao y
persiguiendo a los demás seres. Todos ansiaban la muerte y la tranquilidad, su
meta era Dios y el regreso a Dios y la permanencia en Dios. Esta meta creaba
angustia por que era un error. Pues no existía ni la permanencia en Dios ni la
inquietud. Existía solo el eterno habito de Dios, la eterna aspiración, la
formación y disolución, el nacimiento y la muerte, la partida y el regreso, sin
pausa ni fin. y por eso existía un solo arte, una sola doctrina, un solo
secreto: abandonarse, no resistirse a la voluntad de Dios, no aferrarse a nada,
ni al bien ni al mal. Entonces un hombre seria libre, libre del dolor, libre del
miedo.
Su vida se extendía ante sus ojos como una región con bosques,
valles y poblados que se contempla desde la cima de una montaña. Todo había
sido bueno, sencillo y bueno, y únicamente su miedo y su rebelión lo había
convertido todo en tormento y complicación, en horribles marañas y convulsiones
de sufrimiento y miseria. No existía ninguna mujer sima cual no fuera posible
vivir. y no existía ningún mujer con la cual no fuera posible vivir. ¡No
existía nada en el mundo cu yo contrario no fuera igualmente bello y deseable!
Era dichoso vivir y dichoso morir para el que se hallaba suspendido en el
espado. La tranquilidad exterior no existía, no había paz ni en el cementerio
ni en Dios; ningún milagro podía interrumpir la eterna cadena de nacimientos,
la serie infinita de lo hálitos de Dios. Pero si existía otra paz que había que
buscar en la propia interioridad. Significaba: ¡abandónate! ¡No te resistas!
¡Muere gustoso! ¡Vive gustoso!
Todos los personajes de su vida estaban junto a él, todos los
rostros amados, todas las variaciones de su sufrimiento. Su mujer era pura y
sin culpa como él mismo; Teresina sonreía infinitamente: el asesino Wagner, cu
ya sombra se extendiera tan ancha sobre la vida de Klein, le miraba sonriendo
gravemente y su sonrisa decía que también la acción de Wagner había sido solo
un camino para la liberación, un habito, un símbolo, que también el asesino,
los hechos sangrientos, la bestialidad, no eran cosas que existían realmente
sino solamente valoraciones de nuestra alma ávida de atormentarse. El, Klein,
había perdido años enteros de su vida preocupándose por ese homicidio.
Desechándolo o aprobándolo, condenándose por este homicidio. Desechándolo o
aprobándolo o admirándolo, aborreciéndolo o imaginándose imitarlo se había
creado una cadena infinita de tormentos, angustias y miseria. Cientos de veces
había asistido horrorizado a su propia muerte, viéndose morir en el cadalso,
cientos de veces había sentido en su nuca el frío cuchillo del verdugo y la
bala en su sien, y ahora que moría de veras, esa muerte tan temida resultaba
tan fácil y tan sencilla!
La figura de Wagner se hundió en el horizonte. ya no era Wagner;
Wagner no existía mas; todo había sido una ilusión. ¡Que Wagner muriera, pues!
El, Klein, viviría.
El agua le llenó la boca y trago. De todas partes, por todos sus
sentidos entraba agua, todo se disolvía. Era absorbido, era aspirado por el
gran hálito. En torno a él, muy apretujados, tan juntos como las gotas en el
agua, nadaban otros seres, nadaba Teresina y el viejo cómico, su mujer, su
padre, su madre y su hermana y miles y miles de otros hombres; también cuadros
y casas y casas, la Venus de Ticiano y la catedral de Estrasburgo. Todo fluía
llevado por una majestuosa corriente, rápida y vertiginosa, apremiado por la
necesidad. y en dirección opuesta a esa gigantesca comente llegaba otra
corriente inmensa, vertiginosa y llena de rostros, piernas, vientres, animales,
flores, pensamientos, asesinatos, suicidios, libros escritos, lagrimas
lloradas, ojos de niños, rizos negros y cabezas de pescado, una mujer con un
largo cuchillo clavada en el vientre ensangrentado y un hombre joven que se le
parecía, con un rostro iluminado por sagrado entusiasmo. Ese era él mismo a los
veinte años, el Klein de entonces, ya desaparecido. ¡Era maravilloso que se
revelara también este postrer conocimiento: que el tiempo no existía. ¡Lo único
que separaba la vejez, la juventud, Babilonia de Berlín, el bien del mal, el
dar del quitar, lo único que causaba en el mundo diferencias, valoraciones,
dolor, disputas y guerras, era el espíritu humano, ese joven, violento y cruel
espíritu humano en el periodo de impetuosa juventud, todavía alejado del saber,
todavía lejos de Dios.
Inventaba contradicciones, inventaba nombres. Llamaba hermosas a
unas cosas y feas a otras, aquellas buenas y a estas malas. Una parte de la
vida se llamaba amor y otra asesinato. Así era ese espíritu, joven, necio,
ridículo. Una de sus invenciones era el tiempo. Una gran invención, un
instrumento refinado para atormentarse aun mas profundamente, para hacer al
mundo aun mas complicado y difícil. ¡Solo el tiempo separada al hombre de todo
lo que ansiaba, solo el tiempo, esta insensata inversión! Era uno de los
apoyos, una de las muletas que había que tirar en primer termino para librarse.
y la corriente de las formas seguía fluyendo absorbida por Dios,
mientras la otra corría en dirección opuesta surgía del hálito de Dios. Klein
veía seres que se resistían a la corriente, héroes, delincuentes, locos,
pensadores, amantes, religiosos que se revelaban, entre horrendas contorsiones,
creándose espantosos tormentos, felices como él en la ultima voluptuosidad de
la entrega y de la conformidad. El canto de los beatos y el infinito grito de
martirio de los infelices creaba una esfera o bóveda transparente de sonidos
que abarcaba las dos corrientes, una catedral de música, en cu yo centro se
hallaba Dios, unos rayos luminosos y clarísimos, casi invisibles por el
resplandor, una síntesis de luz, envuelta en la música de los coros del mundo,
del eterno oleaje.
Héroes pensadores, profetas y precursores se elevaban por sobre
el colosal torrente.
"Mira, ése es Dios, el Señor, y por su camino se llega a la
paz", grito uno. y muchos le siguieron. Otro anunciaba que Dios llevaba a
la lucha y a la guerra. Uno lo llamaba luz, otro noche, algunos padre y otros
madre. Todos le alababan, para unos era reposo y para otros movimiento o
también fuego, frescura, juez, consolador, creador, aniquilador, piadoso,
vengativo. Pero dios no tenía nombre. Deseaba que se lo nombrara, quería ser
amado, y ensalzado, maldito, odiado, venerado, pues la música de los coros del
mundo era su casa y su vida; pero le era indiferente con que nombre se le
ensalzara, si se le amaba o se le odiaba, si se buscaba en el reposo y olvido o
excitación y frenesí. Todos podían buscar. Todos podían encontrarlo.
Entonces Klein oyó su propia voz. Cantaba. Con una voz nueva y
sonora, cantaba con fuerza y entusiasmo la alabanza y el elogio de Dios.
Cantaba en la vertiginosa corriente, profeta y predicador en medio de millones
de criaturas. Su canto resonaba muy fuerte entre todos, subiendo a la bóveda de
los sonidos, en cu yo centro resplandecía Dios. Vertiginosas y enormes bramaban
las olas.
EL ULTIMO VERANO DE KLINGSOR
PREFACIO
En aquellas regiones meridionales cerca de Pambambio, Careno y
Laguno, que había ama do y visitado a menudo en sus años juveniles, vivió el
pintor Klingsor a la edad de cuarenta y dos años el ultimo verano de su vida.
Allí pintó sus postreros cuadros, aquellas libres paráfrasis del
mundo de los fenómenos, aquellas obras extrañas, luminosas, vivaces y sin
embargo apacibles y tranquilas como sueños, con sus árboles encorvados y sus
casas pareadas a plantas, que los expertos prefieren a los de su época
"clásica". Por aquel tiempo su paleta se componía de pocos colores
luminosos: cadmio, rojo y amarillo, verde veronés, esmeralda, cobalto, cobalto
violeta, bermellón francés y geranio púrpura.
La noticia de la muerte de Klingsor estremeció a sus amigos a
fines de otoño. ya algunas de sus cartas rabian expresado presentimientos y
deseos de muerte. De ahí quizá el rumor de que se quitara la vida, tan
infundado como otros rumores que acompañaban inevitablemente a los artistas
discutidos. Muchos afirmaban que desde hacia varios meses Klingsor estaba loco
y hasta hubo un critico de arte poco perspicaz que intento explicar lo
paradójico y estático de sus últimos cuadros partiendo de esta presunta locura.
Sin duda mas cierta que estas habladurías es la historia, rica en anécdotas, de
la inclinación de Klingsor a la bebida. Esta existió y nadie la admitía con mas
franqueza que el mismo. En determinadas épocas y también en los postreros meses
de su existencia, no solo bebió frecuentemente, sino que busco a sabiendas en
la ebriedad un calmante a sus dolores y a una melancolía a menudo difícil de
soportar. Li Tai Pe, el autor de las mas hermosas canciones báquicas, era su
poeta preferido y en la ebriedad solía llamarse a si mismo Li Tai Pe o, como
uno de sus amigos, Thu Fu.
Sus obras siguen viviendo y no menos vivía reina en el pequeño
circulo de sus amistades la leyenda de su vida y de aquel ultimo verano.
KLINGSOR
Eran los comienzos de un verano apisonado y alegre. Los largos y
calurosos días ardían como banderas en llama; a las breves y bochornosas noches
de claro de luna, seguían breves y bochornosas noches de lluvia y a estas,
fugaces como sueños y colmadas de imágenes las ardorosas semanas.
Pasada la medianoche, Klingsor, de regreso de una caminata
nocturna, hallábase de pie en el estrecho balcón de piedra de su estudio.
Debajo de él se hundía el viejo jardín con sus terrazas hondas y escarpadas;
una inmensa y umbrosa maraña de espesas cimas de árboles, palmeras, cedros,
castaños, árboles dejudas, ayas rojas y eucaliptos cubiertos por enredaderas,
llanas y glicinas, abandonan su espesura. Entre la superficie negra del follaje
relucían los pálidos destellos las enormes y metálicas hojas de las magnolias
estivales, entre ellas, gigantescas flores blancas a medio abrir, grandes como
cabezas humanas, opalinas como la luna y el marfil, de las que subía en oleadas
un penetrante e intenso aroma de limón. De algún lugar lejano llegaban
fatigados compases de un música de una guitarra o un piano, difíciles de
distinguir. En los gallineros chillo de repente un pavo real; una , dos, tres
veces, el breve y maligno timbre seco de su martirizada voz atravesó el bosque
nocturno, como si todo el dolor del mundo animal, resonara autentico y
desesperanzado desde aquellas profundidades. La luz sideral se esparcía por el
selvático valle. Muy en lo alto y abandonada en medio del inmenso bosque, se
veía una antigua y blanca capilla encantada. Lago, montañas y cielo se
confundían en el lejano horizonte.
Klingsor, en camisa, los brazos desnudos apoyados en la baranda
de hierro del balcón, contemplaba con ojos ardientes las constelaciones en el
pálido cielo y los suaves reflejos de las estrellas sobre la negra, informe
espesura de los árboles. El grito del pavo real lo volvió a la realidad. Si, de
nuevo estaba alta la noche; habría debido dormir era preciso que durmiese a
cualquier precio. Acaso si puede dormir una serie de noches seguidas, seis u
ocho horas de sueño profundo, recobraría sus fuerzas los ojos descansados
volverían a obedecerle, su corazón latía mas tranquilo y de sus sienes
desaparecía el dolor. Pero entonces pasaría este verano, este desenfrenado y
fúlgido sueño de verano y con él mil copas llenas se volcarían intactas. Roto
estaría el hechizo de mil miradas de amor inobservadas y perdidos miles de
cuadros que bullían en su imaginación.
Oprimió la frente y los ojos doloridos en el hierro fresco de la
baranda y durante un momento experimento cierto alivio. Al cabo de un año, o
antes, estos ojos estarían ciegos y apagado el fuego en su corazón. No, ningún
hombre podía soportar por mucho tiempo esta vida abrazadora; tampoco Klingsor,
pese a sus diez vidas. Nadie podía mantener encendidas, de día y de noche,
durante mucho tiempo todas las luces, todos sus volcanes; nadie podría por mas
de un breve lapso arder con tan intensa llamada, ofrendando cada día los frutos
de un trabajo apasionado y cada noche el martilleo de hondos pensamientos;
gozando siempre, como un castillo detrás de cuyas ventanas una música resuena
día tras día. y noche tras noche brillan mil velas encendidas. Se acercaba el fin,
ya había derrochado mucha fuerza, ya había quemado mucha luz de sus ojos y
vértigo mucha sangre de su vida.
De pronto rió, enderezándose. Recordó que ya muchísimas veces
había sentido lo mismo, que ya muchas veces había pensado y temido todo esto.
En todas las épocas buenas, creadoras y ardientes de su vida, desde su
juventud, había vivido de ese modo, quemando la vela por los extremos, con una
sensación entre alegre y melancólica de vertiginoso despilfarro y consunción,
con una desesperada ansia de apurar la copa y un profundo y secreto miedo del
próximo fin. ¡Oh!, a menudo había vivido así, vacilando el cáliz, ardiendo en
vivas llamaradas. A veces estos momentos terminaban muy suavemente, en un modo
de profundo sueño invernal. Pero otras veces el resultado era terrible:
devastación inútil, dolores insoportables, médicos, triste renuncia, en una
palabra: el triunfo de la debilidad. El final de cada periodo de exaltación fue
siempre lo había superado y después de semanas o meses de martirio y
aturdimiento sobrevenía la resurrección, un nuevo incendio, una nueva explosión
del fuego interior, nuevas obras mas ardientes, una nueva, brillante embriaguez
de la vida. Si, así era, y los periodos de sufrimiento y de renuncias, esos
miserables intervalos se hundías en el olvido. También ahora todo saldría bien,
como tantas otras veces.
Pensó sonriendo en Gina a quien había visto esa noche y que
había ocupado tiernamente sus pensamientos durante el camino de regreso. ¡Que
hermosa y cálida era esa muchacha en su inexperta y temerosa pasión!
-¡Gina! ¡Gina! ¡"Cara" Gina! ¡"Carina" Gina!
¡Bella Gina! -Dijo con emoción y como si susurrara de nuevo esas palabras al
oído de la joven.
Entró en el cuarto y encendió la luz. De un pequeño y
desordenado montón de libros saco un volumen de poesías en cuero rojo. Había
recordado unos versos de amor de incomparable belleza y sensibilidad. Busco un
buen rato hasta que los encontró:
"¡Guárdame de la noche y del dolor,
Tierno candil, fosforescencia amada!
¡Es de la luna tu preciso albor,
sol rutilante, luz inmaculada!
Embriagado saboreó con profundo deleite el hondo sentimiento de
estas palabras. Que hermoso, que profundo y encantador era eso:
"...fosforescencia amada!" y aquello otro:"... es de la luna tu
precioso albor".
Se paseó sonriendo ante las altas ventanas, recitando los versos
que llamaban a la lejana Gina "luz inmaculada", con voz opaca de
emoción.
Luego abrió la cartera que después del largo día de trabajo
llevaba esa noche todavía consigo. Tomo el pequeño álbum de esbozos, el que mas
quería, y busco Tas ultimas hojas, de los últimos dos días. Ahí estaba el
picacho con las profundas sombras de las rocas; lo había concebido semejante a
un rostro contraído; la montaña aprecia gritar como si sus grietas hubieran
reventado de dolor. El pequeño pozo de piedra semicircular apoyado en la
pendiente, el arco de ladrillos lleno de sombras negras y por encima. Las ramas
encendidas y encarnadas de un granado de flores rojo sangre. Solo él, Klingsor,
podía entender sus dibujos: era su clave secreta; fugaces y apasionados apuntes
para captar un instante, recuerdos presurosos de cada momento, en los que la
naturaleza y el corazón armonizaban en forma completamente nueva. Luego los
esbozos a la acuarela, mas grande, en blancas hojas con luminosas manchas de
color: el chalet escarlata en medio el bosquecillo, como un rubí de fuego sobre
un terciopelo verde, y el puente de hierro de "Castiglia", bermellón
sobre el rondo verde azulado de la montaña; azulado, el dique violeta y la
carretera anaranjada. Luego, la chimenea de la fabrica de ladrillos como un
cohete rojo sobresaliente del fresco y claro verdor del ramaje; un poste azul y
un cielo violeta claro con espesas nubes cilíndricas. Esa hoja era buena, podía
quedar. Lastima que no hubiera podido terminar la entrada del establo; ese rojo
ladrillo sobre el cielo de acero estaba bien, hablaba, tenía fuerza. Pero el
sol que iluminaba de lleno el papel, le había causado horribles dolores a los
ojos. Había tenido que refrescarse por un buen rato el rostro en un torrente.
Sin embargo, ese rojo ladrillo sobre el azul metálico casi maligno era bueno,
no tenía un matiz de mas ni de menos; era una obra acabada. Sin su "Caput
mortuum" no lo había logrado. y ese era el secreto. La forma dé la
naturaleza, el arriba y abajo, el espesor y la ductilidad, podían desplazarse;
en este campo se podía prescindir de todos los medios honestos con que suele
imitarse a la naturaleza. Por supuesto que también podían falsearse los colores
acentuándolos, moderándolos, interpretándolos de mil modos. Pero cuando se
quería representar con colores un trozo de naturaleza, siempre era lo principal
que los colores conservaran entre si la misma exacta relación, y disposición
recíprocas que en la naturaleza. En eso no se podía ser independiente, en eso
por el momento había que continuar siendo naturalista, aun cuando se usaran el
anaranjado en lugar del gris y el barniz de granza en lugar del negro.
Otro día perdido y un resultado escaso. La hoja con la chimenea
y el motivo rojo-azul y quizás el dibujo con el pozo. ¡Y ahora a la cama! ya
era la una pasada.
En el dormitorio se arranco la camisa, se hecho por los hombros
una jarra de agua que salpico en el piso de mosaico, salto a la alba cama y
apago la luz. A través de la ventana le miraba el pálido Monte Salute, cuyas
formas Klingsor había interpretado cientos y cientos de veces tendido en la
cama. El grito de una lechuza, ahí abajo, en el abismo selvático, resonó
profundo y hueco como el sueño, como el olvido.
Cerró los ojos, pensando en Gina y en las imágenes del día.
¡Dios mío, cuantas cosas esperaba, cuantos centenares de cálices llenos y
listos para ser apurados! ¡No había objeto en la tierra que no mereciera ser
pintado! ¡Ni mujer que no debiera amarse! ¿Porque existía el tiempo? ¿Porque
esa imbécil sucesión en lugar de una satisfactoria y ebria simultaneidad?
¿Porque yacía de nuevo solo en la cama como un viudo o como un anciano
decrépito? En todos los momentos de la vida se podía gozar y crear, porque siempre
solo una canción a la vez, nunca resonaba la sinfonía entera y completa con
todas sus voces e instrumentos.
En una época remota, a la edad de doce años, él se había hecho
llamar "Klingsor el de las diez vidas". Era un juego de muchachos y
cada uno de los bandidos tenía diez vidas, de las cuales perdía una cada vez
que su perseguidor le tocaba con la mano o le alcanzaba con el dardo. Con seis,
con tres y hasta con una sola vida todavía podía salvarse y liberarse; solo con
la décima vida quedaba todo perdido pero él, Klingsor, empeñaba su orgullo en
salvarse con todas sus vidas y consideraba vergonzoso perder alguna de ellas.
Así había sido cuando muchacho, en aquel tiempo de leyenda cuando nada en el
mundo aprecia imposible y nada difícil; cuando todos amaban a Klingsor, cuando
Klingsor dominaba sobre todos; cuando todo le pertenecía. y así continuo,
viviendo siempre con diez vidas. y aun cuando nunca pudo alcanzar la saciedad,
la sinfonía plena y rugiente ¡ Jamás su canto había sido pobre y falto de
sonidos, siempre había tenido en su guitarra unas cuantas notas mas que los
otros, mas leña en el fuego, mas taleros en el bolsillo, mas caballos en su
tiro! ¡Dios sea loado!.
¡Cómo pulsaba la oscura quietud del jardín, semejante al
respirar de una mujer dormida! ¡Cómo chillaba el pavo real! ¡Cómo abrazaba el
fuego en su fecha, como latía su corazón, gritando y sufriendo, regocijándose y
sangrando! Con todo, era hermoso el verano ahí arriba en Castagnetta; vivía
magnificente en la mansión desmoronada con aquella vista espléndida sobre los
lomos cubiertos de orugas de los interminables bosques de castaños y también
era bello abandonar de vez en cuando el viejo y noble mundo del castillo y del
bosque para bajar sediento al valle a contemplar los alegres y vivaces juguetes
y pintarlos en su chillona y amena luminosidad: la fabrica, el tren, el tranvía
azul, la columna de los ancianos en el muelle, los orgullosos pavos reales, las
mujeres, los curas, los automóviles. ¡ y cuan hermoso era e incomprensible y
doloroso era, ese sentimiento arraigado en su pecho, de amor, de ansia por
cualquier detalle colorido de la vida, esa dulce y vehemente necesidad de
observar y dar forma a todo y al mismo tiempo ocultar bajo delgados velos la
intima convicción de la puerilidad y futilidad de todos sus actos!.
La breve noche estival se derretía en su propia fiebre; vahos
perfumados subían del verde valle, en miles y miles de árboles hervía la savia;
miles de ensueños asomaban en el ligero sueño de Klingsor; su alma atravesaba
la sala de espejos de su vida, donde todas las imágenes se reflejaban
multiplicadas, con nuevos rostros y nuevos significados y formando nuevas
combinaciones, como si se sacudiera en un cubilete el cielo estrellado.
Entre todas le encantó y conmovió la siguiente visión: yacía en
el bosque con una mujer de cabellos rojos sentada sobre sus rodillas y una de
melena negra descansando sobre su hombro, mientras otra estaba arrodillada a su
lado, con una mano en las suyas besándole los dedos. y por doquiera había
mujeres y muchachas algunas todavía niñas, con largas piernas delgadas, unas en
la flor de la vida, otras maduras ya y con los signos del saber y del cansancio
en los rostros estremecidos; pero todas le amaban, todas querían ser amadas por
él. De pronto se produjo una re yerta entre las mujeres; la pelirroja hundió
con gesto violento su mano en la melena de la negra, arrastrándola al suelo y
cayendo encima de ella, y entonces, todas se precipitaron a la lucha gritando,
tirando, mordiendo, causando y recibiendo dolor, entre risas, chillidos y
gemidos mientras la sangre corría por doquiera, y garras sangrientas se
clavaban en las carnes mordidas.
Klingsor despertó por unos instantes con una sensación de dolor
y opresión, mirando con ojos muy abiertos y atónitos el hueco claro en la
ventana en la negra pared. Todavía veía los rostros de las mujeres enfurecidas;
a muchas las conocía y las llamo por su nombre: Nina, Erminia, Isabel, Gina,
Edith , Berta y aun medio dormido murmuro con voz ronca:
-¡Niñas, niñas, basta ya! ¡Mienten todas, me engañan; soy yo,
soy yo quien debe ser castigado!
LUIS
Como caído de cielo había llegado inesperadamente Luis el cruel,
el antiguo amigo de Klingsor, viejo y caprichoso pájaro mirador, que vivía en
el tren y llevaba su taller en la mochila. Buenas horas le deparo el cielo en
esos días; agradables brisas soplaban para ellos. Pintaron juntos en el monte
de los olivos y en Cartago.
-¿Tendrá algún sentido este pintarrajeo? -Pregunto Luis en el
monte de los olivos, tendido desnudo en el pasto con la espalda al rojo por el
sol-. Mi querido, al fin y al cabo pintamos "faute de mieux". Si
tuviera siempre sobre tus rodillas la chica que te gusta en cada instante, o en
el plato de comida que te apetece en ese día, sin duda no te agotarías, en ese
absurdo juego de niños. La naturaleza tiene diez mil colores y nosotros hemos
empeñado en reducir la escala a veinte. y esta es la pintura. Jamás nos
satisface y todavía tenemos que alimentar a los críticos. En cambio, una buena
sopa de pescado, "caro mío", con suave Borgoña y luego una milanesa y
como postre peras con gorgonzola y un café turco, ¡estas son realidades, señor
mío, son valores! ¡Que mal se come aquí en vuestra Palestina! Dios mío,
quisiera estar sobre un cerezo y que las cerezas me cayeran en la boca y mas
arriba en la escalera esa muchacha morena y apasionada que hemos encontrado esa
mañana. ¡Klingsor, déjate de pintar! Te invito a un buen almuerzo en Laguno;
vamos, ya es tiempo.
-¿En serio? -Pregunto Klingsor, guiñando el ojo
-En serio. Pero antes tendré que nacer una escapada a la
estación. Tengo que confesarte que telegrafíe a una amiga que esto y en peligro
de muerte; puede llegar a eso de las once.
Klingsor río y saco del caballete el estudio empezado.
-Tienes razón, muchacho. ¡Vamos a Laguno! Pero ponte la camisa,
Luiggi. Las costumbres aquí son muy inocentes pero desgraciadamente no puedes
ir desnudo a la ciudad.
Se dirigieron a la pequeña ciudad, pasaron por la estación, para
recibir ala amiga de Luis, un hermoso ejemplar de mujer; comieron bien y
alegremente en un restaurante. y después de los meses de olvido de vida
rústica, Klingsor se asombro de que todavía existiera en el mundo pequeñas
cosas agradables como truchas, jamón abaldonados, espárragos, Chablis, Dole,
Benedictine...
Después del almuerzo viajaron los tres en el funicular,
atravesando la empinada ciudad, entre casas, ventanas y jardines colgantes;
estaban encantados y se quedaron, para volver a bajar y subir una y dos veces.
El mundo era extraordinariamente hermoso y sorprendente, lleno de colores, un
tanto chillón e inverosímil, pero maravilloso. Klingsor estaba un poco
cohibido; aparentaba cierta frialdad, pues no quería enamorarse de la hermosa
amiga de Luiggi. Fueron de nuevo a un café, luego al parque, vacío al mediodía
y se tendieron a orillas del agua, bajo los gigantescos árboles. Vieron muchas
cosas dignas de ser pintadas: cosas rojas como piedras preciosas en medio del
verde espeso, árboles serpientes y árboles pelucas, cubiertos de musgo azul y
rojizo.
-Has pintado cosas hermosa y alegres, Luiggi -dijo Klingsor-,
todas cosas que quiero mucho: mástiles con banderas payasos y circos. Pero lo
que mas me gusta es una mancha sobre el tiovivo nocturno. Sobre la carpa
violácea, lejos de las luces ondea en la oscuridad una fresca y pequeña
banderita rosa, tan hermosa, tan fresca, tan solitaria, ¡horriblemente sola! Es
como una poesía de Li Tai Pe o de Paul Verlaine. En esa pequeña e
insignificante banderita rosada esta representada todo el dolor y toda la resignación
del mundo y también toda la buena risa por encima del dolor y de la
resignación. Tu vida se justifica suficientemente por esa humilde banderita;
por esa banderita te esto y agradecido. -Sí, sé que te gusta.
-Tu también la quieres. Mira, si no hubieras pintado unas
cuantas cosas como esa, de nada serviría las buenas comidas, los vi-nos y los
cafés; serias un pobre diablo. Así, en cambio, eres un hombre rico, un muchacho
que se hace querer. Mira, Luiggi, a menudo pienso como tu que todo nuestro arte
es solo un sustituto, una subrogación penosa y demasiado cara por la vida
perdida, por la animalidad y el amor perdidos. Con todo no es así. Es muy
distinto. Se sobre estima lo sensual al considerar lo espiritual como un
sustituto de emergencia para la ausencia de lo sensual. Lo sensual no es ni una
pizca superior a lo espiritual y viceversa. Lo mismo da si abrasas a una mujer
o haces una poesía. Con tal de que no exista lo principal, el amor, la pasión,
la emoción, es indiferente que seas un ermitaño sobre el Monte Athos o un
vividor en París.
Luis le miró detenidamente con sus ojos irónicos. En compañía de
la hermosa mujer recorrieron la región. ¡Observar era su punto de fuerte, eso
sabían hacerlo! Dando vueltas por un par de pequeñas ciudades y pueblos, ellos
veían con su fantasía a Roma y al Japón y al Océano Pacifico, y destruían en
seguida, jugueteando, las bellas ilusiones; su capricho encendía las estrellas
en el cielo y las volvía a pagar. Soltaban sus cohetes luminosos en las noches
exuberantes; el mundo era una pompa de jabón, un paso de comedia, un alegre
desvarío.
Luis, el pájaro, volaba en su bicicleta por la región serrana,
estaba ora en un lugar, ora en otro, mientras Klingsor pintaba. Después de
sacrificar algunos días, Klingsor comenzó a pasar de nuevo
los días afuera, trabajando ahínco. Luis no quería trabajar,
inesperadamente partió con su amiga y le mando una postal desde un lugar
remoto. Luego apareció de nuevo, cuando Klingsor ya lo daba por perdido; llego
con sombrero de paja y en mangas de camisa, como si nunca se hubiera alejado. y
Klingsor sorbió nuevamente del cáliz mas dulce de su juventud, el néctar de la
amistad. Tenía muchos amigos, muchos le amaban, a muchos había dado y abierto
su fácil corazón, pero solo dos de esos amigos contestaron todavía durante
aquel verano al antiguo llamado del corazón; Luis, el pintor, y el poeta
Hermann, que se hacia llamar Thu Fu.
Algunos días Luis los pasaba sentado afuera en su silleta
plegadiza, a la sombra de perales o ciruelos, pero no pintaba. Tenia el papel
sujeto a la tablita de pintar, meditaba y escribía; escribía muchas cartas.
¿Puede ser feliz un hombre que escribe tantas cartas? Luis, el despreocupado,
escribía con esfuerzo, a veces pasaba toda una hora con la vista penosamente en
el papel. Muchos secretos llevaba consigo. y Klingsor le amaba por ello.
Pero Klingsor era distinto. El no podía callar, no podía
esconder su corazón. Los íntimos sufrimientos de su vida, que muy pocos
sospechaban, los revelaba sin embargo al primer llegado. A menudo padecía
angustia y melancolía, a menudo se hundía en el tenebroso pozo de la amargura y
sombras de su vida pasada con gigantescas sobre los días presentes, tornándolos
negros. Entonces le hacia bien ver el rostro de Luiggi. Entonces, a veces, se
lamentaba con él.
Pero a Luis no le gustaban las debilidades. Le atormentaban, le
exigían compasión. Klingsor se había acostumbrado a abrirle el corazón al amigo
y compendio demasiado tarde que si lo perdía.
Luis comenzó a hablar de nuevo de partir. Klingsor sabia que
ahora solo podría retenerle aun por algunos días, tres, cinco quizás; pero
luego inesperadamente le mostraba su azul listo y partiría para no regresar en
mucho tiempo. ¡ que breve era la vida, y cuan irrevocable era todo! Había
asustado fastidiado al único amigo que comprendía hasta el fondo su arte, y
que, a su vez, poesía un arte afín y del mismo nivel que el su yo. Le había
echado a perder el buen humor y desilusionado, solo por una estúpida debilidad
y comodidad, solo por la infantil e indecorosa necesidad de no haber ningún
esfuerzo frente a un amigo, de no guardar secretos, de no mantener cierta
reserva. ¡Que imbécil y pueril había sido! ¡ y ahora que se lo reprochaba, ya
era demasiado tarde!
El último día vagaron juntos por los valles dorados y Luis
estaba de muy buen humor; viajar representaba la alegría de vivir para un solo
corazón vagabundo. Klingsor estaba a tono; habían encontrado de nuevo el viejo
acento liviano, juguetón e irónico y ya no lo abandonaron mas. A la noche se
sentaron en el jardín de una posada. Se hicieron preparar pescado frito, arroz
con hongos y comieron duraznos con marraschino.
-¡A dónde te irás mañana? -Preguntó Klingsor.
-No sé.
-¿Vas a reunirte con la hermosa mujer?
-Si. Quizá. ¿Quién puede saberlo? Pero no preguntes tanto. Como
coronación vamos a beber todavía algún buen vino blanco.
yo abogo por un Neuchatel.
Mientras bebían, de pronto Luis exclamó:
-Es bueno que me va ya, viejo tiburón. A veces cuando esto y
sentado a Tu lado, por ejemplo añora, tengo ocurrencias idiotas. Pienso que
aquí están sentados los dos mejores pintores que posee nuestra patria y
experimento una horrible sensación en las rodillas como si fuéramos de bronce y
estuviéramos tomando de la mano sobre un monumento con Goethe y Schiller, si
recuerdas. Tampoco ellos tienen la culpa de que ellos deban estar eternamente
allí, teniéndose de las manos de bronce hasta resultarnos con el tiempo fatales
y odiosos. Quizá fueron hombres geniales y encantadores; una vez, hace mucho,
leí algo de Schiller y era realmente hermoso. y sin embargo ahora se ha
convertido en una celebridad; tiene que permanecer al lado de su hermano
siamés, una cabeza de yeso al lado de otra cabeza de yeso y por partes se
venden sus obras completas y se las comenta en la escuela. ¡Que horror!
Imagínate que un profesor dentro de cien años le diga a los alumnos:
"Klingsor nacido en 1877 y un contemporáneo Luis, llamado el comilón,
innovadores en la pintura, liberadores del naturalismo de los colores;
estudiaba detenidamente, una pareja de pintores ofrece tres periodos
exactamente definidos." En realidad prefería que me arrollara ahora mismo
una locomotora.
ya amanecían las estrellas en el cielo. De pronto Luis brindó
con su amigo chocando su copa.
-Vamos, apuremos las copas y luego mire en mi bicicleta. ¡Nada
de largos despidos! ya estaba todo pago. ¡A Tu salud, Klingsor!.
Chocaron las copas y bebieron; en el jardín Luis salto en su
bicicleta, agito el sombrero y desapareció. Noche, estrellas. Luis ya estaba en
la China. Luis era un mito.
Klingsor sonrío melancólicamente. ¡Como amaba a ese pájaro
milagroso! Se quedo todavía largo rato sobre los guijarros del jardín,
contemplando la carretera vacía.
LA EXCURSIÓN A CARENO
Con los amigos de Barengo y con Agosto y Ersilia, Klingsor
emprendió la gira a Careno. Atravesando el cálido bosque en declive, bajaron de
madrugada por entre las enredaderas perfumadas y las telarañas todavía húmedas
por el rocío hasta el valle de Pambambio, donde descansaban en la carretera
amarilla unas chillonas casas
amarillas, aturdidas por el calor estival, un poco torcidas y
como muertas. A lo largo del cauce del torrente seco, los blancos y relucientes
sauces doblaban sus pesadas alas sobre los prados dorados. Los amigos se
deslizaban en pintoresca caravana por el verde valle . humectante, los hombres
vestidos con seda y lino en blanco y amarillo, las mujeres en blanco y rosa,
mientras el existió verde barones de la sombrilla de Ersilia refulgía como una
jo ya a un anillo mágico.
-Es una lástima, Klingsor -Quejó el doctor con su voz bondadosa;
dentro de diez años sus maravillosas acuarelas estarán todas blancas; los
colores que usted prefiere son pocos resistentes.
-Sí -contestó Klingsor -, y lo peor es que también sus hermosos
cabellos castaños estarán canosos dentro de diez años y un poco mas tarde
nuestros lindos y alegres huesos yacerán en algún lugar bajo la tierra;
desgraciadamente también los suyos, tan hermosos y sanos querida Ersilia.
Chicos, no empecemos justo ahora, en la madures de la vida, a ser sensatos.
Hermann, ¿como dice Li Tai Pe?.
Hermann, el poeta, se detuvo y recitó:
"Pasa la vida como un relámpago, Eternos y libres flotaban
el
cielo y la tierra, rápido surca el tiempo mudable por el
semblante de los hombres.
¿Que haces sentado frente a la copa llena?
¿Porque no bebes, dime, porque esperas todavía?"
-No -le interrumpió Klingsor-, pensaba en otros versos, unos con
rimas, que hablaban de los cabellos que a la mañana aun estaban negros...
Inmediatamente Hermann recitó:
" Esparce la noche nieve en tus cabellos Cuando aun de
mañana eran negros y bellos Aquel que no quiere que el dolor lo consuma
¡levante la copa y enamore a la luna!"
-¡Bravo Li Tai Pe! Tenía intuiciones, sabia muchas cosas.
Nosotros también sabemos muchas cosas, pero el es nuestro inteligente hermano
mayor. Este día embriagador le gustaría; es precisamente un día en el que seria
hermoso morir de noche con la muerte de Li Tai Pe, como él, en un bote en medio
de un silencio río. Van a ver que hoy todo será maravilloso.
-¿Como fue la muerte esa de Li Tai Pe? -Pregunto la pintora.
-No, basta ahora -la interrumpió Ersilia con su afable y pro-
funda voz- al que pronuncie una palabra mas acerca de la muerte
y del morir no le querré mas. "¡Finisca adesso, brutto Klingsor!"
Klingsor se le acercó riendo:
-¡Tiene razón, "bambina"! Si vuelvo a hablar de la
muerte arránqueme ambos ojos con su sombrilla. ¡Pero en serio, hoy es un día
maravilloso, queridos amigos! Hoy canta un pájaro, un pájaro mágico como en los
cuentos de nadas; ya lo oí de madrugada. y sopla un viento mágico, como un niño
celeste que despierta alas princesas dormidas y roba el buen sentido a los
hombres. Hoy florece una flor legendaria, una flor que brota una sola vez en la
vida y quien la coge conquista la felicidad.
-¿Qué quiere decir esto? - pregunto Ersilia al doctor. Klingsor
la oyó y continuó:
-Quiero decir que este día no volverá Jamás y quien no la goza y
agota en todos sus placeres la habrá perdido por toda la eternidad. Nunca
brillara el sol como hoy; hoy gira en la constelación de Júpiter y esta es una
relación especial conmigo, con Agosto, con Ersilia y con todos nosotros. y esa
constelación no poca a su izquierda, Ersilia, porque trae buena suerte, y
llevar su sombrilla esmeralda; bajo su reflejo mi cráneo parecerá un ópalo
verdoso. Pero usted tiene que secundarme y cantar una de sus mas lindas
canciones.
Tomó el brazo de Ersilia, los rasgos agudos de sus rostro
aprecian mas suaves bañados en la sombra verde azulada de la sombrilla, de que
estaba enamorado y cu yo luminoso y tierno color le encantaba.
Ersilia comenzó a cantar:
"II mío papa non vuole, Ch' io spos 'un bersaglier..."
Otras voces se unieron y cantando llegaron al bosque y siempre
cantando se adelantaron en él, hasta que la pendiente se hizo demasiado
empinada, pues el sendero subía a la cima como una escalera entre exuberantes
helechos.
-¡Que rectitud maravillosa en esta canción! -Exclamo Klingsor-El
papá esta en contra de los enamorados, como sucede siempre. Ellos toman un
cuchillo que corta bien y matan al papá. ya se han librado de él. Lo hacen en
la noche, solo la luna los ve y ella no los va traicionar. y las estrellas, que
son mudas. y el buen Dios, que ya les perdonara. ¡Que hermoso y franco! Un
poeta moderno sería lapidado por una sinceridad semejante.
Siguieron trepando por la estrecha senda bajo la sombra de los
frondosos castaños entre cuyas hojas jugaban los rayos de sol. Mirando hacia
arriba Klingsor veía las delgadas pantorrillas de la pintora, rosadas bajo las
medias transparentes. Volviendo la vista atrás aparecía la bóveda azul turquía
de la sombrilla de Ersilia sobre su
renegrida melena de mora. y mas abajo la seda violeta de su
vestido; era la única figura en color oscuro.
Junto a una casa de labriegos, azul y anaranjada, encontraron
unas manzanas verdes caídas en el pasto; recogieron algunas y las comieron;
eran frescas y agrias. La pintora refería con melancólica nostalgia una
excursión por el Sena, en París, antaño, antes de la guerra. ¡Si, París y los
felices tiempos pasados!
-Nunca volverán aquellos días. Nunca.
- y no deben volver -exclamo violentamente el pintor, sacudiendo
indignado su cabeza de Gavilán-. ¡Nada debe volver! ¿Para que? ¿Son deseos
pueriles! La guerra ha convertido en un paraíso todo lo anterior, hasta lo mas
estúpido e inútil. Esta bien, era hermoso vivir en París, y era hermoso en Roma
y era hermoso vivir en Arles. ¿Pero acaso ahora y aquí es menos bello? Ni
parís, ni la época de la paz son el paraíso; el paraíso esta aquí, ahí arriba
en la cima de esa montaña, adonde llegaremos dentro de una hora y nosotros
somos los ladrones a quienes fuera dicho: "Hoy mismo estarán conmigo en el
paraíso".
De la sombra jaspeada de luz del sendero salieron al ancho y
libre camino carretero, luminosos y tórrido, que conducía en amplias espirales
a la cima del monte. Klingsor, los ojos protegidos por los anteojos oscuros,
iba el ultimo en la fila, deteniéndose con frecuencia para observar el
movimiento de las siluetas y las pintorescas constelaciones de colores que
ellas formaban. Adrede no había llevado los útiles para trabajar, no siquiera
la libreta de apuntes y sin embargo se paraba a cada instante conmovido por los
cuadros que se le ofrecían. Su figura enjuta se destacaba solitaria y blanca en
la carretera rojiza, al borde del matorral de acacias. El estío abrasaba la
montaña, los rayos caían verticalmente, vapores irisados de infinitos colores
subían desde las profundidades del valle. Detrás de las montañas mas próximas
que se levantaban verduscas y rojas, salpicadas de blancos poblados, asomaban
azuladas cadenas de montes, y detrás otras sierras y otras cordilleras, mas
claras y de un azul mas intenso y luego a lo lejos, casi irreales, los picos
cristalinos de los nevados. Por encima del bosque de acacias y castaños se
elevaba libre e importante, en rojo y violeta, la loma rocosa y el picacho
quebrado del Monte Salute. Pero lo mas bello eran los hombres, repartidos como
flores en medio del luminoso verdor; la sombrilla esmeralda refulgía como un
gigantesco escarabajo. y debajo, la melena negra de Ersilia, la blanca y
esbelta pintora de cara rosada y todos lo otros. Klingsor absorbía todo con
ojos sedientos, pero sus pensamientos volaban hacia Gina. Solo dentro de una
semana podría verla de nuevo; ella estaba empleada en una oficina de la ciudad
y escribía a máquina; en raras ocasiones lograba verla y nunca a solas. y sin
embargo la amaba, precisamente a ella que no sabia nada de él, que no lo
conocía y no lo comprendía; para la cual él era solo un personaje excéntrico y
raro, famoso pintor forastero. Era sorprendente que su deseo quedara aferrado
precisamente a ella, que ningún otro cáliz de amor le satisficiera. No estaba
acostumbrado a dar largos rodeos por una mujer. Por Gina, empero, los hacia,
solo para poder estar una hora con ella, para tocar sus delgados dedos
diminutos, empujar su zapato debajo del su yo, para estampar un beso fugaz en
su nuca. Meditaba sobre este misterio, ridículo enigma para si mismo. ¿Era el
principio del retroceso? ¿Era la vejez? ¿Acaso era ya la segunda primavera del
cuarentón que le hacia buscar la muchacha de veinte?
Estaba en la cima y por el otro lado se abría a la vista un
nuevo mundo: el Monte Gennaro, altísimo e irreal, todo hecho de pirámides y
picos puntiagudos; bajo los rayos oblicuos del sol, cada plataforma relucía
como de esmalte, bañada en profundas sombras violáceas. y en medio de la
encandilaste luz, perdido en infinitas honduras, el estrecho brazo azul del
lago, extendiéndose fresco y tranquilo detrás de los verdes bosques encendidos.
Un minúsculo pueblerino en la loma del monte; predio señorial
con su pequeña casa y cuarto o cinco caseríos de piedra, pintados de color azul
y rosa, una capilla, una fuente, cerezos. Todos se detuvieron al lado del pozo,
al sol; Klingsor continuo andando; atravesó el arco de un portal y penetro en
un umbroso cortijo donde se alcanzaban tres casitas azuladas, con pocas,
pequeñas ventanas, hierbas y trechos de rocallas, una cabra, ortigas. Una niña
se escapo al verlo, él la llamo ofreciéndole chocolate. La niña se detuvo, él
la alcanzo, la acarició y le dio la golosina; era esquiva y hermosa: una niña
morena, con oscuros ojos de animal aterrado y delgadas piernas desnudas,
atezadas y bruñidas.
-¿Dónde vive? -le pregunto Klingsor y la pequeña corrió sin
contestar hacia la próxima puerta que se abría en el caserío. De un tenebroso
cuartucho de piedra, como viniendo de cuevas prehistóricas, salió una mujer, la
madre y ella también acepto chocolate. Entre los vestidos sucios se levantaba
un cuello moreno y un cuello ancho, firme y hermoso, tostado por el sol, con
una boca amplia y carnosa y grandes ojos negros; un suave y tosco encanto de
sexualidad y maternidad emanaba apacible y silencioso de sus tranquilos rasgos
asiáticos. Se inclino sobre ella seductor y galante, pero ella Le evito
son-riendo y coloco a la niña entre ellos. El siguió su camino, decidido a
volver. Quería pintar a esa mujer, o ser su amante, aunque fuera por una hora.
Era madre, niña, amante, animal y madonna a la vez.
Lentamente regresó hacia la fuente, el corazón lleno de sueños.
Sobre el muro de la propiedad, cu ya casa aprecia cerrada y vacía, estaban
incrustadas viejas y ásperas balas de cañón; una caprichosa escalera entre
arbustos conducía a un bosquecillo y a un cerro, en cu ya cima se hallaba un
monumento, un busto solitario de estilo barroco, traje de Wallestein, patillas
y barita ondulada. Fantasmas y ensueños vagaban por la montaña en la luz
deslumbrante del mediodía; el mundo respondía a una tonalidad nueva y lejana.
Klingsor calmo su sed en la fuente; una enorme mariposa llego volando y
sobrio las gotas de agua salpicadas sobre el borde de ladrillos
calcinados del pozo.
Siguiendo la cresta, el camino iba entre castaños y avellanos
ora asoleado, ora umbroso. En un recodo, una vieja ermita amarillenta, en cu yo
nicho podían verse antiguos cuadros descoloridos; una cabeza de santo, dulce e
infantil como la de un ángel, con trozos de ropaje rojo y sepia y el resto
desmoronado. A Klingsor Le gustaban los cuadros antiguos; cuando los encontraba
inesperadamente, se deleitaba ante los frescos, Le gustaba observar el retorno
de estas hermosas obras al polvo y a la tierra.
De nuevo árboles, viñedos, tórrida carretera deslumbrante, otro
recodo y de pronto la meta: una oscura puerta de entrada, una iglesia grande y
alta, de piedras coloradas, levantando alegre y segura sus brazos al cielo; una
plaza llena de sol, polvo y paz, pasto quemado y rojizo, quebrándose bajo los
pies, luz meridiana reflejadas por paredes chillonas; una columna con una
estatua. y casi invisible por el torrente de luz, una baranda de piedra
circulando una amplia plaza y pendiente sobre el infinito azul. Detrás, el
pueblo de Careno, vetusto, apretujado, oscuro, sarraceno; sombrías cuevas de
piedra bajo techos de tejas descoloridas, callejas estrechas, tenebrosas y
opresivas como en los sueños, interrumpidas inesperadamente por pequeñas
plazoletas blancas inundadas de claridad solar; África y Nagasaki a la vez.
Bosque en torno; abajo el abismo azulado; blancas nubes, satisfechas y gordas,
en el cielo.
-Es curioso -observó Klingsor-, ¡cuanto tiempo se necesita para
conocer un poco el mundo! Una vez, hace años, cuando me dirigía al Asia, pase
en el, expreso nocturno a seis o diez kilómetros de aquí, sin saberlo. Iba a
Asia y, entonces, era muy necesario que fuera. Pero todo lo que encontré allí,
lo vuelvo a ver hoy aquí: selva virgen, calor, criaturas nuevas, hermosas y sin
nervios, sol, santuarios. Largo rato hace falta ahora saber que es posible
visitar tres comarcas en un solo día. ¡Aquí están las tres! ¡Te saludo, india!
¡Te saludo, África! ¡Te saludo, japón!
Los amigos conocían una joven que moraba allí arriba, y Klingsor
preguntona la visita a la desconocida. La había bautizado con el nombre de
Reina de las Sierras, titulo de un misterioso cuento oriental de sus libros de
infancia.
Llena de curiosidad la caravana penetró en el laberinto azul; ni
un hombre, ni un sonido, ni un gallo, ni un perro. Pero en la penumbra del arco
de una ventana, Klingsor descubrió una figura inmóvil sobre el cabello negro,
su muda mirada, espiando al forastero, se encontró con la suya; donde un
segundo el hombre y la joven se miraron seriamente en los ojos; dos mundos
extraños se unieron por un instante. Luego ambos sonrieron cálidamente en el
eterno saludo de los sexos, en la antigua, dulce y ávida hostilidad, y ya el
forastero había sobado la esquina de la casa, desapareció de la vista. Imagen
entre imágenes, sueño entre sueños en los recuerdos de la muchacha. En el
corazón nunca satisfecha de Klingsor asomo una pequeña tentación, durante un
momento dudo y pensó volver atrás, pero Agosto Le llamo y Ersilia comenzó a
canta, transpusieron un pequeño muro y frente a ellos se abrió, silenciosa y
refulgente en la cincela hechizada, una pequeña plaza luminosa con dos
palacetes amarillos, con estrechos balcones de piedra. y opresiones cerradas;
un magnífico escenario para el primer acto de una época.
-Llegamos a Damasco -exclamó el doctor-, ¿donde vive Fátima, la
perla entre las mujeres?
Desde el palacete mas pequeño llego una inesperada contestación.
De la frescas tinieblas detrás del balcón medio cerrado se desprendió una gota
extraña, repetida una vez, dos y diez, y luego la octava correspondiente
repetida otras diez veces; era un piano que estaba afinado, un piano melodioso,
con infinitos tonos, en medio de damasco.
Esa tenía que ser la casa; sin duda vivía allí. Pero aprecia no
tener puertas; solo se veía en la pared de un suave anaranjado con los balcones
y arriba, en el frontón, un antiguo fresco con flores azules y rojas y un
papagayo. Solo cabria esperar que se abriera una puerta disimulada, al golpear
tres veces y al pronunciar la palabra mágica Salomón; entonces recibían al
viajero perfumes de esencias persas y la Reina de las Sierras en su trono,
cubierta de velos. Había esclavas sentadas a sus pies y un papagayo pintado
volvía chillando sobre el hombro de su ama.
Encontraron una minúscula puerta en la calleja lateral; una
diabólica y estridente campanilla interrumpido el silencio; adentro una
escalera estrecha y perpendicular conducía al piso de arriba. ¿Como habría
entrado el piano en esta sala? ¿Por la ventana? ¿Por el techo?
Salió un enorme perro negro, seguido por un pequeño león rubio,
gran alboroto; la escalera chirriaba; arriba el piano tocaba por undécima vez
la misma nota. De un cuarto de paredes rosadas emanaba una suave y apacible
luz; se oyó el ruido de puertas que golpeaban. ¿Donde estaba el papagayo?
¿Había un papagayo?
De pronto apareció la Reina de las Sierras, esbelta y elástica
flor, erguida y ondulante, toda en rojo, ardiente como la llama, símbolo de la
juventud. Todas las queridas imágenes desaparecieron frente a los ojos de
Klingsor, cediendo lugar a este nuevo cuadro luminoso. Inmediatamente
comprendió que la pintaría, no según la naturaleza, sino según la luz que
difundía; pintaría la poesía, la dulce, rústica tonalidad que acogiera en su
alma: una rubia, juvenil amazona de color rojo fuego. Ahora la contemplaría
durante una hora, quizás varias horas. La vería mientras caminaba, se sentaba,
reía, quizá la vería bailar y la oiría cantar. El día estaba coronado, el día
había encontrado su sentido. Todo lo demás que vendría seria lo superfluo, el
regalo. Tenía que ser así: el acontecimiento importante no llegaba nunca solo,
siempre Le precedían mensajeros e indicios precursores: los primitivos ojos
asiáticas de aquella madre en el cortijo, la hermosa muchacha morena en la
ventana del pueblo.
Durante un instante pensó dolorido: ¡si tuviera diez años menos,
diez fugaces años de menos, esta chica podría conquistarme, seducirme,
dominarme! ¡Pero no, eres demasiado joven, pequeña Reina escarlata, eres
demasiado joven para Le viejo mago Klimgsor! Te admiraré, te aprenderé de
memoria, te pintaré, fijaré eternamente en el dibujo la canción de tu juventud;
pero no haré ningún peregrinaje por ti, no amarraré escaleras en la ventana
para obtenerte, no mataré por ti, no tocaré serenatas frente a tu balcón. No,
desgraciadamente el viejo pintor Klimgsor no hará nada de eso, ese viejo
borrico. No te amara, no te echara miradas seductoras como ala mujer asiática o
a la morena en la ventana, que quizás no cuenta ni un día menos que tu. Pero
para ellas yo no so y demasiado viejo; solo para ti, lo soy, Reina de las
Sierras. Flor encantada de la montaña. Únicamente para ti, oh, clavel de las
rocas, Klingsor es demasiado viejo. Pues para ti no es suficiente el amor que
Klingsor puede brindar entre un día lleno de trabajo y una noche de borrachera.
Tanto mejor, mi ojo saciaré su sed en ti, y te recordara como una llama
luminosa, cuando ya tu hayas apagado para mi.
Por estancias de pisos enlosado y arcos abiertos llegaron a una
sala, donde toscas figuras de estuco barroco sobresalían de las altas puertas,
y a lo largo de las paredes corría un friso pintado de oscuro, con delfines,
corceles blancos y cupidos rojos sobre un mar poblado de figuras mitológicas.
Unas cuantas sillas y en el piso, las partes desmontadas del piano; nada mas
que en gran local; solo dos puertas seductoras que se abrían sobre los pequeños
balcones con vista a la radiante plazoleta de opera y a los dos balcones del
palacete vecino, adornabas también con pinturas: un obeso verdean escarlata
nadando en el sol como un pez dorado.
Se quedaron. Desempaquetaron las provisiones; tendieron una mesa
y corrió en exquisito vino blanco del norte, que evocaba ejércitos de recuerdos
e imágenes. El afinador se había retirado, el piano desmontado callaba.
Klingsor contemplo compasivo al armazón de las cuerdas, luego cerro lentamente
la tapa. Sus ojos Le dolían, pero en su corazón el estío cantaba su canción,
cantaba la madre sarracena, cantaba azul y cálido el sueño de Careno. Comió y
bebió, choco su copa contra las otras copas, charlando alegremente pero en su
taller interior todo estaba alerta, su mirada perseguía al clavel de las rocas,
a la flor de fuego, amoldándose como el agua en torno al pez. Un diligente
cronista en su cerebro anotabas formas, ritmos. y movimientos, como en cifras
de bronce.
Voces y risas llenaban la sala vacía. Bondadosa e inteligente
resonaba la risa del doctor; profunda y gentil la de Ersilia, fuerte y baja la
de Agosto, liviano como un trino la de la pintora, el poeta hablaba de cosas
serias; Klingsor bromeaba; la Reina Roja se movía entre sus huéspedes,
observándolos, un poco tímida, rodeada por delfines y corceles, ora en medio de
los amigos, ora al lado del piano, sentándose en un almohadón, cortando pan, o
escanciando vino con mano inexperta. Una ruidosa alegría remaba en la fresca
sala; ojos negros y azules brillaban felices y detrás de las altas puertas
luminosos de los balcones acechaba inmóvil la tórrida canícula.
En las copas siempre llenas brillaba el vino dorado,
contrastando agradablemente con la frugal comida fría. El fulgor rojizo del
vestido de la Reina se reflejaba ora aquí, ora allí en la amplia y alta sala;
atentas y despiertas le seguían las miradas de los hombres. Des-apareció y
regreso con un pañuelo azul en la cabeza.
Después de comer se levantaron cansados satisfechos y se
dirigieron alegremente al bosque donde se tendieron entre el pasto y musgo.
Sombrillas relucientes; rostro encendidos bajo sombreros de paja; sol abrasador
en el cielos ardiente. La Reina de las Sierras descansaba toda roja en el pasto
verde; su cuello blanco y delgado se destacaba sobre el vestido llameante.
Satisfecha y animada la botica se amoldaba a su pie esbelto. Klingsor cerca de
ella la miraba, la estudiaba, la absorbía, como cuando muchacho leía, absorto y
olvidado, el cuento de hadas de la reina de las Sierras. Descansando,
dormitando, charlando y luchando con hormigas pasaban las horas; alguien creyó
escuchar el arrastrar de una serpiente; cáscaras espinosas de castañas se
enredaban en los cabellos de las mujeres. Klingsor pensaba en amigos ausentes
que hubieran armonizado con la reunión. En realidad no eran muchos; únicamente
añoraba a Luis el Cruel, el pintor de circos y tiovivos; su espíritu fantástico
flotaba entre ellos.
La tarde transcurrió como un año en el paraíso. Al despedirse se
rieron mucho y Klingsor se lo llevo todo atesorado en su corazón: la Reina, el
bosque, el palacete, la sala de los delfines, los dos perros y el papagayo.
Al bajar con los amigos por la montaña, Le invadió poco a poco
ese humor alegre y desbordante que conocía solo en los raros días en que dejaba
voluntariamente el trabajo. Tomado de la mano con Ersilia, Hermann, y la
pintora, se deslizaba bailoteando por la soleada carretera, entonaba canciones,
gozaba infinitamente con bromas y juegos de palabras, reía con abandono. Corría
adelante y se escondía entre arbustos para asustarlos.
Por más que caminaran ligero, el sol rodaba mas rápidamente y al
llegar a Palzzetto ya se hundía detrás de la montaña, sumiendo en la oscuridad
el valle ahí abajo. Habían errado el camino y bajando demasiado, estaban
hambrientos y fatigados y tuvieron que renunciar a los proyectos que tenían
previstos para la noche: una caminata por los campos de grano hasta Barengo y
una cena con pescado frito en la posada del pueblito de pescadores.
-Queridos amigos -dijo Klingsor, sentándose en un muro al borde
del camino-, nuestro plan era muy lindo y sin duda yo haría hondo a una buena
cena de los pescados en Monte d'oro. Pero no podemos seguir así; yo por lo
menos no puedo. Esto y cansado y ten-
go hambre. No daré un paso mas después del próximo
"Grotto", que sin duda no estará lejos. Allí habrá vino y pan. ¿Quien
me acompaña? Todos lo aprobaron y pronto encontraron el "Grotto': una
estrecha terraza en la pendiente escarpada, mesas y bancos de piedra, a oscuras
entre los árboles. Desde la cantina, entre las piedra, a oscuras entre los
árboles. Desde la cantina, entre las rocas, el posadero trajo vino fresco y
pan. Comieron en silencio, contentos de hallarse por fin sentados. Detrás de
los anchos troncos iba muriendo el día, el monte azul se tornaba lentamente
negro, v la blanca carretera rosada; se oyó el chirrido de un carruaje y el
ladrido de un perro en el camino invadido por las tinieblas; en el cielo se
escondían poco a poco las estrellas y en la tierra las luces, sin que pudieran
distinguirse las unas de las otras.
Klingsor descansaba feliz, contemplando la noche, llenándose
lentamente con pan negro y vaciando en silencio los tazones azulados llenos de
vino. ya satisfecho, comenzó de nuevo a charlar y a canta, meciéndose al compás
de la melodía, jugando con las mujeres y aspirando el perfume de sus cabellos.
El vino le gustaba. Como experto seductor acallo fácilmente las preguntas de
seguir de viaje, y continuo bebiendo y escanciando vino; brindo cariñosamente,
con todos y ordenó mas vino. Poco a poco, de los celestes tazones de arcilla,
símbolo del pasado, se elevaron hechizos fantásticos, que vagaban por el mundo,
dando color a las estrellas y a las luces.
Sentados en una hamaca suspendida sobre el abismo del mundo y de
la noche, aquellos pájaros sin patria y sin peso frente a las estrellas,
cantaban y cantaban en su jaula dorada canciones exóticas, y fantaseaban con
los corazones embriagados por la noche, el bosque y el cielo, en el universo
inverosímil y fantástico. Les contestaban las estrellas y la luna, los árboles
y las montañas, evocando cálidos vapores de Egipto y férvidos perfumes de
Grecia: Goethe y Hafis vagaban entre ellos, Mozart sonreía y Hugo Wolf tocaba
el piano en la noche quimérica.
Un estruendo interrumpió el silencio, un resplandor crepitante
atravesó el aire: debajo de ellos, en el corazón de la tierra, paso corriendo,
lanzándose hacia la montaña y la noche, un tren con cientos de ventanas
iluminadas, mientras arriba en el cielo resonaban las campanas de una iglesia
invisible. Acechando subió la luna en el firmamento, y al reflejarse en el vino
oscuro, ilumino la boca y los ojos de una mujer en las tinieblas, luego sonrío
y subió mas, para unirse al coro de estrellas. Solitario, acurrucado en un
barco, estaba el espíritu de Luis el Cruel escribiendo cartas.
Klingsor, rey de la noche, el cráneo coronado, apoyado en el
asiento de piedra, dirigía la danza del mundo, llevaba el compás de la música,
llamada a la luna, y mandaba desaparecer el tren, que paso raudo como una
estrellas fugaz que atraviesa la bóveda celeste.
¿Dónde estaba la Reina de las Sierras? ¿No resonaba un piano en
el bosque, no rugía a lo lejos el pequeño y desconfiado león? ¿No
había estado entre ellos la Reina escarlata con un pañuelo azul
en la cabeza? ¡Salud, viejo mundo, y cuidado con no hundirse! ¡Por aquí,
bosques! ¡Por allí, negras montañas! ¡Que todos obedezcan al ritmo! ¡Oh,
estrellas azuladas y ardientes como en la canción popular: "¡Tus ojos
ardientes y tu boca azulada!"
Sí, pintar era hermoso. Era un hermoso y agradable juegos para
niños. Pero distinto, mas grande y mas importante era distinguir las estrellas,
comunicar al mundo el ritmo de su propia sangre y la gama de colores de sus
ojos, soltar al viento de la noche los ensueños de la propia alma. ¡Que
desaparezca el monte negro! ¡Transformándose en nube, y vuela hasta Persia y
descarga tu lluvia sobre Uganda! Acércate espíritu de Shakespeare y cántanos tu
embriagada canción de la lluvia, de la lluvia de cada día.
Klingsor besó una pequeña mano femenina y se inclinó sobre el
seno palpitante y pleno de una mujer, un pie jugaba con el su yo debajo de la
mesa. No sabía a quién pertenecía la mano y el pie, se sentía rodeado de
cariño; era el antiguo y siempre encanto que volvía al corazón agradecido:
todavía era joven, todavía estaba lejos del fin; aun brillaba y seducía,
todavía le amaban las buenas y medrosas mujercitas; todavía contaban con él.
Su entusiasmo fue aumentando. Con voz baja y silenciosa empezó a
contar una extraordinaria epopeya, la historia de un amor o mejor dicho de un
viaje por los Mares del Sur, donde junto con Gauguin y Robinson descubriera la
isla de los papagayos, fundando la libre federación de las islas felices. ¡Cómo
refulgían en la luz de las estrellas los miles y miles de papagayos! ¡Que
fantásticos destellos producían sus largas colas azules, reflejaban en las
verdes aguas de la bahía! Como un trueno resonaron los gritos y el chillido de
los cientos monos cuando Klingsor proclamo la república. La cacatúa blanca fue
encargada formar el gabinete y Klingsor bebió, en compañía de los pájaros, vino
de las palmeras en los pasados cálices de coco. ¡Oh, luna de entonces, luna de
las noches felices, una luna que brillaba sobre las chozas lacustres en el
carnaval! Kül Kalüa se llamaba la esquiva princesa morena, paseaba su talle y
sus miembros esbeltos y finos por entre los bananeros; su cutis era tostado,
reluciente como la miel bajo las jugosas y gigantescas hojas; ojos de corsa en
el rostro suave, agilidad felina en la espalda fuerte y flexible, en los
tobillos elásticos y en las piernas musculosas. ¡Kül Kalüa, niña de pasión
primitiva e inocencia infantil de las sagradas islas suborientales! ¡Mil noches
pasaste en los brazos de Klingsor y cada noche fue nueva, cada noche fue mas
intima y mas dulce que todas las demás! ¡Oh, fiesta del espíritu de la tierra,
donde las vírgenes de la isla de los papagayos bailaban en honor del Dios blanco!
Sobre la isla, sobre Robinson y Klingsor, sobre el relato y los
oyentes se extendía la blanquecina bóveda estrellada; dulce y apacible como un
vientre que respira suavemente; pulsaba la montaña, bajo la húmeda luna
perseguida por las estrellas en vertiginosa danza, rodando veloz y febril por
el semicírculo del firmamento. Cadenas de estrellas hallábanse alineadas como
la soga resplandeciente del funicular de paraíso. Selva virgen, oscura y
material, cieno prehistórico evocando muerte y creación, reptiles y cocodrilos
arrastrándose en el fango, la eterna corriente de las formas renovándose al
infinito.
-Volveré a pintar -dijo Klingsor-, mañana mismo. Pero ya no
pintaré casa, ni árboles. Pintaré cocodrilos y estrellas de mar, drago-nes y
serpientes purpurinas, pero los representaré en su formación, pasado por la
gran evolución, llenos de nostalgia por convertirse en nombres, por
transformarse en estrellas; una concepción llena de nacimiento y
descomposición, llena de Dios y de muerte.
Entre sus palabras apagadas en medio de esa hora ebria e
intranquila, resonó la voz de Ersilia profunda y clara; canturreaba el
"bel mazzo di fiori". Una dulce sensación de paz emanaba de la
sencilla canción; Klingsor la escuchaba como si llegaba desde una remota isla
flotante por mares de tiempo y soledad.
Dio vuelta su taza vacía; ya no iba a beber mas. Se quedo
inmóvil escuchando: era el canto de una mujer, una niña, una madre. y él,
Klingsor, ¿era un individuo extraviado y perverso, bañado en el fango del
mundo, un vagabundo y un bribón o un pequeño niño estúpido?
-Sora Ersilia -dijo con respeto-, tu eres nuestra buena
estrella.
Luego treparon cuesta arriba por el bosque tenebroso,
aferrándose a ramas y a raíces, buscando el camino de vuelta. Llegaron al
limite del bosque y se introdujeron en los campos cultivados, donde un pequeño
sendero dormido entre el maíz prometía el regreso al hogar, mientras la luna se
reflejaba en las hojas y a lo largo de la hileras de viñas. Klingsor empezó a
cantar con su voz un tanto ronca, canto mucho con voz apagada, en alemán y en
mala yo, con palabras y sin palabras. y mientras cantaba emanaba una concentrada
plenitud, como cuando un muro oscuro difunde en la noche la luz absorbida
durante el día.
De uno a uno por vez se despedían los amigos, desapareciendo por
estrechos senderos a la sombra de las parras. Toaos se iban, todos vivían para
si, alejaban camino del hogar, solos bajo el inmenso cielo. Una mujer le beso;
su boca le mordió la su ya, ávidamente. Todos se fueron, todos se perdieron en
la oscuridad. Cuando Klingsor subió solo los peldaños de su casa todavía iba
cantando. Cantaba y alababa a Dios y a si mismo, ensalzaba a Li Tai Pe y buen
vino de Pampambio. Descansaba como un oído en mares de paz y seguridad.
-Por dentro -decía-, soy como una esfera de pro como la cúpula
de una catedral; allí se reza arrodillado, el oro brilla en las paredes y en
antiguos cuadros sangra el Salvador, y sangra el corazón de María. Nosotros,
los extraviados, también sangramos, nosotros, as-tros y cometas, siete espadas
atraviesan nuestro pecho dichoso. Te amo, rubia muchacha, y a ti, mujer morena,
amo a todos, también a los pedantes; son pobres diablos como yo, pobres niños y
semidioses frustrados como el borracho Klingsor. ¡Salud, vida querida! ¡Salud,
muerte querida!
KLINGSOR A EDITH
¡Amada estrella celeste!
¡Que bondadoso y autentico todo lo que me escribiste, como me
llama dolorosamente tu amor cual infinito sufrimientos e infinito reproche!
¡Pero estas en el buen camino si me confiesas a mi, y te revelas a ti misma
todos los sentimientos de tu corazón! ¡No tildes de pequeña e indigna a ninguna
emoción! Toda emoción es buena, muy buena; también el odio y la envidia, los
celos y la crueldad. Únicamente vivimos de nuestros pobres, hermosos y divinos
sentimientos. y siempre que somos injustos con uno de ellos es como si
apagáramos un astro en el firmamento.
No sé si amo a Gina. Lo dudo. No podría hace ningún sacrificio
por ella. No se siquiera si soy capaz de amar. Puedo experimentar deseos y
buscarme a mi mismo en otros seres, sorprender ecos afines, ansiar un espejo
que refleje mi imagen, necesitar placer y goce, y todo esto puede parecer amor.
Tú y yo vagamos perdidos en el mismo jardín, el jardín de
nuestros sentimientos insatisfechos en este bajo mundo, y cada uno de nosotros
se venga a su manera de este mundo maligno. Pero ambos queremos dejar vivir las
ilusiones del otro, porque cuan dulce y fuerte es el vino de los ensueños. La
comprensión cabal de sus sentimientos y del "alcance" y consecuencias
de sus acciones solo lo logran los seres buenos y firmes, aquellos que tiene fe
en la vida y que nunca dan un paso que no aprobarían también en lo futuro. yo
no tengo la suerte de pertenecer a ellos, yo siento y obro como un ser que no
cree en el mañana y considera cada día como el ultimo día.
Querida y hermosa mujer, esto y tratando sin éxito de expresar
mis pensamientos. ¡Las palabras matan las ideas! ¡Dejémoslas vivir! Siento con
profundo agradecimiento como me comprendes, como ha y algo en ti que nos une.
Sin embargo no se habría que clasificar en el litro de la vida nuestros
sentimientos, si como amor, voluptuosidad, agradecimiento o compasión; ignoro
si son maternales o infantiles. A veces miro cualquier mujer como un viejo
experto libertino y otras veces como un pequeño muchacho. A menudo me trae la
mujer mas pura y otras veces las mas sensual. Todo lo que yo pueda amar es
hermoso, sagrado e infinitamente bueno. Pero no es posible comprender por que
amo, por cuanto tiempo y con que intensidad.
ya sabes que no te amo únicamente a ti, y que tampoco amo
solamente a Gina; mañana o mas tarde amaré otros cuadros, pintaré otros
cuadros. Pero no lamentaré ningún amor que sintiera Jamás, ni acción sabia o
necia que ha ya cometido por él. A ti quizá te ame porque te pareces a mi y
otras las amo porque son distintas de mi.
Está alta la noche y la luna asoma ya sobre el Monte Salute.
¡Cómo ríe la vida, como ríe la muerte!
Echa al fuego esta insulsa carta y échalo al fuego a tu
Klingsor.
LA MÚSICA DEL OCASO
Había llegado el último día de julio, el mes preferido de
Klingsor. La gran fiesta de Li Tai Pe había pasado y no volvería jamás. En los
jardines, los girasoles dorados se elevaban hacia el cielo azul. En compañía
del fiel Thu Fu, Klingsor emprendió aquel día una jira por una región que amaba
mucho: suburbios abrasados por el sol, carreteras polvorientas entre altas
alamedas, chozas rojas y anaranjadas en la costa arenosa, carruajes y
desembarcaderos, largos muros violáceos, pobre gente de color. Al atardecer se
hallaba en la periferia de un suburbio, acurrucado en el polvo, al borde del
camino, en la dehesa desnuda y hundida, pintando los toldos multicolores de un
tiovivo, las carretas de los gitanos, fascinado y embebido por los vivaces
colores del pintoresco conjunto. Se empeñó en el lila intenso de un ribete del
toldo, en el alegre verde y rojo de un coche-vivienda, en los barrotes blancos
y azules del armazón. Pintaba con ímpetu, casi con encono, aquí el cadmio y
allí el fresco y dulce cobalto, y líneas de rojo granza trazadas en el cielo
verde y amarillo. Dentro de una hora o quizá menos tendría que terminar,
vendría la noche y mañana empezaría agosto, el mes de fiebre abrasadora, cu yo
ardiente cáliz le producía miedo y angustia mortal. La guadaña esperaba
afilada, los días se hacían más cortos, la muerte reía oculta en el follaje
rojizo. ¡Pero tú, cadmio, brillarás aún más alegre y vivaz! ¡ y tú, rojo
granza, ostenta tu exuberante plenitud! ¡Cómo ríes clarísimo y espléndido
amarillo limón! ¡Acércate, oh montaña lejana y azulada! ¡ y ustedes,
verdes árboles cubiertos de polvo! ¡Cómo cuelgan cansadas
vuestras piadosas y devotas ramas! ¡ yo aspiro y absorbo esos fenómenos
fugaces! y prometo duración e inmortalidad, yo que soy el más perecedero, el
más incrédulo y el más triste de todos, que padezco más que ustedes el miedo a
la muerte. Julio ha terminado de arder, raudo pasará el mes de agosto, y de
pronto, en las frescas madrugadas aparecerá el Gran Fantasma entre el follaje
amarillo cubierto de rocío. Noviembre arreas en el bosque. ya ríe el Gran
Fantasma, ya penetra el frío en nuestro corazón, ya caen de los huesos nuestras
queridas carnes rosadas; en el desierto gime el chacal, y el cuervo canta su
maldita canción. y un maldito periódico de gran ciudad reproduce mi retrato con
estas palabras: "Excelente pintor expresionista, gran colorista, murió el
16 de este mes".
Lleno de odio trazó un surco de azul parisiense debajo de la
verde carreta de los gitanos. Lleno de amargura arrojó amarillo de cromo sobre
los recodos del camino. Con profunda desesperación llenó de bermellón una
mancha, y se lanzó exterminador sobre el blanco provocativo. Luchaba sangrando
por subsistir, imprecaba con verde chillón y amarillo de Nápoles contra el Dios
inexorable. Gimiendo arrojó más azul en el insulso verde polvoriento;
suplicando encendió luces más cálidas en el cielo nocturno. Su pequeña paleta
llena de colores puros de extraordinaria fuerza luminosa, era su consuelo, su
fortaleza, su arsenal, su libro de oraciones, su cañón con que tiraba contra la
muerte maligna. El púrpura era la negación de la muerte, el cinabrio era su
burla a la descomposición. Su arsenal era bueno, su valiente, pequeña tropa se
sostenía dignamente, sus cañonazos resonaban y resplandecían en el cielo. Pero
de nada servía; era inútil disparar y sin embargo hacía bien, era una felicidad
y un consuelo, eso significaba todavía vivir y triunfar.
Thu Fu había ido a visitar a un amigo que vivía en su castillo
mágico entre la fábrica y el embarcadero. Ahora volvía en compañía del
astrólogo armenio.
Klingsor, que había terminado el cuadro, respiró aliviado al ver
a su lado esos dos rostros amables: el suave cabello rubio de Thu Fu, y la
barba negra del mago con su boca risueña sembrada de blancos dientes. y con
ellos llegó también la Sombra, la Sombra larga y negra y con los ojos hundidos
en las profundas órbitas. ¡Bienvenida también tú, Sombra querida!
-¿Sabes qué día es hoy? -preguntó Klingsor a su amigo.
-El último de julio.
-Hoy saqué un horóscopo -dijo el armenio-, y vi que esta noche
me vas a traer algo. Saturno esta extraordinario. Marte neutral, Júpiter
domina. Li Tai Pe, ¿acaso usted no es un niño nacido en julio?
-Sí, nací el dos de julio.
Ya me lo imaginaba. Su horóscopo es muy confuso, amigo,
solamente usted podría interpretarlo. Su fecundidad lo rodea como una nube
próxima a estallar. Muy singulares son sus astros, Klingsor, usted mismo
debería sentirlo.
Li guardó sus útiles. Apagado estaba el mundo que acababa de
pintar, apagado el cielo verde y amarillo, lejos la clara banderita azul,
aniquilado y marchito el vivaz amarillo. Tenía hambre y sed y la garganta
reseca de polvo.
-Amigos -dijo afectuosamente-, no nos separaremos en toda la
noche. Jamás volveremos a estar juntos los cuatro; no lo veo en los astros, lo
siento en mi corazón. Mi luna de julio ha pasado, oscuras arden sus últimas
horas; la gran madre llama desde las profundidades. Jamás fue tan hermoso el
mundo; jamás un cuadro mío fue tan bello, los relámpagos atraviesan el aire;
toca la música del ocaso. Vamos a entonar nosotros también la dulce y
angustiosa música, juntos vamos a beber vino y a comer pan.
Al lado del tiovivo cu yo toldo precisamente iban sacando para
prepararlo par la noche, había una pequeña posada y en la sombra algunas mesas
debajo de los árboles, entre las que se movía una sirvienta coja. Se sentaron
allí frente a una mesa de tablas, sirvieron el pan y escanciaron el vino en los
tazones de arcilla; se encendieron luces bajo los árboles, el órgano del
tiovivo comenzó a tocar arrojando en la noche los compases ruidosos y chillones
de su música entrecortada.
-Trescientas copas quiero vaciar -exclamó Li Tai Pe, brindando
con la Sombra-. ¡Salud, oh, Sombra, imperturbable soldado de plomo! ¡Salud,
amigos! ¡Salud, luces eléctricas, arcos voltaicos y refulgentes lentejuelas del
tiovivo! ¡Oh, si estuviera aquí Luis, el pájaro migradorl Acaso ya nos precedió
en el cielo. Quizás regrese mañana y no nos encuentre mas; reirá el viejo
chacal y pondrá arcos voltaicos y mástiles de banderas sobre nuestras tumbas.
El mago se levantó en silencio y trajo más vino; alegres
sonreían sus blancos dientes en su boca roja.
-La melancolía -dijo echando una mirada de soslayo a Klingsor-,
es una cosa que no habría de llevar consigo. ¡Es tan fácil vencerla! Una hora,
una breve e intensa hora con los dientes apretados... y la melancolía está
aniquilada para siempre.
Klingsor miraba atentamente su boca, esos dientes blancos y
relucientes que en una ardiente hora habían estrangulado y mordido mortalmente
a la melancolía. ¿Acaso él también podría lograr lo que había podido el
astrólogo? ¡Oh, furtivo vistazo a un jardín lejano, donde ha y una vida sin
miedo, sin melancolía! Pero sabía que estos jardines eran inaccesibles para él.
Sabía que su sino era distinto, que su relación con Saturno era otra; otras
canciones quería tocar a Dios sobre sus cuerdas.
-Cada uno tiene sus astros -dijo Klingsor quedamente-, cada uno
tiene su fe. yo creo en una cosa: en el ocaso. Viajamos en una carreta por
encima del abismo y los caballos se han desbocado. Todos nosotros estamos en
pleno ocaso, tenemos que morir, tenemos que volver a nacer, ha llegado para
nosotros la gran transformación. Por doquiera advertimos lo mismo: la gran
guerra, el gran cambio en el arte, el desmoronamiento de los estados de
occidente. Aquí en vuestra vieja Europa ha muerto todo lo que era bueno y
característico; nuestra hermosa razón se ha transformado en demencia, nuestro
dinero en papel, nuestras máquinas sólo saben disparar y producir explosiones,
nuestro arte es un suicidio. Nos hundimos, amigos, en nuestro destino; está
entonada la música de Tsin Tse.
-Como quieras -replicó el armenio escanciando vino-. Se puede
decir sí y se puede decir no: todo no es más que un juego de niños. El ocaso no
puede existir. Para que ha ya un ocaso y una aurora debiera existir un arriba y
un abajo. Pero el arriba y el abajo no existen, son cosas que viven en el
cerebro de los hombres, en la patria de las ilusiones. Todas las antítesis son
ilusiones; ilusión es el blanco y el negro, e ilusión es la vida y la muerte,
lo malo y lo bueno. Una hora, una ardiente hora con los dientes cerrados... y
se habrá superado el reino de las ilusiones.
Klingsor escuchaba su bondadosa voz.
- yo hablo de nosotros -contestó-, hablo de la Europa, de
nuestra vieja Europa, que durante dos mil años creyó ser el cerebro del mundo.
Esta Europa se hunde. ¿Crees que no te conozco, mago? Eres un mensajero de
Oriente, no traes un mensaje también a mí; acaso eres un espía o un general
disfrazado. Estás aquí porque aquí empieza la decadencia, porque presientes el
ocaso. Pero nosotros nos hundimos gustosos, morimos con placer, no nos
resistimos.
-También podrías decir: nacemos con placer -observó riendo el
habitante de Asia-. A tí te parece el fin, a mí el nacimiento. y ambos son una
ilusión. El hombre cree que la tierra es un disco fijo bajo el cielo, ve y cree
en el ocaso y en la aurora, ¡ y casi todos los hombres creen en este disco
fijo! Pero los astros ignoran el arriba y el abajo.
-¿Acaso no ha y astros que se han extinguido? -exclamó Thu Fu.
-Para nosotros, para nuestros ojos.
De nuevo llenó los tazones; siempre era él quien servía,
solícito y sonriente. Se alejó con la jarra vacía, para traer más vino. La
música del tiovivo retumbaba estridente.
-Vamos allí, aquello es confortable -suplicó Thu Fu. Fueron y se
quedaron en la barrera pintada, mirando el tiovivo que giraba vertiginosamente
en el resplandor cegante de las estrellitas y espejuelos, mientras cien niños
contemplaban con ávidos ojos aquella maravilla. Por un momento Klingsor sintió
con profunda alegría lo primitivo y salvaje de aquella máquina, de aquella
música mecánica, de aquellos cuadros y colores chillones y toscos, de aquellos
espejos y absurdas columnas de adorno; el conjunto evocaba curanderos y
charlatanes, antiquísimas artes de encantamiento y hechizo; todo ese alboroto
bárbaro y brillante en el fondo no era más que el trémulo reflejo de la pieza
de plomo que el pez confunde con otro pececillo y con la cual se le pesca.
Todos los niños debían dar una vuelta en el tiovivo. A todos los
niños regaló monedas Thu Fu, a todos los niños invitó la Sombra. Se agolpaban,
colgándose de los vestidos, suplicando, agradeciendo. A una hermosa muchachita
rubia de doce años, le pagaron . todos vueltas de tiovivo. En el relumbre de
las luces, su corta falda ondeaba dulcemente sobre sus hermosas piernas de
varoncito. Un muchacho lloró. Unos muchachos riñeron. Tintineando golpeaban los
timbales al compás del órgano, vertían fuego en el ritmo, opio en el vino. Un
buen rato permanecieron los cuatro en el alegre bullicio.
Luego se sentaron de nuevo bajo el árbol; el armenio escanció
vino en los tazones, mientras hablaba del ocaso con luminosa sonrisa.
-Trescientas copas apuraremos hoy -cantaba Klingsor. Su cráneo
tostado brillaba amarillento, su risa oprimía como un gigante el corazón
tembloroso. Brindaba, ensalzaba el ocaso, el ansia de morir, la tonalidad de
Tsin Tse. Fragorosa rugía la música del tiovivo. Pero dentro en el corazón,
anidaba el miedo; el corazón no quería morir, el corazón odiaba la muerte.
De pronto resonó en la noche otra música salvaje, aguda,
impetuosa, procedente de la casa. En la planta baja, al lado de la chimenea cu
ya cornisa estaba llena de botellas de vino alineadas graciosamente, tableteó
un piano mecánico, como una ametralladora, violento, estruendoso, precipitado.
Las notas desafinadas chillaban dolorosamente, el ritmo allanaba como una
aplanadora los gemidos de las disonancias. Gente, luces, barullo, jóvenes y
chicas que bailaban; también la sirvienta coja y también Thu Fu. Bailaba con la
muchachita rubia; su corto vestidito de verano ondeaba liviano sobre sus
delgadas y hermosas piernas; Thu Fu sonreía afable, el rostro lleno de amor.
Los otros dos se sentaron en el rincón de la chimenea, junto a la música, en
medio del alboroto. Klingsor veía tonos, escuchaba colores. El astrólogo sacaba
botellas de la chimenea, las abría, escanciaba. La sonrisa iluminaba su
inteligente cara morena. La música retumbaba furiosa en la sala de techo bajo.
Lentamente el armenio abría una brecha en la hilera de las viejas botellas
sobre la chimenea, como un sacrílego que roba uno tras otro los cálices de un
altar.
-Eres un gran artista -susurró el astrólogo a Klingsor, mientras
le llenaba de nuevo la taza-. Eres uno de los más grandes artistas de nuestra
época. Tienes el derecho de llamarte Li Tai Pe. y sin embargo, Li Tai, no eres
más que un pobre hombre perseguido, atormentado y lleno de miedo. Entonabas la
música del ocaso y ahora están cantando en medio de tu casa que arde y no te
sientes feliz, Li Tai Pe, aún cuando apures todos los días trescientas copas,
brindándole a la luna. No te sientes a gusto; al contrario eres muy infeliz.
¿No quieres detenerte, cantor del ocaso? ¿No quieres subsistir?
Klingsor bebió y contestó también susurrando con su voz un tanto
ronca:
-¿Acaso podemos cambiar el destino? ¿Existe el libre albedrío?
¿Acaso tú, que eres astrólogo, puedes modificar mi horóscopo.
- yo no puedo modificar a los astros, sólo puedo interpretarlos.
Pero tú puedes dirigirte a ti mismo. Existe el libre albedrío: se llama magia.
-¿Para qué tengo que practicar la magia, si puedo practicar el
arte? ¿Acaso el arte vale menos?
-Todo es bueno y nada es bueno. Pero la magia nos libra de las
ilusiones. La magia destruye la peor de las ilusiones, la que llamamos
"tiempo".
-¿No hace el arte lo mismo?
-Lo intenta. ¿Pero acaso te basta el Julio que pintaste en tus
cartones? ¿Eliminaste al tiempo? ¿Te has librado del miedo al otoño y al
invierno?
Klingsor suspiró, sin contestar; en silencio apuró su taza, y en
silencio el astrólogo volvió a llenarla. El piano automático rugía
desenfrenado; entre los bailarines se destacaba angelical el rostro de Thu Fu.
El mes de julio había llegado a su fin.
Klingsor jugaba con las botellas vacías, ordenándolas en círculo
sobre la mesa.
-Estos son nuestros cañones -gritó-. Con estos cañones
aniquilamos al tiempo, a la muerte y a la miseria. También con los colores
disparé sobre la muerte, con el verde vivo, el cinabrio encendido y el dulce
rosa geranio. A menudo la alcancé en la cabeza, arrojándole el blanco y el azul
en los ojos. Cuántas veces la obligué a huir. ¡ y cuántas veces todavía daré en
el blanco, la dominaré, la engañaré! Miren al armenio; está destapando otra
botella vieja y el sol concentrado de veranos pasados calentará nuestra sangre.
También el armenio nos ayuda a disparar contra la muerte, y él tampoco conoce
otra arma contra ella.
El astrólogo cortó pan y comió.
-No necesito armas contra la muerte, porque la muerte no existe.
Lo único que existe es el miedo a la muerte. y éste se puede curar, contra él
sí que tenemos un arma. Es cosa de una hora superar el miedo. Pero Li Tai Pe no
quiere. Li ama la muerte, ama su miedo a la muerte, su melancolía, su miseria;
sólo el miedo le ha enseñado lo que sabe y aquello por lo cual lo queremos.
Brindó sonriendo irónicamente; sus dientes resplandecían; su
rostro aparecía siempre más alegre, como si ignorara el dolor. Klingsor tiraba
con cañones de vino ante las puertas abiertas de la sala congestionada de
gente, de vino y de música. Gigantesca, esperaba afuera la muerte, sacudiendo
lentamente los negros árboles de acacia, acechando tenebrosa en el jardín. Por
doquiera vagaba la muerte; sólo adentro, en la sala bulliciosa, se luchaba
todavía, se luchaba maravillosamente y con valentía contra el negro enemigo sitiador
que gemía en las ventanas.
Ironía y sonrisa se dibujaban en el semblante del astrólogo;
sonriendo sarcásticamente llenaba las tazas vacías. Klingsor
rompía tazas, el armenio traía otras. También él había bebido mucho pero se
mantenía tan erguido como el mismo Klingsor.
-Bebamos, Li -dijo con voz baja y burlona-. Tú amas la muerte,
quieres hundirte de buena gana, quieres morir sin rebelarte. ¿Acaso' no era
esto lo que dijiste hace un rato?... ¿o me engañé, o quizás al fin y al cabo me
engañaste a mí y te engañaste a ti mismo? ¡A beber, Klingsor, a hundirse!
Klingsor montó en cólera. Se irguió derecho y alto, el viejo
gavilán de agudo perfil, escupió en el vino y estrelló en el suelo su tazón
lleno. El vino rojo salpicó la sala, los amigos palidecieron, la gente
desconocida rió con fuerza.
Pero el astrólogo trajo mudo y sonriente otra taza, la llenó
sonriendo y la ofreció sonriendo a U Tai Pe. Entonces Li sonrió, entonces él
también sonrió. Como la luz de la luna, la sonrisa iluminó su semblante
contraído.
-¡Hijos míos -exclamó-, dejen hablar al forastero! El viejo
zorro sabe mucho; viene de una cueva muy profunda y escondida. Es muy sabio,
pero no nos comprende. Es demasiado viejo para comprender a los niños. Es
demasiado prudente para entender a los locos. Nosotros, los moribundos,
conocemos a la muerte mejor que él . Nosotros somos seres humanos, no somos
astros. Miren esta mano mía que sostiene una pequeña taza azul llena de vino.
Muchas cosas sabe hacer esta mano; es muy capaz esta mano morena. Ha pintado
con muchos pinceles, arrancando a las tinieblas trozos de mundo, para
revelarlos, a los ojos de los hombres. Esta mano atezada acarició muchos
rostros de mujeres y sedujo a muchas jovencitas, recibió muchos besos, lágrimas
cayeron sobre ella y Thu Fu le dedicó una poesía. Esta querida mano, amigos,
estará pronto cubierta de tierra y de gusanos; ninguno de ustedes se atrevería
a tocarla. Sin embargo, precisamente por eso la amo. Amo a mi mano, amo mis
ojos y amo mi vientre blanco y delicado, los amo con pesar, con desprecio y
ternura, porque pronto tendrán que marchitarse y pudrirse. ¡Oh, Sombra!
¡Tenebroso amigo, viejo soldadito de plomo sobre la tumba de Andersen! A tí
también te sucede lo mismo, querido muchacho. ¡Brinda conmigo, por que vivan
nuestros amados miembros y entrañas!
Brindaron y la Muerte sonrió sombría desde sus profundas
órbitas... De pronto una ráfaga atravesó la sala como el hálito de un espíritu.
La música calló de repente, los bailarines desaparecieron como tragados por las
tinieblas y la mitad de las luces se apagó. Klingsor miró hacia los negros
huecos de las puertas. Afuera acechaba la muerte. La veía, la oía. La muerte
olía a gotas de lluvia en el polvo de las carreteras.
Entonces Li apartó las tazas, se levantó con ímpetu de la silla
y salió despacio de la sala, desapareciendo en el jardín oscuro y en las
tinieblas, solo en la noche cruzada de relámpagos. Su corazón le pesaba en el
pecho como una piedra sobre una tumba.
ATARDECER DE AGOSTO
Al anochecer, Klingsor, después de haber pintado toda la tarde
expuesto al sol y al viento en Manuzzo y Veglia, llegó muy cansado a través del
bosque de Veglia a un pequeño caserío dormido. Despertó a la vieja tabernera
que le trajo un tazón de arcilla colmado de vino; él se sentó en un cepo de
avellano frente a la puerta, abrió su mochila, halló todavía un pedazo de queso
y algunas ciruelas y se dispuso a comer su cena. La mujer desdentada y
encanecida, con sus viejos ojos silenciosos y apagados, se sentó junto a él,
encorvada y acurrucada, hablándole -mientras su cuello surcado de arrugas se
movía incesantemente-, de su pueblo y de su familia, de la guerra y del estado
de los campos, del vino y de la leche y de lo que costaban, de nietos
fallecidos y de hijos emigrados; todos los períodos y constelaciones de esa
sencilla vida de labriegos se extendían luminosos y apacibles, toscos en su
pobre belleza, Henos de alegrías y preocupaciones, llenos de miedo y ansias de
vivir. Klingsor bebía y comía, des-cansando y escuchando; preguntó por los
hijos y el ganado, por el cura y el obispo, alabó afablemente el mísero
vinillo, le ofreció la última ciruela y después de darle la mano y augurarle
las buenas noches, subió lentamente apoyándose en el bastón y cargado con la
mochila, cuesta arriba por el bosque ralo, hacia su refugio nocturno.
Era la tardía hora dorada; todavía brillaba por doquier la luz
del día, mientras ya se elevaba en el firmamento la luna y los primeros
murciélagos revoloteaban en la verde y trémula atmósfera. El linde del bosque
se extendía suave bajo los últimos rayos del sol; los troncos claros de los
castaños se destacaban entres las sombras negras; una choza amarilla reflejaba
apaciblemente la luz absorbida durante el día, como un fúlgido topacio
amarillo, pequeños senderos rosados y violáceos surcarían prados, viñedos y
matorrales; de vez en cuando unas ramas de acacia ya amarillenta; en el
occidente el cielo se elevaba áureo y verdoso sobre azules montañas
aterciopeladas.
¡Oh, poder trabajar todavía en el último fantástico cuarto de
hora del maduro día estival, que no volvería jamás! ¡Todo era tan infinitamente
hermoso, tan tranquilo, tan bondadoso y pródigo, tan lleno de Dios.
Klingsor se sentó en la fresca hierba y tomó mecánica mente el
lápiz, pero en seguida bajó la mano sonriendo. Estaba rendido de cansancio. Sus
dedos palpaban las hierbas resecas, el terruño árido y blanco. ¿Por cuánto
tiempo aún duraría el excitante y encantador juego de la vida? ¡Un poco más y
pronto tendría las manos, la boca y los ojos llenos de tierra! Recordó una
poesía que le enviara Thu Fu en aquellos días y la recitó despacio:
"Del árbol de la vida cae
hoja tras hoja.
¡Mundo fantasmagórico!
¡Oh, cómo sacias!
¡Cómo sacias y cansas!
¡Cómo embriagas!
Lo que hoy todavía brilla
Pronto perecerá.
Pronto silbará el viento
sobre mi tumba negra.
Sobre el pequeño niño,
se inclina la madre sonriendo.
Sus ojos quiero ver de nuevo,
su mirada es mi estrella;
todo ¡o demás puede hundirse y marchitarse,
todo muere, todo muere con placer;
sólo sobrevive la eterna madre,
la madre de quien venimos.
Su dedo escribe jugando
nuestros nombres en el aire fugaz".
Sí, todo estaba bien. ¿Cuántas vidas le quedaban a Klingsor de
las diez que poseyera? ¿Tres? ¿Dos? De todos modos siempre era más que una
sola, siempre era más que una honesta y corriente vida burguesa. y cuántas cosa
había hecho y visto; cuánto papel y lienzo había cubierto con colores, en
cuántos corazones había encendido amor y odio; cuánto escándalo había causado
en el arte y en la vida; cuántos frescos viento despertado en el mundo. Muchas
mujeres le habían amado; muchas tradiciones y santuarios había destruido;
muchas cosas nuevas había osado, muchas copas llenas había apura-do, y vivido
muchos días y noches estrelladas, tostándose bajo el sol de varios cielos y
nadando en muchas aguas. Ahora descansaba allí, mientras la brisa veraniega
soplaba caprichosamente en el castañar, y el mundo se le antojaba bueno y
perfecto. Era indiferente que pintara aún cien cuadros o diez, que viviera
otros veinte veranos o uno solo. Se sentía cansado, muy cansado. 'Todo muere,
todo muere con placer". ¡Muy bien, Thu Fu!
Era ya hora de regresar a casa. Entraría tambaleando en su
cuarto, recibido por el viento que penetraba por el balcón abierto. Encendería
la luz y miraría sus esbozos. El interior del bosque con su exuberante amarillo
cromo y su azul de china, quizás resultara un excelente cuadro. Vamos, en
marcha; era tarde ya.
Pero se quedó sentado, los cabellos al viento, con su chaqueta
de lino manchada ondeando el aire; sonrisa y melancolía en el corazón cansado.
Soplaba una brisa suave y lánguida; suaves y silenciosos revoloteaban los
murciélagos en el cielo vespertino. "Todo muere, todo muere con placer.
Sólo sobrevive la eterna madre".
Podría dormir allí, por lo menos una hora; no hacía frío. Apoyó
la cabeza en la mochila, con los ojos vueltos hacia el cielo. ¡Qué hermoso es
el mundo, cómo nos colma hasta la plenitud y el cansancio!
Oyó un ruido de suecos de madera, pasos enérgicos y fuertes que
bajaban por la montaña. Entre los helechos y retamas apareció la figura de una
mujer; ya no podía distinguirse el color de sus vestidos. Se acercó caminando
con pasos elásticos y regulares. Klingsor se levantó de un salto y dijo con
fuerza un "buenas noches". Ella se asustó un poco y se detuvo por un
instante. Al verla, Klingsor advirtió que ya la había conocido ante, pero no
recordaba dónde. Era linda y morena, sus dientes hermosos y fuertes relucían
blanquecinos en la oscuridad.
-¡Hola! -exclamó él, dándole la mano. Sentía que había algo en
común entre él y esa mujer, algún pequeño recuerdo.
-¿ ya no me conoces más?
-¡Madonna! ¡Es el pintor de Castagnetta! ¿Me ha reconocido
usted?
Ahora recordó. Era una campesina del valle Taverne; una vez en
un lejano día perdido en el pasado ya remoto y confuso de aquel verano, pintó
algunas horas cerca de su casa, bebió agua de su pozo y durmió una hora a la
sombra de una higuera y antes de irse recibió de ella una taza de vino y un
beso.
-Nunca regresó usted, -se quejó ella-. y sin embargo me lo había
prometido.
Había una nota de provocación y desafío en el timbre de su voz
profunda. Klingsor se reanimó.
-"Ecco", mejor que hayas venido tú. ¡Qué suerte tengo,
precisamente ahora que me sentía solo y triste!
-¿Triste? No me venga con cuentos, señor. Usted bromea, ni una
palabra se le puede creer. Adiós, tengo que seguir adelante.
-Entonces te acompañaré.
-Ese no se su camino y además no hace falta. ¿Qué puede
sucederme?
-A tí nada, pero a mí. Podría llegar otro, gustarte e ir
contigo; otro besaría tu querida boca, tu cuello y tu hermoso seno. No, eso no
puede ser.
Le puso la mano en la nuca y ya no la soltó.
-¡Mi pequeña estrella! ¡Tesoro! ¡Mi pequeña dulce ciruela!
¡Muérdeme y te voy a comer!
La besó en la boca abierta y llena, mientras ella se doblaba
hacia atrás; entre resistencias y protestas, cedió al fin, le besó también,
sacudió la cabeza, rió y trató de librarse.
El la tenía abrazada, la mano sobre su pecho, sus labios
buscando los de ella y aspirando el perfume de sus cabellos que olían a verano,
heno, retamas, helechos y zarzamora. Por un instante reclinó la cabeza hacia
atrás para tomar aliento y vio en el cielo apagado' la primera estrella pequeña
y blanquecina. La mujer callaba, el rostro serio; suspiró, apoyó su mano en la
su ya y la oprimió más sobre su pecho. El se agachó un poco, pasó suavemente el
brazo debajo de sus rodillas, que no resistieron, y la acomodó sobre la hierba.
¿Me quieres? -preguntó como una niña-. "Povera me".
Apuraron el cáliz; el viento soplaba en sus cabellos, llevándose
sus suspiros.
Antes de despedirse buscó en la mochila y en los bolsillos de su
saco algo que pudiera regalar; encontró una pequeña pitillera de plata, vació
el tabaco y se la dio.
-No, no es un regalo -le aseguró él-. Sólo un recuerdo para
que no me olvides.
-No te olvidaré -dijo ella-. ¿Regresarás? -agregó.
El se puso triste y la besó despacio en los ojos.
-Volveré -murmuró.
Durante un rato escuchó todavía inmóvil el ruido de los suecos
bajando por el monte, por el prado, por el bosque, sobre la tierra, sobre las
rocas, sobre las hojas y las raíces. Luego el silencio. El bosque se extendía
negro en la noche; el viento tibio pasaba como una caricia sobre la tierra
dormida. Algo en la oscuridad, un hongo o un helecho marchito, exhalaba un
agudo y amargo perfume otoñal.
Klingsor no podía decidirse a regresar. ¿Para qué subir ahora el
monte, para qué volver a su habitación llena de cuadros? Se tendió en la hierba
descansando y contemplando las estrellas; por fin concilio el sueño y durmió
hasta muy entrada la noche, cuando el grito de un animal o una ráfaga de viento
o la humedad del rocío le despertó. Entonces trepó hasta Castagnetta, halló su
casa, su puerta y entró en su habitación. Encontró cartas y flores de amigos
que le habían visitado.
A pesar de que se hallaba cansado, desempaquetó en plena noche,
según su antigua costumbre, sus carpetas y observó a la luz de la lámpara los
esbozos hechos durante el día. El interior del bosque era hermoso, los
hierbajos y rocallas se destacaban en los juegos de luz y sombra, frescos y
preciosos como un tesoro. Había hecho bien en usar sólo amarillo de cromo,
anaranjado y azul, renunciando al verde de cinabrio. Contempló un buen rato el
esbozo.
¿Para qué? ¿De qué servían todas esas hojas llenas de color?
¿Para qué todos los esfuerzos, el sudor, la corta embriaguez del momento
creador? ¿Existía la liberación? ¿Existía la tranquilidad? ¿Existía la paz?
Apenas desvestido, se dejó caer agotado en la cama, apagó la luz
y trató de dormirse murmurando los versos de Thu Fu:
"Pronto silbará el viento sobre mi tumba negra".
KLINGSOR ESCRIBE A LUIS EL CRUEL
¡Caro Luigi!
Hace mucho que no se o ye tu voz. ¿Vives todavía bajo la luz del
sol? ¿O acaso un buitre roe ya tu esqueleto?
¿Nunca hurgaste con tu aguja de tejer en un reloj de pared? yo
lo hice, y ocurrió que el diablo se apoderó del mecanismo y la cuerda se
descargó ruidosamente; las manecillas se perseguían en veloz carrera en torno a
la esfera, girando vertiginosamente con un ruido inquietante, un verdadero
"prestissimo", hasta que todo acabó bruscamente y el reloj dejó de
vivir. Lo mismo sucede aquí en Castagnetta: el sol y la luna corren afanosos
por el cielo como corredores de Amok; los días se persiguen, el tiempo se escurre
como la arena de una bolsa rota. Ojalá también el fin sea violento y este mundo
ebrio se hunda del todo, en lugar de volver a su ritmo burgués.
Durante el día esto y demasiado ocupado, como para poder pensar
en algo. ¡Qué ridículo y artificial resulta una frase como ésta cuando se la
pronuncia en voz alta! Pero de noche añora a menudo tu presencia. En general
esto y sentado en el bosque en una de las numerosas cantinas bebiendo el
acostumbrado vino tinto que raras veces es bueno, pero ayuda, sin embargo, a
soportar la vida y conciliar el sueño. Más de una vez me he dormido sentado
junto a una mesa en el "Grotto", demostrando ante las sonrisas de los
lugareños que mi neurastenia no es tan insoportable. A veces ha y amigos y
chicas y se pueden ejercitar los dedos en la plastilina de los miembros
femeninos, mientras se habla de sombreros, zapatos y arte. Aveces la alegría y
el buen humor desbordan y entonces gritamos y reímos toda la noche. y la gente
se regocija de que Klingsor sea un compañero tan alegre. Ha y una mujer muy
linda que pregunta muy interesada por ti, cada vez que la encuentro.
Nuestro arte, depende aún demasiado del objeto -como diría un
profesor-; es un buen jeroglífico, en cierto sentido. Aún cuando libremente y
en modo bastante desconcertante para el burgués, todavía pintamos los objetos
de la "realidad": hombres, árboles, ferias, trenes, paisajes. En eso
nos sujetamos todavía a una convención. El "burgués" llama reales los
objetos que todos o casi todos perciben en forma similar. Es mi intención,
apenas ha ya pasado este verano, pintar durante un tiempo solamente fantasías,
especialmente sueños. Me atendré en parte a tu gusto; habrá cosas muy
divertidas y sorprendentes, algo así como en los cuentos de Collofino, el
cazador de
liebres de la catedral de Colonia. Aunque siento que el suelo
oscila un poco bajo mis pies y aún cuando, en general, no ansío continuar
actuando, ni vivir muchos años más, de todos modos quisiera arrojar todavía
unos cuantos cohetes ardientes en las fauces de este mundo. Hace poco me
escribía admirado un coleccionista, que advertía en mis últimos trabajos una
segunda juventud. Ha y algo de cierto en esta afirmación. Me parece que sólo
este año he comenzado a pintar de veras. Sin embargo se trata más de una explosión
que de una primavera. Es asombroso cuánta dinamita existe todavía en mí; pero
la dinamita no se deja quemar económicamente en el bracero.
Querido Luis: cuántas veces me alegré para mis adentros de que
nosotros dos, viejos libertinos, seamos en el fondo tan recatados que
prefiramos tirarnos a las copas a la cabeza antes de descubrir nuevos
sentimientos. ¡Mejor así, viejo amigo!
En estos días hemos celebrado a medianoche una fiesta con pan y
vino en el "Grotto" de Barengo; nuestro canto y las antiguas
canciones romanas resonaban magníficas en el alto bosque. Es tan poco lo que se
necesita para ser feliz cuando la edad avanza y se empieza a sentir frío en los
pies; ocho a diez horas de trabajo por día; un litro de piamontés; media libra
de pan; un Virginia; un par de amigas y, naturalmente, calor y buen tiempo.
Este no falta, el sol funciona soberbiamente, mi cráneo está tostado como el de
una
momia.
Por momentos tengo la impresión de que mi vida y mi trabajo
comenzarán desde ahora; otras veces, en cambio, me parece que he trabajado
pesadamente por más de ochenta años y que ya tengo derecho al reposo y a la
paz. Todos llegamos al fin, querido Luis. yo y tú también. ¡Oh, Dios!, las
cosas que escribo; es visible que no me siento bien. No es más que hipocondría,
me duelen mucho los ojos y a veces me persigue el recuerdo de una disertación
sobre el desprendimiento de la retina, que leí hace años.
Cuando miro hacia abajo desde mi balcón que tú conoces,
comprendo que tenemos que trabajar mucho todavía. El mundo es indeciblemente
hermoso y variado; de noche y de día me llama por esa puerta verde, gritando y
exigiendo, y yo corro siempre afuera y le arranco un trozo, pero sólo un
minúsculo trozo. El seco verano transformó este valle tan verde en una
maravillosa región rala y rojiza; nunca hubiera creído que volvería a usar el
rojo inglés y el Siena. Luego me esperan el otoño, los campos de rastrojóla vendimia,
la cosecha del maíz, los bosques rojizos. Viviré todavía todo esto, día tras
día, y pintaré unos cien estudios. Pero luego, lo presiento, emprenderé el
camino de la ruta interior y pintaré de nuevo, como lo hice por un tiempo,
cuando era joven, de memoria y fantaseando; haré poesías y construiré castillos
en el aire. También eso es necesario.
A un joven que le pedía consejos, un famoso pintor de París le
contestó:
-Querido joven, si quiere ser pintor no olvide que ante todo ha
y que comer bien. ¡En segundo lugar es muy importante una buena digestión,
cuide que sus intestinos funcionen bien! y tercero: ¡tenga siempre una linda
amiguita!
Podría creerse que ya aprendí estos principios del arte y que en
eso nunca podría faltarme nada. ¡Pero este año, qué maldición! Ni siquiera en
estas cosas tan sencillas me anda bien. Como poco y mal, a menudo sólo pan en
todo el día y a veces mi estómago me causa molestias (¡te aseguro que no ha y
nada más desagradable!). Tampoco tengo una verdadera amiguita sino cuatro o
cinco mujeres y me siento igualmente agotado e insatisfecho. Ha y un
desperfecto en el mecanismo y aunque funciona de nuevo desde que lo pinché con
la aguja, corre sin embargo tan ligero como el mismo satanás y con un ruido
ensordecedor. ¡Qué sencilla es la vida cuando se está sano! Nunca recibiste de
mí una carta tan larga, salvo quizás en la época en que discutíamos sobre los
colores. Ahora voy a terminar, ya son casi las cinco y empieza a alborear.
Saludos de tu Klingsor.
Posdata:
Recuerdo que te gustaba mucho un pequeño cuadro mío, el de
acento más chino, con la choza, el camino rojo, los árboles dentados en verde
veronés y en el fondo la lejana dudad pequeña como un juguete. No te lo puedo
enviar y tampoco sabría donde estás. Pero te pertenece, te lo oigo por
cualquier eventualidad.
KLINGSOR ENVÍA UNA POESÍA A SU AMIGO THU FU
(Escrita en los días en que trabajaba en su autorretrato)
Ebrio paso las noches en el matorral agitado
El otoño roe las ramas gimiendo
Rezonga el posadero y corre a la cantina
Para llenar de nuevo mi botella vacía.
Mañana la pálida muerte hundirá
Su guadaña afilada en mis carnes rojas,
Hace mucho que anda agazapada:
La Infame y falsa perra traidora.
yo me burlo de ella cantando durante la noche.
En el bosque, cansado, balbuceo mi ebria canción
Para mofarme de su amenaza
Busco el olvido, en el canto y en la bebida.
Mucho viví y padecí, mi sendero ha sido largo;
Ahora de noche, bebo y espero angustiado,
Que la hoz reluciente
Separe mi cabeza de mi corazón palpitante.
EL AUTORRETRATO
En los primeros días de setiembre, después de varias semanas de
sol abrazador e insólita sequedad, empezaron las lluvias. En aquellos días
Klingsor pintó su autorretrato en la sala de altas ventanas de su palacio de
Castagnetta.
Este cuadro terrible y de mágica belleza, su última obra
acabada, es la coronación de aquel verano, de aquel extraordinario período de
trabajo ardiente y vertiginoso. Muchos se asombraban de que todos los que
habían conocido a Klingsor, le reconocieran infaliblemente en este cuadro,
aunque jamás un retrato estuvo tan alejado como ése del parecido natural.
Como todas las obras tardías de Klingsor, también este
autorretrato puede considerarse desde los más distintos puntos de vista. Para
algunos, especialmente para los que no conocieron al pintor, el cuadro
representa una sinfonía de color, una alfombra de maravillosa armonía, de
afecto apacible y delicado en medio de la vivacidad y variedad de los colores.
Otros ven en él una última, audaz y casi desesperada tentativa para librarse
del objeto: un rostro pintado como un paisaje, cabellos que evocan follaje y corteza
de árboles, las órbitas de los ojos como grietas en las rocas... Dicen que este
cuadro se relaciona con el objeto natural sólo de lejos, por analogía como
algunos perfiles de montañas que se parecen a rostros humanos, como algunas
ramas que recuerdan manos y piernas. Muchos, al contrario, ven precisamente en
esta obra sólo el objeto, el rostro de Klingsor, analizado e interpretado por
él mismo con inexorable psicología, una gigantesca confesión, un testimonio
brutal, conmovedor y aterrador. Otros, entre los que se cuentan algunos de sus
adversarios más acerbos, consideran este retrato como el producto y la prueba
del al supuesta locura de Klingsor. Comparándolo con (a cabeza original de
Klingsor o con fotografías, afirman que la deformación y exageración de los
rasgos corresponde a una mentalidad primitiva, degenerada, atávica y animal.
Algunos de ellos critican el fetichismo y exceso de fantasía del cuadro, ven en
él una especie de autoadoración monomaníaca, mezcla de blasfemia y
autoglorificación, con aspecto de megalomanía religiosa. Todos estos puntos de
vista y muchos otros más son verosímiles.
Durante los días que trabajó en esta obra, Klingsor no salía
sino de noche para ir a beber; comía solamente pan y fruta que le traía la
dueña de casa. y su rostro sin afeitar, con los ojos hundidos bajo la frente
tostada inspiraba realmente horror. Pintaba sentado y de memoria; sólo de vez
en cuando, por lo general en las pausas de descanso, se acercaba al enorme
espejo antiguo adornado con guirnaldas de rosas pintadas, que colgaba en la
pared del norte. y estiraba el cuello, abría desmesuradamente los ojos y hacía
muecas. Muchos rostros veía detrás del rostro de Klingsor reflejado en el
espejo entre las estúpidas guirnaldas de rosas; muchos rostros pintó en su
retrato: dulces y asombrados rostros infantiles, frentes de adolescentes llenos
de ensueños y entusiasmo, sarcásticos ojos de borracho, labios de sediento, de
perseguido, de atormentado, de insatisfecho, de libertino. El cráneo, empero,
lo construyó majestuoso y brutal, como el de un ídolo primitivo, un Jehová
celoso y enamorado de sí mismo, un espantajo al que se sacrifican primogénitos
y vírgenes. Estos eran algunos de sus rostros. Pero había otros: el de un
decadente, el de un hombre que se hunde y que se resigna a su ocaso; el musgo
crecía en sus sienes, los dientes se destacaban viejos y torcidos, profundas
grietas surcaban la piel marchita y en los surcos se veían algunos de sus
amigos. Dicen que es el hombre, el "ecce homo", el hombre agotado,
codicioso, violento, infantil y refinado de nuestra época tardía, el europeo
moribundo y dispuesto a morir, perfeccionado por todas las nostalgias, enfermo
de todos los vicios, entusiasta e inspirado por la conciencia de su ocaso,
preparado para todo progreso, maduro para cualquier retroceso, lleno de ardor y
cansancio a la vez, entregado al destino y al dolor, como el morfinómano al
veneno; aislado, minado, decrépito, Fausto y Karamasof, animal y sabio al mismo
tiempo, despojado de todo disfraz, libre de toda ambición, completamente
desnudo, angustiado por un pueril miedo a la muerte y lleno de cansada disposición
a morir.
y detrás de todos estos rostros dormitaban otros rostros más
lejanos, más profundos, pétreos, como si el último hombre de la tierra
recordara en el instante de la muerte, con la velocidad del sueño, todas las
formas de su prehistoria y de la juventud de la humanidad.
En esos días tensos y vertiginosos Klingsor vivió como un
extático. Por la noche se llenaba de vinos pesados y se paraba luego con la
vela en la mano frente al viejo espejo, contemplando su imagen, la sonrisa
melancólica y sarcástica del borracho Klingsor. Una noche estaba con una amante
tendido en el sofá del estudio. y mientras la tenía abrazada desnuda entre sus
brazos, miraba por sobre su hombro en el espejo, viendo junto a sus cabellos
sueltos, su propio rostro contraído, lleno de voluptuosidad y de asco hacia la
voluptuosidad, con los ojos enrojecidos. Le pidió que volviera, pero estaba
horrorizada y ya no volvió más.
Dormía poco. A menudo se despertaba en plena noche, en medio de
una pesadilla, el rostro bañado en sudor, impetuoso y cansado de la vida, y sin
embargo se levantaba en el acto para contemplar en el espejo del ropero,
sombrío, lleno de odio o sonriendo con maligna satisfacción, el desolado
paisaje de esos rasgos alterados. Una vez soñó que le torturaban, vio los
clavos hundidos en sus ojos y la nariz desgarrada por un gancho; luego dibujó
con carbonilla sobre la tapa de un libro ese rostro martirizado con los clavos
en los ojos; después de su muerte se encontró el singular esbozo. Otra vez,
durante un ataque de neuralgia, agachado y retorciéndose sobre el respaldo de
una silla, gritando y riendo de dolor, contemplaba en el espejo las
contracciones de su rostro desfigurado y se burlaba de las lágrimas.
Y en ese cuadro no pinto sólo su rostro o sus infinitos rostros,
no pintó sólo sus ojos y sus labios, la dolorosa hondonada de la boca, la roca
hendida de la frente, las manos como raíces, los dedos temblorosos, las ironías
de la razón, la muerte en el ojo. Con sus pinceladas caprichosas, apretadas y
estremecidas, pintó también su vida, sus amores, su fe, su desesperación.
Mujeres desnudas como una bandada de pájaros arrastrada en la tormenta,
víctimas expiatorias sacrificadas al ídolo Klingsor; un adolescente con el
rostro de un suicida, templos y bosques; un viejo dios barbudo, imponente y
estúpido; un seno de mujer partido por un puñal; mariposas con caras pintadas
en las alas. y en el fondo del cuadro, al margen del caos, la muerte, un
espectro gris que atraviesa, como una lanza pequeña como un alfiler, el cerebro
de Klingsor.
Después de haber pintado durante horas enteras se levantaba
presa de inquietud, corría intranquilo y agitado por las habitaciones,
golpeando las puertas, arrancando botellas del ropero, libros de los estantes,
carpetas de las mesas; se tendía en el suelo para leer, se asomaba por las
ventanas aspirando profundamente el aire; buscaba viejos dibujos y fotografías
y llenaba el piso, las mesas, las camas y las sillas de todas las piezas con
papeles, cuadros, libros y cartas. A cada ráfaga de viento que la lluvia
arrojaba por la ventana, todo volaba en confuso remolino. Entre unos trastos
viejos encontró una fotografía de cuando tenía cuatro años, con un traje blanco
de verano y un dulce y terco rostro infantil bajo bucles de un rubio casi
blanco. Halló los retratos de sus padres y fotografía de sus amantes juveniles.
Todo despertaba su curiosidad, la atraía, le interesaba, le atormentaba con
sentimientos contradictorios, y él arrancaba todo y arrojaba todo, hasta que
sacudía los hombros, volvía a su caballete y seguía pintando. Ahondaba aún más
los surcos en el terreno escabroso de su rostro, ensanchaba aún más el templo
de su vida, expresando la majestuosa eternidad de toda existencia, sollozando
sobre su pasado, suavizando aún más su sonriente símbolo, burlándose de su
condena de toda descomposición. Luego volvía a levantarse, como perseguido y
corría como un preso por su celda. Alegría y arrebato creador le sacudían como
una alegre y húmeda tormenta y hasta que el dolor le aterraba de nuevo,
descubriéndole los fragmentos de su vida y de su arte. Estaba loco, como lo
está todo creador. Pero en el furor de la creación acertaba con suprema
inteligencia, como un sonámbulo, todo lo que favorecía su obra. Sentía con
profunda fe que en esta lucha cruel por su retrato no cumplía sólo el destino y
la justificación de un individuo, sino algo humano, general, necesario. Sentía
que estaba de nuevo frente a una tarea, frente a un sino. y todo el miedo
precedente y su refugio en la ebriedad y en el aturdimiento, había sido sólo
miedo y fuga frente a esta tarea. Ahora no había más posibilidad de miedo ni de
fuga; se trataba de seguir adelante, recibir golpes y estocadas, vencer o
perecer. Triunfaba y se hundía; sufriendo y riendo se abría su camino; mataba y
moría; daba a luz y nacía.
Vino a verle un pintor francés; la dueña lo introdujo en el
vestíbulo; el desorden y la suciedad lo invadían todo. Klingsor salió, gris y
sin afeitarse -manchas de color en las mangas, manchas de color en el rostro-,
y comenzó a medir con largos pasos la pieza. El extranjero le llevaba saludos
desde Paría y Ginebra, le expresaba su admiración. Klingsor seguía paseando
intranquilo como si no le oyera. El huésped enmudeció, desconcertado y se
dispuso a marcharse; entonces Klingsor se le acercó, apoyó su mano llena de
color en el hombro del forastero, lo miró en los ojos y dijo despacio y casi
penosamente:
-Muchas gracias, muchísimas gracias, querido amigo. Esto y
trabajando, no puedo hablar. En general, se habla demasiado. No lo tome a mal y
salude a mis amigos; dígale que los quiero mucho.
y después de estas palabras se alejo de prisa.
Terminado el cuadro, al cabo de estos días azotados, lo guardó
en la cocina que no se usaba y cerró con llave. Nunca lo mostró a nadie. Luego
tomó veronal y durmió un día y una noche. Cuando despertó, se afeitó, se lavó,
mudó de ropa y se fue a la ciudad a comprar fruta y cigarrillos para regalarle
a Gina.
FIN

